Sobre la existencia del mal y la Providencia de Dios.
La fuerza del Plan
de Dios.
La providencia y el escándalo del mal
309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de
todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan
dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana
constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor
paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora
de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos,
con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero
a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo
del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.
310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún
mal? En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S. Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin
embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo ``en estado de
vía" hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la
aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto;
junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico
existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfecciGn (cf S. Tomás de
A., s. gent. 3, 71).
311 Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino
último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue
así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no
es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1,
1; S. Tomás de A., s. th. 1-2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y,
misteriosamente, sabe sacar de él el bien:
Porque el Dios Todopoderoso... por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en
sus obras existiera algún mal, si El no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un
bien del mismo mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).
312 Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia
todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus
criaturas: "No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios...
aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un
pueblo numeroso" (Gn 45, 8;50, 20; cf Tb 2, 12-18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido cometido
jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios,
por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de
Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.
313 "Todo coopera al bien de los que aman a Dios" (Rm 8, 28). E1 testimonio de los santos
no cesa de confirmar esta verdad:
Así Santa Catalina de Siena dice a "los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede":
"Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no
sea con este fin" (dial.4, 138).
Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: "Nada puede pasarme
que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor"
(carta).
Y Juliana de Norwich: "Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso
mantenerme firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para
bien..." "Thou shalt see thyself that all MANNER of thing shall be well " (rev.32).
314 Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los
caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin
nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán
plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del
pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en
vista del cual creó el cielo y la tierra.
Párrafo 7 LA CAIDA
385 Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa
a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza -que aparecen como ligados a los
límites propios de las criaturas-, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal?
"Quaerebam unde malum et non erat exitus" ("Buscaba el origen del mal y no encontraba solución")
dice S. Agustín (conf. 7,7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión
al Dios vivo. Porque "el misterio de la iniquidad" (2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del "Misterio de
la piedad" (1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión
del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf. Rm 5,20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión
del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor (cf. Lc 11,21-22;
Jn 16,11; 1 Jn 3,8).
I DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO LA GRACIA
La realidad del pecado
386 El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar
a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en
primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el
mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios,
aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia.
387 La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se
esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede
reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto
de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una
estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se
comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que
puedan amarle y amarse mutuamente.
El pecado original - una verdad esencial de la fe
388 Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado.
Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana
a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de
esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm
5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del
pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino "a convencer al mundo en
lo referente al pecado" (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.
389 La doctrina del pecado original es, por así decirlo, "el reverso" de la Buena Nueva de
que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es
ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1 Cor 2,16) sabe bien
que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo.
Para leer el relato de la caída
390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un
acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf. GS
13,1). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el
pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres (cf. Cc. de Trento: DS 1513; Pío
XII: DS 3897; Pablo VI, discurso 11 Julio 1966).
II LA CAIDA DE LOS ANGELES
391 Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz
seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La
Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn
8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. "Diabolus enim
et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali" ("El diablo y
los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí
mismos malos") (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).
392 La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta "caída" consiste en la
elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su
Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros
padres: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). El diablo es "pecador desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de
la mentira" (Jn 8,44).
393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia
divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento
para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la
muerte" (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG 94, 877C).
394 La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida
desde el principio" (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt
4,1-11). "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo" (1 Jn 3,8). La más grave en
consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a
desobedecer a Dios.
395 Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa
por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino
de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque
su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física-
en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza
y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un
gran misterio, pero "nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que
le aman" (Rm 8,28)
III EL PECADO ORIGINAL
La prueba de la libertad
396 Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. Criatura espiritual, el
hombre no puede vivir esta amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. Esto es lo que
expresa la prohibición hecha al hombre de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal,
"porque el día que comieres de él, morirás" (Gn 2,17). "El árbol del conocimiento del bien y del mal"
evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer
libremente y respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de
la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad.
El primer pecado del hombre
397 El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su
creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto
consistió el primer pecado del hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una
desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.
398 En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció
a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por
tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a
ser plenamente "divinizado" por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso "ser como Dios"
(cf. Gn 3,5), pero "sin Dios, antes que Dios y no según Dios" (S. Máximo Confesor, ambig.).
399 La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia.
Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original (cf. Rm 3,23). Tienen miedo del
Dios (cf. Gn 3,9-10) de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus
prerrogativas (cf. Gn 3,5).
400 La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda
destruida; el dominio de las facultades Espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cf. Gn 3,7);
la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cf. Gn 3,11-13); sus relaciones estarán
marcadas por el deseo y el dominio (cf. Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación
visible se hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn 3,17.19). A causa del hombre, la creación es
sometida "a la servidumbre de la corrupción" (Rm 8,21). Por fin, la consecuencia explícitamente
anunciada para el caso de desobediencia (cf. Gn 2,17), se realizará: el hombre "volverá al polvo del
que fue formado" (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cf. Rm 5,12).
IV “NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA MUERTE”
410 Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (cf.
Gn 3,9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (cf.
Gn 3,15). Este pasaje del Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por ser el primer anuncio del
Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un
descendiente de ésta.
411 La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del "nuevo Adán" (cf. 1 Co 15,21-
22.45) que, por su "obediencia hasta la muerte en la Cruz" (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la
descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte, numerosos Padres y doctores de la Iglesia
ven en la mujer anunciada en el "protoevangelio" la madre de Cristo, María, como "nueva Eva". Ella
ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado
alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y,
durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado
(cf. Cc. de Trento: DS 1573).
412 Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? S. León Magno
responde: "La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia
del demonio" (serm. 73,4). Y S. Tomás de Aquino: "Nada se opone a que la naturaleza humana haya
sido destinada a un fin más alto después de pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan
para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S. Pablo: `Donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia' (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: `¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande
Redentor!'" (s.th. 3,1,3, ad 3).