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Pettit, P. El Consecuencialismo

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Compendio de Ética

Editado por

Peter Singer

Versión española de:


Jorge Vigil Rubio y
Margarita Vigil
(caps. 26, 27, 28 y 43)

Alianza Editorial
19 EL
CONSECUENCIALISMO

Philip Pettit

1. Definición de consecuencialismo

Todas las teorías morales, las teorías sobre lo que deben hacer los indi-
viduos o las instituciones, contienen al menos dos elementos diferentes. En
primer lugar, cada una de ellas presenta una noción de lo que es bueno o
valioso, aún cuando no todas ellas lo hagan explícitamente e incluso se resistan
a hablar del bien: cada una de ellas presenta una noción de qué propiedades
debemos desear realizadas en nuestros actos o en el mundo en general. Una
teoría como el utilitarismo clásico afirma que la única propiedad que importa es
la de en qué medida gozan de la felicidad los seres sensibles. Una teoría del
derecho natural afirma que la propiedad que importa es el cumplimiento de la
ley de la naturaleza. Otras diversas teorías proponen que lo que importa es la
libertad humana, la solidaridad social, el desarrollo autónomo de la naturaleza o
una combinación de estos rasgos. Las posibilidades son infinitas, pues puede
decirse que la única limitación comúnmente reconocida es la de que, para ser
valiosa, una propiedad no debe referirse de forma esencial a una persona o
ámbito particular; debe ser un rasgo universal, capaz de ser realizado aquí o allí,
con este individuo o con aquél.
En ocasiones este primer componente de una teoría moral se denomina
una teoría del valor o una teoría del bien (este elemento lo examina Robert
Goodin en el artículo 20, «La utilidad y el bien»). El segundo elemento que
supone toda teoría moral a menudo suele describirse de forma paralela como
una teoría de lo correcto. Es una concepción no sobre qué propiedades son
valiosas sino sobre lo que deberían hacer los individuos y las instituciones para
responder a las propiedades valiosas. En función de la idea que se adopte
sobre esta cuestión, las teorías morales suelen dividirse en

323
324 ¿Cómo debo vivir?

dos tipos, las consecuencialistas y las no consecuencialistas, o bien, por utilizar


una terminología más antigua, las teleológicas y las no teleológicas: en
ocasiones las no teleológicas se identifican con las deontológicas, y en oca-
siones se consideran representadas exclusivamente por éstas. Este ensayo se
refiere a las teorías consecuencialistas, como teorías de lo correcto, pero no a
una teoría particular del valor o del bien.
Supongamos que, en un momento de entusiasmo intelectualista, decido
que lo que importa por encima de todo en la vida humana es que la gente
comprenda la historia de su especie y de su universo. ¿Cómo debo yo res-
ponder a este supuesto valor? ¿Es mi responsabilidad primordial reconocerlo
en mi propia vida, testimoniando la importancia de esta comprensión por mi
dedicación en cuerpo y alma a él? ¿O bien mi principal responsabilidad es más
bien fomentar esta comprensión en general, por ejemplo dedicando la mayor
parte de mi tiempo al proselitismo y la política, dedicando sólo las horas que no
puedo aplicar mejor al desarrollo de mi propia comprensión? ¿Es la respuesta
adecuada al valor la de fomentar su realización general, honrándolo en mis
propias acciones sólo cuando nada mejor puedo hacer por fomentarlo?
Una vez más, supongamos que decido que lo que importa en la vida no es
algo tan abstracto como la comprensión intelectual sino más bien el disfrute de
las lealtades personales, tanto las de carácter familiar como amistoso. También
aquí se plantea la cuestión de cómo debo responder a semejante valor. ¿Debo
honrar el valor en mi propia vida, dedicándome al desarrollo de los vínculos
familiares y de amistad? ¿O bien sólo debería permitirme semejante dedicación
en la medida en que forma parte del proyecto más general de fomentar el
disfrute de las lealtades personales? ¿Debo estar dispuesto a utilizar mi tiempo
de la manera más efectiva para ese proyecto aun si su coste —por ejemplo, el
coste de dedicar tanto tiempo al periodismo y la política— supone una grave
tensión a mis lealtades personales?
Estos dos ejemplos pertenecen al ámbito de la moralidad personal, pero se
plantea la misma cuestión en el ámbito institucional. Supongamos que llega al
poder un gobierno liberal, un gobierno principalmente interesado en que la
gente goce de libertad. Un gobierno así, ¿debe respetar escrupulosamente la
libertad de la población en su propia política, evitando cualquier interferencia
que recorte esa libertad? ¿O bien debe llevar a cabo todas las medidas,
incluidas ciertas medidas contra la libertad, que permitan un mayor grado de
libertad en general? Imaginemos que se forma un grupo que empieza a agitar
en favor de la vuelta a un gobierno autoritario, por ejemplo un gobierno
asociado a una influyente tradición religiosa. Imaginemos, por poner las cosas
más difíciles, que este grupo tiene una oportunidad real de éxito ¿Debería este
gobierno permitir al grupo la continuación de sus
£l consecuencialismo 325

actividades, en razón del respeto a la libertad de la población de formar las


asociaciones que deseen? ¿O bien debería prohibir al grupo, en razón de que
si bien esta prohibición recorta la libertad de la población, permite disfrutar de
un mayor grado de libertad general?; esto significa que no habrá vuelta a una
sociedad no liberal.
El consecuencialismo es la concepción según la cual sean cuales sean los
valores que adopte un individuo o una institución, la respuesta adecuada a
estos valores consiste en fomentarlos. El individuo debe respetar los valores
sólo en tanto en cuanto su respeto forma parte de su fomento, o bien es ne-
cesario para fomentarlos. Por otra parte, los adversarios del consecuencialismo
afirman que hay que respetar al menos algunos valores tanto si con ello se
fomentan como si no. Los consecuencialistas consideran instrumental la
relación entre valores y agentes: se necesitan agentes para llevar a cabo
aquellas acciones que tienen la propiedad de fomentar un valor perseguido,
incluso acciones que intuitivamente dejan de respetarlo. Los adversarios del
consecuencialismo consideran que la relación entre valores y agentes no es
instrumental: se exige a éstos —o al menos se les permite— que sus acciones
ejemplifiquen un valor determinado, aun cuando esto cause una inferior
realización del valor en general.
Esta forma de presentar la distinción entre consecuencialismo y no con-
secuencialismo, por referencia sólo a agentes y valores, es inusual pero confío
en que resulte intuitiva. Un inconveniente que tiene es que no define
minuciosamente la idea de fomentar un valor, y menos aún la idea de respetar
un valor. En la próxima sección se palia en cierta medida este fallo (esa
sección será demasiado filosófica para muchos, pero puede leerse por encima
sin perder gran cosa).

2. Repetición, algo más formal

Para introducir nuestro enfoque más formal será de utilidad definir dos
nociones: la de opción y la de un pronóstico asociado a una opción. Una opción
puede ser una opción directamente conductual como la que expresa una
proposición como «yo hago A» pero igualmente puede ser sólo conductual de
manera indirecta, como las opciones tales como «me comprometo a ser fiel a
este principio de benevolencia» o bien «yo suscribo este rasgo de
competitividad en mí mismo: no voy a hacer nada para cambiarlo». El rasgo
definitorio de una opción es que es una posibilidad que el agente está en
situación de realizar o no. Éste puede procurar —o no— hacer A, dejar que el
principio de benevolencia dicte sus actos o bien seguir siendo
complacientemente competitivo.
Aunque una opción es una posibilidad que puede realizarse, el agente
326 ¿Cómo debo vivir?

casi nunca será capaz de determinar la exactitud con que se despliega la po-
sibilidad; ello dependerá de otros agentes y de otras cosas del mundo; yo
puedo hacer A y llover o no llover, yo puedo hacer A y que haya o no haya una
tercera guerra mundial: la lista está abierta. Dadas las diferencias con que
pueden desplegarse estas condiciones, cualquier opción tiene pronósticos
diferentes. Si una opción es una posibilidad que puede realizarse, sus
pronósticos son las diferentes maneras posibles en que la posibilidad puede
llegar a realizarse. La idea de pronóstico recoge una versión de la idea co-
nocida de consecuencia.
Volviendo ahora a la definición de consecuencialismo, podemos identificar
dos proposiciones que por lo general defienden los consecuencialistas.

1. Todo pronóstico para una opción, toda forma que pueda tener el
mundo a resultas de elegir la opción, tiene un valor que está determinado,
aunque quizás no únicamente, por las propiedades valiosas en él realizadas:
determinado por la medida en que es un mundo feliz, un mundo en el que
se respeta la libertad, un mundo en el que crece la naturaleza, y así sucesi
vamente para diferentes propiedades valiosas; el valor determinado no será
único, en tanto en cuanto la ponderación relativa de estas propiedades no
esté fijada de manera única.

2. Toda opción, toda posibilidad que un agente puede realizar o no,


tiene un valor fijado por los valores de sus pronósticos: su valor está en
función de los valores de sus diferentes pronósticos, está en función de los
valores asociados a las diferentes formas en que puede llevar a ser el
mundo.

El motivo de entrar en este nivel de detalle era ofrecer un contenido más


claro de la idea de fomentar un valor. Ahora podemos decir que un agente
fomenta ciertos valores en sus opciones si —y sólo si— el agente ordena los
pronósticos de opciones en términos de estos valores (proposición 1) y ordena
las opciones —donde la ordenación determina su opción— en términos de sus
pronósticos (proposición 2). La proposición 2 tiene carácter indeterminado,
pues ha quedado abierta la medida en que el valor de una opción se fija por los
valores de sus pronósticos. El enfoque habitual de los consecuencialistas, aún
cuando no el único posible, consiste en tomar una opción como un juego entre
diferentes pronósticos posibles y recurrir a un procedimiento de la teoría de la
decisión para calcular su valor. Según este enfoque se hallará el valor de la
opción agregando los valores de los diferentes pronósticos —suponiendo que
éstos están determinados de manera única— rebajando este valor por la
probabilidad que el pronóstico tiene —por ejemplo, un cuarto o una mitad— de
ser el correcto; dejo
El consecuencialismo 327

abierta la cuestión de si la probabilidad adecuada a utilizar es el azar objetivo,


la creencia subjetiva, la creencia «racional» o cualquier otra.
Supongamos que el interés del agente es salvar la vida y que en las peores
circunstancias se presentan dos opciones: una le ofrece una probabilidad del
cincuenta por ciento de salvar cien vidas, y la otra la certeza de salvar cuarenta.
En igualdad de circunstancias —cosa que sucederá rara vez— este enfoque
favorecería la primera opción.
Tenemos ahora una mejor idea de lo que dice el consecuencialista. El
consecuencialista afirma que la forma correcta de responder de un agente a
cualesquiera valores reconocidos consiste en fomentarlos: es decir, en cual-
quier elección se trata de seleccionar la opción con pronósticos que significan
que conviene apostar por aquellos valores. Pero ahora también podemos ser
algo más específicos sobre lo que dice el no consecuencialista. Hay dos tipos
de no consecuencialismo, dos maneras de afirmar que hay que respetar, y no
fomentar, determinados valores. Un tipo subraya que si bien existen opciones
respetables o leales, carece de sentido la idea de fomentar el valor abstracto de
la lealtad o el respeto. Esto equivale a negar la primera proposición del
consecuencialista, afirmando que valores como la lealtad y el respeto no
determinan ventajas abstractas para los diferentes pronósticos de una opción;
los valores son irrelevantes para los pronósticos, y no determinan siquiera
razones no únicas a su favor. La otra posición que puede adoptar el no
consecuencialista es admitir la primera proposición, reconociendo que al menos
tiene sentido la noción de un agente que fomenta los valores, pero negando la
segunda, es decir, que la mejor opción está determinada necesariamente por el
valor de sus pronósticos. Lo importante no es producir los bienes sino
conservar limpias las manos.
Una última idea, en esta presentación más formal, sobre el no conse-
cuencialismo. Se trata de que los no consecuencialistas suponen con las
propiedades que consideran deberían respetarse en vez de fomentarse, que el
agente siempre estará en situación de conocer con seguridad si una opción
tendrá o no una de esas propiedades. Frente a un valor como el del respeto o la
lealtad, la idea es que yo nunca tendré duda de si una opción determinada será
o no respetuosa o leal. El supuesto de certeza puede ser razonable con estos
ejemplos pero por lo general no lo es. Y esto significa que con algunas
propiedades valiosas, la estrategia no consecuencialista a menudo quedará sin
definir. Tomemos una propiedad como la de la felicidad. Este valor puede ser
respetado y también fomentado: su respeto exigirá el interés por la felicidad de
aquellos con los que uno trata directamente, independientemente de los efectos
indirectos. Pero en la práctica no siempre estará claro qué exige un compromiso
no consecuencialista con la felicidad. Los no consecuencialistas no nos dicen
cómo elegir cuando ninguna de las opciones disponibles va a mostrar con
seguridad el valor en
328 ¿Cómo debo vivir?

cuestión. Y a menudo habrá casos de este tipo con un valor como el de la


felicidad. A veces habrá casos en los que ninguna de las opciones permite
estar seguro de hacer el bien con la felicidad de aquellos con los que te rela-
cionas directamente: casos en los que una opción ofrece una probabilidad
segura de ese resultado y una segunda opción ofrece la mejor perspectiva de
felicidad en general. La respuesta no consecuencialista en estos casos está
sencillamente sin definir.

3. El principal argumento contra el consecuencialismo

Suele decirse en contra del consecuencialismo que llevaría a un agente a


cometer terribles actos, siempre que éstos prometiesen las mejores conse-
cuencias. No prohibiría absolutamente nada: ni la violación, ni la tortura ni
incluso el asesinato. Esta acusación da en el blanco pero por supuesto sólo es
relevante en circunstancias terribles. Así, si alguien con valores ordinarios
consintiese la tortura, esto sólo sería en circunstancias en las que existe un
gran beneficio potencial —salvar vidas inocentes, evitar una catástrofe— y en
las que las malas consecuencias no incluyesen, por ejemplo, la defensa del
derecho a torturar por parte de las autoridades del Estado. Tan pronto queda
claro que esta acusación sólo es relevante en circunstancias horribles, deja de
ser claramente perjudicial. Después de todo, el no consecuencialista tendrá que
defender a menudo una respuesta igualmente poco atractiva en estas
circunstancias. Puede ser espantoso pensar en torturar a alguien, pero debe
ser igualmente espantoso pensar en no hacerlo y a consecuencia de ello
permitir, por ejemplo, la explosión de una potente bomba en un lugar público.
Probablemente, a la vista de esta reserva, la acusación contra el conse-
cuencialismo suele reducirse a la tesis asociada de que no sólo permitiría la
comisión de actos terribles en circunstancias excepcionales sino que permitiría
y en realidad fomentaría el hábito general de contemplar semejantes actos: o si
no de contemplar activamente estos actos, al menos de tolerar la posibilidad de
que puedan ser necesarios. Para el consecuencialismo, se dice, no habría
nada impensable. No permitiría a los agentes admitir limitación alguna a lo que
pueden hacer, tanto limitaciones asociadas a los derechos de los demás en
cuanto agentes independientes como limitaciones asociadas a las exigencias
de aquellos que se relacionan con ellos en calidad de amigos o familiares.
La idea que subyace a esta acusación es que cualquier teoría moral con-
secuencialista exige a los agentes cambiar sus hábitos de deliberación de ma-
nera objetable. Las personas —se dice— tendrán que calcular cada elección,
identificando los diferentes pronósticos para cada opción, el valor asociado a
El consecuencialismo
329

cada pronóstico y el resultado de aquellos diversos valores para el valor de la


opción. Con ello no podrán reconocer los derechos de los demás como con-
sideraciones que deben limitarles independientemente de las consecuencias;
serán incapaces de reconocer las exigencias especiales de las personas más
allegadas a ellos, exigencias que normalmente no son susceptibles de cálculo;
y serán incapaces de establecer distinciones entre opciones permisibles, op-
ciones obligatorias y opciones de carácter supererogatorio. Se convertirán en
ordenadores morales, insensibles a todos estos matices. F. H. Bradley expresó
con precisión esta idea el siglo pasado en sus Ethical Studies (pág. 107). «Por
lo que alcanzo a ver, esto va a hacer posible, a justificar e incluso a estimular
una incesante casuística práctica; y eso, no hace falta decirlo, es la muerte de
la moralidad.»
Pero si este tipo de acusación se efectuó en el siglo pasado, también en-
tonces encontró su refutación, especialmente la de escritores como John Austin
y Henry Sidgwick. Estos escritores defendían el utilitarismo clásico, la teoría
moral consecuencialista según la cual el único valor es la felicidad de los
hombres, o al menos de los seres sensibles. Austin escogió un buen ejemplo al
afirmar en su obra The province of jurispmdence (pág. 108) que el utilitarista no
exige una casuística incesante a los agentes. «Aun cuando aprueba el amor
porque concuerda con su principio, está lejos de afirmar que el motivo de quien
ama debe ser el bien general. Ningún utilitarista coherente y ortodoxo afirmó
nunca que quien ama debe besar a su amada en aras del bien común». Lo que
dice Austin en este pasaje es que una teoría consecuencialista como el
utilitarismo constituye una explicación de lo que justifica una opción frente a las
alternativas —el hecho de que fomenta el valor relevante— y no una
explicación de cómo deben deliberar los agentes al seleccionar la opción. El
acto de quien ama puede estar justificado por su fomento de la felicidad
humana, en cuyo caso el utilitarista lo aplaudiría. Pero esto no significa que el
utilitarista espere que los amantes seleccionen y controlen sus iniciativas por
referencia a ese fin abstracto.
La réplica que por lo general aplican los no consecuencialistas a esta
respuesta consiste en negar que sea asequible a sus adversarios. Afirman que
si un consecuencialista piensa que las elecciones de un agente están jus-
tificadas o no por el hecho de que fomenten determinados valores, entonces el
consecuencialista está obligado a decir que el agente moral —el agente que
pretende tener una justificación— debería deliberar sobre la medida en que las
diferentes opciones fomentan aquellos valores en cualquier ámbito. Al decir
esto suponen que esta deliberación es la mejor forma que tiene el agente de
garantizar que la elección tomada fomente los valores suscritos.
Sin embargo, esta réplica no consecuencialista no es convincente, porque
ese supuesto es obviamente falso. Consideremos de nuevo al amante y
330
¿Cómo debo vivir?

a su amada. Si el amante calcula cada uno de sus abrazos, sintonizándolo con


las exigencias de la felicidad general, probablemente será escaso el placer para
cada parte. Una condición de que el abrazo produzca placer, y con ello de que
contribuya a la felicidad general, es que sea relativamente espontáneo, y que
surja de afectos naturales y no reflexivos. Apenas hay que insistir en esta idea.
Pero aun cuando la idea está clara, y aun cuando se aplique con claridad en
diversos casos, plantea una cuestión que los consecuencialistas han tardado
mucho en abordar, al menos hasta fecha reciente. La cuestión es ésta:
supuesto que el consecuencialismo sea una teoría de la justificación, y no una
teoría de la deliberación, ¿qué diferencia práctica —que diferencia en la
estrategia de deliberación— supone ser consecuencialista? Supongamos que el
amante del ejemplo de Austin tuviese que convertirse en utilitarista. ¿Qué tipo
de estrategia podría adoptar entonces, en el supuesto de que no quisiera tener
que considerar los pros y contras utilitarios de cada una de sus acciones?
La respuesta que habitualmente hoy ofrecen los consecuencialistas está
motivada por la observación de la última sección de que las opciones que
exigen la valoración en términos consecuencialistas —las posibilidades sobre
las cuales se decide un agente— incluyen opciones que son sólo con-ductuales
de manera indirecta y también acciones alternativas que puede adoptar en
cualquier contexto. Incluyen opciones como la de suscribir o no un determinado
motivo o rasgo de carácter, dejarlo expresarse libremente en algunos ámbitos, y
opciones como la de comprometerse o no con un determinado principio —por
ejemplo, el principio de respetar un derecho particular de los demás—
otorgándole el estatus de un piloto conductual automático en las circunstancias
adecuadas.
El hecho de que los grupos de opciones a que se enfrentan los agentes
incluyen muchas cosas de este tipo significa que si han de volverse conse-
cuencialistas, su conversión a esa doctrina puede tener un efecto práctico sobre
su forma de comportarse sin tener el efecto claramente no deseable de
convertirles en calculadores permanentes. Puede tener el efecto de llevar a un
agente a suscribir determinados rasgos o principios, rasgos o principios que en
los contextos adecuados le llevan a obrar de forma espontánea y no calculadora.
Tendrá este efecto, en particular, si el optar por atarse a semejantes medios de
evitar el cálculo es la mejor manera de fomentar los valores que aprecia el
agente.
Pero ¿no será siempre mejor que los agentes mantengan afilados sus dotes
de cálculo teniendo en cuenta en cada caso si el seguir el piloto automático del
rasgo o del principio fomenta realmente sus valores? Y en este caso, ¿no
seguiría siendo el agente consecuencialista, en cierto sentido, un calculador
incesante?
El consecuencialismo 331

Esta es una cuestión de primer orden en las discusiones consecuencialis-


tas actuales. Las respuestas ofrecidas por los consecuencialistas son de di-
verso orden. Una respuesta es que los agentes son tan falibles, al menos en el
calor de la toma de decisiones, que el control calculador aquí concebido
probablemente haría más daño que bien. Otra es que algunos de los recursos
prioritarios sobre el cálculo, por ejemplo determinados rasgos que puede
cultivar el agente —por ejemplo, el rasgo de completar obsesivamente las
tareas— son tales que una vez en juego no hay posibilidad de someterlos a
control. Otra respuesta, que es la que en particular suscribe el autor, es que
muchos valores son tales que su fomento se ve socavado si los hábitos de
deliberación —prioritarios respecto al cálculo— que tienen por objeto
fomentarlos se someten a un control de cálculo. Supongamos que me
comprometo con el principio de decir lo primero que me viene a la mente en la
conversación a fin de fomentar mi espontaneidad. Yo anularé el fomento de ese
valor si intento controlarlo y controlar mis observaciones. Supongamos que me
comprometo con el principio de dejar a mi hija adolescente que haga su
voluntad en un determinado ámbito —por ejemplo, en la elección de su
indumentaria— a fin de fomentar su sentido de independencia y su
personalidad. Una vez más, si intento controlar y moderar la tolerancia que le
ofrezco estaré invalidando el fomento de ese valor, al menos suponiendo que
voy a ejercer una relativa supervisión. En cualquier caso, en los contextos
adecuados, debo poner más o menos ciegamente el piloto automático para
fomentar el valor en cuestión.
A la tendencia del consecuencialismo que contempla la posibilidad de que el
ser consecuencialista pueda motivar al agente a limitar el cálculo de las
consecuencias se denomina en ocasiones consecuencialismo indirecto, otras
veces estratégico y otras restrictivo. Este consecuencialismo restrictivo promete
ser capaz de responder a los diversos desafíos que plantea el principal
argumento contra el consecuencialismo, pero aquí apenas podemos explicar
esta pretensión. Para concluir nuestra exposición de ese argumento, lo único
que podemos añadir es que el consecuencialismo restrictivo en este sentido no
debe confundirse con el que se denomina consecuencialismo limitado o de las
reglas, en contraposición a un consecuencialismo extremo o de los actos. Esa
doctrina, ya no muy de moda, afirma que las reglas de conducta están
justificadas por el hecho de si su cumplimiento o intento de cumplimiento
fomenta los valores relevantes, pero esas opciones conductuales se justifican
en otros términos, a saber, por si cumplen o intentan cumplir las reglas óptimas.
El consecuencialismo restrictivo que hemos presentado no es así de tímido; es
una forma de consecuencialismo extremo o de los actos. Afirma que la prueba
de si una opción está justificada es consecuencialista, tanto si la opción es
directa como indirectamente conductual: la mejor opción es aquella que mejor
fomenta los valores del agente. Lo que lo con-
332
¿Cómo debo vivir?

vierte en restrictivo es simplemente el reconocimiento de que como mejor


pueden fomentar sus valores los agentes es en elecciones conductuales, si li-
mitan la tendencia a calcular, renunciando a considerar todas las conse-
cuencias relevantes.

4. El principal argumento en favor del consecuencialismo

La clave del argumento principal en favor del consecuencialismo es una


proposición que hasta aquí hemos dado por supuesta, la de que toda teoría
moral invoca unos valores de tal modo que, según el consecuencialista, tiene
sentido recomendar sean fomentados o bien, como quiere el no con-
secuencialista, que sean respetados. Esta proposición es bastante evidente.
Toda teoría moral identifica ciertas elecciones como las elecciones correctas
para un agente. Sin embargo, en cualquier caso, lo que la teoría se compro-
mete a recomendar no es sólo esta o aquella elección para este o aquel agente
sino la elección de este tipo de opción por aquél tipo de agente en este tipo de
circunstancias; se trata de un compromiso, como se afirma en ocasiones, de
universalizabilidad (véase el artículo 40, «El prescriptivismo universal», para
más detalles sobre este aspecto del juicio moral). Este compromiso significa
que toda teoría moral invoca valores, pues el hecho de que se realicen tales y
tales elecciones se considera ahora una propiedad deseable a realizar.
Pero otro aspecto de nuestra proposición básica es que con cualquier valor,
con cualquier propiedad que se considere deseable, podemos identificar una
respuesta consecuencialista y una no consecuencialista, podemos dar sentido
a la idea de fomentar o respetar el valor. Espero que el tipo de ejemplos
presentados al comienzo puedan avalar esta afirmación. Vimos allí que un
agente puede concebir que el respeto o fomento de los valores tiene que ver
con la comprensión intelectual, la lealtad personal y la libertad política. Por
analogía, debe quedar claro que todas las propiedades deseables ofrecen las
mismas posibilidades. Como también vimos, puedo pensar en respetar un valor
tradicionalmente asociado al consecuencialismo como el de que la gente
disfrute de la felicidad, aun cuando en ocasiones la incertidumbre sobre las
opciones puede dejar indefinida la estrategia; respetar esto será intentar no
provocar directamente la infelicidad a nadie, aun cuando el hacerlo aumentase
la felicidad general. Puedo pensar en fomentar un valor tan íntimamente
asociado a teorías no consecuencialistas como el respeto a las personas;
fomentar este valor será intentar asegurar que las personas se respeten
mutuamente lo más posible, aún cuando esto exija falta de respeto a algunas.
Nuestra proposición básica avala el argumento en favor del consecuen-
El consecuencialismo 333

cialismo porque muestra que el no consecuencialista suscribe una teoría que


tiene un grave defecto en relación a la virtud metodológica de la simplicidad. Es
una práctica común de las ciencias y de las disciplinas intelectuales en general
que, cuando dos hipótesis son por lo demás igualmente satisfactorias, es
preferible la más simple que la menos simple. Indudablemente, el
consecuencialismo es una hipótesis más simple que cualquier forma de no
consecuencialismo y esto significa que, descartadas las objeciones como las
rechazadas en la última sección, debe preferirse a éste. Si los no conse-
cuencialistas no han apreciado la gran desventaja de su perspectiva en tér-
minos de simplicidad, esto puede deberse a que por lo general no aceptan
nuestra proposición básica. Imaginan que existen determinados valores que
sólo son susceptibles de ser fomentados y otros que sólo son susceptibles de
ser respetados.
El consecuencialismo aventaja en simplicidad a esta perspectiva al menos
en tres sentidos. El primero es que mientras los consecuencialistas sólo sus-
criben una forma de responder a los valores, los no consecuencialistas suscri-
ben dos. Todos los no consecuencialistas suscriben la concepción de que de-
terminados valores deben ser respetados en vez de fomentados: por ejemplo,
valores como los asociados a la lealtad y el respeto. Pero todos ellos aceptan,
sea o no sea en su calidad de teóricos morales, que algunos otros valores
deberían fomentarse: valores tan diversos como la prosperidad económica, la
higiene personal y la seguridad de las instalaciones nucleares. Así, donde los
consecuencialistas introducen un único axioma sobre cómo los valores
justifican las elecciones, los no consecuencialistas deben introducir dos.
Pero no sólo el no consecuencialismo es menos simple por perder en el
juego de los números. También es menos simple por jugar este juego de
manera ad hoc. Todos los no consecuencialistas identifican ciertos valores
como aptos para ser respetados en vez de fomentados. Pero por lo general no
explican qué tienen los valores identificados que signifique que la justificación
se desprenda de su respeto más que de su promoción. Y en realidad no está
claro qué explicación satisfactoria puede ofrecerse. Una cosa es hacer una lista
de valores que supuestamente exigen ser respetados, como por ejemplo la
lealtad personal, el respeto a los demás y el castigo a las malas acciones. Pero
otra es decir por qué estos valores son tan diferentes de la noción ordinaria de
propiedades deseables. Puede haber rasgos que los distingan de los demás
valores, pero ¿por qué importan tanto estos rasgos? Los no consecuencialistas
típicamente dejan de lado esa cuestión. No sólo tienen una dualidad allí donde
los consecuencialistas tienen una unidad; tienen además una dualidad no
explicada.
El tercer sentido en que el consecuencialismo gana por simplicidad es que
sintoniza bien con nuestras nociones comunes de lo que exige la racio-
334 ¿Cómo debo vivir?

nalidad, mientras que el no consecuencialismo está en tensión con estas no-


ciones. El agente interesado por un valor se encuentra en posición paralela a la
del agente interesado por un bien personal: por ejemplo, la salud, los ingresos
o el estatus. Al reflexionar sobre cómo debería obrar un agente que se interesa
por un bien personal decimos sin dudar que por supuesto lo más racional que
puede hacer, la acción justificada racionalmente, consiste en obrar en fomento
de ese bien. Esto significa entonces que mientras la noción consecuencialista
de la forma en que los valores justifican las elecciones entronca con la
concepción común de la racionalidad en la búsqueda de los bienes personales,
la noción no consecuencialista no. El no consecuencialista se ve en la tesitura
de tener que defender una posición sobre lo que exigen determinados valores
que carecen de análogo en el ámbito no moral de la racionalidad práctica.
Si estas consideraciones relativas a la simplicidad no bastan para motivar
una perspectiva consencuencialista, probablemente el único recurso para un
consecuencialista sea llamar la atención al detalle de lo que dice el no
consecuencialista, haciéndole pensar sobre si esto es realmente plausible.
Vimos en la segunda sección que los no consecuencialistas tienen que negar o
que los valores que suscriben determinan los valores para los pronósticos de
una opción o que el valor de una opción está en función de los valores
asociados a esos diferentes pronósticos. El consecuencialista puede afirmar
razonablemente que ambas posiciones no son plausibles. Si un pronóstico
realiza mis valores más que otro, entonces sin duda acredita su valor. Y si una
opción tiene pronósticos tales que representa una mejor jugada que otra con
esos valores, eso sin duda sugiere que es la mejor opción para mí. Así pues,
¿cómo puede pensar de otro modo el no consecuencialista?
Por supuesto, en situación ideal el consecuencialista debería tener una
respuesta a esa cuestión. El consecuencialista debería ser capaz de ofrecer
una explicación de cómo los no consecuencialistas llegan a pensar errónea-
mente en las cosas en que creen. Puede ser útil decir algo sobre esto en la
conclusión.
Una explicación consecuencialista de cómo los no consecuencialistas
llegan a suscribir sus posiciones debe contener al menos dos observaciones.
Ya hemos sugerido la primera en este ensayo. Es la de que probablemente los
no consecuencialistas atienden a la deliberación más que a la justificación y,
constatando que a menudo es contraproducente deliberar sobre el fomento de
un valor implicado en la acción —un valor como la lealtad o el respeto— llegan
a la conclusión de que en estos casos las elecciones se justifican respetando
los valores, y no fomentándolos. Esto es un error, pero al menos es un error
inteligible. Así, puede ayudar al consecuencialista a entender los compromisos
de sus adversarios.
La segunda observación es una que no hemos formulado explícitamente
El consecuencialismo 335

antes y que supone una buena nota final. Se trata de que muchas teorías de-ontológicas
proceden de reconocer la fuerza de la perspectiva consecuen-cialista sobre la
justificación pero limitándola de algún modo. Un ejemplo es el del consecuencialista de la
regla que limita su consecuencialismo a elecciones entre reglas, afirmando que las
elecciones conductuales se justifican por referencia a las reglas así elegidas. Otro
ejemplo, más relevante, es el del no consecuencialista que afirma que cada agente debe
elegir de tal modo que si todos tuviesen que realizar ese tipo de elección, se fomentaría
el valor o valores en cuestión. Esto quiere decir que el consecuencialismo es adecuado
para valorar las elecciones de la colectividad pero no de sus miembros. La colectividad
debería elegir de forma que se fomenten los valores, el individuo debería elegir no
necesariamente de modo que de hecho fomente los valores sino de la manera que los
fomentaría si todo el mundo realizase una elección similar. Aquí, como en el otro caso, la
posición no consecuencialista está motivada por el pensamiento consecuencialista. Esto
no le hará comulgar con el consecuencialista, para quien este pensamiento no se aplica
de forma suficientemente sistemática: el consecuencialista dirá que es tan relevante para
el agente individual como para la colectividad. Pero la observación puede ayudar a los
consecuencialistas a entender a sus adversarios y con ello a reforzar su propia posición.
Estos pueden decir que no están pasando por alto ninguna consideración que consideran
convincente los no consecuencialistas. Lo que éstos consideran convincente es algo que
los consecuencialistas son capaces de comprender, y de refutar.

Bibliografía

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Otras lecturas

Adams, R. M.: «Motive utüitarianism», Journal of Philosophy, 73 (1976). Haré, R. M.: Moral
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