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Cuentos de Oscar Wilde

El documento narra la historia de un estudiante que está enamorado pero no puede bailar con su amada en un baile porque no tiene una rosa roja para regalarle. Un ruiseñor decide ayudarlo y le ofrece cantar toda la noche sobre un rosal para que este produzca una rosa roja, aunque esto signifique que la espina del rosal le atraviese el corazón al ruiseñor.

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Cuentos de Oscar Wilde

El documento narra la historia de un estudiante que está enamorado pero no puede bailar con su amada en un baile porque no tiene una rosa roja para regalarle. Un ruiseñor decide ayudarlo y le ofrece cantar toda la noche sobre un rosal para que este produzca una rosa roja, aunque esto signifique que la espina del rosal le atraviese el corazón al ruiseñor.

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Cuentos de Oscar Wilde - Oscar Wilde

Libro realizado en el proyecto "Libros escolares accesibles el primer día de clases",


con el apoyo del Consorcio de Libros Accesibles (ABC) - OMPI.
Asociación Civil Tiflonexos. Proyecto Red MATE (Materiales y Apoyos Tiflo
Educativos). Biblioteca Tiflolibros.
Av. Corrientes 2548 4° I (1046) - Ciudad de Buenos Aires Telefax: (+54-11) 4951-
1039 www.tiflonexos.org [email protected]
Datos Editoriales

Este libro ha sido cedido por Editorial Norma para uso exclusivo de miembros de
Tiflolibros.
Cuentos de Oscar Wilde
Traducción de María del Mar Ravassa G. Ilustraciones de Patricia Rodríguez
©1996 para todos los países de habla hispana por Editorial Norma S.A. AA 53550,
Bogotá, Colombia.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin
permiso escrito de la Editorial.
Primera reimpresión, 1997 Segunda reimpresión, 1997 Tercera reimpresión, 1998
Cuarta reimpresión, 1998 Quinta reimpresión, 1998 Sexta reimpresión, 1998 Séptima
reimpresión, 1999 Impreso por ?????? Impreso en Colombia – Printed in
Colombia ?????, ??????
Dirección editorial, María Candelaria Posada Diseño de la colección, María Osorio
y Fernando Duque Edición, Cristina Aparicio Dirección de arte, Julio Vanoy Diagramación
y armada, Ana lnés Rojas
CC 11114 ISBN 958-04-2378-4
El ruiseñor y la rosa

—Dijo que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas —exclamó el joven
estudiante—: pero no hay en todo mi jardín una rosa roja. ¡Ah, de qué cosas tan pequeñas
depende la felicidad! He leído todo cuanto han escrito los sabios, y poseo todos los secretos
de la filosofía y, sin embargo, me siento desdichado por falta de una rosa. —He aquí, al fin,
un verdadero enamorado —dijo el ruiseñor—. Noche tras noche he cantado sobre él sin
conocerlo: noche tras noche he contado su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabello
es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son rojos como la rosa del deseo; pero la
pasión ha tornado su rostro pálido como el marfil, y el dolor ha dejado su sello sobre su
frente. —El príncipe da un baile mañana por la noche —murmuró el joven estudiante—, y
mi amada asistirá a él. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el alba. Si le llevo una
rosa roja la estrecharé en mis brazos, reclinará su cabeza en mi hombro y su mano reposará
en la mía. Pero como no hay una rosa roja en mi jardín tendré que estar solo y ella ni
siquiera me mirará. No se fijará en mí, y mi corazón se partirá de dolor. —He aquí un
verdadero enamorado —dijo el ruiseñor—. Sufre de aquello que yo canto; lo que es alegría
para mí, para él es dolor. Sin duda el Amor es una cosa maravillosa. Es más precioso que
las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Ni las perlas ni las granadas pueden
comprarlo, pues no se halla en los mercados. No puede comprársele a los mercaderes, ni ser
pesado en la balanza del oro. —Los músicos estarán en su tarima —decía el estudiante—,
tocarán sus instrumentos y mi amada bailará al son del arpa y del violín. Bailará tan
livianamente que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos con sus alegres trajes se
mantendrán alrededor de ella. Mas conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja que
darle. Y así diciendo, se dejó caer sobre el prado, escondió el rostro en las manos y lloró. —
¿Por qué llora? —preguntó una pequeña lagartija que por allí pasaba con la cola levantada.
—Sí, ¿por qué? —dijo una mariposa que volaba tras un rayo de sol.
—Sí, sí, ¿por qué? —le susurró una margarita a su vecina. —Llora por una rosa roja —dijo
el ruiseñor. —¿Por una rosa roja? —exclamaron—. ¡Qué ridiculez! Y la lagartija, que era
algo cínica, se echó a reír. Pero el ruiseñor, que entendía el secreto de la pena del
estudiante, permaneció silencioso en la encina, pensando en el misterio del amor. De
repente desplegó sus alas color marrón y se elevó en el aire. Pasó por el bosque como una
sombra y, como una sombra, cruzó el jardín. En el centro del prado había un hermoso rosal,
y al verlo voló hacia él y se posó en una rama. —Dame una rosa roja —le dijo—, y te
cantaré mi más dulce canción. Pero el rosal sacudió la cabeza. —Mis rosas son blancas —
contestó—; tan blancas como la espuma del mar, y más blancas que la nieve en la montaña.
Pero ve donde mi hermano que crece alrededor del viejo reloj del sol; tal vez él te dé lo que
quieres. El ruiseñor voló hacia el rosal que crecía alrededor del reloj del sol. —Dame una
rosa roja —le pidió—, y te cantaré mi más dulce canción. Pero el arbusto sacudió la cabeza.
—Mis rosas son rojas —respondió—; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas
que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus cavernas. Pero el invierno ha
helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones y la tempestad ha quebrado mis
ramas; ya no tendré rosas en todo el año. —No necesito más que una rosa roja —gritó el
ruiseñor—, ¡sólo una rosa roja! ¿No hay forma de conseguirla? —Hay una forma —
contestó el rosal—; pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela. —Dímela —contestó
el ruiseñor—. No tengo miedo. —Si quieres una rosa roja —dijo el árbol— tienes que
hacerla con música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Debes
cantar para mí, con el pecho apoyado contra una espina. Toda la noche deberás cantar para
mí, y la espina te atravesará el corazón, y la sangre de tu vida correrá por mis venas, y se
convertirá en mi sangre. —La muerte es un alto precio para pagar una rosa —gritó el
ruiseñor— y todos amamos la vida. Es agradable posarse en el verde bosque y mirar al sol
en su carroza de oro, y a la luna en su carroza de perlas. Dulce es el perfume del espino, y
dulces son las campanillas que se esconden en el valle, y el brezo que crece en la colina.
Mas el Amor es mejor que la vida, y ¿qué es el corazón de un pájaro comparado con el de
un hombre? Y desplegó sus alas color marrón y se remontó por el aire. Pasó por el jardín
como una sombra, y como una sombra atravesó el bosquecillo. El joven estudiante seguía
tendido sobre la hierba, donde lo había dejado, y las lágrimas no se habían secado todavía
en sus bellos ojos. —¡Sé feliz —le dijo el ruiseñor—, sé feliz; tendrás tu rosa roja! La haré
con música a la luz de la luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que te
pido a cambio es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la
Filosofía, aunque ésta sea sabia, y más fuerte que el Poder, aunque éste sea poderoso. Sus
alas son color de llama y su cuerpo color de fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su
aliento es como el incienso. El estudiante levantó los ojos del césped y escuchó, pero no
pudo entender lo que el ruiseñor le decía, porque sólo sabía las cosas que están escritas en
los libros. Pero la encina lo comprendió, y se entristeció, porque amaba mucho al pequeño
ruiseñor que había construido el nido en sus ramas. —Cántame una última canción —
susurró—; me sentiré muy solo cuando te hayas ido. Y el ruiseñor cantó para la encina, y su
voz era como el agua que se vierte de un jarro de plata. Cuando el ruiseñor terminó su
canción, el estudiante se levantó, y sacó un cuaderno de notas y un lápiz del bolsillo. —
Tiene estilo —se decía, mientras paseaba por el bosquecillo—, eso no puede negarse, pero
¿siente? Me temo que no. En realidad, es como la mayoría de los artistas; es todo estilo, sin
nada de sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa sólo en la música y, como todo
el mundo sabe, las artes son egoístas. Sin embargo, hay que admitir que su voz tiene notas
muy bellas. ¡Qué lástima que no tengan ningún sentido, o que no persigan ningún fin
práctico! Y entrando en su habitación, se acostó sobre su pobre cama y se puso a pensar en
su amor; y, después de un rato, se quedó dormido. Y cuando la luna brilló en los cielos, el
ruiseñor voló hacia el rosal y puso su pecho sobre una espina. Cantó toda la noche con su
pecho sobre la espina y la fría luna de cristal se detuvo y escuchó. Cantó toda la noche, y la
espina penetró más y más en su pecho, mientras la sangre de su vida disminuía. Primero
cantó el nacimiento del amor en el corazón de un niño y una niña. Y sobre la rama más alta
del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción. Al principio
era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana, y
plateada como las alas del alba. Como el reflejo de una rosa en un espejo de plata, como el
reflejo de una rosa en un estanque, así era la rosa que floreció en la rama más alta del rosal.
Pero el rosal le gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina. —¡Apriétate más,
pequeño ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada! Y
el ruiseñor se apretó más contra la espina y su canto se volvió más sonoro, porque cantaba
del nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y una joven. Y un delicado rubor
apareció en los pétalos de la rosa, como el rubor que aparece en la cara de un joven cuando
besa los labios de su novia. Pero la espina todavía no había llegado al corazón, y el corazón
de la rosa seguía blanco, porque sólo el corazón de un ruiseñor puede colorear el corazón
de una rosa. Y el rosal le gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina. —¡Apriétate
más, pequeño ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de que la rosa esté
terminada! Y el ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina le llegó al corazón, y
sintió un terrible espasmo de dolor. Mientras más profundo era su dolor, más impetuoso era
su canto, porque cantaba del Amor perfeccionado por la Muerte, del Amor que no muere en
la tumba. Y la rosa maravillosa se volvió roja, como la rosa del cielo oriental. Rojo era el
cerco de pétalos, y rojo como un rubí era el corazón. Pero la voz del ruiseñor se hizo más
leve, sus alitas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos. Más y más leve fue
volviéndose su canto, y sintió que algo le cerraba la garganta. Entonces estalló una vez más
en música. La blanca luna lo oyó, se olvidó del alba y se detuvo en el cielo. La rosa roja lo
oyó, tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frío aire de la mañana. El eco lo condujo hacia
su caverna purpúrea en las montañas y despertó de sus sueños a los pastores dormidos.
Flotó entre los cañaverales del río y éstos llevaron su mensaje al mar. —¡Mira, mira —gritó
el rosal—, la rosa está terminada! Pero el ruiseñor no respondió, pues yacía muerto entre
las altas hierbas, con el corazón atravesado por la espina. A mediodía el estudiante abrió su
ventana y miró hacia afuera. —¡Qué suerte tan maravillosa! —gritó—. ¡He aquí una rosa
roja! Jamás he visto una rosa semejante. Es tan bella que estoy seguro de que tiene un largo
nombre en latín. E, inclinándose, la arrancó. Se puso el sombrero y corrió a casa del
profesor con la rosa en la mano. La hija del profesor estaba sentada a la puerta, devanando
hilo de seda sobre un carretel, y su perrito yacía a sus pies. —Dijiste que bailarías conmigo
si te traía una rosa roja —dijo el estudiante—. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta
noche te la prenderás cerca del corazón, y cuando bailemos juntos ella te dirá cuánto te
amo. Mas la joven frunció el ceño. —Temo que no salga con mi vestido —contestó—; y,
además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y todo el mundo
sabe que las joyas cuestan más que las flores. —¡Por mi palabra que eres una ingrata! —
dijo el estudiante con enojo, tiró la rosa a la calle, donde cayó a un arroyo y un carro la
aplastó. —¡Ingrata! —dijo la joven—. Pues yo te diré que eres muy grosero, y después de
todo, ¿quién eres? Sólo un estudiante. No creo que siquiera tengas hebillas de plata en los
zapatos, como tiene el sobrino del chambelán. Y, levantándose de su silla, entró en la casa.
—¡Qué tontería es el Amor! —dijo el estudiante, mientras se alejaba. No es la mitad de útil
que la lógica, pues no prueba nada, habla de cosas que no van a pasar, y hace creer cosas
que no son ciertas. Realmente, es muy poco práctico, y en nuestra época, lo importante es
ser práctico. Voy a volver a la Filosofía y estudiaré Física. Y así diciendo, regresó a su
cuarto, sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer.
El príncipe feliz

En lo alto de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda cubierta de capas de oro fino; en vez de ojos tenía dos brillantes zafiros y un
gran rubí carmesí relucía en el puño de su espada. Todo el mundo la admiraba. —Es tan
bello como una veleta —comentó un día uno de los concejales que deseaba obtener fama de
conocedor de arte—; aunque no es tan útil —añadió, temiendo aparecer como hombre poco
práctico, que en realidad no lo era. —¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz? —le
preguntó una madre sensata a su hijito, que quería la luna—. El Príncipe Feliz jamás pediría
nada a gritos. —Me alegra saber que hay alguien en el mundo completamente feliz —
murmuró un hombre desilusionado contemplando la maravillosa estatua. —Parece un ángel
—dijeron los niños del hospicio al salir de la catedral, vestidos en sus capas escarlata y su
limpios delantales blancos. —¿Cómo lo saben —preguntó el profesor de matemáticas—, si
jamás han visto uno? —Oh, ¡pero sí los hemos visto en sueños! —contestaron los niños; y
el profesor de matemáticas frunció el ceño y adoptó una actitud de severidad porque no
estaba de acuerdo con que los niños soñaran. Una noche, un pajarito voló sobre la ciudad.
Sus amigos habían partido para Egipto seis semanas antes, pero él se había quedado porque
estaba enamorado de la más hermosa caña de río. La conoció al inicio de la primavera,
mientras volaba sobre el río persiguiendo a una mariposa amarilla, y su esbelta cintura lo
había seducido tanto que se detuvo a hablarle. —Te amaré —dijo el pajarito, al que le
gustaba ser muy directo, y la caña le hizo una profunda reverencia. Y el pajarito voló a su
alrededor, tocando el agua con sus alas y dejando estelas plateadas. Era su manera de
cortejarla, y así pasó el verano. —Es un enamoramiento ridículo —gorjeaban los otros
pájaros—: esa caña no tiene dinero pero sí demasiada familia. Y en realidad, el río estaba
lleno de cañas. Entonces, al llegar el otoño, todos los pájaros levantaron el vuelo. Cuando
se fueron, el pajarito se sintió solo y empezó a cansarse de su enamorada. —No habla de
nada —se decía— y me temo que sea una coqueta, pues siempre está flirteando con el aire.
Y ciertamente, cada vez que soplaba el viento, la caña hacía las más graciosas reverencias.
—Tengo que admitir que es muy casera —continuó—, pero a mí me encanta viajar, y a
quien se case conmigo también debe gustarle. —¿Vienes conmigo? —le preguntó
finalmente, pero la caña sacudió la cabeza; estaba demasiado apegada a su hogar. —Has
estado burlándote de mí —le gritó—; me voy a las pirámides. ¡Adiós! Voló todo el día, y al
anochecer llegó a la ciudad. —¿Dónde me refugiaré? —se preguntó—. Espero que la
ciudad se haya preparado para recibirme. Entonces vio la estatua sobre su alto pedestal. —
Me cobijaré allí —gritó—; es un magnífico sitio y muy aireado. Y se posó exactamente
entre los pies del Príncipe Feliz. —Tengo un dormitorio dorado —se dijo quedamente,
mirando a su alrededor y preparándose para dormir; pero justamente cuando iba a meter la
cabeza debajo del ala, una gran gota de agua le cayó encima. —¡Qué curioso! —gritó—. El
cielo está totalmente despejado, las estrellas están perfectamente claras y brillantes y, sin
embargo, está lloviendo. El clima en el norte de Europa es realmente desastroso. A la caña
le gustaba la lluvia, pero en ella era puro egoísmo. Entonces le cayó otra gota. —¿De qué
sirve una estatua si no protege de la lluvia? —dijo el pajarito—. Buscaré una buena
chimenea. Se disponía a volar, pero antes de que abriera las alas le cayó una tercera gota y,
mirando hacia arriba, ¡ah!, ¿qué vio? Los ojos del Príncipe Feliz estaban bañados en
lágrimas que resbalaban por sus mejillas de oro. Su rostro se veía tan bello a la luz de la
luna que el pajarito se apiadó de él. —¿Quién sois? —le preguntó. —Soy el Príncipe Feliz.
—Entonces, ¿por qué lloráis? Me habéis empapado. —Cuando estaba vivo y tenía corazón
—contestó la estatua— ignoraba lo que eran las lágrimas, porque vivía en el Palacio de la
Tranquilidad, donde el dolor no puede entrar. Durante el día jugaba con mis compañeros en
el jardín, y de noche bailaba en el gran vestíbulo. Alrededor del jardín había un muro muy
alto, pero jamás me preocupé por saber qué había detrás de él, tan bello era todo lo que me
rodeaba. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y en verdad lo era, si el placer
constituye la felicidad. Así viví, y así morí, y ahora que estoy muerto me han situado tan
alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón está
hecho de plomo no puedo más que llorar. “Acaso, ¿no es de oro puro?”, se preguntó el
pajarito, pues era demasiado bien educado para hacer comentarios en voz alta sobre
alguien. —Mucho más abajo —continuó la estatua en su voz baja y musical—, mucho más
abajo en una callejuela, hay una casa pobre. Una de las ventanas está abierta, y por ella
puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Tiene la cara flaca y ajada y las manos toscas
y rojas, llenas de pinchazos de aguja, pues es costurera. Borda pasionarias en un traje de
satín que llevará la más bella de las damas de honor de la reina en el próximo baile de la
corte. En una camita, en un rincón de la habitación, yace su pequeño hijo enfermo. Tiene
fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene más que agua del río para darle, y por eso está
llorando. Pájaro, pájaro, pajarito, ¿no podrías llevarle a ella el rubí de la empuñadura de mi
espada? Mis pies están sujetos a este pedestal y no puedo moverme. —Me esperan en
Egipto —respondió el pajarito—. Mis compañeros vuelan de un lado para otro sobre el
Nilo y conversan con las grandes flores de loto. Pronto se irán a dormir a la tumba del gran
rey, que se encuentra allí en su decorado féretro, envuelto en un lienzo amarillo y
embalsamado con sustancias aromáticas. Alrededor del cuello lleva un collar de jade verde
pálido y sus manos parecen hojas secas. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Principe—, ¿no
podrías quedarte conmigo una noche y ser mi mensajero? ¡El niño tiene tanta sed y la
madre está tan triste! —No me gustan mucho los niños —contestó el pajarito—. El verano
pasado, cuando estaba en la orilla del río, dos niños mal educados, los hijos del molinero,
siempre me tiraban piedras. Claro que jamás me golpearon, porque nosotros los pájaros
volamos muy bien y, además, vengo de una familia famosa por su agilidad, pero, aun así,
era una falta de respeto. Mas el Príncipe Feliz parecía tan triste que el pajarito se conmovió.
—Hace mucho frío aquí —le dijo—, pero me quedaré con vos una noche y seré vuestro
mensajero. —Gracias, pajarito —respondió el Príncipe. Y el pájaro arrancó el bello rubí de
la espada del Príncipe y, con él en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó por
encima de la torre de la catedral, en la que había unos ángeles de mármol blanco. Pasó por
el palacio y oyó la música del baile. Una bella joven salió al balcón con su prometido. —
¡Qué maravillosas son las estrellas y qué increíble es el poder del amor! —le dijo él. —
Espero que mi traje esté listo para el gran baile —comentó ella—. He pedido que le borden
unas pasionarias, ¡pero las costureras son tan perezosas! Voló sobre el río y vio los faroles
colgados de los mástiles de los barcos. Voló sobre el ghetto y vio a los viejos judíos
comerciando entre ellos y pesando el dinero en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre
vivienda y miró hacia adentro. El niño se movía febrilmente en su camita y la madre se
había quedado dormida, tal era su fatiga. El pajarito entró de un salto en la habitación y
dejó el gran rubí sobre la mesa, al lado del dedal de la mujer. Después voló suavemente
alrededor del lecho y abanicó con sus alas la cara del niño. —¡Qué fresco me siento! —
musitó el niño—. Debo estar mejor. Y se quedó deliciosamente dormido. Entonces el
pajarito regresó a donde estaba el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. —¡Qué
curioso! —comentó—. Me siento muy abrigado a pesar del frío que hace. —Es porque has
hecho una buena acción —dijo el Príncipe. Y el pajarito se puso a pensar sobre aquello,
pero se quedó dormido. Cada vez que se ponía a pensar se dormía. Al alba voló hacia el río
y se dio un baño. —¡Qué extraordinario fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología,
que cruzaba por el puente. ¡Un pajarito en invierno! Y escribió una larga carta para el
periódico local. Todo el mundo la citó, pues estaba llena de palabras que nadie entendía. —
Esta noche partiré hacia Egipto —se decía el pajarito, feliz ante la idea. Recorrió todos los
monumentos públicos y descansó un buen rato sobre la aguja de la torre de la catedral. Por
donde pasaba, los gorriones gorjeaban, diciéndose: —¡Qué forastero más distinguido! —lo
cual lo hizo divertirse mucho. En cuanto salió la luna retornó a donde el Príncipe Feliz. —
¿Tenéis algún encargo para Egipto? —le preguntó—. Salgo en este momento para allá. —
Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Principe—. ¿No quieres quedarte otra noche conmigo? —
Me esperan en Egipto —contestó el pajarito—. Mis compañeros volarán mañana hacia la
segunda catarata. Allí el hipopótamo descansa entre los papiros y el dios Memnon se alza
sobre un gran trono de granito. Toda la noche contempla los astros y cuando brilla la
estrella mañanera lanza un grito de alegría y no se vuelve a oír. Al mediodía los dorados
leones bajan a beber a la ribera del río. Sus ojos son como verdes berilos y sus rugidos más
fuertes que los de la catarata. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Príncipe—, muy lejos, al
otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre un escritorio
lleno de papeles, y a su lado, en un vaso, hay un manojo de violetas marchitas. Tiene el
pelo oscuro y ondulado, los labios rojos como una granada y los ojos grandes y soñadores.
Trata de terminar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío y ya no
puede escribir. Ya no hay fuego en su chimenea y el hambre lo ha dejado extenuado. —Me
quedaré otra noche acompañándoos —dijo el pajarito, que verdaderamente tenía muy buen
corazón—. ¿Deseáis que le lleve otro rubí? —Desafortunadamente no tengo más rubíes —
contestó el Príncipe—; sólo me quedan los ojos. Son unos preciosos zafiros traídos de la
India hace mil años. Arráncame uno y llévaselo. Se lo venderá a un joyero, comprará
alimento y combustible, y podrá terminar su obra. —Querido Príncipe, no puedo hacer eso
—dijo el pajarito, y se echó a llorar. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Príncipe, ¡haz lo
que te pido! Y entonces el pajarito arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del
estudiante. Le fue fácil entrar, porque había un agujero en el techo. Penetró por él y entró
en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida en las manos, así que no oyó el aleteo del
pájaro, y al levantar la cabeza encontró el magnífico zafiro entre las violetas marchitas. —
Comienzan a apreciarme —se dijo—; esto me lo envía algún admirador importante. Ahora
puedo terminar mi obra —y se sintió muy feliz. Al día siguiente el pajarito voló hacia el
puerto. Se posó sobre el mástil de un gran buque y vio cómo los marineros extraían grandes
cofres de la cala con unos cordeles. —¡Levanten! —gritaban cada vez que subían un cofre.
—¡Me voy a Egipto! —gritó el pajarito, pero nadie le hizo caso, y cuando salió la luna
retornó a donde el Príncipe. —He venido a deciros adiós —le dijo. —Pájaro, pájaro,
pajarito —exclamó el Principe—; ¿no podrás acompañarme una noche más? —Ya es
invierno —contestó el pajarito— y pronto la nieve lo cubrirá todo. En Egipto el sol calienta
las verdes palmeras y los cocodrilos, tendidos en el fango, las contemplan indolentes. Mis
compañeros hacen sus nidos en el templo de Baalbec, y las blancas y rosadas palomas los
observan, mientras se arrullan. Querido Príncipe, debo dejaros, pero jamás os olvidaré, y la
próxima primavera os traeré dos bellas piedras preciosas para reemplazar las que habéis
regalado. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro tan azul como el ancho mar. —
Abajo, en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, se halla una pequeña que vende cerillas; éstas
se le han caído al arroyo y se han estropeado. Su padre la azotará si no trae dinero a casa, y
por eso llora. No tiene zapatos ni medias, y lleva la cabeza al aire. Arráncame el otro ojo y
dáselo, y su padre no la azotará. —Os acompañaré otra noche —contestó el pajarito—, pero
no puedo arrancaros el ojo, pues entonces quedaríais ciego. —Pájaro, pájaro, pajarito —
dijo el Príncipe—, ¡haz lo que te pido! Y entonces el pajarito arrancó el otro ojo del
Príncipe y, con él en el pico, levantó el vuelo. Descendió sobre la pequeña y dejó caer la
piedra preciosa en la palma de su mano. —¡Qué pedacito de vidrio más lindo! —exclamó la
niña y, sonriendo, se fue corriendo a casa. El pajarito regresó a donde el Príncipe. —Como
ahora estáis ciego, me quedaré con vos para siempre —le dijo. —No, pajarito —dijo el
Príncipe—. Debes irte a Egipto. —Me quedaré con vos para siempre —dijo nuevamente el
pajarito, y se quedó dormido a los pies del Príncipe. Todo el día siguiente lo pasó el pajarito
posado sobre el hombro del Príncipe, contándole lo que había visto en lejanos países. Le
habló de las ibis rojas, que se paran en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados
con el pico; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe
todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos y llevan cuentas de
ámbar en las manos; del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que
adora un gran cristal; de la gran culebra verde que duerme entre las ramas de una palmera y
a la que alimentan con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan
por un gran lago sobre anchas hojas y están siempre batallando con las mariposas. —
Querido pajarito —dijo el Príncipe—, me has contado cosas maravillosas, pero más
maravilloso aún es el sufrimiento de hombres y mujeres. No hay misterio más grande que la
miseria. Vuela sobre mi ciudad, pajarito, y dime lo que ves. Entonces el pájaro voló sobre
la gran ciudad y vio a los ricos divirtiéndose en sus bellas mansiones, mientras los pobres
se hallaban sentados a sus puertas. Voló sobre callejuelas oscuras y vio las pálidas caras de
los niños que se morían de hambre, contemplando sombríamente la oscuridad. Bajo el arco
de un puente, dos niñitos yacían abrazados el uno al otro para calentarse. —Tenemos
mucha hambre —decían. —Está prohibido acostarse allí —gritó un vigilante, y tuvieron
que marcharse bajo la lluvia. Entonces el pajarito retornó a donde el Príncipe y le contó lo
que había visto. —Estoy cubierto de capas de oro fino —dijo el Príncipe—; debes
quitármelo hoja por hoja y dárselo a mis pobres. Los hombres siempre creen que el oro
puede hacerlos felices. Hoja por hoja el pajarito fue quitando el oro fino, hasta que el
Príncipe Feliz se quedó todo gris y opaco. Y hoja por hoja del oro fino repartió entre los
pobres; las caras de los niños se tornaron sonrosadas y los pequeños rieron y jugaron por las
calles. —Ahora tenemos pan —decían. Al poco tiempo llegó la nieve y después el hielo.
Las calles parecían hechas de plata, tan relucientes estaban. Largos carámbanos, como
puñales de cristal, colgaban de los aleros; todo el mundo iba envuelto de pieles, y los niños
llevaban gorros rojos y patinaban sobre el hielo. El pobre pajarito sentía muchísimo frío,
pero no quería dejar al Príncipe porque lo amaba profundamente. Recogía las migajas que
caían a la puerta del panadero, cuando éste no estaba mirando, y trataba de calentarse
agitando las alas. Mas, finalmente, comprendió que iba a morir. Apenas tenía suficiente
fuerza para volar y posarse en el hombro del Príncipe una vez más. —¡Adiós, querido
Príncipe! —murmuró—. Permitidme besar vuestra mano. —Me alegra saber que al fin
partes para Egipto, pajarito —dijo el Príncipe—. Te has quedado demasiado tiempo.
Bésame en los labios, porque te amo. —No voy a Egipto —dijo el pajarito—. Voy a la
Casa de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿no es verdad? y besó al Príncipe
Feliz en los labios y cayó muerto a sus pies. En aquel momento se oyó un extraño crujido
en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto. El corazón de plomo se había
partido en dos pedazos. Hacía un frío verdaderamente aterrador. Muy temprano al día
siguiente caminaba el alcalde por la plaza acompañado de los concejales de la ciudad. Al
pasar ante el pedestal, miró hacia la estatua. —¡Dios santo! —exclamó—. ¡Qué harapiento
se ve el Príncipe Feliz! —¡Ciertamente, qué harapiento está! —gritaron los concejales, que
siempre estaban de acuerdo con el alcalde. —El rubí se ha caído de su espada, no tiene ojos
y su traje ya no es dorado —dijo el alcalde—. No es más que un mendigo. —
Evidentemente, no es más que un mendigo —repitieron los concejales. —Y hay un pájaro
muerto a sus pies —continuó el alcalde—. Tenemos que dictar un decreto que prohíba a los
pájaros morir aquí. El secretario del Concejo tomó nota de la sugerencia, y, después,
mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz. —Ya no es bello; por tanto, es inútil —
dijo el profesor de arte de la universidad. En consecuencia, fundieron la estatua, y el alcalde
reunió al Concejo para decidir lo que se debía hacer con el metal. —Tenemos que hacer
otra estatua, claro está —dijo el alcalde—, y podría ser la mía. —La mía —dijeron uno
después del otro cada uno de los concejales, y empezaron a pelearse. La última vez que oí
de ellos todavía seguían discutiendo. —¡Qué cosa tan rara! —dijo el supervisor de la
fundición—. Es imposible fundir este corazón de plomo. Hay que echarlo a la basura. Y lo
arrojaron a un lado, donde yacía muerto el pajarito. —Tráeme las dos cosas más preciosas
que encuentres en la ciudad —le dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le llevó el
corazón de plomo y el pajarito muerto. —Has escogido bien —dijo Dios—, pues en mi
jardín del paraíso este pajarito cantará para siempre, y en mi ciudad dorada el Príncipe Feliz
me alabará.
El cohete extraordinario

El hijo del rey se iba a casar y el regocijo era general. Había esperado a su
prometida durante todo un año y ésta al fin había llegado. Era una princesa rusa que había
venido desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un
gran cisne dorado, entre cuyas alas yacía la princesita. Su largo manto de armiño le llegaba
hasta los pies; en la cabeza llevaba un diminuto gorro de tisú de plata, y era pálida como el
palacio de nieve en que había vivido siempre. Era tan pálida que al pasar por las calles la
gente se quedaba admirada.
—Parece una rosa blanca —decían, y le echaban flores desde los balcones. El príncipe la
estaba esperando a la puerta del castillo. Tenía ojos soñadores color violeta y sus cabellos
eran como oro fino. Al verla hincó una rodilla y le besó la mano. —Vuestro retrato era
bello, pero sois más bella que el retrato —musitó, y la princesita se ruborizó. —Antes
parecía una rosa blanca —le dijo un paje a su vecino—, pero ahora parece una rosa roja. Y
toda la corte se quedó maravillada. Durante tres días todo el mundo repetía: —Rosa blanca,
rosa roja, rosa blanca, rosa roja. Y el rey ordenó que le duplicaran el salario al paje. Como
él no recibía ningún salario, esto no le sirvió de mucho, pero todos lo consideraban un gran
honor, y el decreto fue publicado en la gaceta de la corte. Al cabo de los tres días se
celebraron las bodas. Fue un ceremonia magnífica, y la pareja caminó, cogida de la mano,
bajo un dosel de terciopelo purpúreo bordado de perlitas. Después se ofreció un banquete
que duró cinco horas. El príncipe y la princesa, sentados al fondo del gran salón, bebieron
en una copa del más transparente cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber de
esa copa, porque si la tocaban unos labios falsos, inmediatamente se ponía gris y opaca. —
Es evidente que se aman —dijo el pajecito—, es tan claro como el cristal. Y el rey volvió a
duplicarle el salario. —¡Qué honor! —exclamaron todos los cortesanos. A continuación del
banquete hubo un baile. La pareja debía bailar la danza de las rosas y el rey había
prometido que tocaría la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido jamás a
decírselo porque era el rey. En realidad, no sabía sino dos piezas y no estaba seguro nunca
de cuál estaba interpretando; pero eso no importaba pues, hiciera lo que hiciera, todo el
mundo exclamaba: —¡Encantador! ¡Encantador! El último número del programa eran unos
fuegos artificiales, que debían iniciarse exactamente a medianoche. La princesita jamás
había visto fuegos artificiales, y por eso el rey le había pedido al pirotécnico real que
ejerciera su arte el día del matrimonio.
—¿Cómo son los fuegos artificiales? —le había preguntado al príncipe una mañana,
mientras se paseaban por la terraza. —Son como la aurora boreal —dijo el rey, que tenía la
costumbre de contestar las preguntas dirigidas a los demás—, sólo que son más naturales. A
mí me gustan más que las estrellas, porque uno siempre sabe cuándo van a brillar, y son tan
encantadores como la música de mi flauta. Tienes que verlos. De tal manera que se levantó
un gran tablado al fondo del jardín, y apenas el pirotécnico acabó de prepararlo todo, los
fuegos artificiales comenzaron a hablar entre sí. —El mundo es seguramente muy bello —
gritó un pequeño buscapié—. Miren esos tulipanes amarillos. Aun si fuesen petardos de
verdad, no podrían ser más bonitos. Estoy muy contento de haber viajado. Los viajes
desarrollan la mente y acaban con todos los prejuicios que uno pueda tener. —El jardín del
rey no es el mundo, tonto —dijo una candela romana—. El mundo es un sitio enorme, y
necesitarías tres días para recorrerlo todo. —Cualquier lugar que amemos es el mundo para
nosotros —exclamó una meditabunda rueda, que en otro tiempo había estado unida a una
caja de tablones de pino, y que se sentía muy orgullosa de su corazón destrozado—, pero el
amor ya no está de moda; los poetas lo han matado. Escribieron tanto sobre él, que ya nadie
les cree, y no me sorprende. El verdadero amor sufre, y calla. Recuerdo que yo, una vez...,
pero no viene el caso ahora. El romanticismo es algo del pasado. —¡Nada de eso! —dijo la
candela romana—. El romanticismo no muere. Es como la luna, y vive por siempre. Los
recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente Me enteré al respecto esta mañana por un
cartucho de papel color marrón, que estaba en el mismo cajón que yo, y que sabía todas las
noticias de la corte. Pero la rueda movió la cabeza. —¡El romanticismo ha muerto! ¡El
romanticismo ha muerto! —murmuró. Era una de esas personas que creía que si uno repetía
una cosa una y otra vez, terminaba por volverse verdad. De repente se oyó una tos grave y
seca, y todos miraron a su alrededor. Venía de un cohete alto y arrogante, que estaba atado
a la punta de un palo. Siempre tosía antes de hablar, para atraer la atención. —¡Ejem!
¡Ejem! —exclamó, y todos se aprestaron a escuchar excepto la pobre rueda, que seguía
moviendo la cabeza y murmurando: —¡El romanticismo ha muerto! —¡Orden, orden! —
gritó un petardo. Era una especie de político y había tomado siempre parte importante en
las elecciones locales; por eso conocía las expresiones que se usaban en el parlamento. —
Ha muerto del todo —susurró la rueda, y se durmió. Apenas se restableció el silencio, el
cohete tosió por tercera vez y comenzó. Hablaba con voz lenta y clara, como si estuviera
dictando sus memorias, y miraba siempre por encima del hombro a la persona a quien se
dirigía. Realmente, tenía unos modales muy distinguidos. —¡Qué afortunado es el hijo del
rey de casarse en el mismo día en que me van a disparar! —comentó—. Si lo hubieran
preparado de antemano, no hubiera resultado mejor para él; los príncipes siempre tienen
suerte. —¡Qué curioso! —dijo el pequeño buscapiés—. Yo creía que era exactamente lo
contrario, y que era a nosotros a quienes nos iban a disparar en honor del príncipe. —Es
posible que ése sea tu caso —contestó el cohete—; en realidad estoy seguro que es así, mas
en cuanto a mí, es diferente. Mi madre fue la rueda más famosa de su época, y conocida por
su agraciada forma de bailar. Cuando hizo su gran aparición en público, dio diecinueve
vueltas antes de extinguirse y lanzó siete estrellas rosadas en cada vuelta. Tenía tres pies y
medio de diámetro, y estaba hecha de la mejor pólvora. Mi padre era un cohete como yo, de
extracción francesa. Voló tan alto que la gente temió que no volviese a descender. Mas
descendió porque tenía muy buen genio, e hizo una caída brillantísima en forma de lluvia
de oro. Los periódicos hablaron de él en términos muy halagüeños, y la gaceta de la corte
refiriéndose a él dijo que era “un triunfo del arte pilotécnico”. —Pirotécnico, pirotécnico,
querrás decir —dijo una luz de Bengala—. Sé que es pirotécnico, porque vi la palabra
escrita en mi caja de hojalata. —Pues yo digo pilotécnico —contestó el cohete
severamente, y la luz de Bengala se quedó tan apabullada, que inmediatamente comenzó a
molestar a los pequeños buscapiés para demostrar que ella también era una persona
importante. —Decía... —continuó el cohete—, decía... ¿qué era lo que decía? —Hablabas
de ti mismo —contestó la candela romana. —Ah, sí. Sabía que hablaba de algo interesante
antes de que me interrumpieran tan rudamente. Odio la grosería y la mala educación,
porque soy extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, de
ello estoy seguro. —¿Qué es una persona sensible? —le preguntó el petardo a la candela
romana. —Una persona que porque tiene callos siempre le pisa los pies a los demás —
contestó la candela romana en un susurro, y el petardo estuvo a punto de estallar de risa. —
¿De qué se ríen? —preguntó el cohete. —Me río porque soy feliz —contestó el petardo. —
Es una razón egoísta —dijo el cohete airadamente—. ¿Qué derecho tienes para ser feliz?
Debieras pensar en los demás. Debieras pensar en mí. Yo siempre pienso en mí mismo, y
creo que los demás deben hacer lo mismo. Eso es lo que se llama simpatía. Es una bella
virtud, y yo la poseo en alto grado. Supongan, por ejemplo, que me pasara algo esta noche;
¡qué desgracia para todo el mundo! El príncipe y la princesa jamás podrían ser felices; su
vida matrimonial se acabaría. En cuanto al rey, sé que jamás podría recuperarse de la pena.
Realmente, cuando pienso en la importancia de mi posición, me conmuevo hasta las
lágrimas. —Si quieres complacer a los d emás —gritó la candela romana—, harías bien en
mantenerte seco. —Claro —exclamó la luz de Bengala, que estaba ahora un poco más
animada—. Eso no es más que sentido común. —Ah, ¡conque sentido común! —dijo el
cohete indignado—. Se les olvida que no tengo nada de común y que soy muy especial.
Cualquiera puede tener sentido común, si carece de imaginación. Pero yo tengo
imaginación, porque nunca veo las cosas como son; siempre las veo de forma diferente de
como son. En cuanto a mantenerme seco, es evidente que aquí no hay nadie que pueda
apreciar un temperamento sensible. Afortunadamente, a mí no me importa. Lo único que lo
sostiene a uno en la vida es la conciencia de la enorme inferioridad de todos los demás, y
éste es un sentimiento que siempre he fomentado en mí. Pero ninguno de ustedes tiene
corazón. Aquí están, riendo y regocijándose como si el príncipe y la princesa no acabaran
de casarse. —Y, ¿por qué no? —preguntó un pequeño globo de fuego—. Es una ocasión
alegrísima, y cuando yo estalle en el aire pienso comunicárselo a todas las estrellas. Ya las
verán centelleando cuando les hable de la bella recién casada. —¡Ah, qué concepto más
trivial de la vida! —dijo el cohete—, pero es apenas lo que esperaba. No hay nada en ti;
eres hueco y vacío. Quizás el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país donde haya
un río profundo, y quizás tengan un solo hijo, un pequeño de pelo rubio y ojos violeta,
como los del príncipe; y quizás vaya algún día a pasearse con su nodriza; y quizás la
nodriza se quede dormida debajo de un gran saúco; y quizás el niño se caiga al río y se
ahogue. ¡Qué terrible desgracia! ¡Pobre gente, perder a su único hijo! ¡Es demasiado
terrible! No me recuperaré nunca de la pena. —Pero no han perdido a su único hijo —dijo
la candela romana—; no les ha sucedido ninguna desgracia. —No he dicho que les haya
sucedido —replicó el cohete—; he dicho que podría sucederles. Si hubieran perdido a su
único hijo, no tendría sentido decir nada al respecto. Odio a la gente que llora por la leche
que se le ha derramado. Pero cuando pienso que podrían perder a su único hijo, me siento
muy afectado. —Así es, evidentemente —exclamó la luz de Bengala—. Eres la persona
más afectada que he conocido en mi vida. —Y tú la persona más grosera que he conocido
—dijo el cohete—. No puedes entender mi afecto por el príncipe. —Pero si ni siquiera lo
conoces —rezongó la candela romana. —Nunca dije que lo conociera —contestó el cohete
—. Me atrevo a decir que si lo conociera, no sería su amigo. Es muy peligroso conocer a
los amigos de uno. —De verdad debieras mantenerte seco —dijo el globo de fuego—. Eso
es lo importante. —No dudo de que sea importante para ti —contestó el cohete—, pero yo,
si quiero, lloraré. Y se echó a llorar; las lágrimas le corrieron sobre su vara como gotas de
lluvia, y casi ahogaron a dos escarabajos que estaban pensando en casarse y buscaban un
sitio agradable para vivir.
—Debe de verdad tener un temperamento romántico —dijo la rueda—, pues llora cuando
no hay nada por qué llorar. Y lanzando un profundo suspiro se puso a pensar en la caja de
madera. Mas la candela romana y la luz de Bengala estaban indignadas, y gritaban a viva
voz: —¡Tonterías! ¡Tonterías! Eran muy prácticas, y cuando se oponían a algo siempre lo
denominaban tonterías. Entonces apareció la luna como un magnífico escudo de plata y las
estrellas comenzaron a brillar, y del palacio llegó el sonido de la música. El príncipe y la
princesa dirigían el baile. Bailaban tan bien que los lirios de largos tallos se asomaron a la
ventana a contemplarlos, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza y llevaban el
compás. En ese momento sonaron las diez, y después las once y después las doce, y a la
última campanada de medianoche todo el mundo se dirigió a la terraza y el rey hizo llamar
al pirotécnico real. —Que empiecen los fuegos artificiales —dijo el rey; y el pirotécnico
real hizo una profunda reverencia y se dirigió al fondo del jardín. Lo acompañaban seis
asistentes, y cada uno llevaba una antorcha prendida sujeta a un largo palo. Era un
espectáculo magnífico. —¡Ssss! ¡Ssss! —hizo la rueda, cuando empezó a girar. —¡Bum!
¡Bum! —hizo la candela romana. Entonces los buscapiés comenzaron a bailar por todas
partes y las luces de Bengala tiñeron todo de rojo. —¡Adiós! —gritó el globo de fuego
mientras se elevaba dejando caer chispitas azules. —¡Bang! ¡Bang! —respondieron los
petardos, que se divertían muchísimo. Todos tuvieron un gran éxito excepto el cohete.
Estaba tan húmedo de llorar, que no pudo elevarse y arder. Lo mejor que había en él era la
pólvora, y ésta se hallaba tan mojada por las lágrimas, que no sirvió. Todos sus parientes
pobres, a los que no hablaba sin una sonrisa despectiva, se elevaron en el cielo como si
fueran capullos de oro floreciendo en fuego. —¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba la corte. Y la
princesita reía de placer. —Creo que me reservan para una gran ocasión —dijo el cohete
con un aire más orgulloso que nunca—; sin duda es eso. Al día siguiente los criados
vinieron a poner todo en su sitio. —Evidentemente es una comisión —dijo el cohete—. Los
recibiré con gran dignidad. Y adoptando un aire de suma importancia arrugó el entrecejo
como si estuviera pensando en algo muy importante. Pero los criados no se percataron de él
hasta dejarlo atrás. Entonces uno de ellos lo vio. —¡Ah! —gritó—. ¡Qué mal cohete! Y lo
tiró por encima del muro. —¿Mal cohete? ¿Mal cohete? —dijo éste, girando por el aire—.
¡Imposible! Gran cohete, eso es lo que dijo el hombre. Malo y gran suenan casi lo mismo, y
a veces son cosas idénticas. Y cayó en el barro. —Esto no es nada cómodo —observó—;
pero sin duda es algún balneario de moda, adonde me han mandado para que recupere mi
salud. Tengo los nervios de punta, y necesito descanso. Entonces, una ranita de ojos
brillantes y piel moteada nadó hacia él. —¡Un recién llegado! —dijo la rana—. Bueno,
después de todo, no hay nada como el lodo. Denme un tiempo lluvioso y un hoyo, y soy
completamente feliz. ¿Cree usted que lloverá esta tarde? Espero que sí, aunque el cielo está
azul y despejado. ¡Qué lástima! —¡Ejem! ¡Ejem! —dijo el cohete, y comenzó a toser. —
¡Qué voz tan encantadora tiene usted! —gritó la rana. Parece como si croara, y croar es la
cosa más musical del mundo. Esta noche oirá nuestro coro. Nos hacemos en el antiguo
estanque de los patos, junto a la casa del granjero, y cuando aparece la luna, empezamos. Es
tan maravilloso que todo el mundo nos escucha. Ayer, por ejemplo, oí a la esposa del
granjero decir a su madre que no había podido pegar los ojos por nuestra causa. Es muy
agradable ver lo popular que uno es. —¡Ejem! ¡Ejem! —dijo el cohete enfadado. Estaba
muy molesto de no poder decir una palabra. —Sí, una voz de verdad encantadora —
continuó la ranita—. Espero que venga al estanque de los patos. Voy a buscar a mis hijas.
Tengo seis hijas bellísimas y temo que el esturión se encuentre con ellas. Es un monstruo, y
no sentiría el menor escrúpulo en comérselas para el desayuno. Bueno, adiós. Me agradó
mucho conversar con usted, se lo aseguro. —¿Conversar? —dijo el cohete—. Usted ha
hablado sola todo el tiempo. Eso no es conversar. —Alguien tiene que escuchar —contestó
la rana—, y a mí me gusta llevar la voz cantante. Así se ahorra tiempo y no hay discusión.
—Pues a mí me gusta la discusión —dijo el cohete. —Espero que no —dijo la rana con aire
satisfecho—. Las discusiones son extremadamente vulgares, porque en la buena sociedad
todo el mundo tiene las mismas opiniones. Adiós, otra vez veo a mis hijas allá en la
distancia. Y la ranita se alejó nadando. —Es usted una persona muy exasperante —dijo el
cohete—, y muy mal educada. Detesto a la gente que habla de sí misma como usted,
cuando uno necesita hablar de uno mismo, como yo. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el
egoísmo es una cosa abominable, sobre todo para los que son como yo, pues todos me
conocen por mi carácter simpático. Debiera usted tomarme de ejemplo, pues no podría
encontrar un modelo mejor. Ahora que tiene esa oportunidad, es mejor que la aproveche,
porque voy a volver a la Corte enseguida. Me estiman mucho en la Corte. El príncipe y la
princesa se casaron ayer en mi honor. Claro que usted no debe de estar enterada de eso,
pues viene de provincia. —No se moleste en hablarle —dijo una libélula, posada en la
punta de un junco—, se ha ido. —Bueno, la que pierde es ella, no yo —contestó el cohete
—. No voy a dejar de hablarle sólo porque no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno
de mis grandes placeres. Con frecuencia converso conmigo mismo, y digo cosas tan
inteligentes, que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo. —Entonces debe dictar
conferencias de filosofía —dijo la libélula, y desplegando sus bellas alas de gasa, voló
hacia el cielo. —¡Qué tonta es de no quedarse aquí! —dijo el cohete—. Estoy seguro de
que no ha tenido muchas oportunidades de cultivar su espíritu. Pero no me importa. Un
genio como yo con seguridad será apreciado algún día. Y se hundió un poco más en el lodo.
Al poco rato, una gran pata blanca se le acercó. Tenía las patas amarillas, los pies
palmeados, y se la consideraba una gran belleza por su contoneo. —¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac!
—dijo—. ¡Qué forma de cuerpo más rara tiene usted! ¿Puedo preguntarle si nació así, o si
es el resultado de algún accidente? —¡Es evidente que usted siempre ha vivido en el
campo! —contestó el cohete—. De otro modo, sabría quién soy. Sin embargo, disculpo su
ignorancia. Sería absurdo esperar que los demás fueran tan extraordinarios como uno
mismo. Seguramente la sorprenderá saber que vuelo por el cielo y que caigo en una lluvia
de oro. —No me llama mucho la atención —dijo la pata—, pues no veo en qué puede eso
ser útil a alguien. Ahora, si usted pudiera arar los campos como el buey, o tirar un carro
como el caballo, o cuidar las ovejas como el perro, las cosas serían distintas. —Mi señora
—gritó el cohete en tono muy activo—, veo que usted pertenece a la clase baja. Las
personas de mi rango social jamás somos útiles. Tenemos ciertos refinamientos, y eso es
más que suficiente. Personalmente no siento la menor inclinación hacia ningún trabajo, y
menos aún por aquellos que usted recomienda. Además, siempre he creído que el trabajo
constante es el refugio de la gente que no tiene nada qué hacer. —¡Bien, bien! —dijo la
pata, que tenía un temperamento pacífico y jamás peleaba con nadie—. Cada uno tiene su
gusto. De todas maneras, espero que establezca su residencia aquí. —¡Por Dios, no! —gritó
el cohete—. Soy simplemente un visitante, un visitante distinguido. En realidad, encuentro
este lugar bastante aburrido. Aquí no hay ni sociedad ni aislamiento. Es un sitio muy
periférico. Probablemente regresaré a la Corte, pues sé que estoy destinado a causar
sensación en el mundo. —Yo también pensé en entrar en la vida pública —comentó la pata
—. ¡Hay tantas cosas que necesitan ser reformadas! Hace algún tiempo presidí una reunión
en la que votamos por unas proposiciones condenando todo los que no nos gustaba. Sin
embargo, parece que no tuvieron ningún efecto. Ahora me dedico a las actividades
domésticas, y cuido de mi familia. —Yo nací para la vida pública, lo mismo que todos mis
parientes, hasta los más humildes. Cada vez que aparecemos, llamamos mucho la atención.
Yo no he aparecido aún, pero cuando lo haga, será un espectáculo maravilloso. En cuanto a
las actividades domésticas, hacen envejecer y lo distraen a uno de otras, más elevadas. —
¡Ah, qué bellas son las cosas elevadas de la vida! —dijo la pata—. Esto me recuerda el
hambre que tengo.
La pata se fue nadando arroyo abajo, diciendo ¡cuac, cuac, cuac! —¡Regrese, regrese! —
gritó el cohete—. Tengo muchas cosas que decirle. Pero la pata no le hizo ningún caso. —
Me alegro de que se haya ido. Es una persona muy provinciana —se dijo, y se hundió un
poco más en el lodo. Comenzaba a pensar en la soledad del genio, cuando de repente dos
niñitos con blusas blancas se acercaron con una olla y unos leños. —Ésta debe ser la
comisión —dijo el cohete, adoptando una actitud de dignidad. —Mira este palo viejo,
¡cómo habrá venido a parar aquí! —dijo uno de los niños, y sacó el cohete del arroyo. —
¡Palo viejo! —dijo el cohete—. ¡No puede ser! Habrá querido decir palo dorado. Palo
dorado es un cumplido. Me toma por un dignatario de la Corte. —¡Pongámoslo en el fuego!
—dijo el otro chiquillo—; nos ayudará a calentar el agua. Y juntaron los leños, pusieron el
cohete encima y encendieron el fuego. —¡Qué maravilla! —gritó el cohete—. Me van a
encender a plena luz, para que todo el mundo me vea.
—Ahora vamos a dormir —dijeron los niños—, y cuando nos despertemos el agua habrá
hervido. Y se acostaron sobre la hierba y cerraron los ojos. El cohete estaba muy húmedo, y
pasó un buen rato antes que ardiera. Sin embargo, al fin, el fuego prendió en él. —¡Ya me
voy! —gritó el cohete, irguiéndose—. Sé que voy a subir más alto que las estrellas, más
alto que la luna, más que el sol. Subiré tan alto que... ¡Fiss! ¡Fiss! Y se elevó en el aire. —
¡Qué agradable! —gritó—. Seguiré subiendo así siempre. ¡Qué éxito tengo! Pero nadie lo
veía. Entonces comenzó a sentir una extraña picazón. —¡Voy a estallar! —gritó—.
Incendiaré el mundo entero y haré tanto ruido, que nadie hablará de otra cosa en un año. Y
en efecto estalló. —¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! —hizo la pólvora. Pero nadie lo oyó, ni siquiera
los dos chiquillos pues dormían profundamente. No quedó de él más que el palo, que cayó
sobre el lomo de un ganso que caminaba al borde del arroyo.
—¡Santo Dios! —gritó el ganso—. ¡Van a llover palos! Y se lanzó al agua. —Yo sabía que
causaría una gran sensación —jadeó el cohete. Y se apagó.
El joven rey

Era la noche anterior al día fijado para su coronación, y el joven rey se hallaba solo
en su bella cámara. Los cortesanos se habían retirado, inclinando las cabezas hasta el suelo,
de acuerdo con la usanza de aquella época, y fueron al gran vestíbulo de palacio para
recibir las últimas lecciones del profesor de etiqueta, pues había algunos que todavía
conservaban unos modales demasiado naturales, lo cual es en un cortesano, no necesito
decirlo, una grave ofensa. Al joven —pues sólo era un joven que acaba de cumplir dieciséis
años— no le molestó que se marcharan, y se dejó caer en los mullidos cojines de su
bordado lecho con un suspiro de alivio tendido allí, con los ojos muy abiertos y la boca
abierta, parecía un moreno fauno de los bosques, o un cachorro del monte, recién apresado
por los cazadores. Y, realmente, eran unos cazadores los que lo habían encontrado, casi por
casualidad, cuando descalzo y flauta en mano, cuidaba del rebaño del pobre cabrero que lo
había criado y de quien siempre se creyó hijo. Era hijo de la única hija del rey, casada en
secreto con un hombre de origen muy inferior al suyo; un extranjero, decían algunos, quien
se había hecho amar de la princesa por su maravillosa y mágica forma de tocar el laúd,
otros hablaban de un artista de Rimini, a quien la princesa había hecho mucho honor, tal
vez demasiado, y quien había desaparecido súbitamente de la ciudad, dejando su obra
inconclusa en la catedral. El niño había sido arrebatado del lado de su madre mientras ella
dormía, cuando apenas tenía una semana, y entregado a un vulgar campesino y a su mujer,
que no tenían hijos y que vivían en la más remota parte del bosque, a más de un día de
camino de la ciudad. La pena o la peste, como dijo el médico de la Corte, o, como otros
sugirieron, un rápido veneno italiano administrado en una copa de vino con especias, mató,
antes de que pasara una hora de su despertar, a la blanca joven que le había dado a luz; y
cuando el fiel mensajero, que llevaba al niño atravesado sobre el fuste de su silla, descendía
de su cansado corcel y tocaba en la basta puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la
princesa era depositado en una tumba abierta en un cementerio solitario, más allá de las
puertas de la ciudad. En esa misma tumba, se decía, yacía también otro cuerpo, el de un
joven de maravillosa y extraña belleza, cuyas manos estaban atadas a su espalda con una
cuerda, y cuyo pecho se hallaba acribillado de numerosas y rojas heridas. Ésa era, por lo
menos, la historia que corría de boca en boca. Lo cierto es que el viejo rey, en su lecho de
muerte, no se sabe si impulsado por el remordimiento de su gran pecado, o simplemente
para que su reino no pasara a alguien de otra estirpe, había mandado buscar al joven, y, en
presencia del Concejo, lo había reconocido como su heredero. Y parecía que desde el
primer momento había el príncipe mostrado signos de aquella extraña pasión por la belleza
destinada a ejercer tan gran influencia sobre su vida. Los que lo acompañaron a recorrer la
serie de habitaciones reservadas para su servicio, con frecuencia hablaban del grito de
placer que brotó de sus labios cuando vio las delicadas vestimentas y las maravillosas joyas
que le habían preparado, y de la casi feroz alegría con que se quitó su burda túnica de cuero
y su tosco manto de piel de ovejo. Había echado de menos a veces la gran libertad de su
vida en la selva, y le molestaban mucho las tediosas ceremonias de la Corte que le
ocupaban gran parte del día, pero el maravilloso palacio —Joyeuse, lo llamaban— del que
ahora era señor, le parecía un nuevo mundo, recién creado para su deleite; y apenas podía
escaparse del Concejo o de la Cámara de audiencias, bajaba corriendo la gran escalera, con
sus leones de bronce dorado y sus escalones de reluciente pórfido, y se paseaba de salón en
salón y de corredor en corredor, como si buscara en la belleza un calmante a su pena, una
especie de curación de una enfermedad. En estos viajes de descubrimiento, como él los
llamaba —y realmente eran para él verdaderos viajes a través de un país maravilloso— lo
acompañaban a veces los delgados y rubios pajes de la Corte, con sus capas flotantes y
alegres cintas ondeantes; pero la mayoría de las veces iba solo, sintiendo un agudo instinto,
que era casi adivinación, de que los secretos de las artes se aprenden mejor en secreto, y
que la Belleza, como la Sabiduría, aman al adorador solitario. Se contaban muchas historias
curiosas de su vida en aquella época. Se dijo que un enérgico burgomaestre, que vino a
pronunciar un florido discurso en nombre de los habitantes de la ciudad, lo había
sorprendido arrodillado con verdadera adoración ante un gran cuadro recién traído de
Venecia, y que parecía anunciar el culto de algunos nuevos dioses. En otra ocasión lo
echaron de menos durante varias horas, y después de una larga búsqueda lo encontraron en
una pequeña habitación en una de las torres al norte de palacio, contemplando en éxtasis
una joya griega que tenía grabada la figura de Adonis. También lo habían visto, según otro
rumor, presionando sus labios ardientes sobre la frente de mármol de una antigua estatua
que había sido descubierta en el fondo del río, cuando construían un puente de piedra, y que
llevaba inscrito el nombre del esclavo bitinio de Adriano. Había pasado toda una noche
estudiando el efecto de la luz de la luna sobre una imagen de plata de Endimión. Todos los
materiales raros y costosos ejercían sobre él, indudablemente, una gran fascinación, y en su
deseo de conseguirlos había enviado a muchos mercaderes: unos, a traficar por ámbar con
los rudos pescadores de los mares del Norte; otros, a Egipto, en busca de esa curiosa
turquesa verde que sólo se encuentra en las tumbas de los reyes, y que posee, según dicen,
propiedades mágicas; otros, a Persia por tapices de seda y cerámica pintada, y otros, a la
India a comprar gasas y marfil teñido, selenitas y brazaletes de jade, madera de sándalo y
esmaltes azules y chales de fina lana. Pero lo que más lo había preocupado era el traje que
llevaría el día de su coronación, el traje de oro tejido, y la corona adornada de rubíes, y el
cetro con sus hileras y círculos de perlas. En eso pensaba esta noche, mientras yacía en su
lujoso diván, contemplando el gran tronco de pino que ardía en la chimenea abierta. Los
diseños, obra de los más famosos artistas de la época, habían sido sometidos a su
aprobación varios meses antes, y él había dado órdenes para que los artífices trabajaran día
y noche para ejecutarlos, y para que por todo el mundo se buscaran gemas dignas de tal
trabajo. Se vio de pie ante el altar de la catedral con la lujosa vestimenta de un rey, y una
sonrisa jugueteó y se detuvo sobre sus labios adolescentes e iluminó con brillante lustre sus
oscuros ojos. Al poco rato se levantó de su asiento y, apoyándose sobre la tallada repisa de
la chimenea, miró la estancia casi en la penumbra. De las paredes colgaban ricos tapices
representando el triunfo de la Belleza. Un gran estante, incrustado con ágata y lapislázuli
ocupaba un rincón y frente a la ventana había una cómoda curiosamente tallada con
entrepaños laqueados y recubiertos de polvillo de oro y sobre el cual reposaban unos
delicados vasos de cristal veneciano y una copa de ónice de vetas oscuras. La colcha de
seda del lecho estaba bordada de pálidas amapolas, como si hubieran caído de las cansadas
manos del sueño, y altas cañas de marfil estriado sostenían el dosel de terciopelo, del que
surgían grandes penachos de plumas de avestruz, como blanca espuma, hasta la pálida plata
del adornado techo. Un Narciso riente de bronce verde sostenía un bruñido espejo sobre su
cabeza. Encima de la mesa había un plato de amatista.
Afuera veía la gran cúpula de la catedral, como una burbuja sobre las casas en sombra, y
los fatigados centinelas que se paseaban de arriba para abajo por la brumosa terraza junto al
río. A lo lejos, en un huerto, cantaba un ruiseñor. Un tenue aroma de jazmín entraba por la
ventana abierta. Se echó hacia atrás sus castaños bucles y, tomando un laúd, dejó que sus
dedos recorrieran las cuerdas. Sus pesados párpados se cerraron, y una extraña languidez se
apoderó de él. Jamás hasta entonces, había sentido tan agudamente o con tan exquisita
alegría la magia y el misterio de las cosas bellas. Cuando sonó la medianoche en el reloj de
la torre, tocó una campana y sus pajes entraron a despojarlo de su vestimenta con mucha
ceremonia, echando agua de rosas sobre sus manos y esparciendo flores sobre su almohada.
A los pocos momentos de dejarlo solo, se quedó dormido. Y mientras dormía, soñó un
sueño, y éste fue su sueño: Se vio de pies en un desván largo y de poca altura, en medio del
zumbido y el alboroto de numerosos telares. La escasa luz entraba por las enrejadas
ventanas y le mostraba las delgadas figuras de los tejedores, inclinados sobre sus telares.
Unos niños pálidos y enfermizos se acurrucaban sobre las enormes vigas transversales.
Cuando las lanzaderas atravesaban la urdimbre, levantaban los pesados listones, y cuando
las lanzaderas se detenían, dejaban caer los listones y apretaban los hilos. Tenían la cara
demacrada por el hambre y sus manos delgadas se estremecían y temblaban. Algunas
mujeres ojerosas cosían alrededor de una mesa. Un olor horrible llenaba el lugar. El aire era
impuro y pesado, y las húmedas paredes goteaban. El joven rey se acercó hacia uno de los
tejedores, se detuvo ante él y lo miró. Y el tejedor lo miró furioso, y dijo: —¿Por qué me
vigilas? ¿Eres acaso un espía enviado por nuestro amo? —¿Quién es tu amo? —preguntó el
joven rey. —¡Nuestro amo! —gritó el tejedor con amargura—. Es un hombre como yo. En
realidad no hay sino una diferencia entre nosotros: que él lleva ricos vestidos mientras que
yo visto andrajos, y que mientras yo padezco hambre, él sufre, no poco, de
sobrealimentación. —Este país es libre —dijo el joven rey—, y no eres esclavo de nadie.
—En la guerra —contestó el tejedor—, los fuertes esclavizan a los débiles, y en la paz, los
ricos esclavizan a los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan salarios tan bajos,
que nos morimos. Trabajamos para ellos todo el día, y ellos amontonan oro en sus cofres, y
nuestros hijos desaparecen prematuramente, y las caras de nuestros seres queridos se
vuelven duras y malvadas. Pisamos las uvas, y otros beben el vino. Sembramos el trigo y
nuestra propia mesa está vacía. Llevamos cadenas, aunque nadie las vea, y somos esclavos,
aunque los hombres nos llamen libres. —¿Sucede así con todos? —preguntó el joven rey.
—Sucede así con todos —contestó el tejedor—: con los jóvenes y con los viejos, con las
mujeres y con los hombres, con los niños y con los ancianos. Los comerciantes nos
oprimen y tenemos que cumplir sus órdenes. El cura pasa a caballo rezando su rosario, y
nadie se ocupa de nosotros. Por nuestras callejuelas sin sol se arrastra la Pobreza con sus
ojos hambrientos y el Pecado con su rostro ebrio marcha tras ella. La Miseria nos despierta
por la mañana, y la Vergüenza se sienta con nosotros por la noche. Pero, ¿qué te importa
esto a ti? Tú no eres de los nuestros. Tu cara es demasiado feliz. Y frunciendo el ceño se
volvió, y lanzó su lanzadera entre la urdimbre, y el joven rey vio que estaba tejiendo con un
hilo de oro.
Y un gran terror se apoderó de él, y le dijo al tejedor:
—¿Qué traje es ése que estás tejiendo?
—Es el traje para la coronación del rey —contestó—. ¿A ti, qué te importa? Y el joven rey
lanzó un fuerte grito y despertó, y he aquí que se hallaba en su propia habitación, y a través
de la ventana vio la gran luna, color de miel, suspendida en el aire crepuscular. Y se quedó
dormido nuevamente y volvió a soñar, y éste fue su sueño: Se vio sobre la cubierta de una
inmensa galera remada por cien esclavos. Sobre una alfombra, a su lado, se hallaba sentado
el jefe de la galera. Era negro como el ébano, y llevaba un turbante de seda carmesí.
Grandes zarcillos de plata colgaban de los grandes lóbulos de sus orejas, y en las manos
tenía una balanza de marfil. Los esclavos estaban desnudos, salvo por un andrajoso
taparrabos, y cada uno estaba encadenado a su vecino. El sol ardiente caía sobre ellos, y los
negros corrían por el portalón y los azotaban con látigos de cuero. Alargaban sus brazos
flacuchentos y empujaban los pesados remos sobre el agua. Por fin llegaron a una pequeña
bahía, y empezaron a hacer sondeos. Una pequeña brisa sopló desde tierra y cubrió la
cubierta y la gran vela latina con un fino polvo rojo. Tres árabes montados sobre asnos
silvestres aparecieron y les lanzaron flechas. El jefe de la galera tomó un arco pintado e
hirió a uno de ellos en la garganta. Cayó el herido pesadamente sobre la arena, y sus
compañeros se fueron galopando. Una mujer envuelta en un velo amarillo los siguió
lentamente en un camello, volviendo la cabeza de vez en cuando para contemplar el cuerpo
muerto. Apenas echaron el ancla y arriaron la vela, los negros bajaron a la cala y trajeron
una larga escalera de cuerda, lastrada con plomo. El jefe de la galera la arrojó por encima
de la borda, sujetando los extremos a dos puntales de hierro. Entonces los negros cogieron
al más joven de los esclavos, le quitaron sus grillos, le taparon con cera la nariz y los oídos
y le ataron una enorme piedra a la cintura. El esclavo bajó con dificultad por la escalera y
desapareció en el mar. Unas pocas burbujas surgieron en el sitio donde se hundió. Algunos
de los otros esclavos miraron curiosamente. En la proa, un encantador de tiburones tocaba
monótonamente un tambor. Al poco rato, el buceador salió del agua y se agarró jadeante a
la escalera con una perla en su mano derecha. Los negros se la quitaron y lo empujaron
nuevamente a las profundidades. Los esclavos se dormían sobre los remos. Una y otra vez
apareció trayendo siempre una hermosa perla. El jefe de la galera las pesaba y luego las
metía en una bolsita de cuero verde. El joven rey intentó hablar, pero su lengua parecía
adherida al paladar y sus labios se negaban a moverse. Los negros charlaban entre sí, y de
pronto comenzaron a pelearse por un collar de cuentas brillantes. Dos grullas volaban
alrededor de la embarcación. Entonces el buceador subió por última vez, y la perla que trajo
era más hermosa que todas las perlas de Ormuz, pues era redonda como la luna llena, y más
blanca que la estrella matutina. Pero su rostro tenía una extraña palidez, y al caer sobre la
cubierta brotó sangre de sus oídos y de su nariz. Se estremeció por un momento y después
quedó inmóvil. Los negros se encogieron de hombros y después arrojaron el cuerpo sin
vida por encima de la borda. Y el jefe de la galera se echó a reír, y tendiendo la mano, tomó
la perla. Al observarla la apretó contra su frente, e hizo una reverencia. —Será para el cetro
del joven rey —dijo—, y les hizo una seña a los negros para que levantaran el ancla. Y
cuando el joven rey oyó esto, lanzó un fuerte grito y despertó, y a través de la ventana vio
los largos dedos grises de la aurora aferrados a las pálidas estrellas. Y nuevamente quedóse
dormido, y soñó; y éste fue su sueño: Se vio caminando por un bosque oscuro, del cual
colgaban extrañas frutas y hermosas flores venenosas. Las culebras silbaban a su paso, y los
papagayos de colores volaban de rama en rama lanzando alaridos. Enormes tortugas yacían
dormidas sobre el fango caliente. Los árboles estaban llenos de monos y de pavos reales.
Siguió caminando hasta llegar al lindero del bosque, y allí vio una inmensa multitud de
hombres que trabajaban en el cauce seco de un río. Pululaban por el despeñadero como
hormigas. Cavaban hondos hoyos en la tierra y se introducían en ellos. Algunos partían las
rocas con grandes hachas; otros se hallaban postrados en la arena. Arrancaban los cactos
por la raíz y pisaban sobre las flores escarlata. Iban y venían, llamándose unos a otros, y
ningún hombre estaba desocupado. Desde la oscuridad de una caverna la Muerte y la
Avaricia los observaban, y la Muerte dijo: —Estoy fatigada; dame una tercera parte de ellos
y déjame ir. Pero la Avaricia movió la cabeza. —Son mis servidores —contestó. Y la
Muerte le dijo: —¿Qué tienes en la mano? —Tengo tres granos de trigo —contestó—: ¿qué
te importa eso? —Dame uno de ellos para plantarlo en mi jardín —gritó la Muerte—; sólo
uno de ellos y me iré. —No te daré nada —dijo la Avaricia, y escondió la mano entre los
pliegues de su ropa. Y la Muerte rió, y tomando una copa la sumergió en un charco, y de la
copa salió la Fiebre. Pasó a través de la gran multitud, y una tercera parte de ésta cayó
muerta. Una niebla fría la seguía, y las culebras de agua se deslizaban a su lado. Y cuando
la Avaricia vio que una tercera parte de la multitud había muerto, se golpeó el pecho y
lloró. Se golpeó el seno estéril y gritó. —Has matado a una tercera parte de mis servidores.
Vete de aquí. Hay guerra en las montañas de Tartaria, y los reyes de los dos lados te
llaman. Los afganos han degollado al buey negro y marchan hacia el campo de batalla. Han
golpeado sus escudos con sus lanzas y se han puesto sus cascos de acero. ¿Qué importancia
tiene para ti mi valle para que te quedes en él? Vete, y no vuelvas jamás. —No respondió la
Muerte—; no me iré hasta que me hayas dado un grano de trigo. Pero la Avaricia cerró el
puño y apretó los dientes. —No te daré nada —musitó. Y la Muerte se rió, tomó una piedra
negra, la arrojó al bosque y de un arbusto de cicuta salió la Fiebre vestida en llamas. Pasó
entre la multitud, la tocó, y cada hombre que ella tocaba moría. La hierba se marchitaba
bajo sus pies a medida que caminaba.
Y la Avaricia se estremeció y puso cenizas sobre su cabeza. —Eres cruel —gritó—; eres
cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la India, y las cisternas de Samarkanda
se han secado. Hay hambre en las ciudades amuralladas de Egipto, y las langostas han
llegado del desierto. El Nilo no se ha desbordado de sus orillas, y los sacerdotes han
maldecido a Isis y a Osiris. Vete adonde te necesitan, y déjame a mis servidores. —No —
contestó la Muerte—; no me iré hasta que me hayas dado un grano de trigo. —No te daré
nada —dijo la Avaricia. Y la Muerte rió de nuevo, y silbó entre sus dedos, y una mujer
apareció volando por el aire. Sobre su frente estaba escrita la palabra ‘Peste’, y una bandada
de flacos buitres revoloteaba a su alrededor. Cubrió el valle con sus alas, y nadie quedó con
vida. Y la Avaricia huyó chillando por el bosque, y la Muerte saltó sobre su caballo rojo y
se fue galopando, y su galopar era más rápido que el viento. Y del fango del fondo del valle
salieron dragones y seres horribles con escamas, y los chacales se acercaron trotando por la
arena, olfateando el aire.
Y el joven rey lloró, y dijo: —¿Quiénes eran esos hombres y qué buscaban? —Rubíes para
la corona de un rey —contestó uno a su espalda. Y el joven rey se estremeció, y,
volviéndose, vio a un hombre vestido de peregrino que llevaba en la mano un espejo de
plata. Y palideció, y dijo: —¿Para qué rey? Y el peregrino contestó: —Mira en este espejo
y lo verás. Y miró en el espejo y, al ver su propia cara, lanzó un gran grito y despertó, y la
brillante luz del sol inundaba la habitación, y en los árboles del jardín los pájaros cantaban
alegremente. Y el chambelán y los altos dignatarios del Estado entraron a rendirle
homenaje, y los pajes le trajeron el traje de tejido de oro y pusieron frente a él la corona y el
cetro. Y el joven rey los miró y eran bellos. Más bellos que cualquier otra cosa que jamás
hubiera visto. Pero recordó sus sueños y dijo a sus cortesanos: —Llevaos estas cosas, pues
no las usaré. Y los cortesanos estaban asombrados, y algunos rieron, pues pensaban que
bromeaba.
Pero él les habló severamente, y les dijo: —Llevaos esto y escondedlo. Aunque sea el día
de mi coronación, no lo usaré. Porque este traje ha sido tejido en el telar del Dolor por las
blancas manos de la Aflicción. Hay sangre en el corazón del rubí y muerte en el de la perla.
Y les contó sus tres sueños. Y cuando los cortesanos los oyeron se miraron unos a otros,
diciéndose quedamente: —No hay duda de que está loco; pues ¿qué es un sueño sino un
sueño, y una visión sino una visión? No son cosas reales y por tanto no deben
preocuparnos. Y, ¿qué nos importan las vidas de quienes trabajan para nosotros? ¿Acaso va
un hombre a dejar de comer pan hasta que haya visto al sembrador y de beber vino hasta
que haya hablado con el viñador? Y el chambelán habló al joven rey y dijo: —Mi señor, os
suplico que apartéis de vuestra mente estos negros pensamientos, que os pongáis este bello
traje y que os ciñáis esta corona a vuestra frente. Pues, ¿cómo sabrá el pueblo que sois el
rey, si no lleváis traje de rey? Y el joven rey lo miró. —¿Es así realmente? —preguntó—.
¿No me reconocerán como rey si no llevo un traje real?
—No os conocerán, señor —exclamó el chambelán. —Creí que había hombres con aspecto
real —contestó—, pero es posible que sea como vos decís. Sin embargo, no me pondré este
traje, ni seré coronado con esta corona, sino que así como llegué a palacio así saldré de él.
Y les pidió a todos que se marcharan, excepto a un paje que conservó como compañero, un
joven un año menor que él. Lo conservó a su servicio, y sacó de él una túnica de cuero y el
burdo manto de piel de ovejo que usaba cuando cuidaba las lanudas cabras del cabrero. Se
los puso y empuñó el tosco cayado de pastor. Y el pajecillo abrió sorprendido sus grandes
ojos azules y le dijo sonriendo: —Mi señor, veo vuestro traje y vuestro cetro, pero ¿dónde
está vuestra corona? Y el joven rey arrancó una rama de agavanzo que subía por el balcón,
la dobló y haciendo con ella una corona, se la puso en la cabeza. —Ésta será mi corona —
dijo. Y así ataviado salió de la habitación y entró en el gran salón, donde los nobles lo
estaban esperando. Y los nobles se regocijaron, y algunos le gritaron:
—Señor, el pueblo espera a su rey y vais a mostrarle un mendigo.
Y otros, enfurecidos, dijeron:
—Trae vergüenza a nuestro Estado y no es digno de ser nuestro señor. Pero él no les
contestó una palabra, sino que siguió adelante y bajó la escalera de brillante pórfido, pasó
las puertas de bronce y, montando en su caballo, cabalgó hacia la catedral, seguido por el
pajecillo que corría tras él. Y el pueblo al verlo se reía y decía: —Es el bufón del rey quien
pasa a caballo —y se burlaban de él. Y él se detuvo y les dijo: —No, soy el rey. Y les contó
sus tres sueños. Y un hombre se abrió paso entre la multitud y, en tono amargo, dijo: —
Señor, ¿no sabéis que del lujo de los ricos sale la vida de los pobres? Su pompa nos
alimenta y sus vicios nos dan nuestro pan. Es amargo trabajar para un amo cruel, pero es
todavía más amargo no tener amo para quien trabajar. ¿Creéis, acaso, que los cuervos van a
alimentamos? Y, ¿qué cura tenéis para esas cosas? ¿Vais a decir al comprador: “Comprarás
a tanto”, y al vendedor: “Venderás a este precio”? Creo que no. Regresad, por tanto, a
vuestro palacio y ponéos vuestras finas vestiduras púrpura. ¿Qué tenéis que ver con
nosotros y con nuestros sufrimientos? —¿No son los ricos y los pobres hermanos? —
preguntó el joven rey. —Sí —contestó el hombre—, y el nombre del hermano rico es Caín.
Y los ojos del joven rey se llenaron de lágrimas, y siguió su camino entre los murmullos del
pueblo, y el pajecillo se asustó y lo dejó. Y cuando llegó a la gran puerta de la catedral, los
soldados blandieron sus alabardas y dijeron: —¿Qué buscas aquí? Sólo el rey entra por esta
puerta. Y su rostro se sonrojó de ira y les dijo: —Yo soy el rey. Y empujando las alabardas
de los soldados entró. Y cuando el anciano obispo lo vio llegar con sus vestimentas de
cabrero, se levantó sorprendido de su trono y dirigiéndose hacia él le dijo: —Hijo mío, ¿son
éstas las vestimentas de un rey? ¿Con qué corona os coronaré, y qué cetro pondré en
vuestra mano? Éste debe ser para vos un día de júbilo y no un día de humillación. —¿Podrá
el Júbilo vestir lo que el Dolor ha formado? —contestó el joven rey. Y le contó sus tres
sueños. Y cuando el obispo los hubo oído frunció el ceño y dijo: —Hijo mío, soy un viejo,
y en el invierno de mis días sé que se hacen muchas cosas malas en el ancho mundo. Los
feroces ladrones bajan de las montañas y se llevan a los niños y los venden a los moros. Los
leones esperan a las caravanas y saltan sobre los camellos. Los jabalíes destrozan los
trigales en el valle, y los zorros roen los viñedos de la colina. Los piratas devastan la costa y
queman las embarcaciones de los pescadores, y les quitan sus redes. En las salinas viven los
leprosos; sus casas están hechas de caña y nadie puede acercárseles. Los mendigos vagan
por las ciudades y comparten su comida con los perros. ¿Podéis vos impedir que esto
ocurra? ¿Compartiríais vuestro lecho con el leproso, y sentaríais al mendigo a vuestra
mesa? ¿Os obedecerían el león y el jabalí? ¿No es más sabio que vos quien creó la miseria?
Por eso no puedo elogiar lo que habéis hecho, sino que os ordeno que volváis a palacio,
pongáis cara alegre y vistáis el traje que corresponde a un rey; yo os coronaré con la corona
de oro, y pondré en tu mano el cetro de perlas. Y en cuanto a vuestros sueños, no penséis
más en ellos. El peso del mundo es demasiado pesado para que pueda sobrellevarlo un
corazón. —¿Habláis así en esta casa? —dijo el joven rey, y pasando delante del obispo
subió las gradas del altar y se detuvo ante la imagen de Cristo. Se detuvo ante la imagen de
Cristo, y a su derecha y a su izquierda estaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el
vino color ámbar y la redoma con los sagrados óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo;
los grandes cirios ardían brillantemente frente al tabernáculo cubierto de joyas y el humo
del incienso se elevaba en finas espirales azules hacia la cúpula. Inclinó la cabeza en
oración, y los sacerdotes en sus rígidas capas se alejaron del altar. Y súbitamente llegó de la
calle un gran tumulto, y entraron los nobles con sus espadas desnudas y escudos de bruñido
acero, moviendo sus penachos. —¿Dónde está ese soñador de sueños? —gritaron—.
¿Dónde está ese rey que está vestido como mendigo, ese joven que nos avergüenza?
Ciertamente lo mataremos, pues es indigno de gobernarnos. Y el joven rey inclinó de nuevo
la cabeza y rezó, y cuando hubo terminado se levantó, y volviéndose los miró con tristeza.
Y he aquí que a través de los vitrales la luz del sol se derramó sobre él, y los rayos del sol
tejieron a su alrededor un manto más bello que el que había sido hecho para su placer. El
seco cayado floreció en lirios más blancos que las perlas, y las secas espinas florecieron en
rosas más rojas que los rubíes. Más blancas que las perlas eran los lirios, y sus tallos eran
de brillante plata. Más rojas que rubíes eran las rosas, y sus hojas eran de oro bruñido. Allí
estaba, trajeado como un rey, y las puertas del tabernáculo cuajado de joyas se abrieron, y
tras el cristal de la resplandeciente custodia brilló una luz maravillosa y mística. Allí estaba,
ataviado como un rey, y la gloria de Dios llenaba el sitio, y los santos en sus tallados nichos
parecían cobrar vida. Con sus magníficos ropajes, hallábase de pie ante ellos, y el órgano
despedía su música aturdidora, y los heraldos tocaban sus trompetas y los niños del coro
cantaban. Y el pueblo cayó de rodillas lleno de temor, y los nobles envainaron sus espadas
y le rindieron homenaje, y el rostro del obispo palideció y le temblaron las manos. —Uno
más grande que yo os ha coronado —exclamó, y cayó de rodillas. Y el joven rey bajó del
altar mayor y retornó a palacio, cruzando entre el pueblo. Pero nadie se atrevió a mirar su
rostro, pues era como el rostro de un ángel.
El amigo fiel

Una mañana la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía los ojos
redondos y brillantes y los bigotes grises y tiesos, y su cola parecía un largo pedazo de
caucho negro. Los patitos, semejantes a una bandada de canarios, nadaban en el estanque, y
su madre, que era blanca con las patas rojas, trataba de enseñarles a pararse en la cabeza en
el agua. —Jamás formarán parte de la buena sociedad si no aprenden a pararse en la cabeza
—les decía, y les enseñaba cómo debían hacerlo. Pero los patitos no le ponían ninguna
atención. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas de formar parte de la sociedad.
—¡Qué desobedientes son! —exclamó la vieja rata de agua—. Verdaderamente merecen
ahogarse. —Nada de eso —contestó la pata—, todos tenemos que aprender algún día, y
nunca es suficiente la paciencia de los padres. —¡Ah! No tengo la menor idea de los
sentimientos de los padres —dijo la rata de agua—. No soy padre de familia. De hecho,
jamás me he casado y no tengo intención de hacerlo. El amor es algo bueno, a su manera,
pero la amistad es superior. No conozco en el mundo algo más noble o más raro que una
fiel amistad. —Y dígame, se lo ruego, ¿cuáles cree usted que son los deberes de un amigo
fiel? —preguntó un jilguero verde que estaba posado sobre un sauce y que había oído la
conversación. —Sí, eso es exactamente lo que yo quisiera saber —dijo la pata, y nadó hacia
el extremo del estanque y se paró en la cabeza para dar buen ejemplo a sus hijos. —¡Qué
pregunta más tonta! —gritó la rata—. Espero que un amigo fiel me demuestre fidelidad,
claro está. —¿Y qué haría usted para corresponderle? —preguntó el pajarito,
columpiándose sobre una ramita plateada y agitando sus diminutas alas. —No le
comprendo —respondió la rata de agua. —Permítame que le cuente una historia al respecto
—dijo el jilguero. —¿Se refiere a mí la historia? —preguntó la rata de agua—. Si es así, la
escucharé, porque a mí me encantan los cuentos. —Sí, puede aplicarse a usted —contestó
el jilguero, y volando se posó al borde del estanque y contó la historia del amigo fiel. —
Había una vez un honrado joven llamado Hans —comenzó el jilguero. —¿Era, de verdad,
un hombre distinguido? —preguntó la rata de agua. —No —contestó el jilguero—. No creo
que fuera nada distinguido, excepto por su buen corazón y su cara redonda y agradable.
Vivía solo en una casita de campo, y todos los días trabajaba en su jardín. En toda la región
no había jardín tan hermoso como el suyo. Crecían en él claveles de China, alhelíes,
cápselas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranes lilas y dorados, y violetas
lilas y blancas. Agavanzos y cardaminas, mejorana y albahaca silvestres, primaveras,
asfódelos y claveros florecían allí, por su orden, según los meses. Una flor sustituía a la
otra, por lo cual había siempre allí cosas bellas a la vista y perfumes agradables al olfato. El
pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más cercano era el gran Hugh, el molinero.
Quería tanto el rico molinero al pequeño Hans, que jamás recorría su jardín sin inclinarse
sobre el cerco y coger un gran ramo de flores o un buen manojo de hierbas aromáticas, o
sin llenarse los bolsillos de ciruelas o cerezas, según la estación. —Los verdaderos amigos
deben compartirlo todo —decía el molinero, y el pequeño Hans asentía con la cabeza y
sonreía, orgulloso de tener un amigo con tan nobles pensamientos. Algunas veces, sin
embargo, los vecinos se sorprendían de que el rico molinero no le diera jamás nada en
cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino,
seis vacas lecheras y todo un rebaño de lanosas ovejas; pero Hans no se preocupaba nunca
por esto, y nada le gustaba tanto como oír las maravillosas cosas que el molinero solía decir
sobre la generosidad de los verdaderos amigos. El pequeño Hans seguía cultivando su
jardín. En primavera, en verano y en otoño se sentía muy feliz, pero cuando llegaba el
invierno, y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, sufría muchísimo de frío y de
hambre y con frecuencia se acostaba sin haber comido más que unas peras secas o algunas
nueces viejas. Además, en invierno se hallaba muy solo, porque el molinero jamás venía a
verlo durante esa época. —No hay para qué ir a ver al pequeño Hans mientras dure la nieve
—le decía el molinero a su esposa—; cuando las personas están en problemas es mejor
dejarlas solas y no molestarlas con visitas. Ésa es, por lo menos, mi opinión sobre la
amistad, y estoy seguro de que tengo razón; así que esperaré a que llegue la primavera y
entonces iré a verlo; podrá darme una gran cesta de primaveras, y eso lo hará feliz. —Eres
verdaderamente muy considerado con los demás —le contestaba su esposa, sentada en su
cómoda silla junto a un gran fuego de leña de pino—, muy, muy considerado. Es un gran
placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría tan bellas cosas como
tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve una argolla de oro en el meñique. —¿Pero
no podríamos invitar al pequeño Hans a que venga aquí? —preguntó el hijo menor del
molinero—. Si el pobre Hans está en dificultades, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré
mis conejos blancos. —¡Qué tonto eres! —exclamó el molinero—. Realmente no sé para
qué sirve mandarte al colegio. Parece que no te enseñaran nada. Si el pequeño Hans viniera
aquí, y viera nuestro cálido fuego, nuestra buena cena y nuestro buen tonel de vino tinto,
podría sentir envidia; y la envidia es una cosa terrible, que deteriora el carácter de
cualquiera. Definitivamente no podría dejar que el carácter de Hans se deteriorara. Soy su
mejor amigo, cuidaré siempre de él, y me aseguraré de que no caiga en ninguna tentación.
Además, si Hans viniera aquí, podría pedirme que le fiara alguna harina, y yo no podría
hacerlo. La harina es una cosa, y la amistad es otra, y no deben confundirse. Las dos
palabras se escriben distinto y significan cosas muy diferentes. Eso todo el mundo la sabe.
—¡Qué bien hablas! —dijo la esposa del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza
caliente—. Me siento verdaderamente adormecida, como si estuviera en la iglesia. —
Mucha gente obra bien —replicó el molinero—; pero muy poca sabe hablar bien, lo cual
prueba que hablar es mucho más difícil y más hermoso también. Y miró severamente por
encima de la mesa a su hijito, que sintió tanta vergüenza de sí mismo que bajó la cabeza, se
puso rojo y comenzó a llorar encima de su té. Sin embargo, era tan joven, que debemos
disculparlo. —¿Allí termina la historia? —preguntó la rata de agua. —Nada de eso —
contestó el jilguero—. Es apenas el comienzo. —Entonces está usted muy pasado de moda
—respondió la rata de agua—. Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue
por el comienzo y termina por la mitad. Eso le oí decir a un crítico que paseaba alrededor
del estanque con un joven. Habló del asunto durante largo tiempo, y estoy segura de que
tenía razón, porque usaba anteojos azules y era calvo; y cuando el joven le hacía algún
comentario, contestaba siempre: “¡Puf!”. Pero por favor, continúe con su historia. Me
encanta el molinero. Yo también tengo toda clase de bellos sentimientos, por eso existe una
gran simpatía entre los dos. —Bien —dijo el jilguero, brincando de un lado al otro—,
cuando terminó el invierno y las primaveras comenzaron a abrir sus estrellas amarillas, el
molinero le dijo a su esposa que iba a visitar al pequeño Hans. —¡Qué buen corazón tienes!
—exclamó ella—. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar la canasta grande
para que traigas flores. Entonces el molinero amarró las aspas del molino con una fuerte
cadena de hierro y bajó la colina con la canasta al brazo. —Buenos días, pequeño Hans —
saludó el molinero. —Buenos días —contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo
de oreja a oreja. —¿Cómo pasaste el invierno? —le preguntó el molinero. —Es muy
amable de tu parte interesarte por mí —respondió Hans—. Pasé mis malos ratos, pero ahora
ha llegado la primavera y me siento muy feliz, y mis flores van bien. —Hablamos
frecuentemente de ti este invierno, Hans —dijo el molinero—, preguntándonos cómo
estarías. —¡Qué amable! Temí que me hubieras olvidado. —Hans, me sorprendes —dijo el
molinero—; la amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso de ella, aunque me temo que no
entiendas la poesía de la vida. Pero cambiando de tema, ¡qué bellas están tus primaveras!
—Sí, realmente están muy bellas —dijo Hans— y es una suerte que tenga tantas. Voy a
llevarlas al mercado y a vendérselas a la hija del burgomaestre y con el dinero compraré
otra vez mi carretilla. —¿Que vas a comprar otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir que la has
vendido? ¡Qué tontería! —Pues, la verdad es que la tuve que vender. El invierno es una
estación mala para mí, y no tenía dinero para comprar pan. Así que primero vendí los
botones de plata de mi chaqueta de los domingos, después mi cadena de plata, luego mi
gaita grande y finalmente mi carretilla. Pero ahora voy a recuperarlo todo. —Hans —dijo el
molinero—, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado; en realidad uno de los lados
está dañado, y los rayos de la rueda no funcionan; pero a pesar de esto, te la daré. Sé que es
muy generoso de mi parte, y a mucha gente le parecerá una locura que te la ceda, pero no
soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y
además, tengo una carretilla nueva. Sí, no te preocupes. Te daré mi carretilla —Eres muy
generoso —dijo el pequeño Hans y su cara redonda resplandeció de placer—. Puedo
arreglarla fácilmente pues tengo una tabla en casa. —¡Una tabla! —dijo el molinero—; eso
es exactamente lo que necesito para el techo de mi granero. Tiene un hueco enorme y el
trigo se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que lo hayas mencionado! Sin duda una buena
acción siempre engendra otra. Te he dado mi carretilla y ahora tú me vas a dar tu tabla.
Claro que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la verdadera amistad no repara
nunca en esas cosas. Dámela ya, y comenzaré de inmediato a arreglar mi granero. —Con
mucho gusto —dijo el pequeño Hans, y fue corriendo al cobertizo y sacó la tabla. —No es
una tabla muy grande —dijo el molinero mirándola— y me temo que una vez que haya
arreglado el techo de mi granero no te quedará madera suficiente para arreglar la carretilla;
pero, claro, no tengo la culpa... y ahora, como te he dado mi carretilla, estoy seguro de que
querrás regalarme unas flores a cambio. Aquí tienes el canasto; trata de llenarlo casi hasta
el borde.
—¿Casi hasta el borde? —dijo el pequeño Hans desconsoladamente, porque la canasta era
bastante grande y sabía que, si lo llenaba, no le quedarían flores que llevar al mercado, y
realmente quería rescatar sus botones de plata. —Bueno —respondió el molinero—, puesto
que te he dado mi carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas pocas flores. Puedo estar
equivocado, pero pensé que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de egoísmo. —
Mi querido amigo, mi mejor amigo —gimió el pequeño Hans—, puedes disponer de todas
las flores de mi jardín. Me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata; y
corrió a reunir las primaveras y a llenar el canasto del molinero. —¡Adiós, pequeño Hans!
—se despidió el molinero, y comenzó a subir la loma con la tabla al hombro y el gran
canasto en la mano. —Adiós —dijo el pequeño Hans, y se puso a cavar la tierra
alegremente; estaba feliz con su carretilla. Al día siguiente, estaba sujetando unas
madreselvas a la puerta, cuando oyó la voz del molinero que lo llamaba desde el camino.
Así que saltó de la escalera y corriendo hacia el final del jardín, miró por encima del muro.
Allí se hallaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda. —Querido Hans —dijo
el molinero—, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado? —Oh, lo siento
mucho —dijo Hans—, pero verdaderamente estoy ocupadísimo hoy. Tengo que sujetar
todas mis enredaderas y regar todas mis matas y cortar el césped. —Bueno —dijo el
molinero—, pienso que teniendo en cuenta que te voy a regalar mi carretilla, es poco
amistoso de tu parte negarte a hacerlo. —¡Por favor, no digas eso! —exclamó el pequeño
Hans—. Por nada del mundo faltaría yo a la amistad— y tomando su gorra, echó a andar
con el saco al hombro. Hacía mucho calor y el camino estaba terriblemente polvoriento. No
había Hans llegado al poste que marcaba la sexta milla, cuando ya estaba tan fatigado que
tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, continuó valientemente y al fin llegó al
mercado. Después de un rato, vendió el saco de harina a un muy buen precio y regresó a
casa inmediatamente, porque temía que algún ladrón pudiera atracarlo si se demoraba.
—¡Qué día tan duro! —se dijo el pequeño Hans al acostarse—, pero me alegro de no
haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo, y, además, me va a regalar su
carretilla. Temprano a la mañana siguiente, el molinero fue por el dinero de su saco de
harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que no se había levantado todavía. —De
verdad que eres muy perezoso —dijo el molinero—. Puesto que voy a regalarte mi
carretilla, bien podrías trabajar más duro. La pereza es un gran pecado, y no me gusta que
ninguno de mis amigos sea perezoso o inactivo. No te molestes si te hablo claramente.
Claro que no pensaría en hablarte así si no fuera tu amigo. Pero, ¿de qué sirve la amistad si
uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas amables y
tratar de agradar y halagar, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables, y
no se preocupa si causa dolor. Realmente, si es un verdadero amigo, lo prefiere, porque
sabe que está obrando bien. —Lo siento —dijo el pequeño Hans, restregándose los ojos y
quitándose el gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que decidí quedarme en cama un
ratito y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor cuando he oído
cantar a los pájaros? —Bueno, me alegro de eso —dijo el molinero, dándole una palmada
en la espalda —porque quiero que vengas al molino apenas te vistas y me arregles el techo
del granero. El pequeño Hans tenía muchos deseos de ir a trabajar en su jardín, porque
hacía dos días que no regaba las flores, pero no quiso decirle que no al molinero, que era
tan buen amigo. —¿Crees que sería poco amistoso si te dijera que estoy ocupado? -—
preguntó humildemente. —Bueno —contestó el molinero—. No creo que sea mucho
pedirte, teniendo en cuenta que voy a regalarte mi carretilla; pero claro, si te niegas, lo haré
yo mismo. —¡No, no! —exclamó el pequeño Hans, y saltó de su cama, se vistió y partió
para el granero. Trabajó allí todo el día, hasta el anochecer y, al ponerse el sol, vino el
molinero a ver cómo le había ido.
—¿Ya tapaste el hueco del techo, pequeño Hans? —le preguntó el molinero alegremente.
—Completamente —respondió el pequeño Hans, bajando de la escalera.
—¡Ah! —dijo el molinero—, no hay trabajo tan encantador como el que se hace para
otros. —¡Es un gran privilegio oírte hablar! —contestó el pequeño Hans, sentándose y
secándose la frente—. Un gran privilegio; pero infortunadamente jamás tendré ideas tan
bellas como tú. —¡Oh, un día las tendrás! —dijo el molinero—. Pero debes esforzarte más.
Por ahora sólo posees la práctica de la amistad; algún día poseerás también la teoría. —¿De
verdad lo crees? —preguntó el pequeño Hans. —No tengo la menor duda —contestó el
molinero—; pero ahora que has arreglado el techo, es mejor que te vayas a casa y
descanses, pues mañana quiero que lleves mis ovejas a la montaña. El pobre Hans no se
atrevió a decir nada, y temprano a la mañana siguiente el molinero trajo sus ovejas hasta la
cabaña y Hans se fue con ellas a la montaña. Tardó todo el día en ir y volver, y cuando
regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en su silla y no se despertó hasta bien
entrada la mañana. —¡Cómo voy a gozar en mi jardín! —se dijo, y se puso a trabajar. Pero
le fue imposible cuidar sus flores, porque su amigo el molinero no hizo más que enviarlo a
hacer largos mandados o pedirle que le ayudara en el molino. El pequeño Hans se
preocupaba muchísimo a ratos, pues temía que sus flores fueran a creer que las había
olvidado, pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo. “Además —se
decía—, va a darme su carretilla, y ése es un acto de la más pura generosidad”. Fue así
como el pequeño Hans siguió trabajando para el molinero, y éste decía todo tipo de cosas
bellas sobre la amistad, cosas que Hans apuntaba en una libreta y que releía por la noche,
pues era muy estudioso. Y sucedió que una noche, cuando Hans estaba sentado junto al
fuego, se oyó un golpe en la puerta. Era una noche tormentosa, y el viento soplaba y rugía
alrededor de la casa en forma tan terrible, que al principio Hans pensó que se trataba de la
tempestad. Pero se oyó un segundo golpe, y después un tercero, más fuerte que los
anteriores. “Debe de ser algún pobre viajero”, se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.
Mas allí se hallaba el molinero con un farol en una mano y un gran garrote en la otra. —
Querido pequeño Hans —gritó el molinero—. Tengo un grave problema. Mi pequeño hijo
se ha caído de una escalera y se ha herido. Voy en busca del médico, pero éste vive tan
lejos y la noche está tan fea que he pensado que sería mucho mejor que tú fueras en mi
lugar. Sabes que te voy a dar mi carretilla, así que es apenas justo que hagas algo por mí en
cambio. —Claro que sí —dijo el pequeño Hans—. Me siento muy halagado de que hayas
venido a buscarme e iré enseguida; pero debes prestarme tu farol, porque la noche está tan
oscura que temo caer en alguna cuneta. —Lo siento mucho —contestó el molinero—, pero
es mi farol nuevo y sería una gran pérdida para mí si le ocurriera algo. —Bueno, no te
preocupes, me las arreglaré sin él —exclamó el pequeño Hans, y se puso su gran abrigo de
piel y su gorro rojo, se enrolló su bufanda y partió. ¡La tempestad era horrible! La noche
era tan negra que el pequeño Hans a duras penas podía ver y el viento tan fuerte que
escasamente podía caminar. Sin embargo, era muy valiente, y después de caminar cerca de
tres horas llegó a casa del médico y llamó a la puerta. —¿Quién es? —gritó el doctor,
asomando la cabeza por la ventana de su habitación.
—El pequeño Hans, doctor. —¿Qué deseas, pequeño Hans? —El hijo del molinero se ha
caído de una escalera y se ha herido, y el molinero quiere que usted vaya enseguida. —
¡Muy bien! —dijo el doctor, y pidió su caballo, se puso sus grandes botas, tomó su farol,
bajó las escaleras y se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans, a pie, detrás
de él. Pero la tormenta empeoró. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ver por
dónde iba ni seguir al caballo. Finalmente se perdió, y estuvo vagando por el páramo, que
era un sitio muy peligroso pues estaba lleno de huecos profundos, y allí el pobre pequeño
Hans se ahogó. Al día siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en un gran
charco y lo llevaron a su casa. Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans, pues lo
querían mucho, y el molinero era el que más lamentaba su muerte. —Como yo era su mejor
amigo, es apenas justo que ocupe el mejor sitio —decía el molinero; y caminó a la cabeza
del cortejo con una larga capa negra, y de vez en cuando se enjugaba los ojos con un gran
pañuelo.
—La muerte del pequeño Hans es, ciertamente, una gran pérdida para todos nosotros —
dijo el herrero, una vez terminado el funeral y cuando todos se hallaban cómodamente
sentados en la posada, bebiendo vino con especias y comiendo ricos pasteles. —Una gran
pérdida para mí, por lo menos —contestó el molinero—. Había prometido regalarle mi
carretilla, y ahora no sé qué hacer con ella. Me estorba en casa, y está en tan mal estado que
si la fuera a vender no me darían nada por ella. En el futuro, ciertamente me cuidaré de no
darle nada a nadie. Uno siempre sufre por haber sido generoso. —Y, ¿bien? —dijo la rata
de agua, después de una pausa. —Pues que ése es el final —dijo el jilguero. —Y, ¿qué fue
del molinero? —¡Oh! No lo sé con certeza —contestó el jilguero—, y en realidad no me
importa. —Es evidente que usted es incapaz de sentir simpatía —dijo la rata de agua. —
Temo que usted no haya comprendido la moraleja de la historia —exclamó el jilguero. —-
La ¿qué? —gritó la rata de agua. —La moraleja. —¿Quiere usted decir que la historia tiene
una moraleja?
—Claro que sí —dijo el jilguero. —¡Pues podría habérmelo dicho antes de empezar! —
dijo la rata, furiosa—. Si lo hubiera hecho, ciertamente no lo habría escuchado. De hecho,
le habría dicho: “¡Puf”, como el crítico. Sin embargo, todavía puedo hacerlo. Gritó “¡Puf” a
voz en cuello, dio un coletazo y se volvió a su agujero. —¿Qué le parece a usted la rata de
agua? —preguntó la pata, que llegó chapoteando poco después—. Tiene muchas buenas
cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y jamás puedo ver a un
soltero empedernido sin que se me escurran las lágrimas. —Temo haberlo molestado —
respondió el jilguero—. El hecho es que le conté una historia que tiene su moraleja. —¡Ah!
Eso es siempre sumamente peligroso —dijo la pata. Y yo estoy totalmente de acuerdo con
ella.
El gigante egoísta

Todas las tardes, al volver del colegio, los niños iban a jugar en el jardín del
gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con un césped suave y verde. Aquí y allá brillaban
bellas flores entre la hierba, como estrellas, y había doce durazneros que en primavera se
llenaban de flores rosadas y aperladas, y que en otoño rendían ricos frutos. Los pájaros
posados entre los árboles cantaban tan dulcemente, que los niños acostumbraban
interrumpir sus juegos para escucharlos. —¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a
otros.
Un día, el gigante volvió. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y había
permanecido siete años con él. Después de siete años, dijo todo lo que tenía que decir, pues
su conversación era limitada, y decidió regresar a su castillo. Cuando llegó vio a los niños
jugando en el jardín.
—¿Qué hacen aquí? —les gritó con voz áspera, y los niños salieron corriendo. —Mi jardín
es mi jardín —dijo el gigante—; todos deben entender esto, y no permitiré que nadie más
que yo juegue en él. Lo cerró con un alto muro, y puso un cartel que decía: PROHIBIDA
LA ENTRADA. Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían dónde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero ésta estaba muy polvorienta y llena de duras
piedras, y no les gustó. Se acostumbraron a pasearse alrededor del alto muro, una vez
terminadas sus lecciones, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado. —¡Qué
felices éramos allí! —se decían unos a otros. Llegó la primavera, y en todo el país hubo
pajaritos y florecitas. Sólo en el jardín del gigante continuaba el invierno. Los pájaros no
tenían interés en cantar, pues no había niños, y a los árboles se les olvidó florecer. Una vez,
una bella flor levantó la cabeza sobre el prado, pero al ver el cartel se entristeció tanto
pensando en los niños, que volvió a enterrar la cabeza y se durmió. Los únicos que estaban
contentos eran el hielo y la nieve. —La primavera se ha olvidado de este jardín —
exclamaban—, de tal manera que viviremos en él todo el año. La nieve cubrió el césped
con su gran manto blanco, y el hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al
viento del Norte a que viniera a quedarse con ellos, y él vino. Estaba envuelto en pieles, y
bramaba todo el día por el jardín, tumbando chimeneas. —Éste es un sitio encantador —
decía—. Digámosle al granizo que venga a visitarnos. Y el granizo llegó. Todos los días,
durante tres horas, hacía resonar el techo del castillo hasta que rompió gran parte de las
tejas, y después se puso a dar vueltas alrededor del jardín lo más rápido que pudo. Iba
vestido de gris, y su aliento era como hielo. —No entiendo por qué la primavera se ha
demorado tanto —decía el gigante egoísta sentado frente a la ventana, mirando su jardín—.
Espero que el tiempo cambie.
Pero la primavera no llegaba, ni el verano tampoco. El otoño trajo frutos dorados a todos
los jardines, pero al del gigante no le dio ninguno. —Es demasiado egoísta —dijo la
primavera. Y era siempre invierno en el jardín del gigante, y el viento del Norte, el granizo,
el hielo y la escarcha danzaban en medio de los árboles. Una mañana, el gigante, acostado
pero despierto, oyó una música bellísima. Sonaba tan dulcemente en sus oídos, que pensó
que debían de ser los músicos del rey que pasaban por allí. En realidad, era sólo un jilguero
que cantaba frente a su ventana, pero como hacía tanto tiempo que no oía un pájaro en su
jardín, le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de bailar sobre
su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y un perfume delicioso llegó hasta él por la
ventana abierta. —Creo que la primavera ha llegado al fin —dijo el gigante saltando del
lecho y asomándose afuera. Pero, ¿qué vio? Vio un espectáculo maravill oso. Los niños
habían entrado por una pequeña brecha abierta en el muro, y se habían subido a las ramas
de los árboles. En todos los árboles que él alcanzaba a ver había un niñito. Y los árboles
estaban tan contentos de tener nuevamente a los niños entre sus brazos, que se habían
cubierto de flores y movían suavemente sus ramas sobre las cabecitas. Los pájaros
revoloteaban por doquier, cantando dichosos, y las flores levantaban sus cabezas sobre el
césped y reían. Era una escena bella; sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón
más lejano del jardín, y allí se encontraba un niñito. Era tan pequeño que no podía subirse a
las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando desconsoladamente. El pobre
árbol estaba todavía cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y
bramaba por encima de él. —Sube, pequeño —le dijo el árbol, y bajó sus ramas lo más que
pudo; pero el niño era demasiado pequeño. El gigante estaba mirando hacia afuera, y el
corazón se le enterneció.
“¡Qué egoísta he sido”, se dijo. “Ahora sé por qué la primavera no ha querido venir por
aquí. Voy a subir a ese pobre niñito sobre la copa del árbol, y después tumbaré el muro y
mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre”. Estaba verdaderamente
arrepentido de lo que había hecho. Entonces bajó las escaleras, abrió la puerta suavemente,
salió al jardín. Pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que huyeron, y el jardín
volvió a quedar en invierno. Sólo el pequeñuelo no huyó porque sus ojos estaban tan llenos
de lágrimas que no vio venir al gigante. El gigante se le acercó por detrás, lo tomó
suavemente entre sus manos y lo puso sobre el árbol. Y el árbol floreció inmediatamente, y
los pájaros se acercaron y comenzaron a cantar, y el niñito extendió los brazos, rodeó con
ellos el cuello del gigante y lo besó. Y los otros niños, al ver que el gigante ya no era malo,
se acercaron corriendo, y con ellos volvió también la primavera. —A partir de ahora est e
jardín es de ustedes, niños —les dijo el gigante, y tomando un hacha muy grande, derribó el
muro. Y cuando las gentes pasaron al mediodía, camino al mercado, vieron al gigante
jugando con los niños en el jardín más hermoso que jamás habían visto. Jugaron todo el día,
y al caer la noche fueron a decirle adiós al gigante. —Pero, ¿dónde está el compañerito de
ustedes? —les preguntó—. El pequeño que subí al árbol.
El gigante lo quería más que a todos, porque lo había besado. —No sabemos —contestaron
los niños—; se ha ido. —Díganle que venga mañana sin falta —les dijo el gigante, pero los
niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes; y el gigante
se puso muy triste. Todas las tardes, a la salida del colegio, los niños venían a jugar con el
gigante; pero el niño a quien el gigante quería no se volvió a ver. El gigante era muy
bondadoso con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y con
frecuencia hablaba de él. —¡Cómo me gustaría verlo! —decía. Pasaron muchos años, y el
gigante envejeció y se volvió muy frágil. Ya no podía jugar, y permanecía sentado en una
gran butaca viendo jugar a los niños y admirando su jardín. —Tengo muchas flores
hermosas —decía—; pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de
invierno, mientras se vestía, miró por la ventana. Ya no odiaba el invierno, porque sabía
que éste no era más que la primavera adormecida, y que las flores estaban descansando. De
repente, se frotó los ojos sorprendido, y miró y miró. Realmente era un espectáculo
maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de
bellísimas flores blancas. Sus ramas eran todas doradas, y de ellas colgaban frutos de plata,
y debajo estaba el pequeño a quien había amado. El gigante corrió escaleras abajo lleno de
alegría, entró en el jardín y se aproximó al niño. Y cuando lo tuvo cerca, su cara enrojeció
de cólera y dijo: —¿Quién se ha atrevido a herirte? Pues en las palmas de las manos del
niño y en sus pequeños pies se veían las huellas de dos clavos. —¿Quién se ha atrevido a
herirte? —gritó el gigante—. Dímelo, y tomaré mi espada y lo mataré. —No —contestó el
niño—; éstas son las heridas del Amor. —¿Quién eres? —le preguntó el gigante, y lo
invadió un extraño temor que lo hizo caer de rodillas ante el pequeño. Y el niño sonrió y le
respondió: —Una vez me dejaste jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo al Paraíso, que es
mi jardín. Y cuando los niños llegaron aquella tarde, encontraron al gigante muerto bajo el
árbol, todo cubierto de flores blancas.
El amigo fiel Una mañana la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía los
ojos redondos y brillantes y los bigotes grises y tiesos, y su cola parecía un largo pedazo de
caucho negro. Los patitos, semejantes a una bandada de canarios, nadaban en el estanque, y
su madre, que era blanca con las patas rojas, trataba de enseñarles a pararse en la cabeza en
el agua. —Jamás formarán parte de la buena sociedad si no aprenden a pararse en la cabeza
—les decía, y les enseñaba cómo debían hacerlo. Pero los patitos no le ponían ninguna
atención. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas de formar parte de la sociedad.
—¡Qué desobedientes son! —exclamó la vieja rata de agua—. Verdaderamente merecen
ahogarse. —Nada de eso —contestó la pata—, todos tenemos que aprender algún día, y
nunca es suficiente la paciencia de los padres. —¡Ah! No tengo la menor idea de los
sentimientos de los padres —dijo la rata de agua—. No soy padre de familia. De hecho,
jamás me he casado y no tengo intención de hacerlo. El amor es algo bueno, a su manera,
pero la amistad es superior. No conozco en el mundo algo más noble o más raro que una
fiel amistad. —Y dígame, se lo ruego, ¿cuáles cree usted que son los deberes de un amigo
fiel? —preguntó un jilguero verde que estaba posado sobre un sauce y que había oído la
conversación. —Sí, eso es exactamente lo que yo quisiera saber —dijo la pata, y nadó hacia
el extremo del estanque y se paró en la cabeza para dar buen ejemplo a sus hijos. —¡Qué
pregunta más tonta! —gritó la rata—. Espero que un amigo fiel me demuestre fidelidad,
claro está. —¿Y qué haría usted para corresponderle? —preguntó el pajarito,
columpiándose sobre una ramita plateada y agitando sus diminutas alas. —No le
comprendo —respondió la rata de agua. —Permítame que le cuente una historia al respecto
—dijo el jilguero. —¿Se refiere a mí la historia? —preguntó la rata de agua—. Si es así, la
escucharé, porque a mí me encantan los cuentos. —Sí, puede aplicarse a usted —contestó
el jilguero, y volando se posó al borde del estanque y contó la historia del amigo fiel. —
Había una vez un honrado joven llamado Hans —comenzó el jilguero. —¿Era, de verdad,
un hombre distinguido? —preguntó la rata de agua. —No —contestó el jilguero—. No creo
que fuera nada distinguido, excepto por su buen corazón y su cara redonda y agradable.
Vivía solo en una casita de campo, y todos los días trabajaba en su jardín. En toda la región
no había jardín tan hermoso como el suyo. Crecían en él claveles de China, alhelíes,
cápselas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranes lilas y dorados, y violetas
lilas y blancas. Agavanzos y cardaminas, mejorana y albahaca silvestres, primaveras,
asfódelos y claveros florecían allí, por su orden, según los meses. Una flor sustituía a la
otra, por lo cual había siempre allí cosas bellas a la vista y perfumes agradables al olfato. El
pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más cercano era el gran Hugh, el molinero.
Quería tanto el rico molinero al pequeño Hans, que jamás recorría su jardín sin inclinarse
sobre el cerco y coger un gran ramo de flores o un buen manojo de hierbas aromáticas, o
sin llenarse los bolsillos de ciruelas o cerezas, según la estación. —Los verdaderos amigos
deben compartirlo todo —decía el molinero, y el pequeño Hans asentía con la cabeza y
sonreía, orgulloso de tener un amigo con tan nobles pensamientos. Algunas veces, sin
embargo, los vecinos se sorprendían de que el rico molinero no le diera jamás nada en
cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino,
seis vacas lecheras y todo un rebaño de lanosas ovejas; pero Hans no se preocupaba nunca
por esto, y nada le gustaba tanto como oír las maravillosas cosas que el molinero solía decir
sobre la generosidad de los verdaderos amigos. El pequeño Hans seguía cultivando su
jardín. En primavera, en verano y en otoño se sentía muy feliz, pero cuando llegaba el
invierno, y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, sufría muchísimo de frío y de
hambre y con frecuencia se acostaba sin haber comido más que unas peras secas o algunas
nueces viejas. Además, en invierno se hallaba muy solo, porque el molinero jamás venía a
verlo durante esa época. —No hay para qué ir a ver al pequeño Hans mientras dure la nieve
—le decía el molinero a su esposa—; cuando las personas están en problemas es mejor
dejarlas solas y no molestarlas con visitas. Ésa es, por lo menos, mi opinión sobre la
amistad, y estoy seguro de que tengo razón; así que esperaré a que llegue la primavera y
entonces iré a verlo; podrá darme una gran cesta de primaveras, y eso lo hará feliz. —Eres
verdaderamente muy considerado con los demás —le contestaba su esposa, sentada en su
cómoda silla junto a un gran fuego de leña de pino—, muy, muy considerado. Es un gran
placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría tan bellas cosas como
tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve una argolla de oro en el meñique. —¿Pero
no podríamos invitar al pequeño Hans a que venga aquí? —preguntó el hijo menor del
molinero—. Si el pobre Hans está en dificultades, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré
mis conejos blancos. —¡Qué tonto eres! —exclamó el molinero—. Realmente no sé para
qué sirve mandarte al colegio. Parece que no te enseñaran nada. Si el pequeño Hans viniera
aquí, y viera nuestro cálido fuego, nuestra buena cena y nuestro buen tonel de vino tinto,
podría sentir envidia; y la envidia es una cosa terrible, que deteriora el carácter de
cualquiera. Definitivamente no podría dejar que el carácter de Hans se deteriorara. Soy su
mejor amigo, cuidaré siempre de él, y me aseguraré de que no caiga en ninguna tentación.
Además, si Hans viniera aquí, podría pedirme que le fiara alguna harina, y yo no podría
hacerlo. La harina es una cosa, y la amistad es otra, y no deben confundirse. Las dos
palabras se escriben distinto y significan cosas muy diferentes. Eso todo el mundo la sabe.
—¡Qué bien hablas! —dijo la esposa del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza
caliente—. Me siento verdaderamente adormecida, como si estuviera en la iglesia. —
Mucha gente obra bien —replicó el molinero—; pero muy poca sabe hablar bien, lo cual
prueba que hablar es mucho más difícil y más hermoso también. Y miró severamente por
encima de la mesa a su hijito, que sintió tanta vergüenza de sí mismo que bajó la cabeza, se
puso rojo y comenzó a llorar encima de su té. Sin embargo, era tan joven, que debemos
disculparlo. —¿Allí termina la historia? —preguntó la rata de agua. —Nada de eso —
contestó el jilguero—. Es apenas el comienzo. —Entonces está usted muy pasado de moda
—respondió la rata de agua—. Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue
por el comienzo y termina por la mitad. Eso le oí decir a un crítico que paseaba alrededor
del estanque con un joven. Habló del asunto durante largo tiempo, y estoy segura de que
tenía razón, porque usaba anteojos azules y era calvo; y cuando el joven le hacía algún
comentario, contestaba siempre: “¡Puf!”. Pero por favor, continúe con su historia. Me
encanta el molinero. Yo también tengo toda clase de bellos sentimientos, por eso existe una
gran simpatía entre los dos. —Bien —dijo el jilguero, brincando de un lado al otro—,
cuando terminó el invierno y las primaveras comenzaron a abrir sus estrellas amarillas, el
molinero le dijo a su esposa que iba a visitar al pequeño Hans. —¡Qué buen corazón tienes!
—exclamó ella—. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar la canasta grande
para que traigas flores. Entonces el molinero amarró las aspas del molino con una fuerte
cadena de hierro y bajó la colina con la canasta al brazo. —Buenos días, pequeño Hans —
saludó el molinero. —Buenos días —contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo
de oreja a oreja. —¿Cómo pasaste el invierno? —le preguntó el molinero. —Es muy
amable de tu parte interesarte por mí —respondió Hans—. Pasé mis malos ratos, pero ahora
ha llegado la primavera y me siento muy feliz, y mis flores van bien. —Hablamos
frecuentemente de ti este invierno, Hans —dijo el molinero—, preguntándonos cómo
estarías. —¡Qué amable! Temí que me hubieras olvidado. —Hans, me sorprendes —dijo el
molinero—; la amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso de ella, aunque me temo que no
entiendas la poesía de la vida. Pero cambiando de tema, ¡qué bellas están tus primaveras!
—Sí, realmente están muy bellas —dijo Hans— y es una suerte que tenga tantas. Voy a
llevarlas al mercado y a vendérselas a la hija del burgomaestre y con el dinero compraré
otra vez mi carretilla. —¿Que vas a comprar otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir que la has
vendido? ¡Qué tontería! —Pues, la verdad es que la tuve que vender. El invierno es una
estación mala para mí, y no tenía dinero para comprar pan. Así que primero vendí los
botones de plata de mi chaqueta de los domingos, después mi cadena de plata, luego mi
gaita grande y finalmente mi carretilla. Pero ahora voy a recuperarlo todo. —Hans —dijo el
molinero—, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado; en realidad uno de los lados
está dañado, y los rayos de la rueda no funcionan; pero a pesar de esto, te la daré. Sé que es
muy generoso de mi parte, y a mucha gente le parecerá una locura que te la ceda, pero no
soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y
además, tengo una carretilla nueva. Sí, no te preocupes. Te daré mi carretilla —Eres muy
generoso —dijo el pequeño Hans y su cara redonda resplandeció de placer—. Puedo
arreglarla fácilmente pues tengo una tabla en casa. —¡Una tabla! —dijo el molinero—; eso
es exactamente lo que necesito para el techo de mi granero. Tiene un hueco enorme y el
trigo se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que lo hayas mencionado! Sin duda una buena
acción siempre engendra otra. Te he dado mi carretilla y ahora tú me vas a dar tu tabla.
Claro que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la verdadera amistad no repara
nunca en esas cosas. Dámela ya, y comenzaré de inmediato a arreglar mi granero. —Con
mucho gusto —dijo el pequeño Hans, y fue corriendo al cobertizo y sacó la tabla. —No es
una tabla muy grande —dijo el molinero mirándola— y me temo que una vez que haya
arreglado el techo de mi granero no te quedará madera suficiente para arreglar la carretilla;
pero, claro, no tengo la culpa... y ahora, como te he dado mi carretilla, estoy seguro de que
querrás regalarme unas flores a cambio. Aquí tienes el canasto; trata de llenarlo casi hasta
el borde.
—¿Casi hasta el borde? —dijo el pequeño Hans desconsoladamente, porque la canasta era
bastante grande y sabía que, si lo llenaba, no le quedarían flores que llevar al mercado, y
realmente quería rescatar sus botones de plata. —Bueno —respondió el molinero—, puesto
que te he dado mi carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas pocas flores. Puedo estar
equivocado, pero pensé que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de egoísmo. —
Mi querido amigo, mi mejor amigo —gimió el pequeño Hans—, puedes disponer de todas
las flores de mi jardín. Me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata; y
corrió a reunir las primaveras y a llenar el canasto del molinero. —¡Adiós, pequeño Hans!
—se despidió el molinero, y comenzó a subir la loma con la tabla al hombro y el gran
canasto en la mano. —Adiós —dijo el pequeño Hans, y se puso a cavar la tierra
alegremente; estaba feliz con su carretilla. Al día siguiente, estaba sujetando unas
madreselvas a la puerta, cuando oyó la voz del molinero que lo llamaba desde el camino.
Así que saltó de la escalera y corriendo hacia el final del jardín, miró por encima del muro.
Allí se hallaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda. —Querido Hans —dijo
el molinero—, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado? —Oh, lo siento
mucho —dijo Hans—, pero verdaderamente estoy ocupadísimo hoy. Tengo que sujetar
todas mis enredaderas y regar todas mis matas y cortar el césped. —Bueno —dijo el
molinero—, pienso que teniendo en cuenta que te voy a regalar mi carretilla, es poco
amistoso de tu parte negarte a hacerlo. —¡Por favor, no digas eso! —exclamó el pequeño
Hans—. Por nada del mundo faltaría yo a la amistad— y tomando su gorra, echó a andar
con el saco al hombro. Hacía mucho calor y el camino estaba terriblemente polvoriento. No
había Hans llegado al poste que marcaba la sexta milla, cuando ya estaba tan fatigado que
tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, continuó valientemente y al fin llegó al
mercado. Después de un rato, vendió el saco de harina a un muy buen precio y regresó a
casa inmediatamente, porque temía que algún ladrón pudiera atracarlo si se demoraba.
—¡Qué día tan duro! —se dijo el pequeño Hans al acostarse—, pero me alegro de no
haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo, y, además, me va a regalar su
carretilla. Temprano a la mañana siguiente, el molinero fue por el dinero de su saco de
harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que no se había levantado todavía. —De
verdad que eres muy perezoso —dijo el molinero—. Puesto que voy a regalarte mi
carretilla, bien podrías trabajar más duro. La pereza es un gran pecado, y no me gusta que
ninguno de mis amigos sea perezoso o inactivo. No te molestes si te hablo claramente.
Claro que no pensaría en hablarte así si no fuera tu amigo. Pero, ¿de qué sirve la amistad si
uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas amables y
tratar de agradar y halagar, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables, y
no se preocupa si causa dolor. Realmente, si es un verdadero amigo, lo prefiere, porque
sabe que está obrando bien. —Lo siento —dijo el pequeño Hans, restregándose los ojos y
quitándose el gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que decidí quedarme en cama un
ratito y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor cuando he oído
cantar a los pájaros? —Bueno, me alegro de eso —dijo el molinero, dándole una palmada
en la espalda —porque quiero que vengas al molino apenas te vistas y me arregles el techo
del granero. El pequeño Hans tenía muchos deseos de ir a trabajar en su jardín, porque
hacía dos días que no regaba las flores, pero no quiso decirle que no al molinero, que era
tan buen amigo. —¿Crees que sería poco amistoso si te dijera que estoy ocupado? -—
preguntó humildemente. —Bueno —contestó el molinero—. No creo que sea mucho
pedirte, teniendo en cuenta que voy a regalarte mi carretilla; pero claro, si te niegas, lo haré
yo mismo. —¡No, no! —exclamó el pequeño Hans, y saltó de su cama, se vistió y partió
para el granero. Trabajó allí todo el día, hasta el anochecer y, al ponerse el sol, vino el
molinero a ver cómo le había ido.
—¿Ya tapaste el hueco del techo, pequeño Hans? —le preguntó el molinero alegremente.
—Completamente —respondió el pequeño Hans, bajando de la escalera.
—¡Ah! —dijo el molinero—, no hay trabajo tan encantador como el que se hace para
otros. —¡Es un gran privilegio oírte hablar! —contestó el pequeño Hans, sentándose y
secándose la frente—. Un gran privilegio; pero infortunadamente jamás tendré ideas tan
bellas como tú. —¡Oh, un día las tendrás! —dijo el molinero—. Pero debes esforzarte más.
Por ahora sólo posees la práctica de la amistad; algún día poseerás también la teoría. —¿De
verdad lo crees? —preguntó el pequeño Hans. —No tengo la menor duda —contestó el
molinero—; pero ahora que has arreglado el techo, es mejor que te vayas a casa y
descanses, pues mañana quiero que lleves mis ovejas a la montaña. El pobre Hans no se
atrevió a decir nada, y temprano a la mañana siguiente el molinero trajo sus ovejas hasta la
cabaña y Hans se fue con ellas a la montaña. Tardó todo el día en ir y volver, y cuando
regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en su silla y no se despertó hasta bien
entrada la mañana. —¡Cómo voy a gozar en mi jardín! —se dijo, y se puso a trabajar. Pero
le fue imposible cuidar sus flores, porque su amigo el molinero no hizo más que enviarlo a
hacer largos mandados o pedirle que le ayudara en el molino. El pequeño Hans se
preocupaba muchísimo a ratos, pues temía que sus flores fueran a creer que las había
olvidado, pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo. “Además —se
decía—, va a darme su carretilla, y ése es un acto de la más pura generosidad”. Fue así
como el pequeño Hans siguió trabajando para el molinero, y éste decía todo tipo de cosas
bellas sobre la amistad, cosas que Hans apuntaba en una libreta y que releía por la noche,
pues era muy estudioso. Y sucedió que una noche, cuando Hans estaba sentado junto al
fuego, se oyó un golpe en la puerta. Era una noche tormentosa, y el viento soplaba y rugía
alrededor de la casa en forma tan terrible, que al principio Hans pensó que se trataba de la
tempestad. Pero se oyó un segundo golpe, y después un tercero, más fuerte que los
anteriores. “Debe de ser algún pobre viajero”, se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.
Mas allí se hallaba el molinero con un farol en una mano y un gran garrote en la otra. —
Querido pequeño Hans —gritó el molinero—. Tengo un grave problema. Mi pequeño hijo
se ha caído de una escalera y se ha herido. Voy en busca del médico, pero éste vive tan
lejos y la noche está tan fea que he pensado que sería mucho mejor que tú fueras en mi
lugar. Sabes que te voy a dar mi carretilla, así que es apenas justo que hagas algo por mí en
cambio. —Claro que sí —dijo el pequeño Hans—. Me siento muy halagado de que hayas
venido a buscarme e iré enseguida; pero debes prestarme tu farol, porque la noche está tan
oscura que temo caer en alguna cuneta. —Lo siento mucho —contestó el molinero—, pero
es mi farol nuevo y sería una gran pérdida para mí si le ocurriera algo. —Bueno, no te
preocupes, me las arreglaré sin él —exclamó el pequeño Hans, y se puso su gran abrigo de
piel y su gorro rojo, se enrolló su bufanda y partió. ¡La tempestad era horrible! La noche
era tan negra que el pequeño Hans a duras penas podía ver y el viento tan fuerte que
escasamente podía caminar. Sin embargo, era muy valiente, y después de caminar cerca de
tres horas llegó a casa del médico y llamó a la puerta. —¿Quién es? —gritó el doctor,
asomando la cabeza por la ventana de su habitación.
—El pequeño Hans, doctor. —¿Qué deseas, pequeño Hans? —El hijo del molinero se ha
caído de una escalera y se ha herido, y el molinero quiere que usted vaya enseguida. —
¡Muy bien! —dijo el doctor, y pidió su caballo, se puso sus grandes botas, tomó su farol,
bajó las escaleras y se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans, a pie, detrás
de él. Pero la tormenta empeoró. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ver por
dónde iba ni seguir al caballo. Finalmente se perdió, y estuvo vagando por el páramo, que
era un sitio muy peligroso pues estaba lleno de huecos profundos, y allí el pobre pequeño
Hans se ahogó. Al día siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en un gran
charco y lo llevaron a su casa. Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans, pues lo
querían mucho, y el molinero era el que más lamentaba su muerte. —Como yo era su mejor
amigo, es apenas justo que ocupe el mejor sitio —decía el molinero; y caminó a la cabeza
del cortejo con una larga capa negra, y de vez en cuando se enjugaba los ojos con un gran
pañuelo.
—La muerte del pequeño Hans es, ciertamente, una gran pérdida para todos nosotros —
dijo el herrero, una vez terminado el funeral y cuando todos se hallaban cómodamente
sentados en la posada, bebiendo vino con especias y comiendo ricos pasteles. —Una gran
pérdida para mí, por lo menos —contestó el molinero—. Había prometido regalarle mi
carretilla, y ahora no sé qué hacer con ella. Me estorba en casa, y está en tan mal estado que
si la fuera a vender no me darían nada por ella. En el futuro, ciertamente me cuidaré de no
darle nada a nadie. Uno siempre sufre por haber sido generoso. —Y, ¿bien? —dijo la rata
de agua, después de una pausa. —Pues que ése es el final —dijo el jilguero. —Y, ¿qué fue
del molinero? —¡Oh! No lo sé con certeza —contestó el jilguero—, y en realidad no me
importa. —Es evidente que usted es incapaz de sentir simpatía —dijo la rata de agua. —
Temo que usted no haya comprendido la moraleja de la historia —exclamó el jilguero. —-
La ¿qué? —gritó la rata de agua. —La moraleja. —¿Quiere usted decir que la historia tiene
una moraleja?
—Claro que sí —dijo el jilguero. —¡Pues podría habérmelo dicho antes de empezar! —
dijo la rata, furiosa—. Si lo hubiera hecho, ciertamente no lo habría escuchado. De hecho,
le habría dicho: “¡Puf”, como el crítico. Sin embargo, todavía puedo hacerlo. Gritó “¡Puf” a
voz en cuello, dio un coletazo y se volvió a su agujero. —¿Qué le parece a usted la rata de
agua? —preguntó la pata, que llegó chapoteando poco después—. Tiene muchas buenas
cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y jamás puedo ver a un
soltero empedernido sin que se me escurran las lágrimas. —Temo haberlo molestado —
respondió el jilguero—. El hecho es que le conté una historia que tiene su moraleja. —¡Ah!
Eso es siempre sumamente peligroso —dijo la pata. Y yo estoy totalmente de acuerdo con
ella. El príncipe felizEn lo alto de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del
Príncipe Feliz. Estaba toda cubierta de capas de oro fino; en vez de ojos tenía dos brillantes
zafiros y un gran rubí carmesí relucía en el puño de su espada. Todo el mundo la admiraba.
—Es tan bello como una veleta —comentó un día uno de los concejales que deseaba
obtener fama de conocedor de arte—; aunque no es tan útil —añadió, temiendo aparecer
como hombre poco práctico, que en realidad no lo era. —¿Por qué no puedes ser como el
Príncipe Feliz? —le preguntó una madre sensata a su hijito, que quería la luna—. El
Príncipe Feliz jamás pediría nada a gritos. —Me alegra saber que hay alguien en el mundo
completamente feliz —murmuró un hombre desilusionado contemplando la maravillosa
estatua. —Parece un ángel —dijeron los niños del hospicio al salir de la catedral, vestidos
en sus capas escarlata y su limpios delantales blancos. —¿Cómo lo saben —preguntó el
profesor de matemáticas—, si jamás han visto uno? —Oh, ¡pero sí los hemos visto en
sueños! —contestaron los niños; y el profesor de matemáticas frunció el ceño y adoptó una
actitud de severidad porque no estaba de acuerdo con que los niños soñaran. Una noche, un
pajarito voló sobre la ciudad. Sus amigos habían partido para Egipto seis semanas antes,
pero él se había quedado porque estaba enamorado de la más hermosa caña de río. La
conoció al inicio de la primavera, mientras volaba sobre el río persiguiendo a una mariposa
amarilla, y su esbelta cintura lo había seducido tanto que se detuvo a hablarle. —Te amaré
—dijo el pajarito, al que le gustaba ser muy directo, y la caña le hizo una profunda
reverencia. Y el pajarito voló a su alrededor, tocando el agua con sus alas y dejando estelas
plateadas. Era su manera de cortejarla, y así pasó el verano. —Es un enamoramiento
ridículo —gorjeaban los otros pájaros—: esa caña no tiene dinero pero sí demasiada
familia. Y en realidad, el río estaba lleno de cañas. Entonces, al llegar el otoño, todos los
pájaros levantaron el vuelo. Cuando se fueron, el pajarito se sintió solo y empezó a cansarse
de su enamorada. —No habla de nada —se decía— y me temo que sea una coqueta, pues
siempre está flirteando con el aire. Y ciertamente, cada vez que soplaba el viento, la caña
hacía las más graciosas reverencias. —Tengo que admitir que es muy casera —continuó—,
pero a mí me encanta viajar, y a quien se case conmigo también debe gustarle. —¿Vienes
conmigo? —le preguntó finalmente, pero la caña sacudió la cabeza; estaba demasiado
apegada a su hogar. —Has estado burlándote de mí —le gritó—; me voy a las pirámides.
¡Adiós! Voló todo el día, y al anochecer llegó a la ciudad. —¿Dónde me refugiaré? —se
preguntó—. Espero que la ciudad se haya preparado para recibirme. Entonces vio la estatua
sobre su alto pedestal. —Me cobijaré allí —gritó—; es un magnífico sitio y muy aireado. Y
se posó exactamente entre los pies del Príncipe Feliz. —Tengo un dormitorio dorado —se
dijo quedamente, mirando a su alrededor y preparándose para dormir; pero justamente
cuando iba a meter la cabeza debajo del ala, una gran gota de agua le cayó encima. —¡Qué
curioso! —gritó—. El cielo está totalmente despejado, las estrellas están perfectamente
claras y brillantes y, sin embargo, está lloviendo. El clima en el norte de Europa es
realmente desastroso. A la caña le gustaba la lluvia, pero en ella era puro egoísmo.
Entonces le cayó otra gota. —¿De qué sirve una estatua si no protege de la lluvia? —dijo el
pajarito—. Buscaré una buena chimenea. Se disponía a volar, pero antes de que abriera las
alas le cayó una tercera gota y, mirando hacia arriba, ¡ah!, ¿qué vio? Los ojos del Príncipe
Feliz estaban bañados en lágrimas que resbalaban por sus mejillas de oro. Su rostro se veía
tan bello a la luz de la luna que el pajarito se apiadó de él. —¿Quién sois? —le preguntó. —
Soy el Príncipe Feliz. —Entonces, ¿por qué lloráis? Me habéis empapado. —Cuando estaba
vivo y tenía corazón —contestó la estatua— ignoraba lo que eran las lágrimas, porque vivía
en el Palacio de la Tranquilidad, donde el dolor no puede entrar. Durante el día jugaba con
mis compañeros en el jardín, y de noche bailaba en el gran vestíbulo. Alrededor del jardín
había un muro muy alto, pero jamás me preocupé por saber qué había detrás de él, tan bello
era todo lo que me rodeaba. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y en verdad lo
era, si el placer constituye la felicidad. Así viví, y así morí, y ahora que estoy muerto me
han situado tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque
mi corazón está hecho de plomo no puedo más que llorar. “Acaso, ¿no es de oro puro?”, se
preguntó el pajarito, pues era demasiado bien educado para hacer comentarios en voz alta
sobre alguien. —Mucho más abajo —continuó la estatua en su voz baja y musical—,
mucho más abajo en una callejuela, hay una casa pobre. Una de las ventanas está abierta, y
por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Tiene la cara flaca y ajada y las
manos toscas y rojas, llenas de pinchazos de aguja, pues es costurera. Borda pasionarias en
un traje de satín que llevará la más bella de las damas de honor de la reina en el próximo
baile de la corte. En una camita, en un rincón de la habitación, yace su pequeño hijo
enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene más que agua del río para darle, y
por eso está llorando. Pájaro, pájaro, pajarito, ¿no podrías llevarle a ella el rubí de la
empuñadura de mi espada? Mis pies están sujetos a este pedestal y no puedo moverme. —
Me esperan en Egipto —respondió el pajarito—. Mis compañeros vuelan de un lado para
otro sobre el Nilo y conversan con las grandes flores de loto. Pronto se irán a dormir a la
tumba del gran rey, que se encuentra allí en su decorado féretro, envuelto en un lienzo
amarillo y embalsamado con sustancias aromáticas. Alrededor del cuello lleva un collar de
jade verde pálido y sus manos parecen hojas secas. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el
Principe—, ¿no podrías quedarte conmigo una noche y ser mi mensajero? ¡El niño tiene
tanta sed y la madre está tan triste! —No me gustan mucho los niños —contestó el pajarito
—. El verano pasado, cuando estaba en la orilla del río, dos niños mal educados, los hijos
del molinero, siempre me tiraban piedras. Claro que jamás me golpearon, porque nosotros
los pájaros volamos muy bien y, además, vengo de una familia famosa por su agilidad,
pero, aun así, era una falta de respeto. Mas el Príncipe Feliz parecía tan triste que el pajarito
se conmovió. —Hace mucho frío aquí —le dijo—, pero me quedaré con vos una noche y
seré vuestro mensajero. —Gracias, pajarito —respondió el Príncipe. Y el pájaro arrancó el
bello rubí de la espada del Príncipe y, con él en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó por encima de la torre de la catedral, en la que había unos ángeles de mármol blanco.
Pasó por el palacio y oyó la música del baile. Una bella joven salió al balcón con su
prometido. —¡Qué maravillosas son las estrellas y qué increíble es el poder del amor! —le
dijo él. —Espero que mi traje esté listo para el gran baile —comentó ella—. He pedido que
le borden unas pasionarias, ¡pero las costureras son tan perezosas! Voló sobre el río y vio
los faroles colgados de los mástiles de los barcos. Voló sobre el ghetto y vio a los viejos
judíos comerciando entre ellos y pesando el dinero en balanzas de cobre. Al fin llegó a la
pobre vivienda y miró hacia adentro. El niño se movía febrilmente en su camita y la madre
se había quedado dormida, tal era su fatiga. El pajarito entró de un salto en la habitación y
dejó el gran rubí sobre la mesa, al lado del dedal de la mujer. Después voló suavemente
alrededor del lecho y abanicó con sus alas la cara del niño. —¡Qué fresco me siento! —
musitó el niño—. Debo estar mejor. Y se quedó deliciosamente dormido. Entonces el
pajarito regresó a donde estaba el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. —¡Qué
curioso! —comentó—. Me siento muy abrigado a pesar del frío que hace. —Es porque has
hecho una buena acción —dijo el Príncipe. Y el pajarito se puso a pensar sobre aquello,
pero se quedó dormido. Cada vez que se ponía a pensar se dormía. Al alba voló hacia el río
y se dio un baño. —¡Qué extraordinario fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología,
que cruzaba por el puente. ¡Un pajarito en invierno! Y escribió una larga carta para el
periódico local. Todo el mundo la citó, pues estaba llena de palabras que nadie entendía. —
Esta noche partiré hacia Egipto —se decía el pajarito, feliz ante la idea. Recorrió todos los
monumentos públicos y descansó un buen rato sobre la aguja de la torre de la catedral. Por
donde pasaba, los gorriones gorjeaban, diciéndose: —¡Qué forastero más distinguido! —lo
cual lo hizo divertirse mucho. En cuanto salió la luna retornó a donde el Príncipe Feliz. —
¿Tenéis algún encargo para Egipto? —le preguntó—. Salgo en este momento para allá. —
Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Principe—. ¿No quieres quedarte otra noche conmigo? —
Me esperan en Egipto —contestó el pajarito—. Mis compañeros volarán mañana hacia la
segunda catarata. Allí el hipopótamo descansa entre los papiros y el dios Memnon se alza
sobre un gran trono de granito. Toda la noche contempla los astros y cuando brilla la
estrella mañanera lanza un grito de alegría y no se vuelve a oír. Al mediodía los dorados
leones bajan a beber a la ribera del río. Sus ojos son como verdes berilos y sus rugidos más
fuertes que los de la catarata. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Príncipe—, muy lejos, al
otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre un escritorio
lleno de papeles, y a su lado, en un vaso, hay un manojo de violetas marchitas. Tiene el
pelo oscuro y ondulado, los labios rojos como una granada y los ojos grandes y soñadores.
Trata de terminar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío y ya no
puede escribir. Ya no hay fuego en su chimenea y el hambre lo ha dejado extenuado. —Me
quedaré otra noche acompañándoos —dijo el pajarito, que verdaderamente tenía muy buen
corazón—. ¿Deseáis que le lleve otro rubí? —Desafortunadamente no tengo más rubíes —
contestó el Príncipe—; sólo me quedan los ojos. Son unos preciosos zafiros traídos de la
India hace mil años. Arráncame uno y llévaselo. Se lo venderá a un joyero, comprará
alimento y combustible, y podrá terminar su obra. —Querido Príncipe, no puedo hacer eso
—dijo el pajarito, y se echó a llorar. —Pájaro, pájaro, pajarito —dijo el Príncipe, ¡haz lo
que te pido! Y entonces el pajarito arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del
estudiante. Le fue fácil entrar, porque había un agujero en el techo. Penetró por él y entró
en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida en las manos, así que no oyó el aleteo del
pájaro, y al levantar la cabeza encontró el magnífico zafiro entre las violetas marchitas. —
Comienzan a apreciarme —se dijo—; esto me lo envía algún admirador importante. Ahora
puedo terminar mi obra —y se sintió muy feliz. Al día siguiente el pajarito voló hacia el
puerto. Se posó sobre el mástil de un gran buque y vio cómo los marineros extraían grandes
cofres de la cala con unos cordeles. —¡Levanten! —gritaban cada vez que subían un cofre.
—¡Me voy a Egipto! —gritó el pajarito, pero nadie le hizo caso, y cuando salió la luna
retornó a donde el Príncipe. —He venido a deciros adiós —le dijo. —Pájaro, pájaro,
pajarito —exclamó el Principe—; ¿no podrás acompañarme una noche más? —Ya es
invierno —contestó el pajarito— y pronto la nieve lo cubrirá todo. En Egipto el sol calienta
las verdes palmeras y los cocodrilos, tendidos en el fango, las contemplan indolentes. Mis
compañeros hacen sus nidos en el templo de Baalbec, y las blancas y rosadas palomas los
observan, mientras se arrullan. Querido Príncipe, debo dejaros, pero jamás os olvidaré, y la
próxima primavera os traeré dos bellas piedras preciosas para reemplazar las que habéis
regalado. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro tan azul como el ancho mar. —
Abajo, en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, se halla una pequeña que vende cerillas; éstas
se le han caído al arroyo y se han estropeado. Su padre la azotará si no trae dinero a casa, y
por eso llora. No tiene zapatos ni medias, y lleva la cabeza al aire. Arráncame el otro ojo y
dáselo, y su padre no la azotará. —Os acompañaré otra noche —contestó el pajarito—, pero
no puedo arrancaros el ojo, pues entonces quedaríais ciego. —Pájaro, pájaro, pajarito —
dijo el Príncipe—, ¡haz lo que te pido! Y entonces el pajarito arrancó el otro ojo del
Príncipe y, con él en el pico, levantó el vuelo. Descendió sobre la pequeña y dejó caer la
piedra preciosa en la palma de su mano. —¡Qué pedacito de vidrio más lindo! —exclamó la
niña y, sonriendo, se fue corriendo a casa. El pajarito regresó a donde el Príncipe. —Como
ahora estáis ciego, me quedaré con vos para siempre —le dijo. —No, pajarito —dijo el
Príncipe—. Debes irte a Egipto. —Me quedaré con vos para siempre —dijo nuevamente el
pajarito, y se quedó dormido a los pies del Príncipe. Todo el día siguiente lo pasó el pajarito
posado sobre el hombro del Príncipe, contándole lo que había visto en lejanos países. Le
habló de las ibis rojas, que se paran en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados
con el pico; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe
todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos y llevan cuentas de
ámbar en las manos; del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que
adora un gran cristal; de la gran culebra verde que duerme entre las ramas de una palmera y
a la que alimentan con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan
por un gran lago sobre anchas hojas y están siempre batallando con las mariposas. —
Querido pajarito —dijo el Príncipe—, me has contado cosas maravillosas, pero más
maravilloso aún es el sufrimiento de hombres y mujeres. No hay misterio más grande que la
miseria. Vuela sobre mi ciudad, pajarito, y dime lo que ves. Entonces el pájaro voló sobre
la gran ciudad y vio a los ricos divirtiéndose en sus bellas mansiones, mientras los pobres
se hallaban sentados a sus puertas. Voló sobre callejuelas oscuras y vio las pálidas caras de
los niños que se morían de hambre, contemplando sombríamente la oscuridad. Bajo el arco
de un puente, dos niñitos yacían abrazados el uno al otro para calentarse. —Tenemos
mucha hambre —decían. —Está prohibido acostarse allí —gritó un vigilante, y tuvieron
que marcharse bajo la lluvia. Entonces el pajarito retornó a donde el Príncipe y le contó lo
que había visto. —Estoy cubierto de capas de oro fino —dijo el Príncipe—; debes
quitármelo hoja por hoja y dárselo a mis pobres. Los hombres siempre creen que el oro
puede hacerlos felices. Hoja por hoja el pajarito fue quitando el oro fino, hasta que el
Príncipe Feliz se quedó todo gris y opaco. Y hoja por hoja del oro fino repartió entre los
pobres; las caras de los niños se tornaron sonrosadas y los pequeños rieron y jugaron por las
calles. —Ahora tenemos pan —decían. Al poco tiempo llegó la nieve y después el hielo.
Las calles parecían hechas de plata, tan relucientes estaban. Largos carámbanos, como
puñales de cristal, colgaban de los aleros; todo el mundo iba envuelto de pieles, y los niños
llevaban gorros rojos y patinaban sobre el hielo. El pobre pajarito sentía muchísimo frío,
pero no quería dejar al Príncipe porque lo amaba profundamente. Recogía las migajas que
caían a la puerta del panadero, cuando éste no estaba mirando, y trataba de calentarse
agitando las alas. Mas, finalmente, comprendió que iba a morir. Apenas tenía suficiente
fuerza para volar y posarse en el hombro del Príncipe una vez más. —¡Adiós, querido
Príncipe! —murmuró—. Permitidme besar vuestra mano. —Me alegra saber que al fin
partes para Egipto, pajarito —dijo el Príncipe—. Te has quedado demasiado tiempo.
Bésame en los labios, porque te amo. —No voy a Egipto —dijo el pajarito—. Voy a la
Casa de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿no es verdad? y besó al Príncipe
Feliz en los labios y cayó muerto a sus pies. En aquel momento se oyó un extraño crujido
en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto. El corazón de plomo se había
partido en dos pedazos. Hacía un frío verdaderamente aterrador. Muy temprano al día
siguiente caminaba el alcalde por la plaza acompañado de los concejales de la ciudad. Al
pasar ante el pedestal, miró hacia la estatua. —¡Dios santo! —exclamó—. ¡Qué harapiento
se ve el Príncipe Feliz! —¡Ciertamente, qué harapiento está! —gritaron los concejales, que
siempre estaban de acuerdo con el alcalde. —El rubí se ha caído de su espada, no tiene ojos
y su traje ya no es dorado —dijo el alcalde—. No es más que un mendigo. —
Evidentemente, no es más que un mendigo —repitieron los concejales. —Y hay un pájaro
muerto a sus pies —continuó el alcalde—. Tenemos que dictar un decreto que prohíba a los
pájaros morir aquí. El secretario del Concejo tomó nota de la sugerencia, y, después,
mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz. —Ya no es bello; por tanto, es inútil —
dijo el profesor de arte de la universidad. En consecuencia, fundieron la estatua, y el alcalde
reunió al Concejo para decidir lo que se debía hacer con el metal. —Tenemos que hacer
otra estatua, claro está —dijo el alcalde—, y podría ser la mía. —La mía —dijeron uno
después del otro cada uno de los concejales, y empezaron a pelearse. La última vez que oí
de ellos todavía seguían discutiendo. —¡Qué cosa tan rara! —dijo el supervisor de la
fundición—. Es imposible fundir este corazón de plomo. Hay que echarlo a la basura. Y lo
arrojaron a un lado, donde yacía muerto el pajarito. —Tráeme las dos cosas más preciosas
que encuentres en la ciudad —le dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le llevó el
corazón de plomo y el pajarito muerto. —Has escogido bien —dijo Dios—, pues en mi
jardín del paraíso este pajarito cantará para siempre, y en mi ciudad dorada el Príncipe Feliz
me alabará.
Este libro ha sido cedido por Editorial Norma para uso exclusivo de miembros de
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