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Doctor Zibelius: Fantasía Científica

Este capítulo presenta a Juan Sebastián Zibelius, quien sufrió un accidente en su infancia que borró sus recuerdos anteriores. Ahora solo recuerda despertar en el hospital y no reconoce a sus padres ni entiende conceptos básicos. Sus padres intentan ayudarlo a recuperar su identidad contándole sobre su vida antes del accidente, pero él nunca puede recuperar realmente los recuerdos.

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Doctor Zibelius: Fantasía Científica

Este capítulo presenta a Juan Sebastián Zibelius, quien sufrió un accidente en su infancia que borró sus recuerdos anteriores. Ahora solo recuerda despertar en el hospital y no reconoce a sus padres ni entiende conceptos básicos. Sus padres intentan ayudarlo a recuperar su identidad contándole sobre su vida antes del accidente, pero él nunca puede recuperar realmente los recuerdos.

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Hijo de un médico de oscuro pasado, Juan Sebastián Zibelius heredó de su padre la

pasión por la medicina, el convencimiento de que en el territorio de la inteligencia


nunca existirá la igualdad y el cuaderno de cubiertas negras que contiene un
descubrimiento científico excepcional. Porque la ambición de Zibelius es, más que
curar, adentrarse en la residencia del alma y lograr el trasplante de cerebro…
Doctor Zibelius es un inquietante relato de fantasía científica: un homenaje a la gran
literatura fantástica europea (desde Mary Shelley a Henry James, pasando por Bram
Stoker y R. L. Stevenson) pero también a la mitología popular de todas las épocas,
desde los griegos al cine fantástico de posguerra, además de ser una de las novelas
más intensas, vibrantes y personales de Jesús Ferrero, merecedora del VII Premio
Logroño de Novela.

Página 2
Jesús Ferrero

Doctor Zibelius
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mnemosine 28.10.22

Página 3
Título original: Doctor Zibelius
Jesús Ferrero, 2014

Editor digital: mnemosine


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Página 4
Índice de contenido

Cubierta

Doctor Zibelius

OBERTURA

1. JUAN SEBASTIÁN ZIBELIUS


1. Ángel caído
2. Marcovi
3. Noches etílicas en el jardín de los ausentes
4. El imperio de la vida
5. Celebración de la amistad

II. ESBEMBO Y CASTELL


1. Rosana
2. La noche es una dimensión eléctrica
3. Un habitante de Carcosa
4. Morir de delicadeza
5. Cruce de caminos
6. La hora de la verdad
7. Metempsicosis (I)

III. EL CUERPO DE ESBEMBO


1. El trauma del nacimiento
2. «Claudius»
3. La familia de Esbembo
4. El jardín de la Folía
5. Incitación a la buena vida
6. Personajes del pasado
7. Arte de amar
8. Nostalgia de Castell

IV. EL CUERPO DE CASTELL


1. Barcelona blues
2. Soy tu calavera
3. Recuerdos del Paralelo
4. El nuevo Esbembo

V FOLÍA
1. La droga de la desintegración
2. Ansias de volar
3. Metempsicosis (II)

Página 5
4. Celebración del fuego

Sobre el autor

Notas

Página 6
A Ramón Eder, amigo de ayer y de siempre

Página 7
VII PREMIO LOGROÑO DE NOVELA

Un jurado presidido por Lorenzo Silva y compuesto por Ángel


Basanta y Luis del Val designó a la novela Doctor Zibelius, de Jesús
Ferrero, ganadora del VII Premio Logroño de Novela, convocado por
el Ayuntamiento de Logroño, la Fundación Caja Rioja y Algaida
Editores (Grupo Anaya).

Página 8
Yo soy el otro.

Escrito por Nerval en una de sus fotografías

Página 9
OBERTURA

En 1963, Sydney Shoemaker elaboró una argumentación lógica que se hizo célebre.
Shoemaker se ubicaba en una época en la que ya era posible trasladar cerebros de un
cuerpo a otro, e imaginaba un error en una operación quirúrgica: uno de los cirujanos
introducía sin querer el cerebro de un tal Robinson en el cráneo de un tal Brown, y el
cerebro de Brown en el de Robinson. El primero de los híbridos moría enseguida pero
sobrevivía la entidad formada por el cerebro de Brown y el cuerpo de Robinson.
Shoemaker decidió llamarlo «Brownson», y concluyó así su argumento:

Al recobrar la conciencia, «Brownson» sufre un shock y experimenta una gran


sorpresa. Al ver el cuerpo (muerto) de Brown exclama incrédulo: «¡Soy yo el que
está acostado ahí!». Señalándose a sí mismo con el dedo declara: «Este no es mi
cuerpo, mi cuerpo está ahí». Cuando le preguntan por su nombre responde
automáticamente: «Brown». Reconoce a la mujer y a la familia de Brown (que
Robinson no había visto jamás), y puede desvelar con detalle los acontecimientos de
la vida de Brown, describiéndolos como hechos de su propia existencia. De la vida
pasada de Robinson no sabe absolutamente nada.
Con el transcurso del tiempo, la nueva entidad irá mostrando todos los rasgos,
personalidad, maneras, centros de interés, gustos y displaceres que caracterizaban a
Brown, y se mueve y habla de un modo totalmente ajeno a las maneras de Robinson.

En su disertación, Shoemaker suponía que el cerebro tiene memoria pero no el


cuerpo. Quizá no había leído el poema de Kavafis que dice:

Recuerda, cuerpo, no solo cuándo te amaron,


no solo los lechos donde yaciste,
recuerda también los deseos que refulgían nítidamente
en los ojos que te miraban,
recuerda las voces que se estremecieron
antes de que un obstáculo fortuito las ahogara…

Ahora que todo está en el pasado


parece como si en realidad
te hubieses entregado a aquellos deleites.
Ah, cómo deslumbraban.
Recuerda los ojos que te observaron,

Página 10
recuerda las voces que temblaron por ti.
Recuerda, cuerpo.

Página 11
I
JUAN SEBASTIÁN ZIBELIUS

Página 12
1. ÁNGEL CAÍDO

Juan Sebastián Zibelius (esa mente abismal de la que quiere ser espejo el relato que
aquí se inicia) tardó en aceptar que había surgido del vientre de una mujer, y en
consecuencia del vientre de su madre.
Su más grave anomalía residió desde un principio en lo mucho que se demoró en
adquirir la conciencia de que era hijo de mujer, en lo mucho que se resistió en ver lo
evidente, incluso lo más evidente.
Hasta que no empezó a asistir a la consulta del doctor Meir, la existencia, su
propia existencia, tenía para Zibelius un comienzo más vertiginoso que el parto. Se
veía en lo alto de un árbol muy frondoso: eso era el comienzo, y todo lo demás se
perdía en la niebla.
Él estaba en lo alto del árbol y de pronto resbalaba y caía más y más, rasgando el
tejido de ramas, hasta que el agua del río detenía su caída.
Recordaba el estallido, luego el sentimiento de estar rodeado de agua, de ser
guiado por el agua hacia mundos de creciente oscuridad.
Despertaba tres días después, en el cuarto de una clínica. Un hombre de bata
blanca le llamaba «pequeño pelirrojo». Él lo entendía. No había olvidado todas las
palabras ni las cosas a las que hacían referencia.
Sabía que estaba en la cama de una clínica, sabía que era pelirrojo y que ante él se
hallaba un médico, sabía que sobre la mesilla reposaba un vaso de agua, pero no
reconocía al hombre y a la mujer que se hallaban tras el doctor y que aseguraban ser
sus padres. Tampoco recordaba lo que quería decir «madre», no entendía el concepto.
—¡Pero hijo! —clamó la mujer.
Ni recordaba lo que quería decir «hijo». Esa palabra no le decía nada y tenía la
impresión de estar escuchándola por primera vez.
El hombre de bata blanca empezó a mirarle con mucho interés. Al doctor le
resultaba extraño que el niño recordase casi todo el lenguaje y en cambio hubiese
olvidado los conceptos que más lo articulan: el concepto «madre», el concepto
«padre».
Como trastorno de la personalidad, al doctor se le antojaba un caso único. No
pensaban lo mismo el hombre y la mujer que le miraban con asombro. Para Juan
Sebastián fue el año más angustioso de su vida. Todo le parecía extraño: el mundo,
los cuerpos, las caras, y el hombre y la mujer que lo llevaron a una casa a las afueras

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de Madrid. También le parecía extraña la casa en sí, su cuarto, sus juguetes. No
recordaba haber estado nunca allí.
Desde la terraza delantera se veían las periferias ricas de Madrid, y desde la
trasera un río que descendía entre peñascos hasta un pequeño valle lleno de árboles.
La mujer que decía ser su madre, y que le miraba de una forma resbaladiza, le dijo
nada más llegar:
—Mira, allí está el árbol desde el que te caíste al agua.
Eso sí lo recordaba: recordaba el río, curvándose en torno a una de las peñas, y
recordaba el frondoso castaño. Él se hallaba oculto en la copa, y de pronto resbalaba
y caía. No existía más pasado para él, no había más vida.

En los lentos, extraños y amargos años que sucedieron al accidente, sus padres le
fueron comunicando su vida anterior. Fue así como supo que había surgido del
vientre de su madre en una clínica de Madrid, ante los ojos asombrados y agradecidos
de su padre que había colaborado en el parto.
Hasta el día mismo del accidente, Juan Sebastián había sido un niño normal, si
bien su normalidad era solo referida a su salud física y a que no había sido víctima de
dolencias graves. Su salud era normal pero su inteligencia tendía a no parecerlo.
Aprendió a hablar muy pronto, así como a controlar sus esfínteres, y ya desde muy
niño tendía a parecer muy presumido y muy escrupuloso, y se negaba a besar a los
compañeros de clase en los que detectaba el más mínimo residuo de mocos u otros
flujos corporales. Aunque también es cierto que su tendencia a la pulcritud no
cuadraba con su pasión por subirse a los árboles, que tanto ensuciaban sus ropas
blancas. Su madre llegó a pensar que esa manía surgía de la necesidad que su niño
tenía de mirar las cosas desde arriba, circunstancia que lo había convertido en un
Ícaro prematuro.
Juan Sebastián escuchaba con atención todo lo que decían de él pero ya nunca
pudo librarse de la sensación de que su vida era una ficción, algo que los otros habían
inventado, pues por más que sus padres abundasen en detalles sobre lo que había sido
su vida antes de la caída, no conseguía recordar nada. Habían desaparecido las
imágenes y solo quedaban las palabras que él podía interpretar de mil maneras y que
nunca llegaban a suplir de verdad los recuerdos.
De sus dos progenitores, el más dedicado a su recuperación fue su padre ya que
su madre padecía depresión y pasaba la mitad de sus días en la cama, envuelta en las
penumbras de su desdicha o leyendo a la luz de una lámpara las obras completas de
Agatha Christie.
Los días que conseguía salir de la cama, atendía con mayor o menor
concentración a su hijo, pero hasta en esos días la cabeza se le iba a regiones del
pasado que pudieron oler a vida en su momento pero que ahora desprendían siempre
el olor dulzón de la muerte.

Página 14
En una ocasión, Juan Sebastián la sorprendió masturbándose a media tarde, a la
luz de una vela que palpitaba en el corazón de aquel universo de persianas echadas y
silencio. Su madre respiraba agitadamente y alzaba hacia el techo los ojos en blanco.
Parecía una cabra despeñándose al revés, en una caída que fuese en realidad un
ascenso al cielo de las locuras terrenales. ¿En quién estaría pensando su madre al
gemir y agitarse así? ¿Y esa era la madre que le había tocado en suerte? A Alejandro
Magno le había tocado como madre Olimpia: hermosa, despierta, fría y siempre
pensando en su hijo, y a Jesucristo le había tocado María, que tampoco estaba mal
pues parecía una mujer muy reservada e inteligente, en cambio a él le había tocado
aquella sombría onanista proyectando su ansiedad en mundos imaginarios. ¿Eso era
justicia cósmica?
Llegó a cogerle cierto miedo a su madre (los niños le tienen mucho miedo a la
locura), y prefería estar con su padre, que lo trataba siempre con delicada deferencia,
en parte porque se sentía el más culpable de las desgracias de su hijo.

Nacido en Varsovia en 1910, Geronimus Zibelius se había afiliado a los veinte


años al Partido Comunista Polaco. En 1943, tras caer prisionero en el frente del Este,
fue deportado a Auschwitz, donde salvó la vida gracias a sus estudios de medicina,
que le permitieron trabajar como asistente de uno de los médicos del campo.
Acabada la guerra, Geronimus estuvo trabajando en Moscú con el doctor
Demikhov, pionero de los trasplantes de cabeza en animales, y a finales del año 53 se
trasladó a la morgue de Cracovia, donde al parecer llevó a cabo experimentos más
que dudosos y siempre en secreto, hasta que decidió huir del universo comunista y
probó fortuna en España, país por el que sentía una gran fascinación desde la
infancia.
Geronimus Zibelius nunca le confirmó a su hijo toda esa información, pero sí que
se ocupó, hasta el día mismo de su muerte, de inculcar en Juan Sebastián la pasión
por explorar el cerebro humano. Geronimus Zibelius hablaba a veces, con cierta
precaución, del «principio de la inteligencia», y pensaba que para nuestro bien y
nuestro mal acabaría imponiéndose algún día.
Siempre que podía, Geronimus defendía ante su hijo la tesis de que en el territorio
de la inteligencia nunca existiría la igualdad, y que las inteligencias superiores
merecían más vida y más muerte que las demás. Y nunca, cuando abordaba el tema,
hablaba de los nazis y sus seguidores. Hablaba más bien de Lenin y lamentaba que
hubiese muerto tan pronto, dejando a la Unión Soviética en manos del tosquísimo
Stalin, al que odiaba con virulencia.
En 1954 Geronimus Zibelius contrajo nupcias con Eulalia Manrique, una
madrileña nacida en el seno de una familia de diplomáticos, cuyos padres residían en
París. Ese mismo año, Eulalia daría a luz a Juan Sebastián, tras un parto difícil en el

Página 15
que le extirparon la matriz, y doce años después fallecía de melancolía clásica aguda,
maldiciendo la vida que le había tocado vivir.
Un lustro más tarde, cuando Juan Sebastián tenía diecisiete años, Geronimus
Zibelius se sintió morir, y habló seriamente con su hijo.
—¿Recuerdas tu caída?
—Sí. Ocurrió el día de mi octavo cumpleaños.
—¿Y no recuerdas lo que estabas viendo antes de caer?
—No.
—Me estabas viendo a mí, un hombre más que maduro, acoplado a dos
enfermeras. Me estabas viendo a mí y estabas viendo también a dos mujeres, y no
sabías quién era yo y quiénes eran ellas, y caíste como un pájaro que acaba de encajar
un tiro en el pecho. Mientras tu madre yacía en la cama aquejada de una depresión
incurable, yo me solazaba con dos enfermeras vestidas pero sin bragas. Una escena
más bien patética que te colocó en la estratosfera y te desequilibró.

Juan Sebastián miró a su padre, que permanecía tendido en la cama, reducido a su


mínima esencia, y de pronto empezó a recordar y el tiempo pasado se trasformó en
tiempo presente:
Ve a su padre tumbado en el césped con dos mujeres vestidas de blanco.
Geronimus besa la boca de una de ellas mientras la otra le hace una felación. Son
gestos que le asombran, que le estremecen. Juan Sebastián los observa desde la copa
del enorme castaño y sus ojos se abren como cielos incendiados por una sola imagen
ígnea. Está dentro de la copa como dentro de su madre, como dentro de su oscuridad
está… Y desde la copa los ve, tendidos sobre la hierba. Entonces resbala.
Siete metros lo separan del agua…
El tiempo de la caída es un tiempo suspendido aunque el cuerpo se mueva
siguiendo la ley de la gravedad, tan implacable, tan definitiva.
El tiempo de la caída es un tiempo onírico, lleno de imágenes reflectantes, a veces
evanescentes, a veces insoportablemente nítidas.
El tiempo de la caída es un tiempo indefinible, que no se deja apresar aunque
permanezca fijo para la mente.
El tiempo de la caída es un tiempo denso. Y durante unos instantes espesos como
la muerte, Juan Sebastián no sabe si baja o sube, si va a estrellarse contra el cielo, o
contra el suelo o el agua.
El tiempo de la caída es un tiempo enigmático y elástico, que se estira, que se
alarga, que se eterniza y que no se ajusta al tiempo regular del reloj, porque es un
tiempo de pura emoción y puro vértigo.
Así lo siente Juan Sebastián ahora, en el seno del recuerdo, gracias a las palabras
de su padre, y siente también el instante en el que choca contra el agua. Un estallido

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bestial que saca a los amantes del paraíso, que los arroja de él como el ángel aquel de
la espada de fuego, y los ubica en la dura realidad.
Entre los tres lo sacan del río cuando Juan Sebastián está a punto de llegar a la
cascada de la presa.
Juan Sebastián lo recuerda al fin, con una claridad espantosa, como si lo volviera
a experimentar, y se le eriza la piel y se le eriza el pensamiento.
Y mientras mira a su padre en el lecho de muerte piensa, o más bien reconoce,
que desde el día de la caída hasta ese momento preciso ha estado perdido y cayendo
del árbol sin saberlo.
—¿Por qué no me iluminaste antes? —grita Juan Sebastián.
Geronimus mira a su hijo afligidamente, roza con levedad su mano y susurra con
una voz tan ronca como agónica:
—Porque quería que tu cerebro estuviese preparado. Yo solo creo en el cerebro.
Somos únicamente cerebros, hasta cuando copulamos, solo cerebros flotantes, que
vagan por el espacio y el tiempo. Ojalá mi cerebro toque al tuyo en algún momento,
en este momento, piel con piel, hasta que nos haga daño la sesera. Ojalá pueda seguir
viviendo en tu cuerpo.
Geronimus se calla un momento, mira con devoción a su hijo y añade:
—Abre el cajón de la mesilla. Encontrarás un cuaderno de cubiertas negras que
me ha acompañado toda la vida.
Juan Sebastián obedece y extrae del cajón el cuaderno. Ya lo tiene en sus manos
cuando su padre añade:
—En ese cuaderno está parte de mi cerebro, que pasará a ti aunque no quieras. En
él hallarás los secretos del suero antirrechazo y del plasma de la vida. Ningún padre
puede dejarle a su hijo una herencia tan valiosa. Guarda contigo esos secretos y dirige
a partir de ahora tu destino hacia una única meta: conseguir que se haga realidad la
metempsicosis de la que hablaban los pitagóricos, pero de forma física y material.
Conseguir que los cerebros puedan cambiar de cuerpo. Cuando yo no esté, trasládate
a París, a casa de tu abuela, e inicia allí tus estudios universitarios. La ciencia
francesa es más poderosa que la española y sus instituciones más serias y
responsables. ¿Me prometes que lo harás?
—Te lo prometo.

En la noche ígnea del alma las ondas rojas se rompen al chocar contra las negras
rocas de la memoria, dejando paso a visiones de una claridad hiriente. El agua del río
brilla, relámpagos de sangre viva, remolinos de cinabrio líquido, y él está subido al
árbol y los mira.
Ellos se agitan sobre la hierba. Están destronando a un príncipe que los observa
aturdido, deseando la caída, deseando el olvido.

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Juan Sebastián da vueltas sobre la cama y llora de alivio. ¿Hacía cuanto que no
lloraba? En la noche ígnea del alma las ondas rojas se rompen, finalmente se rompen
y abren de par en par las puertas de la conciencia. Al mes siguiente, Geronimus ya se
halla bajo tierra y Juan Sebastián se traslada a París e inicia sus estudios de medicina.
Durante toda la carrera llevará una vida tan dura como austera, con muy pocas
relaciones. Su mundo se reducirá a la casa de su abuela, a la facultad de medicina y a
las bibliotecas, en las que es capaz de pasar más de doce horas seguidas.
Concluye los estudios de medicina general a la edad de veinticuatro años, luego
pasa algún tiempo frecuentando las humanidades, y más tarde comienza a estudiar
neurología y psiquiatría, a la vez que asiste a cursos de antropología e historia en el
Colegio de Francia. Es en esa época cuando empieza a entablar amistades definitivas
y a dejarse ver por algunos lugares de la ciudad donde le admiran por su aspecto
equilibrado y serio, su apariencia distinguida y la elegancia de sus trajes.

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2. MARCOVI

En 1982 la ciudad lleva un tiempo ensombrecida, a pesar de los pantalones dorados


y brillantes que llevan las chicas bien ajustados a sus culos parecidos a manzanas de
oro, a pesar de los cabellos pintados de mil colores de los muchachos y las
muchachas que recorren los bulevares a la hora más radiante de la tarde, a pesar de
las fiestas que se suceden en las dos riberas del Sena, París se ha ennegrecido, y hay
más miedo a entregarse a la noche y al sexo porque desde hace aproximadamente un
año ronda por los locales nocturnos, los hoteles de una noche y las esquinas
licenciosas una señora con una guadaña llamada Lady Sida.
Se trata de una dama que puede adoptar diez mil disfraces amables. Dicen que
cuando la ves por primera vez deslumbra, con sus tetillas suaves, y sus glúteos
intachables, y su sonrisa fácil y tremendamente excitante. Menuda zorra.
Pero a Zibelius no le preocupan demasiado las enfermedades venéreas y es
bastante difícil que las padezca. Él vive en otra dimensión, que es en cierto modo la
dimensión del intelecto, la dimensión del saber, al menos eso es lo que cree él, y
puede que tenga razón. Se siente enamorado de París, de su bullicio, sus caras, y de
las palabras en sordina que circulan a su alrededor los fines de semana, cuando
descansa de sus libros y se da un paseo por la ciudad.
El sábado por la tarde las calles de Montparnasse rezuman excitación. Hay un
furor contenido en el brillo de las miradas, el trajín de los pasos, el rugido de los
coches y el estallido de los cláxones.
En el café La Coupole se intensifica el calor y se oyen mejor las risas. Zibelius
acaba de llegar al café y acude a la barra de la coctelería donde le espera su amigo
Esteban Marcovi, de padre rumano y madre española. Los dos estudian en las mismas
instituciones, y se profesan una amistad auténtica y sin fisuras.
Tras pedir dos dry-martinis, se colocan en la esquina de una larga mesa
dispuestos a cenar. La sala está llena de comensales y no cabe un cliente más en las
galerías que dan al bulevar.
Zibelius tiene tres años más que Marcovi, pero en cuanto toman dos copas
parecen hermanos, si bien su aspecto difiere. Los dos son largos y delgados, pero uno
tiene el pelo rojo y el otro negro; uno tiene los ojos azules y el otro como dos
azabaches brillantes y vivos. Para rematar la diferencia, Marcovi lleva gafas y bigote,
y Zibelius no; Marcovi se compra la ropa en cualquier parte y Zibelius suele llevar
trajes hechos a medida, por consejo de su abuela que es una mujer muy antigua y con
un gusto exquisito.

Página 19
Empieza el verano y Juan Sebastián viste un traje de lino gris. Su amigo le felicita
por su elegancia, pero Zibelius ni siquiera sonríe y ataca el cordero asado con patatas.
Cuando los dos amigos están juntos, nunca se llaman por su nombre de pila y
utilizan siempre los apellidos. Lo decidieron así desde el día mismo en que se
conocieron al final de una conferencia en el Instituto Pasteur. Ya están tomando los
cafés cuando empiezan a recordar las clases de su maestro común, el doctor Dolfus
Romani, que es muy amigo del neurocirujano estadounidense Robert Joseph White.
Días antes, tanto Zibelius como Marcovi habían asistido a una operación en el
quirófano de una clínica veterinaria de Neuilly, que los había dejado gratamente
impresionados.
—Hay que reconocer que el doctor White tiene un coraje tremendo. ¿Te fijaste
con qué naturalidad extrajo el cerebro del orangután? ¡Lo tuvo un instante en sus
manos! —susurra Zibelius—. Yo lo admiro más que a Romani.
—¿Crees que White es más audaz que Romani? —pregunta Marcovi.
—Sí. Los científicos americanos tienen esa ventaja sobre los europeos. Poseen
una imaginación más emprendedora y están más seguros de sí mismos —asegura
Zibelius.
Marcovi le da la razón.
—¿Recuerdas cuando White consiguió unir la cabeza del primer simio al cuerpo
del segundo? ¡La cabeza estaba totalmente consciente! Lástima que el animal solo
consiguiera sobrevivir dos días.
—¿Y te parece poco? —pregunta Zibelius—. No puedo olvidar los ojos de
Romani cuando constató que la cabeza abría los ojos y nos miraba…
—Ni yo.
—Aún no conocemos de verdad a Romani. Uno de nuestros compañeros de curso
me confesó que Romani tiene dos hijos: uno nació con malformaciones espantosas,
pero con el cerebro muy sano, y el otro tiene un cuerpo perfecto pero es un
descerebrado.
—¿Y?
—Y al parecer Romani se está planteando convertir a sus dos hijos en uno,
aprovechando el cerebro del cuerdo y el cuerpo del alienado.
—No lo creo —dice Marcovi.
—Yo tampoco lo creía, pero la visita del doctor White me ha puesto sobre la
pista…
—Ahora que lo dices… ¿Y no te espanta a dónde podríamos llegar si finalmente
fuera posible el trasplante de cerebros?
—¡Santo Dios! —exclama Zibelius—. Hablas de una posibilidad, pero yo creo
que es ya una realidad. Este mismo año la doctora Krieger ha logrado con cierto éxito
trasplantes parciales de cerebro en ratones. ¿Lo has olvidado acaso? Y no hace mucho
que un equipo de médicos de México consiguió implantar células cerebrales de un
feto en el cerebro de dos enfermos de Parkinson, cuya vida ha mejorado

Página 20
notablemente. ¿Y qué decir de los experimentos que el doctor White hizo ya en
1970? Consiguió unir la cabeza de un mono al cuello de otro. Cuando la cabeza
despertó, sus funciones cerebrales parecían intactas. No hará falta que te recuerde que
la cabeza siguió con la mirada a las personas que se movían a su alrededor. Podía ver,
oír, oler y sentir dolor, e intentó morder el dedo de uno de los médicos. De acuerdo
que la cabeza estaba aislada del cuerpo, unida tan solo con ganchos y suturas
externas, y no podía controlar las funciones motoras, pero consiguió sobrevivir día y
medio, menos que el orangután de la clínica de Neuilly. ¿No te resulta esperanzador?
El doctor White va mejorando y eso me llena de alegría. Creo que no está lejano el
día en que se puedan llevar a cabo trasplantes de cerebros y de cuerpos completos sin
demasiados problemas. ¡Qué pena que ya no esté vivo mi padre…! Se sentiría
orgulloso de mis estudios y recordaría los experimentos del doctor Vlademir
Petrovich Demikhov, su verdadero maestro, al que conoció en el frente del Este y
más tarde en Moscú. Recuerda que Demikhov logró ya en 1953 insertar la cabeza de
un cachorro en el cuerpo de un mastín… Reconozcamos que esta historia empezó
hace bastante tiempo, reconozcámoslo y dejemos a un lado los escrúpulos morales.
Marcovi enciende un cigarrillo con desesperación, sabiendo lo difícil que es sacar
a Juan Sebastián de sus fijaciones. Llevan un rato callados cuando Marcovi se atreve
a decir:
—Lo que más me asombra de ti, aparte de tu pericia dialéctica, es tu silencio
sexual.
Zibelius sonríe levemente antes de decir:
—Yo no tengo sexualidad.
—¿Bromeas? —le pregunta Marcovi.
—En absoluto. Nunca he conseguido desear a nadie. El cuerpo humano no me
atrae lo suficiente como para establecer con él algo parecido a una sexualidad. ¿Tú
deseas a las yeguas, a las leonas, a las panteras como objetos sexuales? Bien, a mí me
pasa lo mismo con las mujeres y los hombres…
Ahora es Marcovi el que se echa a reír.
—Me temo que te estás poniendo estupendo. ¡Ah, cráneo privilegiado! —
exclama Marcovi.
—¿Crees que bromeo?
Marcovi le mira con mucha paciencia antes de decir:
—El otro día te vi en el café de Cluny con una mujer espléndida, de cabellos
largos y negros.
—¿Y no viniste a saludarme?
—Preferí observarte desde las sombras. Te dio un beso.
—Hablas de Rita… Es una pobre neurótica. Llevo observándola más de un año y
ya conozco su destino. Acabará sometiéndose al mundo doméstico, acabará
oscureciéndose y no creo que llegue a practicar nunca la medicina. Miro sus ojos y es
como si mirase la luz de una estrella muerta. ¿La puedo desear? ¿La tengo que

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desear? Por favor, amigo, no juguemos con la tragedia, no juguemos con la miseria.
Toda vida deja mucho que desear, toda vida podría ser perfectamente indeseable.
—¿No te acuestas con nadie?
—En este momento no, básicamente porque no lo deseo. No voy a negar que en
otro tiempo, recién llegado a París, forniqué alguna vez, por mera solidaridad con el
género humano, pero en este momento acostarme con alguien, hombre o mujer, me
produce la misma excitación que acostarme con un bulldog. Me parece bien que los
demás forniquen, se penetren, se laman y hasta procreen creyendo que le hacen un
favor a nuestra especie. Nunca me he puesto a juzgar las costumbres de los otros y
soporto bien las expansiones de los demás, hasta las más sucias y escatológicas, pero
a mí que me dejen en paz con mi divino cuerpo. Todas esas estupideces que dicen los
doctos y la gente sobre el sexo y su necesidad solo me provocan risa. ¡Qué poco
saben del hombre y la mujer! ¡El cuerpo no es lo que parece! ¡Todo está en nuestro
cerebro!
—¿Puedo decirte una cosa? —murmura Marcovi.
—Adelante.
—Tu cordura es una locura descomunal.
Zibelius vuelve a sonreír.
—Ya sabía yo que acabaríamos poniéndonos muy graves —dice Zibelius, justo en
el instante en que ve acercarse a ellos a una mujer joven y de apariencia distinguida.
Es Laura, una compañera de clase que mira a Marcovi con ojos muy hospitalarios.
Pide sentarse con ellos. La aceptan con besos y risas antes de que Zibelius mire su
reloj.
—Os voy a hacer una proposición indecente y que traiciona un poco las leyes de
la amistad: quedaos aquí como estáis y no me acompañéis. He de irme a casa. El
lunes tengo un examen de neurocirugía —dice Zibelius, y empieza a ponerse la
chaqueta hecha a medida por un sastre de Le Marais.
Ya con la chaqueta puesta, Zibelius se mira en el espejo y hace un leve gesto de
aprobación. No tiene ni un gramo de grasa y su cuerpo alargado y enjuto resulta la
mejor percha para los trajes ingleses.

La inesperada fuga de Zibelius deja a Marcovi desconcertado ante la mujer. No


está seguro de querer pasar la noche con ella. ¿Con quién entonces? Quizá con nadie,
como Zibelius. Laura se mira los zapatos recién estrenados, esboza un gesto
filosófico, se acerca a él y susurra:
—Qué extraño es Zibelius. Parece estar en otro mundo.
—Seguramente lo está.
—¿Qué pensabas hacer?
—Irme a casa.
—Te acompaño.

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Marcovi se deja acompañar primero hasta su casa y luego hasta su cama. Laura es
guapa y tiene duende, aunque Marcovi no acabe de descubrírselo, y esa noche no
consigue concentrarse lo suficiente. No obstante ella parece haber disfrutado y tras el
sofoco acaba durmiéndose plácidamente.
Mientras ella duerme Marcovi piensa en su vida, fumando un cigarrillo y apoyado
en la baranda del balcón. Se halla en el quinto piso de un inmueble de estilo decó de
la calle Cassini. Abajo hay un jardín pequeño y triangular pero muy frondoso, y más
allá puede verse la cúpula del Observatorio de París.
Marcovi se pregunta qué le pasa con su amigo Zibelius. No sabe qué siente
exactamente hacia él. Siente fascinación, desde luego: una fascinación intelectual que
surgió la mañana en que lo conoció, en el bar del Instituto Pasteur.
Zibelius se hallaba tomando un dry-martini a las diez de la mañana. Como eso
solo lo podían hacer los borrachos y la gente muy distinguida, Marcovi se acercó a
Zibelius, pidió también un dry, y se pusieron a hablar. ¿De qué? Estuvieron
conspirando estúpidamente contra los franceses. Primero empezaron lamentando la
decadencia de Francia, faro de Europa, y más tarde culparon a Estados Unidos de
todo, y vertieron muy duras críticas contra la idiosincrasia americana.
A partir de ese momento, empezaron a verse todos los días. Zibelius lo agasajaba,
le hacía regalos caros, le trataba con una amabilidad exquisita, si bien Marcovi
pensaba que había en todos o en casi todos los gestos de su amigo el signo de una
cierta superioridad. Daba la impresión de que muchos de los gestos magnánimos de
Zibelius tenían como función indicar que si bien él era de una naturaleza superior, no
por eso les iba a negar a ciertos mortales el favor de su amistad.
Afortunadamente, Marcovi conseguía con bastante facilidad renunciar a la tarea
de analizar todos los movimientos de su amigo, y procuraba divertirse todo lo que
podía y disfrutar de la generosidad, a veces insensata, de Juan Sebastián.
Dos años después de conocerse, Zibelius, que confiaba en él como en un
hermano, le habló por primera vez de un cuaderno de cubiertas negras en el que
aparecían fórmulas para elaborar el suero antirrechazo y el plasma de la vida, y se
afianzó aún más su amistad.

Laura sigue durmiendo. Marcovi enciende otro cigarrillo y se pregunta si no


estará enamorándose de Zibelius. Marcovi cree que el amor homosexual tiene mucho
que ver con el deseo de ser el otro. ¿Yo deseo ser Zibelius?, se pregunta.
Marcovi dirige la mirada hacia el observatorio y hacia los árboles sobre los que
cae la luz dorada de los faroles, y se contesta a sí mismo que no. No desea ser
Zibelius, no desea su soledad ni el desprecio a ciertos placeres fundamentales. No es
un amor carnal lo que me arrastra hacia Zibelius, piensa, es un amor intelectual en el
que se mezclan, de diferente manera cada día, el agradecimiento que siento hacia él y
la fascinación que me produce su agilidad en todo, su vivacidad y su empeño en

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encarnar, a veces de forma un tanto histriónica, una felicidad estoica que tiene todo el
aspecto de ser auténtica, aunque también puede ser una fachada.
Harto de tanta especulación, Marcovi arroja a la calle el cigarrillo y se acuesta
junto a Laura.

Juan Sebastián vive en el último piso de un inmueble de piedra y tejados de cinc,


y desde sus ventanas traseras puede ver el círculo de las arenas de Lutecia. Su abuela
regresó a Madrid hace dos años, y desde entonces Zibelius se siente más dueño de su
destino.
Ha pasado más de tres horas deambulando por la ciudad y finalmente llega a su
casa. Enciende una de las lámparas del salón y se fija en el retrato de su padre, que
reposa sobre una cómoda. Le encanta esa foto en la que su progenitor aparece, como
una alucinación del pasado, detenido junto a un farol de una calle de Varsovia, poco
antes de que empezase la guerra. Geronimus lleva un traje gris pálido, que armoniza
con la grisura perlada del ambiente. Es pelirrojo como Juan Sebastián, aunque en la
fotografía no se note, y lleva unas gafas redondas de intelectual de la época.
Juan Sebastián besa la fotografía y piensa con inquietud en las pérdidas
necesarias y en las innecesarias. Luego se pregunta si no habrá pasado toda su vida en
un panteón. Su misma casa tiene algo de panteón familiar: fotografías de su padre, de
su madre, de su abuela; libros antiguos, algunos de su abuelo materno, miniaturas de
marfil que le regaló una de sus tías maternas, copas primorosamente talladas que le
regaló un tío paterno, muebles muy hermosos y dignificados que su abuela dejó en
París… La casa está siempre muy limpia y ordenada, y huele a cera y a incienso de
sándalo que compra en una tienda de su misma calle.
Juan Sebastián se sirve una copa de Martell, enciende la pipa que acaba de cebar
con tabaco de Latakia y se acerca a la ventana para contemplar el círculo dorado de
las arenas de Lutecia, por el que ahora pasa un gato.
Lleva años observando la ciudad, lleva años analizando a sus vecinos, a los
transeúntes, a los cuerdos, a los locos.
Algunas tardes, en la hora violeta, se ha sentido pendiente de todos, de usted y de
mí, siguiendo los pasos de todos, de usted y de mí, analizando los pasos de todos, de
usted y de mí, a fin de sentir un poco de misericordia; pero ahora está dirigiendo la
mirada hacia sí mismo y hacia sus maestros. Piensa en algunos de sus muchos
profesores, a los que cree haber superado, e inhala con placer el humo de su pipa de
espuma de mar.
Sermones, credos, teologías… pero, ¿y el cerebro insondable del hombre, el
cerebro lleno de sorpresas del hombre, el cerebro lleno de oscuridad del hombre?, se
pregunta antes de acostarse y entregarse a la duermevela, que Zibelius considera toda
una experiencia del alma, pues le parece la puerta del verdadero yo, del verdadero ser
que es el ser de las sombras, que es el ser de la noche negra, que es el ser de la

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inteligencia verdadera, enterrada en la memoria inferior, sepultada en la frontera entre
la vida y la muerte.
A las ocho de la mañana, se despierta sobresaltado y lleno de euforia. Se ducha
con agua fría, se sirve café muy cargado y se dirige al manicomio de Santa Ana,
donde ha empezado a trabajar como asistente del doctor Lacan dos días a la semana.

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3. NOCHES ETÍLICAS EN EL JARDÍN DE LOS AUSENTES

Hace años que Gaspar Morente se paga los estudios trabajando doce noches al mes
en el crematorio del cementerio de Père-Lachaise, y desde entonces tiene otra idea de
la vida, otra de la enfermedad, y otra de la salud mental.
Casi todas las noches, ya sea invierno o verano, acostumbra a recorrer el
cementerio de punta a punta. Morente mide casi dos metros y es un hombre
corpulento pero de apariencia mansa, acentuada por sus ojos claros y bondadosos.
Cuando los adictos a la noche necrófila le ven pasear entre las tumbas se echan a
temblar. Él lo sabe y se ríe por dentro. A veces no sale de su oficina, ubicada en el
edificio que alberga el crematorio, pero entonces la madrugada se le antoja eterna y
se desespera. Aunque siempre puede recurrir al entretenimiento de ayudar a los que
se encargan de las labores de cremación, que se suelen llevar a cabo por la noche,
pues el humo que surge de la chimenea no produce buen efecto en la vecindad.
Zibelius y Marcovi han estado cenando en el restaurante que se halla junto al
dispensario de la Cruz Roja, y más tarde han tomado una copa en el café Les Roses,
desde donde se van acercando al cementerio, dispuestos a hacerle una visita a su
amigo común.
Encuentran a Morente tomando una cerveza en su despacho. Parece preocupado.
—He tenido problemas con un prostituto ruso —les comenta—. Es un chico muy
formal, que suele venir siempre con señores muy formales que encuentra en el
bulevar. Pero hoy se puso a gritar como un loco junto a la tumba de Jim Morrison.
Tuve que correr hasta él. El pobre chaval creía que estaba fornicando con su padre
muerto.
—Tiene su lógica —dice Zibelius.
—¿Os apetece un whisky?
—Desde luego —contesta Marcovi.
Los tres se sientan en una salita que se abre a la derecha del vestíbulo del
crematorio y brindan. En ese momento ven desde la ventana a un hombre que corre
por una de las avenidas rodeadas de cipreses.
—¿Y ese?
—No tengo ni idea. Entran muchos todas las noches.
—¿Por dónde?
—Juraría que algunos entran por los subterráneos…
—¿De modo que el Père-Lachaise sigue siendo el jardín de las citas galantes? —
pregunta Zibelius deslizando una mirada hacia el crematorio.

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—Más o menos.
—¿Dónde guardan los cadáveres?
—Abajo.
—¿Puedo verlos?
—Por supuesto.

Morente coge una llave de uno de los cajones de la recepción y abre una puerta
que se halla al otro lado del vestíbulo. Desde allí descienden hasta una catacumba
abovedada y pintada de blanco, cuyas claraboyas se abren a ras del suelo. A un lado
de la catacumba se ve un gran frigorífico de puertas pequeñas y una mesa de cinc
sobre la que reposa el cadáver de una mujer.
—No parece muerta —dice Marcovi.
—Pero lo está. Veintidós años, mendiga, melancólica, solitaria, maniática,
masoquista. Le habían detectado el sida y se tomó un montón de pastillas. En otras
circunstancias, su cadáver habría pasado directamente a la Facultad de Medicina,
pero ahora mismo el sida es como la lepra, y nos han ordenado incinerarlo.
La muerta tiene unos cabellos muy largos, de un color muy parecido a los de
Zibelius, que tras rozar su mano fría musita:
—Podía haber sido mi hermana.
Marcovi mira hacia la derecha. Sobre una mesa de mármol se ven varios aparatos
quirúrgicos.
—¿Podríamos examinar su cerebro? —pregunta.
—No —responde Morente.
Zibelius se irrita y eleva la voz para decir:
—¿Ya empiezas otra vez con tus malditos escrúpulos? Si todos los médicos
fuesen como tú aún estaríamos en la Edad de Piedra.
Zibelius y Marcovi se acercan a la mesa de mármol, se ponen guantes, y cogen
todo lo que les parece necesario antes de aproximarse al cadáver. En menos de un
cuarto de hora le abren el cráneo a la muchacha y observan detenidamente el cerebro.
Marcovi da tres cortes con su bisturí y le dice a Zibelius:
—¿Lo ves? Así tendremos que hacerlo cuando llegue nuestra hora.
—Cierto —asiente Zibelius—. Envidio tu pericia.
—¿De qué estáis hablando? —ruge Morente cada vez más asustado.
En ese momento se oyen ruidos procedentes del vestíbulo. Morente se inquieta y
murmura:
—Juraría que es el director. Siempre llega a estas horas y medio borracho. Será
mejor que metamos el cadáver en el horno antes de que descubran vuestras
manipulaciones. Ayudadme.
La mesa de cinc dispone de ruedas y la acercan al horno, no tan diferente a los
que había en los campos de exterminio.

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La chica de los cabellos rojos ya está ardiendo tras la puerta de hierro. Es el
momento en el que vuelven a oír pasos cada vez más cerca, hasta que ven aparecer a
uno de los operarios encargados de las cremaciones.
—¿Y el director? —pregunta Morente.
—Pasó hace un instante pero se acaba de ir —contesta el operario.
Morente lo deja al cuidado de la cremación y regresa con sus amigos a la salita
para seguir bebiendo.
—Nunca agradeceremos a París lo que nos está enseñando… ¿Os habéis
preguntado cómo se puede llegar a los veintidós años a decisiones tan enormes como
la que tomó la chica que está ardiendo? Lástima que ya esté en el horno. Me hubiese
gustado hacer con ella un pequeño experimento.
—¡No quiero más experimentos, Juan Sebastián! —grita Morente.
—Está bien, está bien. Tu prudencia me subyuga. ¿Me sirves otra copa?
—Coge la botella y demos una vuelta por el cementerio —dice Morente.
Los tres amigos se incorporan y caminan un rato entre las tumbas y los frondosos
árboles, a la luz de una luna quemada. Mientras avanzan, Zibelius siente cierta
sensación de irrealidad: de pronto el Père-Lachaise le parece el territorio de un sueño.
Ya llevan un rato paseando cuando ven a dos hombres junto a la tumba de Proust, que
enseguida se ocultan tras un sepulcro. Más allá ven a otros tres individuos, que
parecen estar fornicando.
—¿Y todas las noches hay el mismo movimiento?
—Este año sí. ¿Aún no os he contado lo que pasó la otra noche?
—No.
—Resulta que un individuo quería robar el cráneo de Édith Piaf y hubo que
llamar a la policía. Por lo visto un holandés devoto de la cantante estaba dispuesto a
pagar cincuenta mil francos por la calavera de la pobre Édith.
Ya se hallan de nuevo junto al crematorio cuando, al elevar la mirada, ven una
nube negra que surge de la chimenea y que se recorta contra el cielo grisáceo y la
luna blanca.
—¿Aún sigue ardiendo la muchacha? —dice Zibelius.
—No. Debe de ser otro cadáver. Todas las noches arden más de tres —contesta
Morente.
—Y mientras unos se convierten en ceniza, otros fornican a la vuelta de la
esquina. Polvo eres y en polvo te habrás de convertir… —añade Marcovi.
Zibelius apura el vaso de whisky, mira hacia el cementerio y comenta:
—Cualquier lugar es bueno para observar al prójimo: ese animal sucio y tosco.
No acabo de entender cierto culto a los muertos… Por descontado que los muertos
son enemigos invencibles, pero no están en el cementerio, están en nuestras cabezas.
—¿Tú tienes muchos muertos en tu cabeza? —pregunta Marcovi.

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—¿Y tú?
—¿De los peligrosos?
—Sí.
—Tengo uno.
—Yo ninguno: me he reconciliado con todos mis muertos, hasta con mi pobre
madre que padecía la locura negra, hasta con ella… ¿Otro trago? Quiero brindar por
la chica que se ha convertido en ceniza mientras nosotros hacíamos un poco de
filosofía —dice Zibelius.
Los tres alzan las copas y brindan solemnemente. Desde el crematorio vuelven a
llegar ruidos metálicos y se oyen pasos en las escaleras. Morente vuelve a llenar los
vasos y dice:
—Hay noches que no paran.
—¿Y no te deprime?
—No.
Esa madrugada, al llegar a casa, Zibelius rememora el recorrido por el cementerio
y vuelve a pensar en sus muertos y en los secretos que se han llevado con ellos. Los
muertos están tan unidos a uno mismo que resulta absurdo irlos a buscar al
cementerio. Y los muertos se van disipando en la conciencia del viviente a no ser que
se les guarde en las cámaras secretas de la mente y allí se les mantenga congelados
para poder resucitarlos en cualquier momento, piensa.

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4. EL IMPERIO DE LA VIDA

En el café Cluny, Zibelius toma un té y luego sigue hasta la plaza de Saint André-
des-Arts. En un restaurante con mostradores hacia la calle adquiere una petaca de
whisky, se la mete en el bolsillo del abrigo y cruza más tarde el río por uno de los
puentes. A ratos se detiene para echar un trago y mirar de paso al cielo, oscuro y
reflectante como una inmensa piedra negra de naturaleza impenetrable.
Más tarde pasea por el jardín de las Tullerías, hasta que se da cuenta de que se
halla en un lugar de citas sexuales. Al ver a un individuo de traje negro detenido junto
a una estatua en actitud sugerente le entra un ataque de risa y se oculta tras unos
arbustos. Ya para entonces está muy borracho y se halla a punto de cruzar la línea tras
la cual seguimos actuando pero ya no registramos lo que hacemos. Entonces se sienta
en un banco de piedra y comienza a enfriar su cerebro. Se trata de una operación que
practica a menudo. Cuando siente que le arde la cabeza, se queda totalmente inmóvil
y con el poder de su mente comienza a enviar corrientes frías desde la superficie del
cerebro al lugar del que emanan las emociones y los deseos.
Ya más tranquilo, observa con rigor científico a una pareja de fornicadores. Se
trata de una muchacha rubia que le está haciendo una felación a un muchacho de
aspecto magrebí. Tras analizar un rato sus movimientos, recuerda que los macacos
utilizan la sexualidad como una mera forma de relación social, y piensa que la
humanidad acabará considerando de esa misma manera el sexo, como una forma de
relacionarse sin más. También recuerda que existe una raza concreta de macacos que
lleva aún más lejos que las otras razas el uso del sexo como forma de sociabilidad,
hasta el punto de que las madres suelen entregar a sus hijos de varios meses a los
machos de la tribu para que le hagan felaciones a la criatura, que de esa manera entra
abruptamente en la sexualidad y desde la más temprana edad se acostumbra a llevar
una vida de continua sobreexcitación sexual. Ya se está marchando del jardín cuando
se despide de la pareja gritando:
—¡Adiós, macacos! Os quiero a todos de verdad. ¡He venido a este mundo para
salvaros!
Desde el jardín vuelve a pasar a la otra orilla y toma un té en el café de La Boule
d’Or. No mucho después, camina hasta su casa y se pone a leer una vez más el
cuaderno de cubiertas negras de su padre, deteniéndose en una pagina que dice:

Moscú, noviembre de 1950

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Hay un momento mágico que precede a toda iluminación. La imaginación se
halla a pleno rendimiento, aliada estrechamente con el intelecto y con todos los
poderes de la razón cuando, de pronto, sientes un cosquilleo en la espalda, subiendo
por toda la columna vertebral, y crees entrar en el infinito de las células, en el
infinito de cada elemento mínimo del cuerpo, en el infinito más paradójico de Pascal.
Eso fue lo que me ocurrió ayer, cuando hallándome en la morgue pensé por
primera vez en el plasma de la vida y me fijé en el feto que yacía sobre la mesa de
cinc.
El camino hacia el trasplante de cerebros pasa por un plasma cuya fórmula creo
tener en la cabeza pero que aún no sé desarrollar, y de la que no voy a decirle nada
al doctor Demikhov. Una idea me guía en esta travesía por la niebla: la vida y la
muerte no se diferencian por su materia. Las separa un poder, que es al mismo
tiempo un fluir. El cuerpo vivo se sujeta a sí mismo, el cuerpo muerto se desata y
entrega todas sus estructuras al poder de la entropía: a partir de ese momento se
desencadena en el cadáver un nuevo festín de vida y le llega el turno a los gusanos,
mas toda esa energía ya no puede utilizarse, y a lo sumo servirá para que crezcan
más los árboles. Sin embargo yo ya creo vislumbrar el secreto de esa entropía, que
curiosamente es el fundamento más evidente de la vida, si bien a menudo ignoramos
que el imperio de la vida se está apoyando continuamente en el imperio de la muerte.
Para saberlo me basta con examinar la fiambrera que traigo al trabajo: conejo,
patatas fritas, arenques… Mamíferos, plantas y peces que han sucumbido para que
yo pueda alimentarme esta noche.

Le quedan unos meses para acabar psiquiatría, y ha abandonado los estudios de


neurología pues cree ya saber todo lo que necesita para llevar a cabo sus propósitos.
Siente que está a las puertas de sí mismo, pero estar a las puertas quiere decir que
sigue estando fuera.
Un sábado, organiza en su casa una cena para doce de sus amigos, y cuando ya
todos los comensales se hallan a la mesa, Zibelius se incorpora y eleva su copa de
vino.
—¡Arriba los cuatro reinos de la naturaleza! —exclama, y cae sobre el asiento
como un saco.
—¡Vaya borrachera que se ha cogido Juan Sebastián! —dice una de las invitadas,
que tiene todo el aspecto de trabajar en un manicomio.
Hacia la mitad de la velada, la mesa parece la nave de los locos. A Zibelius le ha
bajado la borrachera y escucha con renovada atención las insensateces de sus amigos,
viéndolos a todos como casos clínicos.
Morente, que se halla a su derecha, pretende hacer creer a dos comensales que el
hecho de no saber a qué distancia exacta estamos del big bang le produce una gran
incertidumbre existencial.

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Harto de tanta estupidez, Zibelius vuelve a apurar la copa y dice:
—Ayer, uno de los alienados de Santa Ana me dijo que lo más discutible del big
bang es que se trata de un mito centrado en la metáfora anal. Para el neurótico que os
digo, y al que vi alguna vez en los seminarios del doctor Romani y el doctor Lacan, el
punto sin dimensión es el ano. Ahora me pregunto si todo el problema del origen del
mundo no será un asunto tan escatológico como el problema del fin del mundo. Ah,
cómo me harta a veces la humanidad. El hombre ya solo toca realidad cuando
sucumbe a la locura. ¿No os parece triste? —dice, y se retira a su cuarto cuando ya se
apuntan tras la ventana las primeras luces del alba.
Se despierta pasado el mediodía y su casa le parece el paisaje después de una
batalla sin sentido en la que todos los comensales hubiesen beligerado contra los
demás y contra sí mismos. Ese mismo día se plantea la posibilidad de salir de
vacaciones. Va a ser la primera vez en tres años que abandona el casco urbano de
París.

Tras unos días perdido por carreteras lluviosas, recala en una playa gris, donde los
hierbajos crujen de forma tétrica cuando son azotados por el viento. Es un lugar al
que llaman Rocas Negras, dominado por un hotel de cristal y cemento, erigido en
medio de una región de piedra cortante y negra, y playas de guijarros.
Un sol débil le da al mar un brillo de acero. Sentado junto a una caseta
abandonada, Zibelius observa a los pocos paseantes que deambulan por la playa y
piensa en sí mismo.
Toda su meditación se centra en el valor de la vida, en el valor de una vida, en el
valor de su vida.
Ahora cree hallarse en un momento óptimo para tomar decisiones fundamentales.
Aunque lo más asombroso es que esas decisiones ya las ha tomado hace mucho
tiempo, y solo quiere confirmarlas y convertirlas en algo muy próximo a lo real.
El Atlántico, su inmensa frialdad, su inmensa tranquilidad, le ayuda a asentar las
ideas. También le ayuda a concentrarse el paso constante de los petroleros, señores
del día y de la noche, surcando la línea del horizonte con su moles negras de cetáceos
metálicos y melancólicos. Un camarero llega desde el hotel con el carrito de las
bebidas y Zibelius le pide un whisky con soda.
Las nubes blancas han desaparecido al fondo de un cielo más abierto que la
felicidad y la desesperación, y parte de la playa aparece a intervalos cubierta por una
película de plata en la que se reflejan los cuerpos de los paseantes, que parecen
narcotizados por la esencia ingrávida y helada de la tarde.
Zibelius los observa como un etólogo observaría a una tribu de chimpancés. De
haber trascurrido su vida de forma todavía más trágica, todo en él habría tendido
hacia la psicopatía y ahora sería un alma irreversiblemente descalabrada y llena de
desinterés hacia sus semejantes. Pero la mente y su materia podían sorprendernos. Y

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al final lo más amargo era comprobar que lo que tanto buscábamos, o creíamos
buscar, había estado siempre sobre la mesa.
Hay mañanas que las pasa enteras cubierto con un abrigo y tendido sobre la falda
de una duna, mirando al mar y al cielo, dos aceros que parecen juntarse en el infinito.
Al mediodía acude al restaurante del hotel. Una mujer, que lleva siempre ropa
clara (y solo las muy elegantes saben que el otoño ama la claridad), ha empezado a
cautivar su atención. Desde la primera vez que la vio, dejándose acompañar por un
hombre de aire frágil, le pareció una mujer flotante pero con cierta entereza dentro de
su aparente ingravidez.
Dos días después, hallándose en Dieppe, vuelve a cruzarse con la mujer de la
playa, que se arroja a sus brazos llorando y le empieza a decir:
—¡Ayúdeme! Me basta con mirarle a los ojos para sospechar que usted sabe
mucho del cerebro humano.
—¿Qué le ocurre?
—Verá usted… El hombre que me acompañaba en la playa era mi antiguo
paciente…
—¿Es usted psicóloga?
—Sí, de la Seguridad Social, y solía atender al hombre que usted vio conmigo
antes de que lo internaran por haber intentado matar a su madre… Ayer fui a visitarlo
al manicomio y estuve paseando un rato con él. Fue entonces cuando hicimos el
amor.
—Buena idea.
—¿Usted cree?
Zibelius arrastra a la mujer hasta la terraza de un café junto a la estación de
ferrocarril, la toca con sus manos frías y le susurra con cariño:
—Tranquilícese, mujer, y deje de interpretar insensatamente su vida. Le dije que
me parecía buena idea que se hubiese enredado con un antiguo paciente, pero quizás
no me expresé bien. Verá, no es ni mejor ni peor idea que fornicar con cualquier otro
hombre. Todos los hombres están locos, tan locos como su amigo, y son todos muy
parecidos, como son muy parecidos todos los chimpancés, todos los macacos, todos
los gorilas, todos los tigres de Bengala, todos los tigres de Siberia, todas las moscas y
todos los mosquitos. No se torture por haberle dado un poco de amor a alguien que
está internado… Se lo digo convencido de que tengo razón, a la vez que le advierto
que siento un gran desinterés por el sexo. ¿Cree que a él le ha sentado bien la
experiencia?
—Juraría que sí.
—Pues entonces alégrese. En verdad le digo que los que se acuestan con alguien
por mera caridad, sabiendo que lo que hacen va aliviar un poco el infierno de los
demás, merecen todos mis respetos. Yo solo utilizaría el sexo para practicar la
misericordia.
—Me deja usted desconcertada.

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—Ya lo sé. ¿Se encuentra mejor?
—Mucho mejor.
—Lo celebro, y ahora perdóneme si la dejo, mujer. Dentro de una hora sale mi
tren para París —susurra, y tras besar cálidamente su mano se va alejando de ella con
la elegancia de un caballero de otro tiempo.
De nuevo en París, halla en el buzón una carta que esperaba desde hacía meses y
en la que su abuela le dice que va a ingresar en una residencia geriátrica y que le deja
la casa de la sierra para él. Por la noche, Zibelius acude a La Coupole, donde
encuentra de nuevo a Marcovi.
—El año que viene me marcho a Madrid… —dice Juan Sebastián con
precipitación, antes de sentarse.
—¿Tan pronto?
—Sí, he de preparar el camino. Después puedes venir tú…
—De acuerdo.
—Si permanecemos unidos, podremos llegar muy lejos… Pero tendrás que
seguirme.
—Te voy a seguir hasta donde me sea posible…
—¿En serio? Todo me dice que vamos a tener que superar lo posible y desde
luego lo concebible.
—Lo superaremos. ¡Viva nuestra amistad! —exclama Marcovi alzando la copa.
—¡Viva! —grita Juan Sebastián.
Esa noche, Zibelius cree percibir en la atmósfera del café una vibración especial,
en parte debido a la alegría que le embarga, y aunque no es hombre proclive a caer en
emociones sentimentales e inmediatas, sus ojos se humedecen como si estuviera a
punto de llorar.
Zibelius se despide de Marcovi a la puerta del café, donde se sube a un taxi, y su
amigo se va caminando hasta su casa por el bulevar. Están regando las calles y ya
huele a verano en la ciudad. Marcovi cree que París será menos emocionante sin
Zibelius, y aunque venera París por encima de todas las cosas, esa noche se le antoja
una ciudad muerta. Piensa que ahora su amistad con Zibelius es más sana que antes
porque cuenta menos la envidia y más la fraternidad, y por primera vez en mucho
tiempo empieza a percibir, entre su cuerpo y las calles de todos los días, una cierta
distancia sentimental, sabiendo que también él tendrá que decir adiós a París, pues no
le cabe en la cabeza la idea de que su amigo no vaya a cumplir su palabra.

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5. CELEBRACIÓN DE LA AMISTAD

Nueve meses después, Zibelius ya se halla en su propia clínica psiquiátrica. Se trata


de una casa con aspecto de palacio del siglo XIX, de granito y ladrillo. Resulta un
lugar acogedor, y lo rodea un jardín con dos fuentes y árboles frondosos, por el que
pasean por la tarde los locos.
A las ocho de la mañana ya lo vemos en el comedor, donde desayuna junto a las
enfermeras y los loqueros y lee un poco el periódico.
Sus subalternos parecen mirarle con simpatía y tiene fama de ser un hombre sin
vicios. En realidad no los tiene, salvo el tabaco. Está viviendo un período de bonanza
espiritual y sonríe a todo el mundo como un Buda esclarecido que fuese todo bondad
y al que los muchos reveses de la vida le hubiesen inclinado hacia la misericordia sin
doblez y desnuda como una oración zen.
Da la impresión de que seduce mucho a la gente con su voz. Suele pronunciar un
castellano amable y crujiente, y ni se excede con las erres ni con las eses. Su voz
escarchada está presidida por la corrección fonética, que comunica una continua
sensación de seguridad. No gesticula demasiado, no lo necesita para hacerse notar y
para crear una frontera que solo puede vincularse al concepto de autoridad. La gente
nota que Zibelius dibuja límites infranqueables basados en la pura y simple
amabilidad; la gente percibe al oírle que su lenguaje, elegante y regido por la ley de la
ondulación, es en sí mismo un linde que hay que respetar como una señal de tráfico;
la gente advierte, cuando le mira, que ha estado alguna vez en la oscuridad y que ha
regresado de ella con más oscuridad, cierto, pero también con más conciencia. Y él
sabe lo que la gente sabe, circunstancia que le permite llevar una vida relajada y al
mismo tiempo muy laboriosa. Casi parece el caballero intachable y no para de
trabajar.
Pero Zibelius tiene más razones que los demás para aguantar largas jornadas de
trabajo en su querida clínica, y ni siquiera descansa los fines de semana. Todas las
noches, lee y relee los artículos del doctor White sobre sus experimentos con monos,
publicados en Science y Nature, y ve cada vez más cercano el día en que podrá
superar, con la ayuda de Marcovi, al doctor White y a la escuela mexicana de
neurocirugía.
A veces puede pasar días y días sin dormir. A la gente le aterra su entrega, pero lo
cierto es que él se siente como un pez en el agua porque está donde ha querido estar
siempre.

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Hace algún tiempo que regresó por su cuenta Morente, para trabajar en el
Instituto Anatómico Forense. Zibelius sigue manteniendo relaciones muy cordiales
con él porque le deja manipular cadáveres y estudiarlos a conciencia. Los días que
pasa por la morgue, Zibelius los suele aprovechar para hacer peregrinaciones
azarosas por Madrid. Puede entrar en cualquier lugar: en un hotel, en un bar, en un
teatro, en una iglesia… Los paseos que más disfruta son los invernales, cuando la
niebla no deja ver los pináculos de los edificios de la Gran Vía. Ese Madrid ajado,
pervertido, nunca del todo renacido y de apariencia americana le produce emociones
que no experimenta en otros lugares de la ciudad.
Siempre recuerda un atardecer fantasmal, de nubes grises y nieblas grises, en que
dejó atrás la Gran Vía, se fue hasta la puerta de Alcalá y entró en el parque del Retiro.
Su imaginación se desbocaba mientras recorría los senderos del parque, y al atravesar
las arboledas en dirección al estanque, creía notar una gran altitud mental y se sentía
a sí mismo como un ser que regresa siempre al punto de partida, y el punto de partida
de su verdadera vida Zibelius lo ubicaba en la noche en que su padre se confesó y le
pasó el cuaderno.
Y a esa noche volvía siempre con la certeza de que era una fuente de la que
siempre manaba agua fresca para el saber y la inteligencia.
Como no tenía prisa y pensaba que se merecía aquel desahogo solitario por la
ciudad, se fue en autobús hasta la plaza de España, y desde allí avanzó entre la niebla
hacia el viaducto.
La bruma impedía ver el fondo de la calle Segovia, y el puente de los suicidas
estaba alcanzando su definición más expresionista. Una chica quería tirarse de uno de
los balcones del puente y Zibelius la estuvo observando entre la niebla,
preguntándose si debía intervenir en la naturaleza, en este caso en la naturaleza
humana. ¿Tenía derecho a oponerse a los deseos de la chica? No lo pensó más, se
acercó a ella por detrás, y la estrechó con delicadeza. La chica se echó a llorar.
Mientras acariciaba sus cabellos, Zibelius le dijo:
—Si no quieres conocer una noche aún más desafortunada que la que estás
viviendo, deja de abandonarte a ti misma. ¿Dónde resides?
—En la plaza de Ramales.
—Te acompaño.
Ya se hallaban ante el portal del inmueble donde vivía la chica cuando Zibelius le
pasó una tarjeta y le dijo amorosamente:
—Ven a verme a mi consulta y solucionamos lo que te ocurre mucho antes de lo
que crees.
Algunos de sus mejores pacientes los conseguía así, como un pescador de almas
cuyo campo de acción fuera la calle.
Zibelius se hallaba cada vez más asentado en Madrid cuando a principios de
diciembre del año 1984 decidió llamar a Marcovi y le pidió que se trasladara a

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Madrid. Marcovi recibió entusiasmado su propuesta y celebraron juntos la
Nochevieja en el Salón Blanco del restaurante Lhardy.

Han apagado la luz eléctrica y en su lugar arden las velas de dos candelabros que
reposan sobre la mesa. Zibelius y Marcovi llevan un rato riéndose y sus caras parecen
transfiguradas.
Los espejos del salón duplican sus fisonomías y las llamas temblorosas de las
velas. Se sienten en un teatro mágico, al amparo del espíritu vibrante del vino, y
celebran por todo lo alto su encuentro sagrado en Madrid, disfrutando más que nunca
de las emociones de la amistad y de su calor bendito, que cuando está presidido por el
alcohol puede elevarnos tanto como el amor.
—No te vas a arrepentir de haber venido. La movida sigue en ascenso y en estos
momentos Madrid es la capital más divertida del mundo y de buena parte del
universo.
—Eso me pareció nada más llegar.
Brindan con copas que parecen cálices, beben un vino que parece sangre y, tras
invocar sus años en París, deciden unir formalmente sus destinos y empiezan a
elaborar el plan para poder llevar a cabo, en la más absoluta clandestinidad, una
operación que, según ellos, podría modificar la naturaleza humana así como la visión
que aún tenemos del cerebro. Un cerebro que está hecho para viajar y que desde la
más remota antigüedad aspira a ser eterno.
A media noche juntan las manos sobre la mesa, después las elevan. Zibelius dice:
—Es hora de reconciliarnos con los que fueron nuestros maestros en París, y es
hora de reconocer que nos indicaron una sola cosa: conviene ir más allá de lo posible,
cueste lo que cueste. Y bien, ahora solo necesitamos un alma sin cuerpo y un cuerpo
sin alma.
—Los encontraremos —exclama Marcovi—. Bastará esperar con los ojos
abiertos.
—Bastará con eso y con un poco de suerte. Pero todavía tendríamos que
entrenarnos más con cadáveres. Morente nos los puede proporcionar.
—¿Mantienes tratos con él?
—Los suficientes. Le he pedido que se acerque aquí esta noche. No tardará en
llegar. Brindemos una vez más por nuestra amistad, para que dure y supere todas las
formas de la adversidad.
—¡Sea! —exclama Marcovi, antes de hacer chocar su copa con la de su amigo.
Las copas resuenan como campanas de cristal.
Zibelius da un sorbo y proclama con una voz tan cálida como temblorosa:
—Hace un instante, cuando se juntaban nuestras copas, he creído sentir la misma
vibración aguda que tenía la voz de mi padre. Que los dioses nos protejan siempre.

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Las copas tintinean de nuevo y los dos se sienten poseídos por la misma fiebre en
el espléndido reino de la felicidad. Zibelius dice:
—Ojalá mañana estemos por delante de la muerte.
En ese momento llega Morente. Viene muy perfumado y elegantemente vestido.
Todos los forenses están obsesionados con los perfumes, piensa Zibelius, en parte
porque saben que no es tan fácil ocultar el olor de la muerte, su pegajosa y penetrante
fragancia, que cala hasta los huesos.
Morente, que tiene voz de tenor, les deleita con algunas canciones antes de
ponerse a rememorar con ellos los años de París.

Algunas noches, Zibelius y Marcovi pasan primero por el Instituto Anatómico


Forense para saludar a Morente, y más tarde atraviesan algo borrachos la noche de
Madrid. Prefieren hacerlo en otoño, bajo las luces cetrinas y la niebla. Van
examinando las diferentes tribus y a veces se detienen ante una cola de gente vestida
de negro y con crestas de colores reflectantes. Son los punks, por los que Zibelius
siente cierta simpatía porque le parecen grandes cucarachas acharoladas brillando
bajo las luces implacables de la noche. Procuran examinarlos a todos como forenses,
pero no porque los vean muertos, simplemente porque intentan evitar las emociones.
A veces se cruzan con pandillas de borrachos que surgen entre la niebla como
zombis, otras veces con prostitutas inconcretas centelleando en una esquina de la
noche, otras veces con ambulancias haciendo sonar sus sirenas mientras alguien
certifica un nuevo muerto.
Recorren tugurios infames, casas distinguidas, depósitos de cadáveres, hospitales,
discotecas. Miran a la gente, la examinan, sacan conclusiones sobre el género
humano y beben hasta el alba. A veces Marcovi concluye la noche llamando a una de
sus novias mientras Zibelius pasea por el jardín de la clínica con una copa de whisky
en la mano. Suelen ser los mejores momentos del día, cuando está próximo el
desfallecimiento y el whisky tiene el mismo sabor metálico que la noche
mineralizada de finales de septiembre. En esos instantes Zibelius solo soporta la
compañía de su gato Lenin, que lo sigue como un perro por el jardín exigiéndole un
poco de pleitesía.
En esta ocasión Zibelius se agacha ante el felino y una vez más se asombra de lo
bien que le salió el experimento: ahora tiene un gato persa con la cabeza blanca y el
cuerpo negro, que maravilla a todo el mundo por su rareza y porque en realidad
parece un gato blanco con un abrigo negro.
—Mi querido Lenin, le presento mis respetos por no haberle hecho el caso que se
merece estos últimos días.
Lenin maúlla desagradablemente. Incluso con su amo puede llegar a ser
displicente si cree que aún no se han reparado ciertos agravios cometidos contra su
persona.

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Zibelius lo acaricia con mucha suavidad y Lenin acaba perdonándole, algo nada
despreciable tratándose de un gato persa, un tipo de gato decadente y necio que no ha
madurado nunca, ni como individuo ni como especie, porque se ha pasado la
eternidad entre cojines persas y alfombras persas y jardines persas, al lado de sultanas
que los querían mucho y les propiciaban una vida regalada.
Todo eso Zibelius lo sabe pero no le importa, pues siempre ha defendido a la
aristocracia. Su gato le encanta y le puso el nombre de Lenin en honor a su padre, que
había sido comunista.
Zibelius coge en sus manos a Lenin, lo alza hasta tenerlo frente a su cara, lo mira
fijamente y piensa que los gatos siguen llevando con ellos todo el misterio de Egipto.
Zibelius reconoce que Lenin es un gato que tiene algo de monstruoso, en parte porque
es la mezcla de dos gatos de colores opuestos, en parte porque las facciones de su
rostro, su ceño fruncido y sus ojos azules le dan un aspecto humano, pero esa
monstruosidad está muy lejos de desagradarle.
Zibelius deposita a Lenin en el suelo y da un trago a su copa. Es entonces cuando
se acuerda de los chimpancés a los que les han intercambiado los cerebros y con los
que ya están probando el suero antirrechazo y el plasma de la vida, y se dirige a un
pabellón ubicado al fondo del jardín trasero, donde se hallan el quirófano y la unidad
de cuidados intensivos.

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II
ESBEMBO Y CASTELL

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1. ROSANA

Dicen que el amor eterno dura novecientos días, pasados los cuales deja de
funcionar la química del deseo.
Hace dos meses que Rosana rompió con su amor eterno: Denis, un francés
incoherente y plañidero con el que estuvo enredada unos dos años y medio.
Ya no lo lamenta, o quizá sí. Cuando rompes con alguien, ese alguien se lleva
parte de tu alma para tirarla en algún basurero, piensa. Ella también se ha quedado
con parte del alma de Denis, y si pudiera le gustaría vomitarla: vomitar el alma de
Denis como se vomita una comida mal digerida y peor cocinada.
Ahora le da una inmensa pereza meterse en otra conciencia y en otro cuerpo, y le
tienta arrojarse a la noche a tumba abierta. Salir medio vestida o medio desnuda a la
noche ciega y follar con cualquiera y dejar que le desgarre las bragas el abominable
hombre de las nieves, el abominable hombre de la noche. Ese hombre frío que no
tiene cara, que no la necesita. Ese hombre duro y leve. También ansía a veces
arrojarse en plena noche desde la cima del monte Abantos con el ala delta, a la que es
tan aficionada. Cree que puede ser una experiencia más poderosa con un coito muy
deseado.
Sueña con desmadrarse y desalmarse, ¿para qué? Lo sabe de sobra: para no
pensar ni un segundo más en Claudio Esbembo.
¿Por qué una tiende a enamorarse de hombres a los que en realidad una detesta?
¿Acaso el deseo se junta en un punto de la oscuridad del yo con lo indeseable?
¿Acaso lo indeseable es en realidad la máscara más lamentable del deseo?, se
pregunta.
Hasta hace una semana, Rosana detestaba las crónicas nocturnas de Claudio
Esbembo. Repudiaba su manera de escribir, su pose, su estilo, sus vicios, sus
metáforas, sus trajes, su cara. Pero es que en realidad solo lo había visto en fotografía.
Y de pronto, el sábado por la noche, cuando se hallaba tomando una copa con su
amiga Beatriz en una terraza de la Castellana, vio a Esbembo acercarse a Beatriz, de
la que había sido amante, y se achicó su mirada ante sus ojos azules y su sonrisa más
bien infantil. Esbembo estaba mortalmente ebrio, y la miró de frente, como alguien
que está en el abismo sin saberlo, como un perro perdido y sin amo, y se le ablandó el
corazón.
Sin dejar de mirarla, Esbembo le empezó a decir:

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—Eres la clase de mujer por la que no me importaría morir. Estaba en la
oscuridad, en la puta negrura estaba y de pronto veo tus ojos: dos esmeraldas más
grandes que mi felicidad y mi desgracia. Me dejas sin palabras y a la vez me inspiras
más que una madonna renacentista y podría estar toda la noche alabándote. Tienes un
alma tan inmensa y tan trasparente que ahoga. Me ahogaría tranquilamente en ti
como en una laguna de agua absolutamente cristalina, me aniquilaría en ti, me dejaría
poseer por todos los flancos y todos los agujeros. Me gustaría que me follaras, que
me sodomizaras, que me atravesaras tierna y venenosamente, aunque sé bien que no
me puedes envenenar. No hay veneno en ti, solo hay aliento de vida y de fiebre. Eres
justamente lo contrario a una personalidad tóxica. Me basta con mirarte a los ojos
para desearte infinitamente. Dios, qué luz más intensa. Me voy a morir de calor y de
frío. Sé que vas a pensar que estoy loco, sé que vas a pensar que no tengo derecho, y
no lo tengo. No sé cómo te llamas, aún no lo sé, pero es como si te conociera desde
antes de haber nacido. No quiero morir sin haber llegado contigo muy lejos —dijo
antes de desvanecerse y caer de espaldas contra el suelo.
En la terraza se organizó un considerable revuelo. Los camareros dejaron las
bandejas para socorrer a uno de sus clientes más asiduos y queridos del
establecimiento. Una mujer, al parecer médico, se agachó junto a él, le tomó el pulso
y dijo:
—Coma etílico o quizá algo peor, llamen a una ambulancia.
Llegó la ambulancia. Rosana y Beatriz vieron cómo lo tendían en una camilla y lo
introducían en el vehículo, que poco después enfilaba la Castellana con sus luces
chorreantes y sus sirenas.
Camino de casa, Rosana y Beatriz empezaron a hablar acaloradamente de Claudio
Esbembo.
—¿Qué te ha parecido su actuación? —preguntó Beatriz mientras subían por la
calle Génova en busca de un taxi.
—No lo sé. Todavía estoy temblando, todavía escucho el ruido de su cuerpo al
estrellarse contra el suelo.
—No temas, saldrá de esta.
—Pareces indignada en lugar de preocupada.
—¿Y cómo tengo que estar? —gritó Beatriz—. Me he acostado veinte veces con
él y creía que me quería un poco. Cuando lo vi acercarse a nosotras pensaba que me
iba a dar un beso y decirme alguna lindeza, pero de pronto empieza a mirarte y…
Espero que no tomes en serio sus palabras. ¿Me escuchas?
Rosana no la escuchaba, ella seguía oyendo las parrafadas incandescentes de
Esbembo y el choque de su cuerpo contra el suelo justo antes de que pronunciara las
palabras «muy lejos».

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2. LA NOCHE ES UNA DIMENSIÓN ELÉCTRICA

En una esquina de la Gran Vía mi corazón se adelanta a sí mismo como un


taxímetro loco. Las luces de neón de los teatros centellean, y los coches van y vienen
como máquinas que sienten mi mismo frenesí. Estoy detenido en el atardecer, esa
ferviente vanguardia de la noche que me excita como me excitaban en el crepúsculo
las alegres chicas de Tarifa. Sé que estoy lejos del mar, de los muchachos y
muchachas que exhibían sus cuerpos magníficos, indolentes, fatigados, tras una
jornada de surf, y que deliciosamente me evocaban las canciones de la Beach Boys.
Estoy lejos de la costa, pero no importa. Madrid es una ciudad con muchas olas que
estallan ante mis ojos de búho narcotizado.
Dentro de poco la noche, tórrida e intransigente con los frutos del deseo,
empecerá a dejarme en la boca el sabor al salitre y al sexo que aún no ha llegado,
pero que llegará. En Madrid los cuerpos me llaman como el gemido de una trompeta
que clama en la penúltima esquina de la avenida de la Ansiedad. En Madrid las
bocas susurran palabras deliciosas cuando las sombras se mezclan con las sombras
y mi piel se eriza al mirar tus braguitas de hilo dental que atraviesan el lugar donde
tu espalda delata mi nostalgia del cielo y mi nostalgia del fango. Ah, Venus del espejo
blanco y del espejo negro, ¿acudirás a la cita que hemos pactado en el Salón Azul,
dentro de una hora y media, dentro de una eternidad y media, acudirás?
En este instante tan rojo que ya empieza a ser violeta la ciudad es un festín para
la mirada ociosa, pero todas esas chicas que pasan ante mí, con sus minifaldas
extremas y sus sonrisas oblicuas, no consiguen que me olvide de tus piernas. Esta
noche me moriré por ti mientras te miro a los ojos, esmeradamente verdes y casi
trasparentes, esta noche moriré mientras acaricio tu espalda vibrante y líquida como
una onda de mercurio. Y esta noche resucitaré en la suite de los espejos y me
sumergiré en tu mirada como en una piscina privada de los jardines de Xanadú,
donde el emperador Kublai Khan se embriagaba con el opio que le regalaba
Coleridge desde un futuro remoto, desde un pliegue milagroso del tiempo y del
espacio donde podían converger los destinos de un rey del siglo XIII y un poeta del
Romanticismo inglés.
¿Nuestros destinos convergerán igualmente esta noche de sed y de fiebre en que
solo pienso en ti?
Madrid es un abismo de deseos sucesivos, de ascensores que comunican el Edén
con el Infierno, de luces que chorrean como estallidos de magnesio iluminando tu

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cuerpo de starlet en una película que aún está por hacer.
Ayer estuve en un estreno en el cine que tengo enfrente y mañana tendré que ir a
una velada en el Ritz, pero hoy estoy viviendo un tiempo vertiginosamente muerto, ya
a punto de subirme al taxi que me llevará directo a tu piel incandescente, a tus ojos
evanescentes y a tus sueños de ámbar gris y rojo intenso.
Madrid es la capital del deseo porque tú vives aquí, solo por eso lo es. Desde
lejos siento tu respiración. Desde lejos experimento la indefinible cercanía de tu sed.
Desde lejos me llega tu aliento y es como si tu perfume atravesara las calles y las
avenidas y llegase hasta mí como la vibración de la noche, como el espíritu sin
nombre que solo te nombra a ti. Pero no temas, no voy a decir cómo te llamas, para
que nadie conozca la palabra que atraviesa mi cabeza como una llamarada y me
arrastra hasta tu cuerpo como cien caballos salvajes. Arde Madrid cuando pienso en
ti, arde toda la Vía Láctea. ¿No voy a decir tu nombre? Sí, lo voy a decir para que
todo el mundo sepa que te quiero a morir, Rosana, Rosana, Rosana.

Claudio Esbembo acaba de terminar el último artículo de su columna semanal


Noches de Madrid. Piensa en el título, decide llamarlo En la hora roja y lo envía a su
periódico por medio de un mensajero. ¿Habré cometido una insensatez? ¿Otra más?,
se pregunta. ¿Tenía derecho a mentir como ha mentido, diciendo que le espera
Rosana cuando en realidad no es cierto, cuando en realidad no la ha vuelto a ver
desde su desvanecimiento en la terraza de la Castellana que le obligó a permanecer
dos días en el hospital? Aún no ha logrado acostarse con Rosana, pero en el artículo
insinúa que ya ha tenido relaciones sexuales con ella y que tiene con ella una cita
para esa misma noche. Se trata en realidad de una profecía que se ha hecho a sí
mismo y que quiere cumplir. Esbembo está seguro de que Rosana es el narcótico que
ahora necesita y el único que desea hasta límites que no puede definir ni quiere.
Claudio se mira un instante en el espejo del pasillo. Inesperadamente siente asco
de su propio cuerpo y evita su propia mirada reflejada en el vidrio.
Luego vuelve al salón y se acuesta en el diván. Empiezan a desfilar mujeres por
su cabeza. Mujeres de cuerpo radiante y de cuerpo oscuro y de cuerpo profundo. Pero
ninguno tan radiante, oscuro y profundo como el de Rosana, murmura mientras
enciende un cigarrillo.
Siempre le ocurre lo mismo. El calor inquebrantable de Madrid en verano le
conduce o bien a deseos insensatos que se clavan en su cabeza como una bala
incandescente, o bien al hastío, esa bestia delicada, ese asesino.
Sale al balcón, situado en el último piso de la Torre de Madrid, y contempla la
ciudad. No creo que deba esperar más, piensa recordando su artículo. Ya ves lo fuerte
que es mi deseo, y el deseo no cumplido es dolor. Ya ves lo fuerte que es mi dolor,
Rosana, ya ves lo fuerte que es mi hastío.

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Quiere odiar a Rosana y no puede. Por un lado le parece una entelequia tan
quebradiza como un delirio y por otro cree que se está enfrentando a un monstruo de
un poder de seducción tan estático como enloquecedor.
En otros momentos, le hubiese dado por leer el Canto a mí mismo, que siempre le
deja muy satisfecho, pero ahora prefiere el Canto espiritual y El cantar de los
cantares. El cambio tiene su lógica. De la autocomplacencia en la que vive, o cree
vivir, ha pasado a la realeza, y se identifica con Salomón esperando a la reina de Saba
que quiere llegar y no llega, y que se pierde por los campos y collados en busca del
amado, y que grita su desventura a las mujeres de Judea.
Como si su mente estuviese habitada por personalidades diferentes que se
boicotearan unas a otras, ni se pone a leer a los místicos ni a los narcisistas, y coloca
en la platina el disco de la película Ascensor hacia el cadalso.
No ha sido buena idea. Con los primeros compases, empieza a acariciarle la
angustia, esa angustia silenciosa y horrible que con tanta frecuencia viene a visitarle
en agosto. Vuelve a mirarse en el espejo del pasillo con mucha severidad y empieza a
decir:
—Angustiarse no es lo recomendable, ¿me escuchas? La angustia es en ti un
tobogán que te suele conducir a noches de auténtica locura. No es cuestión de
angustiarse, pero sí es cuestión de actuar, y rápido. Te has acostado con todas las
mujeres que has querido, reconócelo, y con las que no has querido también. Te has
acostado con todas menos con ella, con todas menos con la loba que aguarda
silenciosa en su guarida, que te aguarda.
Harto de sí mismo, Claudio se ducha, se pone un traje de verano blanco, sale a la
calle y entra en su coche todavía con la lúgubre música de Miles Davis en la cabeza.

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3. UN HABITANTE DE CARCOSA

… Porque hay varias clases de muerte. En unas el cuerpo permanece; en otras,


desaparece con el espíritu. Esta última solo suele ocurrir en lugares solitarios (tal es
la voluntad de Dios)… En cierto tipo de muerte el espíritu también muere, y se sabe
que eso ha sucedido aunque el cuerpo haya conservado su vigor durante años. En
otras ocasiones, y existen pruebas de ello, muere con el cuerpo, pero, al cabo de
cierto tiempo, resucita en el lugar donde el cuerpo se descompuso.

Hace más de seis años que Vicenç Castell reside en Madrid tras haber pasado toda
su vida anterior en Barcelona. Es profesor de literatura en un instituto de enseñanza
media de la colonia Molino de Viento y desde su llegada a Madrid vive en una
buhardilla ubicada en una casa de tres pisos de la calle San Dámaso, que pertenece
toda ella a un marmolista. Vicenç puede acceder directamente a su buhardilla por una
escalera de hierro pegada a la fachada trasera del edificio. Se trata de un habitáculo
de unos sesenta metros con dos mansardas. Desde la mansarda trasera se ve el
cementerio de San Justo, desplegando sus avenidas tétricas y sus hileras de cipreses
hasta allí donde alcanza su vista. En cambio desde la mansarda delantera puede
contemplar una amplia extensión de Madrid, ascendiendo como una sucesión de
fallas rojas y grises hacia el Palacio Real y su solemne mole blanca.
Vicenç es un hombre de una austeridad extrema, tan parco en el beber como en el
comer y el follar, y solo ha tenido dos novias que más que procurarle paz y placer le
han proporcionado no pocas desdichas y quebrantos. Pero es un profesor excelente,
de una amabilidad exquisita y educadas maneras, que se gana todos los años el afecto
de sus alumnos, agradecidos por su entrega y su extraño sentido del humor.
Lleva anteojos redondos, es muy pálido y de ojos castaños, no mide más de uno
setenta, viste ropas modestas pero que conjugan bien con su menudo cuerpo y hasta
le dan un aspecto vagamente agradable, y su modo de transporte más constante es la
bicicleta.
El mediodía que nos acercamos a él, Vicenç ha subido hasta la Gran Vía con la
intención de comprar un libro de Ambrose Bierce que acaba de aparecer en una
colección de clásicos del terror. Ansía leer sobre todo el cuento titulado Un habitante
de Carcosa, con el que se inicia el libro y cuyo título le ha impresionado. Ya con el
ejemplar en la mano, entra en un café desde cuyas ventanas se ve el cine Capitol. Se

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sienta junto a la barra y empieza a leer el cuento, que comienza con una larga cita en
cursiva que habla de la vida después de la muerte y de ciertas resurrecciones en
lugares abandonados.
Luego empieza el relato propiamente dicho. Se trata de una historia en primera
persona donde el espíritu de un tal Hoseib cuenta cómo en una ocasión creyó
despertarse en medio de una llanura fría y desierta, cubierta por una alta capa de
hierba que crujía agitada por el viento y sobre la que destacaban rocas sombrías de
formas extrañas.
Hoseib decía que junto a las rocas se veían también piedras cubiertas de musgo y
medio hundidas en la tierra. Eran tumbas, pero tumbas de una cultura ya
desaparecida.
Hoseib se preguntaba cómo había llegado hasta allí, y entonces recordaba haber
padecido una enfermedad. También recordaba un ataque de fiebre, el
desfallecimiento y sus gritos pidiendo libertad, suplicando un poco de aire fresco para
sus pulmones abrasados. Entonces pensó que, en pleno delirio, debía de haber eludido
la vigilancia de sus familiares y había corrido hasta aquel lugar, donde, con toda
seguridad, había vuelto a desfallecer. Pero ahora estaba despierto, ahora había vuelto
al mundo de la vigilia. ¿A que distancia podía encontrarse de Carcosa, su ciudad?, se
preguntaba Hoseib con inquietud. Entonces aparecía un desconocido y Hoseib le
decía:
—Me encuentro perdido y enfermo. Indícame por donde puedo volver a Carcosa,
te lo ruego.
Pero el desconocido no le hacía caso y seguía su camino. Entonces Hoseib se
sentaba junto a un árbol y examinaba mejor una de las piedras. Lleno de terror,
comprobaba que la piedra era la lápida de su tumba, con su nombre completo y las
fechas de su nacimiento y su muerte.
De pronto, Hoseib empezaba a ver lobos ululantes, formando grupos sobre los
túmulos, y al mirar mejor a su alrededor advertía espantado que las piedras que le
rodeaban eran en realidad las ruinas de la antigua y famosa ciudad de Carcosa, donde
él había vivido miles de años atrás y que sin embargo creía haber abandonado hacía
tan solo unas horas.
Vicenç siente frío al acabar el cuento de Bierce y decide regresar a casa con su
bicicleta. Ya en su buhardilla, permanece un rato contemplando el cementerio y se
pregunta por qué de pronto el cuento de Bierce le parece vinculado a su destino. Son
las tres de la tarde y Vicenç empieza a barruntar la amenaza del hastío. De repente,
siente ganas de hacer una buena excursión, y se plantea la posibilidad de irse hasta El
Escorial por carreteras vecinales y pasar allí la noche. Piensa que El Escorial bien
podría ser, como Toledo, una imagen de Carcosa, que quiere decir «ciudad de
piedra», y opta por ponerse en marcha.

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Claudio llama quedamente a la puerta, que se abre enseguida dejando ver tras ella
a Rosana, que lleva un vestido de lino blanco. El rojo de sus labios penetra en su
mirada como un fluido abrasador que ciega sus ojos y se expande en su cerebro como
una radiación, por eso tarda en fijarse en su escote, que deja al descubierto la mitad
de sus pomas redondas, firmes y decididamente deseables. También las sandalias
doradas y planas le gustan mucho y le parecen las de la reina de Saba. Tras una
segunda mirada, Claudio piensa que o bien Rosana está a punto de salir de casa o
bien se halla aguardando a alguien muy especial.
—¿Tú? —pregunta ella llena de estupor.
—Siento molestarte, Rosana. Quería pedirte disculpas por haberte abordado tan
directamente la otra noche en la terraza del Gijón, estando como estaba mortalmente
ebrio.
—Ya lo había olvidado —dice ella, mientras lo guía por el pasillo lleno de
pequeños cuadros de un amigo pintor especializado en miniaturas. Llegan a una salita
con chimenea. Desde la ventana abierta al aire y a la luz estival puede verse la plaza
del Cordón.
—¿Te dio mi dirección Beatriz?
—No, Beatriz simplemente me dijo cómo te llamabas. Tu dirección la encontré en
el listín de teléfonos. ¿Esperabas a alguien?
—No, pero dentro de media hora tengo que salir.
—¿Has quedado con Beatriz?
Rosana se cruza de brazos, clava sus ojos verdes en él y exclama:
—¿A qué viene este interrogatorio? ¿Crees tener algún derecho o algún poder
sobre mí?
—No.
—¿Qué te apetece tomar?
—Un whisky con dos hielos de la Antártida que alivien el calor que me produce
verte.
Rosana sonríe agriamente y murmura:
—¿No es un poco pronto para el alcohol?
—No.
Rosana le sirve el whisky. Ella se conforma con un vaso de agua fría.
—¿A qué debo tu visita?
—Buena pregunta. A estas alturas tendrías que saberlo, corazón.
—Preferiría que no empleases conmigo un lenguaje tan entrañable.
Las palabras de Rosana tienen sobre él un efecto demoledor y lo despojan de la
máscara alegre y desenfadada con la que ha pensado abordarla en esta ocasión. De
pronto empieza a sentir miedo y cansancio. De pronto se esfuma todo su donarie y
esa simpatía fluida y afrancesada con la que suele embaucar a las chicas, a la vez que
se acentúa su deseo de comerla a besos y llegar a sus braguitas. Empieza a recordar

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algunas frases de su artículo y una vez más reconoce que ni debía haberla nombrado,
ni tenía que haber insinuado hechos que no han ocurrido.
—¿Qué te pasa?
—Me siento extraño. Será mejor que me vaya.
—¿No vas a acabarte la copa?
—Está bien, pero en cuanto la acabe me marcho.
Rosana murmura:
—Todo me indica que quieres decirme algo y no sabes cómo. Te creía más
valiente.
Del miedo, Claudio pasa al pánico. De repente cree que está regresando a los
temblores de la infancia, de repente piensa que ha sido una locura llamar a la puerta
de aquella casa y se incorpora. Rosana le dirige una mirada fría, y pregunta:
—¿Me vas a decir de una maldita vez qué te pasa?
—He venido… para confirmarte que todo lo que te dije en la terraza de la
Castellana es cierto. Estaba borracho, pero no olvides que los borrachos y los tontos
tienden a decir la verdad siempre. He venido para decirte que estoy enamorado de ti
como un colegial.
Rosana lo mira con frialdad.
—¿No estabas liado con Beatriz?
—Sí, pero rompimos ayer por la noche. No puedo seguir con ella, Rosana. Solo
pienso en ti.
Rosana intenta tranquilizarse.
—Eres encantador —musita ella con paciencia—. ¿Y qué tengo que añadir a lo
que acabas de decir?
—No estás obligada a decir nada. Simplemente quería que lo supieras, lo
necesitaba.
—Estupendo, y ahora yo me lo creo, me entrego a ti, y repites conmigo la misma
historia que con las demás.
—No seas cruel, por favor. Puedo echarme a llorar.
Y no miente; de pronto se echa a llorar como pocas veces en su vida: como un
colegial. Rosana ya no sabe qué hacer y musita:
—Pero vamos a ver, Claudio, ¿estás en tu sano juicio?
—En mi sano juicio no he estado nunca, pero da igual. Me voy.
Rosana apresa su brazo y le escupe:
—Quédate ahí sentado y deja que piense un poco en todo lo que me acabas de
decir.
—No hay nada que pensar, Rosana. Cuanto más pienses peor. ¿Tanto te asusta mi
amor?
Rosana se incorpora, se acerca a la ventana y mira hacia la calle. El sol ilumina
ferozmente la plaza desierta. De pronto, le da la impresión de que ella y Claudio son

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los únicos habitantes de una ciudad abandonada y siente un estremecimiento interior.
Algo más calmada, se gira hacia él y dice:
—Supongo que ya te habrá dicho Beatriz lo mal que he hablado siempre de ti.
Detesto tus columnas, detesto tu manera de hablar de las mujeres, ensalzándolas hasta
el delirio e ignorando que ese proceder puede ser considerado una forma de
desprecio, la más tradicional, por cierto.
—Te juro por mi vida que estoy dispuesto a cambiar. Por ti modificaría mi estilo
y me convertiría en otro. Por ti dejaría de hablar de las noches de Madrid y me
pondría a defender a los obreros, a los desahuciados, a los dependientes, a los
emigrantes, a los sin papeles… Quiero que seas mi guía, quiero que me poseas como
jamás has poseído a un hombre, Rosana, ¿me escuchas?
—Sí.
Claudio la nota algo más blanda y susurra:
—Nunca te había visto tan guapa. Pareces una diosa griega.
Rosana lo mira un instante y empieza a reírse histéricamente. Ya han cesado sus
risas cuando Claudio se acerca a ella, la estrecha y empieza a besarla con ferocidad.
Rosana se aparta de él y ruge:
—¿Estás loco?
—Sí, loco de amor por ti, totalmente loco de amor. Has llegado a ocupar
enteramente mi cabeza. Es como si todo tu ser se hubiese apoderado de mí y no me
dejase amar a las demás.
—No seas malvado, por favor. ¿A cuántas mujeres has seducido en Madrid?
—No sabría calcularlo.
—Y claro, ahora has decidido seducirme a mí también. ¿Para qué? Para poder
contarlo más tarde en los cafés, maldito miserable.
—¿Tan exhibicionista me ves?
Rosana vuelve a reírse a carcajadas, pero son risas que le duelen, risas que delatan
sus deseos, que desvelan su descontrol, y se maldice a sí misma por dentro.
Claudio vuelve a besarla y Rosana lo rechaza de nuevo antes de decir:
—¿Sabes lo que estás haciendo?
—Sí —dice él, abriendo mucho los ojos.
—Yo creo que no. ¿Por qué no quieres entender que liarme contigo, después de lo
mucho que te he denigrado y detestado, es una humillación?

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4. MORIR DE DELICADEZA

Vicenç llega a San Lorenzo hacia las cinco de la tarde y visita el monasterio antes
de que lo cierren. Explora primero la biblioteca, que se le antoja fastuosa y de allí
pasa directamente a la galería de pintura, donde permanece un buen rato detenido
ante el lienzo de El Greco que muestra el martirio de san Mauricio. Ignora por qué de
pronto le obsesiona tanto aquel cuadro en el que aparece el santo con la cabeza
cortada. Sin saber muy bien por qué, imagina el día en que podrán injertarse cabezas
diferentes en diferentes cuerpos como cuentan que ha hecho un neurólogo americano
con monos.
Luego pasea plácidamente por los jardines del monasterio, conformados por
rectángulos de boj y numerosas flores. Los rectángulos parecen largas alfombras de
Damasco y piensa que aquella geometría le sienta bien a su cabeza ligeramente
trastornada tras la lectura del cuento de Bierce.
Más tarde recorre el pueblo, que tiene cierto aire de balneario finisecular, y
mientras se toma una cerveza en el café Suizo comete la imprudencia de leer otro
relato de Bierce que habla de un oficial sudista al que ahorcan en el puente del río
Búho. A Vicenç le sobrecoge el hecho de que mientras el cuerpo del soldado
desciende con la cuerda al cuello, directo al momento en que la soga se tense y lo
mate, el soldado tiene tiempo para recordar toda su vida y hasta para imaginar que
regresa a su casa, en cuyo jardín colonial le aguardan su mujer y su hija vestidas de
blanco.
El cuento le hace pensar en la elasticidad del tiempo cuando está muy próxima la
muerte y se dice a sí mismo que el relato de Bierce parece ilustrar prematuramente la
teoría de la relatividad y que sin duda alguna le habría gustado mucho a Einstein.
Es ya de noche cuando sube por la cuesta de San Antón y se hospeda en un
hotelito de la zona alta del pueblo. Tras una cena mínima, se acuesta con la intención
de levantarse muy pronto y emprender en su bicicleta el regreso a Madrid.

Han estado cenando en el Sebastopol y luego se han ido al apartamento de


Claudio, donde Rosana cede y empiezan a besarse con el ardor que surge, como una
luz asesina y dulce, cuando de pronto cruzamos, de un salto mortal e inesperado, la
frontera del miedo.

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Se besan como los monjes besaban a las monjas en las penumbras de las celdas
monásticas, a la luz de velas temblorosas y en la hora bruja, cuando el diablo les
susurraba tentaciones que no podían rechazar, pues al placer que propiciaban había
que añadir el conocimiento que procuraban acerca de sus propios deseos oprimidos y
finalmente liberados.
Fuego enardecido por el agua.
Agua enardecida por el fuego.
Y tiemblan, y se agitan, y sudan, y se maldicen por dentro y por dentro se alegran
de estar superando sus recelos.
Y llega un momento especialmente doloroso en que están a punto de separarse
como corrientes opuestas. Ocurre cuando Rosana se ve a sí misma como una pobre
cretina besando a un cretino y a un embaucador. Pero supera ese momento y le
susurra al oído:
—¿Quieres que esta noche viajemos a lugares donde nunca hemos estado?
Claudio la mira con los ojos muy abiertos y exclama:
—¡Ya sabía yo que podías leer mis pensamientos!

En el transcurso de su vida, Claudio había viajado por parajes carnales de


naturaleza desconcertante, a veces con la conciencia de que lo estaba haciendo, y a
veces sin querer. Había viajado por Alicia, por Amanda, por Josefina, por Ana, por
Teodora, por Pilar, por Rosamunda, por Beatriz, por Laura, por Asunción, por
Mónica, por Wilfreda, por Avelina, por Elena, por Brigitte, por Julia, por Jane, por
Noemí, por Raquel, por Ester, por Carmina, por Isadora, por Isolda, por Karen, por
Dominique, por Solange, por Natalie, por Lilith, por Ula, por Ute, por Ingrid, por
Lucrecia, pero jamás había viajado por ROSANA.
Y a ella le ocurría algo parecido. Había viajado por Luis, por Ramón, por Nicasio,
por Barren, por David, por Eliseo, pero nunca había viajado por la intimidad de
CLAUDIO, al que había despreciado tanto hasta la noche aquella en la terraza del
Gijón.
Y los dos podían asegurar que había sido un viaje muy largo, si bien no habían
salido de casa. ¿No decía Pascal que el verdadero infinito lo descubrimos en la
pequeñez?
¿No lo decía?
El verdadero infinito puede estar en un átomo, en un ático, en un pasillo, en una
cocina, en una habitación, y en un balcón que no tiene por qué dar al abismo. ¿O sí?
A lo largo de la noche, se entregaron únicamente al sexo tierno y sosegado, a mil
años luz de las relaciones que habían tenido con otras personas.
Rosana recordaría aquellos momentos como una inmersión en un reino de peces
rojos y de tumbas blandas. Las tumbas eran las camas de la casa por las que rodaron

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y los peces rojos las diferentes manifestaciones del miembro de Claudio rozándola en
las esquinas del pasillo.
Ya muy entrada la noche, Claudio la sentó en sus rodillas y empezó a tratarla
como a una niña. Para que se centrara más en el papel, le contó un cuento: Érase una
vez una pastora que vivía junto a la laguna Negra… Una tarde iba la doncella
paseando junto a la laguna cuando de las aguas surgió un sireno luminoso y a la vez
algo atolondrado. Se acercó a ella, le mordió con suavidad extrema en las orejas y en
el cuello, le besó los pechos, el ombligo, los tobillos…
—Me vas a matar de delicadeza —gimió ella.
—Y tú a mí.
Claudio se excitó más que nunca cuando Rosana empezó a hacer el pino sobre el
bidé. Su falda nívea como los pétalos desvanecidos de una flor dejaron sus piernas al
descubierto, como dos estambres grandes, carnales, rosados, coronados por las
sandalias de oro. Entonces Claudio besó sus bragas, las apartó con los dientes y lamió
con devoción los labios de su vagina. Ella se estremeció y acabó atenazando con los
brazos sus piernas a la altura de las rodillas mientras él estrechaba fuertemente sus
glúteos, la trasportaba fuera del cuarto de baño, recorría el salón y la tendía sobre la
cama.
De pronto, Claudio la notó blanda como una nube con faldas, besó y lamió sus
senos: los mordió, los derritió, los alzó, los enardeció, les dio nueva vida. Más tarde
descendió hasta el sexo, volvió a derramar sobre sus rubias orillas la saliva ardiente,
para acabar penetrándola primero con ternura, luego con ardor, mientras ella se
agarraba a los barrotes de la cama y gritaba palabras que hasta ese momento nunca
habían salido de su boca.
—¡Ya no más! —gritó finalmente ella, con el pelo revuelto, los ojos ardiendo, la
boca ardiendo, el sexo ardiendo— ¡Ya no más, ya no más!
Claudio le hizo caso y se miraron con asombro, como si acabasen de conocerse o
se conocieran desde hacía mil años.

—¡Ya no más! —dice Zibelius, dejando su florete sobre el banco.


—¡Siempre abandonamos el combate cuando te empiezo a ganar! —protesta
Marcovi.
Una vez a la semana, Zibelius y Marcovi tienen una clase de esgrima en el
complejo deportivo de Vallehermoso. La clase suele ser a medianoche y solo para
ellos.
Tras la clase, recurren a la comida rápida y cenan en el Jack Kerouac,
acompañando con bourbon las costillas de cerdo. Suele ser su noche americana.
—¿Sabes lo que más me gustaría en este momento? —murmura Marcovi.
—No, y casi seguro que no quiero saberlo.
—No empieces como siempre… Me gustaría que compartiésemos una mujer.

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—¿Me estás proponiendo un ménage à trois?
—Sí.
—Pero amigo, creía que había quedado muy clara mi asexualidad.
—¿Y no podrías hacer una excepción que confirmase tu severísima regla?
—No me ofendas. Ni se trata de una regla, ni hay en ella la más mínima
severidad. Yo no me obligo a nada. Es así mi naturaleza.
—Un día me dijiste que a veces se podía practicar el sexo por misericordia hacia
el género humano.
Zibelius se echa a reír y comenta:
—Sí, es cierto. ¡Qué cosas llega uno a decir!
—¿Ahora te retractas?
—No, creo efectivamente que practicar el sexo por misericordia puede tener un
efecto muy positivo sobre los que no se sienten amados o deseados. Pero ese no es tu
caso. Nuestra amistad se sostiene porque nos respetamos y aceptamos que no todo en
nosotros converge.
—Tienes razón, amigo, y está bien que me lo recuerdes, pero sigo resistiéndome a
creer que lo tuyo es el grado cero del sexo.
—Tanto como el grado cero… Querido amigo, me estás tentando con el asunto
ese de la misericordia y no descarto que alguna noche no me importe conformar
contigo y con alguien más un triángulo, a ser posible equilátero para que ninguno de
los ángulos se crea superior a los demás. Pero esta noche el instinto me pide otro tipo
de concentración. Siento que está a punto de ocurrir algo.
—¿De qué naturaleza?
—No lo sé —musita Zibelius antes de apurar el vaso de bourbon—. De momento
tiene el aire de un presentimiento sin forma y mejor sería no darle importancia. ¿No
te gustaría acabar la noche en el casino? Tengo un número en la cabeza.
—¿Cuál?
—El tres en negro.
—Entonces vámonos. Siempre ganamos en noches como esta que parecen
dejadas de la mano de Dios.

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5. CRUCE DE CAMINOS

Vicenç se levantó a las siete de la mañana y desayunó plácidamente en el jardín del


hotel mientras leía uno de los periódicos del día que había encontrado en la
recepción.
Le interesó mucho una noticia que hablaba de las primeras oposiciones para
enseñar música en el bachillerato, algo por lo que Vicenç había apostado siempre.
Luego estuvo ojeando noticias sobre economía y política: una de ellas proclamaba
airadamente los muchos empleos destruidos por el Gobierno, y otra hacía referencia a
los misiles de largo alcance con los que la Unión Soviética pretendía amenazar a los
Estados Unidos. Finalmente Vicenç se detuvo en la columna semanal de Claudio
Esbembo, un periodista que tenía la virtud de irritarle considerablemente. El artículo
se titulaba En la hora roja y no tenía desperdicio. Una vez más, el que se consideraba
el cronista de las noches de Madrid y al que sus fans adoraban, pues decían que nadie
como él estaba captando el espíritu del tiempo, regalaba a su público toda una retahíla
de cursilerías sobre el presunto fulgor de las noches madrileñas a la vez que exhibía,
como siempre, sus amores de una noche, y como siempre, dejaba ver que no había
mujer que se le escapara y que era el rey de las camas y de las noches de blanco
satén. ¿Y a eso llamaban en Madrid nuevo periodismo, a esa sucesión insoportable de
frases hechas y pedrería barata?, se preguntó.
Dejó el periódico sobre la mesa de hierro del jardín, apuró por última vez la taza
de café, acudió a la recepción para pagar, se despidió muy amablemente de la mujer
que regentaba el hotel, una falsa rubia de voz dulce y sosegada, cargó con su mochila,
y con la alegría en el cuerpo que siempre le proporcionaba un buen desayuno fuera de
casa, salió a la calle y se acercó a su bicicleta, a la que llamaba cariñosamente
«Casilda», y que le aguardaba como una perra fiel en una esquina de la calle Juan de
Austria. Entonces pensó que aún era pronto para irse y entró en una iglesia que se
alzaba al final de la cuesta, donde permaneció un buen rato escuchando el sermón de
la primera misa del día. El sacerdote disertaba sobre las grandes revelaciones de la
vida. Una de ellas era la muerte. A Vicenç le parecía una forma muy mordiente de
recibir el día, así que abandonó la iglesia y fue descendiendo hasta el monasterio
envuelto en una atmósfera de plata y cinc.

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Durmieron cuatro horas. Fue un sueño profundo que los trasportó a los orígenes
de su propio ser, cuando dormir era lo mismo que volver al útero y desaparecer en su
seno rojo y profundo. Despertaron sintiéndose recién nacidos, con el deseo renovado,
y la locura renovada, y renovadas también las ganas de vivir. Fue entonces cuando
Claudio dijo:
—La noche de la borrachera demencial en la terraza de la Castellana te mentí.
—Lo suponía. ¿En qué?
—En que no era la primera vez que te veía.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde me habías visto antes?
—En el monte Abantos.
—¿Planeando en un ala delta?
—Sí. Te vi despegar con una gran solvencia y me fui detrás de ti.
—Entonces, ¿eras tú aquel pajarraco que se acercaba a veces a mí cuando
sobrevolaba el monasterio?
—Sí. Por eso cuando volví a verte de nuevo en la terraza del café Gijón, dije para
mis adentros: he aquí mi ángel del abismo.
—Los hombres no decís una verdad ni muertos, pero mejor no pensar en eso. Te
propongo una cosa: vayamos ahora mismo a la cima del monte Abantos y volemos
todo lo alto que podamos. Yo tengo un ala biplaza.
—En ese caso, ¿a qué esperamos?
Claudio la dejó un rato sola y se fue a por su coche todoterreno que disponía de
baca. Cargaron el ala plegada y enfilaron la autovía para torcer más tarde hacia San
Lorenzo de El Escorial. En la plaza del pueblo había una tienda china abierta, donde
vendían ropa. Claudio dijo:
—Sería conveniente que comprásemos un pantalón y una camiseta para cada uno.
—¿Por qué?
—¿No te gustaría que volásemos desnudos?
—Me encantaría.
—Entonces dejemos las ropas que llevamos puestas junto a una granja que
conozco al lado de una vía agropecuaria que está a las afueras del pueblo, y subamos
al Abantos con la ropa de los chinos. Ya en la cima del monte, nos despojamos de
nuestros pantalones y nuestras camisetas, que no nos van a costar más de quinientas
pesetas, nos desnudamos y las dejamos allí. Nos lanzamos después desnudos,
aterrizamos juntos a la granja y volvemos a vestirnos.
—¡Qué idea más magnífica! Hagámoslo ya, que estoy cada vez más excitada.
Entraron en la tienda, compraron la ropa y acto seguido se dirigieron a la granja,
donde ocultaron la ropa que llevaban entre unos arbustos junto a un arroyo torrencial,
y se pusieron las camisetas y los pantalones chinos. Desde allí tomaron la carretera
del monte Abantos y subieron a toda velocidad por curvas vertiginosas y riéndose
como locos.

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Ya en la cima del monte, desplegaron el ala, se desnudaron conservando solo las
botas, y se dispusieron a dar el salto. Estaban a punto de hacerlo cuando Rosana dijo:
—Yo iré debajo, controlando las oscilaciones pendulares y guiando el aparato, y
tú encima. Quiero experimentar el coito de los ángeles.
—¿Estás loca? Supongo que ya sabes que es muy peligroso. No conozco a nadie
que lo haya hecho.
—Razón de más para probarlo. Me gusta ser la primera en todo. ¿A ti no?
—¡Cómo me conoces, maldita! Hagámoslo, sí. Los dioses protegen a los
valientes.
—¡Tú lo has dicho!
Trasportados por una euforia que hasta entonces desconocían, se ajustaron los
arneses, corrieron perfectamente acompasados, se lanzaron por la pendiente, y
empezaron a elevarse mucho, arrastrados por una gran corriente térmica, hasta que se
vieron planeando en la mañana cálida y diamantina, muy por encima de los bosques y
los edificios de San Lorenzo, sintiendo en todo el cuerpo un vértigo exquisito y
compartiendo la misma emoción.
—Entra ya en mí. Procuraré mantener el equilibrio en todo momento.
Claudio le hizo caso e inició con mucho cuidado la penetración. Fue el mejor
momento del vuelo, cuando creyeron que eran el mismo cuerpo y el mismo ser.
Claudio no necesitaba agitarse: le bastaba con mantener su miembro bien cobijado en
la entraña de su amiga, que a veces cerraba los ojos para sentir más a fondo el placer.
Habían ya alcanzado la máxima altitud posible cuando llegaron al clímax. Fue
entonces cuando estuvieron a punto de perder el control del vuelo y precipitarse al
abismo, pero en el último momento Rosana volvió a controlar el aparato y
consiguieron aterrizar junto a la granja, llenos de júbilo. Estaban tan emocionados
que reventaron en sollozos mientras se comían a besos.
De nuevo en San Lorenzo, estuvieron desayunando en el café Suizo y decidieron
emprender el regreso a Madrid, creyéndose dioses del Olimpo.
—No teníamos que haber hecho semejante locura —musitó Rosana cuando aún
se hallaban en San Lorenzo—. Podríamos llegar a concebir juegos demasiado
peligrosos. Reconozco que ha sido una experiencia deliciosa, pero a la vez me duele
el haber cedido. Eres un ligón repugnante, y tú lo sabes. ¿Cuánto va a durar lo
nuestro?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —rugió ella, y empezó a golpearle en el hombro.
—Rosana, por favor, cálmate y confía en mí. Te quiero más que a mí mismo.
—Ya veo. Dentro de unos días te hartarás de mí y mirarás hacia otra parte.
¿Cuánto tiempo llevas huyendo hacia adelante?
—Desde que nací. Tú también huyes hacia adelante.
—Pero de otra manera, Claudio, de otra manera. Yo huyo hacia adelante con un
poco más de conciencia, con un poco más de juicio, sin devastar.

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—Ya.
Claudio se echó a reír y observó el cielo, que se estaba encapotando.
—Se avecina tormenta —dijo.
—¿En qué sentido? —preguntó ella.
—¡En todos! Pero qué puede importarme la lluvia si llevo a mi lado la valquiria
más radiante del Rin. ¿Te apetece escuchar a Wagner?
—Vale —contestó Rosana más calmada.
Claudio manipuló el equipo de música y se despistó. Fue entonces cuando les
salió al encuentro un ciclista en el cruce con otra carretera. Claudio intentó frenar,
pero ya era demasiado tarde. El ciclista saltó por los aires y ellos fueron a estrellarse
contra un árbol.

Por los aires…, como si de repente pasase de la condición de ciclista a la de ave


que alza el vuelo de forma tan inesperada como fulminante.
Por los aires…, notando cómo el tiempo se convertía en una sustancia elástica,
sintiendo cómo el cuerpo se trasformaba en materia leve y ajena a la ley de la
gravedad. Aún no estaba descendiendo, aún la fuerza que le había expulsado de la
bicicleta lo proyectaba hacia arriba y atravesaba el tejido de ramas de un árbol que
crecía junto a la carretera.
Por los aires…, hasta que empezó a notar que descendía, lenta y vertiginosamente
descendía. ¿Hacia dónde? No quería saberlo, solo anhelaba que el descenso no
acabase nunca, que su cuerpo no chocase nunca contra nada y que el vuelo durase
toda la eternidad.
Por los aires…, y descendiendo como el oficial sudista del puente sobre el río
Búho, hasta que su cuerpo se estrelló contra aquella especie de dentadura de granito
rodeada de flores y juncos, y de su boca emanó un grito de dolor que se oyó en todo
el valle mientras en el equipo del coche sonaban los últimos compases de la obertura
de Lohengrin.

La lluvia azota las arboledas. Las gotas gordas estallan contra las paredes de
cristal del invernadero de la clínica del doctor Zibelius, tan cálido como el vestíbulo
de un horno crematorio.
Rodeados de plantas carnosas, Zibelius y Marcovi fuman sendos habanos que
acaban de encenderse el uno al otro. Enseguida el perfume dulzón de las flores
empieza a mezclarse con el recio aroma del trópico.
Los dos amigos recuerdan su noche en el casino y las cien mil pesetas que se
llevaron cada uno. Luego Marcovi pregunta:
—¿Cómo siguen nuestros chimpancés?
—Perfectamente. El suero antirrechazo ha funcionado.

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—Estaba seguro de que iba a funcionar. El problema viene ahora. Han perdido su
identidad y se están volviendo locos, no lo niegues…
—Eso ya lo sabíamos, ¿o no?
—Lo sabíamos. Luba ha empezado a actuar como si fuera un macho, y Lenzo
como si fuera una hembra…
—¿Y si el sexo estuviera solo en el cerebro?
—No seré yo el que lo niegue. A veces pienso que todo en mi sexualidad es
cerebral.
—Y en la mía.
—¿La tuya?
—A pesar de mi peculiaridad, nada me impide que lleve conmigo el código
sexual, que como tú sabes, y quizá mejor que nadie, es bastante inseparable de
nuestro ser. A veces puedo tener sueños vagamente eróticos. ¿Y esos sueños de dónde
surgen?
—Evidentemente del cerebro.
Se callan un momento hasta que Zibelius dice:
—Ayer me eché a reír cuando vi a Luba y Lenzo intentando copular… No se
entendían, no sabían cuál era la función de cada uno, perdían los papeles…
—Juraría que han intentado suicidarse.
—¿Estás loco? Los chimpancés no se suicidan, o quizá sí. Sería cuestión de
estudiar algo más sus costumbres, a veces muy sorprendentes. Va a ser fundamental
la terapia tras el trasplante.
—Sin la menor duda.
Marcovi trabaja como neurólogo en la clínica de El Escorial, además de en la
clínica de su amigo, y tiene que marcharse. Zibelius se despide de él y regresa a su
despacho. Cinco horas después, Marcovi le telefonea desde El Escorial y le pide
reunirse inmediatamente con él.

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6. LA HORA DE LA VERDAD

Zibelius acelera bajo la lluvia densa y en menos de media hora ya se halla ante la
clínica de El Escorial. Aparca muy cerca de la entrada y corre hasta el quirófano
donde le aguarda Marcovi, que enseguida le muestra tres cuerpos, dos de ellos
rodeados de cables.
—La mujer está fuera de peligro, si bien se ha roto los dos brazos.
—¿Y ellos? —pregunta Zibelius.
—Los estamos manteniendo en situación latente con todos los aparatos posibles.
Uno se ha quedado sin cerebro, pero el resto de su cuerpo podría sobrevivir, y el otro
se ha quedado con la cabeza intacta, pero con las vísceras deshechas. Dicho en otras
palabras: tenemos un cuerpo relativamente entero, y un cerebro todavía vivo, pero
hay que actuar ya.
—¿Iban documentados?
—Sí, uno de ellos se llama Vicenç Castell y es catalán.
—¿El que conserva intacto el cerebro? —interroga Zibelius.
—Exacto. El otro es Claudio Esbembo.
—¿El cronista de las noches de Madrid? —pregunta Zibelius.
—Sí.
Zibelius mira los cuerpos con asombro y susurra:
—Es nuestra oportunidad.
—Por eso te he llamado. ¿Traes el suero antirrechazo?
—Claro, y el plasma de la vida.
—En ese caso pongámonos manos a la obra.
—Tú lo has dicho. Nos espera una noche larga y sofocante, pero te juro que
mañana Claudio Esbembo tendrá un nuevo cerebro. Así que no lo pensemos más:
ahora tenemos dos hombres prácticamente muertos, mañana tendremos solamente
uno, pero vivo y renacido —dice Zibelius, quitándose la chaqueta.

Poco después ya se hallan los dos en el quirófano, manipulando los dos cuerpos
parcialmente deshechos. Hasta esa misma noche fundamental en sus vidas, el
trasplante de cerebros en seres humanos resultaba bastante quimérico, pero ellos
están seguros de que lo van a lograr por primera vez en la historia, en parte porque ya

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lo han conseguido con chimpancés, gracias a la utilización del suero antirrechazo y el
plasma de la vida.
Obviamente, el mayor problema para lograr un trasplante cerebral con éxito había
sido hasta ese momento la dificultad para conectar la médula espinal con el nuevo
cerebro, ya que el tejido nervioso no se regenera tan fácilmente, como bien saben
todos los desdichados que se han roto la columna vertebral. A tan insalvable barrera
había que añadir los problemas derivados del rechazo que podían provocar en todo
organismo los injertos de órganos ajenos. Ambas dificultades estaban lejos de resultar
insalvables para Zibelius y su amigo gracias a una máquina de perfusión de sangre
que conectaron a las venas y arterias, así como a la utilización del plasma de la vida,
que consiguió regenerar las células de la médula espinal, y el recurso del suero
antirrechazo, que evitó desde el principio la enemistad entre los órganos propios y
ajenos, sin provocar por eso la más mínima debilitación de los sistemas defensivos
del cuerpo. Los elementos básicos para la elaboración de los dos «elixires», como los
llama Zibelius, los habían extraído de las células madre de fetos todavía vivos que les
proporcionaba una clínica clandestina.
Zibelius y Marcovi reconocerían más tarde que el secreto del trasplante había
estado, más que en la máquina de perfusión de sangre y el suero antirrechazo, en el
plasma de la vida: literalmente un pegamento válido para todo el sistema nervioso,
que propició la fusión no solo de la médula y el cerebro, sino también la conexión
inmediata y sin problemas de los nervios oculares y auditivos con la materia cerebral.
Otro problema con el que se encontraron fue la diferencia craneal entre los dos
individuos, de modo que tuvieron que sustituir parte del cráneo de Esbembo por el de
Castell, para que encajara bien la sesera.
La operación duró nueve horas y media, si bien fue la primera hora la más
determinante y en la que tuvieron que llevar a cabo los movimientos más complejos y
arriesgados, como enfriar el cerebro trasplantado a doce grados, mantener el sistema
circulatorio del cuerpo e inducirlo al paro cardíaco total, para acto seguido llevar a
cabo la reactivación y reconexión de todos los sistemas vitales.
Durante el proceso, los dos amigos pasaron por momentos de gran desasosiego y
nerviosismo en los que creyeron que el experimento se les iba de las manos. Ya
estaba amaneciendo cuando al fin pudieron desprenderse de los aparatos quirúrgicos
y gritar como posesos:
—¡Lo hemos conseguido!

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7. METEMPSICOSIS (I)

Dos meses después, los dos amigos se hallan en el invernadero de la clínica de


Zibelius, bebiendo y fumando. Zibelius, que parece el más animado, dice:
—El primer paso ya ha sido dado. Tenemos un nuevo viviente, y ahora duerme
como un recién nacido… Es un recién nacido…
—¡Me alegra oírte! —exclama Marcovi—. Hemos arriesgado mucho en esta
empresa… Imagina que ahora descubren que han enterrado el cuerpo de Vicenç
Castell con el cerebro destrozado de Claudio Esbembo…
Marcovi está a punto de entregarse a la risa. Zibelius se lo impide diciendo:
—No caigamos en lo de siempre, amigo. La risa en estos momentos es una
impiedad… Pensemos en una cosa: el nuevo ser que estamos creando va a tener toda
clase de problemas que habrá que ir resolviendo paso a paso… Todos los esfuerzos
de los dos serán pocos… Pensemos que es nuestra criatura y evitemos la invasión de
la familia, por lo menos al principio. ¿Vamos a verlo de nuevo?
Marcovi asiente y se incorpora casi a la vez que Zibelius.

En la sala más íntima de la Unidad de Trasplantes que han creado entre los dos en
la clínica de Zibelius, las máquinas funcionan con la misma cadencia que el animal
que protegen en su cálida placenta. El cuerpo de Esbembo respira animado por el
cerebro de Castell.
—Santo Cristo —murmura Marcovi, emocionado—, son las bodas químicas más
perfectas que se han concebido jamás… Ahora solo hace falta que el cerebro de
Castell se acostumbre a estar en el cuerpo de Esbembo.
—Ese trabajo, que aventuro muy arduo, corre sobre todo de mi cuenta —afirma
Zibelius, dirigiéndose a Marcovi.
—Yo no aventuro nada… —aclara Marcovi—. Hemos de buscar toda la
información posible acerca de los dos, pero sobre todo de Esbembo… Es importante
que Castell conozca la historia de su nuevo cuerpo… Me gustaría besarlo.
—Hazlo —susurra Zibelius.
Marcovi se echa a reír antes de mirar con satisfacción el cuerpo que respira al otro
lado del cristal.

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Esa noche los dos amigos cenan en el jardín privado de Zibelius. No se sienten en
la Tierra, se sienten en la estratosfera, sobrevolando todas las miserias humanas y
todas las desdichas. La euforia los posee, y se ven a sí mismos como parte
fundamental de la historia humana, pero les preocupa la reacción del cuerpo y el alma
del nuevo hombre que han creado. Los dos se preguntan si el cuerpo puede realmente
recordar, si los labios y la piel pueden recordar…
—Si aceptamos que el cuerpo puede tener memoria, nos encontraríamos con el
hecho inquietante de que nuestra criatura podría poseer dos formas de memoria tal
vez enemigas, tal vez difíciles de conjugar, tal vez excluyentes: la memoria del
cuerpo de un pijo madrileño, esnob, preciosista, decadente y hasta fluorescente, y la
memoria cerebral de un profesor de enseñanza media de origen catalán, austero y
nacido en el seno de la clase obrera, que ha dedicado su vida a la enseñanza en un
instituto más bien marginal, y al que todas las frivolidades de Claudio Esbembo le
podrían repugnar.
—No te falta razón, amigo, pero como dijiste antes, de la misma manera que la
operación quirúrgica ha recaído sobre todo en mí, lo que ahora hay que hacer con
nuestro querido hijo depende sobre todo de ti, así que ya puedes empezar a romperte
la cabeza… —dice Marcovi antes de apurar la copa del mejor rioja que han probado
nunca.
—Confía en mí. Sé cómo tratar los trastornos de doble personalidad —musita
Zibelius con cara de preocupación.
—No lo dudo —susurra Marcovi mirándole fijamente—, pero no olvides que los
trastornos de doble personalidad que has podido tratar hasta ahora se originan en un
solo cuerpo. Son como dos personalidades combatiendo en un organismo único, que
han compartido siempre el mismo corazón y el mismo cerebro. No es el caso de
nuestra criatura. Nos hallamos ante dos cuerpos que se han trasformado en uno.
—Por supuesto —dice Zibelius—. No se trata de una trasmigración de almas,
como ingenuamente podría parecer. El alma de Esbembo ya no sabemos dónde está, y
debemos pensar que se ha extinguido con su cerebro, en cambio el alma de Vicenç ha
pasado a instalarse en el cuerpo de Esbembo. Ha emigrado, cierto, pero no ha
transmigrado, no se ha ido a otra parte para reencarnarse en otro hombre o en un
animal. Se ha producido una simple metempsicosis, lo que los griegos llamaban
«traslado del alma»: algo relativamente frecuente en la naturaleza humana, sin
necesidad de llevar a cabo ningún experimento ni recurrir a la teoría de la
transmigración. Es obvio que parte del espíritu de un padre pasa directamente al hijo,
y especialmente cuando el padre ya ha muerto. Algo parecido ocurre con un maestro
y sus discípulos. Mi mismo padre trasladó a mi cuerpo parte de su alma y se lo
agradezco, si bien es cierto que nosotros hemos llevado a cabo una metempsicosis
mucho más radical y física que la concebida por los griegos.
—Tú lo has dicho —murmura Marcovi—. De pronto todo el espíritu de Vicenç
ha pasado al cuerpo de Esbembo por medio de una operación quirúrgica, y ahí está el

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problema, porque se trata de una metempsicosis artificial y en modo alguno natural.
Un hijo puede recibir con entera naturalidad la herencia espiritual de su padre, pero,
¿cómo va a recibir el cuerpo de Esbembo el cerebro de Castell?
—No creas que no he pensado en ello. De hecho no pienso en otra cosa desde la
operación. El experimento que hicimos con los chimpancés me ha sido de gran ayuda
—comenta Zibelius.
—Por cierto, ¿qué ha sido de ellos? —pregunta Marcovi.
—Preferiría no decírtelo.
—Habla, te lo ruego.
Zibelius toma aliento, apura su copa de rioja, mira fríamente a su amigo y susurra
con toda la suavidad de la que es capaz:
—Los dejé la otra noche en la misma jaula y acabaron desgarrándose el uno al
otro. Cuando a la mañana siguiente fui a verlos, estaban tan heridos que tuve que
ponerles una inyección letal. Ahora duermen el sueño eterno en un rincón del jardín.
No lo lamentemos porque su muerte no ha sido inútil. Haré todo lo posible para que
nuestro hijo no acabe desgarrándose a sí mismo.
Marcovi se queda mirando en silencio a Juan Sebastián. De pronto oyen el canto
de los pájaros y caen en la cuenta de que ya está amaneciendo. Zibelius susurra:
—Y seguro que no se va a desgarrar. Como ya había previsto, el plasma de la vida
consigue que el cerebro se acople al nuevo cráneo con facilidad. Digamos que el
cerebro de nuestra criatura está ahora perfectamente encajado al cráneo de Esbembo
como un guante a la mano. Ojalá las junturas entre la mente de Vicenç y el cuerpo de
Claudio resulten igual de sólidas.

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III
EL CUERPO DE ESBEMBO

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1. EL TRAUMA DEL NACIMIENTO

Una palabra que parecía llegar de los confines del pasado ardía en su mente, y esa
palabra era «Carcosa». Luego recordó otra palabra: «habitante». Unió las dos
palabras y susurró:
—Habitante de Carcosa.
No sabía lo que quería decir Carcosa. Ni siquiera sabía lo que quería decir
habitante. Luego abrió los ojos. Veía colores, formas difusas, pero como desde otro
cuerpo que a la vez era su cuerpo. Giró levemente la cabeza hacia la derecha y sintió
un intenso dolor en la nuca. Fue entonces cuando vio junto a él a un hombre de pelo
rojo y ojos azules que lo miraba fijamente.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—Estás en una clínica de la sierra de Madrid —respondió el hombre—. Chocaste
contra un coche cuando ibas en tu bicicleta y has permanecido algún tiempo en coma.
El paciente miró sus manos y no las reconoció. Antes sus manos eran más
pequeñas y sus dedos más finos.
—¿De quién son estas manos? —acertó a decir antes de desmayarse.
Zibelius comprendió su actitud. Su paciente prefería huir a las regiones de la
inconsciencia antes que enfrentarse a su nueva condición. Todo le indicaba que no iba
a ser una tarea fácil conseguir que la nueva criatura asumiera el cambio.
Una hora más tarde el paciente volvió a abrir los ojos. De nuevo estaba
consciente, pero convenientemente sedado. Zibelius empezó a acariciarle la frente
mientras le decía con voz amable y susurrante:
—Que haya paz en tu alma, hijo, que haya paz en tu cuerpo…
—¿Estoy vivo o estoy muerto? —preguntó el paciente, que ahora no se atrevía a
dirigir la mirada hacia sus manos temblorosas.
—¿No notas tu propia respiración? Estás vivo, si bien es cierto que has estado
prácticamente muerto. Estás vivo como yo lo estoy. Estás vivo en esta clínica a la que
te trajimos tras el accidente. Haz memoria… Ibas en tu bicicleta por una carretera
vecinal y te dirigías a Madrid tras haber visitado San Lorenzo de El Escorial.
¿Recuerdas algo de esa visita?
—Sí, recuerdo un cuadro que vi en la galería del monasterio.
—¿Podrías describirlo?
El paciente cerró los ojos y tardó en decir:

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—Era un cuadro de El Greco que representaba el martirio de san Mauricio. Al
mártir le habían cortado la cabeza…
Zibelius se estremeció levemente. El paciente giró la cabeza hacia él y comprobó
que el hombre de pelo rojo le miraba con alegría. ¿Alegría? ¿Qué quería decir
exactamente alegría? El paciente notaba que las palabras brotaban automáticamente
de su cerebro sin registrar su significado. Se creía perdido en la carne y perdido en el
lenguaje. Pensó que estaba muerto, y que por eso se sentía tan ajeno a sí mismo.
Volvió a mirarse las manos y empezó a temblar.
—¡No reconozco estas manos! —gritó.
—Es normal que no las reconozcas. Tranquilízate…
Súbitamente, llegó a él la conciencia. Las palabras volvían a tener sentido. Estaba
en una clínica, y ahora recordaba el accidente con más precisión que cuando el
hombre de pelo rojo hablaba del choque contra el automóvil.
—Llevas tres meses tendido en esta cama. Es hora de que empieces a moverte —
dijo el hombre.
El paciente asintió lleno de estupor. Un individuo entró en la sala y ayudó al
hombre de pelo rojo a sentar al paciente en una silla de ruedas. De esa forma lo
fueron conduciendo hasta una terraza de balaustradas de granito y frondosas
enredaderas desde la que se veía la línea del cielo de Madrid.
Una luz velazqueña, trasparente y vaporosa, lo envolvía todo y Vicenç, porque él
se sentía Vicenç, estuvo a punto de sollozar al percibir de nuevo la asombrosa
plasticidad del mundo. De pronto recordó el pasaje evangélico donde el diablo
conducía a Jesús hasta el borde de un abismo desde el que se contemplaba el
esplendor del universo y se preguntó si no estaría en el infierno, junto a dos ministros
de Satanás.
Fue entonces cuando, al mirarse las piernas y tocarlas a la altura de las rodillas, le
sobrevino la certeza de que aquel no era su cuerpo y gritó:
—¿Qué me ha pasado?
—Estás en otro cuerpo —dijo Zibelius, posando con suavidad la mano en su
hombro.
—¿Cómo?
—Piensa en dos cometas que chocan en el cielo, y que al chocar se fusionan y
conforman un único cuerpo. Sucede muchas veces en el universo.
—¿Y mi cuerpo?
—Tu cuerpo quedó destrozado, pero no tu cerebro, y ahora tu cerebro está en el
cuerpo de un hombre que perdió el suyo.
—¡No puede ser!
—Sí que puede ser, hijo, sí que puede ser. Ciertamente, no era posible hasta hace
muy poco, pero los tiempos cambian, y sobre todo cambia la ciencia. Es mejor que lo
sepas ya, aunque te resulte traumático. Considérate un ser afortunado. Estás en el

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cuerpo de un hombre realmente guapo: un periodista llamado Claudio Esbembo. ¿Te
suena?
—¿Estoy en el cuerpo de Esbembo? ¿El cronista de las noches de Madrid? —
gritó, antes de perder de nuevo el conocimiento.
Zibelius se inquietó al ver las reacciones de su paciente. No quería que su hijo
fuera un ser monstruoso, y se había propuesto hacer todo lo que estuviese a su
alcance para conseguirlo.

Al principio de forma intermitente, después de forma más permanente, el paciente


va regresando a la conciencia real del mundo. El espanto que sentía al verse
trasportado a otro cuerpo ha ido convirtiéndose en resignación temblorosa y en
tembloroso alborozo, que no pocas veces deriva en un estupor difícil de sobrellevar.
Reconoce que ahora es más guapo que antes, pero le cuesta aceptar la pérdida de su
cuerpo anterior. Siente nostalgia de su cuerpo de antes, siente nostalgia de la carne
que fue su carne. La sensación es semejante a un hormigueo extraño que le incita a
escaparse del cuerpo de Esbembo, pero no puede. A veces, más que sentirse acogido
en el cuerpo del cronista de las noches de Madrid, se siente prisionero en él.
El doctor Zibelius lo trata con suma delicadeza, aprieta sus manos mientras le
susurra que acepte su nueva vida. Le presenta al doctor Marcovi. Le confiesa que han
sido los dos los artífices del milagro.
El paciente los mira a veces aterrado, a veces embobado, y luego se observa a sí
mismo y hace todo lo que está a su alcance para tranquilizarse y respirar con
normalidad. Con el propósito de consolarle, el doctor Zibelius le habla de algunas
metáforas de la alquimia, y mientras lo acaricia le recuerda lo que decían los
místicos: «En la noche oscura del alma hemos de morir para nacer de nuevo».
Desde que volvió en sí, el paciente vive en el apartamento privado de Zibelius,
adosado a la clínica, y no tiene trato con los locos. Todos los días, el mismo Zibelius
le pone una inyección de suero antirrechazo, que alivia y fortalece su sistema
nervioso.

Comienza la lenta tarde de verano. El doctor Zibelius acude con su criatura a un


jardín de muros cubiertos por la hiedra, que lo separan del jardín de la clínica.
Es un rincón muy acogedor, en el que solo se oye el canto de los mirlos y el
gorgoteo de una fuente, y donde crece un cedro corpulento.
Zibelius suele sentarse en una silla bajo la copa del cedro y fuma un habano
mientras saborea un buen whisky de malta. No le gusta que le molesten en esa hora
en que la tarde ahonda en su propia incandescencia, y es más fácil recordar. A
menudo acude solo a aquel lugar, pero hoy ha querido dejarse acompañar por su
criatura en su jardín de las delicias y allí le dice:

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—Lo peor ya pasó: el primer asombro, el primer desconcierto, cuando te sentiste
por primera vez en otro cuerpo, eso ya pasó. Ahora ya solo te queda acostumbrarte al
cuerpo de Esbembo, sin pausas y sin prisas, hora a hora, día a día, hasta que sientas
que estás en el cuerpo de Esbembo con la misma firmeza con la que estabas en tu
cuerpo…
—Yo nunca estuve en mi cuerpo con demasiada firmeza.
—Ahí está el problema.
—¿Y mis familiares? —pregunta de pronto.
—De eso quería hablarte. Piensa que has permanecido tres meses inconsciente, y
que durante todo ese tiempo han venido a verte tus padres, que viven en El Viso, así
como la mujer que iba con Claudio en el coche la mañana del accidente, y que se
llama Rosana.
—Mis padres no viven en El Viso y soy hijo único.
—Tus padres en este momento son los padres de Esbembo.
—¿Y mis otros padres?
—Siguen en Barcelona, donde está enterrado tu cuerpo anterior.
—¿Podré ir a verlos?
—No te lo aconsejo.
—No sé si seré capaz de adaptarme a esta situación.
—¿Hubieses preferido morir?
—No lo sé.
—Mientes. Prefieres estar vivo.
—Lo prefiero, sí, lo prefiero, pero todo mi cerebro rechaza el nuevo habitáculo…
—No te has mirado.
—No siempre puedo mirarme, y no por miedo a verme. No es eso. Simplemente
no llego a percibir bien mis nuevas formas… Simplemente no llego a percibir mis
límites, ni siquiera ante el espejo.
—Todo llegará. Has de concebir tu persona en términos nuevos… Haz tuyo el
cuerpo de Esbembo, ama desde dentro a Esbembo, desde el centro de tu cerebro
acéptalo. Juraría que su cuerpo merecía más vivir que su sesera… Su cuerpo es noble
y hermoso, míralo sin miedo. En cambio su cabeza…
—Imagino que sabrán lo que están haciendo conmigo.
Zibelius le mira con ojos severos antes de balbucir:
—Te equivocas, amigo. No sabemos muy bien lo que estamos haciendo.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente. ¿Crees que si fuese siempre obligatorio saber lo que estamos
haciendo habríamos llegado a alguna parte? Hemos intentado salvar tu conciencia, y
para eso hemos tenido que injertarla en otro cuerpo. ¿Sabemos realmente lo que
estamos haciendo? No, ni siquiera sabemos si hemos salvado una inteligencia, la
tuya, la de Vicenç, ni siquiera lo sabemos; pero sí sabemos que vamos a ayudarte, y

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que estaremos a tu lado en todo momento, hasta el día en que el mundo te vuelva a
parecer habitable.
—Creo que eso va a tardar. No acierto a situarme, lo intento pero…
—Lo intentas pero no lo consigues porque no tomas en consideración lo
inevitable: socialmente eres Claudio Esbembo Blázquez porque llevas su cuerpo y el
cuerpo es incuestionable.
—Lo sé.
—Bien es cierto que tu mente, toda tu mente, pertenece a Vicenç Castell Villar,
pero, ¿pertenece a él toda tu memoria? ¿Acaso los cuerpos no tienen memoria?
Acepta tus dos herencias, como aceptamos la doble herencia de nuestro padre y
nuestra madre, y considérate un nuevo ser que lleva el mismo nombre que el del
hombre que te dio su cuerpo… Sus familiares, que ahora son tus familiares, van a
venir a verte…
—¿Nunca ha pensado que se excedió en su experimento?
—Hijo mío, jamás hemos de olvidar que el exceso conduce al palacio de la
sabiduría, como bien dijo Blake; tampoco hemos de olvidar que toda vida verdadera
es un encuentro. Tu nueva vida es el producto del encuentro de tu ser con otro ser.
Considéralo de esa manera. Naciste porque tus padres se encontraron y copularon, y
ahora has vuelto a nacer porque tu cerebro se encontró con el cuerpo de Esbembo.
—¿Cuándo van a venir a verme los familiares del cuerpo que ahora me
representa?
—El jueves.
—Dios mío, no sé si voy a poder estar a la altura…
—No temas. Tienes todas las de ganar…
—¿Usted cree?
—Ellos te ven vivo y eso es lo que más les importa. Bastará con que les digas que
no recuerdas nada, bastará con que dejes que ellos te vayan incluyendo en su
existencia. Y ahora ven conmigo a mi despacho que voy a mostrarte sus fotografías y
a hablarte un poco de sus vidas. Es importante que empieces a saber dónde estás.
El paciente asiente y nota una urgencia extraña en la boca, que atraviesa su
paladar y llega hasta su garganta. Ve sobre la mesa de hierro un paquete de cigarrillos
y acerca la mano.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé, doctor. Jamás he fumado pero lo cierto es que ahora siento deseos
imperiosos de fumar. ¿Usted lo entiende?
—Claro que lo entiendo, hijo. Claudio Esbembo era fumador, y te recuerdo que
ahora vives en su cuerpo. Es normal que sientas los mismos deseos que él. Los
cuerpos de los viciosos tienen mucha memoria.
El paciente abre el paquete y extrae un cigarrillo. El doctor se lo enciende. El
paciente da una primera calada y esboza un gesto a medio camino entre el asombro y
el alivio. Vuelve a inhalar el humo y murmura:

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—No acierto a saber si este sabor es repugnante o exquisito, pero me sienta bien.
Zibelius lo mira complacido y le dice:
—Tu cuerpo necesita nicotina, hijo, tu cuerpo la recuerda y la exige, como la
exigía el cuerpo de Esbembo. No te importe fumar, te ayudará a reconciliarte con
Esbembo.
El paciente vuelve a sentir nuevas urgencias en el paladar. Como si adivinase sus
deseos, el doctor entra un instante en su despacho y sale poco después con una botella
de whisky y dos vasos.
—Me he informado un poco acerca de las costumbres del cuerpo que ahora es tu
cuerpo, y me he enterado de que a Esbembo le gustaba tomarse un whisky a las cinco
de la tarde. ¿Te gustaría tomarte una copa conmigo?
—Antes no probaba el alcohol.
—Lo sé, pero entre el antes y el ahora media un abismo.
Zibelius vierte whisky en los dos vasos y le tiende uno a su paciente, que tras dar
un sorbo dice, lleno de estupor:
—Exquisito. ¡Y pensar que antes del accidente el whisky me hacía vomitar!
Zibelius ríe con levedad, acaricia los cabellos de su criatura y susurra:
—Antes eras demasiado austero y demasiado rígido contigo mismo. Alégrate del
cambio, hijo, que los que ignoran los placeres de Baco no tienen perdón del cielo.
¿Acaso no bebía Jesucristo? ¿Acaso no bebían Sócrates y Confucio? Hasta el
mismísimo san Pablo aseguraba que un buen vaso de vino a tiempo era lo más idóneo
para alegrar el alma y reconciliarnos con el Altísimo.
—¿Es usted creyente? —pregunta el paciente.
Zibelius vuelve a reír y dice:
—Yo solo creo en mí mismo.

Esa noche, Zibelius y Marcovi asisten a una de las conferencias de un congreso


de neurólogos y neurocirujanos en un hotel de la Castellana. El conferenciante habla
de todos los experimentos que se están llevando a cabo con animales a fin de
conseguir el trasplante de cabeza, y asegura que los japoneses y los italianos están en
ello, pero sin demasiado éxito porque sigue sin resolverse el problema de conectar la
cabeza del trasplantado con el cuerpo del donante. El ponente cree que hay que
avanzar mucho más en la comprensión de los sistemas que harían posible la
reconexión.
Mientras lo escuchan de pie, al fondo de la sala, Zibelius y Marcovi sonríen. Ya
nadie se les va a adelantar en ninguna parte, y menos el imbécil que habla desde la
tribuna. El futuro les pertenece.
Marcovi se ha citado con una mujer a la salida de la conferencia, y Zibelius
decide dar un paseo. No tiene prisa y piensa en la posibilidad de sacar provecho de

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las horas que vaya a estar en Madrid. En noches así, suele dedicarse a cazar locos
para su clínica.
Toma una copa en una cafetería de la calle Génova y luego se acerca al café
Gijón, donde además de pedir otra copa compra cigarrillos sin filtro. Mientras
saborea el whisky, Zibelius se fija en una mujer que le observa con ojos borrosos.
Parece la encarnación de la indolencia. Con un cigarrillo en una mano y en la otra una
copa, se halla medio recostada, enseñando las bragas blancas con bordados malvas y
grises. Ya la ha visto otras veces. Dicen que es poetisa además de ninfómana, y que
procede de una familia pudiente de Puerta de Hierro. Al parecer su especialidad es la
mística.
La mujer apura una vez más su copa y empieza a gritar contra todos los que la
miran. Les reprocha su lascivia y que miren sus bragas más que su cara. Lanza el
vaso contra un espejo y cae a un lado, desvanecida. Dos clientes se acercan a ella
para atenderla. Uno de ellos pregunta si hay algún médico en la sala. Zibelius corre
hasta la mujer. Ha visto en ella un buen cliente y decide llevársela a su clínica. De
modo que la espabila un poco y la arrastra hasta su coche tras asegurar a los clientes
del café que se la lleva al servicio de urgencias más próximo.
Ya en el automóvil, la mujer pregunta:
—¿Quién es usted?
—El doctor Juan Sebastián Zibelius, neurólogo y psiquiatra.
—¿Puedo saber a dónde me lleva?
—Te llevo a un balneario para que descanses y te recobres a ti misma. Mañana
telefonearé a tus padres.
Nada más llegar a la clínica, Zibelius la invita a tomar una copa en su jardín
privado. El whisky que le ofrece a su invitada lleva disuelto un somnífero, y la
poetisa se duerme enseguida.

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2. «CLAUDIUS»

Lo peor para el paciente son las noches.


Todo empieza al atardecer, esa ferviente vanguardia de la noche, cuando una
ansiedad desconocida se apodera de su cuerpo y empieza a imaginar chicas que le
aguardan en alcobas llenas de espejos, delicias de la clase alta que antes rara vez
frecuentaban su cabeza y que ahora le llaman desde una playa dorada de la lejana
Tarifa. Su piel se eriza al imaginar unas braguitas de hilo dental partiendo en dos un
culo renacentista. Entonces siente deseos de fugarse de la clínica y presentarse en
Madrid, la capital del deseo, y recorrer restaurantes y bares, y beber como un cosaco,
mientras las insignias de los teatros arden y las calles parecen envueltas en un
estremecedor frenesí. Se da cuenta de que lo están poseyendo los apetitos de
Esbembo, ese pijo irredimible que se ganaba la vida imitando a Fitzgerald y a Tom
Wolfe.
Pero el crepúsculo pasa con sus espejismos de oro y plata y llega la noche. Solo
en su cama, se siente morir de extrañeza y teme la llegada del sueño, la llegada del
silencio y la oscuridad.
Le da miedo la negrura y no quiere apagar la luz, ignorando que la oscuridad que
le espanta no es la del cuarto, es la oscuridad del cuerpo en el que ahora se cobija su
cerebro, es la oscuridad de Esbembo.

A veces se despierta de madrugada, entre temblores y sudores fríos, y se acerca al


espejo. Sus piernas son más poderosas que antes, su miembro es más grande, sus ojos
son azules y radiantes. Tendría que sentirse feliz, pero no es así. Su cerebro reclama
el cuerpo que tenía antes, más frágil, menos pesado, menos dado al alcohol y al sexo.
Sigue ante el espejo y se sorprende a sí mismo murmurando frases que no son
suyas: Esta noche me moriré por ti mientras te miro a los ojos, esmeradamente
verdes y casi trasparentes, esta noche moriré mientras acaricio tu espalda vibrante y
líquida como una onda de mercurio…
Con espanto se plantea la posibilidad de que el cuerpo tenga memoria verbal al
igual que el cerebro. Pero enseguida se tranquiliza pensando que no se trata de la
memoria de Esbembo, se trata de su propia memoria que recuerda el artículo que leyó
en el hotelito de San Lorenzo de El Escorial, cuando estaba a punto de coger la
bicicleta para regresar a Madrid. Cierra los ojos y vuelve a sentirse poseído por las

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frases jazzísticas de Esbembo: Arde Madrid cuando pienso en ti, arde toda la Vía
Láctea. ¿No voy a decir tu nombre? Sí, lo voy a decir para que todo el mundo sepa
que te quiero a morir, Rosana, Rosana, Rosana.
Pero entonces, ¿dedicó su último artículo a la tal Rosana?, se pregunta. Lleno de
sudores fríos, regresa a la cama e intenta conciliar el sueño. No puede. Filas de
muchachas pijas y radiantes empiezan a circular por su cabeza como bacantes de un
bajorrelieve griego, y se apodera de su cuerpo y su cabeza toda la fiebre de vivir de
Esbembo.

Al atardecer del día siguiente, Zibelius vuelve a hablar con su paciente en el


jardín. El doctor le muestra una foto de Rosana. Nada más verla, el paciente empieza
a respirar de otra manera. Es la mujer que iba en el coche, pero no sabía que sus ojos
eran tan verdes y tan trasparentes.
—¿La recuerdas?
—Vagamente. ¿A qué se dedica?
—Es profesora de alemán. Creo que también traduce.
—¿Era la novia de Claudio?
—Sí y no. Verás, según he podido saber, acababan de conocerse, pero la noche
que precedió al accidente habían tenido relaciones sexuales, juraría que muy
intensas… Cabe imaginar que se habían enamorado…Ya lo irás averiguando a través
de ella. Y ahora hablemos de los padres de Esbembo, que viven en El Viso.
Zibelius le muestra una fotografía de la casa de El Viso. Se trata de una
construcción de dos pisos parcialmente cubierta de yedra y flanqueada por una
piscina y un bosquecillo de tilos.
—En esta casa siguen viviendo Leónidas y Carlota, los padres de Claudio y en
cierto modo también tus padres.
—¿Puedo ver sus fotos?
Zibelius se las muestra. Leónidas es un hombre de cabellos plateados, nariz recta
y labios firmes. Su mirada, a un tiempo irónica y desganada, expresa cierta autoridad.
—Este va a ser tu padre: este es ya tu padre.
El paciente mira la foto de Carlota. Parece una Rosana envejecida y con bastante
carácter, de ojos semejantes a los de Claudio.
—Leónidas se jubiló el año pasado. Hasta entonces fue un alto ejecutivo de una
empresa de importaciones y hacía frecuentes viajes a Moscú. Se trata de un hombre
astuto y con don de gentes, pero que ya no está en su mejor momento. Para empezar
tiene los pulmones deshechos, aunque no por eso deja de fumar. Ella es también muy
fumadora y hasta bastante bebedora. Adoraba a su hijo y por lo tanto te adora. En ella
vas a encontrar una madre solícita y cariñosa.

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Tal es su conversación cuando llega a la clínica Marcovi, que abraza a
«Claudius», como han decidido llamar a la criatura, y se sienta a la mesa.
Esa noche les espera «cena masónica», como suelen llamar a sus banquetes
privados, y en la cocina ya están dispuestos los manjares y el vino de Rioja.
Para ellos es la noche de la celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, y
miran a «Claudius» con devoción paternal. Consagración de la vida y consagración
de la dicha. Zibelius y Marcovi sienten que su apuesta ha sido acertada, y al paladear
el vino paladean también la victoria. Y aunque se detectan celos entre ellos, admiten,
con una ecuanimidad casi milagrosa, que aquello ha sido el efecto de la conjunción
de todos sus esfuerzos.
Llevan ya un buen rato cenando y el vino ha corrido generosamente cuando
«Claudius» se echa a llorar.
—¿Qué te ocurre? —pregunta, con preocupación, Marcovi.
—No puedo olvidarme de mis otros padres, los que viven en Barcelona y piensan
que estoy muerto…
—Algún día podrás visitarlos —musita Zibelius.
—Me tomarán por Claudio Esbembo, me tomarán por el asesino, por ese
periodista frívolo y noctámbulo que atropelló a su hijo…
—Eso es cierto —admite Zibelius—, pero por lo menos podrás hablar con ellos.
—Será una experiencia extraña, será como estar ante ellos vivo y a la vez
muerto…
—Sí, será una experiencia extraña, pero no olvides que a partir de ahora muchas
experiencias te van a resultar extrañas. Lo quieras o no, vas a entrar de lleno en el
pasado de Esbembo y vas a tener que enfrentarte a él. Aparecerán viejas novias,
viejas amistades, que te recordarán compromisos que no has cumplido y que se
asustarán de tus cambios de carácter… —comenta Zibelius.
—Para ti vivir va a ser más complejo que para los demás, pues estás obligado a
explorar más. Acabarás conociéndolo casi todo de Esbembo, pero no serás él, serás
necesariamente otro por encima de él y por encima de Vicenç… —dice Marcovi,
acariciando la mano derecha de «Claudius»—. Durante algún tiempo, en el espesor
del quirófano, creí que esta mano ahora tan viva y tan hermosa no volvería a
moverse, pero no debiera hablar de eso, de lo que costó engendrarte aquella noche de
tormenta en que temimos que aconteciese algún fallo en el suministro eléctrico.
Noche de sudor y miedo y esperanza, noche también de la revelación, de esa
revelación que es tu persona, de esas bodas químicas que representas. Solo tú puedes
decir que eres hijo de cuatro padres naturales y dos padres sobrenaturales, porque no
deja de ser sobrenatural el haberte traído al mundo, queridísimo «Claudius». Amigos
míos —clama alzando la copa—, es noche de júbilo. Hemos salvado una conciencia
que iba a desaparecer antes de tiempo. Hemos salvado una vida. Celebrémoslo.
Acaban de brindar cuando «Claudius» vuelve a ponerse serio y empieza a decir:

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—Desde que volví a nacer, tengo la impresión de no estar pisando suelo… Y he
advertido una cosa: Esbembo no pisaba el suelo como yo… Es asombroso lo
diferentes que pueden ser las personas… Esbembo sentía menos el suelo que yo,
como si más que pisarlo lo sobrevolara…
—Esbembo sí, pero, ¿y tú?
—Yo tiendo a buscar el equilibrio entre su forma de andar y la mía…
—Es lo mejor que puedes hacer —comenta Zibelius.
—Maticemos más —dice Marcovi—: ¡Es lo único que puede hacer!
—Ya no temo tanto como hace días la confrontación con el mundo —acaba
diciendo «Claudius»—. Ese período pasó. Ahora necesito la confrontación, por más
que sea dolorosa. Siento que va a ser como aire fresco sobre mi cabeza ardiendo,
como aire frío y bueno. Necesito asentarme definitivamente en mí mismo y empiezo
a estar preparado para recibir a mis nuevos familiares.
Los dos médicos le miran beatíficamente y no aciertan a creer que la conjunción
entre el planeta Vicenç y el planeta Claudio empiece a adquirir contornos tan
armónicos.

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3. LA FAMILIA DE ESBEMBO

Leónidas y Carlota acaban de llegar a la clínica. Son las doce del mediodía y el sol
de otoño ilumina plácidamente el jardín. Dos jardineros barren los senderos llenos de
hojas muertas y todo adquiere el matiz del oro viejo.
El doctor Zibelius los conduce hasta el invernadero, donde les está esperando
«Claudius», sentado en una silla de ruedas. Entre las carnosas orquídeas y bajo la
atmósfera húmeda, su cuerpo tiene la incandescencia de la belleza enferma.
Lleva una camisa blanca, un pantalón de lino ocre y zapatos italianos de dos
colores. Su sonrisa es ahora de una amabilidad exquisita.
Carlota se arroja a él y lo abraza.
—¡Hijo mío! —Y estalla en sollozos.
«Claudius» siente sus manos temblorosas, llenas de una extraña autoridad, de una
extraña agilidad. Son las manos de una madre, piensa, aunque no sea mi madre,
aunque yo no la sienta como tal, son las manos de una madre que toca algo muy
preciado para ella: su propia carne.
«Claudius» no es capaz de discernir si lo que siente ante Carlota es afecto o
repulsión. No es fácil para él aceptar la cercanía de una matrona madrileña tan ajena a
sus orígenes cerebrales y tan cercana a su cuerpo de carne y hueso. Su perfume le
agrada y desagrada al mismo tiempo y se nota tenso y desorientado.
Sin dejar de sollozar, Carlota se aparta y deja paso a Leónidas.
—¿Cómo estás, hijo? —dice Leónidas posando las manos en sus hombros.
«Claudius» tiembla al sentir sobre él el peso de aquellas manos poderosas y
viriles: las manos de un hombre acostumbrado a dominar.
—Bien —acierta a decir, con muy poca naturalidad. Carlota vuelve a tocarle y
susurra:
—Creíamos que ya nunca ibas a regresar a la conciencia.
«Claudius» cierra instintivamente los ojos y dejándose envolver por el perfume de
Carlota empieza a decir:
—En la oscuridad de mi mente, cuando estaba entubado y sedado, a veces
emergía una luz extraña, que parecía la luz de la vida y al mismo tiempo la luz de la
muerte. En esos momentos también yo creía que ya nunca iba a regresar a la vida.
Carlota le mira con extrañeza y amor antes de musitar:
—Juraría que ha cambiado tu voz. Ahora parece más dulce y más sosegada.

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—Puede que mi voz haya cambiado, mamá, pero te aseguro que ha cambiado más
mi pensamiento.
—¿Qué quieres decir?
—Que experiencias como las que he padecido te cambian la cabeza y te
convierten en otro. Ahora pienso en mi pasado y no comprendo cómo he podido ser
tan frívolo y tan necio. No me reconozco en mis artículos, en mis recuerdos, en mis
amores… Os pido perdón por todos los disgustos que os he podido causar y por todas
las veces que os he podido ofender.
—Olvídate de eso, hijo mío. Lo más importante, lo más glorioso es que estés vivo
—exclama Carlota, y lo besa tiernamente.
«Claudius» se echa a llorar arrastrado por sentimientos que no le pertenecen.
Tiene la impresión de que nunca ha llorado así, con una desesperación que no
encuentra asidero físico, que no encuentra cuerpo, pero que parece llena de
contenido.
Zibelius se acerca a Leónidas y a Carlota, y murmura:
—Háganse la cuenta de que ha estado muerto, clínicamente muerto, con el
cerebro prácticamente separado del cuerpo. Piensen en el Lázaro bíblico y en lo que
pudo sentir al ver de nuevo a su familia.
—Tiene usted razón —dice Leónidas, mientras Carlota le mira pensando qué
puede estar pasando por su cabeza. Sus ojos no han perdido viveza, pero sí
concentración, y ha percibido en él un temblor que no sabe si achacar a su estado o a
los recuerdos que ha reavivado con su presencia.
Cuando, por recomendación del doctor, se despiden de él y cruzan el jardín de la
clínica, los dos se sienten reconfortados, como si les hubiesen administrado el elixir
de la tranquilidad. Ya fuera de la clínica, Carlota dice:
—El accidente lo ha trasformado y parece otro ser. Da la impresión de que
estuviese apareciendo lo mejor de su persona.
Leónidas mira a Carlota en silencio, sin atreverse a asentir a sus palabras. Entran
en el automóvil y se ponen en marcha. Desde la terraza que sucede al invernadero,
«Claudius» ve el coche perderse entre los pinos grandes y retorcidos que crecen al
borde de la carretera.
Apenas media hora después llega Rosana, que se va acercando a él con pasos
dudosos, que parecen gobernados por la obsesión y la culpa. Ya se halla junto a él
cuando lo abraza, acaricia sus cabellos y le susurra al oído:
—Te quiero más que cuando nos devorábamos el uno al otro en mi casa. He
pensado en ti todo el tiempo.
—Y yo en ti, Rosana —musita él, y por primera vez desde su despertar nota una
presión vertiginosa en el pecho y escucha de otra manera su corazón. Rosana lo turba,
lo despierta, lo estimula mucho más que Carlota. Rosana aviva su cuerpo y a la vez
su cerebro: Rosana lo unifica y le hace sentirse menos partido. Rosana refulge ante

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sus ojos como una nube de oro, como una luz vaga que enseguida se hace más nítida,
y trae con ella un perfume dulce e intenso, que lo envuelve y lo narcotiza.
Sus ojos le parecen esmeraldas hirientes, que al mirarle le piden perdón y a la vez
le reprochan algo que no acierta a adivinar. El vestido blanco deja entrever el
torneado de sus senos: dos pomas cogidas en el manzanar de los griegos, y sus
piernas le hablan de una mujer distinguida y dominante.
Rosana le besa en la boca y él acoge con devoción sus labios. Cuando Rosana se
aparta, siente una especie de escozor en la piel y desea retener toda su fragancia y su
aplacada e intensa forma de respirar.
Permanecen más de media hora el uno ante el otro, acariciándose las manos y
mirándose beatíficamente. Podrían hablar, pero lo dejan para más tarde. Antes
necesitan observarse con mucha fijeza y constatar que siguen vivos y se aman.
Suena una campana que indica el final del horario de las visitas. Rosana le vuelve
a besar y se va alejando de él con pasos elegantes y algo temblorosos. «Claudius» la
mira emocionado y piensa que tiene el trasero más bello y menos obsceno que ha
visto en su vida.
Ya la ha perdido de vista cuando se acerca a él Zibelius y le pregunta:
—¿Qué te ha parecido la chica?
—Una alucinación —responde él.
Zibelius posa la mano derecha en su hombro y la presiona levemente antes de
comentar:
—Las alucinaciones nunca son tan palpables y tan consistentes como el cuerpo de
Rosana Cortés. ¿Estás de acuerdo?
—Sí.
Zibelius se ausenta un rato para atender a un paciente y «Claudius» se queda solo
en el jardín privado. La visión de Rosana le ha dejado sumido en un mundo de
emociones nuevas. ¿Había deseado alguna vez tanto a una mujer desde la primera
mirada?
No ignora que solemos llamar flechazo al enamoramiento inmediato. ¿Ha sido un
flechazo? No lo tiene claro y se pregunta si la desea desde su cerebro, desde su
cuerpo, o desde ambos a la vez. Por alguna razón, tiende a creer que la deseó antes
con el cuerpo que con el cerebro, y piensa en algo que leyó hace algún tiempo sobre
las neuronas que se cobijan en el corazón. ¿Pensamos y deseamos con el corazón
además de hacerlo con el cerebro? ¿Quién deseaba más a Rosana cuando apareció en
el jardín, con su vestido blanco y su perfume y su mirada amable y hospitalaria? ¿La
deseaba más Vicenç o Claudio?
Vuelve a sentirse ajeno a sí mismo, vuelve a notar su mente dividida. Acerca la
mano al paquete de cigarrillos que reposa sobre la mesa, enciende uno e inhala con
sumo placer el humo. Luego murmura:
—Mi vida empieza a ser una locura pero no me importa. Esto no es solo cambiar
de piel, es mucho más. Es sumergirse en un universo de deseos nuevos. Es empezar a

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vivir otra vida. Es desear de otra manera y vivir de otra manera. Me estoy alejando
millones de años luz de mí mismo, pero este estremecimiento que siento es algo muy
excitante y muy exquisito. Tengo que saber qué se oculta tras la mirada verde y
líquida de Rosana. Quiero hundirme en su cuerpo y en su alma hasta que me muera
de vértigo. He pasado la vida entre libros y sueños rotos. He vivido sin vivir en mí
mucho más que ahora, que estoy en otro cuerpo.
Aún no ha regresado el doctor Zibelius cuando se sirve el whisky de las cinco de
la tarde a la salud de sí mismo y a la de Esbembo, y se pone a ojear un periódico,
fijándose en las noticias que más le atraen.
Una de las noticias versa sobre la muerte de un delfín en el zoo de Madrid. Al
parecer el delfín tenía problemas de orientación y flotabilidad. Igual que yo, piensa
«Claudius», y pasa a otro artículo que habla de un caballo de carreras llamado
Damasco que permanecerá seis meses de baja tras haber sido operado, y a otro cuyo
autor asegura que tardaríamos doce años en llegar a la luna en ascensor. Concluye su
paseo por el periódico recalando en un último artículo que versa sobre el arte
pirotécnico de los chinos durante la dinastía Ming.
A «Claudius» le sorprende haber hecho lecturas tan pintorescas. No entiende por
qué le han interesado semejantes tonterías, hasta que advierte que en realidad está
leyendo con los ojos de Esbembo y que sin duda Claudio habría reparado en asuntos
como la lesión del caballo Damasco o la pericia de los chinos para elaborar fuegos de
artificio.
Apura el vaso de whisky, enciende otro cigarrillo y piensa en la película Las
manos de Orlac, que vio de niño. Si Orlac se volvió loco porque le injertaron las
manos de otro, ¿cómo me volveré yo que estoy metido en el cuerpo de Esbembo con
muchos de sus recuerdos y todos sus vicios?, se pregunta, y por primera vez en su
vida empieza a sentirse borracho.
Es entonces cuando irrumpe en el jardín Lenin. Ha saltado sobre la grava para
hacerse notar, y avanza hacia «Claudius» con una solemnidad y una distinción
admirables. A «Claudius» le desconcierta que Lenin tenga la cabeza blanca y el
cuerpo negro, y que la separación de los colores sea limpia y lineal, y prefiere no
pensar que podría tratarse de un experimento del doctor Zibelius.
Lenin da un brinco hasta la mesa y mira fijamente a «Claudius». Ahora son dos
animales que se miran en medio de la noche. Lenin resiste su mirada y llega a
comunicarle sensaciones de espesura, de sosiego y silencio, al menos eso le parece a
«Claudius», hasta que Lenin se pone nervioso y le lanza un zarpazo que no llega a
herirle. Acto seguido se aleja de «Claudius» airadamente y como si quisiera decirle
que él no trata a los locos, para eso ya está su mayordomo el doctor Zibelius.

Desde la ventana de su despacho, el doctor ha observado la escena entre


«Claudius» y Lenin, y evitando el flash para no ser sorprendido, les ha sacado una

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polaroid. Piensa que en realidad es una foto histórica, pues en ella aparecen los
resultados de sus dos experimentos exitosos. Un año atrás, el doctor tenía dos gatos
que eran además hermanos mellizos: Trosky y Lenin. Pero ocurrió que Trosky, que
era el negro, se volvió loco, y Lenin, que era el blanco, contrajo una enfermedad
hepática. Fue entonces cuando Zibelius decidió salvar la cabeza de Lenin, que era la
más entera, uniéndola al cuerpo de su hermano y logrando un nuevo gato, al que
decidió llamar Lenin privilegiando el hecho de que nuestra identidad se halla
fundamentalmente en nuestra cabeza.
De repente Lenin salta a la mesa de su despacho y le mira acusadoramente como
si le estuviese preguntando qué hace en su jardín privado ese sujeto con mirada de
alienado. Zibelius lo acaricia, le pide perdón y piensa que tendría que someter a
Lenin a una nueva operación y empezar a injertarle en el cerebro neuronas humanas.
Su ambición es conseguir que Lenin hable, pero todavía no quiere arriesgarse, en
parte porque le ha cogido mucho amor a su gato, y lamentaría su muerte mucho más
que las de los chimpancés. Piensa que ya así, tal como está y tal como es, Lenin es
casi un milagro. Los que fueran dos hermanos conforman ahora un único cuerpo, y
Zibelius apenas ha percibido rechazo psicológico en la cabeza de Lenin, como si
todos los gatos fueran el mismo gato. Piensa que habría que aprender de ellos. ¿Por
qué Lenin no ha tenido ni la mitad de los problemas que está teniendo «Claudius»?
Zibelius cree que básicamente por una razón: los gatos no se cuentan fábulas a sí
mismos. Tienen personalidad, pero su identidad es mucho más abstracta que la
nuestra y más intercambiable. Y ahora la cabeza de Lenin se ha adaptado
perfectamente al cuerpo de Trosky mientras que «Claudius» sigue luchando para
poder soportarse a sí mismo.

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4. EL JARDÍN DE LA FOLÍA

Dos días después, el doctor Zibelius le va guiando por un sendero que cruza las
arboledas y que se bifurca en otros senderos y en otros, por los que pasean los
enfermos. Uno de ellos, que a «Claudius» le parece sorprendentemente hermoso, se
halla leyendo un libro a la sombra de un sauce. Parece muy tranquilo y ajeno a toda
emoción que no sea la derivada de su lectura, pero en cuanto divisa al doctor, sus ojos
emiten un brillo frío y en sus labios brota una sonrisa sin emoción.
—Es Baltasar —dice el doctor—. Su especialidad es la Biblia. Seguro que está
leyendo el Libro de Daniel o algo parecido. Pero le pierde el sexo, no piensa en otra
cosa. Ya tendrás tiempo de conocerlo.
—¿Cree que llegaré algún día a ser normal?
—¿Y por qué no? En realidad ya lo eres.
En el solárium que se halla al borde del sendero hay varios enfermos tomando el
sol. Uno de ellos permanece sentado en una esquina y mueve cadenciosamente la
cabeza. Zibelius se dirige a «Claudius» y dice:
—Hijo mío, para mí la locura ha estado casi siempre mal tratada, en parte porque
no hay nada más caro que la locura, y por eso casi todos mis pacientes proceden de
familias muy pudientes. Parto del principio de que, para orientarse, para llegar a algo,
el loco tiene que sentirse bien, físicamente bien. Yo intento trasmitir la idea de que es
un placer estar loco en mi manicomio, lo que no implica aceptar que la locura pueda
ser un placer. No lo es, nunca lo será, pero tampoco tiene por qué ser el infierno que
normalmente es, pues desde ese infierno se hace imposible toda cura, por más parcial
y limitada que sea.
Según llega a entender «Claudius», su método se basa en el diálogo y la
farmacopea, y no le gustan los psicólogos que no han estudiado medicina,
sencillamente no confía en ellos.
Luego le confiesa que aquel jardín se llama, secretamente, el Jardín de la Folía.
«Claudius» le pregunta por qué y Zibelius dice:
—Porque «folía» quiere decir locura y a la vez pieza musical. Y te diré algo más:
la locura tiene su música. Lo que Ulises no quiere escuchar cuando navega hacia
Ítaca no es la música de las sirenas, es la música de la locura, de su locura, que tiende
a alejarlo cada vez más de su destino.
Mientras pasean, Zibelius le va presentando a algunos de los alienados más
inquietantes. Uno de ellos es el joven Josué, que está leyendo una novela de Conrad.

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Zibelius mira al enfermo con tranquilidad y dice:
—¿Cómo va el viaje?
—Bien —responde Josué.
—¿Estás situado en la línea óptima de navegación?
—Creo que sí, doctor.
—Estupendo.
Como «Claudius» se queda mirando a Josué fascinado, el doctor lo saca de su
embeleso apartándolo del joven y susurrándole al oído:
—Violó a su hermana pequeña, que estaba más sana que él. Ahora se encuentra
muy perdido. No creas que todos los traumas se producen a edad temprana. Algunos
sí, pero otros no. A la hermana de Josué el gran trauma le llegó a los once años y
desde entonces no mira a los hombres.
—¿Y él?
—Calculo que Josué tiene la cabeza partida desde los seis o siete años.
—¿Qué le ocurrió?
—Aún no lo he averiguado, y ya he perdido la esperanza. La práctica clínica con
los locos tiene mucho de frustrante. Es peor que avanzar entre la niebla. A veces se
trata de un viaje que empieza en la oscuridad y acaba en ella.
Tras un breve silencio, «Claudius» pregunta:
—¿De qué línea de navegación hablaba con Josué?
—Es un dialecto que empleo con ellos. Ya lo aprenderás.
Siguen paseando por el jardín hasta que se encuentran con otro joven, de menos
edad que Josué.
—Ese es Juanito. Como Josué, tiene padres pudientes. Ya te hablé de lo cara que
puede ser la locura.
—Juraría que usted considera la locura como un lujo solo al alcance de los ricos.
—No me tires de la lengua, porque acabaré diciéndote que sí. Pero no es cierto,
los pobres también pueden enloquecer, y con toda seguridad su locura es más trágica,
porque está menos protegida.
—¿Y la locura de toda esta gente lo está?
—Algo más.
Continúan recorriendo los senderos rodeados de árboles hasta que se detienen en
una rotonda donde una enfermera vigila a dos mujeres que se parecen mucho.
—¿Son hermanas?
—No, son tía y sobrina. Las dos con una esquizofrenia muy parecida, tanto que a
veces se intercambian las personalidades.
Ya en el porche de la clínica, «Claudius» se fija en una mujer que permanece
sentada en una silla de hierro y que parece ciega. La mujer lleva en una mano un
abanico y lo agita continuamente a la vez que la cabeza.
—¿Y esa?
—Se llama Teresa.

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—¿Está ciega?
—No. Ahora te está observando aunque no lo parezca. Siempre mira de forma
oblicua.
—No sabría adivinar su edad.
—Teresa no tiene edad: no vive en el tiempo, ni siquiera vive en el tiempo del
delirio… Ingresó hace un año. La traía su padre, un fabricante de muebles, que se
hallaba viudo desde hacía dos años y que quería contraer segundas nupcias. Su hija
perturbaba demasiado a su segunda mujer y optó por ingresarla… Cuando el hombre
llegó con ella a la clínica, creía que traía con él a una loca que además era retrasada
mental. Se equivocaba. Teresa es una autista, y ni está loca ni es retrasada mental,
pero su autismo ha sido durante años y años tan mal tratado que ahora su cabeza es
una olla a presión. A veces, cuando está sola, rememora algunas escenas de su vida
verbalmente. Entonces habla como tú y como yo, pero hace cinco o seis voces
diferentes, tantas como lo exija la escena que está evocando. Hace la voz de su padre,
la de su madre viva, la de su madre muerta… En esos momentos, Teresa suele hablar
de sí misma en tercera persona…
—¿Y aquella mujer que se ha levantado la falda?
—Esa pobre es Palmira Robles, una mística del sexo, del alcohol y de Dios. La
rescaté del café Gijón, donde tenía su tabernáculo. Sus padres ya no sabían qué hacer
con ella y vieron la luz cuando les dije que la tenía a mi vera.
—Dígame una cosa, doctor, ¿por qué eligió usted la psiquiatría?
Zibelius mira con asombro a «Claudius», se mete las manos en los bolsillos de su
bata blanca y dice:
—Buena pregunta. Te diré una razón: siempre he querido conocer los límites de
la conciencia, saber dónde están, si es que están, y cómo se han ido formando. Y te
aseguro que un manicomio es el mejor lugar para explorar la naturaleza de esos
límites.
—¿Ha llegado ya a alguna conclusión?
—En parte sí y en parte no. Verás, yo nunca he querido caer en el error en el que
cayó cierta psiquiatría hace años al pensar que los locos eran individuos
excepcionales. No lo son, y basta con mirarlos. Pero tampoco hemos de caer en el
error de pensar que son individuos normales, porque no lo son, y también basta con
mirarlos. No son normales pero lo fueron, pues me inclino a pensar que toda locura es
provocada. Yo podía haber acabado loco. ¿Qué hago aquí? No puedo olvidar que
estoy habitando el mismo espacio que los alienados, pero tampoco puedo olvidar que
represento una frontera, un límite: su frontera y su límite mientras estén aquí y
también cuando ya no estén aquí. Por eso tengo que actuar con toda la conciencia
puesta en lo que hago. Estamos trabajando con materia sensible, estamos trabajando
con materia oscura que hay que manipular con mucho cuidado. Se excluye la
brutalidad, pero también se excluye la debilidad. Los locos saben chino, los locos
saben donde herir. Pueden pasar días enteros buscando nuestro talón de Aquiles y,

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pierde cuidado, acaban encontrándolo e hiriendo de verdad. Es bueno estar advertidos
para no perder los nervios cuando nos lanzan un dardo que no nos lo esperábamos, y
que suele ir dirigido al lugar menos protegido del cerebro, si es que no va directo al
corazón. Importa mucho mantener la calma, importa mucho conquistarla. Cada día
que trascurre en calma es una conquista. La locura necesita calma. La locura necesita
un tiempo muerto, un tiempo sin responsabilidad, un tiempo sin ansiedad, para
desactivar sus tentáculos, o simplemente para aplacarlos. Y no creas ni en los
milagros de la mente ni en los del cuerpo. En muchos casos, estamos tratando con
almas hechas añicos que ya nadie va a poder juntar. En muchos casos, ya solo
podemos proteger su abismo y atenuar un poco su sufrimiento. No hay otra verdad, ni
hay otra mentira.
El doctor Zibelius lo deja un rato solo entre los locos y «Claudius» empieza a
sentirse de verdad perdido en el Jardín de la Folía, en su música antigua y narcótica.
Un miedo inesperado se apodera de su cuerpo y su cerebro. De pronto los locos le
parecen figuras evolucionando en un universo perlado en el que todo es gris. Los
alienados tienen la piel gris, la hierba parece gris, los árboles son grises, y los
senderos, los bancos, las glorietas, el agua del estanque y de las dos fuentes
gorgoteantes. Del cielo en el que creía encontrarse junto a Zibelius está pasando al
infierno. ¿Y si en realidad se hubiese vuelto loco y la creencia de estar habitando el
cuerpo de Esbembo fuese un delirio? ¿Por qué está en un manicomio rodeado de
locos? ¿Por qué?
Ahora el jardín le parece la antesala del abismo y corre como un desesperado
hasta el porche de la clínica. Zibelius le sale al encuentro y le pregunta:
—¿Qué te pasa?
«Claudius» se detiene, mira a Zibelius con ojos extraviados y grita:
—¡Júreme que no estoy loco!
Zibelius se acerca a él, posa las manos en su rostro candente, le mira fijamente y
dice:
—Tranquilízate. La alienación es sentirse otro, y a veces vas a sentirte otro, pero
no quiero que olvides una cosa: siempre me tendrás a tu lado, hasta que puedas
valerte por ti mismo y te sientas en tu nuevo cuerpo como un rey en su trono. ¿Te
encuentras mejor?
«Claudius» asiente con la cabeza antes de reventar en sollozos.

Esa noche, al acostarse, «Claudius» se siente flotando en una atmósfera


enrarecida y que a la vez se le antoja balsámica. Enseguida comprende que lleva
dentro el silencio de la locura, y teme que ese silencio de fondo le haya narcotizado
tanto como la voz sosegada y suave del doctor Zibelius.
Está empezando a experimentar una devoción profunda hacia él y se siente capaz
de colocar su figura más allá de toda valoración, en un punto sin dimensión, tan

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mensurable como inconmensurable. Zibelius le parece un hombre muy emocionante,
y se pregunta con inquietud si no estará enamorándose de él. Venera su aspecto,
venera su delgadez, tan sutil como un silbido, venera sus trajes ingleses, venera su
perfume inglés, venera su generosidad, venera su magnanimidad, venera su destino y,
con gran escándalo por su parte, a veces se ha sorprendido hilvanando palabras de
extrema adoración dirigidas a Zibelius: su padre más verdadero, su obsesión, ya casi
su deseo.
Está a punto de dormirse cuando nota que Lenin acaba de posarse de un salto en
la cama. Por su actitud prudente y educada cuando acerca el bigote a su cara, parece
que viene en son de paz y empieza a ronronear. Es justo lo que «Claudius» necesita
para hundirse plácidamente en el sueño.

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5. INCITACIÓN A LA BUENA VIDA

En las continuas visitas que le hacen sus nuevos familiares, «Claudius» va


apreciando, por primera vez en su vida, lo importante que es el silencio para llegar a
una cierta comunicación. Gracias a su silencio, suavemente atemperado por continuas
y leves sonrisas, Carlota y Leónidas lo notan más próximo que nunca.
Y a él le basta con callar para que, en la hondonada apaciguada de su silencio, sus
familiares perciban que la calma llega a ellos después de tantos insomnios y tanta
inquietud.
Una de aquellas tardes, Rosana acude de nuevo a la clínica y habla con él en el
invernadero, mientras el crepúsculo de otoño incendia la línea del cielo de Madrid,
produciendo la impresión de que llamea.
Cuando Rosana llega, él se halla sentado sobre un banco de hierro, junto a dos
enormes helechos. Se le ve pálido, aunque algo más saludable que otros días, y está
escuchando música con los auriculares.
—¿Qué estás escuchando?
—La Resurrección —contesta, quitándose los auriculares.
—Antes no escuchabas a Haendel.
—Antes no sabía lo que era resucitar.
—¿Te has sentido muerto?
—Sí, ¿y tú?
—También…
—¿Cuánto tiempo estuviste hospitalizada?
—Tres días. Solo me rompí los brazos.
—Tuviste suerte.
—¿Tú crees? La sensación de muerte vino después, cuando ya estaba en casa de
mis padres con los dos brazos escayolados. Tuve que aceptar que mi madre me diera
de comer como a un bebé. ¿Te imaginas? Fue como regresar a la infancia.
«Claudius» comenta:
—Regresar a la infancia debe de ser más liviano que regresar a las tinieblas
anteriores a la conciencia.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—La infancia es una ciénaga sofocante.

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Los dos se callan y permanecen un rato mirándose e intentando sopesar sus
respectivas espesuras. Rosana le mira con temor y balbucea:
—No sabes lo mal que lo pasé cuando me dijeron que te hallabas entre la vida y
la muerte… No podía olvidarme del instante del accidente… ¿Tú lo recuerdas?
—Apenas.
—Acababas de poner música de Wagner.
De pronto, «Claudius» cree recordar la música que sonaba mientras volaba por
los aires y dice:
—¿La obertura de Lohengrin?
—¡Sí! —exclama Rosana llena de alegría—. ¿Y recuerdas lo que hicimos antes
del accidente?
—No. ¿Qué hicimos?
—Otro día te lo cuento, ahora me falta valor.
—¿Estuviste en el entierro de Vicenç Castell?
—Sí, con los brazos escayolados y la angustia en el alma. Me fui en el puente
aéreo con tus padres y conocimos a los padres de Vicenç.
«Claudius» siente presión en el pecho y a punto está de echarse a llorar, pero
consigue contenerse y pregunta:
—¿Qué te parecieron?
—¿Sus padres? Parecían muy buena gente, de esa que ya no existe. Gente
humilde y trabajadora, que lo había dado todo por su hijo. Su padre era enterrador y
estaba a punto de jubilarse. Le quedaba solo un mes para la jubilación y tuvo que
sellar el nicho de su propio hijo. Fue algo espantoso. Recuerdo aquel día como una
pesadilla oscurísima y tétrica. En algún momento de la ceremonia su madre me miró
como a una asesina, pero no se lo reprocho. Su indignación estaba soberanamente
justificada.
«Claudius» se echa a llorar y ella también. A punto de irse, Rosana le besa en la
boca. Él vuelve a notar su olor y su temblor, y roza su mano como si quisiera
retenerla. Entonces ella lo besa de nuevo y se dirige al lugar donde se encuentra
aparcado su coche.
Zibelius deja que «Claudius» rumie su tristeza. Una hora después, irrumpe en el
invernadero y le pregunta a su paciente:
—¿Cómo te ha ido con Rosana?
—Bien. Me ha hecho revelaciones muy dolorosas sobre el entierro de Vicenç
Castell.
—Podía habérselas ahorrado, al menos de momento. Esa mujer acabará
trayéndonos problemas.
—No me preocupan tanto las revelaciones que pueda hacerme Rosana como la
situación real en la que se encuentran los padres de Claudio y los padres de Vicenç,
en cierto modo mis padres. A veces pienso que los Esbembo y los Castell tendrían
que saber la verdad.

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—¿La verdad? No están preparados. Revelarles lo que hemos hecho nos
conduciría automáticamente al abismo.
—Tiene usted razón.
—¿Te encuentras con fuerzas para recibir a más gente?
—¿Por qué lo dice?
—Porque va a venir a verte una periodista.
—Oh, no.
—Entiéndelo, «Claudius», antes eras periodista, y tu cuerpo sigue siendo el de un
periodista llamado Claudio Esbembo, cuyos artículos has estado releyendo estos días.
«Claudius» asiente y recuerda algunos de los textos de Esbembo que le ha ido
pasando Zibelius. Pertenecen casi todos ellos a la columna semanal que solía leer a
veces. Los artículos llevaban títulos como: Suaves noches de Madrid, Las alegres
chicas de Tarifa, Dinero flotando, Nostalgia del château, Ginebra y carmín,
Buscando a Beatriz desesperadamente, El ombligo de Estela, Cita con una starlet, La
suite de los espejos, Besos robados, ¿Los ricos son diferentes?, y La hora roja, que
ya había leído en El Escorial y que volvió a leer con cierto entusiasmo.
—Menudo bagaje… —murmura ante el doctor.
—¿A qué te refieres?
—A los artículos de Esbembo. Ya me he aprendido párrafos enteros: Flota en el
aire vibrante una intensa excitación, pero la noche permanece suave como la seda
pulida que ciñe el cuerpo de Alize Urbach… Hemos ido a tomar un cóctel al
Balmoral, luego nos vamos deslizando hacia la Castellana y más tarde hacia la Gran
Vía en la noche rielada de luces líquidas, y bla, bla, bla… ¡Todo un poema! ¿Y le
pagaban por eso?
—Claro que le pagaban, y mucho más de lo que Castell, con cuyo cerebro
piensas, con cuyo cerebro sufres, ganaba por sus tristes clases.
—¿Y por qué cree que mis clases eran tristes?
—¿Hablas de tus clases? ¿Te crees Vicenç Castell? Parte de ti ya no es de él, parte
de él ya no es tuya.
—Cierto.
—Tan cierto como que tienes cuerpo, como que tienes manos, como que tienes
ojos, como que tienes… sexo.
Tras un breve silencio, «Claudius» musita:
—Y la periodista que va a venir, ¿me conoce?
—Solo de oídas. Bastará con que le hables, con suavidad y firmeza, de tus
cambios tras el accidente… Esta entrevista nos conviene. No es recomendable
acentuar el misterio acerca de tu persona. La gente que te conocía pregunta por ti.
Bien, es hora de que constaten que sigues vivo.
—De acuerdo.

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La periodista llega. Es una mujer de unos veintiocho años y rostro pecoso, que
trabaja para una revista femenina. Da toda la impresión de que seguía con interés la
columna de Esbembo y que lo admira como cronista de la noche.
—¿Podemos tutearnos?
—No —responde «Claudius».
La mujer se contrae levemente, como si no esperase esa respuesta. «Claudius»
sonríe y comenta:
—No tema, en determinados estados, el usted resulta más próximo que el tú.
—¿Y cuál es su estado?
—El de una venturosa postración.
—Ya no veo su columna por ninguna parte.
—He dejado de escribir.
—¿Por qué?
—Por una razón de peso: detesto todos mis artículos anteriores al accidente. De
volver a escribir, elegiría otros temas.
—¿Cuáles?
—La vida en los hospitales, la vida en los manicomios, la atmósfera de la
cordura, la atmósfera de la locura, la sustancia del dolor… También hablaría de la
muerte, y hasta de la resurrección.
—El dolor nunca salía en sus crónicas.
—Quizá ni siquiera salía el verdadero placer.
—¿Por qué lo dice?
—Porque al no saber profundizar en el dolor tampoco sabía profundizar en el
placer.
—¿Podría explicarse mejor?
—No.
Una enfermera les sirve dos cafés y los vuelve a dejar solos. La periodista
comenta:
—Antes del accidente, era usted un columnista muy bien pagado, según dicen.
Mucha gente valoraba sus crónicas y pensaba que usted estaba captando como nadie
el espíritu del tiempo…
«Claudius» sonríe con paciencia antes de decir:
—No siga por ahí, se lo ruego. Nadie sabe lo que es el espíritu del tiempo que, tal
como ahora lo entiendo, tiene poco que ver con la frivolidad lírica con la que yo
envolvía todas mis frases.
—¿No ha vuelto a ver a sus amigos de antes?
—No.
—¿Cuáles son sus proyectos?
—De momento no los tengo. Estoy en un tiempo muerto en el que al fin me
atrevo a pensar. La gente ya no se concede tiempos muertos en la vida, la gente huye
del silencio, la gente huye del enemigo interior.

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—¿Usted no?
«Claudius» sonríe amablemente y susurra:
—Se acabaron las preguntas.

La periodista ya se ha ido cuando Zibelius, que ha permanecido agazapado tras


los helechos, se vuelve a acercar a él.
—¿Ha escuchado la entrevista?
—Sí.
—¿Y qué le ha parecido?
Zibelius lo abraza intensamente y dice:
—«Claudius», has estado perfecto. Eres como el hijo muy amado en el que mi
mente hubiese depositado todas sus complacencias, y no solo algunas.
«Claudius» se echa a temblar y desea que el doctor le siga abrazando. Zibelius,
que continúa estrechándolo, le susurra al oído:
—Piensa, querido, que ya ha pasado lo peor y disfruta de tu resurrección.
Atrévete a gozar de la vida como Esbembo, hijo, atrévete a gozar del esplendor.

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6. PERSONAJES DEL PASADO

Han estado cenando en el jardín y tras la cena el doctor le ha inyectado el suero


antirrechazo y le ha dado un somnífero.
«Claudius» duerme. Está tendido sobre la cama con la complacencia de
Endimión, y Zibelius se siente invadido por una profunda ternura. Ama a su criatura
como Dios amaba al hombre y a la mujer antes de la caída, y le gustaría despojar a
«Claudius» de todas sus angustias y todas sus tinieblas, y es que las tinieblas, piensa,
son concentraciones muy espesas de ansiedad, si bien desde fuera su cuerpo semeja la
concentración de la más amable claridad.
Zibelius empieza a acariciar sus cabellos mientras susurra:
—Ojalá tu nueva vida te depare una forma de felicidad que ni conocía Castell ni
conocía Esbembo.
Eso piensa, eso desea, pero los deseos suelen ser muy a menudo negados por la
realidad porque la humanidad se empeña en asumir identidades que cree muy reales
pero que ni siquiera son espejismos. Tiene claro que «Claudius» está partido. ¿Por
qué? Porque aún piensa que su identidad reside, más que en su cerebro, en su familia.
¿Sabrá hacer el teatro indispensable para mantenerse a sí mismo y mantener el
secreto de lo que ha ocurrido con él?, se pregunta.
Zibelius abandona el cuarto de «Claudius» y lamenta que nuestros cerebros aún
no sepan emigrar, aún no sepan abordar con naturalidad otros cuerpos y anclarse
enteramente en ellos. ¿Cree acaso «Claudius» que la familia que vio nacer a Vicenç
Castell es más real que la que engendró a Claudio Esbembo? ¿Piensa que una de las
dos es más suya, o más legítima, o más sustancial? ¿Lo cree el infeliz? ¡Pero si todas
las familias son un montón de mitología barata!, exclama para sus adentros. ¡Pero si
todas las familias son un montón de cuentos chinos, y un montón de falacias, y un
montón de podredumbre, y un montón de omisiones, vejaciones, humillaciones y
pus!
No quiere alterarse más de lo que está y acude a su jardín secreto para tomar una
copa y escuchar un poco a Bach.

En el bar El Sol se agita una multitud expresionista mientras los sonidos de la


orquesta siegan el aire denso con la limpieza de una navaja de afeitar. Hay varios

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travestidos junto a la barra y un mozo de cuerpo brillante como el de un abisinio agita
una coctelera con mucha pericia y luego da un brinco.
Dos hombres se hallan de espaldas a los travestidos. Acaban de pedir bebida. Uno
de ellos dice:
—¿Esa no es Rosana Cortés?
—Sí —contesta el otro.
—Dicen que iba con Esbembo el día del accidente.
—No me extraña.
Los dos se fijan en una mujer que baila con cierta estridencia y que luego se retira
a una mesa seguida de otra mujer, que parece su amiga, y que en cuanto se sienta
frente a ella le pregunta:
—¿Me ocultas algo?
Rosana sonríe antes de musitar:
—No seas estúpida, Beatriz. Todo el mundo oculta un montón de cosas.
—Especialmente tú. ¿Por qué mundos andas últimamente? Ya ni siquiera me
miras a la cara cuando te hablo.
—Me obsesiona Claudio.
—¿Lo has vuelto a ver?
—Sí, ayer.
—Nunca me has hablado de lo que pasó entre vosotros la noche anterior al
accidente.
—¿No te lo imaginas? Tuvimos sexo.
—¿Salvaje?
—No, más bien delicado.
—Me extraña.
—¿Por qué? ¿Crees que Claudio es el que tú conociste? ¡Pobre infeliz! A ti te dio
lo que buscabas.
—Me estás faltando al respeto.
—¿Tú crees?
Rosana se incorpora y su amiga la sigue. Mientras suben las escaleras que
conducen a la calle, Beatriz pregunta:
—¿Estás enamorada de Claudio?
Rosana mira a su amiga con rabia y monta en cólera.
—¡Y a ti qué te importa! Claudio no es lo que parece. Te recuerdo que me dedicó
su último artículo, que aunque es un poco cursi, está lleno de sensibilidad a flor de
piel.
—¿Estás segura que te lo dedicó a ti?
—¿A quién si no?
—Quizá utilizó tu nombre como una metáfora. Lo solía hacer a veces.
De pronto, Rosana se echa a llorar. Beatriz le dice:
—¿Quieres que te lleve a casa?

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—¡Déjame en paz, ninfómana! —ruge Rosana, alejándose de Beatriz y entrando
en su coche. Arranca inmediatamente y vuela hacia su casa. Mientras se salta
semáforos en rojo sigue llorando y lamentando lo que acaba de decirle a Beatriz.

«Claudius» está asustado. La vida ha empezado a perder enormes dimensiones de


sentido. Ya casi no recuerda quién fue Vicenç Castell.
En momentos en los que el doctor se ausenta, «Claudius» explora un poco el
contenido de algunas carpetas de Zibelius, en las que descubre cientos de fotografías
de cerebros con todas las escisiones posibles y todas las formas concebibles. A veces
las fotografías del cerebro parecen instantáneas de alguna región del universo, con
sus galaxias, sus agujeros negros, sus novas, supernovas, enanas blancas… En
ocasiones las fotografías van acompañadas de fórmulas matemáticas que «Claudius»
no entiende. Más tarde «Claudius» examina otra carpeta con recetas para la
elaboración de diferentes drogas y sedantes. Se trata de una especie de alquimia a la
que el doctor parece darle mucha importancia. Una de las recetas incluye opio,
cannabis, anfetamina, salvia divinorum y un poco de estramonio.
Prefiere no imaginar los efectos sobre la conciencia de ese cóctel tan atinado para
hacer viajes astrales; le preocupa sentirse en tierra de nadie y se dice a sí mismo que
debe aprender a disimular y a no confiar tanto en el doctor Zibelius.
La sensación de pérdida continúa y piensa que tiene que saber más cosas de
Esbembo, muchas más. Esa tarde, le dice al doctor:
—Me gustaría visitar el piso en el que vivía Esbembo.
—Perfecto, podemos ir hoy mismo. Una casa dice más de una persona que todo
cuanto te puedan contar de ella. Te acompaño.

Llegan al apartamento de Claudio a las cinco de la tarde y entran sirviéndose de la


llave que Esbembo llevaba en el bolsillo del pantalón la mañana del accidente. Ya en
el vestíbulo, cierran con cuidado la puerta, encienden la luz y miran a su alrededor.
El vestíbulo parece un tablero de ajedrez duplicado. El suelo está formado por
cuadros negros y blancos, y el techo, que es un espejo, refleja el ajedrezado del suelo.
Entran en el salón de paredes azul pálido con aparatos para escuchar música. En
el tocadiscos aún se halla el disco que Claudio debió de dejar puesto la última vez
que estuvo allí. Le inquieta comprobar que se trata de Ascensor hacia el cadalso.
Justo encima del tocadiscos se halla una pequeña biblioteca nutrida de autores que
fueron dandis: Baudelaire, Wilde, Fitzgerald. «Claudius» desliza la mirada por todo
el salón y se queda pensativo.
Sí, aquí está la casa y el mobiliario, pero, ¿dónde está Esbembo? ¿Dónde su
mirada? Y mi mirada, ¿dónde está? Yo que en realidad soy Vicenç y que pienso como
Vicenç, ¿he desaparecido para siempre en el cuerpo de Esbembo? ¿Y Esbembo? ¿No

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ha desaparecido de igual manera en mí? ¿O no? ¿Sigue en mí su cerebro? ¿También
su cerebro? ¿Acaso este piso no es su cerebro? ¿Por qué vuelvo a tener recuerdos
extraños, de vidas que no he vivido? Dios, esto es como olfatear mi propia tumba…
¿Qué puede ser la razón y qué la locura? ¿Qué pueden ser la vida y la muerte?, se
pregunta.

Todo era presente y de pronto creyó que regresaba al pasado, a un pasado ajeno
que sin embargo parecía vinculado a su piel. Salió al balcón y contempló la ciudad,
momento que Zibelius aprovechó para ocultar bajo una mesita una pequeña
grabadora. Luego se acercó a su paciente y dijo:
—Voy a dejarte solo un par de horas para que examines por tu cuenta la guarida
de Esbembo: tu guarida.
«Claudius» asintió y Zibelius abandonó el apartamento. De nuevo en el balcón,
«Claudius» se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo. La ciudad desde allí
adquiría otra significación. La ciudad parecía un inmenso diamante millones de veces
más grande que el Ritz, se dijo a sí mismo, y tuvo la inquietante impresión de que
empezaba a mirar el mundo como Fitzgerald y Esbembo, y que nunca antes se le
hubiese ocurrido hablar de diamantes más grandes que el Ritz.
Se hallaba cada vez más ensimismado cuando empezó a sonar el teléfono.
«Claudius» lo cogió.
—¿Con quién hablo? —Oyó decir a una mujer de voz escarchada.
—Con Claudio.
—¿En serio? ¿Eres tú? ¿Claudio Esbembo? Juraría que te ha cambiado la voz…
¿No me recuerdas?
—No.
—No puedo creerlo… Tienes que acordarte de mí, Claudio. Soy Beatriz, una
amiga de Rosana. Hemos pasado noches de locura en tu casa. Tienes que acordarte…
Me dedicaste un artículo.
—Te juro, Beatriz, que no me acuerdo. Me ocurre desde el accidente…
—Lo sé, lo sé, algo de eso me dijo Rosana, pero no creía que…
—Vivo en una nube de ignorancia desde que maté al ciclista. No tengo perdón, lo
reconozco… Me hablas y quisiera entenderte, y quisiera llegar a ti, pero no recuerdo
tu cara, ni tu voz, ni tu cuerpo. Es espantoso…
—Bueno, corazón, eso puede tener arreglo: deja que sea tu cuerpo el que
recuerde, deja que sea tu piel. ¿Estás solo?
—Más que Dios antes de la creación.
—¿Puedo subir? Te estoy llamando desde la calle. Si sales al balcón me verás
junto a la cabina telefónica.
—Te espero —dijo él, colgando y saliendo al balcón. Junto a la cabina creyó ver a
una mujer que, tras cruzar la calle, se acercaba a la Torre de Madrid. Beatriz,

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Beatriz… Quizá estuviste enamorado de ella, pensó intentando identificarse con el
periodista. Quizá la amaste tanto como a Rosana, o quizá no. Ya te irás enterando del
rastro que fuiste dejando por la noche. Seguro que hay cosas que no te van a gustar,
se dijo a sí mismo.
El timbre sonó y «Claudius» acudió a abrir. Ojos de ámbar era decir poco. Eran
vagos y a la vez precisos, y parecían tener luz interior, una luz de color miel que
excitaba y aplacaba. Sintió sus labios en la boca, respiró su respiración y la dejó
pasar.
Ya se hallaban en el balcón, muy por encima del delta de luces cada vez más
líquidas, cuando sintió un frío interior que le paralizó. Beatriz tenía poco que ver con
las mujeres que había conocido hasta entonces. Profesoras de instituto, fatigadas de
tanta clase y de tanto amor contrariado, con el asco en la cara y en el alma. Aquella
mujer que le miraba llena de inquietud y casi avergonzada había tenido mucho
espacio para moverse. Había en su sonrisa dinero viejo y se presentía tras ella un
mundo de nutridos guardarropías y veranos lánguidos en playas más largas que las de
Tarifa. Una individua de silueta afortunada y de la misma clase social que Esbembo y
Rosana. No hacían falta muchos esfuerzos para desearla y sin embargo no sentía
hacia ella el más mínimo deseo.
—¿Me recuerdas mejor?
—No.
—Quieres desconcertarme. ¿Ya no recuerdas que me buscabas desesperadamente
y que hasta lo confesaste en una columna?
—Algo creo recordar, pero apenas nada…
—Claudio, por favor…
Entraron en el salón. «Claudius» se hundió en el sofá, apoyó la cabeza en las
manos y la miró con una tristeza infinita.
—¿Cuántas veces nos acostamos? —preguntó.
—Unas veinte como mínimo, en cambio con Rosana solo te has acostado una, si
he de hacer caso a lo que me dijo el otro día.
—No puedo creerlo. Perdón, lo creo, pero es como si me hablaras de otra persona
que ya no existe.
Beatriz se sentó frente a él y empezó a acariciar sus cabellos. Él le dijo:
—¿Qué sabes de mí? Puedes entrar a sangre y fuego.
—Estabas cayendo en el alcoholismo…
—Me lo temía.
—Estabas convirtiéndote en un fruto maduro para la corrupción, profundamente
maduro. Estabas a punto de convertirte en un cerdo. Tus amigos ya lo eran.
—¿Y mis crónicas? ¿Te gustaban?
—Mucho, en cambio Rosana las despreciaba.
—¿Te has quedado satisfecha?
—Todavía no.

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—Te escucho.
—Cuanto más te miro a los ojos, más tengo la impresión de que estás mintiendo.
No miras como alguien que se ha quedado amnésico; miras como alguien lleno de
memoria.
—Estoy lleno de memoria…
—¿Entonces por qué no te acuerdas de mí?
—Porque soy otra persona, Beatriz. Por dentro ya no soy Esbembo…
—Juraría que lo tuyo es una nueva fuga hacia adelante…
—¿Qué quieres decir?
—Bésame.
La besó y se sintió extraño. Su cerebro deseaba aquellos labios, pero su cuerpo
parecía más bien reacio a ellos y tenía que hacer esfuerzos para mantener los labios
ligeramente pegados a los de Beatriz. Enseguida comprobó que seguir así podía
convertirse en un suplicio. Se apartó de ella medio mareado y se sentó en una de las
sillas de mimbre del balcón.
—¿Estás enamorado de Rosana?
—¿Cómo dices?
—Olvídalo. Empiezo a pensar que realmente eres otra persona.
«Claudius» se quedó mirándola. El mareo continuaba y notó que se estaba
desvaneciendo sobre la silla. Permaneció unos segundos inconsciente hasta que
volvió a abrir los ojos. Beatriz le estaba mirando con la dulzura de una madonna
mientras le decía:
—Tranquilízate, Claudio. Nunca más volveremos a hablar de ciertas cosas del
pasado. Como sigas así vas a parecerme el ser más frágil de la creación.
—Tranquilo estoy, Beatriz, muy tranquilo. Solo tengo problemas cuando me doy
cuenta de que ya no soy el mismo y de que estoy como en otro cuerpo.
—Antes no hablabas así.
—Antes… Una palabra muy extraña la palabra antes… Antes hicimos cosas que
no recuerdo. Antes es de color negro. Antes es una sombra. ¿Sabes que llevo al
ciclista que maté dentro? ¿Sabes que llevo las claves de su alma? ¿Lo sabes?
Beatriz empezó a mirarle como si mirase a un loco. «Claudius» continuó:
—Y ese ciclista, el que llevo dentro, el que maté, probablemente te desea.
Escúchame bien, el ciclista quizá te desea. Le pareces la encarnación de la mujer con
clase, le pareces una alucinación. Si fuera por él, estaríamos ahora mismo
revolcándonos en la cama. Porque él quisiera devorarte, el ciclista que no conoces, el
que llevo dentro… Pero Claudio, del que solo ves el cuerpo, del que solo queda el
cuerpo, te rechaza con una extraña insistencia que no comprendo. De fijo que él no te
desea. Esbembo no te desea y no me preguntes la razón porque la ignoro. Solo te
deseo yo, el que te acaba de conocer, solo yo, el que te habla desde su cerebro, desde
su único cerebro, solo yo. Lamento haber sido tan explícito pero prefería ser sincero

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contigo y contarte la verdad, Beatriz. Ahora soy dos. Uno te desea y el otro no, y así
no hay nada que hacer. Ni siquiera puedo besarte.
Beatriz no escuchó sus últimas frases. Lo dejó solo en el balcón y corrió hasta la
puerta. «Claudius» miró aterrado a su alrededor y se preguntó si no estaría más
partido de lo que creía y si alguna vez su cerebro iba a estar de acuerdo con su
corazón.

En otoño la ciudad se ralentizaba y exhibía una tranquilidad que se sentía como


extraña, a pesar de que regresaba todos los años. Diríase que la atmósfera plomiza
amortiguaba los sonidos mejor que la luz estival y las calles parecían más silenciosas.
Desde la plaza de España, Zibelius fue subiendo por la Gran Vía, para más tarde
seguir hasta la puerta de Alcalá y el Retiro, como tantas otras veces en tardes
parecidas. Entró en el parque y percibió la explosión de colores que traía consigo el
otoño: una interminable gama de ocres y rojos combinándose con el verde y el gris
del cielo y el agua. Nadie sabía qué extraños narcóticos traía el otoño, pero desde
antiguo se tenía conciencia de que era la estación de la locura y en su clínica ya no
cabía un paciente más. Si se la comparaba con el verano, el otoño podía parecer una
estación deprimente. Representaba la extinción del estío y la promesa del invierno.
Los cielos plomizos y lluviosos no solían alegrar el alma.
Mientras avanzaba por el parque hasta la glorieta del Ángel Caído, su mirada se
extraviaba en las reverberaciones del lago y en las copas incendiadas de los robles.
Esa tarde iba drogado, y sus ojos agradecían aquella llameante descomposición y
aquella envolvente sinfonía en rojo.
Finalmente llegó a la glorieta y dirigió los ojos hacia el Ángel Caído. Bastaba con
mirarlo un segundo para saber que era un ángel herido por la luz. Por la luz de Dios
quizá, pero sobre todo herido por su propia luz.
Zibelius consultó su reloj y pensó que había llegado el momento de rescatar a
«Claudius» del pasado de Esbembo.

Llevaba un rato solo cuando empezó a sonar el timbre. Se acercó a la puerta, la


abrió y vio ante él a una joven de unos veinte años, de bucles negros y brillantes,
mirada azulina y labios tan sensuales como cortantes, que llevaba un traje de lino
color café y una camisa blanca.
—Hola —dijo la recién aparecida.
—Hola —musitó «Claudius».
—¿No te acuerdas de mí?
«Claudius» hizo un gesto confuso y le ordenó pasar. Ya se hallaban en el salón
cuando «Claudius» dijo:
—Verás… He perdido mucha memoria.

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—Soy Mónica.
—Como no me digas más vamos muy mal.
—¿Te estás burlando de mí?
—Si conocieras mi desesperación no dirías eso. No sé quién eres, no recuerdo
nada de ti.
—¿Ni siquiera aquella noche en el hotel Mónaco?
—Ni siquiera.
—¡Mientes!
—Tranquilízate, tus gritos no me sientan bien. Estoy pasando un día infernal…
—Lo siento.
—De modo que estuve contigo en el Mónaco…
—Y me lamiste toda entera.
—No sigas.
—Habíamos pasado el día en Aranjuez, en casa de un depravado, nos habíamos
drogado mucho. Cuando llegamos al Mónaco estábamos fuera de control… Me
escribiste un poema, que incluiste en una de tus columnas.
—Ah, eres la chica a la que llamo Berenice en un soneto.
—Exacto.
—Perdona mis lagunas. Acepta que soy otra persona. Imagina que me hubiesen
dado más de cien sesiones de electrochoque… No puedo creer que te haya deseado
alguna vez. Sinceramente no puedo.
Mónica se puso furiosa.
—¡Eres un canalla!
«Claudius» empezó a sentir que miraba a Mónica de otra manera. Con ella le
ocurría lo contrario que con Beatriz. Su cerebro, que era el cerebro de Castell,
rechazaba a la visitante, pero su cuerpo la deseaba, Esbembo la deseaba y le daba la
impresión de que estaba imponiendo sus criterios.
—Sé que me deseas, Claudio. Lo veo en tus ojos.
—Márchate, por favor, nos veremos en otro momento. Está a punto de llegar mi
terapeuta. He de regresar al hospital.
—Lo entiendo —dijo Mónica, dándole un beso en los labios.
Fue como si acabase de besarle Eros, inoculando en él el elixir del deseo. Mónica
ya se hallaba en el ascensor cuando empezó a sentir una inesperada sed sexual, que se
concretaba en una sola persona: Rosana. Con ella no había lucha interior entre el
cerebro de Castell y el cuerpo de Esbembo: a ella la deseaban los dos.

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7. ARTE DE AMAR

Zibelius ha escuchado la cinta en la que quedaron grabadas las conversaciones con


Beatriz y Mónica y le complace la ironía en la que ha empezado a afianzarse la
personalidad de «Claudius». Puede decir la verdad con la seguridad de que no le van
a creer, puede ironizar abiertamente sobre sí mismo, circunstancia que le puede dar
una gran elasticidad intelectual, pero Zibelius piensa que «Claudius» no debe abusar
de ese proceder. Algún malpensado podría sospechar, y tampoco está bien que a uno
le empiecen a tomar en todas partes por un loco.
Basando sus palabras en ese y otros razonamientos, Zibelius le dice:
—Establece con el pasado de Esbembo una relación normal, todo lo normal que
puedas, por lo menos ante los demás. Déjales claro que eres otra persona, pero evita
hacerles pensar que estás partido o que eres dos… Te digo esto porque van a venir a
buscarte tus padres. Hoy cenarás en su casa.
—¿Irá también Rosana?
—Por supuesto. Ella será la que te traiga de regreso a la clínica.
«Claudius» va a hacer una última pregunta cuando ve que se abre la puerta del
jardín y que aparecen Leónidas y Carlota.

Mientras se dirigen en automóvil hacia El Viso, «Claudius» siente que se


intensifica su apetito sexual y no puede pensar en otra cosa. Carlota y Leónidas
hablan, pero él ni siquiera les presta una atención flotante. No entiende cómo ha
podido pasar casi un año sin relaciones sexuales. No sabe muy bien quién es, pero sí
sabe que quiere llegar a las bragas de Rosana, que quiere apartarlas con delicadeza y
beber el ámbar líquido de sus labios más femeninos. Carlota le dice:
—¿Estás bien, hijo mío?
—Estoy muy bien, mamá. Tengo la impresión de estar viviendo por primera vez.
—Mi cielo… —susurra Carlota, acariciando sus cabellos.
—¿Y Rosana?
—La hemos invitado a la cena, pero dime una cosa, hijo. ¿Hemos de creer que es
tu novia, como ella misma nos ha dicho?
—Lo es. He tenido muchas novias, pero como ella ninguna.
—¡Dios te oiga!

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En el chalet de El Viso «Claudius» se mueve como un sonámbulo, ante el
asombro creciente del perro, que no acaba de fiarse de él, en cambio Lucio, el gato de
ojos amarillos, le observa de otra manera, como si lo conociese más a fondo que los
demás.
—Parece como si no reconocieras nuestra casa —le dice Carlota.
«Claudius», que ha visto fotografías de la casa en el despacho del doctor Zibelius,
comenta:
—Mi memoria no es la misma que antes, pero algo recuerdo… El bosquecillo de
tilos, el invernadero… ¿Yo viví aquí antes de irme a la Torre de Madrid?
—¿Lo dudas? Pues aunque lo dudes, aquí tienes todo un territorio para tu
memoria. Aquí naciste, aquí pasaste la infancia y la adolescencia, y aquí has
regresado siempre que tenías problemas que te daba pereza resolver… Cada rincón
de esta casa tiene algo tuyo…
«Claudius» mira a su alrededor y deja que recuerde su cuerpo, que recuerde su
piel.

Llevan un rato tomando aperitivos en el jardín cuando llega Rosana con un


vestido blanco, muy parecido al que llevaba el día del accidente, y enseguida se
ponen a cenar junto al bosquecillo de tilos y la piscina. «Claudius» siente que está
seduciendo a sus nuevos padres más que antes y se complace en toda clase de
delicadezas.
—Me asombra que ya no levantes la voz —dice Leónidas, gratamente
sorprendido.
—¿Antes levantaba mucho la voz?
—No mucho, pero lo hacías —comenta Carlota.
—¿No mucho? Antes de irse a la Torre de Madrid solía ponerse como un
basilisco siempre que bebía…
«Claudius» mira a Leónidas y a Carlota con humildad y susurra:
—Lo siento, lo siento. Cada vez que me cuentan algo de mi pasado quiero
esconderme bajo la tierra.
—Tampoco es para tanto —protesta Rosana.
—Es verdad —musita Leónidas—. Brindemos.
Hacia el final de la cena, los cuatro forman una burbuja de calor dentro de la cual
hablan de la vida, de la muerte, y del extraño vínculo que existe entre padres e hijos.
«Claudius» se sabe el centro de atención y suavizando la voz deja que sus familiares
entren en un hechizo parecido al que puede provocar el doctor Zibelius.
A media noche Leónidas y Carlota se retiran.

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—No os demoréis demasiado, que el doctor Zibelius ha dicho que quiere verte en
la clínica antes de las dos de la madrugada —le dice Carlota a «Claudius».
—Nos iremos enseguida —susurra él—, pero antes quiero hablar un rato con mi
novia.
«Claudius» besa a Carlota y Leónidas, les desea felices sueños y se queda en el
jardín con Rosana. En cuanto se saben solos, se miran con fijeza y con ansia, como si
llevaran tiempo deseando ese momento. Están el uno frente al otro, separados por el
círculo de la mesa, y ella lleva un rato poniendo cara de felicidad.
«Claudius» la contempla cautivado, se fija en su vestido blanco, en sus ojos
verdes y profundos, que parecen haber explorado más que los suyos el misterio de la
vida, y piensa que se encuentra ante una mujer que no está acostumbrada a pasar
inadvertida.
Rosana le propone fumar un poco de marihuana en una pipa de agua que guarda
en el bolso. Con mucha delicadeza la ceba, da una calada, se acerca a «Claudius»,
pega los labios a los suyos y le pasa el humo de boca a boca. «Claudius» piensa que
aquello es más que besarla y más que tocarla. Es respirar su aliento, es acoger su
espíritu en cada bocanada. Imposible imaginar, en aquel día y aquella hora, un
narcótico más poderoso. Ya empieza a sentirse en otro mundo cuando Rosana le
introduce su dedo índice en la boca.
«Claudius» siente un gran deleite al lamer el dedo que tan gentilmente le ofrece
Rosana y cree que se halla en el preludio de una aurora boreal llena de sensaciones
nuevas. Besa con todo el fervor el dedo, lo introduce enteramente en su boca y le
dice, con los movimientos de su lengua, que la desea más que a su vida y que le
gustaría lamer todo su cuerpo para llevar a cabo con ella los más deliciosos trabajos
de Venus que se han visto bajo el cielo estrellado de Madrid. Pero justo en ese
momento Rosana se aparta de él y le dice:
—Supongo que recordarás, al menos un poco, la noche que pasamos en tu casa.
—Ya te dije que no recuerdo nada.
—No te creo.
—Te lo juro. He olvidado mis amores y mis odios, he olvidado cómo se practica
el sexo… Dios mío, tienes que creerme. Me siento como un recién nacido.
Rosana lo mira con asombro y le indica que se siente en el diván que se halla a la
derecha. Ya está sentado cuando ella analiza sus manos y su rostro, y le dice que ya el
primer día en que lo volvió a ver advirtió en él una amabilidad y una dulzura que se
le antojaban nuevas. Luego susurra:
—¿De verdad que no recuerdas cómo se hace el amor?
—De verdad.
—Entonces voy a darte la primera lección. Has de saber, Claudio, que los cuerpos
son moradas a las que no hace falta llegar con prisas, y son muy paradójicos los
caminos de la felicidad… A veces basta un simple dedo, como habrás podido
comprobar.

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—Cierto, o una bocanada de humo…
—Así es, cuando lamías mi dedo me estremecí varias veces, Claudio, ¿te lo
puedes creer? —dice, y empieza a acariciar el brazo de «Claudius» para enseguida
añadir—: Te noto más dulce que antes, más suave…
Rosana hunde las manos en los cabellos de «Claudius», lo atrae hacia ella y
empieza a besar su boca. Él se anima y besa sus ojos, sus mejillas, su cuello, sus
pechos, sus piernas, sus rodillas, sus tobillos, sus pies. Luego va ascendiendo, con
más prisa, en busca de la zona húmeda de las bragas, y allí se detiene largo tiempo,
como perdido en un paraje donde el aire huele solo a mujer.
Los dos siguen en el reino de la ternura cuando Rosana le dice:
—No puedo entender que no recuerdes nuestra noche loca, justo antes del
accidente. Entonces eras otra persona, más salvaje, más bestial, más intransigente.
Me dejé arrastrar por ti y luego me arrepentí. He pasado una larga temporada en el
infierno, como ya te dije. Me prometí a mí misma no volver a las andadas contigo. He
llegado a aborrecer mi propio ser… Y de pronto, me sorprendo a mí misma besándote
otra vez. Pero ahora es diferente, muy diferente. Sé que te estoy ayudando a volver a
la vida, lo sé. Sé que más que una amante, soy como tu comadrona de las caricias, y
te estoy ayudando a parirte a ti mismo, a redescubrir tu sensualidad, a redescubrir tu
deseo. Júrame que me quieres más que antes, mucho más.
—Te lo juro —dice él, y se echa a llorar.
Rosana lo estrecha con delicadeza y susurra:
—Voy a pensar que el accidente ha sido para los dos providencial. ¿Quieres que
hagamos el amor?
—Sí.

Corren hasta el garaje y se meten en el coche de Rosana, avergonzados de su


ansiedad, como dos gatos en celo. Ya dentro del automóvil empiezan a devorarse. Es
como volver a los momentos anteriores al desastre, cuando todo en Madrid olía a
deseo. Ella susurra:
—¿Estaremos condenados?
—¿A qué?
—A aceptar lo insólito como si fuese algo normal. Ahora es como si te estuviese
amando después de la muerte.
—Es eso, corazón, es exactamente eso. No entiendo cómo no he enloquecido de
nostalgia, Rosana, de nostalgia de tus pechos tan agudos, de nostalgia de tus piernas,
frescas e idénticas como dos primaveras siamesas, de nostalgia de tus ojos, de
nostalgia de tus labios, de nostalgia de tus entrañas que me parecen aire convertido en
carne. Sabes tanto a mi propia fiebre —dice «Claudius», cayendo en la cuenta de que
está hablando como Esbembo.

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—Habla, habla siempre, amor. ¿Sabes que me inundas de ternura? ¿Sabes que
tienes en la boca un tesoro?
—Yo en la boca y tú en los labios y en el corazón —le dice él, y empieza a
deslizar la mano bajo sus bragas.
El amanecer los sorprende fuera de sí, en el asiento trasero del coche. Leónidas,
que no ha conseguido conciliar el sueño, cree oír ruidos y se acerca al garaje. Pega la
cara al vidrio trasero del automóvil y los ve acoplándose con fiereza. Leónidas corre
hasta el dormitorio conyugal y le dice a su mujer:
—Claudio está practicando el sexo con Rosana.
—¡Me alegro! Vuelve a ser él —exclama Carlota llena de alivio.
Media hora después, Rosana lo devuelve a la clínica, en cuyo jardín los está
esperando el doctor Zibelius, tomando whisky y fumando un puro.
Son las dos de la mañana. El doctor espera a que «Claudius» se duerma y una
hora más tarde se dirige a la casa de Morente donde van a celebrar una fiesta privada.
Zibelius y Marcovi no suelen hablar de sus secretos profesionales con Morente,
pero lo tienen por un excelente amigo y nunca se privan de disfrutar de su
hospitalidad.

Ubicada muy cerca de una de las cascadas del Guadarrama, la casa campestre del
doctor Morente es una edificación racionalista desde la que se escucha el rumor del
agua.
En otra época, la casa había sido albergue de melodramáticas orgías, pero ahora
todos se han hecho más prudentes. Hoy sin embargo la velada va a estar amenizada
por varias profesionales del sexo, pero llegarán tras la cena, con sus pantalones
prietos y sus sonrisas de una falsedad que solo a los borrachos les resulta
emocionante.
El doctor Zibelius, que se halla apoyado en una de las columnas de la terraza,
mira hacia la cascada y comenta:
—El otro día me dio por pensar que mi apatía sexual me ha convertido en un
científico…
—Yo nunca me he creído tu apatía sexual —dice Marcovi.
—Lo sé, y me extraña. Eres un hombre de poca fe e ignoras la felicidad que a
menudo me embarga… Si supieras que los grandes maestros taoístas de la antigüedad
me dan la razón desde su cielo ideológico e inmaterial, si lo supieras… ¿Me has visto
alguna vez embelesado con algún hombre o alguna mujer?
—No.
—¿Lo ves? Mis historias amorosas son mucho más difusas que la niebla. No
consigo desear como tú y como Morente, y he empezado a considerarlo una ventaja
suprema; solo quería decirte eso.
—Te juro que no te entiendo.

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—No te lo reprocho.
—¿Tengo que darte las gracias?
—No es necesario.
El fuego de la barbacoa en la que se asa medio cordero, la pesada humareda, los
vasos de cristal de roca, parecidos a copones y llenos de vino negro, la euforia de la
cocaína, y las chicas, brillantes como alabastros, recién aseadas y recién salidas de
una reputada agencia… Todo incita a abrirse sin reparos a los alimentos terrenales,
por lo menos eso piensan Marcovi y Morente.
El doctor Zibelius empieza a bailar lejos de ellos, sobre una roca que linda con un
precipicio. Da vueltas y más vueltas. Podría caerse al abismo, pero se detiene a
tiempo. Vuelve junto a sus amigos y brindan eufóricos.
Marcovi y Zibelius se apartan de Morente y murmuran:
—La rubia se parece a la mujer que visita a «Claudius». ¿Qué estará haciendo
nuestra criatura?
—Durmiendo como un bendito.
Brindan de nuevo. Huele a carne asada más que antes, a grasa humeante, a flores
quemadas y a vino derramado. Zibelius da una palmada y empieza a imitar la danza
de Zorba el Griego.
Luego llega la cena y tras la cena los movimientos lascivos. Es el momento en
que Zibelius deja a sus amigos y se refugia en la biblioteca con una botella de whisky
y el cuaderno negro de su padre. Una vez más, lee emocionado la página en la que
dice:

Madrid, diciembre de 1970

Teníamos el plasma de la vida encima de la mesa y no nos dábamos cuenta, y no


me daba cuenta. Que la materia prima para su elaboración provenga de los fetos y
los cordones umbilicales no tendría que sorprender a nadie. ¿De dónde si no?
Por ahí veo locos empeñados en llevar a cabo trasplantes de cerebros y cabezas
olvidando lo esencial.
¿Con qué soplete soldar la espina dorsal? El doctor White es uno de esos locos
que empieza la casa por el tejado y que quiere trasplantar cabezas sin haber resuelto
el problema del nexo medular. Ahí ha estado siempre la verdadera dificultad: sin
fuego soldador todo trasplante de cerebro se convierte en una quimera, pero yo tengo
la solución al misterio: me sobrevino en Alemania como una revelación súbita. ¡Es
simple, es terriblemente simple!, pero noto mi salud muy deteriorada y aún tengo que
dar un paso más para obtener el plasma. Sé cómo darlo, pero tendría que poder
levantarme de la cama. Ojalá mi hijo continúe con mis experimentos y no le importe
que su destino y el mío converjan y se junten en este cuaderno.

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Tras la lectura de la página, creyó estar regresando al pasado y ya no pudo
soportar más tiempo en la biblioteca de Morente. Así que salió a pasear en compañía
de la luz del alba y una petaca de whisky. Iba sollozando por calles residenciales que
olían a familias muertas y a perros fieros que las protegían de su miseria y su olor a
heces compartidas. Iba llorando de emoción por lo que acababa de leer cuando dejó
atrás las zonas residenciales y empezó a subir por la montaña, entre frondosos pinares
y torrenteras. Al lado de una charca vio a varios rebecos que le entusiasmaron por su
agilidad y su belleza. Dejándose llevar por la imaginación se preguntó qué ocurriría si
al cuerpo de un rebeco le injertasen la cabeza de un lobo. La mente de un depredador
en el cuerpo de una presa. ¿Desearía devorarse a sí mismo? ¿Qué batallas interiores
se llevarían a cabo en un organismo así? Por descontado que no se planteaba realizar
semejantes experimentos, pero no podía evitar hacerse preguntas que lejos de
horrorizarle mantenían muy despierta su sesera y le procuraban una cierta euforia
intelectual.
Llevaba un rato subiendo entre hayas centenarias y helechos cuando se topó con
un restaurante en medio de las arboledas que se llamaba El Horizontal, y en el que ya
había estado alguna vez.
Aún no habían abierto pero le dejaron entrar, le sirvieron un buen whisky de
malta y le dejaron que se sentase junto al fuego de la chimenea. ¡Qué felicidad sintió
de pronto, junto a los troncos de encina que ardían pausadamente! Mientras miraba
las llamas con la fascinación de un niño pirómano, creyó ver su propio futuro, lleno
de experimentos, de derrotas y de aciertos, y le asombró verlo como un futuro
nómada.
Entonces se acordó de su criatura como una madre se acuerda de pronto de su
hijo, y pensó que había llegado el momento de regresar a la clínica para ver cómo
seguía «Claudius».

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8. NOSTALGIA DE CASTELL

La sensación de pérdida retorna a «Claudius», unida a la sensación de impotencia.


Desea a Rosana, quisiera poder verla todos los días. Ansía más libertad y más
identidad. No quiere seguir tan partido, no quiere seguir tan lejos de Vicenç Castell.
¿Acaso él no es Vicenç Castell Villar, hijo de Francesc Castell y Llaura Villar? De
pronto piensa en sus padres, en sus otros padres, los que lo creen muerto, los que
asistieron a su entierro, a su verdadero entierro, al de su cuerpo, ellos, los infelices, y
toma la decisión de escaparse una noche hasta su antiguo piso junto al río y el
cementerio de San Justo.
Como tantas otras noches, cena con el doctor en un comedor que da al jardín de
los locos. Por primera vez desde el accidente, empieza a sentirse demasiado
presionado por Zibelius, y desconfía de él. Piensa que es Zibelius el que está matando
en él a Vicenç Castell y empieza a disparársele la cabeza.
—¿En qué piensas? —dice Zibelius.
«Claudius» consigue sonreír con naturalidad y susurra:
—En el mundo. Perdí un mundo y estoy encontrando otro.
—Me alegro de que te estés adaptando tan bien a tu nueva vida. A la hora de la
verdad, no solo tienes que tener en cuenta mi responsabilidad y la de mis amigos,
también tienes que tener en cuenta tu propia responsabilidad. Importa mucho que seas
consciente de que contienes, en tu mismo organismo, las claves del futuro. Si superas
de verdad tu primera muerte y te asientas de verdad en el reino de la vida, con
determinación y con coraje, será para gritar eureka, eureka… Serás la prueba de que
el cerebro humano puede colonizar un cuerpo ajeno y superar las fronteras del
espacio y el tiempo. Parte del notorio retraso que padece la humanidad es debido a lo
poco que vive el cerebro humano. ¿Te imaginas que el cerebro de Platón, de
Aristóteles, de Galileo, de Nietzsche, de Einstein hubiesen podido vivir trescientos,
cuatrocientos años? ¿Te imaginas lo que eso supondría para la humanidad? Imagino
un tiempo en que los cerebros más dotados puedan emigrar por muchos cuerpos, más
allá de las limitaciones del espacio y el tiempo. Primero serán los trasplantes, pero
más tarde se llegará a otro procedimiento más limpio y más directo. Si suponemos
que un cerebro es un montón de información con conciencia, ¿no llegará acaso el día
en que toda esa información pueda pasar de un cerebro a otro sin necesidad de
trasplante alguno, como pasa la información de uno a otro ordenador? Incluso podrán
crearse cápsulas de conciencia, con toda la información de una conciencia contenidas

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en ellas. Cápsulas que se podrán conservar indefinidamente, y que indefinidamente
podrían colonizar cuerpos. Imagina el momento en que sea posible coger un cerebro
joven y limpiarlo de información como se limpia un ordenador, e imagina que
introducimos en ese cerebro limpio toda la información de otro cerebro,
absolutamente toda. En ese momento estaremos llevando a cabo trasplantes de
cerebro a través de una cirugía totalmente limpia.
«Claudius» siente que las palabras del doctor le trasladaban al infierno de Dante y
pone cara de horror.
No mucho después, Zibelius le inyecta el suero antirrechazo y lo deja solo en su
cuarto.
Hacia las once de la noche ya se hallan los dos acostados y hacia las doce
«Claudius» se levanta, coge dinero de uno de los cajones del despacho de Zibelius, se
desliza hasta la puerta, sale a la carretera y llama un taxi desde la cafetería de la
gasolinera.
Cuarenta y cinco minutos después «Claudius», que ahora vuelve a ser Vicenç
Castell, se halla ante la puerta de su buhardilla. La puerta, que no parece trancada,
cede emitiendo un chirrido. El apartamento está vacío y siente terror. Piensa que el
vacío de la buhardilla es la mejor imagen de su propio vacío. Se acerca a la ventana
trasera y contempla el cementerio.
Con espanto renovado, le sobreviene la certeza de que lo están volviendo loco y
de que no es posible aceptar que habita en otro cuerpo. Necesita ver su propia tumba,
la de Vicenç Castell Villar, necesita tocar su propio cadáver y decide coger el primer
avión que salga hacia Barcelona.

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IV
EL CUERPO DE CASTELL

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1. BARCELONA BLUES

Fue un aterrizaje difícil, sobre un aeropuerto azotado por una tormenta tan
imprevista como fulminante. Una vez más, «Claudius» notó que regresaba a su otro
ayer y al llegar a la parada de taxis empezó a sentir escalofríos.
La lluvia venía cargada de hollín y en algunos lugares dejaba manchas que
parecían de acuarela negra, ligeramente desvaída. Se subió a un taxi que lo dejó en la
plaza de Cataluña, cuando ya había parado de llover.
Desde la plaza, fue subiendo como un zombi por el paseo de Gracia. Los edificios
más emblemáticos del paseo se le antojaban palacios medio derruidos y las personas
que circulaban a su alrededor no tenían consistencia y le resultaban volátiles y
espectrales como fantasmas gravitando en una atmósfera gris.
Junto al metro Fontana, se subió a otro taxi que lo dejó en Vallvidrera. Necesitaba
una visión panorámica de la ciudad. Deseaba poder abarcar toda la ciudad con sus
brazos, y desde Vallvidrera se fue andando hasta el Tibidabo y se metió en el parque
de atracciones. No tenía que haberlo hecho. Aquel parque, el más antiguo de
Barcelona, con su museo de autómatas, su noria, su montaña rusa y el avión que
giraba sujeto a un soporte, le trasportó a los días más efervescentes de la infancia.
Detenido en una de las terrazas del parque, contempló la ciudad y reventó en
sollozos. La atmósfera perlada y gris le daba a Barcelona un aire completamente
onírico que no le ayudaba a tocar realidad.

Volvía a sentirse un muerto que retornara a través de un vuelo astral al lugar


donde trascurrió su vida y no fuera capaz ni de reconocer los edificios que le salen al
paso ni de reconocerse a sí mismo.
Conocía a la mujer que trabajaba de taquillera en el museo de autómatas, pues
había sido vecina suya en el Paralelo, y se acercó a ella. Olvidándose de pronto del
cuerpo en el que se asentaba su cerebro, se dirigió a ella en catalán:
—Bona tarda, Mercè —le dijo—. No em reconeixes? Sóc el Vicenç Castell[1].
La mujer le miró sorprendida y le espetó:
—Vostè no és el Vicenç. Està burlant-se de mi?[2]
Solo entonces cayó en la cuenta de que su cuerpo no era el de Vicenç y huyó de
allí temblando de espanto.
«Claudius» se hallaba cada vez más extraviado en un pasado que no encajaba con
su presente y Rosana se sentía cada vez más perdida en un presente que no encajaba

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con su pasado.

Beatriz la telefoneó varias veces pero se negó a coger el aparato. No quería pensar
en ella, solo quería pensar en Claudio, en el nuevo y resplandeciente Claudio, al que
le tenía que enseñar a amar, a vivir, a sentir la gloria de la vida.
Fantaseaba con él mientras bebía más de la cuenta. Imaginaba que se escapaban
juntos a una isla del Pacífico, pero desde los sueños idílicos se deslizaba enseguida
hacia el infierno. Pensaba que Claudio podía morirse en cualquier momento. Lo veía
convertido en un licenciado Vidriera, inestable, fragilísimo, a punto de quebrarse
siempre.
Llamaron a la puerta. Deseaba no abrir, pero lo pensó dos veces y finalmente
abrió. Era Beatriz. Llegó simulando euforia, y con ánimo de ofender, mintió y le dijo
a Rosana que había copulado con Claudio en el balcón de su piso de la Torre de
Madrid.
Rosana la miró con asco, le atenazó el cuello con las manos y gritó:
—¡Eso es mentira! Claudio solo piensa en mí, solo vive para mí y ha regresado a
la vida por mí. ¡Dime la verdad o te estrangulo, ramera inmunda!
Roja de miedo y de ira, Beatriz se retractó y le aseguró que intentó seducir a
Claudio, pero sin el más mínimo éxito. Rosana la arrastró hasta el vestíbulo, la arrojó
de su casa y cerró brutalmente la puerta.
De nuevo sola, se sirvió otra copa y se puso a escuchar La Resurrección. También
ella creía estar resucitando, si bien no acababa de saber en qué lugar del deseo se
estaba llevando a cabo su renacer.

Desde Vallvidrera, «Claudius» bajó en el funicular hasta Sarriá, y desde allí


descendió en metro hasta el Paralelo, su barrio más querido y en el que había nacido.
Se hallaba junto a las escaleras de la calle San Beltrán cuando regresó la lluvia,
que difuminaba las casas y las tres chimeneas. Aquí nací, pensó, en la negra calle que
había, ¿que hay?, tras las chimeneas.
La avenida había cambiado. Antes era más negra y de contrastes más violentos,
pero seguía conservando una fisonomía especial dentro del laberinto de la ciudad, en
parte porque representaba una de sus fronteras con el mar.
Entró en una tienda de ropa para comprarse una gabardina con capucha y después
se acercó al hotel Portamar, en el número 46 de la avenida. Allí alquiló una
habitación y se puso la gabardina, que lo hacía parecer un penitente. Con esa
indumentaria salió del hotel y se encaminó hacia la casa de sus otros padres.
Ya en el portal, miró el buzón, y vio que Francesc y Llaura seguían ocupando el
quinto piso del inmueble. Subió en el ascensor chirriante y llamó a la puerta. Le abrió
su padre y su primera intención fue abrazarlo. Al fin se hallaba ante Francesc Castell,

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tan nervudo como siempre, aunque bastante más viejo que cuando lo vio por última
vez. Ojos muy vivos, rostro anguloso y surcado de arrugas hondas como cuchilladas.
Allí estaba el viejo enterrador que tanto tuvo que luchar para que él pudiese cursar
estudios universitarios.
«Claudius» se echó a llorar.
—¿Quién es usted? —preguntó Francesc.
Conteniendo los sollozos, «Claudius» acertó a decir:
—Verá, yo soy el hombre que se cruzó con Vicenç Castell en una carretera de El
Escorial. ¿Puedo pasar?
Lleno de estupor, Francesc le dejó pasar y caminó hasta la salita sintiendo que
allanaba el lugar más frecuentado de su pasado. Enseguida notó un olor
indefiniblemente familiar y se volvieron a humedecer sus ojos. Ya en la salita, tembló
al ver a su madre y a punto estuvo de arrojarse a ella.
—Siéntese —le dijo la mujer, que lo había oído desde la salita.
«Claudius» se derrumbó sobre la butaca y se quedó mirándolos en actitud
ausente.
—¿A qué ha venido? —preguntó Francesc.
Mientras observaba una fotografía en la que aparecía junto a su padre, «Claudius»
dijo:
—He venido a decirles que lamento profundamente lo ocurrido, que nadie lo
puede lamentar más que yo. Para mí ha sido como quedarme sin cuerpo.
—No sea cínico —murmuró la mujer.
—Les hablo rigurosamente en serio.
—El único que se ha quedado sin cuerpo ha sido nuestro Vicenç.
—¿Y creen que no lo sé?
—Mire, señor —atajó Llaura—, esto me empieza a parecer un diálogo de necios
y me carga mucho que se atribuya nuestro dolor, entre otras cosas. O es usted un
fantoche o está endemoniado.
«Claudius» volvió a sollozar.
—¿Y si yo les dijera que cargo con toda la memoria de Vicenç, con todo su
pasado?
—¡Usted no puede cargar con eso! ¡Nadie se lo ha pedido! —rugió Francesc.
—¿Quieren que les hable de aquel domingo en que Vicenç estuvo a punto de
ahogarse en la Barceloneta? ¿Quieren que les hable de aquel viaje en ferry hasta
Italia? ¿Quieren que les hable de aquel incendio al otro lado de esta calle, junto a las
tres chimeneas? Las llamas llegaban hasta esa ventana… —dijo «Claudius»
señalando la ventana de la salita.
—¡Usted está en poder del diablo! —clamó Llaura—. Primero nos robó el cuerpo
de Vicenç y ahora le está robando el alma. ¡Es inaudito!
—No vayan tan lejos… Piensen que quiero hacerme cargo de toda la memoria del
ausente, piensen que deseo que viva en mí, que germine en mí. No saben lo que daría

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por poder ver el cuarto donde dormía de niño, la colección de sellos, que según creo
dejó aquí. Necesito ver su tumba, lo necesito con urgencia. ¡Tienen que decirme
dónde está su tumba! —gritó fuera de sí.
—No se lo diremos —murmuró Llaura.
—No me hables así, madre mía, mírame bien, mírame a los ojos, madre, que
vengo muy cansado de todo, que vengo casi muerto, mírame a los ojos…
Llaura empezó a temblar.
—Ay, Dios mío —musitó.
Francesc se acercó a él, le obligó a incorporarse y, sujetándolo de las solapas de
su gabardina, le escupió a la cara:
—Usted no puede llamar madre a mi mujer, y le juro que como vuelva a hacerlo
le estrello la cabeza contra la pared.
«Claudius» cerró los ojos y como si estuviese en trance empezó a decir:
—Recuerdo aquel verano en las lagunas de Villafáfila, recuerdo el atardecer,
cuando el sol de color naranja parecía rodar sobre la lámina de plata, recuerdo los
flamencos, los gansos, las espátulas, las avutardas, recuerdo la culebra de agua que
tanto me asustó y que papá atrapó con las dos manos…
Francesc soltó a «Claudius», que volvió a caer como un fardo sobre la butaca.
—Este sujeto es un farsante y me pregunto qué está buscando. ¿Quiere nuestro
dinero, sinvergüenza? —dijo Francesc, mirando a su mujer—. Debió de conocer a
nuestro Vicenç, y ahora está utilizando lo que nuestro hijo le contó para
impresionarnos.
Desesperado, «Claudius» decidió recurrir al catalán con la esperanza de que así
cambiasen de actitud y empezó a decir:
—Accepteu que sóc el Vicenç encara que no ho sembli. No estic en el meu cos,
això és tot, però el meu cervell és el del vostre fill, i per això recordo que d’infant
anava amb vosaltres a una petita platja al costat de les illes Formigues. Jo sóc el
vostre fill, ho he sigut sempre.
—Déu meu, parla català com el nostre Vicenç, amb el mateix to de veu i accent.
Aquest home és un dimoni —clamó Llaura.
—Tens raó. Un autèntic dimoni[3] —dijo Francesc.
«Claudius» cerró de nuevo los ojos y permaneció inmóvil en la butaca.
—Lárguese de aquí. —Oyó decir en castellano.
Se incorporó pesadamente y sin mirar a nadie musitó con voz temblorosa:
—¿No me van a decir dónde está mi tumba?
Francesc y Llaura lo empujaron hasta el ascensor. «Claudius» se dejó conducir sin
oponer la más mínima resistencia. Cuando ya estaba bajando, Francesc y Llaura le
oyeron gemir como una fiera herida y se echaron las manos a la cabeza.

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2. SOY TU CALAVERA

De nuevo en la calle, regresó a la región más doliente de su pasado y permaneció un


rato apoyado en un buzón de Correos, dejándose envolver por las luces del Paralelo.
Volvía a llover, y se difuminaban ante sus ojos los neones recién encendidos. En el
prematuro atardecer, pues no debían de ser más de las cinco de la tarde, todo en
Barcelona le arrastraba hacia la desdicha.
A la altura del teatro Apolo, volvió a cruzar la avenida y avanzó por la acera
derecha. Pasó ante el teatro Arnau y ante el café Español, donde tantas veces se había
emborrachado con su amigo Wilfredo. ¿Wilfredo? «Claudius» tembló al pensar en lo
mucho que se había erosionado la memoria de Vicenç desde que su cerebro se hallaba
en el cuerpo de Esbembo. ¿Esbembo? ¿Estaba realmente en el cuerpo de Esbembo?
¿Y si todos le estaban engañando? Lleno de crispación, avanzó por la avenida hasta
llegar a una ferretería que se hallaba frente al cabaré El Molino, y allí compró un
destornillador y un martillo. Ya con las dos herramientas en el bolsillo de su
gabardina, paró un taxi y pidió que lo llevasen al cementerio de Montjuic. «Claudius»
recordaba el nicho donde habían enterrado a su querido abuelo David, y ahora tenía la
corazonada de que su nicho estaba junto al de David.

«Claudius» entró en el cementerio cuando más arreciaba la lluvia. El cielo se


había ennegrecido, pero se observaban en él amplias regiones fosforescentes que
iluminaban a intervalos la gigantesca necrópolis con una luz opaca y fría, que parecía
una luz muerta.
«Claudius» miró hacia su derecha y divisó los últimos muelles del puerto
mercantil, los depósitos de petróleo, los buques fuertemente amarrados y
recortándose, como negros catafalcos, contra el mar embravecido, y se creyó
transitando los parajes de un sueño.
Luego se perdió en el laberinto de cruces y panteones. Todas las posibles
imágenes del dolor iban apareciendo ante sus ojos. Rostros de mármol que parecían
surgidos de la malla enloquecida que iba formando la lluvia y que le crispaban con
sus miradas vacías. Uno de ellos parecía el rostro de un demonio que se reía de la
muerte y «Claudius» lo golpeó con el martillo, rompiéndole la nariz. Enseguida se
arrepintió, lanzó un gemido y continuó su camino hasta una plaza cuadrada, llena de
nichos. Se acercó al nicho de su abuelo, miró hacia la izquierda y vio otro nicho, casi

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a ras del suelo, en el que figuraba su nombre así como las fechas de su nacimiento en
Barcelona y su muerte en Madrid.
Pensó que en una tarde tan irredimible nadie se iba a acercar a aquel lugar no
menos irredimible y, sirviéndose del martillo y el destornillador logró despegar la
losa del nicho, hasta dar con el ataúd.
Bajo una lluvia cada vez más torrencial, consiguió arrastrar el ataúd hasta dejarlo
fuera del nicho. En ese momento su ansiedad estaba llegando al paroxismo y
temblaban sus manos cuando introdujo el destornillador por debajo de la tapa y dio el
primer martillazo.
Finalmente consiguió elevar la tapa pero no se atrevía a mirar el contenido y
permaneció un rato arrodillado ante el féretro y con los ojos cerrados.
Para darse fuerzas, empezó a gruñir como un cerdo triste, mientras abría los ojos
y miraba su cadáver. Del gruñido pasó al grito, y del grito al silencio.
—Soy yo —musitó y, ya sin escrúpulos, observó su cabeza que ya tenía forma de
calavera, de la que se desprendían trozos de carne descompuesta y reseca.
Reconoció el contorno del cráneo, los empastes, las fundas de las dos muelas, una
a la derecha y otra a la izquierda. Reconoció el traje y el anillo de plata que oscilaba
con la lluvia en el sarmentoso dedo. El agua entraba en las cuencas de sus ojos, el
agua repicaba en su calavera, que estaba vacía porque le faltaba la parte trasera del
cráneo y porque los gusanos se habían comido el cerebro de Esbembo que le
acoplaron. Aún llevaba adheridos algunos pelos, una oreja reseca y varios jirones
putrefactos del cuello.
Mi calavera sonríe sardónicamente, como todas las calaveras, pensó «Claudius»,
que de la falsa calma pasó al espanto, al sorprenderse a sí mismo con su propia
cabeza en las manos. No entendía cómo la había arrancado del cuerpo, solo sabía que
la tenía en las manos.
La calavera le miró fijamente y pareció cobrar vida.
—Aquí em tens, Vicenç, sóc la teva calavera. Entre les meves parets dures com el
granit, vaig guardar el teu cervell gairebé trenta anys. Vaig ser la llar del teu cervell,
la teva veritable casa. Però, com ja saps, va arribar la meva hora prematurament. En
canvi, tu et vas salvar colonitzant un altre cos. Aquí em tens, Vicenç, sóc la teva
calavera, i m’espanta veure’t perquè sembles Hamlet quan es va posar a meditar
davant les despulles de Yorick aquella negra nit. Però no tens a les mans la calavera
d’un bufó… O potser sí? Tens a les mans la teva calavera, i estàs en una ciutat de
pedra com Carcosa. Només ets ja un habitant de Carcosa que va morir fa mil·lennis.
[4]
Horrorizado ante aquella nueva alucinación, «Claudius» arrojó la cabeza al suelo,
que empujada por el agua rodó por la pendiente hasta desaparecer.
Fue entonces cuando creyó percibir la luz de una linterna. Una voz gritó:
—¿Quién anda por ahí?

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«Claudius» giró la cabeza y percibió una silueta al fondo de la calle formada por
dos hileras de nichos y huyó corriendo de allí.
Salió del cementerio por un lugar que conocía desde niño y tomó un sendero que
iba bordeando la peña de Montjuic, sin percatarse de que a cierta distancia le iba
siguiendo el sepulturero que lo había visto profanar la tumba. El sendero le condujo
hasta las inmediaciones del Paralelo.
Ya en el hotel, se quitó la ropa empapada y se dirigió al baño. Fue entonces
cuando se cruzó con un espejo y recordó lo que había ocurrido en el cementerio. No
se reconoció en el cuerpo de Esbembo y deseó la muerte, porque se sentía prisionero,
o porque ya no se sentía. Empezaba a dolerle el cerebro. Tenía la impresión de que
todas sus neuronas estaban ardiendo y corrió hasta la ducha.

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3. RECUERDOS DEL PARALELO

Hacía más de diez horas que Zibelius era consciente de la desaparición de


«Claudius» y, por segunda o tercera vez en su vida, creyó que perdía los nervios.
Tras analizar algunas reacciones de su paciente, llegó a la conclusión de que
«Claudius» había ido a examinar el piso de Vicenç Castell, y acudió de inmediato al
apartamento del barrio de San Justo. Llamó al timbre, pero al no hallar respuesta
empujó la puerta, que se abrió enseguida. Descubrió huellas de pasos en el suelo de la
buhardilla y lo anduvo buscando por el barrio, sin conseguir dar con él. Entonces
llamó a Marcovi y le comunicó lo ocurrido.
Una hora después, se hallaban los dos reunidos en la clínica cuando comenzó a
sonar el teléfono de Zibelius, lo cogió y no tardó en oír la voz de «Claudius»:
—Doctor, siento mi cabeza a punto de estallar y ya no sé qué hacer. Creo que me
estoy muriendo.
—¿Llevas contigo el suero antirrechazo?
—No.
—¿Dónde estás?
—En Barcelona.
—Me lo temía…
—Creo que voy a morir, doctor. He hecho algo terrible…
—¿Qué has hecho?
—He profanado mi propia tumba…
—También me lo temía. ¿Desde dónde llamas?
—Desde el hotel Portamar, Paralelo 46.
—No te muevas de ahí y procura descansar. Túmbate sobre la cama y sin
almohada, y permanece inmóvil, intentando no forzar el cerebro. Marcovi y yo
salimos ya para el aeropuerto.

Tras la llamada, «Claudius» no sabía qué hacer con sus nervios y decidió salir a la
calle. Los carteles del teatro Apolo y de la bodega centelleaban ante sus ojos, y se
habían iluminado las ventanas del dancing que se hallaba sobre el salón recreativo.
Era un baile frecuentado por la primera generación del rocanrol, la que sabía bailarlo
en todo su barroquismo vibrante y que nunca dejaba de acudir a su cita del sábado en
el salón de siempre, en la eternidad.

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Sus padres habían frecuentado ese mismo dancing antes de casarse y él también
lo había frecuentado hacia los veinte años, cuando acudía con su amigo Wilfredo para
aprender un poco de rocanrol clásico.
Observó que en el teatro Apolo actuaban los mismos artistas de siempre. Otra
imagen de la eternidad, pensó, otra imagen de lo que había permanecido igual a sí
mismo durante su larga ausencia de aquel ángulo del Paralelo tan genuinamente
americano sin por eso dejar de ser barcelonés.
Volvió a acordarse de su padre cuando le llevaba al salón recreativo y lo subía al
tren del terror, circulando por cuevas que se le antojaban espeluznantes, y de cuyas
sombras surgían seres monstruosos. ¿Estaré regresando ahora mismo a aquel tren del
escalofrío?, se preguntó.

Los ojos de Francesc Castell se nublaron recordando la época en que iba con
Vicenç a las lagunas de Villafáfila, para ver las paradas de las aves migratorias. El
aire fresco de olor a sal, las espátulas, los flamencos, ejecutando danzas nupciales
sobre una larga lámina de oro… Todo en aquel paraje incitaba a ensanchar el alma,
pensó, y también pensó que una muerte podía llevarse recuerdos de una enorme
profundidad de horizonte. Luego recordó aquella remota tarde en la que Vicenç, que
tenía unos cinco años, le preguntó qué era la muerte. Se hallaban en un apeadero
junto al mar, un día de lluvia plomiza, y los viajeros hablaban del descarrilamiento de
un tren y de varias muertes. Francesc le había dicho a su niño:
—La muerte es cambiar de mundo. De pronto hay gente que se va a otros
mundos… Quizá antes de esta vida hemos sido otras personas en otros mundos y en
otros espacios. ¿Entiendes lo que digo, hijo?
—Perfectamente —había dicho el niño, y ahora aquel «perfectamente» resonaba
en su cabeza adquiriendo una nueva significación que no acertaba a concretarse.
Francesc miró a su mujer, que llevaba dormida desde la once de la noche ante el
televisor encendido. Debía de haber tomado varios somníferos tras la cena y ahora se
hallaba perdida en la viscosidad más honda de su desdicha, donde hasta la desgracia
puede metamorfosearse en sueños de una vaga felicidad.
Sonó el timbre y Francesc acudió a abrir. Era su amigo Oriol, el enterrador que
había trabajado tantos años con él y que aún no se había jubilado. Oriol aseguraba
que habían profanado la tumba de Vicenç, y que su cabeza había rodado por las
pendientes del cementerio. Oriol le confesó que había seguido al profanador: un
individuo con una gabardina negra.
—Lo he visto entrar en el hotel Portamar —añadió.
Francesc dejó a su amigo en el vestíbulo, entró en el dormitorio conyugal, abrió el
armario, tiró de un cajón, y cogió la pistola heredada de su padre, que había sido
brigadista en la Guerra Civil. Luego guardó el arma en el bolsillo de su abrigo, volvió
junto a su amigo y dijo:

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—¿Me acompañas al hotel Portamar?
—¿No sería mejor llamar a la policía?
—Más tarde —musitó Francesc, entrando con Oriol en el ascensor.

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4. EL NUEVO ESBEMBO

Había regresado la lluvia pero a «Claudius» no le importaba mojarse y permanecía


frente al café del hotel, observando la avenida. Volvió a sentir molestias en la cabeza
y se palpó la nuca. Fue entonces cuando vio a Francesc, avanzando hacia él. Lo
seguía otro hombre, que no conseguía alcanzarlo.
Francesc lo miraba con ojos extraviados y llevaba con él una pistola. «Claudius»
adelantó la mano derecha y pidió clemencia con los ojos. Iba a decirle a Francesc:
«Padre no me mates», pero de pronto su conciencia se deslizó hacia al catalán y
suplicó:
—Pare, no em matis.
Francesc negó violentamente con la cabeza pero no disparó. No podía disparar
contra aquella voz, que de pronto le parecía la de su hijo, no podía, y tiró el arma al
suelo.
—¿Eres un fantasma o un hombre verdadero? —gritó.
—No lo sé —respondió «Claudius», antes de reventar en sollozos.

Una hora después, Francesc y «Claudius» aún seguían discutiendo en la escalera


que descendía hasta la calle San Beltrán. La gente los miraba desde la avenida, por la
que corría el rumor de que uno de aquellos hombres era Claudio Esbembo, el cronista
de las noches de Madrid.
Cuando Zibelius y Marcovi llegaron al Paralelo, proseguía la discusión de los dos
hombres bajo la lluvia. Varios flancos del barrio se habían inundado y eran
infranqueables muchas calles.
Zibelius intentó mediar entre ellos. Se acercó a Francesc, le puso las manos en los
hombros, y le dijo con voz amable y mansa:
—Caballero, intuyo que mi paciente le ha dicho que lleva con él el cerebro de su
hijo. No lo crea, por Dios, y perdone su locura. No lo crea pero no lo odie, porque esa
identificación tan extrema que siente con el muerto es hija de la culpa, y del dolor…
Váyase a casa y descanse. Nosotros nos ocuparemos de este pobre alienado.
Francesc asintió y se fue cabizbajo. Zibelius y Marcovi metieron a «Claudius» en
un taxi y se fueron hasta la plaza de Cataluña. Allí descendieron del vehículo y
bajaron hasta la coctelería Boadas, en cuya penumbra se cobijaron para hablar.
Zibelius y Marcovi se colocaron en una esquina y «Claudius» en frente. Los tres
pidieron whisky de malta.

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—Hay que reconocer que hemos estado a punto de fracasar —dijo Marcovi—.
Recordad dónde ha estado a punto de morir nuestra criatura, en una sucia escalera del
Paralelo.
—Cierra la boca —musitó Zibelius.
—No me da la gana. ¿Por qué te viniste sin avisarnos? —preguntó Marcovi a
«Claudius», que se echó a llorar.
Zibelius le dijo casi al oído:
—¿Te vas a callar? —Luego acarició los cabellos de «Claudius» y susurró—: No
le hagas caso a Marcovi. Piensa que se trata simplemente de actuar bien en la película
de la vida. Ahora te toca hacer el papel de Claudio Esbembo…, pues adelante. Tienes
más cerebro que él y más inteligencia, puedes hacer artículos mucho mejores que los
que él hacía, imitando a la vez su estilo. ¡Puedes triunfar más que él!
—¡Cierto! —exclamó «Claudius» con los ojos encendidos.
Mientras conversaban, las luces indirectas del Boadas, creando penumbras muy
contrastadas en la esquina más cálida del bar, les daban la apariencia de tres bandidos
conspirando en una cueva a la luz del fuego.
Afuera la lluvia azotaba la ciudad con fiereza. El agua corría por las Ramblas
formando dos riadas, y a veces salpicaba la puerta del Boadas, pero en la coctelería
nadie se inquietaba. En sus penumbras la vida seguía dejándose vivir, y entre sus
maderas nobles los tres se sentían en el interior de una goleta insumergible donde
daba igual que a tan solo unos metros del cristal de la puerta se estuviese organizando
ya el Diluvio Universal. Aquella paz y el alcohol hacían más llevadera la desgracia y
podían hablar de lo ocurrido como si se tratase de un sueño o de hechos que habían
acontecido hace tiempo.
Se hallaban los tres en silencio cuando entraron dos policías en el
establecimiento, uno con uniforme y otro de paisano. Al parecer querían llevarse al
cronista de las noches de Madrid y lo acusaban de profanador de tumbas.
Zibelius tuvo que decirles que su paciente no era consciente de lo que hacía y
deshacía. No fue suficiente, y tuvieron que acompañar a los policías hasta una
comisaría, donde cursaron una denuncia contra el cronista, si bien le dejaron regresar
a Madrid con los doctores esa misma noche.

Nada más llegar a Madrid, «Claudius» asumió más que nunca que estaba
suplantando a Esbembo, así que se puso a escribir un artículo para una nueva sección
que se iba a titular Nuevas noches de Madrid, y que se iba a diferenciar de la anterior
porque a los placeres mundanos se les iba a añadir cierta atmósfera seria y
existencial. El nuevo artículo, que habría de causar un gran impacto entre sus
lectores, se titulaba No quiero ser como Brian Jones y decía así:

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Fitzgerald recomendaba pensar en lo que significa el verbo disiparse: convertirse
en aire. Hubo un tiempo en que yo buscaba la disipación todas las noches, un tiempo
en que todas las noches se presentaban propicias para convertirme en aire y
desaparecer. Y casi desaparecí. Ahora toco mis manos, palpo mi rostro, y me
asombra seguir vivo ante las luces líquidas del Capitol, bajo cuya cornisa duermen
dos mendigos en los que antes no me hubiese fijado.
La vida es un dolor, dijo un poeta al morir. Un cínico, como yo lo era antes del
accidente, diría más bien que la vida es, o puede ser, una sucesión de placeres. Bien
es cierto que para ello se necesita dinero además de prestancia. Miro hacia mi
pasado y me digo una y otra vez que en la rueda del deseo no todos ocupan el mismo
lugar, y para que en uno de los radios se dé el placer en otro se tiene que dar el
dolor. Mis lectores me dirán que me estoy poniendo grave. Podría ser, pero cuando
has presenciado como quien dice tu propia muerte, cuando al despertar has sentido
como si hubieses cambiado de cuerpo, te desprendes de repente de capas y capas de
asfixiante frivolidad, y tiendes a tocar materia con más conciencia y más facilidad.
Has viajado a tu manera a la región de los muertos, has tocado la verdadera
oscuridad, y esa oscuridad total lo ilumina todo de otra manera. Nadie pasa
impunemente por el averno. Antes buscaba sin descanso el rostro de la belleza y el
rostro de la ansiedad, ahora me pregunto si no estoy buscando, desde que desperté,
el rostro de la bondad. ¿Lo he encontrado? Juraría que sí, y no solo una vez o dos.
¿Y si la bondad fuese la categoría más elevada de la belleza? No quiero ser como
Brian Jones ni quiero acceder a la gran experiencia tan prematuramente como él.
Sé que Rimbaud decía que no necesitaba la belleza. Y quizá no mentía, pero la
bondad la necesitó muchas veces antes de irse a morir como un infeliz junto a la
mujer que lo trajo al mundo.
Nunca digas que no necesitas la belleza, nunca digas que no necesitas la bondad.

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V
FOLÍA

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1. LA DROGA DE LA DESINTEGRACIÓN

Son las doce y media de la noche en Madrid. La ciudad ya lleva algunas horas de
oscuridad. Muchos ciudadanos están a punto de irse a la cama. Cenaron a las diez,
vieron un rato la televisión y a eso de media noche los bostezos incesantes les
indicaron que había llegado el momento de rendirle tributo a Morfeo.
Totalmente ajenos a esos horarios tan ingratos, un grupo de noctámbulos se hallan
en plena farra en el Cock. Un individuo al que todos llaman Esbembo acaba de
subirse a una mesa para bailar mientras alza su jarra de cerveza y canta con voz de
trueno:

Noches de Madrid con su claridad


que me ciega y me hace enloquecer,
porque sé que tú
ya no acudirás
por la noche al café Central.

Noches sin amor, noches de ansiedad,


no puedo seguir en la ciudad
porque sé que a mí
ya no me besarás
bajo el cielo inmenso de Madrid.

Todos los que le rodean cantan a coro con él, ríen a carcajadas, chocan
salvajemente las jarras, gritan, aúllan, blasfeman.
La fiesta concluye a las dos de la mañana, hora en la que Rosana le sale al
encuentro a la puerta del local para censurarle su comportamiento.
—¿Por qué no me llamaste? ¿Ya vuelves a las andadas?
Mientras avanzan hacia la esquina en la que Rosana ha dejado aparcado su
vehículo, «Claudius», muy borracho, intenta excusarse:
—Verás, no puedo cambiar completamente de conducta de la noche a la mañana.
Bien es cierto que ya está apareciendo otro Esbembo en mis nuevos artículos, pero
eso no quiere decir que haya renunciado a la noche. Entiéndeme, me quedaría sin
trabajo. Vámonos a tu casa. Tengo que hacerte revelaciones que te van a asustar.

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Una hora más tarde se hallaban sentados el uno ante el otro en un rincón del salón
al que llegaba la luz del alumbrado callejero. Rosana lo miró con inquietud y
preguntó:
—No puedo asimilar lo que venías diciéndome en el coche. ¿Tengo que creer que
llevas el cerebro de Castell?
—Sí, sí, tienes que creerlo. ¿Quieres que te hable en catalán?
«Claudius» empezó a contarle en catalán a Rosana todos los recuerdos de su
infancia. Ella lo miró aterrada. «Claudius» interrumpió su relato diciendo:
—Probablemente los Esbembo son de origen catalán. Una tarde le oí decir al
padre del cuerpo que ahora tengo que el apellido derivaba de la frase catalana és ben
bo: es bien bueno: Esbembo. Y hay que reconocer que Claudio era un hombre muy
guapo.
Rosana volvió a mirarle con inquietud y murmuró:
—Creo que te estás volviendo loco.
—No, mírame a los ojos y deja que te pase directamente mis pensamientos.
Rosana le hizo caso y creyó que él le trasmitía directamente todo el fluir de su
pensamiento. Ahora entraba en razón. No estaba ante un solo hombre, estaba ante dos
y por eso la mirada de Esbembo había cambiado tanto.

Zibelius se hallaba cada vez más preocupado por la conducta que estaba
adoptando su criatura desde su regreso de Barcelona. Le alarmaba lo mucho que
«Claudius» había empezado a beber así como su empeño en irse a vivir al
apartamento de la Torre de Madrid. Tenía la dolorosa impresión de que estaba
perdiendo a su hijo, y le asustaba la posibilidad de que «Claudius» se fuera de la
lengua en alguna de sus borracheras.
Esa noche, estuvo presenciando sus excesos oculto entre los clientes del Cock, y
lo vio subir a un coche con Rosana. Como necesitaba tener pruebas acerca de su
posible indiscreción, siguió al coche de Rosana con su propio auto, en compañía de
un empleado de la clínica que entendía de cerrajería.
Media hora después, vio a «Claudius» y a Rosana entrar en un inmueble de la
plaza del Cordón y esperó en la calle hasta que su empleado consiguió abrir primero
la puerta del portal y más tarde la del apartamento. Solo entró en el piso Zibelius, que
se deslizó descalzo por el pasillo hasta detenerse tras un biombo que bloqueaba
parcialmente la entrada al salón. Desde allí estaba ahora escuchando la conversación
de Rosana y su criatura. La confirmación de que «Claudius» no era de fiar le produjo
satisfacción intelectual y afianzó su creencia de que a él no se le escapa ni una, pero
al mismo tiempo le llenó de un temor muy próximo al pánico. Veía totalmente
necesario controlar los movimientos de Rosana y «Claudius» y decidió recurrir a una
droga que llevaba consigo.

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Zibelius entró en la cocina, abrió el frigorífico y vertió el contenido de un
frasquito azulado en una botella de vino blanco que parecía recién abierta. Acto
seguido abandonó el apartamento, y regresó con su operario a la clínica.

Cada vez más alarmada y emocionada por las revelaciones de «Claudius»,


Rosana acudió a la cocina, cogió una botella de vino del frigorífico, dos vasos, y
corrió hasta el salón mientras decía:
—Voy a invitarte a un vino excelente. Ayer lo probé y me pareció de muerte.
Rosana colmó los dos vasos de vino y bebieron con ansiedad. «Claudius» miró
hacia la derecha y vio dos instrumentos musicales que nunca antes había visto. Lleno
de asombro, comentó:
—Veo que tocas más de un instrumento.
—El piano y el acordeón —aclaró ella—. Ya solo los toco de tarde en tarde.
—No los vi la vez anterior.
—Estaban ocultos en el trastero.
—¿Por qué?
—Porque en aquel tiempo no me apetecía tocar.
—¿Y ahora sí?
Asintió.
«Claudius» experimentó una bajada de tensión. Le parecía que el piano y el
acordeón no encajaban, en parte porque no acababan de formar una unidad dialéctica.
Pero luego pensó que no era necesario ser tan hegeliano. Daba igual que no todos los
elementos encajasen en la estructura general del ser humano. A «Claudius» el
acordeón se le antojaba un instrumento inmensamente vulgar, aunque fuera
inseparable de muchas canciones de Édith Piaf, si bien siempre cabía la posibilidad
de suponer que el acordeón tocado por ciertas manos podía quebrar muchos
prejuicios al respecto. «Claudius» prefería no comprobarlo.
—¿Y tú tocas algo?
«Claudius» recurrió a la improvisación y dijo:
—La armónica.
—Lo celebro. La armónica es un acordeón absolutamente minimalista que tengo
en muy alta consideración. Ahí tienes una, sobre la mesita de madera. ¿Tocamos
algo?
—Vale. Toquemos un blues para empezar.
—¿Cuál?
—El blues del maquinista de la General. ¿Lo conoces?
—Por supuesto. ¿Empezamos ya? —dijo Rosana, sentándose ante el piano.

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Zibelius y Marcovi conversaban sentados en un banco de piedra del Jardín de la
Folía, bajo el sol de invierno.
—Te veo muy preocupado —musitó Marcovi.
—Lo estoy. Ayer conseguí entrar en el piso de Rosana ayudado por un operario
de la clínica y escuché a nuestro hijo decirle a su amiga que era un ser compuesto por
la mezcla de Castell y de Esbembo.
Marcovi miró a su amigo con admiración.
—Veo que no te duermes.
—Es mi obligación. Tenemos algún tiempo para pensar lo que vamos a hacer,
pero no mucho.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que habrá que decidir con cierta premura si no queremos que el
secreto se expanda. Ayer mismo vi la solución. Lo mejor va a ser que se vuelvan
locos. Habrá que ingresarlos, ¿dónde? En mi clínica, naturalmente.
—Esa sí que me parece buena opción, Zibelius. Imagina que de pronto les
administramos esa receta que tú llamas la «droga de la folía».
—Imagínalo.
—¿No se la habrás administrado ya?
—Digamos que sí.
—Me gustaría que me dijeses qué efectos provoca.
—Verás. Nada más tomar la droga sientes una tremenda euforia, que quisieras
expresar en forma de música. De pronto te pones a tocar cualquier instrumento
sintiéndote un virtuoso, y si no tienes a tu alcance instrumentos musicales te pones a
cantar, creyéndote un tenor glorioso. Algunas horas después la droga provoca una
gran pesadumbre. Sientes asco de la pesadez misma de tu ser y de la pesadez del
mundo. Entras en depresión y quieres ocultarte en lo más profundo de tu dormitorio.
Luego viene la fase de la ansiedad y la paranoia. Sientes que quieren matarte, estás
seguro de ello. Más tarde llega la fase de la multiplicación del ser. Te crees muchas
personas, te crees legión, pero te niegas a aceptar que estás loco porque tras esa fase,
que a lo sumo dura una noche, surge una extraña bonanza. Piensas que todo lo
anterior ha sido un mal sueño y hasta te atreves a salir a la calle. Suele ser entonces
cuando llega lo peor. Desaparecen los sistemas de inhibición, te crees un ser superior
con una mente más grande que la de Dios, oyes voces divinas y angélicas, y al mismo
tiempo sientes que te falta el aire. ¿Quieres que siga?
—No.
—¿Te apetece que esta noche cenemos en el Ritz?
—Sí.

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2. ANSIAS DE VOLAR

El infierno había empezado para ellos cuando, inesperadamente, se sorprendieron


sentados el uno ante el otro y sintieron una dolorosa sensación de absurdo. Se
miraban con vergüenza y con tristeza. ¿Qué hacían juntos? ¿Acaso los había
vinculado el muerto? ¿Qué muerto? ¿Esbembo o Castell? En el transcurso de la tarde,
de la sensación de absurdo fueron pasando a la tristeza. ¡Qué inmenso y pesado les
parecía todo!
«Claudius» se acercó a la ventana y miró hacia la calle. La plaza se le antojaba
tétrica y gris. El mundo parecía de una tristeza irredimible. Se sentía muy débil y ella
no se tenía en pie: la cabeza, la conciencia, la memoria, todo le resultaba pesadísimo.
Querían evadirse de la pesadumbre del exterior y de su propia pesadumbre y se
ocultaron bajo una cama, por parecerles el lugar más resguardado de la casa.
Se sentían judíos a punto de ser cazados por los nazis. El mundo se había
convertido en una amenaza de proporciones inauditas. «Claudius» intentaba
recapacitar pero no podía, circunstancia que lo llenaba de estupor ante sí mismo.
¿Cómo se había dejado arrastrar por aquella mujer hasta un grado de insensatez, de
parálisis, de terror tan considerables? Y es que en realidad le echaba la culpa a
Rosana de todo lo que estaban experimentando. Rosana era una droga devastadora
que tenía que haber probado en dosis mínimas y no de forma tan constante y tan
envolvente.
Volvió a ellos la sensación de absurdo, y tras el absurdo la locura en su aspecto
menos amable. Fue el peor momento de la noche. Los dos creían haberse
multiplicado por seis, por diez, por quince pringosos seres que querían hablar a la vez
y miraban con alivio y desesperación las ventanas de la casa, a la vez que una fuerza
interior les incitaba a destruirlo todo.

Tras cenar en el Ritz con Zibelius, Marcovi se fue paseando hasta la casa de su
última amante, en la calle Génova. Mientras avanzaba por el paseo central de la
avenida de la Castellana, Marcovi pensaba una vez más en su relación con Zibelius.
No podía imaginar su vida sin él, y eso le inquietaba. Ni su pasado ni su futuro eran
para Marcovi imaginables sin Zibelius, y reconocía que eso solo podía llamarse de
dos maneras: o bien esclavitud, o bien amor. ¿No se estaba excediendo su amigo en
los últimos tiempos? ¿Era aceptable el uso que estaba haciendo de su farmacopea? ¿Y

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si por casualidad Zibelius había empezado a banalizar claramente el mal para mayor
gloria de su proyecto?
Las preguntas peligrosas volvieron a ser rechazadas por el ángel tonto que
Marcovi llevaba dentro, y que le permitía seguir siendo en muchos aspectos un
siervo, y pensó en el continuo fluir de emociones sorprendentes que era la vida junto
a Zibelius. Con él podías plantearte proyectos que superaban muchos límites y que te
sumían completamente en un tejido de vertiginosas emociones. Con él la vida tenía
sentido. ¿Solo sentido? Con él la vida tenía sentido, destino, y azar.
Estaba a punto de llegar a la casa de su amante cuando le salió al encuentro un
prostituto de cara hermosa y emborronada que le ofreció sus favores. Era largo y
delgado, y a la vez que parecía una muchacha ebria no ocultaba sus atributos
masculinos.
—¿Te vienes conmigo? —preguntó el puto.
Marcovi lo miró con frialdad y asintió. Por primera vez en su vida, le apetecía
acostarse con un hombre.
Ya se hallaba con él en las sombras de una habitación de hotel cuando volvió a
pensar en Zibelius. Mientras penetraba al chico pensaba en su amigo, que parecía
ajeno al mundo de los deseos carnales.
Sin dejar de mecerse sobre el puto, Marcovi extrajo de su cartera una fotografía
de Zibelius y la colocó sobre la mesilla de noche. Estaba lo suficientemente borracho
como para creer que la fotografía cobraba vida. Mirando fijamente los ojos de
Zibelius, Marcovi murmuró:
—Fíjate cómo sodomizo a un hijo de la noche, mira cómo me entrego a placeres
que detestas. Mira cómo me arrastro en el fango mientras tú lees en tu despacho a
Coleridge y a Borges. ¿Ellos también eran asexuales? Mira cómo este muchacho se
apodera de mi verga. ¿Será para él un símbolo? Cierro los ojos y sé que me la estás
lamiendo tú, Juan Sebastián, con tu boca lasciva lo estás haciendo. No tienes derecho
a llevar las cosas tan lejos, Zibelius. ¿Sabes que me estás asustando? ¿Estaremos
llevando a cabo actos tan graves como el asesinato? ¿Te lo has preguntado alguna
vez?
—¿Con quién hablas? —rugió el chico.
—Con el dueño de mi mente —contestó humildemente Marcovi, antes de
apartarse de la cama y comenzar a vestirse.
Llegó a su casa tan cansado y tan hastiado del mundo que no se despertó hasta las
doce del mediodía, hora en la que tomó un café muy cargado y se dirigió a la clínica
de Zibelius.

Desde el lugar del bar en el que se hallaban «Claudius» y Rosana podía verse
parte de la escalera que conducía a la fuente. Rosana llevaba un vestido de seda
natural del color de las perlas viejas, que caía sobre su cuerpo con mucha justicia

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estética y que hacía más deseables sus senos pequeños y amables. Parecía una
melodía en gris.
—Está claro que no podemos vivir bajo el mismo techo. Reconoce que en tu casa
nos hemos vuelto locos en menos de una semana —dijo «Claudius».
—Es cierto, pero ya pasó.
—Pasó de momento. Cada vez que pienso en cómo hemos dejado la casa me
estremezco. Lo rompimos todo: armarios, sillas, mesas, espejos…
—No me lo recuerdes, por favor.
—Temo que nos vuelva a ocurrir. ¿A qué crees que se debió?
—Al vino, al estrés, a la angustia, a la culpa… Yo que sé. Intentemos hablar de
otra cosa, te lo suplico.
«Claudius» miró a Rosana con miedo y preguntó:
—¿Cuál es la parte de la literatura alemana que más te interesa?
Ella le lanzó una mirada radiactiva y le dijo a bocajarro:
—La parte de la literatura alemana que más me interesa eres tú.
Los dos se echaron a reír. «Claudius» preguntó:
—¿Estás pensando en algún personaje?
—Sí.
—¿Cuál?
—No te lo puedo decir, a lo sumo te lo puedo insinuar. Piensa en un personaje de
la literatura alemana que comparte con otro un secreto demencial. Nos une un
secreto.
—¿Un secreto o una locura?
—Llámalo como quieras —dijo ella—. He tenido que equivocarme muchas veces
para llegar a la evidencia. Creo que sí, que dices la verdad y que tu cerebro es el de
Castell. Y bien, ¿no crees que tendríamos que denunciarlos?
—¿A Zibelius y a Marcovi? ¿Por qué? ¿Por salvarme la vida?
Rosana puso primero cara de inquietud y después de ansiedad.
—¿Y si nos fuésemos a cenar al Montoya? Es un restaurante que está a dos
minutos de aquí, al otro lado de la calle Segovia. Me he permitido reservar una mesa.
—Buena idea —dijo «Claudius» asombrado, y se incorporó a la par que ella.
Atravesaron la calle, torcieron a la derecha y entraron en el Montoya con el ánimo
más elevado, sintiéndose a la vez partícipes de una misma locura y un mismo secreto,
y daba la impresión de que los dos querían celebrarlo.
El camarero los condujo hasta una mesa al fondo de la sala, entre dos paredes
llenas de cuadros y bajo un ventilador que permanecía desconectado.
Pidieron vino blanco. Mientras lo tomaban, Rosana le dijo:
—Comamos rápido. Quiero que nos vayamos enseguida a una habitación que
conozco del hotel Mónaco.
Empezaron a reírse como locos. Querían parar y no podían, molestando
gravemente a los demás comensales presentes en la sala. Dos de ellos eran gerifaltes

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de un conocido partido político, y se hallaban acompañados por sus familiares y sus
guardaespaldas. Llegó un camarero para reprobarles su actitud. Rosana lo insultó a
voz en grito y arrastró a «Claudius» hasta la calle. Inmediatamente entraron en el
coche de Rosana y aceleraron. Mientras atravesaban Madrid, Rosana cambió de
planes y dijo:
—¿Te apetecería planear conmigo en un ala delta?
—Pero, ¿qué dices? ¡Jamás lo he hecho!
—Te engañas, antes del accidente eras un experto en planeos con ala delta.
—Antes del accidente yo era otro, y ahora también lo soy.
—Si tengo que creer que tu cuerpo no es tu cuerpo, tienes razón, pero no olvides,
amor, que el cuerpo también tiene memoria. Ubícate de verdad en el cuerpo de
Esbembo, poséelo de verdad y no tendrás problemas.
—Lo siento, Rosana, me niego a llevar a cabo semejante locura.
Rosana ansiaba como nunca planear junto a él y empezó a refunfuñar como una
niña consentida y malvada:
—¡Quiero planear en un ala delta! ¡Y lo quiero ya! Como no lo hagamos me
moriré de ansiedad y te odiaré para siempre. Podremos sobrevolar como dioses todas
las desdichas de la tierra.
—¡Está bien! —consintió «Claudius»—. Convirtámonos en ángeles del abismo.
Es ya lo único que nos queda por hacer.
Rosana le miró con ojos encendidos, le besó en la boca y exclamó:
—¡Gracias!
Corrieron hasta la casa de Rosana, cargaron el ala delta en la baca del coche y se
dirigieron a toda velocidad a San Lorenzo de El Escorial, con la ropa que llevaban y
otra de repuesto.
Ya en el pueblo, dejaron la ropa de repuesto junto al arroyo y se dirigieron a la
cima del monte Abantos, que parecía el páramo de Cumbres borrascosas.
La altitud en la que se hallaban aumentó el efecto de la droga que les había
administrado Zibelius sin que ellos lo supieran, y casi no eran conscientes de sí
mismos.
Al borde del precipicio que descendía hasta el reino perdido de Felipe II, Rosana
le animó a desnudarse mientras susurraba:
—Será más emocionante.
En ese momento «Claudius» había perdido el miedo y deseaba lanzarse con ella
al abismo. Para animarlo todavía más, Rosana le dijo:
—Sumérgete profundamente en el cuerpo que te regaló Esbembo, piensa que eres
él, solo él, y deja que yo guíe el aerodeslizador.
Tras ajustarse bien los arneses, Rosana y «Claudius» corrieron fuera de sí hasta el
borde del precipicio y alzaron el vuelo. Al principio todo fue bien. Planeaban con una
gran suavidad y lentitud, y creían estar oscilando siempre sobre el mismo punto del
aire. En esa situación se hallaban cuando Rosana dijo:

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—¿Te pegas más a mí?
«Claudius» acababa de rozarla cuando el ala osciló violentamente hacia la
izquierda y perdieron el equilibrio.
Pasaron de sentirse más ligeros que un águila a notarse densos y pesados como
estatuas de granito.
Caían a la velocidad que imponía la ley de la gravedad, pero no identificaban la
caída con el descenso ni se sentían rodeados de aire: se sentían rodeados de fuego,
iban taladrando el fuego y notaban su quemadura en la piel.
Creían que en lugar de descender ascendían por una chimenea muy larga y
candente que los proyectaba hacia alturas escalofriantes a la velocidad de una bala de
cañón, hasta que sus cuerpos chocaron con las copas de los pinos y se hundieron en
un zarzal blando y profundo que crecía sobre un manantial.

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3. METEMPSICOSIS (II)

Desde la terraza de su casa de la sierra, Morente los vio caer si bien no sabía
quiénes eran. Estaba esperando a una mujer y le molestó tener que acudir al pinar con
dos guardias forestales, que hallaron a los planeadores desnudos, desgarrados e
inmóviles al fondo del zarzal. Morente examinó al hombre y le pareció que se hallaba
ante Claudio Esbembo, el cronista de las noches de Madrid y el paciente más querido
de Zibelius, de modo que llamó inmediatamente a su amigo desde una cabina de la
carretera.
No mucho después ya estaban procurándoles los primeros auxilios para acto
seguido conducirlos al quirófano, donde tanto Zibelius como Marcovi comprobaron
la dimensión del desastre. El cerebro de Rosana parecía muerto, pero no el de Castell,
de modo que optaron por trasvasar el cerebro de Castell al cuerpo de Rosana. Antes
de medianoche ya habían llevado a cabo la operación. Gracias al plasma de la vida,
los nervios empezaron enseguida a soldarse. Pensaban que ya tenían al menos un ser
con vida cuando comprobaron que el plasma era capaz de reconstruir el corazón de
«Claudius». Sin dejar de administrarle el suero antirrechazo, introdujeron en su
cráneo el cerebro aparentemente muerto de Rosana y no tardaron en comprobar que
respiraba.
De pronto tenían sobre la mesa del quirófano dos personas, pero cruzadas como
los dos trazos de una equis. Se plantearon la posibilidad de volver atrás y colocar
cada cerebro en su cuerpo, pero les pareció muy peligroso y optaron por dejar las
cosas como estaban. Dirigiéndose a Marcovi, Zibelius dijo:
—Ni tú ni yo esperábamos que nuestros amigos fueran a llegar tan lejos, y de no
ser por el plasma de la vida ahora estarían muertos. Pensemos que ha ocurrido lo
mejor, y no nos equivocaremos. La verdad es que el accidente ha sido, literalmente,
un regalo del cielo.
—No faltas a la verdad, y eso quiere decir que la suerte nos acompaña.

Las dos criaturas llevaban tres días completamente sedadas y reposando en dos
burbujas cuando Zibelius y Marcovi decidieron celebrar una cena en el bar de la
clínica. Primero estuvieron tomando dry-martinis mientras hablaban de sus vidas.
Eran las diez y media de la noche, y Marcovi preparó a su amigo para la primera
sorpresa.

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—Laura está a punto de llegar.
—¿Qué Laura? ¿Aquella novia que tuviste en París?
—Sí. Está pasando unos días en Madrid y tuve la ocurrencia de invitarla.
—No sé si hiciste bien.
Desde el pasillo llegaban los sonidos de unos zapatos de tacón y Marcovi musitó:
—Me temo que ya es demasiado tarde para cambiar de planes.
Justo lo había dicho cuando apareció Laura en el salón del bar. Zibelius se
sorprendió positivamente. No recordaba a Laura tan elegante y tan entera. Llegaba
con una chaqueta masculina, una falda negra, los cabellos cortos y los labios rojos.
Zibelius la intentó mirar clínicamente y pensó que era una de esas mujeres que a
través de su estética te están diciendo que con ellas son posibles toda clase de
placeres, tanto de índole homosexual como heterosexual, y se preguntó si por
casualidad Marcovi no estaría tendiéndole una trampa.

Apoyados en las paredes de los pasillos que conducían al bar, los camareros
escuchaban las risas que llegaban desde el salón y miraban con desesperación sus
relojes. Bien sabían que cuando los dos médicos acababan la cena tan enteros, la farra
se podía demorar hasta el alba. Entre los camareros aguardaban también una mujer
vestida con velos y los componentes de una orquesta de aire eslavo.
Laura, que a ratos acariciaba la mano de Marcovi, empezó a acariciar también la
de Zibelius mientras les contaba cómo le había ido la vida. En realidad bastante bien,
y ahora dirigía la sección de neurocirugía de uno de los mejores hospitales de París.
Mientras ella hablaba, Zibelius la siguió examinando. Ciertos rasgos de su cara le
indicaban que Laura era una mujer ambiciosa, trabajadora y bastante ardiente en la
cama, pues la atmósfera misma de su cuerpo parecía cargada de tensión sexual.
Marcovi ya no pudo contenerse y deslizó la mano bajo su tensa falda hasta rozar
sus bragas. Zibelius deslizó la mirada hacia su izquierda y le encantaron las ligas
grises y blancas de Laura.
—Me gustaría fumar un Romeo y Julieta —dijo de pronto Zibelius.
—A mí también me gustaría fumar un puro. Ya tengo la marca: Trinidad.
—Santo Dios, es verdad. Yo también quiero un Trinidad —se apuró a decir
Zibelius.
—Y yo —añadió Laura, para cerrar el círculo.
Zibelius sintió algo parecido a una revelación: todas sus cenas con Marcovi,
desde su época de estudiantes en París, eran en realidad la misma cena en un lugar
parecido a la eternidad. Su patria era una mesa llena de vino y de manjares: una patria
a la que regresaban periódicamente y que les daba fuerza. Cuando uno tiene un lugar
a donde regresar y regenerar su verdadera esencia, tiende a desarrollar una voluntad
muy consistente.

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El alcohol multiplicó la sensación de fraternidad y hubo un momento de la noche
en que Zibelius se incorporó, alzó la copa y dijo con voz solemne:
—Amigos míos, bienvenidos al lugar de siempre. Creo que ha llegado el
momento de recibir a la bailarina de los pies desnudos. Ya te dije, Marcovi, que esta
vez quería un banquete genuinamente griego, y hasta Platón nos indica que, llegado
un momento, a la danza de las lenguas ha de añadirse la danza de los cuerpos.
Acababan de servirles más vino cuando Marcovi giró la cabeza.
—¡Por Dios, ya llega aquí la Revolución guiando al pueblo! —exclamó al ver a la
bailarina precediendo a los músicos. Iba cubierta de sedas rojas y saltaba ante ellos
como Isadora Duncan, sin perder nunca la ondulante compañía del violín.
Muy pronto Zibelius, Laura y Marcovi comenzaron a mecerse al ritmo de la
música. Mientras movía las caderas, la mujer empezó a cantar una canción de una
melancolía aguda y desesperante, que el ritmo procedente de las cuerdas y la
percusión tornaban deliciosamente llevadera. Según iba subiendo la tensión y la
melodía se adensaba y se elevaba, los tres amigos se despegaron de sus asientos y
comenzaron a bailar ante la mujer, que respondía a sus lances meciéndose veloz y
sinuosamente mientras ellos danzaban al unísono como cosacos algo aflamencados.
Cuando concluyeron la danza, Zibelius sintió que todas las estrellas de Madrid se
derramaban sobre él y avivaban los movimientos cada vez más acelerados de la
bailarina de los pies desnudos.
Afuera la noche continuaba su curso y las luces de Madrid se veían al final de la
negrura. En un pueblo cercano estallaban fuegos de artificio, emitiendo el mismo
resplandor que ellos, que ahora bailaban siguiendo el ritmo frenético de Kalinka. Para
tener más libertad de movimiento, Laura se había quitado la falda y consentía que
Marcovi se restregase contra ella como un sátiro.
Junto a ellos Zibelius se divertía pero a la vez examinaba la escena desde una
atalaya. No me van a arrastrar a la cama, pensó, pero mientras ese momento llega, no
quiero que pierdan la ilusión.

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4. CELEBRACIÓN DEL FUEGO

Una mañana regresaron a la conciencia en una estancia blanca e iluminada con


luces de quirófano. Ante ellos se veía un espejo ahumado donde se reflejaban
vagamente sus caras. «Claudius» y Rosana empezaron a angustiarse. Él se creía
dentro de ella, y ella dentro de él.
Al otro lado del espejo, en una estancia desde la que podían ver la habitación de
sus prisioneros, Zibelius y Marcovi conversaban:
—Tardarán en acostumbrarse.
—No lo dudes.
—¡Qué ganas tenía de ver a un hombre con el cerebro de una mujer y a una mujer
con el cerebro de un hombre!
—Vamos a tener la oportunidad de estudiar de verdad la estructura del ser
humano y las verdaderas diferencias entre los seres y los sexos. En medio de la
operación tuve una especie de revelación: el cerebro es una copia del cielo. El cielo
está en el cerebro.
—Cierto, y el infierno. ¿No te preocupa el infierno que ahora puede estar
viviendo nuestra pareja?
—Sí, pero conseguiremos que les resulte llevadero. Ahora los tenemos más que
nunca en nuestro poder. Sus familiares los van a tomar por locos. Ellos mismos
creerán que se han vuelto locos. Pero todos los escollos se irán superando. Esta vez
no caben errores.
En el otro cuarto, «Claudius» y Rosana se miraban y no se atrevían a tocarse por
miedo a no sentirse el uno al otro en su nueva dimensión y en su recién estrenada
naturaleza, que se les antojaba abominable. «Claudius» miró a Rosana y sintió que se
helaba su corazón. Ah, el horror, el horror, pensó al tocarla y sentir que se tocaba a sí
mismo, y a Esbembo, y a Castell, y que estaba fuera de sí. Ah, el horror, el horror.
Zibelius acarició a Lenin, que llevaba un rato trazando círculos a su alrededor, y
el gato emitió un maullido modulado que casi semejaba una palabra, según le pareció
a Marcovi, que se apresuró a decir:
—Qué gato más inquietante. Me dio la impresión de que susurraba algo parecido
a «obelisco». ¿Estoy alucinando?
Zibelius no tenía por costumbre informar a Marcovi de algunos de sus
experimentos con animales, y tras mirar gravemente a su amigo dijo:
—Estás alucinando.

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—Lo prefiero. Juraría que estabas a punto de decirme algo importante.
—Sí, quería decirte que tardé mucho en asumir que había surgido del vientre de
una mujer, y solo ahora empiezo a entender aquella curiosa obsesión infantil. ¿Por
qué aceptar la fatalidad de la unión entre el macho y la hembra? ¿Por qué aceptar la
vida tal como es? ¿Por qué aceptar la muerte? Seguramente no sabes que pasé buena
parte de la infancia sumido en una amnesia parcial, que me impedía acceder a buena
parte de mi pasado. Desde entonces me horroriza el olvido, desde entonces me
espanta la nada, y ejercito todos los días mi memoria. Juraría que parte de mi
obsesión por los cerebros tiene ahí el origen. ¡Que no muera nunca el seso, que no
muera nunca la memoria! Tú y yo podremos crear seres radiantes al margen de la
cópula humana y sus lamentables secuelas, con una memoria perpetua capaz de
reciclarse continuamente. Ahora mismo ya hemos creado dos nuevos seres sin utilizar
los sistemas tradicionales de reproducción. Fíjate cómo se miran, como recién
nacidos, y no les falta razón. El pobre cerebro de Castell ha padecido demasiadas
tribulaciones en poco tiempo… Pero, ¿es realmente él? Ahora mismo no es tan fácil
saber quién es ella y quién es él. El cerebro que lleva el cuerpo de Esbembo está
explorando una situación abismal. Ha de integrar la masculinidad y tendrá que
disolverla en su sangre, y el cerebro que lleva el cuerpo de Rosana deberá espabilarse
para asimilar su condición femenina y no desgarrarse por dentro.
—¿Cuál es el destino más probable que les aguarda a nuestras criaturas?
—¿No lo adivinas? Van a entrar enseguida en el embudo de un amor-pasión de
una naturaleza que desconocen. No olvides que ahora mismo ven su cuerpo en el
otro. El otro se convierte en el cuerpo que busca cada uno de sus cerebros, el otro es
el cuerpo perdido y que a la vez pueden tocar, y hasta desgarrar y devorar. Fue lo que
les ocurrió a los chimpancés, por eso tendremos que tener mucho cuidado. Puede que
estemos inventando un nuevo concepto de humanidad. El camino que se abre a partir
de ahora es bastante amplio y el asunto acaba de empezar. Imagínate que encajas el
cerebro de un esquimal en el cuerpo de un beduino: toda la memoria del frío contra
toda la memoria del calor… Podremos investigar desde muy cerca las
contradicciones del sistema tribal en la estructura del cerebro humano. Quizás
acabemos descubriendo una especie de gramática universal.
Marcovi asintió emocionado mientras Rosana y «Claudius» temblaban al otro
lado del cristal. Estaban experimentando la fiebre de ser otro. Nunca se habían
sentido tan extraños. Al otro lado del cristal, Zibelius y su amigo les miraban ahora
apaciblemente, envidiando la experiencia tan radical que se estaba llevando a cabo
ante sus ojos: esa sensación vertiginosa de sentir que habitas otro cuerpo, esa
sensación de frío: la experiencia del nacimiento en toda su grandeza y todo su
estupor, por eso los ojos de los dos pacientes expresaban un asombro infinito, si bien
el cerebro de Castell estaba más acostumbrado a viajar que el de Rosana. Todo
aquello podía ser una de las formas del horror, pero también podía suponer la cada

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vez más asentada posibilidad de concebir cerebros que viajaran de cuerpo en cuerpo
hasta llegar a regiones más allá del sistema solar.
Zibelius miró con afecto a sus criaturas y le invadió la creencia de que no vivía en
la misma dimensión que los demás. Estaba en otro nivel de conciencia. Estaba en otro
lugar porque quizá siempre había estado en otro lugar. Ese lugar no era fácil de
definir ni de demarcar: formaba parte de la conciencia, pero también de algo más, de
naturaleza incomunicable.
Zibelius elevó la cabeza hacia el techo de vidrio. Creía ver, tras la placa
trasparente, la espiral de la Vía Láctea. Las estrellas seguían todas juntas una danza
de una extensión y una densidad aplastantes. Si comparábamos los actos humanos
con esos movimientos siderales, resultaban más leves que un suspiro en medio de una
tempestad. Por muy lejos que fueras en tu maldad o tu bondad, nunca ibas a olvidar
tu insignificancia. Tenías encima millones de galaxias avanzando hacia un inmenso
agujero negro. Pensar que a todo ese universo le importaba algo lo que tú hicieras era
delirar. La indiferencia de toda esa masa te empequeñecía pero también te dejaba las
manos libres para soñar primero y para actuar después.
No podíamos aceptar un límite en nuestra conciencia cuando mirábamos hacia
arriba, pensó, porque el límite ni siquiera estaba en todas aquellas estrellas que se
precipitaban como un alud de incandescencia hacia el centro del cielo, a millones y
millones de años luz de la Tierra. ¿Y si el límite no estaba en ellas, por qué iba a estar
en nosotros, que estábamos hechos de su misma materia, que éramos polvo de
estrellas y que en polvo de estrellas nos íbamos a convertir?, se preguntó.
Bastaba con mirar a las estrellas para atreverse a todo y para saber que estábamos
condenados a confirmar la terrible maldición de Blake, según la cual lo que
imaginamos acaba siendo real. Y tenía razón el poeta. La imaginación era
simplemente la precursora de la realidad, su vanguardia más ferviente y
emprendedora, y solía avisar con mucha antelación.
—¿En qué piensas? —preguntó Marcovi mientras servía vino en dos copas.
—En este infierno tan grande en que vivimos. Si te fijas en el cielo compruebas
que todo está ardiendo continuamente. El universo es fuego y recuerdos del fuego:
todas esas estrellas que creemos que brillan pero que ya están muertas… Es lógico
que nos guste jugar con fuego. Desde el cielo no llega otra consigna.
—Ni desde el infierno.
—Cierto. ¿Brindamos?
Zibelius alzó la copa muy deprisa, sin derramar una sola gota, y suavizó la
brusquedad de su gesto con una sonrisa irónica.

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JESÚS FERRERO. Escritor español nacido en Zamora el 30 de diciembre de 1952.
Jesús Ferrero es licenciado en Historia Antigua por la Escuela de Altos Estudios de
París.
En 1986 firmó, junto al cineasta Pedro Almodóvar, el guion de la película Matador.
Sus tres primeros libros de poesía, Río Amarillo (1986), Negro sol (1987) y Ah, mira
la gente solitaria (1988) vieron la luz en la editorial pamplonesa Pamiela, publicando
un nuevo poemario, Las noches rojas (2003) bajo la editorial Siruela. Este fue
merecedor del Premio Barcarola de Poesía.
Por sus obras Ferrero ha resultado ganador de premios como el Ciudad de Barcelona
(1982) por Bélver Yin, El Premio Logroño de Novela por Doctor Zibelius (2014), el
Internacional de Novela Plaza & Janés o el Café Gijón (2018) por Los abismales.

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Notas

Página 140
[1] Buenas tardes Mercè. ¿No me reconoces? Soy Vicenç Castell. <<

Página 141
[2] Usted no es Vicenç. ¿Se está burlando de mí? <<

Página 142
[3]—Aceptad que soy Vicenç, aunque no lo parezca. No estoy en mi cuerpo, eso es
todo, pero mi cerebro es el de vuestro hijo, por eso recuerdo que de niño iba con
vosotros a una pequeña playa junto a las islas Formigues. Yo soy vuestro hijo, lo he
sido siempre.
—Dios mío, habla catalán como nuestro Vicenç, con el mismo tono y acento. Este
hombre es un demonio.
—Tienes razón. Un auténtico demonio. <<

Página 143
[4] —Aquí me tienes, Vicenç, soy tu calavera. Entre mis paredes duras como el
granito, guardé tu cerebro casi treinta años. Fui el hogar de tu cerebro, tu verdadera
casa. Pero, como ya sabes, llegó mi hora prematuramente. En cambio, tú te salvaste
colonizando otro cuerpo. Aquí me tienes, Vicenç, soy tu calavera, y me espanta verte
porque pareces Hamlet cuando meditaba ante los restos de Yorick aquella negra
noche. Pero no tienes en tus manos la calavera de un bufón… ¿O quizá sí? Tienes en
tus manos tu propia calavera, y estás en una ciudad de piedra como Carcosa. Ya solo
eres un habitante de Carcosa que murió hace milenios. <<

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