0% encontró este documento útil (0 votos)
170 vistas160 páginas

Oceanico

Este documento presenta una reseña biográfica y crítica de la obra del escritor de ciencia ficción Greg Egan. Aborda su trayectoria literaria, temáticas recurrentes como la inteligencia artificial y la identidad, y analiza algunas de sus novelas más destacadas como Permutation City, Diaspora y Schild's Ladder.

Cargado por

manuel peña
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
170 vistas160 páginas

Oceanico

Este documento presenta una reseña biográfica y crítica de la obra del escritor de ciencia ficción Greg Egan. Aborda su trayectoria literaria, temáticas recurrentes como la inteligencia artificial y la identidad, y analiza algunas de sus novelas más destacadas como Permutation City, Diaspora y Schild's Ladder.

Cargado por

manuel peña
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Es probablemente en el relato corto donde Greg Egan encuentra su mejor expresión al

poder introducir en ellos multitud de ideas sin verse lastrado por la necesidad de
imprimir acción a la trama, necesidad que lastra muchos de sus relatos más largos.
Hay aquí tres novelas cortas: Oceánico, Oráculo y Singleton, donde expone sin
tapujos argumentos como la evolución futura del sexo, los múltiples universos o la
inteligencia artificial como alternativa a la crianza de hijos biológicos. Un muy buen
libro que podría servir como introducción a la obra del quizás más interesante de los
autores de CF en activo.

Página 2
Greg Egan

Oceánico
ePub r1.4
betatron 14.04.2023

Página 3
Título original: Oceanic
Greg Egan, 2009
Traducción: Luis Pestarini & Claudia de Bella

Editor digital: betatron


Corrección de erratas: sorprenent, ultrarregistro
ePub base r2.1

Página 4
Reseña de premios

«Oceánico» («Oceanic», 1998)


• Premio Hugo.
• Premio Locus.
• Premio Asimov’s Science Fiction.

«Oráculo» («Oracle», 2000)


• Premio Asimov’s Science Fiction.
• Finalista del premio Hugo.
• Finalista del premio Locus.

«Singleton» («Singleton», 2002)


• Finalista del premio Locus.
• Finalista del premio Sturgeon.
• Finalista del premio British SF.

Página 5
Acerca del autor

Greg Egan: Una literatura con ideas.

Si además de entretenida y de lectura compulsiva, la ciencia ficción también es


literatura de ideas, si son tan importantes los planteos conceptuales o la especulación
como los atributos literarios, hay un escritor que en la última década y media se ha
situado varios cuerpos por delante de sus colegas. Es el australiano Greg [gory Mark]
Egan, un matemático y programador nacido en Perth en 1961 que comenzó a publicar
de manera vacilante en la primera mitad de los 80 y a brillar una década más tarde.
Es asombroso el dominio que manifiesta Egan de las disciplinas más variadas: en
sus relatos somos bombardeados por ideas a cada página, de áreas del conocimiento
tan disímiles como las matemáticas, la sociología, la computación, la física o la
biología. Valen como ejemplo los primeros párrafos de «Yeyuka»: el protagonista
descansa en una playa mientras cavila sobre un dispositivo que tiene en un dedo
como un anillo, conectado mediante capilares con su corriente sanguínea. Este
dispositivo filtra la sangre, detectando virus, células cancerígenas y otros posibles
problemas de salud. Gracias a éste la expectativa de vida se ha extendido quince
años. Pero el relato no se centra en esta pequeña maravilla sino en sus efectos: la
brecha entre ricos y pobres se hizo más amplia, las compañías dedicadas a la
tecnología médica tienen poder sobre la vida de cientos de millones de personas de
los países pobres y lo ejercen. En otra de sus historias, «Aprendiendo a ser yo», la
trama gira en torno a los dilemas que genera otro dispositivo: en este caso se trata de
la joya, un chip que es instalado junto al cerebro de todos los hombres al nacer y
almacena sus vivencias, emociones y pensamientos, como un auténtico back up
neuronal. El conflicto del relato se desata cuando el protagonista se enfrenta con una
decisión: al comenzar la degradación natural del cerebro la costumbre es
reemplazarlo por el dispositivo. En un planteo digno de un Philip K. Dick
hiperracional, el protagonista se pregunta si seguirá siendo él mismo o se convertirá
en una mera representación artificial.
La primera novela que publicó fue An Inusual Angle (1983), sobre un genial
director de cine que no filma. Pasó una década y un puñado de historias cortas hasta
su segundo libro, Quarantine. Este relato puede leerse como el siguiente paso
evolutivo de la ciencia ficción tras el ciberpunk, y retiene muchos de los elementos
que caracterizaron el movimiento que en los 80 brilló de la mano de William Gibson
y Bruce Sterling: operaciones secretas de grandes corporaciones, cerebros
modificados para permitir el contacto directo con las redes informáticas (incluyendo
la instalación de software neuronal) y detectives que se meten donde nadie los llama.
No obstante, las circunstancias en las que se desarrolla esta historia son muy
distintas: el sistema solar está encerrado en una burbuja creada por extraterrestres,

Página 6
impenetrable hasta para la luz de las estrellas. El hombre ha comenzado a
experimentar con el principio de causalidad y puede afectar a todo el universo.
La siguiente novela de Egan, Permutation City, es más convencional, menos
audaz en sus indagaciones, aunque no por ello menos provocativa. En este caso se
centra en la realidad virtual y en la posibilidad de replicar personalidades completas
en un entorno digital. No desaprovecha la oportunidad para explorar la naturaleza de
la identidad a partir de la posibilidad de copiar una persona. Como en «Aprendiendo
a ser yo» pero desde un punto de vista distinto, las preguntas son ¿qué nos hace
humanos?, ¿la conciencia puede ser replicada por medios artificiales?
Estos temas son transitoriamente dejados de lado en Distress, la novela más
política de Egan. Consagrado ya como un escritor de ideas, sin embargo estaba en
deuda con relación a la solidez de tramas y perfección de personajes. Es la historia de
un periodista científico que parte hacia una isla-nación artificial donde se estableció
una comunidad sin estructuras jerárquicas, anárquica, inspirada en el pensamiento
político de Edward Said, para cubrir un tranquilo congreso de física elemental. El
programa político es una de las dos ideas centrales que sostienen la novela, la otra es
la resolución de la Teoría del Todo (que busca articular los distintos sistemas teóricos
de la física), que finalmente deriva hacia la metafísica. Contra lo que se podría creer
por esta descripción, la novela es muy entretenida, por momentos la acción es
vertiginosa y continuamente encontramos apuntes que dan solidez al futuro descrito,
como los ásex, humanos que se hacen operar para extirparse todo reconocimiento de
sexualidad de su anatomía, no sólo los genitales. Tan fuerte parece ser la necesidad de
Egan de expresar sus proyecciones que por momentos abruma, tornándose incluso
moralista. El continuo devenir de ideas —⁠ que podría alimentar a una decena de
escritores⁠ — funciona muy bien como marco y sólo en ocasiones opaca la trama.
En Diáspora regresa al tema de la inteligencia artificial y la naturaleza de la
conciencia. Ambientada en torno al año 3000, la humanidad está dividida en tres
especies: los que viven en cuerpos genéticamente modificados, los que lo hacen en
robots y los que habitan en un entorno digital, en una realidad virtual, aunque no
perdieron el contacto con el exterior. La novela se plantea un desafío poco frecuente:
retratar la cotidianeidad de la última de estas tres ramas, cuyo hábitat permite nuevos
enfoques de la física. Recuerda a sus primeras dos novelas de ciencia ficción: aunque
el marco es inusual, es una historia de detectives, como en Cuarentena, y, por
supuesto, Egan no se priva de sus indagaciones metafísicas en línea con Ciudad
Permutación.
Teranesia transcurre en el futuro cercano, principalmente en algunas islas
apartadas de la convulsionada Indonesia y en Canadá. A diferencia de sus libros
anteriores, aquí la disciplina elegida es la biología, más precisamente la biología
evolutiva. La primera mitad de la novela parece escrita para demostrar que su autor
puede hacer un convincente retrato de personajes —⁠ crítica frecuente a sus anteriores
libros⁠ —; el protagonista está encarnado por un adolescente angustiado por la muerte

Página 7
violenta de sus padres y en busca de su identidad. Apela también al humor, no muy
usual en su obra, en la divertida satirización del mundo académico y sus excesos
interpretativos. La novela da un giro cuando se acelera el proceso de anomalías
evolutivas y presenciamos el nacimiento de una nueva instancia biológica.
Egan se vuelve más audaz en su última novela, Schild’s Ladder, ambientada en el
futuro lejano, en torno a las consecuencias de un experimento científico que produce
una burbuja de un vacío anómalo que va devorando el espacio y por la cual la
humanidad debe alejarse del sistema solar. Enfrentados a esta burbuja que devora el
universo lentamente, los hombres se dividen en dos facciones: los que quieren
detenerla para preservar a la galaxia y los que creen que es demasiado importante
para ser destruida. La novela, con humanos muy distintos a los que conocemos, está
plagada de conceptos provocativos.
En los años más recientes, Egan parece haber encontrado el formato que mejor se
adapta a sus necesidades: la novela corta. Sus tres intentos en este formato componen
el presente volumen. «Oceánico» es probablemente su obra más lograda: una notable
narración sobre la evolución de un adolescente a partir de un contacto con un ser
supremo. Ambientada veinte mil años en el futuro en el planeta Promisión, los
humanos están divididos en librelandeses —⁠ viven en el mar⁠ — y firmelandeses
—⁠ habitan en tierra firme⁠ — y fueron modificados genéticamente para tener, entre
otras cosas, una sexualidad muy singular.
«Oráculo» es una obra atípica en la producción del escritor australiano, aunque
trata temas tradicionales de la ciencia ficción como el viaje en el tiempo y los mundos
paralelos. En esta realidad alternativa a la nuestra, los protagonistas son Robert
Stoney y John Hamilton, nombres bajo los cuales apenas se disimulan Alan Turing
(1912-1954), padre de la teoría sobre la inteligencia artificial y pionero en la lucha de
los derechos de los homosexuales, y C. S. Lewis (1898-1963), escritor católico, autor
de las famosas «Crónicas de Narnia», enfrentados en la polémica sobre la inteligencia
artificial. Además de sus méritos narrativos, «Oráculo» contiene numerosas y
deliciosas referencias: Tolkien es mencionado por un sobrenombre, el más arriba y
más adentro que cierra una de las partes es la ubicación de Narnia. Merece
mencionarse que la espeluznante historia que narran los protagonistas con relación a
un Stoney/Turing en un universo paralelo se corresponde a nuestro pasado histórico.
Por último, «Singleton» se interna en el campo de la física y la computación
cuánticas a la vez que en cómo criar un niño distinto en un mundo hostil. Otra vez
aparece el tema de la inteligencia artificial, pero desde una perspectiva muy distinta a
la presentada en «Oráculo». En cuanto al título, hemos preferido mantener el original
pues, como señaló con buen tino la traductora, Claudia de Bella, singleton significa a
la vez hijo único, conjunto unívoco (en matemáticas) y patrón de diseño que restringe
una clase de instancia a un solo objeto (en computación), todos aplicables en este
caso.

Página 8
En estos escasos párrafos no es posible hacer justicia a la complejidad de temas,
planteos y situaciones que encontramos en la obra de Greg Egan. Es posible que con
el tiempo se reconozca su labor precursora, pero ahora sólo interesa que cumple con
las tres condiciones de excelencia de la mejor ciencia ficción: es buena literatura,
tiene ideas provocativas y su lectura es entretenida.

LUIS PESTARINI
Director de la revista argentina «Cuásar».

Página 9
Oceánico

Página 10
1
El oleaje hacia subir y bajar suavemente la embarcación. Mi respiración se volvió
más lenta, tomando el ritmo del crujido del casco, hasta que ya no pude notar la
diferencia entre el débil movimiento rítmico de la cabina y la sensación de llenar y
vaciar mis pulmones. Era como flotar en la oscuridad: cada inhalación me sacaba a la
superficie, ligeramente; cada exhalación me hacía sumergir otra vez.
En la litera que tenía encima, mi hermano Daniel dijo claramente:
—¿Crees en la Diosa?
De mi cabeza desapareció en un instante cualquier rastro de sueño pero no
respondí de inmediato. No había cerrado los ojos, pero la oscuridad de la cabina sin
iluminación parecía cambiar delante de mí, partículas de luz fantasma moviéndose
como una nube de insectos inquietos.
—¿Martín?
—Estoy despierto.
—¿Crees en la Diosa?
—Por supuesto. —Todas las personas que conocía creían en la Diosa. Todas
hablaban sobre Ella, todos Le rezaban. Daniel más que nadie. Desde que se había
unido a la Iglesia Profunda el último verano, rezaba cada mañana un kilotau antes del
amanecer. A menudo despertaba para encontrarme con él de rodillas junto a la pared
más lejana de la cabina, murmurando y golpeándose el pecho, antes de hundirme
agradablemente en el sueño otra vez.
Nuestra familia siempre había sido Transicional, pero Daniel tenía quince años,
edad suficiente para elegir por sí mismo. Mi madre lo aceptó con un silencio
diplomático, pero mi padre pareció positivamente orgulloso de la independencia y la
fuerza de convicción de Daniel. Mis sentimientos estaban mezclados. Me había
acostumbrado a seguir la estela de mi hermano mayor, pero eso no me fastidiaba
porque también me daba la oportunidad de ver qué tenía por delante: me leía pasajes
de los libros que él mismo estaba leyendo, me enseñaba palabras y frases de los
idiomas que estudiaba, me delineaba algo de las matemáticas con las que me topaba
por primera vez. Solíamos quedarnos despiertos la mitad de la noche hablando sobre
los núcleos de las estrellas o la jerarquía de los números transfinitos. Pero Daniel no
me dijo nada sobre los motivos de su conversión y de su siempre creciente piedad.
No sabía si sentirme herido por esta exclusión o simplemente agradecido; podía
darme cuenta que ser transicional era una pálida imitación de pertenecer a la Iglesia
Profunda, pero no estaba seguro de que esto fuera tan malo si a cambio de esta
mediocridad podía dormir hasta después del amanecer.
—¿Por qué? —dijo Daniel.
Clavé la mirada en la parte inferior de la litera, inseguro de si realmente la estaba
viendo o sólo me imaginaba su solidez en la oscuridad de la cabina.

Página 11
—Alguien tiene que haber guiado a los Ángeles desde la Tierra hasta aquí. Si
además la Tierra está demasiado lejos para verla desde Promisión… ¿cómo alguien
pudo encontrar Promisión desde la Tierra sin la ayuda de la Diosa?
Escuché que Daniel se movía ligeramente.
—Tal vez los Ángeles tenían mejores telescopios que nosotros. O tal vez se
propagaron desde la Tierra en todas las direcciones, lanzando miles de expediciones
sin saber siquiera qué encontrarían.
Reí.
—¡Pero tenían que llegar aquí para convertirse en carne otra vez! —⁠ Eso lo sabía
hasta un niño de diez años muy poco devoto. La Diosa preparó Promisión como el
lugar para que los Ángeles se arrepintieran de haber robado la inmortalidad. Los
transicionales creían que en un millón de años podríamos ganarnos el derecho a ser
Ángeles otra vez; la Iglesia Profunda creía que permaneceríamos en la carne hasta
que las estrellas cayeran del cielo.
—¿Quién te asegura —dijo Daniel⁠ — que existieron los Ángeles? ¿O que la
Diosa de verdad envió a Su hija, Beatriz, para conducirlos en su regreso a la carne?
Cavilé sobre esto durante un momento. Las únicas respuestas en las que podía
pensar provenían directamente de las Escrituras, y Daniel me había enseñado años
atrás que apelar a su autoridad no contaba. Finalmente, tuve que confesarlo:
—No lo sé. —Me sentí estúpido pero también agradecido de que tuviera la
voluntad de discutir estas difíciles preguntas conmigo. Deseaba creer en la Diosa por
las razones correctas, no solamente porque a mi alrededor todos lo hacían.
—Los arqueólogos —dijo— demostraron que debemos haber llegado hace
aproximadamente veinte mil años. No hay evidencia de humanos ni de plantas o
animales coecológicos anteriores. Eso hace que la Travesía sea más antigua que lo
que dicen las Escrituras, pero hay algunas fechas que están abiertas a la
interpretación, y con un poco de licencia poética todo puede encajar. Y la mayoría de
los biólogos creen que la microfauna nativa se podría haber formado sola a lo largo
de millones de años, a partir de simples elementos químicos, pero eso no significa
que la Diosa no estuviera guiando el proceso. En realidad, todo es compatible. Tanto
la ciencia como las Escrituras pueden ser verdad.
Pensé que sabía hacia dónde se estaba dirigiendo.
—Entonces, ¿descubriste una forma de emplear la ciencia para probar la
existencia de la Diosa? —⁠ Sentí una sensación de orgullo: ¡mi hermano era un genio!
—No. —Daniel se quedó en silencio durante un momento⁠ —. La cuestión es que
funciona de ambas maneras. La gente siempre puede presentar distintas explicaciones
para cualquier cosa que esté en las Escrituras. Las naves podrían haber dejado la
Tierra por otra razón. Los Ángeles podrían haber encarnado por otra razón. No hay
forma de convencer a un incrédulo de que las Escrituras son la palabra de la Diosa.
Todo es una cuestión de fe.
—Ah.

Página 12
—La fe es lo más importante —⁠ insistió Daniel⁠ —. Si no tienes fe puedes verte
tentado de creer cualquier cosa.
Hice una señal de asentimiento tratando de no sonar muy decepcionado. Había
esperado algo más de Daniel que las afirmaciones anodinas con las que me aburría
durante los sermones en la Iglesia Transicional.
—¿Sabes lo que tienes que hacer para tener fe?
—No.
—Pídela. Eso es todo. Pide a Beatriz que entre en tu corazón y te conceda el don
de la fe.
—¡Es lo que hacemos cada vez que vamos a la iglesia! —⁠ protesté. No podía
creer que ya se hubiera olvidado de la ceremonia transicional. Cada vez que el
sacerdote ponía una gota de agua de mar en nuestras lenguas, simbolizando la sangre
de Beatriz, pedíamos los dones de la fe, la esperanza y el amor.
—¿Pero la recibiste?
Nunca pensé en eso.
—No estoy seguro. —Creo en la Diosa, ¿no?⁠ —. Debería.
Daniel se solazó.
—Si tienes el don de la fe, lo sabes.
Clavé la mirada en la oscuridad, incómodo.
—¿Uno tiene que ir a la Iglesia Profunda para pedir apropiadamente?
—No. Incluso en la Iglesia Profunda no todos han invitado a Beatriz a sus
corazones. Tienes que hacerlo de la manera en que figura en las Escrituras: «como un
nonato otra vez, desnudo y desvalido».
—Fui Sumergido, ¿no?
—En un cuenco de metal, cuando tenías treinta días. La Inmersión Infantil es un
gesto de los padres, una afirmación de sus buenas intenciones. Pero no es suficiente
para salvar al niño.
Ahora me sentía muy desorientado. Al final mi padre aprobó la conversión de
Daniel… pero ahora Daniel estaba tratando de decirme que las relaciones de nuestra
familia con la Diosa habían sido extremadamente deficientes, sino por completo
falsas.
—¿Recuerdas —dijo Daniel— lo que Beatriz dijo a Sus seguidores la última vez
que Ella apareció? «A menos que ustedes tengan la voluntad de ahogarse en Mi
sangre, nunca verán el rostro de Mi Madre». Entonces se ataron las manos y los pies
y se sumergieron con piedras.
Sentí una opresión en el pecho.
—¿Y tú lo hiciste?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace casi un año.
Estaba más confundido que nunca.

Página 13
—¿Fueron mamá y papá?
—¡No! —rió Daniel—. No es una ceremonia pública. Me ayudaron algunos
amigos del Grupo de Oración; alguien tiene que estar en la cubierta para jalarte hacia
arriba, porque sería muy arrogante esperar que Beatriz rompa tus ataduras y te lleve a
la superficie como hizo con Sus seguidores. Pero en el agua estás a solas con la
Diosa.
Bajó de su litera y se acuclilló junto a la mía.
—¿Estás listo para ofrecer tu vida a Beatriz, Martín? —⁠ su voz lanzó chispas
grises a través de la oscuridad.
—¿Y qué pasa —vacilé— si sólo me zambullo? ¿Y si me quedo abajo durante un
rato? —⁠ Había nadado alejándome de la embarcación por la noche muchas veces, no
le tenía miedo a eso.
—No. Tienes que bajar con un peso. —⁠ Su tono dejaba en claro que no se podía
alterar esto⁠ —. ¿Cuánto puedes retener tu respiración?
—Doscientos tau. —Eso era una exageración, pero doscientos era lo que esperaba
alcanzar.
—Es suficiente.
No respondí.
—Rezaré contigo —dijo Daniel.
Salí de la cama y nos arrodillamos juntos.
—Por favor —murmuró Daniel—, Bendita Beatriz, concédele a mi hermano
Martín el coraje para aceptar el precioso don de Tu sangre. —⁠ Entonces comenzó a
rezar en lo que tomé como un idioma extranjero, pronunciando una rápida cadena de
sílabas discordantes distinta a todo lo que había oído antes. Escuché con aprensión;
no estaba seguro de si quería que Beatriz cambiara mi opinión, y tenía temor a que
esa demostración de fervor La pudiera persuadir.
—¿Y qué pasa si no lo hago? —⁠ dije.
—Entonces nunca verás el rostro de la Diosa.
Sabía lo que significaba eso: vagaría solo en el vientre de la Muerte, en la
oscuridad, para toda la eternidad. E incluso si las Escrituras no fueran tomadas
literalmente en este punto, la realidad detrás de la metáfora podía ser todavía peor.
Indescriptiblemente peor.
—Pero… ¿qué pasa con mamá y papá? —⁠ Estaba preocupado por ellos porque
sabía que nunca saltarían al agua cargados con piedras ante la insistencia de Daniel.
—Tomará su tiempo —dijo suavemente.
Vacilé. Hablaba muy en serio.
Lo escuché ponerse de pie y subir por la escalerilla. Subió unos pocos peldaños y
abrió la escotilla. Ingresó suficiente luz estelar como para que sus brazos y hombros
adquirieran forma, pero cuando se volvió hacia mí aún no podía distinguir su cara.
—¡Vamos, Martín! —susurró—. Cuanto más lo demores será más difícil. —⁠ La
silenciosa urgencia de su voz era familiar: generosa y conspiradora, nada parecida a

Página 14
la impaciencia de los adultos. Casi se podría decir que estaba azuzándome para que
me uniera a él en una incursión de medianoche hasta la despensa: no porque
necesitara un colaborador, sino porque no quería que yo me perdiera la excitación o
el botín.
Supongo que temía más a la condena que a ahogarme, y siempre confiaba en que
Daniel me cuidaría de los peligros que afrontaba. Pero esta vez no estaba
completamente convencido de que él estuviera en lo correcto, así que me debe haber
impulsado algo más que el miedo y la confianza ciega.
Tal vez fuera el hecho de que me estaba ofreciendo convertir en su igual en esto.
Yo tenía diez años y ansiaba llegar a ser algo más de lo que era; quería alcanzar, no la
agobiante adultez de mis padres, sino un punto a mitad de camino, pleno de libertad y
secretos, ese lugar al que había llegado Daniel. Quería ser tan fuerte, tan rápido, tan
listo y tener tantas lecturas como él. Llegar a tener certeza de la Diosa no hubiese
sido mi primera elección, pero no había mucho que discutir ante la esperanza de que
la intervención divina me concediera algo más.
Lo seguí a la cubierta.
Tomó una cuerda y un cuchillo, y de la caja de herramientas sacó cuatro pesas de
las que usábamos en las redes. Enlazó las pesas con la cuerda, luego me saqué los
pantalones cortos y me senté, desnudo, sobre la cubierta mientras él hacía un nudo
cruzado simple en torno a mis tobillos. Levanté un pie para probar, las piezas no
parecían tan pesadas. Pero en el agua, sabía, serían más que suficiente para
contrarrestar la ligera tendencia a flotar de mi cuerpo.
—¿Martín? Extiende tus manos.
De pronto me puse a llorar. Con mis brazos libres al menos podría nadar para
contrarrestar las pesas. Pero si mis manos estaban atadas quedaba indefenso.
Daniel se inclinó y me miró a los ojos.
—Shh. Está todo bien.
Me odié. Pude sentir como mi rostro se transfiguraba en la máscara de un niño
que lloriqueaba.
—¿Tienes miedo?
Asentí.
Daniel sonrió tranquilizador.
—¿Sabes por qué? ¿Sabes quién hace eso? La Muerte no quiere que Beatriz te
tenga. Te quiere para sí misma. Está aquí en esta embarcación, metiendo miedo en tu
corazón porque sabe que casi te ha perdido.
Vi que algo se movía entre las sombras detrás de la caja de herramientas, algo que
se escurría hacia la oscuridad. Si regresábamos a la cabina ahora, ¿nos seguiría la
Muerte? ¿Esperaría que Daniel se durmiera? Si le daba la espalda a Beatriz, ¿podría
pedirle a la Muerte que se aleje?
Clavé la mirada en la cubierta, lágrimas de vergüenza caían por mis mejillas.
Extendí mis brazos con los puños juntos.

Página 15
Cuando mis manos estuvieron atadas —⁠ no palma contra palma como había
esperado, sino en nudos distintos que estaban unidos por un puente corto⁠ —, Daniel
desenrolló una larga extensión de soga del malacate que estaba en la parte de atrás de
la embarcación y la enrolló sobre la cubierta. No quise pensar en lo larga que era,
pero sabía que nunca me había sumergido hasta esa profundidad. Tomó el gancho sin
filo del final de la soga, lo pasó sobre mis brazos, luego lo ajustó bien fuerte hasta
que formó un anillo sin interrupciones. Entonces revisó otra vez que la cuerda en
torno a mis puños no estuviera tan tensa como para lastimarme ni tan floja como para
que se pudiera deslizar. Mientras hacía esto vi una expresión que pasaba rápidamente
por su rostro: algún tipo de duda o temor de sí mismo.
—No te sueltes del gancho —⁠ dijo⁠ —. Por si acaso. No lo sueltes, no importa por
qué. ¿Está bien? —⁠ susurró algo a Beatriz, luego levantó la vista hacia mí, otra vez
confiado.
Me ayudó a caminar arrastrando los pies hasta la barandilla, a un lado del
malacate. Entonces me tomó por debajo de los brazos y me levantó por encima de la
barandilla, poniendo mis pies sobre el lado exterior del casco. La cubierta era inerte,
endocaparazón mineralizado, pero detrás de la barandilla el casco estaba
palpablemente vivo: aceitoso por las secreciones protectoras, resplandecía con
suavidad. Los dedos de mis pies se curvaron inútilmente contra la piel lubricada; no
había donde apoyarse. El casco soportaba una parte de mi peso, pero los brazos de
Daniel se cansarían. Si me iba a arrepentir tenía que hacerlo pronto.
Estaba soplando una brisa cálida. Miré alrededor, hacia el horizonte plano, hacia
el resplandor de las estrellas, hacia la débil luz plateada que iluminaba el agua.
—Bendita Beatriz —recitó Daniel⁠ —, estoy listo para morir en este mundo.
Permíteme sumirme en Tu sangre, ser redimido y contemplar el rostro de Tu Madre.
Repetí las palabras tratando de darles sentido.
—Bendita Beatriz, Te ofrezco mi vida. Todo lo que hago ahora lo hago por Ti.
Entra en mi corazón y concédeme el don de la fe. Entra en mi corazón y concédeme
el don de la esperanza. Entra en mi corazón y concédeme el don del amor.
—Y concédeme el don del amor.
Daniel me soltó. Al principio mis pies parecieron quedar mágicamente adheridos
al casco y me incliné hacia atrás sin caer. Me aferré fuertemente al gancho,
presionando el metal frío contra mi vientre, y desee que la cuerda del malacate se
tensara, haciéndome pender en el aire. Incluso me preparé para el impacto. Una parte
de mí creía que podía cambiar de opinión aún ahora.
Entonces mis pies se deslizaron y caí en el océano, hundiéndome.
No fue como una zambullida, ni siquiera como una zambullida desde una altura
que nunca había alcanzado; cuando el agua apenas detuvo mi caída empecé a
asustarme. Atravesaba el agua muy rápido, como si fuera aire. La visión que tuve de
la soga sosteniéndome por sobre el agua giró hacia el extremo opuesto: mi
aceleración parecía demostrar que la soga sobre la cubierta no estaba atada a nada,

Página 16
que su terminación deshilachada ya estaba bajo la superficie. Eso es lo que hicieron
los seguidores, ¿no? Se dejaron arrojar sin ninguna posibilidad de salvarse. Así que
Daniel había cortado la soga y yo estaba abriéndome camino hacia el fondo del
océano.
Entonces el gancho jaló las manos hacia arriba sobre mi cabeza, sacudiendo mis
puños y mis hombros, y quedé suspendido.
Volví mi cara hacia la superficie, pero ni la luz de las estrellas ni la débil
fosforescencia del casco llegaban a esa profundidad. Dejé que algunas burbujas
salieran de mi boca; sentí cómo se deslizaban sobre mi labio superior, pero no
dejaron rastro en la oscuridad.
Con cautela moví las manos sobre el gancho. Todavía podía sentir la cuerda firme
en torno a mis puños, pero Daniel me había advertido que no me confiara. Recogí las
rodillas hasta el pecho, midiendo el efecto de las pesas. Si la cuerda se rompía, al
menos mis manos estarían libres, pero incluso así no estaba seguro de poder ascender.
Me llenó de horror el pensamiento de tratar de desatar los nudos en torno a mis
tobillos mientras me hundía en lo profundo.
Me dolían los hombros pero no estaba lastimado. No me tomó mucho esfuerzo
alzarme hasta que mi mentón estuvo a la altura de la parte inferior del gancho. Ir más
allá era muy difícil —⁠ mis manos no estaban juntas y no podía aferrarme⁠ — pero en
el tercer intento me las arreglé para conseguir que se enlazaran mis brazos señalando
directamente hacia abajo.
Hice esto sin un auténtico plan, pero entonces me sorprendí al descubrir que, aún
con mis manos y pies atados, podía tratar de trepar por la soga. Era sólo cuestión de
intentarlo. Tenía que darme vuelta, asir la soga entre mis rodillas, luego encogerme
—⁠ arrastrando el gancho⁠ — y aferrarme con las manos en el punto más alto.
¿Y si no pudiera subir lo suficiente?
Subí los pies primero.
Ni siquiera pude con el primer paso. Creí que sería tan simple como mantener mis
brazos rígidos y dejarme caer hacia atrás, pero en el agua incluso dos tercios de mi
cuerpo no era suficiente para equilibrar las pesas.
Probé una aproximación distinta: me dejé caer para colgar a la longitud de mi
brazo, elevé mis piernas tan alto como pude y luego me impulsé hacia arriba otra vez.
Pero no estaba tan bien aferrado como para resistir la fuerza de rotación de las pesas;
pivoteé en torno a mi centro de gravedad —⁠ que estaba en algún lugar cerca de mis
rodillas⁠ — y terminé encorvado pero casi horizontal.
Me moví lentamente hacia abajo otra vez y traté de introducir mis pies a través
del círculo que formaban mis brazos. No tuve éxito en el primer intento y tras
reflexionar también me pareció un mal movimiento. Incluso si lograba atrapar la soga
entre mis pies atados —⁠ más allá de que sólo daría volteretas hacia atrás, fuera de
control, y me dislocaría los hombros⁠ — escalar por la cuerda con mis manos detrás

Página 17
de la espalda sería imposible, o tan difícil y extenuante que se me agotaría el oxígeno
antes de que hiciera una décima parte del recorrido.
Dejé escapar un poco más de aire de mis pulmones. Pude sentir que los músculos
en mi diafragma me reprochaban porque les impedía hacer lo que querían; no con
urgencia todavía, pero el conocimiento de que carecía de control sobre el momento
en el que sería capaz de soltar el aliento otra vez hizo más difícil mantener la calma.
Sabía que podía confiar en que Daniel me sacaría a la superficie a la cuenta de
doscientos. Pero sólo había resistido hasta los ciento sesenta. Cuarenta tau más serían
una eternidad.
Casi había olvidado cuál era el motivo de esta experiencia extrema pero entonces
comencé a rezar. Por favor, Bendita Beatriz no me dejes morir. Sé que Tú te
sumergirás para salvarme, pero si muero no le servirá a nadie. Daniel terminará
hundido en la mierda más profunda… pero eso no es una amenaza, es sólo una
observación. Sentí una punzada de ansiedad, ¿encima de todo, acababa de ofender a
la Hija de la Diosa? Seguí luchando a pesar de mi confianza menguada. No quiero
morir. Pero Tú ya lo sabes. No sé lo que quieres decirme.
Liberé algo más de aire viciado deseando haber contado el tiempo desde el
momento en que bajé; se supone que no hay que vaciar los pulmones demasiado
rápido —⁠ cuando están deshinchados es todavía más difícil no aspirar⁠ — pero retener
el dióxido de carbono demasiado tiempo tampoco es bueno.
Rezar sólo parecía hacerme sentir más desesperado, así que traté de repasar otros
tipos de pensamientos sagrados. No pude recordar nada de las Escrituras palabra por
palabra, pero lo esencial de las partes más importantes comenzó a atravesar mi mente.
Después de vivir en Su cuerpo durante treinta años y de persuadir a todos los
Ángeles de que volvieran a ser mortales otra vez, Beatriz regresó a la nave espacial
vacía y voló directamente hacia el océano. Cuando la Muerte La vio llegar, tomó la
forma de una serpiente gigante y se enroscó en el agua, aguardando. Aunque Ella era
la Hija de la Diosa, con el poder para hacer lo que quisiera, dejó que la Muerte La
tragara.
Eso demuestra cuánto nos amaba.
La Muerte pensó que había triunfado. Beatriz estaba atrapada en su interior, en la
oscuridad, sola. Los Ángeles otra vez eran de carne, así que no tendría que esperar
hasta que cayeran las estrellas para reclamarlos.
Pero Beatriz era parte de la Diosa. La Muerte se había tragado una parte de la
Diosa. Fue un error. Después de tres días, sus mandíbulas se abrieron con un estallido
y Beatriz salió volando, coronada por el fuego. La Muerte estaba quebrada, marchita,
disminuida.
Mis miembros estaban entumecidos pero mi pecho ardía. La Muerte todavía era
lo suficientemente fuerte como para mantener la maldición allí abajo. Comencé a
sacudirme ciegamente, derrochando cualquier rastro de oxígeno que quedara en mi
sangre, pero la desesperación me distrajo de la ansiedad de inhalar.

Página 18
Por favor Bendita Beatriz.
Por favor Daniel…
Señales luminosas florecieron detrás de mis ojos y derivaron hacia el agua. Las
contemplé mientras se rizaban en una especie de vórtice, como si algo las estuviera
absorbiendo.
Era la boca de la serpiente tragándose mi alma. Abrí mi propia boca e hice un
ruido lastimoso, y la Muerte nadó hacia mí para besarme, para lanzar agua fría en mis
pulmones.
De pronto, todo fue cauterizado por la luz. La serpiente se volvió y huyó como un
gusano pálido y tímido. Una ola de satisfacción me limpió, como si fuera un niño otra
vez y mi madre me estuviera abrazado con fuerza. Fue como calentarse al sol,
escuchar una risa, soñar una música demasiado hermosa para que fuera real. Cada
músculo en mi cuerpo aún trataba de urgir a los pulmones para que se abrieran al
agua, pero ahora me encontré peleando contra esto casi distraídamente mientras me
maravillaba ante mi extraña euforia.
Por mis manos se extendió un aire frío que bajó por los brazos. Me elevé para
tomar una bocanada, luego me desplomé otra vez, mareado y balbuceante,
agradeciendo cada soplo pero todavía eufórico por algo completamente distinto. La
luz que había llenado mis ojos ya había desaparecido, pero quedaba un resplandor
violáceo allí donde mirara. Daniel continuó enrollando la soga hasta que mi cabeza
estuvo al nivel de la barandilla, entonces trabó el malacate, se inclinó y me alzó sobre
su espalda.
En el agua me había sentido tibio pero ahora mis dientes temblaban.
Daniel me envolvió en una toalla, luego se puso a cortar las cuerdas.
—¡Estoy tan feliz! —le dije lleno de alegría. Me hizo un gesto para que me
quedara quieto, pero luego susurró alegremente:
—Ése es el amor de Beatriz. Ahora Ella siempre estará contigo, Martín.
Parpadeé con sorpresa, luego reí levemente ante mi propia estupidez. Hasta ese
momento, yo no había relacionado lo que me había sucedido con Beatriz. Pero por
supuesto que había sido Ella. Le pedí que entrara en mi corazón y lo hizo.
Podía verlo en el rostro de Daniel: un año después de su propia Inmersión todavía
sentía Su presencia.
—Ahora —dijo— todo lo que hagas es por Beatriz. Cuando mires a través de tu
telescopio, lo harás en honor a Su creación. Cuando comas, bebas o nades, lo harás
para agradecer Sus dones. —⁠ Asentí con entusiasmo.
Daniel secó todo ordenadamente, incluso limpió los charcos de agua que yo había
dejado sobre la cubierta. De regreso en la cabina recitó pasajes de las Escrituras que
yo nunca había comprendido antes pero que ahora parecían ser todos sobre la
Inmersión y la forma en que yo me sentía. Fue como si hubiera abierto el libro y me
hubiese encontrado mencionado por mi nombre a cada página.

Página 19
Cuando Daniel se quedó dormido antes que yo por primera vez en mi vida no
sentí la más ligera punzada de soledad. La Hija de la Diosa estaba conmigo: podía
sentir Su presencia como una llama en mi cráneo irradiando calidez a través de la
oscuridad detrás de mis ojos.
Dándome satisfacción, dándome fuerza.
Dándome fe.

Página 20
2
El monasterio estaba a casi cuatro mil radianes al nordeste de las tierras que eran
nuestro hogar. Daniel y yo llevamos la embarcación a un punto de encuentro donde
nos cruzamos casualmente con otras tres pequeñas lanchas antes de continuar. Fue la
misma rutina cada diez noches a lo largo de casi un año, y un año antes Daniel había
estado yendo al Grupo de Oración, así que la embarcación no necesitaba de mucha
supervisión.
Alimentada con nutrientes en el océano, se propulsaba al bombear agua a través
de finos canales en su piel. Se guiaba tanto por la luz del sol como por el campo
magnético de Promisión y era un ejemplo perfecto del tipo de legado de los Ángeles
que la tecnología nunca sería capaz de igualar.
Bartolomé, Raquel y Agnes estaban en una embarcación y viajaron a nuestro lado
mientras los otros se deslizaban adelante. Bartolomé y Raquel eran apenas mayores
que Daniel y estaban casados aunque tenían sólo diecisiete años. Agnes, la hermana
de Raquel, tenía dieciséis. Dado que yo era el miembro más joven del Grupo de
Oración, Agnes me había consentido desde el día en que me uní.
—Esta noche es tu gran noche —⁠ dijo⁠ —, ¿no es cierto, Martín? —⁠ asentí, pero
decliné continuar la conversación, dejándola libre para hablar con Daniel.
Era el crepúsculo cuando el monasterio apareció a la vista, una torre cónica
construida con por lo menos diez mil cascos que se elevaban sobre el agua con la
forma estilizada de la nave espacial de Beatriz. Apuntando hacia el cielo y no
descendiendo hacia las profundidades. Aunque algunos comentaristas de las
Escrituras insistían en que la nave espacial se había sumergido para siempre y Beatriz
se había elevado del agua sin ayuda, todavía era el símbolo definitivo de Su victoria
sobre la Muerte. Estas construcciones permanecen en la oscuridad los tres días en los
que estuvo separada de la Diosa, pero estamos a medio año de eso y el monasterio
brilla en cada lumbrera.
Había un túnel angosto que conducía a la base de la torre, las embarcaciones
percibieron su aroma en el agua y se pusieron en fila. Yo sabía que no tenían alma
pero me preguntaba cómo sería esto para ellas, si serían conscientes de sus acciones.
Normalmente descansaban en un muelle para un solo casco, una bolsa de corteza de
bote que les daba seguridad pero también las dejaba expuestas en gran parte. Tal vez
el ser atraídas instintivamente hacia esta enorme estructura les hacía sentir todavía
más seguras y cómodas que atracar en el muelle del hogar. Cuando mencioné algo en
este sentido, Raquel, junto a mí en la embarcación, dijo riendo tontamente:
—No seas repugnante.
Las paredes del túnel tenían una fosforescencia verde pálido, pero la apertura que
estaba adelante ofrecía la luz blanca de las lámparas, deslumbrante, más fuerte y
brillante. Salimos a un canal que rodeaba un inmenso patio interior y continuamos
circundándolo hasta que las embarcaciones alcanzaron cuatro muelles vacíos.

Página 21
Cada pisada y cada salpicadura hizo eco a nuestras espaldas mientras
desembarcábamos. Miré hacia el techo, una cúpula compuesta por cientos de cascos
triangulares y curvos ensamblados, tatuados con escenas de las Escrituras. Las
ilustraciones originales tenían más de mil años de antigüedad, pero la piel viva de las
embarcaciones degradaba los pigmentos en una escala de tiempo de décadas, de
manera que los monjes tenían que renovarlos continuamente.
«Beatriz reuniendo a los Ángeles» era mi favorita. Dado que los Ángeles no eran
de carne, no crecían dentro de sus madres; aparecieron de la nada en las calles de las
Ciudades Inmateriales. En el cuadro del techo, el cuerpo inmaterial de Beatriz estaba
formado a medias con querubines que todavía estaban trabajando para vestir los
huesos inmateriales de Sus piernas y brazos con músculos, venas y piel inmateriales.
Unos pocos Ángeles, con batas luminosas, La estaban contemplando a ambos lados,
pero no se podía decir si estaban particularmente impresionados. Entonces no tenían
forma de saber quién era Ella.
Un pasillo con sus propias ilustraciones más pequeñas conducía del patio interior
a una sala de encuentros. Había cerca de cincuenta personas en el Grupo de Oración,
incluyendo a varios sacerdotes y monjes que actuaban como los demás. En la iglesia
se seguía la liturgia; los sacerdotes de ambos sexos se abrían lugar para su sermón,
pero no había espacio para que los devotos hicieran mucho más que rezar o cantar al
unísono y ofrecer las respuestas de rutina. Aquí era mucho menos formal. Había dos
o tres oradores cada noche —⁠ a veces huéspedes que estaban visitando el monasterio,
a veces miembros del grupo⁠ — y después de eso cualquiera podía pedir al grupo que
rezara con ellos, sobre lo que quisieran.
Había llegado más tarde que los demás pero me habían guardado un asiento en un
pasillo. Agnes estaba a mi izquierda, luego Daniel, Bartolomé y Raquel.
—¿Estás nervioso? —dijo Raquel.
—No.
Daniel rió, como si esta afirmación fuera ridícula.
—No lo estoy —dije. Quería sonar sublimemente impasible, pero las palabras
parecieron lentas y aniñadas.
Los primeros dos oradores eran teólogos laicos, firmelandeses que estaban de
visita en el monasterio. Uno ofreció una exposición sobre las personas que
pertenecían a religiones falsas, y cómo todos ellos —⁠ de hecho⁠ — veneraban a
Beatriz, sólo que no lo sabían. Dijo que no estaban condenados porque no tenían
elección según la cultura en la que habían nacido. Beatriz sabía que sus intenciones
eran buenas y los perdonaría.
Yo deseaba que esto fuera verdad, pero carecía de sentido para mí. Ya sea que
Beatriz fuera la Hija de la Diosa y todos los que pensaban de otra manera se habían
apartado de Ella hacia la oscuridad, o… no había un «o». Sólo tenía que cerrar mis
ojos y sentir Su presencia para saberlo. Sin embargo, todos aplaudieron cuando el
hombre terminó y todas las preguntas que hizo la gente parecieron comprensivas de

Página 22
su punto de vista, así que tal vez sus argumentos fueron demasiado sutiles para que
yo los pudiera seguir.
La segunda oradora se refirió a Beatriz como «la Sagrada Bromista», y nos
reprochó severamente por no prestarle atención a Su sentido del humor. Citó hechos
en las Escrituras que, señaló, eran bromas prácticas, y luego continuó profundizando
sobre «el poder curador de la risa». Fue una conferencia tan apasionante como las de
nutrición e higiene; luché por mantener abiertos mis ojos. Al final, a nadie se le
ocurrió ninguna pregunta.
Entonces Carol, que estaba disponiendo el programa, dijo:
—Ahora Martín va a dar testimonio del poder de Beatriz en su vida.
Todos aplaudieron para darme aliento. Mientras me ponía de pie y caminaba por
el pasillo, Daniel se inclinó hacia Agnes y le susurró sarcástico:
—Esto estará bueno.
Me paré ante el atril y di la charla que había estado ensayando durante días.
Beatriz, dije, estaba a mi lado ahora hiciera lo que hiciese: si estudiaba o trabajaba, si
comía o nadaba, o si sólo me quedaba sentado y contemplaba las estrellas. Cuando
despertaba por la mañana y miraba en mi corazón, Ella estaba allí sin falta,
ofreciéndome fuerza y orientación. Cuando descansaba en la cama por la noche no
temía nada porque sabía que Ella estaba observándome. Antes de mi Inmersión me
sentía inseguro acerca de mi fe, pero ahora nunca sería capaz de dudar de que la Hija
de la Diosa se había hecho carne, muerto y conquistado a la Muerte, por Su gran
amor hacia nosotros.
Todo era cierto, pero incluso mientras decía estas cosas no podía sacarme de la
cabeza las palabras sarcásticas de Daniel. Eché una mirada a la fila donde había
estado sentado, a las personas con las que había viajado. En verdad, ¿qué tenía en
común con ellos? Raquel y Bartolomé estaban casados. Bartolomé y Daniel habían
estudiado juntos y todavía jugaban en el mismo equipo de buceo-pelota. Daniel y
Agnes probablemente estaban enamorados. Y Daniel era mi hermano… pero lo único
que cambiaba era el hecho de que podía rebajarme con más eficiencia que ningún
extraño.
No presté atención a los problemas y bendiciones que algunas personas
compartieron con el grupo en la plegaria abierta que siguió. Silenciosamente intenté
convocar a Beatriz para que disolviera el nudo de odio en mi corazón. Pero no pude
hacerlo; también me había alejado de Ella.
A medida que terminaba el encuentro, la gente comenzaba a trasladarse a la
habitación contigua para conversar durante un rato, pero yo me resistí a hacerlo. Me
agaché y me dirigí hacia el corredor cuando los otros estuvieron fuera de vista,
enfilando directamente hacia la embarcación.
Daniel podría lograr que lo llevaran a casa sus amigos; no era lejos de su camino.
Esperaría a corta distancia de la embarcación hasta que él llegara; si mis padres me

Página 23
veían llegar solo estaría en problemas. Daniel estaría molesto, por supuesto, pero no
me delataría.
Una vez que la liberé del muelle la embarcación supo exactamente dónde ir:
alrededor del canal, de regreso al túnel y luego a mar abierto. Mientras me movía
rápidamente a través del agua tranquila y oscura, sentí que regresaba la presencia de
Beatriz, lo que me pareció una señal de que Ella comprendía que tenía que alejarme.
Me incliné y bañé mi mano en el agua, sintiendo la corriente que generaba la
embarcación al liberar y absorber iones a través de las células de su piel. El casco
exterior resplandecía con un azul fosforescente, más para advertir a otras
embarcaciones que para iluminar el camino. En la época de Beatriz, uno de Sus
seguidores se había puesto a diseñar en la Ciudad Inmaterial esta criatura a partir de
la nada. Me dio algo de vértigo el solo hecho de imaginarme todo lo que sabían los
Ángeles. No estaba seguro de por qué se había perdido tanto, pero esperaba
redescubrir algo. Incluso la Iglesia Profunda enseñaba que no había nada malo en eso
mientras no lo empleáramos para tratar de llegar a ser inmortales otra vez.
El monasterio se encogió hasta ser una luz borrosa en el horizonte; no había otro
faro visible en el agua pero podía leer las estrellas y el sentido de las líneas de campo,
así que sabía que la embarcación se movía en la dirección correcta.
Cuando advertí una mota blanca a la distancia quedó claro que no eran Daniel y
los demás persiguiéndome; venía de la dirección equivocada. Me puse ansioso
mientras contemplaba la embarcación aproximándose; si era de alguien que conocía y
no podía ofrecer una buena excusa para viajar solo, la noticia llegaría a mis padres.
Una voz gritó antes de que pudiera descubrir a alguien a bordo:
—¿Podrías ayudarme? ¡Estoy perdido!
Pensé durante un momento antes de responder. La voz sonó casi sin emoción,
echando luz sobre esta contundente admisión de indefensión, pero no era broma. Si
uno está enfermo, podrían estar confundidos tanto el sentido diurno como el sentido
del campo, haciendo que las estrellas fueran mucho más difíciles de leer. Me había
sucedido un par de veces y había sido una experiencia horrible, incluso estando a
resguardo en la cubierta de nuestra embarcación. Muy entrada la noche, una
embarcación con sólo su sentido del campo para guiarse podía perder el rastro de su
posición, especialmente si estaba intentando transitar por algún lugar donde no había
estado antes.
Le grité nuestras coordenadas y el momento. Tenía bastante confianza en que le
había dado el centenar más cercano de microrradianes y unos pocos centenares de
taus.
—¡Eso no puede ser! ¿Puedo acercarme? ¿Permites que hablen nuestras
embarcaciones?
Vacilé. Me habían reiterado tantas veces y tanto tiempo que ya ni recuerdo que si
alguna vez encontraba a alguien en el agua, lo único que tenía que hacer era ofrecer

Página 24
las indicaciones de otros muelles a menos que conociera a las personas a bordo. Pero
Beatriz estaba conmigo y si alguien necesitaba ayuda estaba mal negársela.
—¡Muy bien! —Detuve el movimiento y esperé a que el extraño se acercara.
Cuando la embarcación se detuvo a mi lado, me sorprendí al ver que el pasajero era
un hombre joven. Parecía tener la edad de Bartolomé pero había sonado mucho
mayor.
No era necesario decirle a las embarcaciones lo que tenían que hacer, la
proximidad era suficiente para provocar un intercambio químico de información.
—¿Arreglándotelas solo? —dijo el hombre.
—Estoy viajando con mi hermano y sus amigos. Me adelanté un poco.
Eso le hizo sonreír.
—¿Te mandaron de paseo, no? ¿Qué crees que estarán haciendo allá atrás?
No respondí; no era forma de hablar sobre personas que ni siquiera conocía. El
hombre oteó el horizonte, luego extendió los brazos en un gesto de simpatía.
—Te debes sentir excluido.
Negué con la cabeza. Había un par de binoculares en el suelo detrás de él; antes
de reclamar ayuda podía haber visto que yo estaba solo.
Saltó hábilmente entre las embarcaciones, cayendo sobre la silla de popa.
—No hay nada que robar —dije. La piel me estaba hormigueando, más por la
incredulidad que por el miedo. El hombre estaba de pie sobre el asiento a la luz de las
estrellas, extrajo un cuchillo de su cinturón. Los detalles, los dibujos tallados en el
mango, el filo aserrado de la hoja, hacían que pareciera un sueño.
El hombre tosió, repentinamente nervioso.
—Sólo haz lo que te diga y no saldrás lastimado.
Llené mis pulmones y grité pidiendo ayuda lo más fuerte que pude; sabía que no
había nadie que pudiera oír pero pensé que podría atemorizarlo. Miró alrededor, más
sorprendido que irritado, como si no pudiera creer que desperdiciara energías en
semejante esfuerzo. Salté hacia atrás, hacia el agua. Un momento más tarde escuché
que me seguía.
Descubrí el resplandor azul de las embarcaciones sobre mí, entonces nadé
esforzadamente hacia abajo y alejándome de ellas, sin perder tiempo en buscar la
sombra del hombre. La sangre palpitaba en mis oídos, pero sabía que me movía casi
en silencio; por más rápido que fuera él, en la oscuridad podía pasar nadando a mi
lado sin darse cuenta. Si no me atrapaba pronto probablemente regresaría a la
embarcación y aguardaría a verme cuando subiera para buscar aire. Yo tenía que salir
a la superficie lo suficientemente lejos como para ser invisible, incluso para los
binoculares.
Tenía terror a que en cualquier momento una mano me tomara del tobillo, pero
Beatriz estaba conmigo. Mientras nadaba, pensé en mi Inmersión y Su presencia me
hizo más fuerte que nunca. Cuando mis pulmones estuvieron casi por estallar Ella me
ayudó a continuar, mis miembros se movían mecánicamente, unas manchas de luz

Página 25
flotaban delante de mis ojos. Al fin supe que tenía que salir a la superficie, me volví
con la cara hacia arriba y ascendí lentamente, luego descansé de espaldas con sólo mi
boca y la nariz sobre el agua, rechazando la tentación de sacar la cabeza para mirar
alrededor.
Llené y vacié mis pulmones varias veces, y luego me sumergí otra vez.
La quinta vez que salí a la superficie me atreví a mirar hacia atrás. No pude ver
ninguna de las embarcaciones. Me elevé un poco más, luego di un círculo completo
para el caso de que me hubiese desorientado, pero nada apareció a la vista.
Revisé las estrellas y mi sentido del campo. Las embarcaciones no deberían estar
por debajo del horizonte. Me mantuve a flote verticalmente, balanceándome con el
oleaje, tratando de no pensar en lo cansado que estaba. Había al menos dos
milirradianes hasta la embarcación más cercana. Los buenos nadadores —⁠ algunos
más jóvenes de lo que yo era⁠ — competían en maratones en distancias como ésa,
pero nunca había aspirado a semejante proeza de resistencia.
Sin preparación, en medio de la noche, no sabía qué hacer.
Si el hombre me había abandonado, ¿se habría llevado nuestra embarcación?
¿Cuando costaban tan poco y los parámetros eran tan difíciles de cambiar? Eso no
sería otra cosa que una admisión de culpa. Entonces, ¿por qué no podía verla? La
debía haber enviado en otra dirección o la embarcación había decidido regresar a
casa.
Conocía el recorrido que tendría que haber tomado; la hubiese visto pasar si la
hubiera buscado cuando salí a la superficie antes. Pero ahora no tenía ninguna
esperanza de encontrarla.
Comencé a rezar. Sabía que me había equivocado al dejar a los otros, pero pedí
perdón y sentí que me era concedido. Contemplé el horizonte casi con tranquilidad
—⁠ sonriendo ante los relámpagos azules de los meteoritos que se quemaban muy alto
sobre el océano⁠ —, seguro de que Beatriz no me abandonaría.
Todavía estaba rezando —manteniéndome a flote en forma vertical, tiritando por
el agua fría⁠ — cuando apareció una luz azul a la distancia. Desapareció cuando el
oleaje me hizo descender, pero no me había confundido con una estrella fugaz. ¿Eran
Daniel y los otros… o el extraño? No tenía tiempo para decidirlo; si quería estar a la
distancia de un grito cuando pasaran tendría que esforzarme nadando.
Cerré los ojos y recé en busca de guía. Por favor, Bendita Beatriz, házmelo saber.
La alegría fluyó a través de mi mente de manera instantánea: eran ellos, estaba
seguro. Me puse en movimiento tan rápido como pude.
Comencé a gritar antes de que pudiera ver cuántos pasajeros había, pero sabía que
Beatriz nunca permitiría que me confundiera. Dispararon una bengala desde la
embarcación, revelando cuatro figuras de pie una junto a la otra, examinando el agua.
Grité con júbilo y sacudí los brazos. Finalmente alguien me señaló y dirigieron la
embarcación hacia mí. Para cuando estuve en la cubierta estaba tan saturado de

Página 26
adrenalina y alivio que casi podía creer que era capaz de zambullirme de nuevo y
correr una carrera hasta casa.
Pensé que Daniel se iba a enojar pero cuando le describí lo que sucedió todo lo
que dijo fue:
—Será mejor que nos movamos.
Agnes me abrazó. Bartolomé me echó una mirada casi respetuosa, pero Raquel
murmuró cortante:
—Eres un imbécil, Martín. No sabes la suerte que tuviste.
—Lo sé —dije.
Nuestros padres estaban de pie en la cubierta. La embarcación vacía había llegado
un rato antes; estaban a punto de salir a buscarnos. Cuando los demás partieron
comencé a contar todo nuevamente, pero esta vez traté de quitar importancia a
cualquier elemento de peligro.
Antes de que terminara mi madre agarró a Daniel de la parte delantera de la
camisa y comenzó a zarandearlo.
—¡Te lo confié! ¡Loco! ¡Confié en ti! —⁠ Daniel había tratado de protegerse
levantado su brazo, pero luego lo dejó caer y volvió su cara hacia la cubierta.
Estallé en lágrimas.
—¡Fue mi culpa! —Nuestros padres nunca nos habían pegado; no podía creer lo
que veía.
Mi padre dijo dulcemente:
—Mira… ahora está en casa. Está a salvo. Nadie lo tocó. —⁠ Puso un brazo sobre
mis hombros y preguntó con cautela⁠ —: ¿No es así, Martín?
Asentí con los ojos llenos de lágrimas. Esto era peor que todo lo que había
sucedido en la embarcación o en el agua; me sentí un millar de veces más
desamparado, un millar de veces más como un niño.
—Beatriz me protegía —dije.
Mi madre entornó los ojos y rió brutalmente, soltando la camisa de Daniel.
—¿Beatriz? ¿Beatriz? ¿No sabes lo que pudo haberte pasado? Eres demasiado
joven para poder darle lo que el hombre quería. Hubiera tenido que usar el cuchillo.
El frío de las ropas húmedas pareció calarme más profundo. Me balanceé
tembloroso, pero me esforcé para permanecer derecho. Entonces susurré tercamente:
—Beatriz estaba allí.
—Ve a cambiarte —dijo mi padre—, o te vas a congelar hasta morir.
Me quedé en la cama escuchando cómo le reprochaban a Daniel. Cuando
finalmente bajó las escaleras me sentía tan enfermo de vergüenza que me hubiera
gustado ahogarme.
—¿Estás bien? —dijo.
No había nada que pudiera decir. No podía pedirle que me perdonara.
—¿Martín? —Encendió la lámpara. Su cara estaba surcada por las lágrimas; rió
suavemente, secándoselas⁠ —. Mierda, me habías preocupado. No hagas algo así

Página 27
nunca más.
—No lo haré.
—Muy bien. —Así fue; sin gritos, sin recriminaciones⁠ —. ¿Quieres rezar
conmigo?
Nos arrodillamos uno junto al otro, rezamos para que nuestros padres estuvieran
en paz, rezamos por el hombre que trató de lastimarme. Comencé a temblar; todos los
sucesos se me presentaron en su auténtica envergadura. De pronto, las palabras
manaron a borbotones de mi boca palabras que ni reconocía ni comprendía, aunque
sabía que estaba rezando para que todo estuviera bien con Daniel, rezando para que
nuestros padres dejaran de culparlo por mi estupidez.
Las palabras extrañas continuaron fluyendo de mí, un torrente incomprensible que
estaba imbuido con todo lo que sentía. Sabía lo que estaba sucediendo: Beatriz me ha
dado la lengua de los Ángeles. Tuvimos que renunciar a ese conocimiento cuando
nos convertimos en carne pero a veces Ella concedía a la gente la habilidad para rezar
de esta forma, porque el idioma de los Ángeles podía expresar cosas que nosotros no
podíamos poner en palabras. Daniel había sido capaz de hacerlo aún antes de su
Inmersión, pero no era algo que se pudiera enseñar o siquiera sobre lo que se pudiera
preguntar.
Cuando por fin me detuve, mi mente estaba acelerada.
—¿Beatriz planeó todo lo que sucedió esta noche? ¡Tal vez Ella así lo dispuso,
para preparar este momento!
Daniel negó con la cabeza, haciendo una ligera mueca de dolor.
—No te dejes llevar. Tienes el don; sólo acéptalo. —⁠ Me empujó con el
hombro⁠ —. Ahora vete a la cama antes de que nos metamos en más problemas.
Me quedé despierto casi hasta el amanecer abrumado por la felicidad. Daniel me
había perdonado. Beatriz me había protegido y me había bendecido. No sentía más
vergüenza, sólo humildad y sorpresa. Sabía que no había hecho nada para merecerlas
pero mi vida estaba envuelta en el amor de la Diosa.

Página 28
3
De acuerdo a las Escrituras, los océanos de la Tierra eran sacudidos por tormentas y
estaban llenos de criaturas peligrosas. Pero en Promisión los océanos eran tranquilos
y los Ángeles no crearon nada en la ecopoiesis que pudiera dañar sus encarnaciones
mortales. Los cuatro continentes y los cuatro océanos fueron concebidos acogedores
por igual, y así como los hombres y las mujeres eran indistinguibles a los ojos de la
Diosa, también lo eran los librelandeses y los firmelandeses. (Algunos comentaristas
insistían en que esto era literalmente verdad: la Diosa prefirió cegarse a Sí Misma
sobre el lugar donde vivíamos, y también sobre si habíamos nacido con o sin pene.
Me parecía una idea maravillosa aunque no podía comprender la logística que
implicaba).
Había escuchado que ciertas sectas oscuras enseñaban que la mitad de los
Ángeles encarnó como un pueblo que podía vivir en el agua y respirar bajo la
superficie, pero luego la Diosa lo destruyó porque se burló de la muerte de Beatriz.
Ninguna iglesia legítima tomaba esta noción con seriedad y los arqueólogos no
encontraron ningún rastro de estos míticos primos condenados. Los humanos eran
humanos, sólo había un tipo. Los librelandeses y los firmelandeses incluso se podían
casar entre ellos… si podían ponerse de acuerdo en dónde vivir.
Cuando yo tenía quince años, Daniel se comprometió con Agnes del Grupo de
Oración. Tenía sentido: les ahorraría las explicaciones y argumentos sobre la
Inmersión que tendrían que haber enfrentado con parejas que no estaban consagradas.
Agnes era una librelandesa, por supuesto, pero una rama importante de su familia, y
una más pequeña de la nuestra, eran firmelandeses, así que tras largas negociaciones
se decidió que el casamiento se llevaría a cabo en Ferez, una ciudad costera.
Fui con mi padre a recoger un casco para ser equipado como la embarcación de
Daniel y Agnes. La criadora, Diana, tenía una hilera de seis cascos maduros y mi
padre insistió en caminar sobre sus lomos para examinar personalmente cada una de
sus imperfecciones.
Para cuando alcanzamos el cuarto yo había perdido la paciencia. Murmuré:
—Lo que importa es la piel que está por debajo. —⁠ Era verdad, no se puede decir
mucho sobre las condiciones generales de un casco desde arriba, unas pocas y
diminutas imperfecciones sobre la línea de flotación no merecen ser objeto de
preocupación.
Mi padre asintió pensativamente.
—Es verdad. Mejor métete en el agua y revisa la parte inferior.
—No voy a hacer eso. —¿Por qué simplemente no podíamos confiar en que la
mujer nos estaba vendiendo un casco saludable por un precio decente? Esto ya era
muy embarazoso.
—¡Martín! Es por la seguridad de tu hermano y de tu cuñada.

Página 29
Miré brevemente a Diana para mostrarle dónde estaban mis simpatías, luego me
saqué la camisa y me zambullí. Nadé bajo la superficie hasta el último casco de la
fila, luego me sumergí para quedar debajo. Comencé el trabajo con perversa
minuciosidad, recorriendo con los dedos cada nanorradián cuadrado de piel. Estaba
decidido a fastidiar a mi padre al tomarme más tiempo de lo que él quería, y también
a impresionar a Diana al examinar los seis cascos completos sin salir a buscar aire.
Un casco no equipado flota más arriba en el agua que una embarcación llena de
muebles y otras cosas, pero me sorprendí al descubrir que aún a la sombra de la
criatura había suficiente luz como para ver la piel con claridad. Después de un rato
comprendí que, paradójicamente, esto se debía a que el agua estaba ligeramente más
enturbiada que lo habitual y no importaba qué eran esas diminutas partículas pero
esparcían la luz del sol por las sombras.
Moviéndome a través del agua cálida y brillante, sintiendo el amor de Beatriz más
intensamente de lo que lo había sentido en mucho tiempo me resultó imposible
continuar enojado con mi padre. Él quería el mejor casco para Daniel y Agnes, y así
lo hice. En cuanto a impresionar a Diana… ¿Por qué me estaba engañando? Ella era
una mujer adulta, al menos tan grande como Agnes, y era altamente improbable que
me viera como algo más que un niño. Para cuando terminé con el tercer casco me
estaba sintiendo corto de aire, así que salí a la superficie e informé alegremente:
—¡No hay imperfecciones hasta ahora!
Diana me sonrió.
—Tienes buenos pulmones.
Los seis cascos estaban en perfectas condiciones. Terminamos llevándonos el que
estaba al final de la fila porque era el más fácil de separar.
Ferez estaba construida en la desembocadura de un río, pero los muelles estaban a
cierta distancia corriente arriba. Eso ayudó para que nos preparáramos; el gradual
amortiguamiento de las olas fue una transición mucho más tranquila que la que habría
sido pasar inmediatamente del mar a la tierra. Cuando salté del muelle a la costanera,
sin embargo, fue como chocar con algo masivo y resistente, la piedra del planeta.
Había estado en tierra dos veces, en ambas ocasiones durante menos de un día. Las
celebraciones del casamiento durarían diez días, pero al menos todavía podríamos
dormir en la embarcación.
Mientras los cuatro caminábamos por las calles atestadas dirigiéndonos hacia el
salón ceremonial donde tendría lugar todo menos el sacramento del matrimonio,
contemplé con mi mirada extranjera todo lo que tenía ante mi vista. Casi nadie iba
descalzo como nosotros, y después de unos cuantos centenares de tau de caminar
sobre el pavimento de piedra comprendí el motivo: era mucho más irregular que
cualquier cubierta. Nuestras ropas eran diferentes, nuestra piel era más oscura,
nuestro acento era innegablemente extranjero… pero nadie nos miró dos veces. Los
librelandeses difícilmente fueran una novedad aquí. Eso me volvió todavía más
consciente de mí mismo; la curiosidad que yo sentía no era mutua.

Página 30
En el salón me uní a los preparativos, principalmente para empujar muebles bajo
las directrices de uno de los tiránicos tíos de Agnes. Fue un tipo nuevo de conmoción
ver tantos librelandeses juntos en este medio ambiente extraño, y fue todavía más
singular cuando comprendí que no podía distinguir fácilmente a los firmelandeses
que estaban entre nosotros; no había una línea divisoria en la apariencia física, ni
siquiera en la vestimenta. Comencé a sentirme ligeramente culpable; si la Diosa no
podía ver la diferencia, ¿por qué yo estaba persiguiendo esas marcas?
Al mediodía comimos todos fuera, en un jardín detrás del salón. La hierba era
suave pero hacía que me picaran los pies. Daniel había salido para probarse las ropas
del casamiento y mis padres estaban llevando adelante alguna tarea importante; sólo
reconocía a un puñado de las personas que me rodeaban. Me senté a la sombra de un
árbol pretendiendo pasar desapercibido gracias al tamaño enorme y a la bizarra
anatomía del vegetal. Me pregunté si tomarían una siesta; no me podía imaginar
durmiendo sobre la hierba.
Alguien se sentó a mi lado, me volví.
—Me llamo Lena. Prima segunda de Agnes.
—Soy el hermano de Daniel, Martín. —⁠ Vacilé, luego le ofrecí mi mano; ella la
tomó sonriendo ligeramente. Incómodo, esa mañana había besado a una docena de
extraños, todos futuros parientes lejanos, pero esta vez no me atreví.
—El hermano del novio haciendo trabajo raso como los demás. —⁠ Sacudió la
cabeza con admiración fingida.
Con desesperación traté de dar una respuesta ingeniosa pero si fracasaba en la
tarea sería aún peor que ser simplemente aburrido.
—¿Vives en Ferez?
—No, en Mitar. Tierra adentro. Nos estamos quedando en lo de mi tío. —⁠ Puso
mala cara⁠ —. Junto con otras diez personas. Sin privacidad. Es horrible.
—Para nosotros es fácil —dije—. Trajimos nuestra casa. —⁠ Idiota. Como si ella
no lo supiera.
Lena sonrió.
—No he estado en una embarcación en muchos años. En algún momento me
tienes que llevar a dar una vuelta.
—Por supuesto. Me sentiré feliz de hacerlo. —⁠ Yo sabía que ella lo decía sólo por
hablar; nunca aceptaría el ofrecimiento.
—¿Son solamente Daniel y tú? —⁠ dijo.
—Sí.
—Deben sentirse cerca.
Me encogí de hombros.
—¿Y tú?
—Dos hermanos. Ambos más jóvenes. Ocho y nueve. Están muy bien, supongo.
—⁠ Dejó descansar su mentón sobre una mano y me miró directamente con serenidad.

Página 31
Aparté la vista, desconcertado por algo distinto a las ilusiones que me podía llegar
a hacer con lo que sugería esa mirada. A menos que sus padres hubieran sido muy
jóvenes cuando ella nació, no parecía probable que tuvieran planes de tener más
hijos. Entonces, ¿un número impar en la familia significaba que había muerto uno o
que la costumbre de números iguales de hijos correspondiendo a cada uno de los
padres no se seguía donde ella vivía? Estudié la región hacía menos de un año pero
tengo muy mala memoria para estas cosas.
—Parecías tan solo —dijo Lena—, aquí afuera.
Me volví hacia ella, sorprendido.
—Nunca estoy solo.
—¿No?
Pareció genuinamente curiosa. Abrí mi boca para contarle sobre Beatriz pero
cambié de opinión. Las pocas veces que había contado algo a mis amigos —⁠ amigos
normales, no Inmersos⁠ —, lo lamenté. Nadie se había reído pero se habían sentido
evidentemente incómodos con la revelación.
—Mitar tiene un millón de habitantes, ¿no? —⁠ dije.
—Sí.
—Un área del océano del mismo tamaño tiene una población de diez.
Lena frunció el ceño.
—Eso es algo demasiado complicado para mí, me temo. —⁠ Se puso de pie⁠ —.
Pero tal vez se te ocurra una forma de expresarlo en que pueda comprenderla hasta un
firmelandés. —⁠ Levantó una mano en gesto de despedida y se alejó.
—Tal vez lo haga —dije.
El casamiento tuvo lugar en la Iglesia Profunda de Ferez, una nave espacial
construida con piedra, vidrio y madera. Casi parecía una parodia de las iglesias a las
que asistía, aunque probablemente fuera más parecida a la nave auténtica de los
Ángeles que cualquier cosa construida con cascos vivos.
Daniel y Agnes estaban de pie ante el sacerdote, bajo el ápice del edificio. Los
parientes más cercanos estaban detrás de ellos en dos filas en ángulo a cada lado. Mi
padre —⁠ la madre de Daniel⁠ — estaba primero en nuestra fila, seguido por mi propia
madre, y luego estaba yo. Eso me situaba al mismo nivel que Raquel, quien me
echaba miradas de desprecio. Tras mi aventura fallida, eventualmente nos dejaron
viajar a Daniel y a mí nuevamente a las reuniones del Grupo de Oración, pero antes
de que pasara un año había perdido interés en ellas, y poco después dejé de ir a la
iglesia. Beatriz estaba conmigo constantemente y ninguna reunión o ceremonia podía
acercarme más a Ella. Sabía que Daniel desaprobaba esta actitud pero no me dio
ningún sermón sobre el tema, y mis padres aceptaron mi decisión sin protestar. Si
Raquel creía que yo era un apóstata, ése era su problema.
—¿Quién de ustedes trae un puente a este matrimonio? —⁠ preguntó el sacerdote.
—Yo —dijo Daniel. En la ceremonia transicional no se pregunta eso; en verdad,
no le incumbe a nadie… y en cierto sentido la pregunta es casi sacrílega. Sin

Página 32
embargo, los teólogos de la Iglesia Profunda habían logrado explicar inconsistencias
doctrinarias mucho más grandes que ésta, así que ¿quién era yo para discutir?
—Daniel y Agnes, ¿declaran solemnemente que este puente será el lazo de
vuestra unión hasta la muerte, y que no será compartido con ninguna otra persona?
—Lo declaramos solemnemente —⁠ respondieron juntos.
—¿Declaran solemnemente que compartirán este puente, así como lo harán con
cada alegría y con cada carga del matrimonio?
—Lo declaramos solemnemente.
Mi mente se extravió; pensé en los padres de Lena. Tal vez uno de los hijos de la
familia fuera adoptado. Hasta ahora Lena y yo nos habíamos arreglado para
escabullirnos hasta la embarcación tres veces, a primera hora de la tarde mientras mis
padres estaban afuera. Hacíamos cosas que nunca había hecho con nadie, pero sin
embargo no tenía valor para preguntarle sobre algo tan personal.
El sacerdote dijo:
—Ante los ojos de la Diosa ahora son uno.
Mi padre comenzó a sollozar quedamente. Sentí emociones contradictorias
mientras Daniel y Agnes se besaban. Perdía a Daniel pero estaba contento de tener,
por fin, la oportunidad de vivir sin él. Y quería que fuera feliz —⁠ ya estaba celoso de
su felicidad⁠ — pero, al mismo tiempo, el pensamiento de casarme con alguien como
Agnes me producía claustrofobia. Era agradable, devota y generosa. Ella y Daniel se
cuidarían entre sí, y a sus hijos también. Pero ninguno presentaba ni siquiera un
pequeño desafío a las creencias más arraigadas del otro.
Esta fórmula para la armonía me aterrorizaba. Y lo que más temía era que Beatriz
la aprobara y deseara lo mismo para mí.

Lena puso su mano sobre la mía y empujó mis dedos más profundo dentro de ella,
jadeando. Estábamos sentados en mi litera, cara a cara, mis piernas estiradas, las de
ella arqueadas sobre las mías.
Deslizó la palma de la otra mano sobre mi pene. Me incliné sobre ella y la besé,
moviendo mi dedo sobre el lugar que me había mostrado, su sacudida nos estremeció
a ambos.
—¿Martín?
—¿Qué?
Me acarició con la yema de un dedo; de alguna manera era mejor que tener la
mano entera envolviéndome.
—¿Quieres venir dentro de mí?
Negué con la cabeza.
—¿Por qué no?
Continuó moviendo el dedo, recorriendo la misma línea; apenas podía pensar.
¿Por qué no?

Página 33
—Podrías quedar embarazada.
Se rió.
—No seas estúpido. Puedo controlar eso. Aprenderás, también. Es sólo una
cuestión de experiencia.
—Usaré la lengua —dije—. Eso te gusta.
—Lo sé. Pero quiero algo más. Y tú también. Te lo aseguro. —⁠ Sonrió
implorante⁠ —. Será agradable para los dos, te lo prometo. Más agradable que
cualquier cosa que hayas hecho en tu vida.
—No apuestes por eso.
Lena hizo un murmullo de incredulidad mientras que su pulgar recorría la base de
mi pene.
—Sé que no has penetrado a nadie. Pero no es algo de lo que tengas que
avergonzarte.
—¿Quién dijo que estoy avergonzado?
Ella asintió con seriedad.
—Está bien. Asustado.
Liberé mi mano y me di un golpe en la cabeza con la litera de encima. La antigua
litera de Daniel.
Lena se estiró y apoyó su mano sobre mi mejilla.
—No puedo —dije—. No estamos casados.
—Me dijeron que habías dejado todo eso.
—¿Todo qué?
—La religión.
—Entonces estás mal informada.
—Los ángeles hicieron nuestros cuerpos para esto. ¿Cómo puede haber algo
pecaminoso en eso? —⁠ Recorrió con su mano desde mi cuello hasta mi pecho.
—Pero el puente significa que… —⁠ ¿Qué? Todas las Escrituras decían que su
significado era la unión de hombres y mujeres, en igualdad. Y todas las Escrituras
decían que la Diosa no podía separar a hombres y mujeres, pero en la Iglesia
Profunda, a la vista de Dios, el sacerdote había hecho que Daniel reclamara prioridad.
Entonces, ¿por qué debería preocuparme por lo que pensara un sacerdote?
—Está bien —dije.
—¿Estás seguro?
—Sí. —Tomé su cara en mis manos y comencé a besarla. Después de un
momento, se estiró hacia abajo y me guió hacia su interior. El estremecimiento de
placer casi me hizo acabar, pero de alguna manera me contuve. Cuando disminuyó el
riesgo de que sucediera, entrelazamos nuestros brazos en torno al cuerpo del otro y
nos mecimos lentamente.
No fue mejor que mi Inmersión pero fue parecido a ser bendecido por Beatriz. Y
mientras nos movíamos en los brazos del otro creció en mí la decisión de pedirle a
Lena que nos casáramos. Ella era inteligente y fuerte. Cuestionaba todo. No me

Página 34
importaba que fuera firmelandesa, podíamos encontrarnos a mitad de camino,
podíamos vivir en Ferez. Sentí que eyaculaba.
—Perdón.
—Está muy bien —susurró—. Está muy bien. Sigue moviéndote. —⁠ Todavía
tenía una erección; nunca me había sucedido antes. Podía sentir sus músculos
apretando y liberando rítmicamente al compás de nuestro movimiento y sus lentas
exhalaciones. Entonces gritó y hundió sus dedos en mi espalda. Traté de deslizarme
afuera de ella otra vez, pero fue imposible: ella me aferraba con fuerza. Era esto. No
había vuelta atrás.
Ahora estaba asustado.
—Yo nunca… —Las lágrimas se vertían desde mis ojos, traté de apartarlas.
—Lo sé. Y sé que es intimidante. —⁠ Me abrazó más fuerte⁠ —. Sólo siéntelo. ¿No
es maravilloso?
Ya no era consciente de la falta de movimiento de mi pene, pero había un líquido
ardiente corriendo a través de mi ingle, olas de placer se extendían profundamente.
—Sí —dije—. ¿Es así para ti?
—Es diferente. Pero también es muy bueno. Muy pronto lo descubrirás por ti
mismo.
—No había pensado en eso —confesé.
—Tienes toda una vida nueva delante de ti, Martín —⁠ rió tontamente Lena⁠ —.
No sabes lo que te estás perdiendo.
Me besó, y luego comenzó a apartarse. Grité de dolor y se detuvo.
—Lo siento. Lo haré más lentamente. —⁠ Extendí la mano para tocar el lugar
donde nos habíamos unido, un hilo de sangre corría desde la base de mi pene.
—¿No irás a desmayarte sobre mí? —⁠ dijo Lena.
—No seas estúpida —sin embargo me sentí mareado⁠ —. ¿Y si no estoy listo
todavía? ¿Y si no puedo hacerlo?
—Entonces perderé mi manija en unos centenares de tau. Los Ángeles no eran tan
estúpidos.
Ignoré esta blasfemia, aunque no era sólo que los Ángeles no fueron los que
diseñaron nuestros cuerpos… fue Beatriz Misma.
—Promete que no usarás un cuchillo —⁠ dije.
—Eso no es divertido. Es algo que le pasa de verdad a la gente.
—Lo sé —besé su espalda—. Creo que…
Lena extendió las piernas ligeramente y sentí que el carozo se rompía dentro de
mí. La sangre fluyó cálida desde mi ingle pero el dolor había cambiado de una
amenaza de daño a simple afecto, mi sistema nervioso ya no registraba la lesión.
—¿Lo sientes? —le pregunté a Lena⁠ —. ¿Es parte de ti?
—Todavía no. Tomará un rato hasta que se formen las conexiones. —⁠ Pasó sus
dedos sobre mis labios⁠ —. ¿Puedo quedarme dentro de ti hasta que se formen?

Página 35
Asentí feliz. Ya no me preocupaba por las sensaciones, era sólo la contemplación
del milagro de ser capaz de dar una parte de mi cuerpo a Lena como algo
maravilloso. Hacía tiempo había estudiado los detalles fisiológicos, todo desde el
intercambio de nutrientes al sistema inmunológico independiente del órgano —⁠ y
sabía que Beatriz había empleado muchas de las mismas técnicas para el puente que
había usado con la gestación de embriones⁠ — pero ser testigo de Su ingenio, que
funcionaba tan dramáticamente en mi propia carne, era a la vez estremecedor y muy
emotivo. Sólo dar a luz podía llevarme más cerca de Ella que esto.
Sin embargo, cuando por fin nos separamos, no estaba muy preparado para ver lo
que apareció.
—¡Oh, es desagradable!
Lena sacudió la cabeza, riendo.
—Las nuevas siempre parecen un poco… incrustadas. La mayor parte de la
materia te la quitarás lavándote, y el resto se caerá en unos kilotau.
Junté la sábana para pasarle un quitamanchas, luego toque ligeramente mí
—⁠ su⁠ — pene. Mi vagina recientemente formada había dejado de sangrar, pero
entonces comprendí cuanto revoltijo habíamos hecho.
—Tengo que limpiar esto antes de que regresen mis padres. Puedo ponerla a secar
por la mañana, después de que se hayan ido, pero si no la lavo ahora la olerán.
Nos limpiamos lo suficiente como para ponernos los pantaloncitos, luego Lena
me ayudó a llevar la sábana a la cubierta, meterla en el agua con los ganchos de
lavandería. Las fibras de la sábana usarían los nutrientes del agua para potenciar el
proceso de autolimpieza.
Los muelles estaban desiertos, la mayor parte de las embarcaciones próximas
pertenecían a personas que vinieron para el casamiento. Dije a mis padres que estaba
demasiado cansado para quedarme a las celebraciones; esta noche continuarían hasta
el amanecer, aunque Daniel y Agnes probablemente partirían hacia medianoche. Para
hacer lo que Lena y yo acabábamos de hacer.
—¿Martín? ¿Estás temblando?
No se ganaría nada con demorarlo. Antes de que me abandonara lo que me
quedaba de valentía dije:
—¿Te casarás conmigo?
—Qué gracioso. Oh… —Lena tomó mi mano⁠ —. Discúlpame, nunca sé cuándo
estás haciendo bromas.
—Intercambiamos el puente —⁠ dije⁠ —. No importa que primero no estuviéramos
casados, pero las cosas serán más fáciles si seguimos las convenciones.
—Martín…
—O podríamos vivir juntos, si es lo que quieres. No importa. Ya estamos casados
a los ojos de Beatriz.
Lena se mordió un labio.
—Yo no quiero vivir contigo.

Página 36
—Podría mudarme a Mitar. Podría conseguir un trabajo.
Lena sacudió la cabeza, todavía sosteniendo mi mano. Dijo con firmeza:
—No. Sabes, antes de que hiciéramos algo, comprendías qué significaba. No
quiero casarme, y no quiero casarme contigo. ¡Termínala!
Liberé mi mano y me senté sobre la cubierta. ¿Qué hice? Pensé que tenía la
bendición de Beatriz, pensé que éste era Su plan… pero me había estado engañando.
Lena se sentó a mi lado.
—¿Qué es lo que te preocupa? ¿Que lo descubran tus padres?
—Sí. —Eso era lo menos importante, pero parecía inútil tratar de explicar la
verdad. Me volví hacia ella.
—¿Cuándo podríamos…?
—Por lo menos no durante diez días. Y después de la primera vez a veces es más
largo.
Sabía eso, pero había tenido la esperanza de que su experiencia contradijera mi
conocimiento teórico. Diez días. Ambos nos habríamos ido para entonces.
—¿Qué piensas —dijo Lena—, que ya no te podrás casar? ¿Cuántos casamientos
te imaginas que involucran el puente con el que nació uno de los miembros de la
pareja?
—Nueve de diez. A menos que ambos sean mujeres.
Lena me echó una mirada que quedó suspendida entre la ternura y la
incredulidad.
—Mi cálculo es uno de cinco.
Sacudí la cabeza.
—No me importa. Intercambiamos el puente, tenemos que estar juntos. —⁠ La
expresión de Lena se endureció y también lo hizo mi resolución⁠ —. O tendré que
tomarlo de vuelta.
—Martín, eso es ridículo. Encontrarás otro amante muy pronto, y ni siquiera
sabrás de qué te preocupabas. O tal vez te enamores de algún muchacho agradable de
la Iglesia Profunda, y ambos se sentirán contentos de que se hayan ahorrado el
problema de deshacerse del puente extra.
—¿Sí? ¡O tal vez sólo se moleste porque no pude esperar hasta hacerlo con él!
Lena gruñó y alzó la vista hacia el cielo.
—¿Antes dije algo sobre los Ángeles que hicieron lo correcto? Diez mil años sin
cuerpos, y pensaron que estaban calificados…
La interrumpí enfadado.
—¡No seas tan asquerosamente blasfema! Beatriz sabía exactamente lo que
estaba haciendo. ¡Si lo estropeamos es nuestra culpa!
—En unos diez años —dijo Lena realistamente⁠ —, habrá una píldora que podrás
tomar para no pasar el puente, y otra píldora para que pase cuando no debería hacerlo.
Le sacaremos el control de nuestros cuerpos a los Ángeles y comenzaremos a hacer
exactamente lo que nos guste con ellos.

Página 37
—Eso es enfermo. Muy enfermo.
Contemplé la cubierta, agobiado por la aflicción. Esto era lo que quería, ¿no?
¿Una amante que fuera lo opuesto a la dulce y piadosa Agnes? Excepto que en mis
fantasías siempre teníamos una vida entera para discutir nuestras diferencias
filosóficas. No una noche para ser separados por ellas.
Ahora no tenía nada que perder. Le conté a Lena sobre mi Inmersión. No se rió,
escuchó en silencio.
—¿Me crees? —dije.
—Por supuesto —vaciló—. Pero ¿te preguntaste si podría haber otra explicación
para lo que sentiste en el agua esa noche? Estabas privado de oxígeno…
—La gente se ve privada de oxígeno todo el tiempo. Los niños librelandeses se
pasan la mitad de la vida tratando de permanecer bajo el agua más que la vez anterior.
Lena asintió.
—Seguro. Pero no es lo mismo. Fuiste llevado más allá del tiempo que podrías
haberte quedado sumergido por mera fuerza de voluntad. Y… estabas inducido, te
habían dicho qué podrías esperar.
—No es cierto. Daniel nunca me dijo cómo sería. Me sorprendí cuando sucedió.
—⁠ Le miré intensamente pero con serenidad, listo para contradecir cualquier
hipótesis ingeniosa que propusiera. Me sentía purificado, casi en paz ahora. Esto era
lo que esperaba Beatriz de mí antes de que intercambiáramos el puente: no una
ceremonia gélida en un edificio frío, sino la honestidad para decir a Lena con quién
exactamente había hecho el amor.
Discutimos casi hasta el amanecer, ninguno convenció al otro de nada. Lena me
ayudó a subir la sábana limpia del agua y esconderla debajo de la cubierta. Antes de
que se fuera me escribió la dirección de la casa de un amigo en Mitar, y un lugar y un
momento donde podríamos encontrarnos.
Cumplir con esa cita fue la cosa más difícil que hice en mi vida. Me pasé tres días
completos congraciándome con mis primos de Mitar, hasta el punto en el cual
tuvieron que ser abiertamente hostiles para librarse de tener que invitarme a
quedarme con ellos después del casamiento. Una vez que estuve allí, tuve que urdir
una estrategia y mentir implacablemente para asegurarme que me los sacaría de
encima el día que habíamos determinado.
En la casa de un extraño, a media tarde, Lena y yo revertimos sin alegría todo lo
que había sucedido entre nosotros. Había temido que el acto mismo pudiera reavivar
todas mis estúpidas ilusiones, pero cuando nos separamos en la calle sentí que apenas
la conocía.
Me dolió la cabeza aún más de lo que me había dolido en la embarcación, y mi
ingle estaba palpablemente hinchada, pero sabía que en un par de días nada salvo el
toque de una amante o un examen médico revelarían lo que había hecho.
En el tren de regreso a la costa repasé la secuencia completa de hechos en mi
mente, una y otra vez. ¿Podría haber estado tan equivocado? La gente hablaba sobre

Página 38
el poder del sexo para confundir y engañar, pero siempre había creído que era simple
cinismo. Además, yo no me había lanzado ciegamente al sexo, había pensado que era
guiado por Beatriz.
Si estuviera equivocado en eso…
Tendría que ser más cuidadoso. Beatriz siempre hablaba con claridad, pero yo La
debía escuchar con más paciencia y humildad.
Era eso. Fue eso lo que Ella había querido enseñarme. Por fin me relajé y miré
hacia fuera por la ventana, hacia el bosque borroso delante del cual pasábamos, otro
triunfo de la ecopoiesis. Si necesitaba una prueba de que siempre había otra
oportunidad, estaba a mi alrededor. Los Ángeles se habían alejado tanto de la Diosa
como era posible y, sin embargo, la Diosa les había entregado Promisión.

Página 39
4
Cuando tenía diecinueve años regresé a Mitar para estudiar en la universidad de la
ciudad. Había planeado originalmente especializarme en ecopoiesis —⁠ y estudiar
mucho más cerca de casa⁠ — pero por último tuve que aceptar lo más próximo que me
ofrecieron, geográfica e intelectualmente: trabajar con Barat, un biólogo firmelandés
cuyo verdadero interés era la microfauna nativa.
—La tecnología Angélica es un tema fascinante por derecho propio —⁠ me
dijo⁠ —. Pero no podemos esperar trabajar hacia atrás y descifrar la evolución de todo
lo que crearon los Ángeles. Lo mejor que podemos hacer es tratar de comprender
cómo era la biosfera de Promisión antes de que llegáramos y la trastornáramos.
Me las compuse para persuadirle de aceptar un compromiso: mi tesis tendría que
ver con el impacto de la ecopoiesis sobre la microfauna nativa. Eso me daría una
excusa para estudiar las invenciones de los Ángeles junto con las grises criaturas
unicelulares que habitaron Promisión durante los últimos mil millones de años.
«El impacto de la ecopoiesis» era por lejos un tema demasiado amplio, por
supuesto; con la ayuda de Barat lo acoté a una pregunta particular todavía sin
respuesta. Había mucha evidencia geológica de que las aguas de la superficie del
océano se habían vuelto más alcalinas y menos oxigenadas a medida que las especies
nuevas cambiaban el equilibrio de los gases disueltos. Algunas especies nativas
debían haberse retirado de la ola de cambio, y tal vez algunas se extinguieron por
completo, pero en la actualidad había una próspera población de zooítos en las capas
superiores. Entonces, ¿habían estado allí todo el tiempo, adaptándose in situ? ¿O
habían migrado de alguna otra parte?
La distancia entre Mitar y la costa no era una desventaja real para estudiar el
océano; la universidad organizaba expediciones regulares y yo tenía una biblioteca
abundante y trabajo de laboratorio que hacer antes de embarcarme en algo tan obvio
como juntar ejemplares vivos en su hábitat natural. Además, el agua de río e incluso
la de la lluvia estaban rebosantes de especies muy cercanas, y dado que era posible
que éstas fueran las reservas a partir de las cuales el océano «devastado» fue
recolonizado, tenía muchos ejemplares a mano que valía la pena estudiar.
Barat tenía exigencias altas pero no era un tirano y sus otros estudiantes me
hicieron sentir bienvenido. Yo siempre tenía nostalgia pero no de manera morbosa, y
me daba un placer un poco vertiginoso, propio de los sueños vívidos, el sentido
subyacente de desorientación que me inducía el vivir sobre tierra firme. No estaba
cumpliendo exactamente con la ambición de mi infancia de descubrir los secretos de
los Ángeles —⁠ y hubo muy pocas oportunidades de poder desviarme de la misma
ecopoiesis⁠ — pero una vez que comencé a profundizar en los detalles de la
bioquímica original y sin manipular de Promisión, descubrí que era lo
suficientemente compleja y elegante como para atraer mi atención.

Página 40
Sólo me sentía miserable cuando me permitía pensar en el sexo. No quería
terminar como Daniel, así que buscar otra persona Inmersa para casarme era lo
último que pasaba por mi cabeza. Pero no podía enfrentar la perspectiva de repetir mi
error con Lena; no tenía intenciones de tener intimidad física con alguien a menos
que ya estuviéramos lo suficientemente cerca como para que ya le hubiese contado
las cosas importantes de mi vida. Pero ése no era el orden en el cual sucedían las
cosas aquí. Tras unos cuantos humillantes intentos de nadar contra la corriente,
abandoné la idea y me dediqué completamente a mi trabajo.
Por supuesto, era posible socializar en la Universidad de Mitar sin tener que
intercambiar un puente con alguien. Me uní a un grupo de discusión informal sobre la
cultura Angélica que se reunía en una pequeña habitación en el edificio de los
estudiantes cada diez noches, igual que el viejo Grupo de Oración, aunque no tenía la
ilusión de que en éste abundaran los creyentes. Difícilmente fuera necesario. La
herencia de los Ángeles podía ser analizada perfectamente sin hacer referencias a la
divinidad de Beatriz. Las Escrituras fueron redactadas mucho después de la Travesía
por gente de una época más simple; no había motivos para tratarlas como infalibles.
Si los incrédulos podían echar luz sobre algún aspecto del pasado no debía rechazar
sus aportes.
—¡Es tan obvio que sólo una facción vino a Promisión! —⁠ Ésa era Céline,
antropóloga, una mujer muy parecida a Lena; tenía que hacer un esfuerzo consciente
para recordarme, cada vez que posaba mis ojos sobre ella, que jamás debía pasar nada
entre nosotros⁠ —. Nosotros no somos tan homogéneos que todos elegiríamos viajar a
otro planeta y asumir una nueva forma física, sin importar qué fuerzas culturales
pudieran llevar a un pequeño grupo a hacer eso. Entonces, ¿por qué los Ángeles
tendrían que haber sido unánimes? Las otras facciones todavía podrían estar viviendo
en las Ciudades Inmateriales, en la Tierra y en otros planetas.
—Entonces, ¿por qué no se han puesto en contacto? En veinte mil años podrían
haberse dejado ver y decir hola una o dos veces. —⁠ David era matemático, un
librelandés del océano meridional.
—La actitud de los Ángeles que vinieron aquí —⁠ respondió Céline⁠ — no debe
haber animado a los visitantes. Si todo lo que tenemos es una historia de la Travesía
en la cual Beatriz persuade a todo Ángel vivo para que abandone la inmortalidad, una
versión que simplemente borra a todos los demás de la historia, no sugiere que
tuvieran intención de mantenerse en contacto.
Interrumpió una mujer que no conocía:
—Sin embargo, pudo no ser tan claro desde el principio. Hay evidencia de una
tecnología de colonización empleada durante más de tres mil años después de la
Travesía, mucho después de que fuera necesaria para la ecopoiesis. Se siguieron
creando nuevas especies, continuaron los proyectos de ingeniería que empleaban
materiales y fuentes de energía avanzados. Pero en menos de un siglo todo se detuvo.
Las Escrituras mezclan tres decisiones separadas en una: renunciar a la inmortalidad,

Página 41
migrar a Promisión y abandonar la tecnología que podría haber provisto una ruta de
salida por si alguien cambiaba de opinión. Pero sabemos que no sucedió así. Algo
cambió tres mil años después de la Travesía. El experimento completo de pronto se
convirtió en irreversible.
Estas especulaciones indignarían al piadoso librelandés promedio, mucho más al
Inmerso promedio, pero las escuché con serenidad, incluso evaluando la posibilidad
de que alguna de ellas pudiera ser verdad. El amor de Beatriz era el único punto
inamovible de mi cosmología, todo lo demás estaba abierto a discusión.
Sin embargo, a veces el debate era difícil de seguir. Una noche, David se nos unió
directamente desde un seminario de físicos. Lo que había escuchado del expositor era
bastante inquietante, pero había ido más allá hasta una conclusión todavía menos
aceptable.
—¿Por qué los Ángeles eligieron ser mortales? Después de diez mil años sin
muertes, ¿por qué desperdiciarían todas las gloriosas posibilidades que se les abrían
para venir a morir como animales en esta bola de barro? —⁠ Tuve que morderme la
lengua para evitar responder a su pregunta retórica: porque la Diosa es la única fuente
de vida eterna, y Beatriz les mostró que en realidad eran una pobre parodia de ese don
divino.
David hizo una pausa, luego ofreció su propia respuesta… que en sí misma era
una suerte de parodia horrible de la verdad de Beatriz.
—Porque después de todo descubrieron que no eran inmortales. Descubrieron que
nadie puede serlo. Siempre supimos, como ellos también debían saberlo, que el
universo es finito en espacio y tiempo. Está destinado a colapsar: Las estrellas caerán
del cielo. Pero es fácil imaginar formas de evitarlo. —⁠ Rió⁠ —. Todavía no
conocemos suficiente física como para descartar todo. ¡Escuché a una mujer
extraordinaria de Tia hablar sobre codificar nuestras mentes en ondas que orbitarían
el universo en contracción tan rápidamente que podríamos pensar un número infinito
de pensamientos antes de que todo desapareciera! —⁠ David sonrió divertido ante la
audacia de esta noción. Pensé remilgadamente: que insensatez blasfema.
Entonces extendió sus brazos y dijo:
—¿No lo ven? Si los Ángeles ataron sus esperanzas a algo así (un truco ingenioso
que los salvaría de compartir la suerte del universo), y luego obtuvieron el suficiente
conocimiento como para descartar cada ruta de escape, esto habría tenido un efecto
profundo sobre ellos. Entonces alguna pequeña facción pudo haber decidido que,
dado que después de todo eran mortales, también podrían admitir lo inevitable y
enfrentarlo del mismo modo en que lo hicieron sus antepasados. En la carne.
—Y el mito de Beatriz —dijo pensativa Céline⁠ — le ofreció un lustre religioso a
toda la cuestión, pero eso podría ser simplemente una reinterpretación post hoc de
una revelación puramente secular.
Esto era demasiado, no me pude quedar en silencio.

Página 42
—Si Promisión fue fundado por un hatajo de ateos deprimidos de manera
terminal, ¿qué pudo hacerlos cambiar de opinión? ¿De dónde proviene el deseo de
imponer una interpretación post hoc? Si la revelación que trajo aquí a los Ángeles fue
«secular», ¿por qué no es secular todo el planeta hoy?
—La civilización colapsó —dijo alguien con sarcasmo⁠ —. ¿Qué esperabas?
Irritado, abrí la boca para contestar pero Céline se me adelantó.
—No, lo que dice Martín es apropiado. Si David está en lo cierto, es necesario
explicar la aparición de la religión más urgentemente que nunca. Y yo no creo que
haya alguien capaz de hacer eso todavía.
Más tarde, me quedé despierto pensando en todas las otras cosas que tendría que
haber dicho, todas las otras objeciones que pude haber presentado. (Y pensando en
Céline). Más allá de la teología, la dinámica del grupo estaba comenzando a meterse
en mi piel; tal vez debería pasar todo mi tiempo en el laboratorio, impresionando a
Barat con mi dedicación a sus microbios de mierda.
O tal vez estaría mejor en casa. Podría ayudar con la embarcación; mis padres ya
no eran jóvenes y Daniel tenía que cuidar de su propia familia.
Bajé de la cama y comencé a embalar, pero a mitad de la tarea ya había cambiado
de opinión. En realidad no quería abandonar mis estudios. Y desde un principio supe
cuál era el antídoto para toda la confusión y el resentimiento que sentía.
Aparté la mochila, apagué la luz, me acosté, cerré los ojos y le pedí a Beatriz que
me concediera paz.
Me desperté cuando sonaron unos golpes fuertes sobre la puerta de mi habitación.
Era mi compañero de cuarto, un muchacho que apenas conocía. Parecía
extremadamente cansado e iracundo, pero algo dominaba su irritación.
—Hay un mensaje para ti.
Mi madre estaba enferma, con un virus no identificado. El hospital estaba todavía
más lejos que los terrenos donde estaba nuestra casa; el viaje tomaría casi tres días.
Pasé la mayor parte del trayecto rezando, pero cuanto más rezaba más difícil se
hacía. Sabía que era posible salvar la vida de mi madre con una palabra en la lengua
de los Ángeles dirigida a Beatriz, pero la cantidad de formas en las cuales podía
fracasar, corrompiendo la pureza del pedido con mis propias dudas, mi propio
egoísmo, se multiplicaba continuamente.
Los Ángeles no crearon nada en el ecopoiesis que dañara sus propias
encarnaciones mortales. La vida nativa no había mostrado ningún interés en
parasitarnos. Pero a lo largo de milenios, nuestro propio ADN había generado virus.
Y puesto que fue Beatriz Misma la que eligió cada último par base, debe haber sido
lo que Ella pretendió. Envejecer no era suficiente. Una herida mortal no era
suficiente. La Muerte tenía que llegar sin advertencia, silenciosa e invisible.
Eso es lo que dicen las Escrituras.
El hospital era un laberinto de cascos enlazados. Cuando por fin encontré el
corredor apropiado, la primera persona que reconocí a la distancia fue Daniel.

Página 43
Sostenía en alto a su hija Sofía con los brazos extendidos, sonriéndole. La imagen
disipó todos mis miedos en un instante: casi caí de rodillas en agradecimiento.
Luego vi a mi padre. Estaba sentado frente a la habitación, la cabeza en las
manos. No podía ver su rostro, pero no era necesario. No estaba ansioso o cansado.
Estaba abatido.
Me aproximé en una confusión de oraciones de último minuto, aunque comprendí
que estaba pidiendo que se reescribiera el pasado. Daniel comenzó a recibirme como
si nada anduviera mal, preguntando sobre el viaje —⁠ probablemente tratando de
suavizar el golpe⁠ —, entonces registró mi expresión y puso una mano sobre mi
hombro.
—Ahora está con la Diosa —dijo.
Pasé a su lado y entré en la habitación. El cuerpo de mi madre descansaba sobre
la cama, cuidadosamente dispuesto: los brazos extendidos, los ojos cerrados. Las
lágrimas recorrieron mis mejillas, enfadado. ¿Dónde estaba mi amor cuando pudo
evitarlo? ¿Cuando Beatriz hubiera escuchado?
Daniel me siguió a la habitación, solo. Miré hacia atrás a través de la puerta y vi a
Agnes sosteniendo a Sofía.
—Ella está con la Diosa, Martín —⁠ estaba radiante como si hubiera sucedido algo
maravilloso.
—Ella no era Inmersa —dije atontado. Estaba casi seguro de que ni siquiera era
creyente. Perteneció a la Iglesia Transicional toda su vida, pero ésa es la forma de
mantener contacto con los amigos cuando se trabaja en una embarcación nueve de
cada diez días.
—Recé con ella antes de que perdiera la conciencia. Aceptó a Beatriz en su
corazón.
Lo miré. Nueve años atrás había estado seguro: o eres Inmerso o estás maldito.
Era tan simple como eso. Mi propia convicción se había aplacado con los años; en
realidad, no podía creer que Beatriz fuera tan arbitraria y cruel. Pero sabía que mi
madre no sólo había rechazado el ritual; la filosofía por completo le había resultado
tan incomprensible como la mecánica.
—¿Dijo eso? ¿Te dijo eso?
Daniel negó con la cabeza.
—Pero quedó claro. —Colmado por el amor de Beatriz no podía dejar de sonreír.
Una ola de repulsión me atravesó; quería pulverizarle la cara contra el casco. No
le importa lo que mi madre haya creído. Cualquier cosa que aliviase su propio dolor,
que enterrara sus dudas, era suficiente. Aceptar que ella estaba condenada —⁠ o
siquiera muerta, partió, se desvaneció⁠ — era insoportable; lo demás surgía de eso.
Nada es verdad en lo que dice no hay verdad en lo que cree. Todo es una expresión
de sus propias necesidades.
Regresé al pasillo y me dejé caer junto a mi padre. Sin mirarme, pasó un brazo
por detrás de mis hombros y me apretó contra su lado. Pude sentir la oscuridad

Página 44
fluyendo sobre él, la impotencia, la pérdida. Cuando traté de abrazarlo sólo me apretó
aún más fuerte, forzándome a quedar quieto. Me sobresalté varias veces, luego dejé
de llorar. Cerré mis ojos y dejé que me sostuviera.
Estaba decidido a quedarme allí a su lado, enfrentando todo lo que él estaba
enfrentando. Pero después de un rato, inesperadamente, la vieja llama comenzó a
brillar en el fondo de mi cráneo: la antigua calidez, la antigua paz, la antigua certeza.
Daniel estaba en lo cierto, mi madre estaba con la Diosa. ¿Cómo podía haber dudado
de eso? No tenía sentido preguntarse cómo había sucedido; los caminos de Beatriz
están más allá de mi comprensión.
Lo que conocía de primera mano era la fuerza de Su amor.
No me moví, no me liberé del abrazo desolado de mi padre. Pero ahora era un
impostor, sólo rezaba por su consuelo, intercedía con mi estado de gracia. Beatriz me
había elevado más allá de la oscuridad y ya no podía compartir el dolor de mi padre.

Página 45
5
Tras la muerte de mi madre mi fe continuó cediendo terreno, sin siquiera altibajos. La
mayor parte del contenido doctrinario se cayó dejando detrás el férreo corazón de la
fe, mucho más fácil de defender. No importaba si las Escrituras eran supersticiones
insensatas o si la Iglesia estaba llena de idiotas e hipócritas; Beatriz todavía era
Beatriz del mismo modo en que el cielo todavía era azul. Cuando escuchaba
discusiones entre ateos y creyentes, con creciente frecuencia me descubría del lado de
los ateos, no porque aceptara sus conclusiones sino porque eran mucho más honestos
que sus oponentes. Tal vez los sacerdotes y teólogos que discutían con ellos tuvieran
el mismo tipo de experiencia de la Diosa, directa y personal, que tuve yo, o tal vez
no, tal vez sólo necesitaban creer con desesperación. Pero nunca revelaban la
auténtica fuente de su convicción; en su lugar, sólo realizaban ridículos intentos de
«probar» la existencia de la Diosa a partir del registro histórico, o de la biología, la
astronomía o las matemáticas. Daniel había estado en lo correcto cuando tenía quince
años —⁠ no se podía demostrar nada semejante⁠ — y escuchar a estas personas
retorcer la lógica me incomodaba.
Me sentí culpable cuando dejé a mi padre trabajando con una persona contratada,
y todavía más culpable cuando se mudó a la embarcación de Daniel un año más tarde,
pero sabía cuán molesto se hubiera puesto si pensaba que abandonaba mi carrera para
ayudarle. A veces esto era lo único que me mantenía en Mitar: incluso, cuando lo
único que quería era largar todo y volver para tirar redes, temía que mi decisión fuera
mal interpretada.
Me tomó tres años completar mi tesis sobre la migración de zooítos en el
amanecer de la ecopoiesis. Mi hipótesis original, que las especies de agua dulce
habían vuelto a habitar la capa superior del océano, resultó ser falsa. Los zooítos no
tenían genes, sólo familias de enzimas que se resintetizaban la una a la otra después
de la división de células, pero la comparación de estas moléculas hereditarias mostró
que, más que la lluvia trayendo nueva vida desde el cielo, las especies que habitaban
en la región más profunda del océano se habían acercado continuamente a la
superficie a medida que las creaciones de los Ángeles agotaban el oxígeno del agua.
Eso no hubiese sido una sorpresa si las mismas técnicas no hubiesen mostrado
también que varias especies encontradas en agua de río eran parientes muy cercanos
de las que vivían en la superficie. Pero estas especies de agua dulce no eran los
antepasados de nadie; eran las migraciones más recientes. Los zooítos, que habían
pasado mil millones de años confinados en las profundidades, de pronto eran capaces
de sobrevivir (y reproducirse y mutar) más cerca de la superficie que nunca y, cuando
tropezaron con una mutación que los hizo crecer ante la presencia de oxígeno,
quedaron en posición de hacer uso de él. La ecopoiesis pudo haber conducido a la
extinción de otros organismos, pero la invasión de la Tierra había permitido que estas
antiguas especies del fondo del océano ascendieran en busca de una ocupación

Página 46
largamente demorada. De manera intencional o no, los Ángeles habían puesto en
movimiento la secuencia de hechos que las había liberado del océano para colonizar
el planeta.
Entonces demostré que estaba equivocado y obtuve mi graduación: llegué a ser
famoso en un círculo de pares tan pequeño que, de un modo u otro, todos nos
conocíamos. No se abrieron enormes territorios nuevos ante mí. Todo lo que se hacía
en biología nativa rápidamente se convertía en un callejón sin salida académico;
siempre sospeché que sería así, pero no había trabajado duramente durante tanto
tiempo para terminar en nada.
Durante los siguientes tres años me aferré a la solución más fácil: asistir a Barat
en su propia investigación, aceptando tareas de enseñanza que no quería nadie. La
mayoría de los otros estudiantes de Barat se movieron hacia cuestiones más
interesantes, y me sentía cada vez más solo en Mitar. Pero no importaba, tenía a
Beatriz.
A los veinticinco años pude ver mi futuro con claridad. Mientras otras personas
descifraban —⁠ y trabajaban a partir de⁠ — la herencia de los Ángeles, yo miraba a la
distancia, ocupándome inútilmente de las muestras de agua marina de las que eran
removidos todos los contaminantes Angélicos con minuciosidad.
Por fin, cuando ya casi era demasiado tarde, tomé la decisión de quemar las
naves. Barat había sido bueno para mí, pero él nunca esperó que la lealtad llegara al
martirio. Hacia fines de año se realizaría en Tia una conferencia sobre microbiología
biecológica (nativa y Angélica), probablemente el último acontecimiento de su tipo.
No tenía resultados nuevos para presentar pero no sería difícil encontrar una excusa
plausible para asistir y éste sería el lugar ideal para buscar un destino nuevo. Mi gran
descubrimiento sobre los zooítos no se habría perdido por completo en la amplia
comunidad de biólogos. Podría tratar de reavivar su recuerdo. No tenía dudas de que
sumaría puntos si me ofreciera para dormir con alguien; escrúpulos éticos aparte, mi
puente seguramente estaba juntando polvo.
Y entonces tal vez, de nuevo, fuera feliz. Tal vez me convirtiera en un colega
librelandés Inmerso que terminaba en una posición de poder, y todo lo que tenía que
hacer era prometer que mi trabajo estaría dedicado a engrandecer la gloria de Beatriz.
Tia era una ciudad de diez millones de personas en la costa este. Las torres nuevas
se elevaban al lado de las estructuras abandonadas del tiempo de los Ángeles,
gigantescas máquinas estropeadas que pudieron jugar un papel en la ecopoiesis. Era
demasiado grande y orgulloso para quedarme con la boca abierta como un niño pero
toda mi provinciana sofisticación me llevaba a eso. Los domos y cilindros eran veinte
veces más grandes que las ilustraciones impresas en el techo del monasterio en mi
hogar. No tenían imágenes de Beatriz; nada producido por los Ángeles las tenía. Pero
¿por qué lo harían? Eran anteriores a Su muerte.
La universidad, en las afueras de Tia, tenía un tercio del tamaño de la misma
Mitar. Un tren subterráneo rodeaba el campus; los estudiantes que viajaban miraron

Página 47
con incredulidad mis ropas carentes de estilo. Dejé mi equipaje en el dormitorio y me
dirigí directamente al centro de conferencias. Barat prefirió no venir, tal vez no quiso
ser testigo del entierro público de su campo de investigación. Eso me hizo las cosas
más fáciles; estaría libre para buscar una nueva carrera sin restregárselo por la cara.
Los últimos agregados al programa aparecían en una pantalla en la entrada
principal. Casi pasé sin verla, ya había decidido a qué charlas asistiría. Pero cuando
había dado tres pasos, un título que había atisbado tomó forma en el centro de mi
mente y tuve que retroceder para asegurarme de que no me lo había imaginado.
Carla Reggia: «Efectos eufóricos de las excreciones de Z/12/80».
Me quedé allí sonriendo con incredulidad. Reconocía el nombre de la disertante y
de sus colaboradores pero nunca había tenido oportunidad de encontrarlos. Si esto no
era una broma… ¿qué habían hecho? ¿Los disecaban y los filmaban, y trataban de
presentarlo como una investigación? Z/12/80 era uno de «mis» zooítos, uno de los
que salieron del océano; el aire y el agua de Tia estaban saturados de ellos. Si sus
excreciones eran eufóricas, la ciudad entera estaría en estado de exultación.
Supe, en un instante, lo que habían descubierto. Lo había sabido mucho antes de
que lo admitiera. Fui a la conferencia con la cabeza llena de bromas sobre redomas
culturales descuidadas llenas de productos psicotrópicos fallados, pero durante dos
días completos había estado fortaleciéndome para enfrentar la verdad, buscando
formas de restarle importancia.
El Z/12/80, había explicado Carla, excretaba entre sus productos una amina que
era capaz de ligar los receptores de nuestros cerebros diseñados por los Ángeles.
Puesto que había sido demostrado por otros investigadores (nadie me reconoció;
nadie me echó siquiera una mirada) que el Z/12/80 no existía en tiempos de la
ecopoiesis, esta interacción casi seguramente no había sido planificada ni anticipada.
Hasta que los arqueólogos y neuroquímicos determinen cuál era su rol, si tuvo alguno
la llegada de esta sustancia al medio ambiente pudo jugar un papel en el colapso de la
cultura primitiva. Pero durante los últimos quince o dieciocho mil años, hemos estado
nadando en ella. Dado que todavía tenemos un espectro amplio de estados de ánimo
negativos, probablemente seamos capaces de compensar su presencia regulando el
descenso de la secreción de la molécula endógena que fue diseñada para unirse al
mismo receptor. Sin embargo, ésa es sólo una conjetura. Los efectos precisos que
podría provocar en cada individuo al que se le suministre, de modo experimental y en
condiciones distintas, es una cuestión que será de gran interés para los investigadores
con la experiencia y preparación adecuadas.
Me dije que no estaba inquieto. Beatriz actuaba sobre el mundo a través de las
leyes de la naturaleza; hace tiempo que dejé de creer en los milagros sobrenaturales.
El hecho de que ahora alguien hubiese identificado la manera en que Ella había
actuado sobre mí, aquella noche en el agua, no cambiaba nada.
Insistí con mis intentos para ser contratado. En la conferencia todo el mundo
hablaba del descubrimiento de Carla y, cuando finalmente se estableció la relación

Página 48
con mi trabajo, los ojos de mis interlocutores dejaron de ensombrecerse a mitad de
nuestras conversaciones. En los siguientes tres días recibí varias ofertas, todas
relacionadas con investigación en la bioquímica zooíta. Ahora no había ningún tipo
de cuestionamiento acerca de dejar de lado el tema y escapar hacia el mundo más
ancho de la biología Angélica. Incluso un hombre se me acercó y me dijo
directamente:
—Usted es un librelandés y sabe que los antepasados del Z/12/80 viven en
número mucho mayor en el océano. ¿No cree que la exposición oceánica puede ser la
clave para comprender esto? —⁠ Rió⁠ —. Me refiero a que nadó en esa materia cuando
era niño, ¿no? Y parece haberla atravesado indemne.
—En apariencia.
En mi última noche en Tia no pude dormir. Contemplaba la oscuridad de la
habitación, observando las chispas grises bailar delante de mí. (¿Contaminantes en el
humor acuoso? ¿Ruido eléctrico en la retina? Una vez escuché la explicación pero ya
no podía recordarla).
Recé a Beatriz en la lengua de los Ángeles; todavía sentía Su presencia tan fuerte
como siempre. Claramente, el efecto no era una cuestión de dosis o absorción
subcutánea; simplemente nadar en el océano a la profundidad apropiada no era
suficiente para convertir a alguien en un Inmerso. Pero en combinación con la tensión
del agotamiento del oxígeno y todas las construcciones psicológicas que me había
dado Daniel, el impacto de las secreciones de zooítos debía haber conducido ciertos
subsistemas neuroendocrinos hacia terrenos nuevos, o a terrenos viejos pero por un
nuevo camino. Paz, alegría, contención, la sensación de ser amado no eran
emociones desconocidas. Pero al producirse un cortocircuito en la práctica usual del
cerebro de sumar estos sentimientos sólo en las ocasiones en los que había motivos
para ello fui «bendecido con el amor de Beatriz». Recibía felicidad a pedido.
Y todavía la poseía. Ésa era la parte más misteriosa. Incluso mientras descansaba
en la oscuridad, a punto de racionalizar todo lo que había vivido, mi habilidad para
hacer funcionar este mecanismo estaba tan arraigada que me sentí tan amado y
bendecido como siempre.
Tal vez Beatriz me estaba ofreciendo otra oportunidad, aclarándome que todavía
no había perdonado esta blasfemia y dándome nuevamente la bienvenida. Pero ¿por
qué creí que había alguien que debía «perdonarme»? No se puede razonar el camino
hasta la Diosa; sólo es una cuestión de fe. Y ahora sabía que la fuente de mi fe era un
accidente sin sentido, un efecto colateral no anticipado de la ecopoiesis.
Todavía tenía una oportunidad. Todavía podía decidir que el amor de Beatriz era
inmune a toda lógica, una fuerza más allá de la comprensión, intocable por evidencias
de cualquier tipo.
No, no puedo. Había estado haciendo excepciones por Ella durante mucho
tiempo. Todos vivían con criterios dobles, pero yo había llevado los míos tan lejos
como podían ir.

Página 49
Comencé a reír y lloriquear al mismo tiempo. Era casi inimaginable los millones
de personas que habían sido engañados de la misma manera. Todos a causa de los
zooítos, y… ¿qué? ¿Un librelandés zambulléndose por placer que tropezó con una
experiencia extraña y nueva? Luego la repitieron decenas de miles, generación tras
generación… hasta que un hombre o mujer cualquiera había conferido sentido a la
novedad. Alguien que había necesitado tanto sentirse amado y protegido que la
ilusión de una presencia real más allá de la emoción en bruto fue imposible de
resistir. O alguien que había necesitado con desesperación creer que, a pesar del
descubrimiento de que los Ángeles también eran mortales, la Muerte todavía podía
ser derrotada.
Me sentía feliz: había nacido en una era de moderación. No había matado en
nombre de Beatriz. No había sufrido por mi fe. No tenía ninguna duda de que había
sido mucho más feliz durante los últimos quince años de lo que hubiera sido si le
hubiera dicho a Daniel que arrojara su soga y las pesas al agua sin mí.
Pero eso no cambiaba el hecho de que el corazón de todo había sido una mentira.
Desperté al amanecer, la cabeza me palpitaba tras unos pocos kilotau de sueño.
Cerré los ojos y busqué Su presencia, como había hecho miles de veces antes.
Cuando despertaba por la mañana y miraba en mi corazón, Ella estaba allí sin falta,
ofreciéndome fuerza y orientación. Cuando descansaba en la cama por la noche no
temía nada, porque sabía que Ella estaba observándome.
Salí torpemente de la cama, sintiéndome un asesino, preguntándome cómo viviría
con lo que había hecho.

Página 50
6
Decliné cada oferta que recibí en la conferencia y continué en Mitar. A Barat y a mí
nos tomó dos años establecer nuestro propio grupo de investigación para examinar
los efectos de la zooamina, y nueve más para elucidar la extensión completa de su
actividad en el cerebro. Nuestros nuevos colaboradores tenían una formación sólida
en neuroquímica y hacían un trabajo mejor que el mío pero cuando se retiró Barat me
encontré convertido en el portavoz del grupo.
El descubrimiento inicial fue mayormente ignorado fuera de la comunidad
científica; para gran parte de la población no tenía mucha importancia si la química
de nuestro cerebro se correspondía con el diseño original de los Ángeles o había sido
alterada quince mil años atrás por algún contaminante inesperado. Pero cuando el
grupo de zooamina de Mitar comenzó a publicar informes detallados de la
bioquímica de la experiencia religiosa el público redescubrió el tema de manera
repentina.
La universidad subió la seguridad y, a pesar de las amenazas de muerte y de una
cantidad de incidentes desagradables con manifestantes que arrojaron piedras, nadie
resultó herido. Nos inundaron con solicitudes de las compañías de noticias aunque la
mayoría predicaba la noción de que el grupo estaba moralmente obligado a «enfrentar
a sus críticos», mucho más que el hecho de que las empresas estaban moralmente
obligadas a ofrecernos una oportunidad de explicar nuestro trabajo, tranquila y
claramente, sin que nos estuvieran gritando unos fanáticos enfurecidos.
Aprendí a evitar a los fanáticos pero los oscurantistas eran más difíciles de eludir.
Había esperado que las Iglesias se opusieran —⁠ después de todo defender la fe era su
tarea⁠ —, pero algunas de las respuestas intelectualmente más insolventes provinieron
de académicos de otras disciplinas. En un debate televisado fui enfrentado a una
sacerdotisa de la Iglesia Profunda, un teólogo transicional, un devoto de Marni, la
diosa del océano, y un antropólogo de Tia.
—Este descubrimiento no tiene relación real con ningún sistema de creencias
—⁠ explicó el antropólogo⁠ —. Toda verdad es local. Dentro de cada Iglesia Profunda
en Ferez, Beatriz es la hija de la Diosa y nosotros somos encarnaciones mortales de
los Ángeles que viajamos hasta aquí desde la Tierra. Marni es la creadora suprema en
un pueblo costero a unos cuantos milirradianes al sur, y fue Ella quien nos dio a luz
aquí. Ir un paso más allá y movernos del dominio de lo espiritual al científico podría
terminar «negando» ciertas verdades espirituales… pero del mismo modo, moverse
del dominio científico al espiritual demuestra las mismas limitaciones. No somos
nada salvo las historias que contamos, y ninguna historia es más grande que otra.
—⁠ Sonrió benévolamente, la expresión de un padre feliz de darnos a todos sus niños
belicosos un trato similar ante un juguete en disputa.
—¿Cuántas culturas —dije— imagina usted que comparten su definición de
«verdad»? ¿Cuántas personas usted cree que estarían felices de adorar a una Diosa

Página 51
que está constituida de absolutamente nada salvo el hecho de su fe? —⁠ Me volví
hacia la sacerdotisa de la Iglesia Profunda⁠ —. ¿Es eso suficiente para usted?
—¡No, en absoluto! —Lanzó una mirada irritada hacia el antropólogo⁠ —.
Guardando el mayor respeto por mi hermano —⁠ señaló hacia el devoto de Marni⁠ —,
no puede hacer una distinción en torno a esta gente que ha sido lo suficientemente
feliz como para ser elevada en la fe verdadera, y luego sugerir que el amor y el poder
infinito de Beatriz está confinado a ese grupo de gente… ¡como una colección de
canciones folclóricas!
El devoto estuvo respetuosamente de acuerdo. Marni había creado las estrellas
más distantes, junto con los océanos de Promisión. Tal vez algunas personas La
llamaban por otro nombre, pero si todos en este planeta murieran mañana, Ella
todavía sería Marni: sin cambios, constante.
—Por supuesto —respondió conciliador el antropólogo⁠ —. Pero en contexto y
con una perspectiva más amplia…
—Soy perfectamente feliz con una Diosa que reside dentro de nosotros
—⁠ propuso el teólogo transicional⁠ —. Parece… poco modesto esperar más. Y en
lugar de irritarnos inútilmente acerca de estas preguntas definitivas, deberíamos
concentrarnos en asuntos de escala humana.
Me volví hacia él.
—Entonces, ¿realmente le es indiferente si un ser infinitamente poderoso y afable
creó todo a su alrededor y planea recibirlo en Sus brazos después de la muerte… o si
el universo es un objeto de ruido cuántico que eventualmente se desvanecerá y nos
eliminará a todos?
Suspiró profundamente como si le estuviera pidiendo que ejecutara una difícil
proeza física para responder.
—Estas cuestiones no me despiertan entusiasmo.
Más tarde, la sacerdotisa de la Iglesia Profunda me llevó a un lado y me susurró:
—Con sinceridad, todos estamos muy agradecidos de que haya desprestigiado ese
culto espantoso de la Inmersión. Son una ristra de patanes fundamentalistas y la
Iglesia estará mejor sin ellos. ¡Pero no debe cometer el error de pensar que su trabajo
tiene algo que ver con los creyentes comunes y civilizados!

Me quedé detrás de la multitud que se había reunido en la playa cerca del estanque
natural de piedra, escuchando a dos ancianos que estaban de pie con el agua lechosa
hasta los tobillos. Me había tomado cuatro días llegar hasta aquí desde Mitar, pero
cuando escuché informes sobre un florecimiento de zooítos que bañaba las playas de
la lejana costa norte, decidí venir y ver los resultados por mí mismo. El grupo que
estudiaba las zooaminas contrataba un antropólogo para ocasiones parecidas
—⁠ alguien que también pudiera arreglárselas con nociones tan abrumadoras como la
existencia de realidad objetiva y el sustrato bioquímico para el pensamiento

Página 52
humano⁠ —, pero Céline estaba con nosotros sólo durante una parte del año y ahora
estaba lejos haciendo otra investigación.
—¡Éste es un lugar antiguo y sagrado! —⁠ recitó un hombre, desplegando sus
brazos para abarcar el estanque⁠ —. Sólo se necesita observar su forma para
comprenderlo. Concentra la energía de las estrellas, del sol y del océano.
—El foco de su poder está allí, en la ensenada —⁠ agregó el otro, haciendo un
gesto hacia un punto donde el agua podría llegarle hasta las pantorrillas⁠ —. Una vez
me acerqué demasiado. ¡Estaba perdido en el gran sueño del océano cuando mi
amigo vino y me rescató!
Estos hombres no eran devotos de Marni o miembros de alguna otra religión
formal. Hasta donde pude saber por los viejos informes de novedades, los
florecimientos sucedían cada ocho o diez años y los dos ancianos se habían
convertido en «custodios» del estanque hacía más de cincuenta años. Algunos de los
pobladores locales trataban todo el asunto como una broma pero otros reverenciaban
a los ancianos. Y por un monto pequeño, tanto a los turistas como a los nativos les
recitaban unas alabanzas y luego los salpicaban con la poderosa infusión. La
evaporación había concentrado las aguas atrapadas del florecimiento; durante unos
días, antes de que los zooítos agotaran los nutrientes y murieran en masse en una
nube de sulfito de hidrógeno, la amina estaría presente en niveles tan altos como en
cualquiera de nuestros cultivos de laboratorio en Mitar.
Mientras observaba a la gente haciendo fila para el ritual, me descubrí tratando de
minimizar la posibilidad de que alguien pudiera verse seriamente afectado por esto.
Estábamos a plena luz del día, nadie temía por su vida y el galimatías panteísta de los
ancianos tenía toda la solemnidad del parloteo de los embaucadores de los mercados
callejeros. Su sinceridad circunstancial y el dinero cambiando de manos sería
suficiente para socavar todo. Era una trampa para turistas, no una experiencia que
cambia la vida.
Cuando terminaron los cánticos, la primera feligresa se arrodilló al borde del
estanque. Uno de los custodios llenó una pequeña taza de metal con agua y la arrojó
en su rostro. Después de un momento, comenzó a llorar de alegría. Me acerqué, mi
estómago estaba tenso. Era lo que ella sabía que se esperaba de ella, nada más. Está
participando, no quiere echar a perder la celebración… como los que pretenden que
sus pensamientos son leídos por un psíquico de feria.
Luego, los custodios pronunciaron los cánticos frente a un hombre joven.
Comenzó a balancearse incluso antes de que lo tocaran con el agua; cuando lo
hicieron, se quebró en sollozos de alivio que estremecieron todo su cuerpo.
Miré hacia atrás a lo largo de la fila. Había una niña de pie en tercer lugar,
mirando alrededor con aprensión; no debía tener más que nueve o diez años. Su padre
(presumí) estaba detrás de ella, con la mano sobre su hombro, como si la indujera
cortésmente hacia delante.

Página 53
Perdí interés en hacer de antropólogo. Me abrí paso entre la multitud hasta que
alcancé el borde del estanque, entonces me volví para dirigirme a las personas que
estaban en la fila.
—¡Estos hombres son farsantes! Aquí no está sucediendo nada misterioso. Puedo
decirles exactamente qué hay en el agua: es sólo una droga, una sustancia natural
segregada por criaturas que quedan atrapadas cuando las olas se retiran.
Me puse en cuclillas y me dispuse a bañar mi mano en el estanque. Uno de los
custodios se precipitó sobre mí y me aferró el puño. Era un anciano, yo podría haber
hecho lo que quisiera, pero algunas personas ya estaban abucheando y no quería tener
un entredicho con él y comenzar un disturbio. Me aparté, luego hablé otra vez.
—Estudié esta droga durante más de diez años, en la Universidad de Mitar. Está
en el agua por todo el planeta. La bebemos, nos bañamos en ella, nadamos en ella
todos los días. Pero aquí está concentrada. ¡Si no comprenden lo que están haciendo
cuando la usan, esa equivocación puede dañarlos!
El custodio que aferraba mi muñeca comenzó a reír.
—El sueño del océano es poderoso, sí, pero ¡no necesitamos su consejo! ¡Durante
cincuenta años, mi amigo y yo hemos estudiado su esencia y sus enseñanzas, hasta
que fuimos lo suficientemente fuertes como para pararnos en el agua sagrada!
—⁠ Hizo un gesto hacia sus pies correosos; no tenía dudas de que su sistema
circulatorio era tan pobre que limitaba la dosis a un nivel tolerable.
Estiró su brazo vigoroso hacia mí.
—¡Lárgate a Mitar, provinciano! ¡Lárgate con tus libros y tus máquinas
inservibles! ¿Qué puedes saber sobre misterios sagrados? ¿Qué puedes saber sobre el
océano?
—Creo que usted no entiende nada.
Entré en el estanque. El hombre comenzó a lamentarse porque mi cuerpo sin
purificar contaminaba el agua, pero pasé rápidamente a su lado. El otro custodio vino
detrás de mí pero, aunque mis pies estaban blandos después de años de usar zapatos,
ignoré los bordes afilados de las piedras y continué caminando hacia la ensenada. Me
ayudó la zooamina. Pude sentir la antigua alegría, la antigua paz, el antiguo «amor»;
fue un anestésico poderoso.
Miré hacia atrás por sobre mi hombro. El segundo hombre había dejado de
perseguirme; pareció que temía sinceramente seguir avanzando.
Me saqué la remera, la hice un bulto y la arrojé sobre una piedra a un lado del
estanque. Luego continué vadeando hacia delante, dirigiéndome hacia el foco de
poder.
El agua me llegó a las rodillas. Pude sentir mi corazón palpitando más fuerte que
en mi infancia. La gente me gritaba desde el borde del estanque: algunos indignados
por mi sacrilegio, otros aparentemente preocupados por mi seguridad ante la
presencia de fuerzas que estaban más allá de mi control. Sin volverme, grité con toda
mi voz:

Página 54
—¡No hay ningún «poder» aquí! ¡No hay nada «sagrado»! No hay nada aquí
salvo una droga…
Los hábitos antiguos sobreviven; al principio casi recé. Por favor, Bendita Beatriz
no me permitas recobrar la fe.
Me eché en el agua y dejé que me cubriera la cara. Mi visión se volvió blanca;
sentí que estaba abandonando mi cuerpo. El amor de Beatriz fluyó hacia mí y nada
había cambiado: Su presencia era tan palpable como siempre, tan innegable como
siempre. Supe que era amado, aceptado, perdonado.
Esperé, mirando directamente a la luz, casi aguardando una voz, una visión,
alucinaciones detalladas. Eso que les había sucedido a algunos de los Inmersos. Tras
esto, ¿cómo se puede encontrar el camino de regreso a la cordura?
Pero para mí sólo estaba la emoción misma, abrumadora pero no embellecedora.
No se volvió monótona; podría haberme complacido en ella durante días. Pero
entonces comprendí que no revelaba más sobre mi lugar en el mundo que la calidez
de los rayos de sol sobre la piel. No la volvería a confundir con el toque de una mano
real.
Me puse de pie y abrí los ojos. Delante de mí bailaron imágenes retinales violetas.
Me tomé un tau para recuperar el aliento y me sentí seguro otra vez. Entonces me
volví y comencé a vadear de regreso hacia la orilla.
La multitud se había quedado silenciosa aunque yo no tenía idea de si era por
disgusto o por un respeto desaprobador.
—No es sólo aquí —dije—. No es únicamente en el agua. Ahora es parte de
nosotros; está en nuestra sangre. —⁠ Todavía estaba casi ciego; no podía ver si alguien
escuchaba⁠ —. Pero en cuanto uno lo reconoce es libre. En cuanto se está preparado
para enfrentar la posibilidad de que todo lo que hace que uno se sienta bien, que todo
lo que hace que uno se sienta elevado y que llena el corazón de alegría, todo lo que
hace que la vida valga la pena… es una mentira, es corrupción, no tiene sentido…
entonces nunca se verán sometidos.
Me dejaron alejar caminando indemne. Me volví para observar cómo la fila se
formaba nuevamente; la niña ya no estaba allí.

Me desperté sobresaltado, el mismo viejo sueño.


Estaba bajando a mi madre hasta el agua desde la popa de la embarcación. Sus
manos estaban atadas, sus pies tenían pesas. Ella estaba asustada, pero confiaba en
mí. «Me sacarás si hay problemas, ¿no, Martín?».
Asentí tranquilizadoramente. Pero una vez que se desvaneció bajo las olas,
pensé: ¿qué estoy haciendo? Ya no creo en esta mierda.
Así que saqué un cuchillo y comencé a cortar la soga…
Llevé las rodillas hasta mi pecho y en la oscuridad me puse en cuclillas sobre la
cama poco familiar. Estaba en un pequeño poblado en la línea del ferrocarril, a medio

Página 55
camino hacia Mitar. A medio camino entre la noche y el amanecer.
Me vestí y salí de la hostería. El centro de la ciudad estaba desierto y el cielo
estaba saturado de estrellas. Como en mi hogar. En Mitar todo se desvanecía en una
neblina de luz.
Las tres estrellas citadas por varias autoridades como el sol de la Tierra estaban
sobre el horizonte. Si no estaban todos equivocados, tal vez viviera para ver la
imagen telescópica del planeta. Pero la posibilidad de establecer contacto con los
Ángeles —⁠ si todavía existía una facción allí afuera, en algún lugar⁠ — no me
producía nada. Le grité en silencio a las estrellas: ¡su degenerada descendencia no
necesita de su ayuda! ¿Por qué deberíamos volver a juntarnos? ¡Vamos a
superarlos!
Me senté sobre los escalones al borde de una plaza y cubrí mi cara. Las bravatas
no servían de nada. Nada servía de nada. Tal vez si hubiera madurado enfrentando la
verdad sería más fuerte. Pero cuando desperté en la noche, sabiendo que mi madre
simplemente estaba muerta, que todos los que amaba la seguirían, que también yo me
desvanecería en el mismo vacío, sentí como si me enterraran vivo. Fue como estar de
nuevo en el agua, atado y con las pesas, con el conocimiento certero de que nadie iba
a jalar hacia arriba.

Alguien puso una mano sobre mi hombro. Levanté la vista sobresaltado. Era un
hombre de mi misma edad. Sus modos no eran amenazantes; parecía ligeramente
cauto conmigo.
—¿Necesitas un techo? Puedo dejarte entrar en la Iglesia si quieres. —⁠ Había un
carrito atestado con elementos de limpieza a poca distancia detrás de él.
Negué con la cabeza.
—No es el frío. —Estaba demasiado perturbado para explicarle que tenía una
habitación perfectamente buena muy cerca⁠ —. Gracias.
Mientras se alejaba caminando lo llamé.
—¿Cree en la Diosa?
Se detuvo y me contempló durante un momento, como si estuviera tratando de
decidir si ésta era una pregunta con doble intención, como si yo hubiese sido enviado
por los feligreses locales para examinar su solidez teológica. O tal vez él sólo quería
ser diplomático con alguien lo suficientemente desesperado como para estar sentado
en la plaza del poblado en medio de la noche, pidiéndole consuelo a un extraño. Negó
con la cabeza.
—Cuando era niño sí. Después no. Era una idea atractiva… pero sin sentido.
Me miró escéptico, todavía inseguro de mis motivos.
—Entonces, ¿la vida no es insoportable? —⁠ dije.
—No todo el tiempo —rió.

Página 56
Regresó a su carrito y comenzó a conducirlo hacia la Iglesia. Permanecí en la
escalera a la espera del amanecer.

Fin de «Oceánico».

Página 57
Oráculo

Página 58
1
En el decimoctavo día en la jaula del tigre, Robert Stoney comenzó a perder las
esperanzas de salir indemne.
Despertó una docena de veces a lo largo de la noche con la necesidad irresistible
de estirar espalda y miembros, y ninguna de las provechosas posiciones de
compromiso que había descubierto en los primeros días —⁠ las soluciones menos
malas al problema geométrico de su reclusión⁠ — había sido capaz de aliviar su
sensación de pánico. Había sido mucho más doloroso durante la segunda semana,
sufriendo unos calambres que parecían como si los músculos de las piernas se
estuvieran muriendo sobre los huesos, pero estos nuevos espasmos llegaban desde un
lugar todavía más profundo, potenciado por una sensación de urgencia que se agitaba
en torno a su propia conciencia de la situación.
Esto era lo que lo asustaba. A veces encontraba formas para reducir su
incomodidad, a veces no podía, pero se aferraba al pensamiento de que, de última,
nada de lo que hicieran estos hijos de puta lo lastimaría. Sin embargo, no era cierto.
Podían lograr que se angustiara por el anhelo de libertad en medio de la noche, de la
misma manera en que uno se podía angustiar por pena o amor. Siempre abrigó la
comprensión de sí mismo como un todo, que su mente y su cuerpo eran indivisibles.
Pero había fracasado en comprender el corolario: a través de su cuerpo, podían
alcanzar cada parte de él. Cambiar cada una de sus partes.
La mañana traía un tormento nuevo: la rinitis alérgica. La casa estaba en algún
lugar en medio del campo, sin nada que escuchar a lo largo del día salvo el canto de
los pájaros. Junio siempre había sido el peor mes para la rinitis alérgica, pero en
Manchester era tolerable. Mientras desayunaba, la mucosidad goteaba de su cara en
el tazón de avena tibia que le traían. Se refregaba el flujo con el dorso de la mano,
pero sufría un momento de revulsión inquietante cuando no podía encontrar una
forma de ubicarse para limpiar la mano en los pantaloncitos. Pronto necesitaría vaciar
sus intestinos. Le suministraban un orinal cuando lo pedía, pero siempre esperaban
dos o tres horas antes de llevárselo. El olor ya era bastante malo, pero el hecho de que
ocupara espacio en la jaula era todavía peor.
Peter Quint llegó para verlo hacia media mañana.
—¿Qué tal estamos hoy, profe?
Robert no respondió. Desde el día en el que Quint le había devuelto un gesto de
desconcierto ante una sugerencia de que tenía un nombre apropiado para un espectro,
Robert había tratado de hacer al menos una broma a costa del hombre cada vez que se
encontraban, una indulgencia insignificante pero satisfactoria. Pero ahora su mente
estaba en blanco y, en retrospectiva, todo el ejercicio parecía una distracción
insensata, tan bizarra y vana como hacer aseveraciones filosóficas a un animal
predatorio mientras le roía la pierna.
—Muchos regresos felices —dijo dulcemente Quint.

Página 59
Robert tuvo cuidado de no revelar sorpresa. Nunca perdió el rastro de los días,
pero dejó de pensar en términos de fechas de calendario; simplemente no era
relevante. Allá en el mundo real, olvidarse de su cumpleaños sería considerado como
una excentricidad simpática. Aquí sería contemplado como una prueba de su
deterioro y de la inminente capitulación.
Si estaba quebrándose, al menos podía elegir el punto de fisura. Habló tan
tranquilamente como pudo sin levantar la vista:
—¿Sabes que casi califiqué para el maratón olímpico, en el cuarenta y ocho? Si
no hubiera tenido problemas en la cadera justo antes de las pruebas podría haber
competido. —⁠ Intentó una risa despreciativa⁠ —. Supongo que nunca fui un auténtico
atleta. Pero tengo sólo cuarenta y seis años. Todavía no estoy preparado para la silla
de ruedas. —⁠ Las palabras ayudaron: de esta forma pudo comenzar a implorar sin
quebrarse por completo, expresando un miedo sincero sin revelar cuán profunda
llegaba a ser la amenaza que sentía.
Continuó con una medida nota de desdicha que esperaba que sonara como una
apelación en busca de justicia.
—No soporto el pensamiento de ser mutilado. Todo lo que estoy pidiéndote es
que me dejes poner de pie. Déjame mantener saludable.
Quint se mantuvo en silencio durante un momento, luego respondió en un tono de
fingida simpatía.
—Es antinatural, ¿no? Vivir así: inclinado, retorcido, un día tras otro. Vivir de
manera antinatural inevitablemente tiene que lastimarte. Me alegra que por fin puedas
verlo.
Robert estaba cansado; le tomó varios segundos apreciar el sentido. ¿Era así de
ordinario, de obvio? Lo encerraron en esta jaula, durante todo este tiempo… ¿como
una suerte de metáfora brutal por sus crímenes?
Casi estalló en carcajadas, pero se contuvo.
—¿Supongo que no conoces a Franz Kafka?
—¿Kafka? —Quint nunca pudo ocultar su voracidad por los nombres⁠ —. Uno de
tus camaradas rojitos, ¿no?
—Dudo mucho de que siquiera fuera marxista.
Quint estaba decepcionado, pero se preparó para intentarlo nuevamente.
—¿Uno del otro tipo, entonces?
Robert pretendió cavilar sobre la pregunta.
—Pensándolo bien, sospecho que eso tampoco es muy probable.
—Entonces, ¿por qué mencionaste el nombre?
—Tengo la sensación de que él habría admirado tus métodos, eso es todo. Era
bastante conocedor.
—Hmm. —Pareció que Quint sospechaba algo, pero no estaba completamente
decidido.

Página 60
Robert se había fijado por primera vez en Quint en febrero de 1952. Su casa había
sido desvalijada una semana antes y Arthur, un hombre joven que había estado
viendo desde la Navidad, confesó a Robert que había dado la dirección a un
conocido. Tal vez los dos planearon robarle y Arthur se había arrepentido a último
momento. En cualquier caso, Robert había ido a la policía con una historia
improbable en torno a que había reconocido al culpable en un bar mientras trataba de
vender una máquina de afeitar eléctrica de la misma confección y modelo que la que
habían sacado de su casa. A nadie se le podían levantar cargos con una evidencia tan
frágil, así que Robert no sentiría escrúpulos sobre las consecuencias si descubría que
Arthur le había mentido. Simplemente tenía la esperanza de que se llevara adelante
una investigación que revelara algo más tangible.
Al día siguiente, el Departamento de Investigación Criminal hizo una visita a
Robert. El hombre al que había acusado era conocido de la policía, y las huellas
dactilares tomadas en el día del robo hacían juego con las impresiones que tenían en
los archivos. Sin embargo, cuando Robert afirmó que lo había visto en el bar, ya
estaba bajo custodia por una acusación completamente distinta.
Los detectives querían saber por qué había mentido. Para ahorrarse algo de la
incomodidad, explicó Robert, de tener que detallar la verdadera fuente de su
información. ¿Por qué era incómodo eso?
—Estoy relacionado con el informante.
Un detective, Wills, preguntó sencillamente:
—¿Qué se supone que significa exactamente eso, señor? —⁠ Y Robert en una
explosión de sinceridad, como si la honestidad misma le asegurara una recompensa,
le contó cada detalle. Sabía que todavía era técnicamente ilegal, por supuesto. Pero
era como jugar al fútbol un domingo de Pascuas. Difícilmente esto podría ser
considerado como un delito serio, como un robo.
Reuniendo tanta información como pudieron antes de reconocer que estaban en
un error, los policías le acosaron durante horas. No le levantaron cargos
inmediatamente; primero necesitaban una declaración de Arthur. Pero Quint apareció
a la mañana siguiente, explicando en detalle las opciones de manera muy cruda. Tres
años en la cárcel, con trabajos forzados. O Robert podía reanudar la tarea que realizó
durante la guerra —⁠ sólo durante un día a la semana, como un consultor
generosamente pago del área de Quint del servicio secreto⁠ — y los cargos
desaparecerían sin dejar rastro.
En un principio le dijo a Quint que dejara que los tribunales hicieran lo que tenían
que hacer. Se sentía lo suficientemente molesto como para querer desafiar a esa ley
ridícula y, sin importarle cuáles eran sus sentimientos hacia Arthur, Quint sugirió
—⁠ regodeándose, como si fortaleciera su caso⁠ — que este hombre joven, de la clase
trabajadora, sería tratado con más indulgencia que Robert, puesto que había sido
llevado por el mal camino por alguien cuyo deber era dar el ejemplo a las clases más
bajas. Tres años en prisión era una posibilidad inquietante, pero no sería el fin del

Página 61
mundo; el Mark I había cambiado la forma de trabajar, pero si fuera necesario todavía
podía funcionar con sólo lápiz y papel. Incluso si le hacían picar piedras desde el
amanecer hasta el crepúsculo, probablemente sería capaz de soñar despierto
productivamente y, a pesar del alarmismo de Quint, dudaba que llegaran a eso.
En algún momento, sin embargo, en las veinticuatro horas que Quint le había
dado para que tomara una decisión, se amilanó. Si concedía a los espías un día a la
semana podía evitar todo el escándalo e impedir el juicio. Y, sin embargo, aunque su
trabajo en ese momento —⁠ diseñar desarrollos en estado embrionario⁠ — era un
desafío como nada de lo que había hecho en su vida, no era inmune a la nostalgia por
los viejos tiempos, cuando el destino de una flota completa de naves de batalla se
basaba en encontrar la forma más eficiente de extraer contradicciones lógicas de una
hilera de ruedas giratorias.
El problema de aceptar la extorsión era que probaba que podía ser comprado. No
importaba que los rusos difícilmente se ofrecieran a mediar con la guardia civil de
Manchester la próxima vez que necesitara ser rescatado. No importaba que apenas le
generara inquietud que un agente enemigo amenazara con enviar evidencia
comprometedora a los diarios, situación de la cual había pocas perspectivas de que
sus patrones lo salvaran otra vez. Si le decía sí a Quint, perdería cualquier
oportunidad de afirmar que lo que hacía en la cama con su pareja no era una cuestión
de seguridad nacional. Al elegir ser corrompido una vez más, un torrente completo de
clichés y paranoia caería sobre su cabeza: sería vulnerable al chantaje, un objetivo
fácil de engañar y desleal por naturaleza. También lo podrían situar en flagrante
delicto con Guy Burgess en las escalinatas del Kremlin.
No importaba si Quint y sus jefes habían decidido que no podían confiar en él. El
problema era —⁠ después de unos seis años de estar reclutado, sin ningún motivo para
pensar que había violado la seguridad⁠ — que se convencieron de que ya no podían
continuar utilizándolo, pero tampoco era seguro dejarlo en paz, hasta que lo liberaran
del contrato que usaron para controlarlo desde el principio.
Robert estaba atravesando el doloroso y complicado proceso de reacomodar su
cuerpo para poder ver a Quint a los ojos.
—Sabes, si fuera legal no habría nada de lo que preocuparse, ¿no? ¿Por qué no
dedicas algunos de tus talentos maquiavélicos a ese fin? Chantajea a algunos
políticos. Convoca una Comisión Real. Sólo te tomaría un par de años. Entonces
todos podríamos continuar con nuestros verdaderos trabajos.
Quint parpadeó, más sorprendido que enfurecido.
—¡También podrías decir que deberíamos legalizar la traición!
Robert abrió la boca para responder, luego decidió no malgastar su aliento. Quint
no estaba expresando un juicio moral. Simplemente quería decir que un mundo en el
cual la vida de algunas personas estaba gobernada por el miedo constante a ser
descubiertos difícilmente fuera un mundo en el que un hombre de su profesión se
sintiera ansioso por vivir.

Página 62
Cuando Robert estuvo solo otra vez, el tiempo comenzó a transcurrir lentamente.
Su rinitis empeoró hasta que estuvo estornudando y haciendo arcadas casi
continuamente; incluso con libertad de movimientos y una provisión interminable de
delicados pañuelos de lino se hubiese sentido reducido a la más abyecta miseria. Sin
embargo, gradualmente se volvió más experto en tratar con los síntomas, delegando
la tarea a una parte apenas consciente de sí mismo. Hacia media tarde —⁠ cubierto de
suciedad, los ojos hinchados casi hasta cerrarse⁠ — finalmente se las compuso para
pensar en su trabajo.
Durante los últimos cuatro años había estado sumergido en la física de partículas.
Había estado siguiendo el campo de tanto en tanto después de la guerra, pero el paper
de Yang y Mills del 54, en el cual generalizaban las ecuaciones de Maxwell sobre
electromagnetismo para aplicarlas en la poderosa fuerza nuclear, lo habían
estimulado para ponerse en movimiento.
Tras varios comienzos en falso, creyó que había descubierto una forma útil para
aplicarlas a la gravedad. En la relatividad general, si se lleva un vector de velocidad
tetradimensional en torno a un bucle que encerraba una región curvada del
espaciotiempo, regresa rotado, un fenómeno muy parecido a la manera en que los
vectores más abstractos se comportan en la física nuclear. En ambos casos, las
rotaciones podían ser tratadas algebraicamente, y la forma tradicional de obtener una
comprensión de esto era hacer uso de un conjunto de matrices de números complejos
cuyas relaciones simularán el álgebra en cuestión. Hermann Weyl había catalogado la
mayoría de las posibilidades allá por los 20 y 30.
En el espaciotiempo, hay seis formas distintas en las que se puede rotar un objeto:
se puede girar en cualquiera de los tres ejes perpendiculares en espacio, o se puede
aumentar su velocidad en cualquiera de estas tres mismas direcciones. Estos dos tipos
de rotaciones son complementarias o «duales» una con la otra, con las rotaciones
comunes afectando solamente las coordenadas que quedan intactas por el impulso
correspondiente, y viceversa. Esto significa que se podría rotar algo en torno a,
digamos, el eje x, y elevar la velocidad en la misma dirección, sin que ambos
procedimientos interfieran.
Cuando Robert intentó aplicar la aproximación Yang-Mills a la gravedad de la
manera obvia, tropezó. Fue sólo cuando cambió el álgebra de rotaciones por un
acercamiento nuevo y extrañamente oblicuo que las matemáticas comenzaron a
funcionar. Inspirado por un truco que los físicos de partículas emplean para construir
campos con espines que rotan a la derecha o a la izquierda, combinó cada rotación
con su propio dual multiplicado por i, la raíz cuadrada de menos uno. El resultado fue
un conjunto de rotaciones en cuatro dimensiones complejas, en lugar de las cuatro
reales del espaciotiempo común, pero las relaciones entre ellas preservaron el álgebra
original.
Cuando exigió que estas rotaciones «autoduales» satisficieran las ecuaciones de
Einstein resultó que eran equivalentes a la relatividad general ordinaria, pero el

Página 63
proceso que llevó a una versión cuántico-mecánica de la teoría se volvió
dramáticamente más simple. Robert todavía no tenía idea de cómo interpretar esto,
pero como un truco puramente formal funcionaba espectacularmente bien, y cuando
las matemáticas se acomodan en su lugar de ese modo, tiene que significar algo.
Pasó varias horas evaluando los antiguos resultados, repasándolos con mucha
atención, volviendo a comprobar e imaginándose todo con la esperanza de forjar
alguna relación nueva. No hizo avances, pero siempre había días así. Simplemente
era un triunfo pasar mucho tiempo haciendo de nuevo lo que había realizado en el
mundo real, aunque banal o incluso frustrante, la misma actividad podría haber sido
ejecutada en su entorno original.
Sin embargo, por la tarde la victoria comenzó a parecer falsa. No había perdido su
juicio por completo, pero estaba helado y entumecido. También podría haber pasado
horas recitando la tabla de multiplicación base-32 en el código Baudot, sólo para
demostrar que todavía la recordaba.
A medida que la habitación se llenaba de sombras, su poder de concentración lo
abandonaba por completo. La rinitis se había aliviado, pero estaba demasiado
cansado para pensar y demasiado dolorido para dormir. Esto no era Rusia, no podrían
retenerlo eternamente, lo único que tenía que hacer era desgastarlos con su paciencia.
Pero ¿cuándo, exactamente, exactamente, se verán obligados a dejarme ir? ¿Y
cuánto más paciente podía ser Quint, sin dolor, sin terror, como para corroer su
determinación?
La luna se elevó, arrojando una mancha de luz sobre la pared más lejana;
retorcido como estaba, no podía verla directamente, pero plateaba el pelo de sus
piernas y cambiaba completamente el sentido del espacio a su alrededor. La
cavernosa habitación se burlaba de su confinamiento recordándole las noches que
había pasado acostado pero despierto en el dormitorio de Sherborne. La educación en
una escuela pública tenía una gran ventaja: no importaba cuán miserable uno se
sintiera después de ella, siempre se podía encontrar un pensamiento reconfortante al
saber que la vida nunca sería tan mala otra vez.
—¡Esta habitación huele a matemáticas! ¡Sal ya y trae un desinfectante! —⁠ Ésa
había sido la idea de su tutor para mostrar qué civilizado era: despreciar un tema tan
odioso, la materia de la ingeniería y de otros oficios menores. Y en cuanto a los
experimentos químicos de Robert, como la reacción yodada de un maravilloso color
cambiante que había aprendido del hermano de Chris…
Robert sintió un dolor familiar en la boca de su estómago. Ahora no, no puedo
enfrentar esto ahora. Pero todo se extendió ante él sin que lo deseara ni convocara.
Solía encontrarse con Chris en la biblioteca los miércoles; durante meses, ése había
sido el único momento que podían pasar juntos. Entonces Robert tenía quince años,
Chris era un año mayor. Si bien Chris era poco atractivo, destacaba como una criatura
de otro mundo. En Sherborne, nadie más había leído a Eddington sobre relatividad o
a Hardy sobre matemáticas. El horizonte de nadie más se extendía más allá del rugby,

Página 64
el sadismo y la tenuemente satisfactoria posibilidad de leer los clásicos en Oxford
antes de desvanecerse en las fauces del servicio civil.
Nunca se habían tocado, nunca se habían besado. Mientras la mitad de la escuela
se sentía satisfecha con una sodomía desapasionada —⁠ como un sustituto bastante
literal para la tarea mucho más dificultosa de imaginar a las mujeres⁠ —, Robert había
sido demasiado tímido como para declararle sus sentimientos. Tímido y también
temeroso de que no fueran recíprocos. No importaba. Tener a Chris como amigo fue
suficiente.
En diciembre de 1929, ambos se presentaron a los exámenes de ingreso para el
Trinity College, en Cambridge. Chris ganó una beca; Robert no. Se resignó a la
separación y se preparó para un año más en Sherborne sin la única persona que lo
había hecho tolerable. Chris estaría siguiendo los pasos de Newton; sólo pensar así
servía de algún consuelo.
Chris nunca fue a Cambridge. En febrero, tras seis días de agonía, murió de
tuberculosis bovina.
Robert sollozó en silencio, enojado consigo mismo porque sabía que la mitad de
su desdicha era autocompasión que utilizaba su pena como un disfraz. Tenía que ser
sincero; una vez que todas las fuentes de infelicidad en su vida se fundieran y se
volvieran indistinguibles, sería como un animal amedrentado, sin sentido del pasado
o del futuro. Listo para hacer cualquier cosa para salir de la jaula.
Si bien aún no había alcanzado ese punto, estaba cerca. Sólo serían necesarias
unas cuantas noches como la última. A la deriva con la esperanza de unos minutos de
sosiego, descubrió que el sueño mismo echa una luz más cálida sobre las cosas. A la
deriva, despertaba luego con una sensación de pérdida tan extrema que se volvía
sofocante.
La voz de una mujer pronunció en la oscuridad frente a él:
—¡Extiende tus rodillas!
Robert se preguntó si estaba alucinando. No había escuchado a nadie aproximarse
sobre las crujientes tablas de madera del piso.
La voz no dijo nada más. Robert volvió a acomodar su cuerpo para poder ver
hacia el suelo. A corta distancia, de pie, había una mujer que no había visto nunca.
Sonó irritada, pero comprendió que su enojo no estaba dirigido hacia él sino hacia
su condición cuando estudió su rostro a la luz de la luna a través de las hendiduras de
sus ojos hinchados. Lo miraba fijamente con una expresión de horror e indignación,
como si hubiera tropezado con él así retenido en algún sótano de un barrio respetable
y no en una instalación de MI6. Tal vez ella fuera una de las empleadas para el
mantenimiento de la casa, pero ¿no tenía idea de lo que sucedía aquí? Seguramente
estas personas eran investigadas y supervisadas, y amenazadas con prisión de por
vida si ponían un pie fuera de las áreas preestablecidas. Durante un momento
surrealista, Robert se preguntó si Quint la habría enviado para seducirlo. No hubiera
sido lo peor que habían intentado. Pero radiaba una seguridad feroz en sí misma

Página 65
—⁠ como confianza de que podía hablar con la autoridad de sus convicciones y
esperaba que se le prestara atención⁠ — y él supo que nunca hubiese sido elegida para
ese papel. Nadie en el gobierno de Su Majestad consideraría que la seguridad en sí
misma era una cualidad atractiva en una mujer.
—Lánzame la llave —dijo él—, y te mostraré mi imitación de Roger Bannister.
Ella negó con la cabeza.
—No necesitas la llave. Se acabaron esos días.
Robert miró con temor. No había barrotes entre ellos. Pero la jaula no se pudo
haber desvanecido delante de sus ojos; ella la tenía que haber removido mientras él
estaba perdido en su ensoñación. Atravesó el doloroso ejercicio de volver su cara
hacia ella como si aún estuviera confinado, sin notarlo siquiera.
¿Removido cómo?
Se limpió los ojos, temblando ante la mareante posibilidad de la libertad.
—¿Quién eres? —¿Una agente de los rusos, enviada para liberarlo de su propia
gente? Entonces tenía que ser una agente encubierta, o alguien extrañamente ingenuo,
para ver su tortura con esa pasmosa inocencia.
Ella avanzó, luego se extendió para tomar su mano.
—¿Crees poder caminar? —Su apretón era firme y su piel era seca y fresca. No
tenía ningún temor; podía haber sido una buena samaritana en la calle ayudando a un
anciano a caminar paso tras paso… no una intrusa ayudando a una amenaza a la
seguridad nacional a quebrar su detención terapéutica, arriesgándose a que le
dispararan apenas la vieran.
—No estoy siquiera seguro de poder ponerme de pie. —⁠ Robert se armó de valor;
tal vez esta mujer fuera una asesina entrenada, pero sería presumir demasiado que si
él aullaba de dolor y atraía rápidamente a los guardias, ella podría sacarlo de allí sin
transpirar⁠ —. No has respondido mi pregunta.
—Me llamo Helen. —Sonrió y lo ayudó a levantarse hasta que estuvo de pie,
pareciendo al mismo tiempo un niño compasivo abriendo las mandíbulas de una cruel
trampa de caza y un carnívoro muy poderoso y muy inteligente contemplando su
propia fuerza⁠ —. Vengo a cambiar todo.
—Oh, bien —dijo Robert.
Robert descubrió que podía andar con dificultad; era doloroso y poco digno, pero
al menos no tenía que ser cargado. Helen lo condujo por la casa; las luces estaban
encendidas en algunas de las habitaciones, pero no se oían voces ni pisadas salvo las
propias, ni ninguna otra señal de vida. Cuando alcanzaron la entrada de servicio ella
abrió la puerta con una llave, revelando un jardín iluminado por la luz de la luna.
—¿Mataste a alguien? —susurró él. Habían hecho demasiado ruido como para
llegar tan lejos sin ser molestados. Si bien tenía motivos para deshacerse de sus
captores, el asesinato masivo era una carga que no quería aceptar.
—¡Qué idea desagradable! —se sorprendió ella⁠ —. A veces es difícil de creer
cuán poco civilizados son ustedes.

Página 66
—¿Se refiere a los británicos?
—¡Todos ustedes!
—Debo decir que su acento no es muy bueno.
—Miré mucho cine —explicó ella—. Muchas comedias de Ealing. Sin embargo,
nunca se sabe de cuánta ayuda será.
—Suficiente.
Atravesaron el jardín, dirigiéndose hacia la puerta de madera en el cerco. Dado
que el asesinato era estrictamente para los imperialistas, Robert solamente podía
asumir que ella se las había arreglado para drogar a todos.
La puerta no estaba cerrada. Más allá del cerco corría un camino empedrado que
se dirigía directamente hacia el bosque. Robert estaba descalzo, pero las piedras no
estaban frías y dio la bienvenida a las ligeras irregularidades del camino porque
restauraron la circulación de las plantas de sus pies.
Mientras caminaban hizo un recuento de su situación. Se había liberado del
cautiverio gracias a esta mujer. Más pronto o más tarde, tendría que hacer frente a sus
intenciones.
—No voy a dejar el país —dijo él.
Ella murmuró un consentimiento, como si él hubiera hecho un comentario casual
sobre el clima.
—Y no voy a discutir mi trabajo con usted.
—Muy bien.
Robert se detuvo y la contempló.
—Ponga su brazo sobre mis hombros —⁠ dijo ella.
Accedió; ella tenía exactamente el peso apropiado para sostenerlo con
comodidad.
—No eres una agente soviética, ¿no? —⁠ dijo.
—¿Eso es realmente lo que piensa? —⁠ festejó ella.
—No puedo moverme muy rápido esta noche.
—No. —Comenzaron a caminar juntos. Helen dijo:
—Hay una estación de trenes a aproximadamente tres kilómetros. Puede asearse,
descansar hasta la mañana y decidir dónde quiere ir.
—¿La estación no será el primer lugar donde busquen?
—No buscarán nada durante un buen rato.
La luna estaba alta sobre los árboles. Los dos no podían hacer una pareja más
llamativa: una mujer joven delicadamente vestida y bastante atractiva, sosteniendo a
un vagabundo harapiento y mugriento. Si pasara un vecino en bicicleta, lo mejor que
podían esperar es ser confundidos con un padre alcohólico y su hija martirizada.
Martirizada era correcto: se movía tan eficientemente a pesar de la carga, que
cualquier observador podría suponer que lo había estado haciendo durante años.
Robert intentó modificar su andar ligeramente, cambiando con sutileza el ritmo de
sus pasos para ver si podía hacer que ella vacilara, pero Helen se adaptó

Página 67
instantáneamente. Si ella se dio cuenta que la estaba probando se lo guardó para sí
misma.
—¿Qué hizo con la jaula? —preguntó él por fin.
—La revertí en el tiempo.
Se le erizaron los pelos de la nuca. Incluso aceptando que pudiera hacer una cosa
semejante, no quedaba del todo claro cómo podría haber evitado que los barrotes
dispersaran la luz e interactuaran con su cuerpo. Simplemente debería haber
cambiado los electrones en positrones, y matado a ambos con una lluvia de rayos
gamma.
Este conjuro no era su interés más acuciante.
—Sólo puedo pensar en tres lugares de donde puede venir —⁠ dijo él.
Helen asintió, como si estuviera en lugar de él y catalogara las posibilidades.
—Descarta uno; los otros dos son ambos correctos.
Ella no era de un planeta extrasolar. Aun si su civilización poseyera medios para
ver las comedias de Ealing a una distancia de años luz, ella era demasiado sensible a
las preocupaciones específicamente humanas de Robert.
Era del futuro, pero no del de él.
Era del futuro de otra rama de Everett.
—Sin paradojas. —Se volvió hacia ella.
Helen sonrió, descifrando sus telegráficas palabras inmediatamente.
—Así es. Es físicamente imposible viajar hacia el propio pasado, a menos que se
realicen preparativos exactos para asegurarse de que las condiciones fronterizas sean
compatibles. Eso puede alcanzarse en el entorno controlado de un laboratorio… pero
en el campo sería como tratar de encontrar el equilibrio de diez mil elefantes en una
pirámide invertida, a la vez que la parte inferior está apoyada en un monociclo:
insoportablemente difícil y carente de sentido.
Robert se quedó mudo durante varios segundos, una horda de preguntas luchaba
por acceder a sus cuerdas vocales.
—Pero ¿cómo puede viajar al pasado?
—Tomará un tiempo para que lo comprenda por completo, pero si quiere la
respuesta corta: ya tropezó con una de las claves. Leí su paper en Physical Review; y
está en lo correcto. La gravedad cuántica implica cuatro dimensiones complejas, pero
las únicas soluciones clásicas —⁠ las únicas en las cuales las geometrías pueden
permanecer en fase bajo perturbaciones ligeras⁠ — tienen una curvatura que no es
autodual ni antiautodual. Ésos son los únicos puntos estacionarios de la acción para
toda la mecánica lagrangiana. Y ambas soluciones asoman, desde el interior, para
contener sólo cuatro dimensiones reales.
»No tiene sentido preguntar en qué sector entramos, pero podríamos también
llamarlo autodual. En ese caso, las soluciones antiautoduales podrían tener una flecha
de tiempo corriendo hacia atrás comparada a la nuestra.

Página 68
—¿Por qué? —Mientras pronunciaba abruptamente la pregunta Robert se
preguntó si a ella le sonaba como un niño impaciente. Pero si Helen se desvanecía de
pronto en el aire, sentiría menos remordimientos en pasar por tonto que si mantenía
una fachada de sofisticada indiferencia.
—Finalmente —dijo Helen—, esto está relacionado con la rotación lateral. Y es
bajando la masa del neutrino que podemos hacer túneles entre los sectores. Pero
necesitaré hacerle algunos diagramas y ecuaciones para explicarlo más
adecuadamente.
Robert no la presionó por más; no tenía elección salvo confiar en que no le
abandonaría. Se quedó perplejo en silencio, una maravillada sensación de
anticipación se estaba formando en su pecho. Si alguien le hubiera planteado esta
situación hipotéticamente, hubiese insistido en que prefería trabajar duro pero a su
propio ritmo. Pero a pesar de la satisfacción con que había recibido las escasas
ocasiones en las que había realizado descubrimientos auténticos, lo que al final
importaba era comprender tanto como fuera posible, y de la forma en que fuera.
Mejor explorar el pasado y el futuro que atravesar la vida en un estado de ignorancia
voluntaria.
—¿Dijo que vino a cambiar las cosas?
Ella asintió.
—Aquí no puedo predecir el futuro, por supuesto, pero hay peligros en mi propio
pasado que puedo ayudarle a evitar. En mi siglo veinte la gente descubría las cosas
demasiado lentamente. Todo cambiaba muy despacio. Entre nosotros, creo que
podemos acelerar las cosas.
Robert se quedó en silencio durante un momento, ponderando la magnitud de lo
que ella le estaba proponiendo. Entonces dijo:
—Es una lástima que no viniera antes. En esta rama, hace unos veinte años…
—Lo sé —lo cortó Helen—. Tuvimos la misma guerra. El mismo Holocausto, el
mismo número de víctimas soviéticas. Pero todavía no hemos sido capaces de
evitarlo. Nunca se puede hacer todo en sólo una historia… incluso la intervención
más focalizada tiene lugar a través de una «banda» amplia de hilos. Cuando
intentamos regresar a los 30 y los 40, la banda se superpone con su propio pasado en
un grado en el que todos los peores horrores son faits accompli. No podemos matar a
ninguna versión de Adolf Hitler, porque no podemos reducir la banda hasta el punto
en el cual alguno de nosotros lo mata por la espalda. Todo lo que hemos podido llevar
a cabo son intervenciones menores, como enviar proyectiles hacia el Blitz, salvando
algunas vidas al desviar bombas.
—¿Cómo, haciéndolas caer al Támesis?
—No, eso habría sido demasiado arriesgado. Realizamos algunos modelos y lo
más seguro resultó ser desviarlas hacia grandes edificaciones vacías: la Abadía de
Westminster, la Catedral de Saint Paul.
La estación se hizo visible delante de ellos.

Página 69
—¿Qué piensa? —dijo Helen—. ¿No quiere regresar a Manchester?
Robert no había pensado en el tema. Quint podía seguir su rastro a cualquier
parte, pero cuanto más gente hubiera a su alrededor menos vulnerable sería. En su
casa en Wilmslow estaría disponible para que lo capturaran.
—Todavía tengo habitaciones en Cambridge —⁠ dijo vacilante.
—Buena idea.
—¿Cuáles son sus planes?
Helen se volvió hacia él.
—Pensaba quedarme con usted. —⁠ Sonrió ante la expresión del rostro de él⁠ —.
No se preocupe, le daré suficiente privacidad. Y si la gente quiere hacer suposiciones,
que las haga. Ya tiene una reputación escandalosa; también podría verlo como que se
le han abierto nuevas oportunidades.
Robert rió irónicamente.
—Temo que no funciona de esa forma. Nos echarán inmediatamente.
—Que lo intenten —resopló Helen.
—Podrá desafiar al MI6, pero no ha tratado con los conserjes de Cambridge.
—⁠ La realidad de la situación lo empapó otra vez al pensar en ella en su estudio,
escribiendo las ecuaciones del viaje en el tiempo en la pizarra⁠ —. ¿Por qué yo?
Puedo entender que quiera hacer contacto con alguien que comprenda cómo llegó
aquí… pero ¿por qué no Everett, Yang o Feynman? Comparado con Feynman, soy un
diletante.
—Tal vez —dijo Helen—. Pero tiene una inclinación igualmente práctica, y
aprende bastante rápido.
Tenía que haber más que eso: miles de personas hubieran sido capaces de
absorber sus lecciones tan rápidamente como él.
—La física a la que aludió… en su pasado, ¿yo descubrí todo eso?
—No. Su paper en Physical Review me ayudó para rastrearle hasta aquí, pero en
mi propia historia nunca fue publicado. —⁠ Hubo un destello de inquietud en sus ojos,
como si en ese tema tuviera reservadas las decepciones más grandes.
Robert no se preocupó mucho, o nada, por ese tema: cuanto menos hubiera
logrado su alter ego, menos sufriría de envidia.
—Entonces, ¿qué fue, qué le hizo elegirme?
—¿Realmente no lo sospecha? —⁠ Helen tomó la mano libre de él y llevó los
dedos hasta su propio rostro; fue un gesto tierno, pero mucho más parecido al de una
hija que al de una amante⁠ —. Es una noche agradable. Nadie debería tener la piel así
de fría.
Robert la miró directamente a sus ojos oscuros, tan festivos como los de cualquier
humano, tan serios, tan orgullosos. Si hubiera tenido la oportunidad, tal vez
cualquiera le hubiese arrancado del alcance de Quint. Pero solamente alguien
particular sentiría una obligación especial, como si estuviese reparando una antigua
deuda.

Página 70
—Eres una máquina —dijo él.

Página 71
2
John Hamilton, profesor de inglés medieval y renacentista en el Magdalene College,
en Cambridge, leyó la última carta en la pila del correo matinal de aficionados con
una creciente sensación de satisfacción.
La carta era de una joven norteamericana, una muchacha de doce años de Boston.
Se iniciaba de la manera usual, declarando cuánto placer le habían proporcionado sus
libros, antes de continuar con la lista de sus escenas y personajes favoritos. Como
siempre, Jack estaba encantado de que las historias hubieran tocado a alguien tan
profundamente como para impulsarlo a responder de esta manera. Pero fue el último
párrafo lo más gratificante.
«Aunque muchos niños pueden burlarse, o también los adultos, cuando yo sea
mayor, NUNCA, NUNCA dejaré de creer en el Reino de Nescia. Sarah dejó de creer
y la puerta del Reino se le cerró para siempre. Al principio eso me hizo llorar, y no
pude dormir en toda la noche porque tenía miedo de que un día yo también dejara de
creer. Pero ahora comprendo que es bueno tener miedo, porque me ayudará para que
la gente no me haga cambiar de opinión. Y si no se puede creer en tierras mágicas,
por supuesto tampoco se podrá entrar en ellas. Entonces nada ni siquiera el mismo
Belvedere podrá hacer algo para salvarte».
Jack volvió a llenar y encender la pipa, luego releyó la carta. Ésta era su
reivindicación: la prueba de que a través de sus libros podía alcanzar una mente joven
y plantar la semilla de la fe en suelo fértil. Eso hacía que todo el desprecio de sus
colegas envidiosos y creídos se volviera insignificante. Los niños comprenden el
poder de las historias, la realidad del mito, la necesidad de creer en algo más allá de
la despreciable farsa gris del mundo material.
No había una verdad que pudiera ser revelada de la forma «adulta»: a través de la
erudición o la razón. Y todavía menos a través de la filosofía, como le había
demostrado Elizabeth Anscombe en aquella noche horrible en el Club Socrático.
Como devota cristiana, Anscombe había tomado todos los argumentos contra el
materialismo de su propio libro, Señales y maravillas, y los había pisoteado. Había
sido una competencia injusta desde el principio: Anscombe se dedicaba
profesionalmente a la filosofía, estaba empapada en la obra de todos desde Aquino
hasta Wittgenstein; Jack conocía la historia de las ideas en la Europa medieval
íntimamente, pero una vez que fue invadida por la moda de los positivistas perdió
interés en la filosofía moderna. Señales y maravillas nunca había pretendido ser una
obra académica; era lo suficientemente buena como para ser aceptada por lectores
bien dispuestos, pero tratar de defender su reconocida combinación, rudimentaria
pero efectiva, de sentido común y trucos útiles a la fe contra el análisis impiadoso de
Anscombe le había hecho sentir como un simplón de campo tartamudeando delante
de un obispo.

Página 72
Diez años más tarde, todavía ardía en resentimiento ante la humillación que ella
le había hecho atravesar, pero también se sentía agradecido por la lección que le
había enseñado. Sus primeros libros y sus charlas radiales no habían sido un
completo desperdicio de tiempo, pero el triunfo de la arpía le había mostrado cuán
lastimosa era la razón humana cuando enfrentaba las grandes preguntas. Había
comenzado a trabajar en las historias de Nescia años atrás, pero fue sólo cuando el
polvo se hubo asentado sobre su derrota más dolorosa que finalmente reconoció el
verdadero llamado.
Se sacó la pipa, se puso de pie y se volvió hacia Oxford.
—¡Bésame el culo, Elizabeth! —⁠ rugió con felicidad, exhibiéndole la carta. Era
un augurio maravilloso. Iba a ser un día muy bueno.
Hubo un golpe en la puerta de su estudio.
—Entre.
Era su hermano, William. Jack se sintió sorprendido —⁠ ni siquiera sabía que
Willie estuviera en la ciudad⁠ — pero asintió dándole la bienvenida y señalando hacia
el sillón frente a su escritorio.
Willie se sentó, con su rostro sonrojado por las escaleras, frunciendo el ceño. Tras
un momento dijo:
—Este tipo, Stoney.
—¿Hmm? —Jack sólo lo escuchaba a medias mientras ordenaba los papeles en su
escritorio. Sabía por su larga experiencia que Willie se tomaría una eternidad hasta
llegar al asunto.
—Hizo algún tipo de trabajo muy secreto durante la guerra, aparentemente.
—¿Quién?
—Robert Stoney. Un matemático. Solía andar por Manchester pero es del Fellow
of Kings College y ahora está de regreso en Cambridge. Hizo algún tipo de trabajo
secreto en la guerra. Lo mismo que Malcolm Muggeridge, aparentemente. No le
permiten a nadie decir qué.
Jack levantó la vista, divertido. Había escuchado rumores sobre Muggeridge, pero
todos tenían que ver con la actividad de analizar mensajes alemanes de radio que
habían sido interceptados. ¿Qué uso concebible hubiera tenido un matemático para
eso? Probablemente sacarle punta a los lápices de los analistas de inteligencia.
—¿Qué pasa con él, Willie? —⁠ preguntó pacientemente Jack.
Willie continuó con renuencia, como si estuviera confesando algo ligeramente
inmoral.
—Le hice una visita ayer. A un lugar llamado Cavendish. Un viejo amigo del
ejército tiene un hermano que trabaja allí. Conseguí un recorrido completo.
—Conozco el Cavendish. ¿Qué hay que ver?
—Está haciendo cosas, Jack. Cosas imposibles.
—¿Imposibles?
—Mirar dentro de la gente. Poner eso en una pantalla, como una televisión.

Página 73
—¿Cómo los rayos x? —suspiró Jack.
Willie habló con irritación:
—No soy tonto; sé cómo se ven los rayos x. Esto es diferente. Puedes ver cómo
circula la sangre. Puedes observar cómo late el corazón, puedes seguir una sensación
a través de los nervios desde… la punta de los dedos hasta el cerebro. Dice que
pronto será capaz de observar un pensamiento en movimiento.
—No tiene sentido —frunció el ceño Jack⁠ —. Entonces inventó algún
dispositivo, algún tipo extravagante de máquina de rayos x. ¿Qué es lo que te
preocupa tanto?
Willie sacudió la cabeza seriamente.
—Hay más. Ésa es sólo la punta de iceberg. Hace sólo un año que regresó a
Cambridge, y el lugar ya está rebosando de… maravillas. —⁠ Usó la palabra con
renuencia, como si no tuviera elección, pero temeroso de transmitir más aprobación
de lo que pretendía.
Jack estaba comenzando a sentir una sensación distinta de inquietud.
—¿Qué es exactamente lo que quieres que haga? —⁠ preguntó.
—Que vayas y mires tú mismo —⁠ respondió Willie en forma directa⁠ —. Que
vayas y mires qué está tramando.
El Laboratorio Cavendish era un edificio a medias Victoriano, diseñado para
recordar algo considerablemente más antiguo y más grande. Albergaba todo el
Departamento de Física, incluyendo las salas de conferencias; el lugar estaba lleno de
estudiantes ruidosos. Jack no había tenido problemas en disponer un recorrido:
simplemente llamó por teléfono a Stoney y le manifestó su curiosidad, y no le
requirieron ningún otro motivo sustancial.
A Stoney le habían destinado tres salas contiguas en la parte de atrás del edificio,
y el «Visualizador de resonancia de espín» ocupaba la mayor parte de la primera.
Obedientemente, Jack dispuso su brazo entre las bobinas, entonces casi lo sacó de
golpe por el susto cuando apareció en el tubo de imagen la extraña visión de un corte
transversal de sus músculos y venas. Se preguntó si podía ser algún tipo de engaño,
pero cerró su puño lentamente y observó cómo la imagen hacía lo mismo, luego hizo
varios movimientos impredecibles que fueron replicados igualmente bien.
—Si le interesa, puedo mostrarle células sanguíneas en forma individual
—⁠ ofreció Stoney amablemente.
Jack negó con la cabeza; el despellejamiento actual y sin aumento ya era
suficiente.
Stoney vaciló, luego agregó torpemente:
—Deberá hablar con su médico sobre un tema. Es que la densidad de su hueso es
bastante… —⁠ Señaló un gráfico en la pantalla junto a la imagen⁠ —. Bueno, es un
poco baja para el promedio normal.
Jack retiró el brazo. Ya le habían diagnosticado osteoporosis y había dado la
bienvenida a la noticia: significaba que al menos tendría una pequeña parte de la

Página 74
enfermedad de Joyce —⁠ la debilidad de los huesos⁠ — en su propio cuerpo. Dios le
había permitido sufrir un poco en su lugar.
Si introdujeran a Joyce entre estas bobinas, ¿qué se revelaría? Pero no había
nada que agregar a su diagnóstico. Además, si él continuaba con sus oraciones y
ambos seguían con buen ánimo, en algún momento la remisión se transformaría de
una dilación insegura a una cura completa.
—¿Cómo funciona? —dijo.
—En un campo magnético fuerte, algunos de los núcleos atómicos y electrones en
su cuerpo están libres para alinearse de varias formas con el campo. —⁠ Stoney debió
haber visto que los ojos de Jack comenzaban a ponerse vidriosos; rápidamente
cambió de táctica⁠ —. Piense en eso como un entorno de un conjunto completo de
trompos girando, tan velozmente como fuera posible, luego escucha con cuidado
como la velocidad se hace más lenta hasta que vuelcan. A los átomos en el cuerpo es
suficiente con darles algunas claves como qué tipo de molécula y qué tipo de tejido, y
ellos están allí. La máquina escucha a los átomos en los distintos lugares al cambiar
la forma que combina todas las señales de miles de millones de antenas. Es como una
galería de susurros donde se puede jugar con el tiempo que le toma viajar a las
señales desde los distintos lugares, moviendo el foco de aquí para allá a través de
cualquier parte del cuerpo, miles de veces por segundo.
Jack consideró esta explicación. Aunque sonaba complicada, en principio no era
mucho más extraña que los rayos x.
—La misma física es algo anticuado —⁠ continuó Stoney⁠ —, pero para formar
imágenes se requiere un campo magnético muy fuerte, y también es necesario darle
sentido a toda la información reunida. Nevill Mott construyó las aleaciones
superconductoras para los magnetos. Y yo me las compuse para persuadir a Rosalind
Franklin de Birbeck para que colaborara con nosotros, para que ayudara a
perfeccionar el proceso para los circuitos computados. Hicimos uniones cruzadas con
montones de pequeños fragmentos con forma de Y del ADN, luego selectivamente
los cubrimos con metal. Rosalind descubrió una forma de usar la cristalografía de
rayos x como control de calidad. Le retribuimos con un computador que permite
disolver las estructuras de proteínas hidratadas en tiempo real, pero tiene que
conseguir una fuente de rayos x lo suficientemente potente. —⁠ Levantó un objeto
pequeño y poco atractivo, festoneado con alambres dorados que sobresalían⁠ —. Cada
puerta lógica es aproximadamente de un millar de ángstroms cúbicos, y las
dispusimos en forma tridimensional. Eso hace un millón de millones de millones de
interruptores en la palma de mi mano.
Jack no supo qué responder a esta afirmación. Aun cuando no podía seguir
completamente al hombre había algo hipnotizante en sus divagaciones, como una
mezcla entre William Blake y el parloteo de una guardería infantil.
—Si los computadores no le interesan, estamos haciendo todo tipo de cosas con el
ADN. —⁠ Stoney lo acompañó hasta la siguiente sala, que estaba llena de cristalería y

Página 75
semilleros en macetas bajo tubos fluorescentes. Dos asistentes sentados en un banco
estaban trabajando en unos microscopios; otro estaba administrando fluidos en tubos
de ensayo con un instrumento que parecía un gotero hipertrofiado.
—Aquí hay docenas de especies nuevas de arroz, maíz y trigo. Todas tienen al
menos el doble del contenido proteico y mineral de las cosechas existentes, y cada
una emplea un repertorio bioquímico distinto para protegerse de los insectos y los
hongos. Los agricultores tienen que abandonar los monocultivos; los exponen
también a la enfermedad y los vuelven dependientes de los pesticidas químicos.
—¿Usted produjo esto? —dijo Jack⁠ —. ¿Todas estas variedades nuevas en
cuestión de meses?
—¡No, no! En lugar de perseguir los rasgos hereditarios que necesitábamos en su
hábitat natural, y pelear durante años para producir clases cruzadas relacionándolas a
todas, diseñamos todos los rasgos desde el principio. Luego manufacturamos ADN
para producir las herramientas que necesitaban las plantas y las insertamos en sus
células germen.
—¿Quién es usted para decir lo que necesita una planta? —⁠ preguntó molesto
Jack.
Stoney negó con la cabeza inocentemente.
—Seguí los consejos de científicos agrícolas que recogieron las necesidades de
los agricultores. Sabían contra qué plagas y enfermedades estaban luchando. Las
cosechas de alimentos son tan artificiales como los pequineses. La naturaleza no nos
las entrega en un plato, y si no funcionan tan bien como es necesario, la naturaleza no
va a adaptarlas para nosotros.
Jack lo miró con disgusto, pero no dijo nada. Estaba comenzando a comprender
por qué Willie lo había enviado allí. El hombre se había encontrado con un artesano
entusiasta, pero había una arrogancia impresionante acechando detrás de una fachada
juvenil.
Stoney explicó una colaboración que había concertado entre científicos de El
Cairo, Bogotá, Londres y Calcuta, para desarrollar vacunas contra la polio, la viruela,
la malaria, la fiebre tifoidea, la fiebre amarilla, la tuberculosis, la influenza y la lepra.
Algunas fueron las primeras de su tipo; otras fueron probadas para reemplazar a las
ya existentes.
—Es importante que creemos antígenos sin cultivar los patógenos en células
animales que podrían ocultar virus. Todos los equipos están buscando variantes sobre
una técnica simple y económica que implica poner genes antígenos en bacterias
inofensivas que los duplican como vehículos de reparto y auxiliares, luego los
liofilizan en esporas que pueden sobrevivir al calor tropical sin refrigeración.
Jack se sintió más aplacado; todo esto sonaba muy admirable. Qué competencia
tenía Stoney para enseñar a los médicos sobre vacunas era una cuestión distinta. Se
podía presumir que esta jerga tenía sentido para ellos, pero ¿exactamente cuándo este

Página 76
matemático había recibido la preparación para hacer la más modesta sugerencia sobre
el tema?
—Usted ha tenido un año notablemente productivo —⁠ observó.
—La musa va y viene para todos —⁠ sonrió Stoney⁠ —. Pero yo soy sólo el
catalizador en la mayor parte de los casos. Me he sentido muy feliz de encontrar
personas, aquí en Cambridge y muchas veces muy lejos, que estaban esperando tener
la oportunidad de trabajar en algunas ideas descabelladas. Ellos hicieron el verdadero
trabajo. —⁠ Hizo un gesto hacia la siguiente sala⁠ —. Mis proyectos preferidos están
aquí.
La tercera habitación estaba llena de artefactos electrónicos, conectados a tubos
de imágenes que exhibían tanto palabras como imágenes fosforescentes simulando
fotocalcos azules de ingeniería que habían cobrado vida. En medio de un banco,
incongruente, había una gran jaula conteniendo varios hámsteres.
Stoney jugueteó con uno de los artefactos y una cara como un dibujo estilizado de
una máscara apareció en una pantalla adyacente. La máscara miró alrededor, luego
dijo:
—Buenos días, Robert. Buenos días, profesor Hamilton.
—¿Tiene una grabación con estas palabras? —⁠ dijo Jack.
—No —respondió la máscara—, Robert me mostró fotografías de todo el equipo
que enseña en Cambridge. Si veo a alguien que conozco de las fotografías, lo saludo.
—⁠ El rostro era una representación muy tosca, pero los ojos hundidos parecieron
encontrar los de Jack.
—No tiene idea de lo que dice, por supuesto —⁠ explicó Stoney⁠ —. Es sólo un
ejercicio en reconocimiento de caras y voces.
—Por supuesto —respondió rígido Jack.
Stoney hizo un gesto a Jack para que se aproximara y examinara la jaula de los
hámsteres. Casi lo obligó. Había dos animales adultos, presumiblemente una pareja
de reproducción. Dos crías rosáceas succionaban de la madre, que estaba reclinada en
un lecho de paja.
—Mire de cerca —lo urgió Stoney. Jack se esforzó para ver el nido, entonces
exhaló una obscenidad y se apartó.
Una de las crías era exactamente lo que parecía. La otra era una máquina,
envuelta en piel sintética, aferrada a la mama cálida con una boquilla.
—¡Ésta es la cosa más monstruosa que he visto jamás! —⁠ Todo el cuerpo de Jack
estaba temblando⁠ —. ¿Qué razón podría tener para hacer eso?
Stoney rió e hizo un gesto tranquilizador, como si su invitado fuera un niño
nervioso que se atemorizaba ante un juguete inofensivo.
—¡No está lastimándola! Y la cuestión es descubrir qué hace que la madre lo
acepte. «Reproducir la especie de uno» significa tener algún conjunto de parámetros
que lo definan. El olor y algunos rasgos del aspecto son indicaciones importantes en
este caso, pero a través de ensayo y error también he delineado un conjunto de

Página 77
conductas que permiten que el simulacro atraviese cada etapa del ciclo de vida. Un
niño aceptable, un hermano aceptable, un macho aceptable.
Jack lo miró fijamente, asqueado.
—¿Estos animales joden con sus máquinas?
Stoney se disculpó.
—Sí, pero los hámsteres lo hacen con todo. En realidad tuve que cambiar a
especies con más capacidad de discernimiento para demostrarlo adecuadamente.
Jack se esforzó para recomponer su compostura.
—¿Qué cosa en la Tierra lo ha poseído para hacer esto?
—A la larga —dijo suavemente Stoney⁠ —, creo que esto será algo que vamos a
tener que comprender mucho mejor de lo que actualmente hacemos. Ahora podemos
mapear las estructuras del cerebro con mucho detalle, y cotejar su gran complejidad
con nuestros computadores; en sólo una década o algo así podremos construir
máquinas que piensen.
»En sí mismo eso será un esfuerzo enorme, pero quiero asegurarme que no aborte
desde el comienzo. No hay gran mérito en crear los niños más maravillosos en la
historia sólo para descubrir que algún horrible instinto mamífero nos lleva a
estrangularlos cuando nacen.
Jack estaba sentado en su estudio tomando un whisky. Llamó por teléfono a Joyce
después de la cena y charlaron durante un rato, pero no fue lo mismo que estar con
ella. Los fines de semana nunca llegaban lo suficientemente pronto, y hacia el martes
o miércoles cualquier sensación de consuelo que había obtenido al verla se había
desvanecido completamente.
Ahora era casi medianoche. Después de hablar con Joyce, había pasado tres horas
en el teléfono, averiguando lo que podía sobre Stoney.
Aprovechando sus relaciones hasta donde pudo, supo que Robert había estado
sólo durante cinco años en Cambridge, así que todavía era considerado como un
extraño. Ni siguiera había sido admitido en un círculo interior en Oxford; siempre
perteneció a un grupo pequeño y tranquilo de disidentes que estaban contra la
corriente de moda. Se podía decir cualquier cosa sobre los Tiddlywinks[1], pero nunca
podrían poner sus manos sobre las palancas del poder académico.
Un año atrás, mientras estaba en su período sabático en Alemania, Stoney
renunció repentinamente a un puesto que tuvo en Manchester durante una década.
Regresó a Cambridge, a pesar de que no tenía ningún cargo oficial que ocupar.
Comenzó a colaborar informalmente con varias de las personas en el Cavendish,
hasta que quien estaba a cargo del lugar, Mott, inventó un trabajo para él y le
concedió un modesto salario, las tres salas que había visto Jack y algunos estudiantes
para que lo ayudaran.
Los colegas de Stoney estaban asombrados por la avalancha de invenciones
exitosas. Aunque ninguno de sus ingenios estaba basado en una ciencia
completamente nueva, su talento para ver directamente en el corazón de las teorías

Página 78
existentes y extraer algunas consecuencias prácticas no tenía precedentes. Jack había
esperado alguna traición provocada por la envidia, pero nadie parecía tener nada malo
que decir sobre Stoney. Volvía su toque de Midas científico al servicio de cualquiera
que se le acercara, y eso le sonó como si cada escéptico o enemigo posible fuese
comprado con algún apunte provechoso en sus propios campos.
La vida personal de Stoney era muy oscura. La mitad de los informantes de Jack
estaban convencidos que el hombre era un maricón asumido, pero otros hablaban de
una mujer hermosa y misteriosa llamada Helen, con quien evidentemente se llevaba
en términos íntimos.
Jack vació su vaso y miró a través del patio. ¿Era arrogante preguntarse si
podría haber recibido algún tipo de visión profética? Quince años antes, cuando
estaba escribiendo El Planeta Quebrado, imaginó que simplemente estaba satirizando
la arrogancia de la ciencia moderna. Su retrato de las fuerzas del diablo detrás de lo
que burlonamente llamó Laboratorio de Supervisión de Experimentos Varios fue
entendido como una metáfora muy seria, pero nunca había esperado que él mismo
terminara preguntándose si auténticos ángeles caídos estaban susurrando secretos en
los oídos de un catedrático de Cambridge.
Sin embargo, ¿cuántas veces había dicho a sus lectores que el triunfo más grande
del diablo había sido convencer al mundo de que no existía? El diablo no era una
metáfora, un simple símbolo de la debilidad humana; era real, una presencia
intrigante que actuaba en el tiempo, que actuaba en el mundo tanto como Dios
mismo.
¿Y la maldición de Fausto no fue sellada por la mujer más hermosa de todos los
tiempos: Helena de Troya?
Sintió un hormigueo en la piel. Una vez había escrito una columna humorística en
un diario llamada «Cartas de un Demonio», en la cual un Tentador Mayor le ofrecía
consejos a colegas menos experimentados sobre las mejores formas para hacer
descarriar a los fieles. Incluso eso había sido una experiencia agotadora y casi
perversa: adoptar el punto de vista necesario, siempre extravagante, le había hecho
sentir que se le marchitaba el interior. El pensamiento de que una cruza entre el
Faustbuch y El Planeta Quebrado pudiera tomar vida a su alrededor era demasiado
horrible siquiera para ser considerado. Él no era un héroe salido de su propia ficción,
ni siquiera un Cedric Duffy de modales suaves abandonando a su suerte a un
Pendragón moderno. Y no creía que Merlín surgiera de los bosques para traer el caos
a la arrogante Torre de Babel, el Laboratorio Cavendish.
Sin embargo, si él era la única persona en Inglaterra que sospechaba de la
auténtica fuente de inspiración de Stoney, ¿quién otro podría actuar?
Jack se sirvió otro vaso. No había nada que ganar postergándolo. No seria capaz
de descansar hasta que supiera a qué se estaba enfrentando: un muchacho ya crecido,
vanidoso e imprudente que estaba teniendo una racha de buena suerte, o un

Página 79
muchacho ya crecido, vanidoso e imprudente, que había vendido su alma y había
puesto en peligro a toda la humanidad.
—¿Un satanista? ¿Usted está acusándome de ser un satanista?
Stoney tiró irritado de su bata; estaba en la cama cuando Jack aporreó la puerta.
Dada la hora, había sido muy cortés de su parte aceptar a un visitante, y ahora parecía
tan genuinamente ofendido que Jack casi estuvo a punto de disculparse y escabullirse.
—Tenía que preguntarle… —dijo.
—Se tiene que ser doblemente estúpido para ser satanista —⁠ murmuró Stoney.
—¿Doblemente?
—No sólo hay que creer en toda la insensata teología cristiana, también hay que
invertir el lado perdedor preordinado, garantido para el fracaso y absolutamente fútil.
—⁠ Alzó su mano, como si creyera que había anticipado la única objeción posible a
esta afirmación, y le dejó a Jack el problema de gastar su aliento en pronunciarla⁠ —.
Lo sé, algunas personas señalan que en realidad se trata de alguna deidad
precristiana: Mercurio o Pan… todas esas patrañas. Pero asumiendo que no estamos
hablando sobre un error en el apodo de los objetos de adoración, no puedo pensar en
nada más insultante. Está comparándome con alguien como… Huysmans, que fue
básicamente un católico muy obtuso.
Stoney se cruzó de brazos y se sentó sobre el sofá, esperando la respuesta de Jack.
La cabeza de Jack estaba espesa por el whisky, no estaba del todo seguro de cómo
tomar esto. Era el tipo de pedante tontería universitaria que podría haber esperado de
un ateo engreído… pero, por otro lado, además de una confesión ¿qué tipo de
respuesta habría constituido evidencia de culpa? Si vendiste tu alma al diablo, ¿qué
mentira dirías en lugar de la verdad? ¿Había creído que Stoney afirmaría que era un
practicante devoto como si ésa fuera la mejor respuesta posible para despistar a Jack?
Tenía que concentrarse en las cosas que había visto con sus propios ojos, los
hechos que no se podían negar.
—Usted está conspirando para subvertir la naturaleza, inclinando el mundo ante
la voluntad del hombre.
Stoney suspiró.
—Ni remotamente. La tecnología más refinada nos ayudará a andar más
suavemente. Tenemos que terminar con la polución y los pesticidas tan rápidamente
como sea posible. ¿O quiere vivir en un mundo donde todos los animales nazcan
como hermafroditas y la mitad de las islas del Pacífico desaparezcan en medio de
tempestades?
—No trate de decirme que usted es algún tipo de guardián del reino animal. ¡Lo
que quiere es reemplazarnos con máquinas!
—¿Siente la misma amenaza con cada zulú o tibetano que tiene un niño y quiere
lo mejor para él?
—No soy racista —se molestó Jack⁠ —. Los zulúes y tibetanos tienen alma.
Stoney gimió y apoyó la cabeza en sus manos.

Página 80
—¡Son más de la una de la mañana! ¿No podemos discutir esto en algún otro
momento?
Alguien golpeó la puerta. Stoney levantó la vista, incrédulo.
—¿Qué es esto? ¿La Gran Estación Central?
Cruzó hasta la puerta y la abrió. Un hombre despeinado y sin afeitar se abrió
camino hacia la habitación.
—¿Quint? Qué agradable…
El intruso agarró a Stoney y lo golpeó contra la pared. Jack exhaló por la
sorpresa. Quint volvió sus ojos enrojecidos sobre él.
—¿Quién mierda eres?
—John Hamilton. ¿Quién mierda eres tú?
—Nadie que te importe. Sólo quédate quieto. —⁠ De una sacudida puso el brazo
de Stoney detrás de su espalda con una mano mientras aplastaba su rostro contra la
pared con la otra⁠ —. Ahora eres mío, pedazo de mierda. Nadie te va a proteger esta
vez.
Stoney señaló a Jack con la boca aplastada contra la mampostería.
—Ezte ez Petez Quinz, mi fantazma perzonal. Hize un pazto fáuztico. Pero con
cláuzulaz eztriztamente tempo…
—¡Cállate! —Quint extrajo un arma de su bolsillo y apuntó a la cabeza de Stoney.
—Tranquilo.
—¿Hasta dónde llegan tus relaciones? —⁠ gritó Quint⁠ —. Los memorándums
desaparecen, las fuentes se quedan mudas… ¡y ahora mis superiores están
amenazándome con algún tipo de traición! —⁠ Se volvió para dirigirse a Jack otra
vez⁠ —. Y tú no pensarás que vas a ir a algún lado.
—Dézalo zalir de ezto —dijo Stoney⁠ —. Ez del Magdalene. Ya tienez que
zaberlo: todoz loz ezpíaz zon del Trinity.
Jack se estremeció al ver a Quint agitando el arma, pero las implicaciones de este
drama le llegaron con algo parecido al alivio. Las ideas de Stoney debían haber
tenido su origen en algún proyecto de investigación en los tiempos de guerra. No
había tenido tratos con el diablo, pero había quebrado el Acta Oficial de Secretos y
ahora tenía que pagar por ello.
Stoney flexionó su cuerpo y empujó de un golpe a Quint hacia atrás. Éste
trastabilló pero no cayó; alzó su brazo amenazante, pero ya no tenía el arma en la
mano. Jack miró alrededor para ver dónde había caído pero no pudo encontrarla por
ninguna parte. Stoney descargó una patada directamente a los testículos de Quint;
estaba descalzo, pero Quint gimió de dolor. Una segunda patada lo dejó tendido.
—¿Luke? —Llamó Stoney—. ¡Luke! ¿Vienes a darme una mano?
Un hombre de fuerte contextura con los antebrazos tatuados salió del dormitorio
de Stoney, bostezando y acomodándose los tiradores. Al ver a Quint gimió:
—¡Otra vez no!
—Lo siento —dijo Stoney.

Página 81
Luke se encogió de hombros estoicamente. Los dos se las arreglaron para tomar
firmemente a Quint y arrastrarlo con dificultad a través de la puerta. Jack esperó unos
segundos, luego se echó al piso para buscar el arma. Pero no estaba en ningún lugar a
la vista, y no se había deslizado debajo de los muebles; ninguna de las hendiduras
donde podría haber terminado estaba tan oscura como para que se hubiera perdido en
las sombras. No estaba en ninguna parte de la habitación.
Jack fue hasta la ventana y contempló a los tres hombres cruzando el patio, a
medias esperando ser testigo de un asesinato. Pero Stoney y su amante simplemente
alzaron en el aire al hombre y lo lanzaron en un estanque poco profundo y de aspecto
bastante barroso.
Jack pasó los días siguientes en estado de confusión. No estaba preparado para
confiar en nadie hasta que pudiera formular sus sospechas con claridad, y los sucesos
en las habitaciones de Stoney eran difíciles de interpretar sin ambigüedades. No podía
establecer con completa seguridad que el arma de Quint se había desvanecido delante
de sus ojos. Pero ¿el hecho de que Stoney estuviera libre confirmaba que estaba
recibiendo protección sobrenatural? Y Quint mismo, confundido y desmoralizado,
había tenido el aspecto de un hombre que se veía demoníacamente desconcertado a
cada rato.
Si esto era cierto, entonces Stoney debía haber comprado más con su alma que
inmunidad a la autoridad mundana. El conocimiento mismo tenía que ser de origen
satánico, como la leyenda de Fausto lo describía, Tollers estaba en lo cierto en su
gran ensayo Mitopoiesis: los mitos son resabios de la capacidad pre-lapsaria de
aprehender del hombre, directamente, las grandes verdades del mundo. ¿Por qué otra
cosa resonarían en la imaginación y sobrevivirían de generación en generación?
Hacia el viernes una sensación de urgencia lo tenía aferrado. No podía llevar su
confusión a Potter’s Bam, a Joyce y los chicos. Esto tenía que resolverse, aunque
fuera sólo en su propia mente, antes de regresar con su familia.
Con Wagner en el gramófono, se sentó y meditó sobre el desafío que estaba
enfrentando. Stoney debía ser detenido, pero ¿cómo? Jack siempre había dicho que la
Iglesia de Inglaterra —⁠ aparentemente tan pintoresca e inofensiva, una Iglesia de
puestos de pasteles y solteronas amables⁠ — era como un ejército temible a los ojos
de Satán. Pero incluso si su maestro estuviese temblando en el Infierno, a un párroco
en bicicleta le tomaría más que unas cuantas palabras severas forzar a Stoney a
abandonar sus obscenos planes.
Pero las intenciones de Stoney, en sí mismas, no importaban. Le habían
concedido el poder para deslumbrar y seducir, pero no para forzar su voluntad sobre
la del populacho. Lo que importaba era cómo verían sus planes los demás. Y la forma
de detenerlo era abrir los ojos de la gente al auténtico vacío de su cornucopia.
Cuanto más rezaba y pensaba sobre el asunto, más seguro estaba Jack de que
distinguía la tarea que se le requería. No sería suficiente ninguna denuncia desde el
púlpito; la gente no abandonaría los frutos de la maldición de Stoney por el simple

Página 82
decir esto es así de la Iglesia. ¿Por qué alguien rechazaría unos obsequios tan ilustres
sin un argumento cuidadosamente razonado?
Jack había sido humillado una vez, derrotado una vez más, al tratar de exponer lo
estéril del materialismo. Pero ¿no podría haber sido una forma de preparación? Fue
maltratado duramente por Anscombe, pero ella era un enemigo infinitamente más
débil que el que enfrentaba ahora. Había sufrido por sus burlas… pero ¿qué estaba
sufriendo, sino el cincel que Dios empleaba para dar forma a sus hijos en su
verdadero ser?
Su papel estaba claro ahora. Encontraría el Talón de Aquiles intelectual de Stoney
y lo expondría al mundo.
Lo desafiaría a un debate.

Página 83
3
Robert miró con atención la pizarra durante un minuto entero, luego comenzó a reír
con placer.
—¡Eso es tan maravilloso!
—¿No es cierto? —Helen dejó la tiza y se le unió en el sofá⁠ —. Una simetría
más, y no sucedería nada: el universo estaría lleno de una blancura cristalina. Una
simetría menos, y todo sería ruido sin correlato.
A lo largo de meses, en una serie de clases, Helen lo había transportado a través
de una pequeña parte del siglo de física que los había separado en su primer
encuentro, descendiendo a las estructuras puramente algebraicas que yacían bajo el
espaciotiempo y la materia. Las matemáticas catalogaban todo lo que no era
contradictorio en sí mismo; dentro de un enorme inventario, la física era una isla de
estructuras lo suficientemente rica como para contener a sus propios espectadores.
Robert se quedó sentado y revisó mentalmente todo lo que había aprendido,
tratando de capturar tanto como podía en una única imagen. Mientras lo hacía, una
parte de él esperaba temeroso una sensación de decepción, una sensación de
anticlímax. Ya no podría ver con más profundidad en la naturaleza del mundo. Al
menos en esta dirección no había nada más por descubrir.
Pero el anticlímax era imposible. Hastiarse de esto era imposible. No importaba
cuán familiarizado pudiera llegar a estar con el álgebra del universo, nunca se
volvería menos maravillosa.
—¿Hay otras islas? —preguntó por fin. No simplemente otras historias
compartiendo el mismo fundamento subyacente, sino otras realidades nuevas por
completo.
—Así lo sospecho —respondió Helen⁠ —. Han cartografiado algunas
posibilidades. No obstante, no sé cuánto de todo eso podrá llegar a ser confirmado
alguna vez.
Robert sacudió la cabeza, satisfecho.
—Ni pensaría en eso. Necesito bajar a la Tierra durante un rato. —⁠ Extendió sus
brazos y se recostó, todavía sonriendo.
—¿Dónde está Luke hoy? —dijo Helen⁠ —. Habitualmente aparece en este
momento para llevarte afuera hasta el amanecer.
La pregunta desvaneció la sonrisa en la cara de Robert.
—Aparentemente yo era una compañía bastante pobre. No era lo bastante
fanático por el fútbol y los dardos.
—¿Te dejó? —Helen se inclinó hacia él y apretó su mano con simpatía. También
un poco burlonamente.
Robert se sentó fastidiado; ella nunca decía nada pero él siempre sentía que lo
estaba juzgando.

Página 84
—Tú crees que debería madurar, ¿no? Encontrar a alguien más parecido a mí.
Algún tipo de alma gemela.
Quiso que la expresión sonara burlona pero salió de un modo bastante distinto.
—Es tu vida —dijo ella.
Un año antes habría sido una reivindicación risible, pero ahora casi era verdad.
Había una moratoria de facto en el procesamiento mientras la evidencia genética y
neurológica recientemente reunida era evaluada por un subcomité parlamentario.
Robert había ayudado a plantar las semillas de la campaña pero no tenía un parte real
en ella; otras personas habían tomado la causa. En cuestión de meses, era posible que
la jaula de Quint estuviera desarticulada, al menos para Gran Bretaña.
La perspectiva le dio vértigo. Pudo haber quebrado las leyes en cada oportunidad,
pero éstas todavía lo regían. Puede que la jaula no lo hubiera dejado lisiado, pero se
engañaría si negaba que lo había debilitado.
—¿Es eso lo que sucedió en tu pasado? —⁠ dijo⁠ —. ¿Terminé teniendo una…
pareja para toda la vida? —⁠ Cuando pronunció las palabras se le secó la boca y, de
pronto, sintió miedo de que la respuesta fuera sí. Con Chris. La vida que se había
perdido era una vida de felicidad con Chris.
—No.
—Entonces… ¿qué? —suplicó—. ¿Qué hice? ¿Cómo viví? —⁠ Se sorprendió a sí
mismo, repentinamente consciente, pero agregó⁠ —: No puedes reprocharme ser
curioso.
—No quieras saber lo que no puedes cambiar —⁠ dijo Helen delicadamente⁠ —.
Ahora todo eso es parte de tu propio pasado causal, tanto como lo es del mío.
—Si es parte de mi propia historia —⁠ la contrarió Robert⁠ —, ¿no merezco
saberlo? Este hombre no era yo, pero él te trajo hasta mí.
Helen lo consideró.
—¿Aceptas que él era alguien distinto? ¿No alguien de cuyas acciones tú fueras
responsable?
—Por supuesto.
—Hubo un juicio, en 1952 —dijo ella⁠ —. Por «Indecencia Flagrante contraria a
la Sección 11 del Acta de Enmienda Criminal de 1885». No fue a prisión, pero la
corte ordenó tratamientos con hormonas.
—¿Tratamientos con hormonas? —⁠ rió Robert⁠ —. ¿Con qué… testosterona, para
hacerlo más hombre?
—No, estrógeno. En los hombres reduce el impulso sexual. Hay efectos
colaterales, por supuesto. Ginecomorfismo, entre otras cosas.
Robert se sintió físicamente enfermo. Lo habían castrado químicamente, con
drogas que le habían hecho brotar pechos. De todos los abusos bizarros a los cuales
había sido sometido, nada había sido tan horrible como eso.
—El tratamiento duró seis meses —⁠ continuó Helen⁠ —, y los efectos fueron
todos temporarios. Pero dos años más tarde, se quitó la vida. Nunca quedó muy claro

Página 85
exactamente por qué.
Robert absorbió esto en silencio. No quiso saber nada más.
Después de un rato dijo:
—¿Cómo lo soportas? ¿Saber que en una rama u otra, una forma posible de
humillación está siendo infligida a alguien?
—Yo no lo soporto. Lo cambio. Ése es el motivo por el cual estoy aquí.
Robert inclinó su cabeza.
—Lo sé. Y estoy agradecido de que nuestras historias tropezaran. Pero…
¿cuántas historias no lo hacen? —⁠ Luchó en busca de un ejemplo, aunque era casi
demasiado doloroso de contemplar; desde su primera conversación, fue un tema que
deliberadamente se había sacado de la cabeza⁠ —. No hay sólo un Auschwitz
inmodificable en cada uno de nuestros pasados, hay un número astronómico… junto
con un número astronómico de cosas que son todavía peores.
—Eso no es verdad —dijo Helen sin rodeos.
—¿Qué? —Robert levantó la vista hacia ella, impresionado.
Ella se dirigió hacia la pizarra y la borró.
—Auschwitz ha sucedido, para los dos, y nadie de quien yo sea consciente lo ha
impedido alguna vez… pero eso no quiere decir que nadie lo detenga, en ningún
lugar. —⁠ Comenzó a dibujar una red de líneas delgadas sobre la pizarra⁠ —. Tú y yo
tenemos esta conversación en incontables microhistorias, secuencias de hechos donde
varias cosas diferentes suceden con las partículas subatómicas a lo largo del universo,
pero eso es irrelevante para nosotros, no podemos decir qué hilos son los que se
separan, así que también podríamos tratarlos a todos como una historia. —⁠ Presionó
la tiza hacia abajo lo suficientemente fuerte como para hacer una raya gruesa que
cubría todo lo que había dibujado⁠ —. Los que trabajan en la decoherencia cuántica lo
llaman «precisión promediada». Sumar todos estos detalles indistinguibles es lo que
eleva a la física clásica al primer lugar.
»Ahora bien, “nosotros dos” nos habremos encontrado primero en muchas
historias cuya “precisión promediada” es perceptiblemente diferente y, después de
eso, tú has divergido al tomar elecciones diferentes y experimentado posibilidades
externas distintas, después de estos hechos. —⁠ Helen dibujó dos cintas de historias de
precisión promediada, y luego mostró a cada historia divergiendo más lejos.
»La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto sucedieron en nuestros pasados,
pero no hay prueba de que el total sea tan vasto que pueda ser infinito. Recuerda, lo
que nos impide intervenir con éxito es el hecho de que llegamos a retroceder hasta un
punto donde algunas de las intervenciones paralelas comienzan a morderse su propia
cola. Entonces cuando fracasamos, no se puede contar por dos veces; sólo se trata de
confirmar lo que ya sabíamos.
—Pero ¿qué sucede con todas las versiones de la Europa de los 30 que no
tuvieron lugar ni en tu pasado ni en el mío? —⁠ protestó Robert⁠ —. Sólo porque no

Página 86
tenemos evidencia directa de un Holocausto en esas ramas eso difícilmente lo haga
improbable.
—No improbable per se, sin intervención —⁠ dijo Helen⁠ —. Pero tampoco fijo
como una piedra: Seguiremos intentándolo, refinando la tecnología, hasta que
podamos alcanzar ramas que no se superpongan con nuestro pasado en los 30. Y debe
haber otras cintas separadas de intervención que suceden en historias que nunca
jamás podremos conocer.
Robert estaba exaltado. Se imaginó a sí mismo aferrado a una piedra de
improbable buena suerte en un mar infinito de sufrimiento, luchando para fingir, por
el bien de su propia cordura, que la piedra era todo lo que había. Pero lo que yacía a
su alrededor era inevitablemente peor; era desconocido. A su tiempo, incluso podría
tener parte al asegurar que cada última tragedia no se repetiría en miles de millones
de mundos.
Volvió a examinar el diagrama.
—Lo pesco. Sin embargo, la intervención no termina en divergencia, ¿no es
cierto? Tú nos alcanzaste hace un año, pero en al menos algunas de las historias que
se irradiaron a partir de ese momento, ¿no habremos sufrido todo tipo de desastres y
reaccionado con todas las formas posibles de autodefensa?
—Sí —concedió Helen—, pero muchas menos de lo que podrías pensar. Si
simplemente haces una lista de cada secuencia de hechos que superficialmente
parecen tener una probabilidad que no es igual a cero, terminarás con un catálogo
asombroso de tragedias absurdas. Pero cuando calculas todo con más cuidado, y
tomas en cuenta los efectos en escala Planck, resulta que ningún lugar es tan malo.
No hay historias de precisión promediada donde las piedras se reconstruyan a partir
del polvo y la lluvia del cielo, o todos en Londres o Madras enloquezcan y maten
salvajemente a sus hijos. La mayoría de los sistemas macroscópicos terminan siendo
bastante fuertes, incluidas las personas. A través de las historias, el rango de desastres
naturales, estupidez humana y simple mala suerte no es aplastantemente mayor que el
rango del que eres consciente en esta única historia.
—¿Y eso no es lo suficientemente malo? —⁠ rió Robert.
—Oh, lo es. Pero eso es lo mejor sobre la forma que tomé.
—¿Disculpa?
Helen inclinó su cabeza y lo contempló con expresión de decepción.
—Sabes, todavía no eres tan rápido como yo esperaba.
El rostro de Robert se puso colorado, pero entonces comprendió qué había pasado
por alto y el resentimiento se desvaneció.
—¿No diverges? ¿Tu hardware fue diseñado para terminar el proceso? Tu medio
ambiente, tu entorno, si bien te dividirás en diferentes historias… en un nivel de
precisión promediada, ¿no contribuirás al proceso tú misma?
—Es correcto.

Página 87
Robert se quedó sin palabras. Incluso después de un año, ella todavía podía
lanzarle una granada de mano como ésta.
—No puedo ayudar a vivir en muchos mundos —⁠ dijo Helen⁠ — eso está más allá
de mi control. Pero sé que soy una persona. Enfrentada con una opción que me pone
en el filo de un cuchillo, sé que no me dividiré y tomaré todos los caminos.
Robert se abrazó, sintiendo repentinamente frío.
—Como hago yo. Como siempre hice. Como hicimos todos nosotros, pobres
criaturas de carne.
Helen se sentó a su lado.
—Incluso eso no es irrevocable. Una vez que tomaste esta forma, si es lo que has
elegido, puedes encontrar tus otros yo, revertir la dispersión. Ofrecen a algunos la
oportunidad de deshacer lo que hicieron.
Esta vez Robert comprendió lo que significaba en el acto.
—¿Juntarme a mis yo? ¿Hacerme uno entero?
—Si eso es lo que quieres. Si lo ves de esa manera. —⁠ Helen se encogió de
hombros.
La miró nuevamente, desorientado. Tocar los cimientos de la física era una cosa,
pero esta posibilidad ya era demasiado.
Alguien golpeó en la puerta del estudio. Los dos intercambiaron miradas cautas,
pero no era Quint en busca de más castigo. Era el conserje trayendo un telegrama.
Cuando el hombre se hubo ido, Robert abrió el sobre.
—¿Malas noticias? —preguntó Helen.
Él negó con la cabeza.
—No fue una muerte en la familia, si es eso a lo que te refieres. Es de John
Hamilton. Está desafiándome a un debate. Sobre el tema «¿Puede pensar una
máquina?».
—¿En alguna actividad universitaria?
—No. En la BBC. Dentro de cuatro semanas. —⁠ Alzó la mirada⁠ —. ¿Qué piensas
que debería hacer?
—¿En radio o en televisión?
Robert volvió a leer el mensaje.
—Televisión.
—Precisamente. Te daré algunos consejos. —⁠ Sonrió.
—¿Sobre el tema?
—¡No! Eso sería tramposo. —⁠ Le clavó los ojos, evaluándolo⁠ —, puedes
comenzar tirando tu afeitadora eléctrica. Sácate esa sombra permanente de las cinco
de la tarde.
—Algunas personas la encuentran bastante atractiva. —⁠ Robert se sintió herido.
—Confía en mí en esto —respondió firmemente Helen.

Página 88
La BBC envió un automóvil para llevar a Robert hasta Londres. Helen se sentó a su
lado en el asiento trasero.
—¿Estás nervioso? —preguntó ella.
—Nada que no cure una hora de vómitos.
Hamilton había sugerido una emisión en vivo «para mantener las cosas
interesantes», y el productor había estado de acuerdo. Robert nunca había estado en la
televisión; había tomado parte en un par de discusiones radiales sobre el futuro de la
computación, cuando el Mark I comenzaba a emplearse, pero incluso aquéllas habían
sido grabadas.
Al principio lo había sorprendido la elección del tema por parte de Hamilton, pero
en retrospectiva le parecía bastante astuto. Un debate sobre la afirmación «La ciencia
moderna es obra del diablo» habría despertado rugidos de risa en todos salvo en la
audiencia más piadosa, mientras que la declaración puramente metafórica «La ciencia
moderna es un pacto fáustico» habría provocado que toda la audiencia asintiera
sabiamente, mientras no captaba ninguna implicación. Si uno no se toma los terribles
cuentos de hadas literalmente, todo es un «Pacto Fáustico» en un sentido bastante
aguado: todo tiene un potencial aspecto negativo, y esto es tan inútil de afirmar como
fácil de demostrar.
Sin embargo, Robert se topó con una incredulidad considerable cuando explicó a
los periodistas hacia dónde llevaba su investigación. Hasta la fecha, la prensa lo había
tratado como una suerte de excéntrico Edison británico, prolífico en invenciones de
utilidad indudable, y nadie parecía encontrar alarmante o sorprendente que también
fuera, para ser sinceros, un poco tarambana. Pero Hamilton tendría su oportunidad
para explotar, y reforzar, esa percepción. Si Robert insistía en defender su objetivo de
crear máquinas inteligentes, no como un pasatiempo sugerido por una firma de
relaciones públicas para hacerle parecer simpáticamente extravagante, sino como la
reivindicación definitiva de la ciencia materialista y el punto final lógico de la mayor
parte del trabajo de su vida, Hamilton podría tener éxito esa noche al arrojar dudas
sobre todo lo que había hecho Robert y sobre todo lo que simbolizaba. Al preguntar,
de ninguna manera retóricamente, «¿Dónde terminará todo esto?», estaba invitando a
Robert a ir más allá y ahorcarse solo con la respuesta.
El tráfico estaba pesado para ser tarde de domingo y llegaron a los estudios en
Shepherd’s Bush sólo quince minutos antes de la emisión. Hamilton había sido
recogido por otro automóvil, en su casa familiar cerca de Oxford. Cuando se cruzaron
en el estudio Robert le reconoció conversando animadamente con un hombre joven
de pelo oscuro.
—¿Sabes quién es ése, el que está con Hamilton?
Ella siguió su mirada y sonrió crípticamente.
—¿Qué? —dijo Robert—. ¿Lo reconoces de algún lado?

Página 89
—Sí, pero te lo contaré más tarde.
Mientras la mujer de maquillaje le aplicaba polvos, Helen recorrió otra vez su
larga lista de reglas.
—No mires directamente a la cámara o parecerá que estás vendiendo jabón en
polvo. Pero no apartes los ojos. No debes parecer esquivo.
—Toda una experta —susurró la maquilladora a Robert.
—Un fastidio, ¿no? —confió él.
Michael Polanyi, un filósofo académico que era bien conocido para el público tras
un ciclo de charlas radiofónicas, había aceptado moderar el debate. Polanyi apareció
en la sala de maquillaje acompañado por el productor; charlaron con Robert durante
un par de minutos, tranquilizándolo y recordándole los procedimientos que iban a
seguir.
Sólo se fueron cuando apareció la directora del piso.
—Le necesitamos ahora en el estudio, por favor, profesor. —⁠ Robert la siguió y
Helen lo acompañó parte del camino.
—Respira lenta y profundamente —⁠ instó ella.
—Como si supieras —dijo bruscamente.
Robert le estrechó la mano a Hamilton y luego se sentó a un lado del podio. El
joven ayudante de Hamilton se había retirado a la sombras; Robert miró hacia atrás
para ver a Helen observándolo desde una posición similar. Era como un duelo: ambos
tenían padrinos. La directora de piso señaló el monitor del estudio y, mientras Robert
lo observaba, cambió pasando por la visión de dos cámaras: una toma amplia del
escenario entero y una visión más cercana del podio, incluyendo una pequeña pizarra
sobre un atril, a un lado. En una ocasión le había preguntado a Helen si la televisión
había progresado a mayores grados de sofisticación en su rama del futuro, una vez
que los días pioneros quedaron atrás, pero la pregunta la había dejado extrañamente
callada.
La directora de piso se retiró detrás de cámaras, pidió silencio, luego contó hacia
atrás desde diez, gesticulando los últimos números.
El programa comenzó con una introducción de Polanyi: concisa, ingeniosa y sin
tomar partido. Luego Hamilton se dirigió hacia el podio. Robert lo miró directamente
mientras se transmitía una visión en plano abierto, para no parecer descortés o
distraído. Sólo se volvió hacia el monitor cuando ya no era visible.
—¿Puede pensar una máquina? —⁠ comenzó Harrison⁠ —. Mi intuición me dice:
no. Estoy seguro de que la mayor parte de ustedes piensa igual. Pero eso no es
suficiente. En este día y en esta época, no podemos confiar en nuestros corazones
para nada. Necesitamos algo científico. Necesitamos algún tipo de prueba.
»Hace algunos años tomé parte en un debate en la Universidad de Oxford.
Entonces el tema no fue si las máquinas podrían comportarse como personas, sino si
las personas podrían ser simples máquinas. Los materialistas, saben, afirman que
somos sólo un conjunto de átomos sin propósito que chocan al azar. Todo lo que

Página 90
hacemos, todo lo que sentimos, todo lo que decimos, es trasmitido por una secuencia
de hechos que también podrían ser la rotación de los dientes de una rueda o la
apertura y el cierre de relés eléctricos.
»Para mí, esto era evidentemente falso. ¿Con que fin, argumenté, podría
conversar con un materialista? Según él admite, ¡las palabras que salen de su boca no
son otra cosa que el resultado de un proceso mecánico, involuntario! Según su propia
teoría, ¡podría no tener motivo para pensar en que esas palabras serían veraces! Sólo
los que creen en una trascendencia del alma humana pueden reclamar algún interés en
la verdad.
Hamilton asintió lentamente, el gesto de un arrepentido.
—Yo estaba equivocado, y me pusieron en mi lugar. Esto podría ser evidente
para mí y podría ser evidente para ustedes, pero por cierto no es lo que los filósofos
llaman una «verdad analítica»: no es realmente una insensatez, una contradicción,
creer que podemos ser simples máquinas. Podría, sólo podría, haber alguna razón por
la cual estas palabras que emergen de la boca de un materialista sean verdad, a pesar
de que sus orígenes descansan por completo en materia irreflexiva.
»Podría. —Hamilton sonrió pensativo⁠ —. Tuve que conceder esa posibilidad
porque sólo tenía mi instinto, mi sensación interior, para contradecirlo.
»Pero el motivo por el que yo sólo tenía mi instinto como guía fue porque fracasé
en aprender de un hecho que tuvo lugar muchos años atrás. Un descubrimiento hecho
en 1930 por un matemático austriaco llamado Kurt Gödel.
Robert sintió que un escalofrío de excitación recorría su columna vertebral. Había
temido que la discusión degenerara hacia la teología, con Hamilton invocando a
Aquino toda la noche o, en el mejor de los casos, a Aristóteles. Pero en apariencia su
misterioso consejero lo había traído nuevamente al siglo veinte, y después de todo
iban a tener una oportunidad de debatir las cuestiones de fondo.
—¿Qué es lo que sabemos que pueden hacer los computadores del profesor
Stoney, y hacer bien? —⁠ continuó Hamilton⁠ —. ¡Aritmética! En una fracción de
segundo, pueden sumar un millón de números. Una vez les hemos dicho, con mucha
precisión, qué cálculos ejecutar, los realizan en un parpadeo… incluso si estos
cálculos nos tomarían, a usted o a mí, toda una vida.
»Pero ¿estas máquinas comprenden lo que están haciendo? El profesor Stoney
dice: “Todavía no. Ahora no. Denles tiempo. Roma no se construyó en un día”.
—⁠ Hamilton asintió pensativo⁠ —. Tal vez eso sea justo. Sus computadores tienen
sólo unos pocos años. Son sólo bebés. ¿Por qué deberían comprenderlo todo tan
pronto?
»Pero detengámonos y pensemos en esto con un poco más de cuidado. Un
computador, como se los conoce hoy, es simplemente una máquina que hace
aritmética, y el profesor Stoney no está afirmando que van a brotar nuevos tipos de
cerebros en ellas. Ni está proponiendo darles algo realmente nuevo. Ya puede
hacerles ver el mundo con cámaras de televisión, convirtiendo las imágenes en un

Página 91
fluir de números que describen el brillo de los diferentes puntos de la pantalla…
sobre los cuales el computador puede realizar aritmética. Ya puede hacerlas hablar
con nosotros con un tipo especial de parlante, el cual el computador alimenta con una
corriente de números para describir cuán potente debe ser el sonido… una corriente
de números producida por más aritmética.
»Así que el mundo puede entrar en el computador, como números, y pueden salir
palabras, también como números. Todo lo que espera poder agregar el profesor
Stoney a sus computadores es una forma “más inteligente” para ejecutar la aritmética
a partir del primer conjunto de números y producir el segundo. Eso es “aritmética
más inteligente”, nos dice, y hará que estas máquinas piensen.
Hamilton cruzó sus brazos y realizó una pausa.
—¿Qué hacemos con esto? ¿Que pueda hacer aritmética, y nada más, será
suficiente para permitir que la máquina comprenda algo? Por cierto, mi instinto me
dice que no, pero ¿quién soy yo para que ustedes deban confiar en mi instinto?
»Entonces, limitemos la pregunta de comprensión y, para ser escrupulosamente
justos, demos la luz más favorable posible al profesor Stoney. Si hay una cosa que un
computador tiene que ser capaz de comprender tanto como nosotros, si no aún mejor,
es la aritmética misma. Si un computador tiene la más mínima capacidad de pensar,
seguramente será capaz de comprender la naturaleza de su mejor talento.
»La pregunta, entonces, se reduce a esto: ¿se puede describir la aritmética
completa usando nada más que aritmética? Treinta años atrás, mucho antes de que
aparecieran el profesor Stoney y sus computadores, el profesor Gödel se preguntó
exactamente lo mismo.
»Ahora, uno podría preguntarse cómo alguien podría siquiera comenzar a
describir las normas de la aritmética usando sólo la aritmética misma. —⁠ Hamilton se
volvió hacia la pizarra, tomó la tiza y escribió dos líneas:

Si x + z = y + z
entonces x = y

—Ésta es una regla importante, pero está escrita en símbolos, no números, porque
debe ser verdadera para todo número, cada «x», «y» y «z». Pero el profesor Gödel
tuvo una idea inteligente: ¿por qué no usar un código, como usan los espías, donde a
cada símbolo se le asigna un número? —⁠ Hamilton escribió:

El código para «a» es 1.


El código para «b» es 2.

—Y así sucesivamente. Se puede tener un código para cada letra del alfabeto y
para todos los símbolos que necesita la aritmética: signos de sumatoria, de igualdad,

Página 92
ese tipo de cosas. Todos los días se envían telegramas de esta manera, con un código
llamado código de Baudot, así que no hay nada extraño ni siniestro en esto.
»Todas las reglas de la aritmética que aprendimos en la escuela pueden ser
escritas con un conjunto cuidadosamente elegido de símbolos, los cuales pueden ser
traducidos en números. Cualquier pregunta en cuanto a qué puede derivarse y que no
dé estas reglas entonces puede ser vista de una manera distinta, como una pregunta
sobre números. Si esta línea es seguida de ésta —⁠ Hamilton señaló las dos líneas de
la regla de cancelación⁠ —, podemos verlo en la relación entre sus números de código.
Podemos juzgar cada inferencia, y declararla válida o no, simplemente al hacer
aritmética.
»Entonces, dada cualquier proposición sobre aritmética, como la afirmación “hay
infinitos números primos”, podemos reformular la noción de que tenemos una prueba
de esa afirmación en términos de números de código. Si el número de código para
nuestra afirmación es x, podemos decir “hay un número p, terminando con el número
de código x, que pasó nuestra prueba de ser el número de código de una prueba
válida”.
Hamilton tomó aliento visiblemente.
—En 1930, el profesor Gödel empleó este esquema para hacer algo bastante
ingenioso —⁠ escribió en la pizarra:

NO EXISTE un número p que cumpla la siguiente


condición:
p es el número de código de una prueba válida de esta
afirmación.

—Aquí hay una afirmación sobre aritmética, sobre números. Tiene que ser
verdadera o falsa. Así que comencemos suponiendo que es verdadera. Entonces no
hay un número p que sea número de código para una prueba de esta afirmación.
Entonces es una declaración verdadera sobre aritmética, pero ¡no puede ser probada
simplemente al hacer aritmética!
Hamilton sonrió.
—Si no lo entienden inmediatamente, no se preocupen, cuando escuché este
argumento de un joven amigo mío, me tomó un rato razonar para reconocer su
significado. Pero recuerden que la única posibilidad que tiene un computador para
comprender todo es haciendo aritmética, y hemos descubierto una declaración que no
puede ser demostrada con la simple aritmética.
»¿Es verdadera esta declaración? No debemos saltar a conclusiones, no debemos
maldecir a las máquinas demasiado apresuradamente. ¡Supongamos que esta
afirmación es falsa! Dado que señala que no hay número p que sea número de código

Página 93
de su propia prueba, al ser falsa tendría que existir tal número, después de todo. ¡Y
ese número incluirá la “prueba” de una falsedad reconocida!
Hamilton extendió los brazos triunfalmente.
—Ustedes y yo, como cualquier escolar, sabemos que no se puede demostrar algo
falso a partir de premisas sólidas… y si las premisas de la aritmética no son sólidas,
¿qué son? Así que nosotros sabemos, a ciencia cierta, que esta declaración es verdad.
»El profesor Gödel fue el primero en ver esto, pero con un poco de ayuda y
perseverancia, cualquier persona educada puede seguir sus pasos. Una máquina no
podría hacer eso nunca. Podríamos comunicar a una máquina nuestro propio
conocimiento de este hecho, ofreciéndolo como algo en lo que se puede confiar, pero
la máquina nunca podría arribar a esta verdad por sí misma, ni llegar a una auténtica
comprensión si se la ofrecemos como un regalo.
»Ustedes y yo comprendemos la aritmética, de una manera que ninguna
calculadora electrónica jamás hará. ¿Qué esperanza tiene una máquina, entonces, de
ir más allá de su propio medio, que la favorece, y aprehender una verdad más amplia?
»Ni la más mínima, damas y caballeros. Aunque esta digresión en el ámbito de
las matemáticas podría parecer arcana, ha servido a un propósito muy práctico. Ha
demostrado, más allá de cualquier refutación realizada por el materialista más
ardiente o el filósofo más pedante, lo que nosotros, las personas comunes, siempre
supimos: que ninguna máquina pensará jamás.
Hamilton tomó asiento. Durante un momento, Robert simplemente sintió
regocijo; entrenado o no, Hamilton había comprendido los rasgos esenciales de la
prueba de la incompletitud, y los presentó a una audiencia lega. Lo que podría haber
sido una noche de boxeo con su propia sombra —⁠ sin intercambio de golpes, y
ninguna cosa que le sirviera a la audiencia para juzgar salvo dos interpretaciones
solitarias en arenas separadas⁠ — había terminado siendo un auténtico choque de
ideas.
Mientras Polanyi lo presentaba y él se dirigía hacia el podio, Robert se dio cuenta
de que su timidez usual se había evaporado. Estaba cargado con un tipo distinto de
tensión: se sentía más seguro que nunca de lo que estaba en juego.
Cuando alcanzó el podio, adoptó la postura de alguien que comenzaba un
discurso preparado, pero se contenía, como si olvidara algo.
—Acompáñenme durante un momento. —⁠ Caminó hasta el lado de atrás de la
pizarra y escribió rápidamente unas pocas palabras, de arriba hacia abajo. Luego
retornó a su lugar.
—¿Puede pensar una máquina? Al profesor Hamilton le gustaría que creamos que
ha resuelto la cuestión de una vez y para siempre, al llegar a una declaración que
nosotros sabemos que es verdad, pero una máquina en particular, programada para
explorar los teoremas de aritmética en una forma rígida, nunca sería capaz de
producir. Bien… todos tenemos nuestras limitaciones. —⁠ Movió rápidamente la
pizarra al revés para revelar lo que había escrito en el lado opuesto:

Página 94
Si Robert Stoney dice estas palabras,
NO estará diciendo la verdad

Esperó unas pocas pulsaciones, entonces continuó:


—Lo que me gustaría explorar, sin embargo, no es tanto la cuestión de las
limitaciones como la de las oportunidades. ¿Cómo es, exactamente, que todos hemos
terminado con esta habilidad misteriosa para saber que la afirmación de Gödel es
verdad? ¿De dónde proviene esta gran facilidad, esta gran intuición? ¿De nuestras
almas? ¿De alguna entidad inmaterial que ninguna máquina podrá poseer jamás? ¿Es
ésa la única fuente posible, la única explicación concebible? ¿O podría provenir de
alguna otra cosa mucho menos etérea?
»Como explicó el profesor Hamilton, creemos que la afirmación de Gödel es
verdad porque confiamos en que las reglas de la aritmética no nos llevarán a
contradicciones o falsedades. Pero ¿de dónde proviene la confianza? ¿De dónde
procede?
Robert giró la pizarra hacia el lado donde había escrito Hamilton y señaló la regla
de cancelación.
—Si x más z es igual a y más z entonces x es igual a y. ¿Por qué esto es tan
razonable? Es posible que no aprendamos a comprenderlo íntegramente hasta que
somos adolescentes, pero si le muestran a un niño dos cajas, sin revelarle sus
contenidos, y se agregan un número igual de caracoles o piedras o frutas a ambas, y
luego dejamos que el niño mire en el interior para ver que ahora cada caja contiene el
mismo número de cosas, no requerirá de ninguna educación formal para que el niño
comprenda que las dos cajas debían tener el mismo número de cosas al comenzar.
»El niño sabe, todos sabemos, cómo se comporta cierto tipo de objetos. Nuestras
vidas están impregnadas de la experiencia de los números enteros: números enteros
de monedas, estampillas, piedras, pájaros, gatos, ovejas, ómnibus. Si tratamos de
persuadir a un niño de seis años que puedo poner tres piedras en una caja, sacar una
de ellas y que queden cuatro… simplemente se reirá de mí. ¿Por qué? No es
simplemente que está seguro de que he sacado una de las tres para dejar dos, como en
muchas ocasiones previas. Incluso un niño comprende que algunas cosas que parecen
confiables a veces fallan: un juguete que funciona perfectamente, todos los días,
durante un mes o un año, igual se puede romper. Pero no es aritmética, no saca uno
de tres. Ni siquiera se lo puede imaginar fallando. Una vez que se ha vivido en el
mundo, una vez que se ha visto cómo funciona, el fracaso de la aritmética se vuelve
inimaginable.
»El profesor Hamilton sugiere que esto se debe a nuestras almas. Pero ¿qué diría
sobre un niño criado en un mundo de agua y niebla, que no estuviera acompañado
jamás por más de una persona, que nunca le enseñaran a contar con los dedos? Dudo
que ese niño tuviera la misma seguridad que tenemos ustedes y yo de la

Página 95
imposibilidad de que la aritmética falle. Desterrar por completo a los números enteros
de su mundo requeriría circunstancias muy extrañas y un nivel de privación cercano a
la crueldad, pero ¿eso sería suficiente para privar a un niño de su alma?
»Un computador, programado para ejecutar aritmética como describió el profesor
Hamilton, está sujeto a una carencia mucho mayor que ese niño. Si fui criado con mis
manos y mis pies atados, con mi cabeza en una bolsa y alguien que me grita órdenes,
dudo que tuviera una gran comprensión de la realidad… y sin embargo estaría mejor
preparado para la tarea que un computador. Es una gran bendición que una máquina
tratada de esa manera no sea capaz de pensar: si pudiera, las condiciones que le
impusimos serían criminalmente opresivas.
»Pero eso difícilmente sea una falla del computador, o una revelación de algún
defecto irreparable en su naturaleza. Si queremos juzgar el potencial de nuestras
máquinas con cierto grado de honestidad, tenemos que ser justos con ellas, no
endilgarles restricciones que nunca soñaríamos con imponernos a nosotros. No tiene
sentido comparar un águila con una llave de tuercas, o una gacela con una lavadora:
nuestros aviones vuelan y nuestros automóviles andan, pero lo hacen de maneras muy
diferentes a las de cualquier animal.
»Sin embargo es seguramente mucho más difícil lograr estos talentos, y tuvimos
que imitar el mundo de la naturaleza. Pero creo que una vez que una máquina se vea
dotada con recursos que se parezcan a las herramientas innatas para aprender que
nosotros tenemos como derecho de nacimiento, y se vea liberada para aprender de la
forma en que aprende un niño, a través de la experiencia, la observación, el ensayo y
el error, las corazonadas y los fracasos, en lugar de que les den una lista de
instrucciones a las que no tiene otra opción que obedecer, finalmente estaremos en
condiciones de comparar en igualdad de situaciones.
»Cuando eso suceda, y podamos encontrarnos, hablar y discutir con estas
máquinas (sobre aritmética o sobre cualquier otro tema), no habrá necesidad de tener
en cuenta las palabras del profesor Gödel o del profesor Hamilton, o las mías. Las
invitaremos a un pub y les preguntaremos en persona. Y si jugamos limpio con ellas,
usaremos la misma experiencia y el mismo juicio que usamos con un amigo, huésped
o extraño, para decidir si pueden pensar o no.
La BBC dispuso un pródigo surtido de vinos y quesos en una pequeña sala junto
al estudio. Robert terminó en una discusión acalorada con Polanyi, que reveló estar
firmemente en el lado negativo, mientras Helen coqueteaba descaradamente con el
joven amigo de Hamilton, que resultó tener un doctorado en geometría algebraica de
Cambridge; debía haberse graduado antes de que Robert regresara de Manchester.
Después de intercambiar algunas formalidades corteses con Hamilton, Robert se
mantuvo a distancia, sintiendo que otro contacto no sería bienvenido.
Una hora más tarde, sin embargo, después de perderse en un laberinto de
corredores en su camino de regreso de los baños, Robert se cruzó a Hamilton sentado
a solas en el estudio, llorando.

Página 96
Casi se apartó en silencio, pero Hamilton levantó la vista y lo vio. Con las
miradas encontradas era ya imposible retirarse.
—¿Es por su esposa? —preguntó Robert. Había escuchado que ella estaba
gravemente enferma, pero el rumor incluía una recuperación milagrosa. Un amigo de
la familia había colaborado con ella un año atrás, y la enfermedad había remitido.
—Está agonizando —dijo Hamilton.
Robert se acercó y se sentó a su lado.
—¿De qué?
—Cáncer de mama. Se extendió a través de su cuerpo. A los huesos, a los
pulmones, al hígado. —⁠ Sollozó otra vez, un espasmo débil, luego se contuvo
enfadado⁠ —. El sufrimiento es el cincel que usa Dios para darnos forma. ¿Qué tipo
de idiota saldría con una frase así?
—Hablaré con un amigo —dijo Robert⁠ —, un oncólogo del Hospital de Guy. Está
haciendo una prueba con un nuevo tratamiento genético.
—¿Una de sus curas milagrosas? —⁠ Hamilton lo miró fijamente.
—No, no. Quiero decir, sólo muy indirectamente.
—Ella no va tomar su veneno —⁠ dijo Hamilton irritado.
Robert casi dijo bruscamente: ¿Ella no lo hará? ¿O usted no la dejará? Pero era
una pregunta injusta. En algunos matrimonios las líneas eran difusas. Pero no le
correspondía a él juzgar la forma en que ellos dos enfrentaban esto.
—Partirán para estar con nosotros de una forma nueva, todavía más cercana que
antes. —⁠ Hamilton dijo las palabras como un conjuro de desafío, una declaración de
fe que lo resguardaba de la tentación, creyera en ella o no.
Robert se quedó en silencio durante un momento, luego dijo:
—Perdí a alguien muy cercano cuando era un muchacho. Y pensaba lo mismo.
Creí que continuaba a mi lado mucho tiempo después de eso. Guiándome. Dándome
valor. —⁠ Eran palabras difíciles de expresar, no había hablado de esto con nadie
durante casi treinta años⁠ —. Improvisé una teoría completa para explicarlo, en la cual
las «almas» usaban la incertidumbre cuántica para controlar el cuerpo durante la vida
y comunicarse con los vivos después de la muerte, sin quebrar ninguna de las leyes
de la física. El tipo de cosa con la que un chico de diecisiete años orientado hacia la
ciencia probablemente se toparía por casualidad y se tomaría en serio durante un par
de semanas, antes de comprender lo insensato que era. Pero tuve una buena razón
para no ver las fallas, para aferrarme a eso durante casi dos años. Porque lo extrañaba
mucho; me tomó mucho comprender lo que estaba haciendo, cómo me engañaba.
—Si no hubiese tratado de explicarlo —⁠ dijo mordaz Hamilton⁠ — tal vez nunca
lo hubiera perdido. Todavía podría estar con usted ahora.
Robert pensó en eso.
—Estoy contento de que no esté, sin embargo. Sería injusto para ambos.
—Entonces no debe haberlo amado mucho, ¿no? —⁠ Hamilton se estremeció.
Puso la cabeza en sus brazos⁠ —. Sólo lárguese, ahora.

Página 97
—¿Exactamente qué es necesario para demostrarle que no hice un pacto con el
diablo? —⁠ dijo Robert.
Hamilton volvió sus ojos enrojecidos hacia él y anunció triunfal:
—¡Nada lo hará! ¡Vi lo que le sucedió al arma de Quint!
—Ése fue un truco de desaparición. Magia de teatro, no magia negra.
—¿Ah, sí? Entonces muéstreme cómo lo hizo. Enséñeme cómo hacerlo, así puedo
impresionar a mis amigos.
—Es bastante técnico. Tomaría toda la noche.
Hamilton rió sin humor.
—No puede engañarme. Vi a través de usted desde un principio.
—¿Cree que los rayos x son satánicos? ¿La penicilina?
—No me trate como un estúpido. No hay comparación.
—¿Por qué no? Todo lo que he ayudado a desarrollar es parte del mismo
continuo. Leí algunos de sus escritos sobre la cultura medieval, y siempre está
regañando a los comentaristas modernos por presentarla como poco sofisticada.
Nadie realmente pensaba que la Tierra era plana. Nadie realmente trataba cada
novedad como brujería. Entonces, ¿por qué ver mis obras de una manera tan diferente
a cómo vería un hombre del siglo catorce a la medicina del siglo veinte?
—Si un hombre del siglo catorce fuera repentinamente enfrentado con la
medicina del siglo veinte —⁠ respondió Hamilton⁠ —, ¿no cree que tendría derecho a
preguntarse cómo fue revelada a sus contemporáneos?
Robert se movió incómodo en su silla. Helen no le había hecho jurar que
guardaría el secreto, pero estaba de acuerdo con la visión de ella: sería mejor esperar,
diseminar el conocimiento que daría fundamento a una comprensión de lo que había
sucedido, antes de revelar los detalles del contacto entre ambas ramas.
Pero la esposa de este hombre estaba muriendo innecesariamente. Y Robert
estaba cansado de mantener secretos. Algunas guerras lo requerían, pero otras eran
mejor ganarlas con honestidad.
—Sé que odia a H. G. Wells —⁠ dijo⁠ —. Pero ¿y si estuviera acertado en una
pequeña cosa?
Robert le contó todo, disimulando las cuestiones técnicas pero sin omitir nada
sustancial. Hamilton escuchó sin interrumpir, atrapado por una suerte de fascinación
involuntaria. Su expresión cambió de hostil a incrédula, pero también había indicios
de un asombro reacio, como si por fin pudiera apreciar algo de la belleza y la
complejidad del cuadro que estaba pintando Robert.
Pero cuando Robert hubo terminado, Hamilton dijo simplemente:
—Usted es un gran mentiroso, Stoney. Pero ¿qué otra cosa se podría esperar del
Rey de las Mentiras?
Robert estuvo de un humor sombrío en el camino de regreso a Cambridge. El
encuentro con Hamilton lo había deprimido, y la cuestión de quién había convencido
a la nación en el debate parecía remota y abstracta en comparación.

Página 98
Helen había alquilado una casa en los suburbios para evitar el escándalo de
convivir con él, aunque las visitas frecuentes a sus habitaciones parecían tener casi el
mismo efecto. Robert la acompañó hasta la puerta.
—Creo que salió bien, ¿no? —⁠ dijo ella.
—Supongo.
—Me voy esta noche —agregó como por casualidad⁠ —. Ésta es una despedida.
—¿Qué? —Robert se sobresaltó—. ¡Todo está en el aire todavía! ¡Te necesito!
Ella negó con la cabeza.
—Tienes las herramientas que necesitas, toda la información. Y suficientes
colaboradores locales. No hay nada auténticamente urgente que pueda decirte ahora
que no puedas descubrir por ti mismo.
Robert le rogó, pero ella no cambió de opinión. El conductor tocó la bocina;
Robert le hizo un gesto de impaciencia.
—Sabes, mi aliento se está congelando —⁠ dijo él⁠ —, y no estás aportando nada.
Tendrías que ser más cuidadosa.
—Es un poco tarde para preocuparse por eso —⁠ rió.
—¿Adónde regresarás? ¿De vuelta a casa? ¿O a alterar otra rama?
—A otra rama. Pero hay algo que planeo hacer en el camino.
—¿Qué?
—¿Recuerdas que una vez escribiste sobre un Oráculo? ¿Una máquina que podría
resolver el problema de la detención?
—Por supuesto. —Dado un dispositivo que puede decir por adelantado si un
programa de computador se detendrá o continuará corriendo eternamente, será
posible probar o refutar absolutamente cualquier teorema sobre los números enteros:
la conjetura de Goldbach, el Ultimo Teorema de Fermat, todo. Simplemente se
presenta a este «Oráculo» un programa que recorrerá todos los números enteros,
probando cada posible conjunto de valores y sólo deteniéndose si llega a un conjunto
que viola la conjetura. Nunca será necesario correr el programa mismo; el veredicto
del Oráculo sobre si se detiene o no será suficiente.
Semejante dispositivo podía o no ser posible, pero Robert había demostrado hacía
más de veinte años que ningún computador ordinario, no importaba cuán
ingeniosamente programado estuviera, sería suficiente. Si el programa H podía
determinar siempre en un tiempo finito si el programa X se iba a detener o no, se
podía sumar una pequeña adición a H para crear el programa Z, el cual perversa y
deliberadamente entrará en un bucle infinito siempre que tuviera que examinar un
programa que se detenía. Si Z se examinaba a sí mismo, eventualmente se detendría o
correría eternamente. Pero ambas posibilidades contradecían los poderes presuntos
del programa H: si Z realmente corría eternamente, sería porque H había afirmado
que no lo haría, y viceversa. El programa H no podía existir.
—El viaje en el tiempo —dijo Helen⁠ — me da oportunidad de convertirme en un
Oráculo. Hay una forma de explotar la incapacidad de cambiar tu propio pasado, una

Página 99
forma de exprimir un número infinito de senderos temporales (ninguno de ellos
cerrado, pero algunos arbitrariamente cerca de eso), en un sistema físico finito. Una
vez que haces eso, puedes resolver el problema de la detención.
—¿Cómo? —La mente de Robert estaba acelerada⁠ —. Una vez que has hecho
eso… ¿qué pasa con los números cardinales más altos? ¿Un Oráculo para los
Oráculos, capaz de probar las conjeturas sobre los números reales?
Helen sonrió enigmática.
—Sólo el primer problema debería tomarte cuarenta o cincuenta años para
resolver. Por lo que respecta al resto —⁠ ella se apartó de él, moviéndose hacia la
oscuridad del vestíbulo⁠ —, ¿qué te hace pensar que conozco la respuesta? —⁠ Le
sopló un beso, luego se desvaneció de la vista.
Robert dio un paso hacia ella, pero el vestíbulo estaba desierto.
Regresó hacia el automóvil, triste y exaltado, su corazón palpitando.
—¿Ahora adónde, señor? —preguntó el conductor con cansancio.
—Más arriba y más adentro —⁠ dijo Robert.

Página 100
4
La noche siguiente al funeral, Jack anduvo deambulando por la casa hasta las tres de
la mañana. ¿Cuándo sería soportable? ¿Cuándo? Mientras agonizaba, ella mostró
más fuerza y valor que los que ahora sentía en su interior. Pero ella los compartiría
con él en las próximas semanas. Los compartiría con todos.
En la cama, en la oscuridad, trató de sentir su presencia a su alrededor. Pero fue
forzado, prematuro. Una cosa era tener fe en que ella lo estaba observando, pero otra
era esperar que disipara cada rastro de dolor, cada rastro de pena.
Esperó a dormirse. Necesitaba descansar algo antes del amanecer, o ¿cómo
enfrentaría a los hijos de ella en la mañana?
Gradualmente, fue consciente de que había alguien parado en la oscuridad al pie
de la cama. Mientras examinaba y volvía a examinar las sombras, se formó una
imagen clara del rostro de la aparición.
Era el suyo. Más joven, más feliz, más seguro de sí mismo.
Jack se sentó.
—¿Qué quieres?
—Quiero que vengas conmigo. —⁠ La figura se aproximó, se detuvo cuando Jack
se retrajo.
—Ir contigo, ¿adónde? —preguntó Jack.
—A un lugar donde ella te está esperando.
Jack negó con la cabeza.
—No. No te creo. Dijo que ella misma vendría por mí, cuando llegara el
momento. Dijo que me guiaría.
—Entonces ella no comprendía —⁠ insistió de modo cortés la aparición⁠ —. No
sabía que podía llevarte yo mismo. ¿Crees que la enviaría en mi lugar? ¿Crees que
rehuiría la tarea?
Jack buscó el rostro sonriente y suplicante.
—¿Quién eres? —¿Su propia alma, en el Cielo, rehecha? ¿Era éste un obsequio
que Dios le ofrecía a todos? ¿Encontrar, antes de la muerte, lo que habría llegado a
ser… si hubiera podido elegir? ¿Entonces incluso esto sería un acto de libre albedrío?
—Stoney me persuadió de dejar que su amigo tratara a Joyce —⁠ dijo la
aparición⁠ —. Seguimos viviendo juntos. Ha pasado más de un siglo, y ahora
queremos que te unas a nosotros.
Jack sintió que el terror lo ahogaba.
—¡No! ¡Esto es un truco! ¡Eres el Diablo!
—No existe el Diablo —respondió la figura suavemente⁠ —. Y tampoco hay Dios.
Sólo personas. Pero te aseguro que las personas con el poder de dioses son más
generosas de lo que jamás imaginamos.
Jack se cubrió la cara.

Página 101
—Déjame. —Susurró fervientes oraciones y esperó. Era una prueba, un momento
de vulnerabilidad, pero Dios no lo abandonaría así de desvalido, cara a cara con el
Enemigo, durante más tiempo que el que pudiera soportar.
Descubrió su rostro. La figura todavía estaba allí.
—¿Recuerdas cuando la fe te llegó? ¿La sensación de un escudo a tu alrededor
que se disolvía, un blindaje que llevabas para mantener a Dios a raya?
—Sí. —Jack reconoció desafiante la verdad; no sentía miedo de que esta
abominación pudiera ver en su pasado, en su corazón.
—Eso requiere fortaleza: admitir que necesitabas a Dios. Pero también es
necesario el mismo tipo de fortaleza para comprender que algunas necesidades nunca
pueden ser satisfechas. No puedo prometerte el Cielo. No tenemos enfermedades, no
tenemos guerras, no tenemos pobreza, pero tenemos que descubrir nuestro propio
amor, nuestra propia virtud. No hay una palabra final de consuelo. Sólo nos tenemos
el uno al otro.
Jack no respondió; esta fantasía blasfema ni siquiera merecía que la cuestionara.
—Sé que estás mintiendo —dijo—. ¿Realmente crees que dejaría solos a los
muchachos aquí?
—Regresarán a América, con su padre. ¿Cuántos años crees que estarás con ellos,
si te quedas? Ya han perdido a su madre. Ahora será más fácil para ellos, una ruptura
simple y limpia.
—¡Sal de mi casa! —gritó colérico Jack.
La figura se acercó más y se sentó sobre la cama. Puso una mano sobre el hombro
de Jack, que sollozó.
—¡Ayúdenme! —Pero no sabía de quien estaba invocando ayuda.
—¿Recuerdas la escena en La silla de roble, cuando la Arpía atrapa a todos en su
cueva subterránea, y trata de convencerlos de que no existe Nescia? Sólo este pálido
submundo es real, les dice. Todo lo que creyeron haber visto fue sólo un engaño.
—⁠ El rostro del joven Jack sonrió con nostalgia⁠ —. Y nuestro querido y viejo
Hombrospesados tuvo una respuesta: él no creía mucho en este «mundo real», como
lo llamaba ella. E incluso aunque ella estuviera en lo correcto, dado que cuatro niños
pudieron construir un mundo mejor, él prefería continuar creyendo que el mundo
imaginado por los niños era el real.
»¡Pero pusimos todo patas para arriba! El mundo real es más rico, más extraño y
más maravilloso que todo lo imaginado. Milton, Dante, Juan el Divino son los que te
atraparon en un submundo gris y monótono. Ahí es donde estás ahora. Pero si me das
tu mano, puedo sacarte.
El pecho de Jack estaba inflamado. No podía perder su fe. La mantuvo
soportando cosas peores que ésta. La mantuvo a través de cada tortura e indignidad
que Dios había aplicado al cuerpo frágil de su esposa. Nadie podía sacársela ahora.
Se canturreó a sí mismo:
—En los tiempos de problemas, Él me encontrará.

Página 102
La mano fría apretó más fuerte su hombro.
—Puedes estar con ella ahora. Sólo di la palabra y llegarás a ser parte de mí. Te
llevaré a mi interior, verás a través de mis ojos y viajarás de regreso al mundo donde
vive ella todavía.
Jack sollozó abiertamente.
—¡Déjame en paz! ¡Sólo déjame llorarla!
—Si es eso lo que quieres —⁠ asintió triste la figura.
—¡Es lo que quiero! ¡Vete!
—Cuando esté seguro.
De pronto, el pensamiento de Jack regresó al largo desvarío que le había echado
Stoney en el estudio. Éste había afirmado que cada elección abría su propio camino.
Ninguna decisión podía ser definitiva.
—¡Ahora sé que estás mintiendo! —⁠ gritó triunfante⁠ —. Si creyeras todo lo que
te dijo Stoney, ¿cómo podría significar algo mi elección? ¡Siempre te diría que sí, y
siempre te diría que no! ¡Sería todo lo mismo!
—Mientras estoy aquí contigo —⁠ respondió solemnemente la aparición⁠ —,
tocándote, no puedes ser dividido. Tu elección importa.
Jack se frotó los ojos y miró el rostro de la aparición. Parecía creer en cada
palabra que decía. ¿Y si éste era en verdad su gemelo metafísico hablando tan
honestamente como podía, y no el Diablo con una máscara? Tal vez hubiese un grano
de verdad en la espantosa visión de Stoney, tal vez ésta era otra versión de sí mismo,
una persona viviente que creía con honestidad que ellos dos compartían una historia.
Entonces era un visitante enviado por Dios, para enseñarle humildad. Para
enseñarle compasión hacia Stoney. Para mostrarle a Jack que él también, con un poco
menos de fe y un poco más de soberbia, podría haber sido condenado por toda la
eternidad.
Jack extendió una mano y tocó el rostro de esta pobre alma perdida. Allí, pero por
voluntad de Dios, iré.
—Ya tomé mi decisión. Ahora déjame.

Fin de «Oráculo».

Nota del autor: Cuando las vidas de los personajes ficticios de esta historia tienen
paralelo con figuras históricas reales, me serví de las biografías realizadas por
Andrew Hodges y A. N. Wilson. La formulación autodual de la relatividad general
fue descubierta por Abhay Ashtekar en 1986 y, desde entonces, ha conducido a
desarrollos innovadores en la gravedad cuántica, pero las implicaciones ofrecidas
aquí son irreales.

Página 103
Singleton

Página 104
1
2003

Me encontraba caminando hacia el norte por George Street, rumbo a la estación de


ferrocarril Town Hall, cavilando sobre las maneras de resolver la tramposa tercera
pregunta de mi tarea de álgebra lineal, cuando me topé con una pequeña multitud
bloqueando el camino. No reflexioné demasiado sobre el motivo por el que estaban
allí; acababa de pasar por un restaurante muy concurrido y frecuentemente veía
grupos de personas reunidas frente a él. Pero una vez que comencé avanzar, dando un
rodeo para esquivar a la gente y desplazándome hacia el interior de un callejón para
no tener que caminar en medio del tránsito, resultó evidente que no se trataba de
simples comensales, provenientes del almuerzo de despedida de algún colega que se
jubilaba y demorando su regreso a la oficina el mayor tiempo posible. Vi con mis
propios ojos qué era exactamente lo que les llamaba la atención.
En el callejón, a veinte metros de distancia, había un hombre tirado de espaldas
en el suelo, protegiéndose el rostro ensangrentado con las manos, mientras otros dos
hombres, que estaban de pie junto él, lo golpeaban implacablemente con una especie
de varas delgadas. Al principio pensé que las varas eran tacos de billar, pero luego
advertí que tenían garfios metálicos en los extremos. Yo había visto esas armas
siniestras una sola vez, en otro sitio: mi escuela primaria, donde un celador encargado
de las ventanas las utilizaba al comenzar y al finalizar el día de clase. Se empleaban
para abrir y cerrar las arcaicas ventanas con bisagras cuando estaban demasiado altas
para alcanzarlas con las manos.
Me volví hacia los demás espectadores.
—¿Alguien llamó a la policía?
Sin mirarme, una mujer asintió y dijo:
—Usaron un teléfono móvil, hace un par de minutos.
Los asaltantes debían de saber que la policía estaba en camino, pero al parecer
estaban tan comprometidos con su tarea que no pensaban abandonarla hasta que fuera
absolutamente necesario. Permanecían de espaldas al gentío; tal vez no eran
completamente imprudentes y temían que los identificaran. El hombre que estaba en
el suelo estaba vestido como un ayudante de cocina. Aún se movía, tratando de
protegerse pero hacía menos ruido que sus atacantes; la necesidad o la capacidad de
gritar de dolor habían desaparecido de su cuerpo a fuerza de golpes.
En cuanto a sus pedidos de auxilio, bien podía haberse ahorrado la molestia.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo; me sobrevino una helada y enfermiza
sensación de revoltijo en las tripas un momento antes de darme cuenta
conscientemente: Voy a presenciar el asesinato de alguien y no voy a hacer nada.
Pero ésta no era una pelea de borrachos en la que unos pocos curiosos pueden

Página 105
acercarse y separar a los contrincantes; los dos asaltantes debían de ser criminales en
serio, encargándose de un ajuste de cuentas. Mantener distancia de algo así era una
cuestión de sentido común. Yo podría ir a la corte, salir de testigo, pero nadie podría
esperar nada más de mí. Menos aún cuando otras treinta personas se habían
comportado exactamente igual que yo.
Los hombres del callejón no tenían pistolas. Si hubiera sido así, ya las habrían
usado. No iban a liquidar a nadie que se interpusiera en su camino. Una cosa era no
convertirse en mártir, pero ¿cuánta gente podían dejar fuera de combate con sus varas
esos dos vagabundos enojados?
Desabroché mi mochila y la apoyé en el suelo. Absurdamente, eso me hizo sentir
más vulnerable; siempre me preocupaba perder los libros de texto. Piénsalo. No
sabes lo que estás haciendo. No había participado en nada parecido a una pelea de
puños desde los trece años. Miré a los extraños que me rodeaban, preguntándome si
alguno vendría conmigo si les imploraba que corriéramos todos juntos hacia los
hombres. Pero eso no iba a ocurrir. Yo era un joven debilucho, de dieciocho años y
con una camiseta adornada con las Ecuaciones de Maxwell. No tenía presencia ni
autoridad. Nadie me secundaría en el escandaloso combate.
Solo, estaría tan indefenso como el sujeto del suelo. Esos hombres me partirían el
cráneo en un instante. Entre la multitud había media docena de oficinistas de
contextura sólida, de veintitantos años; si esos jugadores de rugby de fin de semana
no se sentían competentes para intervenir, ¿qué posibilidades tenía yo?
Me agaché para recoger la mochila. Si no iba a ayudar en nada, no tenía sentido
quedarme allí. Me enteraría de lo ocurrido en el noticiero vespertino.
Comencé a desandar mis pasos, enfermo de desprecio por mí mismo. Esto no era
la kristallnacht. Mis nietos no me harían preguntas embarazosas. Nadie me lo
reprocharía jamás.
Como si eso fuera la medida de todo.
—A la mierda. —Dejé caer la mochila y corrí por el callejón.
Antes de que advirtieran mi presencia, llegué a estar tan cerca que sentía el olor
del sudor de los tres cuerpos por encima del tufo de la basura en putrefacción. El
agresor más próximo me miró por encima del hombro con expresión ofendida, luego
divertida. No se molestó en reposicionar su arma en el aire: cuando le envolví el
cuello con un brazo, con la esperanza de hacerle perder el equilibrio, me incrustó el
codo en el pecho, dejándome sin aliento. Seguí sujetándolo desesperadamente,
manteniendo la presión, pero sin poder aumentarla. Cuando trató de soltarse haciendo
palanca, logré darle un puntapié y hacer que sus pies resbalaran. Ambos caímos sobre
el asfalto, yo debajo de él.
El hombre se zafó y se levantó trabajosamente. Al tiempo que yo luchaba por
enderezarme, imaginándome un gancho de metal clavándose en mi cara, alguien
silbó. Levanté la vista y vi al segundo hombre haciéndole un gesto a su compañero;
miré hacia donde él miraba. Una docena de hombres y mujeres se acercaban por el

Página 106
callejón, avanzando juntos a paso rápido. No era un panorama especialmente
amenazador —⁠ yo había visto muchedumbres mucho más enojadas, con símbolos de
la paz pintados en sus rostros⁠ — pero la simple superioridad numérica era suficiente
para garantizar alguna inconveniencia. El primer hombre retrocedió lo necesario para
patearme las costillas. Luego los dos huyeron.
Levanté las rodillas, luego la cabeza, y quedé en cuclillas. Todavía me faltaba el
aire, pero por alguna razón me parecía de vital importancia no quedarme acostado de
espaldas. Uno de los oficinistas me sonrió de oreja a oreja.
—Estúpido de mierda. Pudieron haberte matado.
El ayudante de cocina temblaba y estornudaba moco sanguinolento. Tenía los
ojos cerrados por la hinchazón y cuando bajó las manos, colocándolas junto a su
cuerpo, vi los huesos de sus nudillos asomándose por la piel rota. Mi propia piel se
congeló ante la imagen del destino al que me había expuesto. Pero, si bien me
estremecí al darme cuenta de cómo podría haber acabado, recuperé la sensatez al
pensar que había estado a punto de alejarme y permitirles que lo liquidaran, cuando la
intervención, en realidad, no me había costado nada.
Me puse de pie. La gente daba vueltas alrededor del ayudante de cocina,
preguntándose entre sí sobre primeros auxilios. Yo recordaba los principios básicos
de un curso que había hecho en la secundaria, pero el hombre aún respiraba y no
estaba perdiendo grandes cantidades de sangre, de modo que no se me ocurría nada
útil que un aficionado pudiera hacer en estas circunstancias. Me abrí paso entre el
gentío y caminé hacia la calle. Mi mochila estaba exactamente donde la había dejado;
nadie me había robado los libros. Escuché que se acercaban sirenas; la policía y la
ambulancia llegarían pronto.
Mis costillas estaban doloridas, pero no estaba agonizando. Me había quebrado
una costilla al caerme de una bicicleta en la granja, cuando tenía doce años, y estaba
bastante seguro de que esto no era más que una magulladura. Caminé encorvado por
un rato, pero cuando llegué a la estación descubrí que podía adoptar la postura
normal. Tenía unos raspones en la piel de los brazos, pero seguramente no presentaba
un aspecto demasiado maltrecho porque ninguno de los que estaban en el tren me
miró dos veces.
Esa noche vi las noticias. Se informó que el ayudante de cocina se encontraba
estable. Me lo imaginé entrando en el callejón para vaciar un balde de cabezas de
pescado en la basura y encontrándose con los dos sujetos que lo esperaban.
Probablemente, nunca me enteraría de por qué lo habían atacado a menos que el caso
fuera a juicio; la policía todavía no había identificado a ningún sospechoso. Si el
hombre hubiera estado en condiciones de hablar, allá en el callejón, yo podría
habérselo preguntado en ese momento, pero la sensación de que yo tenía derecho a
una explicación se desvanecía rápidamente.
La cronista mencionó a un estudiante «que lideró la embestida del grupo de
ciudadanos indignados» que había rescatado al ayudante de cocina, y luego habló con

Página 107
un testigo presencial que describió a ese joven como «de la New Age, porque llevaba
unos símbolos astrológicos en la camiseta». Resoplé; luego miré nerviosamente a mi
alrededor para comprobar si alguno de mis compañeros de casa habían hecho la
improbable asociación, pero no había nadie, ni siquiera para haberlo oído de lejos.
Allí terminaba la historia.
Por un momento me sentí desanimado, defraudado por perderme la pequeña
excitación que podrían haberme proporcionado esos quince segundos de fama; era
como alcanzar la lata de las galletas pensando que aún quedaba una de chocolate,
para descubrir que en realidad no había nada. Consideré la posibilidad de llamar a
Orange, a mis padres, sólo para hablarles mientras aún estaba fresco el extraño
recuerdo, pero yo había establecido una rutina y ese día no era el indicado. Si los
llamaba inesperadamente, pensarían que algo andaba mal.
Entonces, eso era todo. En una semana, cuando desaparecieran los magullones,
recordaría el incidente y dudaría que alguna vez hubiese ocurrido.
Subí a terminar mi tarea.
Francine dijo:
—Hay un modo más atractivo de pensar en esto. Si haces un reemplazo de las
variables x e y, por z y su conjugada, la derivada parcial de la función con respecto a
la conjugada de z es igual a cero, lo que se corresponde con las ecuaciones de
Cauchy-Riemann.
Estábamos sentados en la cafetería, discutiendo la clase de análisis de variable
compleja que habíamos tenido media hora antes. Media docena de los que estábamos
en el mismo curso nos habíamos tomado el hábito de reunirnos a esta hora todas las
semanas, pero hoy los demás no habían venido. Tal vez estaban pasando alguna
película, o había aparecido en el campus algún orador del que yo no me había
enterado.
Resolví la transformación que ella me había descrito.
—Tienes razón —dije—. ¡Es muy elegante!
Francine demostró su conformidad asintiendo levemente, al tiempo que mantenía
su característica mirada de hastío. Tenía una inocultable pasión por las matemáticas,
pero, probablemente, en las clases se moría de aburrimiento esperando que los
disertantes estuvieran a su altura y le enseñaran algo que realmente no supiera.
Yo no estaba ni remotamente a su nivel. En realidad, había comenzado el año con
pobres resultados, distraído por mi nuevo ambiente: no por nada glamuroso como las
tentaciones de la vida nocturna, sino por los paisajes diferentes y los sonidos y la
escala del lugar, junto con las exigencias burocráticas de todas las organizaciones que
ahora influenciaban mi vida, desde la propia universidad hasta la subcomisión de
artículos de almacén de la casa compartida. En las últimas semanas, sin embargo,
finalmente había comenzado a entrar en ritmo. Había conseguido un trabajo de medio
tiempo, acomodando estanterías en un supermercado; el sueldo era pésimo, pero me

Página 108
alcanzaba para cubrir mis ansiedades financieras y el horario no era tan extenso como
para dejarme sin tiempo para otra cosa que no fuese estudiar.
Garrapateé unos contornos armónicos en el anotador que tenía delante.
—¿Y qué haces para divertirte? —⁠ dije⁠ —. ¿Aparte del análisis de variable
compleja?
Francine no respondió de inmediato. No era la primera vez que estábamos juntos
y solos, pero yo nunca confiaba en mi capacidad de pronunciar las palabras correctas
para aprovechar al máximo la situación. En algún momento, sin embargo, había
dejado de engañarme y de pensar que alguna vez iba a existir el momento perfecto, la
frase perfecta cayendo de mis labios, algo sutil pero intrigante, deslizado hábilmente
en la conversación sin interrumpir su fluidez. Así que ahora había decidido evidenciar
mi interés sin intentos de sagacidad ni elocuencia. Que ella me juzgara basándose en
lo que había conocido de mí durante los últimos tres meses, y si no tenía deseos de
conocerme mejor a mí tampoco se me partiría el alma.
—Hago muchos scripts Perl —⁠ dijo⁠ —. Nada complicado; sólo retazos sueltos
que luego regalo como freeware. Es muy relajante.
Asentí comprensivamente. No me pareció que estuviera tratando de desanimarme
deliberadamente, sino que estaba esperando que yo fuese un poco más directo.
—¿Te gusta Deborah Conway? —⁠ Yo había escuchado apenas un par de sus
canciones por la radio, pero unos días antes había visto un cartel en la ciudad,
anunciando una gira.
—Sí. Es genial.
Comencé a engrosar las barras de conjugación sobre las variables que había
garrapateado.
—Va a tocar en un club de Surry Hills —⁠ dije⁠ —. El viernes. ¿Te gustaría ir?
Francine sonrió, sin hacer ningún esfuerzo por parecer hastiada del mundo.
—Claro. Sería muy agradable.
Le devolví la sonrisa. No me daba vueltas la cabeza, no estaba embobado, pero
me sentía como si estuviese de pie en la costa, ante el océano, contemplando su
amplitud. Me sentí como me sentía en la biblioteca, cuando abría alguna sofisticada
monografía y me limitaba a saborear el aroma de la tinta y la tajante simetría de la
notación, comprendiendo sólo una fracción de lo que leía. Sabiendo que más adelante
había algo glorioso, pero sabiendo también que ponerme a su altura sería una tarea
pavorosa.
—Compraré las entradas camino a casa —⁠ dije.
Para celebrar el fin de los exámenes anuales, los inquilinos organizamos una
fiesta. Era una agobiante noche de noviembre, pero el patio trasero no era mucho más
grande que la habitación más grande de la casa, por lo que decidimos abrir todas las
puertas y ventanas y distribuir la comida y los muebles tanto en la planta baja como
en el exterior, en el frente y atrás. Una vez que la ligera brisa húmeda del río penetró

Página 109
en las profundidades de la casa, cualquier lugar, de afuera o de adentro, estaba
igualmente húmedo, caluroso y repleto de mosquitos.
Francine y yo permanecimos cerca durante más o menos una hora, obedeciendo a
la dinámica particular de una pareja, hasta que, por un acuerdo mutuo no verbalizado,
quedó claro que podíamos separarnos y vagar por un rato, y que ninguno de los dos
nos sentíamos tan inseguros como para enfadarnos por eso.
Yo acabé en un rincón del concurrido patio trasero, hablando con Will, un
estudiante de bioquímica que había vivido en la casa durante los últimos cuatro años.
A cierto nivel, quizás, Will no podía evitar sentir que sus opiniones acerca de cómo
organizar las cosas debían tener más peso que las de cualquier otro, lo que me había
molestado en gran medida cuando recién me había mudado allí. Desde entonces, sin
embargo, nos habíamos hecho amigos y me alegró tener la posibilidad de hablar con
él antes de que se fuera a Alemania por una beca.
En medio de una conversación sobre el trabajo que Will había estado haciendo,
divisé a Francine y él siguió la dirección de mi mirada.
—Tardé un tiempo en deducir qué era lo que finalmente te había curado de la
nostalgia por tu casa —⁠ dijo.
—Nunca eché de menos mi casa.
—Sí, claro. —Tomó un sorbo de su bebida⁠ —. Sin embargo, ella te ha cambiado.
Tienes que admitirlo.
—Lo admito. Con toda felicidad. Desde que estamos juntos, todo hace clic. —⁠ Se
suponía que las relaciones de pareja echaban a perder tus estudios, pero mis
calificaciones estaban subiendo hasta las nubes. Francine no me explicaba nada; se
limitaba a llevarme a un estado mental en el que todo era más claro.
—Lo más sorprendente es que ustedes dos estén juntos. —⁠ Fruncí el entrecejo y
Will elevó una mano para aplacarme⁠ —. Lo que quiero decir es que cuando te
mudaste aquí eras bastante reservado. Y tenías poca autoestima. Cuando te
entrevistamos para darte la habitación, prácticamente nos rogaste que se la diéramos a
otro que se la mereciera más que tú.
—Ahora te burlas.
Meneó la cabeza.
—Pregúntale a cualquiera de los demás.
Me quedé callado. La verdad era que si retrocedía un paso y contemplaba mi
situación, yo estaba tan azorado como él. Cuando abandoné mi ciudad natal ya tenía
en claro que la buena fortuna no tenía mucho que ver con la suerte. Algunos nacían
con riquezas, talento o carisma. Comenzaban con ventaja y los beneficios crecían
como una bola de nieve. Yo siempre había pensado que tenía, como máximo, la
suficiente inteligencia y persistencia como para mantenerme a flote en la especialidad
que había elegido; había sido el primero de la clase a lo largo de toda la secundaria,
pero en un pueblo del tamaño de Orange eso no significaba nada, y no me hacía
ilusiones acerca de mi destino en Sydney.

Página 110
Le debía a Francine el hecho de que mis pronósticos de mediocridad no se
hubieran cumplido; estar con ella había transformado mi vida. ¿Pero de dónde había
sacado la osadía de imaginarme que yo podía ofrecerle algo a cambio?
—Sucedió algo —admití—. Antes de invitarla a salir.
—¿Sí?
Estuve a punto de cerrar el pico; no le había contado a nadie de los sucesos del
callejón, ni siquiera a Francine. El incidente se había vuelto, al parecer, demasiado
personal, como si relatarlo fuese a dejar mi conciencia al descubierto. Pero Will se
marchaba a Múnich en menos de una semana y era más fácil confiárselo a alguien
que yo no esperaba volver a ver.
Cuando terminé, Will me dedicó una sonrisa satisfecha, como si yo le hubiese
explicado todo.
—Puro karma —anunció—. Debí imaginarlo.
—Ah, muy científico.
—Hablo en serio. Olvida la cháchara mística budista; hablo del hecho real. Si te
aferras a tus principios, por supuesto que las cosas te salen mejor… suponiendo que
en el ínterin no te maten. Es psicología elemental. La gente tiene un sentido altamente
desarrollado de la reciprocidad, de lo apropiado del trato que recibe del prójimo. Si
las cosas te salen demasiado bien, no puedes evitar preguntarte «¿Qué hice para
merecer esto?». Si no tienes una buena respuesta, te saboteas. No todo el tiempo, pero
lo suficiente. Así que si haces algo que refuerza tu autoestima…
—La autoestima es para los débiles —⁠ dije en broma. Will puso los ojos en
blanco⁠ —. Pero yo no pienso así —⁠ protesté.
—¿No? ¿Y entonces por qué lo traes a colación?
Me encogí de hombros.
—Quizás para ser menos pesimista. Pudieron molerme a palazos, pero no fue así.
Eso hace que invitar a alguien a un concierto parezca mucho menos peligroso.
—⁠ Todo este análisis no deseado estaba comenzando a avergonzarme, y no tenía nada
para contrarrestar la psicología popular de Will, excepto una versión igualmente
informal de mi propia elaboración.
Él se dio cuenta de que yo estaba abochornado y no siguió hablando del asunto.
Mientras yo observaba a Francine moviéndose entre la gente, sin embargo, no podía
quitarme de encima una incómoda sensación de lo tenues que eran las circunstancias
que nos habían reunido. No se podía negar que si me hubiera alejado del callejón y el
ayudante de cocina hubiera muerto, me habría sentido una mierda durante mucho
tiempo.
No me habría sentido con derecho a muchas cosas en la vida.
Pero no me había alejado. E incluso aunque hubiera tomado una decisión
apresurada, ¿por qué no enorgullecerme de haber escogido la opción correcta? No
significaba que todo lo que siguió estuviera contaminado, como si se tratara de una
recompensa enviada por una deidad de pacotilla con las manos engrasadas. No me

Página 111
había ganado el afecto de Francine en un certamen medieval de valentía; nos
habíamos elegido el uno al otro y seguíamos eligiéndonos por miles de complicadas
razones.
Ahora estábamos juntos; eso era lo que importaba. No pensaba demorarme en el
sendero que me había llevado a ella, para que salieran a flote todas las dudas e
inseguridades que habían estado a punto de separarnos.

Página 112
2
2012

Mientras transitábamos el último kilómetro por la carretera, al sur de Ar Rafidiyah, vi


el Muro de Espuma relumbrando ante nosotros con la luz del sol matinal. Insustancial
como una pila de burbujas de jabón, pero aún intacto, después de seis semanas.
—No puedo creer que haya durado tanto —⁠ le dije a Sadiq.
—¿No confiabas en los modelos?
—Mierda, no. Todas las semanas pensaba que pasaríamos la colina y que no
habría nada, salvo una telaraña seca.
Sadiq sonrió.
—¿O sea que no tenías fe en mis cálculos?
—No te lo tomes a pecho. Había muchas cosas que los dos podíamos haber hecho
mal.
Sadiq salió de la carretera. Sus alumnos, Hassan y Rashid, habían saltado de la
caja del camión y habían comenzado a caminar hacia el Muro antes de que yo me
pusiera la máscara. Sadiq los llamó para que regresaran y los obligó a ponerse botas
de plástico y trajes de papel sobre sus ropas, mientras nosotros dos hacíamos lo
mismo. Generalmente no nos tomábamos la molestia de protegernos tanto, pero hoy
era diferente.
Desde más cerca, el Muro casi desaparecía: lo único que se percibía eran reflejos
aislados, festoneados de arco iris, flotando a ritmo cansino por la película que, de lo
contrario, resultaba invisible, mientras el agua se redistribuía, dibujando ondas
inducidas en la membrana por la interacción de la presión de aire, los gradientes
térmicos y la tensión superficial. Estas imágenes fácilmente podían confundirse con
objetos individuales, retazos de plástico traslúcido revoloteando por encima del
desierto, suspendidos en el aire por una brisa demasiado leve para ser detectada a
nivel del suelo.
Cuanto más de lejos se miraba, no obstante, más abundantes se volvían los
destellos de luz, y menos plausible cualquier hipótesis alternativa que negara la
integridad del Muro. Se extendía por un kilómetro, a lo largo del linde del desierto, y
se elevaba unos desparejos quince o veinte metros hacia el cielo. Pero era apenas el
primero y más pequeño de su clase, y había llegado la hora de cargarlo en la caja del
camión y llevarlo de vuelta a Basora.
Sadiq sacó un aerosol de reactivo de la cabina y lo agitó mientras descendía por el
terraplén. Lo seguí con el corazón en la boca. El Muro no se había secado; no se
había desgarrado ni volado, pero aún quedaban muchas posibilidades de fallas.
Sadiq extendió el brazo y roció lo que parecía ser, desde mi punto de vista
privilegiado, simple aire, pero entonces vi cómo el fino rocío de gotas impactaba

Página 113
contra la membrana. Se elevó un susurro, como el sonido de una plancha a vapor, y
sentí una humedad tibia y tenue antes de que aparecieran los primeros hilos sedosos,
entrecruzando la región donde el polímero del que estaba construido el Muro había
comenzado a cambiar de conformación. En un estado, el polímero era soluble,
exponiendo grupos de átomos hidrófilos que unían el agua, formando delgadas hojas
de un gel liviano como una pluma. Ahora, estimulado por el reactivo y energizado
por la luz solar, estaba aglomerando esos grupos en celdas resbaladizas, aceitosas, y
expeliendo todas las moléculas de agua, transformando el gel en una red
deshidratada.
Mi único deseo era que no expeliera nada más.
Mientras la red de encaje comenzaba a caer en pliegues a sus pies, Hassan dijo
algo en árabe. Disgustado y risueño. Mi comprensión del lenguaje era parcial; Sadiq
me lo tradujo con la voz ahogada por la máscara:
—Dice que posiblemente la mayor parte del peso de esta cosa se debe a los
insectos muertos.
Hizo retroceder a los jóvenes hacia el camión antes de seguirlos mientras el
viento hacía volar sobre nuestras cabezas una cortina reluciente. Descendía
demasiado lentamente para dejarnos atrapados, pero subí la loma corriendo.
Desde el camión, observamos cómo caía el Muro a medida que la ola de
deshidratación se propagaba en toda su longitud. Si bien el gel era elusivo a la hora
de mirarlo de cerca, el residuo era completamente visible a la distancia; tenía menos
sustancia que una media de mujer muy larga… una media repleta de mosquitos
atascados.
El polímero inteligente era un invento de Sonja Helvig, una química noruega; yo
había ajustado el diseño original para esta aplicación. Sadiq y sus alumnos eran
ingenieros civiles, responsables de llevarlo a una escala que pudiera proporcionar un
beneficio práctico. En esos términos este experimento era apenas una prueba de
campo de menor importancia.
Miré a Sadiq:
—Alguna vez trabajaste en la detección de minas personales, ¿verdad?
—Hace años. —Antes de que yo pudiera agregar nada, comprendió a dónde
apuntaba⁠ —. ¿Estás pensando que aquello puede haber sido más satisfactorio?
¿Bang, desaparece y las pruebas están a la vista?
—Una mina menos, una bomba menos —⁠ dije⁠ —. Sin importar cuántos miles
hubiera que detectar, al menos podías contar la desactivación de cada una como un
logro definido.
—Es verdad. Era una buena sensación. —⁠ Se encogió de hombros⁠ —. Pero ¿qué
podemos hacer? ¿Renunciar a esto porque es más difícil?
Llevé el camión colina abajo y luego supervisé a los estudiantes mientras
adosaban los mechones de polímero al malacate especial que habían construido.
Hassan y Rashid tenían veintitantos años, pero fácilmente podían pasar por

Página 114
adolescentes. Después de la guerra, el dictador y sus ex-aliados occidentales habían
descubierto la mutua conveniencia de producir una generación de niños iraquíes que
crecieran mal nutridos y sin atención médica, si es que llegaban a crecer. Más de un
millón de personas habían muerto a causa de las sanciones. Mi propio chiste de mal
gusto llamado país había enviado parte de su armada a colaborar con el bloqueo,
mientras el resto se quedaba en casa para ahuyentar a los barcos llenos de refugiados
que huían de estas y de otras atrocidades. El General Bigote había muerto hacía rato,
pero sus camaradas de genocidio, con domicilios más salubres, seguían sueltos:
dando conferencias por el mundo, liderando grupos de expertos, presionando para
obtener el premio Nobel de la Paz.
Mientras los hilos de polímero se enrollaban en el núcleo contenido en el cilindro
protector del malacate, el conteo alfa se elevaba de manera constante. Era una buena
señal: las finas partículas de óxido de uranio atrapadas por el Muro habían
permanecido adheridas al polímero durante la deshidratación y el enrollado de la red.
La radiación de los pocos gramos de U-238 que habíamos recolectado era bajísima
para representar un riesgo en sí misma; lo que debíamos evitar era ingerir el polvo, y
aunque lo hiciéramos los efectos desagradables serían sólo químicos y radiológicos.
Con un poco de suerte, el polímero también habría atrapado a sus otros objetivos: los
carcinógenos orgánicos que habían sido esparcidos por Kuwait y el sur de Iraq por
los apocalípticos incendios de los pozos de petróleo. No había manera de
determinarlo hasta que hiciéramos un análisis químico completo.
Durante el viaje de vuelta estábamos de muy buen ánimo. Lo que habíamos
recogido del viento en las últimas seis semanas no salvaría ni a una sola persona de
contraer leucemia, pero ahora parecía posible que, con el correr de los años, de las
décadas, esta tecnología marcara una verdadera diferencia.
En Singapur perdí la combinación con el vuelo directo a Sydney, de modo que
tuve que viajar vía Perth. En Perth hubo una espera de cuatro horas; me paseé por el
área de pasajeros en tránsito, incómodo e impaciente. No había visto a Francine desde
que ella partiera de Basora, hacía tres meses, y a ella no le parecía bien saturar la
limitada banda ancha de Iraq con videos decadentes.
Justo cuando había resuelto llamarla, entró un e-mail en la notepad, diciendo que
había recibido mi mensaje y me esperaría en el aeropuerto.
En Sydney, parado junto a la cinta transportadora de equipaje, la busqué entre la
multitud. Cuando finalmente la vi aproximarse, me estaba mirando a los ojos,
sonriendo. Me aparté de la cinta y caminé hacia ella; ella se detuvo y dejó que yo me
acercara, manteniendo su mirada fija en la mía. Tenía una expresión traviesa, como si
tuviese preparada una broma de algún tipo, pero no me imaginaba de qué podía
tratarse.
Cuando casi estaba frente a ella, giró levemente y abrió los brazos.
—¡Ta-rááá!
Me quedé paralizado, sin habla. ¿Por qué no me lo había dicho antes?

Página 115
Me acerqué y la abracé, pero ella ya había leído mi expresión.
—No te enojes, Ben. Temía que quisieras volver antes si te enterabas.
—Tienes razón, habría vuelto antes. —⁠ Mis pensamientos se apilaban uno sobre
el otro; tenía que resumir las reacciones de tres meses en quince segundos. No lo
habíamos planeado. No podíamos solventar los gastos. Yo no estaba listo.
De pronto comencé a llorar, demasiado conmocionado para avergonzarme ante el
gentío. El nudo de pánico y confusión que estaba dentro de mí se disolvió. La abracé
más fuerte y sentí la hinchazón de su cuerpo contra mi cadera.
—¿Estás feliz? —preguntó Francine.
Reí y asentí, ahogándome con las palabras:
—¡Es maravilloso!
Lo dije en serio. Todavía tenía miedo, pero era un miedo exultante. Otro océano
se había desplegado ante nosotros. Hallaríamos la manera de orientarnos. Lo
cruzaríamos juntos.
Tardé varios días en bajar a tierra. No tuvimos una buena oportunidad de charlar
hasta el fin de semana; Francine daba clases en la UNSW y, aunque ella podría haber
dejado de lado sus investigaciones por un par de días, las calificaciones de los
estudiantes no podían esperar. Había miles de cosas para planificar, la beca de
investigación de la UNESCO que me había permitido formar parte del proyecto de
Basora era por seis meses y había expirado; muy pronto necesitaría comenzar a ganar
dinero otra vez, pero el hecho de que aún no me había comprometido con nada me
otorgaba cierta flexibilidad que era muy bienvenida.
El lunes, otra vez solo en el apartamento, comencé a ponerme al día con todas las
publicaciones que había desatendido. En Iraq, obsesivamente concentrado en una sola
cosa, había instruido a mi buscador para que me mantuviese informado de todos los
trabajos que eran relevantes para el Muro, excluyendo a todos los demás.
Al revisar un resumen de las investigaciones publicadas a lo largo de seis meses,
un artículo de Science me llamó la atención: «Modelo experimental de la
decoherencia en la cosmología de los muchos mundos». Un grupo de la Universidad
Delft de Holanda había logrado que una sencilla computadora cuántica realizara una
secuencia de operaciones matemáticas en un registro que había sido preparado para
contener una superposición de representaciones binarias de dos números diferentes.
Esto, en sí mismo, no era nada nuevo; las superposiciones que representaban hasta
128 números ahora se manipulaban a diario, aunque sólo bajo condiciones de
laboratorio, cerca del cero absoluto.
Lo inusitado, sin embargo, era que, en cada etapa de cálculo, los qbits que
contenían a los números en cuestión habían sido deliberadamente combinados con
otros qbits adicionales de la computadora. El efecto era que la sección que realizaba
los cálculos había dejado de encontrarse en un estado cuántico puro: no se
comportaba como si contuviera dos números simultáneamente, sino sencillamente
como si existiese la misma posibilidad de contener a cualquiera de los dos. Esto había

Página 116
perjudicado la naturaleza cuántica del cálculo, con la misma contundencia como si
toda la máquina hubiese tenido un escudo imperfecto y se hubiese interrelacionado
con objetos del medio ambiente.
No obstante, había una diferencia crucial: en este caso, los experimentadores no
habían perdido el acceso a los qbits adicionales que habían hecho que el cálculo se
comportara de la manera clásica. Cuando realizaron una medición apropiada del
estado de la totalidad de la computadora, se descubrió que había permanecido en una
superposición todo el tiempo. Una sola observación no alcanzaba para demostrarlo,
pero el experimento había sido repetido miles de veces y, dentro de los márgenes de
error, sus predicciones se habían confirmado: aunque la superposición se había vuelto
indetectable cuando se ignoraban los qbits adicionales, en realidad nunca había
desaparecido. Ambos cálculos clásicos se habían llevado a cabo simultáneamente,
aunque habían perdido la habilidad de interactuar de un modo mecánico-cuántico.
Me quedé sentado en el escritorio, evaluando los resultados. A un cierto nivel, era
apenas una evolución de los experimentos de anulación cuántica de los 90, pero la
imagen de un pequeño programa de computadora avanzando paso a paso,
aparentando «ante sí mismo» ser único y estar solo, mientras que, en realidad, una
segunda versión igualmente olvidadiza había estado ejecutándose a su lado
constantemente, tenía mucha más resonancia que un experimento de interferencia con
fotones. Me había acostumbrado a la idea de que las computadoras cuánticas
realizaran varios cálculos simultáneamente, pero ese truco de magia siempre me
había parecido abstracto y etéreo, precisamente porque las partes continuaban
actuando como una unidad compleja, de principio a fin. Lo que impresionaba aquí era
la cruda demostración de la manera en que cada uno de los cálculos podía llegar a
tener la apariencia de una historia clásica diferenciada, tan sólida y mundana como el
desplazamiento de las cuentas de un ábaco.
Cuando Francine llegó a casa yo estaba preparando la cena, pero tomé mi notepad
y le mostré el artículo.
—Sí, ya lo vi —dijo ella.
—¿Qué piensas?
Levantó las manos y retrocedió, parodiando una expresión de alarma.
—Te lo digo en serio.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Esto demuestra la Interpretación de los Muchos
Mundos? No. ¿Disponer de un modelo de juguete como éste facilita la comprensión
de la misma? Sí.
—¿Pero te convence? —persistí—. ¿Crees que los resultados se mantendrían si
pudiesen ser reproducidos indefinidamente a una escala cada vez mayor? —⁠ De un
universo de juguete, formado por un puñado de qbits, al verdadero.
Se encogió de hombros.
—Realmente no necesito convencerme. Siempre pensé que la IMM era la
interpretación más plausible, en todo caso.

Página 117
Dejé el tema y volví a la cocina, mientras ella sacaba una pila de trabajos de sus
estudiantes.
Esa noche, ya acostados en la cama, no podía sacarme de la cabeza el
experimento de Delft.
—¿Crees que existen otras versiones de nosotros? —⁠ le pregunté a Francine.
—Supongo que deben de existir. —⁠ Me concedió ese punto como si fuese algo
abstracto y metafísico, y como si yo fuera un pedante por el solo hecho de haberlo
mencionado. La gente que profesaba la creencia en la IMM nunca parecía estar
dispuesta a tomársela seriamente, y mucho menos a un nivel personal.
—¿Y eso no te molesta?
—No —dijo ella, despreocupada—. Ya que no tengo el poder de cambiar la
situación, ¿qué sentido tiene amargarme?
—Muy pragmático —dije. Francine estiró el brazo y me dio un golpe en el
hombro⁠ —. ¡Era un elogio! —⁠ protesté⁠ —. Te envidio por haber logrado conformarte
tan fácilmente.
—En realidad no es así —admitió⁠ —. Simplemente, he resuelto no permitir que
me preocupe, que no es lo mismo.
Me volví para encararla, aunque en la casi oscuridad apenas podíamos vernos.
—¿Qué es lo que te da más satisfacción en la vida? —⁠ dije.
—Supongo que no estás de humor para que te engañe con una respuesta
sensiblera. —⁠ Suspiró⁠ —. No lo sé. Resolver problemas. Que las cosas me salgan
bien.
—¿Y si por cada problema que tú resuelves hubiera otra igual a ti que fracasa?
—Yo debo soportar mis fracasos —⁠ dijo⁠ —. Que los demás soporten los suyos.
—Sabes que no funciona así. Algunos simplemente no pueden soportarlos. Por
cada cosa que tú encuentras la fuerza para hacer, hay alguien que no la encuentra.
Francine no tenía una respuesta.
—Hace un par de semanas —dije—, le pregunté a Sadiq sobre la época en que se
dedicaba a la detección de minas. Dijo que era más satisfactorio que recoger polvo;
una pequeña explosión, exactamente delante de tus ojos, y sabías que habías hecho
algo valioso. Todos tenemos momentos así en nuestras vidas, con esa sensación pura
y sin ambigüedades de haber logrado algo: sin importar lo que podamos echar a
perder, al menos hay una cosa que hemos hecho bien. —⁠ Me reí incómodo⁠ —. Creo
que si no pudiera apoyarme en eso me volvería loco.
—Puedes apoyarte —dijo Francine⁠ —. Nada de lo que has hecho desaparecerá de
debajo de tus pies. Nadie avanzará sobre ti para arrebatártelo.
—Lo sé. —Sentí escalofríos ante la imagen de algún alter ego menos favorecido
apareciéndose en nuestra puerta, exigiendo su parte⁠ —. Pero me parece tan
tremendamente egoísta… No quiero que todo lo que me hace feliz exista a expensas
de un tercero. No quiero que todas mis decisiones sean como… pelearme con otras
versiones de mí mismo por el premio de un juego de eliminación.

Página 118
—No. —Francine vaciló—. Pero si la realidad es así, ¿qué puedes hacer al
respecto?
Sus palabras quedaron suspendidas en la oscuridad. ¿Qué podía hacer yo al
respecto? Nada. Entonces, ¿de verdad quería insistir con esto, corroyendo las bases
de mi propia felicidad, cuando nadie podía ganar absolutamente nada?
—Tienes razón. Es una locura. —⁠ Me incliné y la besé⁠ —. Mejor será que te deje
dormir.
—No es una locura —dijo ella—. Pero no tengo ninguna respuesta.
A la mañana siguiente, después de que Francine se fuera a trabajar, tomé mi
notepad y vi que ella me había enviado un libro electrónico: una antología barata de
cuentos de «historia alternativa» (sic) de los 90, titulada ¡Dios mío, está lleno de
estrellas! ¿Y si Gandhi hubiese sido un soldado despiadado y de gran fortuna? ¿Y si
Theodore Roosevelt hubiese debido enfrentar una invasión marciana? ¿Y si los Nazis
hubiesen tenido al coreógrafo de Janet Jackson?
Leí rápidamente la introducción, riendo y gruñendo para mis adentros
alternadamente; luego archivé el libro y me puse a trabajar. Tenía que completar una
docena de tareas administrativas menores para la UNESCO, antes de poder comenzar
a buscar seriamente mi próximo trabajo.
Para mitad de la tarde casi había terminado, pero la creciente sensación del deber
cumplido que me invadía por haber cerrado y finalizado todas esas obligaciones
tediosas trajo consigo el corolario: alguien infinitesimalmente diferente a mí, alguien
que había compartido toda mi historia hasta esa mañana, había estado perdiendo el
tiempo en lugar de trabajar. La trivialidad de esta observación me inquietó aún más;
el experimento de Delft se estaba filtrando en mi vida cotidiana, en el nivel más
mundano.
Busqué el libro que Francine me había enviado y traté de leer algunos cuentos,
pero los enfoques implacablemente banales de los autores apenas lograban reducir la
premisa al absurdo, o la convertían en un cómico bálsamo existencial. Realmente no
me importaba lo gracioso que hubiera sido que Marilyn Monroe hubiese estado
envuelta en una comedia de enredos de dormitorio con Richard Feynman y Richard
Nixon. Sólo quería librarme de la sofocante convicción de que todo en lo que me
había convertido era un espejismo, que mi vida no era más que la imagen
entrecortada de una especie de cámara de torturas, donde todos los gloriosos
momentos de respiro que yo alguna vez había celebrado en realidad habían sido
traiciones involuntarias.
Si la ficción no podía ofrecerme consuelo, ¿qué pasaría con los hechos? Incluso si
la cosmología de los Muchos Mundos era correcta, nadie sabía con certeza cuáles
eran sus consecuencias. Era una falacia pensar que, literalmente, todo lo que era
físicamente posible tenía que ocurrir, la mayoría de los cosmólogos que yo había
leído creían que el universo, considerado como un todo, poseía un estado cuántico
simple, definido, y que aunque ese estado, visto desde dentro, aparentara ser una

Página 119
multitud de historias clásicas diferenciadas, no había razón para suponer que esas
historias conformaban una especie de catálogo exhaustivo. Lo mismo se verificaba a
escala más pequeña: cada vez que dos personas se sentaban a jugar al ajedrez, no
había razón para creer que estaban jugando todos los juegos posibles.
¿Y si yo, hace nueve años, me hubiese quedado quieto en el callejón,
debatiéndome con mi conciencia? Mi sentido subjetivo de la indecisión no
demostraba nada, pero aunque no hubiera tenido ningún escrúpulo y actuado sin
titubeos, encontrar a un ser humano en un estado cuántico de decisión pura e
inamovible, habría sido, a lo sumo, fenomenalmente poco probable y tal vez, a decir
verdad, físicamente imposible.
—Al carajo con esto. —No sabía cuándo se había apoderado de mí este ataque de
paranoia, pero no iba a seguir consintiéndolo un segundo más. Me golpeé la cabeza
contra el escritorio unas cuantas veces, luego recogí la notepad y fui derecho a un
sitio de búsqueda de empleo.
Los pensamientos no desaparecieron por completo; era demasiado parecido a
tratar de no pensar en elefantes rosas. Cada vez que regresaban, sin embargo,
descubría que podía ahuyentarlos con amenazas de llevarme a mí mismo directo a un
psiquiatra. La perspectiva de tener que explicarle un problema mental tan estrafalario
era suficiente para darme acceso a ciertas reservas de autodisciplina hasta ahora
inexploradas.
Cuando comencé a preparar la cena ya me sentía un tonto. Si Francine volvía a
mencionar el tema, yo haría un chiste sobre el asunto. No necesitaba un psiquiatra.
Estaba un poco inseguro de mi buena fortuna y aún algo desconcertado por la noticia
de mi futura paternidad, pero no habría sido más sano que aceptara las cosas tal cual
eran.
Sonó la alarma de la notepad. Francine había vuelto a bloquear el video, como si
la banda ancha, también en casa, fuese tan preciada como el agua.
—Hola.
—¿Ben? Tuve una pérdida. Estoy en un taxi. ¿Podemos encontrarnos en el
St. Víncent’s?
Su voz era firme, pero a mí se me secó la boca.
—Claro. Estaré allí en quince minutos. —⁠ No pude añadir nada: Te amo, todo
saldrá bien, sé fuerte. Ella no necesitaba esas cosas; habría echado todo a perder.
Media hora después, yo seguía atascado en el tránsito, con los nudillos blancos de
furia e indefensión. Bajé la vista hacia el tablero para mirar el mapa en tiempo real,
en cuya cuadrícula estaban marcados todos los demás vehículos, y finalmente dejé de
hacerme la ilusión de que en cualquier momento podría entrar en una calle lateral
mágicamente vacía y que, en pocos minutos, estaría avanzando tortuosamente por la
ciudad.
En la sala de guardia, detrás de las cortinas cerradas alrededor de su cama,
Francine yacía acurrucada y rígida, de espaldas, negándose a mirarme. Lo único que

Página 120
yo podía hacer era quedarme de pie a su lado. El ginecólogo aún no nos había
explicado la situación como debía, pero el aborto había traído complicaciones y
habían tenido que operarla.
Antes de postularme para la beca de investigación de la UNESCO, habíamos
discutido los riesgos. Para dos visitantes prudentes, bien informados y que se
quedarían poco tiempo, el peligro nos parecía microscópico. Francine nunca había
viajado al desierto conmigo; entre los nativos de Basora, incluso, el número de
defectos de nacimiento y abortos había descendido mucho en relación con los picos
alcanzados anteriormente. Ambos tomábamos anticonceptivos; los condones ya nos
parecían una exageración.
¿Fui yo el que lo trajo del desierto? ¿Una mota de polvo, atrapada debajo del
prepucio? ¿Fui yo el que la envenené mientras hacíamos el amor?
Francine se volvió para mirarme. La piel que rodeaba sus ojos estaba gris e
hinchada, y noté el esfuerzo que le costaba mirarme a los ojos. Sacó las manos de
debajo de la ropa de cama y me permitió tomárselas; las tenía heladas.
Después de un rato, comenzó a sollozar, pero no me soltó las manos. Le acaricié
el pulgar con mi pulgar, con un movimiento diminuto, suave.

Página 121
3
2020

—¿Cómo te sientes ahora? —Olivia Maslin no hacía contacto visual mientras me


hablaba; claramente, toda su atención se fijaba en la imagen de la actividad de mi
cerebro, pintada en sus retinas.
—Bien —dije—. Exactamente igual a como me sentía antes de que comenzaras la
infusión.
Estaba reclinado en algo parecido a un sillón de dentista, medio sentado y medio
acostado, usando una ajustada gorra tachonada de sensores e inductores magnéticos.
Era imposible ignorar la leve frescura del líquido que penetraba por la vena de mi
antebrazo, pero no se diferenciaba de lo que había sentido la ocasión anterior, hacía
dos semanas.
—¿Podrías contar hasta diez, por favor?
Obedecí.
—Ahora cierra los ojos y visualiza el mismo rostro conocido que la última vez.
Olivia me había dicho que podía elegir a cualquiera y yo escogí a Francine. Traje
de vuelta la imagen; luego, súbitamente, recordé que la primera vez, después de
contemplar unos segundos la imagen detallada en mi cabeza como si me estuviera
preparando para describírsela a la policía, había comenzado a pensar en Francine
misma. En el momento justo, se produjo nuevamente la misma transición: el parecido
congelado, forense, se volvió de carne y hueso.
Una vez más, me hicieron atravesar toda la secuencia de actividades: leer el
mismo cuento («Dos veteranos», de Scott Fitzgerald), escuchar el mismo fragmento
musical (de La urraca ladrona, de Rossini), relatar el mismo recuerdo de la infancia
(mi primer día de escuela). En algún momento, desapareció todo rastro de ansiedad
sobre el hecho de repetir mis estados mentales anteriores con la suficiente fidelidad;
después de todo, el experimento estaba diseñado para manejar todas las inevitables
variaciones que aparecieran entre una sesión y otra. Yo era sólo un voluntario entre
docenas, y la mitad de los sujetos no recibirían nada excepto solución salina en ambas
ocasiones. Por lo que sabía, yo mismo podía ser uno de ellos: un sujeto de control,
que apenas servía para proporcionar los lineamientos básicos según los cuales se
podría evaluar cualquier efecto genuino.
Sin embargo, si era cierto que me estaban inyectando disruptores de coherencia,
no me habían hecho ningún efecto, por lo que me parecía. Mi vida interior no se
había evaporado conforme las moléculas se adherían a los microtúbulos de mis
neuronas, garantizando que la coherencia cuántica de toda índole que esas estructuras
hubiesen podido conservar bajo otras circunstancias se perdería en el ambiente en una
fracción de picosegundo.

Página 122
Personalmente, nunca comulgué con la teoría de Penrose de que los efectos
cuánticos podrían jugar un papel en la conciencia; los cálculos de un informe seminal
escrito por Max Tegmark, que databa de veinte años antes, ya habían demostrado que
la coherencia sostenida de cualquier estructura neural era extremadamente
improbable. No obstante, con un considerable grado de ingenuidad, Olivia y su
equipo habían desechado la idea definitivamente en una serie de experimentos bien
delimitados. Durante los últimos dos años, habían estado ahuyentando a los
fantasmas de las diversas estructuras que diferentes facciones de los discípulos de
Penrose habían ungido como los componentes cuánticos esenciales del cerebro. La
propuesta más antigua —⁠ los microtúbulos, enormes moléculas de polímero que
formaban una especie de esqueleto dentro de cada célula⁠ — había resultado ser el
objetivo de disrupción más difícil. Pero ahora era completamente posible que los
citoesqueletos de mis propias neuronas estuvieran moteados de moléculas que los
adherían fuertemente al ruidoso campo de microondas que, sin lugar a dudas, bañaba
mi cráneo. En cuyo caso, mis microtúbulos tenían más o menos la misma posibilidad
de explotar los efectos cuánticos que la que yo tenía de jugar un partido de squash
con una versión de mí mismo proveniente de un universo paralelo.
Cuanto terminó el experimento, Olivia me dio las gracias, y luego se tornó más
distante, mientras revisaba los datos. Raj, uno de sus estudiantes graduados, me quitó
la aguja y colocó una bandita sobre la diminuta herida del pinchazo; después me
ayudó a quitarme la gorra.
—Sé que aún no sabes si soy un sujeto de control o no —⁠ dije⁠ —, pero ¿has
detectado diferencias significativas en alguno? —⁠ Yo era casi el último sujeto de los
experimentos con los microtúbulos; cualquier efecto, a estas alturas, ya debía de
haberse presentado.
Olivia sonrió enigmáticamente.
—Tendrás que esperar a que se publiquen los resultados.
Raj se inclinó y me susurró:
—No, nunca.
Me bajé del sillón.
—¡El zombi camina! —exclamó Raj.
Me lancé ávidamente hacia él, haciendo ademán de querer comerme su cerebro;
él me esquivó, riendo, mientras Olivia nos miraba con una expresión de reproche e
indulgencia. Los curtidos miembros del bando de Penrose afirmaban que los
experimentos de Olivia no demostraban nada, porque incluso aunque las personas se
comportaran de manera idéntica al excluirse todos los efectos cuánticos, podían estar
haciéndolo como meros autómatas totalmente privados de conciencia. Cuando Olivia
le ofreció a su principal detractor experimentar la disrupción de coherencia en carne
propia, él le había respondido que hacerlo no resultaría más persuasivo, dado que
sería imposible distinguir los recuerdos establecidos mientras uno era un zombi de los

Página 123
recuerdos comunes, y que por lo tanto uno no notaría nada raro al rememorar la
experiencia.
Esto era pura desesperación; bien se podía afirmar que todas las personas del
mundo, excepto uno mismo, eran zombis, pero que uno también se convertía en
zombi jueves de por medio. A medida que estos experimentos fuesen replicados por
otros grupos en diversas partes del mundo, la gente que apoyaba la teoría de Penrose
como hipótesis científica en vez de adoptarla como una especie de dogma místico,
gradualmente aceptaría que dicha teoría había sido refutada.
Abandoné el edificio de neurociencia y atravesé el campus a pie, de regreso a mi
oficina en el departamento de física. Era una mañana templada y clara, con
estudiantes echados en el césped, dormitando, con libros apoyados sobre sus rostros
como tiendas de campaña. Todavía había algunas ventajas en el hecho de leer
anticuados volúmenes de e-papel. Yo mismo me había hecho colocar chips oculares
hacía apenas un año, y aunque me había adaptado a la tecnología con bastante
facilidad, todavía me resultaba desconcertante despertar un sábado por la mañana
para descubrir a Francine leyendo el Herald con los ojos cerrados.
Los resultados obtenidos por Olivia no me sorprendieron, pero fue satisfactorio
que la cuestión quedara resuelta de una vez por todas: la conciencia era un fenómeno
puramente clásico. Entre otras cosas, esto significaba que no había motivos
concluyentes para creer que el software que funcionaba en una computadora clásica
no pudiera ser consciente. Desde luego, todo lo que existía en el universo obedecía a
la mecánica cuántica en algún nivel, pero Paul Benioff, uno de los pioneros de la
computación cuántica, había demostrado, ya en los 80, que se podía construir una
máquina de Turing clásica con partes mecánico-cuánticas; durante los últimos años,
en mi tiempo libre, me había dedicado a estudiar la rama de la teoría de la
computación cuántica que se ocupaba de evitar los efectos cuánticos.
En mi oficina, esbocé un esquema del dispositivo al que yo llamaba Procs: el
procesador cuántico singleton. El Procs emplearía todas las técnicas diseñadas para
evitar que las computadoras cuánticas de última generación interactuaran con su
medio ambiente, pero las utilizaría para fines muy diferentes. Una computadora
cuántica poseía un escudo que le permitía realizar una multitud de cálculos paralelos,
sin que cada uno de ellos originara una historia independiente, que permitían acceder
a una única respuesta. El Procs llevaría a cabo un solo cálculo a la vez, pero mientras
avanzaba hacia ese único resultado sería capaz de atravesar a salvo las
superposiciones que incluían un número indeterminado de alternativas, sin que esas
alternativas se hiciesen realidad. Desconectado del mundo exterior durante cada etapa
computacional, mantendría la ambivalencia cuántica temporaria en un estado tan
privado e inconsecuente como una ensoñación, sin verse forzado a concretar todas las
posibilidades que se atreviera a considerar.
El Procs, de todos modos, necesitaría interactuar con su medio ambiente cuando
reuniera datos sobre el mundo y esa interacción, inevitablemente, se dividiría en

Página 124
diferentes versiones. Si uno adosaba una cámara al Procs y la apuntaba a un objeto
común y corriente (una roca, una planta, un pájaro), difícilmente podría esperarse que
ese objeto poseyera una sola historia clásica, y tampoco sería un sistema combinado
formado por el Procs más una roca, el Procs más una planta, el Procs más un pájaro.
El Procs mismo, no obstante, jamás iniciaría la división. En un conjunto dado de
circunstancias, únicamente produciría una sola respuesta. Una IA que funcionara con
el Procs podría tomar decisiones tan caprichosamente o con tanta deliberada seriedad
como quisiera, pero para cada escenario en particular que confrontara, finalmente
elegiría una sola opción, sólo seguiría un curso de acción.
Cerré el archivo y la imagen se desvaneció de mis retinas. A pesar de todo el
trabajo que había invertido en ese diseño, no había hecho ningún esfuerzo por tratar
de construir el dispositivo. Había estado usándolo, más bien, como un talismán:
cuando me descubría imaginando que mi vida era como una casa tranquila construida
sobre un matadero, recurría al Procs como símbolo de esperanza. Era la prueba de
una posibilidad, y una posibilidad era todo lo que se necesitaba. Ninguna ley de la
física podía impedir que una pequeña porción de la descendencia humana escapara de
la disipación de sus antecesores.
Sin embargo, hasta el momento había esquivado todo intento de ver esa promesa
cumplida con mis propios ojos. En parte, por miedo a escarbar demasiado profundo y
descubrir un defecto en el diseño del Procs, lo que me arrebataría la única muleta que
me mantenía de pie cuando el horror me arrasaba. También por una cuestión de
culpa: era el hombre al que se le había concedido la felicidad tantas veces que ya
parecía inconcebible aspirar a conseguir ese estado una vez más. Había noqueado a
tantos de mis desventurados primos, sacándolos del cuadrilátero, que ya era hora de
regalar la pelea y dejar que el trofeo se lo ganara mi oponente.
La última excusa era idiota. Cuanto más enérgica fuera mi determinación de
construir el Procs, habría más universos en los que tal cosa se haría realidad. Debilitar
mi decisión no era un acto de caridad, cediendo los beneficios a otra persona;
sencillamente, empobrecía a todas las futuras versiones de mí mismo y a todos los
que estuvieran en contacto con ellas.
Tenía una tercera excusa. También era hora de enfrentarla.
Llamé a Francine.
—¿Estás libre para el almuerzo? —⁠ le pregunté. Ella dudó; siempre tenía trabajo
que hacer⁠ —. ¿Para discutir las ecuaciones de Cauchy-Riemann? —⁠ sugerí.
Ella sonrió. Era nuestro código, cuando la solicitud era especial.
—Está bien. ¿A la una en punto?
—Te veo a la una —asentí.
Francine llegó veinte minutos tarde, por lo que debí esperarla menos de lo
acostumbrado. Hacía dieciocho meses la habían nombrado sub-jefe del departamento
de matemáticas y, además de sus nuevas labores administrativas, todavía dictaba
algunas horas de clase. Durante los últimos ocho años, yo había firmado una docena

Página 125
de contratos para trabajos breves con diversos organismos —⁠ departamentos del
gobierno, corporaciones, ONGs⁠ — antes de recalar en el departamento de física de
nuestra alma mater, con un cargo de muy bajo escalafón. A decir verdad, envidiaba el
prestigio y la estabilidad del puesto de Francine, pero estaba contento con la mayoría
de los trabajos que había hecho, aunque me había diversificado en demasiadas
disciplinas diferentes como para forjarme una carrera tradicional.
Le había comprado a Francine un plato de emparedados de queso y ensalada y
ella los atacó ávidamente apenas se sentó. Le dije:
—Como máximo, tengo diez minutos, ¿verdad?
Se cubrió la boca con la mano y respondió a la defensiva:
—Podrías haber esperado hasta esta noche, ¿no?
—A veces no puedo posponer las cosas. Debo actuar mientras tenga el valor.
Ante este preludio de mal agüero, se puso a masticar más lentamente.
—Esta mañana hiciste la segunda etapa del experimento de Olivia, ¿verdad?
—Sí. —Había discutido todo el procedimiento con Francine antes de ofrecerme
como voluntario.
—¿Entonces deduzco que no perdiste la conciencia cuando tus neuronas se
volvieron marginalmente más clásicas que lo habitual? —⁠ Sorbió leche chocolatada
con una pajilla.
—No. Aparentemente nadie pierde nada jamás. Todavía no es oficial, pero…
Francine asintió, para nada sorprendida. Compartíamos la misma postura sobre la
teoría de Penrose; no había necesidad de discutirla otra vez.
—Quiero saber si vas a hacerte la operación —⁠ dije.
Ella continuó bebiendo unos segundos más, luego soltó el sorbete y se limpió el
labio superior con el pulgar, innecesariamente.
—¿Pretendes que tome esa decisión aquí y ahora?
—No. —Las lesiones de su útero por causa del aborto se podían reparar,
habíamos discutido la posibilidad durante casi cinco años. Ambos nos habíamos
sometido a una terapia exhaustiva de quelación para limpiar cualquier resto de U-238.
Podíamos tener hijos de la manera habitual con un grado de seguridad razonable, si
eso era lo que queríamos⁠ —. Pero ya te has decidido; ahora quiero que me lo digas.
Francine parecía dolida.
—Eso es injusto.
—¿Qué cosa? ¿Implicar que es posible que no me lo hayas dicho apenas lo
decidiste?
—No. Implicar que todo depende de mí.
—No me estoy lavando las manos —⁠ dije⁠ —. Sabes lo que siento. Pero también
sabes que te apoyaría de principio a fin si me dijeras que quieres quedarte
embarazada. —⁠ De verdad lo creía. Puede que el mío fuera un doble discurso, pero
no podía considerar el nacimiento de un bebé común y corriente como una especie de
atrocidad y rehusarme a ser parte de ello.

Página 126
—Muy bien. Pero ¿qué harás si no es así? —⁠ Examinó mi rostro con calma.
Pienso que ella ya lo sabía, pero quería que yo lo dijera en voz alta.
—Siempre queda la opción de adoptar —⁠ observé con despreocupación.
—Sí, podríamos hacerlo. —Sonrió ligeramente; sabía que eso me hacía perder la
habilidad de fingir mucho más rápido que cuando me miraba con superioridad.
Dejé de simular que quedaba algún misterio entre nosotros; ella había adivinado
lo que yo pensaba desde el primer momento. Dije:
—No quiero hacer esto y luego descubrir que te sientes estafada en lo que
realmente deseabas.
—No me sentiría así —insistió ella⁠ —. No descartaría nada. También podríamos
tener un hijo natural.
—No sería tan fácil. —No sería como tener padres adictos al trabajo, o un
hermano o hermana normales compitiendo por la atención.
—¿Sólo quieres hacer esto si te puedo prometer que es el único hijo que
tendremos en la vida? —⁠ Francine meneó la cabeza⁠ —. No voy a prometerte algo así.
No tengo intención de hacerme esa operación en el futuro cercano, pero no pienso
jurarte que no cambiaré de opinión. Ni voy a jurarte que, si lo hacemos, no influirá en
nada de lo que ocurra después. Será un factor. ¿Cómo podría no serlo? Pero no lo
bastante importante como para incluir ni descartar nada.
Aparté la mirada hacia las hileras de mesas, hacia todos los estudiantes envueltos
en sus propias preocupaciones. Ella tenía razón; me estaba comportando de manera
irrazonable. Quería que ésta fuese una elección sin ningún aspecto negativo, una
manera de aprovechar al máximo nuestra situación, pero nadie podía garantizar algo
así. Sería un juego de azar, como todo lo demás.
Miré nuevamente a Francine.
—Está bien; ya no intentaré convencerte. Lo que quiero hacer en este momento es
seguir adelante y construir el Procs. Y cuando esté terminado, si estamos seguros de
que es confiable… quiero que criemos un hijo con él. Quiero que criemos una IA.

Página 127
4
2029

Me reuní con Francine en el aeropuerto y viajamos en automóvil por Sao Paulo


atravesando cortinas de lluvia salvaje, torrencial. Me sorprendió que su vuelo no
hubiese sido desviado; una tormenta tropical acababa de abatirse sobre la costa, a
mitad de camino entre nosotros y Río.
—Olvídate de que te lleve a conocer la ciudad —⁠ me lamenté. A través del
parabrisas, nuestros verdaderos alrededores eran invisibles; la brillante imagen
superpuesta que ambos percibíamos, surrealmente coloreada y detallada, convertía la
experiencia algo parecido a examinar un mapa 3D atrapados en una máquina
lavacoches.
Francine estaba pensativa, o cansada del vuelo. Se me hacía difícil pensar en San
Francisco como un sitio remoto cuando la diferencia horaria era tan pequeña; cuando
una vez viajé al norte para ir a visitar a Francine, hasta me había parecido una cosa de
nada, comparada con las maratones de un extremo al otro del océano que habían sido
mis viajes en el pasado.
Ambos nos acostamos temprano. A la mañana siguiente, Francine me acompañó a
mi atiborrado taller de trabajo, en el sótano del departamento de ingeniería de la
universidad. Yo había estado a la pesca de subvenciones y colaboraciones en todo el
mundo, como un niño en la búsqueda del tesoro, montando lentamente un dispositivo
que muy pocos de mis colegas creían que valía la pena crear. Afortunadamente, me
las había ingeniado para encontrar pretextos —⁠ e incluso aplicaciones derivadas
genuinas⁠ — para casi todas las etapas del trabajo. La computación cuántica, per se,
se había estancado a lo largo de los últimos años, obstaculizada tanto por una escasez
de algoritmos prácticos como por una limitación de la complejidad de las
superposiciones que podían sostenerse. El Procs había impulsado el envoltorio
tecnológico en algunas direcciones promisorias, sin hacer ninguna exigencia
verdaderamente exorbitante; los estados que se manejaban eran relativamente simples
y hacía falta mantenerlos aislados apenas unos milisegundos por vez.
Le presenté a Carlos, María y Jun, que luego desaparecieron mientras le mostraba
el sitio a Francine. Todavía teníamos armada, en un banco de pruebas, una
demostración del principio de «desacoplamiento balanceado», preparada para la
visita de uno de nuestros donantes corporativos la semana anterior. Lo que causaba la
decoherencia en una computadora cuántica con escudo imperfecto era el hecho de
que cada estado posible del dispositivo afectaba su entorno de una manera levemente
diferente. El escudo en sí podía mejorarse, pero el grupo de Carlos había
perfeccionado un modo de obtener un poco más de protección a fuerza de pura
astucia. En el equipo de demostración, el flujo de energía que atravesaba el

Página 128
dispositivo permanecía absolutamente constante, sin importar en qué estado se
hallara, porque cualquier caída en el consumo de energía del grupo principal de
portales cuánticos se compensaba con una elevación en un grupo de portales de
balance, y viceversa. Esto daba al entorno una pista menos en la que basarse para
discernir las diferencias internas del procesador y para romper cualquier
superposición en las ramas mutuamente desconectadas.
Francine sabía toda la teoría del derecho y del revés, pero nunca había visto este
hardware en acción. Cuando la invité a juguetear con los controles, se aferró al
dispositivo como un niño a la consola de juegos.
—Tendrías que haberte unido al grupo, de verdad —⁠ dije.
—Tal vez lo hice —retrucó ella—. En otra rama de la realidad.
Se había mudado de la UNSW a Berkeley dos años antes, no mucho después de
que yo me mudara de Delft a Sao Paulo; era el cargo más conveniente y cercano que
había podido encontrar. En ese momento, yo me había disgustado porque ella se
había negado a comprometerse a trabajar a distancia; con sólo cinco horas de
diferencia, dar clases en Berkeley desde Sao Paulo no habría sido imposible. Al final,
sin embargo, yo había aceptado el hecho de que Francine quisiera seguir
probándome, probándonos. Si no teníamos la fuerza de seguir juntos durante la difícil
prueba de una separación física prolongada —⁠ o si yo no me comprometía lo
suficiente con el proyecto como para soportar cualquier sacrificio que éste
implicara⁠ — ella no quería avanzar hacia la siguiente etapa.
La llevé al banco de pruebas que estaba en un rincón, donde había una insulsa
caja gris de medio metro de ancho, aparentemente inerte. Se la señalé con un gesto y
los revestimientos de nuestras retinas transformaron su apariencia, «revelando» un
laberinto con tapa transparente empotrado en la parte superior del dispositivo. En una
cámara del laberinto había un ratón levemente caricaturesco, inmóvil. Ni
completamente muerto, ni completamente dormido.
—¿Ésta es la famosa Zelda? —⁠ preguntó Francine.
—Sí. —Zelda era una red neural, un cerebro de ratón estilizado, desnudo. Había
otras versiones disponibles, más nuevas, más extravagantes, mucho más cercanas al
órgano real, pero Zelda, que ya tenía diez años y era de dominio público, era
suficientemente buena para nuestros propósitos.
Las otras tres cámaras contenían queso.
—Ahora no tiene experiencia en el laberinto —⁠ expliqué⁠ —. Así que hagámosla
funcionar y observemos sus exploraciones. —⁠ Hice un gesto y Zelda comenzó a
corretear, probando diferentes pasillos, retrocediendo con destreza cada vez que
llegaba a un cul-de-sac⁠ —. Su cerebro está funcionando con un Procs, pero el
laberinto está implementado en una computadora clásica y común, de modo que, en
términos de coherencia, realmente no difiere de un laberinto físico.
—Lo que significa que cada vez que incorpora información interactúa con el
mundo exterior —⁠ sugirió Francine.

Página 129
—Absolutamente. Pero siempre se inhibe de hacerlo, hasta que el Procs ha
completado su etapa computacional activa y cada qbit contiene un cero definido o un
uno definido. Cuando permite que el mundo entre, Zelda nunca duda entre dos
decisiones, de modo que el proceso de interacción no la divide en realidades
separadas.
Francine continuó mirando, en silencio. Zelda finalmente encontró una de las
cámaras que contenía una recompensa; cuando terminó de comérsela, una mano la
levantó, la devolvió al punto de partida y luego colocó más queso.
—Aquí hay diez mil pruebas previas superpuestas. —⁠ Volví a hacer correr los
datos. Parecía que por el laberinto correteaba un solo ratón, moviéndose igual a como
lo habíamos visto moverse al iniciar el experimento inmediatamente anterior.
Restaurada exactamente a las mismas condiciones de partida y confrontada
exactamente con el mismo entorno, Zelda, como cualquier programa de computadora
sin influencias verdaderamente aleatorias, simplemente se había repetido a sí misma.
Las diez mil pruebas habían arrojado idénticos resultados.
Para un observador casual, que no estuviese al tanto del contexto, su desempeño
habría resultado notablemente poco impresionante. Ante una situación exactamente
igual, Zelda, el ratón virtual, hacía exactamente una sola cosa. ¿Y con eso qué? Si
uno hubiera podido rebobinar la memoria de un ratón de carne y hueso con el mismo
grado de precisión, ¿no se habría repetido a sí mismo también?
—¿Puedes desconectar el escudo? ¿Y el desacoplamiento balanceado? —⁠ dijo
Francine.
—Sí. —Obedecí e inicié una nueva prueba.
Zelda esta vez tomó un camino distinto, explorando el laberinto por otra ruta.
Aunque la condición inicial de la red neural era idéntica, los procesos de
conmutación que se desarrollaban dentro del Procs ahora estaban constantemente
abiertos al entorno, y las superposiciones de varios eigenstates diferentes —⁠ estados
en que los qbits del Procs poseían valores binarios definidos, lo que a su vez llevaba a
Zelda a realizar elecciones definidas⁠ — estaban interactuando con el mundo exterior.
Según la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, esta interacción
estaba «colapsando» aleatoriamente las superposiciones, convirtiéndolas en
eigenstates independientes; Zelda seguía haciendo una sola cosa a la vez, pero su
comportamiento había dejado de ser determinista. Según la IMM, la interacción
estaba transformando el entorno —⁠ incluidos Francine y yo⁠ — en una superposición
con componentes que estaban acoplados a cada eigenstate; Zelda en realidad estaba
corriendo por el laberinto de muchas maneras diferentes simultáneamente, mientras
otras versiones de nosotros la mirábamos recorrer todas esas otras rutas.
¿Qué escenario era el correcto?
—Ahora voy a reconfigurar todo para encerrar el conjunto completo en una jaula
de Delft —⁠ dije. En nuestra jerga, «jaula de Delft» describía la situación sobre la que
yo había leído unos diecisiete años antes: en lugar de abrir el Procs al entorno, lo

Página 130
conectaría a una segunda computadora cuántica y dejaría que ésta hiciera las veces de
mundo exterior.
Ya no podíamos observar los movimientos de Zelda en tiempo real, pero después
de finalizada la prueba nos fue posible comparar el sistema combinado de ambas
computadoras con la hipótesis de que Zelda había recorrido el laberinto, a lo largo de
centenares de rutas diferentes, todas al mismo tiempo, en el más puro estado
cuántico. Hice aparecer en la pantalla una representación del estado conjeturado,
construida por medio de la superposición de todas las rutas que el ratón había
recorrido en las diez mil pruebas sin escudo.
El resultado del ensayo comenzó a titilar: consistente.
—Una sola medición no demuestra nada —⁠ señaló Francine.
—No. —Repetí la prueba. Por segunda vez, la hipótesis no fue refutada. Si Zelda
realmente había recorrido el laberinto por una sola ruta, la probabilidad de que las
computadoras en paralelo aprobaran ese ensayo imperfecto era algo así como del uno
por ciento. La posibilidad de que lo aprobaran dos veces eran más o menos de una en
diez mil.
Lo repetí una tercera vez, una cuarta.
Francine dijo:
—Suficiente. —Parecía estar verdaderamente mareada. La imagen de cientos de
recorridos borrosos del ratón que aparecía en pantalla no era una fotografía literal de
nada, pero si el viejo experimento de Delft había bastado para inspirarme la certeza
visceral de la real existencia del multiverso, quizás esta demostración había logrado
hacer lo mismo con Francine.
—¿Puedo mostrarte una cosa más? —⁠ le pregunté.
—¿Mantener la jaula de Delft, pero restaurar el escudo del Procs?
—Exacto.
Así lo hice. El Procs ahora estaba totalmente protegido de nuevo, siempre que no
estuviera en un eigenstate; pero esta vez se hallaba expuesto de manera intermitente a
la segunda computadora cuántica, no al mundo exterior. Si Zelda volvía a separarse
en múltiples ramas, entonces sólo arrastraría consigo al entorno falso y nosotros aún
tendríamos todas las evidencias en nuestras manos.
Comparado con la hipótesis de que no habían ocurrido divisiones, el veredicto
fue: consistente, consistente, consistente.
Salimos a cenar con todo el equipo, pero Francine alegó dolor de cabeza y se fue
temprano. Insistió en que me quedara y terminara de comer y yo no discutí; ella no
era de las que esperaban que los demás supusieran que si se comportaba de una
manera educadamente desinteresada era porque, secretamente, deseaba que alguien la
contradijera.
Después de que Francine se marchara, María se dirigió a mí:
—¿Entonces de verdad van a seguir adelante con lo del Frankenhijo, ustedes dos?
—⁠ Había estado haciéndome bromas al respecto desde el momento en que la conocí,

Página 131
pero aparentemente no había tenido el coraje de traer el tema a colación en presencia
de Francine.
—Aún tenemos que conversarlo. —⁠ Ahora me sentía incómodo, discutiendo el
asunto en ausencia de Francine. Confesar mi ambición cuando me postulé para
unirme al equipo era una cosa; habría sido deshonesto ocultar a mis colaboradores
mis intenciones primordiales. Ahora que la tecnología pertinente estaba más o menos
completa, sin embargo, el tema me parecía mucho más personal.
—¿Por qué no? —dijo Carlos con ligereza⁠ —. Hay tantos otros ahora… Sophie.
Linus. Theo. Probablemente un centenar que ni siquiera conocemos. Al hijo de Ben
no le faltarán amigos con quién jugar. —⁠ Las iada, Inteligencias Artificiales de
Desarrollo Autónomo, habían estado apareciendo, en medio de un estallido de
controversia, cada pocos meses durante los últimos cuatro años. Una investigadora
suiza, Isabelle Schib, había tomado los viejos modelos de morfogénesis que habían
dado origen al software estilo Zelda, refinado la técnica en varios órdenes de
magnitud y aplicado todo eso a los datos genéticos humanos. Combinadas con
sofisticados cuerpos protésicos, las creaciones de Isabelle habitaban el mundo físico y
aprendían de la experiencia, igual que cualquier otro niño.
Jun meneó la cabeza con reprobación.
—Yo no criaría a un hijo que no tuviera derechos legales. ¿Qué ocurre cuando
uno se muere? Por lo que sabemos, podría terminar convirtiéndose en propiedad de
otra persona.
Yo había tocado ese tema con Francine.
—No puedo creer que en diez o veinte años no habrá leyes de ciudadanía en
algún lugar del mundo.
Jun gruñó.
—¡Veinte años! ¿Cuánto tardaron los Estados Unidos en emancipar a sus
esclavos?
—¿Quién va a crear un iada sólo para usarlo de esclavo? —⁠ terció Carlos⁠ —. Si
quieres algo dócil, escribes software común y corriente. Si lo que necesitas es
conciencia, los humanos son más baratos.
—No se relacionará con la economía —⁠ dijo María⁠ —. Es la naturaleza de las
cosas lo que determinará cómo los tratarán.
—¿Te refieres a la xenofobia que deberán enfrentar? —⁠ sugerí.
María se encogió de hombros.
—Lo haces aparecer como racismo, pero no estamos hablando de seres humanos.
Una vez que tienes un software con objetivos propios, libre de hacer lo que le guste,
¿dónde puede terminar? La primera generación fabrica a la segunda, mejor, más
rápida, más inteligente; la segunda generación lo mismo, pero mucho más. Antes de
que nos demos cuenta, seremos como hormigas para ellos.
—¡No me vengas con esa vieja falacia perimida! —⁠ gruñó Carlos⁠ —. Si
realmente crees que establecer la analogía «las hormigas son para los humanos como

Página 132
los humanos son para X» demuestra que es posible resolver X, luego te encontraré
diciendo que el polo sur es como el ecuador.
—El Procs —dije— no funciona más rápido que un cerebro orgánico;
necesitamos mantener bajo el índice de conmutación para que las exigencias del
escudo sean menos estrictas. Podría ser posible ampliar esos parámetros,
eventualmente, pero no hay una sola razón en el mundo para creer que un iada estaría
mejor equipado para hacerlo que tú o yo. En cuanto a desarrollar progenie más
inteligente… incluso si el grupo de Schib ha logrado un éxito perfecto, lo único que
podrán hacer será trasladar el desarrollo neural humano de un sustrato a otro. No
habrán «mejorado» el proceso en absoluto… sin importar lo que eso signifique. Por
lo tanto, si los iada tienen alguna ventaja sobre nosotros, no superará la ventaja que
comparten todos los niños de carne y hueso: la transmisión cultural de la experiencia
de una generación a otra.
María frunció el entrecejo, pero no disponía de una refutación inmediata.
—A lo que se suma la inmortalidad —⁠ dijo Jun secamente.
—Bueno, sí; también eso —concedí.
Cuando llegué a casa, Francine estaba despierta.
—¿Sigues con dolor de cabeza? —⁠ susurré.
—No.
Me desvestí y me metí en la cama a su lado.
—¿Sabes qué es lo que más echo de menos? —⁠ dijo⁠ —. Cuando hacíamos el
amor online.
—Mejor que esto no se complique; estoy fuera de práctica.
—Beso.
La besé, lenta y tiernamente, y ella se derritió debajo de mí.
—Tres meses más —prometí— y me mudo a Berkeley.
—Para ser mi mantenido.
—Prefiero la expresión «amo de casa, sin salario pero profundamente valorado».
—⁠ Francine se envaró⁠ —. Hablemos de eso más tarde —⁠ dije. Comencé a besarla
otra vez, pero ella apartó la cara.
—Tengo miedo —dijo.
—Yo también —aseguré—. Es una buena señal. Todo lo que merece hacerse es
aterrador.
—Pero no todo lo aterrador es bueno.
Rodé hasta quedar acostado junto a ella.
—¡A cierto nivel, es fácil! —⁠ dijo⁠ —. ¿Qué mejor don puedes otorgarle a una
niña que el poder de tomar verdaderas decisiones? ¿Qué peor destino podrías
ahorrarle que el verse obligada a actuar en contra de un criterio acertado, una y otra
vez? Cuando lo pones de esa manera, es sencillo.
»Pero todas las fibras de mi cuerpo aún se rebelan contra ello. ¿Cómo se sentirá,
sabiendo lo que es? ¿Cómo hará amistades? ¿Cómo se insertará? ¿Cómo hará para no

Página 133
despreciarnos por convertirla en un fenómeno de feria? ¿Y si estamos robándole algo
que para ella fuese valioso: vivir un millón de vidas, sin verse nunca obligada a
escoger una entre todas? ¿Y si ella considera que ese don es una especie de
empobrecimiento?
—Siempre le queda la posibilidad de quitar el escudo del Procs —⁠ dije⁠ —. Una
vez que entienda los problemas, puede elegir por sí misma.
—Es verdad. —Francine no sonaba para nada apaciguada; había pensado en todo
aquello mucho antes de que yo se lo mencionara, pero no estaba buscando respuestas
concretas. Todos y cada uno de los instintos humanos normales nos gritaban que nos
estábamos embarcando en algo peligroso, antinatural, hubrístico… pero esos instintos
querían salvaguardar nuestras reputaciones, más que proteger a nuestra futura hija.
Ningún padre, excepto los más deliberadamente negligentes, sería puesto en la picota
si su hija de carne y hueso resultara ser una desagradecida por la vida; si yo hubiera
criticado a mi madre y mi padre porque había encontrado fallas en las condiciones
existenciales en las que había sido dado a luz, no era difícil adivinar qué lado habría
contado con la mayor simpatía del mundo en general. Cualquier cosa que saliera mal
con nuestra hija sería campo fértil para un linchamiento, sin importar cuánto amor,
sudor y búsqueda espiritual se hubieran invertido en su creación, porque habíamos
tenido la temeridad de estar insatisfechos con la clase de destino que todos los demás
infligían alegremente a sus propios hijos.
—Hoy viste a Zelda esparcirse por todas las ramas —⁠ dije⁠ —. Sabes, ahora en tu
más profundo interior, que lo mismo nos ocurre a todos nosotros.
—Sí. —Algo se rompió dentro de mí cuando Francine lo admitió expresamente.
Yo nunca había querido que ella lo sintiera como lo sentía yo.
—¿Sentenciarías voluntariamente a tu propia hija a vivir bajo esa condición?
—⁠ persistí⁠ —. ¿Y a tus nietos? ¿Y a tus bisnietos?
—No —replicó Francine. Ahora una parte de ella me odiaba; lo oía en su voz. Era
mi maldición, mi obsesión; antes de conocerme, ella había logrado creer y no creer,
tomándose a la ligera la aceptación del multiverso.
—No puedo hacerlo sin ti —dije.
—En realidad, sí. Más fácilmente que en cualquiera de las alternativas. Ni
siquiera necesitarías que una extraña te donara un óvulo.
—No puedo hacerlo a menos que tú me apoyes. Si tú quieres, aquí me detengo.
Hemos construido el Procs. Hemos demostrado que puede funcionar. Aunque
nosotros no concretemos esta última parte, algún otro lo hará, en una o dos décadas.
—Si nosotros no lo hacemos —⁠ observó Francine con amargura⁠ —,
sencillamente lo haremos en otra realidad.
—Es cierto —dije—, pero no sirve de nada pensar así. En definitiva, no puedo
funcionar a menos que finja que mis elecciones son reales. Dudo que alguien pueda
hacer lo contrario.

Página 134
Francine se quedó callada un largo rato. Miré hacia arriba, a la oscuridad de la
habitación, tratando con todas mis fuerzas de no analizar la casi certeza de que su
decisión tomaría ambos rumbos.
Finalmente, habló.
—Entonces hagamos una hija que no necesite fingir.

Página 135
5
2031

Isabelle Schib nos dio la bienvenida en su oficina. En persona, era ligeramente menos
intimidante de lo que era online, no por ser diferente en su apariencia o modales, sino
por lo ordinario de su entorno. Yo la había imaginado instalada en un edificio amplio,
prístino, de alta tecnología, no en un par de oficinas insignificantes, en una callejuela
de Basilea.
Cuando las cortesías quedaron aparte, Isabelle fue derecho al grano.
—Han sido aceptados —anunció—. Les enviaré el contrato más tarde.
Mi garganta quedó constreñida de pánico; debería haberme llenado de júbilo,
pero sólo sentía que no estaba preparado. El grupo de Isabelle únicamente concedía
licencias para tres iadas nuevos por año. La lista se había reducido a unas cien
parejas, seleccionadas entre miles de solicitantes. Habíamos viajado a Suiza para el
proceso final de selección, realizado por una agencia que generalmente se ocupaba de
adopciones. Mientras avanzaba por todas las entrevistas y cuestionarios, todos los test
de personalidad y desafíos de escenario, me las había ingeniado para convencerme a
medias de que nuestra dedicación finalmente nos haría triunfar, pero eso no había
sido más que una muleta que me permitía mantener el espíritu alto.
Con calma, Francine dijo:
—Gracias.
Tosí.
—¿Están conformes con todo lo que hemos propuesto? —⁠ Si iba a existir alguna
condición que convirtiera este milagro en algo sin valor, era mejor enterarse ahora,
antes de que pasara el shock y yo comenzara a dar todo por sentado.
Isabelle asintió.
—No pretendo ser una experta en campos relevantes, pero he hecho evaluar el
diseño del Procs por varios colegas y no veo motivos para afirmar que no sería un
formato de hardware apropiado para un iada. Soy completamente agnóstica sobre la
IMM, de modo que no comparto su punto de vista de que el Procs es una necesidad,
pero si usted está preocupado por que yo pueda eliminarlos por excéntricos debido a
eso —⁠ sonrió levemente⁠ —, debería conocer a otras personas con las que he tenido
que tratar.
»Creo que ustedes aspiran de todo corazón al bienestar del iada y que no adolecen
de ninguna de las supersticiones tecnofóbicas o tecnofílicas que distorsionarían la
relación. Además, como recordarán, tendré derecho a realizar visitas e inspecciones
durante el período de guarda. Si se descubre que ustedes violan cualquiera de los
términos del contrato, se les revocará la licencia y el iada quedará a mi cargo.
Francine dijo:

Página 136
—¿Cuál piensa que es la perspectiva de que nuestro período de guarda tenga un
final más feliz?
—Estoy presionando constantemente al parlamento europeo —⁠ replicó
Isabelle⁠ —. Desde luego, dentro de unos años varios iada llegarán a la etapa en que
sus testimonios personales comenzarán a contribuir al debate, pero ninguno de
nosotros deberíamos esperar hasta entonces. Hay que preparar el terreno.
Hablamos durante casi una hora, sobre este y otros temas. Isabelle se había vuelto
una experta en esquivar la atención de los medios; nos prometió enviarnos un manual
sobre el tema junto con el contrato.
—¿Deseaban conocer a Sophie? —⁠ preguntó Isabelle, casi como si fuese una
ocurrencia de último momento.
—Sería fantástico —dijo Francine. Ella y yo habíamos visto un video de Sophie a
la edad de cuatro años, sometida a una batería de test psicológicos, pero nunca
habíamos tenido oportunidad de conversar con ella y menos de conocerla cara a cara.
Los tres salimos de la oficina e Isabelle nos llevó en automóvil a su casa, en las
afueras de la ciudad.
En el coche, la realidad comenzó a hundirse de nuevo. Yo sentía la misma mezcla
de regocijo y claustrofobia que había experimentado hacía diecinueve años, cuando
Francine me esperaba en el aeropuerto con la noticia de su embarazo. Todavía no se
había llevado a cabo ninguna concepción digital, pero si yo alguna vez hubiese
sentido que el sexo estaba la mitad de cargado de riesgos y responsabilidades que
esto, habría permanecido célibe de por vida.
—Nada de sondeos, nada de interrogatorios —⁠ nos advirtió Isabelle al entrar en el
sendero de acceso.
—Por supuesto que no —dije.
—¡Marco! ¡Sophie! —llamó Isabelle, mientras la seguíamos a través de la puerta.
Al final del corredor, oí unas risitas infantiles y la voz de un hombre adulto
susurrando en francés. Luego el esposo de Isabelle apareció de detrás de un recodo,
un hombre joven, sonriente, de cabello oscuro, con Sophie montada sobre los
hombros. Al principio no pude mirarla; sólo le devolví la sonrisa a Marco
educadamente, mientras notaba con desencanto que él era al menos quince años más
joven que yo. ¿Cómo pude siquiera pensar en hacer esto a los cuarenta y seis?
Luego eché un vistazo hacia arriba y me encontré con los ojos de Sophie. Me miró
directamente por un momento, con expresión curiosa y serena, pero luego tuvo un
ataque de timidez y enterró el rostro en el cabello de Marco.
Isabelle nos presentó, en inglés; a Sophie le estaban enseñando a hablar cuatro
idiomas, aunque en Suiza eso no era nada fenomenal. Sophie dijo «Hola», pero
mantuvo la vista baja. Isabelle dijo:
—Pasemos a la sala. ¿Les gustaría tomar algo?
Los cinco bebimos limonada, y los adultos entablamos una conversación cortés,
superficial. Sophie estaba sentada en las rodillas de Marco, retorciéndose inquieta,

Página 137
lanzando miradas furtivas hacia nosotros. Se veía exactamente como una niña de seis
años de lo más normal, levemente desgarbada. Su cabello tenía el mismo color pajizo
que el de Isabelle y los ojos pardos de Marco; ya fuese por mandato o por rigurosa
simulación genética, podría haber pasado por su hija biológica. Yo había leído las
especificaciones técnicas que describían su cuerpo y había visto en acción, en video,
una versión inicial, pero el hecho de que pareciera tan plausible era el menor de los
logros de sus diseñadores. Observándola beber, inquietarse y moviéndose, yo no tenía
dudas de que ella misma se sentía una habitante de esa piel, tanto como yo me sentía
habitante de la mía. No era un titiritero fingiendo ser una niña, tirando de hilos
electrónicos desde alguna oscura caverna oculta en su cráneo.
—¿Te gusta la limonada? —le pregunté.
Se me quedó mirando un momento, como preguntándose si debía ofenderse por lo
presuntuoso de la pregunta, y luego respondió:
—Hace cosquillas.
En el taxi, rumbo al hotel, Francine me apretó fuertemente la mano.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, claro.
En el ascensor comenzó a llorar. La envolví con mis brazos.
—Habría cumplido dieciocho este año.
—Lo sé.
—¿Crees que está viva, en algún lado?
—No lo sé. No sé si es una buena manera de encarar el tema.
Francine se secó los ojos.
—No. Ésta será ella. Ésa es la manera en que lo veo. Ésta será mi niña. Que llega
unos años tarde.
Antes de tomar el vuelo a casa, visitamos un pequeño laboratorio patológico y
dejamos muestras de nuestra sangre.
Los primeros cinco cuerpos de nuestra hija nos llegaron un mes antes de su
nacimiento. Desempaqué los cinco y los acosté en fila sobre el piso de la sala. Con
sus músculos laxos y sus ojos en blanco, se parecían más a momias trágicas que a
niñas dormidas. Descarté esa imagen macabra; era mejor imaginarlas como conjuntos
de ropa. La única diferencia era que no habíamos comprado pijamas con tanta
anticipación.
Desde un rosa arrugado de recién nacida hasta una regordeta beba de dieciocho
meses, la progresión era un panorama espeluznante… aunque el desarrollo de una
niña orgánica, sin enfermedades graves ni desnutrición, habría sido apenas un poco
menos predecible. Unas semanas antes, un colega de Francine me había dado un
sermón sobre el terrible «determinismo mecánico» que impondríamos a nuestra hija,
y si bien sus argumentos habían sido filosóficamente ingenuos, esta secuencia de
instantáneas inmutables del futuro me ponían la piel de gallina.

Página 138
Lo cierto era que la realidad, en su totalidad, era determinista, ya fuese que uno
tuviera un Procs en vez de cerebro o no; el estado cuántico del multiverso en
cualquier momento dado determinaba todo el futuro. La experiencia personal,
confinada a una rama a la vez, ciertamente tenía una apariencia probabilística,
porque no había manera de predecir qué futuro local experimentaría uno cuando la
rama se dividía, pero la razón de la imposibilidad de saberlo por anticipado era que la
verdadera respuesta era «todas ellas».
Para un singleton, la única diferencia era que las ramas nunca se dividirían sobre
la base de sus decisiones personales. El mundo en general continuaría pareciendo
probabilísitico, pero cada elección que hiciera estaría completamente determinada por
quién era y la situación que enfrentaba.
¿Qué más se podía pretender? La propia identidad no podía hervirse hasta lograr
un perfil genético o sociológico crudo; cada sombra que veías en el techo por las
noches, cada nube que contemplabas mientras flotaba por el cielo, dejaba una
pequeña huella en la forma de tu mente. Cuando se los observaba en el multiverso,
con diferentes versiones tuyas atestiguando cada posibilidad, tales sucesos también
estaban completamente determinados, pero, en términos prácticos, la conclusión final
era que ningún investigador privado armado con tu genoma y un resumen de tu
biografía sería capaz de diagramar todos tus actos por anticipado.
Las elecciones de nuestra hija, como todo lo demás, habían sido escritas en piedra
en los albores del universo, pero esa información sólo podría ser decodificada si se
transformaba en ella misma durante el proceso. Sus actos fluirían a partir de su
temperamento, sus principios, sus deseos, y el hecho de que todas esas cualidades
tuvieran causales previas no disminuía en nada su valor. El libre albedrío era una
noción esquiva, pero para mí simplemente significaba que mis elecciones eran más o
menos compatibles con mi naturaleza, la cual, a su vez, era un consenso provisional,
en constante evolución, entre mil influencias diferentes. A nuestra hija no le
arrebatarían la posibilidad de actuar caprichosamente, e incluso de manera perversa,
pero nunca le resultaría imposible actuar cabalmente de acuerdo con sus ideales.
Volví a embalar los cuerpos antes de que llegara Francine. No estaba seguro de
que el verlos le causaría incomodidad, pero sí de que no quería que se pusiera a
medirlos para comprarles más ropa.
El parto comenzó a primera hora de la mañana del domingo 14 de diciembre, y se
esperaba que durara alrededor de cuatro horas, dependiendo del tránsito. Me senté en
la habitación de la niña mientras Francine caminaba de arriba abajo por el corredor de
afuera, al tiempo que ambos controlábamos los datos que venían por fibra desde
Basilea.
Isabelle había utilizado nuestra información genética como punto de partida para
una simulación del desarrollo in útero de un embrión completo, empleando un
modelo de «jerarquía adaptativa» y reservando la resolución más alta para el sistema
nervioso central. El Procs se haría cargo de esa tarea, no sólo en el cerebro de la

Página 139
recién nacida, sino también en los miles de procesos bioquímicos que tenían lugar
fuera del cráneo y que los cuerpos artificiales no estaban diseñados para realizar.
Aparte de sus sofisticadas funciones sensoriales y motoras, los cuerpos podían
incorporar alimento y excretar desechos, tanto por motivos psicológicos y sociales
como por la energía química que esto proveía, y respiraban aire a fin de oxigenar ese
combustible y de permitir la vocalización, pero no tenían sangre, ni sistema
endocrino, ni respuesta inmunológica.
El Procs que yo había construido en Berkeley era más pequeño que la versión de
Sao Paulo, pero era seis veces más ancho que el cráneo de un bebé. Hasta que se
lograra miniaturizarlo más, la mente de nuestra hija se alojaría en una caja colocada
en un rincón de su cuarto, conectada al resto de ella por un enlace inalámbrico. El
ancho de banda y la demora temporal no construirían un problema dentro del área de
la bahía, y si necesitábamos llevarla más lejos antes de que pudiéramos unificar todo,
el Procs no era tan grande ni delicado como para no poder moverlo.
Mientras la barra de progreso que mi revestimiento ocular me mostraba a un
costado del Procs indicaba los porcentajes de actualización, Francine entró a la
habitación, agitada.
—Tenemos que postergarlo, Ben. Sólo un día. Necesito más tiempo para
prepararme.
Negué con la cabeza.
—Me obligaste a prometerte que si me lo pedías te respondiera que no.
—⁠ Francine incluso se había negado a que le explicara cómo desactivar el Procs.
—Unas horas más —rogó.
Parecía genuinamente angustiada, pero yo endurecí mi corazón, repitiendo para
mis adentros que Francine estaba actuando para probarme, para ver si yo cumplía con
mi palabra.
—No. Nada de acelerar ni de bajar la velocidad, nada de pausas, nada de
improvisaciones. Esta niña tiene que golpearnos como si fuera un tren de carga, igual
que lo haría cualquier otro niño.
—¿Quieres que comience ahora mismo con el trabajo de parto? —⁠ dijo ella
sarcásticamente. Cuando una vez, medio en broma, le mencioné la posibilidad de
someterla a un tratamiento hormonal que simulara algunos de los efectos del
embarazo a fin de lograr que el vínculo con nuestra hija fuese más fácil de establecer
incluso también para mí, indirectamente, ella casi me arrancó la cabeza a
mordiscones. No se lo había dicho en serio, porque sabía que no era necesario. La
adopción era la prueba definitiva de ello, pero lo que estábamos haciendo nosotros se
acercaba más a recuperar una hija propia que estuviera a cargo de padres sustitutos.
—No. Tómala en tus brazos, nada más.
Francine escudriñó la forma inerte de la camilla.
—¡No puedo! —gimió—. Cuando la abrace, ella debe sentir que es lo más
valioso del mundo para mí. ¿Cómo puedo hacerle creer eso, cuando sé que podría

Página 140
arrojarla contra la pared sin causarle ningún daño?
Nos quedaban dos minutos. Sentí que mi respiración se volvía entrecortada. Podía
enviar al Procs un código de interrupción, pero ¿qué ocurriría si al hacerlo establecía
un precedente? Si uno de nosotros había dormido muy poco, si Francine llegaba tarde
al trabajo, si nos convencíamos de que nuestra hija especial era tan única que merecía
unas pequeñas vacaciones de sus necesidades, ¿qué nos impediría hacer lo mismo una
y otra vez?
Abrí la boca para amenazarla: «O la levantas en brazos ahora mismo, o lo haré
yo». Me detuve y dije:
—Sabes el daño psicológico que le causarías si la dejaras caer al suelo. El hecho
mismo de que tengas miedo de transmitirle que no te sientes tan protectora como
debes será, para ella, una señal tan fuerte como cualquier otra. Ella te importa. Lo
percibirá.
Francine me miró fijamente, llena de dudas.
—Lo sabrá —dije—. Estoy seguro.
Francine estiró los brazos hacia la camilla y levantó en sus brazos el cuerpo laxo.
Viéndola acunar a esa forma sin vida, sentí un retortijón de ansiedad en las tripas; no
se parecía en nada a lo que había experimentado cuando acosté en el suelo las cinco
cáscaras de plástico para inspeccionarlas.
Desterré a la barra de progreso y volé en caída libre durante los segundos finales:
contemplando a mi hija, deseando que se moviera.
Su pulgar dio un respingo; luego sus piernas se movieron débilmente, como una
tijera. No podía ver el resto, de modo que observé la expresión de Francine. Por un
instante, creí detectar una tensión horrorizada en los extremos de su boca, como si
estuviera a punto de retroceder para alejarse de ese gólem. Luego la niña comenzó a
berrear y a patear, y Francine se echó a llorar con una alegría inocultable.
Mientras ella elevaba a la bebé hacia su rostro y le plantaba un beso en la frente
arrugada, sufrí mi propio momento de inquietud. ¡Con qué facilidad le había surgido
esa reacción tierna, considerando que el cuerpo bien podía haber nacido a la vida
gracias a la clase de software utilizado para animar a los personajes de los juegos y
las películas!
Sin embargo, no había sido así. No había existido nada falso ni fácil en la ruta que
nos había conducido a este momento, para no mencionar la que había recorrido
Isabelle; ni siquiera habíamos intentado modelar la vida con arcilla, con nada.
Sencillamente, habíamos desviado un hilito de agua de un río que ya tenía cuatro mil
millones de años.
Francine apoyó a nuestra hija contra su hombro y la hamacó hacia delante y atrás.
—¿Tienes el biberón, Ben?
Caminé hasta la cocina como mareado; el microondas se había anticipado al feliz
acontecimiento y la fórmula estaba lista.
Regresé a la habitación y le entregué el biberón a Francine.

Página 141
—¿Puedo tenerla en brazos antes de que empieces a darle de comer?
—Claro. —Se inclinó para besarme; luego me entregó a la niña y yo la alcé del
modo que había aprendido a hacerlo con los bebés de parientes y amigos,
envolviéndole la nuca con mi mano. La distribución del peso, la cabeza pesada, la
inestabilidad del cuello, se sentían igual que las de cualquier otro bebé. Sus ojos
seguían fuertemente cerrados, mientras chillaba y sacudía los brazos.
—¿Cómo te llamas, mi niña preciosa? —⁠ Habíamos reducido la lista de nombres
a una docena de posibilidades, pero Francine no había querido decidirse por ninguno
hasta que hubiera visto a su hija respirar por primera vez⁠ —. ¿Ya te has decidido?
—Quiero que se llame Helen.
Mirando a la bebé, me parecía que sonaba muy de vieja. Anticuado, como
mínimo. La tía abuela Helen. Helena Bonham-Carter. Me reí estúpidamente y mi hija
abrió los ojos.
Se me erizó la piel de los brazos. Los ojos oscuros no podían encontrar mi cara,
pero la niña no ignoraba mi presencia. El amor y el miedo recorrieron mis venas.
¿Cómo pude suponer que soy capaz de darle lo que necesita? Aunque mi buen juicio
hubiera sido impecable, mi capacidad de actuar de acuerdo a él era muy burda, más
allá de toda medida.
Pero nosotros éramos lo único que tenía. Cometeríamos errores, perderíamos el
rumbo, pero yo tenía que creer que algo permanecería firme. Alguna porción del
apabullante amor y de la resolución que yo sentía ahora tendría que permanecer, en
todas las versiones de mí que pudieran rastrear sus antecedentes hasta este momento.
—Te llamas Helen —dije.

Página 142
6
2041

—¡Sophie! ¡Sophie! —⁠ Helen corría delante de nosotros, hacia las puertas de arribo
por donde estaban entrando Isabelle y Sophie. Sophie, ahora casi de dieciséis años,
era mucho menos demostrativa, pero sonrió y saludó con la mano.
—¿Alguna vez has pensado en mudarte? —⁠ dijo Francine.
—Puede ser, si primero cambian las leyes europeas —⁠ respondí.
—Vi un trabajo en Zürich al que podría postularme.
—No creo que debamos poner todo patas arriba para que ellas estén juntas.
Quizás se llevan bien porque se visitan ocasionalmente y por la red. No es que no
tengan otras amigas.
Isabelle se acercó y nos saludó con besos en las mejillas. Las primeras veces, yo
detestaba sus visitas, pero ahora me parecía más una prima levemente autoritaria que
una funcionaria dedicada a la protección infantil cuya sola presencia implicaba que
podíamos haber cometido alguna fechoría.
Sophie y Helen nos alcanzaron. Helen se colgó de la manga de Francine.
—¡Sophie tiene novio! Daniel. Me mostró su fotografía. —⁠ Hizo gesto de
desmayarse, burlonamente, con una mano en la frente.
Miré a Isabelle, que dijo:
—El chico va a la misma escuela. Es muy dulce, de verdad.
Sophie hizo una mueca, abochornada.
—Los niños de tres años son «dulces». —⁠ Se volvió hacia mí y dijo⁠ —: Daniel es
encantador, sofisticado y muy maduro.
Me sentí como si me hubiese caído un yunque en el pecho. Mientras cruzábamos
el estacionamiento, Francine murmuró:
—No tengas un infarto todavía. Tienes mucho tiempo para ir acostumbrándote a
la idea.
Las aguas de la bahía centelleaban bajo el sol mientras cruzábamos el puente
rumbo a Oakland. Isabelle describió la última sesión del comité parlamentario
europeo sobre los derechos de los iada. El borrador de una propuesta que garantizaba
la categoría de persona a cualquier sistema que contuviera y actuara según una
cantidad significativa de información proveniente de ADN humano estaba ganando
apoyo; era un concepto difícil de definir rigurosamente, pero la mayoría de las
objeciones eran más hilarantes que prácticas. «¿La Base de Datos Proteómica
Humana es una persona? ¿La Simulación Psicológica Referencial de Harvard es una
persona?». Las BDPH modelaban el cerebro solamente en términos de lo que éste
extraía de la corriente sanguínea o infundía en la misma; en las simulaciones no había
nadie que se estuviera volviendo loco en silencio.

Página 143
Por la noche, cuando las chicas estaban arriba, Isabelle comenzó a sondearnos
gentilmente. Traté de que mis dientes no rechinaran demasiado. Por cierto, no la
culpaba por tomarse en serio sus responsabilidades; si, a pesar del proceso de
selección, hubiéramos resultado ser unos monstruos, las leyes penales no habrían
ofrecido una solución. Nuestro compromiso, asumido en el contrato de licencia, era la
única garantía de que Helen fuese tratada humanamente.
—Este año está obteniendo buenas calificaciones —⁠ advirtió Isabelle⁠ —. Debe de
estar adaptándose.
—Sí —contestó Francine. Helen no tenía derecho a una educación estatal gratuita
y la mayoría de las escuelas privadas se habían mostrado abiertamente hostiles, o
bien habían inventado excusas tales como que sus pólizas de seguro calificarían a
Helen como maquinaria peligrosa. (Isabelle había llegado a un acuerdo con las
aerolíneas: durante los vuelos, Sophie tenía que ser desactivada y parecer dormida,
pero no le exigían que la embalara ni que la hiciera viajar en la bodega de carga). La
primera escuela comunitaria que habíamos intentado no había funcionado, pero
finalmente encontramos otra, cerca del campus de Berkeley, donde todos los padres
se sentían felices de contar con la presencia de Helen. Esto la había salvado de la
perspectiva de ingresar en una escuela de la red; no eran tan malas, pero estaban
pensadas para niños aislados, geográficamente o por alguna enfermedad,
circunstancias que no se podían superar de otro modo.
Isabelle nos dio las buenas noches sin quejas ni consejos; Francine y yo nos
quedamos sentados junto al fuego un rato, sonriéndonos mutuamente. Era agradable
obtener un informe libre de manchas por una vez en la vida.
A la mañana siguiente, mi alarma sonó una hora más temprano. Me quede
inmóvil por un momento, esperando a que se me aclararan las ideas, antes de
preguntarle a mi buscador de conocimiento por qué me había despertado.
Aparentemente, la visita de Isabelle había aparecido publicada como artículo
principal en algunos boletines de la Costa Este. Un grupo de miembros del Congreso
habían estado siguiendo el debate de Europa y no les gustaba el rumbo que estaba
tomando. Isabelle, declaraban, había entrado sigilosamente al país, como una
agitadora. A decir verdad, ella se había ofrecido a testificar ante el Congreso en
cualquier momento en que desearan conocer más sobre su trabajo, pero ellos nunca la
habían convocado.
No quedaba claro si habían sido periodistas o activistas anti-iada los que habían
conseguido su itinerario y escarbado un poco, pero ahora todos los detalles estaban
desparramados por todo el país y los manifestantes ya se estaban congregando frente
a la escuela de Helen. Habíamos enfrentado pelotones de gente de los medios, de
fanáticos y de activistas anteriormente, pero las imágenes que me mostraba el
buscador eran perturbadoras: eran las cinco de la mañana y la multitud ya había
rodeado la escuela. Tuve el recuerdo de algunos videos de noticias que había visto
cuando era adolescente, que mostraban jovencitas de escuela, en Irlanda del Norte,

Página 144
abriéndose paso bajo los golpes de los manifestantes de una protesta organizada por
la facción política opositora; ya no me acordaba de quiénes eran los católicos y
quiénes los protestantes.
Desperté a Francine y le expliqué la situación.
—Podríamos decirle que se quede en casa —⁠ sugerí.
Francine parecía estar debatiéndose entre dos opciones, pero finalmente
coincidió.
—Probablemente se acabe todo cuando Isabelle se marche, el domingo. Faltar un
día a la escuela no es exactamente capitular ante la chusma.
En el desayuno, le conté las noticias a Helen.
—No voy a quedarme en casa —⁠ dijo.
—¿Por qué no? ¿No quieres tener más tiempo para parlotear con Sophie?
Eso le causó gracia.
—¿Parlotear? ¿Eso lo decían los hippies? —⁠ En su cronología personal de San
Francisco, todo lo que había existido antes de su nacimiento pertenecía al mundo
retratado en los museos turísticos de Haight-Ashbury.
—Charlar. Escuchar música. Interactuar socialmente en la forma que más te
agrade.
Analizó esta última definición de final abierto.
—¿Ir de compras?
—No veo por qué no. —No había manifestantes frente a la casa y, aunque
probablemente nos estaban vigilando, la protesta era demasiado grande como para
trasladarse con facilidad. Tal vez todos los demás padres también harían quedarse en
casa a sus hijos, dejando solos a los diversos agita-carteles para que se pelearan entre
ellos.
Helen lo reconsideró.
—No. Eso lo haremos el sábado. Quiero ir a la escuela.
Eché una mirada a Francine. Helen agregó:
—No pueden lastimarme. Estoy grabada en copias de seguridad.
—No es agradable que te griten —⁠ le dijo Francine⁠ —. Que te insulten. Que te
empujen.
—No creo que sea agradable —⁠ respondió Helen con desprecio⁠ —. Pero no les
voy a permitir que me digan lo que tengo que hacer.
Hasta la fecha, un puñado de extraños se le habían acercado lo suficiente como
para insultarla a gritos, y algunos niños de su primera escuela se habían comportado
casi tan violentamente como cualquier matón (común, no adicto a las drogas ni
sicótico) de nueve años, pero ella nunca se había enfrentado a algo como esto. Le
mostré las noticias en vivo. No se inmutó. Francine y yo nos retiramos a la sala para
deliberar.
—Creo que no es una buena idea —⁠ dije. Por sobre todo lo demás, yo estaba
comenzando a ser presa de un terror paranoide de que Isabelle nos echara la culpa de

Página 145
toda la situación. Menos ilusa, ella fácilmente podía desaprobarnos por exponer a
Helen a los manifestantes. Y aunque eso no fuera suficiente para que nos revocara la
licencia de inmediato, erosionar la confianza que había depositado en nosotros
finalmente podía llevarnos a sufrir el mismo destino.
Francine lo pensó por un momento.
—Si vamos con ella, si los dos caminamos junto a ella, ¿qué nos van a hacer? Si
nos ponen un dedo encima, es agresión física. Si tratan de quitárnosla a la fuerza, es
robo.
—Sí, pero hagan lo que hagan Helen escuchará todo el veneno que le escupirán
encima.
—Ella mira las noticias, Ben. No será la primera vez que lo oye.
—Oh, mierda. —Isabelle y Sophie habían bajado para desayunar; oí que Helen,
con calma, les contaba sus planes.
—Olvídate de complacer a Isabelle —⁠ dijo Francine⁠ —. Si Helen quiere hacer
esto sabiendo lo que trae aparejado y nosotros podemos mantenerla a salvo,
deberíamos respetar su decisión.
Sentí una punzada de furia ante la insinuación no declarada: habiendo llegado tan
lejos para permitirle a nuestra hija tomar decisiones significativas, yo sería un
hipócrita si me interpusiera en su camino. ¿Sabiendo lo que trae aparejado? Sólo
tenía nueve años y medio.
Admiraba su coraje, sin embargo, y realmente creía que podíamos protegerla.
—Está bien —dije—. Llama a los otros padres. Yo informaré a la policía.
Apenas nos bajamos del coche, nos detectaron. Sonaron gritos y una ola de gente
furiosa se lanzó hacia nosotros.
Miré a Helen y apreté su mano con más fuerza.
—No te sueltes de nosotros.
Ella me sonrió con indulgencia, como si yo le estuviera advirtiendo algo trivial,
como vidrios rotos en una playa.
—Estaré bien, papá. —Dio un respingo al ver que la multitud se acercaba y luego
sólo había cuerpos empujándonos desde todos los flancos, gente hablándonos
atropelladamente a la cara, escupitajos volando. Francine y yo nos pusimos frente a
frente, formando una especie de jaula protectora y de cuña contra las piernas de los
adultos. Si bien daba miedo estar sumergido, me alegré de que mi hija no estuviera a
la altura de los ojos de estas personas.
—¡Satanás es el que la mueve! ¡Satanás está dentro de ella! ¡Fuera, espíritu de
Jezabel! —⁠ Una joven que llevaba un vestido lila de cuello alto apretó su cuerpo
contra mí y comenzó a rezar en otro idioma.
—El teorema de Gödel demuestra que el mundo no computable, no lineal, que
yace detrás del colapso cuántico es una expresión manifiesta de la naturaleza de Buda
—⁠ entonó con seriedad un joven prolijamente vestido, estableciendo con admirable

Página 146
economía de palabras que no tenía la menor idea de lo que significaban todos esos
términos⁠ —. Ergo, no puede haber un alma en una máquina.
—Ciber nano quantum. Ciber nano quantum. Ciber nano quantum. —⁠ Ese cántico
provenía de uno de nuestros futuros «simpatizantes», un hombre de edad mediana
con pantaloncitos de lycra de ciclista que estaba metiendo los brazos vigorosamente
entre nosotros, tratando de apoyar una mano sobre la cabeza de Helen y dejar allí
unas escamas de piel muerta; según la doctrina del culto, esto le permitiría a Helen
resucitarlo cuando ella lograra establecer el Punto Omega. Impedí su acción con tanta
firmeza como pude sin llegar a golpearlo, y él se lamentó como un peregrino a quien
le negaran la entrada a Lourdes.
—¿Crees que vas a vivir para siempre, Campanita? —⁠ Un anciano lascivo de
barba asomó la cabeza justo delante de nosotros y escupió a Helen directamente en la
cara.
—¡Imbécil! —gritó Francine. Sacó un pañuelo y comenzó a limpiar las flemas.
Me agaché y las rodeé con mi brazo libre. Helen estaba haciendo una mueca de
disgusto mientras Francine la limpiaba, pero no lloraba.
—¿Quieres volver al coche? —⁠ le dije.
—No.
—¿Estás segura?
Helen retorció la cara, con expresión irritada.
—¿Por qué siempre me preguntas eso? ¿Estás segura? ¿Estás segura? Tú eres el
que parece una computadora.
—Disculpa. —Le apreté la mano.
Fuimos abriéndonos paso a través del gentío. El núcleo de los manifestantes
resultó ser más sano y más civilizado que los lunáticos que la habían alcanzado
primero; mientras nos acercábamos a las puertas de escuela, la gente se esforzaba por
hacer sitio para permitirnos pasar ilesos, al tiempo que gritaban sus lemas para las
cámaras. «¡Servicios de salud para todos, no sólo para los ricos!». Yo no podía estar
en desacuerdo con ese sentimiento, aunque los iada eran apenas una de las mil
maneras en que los adinerados podían evitar que sus hijos enfermaran, y de hecho
estaban entre las más baratas: en los Estados Unidos, el costo total de los cuerpos
protésicos de tamaño adulto era menor al gasto total mínimo necesario para el
cuidado de la salud durante toda una vida. Prohibir los iada no sería el fin de la
disparidad entre ricos y pobres, pero yo entendía por qué algunas personas los
consideraban el acto definitivo de egoísmo: crear a un niño que podía vivir para
siempre. Probablemente, nunca se ponían a analizar las tasas de fertilidad y el uso de
los recursos por parte de sus propios descendientes durante los siguientes mil años.
Atravesamos las puertas y entramos en un mundo de espacio y silencio; cualquier
manifestante que invadiera este sitio sería arrestado en el acto y aparentemente
ninguno de ellos estaba tan comprometido con los principios de Gandhi como para
buscarse un destino semejante.

Página 147
En el interior del vestíbulo, me agaché y rodeé a Helen con mis brazos.
—¿Te encuentras bien?
—Sí.
—Estoy muy orgulloso de ti.
—Estás temblando. —Tenía razón; todo mi cuerpo se sacudía suavemente, por
algo más que el apretujón, la confrontación y la sensación de alivio por haber logrado
atravesar indemnes todo aquello. El alivio para mí nunca era absoluto; nunca podía
borrar del todo las imágenes de las otras posibilidades que acechaban en el fondo de
mi mente.
Una de las maestras, Carmela Peña, se nos acercó con mirada estoica; cuando
decidieron aceptar a Helen, todo el personal y los padres sabían que llegaría un día
como éste.
—Ahora estaré bien —dijo Helen. Me besó en la mejilla; luego hizo lo mismo
con Francine⁠ —. Estoy bien —⁠ insistió⁠ —. Pueden irse.
Carmela dijo:
—Asistirá un sesenta por ciento de los niños. No está mal, considerando las
circunstancias.
Helen se alejó por el corredor, dándose vuelta una vez para saludarnos
impacientemente con la mano.
—No, no está mal —dije.
Un grupo de periodistas nos arrinconó a los cinco durante la salida de compras de
las chicas al día siguiente, pero las organizaciones mediáticas estaban al tanto de las
denuncias legales, y luego, cuando Isabelle les recordó que ella actualmente estaba
gozando de las «libertades inherentes a todo ciudadano privado», cita extraída de un
reciente fallo judicial contra el Celebrity Stalker, que había debido pagar una
indemnización de ocho cifras, nos dejaron en paz.
La noche antes de que Isabelle y Sophie tomaran el vuelo de regreso, fui al cuarto
de Helen para darle el beso de las buenas noches. Cuando ya me iba, me dijo:
—¿Qué es un Procs?
—Es una especie de computadora. ¿Dónde escuchaste hablar de él?
—En la red. Decía que yo tenía un Procs, pero Sophie no.
Francine y yo no habíamos tomado ninguna decisión firme en cuanto a lo que
debíamos decirle y cuándo decírselo. Le respondí:
—Exacto, pero no hay de qué preocuparse. Sólo significa que tú eres un poco
distinta a ella.
Helen frunció el ceño.
—No quiero ser distinta a Sophie.
—Todos somos distintos a todos —⁠ dije, poco sincero⁠ —. Tener un Procs es igual
que… tener un auto con distinta clase de motor. Igual puedes ir a los mismos sitios
que los demás. —⁠ Pero no a todos al mismo tiempo⁠ —. Ustedes dos pueden hacer lo
que quieran. Puedes parecerte a Sophie tanto como quieras. —⁠ Lo cual no era

Página 148
enteramente deshonesto; la diferencia crucial siempre se podía borrar, desactivando el
escudo del Procs.
—Quiero ser igual a ella —insistió Helen⁠ —. La próxima vez que crezca, ¿por
qué no puedes ponerme lo que tiene Sophie?
—Lo que tienes tú es más nuevo. Es mejor.
—Ningún otro lo tiene. No sólo Sophie; ninguno de los demás. —⁠ Helen sabía
que me tenía atrapado: si era más nuevo y mejor, ¿por qué no lo tenían también los
iada más jóvenes que ella?
—Es complicado —dije—. Ahora mejor duérmete; lo hablaremos después.
—⁠ Acomodé torpemente las mantas y ella me clavó una mirada resentida.
Bajé las escaleras y relaté la conversación a Francine.
—¿Qué piensas tú? —le pregunté—. ¿Ya es hora?
—Tal vez sí —dijo.
—Quería esperar hasta que tuviera edad suficiente para que comprenda la IMM.
Francine lo consideró.
—¿Comprenderla hasta qué punto? No creo que en el futuro cercano se ponga a
hacer malabarismos con las matrices de densidad. Y si lo convertimos en un gran
misterio, sólo lograremos que recurra a versiones distorsionadas de otras fuentes.
Me dejé caer pesadamente en el sofá.
—Esto va a estar difícil. —⁠ Había ensayado el momento miles de veces, pero en
mi imaginación Helen siempre tenía más edad y había centenares de otros iada con
Procs. En realidad, nadie había seguido el camino que nosotros habíamos abierto. La
evidencia de la IMM, sin prisa pero sin pausa, se había vuelto cada vez más firme,
aunque para la mayoría de la gente todavía era fácil de ignorar. Las versiones cada
vez más sofisticadas de ratas corriendo en laberintos parecían elaborados juegos de
computadora. No se podía viajar de un universo a otro en persona, no se podía espiar
a nuestros alter egos paralelos, y quizás nunca sería posible llevar a cabo tales
hazañas⁠ —. ¿Cómo decirle a una niña de nueve años que ella es el único ser
inteligente del planeta que puede tomar una decisión y no cambiarla? ¿Y mantenerla?
Francine sonrió.
—No con esas palabras, por empezar.
—No. —La rodeé con mi brazo. Estábamos a punto de entrar en un campo
minado y no podíamos evitar el terreno peligroso, pero al menos contábamos con que
nuestro buen juicio nos ayudara a controlarnos, a tirar un poco de las riendas.
—Lo solucionaremos —dije—. Hallaremos la manera indicada.

Página 149
7
2050

Alrededor de las cuatro de la mañana, me dejé llevar por el ansia y encendí mi primer
cigarrillo en un mes.
Mientras me llenaba los pulmones de humo tibio, mis dientes comenzaron a
castañetear, como si el contraste me hubiera obligado a notar lo frío que se había
puesto el resto de mi cuerpo. El resplandor rojo de la punta encendida era lo más
luminoso que tenía a la vista, pero si me estaba enfocando alguna cámara
seguramente era infrarroja, por lo tanto estaría relumbrando como un fuego fatuo de
todas maneras. Mientras el humo volvía a ascender, tosí como un gato atorado con
una bola de pelos; el primero siempre era así. Había adoptado el hábito de fumar a la
edad surrealista de sesenta años y, después de cinco años de retomarlo y dejarlo, mi
tracto respiratorio seguía resistiéndose a su mala suerte.
Me había pasado cinco horas agachado en el barro, al borde del Lago
Pontchartrain, a un par de kilómetros al oeste de las empapadas ruinas de Nueva
Orleans. Vigilando la barcaza, esperando que alguien volviera al hogar. Había sentido
la tentación de salir nadando y echar un vistazo, pero el radar doméstico de mi
dispositivo asistente hizo aparecer una mota de color rojo brillante en la superficie del
agua y no me ofreció garantías de no ser detectado aunque permaneciera fuera del
perímetro.
Había llamado a Francine la noche anterior. Una conversación breve, tensa.
—Estoy en Louisiana. Creo que tengo una pista.
—¿Sí?
—Te avisaré luego cómo resulta.
—Hazlo.
No la había visto personalmente desde hacía casi dos años. Luego de enfrentar
juntos demasiados cabos sueltos, nos habíamos separado para cubrir más terreno:
Francine había buscado desde Nueva York hasta Seattle; yo me había hecho cargo del
sur. Mientras los meses se nos iban de las manos, su decisión de suprimir toda
reacción emocional en beneficio de su tarea gradualmente la había erosionado. Una
noche, seguramente, el dolor se había apoderado de ella, sola en alguna habitación de
motel sin alma… y el hecho de que a mí me hubiese pasado lo mismo, un mes
después o una semana antes, no hacía ninguna diferencia. Porque no lo habíamos
experimentado juntos, no era un dolor compartido, una carga aligerada. Después de
cuarenta y siete años, aunque ahora, más que nunca, tuviéramos los dos el mismo
objetivo, estábamos comenzando a alejarnos uno del otro.
Me había enterado de Jake Holder en Baton Rouge, triangulando rumores e
informes de quinta mano de los bocones de los bares. Los bocones generalmente no

Página 150
sabían nada. Un cuerpo protésico equipado con un software más estúpido que un
microondas podía convertirse en una esclava infinitamente maleable, pero si la única
manera de salvar la dignidad cuando tus amigos descubrían que eras dueño del
equivalente high tech de una muñeca inflable era implicar que dentro de ella había
una persona, aparentemente muchos hombres aprovechaban la oportunidad.
Holder parecía ser algo peor. Yo había adquirido todos los registros de las
compras que había realizado en su vida, que demostraban su constante interés por la
pornografía ciberfetichista durante un período de dos décadas. Hardcore y
pretencioso; la mitad de los títulos contenían la palabra «manifiesto». Pero las
compras se habían detenido hacía unos tres meses. Los rumores decían que había
encontrado algo mejor.
Terminé el cigarrillo y me palmeé los brazos para estimular la circulación. Ella no
está en esa barcaza. En lo que a mí concernía, ella se había enterado de las noticias
de Bruselas y ya estaba a mitad de camino, rumbo a Europa. Sería un viaje difícil de
hacer sola, pero no había motivos para creer que no tenía amigos leales, confiables,
que la estaban ayudando. Había demasiados recuerdos desactualizados en mi cráneo:
todas las furiosas peleas sin sentido, todas las infracciones menores, todas las
automutilaciones. Sin importar lo que había resultado de todo aquello, lo que ella
había tenido que soportar, ya no era una quinceañera enojada que un viernes se había
ido a la escuela y no había regresado nunca más.
Aún no había cumplido los trece y ya discutíamos por todo. Su cuerpo no
necesitaba de la inundación hormonal de la pubertad, pero el software había actuado
implacablemente, simulando todos los efectos neuroendocrinos. A veces nos parecía
una tortura obligarla a pasar por eso, en vez de buscar algún atajo mágico que la
llevara directamente a la madurez, pero nuestra regla cardinal siempre fue no
entrometernos, nunca intervenir, apuntando a lograr la simulación más fiel posible del
desarrollo de un humano normal.
Sin importar por qué peleáramos, ella siempre sabía hacerme callar. «¡Para ti sólo
soy una cosa! ¡Un instrumento! ¡La pequeña bala de plata de papá!». No me
importaba quién era ella o lo que quería; yo la había creado únicamente para
ahuyentar mis propios miedos. (Después de esas discusiones, acostumbraba
quedarme despierto, ensayando refutaciones poco convincentes. Otros niños nacían
por motivos infinitamente más básicos: para trabajar en el campo, para sentarse en
reuniones de directorio, para combatir el tedio, para salvar matrimonios fallidos).
Desde su punto de vista, el Procs en sí no era bueno ni malo, y siempre rechazaba
todos mis ofrecimientos de deshabilitar el escudo, porque eso me habría hecho zafar
de la situación muy fácilmente. Pero yo la había obligado a ser un fenómeno de circo
por razones egoístas, incluso la había hecho distinta a los demás iada, tan sólo para
garantizarme una cierta clase de comodidad. «¿Querías darle vida a una singleton?
¿Por qué no te pegaste un tiro en la cabeza cada vez que tomabas una decisión
equivocada?».

Página 151
Cuando desapareció, temimos que la hubieran secuestrado en la calle. Pero en su
habitación encontramos un sobre que contenía el localizador que se había extraído del
cuerpo y una nota que decía: «No me busquen. No regresaré nunca».
Escuché los neumáticos de un vehículo pesado chapoteando en el lodoso sendero,
a mi izquierda. Me agaché más, asegurándome de quedar bien escondido en los
matorrales. Mientras el camión se detenía con un leve temblor metálico, la barcaza
despidió una lancha a motor sin tripulación. Mi dispositivo asistente capturó el flujo
de datos que intercambiaron, un desafío específico y una respuesta, pero no tenía
indicios de cómo traspasar la protección e imitar al dueño de la barcaza.
Del camión bajaron dos hombres. Uno era Jake Holder; no podía distinguir su
rostro a la luz de las estrellas, pero me había sentado a pocos metros de él en
comedores y bares de Baton Rouge, y mi asistente conocía su firma somática: la
radiación electromagnética de su sistema nervioso e implantes, las respuestas
capacitativas e inductivas ante los pequeños cambios en los campos del entorno, el
tenue espectro de rayos gamma de su inevitable e idiosincrática carga de
radioisótopos, natural y chernobilesca.
Yo no sabía quién era su compañero, pero pronto tuve una idea general.
—Mil ahora —dijo Holder—. Mil cuando regreses. —⁠ Su silueta hizo un gesto
hacia la lancha que aguardaba.
El otro hombre desconfiaba.
—¿Cómo sé que esa cosa será como tú dices?
—No la llames «cosa» —se quejó Holder⁠ —. No es un objeto. Es mi Lilith, mi
Lo-li-ta, mi exquisito súcubo de relojería. —⁠ Por un esperanzado momento, me
imaginé al cliente riendo despectivamente ante un argumento de ventas tan exaltado y
recuperando su sentido común; los burdeles de Baton Rouge publicitaban
abiertamente el sexo con máquinas manejadas por diestros titiriteros humanos, por
una fracción del precio normal. Aunque él imaginara la emoción especial de hacerlo
con un iada genuino, no podía saber si Holder tenía un cómplice que controlaba el
cuerpo de la barcaza exactamente de la misma manera. Incluso podía estar pagando
dos mil dólares por un títere manejado por el mismísimo Holder.
—Está bien. Pero si no es genuina…
Mi asistente oyó que el dinero cambiaba de manos y había elaborado modelos de
la situación bastante buenos como para saber de qué manera deseaba reaccionar yo.
—Muévete ahora —me susurró al oído.
Obedecí sin vacilar, dieciocho meses antes, me había entrenado como un perro de
Pávlov para obedecerlo rápidamente, con todo el dolor y la náusea que podía inducir
la química moderna. El asistente no podía manejar mis miembros —⁠ yo no podía
solventar esa elaborada cirugía⁠ — pero superponía sugerencias de movimiento en mi
campo visual, sistema que yo había adaptado a partir del software coreográfico
comercial, y entonces me aparté de los arbustos, caminando directamente hacia la
lancha.

Página 152
El cliente estaba indignado.
—¿Qué significa esto?
Miré a Holder.
—¿Quieres darle por el culo tú primero, Jake? Yo te lo sujeto. —⁠ No confiaba en
el control del asistente para ciertas cosas; él establecía los límites, pero era mejor que
me permitiera improvisar un poco y que luego considerara a mis acciones como una
parte más del medio ambiente.
Después de un momento de perplejo silencio, Holder dijo gélidamente:
—Jamás en mi vida he visto a este infeliz. —⁠ Sin embargo, había quedado sin
habla demasiado tiempo para inspirarle lealtad al extraño; mientras Holder buscaba
su arma, el cliente retrocedió, luego le dio la espalda y huyó.
Holder caminó lentamente hacia mí, apuntándome con la pistola.
—¿Cuál es tu juego? ¿La quieres a ella? ¿Es eso? —⁠ Sus implantes estaban
mapeando mi cuerpo activamente, ya que no había necesidad de ser sigiloso, pero yo
lo había estado siguiendo durante horas en Baton Rouge y mi asistente lo conocía
como a un plano arquitectónico. Sobre el gris iluminado por las estrellas de su figura,
el asistente superpuso un esquema, desollándolo hasta el cerebro, los nervios y los
implantes. Un enjambre de luciérnagas azules cobró vida en su córtex motriz,
prefigurando un peculiar encogimiento de hombros sin conexión evidente con el dedo
que se apoyaba en el gatillo; antes de alcanzar la intensidad que emitiría la señal de
los implantes para accionar la pistola, mi asistente dijo:
—Agáchate.
El disparo fue silencioso, pero mientras yo volvía a erguirme sentí el olor del
propelente. Dejé de pensar y seguí los pasos de baile. Mientras Holder avanzaba a
grandes trancos, agitando la pistola hacia mí, giré hacia un lado, aferré su mano
derecha y luego lo golpeé fuerte, repetidamente, en el implante que tenía a un costado
del cuello. Él era un fetichista, de modo que había escogido paquetes abultados,
intencionalmente visibles a través de la piel. No eran de bordes afilados ni rígidos, no
era tan masoquista, pero cuando se aplicaba la compresión suficiente hasta la espuma
biocompatible más blanda se convertía en un bloque de madera. Mientras yo
martillaba esa madera, enterrándola en los músculos de su cuello, le retorcía el
antebrazo hacia arriba. Soltó la pistola, puse un pie sobre ella y la pateé hacia los
arbustos.
Con ultrasonido, vi la sangre formando un charco alrededor de su implante. Hice
una pausa mientras se juntaba presión, luego volví a golpearlo y la hinchazón explotó
como una ampolla gigante. Se desplomó de rodillas, bramando de dolor. Tomé el
cuchillo de mi bolsillo trasero y se lo apoyé en el cuello.
Obligué a Holder a quitarse el cinturón y lo usé para atarle las manos detrás de la
espalda. Lo llevé hasta la lancha y cuando los dos estábamos a bordo le sugerí que le
diera las instrucciones necesarias. Con reticencia, cooperó. Yo no sentía nada; parte

Página 153
de mí seguía insistiendo en que la transacción que acababa de presenciar era una
estafa y que en la barcaza no había nada que no se pudiera encontrar en Baton Rouge.
La barcaza era vieja, de madera, y olía a preservativos y a una podredumbre
invencible; había paneles de plástico sucios en las ventanas de la cabina, pero lo
único que se veía era el reflejo de un brillo. Mientras cruzábamos la cubierta,
mantuve a Holder íntimamente cerca, suponiendo que si había un sistema de
seguridad armado, éste no se arriesgaría a balearnos a ambos.
En la puerta de la cabina, Holder dijo con resignación:
—No la maltrates. —Se me congeló la sangre y me tapé la boca fuertemente con
el antebrazo para ahogar un sollozo involuntario.
Abrí la puerta de un puntapié y no vi nada salvo sombras. Grité «¡Luces!» y dos
me respondieron, la del techo y la que estaba junto a la cama. Helen estaba desnuda,
encadenada por las muñecas y los tobillos. Levantó la vista y me vio, luego comenzó
a emitir un penetrante grito de horror.
Apreté la hoja del cuchillo contra la garganta de Holder.
—¡Abre esas cosas!
—¿Los grilletes?
—¡Sí!
—No puedo. No son inteligentes, están soldados.
—¿Dónde tienes las herramientas?
Dudó.
—Tengo una llave inglesa en el camión. El resto está en la ciudad.
Recorrí la cabina con la mirada; después lo conduje a un rincón y le dije que se
quedara allí, mirando a la pared. Me arrodillé junto a la cama.
—Shhh. Te sacaremos de aquí. —⁠ Helen se quedó callada. Le toqué la mejilla
con el dorso de la mano; no se sobresaltó, pero me miró fijamente, sin poder
creerlo⁠ —. Te sacaremos. —⁠ Los postes de madera de la cama eran más gruesos que
mis brazos; los eslabones de las cadenas, anchos como mi pulgar. No iba a poder
romper ninguna de esas cosas con las manos desnudas.
La expresión de Helen cambió: yo era real, no estaba alucinando. Embotada, dijo:
—Pensé que habías renunciado a buscarme. Que habías despertado a una de las
copias de seguridad. Que habías comenzado de nuevo.
—Nunca te abandonaré —le dije.
—¿Estás seguro? —Escudriñó mi rostro⁠ —. ¿Esto es el límite de lo posible?
¿Esto es lo peor que me puede pasar?
No tenía una respuesta para eso.
—¿Recuerdas —le dije— cómo hacer para volverte insensible, como cuando
hacíamos los cambios de cuerpo?
Me dedicó una sonrisa leve, triunfante.
—Absolutamente. —Había debido soportar la prisión y la humillación, pero
conservando el poder de desconectarse de sus sensaciones corporales.

Página 154
—¿Quieres hacerlo ahora? ¿Dejar atrás todo esto?
—Sí.
—Pronto estarás a salvo. Te lo prometo.
—Te creo. —Sus ojos se pusieron en blanco.
Le corté el pecho y extraje el Procs.
Francine y yo siempre llevábamos cuerpos y ropas de repuesto en el maletero de
nuestros coches. Se prohibía que los iada abordaran los vuelos de cabotaje, de modo
que Helen y yo viajábamos por la interestatal, hacia Washington D. C., donde
Francine se reuniría con nosotros. Podíamos pedir asilo en la embajada suiza; Isabelle
ya había puesto en marcha la maquinaria.
Al principio Helen permaneció callada, casi tímida conmigo, como si fuese un
extraño, pero el segundo día, mientras cruzábamos de Alabama a Georgia, comenzó a
abrirse. Me contó un poco de cómo había viajado, haciendo dedo, de estado en
estado, encontrando trabajos ocasionales donde le pagaran en efectivo y no le
pidieran un número de seguridad social y menos todavía una ID biométrica.
—El mejor fue cosechar fruta.
Había hecho amistades en el camino y revelaba su naturaleza a los que creía que
podían ser fiables. Todavía no estaba segura de si la habían traicionado. Holder la
había encontrado en un campamento precario, bajo un puente, y seguramente alguien
le había dicho exactamente dónde buscarla, pero también era posible que algún
allegado casual la hubiera reconocido por haber visto su rostro en los medios unos
años antes. Francine y yo nunca habíamos hecho pública su desaparición, nunca
habíamos puesto afiches ni páginas web, por miedo a agravar el peligro que pudiera
correr.
Durante el tercer día, mientras cruzábamos las Carolinas, viajamos casi en
silencio otra vez. El paisaje era imponente, con sus campos regados de flores, y Helen
parecía tranquila. Quizás esto era lo que más necesitaba: seguridad y paz.
Al aproximarse el crepúsculo, sin embargo, sentí que tenía que hablar.
—Hay algo que nunca te conté —⁠ le dije⁠ —. Algo que me sucedió cuando era
joven.
Helen sonrió.
—No me digas que te escapaste de la granja. Que te cansaste de ordeñar y te
fuiste con un circo.
Negué con la cabeza.
—Nunca fui un aventurero. Fue algo muy pequeño. —⁠ Le conté lo del ayudante
de cocina.
Evaluó mi relato un momento.
—¿Y ése es el motivo por el que construiste el Procs? ¿Es por eso que me hiciste?
Al final, todo se reduce a ese sujeto del callejón. —⁠ Sonaba más desconcertada que
enojada.
Bajé la cabeza.

Página 155
—Lo lamento.
—¿Por qué? —exigió—. ¿Lamentas que yo haya nacido?
—No, pero…
—No fuiste tú el que me puso en ese barco. Fue Holder.
—Te traje a un mundo donde hay gente como él —⁠ dije⁠ —. Lo que te hice te
convirtió en el blanco perfecto.
—¿Y si yo hubiera sido de carne y hueso? —⁠ dijo⁠ —. ¿Crees que no hay gente
como él para los que son de carne y hueso? ¿O crees honestamente que si tuvieras
una hija orgánica no habría ninguna posibilidad de que ella se escapara de casa?
Comencé a llorar.
—No lo sé. Sólo lamento haberte lastimado.
—No te culpo por lo que hiciste —⁠ dijo Helen⁠ —. Y ahora lo comprendo mejor.
Vislumbraste en ti una chispa de bondad y quisiste sostenerla entre tus manos,
protegerla, hacerla crecer. Lo entiendo. Yo no soy esa chispa, pero no importa. Sé
quién soy, sé cuáles son mis opciones, y me alegro por eso. Me alegro de que me
hayas dado eso. —⁠ Estiró el brazo y me apretó la mano⁠ —. ¿Piensas que aquí y ahora
me sentiría mejor sólo por saber que alguna otra versión de mí ha manejado la
situación mejor que yo? —⁠ Sonrió⁠ —. Saber que otra persona la está pasando bien no
le sirve de consuelo a nadie.
Recuperé la compostura. El automóvil emitió un bip para avisarme que había
reservado habitación en un motel ubicado unos kilómetros más adelante.
—He tenido tiempo para pensar en muchas cosas —⁠ dijo Helen⁠ —. Sin importar
lo que digan las leyes, lo que digan los intolerantes, todos los iada somos parte de la
raza humana. Y lo que yo tengo es algo que casi todas las personas que han existido
siempre han pensado que poseían. La psicología humana, la cultura humana, la moral
humana… todas ellas evolucionaron con la ilusión de que vivíamos inmersos en una
historia única e individual. Pero no es así, de modo que, a la larga, habrá que ceder.
Acúsame de anticuada, pero prefiero que nos pongamos a juguetear con nuestra
naturaleza física que abandonar por completo nuestras identidades.
Me quedé en silencio un rato.
—Entonces, ¿qué planes tienes ahora?
—Necesito educación.
—¿Qué quieres estudiar?
—Todavía no estoy segura. Un millón de cosas diferentes. Pero sí sé lo que
quiero hacer a largo plazo.
—¿Sí? —El auto salió de la carretera, rumbo al motel.
—Tú comenzaste —me dijo—, pero no es suficiente. Hay gente que vive en
billones de otras realidades donde el Procs aún no se ha inventado… y, como están
las cosas, siempre habrá realidades que no lo tendrán. ¿Qué sentido tiene que
nosotros lo tengamos si no podemos compartirlo? Todas esas personas merecen
disfrutar del poder de tomar sus propias decisiones.

Página 156
—El viaje de una realidad a otra no es un problema sencillo —⁠ le expliqué con
ternura⁠ —. Es muchos órdenes de magnitud más difícil que el Procs.
Helen sonrió, dándome la razón, pero las comisuras de su boca adoptaron esa
expresión porfiada que yo reconocía como la precursora de mil pequeñas victorias.
—Dame tiempo, papá —dijo—. Dame tiempo.

Fin de «Singleton».

Página 157
GREG EGAN. Escritor y matemático australiano, Greg Egan es un autor dedicado a
la literatura de ciencia ficción, destacando por su estilo dentro de la llamada «ciencia
ficción hard», en la que prima la corrección científica.
Egan ha ganado premios tanto a novela, el John W. Campbell Memorial, como a
relato, recibiendo el Hugo y el Locus en 1998.

Página 158
Notas

Página 159
[1]
Grupo de jóvenes. Toma su nombre de un juego muy antiguo cuyo objetivo es
embocar discos en una vasija. [N. del T.] <<

Página 160

También podría gustarte