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7 Viajes A Traves Del Tiempo y Del Espacio

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Una resplandeciente galaxia de auténticas aventuras de Ciencia Ficción…

Las pasiones de hoy en todas las posibilidades que existan en el mañana…


Profundidades que aún no sabemos cómo soñar… deseos que no podemos imaginar.
Una selección de los mejores nombres coleccionados en imaginativa ficción por uno
de los especialistas más renombrados…

Página 2
AA. VV.

7 viajes a traves del tiempo y del


espacio
ePub r1.1
Titivillus 23.04.2023

Página 3
AA. VV., 1972
Autores: Larry Niven, Cordwainer Smith, Jonathan Blake Mackenzik, J. T. McIntosh, Kris Neville,
Frank Herbert, H. Beam Piper
Traducción: Rafael Zavala

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
CONTENIDO

INTRODUCCIÓN
Por Groff Conklin

EL TERRIPLANO
Flatlander (1967)
Por Larry Niven

EL CRIMEN Y LA GLORIA DEL COMANDANTE SUZDAL


The Crime and the Glory of Commander Suzdal (1964)
Por CORDWAINER SMITH

EL PLANETA SANDAROTH
Overproof (1965)
Por Jonathan Blake Mackenzik

UN PLANETA POBRE
Poor Planet (1964)
Por J. T. McIntosh

LA GUERRA DE SHAMAR
Shamar's War (1964)
Por Kris Neville

EL SABOTEADOR JUICIOSO
The Tactful Saboteur (1964)
Por Frank Herbert

MINISTERIO DE DISTURBIOS
Ministry of Disturbance (1958)
Por H. Beam Piper

Página 5
INTRODUCCIÓN

El 16 de septiembre de 1967 en la sección del diario «The New Yorker» titulada «La
Comidilla de la Ciudad», presentaron un reporte de la vigésima quinta convención
anual del Mundo de Ciencia Ficción, que tuvo lugar en el hotel Statler Hilton de la
ciudad de Nueva York. El reporte daba principio asentando el hecho de que «The
New Yorker» había tenido noticia de que se había desatado un debate entre los
Anticuados Futuristas y los escritores de la «Nueva Ola». Los primeros deseaban que
los escritores de Ciencia Ficción continuaran escribiendo acerca del futuro como ellos
lo habían hecho siempre, y los segundos que estaban resueltos a arrastrar el estilo,
aunque para ello fuera necesario dar de puntapiés o gritar, hacia el siglo Veintiuno en
el cual, de acuerdo con uno de los mismos de la «Nueva Ola», lo que se deseaba era
«libertad absoluta», «verdadero sexo, drogas efectivas e ideales realmente
impresionantes acerca de la sociedad». Fue mencionado William Burroughs como un
modelo para que lo imitaran esos adelantados de ciencia ficción.
Ahora bien, no tenemos nada en teoría contra esa «Nueva Ola», ni contra ningún
esfuerzo efectivo para ampliar y enriquecer la ciencia ficción con nuevos materiales y
conceptos, pero siempre considerando que las novelas sean buenas. El problema
parece radicar en que las obras de muchos de los escritores de la avanzada de ciencia
ficción tienen muy poco que los recomiende, con excepción de su valor
impresionante, y eso no es suficiente.
De manera que permítanme que ponga su mente en descanso: en la colección que
presento, que pertenece a la «Vieja (pero no cansada) Ola» de ciencia ficción, hay por
supuesto algunas ideas verdaderamente impresionantes acerca de la sociedad, ya que
es y siempre ha sido una de las principales preocupaciones de la ciencia ficción
adulta, pero si es que hay algo, es muy poco, el material verbal verdaderamente
impresionante el que caracteriza la mayoría de las obras de la postadolescencia.
Aún más. Cada una de esas obras están basadas solamente, no en el siglo
Veintiuno (que realmente resultó ser algo más que el último tercio del siglo Veinte,
llevado hasta los extremos), sino diversos tiempos mucho más distantes en el
desarrollo de los viajes espaciales, circunvolando entre las estrellas, investigando
distancias inimaginables y sociedades distintas.
Lo que estos cuentos tienden a demostrar es hasta qué punto puede lógicamente
ser esperado que esas remotas entidades reflejen el crecimiento naciente, la
diversificación, los errores de juicio y suicidas locuras de nuestro propio mundo
tristemente defectuoso.
Lo «nuevo» es casi siempre lo viejo y conocido, vestido con el aparejo
aparentemente extraterrestre de los avances de un futuro tecnológico y científico. Por
otro lado, la verdadera novela es encontrada en los cuentos de la imaginación que se

Página 6
aleja de los polos de la ciencia de nuestros días, y describe mundos y seres de
posibles mañanas de modo que parezcan reales y al mismo tiempo le proporcionan al
lector la sensación inolvidable de extender las alas de su propia imaginación.
Esa es la clase de relatos que ustedes encontrarán en estos siete emocionantes
cuentos que encierran el contenido de este libro.
Groff Conklin

Página 7
EL TERRIPLANO

Larry Niven

Página 8
I
Sucedió que la mujer más hermosa de las que iban a bordo tenía un marido de
costumbres tan solitarias que no fue sino hasta la segunda semana cuando supe de su
existencia.
Medía aproximadamente un metro sesenta centímetros, de mediana edad, pero
ostentaba sobre su hombro un tatuaje diabólico, lo que quería decir que había estado
en Kzin durante la guerra de hacía treinta años, lo que significaba que había sido
entrenado para matar con el solo uso de sus manos, o de sus pies, o con los codos,
rodillas o sin necesidad de ningún arma, a kzinties adultos.
Cuando nos encontramos por primera vez, él, muy decentemente me hizo la
primera advertencia y para probarme que la hacía en serio, me fracturó un brazo. Aún
estaba adolorido un día después, y para mí, todas las mujeres a bordo del «Lensman»
parecían de una edad de más de doscientos años.
Sin ninguna compañía tomaba yo mis tragos. Malhumorado eché un vistazo hacia
el espejo colocado detrás de la barra ondulada de la cantina. Con el mismo mal
humor el espejo me devolvió la mirada.
—Oiga. Usted del «aquello que hicimos». ¿Qué de dónde soy yo?
Aquel se sentaba dos sillas más allá y me miraba. Sin la barba debía tener una
cara redonda, casi petulante… eso creí. Esa barba suya, corta y de color negro,
cuidadosamente arreglada, lo hacía verse como una cruz entre Zeus y un perro
bulldog enojado. La mirada hacía juego con su barba. Sus dedos chatos se enredaban
alrededor de un gran vaso que contenía alguna bebida, aferrándose en un apretón de
muerte. Su estómago abultado no desentonaba con lo ancho de sus hombros y le daba
un aspecto más bien de hombre fornido que gordo.
Era obvio que a mí era a quién se dirigía. Entonces le pregunté:
—¿Qué quiere usted decir con que, qué es usted?
—¿De dónde soy?
—De la Tierra.
No había que preguntárselo. El acento con que hablaba era terrestre. La simetría
conservadora con que estaba recortada su barba, también lo indicaba. Su respiración
inconscientemente natural en la atmósfera estándar de la nave y su constitución
habían sido forjadas con una graduación de 1.0 «G».
—¿Entonces, qué soy?
—Un terriplano.
El fulgor de su mirada aumentó. Obviamente él había llegado a la cantina mucho
antes que yo.
—¡Un terriplano! ¡Maldita sea! Adondequiera que voy se me dice que soy un
terriplano. ¿Sabe usted cuántas horas me he pasado en el espacio?
—No. Pero lo suficiente como para saber la manera de usar un gran vaso para
beber.

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—¡Qué gracioso! ¡Muy gracioso! En cualquier sitio del espacio humano un ser
terriplano es un novato que nunca llega más allá de la atmósfera. En cualquier sitio
menos en la Tierra. Si usted proviene de la Tierra, entonces será por el resto de su
vida un ser terriplano. Durante los últimos cincuenta años he andado vagando por
todo el espacio humano, ¿y qué soy? Un ser terriplano. ¿Por qué?
—Terrícola es un término despectivo.
—¿Y qué es un ser de «Aquello que hicimos»? —inquirió.
—Yo soy del Mundo Destrozado. No nací dentro del perímetro de ochenta
kilómetros de la ciudad «Tierra Destrozada», pero de cualquier manera me considero
de allí.
Eso provocó una mueca de desagrado en él. Así lo creí. Era difícil de precisarlo
con esa barba suya. Enseguida añadió:
—Por fortuna no es usted piloto.
—Lo soy. Y lo he sido.
—No bromee. ¿Acaso dejan a uno de su mundo que pilotee una nave?
—Si lo hace bien…
—No fue mi intención provocar su ira, señor. ¿Me permite presentarme? Me
llamo Elefante.
—Y yo Beowulf Shaeffer.
Me compró un trago y le pagué otro. Por coincidencia los dos sabíamos jugar el
«gin», de modo que llevamos nuestras bebidas recién servidas a una mesita de juego.

Cuando era yo niño acostumbraba pararme a la orilla del puerto espacial de «Mundo
Destrozado» para observar las naves que llegaban. Con curiosidad veía a la multitud
de pasajeros que salían de sus transportes y se movían en grupo hacia la oficina de
aduanas y me preguntaba por qué parecía que todos habían tenido problemas en su
navegación. La mayoría de los nacidos en las estrellas siempre caminaban
zigzagueando, balanceándose y entrecerrando los ojos lacrimosos contra la luz del
sol. Pensaba entonces que se debía a que venían de mundos diferentes con
gravedades distintas y atmósferas raras bajo soles extrañamente coloreados.
Años después supe que las causas eran otras.
En una nave inter-espacial no hay ventanillas para los pasajeros. Si las hubiera la
mitad de los que viajaran perderían el juicio. Es necesaria una mentalidad
extraordinaria para observar la apariencia de un sitio sin vista alguna del hiperespacio
y mantenerse en sus cabales. Para los pasajeros no hay nada que ver ni nada que
hacer; si a usted no le agrada leer durante dieciséis horas al día, entonces tendrá que
dedicarse a beber.
Dos días después de que conocí a Elefante, la nave aterrizó en Los Ángeles.
Había sido un excelente compañero de trago. Hicimos una buena pareja con las cartas
de la baraja. Él, con su agudo sentido para el juego y yo con mi suerte natural. Con lo

Página 10
que charlamos casi supimos tanto el uno acerca del otro como cualquiera sabe acerca
de cualquiera. En cierto modo sentí verlo partir.
—¿Tiene usted mi número? —me preguntó.
—Sí, pero como le dije, no sé lo que haré —y le decía la verdad. Cuando
exploraba un mundo civilizado me gustaba llevar a cabo mis propios
descubrimientos.
—Bueno. Llámeme si tiene una oportunidad. Me gustaría que cambiara su modo
de pensar. De verdad que me agradaría enseñarle algo de la Tierra.
—Le doy las gracias. Adiós, Elefante. Me divertí mucho.
Elefante se despidió agitando una mano y se volvió hacia la puerta de salida de
los originarios de la Tierra. Yo me dirigí para encararme con los aduaneros
antitraficantes. Aún tenía yo en la cabeza la última copa, pero ya me la curaría en el
hotel. Nunca esperé ver de nuevo a Elefante y realmente no volví a verlo más.
Hacía nueve días que había yo estado en Jinx y había sido rico. Y también había
estado deprimido.
El dinero y la depresión habían brotado de la misma fuente. Los titiriteros, esos
seres de dos cabezas y tres piernas, cobardes profesionales y dedicados a los
negocios, me habían engatusado para guiar un nuevo tipo de nave espacial a través
del vacío para llegar hasta el mismo corazón de la vía láctea, a una distancia de
treinta mil años luz. El viaje tenía fines publicitarios a fin de obtener dinero para
corregir las imperfecciones de la misma nave que yo piloteaba.
Supongo que yo debía haber tenido un poco más de sentido común, pero nunca lo
tuve y lo que me ofrecieron era muy atractivo. El problema fue que el corazón hacia
donde me dirigía había explotado antes de que yo llegara a él. Ese centro de estrellas
se había desbaratado en una cadena de reacciones de «novas» hacía diez mil años, y
aun cuando yo me acercaba a ese centro y hasta la fecha, una ola de radiación barría
metódicamente hacia el espacio conocido.
En solamente un poco más de veinte mil años, todos nos encontraremos en un
peligro mortal.
¿No le preocupa? Tampoco a mí me importó mucho. Pero todos esos titiriteros
del espacio conocido desaparecieron de la noche a la mañana, dirigiéndose solo
sabiendo Júpiter hacia cuál otra galaxia.
Estuve muy deprimido. Eché de menos a los que me engatusaron y odié el
saberme responsable de su huida. Tenía tiempo y dinero y una negra melancolía que
disipar. Además, siempre había deseado conocer la Tierra.

Página 11
II
La Tierra despedía muy buenos olores. Tenía un sabor agradable, algo que se
respiraba con placer, totalmente distinto a lo que yo conocía. Esa diferencia entre el
sabor del agua de manantial con el agua destilada. En cada movimiento respiratorio
impregnaba mi ser de las mismas moléculas que respiraron Dante, Aristóteles,
Shakespeare, Heinlein, Carter y mis propios ancestros. Los átomos de industrias
pasadas flotaban en el aire, aunque no se percibían con el olfato, se sentían: la
gasolina, el viejo olor del carbón, del tabaco y de los cigarrillos con filtro; los olores
del aceite diésel y de las cervecerías. Salí de la oficina de aduanas con los pulmones
hinchados y con una mirada inquisidora.
Pude haber tomado directamente una caseta de traslado para el hotel pero resolví
caminar primero un poco.
Por lo visto todos los que nos encontrábamos sobre la Tierra habíamos tomado la
misma decisión.
El camino para los transeúntes se veía atiborrado con una multitud que yo nunca
me había imaginado. Los había de todas formas y colores y se vestían semejando una
visión fantasmagórica. La diversidad de colores afectaba la vista y lo hacía a uno
divagar. En cualquier mundo del espacio humano, en cualquiera menos en uno, usted
sabe inmediatamente quiénes son los aborígenes. ¿Estaba yo entonces en la Tierra de
las maravillas? Las barbas asimétricas marcaban la nobleza, y la gente común era
aquella que se apartaba rápidamente del camino. ¿De «Aquello que hicimos»? El
tinte de nuestra piel en el verano y en el invierno; en la primavera y el otoño; el hecho
de que todos los que formábamos las razas de allá arriba, por encima de las ciudades
sepultadas y en la lejanía de los desiertos florecientes, ansiosos de probar la luz del
sol mientras descansaban los vientos asesinos.
¿Jinx? Allá los aborígenes son de baja estatura, gruesos y fuertes; el apretón de
manos de una dulce ancianita puede aplastar el acero. Aun en el cordón de asteroides,
dentro del sistema solar, una faja de cabellos bien recortada adorna la cabeza de
hombres y mujeres. ¡Pero en la Tierra…!
Ni siquiera dos se parecían. Los había rojos, verdes y azules, amarillos y color
naranja, a cuadros y rallados. Estoy refiriéndome a sus cabellos, ustedes me
entienden, y a su piel. Durante toda mi vida he usado píldoras de secreción para
proteger mi piel contra los rayos ultravioletas, de modo que mi tinte ha variado desde
su blanco rosado normal (yo soy un albino) hasta (bajo el influjo de las estrellas azul
claro) un tono negruzco. Pero no había sabido que existieran otras píldoras que
pintaran la piel de otros colores.
Parecía que había yo echado raíces en aquel camino para transeúntes y me dejé
llevar sin esfuerzo de mi parte, observando cómo la multitud se arremolinaba en
torno mío. Todo eran rodillas y codos. Para el otro día estaría yo cubierto de raspones
y magulladuras.

Página 12
—¡Oiga!
La muchacha que me llamaba se encontraba a unas cuatro o cinco cabezas
adelante de mí y era de baja estatura. Nunca la hubiera visto si todos los demás no
hubieran sido también de estatura semejante. Los del mundo plano alcanzan
raramente dos metros de estatura. Y allí estaba esa chica, con su cabello que era una
explosión topológica en la que se mezclaban los colores naranja y plateado; el tinte
de su rostro era un verde pálido, con amplias cejas negras y lápiz labial, agitaba en el
aire algo y me llamaba a gritos.
Lo que agitaba era mi billetera.
Me abrí paso en dirección de ella, hasta que estuve lo suficientemente cerca para
tocarla, hasta que pude oír por entre todo el barullo lo que estaba diciéndome.
—¡Tonto! ¿En dónde está su dirección? Ni siquiera le ha dejado espacio para una
estampilla de correos.
—¿Qué?
Se vio sorprendida.
—¡Oh! Usted es de otro mundo.
—¡Sí! —El tono de mi voz rápidamente se elevó muy por encima del nivel de
aquel ruido.
—Pues bien, mire —se acercó más a mí—. Mire, usted no puede caminar por
aquí con esta billetera de otro mundo. La próxima vez quizá alguien le meta la mano
en el bolsillo y usted no lo advierta hasta que esté lejos.
—¿Quiere decir que usted metió la mano en mi bolsillo?
—¡Por supuesto! ¿Cree que la encontré? ¿Piensa que expondría mis preciosas
manos por debajo de esos tacones puntiagudos?
—¿Y si llamara a un policía?
—¿A un policía? Oh, a una cara de piedra —dijo riéndose alegremente—.
Aprenda o váyase, hombre. No hay ninguna ley contra los carteristas. Vea en su
derredor.
Eché una rápida mirada alrededor y con prontitud me volví hacia ella temeroso de
que escapara. En mi billetera no solamente estaba mi efectivo sino un giro contra el
banco de Jinx, bueno por cuarenta mil estrellas. Era todo lo que yo poseía.
—¿Los ve? —continuó ella—. Sesenta y cuatro millones de gentes en Los
Ángeles únicamente. Ochenta billones en el mundo. Supongamos que hubiera una ley
contra los carteristas. ¿Cómo íbamos a aplicarla? —Hábilmente extrajo de mi
billetera el dinero y me la devolvió—. Consígase una nueva y deprisa. Tendrá un
lugar para su dirección y una ventanita para una estampilla de la décima estrella.
Ponga inmediatamente su dirección y la correspondiente estampilla. De ese modo el
próximo que la tenga podrá sacar el dinero y depositar la billetera en el buzón de
correos más cercano, así no tendrá problemas. De otro modo perderá usted sus
tarjetas de crédito, sus identificaciones, todo —tomó entonces billetes por doscientas

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estrellas espaciales y los colocó entre sus senos, y mientras me volvía la espalda me
dirigió una amplia sonrisa.
—Gracias —le dije. Sí, aún le di las gracias. Todavía estaba sorprendido, pero no
había duda de que me había proporcionado una buena ayuda. Bien podía haber
desaparecido con la cartera y toda mi fortuna.
—Todo fue gratis —me dijo en respuesta a mis gracias y se alejó.
En la primera caseta de traslado que vi, deposité una moneda de media estrella y
marqué el número de Elefante.

El vestíbulo era impresionante.


Ya había yo esperado un vestíbulo. ¿Para qué poner una caseta de traslado en el
interior de su propia casa, en donde cualquier raterillo pudiera penetrar simplemente
marcando su número? Cualquiera que pudiera pagar el alquiler de una caseta de
traslado privada también podía pagar un vestíbulo con una puerta dotada de cerradura
y un switch de intercomunicación.
Había un vestíbulo pero era del tamaño de una sala, amueblado con sillas para
masaje y una maquinita automática para operarlas. También estaba el
intercomunicador, pero era un videófono simple construido hacía trescientos años y
reconstruido quizá a un ciento de veces su costo original. Se veía una puerta doble de
un material que parecía bronce pulido, con dos manijas talladas enormes y la altura
de la puerta era de tres metros.
Ya había yo sospechado que Elefante era una persona de posibles, pero eso era
demasiado. Pensé que nunca lo había visto completamente sobrio y que de hecho
había yo declinado su oferta para que me sirviera de guía, ya que simplemente una
mañana después de nuestra despedida habría borrado mi imagen de su memoria.
¿Debería yo entonces retirarme? ¿No había yo querido explorar la Tierra solo?
¡Pero yo no conocía los reglamentos!
Me salí de la caseta y eché un vistazo a la pared trasera. No era más que una
ventana pintada, con nada en el exterior. Solamente un cielo azul clarísimo. Cuán
peculiar, pensé, y me acerqué más.
Elefante vivía en la ladera de una montaña. Una escarpada montaña de casi dos
kilómetros de altura.
El teléfono sonó.
Al tercer llamado lo contesté con el único propósito de que el ruido cesara.
Se oyó una voz imperiosa que dijo:
—¿Hay alguien allí?
—Temo que no —contesté—. ¿Vive aquí una persona llamada Elefante?
—Voy a ver, señor —dijo la voz. No se iluminó la pantalla pero tuve la sensación
de que alguien me había visto muy claramente.

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Los segundos se arrastraron. A medias me vino un deseo de saltar a la caseta de
trasbordo y marcar al acaso cualquier número. Pero ese deseo fue solo a medias, y ese
fue el problema. Entonces se iluminó la pantalla y apareció Elefante.
—¡Bah! ¡Cambió su modo de pensar!
—Sí, usted no me dijo que era rico.
—No me lo preguntó.
—Bueno, no, por supuesto que no.
—¿Y cómo espera saber las cosas si no pregunta? No me responda. Cuelgue,
bajaré enseguida. ¿Cambió de modo de pensar? ¿Me dejará que le enseñe la Tierra?
—Sí, lo dejaré. Estoy asustado y no me atrevo a salir solo.
—¿Por qué? No, no me conteste, me lo dirá en persona —y colgó.
Segundos más tarde las enormes puertas de bronce giraron produciendo un ruido
de huesos que se quiebran. Apenas se entreabrieron para dejar paso a Elefante. Me
jaló hacia el interior y casi sin darme tiempo para parpadear me puso en la mano una
bebida y me preguntó por qué tenía yo temor de salir solo.
Le conté lo de la carterista y lo celebró riéndose. Me contó a su vez acerca de
cuando trató de salir en «Aquello que hicimos» durante el verano. Yo también reí con
ganas, aunque ya había yo oído acerca de los extraños en aquel mundo que eran
desaparecidos y cuando Hades pasó por lo mismo. Con sorpresa nos sentimos
alejados, dejando de reír. Ocurrió como en la nave inter-espacial, aún al final de la
anécdota de Elefante.
—Naturalmente de un tonto procedente del mundo plano —terminó.
—En eso he estado pensando —le dije.
—¿Acerca de qué?
—Me dijo que tendría que hacer algo completamente original, de manera que la
próxima vez que alguien le llame un terriplano, arrincónelo y oblíguelo a que oiga su
historia. La ha dicho varias veces.
—No solamente he dicho eso. Pero me gustaría tener algo que contar, algo como
su episodio de la estrella neutrona. Aunque fuera solo para contármela a mí mismo.
El tonto de otro mundo no la entendería pero yo sí.
Estuve de acuerdo con él. Mi episodio de la estrella neutrona al cual se refería,
había sido mi primer encuentro con un titiritero. Este me sobornó para llevarme a una
de sus naves, una de esas con casco invulnerable de la «General Products» construido
especialmente para esos manejadores de hombres títeres y me hizo volarla en una
órbita hiperbólica a una distancia de kilómetro y medio de una estrella neutrona. Fue
la única en su clase que yo jamás haya encontrado y yo fui el segundo hombre que
alguna vez haya efectuado viaje semejante. El primer viaje que llevó a cabo con su
esposa lo hizo con una nave del mismo tipo. Se les encontró con la nariz de la nave
aplastada, que le privó de su forma original, ocasionado por alguna fuerza
desconocida. El peligro realiza cosas maravillosas para mi bien conocida pereza
mental. Con solo dos minutos a mi disposición me había dado cuenta de la clase de

Página 15
fuerza desconocida que atacó su nave y me arrastré hasta el tubo de acceso para
reparación y pude evitar un nuevo desastre. Esto se lo conté a Elefante mientras
jugábamos a las cartas, una vieja costumbre que adquirí para distraer a mis
oponentes, y Elefante se sintió impresionado con mi relato.
—He pensado acerca de un par de cosas que usted podría hacer —le dije.
—Escúpalas.
—Primera. Visite el mundo de los titiriteros. Nadie ha estado por allá, pero todos
saben que hay uno y que es muy difícil de encontrar. Usted podría ser el primero.
—¡Grandioso! —exclamó—. ¡Grandioso! Y los titiriteros no podrían detenerme
porque habrán salido. ¿En dónde está ese mundo?
—No lo sé.
—¿Cuál es su segunda idea?
—Pregunte a los de otros espacios.
—¿Cómo?
—No hay un sistema de la galaxia acerca del cual no tengan conocimiento los de
otros espacios. No sabemos hasta dónde pueda extenderse el imperio de los titiriteros,
aunque sí sabemos que está más allá del espacio conocido, pero nada conocemos
acerca de los moradores de otros espacios. Ellos conocen la galaxia y cambian
información; creo que es lo único que hacen. Pregúnteles cuál es el mundo más
singular que conocen dentro de nuestro alcance.
Elefante asentía calladamente. Se advertía una mirada brillante en sus ojos. No
había yo estado seguro de la seriedad con que tomaba el llevar a cabo alguna
conquista singular. Pero sí hablaba en serio.
—El problema estriba —continué—, en que lo que para nosotros pueda ser
singular, para los de otros espacios no podrá serlo… —dejé de hablar porque Elefante
se había puesto de pie y apresuradamente se dirigía a un trifono.
No sentí la interrupción. Me dio la oportunidad de curiosear a mí alrededor.
Yo había estado en casas más grandes que la de Elefante. Mucho más grandes.
Crecí en una de ellas. Pero nunca había visto una sala que halagara la vista como esa
de Elefante. Era una ilusión de óptica, lo opuesto a esas imágenes en blanco y negro
que nos muestran en esas conferencias para enseñarnos la forma en que vemos. Esos
muchachitos clínicos de Arte Óptica dan la ilusión del movimiento; pero la sala de
Elefante daba la ilusión de la inmovilidad. Un físico hubiera quedado enamorado de
esa sala a prueba de ruidos. Un decorador de interiores sin duda que se había hecho
famoso con la obra realizada allí; esto si ya no era famoso anteriormente, en cuyo
caso de todos modos con ese trabajo no había duda de que se había enriquecido.
¿Cómo era posible que el alto y delgado Beowulf Shaeffer pudiera encajar en una
silla diseñada para el tamaño del voluminoso Elefante? Sin embargo me encontraba
con el cuerpo suelto hasta los huesos, sorprendentemente a gusto, moviendo
únicamente los músculos necesarios para sostener un gran vaso de cristal grueso

Página 16
conteniendo una bebida suave, refrescante y de un sabor muy singular, llamada
cerveza Tazlotz.
El vaso jamás se escanciaría. En algún sitio del cristal se encontraba un motor
diminuto conectado con la cantina con el propósito de mantenerlo siempre lleno. Pero
la luz proyectada en el cristal escondía ese aditamento. Otra ilusión óptica y sin duda
una que había inducido a muchos hombres buenos al alcoholismo. Tendría yo que
vigilar eso.
Elefante regresó. Caminaba como si pesara toneladas, como si algún kzin lo
suficientemente tonto para interponerse en su camino tuviera un agujero en él.
—Todo está listo —me dijo—. Don Cramer buscará la nave de otros espacios
más cercana y me hará el arreglo. En un par de días tendremos noticias.
—Está bien —le dije, y le pregunté acerca de la montaña en la cual se encontraba
construida su casa. Resultó que nos encontrábamos en las Montañas Rocallosas y que
él era el dueño de hasta el último centímetro cuadrado de la cara casi vertical de esa
montaña. ¿Por qué? Recordé los ochenta billones de habitantes de la Tierra y llegué a
la conclusión de que si no tuviera su casa en un sitio como este se hubiera visto
rodeado de gentes por todas partes.
De pronto Elefante recordó que alguien llamado Diana debía estar en esos
momentos en su casa. Lo seguí a la caseta de traslado, observé cómo marcaba ocho
números y esperé en un vestíbulo mucho más pequeño mientras Elefante hacía uso
del intercomunicador más moderno.
Diana parecía dudar acerca de permitirle la entrada hasta que Elefante rugió que
tenía un huésped y que ella debía dejarse de tonterías.
Era Diana una mujer hermosa y pequeña, con lo más profundo de su piel del rojo
uniforme del cielo marciano y los cabellos que caían sobre su espalda parecían como
una cascada de plata. El iris de sus ojos tenía el mismo color plateado bruñido. No
había querido permitimos entrar porque ambos usábamos nuestras propias dermis,
pero una vez que estuvimos dentro no volvió a mencionarlo.
Elefante me presentó con Diana y al momento le dijo que había hecho los
arreglos necesarios para ponerse en contacto con los de otros espacios.
—¿Cómo son los de otros espacios? —preguntó ella con repentino interés.
—Son difíciles de describir —le dije—. Piense en un gato de nueve colas con un
martillo grueso.
—Viven en mundos fríos —intervino Elefante.
—Mundos pequeños, fríos, sin aire como Nereida. Pagan alquiler para utilizar
Nereida como base, ¿no es así, Elefante? Y viajan por entre la mayoría de la galaxia
en grandes naves no presurizadas, con guías de fusión y sin hiperguías.
—Venden información. Ellos pueden decirme acerca del mundo que quiero
encontrar, el planeta más raro en el espacio conocido.
—Se pasan la mayor parte del tiempo rastreando semillas de estrellas.
Diana interrumpió:

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—¿Por qué?
Elefante y yo cruzamos una mirada.
—¡Oiga! —exclamó Elefante—. ¿Por qué no buscar a alguien más para hacer un
cuarto en el «bridge»?
Diana se veía pensativa. Entonces volvió sus ojos plateados hacia mí, me
examinó de pies a cabeza y hablando consigo misma se dijo:
—Sharrol Janss. La llamaré.
Mientras ella telefoneaba, Elefante me dijo:
—Fue una buena idea. Sharrol tiene una tendencia hacia la adoración de los
héroes. Es una analista de computación que trabaja para la Compañía de Cerebros
Donovan. Le gustará.
—Muy bien —comenté preguntándome si aún estábamos hablando del juego de
«bridge». Me asaltó la idea de que estaba poniéndome en deuda con Elefante—.
Elefante —le dije—, cuando entre en contacto con los de otros espacios me gustaría
acompañarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Necesitará un piloto. Y ya he tratado antes con los extraespaciales.
—Está bien. Trato hecho.
Sonó en el vestíbulo el intercomunicador y Diana fue hacia la puerta regresando
con nuestra cuarta compañera de juego.
—Sharrol, ya conoces a Elefante y este es el señor Beowulf Shaeffer, del mundo
«Aquello que hicimos». Beo, esta es la…
—¡Usted! —le dije.
—¡Usted! —dijo ella.
Era la carterista.

Página 18
III
Mis vacaciones duraron solo cuatro días. No había tenido idea de cuán largas irían a
ser ni cómo irían a terminar. Consecuentemente me arrojé a ellas en alma y cuerpo. Si
hubo algún momento de aburrimiento en esos cuatro días, lo pasé dormido y tengo
que decir que no dormí gran cosa. Parecía que Elefante se sentía del mismo modo.
Vivía hasta el último momento y muy intensamente; debió haber sospechado, como
yo, que si los extraespaciales no considerarían el peligro como un factor al elegir su
planeta. Por la propia ética de ellos se inclinarían a no tomarlo así. Los días de la vida
de Elefante podrían estarse acortando.
Hubo incidentes enterrados en esos cuatro días que me hicieron preguntarme por
qué Elefante andaba en busca de un mundo sobrenatural. Con seguridad que la Tierra
era el más extraño de todos…
Recuerdo cuando arrojamos las cartas y resolvimos salir a comer. Esto era más
complicado de lo que parece. Elefante no había tenido oportunidad de cambiar su
estilo de terriplano, y ninguno de nosotros estaba como para ser visto en público.
Diana entonces nos proporcionó cosméticos.
Yo sucumbí a un impulso original. Me vestí como albino.
Lo que nos proporcionó Diana no fueron píldoras, sino pintura para el cuerpo.
Cuando terminé de aplicármela, vi en el gran espejo reflejada la imagen de un yo más
joven. Pupilas de un rojo sangre, cabellos blancos como la nieve, piel pálida
transparente con un tinte rosado brotando de la epidermis: el quinceañero que había
desaparecido hacía muchas edades, cuando tenía yo los años suficientes para usar
píldoras que coloreaban la piel. Mi mente vagó muy atrás a través de las décadas;
hasta los días aquellos en que yo también fui un terriplano, cuando posaba
firmemente los pies sobre la tierra y mi cabeza nunca alzaba más de dos metros y
medio por arriba de las arenas desérticas… Me encontraron allí, frente al espejo y
resolvieron que mi público estaba listo para recibirme.
El recuerdo de esa noche lo conservo, cuando Diana me dijo que había conocido a
Elefante por siempre.
—Yo fui quien bautizó a Elefante —dijo ella con petulancia.
—¿Es un apodo?
—Por supuesto —contestó Sharrol—. Su nombre real es Gregory Pelton.
—¡Oooh!
De pronto se aclaraba todo. Gregory Pelton era conocido entre todas las estrellas.
Se rumoraba que era propietario de una esfera en bruto de treinta años luz de ancho,
llamada espacio humano, y que obtenía sus ingresos alquilándola. También corrían
rumores que la compañía «General Products», ostensiblemente administrada por las
especies de titiriteros y entonces muerta por la ausencia de los mismos, era un frente
para Gregory Pelton. Pero sí era un hecho que su abuela de hacía generaciones había
inventado la caseta de traslado y que Pelton era ¡inmensamente rico, rico, rico!

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Le pregunté a Diana:
—¿Y por qué Elefante? ¿Por qué ese apodo en particular?
Diana y Sharrol se miraron maliciosamente y Elefante dijo:
—Use su imaginación, Beo.
—¿Para qué? ¿Qué es un elefante, sino una clase de animal?
Tres rostros registraron disgusto. Con seguridad que no había yo encontrado en
dónde estaba la gracia.
—Mañana —prometió Elefante— le enseñaremos el zoológico.

Existían siete casetas de traslado en el zoológico de la Tierra. Eso les indicará cuán
grande era. Pero se equivocarían, porque no habían considerado los doscientos
automóviles de alquiler proporcionando un servicio constante. Estaban allí porque las
casetas de traslado estaban a una distancia bastante retirada para caminarla.
Nos detuvimos a contemplar a unos animales compactos, grises, más pequeños
que semillas de estrellas o asteroides, pero más grandes que cualquier animal de los
que yo había visto. Elefante dijo:
—¿Ve usted?
—Sí, ya veo —contesté. Los animales enseñaban su masa compacta y una
completa invulnerabilidad muy semejante a la de Elefante. Y enseguida me di cuenta
de que estaba yo contemplando a otro animal en una alberca lodosa. Utilizaba un
tentáculo hueco que partía de su hocico para rociar su espalda con agua. Asombrado
miré ese poderoso apéndice… y continué mirándolo…
—¡Oigan, miren! —exclamó Sharrol apuntando—. Las orejas de Beo se le han
puesto rojas.
Ese día no la perdoné hasta las dos de la tarde.
Y recuerdo haberme inclinado hacia Sharrol para tomar una barrita de tabaco y
ver su bolso descansando entre sus otros objetos. Entonces le dije:
—¿Qué diría si en este momento me apoderara de su portamonedas?
—No lo traigo conmigo —dijo entreabriendo en una sonrisa sus labios de color
naranja y plata.
—¿No sería de buen gusto extraerle su dinero del bolso?
—Solo que pudiera escondérselo en su persona.
Encontré un bolso pequeño y plano que contenía cuatrocientas estrellas y lo
coloqué dentro de mi boca.
Ella me dejó llevar a cabo la broma. ¿Alguna vez ha tratado usted de enamorar a
una mujer, teniendo un bolso en la boca? Fue inolvidable. Nunca lo intente si tiene
asma.

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Aún recuerdo a Sharrol. Recuerdo su cutis azul suave y tibio, sus ojos plateados
entreabiertos con un encanto azulado y fresco. Sus cabellos de color naranja y
plateados, con un modelo de rizos abstractos que nada podría opacar. Todo resaltaba
en ella. Su risa también era de plata cuando tomé dos mechones de su pelo y los até
en un nudo doble y cuando prorrumpí y di pequeños saltos a la vista de sus cabellos
que lentamente se soltaban del nudo que les había yo hecho, como si fueran trenzas
de Medusa. Su voz era un canto, como una cascada de plata.

No he olvidado las súper carreteras de la Tierra.


Eran lo primero que se veía llegando al planeta. Si hubiéramos aterrizado de
noche, hubieran sido sus ciudades iluminadas; pero por supuesto que llegamos con la
luz del día. ¿Por qué debía tener un mundo tres puertos espaciales? Se veían sus súper
carreteras y sus pistas para autos y para heliautos, entrelazadas en una red que incluía
todo a través de las caras de los continentes.
Desde unos kilómetros de altura no puede usted todavía ver las grietas. Pero allí
está donde los maderos y el pavimento habían sucumbido.
Solamente dos supercarreteras habían sido conservadas en buen estado, las dos en
el mismo continente: la que bordeaba Pennsylvania y la de Santa Mónica. El resto de
ellas habían quedado en un caos.
Parecía que había gentes que coleccionaban viejos automóviles terrestres y que
hacían competencias de velocidad con ellos. Algunos de esos vehículos anticuados
tenían sus máquinas reconstruidas y muchas de sus partes remplazadas; otros eran
hechos a mano.
Reí cuando Elefante me platicó sobre eso. El verlos en realidad era algo distinto.
Los participantes en esas carreras empezaron a hacer su aparición cerca del
amanecer. Se reunieron en un extremo de la supercarretera de Santa Mónica, aquel
punto en el cual se unían con la supercarretera de San Diego. Ese extremo era una
masa de macarrones entretejidos; se veían cordones de concreto curveados pasando
uno por arriba de otros y siguiendo distintas direcciones. Parecían haber perdido su
solidez a través de los años, por lo que habían caído a tierra. Observamos desde
arriba, suspendidos en un aerotaxi, mientras esos autos terrícolas se formaban en
línea.
—El mantenimiento cuesta más que esos autos —dijo Elefante—. Yo manejé uno
de esos. Se pondría blanco como la nieve si le dijera cuánto cuesta mantener este
tramo de supercarretera en buen estado.
—¿Cuánto?
Me dijo y tenía razón porque mi asombro me hizo ponerme blanco como la nieve.

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Y arrancaron. Todavía estaba preguntándome en qué estribaba su diversión al
conducir una máquina anticuada, obsoleta, sobre un piso plano de concreto, cuando
podrían estar acá volando como nosotros. Y empezaron a correr, ondulando
ligeramente o quizá algo más que ligeramente, moviéndose tontamente a diferentes
velocidades; acercándose peligrosamente unos a otros antes de ceder la delantera, y
entonces empecé a darme cuenta de varias cosas.
Esos automóviles no estaban dotados de radar.
Eran guiados desde una pequeña cabina que encerraba a volante y piloto y la
dirección era llevada directamente a cuatro ruedas que rodaban sobre el pavimento.
Un pequeño error en la conducción y chocarían uno contra otro, o contra las
guarniciones de las banquetas. Eran conducidos esos vehículos y también detenidos
con la sola fuerza del músculo humano, pero si podían voltear en alguna dirección o
detenerse, eso dependía de la fuerza de adhesión que pudieran tener cuatro llantas de
goma sobre el pavimento liso. Si las llantas no podían aferrarse, entonces la primera
ley de Newton se apoderaría de todo el vehículo. La masa de metal frágil continuaría
su movimiento en línea recta hasta que fuera detenida por alguna mole de concreto
que pudiera resistir el impacto o se estrellaría contra otro vehículo terrestre.
—Un hombre puede matarse en uno de esos muebles —comenté.
—No hay por qué preocuparse —dijo Elefante—. Generalmente nadie se mata.
—¿Generalmente?
Entonces me explicó una vez más y me puse blanco como la nieve.
Veinte minutos más tarde terminó la competencia en otro extremo de concreto
caído. Todo estaba mojado. Aterrizamos y hablamos con algunos de los participantes.
Uno de ellos, un tipo flacucho, con cabello verde, pegajoso y en desorden, y una cara
magra adornada con una ancha boca escarlata, me ofreció un viajecito. Le di las
gracias declinando su invitación y lentamente me alejé de él deseando tener conmigo
algún arma. No había duda de que ese gracioso estaba peligrosamente fuera de juicio.
Recuerdo también la comida terriplana, la mejor en el espacio conocido, y una
bebida extraña, suavemente alcohólica, llamada Taittinger Comtes de Champagne 59.
También conservo el recuerdo de cuando penetramos en una taberna no terrícola,
en donde los cuatro de nosotros charlamos con una mujer minera picapiedra cuyas
trenzas de cabellos de tres centímetros de ancho y de color marfil le caían sobre la
espalda.
No he olvidado cuando volamos con un cinturón elevador y que no vimos más
que la ciudad encerrando separadamente algunos sitios de cultivo de productos
alimenticios.
Tengo presente la vista de un hotel sumergido en los Grandes Bancos de la Isla de
Terranova y un criadero de delfines en las costas de Italia en donde un grupo de
terriplanos y delfines parecía empeñado en resolver el problema general de los seres
sensibles sin manos (los había muchos y probablemente aún encontraríamos más).
Aquello parecía una discusión de café, más que una conferencia de negocios.

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En la noche del cuarto día estábamos a punto de irnos a la cama cuando sonó el
trifono. Don Cramer había encontrado en extraespacial.
Incrédulo le pregunté:
—¿Sale en este momento?
—Por supuesto —replicó Elefante—. Tome, con una de estas píldoras no sentirá
sueño hasta que no nos pongamos en camino.
Habíamos hecho un trato y yo le debía mucho a Elefante. Tomé la píldora. Dimos
un beso de despedida a Sharrol y a Diana. Esta subiéndose en una silla para
alcanzarme y Sharrol trepándose en mí como si fuera poste de alumbrado, enredando
sus piernas en mi cintura. Yo era cerca de medio metro más alto que cualquiera de las
dos.
La base de Calcutta se encontraba bañada con la luz del día. Elefante y yo
tomamos allí la caseta de traslado para encontrarnos con que el «STºº» había sido
alistado antes de nuestra llegada.
El nombre completo de aquella nave inter-espacial era «Slower Than Infinity»
(Más lenta que el infinito). Había sido construida dentro del casco número 2 de la
«General Products». Una flecha de más de cien metros de largo con una reducción
semejando una cintura de avispa cerca de la cola. Me sentí aliviado. Las armaduras
de la «General Products» eran tan invulnerables como impermeables a cualquier
materia o energía que no fuera la luz visible. Eran garantizadas por la compañía
constructora y probadas a través de los miles de años de uso, pero ninguno de sus
cuatro diseños hermosos y todos se parecían. Tenía el temor de que Elefante pudiera
tener algún velocísimo yate espacial dudoso y vulnerable.
El cuarto de control para dos hombres parecía demasiado pequeño para un
sistema vitalicio hasta que advertí la extensión de la cabina recogida en la nariz de la
nave. El resto del casco encerraba un motor de empuje a fusión y el tanque de
combustible, un motor hiperespacial, una arrastradora de gravedad y un tren de
aterrizaje en la panza, todo eso claramente visible a través del casco que había sido
dejado transparente.
Contenía combustible, alimentos y medicinas. Debía haber estado ya lista desde
hacía varios días. Partimos veinte minutos después de nuestra llegada.
Entonces ya tuve tiempo de sobra para dormir. Nos tomó una semana viajando a
una «G» solamente para alejarnos lo suficiente de la gravedad del sistema solar a fin
de poder usar el hipermotor. Fue ese periodo cuando me removí el colorido falso de
mi piel (había sido falso y continuaría entonces tomando las píldoras de secreción
dérmica para protegerme contra la luz solar de la Tierra). Elefante devolvió a su piel
ese tinte claro y a su barba y a su pelo el color negro. Durante cuatro días había sido
Zeuz, con su piel marfilina, su barba de color oro metálico y sus ojos con el
resplandor de oro fundido. La transformación le había sentado tan bien que
difícilmente había yo notado el cambio.

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El motor hiperdrive funcionó unas largas y lentas tres semanas. Nos turnábamos
agachados sobre el indicador de masas, aunque al primer tanto de velocidades con el
hiperdrive habíamos visto masas espaciales por lo menos doce horas antes de que
significaran algún peligro. Creo que era yo el único hombre que sabía que existiera
un segundo tanto, un secreto de titiritero. La nave extraespacial se encontraba cerca
del borde del espacio conocido, mucho más allá de Tau Ceti.
—Fue el único que se localizó —dijo Elefante—, el número catorce.
—¿Catorce? Ese es el mismo con el que tuve antes tratos.
—¿Cómo? Muy bien, eso ayudará.
Días más tarde preguntó:
—¿Y cómo ocurrió?
—De una manera común. Número catorce estaba en el otro lado del espacio
conocido hasta entonces y envió una oferta para intercambio de información. Yo
estaba casi en «El Mundo de las Maravillas» y pesqué la oferta. Cuando dejé a mis
pasajeros regresé.
—¿Y obtuvieron algo que valiera la pena?
—Sí. Habían encontrado al «Lazy Eigth II» (Octavo II «El Perezoso»).
El «Lazy Eigth II» había sido una de las viejas naves lentas, una ala circular
voladora que llevaba colonizadores a Jinx. Algo malo le ocurrió antes de su regreso,
y la nave continuó su vuelo llevando consigo a cincuenta pasajeros en animación
suspendida y a una tripulación de cuatro, presumiblemente muertos. Con un
arietoscopio para inyectar hidrógeno a su turbina de fusión, la nave podía mantenerse
acelerada por siempre. Llevaba quinientos años en su trayectoria.
—Ya la recuerdo —dijo Elefante—. No pudieron alcanzarla.
—No. Pero nosotros sabremos dónde encontrarla cuando el estado del arte se
mejore.
—Eso no será pronto.
Elefante tenía razón. Una nave inter-espacial impulsada por motor hiperdrive no
solamente tenía que alcanzarla, sino llevar combustible a reacción para igualar su
velocidad. La velocidad a que se desplazaba aquel era solamente menor que la de una
radiación, y la nave se encontraba a más de quinientos años-luz de distancia:
diecisiete veces el diámetro del espacio conocido.
—Nos esperarán —dije.
—¿Tuvo usted algunos problemas?
—Su intérprete es muy bueno. Pero tendremos que obrar con cuidado. Lo que
ocurre cuando se compra información es que no sabe usted hasta dónde es lo que ha
comprado. No pudieron esos extraespaciales solamente ofrecerme la posición
presente del «Lazy Eigth II». Habíamos rastreado su curso con el distancioscopio la
información gratis.
Llegó el momento en que solamente se percibió una pequeña mancha verde en el
indicador de masas. Una estrella hubiera mostrado solamente una línea; ninguna

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estrella se hubiera manifestado como una mancha. Me salí del hiperespacio y preparé
el radar de profundidad para dar cacería al extraespacial.

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IV
El extraespacial nos encontró primero a nosotros.
En algún sitio de aquella vaina cilíndrica de metal, cerca del centro de su masa,
quizá ocupándolo completamente, estaba el motor sin reacción. Era comúnmente
sabido que este estaba en venta y que el costo era un trillón de estrellas. Aunque
nadie, ni ninguna nación existente podía permitirse hacer ese pago, el precio no era
exorbitante. Mientras nosotros estábamos aún buscando, en dos o tres minutos, aquel
motor ultrasónico había bajado a la nave extraespacial de arriba de punto nueve luces
a cero relativo y la había situado al lado de la «STºº».
Un momento nada más que las estrellas. Al siguiente, la nave extraespacial estaba
a nuestro lado.
La mayor parte de ella era espacio vacío. Sabía yo que su población era del
tamaño de una pequeña ciudad, pero era mucho mayor debido a que se estiraba a
voluntad. Allí estaba ese minúsculo motor parecido a una cápsula, y allí, en un poste
de cuatro kilómetros de largo, estaba la fuente de luz. El resto de la nave eran cinchos
metálicos, enredándose al interior y al exterior, cayendo descuidadamente alrededor
de ellos mismos y uno contra otro, hasta que las puntas de cada cincho cesaban de
enredarse y se unían a la cápsula-motor. Había alrededor de un millar de tales cinchos
y cada uno tenía el ancho de una banqueta de ciudad.
—Como los adornos de un árbol de Navidad —comentó Elefante—. ¿Y ahora
qué, Beo?
—Utilizarán el radio de la nave.
Unos minutos de espera y se presentó un grupo de extraespaciales. Parecían un
gato de nueve colas, de color negro, con grandes y gruesos martillos. En esa especie
de martillos se encontraban alojados sus cerebros y sus órganos sensoriales invisibles;
en el extremo de sus colas como látigos, el racimo de tentáculos móviles, llevaban
pistolas de gas. Seis de ellos se detuvieron afuera de la compuerta de aire.
Se oyó funcionar la radio.
—Bienvenidos a la nave Catorce. Por favor, salgan para trasladarlos a nuestra
oficina. No tomen nada del exterior de sus trajes de presión.
Elefante me preguntó:
—¿Lo hacemos?
Le contesté:
—Por supuesto. Los extraespaciales no son más que honorables.
Salimos. Los seis extraespaciales nos ofrecieron un tentáculo cada uno y nos
aventuramos a través del espacio abierto. No muy velozmente. El empuje de las
pistolas de gas era muy bajo, desesperadamente débil. Pero los extraespaciales
también eran débiles. Una hora en la gravedad de la luna terrestre los habría matado.
Nos guiaron a través de un desordenado laberinto de cintas plateadas y nos
depositaron en una rampa contigua a una pared convexa, casi imaginaria, de la

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cápsula motor.
No era aquello precisamente como estar perdido entre una gigantesca taza de
macarrones. Las cintas rígidas estaban muy separadas una de otra. Por arriba de
nosotros estaba la fuente de luz, casi tan pequeña como intensa y de un blanco
amarillento como el sol terrestre es visto desde la luna de Neptuno. Brillando a través
de la senda vacumática interestelar proyectaba una red de sombras agudas y negras
cruzando todo aquel millar de llamas costeras que formaban la ciudad.
A lo largo de los linderos de las sombras de luz estaban los extraespaciales. De la
misma manera en que sus ancestros como plantas vegetales habían hecho hacía
billones de años en algún mundo desconocido cerca del corazón de la galaxia, así los
extraespaciales estaban absorbiendo energía. Sus colas rameadas en la sombra, sus
cabezas en la luz del sol, mientras sus baterías bioquímicas eran cargadas con
termoelectricidad. Algunos tenían los tentáculos de sus colas semejantes a raíces,
sumergidas en platos de comida. Los elementos básicos que los mantenían vivos y en
desarrollo eran conservados en helio líquido.
Cautelosamente los rodeamos, utilizando nuestras lámparas de cabeza a su más
baja intensidad y siguiendo a uno de los extraespaciales hacia una puerta en la pared
que estaba adelante de nosotros. No había barandales a lo largo de las rampas, y nada
más que las frías estrellas distantes por allá abajo. Esos seres se hacían a un lado si
nos acercábamos demasiado. Nuestros trajes debían haber emanado demasiado calor
para ellos.
El interior del sitio al que entramos estaba oscuro hasta que la puerta se cerró tras
de nosotros. Entonces la luz se encendió. No se advertía de dónde provenía; tenía el
color de la luz normal del sol e iluminaba un cubículo de forma cuadrangular
desprovisto de muebles. Lo único que había dentro era una esfera de un cristal muy
oscuro, con la figura retorcida de un extraespacial en su interior. Aquella esfera debía
haber sido desalojada y refrigerada. Solamente con extremo cuidado pudieron haberla
puesto allí, como si aquel objeto fuera el huésped y no nosotros.
—Bienvenidos —se oyó en el cuarto. Cualquier cosa que hubiera dicho el
extraespacial no era sónico en la naturaleza—. Este aire es respirable. Pueden
quitarse sus cascos, trajes, zapatos, fajas y lo que gusten.
El que hablaba era un excelente traductor, con una excelente pronunciación y una
agradable voz de barítono.
—Gracias —dije, y nos despojamos de nuestros trajes. Elefante lo hacía un poco
pensativo.
—¿Quién de ustedes es Gregory Pelton?
—Yo.
—Hola. De acuerdo con su agente, usted quiere saber cómo llegar al planeta que
es el más singular de los límites de la región, de sesenta años-luz de extensión, a la
que llaman espacio conocido. ¿Es correcto?
—Sí.

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—Necesitamos saber si usted planea ir allá o enviar agentes. También si usted
planea aterrizar, o volar en una órbita cercana, o a una órbita distante.
—Aterrizar.
—¿Vamos a proteger su vida o propiedad contra algún peligro?
—No —replicó Elefante con sequedad.
La nave extraespacial era un lugar que inspiraba temor.
—¿Planea usted una colonización? ¿Explotación de minas? ¿El cultivo de plantas
o animales?
—Planeo solo una visita.
—Hemos seleccionado un mundo para usted. El precio será un millón de
estrellas.
—Es demasiado elevado —dijo Elefante.
Yo emití un silbido con el aliento. Sí que era elevado y no se bajaría. Los
extraespaciales nunca bajan su precio.
—Aceptado —afirmó Elefante.
El intérprete nos dio un juego por triplicado de coordenadas a cerca de
veinticuatro años-luz de la Tierra, a lo largo de la galaxia norte.
—La estrella que están buscando es un protosol con un planeta a una distancia de
dos billones de kilómetros. El sistema está moviéndose a punto ocho luces hacia… —
nos dio la dirección en un radio vector.
Parecía que aquel protosol dibujaba una cuerda poco profunda a través de un
espacio conocido y que nunca se acercaría al espacio humano.
—No sirve —dijo Elefante—. No hay nave impulsada con motor hiperdrive que
pueda ir tan rápido en espacio real.
—Podrían conseguir quien los llevara —dijo el intérprete—. Con nosotros.
Enganchen su nave a nuestra cápsula motor.
—Eso daría resultado —aseguró Elefante.
Cada momento estaba más y más inquieto. Su mirada parecía buscar entre las
paredes el sitio de donde partía aquella voz. No veía ya al agente de negocios
extraespacial que estaba en la cámara vacumática.
—Nuestra cuota por llevarlos será un millón de estrellas.
Elefante se atragantó.
—Espere un segundo —dije—. Quizá tenga información que venderles.
Hubo una pausa larga. Elefante me miró, sorprendido.
—¿Usted es Beowulf Shaeffer?
—Sí. ¿Me recuerda?
—Lo encontramos en nuestros archivos. Beowulf Shaeffer, tenemos información
para usted, y ya fue pagada. El antiguo presidente regional de la «General Products»,
en Jinx, desea que se ponga usted en contacto con él. Aquí tenemos un número de
caseta de traslado.

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—Esas son noticias viejas —dije—. Los titiriteros se han ido. Pero, de todos
modos, ¿para qué querría verme ese tipo afilado, de dos cabezas?
—No tengo información sobre ello. Lo que sé es que no todos los titiriteros han
dejado la región. ¿Aceptará usted el número de la caseta de traslado?
—Por supuesto que sí.
Fui escribiendo los ocho números como me los iba diciendo. Un momento más
tarde, Elefante gritaba, como si fuera un tocadiscos antiguo puesto a funcionar en la
mitad de un programa:
—¿… diablos pasa aquí?
—Lo siento —dijo el traductor.
—¿Qué sucedió? —pregunté.
—¡No pude oír nada! ¿Estaba ese mono… estaba ese extraespacial haciendo
negocios privados con usted?
—Algo parecido. Luego le platico.
El intérprete continuó:
—Beowulf Shaeffer, nosotros no compramos información. La vendemos y
utilizamos su producto para comprar territorios y tierras para sembradíos.
—Podrían necesitar esta información —repliqué—. Yo soy el único hombre a su
alcance que la sabe.
—¿Y qué nos dice de otras razas?
Los titiriteros pudieron habérselo dicho, pero valía la pena aprovechar la
oportunidad.
—Están a punto de dejar el espacio conocido. Si no hacen trato conmigo podrían
dejar de recibir esta información a tiempo.
—¿A qué precio nos la vende?
—Ustedes lo fijarán. Tienen más experiencia en poner valores a los informes y
son ustedes honorables.
—Quizá no estemos en condiciones de pagar un precio justo.
—El precio no excederá del que fijaron para nuestro arrastre.
—Hecho. Hable.
Les dije de la explosión de la galaxia y cómo lo había yo sabido. Me hicieron
entrar en detalles de lo que había visto: aquel parche brillante de la supernova
extendiéndose hacia afuera mientras mi nave se topó con ondas de luz viejas, hasta
que la bola del corazón de brillantes multicolores se vio encendida con la supernova.
—No lo podrían haber sabido hasta que hubieran llegado allí y entonces hubiera
sido demasiado tarde. Ustedes no utilizan motores más veloces que la luz.
—Ya sabíamos, por los titiriteros, que el corazón había explotado, pero ellos no
pudieron entrar en detalles debido a que no lo vieron personalmente.
—¡Oh! ¡Ah! Bueno. Yo creo que la explosión debió haber empezado del lado
posterior del corazón, considerando este punto. De otro modo hubiera parecido ir
mucho más lentamente.

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—Muchas gracias. No cobraremos la cuota por su arrastre. Y ahora hay algo que
ofrecerle. Gregory Pelton, por doscientas mil estrellas le diremos exactamente lo que
hay de peculiar en el planeta que intenta visitar.
—¿No puedo averiguarlo personalmente?
—Probablemente sí.
—Entonces trataré —hubo un silencio. El extraespacial no había esperado eso.
Enseguida dije:
—Tengo curiosidad. La galaxia de ustedes se está convirtiendo rápidamente en
una trampa mortal. ¿Qué harán ahora?
—Esa información le costará…
—Olvídese.
En el exterior, Elefante me dio las gracias.
—Olvídelo. Yo me pregunto lo que harán.
Quizá puedan escudarse contra las radiaciones.
—Es posible. Pero ya no tendrán más semillas de estrellas que seguir.
—¿Y acaso las necesitan?
Solo Júpiter lo sabía. Las semillas de estrellas seguían un modelo migratorio de
acoplamiento rígido afuera del corazón de la galaxia, hacia los brazos, casi hasta el
borde, antes de regresar al mismo corazón. Estaban controladas. El reingreso al
corazón de la ola de radiación expansiva de las novas múltiples expulsaría a las
especies una por una. ¿Qué harían los extraespaciales sin ellas? ¿Y qué diablos hacían
con ellas? ¿Por qué las seguían? ¿Necesitaban esas semillas de estrellas? ¿O estas
necesitaban de los extraespaciales? Estos seres contestarían estas preguntas y otras
relativas por un trillón de estrellas cada una. Las preguntas personales costaban
mucho con los extraespaciales.
Una tripulación ya estaba llamando a la «STºº» al muelle. Observamos desde la
rampa, con los hombres de la tripulación tomando baños de sol alrededor de nuestros
pies. No estábamos preocupados. Del modo en que los extraespaciales manejaban
todo nuestro casco invulnerable podría haber sido hecho de azúcar en polvo y rayos
de sol. Cuando una telaraña de listones finísimos sujetaron a la «STºº» a la pared de
la cápsula motor, oímos la voz del intérprete que nos invitaba a subir a bordo.
Saltamos a unos cientos de metros hacia arriba, por la compuerta de aire, y una vez
dentro nos quitamos nuestros trajes.
—Gracias de nuevo —dijo Elefante.
—Nuevamente olvídelo —dije magnánimo—. Yo le debo mucho. Me tuvo como
huésped en una casa del mundo más caro del espacio conocido y actuó como mi guía
en donde los salarios son…
—Está bien, está bien. Pero usted me ahorró un millón de estrellas, no lo olvide.
Me dio una palmada en el hombro y se apresuró al cuarto de control para preparar
una carta de crédito que debía recoger la próxima nave extraespacial que pasara.
—No lo olvidaré —le dije cuando se retiraba.

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Me pregunté lo que había querido yo decir con eso.
Mucho tiempo después me pregunté acerca de algo más. Elefante había planeado
llevarme a «su» mundo. ¿O había pensado ir solo para ser el primero en verlo y no
uno de los primeros? Después del capítulo con los extraespaciales ya era demasiado
tarde. No podía ya arrojarme de su nave.
Hubiera querido haberlo pensado antes. Nunca quise ser un «batman». La misión
que me llevaba era el impedir si era necesario, con mucho tacto y gentileza, el que
Elefante se matara. Con toda la confianza que se tenía a sí mismo con sus vastas
riquezas y generosidad, con su vasto volumen, todavía no era más que un terriplano,
y, por lo tanto, un poco necesitado de ayuda.

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V
Nos encontramos en la cápsula de expansión cuando aquello ocurrió. La cápsula tenía
asientos inflables y una mesa semejante. Se encontraba allí para matar el tiempo y
para hacer ejercicios, pero también ofrecía una vista magnífica. La superficie era
transparente.
De otro modo no la hubiera advertido.
No había presión contra el asiento de nuestros pantalones, ni sensación de arrastre
en la boca del estómago, ni ninguna sensación de movimiento. Pero Elefante, que me
contaba acerca de una frágil jinxiana que había encontrado en una taberna de
Chicago, se detuvo precisamente cuando ella estaba a punto de hacer pedazos el sitio,
debido a que un suicida idiota la había insultado.
Alguien de mucho peso se sentaba en el universo.
Bajó lentamente, como lo hiciera un hombre gordo que cuidadosamente va
descansando su peso sobre una gran pelota de playa. Desde el interior de la cápsula
pareció como si todas las estrellas y nebulosas de nuestro alrededor fueran
aplastándose unas a otras. Los extraespaciales, sujetos a los cinchos del exterior,
nunca se movieron, pero Elefante rugió alguna mala palabra y yo me erguí para mirar
hacia arriba.
Las estrellas, por arriba de nuestras cabezas, se veían de un blanco azulado y
envueltas en destellos. A nuestro alrededor se apretujaban unas a otras; por allá abajo
se tomaban rojizas y cintilaban una a una. Nos había tomado una semana salir del
sistema solar, pero la nave extraespacial lo podía haber hecho sola en cinco horas.
Se oyó la voz del intérprete en la radio:
—Señores, nuestros tripulantes desenlazarán su nave de la nuestra, después de lo
cual podrán ustedes seguir por sí solos. Ha sido un placer el haber hecho negocio con
ustedes.
Un enjambre de extraespaciales arrastró nuestra nave a través de una masa de
cordones y rampas y nos dejó libres. Al instante desaparecieron repentinamente, para
dedicarse a sus propios asuntos.
Entre aquella extraña luz de estrellas, Elefante emitió un largo y estremecedor
suspiro. Algunas gentes no pueden aceptar extraños. No consideran a los titiriteros ni
graciosos ni hermosos; los consideran horribles, equivocados. Ven a los kzinties
como esclavistas carnívoros cuyo único amor es la pelea y el asesinato, lo cual es
verdad, pero no ven el código riguroso de honor, ni el control personal que permite a
un embajador kzin caminar por una banqueta de una ciudad humana sin hacer trizas
con sus garras aquellos codos y rodillas impertinentes. Elefante era una de esas
gentes.
—Muy bien —dijo con sorprendente alivio de que aquellos seres extraespaciales
se hubieran ido realmente—. Haré la primera guardia, Beo —no quiso decir: Esos

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bastardos tomarían nuestro corazón como garantía colateral sobre un préstamo de una
décima de estrella.
No podía verlos tan cerca de lo humano.
Si la debilidad de Elefante eran los extraños, la mía era la relatividad.
El viaje a través del hiperespacio era ya una rutina. Había yo sido entrenado para
tomar la vista de las dos pequeñas ventanillas, convirtiéndose en manchas oscuras, en
áreas de una nada que parecía hundir los objetos alrededor de ellas. Así Elefante
había volado mucho, pero prefería la comodidad de un crucero espacial de lujo. Más
el Protosol Rápido se encontraba a una semana de distancia, y aun el mejor de los
pilotos ocasionalmente tenía que retroceder ante las estrellas para reflexionar un poco
y asegurar a su subconsciente que el universo aún estaba allí.
Y cada vez que lo hacía, había cambiado, cambiado totalmente. Las estrellas
azules amontonadas se encontraban adelante; las estrellas separadas, de un tono
rojizo y débil, quedaban atrás. Hacía cuatrocientos años que hombres y mujeres
habían vivido con una vista semejante del universo. Pero ya no había vuelto a ocurrir
desde la invención del motor hiperdrive. Yo nunca había tenido ante mí una vista
semejante del universo. Y eso me molestaba.
—No, a mí no me incomoda —dijo Elefante cuando lo mencioné.
Nos encontrábamos a un día de distancia de nuestro destino.
—Para mí las estrellas. Pero he estado preocupado con algo más. Beo, ¿dice usted
que los extraespaciales son honorables?
—Lo son. Tienen que serlo. Tienen que mantenerse muy por encima de sospecha
de cualquiera otra especie con la que tratan, ya que serán recordados en su ética
intachable, siglos más tarde. ¿No se da usted cuenta? Los extraespaciales no se dejan
ver más a menudo que eso.
—Mmm. Está bien. ¿Y por qué trataron de sacarnos esos doscientos kiloestrellas
extras?
—Mmm.
—¿Ya ve usted? El maldito problema estriba en que si era un precio justo, ¿qué
hubiera pasado si de verdad necesitábamos saber lo que hay de peculiar acerca del
Protosol Rápido?
—Tiene razón. Conociendo a los extraespaciales, probablemente es una
información que podríamos haber utilizado. Muy bien, husmearemos alrededor antes
de aterrizar. Lo hubiéramos hecho de todos modos, pero ahora lo haremos más
detenidamente.
¿Qué había de peculiar acerca de ese Protosol Rápido?
Alrededor de la hora del almuerzo, en el séptimo día de viaje, apareció en la
esfera indicadora de masas una línea verde y empezó a extenderse. Era ancha y
confusa, precisamente lo que se pudiera esperar de un Protosol. La dejé llegar casi
hasta la superficie de la esfera antes de lanzarnos al espacio normal.

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El universo aplastado se percibía por la ventanilla. Pero al frente de nosotros
estaba el oscurecimiento circular y borroso de la estrella de un azul blanco vívido, y
en el centro del círculo estaba un resplandor rojo firme.
—Vayamos a la cápsula de extensión —dijo Elefante.
—No, no.
—Tendremos una vista mejor desde allí —insistió, moviendo el tablero para
volver transparente la cápsula. Naturalmente que la manteníamos opaca durante el
curso por el hiperespacio.
—Repito, no lo hagamos. Piénselo bien, Elefante. ¿Qué caso tiene utilizar un
casco impermeable y después pasar la mayor parte del tiempo fuera de él? Hasta
saber lo que hay aquí debemos mantener la cápsula contraída.
Movió su voluminosa cabeza y nuevamente tocó el tablero. Los ruidos que se
oyeron nos indicaron que el aire y el agua habían sido desalojados de la cápsula.
Elefante se movió hacia la ventanilla.
—¿Ha visto alguna vez un Protosol?
—No —dije—. No creo que haya ninguno en el espacio humano.
—Esa podría ser la peculiaridad.
—Podría ser. Pero una cosa no lo es, y es la velocidad de él. Los extraespaciales
emplean mayor parte de su tiempo desplazándose más rápido que esto.
—Pero no los planetas, ni las estrellas. Beo, quizá esto haya venido del exterior
de la galaxia. Eso lo haría ser muy poco común.
Ya era tiempo de que hiciéramos algunos apuntes. Encontré una libreta y con
solemnidad apunté la velocidad de la estrella y su posible origen extragaláctico.
—Encontré nuestro planeta —dijo Elefante.
—¿Antecedentes?
—Casi al otro lado del Protosol. Podremos llegar más rápido en el hiperespacio.
El planeta aún estaba invisiblemente pequeño desde donde Elefante nos llevó. El
Protosol se veía casi lo mismo.
Un Protosol es el feto de una estrella: una pequeña masa de gases y polvo,
agrupados por lentos reflujos en campos magnéticos interestelares o por la presencia
de un punto troyano en algún núcleo suelto de estrellas. Una masa que se desploma y
se contrae debido a la gravedad. Yo había encontrado datos acerca de protosoles en la
biblioteca de la nave, pero todo era solamente datos astronómicos; nadie había visto
ni estado cerca para mirar alguno. En teoría, el Protosol Rápido debió haber estado
precisamente en su evolución, no solamente porque tuvo que haber sido formado
antes de adquirir su singular velocidad, sino porque ya estaba fulgurando.
—Allí lo tenemos —dijo Elefante—, a dos días de distancia a una «G».
—Muy bien. Podremos verificar nuestros instrumentos durante nuestro curso.
Bajemos ahora.
Con el motor de fusión impulsándonos hacia nuestro destino suavemente,
Elefante regresó hacia el distancioscopio y yo empecé a verificar los otros

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instrumentos. Advertí algo que resaltaba como un potente rayo de luz.
—Elefante, ¿ha notado usted en mí alguna tendencia a usar palabras malsonantes
para dar más énfasis a algo?
—Realmente no. ¿Por qué?
—Porque hay allá una maldita radiactividad.
—¿Podría usted ser más específico, señor?
—Los escudos protectores de nuestros trajes se romperán en tres días. La cápsula
de extensión se desintegrará en veinte horas.
—Está bien, agréguelo a sus apuntes. ¿Alguna idea de qué es lo que la origina?
—Ninguna —anoté algo más en mis apuntes. No estábamos en peligro. El casco
de la General Products nos protegía contra cualquier fuerte impacto.
—Ningún cinturón de asteroides —apuntó Elefante—. La densidad meteórica
cero, hasta donde puedo decirlo. Ningún otro planeta.
—A estas velocidades el gas interestelar puede alejar cualquier masa pequeña.
—Hay algo muy seguro, Beo. El dinero que he gastado ha valido la pena. Este es
un sistema extrañamente singular.
—Sí. Pero, no hemos almorzado. Hagámoslo.
—¡Filisteo!

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VI
Elefante comió deprisa. Estuvo de regreso en el distancioscopio antes de que yo fuera
a tomar mi café. Observándolo moverse me vino a la mente compararlo con un
porrón en movimiento, pero cuando estuve con él en la Tierra nunca lo vi tan
resuelto. Si un kzin hambriento se hubiera interpuesto entre él y su telescopio,
Elefante hubiera volado a hacerlo a un lado.
Pero lo único que podría haberse interpuesto en su camino en ese sitio era yo.
—No puedo lograr un acercamiento hacia el planeta —dijo Elefante—, pero se ve
pulido.
—¿Cómo una bola de billar?
—Precisamente así. No veo la menor señal de atmósfera.
—¿Y trazas de algunos cráteres de impactos?
—Nada.
—Tenían que apreciarse.
—Este sistema está perfectamente limpio de meteoros.
—El espacio que nos rodea no tenía que estarlo. Y a estas velocidades…
—Mmm… Eso tiene que anotarlo.
Así lo hice.
Dormimos en los sillones de emergencia. Frente a mí estaban las luces amarillas
del tablero de control; se apreciaban a través de las ventanillas los rojos fulgores de
las estrellas por un lado y por otro azules. Permanecí despierto durante largo tiempo,
hurgando con la mirada por la ventanilla vi que estaba opaca, pero en mi imaginación
veía al Protosol claramente, como una mancha sangrienta oscura, extendiéndose en
un estanque de agua inmóvil.
La radiación permaneció estable durante todo el día siguiente. Llevé a cabo una
verificación más cuidadosa, utilizando lecturas de temperaturas y profundidad de
radar tanto en el sol como en el planeta. Por dondequiera que volvía la mirada
encontraba una nueva anomalía.
—Definitivamente, esta estrella no debía estar fulgurando. Está demasiado
extendida; el gas tenía que estar demasiado delgado para fusionarse.
—¿Está lo suficientemente caliente para fulgurar?
—Por supuesto. Pero no debía.
Quizá las teorías sobre protosoles están equivocadas.
—Agréguelo en sus apuntes.
Una hora más tarde:
—Elefante…
—¿Otra peculiaridad?
—Sí.
Me miró por debajo de sus cejas espesas. Los ojos de Elefante me decían
claramente que estaba cansándose de peculiaridades.

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—De acuerdo con la sombra del radar de profundidad, este planeta no tiene
ninguna litosfera. Ha caído en un estado en lo que debe ser el magma, pero no es
debido a que haga aquí tanto frío.
—Anótelo. ¿Cuántas anotaciones ha hecho?
—Nueve.
—¿Alguna de ellas vale el haberse ahorrado esos doscientos kiloestrellas con
anterioridad?
—Quizá la radiación, si es que no tuviéramos un casco de General Products.
—Pero —dijo Elefante dirigiendo la mirada hacia el enorme disco oscuro— los
extraespaciales sabían que lo teníamos. Beo, ¿hay algo que pueda penetrar un casco
como el nuestro?
—La luz, o algo como los rayos laser. La gravedad, como olas que aplastan la
nariz de una nave cuando se acerca demasiado a una estrella neutrona. El impacto no
dañaría el casco, pero sí lo que se encuentra dentro de él.
—Quizá el planeta está deshabitado. Mientras más pienso en él, más seguro me
siento de que llegó del exterior. Nada en esta galaxia pudo haberle dado esa
velocidad. Está precipitándose a través del plano de la galaxia; no tenía que haber
sido impulsado desde el borde.
—Muy bien. ¿Qué pasará si alguien nos lanza un rayo laser?
—Pereceremos, así lo creo. Tengo pintura reflexiva extendida alrededor de la
cabina, con excepción de las ventanillas, pero el resto de la nave es transparente.
—Aún podemos lanzarnos hacia el hiperespacio. Y aún podremos durante las
próximas veinte horas. Después ya estaremos demasiado cerca del planeta.
Y esa noche, a pesar de la falta de ejercicio, me dormí inmediatamente por lo
cansado que estaba. Horas más tarde me di cuenta de que estaba siendo examinado.
Pude verlo a través de mis pestañas entrecerradas; pude sentir el calor de una roja
mirada muy vasta, la auscultación de un ojo enojado, la terrible fuerza de una mente
detrás de él. Traté de escabullirme y tiré un manotazo sobre algo, despertando con
una fuerte impresión.
Permanecí allí tirado en esa roja oscuridad. El borde del Protosol penetraba por la
ventanilla. Podía sentir su fulgor hostil.
Entonces llamé:
—Elefante…
—¿Mmm?
—Nada —por la mañana lo haría.
Llegó ese mañana.
—Elefante, ¿me haría un favor?
—Por supuesto. ¿Quiere a Diana? ¿O mi brazo derecho? ¿O que me rasure la
barba?
—Me quedaré con Sharrol, gracias. Póngase su traje, ¿lo hará?

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—De acuerdo y gracias a que soy masoquista lo haré en este instante. Y ahora,
odio disfrutar de tal placer solo…
—¿Ya tiene la respiración colocada?
—Apenas lo suficiente.
—Cualquier cosa por un amigo. Usted primero.
Teníamos apenas espacio para ponernos los trajes tomando turno. Si la compuerta
del aire no hubiera estado abierta no hubiera ocurrido eso. Intentamos dejar nuestros
cascos sobre nuestra espalda, pero nos estorbaban cuando queríamos sentamos en
nuestros sillones, de modo que los colgamos de la ventanilla, enfrente de nosotros.
Me sentí mejor así, pero Elefante claramente pensó que estaba perdiendo el
juicio.
—¿Está seguro de que no quiere colocarse el casco? —me preguntó.
—Odio la comida en forma de jarabe. Los tendremos a nuestro alcance para el
caso de que tengamos alguna perforación en la nave.
—¿Cuál perforación? Nos encontramos en un casco de la General Products.
—Sigo recordando que los extraespaciales lo sabían.
—Ya lo hemos dicho.
—Repasémoslo nuevamente. Presumamos que ellos pensaron que de todos
modos si no estábamos preparados podríamos morir. ¿Entonces qué?
—¡Zass!
—Ellos esperaban que nosotros saliéramos con nuestros atavíos espaciales y ser
muertos, o sabían de algo que puede alcanzar el interior de la nave a través del casco
de la General Products.
—O ambas cosas —comentó Elefante—. En cuyo caso los trajes no nos servirán
para nada. ¿Sabe usted cuánto tiempo hace que falló un casco como el nuestro?
—Nunca oí que algo semejante ocurriera.
—Porque nunca ha ocurrido.
—Tiene toda la razón. He sido un tonto. Vamos, quítese el traje.
Elefante me miró fijamente, y dijo:
—¿Y usted?
—Yo seguiré con él puesto.
Elefante frunció sus cejas pobladas y regresó a su distancioscopio. Para entonces
ya nos encontrábamos a solo seis horas del aterrizaje, y desaceleramos.
—Creo que he encontrado el cráter de un asteroide —exclamó Elefante.
Eché una mirada.
—Sí, creo que tiene razón, pero está a punto de desaparecer.
Nuevamente miró a través del distancioscopio.
—Es lo suficientemente redondo. Casi tiene que ser un cráter. Beo, ¿por qué tenía
que estar tan desvanecido?
—Tiene que haber sido el polvo interestelar. Si así es, entonces esa es la razón por
la cual no hay ni atmósfera ni litosfera. Pero no puedo ver por qué el polvo tenga que

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ser tan denso, aun a estas velocidades.
—Escríbalo…
—Sí —repliqué, tomando mi libreta.
—Si encontramos alguna otra anomalía desataré mi cólera.
Media hora más tarde encontramos vida. Para entonces ya nos encontrábamos lo
suficientemente cerca para usar la arrastradora de gravedad. Lo hermoso acerca de
este aditamento es que requiere muy poca energía. Convierte un momento relativo de
la nave a la masa poderosa más cercana en calor, y todo lo que hay que hacer es
liberarse de esa alta temperatura. Considerando que la «STºº», con su maravilloso
casco, solo cruzaría por varios alcances de radiación correspondiente a lo que los
diversos clientes de los titiriteros o tratantes de seres de otros mundos llaman luz
visible, los constructores de nuestra nave habían hecho funcionar un radiador grande,
haciéndolo sobresalir desde la arrastradora de gravedad y a través del casco. Detrás
de nosotros aquello resplandecía al rojo. Y el motor de fusión lo teníamos
desconectado. No había ante nosotros ninguna llama de fusión blanca que nos
impidiera la visibilidad.
Elefante tenía su distancioscopio ajustado a su máxima amplificación. Al
principio, cuando espié por el aparato, no pude ver aquello de lo que él hablaba. Solo
advertí una planicie blanca y llana, toda del mismo color, excepto por unas masas
esféricas azulosas. Esas masas no hubieran sobresalido a no ser por la superficie
uniforme que las rodeaba.
De pronto una de ellas se movió. Muy lentamente, pero se movía.
—Correcto —dije—, verifiquemos la temperatura.
La temperatura de la superficie en esa región concordaba con la del Helios II, y
asimismo para el resto del planeta. El protosol no emanaba gran cosa de calor, aunque
sí radiaciones.
—No creo que eso que se mueve sea semejante a ninguna de las especies que
conozco.
—No puedo decirlo —comentó Elefante.
Atendía el distancioscopio y la pantalla de la biblioteca al mismo tiempo, con una
esfera de Sirio VIII proyectándose en la pantalla.
—He encontrado en este libro veinte especies diferentes de vida helios y todas se
asemejan.
—No del todo —objeté—. Algunas deben tener una cubierta natural a prueba de
succión. Y puede usted advertir esos gránulos en la…
—Acepto mi ignorancia en la materia, Beo. De todos modos no encontraremos en
este mundo ninguna especie conocida. A estas velocidades aun la semilla de un árbol
no viviría con el impacto.
No objeté más.
Nuevamente Elefante escrutó «su» planeta con el distancioscopio, esa vez en
busca de más formas esféricas. Eran muy grandes para la vida de un Helios II, pero

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no tan caprichosas. Muchos mundos helados desarrollan la vida utilizando las
propiedades peculiares del helio súper-fluido, pero como tal clase de vida no tiene
muchos usos para lo complejo, generalmente permanece en estado de amiba.
Y encontré otra singularidad más que apenas advertía. Todos los animales se
encontraban en la parte posterior del planeta con relación a su curso a través de la
galaxia. No tenía temor de la luz del protosol, pero parecían estar temerosos del polvo
interestelar.
Y transcurrieron dos horas.
El fulgor rojo del radiador se acentuó más. El planeta más cerca de nosotros, pero
sin mayores detalles.
—Lo llamaremos «Bola de Billar» —apuntó Elefante.
—Ya es trillado. Se le aplicó a Beta Lira I.
—Malo. Entonces, ¿qué le parece «Swoosh»?
—¿Mmm? Oh, Swoosh. No está mal.
—Entonces así queda bautizado. Swoosh, descubierto por Gregory Zhiv Pelton y
amigo.
—Elefante, ¿qué hacemos aquí?
Se volvió hacia mí, sorprendido.
—¿Qué quiere decir?
—Mire, usted sabe que estoy con usted hasta donde haya que llegar, pero me
gustaría saber algo. Ha gastado un millón de estrellas para llegar aquí, y hubiera
invertido dos millones si hubiera tenido que hacerlo. Podría usted estar en la casita de
las Rocallosas con Diana, o suspendido por arriba de Beta Lira, lo que es
suficientemente extraño y tiene mucho mejores panoramas que, mmm… Swoosh.
Podría estar recogiendo muestras de drogas esféricas y bioquímicas en Mundo
Aplastado, o en busca de demonios de bruma en Plató, o quizá cazando
«bandersnatchies», o viceversa, en cualquier costa de Jinx, pero, ¿por qué estamos
aquí?
—Porque aquí está.
—¿Qué clase de graciosa respuesta es esa?
—Beo, había una vez un tipo llamado Miller. Hace seis años que sacó de su
museo una nave inter-espacial dotada de un motor de fusión ramscoica y suplió este
con un nuevo motor hiperdrive, lanzándose entonces hacia el borde del universo.
Calculaba que podría obtener su hidrógeno en el espacio normal y utilizar una planta
de fusión para proporcionar energía a su motor hiperdrive. Probablemente a estas
fechas aún siga vagando en la inmensidad. Y quizá continúe por siempre, a menos
que encuentre algo. De modo que…
—No soy psiquiatra.
—El tal Miller quería ser recordado. Cuando hayan transcurrido cien años de su
muerte, Beo, ¿qué acción suya le hará ser recordado?

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—Seré el idiota que viajó con Gregory Pelton, que empleó dos meses de su vida y
un millón de estrellas para hacer llegar su nave hasta un planeta totalmente inútil.
—¡Bah! Pero ya ve usted. Será recordado.
—Hay mejores cosas para que lo recuerden a uno.
—No puedo escribir novelas. Sería yo un pésimo presidente planetario. No soy un
científico. Entonces, ¿qué me queda?
—Funda una dinastía.
Los labios de Elefante se contrajeron y lanzó una mirada fulgurante, no a mí, sino
hacia adelante.
—Grrr… —gruñó—. Sería yo también un pésimo emperador. Olvidemos esto,
¿quiere?
—Está bien —dije, y lo acepté porque algo se me había ocurrido.
Ese tipo Miller… sí había oído hablar de él. Había quedado estéril cuando se
encontraba parado demasiado cerca de una planta de fusión eléctrica el día en que a
esta se le ocurrió filtrar un poco de su energía. Había otros héroes cuyos nombres
serían recordados debido a que habían llevado a cabo cosas extrañas y difíciles
aunque no particularmente útiles. Mac Doolin, que había ascendido sesenta
kilómetros por un lado del monte Lookitthat (monte Vean Eso) enfundada en un traje
que ella misma había diseñado. Si hubiera empleado un par de meses más en elaborar
ese traje a prueba de presión, hubiera logrado regresar. Lino (su verdadero nombre es
desconocido), quien luchó contra los kzinties sin arma alguna y aún vivió para
enseñar a los Hellflare Boys (Muchachos Infernales) cómo debían hacerlo. ¿Alguno
de ellos tenía familia?
¿Elefante tenía hijos? ¿Podía tenerlos?
Podía hacerle la primera pregunta, si es que la hacía con delicadeza. Tocaría el
tema.
—Elefante, ¿es usted est…?
Se oyó un ruido seco, aplastante, instantáneamente seguido por una presión que
me estrangulaba la laringe y una fría y sofocante sensación sobre la superficie de mi
piel, acompañada de un intenso dolor en mis oídos.
Oí el principio desnudo de una alarma al desalojarse el aire. Ya había yo
alcanzado mi casco y me lo coloqué rápidamente, sujeté el cuello, y al mismo tiempo
que el aire era expulsado de mis pulmones se me vino un gran eructo.

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VII
No había manera de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, y tampoco tiempo para
hacerlo. La succión nos rodeaba y el aire rociaba mi traje, provocándome una intensa
frialdad. Sentía la sensación de que por mis oídos y fosas nasales penetraban puntas
de acero, pero sabía que viviría. Sentí en mis pulmones un enorme vacío, pero mi
traje se inflaba, entonces viviría.
No sabe usted cuán egoístas pueden ser sus pensamientos hasta que se ve usted
tan cercano al golpe mortal. Empezaron a temblarme las manos. Procuré controlarme
y me volví hacia Elefante.
El temor de la muerte se leía en su rostro. También se había puesto el casco, pero
tenía problemas para sujetarse el cuello. El rocío empapaba su collar y tuve que
forzar sus manos para que se sujetara el casco. El frente del cristal de su casco se
había empañado y enseguida empezó a aclararse; estaba recibiendo aire. Pero, ¿lo
había recibido a tiempo?
Lo que había ocurrido era una locura.
El casco de nuestra nave se había convertido en polvo. Todo en un instante y nada
primero, el exterior de la nave, se había desintegrado y desaparecido en una voluta de
aire respirable. Lo había yo visto.
Con toda seguridad, el casco no existía ya. Solamente las partes interiores de la
nave quedaban. Ante mí, el tablero de control iluminado. Un poco más abajo de él, el
compartimiento de la cápsula de extensión y el paquete de esta. Por arriba del tablero
se veía el medio disco llano de Swoosh y estrellas. Estrellas a la izquierda; a la
derecha Elefante, que se veía asustado, sorprendido y con vida. Más allá de él, más
estrellas. Por detrás de nosotros, la compuerta, el almacén de cocina y el tablero de
control, un destello de las patas de aterrizaje y del fulgor del radiador sobresaliente, y
más estrellas. La STºº era un esqueleto.
Elefante sacudió la cabeza y entonces hizo funcionar la radio de su traje. Dentro
de mi casco oí el clic amplificado.
Nos miramos uno a otro y esperamos. Parecía que tuviéramos nada que decir,
ningún comentario encajaría, pues todo era obvio.
Suspiré, hice funcionar el tablero de control y le imprimí al motor de fusión. Por
lo que podía yo apreciar, con excepción del casco todo lo demás de la nave se había
conservado. Nada vital faltaba. Todo lo que estaba sujeto al casco también había sido
fijado a otros aditamentos.
—¿Qué hace, Beo?
—Salir de aquí. Ahora puede usted desatar su ira.
—¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué retirarnos?
Había perdido el juicio. Los terriplanos son básicamente inestables. Tenía yo el
motor impulsándonos a baja energía, desconecté la arrastradora de gravedad y me
encaré a él.

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—Mire, Elefante, no tenemos casco —señalé con la mano alrededor nuestro—.
No quedó nada de él.
—Pero lo que queda de la nave aún es mío.
—¿Mmm…? Por supuesto.
—Quiero aterrizar. ¿Puede usted decir algo en contrario? —Detrás de su
impresionante barba se veía su seriedad. Continuó hablando—: Las patas de
aterrizaje están intactas. Nuestros trajes pueden detener la radiación durante tres días.
Podemos aterrizar y despegar en doce horas.
—Probablemente podríamos, si es que no ocurre algo más.
—Y hemos empleado un mes y medio para llegar aquí —insistió.
—De acuerdo. Es tonto, pero estoy de acuerdo.
—Me sentiría como un idiota al estar tan cerca y después regresar a casa. ¿Usted
no?
—Ya me siento un idiota al haber llegado tan cerca, punto. No, retiro eso. Sí, me
sentiría un tonto al regresar a casa sin tener nada que mostrar, pero nosotros tenemos
algo que enseñar.
—Una nave desnuda. Está bien, de modo que el casco se convirtió en polvo y se
esfumó. ¿Qué quiere decir eso? Significa que tuvimos un casco defectuoso, y voy a
desollar vivos a los de General Products cuando regresemos. Pero, ¿sabe usted lo que
haya causado eso?
—No. ¿Y usted?
Ignoró la pregunta, y se concretó a decirme:
—Entonces, ¿por qué deducir que eso ha sido alguna clase de amenaza?
Elefante estaba equivocado. Yo lo sabía. Pero, ¿cómo decírselo?
—Le diré lo que voy a hacer —dije, al mismo tiempo que enfilaba la cola de la
nave hacia Swoosh—. Ya estamos. Si insiste en aterrizar lo haremos dentro de tres
horas. Este cadáver desnudo es suyo, pero quiero hablarle de algo.
—Es justo —dijo, pero su boca cuadrada y rodeada por su barba demostraba
menos justicia que la que pudiera enseñar la concha de una tortuga.
—¿Ha tenido usted algún entrenamiento como espacionauta?
—Naturalmente.
—¿Incluyó algún curso de historia?
—Todo lo que me enseñaron fue volar una nave y un poco del desarrollo del
estado del arte.
—Ya es algo. ¿Recuerda que primero exploraron el sistema con combustibles
químicos? ¿Y qué la primera nave que tocó un asteroide fue construida en órbita
alrededor de la luna de la Tierra?
—Acepto lo que dice.
—Pero esto quizá no lo sepa. Hubo una nave antes que aquella que se suponía
llevaría a cabo la misma labor. Fue lanzada en trayectoria que tomó precisamente en
el interior de la órbita de la luna, después afuera y enseguida se alejó. Después de

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treinta horas del lanzamiento, la tripulación se dio cuenta de que todas sus ventanillas
se transformaban en cristal congelado. Dos de los hombres quisieron continuar para
terminar la misión. Ocurrió que el tercer hombre era el capitán. De modo que
inutilizaron los motores y así pararon la nave.
«Recuerde, los mejores materiales de que disponían eran aleaciones de hierro. El
casco fue construido con una aleación de carbón de hierro; las ventanillas eran de un
cristal grueso de dos capas. Nuestros héroes detuvieron la nave a trescientos
cincuenta mil kilómetros de la luna y llamaron a la base para informar que la misión
había fracasado».
—Usted recuerda aquello perfectamente bien, ¿por qué?
—El doctor Spinoza nos contó esos sucesos una y otra vez. Todo lo que nos
enseñaba lo ilustraba con algo que había ocurrido. Y así permaneció bien grabado en
mi mente. Aquellos pioneros llevaron a cabo una buena labor adiestrando
espacionautas para naves de pasajeros.
—Prosiga.
—Llamaron a la base y les dijeron lo que había ocurrido con las ventanillas.
Alguien llegó a la conclusión de que tenía que ser polvo, grandes cantidades de
polvo. Alguien más se dio cuenta de que habían lanzado la nave directamente a través
del punto Troyano[1] de la Luna.
Elefante rio y después tosió.
—Qué treta tan estúpida —comentó—. Ojalá que no hubiera yo respirado tanta
succión. Señor, se va acercando a algo.
—Si aquellos tres hombres no hubieran detenido la nave, el polvo la hubiera
hecho trizas. Los puntos Troyanos son colectores de polvo. Y la moraleja de este
cuento es que todo lo que usted no entiende es peligroso hasta que logre entenderlo.
—Eso suena a paranoico.
—Posiblemente sí para un terriplano. Usted proviene de un planeta muy bueno
para usted, aparentemente tan adaptado para usted, al grado de que piensa que todo el
universo es un gran conjunto habitacional de lujo del gobierno. Debía usted oír a los
Finaglistas. «La Perversidad del Universo Tiende Hacia lo Máximo». Cierta estrella
neutrona me hubiera matado si no hubiera entendido ese efecto invasor a tiempo.
—¿De modo que eso le iba a pasar? ¿Y usted piensa que todos los terriplanos son
tontos?
—¡Maldita sea! Había tocado su nervio más sensible.
—No, Elefante. Solo lo suficientemente paranoicos. Y me rehúso a disculparme.
—¿Quién se lo ha pedido?
—Aterrizaré con usted si puede decirme qué fue lo que convirtió nuestro casco en
polvo.
Elefante se cruzó de brazos y lanzó miradas de fuego hacia adelante. Yo guardé
silencio y esperé.

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A pesar de todo, si insistía tendría que aterrizar. No solamente porque aquella
fuera su nave, ni porque podría simplemente esperar a que regresara, sino porque
había sido yo el que me había invitado a formar parte de la aventura.
Después de un corto silencio, dijo:
—¿Podemos volver a casa?
—No lo sé. El hiperdrive funcionará y podremos utilizar la arrastradora de
gravedad cuando lleguemos a algún sistema. No podríamos haber hecho eso con el
protosol, porque tendríamos demasiado gas a través del sistema. Físicamente sí
seríamos capaces de regresar.
—Está bien, regresamos. Pero le diré esto, Beo: si estuviera yo solo, bajaría y al
diablo con lo que le pasó al casco.
Y así maniobré la nave para alejarnos de Swoosh, bajo las protestas de Elefante.
Después de diez horas nos encontrábamos lo suficientemente lejos de la gravedad de
Swoosh y listos para entrar en el hiperespacio.
Hice funcionar el hiperdrive, respiré convulsivamente y lo detuve tan pronto
como pude. Y allí estuvimos sentados, temblando.
—Podemos inflar la cápsula —dijo Elefante.
—Pero, ¿podremos entrar?
—No lo sé. No tiene compuerta de aire.
Sin embargo lo hicimos. Había un control de presión en la cabina y la ajustamos a
cero. El campo electromagnético que la plegaba se expandiría sin presión. Entramos
al fin, la presurizamos y nos despojamos de nuestros cascos.
—Estamos más allá de la radiación —dijo Elefante—. Ya eché una mirada.
—Muy bien —uno puede recorrer una gran distancia utilizando el motor
hiperdrive aun durante un par de segundos—. Ahora, hay algo que quiero saber,
¿puede soportar eso nuevamente?
Elefante se estremeció.
—¿Puede usted? —preguntó.
—Creo que sí. Podré hacer toda la navegación si me veo precisado a ello.
—Todo lo que usted soporte lo soportaré yo.
—¿Podrá soportarlo y conservar su juicio?
—Sí.
—Entonces trato hecho. Pero si cambia de manera de pensar, dígamelo al
instante. Un buen número de hombres muy capaces han perdido el seso en el Punto
Ciego, y a todo lo que tenían que hacer frente era a un par de ventanillas cubiertas.
—Lo creo. Por supuesto que lo creo, señor. ¿Cómo nos las arreglaremos?
—Tendremos que planear un curso a través de las regiones menos densas del
espacio conocido. El mundo habitado más cercano es Kzin. Odio tener que confiar en
los kzinties para pedirles ayuda, pero es lo mejor que tenemos a nuestro alcance.
—Le diré algo, Beo. Al menos dirijámonos a Jinx. Quiero utilizar ese número que
usted tiene para armarles un lío a los tratantes titiriteros.

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—Correcto.
Si resultaba que nuestras mentes no pudieran soportar aquello, en cualquier
momento podríamos detenernos.
Me pasé una hora planeando un derrotero. Cuando terminé, había unos pocos
pero preciosos huecos de gravedad a lo largo de nuestra ruta. Tendríamos que
verificar nuestro indicador de masas a lo sumo una vez cada veinticuatro horas.
Elefante ganó el primer descanso en una apuesta, y yo la primera guardia.
Nos pusimos nuestros trajes espaciales y despresurizamos la cabina. Mientras me
arrastraba a través del pasadizo vi a Elefante que opacaba la cápsula. Me acurruqué
en el sillón de emergencia. Nos encontrábamos solos entre aquel conjunto de estrellas
comprimidas. El protosol se había desvanecido detrás de nosotros.
Más de la mitad del alcance de mi vista era espacio vacío. Sin darme cuenta me
encontré mirando pensativamente la compuerta del aire. Se encontraba a la izquierda
y atrás, era una pieza de metal oblongo colocada sola al borde de la cubierta, con
ambas puertas fuertemente cerradas. La puerta interior se había golpeado cuando bajó
la presión y protegían entonces los mecanismos de la compuerta de aire, la presión
interna contra la succión de ambas puertas. Nadie estaba adentro para que se
beneficiara, pero, ¿cómo explicar eso a un censor de presión?
Significaba una demora. La nave estaba enfilada; apreté las mandíbulas y envié la
STºº hacia el hiperespacio.
Lo llamaban el Punto Ciego. Y encaja el nombre.
No hay manera de encontrar en sus ojos el punto ciego. Cierre un ojo, ponga dos
manchas en un trozo de papel y acérquelo hacia usted, tratando de fijar la vista del
ojo abierto en una sola mancha. Si sostiene en posición correcta el papel, la otra
mancha desaparecerá repentinamente.
Deje que una nave penetre en el hiperespacio con las ventanillas transparentes y
estas darán la impresión de que desaparecen de su vista. Y así las incluirá el espacio.
Los objetos de ambos lados se extenderán y se unirán para llenar el espacio perdido.
Si mira lo suficiente, Punto Ciego empezará a extenderse, las paredes y los objetos
colocados contra ellas se acercarán más al espacio perdido hasta verse envueltas.
Ayuda el cubrir las ventanillas; después de un rato el Punto Ciego empezará a borrar
las cubiertas.
—Todo eso es metal, así me lo dijeron. Entonces, ¿qué?
Hice girar la llave, y la mitad de lo que tenía a la vista era el Punto Ciego.
El tablero de control se alargó y se extendió. La esfera indicadora de masa trató
de enredarse a mí alrededor. Intenté sujetarla y vi mis manos también desfiguradas.
Con un esfuerzo considerable las volví contra mis costados y las mantuve ahí
fuertemente.
En lo que había sido la esfera indicadora de masas había una línea verde y
borrosa.

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Y toda ella se extendía hacia atrás y para los lados. La nave pudo volar sola hasta
que Elefante tomó su turno. Dando traspiés, me dirigí al pasadizo y me arrastré para
cruzarlo.

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VIII
Horas más tarde, Elefante me sorprendió revisando mis apuntes. Los tomó de mis
manos y empezó a estudiarlos.

1) Velocidad de la estrella: 8 luces.


2) Naturaleza de la estrella: Protosol. Único en el espacio conocido.
3) Origen de la estrella: Extragaláctica, en todas sus probabilidades.
4) Radiación extraordinaria.
5) El planeta no tiene atmósfera.
6) Ninguna señal de cráteres por impacto sobre el planeta.
7) El protosol extrañamente muestra temperatura muy elevada.
8) El planeta no tiene litosfera.
9) Un cráter por impacto, muy desvanecido. ¿Polvo? ¿Por qué tan denso?
10) Animales de Helios II confinados a la parte posterior del planeta. Temen
al polvo.

Elefante asintió para consigo mismo, agregó algo a la lista y me la devolvió. En


los apuntes había anotado:

11) El casco desintegrado.

Once anotaciones. Once irregularidades sin explicación.


Tenían que estar relacionadas.
—Si supiéramos algo más acerca de nuestro casco —le dije—, probablemente
podríamos desentrañar eso.
—Ninguna oportunidad —comentó Elefante—. Ese casco es un secreto de los
tratantes.
Y allí murió nuestra conversación.
Todas morían jóvenes. Ninguno de los dos sentíamos la urgencia de hablar.
Pasaron las horas, que se convirtieron en días. Nos turnábamos en la pantalla de la
biblioteca; pensé que si la cápsula no hubiera tenido una extensión no habríamos
sobrevivido. Cada veinticuatro horas uno de los dos salíamos para ver si no teníamos
cerca alguna masa peligrosa, a fin de retroceder al espacio normal para hacer algún
arreglo y corregir nuestro curso. Las pocas horas que pasábamos juntos, después de
cada turno, no hablábamos ni una palabra, porque durante ese tiempo alguno de los
dos se encontraba presa de una tensión que lo haría morder al otro.
Durante mi tercer viaje al espacio no hice otra cosa que mirar y mirar.
Y llegó el momento en que me cegué del todo. En mi campo visual no había otra
cosa que el Punto Ciego.

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Pero fue algo más que ceguera. Un hombre ciego, aquel cuyos ojos han perdido
su función, al menos recuerda cómo se ven las cosas. Pero un hombre que ha sufrido
el daño en el lóbulo óptico de su cerebro no recuerda ninguna figura. Podía recordar
para qué había salido: para buscar masas cercanas que pudieran dañarnos, pero no
podía recordar cómo hacerlo. Toqué una superficie curva y tersa y supe que ese era el
aditamento que me lo indicaría, si es que solo pudiera adivinar su secreto.
Advertí que me dolía el cuello, por lo que moví la cabeza. Eso devolvió la
existencia a mis ojos.
Cuando presurizamos nuevamente la extensión de la cabina, Elefante dijo:
—¿En dónde estaba, Beo? Ha estado ausente desde hace media hora.
—Y tuve suerte. Cuando vaya usted allá, evite el mirar hacia arriba.
—¡Oh!
¿Por qué, habiendo tanto de que hablar, nosotros no podíamos encontrar algún
tema? ¿Acaso se debía a que acabaríamos hablando acerca de Swoosh? El planeta nos
había derrotado sin siquiera habernos advertido. Lo habíamos bautizado, nos
acercamos a él y nos retiramos. Dos mosquitos insignificantes que el misterioso
mundo ni siquiera había tenido que aplastar.
Nos habíamos retirado, a instancias mías.
Un día lo abracé con ello.
—Elefante, hay una palabra que no aparece en nuestro lenguaje.
Retiró la mirada de la pantalla de lectura, y comentó:
—Más de una. Las cosas han estado hasta cierto punto silenciosas.
—Una palabra. Tenemos tanto miedo de usarla que hasta tememos hablar del
todo.
—Dígala.
—Cobardía.
Elefante levantó las cejas y enseguida cerró el switch de la pantalla.
—Muy bien. Hablaremos de ella. Antes que todo, usted la dijo, no yo. ¿De
acuerdo?
—De acuerdo. ¿Ha pensado en ella?
—No. He estado pensando en eufemismos, como «extraprecavido» y «no
dispuesto a exponer su humanidad». Pero ya que hablamos de esto, ¿por qué estuvo
tan ansioso de regresar?
—Estuve asustado —dejé que la palabra penetrara en su cerebro—. La gente que
me entrenó me hizo estar cierto de que estaría asustado en ciertas situaciones. Con el
debido respeto, Elefante, he tenido más entrenamiento que usted y creo que su deseo
de aterrizar fue solo el resultado de su ignorancia.
Elefante lanzó un suspiro, y preguntó:
—¿Está seguro de ello?
—Ciertamente no. Mientras más días pasan estoy menos seguro de ello. Quizá
estuve confundido. Es posible que hubiéramos aterrizado con perfecta seguridad,

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salido de nuestra nave y encontrado una buena y razonable respuesta a estas once
anotaciones que hice en mi libreta; enseguida regresar, despegar y volver a Jinx doce
horas más tarde de lo que lo haremos.
—Es posible que así hubiera sido. Esas respuestas no las encontraremos aquí,
¿verdad?
Y no las encontraríamos. Uno de los dos tenía razón, y el otro estaba equivocado.
Si el equivocado era yo, entonces habría perdido una gran amistad. Odiaba eso. No
estaba seguro siquiera de que Sharrol apoyara las ideas de Elefante. Pero si ella
llegaba a la conclusión de que yo había sido un cobarde…
Sharrol me conoció solamente durante cuatro días.
¿Era yo un cobarde? Yo no fui un héroe de nacimiento, y nunca me jacté de serlo.
Esa era la primera vez en mi vida que tal pregunta me había preocupado. Algunas
veces, durante aquel primer viaje, realmente pensé acerca de regresarme y entonces,
durante unos minutos, mientras me encontraba frente al Punto Ciego, cuando me tocó
mi turno, deseaba regresar para alcanzar lo más pronto posible Jinx.
Regresamos del hiperespacio cerca de los soles gemelos de Sirio. Pero eso no era
el final; aún teníamos que encararnos a un universo que se movía a una velocidad de
8 luces. Nos tomó casi dos semanas el frenar nuestra velocidad para bajar hasta la
normal. El radiador sobresaliente de la arrastradora de gravedad tenía la mayor parte
del tiempo un fulgor blanco-naranja. No puedo precisar cuántas veces circulamos
regresando a través del hiperespacio para otra nueva carrera y cruzar aquel viaducto
de gravedad del sistema.
Pero al menos ya nos encontrábamos circunvolando en órbita alrededor de Jinx.
El silencio de horas que había prevalecido fue roto por mí.
—¿Y ahora qué, Elefante? Regresa usted, ¿no es cierto?
—Tan pronto como estemos a su alcance voy a hacer una llamada con ese número
que usted tiene.
—¿Y luego?
—Lo dejaré a usted en la Madre de Sirio con el dinero suficiente para que regrese
a casa. Me daría mucho gusto si usara mi casa, considerándola suya, hasta que yo
regrese de Swoosh. Aquí conseguiré una nueva nave.
—¿No quiere que lo acompañe?
—Yo aterrizaré, Beo. ¿No se sentiría usted como un maldito tonto si entonces
muriera?
—He pasado tres meses en la extensión de una cápsula debido a ese estúpido
planeta. He realizado una jornada épica sin casco protector en la nave a través del
hiperespacio. Si lo conquistara usted solo, entonces sí que me sentiría como un
maldito tonto.
Elefante se veía infeliz hasta un punto exagerado. Empezó a hablar, pero contuvo
el aliento… Si alguna vez escogí el tiempo preciso para hacer callar a un hombre, fue
entonces.

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—Espere. Llamemos primero a los traficantes. Tenemos mucho tiempo para
decidir.
Elefante asintió. En un momento me había dicho que no quería que yo fuera
debido a que me había rehusado a exponer mi humanidad. Entonces se volvió hacia el
teléfono de la nave y marcó.
Jinx se veía abajo de nosotros, como un huevo de pascua multicolor. A un lado se
veía a Binaria, inflada, de un color naranja, el planeta primario del cual Jinx es una
luna. Nos encontrábamos lo bastante cerca para comunicarnos con Jinx… y el
número de la caseta de traslado de los traficantes titiriteros también servía como
número de teléfono suyo.
La voz que contestó al llamado de Elefante era una voz dulce y aguda de
contralto. No hubo imagen, pero yo podría decir que ninguna voz de mujer era tan
agradable.
—El casco de mi nave, fabricado por la «General Products», ha fallado —dijo
Elefante, yendo directamente al punto que deseaba tratar.
—¿Cómo decía usted?
—Me llamo Gregory Pelton. Hace dos años que compré un casco N.º 2 de la
General Products. Hace mes y medio que ese casco falló. Se convirtió en polvo.
Desde entonces hemos tratado de llegar a casa. ¿Puedo hablar con alguno de los
traficantes?
—La pantalla se iluminó. Aparecieron dos cabezas triangulares, sin cerebro, y nos
miraron con un ojo cada una.
—Eso es una cosa muy seria —dijo el traficante con un aspecto estúpido. Con
aquellos labios pulposos, uno de esos seres no puede verse más que estúpido—.
Naturalmente que lo indemnizaremos con el valor total. ¿Es usted Beowulf Shaeffer?
—Sí —repliqué—, pero primero tratemos esto. Más tarde averiguaré para qué
querían ustedes verme.
—Por supuesto. Gregory Pelton, ¿querría usted detallarnos las circunstancias bajo
las cuales se desintegró su casco?
A Gregory Pelton no le incomodaba relatar aquello. Lo hizo con toda
vehemencia. Sus orejas y cuello tomaron un tinte rojo oscuro; su barba saliente
parecía haber adquirido vida propia. De verdad que causaba placer oírle. La timidez
con que se había portado ante los extraespaciales había desaparecido; trataba al
traficante como si fuera uno de los torpes ingenieros de su propia fábrica. Las
expresiones tontas de aquel ser extraño nunca desaparecieron, pero cuando Elefante
terminó su relato, parpadeaba rápidamente.
—Ya veo —dijo—. Nuestras disculpas son insuficientes, por supuesto, pero usted
comprenderá que hemos incurrido en un error natural. No pensamos que la
antimateria existiera en cualquier punto de la galaxia, para no mencionar también el
espacio conocido, y menos en cantidad tal que pudiera desintegrar nuestro casco.
La voz rugiente de Elefante se suavizó repentinamente:

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—¿Antimateria? ¿Dijo usted antimateria?
Me dio la impresión como si Elefante hubiera dicho esa palabra a gritos. Oí
dentro de mi cerebro cómo su eco rebotaba de un lado a otro.
—Naturalmente. No ofrecemos disculpas, pero usted debió haberse dado cuenta
al momento. El gas interestelar de materia normal había pulido la superficie del
planeta con explosiones minúsculas y despojado su litosfera al punto de reducirla al
magma, había elevado la temperatura del protosol más allá de la espera razonable, y
fue causando una azarosa radiación verdaderamente notable. Barrió la colección de
gas y polvo normal del protosol. ¿No llegó usted a preguntarse acaso acerca de todo
aquello? Usted sabía que el sistema en que se encontraba estaba situado más allá de la
galaxia. Se supone que los humanos son curiosos, ¿no es verdad?
—Pero el casco —insistió Elefante.
—Sí. Tiene usted derecho a saberlo. Un casco de «General Products» es una
molécula artificialmente generada cuyos límites interatómicos son fortalecidos
artificialmente por una fuente pequeña de energía. Los límites reforzados son una
prueba contra cualquier clase de impacto y contra el calor de millones de grados. Pero
cuando han sido removidos de la molécula por colisiones antimateria átomos
suficientes, entonces, naturalmente, la molécula se desintegra.
Elefante entraba en razón. Me preguntaba si él se había quedado sin voz.
—¿Cuándo esperamos que cobre usted su indemnización? Entiendo que ningún
humano resultó muerto. Eso fue una fortuna. Nuestros fondos son muy bajos.
Elefante desconectó el videófono. Tragó saliva una o dos veces y se volvió a
mirarme directamente a los ojos. Me dio la impresión de que había hecho uso de toda
su fuerza para mirarme, y si hubiera esperado a que me hablara no sé lo que me
hubiera dicho.
—Me agrada que haya oído todo eso —dije. Odio las escenas cursis—.
Verdaderamente me alegro. Yo tenía razón y usted estaba equivocado. Si hubiéramos
aterrizado en su planeta olvidado lo hubiéramos hecho convertidos en una luz. Llega
el momento en que me causa gran placer decir: «Se lo dije».
Sonrió débilmente.
—Me lo dijo: Antimateria.
—¡Oh, se lo dije, se lo dije! ¡Una y otra vez se lo dije! ¡Ese planeta está maldito!
Le dije que robaría su vida y alma. Ha habido señales en los cielos que…
—Ya está bien, mequetrefe; no exagere. Le debo a usted dos veces mi vida, más
de un millón de estrellas, y ni un centavo más.
—Está bien, olvidémoslo. Pero hay una cosa que quiero que usted recuerde.
—Si no la entiendo, será peligroso.
—Eso es precisamente lo que quiero, que usted recuerde además de que «Se lo
dije».

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La mitad de la casa que había construido Elefante estaba incrustada en la cara de la
montaña de su propiedad, sin ningún soporte aparente. La otra había sido proyectada
en el espacio. Un balcón muy ancho y circular también pendía del vacío, sin apoyo
visible y sin ningún barandal que lo protegiera. El campo de fuerza que protegía el
borde era naturalmente invisible. Aparte, Elefante se encontraba en algún otro sitio,
ocupándose de sus negocios. Se había perdido de una buena comida.
Sharrol nos sirvió de una botella verde, cuadrada, tres bebidas después de la cena.
Esa botella tenía una etiqueta con la típica verborrea terriplana; se leía: «Rothschild
Extra Fine Brandy Napoleón 2680». El líquido era claro, con un tinte café.
—Una última pregunta —dijo Diana—: ¿Qué era lo que los tratantes titiriteros
querían de ti?
—Querían que por su cuenta explorara yo las nubes de Magellan. Pero decliné la
invitación.
Las muchachas se quedaron mirándome y después se vieron una a la otra. Era yo
un mentiroso. ¡Qué injusticia! Había yo dicho al menos la mitad de la verdad, y el
resto era un secreto del traficante. Me habían pagado una pequeña cuota de consulta
para que aquella comunicación fuera privilegiada. Me sacudí entonces de mis
escrúpulos de mentiroso y de un trago bebí aquello.
Trataba yo de aclarar mi garganta cuando Elefante irrumpió en la casa, gritando
desde el vestíbulo:
—¡La nave está lista! ¡Saldremos dentro de una semana! ¿Qué ocurre, Beo?
Al decir esto se encontraba ya en el balcón.
Al fin pude controlar mi respiración y balbucear:
—¿Semana? ¿Salir? ¿Nave?
—¿No mencioné algo de eso? ¡Bah! Creo que no. Beo, quiero regresar al
protosol. Compré un casco N.º 2 cubierto con una capa de espuma plástica de medio
metro de grueso. Hay, sobre las ventanillas, medio metro de cristal que las refuerza;
en caso de que llegaran a congelarse pueden ser removidas y colocar otras
automáticamente. La velocidad será lograda con una arrastradora de gravedad
agrandada. ¿Quiere venir conmigo?
El objeto que llevaba consigo tenía un metro y medio de largo, metálico, cubierto
con una tela enrollada que colgaba ligeramente. La reconocí como una bandera
vacumática, con resortes de alambre, diseñada para verse como si se agitara en donde
no existe el viento.
Debió haber leído bien mi expresión, porque dijo:
—No, idiota; no voy a aterrizar. ¿Por quién me toma? Hay un cohete sólido en
mástil. Quiero plantarlo en Swoosh arrojándolo a distancia. Hará un gran impacto,
¿no cree usted?
—¿Y quiere usted que lo acompañe?

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—Por supuesto.
—La nave parece lo bastante segura. ¿Disponemos de una semana?
—Más o menos. Hay que aprovisionamos.
—Le resolveré con toda anticipación.

Saldremos mañana.
Tengo una cámara tripié sujeta sólidamente al tablero de control, y un contrato
con la compañía radiotransmisora más grande en el espacio conocido. Tendrá esa
compañía los derechos exclusivos sobre la primera explosión macroscópica
antimateria que jamás haya sido registrada. Esta vez tengo una razón poderosa para ir.

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EL CRIMEN Y LA GLORIA DEL COMANDANTE
SUZDAL

Cordwainer Smith

EL PRINCIPIO
El comandante Suzdal fue enviado en una nave cápsula para explorar lo más
profundo de nuestra galaxia. Su nave era llamada Crucero, pero él era el único
hombre en ella. Iba equipado con hipnóticos y cubitos para proporcionarle la
semejanza de una compañía, una gran multitud de gente amiga que podía ser
convocada con sus propias alucinaciones.
Ese instrumental hasta le ofrecía el poder elegir sus compañeros imaginarios,
cada uno de los cuales estaba envuelto en un pequeño cubo de cerámica conteniendo
el cerebro de un animal pequeño, pero impreso con la personalidad de un ser humano.
Suzdal, un hombre de baja estatura, grueso y con una sonrisa agradable, era
exigente acerca de sus necesidades:
—Denme un buen par de oficiales de seguridad. Podré manejar la nave, pero si
voy hacia lo desconocido, necesitaré ayuda para enfrentarme a los problemas
extraños que puedan presentarse.
El oficial encargado de abastecer la nave sonrió.
—Nunca oí a un comandante de crucero que pidiera oficiales de seguridad. La
mayoría de la gente los considera totalmente faltos de sentido común.
—Está bien —replicó Suzdal—, pero yo no.
—No querrá también algunos jugadores de ajedrez.
—Puedo jugar ajedrez y todo lo que yo quiera, utilizando las computadoras
auxiliares. Todo lo que tengo que hacer es bajarles la energía y empiezan a perder.
Con la energía en pleno siempre me ganan.
El oficial le dirigió a Suzdal una mirada extraña. No lo miró exactamente con
malicia, pero su expresión fue una mezcla de intimidad y un poco de desagrado.
—¿Y qué otra clase de compañeros necesita? —le preguntó, con un dejo de burla
en la voz.
—Tengo buenos libros —replicó Suzdal—, un par de millares. Estaré ausente
solo un par de años terrestres.
—Subjetivo local, podrían ser varios miles de años —le dijo el oficial—, aunque
todo el tiempo retrocederá conforme vaya regresando a la Tierra. Y no hablaba yo de
libros —dijo con el mismo tono burlón y haciendo una voz aguda.

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Suzdal sacudió la cabeza con una preocupación momentánea y se corrió la mano
a través de sus cabellos arenosos. Sus ojos azules tenían una mirada penetrante y miró
fijamente a los ojos del oficial.
—Entonces, ¿qué quiere decir, si no eran libros? ¿Navegantes? Los llevo ya, sin
mencionar a los hombres tortuga. Son muy buena compañía si les hablo lo
suficientemente despacio y después les da mucho tiempo para que le contesten. No se
olvide que ya he estado allá antes…
El oficial le espetó su oferta:
—Bailarinas, mujeres, concubinas. ¿No quiere algunas de esas? Hasta pudimos
haber metido a su misma esposa en un cubo y también incluir la mente de ella en
otro. De ese modo ella podría haber estado con usted todas las semanas que estuviera
despierto.
Suzdal se vio cómo si fuera a escupir al suelo con disgusto.
—¿Alice? ¿Quiere decir que le gustaría que yo viajara con el fantasma de ella?
¿Cómo se sentiría la verdadera Alice cuando yo regresara? No me diga que va usted a
poner a mi esposa en el cerebro de algún ratón. Me está usted ofreciendo delirio. Yo
tengo que conservar el juicio por allá con el tiempo y el espacio rodando en grandes
ondas a mí alrededor. Con lo que voy a recorrer tengo lo suficiente para enloquecer.
Le repito que no debe olvidar que ya he ido por allá anteriormente. El regresar al lado
de la verdadera Alice va a ser uno de los factores de realidad más grandes. Eso me
ayudará a regresar vivo a casa —en ese punto la voz de Suzdal tomó un tono de
pregunta íntima, y añadió—: No me diga que un buen número de comandantes de
crucero piden volar con esposas imaginarias. Eso sería muy desagradable, según mi
opinión. ¿Lo hacen muchos de ellos?
—Estamos aquí para aprovisionar su nave y lanzarlo, no para discutir lo que otros
oficiales hacen o dejan de hacer. Algunas veces pensamos que es bueno que ustedes
tengan una compañía femenina a bordo, aun cuando sea imaginaria. Si por casualidad
llegaran a encontrar algo entre las estrellas que tomara la forma femenina, serían
ustedes fuertemente vulnerables a ella.
—¿Hembras? ¿Entre las estrellas? ¡Bah! —replicó Suzdal.
—Han ocurrido cosas muy extrañas —comentó el oficial de carga.
—Pero no eso —apuntó Suzdal—. Dolores, locura, distorsión, pánico sin fin,
locura por necesidad de alimentos; sí, todo eso puede esperarse y encararlo. Allá lo
encontrará en el espacio sin fin, pero hembras no. No las hay. Yo amo a mi esposa.
Cuando cruce el espacio no imaginará a ninguna otra hembra. Después de todo, tengo
a las gentes tortugas a bordo y ellas procrearán. Tendré mucha vida de familia para
observar y tomar parte de ella. Hasta me permitiré organizar fiestas de Navidad para
los jóvenes.
—¿Qué clase de fiestas serán esas? —preguntó el oficial.
—Son simplemente un pequeño y viejo rito acerca del cual oí hablar a un piloto
del extraespacio. Se les hacen regalos a todos los seres jóvenes una vez por cada año

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subjetivo.
—Se oye bien —dijo el oficial, con un tono de voz cansado y deseoso de terminar
con ese tema—. ¿Aún se resiste a llevar a una mujer encubada a bordo? No tendría
usted que activarla, a menos que realmente la necesitara.
—Usted no ha volado, ¿verdad? —le preguntó Suzdal.
Le tocó el turno para sonrojarse al oficial de aprovisionamiento.
—No —respondió secamente.
—Todo lo que hay en esa nave me dará en qué pensar. Soy una especie de hombre
jovial y muy amigable. Déjeme que me concrete a viajar con mis seres tortugas. No
son muy alegres, pero sí muy considerados y descansados. Dos mil años más de vida
subjetiva es un lapso largo. No me imponga decisiones adicionales. El pilotar la nave
implica suficiente trabajo. Déjeme entonces solo con mis tortugas. Ya en viajes
anteriores me he llevado muy bien con ellas.
—Usted, Suzdal, es el comandante —dijo el oficial de aprovisionamiento—.
Haremos lo que ordene.
—Perfecto —dijo aquel sonriendo—. En este oficio se encontrará usted tipos muy
singulares, pero yo no soy de esos.
Se intercambiaron sonrisas y el aprovisionamiento llegó a su término.
La nave en sí era maniobrada por hombres tortuga que envejecían muy
lentamente a fin de que Suzdal pudiera seguir el curso del borde de la galaxia y dejar
que los miles de años (cuenta terrestre) transcurrieran, mientras él dormía en su cama
congelada. Los hombres tortuga, en tanto, pasaban de generación en generación y
entrenaban a los jóvenes para atender la nave, les contaban la historia de la Tierra, a
la que ellos ya no verían más; a leer correctamente las computadoras y a despertar a
Suzdal solamente cuando hubiera una necesidad para la intervención de la
inteligencia humana. El comandante despertaba de cuando en cuando, realizaba su
trabajo y volvía a dormir. De esa manera sentía que había estado ausente de la Tierra
solo unos cuantos meses.
¡Indudablemente meses! Pero había salido de su puerto espacial terrestre hacía
más de diez mil años subjetivos, que fue cuando despegó en cápsula sirena.
Esa cápsula tenía el aspecto de una triste y ordinaria navecilla. Esa clase de
objetos que a menudo eran lanzados a través del espacio para indicar alguna
complicación del destino del hombre entre los astros. Aparentemente, esa cápsula
había sido proyectada para recorrer una enorme distancia, y fue por ella que Suzdal
tuvo conocimiento de la historia de Arachosia.
Pero esa historia era falsa. Los cerebros de todo un planeta, los genios salvajes de
una raza infeliz y perversa, habían estado dedicados al problema de poner alguna
trampa y atraer a un piloto común de la vieja Tierra.
La historia que contó la cápsula de Suzdal relataba la rica personalidad de una
mujer maravillosa con una voz de contralto. En parte la historia era verdadera. Los
recursos eran reales, también en parte. Suzdal escuchó la historia y esta se hundió en

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lo más íntimo de su cerebro, como una pieza de gran ópera maravillosamente
orquestada. Hubiera sido diferente si hubiera conocido la historia verdadera.
Ahora ya es bien conocida por todos la verídica historia de Arachosia; esa historia
terrible y amarga del planeta que era un paraíso y se convirtió en un infierno. La
historia de cómo la gente tenía que ser algo distinto de la gente. Esos hechos que
ocurrieron por allá en el más pavoroso lugar de entre los más recónditos astros.
Se habría alejado si hubiera sabido la historia verdadera. Pero no pudo entender lo
que ahora nosotros sabemos:
La humanidad no pudo encontrarse con los terribles seres de Arachosia sin que
estos la siguieran a la Tierra para acarrearles las desgracias más tremendas entre todas
las desgracias, una locura peor que la insanidad, una plaga que sobrepasaba cualquier
otra plaga imaginable. Los arachosianos se habían convertido en algo irreal, y aun
así, en lo más íntimo de su personalidad elaborada, permanecían reales. Entonaban
canciones que exaltaban sus propias deformidades y en las que se alababan por
aquellos en que tan horriblemente habían logrado convertirse, pero en medio de todo,
en sus canciones, en sus baladas, las notas del órgano incluían:

… ¡Y guardamos luto por él hombre!

Sabían lo que habían sido y se odiaban. Odiándose perseguían a la humanidad, y


quizá aún están persiguiéndola.
Todo el instrumental moderno científico ha intervenido dolorosamente para que
los arachosianos nunca vuelvan a encontrarnos, y ha extendido redes engañosas a lo
largo de todo el límite de la galaxia, para asegurarse de que aquella gente perdida y
arruinada no pueda encontrarnos.
Ese instrumental sabe y protege nuestro mundo y todos los otros mundos de la
humanidad contra aquellos seres anormales en que se convirtieron los arachosianos.
No queremos saber nada de ellos. Dejemos que sigan en pos de nosotros, que no
habrán de encontrarnos.
¿Cómo podía saber eso Suzdal?
Esa fue la primera vez que un terrícola tenía conocimiento de los arachosianos, y
Suzdal se encontró con ellos y fue solamente con un mensaje en el que la voz de un
duendecillo cantó una canción de ruina, utilizando palabras perfectamente claras en el
lenguaje viejo común, para narrar una historia tan triste, tan abominable, que aún la
humanidad no ha podido olvidar.
En su esencia, la historia fue muy simple. Esto es lo que Suzdal oyó y lo que los
humanos han seguido oyendo desde entonces:
Los arachosianos fueron pobladores. Estos pudieron haberse embarcado en naves
de vela siguiendo en pos de conglomerados. Fue esa la primera forma.
También pudieron haberse desplazado en naves planoformas; naves piloteadas
por hombres hábiles, que penetraron en el segundo espacio y salieron una vez más

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para encontrarse con el hombre.
O es posible que para recorrer enormes distancias pudieron haberse trasladado de
un punto a otro en una nueva combinación. Conjuntos individuales embarcados en
alguna cápsula gigantesca, una versión enorme de la misma cápsula de Suzdal. Los
durmientes congelados, las máquinas despiertas y la nave lanzada a, y más allá de la
velocidad de la luz, volando bajo el espacio y saliendo al acaso para establecerse en
algún punto adecuado. Era un albur, pero los valientes seres lo jugaron. De no haber
encontrado ningún sitio apropiado podrían haber seguido su curso en el espacio por
siempre, mientras los cuerpos, protegidos por la congelación como estaban, fueron
deteriorándose poco a poco, y mientras tanto, la tenue luz de la vida fue alejándose de
los cerebros individuales congelados.
Las naves cápsula fueron la respuesta a la humanidad, para la sobrepoblación a la
que ni el viejo planeta Tierra, ni sus hijos satélites podían responder.
Las naves cápsula transportaban entre las estrellas a los necios, a los inútiles, a los
románticos, a los voluntarios y, algunas veces, a los criminales. La humanidad perdió
el rastro de esas naves una y otra vez. Los exploradores avanzados, el instrumental
organizado, tomaba el control sobre los seres humanos, ciudades y culturas, elevadas
o bajas, tribus o familias, en donde habían logrado llegar las naves cápsula, lejos,
mucho más allá de los límites más lejanos de la humanidad, en donde los
instrumentos de búsqueda habían encontrado un planeta semejante a la Tierra, y en
donde aquellas cápsulas, como algún insecto gigantesco moribundo, se habían posado
despertando a la gente que transportaban, y de manera automática se habían abierto y
destruido para hacer su entrega de los nacidos por segunda vez, hombres y mujeres,
para que formaran un nuevo mundo.
Arachosia aparecía como un mundo bueno para los hombres y mujeres que
llegaron. Playas hermosas, con montañas escarpadas como interminables riveras que
se elevaban por encima de ellas. Estaba dotado de dos lunas brillantes en su cielo, y
un sol no muy lejano.
Las máquinas habían realizado una prueba anterior de la atmósfera y tomado
muestras del agua. Habían diseminado en la atmósfera y en los mares las formas de la
vieja vida terrestre para que cuando los viajeros despertaran oyeran el canto de las
aves terrenales y supieran que también los peces ya conocidos habían sido adaptados
a los océanos y se propagaban para multiplicarse. Parecía una vida buena, una vida
rica. Las cosas marchaban bien.
Todo iba muy bien, pero muy bien para los arachosianos.
Esa era la verdad.
Hasta ahí, esa era la historia dicha por la cápsula.
Pero desde ese punto difería.
La cápsula no dijo la pavorosa y triste verdad acerca de Arachosia. Inventó un
juego plausible de mentiras. La voz que salió telepáticamente de la cápsula fue la de

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una hembra madura, feliz y sensual; alguna mujer de edad media con una atractiva
voz de contralto.
Suzdal casi tuvo la idea de que había hablado con ella, así de real fue la
personalidad. ¿Cómo podía saber que estaba siendo engañado y atrapado?
Todo parecía normal, verdaderamente normal.
—Y entonces —dijo la voz— la enfermedad arachosiana nos ha estado atacando.
No aterrice. Permanezca a distancia. Háblenos, díganos acerca de algún remedio.
Nuestros jóvenes mueren sin razón. Nuestros campos son ricos y el trigo aquí es más
dorado del que había en la Tierra; las cerezas son más encarnadas, nuestras flores más
hermosas. Todo está mejor, excepto la gente.
—Nuestros jóvenes mueren… —repitió aquella dulce voz femenina, en un
sollozo.
«¿Hay algunos síntomas?», pensó Suzdal, y casi como si hubiera oído su
pregunta, la cápsula contestó:
—Mueren por nada. Nada que nuestra medicina pueda probar, ni algo que nuestra
ciencia pueda demostrar. Ellos mueren simplemente y nuestra población va
decayendo. ¡Seres, no se olviden de nosotros! Hombre, quienquiera que usted sea,
venga pronto; venga ahora, proporciónenos ayuda, pero por su propio bien, no
aterrice. ¡Manténgase a distancia del planeta y capte una vista de nosotros a través de
sus pantallas para que pueda hacer un relato cuando regrese a la Tierra de los
hombres y les diga acerca de los hijos de la humanidad que se encuentran perdidos
entre las estrellas más extrañas!
¡Extraño, indudablemente!
La verdad era aún más extraña y, sin duda, muy importante.
Suzdal quedó convencido de la verdad del mensaje. Había sido seleccionado para
el viaje debido a que era de buen temperamento, inteligente y valeroso. Aquel
llamado de sirena afectó sus tres cualidades.
Más tarde, mucho más tarde, cuando fue arrestado, se le preguntó:
—Suzdal, tonto, ¿por qué no sometió el mensaje a algunas pruebas? ¡Expuso
usted la seguridad de todas las humanidades por una cápsula tonta!
—¡No fue tonta! —protestó Suzdal—. Aquella cápsula en desgracia tenía una voz
triste y maravillosamente humana, y el relato pudo verificarse como verdadero.
—¿Con quién? —objetó el investigador secamente.
Cuando Suzdal contestó lo hizo con voz cansada y triste.
—Lo verifiqué con mis libros. Con mis conocimientos —y malhumorado, añadió
—: y con mi propio juicio…
—¿Y su juicio resultó atinado? —preguntó el investigador.
—No —repuso Suzdal, y dejó que esa simple palabra permaneciera en el espacio
como si fuera la última que pronunciaría en su vida. Pero fue él mismo quien rompió
el silencio cuando dijo—: Antes de que preparara mi derrotero y regresara a dormir,
activé a mis oficiales de seguridad encubados e hice que verificaran aquel llamado.

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Obtuvieron la verdadera historia de Arachosia, de acuerdo. Descifraron las
intenciones de la cápsula en desgracia y me dijeron rápidamente los hechos
verdaderos precisamente cuando despertaba yo.
—¿Y qué hizo usted?
—Hice lo que hice. Hice por lo que ahora espero ser castigado. Para entonces ya
los arachosianos rodeaban mi cápsula. Habían atrapado mi nave y me tenían a su
merced. ¿Cómo iba yo a saber que aquella historia maravillosa y triste fue verdad
solamente durante los primeros veinte años acerca de los que habló aquella mujer? Y
ni siquiera fue una mujer. Solo un «Klopt». Únicamente los primeros veinte años…
Todo había marchado bien para los arachosianos durante los primeros veinte
años. Y entonces llegó el desastre, pero no fue lo dicho por la cápsula.
No podían entenderlo y no sabían por qué tenía que sucederles. No sabían por qué
habían tenido que esperar veinte años, tres meses y cuatro días. Pero llegó su hora.
Pensamos que tuvo que haber sido algo en la radiación de su sol. O quizá la
combinación de la radiación del sol y de la química, la que aún los instrumentos más
sabios de la nave cápsula no habían analizado por completo, lo que los afectó y se
extendió dentro de ellos. El desastre los atacó, era uno muy simple y totalmente
imposible de detener.
Tenían médicos y hospitales; hasta una capacidad limitada para investigación
clínica.
Pero esa investigación no pudieron realizarla con la presteza que el caso requería.
Era simple, monstruosa y enorme. LO FEMENINO CONVERTIDO EN CARCINOGENÉTICA.
Todas las mujeres sobre el planeta empezaron a contraer cáncer al mismo tiempo.
En los labios, en sus senos, en el vientre. Algunas veces alrededor de la barbilla o de
los labios y en las partes más sensibles de sus cuerpos. Aquel cáncer tenía formas
muy variadas, y con todo eso, era siempre el mismo. Había algo acerca de aquella
radiación que alcanzaba y penetraba en el cuerpo humano y que ocasionaba una
forma particular de desoxycorticosterona convertida en una subforma, desconocida
en la Tierra, de pregnandiol, que infaliblemente causaba el cáncer. El avance era
rápido.
Las que morían primero eran las niñas. Las mujeres se aferraban, llorando, a sus
padres y esposos. Las madres trataban de decir adiós a sus hijitas.
Uno de los doctores era mujer, una mujer fuerte.
Valientemente cortó tejidos vivos de su cuerpo para ponerlos bajo la lente del
microscopio; tomó muestras de su orina, de su sangre y de su saliva y regresó ante el
grupo de médicos para dar su respuesta: NO HAY RESPUESTA. Aun así había algo mejor
y peor que una respuesta.
Si el sol de Arachosia destruía todo lo que fuera del sexo femenino, si el pez
hembra flotaba panza arriba sobre la superficie de los mares; si las aves hembras
lanzaban al aire notas agudas en una canción salvaje cuando morían echadas sobre los
huevos que nunca incubarían; si los animales no machos rugían y gruñían en la

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maleza, adonde corrían a esconderse poseídos del dolor, las hembras humanas no
tenían que aceptar la muerte tan pacíficamente. El nombre de aquella doctora era
Astarte Kraus.

LA MAGIA DE LOS DESESPERADOS


La hembra humana pudo hacer lo que los animales hembras no pudieron. Ella pudo
convertirse en macho. Con la ayuda del equipo de la nave, se elaboraron tremendas
cantidades de testosterona, y toda muchacha soltera o casada que aún sobrevivía fue
convertida en hombre. Se aplicaron inyecciones en masa. La cara de todas ellas
cambió de facciones y todas retornaron un poco a su desarrollo. Se desvanecieron sus
senos, sus músculos se endurecieron, y en menos de tres meses no había duda de que
habían sido convertidas en hombres.
Algunas formas de vida habían sobrevivido debido a que no habían sido
polarizadas claramente sus formas femeninas o masculinas, por lo cual dependían de
esa química particular orgánica para sobrevivir.
Agotados los peces, las plantas invadían los océanos, y muertas las aves, los
insectos sobrevivieron. Abejorros, mariposas, versiones mutantes de saltamontes,
avispas y otros insectos pululaban en el planeta. Los hombres que habían perdido a
sus esposas trabajaban unidos con aquellos que antes habían sido mujeres.
Cuando se encontraban era verdaderamente triste oír sus conversaciones. Esposo
y esposa, ambos barbados, fuertes, prontos a la riña, desesperados y laboriosos. Los
pequeños, de algún modo, se daban cuenta de que jamás crecerían para tener novia,
para casarse y tener esposa ni para tener hijas.
Pero, ¿qué era un simple mundo para detener el cerebro poderoso y el febril
intelecto de la doctora Astarte Kraus? Se convirtió ella en el líder de su gente, los
hombres de nacimiento y las mujeres que habían sido transformadas en hombres. Los
impulsó a luchar, los hizo sobrevivir, les adaptó cerebros fríos a todos ellos.
(Quizá, si hubiera sido ella una persona con sentimientos, los hubiera dejado
morir. Pero la doctora Kraus era de naturaleza distinta, carecía de sentimientos, nada
le remordía, se mantenía implacable contra el universo que había tratado de
destruirla).
Antes de morir, la doctora Kraus había elaborado cuidadosamente un sistema
programado de genética. Se podían implantar en el abdomen, con un procedimiento
de cirugía rutinario, pequeños trocitos de tejido masculino, y precisamente en el
exterior de la pared del peritoneo, recargándolos ligeramente contra los intestinos,
una matriz artificial con química semejante era inseminada con radiaciones y calor
igualmente artificiales, que hacía posible que los hombres pudieran engendrar hijos
machos.

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¿Qué provecho podían sacar de tener hijos si todos morían? La gente de
Arachosia continuó con su lucha. La primera generación vivió, a través de su
tragedia, medio locos por la pena y el desencanto. Enviaban cápsulas con mensajes,
pero sabían que esos llamados alcanzarían la Tierra en seis millones de años.
Como nuevos exploradores se habían aventurado a ir más allá de lo que otras
naves habían ido. Habían encontrado un mundo bueno, pero no estaban muy seguros
del sitio en donde se encontraban. ¿Acaso su situación era dentro de la galaxia
conocida? ¿O quizá habían saltado más allá de las galaxias cercanas? No podían
precisarlo exactamente.
Parte de la política de la vieja Tierra había sido no sobreequipar a los viajeros
exploradores por temor de que alguno de ellos, realizando un cambio cultural
violento o convirtiéndose en un imperio agresivo, pudiera regresar a la Tierra y
destruirla. Los terrícolas siempre se aseguraron de que tendrían todas las ventajas.
La tercera, cuarta y quinta generaciones de los arachosianos todavía fueron
gentes. Todas ellas fueron machos. Tenían aún la memoria humana, conservaban
libros humanos, conocían las palabras «mamá», «hermana», «novia», «madre», pero
ya no entendían completamente su significado.
El cuerpo humano, que había requerido cuatro millones de años para desarrollarse
en la Tierra, tenía en su organismo inmensos recursos, recursos más grandes que el
cerebro, que la personalidad o que las esperanzas individuales. Y los cuerpos de los
arachosianos resolvían las situaciones para ellos. Como la química femenina
significaba muerte instantánea, y como ocasionalmente nacía alguna niña muerta y
era enterrada enseguida, los cuerpos hacían el ajuste. Los hombres de Arachosia
adquirieron las funciones de hombre y mujer. Se aplicaron a sí mismos el apodo de
los «Klopts».
Considerando que ellos no tenían la recompensa de una vida de familia se fueron
convirtiendo en gallos altaneros que mezclaban su amor con el asesinato. Suavizaban
sus canciones con el duelo y afilaban sus armas y obtenían el derecho para
reproducirse dentro de un sistema de familia extraño, el cual ningún terrícola decente
encontraría comprensible.
Pero sobrevivieron.
Y su método para sobrevivir fue tan rudo y tan fiero que fue indudablemente algo
difícil de entender.
En menos de cuatrocientos años, los arachosianos se habían civilizado en grupos
de pandillas de lucha. Aún tenían solo un planeta que giraba alrededor de un solo sol.
Vivían precisamente en un solo lugar. Tenían naves espaciales que habían construido
ellos mismos. Su ciencia, su arte y su música se movían hacia adelante, con las
extrañas formas que les daban sus inspirados genios neuróticos, debido a que carecían
de los fundamentos de la personalidad humana, el balance entre lo masculino y lo
femenino, la familia, las manifestaciones de amor, de esperanza y de reproducción.
Sobrevivieron, pero se habían convertido en monstruos, y lo ignoraban.

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De sus recuerdos de la vieja humanidad crearon una leyenda de la vieja Tierra. En
esos recuerdos, las mujeres eran deformidades que tenían que ser aniquiladas. Las
consideraban seres sin forma que tenían que ser borradas del planeta. La familia,
según la recordaban, era una porquería abominable, a la que ellos estaban resueltos a
eliminar si acaso llegaban a encontrarla.
Ellos, la mayoría de ellos mismos eran homosexuales barbados, con labios
pintados, orejas con pendientes, cabeza con cabellos hermosos, y entre ellos se
encontraban muy pocos ancianos. Mataban a sus hombres antes de que envejecieran.
Lo que no podían obtener del amor, del descanso o de la comodidad, lo compraban
con la batalla y la muerte.
Compusieron canciones proclamándose como los últimos de los hombres viejos y
los primeros de los jóvenes, y cantaban su odio a la humanidad para cuando llegaran
a encontrársela, diciendo:
—¡Ay de ti, Tierra, si llegamos a encontrarte!
Pero en medio de todo eso, algo en su interior los hacía añadir casi a todas sus
canciones una frase que los inquietaba:

… ¡Y guardamos luto por él hombre!

Sí, guardaban luto por el hombre, y aun así, planeaban atacar a toda la
humanidad.

LA TRAMPA
Suzdal había sido engañado por el relato de la cápsula. Instruyó a los hombres tortuga
para guiar el crucero rumbo a Arachosia, en cualquier parte que estuviera, y regresó a
su compartimiento a dormir. No lo hizo ni con ansias ni locamente. Lo llevó a cabo
con un juicio deliberado. Un juicio por el cual sería más tarde juzgado
imparcialmente, para después condenarlo a algo peor que la muerte.
Lo merecía.
¿Cómo podría dirigirse a Arachosia sin detenerse a pensar en la regla más
fundamental? ¿De qué manera evitaría que los arachosianos, monstruos cantores que
eran, los siguieran en su regreso para causar una ruina eventual de la Tierra? ¿No
podría, quizá, ser su condición alguna enfermedad posiblemente contagiosa o que su
salvaje sociedad destruyera las otras sociedades de hombres y dejar la Tierra y todos
los otros mundos de hombres en la ruina? No pensó Suzdal en eso, por lo cual fue
oído, juzgado y castigado más tarde. Ya lo relataremos más adelante.

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LA LLEGADA
Despertó Suzdal encontrándose ya en órbita en Arachosia. Y despertó sabiendo que
había cometido un error. De su cápsula colgaban naves extrañas, como crustáceos
diabólicos de algún océano desconocido que se hubieran incrustado a una nave
marítima.
Llamó inmediatamente a sus hombres tortuga para que accionaran los controles,
pero estos no funcionaron.
Los extraños, o cualquier cosa que fueran, hombres o mujeres, bestias o dioses,
tenían suficiente tecnología para inmovilizar su nave. Entonces Suzdal se dio cuenta
inmediata de su error y, naturalmente, pensó en destruirse junto con su nave, pero
tuvo miedo de que si se destruía él y fallaba en desintegrarse su nave completamente,
había la probabilidad de que ese crucero, un último modelo, con armas modernas,
podría caer en manos de aquellos que caminaban sobre el casco exterior. No se podía,
entonces, permitir el riesgo de un mero suicidio personal. Tenía que tomar una
decisión más drástica. No era tiempo para obedecer reglas terrestres.
Uno de sus oficiales de seguridad, un fantasma encubado, activado en forma
humana, murmuró a su oído la historia completa con rápidas e inteligentes
conclusiones:
—Son gentes, señor.
—Más gentes de lo que yo soy.
—Yo soy un fantasma, un eco trabajando, salido de un cerebro muerto.
—Esos son gente real, comandante Suzdal, pero son la peor gente que jamás se
haya encontrado libre entre las estrellas.
—¡Tiene que destruirlos, señor!
—No puedo —dijo Suzdal, todavía tratando de despertar por completo—; si son
gentes, no puedo destruirlos.
—Entonces sométalos. Por todos los medios, señor. Por todos los medios que
tenga a su alcance. Salve a la Tierra. Deténgalos. Prevenga a la Tierra.
—¿Y yo? —preguntó Suzdal. Inmediatamente sintió pena por haber hecho esa
pregunta personal y egoísta.
—Usted morirá o será castigado —dijo apesadumbrado el oficial de seguridad—,
y no sé qué será peor.
—¿Ahora?
—Sí, en este momento. No le queda tiempo, ni un momento.
—¿Pero las reglas?
—Ya se ha extralimitado en las reglas.
Había un reglamento pero Suzdal lo había hecho a un lado hacía tiempo.
Reglamento, pero con artículos para tiempos normales, para lugares comunes,
para peligros comprensibles.

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Lo que había encontrado era una pesadilla preparada para la carne del hombre,
motivada por los cerebros humanos.
Ya sus monitores empezaban a llevarle nuevas acerca de quiénes eran esos seres,
esos semejantes maniáticos; esos hombres que nunca habían conocido a las mujeres;
aquellos muchachos que habían crecido para la lujuria y la batalla, que tenían una
estructura de familia que ningún cerebro normal humano podría aceptar, ni creer, ni
podría tolerar.
Esas cosas que rodeaban su nave eran gente y no lo eran. Tenían el cerebro
humano, la misma imaginación, y la capacidad humana para la venganza, y aun así
Suzdal, un oficial valiente, estaba tan asustado por la mera naturaleza de ellos que no
respondió a los esfuerzos que ellos hicieron para comunicarse con él.
Pudo sentir entre su tripulación a los hombres tortuga atemorizados cuando se
dieron cuenta quiénes eran los que golpeaban el exterior de la nave y quiénes eran los
que cantaban ruidosamente a través de aparatos anunciadores que querían:
—Entrar, entrar, entrar.
Suzdal cometió un crimen. Es un orgullo de la Instrumentalidad el permitir que
sus oficiales puedan cometer crímenes, o errores, o suicidios. La Instrumentalidad
hace cosas para la humanidad que una computadora no puede hacer.
Esa Instrumentalidad permite al cerebro humano la humana selección de sus
actos.
La Instrumentalidad transmite un conocimiento oscuro a su personal,
conocimientos comúnmente no entendidos en el mundo habitado, cosas prohibidas
para los hombres y mujeres ordinarios porque los oficiales de la Instrumentalidad, los
capitanes, los subjefes y los jefes, tienen que conocer sus empleos. Si no fuera así,
podría perecer toda la humanidad.
Suzdal recurrió a su arsenal de conocimientos. Sabía lo que estaba haciendo. La
luna mayor de Arachosia era habitable. Podía ver que ya había plantas e insectos
terrestres. Le mostraron sus monitores que los hembri-machos arachosianos no se
habían preocupado en habitar el planeta. Lanzó entonces una requisición angustiosa a
sus computadoras.
—¡Léanme su edad!
Las computadoras contestaron al instante:
—Más de treinta millones de años.
Suzdal tenía extraños recursos. Llevaba consigo gemelos o cuádruples de casi
todas las especies de animales terrícolas. Los conservaba en cápsulas diminutas, no
más grandes que una de las oblongas elaboradas para medicina, y consistían en el
espermatozoide y el óvulo de los animales más grandes, listos para ser apareados e
imprimirles su personalidad. También iba dotado de bombas de vida que podían
rodear de cualquier forma de vida humana, con probabilidades, al menos, de
sobrevivir.

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Se trasladó a su almacén y escogió la especie felina: gatos; ocho pares de hembras
y machos. Formarían dieciséis gatos terrestres, «felis domesticus», esa clase de gatos
que ustedes y yo conocemos, que puede ser criado y algunas veces utilizado para usos
telepáticos. A menudo eran enviados en las naves y servían como arma auxiliar
cuando las mentes de los pilotos espaciales los dirigían en grupos para luchar contra
algunos peligros.
Les impuso entonces un código a sus ocho pares de gatos. Este código que les dio
fue tan monstruoso como el mismo que había convertido a los hembri-machos de
Arachosia en monstruos. Aquí lo tenemos:

No tengan crías.
Inventen nueva química.
Servirán al hombre.
Civilícense.
Aprendan a hablar.
Servirán al hombre.
Cuando el hombre los llame, lo servirán.
Vayan y regresen.
Sirvan al hombre.

Esas instrucciones no fueron meramente verbales. Fueron impresas en la


verdadera estructura molecular de los animales. Fueron cargas en el código genético
y biológico que acompañó a esos gatos. Y, por lo tanto, Suzdal cometió su ofensa
contra las leyes de la humanidad. Tenía a bordo un aditamento cronopático. Un
distorsionador del tiempo, generalmente para ser utilizado durante un momento,
durante un segundo o dos para alejar a la nave de una destrucción total.
Los hembri-machos de Arachosia ya estaban perforando el casco.
Podía oír sus voces afeminadas gritándose con placer delirante unos a otros
mientras lo consideraban como el primero de sus prometidos enemigos que había
llegado a sus manos; el primero de los monstruos de la vieja Tierra, del que
finalmente se habían apoderado. El verdadero, el diabólico ser en quien ellos, hembri-
machos de Arachosia, iban a vengarse.
Suzdal conservó la calma. Instruyó a sus gatos genéticos. Los cargó de bombas de
vida. Enseguida ajustó ilegalmente los controles de su máquina cronopática de
manera que en lugar de alcanzar un segundo para una nave de ochenta mil toneladas,
pudieran alcanzar dos millones de años para una carga de menos de cuatro kilos. Y
lanzó los gatos hacia la luna sin nombre de Arachosia.
Y entonces los regresó a vivir el momento.
Y sabía que no tenía que esperar.
Y no esperó.

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EL MUNDO DE GATOS QUE CREÓ SUZDAL
Llegaron los gatos. Su nave brilló en el cielo desnudo de Arachosia. Atacó su
pequeña nave de combate. Los gatos que no habían existido un momento antes, pero
que ya tenían entonces dos millones de años y que seguirán un destino impreso
profundamente en sus cerebros, impreso también a lo largo de sus cuerdas espinales y
que había impregnado la química orgánica de sus cuerpos y personalidades.
Los gatos se habían convertido en cierta clase de gente: podían hablar, tenían
inteligencia, sabían esperar y tenían una misión que cumplir. Esta era atacar a Suzdal,
rescatarlo, obedecerlo y hacer daño a Arachosia.
Las naves de los gatos hicieron oír sus advertencias de batalla.
—Este es el día del año de la edad prometida. Y AHORA LLEGAN LOS GATOS.
Los arachosianos habían esperado la batalla durante cuatro mil años, y entonces la
tuvieron enfrente. Los gatos los atacaron. Dos de la nave reconocieron a Suzdal y lo
reportaron.
—¡Oh, Señor, oh, Dios, oh Hacedor de todas las cosas, oh, Comandante del
Tiempo, oh, Iniciador de la Vida, hemos esperado, desde que todo empezó a servirte a
ti, para servir Tu Nombre, para obedecer Tu gloria! Que podamos vivir para servirte a
Ti, que podamos morir por Ti. Nosotros somos tu pueblo.
Suzdal lanzó sus órdenes a los gatos:
—¡Aniquilen a los «Klopts», pero no los maten a todos! —Y repitió—:
¡Aniquílenlos y deténganlos hasta que yo escape!
Lanzó enseguida su crucero hacia el no espacio y escapó.
Ni los gatos ni los arachosianos lo siguieron.

Y esa fue la historia, pero la tragedia fue que Suzdal regresó. Y los arachosianos y los
gatos aún están allí. Quizá la Instrumentalidad sabe en dónde se encuentran, o
probablemente no. La humanidad realmente no desea averiguarlo. Es contrario a la
ley humana elevar cualquier forma de vida superior a la del hombre. Y quizá los
gatos lo son. Es posible que los arachosianos hayan ganado y exterminado a los
gatos, agregando a su ciencia la de los propios gatos, y ahora anden en nuestra
búsqueda por algún remoto lugar, escudriñando a través de los astros para
encontrarnos, odiamos y destruirnos. O quizá simplemente los gatos ganaron.
Quizá esos animales, imbuidos por una extraña misión, por funestas esperanzas
de servir al hombre a quién ya no reconocen, probablemente ellos piensen que todos
somos arachosianos y tengamos que ser salvados por algún comandante de crucero,
en particular a quién nunca volverán ellos a ver. Ya no verán a Suzdal, porque
nosotros ya sabemos lo que a él le ocurrió.

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EL JUICIO DE SUZDAL
Se juzgó a Suzdal en un gran escenario en el mundo abierto. Su juicio fue grabado.
Fue a aquel planeta cuando no debió haber ido. Fue en busca de los arachosianos sin
esperar ni pedir consejo ni refuerzos. ¿Qué intenciones fueron las suyas para tratar de
aliviar la desgracia de las viejas edades? ¿Cuáles fueron, en realidad, sus intenciones?
Y después los gatos. Tenemos las anotaciones de la nave archivadas, para mostrar
que algo salió de aquella luna. Una nave espacial, cosas con voces, cosas que podían
comunicarse con el cerebro humano. No estamos siquiera seguros de que tuvieran y
hablaran en lenguaje terrícola, ya que esas cosas transmitieron directamente a los
receptores de las computadoras. Quizá lo hicieron con alguna suerte de telepatía, pero
el crimen fue que Suzdal lo había logrado.
Al retroceder a los gatos dos millones de años, instruyéndolos para que
sobrevivieran, dándoles un código para que desarrollaran una civilización y para que
acudieran en su rescate, había creado con ello un mundo nuevo completo en menos
de un segundo de tiempo objetivo.
Su aparato cronopático había lanzado las pequeñas bombas de vida de regreso a la
tierra húmeda de la gran luna sobre Arachosia, y en menos tiempo de lo que narramos
esto las bombas regresaron en forma de una flotilla construida por una raza, una raza
terrícola aunque de origen felino, de dos millones de años de edad.
La corte despojó de su nombre a Suzdal, y declaró:
—No será usted ya por más tiempo llamado Suzdal.
Asimismo lo despojó de su rango:
—No será usted ya comandante de este ni de ningún otro conglomerado militar,
ni imperial, ni de la Instrumentalidad.
Lo despojó también de su vida.
—No vivirá usted más, antiguo comandante, antes llamado Suzdal.
Y por último esa corte lo despojó de su muerte.
—Irá usted al planeta Shayol, al lugar en donde impera la vergüenza más grande,
de donde nadie regresa. Ira usted allá con el desprecio y el odio de toda la
humanidad. No lo castigaremos más. No queremos saber más acerca de usted. Vivirá,
pero para nosotros habrá dejado de existir.

Esa es la historia. Es una triste y maravillosa historia. La Instrumentalidad trata de


alegrar a todas las diferentes clases de humanidades diciéndoles que no es verdad,
que es solo una leyenda.
Quizá los archivos existen. Es posible que por algún lugar los «Klopts» locos de
Arachosia procreen a sus menores, tengan sus partos siempre por cesáreas; alimenten
a sus pequeños siempre con mamilas; generaciones de hombres que han conocido
padres y que no tienen idea de lo que la palabra «madre» pueda ser. Y quizá los

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arachosianos pasen su vida en batallas interminables contra gatos inteligentes que
están sirviendo a la humanidad y que nunca regresarán.
Esa es la historia.
Pero hay algo más: no es verdadera.

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EL PLANETA SANDAROTH

Jonathan Blake Mackenzie

Los fotógrafos estaban impresionados… y más que impresionados.


Para el promedio de cualquier mente humana, aquellos seres eran asquerosos,
viles, molestos y obscenos.
—¡Hacen que se me revuelva el estómago cuando los veo! —había dicho la
señora Dennis Barlow cuando entregó el sobre al doctor Paul Hiroa.
El doctor Hiroa había recibido el sobre y extraído unas fotografías. Este doctor
había sobrepasado, con mucho, la sexquicentésima marca, lo que hacía que se
considerara un hombre «viejo» aun por los mejores promedios generales geriátricos,
y había visto y hecho muchas cosas que probablemente hubieran impresionado a la
señora Dennis Barlow, de modo que su reacción al ver las fotografías fue débil, en
comparación. Sin embargo, tenía que confesar para él mismo que no eran de las que
puedan colgarse en la alcoba de uno.
Eran once en total y todas distintas, aunque siguiendo un mismo modelo. Eran
fotografías de color ordinario, tomadas con una lente que captaba los detalles más
finos, y estaban impresas en un tamaño de veinte por veinticinco centímetros. No
eran fotos tridimensionales, sino de una sola dimensión, lo que las hacían más
horribles, ya que las primeras tendían a hacer ver los objetos de una fotografía como
pequeños muñecos, restando mucho el sentido de la realidad de lo que una foto pueda
evocar.
El doctor Hiroa se detuvo en la quinta fotografía, sabiendo que las miradas de
ambos, de la señora Dennis y de su esposo, se encontraban fijas firmemente en él.
Fue el esposo, el doctor Barlow, el que primero habló:
—Esa es la que me impresionó más también, doctor Hiroa. El resto de ellas pasa,
pero una muchacha como esa…
—¡Y ese monstruo horrible! —terció la señora Barlow.
El «horrible monstruo» era lo bastante malo para el ojo no educado, eso lo tenía
que admitir el doctor Hiroa. En forma, el cuerpo era vagamente felino, con piernas
que bien podrían ser una mezcla de pantera y rana. La cabeza se podría decir que
fuera parte de un tigre, parte tiburón, aunque solo estuviera dotada de dientes
afilados, capaces de desgarrar cualquier cosa; el resto de la dentadura eran molares, lo
que daba a entender que la criatura era omnívora. Los ojos eran grandes como platos
y muy poblados de pestañas.
En vez de hombros, la cosa tenía una estructura de collar de donde partían ocho
tentáculos gruesos y musculosos.

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Pero eso no era lo que causaba el verdadero horror.
El verdadero horror estribaba en lo que los tentáculos estaban haciendo.
La hembra se colgaba de sus tobillos, que estaban atados, juntos, a un gancho
suspendido de una viga. Y estaba desnuda.
En efecto, estaba demasiado desnuda como para provocar ninguna otra emoción
como no fuera impresionar terriblemente a cualquier ser humano masculino en su
juicio.
No tenía piel, y los instrumentos que sostenía en el extremo de sus tentáculos eran
cuchillos de los que se utilizaban para desollar.
El doctor Hiroa no dijo ni una palabra, sino que continuó viendo el resto de las
fotografías. Como las primeras cinco, presentaban escenas similares en algún
macabro matadero.
Cuando terminó de verlas, el doctor Hiroa las colocó sobre su escritorio, cara
arriba, y miró primero al doctor Barlow y después a su esposa Blanche. Barlow tenía
treinta y ocho años y una cara arrugada, no precisamente bien parecido, pero
ciertamente lo bastante varonil como para ser atractivo para la mayoría de las
mujeres. Blanche Barlow era seis años más joven, con cabellos dorados como el sol,
una figura encantadora y una cara impresionantemente hermosa. Fácilmente se podría
haber dicho que tenía solo unos veinticuatro años de edad.
Antes de que el doctor Hiroa pudiera decir algo, fue la mujer la que habló:
—¿Tenía usted noticia de que esta clase de cosas suceden aquí, en Sandaroth?
¿Había sido informado de que este destazadero de seres humanos se llevaba a cabo,
doctor Hiroa?
El doctor frunció las cejas.
—Si los darotha han causado la muerte a algunos seres humanos, con seguridad
que no lo sabía —dijo pausadamente—. Con certidumbre le digo que esa clase de
muertes no había sido reportada. Solamente hay tres cuartos de millón de seres
humanos en todo el planeta, y el desolladero de seres en grande escala con seguridad
que para esta fecha ya hubiera salido a la luz pública desde hace mucho tiempo.
—¿Está usted queriendo decir que esas fotografías han sido… mmm…
elaboradas? ¿Falsificadas? —preguntó la señora.
Hiroa esbozó una incipiente sonrisa. Sabía que los Barlow no habían ido en su
investigación más allá de doscientos años-luz simplemente bajo la base de unas
fotografías que pudieran haber sido arregladas. La mujer estaba tratando de ver si el
senil, tonto y endeble viejo doctor Hiroa podría inventar alguna mentira para salir del
atolladero.
Contuvo aquella sonrisa, y levantando las cejas, dijo:
—¿Elaboradas? Vamos, no, señora Barlow. ¿Por qué las habían de elaborar?
—Acaba de decirnos que no sabía usted que tal destazadero se llevara a cabo en
el planeta —replicó la señora.

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«Está bien, señora», se dijo el doctor para sus adentros, «si usted desea que
juguemos, le seguiré la corriente».
El doctor había seguido esa clase de bromas durante un poco más de un siglo
antes que ella. Entonces, señalando hacia las fotografías, dijo:
—¿Usted se refiere a ese destazadero? Yo no dije tal cosa, señora. No.
—Usted dijo que si era llevado a cabo un destazadero semejante de seres
humanos por los monstruos darothas, ya hubiera salido a la luz pública desde hace
tiempo —los azules ojos de la señora mostraban enojo.
—Creo que me ha malinterpretado, señora —dijo con la seriedad necesaria en su
voz—. Estoy completamente seguro de que jamás llamé monstruos a los darothas —
entonces sus ojos color café oscuro dirigieron una mirada firme hacia los de ella—:
¿Y qué tiene que ver eso con estas fotografías?
De la mirada de Blanche no desaparecía el enojo, y en la comisura de sus labios
apareció cierta blancura.
—Ya veo —dijo entre dientes—, les está usted negando sus derechos humanos a
los oriundos de Sandaroth.
—A la mayoría de ellos, sí —dijo Hiroa—. Hay una criatura perjudicial
insectoidea, con todos los malos hábitos de un mosquito, a la que particularmente
considero como inhumana.
—¡Doctor Hiroa! —exclamó furiosa—, no trate de enredarme con palabras
inútiles. Usted sabe perfectamente lo que quiero decir.
—Blanche… —empezaba a hablar el esposo.
Pero Hiroa lo interrumpió.
—¡No, señora; no sé lo que quiere decir! ¿Oriundos? Muy bien, ya no trataré de
enredarla con palabras inútiles si usted cesa de emplear términos como oriundos.
—No seré…
—Silencio, Blanche.
El doctor Barlow no levantó demasiado la voz para hacer callar a su esposa, pero
sí lo hizo con firmeza y autoridad. La señora le dirigió una mirada de enojo pero
guardó silencio. No la veía a ella, sino al doctor Hiroa.
—Doctor Hiroa —dijo—, mi esposa y yo hemos estudiado cuidadosamente los
reportes concernientes a las formas de vida mayor en este planeta. ¿No es verdad que
los anfibios, dotados de tentáculos como los derothas, hayan no solo esclavizado a los
aborígenes humanoides sino también los han destazado para comérselos?
—Destazado y comido, sí —dijo el doctor Hiroa tranquilamente—, ¿pero
esclavizado? Difícilmente. Requiere cierta inteligencia y también cierta docilidad
para dejarse esclavizar. Usted podrá, estirando un poquito el significado, decir que
nuestros ancestros esclavizaron al caballo. Pero nunca a un tigre de Bengala o a un
lobo.
Barlow replicó:

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—Usted no es antropólogo, ¿verdad, doctor Hiroa? —Esto fue dicho por Barlow
en forma de pregunta, pero no como una en especial.
—No —contestó de todos modos Hiroa—. Mi campo es sociología política.
Estoy aquí para asegurarnos de que la colonia del «Homo sapiens terrestrialis» no se
vuelva socialmente salvaje, como ocurrió en Vangomar.
—¿Tampoco es usted biólogo? —insistió Barlow.
—Tampoco biólogo —respondió Hiroa cansadamente.
—Mmm. De acuerdo con los reportes, usted considera a los aborígenes
humanoides como si fueran nada más animales. La Fundación Darlington no piensa
que ni usted ni alguien más aquí en Sandaroth está capacitado para formarse tal
juicio. Para ser más específico, yo soy biólogo y zoólogo. Mi esposa es antropóloga.
Los dos estamos capacitados, y si puedo decirlo, muy conocidos y respetados en
nuestros campos. Como usted lo es en el suyo, por supuesto. La Fundación nos ha
enviado aquí para verificar científicamente la condición de las especies a las que
hemos llamado inicialmente como «Homo sapiens sandarothorum». Hemos pensado
pedirle su ayuda pero, aparentemente, usted también está convencido de que esas
especies no son más que animales.
—Mi querido doctor Barlow —dijo Hiroa sin alterarse—, me sentiré
completamente feliz al proporcionarles a ustedes toda la ayuda que deseen. Sus
documentos están en orden, su comisión es explícita. El implicar que yo falle en
darles ayuda simplemente porque yo no esté de acuerdo con sus predisposiciones
personales, es hacerme una injusticia que raya en un insulto personal.
—No tengo ninguna predisposición para una u otra —explicó Barlow—. Ni
tampoco mi esposa. Estamos aquí simplemente para ver que se haga justicia.
—Exactamente —terció la esposa—. No se ha pretendido insultarlo de ninguna
manera, doctor Hiroa. Y a propósito, ¿puedo hacerle una pregunta?
«Por supuesto una pregunta personal», se dijo Hiroa. «Esa es la única clase de
preguntas que se entienden con tal insinuación». Después, en voz alta, dijo:
—Nunca me sentiré ofendido por una pregunta honrada, a menos que usted se
ofenda por una respuesta apegada a la verdad.
Blanche ignoró lo dicho por el doctor Hiroa, y prosiguió:
—Me parece que usted es de Nueva Zelanda, descendiente de Maorí, ¿no es así?
—Así es.
—Entonces yo pensaría que usted debía tener más compasión por los humanoides
aborígenes, considerando cómo fueron tratados por los ingleses sus propios ancestros,
en los siglos dieciocho y diecinueve.
—En primer lugar, señora Barlow, mis ancestros nunca fueron esclavizados ni
comidos por los ingleses, aunque no niego la posibilidad de que uno o dos de
aquellos hayan disfrutado de un cerdo inglés, grande, de vez en cuando. En segundo
lugar, obtuvimos el derecho de ser reconocidos como seres humanos, con derechos
humanos, por nuestra propia habilidad para aprender nuevas maneras de vida y por

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nuestra habilidad y valor para la guerra. Obligamos a los ingleses a ese
reconocimiento; no nos fue dado por ello en una bandeja de plata. Y en tercer lugar,
los maoríes fueron humanos desde el principio, si es que usted me perdona que haga
uso de un viejo recurso para establecer un punto definitivo y válido.
Una vez más, los labios de Blanche Barlow se contrajeron pero no contestó nada.
—Ahora bien —continuó el doctor Hiroa—, no veo razón para prolongar más
estos argumentos. No prueban ni una ni otra cosa. En lugar de que nosotros
discutamos nuestros sentimientos personales, debíamos estar discutiendo hechos
científicos. Ustedes dos se encuentran aquí para descubrir esos hechos. De modo que
más que disputas preparemos su programa. Discutamos modos y recursos.
Establezcamos sus necesidades, para llevar a un buen término su obra.
Transcurrieron otros diez minutos de diplomacia para lograr disipar de los rostros
de la pareja el disgusto y remplazado con sonrisas amistosas, pero al fin lo logró.
Empleó dos horas más para hacer los arreglos de los estudios que ellos querían
realizar, y fue logrando finalmente con solo una mínima fricción.
—Después de todo, no es tan malo ese viejo muchacho —dijo el doctor Barlow
cuando salieron de la oficina del doctor Hiroa.
—No es más que un hipócrita —dijo Blanche firmemente—. Pero en mi vida he
tropezado con muchos de su clase y algunos de ellos son perfectamente agradables y
racionales, excepto en el campo de su hipocresía.
Deteniéndose frente a la puerta del ascensor, Barlow oprimió el botón para bajar.
No había en el edificio tiros gravitacionales; lo mejor que podía ofrecer Sandaroth
eran los ascensores eléctricos anticuados. Los tres cuartos de millón de colonos
terrícolas habían estado en el planeta únicamente veinticinco años, aunque un
pequeño grupo de científicos había llegado en avanzada treinta y cinco años antes que
los colonos. El construir una colonia habitable en un planeta extraño requiere tiempo,
dinero, esfuerzos y proveerse de lo necesario antes que permitirse ningún lujo. Lo
básico preferiblemente antes que lo elaborado; esas eran las condiciones primarias.
Dermis y Blanche Barlow esperaron pacientemente, mientras el indicador del
ascensor saltó al número seis.
Cuando se deslizó la puerta, abriéndose, y un horroroso ser provisto de tentáculos
salió, Blanche lanzó un pequeño grito, para desmayarse al instante. Apenas tuvo su
esposo oportunidad de sostenerla para evitar que cayera y rápidamente se hizo a un
lado sujetándola en los brazos, mientras el darotha se alejaba con grandes pasos,
semejantes a los de una pantera.

El doctor Hiroa observó cómo la perilla de la puerta de su oficina giró dos veces
ruidosamente y después permaneció inmóvil.
—Pase y sea bien venido —dijo en voz alta, sabiendo que cualquiera que se
encontrara en el pasillo no podía ser más que un darotha.

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Careciendo sus tentáculos de huesos, no estaban bien adaptados para tocar las
puertas, de modo que el darotha, aceptando el deseo terrícola por tener privaría, la
cual ellos no poseían en ningún grado, había adoptado sus propios modos
convencionales para anunciar su presencia.
La perilla giró nuevamente y aquel ser entró en la oficina.
—Hola, doctor Hiroa. Acepto su hospitalidad —dijo saludando el darotha con la
dificultad natural de todos los de su especie para expresarse en el lenguaje terrícola.
No había dos naturales del planeta que tuvieran una pronunciación igual. Cada
cual lo pronunciaba del modo que más le agradaba.
—Hola, Ghundruth, ¿qué te trae por aquí? Yo pensé que ibas a permanecer
durante otros cien días en Great Shoals.
—Algo ha ocurrido, doctor —dijo Ghundruth describiendo pequeños círculos en
el aire con las puntas de dos de sus tentáculos más largos—. Yo pensé que sería mejor
discutirlas con usted. Pero primero deseo que les dé mis disculpas a sus nuevas
gentes.
—Oh —exclamó Hiroa—. ¿Conociste a los Barlow?
—En el pasillo, sí. Precisamente cuando salí del ascensor. Y como obviamente mi
presencia los impresionó y asustó, simulé no advertirlos.
—Les presentaré tus disculpas —dijo Hiroa—, aunque, por supuesto, tales
disculpas no son necesarias. Es una reacción automática de aquellos que no están
preparados para encontrarse con un darotha.
—Naturalmente —concedió Ghundruth—. De la misma manera reacciona nuestra
gente que no ha visto a ninguno de ustedes con anterioridad y que tampoco ha sido
informado de su existencia. Entonces, ¿los dos que encontré no saben de nosotros?
—No del todo —respondió Hiroa. Reflexionó que esa afirmación era verdadera
hasta cierto punto—. Los informes que ellos tenían de ustedes eran muy pobres y
poco satisfactorios. También yo me disculpo contigo por la manera en que hayan
actuado al verte.
—No es nada —dijo Ghundruth, haciendo girar el extremo de sus dos tentáculos.
Las otras extremidades las tenía recogidas, como la mayoría de los darothas;
habitualmente lo hacían cuando no las utilizaban para algún trabajo delicado, lo que
hacía que esos tentáculos fueran semejantes a los de un pulpo. Pero cuando algún
trabajo manual lo requería, todos los extremos de los tentáculos se abrían como una
flor, convirtiéndose prácticamente en cinco dedos tentaculares, o para decirlo con
más precisión, en cinco pulgares, cada uno de los cuales se encontraba colocado en
posición opuesta a los otros—. Pero eso me trae una pregunta a la mente —continuó
Ghundruth—. Yo he deducido que debe de haber una forma de vida salvaje en el
mundo de ustedes que, en muchos aspectos, se asemeja a la nuestra. Tengo curiosidad
por saber si mi deducción es correcta.
—Así es —dijo Hiroa pausadamente. Él no deseaba mentirle a Ghundruth—. Esa
forma de vida a la que te refieres es puramente la de una criatura acuática más que

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anfibia, como es tu gente, pero tiene ocho tentáculos y es generalmente temida por
nuestra especie. Naturalmente es carnívora —titubeó un poco el doctor, y enseguida
añadió—, lo llamamos octopus o pulpo.
La boca de Ghundruth medio semejante a la de un tigre o tiburón se contrajo en
una mueca, y un gorgoreo ronco brotó de lo más profundo de su garganta.
—¡De modo que es por eso que ustedes nos llaman octopusies!
—En parte —concedió Hiroa. Y para sus adentros, se dijo: «Hay que obrar con
tacto». Y continuó—: Pero la palabra es un… lo que nosotros llamamos una palabra
compuesta…; esto es: una palabra hecha con la mezcla de dos palabras. La otra es
«pussy», que se refiere a un animal pequeño con su piel cubierta de pelo, una criatura
de sangre caliente con la cual alguna de nuestras gentes vive en una, relación
semisimbiótica.
Aquella explicación pareció interesarle a Ghundruth.
—¿Indudablemente? ¿Y cuál es él… mecanismo? ¿Algún trato o arreglo? Siento
que no tengo las palabras adecuadas.
—Es un arreglo mutuo —dijo Hiroa.
—Sí. ¿Y qué proporciona cada uno, si es que no lo ofendo al preguntarle?
—De ninguna manera. El hombre proporciona ternura, seguridad, albergue y
alimento, mientras el «pussy» (gatito) proporciona compañía, amistad y un calor
emocional… Tienes que entender que esos animalitos no tienen una capacidad
intelectual elevada; su compañía es de un carácter puramente emocional.
—¡Ah! Ya veo. Gracias por su confianza.
Después de decir eso, el darotha extendió los extremos de sus dos tentáculos
principales, dejándolos convertidos en secciones de cinco dedos que entrelazó de la
misma manera que un hombre cruza sus manos sobre su pecho. Era un gesto
significativo que el doctor interpretó como si aquel ser quisiera decir: nos hemos
intercambiado frases agradables, y ahora deseo hablar de cosas importantes.
A su vez, el doctor Hiroa levantó las manos y las cruzó al nivel de su pecho en
una réplica, indicando que estaba de acuerdo en hablar de negocios. Interiormente
sintió una sensación de alivio. El darotha tiene muy poco sentido por la privacía
física, pero en cambio, su sentido por la privacía mental era muy fuerte. No se debía a
que no fueran curiosos, ya que su sentido por la curiosidad estaba altamente
desarrollado. Pero su cultura les prohibía que la curiosidad invadiera la vida personal
de otro. Un darotha podía, debía, y en realidad merodeaba, entre todo lo que el
mundo físico tenía para ofrecer. Casi todo darotha inteligente, adulto, podía tomar
cualquier aditamento que nunca hubiera visto antes (por ejemplo un reloj mecánico
de pulso), desarmarlo y después de unos cuantos minutos de estudio armarlo
perfectamente. Y si tal aparato fuera dejado al azar, un darotha procedería a
desarmarlo y estudiarlo sin pedir permiso, a menos que a esa hora fuera usado
realmente.

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El mismo doctor Hiroa una vez, hacía muchos años, presenció con sorpresa cómo
un darotha abrió una caja de seguridad, la primera que llegó a Sandaroth. Es cierto
que era de aquellos modelos viejos, ya que las de construcción moderna, ajustadas
personalmente, con aditamentos de campos saturados, eran demasiado caras para la
economía de la colonia Sandaroth, además de que era innecesaria.
(Los requisitos psicológicos rígidos para los colonizadores de Sandaroth habían
mantenido alejado todo aquello cuyo arreglo mental los pudiera desviar de un trabajo
honesto hacia la felonía. Los darothas fueron la primera raza extraterrestre que el
hombre había encontrado, y el doctor Hiroa insistió en que Sandaroth fuera
colonizado por hombres civilizados, no por desechos de la sociedad). Aquella caja de
seguridad no había sido diseñada a prueba de ladrones, solamente a prueba de fuego,
para proteger los archivos. El concreto y el hierro eran demasiado caros, y la mayoría
de los edificios fueron construidos de madera.
Físicamente, la caja aquella era un cubo de un metro con una puerta al frente y
una cerradura de combinación sencilla. Fue propiedad del mismo doctor Hiroa y aún
se conservaba en su oficina, aunque los edificios de madera ya habían sido
remplazados por otros de estructura de ferroconcreto. Pero hacía veinte años que
Hiroa había pensado que la caja de seguridad fuera necesaria.
Un día después de que llegó él al planeta, y que importó un buen número de
artículos de la Tierra, un darotha llegó a verlo. El sociólogo se encontraba hablando
por teléfono, en aquellos días aún no eran videófonos. Había hecho la indicación de
que aquel ser esperara, y prosiguió con su conversación.
El darotha se sentó a esperar (tampoco tenía el doctor oficinas separadas). La
mirada de la criatura de Sandaroth vagó alrededor del cuarto. Vio a la señorita Deller,
la secretaria del doctor y jefa de asistentes trabajando asiduamente en un electrotipo.
Después de unos minutos en que el darotha absorbió toda la información que pudo
acerca de la máquina operada por la secretaria, volvió la mirada hacia la caja de
hierro.
Aparentemente fascinado la observó durante largo tiempo. La señorita Deller sacó
de su electrotipo una hoja de papel y salió de la oficina. El darotha se levantó de su
asiento y caminó hacia la máquina que acababa de dejar la secretaria y vio que aún
estaba conectada. «En uso», decía un letrero rojo. Muy bien. Nuevamente vio la caja
y se arrodilló para inspeccionarla más de cerca. Entonces se volvió hacia Hiroa para
ver si lo observaba. Muy bien, sí lo veía. Con uno de sus tentáculos tocó la estructura
de hierro, sin apartar la mirada del doctor. Este continuó observándolo sin dejar su
conversación.
El darotha desplegó los cinco dedos del extremo de su tentáculo sin dejar de mirar
al doctor y los deslizó hasta la parte superior de la caja. No hubo reacción por parte
de Hiroa. Solemnemente, el de los ocho tentáculos cerró los ojos y los abrió
nuevamente. Era el equivalente de un asentimiento silencioso de gracias de un ser
terrícola.

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«Sí. Ciertamente, Charlie», decía Hiroa en el teléfono. «Sí, adiós», pero cuando
en el otro extremo de la línea telefónica sonó el clic, el doctor no colgó su auricular.
«Oh, muy bien, es probable», dijo sin saber si el darotha entendía mucho inglés.
Quería ver lo que aquel ser pretendía y se alegró de haberlo resuelto así.
El darotha tocó y miró la parte superior, el fondo, los lados y la parte de atrás;
luego la puerta de seguridad, donde corrió los dedos por la pequeña ranura que dejaba
la puerta en la caja. Entonces trató de hacer girar la manija. No sucedió nada.
Suavemente tocó el disco grabado con los números y graduaciones. Miró muy de
cerca las diminutas marcas y lentamente hizo girar el disco, primero en un sentido y
enseguida en otro. Ya había colocado otros de sus tentáculos, uno sobre la manija,
otro sobre la perilla del disco y uno más cerca de las marcas; sus dedos sensitivos
tocaban el borde en donde estaban grabados los números. Los cinco tentáculos
restantes estaban tocando la caja en diferentes partes, con los dedos de los extremos
palpando para ver qué información podían transmitir a su cerebro. Pensó Hiroa que
aquella criatura daba la impresión de una estrella marina tratando de abrir una ostra,
pero que en lugar de una presión constante, utilizaba fuerzas más poderosas: la
observación y la inteligencia.
«No, Charlie; seguro. Si usted lo cree así…»
La señorita Deller regresó y se detuvo junto a la puerta. Vio al darotha y volvió la
mirada hacia el doctor. Entonces, entendiendo inmediatamente y aceptando la
situación, reanudó sus pasos para regresar a su escritorio y sentarse como si nada
extraordinario estuviera pasando.
Hiroa, de vez en cuando, echaba una mirada al cronómetro de pared. Cuando
finalmente el darotha tiró de la manija y se abrió la puertecilla, Hiroa rápidamente
consultó el reloj.
Desde que el natural de Sandaroth empezó a palpar el disco hasta que abrió la
caja, habían transcurrido más o menos como diecisiete minutos. Durante ese tiempo,
el darotha había deducido que aquel objeto servía para guardar algo, que la manija
abría la puerta y que el disco tenía que ser manipulado, de cierta manera, para liberar
el mecanismo que mantenía la puerta cerrada. La sensibilidad de los dedos con que
estaban provistos sus tentáculos había realizado el resto, indicándole cada vez que
caía un pernito de la cerradura.
Naturalmente que en parte había sido afortunado, pero la concentración de
pensamiento que requirió fue más allá de la suerte.
El darotha ignoró los papeles que contenía la caja. Inspeccionó los tornillos y
seguros que se deslizaban en la parte interior de la puerta.
Hiroa dijo finalmente:
«Muy bien, Charlie; adiós», y colgó.
El darotha levantó rápidamente la mirada y enseguida se puso en pie. Sin ver la
caja cerró la puerta, hizo girar el disco y probó que la manija no funcionara, diciendo:
—Gracias por la oportunidad de instruirme.

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—No hay por qué darlas. ¿Quería usted hablarme?
—Shí, shí. ¿Ushted esh el Hiroa? —dijo el darotha con su caprichoso modo de
hablar.
—Sí —repuso el doctor.
—Yo esh… ¿shon?… ¿shomos?… Ghundruth. Yo esh… ¡Yo shoy!… Yo shoy
pastor de pescados. She me dijo que hablara al Hiroa.

Durante los veinte años que habían pasado desde entonces, Ghundruth había
abandonado su manera primitiva de hablar el idioma terrícola, mejorándola
notablemente, pero su personalidad básica se conservó. Siempre hacía preguntas
acerca de mecanismos, de química, de electrónica y de física. Acerca de astronomía y
de cualquier cosa que el mundo físico pudiera ofrecer. Tales preguntas las hacía sin el
menor titubeo. Y como sus semejantes, aquel darotha consideraba una pregunta
«personal» si tenía algo en conexión con las relaciones, con las reacciones
emocionales, con el gobierno de los terrícolas, con política, deseos, intenciones,
metodología o propósitos; con algo, en fin, que pudiera ser considerado como
subjetivo, instintivo o cultural. Si se le proporcionaba esa información
voluntariamente la escuchaba con todo detenimiento pero jamás, jamás preguntaba
nada íntimo.
El doctor Hiroa sentía que era una medida de las relaciones que tenía con
Ghundruth y que esa reserva se había, hasta cierto grado, roto entre ellos durante los
años recientes transcurridos. Ghundruth hacía alguna pregunta no muy a menudo,
sino ocasionalmente, y no sin ofrecer amplias disculpas. Y aun entonces sus
preguntas fueron de aquellas que el terrícola común llamaría verdaderamente
«personales».
Por otro lado, las preguntas que le hacía al doctor fueron, en cierto modo,
personales. Había ciertas reacciones y modelos de pensamiento de algunos seres
humanos que Hiroa todavía no había querido revelar al darotha. No quería que ellos
supieran que los setecientos cincuenta mil terrícolas colonizadores de Sandaroth
formaban un grupo seleccionado, contrario al promedio de los humanos que poblaban
la Tierra, y más opuesto aún al promedio de descontentos antisociales cuyo número
formaban la mayoría de los colonizadores de otros planetas semejantes a la Tierra, en
donde no se había encontrado ninguna inteligencia extraña.
Los darothas que ocasionalmente fueron confrontando con las reacciones
emocionales de unos cuantos de los colonizadores, se sintieron inclinados a aceptarlo
como una reacción no personal. La situación, pensaban ellos, era análoga a sus
propias reacciones, como cuando los terrícolas fueron vistos por primera vez entre
ellos. Los darothas, individual y colectivamente, habían reaccionado con temor y
repugnancia cuando tuvieron ante ellos al primer ser humano.

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Del mismo modo, un grupo de seres terrícolas habían reaccionado cuando
repentinamente se encontraron frente a un lobo rabioso. ¿Cuánto tiempo le tomaría a
un ser humano para reconocer, sin considerar la «apariencia», lo que al principio
parecía ser un lobo, a juzgar por su comportamiento, que fuera un ser racional? Sabía
Hiroa que para el promedio no se necesitaría más tiempo del que un darotha necesitó
para ver que los humanos no eran «Iachus».
La palabra «Iachu» era un derivado del idioma de los primeros humanoides
naturales de Sandaroth; le dio inmediatamente el nombre de «Yahoos», para
apuntarse otro tanto como el que Jonathan Swift obtuvo cuando predijo la existencia
de las dos lunas de Marte.
Después de haberlos visto, sintieron los científicos que la reacción de los darothas
al ver por primera vez a un terrícola era explicable y aun justificada. Se les concedía
el mérito a los darothas de que habían visto y reconocido las diferencias de razas, así
como las similitudes entre las dos que habían sido situadas en dos planetas tan
separados en el espacio.
Los darothas eran astutos observadores de la conducta. Se pasaron los primeros
diez años de su vida como formas de peces provistas de aletas, más que de pequeñas
tortugas con tentáculos, y uno tiene que aprender a actuar en el mar. Hace tiempo los
hombres rana de los mares terrestres aprendieron cómo juzgar si cierto mar era
peligroso o no, observando cómo se conducía. Aquellos que no hacían esas
observaciones tuvieron una mortalidad más grande. Con los darothas, ese proceso se
había llevado a efecto durante milenios, y cada darotha individualmente había pasado
más tiempo en el mar, hasta su décimo aniversario de nacimiento, que una docena de
hombres rana terrestres colectivamente en su vida entera.
El medio ambiente de los mares difiere cualitativamente del de la Tierra.
Solamente la pura superficie es afectada por la temperatura; a unas cuantas brazas de
profundidad, el mar es como una vagina por lo que se refiere al medio ambiente sin
vida. El granizo, la congelación, la nieve, el calor sofocante, la deshidratación y aun
la atracción de la gravedad, todo puede ser pasado por alto, como si no existiera. Aun
los temblores y movimientos volcánicos, mientras no sean conocidos, no cobran las
vidas de las que sí dan cuenta en la superficie. Los peligros a que se enfrenta la vida
marina son aquellos amenazados por otras formas de vida en el mar. Sobre la Tierra,
la muerte por accidente prevalece más que la muerte por asesinato con intento de
indigestión. En el mar ocurre lo contrario.
Por lo tanto, una forma inteligente de vida marina aprende un buen número de
lecciones que no están al alcance de una forma terrestre con inteligencia. Pero las
formas anfibias, tales como los darothas, tienen la ventaja de aprender las dos.
Entonces no había que sorprenderse mucho porque Ghundruth hubiera deducido
la existencia de unas especies terrícolas semejantes a los darothas. ¿Por qué otra cosa
podía un terrestre sorprenderse y asustarse ante la vista de un darotha?

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«¿Por qué?», pensó Hiroa. Simplemente porque los seres humanos utilizaban su
imaginación de una manera distinta que un darotha. Estos, expuestos a peligros en
tierra y mar, expuestos a la voracidad de la vida marina y a las fuerzas de la tierra
inanimadas e indiferentes, pero de todos modos poderosas, tenían que hacer uso de su
imaginación para hacer frente a los verdaderos peligros.
Hiroa no estaba todavía seguro de si aquello era genético o un rasgo cultural,
aunque esperaba que fuera lo último, pero sí era un hecho el que los darothas no
fueran dados mucho a la imaginación ficticia, al menos no hasta el grado en que lo
son los terrícolas.
De ahí que Hiroa hubiera encontrado dificultad para explicar la reacción de los
Barlow, si es que tenía que admitir que, excepto por los tentáculos, un darotha no se
parecía a un pulpo si se le observaba de cerca, y de que la palabra «pussy» parte del
nombre que los humanos habían dado a los darothas, estaba influenciada por la
terminación de la palabra «octopus», refiriéndose no al gato casero común, sino a la
semejanza con los más grandes carnívoros felinos.
De manera que cuando el doctor Hiroa cruzó sus manos al nivel del pecho para
indicar que estaba dispuesto a hablar de negocios con Ghundruth, se sintió feliz de
que el darotha no hubiera inquirido más acerca de asuntos «personales». Esperó
entonces a que hablara Ghundruth.
—Doctor Hiroa —dijo el darotha—, está ocurriendo una tragedia en Great
Shoals. No sabemos cómo hacerle frente.
—¿Qué clase de tragedia? —preguntó Hiroa frunciendo el ceño.
—Nuestro último grupo de jóvenes está enloqueciendo.

Blanche Barlow se frotó los ojos cansadamente.


—Dermis, si tengo que sentarme ante otra cinta grabada, o quedaré ciega o me
volveré loca. No he decidido todavía qué cosa será mejor.
El doctor Barlow chasqueó ligeramente la lengua.
—De acuerdo, mi vida, pero estamos obteniendo muchos de los datos que
necesitábamos —hurgó entre una libreta de apuntes que ya para ese momento
comprendía cerca de cien páginas—. Nuestro trabajo principal será relacionar todo
esto —alcanzó el rollo de película grabada que estaba en el aparato de televisión y
sonido, y dijo—: El próximo es…
—¡Por favor, Dennis! ¡No más por ahora! Si veo otra cinta más de esas
lastimosas gentes que viven como animales… yo… yo me pondré a llorar. ¿Cómo
pueden permitirlo?
Sin comentario, el doctor Barlow movió el switch del aparato, y la brillantez de la
pantalla de televisión, de dos metros cuadrados, que habían estado estudiando, se
disipó, para quedar solo el color gris natural.

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—¿Cómo pueden permitirlo? —repitió ella fijando repentinamente la mirada de
sus ojos azules en la cara de su esposo.
Sabía Barlow que la pregunta de su esposa era todavía retórica, pero también
sabía que ella esperaba alguna clase de respuesta.
—Que no te afecte mucho, mi vida —dijo amablemente—. Me imagino que han
estado llevando esa clase de vida durante decenas de miles de años. Dentro de unos
cuantos meses… —se interrumpió cuando iba a decir que ya no le afectaría nada,
pero viendo la expresión que se asomaba a su cara, cambió rápidamente las palabras,
y después de una brevísima pausa, continuó—: estaremos en condiciones de cambiar
todo eso.
Antes de que ella pudiera decir nada, la puerta del cuarto de exhibición se abrió
para dar paso a un hombre alto, ancho de hombros, de cabellos negros y con un gorro
negro, alto, en la cabeza. Dio unos pasos en el interior del cuarto y se detuvo.
—Oh, lo siento —dijo—. No me di cuenta de que estuvieran proyectando.
Hablaba con un acento británico que había sido modificado por los años que
había estado ausente de Inglaterra.
—Está bien, doctor Pendray —dijo Dennis Barlow, con una sonrisa—.
Precisamente hemos terminado.
También el ceño fruncido de Blanche Barlow se disipó, para dar lugar a una
expresión amable. Enseguida le dijo:
—Sí, terminó por hoy, doctor. Pase, en realidad, supongo que hemos pasado aquí
más tiempo del que debíamos.
—De ninguna manera —se disculpó Pendray—. Realmente no tengo prisa.
Ninguna urgencia especial. Solo deseaba ver un par de cintas de disección. El
complejo sistema nervioso tentacular de los darothas es muy interesante. Si les
interesa verlo… —dejó la frase inconclusa, como una invitación.
—No, creo que no —dijo Blanche, y añadió—: Dígame, ¿cómo consigue cuerpos
de darotha para disección?
El cirujano sonrió, y repuso:
—Podría usted decir que no los han heredado. Los darothas practican sus
entierros en el mar, pero no es para ellos un dogma. No han objetado nuestros
estudios.
—Entonces, ¿son muertes naturales?
—O accidentales —dijo el doctor Pendray.
—¿Ha realizado algunas disecciones sobre los cuerpos de algunos de los
humanoides? —preguntó la mujer.
—Oh, sí, varias. Puedo mostrarles las películas de ellas, si usted gusta. Veo que
las que ustedes han venido estudiando son de aquellas tomadas en su ambiente
natural. Muy bien, ¿no es así? Algunas de ellas son de hace cincuenta años. Con
cámaras escondidas, todo automático.

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—¿Y cómo consigue los cuerpos de los humanoides para disección? ¿También se
los ceden? —La voz de la señora Berlow era persistente.
Pendray chasqueó levemente la lengua, y contestó:
—Bueno, apenas. La mayoría de ellos nos llegan por conducto de los darothas a
la hora de ronda. Algunos han sido muertos por bala y varios fallecieron en el
cautiverio. No viven mucho cuando están cautivos, ya lo sabe usted, por eso ya no los
capturamos más. Me parece cruel enjaular a cualquier bestia salvaje de esa manera
cuando simplemente se la enjaula y se muere. Y los yahoos tampoco procrean en el
cautiverio —hizo una pausa y concretó la mirada en ella—. ¿Qué ocurre, señora
Barlow?
—Yahoos —exclamó amargamente—. Todo lo que ustedes hacen es poner una
marca degradando a alguien, ¿no, doctor Pendray? Llamarlos «nigger» o «chink» o
«gook»; ponerles cualquier molesta etiqueta que los despojará de su dignidad.
Entonces ya será sencillo y bien visto darle un balazo o destazarlo, o ponerlo preso,
¿no es así, doctor Pendray? No, gracias, doctor; no creo que me gustaría ver sus
películas de disección. Llévame fuera de aquí, Dennis.
Se volvió con presteza hacia la puerta, y el doctor Dennis siguió sus pasos. Pero
no alcanzó a llegar a la puerta.
—¡Señora Barlow!
Ella se detuvo, se volvió ligeramente, y por sobre el hombro miró a Pendray.
—¿Sí?
—¿Ha visto usted a los yahoos en su ambiente natural, conduciéndose con sus
maneras acostumbradas? —La voz de Pendray era calmada pero en el fondo se
agitaba un remolino.
—Sí.
—Señora Barlow, uno no puede extraer de un organismo aquello que no posee.
No se puede privar de su dignidad a un yahoo, como tampoco dársela. Si ha
aprendido usted algo de esas películas, ya debía saber lo que digo. Probablemente
perdería su tiempo si estudiara esas películas de disección, ya que tampoco
aprendería nada de ellas. Buenos días, señora Barlow.
Se ensombreció el rostro del doctor Barlow, pero antes de que pudiera encontrar
alguna respuesta, Blanche lo tomó del brazo y los dos salieron sin replicar una sola
palabra.

El doctor Marcus Landau estaba en el almacén de películas, colocando dos rollos que
ya había visto cuando los Barlow entraron. Él los vio antes que ellos a él.
«¡Vamos!», pensó para sus adentros, «la furia dorada está a punto de desatar un
rayo de un billón de voltios que fulminará un área de varios kilómetros a la redonda,
si es que esa aureola que trae significa algo. Me gustaría saber qué o quién hizo
funcionar su generador».

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El doctor Landau era un hombre de mediana edad, no llegaba a los noventa años.
Tenía la piel del color del chocolate amargo, el cabello con finos rizos diminutos que
semejaban alambres plateados y una voz meliflua que denunciaba el suave acento de
las Bermudas. Junto con el doctor Paul Hiroa y el doctor James Pendray, era uno de
los tres científicos de más rango en Sandaroth. Después de observar a Blanche
Barlow durante la primera semana de su estancia, deliberadamente la había bautizado
con el nombre de «La Furia Dorada», y en esos días, al fin de la segunda semana, no
se retractaba. También le había encontrado apodo al doctor Paul Hiroa: «El Viejo
Crudo», y a Jim Pendray: «El Seda»; pero aquellos nombres se los reservaba para él
solo y únicamente porque le gustaba divertirse hablando de ellos a solas. A esa
diversión le llamaba: «Clasificación de personas», y tenía su reglamento estricto: a
ninguno lo bautizaba hasta que estuviera perfectamente seguro moralmente de que
todas las gentes que conocieran a esa persona reconocerían inmediatamente el apodo
como apropiado y preciso. Sin embargo, como Aristóteles, él estaba satisfecho con
los resultados del producto de su cerebro; nunca los puso a ninguna prueba
experimental.
Aún no había llegado a ninguna conclusión en cuanto a Dennis Barlow.
—Blanche —dijo en voz baja y firme—, no debías haber… —de pronto se
interrumpió y su voz recuperó la normalidad—. Oh, ¿cómo está, doctor Landau?
«¡Ajá! ¡Llamándole la atención!», se dijo Landau.
—¿Cómo está usted, doctor Barlow, señora Barlow? —dijo en voz alta—. ¿Cómo
van sus investigaciones? Espero que nuestro modesto Centro de Investigación les
haya proporcionado al menos algunos datos de interés, ¿eh?
Era evidente que el rayo no había sido preparado para Marcus Landau. No
solamente no lo desató ella sino que lo hizo a un lado para usarlo más tarde,
probablemente, pensó Landau. Pero la inminente descarga que había aparecido, que
flotaba sin el menor ruido sobre su rubia cabeza, perdió su fuerza y se desvaneció.
—Oh, algo más que eso, doctor Landau —dijo ella sonriente—. Tienen un
fantástico repertorio de información aquí. La correlación e interpretación será una
parte difícil, eso temo. Y a propósito, ¿cuándo espera usted que regrese el doctor
Hiroa de Great Shoals?
—Vamos, pues no lo sé. Tampoco creo que él mismo lo sepa, así creo. Esta
mañana hablé con él por teléfono y no sabe cuánto tiempo pasará por allá. Me pidió
una vez más que tan pronto como ustedes llegaran les presentara sus disculpas por su
precipitada salida. Si hay algo que usted pueda necesitar o requerir, lo único que
deben hacer es pedírmelo.
—Muchas gracias. Queremos hacer algunos viajes ocasionales al campo, pero eso
será dentro de algún tiempo, antes de que podamos precisar definitivamente cuáles
serán nuestros planes.
Landau inclinó ligeramente su cabeza plateada, y dijo:

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—Naturalmente. Si por el momento hay algo que pueda hacer por ustedes estoy a
su disposición.
Los Barlow cambiaron miradas. Entonces Dennis habló:
—Por el momento no, doctor Landau; gracias. Hasta ahora todo marcha muy
bien.
—Me alegro de oírlo. Les deseo que tengan buen éxito en su búsqueda de la
verdad.
Salió el doctor Landau para dirigirse hacia el cuarto de exhibición número dos. El
doctor Pendray aún no había hecho funcionar su pantalla.
—¿Está ocupado, Jim? —preguntó Landau.
—Nada urgente, Marc. ¿Por qué?
Landau entró, cerrando la puerta tras él.
—Me preguntaba qué les habría dicho usted a nuestros emisarios de la Fundación
Darlington que provocó su ira —dijo haciendo una mueca—. Especialmente la de
ella.
—Oh, esa.
El doctor Pendray repitió la conversación con los Barlow hasta en su más mínimo
detalle.
—La diplomacia tiene nombre de Pendray —murmuró Landau cuando terminó el
relato.
—Maldito sea lo que importa, de todos modos —dijo Pendray encogiéndose de
hombros—. Tengo el presentimiento de que ella mentalmente ya está escribiendo su
reporte final completo con todas sus conclusiones. Estoy seguro de que en la parte
posterior de su cerebro ya ha resuelto lo que va a informar a la Fundación. Nada de lo
que usted oyó o pueda decir lo cambiará, y ese marido que tiene confirmará todo lo
que ella diga.
—Usted, Jim, no tiene gran fe en ellos como investigadores científicos, ¿verdad?
—Está usted bromeando; ya conozco a los de su clase. Recopilarán grandes datos;
harán toda clase de cuidadosos experimentos y prepararán docenas de hermosas y
pequeñas gráficas y tablas. Por supuesto, descartarán las «anomalías»; cualquier
información o dato que no encaje dentro de su informe preconcebido será
considerado dentro de esas anomalías. El resto será nítidamente seleccionado hasta
que encaje en su informe. ¿Qué piensa de ellos, Paul?
—Lo mismo. Pero, ¿qué podemos hacer? La Fundación Darlington tendrá el
reporte que desea. Con él y aquellas fotografías, la peste que levantarán sobre la
Tierra será suficiente para destruir el proyecto completo de Sandaroth, arruinando lo
mismo a los humanos que a los darothas.
—Uno casi desea que los Barlow fracasaran en su proyectado viaje que tienen
fuera de la ciudad, excepto que no nos traería nada bueno —dijo Pendray.
—No. El mal olor que eso provocaría tendría un aroma distinto, pero los
resultados serían los mismos. Esta misteriosa locura en el último grupo de los

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darothas adolescentes no es lo bastante malo; tememos también la locura de nuestra
propia raza —al decir esto, el doctor Landau se llevó las manos a la frente, frotándose
las cejas con los dedos índice y pulgar.
—¿Y quién está detrás de todo esto? —preguntó Pendray. ¿Tiene usted alguna
otra información?
—Solamente lo que imaginamos antes. El único hombre que pudo haber tomado
esas fotografías fue Finnerly, de la Corporación Industrial de Computadoras, pero no
son ellos los únicos.
—¿Quiénes más? Yo pensé que usted había dicho que no tenía más información.
—Y así es. Pero piense esto: la Corporación de Computadoras no está tratando de
que envíen aquí tropas para proteger a los yahoos, precisamente para que de esa
manera puedan vendernos computadoras y sistemas de guía y control para unos
tornos y cepillos mecánicos multifásicos.
—Tiene usted razón —en la voz del doctor Pendray se advertía el disgusto—. Sin
los darothas, este planeta sería como cualquier otro. Abierto para todos. Tendríamos
aquí cincuenta millones de gentes, en un periodo de cinco años, sin control ninguno.
—Sin control —repitió Landau—, pero ventas de terreno en grande escala para
ciertas clases de tipos sin escrúpulos. También sabemos quién está metido en eso. Por
supuesto, ninguno de los Tres Grandes en Inerciagravitación; ellos son estrictamente
honrados y estrictamente éticos. Lo mismo podemos decir de las grandes
corporaciones importantes. Puede usted apostar que la Corporación Industrial de
Computadoras no está recibiendo ningún respaldo de esas compañías, pero por
desgracia hay otros muchos de ellos.
—De manera que entonces recibirán doble recompensa —reflexionó Pendray—.
Los atacarán arriba y abajo. Proteger a los nobles yahoos por un lado y abrir
Sandaroth por el otro para una colonización abierta.
—Será el sonido que produzcan dos manos que aplauden —dijo secamente
Landau.
—Así es. Mientras la raza inteligente extraterrestre que hemos encontrado no sea
aplastada entre esas manos. Creo que haríamos bien en empacar nuestras cosas y
regresar a casa.
—Entonces, ¿usted no tiene mucha fe en los planes de Paul?
—Francamente, Marc, no —confesó Pendray—. Parece que él piensa
proporcionar a los Barlow toda la información que estos puedan digerir. Los
convencerá, pero maldita sea, Marc, usted no puede convencer a uno de que esté
equivocado proporcionándoles datos. Él solamente creerá lo que quiera creer.
—Yo he tomado una decisión, por favor no me confunda con hechos.
—Exactamente.
—Pero no hay nada que podamos hacer, Jim —siguió insistiendo Landau—. No
podemos luchar contra la Fundación Darlington para la Promoción de la Hermandad
Humana. Dudo que aún el mismo gobierno pueda luchar contra ella, ya que tiene

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billones que la respaldan, tanto en dinero como en gente. Y pensemos que tiene a su
disposición abundancia de gente como los Barlow: honrados, delicados, fanáticos y
tesoneros en su trabajo.
—Lo sé, lo sé —dijo el doctor Pendray frotándose la barba con la yema de un
dedo—. ¿Y qué me dice del gobernador Donovan? ¿Qué va a hacer él?
—Paul habló con él. Estuvo de acuerdo en mantenerse al margen de todo esto. Si
lo peor llega a lo peor y el planeta se abre para dar cabida a todo lo que se está
tramando, él podrá permanecer como gobernador colonial y tratar de proteger a los
darothas hasta donde sea posible.
—Eso podrá ayudar, pero no mucho —de pronto la boca de Pendray se contrajo
en una mueca sardónica—. Quizá yo estaría mejor si no hubiera regresado a la ciudad
hasta que todo hubiera terminado de un modo o de otro. Al menos tiene uno otras
cosas de qué preocuparse allá en los puertos espaciales; realmente no soy un chico
citadino de corazón.
Casi con la misma mueca, Landau comentó:
—Obviamente no, o usted no llamaría a Point Garrison ciudad; ambos somos
todavía provincianos de corazón. En una gran ciudad se pueden perder cuarenta mil
gentes sin que nadie se dé cuenta de ello.
—Point Garrison contiene la mitad de la población humana del planeta —dijo
Pendray—. Ninguna ciudad de la Tierra puede presumir de lo mismo.
—De acuerdo. Oh, y dígame, Jim…
—¿Sí?
—Creo que estaríamos mejor si no antagonizamos con los Barlow. Con eso
solamente…
—Solamente se aumenta su resistencia. Lo sé, Marc. Trataré de cultivar las
buenas relaciones con el físico y consejero. El pequeño doctor de provincia así lo
hará. Pero si ella se ofende cada vez que oiga la palabra yahoo en su contexto,
entonces se va a sentir ofendida la mayor parte del tiempo.
—Bueno, no podremos envolverla en pañales. Y ahora lo dejaré con sus películas.
Gracias, Jim.

Muy pocos de los ciudadanos de Point Garrison se daban cuenta del peligro que
representaban Blanche y Dennis Barlow. Sus nombres habían sido mencionados en
las radiotransmisiones cuando llegaron, pero difícilmente alguno prestó atención. En
ciertos círculos se corrió la versión de que llegaban a estudiar el yahoo, pero eso no
despertó ninguna curiosidad en particular. ¿Qué tenía de extraño eso? Aquellos que
los habían conocido decían que los Barlow, y especialmente Blanche, estaban «un
poquito chiflados» respecto de los yahoos y de su inteligencia, por lo que la mayoría
de esas gentes aprendió a sustituir la frase de «humanoides naturales» en lugar de
«yahoos» cuando hablaban en presencia de los recién llegados. Excepto por esa

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chifladura, parecía una pareja bastante agradable. Las mujeres se sentían atraídas por
el bien parecido y simpático Dennis, y para los hombres era difícil apartar la mirada
de la belleza de Blanche. Aun así eran considerados como extraños, visitantes aún no
residentes. En cierto modo, no encajaron bien dentro de la vida social de Point
Garrison. Si la verdad fuera conocida, eso no molestaría a los Barlow; ni siquiera lo
advertirían: habían ido a Sandaroth a trabajar, no a socializar.
Al finalizar su primer mes de estancia, Dennis resolvió hacer una visita a una de
las fábricas pequeñas de la ciudad: Garrison Flyer Manufacturing Co.
El gerente de la planta era un hombre de baja estatura, rechoncho, de cabello gris,
llamado Fred Doyle. Se encontró con Barlow en la puerta de entrada y lo saludó con
un efusivo apretón de manos.
—Cuánto gusto en conocerlo, doctor Barlow. El gobernador Donovan me llamó.
Me dijo que quería usted hacer una visita a la fábrica. Me alegra que haya venido.
Pase, pase.
Después de unos minutos de frases de cortesía, le preguntó a Barlow que por
dónde le gustaría empezar.
—Bueno, para ser absolutamente franco, señor Doyle…
—Llámeme simplemente Fred, doctor Barlow. Así me dicen todos.
—Está bien; y usted a mí Dennis. De todos modos iba a decirle que tengo este día
libre, por lo que pensé que haría un día de asueto. Mi esposa está atiborrando de
material la computadora en el Instituto de Investigaciones, y esa es labor de una sola
persona. Realmente yo estoy interesado en su fábrica bajo el punto de vista
zoológico, más que de la fabricación.
—Bueno, si usted me dijera por qué un zoólogo se interesa en la manufactura de
los motores inerciogravitacionales desde un punto de vista zoológico, con todo gusto
le ayudaré, Dennis.
—Yo entiendo que tiene usted aquí trabajando algunos darothas, Fred, y se me ha
dicho que pueden realizar trabajos que ningún ser humano puede hacer.
—Oh —exclamó Fred—. Sí, así es. Venga conmigo. Lo llevaré a la sección de
tornos múltiples. Estoy seguro de que esa es la parte que encontrará más interesante.
Lo presentaré con mi mayordomo, se llama Than; él está capacitado para mostrarle
cómo trabajan.
Tomando del brazo a Dennis Barlow, lo llevó hasta un edificio muy amplio, lleno
de maquinaria. Todo estaba muy bien alumbrado, ventilado y limpio. Daba la
impresión de que aquello parecía más bien una cocina o una sala clínica que un taller
con maquinaria. Le tomó a Barlow un minuto o dos para darse cuenta de que, donde
él podía ver, eran los dos únicos seres humanos en el lugar. Todas las máquinas eran
operadas por darothas.
—Than —llamó Fred a uno de ellos que estaba limpiando una máquina enorme
—. Venga aquí un momento, quiero que conozca a una persona.

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El darotha dejó el trapo con que limpiaba, y con unos pasos que tenían la gracia
de una pantera se acercó a los dos hombres.
—¿Cómo se siente usted esta mañana, Fred?
Su voz se elevó con toda facilidad sobre el único ruido notable del lugar que era
producido por la energía que hacía funcionar a los tornos múltiples.
—Me siento muy bien, Than, muy bien. Quiero presentarle al doctor Dennis
Barlow. Doctor Barlow, este es Thannovosh, mi mayordomo general para esta
sección.
—Gusto en conocerlo, doctor Barlow —dijo el darotha, y enseguida se volvió a
mirar a Fred.
—Dígame, Than, ¿tiene usted alguna de las máquinas libres? Me gustaría que le
diera al doctor Barlow alguna pequeña demostración, si es que tiene usted tiempo.
—Por supuesto, Fred; tendré gusto en hacerlo. Venga usted por aquí, hacia la
máquina catorce.
Barlow lo siguió pero sin dejar de ver a las otras máquinas de aquella gran sala.
Había cerca de treinta de ellas y en cada una se encontraba parado un darotha con sus
ocho tentáculos moviéndose al mismo tiempo, haciendo girar algunas ruedas de
control, perillas y ajustando varios verniers. Había en ellos una belleza rítmica
sobrenatural que le recordaba las ramas frondosas de un árbol terrestre en
movimiento, arrastradas por una corriente de agua lenta, o los tentáculos de un pulpo
nadando con lentitud.
Cuando llegaron a la máquina catorce, Than dijo:
—La tengo preparada para un BJF-37, Fred. ¿Le parece bien?
—Por supuesto, sí. Enséñele su pieza de verificación y explíquesela.
De un cajón de la base de la máquina, Than tomó una singular pieza de metal.
Tenía más o menos el tamaño del puño de un hombre, pero la superficie estaba
maquinada con una serie de extraordinarias ondulaciones, curvas complejas
tridimensionales que formaban especies de colinas y valles, rodeadas de grutas
profundas.
—Vea, doctor Barlow, esto es lo que llamamos pieza de verificación. Tiene la
misma medida y forma del huso que impulsa el interior de la unidad
inerciogravitacional. ¿Ha visto usted alguna vez el interior de una máquina de vuelo?
—Sin la cubierta, no.
—Bueno, el huso impulsor tiene que soportar al mismo tiempo varios y distintos
modos de movimiento, dependiendo de si usted se está moviendo hacia arriba, hacia
abajo, para la derecha o para la izquierda, lanzando, retrocediendo, girando en un solo
punto o simplemente suspendido en el espacio. Hay ocho de ellos en un motor
ordinario de vuelo. Todos ellos se mueven a velocidades tremendas y soportan altas
oleadas de energía. Y todas ellas tienen que estar sincronizadas. Estas piezas están
hechas de acero endurecido para herramientas en lugar de la aleación paramag, pero
la forma es la misma. Cada una de estas superficies es un control para los diferentes

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modos de movimiento, y cada una de ellas lleva a cabo una función distinta, mientras
el eje del huso es relevado. Eso es lo que le da esa apariencia tan singular —Than
produjo un chasquido con la lengua, y continuó—: Es una suerte de forma sin forma,
así podría explicárselo. Pero tiene que ser de esa manera, y cada curva tiene que ser
precisamente así, pues de otro modo no tendría usted una vibración en el motor que
lo sacudiría hasta el punto de hacerlo pedazos.
Dos de los tentáculos de Than colocaron cuidadosamente aquella pieza en su
lugar y dos más indicaron la máquina.
—Ahora vea esta máquina, que es lo que llamamos un torno múltiple. Un huso
impulsor no puede ser fundido; tiene que ser forjado y maquinado. Hay que
asegurarse que es homogéneo y de una densidad igual en todas sus moléculas.
Dos más de los tentáculos de Than se extendieron para alcanzar un estante con
ruedas que se encontraba a un lado, y de una charola ahí colocada extrajo un trozo de
metal que puso a la vista de Barlow para que lo revisara.
—Esto ya ha sido forjado, todo lo que tenemos que hacer es maquinarlo. De esta
manera es como se hace.
Volvió a tomar nuevamente la pieza de verificación y la colocó en el mandril del
múltiple hacia la izquierda, y la pieza forjada en el interior del mandril del lado
derecho. Una varilla guía tocaba la superficie de la pieza de verificación y estaba
exactamente igualada con el extremo de una herramienta cortante que tocaba la pieza
forjada. Mientras la varilla guía seguía las curvas de la pieza de verificación, la
herramienta cortaba las mismas curvas en la otra pieza. Un tentáculo oprimió el
switch y ambas piezas de metal empezaron a girar. Entonces se sintió una
inmovilidad repentina alrededor de la máquina, como si alguien hubiera arrojado un
pesado sarape sobre ella y hubiera ahogado los ruidos.
—Tuve que hacer funcionar los supresores del ruido —explicó Than—, de otra
manera todo el lugar se vería invadido por un ruido infernal.
Than hizo girar dos ruedas más, y dos herramientas adicionales se movieron hacia
la pieza forjada, cada una con su correspondiente guía moviéndose hacia la pieza de
verificación.
Accionó otro switch y la danza de los tentáculos dio principio. Había tal gracia en
ellos que le recordó a Barlow los movimientos de una bailarina de hula, hawaiana.
Los tentáculos movían perillas y niveladores; las herramientas, las tres al mismo
tiempo, cortaban suavemente en la pieza que giraba, rebanando listones de metal
brillante. Uno de los tentáculos de Than tocó el control del mandril y los ejes de giro
cambiaron ligeramente, mientras unos cinceles rebanaban el metal no utilizado
echándolo hacia un lado. Nuevamente entró en acción el eje giratorio y las
herramientas entraban y salían sobre la pieza forjada, cortando y volviendo a cortar.
Barlow observaba con fascinación, mientras el huso impulsor tomaba forma abajo
del borde de la herramienta, transformando rápidamente aquel trozo de metal forjado
en una pieza de maquinaria de precisión.

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De pronto, abruptamente quedó terminada.
Las herramientas fueron echadas a un lado y cesó el giro vertiginoso. Than aflojó
el mandril y sacó la pieza terminada.
—Ahora la pondremos sobre el comparador y veremos si es idéntica a la pieza
maestra.
Cuando terminó de compararla la mostró a Barlow.
—Aquí la tiene, doctor Barlow. Perfecta hasta una milésima de milímetro. El paso
siguiente será llevarla a una máquina semejante para el pulido final, y quedará
terminada.
—Preciosa —dijo Barlow con sincera admiración.
—Muchas gracias, señor. ¿Es todo lo que usted quería, Fred?
—Eso es todo. Mil gracias, Than; a menos que el doctor Barlow tenga algunas
preguntas qué hacer…
—La única pregunta en la que puedo pensar es: ¿Cómo pudo realizarlo? Todo lo
que yo puedo hacer es controlar dos brazos y diez dedos. El pensamiento de tratar de
llevar un control sobre ocho brazos y cuarenta dedos me aterroriza.
La cara de tigre-tiburón de Than hizo una amplia mueca.
—Simplemente requiere práctica, doctor Barlow. Y le diré a usted que no veo
cómo ustedes hacen trabajos tan delicados con todos esos huesos en su interior que
solo les permiten doblar ciertas partes de su organismo y hacia ciertas direcciones.
Tuve la oportunidad de ver a un hombre grabando una pieza de acero a mano, y
nunca entenderé cómo pudo hacerlo. El poner presión sobre un buril requiere una
fuerza interior que yo no tengo. Aquello me parecía algo semejante a como si yo
intentara operar esta máquina con mis pies.
Barlow dirigió una rápida mirada a los pies con sandalias del darotha.
Propiamente hablando, no tenía dedos. Cada pie terminaba en punta. Lo que le
recordaba a Barlow las armaduras, cuyos pies terminaban en punta, de los caballeros
medievales. En el extremo tenían una gran garra curveada, gruesa y sencilla.
—Él mantiene sus pies recogidos de esa manera cuando camina en la tierra —dijo
Fred, notando la mirada de Barlow—. El doctor nunca había visto a un darotha, Than.
Enséñale cómo desenvuelve sus pies cuando nada.
—Con gusto.
Con tres tentáculos se apoyó ligeramente contra el torno. Otros dos tiraron de la
sandalia del pie derecho. Levantó la pierna y la dobló a la altura de las rodillas para
que Barlow pudiera ver la «suela» del pie. Corría un pliegue desde la parte superior
del talón hacia adelante, hasta la base de la garra frontal.
—Cuando estoy en el agua, lo abro de esta manera.
El pliegue se extendió y el pie se desenvolvió para que las dos mitades de lo que
había sido la «suela» se vieran en la parte superior de un pie ancho, desplegado,
formando un callo grueso en cada lado de la parte alta. De ahí que la nueva planta
expuesta se viera tierna y membranosa.

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—¿Entonces, usted ya no puede caminar con sus pies desenvueltos de esa
manera? —preguntó Barlow.
—Oh, sí podría —dijo Than, recogiendo nuevamente el pie y volviendo a ponerse
la sandalia—, pero de ir muy lejos me dolerían tanto que no podría soportarlo. Quiero
decir, si caminara en la tierra sólida. Pero caminando a través de pantanos, como los
salobres que rodean el Delta Cape podemos, los de mi raza, desenrollar nuestros pies
para caminar sobre el lodo grueso y de esa manera no nos hundimos; si el lodo es tan
suave no nos lastima, ¿entiende usted?
—Muy apropiado —apuntó Barlow—, o podría decir, ¿hecho a la medida?
—Bueno —dijo Fred, guiñando un ojo.
—Hagamos a un lado eso —dijo Than—. Hay poco que haya sido hecho a la
medida para un darotha.
—Nada de eso —intervino Fred—, un darotha entrenado y hábil es muy útil para
operar un torno múltiple. Parece que fueron construidos especialmente a la medida
para ellos. Ningún terrícola podría operarlos. Ni siquiera cuatro de ellos puestos a
trabajar juntos. Ya se ha intentado. No solamente resulta molesta la coordinación,
sino que se estorban el uno al otro. Allá en la Tierra, para operar esos tornos, usan
una computadora cuyo costo es mayor que el del mismo torno y, además, es muy
voluminosa. Nosotros simplemente compramos los tornos y diseñamos acá los
controles. Eso nos, ahorró el costo de las computadoras y el costo del transporte
interestelar. También nos ahorramos el costo de las reparaciones y el de la
programación de la computadora cuando se utiliza el torno para trabajar una medida
diferente u otro tipo de huso impulsor. A todos nuestros empleados les pagamos
salarios iguales, ya sean terrícolas o darothas, de modo que la mano de obra es
elevada, pero necesitamos tener cierta cantidad de mano de obra de todos modos para
preparar y cambiar las piezas de verificación y herramientas y para el mantenimiento
y demás. Por otro lado, las máquinas son mucho más rápidas de esa manera. Si
tuviéramos que preparar una computadora para hacer solamente una pieza,
tendríamos que hacer frente al costo de preparación para una producción completa,
mientras que un darotha puede interrumpir cualquier producción, cambiar
herramientas, mover controles, preparar y elaborar esa sola pieza, mover y hacer el
cambio completo anterior y regresar a la producción anterior empleando para todas
esas operaciones únicamente quince minutos a ningún costo extra.
«Pero lo más hermoso de todo eso es que todo el dinero que se emplearía para
transporte y costos de computadoras se queda aquí en Sandaroth, en donde se
necesita tanto, en lugar de ser canalizado a la Tierra».
—Yo soy muy feliz con lo que gano —dijo Than, llevándose un tentáculo a su
pantaloncillo corto, de color azul, de trabajo, que era el único artículo de vestir que
llevaba, además de las sandalias.
De repente, Dennis Barlow se dio cuenta del cambio que se había operado en él
durante los pasados veinte minutos. Había llegado con un sentimiento de horror que

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parecía habérsele clavado entre los omóplatos. El ver tantos darothas en la fábrica le
había traído a la mente la imagen vívida de las fotografías que había visto con su
esposa. Pero después de la plática y presenciar la demostración de habilidad que le
hizo Than, ya no pensaba en él como una bestia dotada de tentáculos, sino como una
persona. Alguien con quien se podía hablar, reír y quizá tomarse unas cuantas
cervezas alguna tarde. Las fotografías habían atenuado su valor y quedaban sin vida,
en comparación con la realidad que tenía ante sí.
En ese momento sonó una chicharra, clara pero no estridente, por sobre el suave
ronroneo del taller.
—Es la hora del almuerzo —dijo Fred—. ¿Gusta quedarse y tomarlo con
nosotros, Dennis?
—No, gracias, Fred. Alguna otra vez. Realmente le agradezco todo. He estado
tremendamente a mi gusto.
Fue un placer conocerle, Than; espero verlo nuevamente algún día.
—Lo mismo digo, doctor Barlow. Regrese otra vez cuando pueda estar más largo
tiempo, podemos enseñarle más.
—Así es, Dennis —confirmó Fred—. Véngase nuevamente y hágalo más
temprano para enseñarle toda la planta. Hay muchas cosas aquí que podrán
interesarle.
—Veré si puedo arreglar mi venida, Fred, pero por el momento tengo una cita con
una hermosa rubia, mi esposa.
—Está bien, lo encaminaré a la puerta.
—Yo iré por un emparedado de «lurg» y alguna bebida fría —dijo Than—. Lo
veré otra vez, doctor Barlow.
Se alejó el darotha con sus pasos llenos de gracia a lo largo de todo aquel salón de
la fábrica.
Mientras los dos hombres cruzaron el patio para dirigirse a la puerta, Dennis
preguntó:
—¿Qué fue aquello que Than dijo, Fred? ¿Un emparedado de «lurg»?
—Lurgh —corrigió Fred—. Ellos no pueden pronunciar nuestra «h» final.
—Lurgh, ya veo. ¿Qué es eso?
—Carne de yahoo ahumada. Yo no la como, pero… pero… ¿qué ocurre, Dennis?
Barlow luchó contra el horror y la náusea que lo invadió.
—Nada, nada —dijo—. Estoy bien. Creo que es el sol.
—Sí. Cuando sale uno de la fábrica con aire acondicionado y siente este calor le
hace a uno sentirse mal algunas veces. ¿De verdad está bien?
—Sí. Una ola pequeña de mareo, es todo. Ahora me ha dejado, estoy bien.
Pero ese día no almorzó y no le dijo a Blanche por qué.

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El doctor James Pendray se sentó ante los controles de la pequeña máquina voladora
para seis pasajeros y secretamente deseaba saber qué diablos había en la mente del
doctor Paul Hiroa. Aquel viejo muchacho tenía algo, de eso estaba seguro Pendray.
Pero, ¿precisamente qué sería…?
Pues bien, cualquier cosa que fuera, Pendray estaba dispuesto a seguirle la
corriente. En aquel viejo cerebro había cierto plan, y solo porque precisamente
provenía de él, tenía que ser algo grande.
En el asiento detrás de él, Dennis y Blanche Barlow hablaban en un tono, no
precisamente secreto pero sí bajo, señalándose el uno al otro varias configuraciones
interesantes del terreno que veían allá abajo. A una velocidad terrestre de un poco
menos de trescientos treinta kilómetros por hora y una altitud de un kilómetro, su
visual era precisamente adecuada para la observación del panorama.
—Aquello al sur, ¿es la costa, Jim? —preguntó Dennis desde el asiento trasero.
Después de aquella fricción que tuvieron, Pendray había venido haciendo uso de
su diplomacia y ya los tres venían tratándose, utilizando sus primeros nombres.
—Así es. Pero no podrán verla muy bien sino hasta dentro de un par de horas.
Estamos paralelamente al mar. Después de otra hora de vuelo estaremos en Great
Shoals.
—¿Y el territorio humanoide se encuentra precisamente al norte de allí? —
preguntó Blanche.
—Correcto. Menos de una hora de vuelo, aun suponiendo que no tuviéramos
mucha suerte. Generalmente se puede encontrar alguna tribu a una distancia
aproximada de noventa kilómetros de Great Shoals.
—Muy bien. Queremos llegar allá tan pronto sea posible.
«Apuesto a que así es», se dijo Pendray para sus adentros. La noción de ir a la
principal ciudad de los darothas no se le ocurría a ella en lo absoluto. Pendray no
estaba muy seguro si ella detestaba a los darothas, los temía o qué sentía en realidad
contra ellos, pero sospechaba que era una mezcla de todo aquello en varias
proporciones dependiendo de las circunstancias.
—Quería preguntarle, Jim —dijo Dennis—, si usted sabe por qué los darothas
construyeron su ciudad en Great Shoals. Quiero decir, generalmente nosotros los
humanos construimos nuestras ciudades cerca de un río o de un lago, o cerca de algún
lugar en donde podamos abastecernos de agua, y en la Tierra las ciudades realmente
grandes estaban cerca de algún puerto de embarque, pero los darothas siempre están
cerca del mar y no tienen muchos embarques que digamos, de modo que, ¿cuál es la
razón por la que se concentraron alrededor de Great Shoals? ¿Lo hicieron solo al
acaso, o tuvieron alguna razón para ello?
—¿No sabía usted? —Pendray estaba verdaderamente sorprendido—. Es uno de
los centros más grandes de procreación.

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—¿Centros de procreación?
—Por supuesto. Great Shoals es una sección de la costa continental que es
prácticamente horizontal. Habrá apenas cien mil kilómetros cuadrados de la costra en
donde la profundidad máxima es solamente diez brazas y el promedio es de cinco.
Está llena de pequeñas islas y rocas sobresaliendo de la superficie. El borde de la
costra está apenas a doscientos kilómetros de la costa, pero un hombre podría
probablemente caminarlo todo si escogía su ruta cuidadosamente. Quizá ni siquiera
tendrían que mojarse los cabellos. En los puertos terrestres es lo opuesto que en los
puertos marítimos. Aquí es un lugar muy difícil para la navegación, pero muy
apropiado para los pequeños.
—¿Y cuál es su ciclo de reproducción? —preguntó Dennis.
Pendray se preguntó cómo era posible que un zoólogo hubiera podido fallar al no
hacer esa pregunta antes. Blanche, la antropóloga, no estaba por supuesto interesada
en lo más mínimo, pero Dennis debía haber sentido curiosidad desde el principio.
Dedujo que Blanche lo había tenido completamente abstraído con los yahoos y que
por lo tanto no había tenido tiempo para excursionar en el campo de otra forma de
vida extraña.
—No hay nada complicado en ello —les explicó Pendray—. Los darothas, como
los hombres, se hacen el amor durante todas las estaciones del año, y, como en las
hembras humanas, los periodos de fertilidad darotha son cíclicos. Pero el ciclo de
ellas es anual y no mensual. Los huevos son puestos en el mar cerca de unas seis
semanas después de la fertilización y los empollan alrededor de tres meses después de
ella, cerca del medio verano. Al final del noveno año, los pulmones empiezan a
desarrollárseles y las agallas a desaparecerles. Para la primavera del décimo año, los
pequeños están listos para acercarse a la playa y continuar su vida como criaturas que
respiran aire. En semejanza con los humanos están en condiciones de reproducirse
cuando alcanzan la edad de catorce o quince años y el ciclo empieza nuevamente.
—Mmm… ¿y qué clase de familia tienen? —inquirió, interesada a pesar suyo.
—Ninguna, si por «familia» quiere usted decir relación consanguínea. Los
pequeños son literalmente independientes desde los primeros diez años. Nadie sabe
de quién son ni quiénes los cuidan. Los adultos mantienen alejados a los grandes
depredadores y las hembras especialmente van a alimentar a los pequeños. Los
adultos nadan mucho y se divierten en grande retozando con los chicos. Los recién
nacidos no podrán saber quiénes podrán ser sus padres pero son bien amados. Una
pareja de adultos cuidará de tantos pequeños como pueda atender una vez que hayan
llegado al estado en que puedan respirar aire.
—Ignorando cuáles son sus relaciones genéticas —preguntó Blanche—, ¿cómo
prevé el incesto?
—No lo hacen —le contestó Pendray—. ¿Por qué tenían que hacerlo? La
probabilidad estadística es que de cualquier macho o hembra escogida al azar puedan
ser hermano y hermana es muy baja. Más a menudo que lejano es que una pareja de

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adultos que han resuelto aparearse hayan sido permanentemente criados bajo el
mismo techo desde la edad de diez años. No tienen concepto de la virginidad y
tampoco ninguna prohibición contra los experimentos premaritales. Una hembra
deposita un cierto número de huevos cada año después de su decimoquinto
cumpleaños; ¿cómo pueden saber si esos huevos son fértiles o no? ¿Y por qué habría
de importarles? Créanme que la mezcla de material genético es más al acaso de lo
que es en la raza humana.
—¿Entonces no tienen ningún tabú sexual? —inquirió Blanche.
—Por supuesto que sí. Ningún adulto se casaría con alguien que fuera diez años
más viejo o más joven que él. De ese modo se aseguran de que las generaciones no se
mezclen. Y una vez que una pareja decide casarse lo hacen de por vida. El adulterio
es casi desconocido.
—Me sorprende que al menos se casen —apuntó Blanche con un dejo de
sarcasmo—. Dudo si los animales como ellos tengan un concepto real del
matrimonio.
Pendray mantuvo su voz sin alterar.
—Su concepto al respecto es el mismo que el nuestro, por supuesto que sí, pero
las similitudes son sorprendentes. El amor, el deseo de compañía, el sentimiento de la
seguridad mutua, la formación de una familia, esos puntos los tenemos en común. Y
dudo que ninguna pareja darotha se haya casado debido a que la hembra haya estado
embarazada o debido a que tengan algún sentimiento de culpa por el coito premarital.
Por supuesto que existen algunos matrimonios obligados. Los solterones y las
solteronas, no son bien vistos por la sociedad, mucho más acentuadamente que entre
nosotros. Hay matrimonios encantadores, así como hay rencillas y discusiones y
demandas, etc. No son más perfectos que nosotros, solo un poco diferentes, es todo.
—¿Diferentes? —exclamó Blanche—. Diferentes… oh, sí. Somos diferentes, por
supuesto. ¡Mira, Dennis, hacia nuestra izquierda! ¿No es aquel un lago hermoso?
Pendray reflexionando pensó:
«A ella no le gustan los darothas y el único indio bueno es el indio muerto, solo
que ella nunca diría eso».

—¿Entonces no es locura? —dijo Ghundruth.


—Estoy completamente seguro de ello —dijo Hiroa—. Al menos no en el sentido
en que usted quiere decir. Esos jóvenes aprendieron precisamente algo a lo que
ninguno de su raza había estado expuesto antes. Por supuesto es culpa nuestra.
Nosotros terrícolas hemos estado haciendo esa clase de cosas desde tiempos tan
lejanos como podemos recordar. Solamente durante los pasados dieciocho meses en
que un grupo disponible de terrícolas ha vivido aquí en Great Shoals, y solamente
durante ese tiempo sus adolescentes han estado expuestos a ellos.

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—Temo no entenderle —dijo Ghundruth—. Esas alucinaciones, esas cosas
irreales que ha forjado en sus propias mentes. ¿No es eso locura?
—No. Los jóvenes no creen que esas cosas no sean reales. Mire, Ghundruth,
usted puede decir una mentira, ¿verdad?
—Sí, cuando sea necesaria, sí. Pero, ¿por qué sienten ellos que sea necesario decir
tan abominables mentiras?
—En eso estriba la cosa, de manera absoluta. No lo consideran necesario. Lo
hacen por diversión, porque eso los divierte.
Durante unos largos segundos Ghundruth permaneció en silencio y enseguida
exclamó:
—¡No lo entiendo! ¿Cómo pueden divertirse con tales cosas? No es… no es
normal. Eso es como divertirse con el parpadeo o algo semejante. Uno lo hace
cuando tiene que hacerlo, pero no lo hace por placer.
—¿Usted come solamente cuando tiene que hacerlo?
—No. No.
—¿Y lo disfruta?
—Sí. ¿Hay alguna relación?
—Por supuesto. Véalo desde un punto de vista distinto: usted utiliza a menudo
parábolas y analogías, ¿no es así?
—Para instrucción. Para el propósito de mostrar un ejemplo o para hacer una
generalidad aplicable específicamente. O para mostrar alguna similitud o correlación,
como usted aparentemente lo está haciendo ahora. Pero no solo por diversión. No
puedo entender eso. Ninguno de nosotros lo entiende.
Hiroa cerró los ojos.
—Quizá nunca lo entienda usted, Ghundruth.
—¿Y por qué no? Si un pequeño lo puede entender, ¿por qué yo no? —Y no lo
entendía, no quería entenderlo. Pero no le gustaba que le dijeran que tal
entendimiento podía ser más allá de su capacidad.
El doctor Hiroa continuó:
—¿Ha habido casos, no es verdad, en que un pequeño darotha se ha perdido en
una tormenta cuando solo tenía diez años y sido arrojado a las costas en algún lugar
precisamente cuando el cambio final ha tenido lugar en su organismo, cuando sus
agallas se han desvanecido y sus pulmones están cumpliendo sus funciones?
—Sí, ocasionalmente. No muy a menudo. Generalmente encuentran el camino
para regresar.
—¿Pero a veces allí permanecen?
—Se han dado casos de que sí. Normalmente el pequeño, muere después de eso.
Quiere decir que el pequeño tiene que volver al mar. Pero sí ha habido casos como
ese.
—Y cuando los encontraron, ¿cómo eran?

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—De mentes enfermizas. No podían hablar ni pudieron aprender a hablar, ni
pudieron civilizarse en ningún aspecto. Llegamos a la conclusión de que esa había
sido la razón por la cual no regresaron con sus compañeros, porque tenían mentes
enfermizas.
—No. Ha sido precisamente lo contrario. No regresaron a reunirse con los demás
porque carecían de mentes enfermizas. Hay un periodo crítico para aprender a hablar.
Entre nosotros, si alguno de nuestros pequeños, a la edad de cinco años no ha
aprendido a hablar, ya nunca aprenderá. Con sus pequeños, ese periodo crítico de los
cinco años aparentemente se presenta inmediatamente después de la metamorfosis.
No serán el símbolo de usarlos hasta entonces. Si no se les ha enseñado a hablar,
entonces ya nunca aprenderán.
—Ahhh —exclamó Ghundruth pensativo—. Como a nadar, ¿eh?
—¿A nadar? ¿Cómo es eso?
—Ocasionalmente un pequeño tendrá un accidente poco antes de su décimo
aniversario y tendrá que ser hospitalizado. Su cola está desapareciendo y la tendrá en
pleno crecimiento. Si no aprende a caminar durante el siguiente año, tampoco
aprenderá a hacerlo.
—Entonces ya entiende mi punto de vista. Si lo hubiera sabido hubiera utilizado
el mismo ejemplo.
—¿No es lo mismo entre ustedes? —inquirió Ghundruth.
—No. Con nosotros, la natación es algo que puede aprender en cualquier época
de nuestra vida, aunque sí es más fácil hacerlo durante la niñez.
—¿Y qué tiene todo eso que ver con decir mentiras para divertirse?
—No solo con el decirlas, sino con el entendimiento de que son dichas solo por
diversión. Me pregunto si no sería posible que el mentir por diversión sea
considerado como un arte que tiene que ser aprendido desde muy temprana edad o no
aprenderse del todo. Si así es, entonces un darotha mayor no podrá aprenderlo y por
lo tanto, tampoco entenderlo. Creo que eso es verdad.
—¿Y todos los terrestres lo hacen? ¿Cómo es que nunca lo hemos reconocido?
¿Por qué razón no lo sabíamos?
—No lo habían visto porque no reconocieron su existencia en lo absoluto,
Ghundruth, nuestras dos razas tienen un buen sentido del humor y en algunos lugares
lo exageran. Chascarrillos, por ejemplo, nuestras dos razas se divierten con ellos.
—Sí. Porque de allí parte una correlación cruzada inadvertida entre dos símbolos
que de otra manera no tendrían relación. Son instructivos y por lo tanto divertidos.
Hiroa lo miró con atención.
—¡Qué tonto he sido! —dijo suavemente—. Nunca había pensado en ello. Mire,
ustedes dicen bromas, del mismo modo que nosotros lo hacemos. Nosotros no
disfrutamos de todas ellas y tampoco ustedes de las suyas, pero hay algunas que
celebramos. ¿Por qué las dice usted?

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—Son instructivas. Un chiste es una parábola instructiva que tiene algo
inesperado y por lo tanto un resultado imprevisto, ¿no es así?
—Después de tantos años, apenas me doy cuenta de ello —dijo el doctor—. Me
doy cuenta de que reímos por las mismas cosas por razones enteramente distintas.
Estaría dispuesto a apostar que nuestros chistes que usted no entendió fueron aquellos
que no tenían nada de instructivo. ¡Vaya!
—Aprendemos más acerca de nosotros en cada momento, ¿eh, mi amigo? Me
pregunto si algún día realmente llegaremos a entendernos el uno al otro. Pero usted
iba a establecer una correlación entre los chistes y las mentiras dichas por pura
diversión.
—Iba a decir que los chistes son mentiras dichas por pura diversión. Pero
evidentemente no lo son, de acuerdo a su modo de pensar.
—No. No. No entiendo lo que quiere decir. ¿Cuál es el propósito de esas
parábolas no instructivas? Son tonterías sin sentido. Explíqueme el significado de la
parábola de «La de las Espinillas de Plata y los tres Yahoos».
Paul Hiroa tuvo que contenerse para no reír. Quienquiera que hubiera inventado
ese había logrado combinar una buena pareja. Unas espinillas plateadas en la piel de
una hembra darotha era estimada de la misma manera que las mujeres rubias entre los
terrícolas. Y «Los Tres Yahoos» eran casi perfectos.
—No tiene ningún sentido instructivo —dijo Hiroa—. Es una adaptación de un
cuento muy viejo para niños. Casi todos los terrícolas la oyeron cuando fueron niños.
¿En dónde la oyó?
—Una de mis pequeñas me la contó. Me preguntó si la había oído, le dije que no
y me di cuenta de que gozaba al decírmelo, pero no vi razón para ello.
—Dígame, ¿cuándo se la contó utilizó diferentes cambios de voz para diferenciar
a los tres yahoos? ¿La voz de papá Yahoo era la de una persona con voz grave y la
del pequeño yahoo era aguda y chillante?
—Sí, así fue como me la dijo.
—¿Y la pequeña gozaba con ello?
—Aparentemente sí.
—¿Cuál fue la reacción de usted?
—Me impresionó. Sabía yo que ella la había oído de alguno de ustedes y no pude
ver por qué alguien deliberadamente le decía mentiras a una pequeña sin ninguna
razón. Aún no lo entiendo. Los yahoos no pueden hablar y es una mentira decir que
lo hagan.
—¿Y le explicó que los yahoos no hablan?
—Sí, y ella replicó: «Oh, ya lo sé, es solo un cuento». Pero yo no lo entendía, y
aún no lo entiendo.
—Quizá algún día lo entienda.
—Pero usted no lo cree, ¿verdad, amigo Hiroa? —dijo sonriendo.

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—No podría apostar de otro modo. Pero los pequeños lo entenderán y a eso nos
lleva el siguiente paso. Ellos inventan sus propios cuentos. Dicen sus mentiras y
enseñan a sus custodios a entenderlas. O no lo hacen. Usted pensaba que ellos, esos
jóvenes estaban locos.
—Sí. Y tengo que decirle francamente que no estoy del todo seguro de que usted
tenga razón en su explicación. Aunque usted, con lo mucho que sabe, desconoce
cómo funciona nuestra mente del mismo modo en que nosotros no lo entendemos a
usted.
—Lo acepto, son dos países separados por una lengua común —habló para sí
mismo—. Lo único que podemos hacer es esperar para ver. Si usted quiere les pediré
a mis conterráneos que no cuenten más historias a sus pequeños.
—Quizá sería mejor —dijo Ghundruth reflexivamente—. Ya han causado muchos
disturbios entre los darothas mayores. No quiero ver que se hieran sus sentimientos
su gente y la mía —y después de una breve pausa dijo—: Pero para ser sincero, yo
creo que ya el daño está hecho. Podríamos prohibir a los pequeños que se cuenten
cuentos entre sí, ¿pero cómo podríamos obligarlos? No sería posible. Por lo tanto no
lo haremos, ya que es tonto elaborar reglamentos que no pueden ser aplicados.
—Yo tampoco podría aplicar esas medidas, pero creo —repuso Hiroa— que mis
gentes verían la sabiduría en acceder a mi petición.
Se quedó Hiroa reflexionando:
«Y se reirán con todas sus ganas con la idea de que “La de las Espinillas de Plata
y Los Tres Yahoos” es un cuento que corrompe a los menores y que contribuye a la
delincuencia de ellos. Pero lo entenderán aunque se rían.
«Y Ghun tiene razón, el daño ha sido hecho».

—Doctor Hiroa —dijo Blanche con enojo—. Me gustaría saber por qué ha dado
órdenes a una máquina de carga voladora de darothas que nos siga con rumbo norte
hacia el territorio darotha.
Ella había llamado a la puerta del doctor Hiroa y cuando este dio la orden de
«Adelante» ella irrumpió en el cuarto y soltó la pregunta.
—No lo ordené, señora Barlow —suavemente—. Esa es la ley no mi ley. Es ley
darotha. Aquello es un territorio protegido.
—¡Pero van armados!
—Por supuesto. Es una zona peligrosa, señora Barlow.
—¡Yo no necesito protección! ¡Mi esposo y yo podemos cuidarnos solos! ¡Los
humanoides no nos harán ningún daño si les damos muestra de que vamos en son de
paz y hermandad! ¡No quiero ser seguida por monstruos armados!
Hiroa pudo oír cada exclamación que iba cayendo en su lugar.
—Señora Barlow. Escúcheme cuidadosamente. No hay nada que yo pueda hacer
al respecto. La ley no puede ser derogada por mí ni por nadie más. El grupo de

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vigilancia tiene que seguir a cualquiera que vaya allá. No son simplemente para
protección; van para proteger a los humanoides también. Los estatutos legales tienen
que ser obedecidos.
—¡Estatutos legales! —repitió la rubia con fulgor en su mirada—. De modo que
son precisamente…
—¡Señora Barlow! —Hiroa tenía una voz sorprendentemente poderosa cuando
quería hacer uso de ella—. No quiero seguir oyendo ninguna de sus objeciones sobre
derechos, privilegios o dignidad de los humanoides. Los estatutos legales fueron
establecidos mucho antes de que el hombre llegara a este mundo. Los guardianes les
informarán a ustedes de esas leyes antes de que salga de aquí. Le sugiero que oiga y
obedezca. Si no tiene nada más que tratar, entonces, señora Barlow, buenos días.

—A eso yo lo llamo una maldita tontería, un maldito y peligroso acto —dijo el doctor
Pendray con un murmullo áspero.
—Mi esposa sabe lo que hace —replicó el doctor Dennis Barlow en el mismo
tono—. Callémonos y dejémosla hacer. Ella sabe cómo manejar a los salvajes
primitivos.
—¡Pero no a animales salvajes!
—¡Silencio!
Los dos hombres se encontraban en el interior de una máquina voladora. Barlow
tenía una cámara de televisión enfocada hacia su esposa que se encontraba a unos
treinta metros de distancia con la espalda hacia ellos, caminando lentamente hacia
adelante a través de un pastizal que le daba a la mitad de la pantorrilla. Veinte metros
adelante, frente a ella, al pie de una montaña baja y rocosa, estaba sentado en silencio
un grupo de unos veinticinco o treinta yahoos que la observaban.
Se veía ese grupo como de humanos. Aun el mismo James Pendray tenía que
admitirlo. No estaban muy limpios pero tampoco demasiado sucios. No usaban ropas,
ni adornos de ninguna clase. Sus cabellos eran de color castaño y les colgaban en
rizos desordenados, pero no muy largos.
Los machos tenían barbas pero eran más bien ralas y cortas. Sus frentes eran
amplias y sus maxilares inferiores muy toscos, pero no más que algunos seres
humanos. En medio de un silencio inmóvil observaron a la mujer que se aproximaba.
Caminó hacia ellos con las manos al frente y los dedos abiertos para mostrarles
que no llevaba ninguna arma.
Pendray daba gracias silenciosamente de que cuatro darothas guardianes estaban
parapetados alrededor del área, escondidos, pero alerta.
A unos cinco metros de distancia del grupo, que parecía estatuario, Blanche
Barlow se detuvo. Habló en una voz tan suave que los miembros de su grupo no
pudieron oírla, aunque su voz era recogida por el micrófono direccional que Dennis
había enfocado hacia ella.

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La rubia no decía palabras, emitía sonidos amables, tranquilos y amistosos. Sus
intenciones eran provocar mayor emoción, no inteligencia. Su voz era suave, dulce y
tierna.
Uno de los yahoos gruñó.
Blanche continuó emitiendo sonidos amables. El único movimiento era el que
hacían dos pequeños que se revolvían en los brazos de una hembra de senos
exuberantes. El resto de los yahoos observaba con miradas cautelosas.
Entonces uno de los machos, un espécimen de hombros anchos y un mechón de
cabellos canos, empezó a caminar hacia ella. La voz de Blanche cambió un poco,
adquirió un tono de aliento, y extendió la mano hacia el que se aproximaba.
Él la sujetó, tiró de ella hacia él y con el puño cerrado la golpeó fuertemente en
un lado de la cabeza. Como si eso hubiera sido una señal, el resto del grupo se lanzó
contra ella, agitando las manos, aullando y ladrando.
Al desplomarse Blanche rasgaron el aire las balas de unos rifles. Cuatro balas de
grueso calibre y alta velocidad fueron dirigidas contra el grupo de yahoos. Dos de los
proyectiles hicieron impacto en el pecho del que había golpeado a Blanche. Los dos
yahoos que se encontraban a su lado recibieron otro proyectil cada uno. Se oyeron
más disparos.
Los yahoos que permanecían de pie dieron media vuelta y huyeron hacia las
rocas, en busca de protección. Algunos recogieron piedras y empezaron a arrojarlas
contra Blanche, sin saber realmente de dónde provenía el peligro, pero los disparos de
los cuatro vigilantes darothas les impidieron arrojar las piedras con precisión hacia
Blanche.
Dennis Barlow y James Pendray ya se encontraban corriendo velozmente hacia la
rubia.
Solo estaba atontada. Después de un intento logró sentarse y miró, estupefacta, a
su alrededor.
—¡Mantente en el suelo, Blanche! —gritó Dennis—. ¡Sigue en el suelo!
Ella pareció no haberlo oído. Su mirada estaba posada en aquella tragedia. La
hembra de los senos exuberantes estaba tirada, con las piernas abiertas y el cráneo
perforado por una bala. Los dos pequeñuelos que había sostenido en sus brazos
cuando Blanche llegó, no estaban lastimados pero chillaban vigorosamente, sentados
al lado de la madre.
Dennis llegó primero al lado de Blanche, seguido solamente, a unos pasos, por el
doctor Pendray.
—¡Vamos, mi vida; alejémonos de aquí! —le dijo, ayudándola a ponerse en pie.
Habían cesado las pedradas y también los disparos de los darothas.
—Estoy bien —dijo ella débilmente—, puedo caminar, Atrapa a los pequeños,
atrápalos.

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—¿No son hermosos, doctor Hiroa? ¿Verdaderamente hermosos?
—Son graciosos, sí —repuso Hiroa—. He visto, en mis tiempos, bebés humanos
mucho más feos.
—No tienen más que un mes de edad. ¡Vea cómo toman la mamila! ¿No son un
encanto?
Blanche veía con ternura a los dos pequeños que había colocado en la cuna que
compró especialmente para ellos.
La señora Barlow había tenido que conseguir permiso especial de las autoridades
darothas para llevar a Point Garrison a los pequeños yahoos, pero el doctor Hiroa, lo
bastante sorprendido, había tenido que ejercer su influencia en su favor. En esos
momentos, ya bañados y con pañales, los pequeños se veían como cualquier otro
bebé de Point Garrison.
—Esto probará mi punto de vista, doctor Hiroa; Dennis y yo los vamos a criar
como si fueran nuestros propios hijos —se volvió hacia el doctor Hiroa y le dijo—:
Estas pobres criaturas nunca tuvieron una oportunidad, doctor. Durante miles de años
han venido siendo cazados y eliminados, alejados por los darothas como bestias
salvajes. No han tenido oportunidad de desarrollar ninguna clase de cultura estable.
Su lenguaje ha permanecido primitivo.
—¿Está usted segura de que tienen un lenguaje? —preguntó Hiroa.
—Absolutamente segura. Todas las sociedades humanas tienen un lenguaje, es
algo que los distingue de los animales.
Hiroa asintió. No era el tiempo apropiado para objetar la particularidad de su
razonamiento.
—Es algo que tiene que ver con el medio ambiente —continuó Blanche—. Un
bebé humano de la Tierra, si fuera criado por estos humanoides locales, se conduciría
de la misma manera salvaje. No habría conocido nada mejor. Después de
generaciones de ser tiroteados, agrupados como rebaños y destazados, consideran a
cualquier extraño como enemigo. Difícilmente puedo reprocharles que me hayan
tratado como tal.
«Pero estos pequeños van a tener su oportunidad. No han sido aún expuestos al
medio ambiente el tiempo suficiente para que los haya impresionado, al menos nada
profundo ni ninguna impresión perdurable.
«Al criarlos y educarlos como lo haríamos con nuestros propios hijos, nunca
sabrán su historia racial y nunca estarán expuestos a los tormentos que sus padres
tuvieron que sufrir. En vez de eso, ellos aprenderán los modales y tratamientos que
usted y yo aprendimos cuando fuimos creciendo. Aprenderán el lenguaje terrícola en
vez del crudo de sus padres.
«Hasta donde yo sé, este es el primer experimento de esta clase que se ha hecho.
Es una maravillosa oportunidad para añadir nuevos conocimientos al campo

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antropológico».
—Creo que tiene razón —dijo el doctor Hiroa—. Creo que aprenderá usted
mucho con este experimento, señora Blanche.
—Estoy segura que sí. Nuestro contrato de investigación con el Instituto establece
que mi esposo y yo tenemos que permanecer aquí tres semanas. Para cuando el plazo
expire, tendremos una buena cantidad de información sobre este campo de
investigaciones y aún más sobre Jane y Michel.
—Jane y Michel, ¿eh? Sí, sí; yo creo que aprenderá de ellos, mucho.

—Paul —era el doctor Landau el que hablaba—, no sé si su expresión indica disgusto


o satisfacción.
Hiroa, Landau y Pendray estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias
del Instituto de Investigaciones, sobre la mesa había tazas de café, libretas de apuntes,
lápices y reportes.
—Yo tampoco —dijo Hiroa—. El hecho está allí. Yo simplemente lo acepto y
confieso que había esperado, firmemente esperado, que el darotha me indicaría la
línea imaginaria tras de la que andaba yo. Las indicaciones que recogí al principio me
hicieron pensar que así sería. Pero, como usted puede ver en estos reportes, la
situación se ha establecido durante el pasado año. La imaginación por su propio bien,
el placer de la imaginación creadora pura, en una fase pasajera en la mente darotha.
Los pequeños se recrearán en ella por un corto tiempo, pero eventualmente se aleja de
ellos. A la mitad del segundo año, después que han salido del mar, la fase ha pasado.
Ven hacia ese pasado de la misma manera que un humano adulto ve hacia el tiempo
en que él o ella pensaba que una dieta de pasteles, dulces y helados, era una perfecta
situación, o cuando acostumbraban a recortar muñecos de papel era para ellos el
pasatiempo más grande del mundo.
—Pero ustedes no han perdido toda la esperanza, eso creo —dijo Pendray.
—No, ciertamente no. Habrá unos cuantos, uno o dos quizá, en cada generación,
que retendrán esa línea creadora. No sé cuánto tiempo nos llevará, pero creo que sí
vendrá la época en que los darothas sean innovadores de la misma manera en que
sean buenos discípulos. Eso espero…
Fue interrumpido por un llamado a la puerta.
—Adelante.
El doctor Dennis Barlow abrió la puerta y entró en la sala.
—Hola, Paul, Marc, Jim. Espero que no haya interrumpido algo. Dijeron ustedes
que a las quince treinta, ¿no fue así?
—Sí, correcto; pase. Precisamente estábamos terminando. Tome una silla y
siéntese. Hay café en la cafetera y tazas limpias junto a ella. Sírvase.
Mientras Barlow fue por su café, Hiroa dijo:

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—Creo que lo que hemos dicho, nos tiene enterados de todo hasta la fecha.
Entonces, el próximo caso. ¿Tiene usted, Jim, el expediente de los chicos Mike y
Janie Barlow?
—Aquí está —Pendray tomó un fólder y lo entregó al doctor Hiroa—. Estamos
aprendiendo algo nuevo de esos pequeños.
Dennis Barlow se sentó, dio un sorbo a su café, y dijo:
—¿Están saludables, doctor?
—Físicamente se encuentran en condiciones estupendas. Mentalmente…; bueno,
¿quién puede decir algo a la edad de catorce meses? No les hemos hecho ninguna
prueba sicológica que nos pueda decir algo tan temprano. ¿A usted qué le parecen?
Barlow hizo una mueca singular.
—De verdad que crecen rápidamente, ¿no es verdad?
Están tan fuertes y grandes como criaturas de cuatro años. ¡Y los líos que arman!
Es sorprendente. No se lastiman entre sí, ¡pero vaya si se abofetean el uno al otro!
¿No han seguido la secuencia de sus películas?
Los tres científicos asintieron.
—Sí, las hemos visto —dijo Hiroa.
—Entonces entenderán lo que quiero decir, juegan juntos la mayor parte del
tiempo, pero si alguno de los dos se interpone en los deseos del otro, ¡hay que ver la
que arman! El otro día, Janie estaba jugando con sus cubitos y Mike resolvió que
quería jugar con ellos, de modo que le quitó a ella un par y recibió el tercero al
momento: se lo había arrojado ella a la cabeza. Blanche tuvo que intervenir para
separarlos, como de costumbre. Los sujetó y les dio una sacudida y les habló muy
seriamente. Por supuesto que nunca les pega. No creemos que eso sea necesario para
una educación apropiada de los niños.
«Creo que el problema estriba en que aún son tan egocéntricos como cualquier
chico de esa edad, pero ya son más grandes que la mayoría de los nacidos en la fecha
de ellos, y pueden atacarse el uno al otro físicamente, de la manera en que ningún
otro de catorce meses pudiera hacerlo, ni en fuerza física ni en coordinación.
—Que la mayoría de los chicos terrícolas, querrá decir —lo corrigió Pendray—.
Ese grado de desarrollo a esa edad es normal para los humanoides de Sandaroth.
—¿De veras? Eso no fue mencionado en ninguno de los reportes.
—Bueno, debemos confesar que no tenemos mucho en relación con ellos —dijo
el doctor Landau—. Ya sabemos que los adultos no procrean en el cautiverio y que…
—Yo tampoco, si fuera metido en una jaula —interrumpió Barlow, malhumorado.
Landau chasqueó la lengua.
—De todos modos, como iba yo diciendo, no tenemos una información definida.
Es difícil seguir a los individuos por un periodo de años, y esta es la primera vez que
los yahoos han sido criados desde la infancia. Pero los darothas nos dicen que
aquellos alcanzan la madurez muy rápidamente, y que estos pequeños no tienen nada
anormal para su edad.

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—Mmm… Muy interesante. Entonces, ¿ya le han mostrado estas películas a
algún darotha?
—Ghundruth las ha visto. Él está tan interesado en esto como nosotros —explicó
el doctor Hiroa.
La mueca en la cara de Barlow se desvaneció, y aclaró:
—Por supuesto que debe estarlo. El criar a los yahoos como ganado les sería más
fácil que llevarlos al matadero después de rodearlos en la floresta. Pero puede decirle,
de mi parte, que ninguno de esos dos pequeños yahoos va a terminar convertido en un
emparedado de «lurgh» o cecina. Y quizá ninguno de los humanoides tendrá dentro
de unos pocos años aquel fin.
—Eso, por supuesto, dependerá del reporte que rinda a la Fundación —indicó
Hiroa pausadamente—. Ghundruth ha confesado su interés. Él y su gente dependen
tanto de los rebaños de yahoos como los indios norteamericanos dependían hace
algunos siglos de los rebaños de bisontes. Cuando esos bisontes fueron reducidos casi
a la nada, la resistencia de los indios norteamericanos contra los invasores se vino
abajo.
«Pero Ghundruth no está pensando en eso, aunque parezca extraño. Está
positivamente interesado en saber si los humanoides son inteligentes, humanamente
inteligentes. Los darothas son raza eminentemente ética, doctor Barlow; mucho más
de lo que nosotros podamos ser. Si descubren que los yahoos son capaces de una
conducta inteligente, no habrá necesidad de que nosotros tengamos que protegerlos
contra ellos con tropas. El darotha nunca matará a nadie para comer. En efecto, si
resolvieron que había sido su propia culpa el que los yahoos nunca hubieran
desarrollado una cultura propia, harían todo lo posible, dentro de su alcance, para
ayudarlos.
—Ya veo —dijo Barlow en tono de disculpa—. Lo siento. Olviden lo que he
dicho. Pero, por su propio bien, nunca digan nada semejante a Blanche. Preferiría que
ni siquiera le dijeran que Ghundruth está interesado o que ha visto las películas.
—No lo haremos —aseguró Hiroa—. Respetamos las convicciones de su esposa
al respecto.
Y el doctor Marc Landau no pudo dejar de pensar:
«¡Y con su temperamento! La furia dorada se ha vuelto aún más sensible desde
que se convirtió en madrastra. El que hubiera sido golpeada y apedreada no pudo
domarla».
—¿Y cuál ha sido el progreso que los pequeñuelos han logrado para aprender a
hablar? —preguntó Pendray, haciendo girar la conversación para apartarla de la
controversia.
—Hasta ahora solamente papá y mamá —dijo Barlow—. Pero, ¿qué más pueden
ustedes esperar de unos pequeños de catorce meses?
—Por favor, Dennis, no se moleste por la pregunta —objetó Pendray—. Yo no
espero nada, solo deseo información.

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—Lo siento; trataré de sacar el pie de mi boca.
—Está bien. Ellos lo llaman a usted papá y a Blanche mamá, ¿no es así?
Barlow frunció ligeramente el ceño.
—No. Todavía no. Hasta ahora usan las palabras intercambiándolas —dijo, y el
fruncido de sus cejas se transformó en una sonrisa—. Saben que si gritan cualquiera
de las dos palabras alguno de nosotros acudirá corriendo. Recuerdo una vez cuando
Mike estaba jugando en el corralito de juegos y Janie estaba afuera. Algo ocurrió y
ella sujetó al hermanito por los cabellos a través de los barrotes y empezó a tirar.
Mike no podía desasirse y empezó a gritar ¡mamá! con todas las fuerzas de sus
pulmones. Yo fui en su auxilio y la obligué a que lo soltara. Supongo que debíamos
haber arreglado de manera que yo solo contestara al llamado de papá, y Blanche
respondiera al de mamá, a fin de que de ese modo aprendieran a diferenciar.
Pendray hizo una señal afirmativa.
—Sí. Le sugiero que lo intente. De otro modo ellos no podrán establecer la
diferencia entre dos palabras. Y dígame, ¿en otras ocasiones usan esas palabras para
otros propósitos que no sean los de llamar pidiendo ayuda?
—Cuando tienen hambre. Cuatro o cinco veces al día gritan prácticamente a coro:
mamá, mamá, papá, papá. Ya sabemos que están hambrientos. Y, ¡vamos!, ¡de qué
manera comen esos chiquillos! Por supuesto, es natural que así sea con la rapidez con
que están creciendo. Su grado de metabolismo debe ser realmente muy elevado.
—Me alegro de que haya usted mencionado eso —dijo Pendray—. Me gustaría
que los trajera alguna vez y mientras más pronto mejor, para hacerles una prueba de
su metabolismo básico. ¿Podría usted?
—Por supuesto. Cuando usted guste. ¿Qué le parecería la semana próxima, a la
hora en que generalmente se les hacen sus revisiones médicas?
—Muy bien. Haré los arreglos necesarios. ¿Hay algo notable digno de
mencionarse?
—Nada que se me ocurra por el momento, pienso que es una lástima que no
tengan algunos otros compañeros con quienes jugar. El problema es que son
demasiado grandes y rudos para otros pequeños de su edad, y los de cuatro o cinco
años que alcancen la misma estatura se encuentran muy adelante de ellos en
educación y capacidad mental por lo cual no podrían comunicarse. Además, los
vecinos y padres de aquellos otros chicos no lo permitirían. Tienen tantos prejuicios
contra los yahoos y se sienten temerosos de que sus pequeños puedan sufrir algún
daño. Supongo que piensan que Mike y Janie devorarían a sus hijos vivos o les
causarían serios daños.
—Probablemente —dijo el doctor Hiroa—. Tienen muy buenas razones para
pensarlo. Usted vio lo que les pasó a los yahoos que murieron a tiros ese día, tan
pronto como ustedes se alejaron en su máquina voladora. Los guardianes de caza
tomaron muy buenas películas de ello.

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—Hubo algún tiempo, doctor Hiroa, en que sus propios ancestros practicaron el
canibalismo y eso no quería decir que no fueran humanos.
—Supongo que debería yo tener la gracia de sonrojarme —apuntó Hiroa—. Pero
no me sonrojaré. Todos tenemos entre nuestros ancestros aunque sean muy lejanos
algunos caníbales. Lo único que ocurre es que los últimos de mis ancestros
antropófagos vivieron más tarde que los últimos de ustedes.
—Yo podría contestar con usted, Paul —dijo el doctor Landau con una sonrisa
benevolente—, el honor de haber tenido el árbol de familia con caníbales, pero no lo
haré —enseguida se volvió a mirar a Barlow con la misma sonrisa—. El punto que
mi instruido amigo Maori trataba de aclarar, al menos así me parece, no era el hecho
del canibalismo «per se» sino el cuadro de él. No estamos hablando ahora de los
casos de hambre extrema, cuando los hombres han sido impulsados hasta el borde de
la locura o aún más allá. Esos casos son excepcionales y nosotros lo sabemos. Ahora
estamos refiriéndonos acerca del canibalismo como una práctica normal, regular. En
cada caso conocido había un ritual de cierta clase conectada con él, de manera muy
especial si la víctima para ser sacrificada era un miembro de la misma tribu o un
grupo familiar. Aun cuando un enemigo de otro grupo fuera muerto para tal
propósito, había cierto grado de dignidad y preparación.
—Nuestros ancestros humanos, doctor Barlow, no se arrojaban sobre sus propios
muertos ni los destazaban en trozos pequeños como si fueran un hato de lobos.
—Quizá no, que nosotros sepamos —dijo Barlow con cierta ironía.
—No que nosotros sepamos —concedió Landau—. Yo acepto que las pruebas
que tenemos están muy lejos de ser concluyentes. En sí misma no prueba nada contra
los yahoos. Pero sí con certidumbre tiene que ser tomada en cuenta, ¿no es así?
—Yo pienso que la prueba más elocuente serán Mike y Janie —dijo Barlow.
—Indudablemente —aceptó Landau.
—Yo creo que es un punto sobre el cual todos tenemos que estar de acuerdo —
dijo Hiroa con una voz en la que puso todo su cuidado para mantener un tono neutral.

El doctor James Pendray se lavó las manos en el lavabo colocado en una esquina de
la sala de cirugía. Sin levantar la mirada hacia el doctor Barlow, dijo:
—Janie quedará bien, Dennis; lo único que necesita usted es asegurarse de que
ella no se quite las puntadas cuando vuelva en sí.
La voz de Dennis Barlow reflejaba un tono mezcla de disculpa y preocupación
cuando le dijo al doctor Pendray:
—Espero que cuando vuelva de la anestesia no se ponga a pelear. Se ha puesto de
un humor que parece un diablo sobre ruedas. Nunca pensé que pudiera luchar contra
la aguja del modo en que lo hizo.
—¿Y cómo está el ojo morado de Mike? —le preguntó Pendray.

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—Está bien. Nada de qué preocuparnos. La inflamación casi ha desaparecido.
Pero, ¿de dónde le vendría la idea de morder a su hermana en la pierna como lo hizo?
—Si la hubiera mordido en la nariz no hubiera sido tan malo, pero esos dientes
terribles le infligieron una herida muy dolorosa a la hermana.
—Sí, así fue —asintió Pendray—. Para tener solamente dos años de edad tiene
muy buena dentadura.
Hubo un momento de silencio mientras el doctor cuidadosamente se secaba las
manos.
—Jim —dijo Barlow.
—¿Sí?
—No diga nada a Blanche, pero empiezo a preguntarme si nuestra hipótesis es tan
precisa como pensamos.
—¿Cómo dice? —Deliberadamente el doctor Pendray adoptó un tono
despreocupado.
—Bueno, es una regla general que mientras más largo es el tiempo entre la
pubertad y la adolescencia, es más grande el intelecto del animal. Vea usted a esos
pequeños. Dan la impresión de que tienen diez años.
—¿Y cómo ha progresado su vocabulario? —Pendray sabía la respuesta pero solo
deseaba llevar la conversación a un punto determinado.
—Mamá, papá.
—¿Alguna diferencia?
—Nada. Parece que no saben la diferencia entre las dos palabras.
—Si un chimpancé es criado y educado en una casa de humanos, generalmente
puede aprender a decir unas pocas palabras. Algunas sencillas por supuesto —afirmó
Pendray.
—Lo sé, lo sé —aquí el doctor Barlow hizo una pausa y cuando habló
nuevamente su voz reflejaba cierto enojo—. Pero, Jim, ellos no son chimpancés; vea
a Janie —dijo señalando hacia la mesa de operaciones en donde la pequeña dormía
bajo la influencia de la inyección que Pendray le había aplicado—. ¿Cómo pudo
usted llamar a una criatura tan hecha como esa un animal?
—Los seres humanos son animales, así lo creo —dijo Pendray.
—No estoy para bromas. Usted sabe lo que quiero decir.
—Sí, lo sé. Simplemente me sorprende oír a un zoólogo usando una palabra que
tiene un significado científico, y que le imprime un rasgo emocional. ¿Acaso pueden
ellos vestirse solos?
—No, ni desvestirse tampoco. No les importa si están vestidos o no, pero usted
no esperaría eso de un niño de dos años.
—Sí. Pero no son mis argumentos, Dennis, son los de usted mismo.
Barlow se pasó la mano por la cara con desesperación manifiesta.
—¡Lo sé, maldita sea! ¡Maldita sea!
—¿Y qué va usted a hacer acerca de ellos, Dennis?

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Barlow retiró la mano de su cara.
—¿Qué? ¿Hacer qué? Proseguiré adelante con el experimento. Aún no está
terminado; hay un largo camino por delante. Todavía no ha habido tiempo suficiente.
—Usted y su esposa son los únicos jueces de eso, Dennis. Es su experimento.
Pero… —ahí se detuvo.
—¿Pero qué?
—El verse envuelto emocionalmente en un experimento no tiende a hacer una
observación científica parcial de los resultados. Ninguno puede ser objetivo
totalmente acerca de un experimento que está probando sus teorías, pero… Un
hombre debía intentarlo, Dennis. Un hombre debía intentarlo.

—De modo que usted ya ve lo que estamos tratando de hacer, doctor Barlow —dijo
Hiroa—. Aquí en este planeta, podemos empezar, por primera vez en la historia
humana, y en la historia de los darothas, a construir una civilización compuesta de
dos formas de vida inteligente, cooperando plenamente, exentos de competencia. En
comparación con ellos somos de una elevada imaginación abstracta creadora y de
baja ética. Es obvio que lo opuesto es verdadero en ellos. Los darothas no pueden
operar muy lejos del mar, y no pueden soportar humedad baja; fisiológicamente es
una raza que desperdicia mucha agua. No solamente su organismo no está adaptado
para vivir en el interior de un continente. Ellos pueden explorar el interior, de la
misma manera que nosotros podemos bucear en el agua. Pero ni ellos pueden vivir en
ese interior de manera permanente, ni nosotros podemos bucear más allá de nuestra
resistencia física. Entendamos entonces que ellos pueden hacer cosas en el mar qué
nosotros no podemos.
«Pero si este experimento falla quizá nunca podamos tener otra oportunidad. Por
eso no quiero ver este planeta abierto a la generalidad de los colonizadores.
Prácticamente yo seleccioné a cada persona que viniera aquí. Utilizamos las mejores
pruebas fisiológicas de que fuimos capaces para asegurarnos de que nuestra gente
tenía un nivel de ética muy por arriba del promedio humano. No particularmente
inteligencia, sino ética. Si el promedio de colonizadores llega aquí, sería muy
probable que los darothas siguieran el curso de los indios americanos. Tendremos que
darles tiempo para ajustarse a las nuevas tecnologías, para que aprendan lentamente
que hay gentes en las que no se puede confiar. El promedio de colonizadores es un
mal ajuste social y los niveles de ética están actualmente abajo de las normas
humanas. El darotha al principio confiaría en ellos y se dejaría robar y defraudar, y
quizá esclavizar. Pero después esa confianza se trocaría en una desconfianza total
hacia todos los seres humanos y más tarde tomaría siglos para enderezar la situación,
si es que se pudiera lograr.
«¿Ve usted mi punto de vista?»

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—Por supuesto que sí, doctor Hiroa —dijo Dermis Barlow—. Pero, ¿cómo
afectaría eso un reporte positivo de la inteligencia de los yahoos?
Después de tres años ya el doctor Dermis Barlow podía usar en sus pláticas la
palabra «yahoo» sin sentirse culpable, aunque nunca la usaba cuando Blanche estaba
oyéndolo.
Hiroa sabía que tenía que dar una respuesta cuidadosa. Cualquier sugestión de
que la Fundación Darlington fuera un grupo de chicanería sería rechazada
inmediatamente.
—Hay ciertos intereses en negocios sin escrúpulos allá en la Tierra que desean
que este planeta dé entrada libre a cualquiera. Su reporte y esas fotografías serían
utilizadas para inflamar los sentimientos públicos contra los darothas si esos hombres
sin escrúpulos echaran mano de ello.
—¿Pero supongamos que los yahoos son inteligentes humanamente? —preguntó
Barlow—. En ese caso yo no podría falsificar un reporte.
—¡Por supuesto que no! ¡Yo nunca sugeriría tal cosa! —dijo Hiroa indignado y
enseguida añadió con más calma—. Asumamos que los yahoos son inteligentes y que
el experimento con Michael y Jane lo prueba. Le aseguro a usted que los darothas se
impresionarían absolutamente, harían todo lo que estuviera a su alcance para
remediar lo que han hecho. Dependería de nosotros naturalmente el proporcionarles
un sustituto para su comida animal, pero podríamos encontrar algo, quizá ganado.
Entonces tendríamos en el planeta cooperando a tres razas inteligentes.
«En otras palabras quisiera que en su reporte dijera que ya los darothas no matan
y comen yahoos, que el problema ha sido resuelto. Eso haría la información
inofensiva. Los intereses sin escrúpulos ya no serían capaces de utilizar ese
argumento como un arma. ¿Ve usted?
—Ciertamente, yo…
El teléfono del escritorio del doctor Hiroa sonó. Disculpándose se levantó para
atender el llamado.
—Doctor Hiroa para servirle. Sí, Jim… ¿Cómo dice? —Repentinamente levantó
la mirada fijándola en el rostro de Barlow—. Sí… iremos enseguida para allá —colgó
y volvió inmediatamente al lado del doctor Barlow—. Vamos rápidamente al hospital,
ha ocurrido un accidente.
Dennis Barlow ya estaba en pie.
—¿Alguno de los pequeños?
—No, su esposa. No sé cuán serio sea.
Les tomó cinco minutos llegar al hospital. Marc Landau los esperaba en el
recibidor.
—¿En dónde está Blanche? —Casi gritó Dennis—. ¿Qué ha sucedido?
—La verá usted ahora, hijo. Está en cirugía de emergencia. Jim la atiende, está en
buenas manos, tranquilícese.
—¿Qué pasó? ¿Está muy mal herida?

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—No sabemos lo que ocurrió. Está… muy mal herida. Su condición es seria, pero
no crítica, eso dice Jim.
Dennis se sentó nervioso e insistió:
—¿Dígame qué pasó? Tengo que saberlo.
—Uno de los vecinos la oyó gritar, Dennis. Y ahora tranquilícese. Johnson la oyó
que gritaba y acudió al momento. Tuvo el presentimiento de lo que pasaba, por lo
cual al salir tomó un bastón grueso —Landau se detuvo y antes de proseguir se
mordió el labio inferior—. Dennis, esos yahoos estaban tratando de matarla. Casi lo
lograron. También Johnson resultó mordido en un brazo, pero se las arregló para
ponerlos fuera de combate. Ahora los tenemos encerrados.
—No puedo creerlo —dijo Dennis muy apesadumbrado. Pero era obvio que sí lo
creía—. ¿Por qué? ¿Por qué tenían que hacer tal cosa?
—No lo sabemos. Ni lo sabremos hasta que Blanche pueda decírnoslo. ¿Habría
alguna razón?
—No —dijo tristemente Dennis Barlow—. No, ninguna, usted ha leído mis
reportes progresivos. Desde el año pasado los pequeños dejaron de pelear entre sí.
Usted recuerda cómo ellos acostumbraban golpearse. Ya no lo hacen más. Pensamos
que era una buena señal. ¿Qué razón había para que esos pequeños de tres años
atacaran a Blanche? ¿Por qué?
Esas últimas frases las pronunció con un dejo de monotonía, como si se le hubiera
agotado la emoción.
—Solo tienen tres años de edad cronológicamente hablando —dijo Landau
amablemente—. Fisiológicamente tienen dieciséis, si usted los juzga por niveles
humanos. ¿Mentalmente? Bueno, no sabría decirlo. Johnson dijo que estaban gritando
¡mamá! ¡papá! mientras atacaban a Blanche, esas son las únicas palabras que saben,
¿no es así?
—Sí —dijo descorazonado el doctor Barlow.
—Usted es zoólogo, Dennis. ¿Qué edad diría usted que pudiera alcanzar un
mamífero que alcanzó la pubertad en treinta meses?
—Alrededor de… Alrededor de veinte años máximo.
—¿Y su nivel de inteligencia?
—Bajo. Bestial —levantó la mirada del suelo para hacer esta afirmación—: Son
cinocéfalos, Marc. Cinocéfalos, solo que peor que ellos. Sí, peor.
Hiroa se veía muy preocupado y expresó:
—No esperaba que esto sucediera. Lo siento, yo lo permití, Dennis. Lo siento
muchísimo.
—Pero no fue su culpa. De nadie fue la culpa más que mía. Yo lo vi venir, pero
me resistí aceptarlo. Blanche estaba más ciega que yo. Algunas veces me preguntaba
si no se daba cuenta de lo que ocurría. Aún me pregunto si con esto que le ha
ocurrido lo verá claramente. ¿Los disculpará nuevamente, aun después de esto?
¿Continuará pensando en racionalizarlos?

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Fue hasta veinticuatro horas después cuando tuvieron las respuestas a esas preguntas.
—Dennis, ya ha despertado —le dijo Jim Pendray—. Está consciente, se pondrá
bien y quiere verlo.
Jim guio a Dennis al cuarto en donde estaba su esposa y lo dejó solo con ella,
pero dejando la puerta entreabierta a fin de que él y los doctores Hiroa y Landau
pudieran oír.
—¡Blanche! ¡Blanche, mi vida!
Ella estaba cubierta de vendas pero entreabrió los ojos o trató de sonreír.
—Mi vida, ¿qué pasó? ¿Puedes decírmelo?
Ella cerró los ojos nuevamente para decirle:
—Fue horrible. Horrible lo que sucedió. Estaba yo… estaba yo trabajando en mi
escritorio. Oí ruidos extraños —las palabras le brotaban con breves sollozos—. Me
levanté para ir a la sala. Michael y Jane estaban… estaban sobre el piso. Estaban…
Oh, Dennis. ¡Estaban haciéndose el amor!
—Sí. ¿Y después qué?
—Perdí la cabeza y… entré… y arrastré a Michael lejos de Jane. Y entonces le di
una bofetada. Los dos chillaron, volvieron a juntarse y repentinamente se arrojaron
sobre mí, como… como animales salvajes. No pude pelear contra ellos, son
demasiado fuertes. Me mordieron, arañaron y golpearon… No recuerdo más después
de eso —durante un momento permaneció Blanche en silencio y después repitió—:
Como bestias salvajes —enseguida abrió los ojos y miró a su esposo—. ¡No son
humanos, Dennis! ¡Sencillamente no son humanos!
Afuera en el corredor los tres hombres se cruzaron miradas dándose gracias
solemnes.

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UN PLANETA POBRE

J. T. McIntosh

Nunca fui el tipo de espía asesino de mujeres, ni siquiera cuando era yo mucho más
joven. En las raras ocasiones cuando chicas hermosas con halagos me atraían a sus
alcobas en mundos exóticos, toda la operación era solo demasiado obviamente
preparada para averiguar lo que yo había investigado y las encantadoras damas en
cuestión no solamente sabían lo mismo que yo, sino que también sabían que yo sabía
que ellas lo sabían, lo cual tendía a restarle mucho encanto de la situación y todo el
sexo.
Y cuando aterricé en Arneville, capital del planeta Solitario, para tratar de
resolver el enigma de un mundo que tenía que ser rico pero que no lo era, yo fui aún
menos rudo, todavía menos «el hombre» que había sido cuando era solamente un
mozalbete de treinta y cinco o cuarenta años. Cuando llegué a Arneville tenía yo
cuarenta y ocho años, ya casado y con tres hijos adolescentes.
El Servicio de Inteligencia Terrícola solamente se las había arreglado para
hablarme de que saliera, y Phillis para dejarme ir, porque yo era un historiador y la
misión requería un verdadero historiador, y debido a que los agentes de inteligencia
casi nunca fallaban en regresar de Solitario. (Planeta así llamado porque era el único
de su sol).
Solitario los dejaba llegar, los dejaba husmear alrededor durante un tiempo y
después les permitía salir, era lo mejor. Era verdad que ocasionalmente los agentes no
regresaban. Presumiblemente habían investigado algo. Pero el índice de mortalidad
no era elevado, y Phillis había sido hija de soldado, completa, hasta con el labio
superior pronunciado.
La primera cosa que advertí cuando dejé el puerto espacial de Arneville, fue que
era una ciudad fría. (El hecho de que ya lo sabía, habiendo estudiado mi tarea en casa,
no me impidió advertirlo). Aunque el frío de la ciudad no era mordiente ni
devastador, de todos modos el termómetro nunca estaba más arriba del punto de
congelación.
Cuando llegué, la nieve que había caído las noches anteriores ya estaba
derritiéndose y de los techos de las casas caían avalanchas de nieve de la que se
desprendía de ellos. Las salientes de los techos habían sido construidas de manera
que toda la nieve suave caía en cascadas a las calles, sin acumularse en las banquetas.
La gente que caminaba presurosa ni siquiera se molestaba en mirar hacia arriba.
Lo segundo que advertí fue que la ciudad era anticuada. Parecía como si hubiera
sido una ciudad de la Tierra construida en el siglo Veinte o aun en el diecinueve y

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transportada hacía muchos años luz, más cuatrocientos años al planeta Solitario.
Los edificios, vehículos y ropas que vi eran todos gruesos, sólidos y estólidos,
con ninguna traza de frivolidad alrededor de ellos. Las cosas en Solitario habían sido
hechas para durar, durar y durar.
Hasta ese punto iban mis observaciones después de que salí del puerto espacial y
miraba a mi derredor cuando un hombre se me acercó.
—¿El señor Edwin Horsefeld, de la Tierra? —preguntó el extraño cortésmente.
—Sí —le contesté mirándolo.
Tenía el aspecto del adolescente más viejo que yo hubiera visto, con el aspecto de
un rostro blando, inocente y fresco de un jovencito de catorce años, aunque debía
tener treinta y cinco al menos. Se veía entusiasta, tímido, intenso y determinado a
realizar bien su labor. Naturalmente tenía que ser un agente del contraespionaje.
—Yo soy Tom Harrison —dijo con entusiasmo—. Se me pidió que me pusiera en
contacto con usted y le proporcionara toda la ayuda que pudiera…
—¿Quién se la pidió? —le pregunté amablemente.
—Algún departamento gubernamental… F. R. S., creo que ese fue.
Mi opinión acerca de la división de contraespionaje de Solitario, llamada Foreign
Relations Security (Seguridad de Relaciones Exteriores), abarcaba varios puntos.
Tenía usted que admirar un departamento que le decía que sabía que usted fuera un
espía y le brindaba ayuda.
Pero entonces, la división del contraespionaje de Solitario tenía que ser buena.
Casi todos los planetas de la galaxia convencidos de que Solitario tenía un secreto de
cierta clase, había estado tratando durante largo tiempo de averiguar en qué consistía,
y el Servicio de Inteligencia Terrícola hubiera sabido si alguno de ellos había tenido
buen éxito, aun cuando no hubieran averiguado exactamente en qué consistía.
Todos podíamos imaginar lo de Solitario. Ninguno de nosotros lo sabía.
—Encantado de conocerlo, señor Harrison —le dije estrechando su mano—. ¿Es
usted historiador?
—No. ¿Por qué?
—No importa, solo fue una idea.
—Lo siento, señor Horsefeld. Creo que no puedo ayudarle en su trabajo… pero
puedo informarle acerca de hoteles, bibliotecas, tiendas…
—Eso me será muy útil. Primero hoteles. ¿Dónde sugiere que me hospede?
Harrison titubeó un momento.
—Me dijeron que usted probablemente quería paz y quietud, un cuarto en un
hotel decente y modesto en donde nadie pudiera molestarlo. ¿De acuerdo?
—Completamente de acuerdo.
—Entonces quizá le gustaría ir al Parkview. Es barato, limpio…
—Muy bien. Vayamos al Parkview.
Me sentí perfectamente feliz de dejar que el contraespionaje de Solitario me
alojara donde quisiera. De todos modos lo harían.

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Harrison me llevó al Parkview, un pequeño hotel a unos pasos de Arne Way, la
calle principal de la ciudad. Entonces, para mi sorpresa, pareció Harrison no
solamente listo, sino disculpándose ansioso, para dejarme. Yo había esperado como
una labor endiablada el huir de su vista.
—Me podrá llamar por teléfono ya sea a la Casa de Gobierno o a mi casa —dijo
dándome los dos números.
—Solo una cosa antes de que se vaya, Tom… ¿puedo llamarlo Tom? ¿En dónde
está la casa de música más cercana?
—¿Música? —dijo vagamente como si jamás hubiera oído la palabra—. Oh, creo
que… podría ir a Prosser, precisamente al volver la esquina en Arne Way. Creo que
venden música igual que libros.
—Excelente —le dije—. Eso me ahorra el problema de preguntarle en dónde está
la librería más cercana. Gracias, Tom.
—¿Es todo lo que puedo hacer por usted ahora?
—Creo que sí. Ya me ayudó usted bastante.
Se sonrojó y dijo como para consigo mismo.
—No ha sido nada. Volveré por la tarde a ver cómo le ha ido.
Y con eso salió. La F. R. S. con toda cortesía me había informado que sabía quién
era yo y que tenían sus miradas puestas en mí, para después dejarme vagar por
Arneville como yo quisiera.
Hubiera hecho mejor en decirme en unas cuantas palabras que no iba yo a
averiguar nada.
El almuerzo en el Parkview fue excelente. Pero me preguntaba por qué habían
elegido al Parkview. Había oído hablar acerca del Arne Park, que era casi del único
en Solitario del cual la mayoría de la gente había oído hablar. Sin embargo, ese otro
hotel tenía que estar por lo menos a una distancia de kilómetro y medio sobre la
misma Arne Way y no era visible desde mi alcoba situada en el piso más alto. En esa
dirección nada era visible con excepción de una pared blanca de una manzana
dedicada exclusivamente a oficinas.
Pensé que si Solitario no tenía nada que ocultar, que era improbable, pero no
completamente imposible, un conocido espía terrícola podía muy bien ser tratado
exactamente como yo era. Una división de contraespionaje en un mundo que no tenía
secretos, si es que existía un mundo tal, se daría cuenta de que el único medio de
convencer a otras naciones de eso, era dejarlas investigar por ellas mismas.
Después del almuerzo fui a la tienda Prosser. A esa hora ya la nieve no era más
que una mezcla de lodo con agua de color café.
Reflexioné que estaba bien que mirando a la gente en las calles siendo ya un
hombre de cuarenta y ocho años ya no estaba interesado en mujeres, ya que parecía
que no habría probabilidades de ver jamás a ninguna chica bonita en Arneville o por
lo menos alguna que se viera bonita. Calzadas con botas, abrigos gruesos y
capuchones de piel, con los rostros azotados por el frío, las mujeres de dieciséis, de

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treinta y seis o de cincuenta y seis años, parecían de la misma edad. Daban la
impresión de que ninguna de ellas usaba cosméticos y considerando que la
calefacción en la mayoría de los edificios era solo moderadamente eficiente, las ropas
gruesas y poco atractivas eran usadas lo mismo para salir a la calle que en el interior
de las casas.
La dama joven de la tienda Prosser, que hubiera sido atractiva si lo hubiera
tratado, parecía que no lo intentaba. Sobre sus ropas que no tenían mal aspecto, usaba
cierta clase de chaquetas de lana de varios colores y formas. Ninguna de estas últimas
coincidían con las suyas.
—¿Ópera? —preguntó—. Querrá usted decir «The Arne Story». Es la única ópera
que yo conozco.
—Esa es —le dije.
—¿Una partitura? Eso es las palabras y la música, ¿no es así? ¿Quisiera comprar
una copia?
—Una copia, si es posible.
Se alejó y después de una interminable espera regresó con una partitura cubierta
de papel. Verifiqué la fecha. Era una nueva edición publicada solamente el año
anterior.
Cuando traté de explicarle que lo que realmente deseaba era comprar una copia de
esa ópera impresa desde hacía largo tiempo, se me quedó mirando asombrada y
entonces acudió a un hombrecillo calvo y conocedor para que hablara conmigo.
—Sí, esta es una edición revisada, señor —aceptó—. Completa y extensamente
revisada. Entiendo que es usted extranjero, ¿verdad? Sí. Así lo pensé. ¿Ve usted?
Como solamente hay una ópera originaria del planeta, y está considerada como una
obra maestra en su género, es constantemente revisada y mejorada. Creo que la
versión original de «The Arne Story» era totalmente distinta de la versión que ahora
se representa.
—Así lo entiendo, por eso es que me gustaría ver el original.
—Podría usted buscarla en alguna biblioteca. O… quizá haya una copia antigua
en la tienda de Jerome. Es una tienda pequeña que tiene un gran surtido de viejas
baratijas de instrumentos musicales y cosas como esas.
El hombrecillo me dio direcciones detalladas y chapoteé nuevamente entre la
nieve a lo largo de las calles que se iban haciendo más angostas, cortas y mal
alumbradas. Me sentía como si caminara por las calles del Londres de Dickens.
Al fin encontré la tienda de Jerome que resultó ser un tendejoncito con una
diminuta ventana ofreciendo la vista del ojo de una cerradura para un conjunto de
cornetas, trompetas, trombones y flautas. Empujé la puerta y di un paso para entrar,
haciendo un guiño a la joven encargada.
Ella era la última, positivamente la última cosa que yo esperaba encontrar en un
lugar como la tienda de Jerome, en una ciudad como Arneville, en un planeta como

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Solitario. Muy joven, con el aspecto de una ninfa, muy bonita y perfectamente bien
vestida.
—Buenas tardes —dijo sonriendo agradablemente.
—Hace cinco minutos que no pensé que fueran buenas —le dije—, pero ahora
veo que sí son.
Siendo lo bastante joven para celebrar con cándido deleite un franco y sincero
cumplido, se rio. Podría haber sido solo unos cuantos meses los que habían
transcurrido desde que ella empezó a recibir cumplidos de los hombres y también
pasarían años antes de que la experiencia le enseñara a ver los hocicos de los caballos
regalados.
Era una morena pequeña con esa clase de piernas sin tacha y torneadas que solo
las ninfas pueden poseer. Arriba de sus piernas se veía una falda corta de color negro
y más arriba todavía, una blusa blanca ajustada. Por arriba de la blusa había una cara,
despierta, pequeña y hermosa, que podía haber pasado por el rostro de una hermosa
niña por sus contornos que aunque recientemente desarrollados no habían estado
visibles.
—Me gustaría saber si tiene usted una partitura original de la ópera «The Arne
Story».
—No pide usted gran cosa, ¿verdad? Esa ópera fue escrita hace más de doscientos
años. ¿De qué se ríe?
—Porque lo ha dicho usted con un tono como si le hubiera pedido la lista de todo
lo que se embarcó en el Arca escrita por el puño del propio Noé.
Nuevamente se rio. Y pensé con letra cursiva:
«Si esta encantadora criatura realmente ha sido puesta aquí por la F. R. S. voy a
disfrutar el ser guiado por el sendero del jardín».
—Quizá si no tiene la original —le dije después de aquel pensamiento— podría
tener alguna otra edición más reciente.
—Bueno, pues si gusta estarse por aquí durante unas tres horas mientras reviso la
existencia —dijo alegremente— quizá pueda encontrarle algo.
—Sería un placer estarme aquí —le aseguré cortésmente.
Y sí lo fue. No mentía la jovencita cuando dijo lo de las tres horas, porque
realmente casi transcurrieron. Aquella tienda pequeña tenía tantas cosas en un lugar
tan reducido que se hacía necesario remover la mitad de sus existencias a fin de poder
revisar la otra mitad.
Muy pronto aprendí su nombre, Terry Wood; que vivía su padre, y su madre había
muerto; que no tenía hermanos ni hermanas y que tenía pasión por la aventura y que
no pensaba que yo me viera tan viejo.
No pudimos evitar él conocernos mejor, ya que tuve que cargar con estuches de
instrumentos y cambiar montones de libros de música y cajas de existencias que ella
me pasaba. Aparentemente no había nunca ninguna prisa en las tiendas de Arneville.
Si algún comprador quería algo y usted pensaba que podría tenerlo, no se detenía a

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considerar en que podía pasarse una hora o dos por el prospecto de una compra de
dos dólares que con mala fortuna no se realizaba por no encontrar lo que el cliente
quería.
Era cierto que Terry no precisamente ignoraba lo que tenía. Durante el tiempo que
buscaba la partitura, solamente un cliente se presentó: un joven chapeado que quería
un clarinete.
El placer con que examiné sus hermosas piernas hasta la altura de sus caderas
mientras ella subía las escalerillas, no fue ni de culpa ni camal. Yo tenía una hija
precisamente de la edad de ella y así se lo dije.
Ya habíamos hecho un arreglo para ir juntos al teatro de la ópera para ver esa
noche la entonces de actualidad «The Arne Story» y ese arreglo fue antes de que ella
triunfalmente encontrara una cuarta edición de la partitura, fechada solamente tres
años después de la primera representación.
A pesar de la facilidad con que hicimos el arreglo, por el momento rechacé la
posibilidad de que Terry hubiera sido empleada en Jerome por la F. R. S. La rechacé
por una cosa: su conocimiento de la existencia era notable, considerando todo lo que
había allí. Y por otra, si la F. R. S. había adivinado que yo iba a querer una edición
temprana de «The Arne Story» y había hecho los arreglos para que yo fuera dirigido a
Jerome, entonces ellos tenían que ser mucho más astutos y listos de lo que yo
pensaba que fueran.

No muy tarde, antes de que me alistara para la ópera, Harrison llegó a verme. Echó
una mirada indiferente a la partitura amarillenta que se encontraba sin abrir sobre la
cama.
—¡«The Arne Story», compuesta hace doscientos años! —dijo—. ¿Para qué la
quiere?
—Como historiador mi curiosidad no tiene límite —le contesté.
Harrison me miró indeciso.
—Oh, bien, estoy seguro de que usted sabe su negocio. ¿Hay algo en que pueda
ayudarlo? —me dijo.
—¿A qué parte lleva uno a una chica después del teatro? —le pregunté.
Del modo en que Harrison me miró dio la impresión de que nunca había oído que
nadie llevara a una mujer al teatro. Sospeché que estaba excediéndose en su atención.
Nadie preparado por la F. R. S. para que me vigilara podía ser tan torpe.
—Imagino que la podría traer aquí —dijo al fin con un pobre intento de sonreír.
—No es eso lo que quiero decir. Cuando uno va con una chica al teatro, ¿hay
algún otro lugar adonde pueda uno llevarla después?
—Solamente al parque.
—¿Al parque? ¿Para sentarse en la nieve y cogerse de las manos?
Harrison parpadeó.

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—Quiero decir a Arne Park… oh, imagino que usted no sabía. Está cubierto con
calefacción, y se extiende por kilómetros. Es una especie de lugar de recreación. Se
puede ir de noche o de día.
Debí haber estudiado mejor. Sabía que Arne Park era el centro de distracción en
el planeta, pero no había oído que estuviera totalmente cubierto. Vagamente imaginé
que serían unos cuantos salones techados y amplias zonas de tierras de invierno
maravillosas.
—Gracias, Tom. Quizá echemos una mirada a ese parque. Pero no en la noche la
primera vez. Y a propósito, ¿tiene idea de por qué este hotel se llama Parkview?
—Bueno, imagino que antes de que construyeran aquella manzana para oficinas,
era posible ver el parque desde aquí. Hay muchos hoteles con nombres como este:
Park Hotel Park Arms, Park Inn, Newpark, High Park…
Como comentario le dije:
—Entre el parque y Arne tenemos entonces todos los nombres que necesitamos.
—Bueno, Henry Arne fue nuestro primero.
—Sí, Tom, lo sé —le dije con amabilidad.
Durante unos minutos más trató Harrison de ayudarme en alguna otra cosa y
después salió. Nunca había conocido a nadie conectado con el espionaje y tan
desinteresado en hacer preguntas.
Terry llegó al teatro de ópera unos cuantos segundos después que yo.
—¿Llego tarde? —me preguntó casi sin aliento.
—Usted es la única chica que haya yo conocido que estuviera puntual —le dije.
—Oh, pero yo no soy sofisticada —confesó.
—Me alegro que me lo haya dicho, estaba pensando que usted fuera una mujer de
mundo aburrido, lánguida y ligera…
—No me tome el pelo —dijo agresivamente—. No me gusta eso.
De modo que tenía su carácter. Fue una sorpresa. Esa tarde en la tienda nada de lo
que le dije la había molestado, ni cuando en cascada se cayeron un montón de papeles
de música; después de eso simplemente se encogió de hombros resignadamente.
Cuando apresuradamente fue al cuarto para damas tuve oportunidad de
reflexionar sobre su momentáneo arranque y lo que significaba. Muy pronto fui capaz
de llegar a una buena conclusión.
Agentes de mi tipo no se mueven en un ambiente de pistolas humeantes, puños
que se agitan, cajas de seguridad que se abren en pedazos y carreras en vehículos
rápidos. Raramente me vi en el tumulto de una acción violenta. Yo acostumbro
trabajar teniendo mis ojos y oídos bien alertas e hilvanando pequeñas pitas que no
parecen coincidir, como una repentina muestra de disgusto de una chica…
El teatro era viejo, oscuro y enorme. Si al menos hubiera tenido gas en vez de
electricidad, hubiera sido un teatro al estilo Victoria. Sin discriminación lo llamo el
teatro de la ópera debido a que los del planeta hacen lo mismo. Cuando representaban

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una ópera lo llamaban el teatro de la ópera. Y cuando era alguna obra dramática o
variedad la que ponían en escena entonces era simplemente el teatro.
Los vestidores eran mucho más amplios y elaborados que en los teatros terrícolas.
Considerando que usted no podía sentarse en un teatro y salir cubierto de la misma
manera, la costumbre tenía que sufrir una transformación completa.
Terry salió vacilante y no sin razón. Llevaba puesto un vestido de noche, de satén
negro, largo hasta los tobillos, no particularmente revelador pero del estilo y corte
que en todos los mundos proclama tácticamente como el que usan las de la profesión.
Si no hubiera sabido que la madre de Terry había muerto y que no tenía hermanas,
ese vestido me lo hubiera dicho.
Como esperó a que yo dijera algo, tuve oportunidad de verificar lo que yo había
pensado. Por la tarde en la tienda nada le molestó. En la noche, cuando acudió a
nuestra cita, probablemente esperaba divertirse y entonces la más ligera tomada de
pelo la hizo saltar. No se necesitaba ser un genio para deducir que algo había ocurrido
en el intervalo. ¿Y entonces qué? Alguna discusión con el novio cuando Terry insistió
que de todos modos iría, ¿sería eso? ¿O discutir con el papá cuando ella se le presentó
con un vestido que no era de la aprobación de él? Mi conclusión fue: disgusto con el
papá, pero no sobre el vestido.
No tomé la oportunidad. Terry era inexperta pero inteligente. No se la podía
halagar sin que se diera cuenta de que estaba siendo halagada.
—Está usted encantadora —le dije. Y en cierto modo lo estaba, aun con ese
vestido.
Ella se sonrojó complacida. Entramos en la sala, mi toque delicado en su brazo
desnudo tenía la intención de recordarle que yo podría ser su abuelo, muy cercano a
su bisabuelo. Pero no hubiera sido necesario… pero entonces no tenía madre y
parecía ocupar su tiempo trabajando en una tienda que solamente tenía dos clientes
cada tres horas. En cuanto a experiencia no la tenía exactamente de acuerdo con su
edad.
La ópera me sorprendió. Primero porque fue muy buena, lo que sin duda ya es
singular. La ópera necesita una tradición, y mientras una entre cien óperas italianas
pueda ser una obra maestra, es lógico que no espere usted mucho de la única ópera
compuesta de un planeta. Yo francamente había esperado de ella una suerte de ópera
como «Los Mendigos», no una pieza patriótica, con una trama vigorosa, buen diálogo
(casi único en la ópera), algo de ballet de primera clase, música regular (en este
renglón estribaba su flaqueza) y una actuación en realidad ferviente.
En el primer intervalo le dije a Terry cuán impresionado estaba yo y ella se sintió
complacida.
La segunda mitad desilusionaba un poco. El patriotismo empezaba a un nivel
elevado y finalizaba en un frenesí demasiado idealista, aun para la ópera. La
caracterización de sus personajes, buena al principio, decayó un poco cuando
personaje tras personaje reveló no solamente un patriotismo imposible sino también

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la misma imposibilidad patriótica. El héroe Henry Arne, aquel Arne que había sido el
primer ministro del planeta Solitario primero sacrificó el amor de la heroína por el
planeta y más tarde la vida de ella misma.
La ópera fue de larga duración, y terminó tan tarde, que no había ya ni que pensar
en ir a ningún lado después de la función, por lo cual solamente tomamos una taza de
café en el teatro, luego llevé a Terry a su casa.
Me sorprendí de saber que ella estaba completamente de acuerdo conmigo acerca
de la ópera.
—El morir por amor es una idea hermosa —comentó ella—, pero morir por un
país es una locura y sacrificar el amor de la mujer que usted ama por su mundo es una
locura mayor y en todo momento que se llega a pensar en eso hasta se siente uno
enfermo.
—¿La ha visto a menudo?
—No mucho. Cuatro o cinco veces. De la escuela nos mandaban para que la
viéramos.
—No parece particularmente usted precisamente patriótica —le dije a la ventura.
—No lo soy —replicó francamente—. Oh, si tuviera una oportunidad de hacer
algo maravilloso, romántico y excitante por Solitario, como… —se sonrojó
interrumpiéndose confusa.
—¿Cómo qué, Terry? —le dije sonriendo.
—Bueno, de todos modos, si tuviera la oportunidad de hacer algo como eso, lo
haría sin titubear. Pero morir por un ideal…
Y siguió hablando durante un buen rato y yo escuchándola. Cuando guardó
silencio le dije tranquilamente:
—¿Y se le permitiría a usted hacer todo eso?
—¿Qué me quiere decir?
—En la mayoría de los países o mundos en donde el nacionalismo es cultivado
deliberadamente y alimentado por propaganda y obras como «The Arne Story» la
gente que habla como usted acaba de hacerlo, está propensa a… desaparecer.
Terry rio, al menos empezó a reír, y entonces me miró asombrada y con
vacilación, y durante un momento tuve el deseo sincero de no haberla hecho ver lo
que podría pasarle.
—Lléveme a casa —dijo de pronto conteniendo el aliento—. Tengo… tengo que
empezar a trabajar temprano mañana.

A la mañana siguiente, después de mi desayuno, regresé a mi cuarto y eché una


mirada rápida a través de las páginas de la cuarta edición de «The Arne Story».
Los amplios perfiles de la ópera en sí no habían cambiado. Mucha de su música sí
era diferente y mi opinión fue que la anterior tenía más calidad. Presumiblemente los

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compositores de los dos siglos anteriores habían sido estimulados para mejorar la
música original si acaso podían hacerlo.
El conjunto completo sí había mejorado bastante en los dos últimos siglos de su
existencia. La versión inicial era cruda, plena de rudeza, y aún menos plausible que la
versión contemporánea.
Pero lo interesante acerca de la comparación consistía en que todos los cambios
fueron designados para hacer mejor esa ópera y lograr que la propaganda patriótica
fuera más efectiva. Y desde su primera actuación aquella obra no había sido más que
de pura propaganda.
Eché la partitura a un lado para pensar en otras cosas. Ya tendría más tarde tiempo
de comparar las dos versiones de la ópera para mis propios propósitos; mientras tanto
si estaba yo ahí era para averiguar algo, y no pensaba que las versiones antiguas o
modernas de la ópera me pudieran decir mucho más de lo que me habían dicho.
El problema era simple. Solitario había sido colonizado hacía casi tres siglos
antes. Nunca había sido un mundo particularmente atractivo, pero sus depósitos de
petróleo, carbón, hierro, diamantes, plata y platina se encontraban al menos al nivel
promedio de otros mundos. En el curso de cincuenta años su población había
alcanzado casi cien millones. Hasta ese punto todo iba bien.
En esa fecha, más de doscientos años después, la población ascendió a doscientos
millones y Solitario era casi el mundo más retrógrado de la galaxia, con el nivel
relativo de vida más bajo. Por ejemplo el salario semanal de Terry que ella había
mencionado cuando hablábamos de Solitario y la Tierra, apenas alcanzaría a cubrir el
importe de una comida en un hotel en Nueva York. Y mi cuenta semanaria de
hospedaje en el Parkview sería menos de lo que yo tendría que pagar por una noche
en el mismo hotel neoyorquino.
—¿Por qué?
Solitario no publicaba estadísticas y todos los cálculos eran por lo tanto
aproximaciones. Sin embargo, otros mundos tenían comprobantes que mostraban que
la inmigración de Solitario estaba descuidada.
¿Entonces por qué la población, estimada al menos, era tan baja? ¿Por qué el
planeta era tan aparentemente pobre? ¿Por qué sus exportaciones eran tan
insignificantes?
¿Qué era lo que perseguían los dirigentes gubernamentales de Solitario?
La interrogación de un secreto que guardara Solitario se presentó únicamente
porque los agentes enviados para investigar ese mundo en su propio terreno, o
regresaban sin ningún reporte o jamás se les volvía a ver del todo.
Cierto que muy pocos fallaban en regresar, pero, ¿por qué tenía que haber espías
desaparecidos en un mundo que nada tenía que ocultar?
«Secreto» no era la palabra exacta para aplicarse a los asuntos de Solitario.
«Incierto» cabía mejor. Aun la forma precisa de gobierno era incierta, no debido a la
clase de cortina de hierro que usted encontrará en su estado en que la policía vigilara

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su entrada y salida, sino porque difícilmente ninguno parecía saber nada con
certidumbre. Aunque se sabía que en Solitario había un senado y un primer ministro a
la cabeza del gobierno, en la actualidad muy poco se sabía acerca de aquel premier,
del mismo modo que del que inicialmente encabezó el estado.
De ahí mi aparición en el escenario, Edwin Horsefeld, con una o dos tretas
metidas en el interior de las mangas del saco. En esos días los espías necesitaban más
de trucos que de nervio o músculo.
Después de haber pensado un poco me fui a la biblioteca para investigar todo lo
que allí pude. Solamente pasé allí una hora y media y pensé que no habría dejado
pasar mucho de importancia.
La biblioteca constaba únicamente de ocho mil libros que habían sido escritos y
publicados en Solitario. Ocho mil en algo más de doscientos años.
El resto consistía en reimpresiones de textos ordinarios que podían conseguirse en
cualquier parte de la galaxia.
De los ocho mil, cuatro mil de ellos eran novelas. Tres mil comprendían
información natural del planeta acerca de geografía, geología, exploración, fauna y
flora; los mil restantes formaban una miscelánea que incluía toda la historia social,
biografía, poesía, ensayos, investigación, filosofía y psicología de los colonizadores
que habían llegado hacía casi trescientos años.
No era gran cosa.
Por la tarde, según la cita hecha del día anterior, fui a buscar a Terry y le dejé que
me llevara al parque. Era su tarde libre.
Desde el momento en que la vi me di cuenta de que una vez más algo había
pasado entre nuestros encuentros.
Tenía la esperanza de que en ambas ocasiones no hubiera visto a su novio,
considerando que una muchacha tan atractiva y joven, simplemente debía tener un
novio formal, o al menos alguien que se imaginará que lo era y que ya que había
salido conmigo lo había mandado a empacar, convencida ella de que estaba
enamorada de mí. Yo pensé que Terry era demasiado formal y sensible pero eso y aun
así no se podía negar que todo lo que le había dicho acerca de la Tierra había
parecido fascinable y de que ya ella me consideraba como algo más que una relación
masculina con ciertos derechos.
Aunque era evidente que ella iba a decirme algo que consideraba de suma
importancia, se concretó a decirme trivialidades hasta que estuvimos en el interior del
parque.
La cápsula que cubría el parque era más grande que ninguna de las que yo
conocía en Marte, aislada para reflejar tan poca luz como fuera posible y escasamente
con la visibilidad que existe en otros sitios semejantes.
En el interior había un jardín muy bien cuidado, muy vasto y bien planeado; tibio,
como el mes de julio en el hemisferio norte de la Tierra; fresco y ventilado con brisas
suaves. Y todo eso dentro de una ciudad en donde nevaba durante todo el año.

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Mientras esperaba a Terry que fue a colgar su abrigo en el guardarropa, pensé:
El Servicio de Inteligencia Terrícola debía saber más acerca de Arne Park. Algo
tan fuera de lo típico de su mundo como Arne Park lo es, para Solitario merece
mucha atención.
Tiene que existir una razón para ese parque. Aparentemente otros agentes lo
habían visto y dicho «muy impresionante», y enseguida se habían puesto los abrigos
y llevado sus dagas a otro lado. Pues bien, quizá los trataba yo injustamente. No
obstante ese otro pensamiento, se me vino a la mente:
En un mundo como este, en una ciudad como esta, tiene que haber una razón para
tan vasto y costoso milagro hecho por el hombre.
Regresó Terry a mi lado y entonces vi la razón para aquel parque, era un lugar en
el que ella podía usar un vestido delgado amarillo, una confección delicada que le
sentaba tan bien como si hubiera nacido con ella. Después de su aparición la noche
anterior con aquel vestido negro, fue un alivio tenerla a mi lado viéndose como una
adolescente hermosa y amante del sol.
—Y usted, Edwin, no va también a cambiarse —me preguntó.
Suspiré antes de contestarle.
—Lo haría si tuviera alrededor de veintiún años y al verla quisiera volver a esa
edad.
Realmente no lo deseaba. Ningún hombre sensible de cuarenta y ocho años desea
tener nuevamente veintiuno, a menos que no tenga la posesión de todos los
conocimientos, experiencia y ventajas de los cuarenta y ocho años.
Pero de todos modos mis palabras agradaban a Terry.
Caminamos lentamente a lo largo de los andadores y calzadas del parque.
Prácticamente todos los que vimos estaban alegres, disfrutaban del lugar y vestían
ropas brillantes y frívolas. Arne Park sin duda era en donde los habitantes de
Arneville se despojaban de todas sus inhibiciones. Ninguna ciudad de la galaxia se
encontraba más necesitada de un lugar como ese. No obstante en el parque había de
todo menos aglomeración. Las horas de trabajo en Arneville eran largas.
Nos encontraríamos a una distancia aproximada de kilómetro y medio de la
entrada cuando Terry dijo:
—Quiero ayudarte, Edwin.
—¿A qué?
Respiró profundamente y enseguida dijo:
—Sé que eres espía.
—¿Lo sabes? —le dije suavemente—. ¿Quién te lo dijo?
—Ayer precisamente después del almuerzo alguien llamó a la tienda. No dio su
nombre. Dijo que tú irías y que me hiciera tu amiga. Dijo que no sería peligroso, pero
que tendría yo una oportunidad de probar mi lealtad a Solitario.
De modo que Terry no había sido enviada allí. La F. R. S. simplemente la había
acorralado.

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—¿Y qué más te dijeron? Le pregunté conservando mi tranquilidad.
—Entonces, muy poco. Imagino que deliberadamente nada se me dijo de modo
que no me atreviera a hacer nada serio, como interesarme en cosas que te indicaran lo
que ocurría.
—Eres muy inteligente, Terry.
—Bueno, así lo espero. Tú sabes lo que pasó, la manera en que las cosas se
desarrollaron y que no tenía yo que hacer ni decir nada que de todas maneras no
podría haber hecho. Quiero decir, que yo siempre he estado interesada en la Tierra y
que si no hubiera habido llamada telefónica de cualquier manera habríamos ido
anoche a la ópera.
Le manifesté mi aprobación.
Si Terry no hubiera sido instruida para decirme lo que estaba diciendo, sin duda
que había cometido un error terrible. Sin embargo, no podía ya retroceder. Tenía yo
que oír lo que tuviera que decirme.
—Cuando regresé a mi casa mi padre estaba esperándome con un hombre alto y
delgado. El hombre aquel dijo que era el señor Marks y me pidió que repitiera todo lo
que tú y yo nos habíamos dicho. Le dije todo lo que pude recordar porque no
consideré que fuera a causarte ningún daño, ¿no es así?
—De acuerdo.
—Entonces…
Titubeó un momento y continuó:
—Edwin, yo creo que tú adivinaste que mi padre y yo no estamos en buenas
relaciones. Él es… Bueno, considero que es algo terrible que yo diga eso acerca de
mi propio padre, pero él no es bueno conmigo. Después de unos momentos el
ambiente se hizo tenso ante la presencia de aquel hombre y mi padre. Ya no
cooperaba voluntariamente con la policía como yo pensaba. Marks estaba diciéndome
lo que tenía que hacer y advirtiéndome que mi padre iría a la cárcel si no obraba yo
exactamente como se me decía, y que también yo podría ser puesta en prisión. Llegó
el momento en que mi padre me suplicó que lo salvara…
Esperé. Sentí pena por ella. Era demasiado joven para encararse a tales
situaciones. Enseguida continuó:
—Me dijeron que tú eras espía y que era mi obligación reportarte. Creo que no les
permití que se dieran cuenta de mi enojo, pero sí lo sentía. Quiero decir, ya me habías
gustado. Yo podría decir que no habías hecho nada malo y no ibas a hacerlo.
—De todos modos tú sabías que yo trabajaba para la Tierra, contra tu mundo —le
dije.
Ella se encogió de hombros y me hizo ese comentario:
—La Tierra nunca nos ha hecho daño alguno, al menos eso es lo que yo sé. Quizá
si Marks me hubiera tratado diferente, o actuado como si tuviera confianza en mí…
De todos modos, como se desarrollaban las cosas no sabía qué hacer. No te causaba
yo ningún daño diciéndole a Marks exactamente lo que tú dijiste e hiciste a menos

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que repentinamente supiera yo algo importante. De haber sido así ya no estaba yo
segura de querer decírselo a Marks.
Nuevamente estuve de acuerdo con ella. Podía comprender su actitud mejor que
ella. Era muy joven, con poca experiencia, romántica y aun sentimental. Ya había
tenido que aprender que no podía apoyarse en su padre. Su mundo, su medio
ambiente y su familia nunca habían hecho por ella; sin embargo, siendo sensible y
confiada en sí misma había sacado ventaja de todo y se las había arreglado para ser
feliz.
Y entonces venía mi situación. Me gustaba, y ella había sido instruida fríamente
para actuar como mi amiga y reportar a la F. R. S. todo lo que yo dijera.
Después de todo la F. R. S. no era tan astuta. Debieron haber sabido lo que haría
Terry, ¿no es así?
Terry interrumpió mis reflexiones diciendo un poco desinflada:
—No pareces estar sorprendido.
—No lo estoy. Terry, siempre que aterrizo en un planeta extraño me topo con las
probabilidades de que cualquiera que trata de entablar amistad conmigo esté
trabajando para el servicio local de contraespionaje. Cuando tropiezo con alguna
muchacha hermosa que sea amigable, prácticamente puedo estar seguro de ello.
—Eso tiene que hacer de ti una persona muy cínica —dijo con cierta timidez.
—No, ¿por qué? No soy un personaje de un cuento de hadas… Todavía no me
has dicho todo. Esa entrevista con Marks fue antes de que fuéramos a la ópera, ¿no es
cierto? ¿Qué ha pasado desde entonces?
—Pues casi lo mismo. Cuando regresé, Marks me esperaba; nuevamente me hizo
preguntas y advertencias. Hasta se… —hizo una pausa sonrojándose.
—Harías bien en decírmelo.
—Me dijo que haría bien si me acostara contigo.
Me concreté a callar pero me imaginé que eso fue lo que realmente había hecho
que Terry se resolviera a confiar en mí. Prácticamente ella no había tenido aventuras
sexuales. No había yo vivido casi medio siglo como para que no fuera capaz, de
discernir tales cosas. Una muchacha joven con imaginación y con nociones
románticas fácilmente podría abrigar el existente pensamiento de una aventura de
amor apasionado con un espía, pero tenía que ser una aventura amorosa. El ser
instruida fríamente para que vendiera su virginidad en aras de su mundo era
repugnante.
Después de una pausa le dije amablemente:
—¿Sabes el peligro en que te encuentras, Terry?
Ella parpadeó.
—No estoy en ningún peligro. Te lo he advertido. Continuaré reportándole a
Marks lo que digas. Pero entiende que no le diré nada que pueda ser perjudicial para
ti.

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Casi sin darme cuenta suspiré. Era probablemente imposible hacerla entender. Y
ningún propósito bueno se lograría al intentarlo.
—¿Quién es tu novio, Terry? —le pregunté con indiferencia.
Nuevamente se ruborizó y quedó sorprendida ante mi pregunta. Fue entonces
cuando supe que ella realmente estaba empezando a enamorarse de mí.
Para darse tiempo de pensar se echó sobre el pasto, estiró las piernas y se recostó
sobre la espalda colocando los brazos detrás de la cabeza. Enseguida como si la
asaltara un pensamiento se irguió, bajó el cierre de la parte media de su vestido
amarillo, hizo a un lado una parte de la falda y volvió a la posición anterior sobre el
pasto.
Entre el fondo de su falda pequeña aunque bien llena con su humanidad y la parte
alta del vestido que se ajustaba de una cadera a la otra se veía toda la firmeza de sus
músculos de adolescente que fascinaba cuando ella se movía. Tenía ella esa clase de
medidas fantásticas de la cintura que las actrices aseguran que solo realmente las
ninfas poseen.
Me senté a su lado.
Para entonces ya estaba lista para contestar:
—No tengo novio.
—Debes tenerlo, Terry.
—Bueno, pues hay uno llamado Steve. Pero él… oh, es solo un chamaco.
—¿Lo has visto durante las últimas veinticuatro horas?
—No. De todos modos no hay nada entre nosotros.
Durante unos momentos quise no haber ido a Solitario. Probablemente no
averiguaría nada. Y aunque esperaba regresar a la Tierra en una sola pieza, ya había
la probabilidad de que Terry no viviría mucho tiempo.
Ella no entendía que la lealtad a la F. R. S. era un asunto seriamente mortal.
Tampoco sería capaz de engañar a la F. R. S. Cualquier cosa que yo hiciera, tarde o
temprano el departamento de contraespionaje de Solitario lo sabría y sabría que Terry
(en la apreciación de ellos) había cometido alta traición.
Y ya había hecho, a menos que todo aquello fuera solo actuación, algo que por el
momento no creí yo. El hecho de que Terry no pudiera ayudarme no remediaría nada.
Le había dicho a un espía que estaba de su lado contra su propio mundo.
De pronto se sentó y preguntó bruscamente:
—¿Crees que no valga nada?
Ante el repentino reto no pude evitar mi manifestación de asombro.
—¿Mostrándome como lo he hecho? —continuó—. Has permanecido tranquilo.
Pero, si valgo. No me importa mostrarme ante ti como soy. Steve no significa nada
para mí desde que te conocí.
—Terry —le dije—. Tengo dos hijas y una de ellas es mayor que tú tres años. Y
no me casé precisamente joven.

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—Es verdad —dijo abiertamente—. Tú piensas que no valgo nada —al decir eso
tiró de la parte de la falda que había echado a un lado.
No había manera de asegurarle nada sin que yo cambiara de tema, de modo que
eso hice.
—Terry —le dije descubriendo nuevamente la parte de su cuerpo que se había
cubierto—. Quisiera saber si realmente puedes ayudarme. ¿Has notado algo, algo que
verdaderamente haya sido preparado en tu mundo acerca de lo que te intriga o te
sorprende?
—¿Cómo qué cosa? —Aún sospechaba de mí y se sentía herida. Probablemente
se sentía culpable por lo de Steve; quizá había cancelado alguna cita que tenía con él
esa tarde o la noche anterior, o probablemente se sentía como si se hubiera arrojado a
mis pies y todo lo que yo había hecho había sido reírme de ella.
—Cualquier cosa extraña —le insistí.
—Bueno… hay una cosa que quise decirte. Solo que no estoy segura de ella. Es
solo un rumor que corre.
—¿Sí?
—Quizá ni siquiera sea cierto. Se dice únicamente… bueno, dicen que a veces la
gente desaparece.
—¿Desaparece?
—Oh, no se supone que desaparezca. Solo se piensa que los envían a otro lado.
Pero esos únicamente escriben una vez, o quizá dos y después ya nadie vuelve a saber
de ellos.
—Eso es muy interesante, Terry —le dije—. Pero no pensé que lo fuera.
En un mundo altamente patriótico como Solitario indudablemente que había un
servicio secreto de seguridad, aunque no sabíamos nada acerca de él. Por supuesto
que la gente desaparecía. Hubiera sido sorprendente que no…
Como Terry no estaba vestida para otro lugar en Arneville que no fuera el parque,
tomamos un bocadillo en un restaurante al aire libre dentro de aquella inmensa cúpula
y después la llevé a su casa.
Aún no sabía qué haría con ella. Muy pronto tendría yo que pensar sobre algo que
pudiera decir a Marks, algo que pudiera convencerlo de que Terry era leal y útil, y
que yo no tenía modo de investigar nada. La segunda parte era verdad.
Por el momento Terry le diría a Marks todo lo que nos habíamos dicho con una
excepción obvia.
De regreso en el hotel, Tom Harrison, el castor ansioso, me esperaba. Quería
saber si había algo más en que pudiera ayudarme.
Tenía una idea.
—No, gracias, Tom —le dije—. De hecho por ahora me las puedo arreglar solo.
Gracias por haberme ayudado antes. Lo agradezco, pero no necesitaba molestarlo
nuevamente.
Harrison asintió con torpeza.

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—Está bien —dijo ásperamente—. Me imagino que usted no quiere verme más
por aquí, ¿verdad?
—Bueno, no precisamente. Y a propósito le diré: ¿Recuerda que le hablé de una
chica? Pues ella me ha venido acompañando a algunos lugares. Usted es un tipo
simpático, pero tendrá que confesar que está muy lejos de ser una chica bonita.
El rostro de Harrison se despejó.
—Ah, vamos, si eso tenemos… bueno, si me necesita, ya sabe en dónde
encontrarme. Hasta luego.
Subí a mi alcoba. Mientras los guantes estuvieran puestos la F. R. S., no me
acosaría demasiado. Pero consideraba que aún querían tenerme en observación. Pensé
que obligándolo a hacerlo a través de Terry, le daría a ella alguna protección
temporal.
Sin dudarlo, después de más o menos una hora ya tenía yo ciertos planes
elaborados, planes que no me molestaré en detallar ya que nunca tuve la oportunidad
de hacerlos efectivos.
Era todavía temprano cuando un empleado del hotel llegó a avisarme que una
mujer joven me esperaba abajo.
No esperé y bajé al momento. La visitante no podía ser otra que Terry. Era un
error que viniera a verme al Parkview en donde todo lo que yo hacía era observado y
en donde sin duda las paredes tenían oídos. Lo mejor que yo podía hacer era actuar
como si la hubiera estado esperando, y esperar que ella tuviera el sentido común para
esperar hasta que estuviéramos afuera para decir algo que importara.
Sí era ella. Aún no se había quitado su abrigo y estaba esperando como si
hubiéramos convenido en salir juntos. Pensé que había algo un poquito tenso en su
sonrisa.
Caminamos a lo largo de la calle Arne Way y no dijo nada acerca de la razón de
su visita hasta que estuvimos a buena distancia del hotel. Empezaba a oscurecer y
estaba cayendo una nieve suave y fina. Terry, a la que antes no había visto dar
muestras de frío, estaba tiritando.
—Edwin, todo ha salido mal —dijo de pronto.
Mientras caminábamos me explicó lo que había pasado. Cuando alguien se
acercaba demasiado, guardaba silencio hasta que volvimos a quedar solos.
Cuando la dejé en su casa después del paseo que dimos por el parque, oyó a
Marks y a su padre hablando. No fue a verlos enseguida sino que subió a su alcoba a
cambiarse.
Mientras eso hacía captó una o dos palabras que la hicieron deslizarse
cautelosamente a un cuarto de trebejos para poder oír mejor.
Marks estaba diciéndole a su padre que a fin de estar seguros de que ella les decía
la verdad y nada más que la verdad, le iba a aplicar una buena serie de drogas cuando
llegara…

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No tenía Terry que decirme hasta qué grado aquello cambiaba la decoración para
ella. Probablemente había tenido alguna idea vaga, apropiada para su edad, de que
sería muy sencillo sortear los interrogatorios, y que aun cuando más tarde fuera
torturada en una forma no del todo insoportable reservada para las heroínas, ella
insistiría valientemente en que les había dicho la verdad.
Ella no había visto a Marks drogándola hasta el grado de privarla de su voluntad.
No había nada romántico en ello, y no era algo contra lo que pudiera luchar…
—Me escurrí entonces de la casa y me vine derecho a verte —concluyó.
—¿No te das cuenta, Terry? ¿No te das cuenta de que eso era lo que ellos
esperaban que hicieras? ¿Qué oyeras exactamente lo que oíste y que hicieras
precisamente lo que has hecho: venir hacia mí presa de pánico?
Se encaró conmigo repentinamente para protestar:
—No siento pánico alguno.
—Pues debías sentirlo. Lo sentiría yo si fuera tú.
—¿Por qué… qué quieres decir?
—Yo tengo cierta protección. No he infringido ninguna ley, ni local ni
internacional.
—¡Pero eres un espía!
—Por favor, no lo grites en medio de la calle, Terry. En cierto sentido lo soy, pero
no tengo que apartarme de la ley para hacer lo que quiero. Es cierto que la F. R. S. me
apartará de su camino si considera que tienen que hacerlo, pero sabrán que la Tierra
no se sentirá halagada si lo hacen, y hasta podrían aprovechar la ocasión para
plantarse en Solitario y ordenar una investigación en gran escala en el curso de la cual
tendrán la oportunidad excelente de averiguar aquello para lo que fui enviado. La
F. R. S. sabe todo eso. Pero tú.
—¿Yo qué? —preguntó desafiante.
Ya no podía engañarse acerca de su situación.
—Bueno, Terry, es necesario que veas que solamente Solitario tiene
responsabilidad sobre ti. Ningún otro mundo puede interferir. Sin juzgarte o sin
mencionar públicamente tu caso si tus autoridades deciden que tú eres una traidora,
no hay nada que pueda detenerlos para…
Se quedó mirándome horrorizada.
—¿Quieres decir que voy a ser ejecutada y que no hay nada que puedas hacer
para evitarlo?
Al llegar a una esquina hice que se sentara en la banca allí colocada. No era un
lugar muy cómodo para sentarse por la nieve que seguía cayendo, pero estábamos
más seguros a la intemperie que en cualquier otro lugar en donde podríamos ser
oídos.
Del modo en que Terry temblaba me hizo pensar en algo.
—¿Qué usas debajo de tu abrigo?

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—Únicamente lo que usé cuando fuimos al parque. No tuve tiempo de
cambiarme.
—Eso es una gran ayuda —murmuré—. Eso quiere decir que no podemos ir a
ningún lugar en donde tuvieras que quitarte el abrigo.
—Excepto al parque.
En la tarde me había dicho que el parque era más concurrido de noche que de día.
Que no había patrulla de policía a la que se le asignara la obligación de proteger la
moral pública. El punto de vista oficial, uno más práctico que aquellos de algunos
mundos aparentemente mejor organizados, era que si no se les proporcionaba un
lugar conveniente a los jóvenes amantes para hacer lo que hacían, inocente o no, lo
único que se lograba era echarlos en los brazos dispuestos de aquellos que hacían
negocio con el vicio.
De modo que podríamos ir nuevamente al parque y no ser demasiado conspicuos.
La F. R. S. podría encontrarnos allí fácilmente, pero entonces la misma organización
podría tarde o temprano localizarnos adondequiera que fuéramos.
—Mientras tanto, Terry, ¿hay alguien en quien puedas confiar tu vida?
literalmente hablando. Desde luego que no sea tu padre.
—Por supuesto que mi padre queda descartado —dijo con más amargura de la
que antes no había oído en su voz.
—¿Tías, tíos, primos?
—Solamente Steve —dijo casi en un murmullo— y no me gustaría…
—No importa si te gusta o no. Iremos a verlo.
Primero que todo procuraría que fuera una pesadilla para cualquiera que tratara de
seguir nuestros pasos; de todos modos tenía mucho respeto por la F. R. S. como para
correr ningún riesgo.
Había yo fallado en la labor que se me había encomendado en Solitario. Todo lo
que trataba de hacer era llevarme a Terry conmigo en una sola pieza, si es que eso era
posible. Y no pensaba que lo fuera.
Subíamos y bajábamos de un autobús a otro; entrábamos en algún edificio por
una puerta y salíamos por otra, caminando apresuradamente a través de grupos de
gentes, y de pronto nos deteníamos cubriéndonos para esperar a ver si alguien nos
seguía para adelantársenos. Con mi experiencia y el conocimiento de la ciudad que
tenía Terry, muy pronto estuvimos seguros de que no éramos seguidos.
Al fin llegamos a la casa de Steve. Me daba cuenta plena de que podrían pisamos
de nuevo la cola al ir allí. Sin embargo, no se lo mencioné a Terry. Ya tenía ella
bastante de qué preocuparse.
—Pero, hola, señorita Terry —dijo la encargada del edificio, ligeramente
sorprendida—. ¿No la llamó Steve antes de salir?
—¿Salir? —dijo Terry descorazonada.
—Salió a Bennerwald. Pero estoy segura que tendrá intenciones de escribir.
Imagino que todos recibiremos mañana alguna carta de él.

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Terry iba a preguntar más, mucho más, pero le oprimí el codo fuertemente. Con
un esfuerzo dio las gracias a la encargada y nos alejamos.
—¿En dónde es Bennerwald? —le pregunté.
—Al otro lado del planeta; a dieciséis mil kilómetros de distancia. No podría
haber…
—No hables demasiado.
Y nuevamente nos sometimos al procedimiento quirúrgico de amputarnos la cola.
Cuando consideré que estábamos a salvo nos sentamos en otra banca y nos
acurrucamos pegados uno al otro para que nos tomaran como amantes.
—Ha desaparecido —dijo Terry secamente.
El énfasis que puso en la expresión me hizo repetírsela interrogativamente.
—Desaparecido, como los que te dije antes —contestó.
—Temo que tengas razón.
Se estremeció y se abrazó a mí convulsivamente. Sin embargo, del modo en que
tomó aquella desaparición me convenció de que nunca había estado enamorada de
Steve.
—¿Era un rebelde? —le pregunté—. Quiero decir, ¿contra el patriotismo y la
propaganda? ¿Soltaba mucho la lengua?
Terry me miró asombrada.
—¿De veras?
—Sí, a menudo discutíamos. Cómo te he dicho, no me importa amar a mi país, si
este no tratara de hacerme tan duramente que lo amara, pero con Steve… —encogió
los hombres cuando dijo—: ¿Recuerdas «The Arne Story»? Pues bien, Steve me
sacrificaría por Solitario.
Eso no hubiera sido tan malo si no hubiera estado pregonándolo.
Empezaba a sentirme interesado.
—Terry, piensa en todas las otras personas que conociste que pudieron haber
desaparecido. ¿Cómo eran?
—Ya te dije, nadie puede estar seguro. Quizá nadie desapareció. Es posible que
no sea más que un rumor…
—Lo sé. Pero puedes reflexionar un poco. La gente que sale en viajes largos,
escribe una o dos veces y después no vuelve a hacerlo… ¿han sido jóvenes o viejos?
¿Hombres o mujeres? ¿Patriotas o rebeldes?
—La mayoría jóvenes. Tú no haces que la gente de edad se desarraigue. Y han
emprendido esos viajes hombres y mujeres. Y generalmente, del todo patrióticas, de
todos modos no han sido rebeldes.
—Eso es muy interesante —le comenté.
—Edwin, ¿adónde podemos ir? ¿A algún otro pueblo?
—No, habrá una vigilancia en todas las estaciones.
—¿Algún hotel?
—Lo mismo.

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—Entonces vayamos al parque, me estoy congelando.
—Me parece bien.
Sin embargo, antes de que nos moviéramos de nuestra banca, pasó a nuestro lado
un hombre de rostro fresco saludándome al pasar.
Era Tom Harrison.
La F. R. S. era tan eficaz que si perdía nuestro rastro podía fácilmente encontrarlo.
Aún más que eso, querían que yo supiera claramente que en todo momento era
vigilado.
Me pregunté qué sería lo que estaban tratando de que yo hiciera.
Dejamos nuestros abrigos en el pabellón de la entrada. Una vez más hicimos todo
lo que más pudimos por escurrirnos de los que nos vigilaban. Después de todo
podríamos salimos con la nuestra. Era posible que pensaran que al parque, que era
una trampa, aunque fuera muy extensa, sería el último lugar al que iríamos.
No quería decir que hubiera alguna diferencia. La F. R. S. podría o no impedirme
que abandonara Solitario cuando yo quisiera y también estaría en sus manos el
dejarme o no, llevarme a Terry conmigo, y por desgracia no había nada que yo
pudiera hacer al respecto.
Por la noche Arne Park era maravilloso, dos veces más maravilloso de lo que era
en el día. Especialmente para los que llegaban del exterior en donde estaba nevando.
Resplandecía la cúpula con la luz electroactínica igualada a algún índice que se
reflejaba y que no interferiría con el paso de la luz del sol como ocurría durante el
día. No pude ver la fuente de donde procedía. La luz no era brillante, solamente un
poco más intensa que aquella que proyecta la luna llena sobre la Tierra.
Y aquel inmenso parque tomaba más vida con las parejas. Aquella tenía que ser la
calzada más larga y más ancha para los amantes más ocupados de toda la galaxia. De
la parte trasera de cualquier matorral brotaban risas suaves.
Me sentí aliviado al ver que Terry metida en aquel juego de blusa y falda ligera
no desentonaba y se había tranquilizado un poco. La temperatura del parque se sentía
tan tibia como el día, y como el lugar era más bien para jóvenes, las ropas que usaban
respiraban juventud.
No dejamos de caminar porque moviéndonos era apenas posible que lo que
dijéramos pudiera ser oído.
—Terry —le dije—, dime si he entendido bien. ¿Las personas que desaparecen
son jóvenes, de uno y otro sexo y altamente patrióticas?
—Esa es mi impresión.
—¿Antes de que se casen y que tengan hijos?
—Bueno, por supuesto. Me dijiste que eso era interesante. ¿Por qué?
—Porque en esta clase de mundo la gente que esperas que desaparezca es la que
desaprueba el sistema: los individualistas, los rebeldes, los intelectuales, los
anarquistas, agitadores y los reformadores.
—Bueno, no es así.

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—De modo que desaparecen… no mueren.
—¿Y cómo llegas a esa conclusión?
—¿Qué es lo que sabes acerca de Henry Arne, de ese Arne en honor de quien este
parque y la ciudad llevan su nombre?
—Oh, mucho. Ya sabes que fui a la escuela. ¿Qué es lo que quieres saber?
—No necesito preguntarte mucho acerca de él, Terry. Ya sabes que soy
historiador. Supongamos que haya sido un individualista, un fanático creyente en la
libertad humana. Desde hace largo tiempo pudo haber creado una secreta pero
poderosa organización para desarraigar a los conformistas, a los hombres que a todo
dicen que «sí», a la gente que puede ser influenciada por la propaganda.
Terry detuvo sus pasos y sujetó fuertemente mi brazo.
—¡Eso es lo que pasó! ¡Por supuesto que eso es! Sacudí la cabeza y proseguí con
mi argumento.
—No. Arne amaba a Solitario tanto que enloqueció por él. En ese sentido fue un
fanático. Tenía tanto poder que no fue nada menos que un dictador. Todo lo que
quería hacerse hacía. De manera que lo que quería que se organizara abierta o
secretamente se organizaba.
—¿Crees que creó alguna organización secreta?
—Sí, pero lo de la clase que mencioné. Arne creyó apasionadamente que si se
desarrollaba Arne completamente, de manera inevitable sería arruinada por los
individuos voraces que han invadido los mundos ricos y florecientes, o que lo han
creado. Creyó que si Solitario iba a crecer fuerte, libre y saludable, tenía que crecer
pobre.
Esta vez Terry no dijo nada. Estaba perdida en sus reflexiones. Después de todo
no sabía nada acerca de otros mundos que no fueran el suyo. No tenía ningún otro
con cuál compararlo.
—Si Arne tuvo razón o no, lo que quiso para Solitario ha resultado —murmuré—.
Por la casualidad o por su designio, Solitario no ha crecido ni fuerte, ni rico, ni
floreciente. Difícilmente pudo ser por la casualidad, por razones que ahora no
mencionaré. De manera que pudo haber sido por designio, casi seguro que por
designio de Arne. Lo que quiere decir que él de algún modo preparó la situación, un
plan, que aún está en funciones desde doscientos años después de su muerte.
«Nada de esto es nuevo, Terry. Cualquiera que se tomara la molestia podía
habérselo imaginado a lo largo de estas líneas sin venir cerca de Solitario. Y cuando
dijiste que había rumores de desapariciones, tampoco me sorprendí. La población de
este planeta estaría multiplicándose por cerca de seis cada siglo. Y no ha sido así. Un
cálculo aproximado, ya que no tenemos estadísticas para basarnos en ellas, esa
población se ha multiplicado solamente al doble en dos siglos».
—No es posible que quieras decir que toda esa gente haya desaparecido, que
nació y… y…

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—¿Murió? ¿Fue transportada? Bueno, Terry, ¿tú qué piensas? ¿Entonces casi
nadie se casa? Y el promedio de los matrimonios, ¿no tienen al menos tres hijos?
—Creo que sí. ¿Pero eso qué quiere decir?
—Significa que en los últimos doscientos años podemos considerar que de uno a
tres millones de gentes han… desaparecido.
Esperaba alguna reacción de Terry. Pero no tuvo ninguna. Mirando a mi derredor
vi por qué.
Desde todas direcciones se acercaban hacia nosotros un buen número de hombres.
Su actitud era tan decidida que era claro que la F. R. S. había decidido apoderarse de
nosotros, si es que no acabarnos allí mismo.
El huir sería inútil. Aun Terry se dio cuenta de ello.
Se encogió a mi lado y yo estreché su mano.
Tom Harrison estaba al frente del grupo.
—De modo que usted es algo importante en la F. R. S., Tom —le dije en tono
amistoso.
—Muy importante —repuso secamente haciendo a un lado sus modales anteriores
—. En efecto, soy el jefe.
—Muy honrado —le dije.
Al llegar al pabellón de la entrada, Harrison se rehusó a permitirnos recoger
nuestros abrigos. Tenía razón. Había algo en el mío que… pero, bueno, de todos
modos realmente no importaba.
—No va usted a obligar a Terry a que salga así —protesté.
—Hay un automóvil esperando frente a la puerta —replicó Harrison brevemente.
En un momento se reunió mucha gente alrededor y naturalmente nos miraban
preguntándose la razón por la cual nos habían detenido. Terry se estremeció
violentamente cuando los copos de nieve cayeron sobre sus hombros desnudos. Pero
una vez dentro del auto tenía algo más de qué preocuparse que del frío.
Nos condujeron a una oficina de la Casa de Gobierno, un cuarto pequeño sin nada
importante en él. No tenía ventanas, con una sola puerta, una mesa y algunas sillas.
Estábamos presentes Harrison, Terry y yo, y otros dos hombres sin uniforme.
—No pretendemos ignorancia, ¿verdad? —empezó Harrison.
—No, si así lo prefiere —le contesté en tono de aprobación.
—Francamente —dijo Harrison— preferiría que usted simplemente dejara el
planeta, Horsefield.
—¿Llevando a Terry conmigo?
—Ella se queda, suceda lo que suceda —recorrió a Terry con la mirada de arriba
abajo, dando la impresión de que él fuera un censor y ella un libro malo.
Terry palideció.
—Ella jamás se inclinó por el nacionalismo de Solitario —dije sin alterarme—.
Creo que haría mejor en dejarla que fuera conmigo a la Tierra.

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Harrison sacudió la cabeza negativamente. Durante un momento una mirada dura
se asomó a sus ojos; no le gustaban los traidores. Y no podía negarse que Terry lo era.
—¿No esperaba que ella se pusiera de mi lado? —le pregunté.
—No lo esperábamos. Pensamos que ya fuera la lealtad o el buen sentido la
mantuviera al margen del curso estúpido que tomó. No quiere decir que importe
mucho. Usted saldrá de Solitario ignorando tanto como cuando vino, Horsefield.
—¿Entonces me envía de regreso?
—Después de que hayan sido los dos interrogados bajo el efecto de las drogas.
Antes de que usted se vaya podrá ver morir a la chica, si gusta.
—En ese caso —le dije— hablaré ahora para ahorrar tiempo.
—Será inútil tratar de engañarnos. Usaremos las drogas de todos modos.
—Pero los interrogatorios bajo su efecto son demasiado lentos, eso lo sabemos
los dos perfectamente bien. Cuando yo hable, ¿quiere que estos dos oigan lo que
digo? —dije señalando a los guardias.
Harrison les señaló la puerta para que salieran. Eso se ponía interesante. Nuestras
oportunidades para escapar permanecían precisamente cero, pero el hecho de que
Harrison les hubiera ordenado salir probablemente podía interpretarse como que ellos
no estaban en el secreto, y que en efecto muy pocos lo estaban.
—He averiguado mucho acerca del plan Arne —dije enseguida— y el resto lo he
adivinado. Creo que es suficiente para detener ese plan.
La reacción de Harrison fue ligera pero al fin alguna hubo. Eso me animó
grandemente. Ignoraba absolutamente todo, del modo en que un adivinador del futuro
ignora todo acerca de un cliente nuevo. Sin embargo, a ella la entrenaron para que
hiciera una buena suposición y continuara haciéndola, abandonando instantáneamente
alguna pista falsa, siguiendo cualquier cosa que provocara una reacción.
Estaba yo sorprendido de que Harrison me permitiera hablar de ese modo; sin
embargo, él pensó erróneamente que tenía todas las cartas en la mano.
—Todos supieron siempre acerca de las desapariciones —continúe—, pero eso
era un asunto de Solitario. Pensábamos que los rebeldes eran simplemente
eliminados. Ignorábamos que los conservaban, los ponían en el banco, por así decirlo.
Debíamos haberlo sabido. Eso es exactamente la clase de cuadro loco en el que
Henry Arne pensaría. Cualquier cosa que llevara a Solitario en la cumbre, cualquier
cosa.
Harrison me miraba desconcertado de la misma manera que Terry.
Pero con todo, estaba escuchándome. De modo que proseguí con un nuevo
impulso de confianza, sabiendo que aunque no las tenía todas conmigo, sabía lo
suficiente.
—Confieso que no sé en dónde se encuentre el ejército de Arne, pero una vez me
di cuenta de que los patriotas eran retirados de aquí, supe con certidumbre que se
encontraban en estado latente en algún lado. Probablemente debajo del parque.
Realmente no ha sido usted muy astuto, Harrison. En efecto, ¿no fue más bien tonto

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el permitir que me enterara de que usted sabía que Terry estaba de mi lado y de que
usted nos estaba vigilando y no haciendo nada hasta que empezamos a vagar en el
parque?
—Horsefield —dijo Harrison tranquilamente—, ¿qué es lo que usted pretende?
Sabe bien que ahora ya no podré dejarlo ir.
«Vaya hombre tonto», pensé exaltado. Acababa de decirme que tenía yo razón.
—Imagino que el fin de ese plan —continué sin alterarme— será que unos
cuantos siglos a partir de ahora, Solitario despertará gradualmente. Las exportaciones
se elevarán, las reservas serán convertidas en efectivo y maquinaria. Millares de
gentes jóvenes serán enviadas a la Tierra y a otros planetas para que asistan a
universidades. Regresarán como técnicos entrenados con conocimientos al día, y
empezarán a transformar a Solitario en un mundo eficiente, altamente poderoso y
progresista. Entonces el ejército será despertado y entrenado. Para entonces podrá
haber tantos billones tan fuertes como usted quiera. Un ejército de…
—¿Para qué? —interrumpió Harrison.
—Un ejército de esa magnitud consistente por completo de patriotas podría ser
designado para una cosa… para hacer de Solitario el que ladrara más alto en toda la
galaxia. Obviamente Arne fue un megalómano. No sé cómo se aseguró de que
solamente otros megalómanos debían ser escogidos para jugar su papel a través de los
siglos en el escenario, pero es evidente que lo logró…
El revólver de Harrison salió a relucir. No cabía duda de que no quisiera entrar en
argumentos. Únicamente nos iba a ejecutar a Terry y a mí en el mismo sitio, para
asegurarse de que no hubiera más errores.
—Yo no lo haría si fuera usted —le dije poniendo un tono de amenaza en mi voz
—. No hace mucho me preguntó qué era lo que yo pretendía. Usted sabía que tenía
yo que pretender algo. Y tuvo razón, porque así fue.
—¿Y bien? —dijo apuntándome con el revólver directamente al corazón.
—Se ha permitido quedar retrasado tecnológicamente aquí en Solitario —le dije,
impasible—. Retrasado a tal grado que probablemente nunca se le ocurrió pensar que
todo lo que se ha dicho en esta oficina haya sido captado y grabado para entregarse
en la Tierra.
Harrison no trató entonces de ocultar su consternación. Si lo estaba engañando,
no ganaría yo nada más que un poco de tiempo. Pero si no, ni a él ni a mí nos
importaba ya más.
—¿Ve estos botones? —le dije señalándoselos—. Creo que los ha examinado ya
de cerca, como examinó todo lo demás… me di cuenta de cuán minuciosa fue la así
llamada revisión de aduanas. Estos son botones sencillos de plástico ordinario. Los
rayos «X» no mostrarían nada… ya intentó usted todo eso, por supuesto. Si los
descosiera aun así no encontraría nada. Pero ocurre que son de un nuevo material que
resuena con las vibraciones del sonido y en una de las dos naves interestelares
terrícolas que se encuentran estacionadas precisamente fuera del alcance de la

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atmósfera de Solitario, el amplificador más poderoso que usted jamás haya visto, es
capaz de…
—No lo creo.
—No tiene usted que creerlo. Puedo probarlo si usted gusta.
—¿Cómo?
—¿Le gustaría que en un lapso de diez minutos cayera una bomba sobre Arne
Park? ¿O con un espíritu más amistoso, que cayeran algunas luces de colores sobre
Arneville? Permítame sugerir que nos envíen un vehículo para Terry y para mí, el
cual aterrizará al frente de este edificio en… digamos, ¿dentro de una hora…?
Harrison me miraba sorprendido. De pronto dijo:
—Quítese esas ropas. Quiero hasta la última puntada de lo que está usando —y
volviéndose hacia Terry le ordenó—: ¡Usted también!
Me reí.
—El cerrar la puerta de la caballeriza después de que el caballo ya ha escapado,
solo lo proviene de que vuelva a entrar.
—¡Pronto! —ordenó secamente Harrison—. O les disparo a los dos aquí y en este
momento.
Tratando Terry de no dar muestras de miedo hacia el revólver con que nos
apuntaba Harrison, permaneció erguida, desafiante y empezó a soltarse las vestiduras
que llevaba. La dejé seguir haciéndolo, porque ya había pensado en algo más que
sería mejor trasmitirles a las naves de nuestra marina, aunque difícilmente se hacía
necesario.
—Si tiene alguna idea de perseguir las naves o borrarlas del espacio —le dije—,
mejor olvídese. La primera ya debe haber aplicado toda su aceleración con rumbo a la
Tierra. Ya lleva toda la información que necesitaba. Y nunca la alcanzaría… Terry,
espera.
—Quiero esas ropas —insistió Harrison con fiereza.
—Tome los botones —le dije arrancándolos—. Sea razonable, Tom. Si estoy
mintiendo no hay razón para destruir mis ropas, como presumo que va a hacerlo. Si
no miento, ya es demasiado tarde, ya he dicho lo suficiente y cualquier cosa que se
diga apenas valdrá la pena grabarlo.
Harrison titubeó.
—Está bien —dijo abruptamente—. Dígales que envíen el vehículo. Pero me
quedaré con esos botones —y así lo hizo.
Terry, que ya se había despojado de las ropas que envolvían su cuerpo y estaba a
medio camino del penúltimo sacrificio, reclamó su modestia en el momento de
rendirse. Yo aproveché para mirar rápidamente de reojo sus senos redondos.
—Usted —dijo Harrison furioso con la mirada puesta en Terry—. Usted no se irá.
Poniendo los botones en su bolsillo salió.
Terry me preguntó ansiosa:
—Edwin, ¿todo eso es cierto?

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—Todo —le contesté—. Di lo que gustes, Terry, mientras recuerdes que la F. R. S.
está tomando nota cuidadosa de todo lo que hables.
La indicación cortés que le hice la sorprendió solo un momento.
—¿Van a dejar que nos vayamos?
—A mí, sí. A Terry no. Terry ha ayudado a destruir el plan Arne, ya que con
certeza ahora se ha roto. Harrison y la F. R. S. no la dejarían salirse con la suya. Casi
todos son males de la derrota.
Sin embargo, si expresaba mis temores con palabras, daría al traste con cualquier
oportunidad que pudiera tener para salvar a Terry.
No había recogido sus ropas y aunque sostenía lo que cubría su torso, no lo había
abrochado. Yo sabía que con el fingimiento directo de inocencia, aun en ese momento
estaba tratando de provocar alguna reacción en mí. Aunque no lo había expresado
con palabras, no ocultaba su disgusto de que en ningún instante la traté más que de la
manera en que hubiera yo tratado a mis propias hijas adolescentes.
—Ese plan insano no puede ser cierto, ¿es posible?
—Es insano, pero es verdaderamente cierto en esencia.
—¿Y que todos esos que han desaparecido están vivos y pueden ser regresados?
¿Steve también?
—Sí. En cierto modo es un plan heroico desde el punto de vista de Solitario. Un
ejército de patriotas seleccionados especialmente jamás había existido. Lucharía
como ningún ejército antes lo haya hecho…
—No puedo entender por qué se te permitía salir.
—Bueno, estoy aquí como un representante semioficial de la Tierra, y cualquier
cosa que Solitario pueda ser dentro de unos cuantos años, por ahora la Tierra podría
aplastarlo como si fuera un cascarón de huevo. Si Harrison me matara, la Tierra
podría utilizar el pretexto de mi muerte como una disculpa para destruir a Solitario.
Como ella aparentemente no iba a hacerlo, amablemente le sujeté la blusa con el
botón del centro y le coloqué la falda alrededor de sus piernas.
—Edwin —me imploró—, ¿no te importo del todo?
—Me importas mucho. Pero me importas en el sentido que tú preguntas. Terry, es
obvio que no ha habido mucho amor en tu vida. En realidad no me quieres como
amante, me quieres como a un padre.
—¡No! ¡Así no!
—Conmigo como padre, muy pronto te encontrarás viendo a jóvenes de tu edad
con ojos diferentes. Una chica de tu edad necesita padres a fin de que pueda formarse
a su lado.
Hablamos durante una hora. Terry no mencionó una sola vez el peligro en que se
encontraba. Muy parecido a los enfermos que saben que van a morir y de todos
modos hacen planes para el futuro.
Al fin Harrison regresó anunciando:
—Una nave pequeña acaba de aterrizar allí fuera.

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—¿Y bien?
—Entonces retírese.
—¿Y qué va usted a hacer? ¿Qué dijo el primer ministro?
Harrison titubeó un momento y enseguida sonrió levemente.
—Informe a la Tierra, Horsefield, que no podrá usted hacernos nada. Desde ahora
el plan Arne se invertirá. Si tenemos qué, nos enriqueceremos y engordaremos.
Tenemos todos los trabajadores que necesitamos para transformar Solitario.
Le sonreí también y repuse:
—¿De modo que así va a ser? Es asunto de ustedes mientras el plan original sea
enterrado. Para nosotros será olvidado. Vamos, Terry.
—Terry no irá. Ya se lo dije.
—Entonces yo tampoco.
—¡No sea tonto! —exclamó Harrison ásperamente—. ¿No llegó usted a pensar
que había una oportunidad en un millón de que la dejara salir con vida?
Terry trató de esconderse detrás de mí. Al oprimirse contra mi espalda pude sentir
los latidos acelerados de su corazón.
—Puedo entorpecerle todo o facilitárselo —le dije—. ¿Qué prefiere?
Nuevamente vaciló Harrison.
—No está en mis manos el dejarla ir.
—Pero se supone que yo sí puedo, ¿no es así?
Dejé que la frase flotara en el aire durante unos segundos. Realmente Harrison no
era un buen actor. Su cara regordeta e inocente podría revelar muy poco, pero sus
titubeos y momentos de silencio revelaban mucho.
Estuve seguro de que le habían dado instrucciones de que me viera partir del
planeta.
—Le diré una cosa —le dije al fin—. Vayamos los tres a la nave y entonces
dispárele a Terry y yerre el tiro. Eso lo pondrá a salvo de responsabilidad.
—Me parece bien —dijo Harrison al instante.
Caminamos por el palacio de gobierno que estaba vacío hasta la salida. Fuimos
acompañados, no por dos sino por siete guardias, de modo que era una procesión de
diez que cruzaba el edificio vacío dejando el eco de sus pasos.
Y nos internamos en la noche. Una vez más Terry se estremeció al sentir la nieve.
La navecilla se encontraba a unos doscientos metros de distancia. Era una nave
espacial en miniatura, pulida, relumbrante y con un aspecto de terrible eficacia.
Me retrasé un poco para permitir que Terry se adelantara. Ya casi nos
encontrábamos junto a la nave. Los oficiales navales terrícolas me saludaban y
miraban a hurtadillas a Terry con admiración.
Ya podía ella extender los brazos y tocar el casco de la nave.
Desgraciadamente fue a Harrison a quién yo vigilaba, pero este no hizo nada, fue
uno de los guardias el que inesperadamente levantó su revólver y disparó.

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Un instante antes del disparo tiré del brazo de Terry y la atraje hacia mí, pero el
disparo no había fallado. La hermosa joven con un pequeño agujero rojo en la espalda
se desplomó en la nieve.
La tomé rápidamente en mis brazos y salté al interior de la nave, a sabiendas de
que Harrison no permitiría que me dispararan. Una vez en el interior vi rostros
conocidos.
—Despeguemos, rápido —ordené mientras sostenía a Terry en mis brazos.
Desde que sonó el disparo, ella no había emitido un solo sonido. Aunque había
visto su esbeltez, su peso era menor de lo que yo esperaba.
Según el reglamento, siempre hay un médico en cualquier nave y al momento
llegó a nuestro encuentro para indicarme un pasillo que nos condujo a una pequeña
cabina. Allí coloqué a Terry boca abajo sobre una litera.
—Y ahora retírese —ordenó el médico.
Fui al cuarto de control en donde el comandante Stimson me estrechó la mano.
—¡Vaya! Pues lo logró, Edwin. ¿Había usted oído locura semejante? ¿Y se
habrían salido con la suya?
—Aún podrían —le repuse—. Dependerá de nuestro sistema de espionaje dentro
de unos cuantos siglos a partir de ahora.
—Tengo que decirle —protestó Stimson—. De cualquiera esperaría, menos de
usted, que trajera consigo una chica semidesnuda.
Encontraba difícil responder cortésmente. Todos mis pensamientos se
encontraban en aquella reducida cabina en donde Terry yacía inmóvil con una bala
que con seguridad había atravesado sus pulmones, si es que no su corazón.
—Todo eso es un caso extraño —dijo Stimson que era un buen oficial naval pero
carente de imaginación—. Algo de eso es difícil de creer. De hecho ahora no lo creo.
—Lo dejaremos al servicio de inteligencia terrestre —le dije.
La navecilla se lanzó hacia su nave nodriza. Esta la metió en su interior
limpiamente y al instante imprimió la máxima velocidad rumbo a la Tierra.
Aún no se había abierto la puerta de la cabina en donde estaba el médico
atendiendo a Terry.
Yo tuve que rendir mi reporte al capitán y me cambié de ropas antes de regresar a
la navecilla.
Al fin salió el médico.
—¿Vivirá? —le pregunté.
—Oh, no me sorprendería. Pero no debía haber sido movida, usted lo sabe.
—¿Puedo verla?
El médico se encogió de hombros.
Sigilosamente entré en la cabina. Terry se veía como un espectro. Si la hubiera
visto así antes de ver al médico, hubiera estado seguro de que estaba muriéndose.
Pero estaba consciente.
—La Tierra, próxima parada —le dije suavemente.

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—Edwin…
—No hables. Y de todos modos vas a dejar de decirme Edwin.
—¿Entonces, cómo te diré?
Pronuncié una palabra firmemente:
—¡Papá!

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LA GUERRA DE SHAMAR

Kris Neville

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I
Transcurría el año 2346 y la Tierra, en ese tiempo, era una democracia política.
La población era regida por un Consejo Superior y en orden de importancia
decreciente, por consejos menores y consejos locales. Cada uno estaba compuesto de
representantes debidamente elegidos por el voto popular entre los dos partidos
políticos existentes. La dirección ejecutiva estaba provista de una variedad de
secretarios seleccionados por el voto de los consejos apropiados. Un grupo judicial
independiente vigilaba que se observaran las leyes.
Una Tierra unida envió colonizadores a las estrellas. Las tripulaciones que
regresaban traían consigo leyendas extrañas y afirmaban la existencia de animales
improbables.
También regresaron con el dicho de que sobre el planeta Itra habían encontrado
una civilización tecnológica floreciente, formada enteramente por humanoides
extraños.
La Tierra pensó que sería indicado que Itra se uniera a una federación galáctica y
de acuerdo con eso, sometió los términos de ese acuerdo tan mutuamente ventajoso.
Los itranos lo rechazaron…
El capitán espacial Merle S. Shaeffer, el piloto más joven y quizá el más cándido
de la Compañía de Transportes «Trans-Universe», fue llamado inesperadamente a la
oficina de la compañía en Nueva York.
Cuando el capitán Shaeffer entró en la suite del octavo piso, el viejo Tom
Twilmaker, presidente de la TTU, lo saludó. Poniéndole un brazo sobre los hombros
guio al capitán hacia una oficina inmensa interior y lo presentó con un general
Reuter, identificándolo como el ejecutivo del Comité Intercientífico del Consejo
Superior.
Solamente los tres estaban en la oficina. Con la puerta cerrada, se encontraban
aislados con un esplendor olímpico muy por arriba y más allá de los negocios de los
hombres.
En esa oficina los juicios que se formaban eran definitivos e imparciales. El
capitán Shaeffer, en la presencia de dos de los hombres con los rangos más altos en
los consejos regidores de la Tierra, estaba reducido a un asombro incoherente.
Cuando se sentaron, el viejo Tom hizo girar su silla y contempló en silencio las
espirales de la ciudad. El capitán Shaeffer esperó respetuosamente. El general Reuter
estaba agitado.
—Algún día —dijo el viejo Tom al fin—, me retiraré de esto. Sí, ¡buen Jesús! Oh,
cuando pienso en todas las almas que aún se niegan a aceptar a nuestro bendito
Salvador, ¡cuánta amargura!, ¡oh, cuánto dolor significan para mí las riquezas! Miren
allá aquellos millones que bullen abajo de nosotros. ¿Cuántos no conocen al Señor?
Sí, una mañana me olvidaré de todo esto y caminaré por las calles para pasar mis

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últimos días llevando las palabras de esperanza a los oprimidos y a los desahuciados.
¿Es usted cristiano, Merle?
El general Reuter hizo tronar las yemas de sus dedos nerviosamente mientras el
capitán Shaeffer murmuró una afirmación embarazosa.
—Yo soy un hombre profundamente religioso —continuó el viejo Tom—. Me
imagino que usted lo haya oído, Merle.
—Sí, señor —contestó el capitán.
—¿Pero sabía usted que el Señor le ha pedido comparecer aquí este día? —le
preguntó el viejo Tom.
—No, señor.
—El general Reuter, aquí presente, es un amigo querido. Nos conocimos, oh,
hace muchos años. De hecho estamos lejanamente emparentados por nuestras
queridas esposas. Y trabajamos en la misma oficina de directores y en los mismos
comités de caridad… Hace unas cuantas semanas, cuando me pidió un hombre, pedí
su expediente, Merle. Llevé a cabo discretas investigaciones. Entonces me arrodillé y
hablé sobre usted con Dios. Debió haber sido cerca de una hora. Le pregunté: ¿Es
este el hombre? y me fue dada la respuesta: ¡Sí! En ese momento un rayo de luz se
asomó entre las nubes.
Mientras el viejo Tom hablaba el general Reuter había seguido con sus nerviosos
movimientos y por primera vez habló:
—Buen Dios, Tom, sírvenos un trago —y entonces se volvió hacia Shaeffer—.
Un traguito de vez en cuando ayuda al hombre a tranquilizarse. Tomaré el mío solo,
Tom.
El viejo Tom estudió al capitán Shaeffer y expresó:
—No creo que el buen Maestro apruebe el licor.
—No trate de influenciarlo —le dijo Reuter—, está cohibiendo al muchacho.
—Yo… —empezó el capitán Shaeffer.
—Dele su trago. Si no quiere beberlo, no tendrá que hacerlo.
Suspirando el viejo Tom sirvió dos bourbons de la botella que se encontraba en la
cantina colocada detrás de su escritorio y se lo pasó. El martirio se reflejó en su
entrecejo.
Después de un rápido movimiento de su muñeca y una sacudida experta de su
cabeza, el general Reuter devolvió la copa vacía.
—No me importaría tomarme otra —dijo. Se vio ya menos inquieto—. ¿Cuán
buena es su habilidad para aprender lenguajes? —preguntó el general a Shaeffer.
—Aprendí el español y el ruso en la escuela de T. T. U. PS. de acuerdo con
algunas pruebas que pasé se supone que mis aptitudes para lenguajes son elevadas.
En caso de que encontráramos extraños inteligentes la TTU los daría.
—¿No tiene nexos con organizaciones independientes o algo por el estilo? Usted
es un buen liberal conservador o un radical progresista, ¿no es así? No me importa
cuál de los dos, no creo en eso de inmiscuirse en las ideas políticas de los hombres.

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—Nunca pertenecí a ninguna —contestó Shaeffer.
—Oh, puedo asegurarle que todo eso ha sido cuidadosamente verificado —dijo el
viejo Tom.
El general señaló la copa vacía y con un suspiro de exasperación el viejo Tom
accedió.
—Bob —dijo el viejo—, realmente creo que ya ha bebido bastante. Y ahora, por
favor escuche. Nuestro maestro aconseja moderación.
—¡Maldita sea, Tom! —exclamó el general y se volvió una vez más hacia el
piloto espacial—. Es posible que tengamos un trabajito para usted.
El viejo Tom sacudió la cabeza previniendo al general.
—Realmente —continuó Reuter ignorando al ejecutivo—, le pediremos prestado
a la TTU. En cierto modo continuará trabajando para ellos. Puedo obtener un millón
de dólares por…
—¡Bob!
—… una expropiación no marcada si sale a nombre de la TTU. No habrá
preguntas. Será en Defensa Nacional. Un individuo solo no podría obtener tanto en
unos años. Eso nos dará una tajada a cada uno. Hablábamos de esto antes de que
usted llegara, ¿qué le parece un cuarto de millón de dólares para usted?
—Cuando se tratan esos asuntos —intervino el viejo Tom apresuradamente— yo
primero pienso en las oportunidades de lo bueno que ello acarrea.
El general continuó:
—Ahora ya lo sabe, Merle. Y esto es serio. Quiero que me escuche, porque esto
será controlado por las leyes de seguridad del mundo y voy a tenerlo sujeto a ellas.
¿Usted sabe lo que esto significa? Será usted considerado responsable.
—Sí, señor —dijo Merle tragando saliva—. Ya entiendo.
—Muy bien. Y ahora bebamos por eso.
—Por favor, un momento, general —pidió el viejo Tom—. Déjeme explicar. Vea
usted, Merle. El Comité de Interciencia fue recientemente dirigido para considerar
métodos para crear un clima de opinión en Itra, acerca de lo cual estoy seguro de que
usted oyó hablar, que fuera favorable para la propuesta Federación Galáctica.
—Disculpe —interrumpió el general Reuter—. Ellos no tienen una democracia
como la nuestra. No tienen ninguna libertad como las que tenemos nosotros. No
tengo la menor duda de que aquellos, como se llaman itranos, creo, aquel promedio
de «gooks», se alegrarían de vernos llegar y darle un puntapié en el trasero a
quienquiera que esté al frente de ellos.
—Vamos, general —llamó nuevamente la atención el viejo Tom.
—Pero aún no termino —continuó Reuter—. El colarnos sería lo mejor que
podíamos hacer, y no estoy diciendo que no sea… lo mejor que podamos hacer,
porque para eso hay log… log… logistas. No quiero llevar allá la impresh… la
impresión de que nuestra gente de la Fuerza de Defensa haya estado desperdiciando
dinero. En realidad nunca ha tenido tanto como lo necesita. Pero no es así.

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«Tenemos esta base amplia desde donde construir. La columna vertebral. Pero
vivimos en una democracia. Ahora veamos, el Viejo Tom es un conservador liberal.
Y yo, un radical progresista. Pero estamos de acuerdo en una cosa: en la importancia
de una defensa fuerte. Mucha gente no entiende esto. Sienten que ya estamos
gastando más dinero de lo que podemos. Pero quiero preguntarles, ¿qué otra cosa es
más importante que la defensa de nuestro planeta?»
—General, me temo que lo que está usted diciendo no esté completamente
relacionado —dijo el Viejo Tom secamente.
—Por el momento no importa. El punto es que nos tomaría mucho tiempo
explicar a los votantes la seria naturaleza de la amenaza de los itranos. Diez, quizá
quince o veinte años… Tomemos solamente una cosa. No tenemos en ningún lado
cercano suficiente transporte de tropas para llevar a cabo la ocupación de Itra. ¿Sabe
usted cuánto tiempo requeriría construirlos? Mi opinión es de que quizá no lo
tengamos suficiente. Supongamos que Itra recibiera secretamente mañana los
motores interestelares, entonces, ¿en dónde quedaríamos?
El Viejo Tom dio un puñetazo sobre la cubierta de su escritorio.
—General, ¡por favor! Al muchacho no le interesa nada de eso.
El general se puso en pie con enojo.
—¡Por Dios, eso es lo malo del mundo actualmente! —gritó—. Nadie está
interesado en la defensa. Se gasta solamente un raquítico veinte por ciento de
producto grueso del mundo para la defensa y esperan mantenerla fuerte. Buen Dios,
Tom, sírvame un trago —aparentemente las herejías que había dicho lo habían vuelto
sobrio.
El Viejo Tom explicó al capitán:
—El general es un patriota. Todos sentimos respeto por él.
—Ya entiendo —dijo Shaeffer.
El general Reuter tamborileaba con los nudillos de las manos un ritmo sobre la
mesa.
—El trago, el trago, el trago… Tiene usted más en la botella, lo vi.
El Viejo Tom entornó los ojos hacia arriba y le pasó la botella.
—Esto es todo lo que puedo darle. Es todo lo que tengo.
El general levantó en alto la botella contra la luz.
—Debía haber traído la mía. Y ahora apresurémonos para terminar con esto.
El Viejo Tom sonrió con esa sonrisa del que acosan penosamente y lo persiguen.
—Vea usted, Merle, hay un descontento masivo entre los habitantes de Itra.
Pensamos que tenemos que enviar a un hombre a ese planeta para que, bueno,
fomente un cambio y, mmm, apresure la ya inevitable caída del gobierno despótico.
Ese hombre debe ser estrictamente nuestro. Y el gobierno no será capaz de apoyarlo
en ninguna forma una vez que haya aterrizado en Itra.
El general había dado fin a la botella.

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—Vea ushted —interrumpió—, hay algo, una cosha que ellos no podrán combatir,
y esa cosha es una idea. Por esho mandaremos un hombre a Itra con la idea de
libertad, esh todo lo que se necesita. ¿Cuántosh hombres se necesitaron para empezar
la revolución… mericana? Jefferson. ¿Y la revolución Rusa? Marx.
—Sí —dijo el Viejo Tom—. Necesitaremos un hombre que se dedique en Itra a
predicar ideas libertarias, idea de una libertad con responsabilidad y derechos de
propiedad bajo un solo Dios. Ese hombre puede cambiar un mundo.
Exhausto por la pureza de sus emociones, el Viejo Tom se sentó en su silla
echándose hacia atrás respirando agitadamente para esperar una respuesta.
—¿Un cuarto de millón de dólares al año? —preguntó Shaeffer como al acaso.

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II
Los itranos tenían un lenguaje común. Era gutural y con inflexiones elevadas.
Afortunadamente el deletreo parecía ser fonético y solo se requerían cuarenta y tres
caracteres. Hasta donde uno podría decir, los siglos de comunicación interglobal
habían eliminado las peculiaridades regionales. La forma de expresarse de los de una
parte de Itra no difería de los de la otra.
La mayor parte de su lenguaje había sido estudiada a través de las grabaciones
espías de programas de televisión. Se había recopilado laboriosamente un diccionario
y la tarea fue llevada a cabo por un grupo científico especial reunido por el Consejo
Superior Terrestre.
El programa en conjunto fue dirigido y administrado por las compañías
Intercontinental Iron, Steel, Gas, Electricity, Automóviles, y Synthetics, Incorporated.
Shaeffer empleó el término corto de tres años para hablar el itrano como para
convencer a los itranos de que lo hablaba bien.
El resto de su programa de entrenamiento fue administrado por una variedad de
otras grandes industrias a quienes también les concernía el problema de Itra.
El entrenamiento se condujo a expensas de la Defensa.
Al final de ese periodo, Shaeffer fue llevado en un autobús privado al Puerto
Espacial de Nuevo México. Una nave interestelar lo esperaba.
El vehículo que lo transportaba se movió suavemente desde la base de la Fuerza
de la Defensa hasta entroncar con la ancha supercarretera de dieciséis carriles, que
cruzaba el área de los barrios de alrededor para conducirlo hasta Grants.
La vista de aquellos barrios le produjo a Shaeffer una mezcla de emociones.
No fue un sentimiento de superioridad sobre los habitantes, sobre aquellos que
siempre lo habían considerado con una indiferencia circunspecta.
Ahí estaban los barrios, y se suponía que siempre permanecerían. Pero en ese
momento, por primera vez en su vida, podía decir con verdad que había escapado de
una vez por todas de su amenaza omnipresente. Sintió alivio y culpa.
Durante los últimos tres años había ganado setecientos cincuenta mil dólares.
Como civil estacionado en una base de la Fuerza de Defensa, él por supuesto
había pagado por su hospedaje, lavado de ropa y alimentos. Pero el cargo fue nominal
ya que solamente le habían dado permisos supervisados rigurosamente y no muy a
menudo. Por lo tanto solo había gastado un total de doce mil dólares.
Lo que quería decir que entonces, después de pagar sus impuestos tenía
acumulado en su cuenta de ahorros un total de casi seiscientos mil dólares esperando
su regreso de Itra.

La nave de Shaeffer se mantuvo alejada de Itra mientras él preparaba su embarque.

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En su alojamiento reducido se vistió con ropas al estilo itrano. El capitán Merle
S. Shaeffer se transformó en Shamar el trabajador.
Además de su equipo de salto, de un cilindro de oxígeno y de una mascarilla para
la cara y una pala, llevaba consigo cuarenta kilos de billetes itranos falsificados…
Esos cuarenta kilos significaban cuarenta mil billetes sencillos de varias
denominaciones. La Tierra pensó que esa cantidad sería todo lo que podría necesitar
para sobrevivir en una civilización avanzada tecnológicamente.
El plan inicial que seguiría fue el siguiente:

1. Iba a aterrizar en un área deshabitada lejos de las que ocupaban las grandes
masas.
2. Se procuraría un trasporte para trasladarse a Xxla, una ciudad importante
equivalente a Londres o Tokio. En esa ciudad itrana instalaría el cuartel
principal para el Partido.
3. Tenía que establecer su residencia en el barrio cercano a la universidad de
Xxla.
4. Trabajando a través de contactos estudiantiles, se iba a congraciar con
tantos intelectuales rebeldes como pudiera encontrar.
5. Una vez que tuviera sus contactos seguros, iba a asistir en la preparación de
la propaganda y a establecer una imprenta clandestina para su producción.
6. Tan pronto como la operación en esa ciudad pudiera bastarse a sí misma se
cambiaría a otra ciudad importante para empezar con el mismo
procedimiento.

La nave penetró en la atmósfera de Itra, Se oyó la campanilla de alerta. Shamar el


trabajador se sentó, colocándose la mascarilla de oxígeno, haciendo enseguida la
señal de que se encontraba listo. Se sacudió la nave al caer la puerta por debajo de él
y al instante quedó inconsciente por la violencia de la caída.
Cinco minutos más tarde girando lentamente en la caída libre, abrió los ojos.
Durante un instante de pánico no pudo leer el altímetro. Enseguida, al ver que
estaba a salvo, se dio cuenta de sus sensaciones físicas. Sentía un frío extremado.
Como giraba sin dirección, se golpeó el pecho para restablecer la circulación de la
sangre.
Logró estabilizar su caída extendiendo los brazos. Entonces flotó en el aire sin
sensación alguna de movimiento. Tuvo la impresión de que era Itra el que caía
lentamente hacia él. Se volvió de espalda hacia el planeta y verificó la hora. Aún le
quedaban doce minutos para abrir el paracaídas.
En total empleó diecisiete minutos en caída libre y a una altura de setecientos
metros abrió su paracaídas. El ruido que se produjo fue como una explosión.
Recuperándose de la sacudida flotó tranquilamente y procedió a quitarse la
mascarilla de gas probando aquel aire nuevo para él. Lo olfateó varias veces y no le

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fue desagradable.
Allá abajo reinaba la oscuridad. Entonces de pronto la tierra se acercó a él
flotando y lo golpeó.
El terreno era irregular. Tiró del paracaídas para inmovilizarlo, trastabilló y se
torció un tobillo dolorosamente.
El paracaídas quedó al fin inmóvil en el suelo y él se sentó en el sitio donde había
quedado lanzando maldiciones en el idioma terrestre.
Inmediatamente procedió a enredar el paracaídas para disponer de todos los
paquetes de dinero con excepción de aquel que simulaba ser una mochila de campo.
Utilizó la pala para escarbar un agujero al pie de un árbol en donde enterró el
paracaídas, el tanque de oxígeno, la máscara, la propia pala y cubrió todo aquello con
la misma tierra; se sentó desatando su zapato para encontrar que su tobillo estaba
bastante inflamado. En la distancia pudo percibir algunos olores no conocidos y se
puso alerta para escuchar cualquier sonido.
Despuntaba el alba.

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III
Aguzando sus sentidos cuidadosamente, se dirigió con dificultad en dirección oeste
llevando sobre sus espaldas quince kilos de dinero. Llegaría hasta la intersección de
la carretera principal que cruzaba el continente de norte a sur, por lo menos al
mediodía.
Dos horas más tarde llegó a una pequeña cabina de plástico en el claro del borde
de un bosque.
Cojeaba ya en cada paso, encontró el camino hasta la puerta y llamó.
Después de una larga espera al fin se abrió la puerta y una joven apareció ante él
cubierta con un camisón de dormir. Frunció ella el ceño y preguntó:
—Itsil obwatly jer gekompilp? (¿Por qué molesta a hora tan inoportuna?)
Al oír el itrano hablado por una natural del planeta sintió una sacudida emocional
poderosa.
Shamar el trabajador, tambaleante dio su nombre y explicó que había salido al
campo. Durante la noche anterior se había perdido lastimándose el tobillo; si podía
ella proporcionarle alimentos e indicarle el camino con todo gusto le pagaría.
Con una sonrisa de superioridad ella se hizo a un lado y dijo en itrano:
—Entre, «Cham» el trabajador.
Sintió pánico pero se controló y siguió a la mujer al interior de la casa.
Aparentemente él había pronunciado horriblemente su propio nombre; fue como
si en idioma terrestre hubiera dicho camello por camilla. Entonces maldijo al
profesor, cualquiera que hubiera sido el que seleccionara ese nombre por alguna
oscura razón.
—Siéntese —lo invitó ella—. Estoy a punto de tomar mi desayuno. Huevos con
tocino, el equivalente itrano para lo terrestre, ¿le parece bien? Me llamo Garling
Garmadpoldlt, pero puede usted llamarme Ge-Ge.
La comida fue del todo desagradable, como si estuviera echada a perder. Apenas
pudo pasar los huevos, lo hizo con la mayor dificultad. Por fortuna la bebida caliente,
que equivalía al café terrestre y que le fue servida al final del desayuno tuvo el sabor
suficiente para aplacar su estómago.
—Buen café —comentó.
—Gracias, ¿un cigarrillo?
—Lo acepto.
El sabor del cigarrillo era suave; fue una sorpresa, aquel sustituto para la nicotina
y aquel olor que había acompañado a lo que llamaban café.
—Veamos su tobillo —dijo ella arrodillándose a sus pies y desatando el zapato
derecho—. ¡Vaya, está inflamado! —dijo ella considerándolo.
Hizo una mueca Shamar cuando ella lo tocó y enseguida se sonrojó cohibido.
Había caminado a través del campo polvoso. Retiró el pie y se agachó para evitar que
ella lo tocara nuevamente.

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Jugueteando ella le dio un manotazo diciéndole:
—¡Usted échese para atrás! Yo curaré su pie. Ya he visto pies sucios antes.
Le quitó el zapato y el calcetín.
—¡Oh, Dios, qué inflamación! —dijo ella—. ¿Cree usted que esté fracturado
Shamar?
—Simplemente dislocado.
—Traeré agua caliente con algún linimento y con eso desaparecerá la
inflamación.
Cuando ella colocó el pie dentro del agua, se sentó frente a él y se arregló el
camisón con un ademán de coquetería. Ella lo sorprendió cuando observaba uno de
sus aretes y se llevó la mano a la oreja para acariciarlo. Sonrió con esa sonrisa
femenina universal, mezcla de seguridad y desconfianza, de invitación y de rechazo.
—Está usted comprometida —advirtió él.
Abrió ella sus ojos grandes y lo estudió sin quitar de la boca el pulgar que tenía
entre los dientes.
—Estoy comprometida con Von Stutsman. Quizá ha oído hablar de él. Tiene un
puesto importante en el Partido. ¿Lo conoce? ¿Pertenece usted al Partido? —le
preguntó. Estaba bromeando con él y de pronto le dijo—: Tampoco yo, pero creo que
tendré que pertenecer a él si paso a ser la señora Stutsman.
Durante un momento permanecieron en silencio.
Entonces la sangre se le heló en las venas por el terror. Todos los pensamientos,
menos el del instinto de conservación, habían desaparecido de su mente.
—Su pronunciación es increíblemente mala —dijo ella.
—Soy de Zuleb —dijo él al fin tímidamente.
—De Meta, Gelwhops o de Karkeqwol, no hay diferencia. Ninguno en Itra habla
como usted. De modo que debe ser de ese planeta que trajo al Partido en un ala hace
varios años; la Tierra, ¿no es así?
Él guardó silencio.
—¿Sabe qué le harán cuando lo atrapen? —le preguntó ella.
—No —dijo él con voz hueca.
—Lo descabezarán.
Ella rio pero amablemente.
—¡Si pudiera verse! ¡Cuán ridículo se ve, Shamar! Y a propósito, ¿cuál es su
verdadero nombre? ¡Sentado aquí con el pie metido en el agua y con esa mirada de
espanto que tiene! Vamos, deje que le traiga más café y podremos hablar.
Fue ella en busca del café y volviendo la cabeza le dijo por arriba del hombro:
—Aquí está a salvo. Nadie vendrá. Yo no regresaré a trabajar sino hasta el martes.
Regresó ella con la cafetera humeante.
—Beba esto mientras me visto —y se alejó hacia su alcoba. Oyó Shamar el ruido
de la regadera que se abría.

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Continuó allí esperando atontado y sin saber por el momento qué decisión tomar.
Bebió el café porque estaba allí. Sus pensamientos se agitaban en la jaula de su
cráneo como ratones metidos en una ratonera. Cuando Ge-Ge regresó él aún no
resolvía su conflicto interior. Ella se plantó frente a él descalza sobre la alfombra y lo
miró. Ahí seguía acurrucado miserablemente con el pie metido en el agua que ya solo
estaba tibia.
—¿Cómo está el pie?
—Mejor.
—¿Quiere sacarlo?
—Estaría bien.
—Iré por una toalla.
Esperó ella hasta que él sacó el pie y volvió a ponerse el calcetín y el zapato. La
inflamación había cedido. Se puso de pie y descansó su peso sobre el lastimado;
sonriendo tontamente dijo:
—Ahora está bien. Imagino que no hay fractura.
Ella le hizo un ademán señalando el sofá. Shamar obedeció y fue a sentarse.
—¿Qué hay en esa mochila de campo? —le preguntó—. ¿Dinero? ¿Cuánto?
Ella fue hacia la mochila. Se medio levantó Shamar para detenerla pero para
entonces Ge-Ge la tenía parcialmente abierta.
—¡Vaya! —exclamó sacando un grueso fajo de billetes. Los hojeó entusiasmada
y gritó con alborozo—: Preciosos. Mucho muy preciosos.
Los examinó y entonces muy cuidadosamente tocando la contextura y
poniéndolos contra la luz, al cabo de un momento dijo:
—Se ven bien, Shamar, apostaría que se gastaron diez millones de dólares en
busca de papel y tinta y de la imprenta que hiciera esta clase de trabajo.
Arrojó los billetes descuidadamente al lado de él y fue a sentarse muy cerca.
Le tomó una de sus manos. La mano de ella era tibia y suave.
—Dígame, Shamar —le pidió ella—. Cuénteme lo que haya.
«De modo que así tan fácilmente son atrapados los espías en la vida real», se dijo
Shamar con tonta incredulidad.
Al principio el relato fue lento y con vacilación. Ella lo dejó hablar sin
interrumpirlo hasta que terminó.
—¿Y eso es todo? Realmente cree usted eso, ¿verdad? Y me imagino que también
su gobierno lo cree. Que todo lo que aquí necesitamos es alguna pequeña idea o algo
—se puso en pie Ge-Ge y se alejó de él unos pasos—. Pero por supuesto, ni está aquí
ni allá, ¿no es cierto? Nunca me imaginé que el tipo de aventurero fuera como usted.
Tiene usted una voz suave y sincera. Cuando yo era solo una niña, me imaginaba ser
llevada sobre el lomo de un camello por un «sheik» del desierto, con el cutis
quemado por el sol y la arena. Oh, ¡cuán bien parecido era! ¡Sus manos eran como el
acero, sus ojos relampagueaban y sus labios gruesos besaban arrobadoramente!
Bueno, así es la vida me imagino —iba y venía con paso menudo por la sala y sin

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dejar de caminar prosiguió—: Déjeme pensar. Podemos tomar un volador en Zelonip
después de que tomemos el autobús el próximo martes. ¿Cuánto pesa el dinero?
—Cuarenta kilos.
—Yo podré llevar cinco kilos en mi bolso, usted cargará con su mochila de
campo. ¿Cuánto hay en ella? ¿Quince kilos? Entonces nos quedarán veinte kilos que
podremos enviar por carga pagando extra. Después, cuando lleguemos a Xxla, podré
esconderlo en un apartamento de un edificio del lado este.
—¿Y por qué habría usted de correr tal riesgo por mí? —le preguntó.
Se quitó el cabello que le caía sobre la cara y dijo:
—Digamos… ¿qué? Realmente no pienso que usted pueda lograrlo, porque eso es
imposible. Pero quizá, solamente usted podría ser uno de los raros, si es que juega sus
cartas correctamente, que pudiera derrocar el sistema. Me gustaría vivir para verlo.
«Bueno, le diré a usted algo acerca de mí, yo soy una empleada de mediana
categoría. Nada más. Una simple empleada en una de las oficinas del Partido. Conocí
a Von Stutsman hace un año. Esta cabina es de él y él me permite vivir en ella.
«Él es mayor que yo, pero considero que hay materiales peores para maridos. Sin
embargo él está a punto de ser transferido a una de las grandes zonas agrícolas en las
planicies lejanas en donde no hay ninguna diversión. Lo único que se ve son
pequeñas ancianas y viejecillos y mujeres criando niños.
«Yo soy una chica de ciudad. Me gusta Xxla. Si me casara con él todo sería
aburrido. Quedaría yo abandonada con él por años, solo Dios sabe dónde. Estancada,
solo estancada.
«Pero aun así, él es Von Stutsman y va cuesta arriba. Todos dicen eso; diez, veinte
años y él regresará a Xxla, y cuando lo haga se encontrará en la cumbre.
«¡Oh… no sé lo que quiero hacer! Si me caso con él tendré todas las cosas que
siempre he querido. Posición, seguridad. Él es mayor que yo, pero es un tipo muy
bueno. Solamente que es muy aburrido. No puede hablar acerca de otra cosa más que
del Partido, Partido, Partido.
«Por eso es que vine a esta cabina solitaria. Para pensar las cosas, para ver qué
resolución tomo. Y he aquí que usted se presenta. Quizá eso me dé una oportunidad
para algo emocionante antes de que me embarque para las llanuras, ¿no tiene eso
sentido para usted?
«Me casaré y allá estaré sentada, volviendo las páginas de las revistas del Partido
y sonreiré dulcemente para mis adentros porque, vea usted, siempre podré inclinarme
hacia adelante y decirle: ¿Querido? Hubo una vez, cuando ayudé a esconderse a un
espía de la Tierra en Xxla. Y eso alejará de su rostro esa mirada tonta y egoísta
aunque sea por una vez… ¡Oh, no sé! ¡Déjame sola!»
Con esas palabras se alejó apresuradamente a su alcoba y cerró violentamente la
puerta detrás de ella.
Shamar pudo oírla sollozando desolada.

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Al mediodía salió y él se encontraba dormido. Lo sacudió delicadamente para
despertarlo.
—¿Cómo? ¿Eh? ¿Qué? —sonrió tontamente.
—Puede lavarse allá —le dijo ella—. Siento haber perdido los estribos esta
mañana. Cocinaré algo.
Cuando regresó del baño Shamar, ella estaba sirviendo la comida en platillos
humeantes.
—Mire, Ge-Ge —dijo él cuando tomaban el café—. A usted no le gusta su
gobierno. Nosotros los ayudaremos. Hay esta idea de la Federación Galáctica.
Entonces él le explicó la cruza fertilizadora de las dos culturas.
—Shamar mi amigo, ¿vio usted la proposición de la Tierra? No había nada en ella
acerca de darnos un motor interestelar. Se nos requería que le diéramos a la Tierra
todas las franquicias del Transporte. La organización para la que usted trabajaba
recibiría, según recuerdo, una exclusiva de noventa y nueve años para hacerse cargo
del comercio entre la Tierra-Itra. Todo eso estaba publicado en los diarios, ¿no lo vio
usted?
—Bueno, pues no me son conocidos los detalles —dijo Shamar—, pero estoy
seguro de que todas estas cosas pueden realizarse. Quizá por medidas de seguridad,
no quisimos darles el motor interestelar, pero ustedes podrán apreciar la lógica en
eso. Una vez que viéramos que ustedes fueran, bueno, como nosotros, un planeta
amante de la paz, tan pronto como hubieran cambiado su gobierno por otro
demócrata, ustedes verían nuestro modo de obrar y no tendrían quejas al respecto.
—Dejemos de hablar de política —dijo Ge-Ge cansadamente—. Es posible que
sea como usted dice y que yo sea por naturaleza desconfiada. No quiero ya hablar de
ello.
—Bueno, simplemente trataba de ayudar…
La frase fue interrumpida por una monstruosa explosión.
—¡Buen Dios! —exclamó Shamar—. ¿Qué fue eso?
—Oh, eso —explicó Ge-Ge sin preocuparse—. Probablemente estaban probando
una de sus fábricas automáticas para ver si era a prueba de explosión y naturalmente
fallaron.

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IV
Durante la semana que pasaron solos en la cabaña, Ge-Ge se enamoró de Shamar.
—¡Oh, mi Dios! —gimió ella—. ¿Qué haré cuando caigas en manos de ellos?
¡Me moriré, Shamar! No podría soportarlo. Iremos a Xxla, nos esconderemos tan
sigilosamente como dos ratoncillos en cualquier lugar. Los dos solos pero juntos,
detrás de puertas cerradas y persianas bajas. Nadie sabrá nunca nada acerca de
nosotros. Seremos la gente invisible.
Shamar protestó.
—No veo cómo podremos algún día estar seguros hasta que se haga algo acerca
de tu gobierno. Mientras no lleguen ustedes a un acuerdo con la Tierra yo seré aquí
un proscrito de la ley. Tendré miedo de que en cualquier minuto alguien pueda
tocarme en el hombro para llevarme con él. No creo que pudiéramos soportar eso.
Acabaríamos por no soportamos.
Ge-Ge lloró calladamente.
El último día que pasaban en la cabaña salieron a desenterrar el resto del dinero.
El viaje a Xxla tuvo lugar sin ningún contratiempo. Ge-Ge alquiló para Shamar un
departamento y pudo entrar sin dificultad. Ella salió a comprar alimentos y ropa.
Desde entonces lo visitaba casi todas las noches. Mientras cenaban, ella le
revelaba los detalles inconsecuentes del régimen de oficina a los cuales estaba
diariamente expuesta. Después de la cena se sentaban en la sala y practicaban el
idioma itrano y se besuqueaban un poco. Después ella se iba a su casa.
Un día, después de un mes de esa rutina, ella se arrojó en los brazos de Shamar y
sollozando le dijo:
—Hoy le devolví a Von Stutsman el arete de compromiso. Fue lo único que en
justicia podía hacer. Temo que ya sabe acerca de nosotros. Ha hecho que me vigilen,
lo sé. Le confesé que hay otro hombre.
Shamar la abrazó nerviosamente.
Soltándose de su brazo le expuso la situación.
—Le dije que tú habías nacido en Zuleb; que sufrías de amnesia, que una mañana
despertaste en una alcantarilla sin documentos. Desde entonces había sido un
trabajador errante. Casos como ese ocurren todo el tiempo. Hace unos meses que
jugando un billete de lotería obtuviste un buen premio. Eso le dije. ¿Cómo puede
verificarlo?
—¿Le dijiste que no tengo documentos?
—Hay millones de personas que carecen de ellos. Los impulsivos, los que llevan
a cabo labores ocasionales, la gente que no trabaja del todo. La cosa es que sin
documentos no tiene modo de investigarte. Oh, debías haber visto la cara que puso
cuando le devolví su arete. Se puso completamente lívido. Nunca pensé que
realmente me quisiera tanto. Supongo que ahora tendré que renunciar a mi empleo. Si
al menos tuvieras documentos para que pudiéramos casarnos.

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Esa noche el humor de Ge-Ge se alternaba entre la desesperación y el optimismo.
Al final se puso inquieta y de pésimo humor. Repitió varias veces:
—Simplemente no sé lo que va a pasarnos.
—Ge-Ge —le dijo Shamar—, no puedo, y no quiero pasarme el resto de mi vida
en este departamento. Tengo que salir.
—Estás fuera de juicio —le replicó encarándose con él en medio de la sala. Con
las piernas abiertas y los pies firmemente apoyados en el suelo, le dijo—: Está bien,
no me importa ya lo que suceda. No puedo soportar más esta situación. Te presentaré
con algunas gentes que conozco ya que no serás feliz hasta que yo lo sea. ¡Pero que
Dios nos ayude!

Después de aprobar su pronunciación, la que había mejorado con la dirección de ella,


el sábado que siguió a esa noche Ge-Ge lo llevó a una fiesta.
La fiesta tuvo lugar en un centro de ferrocarril mal alumbrado. La gente allí
congregada se sentaba con las piernas cruzadas en el piso desnudo.
Shamar escuchaba a un hombre que se quejaba de que los ciudadanos sufrían el
pago de impuestos más allá de todo lo que podían pagar para respaldar el programa
de automatización.
—No están interesados en construir mercancías para el consumidor. Se interesan
en construir edificios para fábricas a fin de elaborar productos para el consumidor y
después los hacen explotar con sus pruebas. O simplemente las fábricas resultan
anticuadas tan pronto como han terminado de construirlas y no pueden aprovecharlas
para su nuevo plan de producción ni para el Plan de Cien Años.
Ge-Ge murmuró una advertencia a Shamar para que se cuidara de los espías.
—¿Espías?
—El Partido —le dijo llevándolo aparte.
—Pero, pero, ¿quieres decir que el Partido permite a la gente que hable así?
—¿Y qué daño les puede causar? Todos se benefician al exponer sus agresiones.
Y ahora, toma otro trago y tranquilízate, pero Shamar, ¡ten cuidado! A nadie le
importan los conspiradores locales, pero nadie quiere a los conspiradores extranjeros.
Lo condujo adonde podía tomar otra copa y lo dejó con uno de los invitados.
—Agradable la fiesta —dijo Shamar.
—Gracias —dijo el invitado—. La encuentro muy animada. Mientras haya gente
que piense y que critique en el planeta, siento que tenemos esperanzas, ¿no cree
usted? ¿Es la primera vez que viene? No recuerdo su cara. Tengo un grupo que
estudia y que se reúne los miércoles por la noche. Será bien venido. Tenemos
discusiones muy estimulantes acerca del gobierno y política. Sencillamente vaya
cualquier miércoles después de las ocho. ¿Cómo dijo que se llamaba?
—Shamar el Trabajador.
—Interesante nombre —dijo el invitado—. ¿Quiere usted otra copa?

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Más tarde Shamar estaba en una animada conversación con un joven barbado de
unos diecisiete años de edad.
—Una persona es responsable de su propia conducta, ¿de acuerdo? ¿Pero acaso lo
soy de la conducta de ellos? Cada hombre se condena a su manera, ¿verdad? ¡Por
supuesto! Pero yo no quiero nada con ellos. No puede usted hacer nada con eso,
hombre, eso es lo que estoy diciéndole. Parece que no logro nada. ¿No ve usted? Es
una máquina…
—Pero si todos se unieran al Partido —sugirió Shamar.
—Muy bien, pues todos se unen. ¿Y qué tiene eso de nuevo? Está bien, usted vote
por el Partido en las elecciones. ¿Qué consigue? Allí tiene usted dos tipos que lanzan
su candidatura para algún puesto. Uno es ligeramente de izquierda y el otro
ligeramente derechista. Pero los dos apoyan abiertamente el Programa de las Fábricas
Automatizadas. Pero simplemente suponga que se topó con un radical, y suponga que
dejan que uno de ellos accidentalmente se deslice. Entonces ha quedado fuera y ellos
lo obligan a que entre de nuevo en la línea, y cuando regresa usted le dice: ¿Cómo
hombre, qué pasó? Y él le contestará: «Bueno, pues no pude hacer nada por evitarlo».
Eso es lo que estoy diciéndole.
—No puedo ver eso —dijo Shamar—, sencillamente no lo creo.
En otra ocasión Shamar trataba de explicar las elecciones libres a una mujer, y le
informó ella: «Hombre, solo deme una manera de lanzar un voto contra todos esos
pícaros, y entonces pensaré dos veces acerca de toda esa tontería que está usted
pregonando».
Un hombre sobrio instruido le dijo:
—¿Unirse al Partido? ¿Y para qué? Usted se une al Partido y se le exige que pase
todas sus tardes libres en conferencias, reuniones y discursos, en desfiles
ceremoniales en honor de un nuevo sitio para la construcción de otra fábrica
mecanizada. No, gracias, no me uniré.
Otro le dijo:
—Mira, hijo, lo que necesitas es una lección en economía. ¿Qué quieres decir con
sociedad libre? La única manera en que puedes controlar una sociedad industrial es
limitando la producción. Si produces suficiente para todos, el gobierno se vería
privado de sus negocios. Mira esto. El Partido tiene millones de máquinas
tabuladoras de una clase o de otra, trabajando felizmente día y noche, preparando la
producción para que encaje con la distribución de ingresos. Nunca se ha sabido que
haya fallado y produce el abastecimiento de cualquier artículo. Porque, ¡maldita sea!
si cada hombre, mujer o niño del mundo saliera a comprar un kilo de clavos al
menudeo, la escasez de clavos sería fantástica. ¿Pero producirían más clavos? Tú
sabes que no lo harían. Se concretarían a decirles: ¿De modo que quieren más clavos?
Pues bien, maldita sea, ¡trabajen para conseguirlos! Y el precio subiría. ¿Ves lo que
quiero decirte, hijo? Tendrían otro garrote para apalearnos.

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Más tarde Shamar se vio sentado sobre el piso frente a un esteta de unos treinta
años de edad que le decía:
—Vea usted, mi amigo: la fuerza y la violencia nunca logran sus fines. Tenemos
que permanecer firmes en el principio de la no violencia.
—Pero eso los mantendrá oprimidos —protestó Shamar.
—¡No! Algunas veces pienso que ese principio llega hasta el preciso corazón de
la existencia humana. Quizá esto es la importancia central de toda filosofía: la manera
en que se hacen las cosas es más importante que los fines que se han obtenido.
En ese punto llegó Ge-Ge muy agitada:
—¡Shamar, pronto! ¡Tenemos que irnos!
—¿Eh? Tengo una plática muy interesante…
Ella lo hizo ponerse en pie. Shamar intrigado la siguió. Mientras se dirigían a la
salida se desató una pelea en el rincón opuesto de la sala.
—¡Apresúrate! —dijo Ge-Ge—. Salgamos antes de que se presente la policía.
Cogidos de la mano se abrieron paso hasta la puerta. Allí se detuvieron un
momento para mirar hacia atrás.
—Son dos partidos rivales socialistas que pelean —explicó ella exaltada.
—¿Por qué?
—Sabrá Dios. Vamos, deprisa.
Al fin salieron a la calle.
—No corras, camina —lo previno ella. Después de una cuadra le dijo—: Ni
siquiera necesité vigilarte cuando salíamos. Todos habían bebido tanto que ninguno
se fijó mucho en ti.
—¿Aún los espías?
—Oh, esos son los que más se emborrachan.
Se oyó entonces la sirena policiaca.
—Apresurémonos.
Cuando llegaron al departamento de Shamar ella preguntó:
—Y ahora dime, ¿qué piensas de la fiesta?
—Fue educativa —le contestó después de un momento.

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V
Shamar pasó la semana siguiente caminando por las calles de Xxla. Trataba de
convencerse de que los que había conocido en la última fiesta no habían sido del
grupo de representantes.
Pero sí habían sido.
El viernes Ge-Ge le anunció:
—Shamar, no puedo soportar más esto. ¿Qué va a suceder? ¿Qué va a hacer Von
Stutsman? Está tramando algo. Algunas veces quisiera… ¡Oh, Dios! Algunas veces
quisiera que pasara ya algo para saber qué hacemos —él trató de rodearla con el
brazo, pero ella se alejó—. No, déjame.
Se retiró Ge-Ge al lado opuesto de la sala. Durante un momento y sin ninguna
razón la hostilidad que flotaba en el aire entre los dos era como hielo y fuego.
—Lo siento —dijo al fin Ge-Ge en tono cortante.
—Está bien —contestó Shamar.
—Hablemos de otra cosa —sugirió Shamar con voz fría que se oyó muy distante.
Permanecieron en silencio durante unos momentos y entonces fue Shamar el que
habló.
—Quisiera preguntarte algo. Entre toda la gente con quien hablé, no pude
encontrar uno a quién pareciera importarle algo, de un modo o de otro, la Tierra, ¿por
qué? Se podría pensar que al menos hablaran de ella.
—Y por qué razón. Nosotros tenemos nuestros problemas.
En esos momentos llegó la policía y se llevó a Shamar el Trabajador.

Lo pusieron en una celda en donde ya había otros tres prisioneros.


—¿Por qué te trajeron, compañero?
Durante un momento Shamar estudió al prisionero sin contestarle. Sus otros dos
compañeros lo miraban.
—No hay razones aparentes —dijo al fin Shamar.
—Me llamo Long John Freed.
Shamar asintió inclinando ligeramente la cabeza.
—¿Están tratando de castigarte por evadir el impuesto de productividad, eh?
Shamar no hizo ningún comentario.
Freed se echó hacia atrás en su litera.
—Yo digo que los tomes hasta donde puedas. Y ahora, mira, tú eres un tipo
pequeño. Por eso nos sangran hasta lo último. Pero piensa en el gerente de una
fábrica o en un importante tipo del mercado negro… ¿crees que ellos paguen
impuestos? Puedes apostar a que no. Es un monopolio. Los pobres pagan y pagan
porque no pueden contratar a esos abogados costosos para que mientan por ellos; y
los ricos acumulan y acumulan. No sé por qué el Partido nos hostiliza.

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Freed cambió de posición y continuó:
—Di lo que quieras acerca del Partido, y yo sé que tiene sus culpas, aun con todo
eso hay hombres muy delicados dentro de él. Yo podré ser un tramposo de poca
importancia pero soy tan patriota como ellos. El Partido ha realizado muchas cosas
buenas.
«¿Es la primera vez que te encierran? ¿Qué edad tienes, veintisiete o por ahí?
«La primera vez tratan generalmente de alistarte en la Fuerza de la Fábrica.
«Después de todo no es tan mal monopolio. Cuando te inician, te arrojan en el
grupo de muchos chamacos, generalmente los recién alistados. Te tienen seis semanas
trabajando con pico y pala y al fin de ese término verdaderamente estás arrastrándote.
Después viene la escuela de especialización.
«Trata de colocarte como electricista o plomero. Los yeseros o albañiles tienen
que trabajar muy duro. La carpintería no es mala, pero si yo tuviera que elegir,
escogería la fabricación de gabinetes en vez de carpintería ordinaria. Y también hay
las verdaderas especialidades. Para eso tienes que tener una verdadera personalidad o
te volverías loco. La demolición no es tan mala; te dedican a volar fábricas
anticuadas. Eso me habría caído al pelo».
Freed guardó silencio por unos segundos y después prosiguió:
—Algunas veces yo puedo hablar como un radical y quizá soy un poco, no lo sé.
Si te fijas bien en todo el cuadro, las cosas no andan del todo mal. He conocido a un
montón de rateros y tramposos. Pero en clase, por puro patriotismo los colocaría
contra cualquiera que me nombres, y en cierto modo, tú sabes, me siento orgulloso de
ello… Bueno, y ahora a callar y a cerrar un poco los ojos…

Cuando finalmente Shamar logró dormirse, soñó que el Partido era una vasta e
invulnerable pirámide descansando en la base movediza de la población. Había sido
construida para amortiguar las vibraciones. El fondo se sacudía y el sacudimiento
corría hacia arriba unos centímetros y era absorbido. La parte alta de la pirámide
permanecía estable, fija y sin moverse, indiferente aun para sus propios cimientos.
Esa pirámide había sido construida con una torre a prueba de temblores. Había sido
edificada para durar. El Partido había sido formado para gobernar. Necesitaba
solamente dedicarse a su propia conservación. Cualquier otro asunto era secundario.
Era una máquina orgánica. Los engranes eran carne y sangre. La gente de la
cumbre era un grupo de ingenieros de mantenimiento. Su trabajo consistía en recorrer
la máquina con una aceitera en la mano y cuando se hacía necesario podrían usar esa
aceitera para mantener la fricción a un mínimo.
Despertó Shamar a la mañana siguiente desesperadamente hambriento y el
desayuno le causó un gran disgusto. Aun descontando su punto de vista de algún
modo desviado, los alimentos eran incomibles.
Freed aceptó gustoso la ración de Shamar con el comentario:

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—Te sabrá mejor después de que dejes pasar algunas comidas. Siempre ocurre
eso.
Una hora más tarde llegó el carcelero para abrir la celda.
—¿Shamar el Trabajador? Tome sus cosas, nos vamos.
Ge-Ge estaba esperándolo en la sala de recepción. Sus cabellos habían sido
arreglados especialmente para la ocasión. Llevaba puesto un vestido recién planchado
y muy limpio. Tenía lágrimas en los ojos.
Voló a sus brazos exclamando y acariciando su rostro como si fuera un niño.
—¡Mi amor! ¿Ha sido horrible? ¿Te han golpeado?
—Estoy bien —contestó lacónicamente Shamar.
—Mi vida, vamos a sacarte bajo fianza. Ya hice todos los arreglos. Solamente
tendremos que ir a la sala del juez por unos minutos y te dejarán salir. Gracias a Dios
que vas a salir de este horrible lugar, al menos por un tiempo.
El carcelero le entregó a Shamar su cinturón y otras pertenencias, haciéndole
firmar el recibo correspondiente y enseguida fueron ante el juez.
Con la ceremonia de costumbre dijo el representante de la ley:
—Por favor sentados.
Su voz era resonante y amigable. Se dirigió entonces hacia su escritorio y también
se sentó.
Ge-Ge y Shamar se sentaron frente a él.
—¡Ah, ustedes jóvenes! —les dijo—. Usted debe ser Shamar el Trabajador, y
usted…
—Garfling Garmadpoldlt.
—Por supuesto, ya recuerdo —y volviéndose a Shamar le dijo—: Odio ver a una
fina persona como usted en problemas, Shamar. Me parece lamentable. Desde niño y
ahora de hombre, durante sesenta años he sido un trabajador dedicado al Partido. Oh,
Shamar, cuando pienso en ese glorioso paraíso que tendremos… en ese tiempo de
riqueza distribuida entre todos… en esos días en que las riquezas y la abundancia
debidas a la automatización de nuestra Madre Itra, inunden las casas de los ricos y los
pobres… —la pareja esperó, mientras él continuaba—: Aquí me siento, Garfling y
Shamar, año tras año, juzgando a mis prójimos. Juzgando a las pobres criaturas que
no viven el sueño. Algunas veces siento que no es este el camino. Algunas veces
pienso que mi trabajo no está aquí sino en las esquinas de las calles, predicando el
sueño, despertando a las almas, contando la historia de amor, belleza y abundancia de
la vida por venir.
«¡Ah, yo! Pero el mundo aún no es perfecto, ¿verdad? Y el entendimiento del
hombre es imperfecto. Aquí está usted ahora, Shamar, ante mí, sin ningún medio de
vida y sin antecedentes de haber pagado impuestos sobre productividad. ¡Oh, qué
triste y tenebroso cuadro! ¿Alguna vez en su vida ha pensado en su obligación para el
futuro? ¡Se ha defraudado usted mismo, y ha defraudado al Partido y al futuro!

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«Con todo, en un sentido más amplio, aunque esto en ningún modo afecta su
propia culpa, ¿acaso no le hemos fallado también nosotros? ¿Cómo hemos permitido
que un ser humano se degrade hasta el punto de que tengamos que castigarlo? —de
pronto interrumpiéndose el juez se puso de pie—. Pues bien. He hecho lo mejor que
he podido. Lo pongo bajo custodia de la señorita Garmadpoldlt. Se fijará fecha para
juzgarlo. No saldrá usted de Xxla sin permiso de esta corte. Y tengo la esperanza de
que mis palabras hayan caído en tierra fértil. No es demasiado tarde para enmendar su
vida. Y me permito decir que si me toca a mí ser uno de los que oigan su caso, la
conducta que observe entre este día y la fecha en que sea juzgado, la tomaré en
cuenta para la resolución».

Tomaron un auto de alquiler para ir al apartamento de Shamar. Ge-Ge temblaba


nerviosamente y se acurrucó a su lado durante todo el trayecto. Los dos se dijeron
palabras de afecto.
Después de que ella le sirvió de comer le dijo con nerviosismo:
—Fue Von Stutsman el responsable de tu arresto. Debíamos haber sabido que no
podíamos luchar contra el Partido. Si escarba lo suficiente no habrá nada que pueda
salvarnos.
Finalmente ella salió en busca de algún abogado.
Regresó al oscurecer.
—Shamar, mi amor —dijo entusiasmada—. Lo tengo. Le pregunté a un gran
número de amigos y es el mejor. Es un gran abogado para la gente de ala izquierda.
Hablé con él y le conté todo.
—¿Qué? ¿Le dijiste todo?
—Bueno, ¡por supuesto!
—¿Le… le dijiste que soy un terrícola? —preguntó sujetándola por los hombros
—. ¡Escucha, Ge-Ge! Me arrestaron por un cargo que pude echar abajo y ahora mira
lo que has hecho. ¿Qué te hace pensar que no me denunciará ante el Partido? Esto es
muy serio. Ya no es un simple caso de evasión de impuestos, ya es traición, y él lo
sabe.
—Está bien, querido —le dijo ella tratando de tranquilizarlo y soltándose de él—.
Se lo he dicho para que tome el caso. ¿Cómo vas a pensar que un hombre tan notable
como él tomara el caso de un vagabundo común?
—Ge-Ge, ¿quieres decir que no se lo dirá a nadie?
—Por supuesto que no.
—¿No tiene patriotismo el hombre?
—Mira, Shamar —repuso ella exasperada—, una vez me preguntaste por qué mi
gente de la calle no se preocupaba por la Tierra. Empiezo a entender el modo en que
tú piensas. Lo que me preguntabas fue que si no tenemos miedo de la Tierra. ¿Qué si

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no tenemos miedo que la Tierra pudiera hacer algo como invadirnos o cosa
semejante? ¿Es eso lo que querías decir?
—Eso es.
—Hace mucho tiempo, cuando celebramos el primer vuelo espacial, el Partido se
sacudió hasta los cimientos ante la posibilidad de que alguna fuerza hostil extraitrana
hubiera desarrollado un motor interestelar y llegando a nuestro mundo pudiera hacer
de nosotros lo que quisiera.
Consultaron las computadoras planteándoles el problema. La invasión y conquista
de un planeta es una empresa tecnológica tan vasta que la mente solo titubea ante tal
proyecto. No olvides que tenemos una red de alarma en el espacio. No deben estar
muy alerta pues de otro modo no hubieras logrado colarte, pero una flotilla de
invasión no pasaría desapercibida. Tenemos en órbita cohetes químicos controlados
por computadoras y asimismo se han colocado otros en Itra que pueden destruir
cualquier vehículo espacial que se detenga con intentos de aterrizar en nuestro suelo.
Se necesitaría una centésima o una milésima de los recursos tecnológicos requeridos
para defender a Itra de los que se emplearían para atacarla. La Tierra simplemente no
puede permitirse el atacarnos. Se arruinarían en su intento. Por cada millón de dólares
que empleara aquí, nosotros gastaríamos un millar para impedir que aterrizaran.
«Oh, supongo que la Tierra, si quisiera, encontraría algún modo de destruir a Itra.
¿Pero cuál sería el provecho? Itra no la molesta, ¿por qué entonces gastar tanto dinero
si no les va a rendir a ustedes ningún beneficio?

Al siguiente día Shamar fue a visitar al abogado. El consejero Freemason. El abogado


le preguntó cortésmente sobre el estado de sus reservas financieras. Shamar le expuso
su situación dándole toda clase de seguridades.
—Bien, bien. Eso es alentador, indudablemente muy alentador. Entonces no
necesitamos poner un límite a nuestra habilidad.
«He estado pensando en su caso, señor Trabajador. En mi opinión, lo primero que
tenemos que hacer es inclinar la simpatía pública en su favor. Es por decirlo así un
caso ideal. No tiene tonos políticos reales. No es como si fuera usted acusado de algo
serio. Pues bien, yo creo que puedo interesar a algunos amigos míos que siempre
están interesados profundamente en casos en que se vea envuelta la libertad
individual, considerando por supuesto, que no haya intereses políticos. Puedo pensar
en varias gentes buenas que estarían dispuestas a encabezar un comité de defensa.
Para el efecto de lograr lo que estoy sugiriendo ahora habría que pagar tanto como,
oh, ¿digamos cien mil dólares?» —hizo una pausa para esperar respuesta.
—Estoy en circunstancias de pagar —contestó Shamar.
—Quizá aún más —continuó rápidamente el consejero Freemason—. Ya
hablaremos de eso más tarde. Lo importante por ahora es poner manos a la obra.

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—Y ahora, consejero Freemason —dijo Shamar—, es obvio que no soy abogado
y sé que es mal negocio decirle a un profesionista cómo llevar un caso. Pero creo que
la señorita Garmadpoldlt le explicó la delicada y singular situación mía. Me parece
que mientras menos publicidad tengamos, mejor.
El consejero Freemason sacudió un lápiz ante Shamar diciéndole:
—Una muy buena observación, señor Trabajador, da muestras de que está usted
pensando y me alegro de la oportunidad para explicarle las razones para esta
recomendación. Si lo exhibo a usted ante ellos descaradamente, les daremos a
entender que no tenemos miedo de que sus antecedentes sean investigados. No
tenemos nada que esconder. Consecuentemente ellos no buscarán ya nada. Si por otro
lado, obro con cautela, con temor, o me pongo a la defensiva, entonces se
preguntarán: ¿qué es lo que el consejero Freemason está tratando de ocultar?
empezarán a hurgar en su pasado.
«Y ahora espero que eso aclare el asunto a su satisfacción. Bueno, bueno. Me
pondré a trabajar en su caso enseguida. ¿Tiene algo más? Ayer la señorita
Garmadpoldlt explicó de una manera muy hábil que hasta donde todos saben es usted
un hombre sin documentos. Que nunca ha pagado impuestos pero que tampoco tienen
pruebas de que deba alguno. Que el dinero que tiene lo ganó en la lotería, y que lo
cobró anónimamente; muchas personas lo hacen así por razones perfectamente
válidas. Deje que prueben que usted no lo ganó así. El Partido no puede estar muy
interesado en un hombre como usted…
«De modo que provocaré una controversia. Quizá sugeriremos que cualquier
ganador en la lotería será probablemente perseguido. El Partido quiere que las cosas
caminen suavemente. La lotería hace que la gente se sienta como si realmente
poseyera una parte de algo. Y muchos ciudadanos carecen de documentos.
«Mi labor es tomar lo específico y convertirlo en un principio general vago por el
que un buen número de gentes se sientan profundamente interesadas. El Partido
optará por la salida más fácil: no es mudo. Lo han aprendido por experiencia. No vale
usted mucho para ellos, de otro modo habría un periodo de molestias: gentes sin
documentos que se liaran a golpes con la policía y cosas semejantes».

Tres días más tarde Shamar fue presentado con el flamante Comité de «Cien por
Ciento de Justicia» para Shamar el Trabajador.
Se encontró ante cinco miembros del Comité y el consejero Freemason
encabezándolos. Instruyeron a Shamar en sus actividades iniciales.
Habían impreso papeles con membretes y ya circulaban cartas entre gentes que se
conocían como amigables, adjuntándoles un folleto en el cual les exponían los hechos
del caso.
—Como usted puede ver —le dijo Freemason—, nos hemos puesto a trabajar con
diligencia, el asunto naturalmente se desvía un poco a las finanzas. He adelantado de

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mi bolsillo cierta cantidad… Necesitaremos más de lo que yo convenientemente
puedo reunir por el momento, y me siento cohibido para imponer sobre el Comité un
préstamo que hasta ahora asciende a…
—Me tomé la libertad de traer algo de efectivo —interrumpió Shamar—. Para
gastos generales y, por supuesto, para garantía de usted.
Todos respiraron aliviados y el consejero Freemason manifestó su entusiasmo:
—Excelente, excelente. Yo sugiero, señor Trabajador, que nombráramos a uno del
Comité como tesorero, quizá a la señora Freetle, aquí presente —la señora sonrió—
para quitar a usted de la mente esas preocupaciones financieras. Eso lo dejará libre
para que se dedique de lleno a las actividades de la defensa.
—Y ahora que eso está fuera de discusión —dijo un caballero del Comité—
vayamos directo al asunto. Como usted puede ver, nos estamos moviendo deprisa.
Nuestro plan de estrategia es este: primero tenemos que establecer una imagen
pública para usted, señor Trabajador; una imagen con la que el hombre común pueda
identificarse. El consejero Freemason nos ha descrito su caso. Yo simplemente no sé
lo que el Partido vaya a hacer para permitir que un hombre como Von Stutsman lo
persiga a usted de esta manera. Oh, le digo a usted, hace que me hierva la sangre,
señor Trabajador.
Otros del Comité expusieron sus puntos de vista y el sentimiento se extendió
acaloradamente entre ellos.
—Pues bien —los interrumpió el consejero—. Creo que por el momento ya
sabemos lo que hay qué hacer. Todos ustedes saben en dónde me pueden encontrar. A
cualquier hora, de día o de noche. Entonces, señor Trabajador, si entregara usted el
dinero a la señora Freetle… Y creo, señor Hall, que si contrata los servicios de ese
escritor de discursos, ¿cómo se llama? ¿McGoglhy? para que trabaje en los discursos
del señor Trabajador.
—¿Discursos? —preguntó Shamar.
—Usted va a ser nuestro orador prototipo en todas las reuniones, por supuesto —
explicó la señora Freetle—. ¡Sé que lo hará espléndidamente, maravillosamente! Su
acento es tan cautivador. Nunca oí nada semejante.

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VI
Para la noche de su primera presentación pública, se le dio a Shamar un discurso
nítidamente escrito en máquina. Lo ensayó apresuradamente, con tartamudeos y todo.
—¡Compañeros ciudadanos! Mientras me encuentro en este sitial, con la mirada
puesta sobre este mar de cabezas, oyendo los aplausos y viendo cómo sus corazones
acuden en auxilio de un pobre en desgracia, yo… me… bueno… me siento
profundamente conmovido. No puedo decirles lo que esto significa para mí. Preparé
un discurso para esta noche, pero no voy a utilizarlo. Simplemente permaneceré aquí
de pie para decirles, como me vayan brotando las palabras, cómo me siento —hizo
una pausa para ser aplaudido y enseguida continuó—: Gracias, muchas gracias. Yo sé
que todos ustedes me respaldan, con excepción de los agentes de policía que hay
presentes —se detuvo para esperar a que rieran—. Todos los conocemos, ¿no es así?
Veo cerca de una docena de ellos. Esa docena de agentes han venido para averiguar lo
que voy a decir. ¿No es ridículo? —hizo otra pausa para que se oyera una mezcla de
risas, aplausos y gritos de afirmación—. Muy bien. Gracias. Espero que llenen sus
oídos esta noche.
Más tarde en su discurso demandaría:
—¿Por qué me persiguen? Quiero que me digan por qué. ¿Qué he hecho? ¿De
qué me acusan? Pues bien, les diré esto: no soy de esa clase de hombres que se va a
someter calladamente a esa persecución. Voy a luchar. Aún me sobra un poco de
dinero de lo que gané en la lotería y emplearé hasta el último centavo para luchar
contra esa gente que me ha perseguido —una nueva pausa dramática—. Quiero
dejarlos en este punto: no es solo Shamar el Trabajador el que está envuelto en esto.
¿Qué soy yo? Un pobre trabajador vagabundo que va de pueblo en pueblo. No soy un
rico traficante del mercado negro, ni hombre de negocios. No soy uno de esos
políticos gordos. Soy solo un hombrecillo. Pero no soy solo yo, y esto es lo que
quiero que reflexionen, no es solo Shamar el Trabajador. Él carece de importancia. Lo
que sí la tiene es que si a mí me pueden hacer lo que me han hecho ahora, el año
próximo uno de ustedes estará aquí en esta misma plataforma hablando de la misma
manera en que yo estoy haciéndolo. De modo que ya ven, está en su lucha. No soy yo
quien importa, lo importante es el principio…
La reunión continuó brillantemente. Cada vez que Shamar hizo una pausa, los
oyentes respondieron precisamente como el escritor lo había indicado. Todo fue
como si la concurrencia lo hubiera ensayado tan bien como él.
La noche siguiente, otra reunión y a esa se sucedieron otras y otras más. No
durmió más de cuatro horas por noche cuando la campaña estuvo en su apogeo.
Habló docenas de veces ante las brillantes cámaras de televisión. Desfiló por miles de
calles en un automóvil descubierto. Cientos de miles de caras se ponían frente a la
suya en una corriente interminable. Gentes con lágrimas en los ojos gritando a coro:
«¡Dios bendiga a Shamar el Trabajador!»

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Una vez el Comité contrató a una banda de música de viento.
Y así transcurrieron dos semanas.
Al fin el Partido lo encarceló nuevamente, en un esfuerzo aparente para privar al
movimiento de su líder.
Después de tres días durante los cuales Shamar fue mantenido incomunicado, el
consejero Freemason obtuvo permiso para entrevistar a su cliente.
—¡Estamos logrando progresos maravillosos! —le informó el defensor—. Ge-Ge
se ha convertido en el cruzado más efectivo. Debía usted oírla cuando gritaba:
«¡Devuélvanme a mi hombre!» Todo se ha desarrollado maravillosamente para
nosotros. Se está obteniendo lo opuesto del efecto intentado. Von Stutsman se ha
extralimitado esta vez. El Partido va a tener que ceder y le costará muy caro.
—¿Cómo van los gastos?
—Ge-Ge nos ha hecho algunos adelantos…
—¿Cuánto ha gastado usted?
—Bueno, para decirle la verdad, no he llevado un control detallado. Quizá nos
hemos excedido un poco más de lo que habíamos previsto. Pero la respuesta, ve
usted…
Shamar regresó a su celda pensando que las imprentas terrícolas debieron haber
trabajado un poco más.
Casi tomó dos semanas para que Ge-Ge obtuviera el permiso para visitarlo.
Cuando llegó estaba a punto de llorar.
—¡Oh, querido! ¡Cómo te he echado de menos!
Lo puso al corriente sobre el progreso de su caso. Como el consejero Freemason
lo había informado, su encarcelamiento meramente había incrementado el vigor de
los que lo apoyaban. En esos momentos se encontraban en el punto más álgido, un
punto que sería difícil de mantener.
—Estoy tan preocupada que me siento enferma —dijo Ge-Ge—. Si es que el
Partido puede sostener su actitud una o dos semanas más. No quiero preocuparte,
Shamar, pero es preciso que sepas en qué posición te encuentras. El consejero
Freemason dice que lo peor que puede pasar será que te sentencien a una prisión
corta, no más de un año, por no llenar formas de pagos de impuesto. Entonces te
podremos sacar en apelación durante un buen tiempo.
—Ge-Ge, ¿hasta ahora cuánto hemos gastado?
—Alrededor de trescientos mil dólares.
—¡Buen Dios! ¡Se quedarán con todo antes de que terminemos! Si algún día
regreso a la Tierra…
—¡No me importa el dinero, Shamar! ¡Yo solo quiero que salgas libre!
Él la tomó por los hombros.
—Ge-Ge, supongamos que el Partido no se pueda permitir ceder. Quizá piensen
que tengan que permanecer firmes para prevenir muchos problemas futuros. Y
cuando Freemason tenga todo el dinero… ¿entonces qué oportunidad tendremos?

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¿Estás dispuesta a jugártela? Todos brincarán ante la oportunidad de derrocarlos. Si
pudiéramos…
—Por favor, Shamar. Todo eso que has venido diciendo acerca de votar y de lo
que estás convencido está bien, me imagino, pero no creo que daría ningún resultado.
Para empezar, no hay ningún modo de votar.
—Quizá lo haya —dijo él.

Shamar todavía estaba en la cárcel al día siguiente, cuando Ge-Ge apareció en un


programa de televisión.
PAMDEN había estado renuente para cederle tiempo a ella. PAMDEN era la
cooperativa industrial más grande de Itra. Producía plásticos, productos agrícolas,
maquinaria, detergentes, electricidad y periódicos, y siendo la más eficiente, era la
responsable para operar de la red de televisión.
—Santos cielos —le dijo el ejecutivo de la estación—. Nadie puede decir que no
le hayamos dado a usted tiempo, señorita Garmadpoldlt.
—Pero ellos le han ordenado que no me dé más —protestó Ge-Ge.
—¿Ellos? ¿El Partido? señorita Garmadpoldlt, ¿usted sinceramente cree eso?
Nadie le dice al gerente de una estación lo que debe programar. Créame. No hay
ninguna censura que me lo impida. Pero, por otro lado no podemos entregar las
estaciones de televisión para la propaganda de las minorías.
Ge-Ge alegó y suplicó, y al final el ejecutivo suspiró cansadamente y dijo:
—Personal, señorita Garmadpoldlt, porque es usted una mujer joven y atractiva,
por usted llamaré por teléfono a nuestro director de programas y veré si puede
conseguirle tiempo para mañana en la hora de Entrevistas de Mediodía. Eso le dará a
usted la red general de Itra que es ciertamente más de lo que nadie tiene el derecho de
pedir. Tendrá usted noventa segundos para exponer su caso. Es lo más que puedo
hacer.
—Oh, gracias, gracias —dijo sollozando Ge-Ge—. Es usted tan justo y generoso.
Una vez que salió de la oficina del ejecutivo respiró hondamente y cruzó los
dedos dirigiéndose a su casa para revisar su discurso.
Ge-Ge llegó al estudio con mucha anticipación y fue conducida al departamento
de cosméticos. Con mucha habilidad transformaron su juventud en una mujer de más
edad y le imprimieron a su cara las huellas del cansancio y la derrota. Sus protestas
fueron ignoradas.
—Esta es la forma en que tiene usted que arreglarse para la televisión —se le
dijo.
Chasquearon la lengua en señal de desaprobación cuando terminaron y fue
enviada con el M. C. para una breve plática.
El M. C. le aseguró que se veía divina y apresuradamente escudriñó sus frases
preparadas, las que habían sido pesadamente escritas por alguna mano anónima en el

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departamento de noticias. El M. C. agregó unas revisiones sin ton ni son y despachó
el mensaje al departamento que manejaba el material idiota de la oficina. Se explicó
que Ge-Ge iba a leer, palabra por palabra de la preparadora electrónica.
Ge-Ge observó el programa desde las alas. Cuando oyó un mensaje comercial en
favor del consumo de una variedad particular de dulces, se le vinieron abajo las alas
del corazón. Se le esfumó el valor, pero el rostro de Shamar la hizo reaccionar.
Al fin le dieron la señal. Caminó hacia la luz intensa que mostraba cualquier
imperfección con inspección microscópica. Se frotó las manos, se volvió y la enfocó
la cámara de lleno en la cara. Sabía que más allá de esa cámara era observada la
audiencia mayor de televisión de Itra, para la trasmisión de mediodía. Sintió que
estaban examinando sus poros con minuciosa y crítica atención.
Parpadeó nerviosamente y empezó a leer:
—Estoy aquí para hablarles de Shamar el Trabajador —hasta allí llegó con el
texto preparado. Ante los oídos horrorizados de los oyentes del estudio, se hundió en
citas de otra clase completamente.
«¡Si ustedes quieren hacer algo por ayudar a Shamar el Trabajador, dejen de
comprar dulces! ¡No los compren más! ¡Si quieren ayudarlo no compren dulces hasta
que no sea puesto en libertad! ¡Si ustedes quieren ayudar a Shamar, por favor, por
favor no compren!
No dejaron los técnicos del estudio que Ge-Ge continuara. Desvanecieron su voz
intercalando un mensaje grabado del fabricante de dulces que decía:
—Amigos, todo el planeta gusta de los dulces «Red Block». Millones los
compran diariamente. Aquí está la razón…
Ge-Ge observó la confusión que la rodeaba y salió fuera del estudio sin que nadie
la molestara.
Cuando llegó a su casa, estaba esperándola en el descanso de la escalera un
enojado consejero Freemason. Haciéndolo pasar le pidió que le explicara la razón de
su visita.
Ese nuevo movimiento tendría terribles consecuencias. La buena fe de Shamar
crearía prejuicios. Simplemente no podía con impunidad salirse fuera de la ley en
tales asuntos. Había reglamentos que tenían que ser absolutamente respetados. Se
lavaba el consejero las manos de toda responsabilidad por la conducta de ella.
—Espero en Dios que nada resulte de esto —dijo el abogado, concluyendo—:
Voy a hacer que el Comité prepare una negativa de…
Una llamada del teléfono interrumpió al consejero y sin pedir permiso acudió a
contestarlo.
—¿Sí? Habla el consejero Freemason, diga —escuchó por un momento y dijo—:
Sí lo hicieron —en esta afirmación se reflejó su desaliento y colgó el receptor.
Enseguida se volvió a Ge-Ge.
—Y ahora estamos metidos en eso. El que llamó fue Pete Freetle del Comité.

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—Bien. Creo que esperaremos unos cuantos días para ver qué pasa —le dijo
Ge-Ge.
Una semana más tarde aún estaba en espera. El consejero Freemason, carente de
recursos se vio imposibilitado de moverse. Vio cómo todo se derrumbaba haciéndose
añicos a sus pies.
—¿Pero siguen vendiendo sus dulces? —le preguntó Ge-Ge.
—Eso es cuenta aparte —gritó con enfado Freemason—. Vea esto; todos los
grupos del planeta tomarán cartas en el asunto. A nadie le importa Shamar. Todo lo
que usted va a probar es que el Partido no es popular. ¡Todos saben eso!
Con esas últimas palabras se dio una palmada en la frente exasperado y se retiró.

Durante dos semanas todo permaneció tranquilo. No hubo más reuniones por Shamar
el Trabajador. Los cartelones fueron desprendidos de sus sitios y hechos pedazos. No
se imprimieron más folletos. Ni una sola palabra alusiva fue trasmitida en la red de
electrocomunicaciones. El Comité se declaró en bancarrota, disolviéndose en mutuas
recriminaciones, convencidos de que la causa de las libertades civiles había sido
retrasada un ciento de años.
Pero los dulces no se vendían.
Los canales de distribución se congestionaron y millones de cajas se amontonaron
en los almacenes. En las tiendas se mantenían sin que nadie los pidiera o los tocara.
Se hicieron rancios. Pero las fábricas mecanizadas continuaron produciéndolos.
El Partido negaba que el boicot estuviera causando algún efecto. Pero eso no
apaciguó a los distribuidores de dulces y los vendedores y productores también
estaban furiosos. Sus empleos estaban en juego y tenían que responder por su salario.
Al fin el Partido suspendió la producción de dulces y toda la gente que dependía
de ese producto se encontró sin empleos a dónde ir.
El sistema económico estaba tan ajustadamente controlado y organizado que el
efecto fue inmediato. Había tan pequeñas cantidades de dinero para comprar lo que
normalmente se compraba. Los abastecedores redujeron sus órdenes a las fábricas. Y
eso ocasionó que se redujera la necesidad de los proveedores.
En esas circunstancias el Partido resolvió que por todos los cielos el pueblo tenía
que comer dulces. El propio líder principal del Partido se presentó ante las cámaras
de televisión para apelar al patriotismo de la gente y para ordenarle que comprara
dulces. Ese fue un error táctico. Pero siendo la idea del líder, que siempre había
aplastado cualquier obstáculo que se opusiera al Partido, nadie lo objetó.
Aquella orden fue directamente atacada. El pueblo resintió que se le dijera que
era una obligación patriótica comer algo que todas las opiniones médicas sostenían
que era perjudicial. Aún más, los itranos se dieron cuenta de que de algún modo
habían logrado agrietar el sistema, lo que podrían explotar sin peligro inmediato.
Respondieron al llamado del líder con la negativa para comprar jabón.

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El pueblo itrano estaba ahora en una revuelta abierta. Al fin habían encontrado un
método para desaprobar las cosas en general.
La economía se desplomaba y las computadoras se agitaban frenéticamente. Las
amenazas de acciones correctivas ya no podían producirse. El Partido trató
frenéticamente de comprar jabón y tirarlo. El pueblo entonces recurrió a nuevos
artículos.
La presión empezó a surgir entre los mismos miembros del Partido. El supervisor
general de PAMDEN vio que su imperio cuidadosamente elaborado empezó a
desintegrarse.
Seriamente afectada por un boicot en acción, la Consumera Plastic tuvo que hacer
un cese en masa afectando a personal clave muy valioso. Furioso el supervisor de
PAMDEN le dijo al líder mismo del Partido que se imponía una maldita medida para
remediar la situación y que haría bien en tomarla endiabladamente rápido.
Al fin el propio líder ordenó la libertad de Shamar el Trabajador.
Pero para entonces ya nadie estaba interesado en él.
Llegó un hombre y abrió la cerradura de la celda de Shamar. Este se puso en pie.
El guardia le arrojó sus ropas con la orden:
—Vístase —y Shamar se vistió.
—Sígame —y Shamar lo siguió.
Shamar no había tenido ninguna noticia del exterior desde hacía casi ya dos
meses y no fue sino hasta que vio la cara de Ge-Ge, radiante de alegría, cuando se dio
cuenta de que había ganado.
—Estás libre —gritó ella con entusiasmo.
Se le entregaron a Shamar su cinturón y sus propiedades. Mientras esperaba al
juez para que esa libertad fuera oficial, Shamar le preguntó a Ge-Ge:
—Quisiera saber, ¿qué va a pasar ahora?
—Nadie lo sabe. Todos dicen que el Partido será derrocado de seguro. Los
miembros individuales del Partido tratarán de formar un nuevo gobierno, pero va a
tener que ser radicalmente distinto. Ellos tratarán de retener todo lo que puedan, pero
el pueblo los exprimirá hasta lograr la última concesión. Quizá ahora cuando
construyan nuevas fábricas, no las destruirán más y realmente producirán algo.
—Durante algún tiempo solamente —observó Shamar.
—Más que por algún tiempo —recalcó Ge-Ge—. Tenemos ahora un camino para
votar, cuando las cosas empeoren.
Entró el juez ataviado con su capa roja. La pareja respetuosamente de pie. Los
miró por algún tiempo sin decir una palabra y finalmente habló:
—Pues bien, Shamar el Trabajador, me imagino que ha logrado lo que quería. Ha
echado abajo una civilización completa. Espero que esté satisfecho. ¿Qué sueño nos
dará para remplazar el que nos ha arrebatado? —su rostro se endureció—. Shamar el
Trabajador —le dijo con voz grave—. El líder del Partido personalmente nos ha

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pedido que lo absolvamos de los cargos que pendían contra usted. Eso es lo que hago
ahora. Queda usted en completa libertad.
—Gracias, señor —dijo Shamar con todo respeto.
—Y ahora, Shamar el Trabajador, escuche estas palabras: por su propio bien
espero que no lo vea yo en esta corte. No permita que lo arresten por ningún delito.
Porque no tendré misericordia, sino que la justicia será sumaria y estricta. Y para que
no tenga descanso por las noches, haré que algunos de mis amigos más hábiles y
competentes revisen sus antecedentes minuciosamente. Espero sinceramente que no
encuentren nada. Puede retirarse.
Ge-Ge y Shamar permanecieron de pie y se volvieron en silencio. Cuando iban a
cruzar la puerta llamó el juez:
—¡Oh, Shamar el Trabajador!
—Sí, señor —contestó volviéndose hacia él.
—Shamar el Trabajador, no me gusta su acento.
Pudo sentir Shamar cómo Ge-Ge temblaba incontrolable a su lado.
Pero cuando alcanzaron la calle fueron saludados por los titulares de los diarios
que anunciaban que había llegado una delegación del planeta Tierra.

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VII
La delegación de la Tierra se había hospedado en una «suite» del Party Hotel, el más
grande y más caro de Itra. Generalmente estaba reservado para los altos miembros del
Partido.
Shamar y Ge-Ge se presentaron ante el empleado de la oficina. Shamar escribió
una nota en inglés.
—Entregue esto a los terrícolas —le pidió al empleado.
Shamar y Ge-Ge se retiraron para esperar los resultados. Habían pasado menos de
cinco minutos cuando uno de los «botones» regresó.
—Señor y señora —dijo respetuosamente—, por favor vengan conmigo.
Cuando Shamar entró en la «suite» sintió que la personalidad que había tomado al
llegar a Itra, se precipitaba entre sus recuerdos.
—¡Capitán Shaeffer! ¡Capitán Shaeffer! ¡Oh, qué maravillosa labor! Yo soy Gene
Gibson, del nuevo Departamento de Negocios Extraterrestres. ¿Quién es ella?
—Mi prometida.
—Santos cielos, hombre, ¿intenta casarse con una itrana? —el funcionario
terrícola impresionado dio unos pasos atrás.
El capitán Shaeffer se volvió hacia Ge-Ge y llevó a cabo las presentaciones
bilingües.
Se trasladaron del pasillo hacia el recibidor y se sentaron cómodamente.
—Es necesario que le diga, capitán Shaeffer, que su éxito en Itra ha sobrepasado
nuestras más altas aspiraciones. ¡Las primeras noticias que recibimos fueron cuando,
traídas del espacio como eran, apareció su cara mirándonos desde la pantalla de la
televisión! ¡Hubiera usted estado aquella noche allá para nuestros festejos! ¡Había
estado usted en Itra solamente un poco más de dos meses! ¡Pasará usted a la historia
como uno de los más grandes héroes de todos los tiempos!
El capitán Shaeffer expresó:
—Creo que sería mejor si Ge-Ge y yo abordáramos su nave inmediatamente, la
vida de ella puede estar en peligro. Algunos hombres de la vieja línea del Partido
podrían resentir el papel que jugó en la revolución. Realmente tuvo más que ver ella
que yo mismo.
—Vamos, vamos, estoy seguro de que tiene que estar exagerando un poco en eso,
capitán Shaeffer. ¿La vida de ella en peligro? No puede ser. Hablando francamente,
capitán, y no lo tome a mal, no tengo objeciones personales, esto no me incumbe,
pero después de todo ella es una itrana. Usted sabe que esos matrimonios
heterogéneos…
—Maldita sea, nada me importa lo que usted personalmente piense —replicó el
capitán Shaeffer—. ¿Queda entendido de una vez por todas? Ella se embarcará.
—Por supuesto, yo solamente estaba… pero no se altere. Por supuesto que se irá
con usted. Como usted lo desee, capitán.

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El molesto intercambio de aquello desconocido e inesperado ocasionó que Ge-Ge
parpadeara para no dejar rodar las lágrimas de sus ojos.

Una semana después, Gene Gibson fue por primera vez a visitarlos. El capitán
Shaeffer le preguntó si progresaban.
—Bueno, capitán, las cosas prosperan. Estamos estableciendo un nuevo gobierno
que será más responsable para satisfacer los deseos del pueblo de Itra. Hemos tenido
varias pláticas informales pero muy agradables con el propio líder del Partido. Es
realmente un hombre maravilloso. Una vez enterado de todos los hechos, que le
fueron ocultados cuando desembarcamos, ahora me da la impresión de que es un
hombre absolutamente responsable. Creo que lo habíamos juzgado mal. No estoy
muy seguro pero no puedo decir que no sea precisamente el hombre que pueda
encabezar un nuevo gobierno. Hemos discutido unos cuantos detalles sobre acuerdos
comerciales y tengo que decir que ha sido muy razonable.
El capitán Shaeffer no dijo nada.
—Sí —continuó Gene Gibson—, el hombre es realmente excepcional. Tiene una
rica experiencia en administración. Un fino alcance en política práctica. No lo
considero de ningún modo como un típico itrano. Siente que si nosotros lo
respaldamos, podremos enmendar en unos pocos meses el desorden que existe.
—¿Desorden?
—Bueno, creo que tiene que confesar, capitán Shaeffer, que usted hizo…
bueno… hizo las negociaciones extremadamente difíciles debido al, mmm,
temperamento del populacho.
«Vea usted: a la Tierra le gustaría tener un gobierno firme y responsable. Esto es,
un gobierno que pueda ver en perspectiva más grandes producciones. No uno que
tenga que dedicar todo su tiempo a luchar con un grupo de anarquistas antipatriotas
que corren sueltos por las calles».
—¿Qué está diciendo? —inquirió Ge-Ge.
—Como están las cosas ahora —continuó Gibson—, tenemos varios problemas
más bien difíciles. Creo que tendremos probablemente que poner en cuarentena al
planeta durante algunos meses hasta que el líder del Partido pueda formar una
estructura orgánica estable. De algún modo nuestras pláticas comerciales se han
hecho públicas y por alguna razón han dado como resultado un paro general de
trabajadores. ¿De modo que ya ve usted? Por Dios, creo que tendré que decírselo:
Shaeffer, nos ha dejado una revolución endiablada.
Después de eso Gene Gibson salió.
—¿Qué dijo? —Ge-Ge preguntó suavemente. Pero Shaeffer solo sacudió la
cabeza.
Al siguiente día, el capitán de la nave llegó a hacerles una visita de cortesía.

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—Hizo usted una labor muy limpia, Merle. Su nueva misión acaba de sernos
transmitida a través de la radio espacial.
—¿Nueva misión? Ge-Ge y yo regresaremos a la Tierra.
—No, no regresarán. Tenemos órdenes de desembarcarlos en Midway para que
trasborden rumbo a Folger’s Hill. Es un planeta nuevo. Va usted a ser el representante
de la Tierra ante el pueblo de Folger’s Hill. La primera nave inter-espacial de
colonizadores arribó hace alrededor de un mes.
—Ya veo —asintió Shaeffer.
—La paga es buena —dijo el capitán de la nave.
—¿Pero supongamos que no quiero ir?
—Tengo mis órdenes de dejarlo en Midway. Si yo fuera usted, iría
voluntariamente. Lo quieren alejar durante algún tiempo y no puede oponerse. Ha
sido nombrado general en la Fuerza de la Defensa, de modo que está usted bajo leyes
militares… y yo he recibido órdenes.
En ese momento interrumpió Ge-Ge para preguntar:
—¿Cómo andan las cosas en Xxla?
El general Shaeffer contuvo su enojo y tradujo la pregunta.
—No nos dicen nada. La tripulación está confinada en la nave —respondió el
capitán.
Shamar se volvió hacia Ge-Ge.
—Sigue lo mismo —le dijo.

Un año más tarde, la tarjeta del general Merle S. Shaeffer saltó de la computadora.
—El general Shaeffer para una nueva misión.
—¿Quién es el general Shaeffer?
—Nunca oí hablar de él.
La tarjeta siguió su curso.
Al día siguiente en el almuerzo un oficial que conocía el nombre le informó al
secretario del Consejo Superior Terrestre.
—Merle Shaeffer fue nombrado para una nueva misión. Un nuevo planeta se ha
abierto, aún más lejano que Folger’s Hill.
—¿Fue él quien fracasó en la misión de Itra? Mándelo allá. Y a propósito,
¿alguna nueva información reciente sobre Itra?
—Lo mismo de siempre. Entiendo que los anarquistas han formado un nuevo
gobierno.
—Terrible, terrible. Bueno, lo menos que se menciona sobre eso, así será mejor.
Una semana después, también a la hora del almuerzo, el secretario fue informado:
—Me imagino que no necesitamos preocupamos más por Merle Shaeffer.
Desapareció de su puesto, él y aquella mujer itrana; ocurrió dos semanas después de
que llegaron a Folger’s Hill. Probablemente perecieron en un accidente de cacería.

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Jamás se encontraron sus cuerpos. Esas cosas suceden en los nuevos planetas
salvajes.
El secretario permaneció en silencio un buen rato. Después dijo:
—Shaeffer muerto, ¿eh? Me imagino que es mejor así. Bueno, ha pasado un
genio, y no veremos a otro como él. Pervertido quizá, pero al fin un genio.
Y bebieron solemnemente.
Nada más ocurrió para que el recuerdo de Merle Shaeffer agitara al secretario seis
meses después, al final de su periodo se retiró. El nuevo secretario no tenía
conocimiento de los asuntos de Itra.
Hacía poco menos de un año que había ocupado su puesto cuando una mañana
llegó a su oficina furioso.
—Comuníqueme con el jefe de la Fuerza de la Defensa —le ordenó a su
secretaria.
—Lo siento, señor, pero todos los teléfonos están ocupados, —fue la respuesta.
—¿Qué demonios quiere decir con que todos los teléfonos están ocupados?
—No sé. Quizá al mismo tiempo todos dejaron los aparatos descolgados o algo
por el estilo.
—¿Y por qué habrían de hacerlo? ¡Eso es ridículo! Envíe un mensajero a
buscarlo.
Media hora después llegaba el personaje requerido.
—¿Sabe usted —le dijo al instante el secretario— que ayer todas las monedas de
un centavo quedaron fuera de circulación? Aparentemente el pueblo las ha estado
guardando durante los últimos dos meses hasta que finalmente se advirtió su
ausencia. De repente no se encontró ninguna. No puede usted hacer un cambio.
¡Maldita sea! ¿Por qué esos locos idiotas, todos a una resolvieron guardar sus
monedas de a centavo? No es razonable. ¿Por qué lo hicieron?
El jefe de las Fuerzas de la Defensa no contestó nada.
El secretario le dirigía miradas furiosas, pero el jefe de las Fuerzas de la Defensa
no tuvo corazón para decirle que un héroe había regresado a la Tierra.

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EL SABOTEADOR JUICIOSO

Frank Herbert

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I
—¡Hombres mejores que usted lo han intentado! —Gruñó Clinton Watt.
—Cito el párrafo cuarto, sección noventa de la Revisión Semántica de la
Constitución —dijo el extraordinario saboteador Jorj X. McKie—. La necesidad de
los procesos obstructivos en el gobierno han sido establecidos como uno de los
principales salvaguardas de los derechos humanos; la cuestión de inmunidades tienen
que ser definidas con extrema precisión.
McKie se sentó frente al escritorio deslumbrante de Clinton Watt, Secretario de
Sabotaje del gobierno Intergaláctico.
Un ambiente de tensión llenaba la oficina de paredes verdes que se extendían
hasta detrás de la pantallavisión que había a espaldas de Watt, que mostraba una
expansión del sistema compuesto del gobierno y de la gente que hormigueaba
alrededor de sus negocios matinales con un sentido de urgencia.
Watt, un hombre de baja estatura que parecía estar a punto de explotar debido a la
energía reprimida, se pasó una mano sobre su cabeza rasurada.
—Está bien —dijo con una voz repentinamente cansada—. Este es el único
secretariado de gobierno que nunca es inmune al sabotaje. Ha satisfecho usted las
legalidades al citar la ley. ¡Y ahora haga lo que se le antoje!
McKie, cuyo cuerpo voluminoso y facciones gordas generalmente le daban la
apariencia de un sapo abuelo complaciente, brilló como un dragón enano. Su mechón
de cabellos rojos pareció danzar como una llama interna.
—¡Lo que se me antoje! —barbotó—. ¿Usted cree que vine aquí para tratar de
hacerlo saltar de la silla? ¿Lo cree usted?
Y McKie pensó:
«¡Esperemos que lo piense!»
—¡Déjese de teatros, McKie! —repuso Watt—. Ambos sabemos que está usted
capacitado para esta silla —dijo dando de palmadas al brazo de su sillón—. Y los dos
sabemos también que la única manera con que puede alimentarse y hacer méritos
para el nombramiento, es superarme con un sabotaje maestro. Pues bien, McKie me
he sentado aquí durante más de dieciocho años. Otros cinco meses y será un nuevo
récord. ¡Haga lo que se le antoje, estoy esperando!
—Vine aquí por una sola razón —apuntó McKie—. Quiero reportar sobre la
investigación del extraordinario saboteador Napoleón Bildoon.
Se echó McKie hacia atrás en su silla preguntándose en silencio:
«Si Watt supiera el verdadero propósito que me trajo aquí, ¿actuaría precisamente
de la misma manera? Quizá».
El Secretario Watt había estado actuando muy singularmente desde que se inició
la entrevista, pero era difícil precisar el motivo verdadero cuando se trataba con un
miembro de la Oficina de Sabotaje.

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Un interés cauteloso puso alerta la cara huesuda de Watt. Se humedeció los labios
con la punta de la lengua y era obvio que estaba preguntándose si eso era algo más
que un engaño preparado. Pero a McKie se le había asignado la tarea de buscar al
agente perdido, Bildoon, y era precisamente posible…
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Watt.
—No estoy seguro —contestó McKie deslizando sus dedos entre sus cabellos
rojos—. Bildoon es un «Pan-Spechi», ya lo sabe usted.
—¡Por todas las galaxias! —rugió Watt—. ¡Yo sé lo que y quiénes son mis
agentes! Pero nosotros tenemos que cuidarlos. Y cuando uno de los nuestros
simplemente desaparece… ¿A qué viene eso de no estar seguro?
—Los «Pan-Spechi» son unas criaturas curiosas —explicó McKie—. Y solo
porque han tomado la forma humanoide tendemos a olvidar su ciclo de vida de cinco
fases.
—Bildoon mismo me dijo que había mantenido la personalidad de su grupo
durante por los menos otros diez años —dijo Watt—. Creo que estaba diciendo la
verdad, pero… —Watt se encogió de hombros y dio la impresión de que algo de la
energía que hervía dentro de él lo abandonaba—. Pues bien, el ego de su grupo es el
único lugar en donde el Pan-Spechi mostraba vanidad, de modo que… —por segunda
vez encogió los hombros.
—Por supuesto que el interrogatorio que hice al otro Pan-Spechi en la Oficina ha
tenido que ser reservado —informó McKie—, pero seguí una pista muy clara hasta
Achus.
—¿Y?
McKie extrajo de su chaquetón que estaba proporcionado a su gran corpulencia,
una ánfora blanca y esparció un polvo metálico sobre la cubierta del escritorio.
Watt se echó hacia atrás para alejarse del escritorio, mirando aquel polvo
sospechosamente. Lo olfateó con cautela, olía a grafito, ese material para rápida
escritura. Aunque…
—Es simplemente grafito —indicó McKie, y pensó: «Si se la traga, quizá pueda
salirme con la mía».
—Así sea —dijo Watt.
Disimulando su júbilo McKie tomó una barrita del mismo material y la hizo
correr sobre la superficie que cubría el polvo extendido. Trazó un círculo
interrumpido con flechas que apuntaban hacia el lado derecho. En cada punto
intermedio del círculo dibujó un símbolo; en un lugar las características del ego Pan-
Spechi, y después una delta para los cinco géneros y finalmente las líneas que eran
tres y significaban la escuela oculta de los triples.
McKie señaló la delta de los cinco géneros.
—He visto un Pan-Spechi en esta posición que se asemeja un poco a Bildoon y
parece tener alguno de sus manierismos. No hay respuesta idéntica de la criatura, por
supuesto. Pero usted sabe cómo reaccionan los cinco géneros casi femeninos.

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—No permita que esa amorosa actitud lo engañe —le advirtió Watt—. A pesar de
su disposición molesta no me gustaría perderlo adentro de una escuela Pan-Spechi.
—Bildoon no le robaría la identidad a un agente compañero —aseguró McKie. Se
tiró del labio inferior, sintiendo una incertidumbre repentina. Allí naturalmente,
estaba la parte más delicada de todo el cuadro—. Si fuera Bildoon —agregó.
—¿Conoció al que controla el ego del grupo? —preguntó Watt y su voz traicionó
el verdadero interés.
—No —repuso McKie—, pero creo que el ego sencillo de este Pan-Spechi está
involucrado con los vigilantes de impuestos.
—McKie esperó preguntándose si Watt tragaría el anzuelo.
—Nunca oí que el cambio del ego fuera obligado con un Pan-Spechi —murmuró
Watt—, pero eso no quiere decir que sea imposible. Si esos bienhechores Vigilantes
de Impuestos encontraron a Bildoon saboteando sus esfuerzos y… mmm…
—Entonces McKie iba tras de los Vigilantes de Impuestos —sugirió McKie.
Watt frunció el entrecejo. La insinuación de McKie era en extremo de mal gusto.
Los agentes con antigüedad, a menos que estuvieran unidos en proyecto o cualquier
cosa en donde la información fuera voluntaria, no husmeaban abiertamente en la
labor de sus compañeros. Las manos izquierda y derecha permanecían mutuamente
ignorantes en la Oficina de Sabotaje y con buenas razones. A menos… Watt se quedó
mirando especulativamente a su extraordinario saboteador.
Mientras Watt permaneció en silencio dijo McKie encogiendo los hombros:
—No puedo operar con información impropia. Por lo tanto, tengo que renunciar a
la búsqueda de Bildoon. En su lugar iré a investigar a los vigilantes de impuestos.
—¡No lo hará! —protestó Watt.
McKie tuvo que hacer un esfuerzo para no volver la mirada hacia lo que había
trazado sobre el escritorio. Los siguientes momentos fueron críticos.
—Ojalá que tenga una razón legal para prohibírmelo —objetó McKie. Watt se
revolvió en su sillón giratorio, echó una mirada a la pantalla y de cara a la pared dijo:
—La situación se ha vuelto en extremo delicada, Jorj. Es bien sabido que usted es
uno de nuestros mejores saboteadores.
—Ahorre su aceite para alguien que lo necesite —gruñó McKie.
—Entonces se la pondré de esta manera —expuso Watt volviéndose nuevamente
a mirar a Jorj—. En los últimos días los Vigilantes de Impuestos han adoptado una
posición que es una real amenaza para la Oficina. Se las han arreglado para
convencer a la Suprema Corte de que desean la misma inmunidad de nuestra
administración que un… bueno, que las obras hidráulicas públicas o… mmm… que
la planta procesadora de alimentos podría disfrutar. El magistrado, juez Edwin
Dooley, invocó la reforma de la Seguridad Pública. Tenemos las manos atadas. La
más ligera sospecha de que hayamos desobedecido el mandato y…
Watt se pasó el índice de un lado al otro de su cuello.
—Entonces renuncio —dijo secamente McKie—. ¡No haré tal cosa!

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—Ese grupo de I. I. está tratando de eliminar a la Oficina, ¿no es así? Recuerdo el
juramento que hice tan bien como usted.
—Jorj, no puede usted ser tan simple —le dijo Watt—. Renuncia pensando que
eso absolverá a la Oficina de la responsabilidad de usted. Esa treta es tan vieja como
el tiempo.
—¡Entonces despídame! —masculló McKie.
—No tengo ninguna razón legal para despedirlo, Jorj.
—Por rehusarme a obedecer órdenes de un superior —sugirió McKie.
—¡Eso no engañaría a nadie, torpe!
McKie pareció titubear y al fin expresó:
—Bueno, el público no conoce la maquinaria interior de cómo cambiamos el
control de la Oficina. Quizá es tiempo de que lo externemos.
—Jorj, antes de que pudiera despedirlo tendría que haber una razón tan
convincente que… mejor olvídelo.
Las bolsas carnosas abajo de los ojos de McKie se elevaron hasta que los
párpados formaban una mera rendija. Los pocos momentos cruciales se habían
presentado. Se las había arreglado para escurrir un «Jicuzzi» al interior de esa oficina
burlando todos los detectores de Watt, escondiendo el corazón radiactivo detectable
del objeto dentro de una imitación de la placa de la solapa que usaban los agentes de
la Oficina.
—En lugar de la cinta roja oculta —dijo McKie señalando y tocando la placa con
el índice, sintiendo las letras realzadas allí: «ILRT» (iniciales correspondientes a los
saboteadores intergalácticos terrestres). Ese toque enfocó el centro de radiación sobre
el polvo metálico dispersado sobre el escritorio del jefe Watt.
Estudiando a McKie con una nueva mirada de tensión sutil, Watt se aferró a los
brazos de su sillón.
—Nos encontramos bajo el mando legal para no poner las manos sobre los
Investigadores de Impuestos —le dijo a McKie—. Cualquier cosa que le pase a esas
gentes o a su proyecto de partirnos, aunque eso que les ocurre sean accidentes reales,
será puesto en nuestras puertas. Tenemos que estar en situación de defendernos.
Ninguno que haya estado conectado con nosotros se atreve a caer en la menor
sospecha de complicidad.
—¿Qué le parecería un piso encerado hasta el grado de una viscosidad peligrosa
en la senda de alguno de sus mensajeros? O el cambio de una cerradura para
demorar…
—Nada.
McKie se quedó contemplando a su jefe. Todo dependía ya de que el hombre
permaneciera completamente inmóvil. Sabía que Watt usaba detectores que le
advertían la presencia de rayos concentrados de radiación. Pero el «Jicuzzi» que
llevaba debajo de la placa había sido aparejado para difundir su carga fuera del polvo

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metálico que había derramado sobre el escritorio, y eso requería algunos segundos de
relativa quietud.
Los dos hombres permanecieron rígidos en sus miradas hasta que Watt empezó a
intrigarse por la extrema inmovilidad del cuerpo de su agente. Ni siquiera respiraba.
Al fin McKie respiró profundamente y se puso en pie.
—Le advierto, Jorj —le dijo Watt en tono amenazador.
—¿Advertirme?
—Puedo sujetarlo aun con el uso de la fuerza física si es necesario.
—Clint, enemigo viejo, ahorre sus energías. Lo que se ha hecho, hecho está.
Se dibujó una sonrisa en la boca ancha de McKie. Entonces se volvió y cruzó la
oficina hacia la única puerta, ahí se detuvo con la mano sobre la perilla de la
cerradura.
—¿Qué ha hecho? —rugió Watt.
McKie continuó mirándolo.
La cabellera de Watt empezó a erizársele y se llevó una mano para sentir una
prolongada confusión de… hilillos que se extendían debajo de sus dedos, brotando de
su cuero cabelludo, ondulando y retorciéndose.
—Un «Jicuzzi» estimulante —gruñó Watt.
McKie salió cerrando la puerta detrás de él.
Watt se puso en pie de un salto y corrió hacia la puerta. ¡Cerrada!
Conocía a McKie y no intentó emplear la llave. Frenético aplicó un dispersor de
moléculas contra la puerta y se arrojó a través del agujero que abrió el artefacto. Cayó
sobre el piso del pasillo, miró en una dirección y luego en la opuesta.
El pasillo estaba vacío.
Watt respiró. Los hilillos habían dejado de crecer en su cabeza, pero eran lo
suficientemente largos que hasta podía verlos retorcerse ante sus ojos, una masa de
hilillos con los colores del arco iris formaban parte de él. Y McKie con el estimulador
original era el único que podía revertir el proceso, a menos que Watt estuviera
dispuesto a pasarse un tiempo interminable con los mismos Jicuzzies. No. Eso estaba
fuera de discusión.
Watt empezó a estudiar su posición.
Los hilillos estimulados no podían ser extirpados quirúrgicamente, tampoco
podían sujetarse como cabellos ordinarios ni con ninguna clase de disfraz sin poner
en peligro serio a la persona afligida por ellos. Su presencia también podría crearle
una situación embarazosa, durante ese tiempo crítico de problemas con los Vigilantes
de Impuestos. ¿Cómo podría asistir a conferencias o entrevistas con esas cosas
retorciéndose sobre su cabeza en una danza de medusas? ¡Sería risible! Se convertiría
en un objeto de comedia.
Y si McKie podía permanecer lejos hasta que un Caso de Intercambio fuera
llevado ante el Gabinete en pleno… Pero no, Watt sacudió la cabeza. Eso no era la
clase de sabotaje que requería un cambio de jefe en la Oficina de saboteadores. Eso

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era una cosa burda, ningún subterfugio sutil. Aquello era solamente una broma de
mal gusto. Mera payasada.
Pero McKie ya era conocido por su actitud extravagante, por su falta de respeto
hacia todos los desatinos de importancia personal del gobierno.
—¿Acaso he querido darme demasiada importancia personal? —se preguntó
Watt.
Con toda honradez sí tenía que admitirlo.
«Tendré que presentar ahora mi renuncia», pensó. «Después de que despida a
McKie. Una sola mirada que me dirijan y no tendrán duda de por qué lo hice. Esta es
la razón tan convincente como ninguna otra que pudiera encontrar».
Se dirigió Watt hacia su derecha encaminando sus pasos hacia el laboratorio para
ver si podían ayudarle a controlar esos gusanillos que nos cesaban de retorcerse.
«El presidente querrá que permanezca en el timón hasta que McKie haga su
próxima movida», pensó Watt… «Tengo que estar en condiciones de hacer algo».

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II
McKie esperó en la sala de la mansión de los achusianos y no difícilmente podía
esconder su inquietud. Achus era el planeta administrador para la región de
Vulpécula, un área de gran riqueza y esa sala, situada en lo alto de la cumbre de una
montaña, dominaba una vista natural del sureste a lo largo de picos más bajos y
laderas revestidas de púrpura por un sol G3 del oeste.
Pero McKie ignoraba la vista tratando de escudriñar al mismo tiempo todos los
rincones de la sala. Había visto allí a un Pan-Spechi de cinco géneros en compañía
del que retenía ego del cuarto género. Eso solamente indicaba que la escuela con sus
tres ocultos se encontraba cerca. Por todas razones ese era un lugar peligroso para
alguno no protegido por lazos amistosos ni comunidad de intereses.
El valor de los Pan-Spechi para la sociedad universal humana en el que aquellos
participaban estaba más allá de cuestiones. ¿Cuáles otras especies tenían tan
refinados subterfugios para decidir cuándo mantenerse alejados y cuándo ayudar?
¿Quiénes más podían enviar a un miembro clave de su grupo hacia circunstancias
peligrosas en extremo sin el temor de que el conocimiento del que ponen en peligro
pueda perderse?
Siempre había un oculto para hacerse cargo de lo que el perdido había dejado.
Pero aun así los Pan-Spechies tenían su idiosincrasia. Y sus hambrientos eran a
veces atrevidos.
—¡Ah! ¡McKie!
La voz profunda y masculina se oyó a su derecha. McKie giró para estudiar la
figura que apareció a través de una puerta tallada en una esmeralda artificial sencilla,
de colores de crema de menta resplandecientes.
El que hablaba era humanoide pero con los ojos multifacéticos de un Pan-Spechi.
Con excepción de los ojos de un azul verdusco, aquel ser parecía un hombre terrícola
de una edad difícil de precisar pero bien conservado. Su cuerpo sugería cierta
elegancia en sus prendas personales ajustadas y amarillas. La cabeza era cuadrada en
su perfil con cabellos rubios cortados casi al ras. Su nariz era un pequeño bulto
carnoso y su bosa gruesa y aplastada.
—Panthor Bolin aquí —dijo el Pan-Spechi—. Bienvenido a mi casa, Jorj McKie.
El saboteador se tranquilizó ligeramente. Los Pan-Spechies eran notables por su
honrosa hospitalidad una vez que la habían prodigado… considerando que el huésped
no violara sus normas.
—Me siento honrado de que haya estado de acuerdo en verme —le dijo McKie.
—El honor es mío —repuso Bolin—. Hace tiempo que lo hemos reconocido
como una persona cuyo entendimiento de los Pan-Spechies es de los más sutiles y
penetrantes. He esperado desde hace mucho tiempo la oportunidad para tener una
conversación sin inhibiciones con usted. Y aquí está usted.

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Señaló hacia una especie de sillón situado contra la pared hacia su derecha y
chasqueó los dedos. El artefacto se deslizó suavemente para tomar su posición detrás
de McKie.
—Por favor siéntese —le indicó Panthor Bolin.
McKie, con sus sentidos más alerta por la referencia de Bolin para tener una
«conversación sin inhibiciones», se sentó en aquel sillón en forma de perrillo faldero
y le dio de palmadas hasta que tomó las formas que él deseaba para sentarse.
—¿Han compartido antes nuestros egos la cercanía? —le preguntó McKie—.
Parece usted reconocerme.
—El reconocimiento penetra más profundamente que los egos —contestó Bolin
—. ¿Quiere usted que unamos nuestras identidades y exploremos esa pregunta?
McKie se humedeció los labios con la lengua. Ese era un terreno muy delicado
con los Pan-Spechies cuyos egos individuales se movían de algún modo de miembro
a miembro del grupo unitario mientras ellos cruzaban su círculo de seres.
—Yo… mmm… no esta vez —balbuceó McKie.
—Bien dicho —apuntó Bolin—, pero si por casualidad cambiara de opinión, mi
grupo de egos lo consideraría como un honor muy señalado. La de usted es una
identidad muy vigorosa, una que nosotros respetamos.
—Me… me siento muy honrado —dijo McKie aún medio inseguro.
Se frotó nerviosamente la barbilla, reconociendo los peligros en esa conversación.
Cada grupo de Pan-Spechies mantenía una actitud celosa hasta el máximo acerca de y
alrededor de su ego vagabundo. El ego se imbuía en el poseedor de él con sentido
delicado del honor. Las preguntas acerca de él, podían solo hacerse a través de tales
formulismos como McKie lo había hecho.
Pero de todos modos, si este fuera un miembro del círculo de vida pentarcal que
encerrara el saboteador extraordinario Napoleón Bildoon que se encontraba
perdido… si ese fuera, se podría explicar mucho.
—Usted está preguntándose si nosotros realmente podemos comunicarnos —le
dijo Bolin, a lo cual McKie asintió.
—El concepto de la humanidad —empezó a explicar Bolin—, nuestro término
para expresarlo se traduciría aproximadamente como «com-sencientes», ha sido
extendido para encerrar muchas formas diferentes, sistemas de vida y métodos del
intelecto. Y con todo, nunca hemos estado seguros acerca de esta cuestión. Es una de
las principales razones por la que muchos de nosotros hemos adoptado su forma
corpórea y mucho de su metabolismo. Queríamos experimentar sus fuerzas y sus
debilidades. Esto ayuda… pero no es una solución absoluta.
—¿Debilidades? —preguntó McKie repentinamente cauteloso.
—Ahh… mmm… Ya veo. Para aliviar sus sospechas haré que traduzcan para
usted muy pronto una de nuestras principales obras. Su título sería,
aproximadamente: «La Influencia del Desarrollo de las Debilidades». Uno de los
lazos más fuertes de simpatía que tenemos con sus especies, por ejemplo, es el hecho

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de que ambas se originaron como criaturas tan extremadamente vulnerables en su
superficie, cuyas defensas más sofisticadas llegaron a ser la estructura social.
—Estaré muy interesado en ver esa traducción —dijo cortésmente McKie.
—¿Quiere usted oír más amenidades o desea ahora expresar el asunto que lo
trajo? —le preguntó Bolin.
—Fui… mmm… comisionado para la búsqueda de un agente desaparecido
perteneciente a nuestra Oficina —explicó McKie—, para asegurarnos de que no ha
recaído ningún daño sobre… este… agente.
—El haber evitado mencionar el género ha sido muy refinado —Bolin expresó—.
Estimo la delicadeza de su posición y su buen gusto. Por ahora le diré esto: El Pan-
Spechi que usted busca no está por el momento necesitado de su asistencia. Su
preocupación, sin embargo, es estimada. Será comunicada a aquellos sobre los cuales
tendrá la mayor influencia.
—Eso me proporciona un gran alivio —indicó McKie. Y se preguntó
mentalmente: «¿Qué quiso decir realmente con eso?» Ese pensamiento dio lugar a
otro y dijo en voz alta—: Cada vez que tropiezo con este problema de comunicación
entre especies me viene a la memoria un cuento instructivo de una vieja cultura.
—¿Oh? —Bolin manifestó una curiosidad muy cortés.
—Dos practicantes del arte de la cura mental, dice el cuento, se cruzaban todas
las mañanas en su camino a sus respectivas oficinas. Se conocían mutuamente pero
no estaban en términos de intimidad. Una mañana mientras se aproximaban uno de
ellos se volvió hacia el otro y lo saludó: «Buenos días». El saludado falló en
responder, pero continuó hacia su oficina. De pronto se detuvo, se volvió y miró a la
espalda del hombre que había hablado y musitó para sí mismo: «¿Qué quiso decir
realmente con eso?»
Bolin empezó con una risita primero y después rio abiertamente hasta que lo hizo
a carcajadas más y más fuertes al grado que se sacudió todo su cuerpo.
«No tuvo tamaña gracia», se dijo McKie.
Las risas de Bolin se desvanecieron.
—Un cuento muy educativo —dijo—. Estoy en profunda deuda con usted. Ese
cuento muestra su conocimiento de cuán importante es que en la comunicación nos
demos cuenta de la identidad del otro.
«¿De verdad? ¿Cómo está eso?», se dijo interiormente McKie.
Y este se encontró atrapado por su conocimiento de saber cómo el Pan-Spechi
podía pasar una simple identidad del ego del individuo a individuo dentro del grupo
del círculo de vida de cinco unidades protoplásmicas distintas. Se preguntó entonces
cómo se sentía cuando el poseedor del ego daba la identidad para convertir el quinto
género, pasando la chispa del ego a una unidad recientemente madurada de la
escuela. ¿Entonces el quinto género voluntariamente se convertía en pilmama escolar
y se entregaba como una misteriosa identidad alimenticia para los tres ocultos de la
escuela? Reflexionó pero se quedó intrigado.

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—Oí acerca de lo que le hizo usted a Clinton Watt, Secretario de Sabotaje. La
noticia de su despido del servicio lo precedió a usted aquí.
—Sí, por esa razón estoy aquí —aseguró McKie.
—Usted ha penetrado al hecho de que nuestra comunidad Pan-Spechi aquí en
Achus, es el corazón de la organización de los Vigilantes de Impuestos —le dijo
Bolin—. Fue muy valiente de su parte el venir a ponerse en nuestras manos. Entiendo
cuánto valor se necesita para su especie el encararse a la extinción de la unidad, más
del que requiere nuestra clase. ¡Admirable! Indudablemente que usted es un trofeo.
McKie luchó contra una sensación de pánico recordándose que los antecedentes
que había dejado en su gabinete privado de la casa Matriz de la Oficina pudieran ser
descifrados a tiempo, aun cuando él no regresara.
—Sí —Bolin continuó—: Usted quiere estar satisfecho de que el ascenso de un
Pan-Spechi a la cabeza de su oficina no signifique ninguna amenaza para otras
especies humanas. Eso es comprensible.
McKie sacudió la cabeza para aclararlo.
—¿Lee usted mentes? —le preguntó.
—La telepatía no es una de nuestras conquistas —respondió Bolin y su voz tenía
el tono de la amenaza—. Espero que haya sido una pregunta generalizada y de ningún
modo dirigida a la intimidad de mi grupo de egos.
—Sentí que estaba usted leyendo mi mente —McKie aseguró poniéndose tenso, a
la defensiva.
—Así fue como interpreté la pregunta. Olvide la mía. No debí haber dudado de su
delicadeza ni de su tacto.
—¿Pero de todos modos usted espera colocar a un miembro en la jefatura del
Secretariado de la Oficina?
—Es notable que lo hubiera usted sospechado —afirmó Bolin—. ¿Cómo puede
usted estar seguro de que nuestra intención no sea meramente para destruir la oficina?
—No lo estoy —replicó McKie mirando alrededor de la sala y arrepintiéndose de
que hubiera tenido que actuar solo.
—¿En dónde nos entregamos? —murmuró Bolin.
—Permítame recordarle —dijo McKie—, que he aceptado la hospitalidad que me
ofreció y que no he ofendido sus normas.
—Más notable —insistió Bolin—. A pesar de todas las tentaciones que le he
ofrecido, no ha ofendido usted nuestras normas. Eso es cierto. Usted es embarazoso,
lo es sin duda. Pero quizá tiene alguna arma, ¿sí?
McKie extrajo de su bolsillo interior una «forma» ondulante.
—Ahhh, el estimulador jicuzzi —exclamó Bolin—. Ahora, permítame ver, ¿es
eso un arma?
McKie sostuvo el jicuzzi sobre la palma de su mano. Al principio se veía plano,
como una hoja del tamaño de la plana en un papel color rosa. Gradualmente su
delgadez dio lugar a una imagen superpuesta de un tubo descansando en su

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superficie, enseguida otra imagen, la de un resorte en forma de una «S» curveada que
se enredaba y retorcía alrededor del tubo.
—Nuestras especies pueden controlar su forma hasta cierto grado —dijo Bolin—.
Hay alguna cuestión acerca de si puedo considerarla como un arma.
McKie enredó sus dedos alrededor de la «forma» y apretó. Se oyó un «pop» y de
entre sus dedos emergieron espirales de una luz púrpura acompañadas de un olor a
azúcar quemada.
—El estimulante que escapa —McKie le explicó—. Ahora estoy completamente
indefenso, dependiendo enteramente de su hospitalidad.
—Ah, es usted un tramposo —le dijo Bolin—. ¿Pero no tiene usted consideración
por sir Clinton Watt? Para él, el cambio que forzó sobre su persona, ha sido una
aflicción. Ha destruido usted el instrumento que podría haber revertido el proceso.
—Él puede solicitarlo a los jicuzzies —repuso McKie, preguntándose por qué
Bolin podría interesarse en Watt.
—Ah, sí, pero ellos le pedirán a usted permiso para intervenir —arguyó Bolin—.
Los jicuzzies son tan formales. El considerar la petición tomaría por lo menos tres
años comunes. Considerarían hasta la última probabilidad para no ofenderlo. Y usted,
por supuesto no puede voluntariamente dar su permiso sin ofenderlos. Usted sabe que
hasta posiblemente ellos construirían de nervios una imagen de usted sobre la cual
poder probar la petición. Usted, McKie, no es una persona insensible, a pesar de sus
poses de payaso. No me había dado cuenta cuán importante era para usted esta
entrevista.
—Considerando que estoy completamente a su merced, ¿trataría de impedirme
que saliera? —le preguntó McKie.
—Una pregunta interesante. Usted tiene información que no quiero que sea
revelada en ese tiempo. Naturalmente usted se da cuenta de esto.
—Por supuesto.
—Yo encuentro la constitución un documento sumamente maravilloso. El
profundo conocimiento de la identidad individual y su relación con la sociedad, es un
todo. De particular interés es la porción que trata con la Oficina de Sabotaje esos
mandatos, reconociendo que la oficina misma podría a veces necesitar… ah… ajuste.
«¿Y ahora hacia dónde va?», pensó McKie. Y advirtió cómo Bolin entrecerró los
ojos pensando profundamente, dejando solo una rendija delgada de resplandor
multifacético.
—Ahora hablaré como oficial en jefe de los vigilantes de impuestos —dijo Bolin
saliendo de su concentración—, para recordarle que estamos legalmente inmunes
contra sabotaje.
«Ya he averiguado lo que quería saber», pensó McKie. «¡Si ahora pudiera
únicamente salir de aquí con ello!»
—Consideremos el entrenamiento de los saboteadores extraordinarios —
prosiguió Bolin—. ¿Qué es lo que aprenden en esa preparación acerca de hacer un

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trabajo y de los elementos de amortiguación en la actividad de la oficina?
Y para sus adentros se dijo McKie:
«No va a atraparme en una mentira».
Y después en voz alta contestó:
—Vamos abiertamente a ellos y les decimos que una de las principales funciones
nuestras es crear empleos para que los ocupen los políticos. Mientras más manos
haya en el pastel, más lenta se hace la mezcla.
—Ya ha oído que decir una falsedad al que le da hospitalidad es una gran afrenta
para las normas de los Pan-Spechies, ya veo, pero por supuesto que usted entiende
que el rehusarse a responder ciertas preguntas es interpretado como una falsedad,
¿verdad?
—Eso me han dicho —respondió McKie.
—¡Maravilloso! ¿Y qué les dicen a los que preparan, acerca del trabajo lento y los
obstáculos, que arrojan en la senda de la legislación?
—Citaré un párrafo del folleto de entrenamiento —McKie apuntó—. Una función
importante de la Oficina es retrasar la labor legislativa.
—¡Magnífico! ¿Y qué me dice acerca de las disputas y batallas violentas que es
sabido que los agentes de la Oficina provocan?
—Estamos atados a la obligación de alentar el crecimiento de enojo en el
gobierno en dondequiera que podamos. Eso expone el tipo temperamental de aquellos
que no pueden controlarse, que no pueden pensar sobre sus pies.
—Ah, cuán entretenido —comentó Bolin.
—Guardemos el valor del entretenimiento en la mente —confesó McKie—.
Usamos el drama y la extravagancia siempre que es posible para mantener
fascinantes nuestras actividades ante el público.
—Obstruccionismo extravagante —murmuró Bolin.
—Obstrucción es un factor en la fuerza. Solamente los más fuertes se sobreponen
a la obstrucción para triunfar en el gobierno. Los más fuertes… o los más tortuosos,
que vienen a ser más o menos lo mismo en cuanto a gobierno se refiere.
—Cuán ilustrativo —expresó Bolin frotándose la parte posterior de las manos. Un
manierismo de los de su especie que denotaba satisfacción—. ¿Tienen ustedes
instrucciones especiales considerando a los partidos políticos?
—Fomentamos la disensión entre ellos. La oposición tiende a exponer la realidad,
eso es uno de nuestros axiomas.
—¿Caracterizaría usted a los agentes de la Oficina como buscabullas?
—¡Por supuesto! Mis padres se sentían endiabladamente felices cuando mostré
mis tendencias de buscabullas desde muy temprana edad. Supieron que serían una
habilidad muy lucrativa cuando yo creciera. Ellos se preocuparon porque fuera yo
canalizado en la dirección correcta a través de la escuela, con clases especiales en
Destrucción Aplicada, Irritación Avanzada, Enojo I y II… con los mejores maestros
siempre.

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—¿Está usted sugiriendo que la Oficina sea una salida para la cosecha regular del
buscabullas de la sociedad?
—¿No es eso obvio? Y los buscabullas naturalmente requieren los servicios de los
grandes alborotadores. Eso es una salida para los que buscan el bien. Tiene usted
entonces una verificación y sistema de balance sirviendo a la sociedad.
McKie esperó, observando al Pan-Spechi, preguntándose si sus respuestas habían
ido lo bastante lejos.
—Hablé como un vigilante de impuestos, ¿entiende usted? —le dijo Bolin.
—Entiendo.
—El público paga por esta Oficina de Vigilancia. En esencia el público está
pagando gente para que alborote.
—¿No es eso lo que hacemos cuando contratamos a la policía, a los
investigadores de impuestos y lo demás? —preguntó McKie.
Una mirada de satisfacción manifiesta se reflejó en el rostro de Bolin.
—¡Pero esas agencias operan por el bien más grande de la humanidad! —
exclamó.
—Antes de empezar su preparación —expresó McKie con una voz solemne,
como si estuviera leyendo un discurso—, al saboteador en potencia se le muestran los
sórdidos antecedentes completos de la historia. Los bienhechores de la humanidad
tuvieron buen éxito alguna vez… hace mucho. Ellos eliminaron virtualmente del
gobierno todo engaño. Esa gran máquina con su fuerza sobre las vidas humanas se
deslizó a alta velocidad. Se movió cada vez más aprisa —la voz de McKie subió de
tono—. ¡Las leyes fueron concebidas y aprobadas en la misma hora! Llegaron las
expropiaciones y se esfumaron en el curso de una noche. Como un relámpago fueron
creadas nuevas oficinas para las más insustanciales razones.
—Fascinador —contestó Bolin—. Un gobierno eficiente, ¿eh?
—¿Eficiente? —El tono de voz de McKie denotaba su disgusto—. ¡Aquello fue
como una gran rueda que repentinamente hubiera perdido el balance! La estructura
completa del gobierno estuvo en inminente peligro de verse reducida a fragmentos
antes de que un puñado de gentes, observadores, con la vista puesta en lo anterior,
utilizó medidas de desesperación y empezó lo que fue llamado el Cuerpo de Sabotaje.
—Ah, sí. He oído acerca de la violencia de ese cuerpo. «Me está puyando», se
dijo McKie, pero encontró que un enojo sincero lo ayudaría.
—Pues bien —dijo en voz alta—, hubo al principio derramamiento de sangre y
destrucción terrible. Pero las grandes ruedas disminuyeron su velocidad. El gobierno
desarrolló una velocidad controlable.
—Sabotaje —murmuró el Pan-Spechi—. Eso en lugar de engaño.
«Necesitaba ese recordatorio», se dijo McKie y le aclaró a Bolin:
—Ninguna tarea fue demasiado pequeña para el sabotaje, ni ninguna demasiado
grande. Ahora mantenemos los engranes girando lenta y suavemente. Algunos

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agentes anónimos del Cuerpo lo pusieron en palabras hace mucho tiempo: «Cuando
tenga duda, retrasen a los grandes y aceleren a los pequeños».
—¿Diría usted que los vigilantes de impuestos serían de los «grandes» o de los
«pequeños»? —preguntó con voz suave Bolin.
—Grandes —repuso McKie y esperó a que el Pan-Spechi se aferrara a la
respuesta.
Pero Bolin pareció divertido cuando dijo:
—Una respuesta infeliz.
—Como dice la Constitución —apuntó McKie—: La persecución de la
infelicidad es un derecho inalienable de todos los humanos.
—El conflicto es lo que el conflicto hace —expresó Bolin dando dos palmadas
con las manos.
A través de la puerta de esmeralda de color crema de menta entraron dos Pan-
Spechies con uniformes del sistema de policía.
—¿Oyeron? —les preguntó Bolin.
—Oímos —respondió uno de los recién llegados.
—¿Estaba defendiendo a su Oficina? —inquirió Bolin.
—Sí —fue la respuesta del policía.
—Ya han visto la orden de la corte —les dijo Bolin—. Me duele porque sir Jorj
McKie aceptó la hospitalidad de mi casa, pero tiene que ser retenido incomunicado
hasta que lo necesiten en la corte. Deberá ser tratado amablemente, ¿entienden?
«¿Está realmente inclinado a destruir la Oficina?», se preguntó McKie en
consternación repentina. «¿Lo preví equivocadamente?», y en voz alta:
—¿Usted afirma que mis palabras hayan sido sabotaje? —le preguntó.
—Un intento claro para hacer que el jefe oficial de los vigilantes de impuestos se
desviara de sus obligaciones manifiestas —le dijo Bolin poniéndose de pie y
haciendo una inclinación de cabeza.
McKie se levantó del sillón, asumiendo un aire de confianza que no sentía.
Entrelazó sus manos de dedos gruesos y respondió a la inclinación de cabeza
como un gran sapo abuelo emergiendo de las profundidades para otorgar su
bendición. Enseguida con solemnidad dijo:
—En las palabras de un viejo proverbio encontramos: El hombre justo vive en lo
profundo de una caverna y el cielo aparece para él como si fuera solamente un
agujero redondo.
Y adoptando un aire de dignidad permitió que los policías lo escoltaran al exterior
de la sala.
Detrás de él oyó la voz de Bolin en tono de desconcierto que decía:
—Y ahora, ¿qué quiso decir con eso?

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III
—¡Atención todos! ¡Atención todos! ¡El Sistema de la Suprema Corte, Primera
Banca, Sector Central, entra en sesión!
El empleado robot iba rápidamente de un lado a otro de las tribunas de aquel
teatro arena de la corte.
La curvatura metálica del recinto brillaba con la luz de la mañana que se colaba a
través de la cúpula contra la intemperie que cubría todo. La voz del robot había sido
adaptada para que encajara en aquel recinto circular y alcanzaba hasta las paredes
más apartadas.
—Todas las personas que tengan peticiones que hacer ante esta corte, acérquense.
El medio globo plateado que llevaba al primer magistrado Edwin Dooley se
deslizó a través de una abertura detrás de las tribunas elevadas y fue colocado a una
altura apropiada. Su blanca espada de justicia descansaba diagonalmente en la banca
al frente de él.
El juez Dooley era alto, hombre de cejas negras que afectaba la apariencia antigua
de manto negro sobre lino blanco. Era notablemente por sus decisiones de
penetración clásica.
Se sentó entonces manteniendo el rostro con rígida inmovilidad para esconder su
enojo e inquietud. ¿Por qué lo habían puesto en ese sitio tan álgido? ¿Por qué les
había concedido mandato a los vigilantes de impuestos? Sin importar lo que
dictaminara, el probable resultado sería una protesta. Aun el mismo presidente
Hindley estaba observando ese acto a través de uno de los proyectores de línea
directa.
Un poco antes de esa sesión el presidente había llamado. Durante toda la
conversación se habían llamado cariñosamente Phil y Ed, pero las intenciones
permanecían claras. La Administración estaba interesada en el caso. Pendía una
legislación vital y se necesitaban votos. Ni el presupuesto ni la Oficina de
Saboteadores habían entrado en la conversación, pero el presidente había expresado
claramente su punto: «No comprometa a la Oficina de Saboteadores, pero salve el
apoyo de los vigilantes de impuestos para la Administración».
—Empleado, la lista —ordenó el juez Dooley.
Y se dijo en lo más íntimo:
«¡Se les juzgará de acuerdo a una estricta interpretación de la ley! Dejémoslos
que discutan con eso».
La campanilla del empleado emitió su sonido. Las palabras brotaron del
repartidor enfrente del juez mientras la voz del empleado anunció:
—El pueblo contra Clifton Watt, Jorj X. McKie y la Oficina de Saboteadores.
Dooley miró hacia abajo en el teatro arena advirtiendo un grupo sentado frente a
la mesa negra de forma oblonga a su izquierda en el anillo de la defensa. Se veía a un
Watt de cara agria, con su horroroso arco iris sobre la cabeza de Medusa. Las

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facciones gordas de McKie que acusaban la mirada de alguien que trataba de no
reírse al más ligero chiste. Los dos acusados estaban franqueados por su defensor,
Pendar Oulson, el jefe consultor de la Oficina de Saboteadores. Oulson era un
miembro destacado, una gran figura en materia de defensa. Tenía ojos brillantes abajo
de unas cejas alborotadas, y una cara marcada casi en su totalidad con cicatrices.
En la mesa de los representantes del pueblo, del lado derecho estaba el fiscal
Holjance Vohnbrook, hombre con la figura de un espantapájaros todo vestido de rojo.
Sus cabellos blancos coronaban su cabeza y su cara era austera y solemne como si
fuera la de un obispo que encabezaba una procesión de viernes santo. A su lado se
veía su joven ayudante de apariencia asustada y junto a este, estaba Panthor Bolin, el
Pan-Spechi que figuraría como testigo de la parte acusadora. Sus ojos multifacéticos
se escondían debajo de sus grandes párpados venosos.
—¿Estamos reunidos para que dé principio el juicio? —clamó Dooley.
Tanto Oulson como Vohnbrook se levantaron de sus asientos y asintieron.
—Si la corte permite —Vohnbrook dijo en voz alta—, me gustaría recordar al
personal de la Oficina de Sabotaje aquí presente que esta corte está exenta de sus
ministros.
—Si el fiscal viaja sobre sus propios pies —rugió Oulson— le aseguro que será
su propia torpeza y no ningún acto mío ni de mis colegas.
El rostro de Vohnbrook se oscureció con una ola de sangre.
—Es muy bien conocido cómo usted…
Un gran tamborileo resonó a través de todo el recinto cuando Dooley tocó el puño
de su espada de oficio. El sonido apagó las palabras del fiscal. Cuando se restableció
el silencio, Dooley dijo:
—Esta corte no tolerará actuaciones personales. Deseo que esto quede entendido
entre las partes.
Oulson sonrió, sonrisa que más bien pareció una mueca en su rostro lleno de
cicatrices.
—Mis disculpas, Su Señoría —dijo.
Dooley se echó hacia atrás en su silla, advirtiendo el brillo en los ojos de Oulson.
Se le ocurrió a Dooley que el abogado de la defensa, entrenado para sabotaje, exhibió
el ataque del fiscal para atraer la simpatía de la corte.
—El cargo es sabotaje ilegal en violación de un mandato de esta corte —anunció
Dooley—. Entiendo que por ambos lados se han presentado declaraciones abiertas y
que el público ha sido participado de esta causa con cartelones apropiados.
—Que así se grabe —entonó la voz el empleado robot.
Oulson, inclinado hacia adelante contra la mesa de defensores, dijo:
—Su Señoría, el acusado Jorj X. McKie no me ha aceptado como defensor y
desea pedir un juicio separado. Yo estoy aquí ahora representando solamente a la
Oficina y a Clinton Watt.
—¿Quién aparece por el acusado McKie? —preguntó el juez.

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McKie, sintiéndose como un hombre saltando sobre un precipicio, se puso de pie
diciendo:
—Deseo detenerme yo mismo, Su Señoría.
—Debe usted ser advertido sobre ese curso —le dijo Dooley.
—Sir Oulson me ha prevenido que tengo por cliente a un tonto —explicó McKie
—. Pero en común con la mayoría de los agentes saboteadores, yo tengo preparación
legal. He sido admitido a la Barra del Sistema y he practicado bajo tales códigos
como el de Gowachin en donde el requisito de inocencia doble-negativo tiene que ser
satisfecho antes de presentar acusación criminal contra el fiscal y proseguir hacia los
hechos afirmados anteriormente que…
—Eso no es de Gowachin —interrumpió el juez Dooley.
—¿Me permite la corte recordarle —terció Vohnbrook— que el acusado McKie
es un saboteador extraordinario? Eso va más allá de las cuestiones del mantenimiento
del pleito. Cada expresión que este hombre…
—La ley es la misma para los saboteadores oficiales que para los otros en lo que
respecta a lo expedido hasta la fecha —intervino Oulson.
—¡Caballeros! —rugió el juez—. Por favor. Yo seré quien decida la aplicación de
la ley en esta corte —esperó a través de un largo momento de silencio, y prosiguió—:
La conducta de todas las partes en este caso está recibiendo mi más cuidadosa
atención.
McKie se esforzó en irradiar un calmado buen humor.
Watt, cuyo profundo conocimiento del saboteador extraordinario consideró esa
pose como una señal peligrosa, tiró violentamente de la manga del abogado defensor
Oulson. Este le hizo señal con la mano de que se retirara. Watt dirigió una mirada
amenazadora a McKie.
—Si la corte permite —McKie expresó— una defensa conjunta en este caso
parecería violar…
Nuevamente el juez lo interrumpió:
—La corte se ha dado perfecta cuenta de que este caso estaba ligado a las bases
expuestas sumariamente por un mandato del «robo-legum» (alcalde-robot). La ley y
el «robo-legum» son construcciones humanas y por lo tanto requieren
interpretaciones humanas. Y agregaré hasta donde estoy interesado, que en todos los
conflictos entre las agencias humanas y las agencias mecánicas, las humanas son
superiores.
—¿Es esta una audiencia o un juicio? —preguntó McKie.
—Procederemos como en un juicio sujeto a las pruebas como sean presentadas.
McKie descansó las palmas de sus manos sobre el borde de la mesa estudiando al
juez. El saboteador sintió una oleada de desconfianza. Dooley no era un cliente tonto.
Había dejado una gran avenida dentro de la acusación. Y ese era un caso que iba
mucho más allá de un peligro inmediato para la Oficina de Sabotaje. Ese día y allí,
podrían ser aplicados precedentes de mucho mayor alcance o el desastre podría

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sobrevenir. Ignorando instintos de conservación, McKie se preguntó si se atrevería a
tratar de sabotear dentro de los confines de la corte.
—Las acusaciones del «robo-legum» requieren defensa conjunta —dijo McKie
—. Confieso el sabotaje contra sir Clinton Watt, pero recuerdo a la corte el párrafo
cuarto, sección noventa y una de la Revisión Semántica de la Constitución en donde
establece que el Secretario de Sabotaje está exento de toda inmunidad. Pido que se
remueva el cargo por lo que atañe a mi persona. Cuando era yo un oficial legal de la
Oficina requerían mis obligaciones probar las habilidades de mi superior.
—Mmmm… —musitó Dooley.
El magistrado vio que el fiscal había destacado a dónde conduciría la lógica de
McKie. Si McKie había sido legalmente despedido de la Oficina en la fecha de su
conservación con el Pan-Spechi, los cargos contra él podrían venirse abajo.
—¿Desea el fiscal buscar un cargo de conspiración? —preguntó Dooley.
Por primera vez desde que entró en la corte arena, el abogado defensor Oulson
pareció agitarse. Inclinó sus facciones con cicatrices hasta muy cerca de la
monstruosa cabeza de Watt y conferenció en murmullos con el acusado. Mientras
murmuraba, el rostro de Oulson se fue tornando cada vez más oscuro. Los
monstruosos gusanillos de la cabeza de Watt se retorcían agitadamente.
—Por el momento no buscamos un cargo de conspiración —dijo Vohnbrook—,
sin embargo, estaríamos dispuestos a separar…
—¡Su Señoría! —interrumpió Oulson poniéndose de un salto sobre sus pies—. La
defensa tiene que protestar por la separación de acusaciones en este momento. Es de
nuestra competencia que…
—La corte previene a ambos consejeros que esta no es una jurisdicción de
Gowachin —interrumpió Dooley con voz de enojo—. No tenemos que condenar al
defensor ni exonerar al fiscal antes de tratar el caso. Sin embargo, si alguno de
ustedes desea un cambio de tribunal…
Vohnbrook, con una expresión afectada en su rostro flaco, hizo una reverencia al
juez.
—Su señoría —le dijo—, deseamos en este momento hacer la petición para
deponer los cargos contra el acusado McKie y pedir que sea retenido como testigo del
representante del pueblo.
—¡Objeción! —gritó a voz en cuello Oulson—. El fiscal bien sabe que no puede
retener a un testigo clave bajo suposiciones…
—Objeción denegada —interrumpió el juez.
—¡Excepción!
—Advertida.
Dooley esperó mientras Oulson se hundía en su silla.
«Este es un día para recordarse», pensó el juez. «El propio sabotaje se vio
burlado», entonces notó el destello de buen humor en los ojos del extraordinario

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saboteador McKie, dándose cuenta con un abrupto sentido de advertencia de que
McKie también había maniobrado para lograr esa posición.
—El fiscal puede llamar a su primer testigo —indicó el juez y oprimió una señal
clave que envió a un ayuda robot para retirar a McKie de la mesa de los acusados y
escoltarlo al separo de los testigos.
Una mirada casi de placer invadió el rostro cadavérico del fiscal Vohnbrook. Se
frotó uno de sus párpados caídos y pidió:
—Llamen a Panthor Bolin.
El capitalista arachusiano se levantó de su asiento, y a grandes pasos fue hasta el
anillo de los testigos. La pantalla del empleado robot proyectó sus datos:
«Panthor Bolin, originario de Archus IV, testigo registrado en el caso
AOLL%BD-48-GY74R-6, del Sistema de la Suprema Corte ZRZ-1».
—Se le ha juramentado y Panthor Bolin está preparado para atestiguar —recitó el
empleado robot.
—Panthor Bolin, ¿es usted jefe oficial de la organización civil conocida como
Vigilantes de Impuestos? —Fue la primer pregunta de Vohnbrook.
—Mmmm… ah… sí —tartamudeó Bolin. Se pasó un gran pañuelo azul por la
frente mirando agudamente a McKie.
Y McKie se dijo para sus adentros:
«Acaba de darse cuenta de lo que tengo que hacer». Pasó el fiscal Vohnbrook a
interrogarlo.
—Le muestro a usted esta grabación del proceso de acusación del «robo-legum».
Está certificada por la policía del Sistema como una conversación entre usted y
Jorj X. McKie en la cual…
Oulson interrumpió al fiscal.
—¡Su Señoría! Los dos testigos a que se refiere esa conversación están presentes
en esta corte arena. Hay medios más directos para aclarar cualquier información
pertinente en este caso. Aún más, considerando que el cargo de una clara amenaza de
conspiración aún permanece en el proceso, yo objeto que se presente esa grabación
por obligar a un hombre a ser testigo contra sí mismo.
—Sir McKie ya no se encuentra sujeto a proceso aquí, y sir Oulson no se
encuentra registrado como abogado defensor de McKie —alegó Vohnbrook.
—La objeción, sin embargo, tiene algún mérito —dijo Dooley y se volvió a mirar
a McKie que seguía sentado en el lugar destinado a los testigos.
—No hay nada vergonzoso en esa conversación con sir Bolin —aclaró McKie—.
No tengo objeción para que sea presentado lo que se ha grabado.
Bolin se apoyó en la punta de sus pies como si fuera a hablar pero al momento se
hundió en su silla.
«Ahora está seguro», McKie se dijo.
—Entonces admitiré esa grabación para que se sujete a consideración judicial —
expresó el juez Dooley.

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Clinton Watt que permanecía sentado al lado de su defensor, escondió su horrenda
cabeza entre las manos.
Vohnbrook, que dejaba ver en su larga cara la sonrisa burlona de una cabeza de
muerto, dijo:
—Sir Bolin, le muestro a usted esta grabación. Ahora dígame, en esta
conversación, ¿estuvo el agente de sabotaje McKie sujeto a alguna forma coactiva?
—¡Objeción! —rugió Oulson poniéndose una vez más de pie. Su cara marcada
era una máscara desfigurada—. ¡Cuando se grabó la conversación discutida, sir
McKie ya no era un agente de la Oficina! —gritó con voz estentórea y se volvió hacia
Vohnbrook—. La defensa objeta el obvio esfuerzo del fiscal para ligar a sir McKie
con…
—¡Discutida conversación! —interrumpió Vohnbrook irónicamente—. ¡El propio
sir McKie lo confiesa!
Con voz de enfado el juez Dooley asentó:
—La objeción es aceptada. A menos que se presenten pruebas tangibles en esta
corte de que hubo conspiración, las referencias hacia sir McKie como un agente de
sabotaje, no serán admitidas.
—Pero, Su Señoría —protestó Vohnbrook—, las propias acciones de sir McKie
previenen cualquier otra interpretación.
—Ya he reglamentado sobre ese punto —aclaró Dooley—. Prosigan.
McKie se puso de pie en su sitio para decir:
—¿Me permitiría Su Señoría actuar aquí como un amigo de la corte?
Dooley se echó hacia atrás, con una mano puesta en la barbilla, revolviendo en su
mente la pregunta. En su interior iba en aumento un sentimiento general de inquietud
acerca de ese caso y no podía puntualizarlo. Cada acción de McKie parecía
sospechosa. Se recordaba el juez que ese extraordinario saboteador era notable por
sus tramas astutas y por sus estratagemas tortuosas y envueltas con las más violentas
y más improbables trasmutaciones, como los sembradores de cebollas en un campo
de quinta dimensión. El gran éxito de ese hombre al practicar bajo el código legal de
Gowachin podía entenderse.
—Puede explicar usted lo que piense —dijo después de una breve pausa Dooley
—, pero aún no estoy pronto para admitir sus declaraciones en los antecedentes.
—El propio código de la Oficina de Sabotaje aclararía lo que yo exponga —
expresó McKie dándose cuenta de que esas palabras volarían sus puentes detrás de él
—. Mi acción al sabotear con buen éxito al Secretario Watt «en funciones» es un
detalle para los antecedentes.
McKie apuntó a la visible masa monstruosa cuando Watt levantó la cabeza y
lanzó miradas furiosas a lo largo del recinto.
—¿Secretario en funciones? —preguntó el juez.
—De ese modo debe presumirse —contestó McKie—. De acuerdo con el Código
de la Oficina, una vez que el Secretario es saboteado, ya…

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—¡Su Señoría! —rugió Oulson—. Estamos en peligro de que la seguridad de este
recinto se rompa. Entiendo que este proceso está siendo trasmitido.
—La contestación de McKie estuvo pronta:
—Como «Director in Limbo» de la Oficina de Sabotaje, yo decidiré lo que pueda
romper la seguridad y lo que no pueda afectarla.
Watt volvió a esconder su cabeza y gruñó.
Oulson lanzó un escupitajo.
Dooley se quedó mirando sorprendido a McKie.
Vohnbrook rompió la confusión creada por McKie diciendo:
—Su Señoría, a este hombre no se le ha tomado juramento. Sugiero que se excuse
por ahora a sir Bolin y se pida a sir McKie que continúe su explicación bajo
juramento.
Dooley respiró profundamente y dijo:
—¿Tiene la defensa algunas preguntas que hacer en este momento a sir Bolin?
—No por ahora —murmuró Oulson—. Presumo que él está sujeto a que se le
llame después.

Página 202
IV
Bolin, caminando como un sonámbulo, bajó del banquillo de los testigos y regresó al
lado del fiscal. Los ojos multifacéticos del Pan-Spechi reflejaban un fulgor extraño,
moviéndose con la sensación de sentirse atrapado y desear evadirse.
McKie ocupó el sitio que dejó Bolin, se le tomó juramento y volvió la cara hacia
Vohnbrook, componiendo sus facciones para darles el aspecto de una decisión
deliberada ya que sabía que sus acciones tenían que reflejarse.
—Se aplicó usted el título de «Director in Limbo» de la Oficina de Sabotaje —le
dijo Vohnbrook—. ¿Nos explicaría eso, por favor?
Antes de que McKie pudiera responder, Watt irguió la cabeza y gruñendo se
dirigió a su ex agente:
—¡Es usted un traidor, McKie!
Dooley asió el puño de su espada de justicia para indicar una posición firme y
rugió:
—¡No toleraré desahogos en mi corte!
Oulson puso una mano sobre el hombro de Watt. Los dos dirigieron una mirada
de odio a McKie. Los gusanillos medusianos de la cabeza de Watt se contorsionaban
y despedían fulgores que contenían el espectro del arco iris.
—Advierto al testigo —dijo Dooley— que sus citas aparecerían para admitir una
conspiración. Todo lo que diga ahora puede ser utilizado en su contra.
—No hubo conspiración, Su Señoría —repuso McKie. Dio la cara a Vohnbrook,
pero daba la impresión de que estuviera dirigiéndose a Watt. Al momento continuó
hablando—: Con el transcurso de los siglos la función de sabotaje en el gobierno se
ha desarrollado más y más abiertamente, pero ciertos aspectos de cambiar la guardia,
por decir así, han sido retenidos como un secreto altamente situado. El reglamento
expresa que si un hombre puede protegerse contra el sabotaje, estará capacitado para
convertirse en el jefe de la Oficina. Sin embargo, una vez que ha sido víctima de otro
saboteador, el Secretario de esa dependencia debe renunciar a someter su posición al
Presidente y al Gabinete en pleno.
—¿Queda eliminado? —preguntó Dooley.
—No necesariamente —explicó McKie—. Si el acto de sabotaje es lo bastante
profundo, lo suficientemente sutil, que tenga efectos de largo alcance, el Secretario es
remplazado por el saboteador de quién fue víctima. Entonces sí queda eliminado sin
duda alguna.
—¿De modo que, ahora depende del Presidente y del gabinete el decidir entre sir
Watt y usted, es eso lo que está diciendo?
—¿Yo? No. Soy Director in Limbo debido a que logré un acto de sabotaje contra
sir Watt y porque ocurre que tengo más antigüedad que ningún otro saboteador en
funciones.
—Pero se ha citado que fue usted despedido —objetó Vohnbrook.

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—Mera formalidad. Es costumbre despedir al saboteador que se salió con la suya
en su esfuerzo. Eso lo hace candidato para el puesto de Secretario si es que aspira a
ello. No obstante, no tengo tal ambición por ahora.
—Así parece, Su Señoría —dijo McKie esperando haber leído correctamente la
actitud que el juez había tomado—. Sin embargo, esta corte puede estar en posición
única para regir sobre esta cuestión precisa. Vea usted, Su Señoría, el acto citado de
sabotaje al cual me refiero fue iniciado por un Pan-Spechi agente de la oficina.
Ahora, aunque los beneficios secundarios de la acción aparecen ser buscados después
por un compañero de la misma especie de ese agente, cuyos…
—¿Se atreve usted a sugerir que yo no soy el propietario de las celdas de mi ego?
—demandó Bolin.
Sin saber del todo en dónde estaba o que cosa era, McKie se dio cuenta de que el
Pan-Spechi había arrojado un arma contra él. Era muy claro que el haberse referido a
su cultura lo consideraba como un arma para la defensa de su ego.
—No hice tal sugestión —dijo McKie, hablando apresuradamente y poniendo
tanta sinceridad cómo pudo en el tono de su voz. Pero con seguridad que usted no
puede haber malinterpretado la cultura terrícola humana a tal grado que no sepa lo
que ahora ocurriría.
Advertido por algún instinto, el juez y otros espectadores permanecieron
silenciosos durante este intercambio.
Bolin dio la impresión de estar temblando en cada una de las celdas de su cuerpo.
—Estoy angustiado —murmuró.
—Si hubiera habido algún modo de lograr la relación necesaria y evitar esa
angustia, lo hubiera hecho —le dijo McKie—. ¿Puede usted ver algún otro medio?
Aún temblando Bolin repuso:
—Tengo que hacer lo que es mi deber.
En voz baja el juez Dooley le dijo:
—Sir McKie, ¿qué es lo que está pasando aquí?
—Son dos culturas que al fin tratan de entenderse —contestó McKie—. Hemos
vivido aquí juntos durante siglos en un entendimiento aparente, pero las apariencias
pueden ser engañosas.
Oulson empezaba a levantarse de su silla pero Watt se lo impidió.
Y McKie advirtió que su antiguo jefe de oficina se había dado cuenta del peligro
existente. Le concedía un punto en su favor.
—Usted entiende, sir Bolin —le dijo McKie observando al Pan-Spechi
cuidadosamente—, que esas cosas tienen que ser sacadas a la luz y discutirlas
minuciosamente antes de que pueda ser alcanzada una decisión en esta corte. Es un
reglamento de ley al cual usted está sometido y yo me incliné a favor de su ambición
por el Secretariado, pero mi propia decisión espera el resultado de esta audiencia.
—¿Qué cosas tienen que discutirse? —Demandó Dooley—. ¿Y por qué se ha
tomado el derecho, sir McKie, para llamar a esto una audiencia?

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—Una figura retórica —explicó McKie pero mantuvo su atención fija en el Pan-
Spechi preguntándose cuál sería la terrible arma que esa raza pudiera usar en defensa,
de sus egos—. ¿Qué me dice usted, sir Bolin?
—Usted protege la santidad de la vida de su casa —repuso Bolin—. ¿Me niega el
mismo derecho?
—Santidad, pero no el sigilo —le aclaró McKie.
El juez Dooley miraba a uno y a otro, advirtiendo la mirada del Pan-Spechi que
daba la impresión de ser un resorte comprimido a punto de soltarse y la manera en
que conservaba una mano metida en un bolsillo de su chaqueta. Se le ocurrió pensar
al juez que el Pan-Spechi podría tener un arma lista para usarla contra otros en esa
corte. Bolin tenía esa mirada a su alrededor. Dooley titubeó en el punto de llamar
guardias, haciendo memorias de lo que él sabía de los Pan-Spechies. Decidió no
causar una crisis. Los Pan-Spechies fueron admitidos al concurso de la humanidad,
demostrando ser muy buenos amigos pero enemigos terribles, y siempre se hacía
aquellas alusiones a sus fuerzas ocultas, a los celos por sus egos y a la fiereza con que
defendían el secreto de sus escuelas.
Lentamente, Bolin se sobrepuso a su temblor y gruñó:
—Diga lo que usted sienta que tiene que decir.
McKie formuló en su interior una plegaria de esperanza para que el Pan-Spechi
pudiera controlar sus reflejos; se volvió hacia el conjunto de aparatos colocados en la
pared más lejana, los cuales estaban grabando todo lo que se decía en esa corte para
transmitirlo después al universo entero.
—Un Pan-Spechi que tomó el nombre de Napoleón Bildoon fue uno de los
agentes líderes en la Oficina de Sabotaje —explicó McKie. El agente Bildoon se
perdió de vista al mismo tiempo que Panthor Bolin se hizo cargo del puesto de jefe de
los Vigilantes de Impuestos. Es altamente probable que la organización citada sea un
sabotaje elaborado y sutil de la misma Oficina de Sabotaje, un movimiento originado
por Bildoon.
—¿No hay tal persona Bildoon? —exclamó Bolin.
—Sir McKie —expresó el juez—, ¿le importaría a usted continuar este
intercambio en el privado de mis oficinas? —El juez miró al saboteador intentando
aparecer amable pero firme.
—Su Señoría —repuso McKie con la misma firmeza—, ¿sería posible, por el
respeto a un humano, dejar esa decisión a sir Bolin?
El Pan-Spechi volvió sus ojos multifacéticos hacia la banca, y hablando en voz
baja dijo:
—Si a la corte le place, sería mejor continuar haciéndolo abiertamente.
Después de esas palabras sacó la mano de su bolsillo. No tenía nada en… Se
inclinó sobre la mesa aferrándose al borde exterior y se dirigió a McKie:
—Continúe, si así le place, sir.

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McKie tragó saliva momentáneamente sobrecogido de admiración por el Pan-
Spechi.
—Será un verdadero placer servir bajo sus órdenes, sir Bolin —dijo McKie.
—¡Haga lo que deba! —masculló Bolin.
McKie corrió la mirada por los rostros asombrados de Watt y sus consejeros y se
volvió hacia los ojos interrogantes del juez Dooley.
—En las locuciones Pan-Spéchicas no hay tal persona llamada Bildoon, pero sí la
hubo; una del grupo específico de Sir Bolin. Espero que usted advierta la similitud de
los nombres que eligen para ellos.
—A… Sí.
—Temo que haya sido yo alguna especie de un Parker fisgón, un atisbador, y
muchas otras categorías de metiche en cuanto a los Pan-Spechi se refiere, pero fue
debido a que sospeché el acto de sabotaje al cual me he referido aquí. Los Vigilantes
de Impuestos revelaron demasiado conocimiento interior de la Oficina de Sabotaje.
—Mmmm… eh… No estoy completamente seguro de entenderle —aceptó el juez
—. Entonces McKie explicó:
—El secreto que mejor se guardaba en el universo, que consistía en mantener
oculto el cambio cíclico de género de identidad de los Pan-Spechies, ya no es un
secreto por lo que a mí se refiere.
No pudo McKie hacer menos que tragar saliva cuando vio que los dedos de Bolin
se ponían blancos en donde estaba fuertemente asido a la mesa del fiscal.
—¿Tiene alguna relación con lo que estamos tratando? —preguntó el juez.
—Definitivamente, Su Señoría —contestó McKie—. Me explicaré: los Pan-
Spechies tienen una glándula única que controla su mente, su dominio, y su relación
entre la razón y el instinto. Esos cinco grupos unidos, son en realidad una persona.
Deseo aclarar muy bien esto por razones de necesidad legal.
—¿Necesidad legal? —inquirió el juez volviéndose a mirar al obviamente
angustiado Bolin y después nuevamente a McKie.
—Esa glándula, cuando está funcionando, confiere un dominante ego sobre el
Pan-Spechi en el cual funciona. Pero sus funciones son por un tiempo que está
limitado definitivamente de veinticinco a treinta años —retiró McKie la mirada del
juez para dirigirla hacia Boli. Nuevamente el Pan-Spechi estaba temblando—. Por
favor entienda, sir Bolin, que hago esto por necesidad, y que no es por ningún motivo
un acto de sabotaje.
Bolin levantó la cara hacia McKie; las facciones del Pan-Spechi se veían
contraídas por la amargura.
—¡Termine pronto, hombre! —barbotó.
—Sí —dijo McKie volviéndose una vez más hacia el intrigado juez.
—La transferencia del ego en el Pan-Spechi, envuelve un cambio de lo que puede
ser el llamado aprendizaje de la experiencia básica. Es logrado a través de un
contractor físico cuando el que poseía aquel ego muere, sin importar cuán lejos pueda

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estar separado de su grupo; esto parece lanzar a los más viejos grupos triples. El ego
soltero también transmite una herencia verbal a su compañero cada vez que es
posible, y eso ocurre la mayoría de las veces; específicamente hablando, esta es la
vez.
Dooley se echó hacia atrás. Empezaba a ver la cuestión legal que estaba tratando
de despejar McKie.
—El acto de sabotaje que podría hacer de un Pan-Spechi el candidato para el
puesto de Secretario de la Oficina de Sabotaje, fue iniciado por un… eh… compañero
celular de sir Bolin aquí presente, ¿estoy en lo justo? —preguntó el juez.
McKie se enjugó el sudor de las cejas contestando:
—Correcto, Su Señoría.
—Pero ese compañero celular ya no es más el ego dominante, ¿verdad?
—Perfectamente de acuerdo, Su Señoría.
—Él… mmm… poseedor anterior del ego, esto es, Bildoon, ya no es candidato.
—Bildoon, o lo que una criatura operando solamente en instinto, Su Señoría —
explicó McKie—, conserva la capacidad de actuar como nodriza por un tiempo
eventual llenando otro destino que preferiría no explicar.
—Ya veo —dijo el juez mirando a la cúpula que cubría el recinto. Empezaba a
ver lo que McKie había arriesgado—. ¿Y usted está en favor de la candidatura de sir
Bolin para el Secretariado?
—Si el presidente Hindley y el Gabinete siguen la recomendación de los agentes
antiguos de la Oficina, el procedimiento siempre seguido en el pasado, sir Bolin será
el nuevo Secretario. Yo estoy en su favor.
—¿Por qué? —inquirió el juez—. Debido a este singular ego errante, los Pan-
Spechies tienen una actitud más común hacia los seres sencientes que la mayoría de
otras especies admitidas al concurso de la humanidad. Esos se traducen como un
sentido de responsabilidad hacia toda clase de vida. No son necesariamente
discriminatorios. Su fuente de vida demuestra varios ejemplos claros de eso, los
cuales prefiero no describir.
—Entiendo —dijo el juez, pero tenía que confesarse que en realidad no entendía.
Las alusiones de McKie a prácticas de las cuales no podría ni hablarse, empezaban a
disgustarlo—. ¿Y usted piensa que este acto de sabotaje realizado por Bildoon Bolin,
lo hace merecedor del puesto de Secretario, considerando por supuesto que la
resolución de esta corte concluya que los dos forman una sola persona?
Bolin protestó:
—¡No somos la misma persona! No se atreva usted a decir esas tonterías,
aseveraciones absurdas…
—Tranquilízate —le pidió McKie—. Sir Bolin, estoy seguro de que usted ve la
necesidad para esta ficción legal.
—¿Ficción legal? —repitió Bolin como colgándose a esas palabras. Los ojos
multifacéticos despedían miradas que abarcaban aquella corte y a McKie—. Gracias

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por su amabilidad verbal.
—No ha contestado usted mi pregunta sir McKie —le dijo el juez ignorando el
cambio que habían tenido con Dooley.
—El sabotear a Sir Watt a través de un ataque contra la oficina entera, contiene
una sutileza y finura nunca antes lograda en tal esfuerzo —explicó McKie—. Sin
duda que la organización se verá fortalecida con ello.
McKie se volvió a mirar a Watt. Los gusanillos medusinos que habían estado
actuando en la cabeza del Secretario, habían dejado sus contorsiones. Estaba mirando
a Bolin especulativamente y sintiendo el silencio en la corte se volvió hacia McKie.
—¿No está usted de acuerdo, sir Watt? —le preguntó McKie.
—Oh. Sí. Completamente —respondió Watt.
La nota de sinceridad que puso Watt en su voz sorprendió al juez.
Por primera vez se maravilló de la dedicación que esos hombres tenían para sus
empleos.
—La de sabotaje es una oficina muy sensitiva —expresó el juez—. Tengo algunas
reservas serias…
—Si le place a Su Señoría, le diré que la previsión es uno de los principales
atributos que un saboteador pueda agregar a sus obligaciones. Ahora bien, yo deseo
que Su Señoría entienda lo que nuestro amigo Pan-Spechi ha hecho aquí este día.
Vamos a suponer que yo hubiera espiado hasta los más íntimos momentos entre
usted, juez, y su esposa, y que yo los reportara con lujo de detalles aquí, en una corte
abierta, con medio universo escuchando. Y aún más, supongamos que usted tuviera el
código moral más estricto contra tales discusiones con los extraños. También
supongamos que yo hubiera expuesto todo aquello con todos los términos empleados,
todas las cartas a mi alcance y que usted se encontrará armado tradicionalmente con
un arma mortal para castigar tales profanaciones, aquello…
—¡Tonterías! —Gruñó Bolin.
—Sí, tonterías —afirmó McKie—. ¿Supone, Su Señoría, que podría haber
permanecido sereno sin matarme?
—¡Santos cielos! —exclamó el juez.

Página 208
V
—Sir Bolin —dijo McKie—, le presento a usted y a todos los de su raza mis más
humildes disculpas.
—Una vez esperé someterme a esa tortura en el privado de un juez con la menor
cantidad de extraños que fuera posible, pero tan pronto como empezó a martirizarme
ante una corte abierta…
—Tenía que ser de esa manera —lo interrumpió McKie—. Si lo hubiéramos
hecho en privado la gente habría sospechado acerca de si los Pan-Spechies estaban en
control de…
—¿Las gentes? —preguntó Bolin.
—De los no Pan-Spechies —aclaró McKie—. Podría haber una barrera entre
nuestras especies.
«Y con esto que ha ocurrido se fortalecieron nuestras relaciones. Todo lo que la
constitución prevé y que proporciona a la gente con un movimiento lento
gubernamental ha sido ahora demostrado. Hemos admitido al público para que se
entere de las funciones internas del sabotaje mostrándoles el carácter valioso del
hombre que será el nuevo secretario».
—Aún no he sentenciado nada al respecto —dijo Dooley.
—Pero, Su Señoría… —protestó McKie.
—Con el debido respeto para usted como un extraordinario saboteador, sir McKie
—expresó el juez—, tomaré mi decisión sobre las pruebas que se han rendido bajo mi
tutela —enseguida se volvió hacia el Pan-Spechi—. ¿Sir Bolin, permitiría a un agente
de esta corte que reuniera tales evidencias que me permitirían rendir un veredicto sin
temor de lastimar a mis propias especies?
—Todos somos humanos —gruñó Bolin.
—Pero los humanos terrícolas sostienen el balance de la fuerza —le aclaró
Dooley—. Yo debo lealtad a la ley, sí, pero también mis conterráneos dependen de
mí.
—¿Usted desea que sus propios agentes determinen si McKie ha dicho la verdad
acerca de nosotros?
—Bueno… Sí —afirmó el juez.
Bolin se volvió a mirar a McKie para decirle:
—Sir McKie, soy yo quien se disculpa ante usted.
—No me había dado cuenta de cuán profundamente penetra en sus congéneres la
genofobia.
—Porque aparte de su modestia natural, usted no tiene tales temores. Sospecho
que usted conoce los fenómenos humanos solamente a través de leemos.
—Pero todos los extraños a nosotros son partícipes potenciales de identidad —le
aseguró Bolin.

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—Si han terminado con su charla —le dijo Dooley—, ¿podría responder a mi
pregunta? Sir Bolin. Nos encontramos todavía ante una corte legal.
—Dígame, Su Señoría —expresó Bolin—, ¿me permitiría usted que fuera testigo
de las intimidades más tiernas entre usted y su esposa?
El rostro de Dooley se oscureció, pero de pronto vio en todos sus severos detalles
la extensión de la analogía de McKie y eso se le acreditó al juez que cuando contestó
la pregunta.
—Si fuera necesario para promover un entendimiento, sí.
—Creo que sí lo haría —murmuró Bolin. Enseguida respiró profundamente y
manifestó—: Después de todo lo que he pasado aquí este día, me imagino que puedo
hacer un sacrificio más. Les concedo a sus investigadores el privilegio pedido, pero
les aconsejo que sean discretos.
—Eso lo fortalecerá para los juicios que tenga por delante como Secretario de la
Oficina de Sabotaje —le dijo McKie—. Tendrá usted que grabarse en la mente que el
Secretario no tiene de ningún modo inmunidades contra el sabotaje.
—Pero —repuso Bolin—, las órdenes legales que el Secretario transmita de
acuerdo con sus funciones constitucionales tendrán que ser obedecidas por todos los
agentes.
McKie hizo un movimiento de cabeza asintiendo y vio en el fulgor de los ojos de
Bolin una vista de las misiones de atisbador con reportes detallados interminables que
había que rendirle al Secretario de Sabotaje, al menos hasta que la curiosidad del
individuo hubiera sido satisfecha y su necesidad de venganza saciada.
Pero los otros asistentes de aquella corte que no tenían la perspicacia de McKie,
se preguntaron simplemente:
«¿Qué quiso realmente decir con eso?»

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MINISTERIO DE DISTURBIOS

H. Beam Piper

La sinfonía llegaba a su fin. El himno triunfante final se elevaba y se elevaba más allá
de los límites de la audibilidad.
Durante un momento, después de que las últimas notas se habían desvanecido,
Paul permaneció sentado sin movimiento, como si alguna parte de él hubiera seguido
aquellos sonidos. Entonces se irguió y dio fin a su taza de café y al cigarrillo,
mirando hacia afuera a través de la ventana ancha, a lo largo de la ciudad que tenía
abajo, a las copas de árboles y a las torres, a las azoteas y a las cúpulas y avenidas
arqueadas, y al incontable número de aerocoches que brillaban con el reflejo de los
rayos del sol matinal.
No mucha gente disfrutaba de la música de Joao Coelho, y menos aún de la
Octava Sinfonía. Era la música de otro tiempo, de hacía un millar de años, cuando el
Imperio nacía deslumbrante, emergiendo de la noche larga y haciendo retroceder a
los neobárbaros desde un mundo a otro y a otro. En la época de Paul, ya la gente
encontraba perturbadora esa música.
Sonrió levemente a la silla vacía que se encontraba opuesta a él y encendió otro
cigarrillo antes de poner los trastos del desayuno sobre la charola del robot sirviente,
y después de un rato, se dio cuenta de que el robot aún estaba al lado de su silla,
esperando permiso para retirarse.
Le dio entonces una orden para que los robots dedicados a la limpieza se
presentaran y lo hizo retirarse. Paul pudo fácilmente haberlos llamado, o dejar que los
guardias que vendrían a verificar el orden de su cuarto, lo hicieran por él, pero pensó
que quizá lo que acababa de hacer hacía que aquel robot sirviente sintiera que se
confiaba en él y que lo creía importante para pasar órdenes a otros robots.
Enseguida sonrió nuevamente, esa vez mofándose de sí mismo. Un robot no
podía sentirse importante ni de ninguna otra manera. Aquello no era más que acero y
plástico con cintas magnéticas y circuitos fotomicropositrónicos, mientras un hombre
por ejemplo, Su Majestad Imperial Paul XVII, no era más que tejidos y células y
coloides, y circuitos electroneurónicos. Había pues una diferencia; cualquiera lo
sabía. El problema era que él nunca había conocido a nadie, incluyendo físicos,
biólogos, psicólogos, psionisistas, filósofos y teólogos, que pudieran definir la
diferencia en términos satisfactorios exactos.
Observó al robot guiarse sobre sus pisadas y desaparecer, siguiendo el vapor que
salía de la cafetera.

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Podría ser tonto tratar a los robots como si fueran gentes, pero eso no era tan malo
como tratar a las gentes como si fueran robots, una actitud que estaba convirtiéndose
enteramente en algo común. ¡Si solamente tantos individuos no actuaran como
robots!
Cruzó hacia el ascensor y se detuvo frente a él hasta que una minúscula
electroencefalográfica interior reconociera su cuadro distintivo cerebro-ondular. Del
lado opuesto de la estancia estaba abriéndose otra puerta en respuesta al cuadro
distintivo ondular del robot.
Entró Paul en el ascensor y movió un switch (aún había en sus alojamientos unas
cuantas cosas que tenían que operarse manualmente), y la puerta se cerró detrás de él.
Por un breve instante el ascensor le dio la sensación de falta de peso cuando empezó
a descender cuarenta pisos.
Cuando nuevamente se deslizó la puerta para permitirle salir, el Capitán-General
Dorflay estaba esperándolo acompañado de un capitán y diez soldados.
El General Dorflay era un humano, pero el capitán y los diez soldados que lo
acompañaban, no lo eran. Todos usaban cascos, adornados con un sol dorado y en un
engrane negro realzado, emblema del Imperio. Llevaban capas rojas y usaban botas
negras más arriba de los tobillos. También iban provistos de cinturones de los que
pendían sus armas. El capitán tenía sobre sus hombros una capa angosta, de cintas
doradas, pero por lo que tocaba al resto, sus cuerpos estaban cubiertos de una felpa
tiesa de cabellos negros y sus caras tenían el aspecto ligero de un perro chato. (Con
todo y que el Capitán General Dorflay pertenecía a la especie humana, su cara tenía
más semejanza con la de un bulldog).
El conjunto de acompañantes era de montañeses procedentes del hemisferio sur
de Thor, y como personas, eran excelentes mercenarios. Eran arrojados, valientes y
luchadores terribles, totalmente desinteresados en la política de su propio planeta,
debido a que habían crecido en una sociedad de familias patriarcales, todos ellos eran
fanáticamente leales a cualquiera que aceptaran como jefe.
Paul salió del ascensor y los saludó inclinando ligeramente la cabeza.
—Buenos días, caballeros.
—Buenos días, Su Majestad Imperial.
El general Dorflay contestó al saludo con la ligera reverencia de un par de
centímetros que le permitía su dignidad militar.
El capitán presentó su saludo tocándose la frente y el corazón que tenía del lado
derecho, y finalmente tocó la funda de su pistola.
Paul los felicitó por la nítida apariencia de sus detalles, y el capitán le preguntó
que cómo podía ser de otra manera si no hacía más que seguir el ejemplo de Su
Majestad Imperial. Felicitación y respuesta pudieron haber sido un disco grabado
tocado todas las mañanas durante los diez años de su reinado. Y también la pregunta
de Dorflay:
—¿Proseguirá Su Majestad hacia su estudio?

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Paul querría haberle contestado:
—No, a Niffelheim con eso (equivalencia de la expresión terrícola de los tiempos
preatómicos Al diablo con eso); tomemos un aerocoche y volemos un par de millones
de kilómetros hacia cualquier lado —y después observar la mirada de asombrada
incomprensión del capitán general.
Pero no podía hacer eso; pobre viejo Harv Dorflay, podía darle un ataque al
corazón. Entonces asintió lentamente:
—Si me hace el favor, general.
Dorflay hizo un movimiento de cabeza hacia el capitán Thoran, quien a su vez lo
hizo hacia sus soldados. Cuatro de ellos dieron dos pasos adelante; el resto
desenfundando sus armas caminó por el pasillo, algunos quedando en guardia a lo
largo del camino y los otros continuando hacia el vestíbulo principal.
El capitán y dos de sus hombres caminaron hacia adelante lentamente; después de
que se habían adelantado unos cinco metros Paul y el general Dorflay los siguieron y
los otros dos soldados ocuparon la retaguardia.
—Su Majestad —le dijo Dorflay en voz baja—, permítame rogarle que sea más
cauteloso. Acabo de descubrir que existe un complot de traicioneros para atentar
contra su vida.
Paul hizo un movimiento de cabeza asintiendo. Ya era tiempo de que Dorflay
descubriera otro complot; habían ya pasado diez días del último.
—Creo que ya lo había mencionado, general. Algo acerca de que habían colocado
una porción suelta de strotium-90 entre los forros del trono de audiencias, ¿no fue
eso?
Y antes que ese, alguno había tratado de pasar, sin que los guardias lo advirtieran,
una bomba de fisión al interior del palacio ocultándola dentro de una garrafa de vino;
y anterior a ese intento, se encontró una granada en el ascensor y todavía con
anterioridad a esa granada, alguien planeó construir una ametralladora dentro de la
pantallavisión del estudio, y…
—Oh, no, Su Majestad; eso fue… Bueno, las personas que estaban involucradas
en ese complot se alarmaron y huyeron del planeta antes de que pudiera yo
arrestarlas. Esto es algo diferente, Su Majestad. Supe que se había hecho una
alteración desautorizada en uno de los robots cocineros de la cocina privada de Su
Majestad, y estoy positivamente seguro de que el objeto de esta alteración es la de
envenenar los alimentos que le serán servidos.
Entraban ya en el vestíbulo principal y caminaban entre las hileras de cuadros de
los emperadores pasados, Paul y Rodrik, Paul y Dodrik, alternándose uno y otro y
otro más en ambas paredes. Sintió Paul que una sonrisa asomaba a sus labios pero se
desvaneció.
—¿No fue el robot que prepara las salsas para la carne? —preguntó Paul.
—¡Pero cómo…! Sí. ¡Su Majestad!

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—Lo siento, general, debí habérselo advertido. Esas alteraciones fueron hechas
por los robotólogos del Ministerio de Seguridad. Instalaron la adaptación de un
artefacto usado en los laboratorios de criminalística para asegurar medidas más
uniformes. Ya lo han hecho antes para el príncipe Travann, el ministro, y él me lo
recomendó.
Eso era una vergüenza, echarle a perder al pobre Harv Dorflay su complot de
asesinato. También ese había sido un complot tan simpático. Debió haberse divertido
mucho al inventarlo. Pero tenía que trazarse alguna línea en cualquier lado. Había que
dejarlo que volviera el palacio de cabeza en busca de bombas. Damas de compañía
cansadas, cuyos amantes el general sospechaba que fueran asesinos contratados;
músicos ambulantes dentro de cuyos instrumentos se imaginaba que habrían colocado
armas de fuego; la cocina privada del emperador tenía que ser considerada como un
lugar inseguro.
Dorflay, quien debía haber quedado con el rabo entre las piernas, pero aliviado, se
detuvo al instante, rompiendo asombrosamente la etiqueta de la corte, y abrió los ojos
espantado.
—¡Su Majestad! ¿Hizo eso el príncipe Travann abiertamente con vuestro
consentimiento? Pero, ¡Su Majestad! Estoy convencido de que es el propio príncipe
Travann el instigador de cada una de estas diabólicas tramas. En el caso del ascensor
yo sospeché de un hombre llamado Samml Ganner, uno de los agentes de la policía
secreta del Príncipe Travann. En lo de la ametralladora de la pantallavisión, fue un
técnico cuya hermana es miembro de la servidumbre de la condesa Yirzy, amante del
Príncipe Travann. En el complot de la bomba de fisión…
Los dos Thoranos y su capitán habían continuado caminando y llegaron a cierta
distancia antes de que se dieran cuenta de que no eran seguidos, y ya regresaban. Paul
le puso una mano en el hombro al general y le hizo señal de que siguieran adelante.
—¿Ha mencionado usted esto a alguno?
—Ni una palabra, Su Majestad. Esta corte se encuentra tan llena de traición que
no puedo confiar en nadie, y nunca debemos prevenir al villano que se sospecha de
él.
—Muy bien, no diga nada a nadie.
Ya se encontraban frente a la puerta del estudio y participó Paul al general:
—Creo que estaré aquí hasta el mediodía. Si salgo más temprano le enviaré una
señal.
Entró entonces en aquel salón de forma oval, iluminado desde la parte alta por el
extenso mapa de estrellas colocado en el techo. Fue directo a su escritorio alrededor
del cual había pantallavisión, pantallas de lectura y de comunicación, y mientras se
sentaba maldijo enojado, primero a Harv Dorflay y después de un momento de
reflexión se maldijo a sí mismo. Él era el único que merecía los reproches; había
conocido las condiciones paranoicas de Dorflay durante años. Tenía que haber hecho
algo. Cualquier médico psicológico lo certificaría y no tendría problema para alejarlo

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de su lado. Pero prefería morirse que hacerlo. Eso no hubiera sido la manera para
recompensar la lealtad, aun cuando fuera una lealtad insana. Bueno, pues ya
encontraría un camino.
Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en su sillón, para contemplar el
brillante cintilar de billones y billones de luces diminutas que se veían en el techo. Se
suponía que por lo menos fueran billones y billones de ellas aunque nunca las había
contado, como tampoco lo habían hecho los diecisiete Rodriks y los dieciséis Paules
que se habían sentado allí abajo de ellas. Se movió su mano hacia un botón de control
colocado en el brazo de su sillón y apareció del lado oeste de su estudio una figura
roja, apenas del tamaño de una chuleta de puerco.
Ese era el Imperio. Allí estaban comprendidos cada uno de los mil trescientos
sesenta y cinco mundos habitados, con un trillón y medio de seres inteligentes,
catorce razas; quince si se contaba también la de los Fuzzies Zaratrustranos, que eran
casi capaces de alternar bajo el reglamento de «Hablar y Hacer Fuego».
Ese había sido el imperio desde que Rodrik VI había visto terminado el mapa y
cuando Paul II construyó el palacio, y cuando Stevan VI, el abuelo de Paul I había
proclamado a Odín el planeta imperial y a Asgard la ciudad capital. Había habido
alguna excusa para permanecer entonces dentro de aquel parche de estrellas; un
imperio recién conquistado tenía que consolidarse en medio de esos mundos antes de
que pudiera ser extendido sin riesgos serios. Pero aquello había sido hacía ya más de
ocho siglos.
Echó un vistazo a su programa del día, hermosamente grabado y puesto
nítidamente debajo de la cubierta de cristal de su escritorio: Almuerzo con el primer
ministro y con la Banca de Consejeros Imperiales. Sí, ya era tiempo para eso que
ocurría tan inevitable y regularmente como los complots de asesinato del general
Dorflay. Y después del mediodía, una Sesión Plenaria con el Gabinete y sus
Consejeros. ¿Iba a tener que soportar a la Banca de Consejeros dos veces en el mismo
día? Entonces la molestia se desvaneció de su rostro para dar lugar a una sonrisa
burlona.
Banca de Consejeros; ¡esa era la respuesta! Elevar a Harv Dorflay a la Banca.
Para eso era ese organismo, un receptáculo plateado para colocar allí a los dignatarios
achacosos. Entre ellos no haría ningún daño y un toque de locura sincera podría
alegrar y hasta quizá mejorar la Banca.
Y siguiendo con su programa del día, un banquete por la noche y una recepción y
baile en honor de Su Majestad Ranulf XIV. Rey, Planetario de Durendal, y primer
ciudadano Zhorzh Yaggo, Administrador en Jefe del Pueblo y de la Comunidad
Planetaria de Aditya.
¡Vaya ganga del día! Dos jefes de estado planetarios reunidos en una gran
combinación. Se preguntó qué clase de trofeos había otorgado esa vez y cerró los ojos
tratando de recordar. Durendal, naturalmente, era uno de los Espadachines
Mundiales, sociedad establecida por refugiados de la facción vencida en la Guerra del

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Estado del Sistema, en tiempos de la Vieja Federación Terrícola, que había
reaparecido en la historia galáctica unos siglos más tarde que los Vikingos Espaciales.
Todos ellos tenían gobiernos monárquicos y más bien pintorescos. Durendal, pareció
recordar Paul, era una especie de estado casi feudal. Acerca de Aditya, estaba menos
seguro. Pensó que era algo desagradable; los títulos del gobierno y su cabeza eran
sugestivos.
Otro cigarrillo más y oprimió el botón para que funcionara la pantalla de lectura a
fin de ver lo que habían amontonado para él esa mañana y después lanzó un
juramento cuando apareció una carta gráfica con líneas rojas, azules y verdes que se
alternaban. También era ese un día para discutir aquello. Todo pasaba al mismo
tiempo.
Era la situación de la carta del comercio interestelar del Departamento de
Economía. Las líneas rojas para producción; las verdes para exportaciones y las
azules para importaciones, seccionadas verticalmente para los Virreinatos y
subseccionadas para las prefecturas, y con la amplificación y controles de enfoque
hasta podía obtener datos para planetas individuales.
No se preocupó con eso, y hasta se preguntó por qué se había molestado siquiera
en ver las cartas. Aquellos reportes ya eran por lo menos de veinte días atrás y eran
tan uniformes lo que afectaba sus alteraciones.
Habían sido trasmitidos del Proconsulado Planetario a la Prefectura, y de la
Prefectura al Virreinato y de allá a Odín; todos esos envíos por naves interestelares.
Una nave equipada con impulsores «hiperdrive» podía anotar en su bitácora, años luz
por hora, pero ondas de radio todavía tenían que viajar a unos trescientos mil
kilómetros por hora. La carta gráfica de los cinco siglos anteriores mostraba la
estadística real, tres líneas perfectamente paralelas y absolutamente niveladas.
La misma situación acusaban todas las otras gráficas. La población fluctuaba
ligeramente por el momento, pero completamente estática durante los cinco siglos
pasados. En agricultura una ligera baja, pero en cambio se registraba un aumento en
producción de alimentos sintéticos. Un ligero movimiento de población hacia los
planetas más urbanizados y hacia los centros más densamente poblados. Una
inclinación hacia abajo en el desempleo, la población que no trabajaba aumentaba en
un porcentaje aproximado de 0,001 % anualmente. No es que estuvieran fabricando
mejores robots, sino que los hacían con mayor rapidez de lo que los daban de baja.
Todas las gráficas acusaban lo mismo, una economía estable, una población estática,
un imperio tranquilo y sin disturbios. Ocho siglos, cinco al menos, de tranquilidad sin
historia. Bueno, pensó Paul, eso es lo que todos querían, ¿no era así?
Recorrió el resto de las gráficas y empezó a condensar los reportes de la
Compañía Mining Cartel para que operara en unos planetas deshabitados; ¿la razón?
El peligro de que se aglutinara el mercado local y se sobreestimulara la fabricación.
Permiso concedido a la Compañía Robotics Cartel para que por requerimiento del

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gobierno planetario de Durendal se incrementara la cuota de exportación de cereales.
No quisieron rechazar la solicitud mientras se encontraba allí el rey Ranulf.
De manera impulsiva oprimió el botón para la pantalla de comunicación con el
conde Duklass, tenía los cabellos ralos de color rojo y una cara regordeta agradable y
extrovertida. Sonrió y esperó a que le hablaran.
—Siento molestar a Su Señoría —le dijo a manera de saludo Paul—. ¿Qué hay en
el fondo sobre esta cuota de exportación solicitada por Durendal? Tenemos aquí
ahora a su rey. ¿Cree que haya venido solo por eso?
El conde Duklass chasqueó la lengua.
—Él no está haciendo nada sobre ello. ¿Ya se vio usted con él, señor?
—Aún no. Pero va a presentarse esta noche.
—Bueno, cuando usted lo vea, creo que el pronombre masculino es permisible, se
dará cuenta de lo que quiere decir. Se trata de lord Koraff, el mariscal. Vino aquí de
negocios y tuvo que tratar al rey por temor de que alguien pudiera secuestrarlo
mientras él se encontraba ausente. Las miras de la política de Durendal, según
entiendo son las de apoderarse de la persona del rey. Koraff estuvo en mi pantalla
durante media hora; apenas acabo de deshacerme de él. Su planeta es agrícola en
grado sumo; tuvieron un par de años de muy buenas cosechas seguidas y ahora tienen
granos que hasta les brotan de la cabeza y orejas y quieren exportarlos y convertirlos
en efectivo.
—¿Y bien?
—No podemos permitir que lo hagan, Su Majestad, no están atravesando por
malas condiciones; simplemente no están obteniendo tanto dinero como ellos piensan
que debían. Pero si empiezan a arrojar sus existencias dentro del mercado interestelar,
ocasionarán toda clase de dislocamientos sobre otros planetas agrícolas.
—Al menos eso es lo que nos dicen nuestras computadoras.
—Y eso, pensó Paul, naturalmente es un evangelio. Estuvo de acuerdo.
—¿Por qué no convierten sus existencias de grano en whisky? Que lo añejen
después durante cinco o seis años y lo tendrán entonces programado entre las
mercancías de lujo pudiendo más tarde venderlo en cualquier mundo.
Los ojos del conde Duklass se agrandaron.
—Nunca había pensado en eso, Su Majestad. Solo un microsec; quiero tomar nota
de ello. Que lo pasen a alguien que pueda transformarlo en su planeta, es una idea
maravillosa, Su Majestad.
Finalmente terminó la conversación y volvió a sus reportes. La Oficina de
Seguridad, lo de costumbre, tenía unos cuantos artículos por arriba del nivel muerto
del procedimiento burocrático. El rey planetario de Excalibur había sido asesinado
por su hermano y dos sobrinos, y ya esos tres se encontraban luchando entre ellos.
Como nadie tenía con qué luchar excepto armas pequeñas y unos cuantos cañones
ligeros, no habría intervención. Sin embargo, la había habido en Behemoth, en donde
todo un continente había tratado de segregarse de la República Planetaria y la Marina

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Imperial había solicitado el envío de fuerzas de choque. Habían hecho lo indicado en
ambos casos. Ninguna interferencia con algo que pasara por un gobierno planetario,
pero solamente una soberanía sobre cualquier planeta con armas nucleares, y
solamente una suprema soberanía en una galaxia entera con naves dotadas de
impulsores hyperdrive.
Se enteró de que había habido disturbios en Amaterasu, debido a la indignación
pública por elecciones fraudulentas. Repasó aquello con alegría increíble. Porque allí
en Odín, no había habido ni una sola elección durante los seiscientos años anteriores
que no hubiera sido completamente fraudulenta. Nadie votaba excepto los vagos
cuyos votos eran comprados y vendidos al por mayor por jefes de pandillas para
presionar a los grupos y ninguna persona decente se atrevía a acercarse a una
distancia menor de cien metros de una casilla electoral en un día de elecciones.
Llamó entonces al ministro de la Seguridad.
El príncipe Travann era un hombre de la misma edad de Paul, pero se veía mayor.
Habían sido condiscípulos en la universidad. Su rostro delgado tenía varias arrugas y
sus cabellos eran casi completamente blancos. Se encontraba detrás de su escritorio,
con el Sol y el Engrane del Imperio pintados en la pared detrás de él y sobre el pecho
usaba el escudo de su familia, un planeta de plata con tres lunas del mismo metal.
Contrario al conde Duklass, no esperó a que Paul le hablara.
—Buenos días, Su Majestad.
—Buenos días, Su Alteza; siento molestarlo. Acabo de tropezar con un
interesante artículo en su reporte. Ese asunto en Amaterasu. ¿Qué clase de planeta es,
políticamente hablando? Parece que no recuerdo.
—Bueno, pues tienen un gobierno republicano, señor; una maquinaria muy
complicada. Realmente es muy complicado su sistema. Cuando algo marcha muy
mal, entonces siempre elaboran algo nuevo que encajan en su gobierno, pero nunca
derogan nada. Tienen un presidente, un premier, y un gabinete ejecutivo. Tres
cámaras legislativas y dos partidos judiciales completos y distintos. El premier es
siempre el candidato presidencial que obtiene el mayor número de votos después del
presidente. En el presente, el presidente que controla la milicia planetaria, está
acusando al premier, que controla la policía, de fraude en las elecciones de la casa
media de la legislatura. Cada uno está apoyado por el partido judicial que controla.
Prácticamente todo ciudadano pertenece ya sea a la milicia o a las policías auxiliares.
Espero recibir muy pronto mayores reportes de Amaterasu —añadió secamente.
—Me atrevo a decir que serán muy interesantes. Envíemelos detalladamente y
por favor márquelos con estrella roja, príncipe Travann.
Volvió Paul a sus informes.
El Ministerio de Ciencias y Tecnología había enviado uno muy amplio. El único
problema consistía en que todo lo incluido no era más que un simple duplicado del
trabajo hecho en siglos anteriores. Pero no, un doctor Dandrik del Departamento de
Física de la Universidad Imperial en Asgard, anunciaba que había sido establecido un

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límite definido de precisión para medir la velocidad de partículas subnucleónicas
aceleradas y que tal límite consistía en 16.067543333 veces la velocidad de la luz.
Eso ya parecía típico; en ese tiempo las fronteras de la ciencia, todo eran puntos
decimales.
El Ministerio de Educación tenía muy poco que ofrecer pero al menos las becas
históricas se mantenían todavía en actividad.
Paul estaba leyendo acerca de una nueva clase de materiales que habían salido a
la luz en Uller desde el siglo sexto de la era atómica, cuando sonó la señal de una de
sus pantallas y la luz intermitente se encendió.
La hizo funcionar y apareció en ella la imagen de su hijo Rodrik con Snooks, el
pequeño galgo rojo, que se revolvía excitado en los brazos de su amo. El perro
empezó a ladrar al momento y el muchacho habló a través del teléfono.
—Buenos días, padre. ¿Estás ocupado?
—Oh, no, de ningún modo —contestó oprimiendo un botón—. Entra.
Inmediatamente, el pequeño galgo saltó de los brazos principescos y entró como
un relámpago en el estudio, subiéndose de un brinco al regazo de Paul. El hijo entró
con pasos moderados para sentarse en la silla de un lado del escritorio y colocando
los pies abajo de él.
Paul saludó primero a Snooks. Entonces se dio cuenta de que su hijo usaba
pantaloncillo corto de cuero y botas de piel; hurgó entre los objetos de un cajón hasta
que encontró unas galletas para darle a Snooks.
—¿Vas a algún lugar? —le preguntó un poquito envidioso.
—A la cumbre de una montaña, un día de campo. Olva irá conmigo.
Y su tutor, y su escudero, y la dama de compañía de Olva y una docena de
tiradores thorianos y estarían en continuo contacto con las pantallas del palacio.
—Tiene que ser muy divertido. ¿Estudiaste todas tus lecciones?
—Física, Matemáticas y Galaxiografía —contestó Rodrik—. El profesor Guilsan
nos va a dar a mí y a Olva nuestra clase de historia después del almuerzo.
Hablaron padre e hijo acerca de las lecciones y también del día de campo. Era
evidente que Rodrik tenía algo más en mente. Después de un momento salió a relucir.
Padre, quería decirte que últimamente he estado con un poco de miedo.
—Bueno, pues cuéntame, hijo. ¿No es algo acerca de ti y Olva?
Rodrik tenía catorce años de edad; la princesa Olva trece. En seis años más serían
casaderos. Hasta donde podía decirse, ambos eran felices pensando en ese
matrimonio que había sido arreglado desde hacía varios años.
—Oh, no, nada de eso, pero la hermana de Olva y otras muchachas hijas de
damas de compañía fueron a ver a una «médium psicóloga» que les dijo que va a
haber cambios. Grandes y pavorosos cambios. Eso fue lo que les dijo.
—¿Pero no especificó?
—No, solamente así. Grandes y pavorosos cambios, eso fue lo que les dijo. Pero
el único cambio de esa clase en que puedo pensar sería… bueno, en que te pasara

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algo.
Después de que Snooks había comido tres galletas, trataba de lamerse una de sus
orejas. Entonces Paul tomó nuevamente al perrito poniéndolo en su regazo y
acariciándolo suavemente con la mano izquierda.
—No debes dejar que esa «médium» te preocupe, hijo. Esas «médiums»
psicólogas tienen poderes reales, pero no pueden imprimirlos o quitarlos como si
fueran un tapón de botella. Cuando no consiguen algo se niegan a admitirlo y
entonces inventan cosas. Generalmente cosas como esas que oíste, nunca nada
específico.
El muchacho pareció ofendido como si alguien tratara de explicarle que su madre
realmente no lo hubiera encontrado en un jardín de rosas y replicó con cierto enfado:
—Todo eso lo sé. Pero platicando entre sus amigas, parece que todas las otras
«médiums» dicen la misma cosa. Padre, ¿recuerdas cuando explotó el reactor de
Haval Valley? Durante un mes antes de que sucediera, las «médiums» de Odín habían
estado hablando acerca de este terrible accidente.
—Lo recuerdo. Harv Dorflay creía que alguien había informado falsamente que el
emperador iba a visitar la planta ese día. Esos cambios grandes y pavorosos
probablemente resulten algún nuevo fiasco en escultura abstracta.
—Cualquier cambio alarma a la mayoría de la gente.
Continuaron hablando más acerca de las «médiums» y después acerca de los
aerocoches y carreras de esos vehículos voladores, y también acerca del trofeo «Copa
del Emperador» que se iba a disputar un mes más tarde. Las pantallas de
comunicación empezaron a zumbar y las lucecillas rojas se apagaban y se encendían,
pero Paul se concretaba a silenciarlas oprimiendo el botón de «ocupado» hasta que
cuando por tercera vez se presentó un llamado, Rodrik dijo que ya era tiempo de que
se fuera. Tomó de los brazos de su padre al perro Snooks y salió diciendo que
regresaría a palacio a tiempo para el banquete. Las luces rojas de la pantalla
nuevamente se encendieron mientras Rodrik salía.

Era el príncipe Ganzay, el Primer Ministro. Se veía como si tuviera un constante


dolor de muelas, pero esa era su expresión ordinaria.
—Siento molestar a Su Majestad. Se trata de esos jefes de estado. El conde
Gadvan, jefe de la Cámara recurrió a mí y pienso que debo pedirle su consejo. Es un
asunto protocolario.
—Bueno, tenemos una regla establecida sobre eso. ¿Quién fue el que llegó
primero?
—Sin duda, Adityan, pero parece que el rey Ranulf insiste en que él merece la
precedencia o más bien el que la tiene es su señor mariscal. Este señor Koreff insiste
en que su rey no va a ceder precedencia a un comunero.
—Entonces —replicó Paul con creciente enojo— ya podrá regresarse a Durendal.

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Todas las pequeñas molestias de la mañana iban localizándose en un solo punto.
Tuvo que esforzarse para alejar del tono de su voz la aspereza. Entonces continuó:
—En una reunión cortesana alguien tiene que ir primero y nuestros reglamentos
hablan claramente que en el palacio vaya primero siguiendo el orden de llegada al
planeta; este reglamento fue establecido para evitar violaciones al principio de
igualdad de todos los pueblos civilizados y en todos los gobiernos planetarios. No
vamos a hacerlo a un lado por el rey de Durendal ni por ningún otro.
El príncipe Ganzay asintió con una ligera reverencia. Algo de esa expresión de
dolor de muelas había desaparecido de su rostro, ya que había sido relevado de la
decisión.
—Naturalmente, Su Majestad —se alegró un poco—. ¿Cree usted que
pudiéramos transigir? Quiero decir, alternar la precedencia.
—Solamente que consienta el Primer Ciudadano Yaggo. Si él consiente, sería una
muy buena idea.
—Hablaré con él, señor —su expresión anterior se reflejó en su rostro—. Y otra
cosa, Su Majestad. Los dos han sido invitados para atender esta tarde a la Sesión
Plenaria.
—Bueno, allí no habrá problema; pueden entrar por diferentes puertas y sentarse
en los lugares destinados a los visitantes colocándolos en sitios opuestos de la sala.
—Bueno, señor, no estaba yo pensando acerca de la precedencia. Pero esta va a
hacer una sesión de electores. Se designarán nuevos ministros para remplazar al
príncipe Havaly, de la Defensa, que murió, y al conde Frask de Ciencia y Tecnología
elevado a la Banca. Parece que existe alguna diferencia de opiniones entre varios de
los ministros y consejeros. Es muy posible que la sesión pueda degenerar en una
violenta controversia.
—Sería horrible —dijo Paul con seriedad—. Aunque pienso que nuestros
distinguidos huéspedes verán que el imperio puede sobrevivir diferencias de
opiniones y aun controversias violentas. Pero si usted cree que pudiera tener malos
efectos, ¿por qué no posponer la elección?
—Bueno, ya se ha pospuesto en tres ocasiones, Su Majestad.
—Pospóngala permanentemente. Anuncie por los medios acostumbrados que
tendremos dos ministros robots, el de la Defensa y el de la Ciencia y Tecnología. Si
resulta un buen éxito entonces trabajaremos en un proyecto para designar a un
Emperador Robot.
La cara del Primer Ministro realmente se contrajo y palideció al oír la blasfemia.
—Su Majestad está bromeando —le dijo como si deseara que le diera mayor
seguridad sobre ese punto.
—Desgraciadamente sí bromeaba; si mi puesto pudiera ser robotizado quizá yo
podría tomar a mi esposa y a mi hijo y a nuestro perrito y salir a pasear por un buen
tiempo.

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Pero, por supuesto, no podría salir de pesca. Solamente había dos alternativas: el
imperio o la anarquía galáctica. La galaxia era demasiado grande para sostener
elecciones generales y tenía que haber un supremo gobernante y una positiva y
automática vía de sucesión, lo que significaba hereditaria.
—¿Quiénes son los que difieren en opinión y acerca de qué? —le preguntó Paul a
su Primer Ministro.
—Bueno, el conde Duklass y el conde Tammsan desean que el ministerio de
Ciencia y Tecnología sea abolido y distribuidas sus funciones y personal. El conde
Duklass pretende poner bajo la tutela de economía las secciones tecnológicas y el
conde Tammsan aspira a apoderarse de la parte de la ciencia para controlarla a través
de Educación. La propuesta va a ser introducida a esta sesión por el conde Guilfred,
Ministro de Salud y Salubridad. Espera tomar algo de las ramas bioquímicas y
biológicas y de la sección psicocientífica para su propio ministerio.
Paul lo había escuchado con mucha atención y comentó:
—Correcto, entiendo. Duklass se lleva la piel, Tammsan los cuernos y la cabeza y
todos los que cazan se llevan su tajada de carne. Eso me parece que marca la ley de
cacería. Pero por lo que a mí toca no estoy en favor de ello. Y ahora, príncipe
Ganzay, en esta sesión desearía que lograra usted nombrar al capitán general Dorflay
para la Banca. Pienso que ya es tiempo de honrarlo con alguna nueva distinción.
—¿El general Dorflay? ¿Pero por qué, Su Majestad?
—¡Por la gran galaxia! ¿Tiene usted que preguntar? Vamos, porque el hombre es
un rabioso lunático. Él no debía ni siquiera tener bajo su cuidado el brazo de un
sillón, ya no diga cinco compañías de soldados armados. ¿No sabe usted lo que me
dijo esta mañana?
—Supongo que le habrá dicho que alguien está entrenando a su nidhog de esos
que se arrastran por los pantanos para que trepe por la torre del octágono y lo muerda
a usted a la hora del desayuno. ¿Pero qué eso no ha venido ocurriendo desde hace
mucho tiempo?
—Hubo un truco en uno de los robots cocineros, pero eso se aparta de mi
pregunta; finalmente ha nombrado al que está fraguando todas esas pesadillas que él
sufre. ¿Y sabe usted quién es él? Yorn Travann.
El rostro del primer ministro se ensombreció más de lo común. Bueno, pero
aquello sí era una razón poderosa. Uno de estos días…
—Su Majestad, yo posiblemente no podría estar más de acuerdo en la condición
mental del general. Pero sí diría realmente que, loco o no, no se encuentra solo en sus
sospechas acerca del príncipe Travann. Si el compartirlas con él me hace también un
lunático, que así sea, porque sí las comparto.
Paul sintió que sus cejas se alzaban con sorpresa.
—Eso me parece mucho en demasía y demasiado poco, príncipe Ganzay —le
dijo.

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—Con su venia, le haré algunas reflexiones. No crea que yo sospecho del príncipe
Travann de que se mezcle en juegos de niños con ascensores o pantallas-visión o
robots cocineros, pero sí definitivamente sospecho de él en cuanto a ambiciones
traicioneras. Supongo que Su Majestad sabe que él es el Primer Ministro de
Seguridad en siglos que ha asumido el control personal de ambas policías, la
planetaria y la municipal en lugar de delegar sus poderes «ex officio».
«Su Majestad podrá no saber, sin embargo, acerca de algunos de los usos
peculiares que ha venido haciendo de aquellos poderes. ¿Tiene ya Su Majestad
conocimiento de que él ha elevado a la guardia de seguridad por lo menos diez veces
más de la fuerza necesitada para hacer frente a cualquier problema concebible a fin
de mantener la paz sobre este planeta, y que ha venido amontonando enormes
cantidades de equipo de combate pesado, cañones hasta de doscientos milímetros,
equipo pesado contragravitacional, y aun destructores de cañones y botes
lanzabombas y cohetes? ¿Y sabrá también Su Majestad que la mayoría también de
ese armamento está concentrada en un sitio distante solamente unos quince minutos
de ese palacio? ¿O que el príncipe Travann tiene a su disposición desde dos y media a
tres veces en hombres y equipo, la fuerza combinada de la milicia planetaria y el
ejército imperial sobre este planeta?
—Lo sé, tiene mi aprobación. Está tratando de salvar a algunos de los jóvenes que
no trabajan, a través de la disciplina militar. Un buen número de ellos, creo yo cuando
han sido dados de baja del Cuerpo de Guardias de Seguridad han salido del planeta y
han sido contratados como mercenarios, lo cual es una profesión mucho mejor que la
de vendedor de votos.
—Es una explicación muy plausible; el príncipe Travann no es nada que no sea
plausible —afirmó el Primer Ministro—. ¿Pero sabe Su Majestad, que debido a las
repetidas demandas de ayuda del ministro de seguridad, la Marina Imperial ha sido
diseminada por todo el imperio, y que no hay ninguna nave de la marina, mayor que
un bote de reconocimiento, a menor distancia de mil quinientos años luz de Odín?
Eso era absolutamente cierto. A Paul no le quedaba más que estar de acuerdo con
el príncipe Ganzay que continuó:
—También ha venido haciendo algunas cosas peculiares como jefe de policía de
Asgard. Por ejemplo hay dos influyentes jefes de los vagos que no trabajan y que
toman parte del cuerpo de votantes, «Big Moogie Blisko» y «Zikko de Nose». Le
aseguro a Su Majestad que yo no estoy inventando esos nombres; así es como
realmente se llaman esas personas que han venido disfrutando del favor y apoyo del
príncipe Travann. En un número de ocasiones, sus rivales más pequeños líderes de
pandillas de menor importancia han sido arrestados muy a menudo con cargos
supuestos y los han tenido incomunicados hasta que cualquiera de los dos, Moogie o
Zikko pueden moverlos dentro de sus territorios y anexarlos a sus seguidores. Estos
dos jefes de grupo están subsidiados respectivamente por la compañía Steel and
Shipbuilding Cartels y por la Reaction Products and Chemical Cartels pero realmente

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están controlados por el príncipe Travann. Ellos a su vez controlan alrededor del
setenta por ciento de los que no trabajan en Asgard.
—¿Y usted cree que todo eso tiene las miras de un complot contra el trono?
—Un complot para apoderarse del trono, Su Majestad.
—Oh, vamos, príncipe Ganzay, está usted hablando como Dorflay.
—Escúcheme, Su Majestad. Su alteza imperial solamente tiene catorce años de
edad. Todavía pasarán once años antes de que él sea legalmente capaz para asumir los
poderes de emperador en el evento lastimoso de que usted muriera antes de ese plazo,
habría necesidad de una regencia. Por supuesto que sus ministros y consejeros serían
los que nombraran al regente, pero yo sé cómo votarían con las bayonetas de la
Guardia de Seguridad contra sus gargantas. Una regencia podría no ser solamente el
límite de las ambiciones del príncipe Travann.
—Utilizando sus propias palabras es muy plausible, príncipe Ganzay. Sin
embargo, todo eso descansa en un fundamento muy objetable. La presunción de que
el príncipe Travann sea lo bastante estúpido como para desear el trono.
El príncipe tuvo que terminar solo la conversación ya que su pantalla no reflejó
más la imagen del emperador. Todavía estaba mirándolo con asombrada incredulidad
cuando se apagó la pantalla. No podía imaginarse que hubiera alguno que no deseara
el trono, ni siquiera el hombre que tuvo que sentarse en él.
Durante un momento Paul permaneció mirando a la pantalla oscurecida y su
preocupación era manifiesta. Viktor Ganzay tenía mucho mejor servicio de
inteligencia de la que él había creído. Se preguntó Paul cuánto más habría averiguado
Ganzay que no había mencionado. Enseguida volvió a sus reportes. Tenía al frente el
del Ministerio de Bellas Artes cuando la pantalla de comunicaciones nuevamente
requirió su atención.
Cuando movió el switch apareció la imagen de una mujer que le sonreía. Sus
cabellos rubios estaban alborotados y usaba un vestido muy elegante; se acentuó la
sonrisa de la mujer cuando el rostro de Paul apareció en la pantalla de ella.
—¡Hola! —lo saludó ella.
—Hola, ¿cómo estás? ¿Apenas saliste de la cama?
Se llevó ella la mano a la boca para esconder un bostezo.
—Te apuesto a que ya has estado reinando horas. ¿No han ido todavía Rod y
Snooks a verte?
—Salieron hace un momento. Rod va con Olva a pasar un día de campo en las
montañas.
Se preguntó Paul cuánto tiempo haría desde que él y Manís habían estado en un
día de campo, un verdadero día de campo, con menos de cincuenta guardias y otros
tantos cortesanos acompañándolos.
—¿Tienes muchas atenciones para esta tarde? —le preguntó Paul.
Ella hizo una mueca de enfado.

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—Festival de flores. Tengo que aparecer personalmente entre las pantallas
tridimensionales en vivo con mensajes para los súbditos amorosos. De tres minutos
ante la pantalla y dos minutos de descanso intermedio. De eso tengo cuarenta para
esta tarde.
—Uff, bueno, que te diviertas, mi amor. Todo lo que yo tengo es un almuerzo con
la Banca y después una sesión plenaria —enseguida le dijo acerca de los temores de
Ganzay de que pudiera haber una controversia violenta.
—¡Oh, será divertido! Quizá alguno le jalará las barbas a otro, o algo semejante.
Yo también pienso lo mismo.
El indicador de llamadas que tenía frente a él empezó a brillar con el símbolo
clave del Ministro de Seguridad.
—Siempre podemos esperar algo, ¿no es así? Y ahora Yorn Travann está tratando
de hablar conmigo.
—No lo hagas esperar. Quizá pueda verte antes de la sesión —contrajo los labios
para enviarle un beso y desapareció.
Nuevamente Paul hizo funcionar el switch y el príncipe Travann se reflejó en la
pantalla. El Ministro de Seguridad no perdió tiempo para decirle que sentía
molestarlo.
—Su Majestad, acabo de recibir un reporte de que hay un motín serio en la
universidad; entre cinco y diez mil estudiantes están atacando al Centro de
Administración, arrojando bombas malolientes y amenazando colgar al canciller
Khane. Ya han sometido y desarmado a la policía local y he enviado dos compañías
de la brigada de gendarmes contra motines, bajo las órdenes de un oficial a quién
puedo confiar para que arregle este problema, firme pero inteligentemente. No
queremos que haya ni tiroteos ni gases lacrimógenos, considerando que toda clase de
personas puedan tener hijos e hijas mezclados en un motín estudiantil.
—Sí, me parece recordar otros motines semejantes, en los que los hijos de su
difunta alteza, príncipe Travann y su difunta majestad Rodrik XXI se vieron
involucrados —hizo una pausa para que considerara Travann el punto y enseguida
añadió—: Esto difícilmente me parece como una batalla fraternal o alguna lucha
entre pandilleros, ¿qué es lo que pudo haberla desatado?
—La versión que yo tengo y que la obtuve después de una casi histórica llamada
en demanda de ayuda del propio canciller Khane, es que los estudiantes protestan por
una acción suya mediante la cual despidió a un miembro de la facultad. Tengo un par
de espías en la universidad y estoy tratando de comunicarme con ellos. He enviado
más investigadores que podrán pasar como estudiantes y lo hice antes del envío de
los gendarmes a fin de oír las razones estudiantiles y los nombres de los líderes
alborotadores —bajó la mirada hacia el indicador que tenía al frente y que había
empezado a brillar—. Si usted me perdona, señor, el conde Tammsan está tratando de
comunicarse conmigo. Él podrá tener nuevas noticias. Tan pronto como sepa algo
más, llamará a Su Majestad.

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No había habido nada semejante en la universidad dentro de los recuerdos de los
graduados más viejos. Paul sabía que el canciller Khane era un viejo bolsa estúpido y
arrogante con un sentido hinchado de su propia importancia. Paul hizo una pequeña
apuesta para consigo mismo de que todo aquello era culpa de Khane, pero se
preguntó qué cosa habría detrás de eso y cuáles serían sus resultados finales, futuros.
Se habían desatado grandes plagas ocasionadas por microbios pequeñísimos. Y las
palabras que hacía unos momentos había oído de los labios de su hijo le vinieron a la
mente. Grandes y pavorosos cambios…
El llamador de la pantalla lanzó un verdadero grito de alarma, y al instante movió
Paul el switch. Era nuevamente Viktor Ganzay. Se veía como si su permanente dolor
de muelas se hubiera alejado de él por el momento.
—Siento molestarlo, Su Majestad, todo está arreglado —informó—. El primer
ciudadano Yaggo accedió en alternar en presencia con el rey Ranulf y lord Koreff ha
retirado todas sus objeciones. Hasta donde yo puedo ver al presente no habrá ningún
problema.
—Excelente. Supongo que oyó usted acerca del alboroto de la Universidad.
—Oh, sí, Su Majestad. Es un asunto desagradable.
—Simplemente impresionante. ¿Cuáles pudieron haber sido las causas, no ha
oído usted? Todo lo que yo sé es que los estudiantes protestan por el despido de un
miembro de la facultad. Debe haber sido excepcionalmente popular, pues de otra
manera no hubiera recibido más que un regaño ordinario de Khane.
—Bueno, respecto a eso, señor, no puedo decir. Todo lo que supe fue que ha sido
el resultado de algunas divergencias de facultad en uno de los departamentos de la
ciencia. El despido fue fundado en insubordinación y desprecio por las autoridades.
—Yo siempre pensé que cuando una autoridad empieza a inspirar desprecio ha
dejado de ser autoridad. ¿Dijo usted ciencia? Quizá eso no le sirva a Duklass y a
Tammsan.
—Temo que no, Su Majestad —Ganzay no se veía precisamente arrepentido—.
El diario «The News Cartel» lo supo ya y ha lanzado la noticia que muy pronto
circulará por todo el imperio.
Dijo eso como si quisiera decir algo, y quizá sí. Un buen número de ministros y
casi todos los consejeros se pasaban la mayor parte de su tiempo preocupándose
acerca de lo que podrían pensar gentes sobre los planetas como Chermosh y
Zarathustra, Deirdre y Quetzalcóatl, en ignorancia del hecho de que el interés en la
política del imperio varía a la inversa como el cuadro de la distancia entre Odín y el
nivel de corrupción e ineficacia del gobierno local.
—Veo que usted estará en el almuerzo de la Banca. ¿Cree usted que podría invitar
también a nuestros huéspedes? Podríamos hacer una presentación informal antes de
que empiece. ¿Puede usted? Bueno, nos veremos allá.
Y una vez más, al apagarse la pantalla, volvió a los informes. Los recorrió
apresuradamente para asegurarse de que nada había sido marcado con la estrella roja

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y llamó a un robot para que aclarara el proyector. Después de un momento llamó
nuevamente el príncipe Travann.
—Siento molestar a Su Majestad, pero ahora ya tengo la mayoría de los hechos de
la revuelta estudiantil. Lo que ocurrió fue que el canciller Khane despidió a un
profesor del departamento de física bajo circunstancias que provocaron resentimiento
entre estudiantes de Ciencias. Algunos de ellos abandonaron las clases y fueron al
estadio para organizar una manifestación de protesta, y aquello alcanzó el clímax
cuando la mitad de los estudiantes estuvo allí. Khane perdió la cabeza y ordenó a la
policía local que desalojara el estadio; los estudiantes los atacaron y lograron
nulificarlos. Espero que ninguno de mis hombres permita que suceda nada semejante
a eso. El hombre que envió, el coronel Handrosan, se las arregló para hablar con los
estudiantes a fin de que regresaran al estadio y continuaran su reunión bajo la
protección de mi gendarmería.
—Parece ser un buen hombre.
—Muy bueno, Su Majestad. Especialmente para controlar disturbios. Tenga plena
confianza en él. También está investigando el fondo del asunto. Le informaré a Su
Majestad, lo que ha investigado hasta el momento. Parece que el jefe del
Departamento de Física, un profesor Nelse Dandrik, estaba llevando a cabo un
experimento, asistido por el profesor Klenn Faress, para establecer con más precisión
la velocidad de las partículas subleónicas, creo que son beta micropositos. La versión
de Dandrik, como Khane se la relató a Handrosan, fue de que él alcanzó un límite y el
aparato empezó a proporcionar resultados erráticos —el príncipe Travann hizo una
pausa para encender un cigarrillo y continuó—: En este punto, el profesor Dandrik
ordenó que se suspendiera el experimento, pero el profesor Faress insistió en
continuar. Cuando Dandrik ordenó entonces que el aparato se desmantelara, Faress se
vio verdaderamente contrariado y profirió palabras mal sonantes y amenazó a
Dandrik. Este se quejó a Khane quien ordenó a Faress que se disculpara; este profesor
se negó a hacerlo y Khane despidió a Faress. Inmediatamente los estudiantes se
fueron a la huelga. Faress confirmó todo y añadió un pequeño detalle que Dandrik no
había considerado necesario mencionar. De acuerdo con él, cuando esos micropositos
eran acelerados más allá de dieciséis y fracción de veces la velocidad de la luz,
empezaban a registrar en el punto deseado antes de que la fuente de aceleración
registrara la emisión.
—Sí, yo… ¿Qué dijo usted?
El príncipe Travann repitió aquello último lenta y distintamente y sin ninguna
inflexión en la voz.
—Eso pensé que había dicho. Pues bien, voy a insistir en una completa
investigación, que incluirá la repetición del experimento. Bajo la dirección del
profesor Faress.
—Sí, Su Majestad, y cuando eso ocurra, estaré presenciándolo en persona. Si
alguien se encuentra ante el descubrimiento del viaje del tiempo, creo que Seguridad

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debe tener un interés sustancial en ello.
El Primer Ministro llamó nuevamente para confirmar que el Primer Ciudadano
Yaggo y el rey Ranulf estarían en el almuerzo de la Banca. El jefe de la Cámara,
conde Gadvan, también llamó presentando un largo y triste problema acerca del
protocolo en el banquete. Finalmente al mediodía, trasmitió una señal para el general
Dorflay, esperó cinco minutos y enseguida se retiró de su escritorio y salió del
estudio, para encontrar al general loco y sus soldados con pelo de alambre formados
en el pasillo.
En la terraza superior del lado sur había más soldados thoranos y después de una
lluvia de saludos, presentaciones y órdenes para presentar armas y más saludos de
manos, el Primer Ministro avanzó y poniéndose al lado de Paul, lo escoltó al sitio en
donde los Consejeros de la Banca, los treinta que formaban el cuerpo, totalizando una
edad de doscientos ochenta años, estaban esperando detrás de sus tres huéspedes
distinguidos.
El rey de Durendal llevaba sobre sus hombros una capa de leopardo plateado y
pantalón ajustado color de rosa. Su cinturón tenía eslabones de oro y de él pendía una
daga incrustada de joyas, no más gruesa que una aguja de tejer. Era de figura esbelta
y ágil y tenía ojos grandes y muy expresivos. El encargado del tocado real debió
haber pasado con él por lo menos un par de horas.
«Hay que esperar a que Marris vea esto, ¡vaya hermano!», pensó Paul.
Koreff, el lord mariscal, usaba lo que probablemente era la costumbre general de
Durendal, una túnica con mangas cortas, botas casi hasta las rodillas, y la daga
parecía como si hubiera sido diseñada para usarse. Lord Koreff daba el aspecto de
que estuviera dispuesto a usarla en cualquier momento; su complexión robusta, su
cara redonda y brazos musculosos.
El Primer Ciudadano Yaggo, el Administrador en Jefe del Pueblo de y para la
Comunidad Planetaria de Aditya, usaba un atavío blanco semejante a un mono de
mecánico, con el emblema de su gobierno y el número «1» sobre el pecho. No
llevaba daga; si hubiera llevado alguna funda para arma, probablemente hubiera sido
para una regla de cálculo. Su cabeza estaba completamente rasurada, y tenía ojos
claros y una boca como ratonera. Miraba a los durendalianos con aparente disgusto y
era evidente que le correspondían.
El rey Ranulf parecía que había ganado en cara o cruz el derecho de ir primero.
Estrechó la mano imperial con las dos suyas y se vio encantador cuando expresó su
profundo placer.
Yaggo se colocó las manos a la altura del emblema de su pecho y las elevó
rápidamente al nivel de su barba diciendo:
—Al servicio del Estado Imperial —y añadió como si le pesara hacerlo—. Su
Majestad Imperial.
Por no ser jefe de estado lord Koreff ocupó el tercer lugar. Se concretó a estrechar
la mano de Paul diciendo:

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—Un gran honor, Su Majestad Imperial, y las gracias de parte de mi amo real y
mías por esta amable recepción.
Después de haber fallado en ocupar el primer sitio estaba más que dispuesto a
olvidar el incidente. Habiendo una oportunidad de que por haber encontrado modo de
disponer de las existencias de grano podría constituir la diferencia entre permanecer
en el poder o no.
Afortunadamente los tres huéspedes ya habían sido presentados con los
Consejeros de la Banca. Inmediatamente después de la presentación de lord Koreff,
todos ellos iniciaron la marcha de doscientos metros hacia el pabellón de almuerzos.
El rey Durendal cogido del brazo izquierdo de Paul y el Primer Ciudadano Yaggo
caminando torpemente a la derecha, con el príncipe Ganzay un poco más a un lado y
lord Koreff a la izquierda del rey Ranulf.
—¿Planea usted permanecer largo tiempo en Odín? —le preguntó Paul al rey.
—Oh, me encantaría estar simplemente «meses». Todo es tan maravilloso aquí en
Asgard; esto hace que nuestra pequeña capital de Roncevaux parezca tan
completamente provinciana. Voy a decirle a Su Majestad Imperial un secreto. Voy a
ver si puedo entusiasmar a algunas de sus maravillosas bailarinas de ballet para que
vayan a Durendal conmigo. ¿No estoy loco al asolar los teatros de Su Majestad?
—Solo hace conservar la tradición de su pueblo —le manifestó Paul—. Ustedes
los Espadachines de los Mundos, acostumbraban asolar todos los lugares adónde
iban.
—Temo que esos días malos hayan pasado, Su Majestad —terció lord Koreff—,
pero nosotros los espadachines recorrimos durante un buen tiempo toda la galaxia. En
efecto, me parece recordar haber leído que algunos de nuestros grupos de Morglay o
Flanberge aún ocuparon Aditya durante un par de siglos. Eso no se lo imaginaría al
verla actualmente.
Le llegó el turno al Primer Ciudadano Yaggo para tomar la precedencia, el asiento
del lado derecho del trono. Lord Koreff se sentó a la izquierda de Ranulf y para
establecer un balance, el príncipe Ganzay ocupó la silla junto a Yaggo. Empezó con
toda atención a hacer preguntas al Administrador en Jefe del Pueblo acerca de la
estructura de su gobierno, enredándolo en un monólogo que prometía durar por lo
menos la mitad del almuerzo. Eso permitió que el rey de Durendal quedara a
disposición de Paul, quien para comenzar le dijo algún cumplimiento por su capa de
piel de leopardo plateado.
El rey Ranulf rio armoniosamente, acariciando su atavío con las puntas de los
dedos y dijo que había sido simplemente diseñada siguiendo el modelo del atavío
general de los campesinos durendalianos.
—¿Tiene usted campesinos en Durendal?
—¡Oh, querido, sí! Es una gente tan linda y encantadora. Por supuesto, todos son
pobres y usan tales harapos tan graciosos; viajan en unos aerocoches viejos y
destartalados que hasta se maravilla uno de que no se hagan pedazos en el aire. Pero

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son tan maravillosamente felices y despreocupados. Muy a menudo deseo que
pudiera ser uno de ellos en lugar de su rey.
—Son de la clase no trabajadora, Su Majestad Imperial —explicó lord Koreff.
—En Aditya —declaró el Primer Ciudadano Yaggo— no hay clases, y en Aditya
todos trabajan. Cada uno de acuerdo con sus habilidades o según sus necesidades.
—En Aditya —dijo a su vecino en voz alta un consejero distante cuatro asientos a
su derecha— no se les llama clases, se les denomina categorías sociológicas y tienen
dieciséis de ellas. Y en Aditya no se les llama clase no trabajadora, sino reservistas
ocupacionales y tienen más de ellos de los que pudiéramos tener nosotros.
—Pero por supuesto, yo nací rey y tengo una obligación para con mi pueblo —
continuaba diciéndole el rey Ranulf a Paul, y lo dijo con tristeza.
—No, ellos no votan de ningún modo —lord Koreff le decía al consejero de su
izquierda—. En Durendal tiene usted que pagar impuestos antes de que pueda votar.
—En Aditya el crimen de evasión de impuestos no existe —aclaró el Primer
Ciudadano al Primer Ministro.
Y el consejero sentado a cuatro asientos de distancia de Paul le decía al vecino:
—En Aditya no hay nada que cause impuesto. El estado posee todas las
propiedades, y si la Constitución Imperial y la Marina del Espacio lo permitiera, el
Estado también sería dueño del pueblo. No me diga acerca de Aditya. La primera
nave espacial que tuve a mis órdenes fue el viejo «Invictus», 374; estuvo
comisionada en Aditya durante cuatro años y muy pronto iba a pasar ese tiempo en
órbita alrededor de Niffelhein.
En ese momento recordó Paul quién era aquel que así hablaba: el viejo almirante
Geklar, convertido ya en Consejero de la Banca. Este y el príncipe Consejero Dorflay
se llevarían muy bien y serían famosos.
El lord mariscal estaba replicando a alguna objeción que alguien había hecho:
—No, nada de eso. Nosotros sostenemos que todo derecho civil o político implica
obligaciones de la misma índole. Por ejemplo, el ciudadano tiene el derecho de
protección del reino. Y el derecho para participar en el gobierno del reino incluye su
obligación de apoyar el reino financieramente. Bueno, solamente imponemos
impuestos sobre propiedades; si uno de los no trabajadores adquiere una propiedad
causante tiene que ir a trabajar para ganar sus impuestos. Podría añadir que nuestros
no trabajadores son muy cuidadosos para evitar adquirir propiedades causantes.
—Pero si no tienen votos que vender, ¿de qué viven? —preguntó un consejero
asombrado.
—La nobleza los sostiene. Los terratenientes, los barones comerciantes, los
señores industriales. Mientras más adherentes no-trabajadores tengan, mayor es su
prestigio.
«Y mientras más rifles puedan apoyar a esos señores en sus disputas con los otros
nobles, por supuesto», pensó Paul.

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—Y además —continuó el lord mariscal— si no lo hiciéramos de esa manera, esa
clase se convertiría en facinerosos y nos cuesta menos sostenerlos que tener que
andar cazándolos por entre los bosques para colgarlos.
—En Aditya no existen facinerosos.
—En Aditya todos los facinerosos pertenecen a la policía secreta, solamente que
en Aditya no se llama al grupo policía secreta, es llamado «Sirvientes del Pueblo»,
novena categoría.
Pasó rápidamente sobre el salón una sombra, seguida de otra. Paul dirigió la
mirada hacia ellas y vio dos largas naves portatropas, con el blasón del Sol y el
Engrane y el escudo de armas del Ministerio de Seguridad. Pasaron por la parte
trasera de la Torre Octagonal y bajaron en el cuadro de aterrizaje del lado norte.
Inmediatamente siguió una tercera nave. Paul se levantó prontamente de su asiento.
—Por favor permanezcan sentados, caballeros, y continúen con su almuerzo. Si
me disculpan por un momento, regresaré enseguida —«así lo espero» añadió
mentalmente.
El capitán general Dorflay, rodeado de una docena de oficiales, thoranos y
humanos, ya se encontraba en la parte baja de la terraza de la Torre Octagonal. Tenían
con ellos una compañía de rifleros thorianos. Mientras bajaba Paul hacia el grupo,
Dorflay se apresuró a ir a su encuentro.
—¡Ha llegado la hora, Su Majestad! —le dijo tan pronto cómo pudo ser oído sin
levantar la voz—. Estamos listos para morir con Su Majestad.
—Oh, dudo que llegue a tanto, Harv —le contestó—, pero solo para estar
seguros, tome esa compañía y a los caballeros que están con usted y vayan a las
montañas a unirse al príncipe de la Corona y a su grupo —de un bolsillo que colgaba
de su cinturón extrajo un cuadernillo de apuntes y escribió rápidamente doblando la
nota y entregándola a Dorflay—. Entregue esto a Su Alteza y póngase a sus órdenes.
Lo sé, apenas es un niño, pero tiene buena cabeza. Obedézcale exactamente en todo,
pero bajo ninguna circunstancia regrese al palacio o le permita regresar hasta que no
lo llame.
—¿Está ordenándome Su Majestad que me aleje? —dijo el viejo soldado con
asombro.
—Puede ser sacrificado un emperador que tiene un hijo, pero el hijo de un
emperador, que sea demasiado joven, no. Eso lo sabe usted.
Harv Dorflay estaba solamente loco en una materia y aun dentro del cuadro de su
locura era intensamente lógico. De modo que asintió con una ligera reverencia.
—Sí, Su Majestad Imperial. Ambos servimos al Imperio de la mejor manera que
podemos. Y también protegeré la vida a la princesa Olva. ¡Quede Su Majestad con
Dios! —exclamó el general estrechando la mano que le tendía Paul y se alejó
presuroso para reunir a sus subalternos y a la compañía de thoranos. Momentos
después habían desaparecido por la rampa de salida más cercana.

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El emperador los vio alejarse y al mismo tiempo tuvo a la vista un aerocoche
grande y negro, ostentando el planeta de las tres lunas con el sable de plata símbolo
de Travann. Bajó el aerovehículo en el cuadro de aterrizaje del lado sur y fue seguido
por otro portatropas que se posó a unos pasos de él. Salieron del aerocoche cuatro
hombres: Yorn, príncipe Travann, y tres oficiales con el uniforme negro de los
Guardias de Seguridad.
El príncipe Ganzay también había dejado la mesa y llegaba hacia Paul mientras el
príncipe Travann avanzaba por la otra. Todos convergieron al mismo sitio.
—¿Qué pasa aquí, Príncipe Travann? —demandó Ganzay—. ¿Por qué ha traído
todas esas tropas a palacio?
—Su Majestad —empezó a hablar Travann suavemente—, confío en que
perdonará esta interrupción. Estoy seguro de que nada serio pasará, pero no quise
correr el riesgo. Los estudiantes de la Universidad vienen en marcha hacia palacio, lo
están haciendo en una procesión perfectamente pacífica y leal. Vienen con una
petición para Su Majestad, pero en el camino, cuando pasaban a través de un distrito
de no-trabajadores, fueron atacados por una pandilla de trúhanes conectados con un
jefe de grupo de votantes, llamado «Nutchy the Knife». Ninguno de los estudiantes
resultó herido y el coronel Handrosan alejó prontamente la procesión del distrito;
enseguida colocó a algunos de sus hombres que ya habían sido reforzados para que
sometieran a los trúhanes. Aquello todavía no termina y estas revueltas son como
fuegos en los bosques, nunca sabe uno qué rumbo tomarán y sí podrá controlarlos.
Espero que los hombres que he traído aquí no sean necesitados. Realmente son las
reservas contra los motines de trabajadores y los retiraré hasta que esté seguro de que
el palacio está a salvo.
Hizo Paul una señal con la cabeza dando a entender que había captado la
situación y dijo:
—Bueno, príncipe Travann, ¿cuánto tiempo estima que transcurra para que llegue
aquí la procesión?
—Viene a pie, Su Majestad. Por lo menos les daría una hora.
—Muy bien, príncipe Travann, haga que uno de sus oficiales verifique que la
pantalla para dirigirse al público esté lista. Quiero hablar con los estudiantes tan
pronto como lleguen. Y mientras tanto, hablaré con el canciller Khane, el profesor
Dandrik, el profesor Faress y el coronel Handrosan, todos juntos. Ah, y también al
conde Tammsan; príncipe Ganzay, ¿haría el favor de llamarlo a la pantalla
invitándolo a que venga aquí inmediatamente?
—Pero. ¿Su Majestad? —Al principio el Primer Ministro trató de suprimir una
mirada de incredulidad y enseguida aparentó que había comprendido—. Sí, Su
Majestad —dijo al cabo de unos instantes y arrugó el entrecejo cuando vio que antes
de irse dos de los oficiales de la Guardia de Seguridad saludaban al príncipe Travann
en lugar de dirigirse al emperador. Entonces se volvió con pasos apresurados hacia la
Torre Octagonal.

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El oficial que había ido al aerocoche para hacer uso del radio, regresó informando
que el coronel Handrosan venía ya en camino desde la Universidad trayendo consigo
en su coche comando a los dos profesores, ya que había anticipado que pudieran ser
requeridos. Paul asintió complacido.
—Ahí tiene usted un buen hombre, príncipe —le dijo—. Obsérvelo.
—Lo sé, Su Majestad. Para decir verdad él fue quien organizó esta marcha. Pensó
que sería mejor hacer que los estudiantes vinieran aquí con su petición en lugar de
estar causando disturbios en la Universidad que pudieran causar males mayores.
El otro oficial también regresó trayendo una pantalla-visión portátil colocada con
el elevador antigravitacional. Para entonces ya la Banca de Consejeros y los tres
huéspedes foráneos no pudieron controlar sus ansias y salieron en grupo del salón de
almuerzos.
Los consejeros miraban inquietos a todos lados y advirtieron a los Guardias de
Seguridad con sus negros uniformes que habían salido del portatropas y estaban
tomando posiciones por escuadras alrededor del soberano. El primer ciudadano
Yaggo, el rey Ranulf y lord Koreff también parecían inquietos. Estaban evitando la
proximidad de Paul como lo hubieran hecho con la muerte verde.
Se iluminó la pantalla y apareció en ella la ciudad como si fuera vista desde un
aerocoche a una altura de seiscientos metros, extendida con el palacio visible a la
distancia, y la Torre Octagonal destacando de ella como una mole de oro. El coche
que llevaba los transmisores iba detrás de la procesión que se movía rumbo a palacio
a lo largo de una de las anchas avenidas elevadas.
Al frente marchaban los gendarmes y guardias de Seguridad que también
flanqueaban a los estudiantes. Había unas cuantas banderas imperiales y planetarias,
ninguno de los estandartes hechos en cantidad ni pancartas que siempre traicionan a
una demostración planeada.
El príncipe Ganzay que había estado ausente por unos minutos ya regresaba.
Cuando estuvo al lado de Paul lo llamó a un lado.
—Su Majestad —murmuró suavemente—, intenté reunir tan pronto como fuera
posible tropas del ejército, pero pasarán horas antes de que puedan llegar aquí. Y la
milicia no puede ser movilizada en nada menos de un día. Solo se cuenta en Odín con
cinco mil soldados regulares.
Y la mitad de ellos eran oficiales y no combatientes de regimiento esqueléticos.
Como la marina, el ejército había sido diseminado por todo el Imperio, en Beaemoth
y Amida; en Xipetotec y Astarte y Jotunnheim en respuesta a llamados para ayudar al
Ministerio de Seguridad.
Uno de los consejeros menos decrépitos, general retirado, dijo:
—Echemos una mirada a esta revuelta, príncipe Travann. Quiero ver cómo
maneja su gente esta situación.
Los oficiales que habían llegado con Travann consultaron brevemente y
enseguida captaron otra vista en la pantalla. Tenía que ser una vista pública regular, al

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frente de un alto edificio. Más o menos sería a una distancia de tres kilómetros más
retirada de la que habían apreciado antes; el palacio era visible solamente como una
diminuta mancha que se viera desde la Torre Octagonal. Una media docena de
aerocoches de la Seguridad rondaban por allí, dos de ellos persiguiendo a un vehículo
desvencijado de algunos civiles y le disparaban. Sobre las terrazas y avenidas
elevadas, se veían agazapados pequeños grupos de la Guardia de Seguridad y corrían
de un escondite a otro, y algunas veces también grupos o individuos vestidos con
ropas civiles les disparaban en represalia. Había una ausencia sorprendente de
heridos.
—¡Su Majestad! —cuchicheó el viejo general en un escandaloso murmullo—.
¡Eso no es más que una gran pantomima! ¡Vea, están disparando balas de salva! Los
rifles casi no patean al disparar y hay demasiado humo como para que fuera pólvora
impulsora.
—Ya lo había notado. Pero manténgalo en secreto —le aconsejó el Emperador.
Ese alboroto tuvo que haber sido cuidadosamente planeado con anticipación. Sin
embargo, el lío estudiantil parecía enteramente espontáneo. Eso lo intrigaba. ¡Cómo
quería saber con precisión qué era lo que tramaba Yorn Travann!
Llegaban más aerocoches, grandes y lujosos con los escudos de armas de las
familias más distinguidas de Asgard. Uno de los primeros que bajó llevaba inscrito el
emblema de Duklass y de ese vehículo salieron el Ministro de Economía, el Ministro
de Educación y un par de otros ministros también.
El conde Duklass se dirigió inmediatamente al príncipe Travann alejándolo del
rey Ranulf y de lord Koreff con quienes estaba. Habló con Travann rápidamente y
con ansiedad.
En ese momento llegó el conde Tammsan casi corriendo.
—¡Salve, Su Majestad! —saludó falto de aliento—. ¿Qué es lo que ocurre, señor?
Oímos algo acerca de la pequeña bronca en la Universidad y que el príncipe Ganzay
estaba alarmado, pero ahora parece que se lucha en toda la ciudad. Nunca vi nada
semejante; camino hacia acá tuvimos que elevarnos a tres mil metros para alejarnos
de una batalla y hay una vasta multitud sobre la Avenida de las Artes, y… —entonces
advirtió allí a los Guardias de Seguridad—. Su Majestad, ¿qué es realmente lo que
pasa?
El conde Tammsan debió también haber ido a consultar alguna «médium» porque
miró a Paul azorado cuando le contestó:
—Grandes y pavorosos cambios. Pero creo que el Imperio sobrevivirá, y hasta
quizá tendremos unas cuantas mejoras cuando se haga lo necesario.
Un oficial de la Gendarmería, portando el uniforme azul, se acercó al príncipe
Travann, y retirándolo del conde Duklass habló con él brevemente. El Ministro de
Seguridad asintió con la cabeza y se volvió hacia el Ministro de Economía. Hablaron
los dos durante un buen rato y enseguida hicieron sonar las manos. Travann dejó a

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Duklass con su cara arrugada por las sonrisas. El oficial gendarme se retiró cuando
Paul se aproximó a ellos.
—Su majestad, este es el coronel Handrosan, el oficial que arregló el asunto de la
Universidad.
—Y fue una buena labor, coronel —le dijo saludándolo de mano—. No se
sorprenda si es recordado el próximo Día de los Honores. ¿Trajo consigo a Khane y a
los dos profesores?
—Están allá en aquel cuadro de aterrizaje más bajo, Su Majestad.
Estamos demorando a los estudiantes para darle tiempo a Su Majestad para que
hable con ellos.
—Los veremos ahora y será en mi estudio —saludó el coronel y se alejó.
Entonces Paul se volvió hacia el conde Tammsan—. Para esto es para lo que le pedí
al príncipe Ganzay que lo invitara a usted a venir. Estas cosas se han vuelto
demasiado públicas para que sean ignoradas; tendrá que tomarse alguna clase de
determinación. Voy a hablar con los estudiantes y quiero averiguar precisamente lo
que pasó antes de cometer algún error. Pues bien, caballeros, vayamos a mi estudio.
El conde Tammsan veía en su derredor asombrado.
—Pero no entiendo… —siguió los pasos de Paul y del Ministro de Seguridad; un
escuadrón de este caminó detrás de ellos—. No entiendo lo que está pasando —se
quejó Tammsan.
Un emperador a punto de perder su trono y un ministro próximo a aplicar su tiro
de gracia, tomándose tiempo fuera para arreglar una disputa académica. Aunque sí
había algo que entendía Tammsan y era que el Ministro de Educación estaba
recibiendo muy mala publicidad en un momento en que no era oportuno. El príncipe
Travann le contaba acerca del ataque de los trúhanes a la marcha de los estudiantes y
eso lo preocupó aún más. Los trúhanes no trabajadores actuaban por órdenes de sus
jefes de grupo y las acciones a través de ellos generalmente iban acompañadas por
acciones que se reflejaban hacia arriba a través de las influencias a las cuales los
ministros eran sensibles.
En el pasillo, afuera del estudio, había una docena de Guardias de Seguridad
enfundados en sus túnicas negras y un número igual de thoranos con atavíos rojos,
los dos grupos fraternizaban amigablemente. Al ver que el emperador y el Ministro
de Seguridad se aproximaban se separaron formando dos filas y el oficial thorano que
había con ellos ordenó el saludo militar.
Entrando en su estudio fue Paul directamente hacia su escritorio. El conde
Tammsan encendió un cigarrillo y fumó nerviosamente. Al sentarse dio la impresión
de que temía que la silla se desplomara con su peso. El príncipe Travann se sentó en
otra y aflojó los músculos de su cuerpo y cerrando los ojos para descansar.
Había un trocito de galleta en el piso junto a la silla de Paul; lo había dejado el
pequeño galgo esa mañana. Paul se inclinó para recogerlo y lo puso sobre su
escritorio. Se sentó entonces y se quedó mirándolo hasta que se iluminó la pantalla de

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la puerta de entrada y zumbó el indicador. Entonces oprimió el botón para permitir el
paso a los que se anunciaban.
El coronel Handrosan hizo entrar a los tres hombres de la Universidad: Khane,
quien a pesar de su cara arrogante y rubicunda mostraba preocupación; Dandrik, de
cabello cano y hombros caídos, se veía exaltado; Faress, joven con un bigote rojo y
alborotado, tenía una mirada agresiva. El emperador los saludó colectivamente y los
invitó a sentarse y se produjo entonces un breve e incómodo silencio que todos
esperaban romper.
—Pues bien, caballeros —les dijo Paul—, queremos que nos expongan los
hechos acerca de este asunto, de acuerdo como fueron sucediendo. Deseo que me
digan tan breve y completamente como sea posible todo lo que sepan de ello.
—Ahí está el hombre que empezó todo —declaró Khane señalando a Faress.
—El profesor Faress no tuvo nada que ver con ello —expresó Handrosan
secamente—. Él y su esposa estaban en su departamento, empacando para cambiarse
cuando empezó todo. Alguien lo llamó y le dijo acerca de la lucha en el estadio, y se
trasladó inmediatamente para hablar con sus estudiantes e invitarlos a que se
dispersaran. Para entonces ya la situación estaba completamente fuera de control; no
pudo hacer nada con los estudiantes.
—Bueno, pues creo que debemos primero saber por qué fue despedido el profesor
Faress —dijo el príncipe Travann—. Requeriría una buena labor para convencerme
de que cualquier profesor capaz de inspirar tamaña lealtad en sus estudiantes es un
mal maestro o que merezca un despido.
—Según entiendo —expresó Paul—, el despido fue el resultado de un desacuerdo
entre el profesor Faress y el profesor Dandrik acerca de un experimento sobre el cual
trabajaban. Creo que ese experimento conducía a precisar con más exactitud la
velocidad de las partículas subnucleónicas aceleradas. Beta micropositos, ¿no era así,
canciller Khane?
Khane lo miró con sorpresa.
—Su Majestad, yo no sé nada al respecto. El profesor Dandrik es el jefe del
departamento de Física. Hace seis meses fue a verme y me dijo que en su opinión ese
experimento era deseable. Yo simplemente lo sometí a su juicio y lo autoricé.
—Su Majestad acaba de asentar el propósito del experimento —dijo Dandrik—.
Durante siglos ha habido imprecisiones en descripciones matemáticas de los eventos
subnucleónicos, y ese experimento se llevaba a cabo con la esperanza de eliminar
esas imperfecciones —expuso enseguida una explicación matemática muy amplia.
—Sí, entiendo eso, profesor. ¿Pero cuál fue precisamente el experimento real en
términos de operaciones físicas?
—Su Majestad, estábamos utilizando el acelerador grande turbolineal para
proyectar los micropositos rápidos hacia abajo de un tubo evacuado de un kilómetro
de longitud, y con luz, la velocidad de la cual ha sido establecida casi absolutamente.
Diré que con respecto a la luz, no había ninguna imprecisión observable en ningún

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tiempo y hasta que los micropositos fueron acelerados a 16.067543333. 1/3 veces la
velocidad de la luz, registraban tanto como se esperaba. Sin embargo, más allá de esa
velocidad, el blanco de los micropositos empezó a registrar impactos antes de que la
fuente de aceleración registrara que hubieran sido emitidos, aunque el blanco luz aún
estaba registrando normalmente. Notifiqué al profesor Dandrik acerca de esto y…
—Lo notificó usted. ¿No estaba presente en aquel momento?
—No, Su Majestad.
—Su Majestad, soy el jefe del departamento de Física de la Universidad. Tengo
mucho trabajo administrativo como para perder tiempo en los experimentos técnicos
como ese —interpuso Dandrik.
—Entiendo. El profesor Faress está realmente llevando a cabo el experimento.
Usted le dijo al profesor Dandrik lo que había sucedido. ¿Y entonces qué?
—Bueno, Su Majestad, él simplemente declaró que el límite de precisión había
sido alcanzado y ordenó que se suspendiera el experimento. Entonces reportó la
lectura más alta antes de que ese efecto de anticipación fuera observado como límite
establecido más recientemente en la medición de la velocidad de los micropositos y a
pesar de eso no dijo nada en su reporte del efecto anticipado.
—Ya leí un sumario del reporte. ¿Por qué, profesor Dandrik, omitió mencionar
ese ligeramente extraño efecto?
—Vamos, porque todo eso era completamente absurdo, por eso fue —rugió
Dandrik y enseguida añadió precipitadamente—: Su Majestad Imperial —entonces se
volvió con una mirada fulminante hacia Faress; (los profesores no dirigen esa clase
de miradas a los emperadores galácticos)—. Su Majestad, el límite de precisión había
sido alcanzado. Después de eso solamente era esperado que el aparato diera
resultados erráticos.
Faress intervino nuevamente:
—Podría haber sido esperado que el aparato cesara de registrar la velocidad
aumentada relativa al estándar de la velocidad de la luz, o que la empezara a registrar
desproporcionadamente. Pero, Su Majestad, yo me someteré a que se discuta que no
se esperaba a que registrara impactos antes de las emisiones. Y agregaré esto: después
de registrar ese aparentemente ligero salto hacia el futuro, no había ningún aumento
proporcionado en anticipación a mayores aumentos de aceleración. Yo quería
averiguar por qué. Pero cuando el profesor Dandrik vio lo que estaba pasando, casi se
volvió histérico y ordenó que se desconectara el acelerador como si tuviera miedo de
que le fuera a explotar en la cara.
—Y creo que sí le ha explotado en la cara —dijo el príncipe Travann
tranquilamente—. Profesor, ¿tiene usted otra teoría o suposición, o al menos alguna
idea descabellada cómo ocurre ese efecto de anticipación?
—Sí, Su Alteza, sospecho que esa anticipación aparente es solo una ilusión
observacional, semejante a la ilusión de regresar el tiempo, experimentada cuando se

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observó la primera vez aunque no realizada, de que los positrones algunas veces
exceden la velocidad de la luz.
—Pero, eso es lo que he estado diciendo —interrumpió Dandrik—. Todo ese
fenómeno es una ilusión debida a…
—A haber alcanzado el límite de precisión observacional; entiendo, profesor
Dandrik. Adelante, profesor Faress —le ordenó Paul.
—Creo que más allá de 16.067543333. 1/3 veces la velocidad de la luz, los
micropositos cesaron de tener por completo ninguna velocidad, velocidad que había
sido definida como una unidad de emoción del tiempo del espacio cuatridimensional.
Yo creo que se movieron a través de las dimensiones triespaciales sin moverse para
nada en la cuarta dimensión temporal. Entonces recorrieron ese kilómetro desde su
punto de arranque hasta su blanco, literalmente sin emplear ningún espacio de
tiempo. Es la instantaneidad.
Esa debió haber sido la primera vez que el profesor Faress lo expresaba.
Dandrik saltó de su asiento lanzando un grito que estuvo muy cerca de ser un
verdadero chillido.
—¡Está loco! Su Majestad, usted no debe… Esto es, bueno, quiero decir… Por
favor, su Majestad, no le preste atención, no sabe lo que está diciendo. Está
desvariando.
—Él sabe perfectamente bien lo que está diciendo —le aclaró el emperador— y
probablemente lo asuste a él más de lo que le asusta a usted. La diferencia es que él
está dispuesto a encararse con ello y usted no.
La diferencia estimada es que Faress era un científico y Dandrik un profesor de
ciencia. Para Faress se había abierto una nueva puerta, la primera nueva puerta en
ochocientos años. Para Dandrik, era una amenaza a la nulificación de todo lo que
había enseñado desde la mañana y que había abierto su primera clase. Ya no podría
decir más a sus discípulos:
—Están aquí ustedes para aprender de mí —tendría que decir más humildemente
—: Estamos aquí para aprender de la Universidad.
También eso había ocurrido muchas veces. La Universidad cómoda y establecida
había ajustado todos los hechos conocidos y después los nuevos hechos habían sido
aprendidos aunque no encajaran en los anteriores. El tercer planeta del sistema solar
había sido una vez el centro del universo. Y más tarde la tierra y el sol y aun la
galaxia entera habían sido forzados para abdicar su centricidad. El átomo había sido
indivisible hasta que alguien lo dividió.
Hubo una sustancia intangible que había penetrado el universo, debido a que se
consideraba necesaria para la transmisión de la luz, hasta que fue demostrado que era
innecesaria e inexistente. Y la velocidad de la luz se consideraba como la última
velocidad, y así como el átomo no podía ser dividido, tampoco la luz no podía ser
excedida en su velocidad. Y la velocidad de la luz había sido constante, sin considerar
la distancia de su punto de partida, y el universo para explicar ciertos fenómenos

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observados se había creído que se encontraba extendido en todas direcciones. Y todo
aquello que ocurrió en la rama psicológica, cuando el psi-fenómeno se había
convertido en algo demasiado obvio como para que pudiera ser despreciado.
—¿Y entonces cuando el doctor Dandrik le ordenó que suspendiera el
experimento, precisamente cuando empezaba a ponerse interesante, se rehusó usted a
acatar sus órdenes?
—Su Majestad, no podía detenerme, no hasta el punto en que había yo llegado,
pero el doctor Dandrik ordenó que el aparato se desmantelara y fuera destruido;
siendo entonces cuando temo haber perdido la cabeza. Le dije que le golpearía su
cara tonta, por una simple razón.
—¿Lo confiesa entonces? —rugió el Canciller Khane.
—Creo que usted dio una muestra admirable de control personal al no hacerlo.
¿Le explicó usted al doctor Khane la importancia de ese experimento?
—Lo intenté, Su Majestad, pero él simplemente no me oyó.
—¡Pero, Su Majestad! —exclamó Khane pretendiendo disculparse—. El profesor
Dandrik es jefe del departamento y uno de los más notables físicos del Imperio, y este
jovencito es solamente uno de los profesores asistentes. Ni siquiera es un profesor
completo, y obtuvo su grado en alguna escuela fuera de nuestro planeta, en la
Universidad de Branerton, del planeta Gimli.
—¿Fue usted discípulo del profesor Van Evaratt? —le preguntó el príncipe
Travann secamente.
—Por qué, sí, señor. Yo…
—¡Ah, con razón! —exclamó Dandrik—. Su Majestad, ese hombre es un positivo
charlatán. Fue arrojado de nuestra Universidad hace diez años y me sorprendió que
aún pudiera entrar en la facultad de una escuela como Branerton, y en un planeta
como Gimli.
—¡Vamos, usted estúpido, viejo tonto! —le gritó Faress—. No es usted ni
siquiera lo bastante físico para acertar los robots del laboratorio de Evaratt.
—¡Ahí tiene, Su Majestad! —terció Khane—. ¿Ve usted cuánto respeto tiene por
la autoridad ese truhan?
En Aditya, una cosa sería inimaginable; en Aditya todo el mundo respeta la
autoridad, ya sea respetable o no.
El conde Tammsan se rio dándose cuenta de que tuvo que haber hablado en voz
alta, nadie más pareció haber captado el chiste.
—Bueno, ¿y ahora qué me dice de la revuelta estudiantil? —preguntó Paul al
príncipe Travann—. ¿Quién empezó eso?
—El Coronel Androsan hizo una investigación en el lugar de los hechos. ¿Puedo
sugerir que oigamos su reporte?
—Indudablemente que sí. ¿Coronel?
Se levantó Androsan y de pie, con las manos cruzadas atrás, miró fijamente a la
pared delante de la cual se encontraba el escritorio del emperador.

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—Su Majestad, los estudiantes de la clase de física subnucleónica avanzada del
profesor Faress, todos ellos estudiantes postgraduados, se les dijo que su maestro
había sido despedido por un miembro de la facultad que se iba a hacer cargo de la
clase desde esa misma mañana. Se levantaron todos y salieron formando un solo
grupo para dirigirse a los campos de la Universidad a discutir el asunto. En el
descanso siguiente de otra clase, se les unieron otros estudiantes de Ciencia y se
trasladaron al estadio en donde media hora más tarde se les unían otros estudiantes
que ya también habían tenido noticias del despido del profesor Faress. No tardó
mucho tiempo en que la reunión se volviera un completo desorden. Todo aquel
escenario fue captado por una cámara y tenemos una completa audiovisual de lo
ocurrido incluyendo el ataque de que fueron víctimas los estudiantes por la Policía
local de la Universidad.
«Ese ataque fue ordenado por el canciller Khane alrededor de las once. El jefe de
la policía universitaria recibió órdenes de desalojar el estadio y cuando preguntó que
si podía hacer uso de la fuerza, el canciller Khane le dijo que usara cualquier cosa que
deseara».
—¡No fue así! Solo le dije que desalojara a los estudiantes del estadio pero…
El coronel Androsan no se inmutó por la interrupción y continuó con voz
monótona:
—El jefe de la Policía llevaba consigo una grabadora personal. Tiene la orden de
atacar con la propia voz del canciller Khane. La he oído personalmente; la Policía
trató primero de usar gases pero el viento soplaba contra ellos. Enseguida intentaron
usar lanzadores de sonido, pero los estudiantes se arrojaron sobre ellos y los
dominaron. Si Su Majestad me permite expresar una opinión personal, aunque yo no
simpatizo con su ataque subsecuente sobre el Centro de la Administración, los
estudiantes estaban enteramente dentro de sus derechos para defenderse en el estadio
y es ya lo bastante peligroso detener a tropas entrenadas y disciplinadas, además de
que vayan bien armadas y de que estén ganando como ocurría con la Policía de la
Universidad. Después de derrotar a la Policía los estudiantes simplemente
prosiguieron con lo que podríamos llamar el momento de la victoria.
—¿Entonces usted diría que ha sido establecido positivamente que los estudiantes
se comportaban de una manera pacífica y ordenada cuando fueron atacados en el
estadio y de que el canciller Khane ordenó personalmente ese ataque?
—Lo diría enfáticamente, Su Majestad.

—Creo que tenemos aquí lo necesario, caballeros —terminó el emperador


volviéndose hacia el conde Tammsan—. Esto es conjuntamente un asunto de
educación y seguridad. Le sugeriría que usted y el príncipe Travann se unieran en una
averiguación pública y formal, y hasta que todos los hechos hayan sido establecidos y

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tomada una decisión sobre el despido del profesor Faress para que sea reconsiderado
y se reinstale en su posición de la facultad.
—Sí, Su Majestad —aceptó Tammsan—, y creo que sería una buena idea que el
canciller Khane tomara unas vacaciones.
—También sugeriría que ya que ese experimento con los micropositos es crucial
para todo este caso, sea repetido bajo la dirección personal del profesor Faress.
—Estoy de acuerdo con eso, Su Majestad —expresó el príncipe Travann—. Si es
tan importante como creo, el profesor Dandrik es merecedor de una censura por haber
ordenado que se suspendiera y por omitir en ese reporte los efectos de la anticipación.
—Consultaremos acerca de la averiguación conjunta incluyendo el experimento;
nos reuniremos mañana, Su Alteza —le dijo Tammsan a Travann.
Paul se levantó de su asiento y todos hicieron lo mismo.
—Siendo ese el caso, ustedes, caballeros, pueden retirarse. La marcha de los
estudiantes debe estar llegando y deseo informarles lo que se está haciendo. Príncipe
Travann, Conde Tammsan, ¿desean acompañarme?
En el camino hacia la terraza del centro, frente a la torre octagonal, se volvió Paul
hacia el conde Tammsan.
—Advertí que usted se rio de esa cita mía acerca de Aditya —le dijo—. ¿Conoció
usted al Primer Ciudadano?
—Solamente en la pantalla, señor. Esta mañana estuvo conmigo alrededor de una
hora. Parece que están reformando el sistema educativo en Aditya. En ese planeta se
reforma todo cada diez años, con necesidad o sin ella. Vino aquí para buscar a alguien
que se hiciera cargo de esas reformas —Paul se detuvo y sus acompañantes se
detuvieron a su lado. La risa del emperador fue sonora.
—Bueno —dijo después de un momento—, enviaremos al Primer Ciudadano
Yaggo muy feliz de regreso a su planeta; le haremos un presente que consistirá en el
más distinguido de los educadores de Odín.
—¿Khane? —preguntó Tammsan.
—Khane. ¿No es maravilloso? Si tiene usted unos cuantos problemas se verá en
líos, pero si en vez de pocos son muchos, esos problemas hay que resolverlos poco a
poco. Tenemos una oportunidad para liberarnos de Khane y crear una vacante que
pueda ser llenada por alguien de una talla suficiente; el Ministro de Educación se
libra de una situación molesta; el Primer Ciudadano Yaggo obtiene lo que piensa que
él desea…
—Y si conozco a Khane, tan bien como conozco al jefe de la comunidad del
pueblo de Aditya, no pasará un año antes de que Yaggo haga fusilar a Khane o lo
meta a la cárcel y después la marina espacial tendrá una excusa para visitar Aditya, y
esta nunca volverá a ser la misma —añadió el príncipe Travann.
Después de que el emperador y los dos ministros se dirigieron a la masa de
estudiantes, permanecieron estos en los prados del frente del palacio aclamándolos
durante un buen tiempo. Los guardias de seguridad estaban visiblemente distraídos y

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fue un oficial de los rifleros thoranos vestidos de rojo, quien salió al encuentro de
ellos cuando entraron en el pasillo de la Cámara de Sesiones. El príncipe Ganzar se
aproximó atendido por dos oficiales de la guardia de palacio, uno de ellos era humano
y el otro thorano. El conde Tammsan miró asombrado a uno y a otro de los oficiales.
Lo que causaba su asombro era que todo estaba como debía estar.
—Bueno, caballeros —dijo Paul—, estoy seguro de que los dos desearán
conferenciar por un momento con sus colegas en el salón antes de que principie la
sesión. Por favor no se sientan obligados a atenderme.
El príncipe Ganzay se acercó mientras los dos ministros se alejaban por el pasillo.
—Su Majestad, ¿qué es lo que pasa aquí? —inquirió Ganzay con sentimiento—.
¿Quién está precisamente en contra de palacio, el príncipe Travann o usted? ¿Y
dónde está Su Alteza Imperial? ¿Y el general Dorflay?
—Mandé a Dorflay para que se uniera al día de campo del príncipe Rodrik. Si
está usted preocupado por eso, ya puede imaginarse lo que él hubiera hecho aquí.
El príncipe Ganzay lo miró con curiosidad por un momento.
—Yo pensé que había entendido lo que estaba sucediendo —dijo—. Y ese asunto
de los estudiantes, ¿cómo se arregló?
Paul le narró lo ocurrido. Charlaron durante unos minutos y entonces el Primer
Ministro miró su reloj y sugirió que la sesión debía ya dar principio. Paul estuvo de
acuerdo y siguieron caminando por el pasillo hasta llegar a la Cámara.
El recinto semicircular y muy amplio estaba vacío excepto por un puñado de
guardias imperiales, la emperatriz Marris y sus damas de compañía.
Avanzó Marris tan rápidamente como su atavío largo y ajustado se lo permitió y
tomó del brazo al emperador; las damas de compañía siguieron detrás de ella y el
príncipe Ganzay se adelantó anunciando:
—¡Mis Lores! ¡Sus Venerables Altezas! ¡Caballeros! ¡Su Majestad Imperial!
Marris apretó fuertemente el brazo de Paul mientras seguían su camino.
—Paul —susurró a su oído—. ¿Qué hay acerca de esta tonta historia de que Yorn
Travann trata de apoderarse del trono?
—No es así. Yorn ha estado demasiado cerca del trono y durante mucho tiempo
como para que no sepa qué clase de silla es. Cometería cualquier crimen, incluyendo
hasta el genocidio, para mantenerse alejado de él.
Tuvo ella que apresurar el paso para seguir a Paul.
—¿Entonces por qué ha llenado el palacio con esos casacas negras? ¿Y Rod está
bien?
—Perfectamente bien; se encuentra por allá en las montañas manteniendo
ocupado a Harv Dorflay para que no venga aquí a hacer travesuras.
Cruzaron el pasillo de la Cámara de Sesiones y tomaron sus asientos en el trono
doble. Todos se sentaron y el Primer Ministro después de algunas formalidades
declaró la Sesión Plenaria abierta. Casi al momento uno de los príncipes consejeros
se puso de pie implorando la venia de Su Majestad para interrogar al gobierno.

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—Deseo preguntar a Su Alteza el Ministro de Seguridad, el significado de todo
ese disturbio sin precedentes, tanto aquí en el palacio como en la ciudad.
Al punto se levantó el príncipe Travann.
—Su Majestad, en respuesta a la pregunta de Su Alteza Venerable —principió y
enseguida expuso un relato completo de todo lo ocurrido, desde el alboroto
estudiantil, la marcha para hacer su petición al emperador y el choque que tuvieron
los estudiantes con los trúhanes de la clase no-trabajadora—, por lo que se refiere al
caso de la Universidad, yo titubeo al hablar de lo qué realmente concierne a Su
Señoría el Ministro de Educación, pero en cuanto a la lucha en la ciudad si es que
todavía continúa, puedo asegurar a Su Alteza Venerable que los gendarmes y los
guardias de seguridad la tienen bien controlada; las personas responsables han sido
rodeadas y si el Ministro de Justicia concurre, dará mañana principio una
averiguación.
El Ministro de Justicia aseguró al de Seguridad que su Ministerio estaría
preparado para cooperar en esa investigación. Entonces el conde Tammsan se levantó
empezando a informar acerca del motín en la Universidad.
—¿Qué pasó, Paul? —murmuró Marris.
—El Canciller Khane despidió a su profesor de Ciencias por estar demasiado
interesado en la ciencia. A los estudiantes no les gustó. Creo que el sucesor de Khane
rectificará eso. ¿Te divertiste en el festival de las Flores?
Levantó ella su abanico para esconder una mueca.
—Todo salió de acuerdo con mi programa y mañana tengo cincuenta
presentaciones más ante la tridimensional.
—Su Majestad Imperial —el consejero que se había levantado hizo una pausa
para asegurarse de que tenía la atención del Emperador y tan pronto se cercioró de
que lo había logrado continuó—: En vista de que esta cuestión parece envolver un
experimento científico, sugeriría que el Ministro de Ciencia y Tecnología también se
interesara en ella. Y considerando que al presente no hay Ministro que cubra ese
puesto, sugiero que la discusión sea continuada hasta después de que ese Ministro
haya sido electo.
El Ministro de Salud y Salubridad saltó de su asiento.
—Su Majestad Imperial, permítame concurrir con la proposición de Su Alteza
Venerable y extenderla con la subproducción de que el Ministerio de Ciencia y
Tecnología sea abolida y sus funciones y personal sean divididos entre los otros
ministros, específicamente entre los de Educación y Economía.
El Ministro de Bellas Artes estaba ya de pie antes de que el otro terminara su
proposición.
—Su Majestad Imperial, permítame que concurra con la proposición del conde
Guilfred y extenderla más allá con la propuesta de que el Ministerio de la Defensa,
también ahora vacante, sea del mismo modo abolido y sus funciones y personal

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agregados al Ministerio de Seguridad cuyo cargo actual desempeña Su Alteza el
príncipe Travann.
¡De modo que esas tenían! Marris a su lado exclamó:
«¡Vaya!» Hacía largo tiempo que Paul había descubierto que ella podía dar a
entender mucho con un solo monosílabo que el promedio de consejeros en media
hora de discurso.
El príncipe Ganzay daba la impresión de que hubiera sido alcanzado por un rayo
y desde la Banca de Consejeros seis u ocho voces discutían acaloradamente. Cuatro
ministros estaban clamando por el reconocimiento; el conde Duklass era el que
gritaba más alto de modo que él logró imponer su voz.
—Su Majestad Imperial, hubiera sido lo menos apropiado en mí el haber hablado
en favor de la propuesta del Conde Guifred, ya que soy parte interesada, pero no
titubeo en concurrir con la propuesta del varón Garratt, el Ministro de Bellas Artes.
Indudablemente la considero la más excelente de las proposiciones…
—Y yo la considero como la más diabólicamente peligrosa propuesta que se haya
hecho en este salón en los últimos seis siglos —gritó el viejo almirante Geklar—. Esa
es una proposición para concentrar todas las fuerzas armadas del Imperio en las
manos de un solo ministro. ¿Quién puede decir qué usos sin escrúpulos pueda hacer
de tal fuerza?
—¿Está usted insinuando, príncipe Consejero, que el príncipe Travann está
meditando algún uso tiránico o subversivo de tal fuerza? —Entre toda aquella gente
fue el conde Tammsan el que preguntó aquello.
Hubo un desconcierto general. Cerca de la mitad de la sesión plenaria estaba
absolutamente segura de que así era. El almirante Geklar se sustrajo rápidamente a
aquella pregunta diciendo:
—El príncipe Travann no será el último de los ministros de seguridad, es lo que
yo estaba a punto de decir, Su Majestad, es que el problema existe. Seguridad tiene
un monopolio virtual sobre las fuerzas armadas de este planeta. Cuando estos
desórdenes de la ciudad se iniciaron y de los cuales los hombres del príncipe Travann
están dando buena cuenta, hubo, según fui informado, una orden para traer al ejército
regular y a la milicia planetaria en ayuda de Asgard. Pasarán algunas horas antes de
que la primera de las fuerzas que menciono pueda llegar, y por lo menos un día antes
de que la segunda pueda ser movilizada; para cuando cualquiera de las dos llegue
aquí ya no habrá nada que pueda hacer. ¿No es esto correcto, príncipe Ganzay?
El Primer Ministro lo miró con enojo, aguijoneado al darse cuenta de que alguien
más tuviera un servicio de inteligencia personal tan bueno como el suyo, pero
entonces tragó su enojo y asintió.
—Aún más —continuó el conde Duklass—, el Ministerio mismo de la Defensa
no es más que un anacronismo, por lo cual no hay duda que refleja las condiciones en
las cuales ahora lo encontramos. El Imperio no tiene enemigos externos de ninguna
clase; todos nuestros problemas de defensa, son en realidad problemas de seguridad

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interna. Por lo tanto vamos a entregar todo lo que fue el Ministerio de la Defensa al
ministro responsable de esas tareas.
El debate se prolongó y se prolongó. Paul cada momento prestaba menos atención
a él y se veía claramente que la oposición a las propuestas iba cediendo.
Gritos de «Votos, Votos» empezaban a oírse de los que apoyaban las
proposiciones. El príncipe Ganzay se levantó de su sitio y fue hacia el trono.
—Su Majestad Imperial —le dijo suavemente—, yo me opongo a esas
proposiciones pero estoy convencido de que serán favorecidas lo suficiente para
pasarlas aun sobre el veto de Su Majestad. ¿Antes de que se decida la votación desea
Su Majestad que renuncie?
Paul se adelantó y bajó del trono al lado del Primer Ministro, rodeándole los
hombros con un brazo.
—Muy lejos de ello, mi viejo amigo —le dijo con voz perfectamente audible—.
Lo necesito mucho, pero por lo que toca a lo propuesto no me opongo. Creo que es
excelente y tiene mi aprobación —enseguida bajó el tono de voz y le dijo casi al oído
—: Tan pronto como sean aprobadas extienda el nombramiento al general Dorflay
para que forme parte de la Banca.
El Primer Ministro lo miró tristemente y enseguida asintió regresando a su lugar
en donde hizo un llamado al orden y pidió que se iniciara la votación.
—Y bien, si no puedes derrotarlos, úneteles —comentó Marris cuando Paul
regresó a su lado—. Y si empiezan a correr detrás de ti, no tienes más que gritar:
«Allá voy, sígueme».
Lo propuesto se aprobó casi por unanimidad. El príncipe Ganzay presentó el
nombre del capitán general Dorflay para que fuera elevado a la Banca de Consejeros
y el emperador lo decretó. Tan pronto como la sesión fue clausurada y pudo hacerlo,
se deslizó con Marris por una pequeña puerta que había detrás del trono y entró en un
elevador.
En el aposento de la parte alta de la Torre Octagonal, se despojó del cinturón con
la daga y se soltó la túnica, enseguida se sentó en su sillón y llamó a un robot
sirviente. Era el mismo que le había servido el desayuno y lo saludó como lo pudiera
hacer un buen amigo. El criado encendió un cigarrillo y le sirvió un brandy.
Durante un largo rato permaneció allí sentado, fumando y dando sorbitos a su
bebida; y con la mirada fija en la ventana que tenía vista al oeste, en donde un sol
anaranjado encendía las nubes detrás de las montañas, y se dio cuenta de que se
encontraba terriblemente cansado. Bueno, había razón; ese día se había hecho más
historia del Imperio que la que desde que ocupó el trono se hubiera forjado.
Entonces se oyó un «di» detrás de él. Volvió la cabeza para ver a Yorn Travann
emerger del ascensor escondido. Sonrió y levantó su copa para saludarlo:
—Pensé que llegaría usted un poco tarde —le dijo—. ¿Están todos tratando de
subir a la carreta?

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—Y bien, si no puedes derrotarlos, úneteles —comentó lo colocó al lado del de
Paul; entonces se sentó en el sillón frente a él y el robot se apresuró a servirle de la
misma bebida.
—Bueno, ¿y se lo reprocha? ¿de haber estado usted en el lugar de ellos, qué le
hubiera parecido?
—Un golpe de estado. ¿No era más que eso o había alguna otra razón? ¿Por qué
no me dijo que lo estaba preparando?
—Yo no lo preparé, me lo prepararon. No sabía nada de ello hasta que Max
Duklass me lo acomodó en el cuadro de aterrizaje. Yo había intentado luchar contra
esa proposición para repartir ciencia y tecnología, pero esa revuelta hizo fracasar todo
y asustó a Duklass, a Tammsan y a Guilfred y al resto de ellos. No estaban muy
seguros de contar con la mayoría, esa fue la razón por la que lograron posponer la
elección un par de veces, pero estaban seguros de que la revuelta iría a provocar que
algunos de los indecisos se volvieran contra ellos. De modo que me ofrecieron
respaldarme para tomar la defensa a cambio de mi apoyo para su proposición. Se veía
demasiado bueno para dejarlo pasar.
—¿Aún al precio de destruir ciencia y tecnología?
—Desde hace mucho tiempo estaba destruida y abandonada a la oxidación y a la
inutilidad. La principal función de Tecnología ha sido el suprimir cualquier cosa que
amenace el estado de economía «rigor mortis» a lo que Duklass llama estabilidad; y
la función de Ciencia ha sido el dejar que los cabezas huecas como Khane y Dandrik
dominen la enseñanza de la ciencia. Por lo que toca a Defensa, esta tiene sus
secciones técnicas y científicas, y cuando llegue el momento de destazar el pollo,
Duklass y Tammsan van a ver montón de rebanadas servidas en mi plato.
—Y cuando esté rebanado, se descubrirá que no hay provisión para investigación
original, De modo que cuando a Su Majestad le plazca instituirá una Oficina Imperial
para la Investigación Científica, independiente de todo ministerio, y adivine quién
será nombrado director.
—Faress, y a propósito, ya tenemos todo listo para alejar a Khane. El Primer
Ciudadano Yaggo está tan encantado de llevárselo como nosotros lo estamos de
liberamos de él. ¿Por qué no hacemos que regrese Van Evaratt y le damos ese puesto?
—Muy bien. Si él se hace cargo desde la apertura del próximo año académico, en
diez años tendremos un millar de hombres jóvenes, o quizá diez veces más, que no
tendrán miedo de experimentar nuevas cosas y nos darán nuevas ideas.
—Sí —afirmó Yorn Travann sacando sus cigarrillos y encendiendo uno. Paul
echó una mirada al robot esperando que sus sentimientos no se hubieran lastimado;
mientras tanto Travann continuó—: Todos estos levantamientos de los naturales del
planeta que he estado provocando con los cabecillas de las tribus internas, y todas
esas guerras civiles que mi gente ha estado manufacturando, tendremos más de ellas
y empezará a tratar de arrancarme la cabeza para pedir una adecuada Marina

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Espacial, y después de que la tengamos, estos problemas locales cesarán y entonces,
¿qué se esperará que hagamos? ¿Destruir las naves?
Ambos sabían lo que se tenía que hacer con algunas de ellas. Tenía que hacerse
furtivamente, mientras nadie lo observara, pero algunas de esas naves irían más allá
de los límites del Imperio y ocurrirán nuevas cosas. Abrirán nuevos mundos y nuevos
problemas. Habría grandes y pavorosos cambios.
—Paul, estuvimos de acuerdo desde tiempo atrás, cuando éramos aún
universitarios. El Imperio dejó de crecer y cuando las cosas alcanzan su máximo
crecimiento empiezan a morir, la muerte de petrificación. Y cuando esta es completa,
empiezan las grietas y el desplome y no hay modo de detenerlo. Pero si podemos
llevar gente a nuevos planetas el Imperio no morirá, empezará a crecer nuevamente.
—Usted no empezó el conflicto de la Universidad, sino esta mañana, lo inició
usted mismo, ¿no es verdad?
—El lío de los estudiantes, no. Pero el ataque a ellos de los trúhanes, sí. Fueron
algunos de mis propios hombres. Los verdaderos revoltosos empezaron a medrar
después de que Handrosan había sacado a los estudiantes de aquel distrito. Los
apergollamos a todos, incluyendo a su jefe, Nutchy the Knife; lo hicimos al momento
y enseguida, Big Moogie y Zikko the Nose, trataron de colarse. En este momento
estamos dando cuenta de ellos. Para mañana en la mañana no habrá en Asgard uno
solo de esos grupos de no trabajadores votantes, y para el fin de semana serán
eliminados en todo el planeta Odín. He descubierto un complot y todos ellos están
involucrados.
—Espere un momento —le pidió Paul poniéndose de pie—. Eso me recuerda
algo: Harv Dorflay está escondiendo a Rod y a Olva en las montañas. Quise tenerlo
alejado de aquí mientras se desenvolvían los sucesos. Tengo que llamarlo y decirle
que ya puede volver sin temor de nada.
—Bueno, pues arréglese su túnica y Colóquese el cinturón con su daga; se ve
como si hubiera sido arrestado, desarmado y esculcado.
—Tiene razón.
Se arregló su atavío y cruzó el aposento para ponerse al frente de la pantalla y
tuvo que recibir toda clase de seguridades. Entonces fue en busca del general Dorflay.
—¡Su Majestad! ¿Está usted bien?
—Perfectamente bien, general, ya puede traer a Su Alteza Imperial con toda
confianza; la conspiración contra el trono fue aplastada.
—¡Oh, gracias a los dioses! ¿Está prisionero el príncipe Travann?
—Todo lo contrario, general. Fue nuestro leal y devoto súbdito, el príncipe
Travann, quien aplastó la conspiración.
—Pero… ¡Su Majestad…!
—No se le reprocha que haya usted sospechado de él, general. Sus agentes
estuvieron trabajando entre los más ocultos consejos de los conspiradores. Cada uno
de aquellos de quien usted sospechaba, con excelentes razones, estuvo trabajando

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realmente para aplastar el complot. Haga recuerdos, general. La trama para poner la
ametralladora detrás de mi pantallavisión; aquella otra para sabotear el ascensor; y
aquella otra más para introducir asesinos dentro de la orquesta con armas ocultas
dentro de sus instrumentos; cada una de esas conjuras pudo usted advertirla porque
aquello parecía que fueran indiscreciones de los complotistas, ¿no es así?
—¡Pues… sí! ¡Sí, Su Majestad! ¿Quiere decir Su Majestad que las indiscreciones
fueron deliberadas? —Ya el general debía tener una serie completa de memorias de
cada una de ellas.
—La vigilancia y la lealtad de usted hizo necesario para ellos recurrir a esos
medios fantásticos y su vigilancia los derrotó tan pronto como llegaron a su alcance.
Puedo decirle en confianza que cada uno de los conspiradores está muerto. Murieron
en la revuelta de esta tarde incitada por el príncipe Travann.
—¿Entonces… entonces ya no habrá más complots contra la vida de Su
Majestad? —preguntó el general con una nota de tristeza en su voz.
—No más, Su Venerable Alteza.
—¿Pero, cómo me llamó Su Majestad? —preguntó el viejo militar con
incredulidad.
—Tuve el honor de ser el primero en dirigirme a usted con su nuevo título,
Príncipe Consejero Dorflay.
Dejó que el hombre se repusiera de su sorpresa y que balbuceara algunas palabras
descansando en el hombro del príncipe heredero al trono. Mientras tanto este le hizo
un guiño de ojos a su padre.
El príncipe Travann ya tenía listas otras dos copas que el robot había servido y le
ofreció una de ellas a Paul cuando este regresó a su asiento.
—No pasará una semana sin que encuentre sospechoso de traición a algún
miembro de la Banca de Consejeros —dijo Travann—. Pero hizo usted con él lo
único que se podía haber hecho. Los problemas que existen se resuelven creando
otros.
—Me estaba diciendo acerca del complot que había descubierto.
—Oh, sí; ese fue uno como para coronar los mejores esfuerzos de Dorflay. Todos
los jefes de bloques de votantes de Odín, están en conspiración para iniciar una
guerra civil que les dará oportunidad para saquear el planeta. No hay ninguna palabra
de verdad en ello, por supuesto, pero servirá para arrestarlos y detenerlos por unos
cuantos días, y mientras tanto algunos de mis investigadores estarán en control de
todos los no trabajadores votantes del planeta. Después de todo las reglas acordadas
pusieron fin a la competencia en cada uno de todos los negocios y ministerios; ¿por
qué entonces no tener también una regla de votantes? Con eso en cualquier tiempo
que haya una elección solo la anunciaremos para declararla.
—Pero eso significará un control absoluto…
—Del voto de la clase no trabajadora, sí. Y personalmente le garantizo que en
cinco años los políticos de Odín, se habrán hecho tan insoportables, tan corrompidos

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y abusivos, que los intelectuales, los técnicos, la gente de negocios y aun la nobleza,
estarán abarrotando las casillas para votar, y, aunque solamente la mitad de ellos
acudan, serán suficientes para que apabullen a los no trabajadores. Y eso querrá decir
que vendrá el final de la venta de votos y los no trabajadores tendrán que buscar
trabajo, pero ya se los encontraremos.
—¡Grandes y pavorosos cambios! —dijo Paul levantando su copa.
Yorn Travann reconoció la frase. Probablemente fue él quien la pronunció
primero y rio al oírla de labios del emperador.
—¡Por el Ministro de los Disturbios! —brindó Paul.
—¡Su Majestad! —respondió Travann.
Bebieron el uno por el otro y enseguida Travann dijo:
—Cuando niños tuvimos un buen número de sueños malos; ahora parece que
hemos empezado a convertir en realidad algunos de ellos. Cuando estuvimos en la
Universidad, los estudiantes no nos hubiéramos atrevido a hacer lo que ellos han
hecho ahora. Ni siquiera lo intentaron hace diez años cuando Van Evaratt fue
despedido.
—Y ahora tenemos al discípulo de Van Evaratt que regresó a Odín para empezar
con una nueva era —Paul se quedó pensativo durante un breve momento y añadió—:
Me gustaría saber lo que tiene Faress en ese efecto de anticipación.
—Creo que puedo ver lo que encierra. Si es posible propagar una onda que se
conduzca como esos micropositos, quizá no tendremos que depender de las naves
para comunicarnos. Algún día no lejano seremos capaces de poner en nuestras
pantallas a Baldur, o a Vishnú, Atón o Thor, tan fácilmente como acaba de hacerlo
con Dorflay que se encontraba refugiado en esas montañas —durante un momento
guardó Travann silencio y prosiguió—: No sé si eso será bueno o malo, pero será
algo nuevo y eso es lo que importa. Es lo único que cuenta.
—Festivales de flores —dijo Paul sonriendo y cuando Travann quiso saber lo que
quería decir le explicó—: Cuando la princesa Olva sea emperatriz, va a maldecir el
nombre de Klenn Faress. Festivales de flores difundidos por toda la galaxia, sin fin…

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LAURENCE VAN COTT NIVEN nació el 30 de abril de 1938 en Los Ángeles,
ciudad donde ha vivido siempre. Se licenció en Matemáticas y Psicología en la
Universidad de Washburn, en Kansas. Se dedica por completo a la escritura, aunque
nunca ha tenido problemas económicos gracias a la herencia de su abuelo, Edward
Doheny, el fundador de Union Oil. A pesar de ello, se ha empeñado en vivir solo de
lo que gana como escritor.
Es una figura clave en el desarrollo del género y un autor imprescindible para
comprender su evolución. Comenzó su carrera literaria en 1964 con el cuento El más
frío de los lugares, y ya en 1967 ganó su primer premio Hugo con el relato Estrella
de neutrones. Posteriormente, ganaría de nuevo el galardón en seis ocasiones más,
junto a un nutrido grupo de premios de todo tipo, incluido un Skylark como mejor
autor de todos los tiempos.
La mayor parte de sus narraciones tienen lugar en el «espacio conocido», separado
del presente por multitud de revoluciones tecnológicas y políticas, donde el ser
humano comparte vida en el universo con más de una docena de razas alienígenas.
Estos extraterrestres llegarán a cobrar protagonismo, como es el caso de los kzin, y
convertirse en el centro de las historias. Sin duda, es una proyección compleja, única
e inusualmente coherente, que se caracteriza por el optimismo científico y el desafío
continuo al lector para redescubrir el sentido de la maravilla. Niven utiliza la
literatura como un banco de pruebas científicas, una probeta cuyos resultados son
inocuos pero, sin embargo, pueden ayudar a progresar a la humanidad.

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Los elementos fundacionales de todo ese conglomerado se encuentran tanto en sus
primeras novelas (como El mundo de los ptavvs o A Gift from Earth) como en
Historias del espacio conocido, un volumen que agrupa las historias cortas que
escribió sobre este universo anteriores a 1975. Dentro de «Espacio conocido» se
integran un nutrido grupo de series, incluida «Mundo Anillo». Niven mantiene el
sentido de su historia, aunque respeta su independencia y autonomía. Esta ha sido su
obra más prestigiosa y admirada.
La primera novela de la saga, Mundo Anillo, le valió el premio Hugo, el Nebula y el
Ditmar y una gran relevancia entre los aficionados. De hecho, tras su aparición, se
llegó al extremo de que un grupo de estudiantes analizara la verosimilitud del planeta
como si fuera un astro real y denunciase que era un mundo inestable. Niven
sorprendió y reafirmó su poderío al continuar la serie para explorar y apuntalar todos
esos aspectos.
La influencia del escritor en todo el género ha sido abrumadora. Durante mucho
tiempo, fue la gran esperanza de la ciencia ficción dura o hard. De hecho, su figura
ha sido un pilar fundamental para los escritores del subgénero que lo han copado en
los ochenta, como Greg Bear, y los noventa, como Paul McAuley o Stephen Baxter.
Es más, Bear le hizo aparecer como personaje en una novela suya, y el gran escritor
A. C. Clark lo ha nombrado varias veces como su autor favorito. También el juego de
cartas Magic rinde homenaje con uno de sus naipes a su breve obra de fantasía; e
incluso juegos de ordenador como Wing Commander utilizan conceptos y seres
salidos de la pluma de este autor. En los últimos años, ha sido contratado para formar
parte de un equipo de colaboración con el Servicio de Seguridad de Interior en los
Estados Unidos, ayudando a prever y evitar posibles amenazas.

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CORDWAINER SMITH cuyo nombre real era Paul Myron Anthony Linebarger, (11
de julio de 1913 – 6 de agosto de 1966)
Fue un escritor estadounidense de ciencia ficción. Linebarger fue también un
importante estudioso del Extremo Oriente y un experto en guerra psicológica.
Empleó los seudónimos literarios «Carmichael Smith» (para su thriller político
Atomsk), «Anthony Bearden» (para su poesía) y «Felix C. Forrest» (para las novelas
Ria y Carola)
Linebarger nació en Milwaukee, Wisconsin. Su padre fue Paul M. W. Linebarger,
abogado y activista cercano a los líderes de la Revolución China de 1911. Linebarger
era, por ejemplo, ahijado de Sun Yat-sen, considerado el padre del nacionalismo
chino. Aún niño, perdió la vista de su ojo izquierdo, y vio afectada la de su ojo
derecho a causa de una infección. Cuando más adelante siguió el interés de su padre
por China, Linebarger se convirtió en un cercano confidente de Chiang Kai-shek. Su
padre trasladó a la familia a Francia y luego a Alemania mientras Sun Yat-sen
luchaba contra los belicosos señores de la guerra en China. Como resultado
Linebarger manejaba seis idiomas al llegar a la madurez.
A los 23 años recibió un Master en Ciencias Políticas de la Universidad Johns
Hopkins. Entre 1937 y 1946 Linebarger trabajó en la Duke University, donde
comenzó a producir respetados informes acerca de los asuntos del Lejano Oriente.
Siendo aún profesor en Duke, luego de comenzar la Segunda Guerra Mundial
comenzó a servir como teniente segundo del Ejército Estadounidense, donde se

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involucró en la creación de la Oficina de Información de Guerra y el Comité de
Operación, Planeamiento y Estrategia. También ayudó a organizar la primera sección
de guerrá psicológica del Ejército. En 1943 fue enviado a China para coordinar las
operaciones de inteligencia militar. Para el final de la guerra había ascendido a mayor.
En 1936 contrajo matrimonio con Margaret Snow. Tuvieron una hija en 1942 y otra
en 1947. Se divorciaron en 1949. En 1950 Linebarger se casó con Genevieve Collins.
Su matrimonio duró hasta su muerte en 1966, a causa de un ataque cardíaco.
En 1947 Linebarger se trasladó a la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados
de la Universidad Johns Hopkins en Washington, DC, como profesor de Estudios
Asiáticos. Utilizó sus experiencias en la guerra para escribir el libro Guerra
Psicológica (1948), reconocido como un clásico por muchos colegas. En las reservas
llegó a tener grado de coronel. Fue llamado para asesorar a las fuerzas británicas
durante la Emergencia Malaya y por el Ejército de Estados Unidos en la Guerra de
Corea. A pesar de haberse llamado a sí mismo «visitante de pequeñas guerras» se
abstuvo de participar en la Guerra de Vietnam, pero se ha sabido que realizó trabajos
no documentados para la CIA. Viajó mucho y se volvió miembro de la Asociación de
Política Exterior, y fue vuelto a llamar para asesorar al entonces presidente de
Estados Unidos John F. Kennedy.
Linerbarger expresó el deseo de retirarse a Australia, que había visitado en sus viajes,
pero murió a la edad de 53 años en los Estados Unidos. Está enterrado en el
Cementerio nacional de Arlington, sección 35, tumba número 4712. Su viuda
Genevieve Collins Linebarger fue enterrada junto a él el 16 de noviembre de 1981.
Por mucho tiempo se ha pensado que era la persona en la que se basó el psicólogo
Robert M. Lindner para crear a Kirk Allen, el protagonista de «El Sofa-jet», uno de
los capítulos de su colección de estudios de caso de 1954 The Fifty-Minute Hour.​
Según Alan C. Elms, alumno de Cordwainer Smith,​ esta especulación comenzó con
Billion Year Spree, de Brian Aldiss (1973). Y Aldiss ha manifestado obtener la
información a través de Leon Stover.​ Recientemente tanto Elms como el bibliotecario
Lee Weinstein​ han reunido evidencias suficientes para apoyar que Linebarger era
«Allen», pero ambos conceden no poseer ninguna prueba de que Linebarger haya
sido nunca paciente de Lindner o haya sufrido un desorden similar al de «Kirk
Allen». Incluso aceptando que hubiera alguna conexión, también tendrían que
reconocer que la historia está tan ficcionalizada que «Kirk Allen» debe ser una
mezcla entre Linebarger y algún otro paciente, o que él sufrió de un desorden similar
al de «Kirk Allen», y es imposible asociar detalles biográficos de «Allen» a
Linebarger.​

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JONATHAN BLAKE MACKENZIE es pseudónimo de Gordon Randall Phillip
David Garrett (16 de diciembre de 1927, Lexington, Misuri, Estados Unidos - 31 de
diciembre de 1987, Waco, Texas, Estados Unidos).
Fue un autor estadounidense de ciencia ficción y fantasía. Fue colaborador de
Astounding y otras revistas de ciencia ficción de las décadas de 1950 y 1960. Instruyó
a Robert Silverberg en las técnicas para vender grandes cantidades de ciencia ficción
de acción y aventuras y colaboró ​con él en dos novelas sobre hombres de la Tierra
que perturban una civilización agraria pacífica en un planeta alienígena.
Garrett es mejor conocido por los libros de Lord Darcy, la novela Demasiados magos
y dos colecciones de cuentos, ambientados en un mundo alternativo donde un imperio
anglo-francés conjunto aún dirigido por una dinastía Plantagenet ha sobrevivido hasta
el siglo XX y donde la magia funciona y ha sido codificado científicamente. Los libros
de Darcy son ricos en chistes, juegos de palabras y referencias (particularmente a
obras de ficción detectivesca y de espionaje: Lord Darcy está inspirado en Sherlock
Holmes), elementos que a menudo aparecen en las obras más cortas sobre el
detective. Michael Kurland escribió dos novelas adicionales de Lord Darcy.
Garrett escribió bajo una variedad de seudónimos que incluyen: David Gordon, John
Gordon, Darrel T. Langart (un anagrama de su nombre), Alexander Blade, Richard
Greer, Ivar Jorgensen, Clyde Mitchell, Leonard G. Spencer, SM Tenneshaw, Gerald
Vance. También fue miembro fundador de la Sociedad para el Anacronismo Creativo,
como «Randall of Hightower» (un juego de palabras con «garret»). La novela corta

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Brain Twister, escrita por Garrett con el autor Laurence Janifer (usando el seudónimo
conjunto de Mark Phillips), fue nominada al Premio Hugo a la Mejor Novela en
1960.
Un jugador de juegos de palabras empedernido (que define un juego de palabras
como «el olor que desprende una mente en descomposición»), era un invitado
favorito en las convenciones de ciencia ficción y amigo de muchos fanáticos,
especialmente en el sur de California. Según varias anécdotas en un volumen de
homenaje, Garrett era querido por sus amigos, quienes a menudo repetían anécdotas
de su comportamiento, pero horrorizaban a muchas mujeres, a las que habitualmente
se presentaba con proposiciones obscenas. Se presentó a Marion Zimmer Bradley con
la frase en latín «Coito ergo sum», (sic) que ella no entendió hasta que se le explicó
un tiempo después como una obscenidad, y en otro momento a una Anne McCaffrey
embarazada con «insinuaciones astutas» Philip José Farmer contó una anécdota en la
que su entonces esposa golpeó a Garrett por tener un par de calzoncillos de encaje de
otra persona en el bolsillo, y luego corrió desnudo por un hotel después de que lo
sorprendieran teniendo sexo con otra mujer en la habitación equivocada. Frank
Herbert dijo: «Podrías seguir sus movimientos alrededor de este picnic creativo de
anacrónicos por los chillidos de las mujeres cuyos traseros acababa de pellizcar».
Isaac Asimov se refirió lo suficiente a la ofensa de Judith Merril de Garrett, ella vació
un cenicero sobre sus cabezas y las de Garrett.
Garrett estaba casado con la también autora Vicki Ann Heydron, quien escribió en
gran parte la serie de fantasía Gandalara Cycle acreditada a ambos cónyuges; se
conocieron en 1975, en casa de su agente mutuo, y se casaron en diciembre de 1978.
En 1986, Heydron precisó que había sido la tercera esposa de Garrett «y al menos su
sexta colaboradora».
En 1999, Randall Garrett recibió póstumamente el premio Sidewise Award for
Alternate History Special Achievement Award por la serie Lord Darcy. También fue
ordenado en la Iglesia Católica Antigua. El personaje de detective privado de Glen
Cook, Garrett PI, recibe su nombre en honor a Garrett.

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J. T. McINTOSH. Es uno de los seudónimos del escritor y periodista escocés James
Murdoch MacGregor (14 de febrero de 1925, Paisley, Reino Unido - 22 de julio de
2008, Aberdeen, Reino Unido).
Fue un periodista y autor escocés mejor conocido por escribir ciencia ficción bajo el
seudónimo de J. T. McIntosh.
Nacido en Paisley, Renfrewshire, Escocia, pero viviendo principalmente en
Aberdeen, MacGregor usó el seudónimo McIntosh (junto con sus variantes JT
MacIntosh y JT M'Intosh), así como «HJ Murdoch», «Gregory Francis» (con Frank
H. Parnell) y «Stuart Winsor» (con Jeff Mason) por todo su trabajo de ciencia ficción,
que fue la mayor parte de su literatura, aunque publicó libros con su propio nombre.
J. T. McINTOSH: Es uno de los seudónimos, que utilizó para todos sus escritos de
ciencia ficción exceptuando una historia firmada como HJ Murdoch para
«science & Fantasy», en sus primeros trabajos el apellido se escribía M'Intosh.
Su primer cuento, «The Curfew Tolls», fue publicado en la revista Astounding
Science Fiction durante 1950. Con su primera novela, «Traición Salvadora» World
Out of Mind (1953), entró plenamente en una carrera que fue, en sus primeros años,
un éxito notable. «Traición Salvadora» inverosímil pero divertida establece una
restricción encubierta: Extranjero en una tierra dominada por las pruebas de aptitud,
donde gana su camino a la cima y desde allí prepara el camino para la invasión.

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Junto con John Mather y Edith Dell, se le atribuye el guión del largometraje en color
Satellite in the Sky (1956).
No publicó ningún trabajo después de 1980 y finalmente muere en Aberdeen en
2008.
Durante 2010, la Biblioteca Nacional de Escocia compró sus artículos literarios y su
correspondencia.

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KRIS OTTMAN NEVILLE (9 de mayo de 1925, San Luis, Misuri, Estados Unidos -
23 de diciembre de 1980, Los Ángeles, California, Estados Unidos).
Fue un escritor estadounidense de ciencia ficción de California. Nació en San Luis.
Su primera obra de ciencia ficción se publicó en 1949. Su obra más famosa, la novela
corta Bettyann, se considera un clásico de la ciencia ficción.

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FRANK PATRICK HERBERT fue un escritor estadounidense que nació en Tacoma,
Washington, el 8 de octubre de 1920 y que falleció en el 11 de febrero de 1986. Tras
estudiar en la Universidad de Washington tuvo varias profesiones, desde fotógrafo a
cámara de televisión o pescador de ostras. Comenzó a publicar en los años 50,
vendiendo artículos de relatos a revistas, hasta que en 1952 publicó su primer relato
de ciencia ficción: ¿Está usted buscando algo? Cuatro años más tarde salió a la luz su
primera novela, El dragón en el mar, conocida más tarde como Bajo presión. Pero no
sería hasta 1965 cuando finalmente le llegó el éxito con la inauguración de la famosa
serie Dune, donde presentaba un mundo imaginario con su propia política, ecología y
estructura social. La primera obra de la saga, Dune, que pronto se vería continuada
por otras novelas como El mesías de Dune o Hijos de Dune, obtuvo los premios
Nébula y Hugo, además del Premio Internacional de Fantasía, que compartió con El
señor de las moscas de William Golding. Herbert se hizo conocido también por su
creación de una «granja biológica» donde estuvo conviviendo con su familia en
armonía con la naturaleza.

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HENRY BEAM PIPER (23 de marzo de 1904, Altoona, Pensilvania, Estados Unidos
- 6 de noviembre de 1964, Williamsport, Pensilvania, Estados Unidos)
Fue un escritor estadounidense de ciencia ficción. Escribió muchos cuentos y varias
novelas. Es mejor conocido por su extensa serie de historias Terro-Human Future
History y una serie más corta de cuentos de historia alternativa «Paratime». Escribió
bajo el nombre de H. Beam Piper.
Piper fue en gran parte autodidacta; obtuvo su conocimiento de la ciencia y la historia
«sin someterme a la ridícula miseria de cuatro años en los incómodos confines de un
abrigo de mapache». Empezó a trabajar a los 18 años como peón en los astilleros de
Altoona del Ferrocarril de Pensilvania en Altoona, Pensilvania. También trabajó
como vigilante nocturno del ferrocarril.
Piper publicó su primer cuento, «Time and Time Again», en 1947 en Astounding
Science Fiction; se adaptó para el programa de radio Dimension X y se emitió por
primera vez en 1951, y se reprodujo para X Minus One en 1956. Fue principalmente
un autor de cuentos hasta 1961, cuando hizo una incursión productiva, aunque
efímera, en novelas Coleccionó armas y escribió un misterio, Murder in the
Gunroom.
En 1964, con su carrera aparentemente en declive, e impedido por la reticencia y sus
principios libertarios de pedirle a alguien que lo ayudara con sus dificultades
financieras, Piper se suicidó. Se desconoce la fecha exacta de su muerte; la última
entrada en su diario estaba fechada el 5 de noviembre («Lluvia 0930») y, según su

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certificado de defunción de Pensilvania, su cuerpo fue encontrado el 8 de noviembre.
Según la introducción de Jerry Pournelle a Little Fuzzy, Piper cortó todos los
servicios públicos de su apartamento, colocó paños de pintor sobre las paredes y el
piso, y se quitó la vida con una pistola de su colección. En su nota de suicidio, dio
una explicación de que «no me gusta dejar líos cuando me voy, pero si hubiera
podido limpiar algo de este lío, no me iría. H. Beam Piper».
Algunos biógrafos atribuyen su acto a problemas económicos, otros a problemas
familiares; Pournelle escribió que Piper se sentía agobiado por las dificultades
financieras a raíz de un divorcio y la percepción errónea de que su carrera se estaba
hundiendo (su agente había muerto sin notificarle las múltiples ventas). El editor
George H. Scithers, que conocía socialmente a Piper, ha declarado que Piper quería
fastidiar a la exesposa a la que despreciaba: al suicidarse, Piper anuló su póliza de
seguro de vida y le impidió cobrar.
Una historia inédita, «Sólo el arcabuz», faltaba después de su suicidio; es probable
que lo destruyera junto con muchos de sus papeles personales.
Su producción finalmente fue comprada por Ace Science Fiction y reimpresa en una
serie de libros de bolsillo a principios de la década de 1980. Muchos de estos se han
agotado desde entonces, aunque sus dos arcos más conocidos fueron nuevamente
reimpresos por Ace en 1998 y 2001. Al final de su carrera, Piper mantuvo
correspondencia con Pournelle, quien fue el editor de Ace que ayudó a reimprimir
algunas de sus novelas.
Muchos de sus derechos de autor anteriores han caducado, lo que ha permitido que el
Proyecto Gutenberg distribuya su trabajo en línea.

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EDWARD GROFF CONKLIN (6 de septiembre de 1904 - 19 de julio de 1968) fue
un importante antologista de ciencia ficción. Fue el responsable de 40 antologías de
ciencia ficción y de una de relatos de misterio (en colaboración con Noah Fabricant).
Entre 1950 y 1955, fue crítico literario de la revista Galaxy Science Fiction.
Nacido en Glen Ridge, Nueva Jersey (Estados Unidos), Conklin cursó estudios en el
Dartmouth College y la Universidad Harvard, y se graduó en la universidad de
Columbia en 1927. Desarrolló diversos trabajos en los años 1930 y 1940, trabajando
para varias agencias gubernamentales durante la II Guerra Mundial. Fue editor en la
Robert M. McBride & Co. y relaciones públicas en el Federal Home Loan Bank, la
Oficina de Servicios Estratégicos, el Ministerio de Comercio, el Instituto Nacional
del Cáncer y la Asociación Estadounidense de la Diabetes.

Página 262
Notas

Página 263
[1] Punto de Lagrange. (N. del editor Digital) <<

Página 264

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