0% encontró este documento útil (0 votos)
8K vistas384 páginas

Echoes - Dylan Page

Cargado por

maibb82
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
8K vistas384 páginas

Echoes - Dylan Page

Cargado por

maibb82
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

2

Hell of Books se complace en traer para ti esta traducción


completamente gratis. Te pedimos encarecidamente que, si tienes este
documento, tengas tantita vergüenza y te calles. No nos gustan las
personas chismosas que van y le cuentan a la autora que sus trabajos se
están leyendo en otros idiomas de manera no oficial. Si eres booktoker y
recomiendas este libro, no menciones que lo encontraste en español y no
compartas enlaces públicamente en dónde puedan descargarlo. Y no
olvides dejar tus comentarios en tus redes sociales, reseñar en Goodreads
3
y Amazon, recomendar a la autora y si puedes apoyarla comprando sus
libros. Recuerda que así nos beneficiamos todos. Puedes continuar con tu
lectura. 😊
Staff
TRADUCCIÓN

Apolo

Hera

Huitzilopochtli

Nyx

CORRECCIÓN

Circe

Amalur

Moira 4
Coatlicue

REVISIÓN FINAL

Astartea

Huitzilopochtli

DISEÑO / PDF

Hades

Huitzilopochtli

EPUB / MOBI

Huitzilopochtli
Contenido
Staff __________________________________________________________________________ 4
Contenido ____________________________________________________________________ 5
Sinopsis ______________________________________________________________________ 7
Playlist _______________________________________________________________________ 9
Advertencia _________________________________________________________________ 11
Prólogo _____________________________________________________________________ 12
Capítulo Uno _______________________________________________________________ 19
Capítulo Dos _______________________________________________________________ 23
Capítulo Tres _______________________________________________________________ 37
Capítulo Cuatro ____________________________________________________________ 43
Capítulo Cinco ______________________________________________________________ 62
Capítulo Seis _______________________________________________________________ 78
Capítulo Siete ______________________________________________________________ 87
Capítulo Ocho ______________________________________________________________ 95 5
Capítulo Nueve ____________________________________________________________ 118
Capítulo Diez ______________________________________________________________ 127
Capítulo Once _____________________________________________________________ 134
Capítulo Doce _____________________________________________________________ 146
Capítulo Trece _____________________________________________________________ 171
Capítulo Catorce ___________________________________________________________ 190
Capítulo Quince ___________________________________________________________ 206
Capítulo Dieciséis __________________________________________________________ 226
Capítulo Diecisiete _________________________________________________________ 246
Capítulo Dieciocho _________________________________________________________ 264
Capítulo Diecinueve________________________________________________________ 275
Capítulo Veinte ____________________________________________________________ 289
Capítulo Veintiuno _________________________________________________________ 303
Capítulo Veintidós _________________________________________________________ 317
Capítulo Veintitrés _________________________________________________________ 326
Capítulo Veinticuatro ______________________________________________________ 349
Capítulo Veinticinco _______________________________________________________ 361
Epílogo ____________________________________________________________________ 374
Aviso ______________________________________________________________________ 382
Dylan Page ________________________________________________________________ 383
Únete a nuestra comunidad ________________________________________________ 384

6
Sinopsis
Tengo una gran vida. Padres amorosos, hermanos que adoro.

Nunca he pasado hambre ni he sentido dolor físico. No he sufrido


ningún trauma...

Y, sin embargo, hay otro lado de mí que es... diferente


.

Donde deambulo, me sigue una sombra, algo inquietante y oscuro.

Se coloca sobre mis hombros como una capa, me habla cuando estoy
solo, me mira fijamente desde el espejo.

Mi cabello oscuro y ondulado, mis ojos plateados… son recordatorios


de él.
7

Estoy maldito. Estoy contaminado.

No quiero sucumbir a los impulsos que me asaltan. Los impulsos que


me asustan. No quiero ser como él.

Y todavía…

Una pequeña parte de mí desearía saber más.

Porque siento que una parte de él está muy presente aquí.

Simplemente tengo miedo de dejar que tome el control, de que me


convierta en algo tan contaminado.

Que me arruina.

No quiero ser alguien a quien los demás teman.


Especialmente... ella...

Entonces lo empujo hacia abajo, muy hacia abajo. Lo asfixio. Lo


sofoco. Porque me niego a terminar como él.

Arruinado, roto y desaparecido.

No dejaré que eso me arruine.

Y de alguna manera, la tendré .

The Bleeding Hearts #5

8
Playlist
Promise - Ben Howard
I’m Just a Ghost - Yaeow
Runner - Dustin O’Halloran
Crash Into Me - Dave
Matthews Band
A Different Age - Current Joys
Kids - Current Joys
Opal Ocean - Slenderbodies
Lost Boy - Ruth B.
Your Heart is an Empty Room - Death Cab for Cutie
Marching Bands of Manhattan - Death Cab for Cutie
Behind the Clouds - Yaeow
9
Head in the Clouds - Hayd
Hurt the Ones I Love - Reagan Beem
I Fall Apart - Hayd
The Way I Love You - Yaeow, Neptune
Till Kingdom Come - Coldplay
Your Song - Cover by Chase
Eagleson and Sierra Eagleson Wake Up - Arcade Fire
Drivers License - Olivia Rodrigo
Ghost - Justin Bieber
Suffocate - Hayd
Sinners - Barns Courtney
Heart Skipped a Beat - The XX
The Funeral - Band of Horses
Heartbeats - José González
For Blue Skies - Strays Don’t Sleep
When It’s Cold I Like to Die - Moby
Happiness: We’re All In It Together - This Will Destroy You
Me - Fjodor
When You Were Mine - Hayd

10
Advertencia
Este libro está destinado a lectores maduros, mayores de 18 años.

Echoes es un romance de más de 150.000 palabras que contiene


algunas escenas y situaciones que pueden resultar perturbadoras para
algunos lectores. Incluye varios desencadenantes y material sensible como:
agresión sexual, acoso (no entre MMC/FMC), trauma infantil, violencia y
otros posibles elementos desencadenantes.

Por favor no leas si no te sientes cómodo con algo de lo anterior.


Gracias.

11
Prólogo

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué ya no les agrado? En una tarde, mi


vida dio un vuelco completo. Había pasado de ser un niño que tenía
muchos amigos a ser un monstruo de la escuela. Un perdedor. Ya nadie
se sentaría conmigo. Todos susurraron cuando pasaba a su lado, las
palabras que murmuraron en voz baja dolieron más que cualquier
puñetazo.
—¡Es él!
—El que tiene el padre psicópata...
—... un asesino...
—... se suicidó.
—... en el parque de Sherwood...
—¿Me pregunto si será un bicho raro como su verdadero padre?
12
Recuerdo la vergüenza que sentí. La confusión, el dolor, pero sobre
todo… fue la traición de mi madre. ¿Por qué nunca me dijo la verdad sobre
el hombre en la tumba? Cuando éramos niños, íbamos a menudo al
cementerio y nos sentábamos cerca de la lápida solitaria en un rincón.
Ella plantó sus margaritas mientras yo corría, exploraba y me entretenía.
Ir era aburrido y no me gustaba que casi siempre hiciera llorar a mamá.
El hombre en la tumba era mi padre. No mi papá, sino mi verdadero
padre. El que habría tenido cuando era niño si no hubiera muerto. Pero
esta noticia no me molestó cuando era muy pequeño porque después me
iba a casa, y el hombre que me crió me levantaba y me ponía sobre sus
hombros, corriendo por la sala como un caballo para hacerme reír. Él era
todo para mí. Él siempre había estado allí. Me ayudó a aprender a andar
en bicicleta y siempre jugaba conmigo mientras me dejaba ganar. Me
enseñó a nadar y a contener la respiración bajo el agua… ¿Qué me
importaba un hombre que nunca había conocido?
Pero había algunas cosas que no podía ignorar.
Su nombre, mi segundo nombre, era como el suyo. También mi
cabello, mis ojos… similitudes que tenía con el extraño, pero no con mi
familia. Mamá y papá eran ambos rubios con ojos más claros. Y mis dos
hermanitas y mi hermano pequeño eran exactamente iguales. Siempre fui
el extraño en nuestro clan. Aunque nunca me di cuenta hasta la tarde en
que Theo Hebert hizo un descubrimiento con una búsqueda rápida en
Google y comenzó a difundir la noticia.
¿Por qué quería que sufriera? No lo entendía. Supongo que nunca
habíamos sido amigos. Pero hasta donde yo sabía, tampoco habíamos sido
enemigos. Y, sin embargo, ese octubre, en sexto grado, se propuso verme
como el extraño de la escuela.
Era la hora del almuerzo cuando sucedió. Todos estaban afuera en
el patio, jugando baloncesto o corriendo por el patio de recreo, cuando él
salió con un montón de papeles fotocopiados en las manos y una especie
de sonrisa mezquina levantando lentamente las comisuras de sus labios.
Por esa mirada supe que lo que fuera que estuviera a punto de anunciar
a todos, no era nada bueno.
Alguien estaba a punto de ser su víctima. No sabía que yo era el
objetivo previsto.
—¡Ey! —habló, su voz se elevó por encima del caos—. ¡Oigan todos!
Miren esto…
Algunos chicos miraron y luego volvieron a jugar, claramente sin
interés en mirar un montón de papeles.
Eso hasta que…
—Hayden Mathers… ¿Saben que su abuelo está en un club de 13
motociclistas? —dijo Theo en voz alta.
Algunos niños miraron mientras mi cuerpo se congelaba. ¿Por qué
lo dijo como si fuera algo malo? Se sabía que mi abuelo era el más genial,
ya que a veces venía a llevarme en la parte trasera de su Harley negra. Los
demás miraban asombrados mientras me ponía el casco y me subía a la
parte trasera, sintiéndome especial por tener algo que otros no tenían.
Deseaban tener a mi abuelo J. Por mucho que amaba a mi mamá, a mi
papá y a mis hermanos, el abuelo J era la única persona con la que sentía
una conexión absoluta. Nuestra apariencia, nuestro interés por las
motocicletas y la música, su actitud alegre… era fácilmente mi persona
favorita.
Pero ahora… Theo Hebert estaba tratando de hacerlo sonar mal.
¿Cuál diablos era su problema?
Comencé a caminar alrededor, mi corazón latía con fuerza y mis
manos hormigueaban cuando sentí que un temor se acercaba hacia mí.
—Bueno, antes, su abuelo solía ser parte de una pandilla. ¡Una
verdadera pandilla, muchachos! —Theo dijo en voz alta a la multitud, que
crecía con cada información que revelaba—. ¡Secuestraba gente! ¡Estaba
involucrado en drogas!
Unos cuantos niños me miraron inquietos por encima de sus
hombros y se alejaron mientras yo me movía entre la multitud reunida,
dirigiéndome directamente hacia ese imbécil que se atrevió a intentar
hacer que mi abuelo pareciera un villano.
—¿Sabían que su papá también estaba en la pandilla? ¡Su
verdadero padre! ¿Ese tipo que hemos visto en su casa y esas cosas? ¡Ni
siquiera es su verdadero padre! ¡Era este tipo! —Levantó una hoja de papel
con un recorte de periódico, un artículo breve con una fotografía de un
banco de un parque, el título resonaba en mi cabeza mientras lo leía.
Miembro de la Banda de motociclistas encontrado sin vida en
Sherwood.
Mis oídos empezaron a pitar cuando Theo leyó partes del artículo en
voz alta.
—¨Una herida de bala autoinfligida¨... ¿Saben lo que eso significa?
¡Se mató! Se apuntó con una pistola a la cabeza y ¡BAM! Disparó sus sesos
por todos lados. Oye, me pregunto si todos fuéramos al parque después
de la escuela, ¡si podríamos encontrar alguno de sus sesos en el suelo!
Apuesto a que hay una mancha en la madera donde se desangró. —Se rió,
volviendo su desprecio hacia mí.
Haz algo, Hayden. Pero me quedé allí, mirándolo en estado de
shock, con el rostro entumecido y el zumbido en mis oídos más fuerte que
nunca. Siempre supe que mi padre biológico había muerto antes de que
yo naciera, pero ¿realmente se había suicidado? ¿Por qué? ¿Por qué hizo
14
eso? ¿Y él y el abuelo J eran traficantes de drogas? ¿Secuestraron
personas? ¿Era todo cierto?
Con una mano temblorosa, levanté la mano y la sonrisa de Theo se
desvaneció instantáneamente cuando rápidamente me esquivó, como si
temiera que estuviera a punto de darle un puñetazo. Sin embargo, por
mucho que quisiera golpearlo, necesitaba ver la prueba por mí mismo.
Toda esta información me hizo sentir mal, mi mente daba vueltas mientras
le arrebataba los papeles de las manos y comencé a leer lo más rápido
posible.
Para mi horror, así fue. Todo ello. Incluso el abuelo J. James O'Hare,
por su nombre real, fue incluido en artículos que datan de hace unos
quince años como involucrado en actividades relacionadas con pandillas
que estaban asociadas con un jefe de la mafia que había estado dirigiendo
el sindicato del crimen en Ashland en ese momento.
Sentí que la sangre se me escapaba del rostro mientras leía cada
palabra una y otra vez, mis dedos entumecidos y temblorosos se estiraban
para tocar las placas de identificación que siempre había usado con
orgullo.
…muerto por una herida de bala autoinfligida…
…banco del parque en Sherwood…
…trata de personas…
… tráfico de drogas…
… motociclistas, The Celtic Beasts…
The Celtic Beasts… ¡El parche! El parche que llevaba con orgullo en
una chaqueta de cuero que me quedaba demasiado grande. Una chaqueta
que me había regalado el abuelo J. ¿Mamá sabía de todo esto? ¿Papá?
¿Cuánto me estaban ocultando? ¿Qué más había?
—¡Su mamá era la hermana de su papá! —Theo gritaba por encima
del creciente murmullo de la multitud, que ahora se estaba desplegando
en abanico, evitándome mientras miraban con la boca abierta como
peces—. Así es. ¡Su papá se folló a su hermana y ella lo tuvo! Saben lo que
eso significa sobre Hayden, ¿verdad? —Theo se rió mientras hacía una
personificación cruda y mezquina que era muy sugerente y simplemente
insensible. Sentí la rabia revolviéndose en mi estómago.
¿Qué diablos? ¿Eso era cierto también?
Los artículos en mis manos comenzaron a temblar aún más fuerte,
el sonido del papel crujiendo fuerte en mis oídos, pero no tan fuerte como
la voz de Theo. Mis dedos agarraron las placas, apretándolas con tanta
fuerza en mi palma, sintiendo el metal clavándose dolorosamente en mi
piel. Quería arrancarlas y tirarlas. 15
—Siempre supe que Hayden Mathers era un puto rarito —se rió,
volviendo sus ojos azul pálido hacia mí, con una expresión de triunfo en
su rostro. Todos los demás comenzaron a susurrar, sus voces se elevaban
más con cada segundo que pasaba, y pronto, todos comenzaron a
lanzarme insultos. Un niño incluso escupió en el suelo junto a mi
zapatilla. No fue hasta que uno de los amigos de Theo de repente me
empujó con fuerza por detrás, enviándome al suelo, con los papeles
esparcidos, cualquiera de los profesores que supervisaban se dio cuenta
de que había un problema. Excepto que antes de que pudieran acercarse,
me levantaron, me empujaron y me golpearon. Abusos lanzados hacia mí
por todos lados; el daño ya estaba hecho. Intenté protegerme, esconderme
detrás de mis manos y luché por liberarme de la multitud asfixiante,
quería correr y seguir corriendo.
Devuelve el golpe, Hayden, susurró una voz en el fondo de mi mente.
Nunca había sido un niño violento. Nunca antes había querido lastimar a
nadie. Sin embargo, cuando vi la expresión risueña de Theo sobre la
multitud, sentí que ahora podía hacerlo. La idea de romperlo me daría un
gran placer.
Defiéndete. Golpéalos en el rostro... patéalos en el estómago... hazles
pagar.
Moví mis brazos, tratando de defenderme de los puños que caían
sobre mí, pero en ese momento, mis ojos estaban hinchados y cerrados
por todos los golpes que había sufrido. Mi labio inferior estaba sangrando.
No podía encontrarle sentido al caos, los gritos, la violencia...
Haz que paguen, Hayden, susurró la voz mientras me agitaba a
ciegas, balanceando los puños, pero sin golpear nada antes de que me
empujaran bruscamente contra el pavimento. En el momento en que
toqué el suelo fue cuando comenzaron las patadas, y me hice un ovillo,
cubriéndome la cabeza con los brazos, tratando de esconderme de los
golpes.
—Oigan, retrocedan. ¡Fuera! —dijo una voz por encima de los gritos.
No la reconocí en absoluto—. ¡Dije fuera! ¡Déjenlo en paz!
—¿Y qué carajos va a hacer una niña flacucha al respecto? —Jace
Fogerty, uno de los amigos de Theo, se burló desde arriba. Pero lo siguiente
que supe fue que él se había unido a mí en el suelo y las patadas cesaron
de repente. Entrecerré los ojos a través de mis brazos, viendo la nariz
ensangrentada que ahora lucía, y el círculo de estudiantes que nos
rodeaban retrocedió.
—Ven, déjame ayudarte…
Pequeñas manos se deslizaron debajo de mis brazos, instándome
suavemente a levantarme. Me mordí el labio ensangrentado, ignorando el
16
escozor mientras luchaba por contener las lágrimas, las palabras que
había leído se repetían una y otra vez en mi cabeza mientras otra voz me
gritaba que los matara a todos. Me levanté con cautela, haciendo una
mueca de dolor, y escupí un pegote ensangrentado al pavimento. Nadie
avanzó para ayudar a Jace.
Miré a mi salvadora a través de las lágrimas en mis ojos, pero no
reconocí el rostro que me miraba. Era pequeña, delgada, al menos una
cabeza más baja que yo. Enterrada en un par de pantalones que tenían
parches de cosas aleatorias cosidos sobre múltiples agujeros. La camiseta
de AC/DC que llevaba era enorme. A pesar de que había atado la tela extra
en la espalda, todavía la envolvía como una manta. Pero fue su rostro el
que me encontré mirando, el par de ojos grandes y brillantes de color verde
grisáceo avellana mirándome con preocupación. Ella era una extraña para
mí y, sin embargo, de todas las personas aquí, ella era la única que había
intervenido.
—¿Qué está pasando aquí? —La voz de la señorita Collins resonó
por todo el patio y finalmente se abrió paso—. ¿Qué están haciendo todos
ustedes? ¿Qué es... qué es...?
No ahora, sino más tarde. Les haremos pagar más tarde, me
prometió la voz mientras seguía mirando a mi salvadora, deseando poder
hablar para poder agradecerle. Solamente que las palabras quedaron
atrapadas en mi garganta, y temía que, si decía algo, me derrumbaría
delante de todos y lloraría. No quería que me vieran romperme. Nunca
había experimentado algo como esto. Siempre tuve amigos y siempre me
llevé bien con todos. Me sentí como si estuviera en shock. Al fondo, los
que yo creía que eran mis amigos se habían alejado sin decir una palabra.
La única que permaneció a mi lado fue esta chica desconocida, que
continuó sosteniendo mi mano, con sus propios nudillos rojos por cuando
le dio un puñetazo a Jace Fogerty en la nariz.
—Ay dios mío. ¡Hayden! Hayden, ¿estás bien? ¡Ustedes, señor Carr,
señor Hebert, señor Fogerty, todos a la oficina del director, ahora! —
Aunque llegó tarde a la escena, obviamente había podido identificar quién
había comenzado el problema, pero me molestó que no se hubiera movido
más rápido o no hubiera intervenido antes. ¿Por qué se había tomado
tanto tiempo para venir?—. Hayden —susurró, con un tono tranquilo y
parecido al de un bebé. Como si estuviera hablando con un niño de jardín
de infantes—. Estás bien, ven conmigo. Te llevaré a la enfermería y luego
llamaré a tu madre...
—¡No quiero verla! —espeté, finalmente encontrando mi voz. Solté
la mano de la chica y les di la espalda a ambas, luchando por contener las
lágrimas mientras me ahogaba con mi dolor, mi rabia, mi confusión.
Estaba sufriendo en este momento y no podía lidiar con eso. La idea de
que alguien viera lo destruido que estaba me hizo querer correr y 17
esconderme.
Podía escuchar la conmoción en su voz:
—Necesito llamarla, Hayden. Necesita llevarte a un médico...
—¡No quiero verla! —Levanté la voz, el sonido se rompió cuando un
torrente de lágrimas me ahogó. Aunque mi rostro probablemente era un
desastre, entumecido y palpitante, todavía podía sentir las gotas húmedas
cuando finalmente se deslizaron por mis mejillas—. Quiero a mi papá. Por
favor llame a mi papá.
La señorita Collins se quedó en silencio por un segundo y supe que
estaba observando mi maltrecha visión, pero por mucho que los golpes,
las patadas, los insultos me habían lastimado… no era nada comparado
con lo que había aprendido.
—Está bien, Hayden —dijo en voz baja— llamaré a tu padre. Vamos.
—Hizo una pausa por un momento antes de escucharla decir—: ¿Qué pasó
con tu mano?
Miré por encima del hombro para ver a la chica nueva esconderla
rápidamente detrás de su espalda.
—Me caí al piso mientras saltaba la cuerda.
—¡Oh, cariño, por favor ten cuidado! ¿Por qué no vienes con
nosotros? Necesitaré hacer un informe para enviarlo a tu…
—No, estoy bien. De verdad —dijo rápidamente, interrumpiendo a
la señorita Collins. Sus mejillas se sonrojaron y yo fruncí el ceño con
curiosidad. Espera, ¿quién era esta chica? Ella ciertamente no estaba en
mi clase, pero no la había visto antes.
—¿Estás segura?
—¡Sí! ¡Estoy bien! Lo prometo. —Me lanzó una última mirada de
preocupación—. ¿Estás bien?
Claramente no lo estaba. No con mi cabello desordenado, los
moretones oscuros formándose por todo mi cuerpo, la sangre en mi boca.
Las lágrimas brotaron de mis ojos; todo mi mundo se había desmoronado
en un instante. Estaba lejos de estar bien. Por otra parte, por la forma en
que me lo había preguntado, por la forma en que me miró, tuve la
sensación de que no quería decir eso de esa manera. Ella no estaba
hablando de mí física o emocionalmente. Ella quería saber si yo estaba
bien en el sentido de que iba a mantener la calma. Si no estaba a punto
de romperme por completo. No sé cómo pude saberlo. Cómo, con esas dos
simples palabras, pudimos transmitir tanto, y, sin embargo... Me encontré
asintiendo y murmurándole:
—Estoy bien.
18
Su rostro serio se tensó ante eso, sus labios se apretaron mientras
ella asentía en respuesta antes de girar sobre sus talones. Corrió hacia el
patio de recreo, las secciones más claras de su cabello rubio oscuro se
reflejaron en el sol. Mi voz volvió a atascarse en mi garganta. Quería
agradecerle, hacerle saber lo que había hecho, defendiéndome cuando
nadie más lo había hecho, lo mucho que eso significaba para mí. Pero ella
ya se había ido, perdida en el mar de otros niños que ya habían regresado
a sus juegos.
—Vamos, Hayden. Vamos a limpiarte y a llamar a tu padre. —La
señorita Collins me pasó un brazo por los hombros y me guio por la
escuela. Me olvidé temporalmente de la chica, de la amabilidad que me
había mostrado. No fue hasta más tarde que le prometí que la encontraría
y le agradecería después de haber tenido tiempo de encontrar las palabras
adecuadas. No sabía que nunca tendría esa oportunidad. Cuando regresé
a la escuela la semana siguiente, ella había desaparecido tan
misteriosamente como había aparecido.
Capítulo Uno

Es tranquilo aquí. Siempre lo es cuando lo visito.


Los pájaros están cantando; el primer petirrojo de la primavera salta
de rama en rama en el gran arce que bloquea el sol en lo alto. Hace un calor
inusual para esta época del año, y mientras deambulo sobre la hierba
amarilla y muerta, rodeando el estanque, lo veo solo en su rincón oscuro.
Cuando el clima se caliente aún más, mamá vendrá y plantará más
margaritas alrededor de la base de su lápida como lo hace cada año, pero
ahora mismo, está sombrío y monótono, todo muerto por el frío invierno.
Camino hasta allí y me detengo ante la piedra, leyendo el nombre
inscrito una y otra vez. Desde arriba, escucho la llamada del petirrojo y un
viento helado me envuelve como un abrazo.
—Hola papá —susurro. 19
No sé por qué lo llamé así. Ese hombre que actua como mi padre esta
trabajando ahora mismo en su garaje, probablemente tirado debajo de un
motor, cubierto de grasa, maldiciendo a pesar de lo mucho que le encanta
trabajar en autos y bicicletas. Yo sonrío. Puede que no sea mi sangre, pero
seguía siendo mi padre. Siempre me había tratado como a su verdadero hijo.
Él vino a mis juegos de béisbol y me animó hasta que me vi obligado a
renunciar poco después debido al acoso. Entraba a mi habitación por la
noche y me leía cuentos de la colección de libros para niños que mamá había
acumulado, eso fue hasta que sentí que era demasiado mayor para los
cuentos antes de dormir. Aunque ahora tenía diecisiete años y esas cosas
se desvanecieron como la mayoría de los ritos de la infancia, nada había
cambiado.
Entonces ¿por qué estaba yo aquí? ¿Parado en un cementerio,
hablando con la lápida de un hombre al que nunca había conocido? ¿Por
qué vengo tan a menudo como lo hago? Amo a mis padres, mis dos
hermanas pequeñas y mi hermanito. Mi abuelo, a pesar de todo lo que había
descubierto sobre su pasado y todos los tíos del club… Habían estado allí
desde que yo era solamente un niño. Y, sin embargo, siempre me encontraba
viniendo aquí, a este lugar, para hablar con un fantasma.
Me senté en la hierba muerta sobre su tumba como siempre hago.
Recostado al sol, escuché a los petirrojos cantar mientras yo permanecía en
silencio. A veces es así. No tenía nada que decir, pero venía de todos modos
y pasaría tiempo con él. Otras veces hablo de la escuela, de lo que he estado
haciendo, mamá. Pero hoy tengo algo en mente... tengo muchas cosas en
mente.
Eran las voces.
Durante los últimos años me habían mantenido a salvo, pero se
estaban volviendo más ruidosas y frecuentes. Algunas de las cosas en las
que pensaba me asustaban. Todo parecía como si un fantasma susurrara
en mi mente, instándome a hacer lo que ellos no podían.
Mirando hacia el cielo gris entre las ramas aún desnudas del arce.
—No quiero ser como tú —le digo a la lápida—. No quiero ser alguien
a quien la gente le tenga miedo. Pero… —Respiré largo entre mis labios y me
aparté el cabello oscuro y desgreñado de mis ojos, la frustración y la
ansiedad que habían estado devorando el fondo de mi mente ahora pasaron
a primer plano. Puedo sentirlo aumentar y no hay nada que pueda hacer
para detenerlo.
—Los odio, joder. Odio cómo son, cómo piensan, qué vacío se siente…
—Pienso en las miradas que recibo en la escuela, en lo aterrorizados que
están, en cómo están demasiado asustados como para siquiera mirarme a
los ojos.
El pequeño Hayden... un bicho raro, un psicópata como su verdadero 20
padre, nieto de un pandillero. Antes, había habido burlas e intimidación por
parte de todos en la escuela, pero luego llegó el día. El día que sucumbí a
las voces de mi mente, cuando decidí no ser más una víctima. Llevaba una
armadura maníaca y le di a Theo Hebert las cicatrices que ahora lleva en el
rostro por “el incidente”.
Sonreí ante el recuerdo y, desde el otro lado del cementerio, un cuervo
cantó, sacándome de mis recuerdos.
—Cuervo malo —murmuré.
Desde el día en que cambié permanentemente el rostro de Theo, ya no
era el patético fenómeno; una víctima a la que los otros niños podían
burlarse. Ahora yo era Hayden Shay Mathers, alguien con quien andar con
cuidado, alguien a quien temer. Me consideraban desquiciado, peligroso e
impredecible. Los chicos me dejaron en paz mientras las chicas que alguna
vez habían disfrutado burlándose de mí y de mis circunstancias sonreían
patéticamente y me comían con los ojos mientras pasaba. Fruncí el labio
con disgusto. Este era mi último año de secundaria. En un mes cumpliría
dieciocho años y, unas semanas después, podría despedirme de estas
personas para siempre.
Pero…
Al mismo tiempo, no quería vivir la vida como alguien a quien los otros
le temían. No quería ser un psicópata, un bicho raro. Y aunque los insultos
habían cesado en su mayor parte, salvo por algunos susurros sobre mi
cordura, sabía que Theo estaba esperando entre bastidores. Esperando una
oportunidad para vengarse de mí. Alentó los rumores, enajenándome aún
más. Pero en ese momento supe por qué todavía me molestaba. Porque me
preguntaba si tenían razón.
Esas voces en el fondo de mi mente no desaparecieron. Nunca lo
hicieron. Algunos días hablaban más fuerte, mientras que otras veces
solamente susurraban. Las cosas que decían eran oscuras e implacables, y
sabía que, si mi madre se enteraba, sufriría una crisis nerviosa. Sé lo que
sentía por mi padre biológico. Le hablé sobre su historia y lo que había
sucedido justo después de que los de mi escuela me lo dieran a conocer la
primera vez.
Ella no me había dicho mucho ese primer día. Sin embargo, por lo
poco que me había dicho, supuse que había sido abusivo, y eso era todo lo
que necesitaba oír. Podría llenar los huecos yo mismo, gracias. Si bien sabía
que habían sido hermanastros, lo cual había sido bastante controvertido,
aparentemente mi verdadero padre era un motociclista que hacía cosas
grasientas para una gran organización criminal y abusaba de ella. Ella no
dijo si eso significaba que él la agredió físicamente, o si fue manipulación y
engaño; parecía que nunca podría explicarlo más. Pero eso fue suficiente.
Mamá también trató de contarme todas las cosas que amaba de él, cosas
que no lo convertían en un monstruo, excepto que ahora no me importaban. 21
Lo malo en él que sentía estaba cobrando vida en mí, era todo lo que
necesitaba saber.
Desde entonces, mi mayor temor fue ser como él, como Shay O'Hare.
Aunque usar su vieja chaqueta y sus placas de identificación me habían
mantenido a salvo, no quería llevarlos conmigo por el resto de mi vida. No
quería ser una persona que lastimara a las personas que amaba.
—No quiero ser como tú —dije de nuevo y me puse de pie. Seguiría
luchando contra ello; lo enterraría. Me negué a terminar como él, destrozado
y sin vida, sentado solo en un banco del parque. Me agarré a las e de
identificación alrededor de mi cuello y las apreté, como si estuviera a punto
de arrancarlas y tirarlas.
—No seré como tú —prometí, lanzando a la tumba una última y
prolongada mirada, con el pecho apretado mientras me quitaba el cabello
oscuro y ondulado de los ojos una vez más. Cuanto más me aferraba a esas
placas de identificación, más doloroso se volvía. El metal se clavó en mis
palmas, el dolor físico era una distracción de lo que estaba sintiendo. No
quería ser como él y, sin embargo… no podía deshacerme de lo poco que
tenía de él. Era todo lo que tenía de un fantasma. No tuve el corazón para
deshacerme de él por completo.
Mientras crecía, el resentimiento que tenía hacia él cambió. Todavía
no quería ser como él, pero aún así sentía que quería entenderlo.
Se había suicidado. ¿Por qué? ¿Se sentía tan torturado que creía que
no tenía otra opción? ¿Había sufrido tanto? Tal vez él sentía lo mismo que
yo, como si el mundo estuviera en su contra y hubiera atacado como un
animal acorralado, lastimando accidentalmente a sus seres queridos. ¿Fue
por eso por lo que decidió acabar con todo? ¿No se sentía lo suficientemente
fuerte para seguir viviendo? ¿Odiaba tanto a todos?
¿Cómo tú, Hayden?
No, no odio a todos. Amaba a mi familia. Eso era todo lo que
necesitaba.
Todavía te sientes solo, ¿no?
No estoy solo.
Pero… en cierto modo, lo estás. Ellos no son como tú, y si supieran lo
que estás pensando, ¿crees que se quedarían?
Cerré los ojos y lentamente inspiré profundamente en mis pulmones,
conteniéndolo, antes de dejarlo libre lentamente. Solté las placas de
identificación, dejándolas caer contra mi pecho.
—Mamá dice que vendrá la siguiente semana —le dije. Al darme la
vuelta, murmuré en voz baja—: Ya nos veremos.
22
Capítulo Dos

—¡No! ¡No, no puedes robarme a mi hija!


—Señora King, por favor cálmese…
—¡No me calmaré! ¡No tienes derecho a quitarme a mi hija!
—Señora King… ¡Señora King! Por favor, no estamos aquí para
castigarla. Estamos aquí para ayudarles a usted y a su hija...
—¡Robar a mi hija no me ayudará! ¡No pueden llevársela! ¡No pueden!
—Señora King, según la orden judicial del juez, actualmente está
siendo investigada por negligencia hacia su hija y, como tal, debemos entrar
y confirmar que todo está bien con Madeline.
—¡Y yo les dije que se fueran a la mierda! Maddy, corre… ¡CORRE!
—¡Abra la puerta, señora! 23
—¡Corre, Maddy!
—¡Dije, abra la puerta!
—¡Madeline!

—¿Madeline?
Salté ante el sonido de mi nombre completo y aparté los ojos del cristal
de la ventanilla del pasajero. Afuera estaba gris, lluvioso y sombrío, pero
durante los últimos diez minutos no vi nada más que los familiares
recuerdos de traumas infantiles reproducidos en mi mente como una vieja
película borrosa. Parpadeé y me agaché en mi asiento; me puse la sudadera
con capucha sobre la cabeza mientras mi nueva trabajadora social me
conducía a través de la noche cada vez más oscura. A mis pies estaba una
bolsa de basura con mi ropa y mi vieja mochila de retazos; mis pocas y
preciosas pertenencias siempre estaban empacadas y listas para viajar. Vi
las señales y mamá se había vuelto más desquiciada y paranoica
últimamente. Sabía que terminaría así.
—Me están buscando, Maddy —dijo hace apenas unas noches
mientras recorría nuestra destartalada habitación de hotel, cerraba las
persianas y revisaba las cerraduras de puertas y ventanas—. Me están
buscando... No puedo pagarles todavía. Joder, qué voy a hacer… qué voy a
hacer… —murmuró una y otra vez, con los ojos casi desorbitados. No se
encontraba bien, su peso era el más bajo que jamás había visto, pero sabía
que no había forma de comunicarme con ella cuando estaba así de loca.
—Pensé que estaríamos a salvo… a salvo aquí. A salvo… —Sus ojos se
llenaron de lágrimas mientras caminaba frente a la cama que compartíamos,
mientras yo me recostaba, observando la televisión, sin verla. Me sentí como
un zombi, impasible ante otro episodio suyo. Habíamos dejado atrás la
Columbia Británica hacía aproximadamente un mes y medio, y ahora
estábamos de regreso en Ashland, Ontario, una ciudad que no había visto
desde la infancia, escondiéndonos.
—Madeline —volvió a decir mi trabajadora social, con un tono gentil
y suave mientras se dirigía a mí— sé que las cosas se ven mal ahora, pero
una vez que tu madre obtenga la ayuda que necesita, estoy segura de que
el juez retirará la orden de restricción.
Solté un pequeño resoplido y sacudí la cabeza.
—¿Ocurre algo?
Quería reírme. ¿Esta mujer realmente pensó que yo creería esta
mentira? Mamá ha sido atada a una maldita camilla, gritando y
lamentándose por haber sido perseguida y perseguida por misteriosos
24
hombres sin rostro. Estuvo yendo al manicomio durante mucho tiempo.
—Mire, señora Khan, ¿verdad? —levanté las cejas.
—Sí. Pero puedes llamarme Saanvi —me sonrió amablemente a través
de un par de lentes de montura oscura.
Suspiré profundamente y me aparté de su mirada directa,
sintiéndome incómoda. Odiaba mirar a la gente a los ojos. Sentía como si
insectos se arrastraran por toda mi piel cuando lo hacía.
—Saanvi… pareces agradable. Más amable que muchos otros
trabajadores sociales que he conocido —le dije con sinceridad. Ella estuvo
muy tranquila durante todo el proceso y no me habló como si fuera una
delincuente condenada a repetir los errores de mi madre, como tantos han
hecho en el pasado—. Pero este es mi último año de escuela secundaria, y
debería graduarme en dos meses, pero dudo seriamente que eso suceda,
dado todo el tiempo que he perdido...
—He hablado con una gran escuela cercana, y te ayudarán a ponerte
al día con aquello en lo que te has retrasado… —Era tan optimista que casi
dolía.
—Lo que quiero decir es que estoy creciendo. —La interrumpí, incapaz
de soportar más su amabilidad.
Ante esto, se quedó en silencio y sus manos apretaron con fuerza el
volante en respuesta.
Creciendo.
Lo más aterrador que enfrentan los niños en el sistema de adopción.
En este momento, ella me estaba llevando a un hogar que tenía programas
para niños que crecían fuera del sistema. Era casi como un centro de
rehabilitación, administrado por el gobierno, con dos trabajadores viviendo
allí a tiempo completo con las niñas que estaban allí.
—Mamá va a estar fuera por mucho tiempo —agregué—. No tengo
esperanzas de volver a verla pronto. Si bien tu optimismo es algo hermoso,
a mí me cuesta subirme al tren de la felicidad mientras mi vida es un
basurero ardiendo. —Mentiras. Lo único que hicieron fue mentirme.
—Hay tantos programas para niños como tú… —comenzó a decir.
—Lo siento señora, pero… ahora no es el momento de hablar de eso,
¿por favor? —Cerré los ojos con fuerza, incapaz de escuchar ni un segundo
más. Había escuchado tantas promesas bonitas y falsas mientras crecía. Me
dijeron que todo estaría bien. Que las personas que me cuidarían serían
amables. Me rogaron que confiara una y otra vez, y cada vez que lo hice, lo
pagué caro. Dijeron que le conseguirían a mi madre la ayuda que necesitaba
y que yo volvería con ella y viviría feliz para siempre.
25
Eso nunca pasó.
Todo eran mentiras para hacer sonreír a una niña asustada y llorosa,
un curita sobre una fea herida abierta que nunca sanaría. Ya no quería las
falsas esperanzas. Siempre fue tan devastador cuando nunca se hizo
realidad.
Para mi alivio, la señora Khan guardó silencio y me dejó en paz
mientras salía de la ciudad y se dirigía a las afueras de Ashland por la
carretera que conducía al sur. Habían pasado ocho o nueve años desde la
última vez que vivimos aquí. Después de que papá falleció, mamá hizo las
maletas y me llevó al oeste, a Columbia Británica. Pero después de
solamente un mes de haber regresado, me colocaron nuevamente en el
sistema de adopción.
A medida que la noche descendía sobre nosotros, con la ciudad
perdida hace mucho tiempo a nuestras espaldas, pude distinguir los altos
árboles que cubrían el costado de la carretera, una señal de un parque
llamado Sherwood y alguno que otro buzón que marcaba un camino de
entrada. Íbamos a un pueblo fronterizo, lejos de Ashland, donde llevarían a
mi madre a un hospital para recibir tratamiento. Incluso si no hubiera una
orden de restricción, incluso si quisiera verla, sería difícil porque no tenía
licencia, ni auto, y no tenía idea exactamente de dónde iba a terminar.
Entramos a las afueras del pueblo y aunque afuera estaba casi
completamente oscuro, la gente estaba afuera, caminando por la calle
principal iluminada, riendo y divirtiéndose. Parecía una maldita postal o el
avance de alguna película increíblemente cursi.
El auto se sacudió entonces, Saanvi maldijo levemente en voz baja
cuando una motocicleta apareció desde una calle lateral, desviándose un
poco para evitar chocarnos. El cinturón de seguridad me atrapó en el pecho,
haciéndome jadear cuando el motociclista se hizo a un lado para permitirnos
pasar. No vi qué había sucedido ni quién tenía la culpa, pero solamente
pude adivinar que fue de nosotras, mientras mi trabajadora social lo
saludaba con la mano como si estuviera pidiendo perdón. Me recosté en mi
asiento mientras pasábamos, mi mirada se cruzó con la del motociclista por
un breve destello. Llevaba un casco negro, pero había levantado la visera
cuando pasábamos, y los ojos plateados que me devolvieron la mirada le
dieron a mi corazón una pequeña sacudida.
¿Qué diablos fue eso?
Lo dejamos detrás de nosotros cuando tomamos la siguiente calle, y
aunque lo miré por el espejo lateral, ya estaba demasiado lejos para volver
a verlo. Pero algo en esos ojos plateados me resultaba extrañamente familiar,
como un recuerdo o un sueño que había tenido hacía mucho tiempo.
Incapaz de ubicarlo, sacudí la cabeza y me recosté en mi asiento, mi mente
ocupada con pensamientos sobre mi madre, mi vida y la tormenta de mierda
26
que fue todo. Saanvi quería que fuera optimista sobre mi futuro, aunque
para ella era fácil decirlo. Es difícil tener esperanzas cuando no te han
metido en la garganta nada más que decepción. Lo que lo empeoró fue que
dijeran que sonriera mientras me ahogaba con sus promesas vacías.
La historia de mi vida...

La casa era una construcción vieja de estilo Victoriano, un azul


profundo con adornos de color amarillo pálido, un porche envuelto alrededor
del frente hacia un lado y ventanas de apariencia única. La ventana sobre
el techo del porche delantero era incluso un hermoso vitral. La luz del
camino de entrada era como una antigua lámpara de gas, aunque hacía
tiempo que había sido reemplazada para dar cabida a la electricidad. Sin
embargo, el resplandor era bastante acogedor. De todos modos, ésta no era
mi casa. Era temporal, como todas las demás.
La señora Khan se detuvo delante, las luces de abajo todavía
encendidas y una figura en sombras parada en el umbral, detrás de las tres
ventanas ovaladas de la puerta.
—Esa será la señorita Ross. Dirige Phoenix House1 a tiempo completo.
La señora Li viene durante el día —explicó mi trabajadora social mientras
entraba al estacionamiento y me miraba, como si mi silencio le preocupara—
. ¿Necesitas ayuda con tus cosas?
Sacudí la cabeza y me puse la mochila sobre el hombro antes de
recoger la bolsa de basura con la ropa que tenía. Estaba a punto de salir
cuando la señora Khan se aclaró la garganta, llamando mi atención y
haciéndome detenerme. Volví la cabeza hacia ella, aunque no encontré su
mirada, concentrándome en sus manos mientras agarraban el volante con
fuerza.
—Vendré a ver cómo estás, ¿de acuerdo? Si necesitas cualquier cosa
—metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una sencilla tarjeta blanca
con el nombre Saanvi Khan y su número de teléfono escrito en ella—.
Llámame, ¿de acuerdo?
—Sí, está bien —murmuré, incómoda e insegura de cómo tomar su
amabilidad cuando acepté la tarjeta—. Gracias. —Abrí la puerta, sin querer
nada más que dejar el mayor espacio posible entre nosotros. Saliendo a toda
prisa, la cerré de golpe mientras caminaba por el camino de piedra, subía
los crujientes escalones del porche, hasta la puerta principal, que se abrió
y arrojó un charco de luz rectangular sobre la hierba muerta detrás de mí.
Era abril, por lo que las heladas nocturnas impidieron que la primavera
hiciera notar su presencia.
27
—¿Madeline King? —La mujer parada en la puerta con un camisón
rojo bostezó y se pasó una mano por su cabello rubio canoso.
—La misma —murmuré.
—Entra, cariño. —Ella extendió una mano. Cuando entré, ella en
realidad no me tocó, lo cual agradecí. Me estremecí cuando me vinieron a la
mente recuerdos de hogares de acogida anteriores. No mirar. No tocar. Ese
era mi lema, más o menos.
—Repasaremos las reglas de la casa por la mañana —bostezó de
nuevo la señorita Ross, mientras se subía los lentes redondos a la nariz.
Parecía tener unos cincuenta y tantos años y tenía muchas arrugas
alrededor de la boca. Pero ella no estaba sonriendo ahora. En cambio, se
giró y comenzó a subir las escaleras, haciéndome señas para que la siguiera.
Me quité los zapatos y los puse en el zapatero junto a la puerta, agarré mis
cosas y la seguí.
—Las niñas mayores comparten esta habitación de la derecha,
mientras que las más pequeñas, menores de doce años, duermen allí —
señaló la puerta de la izquierda, que estaba entreabierta. El suave
resplandor de una luz nocturna brillaba a lo largo de la puerta abierta—.

1 Casa Fénix en Inglés.


Hay dos baños aquí arriba y uno abajo. Mi habitación está en la parte
trasera de la casa. Si hay un problema, hay un timbre en la pared, un
sistema de intercomunicación que se conecta con mi habitación y mi oficina.
Lo presionas cada vez que hay una emergencia. Te he preparado una cama,
así que duerme un poco y hablaremos por la mañana. El desayuno es a las
ocho.
A estas alturas solamente eran poco más de las diez de la noche, así
que dudaba seriamente que alguna de las chicas de mi edad estuviera
dormida. Lo más probable es que estén despiertas, atormentadas por sus
pesadillas de la vida real. La señorita Ross abrió la puerta con un crujido
cuidadoso y me hizo un gesto para que entrara. No había mucho que ver en
la oscuridad, aunque noté con alivio que allí también había una luz
nocturna, que me ayudó a distinguir los tres juegos de literas dispuestas a
lo largo de las paredes. Señaló una inferior que estaba dispuesta de modo
que el pie estuviera casi al ras del ventanal en el medio de la pared trasera.
Efectivamente, había un espacio recién arreglado con un viejo edredón y
una almohada de flores rosas y moradas. Capté la indirecta de que esto era
para mí y me senté en el borde.
—Sin escaparse —susurró la señorita Ross mientras se giraba para
dirigirse a la puerta—. Pongo la alarma todas las noches.
—No tengo planes de estar en ningún lado, así que estamos bien —
murmuré, mis manos agarrando la manta debajo de mí.
28
—Bien, entonces. Te veo en la mañana. —Con un último movimiento
de cabeza, la señorita Ross cerró la puerta con un suave golpe. Seguido por
el sonido de sus pasos moviéndose hacia la habitación de las chicas más
jóvenes para ver cómo estaban. Por un momento, cuando de repente se hizo
el silencio, mi corazón comenzó a martillar contra mi pecho, preguntándome
si necesitaba ir al pasillo y asegurarme de que la señorita Ross no se estaba
aprovechando de esas chicas...
“Sé una buena chica y quédate quieta, Maddy”, susurró su voz, el
recuerdo de hace mucho tiempo pasó a primer plano en mi mente mientras
miraba la puerta. Me temblaban las manos mientras agarraba las mantas
con tanta fuerza que logré atravesarlas con las uñas, lastimándome un poco
en las palmas.
Los monstruos son reales. Se cuelan en la habitación por la noche,
permanecen cerca de las sombras y se aprovechan de los inocentes
escondidos en sus camas. Los que no pueden luchar ni protegerse, los que
son vulnerables. Los monstruos llegan y dejan profundas cicatrices que otros
no pueden ver.
Pero los pasos retrocedieron, alejándose del pasillo y bajando las
escaleras. Los segundos que le llevó comprobar cómo estaban las chicas
más jóvenes no fueron tiempo suficiente para que sucediera nada, y solté
un largo y tembloroso suspiro.
—Ella no les hará daño —susurró una voz en la oscuridad.
Miré la litera frente a la mía, al otro lado de la ventana, y noté una
figura en sombra recostada en la litera inferior mientras se movía un poco.
—¿La señorita Ross? Ella no es como las demás. Ella es buena. Un
poco dura a veces, pero supongo que tiene que serlo —dijo la voz de la chica,
riéndose un poco como si ella misma se hubiera metido en problemas con
la mujer mayor—. Pero ella no es alguien a quien debas temer.
—Bueno, es la primera vez… —murmuré, aunque las palabras de la
chica enviaron una ola de tranquilidad a través de mí, aliviando la presión
en mi pecho. Abrí la bolsa de basura y busqué en la semioscuridad,
palpando el material de mi ropa para descifrar cuál era mi conjunto para
dormir, finalmente la acerqué al brillo tenue de la luz nocturna para
asegurarme de que obtuve lo que quería. Satisfecha, salí al pasillo y entré al
baño, cerrando la puerta detrás de mí para tener privacidad, aunque noté
que no había cerradura. No importó. La privacidad no era algo a lo que
estaba acostumbrada. En ese momento, estaba tan exhausta por todo lo que
pasó hoy que solamente quería desmayarme y decidir mis próximos pasos:
el modo de supervivencia.
Me puse mi vieja camiseta de AC/DC de gran tamaño y un par de
calzoncillos tipo bóxer, algo que siempre me había parecido más cómodo
para dormir. Nadando con ropa de gran tamaño. Siempre mi preferencia. 29
Me lavé el rostro con el jabón que había en la encimera y encontré un cepillo
de dientes de repuesto debajo del lavabo, donde toda una colección de
artículos esenciales de baño esperaba para ser recogidos. Sin abrir, sin usar.
Eso fue algo agradable… porque la mayoría de las veces, cuando me sacan
de mi casa, generalmente olvido algo al azar como desodorante, pasta de
dientes o limpiador facial. Pero aquí, era como si tuvieran un arsenal para
elegir. Tomé lo que necesitaba y lo llevé a mi habitación. Metiéndolo
profundamente en mi bolsa de basura antes de meterlo debajo de la manta
cerca del final de mi cama.
Otra lección aprendida... mantén tus objetos de valor cerca cuando
compartes un espacio con extraños.
Desde la cama donde yacía la otra chica, se dio la vuelta y tosió,
todavía despierta, pero no dijo una palabra más mientras yo me metía
debajo de la manta y trataba de acomodarme para pasar la noche.
Me quedé de lado durante mucho tiempo, mirando la luz de noche,
agradecida por su presencia, especialmente considerando que tenía miedo
a la oscuridad, incluso a los diecisiete años. Pero mis horrores no provenían
de alguna fantasía infantil como la bruja en el armario o el lobo debajo de
la cama. Los míos eran de hombres grandes, aterradores y monstruosos que
se colaban en mi espacio. Esconderme en las sombras o acercarme hasta
que una mano grande y áspera inevitablemente me tapara la boca para
silenciar mi grito.
No, está bien, Maddy. No hay ningún hombre en esta casa. La señora
Khan te lo dijo cuando te explicó adónde te llevaba. Estás segura. Es seguro
aquí.
Aun así, como una niña pequeña, me encontré buscando mis
pertenencias debajo de la manta, palpando alrededor hasta que mis dedos
encontraron el suave brazo de mi osito de la infancia, Fuzzy2. Lo saqué y lo
apreté fuerte contra mi pecho, mi corazón latía con cada crujido que hacía
la casa, el sonido de las ramas golpeando contra el vidrio del ventanal, y me
dije una y otra vez…
Estás a salvo.
Estás segura.
Estás a salvo...

—Soy Andrea —se presentó la chica de la otra cama en el momento


en que me desperté. Adormilada, me froté los ojos, teniendo dificultades
para volver en mí. Anoche no dormí mucho. Casi nunca lo hacía,
especialmente cuando me encontraba en un lugar nuevo, y eso había estado 30
sucediendo demasiado últimamente. Siempre tuve una mirada sombría
alrededor de mis ojos. Me senté y bostecé enormemente, viendo mejor el
espacio. La habitación era más grande de lo que pensaba.
Junto con las tres literas, había dos tocadores y dos escritorios
cuidadosamente dispuestos alrededor del espacio para que cupiera todo.
Además de Andrea y yo, había otra chica, pero ella me ignoró por completo
mientras se vestía y se preparaba para el desayuno, luciendo como si todavía
estuviera medio dormida. Asentí hacia Andrea y sonreí.
—Soy Madeline. Pero todo el mundo me llama Maddy —le dije,
sentándome y estirándome, mi cabeza rozando el fondo de la litera.
—Bienvenida a Phoenix House —dijo Andrea, sonriendo tímidamente
antes de hacer su propia cama. Tenía muchos rizos rojos y unas lindas
pecas en la nariz. Era flaca como yo y tenía las mismas sombras alrededor
de los ojos.
Me levanté, me vestí con un par de pantalones holgados y una
sudadera con capucha, a pesar del cálido sol primaveral que entraba por la
ventana de nuestra habitación. Siempre preferí esconder mi cuerpo. Era
más fácil pasar desapercibida cuando no dejabas ver nada a los demás.
Simplemente desapareces, que era lo que me gustaba. Sin embargo, até mi

2 Borroso / Confuso en Inglés.


largo cabello rubio castaño hacia atrás en una cola de caballo, dejando que
mi largo flequillo colgara alrededor de mi rostro y seguí a Andrea escaleras
abajo hasta la cocina al costado de la casa.
Estaba soleado y luminoso. Todas las ventanas daban al porche
envolvente y debajo de ellas había cestas de flores, aunque en ese momento
estaban vacías. Podía imaginarme un ramo de hermosas flores silvestres
floreciendo en el verano y solamente podía imaginar lo bien que olería. El
papel tapiz era de un color amarillo con flores rosadas ocasionales,
anticuado, pero combinaba con la sensación de la casa antigua, con
molduras de madera más oscuras en todo.
Había una mesa larga y ovalada colocada junto a las ventanas
mientras una mujer asiática baja trabajaba junto a la estufa, hablando
animadamente con dos de las chicas. Esa debe ser la señora Li, la
trabajadora que solamente venía durante el día para ayudar.
—Ven, siéntate —dijo Andrea, deslizándose por el banco contra la
pared. Yo también prefería esa manera, así podía ver a todos yendo y
viniendo en la habitación. Odiaba estar de espaldas a una puerta. Me uní a
ella, esperando que su naturaleza amistosa me hablara hasta el cansancio,
pero ella guardó silencio, jugueteando con la servilleta que sacó de debajo
del plato, ahora repentinamente ansiosa mientras miraba la estufa.
Entonces noté que ella había elegido el asiento más alejado. Por el rabillo
del ojo, la miré y noté que también estaba cubierta con ropa más gruesa de
31
lo que requería la temporada.
—¡Buenos días, chicas! —Entró entonces la señorita Ross e
inmediatamente comprobó quién estaba y quién no en la habitación.
Sosteniendo su mano había una niña pequeña que parecía tener alrededor
de cinco años, agarrando una manta cerca de su barbilla, medio ocultando
su rostro detrás de ella. Pero noté la cicatriz que recorría su mejilla,
causando que su ojo se cayera hacia un lado, e inmediatamente me puse
tensa. La señorita Ross la ayudó a sentarse y fue a buscar jugo de naranja
fresco al refrigerador. Mientras lo hacía, me miró y sonrió—. ¿Cómo
dormiste, Madeline?
Me encogí de hombros.
—Bien… —murmuré, evitando su mirada mirando mi plato vacío.
—Una casa nueva siempre es una transición, pero espero que la cama
fuera cómoda.
—Lo fue, gracias —dije en voz baja, odiando la atención sobre mí.
Pareció entender la idea porque se volvió hacia la niña más pequeña
y le entregó un poco de jugo antes de acercarse a los demás en la estufa y
comenzar a servir comida en los platos. Ella se acercó y puso un montón de
huevos revueltos sobre los míos antes de que la señora Li trajera a la mesa
una pila de pan tostado y fruta fresca cortada. De los alrededores de la casa,
las otras chicas comenzaron a aparecer, todas tomando asiento mientras
saludaban respetuosamente a las mujeres encargadas de la casa.
Era extraño estar en un lugar tan... civilizado. Pero todavía no podía
deshacerme de la sensación de inquietud en mi estómago que llevaba
conmigo a todas partes.
No bajes la guardia, Maddy. Ahí es cuando sucede la mierda...
—Madeline —dijo la señorita Ross desde el otro extremo de la mesa—
después del desayuno, me gustaría que vinieras a mi oficina para que
podamos repasar las reglas y responsabilidades de la casa.
Trampa. ¡Es una trampa! Traté de no mostrar mi aprensión, pero mis
hombros se tensaron automáticamente y comencé a picar los huevos como
si hubiera hojas de afeitar escondidas en ellos.
—Bien.
Observé a todas a mi alrededor en mi periferia, desayunando con
entusiasmo. Solamente cuando nadie empezó a ahogarse o vomitar, le di un
mordisco. A mi lado, Andrea parecía haberse calmado ahora que la estufa
estaba apagada y se estaba metiendo comida en la boca como si fuera su
última comida.
Lo entiendo…
Las chicas más jóvenes parecían aceptar más a las mujeres mayores,
32
hablando de sus sueños o de algo que vieron en la televisión, una ardilla
sentada en el gran arce afuera de la ventana, o algo gracioso que pasó en la
escuela, mientras que Andrea y la última chica que finalmente apareció, no
pareciera gustarles mucho socializar.
La señora Li parecía ser la más querida, ya que dos de las pequeñas
estaban prácticamente aplastadas a su lado, apoyadas en ella mientras
comían a la vez que la mujer les hablaba suavemente, repartiendo otra
ración en sus platos. Nunca he estado en una casa como esta. No parecía
real. Los empleados del gobierno seguían tantas reglas que a menudo
parecían robóticos. Este lugar era… hogareño. Pero me extrañó. Esto no era
algo a lo que estaba acostumbrada.
Cuando todas terminamos, las chicas mayores inmediatamente
comenzaron a recoger la mesa y a limpiar mientras las demás se
dispersaban. La señora Li ayudó a las jóvenes a conseguir sus abrigos y
mochilas mientras las acompañaba a la escuela primaria que estaba a un
par de cuadras de distancia. Al mismo tiempo, las adolescentes todavía
tenían otra media hora antes de tener que llegar a algún lugar, aunque
lentamente juntaron sus mochilas, listas para partir por su cuenta.
—¿Madeline? —La señorita Ross llamó desde el pasillo—. ¿Podrías
venir conmigo?
Cuidado, Maddy... Entré vacilantemente al pasillo que corría a lo largo
de la base de las escaleras. Estaba hecho con las mismas tablas pintadas
de verde y papel tapiz amarillo, aunque había cuadros enmarcados en las
paredes. Mientras bajaba lentamente hacia la oficina al final, miré las fotos.
Fotografías de la señorita Ross y de otra mujer que debió haber
trabajado aquí antes que la señora Li, junto con una foto al lado de la casa
en blanco y negro, en ruinas, completamente renovada y arreglada y en
color. La imagen más extraña era la de un grupo de hombres de pie junto a
la señorita Ross, sosteniendo un cheque por ciento cincuenta mil dólares,
una donación a la Fundación Safe Harbor for Kids3. Los hombres tenían
aspecto rudo, con barbas, pañuelos y chaquetas de cuero con un parche
que parecía una calavera y una hoz4. ¿Qué diablos hacía un club de
motociclistas donando dinero a una organización benéfica como ésta? Y si
se trataba de una organización benéfica, ¿significaba eso que este lugar no
estaba administrado por el gobierno? ¿Era eso legal?
—¿Madeline?
Aparté mi mirada de la foto de los hombres, confundida y curiosa, y
de mala gana me uní a ella en su oficina en la parte de atrás. Para mi alivio,
ella no cerró la puerta. Aunque para mi disgusto, la única silla en la que
podía sentarme era la de atrás. Irreflexiva, giré la silla hacia la pared para
sentarme de lado frente al escritorio, con los brazos cruzados y los ojos en
el suelo. La señorita Ross ya estaba sentada, con una carpeta abierta sobre
33
la superficie de madera frente a ella. Sabía que estaba mirando un archivo
dedicado a mí. Cómo odiaba eso. ¿Los niños de familias reales tenían
archivos como ese? No... pero yo sí. Todas las chicas traídas aquí lo tenían.
—En Phoenix House, las cosas se hacen un poco diferentes, como
estoy segura habrás notado —dijo la señorita Ross, su tono era tan gentil
como el de la señora Khan. Todavía me negaba a mirarla, mi cuerpo estaba
tenso, esperando una razón para correr—. Te vi mirando las fotografías en
el pasillo. El presidente de The Lost Souls aquí en Ashland inició la
Fundación Safe Harbor hace cinco años, para ayudar a solucionar la
situación de niños sin hogar en la ciudad. Entiendo que eres nueva en
Ashland, por lo que probablemente desconozcas la historia; sin embargo,
The Lost Souls ha jugado un papel importante en los cambios positivos aquí.
Este es un lugar seguro, Madeline, pero necesito que hagas tu parte, para
que podamos seguir manteniendo esta casa en paz y segura para todos los
que vienen aquí.
—Suena justo —dije en voz baja. Nunca fui una alborotadora y no
tenía intención de empezar ahora. Solamente era... cautelosa. Insegura—.
Primero, ¿puede decirme dónde está mi mamá?

3 Albergue Seguro para Niños en Inglés.


4 Instrumento que sirve para cortar hierbas. Esta hecha de una hoja curva con dientes
filosos por la parte cóncava.
Ante eso, la señorita Ross se removió incómoda en su asiento y el
sonido de la madera crujió bajo su peso.
—Lamento decir que no puedo. Esto lo debes discutir con tu
trabajadora social, la señora Khan. Ella viene regularmente, ya que está a
cargo de varias de las chicas aquí. Me avisará cuando desee concertar una
reunión contigo, probablemente la próxima semana. Puedes preguntarle
entonces.
Asentí, mordiéndome el labio inferior, mis sentimientos eran una
mezcla de emociones complicadas. Por un lado, amaba a mi madre porque,
bueno, ella era mi madre. Pero, por otro lado, me alegré de no estar con ella.
Mamá no fue negligente a propósito. Culpo a las drogas y a su estado
mental, una combinación peligrosa. Su paranoia pareció salirse de control,
especialmente en los últimos años. Nuestras visitas de casa en casa, las
noches de insomnio pasadas en los refugios. No había comida, y las
conversaciones locas que escuchaba mientras ella despotricaba consigo
misma mientras caminaba de un lado a otro eran demasiado para mi
corazón. Solamente quería un lugar al que llamar hogar. Quería sentirme
segura. Quería sentirme amada. Si bien mamá me amaba a su manera,
estaba contaminada. Contaminada por sus adicciones, sus aterradoras y
extrañas fantasías y su falta de cuidado.
—Bueno, entonces —continuó la señorita Ross, elevando su tono en
un intento de mejorar el ambiente en la habitación—. Aquí en Phoenix
34
House, trabajamos juntas para mantenerla bien cuidada. La sala de estar
tiene una pizarra con las tareas diarias asignadas a todos los presentes.
Todos los domingos la cambiaré. Si hay algo que prefieres sobre otros
trabajos, lo tendré en cuenta. Por ejemplo, a Sawyer le encanta la jardinería
y estar al aire libre, por lo que la mayoría de las veces trabaja en el jardín.
Asentí, sin decir nada.
—La señora Li prepara la comida, pero les pedimos que echen una
mano. Tus días para ayudar con la cocina también se te asignarán en la
pizarra. Consideramos importante y terapéutico ayudar a enseñarles todas
las habilidades para la vida, por lo que otros trabajos como lavar la ropa,
ayudar en la compra de comestibles y demás también son parte de ello.
—Bien.
La señorita Ross no pareció desanimada por mi silencio o mi manera
tranquila, pero pude sentir su desesperación por hacerme sentir cómoda,
porque su tono se complicó un poco, sonando más parecido a un bebé de lo
normal.
—En cuanto a tus estudios, la escuela secundaria está cerca y las
chicas que asisten son libres de seguir sus horarios sin que la señora Li y
yo tengamos que hacer un seguimiento. Ya son casi adultas, así que nos
gusta darles la oportunidad de asumir la responsabilidad ustedes mismas...
Irónico, pensé, dada la forma en que sonaba su voz, toda aguda y
chillona como si fuera un niña pequeña.
Pero simplemente asentí de nuevo, sin darle nada.
—Asistirás a clases mañana después de que la señora Khan recoja tu
horario y tus libros, probablemente esta noche venga a dejarlos. Ella ha
preparado tus clases y te ayudaremos a preparar cualquier actividad
extracurricular o sesión de tutoría que puedas necesitar. Si al final tienes
que ir a la escuela de verano para obtener tu exámen de equivalencia, hay
un programa en el que te podemos inscribir.
—Suena bien.
No estaba siendo así a propósito, ser complicada. Todo sonaba bien
para mí. Los recursos que ofrecían aquí eran mejores que los que tenía en
otras ciudades del otro lado del país, donde realmente te sentías solo. Me
pregunto si todo esto es por ese club de motociclistas que había iniciado
esta fundación. Miré a la señorita Ross y noté su anticuada blusa floral y su
suéter de punto. Me recordaba a Mamá Oca5, pero no podía permitirme bajar
la guardia a pesar de todo lo que me ofrecía. Me han engañado muchas veces
personas que parecían hermosas y buenas en la superficie, solamente para
descubrir más tarde que eran un demonio disfrazado.
—Bueno, entonces, acomódate. Debería haber dos cajones libres en
uno de los armarios de arriba, y luego podrás explorar un poco la casa. Los
35
únicos lugares prohibidos son mi oficina, a menos que necesites algo de mí,
mi habitación privada al lado de aquí y el sótano. Revisa la pizarra en la sala
de estar, ya que hoy agregaré tu nombre a la lista. Si sales de casa, avísame
adónde vas y cuándo puedo esperar que regreses. La ciudad es un lugar
encantador y hace un día hermoso, así que, si quieres echar un vistazo, eres
bienvenida.
—Gracias —murmuré y rápidamente salté de mi asiento, saliendo del
espacio cerrado lo más rápido posible. Para entonces, todas las demás niñas
ya habían salido de casa para ir a la escuela y yo quería aprovechar ese
tiempo para sentarme y respirar en paz, sola.
Mañana empezaría de nuevo en un lugar nuevo, con nuevas personas
y grupos sociales. Esperaba lo mejor, pero me preparaba para lo peor. He
experimentado acoso en el pasado y otros me han alienado porque era
nueva, diferente. Ya habían establecido sus grupos centrales. Yo era
solamente una extraña que estaba invadiendo temporalmente su espacio.
Mientras me decía a mí misma que ya no sería una víctima, que, si alguien
intentaba meterse conmigo, no lo permitiría. Que sería valiente y lucharía,
aunque la perspectiva de hacerlo me inquietaba.

5 Figura mitica recurrente relacionada con los cuentos de Charles Perrault.


No quería aceptar la mierda de nadie; aun así, nunca fui buena en la
confrontación. Y cada vez que hablaba a favor de mí misma, nunca me
creían, o las consecuencias de hacerlo solamente me generarían más
problemas y angustias. Solamente una vez, hace mucho tiempo, cuando
defendí a otra persona, un niño que era un extraño para mí, logré resistir el
acoso de los demás. No sé por qué sentí tal protección entonces, hacia un
chico que no conocía en absoluto, pero algo cobró vida cuando vi al grupo
de niños atacándolo. ¿Por qué no podía aplicar esa fuerza a mí misma?
No seas una víctima, Maddy. No seas una víctima. Ya no más. Puedes
hacerlo. Puedes hacerlo...
Es más fácil decirlo que hacerlo.

36
Capítulo Tres

—Sostenlas con cuidado, pequeño hombrecito —la voz de mi madre


sonaba un poco apagada a pesar de lo alegre que sonaba. Temblorosa, como
si estuviera a punto de llorar. Me pregunté qué la hacía querer llorar esta
vez mientras agarraba una canasta de margaritas que había traído con
nosotros, con cuidado de no dejarla caer.
—¿Estás segura de que no necesitas que vaya? —preguntó papá desde
el asiento del conductor, sus brillantes ojos azules mirándonos por encima
de sus lentes de sol.
—Si no te importa, solamente esta vez —dijo mamá, inclinándose un
poco para verlo a través de la ventanilla abierta del pasajero.
—Oye, no te preocupes. Tengo compañía —dijo con facilidad,
encendiendo la radio, una de sus favoritas sonando a todo volumen.
Comenzó a fingir que tocaba la guitarra, moviendo la cabeza mientras lo
37
hacía, haciéndome reír al ver cómo mamá ponía los ojos en blanco, a pesar
de sonreírle al tonto de papá.
—Está bien, perdedor, volveremos en unos veinte minutos, ¿de
acuerdo? —Ella se rió entre dientes.
—No puedo oírte, estoy viviendo mi sueño como estrella de rock,
rodeado de fans gritando, lanzándome su ropa int…
—¡Ah-ah! —Ella espetó, deteniéndolo antes de que terminara—. ¿Te
importa? —añadió, asintiendo hacia mí.
Él sonrió tímidamente mientras miraba en mi dirección, guiñándome
un ojo descaradamente. Sonreí ampliamente, ahora quería quedarme y
pasar el rato con él en lugar de ayudar a mamá con su “proyecto de
jardinería”, así era como ella lo llamaba.
—¡Lo siento, lo siento! Olvidé que ahora si presta atención a lo que
escucha.
—¡Escucho todo! —Anuncié con orgullo y mis padres se rieron a
carcajadas.
—¡A eso es a lo que tengo miedo! —Mamá se rió entre dientes, se echó
al hombro su bolsa con cosas del jardín, sostuvo su propio manojo de
margaritas y suavemente tomó mi mano.
—Está bien, ¡volveremos pronto! —Se dirigió una vez más a papá, que
había vuelto a tocar su guitarra imaginaria, y luego me condujo por el
sendero hacia los árboles.
Nos habíamos mudado aquí hace solamente un par de semanas y ya
extrañaba la playa. Además, aquí no hacía tanto calor. Aun así, mamá dijo
que aquí era donde viviríamos ahora y que pronto volveríamos de visita. Eso
esperaba.
Sin embargo…
Era bonito aquí. De una manera diferente. Especialmente en este
lugar con todas las piedras. Estaba tranquilo, los árboles eran grandes y
diferentes a las palmeras de donde yo había venido, y allí fue donde conocí
a mi abuelo.
Abuelo J.
Sonreí al pensar en él. Había oído historias sobre mi abuelo, pero no
lo conocí hasta hace unas semanas y rápidamente se convirtió en una de
mis personas favoritas. Recuerdo el momento en que lo vi.
Independientemente de lo nervioso que estaba, su sonrisa y sus palabras
me tranquilizaron. Algo en él me resultaba tan familiar, a pesar de ser un
extraño. Se parecía a mí a pesar de su cabello con mechas plateadas y las
arrugas alrededor de sus ojos. Como… un yo mayor. Desde ese día, ha
estado presente, pasando por aquí, llevándome a tomar un helado y a los
38
parques mientras mamá y papá arreglaban nuestra casa, dejándome
sentarme en su genial motocicleta, y sin mencionar que me dio los mejores
abrazos.
Pero hoy no estuvo con nosotros. Éramos solamente mamá y yo,
paseando por el sendero de la mano entre los setos, ahora llenos de
pequeñas flores blancas, hasta que salimos al claro. ¡El estanque! ¡Patos!
—¿Quieres ir a alimentar a los patos? —me preguntó, metiendo la
mano en su bolso y sacando una bolsita Ziploc llena de alpiste.
—¡Sí! —Prácticamente grité, saltando de emoción.
Riendo, me entregó la bolsa y con cuidado tomó mis margaritas. En el
momento en que me liberé de ellas, salí corriendo lo más rápido que pude
hacia el estanque.
—¡Patitos! —Grité felizmente, observando cómo se dispersaban en el
agua, decepcionado de que estuvieran nadando más lejos—. ¡Regresen!
¡Traje comida!
La risa de mamá resonó por todo el espacio mientras gritaba:
—¡Tienes que hablarles con dulzura, hombrecito! Un poco más
silencioso, ¿Okay? Muévete lentamente y ellos vendrán.
—¡Bueno! —Grité por encima del hombro mientras buscaba dentro de
la bolsa. Agarrando un puñado de semillas, se las tiré a los patos, y
solamente me molesté cuando se negaron a acercarse. Intenté estar en
silencio, moverme lentamente como ella había dicho. Ella siempre me decía
que no me apresurara, que necesitaba ir más despacio y tomarme mi
tiempo. A pesar de lo impaciente que estaba, lo intenté ahora, rodeando la
orilla del agua, con la esperanza de acercarme. Aunque los patos aún
mantenían espacio entre nosotros, no aleteaban ni se dispersaban tan
frenéticamente como lo habían hecho antes. Sentado en la orilla, tomé más
semillas y las arrojé suavemente al estanque, observando cómo la de la
cabeza verde se acercaba para investigar.
Sintiéndome un poco victorioso, miré hacia atrás para ver si mamá
estaba mirando, pero ella estaba arrodillada ante una de las piedras, con
guantes de jardín puestos, pala en mano, cavando delante de ella. Esta
piedra estaba más atrás que las demás, debajo de un árbol enorme, pero
incluso con el dosel, la luz del sol logró atravesarla, iluminando el cabello
rubio de mamá. Pasé una mano por mis propios mechones. No me parecía
mucho a ella en absoluto. O como papá. El mío era oscuro como el del abuelo
J, o al menos, no era plateado.
Un fuerte graznido devolvió mi atención al agua y observé alegremente
cómo los patos se acercaban, mordisqueando los pocos trozos de semillas
que flotaban. Agregué un poco más y me reí cuando el pato de cabeza verde 39
se abalanzó sobre los demás y se llevó la mayor parte.
—¡No abuses! —Lo regañé a pesar de mi sonrisa—. ¡Comparte! ¡Se
supone que debes compartir! —Con cuidado lancé un poco hacia los demás,
asegurándome de que todos recibieran un poco. Cuando no quedó nada,
metí la bolsita vacía en el bolsillo de mis pantalones cortos y comencé a
explorar el espacio. Algunas de las piedras tenían flores delante. Otras
estaban solas. Y algunas parecían como si nadie hubiera pasado por allí
desde hacía mucho tiempo. Estaban cubiertos de musgo y tierra. La piedra
ante la que mamá estaba arrodillada parecía haber estado sola por un
tiempo, pero ahora la estaba arreglando, usando un trapo que había
sumergido en el estanque para limpiar la suciedad, las margaritas ahora
plantadas y extendiéndose hacia el sol.
Me acerqué a ella y la observé mientras recogía sus cosas y las
guardaba en su bolsa antes de pararse frente a la roca gris. Las palabras
grabadas en ella me resultaban familiares porque conocía el abecedario,
pero todavía no podía leer. Al menos, grandes palabras. Sin embargo,
reconocí uno en la piedra porque era mi nombre. Mi segundo nombre.
—¡Shay! —grité, sonriendo mientras leía las letras familiares—. ¡Ese
soy yo! —dije, señalando la roca.
Mamá, sin embargo, se quedó helada ante mis palabras. Uh oh…
Las lágrimas de mami, los gritos de mami, los miedos de mami… estaba
teniendo uno de esos, ¿cómo se llamaban? Un ep-ii-sodio. ¿Qué había
pasado? ¿Fue por algo que yo hice?
—¿Mami? —dije en voz baja, mirándola fijamente, sabiendo lo que
estaba a punto de pasar—. ¿Mami? ¿Estás bien?
—H-Hayden —susurró, sonando tan lejana, con los ojos muy abiertos
fijos en las palabras de la piedra, su cuerpo temblando.
—¿Qué ocurre? —Alcancé su mano, pero tenía los dedos fríos y rígidos
y no me devolvía el apretón—. ¿Estás bien? ¿Estás enferma?
—Hayden —repitió con la voz quebrada— busca a tu padre. ¡Por favor!
Inmediatamente, la solté, me di la vuelta y corrí por donde habíamos
venido. No estaba lejos y el camino era la única salida. Sabía adónde ir. Papá
haría que todo fuera mejor. Él siempre lo hacía. Lo necesitaba para salvarla.
Necesitaba salvarla. Caminé a lo largo de las piedras, con cuidado al evitar
las partes de los árboles que habían crecido sobre el suelo, hasta que me
liberé de los arbustos para ver a papá todavía estacionado en el auto, con
música sonando, aunque parecía dormido. Corriendo hacia la ventana más
cercana del lado de mamá, golpeé la puerta con el puño.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Despierta!
Sus ojos azules se abrieron de golpe y, al verme allí de pie, solo, se 40
enderezó y abrió la puerta para salir.
—¡Hayden! Amigo, ¿estás bien? ¿Te lastimaste? ¿Dónde está mamá?
—Sonaba en pánico mientras corría alrededor del auto, alcanzándome
mientras su mirada azul se movía rápidamente sobre mi cuerpo como si
pensara que podría estar sangrando o algo así.
—Es mamá. ¡Está teniendo un... un... ep-ii-sodio!
Tartamudeé con la palabra.
Papá me tomó en brazos y corrió por el sendero hacia el claro de
piedras que rodeaba el estanque, viéndola de inmediato, solamente que
ahora estaba sentada en el suelo, con sus brazos alrededor de ella como si
tuviera frío, temblando tan fuerte. Podía verla temblar desde aquí. Me puso
suavemente en el suelo y me entregó su teléfono, abriendo un juego que
guardaba para que yo usara a veces.
—Juega con esto de mientras, ¿de acuerdo, hijo? Ve a sentarte junto
a los patos y, por el amor de Dios, no lo dejes caer al agua, ¿de acuerdo?
Asintió pensativamente hacia mí y tomé el teléfono, un poco
emocionado ahora que podía usarlo.
—Tendré cuidado —dije, casi dejándolo caer de inmediato, pero
logrando sujetarlo en el último segundo—. Lo prometo.
Pude ver que no me creía del todo, pero se fue para ir a ver a mamá.
Mi ansiedad desapareció cuando sostuve el teléfono frente a mi rostro y me
senté al sol junto al agua, concentrándome por completo en los colores
brillantes del juego mientras intentaba unir las formas. No fue hasta que
escuché un pequeño jadeo agudo y lloroso que recordé dónde estaba y qué
estaba pasando. Al mirar hacia atrás, pude ver a papá sosteniendo a mamá
con fuerza en sus brazos, susurrándole suavemente mientras la mecía hacia
adelante y hacia atrás: acariciando su espalda en círculos lentos y fáciles,
protegiéndola de las palabras escritas en la piedra. Todavía no entendía qué
había pasado, por qué se había entristecido tanto, pero no iba a
cuestionarlo. Todo lo que sabía era que, de alguna manera, había hecho
llorar a mamá… otra vez.
La vergüenza llenó mi estómago y dejé caer el teléfono en mi regazo
mientras observaba a mis padres abrazarse. La última vez fue porque
estábamos comiendo helado en el auto, aparcado junto a una antigua
estación de tren, con la radio encendida mientras disfrutábamos del día
soleado. Jugueteé con los controles hasta que sonó una canción que pensé
que era buena. Le dije lo mucho que me gustaba, pero cuando la miré, ella
se había quedado quieta, con los ojos fijos en el frente y el helado finalmente
se derritió sobre su brazo. Papá no había estado con nosotros entonces y
durante mucho tiempo había intentado todo para mejorarlo. Pero no había
nada que pudiera hacer. Cuando se giró y me miró, con sus ojos fijos en los
míos, solamente pareció empeorar.
41
Finalmente, no sé cuánto tiempo después, pareció recuperarse,
parpadeando fuerte y rápido, con lágrimas en su rostro y en el mío mientras
le suplicaba que se mejorara.
—Lo-lo siento mucho, Hayden —había susurrado— ¡lo siento mucho!
—Y ella me abrazó fuerte y besó mi cabeza—. Es culpa de mamá. Es mi
culpa. Lo siento… —susurró una y otra vez.
Se recuperó rápidamente y nos llevó a casa. Cuando entramos y corrí
a jugar con mis juguetes a la sala de estar, mamá se encerró en su
habitación hasta que papá llegó del trabajo. Subió las escaleras y, después
de mucho tiempo, bajó con ella y pude ver que había estado llorando.
Ahora esperé de nuevo a que hiciera su magia.
Cuando finalmente levantó la cabeza de su hombro, dedicándole una
pequeña sonrisa y un rápido asentimiento, suspiré aliviado. Miró en mi
dirección y me hizo un gesto para que me acercara. Con entusiasmo, me
puse de pie, corrí alrededor del estanque hasta donde estaban sentados mis
padres y me arrojé en sus regazos. Escuchar la risa de mamá fue suficiente
para saber que él la había ayudado nuevamente. Papá realmente era un
superhéroe.
—¿Dónde está mi teléfono, hombrecito?
Uh oh.
Nerviosamente, miré hacia el lugar donde había estado sentado y
señalé. El teléfono estaba al borde del agua. Papá maldijo en voz baja
mientras se levantaba de un salto y corría.
—¡Sin maldecir! —le grité, observando cómo rápidamente lo recogía y
lo revisaba.
Los brazos de mamá me rodearon la cintura y me hundí en su abrazo,
sonriendo para mis adentros, aliviado de tenerla de vuelta. Sentí sus labios
en mi cabello mientras me besaba, susurrando una y otra vez:
—Te amo, Hayden. Te amo, te amo, te amo…

42
Capítulo Cuatro

—…Madeline King...
—...otra chica de Phoenix House...
—... no hay mucho que ver, hermano... demasiado material...
—... He oído que su madre está loca. ¡La encerraron el fin de semana
en un asilo!
—...está demasiado delgada. Mi enorme polla la partiría por la mitad.
Me escabullí entre los susurros intercambiados por los pasillos. Otro
rostro nuevo, y los chicos de esta escuela la tomaron con avidez como si
fuera kool–Aid. Cerré mi casillero de golpe, y varios otros estudiantes a mi
alrededor saltaron ante el sonido antes de rápidamente darme un amplio
margen mientras caminaba por el pasillo, dirigiéndome a la cafetería.
Llevaba mi vieja chaqueta de cuero, el parche de Manic cosido en el brazo y 43
las placas de identificación tintineando en mi pecho, un recordatorio para
aquellos que podrían haber olvidado de quién era hijo.
Déjame en paz y te dejaré en paz.
Cuando tomé asiento en la esquina trasera de la cafetería, suspiré
profundamente y cerré los ojos, dejando que mi cabeza golpeara la pared de
piedra a mi espalda. Hace años, mi mamá me dijo que estuviera por encima
del resto de estas hienas. Ella no quería que volviera a pelear y me mantuve
firme en eso. Aunque nadie más sabía sobre eso. Entonces, aunque no
quería ser como mi padre biológico, usaba sus viejas reliquias como una
armadura todos los días, una advertencia para todos ellos, y eso me
mantuvo a salvo e hizo que la vida en la escuela fuera un poco más llevadera.
Cuando todos me despreciaron, me dolió. Quería agradarles de nuevo.
Habría hecho cualquier cosa. Pero el día del incidente en el que dejé a Theo
en el suelo en un desastre sangriento, me etiquetaron oficialmente como un
peligro y un paria, lo que significa que ya nadie se metía conmigo. De hecho,
me ignoraron casi por completo. Sin embargo, cuando eso sucedió, estaba
bien estando solo. No los quería cerca de mí. Los odié a todos. ¿Y los amigos
que pensé que había tenido? Se marcharon y me dejaron a mi suerte.
Sinceramente no tenía a nadie.
Excepto ella... La chica misteriosa que nunca volví a ver.
Lo que sea. Una vez que me graduara en dos meses, no tendría que
volver a ver a nadie de esta escuela. Podría elegir lo que quería hacer con mi
vida y empezar de nuevo como yo, Hayden, y no ser visto como la próxima
versión de un hombre que había muerto hacía mucho tiempo.
Podré despojarme de la armadura que he estado usando, de su
nombre y de hacer lo que todos los demás miembros de mi familia tenían
demasiado miedo de hacer... dejar este lugar atrás. Tomaría mi cámara y
viajaría por el mundo; lo vería. Saldría de aquí. Mamá y tía Casey hablaron
sobre lo que querían cuando tenían mi edad. Las grandes ciudades, lejos de
Ashland y de todos los pueblos fronterizos. Sin embargo, allí estaban,
asentadas, estancadas, sin intención de irse jamás.
Los estudiantes comenzaron a llenar el lugar, todos hablando, sus
voces apagadas mientras se mezclaban, sonando como ruido blanco de
fondo mientras yo me relajaba en mi asiento. Mirando a través de mis
pestañas, mantuve un ojo abierto, observando para ver si algún chico aquí
era lo suficientemente estúpido como para tratar de atacarme mientras
estaba así. Lo único que vi fue el habitual grupo de chicas que se sentaban
cerca, observándome como si esperaran que de repente cambiara de opinión
y quisiera follarme a alguna de ellas otra vez. Cuando miré en su dirección,
todas miraron hacia abajo y se rieron. Todas siempre tenían miedo de
mirarme a los ojos, como si hacerlo les asegurara un lugar en la camilla o
algo así… 44
Esa es otra razón por la que ya no me molestaba en ir a fiestas en
casas. Hice algunas apariciones, trayendo a uno o dos amigos del club,
apreciando el círculo de espacio que todos me daban cuando entramos.
Excepto que el alcohol hizo que algunas de estas chicas fueran un poco más
valientes, y se acercaron tranquilamente para hablar. Después de unos
cuantos tragos, me encontré follándolas en una habitación libre o en algún
lugar atrás (¨¡Apurate, Hayden!¨ mi papá siempre me decía, consejo que
tomé en serio), y al día siguiente me miraban expectantes como si hubiera
hecho algún voto o les debiera algo.
No era un idiota, pero nunca les prometí una mierda a estas chicas, y
había escuchado rumores sobre las tonterías que intentaban hacer con los
jugadores de fútbol. Cal Riggs, el mariscal de campo y capitán del equipo de
baloncesto, fue sorprendido por una chica usando un condón endeble. De
hecho, le había hecho un agujero. Afortunadamente nunca me follé a esa
chica. Ella paseaba con el resto, con su estómago hinchándose lentamente,
y supe que nunca dejaría que una de ellas me atrapara de esa manera.
Honestamente, debería haber sido arrestada.
Una vez más, más para respaldar mi política general de “déjenme en
paz”. Fue entonces cuando pasé a jugar solamente con chicas de otras
escuelas, lo que al parecer solamente hizo que las de aquí fueran aún más
decididas.
No fue hasta que una pequeña figura entró en la cafetería que las
chicas apartaron la mirada, lanzando miradas sospechosas a la persona
fuertemente vestida mientras deambulaban a lo largo de la pared, buscando
un lugar para sentarse, antes de susurrar entre ellas como las hienas que
eran. ¿Por qué, de todas las chicas que hay en el mundo, me las follé a ellas?
Porque eres un adolescente cachondo, Hayden, ¿Qué otra razón hay?
Abrí los ojos para echar un vistazo a la señorita Madeline King, el
nuevo foco de los chismes de la escuela. Pero estaba completamente oculta
debajo de la sudadera con capucha azul marino más grande que había visto
en una chica, con pantalones holgados, agujeros en las rodillas y un par de
zapatos viejos que parecían estar a punto de desmoronarse por completo.
No me sorprendió. Sabía todo sobre Phoenix House. Si los rumores sobre
dónde había vivido antes y lo que le había sucedido eran ciertos, entonces
la habían apartado del cuidado de su familia.
Observé discretamente mientras ella avanzaba apresuradamente
hacia una mesa vacía adyacente a la mía, de espaldas a la pared. Debajo de
la capucha, pude distinguir su barbilla y sus labios rosados, que estaban
muy apretados. Su rostro se giró para comprobar una entrada de la
habitación y la salida de emergencia del otro lado, antes de abrir el sándwich
que había traído y darle un pequeño y tímido mordisco. Me recordó a una
ardilla asustada... pequeña, alerta, con una especie de aura inocente a su
alrededor.
45
Lo que sea...
Pasé una mano por mi cabello oscuro y ondulado y bostecé, deseando
que este día ya hubiera terminado. Quería llegar a casa y trabajar un rato
con papá en el garaje. Sentarme en silencio con él era uno de mis pocos
lugares felices. En ocasiones, Maverick se unía a nosotros y yo lo vigilaba
para asegurarme de que no se metiera con las herramientas eléctricas o algo
así. El chico era un huracán andante, se metía en cada puta cosa. A mis
hermanas, que ahora tienen doce y diez años, no les importaban en absoluto
los autos y las motocicletas, así que seguían a mamá por toda la casa como
pequeñas sombras, aunque últimamente Charlotte se estaba maquillando.
Resoplé ante la idea de que le gustaran los chicos. Dios ayude a cualquiera
que intentara venir a husmear. Yo los asesinaría.
Desde la mesa donde estaba sentada Madeline King, se unió a ella
una de las chicas que reconocí como residente de Phoenix House, Andrea
Walsh. Su cabello pelirrojo estaba recogido hacia atrás y le sonrió a su
compañera de casa antes de hablarle en voz baja y tomar asiento a su lado.
Pobre Andrea… la mierda que había soportado me ablandó un poco. La
mayoría de las chicas de Phoenix House lo hacían. Ya tenían suficiente
mierda con la que lidiar y estaba bastante seguro de que la mayoría, si no
todas, me tenían miedo. La nariz torcida y la boca llena de cicatrices de Theo
eran un pesado recordatorio de lo que era capaz. Nadie necesitaba saber que
las “Chicas Phoenix” eran otra razón por la que iba a fiestas, así podía
asegurarme discretamente de que nadie se aprovechara de ellas. Como
aquella vez, que la pobre Andrea se convirtió en la víctima... Me había
saltado esa fiesta.
Pensé en mi madre y su pasado. Que me condenen si dejo que eso le
pase a otra persona si puedo evitarlo. Desafortunadamente, no pude asistir
una vez y fue entonces cuando Andrea se convirtió en una víctima.
Otra cosa que distinguía a las niñas que se quedaban ahí era que eran
muchísimo más amables que la mayoría de los niños que provenían de
hogares estables. Como el abuelo J apoyaba el lugar, mi mamá y mi papá
me hicieron voluntario allí paleando nieve en invierno o cortando pasto en
verano. A mamá también le gustaba hornear galletas y cosas así para las
niñas y de vez en cuando pasaba para registrarse. Cuando finalmente tuvo
que dejar de enseñar ballet en el estudio local debido a un problema en su
rodilla, dedicó cada vez más tiempo a Phoenix House.
Me levanté de mi silla y me di la vuelta, consciente de cualquiera que
mirara en mi dirección, pero ignorándolos a todos, aunque permanecí muy
consciente de las dos chicas Phoenix sentadas juntas, susurrando, con sus
cabezas inclinadas sobre su comida.
—... no hay mucho que ver, hermano... demasiado material...
—... ella es demasiado flaca. Mi enorme polla la partiría por la mitad.
46
Las crudas palabras dichas por los chicos de mi escuela resonaron en
mi cabeza mientras miraba en su dirección, tratando de echar un vistazo a
su rostro, pero su capucha permaneció en su lugar, ocultándola de la vista.
No es gran cosa. No es que realmente me importara. Simplemente tenía
curiosidad por la chica nueva, como todos los demás.
Y, sin embargo, cuando pasé por su mesa, una voz en mi cabeza me
gritó que volviera a mirar. Dudé, detuve mi paso, y cuando lo hice, ella se
encogió sobre sí misma, como si caminar demasiado cerca la hiciera sentir
incómoda. Quería poner los ojos en blanco, pero algo en la forma asustada
en que se comportaba me hizo detenerme por un segundo antes de
obligarme a seguir adelante. Si ella iba a encogerse y evitarme como los
demás, era solamente una persona menos por la que debía preocuparme.
Ahora, Theo Hebert… era alguien que siempre me tenía en guardia. Sabía
que quería vengarse por haberle jodido el rostro. Aunque había sido hace
años, sabía que no había terminado entre nosotros, y cuando pasé junto a
él y sus amigos, estaban callados y cautelosos cuando pasé. Pero nadie se
movió ni lo siguió. Supongo que no sería hoy.
En educación física, al estar tan cerca del final del año, nos quedamos
prácticamente solos con opciones para elegir. Podíamos salir para participar
en cualquier actividad organizada en el gimnasio o usar la sala de pesas en
el segundo piso que daba al gimnasio. Siempre elegía hacer pesas, ya que
Theo y los demás casi siempre salían. Aun así, cuando entré en el pequeño
y maloliente espacio, me decepcionó ver que estaban aquí, solamente que
estaban reunidos a lo largo de las ventanas de vidrio del piso al techo,
mirando a los estudiantes que decidieron hacer algo adentro. Ignorándolos,
me moví al otro extremo de la habitación, donde podía ver a todos detrás de
mí en el espejo mientras hacía mis ejercicios.
Cuando pasé junto a Theo y sus compinches, pude escucharlos
murmurar con entusiasmo:
—Mierda... ¿Quién sabía que había eso debajo de toda esa ropa?
Madeline King.
Por alguna razón, mi interés se despertó nuevamente. ¿Por qué tenía
tanta curiosidad por esta chica? Normalmente, no me molestaría, pero esa
pequeña figura nadando con ropa de gran tamaño seguía llamando mi
atención por alguna razón. Mirando hacia abajo, me di cuenta de que los
profesores de educación física estaban preparando a esas pobres para los
sprints. Esas chicas eligieron mal hoy. Podía distinguir a las chicas
habituales que siempre preferían quedarse adentro, seguidas por los 47
estudiantes agotados que preferían el gimnasio con aire acondicionado al
sol abrasador. Pero al final de la fila, más cerca de la salida de emergencia,
había alguien nueva, y en el momento en que la vi, me quedé helado...
Llevaba la típica diadema de gimnasio que regalaba la escuela, algo
que todos teníamos que usar al sudar. Sudadera o pantalón corto azul
marino, sea cual sea nuestra elección, y una camiseta roja con un osito en
la parte delantera. Llevaba sudaderas y una camiseta, pero debido a que la
escuela le asignó esta ropa, no le quedaban nadando, sino que le quedaban
más ajustadas. Sin capucha para ocultar su rostro y con el cabello recogido
en una cola de caballo, finalmente quedó expuesta para que todos la vieran.
Tenía los ojos muy abiertos, e incluso desde aquí pude ver lo tristes
que estaban. Tenía el ceño fruncido, creando una pequeña línea en su
frente, mientras observaba con cautela a las personas a su alrededor como
si tuviera miedo de que la atacaran. Su boca estaba llena, haciendo
pucheros como la mía, pero mientras la mía naturalmente caía en una
especie de sonrisa, la de ella estaba tensa como si estuviera apretando la
mandíbula. Estaba pálida, su cuerpo era pequeño y su cabello era rubio
oscuro con un poco de onda.
Y sin embargo…
Me encontré mirándola también, al igual que los demás. No sé por qué
seguí mirando, observando mientras ella se estiraba. Parecía incómoda por
estar tan expuesta mientras se quitaba la camisa del frente y los costados,
estirando la tela como si odiara cómo se pegaba a su piel. Cuando se quedó
quieta, con los brazos cruzados ante el cuerpo, abrazándose a sí misma,
alejándose con la esperanza de pasar desapercibida. Lástima para ella que
había llamado la atención de prácticamente todas las personas a quince
metros de ella, incluyéndome a mí. Cuanto más la miraba, más
extrañamente familiar me parecía, y pensé en lo mucho que me gustaría
verla sonreír. Extraño…
En el momento en que ella giró su rostro, salí del extraño trance en el
que había caído. ¿Qué demonios fue todo eso?
Sacudiendo la cabeza, volví a las pesas, concentrándome en mi
respiración y postura mientras las levantaba, a la vez que escuchaba y
observaba a todos los demás en la sala, sin querer que me pillaran
desprevenido. Supongo que eso era algo que la señorita Madeline King y yo
teníamos en común... no confiábamos en nadie de esta escuela para una
mierda.
—Yo me la cogería. Dame una semana y tendrá que usar muletas para
moverse —Theo se rió mientras todos sus amigos se reían disimuladamente.
¡Cierra la puta boca! Esa voz, que había sido sorprendentemente
tranquila últimamente, de repente gruñó en el fondo de mi mente,
despertando con venganza. Sentí esa vieja burbuja de rabia hirviendo de 48
repente estallar en mi estómago ante las palabras de Theo, algo que no había
sentido desde el día que le jodí el rostro. Solamente que esta vez se sintió
más… posesivo. Resentido. ¡Odioso!
Realmente, debería agradecerme por las cicatrices, porque eso
solamente mejoró su imagen de “chico malo” que les gustaba a las chicas.
No dañó su juego en absoluto. Entonces, su deseo de desvestir a la chica
nueva no era sorprendente. Hablaba así todo el tiempo y nunca antes me
había molestado. Pero por alguna razón…
—Amigo, tienes a Sawyer. Ahora es mi turno —dijo Spencer Carr con
un ligero gemido. Él era aún más grande ahora, mientras que Theo era un
poco más bajo que yo y más delgado. Eran el yin del yang del otro, y los dos
eran como reyes en esta escuela. Mientras que Theo era en gran medida el
líder de su pequeño grupo de imbéciles, Spencer era el músculo y atraía
tanta atención como su amigo.
Theo miró a Spencer con su mirada pálida, apartándose de los ojos su
mechón de cabello teñido de azul y sonrió, mordiéndose la comisura de la
boca, sus dientes golpeando el piercing que tenía allí.
—Ambos podemos tenerla. Primero pido yo. No me gusta ser plato de
segunda.
Una vez más, sentí que ese hervor en mi estómago comenzaba a
hervir, ardiendo más, apreté los dientes mientras levantaba las pesas por
encima de mi cabeza, concentrándome en mi rostro en el espejo, los ojos
plateados mirándome detrás de mí, y no a mí mismo. Por un momento, sentí
que sus voces se desvanecían en un segundo plano cuando mis oídos
comenzaron a pitar, el reflejo en el espejo se convirtió en otra persona
mientras esa voz oscura que le gustaba darse a conocer de vez en cuando
me incitaba.
Dale cicatrices como a su amigo… ¡hazlo!
Toma la pesa en tu mano, camina hacia Theo y golpeala con su cráneo.
Luego, voltea hacia Spencer y empuja su rostro contra la ventana de
vidrio hasta que se rompa y los fragmentos se claven en su piel.
Luego tíralos.
Lanzalos por la ventana, Hayden.
Mátalos...
—Bien —Una voz me sacó de mi extraño estupor y sacudí la cabeza,
dándome cuenta de que estaba a segundos de dejar caer las pesas al suelo—
. Si no podemos llegar a ella antes, haremos que Ayla la invite al festival de
primavera —La declaración de Theo resonó en mi cabeza como una horrible
nota desafinada, el sonido me hizo estremecer.
—A ella no le gustará eso —dijo uno de sus amigos—. ¿Ayla? Ella ha
estado tratando de volver contigo desde las vacaciones —y todos se rieron.
49
Ayla... Ella también había estado intentando meterse conmigo. En
cada fiesta a la que asistía, Ayla se acercaba descaradamente para “hablar”,
presionando sus senos contra mi pecho, y una vez incluso pasó su mano
por mi entrepierna antes de sacudirla. La niña tenía problemas de apego.
Pero ella conocía a todos, se metía en los asuntos de todos y tenía la actitud
de un chihuahua enojado. Por tanto, era una de las chicas más populares
de la escuela. Temida por las chicas, utilizada por los chicos y
aparentemente intocable.
Ella era veneno, tóxica. Nada en ella me llamó la atención ni me
emocionó remotamente. El hecho de que yo no estuviera interesado parecía
volverla loca, ya que mi indiferencia ante su presencia siempre la ponía de
mal humor. Ella miraba fijamente mi mesa del almuerzo o intentaba pasar
demasiado cerca en los pasillos, y yo siempre intencionalmente no miraba
en su dirección. En mi periferia, pude ver la forma en que ella pisoteaba con
enojo o miraba fijamente mi desinterés.
—Ella hará lo que se le diga —continuó Theo, con los ojos observando
cómo los sprints comenzaban abajo, los estudiantes corriendo en línea de
una pared a otra, con la esperanza de llegar antes del pitido. Ese era el
objetivo: llegar al otro lado del gimnasio antes de que sonara una explosión
estridente por los altavoces. Y cada vez sonaba con una sucesión más
rápida, lo que significaba que tenías que correr más rápido con cada sprint.
Se trataba de ritmo, y el nivel más alto que alguien alguna vez alcanzó fue
quince, y habían estado corriendo solos durante cuatro etapas. El beep
sprint era un puto infierno.
—Ella tendrá mi polla —Theo habló en voz baja, observando como
Madeline King llegaba al otro lado con facilidad, mucho antes de que sonara
el primer pitido—. Y luego ella tendrá la de Spencer. Y si dice una maldita
palabra al respecto, haré de su vida un infierno. No es como si tuviera una
familia con la que esconderse, ¿verdad?
Mátalo, los ojos plateados me devolvieron la mirada desde debajo de
mis cejas oscuras, furiosos, violentos, ese ardor en mi estómago ahora se
convertía en rabia, ¡Ve allí y mátalo, joder, Hayden!
Lanzalos por la ventana... toma los vidrios rotos y entierralos en su piel,
dibuja en ella… arrástralos por los tobillos y tíralos a las vías del tren... tíralos
al desfiladero de Lockemiere...
¡Dios, joder! Me estaba perdiendo... ¡Estaba perdiendo el control!
Rápidamente, dejé caer el peso al suelo donde golpeó pesadamente
con estrépito sobre la colchoneta, me giré, ignorando a nuestro entrenador
que estaba supervisando, observando por el rabillo del ojo mientras los
demás se alejaban cautelosamente de mí a medida que pasaba. Mi
respiración era errática y tuve que usar todo mi autocontrol para frenarla,
aspirar el aire por la nariz, contenerlo durante dos latidos y luego exhalar,
50
pero no podía dejar de temblar de rabia. Corrí al baño de hombres,
aterrorizado por los pensamientos en mi propia cabeza. Mientras abría el
agua en uno de los lavabos, junté las manos antes de salpicarme el rostro
varias veces. Jadeando por aire, mi cabello ligeramente húmedo y agua
goteando, levanté la mirada para mirarme en el espejo, esperando ver un
monstruo devolviéndome la mirada. Pero era solamente yo. Hayden.
Necesitaba controlarme.
No sé por qué esos imbéciles que hablaban de una chica que ni
siquiera conocía se me metían bajo la piel, y no podía permitirme perder el
control. No otra vez. Mamá y papá habían sido muy claros en que me
expulsarían si ocurría algo parecido a lo que pasó con Theo. Estaba tan
cerca de terminar mi paso por este lugar. No podía arruinar eso ahora. Pero
cada vez que pensaba en ella, una sensación extraña surgía en mi pecho,
retorciéndose incómodamente. Tentación.
Así que salí del gimnasio y me dirigí temprano a los vestuarios para
ducharme solo y cambiarme para la última clase del día, que
afortunadamente era una materia optativa y mi favorita. Fotografía.
La fotografía era fácil, tranquila y podía estar solo. Aunque tuviera que
compartir el cuarto oscuro con otros, éramos libres de deambular solos para
tomar una foto, a veces ofreciéndonos como voluntarios para el periódico de
la escuela para tomar fotografías de eventos deportivos, obras de teatro o
cosas similares. Entrábamos y salíamos de clase, generalmente solamente
dos de nosotros usábamos el cuarto oscuro a la vez, mientras que otros
deambulaban por los pasillos, sentados en uno de los escritorios para
planificar su próximo proyecto o ponerse al día con la tarea. Pero para mí,
esta clase era mi boleto para salir de Ashland para siempre.
Hice todas mis fotografías los fines de semana o fuera de la escuela.
En lo que a todos concernía, no hice nada para esta clase. Solamente mi
maestra sabía cuáles eran mis fotos y las publicó de forma anónima en el
periódico local, ya que solían ser sus favoritas. Quería llevar mi cámara y
viajar, que me pagaran por mis fotografías mientras exploraba el mundo. La
señorita Mills era un poco hippie, así que sabía qué tipo de cosas me darían
una A. Cualquier otra foto que tomara era para mí.
Pero hoy, me senté en uno de los escritorios, trabajando en algunas
matemáticas que me habían asignado para esta noche, con la cabeza
inclinada sobre mi trabajo, mientras solamente unos pocos entraban para
usar el cuarto oscuro o para sacar una cámara. Estaba demasiado
conmocionado por mi ira en el gimnasio y necesitaba calmarme. Así que me
mantuve ocupado con las tareas escolares, ignorando a todos mientras me
concentraba en Geometría. Con la fotografía, hay demasiado tiempo y calma
donde mi mente podría empezar a divagar, y solamente conseguiría volver a
ponerme nervioso.
—¿Disculpe, señorita Mills?
51
Un dulce y tranquila voz me sacó de las interminables ecuaciones y
formas tridimensionales que había estado mirando durante los últimos diez
minutos y me asomé por debajo de mis pestañas para verla... Madeline. Se
paró en la puerta, con los ojos muy abiertos mirando alrededor de la sala de
trabajo casi vacía y su disposición poco convencional de escritorios, pero
también mesas de laboratorio de ciencias, estantes con suministros y la
puerta en la parte trasera con la luz roja brillante que indicaba que la
habitación oscura estaba siendo utilizada.
La señorita Mills sonrió y le hizo un gesto para que entrara; los cientos
de brazaletes de cuentas que llevaba en la muñeca tintinearon.
—¡Entra, entra! Eres Madeline King, ¿verdad?
—Maddy —la corrigió, sonriendo levemente, pero se acercó de
puntillas. Estaba de nuevo en su suéter, aunque la capucha estaba bajada,
su cabello rubio oscuro estaba peinado hacia atrás en una coleta alta, su
largo flequillo enmarcaba su rostro de muñeca.
—¡Maddy! ¡Bienvenida a Fotografía 12! ¿Tengo entendido que eres
residente de Phoenix House? —preguntó la señorita Mills, revisando el
formulario que ella le entregó para que lo firmara.
—Sí, señora —murmuró, abrazando su mochila contra su pecho.
—Muy bien, eso no es problema. Tengo cámaras que presto a los
estudiantes para esta clase. Adelante, elige una del armario —le entregó un
juego de llaves.
Madeline, o Maddy, pareció desconcertada por esta información.
¿Quizás sus otras escuelas no tenían profesores tan confiados como los
nuestros? No lo sabría. Pero ella tomó las llaves, aunque vacilante, luciendo
nerviosa mientras se mordía el labio inferior, llamando mi atención, y
caminó hacia atrás, evitándome.
Eh… eso no me gustó. Y ese pensamiento era jodidamente extraño. Al
igual que esa misma extraña sensación de familiaridad que sentía cada vez
que veía su rostro. Sacudí la cabeza y traté de volver a concentrarme en mi
trabajo de matemáticas, pero todo lo que dijeron la señorita Mills y Maddy
King captó mi atención. Nuestra maestra la ayudó a iniciar sesión en una
de las computadoras del salón y le mostró un programa para enseñarle cómo
usar la cámara que había seleccionado, todo, desde ajustar el enfoque,
configurar el flash y cómo tomar mejores fotografías con él. etc. Echaba un
vistazo a menudo, mirando su espalda mientras ella estaba alejada de mí, y
me encontré queriendo que ella mirara para poder echar otro vistazo a sus
ojos. Esos ojos muy abiertos que parecían tan tristes...
Pero no lo era. Probablemente tenía tanto miedo de mirarme a los ojos
como todos los demás. Eso me dejó un sabor amargo en la boca. ¿Por qué
me puso nervioso?
52
—...buscamos voluntarios para fotografiar la obra de teatro escolar
que se presentará a mediados de junio para celebrar el fin del año escolar.
¡Puedo darte créditos extra!
Me volví a concentrar y escuché mientras la señorita Mills hablaba y
hablaba con Maddy sobre la inscripción en la que me había estado
insinuando fuertemente que participara durante el último mes. Parecía que
ahora estaba tratando de involucrar a la chica nueva.
Observé cómo la señorita Mills continuaba hablando, haciéndole
saber a Madeline King lo que implicaría el trabajo, pero mis ojos
inmediatamente se fijaron en la figura congelada en la silla. Maddy estaba
rígida en su asiento, tan quieta e inmóvil como una estatua bajo la mano
que descansaba sobre su hombro, que pertenecía a la señorita Mills. De
hecho, los hombros de Maddy estaban encorvados, su cabeza inclinada
hacia otro lado, y aunque no podía ver su rostro porque estaba de espaldas
a mí, estaba seguro de que estaba mirando hacia otro lado. Se sentía muy
incómoda con el contacto físico. ¿Cómo nuestra maestra no veía eso?
Quita su mano. ¡Solamente levántate y aparta su mano para que no la
toque!
Dios, esa voz no se callaría hoy, pero al mismo tiempo, me encontré
de acuerdo con casi todo lo que había dicho... especialmente en lo que
respecta a Maddy. Por una vez, no se trataba solamente de anhelar justicia
a través de la violencia... había una necesidad allí. Esa tentación de antes
volvió más fuerte que cualquier sentimiento que haya conocido.
—Claro, supongo —susurró la chica, su voz apenas audible.
—¡Oh maravilloso! Anotaré tu nombre. Tendrás un par de semanas
para acostumbrarte a tu cámara, jugar y practicar —Corrió hacia una hoja
clavada en un tablón de anuncios y garabateó su nombre en una de las
muchas filas vacías—. Así que cuando sea la noche del estreno, estarás lista.
Y también puedes ver la obra gratis, lo cual es fantástico para...
—Yo también lo haré, señorita Mills. —Mi voz sonó antes de que
pudiera detenerla, atravesando la habitación como un cuchillo, y me
encontré frente a una señorita Mills bastante sorprendida.
—¿En serio, Hayden? —Parecía sorprendida cuando se detuvo, con el
lápiz suspendido sobre la hoja. No podía culparla por la confusión. Yo era el
mejor fotógrafo de la escuela y ella me había estado persiguiendo durante
semanas para que me ofreciera como voluntario para tomar fotografías para
el periódico de la obra de Shakespeare A Midsummer Night’s Dream. Lo
descarté, ya que no necesitaba los créditos adicionales que venían con el
puesto de voluntario. Pero por alguna razón, ahora me encontré cambiando
de opinión por completo y sin idea de por qué.
—Sí, me vendrían bien los créditos extra —mentí. ¿Por qué mentí? ¿Por
53
qué me inscribí? ¿Qué carajo me pasa?
—¡Excelente! —dijo emocionada mientras anotaba mi nombre debajo
del de Maddy. Lo juro, esta mujer era una bola de energía feliz que
caminaba, hablaba y rebotaba... imposible de apagar—. ¡Ustedes dos
formarán un gran equipo, estoy segura! También podrían familiarizarse con
el teatro.
Maddy se dio la vuelta para recoger su cámara y su raída mochila de
mezclilla. Inclinó la cabeza mientras se ponía de pie y se hacía a un lado,
esperándome. Parecía muy nerviosa, la misma tímida ardilla que había visto
en la cafetería. Mientras metía mis libros y mis cosas en mi bolsa, la señorita
Mills se acercó y volvió a ponerle una mano en su hombro.
—Hayden es un gran fotógrafo. ¡Estás en buenas manos!
La chica se estremeció tan pronto como los dedos de la maestra la
agarraron, pero la mujer mayor aparentemente no se dio cuenta de su
malestar. Maddy se apartó del brazo y salió al pasillo, poniendo distancia
entre ella y la señorita Mills, que todavía no tenía ni idea.
—Ayúdala, ¿de acuerdo, Hayden? —dijo seriamente mientras yo
pasaba—. Estás familiarizado con la cámara que está usando.
—Claro, ¿y señora? —Me detuve en la puerta, sin mirar atrás, y
espeté—: A ella no le gusta que la toque. —Salí para unirme a la figura
solitaria en el pasillo, sin esperar a ver su reacción porque no me importaba.
Debería haber notado que Maddy no se sentía cómoda; debería haberla
tratado con más cuidado, sabiendo que era residente de Phoenix House.
Pero ella no lo había hecho. No debería haber tenido que intervenir como lo
hice.
Cuando me encontré de pie junto a la personita triste, para mi
sorpresa, ella levantó la cabeza. Sus ojos muy abiertos me miraron, con un
destello de… aprecio, aunque estaba mezclado con algo más… como si
estuviera confundida, lo que resultó en una inundación de rosa que fluyó
por sus mejillas. Vi cómo la comisura de su boca se levantaba ligeramente
y me di cuenta de que me había oído. Me encontré perdido en esos ojos...
que eran de un color avellana brillante, tonos de gris y verde combinados
con largas pestañas oscuras abanicándose a su alrededor. Eran unos ojos
tan tristes, pero… también tan hipnóticos y hermosos, que me quedé helado.
Olvidando por qué estaba aquí con ella en primer lugar.
Esos ojos… los conocía. Los conocía, pero… ¿de dónde carajo?
—¿Dónde está el teatro? —preguntó en voz baja, su voz tan tranquila
como siempre.
Mierda... Cierto. El teatro.
—Por aquí —gruñí y me obligué a alejarme, solamente me detuve
cuando escuché sus ligeros pasos seguirme.
54
Más cerca… déjala acercarse…
La quería a mi lado, pero Maddy mantuvo una cuidadosa distancia
entre nosotros, unos tres metros, lo cual era demasiado para mi gusto.
Quizás los otros en esta escuela le habían hablado de mí y ella estaba
aterrorizada. La idea de que ella no quisiera tener nada que ver conmigo,
junto con el hecho de que quería espacio entre nosotros, me hizo sentir
ligeramente irritable. Como si me ofendiera que ella me viera como un idiota
más en este lugar. Ahora bien, ¿por qué diablos debería molestarme eso?
Ten paciencia con ella, Hayden. Ya ha tenido suficiente...
Eso es cierto. Ella era una Chica Phoenix. La única razón por la que
estaba en ese lugar era porque venía de un lugar que nunca entendería. No
podía tratarla como a nadie más. Ella merecía algo mejor que eso. Así que
respeté el espacio que ella puso entre nosotros, caminando casualmente y
con cuidado, mi camino deliberado y preciso para no asustarla. Me pregunté
si le habrían contado cosas sobre mí, sobre lo que le había hecho a Theo,
sobre mi familia. ¿Estaría ya juzgándome?
Ella te sonrió, Hayden. Estás bien. Solamente relájate...
Bien, relájate. Pero todavía la quería más cerca.
—Aquí.
Nos detuvimos ante un par de puertas dobles, una de las cuales
mantuve abierta para ella, recordando lo que mi padre me había enseñado
acerca de ser un caballero. Aunque nunca había hecho esto por las otras
chicas con las que salía, ahora me encontré haciéndolo por Maddy.
La habitación de más allá estaba completamente a oscuras, pero el
teatro siempre estaba a oscuras cuando no estaba en uso. Los ojos de Maddy
cambiaron de ansiosos a repentinamente temerosos, abriéndose como
platos. El poco color que tenía en el rostro desapareció cuando dio un tímido
paso atrás y sacudió fervientemente la cabeza.
—No —dijo en voz baja. Apretó su mochila con fuerza contra su pecho,
casi como un escudo, el terror de entrar en lo oscuro y desconocido se hizo
más evidente a medida que pasaban los segundos.
Incliné la cabeza hacia ella, preguntándome si ella realmente tenía
miedo a la oscuridad, de todas las cosas, y no de mí. Cuando era niño, había
tenido una luz de noche, pero ahora, a los diecisiete años, hacía mucho que
había superado ese miedo infantil. Ella evitó mi mirada, sus ojos moviéndose
en todas direcciones como lo había hecho en el gimnasio, buscando una
salida.
Está asustada… comprenderlo me golpeó fuerte y al instante me
encontré buscando una solución para tranquilizarla. No me gustó ver ese
temblor de aprensión en su rostro. Yo lo arreglaría. 55
Sin decir una palabra, entré primero a la habitación, sabiendo
exactamente dónde iba, encendí la luz cuando la puerta comenzó a cerrarse
detrás de mí lentamente y esperé. Las luces del lugar todavía estaban tenues
y no llegaban a los puntos más oscuros al fondo del escenario, pero esperaba
que fuera suficiente para tranquilizarla.
No la apresures. Déjala venir por si sola.
Justo cuando pensé que no iba a venir, sus dedos atraparon la puerta
justo antes de que se cerrara por completo y miró por la rendija. Era
adorable verla, como un ciervo nervioso, inocente y hermoso pero curioso.
Respiró hondo y abrió la puerta lo suficiente para entrar. Su mochila
todavía estaba apretada contra su pecho, su mirada me encontró casi de
inmediato. Yo estaba parado a un lado, muy fuera de los límites de su
mínimo de tres metros, y ella respiró hondo otra vez, como si se estuviera
asegurando a sí misma que estaba a salvo.
Está a salvo, pensé.
El teatro estaba organizado en tres secciones escalonadas para
asientos, todas inclinadas hacia el escenario de abajo, con cuatro pasillos
que conducían a la plataforma encima de donde ella estaba parada. Yo, sin
embargo, caminé por uno de los pasillos hasta el oscuro escenario de abajo,
sacando mi cámara de mi mochila, que dejé caer al suelo con un ruido sordo.
Luego comencé a tomar fotografías del espacio, esperando que si parecía
que la estaba ignorando ella se relajaría un poco.
¿Desde cuándo me importa si alguien está relajado a mi alrededor?
Pensé, pero descarté el pensamiento mientras la observaba cuidadosamente
por el rabillo del ojo. Bajó las escaleras, deteniéndose aproximadamente a
mitad de camino al final de un pasillo, mirando alrededor de la habitación
con asombro, como si nunca antes hubiera visto un teatro. Éste estaba bien,
para una escuela secundaria. Los asientos eran de una tela de color rojo
intenso, los pasillos estaban forrados con alfombras de color azul y lámparas
doradas se alineaban en las paredes a los lados. Pero a los que mi mamá me
llevó en Ashland eran mucho más extravagantes.
Ninguno de los dos habló mientras yo caminaba lentamente por el
escenario, actuando como si estuviera explorando, aunque ya había estado
aquí muchas veces antes. Solamente quería que bajara un poco la guardia
y pensé que, si actuaba desinteresadamente, ella se relajaría un poco. De
nuevo, ¿por qué me importaba? Pero el silencio entre nosotros era cómodo.
Odiaba la charla sin sentido. Esto era... tranquilizador.
No me di cuenta de que había dejado lo que estaba haciendo hasta
que encontré sus ojos sobre mí y me di cuenta de que había estado
mirándola.
—Es... agradable —dijo torpemente, moviéndose un poco donde 56
estaba.
—Está bien —murmuré y de mala gana me di la vuelta, tomando un
asiento en la sección C, antes de girar hacia la B para hacer lo mismo.
Cuando la miré, levanté mi cámara, tentado a seguir adelante con la toma,
pero me detuve.
—A menos que quieras quedar en la foto, te sugiero que te muevas.
No lo hizo. No sé por qué, pero ella permaneció donde estaba, mirando
en mi dirección, su nerviosismo cambiando. Pude verlo en sus ojos. Su
miedo fue desapareciendo lentamente, convirtiéndose en uno de curiosidad
e intriga. Así que me concentré y tomé fotos antes de girarme y retroceder
hasta la primera fila de asientos para tomar una foto del escenario. No
estaba elevado como el teatro de Ashland, sino que estaba completamente
al nivel de los asientos del suelo, con todos mirando hacia abajo. Me recordó
las fotos que había visto de un coliseo; en lugar de rodear a la audiencia,
solamente ocuparía alrededor de un tercio del espacio.
Ella me observó mientras recorría la habitación, subiendo un pasillo
de escaleras para tomar una foto del escenario, antes de descender para
subir otro. Por alguna razón, saber que ella me estaba mirando era…
emocionante, y encontré que mi corazón latía un poco más rápido ante ese
pensamiento. Conscientemente, me moví, tratando de fingir que no me
importaba cuando, con cada segundo que pasaba, se hacía más evidente
que sí me importaba. Me importaba mucho. Fui cuidadoso con cada paso,
asegurándome de nunca cruzar ese límite que ella había establecido antes,
bajando varios escalones para pasar sin rozarme demasiado, a pesar de lo
mucho que quería hacerlo. Agarré mi cámara para abstenerme de acercarme
a ella.
—Entonces... ¿simplemente vamos a asistir a las actuaciones y tomar
fotos para el periódico escolar? —preguntó tentativamente mientras yo subía
las escaleras más alejadas hasta lo más alto para inspeccionar la habitación.
Dejó su bolsa en uno de los asientos y sacó su propia cámara, jugueteando
con ella con incertidumbre mientras seguía mi ejemplo tomando fotografías
del escenario desde donde se encontraba ahora.
—No el periódico de la escuela, sino el de la ciudad, sí —dije, lo
suficientemente alto como para que ella lo escuchara mientras levantaba mi
cámara y tomaba una foto de toda la zona de asientos, asegurándome de
captarla con el flash—. Será bastante simple. De todos modos, nadie en la
escuela lee el periódico local, así que, si nuestras tomas salen mal, nadie se
dará cuenta.
—La señorita Mills lo hará —dijo pensativamente, dando varios pasos
nerviosos hacia el escenario.
—Sí, bueno… —Me encogí de hombros y tomé otro trago mientras
bajaba—. Es bastante fácil inclinarla a nuestro favor. Y con solamente 57
registrarnos básicamente obtenemos un pase automático, así que no es gran
cosa. —Sabía que tenía habilidad con la cámara, así que incluso si las fotos
de Maddy salían mal, estaba seguro de que las mías ayudarían. Si no,
conocía bien a la señorita Mills y ella siempre ayudaba a los voluntarios. No
teníamos nada de qué preocuparnos.
—Ella parece agradable —aventuró Maddy, girándose en medio del
suelo negro del escenario. El piso crujió debajo de ella, lo cual era un
inconveniente al montar un espectáculo, pero la escuela no tenía los fondos
para arreglarlo. Al verla parada en el escenario, su mirada moviéndose por
la habitación, me detuve para observar cómo ella bajaba la guardia, esos
ojos brillantes observaban las cortinas y los asientos vacíos con admiración.
No pude evitarlo. Cuando se giró para mirar en mi dirección en la sección
de audiencia, tomé otra foto y la capté en un instante. Ella sonrió un poco,
parpadeando fuertemente para aclarar su visión, aunque me decepcionó
verla dar un paso atrás, como si fuera a saltar ahora que estaba
temporalmente desarmada.
—¿Qué piensas?
Dejé que mi cámara colgara de mi cuello mientras me movía entre los
asientos, encontrando un lugar cerca de la pared central trasera. Conversar
con otro estudiante de esta escuela era un poco extraño. Durante mucho
tiempo, había estado en silencio en estos pasillos y aulas, hablando
solamente cuando un maestro se dirigía a mí. Este cambio, bueno, se
sintió… agradable. Cuando pensé en hablar con cualquier otro chico en este
lugar, inmediatamente retrocedí y me di cuenta. No era que fuera agradable
hablar con alguien… simplemente era agradable hablar con ella.
Mientras ella me miraba, volví a levantar la cámara, miré por el visor
y le tomé otra foto. Ella parpadeó de nuevo y sacudió la cabeza, como si
estuviera siendo molesto, y sonreí cuando ella me puso los ojos en blanco.
—Creo que deberíamos asistir a algunos ensayos y hacernos una
mejor idea con la iluminación adecuada.
Ella hizo una mueca, como si la idea de tener que asistir a los ensayos
de una obra de teatro de la escuela secundaria no estuviera en la parte
superior de su lista de cosas por hacer, y no podía culparla. Sin embargo,
verla arrugar la nariz ante la idea era demasiado lindo y me encontré
riéndome entre dientes. Pero estaba tímidamente tratando de encontrar una
razón para pasar más tiempo con ella.
—Lo sé, lo sé… tampoco es mi primera opción sobre cómo pasar la
noche. Si te hace sentir mejor, los chicos del teatro no son tan malos. Puede
que se interesen demasiado en ello, pero yo diría que eso es mejor que esos
mediocres de Shakespeare. —Esperaba poder convencerla, porque lo único
que podía pensar era que se me estaba acabando el tiempo. Y quería estar
seguro de que tendría más que solamente esta clase para pasar con ella. La
campana sonaría en cualquier momento, alejándola de mí, y algo en lo 58
profundo de mi pecho odiaba ese pensamiento.
No la dejes escapar, siseó la voz. Mantenla cerca, Hayden.
Su voz se volvió plana, sonando triste mientras murmuraba:
—Nunca he estado en una obra de teatro. —Lentamente se giró sobre
su lugar, mirando las múltiples cortinas oscuras apartadas. El oscuro
espacio entre ellas conducía a algún lugar detrás del escenario, y ella se
estremeció ante las sombras allí. Tomando un pequeño paso, más cerca de
mí, la noté con aire de confianza.
Síp, le tenía miedo a la oscuridad.
Pero sabes que probablemente haya una muy buena razón para ello,
Hayden.
—No contaría las actuaciones de la secundaria como obras reales —
dije, dejando que mi tono se suavizara. La forma despreocupada y
desinteresada en la que me había estado comportando desapareció mientras
la miraba. Odiaba el desamparo en su voz—. Pero las de la ciudad son
geniales.
—¿Has asistido a actuaciones reales? —Ella frunció el ceño, como si
no hubiera esperado esto de mí. Lo entiendo. No es como si uno esperase
que a alguien que irrumpió en este lugar en una vieja chaqueta de
motociclistas le gustaran las obras de teatro y los ballets.
—Mi madre solía ser bailarina —le expliqué, sentándome en una de
las sillas a lo largo de uno de los pasillos del medio, sacando un pie, tratando
de controlar la extraña sensación protectora que se estaba acumulando en
mi pecho. La sensación de familiaridad se hacía más fuerte cuanto más la
miraba—. Mi papá la lleva a espectáculos de vez en cuando, pero toda mi
familia va al ballet todos los años en Navidad. Es como una tradición. —
Excepto que me había escapado el año pasado... y el año anterior. La manera
en que me sentía en la escuela había comenzado a filtrarse lentamente en
mi vida hogareña a medida que pasaba el tiempo.
Sus labios rosados se curvaron ante eso, como si la idea fuera dulce
y entrañable para ella.
—Me gustaría ver el ballet al menos una vez en mi vida —dijo,
cambiando de tono—. Mi mamá solía poner una película de dibujos
animados de “El Cascanueces” cada Navidad, nuestra pequeña tradición.
Siempre quise ser Clara, ser bailarina y tener mi propio cascanueces que
pasara de ser un muñeco feo, pobre y castigado a convertirse en un príncipe.
Viajaríamos al país de las muñecas y viviríamos en nuestro hermoso reino,
enamorados, victoriosos sobre el Rey Rata y sus ratones… —Su voz se apagó
con tristeza, y nuevamente, esa necesidad de correr hacia ella y consolarla
me abrumaba, incluso mientras me agarraba a los brazos del asiento,
obligándome a permanecer en el lugar.
No la asustes...
59
—Estoy seguro de que mi madre podría conseguirte entradas. —le
digo, manteniendo mi tono ligero y tranquilo— ella es amiga del director.
Maddy sonrió a medias y murmuró:
—Gracias —con voz plana mientras apartaba la mirada de mí para
inspeccionar más el escenario—. Pero no estaré aquí la próxima Navidad…
—murmuró. Me di cuenta de que ella no me creía, y su comentario medio
susurrado acerca de no estar aquí me golpeó como una descarga eléctrica.
¡No dejes que se vaya!
Quizás no era el único que quería algo más que este lugar. Y que ahora
evitara mis ojos era una táctica. Ella pensó que estaba ocultando mis
verdaderos sentimientos. De alguna manera, había perdido credibilidad
ante sus ojos. No me gustó eso. Frunciendo el ceño, juntando mis cejas
oscuras, pude sentir esa llamada oscura inundando todo mi cuerpo. Ese
dolor, ese impulso, cada vez más fuerte y difícil de ignorar, ahora corre por
mi sistema. Su respuesta realmente me molestó, pero no fue su culpa.
Probablemente la habían decepcionado tantas veces que no conocía algo
diferente. Solamente que ella se había abierto un poco conmigo. ¿Fue eso
algo que ella hizo con todos o fui una excepción? Esperaba que fuera lo
último.
La observé mientras bajaba la cabeza y su pie frotaba las pequeñas
equis marcadas con cinta adhesiva en el escenario, símbolos que ayudaban
a los actores a encontrar su lugar en la oscuridad. Pero todo el tiempo que
ella se movió, me senté allí, observando, odiando que ella me viera como a
todos los demás. Quería cambiar eso. Necesitaba suavizar la situación.
Necesitaba que ella viera que yo era diferente. No sabía por qué, pero algo
en esta pequeña y triste figura me atrajo.
Sin embargo, la campana estaba a punto de sonar y casi se me
acababa el tiempo. Ella también estaba parada justo al lado de mi mochila,
y aunque quería estar más cerca de ella, no quería invadir su espacio.
—Maddy —la llamé.
Levantó la vista ante el sonido de mi voz, solamente para encontrar
mi cámara apuntando directamente hacia ella, el flash cegó
momentáneamente el espacio. Se frotó los ojos antes de alzar una ceja como
si fuera oficial… ahora estaba clasificado como una mierda en sus ojos, pero
no me importaba. Fue divertido burlarse de ella. Sonriendo, comencé a bajar
las escaleras hacia ella, moviéndome lenta pero deliberadamente en
dirección a mi mochila. Su irritación desapareció rápidamente cuando se
dio cuenta de que le había estado advirtiendo de mis intenciones, y se alejó,
avanzando por el otro pasillo hacia su propia bolsa, aunque se movió con
menos velocidad y precaución que antes. Era un ritmo más confiado, como
si supiera que darme la espalda no era algo por lo que debiera preocuparse.
60
Eso al menos me hizo sentir mejor. Quizás aquí se estaba formando
un poco de confianza. Solamente necesitaba moverme lentamente y ser
consciente de con qué se sentía cómoda. Mientras la voz en mi cabeza rugía,
prácticamente gritándome que me acercara y cerrara el espacio, obligué a
mis pies a frenar, a contenerme, mantener y respetar el espacio que ella
necesitaba. Mi mano apretó con fuerza mi cámara, mis entrañas se
retorcieron como si pudiera estar un poco enferma, mientras luchaba como
el infierno contra la atracción oscura.
Maddy agarró su bolsa y guardó con cuidado su cámara sin usar antes
de volverse hacia mí. Lo sostuvo sin apretar en sus manos, ya no lo usaba
como escudo, y las comisuras de su boca se curvaron un poco, la vista
levantó un poco mi corazón. Pensé que diría algo, pero en lugar de eso, dudó
solamente unos segundos antes de darse la vuelta y subir el resto del
camino, dejándome solo en la habitación grande y vacía sin nada más que
el sonido de mi sangre corriendo en mis oídos mientras mi corazón se
aceleraba al ver esa hermosa sonrisa.
No escuchar los impulsos más oscuros en mí había sido agotador,
física y mentalmente. Necesitaba un respiro rápido. Esta chica estaba
seriamente jodiendo mi mente y no tenía idea de por qué. Lo único que sabía
con seguridad era que no quería asustarla ni arruinarlo.
Ya la conoces, Hayden.
¿Pero cómo? ¿De qué la conozco? Apreté los dientes y agarré mi propia
bolsa, recordándome que debía ser amable con mi preciada cámara
mientras la guardaba. Tal vez más tarde, una vez que las revelara, podría
mirar las fotos que le había robado y tal vez, con suerte, algo encajaría.

61
Capítulo Cinco

Maddy paranoica.
Maddy asustada.
Maddy solitaria.
Maddy mentirosa.
—Shhhh... Sé una buena chica y quédate quieta, Maddy —Su cálida
mano se alejó por un momento antes de que me arrancaran la manta de las
manos. El aire fresco de la noche en la habitación hizo que se me pusiera la
piel de gallina y, aunque intenté retirar el edredón, él simplemente presionó
mi estómago para mantenerme en el lugar. Comenzó a frotar lentos y
enfermizos círculos en mi vientre, y no pude evitar gemir en mi pequeña litera
mientras apretaba a mi osito. La chica que dormía en la cama a mi lado
ignoraba por completo que el hombre de la casa se había deslizado como una 62
criatura en la noche. Su mano comenzó a descender un poco más, sus dedos
empujaron el dobladillo de mi camisón hacia arriba para revelar mis piernas
desnudas, mi ropa interior y mi estómago—. Así es... ¿no se siente bien?
Sacudí la cabeza y cerré los ojos con fuerza. No se sintió bien. Se sintió
mal. Esto no estuvo bien. Esto fue malo. Quería gritar pidiendo ayuda,
esperando que su esposa me escuchara y viniera a salvarme, pero ¿y si eso
lo enojaba y me lastimaba como lo habían hecho los novios de mamá? Mi labio
tembló mientras yacía allí sintiéndome tan confundida e impotente, las
lágrimas se escapaban de mis ojos mientras respiraba fuerte y rápido por la
nariz, tratando de bloquear la sensación de su mano caliente y sudorosa
deslizándose hacia abajo…
Abajo…
Abajo…


—¿Qué dirás si alguien te pregunta si he estado aquí? —Siempre me
preguntaba después.
Estaba acostada en la cama, con las lágrimas corriendo por mis sienes
y mi cabello, mirando al techo, sintiendo que iba a enfermarme. Separé los
labios, pero no pude encontrar mi voz.
La mano del señor Foster apretó mi hombro dolorosamente, sacándome
de mi trance, y me sacudió.
—¿Qué dirás, Maddy? —siseó.
—Diré que nunca sucedió —susurré, con la voz quebrada.
—Así es. Nunca sucedió. Te llamarán mentirosa, Maddy. Nadie te
creerá. ¿Lo entiendes? Serás una mentirosa.

—¡Ten cuidado!
Un hombro empujó bruscamente el mío, la fuerza me envió volando
de lado hacia un casillero. Sorprendida, miré al causante, era un chico que
reconocí de mi clase de ciencias sonriéndome. Entonces se me ocurrió que
no solamente me había empujado, sino que lo hizo a propósito. Todos sus
amigos se reían a carcajadas como un grupo de matones, lo que me confirmó
que esto había sido planeado. Saber que me había agarrado, tocado, envió
una ola de náuseas a través de mi sistema, y quise vomitar en ese mismo
momento sobre sus zapatos de aspecto caro.
Me tocó...
En la escuela ayer y hoy, había vuelto al modo de supervivencia, pero
me sentí aliviada al encontrar que todos más o menos me dejaban en paz,
hasta ahora. Había sido solamente ese percance con la señorita Mills,
63
aunque seguía recordándome que había sido inofensivo. Inocente. Y aunque
no me gustaba su mano sobre mi hombro, seguía recordándome a mí misma
que ella no era una amenaza. Ella no estaba tratando de lastimarme, pero
aun así me estremecí. Fue solamente una reacción reflexiva. No pude
evitarlo. La señorita Mills no pareció darse cuenta y estoy segura de que
nadie más lo habría visto como algo más que un gesto amistoso.
Pero Hayden lo había visto.
Por alguna razón, ese conocimiento hizo que mis entrañas saltaran de
emoción con un sentimiento extraño y desconocido, recordándome cómo me
sentí en el teatro con él cuando lo sorprendí mirándome. De hecho, mis
mejillas se sonrojaron al recordarlo.
Excepto que ahora estaba sola y mi espacio personal había sido
violado. La historia de mi vida...
En un instante, todos mis recuerdos de los toques, los manoseos, los
besos humedos que habían buscado mi carne; toda la atención no deseada
regresó rápidamente. Entonces, mientras miraba fijamente los ojos negros
de este chico, sentí que todo mi cuerpo comenzaba a temblar. Apreté la
mandíbula mientras luchaba por mantener la compostura. Pero verlo reír
con sus amigos, la sonrisa cruel en su rostro fue como si hubiera echado
sal en mis heridas. Miré a los otros chicos y, aunque algunos fruncieron el
ceño, no intervinieron. Algunos otros, como ese chico de cabello azul y su
grupo de amigos, estaban descansando en sus casilleros cercanos y
observaban con interés. Probablemente esperando a ver qué haría. Las
chicas que normalmente salían con ellos también eran cercanas, algunas de
ellas miraban furiosamente al grupo que me había abordado, mientras que
otras parecían ligeramente curiosas, como si estuvieran a punto de ver un
aburrido programa de televisión.
—Tengo que decirlo —el chico de cabello negro se quitó el fino y oscuro
flequillo de sus ojos y me sonrió—. Esa sudadera con capucha que llevas
puesta no esconde nada debajo. Decepcionante… —Se rió con sus amigos.
Agarré mis libros con fuerza, mi rabia se revolvía en mi estómago
mientras cantaba repetidamente en mi cabeza: No seas una víctima, Maddy.
¡No seas la víctima! ¡Defiéndete a ti misma! ¡Defiéndete!
Quería ser valiente. Quería pelear. Quería acercarme a ese imbécil
engreído y usar mi libro de ciencias para aplastarlo en su rostro. Quería
gritarle y decirle lo asqueroso que era, que básicamente me había agredido,
que se había metido con la chica equivocada y… y…
Y no pude.
Mi corazón acelerado, mis manos temblorosas, la forma en que podía
escuchar mi pulso en mis oídos y los recuerdos que surgían y chocaban
ruidosamente como olas en mi cabeza me congelaron. No podría hacerlo. Y
eso me hizo sentir peor que cualquier otra cosa. Con una respiración
64
irregular y entrecortada, incliné la cabeza, con las mejillas rojas, y apreté
los labios con fuerza mientras luchaba por mantener la compostura.
—Lo siento, muchachos —se rió, levantando una mano y haciendo un
gesto a todos para que lo siguieran—. Es una pena. Parecía como si tuviera
algo que valiera la pena debajo de todas esas capas. Lástima. —Y se alejó
con su grupo siguiéndolo, pero no antes de que me lanzaran sonrisas
pomposas como si me hubieran engañado. El pasillo comenzó a despejarse
mientras yo permanecía donde estaba, sintiéndome atrapada en el lugar,
todavía tratando de controlar mi respiración.
Cerré los ojos y conté hacia atrás desde diez, inhalé lentamente,
contuve la respiración y luego exhalé. Me concentré en relajar primero los
dedos de las manos y los pies, luego las rodillas y los codos. Cuando llegué
a cero, ya había sonado el timbre, y esperaba encontrarme sola... pero no
fue así.
Hayden estaba allí. Tenía los puños metidos profundamente en los
bolsillos de su chaqueta de cuero, la tela tensa y la mandíbula apretándose
y abriéndose una y otra vez. Su cabello oscuro colgaba sobre sus ojos,
desordenado y esparcido sobre su rostro de una manera que encontré que
le convenía. No lo había visto entre la multitud, pero allí estaba, de pie junto
a la puerta de la escalera frente a mí. Sus cejas oscuras estaban fruncidas
como si hubiera presenciado todo el asunto y lo hubiera encontrado
desagradable. Rápidamente evité mirarlo a los ojos, pero aún podía verlo en
mi periferia. ¿Por qué seguía aquí?
—¿Estás bien? —preguntó con voz firme y tranquila.
Lo miré nerviosamente, notando eso, a pesar de cómo sonaba. Incluso
en ese momento, con mis nervios revueltos, me encontré admirándolo.
—Sí, estoy bien...
Se enderezó desde donde estaba apoyado contra el marco de la puerta
abierta cuando vio que me estaba calmando, sus ojos se deslizaron en la
dirección donde ese tipo y su grupo habían desaparecido.
—¿Te tocó?
Hice una mueca al pensar en la mano que se había levantado tan
rápidamente para presionar mi pecho antes de empujarme, la sonrisa cruel,
las palabras que golpearon tan fuerte como el impacto en el casillero...
Parecía que tenía algo que valía la pena debajo de todas esas capas.
Lástima.
Sin decir palabra, asentí e incliné la cabeza, sorprendida de haberlo
admitido.
Maddy mentirosa. Maddy paranoica... inventando historias para
llamar la atención. Tratando de meter a la gente en problemas. Una niña 65
problemática. Mentirosa compulsiva. Fantasías paranoicas…
—¿Fue algo más que un simple empujón? —preguntó, su voz aguda y
cortante. Sin embargo, sabía que cualquier disgusto que escuchara en su
tono, la ira latente que podía sentir en él no estaba dirigida a mí. No sé cómo
ni por qué lo supe; solamente lo sabía.
Aun mirando al suelo, asentí de nuevo y respiré temblorosamente,
obligándome a no llorar delante de él.
—Me dije a mí misma que no volvería a ser una víctima —admití, las
palabras cayeron de mis labios antes de que pudiera detenerlas. ¿Por qué
me encontraba abriéndome a este chico extraño? Era como si no tuviera
control sobre el desborde de palabras. Yo simplemente… comencé a decirle
cosas. Cosas que nunca hablé con nadie—. Supongo que fallé.
Por el rabillo del ojo, pude verlo sacudir la cabeza con vehemencia
mientras volvía su atención a mí.
—Acaba con ese pensamiento ahora mismo —susurró intensamente
antes de mirar de nuevo hacia el pasillo vacío. Su vehemencia me tomó por
sorpresa, pero no de mala manera. Sonaba... ¿Protector? ¿Es eso lo que fue?
No podía estar completamente segura. Inhaló un largo y constante suspiro
antes de continuar—: Desafortunadamente, no creo que los demás lo vieran
agarrarte. Si te hubieras acercado y le hubieras golpeado o algo así delante
de todos, eso sería suficiente para meterte en problemas.
Dio un pequeño paso hacia mí, pero no me inmuté. Me quedé donde
estaba, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Cuando no reaccioné
a su paso, Hayden dio otro y luego se detuvo nuevamente. Y luego tomó otro.
Solamente cuando sentí que su altura me eclipsaba, respiré rápidamente
con inquietud y él se detuvo a dos pasos de distancia. Sus manos todavía
estaban en sus bolsillos, su mirada sobre mí, imperturbable por mi reacción.
—Aprendí que si quieres que alguien pague, si quieres justicia,
entonces debes esperar… Tener paciencia —bajó la voz tan suavemente, que
si alguien saliera de alguna de estas aulas, no podría escucharlo. Sus
palabras fueron solamente para mí—. Ten paciencia, Maddy. Verás que
pronto se hará justicia. Lo prometo —él me prometió.
Lentamente, dejé que mis ojos se dirigieran hacia él, deseando no
estar tan nerviosa. Sin embargo, en el momento en que me encontré con su
mirada plateada, enmarcada por esas largas y oscuras pestañas, me sentí
inmediatamente atrapada en una red. Me sorprendió lo únicos que eran en
su tono... como un espejo o la hoja de un cuchillo. No parecía justo que
alguien fuera tan… hermoso.
Hayden me miró a los ojos, haciéndome sentir como si pudiera ver
directamente mi alma, y comencé a temblar por otra razón. La comisura de
su boca se levantó un poquito, la más pequeña de las sonrisas, y murmuró
de nuevo: 66
—Lo prometo. —Luego se dio la vuelta y se alejó, dejándome sola en
el pasillo vacío.
Algo sobre Hayden me llamó la atención. ¿Por qué sentí como si nos
hubiésemos conocido antes? A pesar de que anoche me devané los sesos
una y otra vez, la mayoría de los recuerdos de mi infancia estaban tan
abrumados por mi destructiva vida hogareña que apenas podía recordar
cómo era ir saltando de escuela en escuela. Los rostros de los niños se
mezclaron, todos eclipsados por la agitación que sufrí fuera del patio de
recreo.
Pensé de nuevo en ayer y en cómo Hayden se había movido por el
teatro mientras yo estaba en medio del escenario, sintiéndome como una
mosca atrapada en medio de una red, impotente, fuera de su elemento, la
araña dando vueltas, esperando una oportunidad para saltar. Solamente
que no me había asustado tanto como pensé. Estar a solas con alguien en
un espacio semiiluminado, con esa persona interponiéndose entre la salida
y yo. En cualquier otro momento, habría tenido un ataque de pánico total,
solamente que con Hayden fue diferente.
A ella no le gusta que la toque… se había dado cuenta.
Cuando me negué por primera vez a entrar al teatro, pensé que mi
comportamiento extraño e inusual le extrañaría por completo. Hayden, sin
embargo, no me miró como muchos otros lo habían hecho antes. Parecía
confundido, pero curioso y luego decidido. Él entró primero y encendió las
luces. Esa consideración me ayudó a reunir suficiente fuerza para mover
mis pies e ir tras él. Había mantenido una distancia entre nosotros,
calmando aún más mis nervios, y también tuve la sensación de que era
totalmente consciente de ello. No fue por casualidad. Pero él nunca me
cuestionó ni me hizo sentir tonta por necesitarlo en silencio.
A ella no le gusta que la toque… sus palabras resonaron en mi mente
una y otra vez.
Su voz era profunda, oscura, pero podía sentir algo allí. Una pizca de
calidez, como un toque de chocolate derretido. Sabiendo que me había
estado observando, que podía ver mi incomodidad con la señorita Mills y
había decidido abordarla... Podía sentir mis mejillas sonrojarse ante el
recuerdo y solté un largo y profundo suspiro. Los latidos de mi corazón
comenzaron a disminuir, pero todavía sentía la misma sensación de
nerviosismo en el estómago de antes cuando pensé en la figura oscura y
solitaria que se movía sola por los pasillos. Fue pensando en él que
finalmente descubrí que podía respirar de nuevo.
Pensé en la belleza del teatro escolar. Ese edificio claramente tenía
dinero invertido, a diferencia de las otras escuelas a las que había asistido
en el pasado. Además, mi madre nunca pudo permitirse el lujo de llevarnos
a ningún lugar así, aunque algunas veces logró reunir lo suficiente para
llevarme al cine, pero el cine al que habíamos ido estaba sucio y en ruinas.
67
Cuando era niña, nunca me di cuenta ni me importó. Estaba emocionada
de salir, comprar palomitas de maíz y ver una película. Pero al estar aquí
ahora, en este hermoso lugar, esos recuerdos ahora solamente me
recordaron cuán terrible había sido nuestra situación.
Solamente me volví más consciente de ese hecho cuando Hayden me
tomó varias fotografías. Aunque el flash cegador había comenzado a volverse
un poco molesto después de un rato, de repente me di cuenta de que en
realidad nunca me habían tomado una foto. Mientras crecía, mamá no me
había llevado a sentarme en el regazo de Santa, y para entonces, el teléfono
que usaba era un objeto endeble y desechable que recargaba cada vez que
tenía dinero disponible... es decir, dinero que gastaba en drogas u otras
tonterías. Que él tomara esas fotos había sido diferente pero divertido.
Quería ver cómo quedarían, pero probablemente las borró después. No lo
culparía. Eso no era parte de la tarea. Yo estaba en el camino y tuve la
sensación de que él simplemente disfrutaba burlándose de mí con el flash.
Pero luego me tomó por sorpresa al contarme sobre su madre y su
tradición familiar en Navidad. Escuchar a un chico como él, uno con una
disposición aterradora, que vestía una chaqueta de motociclista y parecía
moverse por la escuela como un temido boogeyman, hablar sobre ballet
como si no fuera nada de qué avergonzarse era extraño. Pero en el buen
sentido. Eso decía mucho sobre su confianza y cómo veía el mundo...
diferente a sus compañeros.
“Estoy seguro de que mi madre podría conseguirte entradas —dijo—
ella es amiga del director.”
Fruncí el ceño al recordar esas palabras. A lo largo de los años, la
gente me ha hecho promesas muchas veces; tiritas, las llamé. Sutilezas para
tapar un momento de incomodidad, promesas vacías.

No me veas... no me veas... no me veas...


—Oye, chica nueva.
Me deslicé un poco en mi asiento, con la cabeza todavía inclinada
sobre mi bandeja de comida, con la capucha puesta con la esperanza de
esconderme del mundo. Excepto que mi deseo no se hizo realidad. Cuando
escuché la aguda voz femenina, me sentí un poco tranquila antes de levantar
la mirada. Me encontré mirando los brillantes ojos azules de una chica rubia
muy bonita que vestía un uniforme de porrista en rojo y azul. Ella estaba al
otro lado de la mesa con otras dos personas flanqueándola e
inmediatamente pensé en Mean Girls. Venían de una de las mesas de
enfrente. Las había notado ayer, riendo, charlando, todas hermosas y 68
admiradas, sin duda las chicas populares de la escuela. También estaban
en mi clase de gimnasia, pero no me habían hablado en ese momento.
También estaban en el pasillo antes cuando me acosaron y siguieron
adelante sin hacer nada.
Prepárate, Maddy, pensé, apretando los puños en mi regazo mientras
me enderezaba un poco y me obligaba a sostener su mirada, a pesar de lo
incómoda que me ponía.
—Hola, chica porrista.
Me miró fijamente como un ciervo ante los faros por un momento,
como si estuviera confundida, antes de mirar su uniforme y reírse.
—Oh, sí, estoy en el equipo. ¡Vamos Osos! —Ella aplaudió y levantó
un puño en el aire como si estuviera en el campo actuando para todos. Al
menos ella estaba sonriendo.
Obligué a la comisura de mi boca a elevarse ligeramente, tratando de
imitar su sonrisa, un hábito de reflejar que había adquirido a lo largo de los
años para mezclarme, pero permanecí donde estaba, todavía cautelosa.
—Sí, vamos Osos...
—¿Eres porrista? —me preguntó, su tono aún amistoso y ligero.
Sacudí la cabeza.
—Nunca. No he estado en ningún lugar el tiempo suficiente para tener
la oportunidad de probar algo.
—¡Oh, es cierto! Vives en Phoenix House. —Se sentó frente a mí y sus
dos amigas la imitaron. Mientras retrocedía ligeramente, el banco en el que
estaba sentada crujió por el cambio de peso.
¿Por qué estaba ella aquí? ¿Qué quería?
—Oh, sí. Me acabo de mudar el fin de semana.
Su sonrisa fue reemplazada por una mirada de… ¿simpatía? Creo que
eso es lo que era. Pero por alguna razón sentí que algo parecía extraño. Ella
asintió y miró fijamente alrededor de la cafetería.
—Algunas chicas que viven allí vienen a esta escuela. Aunque
supongo que ya las habrás conocido.
Miré a mi alrededor y reconocí a Sawyer, pero no vi a Andrea por
ninguna parte. De hecho, desde que llegamos a la escuela hoy, ella había
desaparecido. Eh… ¿se habrá ido a casa?
—Sí, nos conocimos. —Desde el otro extremo de la habitación, podía
escuchar a ese imbécil que me había empujado riéndose con sus amigos y
mis uñas clavadas en mis palmas debajo de la mesa.
Lo prometo... 69
Miré a Hayden, que estaba descansando como un rey confiado y
perezoso en su rincón. Tenía el cabello desordenado sobre el rostro, la
chaqueta de cuero puesta y una pierna extendida delante de él. Irradiaba
un aire de autoridad, una advertencia para que los demás no se acercaran,
a pesar de que prácticamente todas las chicas de los alrededores lo
admiraban mucho. Parecía tan distante, tan por encima de los demás, pero
no de una manera engreída o imbécil; más bien… simplemente no
pertenecía.
Cuando él entró en la habitación, instantáneamente me encogí,
esperando que no me hubiera notado. Estaba tímida por lo de antes y por
como me había abierto a él… otra vez. No estaba acostumbrada a hablar
con chicos, ya que normalmente hacía todo lo posible para evitarlos por
completo. Pero en el momento en que pasó, sentí la necesidad de mirar hacia
arriba y mirarlo de nuevo de frente. Para mi sorpresa, ya me estaba mirando
al pasar y cuando nuestras miradas se cruzaron, se demoraron varios
segundos antes de que él se diera vuelta para dirigirse a su mesa. Desde
entonces, ha estado sentado en silencio, observando, como si estuviera
explorando la cafetería y a todos los que están allí, un observador silencioso.
—Bueno, soy Ayla. —La chica echó su cabello rubio sobre su hombro
y sonrió alegremente una vez más.
—Maddy —murmuré suavemente, asintiendo.
—Solamente quería venir y darte la bienvenida. Como líder del Comité
Social Estudiantil, tengo el deber de estar disponible para todos los recién
llegados.
—Eso es amable de tu parte. —Me encontré apartando la mirada de
esta chica, preguntándome qué estaba haciendo. Nadie era tan amable sin
algún motivo oculto. La mayoría de la gente en esta ciudad parecía bastante
amable, pero eso no me tranquilizaba. En todo caso, me puso aún más
nerviosa. Algo en todas las sonrisas, las amables palabras de aliento y las
afectuosas palmaditas en el hombro parecían fuera de lugar. No del todo
falso, pero tampoco del todo genuino.
Hayden no se siente falso… pensé para mis adentros.
—Además —continuó Ayla— el festival de primavera se celebrará
dentro de unas semanas. Es muy importante y todos van, así que puedes
venir con nosotras.
—¡Oh! —Me sonrojé mucho. La idea de estar rodeada de tanta gente,
con sus cuerpos acercándose a mí, me tocó la fibra sensible. Me abracé por
la cintura mientras me encogía sobre mí misma—. Gracias, pero pasaré...
—Podemos llevarte hasta allí —continuó Ayla como si yo no hubiera
hablado—. El clima debería ser lo suficientemente cálido para entonces, así
que si necesitas un vestido de verano te lo puedo prestar. ¡Tengo como cien!
—Ella echó la cabeza hacia atrás y se rió como si esto fuera lo más divertido.
70
Realmente extraño. Miró la mesa con los idiotas que me había encontrado
antes y sonrió ampliamente—. No te preocupes, iremos con Theo y su grupo,
para que Lucas y sus amigos no te molesten.
—¿Lucas?
—Lucas White, el tipo de... eh, ¿esta mañana? —Se aclaró la garganta,
aparentemente un poco incómoda.
Entonces ese era el nombre del imbécil, el que me había manoseado
descaradamente. Lo saqué de mi cabeza, sin querer recordar lo ansiosa que
había estado. ¿Pero quién era Theo? No creo haberlo conocido todavía. Pero
no importó. En general, no me gustaba andar con chicos.
Te sentías bien con Hayden.
—Estoy bien. No me gustan mucho las multitudes...
—Pasaremos a última hora de la tarde o a primera hora de la noche
—dijo Ayla con desdén—. Además, sé que Sawyer y Andrea probablemente
también irán, así que tendrás a tus compañeras de casa cerca.
Tragué fuerte, sintiendo como si un peso estuviera sobre mi pecho.
Tal vez estaría bien durante el día, pero no pensé que quisiera ir a un gran
evento con esta chica y sus amigas. Las multitudes me inquietaban, sin
mencionar que no me sentía bien con ella y su grupo. Ayla era exactamente
lo contrario de mí en casi todos los sentidos: hermosa, con curvas y segura
de sí misma. Por más agradable que estuviera actuando, no pensé que
encajaríamos muy bien.
—No lo sé...
—¡Será genial! —Ella se puso de pie y sonrió—. Te veré en el gimnasio,
¿Okay? —Me lanzó un beso antes de regresar a su mesa con sus amigos.
Solté un suspiro largo y tembloroso, odiando no haber hablado por mí
como lo había prometido. Hundida en mi asiento, sin darme cuenta miré
hacia la esquina donde estaba sentado Hayden. Para mi sorpresa, su
atención estaba completamente centrada en mí, sus penetrantes ojos
plateados me miraban fijamente. De inmediato, mis mejillas se sonrojaron
mientras me giraba apresuradamente, decidiendo que necesitaba un poco
de aire.
Metiendo el resto de mi comida en mi mochila, rápidamente me
levanté y salí corriendo de allí, sin tener más remedio que pasar junto a la
mesa de Lucas. Todos se rieron sin piedad cuando pasé corriendo, pero era
en la otra mesa donde se habían disparado las alarmas en mi cabeza. Había
pillado al chico con el cabello azul, la boca y la barbilla con grotescas
cicatrices mirándome mientras comía, sobre todo cuando Ayla había estado
aquí charlando conmigo. Sin embargo, su amigo, el grande con el cabello
corto y oscuro, me asustó aún más. El tipo me recordó a Hayden, en el
sentido de que no sonreía, no parpadeaba ni apartaba la mirada cuando lo 71
pillaba mirándome. Pero a sus ojos les faltaba vida, y esa falta de calidez me
asustaba más que los demás. Definitivamente no quería ser parte de eso.
Cuando los pasé, sentí esa sensación de hundimiento en el estómago que
siempre aparece entre los hombres en los que no podía confiar.
Los peligrosos. Los malos...
Cuando Ayla regresó con ellos, no tenía ninguna duda de que uno de
estos chicos era Theo, y si ese era el caso, entonces definitivamente iba a
dejar de estar con ellos en el festival.
Como había prometido, Ayla y su pequeño grupo de amigas se unieron
a mí para correr en la clase de gimnasia. Intenté ser paciente con sus
interminables murmullos y preguntas, ya que la mayoría eran un poco más
personales de lo que me sentía cómoda. ¿Era cierto que mi madre estaba
realmente en una institución mental? ¿Nací con una adicción? ¿Conocí a mi
papá? Tuve la sensación de que no estaban tratando de ser crueles, más
bien… ignorantes. Evadí sus preguntas lo mejor que pude, aprovechando
mi velocidad para poner distancia entre nosotras y que se quedaran atrás.
En lo alto, en la sala de ejercicios, vi al mismo chico de cabello azul y
a sus amigos mirando, riendo, con sus voces apagadas detrás del vidrio. A
un lado, Hayden estaba haciendo ejercicio solo. Su mirada estaba fijada en
su reflejo en el espejo, pareciendo tan concentrado que me sentí segura al
levantar la vista de vez en cuando para verlo nuevamente. Era delgado, sí,
pero tenía más definición muscular que los otros chicos, excepto aquel que
era amigo del cabello azul. Hayden parecía más maduro, mayor, como si no
perteneciera a esa sala de chicos que solamente hacían a medias su rutina
de ejercicios, ya que estaban demasiado ocupados mirando a las chicas
trotar por la habitación. Probablemente principalmente para ver sus tetas
rebotar, pensé con disgusto. Nunca me sentí más agradecida de tener copas
más pequeñas que en ese momento. Puede que Lucas se haya burlado de
mis pechos más pequeños, pero no necesitaba su aprobación.
¿A quién le importa si ese imbécil de Lucas se burló de mis pequeñas
tetas? No estoy tratando de impresionarlo. Me dije a mí misma. Que se joda.
—¡Está bien, todoa, descansen y estírense! —gritó la profesora de
educación física después de hacer sonar el silbato.
Jadeando, sintiendo un ligero sudor en la frente, me dejé caer en el
suelo junto a la pared opuesta a la sala de pesas, todas las puertas visibles
para mí mientras pateaba una pierna y sostenía los dedos de los pies,
estirándome. Cuando volví a mirar, Hayden estaba desapareciendo por las
puertas, saliendo antes de lo esperado. ¿A dónde iba?
—¡Dios mío, ¿en serio?! —La risita aguda de Ayla me alertó de su
presencia mientras ella y sus amigas se acercaban a donde yo estaba, riendo
y susurrando. Apenas habían sudado ya que habían caminado más que
cualquier otra cosa, pero tomaron asiento mientras fingían seguir 72
instrucciones, encorvadas o inclinando sus cuerpos, más posando que
cualquier otra cosa. Continuaron riéndose, mirando a los chicos de arriba,
obviamente montando un espectáculo para ellos.
—Claro que sí, Ayla —se rió una de sus amigas—. ¡Te estuvo mirando
todo el tiempo!
Ella puso los ojos en blanco y se burló.
—¡Por favor! Quiero decir, sí, Spencer era bueno, pero Theo... Mmmm,
tendré esa polla otra vez.
Todas rieron juntas, como un coro de hienas, mientras yo inclinaba
la cabeza sobre mis rodillas, eligiendo el silencio porque el tema no me
interesaba. No podrían importarme menos esos chicos. Eso fue hasta...
—Dios, lo que daría por intentarlo con Hayden —mencionó una chica.
Al oír el nombre, mis oídos se animaron.
—¡Ya, claro! Es jodidamente quisquilloso y selectivo. —Ayla parecía
molesta. Me pregunté si eso significaba que la habían rechazado. No era una
persona sexualmente activa, gracias a mi antiguo padre adoptivo y a los
novios de mi madre. Yo era reacia al sexo y siempre había albergado una
asociación más ansiosa e inquietante con él. Pero por primera vez sentí
decepción. Molesta por la idea de que ella y Hayden estuvieran juntos. La
sola idea de que tuvieran algún tipo de intimidad me dolía
sorprendentemente.
—He oído que él y Beth McLeod de Fuller High follaron más de una
vez...
—Sí, bueno, Hayden no se folla a chicas de aquí —contestó Ayla—
además, escuché que estaba súper borracho y probablemente no sabía
quién era ella. Al parecer, estaba gimiendo el nombre de otra persona. —Su
tono era increíblemente sugerente y cambié de pierna, notando que su lado
víbora estaba asomando la cabeza. No pude evitar preguntarme quién era
Beth, la amargura en mi pecho florecía como una trampa para moscas.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó una de sus amigas con sospecha.
—Oye, fue en una fiesta. Había mucha gente alrededor. Me imagino
que podrían oír a través de la puerta. —Sonaba muy engreída.
—No te estaba llamando a ti, Ayla —dijo la primera chica, sonando
molesta.
—Yo no dije eso. Todos los demás lo hicieron —respondió ella con
altivez.
Me encogí ante la conversación y me puse de pie, lista para salir de
allí, pero nuestra maestra nos pidió ayuda para instalar redes de bádminton
para la siguiente clase en lugar de más carreras de velocidad. Cuando 73
terminamos, ya tenía una opinión más que decidida sobre Ayla y su grupo.
Por muy amable que haya sido de su parte intentar incluirme, iba a
encontrar una manera de evitarlas. Algo en su atención y hospitalidad tenía
una parte desagradable, como si algo impuro se aferrara a cada palabra que
decía. Me recordó a algunos hogares de acogida en los que pasé periodos
aleatorios de tiempo. Parecían hermosos y brillantes por fuera, pero una vez
que entré, la realidad me golpeó fuerte en el rostro y no fue tan agradable.
Así que tomé la buena voluntad de Ayla con cautela, permanecí alerta y
cautelosa, y decidí distanciarme lo mejor que pudiera.
—¡Nos vemos, Maddy! —dijo cuando nuestra maestra se despidió
cuando terminé de acomodar mi sección.
—Adiós —murmuré, saliendo del gimnasio lo más rápido que pude.
Me limpié, me vestí y me dirigí a fotografía, preguntándome si hoy estaría
sola en clase o si algunos de los otros estudiantes estarían allí esta vez. Pero,
sobre todo, era un nombre que se repetía en mi mente.
Hayden. Hayden. Hayden.
Ugh, ya basta, Maddy, pensé. Eres tan mala como las otras chicas
tontas.
Ayer había sido educado en el teatro, pero eso fue porque ambos
estábamos trabajando juntos en una tarea para ganar créditos extra. Nada
más. En cuanto a la extraña sensación que nos habíamos conocido antes,
bueno, eso era una quimera. Pero esta mañana en el pasillo…
Lo prometo. La sinceridad en su voz, la forma en que me miraba, la
calidez ardiente que irradiaba detrás de esos hermosos ojos me hizo sentir
más vista que nunca en toda mi vida. Y por una vez no me importó.
Pero no. Me recordé a mí misma que solamente estaba fantaseando,
enamorándome o lo que fuera y que todo estaba condenado al fracaso.
Intenté no dejar que los chicos se acercaran lo suficiente a mí. Mis defensas
subieron. Ningún chico que alguna vez mostró interés en mí fue honorable.
Yo no era más que un juguete, algo con lo que podían divertirse.
Nunca fui nada más…
Simplemente quería graduarme para poder dejar este lugar y hacer lo
que quisiera, no como me ordenaron. Entonces, cuando entré en fotografía,
esperaba ver a Hayden. Me aseguraría de mantener una cuidadosa distancia
entre nosotros, luchando contra ese enamoramiento que estaba cobrando
vida. Lo cortaría de raíz antes de que llegara demasiado lejos. Excepto que
cuando entré y encontré el espacio vacío, salvo por la luz roja que brillaba
para indicar que la habitación oscura estaba en uso, me sentí abatida.
Decepcionada.
La señorita Mills, la única ocupante, no pareció notar el ceño fruncido
mientras me saludaba con júbilo.
74
—¡Maddy! ¿Cómo te fue con Hayden ayer? ¿Seguirás haciendo la
tarea? ¿Crees que has entendido cómo funciona tu cámara?
Sus preguntas vinieron como fuego rápido mientras yo luchaba por
controlar la decepción de no ver a Hayden aquí, a pesar de que literalmente
me había prometido a mí misma que mantendría la distancia para evitar
que mis sentimientos se desarrollaran más.
—Oh, um —dije distraídamente— necesito más práctica con eso, pero
debería estar bien para la producción. —Me senté en uno de los escritorios
vacíos—. ¿Está, eh, Hayden aquí, por casualidad?
Ella sacudió su cabeza.
—Debe estar tomando algunas fotos afuera, a cambio de crédito extra.
Puedes hacer lo mismo si lo deseas. ¿Quieres acostumbrarte a la cámara?
Ella sonrió. Su confianza y fe en sus alumnos eran sinceramente
asombrosas. Ella realmente creía que estaban haciendo tareas para su
clase, cuando lo más probable es que estuvieran haciendo todo lo contrario.
Sin embargo, guardé mis pensamientos para mí y sacudí la cabeza,
preguntándome adónde podría haber ido Hayden. Había dejado el gimnasio
demasiado temprano y todavía estaba desaparecido.
—Haré un poco de tarea y la probaré en el jardín cuando regrese a
casa —murmuré, sacando mi trabajo de ciencias de mi bolso.
—Oh, sí, he visto fotos de ese lugar. —Su sonrisa era tan amplia que
amenazaba con estirar su rostro y partirlo en dos—. Realmente es una
propiedad hermosa. Dale un mes y habrá flores por todas partes. ¡Espera y
verás!
Cuando volvió a centrar su atención en su computadora, dejándome
en paz, solté un suspiro tenso y me hundí en mi asiento, mirando el trabajo
que tenía delante, pero nada de eso tenía sentido. Las palabras se
mezclaron, pareciéndose más a jeroglíficos que a otra cosa. Darme cuenta
de que Hayden no estaba aquí había arruinado completamente mi estado de
ánimo, y saber que un chico no presente lo había arruinado solamente me
hizo sentir resentida. Yo no era la chica que se enojaba por los chicos.
Hayden, sin embargo, era innegablemente hermoso de una manera que lo
elevaba por encima de los demás, y su comportamiento y aire de autoridad
real solamente aumentaban su atractivo. Pero, aun así, nunca antes me
había enamorado de un chico. Siempre me repelieron.
Incluso mientras intentaba concentrarme en mi tarea, seguía
pensando en sus ojos hipnóticos. La forma en que me había hablado, como
la reviví ayer y esta mañana una y otra vez en mi mente. De repente salté
ante el sonido del timbre, dándome cuenta ahora de que había
desperdiciado toda una hora soñando despierta. Frustrada, empaqué mis
cosas y me dirigí al pasillo, caminando hacia mi casillero para tomar mi
chaqueta. 75
Pero cuando deslicé mis brazos dentro de la manga, noté que el
habitual zumbido y alegre charla que normalmente llenaba el aire al final
del día escolar se sentía diferente. La tensión era espesa en el aire, los
murmullos encubiertos y silenciosos, mientras los niños corrían de grupo
en grupo, sus voces zumbaban como una colmena excitada.
—...lo encontraron en el contenedor de basura detrás de la escuela...
—...¡le dieron una paliza!
—¡Escuché que le quemaron las huellas digitales!
—¡Te lo estás inventando!
—¡No, es verdad! ¡La piel estaba en el suelo!
—…Lucas White…
—…estará en el hospital por un tiempo. ¡Necesitará injertos de piel!
—No seas mentiroso…
—¡Tú no seas mentiroso!
¿Qué diablos? Miré de reojo al grupo más cercano a mí, captando
fragmentos de información mientras todos hablaban entre sí, cada uno
tratando de decir lo que tenían por decir.
Lucas White, el tipo que me había tocado antes, había sido encontrado
golpeado hasta los huesos y tirado en el contenedor de basura de la escuela,
con las manos quemadas, demasiado herido y asustado para hablar.
Podía sentir ojos sobre mí, los susurros sobre lo que había hecho esa
mañana aparentemente suficientes para ponerme en la lista de
sospechosos, pero no me importaba. La señorita Mills podría respaldarme.
Había estado en el gimnasio y luego en fotografía, fantaseando con un chico
que nunca tendría. Tuve testigos. Sin mencionar que Lucas había sido
mucho más grande que yo y, por lo que parecía, alguien lo había jodido
seriamente.
Bien.
Cerré mi casillero de golpe una vez que me puse la chaqueta, agarré
mi bolsa y me apresuré a pasar junto a los otros estudiantes que,
sorprendentemente, me evitaron. Parecían aterrorizados, casi aprensivos,
mientras pasaba. ¿Qué demonios? Confundida, los miré solamente para que
desviaran la mirada, como si estuvieran nerviosos por estar cerca de mí o
mirarme a los ojos.
—...Hayden Mathers...
Me detuve en seco, la aparición repentina de él apoyado contra la
pared cerca de las puertas, me quitó el aire de los pulmones. Llevaba su
habitual chaqueta de cuero, la que tiene el parche en el brazo, su bolsa
76
colgada al hombro, un casco de motociclista en la mano, y su atención
estaba centrada por completo en mí. Cuando nuestras miradas se cruzaron,
sentí que toda la charla a nuestro alrededor, toda la gente y la conmoción,
se desvanecía en el fondo, convirtiéndose en nada más que ruido blanco.
Hayden no hizo nada, no dijo nada, el tiempo entre nosotros se
prolongó mucho tiempo. Estaba segura de que habíamos estado aquí
durante una hora, en lugar de solamente unos segundos. ¿Qué estaba
haciendo? Finalmente, asintió, el movimiento fue ligero y rápido antes de
darse la vuelta y marcharse, desapareciendo por las puertas como un
fantasma. Era como si nunca hubiera estado allí. Entonces todo pareció
moverse más rápido que antes cuando el tiempo se apoderó de mí y el ruido
aumentó mientras todos susurraban entre sí.
Pronto verás que se hará justicia, había dicho. Lo prometo.
—Hayden… —susurré, sacudiendo ligeramente la cabeza de un lado
a otro. No, no lo hizo... ¿Verdad? ¿O sí? No tenía sentido. ¿Realmente le hizo
eso a Lucas? ¿Por qué se molestó? Me negué a creer que lo hiciera. Y si lo
hizo, entonces no podría haber sido culpa mía. Debe haber tenido algún otro
problema con el chico y simplemente usó lo que pasó hoy como excusa para
actuar según sus propios sentimientos.
Con cautela, miré a los otros estudiantes, quienes continuaron
rodeándome mientras comenzaban a partir, listos para regresar a casa para
poder hablar en las redes sociales sobre el drama que se había desarrollado
hoy. ¿Pensarían que Hayden hizo esto por mí?
¿Qué pensaba yo?
Si bien todos estaban claramente aterrorizados por él, yo no. Incluso
la idea sangrienta de él quemando las yemas de los dedos de Lucas no me
hizo temblar. El acto fue tan violento y perturbador que cualquier persona
normal se sentiría seriamente trastornada por la noticia, pero yo me sentí
particularmente indiferente ante el sufrimiento que obviamente soportó
Lucas. No me sentí mal por él y ciertamente no le tenía miedo a Hayden.
Simplemente no entendía por qué. ¿Por qué todo esto?
Porque él no te hará daño, Maddy…
No sabía por qué. Yo simplemente... lo sentí. No pude explicarlo. Pero
en lugar de quedarme aquí toda la noche pensando en ello, me moví entre
la multitud, agradecida por el espacio que me daban ahora, y me dirigí de
regreso a Phoenix House, mientras luchaba por contener una pequeña
sonrisa.

77
Capítulo Seis

Era primavera, un par de años después de que mi vida diera un giro


de 180 grados. El suelo estaba muy embarrado, y cuando salí a la hora del
almuerzo, lo único que quería era paz y tranquilidad. Solamente algo de
tiempo para mí. Mi vida se había convertido en un absoluto infierno. Cada
semana, pasaba el tiempo huyendo de Theo y sus amigos, o evitando las
miradas desagradables y los insultos que me lanzaban los otros niños.
Aunque había dejado atrás la escuela primaria, la secundaria resultó no ser
diferente. Me movía entre la multitud todos los días, deseando que alguien
me quisiera. Deseando que me vieran como algo más que un paria, un
fenómeno.
Como ella lo había hecho...
Evité los principales lugares de reunión, como las canchas de
baloncesto y el patio, sabiendo lo que pasaría si me aventuraba allí... los 78
otros chicos me dirían algo desagradable o vulgar, o alguien lanzaría una
piedra, un palo o basura en mi dirección. Aprendí que, si otros se acercaban
demasiado, no saldría nada bueno. Era una trampa. Me agarrarían, me
apartarían bruscamente fuera de la vista de los profesores y las ventanas de
la escuela, y luego me darían una paliza de nuevo. Entonces tendría que ir
a casa y hacer lo mejor que pudiera para ocultarle las marcas a mi madre
lo mejor que pudiera. Si las viera, correría a la escuela y se pondría furiosa.
Luego, los profesores hablarían en sus clases sobre el acoso y sobre como
todos deberíamos ser amables y amarnos unos a otros, blah, blah, blah…
eso nunca sirvió de nada. Nada cambiaría. Una semana después, todo
empezaría de nuevo.
Entonces, la evitaría para ahorrarle a mi madre la angustia de verme
llegar a casa con un nuevo ojo morado, un labio cortado o algo de hinchazón
en la frente. Comencé a alejarme de mi familia, y cualquier tiempo libre que
tenía y necesitaba compañía, lo pasaba con el abuelo J en su casa o en el
club The Lost Souls. Al principio, el abuelo siempre cuestionaba mis
heridas, su ceño oscuro se fruncía con preocupación y angustia, pero yo
siempre esquivaba sus preguntas. Si seguía así, me iría y pasaría el rato
solo hasta que se hiciera tarde y tuviera que irme a casa. Entonces, después
de un tiempo, aprendió a no decir nada y me daba un espacio donde podía
descansar mi mente y mi alma rota.
Y ahora habían pasado ocho días desde mi última paliza. Estaba
cauteloso, sabiendo muy bien que me correspondía. Seguí mirando a mi
alrededor, evité los grupos de chicos y simplemente intenté disfrutar del aire
fresco de primavera. Me quedé cerca de la escuela, manteniendo
cuidadosamente a la vista al supervisor que deambulaba por el lugar.
Estaba recostado contra la pared de ladrillos de la escuela, mirando
hacia el campo de fútbol que bajaba por una corta pendiente. El lugar se
inundaba todos los años en la primavera, por lo que los estudiantes
normalmente lo evitaban hasta que el clima más cálido lo secaba. Mientras
mis ojos vagaban, esa soledad que todo lo consumía comenzó a filtrarse. Esa
pesadez en mi corazón, que se posó sobre mis hombros, me agobiaba. Los
niños pasaban ignorando mi presencia. Nadie me miraría. A nadie le
importó. Nadie quería verme. No, a menos que me estuvieran pateando el
trasero o me encontrara rodeado de los malos de la escuela.
Sentí que se me quedaba el aliento en la garganta, alojándose allí
como si me hubiera tragado una piedra, e ignoré el escozor en mis ojos.
Llorar por eso no servia de nada. Ya había aprendido eso. Sin embargo, a
veces, la necesidad de derrumbarme y gritar hasta que me sangrara la
garganta se volvía abrumadora. Al final, lo sofocaría, ahogándome en mi
dolor para que nadie lo viera. Ocultándolo a los otros, quienes solamente
obtendrían satisfacción al verme quebrado, y ocultándolo a mi familia,
quienes solamente sentirían dolor por mí. Ninguna de esas cosas quería que 79
sucediera. Por lo tanto, llevé mi carga solo.
—¡AHORA!
Me sobresalté, girando hacia un lado justo cuando Theo y sus amigos
doblaron la esquina y me agarraron, arrastrándome cuesta abajo y fuera de
la vista de los profesores. Apretando los dientes, pateé tan fuerte como pude,
retorciendo mis brazos para tratar de liberarlos e intentar golpear a estos
imbéciles en sus feos y jodidos rostros. Comencé a temblar mientras la
adrenalina y mi voluntad de luchar corrían por mis venas como fuego. Dejé
caer la cabeza hacia atrás y grité pidiendo ayuda, pero mi grito fue ahogado
por los gritos y las risas de Theo y sus amigos. Algunos otros chicos los
habían visto agarrarme y corrieron ansiosamente, esperando un
espectáculo, actuando como una pared para ocultarnos de los ojos del
supervisor.
Cada vez que me atormentaban, era la única vez que me veían…
—¡Aquí, por aquí! —gritó Theo, sonando demasiado emocionado.
Fuera lo que fuese lo que habían planeado, sabía que esta vez era algo
diferente. Me di cuenta de que se estaban aburriendo de las tonterías
habituales que desataban contra mí, porque sus golpes habían sido un poco
mediocres últimamente, si era honesto. Los golpes ya no me dolían tanto
como antes y estaba aprendiendo a cubrirme para protegerme, dejando que
mi espalda recibiera la mayoría de los golpes.
Solamente cuando vi a dónde me llevaban sentí una ola de pánico
recorrer mi cuerpo, casi como si agua helada corriera por mi columna, traté
de plantar mis pies en el suelo con la esperanza de detenerlo. Pero Spencer,
el enorme y voluminoso amigo de Theo, me levantó lo suficiente como para
que mis pies se arrastraran por el suelo, y supe que todo había terminado.
Era la víctima… otra vez.
Delante de nosotros se encontraba el campo empapado y fangoso, y
Theo estaba de pie junto a un charco bordeado de montones de barro espeso
y empapado. Todos los demás se rieron estridentemente cuando se dieron
cuenta de lo que esos imbéciles me iban a hacer, y sentí un odio muy amargo
hacia ellos. Ovejas. Malditas ovejas. Todos ellos. Ninguno de ellos venía a
este lugar todos los días, teniendo que mirar por encima del hombro con
miedo. No sufrieron esa dolorosa soledad, el dolor. Para ellos yo no era nada
más que un saco de boxeo.
Yo era más que eso… pensé. Soy más que el hijo de un psicópata…
¿no?
Spencer me obligó a arrodillarme en el barro empapado, el agua fría
se filtró a través de mis pantalones mientras me torcía los brazos
dolorosamente detrás de la espalda y se detenía. Miré a Theo que estaba al
otro lado del charco y apreté la mandíbula. La rabia ardía en mi sangre de
una manera que nunca había conocido. 80
Mátalos, Hayden… susurró la voz.
—No eres más que un perdedor, Mathers. Nadie te quiere aquí —dijo
Theo, sonriendo como el imbécil pomposo que era—. Nadie te quiere. Nadie
te extrañaría si te hiciéramos desaparecer. Así que realmente le estaríamos
haciendo un favor al mundo. Viniste de la mierda, así que te enviaremos de
regreso. —Sus ojos pálidos se dirigieron a Spencer y asintió.
Una mano agarró dolorosamente el cabello en la parte posterior de mi
cabeza con tanta fuerza que pude sentir que algunos mechones se soltaban
y me encontré empujado hacia abajo, directamente hacia el lodo frío, sucio
y acuoso. A pesar de que pateé y luché mientras luchaba por contener la
respiración, no pude encontrar una manera de liberarme.
Mátalos, Hayden, gritó la voz. ¡Mátalos a todos!
Podía oír a los demás vitorear y reír; algunos incluso hicieron eco de
las palabras de Theo mientras me atragantaba en el barro. Incluso hubo
algunas patadas fuertes en mis costados, que solamente sacaron más aire
de mis pulmones. Evidentemente, algunos se habían sentido lo
suficientemente valientes como para atacar a alguien que estaba
completamente a su merced. Sus palabras resonaron en mis oídos cuando
sentí que el mundo comenzaba a girar a mi alrededor, como si estuviera
cayendo en una pesadilla.
—¡Muérete, perdedor!
—Maldito monstruo...
—¡Hayden es un psicópata como su maldito padre!
—...¡Empuja más fuerte, Spencer! ¡Deshazte de la basura!
Mis pulmones gritaron. Saqué las piernas y, aunque tenía los ojos
cerrados, todavía podía ver luces sentelleando detrás de mis párpados. Al
igual que todas las veces anteriores, cuando seguí rezando para que ella
apareciera nuevamente. El ángel que había intervenido una vez antes,
regresando misteriosamente como lo había hecho antes. Su rostro se había
desvanecido con los años y mi memoria era incapaz de mantener unida su
imagen. Aunque la sensación que tuve cuando ella dio un paso al frente por
mí cuando nadie más lo hizo, siempre ardió con fuerza en mi conciencia.
Deseaba que volviera para poder agradecerle, la sensación que tuve
cuando ella tomó mi mano tan suavemente, que finalmente me sentí… visto.
Solamente que ella no estaba aquí, y ahora pude distinguir a Jace
Fogerty gritar alegremente algo imperceptible mientras yo pateaba, casi
seguro de que estaba a punto de desmayarme. Lo estaba. El mareo era
abrumador, mis manos y mi rostro se entumecieron, y lo último que pude
escuchar fue su risa. Sus gritos crueles y entusiastas resonaron en mis
oídos mientras el mundo comenzaba a desvanecerse a mi alrededor, hasta
que finalmente todo se volvió negro.
81
Pensé que había muerto. Hacía frío, estaba oscuro y silencioso. Estaba
acostado boca abajo, con la cabeza apoyada de lado en el lodo. No hubo
llamadas, ni burlas ni risas sádicas. Por un momento, esperé que tal vez me
hubieran salvado de nuevo, que ella hubiera regresado y que finalmente
pudiera ver de nuevo el rostro de la única persona aquí que me había
mostrado compasión. Pero mientras aspiré una bocanada de aire fresco, el
sonido fue entrecortado y ronco mientras tosía y respiraba otra vez, miré a
mi alrededor y me encontré solo. Lentamente levanté la cabeza, aunque
sentía que no tenía la fuerza ni la voluntad para levantarme del barro y el
agua. ¿Cómo podría volver a casa y dejar que mi madre me viera así? ¿O
papá? ¿Mis hermanitas? No podría.
El mundo a mi alrededor comenzó a desdibujarse por mis lágrimas, y
me encontré mirando un poco de blanco entre la tierra marrón y muerta.
Parpadeé con fuerza, aclarando mi visión para ver que una margarita estaba
a solamente unos metros frente a mí, creciendo a través de la hierba amarilla
y el barro. Estaba sola, una cosa de frágil belleza, y pensé en mi madre y las
margaritas que tanto amaba, las que plantó en su tumba...
No pude evitarlo.
Sentí que las lágrimas brotaban a pesar de lo mucho que intenté
contenerlas. De inmediato sentí como si se hubiera roto un dique y la
vergüenza se apoderó de mí. ¿Qué bien me haría llorar? No cambiaría nada.
Pero no pude evitarlo. Por un momento, deseé no haberme despertado…
Lo dejé salir todo. Sollozando en el barro, pensé en cómo odiaba mi
vida, odiaba de dónde venía, deseando que nada de eso hubiera sucedido
nunca.
No quiero ser como él, pensé.
Sollozando, lentamente me puse de rodillas, haciendo una mueca de
dolor de cuando alguien había pisado fuerte en medio de mi espalda,
ayudando a Spencer en su intento de ahogarme, y miré la margarita de
nuevo. Quería aplastarla, arrancarla de la tierra y hacerla pedazos. Si era
una señal suya, entonces no la quería. ¡Que se joda! ¡Mira lo que me ha
aportado ser el hijo de Shay O'Hare!
Arrodillado en el barro, sentí tal peso sobre mí que por un minuto
pensé en volver a tumbarme en el suelo. ¿Qué pasaría si simplemente me
rindo... aquí y ahora? ¿Qué pasaría si me adentrara en el bosque y no saliera
nunca más? ¿Qué pasaría si fuera a ese parque en Sherwood, me sentara
en el banco, cerrara los ojos y nunca los volviera a abrir? Mis dedos
temblaron ante la idea de terminar con todo. ¿Sería la muerte mejor que
esto? ¿Sería la nada la paz que quería?
¿Cómo podría saberlo?
Tosiendo con fuerza, la sangre cayó de mi nariz al barro y, de mala
gana, me obligué a levantarme. Saqué esos pensamientos oscuros de mi
cabeza y en lugar de eso cambié mi enfoque para evaluar el daño. Con
82
cautela, me toqué la nariz, revisándola ligeramente, pero no pensé que
estuviera rota. Simplemente sangrando. No podía volver a casa, no con mi
familia allí. No quería volver a la escuela y enfrentarme así a mis
compañeros. Solamente había un lugar al que podía ir.
Abuelo J…

—¡Hayden! —La boca del abuelo se abrió al verme parado en la puerta


de su casa, cubierto de barro, con el cabello hecho un desastre y sangre
goteando de mi nariz. Me salté el resto del día escolar y fui directamente a
su casa, una pequeña cabaña en un antiguo terreno que había sido de su
propiedad durante años. La vieja cabaña que tenía aquí se quemó hace
mucho tiempo. Lo habían limpiado y en su lugar habían construido una
casa nueva. Había venido aquí con la esperanza de que estuviera en casa y
no en el club. Para mi alivio, su Harley negra estaba estacionada en el
camino rocoso de su casa.
—Hola, abuelo —murmuré, sosteniendo el dobladillo de mi camisa
contra mi nariz— ¿Puedo entrar?
Se hizo a un lado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la boca
abierta cuando un tinte rojo apareció en sus mejillas. Estaba enojado.
—¿Qué carajo pasó, chico? ¿Te caíste de la bicicleta o algo así?
—Sí, digamos que sí. —Me acerqué a la encimera de la cocina y me
senté en el taburete, descansando mi cuerpo dolorido. Quería abrirme a él.
Excepto que no pensé que podría soportar la mirada en sus ojos cuando le
revelé que su nieto era un jodido perdedor...
No me preguntó nada más, simplemente se fue cojeando al baño
(evidencia de una “vieja lesión”, dijo) y regresó con un botiquín de primeros
auxilios, uno que estoy seguro de que mamá o tía Casey le habían comprado,
ya que eso no era algo que él elegiría por sí mismo.
Me senté en silencio mientras mojaba un trapo y me limpiaba, sus
ojos oscuros observaban cada corte, moretón y mancha de barro, y me di
cuenta de que estaba jodidamente furioso por como se le dilataban las fosas
nasales y le marcaba la mandíbula. Se pasó una mano por su cabello
mayormente gris, las secciones oscuras eran pocas y espaciadas ahora. Los
viejos tatuajes en sus manos se habían desvanecido con la edad, pero, aun
así, podía ver más de mí en él que en cualquier otra persona.
Amaba a mi abuelo más que a nada. Incluso después de enterarme de
su antiguo club de motociclistas, no tuve el valor de castigarlo por ello.
Quería preguntarle sobre lo que había hecho, sobre The Celtic Beasts, pero
83
cada vez que venía a cenar o me recogía en su motocicleta después de la
escuela, cualquier pensamiento oscuro o pregunta había desaparecido.
Quienquiera que hubiera sido el abuelo en aquel entonces, ya no lo era. Lo
sabía. Especialmente porque The Lost Souls hicieron mucho por la ciudad
de Ashland. Constantemente organizaban campañas y eventos benéficos y
abrían refugios para niños en el sistema de adopción, dándoles otro lugar al
que ir, un lugar seguro y supervisado por trabajadores de confianza en todo
momento. El abuelo J no era el malo. Él era mi héroe.
—¿Abuelo? —susurré finalmente.
—Sí, ¿Hayden?
Apreté mis labios, queriendo decirle tanto, pero las palabras siempre
parecían atascarse en mi garganta. Quería preguntarle sobre mi verdadero
padre, saber algo sobre él que no apareciera en los periódicos. Le pregunté
a mi mamá, pero su historia con él fue demasiado dolorosa para ella. Ella
siempre se derrumbaba y retrocedía ante cualquier mención de él. Entonces,
aprendí a evitar el tema por completo. Pero con el abuelo sentí que, si
alguien podía decirme algo sobre él, lo haría. Después de todo, él había sido
su padre.
—¿Cómo era papá?
Frunció el ceño mientras terminaba de limpiar lo último de barro de
mi frente, inclinándose para mirar de cerca mi nariz, presionando
suavemente los lados para comprobar si había una rotura. No había
ninguna.
—Lamento decirte que no conocí a tu papá cuando tenía tu edad. No
me encontré con él hasta que era un adolescente. Lo que puedo decirte es
que pensé que era un imbécil de mierda que...
—No, no... papá no. Quiero decir, mi verdadero padre.
El abuelo se quedó helado. Similar a una estatua con su mano
suspendida en el aire, el dolor que llenaba su expresión me desgarró. Para
mi horror, por un momento pensé que iba a llorar, a juzgar por la forma en
que le brillaban los ojos y su barbilla empezó a temblar.
—Lo lamento, no importa. Solamente tenía curiosidad. Pensé… —
Solamente quiero saber que él no era un completo monstruo. Quiero saber que
hay esperanza para mí, que no estoy condenado a ser como él. Las voces…
—No, está bien, Hayden. Mereces saberlo —el abuelo se aclaró la
garganta mientras se giraba para recoger un pañuelo de papel y me lo
ofreció. Lo presioné contra mi nariz para ayudar a detener el sangrado y
esperé, observando cómo limpiaba, tratando de ser paciente mientras
ordenaba sus pensamientos—. A tu edad, tu papá era… imprudente —dijo
finalmente el abuelo, sonriendo un poco mientras hablaba amablemente de
84
su hijo—. Impredecible, confuso, incomprendido… apasionado —dijo la
última palabra con una fiereza que no esperaba—. Estaba decidido a
demostrar su valía, deseando la aceptación de muchos y al mismo tiempo
luchando por su independencia. —El abuelo se aclaró la garganta de nuevo
como si de repente se hubiera secado y presionó sus manos sobre la
encimera, inclinándose sobre ella como si el peso del mundo se posara sobre
sus hombros, una sensación que yo conocía muy bien—. Y cuando amó,
amó con cada parte de su ser. Así era él. O te amaba completamente o no.
Y amaba a tu madre más que a cualquier otra cosa en este mundo.
Escuché con atención absorta, aferrándome a cada palabra que decía,
sin darme cuenta de cuánto necesitaba escuchar esto. Sabía que el había
abusado de mi madre; simplemente no conocía los detalles. Intentó
repetidamente asegurarme que él no era un completo monstruo, pero
cuando la información vino de ella, me costó creerlo. Mi mano libre se cerró
en un puño en mi regazo, mi atención completamente en él mientras él
continuaba hablando, queriendo escuchar más.
—Tenía talento. Dotado en la música, como tú —finalmente, algo
parecido a una sonrisa apareció en su rostro, su expresión sombría
cambió—. Su habilidad para tocar la guitarra era otra cosa. Podía escuchar
una canción en la radio y tocarla inmediatamente después.
Sentí que mi corazón se elevaba un poco. Escuchar algo positivo, algo
bueno, sobre aquel cuya sangre compartía me dio esperanza. Y como vino
del abuelo, se sintió diferente que cuando vino de mi mamá. Se sintió
imparcial. Si alguien iba a ser sincero con las cosas, era él.
—Era inteligente. Maduro para su edad. Podía leer a la gente como un
libro. Lo juro —sacudió la cabeza y se rió entre dientes— no podías ocultarle
nada. —Sin embargo, su momento de alegría se desvaneció y el humor
sombrío regresó. Se quedó mirando la encimera, con el rostro vacío,
mientras se perdía en los recuerdos durante solamente un minuto. Luego
se sacudió y me miró—. ¿Por qué lo preguntas, Hayden?
—Yo solo… casi nunca escucho nada sobre él. La mayor parte
proviene de… —Mi voz se apagó cuando el pensamiento de Theo y los demás
hizo que mi estómago se revolviera de rabia y desesperación.
—¿Los chicos en la escuela?
Asentí.
—La mierda habitual que puedes encontrar en internet. Noticias,
¿sabes? —Entonces incliné la cabeza y elegí mirar al suelo, encontrándome
difícil mirarlo a los ojos.
Sus ojos recorrieron la sangre y los trapos cubiertos de barro, juntó
todo, e hizo una mueca, inhalando profundamente por la nariz como si 85
estuviera tratando de recomponerse. Sentí que él estaba tan enojado como
yo por el acoso que estaba sufriendo en la escuela, pero él no sabía el alcance
de este, solamente que no se estaba haciendo nada.
—Tu padre nunca aceptó la mierda de nadie. Cada vez que lo
intentaban, y lo hacían, créeme, él se los devolvía. Si hubo algo que tu padre
se negó a ser, fue una víctima. Siempre hasta que… —Su voz se apagó y
supe exactamente a qué se refería.
El banco...
—Si dejas que la gente te pisotee, Hayden, nunca pararán. Tienes que
defenderte, chico.
Lo miré fijamente, sorprendido de que no me estuviera diciendo que
fuera un buen chico y que me sentara y lo aceptara. Mamá era una pacifista.
Siempre lo ha sido. Ella odiaba las peleas de cualquier tipo, así que siempre
traté de cumplir con eso. Pero se estaba volviendo más desafiante,
especialmente porque las voces hablaban cada vez más.
Sin embargo, tenía miedo de ser lo que decían los demás, de ser igual
a él.
—Pero ¿y si yo… y si…?
—Hayden. Tu papá hizo algunas cosas malas, eso es cierto —el abuelo
J me miró, su rostro sombrío pero decidido, como si estuviera desesperado
por que yo entendiera lo que tenía que decir—. Pero él no era un monstruo.
Él era humano. Un humano muy destrozado que cayó en un agujero oscuro
y no pudo encontrar una salida. Uno de los errores más grandes que cometió
tu padre fue esconderse. No hablaba de cómo se sentía hasta que se rompía
y explotaba y lastimaba a todos los que lo rodeaban —dijo el abuelo—. Y tu
madre fue una víctima, una espectadora herida por ese patrón cruel. No te
escondas, muchacho. —Se enderezó y se volvió hacia mí. Sentí que estaba
llegando al punto que quería decir, así que escuché con atención—. No
querrás ser tú quien lastime a las personas que amas. Pero no dejes que
otros te hagan daño. Es tu vida. Tuya. Defiéndete a ti mismo. No hay nada
de qué avergonzarse por eso.
Sentí que mis pulmones se contraían mientras miraba sus ojos
oscuros, deseando poder ser valiente, poder enfrentarme a Theo y los demás
sin perderme.
—Tengo miedo de...
El abuelo asintió como si entendiera mucho de esas tres palabras.
—El truco es el equilibrio, Hayden. Balance. Las personas no son
únicamente blancas o negras. Los chicos de la escuela que te hicieron esto,
¿crees que lo que te hacen los hace mejores? ¡Joder, no! —Sacudió la cabeza
y la ira brilló en sus ojos—. Defiéndete de aquellos que te hacen daño.
Aprecia a quienes amas. ¿Entiendes? 86
Úsame como armadura… susurró la voz. Y desata tu odio sobre ellos.
Pensé en las placas que solía usar todos los días en la escuela, una
vez orgulloso de tener algo de mi verdadero padre conmigo. El día que Theo
arruinó mi vida, guardé las placas en mi cajón de calcetines y no las había
vuelto a mirar desde entonces. Incluso la chaqueta de cuero que había
heredado con su parche cosido en el hombro estaba guardada en el fondo
de mi armario.
Desatate sobre ellos... sé Hayden con tus seres queridos... me susurró
la voz.
—Sí, abuelo, lo entiendo.
Capítulo Siete

Por primera vez, me estaba tomando mi tiempo, masturbándome


tranquilamente. Mis ojos se cerraron al pensar en Maddy. Al principio
estaba desesperado, apretándome fuerte y rápido en el momento en que
apagué las luces y me metí en la cama. Solamente que cuanto más me
concentraba en el recuerdo de su rostro, comencé a disminuir la velocidad,
cambiando mi rutina habitual. Pensé en la expresión de su rostro cuando
nos miramos por primera vez en el pasillo. Asustada, como un ciervo
nervioso. El verde y el gris de su mirada se arremolinaban juntos,
enmarcados por largas pestañas, dándole una apariencia de cierva. Pero fue
su sonrisa, la que me había dado después de que regañé a la señorita Mills
por tocarla. Había sido pequeña, no una sonrisa realmente completa, pero
verla quedó atrapada en mi cabeza.
Respirando profundamente entre mis dientes mientras apretaba la
base de mi polla, pensé en cada parte de ella. La forma caótica en que su
87
cabello dorado oscuro le caía sobre el rostro y los hombros cuando inclinaba
la cabeza para estirarse en la clase de gimnasia. O cuando logré acortar la
distancia entre nosotros en el pasillo hoy, el color rosado de sus labios
carnosos capturó mi atención. Había estado tan cerca que podía distinguir
el pequeño rastro de pecas claras sobre su nariz. Cada parte de ella me tenía
completamente enganchado. Incluso con esa sudadera con capucha gigante,
los pantalones rotos y holgados, no me importaba… Madeline King era
hermosa.
Apreté tres dedos a lo largo de la parte inferior de mi polla, callosos
por mi guitarra. Me importaba una mierda que me dolieran muchísimo las
cuerdas mientras tocaba durante horas en la noche; necesitaba este respiro.
Mi pulgar presionó hacia atrás en el lado opuesto y se movió un poco más
rápido, el desorden y el enredo de mis emociones del día me estimularon.
Cómo me había sentido cuando Lucas White la empujó, la tocó… la
rabia. La ira cegadora y ardiente. Debería recibir un premio por cómo me
las arreglé para evitar destrozarlo allí mismo, en el pasillo. Pero ya no era
un arma suelta. Las voces me habían gritado que lo matara, que le hiciera
pagar por atreverse a tocarla de cualquier manera, pero logré contenerme,
recordándome a mí mismo que debía tener paciencia.
Luego, cuando miré fijamente sus ojos color avellana, viendo lo
molesta que estaba, lo desgarrada y ansiosa que había sido toda la terrible
experiencia para ella, no quise nada más que abrazarla y prometerle que
nunca dejaría que eso le sucediera a ella otra vez. Eso había sido más difícil
de controlar, tan difícil como lo había sido contenerse para no destruir a
Lucas. Apreté los puños en los bolsillos para ayudar a combatir el impulso,
la tentación de extender la mano y tomarla.
No la lastimes, Hayden. Necesita espacio… me había susurrado la voz.
Por mucho que me doliera contenerme, de alguna manera lo logré y en
cambio me concentré en hacer sufrir a Lucas por atreverse a tocarla.
Sin embargo, no quería pensar en eso ahora. Ya le había hecho pagar
por lo que había hecho y había sido glorioso. Nunca volvería a acercarse a
ella. Rápidamente, volví a centrar mis pensamientos en ella.
Imaginar la sensación de su cuerpo frágil y esbelto en mis brazos me
hizo sonreír maliciosamente en la oscuridad. La yema de mi pulgar rodó
sobre mi punta, extendiendo mi líquido preseminal para usarlo como
lubricante adicional, antes de apretar mi polla nuevamente y comenzar a
acariciar más fuerte, más rápido, mientras me imaginaba acostado entre
sus piernas sobre el suelo, mis manos moviéndose debajo de su suéter para
acariciar sus pequeños y suaves senos…
¿Cómo sonaría ella gimiendo debajo de mí? Apretando sus delgadas
piernas alrededor de mi cintura, sus manos aferrándose a mí mientras la
follaba. Quería verla sonreír y retorcerse debajo de mí mientras jugaba con 88
su clítoris, acariciándolo mientras empujaba lo más profundo que podía
para que ella pudiera envolverme por completo. Quería enterrarme en ella,
pero sobre todo quería que ella quisiera que lo hiciera. Quería que ella me
tomara, que gritara de éxtasis y me susurrara al oído mientras rogaba por
más. Quería sentirla temblar y escucharla gemir cuando la tomara,
solamente para envolverme y abrazarme en lugar de alejarme.
Comencé a apretar más fuerte, a acariciar más rápido, respirando con
dificultad mientras seguía adelante. Intenté pintar una imagen de cómo se
veía ella debajo de esas capas gruesas, traté de imaginar cómo se sentiría y
eso me acercó, pero no fue suficiente. Podía sentir el sudor en mi frente y
me sacudí el cabello oscuro del rostro mientras comencé a empujar mis
caderas hacia mi mano, desesperado por liberarme, pero no importaba lo
que imaginara, simplemente no podía llegar. Apreté los dientes, mis
músculos se tensaron mientras intentaba mantenerlo bajo para no
despertar a nadie, pero rápidamente me estaba frustrando mientras me
balanceaba en el precipicio, aparentemente incapaz de llegar hasta el final.
Solamente imaginarme a Maddy...
Y lo hice. Pensé en lo que sabía de ella. De su rostro, su voz, como se
movía, como podía leer sus emociones en su rostro. Me imaginé su lenguaje
corporal en como me respondía y pude sentir esa sensación de protección y
anhelo que me golpeaba de nuevo. Verla en el teatro, perdida en la belleza
del lugar, con sus hermosos ojos muy abiertos, las tenues luces del techo
de alguna manera logrando captar los mechones más claros de su cabello,
sus labios húmedos y rosados entreabiertos...
—¡Uggghhhh! —Gemí cuando me corrí con fuerza, la presión de la
explosión más intensa que nunca, temblando cuando mi semen caliente
hizo un desastre en mi mano y alrededor de mis piernas. Con el corazón
acelerado, me quedé inerte en mi cama y lentamente abrí los ojos para mirar
las estrellas a través del tragaluz de mi dormitorio en el ático. Eso había sido
jodidamente increíble y todo lo que tenía que hacer era verla. Lo que daría
por tenerla de verdad.
Mientras esa satisfactoria sensación de alivio me invadía, aunque
quería dormir, mi mente se desvió hacia pensamientos mucho más oscuros.



Los ojos oscuros de Lucas se abrieron con miedo cuando lo agarré
afuera del pasillo, arrastrándolo a un nicho escondido debajo de la escalera.
Pensé en la forma patética en que había suplicado mientras nos movía hacia
la salida lateral y hacia el callejón trasero detrás de la escuela, un lugar
escondido junto a los contenedores de basura ya preparados con lo que
necesitaba para demostrarle mi punto... Madeline King estaba fuera de sus 89
límites.
Levantándolo en el aire por la parte delantera de su camisa, Lo estrellé
contra la fría pared de ladrillos, mirando su rostro de pánico, antes de
inclinarme para susurrarle al oído:
—Entonces, Lucas, ¿te gusta tocar a las chicas?
—¿Q-qué? —Su voz se quebró como si estuviera atravesando la
pubertad—. No-no, nunca he…
—Lo que hiciste esta mañana, en el pasillo, cuando tocaste a Maddy…
—¡Vaya, vaya, no hice nada!
—La tocaste —continué, ignorando cómo acababa de interrumpirme—
. Y trataste de dejarla en ridículo delante de todos.
—Está mintiendo. No la toqué. ¡Solamente nos estrellamos!
Mi cabeza se inclinó hacia un lado mientras entrecerraba los ojos
hacia él.
—¿Entonces mentiste para quedar bien? ¿Para parecer un maldito
hombre delante de tus amigos?
—¡Eran solamente bromas, Hayden! ¡Mierda!
—Sí, solamente bromas… ¿Tienes alguna idea de cuánto daño puede
hacerle una “broma” a alguien?
Tuvo el descaro de poner los ojos en blanco.
—No es mi culpa que algunas personas tengan problemas mentales...
—¿Problemas mentales? —Podía sentir mis fosas nasales dilatarse
cuando sus palabras tocaron una fibra sensible en mí—. ¿Es eso lo que
crees que es? ¿Que pedazos de mierda como tú no son el puto problema?
Algunas personas se tambalean al borde de perderse por completo, como si
estuvieran a punto de caer por un precipicio, pero apenas logran
mantenerse unidos... y entonces llegas tú, pequeño idiota, y los empujas
con tu broma.
—Hayden-Hayden… —Su momento de valentía rápidamente cambió
de nuevo cuando mi ira aumentó con cada palabra que escupí, mis manos
que lo mantenían en su lugar temblaban tanto que hicieron que sus dientes
castañearan y el cabello cayera sobre sus ojos—. Lo siento, hombre. No fue
nada grande. Yo solamente…
—Querías aprovecharte de otra chica de Phoenix House, lo entiendo.
—Me burlé, sacudiendo la cabeza hacia él—. Sé lo que le hiciste a Andrea
en la fiesta de Theo. ¿Crees que no lo sé? Toda la maldita escuela sabe lo
que le hiciste, y adivina qué, eso no te hizo popular. Simplemente te hizo ver
como un maldito asqueroso que se aprovecha de las chicas ebrias porque
90
no puede tener sexo sobrio.
—¡Theo también estaba allí!
—Nadie dijo haberlo visto. Pero te vieron a ti. Te oyeron...
—¡Ni siquiera se acuerda!
—Oh, creeme que si. —Acerqué mi rostro al suyo y le hablé con los
dientes apretados mientras pensaba en como Andrea Walsh se escabullía
por los pasillos como un animal tímido y herido. Esa chica ya había pasado
por suficiente sin que esta mierda inútil se le añadiera. Pensé en mi madre
y en como era ella cuando yo era más joven, recuperándose de cualquier
infierno por el que le había hecho pasar mi padre biológico. La forma
silenciosa en que desaparecía, perdida en sus recuerdos mientras miraba
fijamente a la nada. Era una mirada que conocía bien y que veía en la
mayoría de las chicas de Phoenix House. Precisamente por eso traté de
protegerlas—. Sí lo recuerda.
Y fue tras Maddy… ¡cruzó la puta línea! Maddy tenía la misma mirada
angustiada que las demás. Maddy, que se movía nerviosamente para evitar
a la gente. Que odiaba que la tocaran y a quien él había tocado antes.
—Y hoy, decidiste intentarlo con Maddy —le dije.
—Estaba lleno de gente, lo sabes. Esa perra se interpuso en mi
camino...
En el momento en que dijo perra sentí un zumbido en mis oídos, un
chillido agudo que casi me dolió. Un fuego candente cobró vida en mis
entrañas y simplemente reaccioné.
Hazle pagar, Hayden...
Y lo hice.
Viscosamente, tiré de su cuerpo hacia abajo mientras levantaba mi
rodilla, empujándola tan fuerte como pude en su estómago. Se atragantó y
escupió por todo el pavimento, jadeando por aire, pero no pude detenerme.
Bajé el codo, con la intención de darle en la columna, pero cambié de opinión
y conecté con la parte posterior de su cabeza con un fuerte crujido. Lo hice
una y otra vez, mi rabia me cegó ante el dolor en mi brazo. Lo tiré hacia
arriba, empujándolo nuevamente contra la pared justo cuando mi puño
conectaba con su garganta, e inmediatamente se ahogó, jadeando.
Escupiendo aún más, solamente que ahora había un toque de rojo y las
lágrimas brotaban de sus ojos. La voz de Lucas se entrecortaba por el dolor,
incapaz de hablar, sus manos extendidas para protegerse, manos que la
habían tocado…
Lo solté mientras caía al suelo en un lamentable montón. Levanté la
pierna y levanté el talón, golpeando su esternón en rápida sucesión hasta
que escuché varios crujidos. Lucas todavía estaba escupiendo sangre y
baba, emitiendo un gemido de dolor desde lo más profundo de su estómago 91
mientras se hacía un ovillo. Pero aquí nadie lo oiría. Moviéndome lenta y
pausadamente, caminé alrededor de él, con el asco y la furia todavía muy
vivos y ardiendo en mis venas.
Más, Hayden… ¡más!
La tocó...
Sus manos sucias la tocaron.
Hazle pagar...
Buscando detrás del contenedor de basura, encontré la lata de WD406
que había preparado. Había salido temprano del gimnasio para jugar con
este pequeño juguete, sintiendo que era apropiado por sus crimenes. Había
un encendedor pegado debajo de la boquilla y tenía varios elásticos atados
debajo. Me puse una máscara de soldador y guantes que había robado de la
clase de taller, acomodé mi peso mientras me sentaba sobre su estómago,
agarré sus muñecas y las levanté sobre su cabeza y lejos de mí.
—Eres un sucio pedazo de mierda, Lucas —le dije.

6Producto Multi-Uso protege el metal contra el óxido y la corrosión, libera piezas


atascadas, desplaza la humedad y lubrica prácticamente todo. Incluso elimina grasa,
mugre y suciedad de la mayoría de las superficies.
—N-noooo… Haaaaaydennnn… —gimió, ahogándose por el daño en
su garganta.
—¿Vas a volver a tocar a otra chica sin su consentimiento?
—Nooooo... no lo haréeee...
—Y no dirás nada sobre quién te hizo esto, ¿verdad?
—Lo proooomeeeetooo! —Balbuceó, lágrimas cayendo a su cabello —
Nadieee...
Mantuve su patética y suplicante mirada por un momento, buscando,
antes de asentir.
—Bien. Te creo. Porque si dices algo, recuerda… —Me incliné y lo miré
fijamente desde detrás de la pantalla negra oscura de la máscara—. Soy hijo
de un psicópata. Mi familia pertenece a uno de los grupos de personas más
peligrosas y poderosas de la ciudad. ¿Vienes por mí? ¿Si dices algo? No
sufrirás otra paliza, sino que nunca te encontrarán. ¿Me entiendes? Nunca.
Te. Encontrarán.
Lucas asintió fervientemente y la esperanza volvió a su rostro.
—¿Me dejarás iiirrr? —gimió, con la garganta todavía llena de
angustia.
Hice una pausa, mirando sus manos, que todavía sostenía por encima 92
de su cabeza, el lanzallamas improvisado en la otra. Mi rostro enmascarado
se volvió hacia él y me incliné un poco más cerca una vez más.
—Eso depende… Cuando Andrea Walsh te pidió que pararas, ¿lo
hiciste? ¿Fuiste misericordioso? ¿Te apiadaste de ella?
—Yo-yo…
—No me mientas. La gente te escuchó. Sé honesto ahora…
—¡Hayyyy-dennnn, por favor!
—Lo hiciste. Y hoy. Tocaste a Maddy. ¿No es así?
De inmediato, todo su cuerpo se tensó debajo de mí y supe que tenía
mi respuesta. Sin decir una palabra más, ignorando sus ininteligibles
súplicas, encendí el encendedor con el pulgar antes de mover los elásticos a
su lugar para mantener viva la llama, luego presioné la boquilla del WD40.
Los gritos de Lucas se entrecortaban y desconectaban de su garganta
destrozada, mientras lanzaba la llama furiosa sobre sus dedos, quemando
el dolor que habían infligido a otros, a Maddy...
El rostro de Maddy cuando la empujó... su rostro cuando se dio cuenta
que había sido tocada... el dolor, el miedo, la forma en que intentaba
mantenerse unida pensando que estaba sola entre la multitud. Pero yo vi.
Vi…



Joder, necesitaba calmarme.
Saltando de la cama, me concentré en limpiarme, un poco perturbado
por lo nervioso que estaba otra vez, y caminé desesperadamente por mi
habitación, tratando de calmarme. Cuando no funcionó, caminé hacia mi
mochila, sentándome en el costado de la cama mientras abría la cremallera,
recordando algo que había escondido hoy. Busqué en la oscuridad, mis
dedos se deslizaron sobre libros y lápices hasta que rozaron el borde liso de
una fotografía que había revelado la noche anterior después de la escuela.
La tomé, volví a la cama, respiré hondo y levanté la foto para mirarla en la
penumbra.
Era de Maddy.
Una toma de ella en el teatro. Fue una de las primeras que tomé donde
la sorprendí inconscientemente, completamente sincera, en el momento.
Sus ojos estaban muy abiertos y hermosos, sus labios ligeramente
entreabiertos mientras ella se giraba para mirarme. Mi pulgar acarició las
esquinas mientras contemplaba la imagen, mi mente finalmente se calmó.
Saboreé la foto durante unos minutos más antes de volver a colocarla con 93
cuidado en mi bolsa. Mientras me recostaba en mi cama, recordé la
expresión de su rostro cuando la visité al final del día. Hubo confusión, pero
también indiferencia cuando la noticia del destino de Lucas se extendió por
la escuela como la pólvora. Observé como la multitud se separaba para
recibirla y la satisfacción engreída calmó mis nervios. Dejé a Lucas, descarté
mis suministros en otro contenedor de basura en la ciudad y regresé para
asegurarme de que la gente la dejara en paz. Recibieron el mensaje.
Madeline King estaba fuera de los límites.
Puedes tomarla, Hayden…
No, no puedo. Realmente no sé nada sobre ella. Entonces, ¿por qué
estaba tan… obsesionado?
Porque sabes que ella te pertenece.
Ella no le pertenece a nadie.
Pero tú la quieres, tómala...
No. Yo destruiría a otros, pero apreciaria a los que...
Me detuve antes de poder terminar ese pensamiento. Me recordé de
nuevo que no sabía nada sobre ella. Que obviamente me sentía físicamente
atraído por ella, pero eso era todo. Me di la vuelta en mi cama y traté de
quedarme dormido, pero su rostro me mantuvo despierto hasta bien entrada
la noche.
Al final me quedé dormido, pero fue escuchando la voz que me
susurraba: Acércate a ella. Acércate... hasta que ella te deje abrazarla.
Entonces puedes tomarla. Puedes tenerla. Solamente acércate…

94
Capítulo Ocho

De lo único que hablaban las chicas de Phoenix House anoche era de


lo que le había pasado a Lucas White, aunque me di cuenta de que ninguna
parecía demasiado disgustada por ello. Sawyer parecía haberse enterado de
todos los chismes de los otros chicos de la escuela y nos deleitó durante la
cena con todo lo que había escuchado. Lucas había sido asaltado, golpeado
y sus manos habían sufrido quemaduras intensas y estaba hospitalizado.
Se hablaba de que necesitaba injertos de piel, pero por ahora todo eran
especulaciones. Me di cuenta de que Andrea, sobre todo, parecía muy poco
afectada por la noticia. Se sentó a mi lado, callada, y comió su comida sin
importarle los detalles sangrientos que Sawyer nos dio sobre que habían
encontrado trozos derretidos de la piel de Lucas en el suelo.
—¡Dios mío, Sawyer! —A la señorita Ross se le atragantó la leche ante
aquel pequeño detalle y se volvió para tapar con las manos los oídos de una
de las niñas más pequeñas, Carol-Ann—. ¿Puedes evitar compartir eso en
95
la mesa de la cena? Especialmente con las más pequeñas alrededor. —
Señaló con la cabeza a las tres niñas más pequeñas, dos de las cuales
miraban con los ojos muy abiertos a Sawyer, con los tenedores suspendidos
a medio camino de la boca.
—Lo siento, señorita Ross —dijo Sawyer, pareciendo un poco
avergonzada, antes de volverse hacia Andrea y hacia mí y murmurar en voz
baja—: Pero era súper sangriento, sin embargo.
—¡Sawyer!
—¡Lo siento, señorita!
Incliné la cabeza sobre mi plato mientras comía mi propia comida,
pensando en ese pequeño asentimiento que Hayden me había hecho. La
sospecha de que había actuado en mi nombre era demasiado alucinante.
Por qué le importaba lo que había pasado entre Lucas y yo, o que sintiera
que tenía que tomar medidas tan violentas para vengarse de mí, era
demasiado para creerlo. Así que opté por pensar que si le hizo eso a Lucas,
se debió a algún otro conflicto entre ellos. Todo era circunstancial.
Cuando se apagaron las luces a la hora de dormir, la luz nocturna se
encendió mientras todos estábamos tumbados en nuestras camas a
oscuras; Sawyer nos susurró más detalles. Al parecer, Lucas tenía varias
costillas fracturadas, la tráquea muy inflamada, lo que le estaba causando
problemas respiratorios, e incluso se hablaba de que tenía las cuerdas
vocales dañadas.
Quería sentirme mal por él. De verdad. Era un estúpido chico de
diecisiete años. ¿Se merecía semejante paliza? Tal vez sí, tal vez no. Lo único
que sabía era que no derramaría ni una lágrima por él. Me puse de lado, con
Fuzzy entre los brazos, y me concentré en la rendija de la puerta mientras
intentaba relajarme y no prestar atención a los demás. Pero cuando
mencionaron el nombre de Hayden como sospechoso, agudicé el oído. Nadie
tenía pruebas de por qué lo había hecho, solamente que pensaban que lo
había hecho. No había nada que lo relacionara con Lucas y, por lo que
sabíamos, ni la escuela ni la policía habían reprendido o interrogado a nadie.
Y Lucas no decía nada. Eso, o no podía por tener las cuerdas vocales jodidas.
Sin embargo, pude detectar un atisbo de inquietud cuando Sawyer
mencionó el nombre de Hayden. Temerosa. Nunca dijo por qué, ni ampliaron
sus sospechas de que él fuera el culpable, pero pude escucharlo en su tono.
Hayden Mathers la inquietaba, a ella y a Andrea. ¿Por qué?
Llevaba solamente dos días en esta escuela y, aunque la mayoría de
los chicos me ignoraban, me había sentido incómoda cuando otros me
prestaban atención... Lucas, Ayla y el grupo de chicos con los que se
juntaba.
Pero Hayden... me sentía incómoda a su lado por una razón 96
completamente diferente. Imaginando su rostro mientras yacía en la cama,
me imaginaba su mirada fundida y plateada. Sus labios suaves y carnosos.
Su cabello oscuro desordenado sobre su rostro. Y lo único que conseguía
era sentir como si tuviera algo dando saltos en el estómago, haciendo que
se me acelerara el corazón, y me retorcía un poco para estar más relajada.
Hayden me ponía nerviosa, pero de una forma que nunca había
experimentado. Quería acercarme, pero también tenía miedo. Quería correr.
Pero... también quería que él me atrapara. Y ese era un concepto totalmente
ajeno a mí. Era estúpido, y no tenía ningún sentido.
Todo lo que sabía con certeza era que definitivamente me estaba
enamorando, pero también sentía curiosidad por Hayden Mathers... algo en
él me resultaba familiar. Me veía y reaccionaba de forma tan diferente a
como se comportaba con los demás. No se sentía falso. Se sentía... real.
Significara lo que significara.
Con un suspiro frustrado, me di la vuelta, arriesgándome a darle la
espalda a la puerta.
Aquí estás a salvo, Maddy. Estás a salvo, canturreé una y otra vez en
mi cabeza. Cerré los ojos y volví a imaginar esos ojos hipnóticos de largas
pestañas oscuras que me miraban fijamente, y empecé a relajarme un poco,
agradeciendo la distracción. Por una vez, la idea de que alguien me viera no
me ponía nerviosa. Me reconfortó. Solamente entonces pude permitirme
dormir de espaldas a la habitación.
—¡Hola, chica! —Ayla y sus amigas me rodearon esa mañana en mi
casillero, todas charlando, mencionando el nombre de Lucas una o dos
veces entre el balbuceo indiscernible—. Un final de día loco el de ayer, ¿eh?
Pobre Lucas. —Sus grandes ojos azules se abrieron de par en par mientras
se apoyaba en el casillero contiguo al mío y se sacudía un poco el cabello
rubio del hombro.
La miré y me fijé en cómo se inclinaba hacia mí, con los brazos
cruzados sobre el pecho. Incluso con la expresión inocente de su rostro,
detecté algo raro en su tono alegre. Insinuaba abrasividad, como si lo que
dijera fuera falso. No se sentía mal por lo que le había pasado a Lucas. Me
recordaba más a un sabueso en busca de un rastro que lo condujera a más
información, y esperaba que yo fuera una pista importante.
—Bastante loco, sí. Sawyer nos puso al corriente en la casa —dije con
desánimo, sin importarme lo más mínimo. Lucas no era más que otro rostro
de los muchos que había añadido a mi lista de delincuentes. No me
importaba nada. Pero al mismo tiempo, me parecía extraño que Ayla
acudiera a mí para hablar de él. Ella estaba allí cuando él me abordó en el 97
pasillo y no hizo nada. Debía saber lo incómoda que me sentía con él. Así
que por qué esperaba algún tipo de empatía por mi parte era extraño.
—Es raro, ¿verdad? Se abalanzó sobre ti esa mañana, y solamente
unas horas después... está hospitalizado —añadió.
Ten cuidado, Maddy, me dije. Aunque tenía mis razones para no
confiar en los hombres, las chicas, había aprendido, eran aún más astutas.
Recuerdo a las otras chicas con las que compartía habitación en la casa de
acogida a la que me habían llevado cuando era un poco mayor. Me metieron
en su grupito, haciéndome sentir como una más antes de meterme en
problemas. Disfrutaban viendo cómo me castigaba la madre de la casa, que
parecía obtener una satisfacción enfermiza haciéndome llorar.
Maddy la paranoica.
Maddy la escuálida.
Maddy la mentirosa.
Maddy la fea.
Sus palabras dolían de un modo distinto a lo que había soportado del
señor Foster y de los novios de mi madre. Los insultos, las acusaciones de
que era una mentirosa y paranoica cuando por fin había denunciado los
abusos de los hombres de mi vida, dejaron cicatrices invisibles para los
demás. Yo era la única que sabía que existían.
—Sí, muy raro —dije, cerrando de golpe mi casillero después de
recoger mis libros. Si estaba tratando de implicarme, no lo permitiría.
—La gente dice que Hayden lo hizo —dijo de repente, sus ojos
entrecerrándose ligeramente.
—¿Hayden Mathers? —Miré hacia el pasillo donde sabía que estaba
su casillero, pero no había ni rastro de él. Ignoré la decepción que sentía en
el pecho, preguntándome si no vendría hoy a clase. Volví a pensar en la
pequeña inclinación de cabeza que me había hecho antes de irse y reprimí
un pequeño escalofrío.
Ten paciencia, Maddy... me había dicho. ¿Lo había hecho de verdad?
¿Era capaz de tanta violencia? Que le importara lo que había pasado, que
sintiera que tenía que tomar medidas tan violentas para vengarse de mí, era
demasiado para creerlo, así que centré mi atención en Ayla. Ella había
estado observando mi reacción y las comisuras de sus labios se tensaron.
Quizás al ver algo en mi rostro no le gustó.
—No sabría decirte —dije— pasé directamente del gimnasio a
fotografía. No hablé con Hayden para nada. —Le dije sinceramente.
—¿No? ¿No lo viste en fotografía?
—Las dos lo vimos en gimnasia —dije, saliendo automáticamente en
su defensa. 98
—Se fue temprano —señaló ella.
—Estaba en el cuarto oscuro en la clase de la señorita Mills —mentí.
¿Por qué? ¿Por qué mentí? ¿Por qué lo estaba protegiendo? No tenía ni idea
de si estaba allí o no y, sin embargo, que ella insinuara que era culpable me
irritaba de un modo que no había previsto. No sé por qué todo el mundo
evitaba a Hayden Mathers, por qué parecía preferir estar solo y por qué lo
acusaban ahora, pero no me importaba. Evidentemente, ya había tomado
partido, y no era el suyo ni el de Lucas.
Sus cejas se habían levantado ante esta información, y detrás de ella,
todos sus amigas estaban hiperconcentradas en nosotras, observando el
intercambio absortos.
—¿Oh? ¿Comparten clase?
—Sí. —Noté su tono cortante cuando dijo eso. Esta noticia no era de
su agrado—. Somos compañeros para un proyecto especial.
—¿En serio? —Su mirada falsa e inocente que había estado
intentando mantener en su lugar desapareció, ahora reemplazada por una
especie de mueca fea. Esto no le gustaba. En absoluto. Podía sentir la
tensión creciendo entre nosotras, todo su humor cambiando a algo feo y
desagradable—. Bueno, ¿no es agradable? Con un poco de suerte, lo
superarás sin cicatrices —rió, con un sonido totalmente falso y hueco, y sus
seguidores se hicieron eco de sus sentimientos con risitas agudas. Ovejas.
Actuaban como si me estuviera perdiendo alguna broma—. Quiero decir,
sabiendo de dónde viene Hayden, ciertamente me preocuparía pasar tiempo
a solas con él.
Mentirosa, pensé. Ayer mismo había estado diciendo que quería que
se la follara. Me di cuenta de sus celos. Sin embargo, era desconcertante por
qué estaba tratando de hacerlo parecer como un psicópata. Una vez más,
¿por qué esta escuela era tan parcial contra Hayden?
—No me preocupa —fue todo lo que dije, dispuesta a que la
conversación terminara.
Se encogió de hombros, con una mueca en sus labios perfilados.
—Bueno, es tu funeral. —Sabía que su ominoso comentario pretendía
afectarme de algún modo, hacerme sentir incómoda y asustada—. Quizá
quieras tener un número a mano en caso de que necesites... que te salven.
—Se rió. No tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero sabía que quería
incomodarme. En realidad no estaba tratando de advertirme de nada.
Estaba obteniendo demasiado placer de sus intentos de asustarme, y eso
era todo lo que necesitaba para poner fin oficialmente a cualquier tipo de
“amistad” que había estado tratando de forzar entre nosotras. Pero no
funcionó. Todo lo que hizo fue molestarme.
—¿Sabes qué, Ayla? —Le dije, logrando sostener su mirada con la mía
a pesar de lo ansiosa que me ponía—. Aunque tu invitación fue agradable
99
en sí misma, he decidido que no iré contigo al Festival de Primavera.
Fuera lo que fuera lo que esperaba que dijera, definitivamente no
había sido esto. Levantó las cejas, abrió mucho los ojos y se enderezó un
poco, sorprendida.
—¿Qué? —dijo, incrédula.
—Lo que quiero decir es que no me interesa. Gracias, pero no.
Sin esperar a escuchar su respuesta, me di la vuelta y me alejé,
luchando contra todos mis viejos hábitos al negarme a mirar a mi alrededor
para comprobar lo que estaba haciendo. Sabiendo que mi espalda estaba
totalmente expuesta a alguien que no tenía mis mejores intereses en el
corazón tenía todos los pelos de mi cuerpo de punta. Normalmente, habría
retrocedido, manteniendo el peligro o la amenaza a la vista. Esta vez no. Me
dije que no volvería a ser una víctima y que tenía que trabajar para ser más
fuerte. Girarme para ver su reacción le devolvería parte de ese poder, y yo
no lo permitiría. Además, me consolé pensando que estaría loca si se me
echara encima delante de tantos otros alumnos, ¿no?
Lucas lo hizo.
Pero Lucas era un idiota, claramente. Ayla tenía que ser más astuta
que eso. Era una cabecilla, la reina de la escuela, un título por el que había
luchado y tomado, no ganado. Se notaba. No podía mostrar el lado feo de sí
misma tan abiertamente ante todos los demás. Eso solamente la haría
quedar mal, cosa que no quería. Sabía que tendría que tener cuidado con
ella a partir de ahora, pero solamente durante los próximos dos meses, y
luego sería libre.
Tranquilizándome con estos pensamientos, doblé la esquina del
pasillo, dirigiéndome a mi clase de ciencias, sintiendo una sensación de
orgullo en el pecho. No estaba acostumbrada. Me sentía bien
defendiéndome. Diferente, extraña, pero bien. Llevando esa sensación
conmigo por todo la escuela, fui a mis clases matinales con la cabeza alta
por una vez, la capucha echada hacia atrás, e intenté ignorar los susurros,
los nombres de Lucas, Hayden, Maddy, todos suspendidos en el aire como
un perfume pesado. Seguía sin entender por qué todos habían señalado
automáticamente a Hayden como culpable, pero sabían que yo era inocente.
No tenía nada de qué avergonzarme. Por eso, y siguiendo mi mantra de no
ser una víctima, intenté que no me molestara.
Pero no podía evitar preguntarme... ¿por qué? ¿Por qué Hayden?

Cuando llegó la hora de comer, estaba un poco cansada de tanto


100
chisme paranoico y miradas fijas. Durante toda la mañana, la gente había
actuado como si se anduviera con pies de plomo a mi alrededor, sin mirarme
en los pasillos, lo cual había sido un cambio agradable. Pero las miradas y
la atención me provocaban ansiedad. Demasiado para no querer llamar la
atención. Así que en lugar de comer en mi mesa solitaria de la cafetería,
tomé mi mochila y salí al patio.
Era primero de mayo y la primavera había decidido aparecer hoy.
Hacía calor, el sol brillaba y apenas había una nube en el cielo, pero,
al parecer, todos los chicos de la escuela tenían la misma idea que yo. El
patio estaba abarrotado, e inmediatamente sentí una opresión en el pecho.
Había grupos desperdigados por todas partes, holgazaneando en los bancos
que rodeaban la estatua de la mascota escolar, un oso pardo gigante, y en
las paredes de roca que rodeaban el espacio de piedra y conducían por un
tramo de escaleras a la acera y la calle de abajo. Me desvié hacia un lado,
tomando el corto sendero que conducía a la llanura cubierta de hierba que
rodeaba la escuela, paseando bajo los robles y arces gigantes que bordeaban
la orilla para ocultarnos de la calle de abajo. Otros chicos aprovechaban la
sombra de los árboles y del edificio para esconderse, mientras disfrutaban
de sus almuerzos y amigos.
No pude evitar envidiarlos un poco. Parecían tan despreocupados. No
recordaba la última vez que me había sentido así, o si alguna vez me había
sentido así. Al mismo tiempo, me preguntaba cuántos de ellos se escondían
detrás de esas sonrisas... tristes, sufriendo, pero aún no rotos del todo.
Un suave rasgueo me sacó de mi sombría ensoñación, el sonido estaba
fuera de lugar aquí. Escudriñé la zona, preguntándome si alguien estaría
poniendo música en un altavoz o algo así, cuando una figura oscura sentada
a solas bajo un enorme roble, con una guitarra en las manos, captó mi
atención. Estaban casi perdidos en las sombras, su cabello oscuro y su ropa
les ayudaban a pasar desapercibidos. Entrecerré un poco los ojos,
levantando una mano contra el resplandor del sol, y me encontré con una
mirada plateada.
Hayden...
Todo el mundo estaba situado lejos de él, y él descansaba bajo un
gran roble con una guitarra en las manos, con el mismo aspecto de rey
perezoso que en la cafetería. Era como si no le importara nada, la viva
imagen de la inocencia. Me hizo pensar que tal vez no había atacado a Lucas,
después de todo. Sin embargo, los demás seguían lanzándole miradas de
reproche. Sin embargo, noté que no todos estaban asustados. Grupos de
chicas le lanzaban miradas acusadoras, pero él no parecía darse cuenta.
Su mirada plateada seguía clavada en mí, ignorando a los demás,
mientras levantaba una mano en mi dirección. Su púa de guitarra seguía
entre el pulgar y el índice mientras los tres restantes me hacían señas con 101
un pequeño rizo.
Me encontré apretando mi bolsa contra el pecho, con el corazón
agitándose de una forma que nunca antes había sentido, y aspiré un fuerte
suspiro entre los dientes mientras me unía a los demás para mirarlo
fijamente. Me perdí al recordar el día de ayer y cómo me había hablado
después del manoseo público de Lucas, la forma en que me había mirado al
final del día, su pequeña inclinación de cabeza, como si algo se hubiera
logrado. ¿Por qué me prestaba tanta atención mientras aparentemente
evitaba a todos los demás?
Yo no era nada especial.
Por un momento, supuse que debía de estar confundiéndome con otra
persona, o que tal vez había otra persona a mis espaldas. Al pensarlo, me
giré rápidamente y se me erizaron los pelos de la nuca, pero no había nadie.
Tímidamente, volví a mirarlo de reojo, preguntándome si mi reacción
exagerada no lo habría desanimado. Pero lo único que hizo Hayden fue
sonreírme torcidamente, levantando una comisura de los labios como si le
pareciera entrañable, y volvió a hacerme señas.
Me encontré con que mis pies me llevaban a través de la hierba, fuera
del sol y a la sombra de las amplias ramas del roble, las ramas brotando con
nuevas hojas, listas para estirarse y absorber la luz. No me detuve hasta
que estuve a metro y medio, sin poder resistirme a estudiar cada parte de
él. La forma en que su despeinado cabello oscuro le caía parcialmente sobre
los ojos, la intensa belleza de su mirada plateada, la forma en que sus
antebrazos se flexionaban cuando movía un poco la guitarra, manteniéndola
entre nosotros, calmando aún más mi ansiedad. Podía tratarlo como un
escudo.
Pero no tenía miedo. No de Hayden. No realmente. Sin pensarlo, me
acerqué un paso más y esperé a que dijera algo, preguntándome por qué me
había hecho venir mientras él descansaba con su instrumento, como si no
le importara nada. Con la otra mano, se levantó lentamente y se alborotó el
cabello, apartándoselo del rostro; su expresión se suavizó cuando acorté la
distancia con aquel paso extra.
—¿Qué pasa? —pregunté finalmente cuando continuó mirándome con
una extraña expresión de cautela, aunque amable. ¿Qué le pasaba por la
cabeza?
—Pensé que querrías sentarte conmigo —extendió la mano alrededor
de su guitarra y acarició la hierba, antes de recostarse contra el tronco del
árbol como si no le importara lo que yo decidiera hacer. Sin embargo, pude
ver cómo apretaba y aflojaba la mandíbula repetidamente, como si algo le
molestara. Me pregunté qué era.
No me estaba diciendo qué hacer. No como cuando Ayla me había
invitado al Festival de Primavera. Hayden se ofrecía, dejándome la elección 102
a mí para que decidiera si era lo que realmente quería. Mis manos, que
seguían aferradas a mi bolsa, se tensaron un poco, aferrando el material
mientras vacilaba, insegura, dudosa, temerosa de que me estuvieran
tendiendo una trampa, de que hubiera algún plan alternativo detrás de
aquel acto de bondad.
Hayden no es como los demás.
No sabes nada de él, Maddy.
Pero ha sido amable...
Es una trampa. ¿Por qué demonios estaría interesado en ti?
Siempre dices que confíes en tus instintos. Confía en ellos ahora.
Lentamente, me arrodillé, la hierba bajo mis rodillas medio muerta,
medio lista para cobrar vida con el verde que empezaba a crecer. Sujeté la
mochila, pero me acomodé lo mejor que pude y lo observé con curiosidad,
preguntándome de qué iba todo aquello. En lugar de decir nada, Hayden se
limitó a acercar su guitarra y a juguetear un momento con las cuerdas antes
de empezar a tocar de nuevo. La música era reconfortante, el suave rasgueo
hermoso. Con el cálido día de primavera, la tranquila serenidad y la paz todo
el ruido de fondo. El tráfico, las risas y el parloteo constante de los otros
estudiantes se desvanecieron hasta que lo único de lo que era consciente
era de Hayden y de mí.
—¿Tocas? —me preguntó al cabo de un minuto, su expresión seguía
siendo suave, escrutadora, mientras me hablaba con la misma calma
amable de siempre.
Negué, burlándome un poco mientras exhalaba un suspiro y bajaba
la mirada para observar las verdes briznas de hierba que intentaban
desesperadamente crecer, liberarse de los macizos de alfombra muerta y
amarilla que las sofocaban. Con cuidado, empecé a apartar los trozos viejos
y marchitos, dando a los nuevos más espacio para respirar.
—Nunca tuvimos mucho dinero —dije, pensando en cómo, a pesar de
los intentos de mamá por regalarme algo, siempre acababa vendido y el
dinero iba a parar a su adicción. Me mordí el interior del labio, odiándola y
compadeciéndola a la vez.
—Yo podría enseñarte —se ofreció.
Solamente esta siendo educado.
—Está bien. No tengo nada con lo que practicar. —Miré con nostalgia
la hermosa pieza de madera oscura que tenía entre las manos, pensando en
lo bonito que habría sido poder tener un tesoro así.
Hayden me observó detenidamente y tuve la sensación de que me
estaba desnudando, mirando en las profundidades de mi mente, con una
expresión de querer comprender. Se movió un poco, levantando una rodilla 103
para equilibrar el mástil de la guitarra, y me tendió una mano, con la palma
hacia arriba.
—Toma —me dijo en voz baja.
Aunque dudé un segundo, la curiosidad y el ambiente agradable que
había creado me convencieron. Acerqué lentamente mi mano a la suya,
notando lo mucho que temblaba. Si yo podía verlo, él también, pero no hizo
ningún comentario. Sus labios se apretaron ligeramente ante mi contacto.
Cautelosamente, dejé que mi palma se posara ligeramente sobre la suya, y
mis dedos saltaron un poco al contacto antes de obligarme a relajarme.
Confía en tus instintos, Maddy. Hayden no es como los demás, me
recordé a mí misma.
Aunque el corazón me latía con fuerza, me obligué a calmarme y
finalmente dejé que su mano soportara todo el peso de la mía. La suya era
cálida, con los callos ásperos de las cuerdas, pero me pareció extrañamente
tranquilizadora, y mi mente acelerada empezó a calmarse cuando me dio un
minuto para acostumbrarme a su tacto.
Sin apartar los ojos de los míos, sus dedos empezaron a cerrarse uno
a uno hasta que me tomó la mano con cuidadosa ternura. Una vez más,
Hayden era una de las pocas personas que respondían a lo que yo
necesitaba con tanta precisión y comprensión, que sentí que mi confianza
en él no hacía más que crecer. Me dio un pequeño tirón, indicándome que
me acercara, así que me puse de rodillas hasta que casi rozaban las suyas,
observando cómo guiaba mi mano hasta las cuerdas, girándola para deslizar
la parte inferior de mis dedos por puntos concretos del diapasón.
—Presiona aquí —me dijo, y su voz profunda me produjo un extraño
estremecimiento—. Y aquí... luego mueve el índice aquí... —Apoyando el
mástil de la guitarra, me pasó la púa negra y brillante con la otra mano—.
Ahora rasguea.
Torpemente dejé que la púa se deslizara por las cuerdas, el sonido no
era perfecto como cuando Hayden había tocado, pero sin duda sonaba mejor
que cualquier intento que hubiera hecho en el pasado. De niña, si veía una
versión de juguete en la tienda las pocas veces que mamá me llevaba a
comprar un regalo, me limitaba a golpear las cuerdas sin entender cómo
funcionaba el instrumento. Siempre sonaba fatal y, por eso, mamá nunca
me regaló uno. Eso y que siempre eran demasiado caros. Pero al escuchar
este sonido, al escuchar cómo debería ser, se me movieron un poco las
comisuras de los labios y volví a rasguear.
—Ese acorde se llama Do —dijo Hayden.
Mi mirada se desvió hacia la suya, que me observaba con la misma
sonrisa bonita y torcida. Mis mejillas se sonrojaron, pero cuando fui a
apartarme, su mano se aferró con cuidado a la mía. No de un modo
dominante y agresivo, sino más bien como una guía alentadora. Me movió 104
los dedos, cambiando los acordes. Con una pequeña inclinación de cabeza,
le hice caso para volver a intentarlo.
—Este un Sol —y con un último cambio y rasgueo— y este Re. Son los
tres acordes más fáciles de aprender para acústica. Vuelve a intentarlo.
Con su aliento, moví torpemente los dedos, intentando recordar la
colocación original. Cuando cometía un error, me corregía con suavidad,
guiándome hasta el lugar correcto sobre el diapasón, y luego me convencía
para que siguiera adelante. Antes de que me diera cuenta, pasé de una a
otra, aunque no sonaba tan firme ni como ninguna canción que conociera,
pero me sorprendí a mí misma sonriendo. Levanté la vista hacia él,
amándolo a pesar de lo débil que sonaba, solamente para encontrar su
expresión ardiente, sus ojos moviéndose alrededor de mi rostro tan
intensamente, como si estuviera estudiando cada parte de mis rasgos con
la más pequeña de las sonrisas en sus labios, y disfrutara de lo que veía.
Al verlo tan cerca, con la intensidad de su mirada, al darme cuenta de
que le estaba permitiendo incluso que me tocara, con las rodillas apretadas
contra su muslo, sentí que se me cortaba la respiración por un instante,
antes de relajarme.
Estás a salvo, Maddy. No te hará daño.
¿Cómo lo sabía? No sabría decirlo. Simplemente... lo sabía.
Y al ver el rostro de Hayden, sus ojos, todo tan cerca, me pareció aún
más hermoso. El cabello desordenado y oscuro que le caía sobre el rostro,
medio protegiendo sus ojos del mundo, esos ojos tan hipnóticos y brillantes,
de un color tan inusual, enmarcados con pestañas largas y oscuras... Me
sentía como si me estuvieran hipnotizando. Los orbes plateados
prácticamente brillaban, caldeados por la calidez y algo más que no podía
explicar, ya que nunca antes alguien me había mirado así. Me tomó
completamente desprevenida y me quedé sin palabras. En lugar de decir
algo ingenioso o inteligente como tantas otras chicas seguras de sí mismas,
me limité a devolverle la mirada, con las mejillas sonrosadas y la mano
temblando ligeramente mientras apretaba con fuerza las cuerdas.
Hayden subió lentamente la mano por el mástil de la guitarra hasta
que sus dedos rozaron los míos, con las callosas y ligeras yemas de los
dedos, como si los estuviera acariciando, tratando de asegurarme que
tendría cuidado.
—Estás a salvo, Maddy —murmuró, con un tacto aún ligero como el
de una pluma. Algo en sus ojos me hizo sentir que había una pregunta
candente que quería hacerme, pero que se estaba conteniendo. De hecho,
parecía que eso era todo lo que estaba haciendo.
Contenerse.
Mi respiración se agitó, pero asentí, creyéndole. Hayden podía 105
hacerme sentir protegida y asustada al mismo tiempo. En el fondo, sabía
que estaba a salvo con él, pero las viejas costumbres son difíciles de
cambiar.
Cuando mis dedos empezaron a temblar ligeramente, me soltó y se
relajó contra el tronco del árbol, bajando lentamente la guitarra. Al instante
puse las manos en mi regazo, sintiendo una extraña mezcla de alivio por
haber roto nuestro contacto y decepción.
—¿Ya has comido? —preguntó cambiando de tema.
Negué mientras metía la mano en la mochila negra que tenía a su lado
y sacaba una bolsa de papel marrón con lo que parecía un colorido robot
garabateado en la parte delantera con rotulador rojo y azul. Era evidente
que lo había hecho un niño, dado el garabato desordenado y desordenado...
eso, o simplemente Hayden no estaba dotado del talento de una mano de
artista, pero lo dudaba. Cuando se dio cuenta de que lo miraba, se enderezó
y apretó los labios, con las mejillas ligeramente enrojecidas: un momento de
vulnerabilidad.
—A mi hermano pequeño le gusta hacer dibujos los días que traigo el
almuerzo a la escuela —me explicó—. Tiene cinco años.
—Me parece muy tierno —dije, girando ligeramente la cabeza para ver
mejor al robot—. Soy hija única. En cierto modo, supongo que es una
bendición.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que solamente tenía que preocuparme por mí. —
Suspiré un poco triste al pensarlo. ¿Y si hubiera tenido un hermanito o
hermanita conmigo todos estos años? ¿Y si compartíamos la cama cuando
los novios de mamá o el señor Foster se colaban en la habitación? ¿Y si
intentaba tocarlos como me tocaban a mí? Al pensarlo, se me comprimió el
pecho y sentí que la rabia hervía en mi corazón. ¿Que me torturara? Lo
afronté lo mejor que pude. Pero si hubiera intentado algo con un hermano,
me vería a mí misma contraatacando; uñas al rostro, bofetadas, mordiscos,
incapaz de soportar la idea de que una versión más pequeña de mí misma
fuera puesta en una situación en la que se sintieran impotentes, confusos y
asustados. No lo habría permitido.
Parpadeé con fuerza y me aparté de Hayden, sacando mi propio
almuerzo de la mochila, uno rosa y morado de Phoenix House y la botella
de agua de flores que lo acompañaba. Mirando hacia arriba, vi cómo la
comisura de su boca se curvaba ante el estilo infantil de mi propio almuerzo
y no pude evitar devolvérsela. En medio de un mar de adolescentes que eran
demasiado geniales para cualquier cosa remotamente fuera de estilo o
diferente, y aquí estábamos con nuestras coloridas bolsas de almuerzo como
si estuviéramos de vuelta en segundo grado. Lo único que completaría la
imagen sería que yo llevara un vestido con el cabello recogido en coletas y él
llevara una capa de superhéroe todo el día y toda la noche. 106
Cuando Hayden se sentó y empezó a quitarse la chaqueta de cuero
negro, solamente pude pensar en que era cualquier cosa menos infantil. Sus
brazos se flexionaron cuando los sacó de las mangas largas, y la camisa se
le pegó al pecho de una forma que me dijo que no había nada más que puro
músculo debajo de la tela. Colocó con cuidado la chaqueta a un lado,
apoyándola sobre su bolso como si fuera algo sagrado, y exhaló un suspiro
de alivio.
—Así está mejor —exhaló, echándose el cabello hacia atrás de nuevo.
Hayden me miró con esa hermosa e inquisitiva mirada plateada y
preguntó—: ¿No tienes calor, Maddy?
Sí.
—No, estoy bien. —Mentí, inclinándome sobre mi bolsa del almuerzo
para bajar el cierre.
—¿Estás segura?
No.
—¡Sí!
—Tus mejillas están un poco sonrojadas...
—Eso no es por el calor... —En cuanto lo dije, me mordí la lengua y
deseé poder teletransportarme fuera de allí. Sin duda me había visto
mirándolo cuando se quitó la chaqueta, y ahora había metido la pata hasta
el fondo. Tenía calor, pero Hayden era tan increíblemente guapo que,
combinado con el calor del día, me estaba asando en mi sudadera con
capucha.
Hayden no hizo ningún comentario sobre mi vergonzosa metedura de
pata. En su lugar, se limitó a insistir:
—Te vas a cocinar. —Al instante me acordé de la señorita Ross de esta
mañana, cuando me había llamado la atención por vestirme tan abrigada.
Había intentado convencerme de que me cambiara, pero yo me negué,
insistiendo en que sabía lo que hacía. Se limitó a suspirar y a poner los ojos
en blanco, murmuró: “Adolescentes”, y lo dejó estar. Supe al instante que lo
más probable era que hubiera aprendido ese dicho de su propia madre.
—No lo haré.
Suspiró un poco, probablemente pensando que yo no estaba siendo
razonable.
—Bueno, no soy tu guardián, pero creo que estarías más cómoda sin
esa cosa puesta.
Me mordí el labio, haciéndolo rodar entre los dientes mientras discutía
conmigo misma.
Pero entonces la gente me verá... 107
Ya te ven.
Pero verán... más de mí.
No eres nada especial. No les importará.
Hayden verá...
Hayden no es como los otros.
Mi mente iba y venía tan rápido que era agotador. Ni siquiera me di
cuenta de que estaba destrozando el sándwich en el envoltorio de plástico
que me había preparado hasta que un toque cuidadoso me sacó de mis
pensamientos. Parpadeé y noté que los dedos de Hayden se posaban en el
dorso de mis manos, sacándome de mis pensamientos contradictorios.
—¿Maddy? —murmuró suavemente.
Sentí el brillo en mis ojos cuando tentativamente lo miré, nerviosa por
lo que pensaría de mí siendo tan... rara y extraña... por el simple hecho de
quitarme el suéter. Pero la expresión de Hayden era cualquier cosa menos
crítica. Era cauteloso, sus ojos cálidos y llenos de comprensión.
—Maddy —dijo de nuevo— estás bien. Has estado sentada aquí
conmigo de espaldas a toda esta gente durante los últimos diez minutos y
no ha pasado nada malo. No lo permitiría, ¿me entiendes?
Inspiré agitadamente entre los dientes, nunca antes había sentido
tanto aprecio y aceptación por parte de un extraño. Al darme cuenta de que
había bajado la guardia por completo sin darme cuenta, sentí una punzada
en la nuca al pensar que estaba expuesta al mundo, que no había estado
prestando atención a los que me rodeaban. Luché contra el impulso de
mirar. Hayden tenía razón. Había estado a salvo durante diez minutos sin
saberlo. No dejaría que alguien se me acercara sigilosamente.
Cerré los ojos y aspiré una profunda bocanada de aire, la retuve y me
agarré el dobladillo del sueter, tirando de él hacia arriba y quitándomelo. En
cuanto me lo quité, sentí como si me hubiera quitado un grillete de la
garganta, uno que ni siquiera sabía que estaba ahí. Me quedé sentada,
inmóvil, respirando, esperando a que pasara algo. La brisa era ligera, los
rayos de sol que se colaban por las ramas eran cálidos y el parloteo a nuestro
alrededor continuaba. Lentamente, abrí los ojos y miré a mi alrededor con
nerviosismo. Nada había cambiado respecto a antes; a nadie le importaba.
Al sentir que me quitaba ese peso de encima, sentí que una sonrisa se
dibujaba en mis labios, y cautelosamente miré a Hayden, preguntándome si
mi extraño comportamiento por fin le estaba pasando factura, si ya se había
cansado de lidiar con la extraña chica nueva.
Pero todo lo que vi fue la impresionante y rara sonrisa de Hayden...
una sonrisa torcida que me habría hecho caer de pie si hubiera estado de
pie. No creo que él se diera cuenta de lo hermoso que era, y me encontré 108
perdida en su mirada cristalina.
Antes de darme cuenta, sus dedos se deslizaron cuidadosamente bajo
los míos y se entrelazaron con ellos, tomándome la mano de una forma tan
reconfortante y tierna que le devolví el apretón.
—¿Ves? —dijo triunfante, como si estuviera orgulloso—. Eres más
fuerte de lo que crees, Maddy.
A pesar de que sus palabras me hacían escocer el fondo de los ojos
con lágrimas no derramadas, asentí, con la voz temporalmente perdida por
su confianza en mí.
—Ahora, veamos qué podemos salvar de tu sándwich destrozado —rió
entre dientes, señalando con la cabeza el desastre que había hecho en mi
breve momento de ansiedad.
A pesar de su deseo de comprarme otro almuerzo de la cafetería, mi
comida aún era comestible y rechacé su oferta. Cuando no me la terminé,
entrecerró los ojos como si yo estuviera siendo testaruda o algo así, pero la
verdad era que no estaba acostumbrada a comer tantas comidas completas
en un día. Con mamá, normalmente me saltaba el desayuno, aprovechando
el programa de almuerzos de la escuela en la que estuviera. Por la noche, la
cena era aleatoria. Unas noches había de todo y otras... nada. Con los años
había aprendido a acaparar comida, guardando lo que tenía en un lugar
secreto para picar cuando me dolía el estómago en la cama por la noche.
Guardé el resto de mi sándwich, con la intención de reservarlo para más
tarde, cuando estuviera en la cama, mientras él seguía pareciendo tan
molesto por mi pequeña comida.
Su almuerzo consistió en un sándwich de pavo en un panecillo de
chapata, uvas moradas frescas, galletas caseras (nunca había oído hablar
de ellas) y una naranja. Ante su insistencia, me hizo comer algunas de las
uvas y compartió conmigo la mitad de su naranja. Intenté rechazar una de
las galletas de su madre, pero no quiso. Sentí que estaba a dos segundos de
metérmela por la garganta, pero se contuvo porque sabía que si me agarraba
me asustaría. Así que cuando me lo puso en la rodilla después de que negara
por enésima vez, suspiré y cedí. Sin embargo, en cuanto le di un mordisco,
me alegré de haberlo hecho. Su madre sí que sabía cocinar. Creo que mi
madre nunca lo hizo. De hecho, sé que no. Nunca había comido algo hecho
en casa, no como esto.
—Tienes mucha suerte de que a tu madre le guste hacerte estas cosas
—dije mientras comía.
—Sí, siempre le ha gustado la repostería —dijo él, tomando un
pequeño bocado. Por alguna razón, detecté una pizca de tristeza en él,
solamente una pizca. Cuando miré hacia él, me di cuenta de que su sonrisa
vacilaba y de que su humor cambiaba ligeramente cuando elogié a su madre.
Me pregunté qué había pasado para que la mención de su madre lo 109
hiciera reaccionar con tanta melancolía. Pero yo, más que nadie, sabía que
las cosas no siempre eran lo que parecían por fuera. La gente tenía secretos,
algunos mucho más oscuros que otros, y muy pocos de nosotros éramos
testigos de ellos. Algo había ocurrido entre él y su madre, y aunque estaba
claro que la quería, parecía que aún había cierta historia entre ellos. Al
menos, eso era lo que yo sentía, dada su reacción.
—¿No te gustan los Rocky Road7? —pregunté, insistiendo con
cuidado.
—Me encantan. También son los favoritos de mi abuelo —dijo, dando
otro mordisco.
—Me parece muy dulce que aún hornee para ti —dije—. Mi madre
nunca hizo cosas así por mí.
Me preguntaba si este pequeño dato le ayudaría a ver lo amable que
era, como si la tristeza que sentía al mencionar a su madre me doliera más
que mi pegajosa relación con mi propia madre. Podía verlo en su expresión,
cómo bajaba el tono, como si algo no fuera del todo bien. Pensé que tal vez
si podía señalar este gesto amable porque tal vez era algo que él había
pasado por alto y no había considerado antes.

7 Barra de chocolate con malvaviscos y otros ingredientes sin hornear.


—Mis galletas favoritas eran las de avena con pepitas de chocolate,
pero la única vez que comía una era si era de una caja de la tienda, y eso si
teníamos una caja de la tienda —me reí sin humor de aquello. Las golosinas
como las galletas eran una rareza en mi casa—. Tu madre te hace tus
favoritas desde cero y te las empaqueta. Eso es muy especial, en mi opinión.
Hayden miró el trocito de galleta que le quedaba en las manos, como
si no se le hubiera ocurrido. Por un momento, no dijo nada, antes de
comerse rápidamente el resto y limpiarse las manos en sus pantalones
desteñidos, optando por no decir nada. Estaba bien. No tenía por qué
hablarme de ello. Pero seguía sentado aquí, con la opción abierta si quería.
En lugar de eso, se dio la vuelta para tomar su guitarra y empezó a
pulsar las cuerdas con los dedos. Una melodía suave y fácil llenó el
ambiente, dándome una razón para respirar cómodamente y relajarme.
—¿Tienes alguna petición?
Entendí que quería que dejáramos el tema y lo respeté. Así que pensé
en una vieja canción que mi madre solía tararearme mientras me dormía,
All the Stars, y escuché con asombro cómo me enganchaba con su talento,
sintiéndome como si, una vez más, estuviera en la cama en el abrazo de mi
madre. Me sentía como... en casa. Me quedé sentada mirándolo tocar, sin
darme cuenta de que sonreía hasta que tocó el acorde final y levantó su
hermosa mirada para fijarla en la mía. 110
Durante unos segundos, pensé en lo incómoda que solía sentirme al
mantener un contacto visual directo. El bello rostro de Hayden, sus ojos
cautivadores y el ambiente en general me hicieron olvidar por completo
dónde estaba, o incluso quién era. Olvidé cómo evitaba esto mismo porque,
por una vez, mi corazón no se aceleraba de miedo. ¿Por qué me afectaba
tanto este desconocido? Este adolescente oscuro, melancólico y fuera de
lugar que, obviamente, tenía algo de oscuridad en su interior que
normalmente me haría correr en dirección contraria. La forma en que se
aislaba de los demás, la forma en que caminaba por la escuela sin
preocuparse, la multitud que se separaba por él, su miedo por él, algo que
debería ser una bandera roja importante para alguien como yo.
Y sin embargo... no parecía importar.
No me di cuenta de que estaba temblando, no de miedo, sino de algo
totalmente distinto, hasta que Hayden rompió el contacto visual y me hizo
sentir como si me hubiera liberado de algún tipo de hechizo. Su cabello cayó
sobre sus ojos, protegiéndolos de mí y yo exhalé un largo y tembloroso
aliento y agaché la cabeza. Las mejillas se me pusieron rosadas de vergüenza
por haber mirado tan descaradamente. Pero él también lo había hecho.
—La campana va a sonar pronto, Maddy —gruñó, abriendo el estuche
de tela y colocando con cuidado su querido instrumento en el interior. Se
movió con rigidez al darse la vuelta, como si se sintiera incómodo. ¿Le había
hecho yo eso? ¿Mi mirada le había hecho sentirse tan incómodo? Sentí que
mis mejillas rosadas se ponían violentamente rojas al pensarlo e
interiormente me maldije por haber perdido el control en ese momento.
—Sí, sí, lo siento —murmuré, recogiendo los restos de mi comida. Por
una vez, no había terminado de comer. De hecho, por primera vez en mucho
tiempo, no tenía hambre.
—No lo sientas. —Su tono se suavizó, la forma rígida en que había
hablado antes ahora se relajó, como si tratara de sonar tranquilizador—. Es
solamente que no quiero que llegues tarde.
Eso fue... dulce.
—Bien, gimnasio. —Tendría que bajar corriendo al sótano donde
estaban los vestuarios para cambiarme, ponerme mi ropa de gimnasia
incómodamente ajustada y soportar una hora de socialización física.
Educación Física era un infierno para mí, pero una de las únicas opciones
que me quedaban por llegar tan tarde al curso—. Supongo que te veré en
fotografía.
Miré hacia él, preguntándome si seguía ocultándome sus oscuras
emociones, pero en lugar de eso, descubrí que su brillante mirada se había
abierto de nuevo. Tenía los labios apretados y el cuerpo rígido sobre la funda
de la guitarra, como si se mantuviera en su sitio a propósito, pero volvía a
mirarme.
111
—Te veré más pronto que eso. —Entonces me guiñó un ojo. Hayden
me guiñó el ojo. Era extraño verlo un poco coqueto. ¿O tal vez lo estaba
interpretando mal? Tal vez solamente estaba siendo... ¿amable? ¿Esto era
ser amable? Confundida y atolondrada, asentí y me puse en pie de un salto,
huyendo de él lo más rápido que pude. Detrás de mí, lo escuche reír
suavemente, como si mi reacción le divirtiera. Con el rostro ardiendo, me
apresuré, ignorando a todos los demás en el patio mientras todos
susurraban y se apartaban felizmente de mi camino como si estuvieran
aterrorizados.
¿Por qué todos le tenían tanto miedo a Hayden? Quiero decir, además
de los rumores sobre que él fue quien aparentemente atacó a Lucas, habían
reaccionado así con él anteriormente. Y ahora me trataban a mí de la misma
manera.
Cuando llegué a las puertas que daban al interior, me detuve y lo miré
por encima del hombro. Seguía bajo el árbol, de pie y observándome, como
un oscuro guardián. Saber que lo era debería haberme asustado, pero, en
lugar de eso, lo único que sentí fue calor en mi interior al contemplar el
hermoso rostro de Hayden, sus ojos cautivadores, toda su vibración, que me
hizo olvidar por completo dónde estaba, o incluso quién era.
Al escuchar a alguien aclararse la garganta, parpadeé, dándome
cuenta de que había un grupo de chicos esperando para entrar también, y
yo estaba bloqueando el paso como una idiota mientras miraba a Hayden
Mathers como una colegiala enamorada.
—¡Perdón, perdón! —tartamudeé, y rápidamente abrí la puerta
mientras me apartaba de él, encogiéndome de hombros por haber actuado
como una idiota. No estaba acostumbrada a esta sensación. Sentía que no
tenía el control y eso me inquietaba. Tenía que poner orden.

—Así que, ¿tienes algo con Hayden Mathers? —La voz de Ayla rompió
mi concentración mientras se acomodaba frente a donde yo estaba sentada,
con las piernas estiradas ante mí. La clase se alargaba mientras nos
preparábamos para intentar la carrera de obstáculos. Por encima de mí, era
dolorosamente consciente de Hayden, que estaba levantando pesas, los
músculos de sus brazos haciendo fuerza contra las mangas de su camisa,
haciendo que mis entrañas saltaran ante la vista.
—¿Algo? —Levanté las cejas hacia ella, queriendo decirle que se
metiera en sus asuntos, pero supuse que no se lo tomaría demasiado a la
ligera, dada su actitud general y nuestra conversación de aquella mañana.
Debería saber que no tenía ningún deseo de hablar con ella.
112
—Los vi sentados juntos en el almuerzo —su tono era tan falso que
daba escalofríos. Era una actriz terrible.
—Sí —murmuré, girándome para estirar la parte baja de la espalda.
—Parecía un poco... coqueto —sonaba enfadada. ¿Por qué iba a estar
enfadada?
Porque obviamente siente “algo” por él...
—No estábamos coqueteando. Me estaba enseñando su guitarra. —
Murmuré con los dientes apretados. ¿Por qué sentía que tenía que darle
explicaciones?
Los viejos hábitos no mueren, Maddy.
En ese momento, nuestra profesora de Educación Física entró y tocó
el silbato, aplaudiendo mientras nos indicaba que nos pusiéramos en
parejas. Para mi consternación, Ayla se cerró en el espacio a mi lado,
indicando que me había seleccionado como compañera, quisiera yo o no. En
vista de que todas sus amigas y todos los demás alumnos habían buscado
a alguien inmediatamente, yo no tenía nada que decir al respecto.
Ayla se dirigió a una esquina y señaló la pared con la cabeza.
—Baja las manos y yo te sujetaré los tobillos —me dijo, indicándome
que me ayudaría a ponerme de pie. Los demás equipos hicieron lo mismo,
así que no tuve elección.
No quiero que me sujetes por ningún sitio, pensé, con la piel erizada.
No me gustaba que me tocaran, para empezar, y tener que depositar la
confianza en ella no era algo con lo que me sintiera ni remotamente cómoda.
Notaba que se me aceleraba la respiración, aunque intenté disimularlo
bajando la cabeza, metiéndome la camisa por dentro para que no se me
subiera cuando me puse boca abajo y de frente a la pared con el pretexto de
que me estaba preparando.
Está bien, Maddy. Está bien... está bien...
Apoyé las manos en la colchoneta y di una patada en el suelo.
Inmediatamente, sentí que sus manos rodeaban mis tobillos y me ayudaban
a levantarlos por encima de la cabeza.
Podía sentir sus dedos bajo el edredón, deslizándose sobre mis
piececitos mientras dormía en la cama, jugando con cada dedo del pie antes
de darme un apretón en el tobillo. Fingí estar dormida, incluso cuando su
mano empezó a deslizarse lentamente por mi pantorrilla, masajeando,
acariciando... Sentía las lágrimas clavarse en mis ojos mientras intentaba
ignorarlo, rezando para que solamente fuera una pesadilla, que estaba a
salvo... 113
Pero no lo estaba.
—Hayden no tiene citas —soltó Ayla, sacándome de mi inquietante
recuerdo.
—¿Qu-qué? —jadeé, ignorando el dolor en mi pecho, luchando contra
el impulso de llorar mientras sus dedos se aferraban más fuerte a mi piel.
—Hayden Mathers —suspiró, sonando molesta—. Si esperas llamar
su atención, olvídalo. Folla contigo y luego te deja tirada como si fueras
basura de ayer, y solamente se involucra con chicas de otras escuelas. —
Resopló, sonando seriamente desairada.
—No esperaba nada —dije, sintiendo que la sangre me subía al rostro
mientras todo mi peso recaía sobre mis manos y muñecas. Sentía que
empezaba a temblar—. ¿Puedes bajarme?
—Tiene una historia familiar jodida —continuó Ayla, ignorando mi
petición—. Lleva la locura en la sangre.
¿Qué demonios quiere decir eso? pensé.
—Oye, me estoy mareando. Necesito...
—¿Has visto a Theo Hebert? Tiene el cabello azul y se sienta con todos
los otros chicos populares. Bueno, ¿sabes esas cicatrices alrededor de su
boca? Hayden se las hizo.
¿Qu-qué? Mis brazos empezaron a temblar, sobre todo cuando su
agarre en mis tobillos se hizo más fuerte, mi ansiedad y malestar ahora se
acercaban peligrosamente a la superficie. Internamente, estaba librando mi
lucha interior, luchando entre convencerme de que estaba bien y resistir el
impulso de huir y esconderme.
—Hayden se volvió loco un día y lo golpeó en el rostro allá por octavo
curso. Hicieron falta dos adultos para quitárselo de encima. Theo tuvo que
operarse y ponerse varios dientes postizos. Eso es lo que pasa cuando tu
padre es un psicópata asesino...
—Ayla, bájame. ¡Ahora! —Pateé la pared con los dedos de los pies, y
ella retrocedió tambaleándose, soltándome de modo que caí, con el aire
expulsado de mis pulmones al golpearme con fuerza en la espalda. Tosí
varias veces y jadeé mientras se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¡Señorita Savard! —Gritó nuestra profesora de educación física
cuando se acercó corriendo. Se puso de rodillas a mi lado, con expresión de
preocupación y las arrugas de los ojos cada vez más marcadas—. ¡Sabe que
debe bajar a su compañera y no dejarla caer! Señorita King, ¿se encuentra
bien?
Volví a toser, pero esta vez conseguí respirar hondo y asentí.
Nuestra profesora parecía aliviada, pero le dio a Ayla una severa
charla. Una advertencia para que tuviera más cuidado antes de pasar a otro
114
grupo de chicos. Evité los ojos de mi compañera mientras me levantaba del
suelo y daba un paso atrás. Era oficial. Ayla Savard no era alguien de fiar.
Su idea de la “amistad” era falsa. También estaba claro que sus razones
para que me uniera a ella en el festival no eran buenas. Me dejé llevar por
mi instinto, como debería haber hecho tantas veces en el pasado. Me había
quedado callada, ignorando las señales de advertencia, confiando en las
palabras de los demás en lugar de seguir mi instinto, y siempre acababa
herida.
Esta vez no.
—Ayla —jadeé, volviéndome hacia ella y mirándola fijamente a sus
grandes ojos azules, y pude ver lo desarmada que estaba al verme elegir de
repente estar en su espacio, con la cabeza alta y mi propio disgusto evidente
en mis facciones mientras apretaba los labios en una mueca—. Puedes
tomar tu falsa idea de amistad y metértela por el culo.
Podría haber dicho mucho más, estoy segura. Pero en aquel momento,
sinceramente, me daba igual. Sin decir una palabra más, me giré y salí del
gimnasio, ignorando las llamadas de mi profesora para que volviera. Ya me
enfrentaría a su ira más tarde por faltar. Sin embargo, no me sentía segura,
así que de ninguna manera iba a permitirme permanecer en una situación
en la que sentía que los demás tenían poder sobre mí. Ni siquiera iba a ir a
mi última clase, a pesar de que el corazón me daba un pequeño vuelco ante
la idea de no ver a Hayden. Pero podía sentir cómo empezaba a entrar en
barrena, cómo el pánico creciente se descontrolaba poco a poco, haciéndome
sentir frenética y aterrorizada. La desesperación por calmarme era lo único
en lo que podía concentrarme.
Cuando entré en el vestuario, me detuve durante un minuto, con las
palabras de Ayla resonando en mi cabeza como una campana espantosa y
estridente.
Lo que había dicho sobre Hayden, sobre su violencia impredecible,
sobre cómo había marcado a ese chico, Theo Hebert... me produjo un
temblor que me aceleró el corazón. ¿Realmente lo había hecho? ¿Por qué lo
había hecho? ¿Era realmente inestable? La idea de que había estado a solas
con él en el teatro y en el almuerzo estaba muy presente en mi mente
mientras esta información se hundía. Así que iba a saltarme todo eso y salir
de aquí, volver a Phoenix House y esconderme de todos los demás. Me
cambié rápidamente, tomé mis cosas del casillero y corrí directo a la casa,
esperando un poco de paz y tranquilidad.
Pero en cuanto entré por la puerta, me encontré con llantos y gritos
histéricos, como si alguien estuviera sufriendo, y me quedé paralizada como
una estatua mientras el sonido me atravesaba el corazón.
—¡No! No quiero volver. No quiero.
—El tribunal ha aprobado las visitas con tu padre...
115
—¡No quiero verlo! ¡Por favor, Saanvi! ¡Por favor, no me obligues!
—¡Para! —Grité, mi pequeño cuerpo luchando contra los puños que me
golpeaban. Me acobardé en un rincón del armario de mi madre mientras la
figura oscura continuaba su asalto—. ¡Para, por favor! Me portaré bien, lo
prometo.
—¡Pequeña, jodida, mierda! ¿Lo has tirado por el retrete? Estúpida,
inútil, basura...
—¡Por favor, para! ¡Por favor!
—Tu madre va a tener que devolvérmelo. ¿Lo sabías? —Otro puñetazo
golpeó mi espalda, sacándome el aire de los pulmones—. ¡Maldita basura!
¡Las dos! No valen mi... —puñetazo—. Maldito... —Puñetazo—. ¡Tiempo!
Podía escuchar la lucha en la voz de mi trabajadora social mientras
se enderezaba la garganta, ahogando sus palabras mientras intentaba
consolar a la niña.
—Ha asistido a reuniones y a terapia y ha mostrado progresos. El
juez...
Lo que iba a decir fue interrumpido por un largo y fuerte gemido. Con
el corazón acelerado y las manos temblorosas, me agarré al marco del arco
que conducía al salón donde se estaba produciendo la conmoción. Sentada
en un rincón junto a la chimenea de piedra, la niña de la cicatriz en la mejilla
estaba hecha un ovillo, con las mejillas enrojecidas y los ojos llenos de
lágrimas. Tenía el cabello castaño revuelto por el rostro, como si hubiera
intentado arrancárselo del cuero cabelludo. A juzgar por los trozos
esparcidos por la alfombra, me di cuenta de que lo había conseguido.
Sentada a su lado, la señorita Ross sostenía una de sus manitas, como si
estuviera luchando contra sus propias lágrimas, mientras la trabajadora
social, la señora Khan, estaba de rodillas, con las manos abiertas,
intentando suplicar a la niña.
—Carol-Ann, será una visita supervisada. Estaré allí todo el tiempo —
decía, claramente disgustada por la noticia que tenía que darle a la niña,
que parecía que le estaban ordenando saltar a un tanque de tiburones y
diciéndole que confiara en que no la morderían. Supongo que, en cierto
modo, eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.
—¡No quiero! —sollozó Carol-Ann, estremeciéndose como si la sola
idea de volver a estar en una habitación con su padre fuera físicamente
dolorosa.
Me aparté bruscamente de la pared, distanciándome de la escena que
tenía ante mí, y subí las escaleras a toda prisa, sin importarme que estuviera
anunciando el hecho de que había vuelto pronto de la escuela. No iba a
quedarme mucho tiempo para un interrogatorio. Ahora mismo, solamente
necesitaba alejarme. Necesitaba huir, sentirme segura. Cuando irrumpí en
116
el dormitorio vacío, la visión de mi cama me hizo sentir enferma mientras
los gritos de Carol-Ann desde el piso de abajo solamente me recordaban las
noches que había sufrido. Todo lo que podía sentir eran sus manos sobre
mí, sus besos llorosos y húmedos en mi mejilla y cuello, lo asustada y
avergonzada que me sentía.
Apretando la mandíbula y apartando mis emociones, rasgué el
edredón para dejar al descubierto mis pertenencias escondidas al final. Pero
lo único que quería era una cosa. Metí la mano en la bolsa y tanteé un
momento antes de agarrar el suave brazo de mi osito de peluche, liberarlo y
correr hacia la ventana justo cuando la señorita Ross empezaba a llamarme.
Ignorándola, abrí el ventanal de un empujón. Sin esfuerzo, salí al tejado del
porche y me dirigí rápida pero cuidadosamente al lateral de la casa. Allí me
metí por el desagüe. No era la primera vez que escapaba de esta manera y,
aunque era un lugar nuevo, pude bajar hasta saltar a la hierba y correr
hacia el bosque de la parte trasera de la casa, desapareciendo de la vista.
No dejé de correr hasta que me quedé sin aliento. El bosque era espeso
y ya empezaba a reverdecer por el clima primaveral más cálido, con brotes
que aparecían en las ramas de los árboles y secciones de hierba verde que
empezaban a abrirse paso entre el follaje muerto y las hojas. En mis brazos,
apretado contra mi pecho, sostenía a Fuzzy, mi viejo oso, el único que había
estado conmigo desde el principio. El único que lo veía todo. Cuando por fin
irrumpí en un claro, una sección del bosque que se abría a una zona circular
de alta hierba india y plumosa que me llegaba a las rodillas, me desplomé
en el suelo. No me di cuenta de que estaba llorando hasta que aspiré una
larga y temblorosa bocanada entre los dientes y me cayeron gotas húmedas
por la nariz y la barbilla.
Tumbada en la mullida hierba, me escondí del mundo, ya que la copa
de los árboles dejaba entrever partes del cielo azul y brillante entre las
ramas. Cualquiera que pasara por allí no podría verme escondida en el
pequeño prado, acurrucada como un bebé, abrazada a mi osito de peluche
como si volviera a tener cinco años en lugar de diecisiete. Me permití
sollozar, aspirando bocanadas de aire mientras luchaba contra todos
aquellos recuerdos atormentadores. Ver a Carol-Ann tan angustiada me
había devuelto a cuando yo tenía su edad, indefensa, confusa y asustada.
Obligada por los adultos que debían protegerme. Yo solamente quería a mi
madre. Pero eso no era posible, según los trabajadores sociales de British
Columbia. Teniendo en cuenta las promesas incumplidas que me habían
hecho, lo ignorada que me sentía cuando me atrevía a hablar y lo poco
importante e insignificante que me hacían sentir, nunca me había sentido
segura ni había confiado en nadie.
Así que me quedaba allí, llorando mis sentimientos. Rara vez me
permitía hacerlo delante de los demás. Como casi siempre estaba rodeada
de gente, rara vez tenía la oportunidad de liberar mis frustraciones y aceptar
lo abrumada, estresada y asustada que estaba. Hacía todo lo posible por 117
parecer que no me importaba, por mezclarme entre la multitud, por pasar
desapercibida, pero rara vez me permitía soltarme y simplemente... sentir.
Ser yo misma. Ni siquiera sabía quién era, para ser honesta. Me pasaba todo
el tiempo... sobreviviendo.
Capítulo Nueve

Vi lo que esa zorra, Ayla, le hizo en gimnasia. Necesité toda mi fuerza


de voluntad para recordarme a mí mismo que no debía pegar a una chica.
Maddy había salido corriendo, pero supuse que la vería en Fotografía. No
había aparecido. Revisé el cuarto oscuro y el teatro, pero no estaba por
ninguna parte, y eso me estaba volviendo loco. Intenté mantener la
compostura, diciéndome a mí mismo que me mantuviera alejado y le diera
su espacio. Pero cada vez era más difícil ignorar esa voz.
Encuéntrala. Encuéntrala, Hayden. Encuéntrala... encuéntrala...
encuéntrala...
Salí de la escuela en mi moto, me dirigí a casa, e inmediatamente salí
por el bosque hacia Phoenix House, decidido a comprobar si ella estaba allí.
Llegar en moto no pasaría desapercibido para nadie en la casa, y no quería
que los trabajadores que dirigían el lugar supieran que estaba husmeando. 118
Intenté decirme a mí mismo que era porque estaba haciendo lo correcto, que
estaba cuidando de alguien que no tenía a nadie más. Mamá estaría
orgullosa de mí por interesarme por la obra benéfica que había fundado el
abuelo J, por la que ella y la tía Casey sentían tanta pasión. Pero
sinceramente, solamente necesitaba verla, ver su rostro...
Y tomarla.
¡No! No, no iba a ser así. Solamente quería asegurarme de que estaba
bien. Eso era todo. Eso era todo...
Y entonces, mientras luchaba con estos pensamientos mientras me
apresuraba a través de los árboles, hacia un claro, me detuve. Yo no era su
guardián. Según todos los indicios, me tenía tanto miedo como a todos los
demás. Si me presentaba en su puerta, probablemente desencadenaría algo
en ella, provocándole un estado de pánico. A pesar de lo atraído que estaba
por ella, realmente no sabía nada de Maddy.
Llévatela, Hayden.
No.
La quieres.
Sí.
Puedes tenerla.
Así no. No está bien.
Tú no está bien...
Dejé de caminar, mirando en la dirección que sabía que me llevaría a
esa vieja casa victoriana donde esperaba que ella estuviera. Esto era
estúpido. No era una buena idea. No cuando me sentía medio loco. Así que
me di la vuelta, decidido a volver a casa y quedarme allí, tal vez tocar un
poco la guitarra para distraerme, vigilar a Maverick o ayudar a papá en el
garaje. Cualquier cosa que me impidiera meterme a la fuerza en la vida de
una chica que no quería saber nada de mí. No le haría eso. Se merecía algo
mejor.
Pero, ¿y si te quiere?
Me detuve de nuevo. No te quiere.
Te deja acercarte a ella.
Apenas.
Te ve.
No, no te ve.
¿La ves mirar a alguien más a los ojos?
Me pasé las manos por el cabello varias veces, odiando esta lucha
conmigo mismo. Por mucho que quisiera ser bueno, tenía sed de justicia a
119
través de la violencia y la codicia, como si Manic tuviera un control sobre mí
mucho más profundo de lo que creía. Todo mi cuerpo se tensó, flexionándose
mientras luchaba contra el impulso de darme la vuelta para verla, mi intento
de ser más fuerte y seguir caminando hacia casa menguando a cada
segundo que pasaba. Me tiré del cabello, odiándome a mí mismo al sentir
que mi lado racional empezaba a perder poder frente a la oscuridad... frente
a una parte de mí que era muy... él.
Girándome lentamente, abrí los ojos solamente para ver un rostro que
me miraba desde la hierba alta, y creí que me iba a orinar encima. Ya había
sentido mi adrenalina corriendo a través de mí por mi debate interno, por lo
que sentir mi alma saltar fuera de mi piel en estado de shock y sorpresa casi
me dio un ataque al corazón. Solamente tardé un segundo en darme cuenta
de que era Maddy, como si mis plegarias hubieran sido escuchadas, y
mientras me debatía entre lo que creía que debía hacer y lo que quería, algún
poder superior había tomado el control y la había dejado justo delante de
mí. Una señal.
Inmediatamente pude ver que había estado llorando y, aunque mi
primer instinto fue envolverla en mis brazos y esconderla de la jodida mierda
de este mundo, sabía que no podía. No con ella. Necesitaba estar mejor.
—Maddy —había dicho sin aliento, todavía doblado sobre mis rodillas
mientras intentaba frenar mi corazón— ¿Qué demonios estás haciendo
aquí?
Al principio le costó responder, el conflicto era evidente en su rostro,
pero finalmente...
—Algo me ha provocado y he venido corriendo. —Fue entonces cuando
me fijé en el oso que llevaba en los brazos, que abrazó con fuerza, y sentí
que se me partía el corazón. La tía Casey me había contado historias sobre
cómo era el sistema de acogida en Ashland. Maddy no era de aquí, pero yo
solamente podía imaginar lo peor que era en las grandes ciudades de todo
el país. Niños abandonados por quienes debían cuidarlos, con tan poco a su
nombre, que este oso suyo era probablemente todo lo que tenía. Igual que
la tía Casey y su viejo cordero de peluche que se caía a pedazos.
Bueno, ahora te tendrá a ti, Hayden.
Se removió inquieta en el suelo, nerviosa y alterada, y me reprendí por
olvidar lo incómoda que podía sentirse con el contacto visual directo. A pesar
de lo increíble que había sido estar tan cerca de ella, tocarla mientras guiaba
sus dedos sobre mi guitarra, no quería presionarla ahora. Necesitaba que
me moviera despacio, así que lo haría.
Mirando hacia atrás por donde había venido, me pregunté si debería
marcharme, pero mi parte egoísta estaba desesperada por quedarse, por
120
conectar con esta hermosa alma. Me desplacé hacia ella, intentando
relajarme, esperando que percibiera mi aura y se sintiera cómoda antes de
preguntar:
—¿Necesitas que alguien esté aquí contigo?
A mí. Por favor, di que me necesitas.
Mi pregunta la tomó desprevenida, casi como si no hubiera esperado
que le hiciera semejante ofrecimiento. ¿También la asusté a ella?
No, no la asusté. Corrección. Esperaba no haberlo hecho.
Asintió levemente, pero fue un “sí” de todos modos, y me hundí
agradecido en el suelo a unos tres metros de ella, recordando la distancia
que había establecido entre nosotros en el teatro. Hoy ya se había acercado
tanto a mí, pero ahora estaba dolida. Asustada. Tenía que tener cuidado.
Durante un buen rato, no dijimos nada, pero no fue ese silencio incómodo
que se produce con algunas personas, cuando se ponen nerviosas y
empiezan a parlotear y parlotear para llenar el vacío. Con Maddy, me
conformaba con sentarme con ella en silencio en aquel claro, con el sol aún
brillando, los pájaros cantando a nuestro alrededor, seguros y solos en
nuestro pequeño mundo.
Eso me gustaba. Nuestro pequeño mundo...
Sin embargo, cuando la miré de reojo, estaba claro que su ansiedad
había vuelto a aparecer, a juzgar por la forma en que se balanceaba un poco,
aferrada aún a su oso, y me acordé de las crisis nerviosas de mi madre
cuando yo era pequeño. Lo asustada que estaba, lo angustiada e
inconsolable que parecía. Me había asustado mucho entonces. Recuerdo
que una vez me acerqué a ella, pero en cuanto me miró al rostro y nuestros
ojos se cruzaron, se echó a llorar. Sentí que había hecho algo mal, que me
había portado mal y que yo era la razón por la que ella lloraba. Tardé mucho
tiempo en superar esas emociones.
—Mi madre solía tener ataques de pánico cuando yo era más joven —
dije bruscamente. Maddy me dirigió una mirada, sus ojos color avellana se
asomaban entre los mechones de cabello suelto que le caían alrededor del
rostro. Me senté lo más cómodamente que pude, con los pies plantados, las
rodillas levantadas y los codos apoyados en ellas, observándola atentamente
mientras hablaba con la mayor calma posible.
—¿Los tenía? —preguntó Maddy en voz baja, con el ceño fruncido.
Asentí, moviéndome un poco en el asiento, tratando de ponerme más
cómodo.
—Muchas veces, sí. Ocurría algo como, no sé... una canción en el
equipo de música o ciertas motos que pasaban. Se encorvaba, se tapaba los
oídos, cerraba los ojos y empezaba a llorar. —Apreté los labios, estudiando 121
el suelo a mi alrededor. Los recuerdos seguían siendo dolorosos. No
mencioné que a veces... a veces... era por algo que yo había dicho—. Siempre
me asustaba cuando se ponía así. Pensé que estaba rota o algo así.
—¿Qué la sacó de eso? —La voz de Maddy era un susurro, lo
suficientemente alto para que yo lo escuchara.
Las comisuras de mi boca se levantaron ligeramente al imaginarme a
mi padre, con su cabello rubio con mechas plateadas y su sonrisa
bobalicona.
—Mi padre.
Dudó un momento antes de preguntar:
—¿Qué hizo?
—No lo recuerdo exactamente, pero se tiraba al suelo con ella, le
murmuraba y la abrazaba. Al cabo de un rato, me llamaba para que la
abrazara y, poco a poco, ella dejaba de sentir la ansiedad que le había
provocado. —Suspiré con fuerza, recordando cómo la traía de vuelta a
nosotros, como si no le costara ningún esfuerzo. Mientras tanto, yo siempre
parecía empeorar las cosas—. Él es su persona, el que mejor la conoce. En
quien ella confía. —Miré a la hermosa chica sentada a mi lado y sentí que el
corazón se me retorcía—. A veces eso es todo lo que necesitamos. Una sola
persona que nos entienda.
Sus ojos brillantes se clavaron en los míos y, por un momento, sentí
que me dejaba sin aliento. Sentada entre los helechos nuevos, con los
frágiles rayos de luz que brillaban a su alrededor desde el toldo roto de
encima, golpeando la mezcla de mechones oscuros y claros de su cabello,
me di cuenta de que lo único que quería era ser su persona.
—¿Así que él la ayudó? —preguntó, con una expresión tan inocente y
confiada que no estaba acostumbrado a ver en los demás cuando me
miraban. El dolor que sentía al saber que no era la persona de mi madre y
que no podía ayudarla desapareció de repente. Por primera vez en mucho
tiempo, sentí que salía de mi oscuro agujero y volvía a pisar tierra firme, que
después de todo había esperanza para mí. Y todo venía de la mirada que
esta chica me estaba dirigiendo ahora. Se suponía que yo no era de mi
madre. Yo era de ella.
Asentí.
—Ya no es la misma persona de antes. Ahora es más feliz. De vez en
cuando tiene un momento, pero creo que es normal. Es capaz de
recuperarse más rápido y con más control que cuando yo era pequeño. —
Pensé que tal vez era porque me había alejado de mi familia en los últimos
años, distanciándome. Supuse que esa era la razón por la que a ella le iba
mucho mejor. Pero tal vez... ¿tal vez era por otra razón? Tal vez era
solamente... tiempo. 122
Podía ver cómo mi confirmación parecía calmarla y alterarla a la vez.
Sé lo que ella necesita que seas, Hayden, me recordé. No seas egoísta con
ella.
A lo lejos, un fuerte graznido me distrajo y, más por costumbre que
por otra cosa, murmuré:
—Cuervo malo. —Quería reírme de ese estúpido dicho familiar, pero
mi comentario la trajo de vuelta a mí. Al ver la sonrisa de Maddy, ya no me
importó una mierda lo ridículo que me sentía haciéndome eco de las
palabras de mi progenitora.
—Hayden —dijo en voz baja, un susurro tan débil que si no fuera
porque ya estaba tan silencioso como la tumba en nuestro pequeño claro,
tal vez no la habría oído. Mientras la observaba, inclinó la cabeza, con las
mejillas sonrosadas y el rostro torcido como si le doliera. Empezó a temblar,
con la respiración acelerada y llena de pánico, y cerró los ojos como si
estuviera luchando contra sus propios demonios, igual que yo. Preocupado
por el repentino cambio en ella, luché por quedarme donde estaba,
preguntándome qué había hecho para joderlo todo.
—¿Maddy?
Abrázala. Tómala y abrázala, Hayden.
Ella negó rápidamente, balanceándose ligeramente. Me puse en pie y
me acerqué lentamente en su dirección, anticipando a cada paso una
posible mina.
No la asustes. No la asustes, por favor...
—¡Maddy! —Dije de nuevo, un poco más alto, esperando que pudiera
oírme por encima de cualquier pensamiento tóxico con el que posiblemente
estuviera luchando. De repente, se sobresaltó, levantando la vista para
verme más cerca, habiendo acortado la distancia entre nosotros,
acercándome a ella. Por un momento pensé que gritaría, que huiría, que yo
desencadenaría ese impulso de distanciarse de mí. Pero no lo hizo. Pude ver
el anhelo en su rostro, sus ojos nadando con lágrimas no derramadas, y por
un segundo, creí verla inclinarse hacia mí sin darse cuenta, antes de que
retrocediera, como si algo más la dominara, algo que la alejara de mí.
—Soy un desastre, Hayden. Soy un maldito desastre roto.
Esas palabras me destrozaron el corazón, y todo lo que quería en ese
momento era encontrar a las personas que la habían lastimado y
destruirlas. Quería que sufrieran por causarle dolor, por hacerle creer sus
idioteces y mentiras. Podía ver la lucha reflejada en su mirada color
avellana, una lucha que yo mismo sufría cada día.
Se puso en pie entonces, aferrándose a su oso, retrocediendo lejos de
mí mientras susurraba:
123
—Siento haberte hecho perder el tiempo…
—No lo hiciste, Maddy —la interrumpí. No, no dejaré que se disculpe
por los crímenes de otros. No tenía nada que lamentar, y escuchar esas
palabras me hizo querer arremeter contra ella y llevármela. Llevármela de
aquí para poder hacer que todo fuera mejor—. ¡No lo hiciste!
Me arriesgué a dar otro paso, desesperado por cerrar el espacio entre
nosotros.
—Yo-Yo... —balbuceó, y pude verla luchar contra lo que quería, contra
su propia oscuridad—. No merezco tu tiempo.
Rabia.
Rabia pura.
Ella es tuya. Tómala. Tómala ahora. Muéstrale cuánto importa.
Muéstrale cuánto te ha afectado. Cómo inconscientemente logró llegar a tu
corazón y reclamarlo.
Ella no es mía.
Todavía no. Muéstrale que es tuya.
Mátalos.
Encuéntralos, átalos y hazlos sufrir.
Graba su nombre en su piel para que recuerden lo que han hecho.
Sonríe mientras gritan...
No le hagas daño. No le hagas daño. Esto fue demasiado lejos,
demasiado jodidamente lejos. La oscuridad que había en mí, Manic, se
apoderó casi por completo de mí en ese momento, y luché por combatirlo
mientras recordaba las palabras del abuelo J, la promesa que había hecho
de no hacer daño a los que me importaban.
La rompería como él rompió a mamá...
—Maddy, no quiero volver a oírte decir eso de ti misma... nunca.
¿Entiendes? —Mi voz se mantuvo calmada, nivelada, pero no pude contener
la ferocidad en cómo hablaba—. Tú lo vales. ¿Me oyes? Te digo que lo vales.
Cuando di otro paso, ella no se apartó, y aproveché la oportunidad.
Me acerqué a ella, vacilando al ver su reacción, pero no huyó. Con cuidado,
dejé que mis dedos se deslizaran sobre el suave material de su sudadera
desgastada, rodeándola hasta que pude sentir sus delgados brazos debajo
de ellos, y me aferré a ella, con el cuerpo temblando mientras luchaba contra
la rabia que sentía ante la idea de que alguien le hiciera daño.
—Tú vales algo para mí.
Le temblaba el labio inferior rosado mientras sus ojos brillantes
parpadeaban entre los míos, como si yo hablara otro idioma. Sus cejas se 124
fruncieron; confusión, dolor y un pequeño atisbo de esperanza se reflejaban
en sus ojos color avellana.
—No me conoces, Hayden —susurró—. No sabes...
—Quiero —le dije, luchando por controlarme—. Quiero conocerte,
Maddy.
Ella jadeó, el sonido débil y silencioso, pero aún así no se apartó.
Siguió aferrándose a su oso mientras me miraba fijamente, su cuerpo se
balanceaba como si intentara correr y acercarse al mismo tiempo.
Levanté una mano, incapaz de contenerme, y le tomé la barbilla,
acariciando con el pulgar la mejilla suave y sonrosada, olvidándome por
completo de ir despacio.
—A veces, no se trata de conocer a alguien, sino simplemente de
sentirlo... sentir esa conexión, la sensación de que algo, sea lo que sea lo
que hay entre nosotros, está bien. Yo lo siento ahora, y creo que tú también,
pero tienes miedo porque es nuevo, y te han hecho daño tantas veces antes
los que creías que eran tu persona. La que se suponía que debía amarte por
encima de todo y protegerte, y te defraudaron, pero yo no haría eso. Nunca
lo haré. —Pude ver las lágrimas brotar de sus ojos mientras escuchaba mi
pequeño discurso.
Demasiado para tomarlo con calma, Hayden.
—Seré tu amigo, Maddy.
Quieres más. ¡Toma más!
—Puedo ser tu amigo.
Solté una respiración larga y superficial, luchando contra Manic,
obligándolo a volver a su jaula. No lo necesitaba ahora. Maddy no lo
necesitaba. Me necesitaba a mí. A Hayden. A pesar de la chispa que podía
sentir entre nosotros, me consolé pensando que había una sorprendente
pasión detrás de cada palabra que decía, lo que me permitía alejarme lo
suficiente y darle ese espacio. Pero al mismo tiempo, no la dejaría huir. No
de esto. Apretando la mandíbula y aspirando profundamente por la nariz,
la solté, mis dedos se soltaron y di un paso atrás. Ella me miró, con los ojos
muy abiertos, confusa, preocupada. Seguro que pensó que estaba loco.
Joder, seguro que a estas alturas alguien la ha puesto al corriente del loco
de Hayden Mathers y su tóxica herencia familiar. Seguro que sí.
Y sin embargo, ella permaneció inmóvil, eligiendo quedarse donde
estaba.
Cálmate, Hayden... mantén la calma. Encierra a Manic por ahora.
Pero, ¿y si se va? ¿Y si huye?
Entonces la dejarás.
No puedes hacer eso...
125
¡No! Libera a Manic con los que te lastiman, aprecia a los que amas...
—Hayden —susurró, su voz inquietante como la nota aguda de una
campana cristalina, y una tímida y pequeña mano tocó suavemente mi
hombro—. Yo tampoco te haré daño. —Sus ojos seguían llenos de
incertidumbre, como si no pudiera creer del todo lo que le había dicho. Sin
embargo, lo estaba intentando. ¿Qué significaba eso?—. Nunca... había
tenido amigos íntimos. La verdad es que no. Me preocupa no saber... cómo
ser una buena amiga para ti. Pero me gustaría intentarlo.
Más. ¡Más!
Tuve la sensación de que quería decir mucho más de lo que dijo, pero
se estaba conteniendo. No quise presionarla. Aunque una oleada de
obsesividad protectora latía en mí como una bestia que ansiara liberarse de
su jaula, la obligué a retroceder, recordándole que no cometiera el mismo
error que él.
—Me gustaría, Maddy —dije, con la voz rígida, sonriendo un poco por
esta pequeña victoria, deleitándome con el contacto de su manita en mi
hombro—. Me gustaría mucho.
Las comisuras de sus labios se crisparon apenas una fracción, una
sonrisa, vacilante, pero una sonrisa al fin y al cabo. La tensión en las
comisuras de sus ojos se relajó y resistí un escalofrío de placer cuando su
mano se deslizó por mi brazo y cayó a su lado.
—Entonces... ¿qué hacemos ahora? —dijo, con una pregunta tan
inocente y pura que me conmovió. Su desconocimiento de la confianza que
depositaba en mí para guiarla me hizo sentir más fuerte. Más en control.
Entonces, silencié a Manic permanentemente. Por hoy, al menos.
—Ahora, te llevaré de vuelta a Phoenix House —le dije y le tendí la
mano, esperándola, con la esperanza de que la tomará. Se suponía que iba
a llover esta noche, aunque podía oler la humedad en el aire. No quería que
la atrapara el chaparrón. Miró por encima del hombro, hacia su hogar
temporal, con el ceño fruncido por la inquietud. ¿Había ocurrido algo allí?
¿La habían jodido y le habían hecho algún daño?
Manic empezó a arañarme el pecho, suplicando que lo liberara. Lo que
haría, no tenía ni idea. Cuando me rendí a esa oscuridad, fue como si me
dejara llevar, viendo cómo mi cuerpo se movía como si estuviera bajo el
control de otro. No podía arriesgarme a que él tuviera el control ahora, no
con Maddy tan cerca y confiada. Tenía que ir más despacio. Moverme
despacio; no asustarla.
Se relajó un poco y asintió, mientras deslizaba su mano por la mía,
con su oso bajo el brazo, y se volvía en dirección a Phoenix House. Solté un
suspiro de alivio, y su gesto calmó el fuego que me ardía en el pecho. Rodeé 126
sus dedos con cuidado, disfrutando de la suavidad de su piel, y nos guié a
través de los árboles, sabiendo el camino que debíamos seguir.
Y entonces tendré que dejarla marchar... pensé, con el dolor que eso
conllevaba retorciéndome el corazón.
No tienes que hacerlo, ¿sabes?, me dijo esa otra voz. Podrías...
llevártela. Llevártela a casa. Es tuya, Manic.
No.
No soy Manic. Soy Hayden. No voy a cometer los mismos errores que
tú.
Agarré con fuerza su pequeña mano mientras atravesábamos la
arboleda, y cada paso que daba hacia esa casa significaba que estaba un
paso más cerca de dejarla ir. Pero lo haría, porque era lo correcto. No la
asfixiaría. No la forzaría a nada que no quisiera. Incluso si eso significaba
hacerme daño mientras tanto.
Por doloroso que fuera permitir que me dejara, sabía que no era para
siempre. Esto no era el final. Acabábamos de empezar y no iba a estropearlo
presionándola. No se lo merecía. Me retiraría y sería el hombre que ella
necesitaba.
Capítulo Diez

Era una nueva semana, y era raro, pero por alguna razón se sentía
como un nuevo comienzo. Por una vez, al aventurarme por ese túnel oscuro
llamado vida, podía ver un rayo de luz al final.
Quería creer que era porque sentía que empezaba a aceptar toda la
mierda de mi pasado, que saber que mi madre estaba encerrada en algún
manicomio ya no me molestaba, que no estaba tan rota como creía. Pero, ¿a
quién quería engañar? Seguía estando jodida. Solamente que... lo afrontaba
de forma diferente a como lo había hecho antes. Estaba mirando las cosas
con una visión diferente y la determinación de no dejar que arruinara mi
presente. Fue gracias a Hayden.
Él me trajo de vuelta a Phoenix House después de esa charla en el
bosque. Ese día, había sido tan gentil, tan abierto y... real. Sentí que había
visto una parte de él que nadie más había visto. Una parte de Hayden 127
Mathers que había estado oculta para el resto del mundo y que él se sentía
seguro mostrándome, lo cual era una sensación de humildad, y la conexión
que creía tener con él no hizo más que solidificarse. Su sinceridad, su
conciencia y comprensión de cómo me sentía y de cómo respondía a los
demás, no era algo a lo que estuviera acostumbrada en la gente, y viniendo
de él, me encontré ansiosa por corresponderle.
Quería ser su persona.
Cuando Hayden me vio llegar a la puerta, me retuvo un momento,
apretándola. Su mirada plateada se clavó en mí con tanta seguridad,
confianza y calidez. Sentí que podía ver directamente en mi alma y que le
gustaba lo que veía. No dijo ni una palabra, solamente... me tomó de la mano
y me observó como si pudiera hacerlo durante horas, hasta que la señorita
Ross me llamó para que entrara. Muy despacio, dedo a dedo, me soltó hasta
que solamente nuestros meñiques quedaron enganchados. Como un abrazo.
—Nos vemos —dijo, con voz suave y tranquila, reconfortante como un
abrazo.
—Nos vemos. —Asentí y salí de mis pensamientos cuando oí un golpe
suave a mi lado. Todavía sostenía mi oso con una mano, había olvidado que
lo había estado llevando conmigo todo el tiempo, solamente ahora me daba
cuenta de que lo había dejado caer. Hayden no me hizo sentir rara por el
hecho de que me aferrara a un peluche como una niña. No hizo ningún
comentario al respecto ni me miró... con esa mirada juzgadora que tantas
veces he recibido de los demás cuando se daban cuenta de que me aferraba
a Fuzzy como a una manta de seguridad a mis diecisiete años. No. En lugar
de eso, me soltó el dedo y se agachó, lo levantó con cuidado y le quitó una
hoja muerta de la espalda antes de volver a ponerlo suavemente en mis
brazos. Con una última mirada persistente, que osciló entre las mías antes
de dirigirse a mis labios y volver a subir, se dio la vuelta y se marchó,
desapareciendo entre los árboles como un fantasma.
Me pregunté si me visitaría durante el fin de semana, pero no lo hizo.
En lugar de eso, pasé el tiempo ayudando a la señorita Ross y a las otras
chicas con las tareas. Observé atentamente a Carol-Ann el día que volvió de
ver a su padre y, para mi alivio, estaba de buen humor. Volvió a casa con
una sonrisa en el rostro, dispuesta a jugar con las demás, lo que me dio
esperanzas. Parece que no era la única que se estaba curando. Por la noche,
cuando todo estaba tranquilo, me tumbaba en mi litera, haciendo todo lo
posible por estudiar, pero mi atención se desviaba y acababa mirando a la
nada mientras pensaba en Hayden Mathers.
Las otras chicas me lanzaban miradas curiosas, sin duda se habían
enterado de mi altercado con Ayla, y eso, mezclado con los rumores sobre lo
que le había pasado a Lucas, sin duda les hacía preguntarse qué demonios
pasaba. Pero yo no tenía nada que decir. Andrea me miraba nerviosa, pero
no decía nada desde su cama, mientras trabajaba en sus tareas escolares. 128
Me dio la impresión de que no estaba necesariamente asustada, solamente
cautelosa. Hayden estaba envuelto en rumores y en una sombra que lo
protegía como un manto, advirtiendo a los demás que se alejaran. Mi
relación con él era incierta; sinceramente, ni siquiera yo entendía muy bien
cuál era. Teníamos una conexión, eso estaba claro, pero no sabía qué
significaba.
Así que, el lunes por la mañana, a pesar de todo el tiempo que pasé
reflexionando durante el fin de semana, sentí un destello de emoción ante
la perspectiva de ir a la escuela. No era por los otros chicos, las clases o las
actividades extraescolares. Quería verlo.
El sol brillaba con fuerza a través de la ventana del dormitorio, así que
me puse una camisa azul de franela, me la abroché y me remangué,
decidiendo prescindir de mi habitual sudadera con capucha de gran
tamaño. Me puse unos pantalones desgastados por las rodillas y
remendados con materiales desiguales, me pasé un cepillo por el cabello y
me lo recogí en una coleta alta, en lugar de dejármelo caer sobre el rostro.
Andrea me miró con curiosidad durante el desayuno, pero no dijo nada
mientras se colocaba a mi lado, lejos de los fogones. Incluso la señorita Ross
se fijó en mi atuendo, inusual teniendo en cuenta con qué me había cubierto
la semana anterior.
Me dije a mí misma que era porque hacía más calor, que estaría
sofocada con un jersey. A pesar de que se me erizaba la piel cuando sus ojos
me miraban, interiormente me puse firme y me negué a subir corriendo a
cambiarme.
No. Cuando me había despertado, me había sentido valiente. Mi
primer instinto fue llevar esto, y no iba a permitir que mi miedo me echara
para atrás. Iba a ser fuerte y confiar en mi voz interior, bla, bla, bla. Iba a
mantener la cabeza alta, entrar en la escuela y negarme a esconderme,
aunque la sola idea me provocara escalofríos. Esta semana era un nuevo
comienzo, e iba a intentarlo.
Cuando llegué a la escuela, y la multitud en el pasillo se separó para
mí, los susurros, los ojos de todos mirando, me recordé a mí misma que
debía ser valiente, poner un paso delante del otro, y hacer caso omiso de ese
grito en el fondo de mi mente en la atención.
Escóndete, Maddy... ¡escóndete! No dejes que te vean.
No, Maddy. Camina recto. Ignóralos. Ignóralos a todos. Estás bien.
Estás bien...
Cada susurro era como clavos en una pizarra resonando en mis oídos.
Cada refriega o movimiento repentino a mi alrededor hacía que se me
erizaran los vellos del cuerpo, como cuando un ciervo levanta la cabeza al
escuchar el peligro, y aunque el corazón me latía con fuerza en los oídos,
me obligué a seguir respirando, a seguir moviéndome. En mi casillero, me
obligué a darme la vuelta para poder concentrarme en la combinación, pero
129
sentía las yemas de los dedos entumecidas. Sacudí la mano varias veces,
intentando que la sangre fluyera, mientras seguía tanteando la cerradura.
Especialmente cuando los susurros a mi alrededor empezaron a
intensificarse, pequeños fragmentos captaron mi atención y me distrajeron.
—Lucas...
—... hospital...
—Maddy... Hayden...
—Hayden...
—Maddy...
Podía sentir que empezaba a asustarme un poco a medida que el ruido
se mezclaba, creando un zumbido irritante de fondo. Las pocas palabras
empezaban a alimentar mi ansiedad como veneno, y cada vez me costaba
más recuperar el aliento.
—Ayla... gimnasio...
—Lucas... hospital...
—Maddy...
—Maddy...
—¡Maddy!
Una voz cortó el zumbido agravante y machacón sacándome de mi
espiral, su presencia como un bálsamo en las heridas ardientes de mi
mente, y me fundí en ella. Hayden estaba a mi lado, su cuerpo bloqueaba a
todo el mundo mientras se colocaba a mi alrededor, protegiéndome de las
miradas indiscretas de los demás. Me dejé caer contra él, con el hombro
apretado contra su esternón, el contacto me reconfortó, y dejé colgar la
cabeza mientras cerraba los ojos, intentando controlarme.
—Creí que era lo bastante fuerte para... —Susurré, sintiéndome tan
estúpida mientras sacudía la cabeza, intentando ignorar el creciente
crescendo de fondo al vernos a Hayden y a mí juntos.
—Eres lo bastante fuerte —murmuró él, su aliento agitando un
mechón de cabello suelto junto a mi oreja—. Que ahora sea difícil no
significa que seas débil. Lo estás intentando, y eso es algo de lo que debes
estar orgullosa. Ahora bloquea a esas otras personas. No importan una
mierda. Estoy aquí, ¿bien?
Abrí los ojos y lo miré. Su estatura era aún más evidente ahora que
seguía recostada contra él. Me observaba, con su hermoso rostro paciente y
cálido. Era tan comprensivo, perceptivo y paciente con mis problemas que
no podía creer que fuera real. ¿Cómo había tenido tanta suerte de tenerlo
en mi vida? No me lo merecía.
Alargando la mano a mi espalda, me tomó suavemente la mano, 130
levantándola hasta colocarla de nuevo sobre mí, y dijo:
—Ahora, respira, toma tus cosas y te acompaño a clase, ¿bien?
Asentí, tan agradecida de saber que estaba a mi lado, animándome
mientras luchaba por pasar página, por ser más valiente. Él creía que podía
hacerlo, así que seguiría intentándolo. Hice lo que me dijo, ignorando todo
el ruido de fondo, recordándome a mí misma que estaba a salvo y que ellos
no importaban, y me centré en la tarea que tenía entre manos: abrir mi
casillero, guardar mi mochila, sacar mis libros, mi carné de estudiante,
cerrarlo y listo.
Sentí que se inclinaba, sus labios cerca de mi oreja, y murmuraba:
—Fácil, ¿eh?
Escuchar a alguien como él utilizar una expresión tan limpia y de
chico bueno era un enigma en sí mismo, y no pude evitar soltar una pequeña
risita cuando levanté la vista para ver cómo me dedicaba una sonrisita
torcida, como si supiera muy bien que aquello no era propio de él. Sin
preámbulos, me pasó el brazo por los hombros, tan despreocupadamente
que creo que ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía, y se volvió para
guiarnos a los dos por el pasillo, ignorando a los demás. Sentí sus músculos
como un escudo a mi alrededor. El aroma de su chaqueta de cuero mezclado
con un almizcle natural me hizo respirarlo discretamente, saboreándolo.
También había un toque de coco, quizá de su champú o algo así. Me dieron
ganas de salir a buscar algo parecido para poder usarlo yo misma y llevar
ese aroma conmigo.
Tenerlo a mi lado, abrazándome, me hacía sentir más segura. Un poco
más valiente. Y me enderezaba mientras caminaba erguida, haciendo todo
lo posible por despojarme de años de inseguridad y miedo. No fue hasta que
llegamos a mi primera clase, Ciencias, cuando él pareció darse cuenta de
que me había estado abrazando a su lado todo este tiempo e inmediatamente
retrajo el brazo como si se hubiera electrocutado.
—Lo siento, Maddy —dijo, con clara expresión de vergüenza. Fruncí
el ceño mientras lo miraba fijamente, preguntándome si realmente le
repugnaba tanto como para sentir la necesidad de alejarse.
—¿Qué?
—No me di cuenta de que estaba... Lo siento si me pasé de la raya o...
Oh, ¿le preocupaba haberme puesto en una posición incómoda al
tocarme? Saber que estaba tan horrorizado de haberme causado alguna
incomodidad fue tan conmovedor que me quedé sin palabras mientras lo
veía tartamudear, sus inquietantemente hermosos ojos muy abiertos y
sinceros mientras seguía y seguía hasta que finalmente corté su divagación
de disculpa.
—¡Hayden! —grité—. No pasa nada. No pasa nada. No pasa nada. — 131
Como seguía mostrándose inseguro, extendí la mano y coloqué la palma
delicadamente sobre su pecho para sentir los fuertes latidos de su corazón,
sorprendiéndonos tanto a él como a mí con mi repentina osadía. Ante mi
contacto, empezó a acelerarse, y ladeé la cabeza mientras lo miraba,
dedicándole una secreta y rara sonrisa con la esperanza de calmar sus
nervios—. Me gusta estar cerca de ti.
No fue hasta que las palabras salieron de mi boca que me di cuenta
de que esto, la forma en que lo estaba tocando, la forma en que nos
hablábamos... que esto probablemente era... bueno, raro. No era normal.
Nunca vi a la gente interactuar de esta manera. Nunca en programas de
televisión, en libros, en los pasillos. La gente no cruzaba naturalmente tal
límite físico con alguien que apenas conocían. Pero Hayden y yo... éramos
diferentes, pero en el buen sentido. De una manera que solamente tenía
sentido para nosotros. Y cuando lo toqué, pude sentir como la tensión
abandonaba su cuerpo. Finalmente, soltó un suspiro tembloroso y me rodeó
la muñeca con los dedos, dándome un suave apretón para tranquilizarme.
Nunca había dejado que nadie se acercara tanto a mí. Nunca soñé que
fuera capaz de hacerlo. Pero con Hayden, él era una excepción. La única
excepción.
—¿Nos vemos en el almuerzo? —dije, levantando la voz como una
pregunta. Tal vez él no quería mi compañía. Tal vez se estaba aburriendo de
mí, o... o... quería soledad. Sentí que todas mis inseguridades se agolpaban
ante aquel pensamiento, pero respetaría su elección, igual que él respetaba
la mía. Su mirada, sin embargo, pareció brillar e irradiar al escuchar mis
palabras, su boca se curvó en esa sonrisa torcida suya que se hacía más
frecuente a medida que hablábamos, y asintió con una simple y firme
inclinación de cabeza—. De acuerdo —dije, devolviéndole la sonrisa,
retirando lentamente la mano— nos vemos entonces.

Fuera a donde fuera, me seguían los susurros y las miradas.


Especialmente en el almuerzo, cuando Hayden apareció en la cafetería y se
acercó a mi mesa, sentándose a mi lado como si siempre se hubiera sentado
allí. Levantó una pierna y se recostó contra la pared que había detrás de
nosotros; el cabello oscuro que le caía sobre los ojos ocultaba la mirada
plateada que seguía a cualquiera que se acercara.
Nos sentamos en un cómodo silencio, ambos comiendo nuestros
almuerzos sin sentir esa compulsión de llenar el vacío silencioso que había
entre nosotros. No lo necesitábamos. Yo era más que feliz teniéndolo a mi
lado. Me hacía sentir más segura, más fuerte. Sobre todo cuando levanté la
vista para ver a Ayla sentada en la mesa que frecuentaban Theo, aquel chico 132
de cabello azul y rostro lleno de cicatrices, y sus amigos. Nos observaban
con interés, demasiado interés, en mi opinión, y no era de manera amistosa.
Ayla parecía haber mordido un limón agrio, mientras que la mirada fría y
pálida de Theo parecía... calculadora, recordándome mucho a la forma en
que mi padre adoptivo me observaba en la mesa durante la cena, como si se
preguntara si iba a decir algo y lo delataría, o se estuviera preguntando si
podría aprovechar la oportunidad para intentar quedarse a solas conmigo
más tarde.
Eché un vistazo a las cicatrices que tenía alrededor de la boca,
recordando lo que Ayla me había dicho el viernes. Hayden le había hecho
eso, le había roto la mandíbula, los dientes, todo.
Eso es lo que pasa cuando tu padre es un psicópata asesino...
Pero Hayden me había hablado de su padre, de cómo ayudaba a su
madre con sus ataques de pánico. La forma en que había hablado de él en
el claro, la sensación de orgullo y respeto que llevaba en la voz cuando me
hablaba de él, me dieron una imagen totalmente diferente de su padre.
Estaba segura de que Ayla se equivocaba, de que se lo estaba inventando
todo solamente para asustarme por acercarme a él. Estaba celosa,
claramente, y los celos hacían que la gente hiciera cosas feas.
Tal vez Hayden le hizo esas cicatrices a Theo Hebert. Tal vez sí lo atacó,
pero me costaba creer que no fuera provocado, que simplemente perdiera la
cabeza un día y decidiera desquitar sus sentimientos con una persona
cualquiera que pasaba por allí. Theo me daba mala espina, y si algo había
aprendido en el pasado era que mis instintos rara vez se equivocaban con
la gente. Había depositado tanta confianza en quienes se suponía que
debían protegerme e ignorado la incómoda advertencia que surgía en el
fondo de mi mente. Y pagué por ello. Tenía razón sobre Ayla, y tenía la
sensación de que Theo y su grupo de amigos también eran gente con la que
había que tener cuidado.
Así que aparté la mirada de su mesa, dejándome acercar a Hayden,
considerando que no tenía ninguna duda. Especialmente cuando
desenvolvió las galletas caseras del envoltorio de saran que sin duda su
madre había hecho para él, me pasó dos de las tres. Tomé una pero partí la
otra, devolviéndole la otra mitad. Tomó el trozo sin decir palabra y lo mordió,
sin dejar de mirar a los que nos rodeaban como si no se fiara de nadie.
Solamente esta simple interacción entre nosotros, hecha sin palabras,
supe... Hayden Mathers no era un psicópata. No era un hombre del saco.
Era bueno. Mal juzgado como muchos de nosotros. Pintado por el malvado
pincel de la sociedad, etiquetado como amenaza y marginado...
Bueno, seríamos parias juntos.
Casi distraídamente, mientras no miraba a nada en particular,
Hayden levantó una mano y se acercó para jugar con el extremo de mi coleta,
sus dedos enroscando un mechón en círculos. No tiró, así que no me dolió.
133
Me quedé donde estaba, comiendo el sándwich que me había preparado
aquella mañana, mordisqueando de vez en cuando una de las deliciosas
galletas de su madre, ignorando a todos los que nos rodeaban. Estaba en
paz con él, simplemente sentada en silencio en la cafetería de una escuela.
Con él a mi lado, marcaba la diferencia.
Capítulo Once

Pégale, Hayden. Pégale.


Jode a este tipo. Acaba con él.
Al carajo con el camino.
Rómpele la puta cara, Hayden.
Llévame como una armadura...

Theo Hebert se acercaba a donde yo estaba pasando el rato en medio


del patio durante el almuerzo. Estaba sentado en un banco de piedra bajo
la estatua de la mascota de la escuela, un oso pardo gigante que se erguía
sobre un conjunto de rocas, cuando Theo se acercó hablando en voz alta
sobre el chico raro del padre psicópata. Esas voces oscuras en mi cabeza
empezaron a hablarme... cada vez más alto...
134
Desata a Manic sobre los que te lastiman, aprecia a los que amas...
Durante años, desde que arruinó mi vida, había soportado en silencio
las burlas, el aislamiento, el acoso constante. Había sido un saco de boxeo
para él y sus amigos, tanto verbal como físicamente. Tuve suerte de que
nunca llegaran a pegarme lo bastante fuerte como para hacerme daño de
verdad, pero todo eso iba a cambiar. Después de hablar con el abuelo la
semana pasada, fui directo a casa, saqué las placas de identificación de mi
padre del cajón de los calcetines y me las puse, colgándomelas con orgullo
del cuello. La chaqueta era demasiado grande para mi larguirucho cuerpo
de trece años, pero dentro de unos años también me la pondría.
Llevaría a Manic como una armadura.
—¿Quién más quiere apostar a que Hayden es un friki igual que su
verdadero padre? —dijo Theo en voz alta para que todos lo oyeran. Varios
otros se rieron entre dientes, algunos se unieron a su lado para formar parte
de la “multitud genial” mientras se unía para meterse con el chico solitario
de cabello desgreñado y ojos plateados.
Rómpelo, Hayden. Rómpelo. Rómpele la cara... susurró la voz mientras
masticaba mi mandarina. No me inmuté mientras hablaba, negándome a
reaccionar a su cebo. En el pasado, podría haberle contestado con un
chasquido, un grito o intentando escapar. Hoy no. Ni nunca más.
Theo me observó mientras comía despreocupadamente, sabiendo que
parecía aburrirme con lo que decía, y se burló. No le gustaba el hecho de
que sus palabras ya no golpearan con fuerza. Hizo una pausa, me estudió
detenidamente y luego dijo:
—Apuesto a que tiene una colección de gatos del vecindario en su
sótano con los que juega. ¿También te los follas, Mathers? ¿Los despellejas
y te los follas? —Me observó mientras aumentaba el tono de sus insultos,
pasando de lo habitual a algo más chocante para el público, con la
esperanza de verme herido.
Me negué. Era repugnante, sí, pero podía soportarlo. Ahora estaba
soltando estupideces. No era verdad. Mientras que lo otro... mi padre, el
pasado, eso era diferente.
—Tal vez eso es lo que solía hacer, no sé... hey, ustedes saben que
tiene hermanas, ¿verdad? ¿Igual que su padre? Ya saben, su madre...
Rompe. Su. Cara. Hazle cicatrices, dale una sonrisa... Conviértelo en un
monstruo. Mis nudillos estaban blancos mientras apretaba los puños, con
la cabeza gacha, temblando mientras luchaba por el control. Seguía
comiendo mientras parecía que no me importaba. Sabía que mamá lloraría
si me metía en problemas. Papá se sentiría decepcionado. Por mucho que
no quisiera decepcionarlos, ya estaba harto de ser una víctima.
Lleva a Manic como una armadura... me recordé a mí mismo.
135
—Oye Hayden, ya que tu verdadero padre se folló a su hermana, ¿qué
opinas de Charlotte y Emily...?
Todo se había puesto rojo en ese momento. Cuando los nombres de
mis hermanas pequeñas salieron de su boca, no pude contenerme. Sabía
que había estado quieto, pero de repente me estaba moviendo. Al mismo
tiempo, mi visión y todas mis emociones se entumecieron y se volvieron
nebulosas. No recuerdo haber oído nada ni haber sentido nada. Pero cuando
por fin mi mente se aclaró, me encontré sentado sobre el pecho de Theo, con
los puños golpeándolo una y otra vez en el rostro, y los gritos de los demás
estudiantes sonando huecos y lejanos. Podía sentir que los demás
intentaban apartarme de él, pero yo no se lo permitía. Seguí y seguí,
ignorando el dolor de mis nudillos. La sangre, el llanto... nadie me ayudó
cuando estaba en el suelo. Nadie vino a rescatarme. Y, sin embargo, venían
al suyo. Eso me hizo sentir más resentimiento y amargura.
—Nunca... —Gruñí, dándole un puñetazo en la barbilla— nunca más,
—metí el otro en el lado opuesto, y el sonido de algo crujiendo se sintió bien,
un estremecimiento subiendo en mi pecho que nunca había conocido—
hables de mis hermanas... ¡nunca más!
Lo agarré del cuello de la camisa y tiré de él hacia arriba, de modo que
nuestros rostros quedaron tan cerca que la sangre que escupió me golpeó la
barbilla. Lo miré fijamente a los ojos, grandes, asustados y de un azul pálido.
Mi respiración era agitada, todo mi cuerpo vibraba como si estuviera cargado
eléctricamente, y no pude evitarlo. Grité. Grité tan fuerte en su rostro jodido
y ensangrentado que sentí que se me desgarraba la garganta. Un brazo
grueso me rodeó por el medio y tiró de mí por la fuerza antes de que el
director me arrastrara hacia atrás.
—¡Hayden! —gritó, con una voz de asombro al ver a Theo en el suelo—
. ¿Qué has hecho? —Su voz era extrañamente plana, como si la visión de la
figura ensangrentada fuera lo más perturbador que había visto nunca.
—¡Nunca hiciste nada! —Grité, mirando fijamente a la multitud
reunida, mirando salvajemente a todo el mundo—. ¡Ninguno de ustedes ha
hecho nada! Nunca me ayudaron. Jamás.
Excepto ella...
—¡Ya basta! —gritó nuestro director mientras varios profesores
corrían hacia Theo para ver cómo estaba, dos de ellos jadeando ante la
escena mientras se tapaban la boca—. ¡Basta ya! Ven conmigo. No puedo
creer esto... ¡de ti! No puedo...
Más tarde, cuando papá me recogió después de su reunión en la
escuela, me llevó a un ambulatorio donde descubrimos que necesitaba unos
puntos en la nuca. Mi barbilla tenía un feo moretón, al parecer de Spencer,
que había intentado noquearme mientras yo estaba perdido en mi rabia,
aunque ni siquiera noté el puñetazo. Mis nudillos estaban ensangrentados
136
y despellejados, pero el escozor era reconfortante. El gratificante crujido de
la nariz de Theo al romperse, de sus dientes liberándose de su mandíbula
bajo mi puño, me había rejuvenecido. Por primera vez en años, no me sentía
como una víctima. Sentí que había vencido, que por fin había despertado.
Desaté a Manic...

Esa noche, cuando mamá fue informada de la situación, la expresión


de su rostro hizo que mi victoria se convirtiera rápidamente en vergüenza.
La decepción en sus ojos, la forma temerosa en que me miró después de
escuchar cómo le había golpeado a Theo, parecieron desencadenar algo en
ella. Sus manos se alzaron y se apretaron contra su corazón, y dio un
pequeño paso atrás, como si la hubiera asustado o algo así, y eso me hizo
sentir mal.
Eso había ocurrido muchas veces en el pasado, cuando yo había
hecho o dicho algo que a ella le había molestado. Se callaba, se paralizaba
o huía. Entonces papá tenía que venir y arreglar el puente una vez más.
Esta vez, sin embargo, necesitaba que se quedara, que me escuchara. No
quería que pensara que era un monstruo. No lo era. Seguía siendo yo.
Todavía Hayden. Solamente que... otra parte de mí se había liberado,
cobrando vida, y había corrido a defenderme.
Manic.
—Dijo algo sobre Charlotte y Em —le dije, la mirada que me dirigía
hizo que se me estrujara el corazón y que la vergüenza se me agolpara en
las tripas—. No pude soportarlo más, mamá.
—Eso no se hace, Hayden —dijo ella, con la voz baja, quebrándose un
poco al escuchar mi nombre—. No puedes atacar así a la gente.
—Lo sé, es que... ¡me he vuelto loco! —Suspiré pesadamente y colgué
la cabeza entre las manos—. Aguanto esta mierda de esos chicos todos los
días, mamá. No podía soportarlo más. Lo siento. Lo siento mucho, pero no
podía más. ¡Soy un maldito fenómeno en la escuela! Un perdedor... ¡Soy el
hijo de un psicópata asesino! ¿Crees que me siento bien yendo allí cada día
sabiendo que todos lo saben? No podía soportarlo, sobre todo cuando
mencionó a mis hermanas...
Se quedó callada cuando le dije esto, y desde la puerta de mi
dormitorio en el ático pude escuchar el ligero crujido de la escalera cuando
papá se unió a nosotros. Pensé que se iría entonces, que la dejaría que se
ocupara de mí como había hecho en el pasado. Pensé que había terminado
conmigo, que había cruzado algún tipo de línea de la que nunca podría
137
volver. Se me llenaron los ojos de lágrimas al pensarlo, pero me negué a
dejarlas caer. No podía llorar delante de ella.
¿Había merecido la pena? ¿O escuchar las voces esta vez solamente
me había llevado por un camino que me arruinaría? Quería sentirme mal
por lo que había hecho, pero no podía. Al mismo tiempo, ver a mamá tan
disgustada me estaba matando.
Un ligero toque en el hombro me hizo levantar la vista, esperando ver
a papá, pero en su lugar estaba ella, de pie, con los ojos verdes brillantes
por las lágrimas.
—Hayden, lo entiendo. Todos tenemos nuestros límites —sus suaves
palabras hicieron que el aire que había estado reteniendo en mis pulmones
saliera de repente con un fuerte jadeo mientras mi cuerpo se estremecía.
Volví a bajar la cabeza, agradecido de que se hubiera quedado, de que esta
vez me hablara—. Todos tenemos nuestros límites —repitió—. Eso no te
convierte en una mala persona. No eres una mala persona. Eres bueno. ¿Me
oyes? —Su suave tacto al sujetarme la barbilla con las manos, obligándome
a mirarla, hizo que las lágrimas cayeran involuntariamente—. Eres bueno,
Hayden. Y nada de lo que digan esos chicos puede cambiarlo.
Jadeé, moqueando un poco al asimilar sus palabras, y asentí. Tenía
muchas ganas de creerle. Pero era difícil, sobre todo después de tantos
abusos durante tanto tiempo.
—Lo que hiciste estuvo mal, pero lo entiendo. Te quiero, ¿lo sabes? Te
quiero mucho.
Mis hombros empezaron a temblar ante sus palabras, sin darme
cuenta de lo mucho que necesitaba escuchar que mi madre aún me quería.
Me abrazó con fuerza y me abrazó mientras lloraba como un niño pequeño.
Su amor, su aprobación, significaban mucho. Ella había sufrido mucho
cuando yo era más joven, con muchos momentos difíciles que tuvimos que
superar a lo largo de los años, los problemas que mi padre le había ayudado
a superar, había habido un tiempo de paz entre nosotros antes de que las
cosas volvieran a estallar. Esos años fueron los más felices para mí. En los
que era un niño normal con una madre y un padre normales. Pero todo
había vuelto a cambiar y ahora era yo quien sufría.
—Ahora —me frotó la espalda y me dio un beso en la frente— sé que
te han suspendido esta semana, así que te enviaran tus tareas por correo
electrónico y quiero que las termines antes de la cena todos los días.
También te quitaré el teléfono por pelearte. Te lo devolveré en dos semanas.
¿Entendido?
Asentí, secándome los ojos furiosamente mientras intentaba
calmarme.
—De acuerdo, entonces. Voy a terminar de hacer la cena. Bajen en
diez minutos. Los dos —dijo mientras se detenía junto a papá para darle un 138
beso antes de bajar los escalones del segundo piso.
Cerró la puerta con cuidado y se acercó, sentándose a mi lado
mientras se pasaba una mano por el cabello rubio teñido de plata. Las patas
de gallo de la comisura de sus ojos se veían exageradas por las sombras de
la penumbra de la habitación. Sus tatuajes no eran tan brillantes como los
recordaba, pero aún podía distinguir la tela de araña que tenía a lo largo de
la garganta. Incluso la vieja cicatriz del rostro parecía más grande y
exagerada.
—Sé por qué lo hiciste —dijo bruscamente—. Lo entiendo. Y estoy
orgulloso de que te hayas defendido, aunque te hayas pasado un poco.
No dije nada mientras me tumbaba de nuevo en la cama, agotado
mientras me llevaba las manos a la nuca, observándolo.
Papá me levantó las cejas:
—No vuelvas a hacerlo, ¿bien?
Sonreí un poco y resoplé, poniendo los ojos en blanco mientras me
giraba para mirar al techo. Papá, siempre tan pacificador. Me esperaba esto
de él.
—En serio, chico. Casi tengo que llamar a tu abuelo para que le pague
a tu director. Después de tu semana de suspensión, debes hablar con el
consejero escolar antes de volver.
—Bien —murmuré.
—Bien —dice. Papá soltó una risita y sacudió la cabeza—. Hablo en
serio, Hayden.
—Yo también. Me mantendré al tanto de mis tareas escolares, lo
prometo. Y hablaré con un consejero. Siento haber hecho llorar a mamá,
haberla decepcionado. Pero no lamento lo que hice —le dije con sinceridad.
Como no dijo nada, añadí—: Mencionó a Charlotte y Emily.
Asintió en señal de comprensión.
—Me enteré.
—No tuvo oportunidad de mencionar a Mav… —murmuré, pensando
en mi hermanito, que solamente tenía unos meses. Pero antes de que
pudiera decir nada más, la mano de papá encontró mi hombro y lo apretó.
—Oye, he dicho que lo entiendo. No estoy enfadado contigo, chico.
Exhalé un suspiro de alivio. Mientras que mamá era toda lágrimas y
emociones, siempre podía contar con que él estaría al menos lo bastante
calmado como para sentarme a hablar con él sin romper a llorar. Era la roca
de nuestra familia. Recuerdo cuando era pequeño cómo me sentía cada vez
que me tomaba en brazos y me llevaba a hombros o me dejaba sentarme en
su regazo mientras paseaba en moto por la entrada de casa. Era mi
superhéroe, y escuchar que no estaba enfadado conmigo, que me 139
comprendía, me tranquilizaba de una forma distinta a como lo hacía con
mamá.
Extendió la mano y me dio un pequeño apretón en la rodilla. Me
incorporé, lo rodeé con los brazos y me relajé en su abrazo, abrazándome a
él como siempre hacíamos, y sonreí.
—Gracias, papá.

Por fin había llegado el momento de descansar de la interminable


conversación de todas las chicas de la casa. Mamá sostenía a mi hermanito
en brazos, con su cabello rubio tan claro que parecía polvo de luz sobre su
cabecita. Después de tener dos hermanas, me entusiasmaba la perspectiva
de no estar tan en inferioridad numérica. Charlotte siempre era la siguiente
en reclamarle, pero al tener casi ocho años, solamente podía hacerlo durante
un breve periodo de tiempo. Emily sentía curiosidad por la nueva
incorporación y no parecía apreciar ya no ser la menor. Papá la atrapó
robando el chupete de Maverick, su mantita de bebé, incluso llegando a
retroceder en su comportamiento y exigiendo que la llevaran en brazos a
todas partes. Mamá decía que la fase pasaría, pero era muy molesta. Me
encantaba Em, pero ver a mi hermana de cinco años haciendo una rabieta
porque no la dejaban entrar en el cochecito de bebé casi me destroza los
tímpanos.
Un par de semanas después de que se me fueran las manos con Theo,
y tras una suspensión, volví a la escuela, sólo que últimamente, cuando
caminaba por los pasillos, me dejaban de lado. Era extraño. Después de
tantos años de temer a los demás, descubrí que me había convertido en
alguien a quien temer. En cierto modo, me gustaba. Por primera vez en
mucho tiempo, me sentía seguro en la escuela.
Después de cenar, seguí a mi padre hasta el pequeño garaje que había
junto al bosque. Aunque me había alejado de mi familia a lo largo de los
años, cada vez que el abuelo J venía a cenar, me costaba esconderme.
Aquella noche, le pisaba los talones a él y a papá mientras cruzábamos el
patio, dejando a mis hermanas con una película mientras mamá le daba el
biberón a Maverick. Papá trabajaba mucho en el viejo edificio del banco, que
utilizaba como taller para poder estar en casa la mayor parte del tiempo.
Era aquí donde él, abuelo J y yo pasábamos el rato y nos divertíamos un
poco. Papá tenía un monovolumen estacionado dentro y, tras darme un
refresco a mí y una cerveza al abuelo, abrió el capó y se puso a trabajar.
—Bueno, Hayden —dijo el abuelo J despreocupadamente, dando un
sorbo a su cerveza mientras sostenía una luz para papá, cuya cabeza rubia
140
y canosa había desaparecido en el motor mientras trabajaba— ¿aún te
interesa comprarte una moto?
Se me encogió el corazón al pensarlo. Durante años, vi al abuelo y a
sus amigos pasear por la ciudad en sus geniales Harley y deseé ser como
ellos. Aunque yo quería una moto rápida, no una cruiser como las que ellos
conducían. Quería una como la de mi padre.
—¡Sí! Más que nada, pero... —mi voz se apagó un poco cuando la voz
de mi madre sonó en mi cabeza— de ninguna manera mamá lo permitiría.
El abuelo se burló y sacudió la cabeza:
—Es que le preocupa que la estrelles...
—Más bien nos preocupa que el tráfico no lo vea —la voz apagada de
papá habló desde debajo del capó—. La mayoría de los accidentes son
causados por otros conductores. No me gusta la idea de que circule por
Ashland cuando hay tanta gente descuidada en la carretera.
—¿Y si prometo quedarme en la ciudad? —pregunté, esperanzado. Si
podía convencer a alguno de mis padres para que me dejara tener una moto,
era a papá. Le gustaban los juguetes de carretera tanto como al abuelo, pero
con mamá en la oreja, sabía que me costaría convencerlo.
—Creo que es justo —dijo el abuelo J, y yo le sonreí, tan contento de
que me apoyara. Papá se quedó un rato callado mientras se lo pensaba, y el
abuelo empezó a hablar de cómo podría trabajar en su club limpiando los
baños, los platos o el suelo para ganar dinero.
Finalmente, papá murmuró:
—Ya veremos —y volvió al trabajo.
El abuelo volvió a mirarme mientras yo me quedaba mirando un
póster muy viejo y andrajoso de un grupo de música que había escuchado
años y años atrás. Los bordes estaban un poco rasgados y arrugados, el
papel no tan blanco como solía ser, cubierto de polvo de la tienda y de la
edad.
—Bueno, chico, ¿te ha llamado la atención alguna chica de la escuela?
¿No se acerca tu primer baile escolar?
—Sí —murmuré en voz baja. El estúpido baile “Spring Fling” para
alumnos de secundaria iba a ser el fin de semana del Festival de Primavera,
justo una semana antes de mi decimocuarto cumpleaños. Bajé la mirada y
jugueteé con la lata de refresco. Aunque todas las chicas no me tuvieran
miedo, no había ninguna a la que quisiera invitar. Durante tanto tiempo se
quedaron quietas, riendo e insultando mientras Theo y sus amigos iban por
mí. ¿Por qué carajo iba a interesarme alguna de ellas?
141
—¿Aún no se lo has pedido a nadie? Se acerca rápido —dijo el abuelo
riendo y guiñándome un ojo—. Deberías pedírselo a una chica guapa e ir a
divertirte. Vive un poco.
—Las chicas de mi escuela son unas zorras —murmuré.
—Tranquilo, chico —me llamó papá desde donde estaba medio
enterrado— no juzgues tan rápido.
—Pues lo son —insistí. Theo, Spencer y ellos habían enredado a todas
las chicas en su red de crueldad. Las chicas eran tan malas como los chicos.
No me importaba ni una sola de ellas.
—Llama a las cosas por su nombre —dijo el abuelo, sonriendo cuando
papá se levantó para golpearle el hombro con una llave inglesa—. Por lo
general, la gente está pasando por un momento difícil, y arremeten. Pero a
veces, una persona es simplemente un idiota. Esa es la verdad.
Pensé en ello. Tal vez las chicas estaban pasando por sus propios
problemas que actuaron de la manera que lo hicieron. Algunas de ellas
definitivamente entraban en esa categoría. Pero, en general, me daba la
impresión de que querían parecer geniales y seguían a la multitud para
encajar. Me preguntaba si yo hubiera estado en su lugar, si otro pobre chico
hubiera sido el que todos habían decidido odiar, ¿me habría unido a ellos?
Apreté los labios al pensarlo, sintiéndome mal. Joder, espero que no.
—Pues yo los odio a todos —espeté.
El abuelo carraspeó un poco para llamar mi atención. Lo miré desde
debajo de mi cabello oscuro, deseando que no pareciera que mis palabras lo
habían herido personalmente.
—Escucha, pequeño, habrá gente en tu vida a la que amarás. Habrá
algunas que toleres, y luego, siempre estarán esas pocas con las que nunca
te llevarás bien. Nunca. Así son las cosas. Pero no los pintes a todos con la
misma brocha. Aún son muy jóvenes. Tienen mucho que crecer. Y ellos
también lo harán.
—Sí, claro —murmuré en voz baja, pero sabía que ambos me habían
escuchado.
—Mantén los ojos y el corazón abiertos, muchacho —dijo el abuelo—.
El amor golpea en los momentos más inesperados. Así fue entre tu abuela y
yo —dijo, sonando un poco triste mientras sus ojos oscuros se desviaban
para mirar los árboles verdes por la puerta abierta del garaje, aparentemente
perdido en un recuerdo. Pero al cabo de un minuto parpadeó, me miró y
sacudió la cabeza antes de reírse—. He visto a muchos tontos enamorarse
perdidamente de una chica guapa. Incluido este lamentable saco de mierda.
—Pude escuchar la bofetada, seguida de un gruñido, y supe que el abuelo J
le había dado una bofetada amistosa a papá.
—No has visto una mierda, viejo —replicó papá—. No supe nada hasta
el último segundo. 142
—Sí, bueno, aun así me lo imaginé —murmuró el abuelo indignado.
Eché un vistazo justo cuando papá se enderezó, con una mancha de
grasa en el hueco de la mejilla bajo la cicatriz que le recorría el rostro,
mientras tomaba un paño del bolsillo trasero y se limpiaba las manos.
—¿Mamá y tú lo mantuvieron en secreto? —pregunté, con las cejas
levantadas. A pesar de lo que sabía por los chicos de la escuela, mamá
siempre había sido muy reservada sobre su pasado. Pero tampoco es que se
lo preguntara. Sobre todo desde el día en que mi vida se desmoronó. La
brecha que había empezado a abrir entre mi familia y yo había crecido
lentamente con los años, haciendo más difícil acudir a ella para casi
cualquier cosa.
—Lo hicimos —papá se sacudió el cabello rubio de los ojos, con
mechones blancos ocultos entre el dorado, y me sonrió—. Bueno, nuestra
amistad, al menos.
—Amistad, una mierda —refunfuñó el abuelo, apoyándose en el
parachoques de la camioneta—. Cartas de amor a mis espaldas durante
años, mensajes de texto, regalos...
—Todo amistad —estipuló papá, su tono completamente serio.
Arrugué la frente, curioso por saber más.
—Si eran amigos, entonces... ¿cómo se enamoraron? ¿Cuándo
ocurrió? ¿Qué cambió?
Vi cómo bajaba su aguda mirada azul al suelo, todavía limpiándose
las manos una y otra vez con aquel trapo sucio, y la comisura de sus labios
se levantó muy ligeramente, su mirada algo desenfocada como perdida en
sus pensamientos.
—Estaba allí de pie, bajo la luz dorada del sol, sonriendo a los árboles,
hablando con un cuervo. Cuando se giró para mirarme, sentí que perdía mi
corazón por ella en ese momento. Desde entonces, ha sido ella. Siempre lo
será. —Levantó los ojos y su expresión pasó de ser la de un recuerdo
entrañable a la de una angustia reprimida—. El pasado es algo complicado
y desordenado, Hayden. Lo único que puedes hacer es aprender de él y
seguir adelante, no dejar que decida tu futuro. La gente comete errores, y
eso está bien. Lo que importa es cómo los superas, ¿me entiendes?
Quería preguntar más, saber por qué el abuelo se había quedado
callado, con la sonrisa borrada del rostro mientras él también parecía
ensimismado en recuerdos más dolorosos. Pero algo me decía que no era el
momento.
—¿Cómo se conocieron? —pregunté, preguntándome cómo habían
llegado él y mi madre a pesar de que mi verdadero padre estaba de por
medio. 143
El abuelo, que en ese momento estaba apoyado en un banco de
trabajo, con los brazos cruzados, levantó las cejas y giró dramáticamente la
cabeza hacia un lado, mirando directamente a mi padre, y dijo en voz alta:
—Así es, Keenan. ¿Cómo conociste a Mina? —Su voz estaba llena de
sugerencias e insinuaciones, pero papá se limitó a reír y a poner los ojos en
blanco hacia el techo.
—Nos conocimos por accidente...
—Accidente, una mierda —murmuró el abuelo J en voz baja.
—Bien, ¿qué tal... por una serie de eventos desafortunados? —Papá
miró al abuelo, las cejas levantadas en lo alto de su frente—. Quiero decir,
todo empezó por tu generación motera. En todo caso, todo es culpa tuya. —
Podía escuchar la burla en su voz, y aunque el abuelo fingió parecer furioso
e indignado por sus palabras, su boca se crispó mientras daba otro largo
sorbo a su cerveza.
—Bueno, verás, chico, tu madre y yo iniciamos una amistad a una
edad muy temprana. Con los años, nos convertimos el uno en el otro... en
una red de seguridad. Un hombro sobre el que llorar, una luz a la que
recurrir. Nos convertimos en la persona de la otra. La persona con la que
podíamos ser nosotros mismos y no preocuparnos por el juicio o la
decepción, en nosotros mismos o en el otro.
Era una respuesta, y no lo era. Se conocieron muy jóvenes, dijo. Me
lo pensé un momento. ¿Cómo iba a conocer a alguien que me aceptara por
lo que era? Yo era Hayden Shay Mathers, el mayor bicho raro de la ciudad.
Nadie quería tener nada que ver conmigo.
—Eso suena imposible —dije, pensando en todas las chicas horribles
de mi escuela.
—Es un mundo muy grande, Hayden. Y tengo que decirte, chico, que
ninguno de los dos serán perfectos, pero no pasa nada. Si quieres encontrar
a la indicada, busca a alguien con quien puedas ser completamente tú
mismo. Alguien con quien puedas... dejarte llevar y ser tonto y divertirte, sin
importar lo que estés haciendo. Es aceptarse el uno al otro tal y como son
al final del día.
—Así que ese es el secreto, ¿eh? —preguntó el abuelo, riéndose un
poco—. ¿Alguien con quien ser tonto?
—Alguien con quien ser uno mismo —añadí—. ¿Ser la persona del
otro?
La mirada de papá se desvió hacia la casa, donde podíamos ver a
mamá en la ventana. Maverick estaba acurrucado en sus brazos mientras
ella le acariciaba la espalda, moviendo la boca como si le estuviera cantando
una canción, una imagen de satisfacción y felicidad.
144
—Alguien a quien quieres más que a ti mismo —dijo en voz baja. Vi
cómo toda la postura de papá parecía derretirse como pudín, la sonrisa
profundizando los hoyuelos bajo su barba, pareciendo que acababa de
enamorarse de ella de nuevo—. Eso es amor, chicos. Eso es amor. —Nos
dedicó esa sonrisa torcida a los dos, se giró hacia la camioneta y metió la
cabeza bajo el capó una vez más, volviendo al trabajo.
La boca del abuelo se torció y se secó un ojo con la manga de la camisa
antes de enderezar la garganta y darme la linterna:
—Guárdale esto a tu papá, ¿eh? Tengo que irme. —Le dio una
palmada amistosa en la espalda a mi padre antes de despeinarme, riendo
entre dientes mientras se alejaba cojeando, dirigiéndose a su querida Harley
y desapareciendo en la noche.
Aquella noche me olvidé de mantener las distancias con mi familia y
opté por quedarme con mi padre, ayudándole con las herramientas que
necesitaba y escuchando la música de su viejo reproductor, mientras
pensaba en lo que me había dicho. ¿Tendría alguna vez la suerte de
encontrar a una chica que me enamorara cada vez que la viera? No lo creía.
Lo que tenían mamá y papá; era especial. Algo que creo que ni yo, ni siquiera
el abuelo J, entenderíamos del todo.
Cuando era más joven, recuerdo que me despertaba por la noche y oía
música suave en el exterior. Me acercaba sigilosamente a la ventana de mi
dormitorio y me asomaba al patio trasero, donde encontraba a mis padres
estrechamente abrazados, moviéndose lentamente en círculo sobre el
terreno, tocándose las cabezas, mientras una vieja canción sonaba
inquietantemente en el crepúsculo. Los fines de semana, bajaba las
escaleras y me los encontraba sentados en su sofá en el jardín de enfrente,
con tazas de café humeante, tomados de la mano mientras veían cómo se
animaba el día. La forma en que mis padres se miraban a menudo me
provocaba arcadas de niño y les rogaba que no se besaran delante de mí.
Pero lo hacían. Siempre, para mi disgusto.
Sí, cuando era más joven, no entendía cuánto se querían. Pero a
medida que crecía, a medida que mi vida fuera de esta casa empezaba a
girar en espiral, me encontré buscando cualquier signo de amabilidad,
comprensión, respeto... amor. El mundo parecía feo e injusto, todos crueles
y mezquinos. Durante tanto tiempo, mientras mantenía la separación de mi
familia a medida que aumentaban la tortura y el acoso en la escuela, echaba
de menos lo que tenía delante de mí. Me di cuenta de que existía aquí mismo,
en mi propia casa. Lo había encontrado en mis padres.
Esperaba que algún día yo tuviera la misma suerte que ellos. Que
encontraría a alguien que me aceptara por lo que era... que un día amaría a
alguien más de lo que jamás podría amarme a mí mismo.

145
Capítulo Doce

Hoy ha sido probablemente el día más fácil que he tenido en la escuela


desde que tengo memoria. Sentía que el peso sobre mis hombros era más
ligero, más manejable de llevar. Era algo que no había sentido desde que era
niño. Caminar por los pasillos con Maddy, saber que confiaba en mí, que
me permitía acercarme, que quería que lo hiciera, enviaba una extraña
sensación a través de mi sistema que me hacía sentir que por una vez no
me estaba ahogando en este lugar. Aún así no bajé la guardia del todo. Veía
cómo Theo y sus secuaces nos observaban cada vez que pasábamos por los
pasillos o nos sentábamos juntos a comer. Era rencoroso, vengativo, y algo
sobre Maddy y yo le había llamado la atención.
Siempre me había dicho que quería devolvérmela por haberle jodido
el rostro, y desde entonces me vigilaba las espaldas. Sabía que estaba
obsesionado con la idea, pero nunca había hecho nada. Observaba, aunque
no como ahora. Juro por Dios que si le toca un cabello a Maddy, me
146
aseguraré de que no le quede ni rostro. Así que, cuando los atrapé a él, a
Ayla y a Spencer mirándonos atentamente durante la comida, me aseguré
de cruzar miradas con cada uno de ellos. Entrecerré los ojos mientras
miraba fijamente a Theo, deseando que pudiera escuchar mis
pensamientos.
Haz un movimiento, hijo de puta. Te reto. Dame una puta razón y me
aseguraré de que no vuelvas a poner los ojos en ninguno de los dos. O en
nadie, para el caso. Así que dame una puta razón...
Entendió el mensaje y apartó la mirada para murmurar algo a sus
ovejunos seguidores. Sin embargo, Ayla Savard seguía fulminando a Maddy
con la mirada, lo que solamente hizo que me pusiera más nervioso por ella.
Ayla era muy mezquina. Siempre lo había sido. Desde que me tiré a aquella
chica de la escuela de Ashland en aquella fiesta, por follármela, se había
empeñado en intentar arruinar la reputación de esa chica a través del acoso
en Internet y utilizando la red de chismes. Por suerte para esa chica, sus
amigas la apoyaron, reconociendo los signos de “chica mala” que Ayla estaba
mostrando, y la chica pudo seguir adelante con su vida. Yo no la conocía
bien y no quería empezar nada, pero eso no significaba que no me gustara
lo que Ayla intentaba hacer. Me había estado preparando para intervenir a
hurtadillas, manteniendo oculta mi identidad mientras divulgaba a todo el
mundo cierta información que había escuchado sobre ella, pero cuando el
insignificante tren no llegó a su parada, pasé a un segundo plano.
Ahora parecía que Ayla tenía un nuevo objetivo, y que me aspen si
dejo que intente siquiera empezar algo con Maddy. Parece que tendría que
intervenir antes de que ella empezara a disparar.
Empecé a jugar distraídamente con el cabello de Maddy mientras
almorzábamos, sin perder de vista cualquier posible amenaza. Sé que los
chicos estaban hablando de lo que le había hecho a Lucas, lo cual era
totalmente cierto. Lo había hecho, y lo había hecho por lo que él le hizo a
Maddy. Pero nadie me necesitaba para confirmarlo. Y como en realidad no
había nada que me relacionara con el incidente o con Lucas, para el caso,
me dejaron en paz. La mayoría de los estudiantes aquí eran lo
suficientemente inteligentes como para no pensar en joderme. Solamente
había un grupo de imbéciles que parecía que nunca podían hacer lo
inteligente y contar sus pérdidas. Theo había empezado todo en su día. Ayla
se había metido en mis asuntos. Ambos necesitaban irse a la mierda y dejar
las cosas como estaban. Pero no lo hicieron. Y solamente les quedaban dos
meses para hacer algo antes de que nos graduáramos y nos fuéramos, fuera
de su alcance.
A diferencia de mi tía Casey y de mamá, que siempre habían hablado
de ver el mundo y dejar este lugar, yo dejaría Ashland atrás cuando tuviera
la oportunidad. El único cambio en mis planes ahora era que no me iría
solo. Iba a llevar a Maddy conmigo.
Solamente tenía que mantenernos a salvo hasta entonces.
147

—¿Has visto alguna vez la obra Sueño de una noche de verano? —me
preguntó Maddy mientras recorríamos el teatro vacío. Llevábamos nuestras
cámaras. Solamente que esta vez era ella la que deambulaba, haciendo
tomas de práctica, mientras yo me quedaba en medio del escenario
observándola. Había sido angustioso en Educación Física, ver desde la sala
de pesas cómo Maddy se quedaba sola en el gimnasio de abajo, con Ayla y
sus amigas merodeando cerca, lanzándole miradas de zorra malvada. De vez
en cuando miraban hacia mí, pero yo las fulminaba con la mirada y les
devolvía la advertencia. No debería haber subido hasta aquí, pero mis
pensamientos estaban centrados en Theo y Spencer, así que me mantuve lo
bastante cerca como para escuchar a hurtadillas, pero no hacían más que
hablar del Festival de Primavera. Me había olvidado por completo de las
perras malvadas que dirigían esta escuela.
—No lo he hecho —le dije, observando cómo subía un poco los
escalones antes de tomar asiento en el borde del lado derecho del auditorio,
levantando su cámara y escaneándola a su alrededor—. Pero he leído la
obra.
Incluso desde aquí, noté que las comisuras de sus labios se movían
un poco, como si pensara en algo gracioso. Entorné una ceja,
preguntándome qué se le estaría pasando por la cabeza cuando de repente
dijo:
—¡Di cheese! —y chasqueó, el flash casi cegándome.
—No puedes usar el flash durante la obra —le dije, frotándome los
ojos furiosamente—. La profesora de teatro, la señora Potter, se enfada si
pasa algo entre el público que pueda distraer a los chicos en el escenario. —
Pensé en el año pasado, cuando el teléfono de alguien sonó en medio de
Sweeny Todd. Se levantó de su asiento en el primer banco y miró a la
multitud hasta que encontró al culpable, y luego lo acompañó
personalmente a la salida, mientras lo regañaba como a un niño.
—Whoops —Maddy jugueteó con los ajustes de la cámara, con el ceño
fruncido, formando una pequeña línea en la frente, algo que noté que le
ocurría cuando se sentía incómoda o ansiosa. Probablemente odiaba la idea
de meterse en problemas, y pensé en cómo reaccionaba ante cualquier
profesor o miembro de la autoridad. Le gustaba dejar espacio entre ellos,
nunca los miraba a los ojos y siempre parecía replegarse sobre sí misma.
—No te preocupes. Si pasa algo así, yo asumiré la culpa —le dije. A
diferencia de ella, yo no tenía ningún miedo a la autoridad. Especialmente
a aquellos que no eran mis padres o parte del MC del abuelo J. Yo creía 148
firmemente que el respeto había que ganárselo. Tu edad no te daba un pase.
Pero Maddy parecía aún más ansiosa cuando dije esto y sacudió la
cabeza, bajando la cámara a su regazo:
—No, Hayden. No cargues con la culpa de algo que no hiciste. No es
justo.
—No me importa, Maddy —le dije, poniendo los ojos en blanco y
riéndome un poco—. La señorita Potter es como un chihuahua enfadado.
Dejaré que lo grite y luego me iré.
—No me gusta la idea de que cargues con la culpa de algo que yo he
hecho. —Se le marcó una línea en la frente y me di cuenta de lo mucho que
le molestaba esa idea. Me sentí extrañamente conmovido al pensar que se
preocupaba tanto por mí, pero aún así me reí al pensar en la señorita Potter
gritándome desde su metro setenta de estatura.
—Maddy, déjame ser un caballero para ti, ¿bien? —Sonreí un poco, y
solamente sentí que se ensanchaba cuando noté que el rosa de sus mejillas
se iluminaba al escuchar mis palabras y murmuraba un tímido “Bien” como
respuesta. Subí lentamente las escaleras, no me gustaba la distancia que
había entre nosotros, pero me había obligado a permitirlo cuando entramos,
quería que se pusiera cómoda después de haber estado esa hora separados.
Noté que había estado callada después de Educación Física, así que le di un
poco de espacio. Me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero
para no acercarme a ella. Por alguna razón, no podía mantenerlas quietas
cada vez que nos acercábamos. Tenía que recordar constantemente que
debía contenerme, pero entonces resbalaba y la rodeaba con el brazo o
jugaba con su cabello. Por eso, cuando me acerqué a ella, me detuve a varios
metros de distancia, apoyando el hombro en la pared.
Se movió un poco, bajando la mirada hacia la cámara que tenía en el
regazo, jugueteando con ella con una especie de energía nerviosa, pero
percibí el pequeño esbozo de una sonrisa en sus labios, y aquel hermoso
rubor rosado no hacía más que aumentar. Tímida. Estaba siendo tímida, no
asustada.
Acércate a ella, Hayden.
Deliberé un momento, observando cómo evitaba mirarme, y me
arriesgué.
—¿Maddy? —Murmuré suavemente.
—¿Sí?
Alargue la mano y la coloqué debajo de la suya, deseando enroscar
mis dedos alrededor de su suave piel, pero en lugar de eso, serpenteé
alrededor de la cámara que sujetaba y tiré suavemente de ella para liberarla.
Volví a recostarme contra la pared, fingiendo que solamente había querido
ver sus fotos todo el tiempo y no que había tenido un momento de debilidad 149
con la intención de cerrar la brecha física que nos separaba. En mi periferia,
pude distinguir la forma en que sus mejillas ardían más, algo que no había
creído posible, y sentí una sensación de placer al pensar que la había hecho
sonrojar tan profundamente.
—¿Cómo te va con esto? —pregunté, ojeando las fotos y observando
que en la mayoría de ellas yo había salido en la foto.
¿Había intentado capturarme como yo a ella? Mis pensamientos se
dirigieron a la foto que le había hecho y que guardaba en mi mochila,
sacándola de vez en cuando para poder mirarla cuando no estaba cerca. La
había tomado el primer día que pasamos juntos aquí, una foto robada
cuando ella había estado mirando a otra parte. Aquella imagen de ella, sus
grandes ojos color avellana tan inocentes y hermosos, el cabello
momentáneamente retirado del rostro, los labios ligeramente entreabiertos,
todo lo que había en ella en aquella foto me cautivó.
—Creo que está bien. No tengo con qué compararlo —dijo Maddy,
retorciéndose un poco en su asiento. Se llevó las manos al extremo de la
coleta y empezó a retorcer los mechones alrededor de los dedos, un gesto
nervioso, pero me di cuenta de que no tenía miedo. No de mí. Su cuerpo
estaba inclinado en mi dirección y su pie descansaba cerca de la punta del
mío. Si tuviera miedo, pondría distancia entre nosotros, como aquel primer
día—. Pero creo que es seguro decir que ser fotógrafa no es mi vocación.
Sonreí un poco. Mucha gente creía que podía publicar sus fotos en
National Geographic solamente por apretar un botón. Había mucha
habilidad, paciencia y conocimientos detrás de todo. Me encantaba, y
aunque sabía que era el mejor de mi clase, aún me quedaba mucho por
aprender.
—Es divertido —añadió rápidamente, como si pensara que me había
insultado de alguna manera y temiera mi reacción. La miré por debajo del
cabello que me caía sobre la frente—. No me malinterpretes. Solamente que
no es una pasión como lo es para ti.
Levanté una ceja, confuso.
—Es tu pasión, Hayden —dijo ella, como si fuera evidente—. Te pones,
no sé... diferente... cuando estás detrás de la cámara. —Desvió la mirada
hacia el escenario, como si recordara algún momento en el que me hubiera
estado observando y hubiera visto algo allí—. Creo que eres una de esas
personas que realmente estan destinadas a salir, a explorar el mundo y a
que se vean tus fotos, a que la gente vea el mundo a través de tus ojos y lo
hermoso que es todo.
Me quedé mirándola mientras hablaba, con la sensación de que se me
entumecían los dedos y la mente completamente en blanco. Cuando se giró
y me miró, me quedé completamente helado. Solamente puedo imaginarme
lo que le parecí a ella. Aterrorizado, probablemente. Un poco confuso. ¿Cómo 150
podía saber lo que yo quería sin conocerme realmente? ¿Cuánto tiempo he
estado en esta escuela, primero ridiculizado y marginado, luego temido y
marginado? Estos chicos llevaban conmigo desde que tenía cinco años y no
sabían nada de mí. Sin embargo, parecía que Maddy, después de solamente
unos días, había visto mucho más que los demás.
—¿Estás bien?
Su voz me trajo de vuelta, sus ojos muy abiertos, un poco aprensivos,
como si estuviera preocupada por mi reacción. Me aclaré la garganta y
apagué su cámara, devolviéndosela mientras trataba de actuar como si no
estuviera un poco conmocionado por su observación.
—Sí, lo siento, solamente un poco distraído.
—¿Todo bien?
Las únicas personas que me preguntaban esto eran mis padres y mi
abuelo, siempre que los dejaba acercarse lo suficiente como para verme de
verdad. Aparte de esos breves momentos con ellos, nunca nadie más quiso
saber si estaba bien en algún sentido. Bajé los ojos al suelo, metiéndome las
manos en los bolsillos de la chaqueta, y murmuré:
—Sí, solamente pensaba en el proyecto. Si vienes a mi casa después
de clase, podría enseñarte algunas de las cosas que he hecho para los
periódicos estudiantiles y locales. Podría ayudarte a hacerte una idea de lo
que se espera.
Bien hecho, Hayden, susurró la voz en mi mente, sonando
impresionada. Se te ocurrió muy rápido. Ponla a solas contigo...
No. No es así.
¿Estás seguro? ¿Seguro que no quieres llevarla a tu habitación para
poder...?
Nunca lastimaría a Maddy. No de la forma en que lastimas a la gente.
Finalmente, silencio. Miré a Maddy.
—¿Qué opinas?
Ella se mordió el labio inferior, la visión me distrajo mientras pensaba
en mordisquearlo con mis propios dientes y arrastrarlo hacia fuera antes de
permitirme besarla, mi lengua masajeando sobre la suya, saboreándola…
Joder, necesitaba tocarla. Cuando ese pensamiento cruzó mi mente, pude
sentir cómo mi polla se ponía dura mientras mis pensamientos descendían
rápidamente a otros similares a los de la otra noche, cuando me masturbé.
De hecho, ahora era un ritual nocturno, en el que me tumbaba en la cama
y me follaba la mano mientras pensaba en ella. Era en esos momentos
cuando la voz oscura se apoderaba por completo de mí y me entregaba a
todo lo que había reprimido durante el día. Me imaginaba sujetándola 151
mientras me la follaba, saboreando cada parte de su cuerpo, deleitándome
con la suavidad de su piel, la expresión de éxtasis en su rostro mientras la
hacía correrse una y otra vez...
¡Mierda! Me moví de sitio, levantando una pierna para cruzarla con la
otra, forzando mi polla hacia abajo. Jesús, lo último que necesitaba era ver
aquello apuntando a medio metro de su rostro.
—¿Estás seguro? ¿No es mucha molestia?
Dios, ¿de verdad creía que pasar más tiempo con ella era un
obstáculo? Seguramente, ella podía ver que yo apenas estaba manteniendo
la compostura para no agarrarla. Estaba luchando. Me reí un poco y puse
los ojos en blanco.
—Maddy, no te lo habría ofrecido si me sintiera así. Me encantaría
ayudar.
Sus labios se curvaron y asintió. Los ojos de Maddy se iluminaron
mientras me miraba desde su acogedor casillero.
—Entonces, sí. Sería estupendo. —A pesar de sus palabras, pude
escuchar algo más en su voz: una mezcla de excitación y especulación.
—¿Qué pasa? —pregunté, curioso. Oh no, ¿estaba nerviosa por estar
a solas conmigo?
—Nada, es que... —su voz se entrecortó un momento, como si
intentara encontrar la manera de expresarlo con palabras—. Quiero decir,
nunca he ido a casa de un amigo. Nunca he invitado a nadie a mi casa. Es
algo tan normal.
Me dolía el corazón por ella. Que Maddy estuviera en Phoenix House
significaba muchas cosas. No estaba con sus padres por una razón, y
aunque aún no sabía exactamente por qué, solamente podía suponerlo.
Drogas, alcohol, abusos... la idea de que hubiera tenido una educación tan
dura encendía un fuego en mis venas, y quería sacarla de ese mundo y darle
todo lo que se merecía. Aunque fuera algo tan “normal” como ir a casa de
un amigo después de la escuela.
Más que amigos... susurró la voz, volviendo a hablar. La ignoré.
—Bueno, espero poder cumplir las expectativas —le dije, sonriendo
un poco mientras bromeaba.
Se rió, el sonido fue tan ligero y rápido que casi no lo oí. Pero era como
las campanas en Navidad. Hermosas. Y sin embargo, se fueron demasiado
pronto.
—Estoy segura de que será genial. Agradezco la ayuda. Necesito estos
créditos si quiero graduarme.
—Los obtendrás. Me aseguraré de ello —dije, decidido. Porque si iba 152
a dejar atrás Ashland por cosas mejores; viajes, fotografía, el mundo...
entonces la quería a mi lado.
—¿Me lo prometes? —preguntó, con sus ojos brillantes sonriéndome
mientras se levantaba y volvía a guardar la cámara en la mochila.
Mi sonrisa se amplió ante su inocencia y le tendí un meñique. Lo miró
fijamente, casi como si le entristeciera verlo, antes de sonreír un poco y
rodearlo con el suyo.
—Lo prometo —juré.

—¿Hablas en serio? —preguntó mientras sacaba el casco de la


mochila. Estábamos en el estacionamiento junto a mi moto y, a pesar de lo
aprensiva que sonaba, pude ver la emoción en su rostro ante la perspectiva
de salir a dar una vuelta. Sonriendo, me acerqué a ella por detrás, palpé el
elástico que sujetaba su cabello y tiré suavemente de él. Era tan suave, las
hebras parecían de seda bajo mis dedos cuando se lo peiné antes de
colocarle el casco en la cabeza.
—Como un infarto —le dije, tirando de la correa que tenía bajo la
barbilla para ajustarla bien. No había previsto traerla hoy a casa. Había sido
una idea improvisada, y el hecho de que ella hubiera aceptado me había
encendido una chispa que aún no se había apagado. Me quité la chaqueta
y se la tendí para que se la pusiera.
Maddy abrió los ojos con preocupación.
—¿Y tú? ¿No tienes casco? ¿U otra chaqueta?
—Estaré bien —me encogí de hombros—. He montado por aquí tantas
veces que podría hacerlo con los ojos cerrados.
—Estoy pensando más en que otros autos en la carretera nos golpeen.
No en tu capacidad para conducir.
—Estaré bien, Maddy —insistí, dándole una pequeña sacudida a la
chaqueta mientras se la tendía.
—No quiero que te hagas daño si pasa algo —insistió.
—No me haré daño.
—No eres Superman.
—Un poco sí.
Entrecerró los ojos, claramente irritada por mi falta de preocupación
por mi propio bienestar. Eso o pensaba que estaba delirando. Riéndome de
153
su expresión, negué.
—Maddy, tendré mucho cuidado. No chocaremos, no me haré daño,
pero quiero asegurarme de que estás completamente cubierta por si acaso.
¿Crees que me lo perdonaría si te pasara algo?
—Bueno, si vas a ser un conductor tan cuidadoso, entonces no
necesitaré la chaqueta, ¿no? —Me espetó, y yo suspiré, dejando caer la
cabeza hacia atrás mientras ponía los ojos en blanco hacia el cielo.
—Sígueme la corriente, Maddy. —Volví a mirarla, apretando los labios.
Si de verdad pensaba que iba a dejarla montar en esta cosa sin protección,
se merecía otra cosa. De ninguna manera iba a correr ese riesgo. Supongo
que se dio cuenta de lo serio que iba, porque finalmente suspiró y cedió,
dándose la vuelta para meter los brazos por las mangas. La chaqueta era
enorme, un poco grande incluso para mí, pero se la tragó. La rodeé para
subirle la cremallera, ya que ni siquiera se le veían los dedos en los puños,
y le alisé los hombros, pasando la mano por encima del parche de Manic de
The Celtic Beasts MC.
Mantenla a salvo, pensé mientras la ayudaba a remangarse lo
suficiente para que se le vieran las manos. Me di la vuelta, me subí a la moto
y estiré la mano para tirar del cuero de la chaqueta y acercarla. Como su
mochila era mucho más pequeña que la mía, la guardé en la alforja y ahora
le puse la mía a la espalda, apretando las correas para que no se cayera y
quedara atrapada bajo el hueco de la rueda.
—Súbete por este lado —señalé al lado izquierdo. Se acercó, parecía
emocionada y nerviosa al mismo tiempo, y cuando saqué el caballete e
incliné la moto hacia un lado, pudo pasar una pierna por encima del
respaldo y colocarse detrás de mí. Nos enderezamos y giré la llave, apreté el
botón de encendido, tiré del embrague y apreté el botón del motor. Cuando
empezó a retumbar debajo de nosotros, logré distinguir el susurro de Maddy:
—Mierda.
No pude evitar soltar una carcajada. Sus palabrotas eran como un
cordero intentando darle un mordisco a un lobo. No tenía ningún sentido.
Me acerqué por detrás y le tomé las manos, tirando de ella para que
pudiera sentir su cuerpo apretado contra mi espalda, y me rodeó la cintura
con los brazos, asegurándolos sobre mi estómago.
—Oh, mierda... —susurró de nuevo, y sentí que me iba a partir de
tanto reír.
—Agárrate fuerte, Maddy —le dije, y al instante apretó tanto que
parecía que un bebé mono se aferraba a mi espalda. Pisé el embrague y metí
la primera marcha.
Siempre andaba en moto en primavera, verano y otoño, así que verme 154
arrancarla no era nuevo para nadie, ni siquiera para los chicos de la escuela.
Sin embargo, hoy, con Maddy agarrada a mi espalda y yo riendo tan
abiertamente sin reservas, tenía a todo el mundo mirando. Desde el otro
lado de la fila de autos estacionados, pude distinguir a Theo de pie junto a
su Lexus, un regalo de su poderoso y rico padre, sin duda, acompañado de
Spencer, Ayla, y todos ellos mirando en mi dirección.
Los ignoré, sin darle importancia, ya que toda mi atención se centraba
en la chica sentada en la parte trasera de mi moto, y arranqué, moviéndome
con cuidado a través del estacionamiento y hacia las calles con mi preciada
carga.
Al principio, casi me había sacado la vida, pero a medida que
avanzábamos por las calles de nuestra pequeña ciudad, empezó a relajarse
y se inclinaba hacia las curvas conmigo. Sabía que estaba mirando a su
alrededor, disfrutando de las vistas que ofrecía este lugar. Las pequeñas
tiendas de la calle principal, las flores de los árboles, las familias que
paseaban juntas disfrutando del buen tiempo. Este lugar era estupendo
para criar niños, pero no era mi sueño. El mío siempre había sido escapar
y ver mundo. El único cambio ahora era que quería traer a Maddy conmigo.
Mi casa estaba a las afueras de la ciudad, en una calle privada
rodeada de árboles. Cuando nos mudamos aquí desde Florida, tuvimos que
quedarnos en un apartamento de alquiler mientras mi padre trabajaba para
reunir el dinero suficiente para comprar una casa. Solamente que el abuelo
J había sorprendido a mamá con una casa un par de meses después. La
casa en sí seguía el modelo de las casas Tudor, con un gran césped delantero
y bosque alrededor. Completamente privada y serena. El jardín de flores de
mi madre ya mostraba signos de tallos verdes que asomaban entre la tierra;
unos cuantos tulipanes habían vencido a todo lo demás con sus coloridos
pétalos que buscaban el sol, acompañados de algunas flores silvestres,
margaritas y el eléboro blanco, el favorito de mi tía Casey.
No se me había ocurrido hasta ahora que mi madre estaría en casa, y
si me veía traer a una chica, sin duda la asaltaría con amabilidad...
ofreciéndole galletas u otros productos horneados, enseñando las fotos de
la familia, haciendo preguntas porque era entrometida a más no poder. Mi
hermano pequeño, Maverick, se paseaba por allí, todo lindo y tal, y la
distraía pidiéndole que lo tomara en brazos, que jugara a Candyland con él
o que lo mirara para ver lo alto que podía saltar. Por suerte, mis hermanas
Charlotte y Emily estaban a punto de convertirse en preadolescentes y no
les importaba una mierda que tuviera una amiga conmigo. Lo más probable
era que, para cuando llegaran a casa, desaparecieran en sus dormitorios
para llamar a sus amigas, escuchar música y hacer cualquier cosa que
hicieran las chicas de diez años. Yo solamente necesitaba escapar de los
demás.
Aunque había creado una brecha entre ellos y yo en los últimos años, 155
la cuña había sido necesaria para evitar que vieran la oscuridad que había
cobrado vida en mí o el dolor en mis ojos. Me escondí de ellos durante mucho
tiempo, abriéndome solamente un poco cada vez. Sabía que me echaban de
menos. Para ser sincero, yo también los echaba de menos. Sin embargo,
quería pasar más tiempo a solas con Maddy. No quería compartirla con mi
familia. Todavía no.
Así que conduje la moto por el largo camino y tomé la curva que me
llevó a la parte trasera de la casa, donde mi padre guardaba el garaje para
los proyectos de trabajo y nuestras motos. La puerta estaba abierta y podía
escuchar su música rock a todo volumen mientras trabajaba. Si pensaba
que a mi madre le sentaría mal ver a una chica conmigo, sabía que a papá
le sentaría peor. Mucho peor. No soportaría las burlas. Estacioné la moto
un poco lejos del garaje, junto a la casa, puse punto muerto y apagué el
motor rápidamente.
—A este lado —le dije, haciendo un gesto hacia la izquierda para evitar
que se quemara la pierna con el motor. Se bajó con facilidad y se volvió hacia
mí, con una gran sonrisa que me tomó desprevenido. Nunca la había visto
sonreír así. Era... preciosa.
—Eso... Fue. Increíble —exclamó, y se levantó para desabrocharse el
casco. Se lo quitó y se sacudió el cabello, la suave mezcla de mechones
rubios claros y oscuros volando salvajemente alrededor de su rostro. Verla
así, salvaje, feliz, abierta y vistiendo mi chaqueta de cuero, me hizo sentir
cosas y me aceleró el corazón—. Estoy tan celosa de que puedas hacer eso
todos los días —continuó, sin darse cuenta de lo mucho que me había
dejado sin aire.
—Te recogeré y te llevaré, entonces —dije de inmediato. No se lo estaba
ofreciendo. Se lo estaba diciendo. Cuidado, Hayden. Es su elección,
¿recuerdas? me dije. Parece que Manic se hizo cargo por un segundo.
Relájate, sé lo que ella necesita que seas—. ¿Si quieres?
—¡Claro que sí! —dijo entusiasmada, entregándome el casco. Lo dejé
en el suelo y antes de que pudiera recoger nuestras mochilas, recogí las dos,
dejándola con las manos vacías, y le hice un gesto para que se dirigiera a la
puerta trasera. Lo más probable era que mamá estuviera con Maverick en
su dormitorio o en el sótano, donde preparaba rutinas y vestuario para las
bailarinas del estudio de danza de la ciudad. Aunque ya no daba clases,
seguía participando. Mientras no nos viera, tendría a Maddy para mí solo
hasta la cena.
Cuando entramos, oí el eco de la música que subía las escaleras desde
abajo, seguido de la risita de Maverick. Podía oler la cena en el horno, el
pastel de carne de mamá. Así que me apresuré por el pasillo hasta la
entrada, donde la llevé por las escaleras hasta el segundo piso, y luego por
el tercer tramo hasta mi dormitorio en el ático, una opción que había pedido
cuando cumplí doce años. Papá había renovado por completo este espacio
para mí para que pudiera tener mi intimidad y, a cambio, yo prometí ser
156
respetuoso y no poner música a todo volumen a todas horas de la noche,
algo que a Charlotte aún le costaba no cumplir.
—¿Éste es tu dormitorio? —preguntó Maddy, observando el espacio.
Los techos estaban arqueados a los lados, por lo que el punto más
alto estaba en el centro, pero era grande, y yo siempre lo mantenía ordenado,
ya que me gustaba el orden. Mi cama estaba en el rincón más alejado, mis
guitarras y pósters de motos alineados a lo largo de una pared junto a mi
escritorio, y mi padre había añadido un ventanal en el extremo para que
entrara más luz. Daba al bosque, en dirección a Phoenix House, algo de lo
que era muy consciente desde la primera vez que me fijé en Maddy.
—Sí —dejé las mochilas junto a mi escritorio y saqué un álbum que
mi madre había reunido con todos mis trabajos publicados, algo con lo que
me había sorprendido en mi decimosexto cumpleaños. Fui muy consciente
de la presencia de Maddy cuando entró, primero se quitó la chaqueta y luego
la colocó ordenadamente sobre la cama. Empezó a inspeccionar
detenidamente todas mis cosas, con auténtica curiosidad por lo que había
ido coleccionando a lo largo de los años. Vergonzosamente, enseguida
encontró el viejo conejo de peluche que había pertenecido a mi madre, algo
que guardaba en mi estantería junto a una vieja foto mía y de mis padres
en Navidad, cuando yo tenía tres años. También lo encontró y lo examinó,
sonriendo de oreja a oreja mientras decía: “¡Eras un niño tan lindo!”, antes
de estudiar detenidamente a mis padres. Frunció ligeramente el ceño al
mirar la foto y me pregunté si se había dado cuenta de que no me parecía
en nada a mi padre. ¿O de lo poco que me parecía a mi madre? Cómo me
faltaba el cabello rubio que tenían los demás. Sin embargo, no dijo nada
mientras volvía a colocar el marco en la estantería y se ponía a hojear mis
libros, murmurando:
—Leí ese, y ese... me gustó ese —mientras inspeccionaba los títulos.
Finalmente, se acercó a mí y vio el álbum en mis manos. Me acomodé
en el suelo y ella se unió a mí, cruzando las piernas y sentándose tan cerca
que nuestras rodillas casi se tocaban. La quería más cerca, pero, de nuevo,
tenía que respetar sus límites o nunca funcionaría.
Sin palabras, lo abrí y señalé los múltiples recortes que había hecho
mi madre, con breves descripciones de cuándo y dónde se habían publicado,
incluidos los artículos para los que se habían utilizado. Maddy tomó con
cuidado el álbum de mis manos y lo hojeó en silencio, deteniéndose en cada
foto. Durante un buen rato, se dedicó a hojear el álbum mientras yo la
observaba y me fijaba en todo lo que tenía que ver con ella. Me gustaban las
pecas de su nariz y la mezcla de verde y gris de sus ojos. La fascinante
mezcla de claros y oscuros de su cabello. Tenía los dedos largos y finos, las
uñas un poco mordidas, seguramente por la ansiedad. Yo también lo hacía
a veces y me daba cuenta después. 157
—Sabía que estabas hecho para esto —dijo, y parpadeé, sin darme
cuenta de que me había desconectado por completo del momento.
—¿Huh?
Se rió un poco y señaló el álbum.
—Esto. Te dije que estabas destinado a que vieran tus fotos. Ya tienes
ventaja. —Cerró el álbum y se quedó mirando la cubierta de cuero, pasando
un dedo por la encuadernación—. Vas a ver grandes cosas, Hayden.
¿Estaría mal si la tomara y la besara ahora? Levanté una mano y
vacilé al posarla detrás de su espalda. Tan cerca de tocarla, pero sin cerrar
del todo la distancia. Desde el piso de abajo, el sonido de uno de los equipos
de música de mi hermana se encendió, con alguna canción autotitulada que
sonaba a todo volumen por toda la casa, rompiendo el silencio y sacándome
de mi momento de debilidad. Retiré la mano y me la pasé por el cabello
desgreñado, como si eso hubiera sido lo que pretendía desde el principio.
—¿Te importa si echo un vistazo a tu cámara? —preguntó de repente,
entregándome el álbum.
—Claro, está en mi mochila —dije distraído mientras me levantaba y
lo volvía a meter en el cajón. No fue hasta que mi mochila estuvo en sus
manos y ella estaba abriendo la cremallera que me acordé de la foto... la de
ella que llevaba encima. La guardaba en el pequeño estuche de cuero junto
con mi cámara, y la idea de que ella la encontrara me produjo una oleada
de pánico.
—¡Espera! ¡No toques eso! —grité de repente, aterrorizado. ¿Qué
pensaría ella si supiera que yo tenía algo así? Un asqueroso. Pensaría que
soy un asqueroso. Se iría. No querría saber nada de mí. Agarré la mochila
que tenía en las manos y se la arranqué, dándole la espalda mientras metía
la mano en el interior y sacaba la cámara, escondiendo la foto al mismo
tiempo y metiéndomela en el bolsillo—. Toma. —Volviéndome hacia ella, le
tendí la cámara, pero Maddy no estaba allí.
La vi agachada en un rincón, con los brazos cruzados sobre el pecho,
sin color en el rostro, de modo que parecía un fantasma.
—¿Maddy? Dios mío. ¿Maddy? —Me apresuré hacia ella, olvidándome
por completo de la cámara al dejarla caer, y la alcancé. Solamente que, para
mi horror, ella extendió una mano, impidiéndome acortar la distancia—.
Maddy, lo siento, no quise gritar. YO... —Intenté pensar en una razón, una
excusa, de por qué había reaccionado así. ¿Cómo podía decirle la verdadera
razón sin asustarla aún más?—. ¡Lo siento!
—Está bien, Hayden —susurró mientras aspiraba un largo y profundo
suspiro entre sus labios, lo retenía y lo dejaba salir lentamente—. Está
bien...
—Está claro que eso no es verdad o no estarías así —dije, deseando
158
poder retractarme. Que me dejara entrar e intentar compensarla—. No
quería gritar, es que... era mi problema y reaccioné.
—Y este es el mío. Solamente intento que no me arruine.
La miré fijamente mientras seguía inhalando y exalando lentamente,
pero noté cómo le temblaban un poco las piernas, como si mantenerse en
esta profunda cuclilla se estuviera convirtiendo en todo un reto.
—Maddy, ¿quieres sentarte en el suelo conmigo? —pregunté y me
puse de rodillas ante ella, esperando que viera que yo no era como los otros
de su pasado.
Maddy me miró fijamente un momento mientras yo la miraba,
suplicándole con los ojos que confiara en mí y me perdonara. Levantó un
poco la barbilla en una especie de asentimiento y también se sentó en el
suelo. Nos miramos el uno al otro y me encontré respirando con ella, sin
tocarnos pero observándonos mientras hacíamos lo que ella necesitaba para
mantenerse firme. Al cabo de un minuto, dejó que sus brazos se relajaran
y, para mi sorpresa, se acercó a mí. Sus manos buscaron las mías y se las
tendí con impaciencia, entrelazando los dedos entre los míos, sin apartar su
mirada de la mía. Siguió respirando lenta y pausadamente durante unos
minutos, hasta que la tensión de sus manos se aflojó.
—¿Estás bien? —le pregunté tímidamente.
Lentamente, asintió y cerró los ojos, como si necesitara un momento
para estar completamente segura.
—Sí, solamente... solamente ha desencadenado algo en mí.
—¿Un recuerdo?
Asintió una vez más.
Saber que, sin querer, le había hecho recordar algo que la había
sumido en semejante espiral me hizo sentirme disgustado conmigo mismo.
Tendría que trabajar en cómo reaccionaba en mis propios momentos de
pánico para no lastimarla sin querer.
—Mi madre tenía mucha gente cruel a su alrededor. Gente que trajo
a nuestra casa, a mi alrededor... —dijo en voz baja, con los ojos aún
cerrados—. Hombres que la lastimaron, que la usaron, y a quienes no les
importó una mierda que yo fuera solamente una niña, que no tuviera idea
de lo que realmente estaba pasando. Así que cuando me acercaba a ellos,
queriendo jugar, o simplemente queriendo atención, amor, lo que fuera,
cuando reaccionaban gritando y golpeando o con violencia, acabé
aprendiendo que no me querían. Aprendí a esconderme. A hacerme un ovillo
y esperar pasar desapercibida, porque eso era lo que querían. Yo era un
estorbo. Me interponía en el camino de lo que querían... mi madre. —
Lentamente, Maddy abrió los ojos, el remolino de avellana mirándome
directamente al alma.
159
No me di cuenta de que había estado temblando mientras me lo
contaba, hasta que me dio otro suave apretón en las manos. Me sentí mal
cuando me reveló esta pequeña visión de su vida y de lo que había sido para
ella crecer. Me hizo apreciar mucho más lo que yo tenía, lo que había
rechazado en mi propia familia, y me dolió todo lo que le habían negado.
—Mi madre eligió tantas cosas antes que a mí —dijo, con la voz
quebrándose un poco al mencionar a su madre—. Tantas cosas. Uno
pensaría que ser ignorada, gritada y abandonada durante tanto tiempo te
hace inmune a ello. Y quizá se haga más fácil con el tiempo, pero siempre
dolerá algo.
—¿Drogas? —pregunté, sumando dos y dos.
Asintió.
—Eso y que debía mucho dinero a la gente. Esas dos cosas
combinadas la volvieron increíblemente paranoica, así que nos mudábamos
a menudo, que es como acabamos aquí. Pero cuando llegamos a Ashland,
tuvo un colapso público y alguien llamó a los servicios sociales. Ahora está
en un centro de salud mental. —Una pequeña lágrima resbaló por su mejilla
y se me rompió el corazón.
—Maddy. —Me incliné un poco hacia delante, intentando no invadir
su espacio pero exigiendo toda su atención. Su mirada se dirigió a la mía
con aprensión, como si temiera lo que yo pudiera decir—. Tu madre te quería
—le dije, pensando en mi propia madre y en toda la mierda por la que había
pasado. Todas las veces que había tenido una crisis, en las que se
aterrorizaba o parecía tan jodidamente rota, ahora me daba cuenta de que
siempre había dejado claro lo mucho que me quería—. Absolutamente. Pero
se perdió en algo más poderoso que ella, y eso le quitó la voz y la capacidad
de demostrarte cuánto.
Sus ojos empezaron a brillar y sus labios se apretaron fuertemente
mientras hablaba, su barbilla se tambaleó solamente ligeramente incluso
cuando seguí adelante, porque ella necesitaba escuchar esto.
—Fuiste una víctima por esas decisiones que tomó, y ella también.
¿Esas personas? ¿Esos hombres que vinieron? No eran dignos de ti. No te
merecían a ti ni a ella. Se aprovecharon de las dos. Son pedazos de mierda
que merecen pudrirse en el infierno por lo que han hecho, porque puedo
prometerte que no fueron las únicas a las que se lo hicieron. No te señalaron.
Eras una espectadora, alguien inocente que quedó atrapada en la red de su
mierda. No hiciste nada para merecer la mierda que te hicieron. ¿Me
entiendes?
Ella bajó los ojos al escuchar eso, mirando hacia nuestros regazos
como si escuchar esto fuera demasiado doloroso para ella. No iba a permitir
que no me escuchara. Soltando una de sus manos, le acaricié la mejilla con
el pulgar, apartando una de las lágrimas que resbalaban por su rostro y
160
obligándola a mirarme.
—¿Lo entiendes?
Se quedó callada, con la boca apretada como si temiera decir algo por
si se echaba a llorar. Pero aún podía ver esa duda en su expresión, la historia
de dolor y herida.
—Ella te quería, Maddy —dije, intentando evitar que se me quebrara
la voz—. Te prometo que te quería. Quiero decir, ¿cómo podría no hacerlo?
Al escuchar eso, ella parpadeó rápidamente, cayendo lentamente
varias lágrimas más en el proceso, pareciendo aturdida por mis palabras,
con duda en sus ojos.
Sonreí un poco, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¿Cómo podría no hacerlo? —susurré, inclinándome un poco hacia
ella, deseando poder cerrar la pequeña brecha que nos separaba con un
beso.
Los ojos de Maddy parpadearon entre los míos durante unos
segundos, como si lo que estuviera escuchando fuera algo completamente
extraño y desconocido para ella. Lo siguiente que supe es que me estaba
besando. Sus suaves labios estaban pegados a los míos. Por un momento
de pánico, pensé que me había pasado de la raya y la había agarrado,
forzándola a besarme en contra de sus deseos. Pero no me había movido.
Sus párpados estaban cerrados, sus manos habían soltado las mías y
ahora subían por mis brazos hasta que su suave tacto se entrelazaba detrás
de mi cuello, enredado en mi cabello, antes de que ella se apartara, ahora
parecía nerviosa como el demonio y como si quisiera salir corriendo. Maddy
me había besado.
—Dios mío. Lo siento, Hayden —dijo, ruborizándose con fuerza, a
punto de soltarme—. Es que... no sé qué me p