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Sacramentos de Curación: Penitencia y Reconciliación

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1. LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN O SANACIÓN.

-
1.1. LA PENITENCIA O RECONCILIACIÓN. - (Mt. 9, 2-8; 18, 18).
Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere” que significa: tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos
teológicamente, este término se utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un sacramento.
Como virtud moral:
Esta virtud moral, hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito de no volver a caer y
hacer algo en satisfacción por haberlos cometidos.
Cristo nos llama a la conversión y a la penitencia, pero no con obras exteriores, sino a la conversión del corazón, a la penitencia
interior. De otro modo, sin esta disposición interior todo sería inútil. (Cfr. Is. 1, 16-17; Mt. 6, 1-6; 16-18)
Cuando hablamos teológicamente de esta virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino que esta reparación
tiene que ir acompañada del dolor de corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle perdón por u na ofensa a un
jefe por miedo de perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios. (Cfr. CIC. no.
1430 –1432) Todos debemos de cultivar esta virtud, que nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta virtud son: la
oración, confesarse con frecuencia, asistir a la Eucaristía – fuente de las mayores gracias -, la práctica del sacrificio voluntario,
dándole un sentido de unión con Cristo y acercándose a María.
Como sacramento:
La virtud nos lleva a la conversión, como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo, que perdona los
pecados cometidos contra Dios - después de haberse bautizado -, obtiene la reconciliación con la Iglesia, a quien también se ha
ofendido con el pecado, al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto fue definido por el Concilio de Trento como
verdad de fe. (Cfr. L.G. 11). A este sacramento se le llama sacramento de “conversión”, porque responde a la llamada de
Cristo a convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de
conversión personal y de arrepentimiento y de reparación que tiene el cristiano. También es una “confesión”, porque la persona
confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados graves. El
nombre de “Reconciliación” se debe a que reconcilia al pecador con el amor del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad
de la reconciliación. “Ve primero a reconciliarte con tu hermano”. (Mt. 5,24) (Cfr. CIC. nos. 1423 –1424). El sacramento de la
Reconciliación o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente ligados, para acudir al sacramento es necesaria la
virtud de la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor de corazón. La Reconciliación es un verdadero sacramento
porque en él están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir el signo sensible, el haber sido instituido por
Cristo y porque confiere la gracia. Este sacramento es uno de los dos sacramentos llamados de “curación” porque sana el
espíritu. Cuando el alma está enferma debido al pecado grave, se necesita el sacramento que le devuelva la salud, para que la
cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo. (Cfr. Mc. 2, 1-12). Se le denomina sacramento
de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se
había alejado por el pecado. Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de
conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador. Es llamado sacramento de la confesión porque
la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En
un sentido profundo este sacramento es también una «confesión», reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su
misericordia para con el hombre pecador. Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del
sacerdote, Dios concede al penitente «el perdón y la paz». Se le denomina sacramento de Reconciliación porque otorga al
pecador el amor de Dios que reconcilia: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5, 20). El que vive del amor misericordioso de
Dios está pronto a responder a la llamada del Señor: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 24).
Cristo instituyó los sacramentos y se los confió a la Iglesia – fundada por Él – por lo tanto, la Iglesia es la depositaria de
este poder, ningún hombre por sí mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos, la gracia de Dios se
recibe en la Reconciliación "ex opere operato" – obran por la obra realizada – siendo el ministro el intermediario. La Iglesia
tiene el poder de perdonar todos los pecados.
En los primeros tiempos del cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos decían que ciertos
pecados no podían perdonarse, otros que cualquier cristiano bueno y piadoso lo podía perdonar, etc. Los protestantes fueron
unos de los que más atacaron la doctrina de la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de Trento declaró que Cristo
comunicó a los apóstoles y sus legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados. (Dz. 894 y 913) La
Iglesia, por este motivo, ha tenido la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su doctrina sobre la institución de este
sacramento por Cristo, basándose en Sus obras. Preparando a los apóstoles y discípulos durante su vida terrena, perdonando
los pecados al paralítico en Cafarnaúm (Lc. 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lc. 7, 37-50) Cristo perdonaba los pecados, y
además los volvía a incorporar a la comunidad del pueblo de Dios. El poder que Cristo le otorgó a los apóstoles de
perdonar los pecados, implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el SACERDOTE actúa como juez, imponiendo una
sentencia y un castigo. Sólo que, en este caso, la sentencia es siempre el perdón, sí es que el penitente ha cumplido con todos
los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que ahí se lleva a cabo es en nombre y con la autoridad de Cristo.
Solamente si alguien se niega – deliberadamente - a acogerse la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento estará
rechazando el perdón de los pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado. “El que blasfeme
contra el ESPÍRITU SANTO no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Mc. 3, 29). Esto es lo que
llamamos el pecado contra el Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a la condenación eterna. (Cfr. CIC no.
1864)
Institución:
Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por miedo a los judíos – se les aparece
Jesús y les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y
les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23) Este es el momento exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo -
que nos ama inmensamente - en su infinita misericordia les otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Jesús les
da el mandato - a los apóstoles - de continuar la misión para la que fue enviado; el perdonar los pecados. No pudo hacernos un
mejor regalo que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado. Dios le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre
está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la
misericordia de Dios con los pecadores. (Cfr. Lc. 15, 4-7; Lc.15, 11-31). Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que
muchas veces nos alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos dejó un sacramento muy especial que nos permite la
reconciliación con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es otra prueba más de su infinito amor.
Rito y celebración:
La celebración de este sacramento, al igual que la de todos los sacramentos, es una acción litúrgica. A pesar de
haber habido muchos cambios en la celebración de este sacramento, a través de los siglos, encontramos dos
elementos fundamentales en su celebración. Uno de los elementos son los actos que hace el penitente que quiere
convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo, como son el arrepentimiento o contrición, la confesión de los
pecados y el cumplimiento de la penitencia. El otro elemento es la acción de Dios, por medio de los Obispos y los
sacerdotes, la Iglesia perdona los pecados en nombre de Cristo, decide cual debe ser la penitencia, ora con el
penitente y hace penitencia con él. (Cfr. CIC no.1148).
Normalmente, el sacramento se recibe de manera individual, acudiendo al confesionario, diciendo sus pecados y
recibiendo la absolución en forma particular o individual. Existen casos excepcionales en los cuales los sacerdote
pueden impartir la absolución general o colectiva, tales como aquellas situaciones en las que, de no impartirse, las
personas se quedarían sin poder recibir la gracia sacramental por largo tiempo, sin ser por culpa suya. De todos
modos, esto no les excluye de tener que acudir a la confesión individual en la primera ocasión que se les presente y
confesar los pecados que fueron perdonados a través de la absolución general. Si se llegase a impartir, el ministro
tiene la obligación de recordarle a los fieles la necesidad de acudir a la confesión individual en la primera
oportunidad que se tenga. Ejemplos de esto serían un estado de guerra, peligro de muerte ante una catástrofe, en
tierra de misiones, o en lugares con una escasez tremenda de sacerdotes. Si no existen estas condiciones queda
totalmente prohibido hacerlo. (CIC c. 961, 1; c. 962, 1).
Cuando una persona hace una confesión de todos los pecados cometidos durante toda la vida, o durante un
período de la vida, incluyendo los ya confesados con la intención de obtener una mayor contrición, se le llama
confesión general. Se le debe de advertir al confesor de que se trata de una confesión general.
Cuando una persona está en peligro de muerte - no pudiendo expresarse verbalmente por algún motivo - se le
otorga el perdón de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir que está condicionada a las
disposiciones que tenga el enfermo o que tuviese de estar consciente.
El Ministro y el Sujeto:
Como ya se mencionó, Cristo le dio el poder de perdonar a los apóstoles, los obispos como sucesores de ellos y los
sacerdotes que colaboran con los obispos son los ministros del sacramento (Cfr. CIC 965). Los obispos, quienes
poseen en plenitud el sacramento del Orden y tienen todos los poderes que Cristo le dio a los apóstoles, delegan en
los presbíteros (sacerdotes) su misión ministerial, siendo parte de este ministerio, la capacidad de poder perdonar
los pecados. Esto fue definido por el Concilio de Trento como verdad de fe en contra de la postura de Lutero que
decía que cualquier bautizado tenía la potestad para perdonar los pecados. Cristo sólo les dio este poder a los
apóstoles (Cfr. Mt.18, 18; Jn. 20, 23). El sacerdote es muy importante, porque, aunque es Jesucristo el que
perdona los pecados, él es su representante y posee la autoridad de Cristo. El sacerdote debe de tener la facultad
de perdonar los pecados, es decir, por oficio y porque se le ha autorizado por la autoridad competente el hacerlo. No
todos los sacerdotes tienen la facultad de ejercerla, para poderla ejercer tiene que estar capacitado para emitir un
juicio sobre el pecador. El lugar adecuado para administrar el sacramento es la iglesia (Cfr. 964). Siempre se trata
de que se lleve a cabo en un lugar sagrado, de ser posible. Los confesores deben de tener la intención de Cristo,
debe ser instrumento de la misericordia de Dios. Para ello, es necesario que se prepare para ser capaz de resolver
todo tipo de casos – comunes y corrientes o difíciles y complicados - tener un conocimiento del comportamiento
cristiano, de las cosas humanas, demostrar respeto y delicadeza, haciendo uso de la prudencia. El amor a la
verdad, la fidelidad a la doctrina de la Iglesia son requisitos para el ministro de este sacramento. Los sacerdotes
deben estar disponibles a celebrar este sacramento cada vez que un cristiano lo solicite de una manera razonable y
lógica. Al administrar el sacramento, los sacerdotes deben de enseñar sobre los actos del penitente, sobre los
deberes de estado y aclarar cualquier duda que el penitente tenga. También debe de motivar a una conversión, a un
cambio de vida. Debe de dar consejo sobre la manera de remediar cada situación. En ocasiones el sacerdote
puede rehusarse a otorgar la absolución. Esto puede suceder cuando está consciente que no hay las debidas
disposiciones por parte del sujeto. Puede ser que sea por falta de arrepentimiento, o por no tener propósito de
enmienda. También se da el caso de algunos pecados que son tan graves que están sancionados con la
excomunión, que es la pena eclesiástica más severa, que impide recibir los sacramentos. La absolución de estos
pecados, llamados “pecados reservados”, según el Derecho Canónico, sólo puede ser otorgada por el Obispo del
lugar o por sacerdotes autorizados por él. En caso de peligro de muerte, todo sacerdote puede perdonar los
pecados y de toda excomunión. Ej.: quienes practican un aborto o participan de cualquier modo en su realización
En virtud de la delicadeza y el respeto debido a las personas, los sacerdotes no pueden hacer público lo que han
escuchado en la confesión. Quedan obligados a guardar absoluto silencio sobre los pecados escuchados, ni pueden
utilizar el conocimiento sobre la vida de la persona que han obtenido en el sacramento. En ello no hay excepciones,
quienes lo rompan son acreedores a penas muy severas. Este sigilo es lo que comúnmente llamamos “secreto de
confesión”. El sujeto de la Reconciliación es toda persona que, habiendo cometido algún pecado grave o venial,
acuda a confesarse con las debidas disposiciones, y no tenga ningún impedimento para recibir la absolución.
Las personas que viven en un estado de pecado habitual, como son los divorciados vueltos a casar, que no
dejan esta condición de vida, no pueden recibir la absolución. El motivo de ello es que viven en una situación que
contradice la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. Pero, la Iglesia no olvida en su pastoral a estas personas,
exhortándolos a participar en la vida de la Iglesia y que no se sientan rechazados. Únicamente en el caso, de estar
arrepentidos de haber violado el vínculo de la alianza sacramental del matrimonio y la fidelidad a Cristo y no puedan
separarse – por tener hijos – teniendo el firme propósito de vivir en plena continencia, se les puede otorgar la
absolución. En esta situación se les indica que, para acercarse a la Eucaristía, lo deben hacer en un lugar donde no
sean conocidos, pues podría ser causa de “pecado de escándalo”, dado que la pareja y el confesor son los únicos
que conocen la situación.
1.2. LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS. - (Stgo. 5, 14-15).
La Unción de los enfermos, llamada antes “extremaunción”, es un sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para alivio
espiritual y también temporal de los cristianos gravemente enfermos. Su nombre ya indica lo que es. En el Bautismo, en la
Confirmación (y en el Orden) fuimos santificados y consagrados a Dios por medio de la unción. Otra vez nos consagra la Unción
de enfermos, la cual es un complemento de la Penitencia, a la manera como la confirmación es un complemento del Bautismo.
Naturaleza:
El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene como fin conferir la gracia especial al cristiano que experimenta las
dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (CIC n. 1527).
Es un hecho que la enfermedad y el sufrimiento que ellos conllevan son inherentes al hombre, no se pueden separar de él. Esto
le causa graves problemas porque el hombre se ve impotente ante ellos y se da cuenta de sus límites y de que es finito. Además
de que la enfermedad puede hacer que se vislumbre la muerte.
Aunque parecería, que, ante la enfermedad, el ser humano se acercaría mucho más a Dios, muchas veces el resultado es lo
contrario. Ante la angustia que provoca la enfermedad, el miedo, la fatiga, el dolor, el hombre puede desesperarse e inclusive se
puede revelar ante Dios. Muchas veces, el estado físico en que se encuentra el enfermo, lo lleva a no poder hacer la oración
necesaria para mantenerse unido al Señor. En otras ocasiones, la enfermedad, cuando se le ha dado un sentido cristiano, lleva a
un acercamiento a Dios. Sabemos que la muerte corporal es natural, pero a través de los ojos de la fe sabemos que la muerte
es causada por el pecado. (Cfr. Rm. 6, 23; Gn. 2, 17). Para los que mueren en gracia de Dios, es una participación en la muerte
de Cristo, lo que trae como consecuencia el poder participar en su resurrección. (Cfr. Rm. 6, 3-9; Flp. 3, 10-11). No olvidemos
que la muerte es el final de nuestra vida terrena. El tiempo es parte de ella, por lo tanto, vamos envejeciendo y al final, llega la
muerte. El conocer lo definitivo de la muerte, nos debe llevar a pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para
llevar a cabo nuestra misión en la vida en la tierra. En el Antiguo Testamento podemos apreciar como el hombre vive su
enfermedad de cara a Dios, le reclama, le pide la sanación de sus males. (Cfr. Sal.6, 3; Is. 38; Sal. 38). Es un camino para la
salvación. (Cfr. Sal.32, 5; Sal.107, 20) El pueblo de Israel llega a hacer un vínculo entre la enfermedad y el pecado. El profeta
Isaías vislumbra que el sufrimiento puede tener un sentido de redención. (Cfr. Is. 53, 11) Vemos como Cristo tenía gran
compasión hacia aquellos que estaban enfermos. Él fue médico de cuerpo y alma, pues no sólo curaba a los enfermos, además
perdonaba los pecados. Se dejaba tocar por los enfermos, ya que de Él salía una fuerza que los curaba (Cfr. Mc. 1, 41; 3, 10; 6;
56; Lc. 6, 19). Él vino a curar al hombre entero, cuerpo y alma. Su amor por los enfermos sigue presente, a pesar de los siglos
transcurridos. Con frecuencia Jesús les pedía a los enfermos que creyesen, lo que nuevamente nos pone de relieve la necesidad
de la fe. Así mismo se servía de diferentes signos para curar. (Cfr. Mc. 2, 17; Mc. 5, 34-.36; Mc. 9, 23; Mc. 7, 32-36). En los
sacramentos Jesucristo sigue tocándonos para sanarnos, ya sea el cuerpo o el espíritu. Es médico de alma y cuerpo . Jesucristo
no sólo se dejaba tocar, sino que toma como suyas las miserias de los hombres. Tomó sobre sus hombros todos nuestros
males hasta llevarlo a la muerte de Cruz. Al morir por en la Cruz, asumiendo sobre Él mismo todos nuestros pecados, nos libera
del pecado, del cual la enfermedad es una consecuencia. A partir de ese momento, el sufrimiento y la enfermedad tienen un
nuevo sentido, nos asemejamos más a Él y nos hace partícipes de su Pasión. Toma un sentido redentor.
Institución:
Cuando Cristo invita a sus discípulos a seguirle, implica tomar su cruz, haciéndoles partícipes de su vida, llena de
humildad y de pobreza. Esto los lleva a tomar una nueva visión sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace
participar en su misión de curación. En Marcos 6, 13 se nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban,
exhortando a hacer penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo. Una vez resucitado,
Cristo les dice: “que en Su nombre ……. impondrán las manos sobre los enfermos…” (Mc. 16, 17-18). Y queda
confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando el nombre de Jesucristo. (Hech. 9, 34; 14, 3).
Sabemos que esta santa unción fue uno de los sacramentos instituidos por Cristo. La Iglesia manifiesta que, entre
los siete sacramentos, hay uno especial para el auxilio de los enfermos, que los ayuda ante las tribulaciones que la
enfermedad trae con ella. Ahora bien, sabemos que ni las oraciones más fervorosas logran la curación de todas las
enfermedades y que los sufrimientos que hay que padecer, tienen un sentido especial, como nos lo dice San Pablo:
“completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”.
(Col.1, 24) Ante el mandato de: “¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8), la Iglesia cumple con esta tarea tanto por los
cuidados que les da a los enfermos, como por las oraciones de intercesión. El Concilio Vaticano II toma como la
promulgación del sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual nos dice que, si alguien está gravemente
enfermo, llamen al sacerdote para que ore sobre él, lo unja con óleo en nombre del Señor. Y el Señor los salvará. En
este texto nos queda claro, que debe ser una enfermedad importante, que los debe de llevar a cabo un presbítero, y
encontramos el signo sensible compuesto de materia y forma.
Signo: Materia y Forma:
La unción de los enfermos se administra ungiendo al enfermo con óleo y diciendo las palabras prescritas por la
Liturgia. (Cfr. CIC. c. 998). La Constitución apostólica de Paulo VI, “Sacram unctionem infirmorum” del 30 de
noviembre de 1972, conforme al Concilio Vaticano II, estableció el rito que en adelante se debería de seguir.
La materia remota es el aceite de oliva bendecido por el Obispo el Jueves Santo. En caso de necesidad, en los
lugares donde no se pueda conseguir el aceite de oliva, se puede utilizar cualquier otro aceite vegetal. Aunque hemos
dicho que el Obispo es quien bendice el óleo, en caso de emergencia, cualquier sacerdote puede bendecirlo, siempre
y cuando sea durante la celebración del sacramento. La materia próxima es la unción con el óleo, la cual debe ser
en la frente y las manos para que este sacramento sea lícito, pero si las circunstancias no lo permiten, solamente es
necesaria una sola unción en la frente o en otra parte del cuerpo para que sea válido. La forma son las palabras que
pronuncia el ministro: “Por esta Santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia
del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.
Las palabras, unidas a la materia hacen que se realice el signo sacramental y se confiera la gracia.
Rito y Celebración:
Todos los sacramentos se celebran en forma litúrgica y comunitaria, y la unción de los enfermos no es
ninguna excepción. Esta tiene lugar en familia en la casa, en un hospital o en una iglesia. Es conveniente, de ser
posible, que vaya precedido del sacramento de la Reconciliación y seguido por el Sacramento de la Eucaristía. La
celebración es muy sencilla y comprende dos elementos, los mismos que menciona Santiago 5, 14: se imponen en
silencio las manos a los enfermos, se ora por todos los enfermos – la epíclesis propia de este sacramento – luego la
unción con el óleo bendecido.
Ministro y Sujeto:
Solamente los sacerdotes o los Obispos pueden ser el ministro de este sacramento. Esto queda claro en el texto de
Santiago y los Concilios de Florencia y de Trento lo definieron así, interpretando dicho texto. Únicamente ellos lo
pueden aplicar, utilizando el óleo bendecido por el Obispo, o en caso de necesidad por el mismo presbítero en el
momento de administrarlo. Es deber de los presbíteros instruir a los fieles sobre las ventajas de recibir el
sacramento y que los ayuden a prepararse para recibirlo con las debidas disposiciones.
El sujeto de la Unción de los Enfermos es cualquier fiel que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en
peligro por enfermedad o vejez. (Cfr. CIC 1514).
Para poderlo recibir tienen que existir unas condiciones. El sujeto – como en todos los sacramentos - debe de estar
bautizado, tener uso de razón, pues hasta entonces es capaz de cometer pecados personales, razón por la cual no se
les administra a niños menores de siete años. Además, debe de tener la intención de recibirlo y manifestarla. Cuando
enfermo ya no posee la facultad para expresarlo, pero mientras estuvo en pleno uso de razón, lo manifestó, aunque
fuera de manera implícita, si se puede administrar. Es decir, aquél que antes de perder sus facultades llevó una vida
de práctica cristiana, se presupone que lo desea, pues no hay nada que indique lo contrario. Sin embargo, no se debe
administrar en el caso de quien vive en un estado de pecado grave habitual, o a quienes lo han rechazado
explícitamente antes de perder la conciencia. En caso de duda se administra “bajo condición”, su eficacia estará
sujeta a las disposiciones del sujeto. Para administrarlo no hace falta que el peligro de muerte sea grave y seguro, lo
que si es necesario es que se deba a una enfermedad o vejez. En ocasiones es conveniente que se reciba antes de
una operación que implique un gran riesgo para la vida de una persona. En el supuesto de que haya duda sobre si el
enfermo vive o no, se administra el sacramento “bajo condición”, anteponiendo las palabras “Si vives ……”

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