RETÓRICA
El nacimiento de la retórica está vinculado directamente a la vida política y judicial en
el marco de las democracias griegas del periodo clásico, con dos figuras centrales:
Isócrates, quien desarrolló un programa concreto de educación centrada en la retórica
y fue también un importante orador; y Aristóteles, que sistematizó todo el
conocimiento sobre retórica en un libro con ese título. En el ámbito del mundo clásico,
ya se vio con claridad la delicada frontera entre una retórica encaminada a convencer,
procurando ofrecer los mejores argumentos y buscando la verdad, y otra encaminada
a ganar los juicios, sin prestar ya tanta atención a la verdad. Se buscaba sobre todo
persuadir, recurriendo incluso a procedimientos argumentativos poco virtuosos. Las
polémicas de Sócrates con los sofistas son buena prueba de ese problema.
Durante toda la Edad Media, se mantuvo la retórica, que formaba parte de la primera
parte de la formación, el Trivium, junto con a la Gramática (dominio de las palabras) y
la lógica (dominio de la argumentación); la retórica afrontaba el uso de la figuras
encaminadas a lograr un discurso elocuente y convincente. El nacimiento de la
Universidad está vinculado a esas artes liberales. Abelardo abrió el modelo del debate
como modelo pedagógico, y la escolástica clásica lo llevo hasta el final: la Suma
Teológica de Tomás de Aquino es un auténtico monumento al debate por escrito:
todas las cuestones que que aborda tienen la misma estructura con una pregunta
inicial seguida de argumentos, refutaciones y conclusiones.
A finales de la Edad Media decayó la retórica y su papel en la educación, pero en la
segunda mitad del siglo XX hubo un fuerte renacimiento que ha revalorizado su
importancia en la vida política y judicial, y también en la educación. Con la significativa
contribución de la psicología y la ciencia política, y autores fundamentales como
Perelman y Lakoff, se ha enriquecido el campo de la retórica: ahora son importantes
la publicidad, la propaganda, las imágenes… se hacen aportaciones desde la
lingüística cognitiva, la psicología social. Y además se ha extendido a otras disciplinas
científicas. Los departamentos de comercialización en las empresas, los asesores de
campaña electoral o las empresas de publicidad sitúan la retórica en un lugar
prioritario de su actividad, encaminada a convencer a sus potenciales clientes o
electores.
Se mantienen de este modo los tres géneros clásicos de la retórica: judicial (vencer en
un juicio), deliberativo (discusión y debate para tomar decisiones políticas) y epidíctico
(alabar o denostar a un personaje o situación). Se conserva igualmente la necesidad
de tener en cuenta las reglas que deben orientar la construcción de un discurso
retórico de calidad. Y del mismo modo, se mantiene la preocupación por la dimensión
ética de la potencia persuasiva de la retórica, siempre en el territorio fronterizo que
separa el discurso manipulador, que busca la persuasión y se desentiende del valor
de verdad de lo expuesto, del discurso empeñado en la búsqueda compartida de la
verdad, cuyo objetivo es el convencimiento argumentado de las personas.
Aristóteles mencionaba ya tres tipos de argumentos que cimentaban la calidad y el
rigor de la retórica, y siguen teniendo total validez.
El primergrupo estaba ligado el ethos, y tienen tanto valor afectivo como moral. El
emisor debe adoptar unas actitudes cuando presenta su argumentación: debe ser
sensato y fiable, ofreciendo razones relevantes y pertinentes, yconectando
afectivamente con la audiencia y sus intereses. Ayuda a eso igualmente las
habilidades puramente oratorias relacionadas con lo que los clásicos llamaban
la elocutio: hablar bien, esto es, con claridad, con corrección gramatical y en un estilo
comprensible y claro para la audiencia. El recurso a las figuras retóricas tiene una
gran importancia para lograr un mayor impacto en la audiencia.
Las aportaciones de quienes han reflexionado sobre las exigencias éticas de
la investigación científica, como Robert Merton y Peirce, o las reglas de la
argumentación pragmática, como Grice, permiten tener en cuenta otras virtudes
epistemológicas que deben estar presentes en la retórica como actividad
fundamentalmente argumentativa. Destacamos, entre otras, estas: a)
la parresía (exigencia de veracidad arrostrando el riesgo que asume quien dice la
verdad);b) la humildad o principio de falibilidad doxástica (admitir de entrada la
posibilidad de estar equivocados); c) evitar la auto-indulgencia epistémica
(complacernos en exceso con las creencias compartidas); d) hablar sine ira ac
studio (se manifiesta en mostrar paciencia y cuidado amoroso de los argumentos,
buscando de ese modo el convencimiento tranquilo y profundo de la audiencia); e) no
caer en la acepción de personas y los prejuicios (evitar sesgos y mostrar cordialidad y
apertura mental); f) la caridad argumentativa (conceder al interlocutor y la audiencia la
máxima credibilidad como punto de partida); y g) la racionalidad contextual (ofrecer
una interpretación plausible en función del conocimiento contextual).
El segundo grupo está ligado al pathos: de orden puramente afectivo y vinculado
sobre todo a provocarlos en quienes van a recibir el discurso. Según Aristóteles, estos
argumentos se basan en suscitar ira (ὀργή), calma (πραότης), odio (μίσος), amistad
(φιλία), miedo (φόβος), confianza (θάρσος), vergüenza (αἰσχύνη), indignación (τὸ
νεμεσάν), agradecimiento (χάρις), compasión (ἐλείνος) y envidia (φθόνος) por las
virtudes de otro (ζήλος). La misma palabra, pathos nos indica que muy posiblemente
esta sea la parte más cuestionable del proceso retórico. Por un lado, hace referencia
a pasiones, a sentimientos fuertes que más bien padecemos o sufrimos, pero sobre
los que difícilmente tenemos control. Un buen discurso, una maestra pieza de retórica,
puede enfurecer a la audiencia, lo que puede conducir a comportamientos muy
negativos. Pero también puede persuadir o manipular con más facilidad al marginar la
evaluación racional de lo que escuchamos o leemos. Discursos como el de Marco
Antonio y Bruto a la muerte de césar son un buen ejemplo de la potencia del pathos
para hacer a la gente comportarse de una manera determinada. Como lo eran los
discursos de Hitler.
La retórica ha vuelto con fuerza y es frecuente en estos momentos celebrar torneos
de debate en muchos centros educativos de distinto nivel, especialmente en la
educación secundaria y en la universidad. El objetivo es fomentar la capacidad hablar
bien en público y de argumentar bien, siendo capaces de sostener las propias ideas y
refutar las ideas opuestas. Además, el objetivo es igualmente preparar a las “élites”
universitarias para su posible dedicación a la vida política, en sociedades
democráticas en las que la deliberación forma parte de la vida política cotidiana. En
todo caso, los torneos de debate, por su propia naturaleza, son susceptibles de
fomentar los rasgos más negativos de la retórica, puesto que son competiciones y en
estas lo importante termina siendo ganar más que participar.
Bien está sin duda mejorar la capacidad retórica de todas las personas, pero conviene
insistir en que el valor de la misma está profundamente vinculado al dominio de los
tres ámbitos mencionados: el ethos, el logos y el pathos. Si no se cuida bien
especialmente el pathos, las beneficios de la retórica se desvanecen. Esta misma fue
la observación realizada por una de las personas que asistieron a la sesión del
seminario cuando ya se terminaba el tiempo. Buena observación.