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Tu Dios Reina

El documento narra una visitación celestial que experimentó un joven llamado Alejandro mientras oraba. Un ser del mundo celestial se le apareció y lo llevó a un profundo arrepentimiento. Esto desató una poderosa presencia de Dios entre los estudiantes de un instituto bíblico, donde Alejandro buscó refugio.
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Tu Dios Reina

El documento narra una visitación celestial que experimentó un joven llamado Alejandro mientras oraba. Un ser del mundo celestial se le apareció y lo llevó a un profundo arrepentimiento. Esto desató una poderosa presencia de Dios entre los estudiantes de un instituto bíblico, donde Alejandro buscó refugio.
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TU DIOS REINA

R. Edward Miller

INTRODUCCION

El 7 de septiembre de 1850 el capitán Allen Gardiner embarcó rumbo a la Patagonia,


Argentina, con otras seis personas: el cirujano Williams y Juan Maidment, tres pescadores de
Cornwall, Inglaterra -Pearce, Babcock y Bryant- y Erwin que era carpintero de un barco. Éste
último había acompañado al capitán en viajes anteriores. En una oportunidad, manifestó que
estar con un capitán así era como un cielo en la tierra, ya que el capitán era un hombre dado a
la oración.

La carga de Gardiner era ésta: «Nuestro Salvador ha dado el mandato de predicar el Evangelio
hasta los confines de la tierra. Él dará el cumplimiento a su propio propósito. Que podamos tan
solamente obedecer».

Sabiendo que la Patagonia era tierra árida, los hombres llevaron consigo provisiones e hicieron
arreglos para que arribaran más de éstas en el futuro. Los nativos hostiles robaron de lo poco
que ya les quedaba y no pudieron hacer mucho para proveerse de víveres. En poco tiempo se
les acabaron las municiones, lo que hizo que no pudieran agregar a sus raciones algo de
cacería. Luego de mucha fatiga y privación por falta de comida, Allen Gardiner y sus hombres
partieron a la Presencia del Señor entre el 8 de junio y el 8 de septiembre de 1851. El barco
que traía los alimentos necesarios, no llegó hasta unos siete meses más tarde.

El capitán Smyly, que viajó de Montevideo para buscarlos, descubrió entre los papeles algo
que había escrito Williams en momentos de lo más apremiantes, y decía así: «Estoy feliz más
allá de lo que puedo expresar» – a pesar de que no tenían nada que comer, excepto lapas,
mejillones y algún tipo de hierba.

En una roca había pintado las palabras del testimonio de cada uno de ellos, que se encuentra
en el Salmo 62:5-8: «Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de Él es mi esperanza. Él
solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi
gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en Él en todo tiempo, oh pueblos;
derramad delante de Él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio. Selah».

Las últimas palabras que escribió Gardiner fueron: «Nuestro querido hermano Maidment se
fue del barco el martes al medio día y no ha vuelto desde entonces. Seguramente está en la
Presencia de su Redentor a quien sirvió tan fielmente. Falta poco, y por gracia también
nosotros podremos unirnos a aquellos que cantan las preces de Cristo por la eternidad. No
tengo hambre ni sed, aunque he estado sin comida durante cinco días. Maravillosa bondad
hacia mí, un pecador».

El Señor se encargó de que fueran preservados los diarios de estos hombres de Dios y han
provisto excelente material para muchas biografías que luego fueron escritas.

Ragland, un misionero pionero a la India, escribió: «De todos los planes para asegurar el éxito,
el más eficaz, es el de Cristo mismo: el ser un grano de trigo que cae en la tierra y muere. ‘De
cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si
muere, lleva mucho fruto’».

En la tumba de Ragland, Amy Carmichael y otros dos misioneros encontraron esta oración en
lo profundo de sus corazones: «Señor, danos vivir esa vida y morir esa muerte y traer fruto
para vida eterna». En 1851 siete hombres en la Patagonia vivieron esa vida y murieron esa
muerte. La historia de este libro relata algo de la cosecha de esa semilla.

Stanley Frodsham

*Stanley Frodsham fue uno de los pioneros de la fe Pentecostal en Inglaterra. Fue, durante 30
años, editor de la revista "Pentecostal Evangel", órgano oficial de las Asambleas de Dios en
U.S.A. Es autor de varios libros que narran las maravillosas obras de Dios en los primeros años
del siglo XX.

EL RELATO ARGENTINO

Veremos aquí los hechos que precedieron a uno de los despertares espirituales de la Iglesia
Cristiana en nuestros días. Este relato nos lleva, como testigos presenciales, detrás de la
escena para descubrir el «por qué» y el «cómo».

A cualquiera que esté buscando intensamente a DIOS, deseando conocer los principios y
caminos divinos que rigen su obra, este vívido relato ha de revelarle muchos de los secretos de
DIOS.

Estos preciosos tesoros están encubiertos a los indiferentes y satisfechos, pero revelados a
aquellos hambrientos que han determinado buscar a DIOS de todo corazón, y que se atreven a
creer literalmente su Palabra y a cruzar los desiertos espirituales necesarios para poder
encontrar el camino que lleva a su Creador.

El mensaje aquí es un desafío profundo e inspirador. Sobre los que están ya preparados,
establecerá la convicción de que DIOS es el mismo, ayer, hoy y por los siglos, y que ÉL no hace
acepción de personas.

Yo también puedo encontrar los divinos secretos para llegar a un glorioso despertar y avivar en
mi vida, en mi iglesia, mi pueblo, mi provincia y aun en mi país. Mientras DIOS está diciendo al
hombre que no es con ejército ni con fuerza, mas con su Espíritu, al mismo tiempo insiste en
que: «Desde los días de Juan el Bautista, hasta hoy, el reino de los cielos sufre violencia y los
violentos lo arrebatan».

Jack Schisler

*Jack Schisler ejerció su ministerio misionero, primeramente, en Borneo y luego en Argentina.


Actualmente, ministra en U.S.A.y sigue viajando a Argentina, Brasil y otros países.

CAPITULO 1

UNA VISITACIÓN CELESTIAL

«Y volví mi rostro a Dios el Señor. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión…. Aún estaba orando
cuando Gabriel vino a mí diciendo: «Fueron oídas tus palabras y A CAUSA DE TUS PALABRAS
YO HE VENIDO» (Daniel 9:3,4,20,21; 1O:12).
Era más de media noche, la naturaleza estaba quieta y expectante. El firmamento, cubierto de
estrellas titilantes, parecía cada vez más cercano. De lo profundo del corazón de un jovencito
polaco, un clamor nacido de Dios ascendió hasta los mismos cielos. Dios oyó y envió su
respuesta. ¿Era producto de su imaginación lo que veía? Las estrellas, cada vez más brillantes,
parecían acercarse a él. Luego, en medio de este inmenso resplandor, apareció uno aún
mayor. Era un ser del mundo celestial que fue acercándose más y más, hasta envolverlo en la
misma Presencia de Dios, santa, majestuosa y terrible.

Un gran temor se apoderó de él. Levantándose sobre sus rodillas, Alejandro huyó aterrorizado,
buscando refugio en el Instituto Bíblico. No imaginaba el papel que iba a representar en el gran
mover de Dios en Argentina, ni tampoco sabía por qué su espíritu había estado ardiendo por
tantos meses con una profunda oración que le robaba noches y noches de sueño. Primero en
los campos y bosques de su hogar en Chaco, y luego, muy de mañana, en los prados que
rodeaban el Instituto. Y ahora, Dios mismo se acercaba a él.

Dentro del Instituto, situado en City Bell – pequeño pueblo cercano a Buenos Aires -, todos
dormían tranquilos, sin imaginar siquiera lo que estaba por suceder. Afuera, Alejandro
golpeaba desesperadamente la puerta que, para su asombro, estaba cerrada. Dio voces para
que alguien le abriera. Finalmente, uno de los estudiantes, reconociendo la voz, se levantó y le
dejó entrar.

Pensando escapar de la tremenda presencia que lo acompañaba, Alejandro corrió hacia el


interior del edificio, pero esa misma presencia entró con él. En un momento todos los
estudiantes estaban completamente despiertos, pues al sentir la santa presencia de este ser, el
temor de Dios cayó sobre ellos y comenzaron a arrepentirse, clamando a Dios por el perdón de
sus pecados.

El Espíritu del Señor, santo y poderoso, contendió con ellos. Ninguno de los presentes podía
escapar del santo fuego de su presencia.

Una joven, no queriendo poner al descubierto su pecado, arrepentirse y abandonarlo,


rápidamente preparó sus maletas y se fue. Aun después de pasadas muchas noches, los
estudiantes temían estar a solas. Los que compartían un mismo cuarto, se metían dentro de
una misma cama sin perder tiempo en sacarse los zapatos, porque la temible Presencia de un
Dios vivo y santo había acompañado a nuestro visitante celestial.

A la mañana siguiente, 5 de junio de 1951, nos reunimos todos para el anunciado tiempo de
oración que reemplazaría al acostumbrado horario de clases. Afuera, una gran tormenta rasgó
la atmósfera, como si hubiera un enorme conflicto en los aires.

Dentro del Instituto, la expectación mantuvo a todos en silencio, mientras aguardábamos el


mover del Espíritu de Dios.

Pocos minutos después de haber comenzado a orar, nuestro visitante vino nuevamente y
parándose junto a Alejandro lo transportó en espíritu a países lejanos. Mientras viajaba sobre
la faz de la tierra, veía numerosas ciudades cuyos nombres le eran revelados. Fue entonces
cuando abrió sus labios y comenzó a hablar, pausada y claramente, repitiendo cada palabra
dos o más veces, nombrando cada ciudad que visitaba. Ciudad tras ciudad fue mencionada,
comenzando con las de Argentina; continuó trasladándose de un país a otro, tal como si
estuviera leyendo los nombres en un atlas. Ningún estudiante o viajero podría haber
mencionado tan larga lista, mucho menos este jovencito chaqueño que apenas contaba con
una educación elemental. Al moverse en el espíritu de un país a otro, los nombres de estas
ciudades fueron dadas en su respectivo idioma: inglés, alemán, eslavo, árabe y otras lenguas.
Más tarde nos relató que, como si hubiera estado mirando hacia abajo, tenía la sensación de
hallarse visitando las ciudades una por una. Hora tras hora los nombres continuaron, y estas
ciudades son las que el Señor prometió visitar antes de que el fin venga.

QUE SE ESCRIBA

A la mañana siguiente, cuando nos reunimos nuevamente para orar, el Espíritu del Señor nos
condujo a un período de profunda intercesión. Estudiantes y misioneros fueron unidos y
derretidos bajo su poder. Mientras orábamos, nuestro visitante vino otra vez y se paró
nuevamente junto a Alejandro. No podía ser visto en forma humana, pero se manifestaba en
forma tan marcada que todos nosotros sabíamos que estaba allí. En espíritu era visto por
Alejandro, quien hablaba con él.

Otra vez el joven comenzó a repetir pausadamente las palabras del ángel. Para los que
escuchábamos, era una lengua totalmente diferente a cualquier otra que hubiéramos oído
antes, por lo tanto, no entendíamos lo que decía.

Al mismo tiempo, otro jovencito, Celsio, fue tomado por el Espíritu de Dios. Éste, con menos
estudios que Alejandro y siendo de nacionalidad argentina, reiteradas veces había tenido
discordias con aquel. De diferentes razas, culturas y temperamentos, no tenían ningún lazo de
unión natural. Sin embargo, súbitamente, el Espíritu del Señor descendió también sobre este
joven argentino, abrió sus oídos y le hizo entender claramente, como si fuera en su propio
idioma, todo aquello que iba diciendo Alejandro en una lengua desconocida. Ahora Dios los
había unido en un solo espíritu. El contenido del mensaje atemorizó de tal forma a Celsio que
escapó del salón despavorido. Una vez afuera, contó la extraña sensación y la interpretación
que había tenido; los que lo oyeron insistieron en que regresara e interpretara el mensaje a los
demás. Entonces, volvió y trató de trasmitir lo que estaba recibiendo. Sin embargo, otra cosa
extraña sucedió, cada vez que Celsio trataba de hablar se ahogaba, como si una mano invisible
apretara su garganta. Lleno de terror una vez más dejó el lugar precipitadamente.

Mientras tanto, Alejandro repetía las palabras lenta y pacientemente, sabiendo que Celsio
debía interpretarlas. Cuando el jovencito escapó del cuarto, Alejandro, por el Espíritu, supo
que él no se encontraba allí y decía que regresase. No obstante, sus ojos estaban cerrados en
oración y adoración, perdido en la tremenda Presencia de este visitante, cuya atmósfera nos
rodeaba a todos poderosamente.

Varias veces, esa misma mañana, Celsio salió y fue persuadido a regresar. Él entendía los
extraños y a veces atemorizantes mensajes, pero cada vez que se disponía a comunicarlos,
sentía que se ahogaba.

Ya que no podía hablar, finalmente, alguien sugirió la idea de escribir aquello que recibía; y así
se hizo. Era esto justamente lo que el Señor estaba deseando hacernos entender. El mensaje
comenzó a fluir; primeramente fue escrito en un trozo de papel, luego en el pizarrón, o si no
era leído en voz alta para que todos lo escucharan. Celsio, como un escriba de Dios, anotó los
mensajes dictados por el ángel, dichos por Alejandro en una lengua desconocida.

El deseo de Dios era que éstos se conservaran, puesto que relatados oralmente serían pronto
olvidados y perdidos. Trozos de estas profecías están incluidas al final de este libro.

Cuando el Espíritu descendió sobre el grupo congregado en el Instituto, un joven estudiante de


medicina, que asistía a las clases como alumno diurno, se escandalizó y dijo: «¡¡¡Esto es obra
de Satanás y debe ser parada!!!» Sin embargo su actitud cambió cuando leyó la primera copia
de los mensajes; se convenció de que eran de Dios. «Yo conozco a este joven», dijo, «y su
escasa cultura literaria; sólo Dios pudo haberle hecho escribir con tal estilo».

Las comidas fueron olvidadas y un bocado fortuito era suficiente; se dormía lo indispensable.

Mientras el grupo continuaba en oración, repetidas veces el visitante se manifestaba y dejaba


otro mensaje. Muchas horas fueron empleadas en profunda oración e intercesión, en este
soberano mover de Dios.

Después de la primera semana, el ángel no vino tan frecuentemente, sin embargo, la poderosa
Presencia del Señor continuaba sobre nosotros extendiendo aún la cobertura de su santa
Presencia en forma de círculo varios metros alrededor del Instituto. Los que penetraban
dentro de esta zona comentaban admirados acerca de la rara sensación que experimentaban.

Todos aquellos que compartieron estas particulares y maravillosas manifestaciones fueron


sellados para llevar a cabo una extraordinaria intercesión en el Espíritu Santo. Nunca había
visto a un grupo orar así; aunque en aquellos momentos había muy poca comprensión acerca
del propósito de Dios en estas tremendas olas de intercesión. Hora tras hora, un gran clamor
se levantaba hacia Dios desde el corazón de cada uno de ellos, pidiendo su intervención.
Estudiantes, maestros y misioneros fueron unidos en diversas manifestaciones de su Espíritu,
llorando con profundo quebrantamiento e intercesión por Argentina.

El poder y la Presencia de Dios hacían del lugar un verdadero vértice de actividad espiritual.
Por lo que, durante esos meses, no nos sentábamos a leer o meditar los mensajes del ángel. La
Presencia del Señor era demasiado real, la obra del Espíritu contundentemente vital y la Biblia
un libro demasiado importante como para hacer de las profecías nuestro centro. El mismo
Señor era el centro. La oración se convirtió en un fuerte y terrible clamor hacia Dios. Su
palabra, consultada constantemente en esos días, era el manual que nos guiaba. La palabra
hablada venía con poderosa unción. Profecías fluían como ríos desde muchos vasos. Dios
obraba en individuos, limpiando, transformando y llenando. El llanto ascendía a Dios junto con
el clamor que pedía misericordia y perdón.

Mientras la guerra en las regiones celestiales progresaba, nuestra intercesión se extendía a las
almas perdidas. Las ciudades mencionadas, tan completamente dominadas por el paganismo,
la idolatría y los dogmas católicos (pretensiones religiosas que se satisfacen por medio del
ritualismo, pero que dejan en la vida interior un lastimoso vacío) eran nuestras cargas. El
Espíritu del Señor nos elevaba, mientras que las lágrimas fluían como arroyos de los ojos de
esos jóvenes tocados por Dios. El Señor clamaba a través de ellos por el mundo amado que no
lo conoce y camina solo hacia una eternidad sin Él.

Durante esos meses Dios nos estaba guiando a un nivel de ministerio que no habíamos
experimentado hasta entonces. Cierto día, un hermano entró al salón de reunión y tomó su
asiento, permaneciendo muy serio y quieto, mientras los demás participaban en el dulce
espíritu de adoración. Los misioneros y pastores sin saber por qué, sintieron que debían orar
por él imponiéndole sus manos. Era la primera vez en estos meses que Dios nos pedía hacer
algo semejante, y en fe lo hicimos. Al finalizar la oración, el hermano cayó postrado en el piso y
en esa actitud permaneció por largo rato. No había ningún movimiento, ningún sonido; no
sabíamos qué sucedía. Al tomar nuevamente asiento, su rostro reflejaba la transformación que
se había operado en el interior. Más tarde, nos dijo que al entrar en el cuarto se sintió
perturbado y molesto. Luego de la oración, Dios le hizo ver las cosas de una manera distinta,
mostrándole una visión del Calvario – una revelación de la Cruz que nunca más podría olvidar.

UN TIEMPO DE DESCANSO

Llegó el tiempo de las vacaciones. El Espíritu Santo nos dio cierta tregua, con la clara indicación
de que Él respetaría esos días. Algunos de los estudiantes y maestros fueron a la ciudad de
Bolívar y el Señor los acompañó. Cierto joven recibió un llamado para el ministerio como
resultado de aquella visita.

Mientras tanto, yo esperaba en la Presencia del Señor a fin de conocer su voluntad con
respecto a la reanudación de las clases. Él me habló indicando con claridad un orden
completamente nuevo. Me dio una lista de materias que debían ser enseñadas, teniendo
exclusivamente la Biblia como libro de texto y me dio los nombres de los maestros para cada
una de las materias. También me hizo saber que el tiempo de clases se extendería de cuarenta
y cinco minutos a dos horas, debiendo tener tres clases diarias; estas comenzarían con oración
y se esperaría hasta que el Espíritu Santo indicara que había llegado el momento de exponer su
Palabra.

A través de los meses que siguieron, Dios honró este orden y horario, ungiendo siempre al
maestro responsable de la clase. Los mensajes vinieron cuando hubo corazones preparados
para recibirlos. El espíritu de profecía fluía frecuentemente entre nosotros. Muchas veces el
mensaje dado a través de profecía confirmaba el dado previamente por el ángel enviado de
Dios que nos había visitado. Una joven, esposa de un misionero, nunca había enseñado en su
vida y tenía mucho temor ante la perspectiva de hacerlo. Sólo tras larga persuasión accedió.
Para nuestra sorpresa, cuando dió su primera clase y comenzó a ministrar, durante casi
sesenta minutos el espíritu de profecía posó sobre ella, dando así la lección completamente de
acuerdo con el tema de la materia que se le había asignado. Esto se repitió en cada una de sus
clases.

Los días que siguieron se deslizaron rápidamente. Entre las muchas visiones, mensajes y
diversas manifestaciones que tuvieron lugar durante todos aquellos meses, lo más importante
fue la profunda intercesión experimentada. Nuestras mismas almas eran derramadas delante
del Señor en un clamor originado en Él mismo. Así llegamos al mes de septiembre, cuando un
viernes por la mañana, la Palabra del Señor vino directa y potente: «¡No lloréis más. El León de
la Tribu de Judá ha prevalecido!». A esta declaración de victoria siguieron instrucciones y
promesas sobre Argentina, acerca de las cosas maravillosas que Él haría.

Inmediatamente se operó un cambio notable, como si un gran peso hubiera caído de nuestros
hombros. Un cántico de alabanza nació en cada corazón. Un gozo inexplicable descansaba
como un manto sobre cada uno de los presentes. El sonido de la risa, al principio extraño a
nuestros oídos después de tantos meses de llanto, se dejo oír. La santa risa de victoria y loor
ocupó el lugar del lamento y el clamor. La alabanza vino tan espontáneamente como había
venido la intercesión. Dios se había manifestado en victoria aunque entendíamos muy poco en
esos momentos. Sabíamos que todas esas semanas de intercesión no habían sido en vano.
Sabíamos que Dios había completado su plan victoriosamente.

Descendiendo de las gloriosas alturas de su Presencia, a la tormentosa atmósfera del mundo


exterior, oímos extrañas noticias. Una revolución había estallado en los ámbitos
gubernamentales aunque fue rápidamente sofocada, pues sólo duró un día. Para nosotros era
algo muy significativo; como si estas cosas confirmaran aquellas otras que Él nos había dicho
acerca de su triunfo; como si una gran mano se hubiera extendido desde las alturas para
sacudir el mismo asiento del gobierno argentino, física y espiritualmente.

Ese día el espíritu que gobernaba sobre Argentina había sido atado y su hombre fuerte
conquistado. El León de la Tribu de Judá había prevalecido. Miguel había venido una vez más
para librar batalla en favor de los hijos de Dios. El visitante angelical mencionó a Miguel,
nuestro príncipe.

Jesús dijo: «¿Cómo puede alguno saquear la casa del hombre fuerte, si primero no lo ata? Y
entonces podrá saquear sus bienes» (Mateo 12:29). Hasta aquel día, Argentina había estado
bajo un terrible impedimento. El espíritu gobernante de este país actuó prácticamente sin
estorbos. La obra de Dios era lastimosamente pequeña. Las congregaciones escasas y
diseminadas, habían sido levantadas con gran sacrificio. Si una iglesia tenía unas pocas
conversiones por año, se consideraba un éxito. Un milagro de sanidad o un bautismo en el
Espíritu Santo, era tenido como un evento extraordinario. El príncipe de maldad no estaba
atado. El hombre fuerte todavía poseía su casa y sus bienes.

Pero desde aquel día en adelante, el Señor comenzó a poner esperanza en nuestros corazones.
Mensajes escritos u orales hablaban del avivamiento que estaba por venir junto a grandes
bendiciones. En espíritu vimos multitudes oyendo y recibiendo la Palabra de Dios. Algunas
visiones eran tremendas, al punto de dejarnos atónitos. El paralítico caminaba, el ciego veía, y
muchos milagros tenían lugar. Dios iba a desatar un gran río de vida sobre este país. Otra
visión revelaba la caída de una de las más poderosas mujeres de la historia del país, de
tremenda influencia. Dios iba a intervenir, para atraer a esta nación hacia El, transformándola
del paganismo imperante a la cristiandad, y de su idolatría a la adoración de un Jesús vivo.

Cuando las cosas que Dios había prometido comenzaron a ser conocidas por los demás, se
burlaron. Al no estar preparados, muchos no pudieron creer las profecías y las rechazaron, no
estaban dispuestos a recibir la Palabra de Dios. Fuerte y cruel oposición se levantó contra
nuestro pequeño grupo. Algunos creyeron que le hacían un favor a Dios al rechazar y oponerse
abiertamente. Otros fueron tan lejos con sus blasfemias que Dios tuvo que tratar severamente
con ellos. Gran sufrimiento, dolor y muerte fue el resultado.

A pesar de la contrariedad, Dios continuó con su plan. Él no podía ser estorbado, las puertas
del infierno no podían prevalecer. Hombres incrédulos y burladores no podían detener a Aquel
que es poderoso para salvar.

Dios ha puesto armas espirituales en las manos de aquellos fieles hijos suyos que se atreven a
usarlas: la espada del Señor, el escudo de la fe, la oración eficaz, la sangre del Cordero. Con
éstas, el Conquistador, El León de la Tribu de Judá, se levanta para esparcir a sus enemigos. El
poder de Su fuerza sería visto nuevamente en esta tierra.

Nosotros continuamos creyendo. Él nos había guiado y preparado durante dos años, hasta
llegar el momento de ser incluidos en su plan victorioso, en el futuro avivamiento que
conmovería a Argentina.

Todo esto no comenzó aquella mañana de junio cuando nuestro visitante apareció a Alejandro.
Ese fue sólo uno de los pasos que nos llevó hacia sus propósitos.

No es nuestro fin delinear los comienzos, probablemente ni siquiera los conocemos todos;
tampoco estamos tratando de dar gloria a los hombres. Muchos fueron los siervos de Dios
que, en completa obediencia a Él, tuvieron su parte en los muchos acontecimientos que nos
llevaron hasta aquellos días. Nuestro propósito es dar cronológicamente – en la medida que
los conocemos – los sucesos que concluyeron con la intervención divina en un momento
determinado de la historia de Argentina.

Así que…volvamos unos años hacia atrás.

CAPITULO 2

UN FIN Y UN COMIENZO
«Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jeremías 29:13).

En enero de 1949, el misionero Roberto Thomas y yo, llegamos con una carpa evangelística a
Lavalle, un pueblecito a los pies de los Andes. Nuestro propósito era dar una campaña en algún
lugar donde el evangelio no hubiera sido predicado antes.

Comenzamos a trabajar arduamente bajo el caliente sol andino. El aire se lleno con la música
de discos evangélicos. Visitamos cada hogar de la comunidad, distribuyendo folletos y
evangelios. Oramos y preparamos sermones, sin embargo, las noches pasaban una a una sin
que nadie viniera. Luego cayeron lluvias torrenciales que amenazaban anegarnos; aun así
seguimos adelante. Pero a pesar de nuestros esfuerzos, testimonios y predicaciones, no vimos
fruto alguno.

El hombre fuerte aún estaba gobernando sobre la pequeña comunidad. Después de dos
semanas de gastos y de trabajos nos vimos forzados a retirarnos muy descorazonados, sin
ningún resultado visible. Ese fracaso marcó para mí el fin de una larga senda y el comienzo de
una nueva.

Las palabras de Francis Thompson «Yo huí de Él a través del laberinto de mi propia mente»
describían mi relación con Dios hasta entonces. Siempre hubo plausibles excusas por escasez
de cosecha y la falta de resultados en mi ministerio.

Siendo niño había tenido la oportunidad de presenciar poderosos milagros bajo el ministerio
de siervos de Dios, como el Dr. Charles Price y Aimee S. McPherson, pero bien sabía yo que
este tipo de operaciones no se daban en mi propio ministerio. Aun así, todavía tenía excusas
que eran el refugio imaginario donde podía esconderme de la luz de Dios que escudriñaba y
revelaba la verdad en mi interior.

La causa de mi fracaso era siempre externa: o la gente era muy dura en un lugar o ya se había
predicado en otro, o todavía no era el tiempo de cosecha o era necesario plantar primero, o la
gente no tenía fe. De un pastorado a otro, de un campo misionero a otro, las excusas se
multiplicaban. Si bien, un cierto trabajo para el Señor se había hecho a los ojos de los hombres
y no había necesidad de sentirse avergonzado; en lo secreto de mi corazón, sabía que había un
camino mejor. El Espíritu de Dios, siempre fiel, no dejó que mi complacencia estorbara sus
propósitos. Muchísimas veces, la pregunta de Eliseo encontraba eco en mi alma: «¿Dónde está
el Dios de Elías?»

Ahora, estábamos en Lavalle, un pueblo que nunca había oído acerca del evangelio y que, por
consiguiente, no era territorio «trillado». Yo debía encarar la punzante realidad de que había
sido derrotado. Con todas las condiciones a mi favor: un equipo misionero completo, un
competente compañero evangelista, aun así, había fallado rotundamente. Me vi forzado a
admitir que a pesar de un excelente entrenamiento ministerial y el bautismo del Espíritu Santo
recibido en mi niñez, todavía había una evidente y trágica falta de poder en mi ministerio. La
larga lista de excusas había terminado y, también, mis huidas. Dios me había llevado a hacer
un balance de mí mismo, y el resultado era desalentador. Amargado, derrotado y con todas las
armas destruidas, fui llevado por Dios a presentar ante Él un tratado de rendición. «No con
ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu» (Zacarías 4:6). «No con caballos porque son carne
y no espíritu; ni con jinetes porque son hombres y no Dios» (Isaías 31:1-3).

Dios me estaba desafiando a rendir la carne y las obras de la carne. Mis obras eran buenas,
pero no podían ser aceptadas, pues no eran Sus obras. Dios estaba ofreciéndome un nuevo
camino, un camino de poder, una operación del mismo Espíritu Santo, encauzado en un
ministerio de liberación.

UN CAMINO ALTO

«Senda que nunca la conoció ave, ni ojo de buitre la vio; nunca la pisaron animales feroces, ni
león paso por ella» (Job 28:7-8).

Los términos de rendición exigidos por Dios determinaban que yo debía dedicar un mínimo de
ocho horas consecutivas, por día, en oración y con su Palabra. Si un hombre puede trabajar
ocho horas diarias, un ministro puede orar el mismo tiempo. Algunas veces me quedé más
tiempo, durante todo el día y toda la noche.

Había transcurrido poco tiempo, cuando algunos comenzaron a expresar abiertamente su


desaprobación a estos tiempos de oración, dudando de mi salud mental; exponiendo sus
razones, sobre la base de que nadie tiene derecho a recibir un salario misionero dedicando la
mayor parte de su tiempo a la oración y no a las tradicionales actividades misioneras.

A pesar de esto, sabía que no podía seguir un solo paso más engañándome a mí mismo y
huyendo de Dios; tenía que aceptar su desafío. Había llegado al fin de un largo camino.

Para ese tiempo, yo era pastor interino de una humilde iglesia en Mendoza. Esta tenía un
pequeño cuarto vacío en el altillo y fue precisamente allí donde comencé a buscar a Dios.
Tenía que encontrar su respuesta en cuanto a lo que demandaba un avivamiento, al mover de
su Espíritu en la Argentina y en cuanto a su intervención divina, tal como se narra en el libro de
los Hechos – una operación de acuerdo a sus habilidades y no de acuerdo a las mías.

¿Eran tan sólo meros anhelos? ¿Era posible para un hombre común, sin ninguna otra aptitud
que un llamado al ministerio, encontrarse con Dios de tal forma que pudiera traer resultados y
frutos tangibles? ¿Puede el tiempo aceptar el desafío de la eternidad? ¿Eran los poderosos
santos y profetas de la historia seres especiales creados por la soberana voluntad de Dios, o
eran solamente hombres comunes que aceptaron su desafío? ¿Existía un camino? ¿Podía el
hombre tener un encuentro directo con Dios? Contrariamente, si llegaba al final de aquel
camino sin retorno, sin hallar estas respuestas, se cerniría sobre mí una desorientación
abismal, de la cual muchos sueños e ilusiones, por mucho tiempo guardados en sagrado
secreto, serían destrozados.
Muy a menudo en las Escrituras, Dios dice al hombre, «BUSCAD MI ROSTRO», pero nunca dice
cómo buscarlo. El buscar a Dios ¿era un privilegio de unos pocos seleccionados, de un limitado
grupo de místicos de nacimiento que pueden trepar alto en la montaña del profeta? Muchas
preguntas sin respuesta me llevaron a una que las contenía a todas: ¿podía un hombre de lo
más común, con preparación y talentos comunes, sin ser un genio y sin dones especiales,
encontrar a Dios? ¿Había para tal hombre un contacto vital, un encuentro personal con el
Señor de la Gloria?

Un cuidadoso escudriñar de las Escrituras desde Abraham hasta Nehemías, desde Elías hasta
Pedro, parecía indicar claramente una rotunda afirmación.

Siendo práctico por naturaleza, sintiéndome más cómodo en el taller o en el campo, que en el
escritorio o en la cámara secreta del profeta, me vi forzado a encontrar una respuesta que era
al mismo tiempo espiritual, práctica y dinámicamente real, como escrituralmente auténtica. Lo
espiritual y material debían unirse en el hombre. Dudas, preguntas y miedos marcaban el paso
de largas horas. ¿Dónde está tu Dios? Las paredes devolvían en su eco la infructuosa pregunta.
Torbellinos batallaban en mi interior. ¿Era tal demanda una impertinencia meramente
humana? Delante se asomaba un aparente callejón sin salida, una amenaza de fracaso tan
definitiva, que el miedo a ella se convertía en un poderoso motivo para seguir adelante.

A pesar de los días de oración y ayuno, todavía no había respuesta alguna. Aunque
interminables horas pasaban, aún no se abría ninguna ventana en el cielo.

Lloraba, esperaba, meditaba, escudriñaba la Palabra, caminaba, me arrodillaba, me paraba y


nuevamente me postraba en el piso; Dios respondía con silencio. Ninguna posición, ni ayunos,
ni lágrimas, ni clamores podían penetrar la silenciosa e invisible barrera que tan
apretadamente oprimía mi ser. Los días pasaron lentamente convirtiéndose en semanas.

Dios no tenía ninguna prisa en descubrir los secretos de sus misterios. Él ha escondido tan
cuidadosamente sus diamantes en lo profundo de la tierra, para que solamente los que buscan
diligentemente puedan encontrarlos. No se apresuró a revelar su cámara de tesoros a quien
aspiraba tan sólo visitarla, ni descubrir prestamente su lugar de escondite, al que tan sólo
ansiaba hallarlo. El buscar y cavar eran necesarios.

Pasaron dos meses – una eternidad acomodada en el tiempo – ni una brisa se movía en el
mundo espiritual; ni siquiera aparecía una pequeña nube del tamaño de la palma de la mano
de un hombre.

Entonces el enemigo hizo un intento casi exitoso para detener la búsqueda. «Pon una fecha a
Dios. Seguramente a esta altura de las cosas sabrás que estás equivocado. No hay razón para
seguir así indefinidamente». Y una fecha fue puesta. «DIOS», dije, «si para el fin de semana, el
sábado a las diecisiete horas en punto, Tú no te manifiestas, entonces sabré que estoy
equivocado. Voy a salir con folletos evangelísticos, retornando a la convencional rutina
misionera». Seguramente Dios sabía que era sincero, por lo tanto, se vería obligado a salir de
su lugar de escondite.

Pero aún así, ninguna brisa sopló. El plazo llegó a su fin y Él, en su infinita sabiduría y paciencia,
continuó en silencio. Con amargura en mi alma, que sería imposible transcribir, con lágrimas
de frustración y derrota, surgiendo de las profundidades de mi interior, llené mis bolsillos con
folletos evangelísticos y lentamente comencé a caminar a través del largo pasillo que me
conducía a la calle. Dios no había contestado.

En ese momento, en el preciso horario de Dios, un pastor conocido llegó con su hijo, un
adolescente inconverso. Durante la visita, el pastor compartió todos sus problemas, sin omitir
un solo detalle. Los minutos se convirtieron en horas. Fue imposible realizar mi plan de visitas
con folletos evangelísticos. Cuando los dos visitantes se preparaban para partir, hice al joven
una pregunta escudriñadora. Una palabra llevó a la otra, hasta que el joven estaba sobre su
rostro, sollozando, encontrando la senda a la fuente del Calvario.

Finalmente, los dos partieron. En la oscuridad del pasillo, en el instante mismo en que ellos
atravesaron la puerta de salida a la calle, una voz dentro de mí, dijo: «Ves, hijo, que cuando Yo
quiero, puedo traerlos. Ahora vuelve al lugar de oración hasta que te diga que es tiempo de
terminar».

Regresé nuevamente al pequeño altillo para dedicar más semanas a la intercesión y


meditación de su Palabra. Los meses pasaron hasta que el tiempo perdió su significado.
Entonces un día, un día igual a todos los transcurridos y sin previo aviso, se hizo oír una palabra
en medio de la habitación, UNA PALABRA que vibraba desde las profundidades y en las alturas.
Sobre esa palabra vino la poderosa Presencia de Dios, llenándolo todo. En aquel instante y con
una voz que parecía audible, me fue dado un mensaje especial. El velo fue roto, y las ventanas
de los cielos abiertas. La gloria brilló a mi alrededor, encontrándome en el espíritu.

Dios se había acercado a un hombre común. Él se había dignado a hablar para cumplir su
propósito y voluntad. Su realidad había sido manifiesta y su Palabra completamente vindicada.
Él no había dicho en vano: «BUSCAD MI ROSTRO».

Por varias semanas los cielos me fueron abiertos y vi cosas en el espíritu, las cuales no me es
lícito contar. Luego, me fue dada una extraña orden: «Ve, llama a la gente a orar. Yo voy a
derramar mi Espíritu sobre ellos. Diles que vengan preparados para quedarse desde las veinte
hasta las veinticuatro horas. Si no están dispuestos a permanecer las cuatro horas, no deben
venir».

¿Podía provenir de Dios, tal orden? Hacía sólo unas semanas que yo había elegido una hora
más conveniente para los cultos de oración y nadie había venido y ahora, a una hora tan
inoportuna, quien estaría lo suficientemente interesado como para venir? La orden era
sencilla. Naamán había esperado que el profeta pusiera al menos su mano sobre el lugar de
aflicción, esperando una dramática aparición de éste y no una mera orden: «Ve y lávate siete
veces en el Jordán». Más tarde descubrí que no es la orden, sino quien da esa orden, lo que
hace la diferencia.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. El dio esta orden y esperaba que fuera
obedecida al pie de la letra. Debo confesar que tenía muchas dudas. Conocía muy bien a los
pocos miembros de la iglesia, su letargo y falta de interés por las cosas de Dios. Si tan sólo uno
de estos aceptaba la invitación, entonces sabría que era obra de Dios. Él nos había comenzado
a enseñar la importancia de la simple e implícita obediencia.
La cantidad del fruto consumido en Edén no fue lo que trajo tal caos, sino la calidad de
desobediencia, lo que reveló una profunda rebelión contra el gobierno de Dios, separando así
al hombre de su Creador. Implícita y simple obediencia es el único camino que nos lleva de
regreso a la Presencia de Dios y restaura una relación correcta con Él.

La invitación hecha al pequeño grupo reunido en la iglesia el domingo siguiente, fue la menos
usual y la más difícil de formular. El frío clima invernal, un edificio sin calefacción, falta de
transporte después de la medianoche, todo se combinaba para hacer dificultoso el responder
a tal llamado. Sin embargo, tres personas indicaron su deseo de asistir a los propuestos cultos
de oración.

A la noche siguiente, vinieron los tres: una sirvienta muy jovencita y tímida, un joven que se
había alejado del camino de Dios y su esposa. Ninguno de los tres había visto antes a alguien
lleno con el Espíritu Santo.

Esta pequeña iglesia y muchas otras en Argentina, en ese entonces, nunca habían
experimentado ninguna manifestación del Espíritu de Dios; no sabían cómo recibirlo, ni que
sucedería cuando viniera.

La primera noche dedicamos tiempo en instruirles al respecto, conforme a las Escrituras. Luego
todos nos arrodillamos en actitud de oración mientras esperábamos en absoluto silencio. Yo
dirigí la oración, alabanza y cantos, pero ninguno se unió a mí, simplemente continuaban
esperando en silencio.

Cuando ya habían transcurrido las cuatro horas, pregunté si alguien había recibido algún
impulso del Señor que le guiara a orar, cantar o alabar, en fin, cualquier cosa semejante. Todos
contestaron negativamente, excepto la joven esposa. Ella admitió un extraño deseo de
levantarse, caminar hacia la mesa que se encontraba en el centro del cuarto y golpearla.
¡Realmente resultaba algo extraño! Siendo demasiado orgullosa como para siquiera pensar
hacer algo así, sólo contestó: «¡Oh, sería demasiado tonto!» Tratamos de persuadirla a que lo
hiciera, pero el intento fue en vano. Ese fue el fin del primer culto de oración.

Nuevamente fui delante del Señor. Yo había cumplido su mandato, pero no había acontecido
nada. ¿Qué hacer ahora? Y su orden fue que nuevamente nos reuniéramos para orar y
esperar. El mismo grupo volvió la noche siguiente, y esta reunión fue una reproducción exacta
de la anterior.

Durante las silenciosas cuatro horas nadie había sentido ningún impulso del Señor, salvo la
misma mujer que confesó tener el mismo extraño deseo de la primera noche, pero tal como
había sucedido entonces, no lo llevó a cabo. La reunión terminó en un triste fracaso, y yo
estaba seguro de que nadie retornaría la noche siguiente.

¿Podría ser esto del Señor? ¿Una cosa tan extraña y tan fuera de lo común, como el deseo de
pegarle a una mesa? Nada similar se menciona en la Biblia. ¿Por qué Dios no se había movido
aún? ¿Por qué tal demora, si había dado la orden y había prometido que Él se manifestaría?
Muchas preguntas y dudas se agolpaban sobre mi corazón y mente. En temor y temblor esperé
la próxima noche.
Para la tercera noche las mismas tres personas se unieron a mi esposa y a mí para tener otra
reunión de oración. El resultado fue otra noche de silenciosa espera. Cuando la reunión estaba
por finalizar, pregunté a la joven esposa si aún tenía el deseo de golpear la mesa. Con mucha
timidez y vergüenza, admitió que sí, pero ninguna rogativa surgió efecto. ¡Cuán difícil es para el
hombre aprender a conocer la voz de Dios! Tres veces llamó Dios a Samuel y tres veces pensó
que era la voz de Elí; solamente la cuarta vez supo que era Dios quien le estaba hablando.
Varias veces el Señor había hablado a esta señora. De alguna manera yo sabía que era Dios
quien originaba tal impulso.

El jueves, durante la noche todo continuó como en las noches anteriores, hasta las veintitres
horas, entonces yo pedí que todos se levantaran de sus rodillas y tomaran sus asientos.

«Señora», le pregunté, «¿todavía siente usted tal deseo?». Con vergüenza y desengaño
confesó que sí. Así que yo mandé que todos se pusieran de pie. Cantando un corito, los cinco
marchamos alrededor de la mesa. Al ver ella que nos atrevíamos a golpear la mesa, juntó
coraje y también extendió su mano. Cuando golpeó la mesa, inmediatamente un viento sopló
desde un rincón. En unos segundos, la recatada y tímida sirvienta estaba adorando a Dios en
un éxtasis, con sus manos levantadas en alto. Su rostro transformado, irradiando el gozo y la
gloria del Señor, mientras hablaba en una lengua desconocida. El rebelde y descarriado
hombre, que había resistido reiteradas veces el llamado de Dios sobre su vida, cayó bajo la
mesa y allí comenzó a adorar al Señor en otras lenguas, según el Espíritu le daba que hablase.
Su esposa, viendo lo que sucedía, dejando de lado toda vergüenza y temiendo que el Espíritu la
dejara de lado, clamó en voz alta: «Yo también, Señor». El Río del Espíritu Santo fluyó también
sobre ella, bautizándola, hablando al igual que los demás en lenguas desconocidas.

El Espíritu Santo estaba siendo derramado, no solamente sobre nosotros, sino también sobre
toda Argentina en una forma nueva, un derramamiento que se extendería hasta alcanzar los
rincones más remotos de este gran país.

Un simple acto de obediencia abrió la puerta. Dios puso en movimiento las fuerzas para
cambiar este vasto país pagano, y hacer de él una nación cristiana.

Lágrimas, anhelos e innumerables horas de batallar contra el enemigo habían obtenido una
sola respuesta: «Dios, en su fidelidad, cumplía lo que había prometido». Estábamos
sumergidos en la corriente de los grandes propósitos de Dios, donde tantos otros habían
derramado su alma, pero sólo tuvieron el privilegio de consagrar sus vidas en fe, sin ver el
cumplimiento de tales promesas. El creer se tornó en ver.

La sabiduría de Dios invadió en forma rotunda la sabiduría del hombre. El solo hecho de
obedecer el impulso del Espíritu Santo había quitado el último obstáculo que impedía el libre
fluir del Río de Dios. Argentina comenzaba a percibir los efectos de este fluir en los primeros
días de junio de 1949.

UNA NUEVA FUENTE ABIERTA


Las noticias del derramamiento del Espíritu Santo corrieron rápidamente y otros se nos
unieron la noche siguiente en el culto de oración. Ahora ni el frío, ni el calor, ni el peligro, ni
ninguna otra cosa impidió a la gente venir para recibir el Espíritu Santo.

Una niña de catorce años, con muy pocos estudios, tuvo visiones de cosas que sucederían;
muchas de ellas se cumplieron posteriormente. Algunas veces profetizó, repitiendo muchas
Escrituras que nunca antes había leído y menos memorizado. Un joven recibió el don de
palabra de conocimiento y, a través de visiones, tuvo revelaciones de cosas escondidas. Este
mismo joven, una noche amonestó a una maestra jubilada a que limpiara su hogar de ídolos.
Ella, lastimada y con asombro, replicó que en su hogar no había ídolos. Entonces Dios le reveló
al joven en visión, que tenía cierto baúl con una pila de reliquias en el fondo. Era cierto, habían
estado allí durante largos años; eran recuerdos de su madre fallecida. Esta mujer los había
olvidado y Dios, manifestando su odio contra toda idolatría, quería que fuesen destruidos. Al
día siguiente, la maestra trajo todas las reliquias para ser quemadas. Dios nos enseñó acerca
de dones y operaciones de su Espíritu que hasta entonces desconocíamos. El joven recibió un
ministerio de sanidad, convirtiéndose en un exitoso evangelista y pionero de nuevas obras.

A medida que se conocía más acerca del avivamiento que había llegado, venía mucha gente
nueva. Tan pronto como estas personas eran salvas, recibían el Espíritu Santo, muchas veces
aun antes de ser bautizadas.

El hermano Thomas, que había trabajado junto a mí en la desastrosa campaña en Lavalle, hizo
un viaje especial para visitarnos.

Varios ministros en Buenos Aires, habiendo oído noticias de un avivamiento en Mendoza,


enviaron al hermano Thomas para que les diera información como testigo presencial de lo que
estaba sucediendo.

Como él ya había pastoreado esa iglesia, conocía muy bien a la gente. Mirando a los miembros
y viéndoles gloriosamente transformados, alabando a Dios y moviéndose en los dones y
operaciones del Espíritu Santo, dijo: «¡Esto es un milagro! ¡Esto es obra de Dios! ¡Sólo Él pudo
hacerlo! ¡Antes teníamos estudios acerca de los dones, ahora estas mismas personas están
manifestando esos mismos dones!».

En pocas semanas la pequeña iglesia dobló una y otra vez su membresía. La gente organizó
pequeños grupos y salieron a testificar del Señor. Por las calles y en los hogares, fueron en el
poder del Espíritu Santo, retornando con gloriosos testimonios de lo que Dios estaba haciendo
en respuesta a su sencilla fe. La gente era salva y sana al imponerles las manos en fe. Yo
escuchaba atentamente y el Señor parecía hablarme otra vez diciendo: «Ves hijo, Yo puedo
hacer mucho más por esta gente humilde, llenos con el Espíritu Santo, que lo que podría hacer
contigo solo, yendo con folletos evangélicos de puerta en puerta».

Viendo la maravillosa sabiduría y plan de Dios, mi corazón se derritió; ya había aprendido la


lección. ¡Sus métodos eran mejores!

Habiendo limpiado la iglesia por la purificación de su Santo Espíritu y puesto su orden, el Señor
comenzó a guiarnos más y más en un ministerio de sanidad.
Dimos campañas en una carpa; esta vez no fue un fracaso. Hubo milagros. Una noche hubo tal
mover del Espíritu de Dios, que todos los presentes, fueran salvos o inconversos, estaban
sobre sus rodillas clamando delante del Señor mientras fluía la palabra de profecía acerca del
nombre de Jesús. Todos se arrodillaron delante de Él y confesaron sus pecados. Cuando su
Espíritu sopló con gran poder, nadie pudo resistir su Presencia.

De la noche a la mañana, el Señor había transformado la iglesia de Mendoza; Él había venido a


nosotros. En lugar de unos pocos miembros indiferentes, nuestra iglesia estaba llena. En lugar
de suspiros, hubo cantos; en lugar de muerte…vida; en lugar de derrota…victoria. El frío
silencioso de los cultos de oración se tornó en tremendo regocijo; el desierto se convirtió en
un verdadero manantial.

Pero como el cometido del río es fluir siempre hacia adelante, buscando nuevos canales, no
podía concluir en Mendoza. Antes de no mucho tiempo, vinieron invitaciones para visitar
iglesias y otras ciudades. Así que, dejando a un joven pastor encargado de la obra en Mendoza,
nosotros nos dirigimos hacia el sur.

CAPITULO 3

AGUAS SOBRE EL SEQUEDAL

«Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal y ríos sobre la tierra árida» (Isaías 44:3).

Me hallaba parado frente a una congregación eslava. El largo programa preliminar por fin
había terminado; el pastor anunció que yo hablaría, pero la única palabra que el Señor me
daba era: «Invita a la gente a orar». ¿Qué clase de mensaje era ese? ¿Podría ser del Señor?
Pero habiendo comenzado a caminar unos meses atrás en la senda de la obediencia, estuviese
o no de acuerdo a mi lógica, obedecí la orden dada por el Señor. Inmediatamente todos
cayeron sobre sus rodillas y antes de que me diese cuenta de lo que estaba sucediendo, el
Santo Espíritu había descendido sobre el grupo de aproximadamente cuatrocientas personas.
Mientras ellos clamaban a Dios, varios recibieron el Espíritu Santo y hablaron lenguas
desconocidas. Otros, con llanto de arrepentimiento buscaron su camino de retorno al Calvario.

El pastor quedo atónito, pues estaba completamente desacostumbrado a esta clase de


manifestaciones en su iglesia (aunque tenía el nombre de pentecostal). Rápidamente hizo
sonar su campanita para llamar al orden a la congregación. La congregación, en obediencia,
tomo sus asientos y permanecieron en silencio. «Y ahora va a hablar el hermano Miller»,
anunció el pastor visiblemente perturbado. Pero Dios no había cambiado de idea, de modo
que, al retomar mi lugar en el púlpito, mis palabras fueron estas: «Hermanos, oremos».
Nuevamente el pueblo cayó de rodillas y tan pronto como comenzaron a orar, el Espíritu Santo
se movió sobre ellos y más hermanos fueron llenos del Espíritu.

El ruido se acrecentó, hasta que el pastor, sin poder tolerar más desviaciones del
acostumbrado rito formal, hizo sonar nuevamente su campanita y los retó severamente. Ellos
obedecieron. El culto me fue devuelto para predicar el anticipado mensaje. Pero el sermón de
Dios seguía siendo siempre el mismo. «Hermanos, Dios está aquí, oremos». Por tercera vez la
gente cayó sobre sus rodillas para continuar orando. El proceso se repitió nuevamente: la
campana, el reto, el culto cedido, la repetición del llamado a oración, la gente arrodillándose y
el Espíritu derramándose.

Pero la última vez no hubo ya más campanas ni retos. El Espíritu del Señor continuó su mover,
sin ofenderse por las reiteradas interrupciones. Hasta el momento, el pastor se mantenía de
pie en observación, hasta que el Espíritu Santo obró también sobre él y comenzó a clamar a su
Creador. Por fin pudo entender que la gente no estaba fuera de control, sino bajo el poderoso
control de Dios.

Durante varias horas un gran clamor y gemidos ascendieron al trono; unos lucharon por
obtener perdón; otros gritaron con gran victoria las alabanzas de Sión y del Cordero. Otros
hablaron en lenguas desconocidas, mientras recibían el Espíritu Santo prometido por el Padre.
Aquello era un Santo Jubileo. Para el fin de semana habían recibido el Espíritu Santo
aproximadamente doscientos hermanos.

También en Buenos Aires, en otra iglesia, el río de Dios empezó a fluír, limpiando, sanando y
llenando con su Espíritu. En la calurosa noche de verano las puertas de la iglesia fueron
cerradas para impedir que los ruidos causaran molestias a los vecinos inconversos; pero de
todas maneras, el clamor y la alabanza pasaron a través de ellas y ascendieron al cielo mismo.

HACIA EL NORTE

En un viejo y tambaleante tren, que se arrastraba con su implacable velocidad de treinta


kilómetros por hora, Roberto Thomas y yo emprendimos un viaje hacia el norte. Nuestro
destino: Encarnación, Paraguay.

Durante la segunda noche de cultos, el río de Dios comenzó a fluir con poder sobre aquellos
paraguayos sumidos en la pobreza. A la noche siguiente, una pequeña y tímida mujer india de
la selva, asistió a la reunión; ella sólo sabía hablar guaraní. Al comienzo de la reunión intenté
saludarla, pero aun esto resultó incomprensible para ella. Pero cuando la nube de gloria
descendió, esta mujer saltó de repente sobre sus pies y comenzó a hablar con tal fluidez y
libertad en castellano, anunciando lo que el Señor iba a hacer, que pensé que había estado
bromeando al decir que ella no hablaba nuestro idioma. Una vez terminada la hermosa
profecía, la mujer continuó hablando en castellano. Dijo que Dios deseaba bautizar a cierto
hermano con el Espíritu Santo, pero que el no quería levantar sus manos. A pesar de esto, el
hombre continuaba sin levantarlas, así que la hermana puso acción a sus palabras. Aunque no
entendía lo que estaba diciendo, saltó sobre su banco para acercarse a el, tomó sus manos por
la fuerza y se las levantó, mientras él se arrodillaba. Inmediatamente el hermano rompió a
hablar en otras lenguas y el Espíritu del Señor lo bautizó. Después de la reunión me acerqué a
ella y le dije: «Bueno, me imagino que usted estaba bromeando antes del culto, ahora sé que
sabe hablar castellano». Sus ojos se fijaron sobre mi, y descubrí que no entendía ni una sola
palabra de lo que estaba diciendo. La gente alrededor de ella comentó: «Oh, la hermana no
habla castellano, sólo guaraní». En el Espíritu había hablado en otras lenguas, no sabiendo
absolutamente nada de lo que decía; pero, para nosotros que entendíamos cada palabra, fue
dada una magnífica profecía.

En aquella tierra comenzó un mover del Señor que continuó por semanas en la iglesia, dentro
de la selva, y en las colonias entre la gente de habla europea.

Un joven eslavo venía a los cultos en ese lugar y era la primera vez que veía a Dios moverse de
tal manera, así que se propuso buscarlo para su propia vida. Dos años después, pudo participar
del avivamiento de Dios en City Bell.

Dios había forjado otro eslabón en su cadena.

EN EL CHACO ARGENTINO

En medio de la inhóspita selva chaqueña, labriegos europeos establecieron, con gran trabajo y
sacrificio, sus plantaciones de algodón. En su tierra habían conocido el mover de Dios, pero a
través de las grandes pruebas de la fe, al venir a formar sus hogares, iglesias y chacras en una
tierra hostil, habían perdido su primer amor.

Para los adultos, ocupados en sus plantaciones y negocios, la iglesia era el ritual de domingo, y
para los jóvenes, una obligación o compromiso con sus padres, pero venían livianamente, con
risas y burlas. Eran conocidos por su frialdad hacia el Señor y por su completa falta de interés
en todo lo que respecta a las cosas espirituales.

Pero, un día cercano a la navidad de 1950, el copastor y varios de los miembros oyeron del
derramamiento del Espíritu Santo entre los eslavos en Buenos Aires, así que decidieron
visitarlos. Al ver la gloriosa obra de Dios, especialmente entre los jóvenes, fueron inspirados a
buscar al Señor. Al retornar a Chaco, compartieron las noticias de lo ocurrido en el sur, esto
despertó hambre en los corazones de la gente llevándoles a buscar a Dios. El Espíritu Santo se
movió entre ellos y los jóvenes que se habían reído y burlado, comenzaron a venir a los pies
del Maestro.

Una joven, la más apartada de los apartados, vino a Él en arrepentimiento y fue llena del
Espíritu Santo. Los más ancianos, frunciendo el ceño, pensaron: «¿Cómo puede ser esto? ¿La
peor de toda la iglesia es la que recibe primero?».
Éste fue otro mensaje elocuente a la gente joven: «Si Dios podía perdonar y bautizar a la peor
de todos ellos, entonces había esperanza para el resto». Los que antes se habían reído y
burlado en la iglesia, ahora se sentían atraídos por Dios y lo buscaban.

Otro joven, Alejandro, conocido como el «líder de los pródigos», había estado parado en la
puerta de la iglesia, riéndose. A pesar de haber tomado varias copas, se sintió atraído por una
gran ola de fuego hacia el interior del salón. Acercándose al altar cayó postrado; su risa se
convirtió en gemidos y comenzó a llorar descontroladamente. En un momento, el curso de su
vida cambió; dio sus espaldas al pecado y volvió su rostro para buscar al Señor; pronto Dios lo
llenó con el Espíritu Santo. En las semanas siguientes, antes de salir a trabajar durante todo el
día en los campos de algodón, dedicaría muchas horas a la oración, en los cercanos bosques,
clamando al Señor y Redentor. Un cambio tan radical se había operado en él, que sus
compañeros se maravillaron. Varios meses después, el Señor lo llamó para que fuera al
Instituto Bíblico en City Bell. Este es el joven a quién el visitante celestial se le apareció.

También, la convicción del Espíritu Santo de Dios cayó sobre los mayores, uno a uno. Guerras
personales que habían estado en pie por más de diez años, concluyeron, llevándolos a la
reconciliación.

Cuando el Espíritu descendía sobre una persona, no era nada extraño ver que ésta, arrepentida
y humillada fuera a reconciliarse con algún enemigo.

Esta ola de avivamiento duró varios meses.

JUNTOS EN CITY BELL

Alejandro de Chaco, el joven eslavo de Paraguay, la jovencita de Mendoza, la hija del


misionero de Buenos Aires y otros, fueron traídos por el Señor a City Bell en 1951. Fue allí
donde el ángel apareció y todos fuimos llevados a su Presencia con fuertes intercesiones
durante meses. Al final de ese periodo se convocó una reunión general.

Entre los concurrentes, había un joven italiano, que al no poder resistir la presión que sobre él
ejercía el Espíritu Santo, se puso de pie y comenzó a confesar su tibieza causado por tantos
meses de alejamiento de las cosas de Dios. El Espíritu de arrepentimiento llevó a otros a
confesión delante del Señor, revelándoles a cada uno su propia falta y necesidad. Era tal la
Presencia de Dios que, a pesar del llamado a almorzar, continuaron cautivados en el mover del
Espíritu. Una a una las confesiones fueron hechas y, en cada vida, la comunión con el Señor fue
restaurada.

Varios de los líderes misioneros, en abierto desacuerdo con lo que Dios estaba haciendo,
salieron indignados por el rumbo que había tomado el culto. A pesar de la resistencia y
rechazo de algunos, el Señor continuó moviéndose en aquellos que estaban con sus corazones
abiertos y hambrientos.
Cuando el período de clases finalizó, los jóvenes salieron a la obra. Dos de ellos fueron al
pueblo llamado «25 de Mayo», a una iglesia pentecostal por muchos años abierta, pero que
ahora estaba casi vacía.

«El Señor nos ha enviado aquí», anunciaron los muchachos a la asombrada misionera a cargo
de la obra. «Entren, entren», dijo ella, mientras los recibía cordialmente. Los jóvenes fueron a
orar a su cuarto. Cuanto más oraban, mayor era la carga que sentían por los perdidos. Sin
asistir a los cultos, continuaban orando. Muchas veces, con sus rostros bañados en lágrimas,
oraban por la gente, mientras caminaban por las calles.

Entonces, el Señor les guió a levantar una carpa evangelística. La única disponible estaba rota e
inservible, pero ellos mismos la remendaron. Cuando estuvo lista, fue armada en una buena
ubicación y comenzaron a ministrar con sus corazones quebrantados y conmovidos por la
necesidad del pueblo.

El Espíritu Santo se movió sobre la gente trayendo salvación y sanidad. Muy pronto, la iglesia
dejó de estar vacía; el mismo Espíritu que había movido en Mendoza, Buenos Aires, Paraguay y
City Bell, se estaba ahora moviendo hacia los inconversos en otras partes del país. Nuestros
corazones se regocijaron y nos dimos cuenta de que el Señor estaba comenzando a cumplir las
promesas dadas en City Bell.

Luego, una extraña e incomprensible orden vino desde arriba: «Retiraos del campo de batalla.
Apartaos y esperad en oración». Era una orden muy difícil de obedecer. Nosotros habíamos
previsto una rápida edificación de su Reino – algo semejante al lanzamiento de un proyectil – y
ahora Él nos estaba apartando, llevándonos a permanecer en un aparente y descorazonante
fracaso. Pero, en obediencia a su orden, dejamos City Bell, el lugar de su Presencia, y nos
trasladamos a Mar del Plata, ciudad ubicada a unos cuatrocientos kilómetros de distancia.

ESPERAR, VELAR Y ORAR

Durante los días de espera, velando en oración, nuestra fe fue angustiosamente probada. El
cumplimiento de las promesas del Señor se dilataba y muchos comenzaron a reírse. ¿Había
hablado Dios realmente? Para ellos era obvio que no, porque no se cumplía nada de lo que Él
había dicho. Así que, continuaron burlándose. Muchos rechazaron la obra que Dios había
hecho en City Bell, concluyendo que debía haber alguna equivocación y se levantaron contra
aquéllos que creían en las promesas que Él había dado. Solamente un pequeño grupo se
mantenía creyendo y guardando en sus corazones lo que Él había hablado.

Mientras los meses se transformaban en años, lo único que nos animaba era que Aquel que
había dado las promesas, era poderoso para cumplirlas.

Después de los gloriosos meses de la visitación de Dios en Mendoza, del mover del Espíritu en
iglesias de Argentina, Paraguay y de los preciosos días de City Bell, fuimos apartados para no
hacer otra cosa más que, esperar, velar y orar.
El silencio del Señor, después de los abundantes mensajes que había dado en City Bell, probó
nuestra fe tremendamente; fue el período más duro de todos. Era comparativamente fácil
recibir la promesa en fe, pero nosotros descubrimos que el período de paciente espera para su
cumplimiento, era mucho más difícil.

Los tiempos de Dios estaban solamente en sus manos y Él nos decía que esperáramos.

Así pasaron más de dos años.

CAPITULO 4

EL CUMPLIMIENTO

«Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando
viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el
botín» (Lucas 11: 21-22).

¡Imposible!…exclamó a coro el comité pro-evangelismo en masa. Tommy Hicks les acababa de


presentar la idea de tener una entrevista personal con el presidente Juan D. Perón. Tommy, un
desconocido evangelista de los Estados Unidos, deseaba solicitar el uso de un gran estadio de
deportes, además de radio y prensa, para una campaña de evangelismo y sanidad.

Tal cosa nunca se había hecho antes. ¡A nadie se le había cruzado por la mente la idea de
solicitar un estadio tan grande! Eso parecía demasiado absurdo. Aunque llegara a obtenerse el
permiso, no había tantos evangélicos interesados en los milagros de sanidades como para
llenarlo.

Tommy quería un lugar para cultos donde pudiera ubicar a unas veinticinco mil personas. El
comité consideraba que dos mil quinientas eran más que suficientes, pero él dijo que no iba a
comenzar, a menos que se consiguiera un estadio grande. Con algunos temores y reservas
continuaron las deliberaciones.

La conclusión del comité era justificada desde el punto de vista humano, pues, hasta ese
tiempo las obras evangélicas eran limitadas. La mayoría de las iglesias eran comparativamente
pequeñas; las conversiones, hechos aislados; las sanidades, muy escasas. ¡Quién podía
imaginar que Dios iba a obrar ahora en tan gran escala, cuando nunca lo había hecho antes!
Creo que nadie, incluyendo el mismo Tommy, podía anticipar la magnitud de lo que Dios
estaba por hacer.

En cuanto a obtener el uso de la prensa y radio, parecía ridículo aun considerarlo. Bajo el
régimen imperante, todas las actividades religiosas eran estrechamente controladas. Todos los
horarios de cultos tenían que ser notificados y debía obtenerse un permiso especial, concedido
por el gobierno, el cual sería cuidadosamente archivado. La petición de Tommy era
impracticable; tal cosa nunca se había hecho antes y las condiciones que prevalecían en esos
momentos no indicaban la posibilidad de ningún milagro.

De todas formas, Tommy insistió en visitar al primer mandatario. He aquí, la historia que me
fue relatada personalmente por un gobernador provincial. Nosotros la compartimos con los
lectores:

Cuando Tommy supo de lo imposible e inútil que sería una entrevista con el Presidente, se
encerró para orar en el cuarto del hotel. Sabía que su Dios era más grande que cualquier
gobernante y que Él lo había enviado a Argentina, así que decidió ir personalmente a ver al
Jefe de Estado. Altos oficiales de gobiernos extranjeros habían sido rechazados por Perón.
¿Cómo podía un desconocido predicador de Estados Unidos, sin importancia alguna, conseguir
una audiencia con él? Pero Tommy Hicks confiaba en su Dios. Caminando hacia la Casa Rosada
donde están las oficinas gubernamentales, se acercó a la puerta.

Un guardia armado que servía como portero, lo paró preguntándole ásperamente:

- ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

El pastor Hicks le explicó cuidadosamente que quería dar una campaña de salvación y sanidad.
Cuanto más le explicaba, más interés mostraba el guardia. Finalmente pregunto:

- ¿Tú quieres decir que Dios puede sanar?

- Si, Él puede y Él quiere! -replico Tommy.

- Bien -dijo el guardia-, ¿puede Él sanarme a mí?

- Deme su mano -respondió el evangelista y allí mismo hizo una oración de fe.

El poder de Dios corrió por el cuerpo del guardia. En un momento, su dolor y enfermedad
habían desaparecido.

Sintiendo el poder de Dios, el hombre quedó completamente atónito. Palpándose con


tremendo asombro, dijo:

- Pero, ¡se ha ido! ¡se ha ido todo el dolor!

- ¡Por supuesto, se ha ido! -contestó Tommy-. ¡Dios lo ha sanado!


- Vuelva Ud. mañana y yo voy a conseguirle una entrevista con el Presidente -replicó el
guardia.

Al día siguiente cuando Tommy retornó, el mismo guardia lo saludó muy cordialmente,
escoltándolo hasta la gran puerta de la oficina privada del Presidente.

El General Perón saludó cordialmente a Tommy y a su intérprete; les ofreció un asiento y


preguntó por el motivo de la visita. Cuidadosamente el pastor Hicks explicó en detalle el deseo
que Dios había puesto en su corazón de tener una campaña de salvación y sanidad en un gran
estadio, con libertad de prensa y radio. El presidente escuchó pensativamente. Con gran
asombro oyó, por primera vez, acerca del poder de Dios para salvar y sanar, pues Tommy fue
fiel para predicar el evangelio aquel día.

En aquella época, el Presidente estaba sufriendo una enfermedad de la piel muy persistente y
desfigurativa; un tipo de eczema que ningún médico lograba curar. Había empeorado
paulatinamente y, aunque era de conocimiento público su estado, no permitía que lo
fotografiasen.

Escuchando la historia de Jesús, el Hijo de Dios que sana a través de la fe y la oración, el


Presidente preguntó:

- ¿Puede sanarme a mí?

- Deme su mano -Hicks contestó.

Y allí mismo, estirando las suyas sobre el gran escritorio, oró por el General Perón. El poder de
Dios fluyó hacia el cuerpo del Presidente; Dios hizo instantáneamente un milagro de gracia y
de misericordia. Ante los ojos de todos los presentes, la eczema había desaparecido
totalmente; la piel del presidente era ahora tan limpia y tersa como la de un niño. Dando un
paso hacia atrás en tremenda admiración, pasó su mano sobre su rostro y exclamó con
sorpresa:

-¡Dios mío, estoy curado!

Había sido realmente sanado. El Nombre de Jesús había prevalecido.

El Presidente, lleno de gozo y satisfacción, dio a Tommy lo que deseaba: libertad de prensa,
libertad de radio, libertad para tener una reunión en masa. El Presidente concedió lo
imposible, en gratitud por su sanidad. Las puertas se abrieron de par en par y Dios abrió un
camino donde no había. En un momento, Él había hecho lo que ningún hombre podía hacer.

Se alquiló el estadio de Atlanta, con capacidad para veinticinco mil personas sentadas.

Durante los primeros días la concurrencia no era muy numerosa, pero Dios comenzó a
extender su mano de sanidad. Las noticias se propagaron rápidamente. Dios comenzó a sanar.
No pasó mucho tiempo cuando multitudes vinieron a ver y a escuchar a este «obrador de
milagros», como era llamado. Los ujieres pronto comenzaron a trabajar doce horas diarias.
Muchas veces las gradas estaban ocupadas varias horas antes del comienzo de los cultos.
A causa del gentío que debía permanecer afuera, se instalaron algunos alto-parlantes. Dentro
del estadio, todos los pasillos estaban llenos. Luego, la multitud derribó el cerco que rodeaba
el campo de juego y se precipitó en grandes olas, llenando la cancha también; tiraron abajo las
puertas del estadio y se abrieron camino a codazos. Una noche, los empleados no podían
montar la plataforma a causa de la multitud. Cuando el pastor Hicks llegó, escoltado por un
grupo de policías, se dirigió a una de las esquinas del campo de juego, la multitud se abalanzó
hacia él y los trabajadores no tuvieron lugar para poner la plataforma. Cuando Dios empezaba
a obrar, unos gritaban, otros aplaudían, otros lloraban, mientras los enfermos trataban de
tocar al evangelista o intentaban pararse en su sombra cuando él pasaba. En uno de sus
sencillos sermones (pues no era un gran orador), predicó acerca de Jesús, El Salvador, El
Sanador. La multitud, al escuchar estas simples verdades respondió: «Nosotros queremos a
este Jesús como nuestro Salvador y Sanador». El pastor Hicks se volvió a los ministros en la
plataforma y les dijo: «¿Ven esta hermosa escena? Argentina necesita a Cristo; ¿no arden sus
corazones?».

Cuando la oración de fe fue hecha, el evangelista clamó: «Suelten su fe, hagan lo que no
podían hacer hasta ahora». Hubo movimiento por todas partes. Las muletas abandonadas eran
levantadas en el aire. Algunos gritaban: «¡Puedo ver!» Otros abandonaban sus sillas de ruedas.
La gente observaba maravillada, conmovida, esperanzada, pensativa.

La multitud había crecido tanto que se alquiló un estadio más grande, el gran estadio de
Huracán… Ningún suceso deportivo o concentración política había podido llenarlo jamás. Y
ahora, el pequeño y desconocido predicador del Evangelio se había atrevido a alquilarlo. Eso
también confirmaba lo que el ángel había dicho: «La ola de bendición que Dios derramaría iba
a llenar los lugares más grandes con vastas multitudes buscando escuchar el Evangelio, y
gobernantes oirían el mensaje». Ahora se estaba cumpliendo literalmente.

Dios estaba obrando; su plan se estaba cumpliendo; Dios iba a traer el Evangelio con tanto
poder a Argentina que este país iba a saber para siempre que su mano no se ha acortado, ni su
oído se ha agravado. El Evangelio iba a producir un poderoso impacto sobre la nación de veinte
millones de habitantes.

A esa Argentina, fuerte, poderosa, rica, influyente pero al mismo tiempo, orgullosa, idólatra, vil
y pagana, Dios deseaba moverla fuera de la órbita papal, para que girara alrededor de
Jesucristo.

El poder de Dios sopló sobre esa vasta multitud una y otra vez. Noche tras noche, la virtud
sanadora de Jesús fluyó hacia los miles que depositaron su fe en Dios. ¿Cuántos? Su número
era demasiado grande para ser contado; la cifra exacta está registrada en los cielos.

El pensamiento y la rutina diaria de la nación comenzó a cambiar con el amanecer de un nuevo


día. A través de la prensa y la radio, las noticias corrían por todo el país. Las revistas publicaban
artículos con fotografías de lo que Dios estaba haciendo. Los diarios imprimían noticias de las
reuniones y de los milagros.
Todas las copias disponibles de la Biblia fueron vendidas, cincuenta y cinco mil de ellas. La
gente clamaba por un ejemplar casi arrebatándolo de las manos de los acomodadores. Una
solicitud urgente fue enviada para que más copias llegaran por correo aéreo.

El impasible cinismo, dio lugar a la esperanza. Los orgullosos argentinos se volvieron tan
emocionales como cualquier pentecostal. Cada noche una clamorosa y necesitada audiencia
respondía al poder de Dios mientras el pastor Hicks ministraba el gozo de la liberación.

Comenzó entonces una carrera precipitada, una migración similar a la fiebre del oro del siglo
pasado en el oeste estadounidense. Pero lo que la gente encontró fue mucho mejor que el
oro, pues hallaron la fuente de vida. Las aguas sanadoras estaban fluyendo, el poder de Dios se
movía hacia la gente.

Llegaban al lugar en autobuses, subterráneos, camiones, tranvías, trenes o cualquier otro


medio disponible. Desde tan lejos como Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay y los puntos más
distantes de Argentina, convergían al lugar donde Dios estaba supliendo las necesidades del
hombre. Cuando preguntaban a los choferes de autobuses dónde tenía lugar la campaña, la
respuesta era una sola: «Donde Ud. ve que la gente se baja, bájese también. Sígalos y ellos lo
llevarán al estadio». Por varias manzanas a la redonda, las multitudes se movían en la misma
dirección causando tremendas aglomeraciones de tráfico.

Dentro del estadio, si alguno trataba de encender un cigarrillo, otros lo obligaban a apagarlo.
«Mal educado», le decían, «Aquí se está predicando la Palabra de Dios».

El presidente del club Huracán dijo públicamente que él nunca había visto tan grande
asamblea de personas, estimando que debía haber, por lo menos, ochenta mil personas
dentro del estadio.

Dondequiera que los hombres se encontraban, había sólo un tema de conversación. En los
hogares, en las calles, la gente comentaba a favor o en contra de la campaña evangelística del
estadio Huracán. Los himnos y coros evangélicos eran cantados en los vehículos públicos. En
un autobús, un escéptico trató de convencer a otra persona que todo el asunto era un engaño;
el otro discutió que no era así; una tercera persona entró en la conversación afirmando que
todo era verdad, pues Dios había sanado de parálisis a su esposa. El escéptico no tuvo más
argumentos.

En una fábrica, al hacerse comentarios acerca de la campaña, algunos trataron de burlarse. Un


hombre se levantó y los obligó a callar. Su hija, una adolescente que tenía una pierna más
corta que la otra, había sido instantáneamente sanada en la campaña, abandonando así su
zapato ortopédico.

El cojo caminaba, el paralítico era libertado, los ciegos veían y los que venían en camillas eran
curados. Las ambulancias que traían pacientes inválidos retornaban vacías. Vida y salud fluían
como un río porque Dios había venido a la Argentina.

El hotel donde el pastor Hicks se hospedaba parecía la sala de guardia de un hospital. Las
ambulancias traían gente a cualquier hora del día o de la noche; el hall estaba lleno de
personas necesitadas. Debieron reclutar voluntarios para ayudar a aquéllos que venían al
hotel.

Noche tras noche, la multitud fue creciendo hasta que no había más asientos vacíos en el
estadio. Los pasillos y pasajes de salida estaban llenos. Aun así seguían viniendo, como una ola
humana. La gente parecía un gigantesco campo de grano, listo para la cosecha. La capacidad
del estadio fue agotada; ni siquiera había lugar para permanecer de pie. Por cuadras a la
redonda, en todas direcciones se congregaba un gran mar de gente. Las puertas se cerraban
una hora antes del comienzo del culto. Los mensajes llegaban a la gente, afuera, a través de
alto-parlantes y la ola del poder de sanidad les alcanzaba a ellos también.

Un diario inglés en Buenos Aires, comentando favorablemente uno de los cultos, estimó la
multitud como de unas ciento cincuenta mil personas. Habló de cientos que esperaban desde
la mañana temprano hasta que las puertas del estadio se abrían. Poco tiempo después de
haber comenzado el culto, era prácticamente imposible viajar en líneas de tranvías o
autobuses rumbo al estadio; todos parecían estar yendo hacia aquella dirección. Aunque una
vasta multitud llenó el estadio, miles más luchaban por entrar, trepando los escalones y
bloqueando todos los portones.

Tommy Hicks, de pié en la gran expansión de césped verde, rodeado por miles de personas,
predicó que Jesucristo vino para revelar a Dios al mundo. La multitud respondía:
«¡¡¡Aleluya!!!» Aplaudieron, cantaron un himno, levantaron sus brazos y se pararon. Luego
bajaron sus cabezas en oración. El silencio impresionaba.

Dios estaba visitando Argentina en una forma soberana, haciendo a ésta consciente de su
Nombre, de su Poder y de la Verdad de su Evangelio. La gente ya no podía aceptar ciegamente
los reclamos del clero. Los ídolos del catolicismo ya no podían tener el completo control de las
mentes de los hombres como lo habían hecho hasta ese momento; el poder soberano de
Roma había sido quebrado; su dominio absoluto sobre la mente argentina había sido roto.

¿Quién puede describir esos días? ¿Quién puede medir tal felicidad y gozo? ¿Quién puede
narrar el tremendo alivio del dolor y la miseria, del temor y las enfermedades? Dios arrastró
todo en torrentes de amor divino.

Un pequeño de unos tres años padecía de defecto en la estructura ósea de la pierna; no podía
caminar sin usar un pesado aparato ortopédico. Cuando la oración en masa fue hecha, la
madre sacó, en fe, el aparato de acero y el niño comenzó a caminar. Mientras él corría de un
lado a otro, la multitud comenzó a clamar, llorar y gritar. La fe se levantó en muchos corazones
y los milagros comenzaron a suceder espontáneamente en la multitud. Un médico que conocía
el caso del niño, al ver el milagro, enseguida fue a donde estaba el pastor Hicks. Abrazando sus
rodillas comenzó a clamar en voz alta: «¡Yo quiero a este Cristo, quiero ser salvo! ¡Quisiera
servir a un Dios que hace esto por los niños!»

Un joven de veinte años fue traído al estadio en una camilla, había sido inválido desde su
nacimiento. A causa de la gran multitud y la imposibilidad de acercarse a la plataforma, un
acomodador se ofreció a ayudar para que pudiesen avanzar aquellos que lo llevaban. A la
noche siguiente una mujer buscó al mismo acomodador diciéndole: «¿Ve aquel joven?» El
joven los vio mirando y saludó. Era el mismo que la noche anterior había sido llevado en
camilla; ahora estaba completamente sano.

Un notable publicista fue sanado de hemorroides, várices deformantes y engrandecidas,


reumatismo y un defecto en la vista; su sanidad fue comentada en una importante revista.

Una noche, unos policías trajeron a la plataforma a una mujer poseída de demonios. Cuando el
evangelista comenzó a orar por ella, clamó a gran voz: «¡Demonio, sal fuera!» El terror llenó a
los que lo oyeron. Los policías bajaron sus gorras en una actitud de reverencia. El demonio
huyó y la mujer levantando sus brazos, comenzó a alabar a Dios por su liberación.

Gente de todos los niveles de vida vinieron a las reuniones: el cojo, el ciego, el enfermo, el
pobre, el de la clase media, el rico, ancianos, madres, padres, jóvenes.

Una hermana del vicepresidente de Bolivia trajo a sus niños para ser sanados. La esposa de un
alto funcionario del gobierno mantuvo reuniones de oración y estudios bíblicos en su hogar.
Una de las mujeres más ricas en Argentina vino al Señor; un gobernador de cierta provincia fue
sanado.

La muerte huyó de cientos de sus presas, al ser reprendida en el Nombre del que tomó cautiva
la cautividad. Algunas madres recibieron a sus bebés sanos y salvos. Otros saltaron de sus
camas de aflicción absolutamente sanos. Muchos padres volvieron a trabajar y a traer el pan a
sus hogares; hasta entonces destruidos.

Real y verdadera salvación vino a muchos corazones; miles fueron los que se arrepintieron de
sus pecados. En esos días, sin importar cual fuese su condición social, moral, económica o
política, se encontraron enfrentados con Dios. Desde mediados de abril a mediados de junio
de 1954, fueron meses de gloria. El cielo se inclinó y besó la tierra. La sangre del Cordero de
Dios lavó a mucha gente dejándola limpia y sana. Hermanos de iglesias tradicionales recibieron
el bautismo del Espíritu Santo.

Pero las fuerzas del pastor Hicks se estaban acabando. Prácticamente sin comer y sin dormir
durante esos tremendos días, no podía continuar más tiempo llevando la pesada carga
espiritual que implicaba este poderoso mover del Espíritu de Dios. El Señor le reveló que debía
retornar a los Estados Unidos.

Una gran consternación vino sobre los miles de personas cuando anunció su decisión de
concluir los cultos. Sólo Dios podía enumerar los casos que habían sido salvos, sanos y llenos
con el Espíritu Santo. Un reportero deseaba publicar un periódico evangélico; otros, ofrecieron
fondos para que se edificara un estadio para cultos de evangelización. Profesionales quisieron
abandonar sus carreras para dedicar sus vidas al ministerio. Ahora, la vasta multitud era dejada
aparentemente sin pastor. Todo parecía terminar abruptamente. Sin embargo, no nos
sentimos suficientemente capacitados como para cuestionar la sabiduría del plan de Dios,
porque esto fue solo la conclusión de otro glorioso capítulo de la histórica invasión de Dios a la
Argentina, y ésta no ha terminado aún…Desde aquellos días, en otros lugares y en otras
formas, Dios ha hecho cosas maravillosas. De lo prometido por el ángel en City Bell, queda aún
mucho por cumplirse.
Algunos pastores encendieron sus pálidas antorchas en la ardiente llama del despertar.
Pequeños evangelistas desconocidos hasta aquel entonces, captaron en aquellos días la visión
de lo que Dios podía hacer y se esparcieron por todo el país ministrando y trayendo a miles de
almas hacia Cristo. Un joven descarriado, con el llamado a ser predicador, dejó su carrera de
deportista profesional para convertirse en un destacado pastor y evangelista. Su hermano
también vio la Gloria del Señor, pues la misma llama de Dios encendió su alma y cuando se
lanzó al evangelismo, la mano de Dios estuvo sobre él. Jóvenes candidatos para el ministerio y
estudiantes de escuelas bíblicas, viendo lo que Dios podía hacer, se dedicaron a orar por los
enfermos. Nuevas obras fueron abiertas. Las iglesias cosecharon nuevos miembros y edificios
fueron levantados para apacentar las ovejas.

Sin duda alguna, la campaña de Hicks, con todo su espectacular crecimiento y complicada
post-campaña, no era la forma en la cual el hombre hubiera hecho las cosas; tal vez las hubiera
planeado mejor. Pero los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni sus pensamientos son
los nuestros. Nosotros podemos filosofar e investigar, pero Dios sigue adelante con el
cumplimiento de su plan, moviéndose con aquellos que se atreven a creer y a seguirle,
adondequiera que Él vaya. Porque Dios no había, ni ha terminado aún de cumplir sus
poderosos propósitos en la Argentina.

Dios, no eligió soberanamente a este país para dar nacimiento a algo tan tremendo, sin un
propósito. Aquí, en una tierra impregnada de idolatría y paganismo, Dios trajo a luz una gran
operación de la gracia divina, que ha sido registrada en la historia cristiana. Más de una década
después, aún se cosechan los efectos positivos del derramamiento de su Santo Espíritu.

Una gran luz amaneció en esta tierra. De la noche a la mañana, la gente despertó a la realidad
del evangelio; fueron destruidas grandes barreras del corazón y de la mente del hombre. El
«hombre fuerte» (Mateo 12:28-29) fue vencido por el poder de Dios. Su Palabra se extendió,
alcanzando a muchas más personas; Dios comenzó a cumplir sus promesas.

Dios se estaba moviendo por todas partes en Argentina, desde la provincia del Chaco -en el
norte-, hasta la región patagónica -la gran tierra del sur. El Hombre de Guerra había extendido
su mano derecha; en ella estaba escondido el secreto de su poder; por ella había hecho
proezas que eran gloriosas. Derrotó al enemigo, destruyéndolo. El Señor desnudó su santo
brazo ante los ojos de todas las naciones. El último capítulo no está escrito porque aún no ha
sido vivido. La historia no ha terminado, ni siquiera ha sido relatada en su totalidad; al igual
que el libro de Los Hechos, todavía continua.

Fue encendido un fuego que, aún ahora, sigue ardiendo. Las palabras de Ezequiel en el
capítulo 20:46-48, dicen así: «Hijo de hombre, pon tu rostro hacia el sur, derrama tu palabra
hacia la parte austral…Oye la palabra de Jehová el Señor: He aquí que Yo enciendo en ti un
fuego, el cual consumirá en ti todo árbol verde y todo árbol seco; no se apagará la llama de
fuego; y serán quemados en ellos todos los rostros, desde el sur hasta el norte. Y verá toda
carne que yo Jehová lo encendí; no se apagará».

(Fin)
En el año 1909, varios misioneros pentecostales llegaron a la Argentina. Al principio estuvieron
trabajando independientemente; pero en 1914 se afiliaron a las Asambleas de Dios. Enviaron
refuerzos misioneros de Estados Unidos y el Canadá, y se proclamó el evangelio en Buenos
Aires y otros muchos lugares. Sin embargo, a pesar de todo su ahínco y su dedicación a la obra,
más de cuarenta años de ministerio habían logrado reunir sólo 174 miembros adultos de la
iglesia en 1951.

Los misioneros pentecostales se sentían desanimados. Gran parte de su labor parecía haber
sido en vano. Oraron pidiendo algo más. Necesitaban un derramamiento nuevo y
extraordinario del Espíritu Santo. Pero el desaliento fue en aumento porque no parecía
suceder nada.

Sin embargo, algo estaba ocurriendo.

En 1952, en la ciudad de Tallahassee, Florida, un evangelista llamado Tommy Hicks estaba


dirigiendo una serie de cultos, cuando el Señor le dio una visión. Mientras estaba orando, vio
con toda claridad un mapa de América del Sur que estaba cubierto por un extenso campo de
trigo amarillo, con los tallos inclinados y listo para la cosecha. Mientras Hicks contemplaba
aquel hermoso cuadro de trigales que se mecían bajo el sol del mediodía, los tallos de trigo
comenzaron a convertirse repentinamente en cuerpos humanos, hombres y mujeres con las
manos en alto, que clamaban:

- Venga, hermano Hicks! ¡Venga a ayudarnos!

Hicks consideró que su visión era del tipo macedónico. Desde ese momento estuvo convencido
de que Dios le tenía reservada alguna tarea especial en América del Sur. ¿Por qué en América
del Sur? No tenía ningún conocimiento sobre esa región del mundo; pero no tenía ninguna
duda respecto al mapa que había visto. Luego, mientras seguía orando, Dios le dio una
profecía que escribió en la Biblia: “Porque no caerán dos nevadas sobre la tierra antes de que
vayas a ese país, porque no irás por el mar ni por tierra, sino “que volarás como un pájaro.”

Esa visión se confirmó tres meses después, en Red Bluff, California. En el hogar de un pastor,
después de una campaña evangelística que dio muy buenos resultados, la esposa del pastor,
mientras les dirigía en oración, alargó su mano hacia Hicks y repitió las mismas palabras de su
profecía. Hicks no le había confiado a nadie su visión ni la profecía que había recibido; pero
cuando le mostró a aquella señora lo que había escrito en su Biblia, los ojos de ella se llenaron
de lágrimas.
Tan pronto como le fue posible, Tommy Hicks pagó todas sus deudas e hizo los preparativos
necesarios para viajar a una región desconocida. Tenía muy poco dinero; pero de repente
comenzó a recibir una cantidad extraordinaria de correspondencia, gran parte de la cual
contenía contribuciones espontáneas. En un período de diez días tuvo lo suficiente para
comprar un boleto de ida a Buenos Aires, Argentina, y le quedaron 47 dólares. Un grupo de
amigos fue a despedirlo al Aeropuerto Internacional de Los Angeles, entregándole un donativo
de 200 dólares más para sus gastos.

“Cuando me detuve a pensar —dice Hicks—, me pareció verdaderamente ridículo que


estuviera en camino hacia un país desconocido, donde la gente ni siquiera me conocía y cuyo
idioma yo no hablaba. Todo ello con pocos dólares en el bolsillo. Sin embargo, en el fondo de
mi alma, me sentía en paz con Dios. . .”

¡Perón…!

En la última parte del vuelo, después de tener varias reuniones evangelísticas en Temuco,
Chile, el nombre de Perón comenzó a acudir a la mente de Hicks. No tenía ni la menor idea de
lo que significaba la palabra “Perón”; pero tenía el convencimiento profundo de que Dios le
estaba hablando. Entonces llamó a la azafata y le preguntó:

— ¿Conoce usted a alguien por aquí que se llame Perón?

La joven pareció sorprenderse mucho y le dijo: — Sí. El señor Perón es el presidente de


Argentina.

El mandato quedó claro para Hicks. Dios quería que hablara con el presidente de la nación…

La gran campaña de Hicks

Ciertos estudios sobre la iglesia en Argentina han revelado la importancia crucial que tuvo la
campaña de Tommy Hicks en 1954, no sólo para los pentecostales, sino para todas las demás
iglesias que colaboraron en las reuniones. Arno Enns, autor de un libro clásico de historia
eclesiástica para la Argentina, calificó la campaña de Hicks como “un acontecimiento soberano
de Dios, de decisiva importancia”. El libro Avance evangélico en la América Latina, de gran
influencia, dice: “Muchos evangélicos de la República Argentina, ya estén de acuerdo con la
teología de Hicks o no, admiten que sus reuniones quebrantaron la rígida resistencia argentina
al testimonio evangélico."

Hicks predicó durante cincuenta y dos días, con una asistencia total de cerca de dos millones
de personas. Un diario de Buenos Aires estimó que la asistencia al culto de clausura se elevó a
doscientas mil personas.

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