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Universidad de Navarra Grupo Ciencia, Razón y Fe (CRYF)
Edificio de Facultades Eclesiásticas. Campus Universitario. 31009 - Pamplona. España
La evolución, hoy.
Evolucionismo: el hecho y sus implicaciones
Mariano Artigas
Publicado en Aceprensa, 44/95 (29 marzo 1995)
Francisco J. Ayala, uno de los científicos españoles con mayor prestigio
internacional, ha publicado un libro en el que expone, de modo accesible al
gran público, el estado actual de la teoría de la evolución1. Ayala afirma que
la evolución es un hecho demostrado, acepta la explicación neodarwinista
de la evolución, y señala que la evolución es compatible con el cristianismo.
Francisco J. Ayala nació en Madrid en 1934, y reside en Estados Unidos
desde 1961. Goza de gran prestigio, debido a sus trabajos sobre la
evolución biológica. Es profesor en la Universidad de California y, en la
actualidad, es Presidente de la Asociación Americana para el Avance de la
Ciencia. Aunque ya había publicado varios libros sobre la evolución, el que
publica ahora se dirige al público no especializado. Intenta explicar de modo
claro los problemas centrales de la evolución biológica, y también alude a su
significado cultural y religioso.
La evolución como conclusión científica
El lego en la materia suele preguntarse: ¿hasta qué punto está demostrada
la evolución?, ¿puede considerarse como un logro científico ya adquirido, o
se trata sólo de una hipótesis que todavía se discute?
La respuesta de Ayala es tajante: "El origen evolutivo de los organismos es
hoy una conclusión científica establecida con un grado de certeza
comparable a otros conceptos científicos ciertos, tales como la redondez de
la tierra, la rotación de los planetas alrededor del sol o la composición
molecular de la materia. Este grado de certeza, que va más allá de toda
duda razonable, es lo que señalan los biólogos cuando afirman que la
evolución es un «hecho». El origen evolutivo de los organismos es un hecho
aceptado por los biólogos y por todas las personas bien informadas sobre el
asunto" (págs. 17-18); "el hecho de la evolución está ya establecido de
forma definitiva" (pág. 19).
Ayala dedica un capítulo de su libro (el III) a exponer las pruebas
principales de la evolución, y destaca la importancia de las pruebas
aportadas por los progresos recientes de la biología molecular. Desde luego,
quien hoy día niegue la evolución, deberá enfrentarse a todos los biólogos y
explicar su unanimidad. El recurso a una conjura ideológica anti-religiosa
tiene pocas probabibilidades de prosperar, porque tanto los científicos como
los teólogos suelen afirmar que la evolución y la religión son compatibles.
También los teólogos, así como los filósofos y casi todo el mundo, admiten
que la evolución es un hecho. Casi los únicos que lo niegan son algunos
grupos fundamentalistas protestantes de Estados Unidos, que siguen
afirmando que el mundo tiene unos 5.000 años; mientras tanto, los
científicos describen cómo era el universo hace miles de millones de años,
estudian cómo se originó la tierra hace 4.500 millones de años, y cómo
evolucionó la vida desde organismos primitivos que existían en la tierra
hace unos 3.500 millones de años.
Al fin del capítulo III, Ayala concluye que "probablemente no hay otra teoría
o concepto científico que esté corroborado de forma tan concienzuda como
lo está la evolución de los seres vivos" (pág. 62). A mi modo de ver, ahí se
pasa de rosca, y muestra que las discusiones sobre la evolución todavía
suelen ir acompañadas de una carga emotiva suplementaria. La evolución
de la vida en la tierra es un proceso histórico único; en cambio, muchos
otros conocimientos científicos se refieren a fenómenos que pueden
repetirse e incluso manipularse a voluntad en los laboratorios.
Las causas de la evolución
¿Cómo se explica la evolución? Ayala afirma que, aunque se sabe bastante,
queda mucho por descubrir. Tiene razón. De todos modos, quizá no
consigue dar una idea de todo lo que queda por descubrir. El motivo es que
Ayala se sitúa en una línea claramente neo-darwinista y, a mi juicio, tiende
a dar demasiado crédito a las explicaciones neo-darwinistas.
Darwin propuso en 1859 su explicación de la evolución mediante la
selección natural: se producen cambios hereditarios que proporcionan
ventajas en la lucha por la vida, de modo que, a largo plazo, se imponen los
organismos poseedores de esos cambios. Pero Darwin nada sabía sobre
esos cambios. La genética fundada por Mendel y desarrollada a partir de
1900 permitió comprenderlos: se trata de las mutaciones genéticas. Hacia
los años 1930, se formuló la teoría sintética de la evolución
(frecuentemente denominada neo-darwinismo), que explica la evolución
mediante la combinación de mutaciones y selección natural. Muchos
evolucionistas aceptan que el neo-darwinismo explica lo esencial de la
evolución, y que no hay que buscar más.
Ayala escribe: "En 1950 la aceptación de la teoría de Darwin de la evolución
por selección natural ya era universal entre los biólogos, la teoría sintética
era aceptada como correcta, y las controversias se limitaban a cuestiones
de detalle" (pág. 41). Pero esta apreciación de Ayala es un poco exagerada,
lo cual se comprende porque él es uno de los autores principales del neo-
darwinismo. Según otros autores, tan evolucionistas como Ayala, la
selección natural darwinista debe ser completada con importantes factores
cuyo carácter ni siquiera conocemos bien en la actualidad.
En la evolución siguen existiendo misterios notables, que se refieren sobre
todo al origen de los nuevos órganos y organismos. Los neo-darwinistas
suelen hablar como si esos misterios ya estuvieran explicados, en lo
esencial, mediante la selección natural. Ayala escribe: "Es precisamente
como consecuencia de la selección natural por lo que los seres vivos son
organismos, es decir, están bien organizados, constan de partes muy
integradas entre sí y que pueden llevar a cabo las funciones apropiadas
para el estilo de vida del organismo" (pág. 106). La selección natural es un
"proceso organizador y creativo" (pág. 141): al igual que la selección
artificial que practican los agricultores y ganaderos para mejorar las plantas
y los animales, la selección natural explicaría la producción de nuevos
órganos y organismos, sin que exista ningún plan, porque los cambios
genéticos que se dan espontáneamente en los vivientes proporcionan, en
algunos casos, ventajas hereditarias que se acumulan en la línea de una
adaptación mejor a las condiciones de la vida.
El ejemplo que proporciona Ayala para ilustrar la eficacia de la selección
natural se refiere a un caso bastante simple: la reproducción de bacterias y
su resistencia a la estreptomicina. La conclusión es clara: "como ilustramos
con el ejemplo bacteriano, la selección natural actúa paso a paso y así
produce combinaciones de genes que de otra manera serían muy
improbables" (pág. 143). Sin embargo, el problema real es mucho mayor:
¿cómo han surgido las bacterias, y en general, los grandes tipos de
organización?, ¿es correcto adjudicar toda la responsabilidad a la
combinación de mutaciones genéticas al azar más selección natural?
Evolución y naturalismo
En el fondo, el problema tiene dimensiones filosóficas y teológicas. La física
moderna se consolidó, en el siglo XVII, dejando de lado las explicaciones
metafísicas: la materia y su movimiento es lo que cuenta, así como su
estudio matemático y experimental, y esto nada tiene que ver con las
antiguas especulaciones. Sin embargo, todavía parecía haber un lugar para
la finalidad en el mundo de los vivientes, lleno de aparentes planes y
diseños. El darwinismo entró a saco en ese terreno, proponiendo una
explicación evolucionista, en términos de mutación al azar y de selección no
planeada; de este modo, la evolución completaría la revolución anti-
metafísica.
Ayala plantea el problema exactamente de ese modo. Afirma que Darwin no
sólo es un gran científico, sino "un revolucionario intelectual que inaugura
una nueva era en la historia cultural de la humanidad. Darwin completa la
revolución copernicana..... El funcionamiento del universo deja de ser
atribuido a la inefable voluntad del Creador y pasa al dominio de la ciencia,
que es una actividad intelectual que trata de explicar los fenómenos del
universo por medio de causas naturales" (págs. 30-31). Con su teoría de la
selección natural, prosigue Ayala, "Darwin extiende al mundo orgánico el
concepto de naturaleza derivado de la astronomía, la física y la geología; la
noción de que los fenómenos naturales pueden ser explicados como
consecuencia de leyes inmanentes, sin necesidad de postular agentes
sobrenaturales" (págs. 31-32); "reduce al dominio de la ciencia los únicos
fenómenos naturales que todavía quedaban fuera de ella: la existencia y la
organización de los seres vivos" (pág. 33). La importancia que Ayala
atribuye a este hecho es imponente: "Darwin completa la revolución
copernicana, y con ello el hombre occidental logra su madurez intelectual:
todos los fenómenos del mundo de la experiencia externa están ahora al
alcance de las explicaciones científicas, que dependen exclusivamente de
causas naturales" (pág. 32).
Las afirmaciones de Ayala son verdades a medias. Tienen su parte de razón,
sin duda: el copernicanismo y el darwinismo significaron una ampliación del
ámbito de la ciencia, que se extendió a muchos fenómenos físicos y
biológicos. Pero producen una impresión engañosa cuando parecen sugerir
que la metafísica nada tiene que decir con respecto a esos fenómenos.
La metafísica nada tiene que decir, en efecto, en el nivel propio de la
ciencia. No puede ni debe entrar en competencia con la física o la biología
en su propio terreno. Pero algo tiene que decir. No mucho, desde luego;
pero lo poco que tiene que decir es muy importante. En nuestro caso, la
pregunta clave es: ¿puede admitirse que todo lo que existe, incluidos los
organismos y el entero sistema de la naturaleza, incluida la persona
humana, es el simple resultado de fuerzas naturales ciegas?, ¿no debería
admitirse, más bien, que en la naturaleza encontramos dimensiones
metafísicas que la ciencia no puede explicar, y que remiten a explicaciones
que se encuentran más allá de la naturaleza, en el ámbito metafísico del
que se ocupan la filosofía y la teología?
De hecho, Ayala no tiene nada en contra de las dimensiones metafísicas.
Incluso afirma que la ciencia no puede ocuparse de ellas, cuando explica
que el evolucionismo y el cristianismo son compatibles.
Evolucionismo y cristianismo
Por una parte, Ayala explica que la creación a partir de la nada "es una
noción que, por su propia naturaleza, queda y siempre quedará fuera del
ámbito de la ciencia", y añade que "otras nociones que están fuera del
ámbito de la ciencia son la existencia de Dios y de los espíritus, y cualquier
actividad o proceso definido como estrictamente inmaterial" (pág. 147). En
efecto, para que algo pueda ser estudiado por las ciencias, debe incluir
dimensiones materiales, que puedan someterse a experimentos
controlables: y esto no sucede con el espíritu, ni con Dios, ni con la
creación.
Por otra parte, Ayala recoge la opinión de los teólogos según los cuales "la
existencia y la creación divinas son compatibles con la evolución y otros
procesos naturales. La solución reside en aceptar la idea de que Dios opera
a través de causas intermedias: que una persona sea una criatura divina no
es incompatible con la noción de que haya sido concebida en el seno de la
madre y que se mantenga y crezca por medio de alimentos... La evolución
también puede ser considerada como un proceso natural a través del cual
Dios trae las especies vivientes a la existencia de acuerdo con su plan"
(págs. 21-22).
Ayala añade que la mayoría de los escritores cristianos admiten la teoría de
la evolución biológica. Menciona que el Papa Pío XII, en un famoso
documento de 1950, reconoció que la evolución es compatible con la fe
cristiana. Y que el Papa Juan Pablo II, en un discurso de 1981, repite la
misma idea.
Cuando se dice que algunos fundamentalistas cristianos se oponen a la
evolución, es importante tener en cuenta que se trata, casi siempre, de
unas minorías protestantes muy activas en Estados Unidos. Ayala alude a
este problema, que conoce bien, porque esos grupos han ejercido
importantes acciones legales ante los tribunales para implantar sus ideas
acerca de la enseñanza de la evolución en la escuela, y Ayala es uno de los
científicos más importantes que han debido intervenir en esos procesos
para clarificar qué corresponde a la ciencia y qué a la religión. Afirma al
respecto: "Los antievolucionistas estadounidenses siguen buscando el modo
de impedir la enseñanza de la teoría de la evolución, a la que todavía
consideran como antirreligiosa, en vez de simplemente «no religiosa», como
lo es cualquier otra teoría científica» (pág. 24).
Las ideas de Ayala sobre la compatibilidad entre evolución y cristianismo
son objetivas y están expresadas con claridad. Y permiten advertir que,
junto a los fenómenos estudiados por las ciencias, existen problemas
metafísicos que no pueden resolverse utilizando sólo los datos científicos.
Problemas pendientes
Podría conseguirse, no obstante, mayor claridad en algunos aspectos. Sobre
todo en dos: los que se refieren a la finalidad y al espíritu humano.
Con respecto a la finalidad, Ayala parece demasiado empeñado, como
muchos neo-darwinistas, en afirmar que la evolución explica las apariencias
de direccionalidad en el mundo viviente: para comprender esa aparente
finalidad, bastaría la selección natural, que es un conjunto de procesos
naturales que no se dirige hacia ningún objetivo, que no responde a ningún
plan. Sin embargo, Ayala afirma también, y con razón, que la evolución es
compatible con la existencia de un plan divino. Así es, en efecto.
Me hubiera gustado que Ayala explicase mejor estos aspectos. Puede
pensarse que quizás eso le habría llevado demasiado lejos de su propósito.
Sin embargo, Ayala ha escrito sobre este tema, también en revistas
especializadas, desde hace muchos años. Dice cosas interesantes, reconoce
que existen algunos tipos de finalidad en la naturaleza, e incluso parece
pensar que existe un plan divino (porque, si no me equivoco, Ayala es
creyente). Pero algunos aspectos no quedan demasiado claros. Hay que
reconocer que el problema no es sencillo: se trata de reconocer, a la vez,
que en la evolución existen muchos procesos que mirados «de tejas abajo»
(para nosotros) son casuales, aunque mirados «de tejas arriba» (para Dios,
que es la Causa primera de todo) no existe la casualidad. Y de explicarlo
con claridad.
Con respecto al espíritu humano, Ayala le dedica gran parte del prólogo a su
libro, y alguna otra alusión esporádica. Da a entender que, en parte, puede
ser estudiado por la ciencia, en cuanto tiene unas raíces biológicas, y alude,
aunque no entra en el tema, a la doctrina cristiana según la cual el alma
humana espiritual es creada especialmente por Dios. El problema, de
nuevo, no es fácil. El hombre no es espíritu puro, sino un ser unitario que a
la vez es corporal y espiritual. Lo que dice Ayala al respecto puede ser bien
entendido, aunque también podría expresarse mejor y con mayor claridad.
Todavía hay más puntos que podrían explicarse mejor. En efecto, aunque
los estudios filosóficos y teológicos de las últimas décadas suelen incluir
importantes referencias a la evolución, estamos lejos todavía de haber
conseguido explicaciones profundas y claras que integren los conocimientos
científicos con la perspectiva metafísica.
En cualquier caso, el libro de Ayala merece una bienvenida. Representa un
esfuerzo, bastante logrado, para hacer accesibles al gran público las
principales ideas relacionadas con la evolución, y está realizado por un
científico de primera magnitud mundial. Explica con suficiente claridad que
el evolucionismo y el cristianismo son compatibles, y por qué. He señalado
algunos aspectos que, a mi juicio, podrían mejorarse; pero también he
hecho notar que se trata de problemas nada triviales, que ni siquiera se
encuentran siempre claramente abordados por los filósofos y los teólogos
profesionales.
(1) Francisco J. Ayala. La teoría de la evolución. De Darwin a los últimos
avances de la genética. Ediciones Temas de Hoy, Madrid 1994. 237 páginas