ESTUDIOS Salmanticensis 68 (2021) 407-435
La sinodalidad, criterio orientador de la
acción pastoral de la Iglesia
Sinodality, the guiding criterion of the
Church’s Pastoral Action
Francisco José Andrades Ledo
Universidad Pontificia de Salamanca
andradesledo@[Link]
[Link]
Recibido: 03/09/2021
Aceptado: 16/09/2021
Resumen: Con el pontificado de Abstract: With the pontificate of
Francisco se ha reactivado en la Iglesia Francis, the process of receiving the
el proceso de recepción del Concilio Va- Vatican II Council has been reactivated
ticano II, destacando la sinodalidad in the Church, highlighting synodality
como elemento constitutivo de la Igle- as a constitutive element of the Church.
sia. El documento de la Comisión Teoló- The document of the International The-
gica Internacional sobre esta temática ological Commission on this issue has
ha concedido importancia a lo que ella given importance to what it implies for
supone para la teología de la Iglesia y the theology of the Church and for its
para su misión pastoral. Con la si- pastoral mission. With the following re-
guiente reflexión se quiere profundizar flection we want to deepen its inci-
en su incidencia en la práctica de la dence in the practice of the Church,
Iglesia, apuntando algunos criterios de pointing out some criteria of action,
acción que puedan hacerse operativos that can be made operative in the life of
en la vida de la comunidad eclesial. the ecclesial community.
Palabras clave: sinodalidad, cole- Keywords: Sinodality, Collegiality,
gialidad, pastoral, Iglesia, comunidad, Pastoral, Church, Community, God’s
pueblo de Dios, espiritualidad. people, Spirituality.
ISSN: 0036-3537 (impreso) ISSN: 2660-955X (online)
408 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
1. La sinodalidad, esencial para la acción eclesial
La Iglesia está asistiendo durante los últimos años a un proceso de cambio
que se manifiesta tanto en la reflexión teológica, principalmente en lo que se
refiere al ámbito de la eclesiología, como en la práctica pastoral, aunque aquí
en menor medida aún por la dificultad de iniciar procesos operativos nuevos
en la acción pastoral eclesial. Lo que origina ese cambio es la importancia con-
cedida a la sinodalidad. Tanto es así que podría decirse —no sin cierto atrevi-
miento— que ha comenzado un nuevo periodo en el proceso de recepción del
Concilio Vaticano II1.
El papa Francisco, tanto en algunos de sus documentos magisteriales como
en otras decisiones que va tomando en el gobierno pastoral de la Iglesia, ha
conseguido implantar no solo el término (sinodalidad), presente ya, por otra
parte, desde los primeros siglos, sino principalmente un modo nuevo de proce-
der eclesial que dimana a su vez de la identidad sinodal de la Iglesia. Las con-
secuencias operativas están aún por concretarse y llevará un tiempo pruden-
cial poder valorarlas con meridiana claridad, pero el hecho en sí de querer
reactivar la acción evangelizadora de la Iglesia partiendo de esta consideración
eclesiológica ya es destacable.
Nuestra intención no se sitúa tanto en la profundización eclesiológica de la
sinodalidad eclesial cuanto en una reflexión teológica sobre la Iglesia sinodal
orientada a su misión evangelizadora2. Nos situamos, por tanto, en el ámbito de
la teología pastoral, ya que la pretensión es ayudar a comprender lo que supone
la sinodalidad para la vida de la Iglesia, a la vez que ofrecer algunas orientacio-
nes de cómo llevarla a cabo. No se trata de indicar acciones pastorales concre-
tas o subrayar espacios pastorales donde ejercer la sinodalidad de manera
efectiva, como si de imaginar o inventar “cosas sinodales” se tratara, cosa por
1
Hay declaraciones magisteriales que nos llevan a pensar así, aunque no se atrevan a afirmarlo
abiertamente. Nos referimos en concreto al Discurso del Papa Francisco en la conmemoración del
50 aniversario de la institución del Sínodo de los obispos (17 de octubre de 2015), cuando afirma
que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Cf.
L. Forestier, “Le pape François et la synodalité. Evangelii gaudium, nouvelle étape dans la réception
de Vaticano II”, Nouvelle Revue Théologique 137 (2015) 597-614.
2
Para profundizar en la fundamentación teológica de la sinodalidad eclesial basta tener como
referencia el capítulo segundo del documento de la Comisión Teológica Internacional, La sinodali-
dad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018) 42-70 [en adelante CTI, La sinoda-
lidad]. Un comentario teológico a este documento, con amplia bibliografía, en G. Tejerina, “Hacia la
Iglesia sinodal. Comentario a la fundamentación teológica de la sinodalidad del documento de la
Comisión Teológica Internacional (2018)”, Almeriensis 13/2 (2020) 257-294. Si de lo que se trata
es de ahondar en una lectura eclesiológica de la sinodalidad como elemento constitutivo de la
Iglesia, cf. G. Routhier, “La sinodalidad: dimensión constitutiva de la Iglesia y expresión del Evan-
gelio”, Concilium 390 (2021/2) 97-106.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 409
otra parte relativamente fácil contando con un mínimo de creatividad pastoral,
pero que ayudaría poco a cambiar la mentalidad del pueblo de Dios en orden a
vivir de manera sinodal todo aquello que lleva a cabo en la tarea de la evange-
lización. Lo que está en juego es la misión eclesial, y esta será realmente signi-
ficativa en la vida de la Iglesia como servicio al hombre contemporáneo en el
anuncio del Evangelio si participan de ella con auténtica vocación sinodal todos
los miembros de la Iglesia.
Así lo entendía la CTI al afirmar que “la puesta en acción de una Iglesia
sinodal es el presupuesto indispensable para un nuevo impulso misionero que
involucre a todo el Pueblo de Dios”3. Supone eso que la sinodalidad no hace
mención solo a la colegialidad episcopal y a su modo de ejercerla en comunión
como si fueran sinónimos, como normalmente se ha venido entendiendo, sino
que afecta a la comprensión global del ser eclesial, y consecuentemente tam-
bién a su misión. Hablamos entonces de sinodalidad como estilo peculiar que
califica la vida y la misión de la Iglesia en cuanto expresión de su naturaleza de
pueblo de Dios convocado por él para anunciar el Evangelio caminando juntos.
La llamada a la sinodalidad es a todos los miembros de la Iglesia, va dirigida a
cada bautizado, que está llamado a vivirla según su propia condición y a aportar
lo específico de su vocación cristiana.
Por eso, la sinodalidad eclesial no es cuestión de meras reflexiones teóricas,
sino que desembocan en la aplicación práctica de acciones evangelizadoras
concretas con carácter sinodal. Lo cual indica el carácter “práctico” de la sino-
dalidad y su orientación a la evangelización. Aunque eso no signifique, como
decíamos anteriormente, que la sinodalidad se limite a la realización de accio-
nes conjuntas a las que se le aplican el calificativo de “sinodales”. Quedarse en
meros discursos o buenas intenciones, pero sin implementación real en la vida
pastoral de la Iglesia, sería reducir la sinodalidad a una bella teoría eclesioló-
gica, pero sin consecuencias operativas. Porque aquí es donde reside la difi-
cultad, como apunta el mismo papa Francisco al declarar que “caminar juntos
—laicos, pastores, Obispo de Roma— es un concepto fácil de expresar con
palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica”4. Ahora bien, si no se funda-
menta adecuadamente dicha acción evangelizadora en una sólida base teoló-
gica que habla del ser sinodal de la Iglesia esas acciones pueden quedar en
actividades puntuales, incluso llamativas, pero poco transformadoras evangé-
licamente en la vida de la comunidad eclesial.
Los mismos Padres de la Iglesia hablaron de ella como consecuencia de la
rica experiencia sinodal de la Iglesia de los primeros siglos. A finales del s. IV
3
CTI, La sinodalidad, 9.
4
Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 aniversario de la Institución del Sínodo de
los Obispos (17 de octubre de 2015) [en adelante Discurso 50 aniversario Sínodo de obispos].
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san Juan Crisóstomo apuntaba ya que “la Iglesia siempre se encuentra en es-
tado sinodal […] porque «sínodo» es nombre de Iglesia”5. Con anterioridad a él,
a mediados del s. III, Cipriano de Cartago formulaba el principio sinodal para la
vida de la Iglesia local afirmando que de la misma manera que en ella nada
puede hacerse sin el obispo (nihil sine episcopo), tampoco puede hacerse sin
el consejo de los presbíteros y diáconos y sin el consentimiento del pueblo (nihil
sine consilio vestro et sine consensu plebis)6.
El papa Francisco, en el mismo documento referido anteriormente, ha afir-
mado con rotundidad que la sinodalidad es “dimensión constitutiva de la Igle-
sia”7. Sínodo (su,n y o`do,j) es palabra que pertenece a la identidad de la Iglesia
porque indica el camino que recorren juntos los miembros del pueblo de Dios.
La CTI lo ha dicho con otras palabras: “la sinodalidad no designa un simple
procedimiento operativo, sino la forma peculiar en que vive y opera la Iglesia”8.
Por tanto, hablar de sinodalidad no es hacerlo acerca de algo que remite sola-
mente a unas acciones eclesiales propiamente sinodales, sino principalmente
a un modo de entender el ser de la Iglesia, su identidad, de la que dimana una
forma concreta de llevar a cabo su misión.
Sin necesidad de tener que remontarnos a la larga tradición de la Iglesia en
su comprensión teológica, que en esta forma de entenderse a sí misma en clave
sinodal podría cifrarse desde comienzos del siglo II, ni en la variedad de moda-
lidades en las que la ha venido poniendo en práctica9, sí merece la pena hacer
referencia a la tradición más reciente del Vaticano II. El concilio, sin mencionar
el término explícitamente, elabora una eclesiología en clave sinodal al partir de
la comunión trinitaria como fuente del ser eclesial y llegar a su definición de
pueblo de Dios como signo de identidad. Desde ahí aborda un número consi-
derable de temáticas que tienen que ver precisamente con la sinodalidad ecle-
sial tal como la venimos entendiendo recientemente: valoración de la igualdad
de todos los creyentes como consecuencia de su dignidad bautismal, identidad
laical por su bautismo y su incorporación a Cristo, implicación de ellos en la
5
Juan Crisóstomo, Comentario al salmo 149,1 (PG 55,49).
6
Cf. Cipriano, Epistula, 14, 4 (CSEL III, 2; 512); De catholicae ecclesiae unitate, 5 (CSEL III, 1;
214).
Francisco, Discurso 50 aniversario Sínodo de obispos.
7
8
CTI, La sinodalidad, 42. Algunos autores han identificado la sinodalidad como una “nueva
nota” que sirve para comprender correctamente la identidad eclesial. Cf. R. Luciani - S. Noceti, “Co-
legialidad, sinodalidad y eclesialidad. Un camino para profundizar en la recepción del Vaticano II”,
Vida Nueva 3220 (Pliego, 24-30 de abril de 2020) 23-30. Según ellos, “la sinodalidad es una nota
constitutiva de toda la Iglesia que involucra a la totalidad del Pueblo de Dios en su conjunto, afec-
tando, así, a los estilos de vida, las prácticas de discernimiento y las estructuras de gobierno. […]
Es una dimensión constitutiva que cualifica a la eclesialidad y que define un nuevo modo de pro-
ceder que encuentra su origen en la Iglesia como Pueblo de Dios”. Ibid., 24 [cursiva de los autores].
9
Cf. CTI, La sinodalidad, 24-39.
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vida de la Iglesia por su condición bautismal y no solamente por su colaboración
con los pastores, la relación entre Iglesia universal e Iglesias particulares, la
apuesta por la relación con otras confesiones cristianas no católicas, la valora-
ción de los creyentes de otras confesiones religiosas no cristianas, la preocu-
pación por el destino de la humanidad en su conjunto, etc. Todas ellas mani-
fiestan una comprensión eclesiológica que, partiendo del misterio de comunión
salvífica que es Dios, se basa en el hecho de considerarse signo e instrumento
de ese deseo divino para los hombres (cf. LG 1).
La apuesta del pontífice actual por la sinodalidad consecuentemente está
en línea de continuidad con esta tradición conciliar que procede de los orígenes
de la Iglesia; nada que ver entonces con una novedad pasajera llamada a des-
aparecer cuando vea la luz otra idea más novedosa. “Lejos de ser una moda, la
sinodalidad es una exigencia, porque, debido a lo que es, la Iglesia está llamada
a realizarse a partir del principio sinodal y a vivir sinodalmente. No se trata de
adaptarse al espíritu de los tiempos, sino de llegar a ser, en una conversión
permanente, lo que es realmente”10.
Según esto, al echar la mirada atrás se perciben aspectos de la vida eclesial
que hoy piden ser mirados con otra perspectiva, a la vez que abren nuevos
horizontes de realización. Eso supone en principio un cambio de mentalidad, la
de la “conversión pastoral”, aunque con ello no sea suficiente; requiere también
una concreción práctica en las formas de hacer en la Iglesia. No basta solo con
llevar a cabo algunas acciones de maquillaje que tengan la sinodalidad por me-
dio, sino de entrar en una dinámica de acción eclesial donde ella sea el principio
dinamizador de la vida pastoral de la Iglesia, lo cual requiere de tomas de deci-
siones e implicación por parte de todos en la Iglesia, pastores y laicos. Esta es
la razón por la que antes de adentrarnos a explorar algunas de esas vías nos
detenemos a señalar algunas luces y sombras de la vivencia sinodal de la Igle-
sia en la actualidad.
2. El escenario de la sinodalidad en la Iglesia hoy
“En la Iglesia, la sinodalidad está al servicio de la misión”. Esta afirmación
del documento de la CTI (n.º 53) permite comprobar que la misión eclesial está
íntimamente relacionada con su ser sinodal. Su realidad de pueblo de Dios en
camino (sinodal) hace que cada uno de los miembros de la Iglesia sea —de
hecho— y pueda sentirse —por su implicación— parte activa de la acción
evangelizadora eclesial. No obstante, hay que reconocer que no siempre ello
es así, tanto por lo que afecta a la implicación de los bautizados en la Iglesia
10
G. Routhier, “La sinodalidad: dimensión constitutiva de la Iglesia”, 97.
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como por las posibilidades y espacios que ofrecen los miembros de la jerarquía
para que eso pueda ser una realidad.
Según el principio clásico de que cada uno se siente implicado en aquello
de lo que se le hace partícipe, hay que reconocer como debilidad en la misión
de la Iglesia —fruto también de su historia y la comprensión teológica que
como societas perfecta ha desarrollado a lo largo de casi todo el segundo mi-
lenio— la falta de compromiso apostólico por una gran mayoría de sus miem-
bros al no participar de su acción pastoral, sino solo aceptar su situación de
sujetos pasivos de las decisiones y acciones de los pastores. No apuntamos
este dato como una crítica al proceder eclesial, sino desde el reconocimiento
de una realidad que tiene sus raíces en fundamentos teológicos y hechos his-
tóricos del pasado que la han condicionado. Al poner el acento en la dimensión
sinodal aparecen otros elementos que permiten incidir en la realidad comuni-
taria de la Iglesia y en la responsabilidad misionera compartida por todos los
fieles, entre los que hay que destacar la Iglesia como pueblo de Dios y el sacer-
docio común de los bautizados.
1.1. La práctica sinodal en la Iglesia
En base a eso, y sin pretensión de ser exhaustivos, miramos la realidad ecle-
sial para apuntar algunos de los aspectos que nos hablan hoy de su vivencia
sinodal. Fijando la mirada en las muestras positivas de sinodalidad eclesial, hay
que indicar, entre otras, la larga tradición de realización de sínodos en las igle-
sias locales, a la que hay que sumar la práctica habitual de los sínodos de obis-
pos desde el Vaticano II, consecuencia directa de su cambio eclesiológico y
pastoral, principalmente por lo que afecta a la comprensión del episcopado
desde la colegialidad. En las iglesias locales, así como en las parroquias, son
significativos los diferentes consejos existentes (de pastoral y de asuntos eco-
nómicos principalmente). En ellas hay apuntar también las numerosas comisio-
nes de trabajo que se han ido creando para buscar soluciones a las necesida-
des pastorales que han ido surgiendo en los últimos tiempos. Igualmente ha-
blan de un modo sinodal de trabajo pastoral las diferentes estructuras de coor-
dinación que han ido surgiendo con el paso del tiempo, de trabajo en red, de
equipos de trabajo interdisciplinares, etc. Otros ejemplos los encontramos en
el trabajo pastoral coordinado entre parroquias dentro de un mismo arcipres-
tazgo o zona pastoral, creando para ello estructuras fijas de trabajo con una
gran implicación del laicado. De igual manera hay que señalar esa coordinación
en las provincias eclesiásticas, al querer dar respuesta pastoral o colaborar con
otras instituciones eclesiásticas o civiles para aportar soluciones conjuntas a
problemas que surgen.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 413
Un hecho significativo reciente por lo que respecta al gobierno pastoral de
la Iglesia es el ejercicio explícito de la sinodalidad en las últimas convocatorias
del Sínodo de Obispos referentes a la familia (extraordinario el primero y ordi-
nario el segundo, años 2014 y 2015 respectivamente), así como la última con-
vocatoria realizada para su celebración en 2023 (XVI Asamblea General Ordi-
naria: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión), donde se ha
realizado una consulta al pueblo de Dios antes de la celebración como tal de la
asamblea sinodal. Esta consulta revela el deseo del pontífice de conocer la va-
loración del pueblo de Dios acerca de cuestiones de importancia hoy para la
vida de la Iglesia. Más allá de dichas cuestiones, ciertamente de interés para el
ejercicio de la evangelización hoy, es de subrayar la puesta en práctica de la
herramienta de la consulta como tal, haciendo partícipes a los miembros de la
Iglesia de su opinión antes de proceder a la toma de posturas concretas en los
planteamientos pastorales. Tener conocimiento del parecer eclesial para los
pastores es de vital importancia a la hora de afrontar el proceso de discerni-
miento pastoral en el gobierno de la Iglesia, sin olvidar nunca enmarcarlo todo
en la tradición de la Iglesia. Esta, junto a la Sagrada Escritura, tiene que ser
siempre el marco de referencia para el actuar eclesial.
La vida religiosa nos ofrece otro gran ejemplo de sinodalidad en el ejercicio
del gobierno de las diferentes congregaciones o institutos religiosos. El modo
de proceder en la elección de los responsables (general, provinciales o de cada
comunidad), en el que toman parte todos los miembros de la orden que están
sujetos a esa demarcación, y la manera cómo estos ejercen la responsabilidad
de gobierno, asistidos por un capítulo o consejo durante el periodo de tiempo
para el que han sido elegidos por el resto, son muestras de un actuar sinodal.
La participación de los diferentes miembros de la vida consagrada en la toma
de decisiones de su congregación permite a cada uno sentirse más directa-
mente involucrado en su vida y misión.
Podrían seguirse enumerando más experiencias de vivencia sinodal, pero
basten estas para dejar constancia de su realidad hoy en la vida y misión de la
Iglesia. No obstante, junto a ellas nos encontramos también con carencias en
su realización. Hablamos no solo de hechos puntuales, por más significativos
que pudieran resultar, sino de actitudes que dificultan tanto la praxis concreta
como el estilo sinodal necesario en la Iglesia.
1.2. Muestras de debilidad sinodal
Un primer aspecto que nos habla de ello, desde la óptica de la teología de
la Iglesia, es la comprensión de la sinodalidad unida la colegialidad, y esta vin-
culada exclusivamente a la colegialidad episcopal. El Concilio Vaticano II
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profundizó enormemente en esta teología del episcopado desde la colegialidad
(cf. LG 21-22), pero no desarrolló con la misma fuerza ese aspecto por lo que
se refiere al presbiterado, aunque hable de la incorporación al presbiterio como
consecuencia de la ordenación sacerdotal (cf. LG 28). Por lo que respecta al
laicado, aunque su enseñanza es muy rica, no habla para nada en estos térmi-
nos, por más que el punto de partida sea la comprensión eclesiológica de pue-
blo de Dios. Eso mismo provocó que quienes no recibían el ministerio episcopal
no sentían como propia la participación en la colegialidad, y consecuentemente
tampoco en la sinodalidad. En tal reduccionismo teológico ha sido la vida de la
Iglesia la que ha salido perdiendo al no profundizarse en la comprensión cole-
gial del ministerio ordenado como tal ni fortalecerse la vivencia comunitaria en
su conjunto por lo que a la tarea evangelizadora se refiere.
Un segundo elemento, este mirando más a esa tarea evangelizadora ecle-
sial, es la importancia concedida en la misión de la Iglesia durante mucho
tiempo a la sacramentalización, lo cual ha comportado otra consecuencia pas-
toral de carácter negativo: la puesta del acento primordial en la tarea pastoral
de los ministros ordenados identificándola con lo más propiamente cultual o
litúrgico, pero descuidando otras dimensiones de la acción evangelizadora de
la Iglesia en orden al anuncio del Evangelio. Parejo a ello ha ido el aislamiento
del laicado en la misión eclesial, como si solo fueran destinatarios de las accio-
nes presidenciales de los pastores. Ellos no han experimentado la necesidad
de implicarse en las acciones evangelizadoras de la Iglesia, por considerarlas
tareas exclusivas de los ministros ordenados a las que ellos, en el mejor de los
casos, prestaban una colaboración o ayuda para descargarles de su trabajo
pastoral.
Un tercer elemento, unido al anterior, es el carácter autoritario con el que
se ha entendido ordinariamente el ministerio ordenado, contra el que advierte
explícitamente el papa Francisco en EG 102: “un excesivo clericalismo que man-
tiene a los fieles laicos al margen de las decisiones”11. Esta mentalidad se ob-
serva en varios aspectos de la vida de los sacerdotes, sin olvidar tampoco a
obispos y diáconos, cuando pretenden la gloria en sus acciones para ser valo-
rados por los demás, buscando entre sus colaboradores a personas con ten-
dencias fácilmente aduladoras o al menos poco críticas, o también cuando pre-
tenden mantener un nivel de vida social elevado, con relaciones personales o
sociales de cierto prestigio o posición social, o cuando se atisban matices de
funcionalismo en la tarea pastoral del ministro ordenado, realizando muy bien
aquello que le compete, pero con poco dedicación a las personas
11
Cf. Ph. Müller, “La lucha de Francisco contra el clericalismo. Narcisismo y afanes de poder en
la Iglesia”, Selecciones de Teología 57 (2018) 253-260.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 415
encomendadas a su labor pastoral. También se atisba esa mentalidad clerical
en la tendencia a la falta de formación del laicado, para así no tener que ser
tenidos en cuenta a la hora de obtener de ellos una valoración en orden a la
toma de decisiones pastorales en la Iglesia en todos los niveles de su realiza-
ción, así como en una relegación de su acción evangelizadora por no conside-
rarlos suficientemente preparados.
Un cuarto aspecto, directamente asociado a esa mentalidad clerical, o pre-
cisamente como consecuencia de ella, es la dificultad en el laicado de asumir
la responsabilidad de su compromiso en la misión evangelizadora de la Iglesia,
sin entrar en las causas que lo hayan podido generar, que ciertamente son mu-
chas y variadas. Es cierto que después de tanto tiempo fomentando una deter-
minada mentalidad teológica y de forma de hacer pastoral, tanto en el clero
como en el laicado, resulta difícil transformarla en un corto plazo de tiempo,
por más que la enseñanza del último concilio haya sido explícita en otra direc-
ción. Pero la realidad es que la labor evangelizadora de la Iglesia adolece aún
de un compromiso efectivo por parte de una mayoría del laicado, que no es
consciente suficientemente de las consecuencias de su bautismo y su sacerdo-
cio bautismal, considerándose todavía como meros sujetos pasivos receptores
de indicaciones de los pastores y viviendo su fe centrada principalmente en la
participación en los sacramentos y en algún otro encuentro de religiosidad po-
pular.
En quinto lugar, y unido a lo anterior, hay que hablar de la desafección que
experimentan numerosos fieles, principalmente comprendidos en la franja de
edad más joven y adulta de los creyentes comprometidos en la misión de la
Iglesia, al comprobar que el ejercicio del gobierno en la Iglesia sigue teniendo
una orientación excesivamente piramidal, faltando en ella organismos y estruc-
turas de deliberación y toma de decisiones que afectan a la vida de todos. Es
la ausencia de experiencias prácticas en el nivel de la pastoral ordinaria de
parroquias principalmente, aunque también en las iglesias locales, donde ejer-
cer esa sinodalidad de manera eficaz, por más que haya consejos instituidos
directamente para la escucha de los fieles. El hombre contemporáneo es mu-
cho más sensible a esta mentalidad que en épocas anteriores, por la educación
democrática social recibida y por el modo de vivir en sociedad. A ello se debe
que muchos ciudadanos tengan dificultades en sentir como propia la pertenen-
cia eclesial, aunque alberguen internamente un sentimiento religioso o un de-
seo de encuentro con Dios, y decidan no participar de ella porque su modus
operandi no se corresponde con el proceder de las sociedades formalmente
constituidas. Para el canonista A. Borras, “en la actualidad, existe una brecha
entre las exigencias de la Modernidad y las prácticas de la Iglesia sobre la
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participación de los fieles en la vida eclesial y el testimonio del Evangelio”12. Lo
cual no significa que la sinodalidad en la Iglesia tenga que ser comprendida
desde el modo de comportamiento democrático de la sociedad y con los mismos
parámetros de funcionamiento13.
Todo ello hace que tengamos que plantearnos seriamente que no estamos
ante una moda pasajera de la Iglesia al insistir en la necesidad de profundizar
—teórica y prácticamente— en la sinodalidad eclesial, sino ante un signo de
identidad fundamental de la Iglesia, que ha marcado su realización desde los
orígenes, aunque en momentos históricos haya tenido una expresión más defi-
ciente en sus formas de hacerla realidad. Se hace necesario seguir profundi-
zando en la teología de la Iglesia entendida como comunión y pueblo de Dios,
así como en las consecuencias pastorales y espirituales que eso comporta. Des-
afortunadamente todavía existe una débil experiencia de pertenencia comuni-
taria que tiene como consecuencia una falta de implicación explícita de una
gran parte de creyentes en la vida y misión de la Iglesia.
3. La sinodalidad en su servicio al Reino
3.1. La sinodalidad al servicio de la evangelización
La finalidad de la misión de la Iglesia consiste en el anuncio del Evangelio a
todos los hombres, en hacer presente el reino de Dios en medio del mundo. La
evangelización tiene sentido en la medida que hace realidad el fin de la propia
Iglesia, que no es otro que hacer partícipes a los hombres de la salvación ofre-
cida por Dios en su Hijo. Esta no es vivida individualmente por cada creyente,
sino que, experimentada personalmente, se vive en el encuentro con los demás
y en la construcción conjunta de una sociedad que se aproxima al proyecto de
Dios. Es un objetivo ambicioso, porque así es la voluntad del Padre con sus
hijos los hombres. En la tarea de este proyecto se sitúa la Iglesia en su realiza-
ción histórica como pueblo de Dios y sacramento universal de salvación. “El
Pueblo de Dios configura un «nosotros» que nos hace sujetos históricos, cami-
nando a través de la historia como pueblo fiel y contribuyendo a la instauración
del Reino de Dios”14.
12
A. Borras, “La sinodalidad formal en acción. Más allá de la polarización entro lo consultivo y
lo deliberativo”, Concilium 390 (2021/2) 87.
13
J. Ratzinger - H. Maier, ¿Democracia en la Iglesia?, Madrid 2005 [original en alemán de 1970].
14
R. Berzosa Martínez, Inteligencia pastoral en clave sinodal, Barcelona 2020, 19. Para S. Ma-
drigal, “Sinodalidad en la Iglesia actual”, Anales valentinos, Nueva serie 7/13 (2020) 3, “todo ello
denota una comprensión de la Iglesia en clave de pueblo de Dios, como verdadero sujeto de la
misión evangelizadora, y habla de la revalorización de la escucha y de la participación, que son los
resortes fundamentales de una Iglesia sinodal”.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 417
La sinodalidad, como elemento identitario del ser eclesial y de su misión, no
puede ser entendida entonces de otra manera que no sea en orden a la acción
evangelizadora orientada al reino de Dios. El hecho en sí de que la Iglesia sea
sinodal habla de que todos sus miembros están llamados a contribuir a su fin;
cada fiel cristiano es llamado a asumir su responsabilidad evangelizadora en la
misión eclesial y colaborar para que el reino sea una realidad en la vida de los
hombres. Eso no contradice que cada uno lo lleve a cabo en función de su vo-
cación, de sus posibilidad y recursos, pero ninguno puede renunciar a su com-
promiso bautismal.
A decir de A. Borras,
“desde este punto de vista, en virtud de su bautismo y según sus respectivos
carismas, todos los fieles de Cristo son corresponsables, cada uno por su
parte, de anunciar, celebrar y atestiguar el Evangelio como Buena Noticia del
amor de Dios por todos los seres humanos, sin excepción y sin exclusión. La
corresponsabilidad, por tanto, se refiere a una cualidad de los bautizados
como individuos, mientras que el concepto de sinodalidad se refiere a una
dimensión constitutiva de la Iglesia como comunidad. Además, la sinodalidad
es plural, como lo es la corresponsabilidad diferenciada de los bautizados por
la diversidad de sus carismas”15.
3.2. La sinodalidad como modo de realización de la Iglesia
El documento de la CTI, justificando su planteamiento en la enseñanza con-
ciliar, afirma que
“la eclesiología del Pueblo de Dios destaca la común dignidad y misión de
todos los bautizados en el ejercicio de la multiforme y ordenada riqueza de
sus carismas, de su vocación, de sus ministerios. El concepto de comunión
expresa en este contexto la sustancia profunda del misterio y de la misión de
la Iglesia, que tiene su fuente y su cumbre en el banquete eucarístico […]. La
sinodalidad, en este contexto eclesiológico, indica la específica forma de vivir
y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que mani-
fiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el re-
unirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en
su misión evangelizadora”16.
15
A. Borras, “La sinodalidad formal en acción”, 86.
16
CTI, La sinodalidad, 6. Más adelante, el documento, para profundizar en esta fundamentación
teológica conciliar de la identidad sinodal de la Iglesia y de la misión de sus miembros, afirma lo
siguiente: “la sinodalidad expresa la condición de sujeto que le corresponde a toda la Iglesia y a
todos en la Iglesia. Los creyentes son su,nodoi, compañeros de camino, llamados a ser sujetos ac-
tivos en cuanto participantes del único sacerdocio de Cristo y destinatarios de los diversos
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418 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
Quiere ello decir que, con la importancia que está adquiriendo la sinodali-
dad en la comprensión y vida de la Iglesia, lo que se está poniendo en juego es
la incorporación del pueblo de Dios como sujeto activo de la evangelización y
también en los procesos de decisión dentro de la Iglesia en los distintos niveles
en que ello es posible, contando con las formas variadas en que pueden desa-
rrollarse estas tomas de decisión. “Sínodo no expresa exclusivamente aquella
estructura eclesial que se halla bajo la autoridad del gobierno colegial, sino que
es la forma visible de la comunión, el camino de la fraternidad eclesial, en la
que todos los bautizados participan y a la que contribuyen personalmente”17. La
comunión es orgánica debido a la diversidad de miembros que conforman la
Iglesia y a la variedad de carismas, estados de vida, vocaciones, ministerios,
servicios y sensibilidades presentes en ella (cf. LG 7, 12, 32). Por eso, al calificar
a la Iglesia de “sinodal” se atiende, por una parte, a ese carácter orgánico, pero,
por otra, se subraya su dimensión dinámica, al destacar la implicación de todos
los bautizados en la comunicación del Evangelio.
No es que la sinodalidad no se haya venido manifestando en los diferentes
organismos eclesiales de participación hasta ahora. Es una realidad tan antigua
como la Iglesia misma, ya habitual como forma de gobierno desde los primeros
tiempos en la Iglesia (cf. Hch 15). A partir del Vaticano II Pablo VI instituyó el
Sínodo de Obispos como organismo de ayuda al pontífice en el conocimiento
de cuestiones necesarias para la vida y misión de la Iglesia. En las diócesis se
llevan organizando sínodos desde tiempo inmemorial y existen diferentes con-
sejos en su gobierno pastoral (de pastoral, de asuntos económicos, etc.). En las
parroquias también hay instituciones que cuentan con la participación de los
fieles para su atención pastoral. Todas estas estructuras son una realidad en
el gobierno de la Iglesia en sus distintas instancias.
Lo que saca a relucir ahora la sinodalidad no es tanto la existencia de estas
instituciones al servicio del gobierno pastoral, sino principalmente el desarrollo
de una dinámica sinodal en el mismo proceder de la Iglesia. En palabras de la
CTI, la sinodalidad ha de “expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar de
la Iglesia”18. Se trata de fomentar una mentalidad sinodal que haga a todos los
bautizados conscientes de su responsabilidad en la vida y misión de la Iglesia
y consecuentemente contar con espacios necesarios para poder desarrollar
esa vocación bautismal a la misión compartida. La doctrina del sensus fidei está
carismas otorgados por el Espíritu Santo en vista del bien común. […] Todos los fieles están llama-
dos a testimoniar y anunciar la Palabra de verdad y de vida, en cuanto que son miembros del
Pueblo de Dios profético, sacerdotal y real en virtud del Bautismo”. Ibid., 55-56.
17
M. Czerny, “Hacia una Iglesia sinodal”, Razón y fe 283 (2021) 166.
18
CTI, La sinodalidad, 70.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 419
en el origen de cuanto venimos diciendo (cf. LG 12), pero en el horizonte está
también la eficacia de la Iglesia en su misión evangelizadora (cf. EN 4).
Una de las consecuencias de todo ello, en la que después incidiremos, es el
desarrollo de la ministerialidad en la Iglesia, basada en el sacerdocio común
otorgado por el bautismo y la participación en la eucaristía, así como en los
dones y carismas del Espíritu para el fortalecimiento del bien común (cf. 1Cor
12,4-11; 29-30; Ef 4,7) y del servicio de la Iglesia al mundo19. La imagen de la
Iglesia como “cuerpo de Cristo” que emplea Pablo ayuda también para inter-
pretarla desde la unidad de todo el organismo, así como desde la diversidad de
sus miembros, lo cual invita directamente a asumir cada uno la responsabilidad
propia que le compete en el cumplimiento de la misión encomendada.
“En la evangelización, la Iglesia vive y crece gracias a la comunicación y la
transmisión de la fe junto a todos los bautizados, en orden a profundizar la
comprensión de la fe, tomar decisiones en conjunto y madurar la conciencia
personal de los creyentes. Esta visión abre la necesidad de involucrar a todo
el Pueblo de Dios en las funciones de enseñanza, santificación y gobernanza,
a partir de la nueva cualificación de todos los sujetos o subjetividades ecle-
siales como fieles, en común interacción y con los mismos deberes y dere-
chos respecto de la misión de la Iglesia”20.
No obstante, eso no significa que todo lo referente a la sinodalidad haga
referencia sin más al ejercicio de la participación de todos los fieles en la misión
apostólica de la Iglesia sin tener en cuenta algo propio de la tradición católica
en su comprensión de la Iglesia y que recoge también la eclesiología conciliar,
esto es, el servicio específico que dentro de la misión eclesial realiza el minis-
terio ordenado en función del sacramento del orden. Este es un ministerio al
servicio de la unidad de la Iglesia, que se manifiesta de manera particular en la
communio hierarchica de todo el episcopado con el obispo de Roma a la cabeza.
Esta vivencia de la sinodalidad pone de manifiesto la relación todos-algunos
propia de la Iglesia desde sus orígenes21. Quiere ello decir que por el sacerdocio
común la responsabilidad en la misión evangelizadora afecta a cada uno de los
bautizados, aunque “de diversas maneras” (variis quidem modis) a cada uno
según las peculiaridades propias (cf. AA 2; LG 30). La responsabilidad compar-
tida es una exigencia de la misma misión eclesial22.
19
Cf. Ibid., 18.
20
R. Luciani - S. Noceti, “Colegialidad, sinodalidad y eclesialidad”, 26 [cursivas de los autores].
21
Cf. M. Vidal, “A propósito de la relación algunos/todos en la Iglesia”, en J. Delorme (dir.), El
ministerio y los ministerios según el Nuevo Testamento, Madrid, 1975, 416-427.
22
Cf. F.J. Andrades Ledo, Misión y ministerios eclesiales. Diversidad en la Comunión, Sala-
manca 2010, 66-70; 88-93.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
420 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
La vivencia de la sinodalidad con los mecanismos previstos actualmente en el
ordenamiento canónico garantiza la participación de todo el pueblo de Dios en la
vida de la Iglesia. Los diferentes órganos consultivos en la Iglesia (sínodo de obis-
pos, sínodos locales, consejos de pastoral diocesanos y parroquiales, consejos de
asuntos económicos, etc.) propician la participación de los fieles en sus diferen-
tes estratos organizativos. No obstante, el propio ordenamiento canónico regula
esa participación como órganos consultivos en el proceso deliberativo de la toma
de decisiones para la acción pastoral eclesial. El desarrollo de la sinodalidad pa-
rece demandar algo más en ese modo de intervenir de todo el pueblo de Dios en
la vida que le afecta, pidiendo que sea más valorada la enseñanza conciliar del
universitas fidelium, qui unctionem habent a Sancto, in credendo falli nequit,
atque hanc suam peculiarem propietatem mediante supernaturali sensu fidei to-
tius pupuli manifestat (“la universalidad de los fieles, que tienen la unción del
Santo, no puede fallar en su fe, y manifiesta esta propiedad suya tan peculiar
mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo”)23.
A propósito de esta enseñanza eclesial, ya presente desde la época de la
teología controversista postridentina, habría que recordar el otro principio del
primer milenio de que lo que afecta a todos debe ser discutido y decidido por
todos (quod omnes tangit, ab omnibus tractari et approbari debet), invocado
tanto por el papa Francisco como por el documento de la CTI24. Con él se pre-
tende potenciar el proceso de discernimiento y de adopción de decisiones en
la Iglesia donde tenga una presencia mayor la implicación de todo el pueblo de
Dios, sin infravalorar por ello la responsabilidad que compete a la jerarquía en
la toma de decisiones que afectan a los fieles. En ese camino sinodal pueden
tener cabida numerosas cuestiones que hasta ahora se han considerado res-
tringidas a la autoridad eclesiástica, principalmente las que afectan al gobierno
pastoral de la Iglesia y algunas otras concernientes al modo de vida de sus
miembros, siempre desde la atención a la enseñanza de la tradición y el magis-
terio de la Iglesia.
3.3. Un modo nuevo de ejercicio del primado de Pedro
Respecto al gobierno de la Iglesia, lo más visible es el ministerio ejercido por
el sucesor de Pedro. Y ante él hay que tener en cuenta lo que afirma el mismo
Francisco en el discurso con motivo del 50 aniversario del Sínodo de obispos:
23
LG 12. Para un comentario rico y esclarecedor de lo que supone esta enseñanza eclesial, cf.
D. Vitali, Sensus fidelium. Una funzione ecclesiale di inteligenza della fede, Brescia 1993.
24
Cf. Francisco, Discurso 50 aniversario Sínodo de los Obispos; CTI, La sinodalidad, 65. Un
estudio del contenido de la expresión en Y. CONGAR, “Quod omnes tangit, ab omnibus tractari et
approbari debet”, Revue Historique de Droit français et étranger 36 (1958) 210-259.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 421
“la sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco
interpretativo más adecuado para comprender el mismo ministerio jerár-
quico. […] Jesús constituyó la Iglesia poniendo en su vértice el Colegio apos-
tólico, en el que el apóstol Pedro es la «roca» (cf. Mt 16,18), el que debe
«confirmar» a los hermanos en la fe (cf. Lc 22,32). Pero en esta Iglesia, como
en una pirámide invertida, el vértice se encuentra debajo de la base. Por eso,
los que ejercen la autoridad se llaman «ministros»: porque según el signifi-
cado original de la palabra, son los más pequeños entre todos”.
Partiendo de la imagen de la pirámide invertida, el pontífice hace una relec-
tura del ministerio petrino avanzando en la transformación eclesiológica iniciada
por el Vaticano II. Allí ya se superó la concepción “jerarcológica”, como la deno-
minaba Y. Congar, de la Iglesia del segundo milenio con la Iglesia como pueblo
de Dios y la consecuente enseñanza de la colegialidad episcopal, entre otras.
Ahora el papa avanza por la vía abierta allí y sitúa el primado de Pedro en el orden
de los ministerios eclesiales, para entenderlo desde la categoría del servicio al
resto de los fieles25. El vértice de la pirámide, que antes era ocupado desde un
puesto de privilegio y poder sobre el resto, es comprendido ahora estando a la
base de todos los demás y en una dimensión de ofrenda y entrega a ellos.
En el mismo discurso afirma el papa: “estoy convencido de que, en una Igle-
sia sinodal, también el ejercicio del primado petrino podrá recibir mayor luz. El
Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia; sino dentro de ella como
bautizado entre los bautizados y dentro del Colegio episcopal como obispo en-
tre los obispos, llamado a la vez —como Sucesor del apóstol Pedro— a guiar a
la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las iglesias”. Fruto de ello
es su misión en orden a la unidad, una llamada a la comunión de las Iglesias
locales con la Iglesia universal y una comunión de los obispos de esas Iglesias
con el de la de Roma. Por lo cual, el primado del papa debe ser entendido como
un ministerio de unidad y comunión, que no está por encima del colegio epis-
copal, sino que se entiende dentro del “«nosotros» colegial del episcopado
reunido en la unidad cum Petro et sub Petro”26. Esto es, el ministerio episcopal
“tiene forma colegial y jerárquica”27. Y al ser ministerio de unidad es un minis-
terio de servicio y amor al resto de Iglesias particulares y sus pastores, consi-
guientemente a todos los fieles de la Iglesia universal28.
25
Cf. Y.M.-J. Congar, “La hiérarchie comme service selon le Nouveau Testament et les decu-
ments de la tradition”, en Y.M.-J. Congar - B.D. Dupuy (ed.), L’Épiscopat et l’Église universelle, Paris
1964, 67-99.
26
CTI, La sinodalidad, 60.
27
Ibid., 63.
28
Cf. R.B. Gregory, “El papado como eje de comunión ecuménica”, en Selecciones de Teología
59 (2020) 95-99.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
422 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
Esta enseñanza, que enraíza en la más rica tradición de la Iglesia desde su
fundamentación neotestamentaria en el colegio apostólico con Pedro a la ca-
beza, no tiene por qué entenderse de manera contrapuesta o enfrentada al
desarrollo de la sinodalidad eclesial. La dimensión sinodal manifiesta en primer
lugar el carácter de pueblo de Dios de la Iglesia y la consagración bautismal de
todos los fieles, que los constituye en sujetos activos de la vida de la Iglesia.
Unido a ello está el ministerio específico que desarrollan los pastores ponién-
dose a su servicio, de manera particular el “ministerio episcopal en comunión
colegial y jerárquica con el Obispo de Roma”29. Fieles bautizados y ministros
ordenados no son sujetos enfrentados en la Iglesia, sino partícipes del único
sacerdocio de Cristo y miembros de la Iglesia pueblo de Dios. Aunque eso no
reste valor alguno a la responsabilidad en el gobierno que tienen los obispos
con el papa a la cabeza. El modo de entender y ejercer esta responsabilidad
muestra la concepción eclesiológica subyacente y la importancia concedida al
resto de miembros de la Iglesia30.
En este sentido hay que apuntar una novedad más aportada por el pontífice
actual en la interpretación de su ministerio. La encontramos en la constitución
apostólica Episcopalis Communio cuando habla del valor del documento final
del Sínodo de obispos al conferirle el propio papa convocante un valor delibe-
rativo que, en ese caso, al contar con la firma del papa, pasa a ser Magisterio
ordinario del pontífice. Así dice el texto en su art. 18:
“§ 1 Recibida la aprobación de los Miembros, el Documento final de la
Asamblea es presentado al Romano Pontífice, que decide su publicación.
Si es aprobado expresamente por el Romano Pontífice, el Documento
final participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro.
§ 2. Si el Romano Pontífice concede a la Asamblea del Sínodo potestad
deliberativa, según norma del can. 343 del Código de derecho canónico,
el Documento final participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pe-
dro una vez ratificado y promulgado por él.
En este caso el Documento final es publicado con la firma del Romano
Pontífice junto a la de los Miembros”31.
Parece que, con todas estas indicaciones, el ministerio petrino puede ser ejer-
cido dentro de la sinodalidad de toda la Iglesia con un sentido al que se confiera
gran importancia al sensus fidelium de todo el pueblo de Dios. La eclesiología
CTI, La sinodalidad, 64.
29
30
Cf. G. Tejerina, “Hacia la Iglesia sinodal”, 284-291.
31
Francisco, Constitución apostólica Episcopalis Communio sobre el sínodo de obispos (18 de
septiembre de 2018) art. 18.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 423
conciliar de comunión subyacente ofrece argumentos teológicos para esta toma
de postura que marca un estilo nuevo en el ministerio del obispo de Roma. Que-
rer conocer el parecer del pueblo creyente para que le ayude en su proceso de
discernimiento pastoral, contando para ello con estructuras no solo consultivas
sino también deliberativas, es una forma de entender el gobierno en la Iglesia
ejercido desde y al servicio del pueblo. Este modo de ejercer el ministerio del
sucesor de Pedro tiene que ser aplicado igualmente al resto de formas de go-
bierno pastoral en la Iglesia, al frente de las cuales pueden estar tanto los obispos
como los presbíteros. Pastoralmente hablando, entonces, la sinodalidad habla de
una forma de ejercer el gobierno pastoral por parte de los ministros ordenados
en todos sus grados que cuenta con el resto de los fieles. Las formas de aplica-
ción serán muy variadas según los ámbitos de realización, pero piden abrirse a
nuevas posibilidades hasta ahora menos exploradas en cada caso.
3.4. La comprensión del ministerio ordenado desde la sinodalidad
Continuando con la reflexión anterior, el desarrollo de la sinodalidad nos
ofrece la oportunidad de profundizar en la comprensión del ministerio orde-
nado, entendido siempre como un ministerio al servicio del resto del pueblo de
Dios (“ministro”). A eso nos ayuda el papa Francisco en el discurso ya citado
con motivo de la conmemoración del 50 aniversario del Sínodo de obispos
cuando dice que
“la sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco
interpretativo más adecuado para comprender el mismo ministerio jerár-
quico. Si comprendemos que, como dice san Juan Crisóstomo, «Iglesia y Sí-
nodo son sinónimos» […] entendemos también que en su interior nadie
puede ser «elevado» por encima de los demás. Al contrario, en la Iglesia es
necesario que alguno «se abaje» para ponerse al servicio de los hermanos a
lo largo del camino. […] Nunca lo olvidemos. Para los discípulos de Jesús,
ayer, hoy y siempre, la única autoridad es la autoridad del servicio, el único
poder es el poder de la cruz”.
Según ello, el servicio es la clave de comprensión del ministerio ordenado.
Dentro de la eclesiología de comunión el ministerio ordenado es entendido
como una gracia de Dios a su pueblo para anunciar la Palabra de Dios, celebrar
la fe y acompañar al pueblo formando comunidad. La sinodalidad nos hace ver
que en esa triple misión los ministros ordenados no están solos, sino que la
realizan en comunión con el resto de los miembros de la Iglesia. A ellos se unen
para hacerlo de manera conjunta y, a su vez, acompañarlos en ese testimonio
evangelizador. Su misión principal se sitúa en esa tarea de orientación y guía
sintiéndose uno más dentro de la comunidad cristiana que es, toda ella,
SALMANTICENSIS 68 (2021)
424 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
evangelizadora. Por esa labor orientadora acompaña a los demás con actitud
humilde, no teniendo que ocupar necesariamente un lugar protagonista y ofre-
ciendo la experiencia interior propia de quien se sabe unido a Dios y a su ser-
vicio. Aquí reside un elemento esencial de la vocación del ministro ordenado:
experimentar su vida desde la llamada de Dios a la entrega total al resto del
pueblo de Dios.
Ya el Vaticano II, recogiendo la famosa afirmación agustiniana de que “para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”, indica a los pastores que, “si-
guiendo el ejemplo del Señor, se pongan al servicio los unos de los otros y al
de los demás”32. Comentando este pasaje conciliar, M. Löhrer afirma que con
esta llamada al servicio a los ministros ordenados el concilio “hace suya una
importante página teológica bíblica y saca a la luz un aspecto eclesiológico que,
a causa de una multisecular concepción excesivamente jurídica del ministerio,
había estado demasiado oculto y, por eso, apenas había sido elaborado teoló-
gicamente”33. El momento eclesial que estamos viviendo, con esa disposición
misionera en salida, pide potenciar este aspecto del ministerio ordenado que
le hace estar pendiente de las necesidades de los demás antes que ejercer sus
funciones pastorales propias al frente de la comunidad con actitud autoritaria.
Dentro de la comunión orgánica de la Iglesia, los pastores se sitúan al ser-
vicio del pueblo de Dios ejerciendo una autoridad al mismo modo que Cristo
edifica, santifica y gobierna su cuerpo (cf. PO 2). El pueblo de Dios que le ha
sido confiado no es propiedad suya, sino que ellos están para prestar un servi-
cio a la misión de anuncio del Evangelio encomendada a todo el pueblo. El
mismo sentido originario de “autoridad” significa “hacer crecer” (augere en la-
tín). Quien tiene autoridad en la Iglesia debe tener como intención el creci-
miento de los hermanos, en la fe y en el testimonio del Evangelio. Eso modifica
la forma de entender y ejercer la autoridad y la lleva, una vez más, a una actitud
de servicio a los demás, no tanto desde la imposición cuanto desde la ayuda a
una vivencia mayor del seguimiento de Jesucristo.
Llevar a cabo este cambio de mentalidad supone conceder importancia a la
“escucha” como parte integrante del ministerio ordenado. La escucha se con-
vierte en una exigencia ministerial y en un elemento esencial en el desarrollo
de la tarea apostólica. Esta podría entenderse solo a un nivel de escucha de
personas concretas individualmente, que siendo necesario sería insuficiente.
La escucha pide abrir su realización al ámbito comunitario y llegar hasta los
procesos consultivos y deliberativos que se llevan a cabo comunitariamente en
orden a la toma de decisiones que, como pastores, deben asumir. Puede ser
LG 32. El texto de san Agustín en Sermo 340, 1.
32
M. Löhrer, “La jerarquía al servicio del pueblo cristiano”, en G. Baraúna (ed.), La Iglesia del
33
Vaticano II, Barcelona 1966, t. II, 715-729.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 425
más vinculante para el pastor una decisión adoptada después de un proceso
consultivo y deliberativo bien realizado en el seno de su comunidad (parroquia,
Iglesia local, comunidad religiosa, etc.) que cualquier otra imposición venida de
fuera de manera obligatoria, porque así la comunidad que tiene que hacerla
vida se siente más involucrada en ella y, por tanto, más participe de su puesta
en práctica o realización.
Si se pretende avanzar por el camino de la sinodalidad en la Iglesia se hace
necesario recuperar la enseñanza conciliar acerca del ministerio ordenado en
su íntima conexión con el sacerdocio común de los fieles, por el que los pasto-
res comparten la dignidad bautismal con el resto de los creyentes (cf. LG 10).
El “estar ordenados el uno al otro”, porque cada uno participa a su modo del
único sacerdocio de Cristo, es lo esencial en la relación establecida entre am-
bos dentro del pueblo de Dios. Partiendo de la dignidad común bautismal de
todos en la Iglesia, unos prestan un servicio específico al resto en función del
sacramento del orden. Este servicio, como también indicaba la asamblea con-
ciliar, no es de imposición, sino de una autoridad ejercida al modo de Cristo en
la caridad (cf. PO 6, 9, 15). En función de ello, el sacerdocio ordenado tiene su
marco de comprensión, como consecuencia de su configuración con Cristo Ca-
beza y Pastor (cf. PO 6), en lo más genuino del ministerium en cuanto servicio
al resto del pueblo de Dios, y junto a él a la humanidad (cf. PO 12, 6).
Esta es la intencionalidad conciliar, después de muchos debates, al situar el
capítulo II de la LG, el del pueblo de Dios, por delante del de la jerarquía (capí-
tulo III)34. En el marco del sacerdocio común adquiere sentido el sacerdocio
ordenado, como servicio a él, y desde ahí se atisba ahora la necesaria descleri-
calización de la misión eclesial y la no necesaria identificación de la totalidad
de los ministerios con el sacerdocio ordenado, aunque cueste ir caminando en
esa dirección por el peso de la tradición acumulada durante siglos. La sinoda-
lidad abre una vía de superación del clericalismo.
3.5. El laicado vivido en clave sinodal
En el marco del mismo capítulo II de LG, y como consecuencia directa del
sacerdocio común bautismal, el Vaticano II intensifica la dimensión profética
34
Así lo dice el documento de la CTI, en su n. 54: “la Constitución dogmática Lumen gentium
ofrece los principios esenciales para una pertinente inteligencia de la sinodalidad en la perspectiva
de la eclesiología de comunión. El orden de sus primeros capítulos expresa un importante avance
en la autoconciencia de la Iglesia. La secuencia: Misterio de la Iglesia (cap. 1), Pueblo de Dios (cap.
2), Constitución jerárquica de la Iglesia (cap. 3), destaca que la jerarquía eclesiástica está puesta
al servicio del Pueblo de Dios con el fin de que la misión de la Iglesia se actualice en conformidad
con el designio divino de la salvación, en la lógica de la prioridad del todo sobre las partes y del fin
sobre los medios”.
SALMANTICENSIS 68 (2021)
426 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
de todo el pueblo de Dios y con ello la enseñanza de la infalibilidad in credendo
de la totalidad de los fieles (cf. LG 12). Partiendo de ella, el papa Francisco ha
insistido sobre las repercusiones que comporta en el Discurso conmemorativo
del 50 aniversario del Sínodo de obispos:
“en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium he subrayado cómo «el Pue-
blo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible in credendo», agre-
gando que «cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la
Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un agente evangelizador, y sería
inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por
actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea solo receptivo de sus
acciones». El sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesia docens
y Ecclesia discens, ya que también la grey tiene su «olfato» para encontrar
nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia”.
No se trata ahora de detenerse en lo que significa esta enseñanza de la
tradición eclesial que tiene su origen en el sensus fidei35, pero sí de entender
que el sentido de la fe de todos los fieles marca el camino de profundización
en la sinodalidad eclesial. Contando con la “unción del Santo”, en expresión
conciliar, el conjunto de los fieles es quien cuenta con la posibilidad de no equi-
vocarse cuando cree (cf. LG 12), lo cual no significa anular o aparcar el servicio
concreto que presta el magisterio a la totalidad de fieles a la hora de manifestar
su fe (cf. DV 10). Desde la escucha atenta de la Palabra y a la luz de la Tradición
eclesial, el pueblo creyente, con los pastores al frente, va estableciendo el de-
pósito de la fe que después determina la misión eclesial. Eso mismo marca el
modo de proceder de esta Iglesia que se ve afectada toda ella en su vida y
misión por la decisión de algunos.
El discernimiento necesario para ello repercute, pues, en la totalidad del
pueblo de Dios, no de manera exclusiva a una porción de él. Y en ello es donde
el modo de proceder sinodal tiene que ir avanzando para que esa parte del
pueblo de Dios que normalmente no participa de la deliberación y toma de de-
cisiones referentes a la totalidad del pueblo de Dios tenga parte activa en ella.
La práctica de algunos de los últimos Sínodos de obispos, con la práctica de la
consulta al pueblo de Dios, ha puesto de manifiesto este nuevo modo sinodal
de proceder en la Iglesia. Con ello explicita que el Sínodo de obispos es la fase
final en la toma de decisiones en cuanto a la forma de ejercer la colegialidad
episcopal, ya que este organismo está al servicio del papa en su tarea de servir
al resto del pueblo de Dios, pero la fase previa a su celebración puede estar
preparada por la consulta a los fieles para que manifiesten su parecer acerca
35
Cf. CTI, El sensus fidei en la vida de la Iglesia (2014).
SALMANTICENSIS 68 (2021)
LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 427
de la misión de la Iglesia en su tarea evangelizadora36. Así pues, el proceso se
amplía y da cabida al resto de fieles en la búsqueda conjunta de orientación de
la vida eclesial, partiendo de la enseñanza conciliar del sensus fidelium.
Quiere decirse con todo ello que, sin minusvalorar en absoluto la responsa-
bilidad colegial de los pastores en el proceso sinodal, y del papa en concreto
en la toma de decisiones según la Tradición de la Iglesia, no puede menosca-
barse la implicación de todo el pueblo de Dios, consecuentemente también de
los laicos, en el proceso sinodal. A cada uno de ellos le compete una tarea es-
pecífica en el proceso que se desarrolla en varias etapas. Eso habla, como ve-
nimos diciendo, de una Iglesia toda ella sinodal, donde cada uno aporta aquello
que es propio de su condición dentro del pueblo de Dios, pero que no se cir-
cunscribe a una asamblea sinodal de un grupo representante de obispos que
ofrecen sus conclusiones al papa para que él adopte la decisión última37. El
final del proceso es ese ciertamente, pero el modo de proceder hasta llegar a
él es bien distinto, habiendo tenido participación en el conocimiento de la si-
tuación de la Iglesia el resto de los miembros del pueblo fiel, todo como conse-
cuencia del sensus fidei fidelium expresado en forma de consulta previa y to-
mado en consideración para la reflexión posterior por parte de los pastores.
En este sentido es interesante la reflexión que hace el cardenal responsable
de la sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el servicio del
desarrollo humano integral, Michael Czerny:
“la corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios en la misión de la Iglesia
requiere iniciar procesos consultivos, gracias a los cuales la presencia y la
voz de los laicos sean más participativas. No se trata de instaurar una especie
de «parlamentarismo laical», ya que la autoridad del Colegio Episcopal no
depende de una autorización expresada por los fieles mediante un procedi-
miento electoral, sino más bien de presentarlo como un carisma preciso del
36
El mismo Francisco, en la Constitución apostólica Episcopalis communio (18 de septiembre
de 2018) 6, afirma: “aunque en su composición se configure como un organismo esencialmente
episcopal, el Sínodo no vive separado del resto de los fieles. Al contrario, es un instrumento apto
para dar voz a todo el Pueblo de Dios”. En palabras de uno de los mayores especialistas en esta
cuestión en la actualidad, “el discurso propone funciones específicas para los diversos sujetos im-
plicados en el proceso sinodal: al Pueblo de Dios compete el momento profético, a los pastores
reunidos en asamblea sinodal el discernimiento, en cuanto que «actúan como auténticos custodios,
intérpretes y testimonios de la fe de toda la Iglesia»; al obispo de Roma corresponde la última
palabra, siendo él «llamado a pronunciarse como Pastor y Doctor de todos los cristianos»; no a
partir de sus convicciones personales, sino como testigo supremo de la fides totius Ecclesiae, «ga-
rante de la obediencia y conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a
la Tradición de la Iglesia»”. D. Vitali, Un Popolo in cammino verso Dio. La sinodalità in Evangelii
gaudium, Milano 2018, 36.
37
Cf. S. Dianich, “Attraversati dalla storia. Chiesa, carismi e sinodalità”, Il Regno Attualità 62
(2019) 493-505.
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428 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
que el Espíritu ha dotado al cuerpo eclesial. Se trata de hacer pleno uso de
los recursos y de las estructuras de los que ya dispone la Iglesia”38.
Volviendo a la enseñanza conciliar, cuando hace explícita la dimensión pro-
fética de todo el pueblo de Dios en su aplicación al laicado en concreto afirma:
“Cristo, el gran Profeta, […] cumple su misión profética hasta la plena mani-
festación de la gloria, no solo a través de la jerarquía, que enseña en su nom-
bre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por
ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de
la palabra (cf. Act 2,17-18; Ap 19,10) para que la virtud del Evangelio brille en
la vida cotidiana familiar y social. […] Por tanto, los laicos, también cuando se
ocupan de las cosas temporales, pueden y deben realizar una acción preciosa
en orden a la evangelización del mundo” (LG 35).
En este sentido debe ser entendida la implicación laical en la vida y misión
de la Iglesia desde la sinodalidad. El laico es el fiel cristiano que por su bau-
tismo es incorporado a Cristo y participa del triple oficio de Cristo (sacerdote,
profeta y rey), formando el pueblo de Dios entre todos (cf. LG 31). Su identidad
cristiana es consecuencia de su bautismo y de su incorporación a Cristo y a la
Iglesia como pueblo de Dios. Por su dignidad bautismal, el laico es parte activa
de la misión eclesial desde la condición secular que le es propia y peculiar (cf.
LG 31).
Estos rasgos de identidad laical de la enseñanza conciliar enmarcan la lla-
mada a la sinodalidad y el modo de vivencia por parte del laicado. Como bien
recuerda el documento de la CTI, “el concepto de sinodalidad hace referencia
a la corresponsabilidad y participación de todo el Pueblo de Dios en la vida y
misión de la Iglesia” (n. 7). Son todos los miembros de la Iglesia quienes están
llamados a vivir en clave sinodal, no solamente una parte de ella, lo cual com-
porta un modo diferente de comprender la implicación en la misión evangeli-
zadora eclesial tanto por parte de los laicos como de los pastores. Al ser toda
la Iglesia la que tiene que situarse en modo de vivencia sinodal, al laicado le
corresponde asumir su responsabilidad, mermada durante mucho tiempo por
una comprensión eclesiológica que la limitaba, y aceptar el reto de compromiso
evangelizador que comporta el bautismo. El papa Francisco, al inicio de su pon-
tificado, ya advertía de esta situación e invitaba, por una parte, a superar el
clericalismo que coartaba la implicación laical en la evangelización y, por otra,
a hacer efectiva la creciente toma de conciencia de la identidad laical y de su
misión en la evangelización eclesial (cf. EG 102).
38
M. Czerny, “Hacia una Iglesia sinodal”, Razón y fe 283 (2021) 167.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 429
La sinodalidad así entendida pone sobre la mesa la gran riqueza de la iden-
tidad eclesial y permite extraer enormes repercusiones para la misión eclesial.
Con respecto al laicado, en concreto, pide dar un paso más en la comprensión
—y posterior concreción de espacios de implicación— de su presencia en la
evangelización de la Iglesia. Eso puede realizarse de manera efectiva no solo
por el reconocimiento de lo que el propio ordenamiento canónico permite a los
laicos en el ejercicio del gobierno de la Iglesia en ámbitos concretos de la triple
ministerialidad eclesial39, sino principalmente por lo que respecta a su implica-
ción real en la vida de la Iglesia más allá de la prestación de algunos servicios
ministeriales específicos.
El laico no participa de la vida y misión eclesial solo cuando desempeña un
ministerio específico, sino principalmente cuando comparte su fe con el resto
de los hermanos de comunidad parroquial, de asociación o movimiento, o de
Iglesia particular. Con ellos crece en vida comunitaria y alimenta la fe de ma-
nera compartida. Tanto en la vida litúrgica como en el anuncio explícito del
Evangelio, así como en el servicio a los más desfavorecidos, el laico participa
de la misión eclesial, y eso en la mayoría de las ocasiones no se realiza por
acciones puntuales, sino por la cotidianeidad de acciones que comporta la in-
serción en la vida de una comunidad. En ese desarrollo normal de la vida coti-
diana es donde el laico participa de su comunidad y donde asume su implica-
ción normalmente. Esos espacios habituales de vida comunitaria son los que
no deben ser ajenos al laicado en lo que comporta su desarrollo ordinario y la
toma de decisiones necesarias. Ahí es donde el ministerio ordenado está lla-
mado también a ofrecer oportunidades para la implicación laical y asumir res-
ponsabilidades específicas en la misión eclesial.
Pero eso no minusvalora la importancia de la ministerialidad laical propia-
mente dicha. Los ministerios eclesiales ejercidos por los laicos son una forma
de hacer real y operativa la sinodalidad eclesial, por lo que significan de impli-
cación por su parte en la acción evangelizadora de la Iglesia. La ministerialidad
de la Iglesia no es ejercida solo por aquellos que han recibido el sacramento
del orden, sino que el servicio que ella presta a los hombres al hacerles partí-
cipes del Evangelio de Jesucristo es obra de todos los bautizados. Los laicos
también realizan una labor ministerial en la Iglesia actuando de manera con-
junta con los ministros ordenados. La riqueza de servicios prestados en las Igle-
sias locales es muy numerosa y variada, aunque no tenga un reconocimiento
explícito como ministerios instituidos.
39
Cf. C. Peña, “Sinodalidad y laicado. Corresponsabilidad y participación de los laicos en la
vocación sinodal de la Iglesia”, Ius Canonicum 59 (2019) 731-765.
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430 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
Los ministerios laicales han sido reconocidos desde los primeros siglos en
la Iglesia y se han desarrollado en forma de “órdenes menores” hasta la reforma
de Pablo VI con el motu proprio Ministeria Quaedam de 1972. Desde entonces,
y fruto de la teología del laicado sancionada en el Vaticano II, se ha desarrollado
una ministerialidad laical nueva respecto a la anterior, aunque insuficiente en
relación con lo que ella demanda como expresión de la comprensión ministerial
del pueblo de Dios y el desarrollo del sacerdocio común. El papa Francisco está
dando pasos operativos en su implementación al instar, por una parte, el desa-
rrollo creativo de ministerios laicales inculturados apropiados a las necesida-
des y los recursos de las Iglesias locales en Querida Amazonía40 y, por otra, al
instituir recientemente el ministerio del catequista con el motu proprio Anti-
quum ministerium41.
La comprensión sinodal de la Iglesia tiene que potenciar la presencia de los
ministerios laicales como expresión de la vocación servicial de todo el pueblo
de Dios. Las Iglesias locales tendrán que arbitrar, en función de las necesida-
des y peculiaridades propias de cada una, los ministerios que necesite para el
desarrollo de su misión evangelizadora, propiciando con ello también la impli-
cación del laicado en ella. Para ello tendrán que revisar sus métodos y estruc-
turas pastorales de manera que tengan una participación mayor aquellos laicos
con encomienda ministerial. La búsqueda de esos servicios específicos presta-
dos por los laicos será consecuencia de un proceso conjunto de discernimiento
en el seno de las propias Iglesias locales, de tal manera que sea más fecunda
la implicación laical en la tarea evangelizadora eclesial. Esta nueva realidad
hará que se tengan que buscar también soluciones para remunerar económi-
camente aquellos servicios necesarios.
3.6. Para vivir una espiritualidad de la sinodalidad
La sinodalidad, tal como venimos presentándola, no se limita a la programa-
ción de una serie de acciones donde se observe la interacción de los diferentes
sujetos evangelizadores de la Iglesia tomando decisiones de manera conjunta.
Eso supondría un empobrecimiento de la propia sinodalidad que la agotaría en
la misma realización de las acciones, lo cual no significa que no tenga que con-
cluirse en unas acciones específicas donde se haga explícito el trabajo compar-
tido y la búsqueda común del bien evangelizador de la Iglesia. Podría decirse
que la sinodalidad, más allá de las acciones eclesiales propiamente sinodales,
40
Cf. Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Querida Amazonía (2 de febrero de 2020),
nn. 93-94.
41
Cf. Francisco, Carta apostólica en forma motu proprio Antiquum ministerium (10 de mayo de
2021).
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 431
tiene que ser la que anime y dinamice la Iglesia desde dentro, a modo de “alma”
de la vida y misión de la Iglesia.
Para que esto pueda ser posible es necesario ampliar la mirada y entenderla
más en clave espiritual que desde el mero desarrollo de acciones sinodales.
Juan Pablo II, al comienzo del tercer milenio, habló de la espiritualidad de la
comunión presentándola “como principio educativo”, de tal manera que eso
tendría que servir para superar una mentalidad “operativa” que se ciñera al uso
de unos “instrumentos externos de la comunión”, pero que no la expresara vi-
vencialmente porque le faltaba el “camino espiritual” necesario para haber in-
teriorizado lo que significa la comunión, el origen del que dimana y las conse-
cuencias que conlleva para la vivencia de la fe42.
Continuando con la misma intencionalidad del papa polaco, podría hablarse
ahora de una “espiritualidad de la sinodalidad” para hablar del espíritu que
debe recorrer y animar la acción eclesial. Con ello se ensancharía el horizonte
de vivencia de la sinodalidad, tal como venimos indicando, porque no se cir-
cunscribiría a unos hechos puntuales, por más ricos que estos pudieran ser en
hacer visible la sinodalidad, sino que ayudaría a entender las motivaciones
reales para actuar de una manera determinada. La espiritualidad anima inte-
riormente la vida del creyente confiriéndole los fundamentos de su acción, por-
que se trata de la vida en el Espíritu (cf. Rom 8), que impulsa a vivir en sintonía
con lo que Dios quiere para sus hijos superando la ley del pecado y de la
muerte.
Una espiritualidad así entendida y aplicada a la sinodalidad es una espiri-
tualidad enraizada en el misterio trinitario de comunión, fuente y origen de la
vida cristiana; que se alimenta en la escucha atenta de la Palabra de Dios; que
se fortalece en la celebración litúrgica junto con el resto de la asamblea con-
vocada por el Señor, de manera particular en la eucaristía; que se vive en el
encuentro y la donación a los demás, especialmente cuando se trata de los más
débiles; que se desarrolla en la integración en la vida de la comunidad, asu-
miendo desde dentro los principios orientadores de la vida de fe y compartién-
dolos con el resto de los creyentes; y que se ejercita en la asunción de respon-
sabilidades variadas para llevar adelante la misión evangelizadora eclesial. El
Espíritu Santo es el garante de esta espiritualidad y el fundamento de su vi-
vencia con la entrega de sus dones y carismas para el enriquecimiento del bien
común (cf. 1Cor 12,7-11; Ef 4,11-12).
Esta espiritualidad de la sinodalidad está orientada a la conversión, esto es,
a la transformación de actitudes internas que mueven a vivir más profunda-
mente desde el seguimiento de Cristo y con una clara dimensión comunitaria.
42
Cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millenio Ineunte (6 de enero de 2001), n. 43.
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432 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
Es una conversión a la comunidad vivida desde Dios, o una conversión a Dios
vivida en comunidad. Hablamos entonces de una espiritualidad comunitaria, de
pueblo de Dios, de búsqueda conjunta de los caminos que Dios quiere para su
Iglesia y para el testimonio de esta en medio del mundo. Es por eso mismo una
espiritualidad pastoral, orientada a la misión, a la contribución del bien común,
por lo que exige también de conversión pastoral (cf. EG 27)43.
Esta espiritualidad sinodal apunta a la valoración en profundidad de la di-
mensión comunitaria eclesial, de pasar de la individualidad en el encuentro con
Dios a lo comunitario en el sentirse parte de la Iglesia, de la búsqueda personal
de la salvación individual a la construcción común del pueblo de Dios y a la
asunción de la responsabilidad personal en la tarea pastoral de la Iglesia en el
anuncio del Evangelio44. Eso supone un proceso de discernimiento —personal,
porque atañe a la vida propia de cada creyente, y al mismo tiempo comunitario,
porque este no se entiende si no es desde su inserción en la Iglesia— para
descubrir juntos los caminos a recorrer en nombre de Dios y para articular de
manera comunitaria los mecanismos pastorales necesarios en orden a la evan-
gelización. Según avanzamos en una comprensión eclesiológica conciliar de la
Iglesia como misterio de comunión y pueblo de Dios se hace más difícil aceptar
sin más la forma de toma de decisiones por parte de algunos para que otros las
ejecuten o realicen, sin entrar por eso a cuestionar la visión jerárquica que
siempre ha caracterizado la identidad eclesial. Es necesario ir construyendo
juntos itinerarios comunes en los que trabajar conjuntamente para discernir
de manera comunitaria.
43
Cf. N. Becquart, “La sinodalidad, un camino de conversión comunitaria”, Razón y fe 283
(2021) 175-183. Son significativas estas palabras, que pueden servir de síntesis de su plantea-
miento, a la vez que expresión de lo que nosotros queremos comentar: “La sinodalidad no es un
camino marcado de antemano y nos exige estar abiertos a lo inesperado de Dios escuchando a los
demás. Esta experiencia nos toca, sacude y mueve interiormente como un camino de discerni-
miento en común de una asamblea que está enraizada en la Eucaristía y que toma conciencia de sí
misma y se pone en marcha conjuntamente. La sinodalidad es fundamentalmente una llamada a la
conversión para aspirar a producir una comunión misionera de toda la Iglesia al servicio del mundo.
Es un proceso de carácter espiritual que se desarrolla en el tiempo”. Ibid., 177. Más adelante se
explicita aún más al afirmar: “La sinodalidad, por tanto, en su práctica y aplicación, lleva en sí misma
la llamada a la conversión personal y comunitaria. Es un camino de conversión espiritual y pastoral.
Por lo tanto, presupone y requiere actitudes espirituales. Incluso, se podría hablar de una espiri-
tualidad de la sinodalidad que es, de hecho, una espiritualidad de la comunión”. Ibid., 179.
44
El cardenal M. Czerny, intentando responder a la pregunta que él mismo se formula acerca
de cómo hacer crecer la sinodalidad en la Iglesia, responde: “es necesario iniciar procesos de con-
versión, es decir, de «discernimiento, purificación y reforma» (EG 30), para que todos puedan
adquirir e interiorizar los principios de una espiritualidad que esté abierta a la comunión «inclu-
siva», más que una espiritualidad que se limite a buscar la perfección individual”. M. Czerny, “Hacia
una Iglesia sinodal”, 172-173.
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LA SINODALIDAD, CRITERIO ORIENTADOR DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA 433
Esta espiritualidad de la sinodalidad se concreta en una serie de actitudes
que sintetiza la subsecretaria de la secretaría general del Sínodo de obispos,
N. Becquart, en el artículo ya referido:
“vivir a la luz y práctica de este estilo sinodal, implica cultivar y desarrollar
actitudes espirituales: la escucha, el diálogo, la empatía, el compartir, la li-
bertad interior y la libertad de expresión. También la humildad, la búsqueda
de la verdad y, sobre todo, la fe y la confianza en Dios, ancladas en la oración
y en la Eucaristía. Hemos de confiar en el Espíritu Santo que respira en cada
uno y en el grupo que camina junto, porque se trata, ante todo, de una expe-
riencia del Espíritu, un camino abierto y no trazado de antemano”45.
4. Conclusión
La sinodalidad requiere de una comprensión teológica, necesaria para co-
nocer mejor la misma identidad eclesial, por cuanto de ella se pueden extraer
principios operativos para su ejercicio, pero también está demandando su
puesta en práctica por parte de los miembros del pueblo de Dios en la misión
eclesial. Para eso se tienen que arbitrar los mecanismos necesarios y las es-
tructuras pastorales convenientes que den cauce de realización a esta forma
de comprensión eclesial que vislumbra un horizonte de comprensión eclesioló-
gico nuevo en la recepción conciliar.
Implementar la sinodalidad en la Iglesia como modo de entender su identi-
dad, a forma de “nueva nota”, requiere a su vez un cambio de mentalidad por
parte de todos los miembros del pueblo de Dios, ministros ordenados y laicos.
Supone una revisión en los planteamientos de fe, de tal manera que haga pre-
guntarse por la identidad del ser creyente en el seno de la Iglesia católica, por-
que eso determina también un modo de estar en medio de ella y de asumir su
tarea evangelizadora. Los creyentes tienen que revisar sus estilos de vida en
función de su identidad cristiana, ya que no es igual considerarse cristiano por
el hecho de participar en el culto cristiano de manera formal que asumir la fe
como principio orientador de la vida y dador de sentido en las diversas circuns-
tancias vitales. De igual manera, eso determina también la forma de asumir el
compromiso creyente dentro de la Iglesia y la asunción de responsabilidades
en la evangelización como consecuencia del bautismo recibido.
45
N. Becquart, “La sinodalidad, un camino de conversión comunitaria”, 181. Estas actitudes son
ampliadas en el documento de trabajo del Sínodo de obispos para la primera fase a desarrollar
entre octubre de 2021 y abril de 2022 en las iglesias locales, Vademécum del Sínodo sobre la
sinodalidad (7 de septiembre de 2021), en el apartado 2.3. Actitudes para participar en el proceso
sinodal.
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434 FRANCISCO JOSÉ ANDRADES LEDO
A esta nueva manera de consideración personal y comunitaria de la fe por
parte de cada uno de los fieles, que marca no solo a los laicos en su compren-
sión desde el sacerdocio común, sino a los ministros ordenados también por su
manera de ejercer el ministerio desde el servicio al resto del pueblo de Dios,
debe sumarse la necesaria toma de decisiones por parte de las autoridades
eclesiales para que se articulen espacios donde poder ejercer esta sinodalidad.
Es necesario, por tanto, también una reforma en los modos de proceder pasto-
ral de la Iglesia, revisando tanto las estructuras de tomas de decisiones como
los procedimientos de discernimientos para que puedan participar en ellas
miembros de todo el pueblo de Dios. En algunas ocasiones se tratará de refor-
mar las ya existentes y en otras habrá que implementar formas nuevas para
que respondan a lo que se quiere como Iglesia sinodal. Incluso la misma espi-
ritualidad de los cristianos, partiendo de la dignidad común bautismal, tiene
que verse revisada en su deseo de vivencia de un acercamiento desde la Pala-
bra de Dios al resto de miembros de la humanidad como hermanos y de la Igle-
sia como comunidad. El Espíritu anima la vida de la Iglesia con dones y carismas
para el bien de la comunidad. Ese origen carismático y su finalidad comunitaria
debe determinar la vida del cristiano en orden a una vivencia de lo que el Es-
píritu quiere para su Iglesia.
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