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Ellie St. Clair - Su Deseo de Navidad

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SU DESEO DE NAVIDAD

ELLIE ST. CLAIR

Traducido por
CRISTINA HUELSZ
ÍNDICE

Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Epílogo

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Sobre la autora
Notas
♥ © Copyright 2019 Ellie St. Clair
© de la traducción 2021 Cristina Huelsz

Título original: Her Christmas Wish


Traducción: Cristina Huelsz

Reservados todos los derechos.


Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright,
bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así
como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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PRÓLOGO

Navidad, 1800

—D esearía que la Navidad durara todo el año.


—¡Emily, qué tontería! —dijo su hermana Teresa con una risa
cariñosa desde su silla al otro lado de la mesa.
—Creo que lo que Emily quiere decir es que sería maravilloso tener el
espíritu de la Navidad a nuestro alrededor sin importar la época del año —
dijo su madre suavemente mientras Emily le pasaba el budín de ciruelas con
una sonrisa de agradecimiento.
—Sí, Teresa, eso exactamente —dijo Emily asintiendo mientras hundía
su cuchara en el postre, buscando una de las pequeñas chucherías que su
madre solía hornear en él. —¿No te gustaría el pudín de ciruelas después de
la cena todas las noches?
—Supongo que sí —aceptó Teresa de mala gana. Era un año más joven
que Emily, pero recientemente había decidido que era mucho más madura
que sus quince años.
—Y —comentó Teresa, con los ojos brillantes —entonces ¡habrá muchas
más oportunidades de que te encuentres bajo el muérdago!
—¡Vaya! —declaró su padre, George, levantando sus gruesas cejas
mientras colocaba sus fornidos brazos encima de la mesa de roble que él
mismo había fabricado. —No creo que eso deba ser una prioridad en este
momento, jovencita.
—Oh, no te preocupes, padre, Teresa no ha besado a nadie todavía, por
mucho que le gustaría —compartió Emily con su familia, sin importarle la
mirada molesta que Teresa le envió.
—¿Qué? —le dijo Emily. —Sabes que no nos guardamos secretos.
—Tal vez sea hora de que lo hagamos —murmuró Teresa. —Que no
puedas decir una mentira no significa que debas ofrecer la información
aunque no te la pidan.
—Niñas —dijo su madre con una leve advertencia. —Habrá un momento
para besarse bajo el muérdago dentro de unos años. Por ahora, podemos
disfrutar creando el muérdago en lugar de pasar tiempo debajo de él.
—La familia Nicholls vendrá a visitarnos más tarde —dijo Teresa con
una sonrisa traviesa. —Tal vez James y Emily puedan encontrar su camino
bajo el muérdago.
—James y yo sólo somos amigos, Teresa, como bien sabes —señaló
Emily poniendo los ojos en blanco, aunque se preguntó si Teresa podría tener
razón alguna vez. Emily y James habían hecho un pacto no hacía mucho
tiempo. Si no estaban casados antes de cumplir los veintiún años, se casarían
entre ellos. Esa era una información que Emily no estaba dispuesta a ofrecer,
y estaba segura de que nunca se cumpliría. Faltaban cinco años y estaba
segura de que para entonces encontraría a alguien a quien amar de verdad. Lo
que no haría por tener un amor como el de sus padres. Miró a los dos con una
pequeña sonrisa. Incluso a lo largo de esta misma cena, notó que su padre
miraba a su madre de vez en cuando como si acabara de ver a la mujer más
hermosa del mundo por primera vez. Era tan encantador que a Emily casi se
le saltan las lágrimas.
No es que ella fuera a decir nada. Teresa sólo lo tomaría como otra
oportunidad para burlarse de ella. Emily anhelaba un romance con un hombre
casi tanto como el día en que se convertiría en madre.
Todos los niños presentes esta noche en la iglesia habían estado
angelicales, bueno, excepto el niño Smith, que había corrido de un lado a otro
del pasillo hasta que los Smith tuvieron que marcharse. Pero aparte de eso, el
servicio había sido resplandeciente, con velas encendidas por todo el pequeño
edificio, y las docenas de personas que había dentro cantando juntas en
armonía.
—¿Por qué la Navidad es tan especial? —preguntó Emily ahora, mirando
a sus padres de uno a otro. —¿Por qué siempre le hemos dado tanta
importancia?
Su padre dejó el cuchillo y el tenedor sobre su plato mientras le prestaba
toda su atención.
—En nuestra familia, la Navidad siempre ha sido una época especial del
año —dijo. —Fue en Navidad cuando tu madre y yo nos conocimos y
siempre nos hemos asegurado de mantener las mismas tradiciones año tras
año. La tradición puede hacer que surjan sentimientos bastante cálidos, ya
que nos trae recuerdos. Todo esto se suma a lo que realmente celebramos, por
supuesto: el nacimiento de nuestro Salvador.
—El nacimiento de cualquier bebé es motivo de celebración —añadió su
madre, Mary. —Pero el nacimiento del Niño Jesús lo hace mucho más
especial.
Emily asintió. Esto lo discutían cada Navidad, para no perder nunca de
vista el verdadero significado de esta época del año. Suspiró con nostalgia.
James tenía una hermana pequeña, y Emily la adoraba. Era en parte por lo
que disfrutaba pasando tiempo con él: podía ver a la bebé también.
—No quiero que esto cambie nunca —dijo, mirando a su familia
alrededor de la mesa mientras el tronco de Navidad crujía en la chimenea. —
Me encanta este tiempo que podemos pasar juntos. Este día es muy especial,
y no puedo imaginarlo sin ninguno de vosotros.
Su madre le dedicó una sonrisa.
—Algún día todo será diferente —dijo Mary. —Las dos van a casarse y
tendrán a sus propias familias, y entonces ustedes empezarán nuevas
tradiciones.
—Pero quizás parte de esa tradición pueda ser que estemos todos juntos
—. Emily miró alrededor de la mesa. Por mucho que deseara tener su propia
familia, no podía imaginarse dejando a ésta. —Por favor, hagamos esa
promesa... Que, pase lo que pase, estaremos juntos en Navidad. Tal vez no
sea el día de Navidad o el de Año Nuevo, pero en algún momento de la
temporada, debemos reunirnos y compartir este momento. ¿Lo prometen?
Ella miró a cada uno de ellos con atención.
—Por supuesto, si eso es lo que sigues deseando —dijo su madre con una
sonrisa, y su padre asintió con la cabeza. Emily miró a Teresa.
A pesar de que se empeñaba en afirmar que estaba muy lejos de cualquier
cosa excesivamente sentimental o infantil, Teresa asintió.
—Sí, Em, estaremos juntos. Te lo prometo.
Emily sonrió y volvió a comer de su plato de comida.
Mientras estuvieran juntos, la Navidad guardaría para siempre ese
sentimiento especial en su corazón. De eso estaba segura.
CAPÍTULO 1

Noviembre, 1816

—A hora cierra los ojos, toma la cuchara, remueve en el sentido de las


agujas del reloj y, lo más importante, ¡pide tu deseo!
Henrietta le sonrió a Emily antes de cerrar los ojos con fuerza, tomar la
cuchara con su pequeña mano y empezar a remover. Sus labios se movieron
mientras susurraba: —Deseo una muñeca nueva. Una con cabello real del
color del sol y ojos pintados tan azules como el cielo.
Emily sonrió ante el inocente deseo de una niña antes de que Henrietta le
pasara de mala gana la cuchara a su hermano, Michael, que ponía los ojos en
blanco.
—Se supone que es un deseo secreto, Hen —dijo él mientras tomaba la
cuchara.
A él no le entusiasmaba tanto su turno de remover, pues se consideraba
muy por encima de la tarea de preparar el pudín de Navidad, pero eso no le
impidió cerrar los ojos y arrugar la frente en señal de concentración mientras
pedía su deseo.
—Oh, señora Nicholls, cómo me gusta el día de revolver —dijo
Henrietta, mirando a Emily con ojos tan azules como los de la muñeca que
deseaba.
—Es un día divertido, ¿verdad, cariño? —dijo Emily con una suave
sonrisa al recordar lo especial que había sido para ella el día de revolver
cuando era joven.
—Especialmente porque significa que pronto llegará la Navidad —dijo
Henrietta con entusiasmo. —¿No le gustaría que pudiéramos comer el pudín
hoy? Es tan difícil esperar.
Su tono pasó de emocionado a melancólico mientras suspiraba con fuerza
y Emily tuvo que contener la risa ante el dramatismo.
—Lo comprendo, Henrietta, pero una vez que llega el día, el pudín es
mucho más especial —explicó, y Henrietta asintió en señal de comprensión.
—¿Se quedará con nosotros este año por Navidad, señora Nicholls? La
echamos de menos el año pasado.
—Lo sé, Henrietta, y me encantaría estar con ustedes también, pero es
cuando voy a casa a ver a mi propia familia. Y tú puedes pasar todos tus días
con tus padres.
Henrietta suspiró una vez más.
—Lo sé. Es que mamá y papá son muy aburridos.
Emily tuvo que morderse el labio para mantener la cara seria, incluso
cuando oyó a la cocinera resoplar desde su lugar en la estufa.
—Vamos, Henrietta, tus padres no son para nada aburridos —dijo Emily
una vez que se aseguró de que se había tranquilizado. —Simplemente tienen
muchas responsabilidades que atender, eso es todo. Ahora, ¿volvemos arriba?
Si quieres, tenemos tiempo para jugar fuera antes de tus clases.
Eso llamó la atención de Michael, que se apresuró a salir de la cocina y
subir las escaleras tan rápido como pudo. Emily se despidió de la cocinera
con una sonrisa antes de tomar la mano de Henrietta y seguir a su otro pupilo
por las escaleras. Aunque disfrutaba bajando a los niños a la cocina de vez en
cuando, ciertamente no envidiaba a los sirvientes que pasaban su vida debajo
de las escaleras. La cocina era espaciosa y estaba bien mantenida, pero,
independientemente de la época del año, siempre era sofocante y demasiado
oscura para su gusto.
Emily ansiaba el aire libre y siempre se sentía aliviada cuando la familia
Winmere se retiraba a su casa de campo. Llevaba casi dos años como
institutriz de su hijo y su hija, y aunque lord y lady Coningsby podían ser
bastante aburridos, como los describía su propia hija, Emily no tenía nada
malo que decir de ellos. Le permitían una gran libertad para tratar a sus
pupilos como ella considerara oportuno, y sabía que amaban profundamente a
sus hijos, sólo que no parecían entender muy bien cómo relacionarse con
ellos.
—¿Señora Nicholls? —Henrietta tiró de su mano. —¿Podemos ir a ver el
salón de baile? Las doncellas están empezando a prepararlo para la fiesta de
la semana que viene, ¡y no puedo esperar a ver cómo queda!
—No estoy segura de que haya mucho que ver todavía —dijo Emily, ya
que faltaba casi una semana para el evento, que iba a significar el regreso de
los Winmeres al campo. —Pero sí, podemos ir a ver. Por un minuto, es todo.
—¡Maravilloso! —exclamó Henrietta mientras corría hacia la puerta del
salón de baile, con los ojos muy abiertos mientras miraba el extravagante
salón.
Aunque Emily, por supuesto, tenía que mantener una reserva mucho más
estoica, sin duda podía entender la emoción de la niña. El salón de baile era
impresionante por sí solo, con arcos dorados y mosaicos de ángeles retozando
en las nubes que caían en cascada por el techo y las paredes. El suelo
reflejaba la forma de los cuadros que había encima, y unas intrincadas
columnas corintias bordeaban la sala. El Adviento estaba a punto de
comenzar, y Emily sabía que pronto habría una exuberante vegetación
esparcida por la habitación para significar la llegada de la temporada
navideña.
Suspiró al ver a las sirvientas que se apresuraban a recorrer el salón de
baile para su preparación, y luego logró esbozar una rápida sonrisa cuando
llamó la atención del ama de llaves, que estaba supervisando todo el asunto.
¿Cómo sería, se preguntó Emily, ser una invitada a un evento así? Cerró los
ojos al recordar su propio deseo secreto cuando le tocó remover el budín. El
deseo había sido involuntario, pero se había imaginado a sí misma vestida
con el mejor vestido de baile dorado, con un pecho bajo de encaje y una falda
fluida que le llegaba a los tobillos. En su visión, había estado sin sus anteojos,
lo cual era bastante tonto, ya que no habría podido ver ni un metro frente a
ella sin ellos. Llevaba el cabello recogido en un estilo que Lady Coningsby
estaría orgullosa de llevar, con suaves tirabuzones, de un color tan sencillo
como el suyo, que le rozaban suavemente el costado de la cara.
Emily sacudió la cabeza para librarse de tal pensamiento. Ella era una
institutriz, y era afortunada por tener ese puesto. Su hermana menor, Teresa,
había estado buscando un puesto así, pero después de haber pasado dos meses
evitando las manos manoseadoras de su anterior empleador, ahora vivía con
sus padres hasta que pudiera encontrar otro puesto, o si podía, un esposo.
—¿Señora Nicholls?
Emily bajó la vista para descubrir que Henrietta estaba tirando de su
mano una vez más.
—Michael ya está fuera, dirigiéndose al establo. ¿Podemos ir a buscar
nuestras capas ahora?
—Por supuesto —respondió Emily con una sonrisa, diciéndose a sí
misma que no debía ser tan tonta mientras seguía a Henrietta por la puerta.
Era más afortunada de lo que podía imaginar, y sería mejor que recordara tal
cosa. Tenía un puesto que cualquier institutriz envidiaría. Ganaba lo
suficiente para ayudar a mantener a sus padres lo mejor posible. Y tenía la
capacidad de cuidar a niños encantadores. ¿Deseaba, en el fondo de su
corazón, tener el suyo propio para cuidarlo? Por supuesto que sí. Pero esto
era lo más cerca que iba a estar.

L A FACHADA de ladrillos rojos se cernía sobre Charles Blythe, conde de


Doverton, mientras permanecía frente a ella con un bastón en una mano y un
sombrero en la otra. Una brisa helada le rozaba llevando consigo los susurros
del invierno, lo que le hacía temblar a pesar de su pesada capa hecha con uno
de los mejores materiales que se pueden encontrar en Londres.
Su ayuda de cámara estaba detrás de él, esperando nervioso con la maleta
de Charles en la mano, balanceándose de un pie a otro como si no supiera qué
hacer exactamente con ella mientras su patrón permanecía inmóvil frente a su
propia propiedad.
No era la gran propiedad, con alas que se extendían hacia el este y el
oeste entre las llanuras que las rodeaban, lo que asustaba a Charles. Era lo
que le esperaba dentro, o mejor dicho, quién le esperaba dentro.
—¡Lord Doverton! —el mayordomo finalmente tomó la decisión por él y
abrió la puerta principal, gritando su saludo para ser escuchado. —Nos
complace darle la bienvenida a casa. ¿Cómo estuvo Londres?
—Muy bien —dijo Charles con un movimiento de cabeza mientras elegía
la escalera curva de la izquierda y comenzaba a subir los estrechos escalones
de piedra. —Me alegro de verlo, Toller, como siempre.
Era cierto. El jovial mayordomo llevaba ya unos veinticinco años con su
familia. Le costaba creer que hubiera pasado tanto tiempo. Pero el tiempo se
le escapaba, reflexionó mientras le pasaba a Toller su sombrero y su capa y
continuaba por la entrada hasta el grandioso salón de mármol.
—Si quiere ver a Lady Margaret, está en la sala de música —dijo Toller,
tomando su sombrero y su capa.
—¿La sala de música?
—Sí. Últimamente se ha aficionado al pianoforte.
Algo más que su propio mayordomo sabía mientras que Charles no tenía
ni idea de tal cosa. ¿Debería entrar ahí? ¿O debería tomar un trago antes para
fortalecerse? ¿Por qué estaba siendo tan ridículo?
Porque ella le había robado el corazón, por eso. Y la última vez que él
había intentado darle a conocer su afecto, ella lo había rechazado a él y a todo
lo que él podía ofrecerle, eligiendo en su lugar permanecer dentro del duro
caparazón que había construido a su alrededor.
—¿Sabe ella que estoy aquí? —preguntó Charles al canoso mayordomo,
dirigiéndole sólo la más breve de las miradas para que Toller no viera lo
afectado que estaba por este reencuentro.
—Sabe que usted llega esta noche, milord —respondió Toller antes de
salir de la habitación.
Charles cuadró los hombros y se armó de valor mientras atravesaba el
opulento vestíbulo de mármol y el salón abovedado, recorriendo el pasillo
curvo, hasta llegar a la sala de música en el ala izquierda de la casa. Recordó
que su esposa tenía inclinaciones musicales, aunque no habían pasado
suficiente tiempo juntos como para que él se familiarizara demasiado con sus
logros.
La música le llegó mucho antes de que se acercara a la habitación. El
tintineo de las teclas del piano flotó por toda la mansión -su casa, aunque
hacía muchos años que no la sentía así- y siguió el sonido hasta que
finalmente se encontró frente a la habitación, bastante desconocida. Dio un
paso vacilante al cruzar el umbral de la puerta, sabiendo que ella lo percibió
cuando sus dedos se aquietaron de repente, su cuerpo se puso rígido mientras
el silencio llenaba el aire.
Allí estaba sentada, tan quieta y silenciosa como uno de los muchos
bustos de mármol que adornaban su casa. Sin la música, el aire se impregnó
de la tensión que siempre había existido entre los dos.
El cabello de ella era tan oscuro como lo recordaba, brillando a la luz del
intrincado candelabro sobre su cabeza. No podía decir que recordara la
estructura de luz. Pero no había visitado esta habitación en los últimos dos
años, desde la muerte de su esposa, y ciertamente no la había frecuentado a
menudo antes de eso.
Finalmente, ella se giró, y aquellos ojos aguamarina, idénticos a los que
se burlaban de él a diario desde el espejo, se clavaron en él. Era aún más
hermosa de lo que él recordaba.
Su hija.
—¿Margaret? Estoy en casa —dijo él finalmente, declarando lo obvio,
sus palabras resonando en el silencio de la habitación. Cuando la única
respuesta de ella fue un gesto de asentimiento antes de que se volviera hacia
el instrumento, él continuó. —¿No tienes nada que decirle a tu padre después
de todo este tiempo?
Él se encogió ante la dureza que se desprendía de las palabras. La niña se
lo tomaría como algo personal y, sin embargo, era con él mismo con quien
estaba molesto. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la
vio. Pero tenía miedo. Él, un conde que se sentaba en la Cámara de los Lores,
que tomaba decisiones que afectaban no sólo a los que trabajaban para él o
vivían de sus tierras, sino a los que vivían en todo el país, no tenía ni idea de
qué decir a una niña de ocho años.
Y ella lo sabía.
CAPÍTULO 2

Una semana después

L ord y Lady Coningsby se habían superado una vez más.


Charles se encontraba en lo alto de la escalera mientras
contemplaba el salón de baile que tenía ante sí. Estaba anunciado -
solo- aunque nadie le prestó mucha atención. Hubo miradas de algunas de las
jóvenes elegibles y sus madres, por supuesto, pero la mayoría de las que
serían invitadas esta noche ya habían hecho todo lo posible por captar su
atención.
Aunque Charles apreciaba el esfuerzo, simplemente no estaba interesado.
Pronto encontraría a alguien adecuada. Simplemente no tenía la energía en
este momento.
—¡Doverton! —exclamó Lord Coningsby cuando Charles llegó al final
de la escalera. —Es bueno verte de nuevo, viejo amigo. Ha pasado un tiempo,
¿no es así?
Charles sonrió al hombre que estaba de pie junto a la escalera con su
esposa del brazo. Los dos habían encontrado satisfacción el uno con el otro,
lo que Charles contempló con placer por su amigo y con su propia envidia. Si
él y Miriam hubieran encontrado lo mismo el uno con el otro... pero eso ya
no importaba, así que ¿por qué insistir en el pasado?
—He estado en Londres durante unos meses y sólo he regresado hace una
semana —dijo Charles, volviendo al momento y asumiendo su sonrisa
practicada para ocasiones como ésta. —Te habría visitado antes, pero sabía
que estarías inmerso en los preparativos para esta noche.
Coningsby se rio con ganas. —Alexandra estaba aquí, por supuesto, pero
habría agradecido la distracción. Uno creería que esto se volvería más fácil
año tras año, pero por desgracia, sigue siendo tan laborioso como siempre.
Ahora, hay muchos aquí que están deseando hablar contigo.
—¿Mi familia? —preguntó Charles con una ceja alzada. —Veo a Anita
por allí, así como a Katrina.
—Por supuesto —dijo Coningsby con la más leve de las sonrisas, pues
conocía los verdaderos sentimientos de Charles con respecto a sus primos —,
pero me refería a unas cuantas jóvenes. No te estás volviendo más joven,
sabes, Doverton, y como Miriam se ha ido hace tiempo... ¡ay!
Si hubiesen hablado de otro tema, Charles habría disfrutado del sutil
reproche de Lady Coningsby al tema de conversación de su marido, pero
prefería que ninguno de ellos siguiera hablando de esto.
—Puede que yo no rejuvenezca, pero parece que las mujeres elegibles si
lo hacen —dijo Charles, llenando el silencio mientras observaba la sala. —
Vaya, muchas de las mujeres que me miran son lo suficientemente jóvenes
como para ser mis hijas.
—Ciertamente esa no es forma de crear un sentimiento romántico —dijo
Coningsby, riéndose. —Pero tienes que pensar en tu sucesión.
Charles suspiró.
—Eso, amigo mío, es mi mayor preocupación.
Coningsby asintió en señal de comprensión antes de que Charles se
despidiera para buscar una bebida, oyendo a Lady Coningsby reprender a su
marido mientras se alejaban. Coningsby nunca había tenido mucha habilidad
para determinar cuándo debía hablar y de qué, pero Charles realmente
disfrutaba de eso en el hombre. Era mucho mejor saber qué esperar.
Acababa de tomar su primer sorbo de brandy, agradeciendo su cálida
sensación al deslizarse por su garganta, cuando oyó que lo llamaban por su
nombre. Al reconocer la voz, se preparó para que cuando se volviera, su
disgusto no fuera evidente en su expresión.
Al parecer, no tuvo tanto éxito como hubiera creído.
—¿Coningsby sirviendo brandy barato? —preguntó su primo Edward al
acercarse. Charles intentó hundirse en la pared detrás de él, pero eso sólo
sirvió para que retrocediera hasta la piedra, donde le esperaba un alto ángel
con alas rosas.
A pesar de que Edward tenía la misma edad que él, ambos nunca se
habían llevado bien. Tal vez fuera porque Edward había codiciado todo lo
que Charles había llamado suyo, incluida Miriam.
Desgraciadamente, el título, la propiedad y todo lo que ello conllevaba
recaerían en Edward si alguna vez le ocurría algo a Charles, ya que no tenía
más hermanos y Edward era el pariente de sangre más cercano.
A Charles no le había decepcionado tener una hija. De hecho, aún podía
recordar la euforia, el amor que nunca antes había sentido tirando de su
corazón en el momento en que sostuvo a la pequeña bebé en sus brazos.
Pero eso fue antes. Antes de los abortos. Antes de que la gélida cortesía
de Miriam se convirtiera en una hostilidad que le impedía entrar en su
habitación. Antes de que ella no sólo le ocultara a su propia hija, sino que la
pusiera en su contra.
Antes de que Charles tuviera que aceptar el hecho de que nunca tendría
un hijo, y que un día todo estaría perdido.
No hubo nada que hacer al respecto. Y luego Miriam había muerto, y
Charles no podía imaginarse a sí mismo pasando por todo eso una vez más,
aunque de todas las responsabilidades que tenía, tal vez cuidar de su linaje
era la mayor. Nunca había podido dejar de lado las enseñanzas de su padre: la
importancia de asegurar la supervivencia de la línea masculina.
Encontraría una esposa. Una esposa joven y fértil que le diera muchos
hijos. Sólo tenía que estar seguro de una cosa: después del dolor de perder el
afecto de su hija, no volvería a enamorarse.

—S EÑORA N ICHOLLS , necesito a mi muñeca, Holly —dijo Henrietta en voz


baja, con sus voluminosos ojos azules suplicando a Emily.
Emily suspiró interiormente. Parecía pasar más tiempo buscando la
querida muñeca de madera de Henrietta que cuidando a los niños.
—¿Y dónde está, cariño? —preguntó Emily con toda la paciencia que
pudo reunir mientras se agachaba frente a la niña. Henrietta se mordió el
labio y agachó la cabeza para no tener que ver los ojos de Emily.
—¿Henrietta?
—Díselo, gallina —le dijo Michael desde el otro lado de la habitación,
levantando la vista de su libro. Estaban sentados en la guardería, aunque la
habitación ya no era adecuada para niños pequeños. Emily la había
reformado para convertirla en una especie de biblioteca, y en un lugar
secundario donde podían trabajar en sus lecciones cuando la verdadera
biblioteca no estaba disponible.
—Sólo puedo encontrarla si me dices dónde está —dijo Emily después de
respirar profundamente. —Ya sabes lo importante que es ser sincero con los
demás.
—El salón de baile —susurró Henrietta, mirando a Emily con pesar en
sus ojos. —Detrás de la última fila de sillas en la esquina junto al ángel con
las largas alas rosas.
—¿El salón de baile? Cielos, Henrietta, ¿qué hace ahí?
—Yo quería ver el salón de baile bellamente decorado antes de que
comenzara la fiesta, y debí dejar mi muñeca en un rincón cuando el ama de
llaves me sorprendió pasando a hurtadillas.
—Henrietta, tendremos que ir a buscarla mañana. Sabes que el salón de
baile está en estos momentos lleno de todos los amigos de tus padres.
—¡Oh, por favor, señora Nicholls, debemos encontrarla esta noche! No
puedo dormir sin Holly, ¡usted sabe que simplemente no puedo! ¿Y qué pasa
si alguien se la lleva? Ella podría haber desaparecido por la mañana!
Emily se apartó unos mechones de cabello de la frente. Ciertamente no
tenía ningún deseo de entrar en el salón de baile, lleno de los nobles amigos
del vizconde y la vizcondesa, pero Henrietta tenía razón. Si esa muñeca se
perdía, habría lágrimas durante muchas noches. Mejor sufrir un momento de
vergüenza para ahorrarle a Henrietta y a ella misma algún sufrimiento más
adelante.
—Muy bien —dijo con un suspiro. —Siéntate, ahora. Enseguida vuelvo.
Luego, directamente a la cama, sin demoras, ¿de acuerdo?
—Oh, gracias, señora Nicholls —dijo Henrietta, ahora todo sonrisas. —
Usted sabe que la quiero.
—Y yo a ti. Ahora, vuelvo enseguida.
Emily se apresuró a recorrer el largo pasillo, con la mano en el balcón,
antes de llegar a la escalera de la planta baja. La sinfonía musical se hizo más
fuerte a medida que avanzaba por las escaleras hasta llegar al rellano. Aquí,
las criadas y los lacayos iban de un lado a otro, rellenando las bebidas,
añadiendo comida al aparador y recogiendo capas y sombreros.
Con suerte, podría abrirse paso entre la multitud sin que nadie se diera
cuenta. Suponía que su aspecto era bastante parecido al de cualquier otro
sirviente que se moviera entre los invitados, aunque iba ligeramente mejor
vestida que las criadas que servían la comida y la bebida.
Se dirigió de puntillas a la puerta del salón de baile, aunque no era
necesario que estuviera en silencio; de alguna manera, eso la hacía sentir
menos propensa a ser notada. El ángel rosa estaba pintado en la pared de la
esquina más alejada, por supuesto. Emily decidió que se mantendría en las
orillas del salón de baile para no ser observada, especialmente por lord y lady
Coningsby.
Emily tuvo que admitir que podía ver lo que había atraído a Henrietta a la
sala. Ya era impresionante, pero aún más con los lirios blancos del
invernadero colocados en lujosos jarrones que adornaban la sala, junto con el
laurel, el acebo, la hiedra y el pino, que ya estaban colocados alrededor de las
columnas en preparación para la próxima temporada navideña.
Por si fuera poco, la gente que lo llenaba casi abruma sus sentidos. Sus
oídos zumbaban y estaba casi mareada por los olores y las vistas. Las mujeres
iban vestidas con extravagantes vestidos de todos los colores, con joyas que
les caían por las orejas y el cuello. Llevaban el pelo rizado y trenzado en
peinados más elaborados que cualquier cosa que Emily hubiera visto jamás.
Probablemente toda su familia podría vivir con el coste de uno de esos
vestidos durante todo un año, pensó con pesar, pero luego sacudió la cabeza.
Suficiente con eso. Era afortunada de estar aquí y de trabajar para gente
así.
Emily se subió los anteojos a la nariz y volvió a concentrarse en encontrar
la muñeca de Emily en lugar de contemplar a los invitados del baile de su
empleador.
La muñeca de madera. La encontraría rápidamente, y luego volvería a
subir las escaleras, al lugar que le correspondía.

—H OLA , Edward —Charles saludó a su primo.


Por desgracia, Edward se parecía mucho a él, lo suficiente como para que
los dos fueran tomados por hermanos muchas veces.
Afortunadamente, no lo eran.
—Charles —dijo Edward con una amplia sonrisa. —Me alegro de verte.
Nuestras visitas son demasiado escasas.
O demasiado frecuentes.
—¿Qué te mantiene ocupado estos días, Edward? —preguntó Charles,
llevándose la bebida a los labios.
—Esto y aquello. Mantener a mi esposa feliz. Criando a mis hijos.
Haciendo lo que puedo para preparar a Thaddeus para su herencia.
—¿Oh? ¿Recibiste dinero recientemente? —preguntó Charles secamente,
a lo que Edward rió.
—¡Me refiero al título, Charles! No tienes más que una hija, y me parece
que no habrá otra Lady Doverton a juzgar por el interés -o la falta de él- que
has mostrado a cualquier dama. Menos mal. Algún día me ocuparé del título,
Charles, al igual que Thaddeus. Ah, no te pongas tan triste. Cuidaremos bien
de las cosas por ti. De hecho, Leticia ya ha empezado a planear sus
renovaciones en Ravenport, como condesa o como viuda.
Ya habían habido más que suficientes renovaciones en Ravenport para su
gusto gracias a su esposa. No se iba a conformar con más, sobre todo por
parte de Leticia. Había visto la casa de Edward, y no tenía ningún deseo de
que su mansión siguiera el mismo camino.
—No me había dado cuenta de que mi desaparición era inminente.
—No, no, Charles, por supuesto que no —rio Edward. —Sin embargo,
Thaddeus y yo hemos tenido muchas discusiones sobre la mansión. Estoy
seguro de que haces todo lo posible, pero eres demasiado... generoso. Tus
sirvientes parecen estar tan bien como tú, y a veces me pregunto si tus
inquilinos trabajan para ti o si tú trabajas para tus inquilinos.
Los dientes de Carlos rechinaron por sí solos al pensar en sus tierras y su
gente en manos de Edward o Thaddeus. El hijo de Edward era un libertino de
la peor calaña -Charles había oído rumores de que el hombre no sólo se
encontraba en la cama de un buen número de mujeres, sino que algunas
estaban menos dispuestas que otras. Por Dios, ¿qué pasaría con sus tierras en
manos de cualquiera de esos dos hombres? Charles había tardado bastante en
corregir muchos de los errores de su propio padre. Le dolía pensar que todo
lo que había hecho fuera borrado una vez más.
—¿Pensando en los buenos tiempos que vendrán, Charles? preguntó
Edward, con un brillo en los ojos.
Charles se enderezó y miró a Edward a los ojos.
—En realidad, resulta que me voy a casar muy pronto.
No estaba seguro de dónde habían salido esas palabras. Definitivamente
no pensaba casarse pronto. O en absoluto. Pero no tenía ningún deseo de
permitir que Edward siguiera creyendo que iba a ocupar su lugar. Era hora de
poner fin a cualquier mención de esos planes.
—No te vas a casar —dijo Edward con una sonrisa de satisfacción. —
Estoy seguro de que estaría en las lenguas de todos los cotillas de Londres.
—Hemos mantenido las cosas bastante calladas —dijo Charles con toda
la seguridad que pudo, creando su historia mientras hablaba. —Es un
segundo matrimonio para ambos, ya ves.
—Ah —dijo Edward con un brillo en los ojos, claramente sin creer a
Charles. —¿Y quién es la afortunada? Me sorprende que no esté aquí
contigo.
—Pero por supuesto que lo está —dijo Charles con tranquilidad. —
Volverá pronto, estoy seguro.
—Oh, vamos, Charles, te lo estás inventando todo —dijo Edward riendo.
—Nunca has sido muy mentiroso. Di la verdad, hombre, y acaba con esto.
¿Es realmente una idea tan horrible que yo pueda heredar tus tierras?
Realmente lo era.
—Mi futura esposa está aquí. Por supuesto que sí —dijo Charles, girando
el cuello, divisando una cabeza rubia que venía directamente hacia él. Una
rápida mirada le dijo que no parecía ser nadie que él conociera. —Ya está
aquí.
Extendió la mano y tomó la de la dama justo cuando estaba a punto de
pasar junto a él, esperando que, fuera quien fuera, siguiera su estratagema
durante unos minutos. Luego ya se le ocurriría algo más, pero por el
momento, tenía que preservar su honor frente a su primo.
El primo cuyo rostro estaba congelado por el shock.
Charles se dio la vuelta apresuradamente. Una vez que vio a la mujer, no
pudo apartarse.
Lo primero que captó la atención de Charles fue su vestido. Era... útil, si
era generoso con su descripción. Una creación azul marino, cuadrada, era
difícil determinar la forma de ella por debajo. Luego estaba su cabello. De
color rubio arenoso, estaba recogido hacia atrás, lejos de su cabeza, y sobre
su nariz había un par de anteojos. A través de ellos, sus grandes ojos
marrones le miraban incrédulos, mientras sus dedos se tocaban
nerviosamente la garganta.
Le gustara o no, ésta era la mujer que había elegido para ser su futura
esposa.
Al menos durante los próximos minutos.
CAPÍTULO 3

O lvídate de pasar desapercibida.


—¿Puedo ayudarle, milord? —le preguntó ella al hombre
elegantemente vestido que en ese momento tenía su mano como
rehén. La expresión de él reflejó su propia sorpresa.
De repente, el rostro de él se transformó en una sonrisa
sorprendentemente amplia, aunque claramente forzada, con los dientes rectos
y uniformes. Tenía una mandíbula cuadrada, una nariz ligeramente torcida y
ojos azules que, curiosamente, eran del mismo color que los del ángel pintado
en la pared detrás de él, el de las alas rosas.
—Siempre puedes ayudarme, cariño —dijo él, confundiendo aún más a
Emily. ¿Tenía él la mente perturbada? No lo parecía, con su elegante
chaqueta azul marino, su pañoleta inmaculada y sus pantalones bien
ajustados, quizá demasiado bien ajustados. Pero, ¿por qué si no un hombre
como él la llamaría cariño?
Él le apretó la mano con fuerza durante unos segundos, y cuando ella
volvió a mirarlo a la cara, casi le pareció que la miraba implorante, muy
parecido a la pequeña Henrietta cuando le había pedido su muñequita. Sus
ojos se desviaron en dirección al hombre que estaba a su lado, e inclinó la
cabeza hacia él muy ligeramente. ¿Acaso él quería que ese hombre creyera en
sus palabras?
Emily sintió que el calor -que significaría mucho color- subía a sus
mejillas. Si él quería que ella le siguiera la corriente a esta farsa por unos
momentos, él podría estar en problemas. Nunca había sido una mentirosa
competente. De hecho, ni siquiera intentaba mentir delante de su familia,
porque ellos sabían al instante cuándo no estaba diciendo la verdad. Su cara
se sonrojaba y le salía un sarpullido en el pecho y los brazos. Era mucho más
fácil decir siempre la verdad. Y además, este hombre tenía que ser un tonto si
creía que ella alguna vez hablaría con un caballero como éste, y mucho
menos que sería algo más para él.
—Este es Edward... el señor Blythe —continuó el hombre, señalando con
su mano libre a su compañero, que se parecía mucho a él, aunque la nariz del
señor Blythe no estaba rota, como claramente lo estaba la de este hombre, y
era ligeramente más pequeño de estatura. —Mi primo. Le estaba hablando de
ti.
El señor Blythe la miró por un momento, con una confusión en sus ojos
que probablemente reflejaba los de ella. Luego la sorprendió al empezar a
reírse. Él soltó una carcajada lo suficientemente larga y fuerte como para
atraer la atención de los que estaban cerca, y Emily miró a un lado y a otro
mientras intentaba determinar la mejor manera de escabullirse del salón de
baile tan rápido como había entrado antes de que lord o lady Coningsby la
vieran.
—¡Oh, Charles, nunca has tenido mucho sentido del humor, pero este es
bueno! —dijo el señor Blythe, dándose una palmada en el muslo. —Vaya,
por un momento casi me convences. Que esta criatura podría ser tu
prometida. Gracias, señorita, por seguirnos el juego, pero ya puede irse.
Un torrente de emociones comenzó a recorrer a Emily. Al principio, se
sintió sorprendida por el hecho de que ese hombre -Charles, al parecer se
llamaba- la hubiera nombrado su prometida. Pero luego la rabia empezó a
enroscarse en lo más profundo de su vientre por el hecho de que claramente
ellos se estaban divirtiendo a su costa.
—Puedo asegurarle, señor Blythe, que no tengo ningún deseo de ser parte
de la broma de nadie —dijo ella con un tono cuidadosamente controlado,
dirigiendo sus palabras tanto a este Charles como a su primo.
Charles dirigió una mirada gélida al señor Blythe.
—Discúlpate por haber insultado a mi prometida, Edward.
—Vamos, Charles...
—Discúlpate.
Edward miró de uno a otro, como si intentara determinar si Charles
hablaba en serio o no. Charles mantuvo su mirada endurecida en Edward.
—Yo, ah, lo siento. Señorita... —dijo Edward, aunque todavía
obviamente incrédulo.
—Señora Nicholls.
—¿Señora? —Él levantó sus cejas.
—Soy viuda.
—Por supuesto. Señora Nicholls, mis más sinceras disculpas —dijo él,
aunque la mirada escéptica permanecía en su rostro mientras sus ojos se
movían de arriba abajo por la figura de Emily. —¿Entonces la veré en
Navidad?
—¿Navidad?
—Por supuesto. ¿Charles no le ha contado sobre nuestra tradición
navideña? Nos reunimos todos en la casa de la familia, Ravenport Hall, y
pasamos juntos doce días llenos de alegría.
Ahora era él quien sonreía mientras la miraba una vez más. —Será toda
una revelación.
—Si, estoy segura —dijo ella, forzando una sonrisa en sus labios antes de
volverse hacia su aparente futuro marido.
Pero antes Edward tenía una cosa más que decir.
—Supongo que sí lo entiendo, después de todo.
—¿Disculpe? —preguntó ella, intuyendo que probablemente no quería
saber lo que él tenía que decir, pero igualmente era incapaz de preguntar.
—Charles ha estado dudando acerca de buscar otra esposa, ya que cree
que todas las mujeres elegibles son demasiado jóvenes para él... niñas, las
llama. Bueno, ¡ciertamente ese no es el caso con usted!
Emily estaba harta de esta conversación. No estaba segura de si ambos se
estaban burlando de ella, pero no le importaba quiénes eran ni de qué clase.
No iba a quedarse aquí y permitir que la humillaran.
A ella le gustaría decirles exactamente lo que pensaba, pero eso sería ir
demasiado lejos. Tuvo el suficiente sentido común como para contener su
lengua para mantener su empleo.
Con las mejillas encendidas, miró a su alrededor en busca del tesoro que
buscaba. Vio la muñeca debajo de una silla junto a ellos. Se apartó de los
hombres sin decir nada más, la recogió y salió del salón de baile tan rápido
como pudo, dejando atrás a los tontos.

—P ARECE que tu prometida está bastante disgustada contigo, Charles —


comentó Edward, mirando a Charles con una sonrisa de satisfacción. —
Ahora, ¿por qué podría ser eso?
—Supongo que será porque la has insultado —respondió Charles,
avergonzado por haber puesto a la mujer, sea quien sea, en semejante
situación. Por una vez, había dejado que su primo lo dominara y provocara un
lapsus momentáneo. Si Charles no la hubiera detenido, nunca habría tenido
que escuchar a Edward y todas sus duras palabras contra ella. —Ahora, si me
disculpas, será mejor que vaya a hablar con ella.
Él se disculparía, le explicaría lo mejor que pudiera, y luego permitiría
que la mujer siguiera su camino. En cuanto a la Navidad... bueno, tal vez
tendría que cancelar la reunión familiar de este año. Porque no deseaba darle
la razón a Edward, pero tampoco podría encontrar una esposa adecuada en
cuatro semanas.
—Charles, Charles. ¿No me digas que realmente pensabas que me iba a
creer que esa mujer va a ser tu esposa? —dijo Edward burlonamente. —
Porque si ese es el caso, realmente te has desesperado. ¿Ella?
—Sí —contestó Charles con gravedad, sin revelar ahora su mentira.
Además, fuera o no realmente su prometida, ¿quién era Edward para burlarse
de la dama? —Ella.
—Bueno, estoy deseando presentársela al resto de la familia esta Navidad
—dijo Edward, cuya sonrisa se extendía ahora de oreja a oreja mientras se
llevaba las manos a la espalda y se pavoneaba. —Aunque tal vez quieras
pagarle un vestido o dos, si no puede pagarse el suyo propio. La pobre mujer
parece llevar ese vestido desde hace décadas. Por supuesto, si no asiste, me
encantará compartir esta farsa con el resto de la familia, lo sabes, ¿no? Oh, ¿y
Charles? Sería encantador que tu hija se dignara a entrar en la misma sala que
el resto de nosotros este año. Es una pena que debamos sufrir la pérdida de su
presencia sólo porque ella te odia tanto. Muy bien, entonces. Nos vemos.
Y con eso, le guiñó un ojo a Charles y luego se alejó para encontrarse con
otro conocido. Charles suspiró. Esto no serviría. Esto no serviría en absoluto.
No se le ocurrió otra cosa que convencer a la mujer de que siguiera con la
farsa durante las Navidades. Sabía que era una tontería. Pero había una cosa a
la que él se aferraría, y eso era su orgullo.
Charles miró alrededor de la habitación, buscando a la mujer, pero no la
encontró por ningún lado. ¿Dónde diablos se había metido? No debería ser
difícil encontrar su vestido azul marino entre los colores que llevaban el resto
de las mujeres. Era como si se hubiera desvanecido en la nada. Maldijo, a
punto de buscar a su anfitrión para preguntarle si sabía quién era, pero justo
entonces vislumbró al azul marino retirándose desde el otro extremo del salón
de baile. Atravesó el salón tan rápido como pudo sin echarse a correr,
pasando por delante de los invitados con los que normalmente se habría
detenido a hablar.
Él acababa de cruzar las puertas cuando oyó pasos en las escaleras por
encima de él, y levantó la vista para verla saliendo del rellano hacia el primer
piso de la casa. ¿Adónde iba? Charles iba a llamarla, pero lo pensó mejor y
comenzó a subir las escaleras tras ella, curioso por ver qué hacía en la casa de
su amigo.
Esto podría explicar su vestimenta. Tal vez no era una invitada, sino que
estaba aquí para robar a lord Coningsby. Oh, Edward ciertamente disfrutaría
de eso, si resultaba ser la verdad.
Ella caminó con confianza por el pasillo, como si supiera exactamente a
dónde iba, y entró en una habitación del fondo, cerrando la puerta tras ella.
Cuando Charles llegó a la puerta, apretó el oído contra ella y escuchó voces
en el interior, aunque no tenía idea de con quién estaría hablando ella. ¿Tenía
una cita con un caballero? Eso sería lo más embarazoso, entrar ahí con los
dos, sobre todo después de que él acababa de anunciarla como su prometida.
Él giró el pomo de la puerta muy despacio para no hacer ruido, y luego
empujó suavemente la puerta para poder oír mejor y posiblemente ver qué -o
quién- estaba dentro.
—Señora Nicholls, ¡la ha encontrado!
Charles se quedó boquiabierto.
—Por supuesto que sí. A partir de ahora, mantendremos la muñeca dentro
de esta habitación o en tus brazos, ¿de acuerdo?
—Sí, señora Nicholls. Gracias por encontrarla.
—A la cama ahora, cielo —dijo la señora Nicholls, tomando la mano de
la niña y conduciéndola hacia una puerta de conexión. —Y tú también,
Michael.
—Sólo me queda un capítulo más, señora Nicholls —respondió el chico
desde su asiento en la ventana.
—Entonces, llévatelo a la cama, junto con una de las velas y termínalo
allí. Se está haciendo tarde.
El chico asintió, levantándose de los cojines antes de atravesar la puerta
del otro lado que conducía a una segunda habitación.
Charles empujó la puerta para abrirla un poco más y poder ver a través de
la habitación de los niños y en la habitación de más allá, donde la señora
Nicholls -que debía de ser la institutriz, se dio cuenta con un sobresalto-
estaba sentada en el borde de una cama.
Ella se inclinó y besó a la niña en la frente antes de arroparla con las
mantas y la muñeca que, según supuso Charles, era la causa de la aparición
de la mujer en el salón de baile.
—Ahora, cierra los ojos y ten dulces sueños esta noche, cielo.
—Lo haré. Buenas noches, señora Nicholls.
—Buenas noches, Henrietta.
Charles retrocedió un paso hacia el pasillo mientras la señora Nicholls se
levantaba y volvía a la guardería.
—¡Buenas noches, Michael! —la oyó decir y Charles retrocedió hasta
apoyarse en la pared opuesta a la puerta.
Ella estaba en el pasillo y ya había cerrado la puerta tras de sí cuando lo
vio.
—¡Oh! —exclamó ella llevándose una de las manos al pecho. —Cielos,
no lo había visto ahí—. Después de recuperar la compostura, sus ojos se
entrecerraron mientras lo estudiaba. —¿Y qué hace usted aquí arriba, milord?
¿Quiere seguir burlándose de mí?
—Quería hablar con usted —explicó él simplemente. —Y por eso la he
seguido.
—Dudo que haya algo más que usted y yo tengamos que decirnos —dijo
ella de forma incierta aunque no maliciosa, y él lo tomó como una señal
esperanzadora.
—En realidad, lo hay —dijo él, siguiéndola cuando ella empezó a
caminar por el pasillo. —Tengo que disculparme.
—No me diga.
—Me disculpo por haberla puesto en una posición incómoda —comenzó,
con una mano en la espalda mientras la otra señalaba hacia ella. —Yo
necesitaba aparentar estar comprometido por un momento, y elegí a la
primera mujer en la que puse los ojos y a la que no conocía.
Ella sonrió de forma sombría.
—Qué mala suerte para usted que haya elegido a la institutriz.
—¿Cómo iba a saber yo que la institutriz estaría en el salón de baile?
Finalmente ella se detuvo y se volvió hacia él, con las manos en las
caderas.
—Tiene usted razón. Yo no debería haber estado allí. Estaba recuperando
una muñeca de madera perdida y me encontré con usted en el momento
equivocado, al parecer. Pero allí estaba, atrapada por usted y su... primo, ¿no?
Ahora, dígame, milord —continuó —¿quién es usted y qué quiere de mí?
Eran preguntas justas. Una fue fácilmente contestada.
—Soy Charles Blythe. El Conde de Doverton.
—Oh —dijo ella, sus labios rosados se redondearon con el sonido de la
sílaba. —Ya veo.
—Le agradezco que no haya discutido mi artimaña. Edward puede ser
bastante... burlón, y simplemente quería mostrarle que él se equivocaba en
algo. Lamento que él la haya insultado. Le aseguro que nunca fue mi
intención.
—No soy tan vieja —murmuró ella.
—No hay que avergonzarse de envejecer —dijo él, pero al ver la mirada
oscura de ella, se apresuró a continuar: —No es que usted lo parezca.
Ella lo estudió por un momento más antes de sorprenderlo con una risa
apenada.
—Uno no puede evitar los efectos del paso del tiempo, me temo. Sin
embargo, su primo tiene razón en que no soy una joven doncella. De hecho,
este año cumpliré treinta y tres años. Usted ya se ha disculpado, milord, lo
cual es muy noble de su parte, y todo está perdonado. Estoy bastante cansada,
así que me iré a mi cama. Disfrute de su fiesta.
Ella puso la mano en el pomo de la puerta detrás de ella, y él se dio
cuenta de que ahora debían estar frente a la habitación de ella.
—En realidad, hay una cosa más —dijo él levantando un dedo. —Debo
pedirle un favor. Y no uno pequeño.
—¿Qué es? —preguntó ella con las cejas alzadas.
—¿Celebraría Navidad conmigo?
CAPÍTULO 4

—U sted no puede estar hablando en serio .


Emily sabía que no debía hablarle de esa manera a un conde, pero una vez
más, le preocupaba que él pudiera estar un poco confundido.
—Ahora ya sabe que soy una institutriz —continuó —¿y me pide que lo
acompañe en Navidad?
—Sí —asintió él. —Ahora usted sabe lo que mi primo espera de nosotros.
Me sentiría como un tonto si invitara a mi familia y no la tuviera allí, ahora
que la he reclamado como mi futura esposa. Pondré alguna excusa después de
Navidad y encontraré a otra para casarme.
—Sabe usted que elegir una novia no es como comprar una casa o una
chaqueta nueva —dijo secamente. —Una tiene que estar de acuerdo.
—Por supuesto —dijo él, con el rostro enrojecido. —Aunque cuando uno
es un conde...
—¿La gente suele estar de acuerdo a pesar de todo? —preguntó ella,
levantando ahora sólo una ceja. —Todo esto parece bastante extremo.
Él levantó un hombro. —Tal vez.
—Bueno, lo siento, milord, pero ya tengo planes para esta Navidad.
—Puedo hablar con Coningsby si es necesario, aunque preferiría que esto
quedara entre nosotros.
—De hecho, me voy a tomar un tiempo en Navidad —dijo ella, su
corazón ya se calentaba al pensar en ello. —Es la única época del año en la
que estoy lejos de los niños y, afortunadamente, Lord y Lady Coningsby se
adaptan a mí maravillosamente. Vuelvo a casa para ver a mi propia familia, y
nada es más importante para mí que estar con ellos durante la Navidad.
—¿Tiene usted hijos propios?
—No —respondió ella, con un nuevo dolor en el corazón al pensarlo. —
No tengo hijos. Mi esposo, James, falleció hace unos años. Sin embargo,
estoy muy unida a mis padres y a mi hermana.
Él se frotó los nudillos contra la barbilla. —¿No hay nada que pueda
hacer para convencerla?
—No, milord.
—¿Cuál es su precio?
—¿Disculpe?
—¿Cuánto dinero haría falta para convencerla de que se una a mí?
El calor subió a las mejillas de Emily ante la sugerencia.
—¿Cree que puede pagar lo que sea que necesite, sin tener en cuenta a los
demás o lo que pueda significar para ellos? Puedo asegurarle, milord, que no
puede comprar tiempo con mi familia.
—¿Y comprar tiempo para su familia? —preguntó él, con sus ojos azules
bastante penetrantes clavados en ella.
—¿Qué quiere decir?
—Puede que no quiera el dinero, señora Nicholls, pero le pagaría
generosamente. Lo suficiente como para que pueda mantener a su familia,
permitiéndoles vivir con medios adicionales. ¿Qué diría usted a eso? ¿Le
parece bien cien libras?
Ahora fue la mandíbula de Emily la que se abrió.
—No puede hablar en serio. Eso es más de lo que yo ganaría en dos años.
—Hablo muy en serio. Venga a Ravenport Hall dos días antes de
Nochebuena, señora Nicholls. Nos dará tiempo para conocernos mejor antes
de que llegue mi familia. La estaré esperando y le pagaré cuando se vaya.
Emily abrió la boca para negarse una vez más, pero no salió ningún
sonido. Por mucho que su corazón deseara decirle que no, que iba a ver a su
familia esta Navidad y que nada la disuadiría, su mente le decía que eso sería
una tontería. Su padre estaba enfermo, su hermana estaba sin trabajo después
de que dejara su propio puesto de institutriz cuando el señor de la casa se
interesó más por cómo podía servirle a él que por cuidar de sus hijos. Con
este dinero, Emily ya no tendría que preocuparse por su familia y no tendría
que trabajar tanto para cuidarlos a todos.
Era un sacrificio que tal vez tendría que hacer.
—Lo pensaré —dijo ella en voz baja, y luego se dio la vuelta, abrió la
puerta de su habitación y la cerró ante el conde.
Tres semanas después

E MILY TRAGÓ saliva cuando se paró frente a la imponente propiedad, mirando


hacia arriba el pórtico corintio de seis columnas. La piedra rústica la invitaba
a extender la mano y tocar cada pieza única, a diferencia de la piedra lisa que
se extendía por encima en lo que ella suponía eran los pasillos superiores. La
parte central de la casa habría sido suficiente para intimidar a cualquier
visitante, pero al este y al oeste se extendían imponentes alas que se
reflejaban una a otra en el diseño.
Respiró hondo cuando el viento frío le golpeó la cara, y su capa se hinchó
detrás de ella. Había caminado cinco largos kilómetros después de bajarse de
la diligencia que la llevó hasta Duxford. Sabía que podía haber escrito con
antelación para que alguien de la casa la recibiera y la trajera hasta aquí, pero
hasta el último momento no sabía si iba a hacerlo; tampoco sabía qué decir
exactamente en su carta.
Incluso ahora se estremecía al pensar en lo que le esperaba durante la
siguiente semana o el tiempo que se esperaba que permaneciera; esa parte aún
estaba por determinarse, pero esperaba poder pasar unos días con su familia
antes de volver a su trabajo.
Se había detenido brevemente en su pueblo de camino, había abrazado y
llorado con sus padres y su hermana por su separación y su demasiado breve
reencuentro antes de seguir adelante. Fueron comprensivos, aunque no les
contó toda la historia. Sólo que este año tenía compromisos y que no podría
pasar toda la Navidad con ellos. Tuvo que enjugarse las lágrimas durante la
mayor parte del corto trayecto hasta aquí, mientras muchos en la diligencia la
observaban con expresiones extrañas, aunque dos amables mujeres le habían
ofrecido sonrisas comprensivas y un pañuelo.
Sería mejor que subiera la escalera antes de pensarlo mejor. Si no
hubieran sido otros cinco kilómetros de camino en dirección contraria, muy
probablemente se daría la vuelta, despidiéndose de la pequeña fortuna que le
esperaba. Pero tal y como estaban las cosas, simplemente tenía demasiado
frío.
Vamos, Emily, estás hecha de algo más fuerte que esto, se dijo a sí misma
mientras subía un lado de la escalera curva antes de levantar la gran aldaba en
forma de U y dejarla caer sobre la puerta.
Pronto respondió a su llamada un hombre de baja estatura, con el cabello
gris y rizado sobresaliendo en ángulos extraños de su redonda cabeza.
—Hola —dijo él con una sonrisa, como si una institutriz con anteojos y
atuendo de temporadas pasadas llamara a la puerta principal de la propiedad
todos los días.
—¿Me estaban esperando? —no pudo evitar preguntar, y él puso una
mirada de desconcierto, como si no quisiera insultarla.
—Esperamos a muchos invitados en las próximas semanas, por supuesto
—contestó él, poniéndose de puntillas para poder ver mejor por encima de su
hombro, más allá de ella. —¿Para quién trabaja usted? No esperábamos que
llegara nadie tan pronto, eso es todo.
Un torrente de vergüenza acalorada recorrió a Emily.
—Yo ah, es decir, no soy una de las sirvientas.
—¿Ah no? —El hombre se mordió el labio, pareciendo bastante
perturbado. —¿A quién ha venido a ver?
—Lord Doverton —dijo ella, encogiéndose ante la sorpresa del
mayordomo. —Quizás me he equivocado. Está claro que su invitación fue
fugaz. Me iré. Gracias, señor.
Se dio la vuelta para irse, cuando de repente su “oooh” bastante sonoro
llamó la atención de ella y volvió a centrarse en la casa.
—Usted es la señora Nicholls.
—Lo soy.
—Ah, Lord Doverton nos dijo que usted venía. Simplemente no explicó...
¿Qué ella no parecía una dama, tal vez? Emily no dijo nada, dejando que
el mayordomo llegara a sus propias conclusiones.
—¡Qué olvidadizo soy! Sí, por supuesto, la llevaré con Lord Doverton.
Venga, venga.
Emily llevaba su mejor vestido y, sin embargo, hasta el mayordomo la
tomó por una sirvienta. Encantador.
En el momento en que él se giró, Emily pudo ver la totalidad de la
habitación frente a ella. La dejó sin aliento. Las columnas de alabastro
sostenían las altas cornisas por encima de ellas, los nichos en la pared
mostraban las más finas estatuas, con pinturas grises por encima de ellas. La
falta de color se compensaba con creces con los suelos de mármol de
intrincados dibujos, que se veían resaltados por el sol que entraba por las
claraboyas.
A Emily le resultaba difícil seguir el ritmo de las cortas pero rápidas
zancadas del hombre mientras la guiaba por la sala que no parecía servir para
nada más que para recibir a los visitantes de la propiedad. Pudo respirar
cuando por fin entraron en lo que supuso que era un salón, y era igual de
hermoso.
Estaba rodeada por un mar de paredes empapeladas en azul y blanco, con
un candelabro ornamentado que descendía desde el centro de la habitación,
alrededor del cual había sofás azules y dorados. En el centro, sillas tapizadas
de color rosa rodeaban una mesa, todo lo cual parecía tan delicado que ella
dudaba en sentarse en alguna de ellas.
—¿Gusta algo de beber?
Emily dio un respingo, pero se alegró de no haber emitido ningún sonido
ante la voz que provenía al lado de la chimenea de mármol blanco.
Finalmente localizó a su dueño.
—Lord Doverton —dijo ella con una mano en el pecho. —Me ha
sorprendido una vez más.
—Parece que tengo un don para hacerlo —dijo él, apartándose de la pared
y caminando hacia ella. —Entonces, ¿lo hará?
—¿Hacer qué? —preguntó ella, sintiéndose como una tonta por el hecho
de que apenas podía formar una frase coherente delante de aquel hombre.
Ella era muchas cosas, pero una cosa que no era, era estúpida.
—¿Le apetece una copa? —preguntó él de nuevo, con sus ojos azules
cristalinos, del color de las paredes de este salón, manteniéndola cautiva.
—Ah, sí, me gustaría —respondió ella. Si había un momento en el que se
necesitaba una copa, era ahora. —Brandy, por favor.
Él levantó sus gruesas cejas, pero inclinó la cabeza. —Brandy entonces.
Fue entonces cuando Emily se dio cuenta de que el mayordomo
permanecía junto a la entrada, y éste le sirvió rápidamente la bebida antes de
desaparecer por las puertas del salón, cerrándolas tras él.
—Siéntese, por favor —dijo Lord Doverton, agitando una mano por la
habitación. —Donde guste.
—Tal vez junto al fuego —dijo ella, y él asintió, acercando dos de las
sillas a las llamas, probablemente el único calor de la habitación, lo que
incluía al propio hombre en opinión de Emily. Sin duda, era un lord inglés
como Dios manda, pero ella deseaba que mostrara tan sólo un atisbo de
emoción, ya que la haría sentir algo más cómoda. Le recordaba a este salón,
que era hermoso, pero no era una habitación en la que ella pudiera imaginarse
viviendo.
—Tiene usted un buen vestíbulo —comentó ella, y él emitió una rápida
carcajada, aunque sin mucho humor. Ella se preguntó si él alguna vez se reía
de verdad. Sin duda era un hombre orgulloso, hasta los extremos a los que
llegaba para ver toda esta farsa.
—Sí. Mis antepasados eran bastante ostentosos. Es hermoso, sin duda,
pero totalmente inútil —dijo él, sorprendiéndola. —Sin embargo, ahora no se
puede hacer nada más que disfrutarlo. Prefiero las habitaciones familiares,
que están en el ala este. Se las mostraré más tarde.
Un temblor de nerviosismo revoloteó en el estómago de ella ante la
mención del ala familiar, donde aparentemente se alojaría ella.
—Su mayordomo pensó que yo era una criada —soltó finalmente, y el
conde se encogió de hombros con indiferencia.
—Por supuesto que sí. Observe lo que lleva puesto.
—Es mi vestido favorito —expresó ella, poniéndose de pie y extendiendo
los brazos hacia los lados como si quisiera mostrar la prenda. Luego miró el
vestido gris de cuello alto que ella misma había confeccionado, y
rápidamente volvió a bajar los brazos. Tal vez él tenía un punto.
—Claramente —murmuró él, y ella entrecerró los ojos hacia él. —No hay
que preocuparse, se rectificará —continuó sin más explicaciones. —Ahora,
en cuanto a lo que hay que decir a la familia.
—Esto, tengo curiosidad por oírlo —dijo ella.
—Es probable que mi familia no crea que voy a casarme con una
institutriz —comenzó él, y ella se puso rígida. —Me disculpo si eso la
ofende, pero es la verdad. Sin embargo, no puede ser usted de sangre noble,
porque entonces mis primos probablemente estarían buscando sus conexiones
familiares en Debrett.
—Mi abuelo era un baronet.
—Ya veo.
Mientras reflexionaba, él se tocó la barbilla con el dedo índice.
—Diremos que nos conocimos en un baile, ya que usted es una conocida
de un amigo mío. Es la verdad, de todos modos. ¿De dónde es usted?
—De Newport.
—Ah, no muy lejos de aquí.
—No. Pude parar de camino para explicar a mis padres por qué no me
reuniría con ellos en Navidad.
—Muy bien —dijo él. —Todo eso tiene sentido para mí, así que debería
ser suficiente para los demás. Ahora, venga, yo mismo le mostraré su
habitación.
Emily asintió mientras se ponía de pie, casi atragantándose al beber
rápidamente el resto de su brandy, y luego siguió al hombre sin emoción
fuera de la habitación.
CAPÍTULO 5

C harles condujo a la mujer por el pasillo curvo que llevaba a las


habitaciones familiares. Cuando su ama de llaves le había
preguntado dónde debía alojarla, no había estado del todo seguro de
qué responder, ya que se trataba de una situación poco ortodoxa. La señora
Nicholls no podía alojarse en las habitaciones de la señora de la casa, por
supuesto, y tampoco era una joven con su chaperona. Se había decidido por el
dormitorio de invitados más cercano a las habitaciones de la familia. Estaría
cerca de Margaret, lo que de alguna manera lo hacía parecer más apropiado.
Margaret. Por Dios, no había pensado en cómo iba a explicarle a la niña
acerca de la señora Nicholls. No podía decirle que iba a casarse y cambiar de
opinión unas semanas después. Sin embargo, ella era perspicaz, así que sabría
que había algo inusual en la situación. Una amiga, decidió. Eso tendría que
ser suficiente.
La dama que lo seguía estaba bastante callada, al menos por el momento,
lo que Charles agradeció. No era una de esas tontas parlanchinas que hablan
de nada durante horas y horas.
—Aquí estamos —comentó él cuando por fin llegó a la puerta que había
mandado acondicionar como su habitación. —Espero que lo encuentre todo
aceptable.
Le abrió la puerta y ella entró, y el aroma del romero lo envolvió cuando
pasó. Él escuchó un jadeo audible, y frunció el ceño, sin saber qué pensar.
—¿Sucede algo?
—¿Algo? —repitió ella, volviéndose hacia él, con los ojos marrones muy
abiertos. —Esto es... bueno, es el dormitorio más espectacular que he visto
nunca.
Él miró más allá de ella en la habitación, tratando de ver a través de sus
ojos. Supuso que estaba bastante bien, y que era una habitación relativamente
cómoda. En realidad, no recordaba la última vez que había pisado uno de los
dormitorios de invitados de su propiedad, ya que no tenía ninguna razón para
hacerlo. Ésta estaba cubierta de papel amarillo con lazos y hojas rojas por
todas las paredes, el dosel amarillo y la colcha de la cama con ribetes
carmesí. Había una pequeña chimenea, actualmente encendida, y un tocador
metido en un rincón. Sobre la chimenea colgaba un cuadro de una de sus
antepasadas, que llevaba un vestido que hacía juego con la habitación y era
claramente la inspiración de esta. No creía que esta habitación fuera obra de
Miriam, pues ella había preferido los colores apagados, al igual que el vestido
de la señora Nicholls. Esperaba que a ella no fuera igual. No es que
importara, ya que no iba a estar aquí el tiempo suficiente como para sugerir
una redecoración.
—Me alegro de que lo disfrute —dijo él, urgido de marcharse ya que no
estaba seguro de qué más podían discutir en la entrada del dormitorio de ella.
—Le esperan vestidos nuevos en el armario.
—¿Vestidos nuevos?
—Sí, bueno, me sentía optimista de que realmente usted fuera a unirse a
nosotros. Perdóneme una vez más, pero no creí que usted poseyera la clase de
vestidos que uno podría esperar que una dama usara como atuendo para la
cena.
—Sus reuniones familiares parecen ser muy diferentes a las mías —dijo
ella con una sonrisa irónica, y él asintió, aunque secretamente se preguntó si
tal vez las de ella eran más agradables que las suyas. Parecía que lo único que
su familia conseguía era determinar quién era el que más debía envidiar al
resto mientras todos trataban de impresionarse mutuamente con sus
conocidos e invitaciones actuales. —Dígame, ¿qué tradiciones incluye en sus
celebraciones?
—Asistimos a la misa de Navidad, por supuesto, y cenamos juntos —
respondió él, preguntándose por qué ella lo preguntaba. —La familia se
queda un par de semanas. Hacemos una celebración bastante grande en la
Noche de Reyes.
—¿Y la elección del tronco de Navidad? —imploró ella. —¿O decorar la
casa con follaje? ¿O el muérdago?
—Todo eso lo hacen los criados —respondió él, cada vez más
preocupado por el hecho de que ella estuviera aquí para hacerse pasar por su
prometida. Él había pensado que, como institutriz, estaría al menos
familiarizada con las costumbres de las familias nobles, pero parecía que ella
no lo entendía del todo. —Lo disfrutamos todo, por supuesto, con la
excepción del muérdago. Es una reunión familiar, y en mi familia, los besos
no serían precisamente bienvenidos.
—¿Ni siquiera entre parejas casadas?
Él negó con la cabeza al pensar en su propio matrimonio. —
Decididamente no.
—Oh —dijo ella, hundiéndose en el mullido colchón como si la idea de
todo aquello la hubiera agotado. —Eso es bastante triste.
—Sigue siendo una época del año agradable —dijo él, mirando a la mujer
que, empezaba a darse cuenta, era bastante inadecuada para la tarea que se le
había encomendado. —Bastante festivo, y todo eso.
Ella asintió con la cabeza, pero él se dio cuenta de que estaba escéptica.
—Supongo que pronto lo verá —dijo él con un movimiento de cabeza
desde donde seguía de pie cerca de la puerta. —Ahora, comprometidos o no,
supongo que no debería estar a solas con usted en su habitación. Espero que
disfrute de los vestidos.
Él miró alrededor de la habitación para ver dónde había colocado el
mayordomo sus pertenencias. —¿Dónde están sus maletas?
Ella hizo un gesto hacia el armario, junto al cual se encontraba un maletín
negro, útil aunque bastante desgastado. —Sólo tengo una.
—Cielo santo —dijo él, agradecido por haberse adelantado a encargar los
vestidos. No estaba seguro de qué hacer. Sabía que habría sido un gasto atroz
si ella no hubiera llegado, pero no podía correr el riesgo de que no lo haría.
Tuvo que adivinar su talla, y la modista se había disgustado bastante con él,
porque era demasiado general en cuanto a las medidas. No había habido
tiempo para hacer vestidos a medida, pero ella pudo hacer algunos arreglos y
enviárselos justo a tiempo.
—La veré por la mañana —dijo él saliendo con una mano en el pomo de
la puerta. —El ama de llaves ha asignado a una doncella para que la atienda.
Vendrá enseguida con una bandeja para usted también, pues ya hemos
cenado. Buenas noches, señora Nicholls.
—Buenas noches, milord —la oyó responder mientras empezaba a cerrar
la puerta tras de sí antes de recordar una cosa más.
—Oh, ¿y señora Nicholls?
—¿Sí?
—Milord no funcionará. Llámeme Charles.
—Muy bien... Charles —la oyó murmurar, y entonces empezó a recorrer
el pasillo, tomando un gran respiro.
Esta sería la peor idea que él jamás había tenido o la mejor. Todavía no
sabía cuál era.

A LA MAÑANA SIGUIENTE , el sol le dio de lleno en la cara a Emily, que saltó


de la cama y se dio cuenta de que debía de haber dormido hasta muy tarde.
Sin embargo, en cuanto sus pies tocaron la alfombra turca que había en el
suelo, recordó de repente que ya no estaba en la pequeña y desnuda, aunque
limpia y útil, habitación contigua a la guardería.
Estaba en Ravenport Hall, la propiedad del conde de Doverton, que, para
todos los efectos, era su prometido durante los próximos quince días. Sacudió
la cabeza, todavía incrédula por todo lo que había ocurrido.
Anoche estaba tan cansada, tanto por la caminata como por los nervios,
que se había desplomado en la cama casi inmediatamente después de que su
criada la dejara. Se llamaba Jenny, y era una joven bastante platicadora, cosa
que a Emily no le importaba. Cuanto más hablaba Jenny, más averiguaba
Emily sobre la casa y el conde de Doverton.
Llamaron a la puerta y la chica entró en la habitación unos instantes
después.
—Señora Nicholls, buenos días —dijo agradablemente. —No estaba
segura de cuándo se iba a despertar, pero veo que he llegado justo a tiempo.
Emily sonrió de bienvenida mientras se ponía la bata que había traído.
—Si tienes otros deberes que atender, Jenny, estoy bien. Sinceramente,
no necesito que alguien me ayude a vestirme.
—¿No? —preguntó Jenny, levantando las cejas. —Bueno, ¿cómo supone
que va a abrocharse todos esos botones?
—¿Botones?
—Pues sí. Todos sus vestidos matutinos tienen bastantes botones en la
espalda. Le llevaría algún tiempo abrocharse. Cuando los estaba guardando
antes de que usted llegara, los estaba admirando. Es usted una mujer
afortunada, por tener un hombre que le compre semejante guardarropa.
Emily había estado tan cansada que ni siquiera había mirado los vestidos
a los que el conde se había referido. Ahora avanzó hacia el armario con cierta
inquietud.
Cuando lo abrió, soltó un grito de sorpresa. Parecía que siempre se
sorprendería a lo largo de esta aventura navideña.
Porque allí dentro había una selección de vestidos que sabía que hasta
Lady Coningsby envidiaría. Todos parecían haber sido creados con las más
finas muselinas, satenes y sedas. Se alegró al ver que no eran los colores
pasteles y brillantes que llevaría una joven debutante, sino tonos como los
carmesíes profundos y los azules reales que le sentaban mucho mejor.
—Son preciosos —dijo, y Jenny asintió mientras se unía a ella junto a la
puerta abierta.
—Realmente lo son —dijo con una sonrisa —y usted se verá muy
hermosa con ellos.
—Oh —rio Emily —no estoy segura de eso.
—¿Por qué no? —preguntó Jenny. —Usted tiene una buena figura, y qué
no daría por un cabello del color del suyo.
—¿El mío? En realidad no es nada del otro mundo. No se decide de qué
color es.
—Yo diría que es del color de los tallos de trigo —dijo, y Emily se
sonrojó.
—Eres muy amable.
—Bueno, ¿qué le parece si se prueba uno? —preguntó, y Emily asintió.
—Supongo que deberíamos —dijo ella, respirando profundamente, ya que
todo esto se estaba volviendo muy real.
Y así fue como una hora después se aventuró a bajar al comedor para
desayunar. Nunca en su vida había tardado una hora en prepararse, pero
nunca antes le habían servido chocolate caliente en su habitación mientras se
preparaba para el día, y nunca antes nadie le había rizado bucles en el cabello,
ni se había tomado minutos para simplemente arreglar la parte trasera de un
vestido, y un vestido de mañana. Sin embargo, podía admitir que nunca se
había sentido tan bella. Había elegido un vestido color crema, ya que los
vestidos de mañana eran mucho más ligeros, y lo cubrió con un chal por si
hacía frío en el aire, ya que, según su experiencia, en estas casas había
bastante corriente de aire.
Siguiendo las indicaciones de Jenny, había encontrado el comedor
siguiendo el pasillo curvo una vez más, pasando por lo que parecía ser un
estudio, y luego cruzando el gran vestíbulo de mármol.
—Aquí estamos —murmuró al entrar, encontrando un aparador lleno de
un surtido de alimentos para el desayuno, incluyendo huevos, tostadas,
salchichas y pan y mermelada de todo tipo. Al parecer, el conde aún no se
había despertado, o tal vez ya lo había hecho, pues el comedor estaba vacío,
salvo dos lacayos que permanecían a un lado tan quietos como estatuas.
—Buenos días —dijo ella con una sonrisa, y ellos la miraron
sorprendidos.
—Buenos días, milady —dijo finalmente uno, y una vez que habló ella se
dio cuenta de que era bastante guapo, aunque joven.
—Sólo señora Nicholls, porque no soy una dama —dijo ella mientras
empezaba a llenar su plato. —Vaya, esto es encantador.
Normalmente comía con los niños, pero también había más personas que
residían en la propiedad de Lord y Lady Coningsby. ¿Había otros invitados
que ya se encontraban en Ravenport, o todo esto era para ella y el conde?
Emily vio que la atención de los lacayos se desviaba hacia la puerta antes
de oír a alguien detrás de ella, y se volvió, siguiendo la dirección de sus ojos.
—Oh —dijo sorprendida. —Buenos días.
La niña se limitó a mirarla fijamente. Tenía el cabello oscuro y unos ojos
azul-verdosos que le resultaban bastante familiares, aunque Emily no estaba
del todo segura de por qué sería así. La niña, que Emily situó como menor de
diez años, entró en la habitación, tomando un plato mientras empezaba a
servirse.
—¿Has venido de visita por Navidad? —preguntó Emily, mirando más
allá de la niña en busca de un padre o una institutriz, pero parecía estar sola...
y seguía sin responder a sus preguntas. —Ah, un panecillo de bayas. Esos
también son mis favoritos. Dime, ¿qué queso prefieres? Hay tantos que no
puedo elegir, y mi plato no es lo suficientemente grande para todos.
La niña extendió tímidamente un dedo y señaló el suizo, que Emily
seleccionó y colocó en su plato.
—Excelente elección —dijo ella —, tiene muy buen aspecto.
La niña la miró con una leve sonrisa en el rostro, que Emily respondió
con una propia.
—Ahora —dijo Emily, volviéndose para mirar la larga mesa de comedor
de castaño, dispuesta para doce lugares. —¿Dónde debo sentarme?
La niña sostenía su plato en una mano y sorprendió a Emily tomando su
otra mano entre las suyas, conduciéndola a un lugar situado a una distancia
menor de la cabecera de la mesa. Señaló a Emily la silla y tomó la que estaba
a su lado antes de empezar a comer.
—Es un placer conocerte —continuó Emily mientras tomaba el tenedor y
el cuchillo. —Soy la señora Nicholls. ¿Y tú?
La niña la miró con el rabillo del ojo, antes de decir finalmente con una
voz apenas superior a un susurro: —Margaret.
—¡Margaret! Qué nombre tan bonito —exclamó Emily. —¿Alguien te
llama alguna vez Peggy?
Ella negó con la cabeza, con el rostro impasible. —No.
—Entonces, Margaret.
La pequeña asintió.
—¿Qué piensas de Ravenport Hall? —preguntó Emily, llevándose a la
boca un bocado de huevo, con la esperanza de poder aliviar de algún modo la
estoica resolución de la niña. —Está bastante bien, ¿verdad?
—Supongo —respondió Margaret, levantando el tenedor tímidamente.
—¿Tienes una habitación favorita? —Emily continuó, manteniendo su
voz ligera. No quería molestar a la niña, pero esperaba que empezara a
abrirse a ella. Se preguntaba si ella era siempre tan callada o si simplemente
se sentía tan intimidada como Emily por esta casa y su opulencia.
—La sala de música —respondió Margaret, con verdadera alegría en su
rostro, y Emily sonrió. Esto era algo en lo que podían encontrar un terreno
común. Ella no diría que tenía demasiado talento, pero disfrutaba tocando el
piano y cantando cuando tenía la oportunidad.
—Todavía no he visto esa habitación —dijo Emily con calidez. —Tal vez
puedas enseñármela más tarde. ¿Tocarías para mí?
Margaret asintió con mucho más entusiasmo y, para sorpresa de Emily,
empezó a contarle todo sobre la pieza que estaba intentando dominar. Emily
escuchó atentamente mientras seguía desayunando hasta que oyó la pisada de
alguien pesado detrás de ellas.
—¿Margaret? —llegó la voz, una que Emily reconoció. Cuando se giró,
vio con una sacudida que los ojos aguamarina de Margaret la miraban
fijamente, pero desde un rostro diferente: el del conde.
Él debía ser su padre.
CAPÍTULO 6

S u hija estaba hablando. Animadamente.


Charles se quedó sorprendido por un momento al entrar en el
comedor. ¿Quién era esa niña que hablaba de una u otra canción
con tanto detalle?
Recordó la noche en que conoció a la señora Nicholls y la escena que
había presenciado entre ella y los niños Coningsby. Estaba claro que a ella le
gustaban los pequeños, según su profesión, y obviamente, su hija había
respondido.
Charles no quería admitir la punzada de dolor que lo recorrió al ver que
ella se negaba a decirle siquiera una palabra.
Hasta aquí sus deliberaciones sobre la mejor manera de presentar a la
señora Nicholls a su hija. Parecía que todo había ocurrido
independientemente de sus intenciones.
—¿Margaret? —repitió él mientras las dos mujeres lo miraban fijamente
desde sus lugares contiguos en la mesa. De alguna manera, se sentía el
forastero, a pesar del hecho de que sentadas frente a él en su propio comedor
estaban su hija y su prometida... bueno, por un tiempo, al menos.
—Lord Doverton —exclamó la señora Nicholls, levantándose de la mesa
con una pequeña reverencia. —Buenos días.
Su hija lo sorprendió siguiendo el ejemplo.
—He tenido una suerte increíble al encontrarme con una compañera tan
encantadora para el desayuno —dijo la señora Nicholls sonriendo a la niña.
—Margaret debe ser su hija.
La niña en cuestión le devolvió la mirada, mientras Charles asentía.
—Lo es.
—Bueno, es bastante encantadora, Lord Doverton. No puedo creer que la
haya mantenido en secreto.
Su tono era ligero, pero sus ojos eran acusadores. Aunque Charles sintió
la necesidad de defenderse, no podía culparla por estar molesta de que él le
ocultara tal información. No estaba del todo seguro de cómo explicarse. El
tema de Margaret simplemente... no había surgido. Se aclaró la garganta
mientras determinaba qué decir, pero la señora Nicholls continuó, salvándolo.
—Margaret me va a enseñar su sala de música esta mañana cuando
terminemos de desayunar —dijo. —¿Quizás le gustaría acompañarnos?
—Yo, ah... no estoy del todo seguro... —dijo él, con los ojos puestos en
su hija para medir su reacción, pero ella permaneció tan estoica como
siempre, sin decir una palabra.
—Nosotras empezaremos y esperaremos a que usted se nos una —dijo la
señora Nicholls con una mirada punzante, y de repente Charles se dio cuenta
de lo que sería estar bajo su cuidado como institutriz. —Nos veremos en
breve. Vamos, Margaret, por favor, muéstrame el camino. Creo que necesito
un mapa para orientarme en esta mansión. Esta hermosa propiedad —añadió
ella, totalmente en beneficio de él, estaba seguro.
Y así fue como, un poco más tarde, Charles se encontró caminando por el
gran vestíbulo, el salón y, finalmente, la biblioteca, antes de tomar el pasillo
curvo hacia la sala de música.
Hasta hacía varias semanas, cuando había encontrado a su hija allí, hacía
años que Charles no veía la sala de música, y ahora estaba aquí, visitándola
de nuevo por segunda vez en un mes. Esta ala de la casa se había construido
exclusivamente para el placer de Miriam. Ella había disfrutado de la música,
pero aún más, había disfrutado gastando el dinero de él en varias
renovaciones y adiciones a la propiedad.
Pero Margaret parecía estar encantada con la habitación, así que al final,
supuso él, valía la pena.
Las paredes eran de color crema, una de las pocas habitaciones de la
mansión que no estaba adornada con papel tapiz. Entre los apliques colgados
en la pared había una amplia gama de cuadros de paisajes. Al ver a Margaret
y a la señora Nicholls sentadas una al lado de la otra en el banco frente al
pianoforte, él tomó asiento en uno de los sofás tapizados de color azul que
estaban pegados a las paredes en las afueras de la sala.
—Ahora —dijo la señora Nicholls mientras inclinaba su cabeza rubia más
cerca de la oscura de Margaret. —Esta se llama “While Shepherds Watched
Their Flock By Night”.
—¿Sobre la historia de Navidad?
—Pues sí, exactamente.
—Disfruto cuando la mansión está decorada.
—Bueno, entonces ¿no tenemos suerte de que mañana sea Nochebuena?
—¿Lo es?
—¡Por supuesto! —exclamó la señora Nicholls. —¿Tienes... tienes una
institutriz, Margaret?
—Ya no.
—¿Oh? —dijo la señora Nicholls, y Charles estuvo a punto de levantarse,
enfadado de que se le ocurriera interrogar así a la niña, pues esto no tenía
nada que ver con ella. Sin embargo, se detuvo al darse cuenta de que estaba
más interesado en escuchar el resto de la conversación.
—La señorita Kedleston se fue una semana antes de que papá llegara a
casa—. La niña hizo una pausa antes de añadir con una voz tan suave que él
tuvo que esforzarse para escuchar sus palabras: —Dijo que yo era muy
difícil.
—¿Tú? ¿Difícil? —preguntó la señora Nicholls con asombro en su voz y
en su rostro. —Me cuesta imaginar que sea así.
De hecho, la señorita Kedleston había escrito diciendo que era difícil
enseñarle a una alumna que no le decía una palabra. Al parecer, Margaret
castigaba con el silencio a quien no le gustaba. Charles había comprendido,
desesperado por lo que debía hacer con su hija. Ella siempre había estado
aquí, en Ravenport con Miriam. Él había intentado visitarla, había intentado
formar parte de su vida, pero Miriam había sido clara al decir que no deseaba
que él viviera aquí. Él podría haber forzado la situación, pero era más fácil
dejarla en paz. Sin embargo, Miriam había llenado la cabeza de su hija con
mentiras sobre él, y la niña nunca lo había visto más que como el enemigo.
Entonces Miriam murió, dejando a Margaret, que creía que su padre era
un monstruo frío que no quería tener nada que ver con ella. Lo cual estaba
muy lejos de la verdad.
—Apuesto a que tu señorita Kedleston simplemente no sabía cómo
trabajar con alguien tan inteligente como tú —comentó la señora Nicholls
con una sonrisa para la pequeña, y a Charles le calentó el corazón ver que su
hija le devolvía la sonrisa, aunque su expresión estuviera dirigida a otra
persona. —Ahora, déjame enseñarte esta canción.
Empezó a tocar las notas y a cantar con ellas. Tenía una voz encantadora,
que ciertamente podía sostener una melodía y era agradable de escuchar. Su
cara se iluminó radiantemente cuando la melodía llenó la habitación, y su
garganta se espesó de emoción. De hecho, Charles estaba tan impresionado
con ella, sentada allí, tocando con una sonrisa en la cara, que recibió una
sacudida cuando escuchó a su hija hablar una vez más.
—Creo que ya tengo la melodía.
—¿Sí? —preguntó la señora Nicholls, y Charles se sorprendió tanto como
ella. Pero mientras él quería insistir en seguir instruyendo a la niña, la señora
Nicholls la instó a que tocara. Y así lo hizo. Charles había escuchado a
Margaret tocar una vez antes, pero apenas podía creer la maestría con la que
había aprendido la canción en unos instantes. La niña tenía talento, eso era
seguro. La señora Nicholls comenzó a cantar junto con la niña, y después de
un momento, Margaret se unió, con su voz suave y alta.
While shepherds watched their flocks by night,
All seated on the ground,
The angel of the Lord came down,
And glory shone around. . .
Mientras Charles escuchaba a las dos, un extraño y alegre calor comenzó
a recorrer su pecho. Escuchó la letra de la canción, que pintaba un cuadro de
alabanza y alegría. Para él, la Navidad siempre había sido una ocasión
religiosa acompañada de una buena comida, una familia a la que prefería no
visitar y una celebración al final de todo. No esta festividad que todo lo
abarca, que, debía admitir, sonaba bastante agradable.
Terminaron con un sonoro: “Good will henceforth from heaven to men;
Begin and never cease”, antes de que ambas se echaran a reír. Charles
aplaudió lentamente mientras se levantaba y se acercaba a ellas.
—Muy bien hecho —dijo él, y su hija bajó los ojos al instante, aunque la
señora Nicholls le sonrió, una sonrisa muy apropiada, por así decirlo. Ahora
que estaban más cerca, pudo ver que pequeñas pecas salpicaban su delgada
nariz, sobre la que se posaban sus anteojos. Detrás de ellas, sus ojos eran del
color del jerez, y parecían ver a través de él hasta su propia alma, una que se
esforzaba por ocultar a los demás. La vida de un conde no estaba llena de
alegría y emoción y de cálidas noticias navideñas. Era una vida de
cumplimiento del deber, como la de recibir a la familia, que él prefería que
permaneciera en sus propias casas.
—Gracias, Lord Doverton —dijo la señora Nicholls, y él asintió.
—Tal vez sea mejor que me llame Charles —le recordó, y ella palideció
pero asintió.
—Gracias por entretener a mi amiga, Margaret —dijo él con suavidad. —
Me gustaría mostrarle algunas de las otras habitaciones de la casa, si te
gustaría acompañarnos.
Ella negó con la cabeza y volvió al pianoforte. —Tocaré un rato —dijo
ella, y Charles decidió que lo tomaría como una victoria, ya que ella, al
menos, había utilizado palabras para responderle.
—Señora Nicholls- Emily... —La miró en busca de aprobación para usar
su nombre, y continuó cuando ella asintió. —¿Le gustaría acompañarme a dar
una vuelta por la propiedad?
—Sí —dijo ella, poniéndose de pie y volviéndose hacia Margaret. —
¿Quedamos para almorzar, Margaret?
La niña asintió y Charles le tendió el brazo. Emily lo miró por un
momento, ligeramente insegura, pero luego deslizó su mano por el brazo de
él y lo tomó. Charles aprovechó la oportunidad para revisar su vestido. Le
quedaba casi perfecto, y la verdad es que estaba muy bella vestida con la
muselina color crema. La modista había hecho bien su trabajo.
—Probablemente deberías tener una idea de cómo orientarte antes de que
lleguen los invitados —dijo él mientras la guiaba fuera de la sala de música.
Él notó lo delicados que eran los dedos desnudos de ella sobre su brazo.
Hacía tiempo que no acompañaba a una mujer.
—Tengo la impresión de que podría enseñarme las habitaciones docenas
de veces y seguiría sin encontrar el camino —dijo ella riendo un poco, y
cuando él la miró, notó el hoyuelo que aparecía en la esquina de su mejilla
cuando sonreía.
—Me doy cuenta de que la propiedad es algo extravagante —admitió él.
—Pero es la mansión de la familia, y estoy acostumbrado a ella. Cuando uno
pasa los días de niño jugando al escondite detrás de las columnas del salón de
mármol, de alguna manera no parecen tan premonitorias.
Ella sonrió ante su historia. A pesar de su persona, a él le resultaba fácil
hablar con ella. —¿Tiene hermanos? ¿Se unirán a nosotros?
Él intentó no fruncir el ceño ante sus palabras. —No los tengo. Mi madre
murió al darme a luz y mi padre no se volvió a casar. Sin embargo, tengo
primos.
—¿Como el que conocí en el baile de los Coningsby?
—Sí, por desgracia. Edward puede ser bastante... poco delicado, supongo
que se podría decir.
—¿Y el resto de sus primos? —le preguntó ella mientras la guiaba por el
salón, deteniéndose con ella cuando se detuvo a mirar los rosetones y los
compartimentos octogonales del techo abovedado.
—La mayoría caen en la misma línea que Edward —reflexionó él —,
aunque hay algunos cuya compañía disfruto. Me temo que mi abuelo enfrentó
a mi padre y a su hermano toda su vida -creía que la competencia era un
método para mejorar-, lo que ha continuado en el resto de la familia.
Ella lo miró con lástima en su rostro. Una lástima para la que él no tenía
tiempo. —Lamento escucharlo.
—Es parte de esta vida, señora Nicholls, una en la que, afortunadamente,
sólo se unirá durante un par de semanas.
Empezaron a caminar de nuevo, dando vueltas por el vestíbulo hasta el
salón. Allí, él tomó asiento en una de las incómodas sillas rosas y le indicó a
ella que tomara otra.
—¿Tiene alguna pregunta para mí, Emily? —preguntó él, esperando que
ella se diera por satisfecha con lo que ya había averiguado y no le preguntara
más. Tenía que revisar algunos libros de contabilidad esta mañana. Había
mucho trabajo que hacer antes de la locura que supondría su familia, que
llegarían mañana.
—Sólo una —dijo ella, mirándolo con ojos muy abiertos, llenos de una
mezcla de inquietud y curiosidad. —¿Por qué su hija le tiene tanto miedo?
CAPÍTULO 7

E mily sabía que a Lord Doverton no le gustaría su pregunta. Pero si


iba a pasar algún tiempo con aquel hombre, por breve y artificioso
que fuera, tenía que saber la respuesta. Se negaba a estar
comprometida -incluso falsamente- con un hombre que maltrataba a su hija.
—¿Perdón? —dijo él, mordiendo las palabras, su semblante estoico se
quebró al retroceder en defensa. —Margaret no me tiene miedo.
—¿No? —dijo Emily, con la boca seca, pero siguió insistiendo. —
Entonces, ¿por qué apenas habla una palabra en su presencia? ¿Por qué
prácticamente se encoge cuando usted entra en la habitación?
Lord Doverton -Charles, se recordó a sí misma- suspiró mientras se ponía
de pie, pasándose una mano por el cabello oscuro. Por un momento, Emily
pensó que parecía bastante desesperado, con el cuello rígido y los antebrazos
tensos, aunque no podía estar del todo segura, ya que cuando soltó la mano,
la mirada desapareció de nuevo y el señor estoico había vuelto.
Él se acercó a la chimenea, mirando hacia abajo antes de volverse hacia
ella.
—Como habrás deducido, estuve casado... con la madre de Margaret.
Emily asintió, esperando con su silencio que él continuara. Lo hizo.
—Al ser el único hijo de mi padre -su único hijo- me presionó para que
me casara pronto, para empezar a producir herederos y que la línea familiar
continuara en caso de que me sucediera algo. Miriam era de buena familia.
Mostraba interés por mí, era hermosa y venía de una familia de seis
miembros. Su hermana ya tenía tres hijos antes de cumplir los veinticinco
años. Mi padre la consideraba una buena apuesta para tener hijos, ¿y quién
era yo para discutir?
Emily se mordió el labio. No le parecía una razón para casarse, pero nadie
le había pedido su opinión.
—Nos llevábamos bien, al principio. Éramos civilizados el uno con el
otro, disfrutábamos de muchas de las mismas salidas sociales, teníamos
conocidos comunes, aunque no éramos excesivamente amistosos, supongo
que se podría decir—. Hizo una pausa por un momento, pareciendo bastante
incómodo. —Después de seis años juntos, Miriam aún no había dado a luz a
ningún hijo.
—Ya veo —dijo Emily, con el estómago encogido por la mujer,
comprendiendo su situación.
—A estas alturas, no nos llevábamos bien. Ella tenía poco tiempo para
mí. Creo que ella requería más atención de mi parte, pero yo también tenía
responsabilidades. Entonces se volvió tan amargada que era difícil pasar
algún tiempo con ella. Ella misma se consideraba un fracaso. Aunque
deseaba tener hijos, no era un hombre tan estúpido como para echarle la
culpa a ella. No era como si ella hubiera hecho algo malo.
Eso era más de lo que la mayoría de los hombres habrían asumido, y por
eso, Emily le daba cierto crédito.
—Finalmente quedó embarazada, aunque no me lo dijo hasta bien entrado
el quinto mes. Para entonces yo vivía en Londres y ella se quedó aquí.
Miriam había invertido todo su tiempo en la renovación de la casa. Nos
visitábamos de vez en cuando, pero principalmente vivíamos separados.
—Eso es bastante triste —murmuró Emily, y Charles se encogió de
hombros.
—Así es entre muchos.
Muchos en la nobleza, tal vez. Emily no podía imaginar que alguien que
ella conociera tuviera dos hogares a los que retirarse. Sus padres habían sido
bendecidos por la felicidad, pero había visto a muchos que vivían juntos en la
miseria. Aunque suponía que, al menos, sus padres habían tenido la opción de
elegir al otro, a diferencia de muchos de la clase de Charles.
—Luego tuvo a Margaret. Nuevamente se consideró un fracaso por haber
tenido una hija en lugar de un hijo. Pero esa bebé... —miró por encima de la
cabeza de Emily ahora, su mirada dirigida más allá de la ventana, aunque su
mente estaba en otra parte. —Era la cosa más hermosa que había visto nunca.
—Eso es encantador —dijo Emily con ánimo, ya que era evidente que
había algo más en esta historia.
Lord Doverton se aclaró la garganta.
—Sí, bueno, Miriam básicamente me desterró. No quería tener nada más
que ver conmigo. No quería intentar tener otro bebé, ya que dijo que eso sólo
traería demasiadas decepciones. Podría haberme quedado si lo hubiera
elegido, por supuesto, pero me pareció mejor proporcionarle el espacio que
deseaba.
Él bajó la mirada, con los dedos apretados en el respaldo de la silla en la
que se apoyaba. —Fue un error. Miriam llenó la cabeza de Margaret con toda
clase de mentiras sobre mí, de modo que Margaret no quería tener nada que
ver conmigo, deseaba que me fuera en la misma medida que su madre.
Entonces Miriam murió de tuberculosis, y su plan causó que su única hija
perdiera a ambos padres. Margaret cree que soy un hombre terrible. Que hice
daño a su madre, que no quería tener nada que ver con ella. Que la dejé
porque elegí dejarla—. Cerró los ojos con fuerza. —Eso no es así, y sin
embargo no veo cómo puedo convencerla de lo contrario.
El corazón de Emily se inclinó hacia el hombre que ahora le mostraba
más emoción de la que probablemente había mostrado a otra persona antes.
Se trataba de un hombre que sufría, que luchaba. Podía parecer bastante frío,
pero Emily tenía la sensación de que la fachada que llevaba era para
protegerse a sí mismo y a las emociones que llevaba dentro.
—Bueno —dijo ella con optimismo —, la buena noticia es que ahora
tiene la oportunidad de arreglar las cosas. Mostrarle a Margaret el hombre
que realmente es y lo que realmente siente por ella.
—Es demasiado tarde —dijo él, enderezándose, conteniendo la emoción
que se había permitido por un momento.
—Nunca es demasiado tarde.
—Te agradezco tu positividad, Emily, pero lo es —dijo él, con sus
palabras cortadas. —Ahora, será mejor que me retire al estudio por un
tiempo, ya que hay mucho que hacer.
Emily lo miró desconcertada.
—¡Pero si mañana es Nochebuena!
—Exactamente —dijo él, con el ceño fruncido, claramente sin entender
su protesta. —La familia llegará mañana a última hora del día, así que será
mejor que termine todo lo necesario hoy.
—Deberíamos empezar los preparativos para la Navidad —dijo Emily,
levantándose también. —Estoy segura de que a Margaret le encantaría
hacerlo, y lo disfrutaría aún más si usted también estuviera allí.
—Por favor, Emily —dijo Charles, levantando una mano —no fuerces el
tema. La relación entre mi hija y yo es cosa nuestra. Te informé de ella para
que estuvieras consciente, pero no hay más acciones que debas tomar.
—Pero…
—Hablo en serio, Emily.
Emily asintió, pero no accedió a nada. La niña se merecía un padre, y allí
mismo había uno perfectamente bueno, aunque no lo supiera todavía. Quizás
no supiera cómo expresarlo, pero estaba claro que amaba a su hija, y eso era
todo lo que ella necesitaba saber.
—Muy bien —dijo ella. —Voy a hablar con Toller.
—¿Mi mayordomo? —preguntó él, con cara de sorpresa.
—Sí, su mayordomo —dijo ella. —¿Conoce a otro Toller?
Él abrió la boca y Emily se encogió, temiendo haber ido demasiado lejos,
pero siguió adelante de todos modos.
—Debo decirle que si los sirvientes no han seleccionado ya un Tronco de
Navidad, me gustaría organizarlo yo misma mañana.
—¿Para qué? —dijo él, bastante perplejo.
—Porque disfruto haciendo algo así, Charles —dijo ella. —De hecho,
disfruto con la mayoría de las actividades que rodean a la Navidad.
—Pero la Navidad es...
—Una fiesta religiosa, sí, lo entiendo —dijo ella, pasando las manos por
la tela de su precioso vestido de mañana nuevo. —Pero creo que también es
una época para darse a sí mismo, y para disfrutar de todo lo que tenemos que
agradecer. Y usted, Lord Doverton, tiene mucho que agradecer en su vida.
—Charles —la corrigió. —Y sí, me doy cuenta de ello. Sé que mi
patrimonio es más de lo que la mayoría tiene-
—No es a su casa a lo que me refiero —lo corrigió ella, aunque
claramente él no tenía idea de lo que quería decir con eso. —Si quiere
acompañarme, iré mañana por la tarde. Sin embargo, primero me gustaría
hornear un poco con Margaret.
—¿Hornear? —repitió él —pero tenemos cocineras para hacer eso.
—Oh, Charles —dijo ella, sonriéndole a él y a lo poco que entendía sobre
quién era ella o lo que era la Navidad. —Espero que algún día llegue a sentir
lo mismo que yo.
Y con eso, lo dejó allí con las manos en el cabello una vez más.
¿E N QUÉ SE había metido él?
Charles había imaginado que si tenía que fingir que estaba comprometido
con alguien, una institutriz sería una buena apuesta. Nadie sabría quién era
ella y, por lo tanto, cuando se separaran, no habría repercusiones. Además,
ella sería recatada, seguiría su ejemplo, haría lo que él dijera y no
cuestionaría ninguna decisión o cuestión de su relación durante el tiempo que
estuvieran juntos.
Empezaba a darse cuenta de lo equivocado que estaba.
¿Quién era esta señora Nicholls? A primera vista, parecía ciertamente una
institutriz, con su sencillo moño, sus anteojos y los vestidos simples que
había llevado hasta que él le había regalado un nuevo vestuario.
Pero después de unas cuantas conversaciones, descubrió que debajo del
paquete exterior había alguien completamente distinto.
En primer lugar, ella tenía una extraña fascinación por la Navidad. No
tenía ni idea de por qué. Luego estaban sus opiniones sobre su familia, que no
tenía por qué cuestionar. Le había explicado su relación con su hija,
proporcionándole mucha más información de la que pretendía, pero no tenía
necesidad de que ella la mejorara. Era demasiado tarde para salvarla. Una vez
terminadas estas Navidades, encontraría una prometida que le conviniera y
que cuidara de Margaret, engendraría un heredero y acabaría con todo este
asunto de Edward.
Sólo tenía que superar los próximos días.
Charles entró en su estudio, que era una de las habitaciones que Miriam
no había tocado. Sin embargo, era irónico, ya que era la única habitación que
a él le hubiera gustado cambiar, ya que le recordaba mucho a su padre. Su
padre, que siempre había sido tan frío, tan calculador, tan incapaz de
mostrarle a Charles siquiera una pizca de afecto.
Se movió incómodo mientras tomaba asiento en la silla del escritorio y le
vinieron a la mente las palabras de Emily sobre su propia hija. ¿Se estaba
convirtiendo en el mismo hombre que había sido su padre? Salvo que, en este
caso, no era culpa suya que existiera tal abismo entre ellos, sino de su mujer,
que había puesto a la niña en su contra.
Acababa de abrir uno de sus libros de contabilidad y empezaba a revisar
los gastos cuando el ama de llaves llamó a la puerta y se apresuró a entrar en
la habitación.
—¿Milord? —preguntó su ama de llaves con urgencia. Mientras que
Toller siempre había sido leal a él y a su familia, Miriam había contratado a
la señora Graydon. Aunque ella siempre había mantenido una educada
reserva, él podía sentir que estaba tan volcada contra él como Margaret.
—¿Sí, señora Graydon? —preguntó él, intentando tener paciencia,
mientras el ama de llaves se retorcía las manos.
—Es que... la señora Nicholls, está en la cocina.
—Oh, sí —dijo él, agitando una mano en el aire. —Creo que iba a
hornear algo.
—Bueno, la cocinera está bastante agitada. Verá, ella ya había planeado
todos los postres y pasteles para acompañar la comida de Navidad, y ahora la
señora Nicholls está añadiendo algo más. La cocinera tampoco quiere
insultarla, pero ¿y si lo que hace es apenas comestible? ¿Cómo no se los
servimos a su familia sin insultar a la señora Nicholls?
Charles suspiró.
—Estoy seguro de que no es un asunto que requiera mi atención, señora
Graydon.
—Toller dijo lo mismo —comentó la mujer. —Pero sin una señora de la
casa, no sé a quién más recurrir, ya que la señora Nicholls no parece inclinada
a escucharme, y no puedo muy bien decirle lo que debe hacer.
—No, señora Graydon, no puede.
Puede que Emily Nicholls no fuera en realidad su prometida, pero para su
personal sí lo era.
—Hablaré con ella, pero señora Graydon, la señora Nicholls será tratada
como la señora de la casa. ¿Lo entiende?
La señora Graydon se puso colorada pero asintió con la cabeza mientras
Charles se levantaba para ver qué ocurría exactamente en su cocina.
CAPÍTULO 8

H acía tiempo que Charles no entraba en las cocinas de Ravenport


Hall. De joven había pasado mucho tiempo aquí, robando tartas
y pasteles después de la cena, sobre todo si su padre lo mandaba
a la cama sin ellos. Pero desde que se había convertido en el señor de la
mansión, había considerado que estaba por debajo de él ocupar esta ala de la
casa, que incluía las cocinas y todas las dependencias de los sirvientes.
—Ahora, Margaret —pudo oír la voz de Emily desde el interior mientras
avanzaba por el pasillo —es importante mezclar los ingredientes húmedos en
un bol y los secos en otro. Luego los mezclaremos todos juntos, ¿de acuerdo?
—Sí, señora Nicholls —dijo ella obedientemente.
—¿Has horneado alguna vez pasteles?
—No, no lo he hecho.
—Bueno, estás de suerte. Esta es la receta de mi madre.
Charles asomó la cabeza por la puerta y vio a Emily y a Margaret
inclinadas sobre los cuencos para mezclar al final del mostrador, con toda
clase de ingredientes delante de ellas. La cocinera seguía con sus asuntos,
aunque de vez en cuando echaba un vistazo a la pareja que estaba en el
extremo opuesto. Sin embargo su mirada no era hostil como había sugerido el
ama de llaves, sino que se interesaba por todo lo que estaba ocurriendo.
La cocinera divisó a Charles antes que nadie, y cuando ella levantó la
vista, él se llevó un dedo a los labios para que no dijera nada. Prefería
observar a su hija antes de que ella se diera cuenta de que él estaba en la
habitación, ya que entonces era más que probable que volviera a meterse en
el caparazón que parecía habitar siempre que estaba en su presencia.
—¿Qué es lo primero? —preguntó ella y Emily comenzó a leer los
ingredientes de la lista, haciendo que la niña los organizara frente a ella
mientras lo hacía.
Midieron y vertieron, batieron y mezclaron mientras Charles las
observaba. Estaban de espaldas a él, por lo que se mantuvo fuera de su campo
de visión. Desde luego, no era la escena que había esperado cuando bajó aquí
tras la queja de la señora Graydon, pero parecía que era ella quien tenía el
problema y no tanto la cocinera.
Con una taza de harina en la mano, Emily miró a Margaret y se la tendió.
—¿Quieres verter esto?
Charles entró finalmente en la habitación y se acercó a ellas. —¿Qué
están haciendo?
Emily soltó un grito de alarma y se giró hacia él. Al hacerlo, la taza de
harina se sacudió y su contenido salió volando hacia él, cubriéndolo de polvo
blanco.
Charles se quedó quieto un momento antes de levantar las manos para
limpiarse la harina de los ojos.
—Bueno, tal vez por eso nunca me aventuro a bajar a la cocina —dijo él
mientras miraba a sus pantalones de color café, su chaleco verde y su
chaqueta negra, ahora cubiertos por una fina capa de harina. Cuando levantó
los ojos, se encontraron con los de Emily. Los suyos estaban tan abiertos
como podían estarlo, su mano apretando su pecho mientras lo miraba
fijamente.
—Lord Doverton -ah, Charles- lo siento muchísimo. No lo he oído entrar
y es que, bueno, me asustó.
—Mis disculpas —dijo él secamente, aunque no estaba del todo seguro
de que la precipitación de sus acciones estuviera justificada. —No debería
haber venido. Había pensado...
Pero se detuvo bruscamente al ver la mirada de su hija. Si no se
equivocaba, era una... sonrisa lo que veía allí. No recordaba la última vez que
había visto una expresión de alegría en su rostro. Bueno, si eso la hacía reír...
Se agachó, quitando un poco de harina de su chaqueta y poniéndola en su
mano.
—Supongo, Emily, que sólo hay una cosa que hacer al respecto.
—¿Qué? —preguntó ella, retrocediendo un paso hacia el mostrador como
si poner algo de distancia entre ellos pudiera protegerla.
Él se inclinó, extendiendo la mano hacia ella. Antes de que ella pudiera
reaccionar, él le había tomado la cara con la mano y le había untado la harina
en la mejilla y la nariz.
—Ya está —dijo él con una sonrisa. —Mucho mejor. Ahora coincidimos.
La boca de Emily se abrió en una “o” redonda antes de empezar a reír
mientras se frotaba la harina de la nariz.
—¡Vaya, Charles, no sabía que lo llevabas dentro!
Él miró a Margaret, y su sonrisa inicial se había ampliado aún más.
—¡Margaret! —dijo él, tratando de no permitir que el dolor lo invadiera
cuando vio que su sonrisa se desvanecía un poco cuando él dijo su nombre.
—Hay algo raro en tu cara.
—¿Mi cara? —dijo ella, mordiéndose el labio ahora que temblaba
ligeramente ante sus palabras.
—Pues sí —dijo él contemplativo. —Está un poco demasiado... limpia.
Y con eso, puso una ligera capa de harina sobre su nariz.
—¡Padre! —dijo ella con cierta sorpresa, y ahora le tocó a él sonreír
ampliamente. Era la primera vez que recordaba que ella lo llamaba así. O que
se dirigiera a él.
—Si la harina es tan de tu agrado, Charles —dijo Emily inocentemente —
entonces realmente debes probar un poco de la crema de chocolate.
Ella tomó una cuchara del tazón de ingredientes húmedos y la extendió
hacia él. Él la miró con desconfianza, pero ella pareció estar haciendo
enmiendas. Sin embargo, cuando fue a dar un mordisco a la cuchara, ella se
la quitó y se la untó en la barbilla antes de dejarle probarla. Era... decadente.
Él se limpió la barbilla con el dedo y luego se lo tendió.
—¿Has probado un poco, Emily?
—No lo he hecho —dijo ella, echando la cabeza hacia atrás. —Esperaré
hasta que terminemos.
—Eso no es divertido —dijo él, levantando una ceja, y luego en lugar de
eso puso el dedo en la punta de su nariz. Ella lanzó un chillido, y pronto los
tres estaban lanzando todo tipo de ingredientes de un lado a otro. Había
azúcar en el cabello, harina en el suelo y melaza en la encimera.
De alguna manera, en el tumulto, el dedo de Charles, todavía cubierto de
chocolate, se posó en los labios de Emily. Lo retiró rápidamente, pero luego
vio cómo ella se lamía lentamente el chocolate de los labios. Eso le hizo
sentir algo, haciendo que sus pantalones se tensaran al pensar en qué más
podría hacer ella con esa lengua rosada.
Sacudió la cabeza inmediatamente para despejar ese pensamiento no
deseado. ¿En qué demonios estaba pensando? Era un conde, por el amor de
Dios, que no tenía tiempo para tales pensamientos con respecto a la
institutriz, que se suponía no era más que una sustituta hasta que tuviera
tiempo de encontrar una verdadera futura esposa.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Todos se quedaron quietos como estatuas ante la reprimenda de la puerta
antes de girarse como uno solo para encontrar a la señora Graydon de pie
mirándolos a todos. —¡La cocina está destrozada!
—Lo siento, señora Graydon —dijo Emily avergonzada. —Nos hemos
dejado llevar.
—¡Dejado llevar! —exclamó ella. —Por qué esto es... esto es...
—Esta es mi cocina —dijo Charles, volviéndose hacia ella, con su voz de
autoridad de vuelta. La reprimenda del ama de llaves fue un recordatorio de
lo que era su lugar... y el de ella. Había estado tan enfrascado en tratar de
apaciguar a su hija -y a Emily, si era honesto- que había olvidado quién era él
y de todo lo que era responsable frente a sus sirvientes. Ellos le perderían
todo el respeto. Nunca debería haber estado jugando con la comida, y mucho
menos estar presente en las cocinas de su mansión.
—Aunque estoy de acuerdo en que este desorden es bastante
desagradable, también les pago a todos ustedes para que lo limpien, ¿no es
así?
—Sí, milord —dijo la señora Graydon, aunque sus ojos no transmitían la
misma sinceridad que sus palabras.
—Ayudaremos a limpiar el desorden —dijo Emily rápidamente, pero
entonces Charles volvió su mirada hacia ella.
—No, no lo harán —dijo, levantando un dedo para enfatizar la seriedad
de su orden. —La señora Graydon está consciente de que usted debe ser
tratada como la señora de esta casa en este momento.
El reconocimiento apareció en los ojos de Emily, al captar claramente el
significado de sus últimas palabras, “en este momento”. Hasta que llegara el
momento en que volviera a casa de lord y lady Coningsby en su papel de
institutriz, muy lejos de ser la señora de la casa. Maldita sea, toda esta farsa
se estaba volviendo bastante ridícula. Por eso era que normalmente él
mantenía todo tan superficial. Una falsedad sólo llevaba a otra hasta que una
era tan profunda que no estaba seguro de qué camino tomar.
—Gracias, señora Graydon —le dijo a la mujer de ojos férreos de la
puerta. —Eso es todo. Ahora —dijo él volviendo a Emily y Margaret, que
estaban mirando hacia abajo como si fueran alumnas castigadas. Suavizó su
tono. —Las dos pueden continuar con lo que estaban preparando antes de que
las interrumpiera. Estoy deseando probarlo.
—Gracias, Charles —dijo Emily en voz baja mientras le entregaba a
Margaret un paño antes de buscar uno para ella. Se quitó los anteojos para
limpiarse la cara y, cuando lo hizo, él pudo ver mejor que nunca sus cálidos
ojos marrones. Por un momento, pensó que podría ahogarse en sus
profundidades de jerez, olvidando todo lo demás que debía hacer, de lo que
era responsable, y limitándose a mirarla.
Luego, ella volvió a colocarse los anteojos en la nariz y bajó la cabeza
para repasar la receta que tenía debajo, y el momento desapareció, aunque él
no pudo evitar que se grabara a fuego en su memoria.
Él se aclaró la garganta.
—Entonces, simplemente... ah... las dejo continuar —dijo, y luego giró
sobre sus talones y se retiró tan rápido como pudo antes de que alguna de
estas damas le hiciera perder todo pensamiento racional una vez más.
CAPÍTULO 9

E mily llamó a la puerta del estudio del conde, tan indecisa ahora
como cuando llamó a la puerta de esta mansión. Miró al plato que
tenía en sus manos, lleno ahora de los bollos de canela que ella y
Margaret habían conseguido finalmente crear, entre otros pasteles, con un
poco de ayuda de la cocinera.
Él había dicho que quería probarlos, y en cierto modo, ella sintió la
necesidad de disculparse por el desastre de hoy en la cocina. Aunque, tal vez,
no fuera del todo desafortunado, pues Margaret había parecido bastante
cautivada por la situación.
Había hablado de ello durante bastante tiempo tras la marcha de su padre.
—¿Y lo has visto, cubierto de harina? —había exclamado con una risita, a la
que Emily había respondido con una propia. Tuvo que admitir que había sido
todo un espectáculo, el conde de Doverton de pie, con su ropa antes
inmaculada, completamente cubierto de harina blanca y con chocolate por
toda la cara.
Hasta que llegó la señora Graydon. Emily no recibía precisamente
sentimientos cálidos de parte de la mujer, y tenía la idea de que se sentiría
bastante aliviada cuando Emily se marchara, lo que ocurriría dentro de dos
semanas, se recordó a sí misma.
La puerta se abrió de repente y ella dio un pequeño salto cuando el conde
se quedó esperándola.
—Vaya, te asustas con facilidad —dijo el conde mientras abría la puerta
para permitirle la entrada.
—Lo hago —admitió ella. —Confieso que no es uno de mis mejores
puntos.
—Bueno, si ese es el peor de tus hábitos, no creo que tengas mucho de
qué preocuparte.
—Es muy amable de su parte, milord.
—Charles.
—Sí, Charles —dijo ella, mordiéndose el labio. —Mis disculpas. Es
difícil acostumbrarse a llamarlo así después de pasar tantos años como
institutriz.
—Al menos eso te ha proporcionado conocimientos sobre el
funcionamiento de una propiedad como ésta —dijo él mientras hacía un gesto
con la mano hacia el sofá de piel y la silla que rodeaban una mesa de caoba.
Hacían juego con su monstruoso escritorio situado en un lado de la pared.
—Es verdad que sí —dijo ella. —Aunque me estoy poniendo bastante
nerviosa por la llegada de su familia.
—Nunca les temas —dijo él, aparentemente sin preocupación. —Sólo sé
educada y mantente alejada de su camino.
Bueno, no era esa tranquilidad la que calmaba sus temores, pensó Emily
mientras Charles tomaba asiento en la silla mientras ella se encaramaba en la
esquina del sofá.
—Oh, le he traído unos bollos —dijo ella tendiéndoselos. —Son de
canela.
Él no dudó en extender la mano y tomar uno de ella.
—No debería comer uno antes de la cena —dijo él siempre disciplinado
—pero nunca he podido evitarlo cuando se trata de algo dulce.
Dio un mordisco, con los ojos abiertos de par en par. —Vaya, Emily —
dijo cuando hubo terminado su bocado. —Eres una mujer con muchos
talentos. Ciertamente sabes hornear.
Sus mejillas se calentaron. —Mi madre me enseñó —dijo ella.
Él bajó la mirada hacia el bollo que tenía en sus manos.
—Debo disculparme por haberte alejado de tu familia estas Navidades —
dijo en voz baja antes de levantar los ojos hacia los de ella. —Parece que
ustedes deben ser muy unidos.
—Lo somos —dijo ella con una sonrisa triste. —Mi padre no está bien,
por desgracia. Sus pulmones están fallando.
—Lamento escuchar eso —dijo él con el ceño fruncido. —¿Hay algo que
se pueda hacer?
—No lo creo —dijo ella —, al menos no según el médico de nuestro
pueblo.
—Tus padres no están lejos —dijo él, con una mirada pensativa. —Una
vez pasadas las Navidades, enviaré a mi propio médico desde Londres para
que lo vea.
Emily sacudió la cabeza con fuerza ante sus palabras.
—Oh, no, milo- Charles. No podría pedirte que hagas eso.
—¿Por qué no?
—El costo sería probablemente demasiado alto —dijo ella sin vergüenza.
—Con lo que nos ha dado, sé que probablemente cubriría gran parte, pero
pensaba utilizarlo para mantenerlo cómodo y para contratar a alguien que se
encargue de mis padres y ayude a cuidarlos mientras mi hermana y yo
trabajamos. Su médico, aunque estoy segura de que es bastante competente,
probablemente sería un gasto innecesario.
—Yo lo pagaría —dijo él, inclinándose hacia ella.
Emily ansiaba decir que sí, que gracias, pues haría cualquier cosa por su
padre. Pero no podía pedirle más a Charles. Él ya había sido más que
generoso.
—No puedo...
—Lo harás —dijo él, acomodándose en su silla una vez más.
—¿Siempre hace lo que le da la gana, a pesar de lo que los demás tengan
que decir al respecto? —preguntó ella, levantando una ceja así como una
comisura de los labios para que él se diera cuenta de que estaba bromeando
en parte.
—Normalmente —respondió él encogiéndose de hombros. —Es uno de
los aspectos de ser conde que más disfruto.
Ella asintió mientras él la miraba con astucia.
—Déjame adivinar: hoy has ayudado a limpiar la cocina, ¿verdad?
Ella abrió la boca para negar sus palabras, pero no pudo evitar decir la
verdad.
—Lo hice —contestó con una mueca. Sabía que él se sentiría
decepcionado, ya que se había empeñado en que no lo hiciera, pero no había
podido evitarlo, a pesar de que él le había ordenado lo contrario. —Al fin y al
cabo, el desorden lo hice yo —dijo en defensa. —Y además, la cocinera y las
sirvientas ya tenían mucho que hacer, siendo que mañana ya es Nochebuena.
Él sonrió ligeramente, pero negó con la cabeza. —Ah, Emily, puede que
conozcas el funcionamiento de una casa como ésta, pero tienes mucho que
aprender para convertirte en condesa.
Ella levantó una ceja. —Entonces es mejor, quizás, que no lo haga en
realidad.
Ambos guardaron silencio por un momento ante sus palabras y Emily se
arrepintió al instante. Había parecido que estaban llegando a un punto de
amistad, si no otra cosa, y ahora ella había arruinado el momento.
Él dio otro mordisco al bollo y Emily se puso de pie, sin saber qué más
había que decir.
—Será mejor que me vaya —dijo ella, pasándose las manos por las
faldas, que ahora eran de un morado intenso, pues se había cambiado tras el
caos en la cocina. Extrañamente, no quería irse. Se sentía atraída por estar
aquí, con él, a pesar de que sabía que estaban a mundos de distancia el uno
del otro.
Sin embargo, él asintió con la cabeza y ella supo que había llegado el
momento de salir, ya que se había dado cuenta de que él esperaba que todos
siguieran sus deseos, y con razón. Después de todo, era su casa.
Acababa de poner la mano en el pomo de la puerta cuando él la llamó.
—¿Emily?
Ella se volteó.
—¿Sabes cómo bailar?
—En cierto modo —respondió ella mordiéndose el labio, aunque su
corazón latía rápidamente al pensar en poner en práctica lo que sabía delante
de una habitación llena de gente. —Hay algunos bailes que aprendí de niña y
otros que he visto aprender a mis pupilos. He practicado con ellos.
—¿Has bailado alguna vez el vals... con un hombre?
Emily tragó con fuerza.
—No lo he hecho.
—Bueno, entonces —dijo él. —Bailamos algunas noches, y habrá un
baile aquí en la Noche de Reyes. Necesitarás saber los pasos. Después de la
cena, reúnete conmigo en el salón y nos aseguraremos de que sepas
exactamente qué hacer.
—Oh, Charles, no creo...
—Por favor, Emily —dijo él con calma, y ella asintió rápidamente. Lo
había planteado como una pregunta, pero claramente era más que eso.
—Muy bien.
Y entonces ella salió a toda prisa por la puerta para que él no pudiera ver
el miedo que ella sabía que aparecería en su rostro.
Porque no era el baile lo que ella temía. No, le preocupaba que el baile
con Charles le gustara mucho más de lo que debería, lo que nunca sería
bueno en absoluto.

E MILY OYÓ los acordes de la música incluso antes de poner un pie en el salón.
Era un pequeño sonido metálico y no una melodía que ella reconociera.
Había estado preocupada por este baile durante toda la cena, que había
sido algo tranquila y bastante tensa. Había intentado entablar conversación,
pero casi se había rendido de cansancio después de hacer todo lo posible para
aliviar la tensión entre padre e hija, que apenas hablaban, aparte de comentar
los platos que tenían delante.
Mientras tanto, había estado buscando en su cerebro una razón por la que
no podía reunirse con el conde esta noche para bailar con él, pero sabía que él
se daría cuenta de cualquier excusa que intentara.
Así que aquí estaba, de pie frente a la puerta del salón, donde iba a bailar
con un conde.
Se rio en voz baja al pensar en su familia y en lo que dirían si les dijera
que esa era su situación actual. James se habría reído de lo absurdo de todo
aquello. Nadie le creería nunca. ¿Y por qué lo harían? Ella misma no podía
creerlo. No lo haría si no fuera por la evidencia tangible del hombre que la
esperaba. Era algo parecido a un cuento de hadas, salvo que en éste no había
un “felices para siempre”.
Por eso Emily no pudo estar más sorprendida cuando abrió la puerta y
encontró al conde de pie en medio del salón, con el ceño fruncido por la
concentración mientras sostenía a una pareja imaginaria entre sus brazos,
moviendo la boca mientras contaba los pasos dando vueltas por la habitación.
Tenía un ritmo excelente, eso lo reconocía ella, inclinando la cabeza
como si estuviera criticando a uno de los niños que cuidaba. Sin embargo,
necesitaba un poco de trabajo adicional en su decoro, ya que parecía un poco
demasiado rígido...
—¡Emily! —exclamó él mientras se giraba en su dirección, deteniéndose
inmediatamente y colocando los brazos detrás de la espalda como si pudiera
ocultar lo que había estado haciendo. —Mis disculpas, no te he oído entrar.
—No hay necesidad de disculparse —dijo ella mordiéndose la mejilla
para no sonreír. —Veo que está practicando. Habría pensado que usted
estaría bien versado en el vals.
Ella pensó que era bastante entrañable cuando sus mejillas se pusieron
rojas.
—Sí, bueno, es un baile relativamente nuevo, y no puedo decir que tenga
la costumbre de participar mucho.
—Ya veo —dijo ella, aunque no lo hacía en absoluto. Si él deseaba tanto
una esposa, ¿por qué no cortejaba a una mujer mucho más adecuada que ella?
—Bueno —dijo en su lugar, con bastante diplomacia —, no soy una
completa novata, así que tal vez una pareja real podría ser de alguna utilidad
para ti.
—Muy bien —dijo él.
Él se dirigió a un lado de la habitación y se detuvo ante una pequeña mesa
auxiliar. Curiosa, Emily lo siguió.
—¿Es eso una caja de música?
Había oído hablar de ellas, pero no había visto ninguna antes.
—Lo es —afirmó él, comenzando a darle cuerda. —Era de mi madre.
Creo que su padre se la compró en Alemania. Tengo una pequeña colección
de algunos recuerdos suyos: esto, un cepillo para el cabello y un par de joyas.
Emily no podía imaginar que sólo tuviera unos pocos objetos para
recordar a su madre. Ella tenía más baratijas de su madre tan sólo en su
maletín.
—La música, convenientemente, está en tres cuartos de tiempo, por lo
que se presta para un vals. Mis disculpas, pero sólo tendremos una canción.
—Una canción es todo lo que necesitamos —dijo ella con una sonrisa
alentadora.
Le tendió la mano, y Emily casi saltó cuando la tomó, tanto fue el
impacto de su cálida mano sobre la suya. No llevaba guantes, ya que nunca
había tenido muchas ocasiones de ponérselos, y ciertamente no se sentía
cómoda aquí cuando estaba en la casa.
La hizo girar para que quedaran frente a frente, con las manos
entrelazadas, y cuando él puso su mano libre en su cintura, ella levantó
tímidamente la otra mano hacia su hombro. Sus ojos se encontraron, y ella
trató de frenar su respiración ante su proximidad. El aroma de su colonia, de
salvia picante, la llenó, provocando un embriagador desvanecimiento por un
momento.
Intentó ignorar lo atractivo que era. Lo fuerte que era su mandíbula, más
bien apretada, y lo azules que eran sus ojos, aunque parecían más bien duros
y un poco helados.
Emily cerró los ojos por un momento mientras intentaba disuadir
cualquier pensamiento fantasioso de entrar en su mente. Se trataba de un
hombre que, básicamente, la había contratado para que desfilara como su
futura esposa durante dos semanas y luego se fuera de su vida para siempre.
Volvería a su papel de institutriz. Era mejor que no lo olvidara.
—¿Está todo bien, Emily?
Emily. El sonido de su nombre en los labios de él era casi demasiado para
soportar mientras intentaba convencerse a sí misma de que nunca podría
desarrollar sentimientos por este hombre tan indiferente. Esta era su
oportunidad para crear una excusa de sentirse enferma, para huir de esta
habitación y no volver hasta que estuviera de nuevo en un estado mental
racional.
—Estoy bien —salió de su boca en su lugar, y ella suspiró interiormente.
—¿Cómo te las arreglaste para escapar de tu último encargo? —preguntó
él, y ella tuvo que pedirle que lo repitiera, porque no podía apartar los ojos de
sus labios mientras él hablaba.
—¿Mi encargo? —repitió ella.
—Mi hija —dijo él lentamente. —Parece que la has adoptado como tu
última labor. No eres una institutriz aquí, lo sabes.
—Por supuesto que no —dijo ella, sus palabras la sacaron de cualquier
idea que pudiera tener sobre él. —Elijo pasar tiempo con ella. Es
encantadora.
—Me imagino que lo es —dijo él con un suspiro. —Debo hacer una
confesión.
—Muy bien.
Sin lugar a dudas ella tenía curiosidad por saber de qué se trataba.
—Te envidio.
—¿A mí? —espetó ella.
—Sí —dijo él asintiendo. —Has llegado a conocer a mi hija mejor en un
día que yo en ocho años. Sólo deseo que me permita acercarme a ella.
—¿Ha pensado alguna vez en decirle la verdad?
—No —negó con la cabeza. —Ella amaba a su madre. Ahora que se ha
ido... no querría empañar su recuerdo. Además, es probable que Margaret no
me crea, y parecería que sólo intento poner a la niña en contra de su madre,
que ya no puede defenderse.
La estimación de Emily sobre el hombre creció ligeramente.
—Eso es honorable de su parte.
—No creo que honor sea la palabra correcta. Honor habría sido quedarme
cuando era difícil. Hacer las paces con Miriam para estar con mi hija. No huir
cuando todo se volvió difícil.
—No todo está perdido —dijo Emily, apretando su hombro con urgencia
antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. —Todavía puede reparar la
relación.
—Lo intentaré —dijo él, y luego la miró intensamente. —¿Me ayudarás?
Emily se sobresaltó por un momento, pero luego asintió lentamente
mientras una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios.
—Eso, Charles, lo haré con mucho gusto.
Mientras daban vueltas en la pista, ella se dio cuenta de que ninguno de
los dos se molestaba en seguir contando. Emily no tenía ni idea de si su baile
pudiera ser considerado con gracia o elegante por cualquiera que lo viera,
pero era mucho más de lo que uno creería de dos personas que apenas habían
bailado el vals antes.
No sabía muy bien cómo describirlo, pero de alguna manera, le parecía...
correcto.
CAPÍTULO 10

—D ime, Emily —dijo Charles, rompiendo el silencio. —¿Cómo llega


una mujer como tú a ser institutriz?
—¿Una mujer como yo? —repitió ella, parpadeando mientras lo miraba
fijamente.
Él apretó la mano en su cintura, acercándola a él antes de que se diera
cuenta de lo que estaba haciendo. Sin embargo, ahora que no había más que
un palmo de distancia entre ellos, quiso volver a ver esos ojos de color jerez,
permitiendo que calentaran su alma, que había estado congelada durante tanto
tiempo.
Pero ahora esos ojos se entrecerraban ligeramente, como si él hubiera
dicho algo que la ofendiera. ¿Por qué sus palabras nunca salían como él
quería, especialmente en su presencia?
—No pretendo ofenderte —dijo él rápidamente. —Es sólo que pareces
bien educada, bien hablada. Supongo que el “señora” de tu nombre significa
que estuviste casada una vez, a menos que lo hayas añadido para dar
credibilidad a tu posición.
—Le aseguro que no es por ninguna pretensión —dijo ella con una leve
sonrisa. —Estuve casada, sí —hizo una pausa —él murió hace seis años.
—Lo lamento —dijo él, sintiéndose de pronto como un réprobo por sacar
el tema cuando el resultado era bastante obvio.
—Está bien —dijo ella, sus ojos adoptaron una mirada lejana, y vaciló un
paso por primera vez desde que habían empezado. —Él y yo éramos amigos
desde hacía mucho tiempo. Cuando cumplimos veintiún años, me propuso
matrimonio. No había conocido a nadie más que me llamara la atención, así
que decidí, ¿por qué no? Él era un abogado, como mi padre.
Charles creyó percibir cierto pesar en sus palabras, pero no lo comentó.
—¿Disfrutaron... de su vida juntos?
—Fue una buena vida, los pocos años que duró —dijo ella. —Pasé mis
días disfrutando de Shakespeare y la poesía, la literatura y la historia. Su
trabajo nos permitió apoyar a mis padres.
La música empezó a disminuir a medida que la caja se iba apagando, y
Emily se apartó de sus brazos. Charles deseó no haber iniciado esta
conversación, ya que ese momento de paz entre ellos parecía haberse roto con
esta discusión sobre el pasado de ella.
—Hasta que murió —murmuró él mientras la seguía por la sala hasta
donde ella tomó asiento en uno de los sofás de brocado azul que llenaban
cada habitación de la casa. Por lo visto, Miriam había desarrollado una
afición por ellos y se había vuelto bastante entusiasta. O tal vez simplemente
quería una excusa para gastar más de lo que él tenía; no estaba del todo
seguro.
—Hasta que murió —confirmó ella con un movimiento de cabeza. Se
retorció las manos en el regazo. —Oh, Charles, incluso ahora, me siento
bastante culpable. Porque era un buen hombre y éramos felices juntos, tanto
como pueden serlo dos personas, supongo. Podríamos decir que éramos los
mejores amigos. Después de su muerte, supe que tenía que trabajar. Mi padre
era el nieto de un barón, así que tiene una educación muy refinada, pero
perdió la mayor parte de su dinero cuando el banco del pueblo lo perdió todo.
Es demasiado viejo y está enfermo para trabajar, y mi hermana y yo somos
las únicas hijas. Ella nunca se casó. Así que las dos nos convertimos en
institutrices. Teníamos suficientes contactos familiares como para darnos
respaldo, y logré encontrar un empleador que paga mejor que la mayoría y
me trata con amabilidad. Los niños son encantadores.
Charles tomó asiento junto a ella en el sofá, inclinándose hacia delante
con los codos sobre las rodillas para poder ver claramente su rostro.
—¿Eres feliz? —le preguntó mirándola fijamente y ella parpadeó una vez
más.
—¿Con mi patrón? —Ella sonrió con ironía. —¿Por qué, Charles?
¿Quieres contratar a una institutriz?
Él se echó atrás ante sus palabras. No había querido decir eso en absoluto.
Le estaba preguntando si era feliz con su vida, la vida de una institutriz. No
sabía por qué necesitaba saberlo tan desesperadamente.
—Si quiero, pero no creo que funcione, ya que todos creen que vamos a
casarnos.
—Ah, sí —dijo ella, sus mejillas se inundaron de rosa mientras miraba
sus largos y delgados dedos, que en ese momento apretaban la tela del
vestido en su regazo. —Lo había olvidado por un momento.
Charles se puso de pie, extendiendo una mano. —¿Un baile más?
—Realmente no debería —dijo ella también poniéndose de pie, pero
retrocediendo para alejarse de él. De repente, él sintió la necesidad de
abrazarla más de cerca; de poder, tal vez, mostrarle algo de consuelo de esta
única manera que podía.
—¿Por favor? —le preguntó, y después de mirarlo fijamente por un
momento, ella asintió lentamente.
—Muy bien.
Él le dio cuerda a la caja una vez más, y la melodía familiar comenzó de
nuevo.
Ella colocó su mano en la de él y, con sus ojos fijos, la atrajo hacia sí.
¿Por qué esta mujer, una institutriz, le causaba tanta agitación? No tenía
tiempo para estar bailando con una mujer en su salón. Ahora sabía que era
una bailarina competente y capaz, aunque inexperta. Volvió a posar sus
manos sobre ella, sintiendo el calor a través de las capas de ropa que llevaba.
La nueva tela de su vestido era sedosa bajo las yemas de sus dedos, y se
felicitó por lo bien que le sentaban las prendas.
A diferencia de las muchas jóvenes que parecían estar desesperadamente
disponibles para él, Emily tenía las generosas curvas de una mujer. Su cadera
se curvaba bajo la palma de su mano, y sus dedos se agitaron con un impulso
no deseado de seguir el oleaje de sus nalgas para ver lo bien que se ajustaba a
su mano.
Basta, Charles, se dijo a sí mismo. Estaba claro que hacía demasiado
tiempo que no estaba con una mujer, y ahora estaba sufriendo las
consecuencias, deseando a Emily Nicholls.
Aunque no disfrutaba de la idea de tener en su cama a una mujer joven de
casi la mitad de su edad, Emily sólo era un año más joven que él y no había
tenido ningún hijo durante sus años de casada. Si su objetivo era casarse para
producir un heredero, entonces sería mejor que buscara en otra parte.
Y no era que Emily hubiera mostrado ningún interés en casarse con él.
Por el amor de Dios, había pagado a la mujer para convencerla de que
mantuviera esta farsa durante las próximas dos semanas.
El calor lo inundó mientras se avergonzaba de la dirección de sus
pensamientos. Todo había salido mal, simplemente porque había sido
demasiado orgulloso para permitir que su primo tuviera un momento de
triunfo. Y su familia llegaría mañana. Que el Señor me ayude.
—¿Está bien? —La voz de Emily interrumpió sus reflexiones. —Parece
bastante... distraído.
—Estoy bien —respondió él rápidamente. Demasiado rápido. —
Simplemente bien. Dime, ¿volverás a casarte?
Los ojos de Emily se abrieron de par en par ante sus palabras, y Charles
podría haberse pateado a sí mismo. ¿De dónde había salido esa pregunta?
Desde luego, no era una pregunta que debiera dirigirse a una mujer,
especialmente en sus circunstancias actuales.
—No estoy del todo segura —contestó ella encogiéndose de hombros. —
Tal vez lo haga, si se presenta la oportunidad. Una puede trabajar como
institutriz sólo durante un tiempo. Pero tendría que ser el hombre adecuado, y
yo tendría que... no sé... sentir algo más esta vez. Mi primer matrimonio fue
más bien un acuerdo, a pesar de que fue de nuestra propia elección.
—Ya veo —dijo él, preocupado por el hecho de que se sintiera aliviado
de que ella no hubiera cerrado la puerta al matrimonio, de que su primer
esposo no hubiera sido el amor de su vida. ¿Por qué importaba? —Eres una
mujer interesante, Emily.
Ella se rio, inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás, y a él le pareció
que su alegría era contagiosa, aligerando sus extremidades. —Es usted muy
amable, Charles, pero debo decir que interesante nunca ha sido una palabra
utilizada para describirme. De hecho, la mayoría diría que soy bastante
aburrida. Me gusta leer. No proporciono una conversación social interesante.
No disfruto de ninguna afición que se pueda considerar diferente a la que
otros aspiran. A menudo disfruto más de mi propia compañía que de la de los
demás. No tengo historias románticas ni conexiones interesantes.
—¿Es así como te ves a ti misma? —preguntó él ladeando la cabeza. —
Eso no es lo que veo.
—¿No? —inquirió ella alzando una ceja. —Tenía la impresión de que,
cuando me seleccionó, era simplemente una mujer con la que usted y su
familia no estaban familiarizados y que serviría para su propósito particular.
—Eso es lo que pensé cuando te vi por primera vez —corroboró él.
—¿Y ahora?
—Ahora veo a una mujer que sabe lo que le proporciona disfrute en la
vida. Que puede hornear los bollos más increíbles que he probado nunca
mientras anima a una niña a abrirse a ella. Que es lo suficientemente
inteligente como para hacer lo que la hace feliz mientras sigue cuidando de
las responsabilidades que le fueron confiadas. Que puede bailar el vals con un
caballero que acaba de conocer sin apenas perder un paso.
Ella no le dirigió la mirada, pero él pudo notar, por la forma en que sus
mejillas se enrojecieron ligeramente y por el leve roce de sus dientes sobre el
labio inferior, que estaba complacida con sus palabras. No había querido
avergonzarla. Sólo pensó que ella debía saber la verdad, para que cuando
saliera de aquí supiera que era algo más que una típica institutriz.
—Es muy amable de su parte —murmuró ella, y luego sonrió
alegremente. —Tenga cuidado, Charles, o podría ser confundido con un
romántico.
Él soltó una carcajada, que sonó bastante oxidada incluso para sus
propios oídos. No recordaba la última vez que había encontrado algo que le
hiciera gracia. —Ciertamente no soy un romántico. Y creo que tú tampoco lo
eres, Emily.
—No, supongo que no —dijo ella con un suspiro melancólico. —No creo
que el amor pueda ocurrir a primera vista. Creo que las flores mueren
demasiado pronto como para que se las considere un regalo considerado. Y
creo que mucha gente se casa antes de entender realmente quién es el otro.
—Como hiciste tú —adivinó él.
—No —replicó ella. —Sabía en qué clase de matrimonio me estaba
metiendo. Sabía que éramos amigos y que seguiríamos siéndolo sin importar
lo que pasara. No teníamos un amor ardiente y apasionado que sólo
conseguiría apagarse un día.
—Un buen punto.
Esta no era, ciertamente, una conversación típica para tener con una
dama, pero con Emily, todo era diferente.
—Tal vez —dijo ella encogiéndose de hombros. —He visto el verdadero
amor entre mis propios padres, pero parece mucho más difícil de encontrar de
lo que uno podría pensar. Perdóneme, pero no parece que su propio
matrimonio haya sido de esos, Charles, así que difícilmente podrá argumentar
lo que digo.
—Supongo que tienes razón —dijo él pensando en Miriam. Pensó que se
había enamorado de su belleza, pero no había mirado con suficiente
profundidad más allá de la superficie. —Pero y si...
No era un pensamiento que debiera compartir con ella. Había hablado sin
pensar de antemano, algo que nunca, nunca hacía. Esta mujer estaba haciendo
que su mente se volviera confusa.
—¿Y si qué? —preguntó ella, con la voz apenas por encima de un
susurro, como si no estuviera del todo segura de querer que él terminara la
idea.
—¿Y si te equivocas? —pronunció finalmente. —¿Y si puede haber
ambas cosas? ¿Amor apasionado y amistad que no desaparezca con el
tiempo? ¿Es posible algo así?
—Creo que tendría que ser una persona bastante afortunada para
encontrar algo así.
—Sí —aceptó él, soltando su mano cuando la música disminuyó. Pero en
lugar de retroceder, lo que hizo fue llevar su mano al otro lado de la cintura
de ella y acercarla lentamente hacia él. —Sí, uno tendría que.
Inclinó la cabeza hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de distancia
el uno del otro. No debía besarla. Sólo serviría para complicar aún más su ya
poco convencional relación. Una que acababa de empezar y que tendría que
servirles durante otras dos semanas. Debían permanecer como amigos -
compañeros- tal y como ella describía.
Pero entonces sus labios rosados se acercaron ligeramente y él no pudo
evitarlo.
Se inclinó y colocó sus labios sobre los de ella, fusionándolos. Esperó a
que ella se retirara, a que lo apartara y le dijera que aquello era una locura,
que los dos no encajaban, que ella era una institutriz y él un conde. Era
exactamente lo que él pensaba.
Pero ella no hizo nada de eso.
En cambio, ella le devolvió el beso en la misma medida, el beso de una
mujer que sabía lo que quería y sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Una de las manos de ella se levantó para acariciar su mejilla, y él apoyó la
cabeza en esa mano, recibiendo de ella todo el consuelo que le
proporcionaba.
Él le acarició la nuca, sintiendo sus sedosos mechones bajo las yemas de
los dedos, como si al tenerla cerca pudiera conectarse aún más con ella.
¿Qué era lo que le atraía de ella? Sin duda estaba capacitada para ser la
institutriz perfecta para su hija, pero ¿para ser la mujer que él podría desear?
No lo sabía. Tal vez era porque ella había logrado conocerlo más en dos días
que cualquier otra mujer, incluso una que había estado casada con él durante
años. Lo único que él sabía con certeza ahora mismo era que estaba
disfrutando de esto más de lo que le gustaría admitir.
Dejó que su otra mano bajara hasta donde llevaba tiempo deseando ir, y
cuando agarró el firme trasero de ella, sintió más satisfacción de la que había
sentido en mucho tiempo. ¿Qué se sentiría al estar con ella, al estar realmente
con ella?
La idea le hizo volver a la realidad y separó su boca de la de ella, aunque
no se atrevió a dejarla completamente en paz. Apoyó su frente en la de ella y
sus manos se posaron a los lados de su rostro.
—Dime algo, Charles —dijo ella suavemente, y él asintió.
—Cualquier cosa.
—¿Supongo que se vas a casar de nuevo? —preguntó ella, y él trató de no
sobresaltarse. ¿Era esto a lo que conducía un beso?
—Lo haré, sí —dijo él lentamente, asegurándose de no hacer ninguna
promesa.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repitió él. —¿Por qué voy a casarme de nuevo?
—Sí.
—Bueno, debo engendrar un heredero, además de proporcionar a alguien
que cuide de Margaret. Esa es la razón por la que tú y yo nos hicimos...
conocidos, para evitar que mi primo asuma que él o su hijo se convertirán en
conde algún día.
—Porque usted necesita un heredero. Por supuesto. Eso es lo que pensaba
—dijo ella, apartándose de él. Cuando se encontró con su mirada, le
sorprendió la sonrisa triste que había sustituido su habitual expresión cálida.
—Gracias, Charles, por los bailes.
Y con eso, ella se dio la vuelta y salió de la habitación. El único sonido
que se oyó fue el eco de sus pasos mientras él se quedaba de pie y miraba tras
ella, total y absolutamente desconcertado.
CAPÍTULO 11

O h, pero era una tonta.


Emily se tumbó en la cama de su hermosa habitación, en la que
no volvería a dormir después de esta Navidad, y miró el techo
pintado mientras se reprendía a sí misma.
Si antes había creído que había sentido un mínimo de atracción por el
hombre, ahora... ahora estaba completa y absolutamente embelesada.
Con un conde. Un hombre que, si alguna vez se volvía a casar, lo haría
con la hija de un conde o un duque o un marqués o... cualquiera que no fuera
una institutriz. Y, desde luego, no con una mujer de tres y treinta años, que ya
había estado casada y nunca había quedado embarazada en toda la unión de
seis años.
No, si había una mujer que no le convenía en absoluto, a la que nunca
consideraría para nada más que un breve interludio, era ella.
Ya le dolía demasiado, y tenía que pasar otros trece días con ese hombre.
¿En qué estaba pensando ella? ¿Por qué había creído que era una buena
idea?
Porque, le dijo alguna voz interior, no pensaste que un romance así
pudiera existir. Tenías la impresión de que lo considerarías simplemente
como a Lord Coningsby.
Pero no, él era mucho más que eso.
Tal vez él era demasiado serio, lento a la hora de mostrar emociones, y no
tan abierto al amor de su hija como debería. Sin embargo... ella podía sentir,
en el fondo, que él anhelaba más, que simplemente no sabía cómo ser el
hombre, y el padre, que quería ser. Ella había prometido ayudarlo en ese
sentido. Pero ahora no estaba segura de cómo podría volver a estar en la
misma habitación con él.
El hecho de que la hubiera besado era, obviamente, un momento en el que
él se había olvidado de sí mismo. Porque ella no era ciertamente la clase de
mujer que le interesaría para algo más que lo que habría sido para él un beso
sin sentido en la pista de baile. Era un conde y no sólo eso, sino un conde que
estaba interesado en encontrar una mujer que le diera un heredero. Desde
luego, esa mujer no era ella.
Por un lado, estaba cerca de superar la edad en la que es más probable
que una mujer tenga hijos.
Además, estaba el hecho de que había pasado todos esos años casada y no
había conseguido nada. No había tenido hijos, ni siquiera un indicio de haber
concebido. Así que no, no era la mujer con la que él elegiría casarse.
Además, era libre de casarse con cualquier mujer que deseara. Emily
había visto el gran número de hermosas jóvenes de familias excepcionales
que probablemente estarían encantadas de convertirse en su condesa.
Así que debía aceptar estos crecientes sentimientos por él y acabar con
ellos. No se casaría de nuevo, al menos no con un hombre que esperara tener
hijos. Hacía años que había aceptado el hecho de que no tendría hijos
propios. Ahora tenía que aprender que nunca podría estar con un hombre que
también los quisiera. Debía aceptarlo y seguir adelante.
Tal vez era el momento de irse. Pero rápidamente dejó de lado ese
pensamiento al recordar lo que podía hacer ahora por sus propios padres. Y
luego estaba Margaret.
Tal vez Charles le permitiera a Margaret venir a visitarla a la casa de los
Coningsby de vez en cuando. Emily estaba segura de que se llevaría bien con
los niños de allí, y así no estaría sola con tanta frecuencia.
Por lo menos, Emily se comprometió a pasar los próximos días aquí y
hacer todo lo posible para ayudar a Charles y Margaret a reparar su relación.
Luego se iría y todo volvería a ser como antes, como debería haber sido.
Al menos, eso era lo que se decía a sí misma mientras se dormía.

L A MAÑANA siguiente amaneció fría pero soleada y, ataviada con un vestido


de terciopelo verde oscuro de cuello alto, digno de una dama de primera
categoría, Emily miró por la ventana la nieve que había empezado a caer.
No era frecuente que la nieve cubriera el suelo en Navidad, pero Emily
pensó que era bastante hermosa en esta Nochebuena. Esperaba que fuera un
buen presagio para el día siguiente. La familia de Charles llegaría mañana,
pero por hoy, Emily estaba decidida a mostrarle a Margaret lo divertido que
podía ser celebrar la Navidad de la manera que ella sabía.
Primero, la decoración.
Emily sabía que no debía pedir ayuda a la señora Graydon, así que
después de un desayuno en el que se encontró sola, Emily buscó al
mayordomo.
—¡Toller! —lo llamó cuando lo sorprendió caminando por un pasillo. —
Esperaba que pudiera ayudarme —dijo una vez que él se detuvo.
—¿Sí, milady? —preguntó él, y Emily empezó a corregirlo por su forma
de dirigirse a ella, pero luego lo pensó mejor después de todo lo que Charles
le había dicho respecto a su estatus aquí en su casa.
—Me gustaría decorar la casa con algo de verdor —dijo. —¿Podría
arreglarse?
—Pues los criados ya están trabajando en ello —dijo él con cierta
sorpresa. —La señora Graydon los está dirigiendo a todos en el vestíbulo de
mármol.
—Oh, ya veo —dijo ella, bastante decepcionada al ver que ya le llevaban
mucha ventaja. —Gracias, Toller. Hay una cosa más.
—Diga.
—Me gustaría elegir el tronco de Navidad hoy.
—Oh, milady —dijo él, con la preocupación grabada en su rostro, con las
cejas pobladas juntas. —Hoy hace bastante frío y ha caído mucha nieve. Tal
vez sea un trabajo más adecuado para los lacayos y algunos de los
arrendatarios.
—Estaré encantada de que me acompañen uno o dos lacayos que puedan
ayudarme —dijo ella con lo que esperaba que fuera una sonrisa convincente.
—Ellos podrían volver para talar el árbol. Sin embargo, me gustaría
participar en la selección. Lo disfruto.
Toller asintió con la cabeza, aunque Emily no estaba segura de si podía
llamarlo un asentimiento o más bien un reconocimiento de sus palabras. Pero
finalmente, cedió.
—Por favor, avíseme cuando esté preparada, milady —dijo, y Emily le
sonrió.
—Espléndido —dijo ella, juntando las manos delante de ella mientras
enderezaba los brazos. —Lo esperaré con gusto.
Era todo lo que realmente tenía que esperar, pues cuando entró en el salón
de baile se encontró con que la señora Graydon ya tenía todo bien controlado,
dirigiendo a los sirvientes de una manera y de otra, sin que aparentemente
Emily tuviera que desempeñar ningún papel.
—¡Señora Nicholls! —Jenny la llamó desde el otro lado del salón de
baile, con los brazos llenos de decoración festiva y Emily le devolvió la
sonrisa a su doncella temporal, encontrándose entre dos mundos, como
siempre había hecho en su papel de institutriz.
El salón ya tenía un aspecto fabuloso. El verdor envolvía las columnas de
mármol, con lazos y bayas sujetas a las ramas de los árboles. Cuando Emily
entró en los aposentos de la familia en busca de Margaret, descubrió que los
balcones estaban igualmente decorados.
A Emily no le sorprendió que, tras una búsqueda minuciosa en la casa,
Margaret estuviera instalada en la sala de música, aunque debería haber sido
el primer lugar en el que hubiera pensado buscar. Emily creyó que su
sugerencia de buscar un tronco de Navidad sería recibida con entusiasmo,
pero en cambio Margaret negó con la cabeza.
—Gracias, señora Nicholls, pero preferiría quedarme aquí —dijo
amablemente, y cuando Emily abrió la boca para insistir, Margaret le sonrió y
negó suavemente con la cabeza.
—Realmente creo que sería lo mejor —dijo la niña. —Hace bastante frío
fuera, y de todas formas no soy una persona a la que le guste estar al aire
libre. Pero, por favor, no se quede dentro por mí. Puedo decir que usted
anhela estar al aire libre, así que por favor vaya. No me gusta mucho el frío
—ladeó la cabeza, arrugando la nariz —, ni la nieve.
Emily se rio. —Oh, muy bien, has hablado por ti misma —dijo. —¿Pero
me harás una promesa?
—¿Cuál es?
—¿Me ayudarás a encenderlo cuando volvamos?
—¡Por supuesto! —exclamó Margaret con una sonrisa, que Emily le
devolvió antes de iniciar el camino de vuelta a su habitación en busca de su
capa. Con todo lo que había caminado por la mansión, estaría casi agotada
para cuando encontrara el tronco de Navidad, supuso con una risa. Cuando
por fin estuvo preparada, buscó a Toller una vez más, y él le dijo que un
lacayo se reuniría con ella en la entrada principal en breve.
Emily aceptó y se marchó para completar otra tarea que tenía que hacer
antes de encontrar el tronco.
Cuando entró en el vestíbulo de mármol, se alegró de ver que la señora
Graydon no estaba por ninguna parte. Emily recorrió la habitación, cogiendo
elementos decorativos de hoja perenne, acebo, muérdago, romero y trozos de
cinta, y los colocó todos en una de las mesas que se habían levantado en el
centro de la habitación, probablemente para organizar cosas como las que ella
iba a hacer.
Comenzó a unir las distintas piezas, cerrando los ojos de vez en cuando
para imaginarse cómo lo hacía su madre año tras año. Sonrió al recordar las
muchas veces que ella y su hermana y su hermana habían intentado ser
encontradas “accidentalmente” bajo el muérdago con el hijo de un vecino que
había pasado por allí. Qué tontas habían sido.
Una vez terminada su obra maestra, Emily se alegró de encontrar a Jenny,
que acababa de volver de llevar un montón de follaje. Le prometió a Emily
que lo colgaría exactamente donde ella le pidiera.
Ahora sólo tenía que asegurarse de que nunca la sorprendieran cerca de
esa cosa, pensó Emily riéndose un poco. Sin embargo, sería bastante
divertido ver quién más podría encontrarse debajo del objeto.
Se puso la capa, la bufanda y unas orejeras mientras se dirigía a la puerta
principal, levantando la capucha para cubrirse la cabeza y colocando las
manos en unas guantes para mantenerlas calientes de lo que sabía que sería
un aire frío. Esperaba que el lacayo conversara con ella y no guardara el
silencio que se esperaba de los hombres de su posición. Por desgracia, supuso
que Charles tenía ese efecto en la mayoría de su personal, pero eso no era
culpa suya, ¿verdad?
Sin embargo, cuando llegó a las puertas, se detuvo en seco. Porque allí la
esperaba un hombre alto, de cabello oscuro, fuerte y apuesto. Pero no era un
lacayo.
—Charles —dijo ella, mirándole mientras se sujetaba las manos con los
guantes. —¿Qué está haciendo?
—Esperándote —contestó él gruñendo. —Has tardado mucho en llegar.
—No estaba al tanto de que nos veríamos —dijo ella, tragando con
dificultad. En realidad se había alegrado de que no se hubieran cruzado
todavía ese día, tan confundida estaba por su reacción hacia él después de su
baile y el beso de la noche anterior. —Me disculpo, pero tengo algo más que
hacer.
—¿Buscar un tronco de Navidad? —preguntó él levantando una ceja, y
sólo entonces se dio cuenta de que iba vestido de forma similar a ella, con
una larga capa negra que cubría toda su ropa por debajo, y un cálido gorro de
piel en la cabeza.
—Sí —dijo ella lentamente.
—Eso he oído. Pero no puedo permitir que andes sola por la propiedad en
la creciente nieve.
—Iba a ir con un lacayo...
—Con un lacayo. Sí, lo sé. No creo que sea apropiado que andes sola por
la propiedad con un lacayo. Por lo tanto, como pareces lo suficientemente
obstinada como para seguir con esta idea, iré contigo.
—Oh, Charles, realmente no debería. Sé que no le entusiasma
precisamente la idea de buscar un tronco de Navidad.
—Tampoco me entusiasma la idea de que vayas sola.
Ella no respondió, porque él tenía razón. Estaba decidida a ir, estuviera o
no sola. Puede que no estuviera con su familia esta Navidad, pero si tenía que
permanecer lejos de ellos, al menos podría mantener vivas sus tradiciones.
Charles le tendió el brazo.
—¿Vamos?
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CAPÍTULO 12

C harles miró a la mujer que caminaba a su lado. Sus mejillas y la


punta de su nariz estaban rosadas por el frío, mientras que sus
anteojos se mantenían ligeramente escarchadas por el vapor de su
respiración antes de volver a su estado claro. La pesada nieve caía alrededor
de su cara, espolvoreando su gorra y los hombros de su capa con una capa de
copos blancos, al igual que lo hacían los árboles de hoja perenne que
empezaban a agolparse a su alrededor cuanto más se adentraban en el bosque
más allá de Ravenport.
—¿Tienes frío, Emily? —preguntó él mientras sus botas creaban
hendiduras en la nieve cada vez más profunda.
—No —respondió ella, aunque su mentira era evidente ya que sus dientes
empezaban a castañear ligeramente. Él llevaba un trozo de tela que
pretendían atar alrededor del árbol seleccionado para que el jardinero volviera
a buscarlo junto con un par de lacayos.
—No estoy del todo seguro de lo que había de malo en alguna de las
docenas de árboles que hemos pasado hasta ahora —dijo él secamente.
—No tenían la anchura adecuada —dijo ella con crudeza. —Y además,
no quería estropear ninguno de los árboles que eran visibles desde la propia
mansión.
—Es muy considerado de tu parte, pero te aseguro que es innecesario. No
creo que nadie note que falta algo entre los muchos árboles de esta propiedad.
La mirada que ella le dirigió por el rabillo del ojo le preocupó, pues
intuyó que, o bien no apreciaba sus palabras, o bien planeaba conseguir
mucho más que una rama. Sin embargo, ella no hizo ningún comentario. En
su lugar, simplemente volvió a buscar entre los árboles que la rodeaban.
Charles no estaba del todo seguro de cuál era la mejor manera de
acercarse a Emily después de lo que había sucedido entre ellos la noche
anterior. No había podido dormir después de su beso y, cuando lo hizo, fue
sólo para soñar con ella.
Era ingeniosa, franca, inteligente y más atractiva de lo que él quería
admitir.
Él no se había dado cuenta al principio. Apenas se había fijado en ella, si
era sincero. Cuando ella le había llamado la atención, era simplemente
porque era la primera mujer que vio. Pero después de pasar los últimos dos
días juntos, ella había revelado tanto más de su interior que él tenía el deseo
de conocerla mejor, y por más razones que las de convencer a su familia de
que pronto se casarían.
Pero ella no parecía estar dispuesta a continuar con lo que habían
empezado la noche anterior. Se mantuvo alejada de él. Sus dedos sólo se
habían posado ligeramente sobre el brazo de él mientras caminaban desde
Ravenport, y una vez que llegaron al sendero que conducía al bosque, ella
había dejado caer su mano por completo, concentrándose en cambio en
escudriñar los árboles en su búsqueda.
—¿Cuándo fue la última vez que buscó un tronco de Navidad? —
preguntó ella, aunque su voz no contenía mucho interés y él supuso que
simplemente estaba haciendo conversación.
—Nunca.
—¿Nunca? —se giró hacia él sorprendida. —¿Ni siquiera cuando era
joven?
Él se rio. —No, Emily. Ese es un trabajo para el jardinero o para algunos
de los arrendatarios. No para el conde y sus hijos.
—Lo siento —dijo ella, continuando su camino hacia delante, con las
manos unidas a la espalda. —Sé que he metido la pata en este papel que estoy
representando, pero no puedo decir que el engaño sea fácil.
—¿Y crees que lo es para mí? —preguntó él, ligeramente insultado por su
insinuación. —Esta situación nació de la necesidad.
—O del orgullo.
—¿Perdón? —preguntó él, inseguro de haberla oído bien y esperando no
haberlo hecho.
—Mis disculpas, Charles. Simplemente me parece que toda esta farsa
surgió de el deseo de que su primo no sintiera que tenía algún control sobre
usted o sobre Ravenport.
Charles guardó silencio, pues no tenía respuesta a eso. Porque ella tenía
razón.
—Este servirá —señaló ella finalmente, mirando al árbol que tenía
delante. El roble parecía no haber tenido una temporada de verano
especialmente fructífera. Si no lo cortaban, era probable que muriera pronto
de todos modos.
—¿Estás segura? —preguntó él, sin saber si era un buen augurio utilizar
un árbol moribundo para un tronco de Navidad.
—Lo estoy —dijo ella con un gesto cortante. —Ha cumplido su
propósito, y ahora puede pasar a otro.
—¿Todo el árbol? —cuestionó él, evaluando su anchura.
—Todo el árbol —confirmó ella.
—Muy bien —dijo él levantando el pañuelo en sus manos y atándolo
alrededor del árbol. —Ahora volvamos y a avisemos a Toller a dónde enviar
a los hombres y a los caballos, si es necesario.
Se dieron la vuelta, y Charles se sorprendió al ver lo lejos que se
encontraba Ravenport. De hecho, apenas era visible a través de la nieve que
caía y se arremolinaba. Habían recorrido mucho más de lo que él había
previsto.
—Oh, cielos —dijo ella, aparentemente llegando a la misma conclusión
cuando su cabeza apareció junto a él, a la altura de su hombro. Él era un
hombre alto, y ella un poco más baja de lo que sería la altura media de una
mujer, aunque compensaba su altura con sus curvas, como él había
descubierto la noche anterior.
—¿Crees que lo conseguirás? —le preguntó y ella asintió con la cabeza,
aunque no parecía muy segura de sí misma. La nieve caía ahora más rápida y
se había levantado un ligero viento que la arremolinaba frente a ellos. Los
pasos que había supuesto que les llevarían de vuelta a la mansión se habían
borrado, como si nunca hubieran recorrido este camino para empezar.
Estaban caminando a través de una gran nevada e incluso Charles se
estaba congelando, con los pies helados mientras la nieve le empapaba las
botas y las medias.
Miró a Emily una vez más, y sus mejillas se habían enrojecido, sus
dientes castañeaban tan ferozmente que era como si estuvieran tocando el
ritmo de una de las melodías de Margaret.
—Parece que estás a punto de congelarte.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Bueno, no tengo mucha elección en el asunto, ¿verdad? —preguntó
ella con fiereza, con un tono cruzado, aunque él supuso que probablemente se
debía más al enfado por sus propias decisiones que a él.
—En realidad, tenemos una opción —dijo él después de un momento de
considerar sus opciones. —Hay una cabaña cerca de aquí, que utiliza el
guarda de caza cuando hace más calor.
—¿Tan cerca de la mansión?
—Mi padre disfrutaba de una buena cacería. Me parece que tengo muchas
más cosas en las que ocuparme y, aparte de nuestra reunión familiar anual de
Navidad, hace tiempo que no organizo una velada en casa.
—Bueno... —dijo ella con una última mirada hacia Ravenport. Charles
notó que sus labios se volvían de un tono más cercano al púrpura que al rosa
habitual. —Quizá podríamos parar un momento para calentarnos antes de
volver.
—Muy bien —dijo. El momento no podía ser más perfecto, ya que vio la
abertura en los árboles donde se encontraba la cabaña. Además, no quería
admitir el frío que él mismo sentía. Esta tormenta invernal había llegado con
rapidez. Se preguntó si alguno de los suyos podría llegar a su casa, que podría
ser como la única gracia salvadora de semejante clima.
—Es por aquí —señaló él y cuando ella tropezó ligeramente, supo que
tenía que llevarla allí lo antes posible. Se agachó y colocó un brazo debajo de
sus rodillas, levantándola.
—¡Oh! —exclamó ella al hacerlo, acercando sus brazos al pecho de él
para equilibrarse. —Charles, ¿qué estás haciendo?
—Apenas puedes caminar —dijo él, notando que necesitaba realizar más
actividad física de la que hacía últimamente. —Te estoy ayudando.
—Bájame —dijo ella, con una voz llena de autoridad, pero él no era uno
de los niños a los que mandaba.
—No seas tonta, mujer —dijo él en respuesta, demostrándole que un
conde podía tener tanto poder como una institutriz. Ella jadeó, pero fue
incapaz de luchar contra él. Él sintió su rendición cuando su cuerpo perdió
parte de su rigidez y uno de sus brazos le rodeó el cuello.
Afortunadamente, fue un breve recorrido por el bosque, y respiró aliviado
cuando la cabaña estuvo a la vista. Finalmente la dejó en el suelo cuando se
acercaron a la puerta, aunque sonrió para sí mismo al ver que ella mantenía
una mano apoyada en su brazo.
La puerta no estaba cerrada con llave, aunque encajaba con bastante
fuerza en el umbral, y él tuvo que abrirla con el hombro. Las bisagras
chirriaron cuando la puerta finalmente comenzó a moverse y él prácticamente
entró dando tumbos con Emily detrás de él.
Era una cabaña pequeña, de una sola habitación, con una chimenea en un
lado de la habitación, una cama individual en el otro, y cerca de la puerta
estaba el más pequeño de los escritorios con una silla de madera frente a él,
donde el guarda de caza a veces actualizaba un libro de contabilidad de los
animales que se encontraban en el coto de caza.
Charles se acercó al escritorio y encontró un yesquero para encender la
chimenea que les ayudaría a calentarse. Agradeció que se hubieran colocado
troncos en la chimenea, probablemente desde la última vez que el guarda de
caza había estado allí.
—¿Por qué no tomas la manta de la cama? —murmuró él, pero cuando se
volvió, se encontró con que Emily ya estaba sentada sobre ella con las botas y
las medias en el suelo, las piernas recogidas debajo de ella, y la manta
envolviéndola. Sostenía sus anteojos entre los dedos por las patillas,
haciéndolas girar. Debían de estar bastante empañados por el cambio de
temperatura del aire.
—Veo que te encuentras como en casa —observó él mientras las llamas
empezaban a consumir los troncos.
—En realidad, es la vez que más a gusto me he sentido en toda su
propiedad —dijo ella con una leve risa, aunque él pudo oír la nostalgia en su
voz.
Charles cruzó la habitación y se sentó junto a ella en la desgastada pero
limpia cama, asegurándose de mantener una respetuosa distancia entre
ambos. Miró sus manos entrelazadas en su regazo.
—Debo disculparme por haberte alejado de tu familia estas Navidades —
dijo lentamente, queriendo asegurarse de que ella entendía que hablaba en
serio. —Te agradezco lo que estás haciendo por mí.
Ella apartó la mirada, y él percibió que estaba algo avergonzada por sus
palabras.
—Me hizo una oferta que no pude rechazar, no lo olvide.
Entonces él sonrió, soltando una leve risa mientras miraba el bajo techo,
hecho de madera tosca como el resto de la cabaña. No tenía ni idea de cuánto
tiempo había estado en pie el pequeño inmueble, pero probablemente era más
viejo que la propia casa solariega. En realidad, se preguntó si, en algún
momento, ésta había sido una parte más remota de la mansión, ya que la casa
original estaba mucho más lejos, en las afueras de lo que ahora eran sus
tierras.
—Debo parecerte ridículo, pagándote para que actúes como mi futura
esposa, y sin ninguna razón en realidad, más que la de evitar que se me
demuestre que estoy equivocado —dijo él, poniéndose de pie ahora y
atravesando la habitación a grandes zancadas para extender las manos frente
al fuego, intentando disimular lo cohibido que se sentía frente a ella.
—En absoluto —dijo ella, su voz se acercó cuando debió ponerse de pie y
ahora caminaba hacia él. —Todos tomamos decisiones en el momento que a
veces lamentamos después. ¿Quiere... quiere que me vaya? Quiero decir de
su propiedad, de esta fiesta. No de esta cabaña en este momento, porque me
temo que realmente necesito calentarme un poco antes de regresar.
Se volvió hacia ella ahora, descubriendo que se había acercado más de lo
que había pensado. Su rostro estaba inclinado hacia él mientras esperaba su
respuesta, y las llamas del fuego hacían bailar los planos de su cara. Notó que
las pecas más pequeñas salpicaban su nariz. Ahora tenía una vista ilimitada
de sus ojos, y alargó la mano para acariciar la parte superior de sus pómulos
con los pulgares mientras sus otros dedos rodeaban su mandíbula.
—No —señaló lentamente con la cabeza mientras su dedo acariciaba la
suave piel de su rostro. —Puede que sea un hombre egoísta, Emily, pero no
quiero que estés en ningún sitio más que aquí.
CAPÍTULO 13

E mily tembló, pero esta vez no fue de frío.


Sí que temblaba, pero era por el contacto de los dedos de
Charles con su cara, por su cercanía, por el hecho de estar con él
frente al fuego, sola en una casa de campo cuando nadie sabía dónde estaban.
Era bastante escandaloso. Era exactamente la situación que se había dicho
a sí misma que debía evitar. Y sin embargo, a pesar de su oferta de
marcharse, no quería estar en ningún sitio más que aquí.
—Charles —dijo ella, tragando, necesitando poner espacio entre ellos.
Apenas podía verle la cara, tan atroz era su visión sin anteojos, pero podía ver
lo suficiente como para saber la seriedad con la que la miraba, la intención
con la que sus ojos se centraban en su cara, la firmeza con la que le tomaba
los brazos. Parecía que todo lo que hacía este hombre era con una precisión
determinada. Buscó en su mente algo que decir. —¿No tienes frío en los
pies?
—¿Perdón? —dijo él, levantando las cejas, ya que sus palabras no eran, al
parecer, lo que esperaba oír.
Ella tomó aire, y el olor almizclado de la tinta y el cuero de él llegó a sus
fosas nasales, superando el moho de la cabaña que, obviamente, no había sido
utilizada en algún tiempo.
—Yo... te pregunté si tus pies no estaban fríos también —explicó ella,
sintiéndose una tonta, pero continuando de todos modos. —Mis pies estaban
empapados por la nieve. ¿No lo están los tuyos?
—Ligeramente —respondió él, sus manos bajando de su cara ahora y ella
echó de menos su tacto, deseando no haber dicho nada que le hiciera
replantearse lo que habían hecho. —Pero no parece que me molesten
demasiado en este momento.
—Los míos son como carámbanos —dijo ella, diciendo la verdad.
—Ven —dijo él tomando su mano y guiándola hacia la cama, con
cuidado de no sentarse en sus anteojos. Los levantó con cuidado y los colocó
en el suelo a su lado. —Dame tus pies—. Le tendió las manos.
—Oh, no podría —dijo ella, empezando a sentir un cosquilleo en la nuca
y en la cara mientras su respiración se aceleraba.
—No se lo diré a nadie —prometió él, pero ella negó con la cabeza.
—No es eso —dijo ella mordiéndose el labio.
—¿Entonces por qué no?
—Porque... simplemente no parece... correcto.
—Shush —dijo él, obviamente sin querer seguir discutiendo. Mantuvo las
manos extendidas hacia ella, ofreciéndole la posibilidad de extender su pierna
hacia él. Los dedos de sus pies parecían pequeños y pálidos en comparación
con las grandes manos de él, y a pesar del frío que tenía, el calor subió a sus
mejillas cuando él le tocó los pies.
Pero entonces comenzó a frotarlos para infundirles calor de nuevo, y ella
olvidó toda su timidez cuando la sangre comenzó a correr en sus
extremidades una vez más.
—¡Oh! —exclamó. —¡Eso... duele!
—Concéntrate en la sensación de mis dedos —murmuró él, y ahora pasó
de frotarle los dedos a masajearle el resto del pie. Sus pulgares amasaron la
almohadilla de la parte inferior, bajando por el arco, hasta el talón y la parte
posterior. Cuando terminó de tratar un pie, pasó al siguiente. La sensación
inicial de los dedos de los pies fue sustituida por las más bellas sensaciones
que Emily podía imaginar. No recordaba que nadie le hubiera prestado una
atención tan dulce de esta manera. Para un hombre que parecía más bien frío
y distante, estaba mostrando más atención de la que ella podría haber
imaginado.
Abrió los ojos y descubrió que su duro rostro se concentraba en sus pies
en la misma medida en que lo haría si estuviera revisando un libro de
contabilidad frente a él. El hecho de que él, el conde de Doverton, se
preocupara lo suficiente como para no sólo detenerse aquí por ella cuando
tenía una velada en casa esperándolo, sino para dedicarle tal atención... le
derritió el corazón al igual que los dedos de los pies.
—Gracias —dijo ella, con la voz apenas por encima de un susurro, y él
sacudió ligeramente la cabeza.
—Fue mi culpa. Debería haberme asegurado de que volviéramos antes.
—No puede cargar con la responsabilidad de todo usted solo. Fui muy
terca —admitió ella. —Me esforzaba tanto por asegurarme de que lo que
estaba bajo mi control fuera perfecto, y al hacerlo hice que entráramos en este
aprieto.
—Estoy seguro de que hay suficiente culpa como para que podamos
compartirla —dijo él, y luego dejó sus pies a un lado para ponerse de pie y
recoger sus botas y medias. Las llevó hasta la parte delantera del fuego y las
colocó frente a éste. Luego desató sus propias botas y las colocó junto a las
de ella.
Ella se puso de pie, se envolvió con la manta y esperó a que él se volviera
y la mirara.
—Gracias —dijo ella en voz baja.
—¿Por qué?
—Por acompañarme al bosque. Por ser paciente conmigo mientras yo
estaba siendo irracional en la selección del árbol perfecto. Por saber que yo
tenía frío. Por traerme hasta esta cabaña. Por quedarse aquí conmigo cuando
sé que hay muchas otras cosas que requieren su atención. Por... preocuparlo.
Él se inclinó más cerca de ella, pasando la manta por encima de sus
hombros y envolviéndola aún más.
—Haces que sea demasiado fácil preocuparse —susurró él —, pues sólo
hay que seguir tu ejemplo.
Emily estaba preparada esta vez y esperaba con urgencia su beso. Sus
labios tocaron los de ella por un momento, muy suavemente. Él se inclinó
hacia atrás y la miró como si se preguntara si era o no la decisión correcta.
Ella asintió con la cabeza, y cuando él volvió a acercar sus labios a los suyos,
lo hizo con la ardiente pasión que ya conocía de él.
A pesar de la dureza de sus labios sobre los suyos, sus manos eran suaves
como una pluma mientras la acariciaban, bajando por sus brazos, subiendo
por su espalda y acariciando ligeramente su cuello. Se derritió en ellas y la
manta cayó a sus pies cuando la soltó para rodear su cuello con los brazos.
Era tan... masculino.
Emily, que ya había estado casada, comprendía la interacción entre un
hombre y una mujer, la intimidad de unirse en el acto más físico.
Pero lo que no había entendido era el deseo que podía existir entre dos
personas. Con James, había sido una cuestión de deber, de obligación. Lo
había disfrutado bastante, pero no era... como esto.
Charles podía parecer frío y distante, pero el hombre que la sostenía en
ese momento... Era todo menos frío.
Sus dedos, que parecían estar en todas partes a la vez, subieron por su
vientre, y ella aspiró una bocanada de aire ante las sensaciones que le
producía su viaje por el corpiño hasta los lazos de su capa. Deshizo
lentamente el lazo que ella había confeccionado, hasta que los zarcillos de la
cinta que descendían sobre su pecho parecían hacerle cosquillas con su tacto.
La capa siguió a la manta hasta el suelo, y ella deshizo hábilmente la suya
con un rápido tirón. Un leve gruñido surgió de la garganta de él y le tomó la
nuca, inclinándola hacia un lado, lo que le permitió un mejor acceso a su
boca. Su lengua le acarició los labios hasta que casi le exigió la entrada, y
pronto la danza entre ellos fue de degustación, exploración, entrega y toma,
todo a la vez.
—Emily —murmuró él, y ella respondió apretando la longitud de su
cuerpo contra él, deleitándose con todos sus rígidos contornos, que
contrastaban tan dramáticamente con su propia suavidad y que, al mismo
tiempo, encajaban perfectamente contra ella.
—¿Qué me estás haciendo? —le preguntó cuando inclinó la cabeza hacia
atrás alejándose de ella por un momento. —Se supone que esto no debería
ocurrir.
—No —dijo ella con fiereza, dándole la razón de todo corazón. —Pero
está sucediendo.
—Es una idea terrible.
—Tiene razón.
Pero su asentimiento fue todo el estímulo que él necesitaba para reanudar
la conversación donde la habían dejado.
Sólo que esta vez, en lugar de concentrarse sólo en su beso, sus manos
vagaron más hacia el sur, hasta jugar con el delicado encaje que bordeaba el
corpiño del vestido que había comprado para ella. Sus pulgares bajaron,
rozando sus pezones, y Emily se arqueó ante su contacto, prácticamente
pidiendo más. Se sintió deseosa, pero era... delicioso.
—Necesito verte —murmuró él en su boca. —Sentirte.
—Entonces me verás —dijo ella en voz baja, tímidamente, tomando su
mano entre las suyas y tirando de él hacia el pie de la cama. Cuando había
estado casada, rara vez su esposo la había visto sin ropa. Las veces que
habían estado juntos habían sido normalmente bajo las sábanas, una unión
rápida y eficaz en la oscuridad.
No así.
Emily se dio la vuelta para que Charles accediera a los botones de la
espalda de su vestido. Estaba acostumbrada a los vestidos que le permitían
desvestirse sola. Todavía no estaba acostumbrada a requerir que una criada la
desvistiera.
Charles hizo un trabajo bastante rápido con los botones, aunque no
parecía ser un maestro de la seducción. El corazón de Emily comenzó a latir
más rápido mientras el miedo empezaba a arraigar y crecer. ¿Qué pensaría
Charles cuando la viera desnuda? Se preguntó si esto sería lo más lejos que
llegarían los dos, mientras empezaba a girarse lentamente hacia él, vestida
ahora sólo con su camisola. A James nunca le había entusiasmado verla sin
ropa. ¿Charles la consideraría demasiado ancha? ¿Demasiado voluptuosa?
¿Demasiado pálida? Demasiado...
—Eres perfecta —dijo él con la voz un tanto entrecortada mientras sus
ojos se oscurecían de deseo. Todos los miedos y dudas de Emily empezaron a
desaparecer. El espacio que dejaron se llenó con su propio deseo por Charles.
Todavía quedaban muchas cosas por resolver entre ellos, y ninguna promesa
de que hubiera algo más, pero por ahora, Emily tendría que conformarse con
tener este breve momento con él. Sólo por hoy podía imaginar que estaban
empezando una vida juntos. Que sus esponsales no eran artificiales, sino tan
reales como ella podía imaginar.
Por hoy, en esta Nochebuena, él era suyo.
Él no se había vestido formalmente bajo su capa, y ella ansiaba sentir su
piel desnuda sobre la suya. Le quitó la chaqueta de los hombros y le
desabrochó los botones hasta que pudo levantar el faldón de la camisa de sus
pantalones, permitiéndole quitársela por la cabeza.
Y entonces sus dedos quedaron libres para explorarle como él lo había
hecho con ella. Recorrió su pecho con las yemas de los dedos, explorando los
contornos de sus músculos bajo su piel, mucho más oscura que la de ella.
Rozó con un ligero toque el vello áspero que espolvoreaba su pecho,
apreciando todas las diferencias entre ellos.
Entonces ya no tuvo tiempo de pensar cuando él la levantó contra él,
acunándola en sus brazos como lo había hecho cuando la llevó a través de la
habitación. La dejó suavemente en la cama, pero entonces su tiempo de
ternura pareció desvanecerse, sustituido por la pasión que se había encendido
en él, tan tormentosa como la nieve que caía fuera de la cabaña.
Emily esperó su beso, pero en lugar de posarse en sus labios, él comenzó
a besar el costado de su cuello, pasando por sus clavículas hasta llegar a sus
pezones, que ansiaban su contacto. Acarició uno con la boca, el otro con los
dedos, hasta que ella casi se levantó de la cama cuando su cuerpo empezó a
pedir más.
Entonces se separó de ella lo suficiente como para desatarle los cordones
y reunir la ropa que le quedaba atada a la cintura y deslizarla por sus piernas.
Se detuvo un momento y Emily abrió un ojo, mirándolo. Pero pronto bajó por
su cuerpo, siguiendo la ropa, hasta que estuvo tentando el núcleo de su
centro. Ella jadeó sorprendida -James nunca habría considerado algo así-,
pero luego todo pensamiento se esfumó de su mente cuando las sensaciones
de su clímax comenzaron a recorrerla.
Al parecer, Charles también lo sintió, porque se deslizó dentro de ella,
llenándola y completándola en un solo suspiro. Ella levantó las caderas para
invitarle a entrar más, y el gemido de él le dijo que se sentía tan satisfecho
como ella por la forma en que encajaban.
Pronto encontraron su ritmo, y no pasó mucho tiempo antes de que él
empezara a gemir su nombre, mordiéndole ligeramente el hombro mientras
frenaba y se introducía en ella con decisión.
—¡Emily! —gritó una vez más mientras se retiraba de su cuerpo y
derramaba su semilla sobre las sábanas a su lado.
Mientras yacía allí tan saciada como era posible, una única lágrima cayó
de los ojos de Emily. Porque las acciones de él eran innecesarias. Y la razón
era la misma por la que nunca podrían permanecer juntos de verdad.
CAPÍTULO 14

É l nunca se había sentido tan completo.


Charles estaba tumbado de lado, con la cabeza apoyada en el
codo, mientras miraba a Emily Nicholls, que estaba tumbada de
espaldas junto a él en la cama que estaba hecha para una sola persona, pero
que en ese momento tenía el tamaño perfecto.
Su cabello rubio arenoso se extendía detrás de ella sobre la sábana. No
recordaba si le había quitado las horquillas del cabello, o si se le habían caído
por sí solas, pero ahora apreciaba la vista de la longitud del cabello que la
rodeaba. Se dio cuenta de que el cabello se rizaba ligeramente, tomó algunos
mechones y los enroscó en su dedo.
Sus mejillas estaban rosadas, sus labios de un rojo magullado por su
forma de hacer el amor, y ahora él trazó la más leve de las hendiduras en su
hombro, que sus dientes habían encontrado al final.
Ella había sido muy entusiasta, y sin embargo... sólo entonces vio la
lágrima que salía de su ojo, abriéndose camino sobre su sien para derramarse
sobre la delgada almohada que había debajo.
—Lo siento mucho —dijo él con urgencia, la culpa lo asaltó. —Eso
nunca debería haber ocurrido. Me aproveché...
—No, no —dijo ella, sacudiendo la cabeza con énfasis, levantando un
dedo. —No digas eso. No pienses eso. Eso fue perfecto. Y yo participé de la
mejor manera posible.
—Me alegra oírlo —dijo él, aunque seguía bastante preocupado. —¿Pero
qué te entristece, entonces?
Ella resopló ligeramente.
—No es nada por lo qué preocuparse —respondió ella, con una sonrisa
claramente forzada cubriendo su rostro ahora. —Ha sido maravilloso,
Charles, de verdad.
—¿No quieres compartirlo conmigo? —preguntó él, sin darle importancia
a sus palabras. —Por favor, Emily.
Ella guardó silencio por un momento, y él se levantó de la cama el tiempo
suficiente para encontrar la manta de la que se había desprendido no hacía
mucho, y la cubrió con ella para evitar que se enfriara una vez más.
—Soy una viuda de treinta y tres años —dijo, sin mirarlo a los ojos. —
Trabajo para mantener a mis padres que envejecen. Me paso los días
cuidando niños pero no tengo ninguno propio, a pesar de lo mucho que me
gustaría. Y nunca los tendré.
El sentimiento de culpa de Charles se hizo más profundo, aunque el
razonamiento que lo motivaba cambió.
—Treinta y tres años no es demasiada edad para tener hijos —consiguió
decir en un esfuerzo por consolarla, pero ella negó con la cabeza, sus largos
mechones moviéndose con ella por la almohada.
—Lo es si una estuvo casada durante seis años y nunca quedó
embarazada —dijo con un suspiro. —No, por la razón que sea, Charles, Dios
no consideró oportuno darme un hijo. Y eso estaría bien, creo, si hubiera
conocido el amor de otra forma. Si me hubiera casado con un hombre que me
amara por lo que era y no sólo porque necesitaba una esposa y nos
conocíamos bien.
Charles sintió una punzada en lo más profundo de su pecho al recordar
todo lo que él le había dicho: su necesidad de una esposa que le diera un
heredero, el hecho de que no se casaría por ninguna otra razón. Cómo debió
de haberla insultado.
—Lo siento, Emily, por...
—No tienes nada de que arrepentirte —dijo ella con firmeza. —Fui yo
quien aceptó venir aquí, sabiendo lo que hacía. Fui yo quien se quedó aquí
tontamente, permitiéndome la cercanía con otro niño, con otro hombre. Fui
yo quien provocó que estuviéramos solos aquí juntos, quien ansió hacer el
amor contigo, a pesar de saber cómo acabará esto.
—¿Y cómo crees que terminará? —preguntó él, necesitando saber
exactamente cómo se sentía ella, a pesar de lo que su mente le decía: que ni
siquiera debía preguntar, pues no podía conducir a nada más que al dolor para
los dos.
Ella se sentó ahora, tirando de la manta alrededor de ella con fuerza para
que él no pudiera ver más de ella, a pesar de lo mucho que anhelaba.
—Terminará con nosotros dos vistiéndonos, saliendo de aquí cuando
podamos atravesar la nieve, y regresando a tu enorme y extravagante
mansión, a la que no pertenezco salvo en calidad de sirvienta o institutriz. Tu
familia llegará. Durante la próxima semana, pondré una sonrisa en mi cara y
fingiré que soy tu encantadora prometida. Te ayudaré a pasar tiempo con
Margaret, y ambos se volverán cercanos. Luego regresaré a la propiedad de
Lord y Lady Coningsby, y le dirás a tu familia que lo nuestro no funcionó,
pero que has encontrado una prometida mucho más adecuada, porque lo
harás. Así es como terminará.
Ella dijo las palabras con tanta naturalidad, tan monótona, que él se
encontró añorando su típico entusiasmo alegre. Si él hubiera sabido que hacer
el amor con ella resultaría en esto, nunca lo habría hecho, ¿o sí?
Porque estar con ella había sido la experiencia más gratificante y
estimulante de toda su vida. Aunque su aspecto fuera exactamente el del
papel de institutriz, desprendía una pasión que se mantenía en lo más
profundo de su ser.
Cuando la había besado por primera vez, pensó que sería algo fugaz.
Cuando ella le había dicho que quería hacer el amor con él, había pensado
que tal vez si pasaban ese tiempo juntos, encontraría saciado su deseo por
ella, podría seguir adelante y descubrir qué más le esperaba.
Pero ahora que había estado con ella, sólo quería más. Ella era para él
como el whisky para un borracho.
—Yo... no quiero que termine así —dijo él, sorprendiendo a ambos con
sus palabras.
—Entonces, ¿cómo crees que terminará? —preguntó ella con voz
temblorosa.
—No lo sé —dijo él levantando las manos a un lado. —Pero eso no puede
ser todo.
—Desde luego no voy a ser tu amante —dijo ella algo indignada. —Y tú
has dejado claro que no puedo ser tu esposa.
—Tal vez podrías quedar embarazada... —dijo él, casi sin creer lo que
estaba diciendo. ¿Podría... podría realmente casarse con ella?
—Pero lo más probable es que no lo haga —dijo ella con fiereza. —
¿Podrías vivir con eso?
Él escuchó el viento que aullaba fuera de la ventana, pensó en las tierras
que los rodeaban, en la mansión de la que ella se burlaba ligeramente pero
que él amaba en secreto, que se encontraba justo en la colina más allá de
ellos. Todo se convertiría en propiedad de su primo, y luego del hijo de su
primo.
Apenas podía soportar la idea. Siempre había imaginado que heredaría
todo lo que tenía a un hijo que continuaría el legado que había creado, que
cuidaría de sus arrendatarios y mantendría la pacífica y próspera propiedad
tal y como la había dejado. Había trabajado mucho para convertirla en lo que
era hoy.
¿Merecía la pena renunciar a todo eso por una mujer a la que había
conocido durante unos pocos días? ¿Una mujer que, prácticamente, no
debería atraerle y que no le convenía?
La miró ahora, encontrándose con sus ojos, que habían adquirido un
aspecto inescrutable.
—No tienes que responder a eso —dijo ella en respuesta a su silencio,
con la voz pesada y ronca.
—Es que...
—Está bien.
—No lo está.
Era que él no tenía ni idea de cómo responderle.
—Es probable que tus invitados lleguen pronto —dijo ella con desaliento.
—¿No se preguntarán dónde estamos? Oh, vaya, y Margaret. ¿Qué estará
pensando?
—Volveremos pronto. Con suerte alguien vendrá a buscarnos —le
aseguró él. —No estamos lejos. Aunque será mejor que nos vistamos.
Se vistieron casi en silencio, mientras las imágenes de la ropa
desprendiéndose parpadeaban en la mente de Charles.
—Te agradezco todo lo que has hecho por mí —logró decir, y ella asintió,
con una sonrisa tensa en el rostro.
—Lo sé, Charles.
Él observó cómo ella se agachaba y empezaba a buscar en el suelo.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudar? —preguntó él mientras escuchaba
su murmullo, que tuvo que admitir que era bastante entrañable.
—Mis anteojos —contestó ella. —No puedo encontrarlos.
—¿Puedes ver mucho sin ellos? —preguntó él.
—Casi nada —dijo con un suspiro. —Es bastante cansado.
—Me lo imagino —dijo él mientras los encontraba rápidamente en el
rincón. Los levantó y les quitó el polvo, ya que habían acumulado mucho por
estar en el rincón.
—Aquí —dijo él colocándolos suavemente sobre su nariz, permitiendo
que sus ojos se centraran en él una vez que lo hizo. —Todo en su lugar.
—Gracias —dijo ella suavemente, y por un momento, cuando sus ojos se
encontraron, todo parecía ser como debía ser, los dos juntos. Ella parecía
comprenderlo. De encajar con él. Llenar las piezas que faltaban.
Tal vez-
Se oyeron fuertes golpes en la puerta.
—¿Milord? ¿Está usted ahí?
—Justo a tiempo —murmuró Charles mientras concedía una última
sonrisa a Emily y cruzaba hacia la puerta, una ráfaga de viento le golpeó en la
cara al abrirla. El jardinero y dos de los arrendatarios de Charles estaban de
pie fuera, bajo la nieve que soplaba, y Charles les hizo rápidamente un gesto
para que entraran.
—Estábamos esperando su regreso —dijo el jardinero —y nos
preocupamos cuando no volvieron. Fue difícil seguir sus huellas, pero vi la
bufanda en el árbol y entonces pensé en revisar aquí. Hemos traído el trineo
para que la señora Nicholls pudiera viajar en él de vuelta.
—Oh, estoy bien —dijo Emily desde la silla, donde se estaba atando las
botas, pero Charles levantó una mano.
—Viajarás en el trineo —dijo con firmeza antes de volverse hacia los
hombres. —¿Y qué hay del árbol?
—Oh, Charles —dijo Emily desde detrás de él. —No creo que...
—Es Nochebuena —la interrumpió él. —Si la señora quiere un tronco de
Navidad, pues un tronco de Navidad tendrá.
—Muy bien —dijo el jardinero. —No deberíamos tardar mucho con
nosotros tres.
—Los cuatro —replicó Charles —porque yo les ayudaré.
—No, no, milord —protestó el jardinero, pero Charles se mantuvo firme.
Él era el amo aquí, y si decidía ayudarles a tumbar el tronco de Navidad,
entonces eso era lo que iba a pasar.
Además, tenía una sensación perversa e infundada de necesitar hacerlo él
mismo, con sus propias manos, como regalo para Emily. Lo cual era una idea
extraña, ya que les pagaba muy bien a esos hombres para que le hicieran ese
servicio, pero no podía deshacerse de esa sensación.
Y así fue, bajo el viento cortante y el doloroso frío, los dos caballos, los
cuatro hombres y Emily regresaron a la mansión una hora después jalando el
tronco de Navidad a cuestas. Charles estaba cansado y tenía frío, pero
entonces vio la mirada de Emily mientras se acercaban a la mansión. Ella
sonreía, y cuando él siguió su mirada, vio que el objeto de su afecto estaba de
pie en la puerta esperándolos. Margaret. Estaba dando saltos de alegría, con
su brillante cabello color chocolate oscuro rebotando sobre sus hombros
mientras los veía llegar. El sol empezaba a ponerse, y ella parecía un ángel
con un halo de luz del candelabro de la pared detrás de su cabeza.
El frío y su agotamiento ya no importaban. Lo que sí importaba era la
hermosa niña -su niña- y la mujer en el trineo a su lado.
Se dio cuenta de que esto era lo que se sentía en una familia.
Y por primera vez en su vida, Charles vislumbró lo que era realmente la
Navidad.
CAPÍTULO 15

—M ilord, Lord y Lady Bishop y Lord y Lady Fredericton han llegado


—anunció Toller, dando un paso atrás para permitir la entrada de las dos
parejas. Aquella noche era bastante tarde, y Charles ni siquiera estaba seguro
de que sus primos fueran a desafiar el frío para llegar. Sin embargo, todo
había salido bien, ya que ellos habían tardado mucho en volver de su...
excursión. Las mejillas de Emily se enrojecieron sólo de pensarlo.
Sin embargo, ahora no era el momento de permitir que su mente vagara
por allí, ya que tenía que ocuparse de la familia de Charles. Los señores eran
unos años mayores que sus esposas, que parecían hermanas. Emily retrocedió
aún más hacia la pared cuando las parejas entraron. Deseó poder desaparecer
por completo y confundirse con el papel pintado que había detrás de ella.
Pero, por desgracia, su vestido azul marino no era del mismo color que el
papel pintado azul cielo. Tal vez no la notaran. Si se ponía a un lado, tal vez
el gigantesco jarrón de color crema la ocultaría lo suficiente como para que
nadie...
—¡Charles, Edward nos dijo que te vas a casar de nuevo! ¡Oh, esta debe
ser ella!
Al parecer, Edward les había dicho en quien fijarse.
Charles siguió a sus primos hacia Emily mientras ella intentaba sonreír
para apaciguarlos.
—Lady Bishop y Lady Fredericton —dijo Charles, su propia sonrisa
parecía bastante forzada. —¿Puedo presentarles a la señora Nicholls?
—Oh, no hay necesidad de ser tan formal, Charles —dijo Lady Bishop,
mientras las dos miraban a Emily como si fuera un espécimen que
contemplar. Ambas mujeres tenían el mismo cabello oscuro que Charles y el
hermano de ellas, Edward. Eran delgadas y llevaban hermosos vestidos.
Emily envidiaba su belleza convencional y deseaba saber exactamente qué
decirles. Estaba versada en la conversación cortés, pero tenía la sensación de
que esto iría mucho más allá.
—Somos Anita y Katrina, querida.
—Un placer conocerlas —dijo Emily, deseando estar lejos de aquí; de
hecho, deseando estar a varios kilómetros de distancia, sentada en la mesa de
la cocina de sus padres, en lugar de que le hablaran como si fuera una niña.
Debía tener casi la misma edad que estas mujeres.
—Edward nos ha hablado de usted, señora Nicholls —dijo Lady
Fredricton; al menos, Emily pensó que era Lady Fredericton. Las hermanas
eran tan parecidas en apariencia, aunque una tenía lo que Emily supuso que
era un lunar pintado junto al labio. —Estuvimos a punto de no venir hoy, con
el clima que hay, pero me alegro mucho de que hayamos decidido tomar el
trineo y hayamos podido llegar a tiempo para la Navidad. Estamos deseando
saber más de usted. Díganos, ¿de dónde es usted?
—De Newport.
—Tan cerca. Me pregunto si tenemos algún conocido en común —dijo
Lady Bishop, llevándose un dedo a los labios mientras inclinaba la cabeza
para contemplar a Emily. —Aunque estamos bastante en Londres, nuestro
hogar está cerca de Cambridge, así que conocemos a muchas de las familias
nobles de la zona. Estoy segura de que debe haber algunos de nuestros
amigos a los que usted habría conocido.
—Lo dudo —dijo Emily tan agradablemente como pudo, pero
continuaron como si no la hubieran escuchado.
—¿Lady Smythe?
—¿Lady Anderson?
—¿Lady Endicott? —preguntaron una tras otra mientras Emily seguía
negando con la cabeza.
—En un momento dado, un abogado de Newport representó a la familia -
el señor Nowell, se llamaba-, pero espero que no se relacione con ellos, ya
que he oído que lo han perdido todo —dijo lady Fredericton, bajando la voz
para susurrar de manera conspiradora.
Emily palideció ante sus palabras, pues el hombre del que hablaba era su
padre. No deseaba precisamente discutir algo así con ellas ni permitir que se
supiera, pero tampoco permitiría que el nombre de su familia quedara en boca
de los chismes.
—En realidad —comenzó, pero justo entonces Toller los interrumpió una
vez más.
—El señor y la señora Blythe —anunció a la sala, y Emily oyó que
Charles murmuraba algo indistinguible en voz baja al saber que su primo
Edward había llegado. —Ah, y el señor Thaddeus Blythe —añadió Toller
mientras salía por la puerta.
Así que ésta era la familia que se haría cargo de Ravenport algún día, a
menos que Charles tuviera un heredero, reflexionó Emily mientras los
observaba. Había visto más de lo que hubiera deseado a Edward Blythe en el
baile de los Coningsby, por supuesto, pero no había visto al hijo.
—¡Edward, Leticia, qué maravilla verlos! —dijo Lady Bishop, cruzando
la sala para saludar a su hermano y a su esposa, y Lady Fredericton la siguió
rápidamente.
—Lo siento, Emily, de verdad que sí —dijo Charles en voz baja cuando
se hubieron alejado, pero Emily agitó una mano en el aire, indicándole que no
tenía importancia.
—Por eso estoy aquí —dijo, sus palabras sonaban mucho más seguras de
lo que ella sentía.
—¡Señora Nicholls! —dijo Edward, viniendo directamente hacia ellos.
Caminaba con un aire de confianza. Se parecía mucho a Charles, aunque su
cabello tenía muchas más mechas plateadas, y mientras Charles se mantenía
erguido y correcto, con su rostro típicamente una máscara de estoicismo, el
de Edward estaba envuelto en lo que a Emily le parecía una sonrisa poco
sincera que en ese momento era bastante presumida. —Qué maravilla verla
de nuevo —dijo. —Leticia y yo nos preguntábamos si estaría aquí esta
Navidad.
—¿Y por qué no lo estaría? —preguntó Charles, con una mirada dura al
enfrentar a su primo.
—Ninguna razón, Charles, ninguna en absoluto —dijo él con la sonrisa
de satisfacción que permanecía en su rostro.
—Vaya, es un vestido precioso señora Nicholls —dijo la señora Blythe.
Era alta y rubia, sus ojos de un azul helado, su figura tan delgada como la de
Emily era más bien redonda. —Por lo que me dijo Edward...
—Gracias, señora Blythe —cortó Emily, sin querer crear una
perturbación pero en igual medida sin tener deseos de ser menospreciada por
la mujer ni de discutir su antiguo vestuario. —Charles ha sido muy generoso.
—Ah, y usted tiene que conocer a nuestro hijo —continuó la señora
Blythe como si Emily nunca hubiera hablado. —¡Thaddeus!
El joven se acercó, con los ojos aburridos, sus pasos sin prisa ya que
claramente no tenía ningún deseo de estar en una fiesta de Navidad en la que
sólo estaba la familia. —Thaddeus, esta es la señora Nicholls. Va a casarse
con Lord Doverton.
—Un placer —dijo él con pereza, y Emily pudo sentir prácticamente la
desaprobación de Charles. El joven era ciertamente guapo, y Emily podía ver
por qué quizás tenía fama de pícaro. —Voy a dar un paseo rápido —dijo
mirando a sus padres. —¿De acuerdo?
—Muy bien, Thaddeus —dijo su madre con los labios fruncidos en señal
de disgusto, pero obviamente no quería montar una escena con todos ellos
mirando. —¡Oh, Thaddeus! —llamó tras él y luego se inclinó para susurrarle
al oído, aunque el oído de Emily, perfeccionado tras años de cuidar a sus
pupilos, captó algo relacionado con las criadas.
Llamó la atención de Charles y enarcó ligeramente una ceja, aunque
deseó que él borrara su ceño. Parecía como si prefiriera estar en cualquier
otro lugar que no fuera esta habitación, lo que probablemente era cierto, pero
Emily anhelaba tener algún indicio del hombre con el que había estado esa
misma tarde.
—Charles —dijo, sintiendo que ambos necesitaban una distracción. —
¿Quizás sea el momento de encender el tronco de Navidad? Estoy segura de
que a Margaret le gustaría unirse a nosotros.
—Ah, sí —dijo él con cierto alivio. —Haré que un lacayo traiga a Toller.
—Yo lo buscaré —dijo ella, que no deseaba quedarse sola con los
miembros de su familia. Se alejó rápidamente antes de que él pudiera
detenerla, buscando al mayordomo que, afortunadamente, estaba justo fuera
del salón.
Le explicó que iban a encender el tronco de Navidad y que si podía traer
la yesca para Lord Doverton. Iba a pedirle que buscara a Lady Margaret para
que se uniera a ellos, pero luego decidió que lo haría ella misma, ya que no
sería difícil encontrar a la niña.
Tenía razón: Margaret estaba sola en la sala de música, pero una sonrisa
apareció en su rostro cuando Emily le pidió que se uniera a ellos.
A Emily le entristeció pensar que era Nochebuena y que la niña esperaba
pasarla sola.
—Oh, Margaret, será muy divertido —dijo entusiasmada. —Tu padre va
a encender el tronco de Navidad.
—¿El tronco de Navidad? —repitió ella, con el rostro solemne. —Nunca
he participado en este acto. Los sirvientes siempre lo han hecho.
—Bueno, te espera una sorpresa —dijo Emily. —Y tu familia está
deseando verte".
—Oh —dijo Margaret, con la cara triste. —No me agradan mucho.
—¿No? —preguntó Emily, manteniendo la voz firme y el rostro
impasible. —¿Por qué no?
—Me ignoran, igual que mi padre —dijo ella con un suspiro. —Hablan
en voz alta por toda la casa durante toda la noche. Y el más joven, asusta a las
criadas.
—Ya veo —dijo Emily asintiendo, con el corazón roto por la niña. Podía
ver por qué Charles estaba preocupado por Thaddeus. Emily sabía mucho
más de lo que podría desear sobre los jóvenes nobles que se aprovechaban de
las criadas.
—Bueno, me emociona ser quien te diga que tu padre te ha reservado el
lugar de honor —dijo. —Estarás a su lado mientras lo enciende.
Emily vio un parpadeo de interés en los ojos de Margaret, pero
rápidamente apartó la mirada mientras se unía a Emily para el largo camino
de vuelta al salón.
La niña deslizó su pequeña mano en la de Emily.
—¿Se sentará a mi lado? —preguntó ella.
—Por supuesto —respondió Emily, dándole su mano para que la apretara.
—Usted me agrada —dijo Margaret, su voz apenas un suspiro.
—Bueno, tú también me agradas —respondió Emily, con el corazón roto
de nuevo por el hecho de tener que dejar a la niña, pero sin ver ninguna forma
de evitarlo.
—Me hablas como si fuera una adulta, y —Margaret miró a su alrededor,
como para asegurarse de que nadie pudiera oírlas —desde que has venido,
papá ha sido bastante agradable conmigo. Creo que realmente le estoy
empezando a gustar.
—Oh, Margaret —dijo Emily, deteniéndose y agachándose a su lado
ahora —a tu padre siempre le has gustado. De hecho, siempre te ha querido
mucho.
—Eso no es lo que dijo mamá.
Emily se mordió el labio mientras intentaba encontrar las palabras
adecuadas, para asegurar a la niña el amor de su padre sin destruir la memoria
de su madre.
—A veces —comenzó —la gente no se entiende del todo entre sí. Cuando
eso ocurre, asumen que algo es cierto, cuando en realidad no lo es. Puede que
tu madre y tu padre no hayan vivido juntos como suele hacerlo un
matrimonio, pero tu padre siempre te quiso. Simplemente no estaba seguro de
cuál era la mejor manera de verte cuando aún estabas con tu madre. Después
de la muerte de tu madre, pensó que preferías que no estuviera cerca de ti. La
única diferencia que he hecho, quizás, es ayudarle a encontrar las palabras
adecuadas para decirte lo que él piensa y siente.
Margaret asintió, sus ojos, ligeramente llorosos ahora, eran sabios más
allá de su edad.
—Supongo que eso tiene algún sentido.
—Bien —dijo Emily con alivio mientras rodeaba a Margaret con sus
brazos, acercándola, preguntándose cuándo había sido la última vez que la
habían abrazado. —Ahora, ¿qué te parece si vamos a ver ese tronco de
Navidad? Es una de mis tradiciones navideñas favoritas.
Los ojos de Margaret se abrieron de par en par cuando entraron en el
salón.
—¡Nunca había visto un tronco de Navidad tan grande! —le susurró a
Emily, que le sonrió.
—Eso es porque no he estado aquí para seleccionarlo —respondió con un
guiño. —Soy bastante experta en elegir uno, ya sabes.
Ella captó los ojos de Charles, que brillaron ante sus palabras. Al recordar
todo lo que había ocurrido después de su búsqueda, las mejillas de Emily
empezaron a calentarse y pronto el fuego se extendió por todo su cuerpo
hasta la punta de los dedos de los pies.
Ella se aclaró la garganta.
—¿Está todo preparado?
—¿Toller? —dijo Charles a modo de respuesta, y el mayordomo apareció
con una bandeja para Charles. Levantó una jarra de lo que parecía ser aceite y
vino caliente, y comenzaron a rociarlo sobre el tronco mientras la familia se
reunía alrededor del hogar.
—Ahora —dijo Charles, sosteniendo astillas de madera. —He oído que
en algunos hogares, es responsabilidad de una jovencita encender el tronco de
Navidad con yescas del tronco del año pasado.
Miró alrededor de la habitación como si buscara algo... o alguien.
—Ahora, ¿dónde podría encontrar a una jovencita?
Margaret miró a Emily como preguntando si era esto en lo que debía
participar. Emily asintió en señal de ánimo antes de tomar su mano una vez
más y caminar con ella hacia el frente de la habitación donde Charles
esperaba.
—¡Ah! —dijo él con fingida sorpresa. —Dos hermosas mujeres. ¿Podría
una de ellas ayudarme a encender esto?
—Creo que Margaret puede ser la mejor para este trabajo —dijo Emily,
apretando los hombros de Margaret por un momento antes de soltarla para
que se acercara a Charles.
Margaret asintió, extendiendo una mano delgada para tomar la yesca.
Mientras la sostenía, Charles prendió fuego a la punta de la madera,
encontrándose con la mirada de Margaret mientras lo hacía. Por un momento,
los dos compartieron la más pequeña de las sonrisas, y el corazón de Emily se
sintió como si hubiera crecido tres veces y estuviera a punto de estallar por la
mitad. Sin embargo, se las arregló para no emitir ninguna exclamación.
Margaret acercó las pequeñas yescas al tronco, que, ahora cubierto de
aceite y vino, prendió rápidamente. Dio un paso atrás cuando las llamas
comenzaron a bailar frente a ellos.
—Ahora le damos al tronco todas nuestras malas noticias del año pasado
para poder empezar de nuevo el año que viene —dijo Emily, y ella y
Margaret cerraron los ojos para hacerlo. Cuando los abrió, se encontró con
que había seis pares de ojos que la miraban con bastante extrañeza.
—¿Esa no es... una tradición que ustedes sigan? —preguntó débilmente, y
todos negaron con la cabeza.
—En realidad —dijo Leticia —, esa es una tradición que sigue más la
gente del campo, creo.
—Quizá lo sea —respondió Emily, intentando no hacer ruido. —Pero me
gusta la tradición. Parece apropiada para la Navidad.
Los demás no parecían apaciguados con su explicación ni inclinados a
unirse a ella, así que Emily se adelantó con Margaret de la mano, y en
silencio expresó lo que deseaba decir. Que iba a desechar sus ideas
fantasiosas sobre cualquier atracción o pensamientos de un futuro con
Charles. Esta noche era el recordatorio perfecto para otra razón de por qué
nunca estarían realmente juntos. Su familia ya la despreciaba. Y si supieran la
verdad. En lugar de eso, ella se centraría en la hija de Charles. Una idea entró
en su mente. Su hermana estaba buscando un nuevo puesto como institutriz.
Tal vez este podría ser un buen arreglo.
Emily respiró profundamente. Ella necesitaba seguir adelante. Una mujer
que cuidaría de sus padres con dinero extra. Que volvería a su puesto con
Lord y Lady Coningsby y sería la mejor institutriz que se pudiera. Y todo
estaría bien.
Entonces, ¿por qué la idea era tan melancólica?
CAPÍTULO 16

L a cena fue bastante tediosa, y Charles agradeció que Emily hubiera


estado aprendiendo el arte de los modales en la mesa el tiempo
suficiente como para que los suyos fueran pasables, ya que parecía
que la habían examinado a fondo durante toda la cena de cinco tiempos.
Ella había insistido en que Margaret comiera con ellos -al fin y al cabo,
era Nochebuena, les dijo- así que mantuvo su atención en la niña, aunque a
Charles le sorprendió que intentara realmente entablar una conversación
cortés con su familia.
En cuanto terminó la cena, tanto Emily como Margaret se fueron a la
cama, alegando agotamiento, y él sólo deseó poder seguirlas.
—Debo decir, Charles —dijo Edward, acercándose a él con una copa en
la mano después de la cena —, me sorprende tu señora Nicholls.
—¿Y por qué sería eso? —preguntó él, negándose a permitir que su
primo lo pusiera nervioso.
—No estaba seguro de que fuera todo lo que parecía. De hecho, por muy
divertida que sea la idea, más bien pensé que la habías escogido al azar entre
la multitud.
Charles intentó reírse. —Eso sería ridículo.
—Tal vez —dijo Edward, mirándolo de cerca. —¿Y cuándo se celebrarán
tus nupcias?
—Todavía lo estamos determinando —dijo Charles. —Quizá este verano.
—¡Este verano! —exclamó Edward. —Para eso falta bastante tiempo.
Vamos, con una mujer de su edad, deberías hacer las cosas mucho más
rápido, ¿no?
—No seas grosero, Edward —dijo Charles, lanzando una mirada de
advertencia hacia su primo.
—Solo lo digo, viejo —dijo Edward con una risa. —Pero entonces, tal
vez no necesites un heredero, sabiendo que tu patrimonio estará en buenas
manos con nosotros. Bueno, ha sido un largo y frío día de viaje para nosotros,
así que será mejor que encuentre a mi esposa. Buenas noches, Charles.
—Buenas noches, Edward —murmuró, y luego se fue a buscar su propia
cama, agradecido de que al menos un día con su familia había terminado.

C HARLES SE DESPERTÓ BASTANTE temprano a la mañana siguiente, cuando la


luz se filtró en la habitación desde detrás de las cortinas cerradas. Se levantó,
se envolvió en su bata y cruzó hacia las ventanas, abriéndolas para encontrar
una nueva capa de blanco inmaculado sobre el manto de nieve que cubría los
amplios terrenos. Parecía que la tormenta de ayer se mantenía.
Miró hacia las colinas, y observó que el humo de las chimeneas de sus
arrendatarios llenaba el aire más abajo. Un gran peso tanto de poder como de
responsabilidad descendió sobre sus hombros al contemplar las casas de
campo que salpicaban el paisaje ante él. Esto era suyo, mientras siguiera
vivo. Después de eso... le pertenecería a Edward o a Thaddeus si no hacía
algo al respecto.
Y, sin embargo, no pudo evitar la sensación de emoción que le invadía al
saber que Emily dormía al final del pasillo, que la vería dentro de unas horas.
Que iba a pasar con ella Navidad, su época favorita del año. Era un honor, de
una manera extraña, y uno que no estaba seguro de merecer.
Llamó a su ayuda de cámara y toleró las impecables atenciones del
hombre mientras lo vestía para la mañana. Con su atuendo en orden y su
pañuelo bien atado, se apresuró a salir de sus aposentos y bajar la escalera.
—Buenos días —saludó a Emily, complacido de encontrarla como la
única ocupante del comedor en ese momento.
—Buenos días —dijo ella, sonriéndole a su vez. De repente se sintió
como un joven colegial saludando al objeto de su afecto, y apenas supo qué
decir. Llenó su plato en silencio y se sentó junto a ella en la cabecera de la
gran mesa.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó él, deseando que las palabras le
resultaran más fáciles, que supiera exactamente cómo cautivar y cortejar a
una mujer. Sin embargo, nunca lo había necesitado. Su matrimonio con
Miriam había sido prácticamente concertado, y a pesar de que ella lo había
odiado y casi nunca estaba en el mismo lugar que él, y mucho menos en su
cama, él le había sido fiel. Había considerado que se lo debía.
Después de su muerte, él había tenido demasiadas cosas en las que
concentrarse y no había querido verse atrapado en una relación de la que no
pudiera salir fácilmente.
—Estoy bien —contestó ella con una pequeña sonrisa. —Feliz Navidad,
Charles.
—Feliz Navidad para ti también —dijo él disfrutando de la calidez que
sus ojos de jerez infundían en su alma. —Espero que disfrutes pasando el día
con nosotros.
—Estoy segura de que lo haré —dijo ella bajando la vista a su plato para
que él sólo pudiera ver la parte superior de sus gafas.
—Cuando encendimos el tronco de Navidad ayer, ¿deseaste algo? —
preguntó ella pero enseguida negó con la cabeza. —Lo siento, por favor, no
respondas a eso. No debería haber preguntado. Sólo tenía curiosidad.
Él sonrió, contento de no ser el único ligeramente nervioso después de su
tiempo juntos.
—Está bien —dijo, pero luego se quedó en silencio mientras consideraba
qué decirle, y finalmente se decidió por la verdad. —Deseé que hubiera una
forma de pasar mi título a alguien que no fuera Edward o Thaddeus. Que
pudiera cuidar de toda la gente que confía en mí y al mismo tiempo poder...
vivir la vida como yo quisiera.
Dejó sin decir las palabras de si esa vida la incluiría a ella o no. Apenas se
conocían. Y sin embargo...
—Todavía tienes mucho tiempo para encontrar una mujer que pueda
darte un hijo —dijo Emily, y Charles se preguntó si había oído correctamente
el dolor en su voz, o si era simplemente parte de su imaginación.
—Supongo que sí —dijo, picoteando la comida en su plato,
encontrándose aliviado cuando oyó pasos detrás de ellos en la puerta.
—¡Margaret! —exclamó él cuando su hija entró. —Feliz Navidad.
Ella lo miró con sus amplios ojos azul verdes, y por un momento, él
pensó que iban a alejarse de él como siempre lo hacían, quizás buscando a
Emily en su lugar. Pero ella le sostuvo la mirada y, tras un momento de
vacilación, respondió: —Feliz Navidad, padre.
A Charles se le cortó la respiración al oír sus palabras, y sus ojos se
fijaron en los de Emily por un momento. Vio que las lágrimas se formaban en
ellos mientras una sonrisa se extendía por su rostro.
Ella le asintió alentadoramente y él se aclaró la garganta antes de volver a
hablar.
—¿Has dormido bien?
—Sí, he dormido bien.
—Tengo algo para ti —dijo él, metiendo la mano en el bolsillo y sacando
una pequeña caja. Ya le había hecho regalos de Navidad antes, pero siempre
a través de Miriam. Ahora se preguntaba si alguno de ellos había llegado a
sus manos, y si lo había hecho, a quién se lo había atribuido Miriam.
—¿Qué es? —preguntó ella, pero él negó con la cabeza, rehusando
contestarle.
—Ábrelo —la animó Emily, y entonces Charles metió la mano en su otro
bolsillo y le pasó una caja.
—Y una para ti.
—¿Para mí? —preguntó ella, frunciendo el ceño, y él asintió, complacido
al ver el brillo de emoción en sus ojos.
Ella miró a Margaret. —¿Las abrimos juntas?
La chica asintió y Charles vio que compartían una pequeña sonrisa de
expectación. Abrieron las cajas juntas, jadeando casi al unísono ante lo que
había dentro.
—¡Oh, Charles! —exclamó Emily. —Esto es demasiado. No puedo
aceptarlo.
Él metió la mano en la caja y tomó el collar antes de levantarse de la silla
y acercarse por detrás de ella para ponérselo en el cuello. Las yemas de sus
dedos rozaron su suave piel mientras lo hacía. Sería tan fácil sucumbir a la
tentación de quedarse allí, sólo un momento, para...
—Es precioso, señora Nicholls —respiró Margaret cuando los dedos de
Emily subieron para rozar las suaves piedras rojas que ahora estaban sujetas a
su garganta.
Margaret sacó su propio collar de la caja. Era igual al de Emily, pero las
piedras eran esmeraldas en lugar de rubíes.
—Puede que no sea, ah, apropiado para que lo lleves ahora —dijo
Charles, deseando que Margaret lo mirara para mostrarle sus pensamientos
respecto al regalo —, pero algún día te quedará muy bien.
Él tomó el collar de Margaret. —¿Puedo?
Ella asintió, y él le abrochó el collar, dejándolo caer sobre sus hombros.
—Eran de mi madre —dijo él, incómodo por la forma en que las dos
mujeres lo miraban, como si les hubiera regalado a cada una su propio
patrimonio o algo por el estilo. —Quería que ambas los tuvieran para que
siempre recordaran esta Navidad juntos.
—Estaban en el baúl —dijo Margaret con los ojos muy abiertos, y luego
se tapó la boca con una mano. —Lo siento, padre, una vez miré en el baúl en
tu dormitorio. Yo-
Charles puso una mano sobre la de ella.
—Está bien, Margaret. Me alegro de que vieras sus cosas.
Una sonrisa más grande que cualquier otra que él hubiera visto en su
rostro creció. —Gracias, padre. Estoy deseando que lleguen más Navidades
en las que estemos todos juntos.
Sus palabras le hicieron reflexionar tanto a él como a Emily, aunque ella
se recuperó mucho más rápido.
—Tenemos la suerte de tener este año —dijo ella finalmente, y justo a
tiempo cuando Lady Bishop y su marido eligieron ese momento para entrar
en la habitación.
—¡Cielos! —dijo su prima Anita, con la mirada revoloteando entre Emily
y Margaret. —¿Asaltaron el joyero de alguien?
—Fueron un regalo —dijo Charles, sus palabras algo mordaces, pero
quería que su familia entendiera que no debían cuestionar nada relacionado
con Emily o Margaret.
Anita asintió rápidamente, percibiendo la seriedad con la que hablaba,
antes de que sus hermanos y sus cónyuges se unieran pronto a la estancia.
—Los veremos a todos después del desayuno. ¿Quizás podamos jugar en
el salón antes del servicio religioso? —dijo Charles, indicando a Emily y
Margaret que le acompañaran fuera de la habitación, ambas parecían
aliviadas al hacerlo.
—¿De verdad vamos a jugar, padre? —preguntó Margaret, y él volteó a
ver a Emily, quien asintió alentadoramente.
—Sí, supongo que podemos, si la señora Nicholls tiene una idea de a qué
podemos jugar.
—Los juegos son una de mis especialidades —dijo ella con una sonrisa
cómplice. —Mis favoritos en Navidad son las charadas o el snapdragon 1, o
incluso el farol del ciego.
—Nunca he jugado a ninguno de esos —dijo Margaret, y Charles asintió.
—Yo también hace tiempo que no lo hago.
—¡Entonces será mejor que juguemos! —exclamó Emily. —Ven,
Margaret, vamos a practicar.
—Me uniré en breve, lo prometo —dijo Charles, viéndolas partir, y luego
casi saltó de sorpresa cuando descubrió que Toller estaba detrás de él.
—Ella es la adecuada para esta casa —observó Toller, sorprendiendo a
Charles con su atrevimiento, pero éste asintió lentamente en señal de acuerdo.
—Sí —dijo, mirando tras ella —, sí, ciertamente lo es.
Una hora más tarde, se encontró con que los miembros de su familia lo
miraban como si se hubiera vuelto loco cuando le tendió una bufanda a uno
de ellos para que se la pusiera.
—¿Para qué es eso? —preguntó Leticia, y él la miró.
—Para el juego —explicó. —Para quien sea “el que tenga que atrapar” a
los otros.
Leticia miró a Emily, con los ojos cargados de sospecha, como si supiera
que ella era la fuente del juego, pero suspiró. —Mientras no sea yo —dijo,
llevándose una mano al cabello. —Arruinaría mi peinado que le llevó horas a
mi criada.
Un tiempo no muy bien invertido, pensó Charles, pero él era demasiado
prudente para comentarlo.
—¿Quién será? —preguntó Emily, y Edward fue nominado por el resto
del grupo. Charles trató de contener sus celos cuando Emily tuvo que tocar
los hombros de Edward para hacerlo girar tres veces antes de unirse
rápidamente al resto del grupo para salir corriendo. Aunque le resultaba
bastante cómico ver a su primo revolotear por la habitación buscando al resto.
Edward había estado demasiado interesado en Miriam, y Charles no deseaba
ver a otra de sus mujeres sucumbir a sus encantos, aunque esperaba que, esta
vez, Emily fuera más sensata. Desde luego, no parecía muy dispuesta a
disfrutar de la atención de Edward. Tal vez porque tuvo la oportunidad de ver
al hombre que realmente era en su primer encuentro.
Edward atrapó a su hijo, que no parecía complacido de tener las manos de
su padre en la cara y el cabello mientras Edward intentaba averiguar a quién
había logrado capturar, pero cuando le tocó el turno a Thaddeus, se mostró
entusiasmado en sus intentos de encontrar a otro que asumiera el papel,
aunque Charles tuvo que preguntarse si no estaba espiando cuando encontró a
Emily antes que a cualquier otro.
Ella tomó la venda para los ojos, sin preocuparse por su peinado mientras
la ataba alrededor de su cabeza. Su familia se deleitó en huir de ella, y
Charles aprovechó para observarla sin que ella pudiera presenciar lo que
hacía. Nunca había conocido a una mujer como ella. No tenía la gracia de una
mujer nacida en la aristocracia, ni el encanto pulido. Su encanto, más bien,
era auténtico, único, y uno que lo atraía más que el de cualquier mujer.
Maldita sea, se estaba enamorando de ella. Y no tenía ni idea de qué
hacer al respecto.
Mientras estaba allí, conmocionado por la comprensión, las frías manos
de ella lo atraparon de repente por detrás, ya que había estado tan perdido en
sus ensoñaciones que no se había dado cuenta de dónde estaba ella.
—¡He de decir! —Edward exclamó. —Eso es hacer trampa, hombre.
Prácticamente has esperado a que te encuentre.
Él sonrió a Edward cuando las manos de Emily comenzaron a recorrer su
rostro, pues tenía que determinar a quién había capturado.
—Charles —dijo ella, con la voz prácticamente sin aliento, y él se quedó
con las manos encima, mirando su rostro vendado. De repente, le vino a la
cabeza la idea de qué más podía hacer con los ojos de la mujer tapados de ese
modo, y alargó las manos para acercarla a él. Le subió las manos por los
brazos, hasta la parte superior de las mangas del vestido de mañana, y oyó
que ella respiraba con dificultad cuando las acercó a su cuello. Se olvidó de
todos los presentes, de dónde estaban, de la hora, de que todas las miradas
estaban puestas en ellos cuando él se inclinó hacia...
—Ejem —dijo Edward desde su espalda, y Charles se dio la vuelta para
mirarlo con una ceja levantada. Él era el conde, y maldita sea, si quería besar
a su prometida delante de todos ellos, lo haría muy bien. Pero entonces vio
los ojos de Margaret sobre él. La mirada de su rostro era de exhilarante
alegría, y él se dio cuenta, tardíamente, de que todo lo que estaba haciendo
era elevar sus expectativas por algo que nunca llegaría a suceder.
En su lugar, se acercó a Emily por detrás y le desató la venda de los ojos.
—Supongo que seré yo —dijo antes de salir tras Margaret, envolviéndola
en un fuerte abrazo cuando la capturó y ella chilló de alegría.
Mientras sostenía a su hija en los brazos, lo único que podía pensar era
que, después de todo, tal vez había algo en la Navidad de Emily.
CAPÍTULO 17

E mily miró nerviosa a su reflejo en el largo espejo que tenía delante.


El vestido carmesí abrazaba sus curvas, y ella no era de las que
solían acentuar ninguna de sus partes voluptuosas, pues las
consideraba demasiado voluptuosas. Tenía curvas en todos los lugares que
suelen gustar a los hombres -el corpiño y las caderas-, pero también tenía un
poco de más en el estómago y en el trasero de lo que podía prescindir.
Afortunadamente, el estilo de moda aseguraba que el vestido fuera lo
suficientemente fluido como para cubrir algunas de las partes que no quería
mostrar, pero aun así...
—Se ve maravillosa, señora Nicholls —dijo Jenny mientras terminaba de
abrochar los últimos botones de la espalda de Emily. Margaret asintió con
entusiasmo desde su posición en la cama, ya que había insistido en estar
presente mientras Emily se preparaba para el servicio religioso y la cena
posterior.
—Sí —suspiró Margaret. —Me gustaría poder ser tan hermosa como
usted algún día.
—Oh, Margaret —dijo Emily, agachándose a su lado —serás la mujer
más hermosa que jamás se haya contemplado.
Sus palabras eran ciertas. Con su largo y lujoso cabello oscuro, tan
parecido al de su padre, y esos ojos color aguamarina, sería una belleza que
rompería muchos corazones algún día, eso era seguro.
—Gracias, Jenny —dijo a su criada antes de volverse hacia Margaret. —
Ven, vamos a reunirnos con los demás —dijo, extendiendo la mano. —La
ceremonia religiosa empezará pronto.
Emily respiró profundamente mientras seguían por el pasillo curvo hacia
el salón, intentando frenar los rápidos latidos de su corazón. Había asistido a
muchas misas de Navidad y ya había conocido a esta familia. ¿Por qué tenía
que estar nerviosa?
Entonces doblaron la esquina y entraron en el salón, y lo supo.
Sus ojos se dirigieron inmediatamente a Charles, viéndolo de pie cerca de
la chimenea. Cuando entraron, él levantó la cabeza muy lentamente y su
mirada se fijó en ella, donde ella y Margaret se encontraban en la entrada.
Emily no podría haber dicho quién más estaba en la habitación en ese
momento porque era como si hubiera un lazo que la unía a Charles, y nada ni
nadie pudiera romperlo.
Dejó su bebida en la mesa auxiliar junto a él, y sus ojos no se apartaron
de los de ella mientras cruzaba la habitación hacia ellas. Se detuvo a medio
metro delante de ellas y se llevó las manos de Emily hacia sus labios,
besando cada una de ellas por turno.
Emily nunca se había sentido tanto como una dama como en ese
momento.
Tras una última y prolongada sonrisa compartida, Charles se agachó
frente a la niña que estaba junto a Emily. Tomó su mano entre las suyas y se
la llevó también a los labios, depositando un rápido beso en ella.
—Lady Margaret —le dijo suavemente —, está usted de lo más
encantadora esta noche.
—Gracias, padre —dijo ella, con la voz apenas por encima de un susurro.
Todo el momento era mágico, y con todo su ser, Emily anhelaba que los
tres permanecieran en esta pequeña burbuja de Navidad para siempre.
—Está usted bastante atractiva, señora Nicholls —dijo la señora Blythe,
acercándose y examinando a Emily de arriba a abajo y por detrás como si no
fuera más que una figura sobre la que se exhibía un vestido. —Ese vestido es
precioso. ¿Verdad, Katrina?
—Oh, sí, señora Blythe —dijo Lady Fredericton mientras se unía a su
cuñada —, ese color es muy bonito. Muy intenso.
Ella extendió la mano y tocó la manga del vestido como si Emily no
estuviera allí.
Emily se aclaró la garganta y retiró el brazo.
—Muchas gracias —dijo con una sonrisa cortés, y las mujeres finalmente
se encontraron con sus ojos. —Las dos también lucen muy hermosas esta
noche.
Sus vestidos eran muy elegantes, y también bastante extravagantes.
Llevaban distintos tonos de rosa, con flores y joyas que decoraban
intrincados peinados.
Emily finalmente miró alrededor de la sala, sólo para ver que se había
convertido en el centro de atención. Incluso Lord Bishop y Lord Fredericton,
normalmente más centrados en lo que había en sus copas y en sus platos, la
estaban escudriñando, y a ella no le gustó mucho.
—¿Es hora de irnos? —le preguntó a Charles, que tenía un ceño fruncido
que reflejaba lo que ella sentía en ese momento.
—Creo que sería lo mejor —respondió él, mientras todos empezaban a
organizarse para el trayecto a la iglesia.
A pesar del frío que se aferraba obstinadamente al aire, un cálido rubor
llenó a Emily durante toda la noche. El grupo se había metido en dos trineos
y, arropada bajo las cálidas mantas junto a Charles, fue muy consciente de su
musculoso y duro muslo apretado contra el suyo, de la escarcha en el aire que
su aliento producía a escasos centímetros y de su mano derecha, que cubría la
suya posesivamente. Aunque no podía sentir su calor a través del grosor de
sus guantes, podía percibir, por la presión que ejercía sobre ella, que él sentía
algo parecido a la conexión que ella sentía.
Y en la iglesia, cuando su mirada se cruzó con la de ella y compartieron
una sonrisa, el espíritu navideño que había fluido por su alma todos los años
desde que era una niña regresó con fuerza.
—Feliz Navidad —susurró él mientras los acordes del Adeste Fideles
llenaban el aire. Cuando Emily miró al niño Jesús que yacía en el pesebre en
la entrada de la iglesia, cerró los ojos y rezó por un milagro.

C HARLES NO HABÍA PODIDO CONCENTRARSE en nada más que en Emily. El


brillo que siempre parecía iluminar sus ojos había estallado esta noche, su
resplandor era tan brillante como la multitud de velas que rodeaban la iglesia.
Su vestido carmesí la acentuaba en todos los lugares correctos, y los
mechones de su cabello se enroscaban alrededor de su frente, suavizando su
rostro maravillosamente.
Charles sabía que seguía actuando como un cachorro enamorado, pero no
pudo evitar mantener su mirada sobre ella durante el servicio religioso,
sabiendo que, al menos a los ojos de todos los que le rodeaban, era suya.
Y así fue como sus pies parecieron moverse por sí mismos cuando se
escabulló por el pasillo de la familia más tarde esa noche, como si fuera un
joven teniendo una relación secreta con la hija prohibida de un amigo de la
familia y no el conde de treinta y seis años que era dueño de toda la
propiedad reuniéndose con su prometida.
Aun así, cuando llamó suavemente a la puerta de su habitación mientras
lanzaba miradas furtivas a su alrededor, el secretismo de sus acciones sólo
hizo que su corazón latiera aún más rápido.
Ella apenas abrió la puerta, a través de la cual él pudo ver que ya se había
desvestido para la noche, con una suave y desgastada bata rosa ceñida a su
cuerpo, y su cabello cayendo en cascada alrededor de sus hombros en ondas
arenosas.
—Charles —dijo tímidamente, abriendo más la puerta para permitirle la
entrada. —Es tarde.
—Lo es —. Habían continuado jugando con su familia después del
servicio y la cena, Emily había demostrado ser bastante hábil en las charadas,
pero entonces, ¿en qué no parecía sobresalir? —Tengo algo para ti.
Ella se sentó en el borde de la cama mientras él se posaba en el taburete
frente a su tocador, dándole la vuelta para que quedara frente a ella.
—Ya has sido más que generoso, en muchos sentidos. De hecho, no
puedo aceptar el generoso regalo de las joyas de tu madre. No estaría bien —
dijo ella, juntando las manos en su regazo. —No es necesario que me regales
nada más.
—El collar es tuyo. Quiero que lo tengas —dijo él en voz baja, pasándose
una mano por el cabello, nervioso. Esperaba que ella apreciara sus esfuerzos,
que no pensara que estaba aquí para hacerle el amor una vez más, aunque él
anhelaba hacerlo con todo su ser. "Esto no es gran cosa. Pero recuerdo que
me dijiste que tu familia solía preparar muérdago juntos, aunque tu único
propósito era evitarlo.
Había estado sosteniendo su regalo detrás de él desde que entró, y lo sacó
ahora de su espalda.
—Le pedí a Margaret que me ayudara a hacer esto para ti —dijo, mirando
la bola de vegetación que tenía delante. Sus esfuerzos habían sido bastante
pobres, pero esperaba que ella los apreciara.
—Debo disculparme, porque no es precisamente agradable a la vista,
pero...
—Es perfecto —dijo ella levantándose de la cama y caminando hacia él,
alzando la bola de muérdago de sus manos mientras la inspeccionaba antes de
acercarla a su pecho. —Nunca podría haber uno que significara más para mí
que el que tú y Margaret hicieron juntos.
—Bien —dijo él, desmesuradamente satisfecho.
—¿En qué momento tuvieron tiempo de hacer algo así? —preguntó ella.
—Mientras te preparabas para el servicio religioso, tuvimos bastante
tiempo —respondió él con una sonrisa burlona. —¡Apenas podía creer el
tiempo que nos llevó!
—Lo sé —dijo ella disculpándose. —Nunca en mi vida me había llevado
tanto tiempo y esfuerzo para...
—Estoy bromeando —dijo él, poniéndose delante de ella. —La atención
bien valió la pena. Estabas preciosa.
—Gracias —dijo ella en voz baja.
—Ahora, hay una razón por la que te traje esto esta noche... a solas.
—¿Oh? —ella lo miró, la expresión en sus ojos casi tímida desde detrás
de sus pestañas, aunque él sabía que no era practicada. Emily no era más que
sincera.
—Pensé que tal vez podríamos ver lo que pasaría —levantó el muérdago
sobre sus cabezas —, si los dos estuviéramos juntos debajo de él.
Él prácticamente pudo ver la discusión dentro de su mente mientras se
reproducía en su rostro -anhelo, frustración, placer y duda-, pero finalmente
ella suspiró y dio un paso más hacia él.
—Nunca pude resistirme al muérdago —dijo casi a regañadientes.
Antes de que ella pudiera cambiar de opinión, él se inclinó y capturó su
boca con la suya, saboreándola como si fuera un hombre que hubiera estado
privado de bebida durante años y que ahora por fin pudiera saciar su sed.
Él había venido aquí para reclamar su beso, y ahora que había empezado,
no sabía si sería capaz de parar. ¿Cómo podría apartarse de ella, cómo podría
dejarla una vez que todo esto hubiera terminado?
No podría. No lo haría.
Podía imaginar en su mente la familia en la que se convertirían los tres.
Margaret estaba tan cautivada por ella como él. Todo lo que había necesitado
era la mención de un regalo para Emily para que ella aceptara pasar un
tiempo a solas con él esa tarde. Y parecía que Emily estaba igual de prendada
de Margaret. No podía permitir que los dejara, ella era lo que los dos habían
necesitado para volver a unirse y convertirse en una verdadera familia. Si ella
se iba, todo estaría perdido.
De alguna manera, él se había encontrado en un camino diferente al que
había empezado, y no creía que fuera a encontrar su camino hacia adelante.
—Emily —murmuró contra su boca, esos labios que lo llamaban, que le
pedían que los probara de nuevo. Eran picantes, eran dulces, eran todo lo que
un hombre podía desear en los labios de una mujer. Oyó la rápida inhalación
cuando introdujo la lengua en su boca, su hambre por ella era insaciable.
Ella se apartó de él por un momento.
—Nunca me habían besado así bajo el muérdago —dijo ella, respirando
rápidamente.
—Preferiría que dijeras que nunca te ha besado así... en absoluto.
Un delicado tono rosado floreció en sus mejillas.
—No lo han hecho.
—Ahora sólo lo dices porque sabes que es lo que quiero oír —dijo él,
aunque con una sonrisa, y ella negó con la cabeza.
—Siempre he tenido tendencia a decir la verdad —dijo ella encogiéndose
de hombros. —Es un hábito bastante malo, me temo.
—Uno que no me molesta demasiado —replicó él. —Así que dime esto:
¿es el muérdago más feo que has visto en tu vida?
—He visto cosas peores.
—¿De verdad?
—De acuerdo, sólo he visto uno peor que éste. La mayoría tienen... mejor
composición, supongo que se puede decir. Pero este fue obviamente hecho
con mucho cuidado. Y no sólo eso, ha demostrado ser bastante eficaz.
—¿Me habrías besado sin él?
—Sí.
Le dedicó una sonrisa de lobo. —Tengo que decirte, Emily, que me haces
sentir que puedo ser yo mismo. Que puedo dejar de lado todos los libros de
contabilidad y la responsabilidad, disfrutar realmente de cada momento por lo
que es. Mi hija por fin me mira como si fuera un ser humano y no un
monstruo que viene a robársela. Tengo que agradecerte todo eso.
Ella sonrió tímidamente. —De nada.
Volvió a besarla, pero esta vez sus labios se desviaron, rozando
ligeramente su frente, sus pómulos, su nariz, hasta que le acarició el cuello y
su brazo se enroscó alrededor de sus hombros para acercarlo a ella.
—¿Volverás a hacer el amor conmigo? —respiró ella, y él pensó que se
convertiría en líquido y se derretiría en un charco a sus pies.
—No es por eso por lo que he venido —murmuró él, aunque su cuerpo le
gritaba que no fuera tonto y que simplemente hiciera lo que ella decía.
—¿No me deseas?
—Claro que te deseo —replicó él. —No hay nada más que desee tan
desesperadamente. Pero no quiero que te sientas obligada a hacerlo.
—No te lo pido porque sienta que debo hacerlo —dijo ella indignada,
pinchándole en el pecho. —Te lo pido porque te deseo, Charles Blythe. A
pesar de la fría armadura que levantas, he sido testigo del hombre que reside
debajo, el hombre con fuego apasionado que se esconde en lo más profundo
de su ser.
Él se rio con pesar mientras paseaba sus dedos por los sedosos mechones
de su cabello, extendiéndolos alrededor de sus hombros, enrollando un
mechón alrededor de su dedo. ¿Cómo podía un cabello del color de la paja
tener la textura del más fino de los satenes?
—Si eso es lo que quieres, amor, eso es lo que tendrás.
Esta vez, cuando él tomó sus labios, no fue con ligereza o suavidad, sino
con la ardiente pasión que ella había descrito. Lo que ella no sabía, lo que no
podía saber, era que no había un ser extraño residiendo en él. Ella lo sacó a
relucir, le mostró el hombre que nunca supo que podía ser.
Y ahora la bestia que llevaba dentro estaba saliendo.
—¿Estás calentita? —le preguntó entre beso y beso.
—¿Calientita? —dijo ella sin aliento.
—Sí —respondió él. —Tal vez sea el momento de perder tu bata.
Se la quitó de los hombros hasta que quedó a sus pies, y la levantó
ligeramente del suelo sobre ella, acercándola lentamente a la cama, beso a
beso.
Él subió y bajó sus manos por los brazos de ella, hasta que empujó las
suyas hacia la parte delantera de su bata, y pronto se unió a la de ella en el
suelo. Él sólo llevaba una camisa de dormir debajo, y cuando ella le pasó las
manos por encima, aparentemente intrigada, él le dio un mordisco en el labio
para distraerla, devolviéndola al momento mientras que se deshacía de ella
por completo.
Pero entonces ella estaba trazando las líneas de los músculos de su pecho,
sus dedos bailando sobre los vellos que lo cubrían. Cuando los dedos se
deslizaron sobre sus pezones, las emociones que había en su interior y que
habían permanecido dormidas durante mucho tiempo cobraron vida, y él bajó
las manos por la espalda de ella para agarrarle las nalgas y apretarla contra él.
Sin nada más que la tela ligera y eterea de su camisón entre ellos, el deseo
que había estado amenazando con explotar finalmente lo hizo. El aire se llenó
de ella: del agua de rosas con la que se bañaba, del ligero almizcle de su piel,
de su esencia. La hizo retroceder hacia la cama, y ella se deslizó hacia atrás
sobre ella hasta que él se arrastró sobre ella como un tigre a la caza de su
presa.
Esto estaba tan lejos de los acoplamientos obligatorios que había
compartido con Miriam que no creía que pudiera llamarlo el mismo acto.
Esto era más que relaciones sexuales. Esto era hacer el amor, atesorarse el
uno al otro en más formas de las que él hubiera creído posible.
Encontró el punto de placer de ella, acariciándola, hasta que sus piernas
se abrieron por sí solas, invitándolo a entrar. Sujetó su camisón con la mano
mientras lo levantaba hasta la cintura, y cuando se enterró dentro de ella, fue
como si hubiera llegado a casa.
Un hogar del que nunca más quería salir.
CAPÍTULO 18

E mily había pasado gran parte de su vida de viuda en la propiedad de


un noble como institutriz. No era exactamente parte de la
servidumbre, pero tampoco formaba parte de la familia.
Ahora, la trataban como la señora de la mansión, pero aún no era del todo
de la familia, aunque no estaba segura de que esa familia fuera una de las que
ella elegiría para ser parte de ella en cualquier caso.
Pero también estaba Charles. Era como si ella conociera un secreto que
sólo compartían ellos dos, ya que, por muy reservado que fuera durante todo
el día, por la noche, cuando se acercaba a ella, era un hombre totalmente
distinto.
Habían pasado cuatro días desde la Navidad y, aunque aún faltaban días,
Emily esperaba la partida de los primos de Charles con tanta ilusión como
temía la idea de separarse de Charles y Margaret.
—Apenas puedo creer que nunca quise venir aquí —murmuró a Charles
mientras bailaban juntos una noche. Se habían reunido en el salón y Margaret
estaba haciendo un trabajo admirable tocando para ellos. Parecía disfrutar
tocando valses, pues era el segundo en otros tantos bailes. Charles había
reclamado su mano para los dos, diciéndole que prefería escandalizar a sus
primos que tener que bailar con alguno de ellos.
—¿Estás admitiendo que no tenías ningún deseo de estar en mi
compañía? —le respondió él con una ceja alzada, con un lado de los labios
levantado en una sonrisa.
—Sólo admito que estaba deseando pasar Navidad en casa con mi familia
hasta que te acercaste con otra idea —dijo ella, sonriendo inocentemente. —
Una que debería haber rechazado, pero ahora debo admitir que me alegro de
no haberlo hecho.
—¿Por mi compañía? —preguntó él, con el rostro impasible, aunque sus
palabras tenían un tono burlón. —¿O por las... experiencias que hemos
compartido?
—Eres imposible —dijo ella, poniendo los ojos en blanco, y él se rio.
A ella le encantaba el sonido fuerte y rodante de su risa. Siempre
empezaba como un estruendo en lo más profundo de su pecho antes de que
pareciera salir de su boca, en el aire, para tocar el alma de ella. No se reía a
menudo, pero cuando lo hacía, la llenaba de alegría.
—Aparentemente no es totalmente imposible —dijo él —, porque
realmente me has hecho sentir de nuevo.
Se miraron a los ojos y, aunque sus bromas llenaban el aire entre ellos,
Emily estaba muy consciente de la conexión más profunda que se escondía
bajo la superficie, una conexión que ninguno de los dos quería abordar, ya
que probablemente sólo acabaría en tristeza.
La música llegó a su fin, y cuando un “ejem” sonó a su lado, ambos se
volvieron para encontrar a Edward al acecho.
—Si puedes hacer el esfuerzo de darle un turno a otro, Charles, me
gustaría bailar con tu señora Nicholls.
—Por supuesto —dijo Charles, aunque pareció relajarse ligeramente
cuando Margaret anunció que tocaría una cuadrilla.
Charles formó pareja con Leticia, y las cuatro parejas formaron un
cuadrado al comenzar el baile. Emily intentó concentrarse en las palabras de
Edward mientras recordaba los pasos, ya que hacía tiempo que ella misma no
participaba en un baile de este tipo.
—Cuéntenos más sobre usted, señora Nicholls —dijo Edward cuando los
dos se pusieron frente a frente. —¿De dónde viene usted?
—Chassés jetté, assemblé —murmuró Emily los pasos para sí misma
mientras avanzaban hacia Charles y Leticia.
Charles le guiñó un ojo cuando se dieron la mano derecha al pasar el uno
al otro y luego Edward tomó la izquierda de ella.
Emily acertó a decir: —De Newport —antes de que repitieran los pasos
hacia el otro lado.
Cuando se giraron para mirarse, Edward tenía otra pregunta preparada y
esperando.
—¿Cuál es la profesión de su padre?
—Balancé. Sissone Balotté, Assemblé —murmuró Emily y luego alzó
ligeramente la voz para que él pudiera oírla. —Era un abogado.
Giró a dos manos en torno a la izquierda. Ahora que estaba más cerca,
Edward estaba realmente concentrado en ella. —¿Estuvo casada?
—Lo estuve.
—¿Qué sucedió?
—Él murió.
—¿Cuál era su profesión?
—También era abogado.
—¿De qué manera conoció a Charles?
Emily agradeció que hubiera llegado la hora de la Chaine des Dames, así
que tuvo un momento para pensar qué decir. Ella y Leticia se cruzaron en el
centro, dándose la mano derecha, antes de que ella y Charles se giraran el uno
con el otro, con las manos izquierdas apretadas.
—¿Cómo nos conocimos? —le susurró ella.
—¿Perdón? —respondió él con los ojos muy abiertos.
—Nos conocimos en un baile —decidió ella mientras se giraban una vez
más. —Tiene que ser la verdad.
El reconocimiento apareció en los ojos de él mientras asentía, y entonces
Emily volvió a estar con Edward. Mientras giraban el uno con el otro, ella
repitió sus palabras.
—Un baile —dijo ella. —Charles y yo nos conocimos en un baile.
—¿Cuándo? —preguntó él mientras tomaba las manos de ella en el
paseo.
—Chassés Jetté, Assemblé —se repitió ella tres veces. —Ah, hace poco
—respondió ella, esperando que su sonrisa forzada lo convenciera.
—Bueno, si usted es de Newport, en realidad tengo algunos conocidos de
por allí —dijo él, su sonrisa reflejando la de ella. —Tal vez los conozca...
¿Lord y Lady Rosthern?
Emily los conocía de sobra, pero no tenía interés en seguir hablando de
ellos.
—Tal vez —dijo ella mientras las parejas laterales comenzaban a bailar.
Dios, ¿cuánto tiempo más llevaría esto?
—Espero saberlo pronto —dijo él jovialmente. —¡Incluso podrían asistir
a su boda!
Ciertamente no lo harán, pensó Emily con enfado, pero entonces recordó
que en realidad ella no iba a casarse. Ni con Charles, ni con nadie más. Lo
miró al otro lado de la habitación y él le devolvió la mirada, aunque con una
sonrisa.
Porque la verdad era que nunca podría casarse con nadie más que con él.
Y él no tenía ningún interés en casarse con ella. No podía. Y el hecho de que
ella entendía perfectamente por qué no, sólo hacía que toda la situación fuera
mucho más triste.
—En realidad, usted es encantadora —continuó Edward —, debe ser por
eso que usted le agrada tanto a Charles. No lo entendí del todo cuando nos
presentó por primera vez, ya sabe.
—¿Oh? —dijo Emily, aunque se había sorprendido más que nadie aquella
noche en el salón de baile de su patrón. —¿Por lo repentino?
—No —Edward negó con la cabeza, pero luego cambió el rumbo de la
conversación, o eso pensó Emily.
—¿Ha visto alguna vez un retrato de Miriam, la primera esposa de
Charles?
—No, en realidad —respondió Emily, considerando ahora que aquello era
algo extraño. —No lo he visto.
—Ah —dijo Edward con una sonrisa omnisciente que hizo que Emily se
estremeciera. —Venga conmigo.
Le tendió el brazo y ella lo tomó de mala gana. La condujo hasta la pared
más alejada del salón, donde los retratos y las pinturas se extendían tan alto
que casi tocaban las manos de los ángeles que danzaban por el techo.
La habitación era circular, cubierta de retratos, algunos de familias, otros
de hombres y mujeres individuales que Emily supuso que eran condes y
condesas anteriores. No les había prestado especial atención, ya que había
muchas otras cosas en las que ocuparse.
Edward la condujo hacia una de las ventanas de guillotina, donde una de
las largas cortinas de terciopelo carmesí estaba cerrada, cubriendo
parcialmente uno de los retratos. Él la retiró y Emily se encontró mirando
fijamente a los ojos de Charles, Margaret sentada en una silla frente a él, con
una expresión solemne en su pequeño rostro. Era joven. Emily la situó a los
cinco años. Y junto a Charles estaba una de las mujeres más hermosas que
Emily había visto jamás. Tenía el cabello oscuro, largo y liso, similar al de
Margaret y Charles. Sus ojos eran de un azul cristalino que brillaban fuera del
retrato y a través de Emily como si su portadora estuviera aún viva. Era alta,
delgada y estaba elegantemente vestida. Parecía haber nacido para ser pintada
en un retrato así.
—¿No era hermosa? —preguntó Edward con un suspiro mientras miraba
el retrato. —Esta era Miriam. Puede que el padre de Charles la eligiera, pero
Charles no discutió ni una sola vez al saber de su belleza.
Emily no podía dejar de mirarla. Después de que Charles había estado
casado con una mujer así, ¿cómo podía siquiera considerar estar con alguien
como ella?
No era de extrañar que todos parecieran incrédulos de que Charles se
comprometiera con ella, con sus gafas y su gordura y, anteriormente con
vestidos que la desmerecían.
—Era muy hermosa —consiguió decir Emily, dándole la razón.
—Sí, pobre Charles, por perderla tan pronto —dijo él moviendo la cabeza
con nostalgia. —Y pobre Margaret, por perder a su madre a una edad tan
temprana. Bueno, será mejor que volvamos con el resto.
—Sí —dijo Emily, su voz apenas un suspiro. —Deberíamos volver.

C HARLES APENAS PODÍA CREER que había conocido a Emily hacía poco más
de un mes, pues le parecía que la conocía de toda la vida. Después de la
cuadrilla, Emily había tomado el relevo en el pianoforte, mientras él había
hecho pareja con Margaret en un baile.
Su hija se había mostrado reacia al principio, pero a instancias de Emily,
se puso en sus brazos y Charles sintió como si su corazón hubiera saltado de
su pecho al de ella.
Aquella noche regresaba a su dormitorio -de donde, después de que su
ayuda de cámara lo asistiera, saldría para reunirse con Emily- cuando oyó
voces procedentes de la entrada del pasillo que conducía al salón. Pensando
que se trataba de uno de los criados, una sonrisa apareció en su rostro a modo
de saludo, pero se detuvo bruscamente en el umbral de la puerta ante la
escena que tenía delante.
—Vamos, bonita, sólo un besito. Después de todo, estamos bajo el
muérdago.
—Le... le agradezco, señor Thaddeus, pero tengo un hombre
esperándome, y no me gustaría ser desleal...
—Él nunca lo sabrá. Nadie lo sabrá.
Los brazos de Thaddeus rodearon a la joven doncella, atrapándola contra
la pared mientras se inclinaba hacia ella, a pesar de sus intentos de zafarse.
—Thaddeus —dijo Charles en tono de advertencia más que de saludo, y
el hombre se volvió al oír su voz. Charles esperaba que se apartara de la chica
por vergüenza, pero en lugar de eso, sonrió aún más.
—Ah, Lord Doverton —dijo. —Tengo que agradecerle el muérdago. Ya
me ha proporcionado mucha diversión.
—Deberías avergonzarte —regañó Charles, sabiendo que estaba tratando
a su sobrino como Emily lo haría con uno de sus cargos, pero apenas le
importaba. Le hizo un gesto a la chica para que se fuera ahora cuando tenía a
Thaddeus distraído, y la chica asintió para zafarse de los brazos de Thaddeus
y bajar al pasillo tan rápido como pudo. —No permitiré que acoses a mis
sirvientes. Déjalas en paz durante el resto de tu estancia aquí, ¿me oyes?
—Sólo estoy aprovechando lo que algún día será mío —dijo Thaddeus
con una sonrisa de satisfacción. —¿Se encuentra bien estos días, milord? ¿O
debo continuar con mis preparativos?
Comenzó a reírse mientras lo dejaba y caminaba por el pasillo, su risa
resonó en el alma misma de Charles mientras consideraba lo que le depararía
el futuro con Ravenport en las manos de Thaddeus. Era la misma razón por la
que le había dicho a Edward que se iba a casar, por la que había elegido a una
mujer al azar entre la multitud y la había anunciado como su prometida: para
darse un tiempo hasta que encontrara una mujer que probablemente le diera
un hijo.
Cuando cerró los ojos para imaginar a una mujer caminando por el pasillo
hacia él, una mujer que apoyaría a su hija, que estaría en su cama noche tras
noche, que caminaría con él por estos mismos pasillos de Ravenport, sólo vio
un rostro. El de Emily.
Pero si se casaba con ella, sólo sería por él mismo. Porque estaría dejando
Ravenport y todo lo que había dentro y alrededor -sus sirvientes, sus
arrendatarios- en manos del heredero también. ¿Cómo podría someterlos a
esa miseria para ser feliz?
No lo haría. Se dio cuenta de que no podía, mientras su corazón parecía
partirse en dos, entre Emily y todos los que dependían de él.
Tenía que poner cierta distancia entre ellos para que, cuando llegara el
momento de su partida, no fuera tan doloroso, ni para él ni para ella.
A partir de ahora.
—H OLA , Charles —dijo Emily en voz baja mientras cerraba la puerta tras él.
Llevaba tanto tiempo esperándolo que empezaba a preguntarse si iba a venir
o no. Apenas quería admitir, incluso para sí misma, lo mucho que esperaba
sus visitas nocturnas. Ni siquiera era por el amor que hacían juntos. Era el
hecho de que en esas pocas horas podían estar a solas, sin pretensiones. Había
pensado que en este tiempo robado, Charles la deseaba a ella, a Emily
Nicholls, sin otra razón que ella misma.
Sin embargo, ahora, después de ver a Miriam, se preguntaba qué veía
Charles en ella. ¿Qué quería exactamente de ella? ¿Era simplemente porque
ella estaba convenientemente aquí? ¿Importaría si fuera cualquier otra mujer?
Le molestaba mucho cuestionarse a sí misma, pero no podía evitar que los
pensamientos entraran en su mente.
—Mis disculpas. Sé que es tarde —dijo él con bastante formalidad,
entrando en la habitación, y cuando miró alrededor de la cámara a todo
menos a ella, el corazón de Emily cayó al instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó en voz baja, con las palmas de las manos
empezando a sudar ahora.
—Nada —dijo él rápidamente -demasiado rápido- sacudiendo la cabeza.
—Nada en absoluto. Sólo pensé... bueno, quise venir a verte para que no me
esperaras, pero hay algo de lo que debemos hablar.
Permaneció en silencio un momento antes de que finalmente se
encontrara con sus ojos. —Creo que tal vez sea mejor que no sigamos
pasando tiempo juntos... de esta manera.
—¿De esta manera? —repitió Emily. Desde su conversación con Edward,
había esperado a medias esto, pero aun así, le dolía más de lo que le
importaba admitir. —¿Te refieres a tener intimidad el uno con el otro?
—Sí —asintió él, pareciendo aliviado de que fuera ella quien dijera las
palabras en lugar de él. Emily siempre había sido bastante sincera, mientras
que estaba segura de que Charles había sido educado para no expresar esas
cosas con palabras. —Como no estamos casados, y más aún, no tenemos
intenciones de estarlo, me preocupan las posibles consecuencias.
—Ya hemos tenido esta discusión —suspiró ella, sentándose
pesadamente en la cama, preguntándose por el hecho de que él hubiera
olvidado lo que ella le había dicho, ya que producir un heredero parecía de
vital importancia en su mente. —No es probable que conciba, así que no
debes preocuparte.
—Aun así —dijo él, pareciendo bastante incómodo —, esto no es justo
para ninguno de los dos.
Sus palabras eran apresuradas, más inseguras que las que ella había
escuchado de él. Siempre era tan decidido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Emily, intuyendo que algo iba mal. —
¿Qué ha cambiado?
—Nada —dijo él bruscamente. —Nada en absoluto. Mis
responsabilidades siguen siendo las de siempre. Simplemente me han
recordado lo negligente que he sido a la hora de cumplirlas. Debo irme.
Buenas noches, Emily. Espero verte mañana.
Y con eso, se fue, dejando a Emily de pie mirando la puerta con la boca
abierta.
Él la había rechazado.
Y cuando el cuchillo le atravesó el corazón, le dolió más de lo que podría
haber previsto.
CAPÍTULO 19

—¿S eñora Nicholls?


Emily gimió para sus adentros cuando Edward la acorraló de camino al
comedor. Ella levantó la vista apresuradamente para asegurarse de que no
había ningún maldito muérdago colgando sobre ellos, y luego se detuvo y
esperó a que él se uniera a ella.
—¿Sí, señor Blythe? —dijo pacientemente, preocupada por la sonrisa de
suficiencia que se dibujó en su rostro cuando empezó a caminar con ella, con
sus pasos acompasados.
—¿Recuerda usted, hace unos días, cuando le mencioné a unos conocidos
mutuos?
—Sí... —dijo ella, cerrando los ojos por un momento. Esperaba que su
conversación fuera la última vez que oyera hablar de Lord y Lady Rosthern,
pero este hombre era como un perro con un hueso una vez que estaba sobre
algo.
—Bueno, les escribí después de hablar con usted aquí en Ravenport,
pidiéndoles que me enviaran su respuesta aquí. Y ¿puede creerlo? Hoy ha
llegado una carta de ellos.
Emily gimió interiormente, todo en sus adentros deseaba darse la vuelta y
huir de él, por el pasillo hacia la seguridad de su habitación.
—Parece que sí conocen a su familia —dijo él, con una sonrisa que se
amplió hasta el punto de volverse casi demoníaca. —Lord Rosthern me ha
dicho que tanto usted como su hermana han disfrutado de puestos como
institutrices. Y, ¿puede creerlo? Su hermana era más que amigable con Lord
Rosthern. Parece que deseaba tener una relación bastante estrecha con él.
Emily se detuvo y giró sobre sí misma, levantando un dedo y apuntando
hacia el horrible hombre. Podía decir lo que quisiera de ella, pero no le
escucharía despreciar a su hermana.
—Permítame dejar algo muy claro, señor Blythe. No había ninguna
relación entre ellos más allá de empleador e institutriz. Lord Rosthern intentó
aprovecharse de mi hermana, y por eso ella dejó su puesto. Él puede decir lo
contrario, pero no es más que una mentira. Usted no hablará mal de mi
hermana cuando no hizo otra cosa que guiar a esos niños pensando en lo
mejor para ellos.
Él se rio, su sonido puso todos los pelos de los brazos de Emily en punta.
—Oh, es usted toda una defensora, señora Nicholls —dijo él, levantando
un dedo para acariciar su mejilla y ella retrocedió. —Es bastante entrañable.
Pero no importa su hermana. Ella no tiene importancia para mí. Lo que más
me intriga es el hecho de que usted trabaja para lord y lady Coningsby.
Dígame, ¿saben ellos de su enredo aquí con mi buen primo? Me resulta
difícil creer que usted continuaría en su empleo si se comprometiera a casarse
con Charles. Una futura condesa no necesitaría continuar como institutriz.
Dígame, ¿en qué baile conoció a Charles? No sería en el de la residencia
Coningsby, ¿verdad?
Emily permaneció atrapada en sus palabras, congelada en el silencio ante
todo lo que él había conjeturado, la mayor parte de ello infaliblemente cierto.
—Yo... —comenzó, intentando encontrar las palabras. —Soy institutriz,
sí —admitió, pero mantuvo la cabeza alta, negándose a avergonzarse. —Pero
¿qué importa eso?
—Oh, sí importa, señora Nicholls —dijo él, avanzando hacia ella, y
Emily retrocedió un paso por cada uno que él daba hacia delante, hasta que
estuvo a ras de la pared. —Importa mucho. Siempre sospeché de esa pequeña
treta que creó Charles, al nombrarla su prometida. Ahora que sé la verdad,
cuando se lo cuente a los demás, Charles será el hazmerreír.
—No hará ninguna diferencia —dijo Emily, cuadrando los hombros,
negándose a dejarse intimidar. —Charles sabe que soy institutriz y puede
casarse conmigo si lo desea. No sería la primera institutriz que se convierte
en dama. Y si él... si elige no casarse conmigo después de todo, entonces
encontrará a otra muy rápidamente, estoy segura.
—Sí, ¿pero qué buena familia querría atarse a un hombre que finge
casarse con una mujer y luego la abandona con la misma rapidez, y además
con una institutriz? Todos sabrían que usted no es más que una amante.
—No soy su amante —dijo Emily, aunque las palabras sonaron falsas
incluso para sus propios oídos.
—¿No? —dijo Edward, levantando las cejas. —¿Entonces Charles
realmente va a casarse con usted?
Emily guardó silencio.
—Si hay un escándalo, señora Nicholls, entonces a Charles le costará
bastante más esfuerzo casarse. Estoy segura de que lo hará con el tiempo;
después de todo, es un conde y hay muchas jóvenes desesperadas. Pero
Charles de por sí apenas puede soportar tales eventos sociales. ¿Si se
convierte en el hazmerreír? Ja, nunca lo hará, y el título será mío... o de
Thaddeus. A menos que...
—¿A menos que qué? —preguntó Emily, con una sensación de malestar
que le llenaba el estómago, pues sabía que nada bueno iba a salir de esta
conversación.
—A menos que se marche —dijo Edward, mirándola con una sonrisa de
satisfacción. —Déjelo, deje esta casa, váyase antes de la celebración de
Noche de Reyes. Vuelva a su vida, señora Nicholls, a su pequeña familia en
Newport y a su puesto de institutriz con los Coningsby. Hágalo, y me
aseguraré de que la familia guarde el secreto. Todos olvidaremos que esto ha
sucedido —hizo una pausa— bueno, excepto usted. Estoy seguro de que
nunca olvidará el hecho de haber sido la posible esposa de un conde durante
toda su vida.
Él se inclinó, y Emily pudo oler su vil aliento cuando su boca se acercó a
su cara. Podía parecerse a Charles en su aspecto, pero en todo lo demás eran
tan diferentes como un trozo de carbón y el rubí de su collar.
—Váyase a casa, señora Nicholls. Recoja sus gafas y su muérdago, y deje
sus vestidos nuevos por los que le corresponden a esa figura suya. Tome.
Le pasó un puñado de monedas, y Emily ni siquiera pensó cuando su
mano se abrió por sí sola y él se las pasó.
—Esto será más que suficiente para pagar una diligencia a casa. Los
caminos ya deben estar despejados. Buen viaje, señora Nicholls.
Y al decir esto guiñó un ojo, giró sobre sus talones con las manos a la
espalda y continuó por el pasillo, silbando una alegre melodía mientras
avanzaba.
C HARLES SE FROTÓ los ojos con cansancio. Había sido una larga noche, pues
apenas había podido pegar ojo. Todo lo que podía imaginar era la cara de
Emily, tan dolida, tan enfadada, mientras lo miraba fijamente tras su
despedida después de sus noches juntos.
Él sólo intentaba hacer lo correcto por ella. No podía comprometerse con
ella, no cuando tantos otros confiaban en él. Nunca debió involucrarse con
ella, pero la verdad, por difícil que fuera admitirlo, era que no había podido
evitarlo.
Y ahora mírenlo.
Sin embargo, había una cosa que podía hacer. Podía ir a hablar con ella
una vez más, explicándose mucho mejor esta vez. Seguramente entonces ella
entendería su razonamiento y sabría que su rechazo no tenía nada que ver con
ella, sino que, de hecho, se debía a lo atraído que estaba por ella.
Charles llamó ligeramente a la puerta de su habitación, aunque no se
sorprendió cuando ella no respondió. Abrió la puerta ligeramente para ver el
interior, pero la habitación estaba a oscuras, el espacio vacío.
—¿Emily? —llamó, pero instintivamente sabía que ella no estaría allí.
Debía de haber bajado a cenar. Charles se dio la vuelta para marcharse, pero
entonces su vista captó un destello rojo en el tocador, donde las grandes
piedras de rubí reflejaban el sol de invierno que se ponía a través de la
ventana.
Se acercó con pasos apresurados, y allí encontró el collar, junto al
muérdago que había creado con sus propias manos.
Charles atravesó la habitación y abrió de un tirón las puertas del armario.
Aún quedaban vestidos, pero con una sensación de malestar en el estómago,
rebuscó entre las capas de seda, muselina y satén de colores. Era tal y como
había pensado. Nada de grises monótonos. Nada de azul marino de cuello
alto.
Ella sólo se había llevado aquello con lo que había venido.
Se había ido.

E MILY SE APRESURÓ A ATRAVESAR la nieve. Si se apresuraba, podría alcanzar


la última diligencia que pasaba por Duxford. En poco tiempo estaría en casa
de sus padres. Sin embargo, primero tenía que atravesar los montones de
nieve de medio metro de altura mientras el viento le golpeaba la cara.
Avanzaba con lentitud, pero no iba a quedarse en Ravenport ni un momento
más.
Había intentado cumplir su promesa y su deber, pero había fracasado.
Había fracasado porque se había enamorado de Charles. Sabía que
debería haber acudido a él, debería haberle contado lo que Edward sabía y
que la había amenazado. Pero anoche Charles había terminado con todo lo
que había entre ellos, y ella finalmente se había dado cuenta de lo que debía
haber hecho el día en que él le ofreció este puesto.
Su orgullo, su amor, no valía ninguna cantidad de dinero que él pudiera
ofrecerle. Sí, ella podría entonces mantener a sus padres. Pero era mucho
mejor si redoblaba sus esfuerzos para ahorrar su salario para ellos. Y, si no,
tal vez podría enviar a su hermana para que asumiera el deber de institutriz
con Margaret.
Pobre Margaret. La niña había sollozado cuando Emily se había
despedido de ella -no fue capaz de irse sin hacerlo-, pero Emily le había
prometido visitarla muy pronto. Y la visitaría. Era a la vez una bendición y
una maldición que no estuvieran lejos. Por mucho que Emily quisiera cortar
todos los lazos si tenía que dejar a Charles, siempre tendría esta conexión con
Margaret.
—Lo siento —le había dicho a la niña —, pero es hora de que me vaya de
Ravenport.
—Pero tú lo amas —había protestado Margaret, y los ojos de Emily se
llenaron de lágrimas. Margaret era mucho más perceptiva de lo que Emily o
Charles se habían dado cuenta.
—Y esa es la razón por la que me voy —había susurrado en respuesta. —
Tu padre necesita encontrar una mujer que pueda ser una verdadera madre
para ti, que pueda darte hermanos y hermanas y toda la felicidad del mundo
—. Había recogido el rostro de Margaret entre sus manos. —Pero te prometo
que te visitaré, tan a menudo como pueda. Tu padre te quiere mucho. Todo lo
que tienes que hacer es darle un poco de ánimo, y verás que aprenderá a
demostrarte que te quiere.
Margaret asintió, sabia más allá de su edad, y el corazón de Emily se
rompió un poco más.
—Escríbeme una canción, ¿quieres? —le pidió Emily, y Margaret había
asentido.
Oh, cómo iba a echar de menos a esa niña. Emily comenzó a moquear de
nuevo, pero intentó apartar las lágrimas; hacía tanto frío que era probable que
se le congelaran en la cara. Sin embargo, su apego a Margaret era una razón
más para marcharse cuanto antes, ya que esa era otra conexión que sólo sería
más difícil de romper mientras Emily se quedara.
Cuando Duxford entró en su campo de visión, Emily se fijó en la
diligencia aparcada frente a la oficina de correos.
—Oh, cielos —dijo, apurando sus pasos, sus pies comenzando a
congelarse mientras la nieve mojaba sus botas. ¿Por qué parecía que
últimamente intentaba morir congelada? Odiaba tener frío. Y sin embargo, el
frío parecía ser su estado mucho más a menudo de lo que le gustaría.
Para cuando Emily llegó al centro del pueblo, sus mejillas estaban tan
congeladas que se sentían casi cerosas al tacto, y su aliento era una nube
alrededor de su cabeza.
Le pasó su pequeña bolsa al cochero, que estaba envuelto en tantas capas
que Emily casi no podía verle la cara.
—¿A dónde va?
—A Newport —respondió ella.
—Ah, nada lejos, entonces, sólo la siguiente ciudad —dijo él. —Pero
habrá que esperar un poco. Acabamos de parar para calentarnos un momento.
La mayoría de los demás están en la taberna.
—Gracias —dijo ella, apresurándose a entrar.
La taberna se encontraba en el primer piso de la posada, pero era casi
como estar al aire libre, pues parecía que toda ella estaba cubierta de verdor.
Ciertamente aquí la Navidad no había sido olvidada.
Emily tomó asiento en una pequeña mesa para dos personas que daba a la
calle a través de la ventana, cuyos bordes estaban helados por el frío.
Pidió un chocolate caliente cuando el tabernero se acercó a preguntarle
qué le apetecía, y una vez que llegó la taza, la rodeó con sus manos heladas.
Acababa de dar el primer sorbo cuando observó que un par de hermosos
caballos se acercaban por el camino frente a la posada. Estaban unidos a un
hermoso trineo. Conocía esos caballos, conocía ese trineo.
El conde de Doverton, se dio cuenta con un suspiro cuando Charles se
bajó del trineo y se apresuró a conversar con el conductor de la diligencia
antes de comenzar a caminar hacia la posada, con su capa ondeando a su
alrededor, capturada por el viento.
Mientras que la entrada de Emily en la taberna había pasado casi
desapercibida, cuando Charles atravesó la chirriante puerta de madera que era
apenas más alta que él, todas las cabezas se volvieron hacia su persona. Sin
embargo, apenas le dedicó una mirada a nadie más, y el corazón de Emily dio
un salto cuando sus ojos se encontraron con los de ella desde el otro lado de
la habitación.
La había seguido. Eso significaba... pero no, simplemente estaba
preocupado, leyó ella en su mirada. Se apresuró a acercarse a ella, como si le
preocupara que fuera a huir, aunque supuso que eso tenía sentido, pues ya lo
había hecho una vez hoy.
—Emily —la saludó con un tono serio mientras se sentaba frente a ella,
aunque no hizo ningún movimiento hacia ella porque aparentemente temía
una recepción fría. —Te marchaste.
—Tuve que hacerlo.
—No, no tenías que hacerlo —dijo con urgencia, sacudiendo la cabeza.
—No era mi intención rechazarte, Emily. Es sólo que...
—Lo comprendo, de verdad —respondió ella, entrelazando los dedos en
un esfuerzo por evitar que se acercaran a los de él a través de la mesa. —Nos
estábamos acercando demasiado cuando me iba a ir de todos modos. Sé que
me he ido antes de lo prometido, pero no tomaré tu dinero.
—Toma todo el dinero que quieras, no me importa.
—No podría.
—Debes hacerlo.
Emily no dijo nada en respuesta, porque había dicho todo lo que había
que decir. Había dicho la verdad. No importaba lo que Edward hubiera
descubierto, no importaba su amenaza, Emily sabía que ella y Charles
podrían afrontarlo juntos. Pero sería demasiado difícil a solas.
—¿Por qué... por qué no te despediste? —preguntó él, y Emily leyó el
dolor en su expresión normalmente estoica.
—Porque —dijo ella con la voz quebrada —, era demasiado doloroso.
—No tiene por qué serlo —dijo él, extendiendo las manos por encima de
la mesa para que ella pusiera las suyas en ellas. —Vuelve, Emily, por favor.
Ya se nos ocurrirá algo, te lo prometo. No sé qué, pero todo lo que sé ahora
es que no puedo perderte.
—¿Qué hay que determinar? —preguntó ella, con una lágrima escapando
de sus ojos. —Necesitas un heredero, o si no Thaddeus va a heredar todo.
¿Puedes vivir con eso?
Charles guardó silencio, y Emily pudo notar que estaba luchando con el
dilema.
—No es justo hacerte elegir —dijo ella suavemente —, así que yo elegiré
por ti. Vete a casa, Charles. Vuelve a casa con Margaret y sé el mejor padre
que puedas ser para ella. Encuentra una prometida —se tragó un sollozo —
que pueda darte todo lo que necesitas, y que te proporcione todos los
herederos que puedas desear. Estaré bien.
No lo estaría, pero no podía decírselo.
—¡Todos aquí para la diligencia, estamos abordando!
Emily levantó la vista cuando el conductor los llamó, agradecida por la
interrupción, y comenzó a levantarse.
—Adiós, Charles.
—Emily...
—Por favor, Charles —dijo ella desesperadamente —sólo empeorará las
cosas.
—Al menos déjame llevarte el resto del camino en el trineo.
—No puedo dejarte hacer eso —dijo ella, pues no podía pasar ni un
momento más con él o podría romperse y acceder a hacer cualquier cosa que
se requiriera para estar con él. —Vete a casa. A casa con tu familia, con tu
hija. Y gracias.
—¿Por qué? —preguntó él, con voz ronca.
—Por mostrarme lo que es el amor de verdad —dijo ella, acunando su
cara en la palma de la mano por un momento antes de darse la vuelta,
levantarse la capucha y salir corriendo de la posada antes de que las lágrimas
empezaran a fluir de verdad.
CAPÍTULO 20

C harles estaba en estado de shock cuando llegó a Ravenport. Su


familia intentó preguntarle dónde había estado y qué había hecho
con la señora Nicholls, pero no se molestó en responder. En lugar de
eso, se dirigió a la sala de música, sabiendo que era mejor no revisar el cuarto
de los niños. Su hija apenas parecía utilizar la habitación que había creado
para ella, con casas de muñecas y todos los juguetes que un niño pudiera
desear.
Al parecer, no importaba cuántos objetos le diera un padre a una niña si
ese padre no le mostraba también lo que era realmente el afecto.
Su hija nunca había sido una niña demasiado habladora, pero ahora se
daba cuenta de que no era difícil averiguar sus sentimientos: sólo había que
escuchar la música que tocaba. A medida que se acercaba a la sala de música,
podía oír la desolada melodía que salía de sus dedos, a través de las teclas y
por el pasillo curvo. Le hizo llorar, ya que reflejaba con tanta precisión sus
emociones actuales.
No llamó a la puerta hasta que los últimos acordes menores se apagaron y
ella se quedó sentada un momento, mirando el piano que tenía delante, sin
que se viera una sola hoja de música.
—¿Margaret? —dijo él, entrando en la habitación sólo cuando ella se
volvió para saludarlo.
—Padre —dijo ella en voz baja, y él se acomodó lentamente en la silla
frente al banco del piano para que ella pudiera verlo sin girarse. Ansiaba
tomarla en sus brazos, abrazarla para que se reconfortaran mutuamente, pero
no sabía si ella estaba aún preparada.
—Lo siento, Margaret —dijo él inclinándose hacia delante, con la cabeza
entre las manos ante su sombría niña. Se dio cuenta de que la habían privado
de una infancia, y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.
—¿Por qué? —preguntó ella en voz baja.
—Por todo. Por traer a Emily aquí, por despertar cualquier esperanza que
pudieras tener. No me había dado cuenta de que ella sería tan... —buscó la
palabra adecuada.
—¿Maravillosa?
—Sí, maravillosa —dijo con un suspiro. —Realmente lo es, ¿verdad?
—Lo es, padre —dijo Margaret, bajando la mirada a sus manos en el
regazo antes de levantar sus ojos verdes como el mar hacia los de él. —¿La
quieres tanto como yo?
—Sí —admitió él.
—¿Entonces por qué la dejaste ir?
—Es difícil de explicar —contestó lentamente. —Sin embargo, como
sabes, no estaré siempre aquí. Esta propiedad, el título y todo lo que contiene,
pasará a manos de otro. Si fuera sólo el edificio en sí, o la tierra, no me
preocuparía tanto. Pero es la gente, Margaret. No puedo permitir que los
sirvientes y los arrendatarios sean gobernados por Edward o Thaddeus. No se
preocupan por los demás, sólo por ellos mismos. ¿Cómo podría yo ser tan
egoísta como para dejarles todo a ellos?
—¿Por qué se convertirían en conde? —preguntó ella, con la inocencia,
pensó él, de los ojos abiertos de un niño. —¿No sería yo la condesa?
Charles se arriesgó a estirar la mano para pasarla por su liso cabello.
—Desgraciadamente, querida, eso no puede ser —dijo con un suspiro. —
El título pasa por la línea masculina.
—No, no es así —replicó ella, mirándolo como si fuera un tonto.
—Bueno, sí —dijo él, tratando de ser amable con su hija. —Es que es así.
—No, no lo es —argumentó ella, volviéndose inflexible ahora. —Lo dijo
el abuelo.
—¿El abuelo?
—Sí —insistió ella. —Y mamá también. No querían que lo supieras.
—Creo que yo sabría de la herencia de mi propia línea —dijo,
maldiciendo a Miriam y sus mentiras, pero logró una sonrisa para Margaret
para aliviar sus palabras.
—No, el abuelo se aseguró de que no lo supieras —dijo ella, sacudiendo
la cabeza y mirándolo fijamente. —Mamá dijo que él siempre odió el hecho
de que una mujer pudiera heredar el condado, así que se aseguró de
ocultártelo. Mamá lo descubrió un día cuando estaba en su estudio y le
preguntó por ello. Él le dijo la verdad, pero le hizo jurar que no te lo diría.
Charles casi no podía respirar, tan abrumado estaba tanto por el
conocimiento como por el engaño. En todo este tiempo, ¿nunca había sabido
que su hija podía heredar?
—¿Tu madre lo sabía? —preguntó a Margaret cuando por fin recuperó el
aliento, y ella asintió.
—Me dijo que no creía que fuera una gran vida, ser condesa y tener que
preocuparse por toda la responsabilidad que debería ser de un hombre, así
que tampoco quería que lo supieras.
—Ya veo —dijo Charles, entrelazando los dedos y llevando los pulgares
hacia arriba para apoyarlos en la frente. —¿Y qué piensas tú?
Sabía que era mucho pedir. Sólo tenía ocho años, por el amor de Dios. Y,
sin embargo, era más sabía que su edad.
—Creo... —dijo ella, frotándose la frente. —Creo que si me enseñaras,
podría hacer un trabajo tan bueno como un hombre.
Charles sonrió. —Yo también creo que podrías. Deja que me ocupe de
esto, ¿de acuerdo?
—Padre —Margaret lo miró, más sabia que su edad. —¿Tiene esto algo
que ver con la señora Nicholls? Porque aunque me equivoque, bien podrías
vivir más que cualquier otra persona que pudiera heredar, o podrías tener un
hijo con la señora Nicholls, ¿no? Nunca se sabe lo que puede pasar.
Charles sólo pudo mirar a su hija con asombro. Tenía ocho años y, sin
embargo, parecía estar llena de más sabiduría que una mujer de edad
avanzada.
Porque tenía razón. Aunque haría todo lo posible para que su línea
continuara con alguien que cuidara del título con toda la responsabilidad que
requería, no podía predecir el futuro, ni controlar completamente la fortuna
de ninguno de sus familiares.
Tomó sus manos entre las suyas.
—Tienes un punto muy bueno, querida —dijo. —Ahora, ¿qué te parece si
vamos a contarle todo esto a la señora Nicholls?
Ella asintió, apareciendo hoyuelos en sus mejillas.
—Muy bien —dijo él. —Ahora, vamos a buscar tu capa más abrigadora.
—¡E MILY !
Ni siquiera había comenzado a andar cuando Teresa salía corriendo por la
puerta y bajaba a la calle sólo con un vestido, a pesar del frío. Envolvió a
Emily en un abrazo más cálido que cualquier fuego, y Emily dejó caer su
bolsa para apretar su espalda en igual medida.
—¡Oh, Emily, te he echado de menos!
—¡Yo también te he echado de menos! —exclamó Emily, con las
lágrimas corriendo de nuevo por su rostro. Dios, había llorado más en estos
dos últimos días que en años.
—La Navidad no fue lo mismo sin ti.
—¡Espera a que te enteres de la mía!
—¡Niñas!
Se volvieron hacia la voz de su madre desde la puerta de la casa. Emily se
rio entre lágrimas al ver que su madre seguía refiriéndose a ellas como niñas
a pesar de que ambas tenían más de treinta años.
—Entren antes de que les de fiebre.
Ya había pasado el punto en el que podría ponerse enferma, pero no iba a
decírselo a su madre, pues ya tenía suficientes preocupaciones.
El abrazo de su madre fue tan cálido como el de su hermana, y pronto
todas tuvieron lágrimas en los ojos.
—Me alegro de verte —dijo su padre después de acercarse cojeando a la
puerta, con su barba blanca y erizada rozando el hombro de Emily de la
forma más tranquilizadora cuando la abrazaba.
No importa la edad que uno tenga, pensó Emily, nada es como volver a
casa con los padres.
Los olores del pan recién horneado, la carne rostizada y el verdor fresco
invadieron a Emily cuando entró en el vestíbulo. El fuego en la chimenea
rugía, la mesa estaba preparada para la cena y allí, en el centro, estaba el
pudín de ciruelas.
—Todavía no lo hemos cortado —dijo su madre, siguiendo su mirada. —
Estábamos esperando a que llegaras.
—Oh, madre. Gracias —dijo Emily con una sonrisa acuosa. —¿Ha
venido la familia de James?
—Sí, celebraron con nosotros el día de Navidad —dijo su madre. —Nos
pidieron que te deseáramos Feliz Navidad de su parte, y que esperaban que
los visitaras una vez que llegaras a casa.
—Bien —dijo Emily con una sonrisa —y lo haré.
—Ven, cámbiate ahora —dijo su madre, llevándola a través de la
habitación delantera a los dormitorios traseros, donde Emily sabía que su
madre dejaba su dormitorio intacto para las veces que venían a casa de visita.
—Una vez que te hayas refrescado, te daremos una manta y un plato caliente.
Entonces el pudín de ciruela será.
Emily hizo lo que se le indicó y pronto se encontró sentada en una silla
tapizada de felpa frente a la chimenea, con sus padres y su hermana en sus
lugares habituales a su alrededor. Era como si el tiempo se hubiera detenido
en la casa de sus padres.
Su madre le trajo una taza de té caliente junto con algo de la cena que
habían preparado antes, y luego se sentó frente a ella, sacando sus agujas de
tejer y su hilo. Se sentó, pero su postura no engañó a Emily. La miró a los
ojos y le dijo: —Muy bien, dilo. ¿Qué ha pasado?
—Nada —dijo ella, intentando dejar de lado sus preocupaciones para no
inquietar a sus padres. Pero ante la mirada inquisitiva de su madre, y con la
mano de su hermana en el brazo, no tardó en contar toda la historia -con
algunas omisiones- mientras su familia la escuchaba con miradas
compasivas.
—Oh, cariño —dijo su madre, extendiendo una mano y poniéndola sobre
su rodilla. —Lo siento mucho.
—Es mi culpa —dijo Emily con un suspiro. —Sabía de antemano cuál
era la situación.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —preguntó Teresa, y Emily vio su
mirada inquisitiva, dudando de la mejor manera de responder a eso.
—¿Te pagaron por ello? —preguntó su padre con conocimiento de causa,
y Emily asintió.
—Espero que no lo hayas hecho por nosotros —dijo antes de que sus
palabras se disolvieran en toses, y Emily empezó a decir que no, pero sabía
que sus padres verían a través de ella, como siempre.
—Pensé que no sería una tarea difícil por la ayuda que nos proporcionaría
—dijo, bajando la mirada. —¿Cómo iba a saber que me enamoraría del
hombre?
—Suena como si él te amara también —dijo Teresa gentilmente. —¿No
podría él dejar de lado todas sus preocupaciones por ti, si es así como se
siente de verdad?
—Es un hombre muy bueno como para eso —dijo Emily, escuchando la
melancolía en su voz. —Se preocupa demasiado.
Todos guardaron silencio por un momento, pero luego saltaron cuando
llamaron a la puerta.
—¿Quién será? —preguntó Emily con el ceño fruncido, mirando a sus
padres igualmente perplejos.
—Yo iré —dijo su madre, pero su padre alzó la mano para detenerla
mientras se levantaba lentamente de su silla.
—Un hombre puede atender su propia puerta, Mary —dijo cojeando
hacia la puerta, y Emily compartió una mirada con Teresa. Tanto su lesión en
la cadera como su tos sólo parecían empeorar desde la caída del año pasado.
La puerta finalmente se abrió con un chirrido y todas estiraron el cuello
para ver quién estaba detrás, pero no pudieron ver alrededor del padre de
Emily.
—Feliz Navidad —le oyeron decir, pero el resto del intercambio fue
amortiguado.
—¿Quién puede ser? —preguntó Teresa, y Emily se encogió de hombros
como respuesta.
—¿Emily? —dijo su padre, volviéndose hacia ella. —Alguien ha venido
a verte.
—¿Oh? —dijo Emily, levantándose, la manta cayendo de sus hombros
para descansar en la silla.
Su corazón se detuvo cuando entraron Charles y Margaret.
CAPÍTULO 21

—¿C harles? —Emily jadeó, con el cuerpo tan congelado como durante
su gélida búsqueda del tronco de Navidad mientras se ponía de pie y los
miraba fijamente. —¿Qué hacen ustedes dos aquí?
Charles pudo ver la confusión en sus ojos, la batalla interna que se libraba
en su interior entre darles la bienvenida y desear que él nunca hubiera venido.
Pero nada de eso importaría en un momento.
Él cruzó desde el vestíbulo hasta el salón con unos pocos pasos rápidos, y
antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo o considerar que toda
su familia estaba presenciando la escena, la tenía en sus brazos. Apoyó la
cabeza de ella contra su hombro mientras la estrechaba contra él, cerrando los
ojos mientras el aroma del romero subía desde su cabello hasta sus fosas
nasales.
¿Cómo pudo haberla dejado ir? Qué tonto era.
Cuando por fin abrió los ojos, lo primero que vio fue a Margaret que lo
miraba con una amplia sonrisa en la cara. Luego se dio cuenta de que todos
los miembros de la familia de Emily lo miraban con expresiones
desconcertadas, aunque intuía que iban acompañadas de sonrisas de placer.
Finalmente, una mujer que se parecía mucho a Emily, sólo que con
algunas arrugas más y el cabello gris en lugar del color de la arena, dio un
paso hacia ellos.
—Usted debe ser Lord Doverton —dijo ella con una cálida sonrisa. —
Bienvenidos a nuestro hogar.
Charles soltó a Emily con reticencia y le dio la mano a la mujer.
—Gracias —dijo, mirando alrededor de la habitación a todos ellos. —
Muchas gracias y mis disculpas por la interrupción.
Buscó a Emily una vez más, encontrándola agachada abrazando a
Margaret. Por supuesto. No esperaba menos.
—Charles —dijo ella, mirándolo con una expresión sombría —, aunque
estoy encantada de verte aquí, ¿crees realmente que este es el mejor camino a
seguir? Lo hemos discutido, y...
—Emily —dijo él, tomándole las manos y poniéndola en pie —, hay
mucho que contarte. Parece que todo lo que se hubiera interpuesto en nuestro
camino ha desaparecido.
—Pero...
—La hermosa niña que está ante ti no es otra que la futura Condesa de
Doverton.
Emily se volvió para mirar a Margaret, sus ojos marrón chocolate se
abrieron de par en par cuando volvieron a Charles. —No lo entiendo.
—Parece que mi padre omitió algunos detalles importantes sobre el título
de los Doverton. Nuestro linaje es uno de los pocos en Inglaterra que puede
ser heredado por un hijo o una hija en caso de que no surjan varones.
—¿Cómo es posible? —exclamó ella, apretando sus dedos con más
fuerza.
—Al parecer, hay un apartado especial en la herencia que cualquier
descendiente puede heredar, no sólo un varón —dijo Charles. —Al menos,
eso es lo que pude suponer por la rápida lectura que hice de las cartas en mi
estudio. Estaban enterradas tan atrás en la estantería que casi no las encontré.
No puedo decir que haya tardado mucho en revisarlas, ya que Margaret y yo
estábamos bastante ansiosos por seguirte.
—Fueron significativamente más rápidos que la diligencia, eso es seguro
—dijo Emily, tan práctica como siempre, aunque todavía llevaba una mirada
de confusión.
—Además de eso —dijo Charles, apretando sus manos y mirándola
profundamente a los ojos para que supiera lo serio que iba a ser con sus
siguientes palabras —, por fin me he dado cuenta de que, aunque me
equivoque, no importa.
—¿De qué estás hablando? —preguntó ella. —Por supuesto que importa.
—No importa —dijo él, sacudiendo la cabeza. —Durante mucho tiempo
he intentado controlar el futuro y las vidas de más personas que solo yo. Pero
de lo que debería haberme dado cuenta hace tiempo es de que hay muchas
cosas que no están bajo mi control. Me casé con Miriam pensando que me
daría múltiples herederos, pero no fue así. Entonces ella murió, lo que nadie
podría haber predicho. Y luego te conocí a ti y me enamoré de ti, algo que
ciertamente no había planeado.
Los ojos de ella se abrieron significativamente cuando él admitió sus
sentimientos. Su boca se abrió y se cerró, pero no salió ningún sonido.
—No puedo saber qué nos deparará el futuro —continuó. —Aunque
nuestras suposiciones resulten erróneas, no sabemos si tú y yo tendremos
hijos juntos. No sabemos si Edward tendrá alguna vez el título, si lo hace, ni
si Thaddeus mostrará algún interés en vivir en Ravenport o en administrar él
mismo la propiedad. Tal vez se limitaría a quedarse en Londres, como ya
hace, y permitiría que un administrador, con suerte competente, gestionara
sus asuntos.
Miró a su alrededor ahora, sabiendo que les estaba explicando a todos, ya
que se aferraban a sus palabras con atención embelesada.
—Sin embargo, hay una cosa sobre la que sí tengo control —dijo con
urgencia, implorando a Emily que lo entendiera. —Es casarme con la mujer
que amo y pasar mi vida tan feliz como podría esperar. Y —dijo, extendiendo
una mano para atraer a Margaret hacia ellos —puedo estar ahí para mi hija,
demostrándole lo mucho que la quiero. Puedo ser un ejemplo de cómo debe
ser el amor entre un marido y una mujer. Y puedo permitir que tú, Emily,
estés también en su vida.
Se hincó sobre una rodilla frente a Emily y tomó una de sus manos entre
las suyas.
—Emily Nicholls —dijo, tragándose el nudo en la garganta —, eres la
mujer más cariñosa, inteligente y atenta que he conocido. Eres cálida, amable
y cariñosa, y me has demostrado que la vida es algo más que el deber y la
responsabilidad. No puedo decir que alguna vez seré el espíritu
despreocupado que probablemente te mereces, pero haré todo lo posible para
hacerte feliz el resto de mi vida. ¿Quieres ser mi esposa?
Ella sonrió ampliamente, con los ojos llorosos, mientras se agachaba para
tomar su cara entre sus suaves -congeladas- palmas.
—Sí, por supuesto que me casaré contigo, Charles —dijo ella, lo que
provocó la ovación de su hermana y los saltos de Margaret, mostrando más
emoción de la que Charles había visto nunca en ella.
Sintió que su corazón estaba a punto de estallar cuando levantó a Emily,
haciéndola girar antes de ponerla de pie y tomar su boca en un largo y
prometedor beso, lo suficientemente casto como para ser apropiado delante
de su hija y de la familia de Emily, pero lo suficiente como para recordarle
todo lo que había entre ellos y el futuro por venir.
Al dejarla en el suelo, llamó la atención de su padre.
—Es decir, si le parece bien, señor Nowell.
El hombre se rio mientras se acariciaba la barba. —Por supuesto que sí,
Lord Doverton.
—Charles.
—Charles, entonces. Bienvenido a la familia.
—Y a ti —dijo la señora Nowell, agachándose frente a Margaret —,
parece que te vendría bien un poco de budín de ciruelas. ¿Qué dices?
—Creo que es una excelente idea —dijo Margaret con su voz pequeña
pero seria, y el resto se rio ligeramente.
—Vamos, vamos —dijo la señora Nowell, tomando la mano de Margaret
y llevándola hacia la mesa, donde recogió el pudín de ciruelas del centro. —
El resto de ustedes siéntense mientras nosotras dos vamos a preparar esto.
Mientras el señor Nowell y la hermana de Emily las seguían hacia el
comedor, Charles aprovechó el momento con Emily para él solo para
otorgarle otro rápido beso en los labios mientras la rodeaba con sus brazos
por la cintura.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, sus ojos buscando los de él. —Soy una
institutriz viuda, Charles. No soy la clase de mujer adecuada para convertirse
en condesa.
—Creo que soy yo quien debe juzgar eso —dijo él con severidad. —Eres
todo lo que podría pedir, Emily. Recuérdalo.
—Muy bien —dijo ella, apareciendo un hoyo en su mejilla. —Haré lo
que dices, al menos en este aspecto.
A continuación se rio y colocó la mano de ella en el pliegue de su codo
mientras la conducía a la mesa como si la estuviera acompañando en el más
apropiado de los bailes. Le sostuvo la silla y la ayudó a sentarse, ocupando el
asiento de al lado justo cuando la señora Nowell entró con Margaret a su
lado. Las dos sostenían una bandeja con una gran bola moteada de pudín de
ciruela. Un trozo de acebo estaba encima, mientras que alrededor del pudín
ardía espectacularmente lo que Charles supuso que era brandy.
El fuego se reflejaba en los ojos de Margaret, que bailaban de emoción.
Entonces ella se subió a su regazo, y Charles pensó que si su corazón se
llenaba más, podría estallar en su pecho.
—La señora Nowell dice que hay todo tipo de objetos horneados en este
—le susurró ella. —¡Así que ten cuidado mientras comes!
—Eso haré —le respondió en voz baja al oído mientras la señora Nowell
empezaba a servir los trozos.
Margaret comenzó al instante a cortar el suyo en varios bocados, gritando
“¡un hueso de la suerte!” cuando encontró lo que buscaba.
—Ah —dijo el señor Nowell, levantando un dedo en el aire —, eso es
para la suerte.
—¡Tu pedazo tiene un anillo, padre! —exclamó Margaret después de
buscar en su trozo de pastel, y él sonrió por lo perfecto que era.
—¿Qué ha encontrado, señora Nicholls? —preguntó al tiempo que Emily
se sacaba algo de la boca.
—Un ancla —dijo con una pequeña sonrisa.
—Ah —dijo su madre con complicidad —, para un puerto seguro.
Recorrieron la mesa repasando todas las piezas que se encontraban dentro
del pudín. Mientras Charles los miraba a todos, con sus rostros bellamente
iluminados por la luz de las velas del centro de la mesa, se dio cuenta de que
nunca en su vida había sabido realmente lo que significaba formar parte de
una familia.
La familia podía adoptar muchas formas, pero estas personas le habían
enseñado más en una hora que su propia familia en toda su vida.
—Gracias —dijo, levantando una copa de vino que el padre de Emily
había servido —por invitarnos a mi hija y a mí a su casa.
—Bueno, si tienes a Emily, ahora nos tienes a todos nosotros para el resto
de nuestras vidas —dijo Teresa riendo —, así que bienvenidos, Charles y
Margaret.
Chocaron las copas en el centro de la mesa, y con el pudín de ciruelas
delante de ellos, la alegría de la acogedora casa de ladrillo y el calor de la
gente alrededor de la mesa, Charles encontró por fin el espíritu navideño del
que Emily había hablado desde el momento en que había llegado a su vida.
Se inclinó junto a ella.
—Feliz Navidad, Emily.
—Feliz Navidad, Charles.
CAPÍTULO 22

—C harles —dijo Emily a la mañana siguiente mientras la familia se


sentaba alrededor de la mesa del desayuno. —¿Qué hay de toda la gente que
te espera en tu mansión?
Charles se encogió de hombros. —He decidido que ya no me importa.
—¡Charles!
—Bueno, ¿por qué habría de hacerlo? —preguntó. —Sólo vienen cada
Navidad a valorar lo que creen que algún día será suyo o a compararse con
nosotros. Creo que ha llegado el momento de que comience una nueva
tradición, uniéndome a la tuya —dijo. —A partir de ahora, celebraremos la
Navidad juntos aquí.
—¡Pero si siempre tienes a tu familia durante las fiestas! —exclamó ella.
—Y tu celebración de Noche de Reyes - oh, querido, es dentro de unos días.
—Quizá podamos seguir con ese festejo —se comprometió él —pero
vendremos aquí para Navidad.
Emily asintió, mordiéndose el labio. —Dios mío, todo está cambiando tan
rápido.
—¿No eres feliz? —preguntó él antes de desear no haberlo hecho.
Prefería escuchar su respuesta cuando estuvieran los dos solos, y no delante
de toda su familia.
—Oh, lo soy —dijo ella, dándole lo que esperaba que fuera una sonrisa
tranquilizadora mientras le apretaba la pierna por debajo de la mesa. —Es
que... Henrietta y Michael—. Miró a su familia y explicó: —Los hijos de
Lord y Lady Coningsby. Son unos niños maravillosos, Charles, y los echaré
mucho de menos. También odio dejarlos. ¿Cómo voy a saber que su próxima
institutriz los cuidará bien? Sentirán que los he despreciado.
—Siempre puedes visitarlos —dijo Charles tranquilizadoramente —, no
viven lejos.
—Será bastante extraño —pensó ella —, visitarlos como Lady Doverton
en lugar de como su institutriz. Dios mío, lord y lady Coningsby se
escandalizarán.
Charles ladeó la cabeza un momento, considerándolo. —Puede que sean
más comprensivos de lo que crees.
—Eso espero.
—En cuanto a una institutriz para los niños...
Todos se volvieron en dirección a Teresa mientras ella hablaba. —Da la
casualidad de que estoy buscando un puesto, y si disfrutaron de su tiempo
contigo, Emily, entonces tal vez podrían estar de acuerdo en tener a alguien
similar.
—¡Oh, Teresa, eso sería maravilloso! —exclamó Emily, dando una
palmada. —Siempre que Lord y Lady Coningsby estén de acuerdo.
—No veo por qué no lo harían —dijo Charles encogiéndose de hombros.
—Estoy seguro de que valorarán tu recomendación.
—Son bastante agradables —dijo Emily. —Oh, qué maravilloso, Teresa.
—¡Qué maravilloso para todos nosotros! —exclamó Teresa, y todos
rieron.
Emily miró alrededor de la mesa, la sonrisa en su cara tan cálida como la
felicidad en su corazón. Qué temerosa se había sentido al entrar en la
mansión de Charles hacía tan sólo unas semanas. Ahora, su corazón estaba
lleno.
—¿Qué pasa? —preguntó Charles, percibiendo su contemplación.
—Es un milagro de Navidad.

A PESAR de la insistencia de Charles en permanecer con la familia de Emily


el mayor tiempo posible, pronto llegó la hora de regresar, ya que la
celebración de la Noche de Reyes tendría lugar con o sin ellos, y Emily acabó
por convencerlo de que no podía eludir todas sus responsabilidades como
conde.
—Además —dijo ella, sonriendo con cierta maldad —¿no estás
anticipando la mirada de Edward cuando le informes de la futura herencia de
Margaret?
—Ah, sí —dijo él, las arrugas en la esquina de sus ojos creciendo con el
tamaño de su sonrisa. —Eso podría hacer que su visita de este año valiera la
pena.
Emily se rio mientras los dos y Margaret se metían en el trineo de Charles
y comenzaban el corto viaje de vuelta a Ravenport. Por suerte, el aire era algo
más cálido que cuando había llegado a la casa de sus padres, aunque eso no
impidió que necesitara acurrucarse en Charles para entrar en calor, aunque a
él no pareció importarle.
—Otra cosa, Emily —dijo él, rodeándola con un brazo —, haré que mi
médico viaje para ver a tu padre la semana después de que termine la época
navideña. Su tos parece estar cerca de la neumonía.
—Empeora cada vez que lo veo —dijo ella con gravedad.
—Haremos lo que podamos para ayudarlo —dijo él con determinación en
su rostro. Parecía que una vez que Charles decidía que alguien o algo estaba
bajo su cuidado, se negaba a ser disuadido de su objetivo.
—Gracias por acompañarme a ver a la familia de James —dijo,
volviéndose hacia él. —Creo que se alegraron de saber que estoy en buenas
manos.
—Puedo ver por qué te uniste a su familia —dijo él. —Son gente
encantadora.
—Supongo que será mejor que me cambie antes de volver a enfrentarme
a tu familia —dijo Emily mientras imaginaba el monótono vestido de trabajo
oculto bajo las capas y mantas que su madre había insistido en que se
llevaran.
—No importa —dijo Charles encogiéndose de hombros. —Ponte lo que
quieras. Que sepan quién eres de verdad, porque esa es la mujer de la que me
enamoré.
Emily le sonrió, aunque esperaba estar ocultando la preocupación que iba
surgiendo poco a poco en su interior.
Como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando, Charles habló
una vez más.
—No importa lo que mi familia piense de ti. Si dicen algo despectivo,
pueden irse de inmediato. Están aquí como mis invitados, y por extensión,
también los tuyos. Ahora vas a ser la señora de la mansión, Emily. Me parece
bien cómo actúes en ese papel, pero lo que no permitiré es que nadie lo
cuestione.
Emily asintió, fijando su barbilla con determinación.
Lo cual fue una suerte, porque iba a necesitar toda esa fortaleza.
—Ah, Edward, veo que te has puesto cómodo —dijo Charles mientras
conducía a Emily al salón poco después de su llegada. Miró a Emily, con la
preocupación en el rostro mientras se inclinaba para preguntarle si aún tenía
frío, pero ella le sonrió de manera tranquilizadora.
—Estoy bien, pero gracias —dijo ella. —¿Ves? Mis dientes han dejado
de castañear.
Él asintió, pero la acercó a su lado como para calentarla, un movimiento
que recibió la mirada del resto de los ocupantes de la habitación.
Edward estaba de pie junto al aparador, sirviendo dos copas de brandy,
una para él y otra para Thaddeus, mientras ordenaba a uno de los lacayos que
trajera una bandeja de pastelillos.
—Vaya, vaya, mira quien ha decidido volver a casa —dijo Edward con
una sonrisa. —¿Trajiste a tu institutriz, Charles? Sólo tengo una pregunta:
¿sabías que era institutriz antes o después de elegirla para que se hiciera pasar
por tu prometida?
El resto de los ocupantes de la sala se volvieron hacia ambos con
asombro. Las mejillas de Emily se calentaron considerablemente, pero
Charles era siempre el estoico Señor de Ravenport. Emily podía ver por qué
él consideraba que su conducta sin emociones era una ventaja para su papel.
Si nadie sabía lo que tenía en mente, sentía que eso le daba una ventaja. Tal
vez no fuera tan propicio para un hombre que intentaba conocer mejor a su
hija de ocho años, pero, en este caso, era oportuno.
Una de las comisuras de su labio se curvó mientras el fantasma de una
sonrisa jugaba en ella, y él se acercó lánguidamente a donde estaba Edward,
tomando el decantador de su mano y luego sirviendo un trago para sí mismo.
Levantó su vaso hacia Edward, Thaddeus, y luego se volvió hacia la estancia.
—Como toda mi familia está presente en este momento —dijo, y su
mirada se posó en Emily, que permanecía cerca de la puerta —me gustaría
invitarlos a nuestra boda. He hablado con el ministro y celebraremos la
ceremonia en cuanto se puedan leer las amonestaciones, pero antes de que
comience la Cuaresma. Así que, si lo desean, pueden volver para la boda
dentro de poco más de un mes. ¡Oh! —levantó un dedo para añadir algo más,
y Emily ladeó la cabeza, curiosa por lo que pudiera decir.
—Son bienvenidos a quedarse sólo una noche. Luego volverán a casa o
buscarán otro alojamiento.
Sus primos lo miraron fijamente, con la boca abierta, aunque ninguno de
ellos respondió a sus palabras. Si Emily no hubiera escuchado a Charles
directamente, habría pensado que estaba hablando un idioma diferente por lo
confundidos que parecían todos.
Emily se mordió el interior de la mejilla mientras intentaba no deshacerse
en carcajadas.
—Pero Charles —dijo Edward, extendiendo las manos frente a él —, este
puede ser nuestro hogar algún día. No estoy seguro de qué hemos hecho para
merecer tu ira.
—Permíteme primero abordar tus... malentendidos —dijo Charles,
cruzando para sentarse en una de las delicadas sillas rosas, donde se veía
elegantemente masculino. —Edward, actúas como si fueras el mismísimo
Príncipe Regente cuando ni siquiera tienes un título. Muestra un poco de
compasión, un poco de respeto por los demás, aunque no pertenezcan a la
nobleza. Y mete a tu hijo en cintura. Si compromete a una de las doncellas, se
casará con ella, te guste o no. Y… —alargó la palabra mientras daba un sorbo
a su bebida. Emily se dio cuenta de que estaba disfrutando enormemente. —
Ninguno de los dos será el señor de esta mansión. De hecho, no habrá ningún
señor, sino una dama.
Edward se dirigió hacia él, con la cara manchada de rojo por la furia.
—¿De qué hablas? —preguntó, subiendo la voz con cada sílaba. —
¿Quién más va a heredar? ¿O es que tu amante ya está esperando, a pesar de
su avanzada edad?
—No es mi amante —dijo Charles, completamente tranquilo, lo que no
hizo sino enfurecer aún más a Edward, aunque Emily adivinó que ésa era
exactamente la intención de Charles. —Será mi esposa dentro de unas
cuantas semanas. Tampoco es de edad avanzada. De hecho, tu propia esposa
es bastante mayor que ella.
Al otro lado de la habitación, Leticia comenzó a protestar, pero Charles la
ignoró.
—Para responder a tu pregunta, no, no está esperando un hijo. Es mi hija
la que heredará.
Los jadeos resonaron en la sala antes de que surgiera un lento murmullo.
—Debo esperar a que el abogado revise los documentos, pero si entiendo
bien lo que estoy leyendo, entonces la línea pasará por cualquier retoño mío,
no sólo por un hijo.
—¡Esto es ridículo! —exclamó Edward, pero Charles se limitó a
encogerse de hombros y levantó un pastelillo de la bandeja que un lacayo
había colocado en la mesa entre todos ellos y se lo llevó a la boca.
—Mmm, delicioso —dijo y luego le tendió uno a Emily. —Toma cariño,
debes probar uno.
Edward resopló y se dio la vuelta, apoyando las manos en el aparador. —
Los invitados llegarán en cualquier momento.
—Ah, sí —dijo Charles, levantándose ahora. —Es hora de determinar
nuestros papeles para la noche. ¿Toller?
Su mayordomo entró obedientemente, con las manos llenas.
—Una tarjeta para cada uno de ustedes —dijo con una sonrisa, pues tanto
él como Emily sabían lo que tenían para cada uno de los habitantes de la
habitación. —Estoy deseando que llegue esta noche.

F UE una velada que Charles recordaría el resto de su vida. Siempre habían


celebrado la Noche de Reyes, pero ésta era diferente a todas las que él había
celebrado antes. Sus primos se retiraron a la cama tan temprano como podría
considerarse, incluso, oportunamente educado.
—Tal vez —dijo Emily, mientras ella y Charles se sentaban juntos en el
sofá frente al fuego, los únicos que quedaban despiertos en las primeras horas
de la mañana —, su marcha tuvo algo que ver con los personajes que se
vieron obligados a interpretar durante la noche.
—¿No crees que Edward disfrutó con el suyo? —preguntó Charles con
una carcajada.
—Hmm —dijo Emily, llevándose un largo dedo a sus hermosos labios
aterciopelados. —Creo que nunca, por el resto de mi vida, olvidaré la imagen
de él de pie, con su disfraz, anunciándose a sí mismo: “Tomad a Joe Giber, el
bufón del rey, es el individuo para vuestro yugo, Aunque el matrimonio, hay
que confesarlo, para la mayoría de los ingenios no se considera una broma”.
Creo que lo mejor de todo fue que convertiste a Toller en el rey de la noche
—dijo Emily con una risa.
Como era costumbre, los criados habían participado sólo esa noche. Al
principio parecían un poco nerviosos, pero rápidamente se unieron al
jolgorio.
—¿Y lo mejor de todo? —dijo Charles, las líneas que rodeaban sus ojos
se relajaron. —Para mañana por la noche, todos ellos se habrán ido. Nos
despediremos de ellos como del verdor y de toda la decoración navideña. Lo
que nos dejará a ti y a mí.
—Aunque realmente no creo que tú y yo debamos quedarnos solos aquí
en Ravenport —dijo Emily, preocupándose, y Charles asintió.
—Estoy de acuerdo en eso —dijo —, por eso le he pedido a tu familia
que venga de visita hasta después de la boda.
—¿De verdad? —Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. —Gracias,
Charles.
—Cualquier cosa —dijo él, apoyando la barbilla sobre su cabeza mientras
ella se acurrucaba hacia él.
—Ahora, ¿qué te parece si vamos a ver si hay restos del pastel de Noche
de Reyes?
—Me parece una idea maravillosa —dijo ella, armándose de valor. —
Pero primero...
Inclinó la cabeza para mirar hacia él, moviendo su cuerpo para estar a
horcajadas sobre él. Tomó su cara entre las manos, luego se inclinó y colocó
sus labios sobre los de él. Estaba indecisa, insegura de cómo avanzar cuando
ella era la iniciadora. Pero su invitación era todo lo que él necesitaba y, tanto
si percibía sus dudas como si no, no tardó en hacerse cargo, devorando sus
labios con los suyos. Sus fuertes dedos masajearon la parte posterior de su
cabeza, liberándola de todas las horquillas que mantenían su moño en su
sitio. Pronto su larga cabellera flotó sobre sus hombros, y ella sintió una
oleada de poder en su interior mientras se inclinaba hacia él. Él la deseaba. A
ella, a Emily Nicholls. Y no sólo como su amante, como una mujer con la
que disfrutar, sino como su esposa.
Cuando por fin la acompañó por la mansión para llevarla a su dormitorio,
se detuvo bajo la entrada del salón.
—¿Qué te parece si le damos un buen uso a este muérdago por última vez
antes de que desaparezca por este año? —preguntó con un brillo en los ojos.
—Yo diría que es una muy buena idea, de hecho —dijo Emily con una
risa, y cuando se inclinó para besarlo, dejó escapar un grito de sorpresa
cuando sus brazos la rodearon y prácticamente la doblaron hacia atrás
mientras le daba un beso que ella pensaba que sólo ocurría en los sueños.
—Gracias —dijo él cuando finalmente la dejó en el suelo.
—Creo que debería ser yo quien te dé las gracias —dijo ella riendo.
—No —negó él con la cabeza. —Gracias a ti por venir y convertir esta
propiedad vacía en un hogar. Por reunirme con mi hija. Por mostrarme que la
Navidad es un momento para celebrar a la familia y todo lo que tenemos la
suerte de tener en la vida. Que el deber y la responsabilidad no lo son todo y
que uno necesita más para vivir una vida adecuada. Te amo, Emily.
—Y yo a ti, Charles.
EPÍLOGO

Once meses después

—P or favor tomen asiento.


Emily y Charles se sentaron obedientemente uno al lado del otro en el
largo sillón azul que bordeaba la pared de la sala de música. Se había
convertido en el lugar perfecto desde el que ella y Charles podían disfrutar de
los frecuentes conciertos de Margaret.
Compartieron una pequeña sonrisa cuando Margaret, cuya estatura
parecía tan diminuta detrás del enorme pianoforte, se puso de pie y se dirigió
a ellos.
—Como pronto nos iremos a Newport, he pensado que es mejor
compartir mi regalo de Navidad con ustedes antes de partir.
Se sentó remilgadamente, se aclaró la garganta y entonces la melodía
comenzó a fluir de sus labios y sus dedos. Cantó a la Navidad, a la familia y
al amor que los envolvía a todos.
Charles le entregó a Emily su pañuelo para que se secara las lágrimas que
le corrían por la cara, pero tras una rápida mirada a su lado, Emily se lo
devolvió para que él pudiera secar las suyas también.
Cuando ella terminó, ambos se quedaron sentados, atónitos por un
momento, antes de levantarse como uno solo y aplaudir a la niña.
—Eso fue muy hermoso, Margaret —dijo Emily, la primera en recuperar
la compostura.
Representaba todo lo que significaba su familia, todo lo que les había
unido y lo que el futuro les depararía a todos.
—Tendrás que volver a tocarla cuando lleguemos a casa de los padres de
Emily —dijo Charles con una sonrisa aguada —porque sé que les encantará
tanto como a nosotros.
—Por supuesto —dijo ella, y cuando rodeó el piano y Charles le tendió
los brazos, se acercó de buena gana, precipitándose hacia ellos para aceptar
su abrazo. Emily se llevó una mano al corazón ante el amor que ahora se
expresaba libremente entre padre e hija. Emily no estaba segura de lo que le
habría pasado a la niña sin saber lo mucho que le importaba a su padre, pero
se alegraba enormemente de que Margaret supiera lo mucho que significaba
para él.
Estaba igualmente agradecida por la salud de su propio padre. El médico
de Charles había hecho una especie de milagro y, aunque los pulmones de su
padre nunca se recuperarían del todo, estaban empezando a curarse.
—Ahora —dijo Emily —, tengo una sorpresa para ti.
—¿Sí? —dijo Margaret, mirándola con los ojos muy abiertos.
—Sí —confirmó Emily, extendiendo la mano. —¿Has hecho alguna vez
pudín de ciruelas?
—No —dijo Margaret sacudiendo la cabeza. —¿Lo has hecho, padre?
—No lo he hecho —respondió él con un guiño. —Pero parece que ambos
vamos a aprender a hacerlo hoy.
Bajaron a la cocina, donde la cocinera los recibió con una sonrisa. Emily
le había advertido de la interrupción en su cocina hoy y, además, la señora
Graydon había encontrado, afortunadamente, otro puesto y ya no intentaría
imponer su voluntad.
Charles observó cómo Emily y Margaret tamizaban los diversos
ingredientes en el cuenco, y finalmente llegó el momento de revolver.
—Muy bien, Margaret —dijo. —¿Por qué no revuelves tú primero? En el
sentido de las agujas del reloj, y mientras revuelves, asegúrate de pedir un
deseo.
Le dio la cuchara de madera, y la niña cerró los ojos obedientemente y
removió el pudín.
—¿Charles?
Él asintió, tomó la cuchara e hizo lo que se le pidió.
—Tu turno, Emily —dijo Margaret, y Emily asintió, sonriendo mientras
pedía su deseo.
Cuando abrió los ojos, descubrió que Margaret la observaba expectante
desde donde estaba sentada en el borde de la encimera, con las piernas
colgando sobre el borde.
—¿Qué has deseado? —preguntó Margaret.
—Bueno, no debería revelar mi deseo, ¿verdad? —. Emily respondió con
una risa, pero la expresión seria de Margaret se mantuvo.
—¿Deseaste tener hijos? Y tú, padre, ¿deseaste tener un hijo?
—Oh, cariño —dijo Emily, apoyándose en el mostrador para poder mirar
directamente a Margaret desde el mismo nivel. —Puedo decirte con toda
seguridad que ese no era mi deseo. Si alguna vez somos bendecidos con más
hijos, los acogeremos en nuestra familia, por supuesto. Sin embargo, si no lo
conseguimos, soy perfectamente feliz teniéndote a ti en mi vida. Sé que
nunca seré tu madre, pero ya que ella no está, seré la siguiente mejor opción".
Margaret asintió sagazmente, y cuando sus dientes chuparon su labio
inferior, Emily supo que se esforzaba por no permitir que se le viera la
sonrisa.
—No me importa tener o no un hijo —dijo Charles, acercándose al
mostrador y tomando la mano de Margaret. —Nos tenemos el uno al otro, y
eso es lo que verdaderamente importa.
Margaret sonrió ahora y luego levantó las manos para que Charles la
ayudara a bajar del mostrador.
—¿Puedo ir a pedirle a la cocinera uno de sus pasteles ahora?
Emily sonrió ante su entusiasmo, y ante el hecho de que lo único que
había necesitado era un poco de seguridad para que le volviera la sonrisa.
Supuso que haría falta una buena dosis de amor para borrar la repetida
insistencia de su madre de que su padre no se preocupaba por ella.
Charles rodeó con un brazo la cintura de Emily mientras ambos miraban
detrás de Margaret, que cogió un pastelito y empezó a subir las escaleras.
—¿Lo decías en serio? —le preguntó él, haciéndola girar en sus brazos
para que lo mirara. —¿Eres feliz?
—Soy más feliz de lo que las palabras podrían expresar —dijo ella con
una sonrisa mientras él tomaba su mano y comenzaba a conducirla fuera de la
cocina y hacia las escaleras.
—¿Porque es Navidad otra vez? —bromeó él.
—Esa es la cuestión, Charles —dijo ella mientras lo miraba —todos los
días son Navidad cuando estoy contigo.
—Y este año hay un regalo que es mejor que cualquier otro —afirmó él.
—No tenemos que pasar toda la temporada con mi familia.
—Aunque vendrán para la fiesta de Noche de Reyes —le recordó ella.
—Sí, me gustaría que no me hubieras convencido de eso.
—Siguen siendo tu familia, Charles —dijo ella. —Sería un error no
verlos en absoluto.
—Pero ¿lo sería? —preguntó él con un suspiro, y ella se rio de su
dramatismo.
—Bueno, siempre puedes volver a vestir a Edward de bufón si eso te hace
sentir mejor.
—En realidad —dijo él, con una sonrisa ansiosa que le iluminaba la cara
—lo haría.
Y mientras reían, con las manos unidas y su hija llena de espíritu frente a
ellos, el corazón de Emily nunca se había sentido tan lleno.
Y supo que, fuera lo que fuera lo que les deparara el camino, lo
afrontarían. Juntos.
—Padre, Emily —dijo Margaret mientras se daba la vuelta con una
sonrisa. —Miren lo que Toller y yo hemos puesto esta mañana.
Emily miró hacia donde Margaret señalaba.
—Muérdago —dijo Emily, arqueando una ceja mientras miraba a
Charles.
—Será mejor que no lo desaprovechemos —dijo él guiñándole un ojo,
dejando salir al hombre que había escondido en su interior.
Se inclinó hacia ella, la besó larga y tendidamente, y Emily supo que su
sola presencia era el mayor regalo que podía pedir. Un regalo que duraría
todo el año.
Porque Charles le había dado lo que ella siempre había deseado pero,
desde hacía años, nunca había pensado que sería su realidad: una familia
propia.

FIN

Querido lector,

Espero que hayas disfrutado de la historia de Charles and Emily.


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adicción al café, la lucha que llevo a cabo para mantener mis plantas
saludables y en cuántos problemas se puede meter un perro adorable pero con
aspecto de lobo.

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y así mantener el contacto diariamente.

Hasta la próxima, y… ¡feliz lectura!

Con amor,
Ellie
OTRAS OBRAS DE ELLIE ST. CLAIR

Los escándalos de las inconformistas


Diseños para un duque
Inventando al vizconde
Descubriendo al barón
El experimento del criado

Las Rebeldes de la Regencia


Dedicada al amor
Sospechosa de amor

Novias Florecientes
Un duque para Daisy
Un marqués para Marigold
Un conde para Iris

Libros de ingles: [Link]


SOBRE LA AUTORA

A Ellie siempre le ha gustado mucho leer, escribir y la


historia. Durante muchos años ha escrito relatos cortos, no
ficción, y ha trabajado en su verdadero amor y pasión: las
novelas románticas.
En todas las épocas existe la posibilidad de un
romance, y Ellie disfruta explorando diferentes periodos de
tiempo, culturas y lugares geográficos. No importa cuándo
ni dónde, el amor siempre puede prevalecer. Tiene una
especial debilidad por los chicos malos y le encantan las
heroínas fuertes en sus historias.
A Ellie y a su marido no hay nada que les guste más
que pasar tiempo en casa con sus hijos y su cruza Husky. A
Ellie se la puede encontrar en el lago en verano, empujando
la carriola todo el año y, por supuesto, con su laptop en el
regazo o un libro en la mano.
También le encanta mantener correspondencia con los
lectores, ¡así que no dejes de ponerte en contacto con ella!

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ellie@[Link]
NOTAS
CAPÍTULO 16

1 Snap-dragon: juego para la época de Navidad. En un platón ancho y poco profundo


lleno de brandy caliente, se introducen pasas y se le prende fuego. Consistía el atrapar las
pasas y comérselas. La referencia más antigua es en la comedia “Love’s Labour’s Lost”
(1594).

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