Lectura Orante del Apocalipsis
Lectura Orante del Apocalipsis
APOCALIPSIS
P. Antonio Vidales
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TARIJA 2016
INDICE
COMENTARIO AL TEXTO
Presentación del libro, saludos de parte de Dios (cap. 1)
Cartas a las iglesias de Éfeso, Esmirna, Pérgamo y Tiatira (cap. 2)
Cartas a las iglesias de Sardes, Filadelfia y Laodicea (cap. 3)
CUARTO 4º. LAS TRES SEÑALES. CHOQUE ENTRE LAS FUERZAS DEL BIEN Y DEL MAL
1) La mujer y el dragón (cap. 12)
2) Las dos bestias (cap. 13)
3) Cantos de victoria (cap. 14)
4) Las siete copas de la ira de dios (cap. 15 y 16)
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1. Un libro desconcertante
El Apocalipsis es un libro desconcertante ante el que la gente toma posturas muy diferentes. Por
ejemplo estas: miedo, curiosidad o indiferencia. En el fondo de estas actitudes creo que está
actuando la idea de que el Apocalipsis es una descripción anticipada, con fecha y todo, de la
destrucción del mundo. Y nada de eso es este fantástico libro con el que se cierra la revelación
bíblica.
a) El miedo
Tomado el libro como una descripción catastrófica, naturalmente, infunde miedo. Muchas
personas creen que el Apocalipsis es un libro de terror, que infunde miedo. Está tan extendida esa
idea, que ha pasado al lenguaje habitual, por ejemplo, ante la devastación provocada por un
terremoto, una guerra u otra catástrofe decimos: “esto es apocalíptico”. Así la Real Academia de la
Lengua describe el adjetivo “apocalíptico con estas palabras”: “Dicho de lo que amenaza o implica
exterminio o devastación: Terrorífico, espantoso”. El Apocalipsis es un libro que inspira miedo a
muchas personas porque ven en él unas amenazas que están a punto de caer sobre nosotros,
porque ya nos acercamos al final de la historia. Afirmaciones como «el Tiempo está cerca» (1,3)
refuerzan esta sensación. Algunas sectas lo han utilizado para invitar a la conversión bajo la
amenaza de que “Cristo viene” a clausurar ya mismo nuestra historia.
b) Curiosidad
A otros les mueve la curiosidad por saber cuándo será el final. Lo que más interés ha despertado
por la lectura del Apocalipsis en los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI es el
tema del fin del mundo. La proximidad de la llegada del año 2000, tomado por algunos como la
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fecha límite para el fin del mundo, despertó una oleada de libros y películas, algunas de ellas muy
rentables. Un libro de Hal Lindsey sobre el final del planeta tierra alcanzo una tirada de 15 millones
de ejemplares. De alguna manera, la historia se repitió en los comienzos del siglo XXI cuando se
difundió la idea de que el fin del mundo ocurriría en el año 2012. En este contexto, muchas
personas y grupos bíblicos se interesaron por el estudio de este libro bíblico. Ese no ha de ser el
motivo de nuestro interés por leer el Apocalipsis. Hay curiosidades menores que han despertado
el interés por el Apocalipsis, por ejemplo, algunos quieren saber más sobre la Bestia y los
estragos que está realizando en el mundo. Aunque ésta tenga su parte en el combate evocado por
el Ap. está lejos de ser la figura central del libro. La figura central es Cristo muerto y resucitado.
Yo creo que lo que sigue predominado es el desinterés o incluso la antipatía para con este libro.
Algunos dicen: ¿Para qué leerlo? Ya resulta bastante atormentada y deprimente la realidad en que
vivimos como para amargarla aún más con este tipo de literatura. Algunos se desalientan porque
es un libro enigmático y difícil de entender. Leyendo el Ap, tenemos la impresión de estar perdidos
en un bosque de símbolos o en un auténtico laberinto. Y como no siempre estamos seguros de
poder salir de él, nos desanima su lectura. Pero cuando uno decide enfrentarse seriamente con
una obra tan densa, pronto siente su hechizo y olvida las dificultades que al principio se
imaginaba. Espero que esa sea nuestra suerte.
Cuando una persona desconoce totalmente un tema, decimos de ella que “no sabe ni el abc”, es
decir, ni las primeras letras del abecedario, que son los signos que nos permiten leer. Si queremos
leer un libro escrito con caracteres chinos, lo primero que tenemos que hacer es aprender el
significado de cada uno de esos caracteres, de lo contario no entenderemos nada y tendremos
que confesar: “Esto para mi es chino”. Salvando las distancias, algo parecido ocurre con la lectura
del Apocalipsis, del que la inmensa mayoría de la gente “no sabe ni el abc” y a casi todos les
suena a chino y, por eso, lo dejan caer de sus manos o ni siquiera lo toman en ellas.
Para poder leerlo y captar su mensaje, hay que conocer el lenguaje que usa para expresarse, es
necesario conocer las características del género literario apocalíptico y el significado de la gran
cantidad de símbolos e imágenes que utiliza este género literario para comunicar su mensaje. Se
trata de unos símbolos e imágenes que seguramente eran familiares para los destinatarios
primeros de este libro pero que a nosotros nos resultan difíciles de entender, porque vivimos en
una realidad muy diferente y tenemos otra formación y otra mentalidad también muy diferentes.
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Y aún se complican más las cosas por el hecho de que es un libro que utiliza un lenguaje cifrado
para que los enemigos que lo lean no lo puedan entender. Por tanto para entenderlo hay que
descifrarlo. Es algo así como lo que ocurría antiguamente con los partes radiales de guerra en los
que a nada y a nadie se le llama por su nombre para que los contrarios no se enteren.
¿Quién escribió este libro tan original? Al principio, el autor se presenta a sí mismo y dice que se
llama Juan (1, 1.4.9) y que está desterrado en la isla de Patmos por ser fiel a la fe en Jesucristo.
Pero ¿quién es ese Juan? Siendo tan frecuente en el pueblo judío el nombre de Juan, la pregunta
sobre quién es el autor del Apocalipsis se presta a múltiples interpretaciones. En los primeros
siglos se le identificó con el apóstol y evangelista Juan. Pero ya en la segunda mitad del siglo III se
comenzó a dudar e incluso a negar abiertamente que el evangelista Juan fuera su autor. Hoy son
muy pocos los que atribuyen este libro al apóstol Juan. Seguramente el autor no es el evangelista
sino un discípulo suyo que lo admiraba mucho. De la lectura del libro, deducimos que el autor es
de origen judío y buen conocedor del Antiguo Testamento, especialmente de los profetas, por el
uso que hace de ellos. Se considera a sí mismo un profeta enviado por Dios para invitar a su
pueblo a la conversión y dirigirle una palabra de aliento en las pruebas que sufre, pruebas que él
mismo está sufriendo. Se trata de una persona genial que ha logrado escribir una obra única.
Cómo se llame, es lo de menos.
En cuanto a la fecha, San Ireneo (siglo II) asegura que el Ap se escribió a finales del reinado del
emperador Domiciano, quien reinó entre los años 81 y 96 de nuestra era. La mayor parte de los
especialistas dicen que este libro se escribió en la década de los 90.
Los destinatarios del libro son siete iglesias o comunidades cristianas de la provincia romana de
Asia, hoy Turquía, víctimas de crisis internas y de persecuciones por parte de los de judíos y de
los romanos. Pero Juan no dirige su mensaje solamente a las siete iglesias que menciona, sino a
todas las pequeñas comunidades cristianas que estaban en la misma situación. Como luego
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veremos, 7 es un número simbólico que, en este caso, comprende todas las iglesias o
comunidades.
La primera clave para comprender el Ap es conocer el contexto social e histórico en el que vivían
sus destinatarios. Las comunidades cristianas vivían en ese momento bajo una gran crisis, tanto
interna o dentro de la comunidad, como externa, en relación con los judíos y, sobre todo, con el
Imperio romano.
a) Crisis interna
La crisis interna se aprecia sobre todo en las cartas a las siete iglesias que encontramos en los
capítulos dos y tres del Ap. Dentro de la comunidad se habían infiltrado las herejías, algunos
mermaban el valor de la obra salvadora de Cristo o lo tomaban a él como un personaje celeste,
sin incidencia en nuestra realidad. Algunos habían caído en el cansancio, en la indiferencia, en el
laxismo o en la tibieza. Las cartas a las siete iglesias dejan asomar con claridad ciertas tensiones,
divisiones, acontecimientos dolorosos en el seno de las comunidades: se habla del conflicto con
los nicolaítas en Éfeso (una secta cuyas doctrinas hoy son difíciles de precisar), las pruebas y las
calumnias de la “sinagoga de Satanás” en Esmirna, etc.
este dilema, resaltando la continuidad que hay entre el Antiguo Testamento y la novedad de la
salvación ofrecida por Jesucristo.
b) Con el imperio
Más graves fueron los conflictos con el imperio romano. Los cristianos tuvieron que situarse ante
el poder romano y sobre todo ante la práctica creciente del culto al emperador como a una
divinidad. Juan escribe a unas comunidades que ya habían experimentado la persecución, habían
tenido sus mártires, entre ellos Pedro y Pablo. Treinta años antes de la aparición de este libro, el
emperador Nerón, había desatado una terrible persecución contra los cristianos, acusándolos del
incendio de Roma que él mismo había provocado. En la década de los 90 Domiciano seguía
imponiendo la práctica del culto al emperador como a un dios, establecido anteriormente por
Calígula y Nerón. En el momento en que se escribe el Apocalipsis, las comunidades cristianas se
enfrentaban a una persecución más grave desatada por Domiciano, que exigía, bajo pena de
muerte, que le rindieran culto como a un dios, culto que los cristianos en modo alguno podían
tributarle. Fue tan cruel la persecución desencadena por Domiciano, que una leyenda lo
presentaba como la reencarnación de terrible Nerón, que gobernó el imperio desde 54 al 68.
La Iglesia vive una situación de persecución, no sólo por negarse a dar culto al emperador, sino
también porque el imperio había tomado conciencia de que la religión cristiana, bien entendida,
resulta peligrosa por su opción por la justicia y su defensa del pobre y oprimido. La vida, los
valores y la religión de la Iglesia eran contrarios a los del imperio. Mientras el emperador se
consideraba el rey del mundo, los cristianos decían que Jesucristo es el Señor de los señores. Por
esa razón los cristianos resultaban sospechosos y fueron objeto de persecución. Toda esa historia
de persecuciones esta en el fondo de este libro.
La persecución de los cristianos bajo el imperio de Domiciano, a quien era obligatorio dar culto
divino, revela un choque inevitable entre la fe cristiana y el imperio romano. En el Apocalipsis hay
una fuerte llamada a la fidelidad cristiana en medio de esa crisis.
Hemos hablado de quién escribió el libro, cuándo y a quienes. Ahora nos preguntamos para qué
les escribió. El autor, víctima también de la persecución, escribe, por encargo del Señor
resucitado, a las comunidades perseguidas para compartir con ellas sus penas y sufrimientos y
alentarlas. El Ap nació de una situación histórica concreta, que exigía una intervención fuerte y
clara por parte de un verdadero profeta. Juan conoce por experiencia, y no sólo de oídas, aquello
de lo que habla. Ha conocido los tormentos de todo cristiano llamado a desmarcarse del judaísmo
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cerrado a las novedades traídas por Cristo y ha tenido que sufrir por su valiente resistencia al
poder imperial que exigía una sumisión total y una veneración al emperador como a un dios. Juan
no tiene miedo de tomar posición en ambos frentes, el judío y el romano. Y su posición es firme y
decidida, nacida siempre de su fe y, más concretamente, de su fe en Cristo resucitado.
El objetivo inmediato del Apocalipsis es dar ánimo, esperanza y consuelo a los seguidores de
Jesús perseguidos por el imperio (Roma) y por la Bestia (el emperador Domiciano).
Muchas sectas han manipulado el Apocalipsis como si fuera una bola de cristal para adivinar el
futuro: desde la fecha del fin del mundo hasta el número exacto de los salvados. Nada de eso; el
Ap se ocupa claramente del presente. El libro es una llamada solemne a la conversión para
afrontar la gran prueba que se avecina: la persecución de Domiciano contra los que se negaran a
adorarlo como una divinidad.
Es un libro de aliento para unas iglesias o comunidades cristianas de finales del siglo primero que
están viviendo una dura situación de crisis y de sufrimientos. Se le ha llamado el libro del
consuelo, y lo es. Para consolar a los cristianos perseguidos, Juan anuncia la intervención de
Cristo resucitado en la historia. Anuncia también el final del imperio romano, no porque ya
estuviera escrito. El profeta observando la historia pasada y la realidad presente, intuye lo que
puede pasar en el futuro y lo anuncia. Juan, desde su visión bíblica de la historia y de lo ocurrido
con otros imperios que sometieron a Israel, intuye lo que le ocurrirá al Imperio Romano que
persigue a la Iglesia. Por eso anuncia que acabará siendo destruido (9,20; 16,11; 17; 18), y acertó
en la predicción.
Difícilmente podrá encontrarse una crítica más dura del totalitarismo de los emperadores romanos
que la que nos ofrece, por medio de imágenes y símbolos muy fuertes, el autor del Ap. De hecho
es una verdadera carga contra el culto al emperador. Con todas sus imágenes monstruosas, el
autor presenta al emperador bajo unos rasgos que no pueden ser más desfavorables para él.
Sabiendo ya quienes son los destinatarios de esta gran carta de aliento que Juan les escribe,
vamos a fijarnos ahora en su contenido, en el mensaje que les trasmite de parte de Dios y de
Jesucristo, el Viviente. Desde luego, no se limita a ofrecerles únicamente palabras de consuelo.
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Juan pretende reavivar la esperanza de sus hermanos y hermanas “en la prueba” orientándolos
hacia el encuentro con Cristo, muerto y resucitado.
El libro comienza con una visión de Cristo, que le habla a Juan y le manda escribir y termina con
otra visión del Cristo triunfante de la que nace la esperanza más ferviente que ha de animar a los
cristianos que aguardan el retorno del Señor.
Como acabo de indicar, el libro comienza con la presentación del protagonista. Es una grandiosa
autopresentación de Cristo resucitado, Señor y dueño de la historia, “yo soy el primero y el último”,
“el que vive por los siglos de los siglos y que tiene un mensaje para las siete iglesias” (1, 17-20) A
través de siete cartas a siete iglesias o comunidades cristianas, Cristo conoce y reconoce,
reprocha y amonesta, promete y cumple, pide atención e interpela. Pasadas las siete cartas, el
tema de conjunto del capítulo 4 al 22 es la lucha de la Iglesia con los poderes hostiles. Juan
despliega netamente los campos de batalla, como sucede en las batallas. El Jefe de la Iglesia es
Jesucristo, tiene sus testigos, sus seguidores los “servidores de nuestros Dios” (7,3) En frente está
Satán que tiene su capital en Babilonia (símbolo de Roma, capital del imperio), con sus agentes y
su poder limitado. La lucha va acompañada y orquestada por impresionantes perturbaciones en el
cielo y en la tierra, que orquestan el poder de Dios y del Resucitado.
La victoria de Cristo y de los suyos es segura, pero pasa por la pasión y muerte, como pasó él. El
Jefe, el Cordero, fue degollado; sus testigos, asesinados (11, 1-12) sus siervos han de superar la
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gran tribulación (7, 14) Pero llegará el juicio de la capital enemiga y su caída (17s) la batalla final
(19, 11-21) y el juicio universal (20, 11-15) Después vendrá el final glorioso y gozoso, hacia el cual
tiende el curso y el oleaje de la historia.
Los cuatro evangelios prestan una gran atención al Jesús terreno y a su ministerio público. El
Apocalipsis, en cambio, está consagrado únicamente al acontecimiento decisivo de la vida de
Jesús: su muerte-resurrección.
Esta es la gran originalidad del Ap: haber sabido desvelar las implicaciones, para el mundo
presente, de la muerte-resurrección de Jesús. Se advertirá hasta qué punto Juan ha sabido
retener las dos facetas inseparables de este único misterio Cristo diciendo que es “el que vive”,
pero no sin olvidar que “estuvo muerto”. Al recoger las dos facetas inseparables de este único
misterio, Juan no deja ninguna duda sobre el resultado de ese acontecimiento decisivo: es la
resurrección la que ilumina tanto la muerte del Señor crucificado (un acontecimiento del pasado)
como el presente y el porvenir de los creyentes (la lucha con la Bestia y la suerte final de la
humanidad, representada aquí por la nueva Jerusalén) En el Ap es la resurrección de Cristo la que
ilumina el conjunto: no es posible encontrar una cristología más deslumbrante, más fulgurante. Me
voy a referir únicamente a cuatro títulos o nombres con que el Apocalipsis designa a Jesucristo.
a) El Cordero
Es el título o nombre que más se aplica a Cristo en el Ap. Con él, Juan relaciona a Cristo con el
acontecimiento salvífico por excelencia del Antiguo Testamento: con el cordero pascual y su papel
en la liberación de la esclavitud que padecían en Egipto. Así mantiene el lazo de unión entre los
dos Testamentos. Según el Ex, Dios manda a los Israelitas que marquen las puertas de sus casas
con la sangre del cordero pascual comido en familia para que no sean castigados cuando él pase,
sino liberados. Por esa razón, los judíos asociaron siempre el cordero pascual con el paso
liberador de Dios, con su salvación o liberación de Egipto. “Este día será para ustedes memorable,
en él celebrarán fiesta al Señor. Y lo harán de generación en generación como una ley perpetua”
(Ex 12, 14)
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El tema del éxodo está muy presente en el Ap. Esto se ve confirmado y reforzado por la
presentación del Cristo-Cordero, que toma el relevo del cordero pascual (Ex 12, 3-6) Él es el que
libera con su muerte y resurrección al nuevo pueblo de Dios. Cristo con su resurrección conduce
al pueblo hacia la tierra prometida de una libertad definitiva y sin trabas (Ap 21-22) El Ap es un
gran libro de esperanza, ya que celebra la victoria del Cordero sobre la Bestia, la victoria de la
vida sobre la muerte, la victoria del amor sobre el odio y la violencia.
b) El viviente
Juan aplica este título a Cristo resucitado. Lo dice ya en el capítulo primero: “Yo soy el que vive…“
(1, 17-18) Juan profundiza en esta manera de ver a Cristo: a lo largo de todo su libro y multiplica
las referencias a la vida poseída en plenitud por Cristo resucitado, vida que es ofrecida a los
creyentes para que participen en ella.
c) Señor y Rey
En dos ocasiones se saluda a Cristo como “Rey de reyes y Señor de señores”. Este es un dato
conocido en el Nuevo Testamento, pero Juan lo desarrolla más que cualquier otro autor: la
dignidad real de Cristo, adquirida por su resurrección, y que reduce a la nada los esfuerzos de la
Bestia que intenta adueñarse del mundo.
d) El que viene
Numerosas veces habla de la pronta venida de Cristo (2, 16; 2, 5; 3, 11.20) Siempre se podrá
discutir sobre la amplitud del plazo que supone ese “pronto”. Pero la repetición insistente de este
tema al final del libro:”Mira, pronto vendré” (22, 12) nos proyecta sin remedio hacia el porvenir. Es
incluso la espera de esta vuelta la que subyace a toda la esperanza de la Iglesia: “El Espíritu y la
Novia dicen: “Ven! Antes del saludo final del autor, las últimas palabras de la comunidad son una
imploración vibrante dirigida a Cristo que ha de venir:”¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”
En conclusión, cuando alguien nos pregunte: ¿para qué leer el Apocalipsis? Podemos responder
sin vacilar: para conocer mejor a Cristo. Sólo él es la clave de este libro, y toda interpretación que
prescinda de él no podrá menos de llegar a un sinsentido. Al contrario, si optamos por entrar en el
Apocalipsis con la clave de Cristo Resucitado, Señor de la historia, todo recibirá su verdadera luz.
El Ap afirma de sí mismo que es una «buena noticia eterna» (14,6) Es el mensaje del Evangelio,
pero aplicado a las nuevas situaciones que está viviendo la Iglesia, perseguida por el imperio
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romano (2,3.10.13; 12,13; 13,7). Y es también obvio que se trata de una “buena noticia”, si se
tiene en cuenta el título que Juan da a su obra: Revelación de Jesucristo. Él es la gran Buena
Noticia, el Evangelio en persona. Si tiene como contenido y como protagonista al mismo Jesús,
que ama a sus iglesias (1,5), aunque éstas a menudo fallen (2-3), su contenido sólo puede ser
positivo, como lo es el de todo el Evangelio.
La gracia y la paz que Juan desea a las siete Iglesias de Asia, representantes de la globalidad de
todas las Iglesias, se la desea de parete de Jesucristo (1,4), e l testigo fiel, el Primogénito de entre
los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de
nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre (1,5-6).
Por tanto, todo lo que se dice en el Apocalipsis sólo puede ser buena noticia para la Iglesia, pues,
además de afirmar que Jesús es el testigo fiel, al que Dios ha resucitado como primicia de entre
los mártires y garantía de que también a los que hayan muerto en su seguimiento Dios los
resucitará. Contra la pretensión política del emperador Domiciano, que persigue a los cristianos
que no lo quieren adorarle como señor y rey, el Apocalipsis proclama que el auténtico Rey de
reyes y Señor de los señores no es el emperador, sino Jesús.
Dichoso el que vela y guarda sus vestidos; así no tendrá que pasear desnudo (16, 15)
Dichosos los convidados a las bodas del Cordero. —Son palabras auténticas de Dios
(19,9)
Dichoso y santo el que tome parte en la resurrección primera. No tendrá poder sobre ellos
la muerte segunda, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil
años (20,6).
Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro (22,7)
Dichosos los que lavan sus vestidos, porque tendrán a su disposición el árbol de la vida y
entrarán por las puertas en la ciudad (22, 14)
Es verdad, hay que admitir que los capítulos 6, 7,9, 12 y 16 describen cosas terribles. Y, para
colmo, las desgracias que allí se señalan no tienen nada de ficticio. Las conocemos a lo largo de
la historia humana, y pueden repetirse todavía. Todos esos azotes son deplorables, por desgracia.
Pero es importante que el alcance de todos ellos según el Ap es siempre limitado, en el espacio o
en el tiempo: la destrucción no supera nunca “la tercera parte”, y sólo se produce durante un
período de tiempo restringido.
Juan pone ante los ojos de los cristianos perseguidos la meta de la felicidad plena. El final del libro
tiene la forma de una boda del Mesías-Cordero con la Iglesia.”Vi un cielo nuevo y una tierra nueva.
El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el mar ya no existe. Vi la Ciudad Santa, la
nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio.
Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres: habitará con
ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Les secará las lágrimas de los ojos. Ya
no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (21, 1-4)
Con este final del libro, quién va a negar que el Apocalipsis es, ante todo, una buena y definitiva
Buena Noticia.
La estructura del Apocalipsis tiene la forma de una gran celebración litúrgica con oraciones, cantos
y alabanzas que la Iglesia ofrece a Dios y a Jesucristo. No sólo las liturgias celestiales con que
concluyen las distintas partes, sino también el resto del libro, contiene numerosos himnos
litúrgicos. Juan no se cansa de proclamar en ellos que Dios es el único Señor de la historia y que
Cristo es su único “lugarteniente” en el cielo y en la tierra. Son “cantos de resistencia” de la
comunidad perseguida, que quieren ayudarla a mantener vivo su espíritu crítico frente al imperio y
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su esperanza en la victoria final del bien sobre el mal. Esos cantos litúrgicos, al ser tan
numerosos, contribuyen a crear la atmósfera de “Buena Noticia” y de resistencia que el autor
quiere que domine a lo largo de toda la obra.
El tono litúrgico de los textos comporta otra enseñanza importante. Las celebraciones litúrgicas
son anticipaciones del final de la historia que, con la resurrección de Jesús, ha irrumpido ya en
nuestro mundo, dicho de otro modo, Cristo resucitado vive ya en el estado definitivo en que vivirá
toda la humanidad en el otro mundo, al final de los tiempos. La presencia activa del Señor
resucitado en nuestras celebraciones litúrgicas las convierte en anticipo de la victoria y del gozo
definitivo de la humanidad resucitada.
Las acciones litúrgicas son también medios eficaces de la intervención de Dios en la historia y una
ayuda para movilizar el pueblo cristiano: una llamada a resistir y a contrarrestar las asechanzas
del imperio con todos los medios posibles, entre los cuales destaca el culto a Dios y a Cristo frente
al cuLto que reclama para sí el emperador. Es un motivo típico de la apocalíptica que, en medio de
la persecución, la oración se haga más necesaria que nunca. La oración, por otro lado, ayuda
también a tomar conciencia de que la salvación definitiva es puro don gratuito de Dios (6,9-11).
El carácter litúrgico del Apocalipsis está fuera de toda duda. En esa liturgia aparecen muchas
aclamaciones a Cristo. La primera de ellas, en el comienzo mismo del libro. Es como el saludo
inicial de una gran litúrgica y dice así: “La paz de parte del que es, y era y será, de parte de los
siete espíritus que están ante su trono, y de parte de Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito
de los muertos, el Señor de los reyes del mundo. Al que nos ama y nos libró con su sangre de
nuestros pecados, e hizo de nosotros un reino, sacerdotes de su Padre Dios, a él la gloria y el
poder por los siglos [de los siglos]. Amén. Mira que llega entre nubes: todos los ojos lo verán,
también los que lo atravesaron; y todas las razas del mundo se darán golpes de pecho por él. Así
es, amén” (1, 4-7)
Otro ejemplo de esa grandiosa celebración litúrgica lo encontramos en el capítulo 4.” Cada vez que
los seres vivientes daban gloria y honor y gracias al que estaba sentado en el trono, al que vive
por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postraban ante el que estaba sentado en
el trono, adoraban al que vive por los siglos de los siglos y ponían sus coronas delante del trono
diciendo: —Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque
creaste el universo y por tu voluntad fue creado y existió (4, 9-11)
El final tiene la forma de una boda del Mesías-Cordero con la Iglesia. ”Vi un cielo nuevo y una tierra
nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el mar ya no existe. Vi la Ciudad
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Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para
el novio. Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres:
habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Les secará las lágrimas de
los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (21, 1-4)
Con este final del libro, quién va a negar que el Apocalipsis es, ante todo, una Buena Nueva.
Esta celebración litúrgica que es el Ap termina a bombo y platillo, con gran solemnidad,
proclamando la victoria definitiva de Cristo sobre todas las fuerzas del mal tan gráficamente
descritas en el libro. Termina con la súplica de la comunidad a coro: “Ven, Señor Jesús. Y la
despedida: “la gracia del Señor Jesús esté con todos. Amén” (22,20-21)
9. Género literario
Hasta aquí hemos visto quién escribió el libro, cuándo, para quienes, para qué, qué les dijo y
ahora vamos a ver cómo se lo dijo, qué tipo de literatura eligió. El género literario de este libro se
llama apocalíptico. En el Antiguo Testamento hay un solo libro apocalíptico, el de Daniel. En la
literatura no bíblica hay otros apocalipsis, por ejemplo el de Henoc. El escritor apocalíptico se sitúa
por lo general en una coyuntura de cambio decisivo de la historia. Mira al pasado y rastrea los
signos que anuncian el futuro, un futuro que no está escrito, pero que se ve venir contemplando el
rumbo de los acontecimientos presentes. Con todo ello interpreta el pasado y predice los
acontecimientos que están a punto de llegar. Juan utiliza todos los recursos que le ofrece el
lenguaje apocalíptico, como visiones y una enorme cantidad de símbolos: colores, cifras, figuras
de animales, simpáticas o monstruosas, elementos cósmicos y figuras humanas. Todo esto nos
parece demasiado complicado, demasiado enredado.
Pero cuando uno se mete dentro, lo encuentra maravilloso. Es algo parecido a lo que ocurre con
los aparatos modernos de comunicación: cuando comienza a manejarlos le parecen muy
complicados y quiere dejarnos diciendo “esto no es para mí”, pero después queda enganchado
por ellos.
Los que creen que la Biblia hay que leerla al pié de la letra, aquí naufragan, porque más que la
letra, en el Ap lo que habla son las imágenes y los símbolos. Con mucha frecuencia estos
símbolos aparecen unidos unos a otros para hacer más expresivo el relato. Veamos el significado
de algunos de ellos agrupándolos en cinco categorías.
“Cuando se abrió el sexto sello, vi que sobrevino un violento terremoto, el sol se volvió negro como
ropa de luto, la luna tomó color de sangre, las estrellas cayeron del cielo a la tierra, como caen los
higos verdes de la higuera sacudida por el huracán. El cielo se retiró como un rollo que se enrolla,
y todas las montañas e islas se desplazaron de sus puestos” (6, 12-14)
Como vemos en este texto, el Apocalipsis habla de fenómenos cósmicos muy extraños, unos son
naturales y otros todo lo contrario: pura imaginación. Habla del sol que se vuelve negro, de luna
ensangrentada y terribles terremotos. Son varios los lugares en los que habla de terremotos (6,12;
8, 5; 11,13.19; 16, 18) junto con truenos, relámpagos y desastres. Son símbolos que, tomados
como género literario, le sirven al autor para expresar el poder de Dios, Señor del cosmos y de la
historia. Siempre ha habido terremotos y los seguirá habiendo, pero no deben interpretarse como
anuncio de un próximo fin del mundo ni como castigo de Dios.
Los símbolos tomados del mundo animal aluden a fuerzas sobrehumanas, pero no divinas,
siempre controladas y sometidas al el poder de Dios. Estas fuerzas actúan en la historia de
manera brutal. Los que más resaltan en esta galería de animales simbólicos son los siguientes: el
dragón o serpiente, la bestia, los caballos de distintos colores y los cuatro seres vivientes. Veamos
su significado, tomando como ejemplo algunos párrafos del Apocalipsis.
“Apareció otra señal en el cielo: un dragón rojo enorme, con siete cabezas y diez cuernos y siete
turbantes en las cabezas. Con la cola arrastraba la tercera parte de los astros del cielo y los
arrojaba a la tierra” (12, 3-4) La serpiente echó por la boca agua como un río detrás de la mujer,
para arrastrarla en la corriente. Pero la tierra auxilió a la mujer abriendo la boca y bebiendo el río
que había echado por la boca el dragón (12, 15-16)
a) La bestia o la fiera (13, 1-4; 17, 8-13; 20, 10)
“Vi salir del mar una fiera con diez cuernos y siete cabezas; en los cuernos diez turbantes y en las
cabezas títulos blasfemos. La fiera de la visión parecía un leopardo, con patas como de oso y
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boca como de león. El dragón le delegó su poder, su trono y una autoridad grande. Todo el mundo
admirado seguía a la fiera y adoraba al dragón que dio su autoridad a la fiera; y adoraban a la fiera
diciendo: ¿Quién se mide con la fiera?, ¿quién podrá luchar con ella? (13, 1-4)
Es clara aquí la alusión al culto que exigían los emperadores como si fueran divinidades. Todos
adoraban el poder del mal (el dragón) que actúa en el mundo. Ahora Juan lo presenta encarnado
en la bestia. La bestia es el imperio romano y el emperador que lo gobierna. Las diez coronas de
sus Cuernos (ver 13,1 con 17,2) representan los reyes vasallos de distintos países que reciben su
poder de Roma. La bestia está al servicio del mal (del dragón) y cuenta con la colaboración de una
“segunda bestia”, que son los falsos profetas o anticristos, que se disfrazan para engañar y
seducir por medio de la propaganda y el culto imperial. Para identificar a la bestia, Juan da
algunas pistas:
“¡Aquí se pondrá a prueba el talento del perspicaz! Las siete cabezas son siete colinas, donde
está entronizada la mujer. Son también siete reyes. Cinco han caído, uno está reinando, otro no
ha llegado aún; cuando venga, durará poco. La fiera que existía y no existe ocupa el octavo
puesto, aunque es uno de los siete, y será destruido. Los diez cuernos que viste son diez reyes
que todavía no reinan; pero durante una hora compartirán con la fiera la autoridad. Tienen un solo
propósito y someten su poder y autoridad a la fiera. Lucharán contra el Cordero, pero el Cordero
los derrotará, porque es señor de señores y rey de reyes, y los que él ha llamado son elegidos y
leales” (17, 8-14)
¿Qué significa este complicado acertijo: la mujer, 7 colinas, 7 reyes y 10 cuernos? La mujer que
en líneas anteriores le llama “la gran prostituta” y “la adultera” es Roma. Alude a la idolatría, que
en la Biblia es considerada como infidelidad a Yahvé con oros dioses. A eso le llama prostitución.
Las siete colinas se refieren también a Roma, construida sobre siete colinas. Las siete cabezas se
refieren igualmente a las 7 colinas, y 7 reyes son los siete emperadores romanos que persiguieron
a los cristianos y van desde Calígula hasta Domiciano (años 41-96). Los 10 cuernos se refieren a
diez reyes emisarios de la bestia, es decir, a todos los que en la historia luchan contra el Cordero.
b) Los caballos
Antiguamente los caballos eran el elemento más poderoso de los ejércitos que, para combatir, no
contaban más que con la infantería y la caballería. Por eso en la Biblia los caballos simbolizan el
poder militar y el poder comercial de los pueblos. Representan también las invasiones. Al
romperse los sellos se descubren los 4 famosos caballos del Apocalipsis, cada uno de un color y
con un jinete que lleva armas distintas para expresar mejor lo que simbolizan: la muerte, la guerra,
19
el hambre y la peste. Hay también un jinete montado en un caballo blanco, es fiel, justo, lleva
corona de rey y manto de mártir; es Jesucristo. Como lo que especifica mejor la misión de cada
caballo es su color, hablaremos de ellos al explicar el simbolismo de los colores en el Apocalipsis.
“En el centro, rodeando el trono, estaban cuatro seres vivientes cubiertos de ojos por delante y por
detrás. El primer ser viviente tenía figura de león, el segundo de toro, el tercero tenía rostro
humano, el cuarto tenía figura de águila volando. Cada uno de los seres vivientes tenía seis alas,
cubiertas por dentro y por fuera de ojos. No descansan ni de día ni de noche y dicen: Santo, santo,
santo, Señor Dios Todopoderoso, el que era y es y será (4, 6-8).
Estos fantásticos cuatro seres viviente representan la creación, las fuerzas de la naturaleza, los
valores y los frutos de la tierra. Todos dan gloria a Dios. El león, es lo más noble; el toro, lo más
fuerte; el hombre, lo más sabio y el águila lo más ágil. Todos ellos llenos de ojos y alas simbolizan
la providencia de Dios que todo lo ve y siempre nos protege. Esta visión fue tomada básicamente
de Ez 1, 4-12.
El Ap es un libro de colores muy vivos y sugestivos. En él todo es radiante y llamativo. Este uso
simbólico de los colores se da en todo el libro, pero en ninguna parte está presentado con tanta
viveza como al hablar de los cuatro caballos con sus jinetes (6, 1-8)
“Vi al Cordero que abría el primero de los siete sellos y oí a uno de los cuatro vivientes que decía
con voz de trueno: Ven. Vi un caballo blanco y a su jinete con un arco; le pusieron una corona, y
salió vencedor para seguir venciendo. Cuando abrió el segundo sello, salió un caballo color rojo; al
jinete le encargaron que retirase la paz de la tierra, de modo que los hombres se matasen. Le
entregaron una espada enorme. Cuando abrió el tercer sello, vi salir un caballo negro y su jinete
llevaba una balanza en la mano. Oí una voz que salía de entre los cuatro vivientes: Se vende una
ración de trigo, por una moneda de plata y tres raciones de cebada también por una moneda de
plata. Cuando abrió el cuarto sello, vi salir un caballo verde-amarillo; su jinete se llama Muerte. Les
han dado poder para matar a la cuarta parte de los habitantes del mundo, con la espada y el
hambre y la peste y las fieras” (6, 1-8)
Cada uno de los colores nos revela la actividad del caballo y de su jinete.
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Son dos los colores que ocupan el primer plano en el Ap: el rojo, relacionado con el mundo de la
bestia (las persecuciones y asesinatos) y el blanco relacionado con el mundo del Cordero y con la
resurrección. El blanco lleno de fulgor es el que domina en el Apocalipsis. A través de los
tormentos de la violencia, se ven asomar los rayos de un mundo nuevo, iluminado por la fuerza de
la resurrección de Cristo.
9. 4. Simbolismo aritmético
Las cifras en el Ap y en otros lugares de la Biblia hay que tomarlas en sentido simbólico. Expresan
ideas y mensajes, no cantidades matemáticas. Los números que se utilizan simbólicamente con
más frecuencia: 1, 3, 4, 7, 12, 1000 y su sumas o sus múltiplos.
El 1 significa primacía, excelencia: “Yo soy el primero” (1, 18) dice Jesucristo.
El 3 simboliza la plenitud de todo y, por tanto, simboliza también a Dios. Por eso el profeta Isaías,
cuando quiere proclamar la santidad infinita de Dios, dice: «Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot,
llena está toda la tierra de su gloria» (Is 6,3) El 3 representa también todo lo que viene del cielo:
21
agua, luz y aire. El 4 representa los cuatro puntos cardinales y, por tanto, significa el mundo
entero. El 7, que resulta de la suma de 3+4, expresa la perfección, la totalidad y la plenitud.
Aparece multitud de veces en el Ap. Si habla de 7 iglesias se refiere no sólo a esas siete que
nombra, sino a la totalidad de las iglesias de su tiempo. Si habla de 7 espíritus se refiere siempre
al único espíritu de Jesucristo pero viéndolo en la plenitud y en el poder de todas sus
manifestaciones. Aunque hable sólo de siete manifestaciones del Espíritu, se refiere a todas. El 12
se refiere al antiguo pueblo de Dios, integrado por doce tribus, y también al nuevo pueblo de Dios,
construido sobre los doce apóstoles. Juan dice que la muralla de la ciudad se asienta sobre doce
piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles (21, 12-24) Igualmente la mujer coronada
de 12 estrellas (12,1) se refiere al pueblo de Dios, a la Iglesia, cuya corona son los doce
apóstoles.
Los 144.000 “señalados” (7, 1-8; 14, 1-5) Teniendo presente el significado de los números, no
tiene sentido la lectura literal o meramente numérica que hacen algunas sectas de Ap 7,1-8 que
dice que el número de los salvados será de 144.000. Significa otra cosa, pues este número es la
multiplicación de doce por doce por mil y, por tanto, significa que el número de los salvados será
muy grande, ya que mil significa una gran muchedumbre. Y la prueba de que hay que interpretarlo
así la encontramos inmediatamente después cuando habla de las personas que gozan ya de la
vida plena en el cielo: “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría
contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie [es decir, resucitados] delante del trono
[de Dios] y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con las palmas en sus manos. Y gritan
con fuerte voz: la salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (7,9).
Muchos grupos religiosos se han inspirado en este número para predicar la urgencia de la
conversión ya que son pocos los que se salvan. Toman el número matemáticamente. Como el
número de plazas es restringido, hay que apresurarse y unirse a la verdadera iglesia, la de los
“puros”, la de los “buenos” (los de su secta). No hay que entender así este número.
666. Es el número de la Bestia (13, 11-18) Entre los símbolos numéricos, es uno de los más
populares –y más manipulados por determinados grupos religiosos–Se trata de una cifra que
quiere ayudar al lector a descubrir quién es la Bestia a la que el autor se refiere con el número
666. (13,18) Este número, en realidad es un hombre. Cuando Juan invita a los lectores a calcular
la cifra de la bestia, es su nombre, les propone una especie de acertijo.
Y es posible saber quién es si uno dispone de la inteligencia suficiente para descifrar este enigma.
Se refiere a alguien que vive en el momento en que se escribe el Ap. Por eso, aunque a
determinadas sectas les gusta decir que se trata del Papa o del Vaticano, en aquel tiempo el Papa
era una persona insignificante y desconocida en Roma. Y no sabemos en qué choza viviría. La vía
por la cual se puede descubrir el nombre de esa persona es el hecho de que entonces no se
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conocían los números arábigos, que, aún siendo de origen indio, se llaman arábigos, porque
fueron los árabes quienes los introdujeron en Europa en la edad media. ¿Entonces cómo
contaban en la antigüedad? – Dando un valor numérico a las letras. Tanto en hebreo, como en
griego y en latín, las cantidades se expresaban con letras. Todavía nosotros seguimos usando en
algunos casos la numeración latina, por ejemplo, si balamos del papa anterior decimos Benedicto
XVI. En el caso de la bestia, las consonantes usadas como números para sumar 666, poniéndoles
las adecuadas vocales, daban de nombre Nerón emperador. Sin embargo se refieren al
emperador Domiciano al que una leyenda popular consideraba la reencarnación de Nerón.
1.000. Juan en el capítulo 20 introduce una cifra que ha hecho fortuna en la tradición cristiana,
cuando habla de un reinado de Cristo que se extenderá por mil años. Esa cifra ha dado lugar a los
milenarismos. Tanto cuando se acercaba el año mil de nuestra era como el 2.000, muchas sectas
han anunciado el final del Reinado de Cristo, su segunda venida y el fin del mundo. Mil significa un
período largo, pero no determinado ni tampoco eterno. No importa cuánto signifique mil, lo que
importa es que anuncia la victoria futura y total de Cristo.
Hay un párrafo del Apocalipsis (5, 1-6) en el que aparecen entrelazados diez símbolos. Dice así:
“A la derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por delante y por detrás y
sellado con siete sellos. Vi un ángel poderoso que pregonaba con voz potente: ¿Quién es digno
de abrir el rollo y romper sus sellos? Nadie en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra podía abrir el rollo
ni examinarlo. Yo lloraba mucho porque nadie era digno de abrir el rollo y examinarlo. Pero uno de
los ancianos me dijo: No llores; que ha vencido el león de la tribu de Judá, retoño de David: él
puede abrir el rollo de los siete sellos. Entre el trono y los cuatro vivientes y los veinticuatro
ancianos vi que estaba en pie un cordero como sacrificado, con siete cuernos y siete ojos –los
[siete] espíritus de Dios enviados por todo el mundo–. Se acercó a recibir el rollo de la mano
derecha del que estaba sentado en el trono. Cuando lo recibió, los cuatro vivientes y los
veinticuatro ancianos se postraron ante el cordero. Cantaban un cántico nuevo: Eres digno de
recibir el rollo y romper sus sellos, porque fuiste degollado y con tu Sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; hiciste de ellos el reino de nuestro Dios y sus
sacerdotes y reinarán en la tierra. Me fijé y escuché la voz de muchos ángeles que estaban
alrededor del trono, de los vivientes y los ancianos: eran millones y millones, y decían con voz
potente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor,
la gloria y la alabanza. Y escuché a todas las criaturas, cuanto hay en el cielo y en la tierra, bajo
tierra y en el mar, que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza El honor y
la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Los cuatro vivientes respondían Amén y los
ancianos se postraban adorando.
23
Ya explicamos el simbolismo del cordero, de los cuatro seres vivientes. Veamos ahora que
significan los otros símbolos que aparecen aquí.
a) El trono
(1, 4; 4, 2-7.10, etc) La palabra trono aparece en el Ap más de 40 veces. Es la sede de Dios que
manifiesta su presencia y su grandeza como dueño y Señor del cosmos y de la historia. Para
hablar de Dios, muchas veces el Apocalipsis dice: “el que está sentado en el trono”.
b) Los cuernos
(5, 6; 12, 3; 13, 1; 13, 11; 17, 12) Tanto el Cordero, como sus enemigos tienen cuernos. El
cuerno es símbolo de poder. Era el arma del carnero y del toro y en los pueblos de pastores se
convirtió en símbolo de poder. Por ello Juan representa al Cordero (Cristo) con siete cuernos
(5,6). También el dragón Satanás (12,3), símbolo del mal por excelencia, o la Bestia tienen diez
cuernos y siete cabezas (13,1; 17,3).
d) Los sellos
(5,1; 6, 1; 8, 1) No tienen nada que ver con nuestros sellos de correos. En la antigüedad las cartas
o misivas enrolladas se cerraban con una resina o lacre donde se grababa en caliente un señal
personal del dueño. Nadie las podía abrir sin romper el sello. Aquí los sellos significan algo
cerrado y que tiene la marca de alguien importante (Dios) a quien le pertenece. El Cordero va
quitando los sellos para mostrar el camino de la historia. Juan analiza la situación y descubre que
ya han pasado 4 sellos. Las comunidades están en la quinta etapa de la historia sufriendo la
persecución. Y en el futuro se abrirá el sexto, y la última etapa de la historia comenzará con el
séptimo.
Los 24 ancianos es la suma de 12+12, las doce tribus de Israel y los doce apóstoles del nuevo
pueblo de Dios. Ahí se muestra la continuidad que existe entre el antiguo y el nuevo pueblo de
Dios. Representan también la totalidad de los santos, quienes han intervenido de manera eficaz
en la historia de la salvación y alaban a Dios. Llevan vestiduras blancas, indicando que se han
configurado con el misterio de la muerte y la resurrección del Señor. Viven participando de la
gloria de Dios y de su dominio regio: están sentados en tronos, llevan coronas de oro e interceden
ante el trono a favor de la humanidad.
prostituta quien seduce e induce a la gente a adorar falsos dioses. El Apocalipsis anuncia que va a
caer y va a ser destruida.
j) El mar
Simboliza ya en el Antiguo Testamento el mal y la muerte (13,1; ver Mc 4,35-41) Por eso Juan dirá
en 21,1 que en la nueva creación ya no habrá mar.
Con esta inmensa riqueza de símbolos, Juan, además de dar la Buena Noticia al lector de que
este imperio injusto caerá (ver 16,18 y la alegría con que canta su caída en Ap 18), le ayuda
también a caer en la cuenta de que, cuando esto ocurra, no por ello debe bajar la guardia y
militancia cristianas. Pues el monstruo, el dragón, renace sin cesar en un mundo injusto mientras
no se haya hecho realidad el triunfo pleno de Dios (20,7-10) y no haya bajado a la tierra la
Jerusalén celestial, el cielo nuevo y la tierra nueva (21,1-22,5) que Dios tiene prometidos para el
fin de los tiempos.
En esta perspectiva, por tanto, Juan le dice al cristiano que no debe ser ingenuo. Pues el conflicto
entre el “mundo”, (en sentido negativo juánico, como sede y campo de acción del mal y del
maligno Jn 1,10; 3,19s; 15,18ss), y el “evangelio”, no es nunca un conflicto anecdótico, sino de
principio. En este sentido, el simbolismo ayuda a concienciar que el mensaje del Ap es válido para
todas las épocas, mientras la Iglesia sea peregrina en la tierra. Pues se trata de una tierra en la
cual los «ídolos de muerte», que proféticamente denunció Juan en Ap 18, siguen necesitando
víctimas para poder saciar su voracidad y su lujo.
En esos tres libros aparece una idea fundamental: el Dios en el que Israel y la Iglesia creen es un
Dios fiel a las promesas hechas cuando estableció la Alianza, primero con Israel (Ex 19-24) y,
luego, con la Iglesia (1Co 11,23-27; Ap 1,6). Y es un Dios liberador, pues a la larga no permite que
un imperio injusto (y todo imperio lo es) triunfe sobre los pobres y los oprimidos.
Todo imperio acaba siendo destruido porque no atiende al significado y consecuencias de las
plagas que comporta su actuación injusta al servicio de los ídolos del dinero y del poder. Las
plagas que sufre, también las actuales, son la consecuencia de los atentados ecológicos, la
ambición del poder y del dinero, que ha llevado a guerras como la de Irak o a las masacres en
África, a la violencia de género, al hambre de más de mil millones de personas en el mundo, etc.
Todas estas plagas quieren ser, en principio, una llamada a la conversión (9,20s; 16,9.11.21), pero
no suelen surtir efecto.
Es poco lo que se habla del fin del mundo en el Apocalipsis, porque no está escrito con ese
objetivo. De hecho, del fin del mundo sólo se habla en las dos últimas visiones de las siete que
cierran el libro. Y no habla del fin del mundo como una catástrofe, sino como una victoria definitiva
del Señor resucitado sobre las fuerzas del mal, sobre el Dragón y la Bestia. Destruido el mal, el
Apocalipsis habla de la nueva humanidad y de la nueva creación en la que Dios reinará
plenamente: ya no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, porque Dios lo hará todo nuevo y la muerte
quedará vencida definitivamente (21,1-22,5; ver 1Co 15,20-28) No hay mejor final feliz que el que
tiene este libro, que a tantos tiene indebidamente asustados.
Por todo lo que acabamos de ver, se confirma la tesis de que las imágenes que nos ofrece el Ap
no han de ser tomadas al pie de la letra, como si se tratara de una película que reproduce
exactamente el futuro de la Iglesia o el fin del mundo. Con todo, leemos en el Ap textos como
6,12-17, que podrían hacer pensar que sí se habla del fin del mundo, pero que necesitan ser
leídos con sentido.
No hemos de pensar que al autor le ha sido revelado cómo será exactamente el fin del mundo
sino que está empleando textos del Antiguo Testamento. Son las imágenes que emplearon los
profetas para anunciar que, dada la maldad de este mundo, tendrá que desaparecer para dar
lugar a la nueva creación. Son, pues, imágenes estereotipadas que los autores del Nuevo
Testamento utilizan también cuando quieren indicar que el acontecimiento que narran es el
comienzo de la intervención definitiva de Dios en la historia.
Es texto válido para todos los tiempos, hasta que llegue la victoria definitiva del bien y del Bueno
(Dios y el Cordero) sobre el mal (el Dragón) y los malos (la Bestia) que lo encarnan y a través de
los cuales actúa.
El Apocalipsis es un libro de actualidad, ante todo, para los años 90 del siglo I. Antes de
convertirlo en un libro de actualidad para ahora, hay que ver cómo logró responder a los desafíos
de su época. Siempre es posible establecer paralelismos con nuestra época. Pero no olvidemos
que el autor escribía ante todo para su tiempo. Y si hay una época en la que el Ap ha sido de
actualidad, es precisamente aquella. ¿Por qué empeñarse en ver en él una descripción anticipada
de la historia moderna? ¿Por qué empeñarse en señalar nombres y fechas? Los nombres y las
fechas son Domiciano, los años 90 y, sin duda, el recuerdo de Nerón de los años 60, pero no,
ciertamente, de Hitler o Amín Dadá o el imperialismo norteamericano o el comunismo ateo o, por
lo que se refiere a las fechas, el año del fin del mundo. Juan el profeta no es un futurólogo, sino un
creyente y un testigo de lo que ocurrió en los años 90 de nuestra era. Sepamos apreciar el
inmenso servicio que hizo a sus contemporáneos, para inspirarnos a continuación en la fuerza que
le animaba y proseguir hoy el combate que tan bien supo llevar él entonces.
El tipo de lenguaje que usa el Apocalipisis tiene la ventaja de que nos hace caer en la cuenta de
que lo que dice es válido para todo tiempo. Eso significa que el creyente nunca debe bajar la
guardia ante el imperio de turno que vaya a aparecer.
Como dice F. Contreras en su comentario al Apocalipsis, “la situación que refleja este libro es de
profunda crisis. Analizando sus principales características, puede hacerse de manera espontánea
una relación. Las claves de solución que da el Apocalipsis para aquella situación de crisis, nos son
perfectamente válidas.
Su lectura es mensaje de aliento y de esperanza para todos los seguidores de Jesucristo que
luchan, contra corriente, para que el Reinado de Dios, un mundo mejor, una sociedad más justa,
se vayan haciendo realidad. La tarea aparece como utopía imposible, por eso, ayer como hoy, la
Iglesia grita: “ven, Señor Jesús”. Así termina la palabra de Dios en el Nuevo Testamento.
28
Esta precedido de un prólogo litúrgico y concluye con un epílogo igualmente litúrgico. Tiene dos
partes desiguales en cuanto a extensión. Ver el índice en la página 2
COMENTARIO AL TEXTO
1
PRESENTACIÓN DEL LIBRO, SALUDOS DE PARTE DE DIOS (Ap 1, 1-20)
El capítulo primero del Ap se puede dividir en tres partes como vamos a hacer a continuación.
En primer lugar, el autor presenta el libro como una revelación de Dios por medio de Jesucristo.
Eso es lo que significa a palabra “apocalipsis”: revelación. Dice el primer versículo: “Revelación
que Dios confió a Jesucristo para que mostrase a sus siervos lo que va a suceder pronto; y él la
manifestó enviando su ángel a su siervo Juan” (1, 1) Se trata de una revelación en cadena porque
viene de Dios, Él la hace a Jesucristo, quien, a su vez, la manifiesta a Juan, autor del libro. Vemos
cómo ya desde el primer momento en el Apocalipsis aparece Jesucristo como la figura central. Por
eso decíamos que es un libro de cristología.
El contenido de esta revelación es algo “que va a suceder pronto”. Esta frase algunos la
entendieron como anuncio de un final inmediato del mundo. No se trata de una inmediatez
cronológica, sino psicológica. Lo que quiere decir es que el cristiano ha de tener certeza absoluta
de que los sucesos anunciados se cumplirán y esa certeza ha de orientar su vida y su
comportamiento.
En el segundo versículo, Juan se presenta a sí mismo como testigo de cuanto ha visto y asegura
que todo ello es Palabra de Dios porque es Jesucristo quien se lo ha transmitido : “quien atestigua
que cuanto vio es Palabra de Dios y testimonio de Jesucristo (1,2)
En el versículo tercero encontramos la primera de las siete bienaventuranzas distribuidas a lo
largo del Apocalipsis: “Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y
observen lo escrito en ella. Pues su plazo está próximo” (1, 3) Es igualmente dichoso quien
proclama este libro en la asamblea litúrgica de la comunidad, y quienes ponen en práctica sus
enseñanzas. Esto significa que el Apocalipsis no es un libro terrible, un calendario de desdichas,
29
sino que anuncia de parte de Dios una inmensa dicha para la Iglesia. Esta primera
bienaventuranza consiste en proclamar la Palabra de Dios, escucharla con corazón noble y
guardar su mensaje. Aquí aparece claro que la destinataria del libro es la comunidad cristiana.
Juan saluda a las iglesias de parte de Dios Padre, del Espíritu y de Jesucristo. Ya en este saludo
hay una revelación acerca de Dios y de Jesucristo. Estos versículos (1, 4-8) son un diálogo
litúrgico entre un lector y la comunidad cristiana. En la introducción al Apocalipsis dijimos que este
libro era como una gran celebración litúrgica que comienza con estos versículos y termina con otro
diálogo litúrgico en el capítulo 22, 6-21. Los dos diálogos enmarcan perfectamente el Apocalipsis
presentándolo como un libro esencialmente litúrgico, que encuentra el mejor lugar para su
proclamación dentro de la celebración viva de la Iglesia.
Oigamos el saludo: “De Juan a las siete Iglesias de Asia: les deseo el favor y la paz de parte del
que es, y era y será, de parte de los siete espíritus que están ante su trono (1, 4) Aunque el
saludo se dirige a las siete iglesias de Asia, como el siete simboliza la totalidad, hay que deducir
que se dirige a toda la Iglesia.
El Dios que saluda y bendice no es una presencia impersonal, sino el Dios cristiano, que es
Trinidad de personas. Presenta a Dios Padre como el que tiene perfecto dominio sobre el mundo,
como dueño y señor de la historia presente (el que es), de la historia pasada (el que era) y de la
futura (el que será)
El Espíritu Santo es presentado con la frase “los siete espíritus”, que no son siete ángeles, sino el
Espíritu Santo en la plenitud de sus dones y manifestaciones.
Al transmitir el saludo de Jesucristo a su Iglesia, Juan hace cinco afirmaciones importantes acerca
de quién es Jesucristo:
- En primer lugar, dice que es «testigo fidedigno» o digno de ser creído, porque con su vida,
muerte y resurrección expresa y garantiza todo lo Dios ha querido revelarnos.
30
En el versículo 7 habla de la segunda venida de Cristo y lo presenta como juez ante el cual todos
se golpearán el pecho, incluso los que le traspasaron con la lanza, reconociendo sus errores y
pecados: “Mira que llega entre nubes: todos los ojos lo verán, también los que lo atravesaron; y
todas las razas del mundo se darán golpes de pecho por él. Así es, amén (1,7)
Finalmente, el versículo 8 presenta de nuevo a Dios como el principio y el fin de todas las cosas;
todo viene de Dios, todo camina hacia él. Lo dice tomando como símbolos la primera y la última
letra del alfabeto griego. Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios, el que es, y era y será, el
Todopoderoso (1, 8)
3. La visión de Cristo resucitado (1, 9-20)
Juan, desde su destierro en la pequeña isla de Patmos donde ha sido confinado a causa de su
anuncio de Jesucristo y de la palabra de Dios, se siente unido a todos los cristianos, aunque estén
lejos; se considera hermano y compañero de todos y comparte las tribulaciones que conlleva el
anuncio y la extensión del reino de Dios. Se presenta como testigo de una misteriosa revelación.
Yo Juan, hermano de ustedes, compañero de ustedes en la pena y el reino y la paciencia por
Jesús, me encontraba en la isla de Patmos a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de
Jesús (9, 1)
31
Es la primera vez que en el Nuevo Testamento aparece la palabra «domingo» o «día del Señor».
Y aparece ya como el día sagrado de los cristianos en sustitución del sábado de los judíos. Ese
día de la semana es el más importante para los cristianos porque en él se reunían para celebrar,
en la eucaristía, la resurrección de Jesús. Durante la celebración litúrgica de ese día el Espíritu se
apodera de Juan. Después oye una poderosa voz como el sonar de una trompeta. Es la voz de
Cristo resucitado que le encarga escribir la visión que va a tener.
En el versículo 11 se nombran por vez primera las siete iglesias destinatarias del libro. Estaban
situadas en siete ciudades unidas en semicírculo por una importante vía postal romana.
Juan utilizando un torrente los símbolos ofrece un retrato vivísimo del Señor resucitado. Esta
visión es una de las más originales y misteriosas del Nuevo Testamento. Su fuerza y capacidad de
evocación aumentan de grado conforme se con templa con detención y se profundiza más en ella.
En esta visión del Apocalipsis, el Hijo del Hombre aparece como el enviado de Dios a su Iglesia
perseguida, encargado de comunicarle lo que puede suceder en el futuro, y transmitirle las
instrucciones divinas a seguir en la situación que actualmente vive la Iglesia. Vamos contemplar
detenidamente esa visión.
Aparece entre lo siete candelabros de oro, que simbolizan a las siete iglesias: “Me volví para ver
de quién era la voz que me hablaba y al volverme vi siete lámparas de oro y en medio de las
lámparas una figura humana” (1, 12-13a) Se puede ver aquí una alusión al candelabro de oro que
tenía siete brazos y se guardaba en la parte más santa del templo de Jerusalén. Estos
candelabros, las siete iglesias, que simbolizan a la Iglesia entera, han de reflejar la luz de Dios e
irradiarla sobre la tierra.
- Describe, en primer lugar, el porte externo de Jesucristo y lo relaciona con la vestidura del
sumo sacerdote (cfr. Éx 28,2-4) Cristo es el sumo sacerdote del nuevo pueblo de Dios: Vi
una figura humana vestida de larga túnica, el pecho ceñido de un cinturón de oro. Con ello
se nos dice que Cristo es el único sumo sacerdote que preside toda acción litúrgica dentro
de la Iglesia
- Insiste, a continuación, en el color blanco, típico de los resucitados: “La cabeza y cabello
blancos como la lana blanca o como nieve (1, 14) Él es el Cristo resucitado. Sus cabellos
son de nieve, símbolo de divinidad; su rostro brilla como un sol a mediodía, lleno de
hermosura. Es, sobre todo, el Cristo pascual; estuvo muerto pero vive por los siglos. Él es
único Señor, que detenta todo el poder; pues en su resurrección ha derrotado a la muerte y
al abismo. Cristo es la plenitud de la divinidad que habita humanamente en un cuerpo
resplandeciente.
- “Sus ojos eran como llamas de fuego (1, 14) Esta metáfora resalta la penetrante mirada del
Señor que todo lo ve y lo sondea. El conoce por dentro y juzga a la Iglesia.
- La voz y las órdenes del Hijo del hombre evocan la potencia de la voz misma de Dios: la
voz como el estruendo de aguas torrenciales (Ap 1, 15) Es otra manera de resaltar la
divinidad de Jesucristo
El Señor está de pie y no se tambalea, no es como aquella frágil estatua con los pies de barro de
la visión de Daniel (cfr. Dn 2,31-36). El sostiene con su mano poderosa a la Iglesia, la conforta y le
asegura un destino de gloria: “en la diestra sujetaba siete estrellas, los pies como de bronce
bruñido y acrisolado” (Ap 1, 15 -16) Sobre su fuerza se apoya la Iglesia en su debilidad.
“De su boca salía una espada afilada de doble filo” (Ap 1, 16) Este símbolo de la espada significa
que Cristo habla a la Iglesia con autoridad divina y con fuerza combativa. La espada es, conforme
a una larga tradición bíblica, el símbolo de la Palabra de Dios (cfr. Is 49,2; Sab 18,15s; Heb 4,12)
La espada se refiere también a la potestad judicial que tiene Cristo. En el capítulo segundo el Ap
nos presentará a Cristo emitiendo un juicio sobre las iglesias.
Juan finaliza la descripción del Cristo que se le apareció resaltando de nuevo que se trata del
Señor resucitado: “Su aspecto era como el sol brillando con toda su fuerza” (1, 16)
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El autor del Apocalipsis, que no dobló sus rodillas ante el emperador de Roma, que pretendía que
todos le dieran culto, se echa ahora en tierra y adora a Jesucristo, como su único Dios y Señor.
Pero Jesucristo no le inspira miedo sino confianza porque, en gesto de delicadeza, le pone su
mano derecha sobre la cabeza y lo conforta. “Nada más verlo, caí a sus pies como muerto; pero
él, poniéndome encima su diestra, me dijo: No temas (Ap 1, 18)
5) Autopresentación de Cristo
Jesucristo no se presenta con su propio nombre sino que se presenta con nombres y atributos que
el Antiguo Testamento aplica sólo a Dios Padre: “Yo soy el primero y el último” (1, 17) Por haber
resucitado, se presenta como “el que vive” o el Viviente, expresión que el Antiguo Testamento
aplica a Dios Padre (Josué 3, 10) ; estuve muerto y ahora ves que estoy vivo por los siglos de los
siglos. Estas mismas palabras se le aplican en el Antiguo Testamento a Dios. “Y tengo las llaves
de la muerte y el abismo (1,18) Tener las llaves es una metáfora para decir que Jesucristo, por su
resurrección, tiene el poder y el dominio sobre la muerte y sobre el sheol al que los judíos
pensaban que iban los difuntos. Todo ese párrafo es una clara proclamación de la divinidad de
Jesucristo
“Escribe lo que viste: lo de ahora y lo que sucederá después” (1, 19) Esta frase resume el
contenido del libro. “Lo de ahora” se refiere a la situación actual de Iglesia perseguida, de la que
hablan los capítulos 2 y 3 y “lo que sucederá” se refiere al resto del libro.
7) Visión de la Iglesia
Según el Ap Cristo mismo le explica a Juan el significado de los símbolos de la Iglesia diciéndole:
“Éste es el símbolo de las siete estrellas que viste en mi diestra y de las siete lámparas de oro: las
siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias, las siete lámparas son las siete Iglesias (1, 20)
La Iglesia es presentada con un simbolismo espacial (las estrellas) y un símbolo litúrgico (las
lámparas) Uniendo ambos símbolos podemos decir que la Iglesia es una lámpara con vocación de
estrella celeste; vive en la tierra y en la historia, pero su esperanza está en el cielo. Jesucristo
sujeta con su mano poderosa esta vocación escatológica de su Iglesia. El hecho de sostenerla con
su mano significa que nunca la abandonará.
La expresión “los ángeles” de las siete iglesias tiene varias interpretaciones. Unos piensan que se
refiere a la idea de los judíos que creían que los distintos grupos y comunidades tenían su ángel
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protector; otros creen que se refiere a los mensajeros encargados de llevar a las comunidades el
mensaje del Apocalipsis; finalmente algunos cree que se refiere a los obispos que presidían cada
iglesia.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
1) ¿Son muchas las personas que toman el Apocalipsis como un libro que anuncia catástrofes
para aterrorizar a la gente? ¿Por qué razones lo ven así?
2) ¿Por qué nosotros hemos de verlo como anuncio de una buena nueva?
3) El Ap nos presenta a Cristo como resucitado. ¿Cómo lo ve la mayoría de los cristianos al
dirigirse a él, como el resucitado como el crucificado?
4) ¿Cuál es la visión de Cristo que predomina en nosotros?
1) ¿Qué mensajes transmite Juan a sus lectores con esta visión de Jesucristo?
2) Recordar algunos símbolos con que el Ap presenta al Resucitado y explicar su significado.
3) ¿De qué modo se resalta en este primer capítulo la divinidad de Jesucristo?
1) ¿Qué mensaje para la Iglesia y para nosotros encuentras en el capítulo primero del Ap?
2) ¿Cómo entendemos hoy la relación de Cristo con su Iglesia?
3) El Resucitado se le manifiesta a Juan en una celebración litúrgica ¿La liturgia es también
para nosotros lugar de encuentro con Él? ¿Cómo lo experimentamos?
¿Algún punto de los que hemos reflexionado constituye para ti una invitación o un desafío?
¿Cómo puedes responder a ese desafío?
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Iª PARTE
0. Introducción
Esta primera parte del Apocalipsis conocida con el nombre de las cartas a las siete iglesias es una
invitación a la conversión dirigida a la Iglesia entera. Sólo los que se conviertan a Cristo podrán
entender la segunda parte del libro, lo que va a venir.
Mediante estas “cartas” Cristo habla a su Iglesia con autoridad divina, reconoce y valora los
progresos en su vida de fe, pero también la reprende por sus defectos. Lo que Él pretende a todo
trance que la Iglesia se arrepienta y, de una vez por todas, se convierta. Este es el objetivo
principal de las cartas: la conversión de la Iglesia y, en definitiva de los cristianos que la integran.
Las cartas son una excelente composición literaria. En todas se sigue un esquema casi idéntico
con estas partes:
En todos los casos, lo que el Señor pretende con estos mensajes a las iglesias es levantar el
ánimo de la Iglesia.
Hay algo muy importante que resalta en todas las cartas: la centralidad del Señor resucitado. La
dimensión cristológica, tan fuerte en todo el libro, alcanza en las cartas cimas inigualables. Nos
presentan al Cristo glorioso y exaltado en su resurrección. Resaltan también la divinidad de Cristo
aplicándole títulos que en el Antiguo Testamento estaban reservados a Dios: Santo, Amén, el
Primero y el último, el Viviente, que luego explicaremos.
La ciudad de Éfeso era la más importante de la región y la capital de la provincia romana de Asia.
Cuando Pablo llegó a Éfeso encontró allí algunos que se decían cristianos, pero aún no habían
recibido el bautismo. Se quedó con ellos tres años y constituyó la comunidad, que pronto se
convirtió en el centro de irradiación de la fe cristiana al resto de la provincia romana de Asia dentro
de la cual estaban las siete iglesias del Apocalipsis, destinatarias de las siete cartas.
A esta Iglesia Jesucristo se presenta con el fulgor de su divinidad: “el que sujeta en la diestra las
siete estrellas” (las siete iglesias), y como sumo sacerdote con la expresión litúrgica: “el que
camina entre las siete lámparas de oro” (2, 1)
b) Elogios (2, 2-3)
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El Señor reconoce a esta iglesia el esfuerzo positivo por mantener intacta su fe; sabe cuánto ha
sufrido sin desfallecer por ser fiel a la fe cristiana: “Conozco tus obras, tus fatigas, tu paciencia;
que no toleras a los malvados; que has sometido a prueba a los que se dicen apóstoles sin serlo y
has comprobado que son falsos; has soportado y aguantado por mi causa sin desfallecer (2, 2-3)
Los que “se dicen apóstoles sin serlo” se refiere a algunos predicadores itinerantes que se
presentaban como apóstoles sin serlo y no transmitían fielmente la fe cristiana. Ya san Pablo
había anunciado que penetrarían en la iglesia de Éfeso “lobos rapaces”, individuos portadores de
doctrinas perversas (Hch 20, 29)
c) Reproche (2, 4)
Pero tiene algo más a su favor: “Detestas la conducta de los nicolaítas como yo la detesto (2, 6)
La referencia a los Nicolaítas aparece en las cartas a las iglesias de Éfeso, Pérgamo y Tiatira.
Probablemente eran un grupo de cristianos que buscaban adaptarse a las normas sociales y
religiosas del imperio, con una relajación de costumbres que iba contra el espíritu cristiano.
d) La recompensa (2, 7)
Jesucristo le asegura a la Iglesia de Éfeso que si logra mantenerse y volver al amor primero
(convertirse), será una iglesia vencedora y recibirá como recompensa: comer del árbol de la vida.
El árbol de la vida es Cristo mismo al que recibimos en la Eucaristía. Él hace participar a la Iglesia
en la misma vida eterna de Dios: “Al vencedor le permitiré comer del árbol de la vida que está en
el paraíso de Dios” (2, 7)
2. A la iglesia de Esmirna: ¡Sé fiel hasta la muerte! (Ap 2, 8-11)
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La ciudad de Esmirna había recibido muchos judíos huidos en la destrucción de Jerusalén por los
romanos. Estos judíos se convirtieron en enemigos de los cristianos, porque decían ser el nuevo
pueblo de Dios.
b) Elogio (2, 9)
En esta carta el Señor se dirige a una iglesia que está sufriendo persecución por parte de los
judíos y la anima diciéndole: “Conozco tu aflicción y tu pobreza, pero eres rico; sé que te injurian
los que se dicen judíos y son más bien la sinagoga de Satanás” (2, 9) Los judíos acosaban con
saña a los cristianos. Por eso el Apocalipsis habla con acentos muy negativos de los judíos hasta
llamarlos “sinagoga de Satanás”.
Les asegura que si se mantienen fieles hasta la muerte, les dará vida y no serán alcanzados por la
“muerte segunda”. Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida (2, 10) “El vencedor no
padecerá la segunda muerte” (2, 11) “Segunda muerte” es una expresión rabínica que indica la
muerte definitiva de los que no se salven. Quien esté libre de la muerte segunda, podrá entrar en
la Jerusalén celeste donde la muerte ya no existe (Ap 21,4)
Cristo se presenta a esta Iglesia de manera beligerante como “el que tiene la espada afilada de
doble filo” (2, 12). La espada de doble filo es su palabra; con ella Cristo combatirá por los suyos.
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La comunidad cristiana vivía en una atmósfera infectada de idolatría. Pérgamo era el centro del
culto imperial para toda la provincia, los templos a los dioses se multiplicaban por todas partes. El
ambiente resultaba asfixiante y confesar la fe en medio de él resultaba muy difícil. La comunidad
ya ha pagado en uno de sus miembros ilustres (Antipas) el precio de esa fidelidad. Cristo llama a
Antipas “mi fiel testigo” porque ha sabido mantenerse unido a Él, sin desertar ni aún en los días
más duros. Sé que donde tú habitas tiene su trono Satanás. A pesar de todo mantienes mi nombre
sin renegar de mí, ni siquiera cuando Antipas, mi testigo fiel, fue asesinado en la ciudad de
ustedes, donde habita Satanás (2, 13)
c) Reproche
Reprocha a esta comunidad el que algunos se han adherido a la doctrina de Balaán y de los
nicolaítas. Es decir a la idolatría. Los nicolaítas declaraban que era lícito a los cristianos participar
en los banquetes paganos que con frecuencia estaban acompañados de prácticas inmorales.
Balaán habría aconsejado a Balac, rey de Moab, ofrecer a los israelitas mujeres moabitas con el
fin de hacerles prevaricar de la verdadera fe y convertirlos a la idolatría. El Señor pretende que su
iglesia se mantenga fiel a pesar de la presión circundante. La imagen de los banquetes y de la
fornicación expresan la comunión con los valores paganos de los cultos imperiales. El Señor
quiere que la Iglesia no pacte con la idolatría reinante. “Pero tengo algo contra ti: que toleras allí a
los que profesan la doctrina de Balaán, que indujo a Balac a poner un tropiezo a los israelitas
empujándolos a comer víctimas idolátricas y a cometer inmoralidades sexuales. Lo mismo tú
toleras a los que profesan la doctrina de los nicolaítas. Arrepiéntete; de lo contrario, iré pronto allá
para luchar contra ellos con la espada de mi boca (2, 14-16)
d) Recompensa (2, 17)
La recompensa que promete a esta comunidad es el maná escondido, es decir, reservado en el
cielo para el mundo futuro. Es el alimento que Cristo dará íntegramente a su Iglesia en la nueva
Jerusalén (en el cielo). Con el que ya nutre a su Iglesia peregrina ofreciéndole su cuerpo
resucitado, es decir, su persona (cf Jn 6) “Al vencedor le daré del maná escondido, le daré una
piedra blanca y grabado en ella un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe” (2, 17).
El nombre nuevo es escrito sobre una piedra blanca, es una especie de documento de garantía
dado por Cristo a sus elegidos. La piedra blanca significa la participación en la misma victoria de
Cristo: su resurrección. Ya forma parte de la nueva creación, instaurada por el Señor. Tiene
derecho a entrar en la nueva Jerusalén (la Iglesia celeste).
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“Conozco tus obras, tu amor y tu fe, tu paciencia y tu honradez, tus obras recientes, mejores que
las precedentes” (2, 19) El Señor reconoce el gran progreso que ha experimentado esta
comunidad. Cuatro sustantivos realzan este avance: amor, fe, paciencia y honradez.
d) Reproche ( 2, 20)
“Pero tengo contra ti que toleras a Jezabel, que se declara profetisa y engaña a mis siervos
conduciéndolos a la inmoralidad sexual y a comer carne sacrificada a los ídolos. Le he dado
tiempo para que se arrepienta, y no quiere arrepentirse de su prostitución” (2, 20-21)
Si el elogio a esta iglesia fue grande, también es grande la severidad con que Cristo recrimina sus
fallos. Se trata de una comunidad perezosa, que “deja hacer” a Jezabel. Jezabel aquí está tomada
como símbolo de todos y todo aquello que incita a la idolatría. Pero también se puede tratar de
una persona concreta que reunía un grupo de seguidores de la herejía nicolaíta. De todos modos,
su nombre es simbólico y se relaciona con el nombre de la reina Jezabel, de origen fenicio, que
indujo a su marido Ajab rey de Israel, seguido de mucha gente, al culto a otros dioses (1Re 16, 31)
Tanto ella como Balaán tratan de corromper con la idolatría la fe de la Iglesia. El Señor la
amenaza con un castigo riguroso: “Mira, a ella la postraré en cama y a los que cometieron
adulterio con ella, si no se arrepienten de su conducta, les enviaré sufrimientos terribles. Daré
muerte a sus hijos, y sabrán todas las Iglesias que soy yo quien examina entrañas y corazones,
para retribuir a cada uno según sus obras” (2, 22-23) La palabra adulterio en este caso se refiere
a la idolatría, que en la Biblia se denomina muchas veces prostitución, porque es enamorarse de
otros dioses.
Existe aquí un mensaje para la Iglesia de todos los tiempos: debe convertirse al Señor. “A los
demás de Tiatira les digo que, si no han aceptado esa doctrina ni aprendido los supuestos
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secretos de Satanás, no les impondré otra carga. Basta que conserven lo que ya tienen hasta que
yo vuelva (2, 24-25)
La expresión: “los que tienen conocimiento de eso que llaman las profundidades de Satanás” se
refiere a personajes que pretendían tener conocimiento de Dios, gente autosuficiente. Creían que
su conocimiento de Dios les permitía emanciparse de las normas de conducta cristiana. Esa
pretendida sabiduría divina es en realidad demoníaca, pues de tal conocimiento que hincha y
enorgullece, se vale el maligno para engañarlos.
“Al vencedor, al que permanezca fiel hasta el final le daré poder sobre las naciones: los
apacentará con vara de hierro, los quebrará como vaso de arcilla–es el poder que recibí de mi
Padre–; y le daré la estrella matutina” (2, 26-28)
a) Presentación de Cristo
“Así dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas (Ap 3, 1) Cristo se presenta
como el Señor de la vida que quiere reanimar a una comunidad moribunda. Por eso tiene en su
mano los siete espíritus, es decir la plenitud del Espíritu Santo, y la Iglesia, representada en las
siete estrellas, para reanimarlas como a ésta de Sardes está postrada en un grave letargo. Con su
poderosa palabra, interpretada por el Espíritu, que actúa en los profetas cristianos, el Señor dará
vida a la Iglesia.
El reproche que Cristo le dirige a la iglesia de Sardes es el más duro de cuantos aparecen en las
siete cartas. “Conozco tus obras: tienes el nombre de viviente y estás muerto. Vigila y robustece el
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resto que todavía no ha muerto; porque no encuentro tus obras justas a juicio de mi
Dios. Recuerda lo que recibiste y escuchaste: obsérvalo y arrepiéntete. Si no estás en vela,
vendré como un ladrón, sin que sepas a qué hora llegaré” (3,1-3) La expresión “tienes nombre de
viviente, pero estás muerto” se refiere a la comunidad que, vista exclusivamente desde fuera, en
su porte social y público parece que tiene vida; pero por dentro, en cuanto a vida de fe y de amor,
está muerta. Sólo presenta la fachada hipócrita de una existencia, que interiormente está llena de
podredumbre.
El Señor reconoce que no todos los miembros de la comunidad están sepultados en el desánimo;
sigue existiendo un resto palpitante de vida. “Con todo, tienes en Sardes unos cuantos que no han
contaminado sus vestiduras” (3, 4) Esos pocos deben vigilar y confirmar cuanto de bueno hay en
ellos. Sus obras no son perfectas a los ojos de Dios, porque no han llegado todavía a la comunión
con Cristo, plenitud de Dios y del hombre. Tras una larga requisitoria que pretende hacer memoria
de los dones recibidos por esa iglesia, el Señor la llama, en un emocionado final, a una conversión
urgente.
d) Recompensa (3, 5)
Para animar a los fieles, les promete la siguiente recompensa: “Vestidos de blanco se pasearán
conmigo, porque son dignos. También el vencedor se vestirá de blanco y no borraré su nombre
del libro de la vida; lo confesaré ante mi Padre y ante mis ángeles (3, 5)
Pasear con Cristo vestidos de blanco es señal de triunfo y de victoria; significa poder participar en
su resurrección, para entrar en la plenitud de la vida. El Señor les asegura un destino de gloria; él
escribe sus nombres en el libro de la vida, y nada ni nadie los va a borrar. Cristo mismo será su
defensor ante la gran asamblea de los cielos. La expresión “el libro de la vida” proviene de la idea
del Antiguo Testamento según la cual Dios registraba en un libro los nombres de quienes,
comportándose bien, se salvaban.
La comunidad de Filadelfia está al límite de sus fuerzas y recibe una carta llena de elogios y de
ánimo.
“Esto dice el Santo, el que dice la verdad, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie puede
cerrar, el que cierra y nadie puede abrir (3, 7) Cristo se presenta a la Iglesia de Filadelfia con dos
títulos que subrayan su divinidad como son el de Santo y Veraz, que en el Antiguo Testamento se
aplicaban sólo a Dios. El Señor aparece también como el que tiene la llave de David. Con ello
indica que Cristo es el Mesías que tiene todo el poder; él es el nuevo David, el rey eterno que ha
vencido a la muerte y al abismo.
Tener la llave, significa que a Cristo le compete la autoridad de admitir o excluir de la ciudad de
David, es decir, de la nueva Jerusalén o Iglesia celeste. Esta presentación de Cristo es muy apta
para dar ánimos en la dolorosa situación en que está inmersa la iglesia de Filadelfia.
b) ¿Reproches?
El Señor no le hace ningún reproche a esta iglesia; sabe que es una comunidad pequeña y que
carece de poder, pero también sabe que es fiel. Por ello la anima a seguir mostrando su
perseverancia aun en medio de la encarnizada persecución judía. Aunque los cristianos sean
expulsados de las sinagogas, delatados ante las autoridades romanas y abandonados, no deben
inquietarse ni perder la paz. “Conozco tus obras. Mira, te he puesto delante una puerta abierta que
nadie puede cerrar. Aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has renegado de
mí”. Mira lo que haré a la sinagoga de Satanás, a los que se dicen judíos sin serlo, porque
mienten: haré que salgan a postrarse a tus pies, reconociendo que yo te amo (3, 9)
La expresión “los que se dicen judíos” significa que los judíos, sino los cristianos son ahora el
verdadero Israel, hijos y herederos de la mejor tradición del Antiguo Testamento. En cambio ellos
ya no son legítimos judíos, sino que miente: han renegado de su pasado y sobre todo de su
destino, que era abrirse mediante la fe a Cristo. Y los que se creían el centro del mundo, vienen
ahora a postrarse delante de la Iglesia cristiana. Esta alteración tiene una raíz profunda y una
razón gratuita: el amor con que Cristo ha amado a su Iglesia.
El Señor le seguirá dando su apoyo, ya que la comunidad cristiana de Filadelfia se mantiene fiel.
Cuando vengan las pruebas sobre todos los habitantes de la tierra, el Señor la protegerá. En
medio de su perseverancia conserva lo que tiene, con su aguante y paciencia, la Iglesia está
entretejiendo, tal vez sin saberlo, la corona de su premio, que nadie debe arrebatarle.
Como recompensa, Cristo les va a abrir de par en par la puerta de entrada en la ciudad nueva y
nadie la podrá cerrar. Se convertirán en moradores perpetuos de la nueva Jerusalén con pleno
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derecho y no serán expulsados nunca. Este es el consuelo que recibe esta comunidad y en ella
toda la Iglesia cuando habite en la ciudad eterna de la nueva Jerusalén.
“Así dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el principio de la creación de Dios” (3, 14) El Señor
se presenta con los atributos y la fortaleza propia de Dios. Con esta fuerza divina, el Señor se
dirige a una iglesia a la que habla con dureza inusitada. Amén es una palabra hebrea que usamos
sin traducir y que significa que Dios es veraz y fiel. En ese mismo sentido se le aplica a Cristo.
b) Reproche
Se trata de una comunidad tibia, es decir, que vive sin comprometerse con su fe, que se mantiene
“entre dos aguas”, jugando a ser cristiana sin dejar de ser pagana y mundana. Este juego resulta
para el Señor de un efecto insufrible y le produce náuseas : conozco tus obras, no eres ni frío ni
caliente. Ojalá fueras frío o caliente; pero como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi
boca (3, 15-16).
La comunidad, además, anda diciendo con orgullo que es inmensamente rica y que no le hace
falta nada. El juicio del Señor es, por eso, duro. Va contra la comunidad que vive en permanente
engaño; no sabe esta iglesia que, en el fondo, como el Señor le dice, es miserable, pobre, ciega y
desnuda. “Dices que eres rico, que tienes abundancia y no te falta nada; y no te das cuenta de
que eres desgraciado, miserable y pobre, ciego y desnudo (3, 17)
c) Más que elogio, recomendaciones
Tras el juicio, viene una triple recomendación. La comunidad debe buscar sólo en el Señor, no en
ella misma, su verdadero tesoro. Tiene que vestir la vestidura blanca de su dignidad de esposa del
Señor. Y debe untarse colirio en los ojos, a fin de poder ver, mediante la fe, con la misma mirada
de Cristo. “Te aconsejo que me compres oro refinado para enriquecerte, vestidos blancos para
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cubrirte y no enseñar desnudas tus vergüenzas, y medicina para ungirte los ojos y poder ver (3,
18)
El Señor invita a esta iglesia a cambiar de vida, a convertirse: “A los que amo yo los reprendo y
corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete (3, 19)
Encontramos a continuación un hermoso texto que muy bien puede referirse a la Eucaristía. Cristo
espera fuera, golpeando con la mano la puerta y pidiendo que le abran. “Mira que estoy a la puerta
llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él
conmigo (3, 20) Sin excluir otros encuentros con el Resucitado, se refiere principalmente al
encuentro privilegiado de la Iglesia y del cristiano con Cristo en el sacramento de la Eucaristía.
d) La recompensa
“Al vencedor lo haré sentarse en mi trono junto a mí, igual que yo vencí y me senté junto a mi
Padre en su trono" (3, 21)
La recompensa para la iglesia vencedora que se convierta será reinar con Dios y con Cristo para
siempre, poder compartir eternamente el mismo trono de la divinidad.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) Los mensajes de las siete cartas del Apocalipsis los hace Cristo por medio del Espíritu
Santo. Cristo y el Espíritu siguen hablando hoy a la Iglesia ¿qué atención le prestan sus
miembros?
b) ¿Cuál es el objetivo principal de las cartas a las 7 iglesias?
c) ¿Quién es el personaje principal de los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis
d) En cada carta Cristo se presenta de distinta manera ¿Cómo imaginamos hoy la figura del
Cristo que le habla a su Iglesia?
2. Mirada al texto. ¿Qué les dijo Dios?
a) Hacer una lista de los reproches de Cristo a las iglesias
b) Hacer otra lista de los elogios
c) y otra de recompensas.
3. Meditación. ¿Qué nos dice Dios?
Viendo las listas anteriores y pensando en nuestra Iglesia,
a) ¿Qué reproches le haría Cristo hoy a la Iglesia universal, a nuestra diócesis y a nuestra
parroquia.
b) ¿Qué elogios podría hacerles?
c) Si algo necesita hoy cada cristiano, cada comunidad y la Iglesia entera es volver a
Jesucristo ¿Cómo hacerlo?
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“El que tiene la espada Algunos quieren Se mantiene fiel a pesar La participación en la
afilada de doble filo” (2, 12). compaginar la fe de la persecución a resurrección de Cristo. “le
Pérgamo Defiende a los suyos con cristiana y las muerte del martirio de daré una piedra blanca y
su palabra costumbres paganas alguno de sus grabado en ella un nombre
(“Toleras a los que miembros. nuevo”
profesan la doctrina de
los nicolaítas”)
“El Hijo de Dios, el que Se trata de una El Señor reconoce el Cristo, resucitado: le concede
tiene los ojos como llamas comunidad perezosa y gran progreso que ha su propia autoridad para que
Tiatira de fuego y los pies como tolerante con Jezabel, experimentado la siga luchando contra el mal, a
bronce lustrado (2, 18) es decir, con todos y comunidad: “tus obras fin de erradicarlo de la
todo aquello que incita recientes, mejores que historia.
a la idolatría. las precedentes” (2, 19)
Señor que quiere reanimar Vista por fuera parece Sólo algunos merecen El Señor les asegura un
a una comunidad decaída. que tiene vida; pero por su elogio: “Con todo, destino de gloria; él escribe
Sardes El tiene la plenitud del dentro, en cuanto a vida tienes en Sardes unos sus nombres en el libro de la
Espíritu Santo y la Iglesia de fe y de amor, está cuantos que no han vida, y nada ni nadie los va a
sostiene con su mano las muerta. Vive un poco contaminado sus borrar.
siete iglesias. de las apariencias. vestiduras” (3, 4
Cristo se presenta con dos No le hace ningún El Señor le seguirá Como recompensa, Cristo les
títulos que subrayan su reproche dando su apoyo, ya que va a abrir de par en par la
Filadelfia divinidad como son el de la comunidad se puerta de entrada en la
Santo y Veraz, aplicados mantiene fiel. Cuando ciudad nueva y nadie la podrá
sólo a Dios en Antiguo vengan las pruebas, el cerrar.
Testamento. Señor la protegerá.
El Señor se presenta con Vive en permanente Más que elogio, Reinar con Dios: “Al vencedor
los atributos y la fortaleza engaño; no sabe que es recomendaciones: lo haré sentarse en mi trono
propia de Dios. es veraz y pobre, ciega y buscar sólo en el Señor, junto a mí, igual que yo vencí
Laodicea fiel, como lo es también desnuda. Su tibieza le no en ella misma, su y me senté junto a mi Padre
Cristo: “El amén, el testigo produce náuseas al verdadero tesoro, vivir en su trono" (3, 21)
fidedigno y veraz”. Señor: “conozco tus con la dignidad de
obras, no eres ni frío ni esposa del Señor y
caliente”. abrir los ojos de la fe.
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Después del proceso de purificación descrito en los capítulos 2 y 3, las iglesias ya están
preparadas para escuchar la revelación de lo que va a suceder. Juan, el vidente, es invitado a
subir al nivel de lo divino para contemplar el desarrollo de la historia humana desde la óptica de
Dios.
2) En el segundo cuadro (cap. 6 y 7) se describen las fuerzas que intervienen en este drama
de la historia humana, las malas y las buenas.
3) En el tercer cuadro (cap. 8 al 11) estas fuerzas comienzan a actuar y la historia se pone en
movimiento.
4) En el cuarto (cap.11, 15 -16,16) el autor presenta con fuerza el momento decisivo de esta
historia: el choque entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal.
Estos dos capítulos están entrelazados de tal manera entre sí que forman una rigurosa unidad
teológica. En ellos se revelan las claves para comprender la historia, es decir, “todo lo que va a
suceder” (4, 1). Hay que verla desde los ojos de Dios y de Cristo, el revelador de Dios, el único
que puede romper los sellos con los que está cerrada esa historia. Son dos capítulos
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inseparables. La revelación de Dios que se inicia en el capítulo cuarto llega a plenitud en el quinto
con la visión de Cristo.
Con símbolos llenos de fuerza, Juan nos presenta un espectáculo celestial fascinante. La
residencia de Dios se describe como un grandioso templo. Los lectores del Apocalipsis de todos
los tiempos somos invitados a subir con Juan al cielo que es el lugar de la gloria de Dios.
“Contemplé después una puerta abierta en el cielo y oí la voz de trompeta que me había hablado
al principio: Sube acá y te enseñaré lo que va a suceder después” (4, 1)
Sólo desde Dios y desde Cristo, viendo la realidad como ellos la ve, se puede entender la historia.
2) El trono
3) Los 24 ancianos
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“Alrededor del trono había veinticuatro tronos y sentados en ellos veinticuatro ancianos, con
vestiduras blancas y coronas de oro en la cabeza (4, 4)
Los 24 ancianos es la suma de las doce tribus de Israel y los doce apóstoles del Cordero y
representan la totalidad de los santos, que han intervenido de manera eficaz en la historia de la
salvación y ahora alaban a Dios. Portan vestiduras blancas, indicando así que participan ya de la
resurrección de Cristo, de la gloria de Dios y de su dominio regio; por eso están sentados en
tronos, llevan coronas de oro e interceden ante el trono a favor de la humanidad. Las coronas de
oro simbolizan la potestad real y los tronos simbolizan que participan en el gobierno del mundo.
4) Reacción de la naturaleza
“Del trono salían relámpagos y se escuchaban truenos. Siete antorchas de fuego ardían ante el
trono, los siete espíritus de Dios” (4, 5)
Los relámpagos, las voces y los truenos contrastan con la contemplación tranquila del trono de
Dios descrita en el versículo anterior. Este simbolismo indica la proximidad divina y su pronta
disposición a intervenir en la historia. Hasta la misma naturaleza se conmueve ante el poder de
Dios. Las siete antorchas recuerdan el candelabro de 7 brazos del templo de Jerusalén. Ahora
Juan ve en esas siete antorchas “los siete espíritus de Dios”, es decir, el Espíritu Santo en la
plenitud de su poder y de sus dones. También aquí el fuego es símbolo del Espíritu Santo.
“Delante del trono había como un mar transparente, como cristal” (4, 6a)
En el Apocalipsis el mar es símbolo de la potencia del mal (Ap 21, 1) Con ello quiere afirmar que
Dios es el dominador de todas las fuerzas negativas, que amenazan al hombre. La santidad de
Dios invade e ilumina turbulencia del mar y lo hace transparente. El mar, tan temido y caótico, se
pone ahora dócilmente a los pies de su amo. Como lectura cristológica puede ser útil recordar a
Jesús, como vencedor de la tempestad del lago al que manda callar, calmarse (Mc 5, 39.41)
“En el centro, rodeando el trono, estaban cuatro seres vivientes cubiertos de ojos por delante y por
detrás. El primer ser viviente tenía figura de león, el segundo de toro, el tercero tenía rostro
humano, el cuarto tenía figura de águila volando. Cada uno de los seres vivientes tenía seis alas,
cubiertas por dentro y por fuera de ojos. No descansan ni de día ni de noche y dicen: Santo, santo,
santo, Señor Dios Todopoderoso, el que era y es y será (6b-8).
50
La expresión “en el centro” quiere decir que se hallan tan cerca de Dios como nadie puede estar.
Los cuatro seres vivientes representan ante el trono de Dios lo que hay en la creación de más
fuerte y más noble. El león es el más fuerte de los animales salvajes, el toro el más fuerte de los
animales domésticos y el águila la más ágil y más fuerte de las aves; el hombre representa lo más
noble de la creación. Están “llenos de ojos por delante y por detrás: son “todo ojos”, lo que
significa que ejercen una vigilancia perfecta al servicio de Dios, una vigilancia que nunca duerme.
Las alas indican su movilidad y agilidad. Están dedicados a entonar de por vida las alabanzas
divinas. Cantan el trisagio que Is 6, 2-3 pone en boca de los serafines. Intervienen activamente en
la historia de la salvación. Después el Apocalipsis dirá que participan en la apertura de los sellos
(6, 18); interceden por la humanidad (4, 8. 5, 14)
Un himno litúrgico cierra la visión: “Cada vez que los seres vivientes daban gloria y honor y gracias
al que estaba sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos
se postraban ante el que estaba sentado en el trono, adoraban al que vive por los siglos de los
siglos y ponían sus coronas delante del trono diciendo: Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir
la gloria, el honor y el poder, porque creaste el universo y por tu voluntad fue creado y existió” (4,
9-11)
Los vivientes dan gloria a Dios, los ancianos se arrodillan ante Dios y ponen obsequiosamente sus
coronas a sus pies en señal de acatamiento. Y así, la presencia indescriptible de Dios sentado en
el trono, se impone absolutamente: empieza, centraliza y concluye el relato. Es digno el Señor de
recibir toda la gloria, honor y poder, porque es el creador de todo cuanto existe: él ha llamado lo
que no era a la vida; y es creador incesante del universo. La voluntad de Dios se muestra como un
designio de vida. El que está sentado en el trono vive por siempre, y está dispuesto a dar vida.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
2) ¿Con qué dificultades para ser fieles a Cristo tropiezan nuestra diócesis, nuestra parroquia
y nuestra pequeña comunidad cristiana?
51
3) La imagen de Dios que presenta aquí el Apocalipsis resalta una dimensión de la divinidad
que más directamente puede responder e iluminar la angustia de una comunidad
perseguida por la “Bestia” todopoderosa que es el emperador romano. Dios aparece con
más poder que él. En nuestro país no nos sentimos perseguidos a muerte como la
primeras comunidades cristianas, pero respiramos una atmósfera en la que reina un
individualismo y egoísmo desenfrenados y el laicismo, se observa una pérdida creciente de
valores como la compasión, la solidaridad, una realidad marcada por las tensiones, los
enfrentamientos y la violencia de todo género. ¿Qué pinta Dios en este contexto?
1) El autor del Apocalipsis a la hora de describir el trono de Dios y su corte parece tener
delante la imagen de la corte imperial. Los romanos solían aclamar al emperador como
señor y dios de su pueblo. Los cristianos sólo pueden aclamar así al Dios del cielo y la
tierra.
2) ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de este texto del Apocalipsis que hemos
leído?
¿Qué compromisos nos pide la palabra de Dios que hemos meditado hoy?
52
Mientras en la visión de Dios descrita en el capítulo 4º se exalta la omnipotencia divina sobre todo
en la obra de la creación, en la visión del Cordero inmolado (capítulo 5º) se celebra la epopeya de
la nueva creación, es decir la obra de la redención fruto de la sangre de Cristo, entendiendo la
sangre como la persona de Jesucristo entregada por los demás.
El relato comienza diciendo que el que está sentado en el trono (Dios) tiene un libro en la mano
derecha en actitud de ofrecerlo a la humanidad. La mano está extendida en son de paz y de
comunión con la humanidad, a la que ofrece el don de un libro (Ez 2, 9) “A la derecha del que
estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por delante y por detrás y sellado con siete sellos” (5,
1)
El resorte que pone en movimiento la escena es un misterioso libro, del que se dicen algunas
características: está escrito por dentro y por fuera; es decir, todo en él es elocuente; hay que leerlo
no sólo por fuera, sino desde dentro sabiendo interpretar su mensaje más profundo; está ya
escrito, pero cerrado con siete sellos; está completamente acabado y no se le debe añadir ni
quitar nada. Al final del libro encontramos una prohibición muy severa de añadir o quitar algo: “ Si
alguien quita algo de las palabras proféticas de este libro, Dios le quitará su participación en el
árbol de la vida y en la Ciudad Santa, que se describen en este libro” (Ap 22, 18-19).
El libro se encuentra en la mano del que se sienta en el trono; pertenece a Dios y contiene sus
planes sobre la historia, la que ha pasado, la presente y la la que ha de venir.
Nadie puede acercarse a tomarlo ni es capaz de interpretarlo. Por eso la humanidad, representaa
aquí por Juan, llora intensamente, porque no encuentra un sentido que oriente su historia; nadie
sabe interpretar bien la historia de la salvación del Antiguo Testamento ni la que está ocurriendo.
53
El Cordero (Cristo muerto y resucitado) es el único que permite comprender el conjunto de las
Escrituras.
“Vi un ángel poderoso que pregonaba con voz potente: ¿Quién es digno de abrir el rollo y romper
sus sellos? Nadie en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra podía abrir el rollo ni examinarlo. Yo
lloraba mucho porque nadie era digno de abrir el rollo y examinarlo” (5, 2-4)
La esperanza se muda en desolación y en llanto sin consuelo. Juan, el vidente, rompe a llorar
amargamente. Este llanto acaba cuando el vidente es consolado por las palabras de uno de los
ancianos que le dice: “No llores pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David”.
Se trata de una referencia a Cristo, como Mesías; él cumple el oráculo con que Jacob bendijo a
Judá (Gn 49, 9). Y al mismo tiempo es el retoño que ha crecido de la raíz de David; es el nuevo
rey, el que da plenitud y perfección a todas las promesas. Sólo Cristo, muerto y resucitado, es el
intérprete del libro y de los planes de Dios que el libro contiene. Él es el revelador de Dios, su
Palabra.
Cristo mediante su muerte y resurrección ha logrado una victoria que le pone en condiciones de
tomar en sus manos los destinos de la historia humana y llevarlos hasta el cumplimiento final
Todo se ilumina cuando aparece ante los ojos atónitos de Juan la gran visión que es central en
todo el Apocalipsis: un Cordero de pie, pero degollado, con siete cuernos y siete ojos. Él es el
que va a abrir el libro, el que va a cambiar desde dentro, no los planes de Dios, sino el rumbo que
la historia había tomado saliéndose de esos planes.
“Pero uno de los ancianos me dijo: No llores; que ha vencido el león de la tribu de Judá, retoño de
David: él puede abrir el rollo de los siete sellos”. Entre el trono y los cuatro vivientes y los
veinticuatro ancianos vi que estaba en pie un cordero como sacrificado, con siete cuernos y siete
ojos –los [siete] espíritus de Dios enviados por todo el mundo–. Se acercó a recibir el rollo de la
mano derecha del que estaba sentado en el trono” (5, 5-7)
Vamos a detenernos ahora contemplando esta visión de Cristo en su misterio pascual de muerte y
resurrección. Para ello, iremos descifrando la cadena de símbolos que utiliza el autor.
Cordero. Es el símbolo más extraño, pero el más rico de Cristo que encontramos en el
Apocalipsis. Esta imagen de Cristo como cordero se inspira en tres referencias: el siervo,
el cordero pascual, el cordero apocalíptico. En efecto, evoca la figura del siervo del Señor
54
que es llevado al matadero como manso cordero, (Is 53, 67) Recuerda cordero pascual,
sacrificado en Egipto cuya sangre se utilizó como señal eficaz de liberación (Ex 12, 12-13.
27) y lo relaciona con Cristo que derrama su preciosa sangre. Finalmente es la figura
poderosa de Cristo, vencedor de la muerte, lleno de la energía de su resurrección (dotado
de potente cornamenta, símbolo de poder). El cordero vencedor guía con poder el rebaño.
Este símbolo del cordero para designar a Cristo es único; no existe en ninguna otra página
de la Biblia. El Apocalipsis ha sabido presentar en este símbolo animal, de una manera
original y sintética, la plenitud del misterio de inmolación, de redención y de victoria, que
corresponde a Cristo muerto, resucitado y exaltado por Dios en favor de la humanidad.
De pie. Diciendo que está de pie afirma su resurrección, su victoria sobre la muerte, a la
que pisotea.
Con siete cuernos. Indica la plenitud del poder. Afirma que Cristo posee toda la potencia y
la fuerza mesiánica, gracias a su resurrección (Rom 1 4)
Con siete ojos. Tiene Cristo la perfección de la ciencia y de la providencia divina. Y como
estos siete ojos son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra, se indica que Cristo
posee en sí mismo la plenitud del Espíritu Santo y lo envía permanentemente a toda la
tierra.
Así pues, en un solo versículo aparece de manera genial y concentrada el misterio de Cristo: su
dignidad divina (en medio del trono), su muerte (degollado), su resurrección (de pie) la totalidad
del poder mesiánico (siete cuernos) y su íntima posesión y donación de la exuberancia del Espíritu
(siete ojos que son los siete espíritus)
“El verdadero rosto de Dios es un Cordero “inmolado y en pie”. Esta visión del Cordero es en
adelante, para los cristianos, la que mejor dice el misterio del Dios en quien creemos, que no es el
Dios inmutable de los filósofos, ni un Dios que haya escogido permanecer en una torre de marfil,
sin tener que comprometerse jamás con la historia. Al contrario, debe descubrirse en el corazón
de la historia y del sufrimiento humano, como aquel que no tuvo reparos en ponerse al servicio de
55
Después Cristo es entronizado. Se sienta en el mismo trono de Dios. Recibe todo el poder y la
gloria divina. La entronización de Cristo, punto culminante de la aventura divino-humana de Jesús,
desencadena un verdadero torrente de alabanzas de pate de los 24 ancianos y de los cuatro seres
vivientes.
“Cuando lo recibió, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el cordero.
Cada uno tenía una cítara y una copa de oro llena de perfumes –las oraciones de los santos.
Cantaban un cántico nuevo: Eres digno de recibir el rollo y romper sus sellos, porque fuiste
degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
hiciste de ellos el reino de nuestro Dios y sus sacerdotes, y reinarán en la tierra (5, 8-10)
Los vivientes y los ancianos ensalzan a Cristo. La expresión “con tu sangre compraste” se refiere
a la universalidad de la redención, realizada por Cristo, que alcanza a todas las naciones.
Los ángeles inician la glorificación divina. Las criaturas, desde todos los rincones, aun los más
recónditos de la tierra, se suman a la alabanza de Dios y de Cristo. “Me fijé y escuché la voz de
muchos ángeles que estaban alrededor del trono, de los vivientes y los ancianos: eran millones y
millones, y decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza,
el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (5, 11-12)
Alrededor del trono de Dios y de Cristo, centro de la atracción hacia el que todo gravita, se cierra
ya, como un perfecto círculo, esta alabanza universal. El templo donde resuenan estas incesantes
aclamaciones ha ensanchado sus fronteras y tiene las dimensiones del mundo. Asistimos a una
liturgia cósmica. “Y escuché a todas las criaturas, cuanto hay en el cielo y en la tierra, bajo tierra y
en el mar, que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza y el honor y la
gloria y el poder por los siglos de los siglos” (5, 13)
Los vivientes y los ancianos redondean esta aclamación universal, postrándose reverentes y
confirmando lo que antes se ha ido proclamando, con un amen recapitulador. “Los cuatro vivientes
respondían Amén y los ancianos se postraban adorando” (5, 14)
1
J. P. Prévost, Para leer el Apocalipsis, p. 92. Verbo divino 1994
56
MEDITACIÓN
1) Mirada a la realidad
2) La visión de Cristo desde el ángulo del poder que le otorga su resurrección le decía mucho
a las comunidades cristianas oprimidas por el poder del emperador y sus huestes. ¿Desde
qué ángulo la realidad actual nos lleva a ver a Cristo?
En esta parte del Apocalipsis, el Cordero abre los sellos que mantenían cerrado el libro y del rollo
van saliendo, como por encanto, unos caballos. Estos dos capítulos, el 6º y el 7º, contienen en
miniatura todos los elementos de la apocalíptica y son como un resumen anticipado de la gran
57
batalla entre el bien y el mal que el Apocalipsis presentará después de manera más amplia y más
dramática y que terminara con la victoria total del Cordero. Nos presenta en primer lugar los
estragos del mal (cap. 6) y después el triunfo del Cordero y de sus seguidores.
Los objetivos que se propone Juan en estos dos capítulos son los siguientes:
Los cuatro caballos expresan dramáticamente el desarrollo de la historia. Los tres caballos de
llamativo color (rojo, negro, verde-amarillo) indican las grandes plagas que acosan a la
humanidad: la violencia, la injusticia social y la muerte con todo su cortejo de males. El jinete
montado en el caballo blanco representa a Cristo resucitado, lleno de energía, que combatirá
contra esos grandes males de la humanidad y que finalmente los vencerá
“Vi al Cordero que abría el primero de los siete sellos y oí a uno de los cuatro vivientes que decía
con voz de trueno: Ven. Vi un caballo blanco y a su jinete con un arco; le pusieron una corona, y
salió vencedor para seguir venciendo” (6, 1-2)
El primer caballo es de color blanco. Su jinete lleva un arco y una corona, que significan que es
vencedor y que seguirá cabalgando para seguir venciendo. Antes que aparezcan las calamidades,
Juan nos presenta a Cristo vencedor, lleno de la todopoderosa energía de su resurrección. Ya
sabemos que el color blanco es símbolo de resurrección. Él es, por su resurrección, el vencedor
2
X. Alegre, Resistencia y esperanza cristianas en un mundo injusto, 17-18
58
absoluto de la muerte y del mal. Tiene un arco y una corona regia, pues está dispuesto a seguir
combatiendo contra las fuerzas negativas que invaden la historia, representadas por los otros tres
caballos.
“Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: Ven. Salió un caballo color
fuego; al jinete le encargaron que retirase la paz de la tierra, de modo que los hombres se
matasen. Le entregaron una espada enorme (6, 3-4)
El segundo caballo es rojo, el color de la sangre. Significa la violencia, que arranca la paz de la
tierra y hace surgir las guerras en las que los hombres se asesinan unos a otros.
Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer viviente que decía: Ven. Vi salir un caballo negro y su
jinete llevaba una balanza en la mano. Oí una voz que salía de entre los cuatro vivientes: Se
vende una ración de trigo, por una moneda de plata y tres raciones de cebada también por una
moneda de plata; pero no hagas daño al aceite ni al vino (6, 5-6)
El tercer caballo es de color negro y significa la injusticia social, que mata de hambre a gentes y
pueblos y distribuye la riqueza y el bienestar conforme a la ambición de unos pocos. Es el gran
pecado de la humanidad. La balanza que el jinete de este caballo lleva en la mano significa la
carestía. Comprar una ración de alimentos cuesta tres veces más de lo normal en aquel tiempo.
Es la carestía de la vida, provocada por la injusticia de los poderosos. La exclusión del vino y el
aceite de este encarecimiento puede significar una mitigación de la misma en cuanto a estos dos
elementos.
“Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto viviente que decía: [Link] salir un caballo
amarillo; su jinete se llama Muerte y los acompaña el que representa el reino de la muerte. Les
han dado poder para matar a la cuarta parte de los habitantes del mundo, con la espada, el
hambre y la peste y las fieras (6, 7-8)
El cuarto caballo es de color verde-amarillo, como el color de la hierba cuando se mustia y se seca
en el campo, y el color cetrino de un cuerpo moribundo. La muerte es la última plaga de la
humanidad y por ello la desembocadura necesaria, a donde marchan fatalmente y se concentran
todos los males humanos. El texto ofrece el lúgubre cortejo que acompaña a la muerte: la espada
o la violencia, el hambre, las diversas clases de peste y epidemias. Se trata de la fiereza de los
hombres cuando se vuelven lobos unos para otros.
59
Con la apertura del quinto sello se desvela el significado de los sufrimientos y persecuciones que
sufren los que quieren ser fieles a Dios y a su Palabra. Con este sello se desvela también la
incomprensible tardanza de Dios en intervenir en defensa de sus hijos contra los perseguidores.
“Cuando abrió el quinto sello, vi con vida debajo del altar a los que habían sido asesinados por la
Palabra de Dios y por el testimonio que habían dado. Gritaban con voz potente: Señor santo y
verdadero, ¿cuándo juzgarás a los habitantes de la tierra y vengarás nuestra sangre? Entonces
les dieron a cada uno una vestidura blanca y les dijeron que esperaran todavía un poco, hasta que
se completase el número de sus hermanos que, en el servicio de Cristo, iban a ser asesinados
como ellos” (6, 9-11)
Junto al trono de Dios aparecen todos los mártires y piden justicia por su sangre derramada. El
lugar donde se encuentran los que han muerto a causa del testimonio de su fe cristiana no se
presenta como un frío u oscuro sheol de los judíos, sino como un lugar cerca de Dios ( debajo del
altar), donde participan ya de la vida inmortal de Cristo resucitado. Estos mártires han sido
degollados, igual que el Cordero. “Le dieron a cada uno una vestidura blanca”; la entrega de la
vestidura blanca significa que reciben el premio de una vida inmortal, participando de la misma
condición gloriosa del Señor resucitado. Ya sabemos que el blanco es símbolo de la resurrección.
Dios como el defensor de sus hijos tiene que reparar con su justicia la injusticia cometida contra
ellos. Tiene que desagraviar la sangre que han derramado sin que esto nos haga pensar en un
Dios sediento de venganza. La petición de venganza de los mártires no está en contradicción con
el espíritu evangélico del perdón, porque no está motivada por el deseo de venganza personal,
sino que nace del vivo deseo de que Cristo “vuelva” para poner fin a la maldad triunfante de los
impíos e instaure el reino prometido. Frente a la avalancha de males que caen sobre la
humanidad, simbolizados en los sellos anteriores, Dios cuenta con la oración de los santos para
confirmar la fe de los otros hermanos que, como vosotros, van a ser martirizados, es necesaria,
desde la óptica de Dios, la oración esforzada de los cristianos.
El sexto sello comprende dos escenas paralelas y contrastantes: la las convulsiones del cosmos
(6, 12-17) y la de la preservación de los elegidos (cap. 7) La mirada de Juan se fija en la fase final
que pondrá fin a la serie ininterrumpida de los aparentes triunfos de los malos y que preparará
para los elegidos la victoria definitiva sobre el mal cuando llegue el día de Dios.
El autor del Apocalipsis pone ante los ojos de sus lectores el cataclismo final como prólogo del
triunfo final del Resucitado que describirá en el capítulo siguiente.
“Cuando se abrió el sexto sello, vi que sobrevino un violento terremoto, el sol se volvió negro como
ropa de luto, la luna tomó color de sangre, las estrellas cayeron del cielo a la tierra, como cae los
higos verdes de la higuera sacudida por el huracán. El cielo se retiró como un rollo que se enrolla,
y todas las montañas e islas se desplazaron de sus puestos. Los reyes del mundo, los nobles y los
generales, los ricos y poderosos, los esclavos y los hombres libres se escondieron en grutas y
cuevas de montes y decían a los montes y peñascos: Caigan sobre nosotros y ocúltennos de la
mirada de Aquél que se sienta en el trono y de la ira del Cordero. Porque ha llegado el día
solemne de su ira y, ¿quién podrá resistir? (6, 12-17)
Lo original de este relato es que se habla de la ira del Cordero. En el Antiguo Testamento se habla
de la ira de Dios. Aquí se habla de la ira del Cordero. Con ello se afirma que Cristo asume una
función divina. Cristo no es insensible frente a la maldad. En su historia dio pruebas elocuentes de
su indignación profética ante la obstinación de los hombres (cf Mc 3, 1-5). Le duele profundamente
la injusticia. Si la ira divina es una reacción ante la postura de cerrazón de los hombres, la
comunidad debe saber que ella es en el fondo la responsable o no de provocar la indignación del
Cordero.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿Qué estragos producidos por el mal presenta Juan a las comunidades en este capítulo?
61
b) ¿Cuáles son los principales males que dañan a la gente en la sociedad y el mundo en que
vivimos?
“La intensidad dramática del cap. 6 alcanza su paroxismo en el último versículo, cuando el vidente
deja escapar este grito de impotencia: “Ha llegado el gran día de su ira, y ¿quién podrá
mantenerse en pie? A esta tremenda cuestión va a responder el Apocalipsis de una manera
inesperada. En donde el capítulo 6 hace presagiar un porvenir sombrío y desolador, el capítulo 7
proyecta una luz esplendorosa sobre la innumerable multitud de personas que pudieron
sostenerse en pie y que forman el único pueblo de Dios, reunido en la muerte-resurrección de
Cristo”3.
“Después vi cuatro ángeles de pie en los cuatro puntos cardinales, sujetando los cuatro vientos de
la tierra para que no soplasen sobre la tierra, sobre el mar ni sobre los árboles. Vi otro ángel que
subía desde oriente, con el sello del Dios vivo, y gritaba con voz potente a los cuatro ángeles
encargados de hacer daño a la tierra y al mar: No hagan daño a la tierra ni al mar ni a los árboles,
hasta que no sellemos en la frente a los servidores de nuestro Dios. Oí el número de los marcados
3
J. P. Prévost, Para leer el Apocalipsis, 103
62
con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de Israel: De la tribu de Judá doce mil,
de la tribu de Rubén doce mil, de la tribu de Gad doce mil, de la tribu de Aser doce mil, de la tribu
de Neftalí doce mil, de la tribu de Manasés doce mil, de la tribu de Simeón doce mil, de la tribu de
Leví doce mil, de la tribu de Isacar doce mil, de la tribu de Zabulón doce mil, de la tribu de José
doce mil, de la tribu de Benjamín doce mil marcados con el sello (7, 1-8)
El vidente contempla cuatro ángeles que sujetan los cuatro vientos. Según la cosmología bíblica,
la tierra era cuadrada ( Is 11, 12; Ez 7, 2) Creían que mientras de los lados soplaban vientos
favorables, de los ángulos soplaban vientos devastadores. Del oriente, lugar donde nace el sol,
viene otro ángel, que pretende preservar de todo daño a los marcados con el sello de Dios. Su
número es de 144.000. De cada tribu doce mil. Esos personajes tatuados con el sello de Dios son
los cristianos, los que ya poseen indeleblemente el sello del bautismo. Los cristianos serán
asistidos por una especial providencia divina, se verán libres de ciertos males y especialmente
fortalecidos para superar todos los demás. Su simbólico número es el resultado de multiplicar las
doce tribus de Israel por doce y luego por mil. Mil significa una gran muchedumbre lo que quiere
decir es que el número de los salvados será muy grande. Y prueba de ello es que inmediatamente
después habla de una muchedumbre inmensa. Algunos creen que los 144.000 se refieren al
pueblo de Israel y la multitud incontable al nuevo pueblo de Dios, a toda la Iglesia.
Es significativo el cambio de orden de los patriarcas y de las tribus, pues en lugar de comenzar por
Rubén, comienza por Judá porque de esa tribu desciende el Mesías. La lista de los señalados
podría dar a entender que sólo serán los israelitas, pero después deja claro que la multitud
incontable de los salvados procede de todas las naciones (7, 9) Todo el relato lleva una marca
típicamente cristiana y quiere decir que los herederos legítimos del antiguo Israel son los cristianos
y subraya una especial protección divina sobre ellos.
Este capítulo trata de responder a aquella pregunta abierta: ¿Quién podrá mantenerse en pie
delante de Dios y del Cordero? (Ap 6, 17) Ahora se contesta con la presentación solemne de una
inmensa muchedumbre de rescatados que están ante Dios y el Cordero.
Después vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua:
estaban delante del trono y del Cordero, vestidos de estolas blancas y con palmas en la
63
mano. Gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del
Cordero. Todos los ángeles se habían puesto en pie alrededor del trono, de los ancianos y de los
cuatro vivientes. Se inclinaron con el rostro en tierra delante del trono y adoraron a
Dios diciendo: Amén. Alabanza y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor y fuerza y poder a
nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén (7, 9-17)
El Apocalipsis presenta una ingente muchedumbre delante de Dios y del Cordero. Es universal,
pues pertenece a todas las naciones; es innumerable, pues nadie la podía contar. “Juan se
interesa, ante todo, por los sucesos que marcaron la existencia de las comunidades cristianas a lo
largo de los decenios que precedieron a la redacción de su libro: Pero sus preocupaciones van
mucho más allá. A partir de lo que vivieron las primeras comunidades, Juan nos propone una
reflexión sobre la suerte de la humanidad entera. Los frutos de la resurrección de Jesús se
extienden al conjunto de la humanidad. Y que revela el sentido pleno del desarrollo de la historia”4.
La multitud de los salvados está de pie en señal de victoria. En el lenguaje del Apocalipsis, se
encuentra ya participando de la resurrección de Cristo porque lleva túnicas blancas; goza ya de la
recompensa prometida por Cristo a los que le sean fieles (Ap 3, 4; 6, 11) Y aclama con palmas y
alaba continuamente a Dios y al Cordero por su obra de salvación. Los ángeles se suman a esta
celebración.
Para identificar a los que forman la multitud se refiriere a su pasado, presente y futuro.
a) Pasado
“Uno de los ancianos se dirigió a mí y me preguntó: Los que llevan vestiduras blancas, ¿quiénes
son y de dónde vienen? Contesté: Tú lo sabes, Señor. Me dijo: Éstos son los que han salido de la
gran tribulación, han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (7, 13-14)
Son los perseguidos por su fe y su fidelidad a Jesucristo. Vienen de una gran tribulación. Algunos
piensan que la “gran tribulación” se refiere a la persecución del emperador Domiciano, otros creen
que sintetiza todos los sufrimientos y persecuciones que sufran los seguidores del Cordero, la
Iglesia de todos los tiempos, incluso las tribulaciones que, según la literatura apocalíptica,
precederán al juicio final.
4
J. P. Prévost, Para leer el Apocalipsis, 99
64
Han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero. Con esta frase tan contradictoria
porque la sangre no lava ni pone blanca la ropa, quiere indicar la plenitud de la redención llevada
a cabo por Cristo; su sangre lava los pecados.
La descripción de la suerte de los que han sido fieles hasta el martirio tiene como objetivo impulsar
a los cristianos a perseverar en la fidelidad.
b) Presente
“Por eso están ante el trono de Dios, le dan culto día y noche en su templo, y el que se sienta en
el trono habita entre ellos” (7, 15)
Están ante Dios asociados al culto celeste mediante una liturgia ininterrumpida, día y noche. Y el
culto que celebran no consiste en un conjunto de ritos, sino en estar permanente y gozosamente
ante Dios y el Cordero.
c) Futuro
No pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el calor los molestará, porque el Cordero que
está en el trono los apacentará y los guiará a fuentes de agua viva. Y Dios secará las lágrimas de
sus ojos” (7, 16-17).
Toda la escena es una evocación de la marcha del pueblo hebreo por el desierto; ahora se vive un
nuevo éxodo y, como en el antiguo, Dios pone su tienda en él y habita, por fin, gloriosamente con
esta muchedumbre (Jn 1, 14) No surgirán ya más penalidades; acabará todo cuanto hace sufrir y
llorar a la humanidad. Con suma delicadeza se dice que Dios enjugará las lágrimas de los ojos. Y
la razón fundamental de este pleno bienestar es la presencia de Cristo, el Cordero, que está en
medio del trono. Cristo resucitado aparece como el pastor del nuevo pueblo que es la Iglesia, la
conduce hacia fuentes de aguas vivas, hacia la plenitud de todos los bienes definitivos.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿Crees que todavía hoy algunos cristianos que piensan que Dios predestina unos a la
salvación y otros no?
b) ¿Te ha angustiado alguna vez esa idea?
c) ¿Qué signos y hechos son hoy victoria del bien sobre el mal en el mundo, en la iglesia y en
nosotros mismos?
65
Esta tercera sección o cuadro del Ap se caracteriza por el repetido sonar de siete trompetas que
anuncian con solemnidad que Dios se hace presente en la historia. Para resaltar el poder y la
soberanía de Dios, el Ap dice que, cuando Dios se acerca, la naturaleza se estremece; eso
indican los fenómenos cósmicos que se desencadenan al toque de las cuatro primeras trompetas.
También intervienen en la historia humana unas fuerzas malignas, demoníacas vigorosamente
descritas por Juan con símbolos, acciones y fenómenos a veces escalofriantes.
El autor del Apocalipsis está empeñado en describir la cara horrible de las persecuciones y de los
males que estaban sufriendo los cristianos y sus comunidades bajo la persecución del imperio
romano. Lo hace con imágenes simbólicas de grandes catástrofes. Esa descripción se encamina a
resaltar, por contraste, la victoria sobre el mal por parte de Dios y del Cordero a los que ni el mal
más encarnizado podrá resistir. Todo está encamina do hacia el triunfo final y absoluto del bien,
triunfo que va a describir, con grandiosas imágenes al final del libro.
El Cordero abre el último de los siete sellos que cierran el rollo o libro de la historia y entregan las
siete trompetas a los ángeles que las van a hacer sonar.
Otro ángel vino y se colocó junto al altar con un incensario de oro; le dieron incienso abundante
para que lo añadiese a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro, delante del trono.
“De la mano del ángel subió el humo del incienso con las oraciones de los santos hasta la
presencia de Dios (8, 3-4)
c) Inicio del juicio de Dios (8, 4-5)
Después el incensario, lleno de fuego, es arrojado a la tierra como anuncio de una destrucción
inminente. Retumban los truenos y deslumbran los relámpagos. Los ángeles van a tocar las siete
trompetas; se pone en movimiento el juicio al que Dios va a someter al Dios.
Después tomó el ángel el incensario, lo llenó con brasas del fuego del altar y lo arrojó a la tierra.
Hubo truenos y estampidos, relámpagos y un terremoto (8, 5)
Este preludio asegura a los cristianos que ellos no serán afectados por las catástrofes aquí
descritas.
Las cuatro primeras trompetas se refieren a las plagas que afectarán a la naturaleza, la quinta y la
sexta a las plagas que atormentarán a los seres humanos; la séptima, sólo es anunciada (11,
15a), como invitación a seguir leyendo.
Las plagas caen sobre la naturaleza: la tierra, el mar, las aguas, la luz. Se trata del poder del mal,
que realiza una obra antidivina, actuando contra la creación que es obra de Dios. Lo que Dios
había hecho bueno ahora por la acción del mal pierde su bondad original. Por otra parte, estas
catástrofes son señales de liberación para el pueblo elegido, como aconteció con las siete plagas
de Egipto.
El hecho de insistir en que la destrucción que sigue al sonar cada una de las trompeta afecta en
todos los casos sólo a una tercera parte, quiere indicar que no todo está perdido, aún queda
espacio y tiempo para convertirse. Igual que las plagas fueron una llamada para que no se
endureciera el corazón del Faraón, las catástrofes actuales siguen siendo una apremiante llamada
al “faraón” y a todos sus secuaces que hoy oprimen a la tierra. En la introducción que hicimos al
Ap dijimos que su autor conocía muy bien el Antiguo Testamento y que en su libro había muchas
referencias a él. Aquí tenemos un caso: hay bastante relación entre los males que se
desencadenan al sonar cada una de las trompetas y las siete plagas de Egipto.
Los siete ángeles con las siete trompetas se dispusieron a tocarlas. El primero dio un toque de
trompeta: hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fue arrojado a la tierra. Se quemó la
tercera parte de la tierra, junto con la tercera parte de los árboles y toda la hierba verde.
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El segundo ángel dio un toque de trompeta: una montaña enorme se desplomó ardiendo en el
mar. La tercera parte del mar se volvió sangre, la tercera parte de los seres vivos marinos pereció,
y la tercera parte de las naves naufragó.
El tercer ángel dio un toque de trompeta: cayó del cielo una estrella gigantesca, ardiendo como
una antorcha; cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua. La estrella
se llama Ajenjo. Un tercio del agua se volvió ajenjo y muchos hombres que bebieron de esas
aguas murieron, porque se habían vuelto amargas.
La cuarta trompeta alude a un eclipse simultáneo de planetas y satélites, que oscurece una
tercera parte de la tierra.
El cuarto ángel dio un toque de trompeta: se oscureció la tercera parte del sol, de la luna y de las
estrellas, de modo que una tercera parte de todo se oscureció; faltó una tercera parte de la luz del
día y lo mismo sucedió con la noche
* * *
Esta primera serie de las cuatro trompetas trata, en su conjunto, de interpretar desde la fe las
catástrofes naturales. No debe hacer una lectura literal y aplicar cada detalle a situaciones
actuales. A lo largo de la historia no han cesado de surgir aplicaciones de este tipo, por ejemplo, el
nombre que el Ap da a la estrella ardiendo que cae sobre las aguas y las contamina es Ajenjo y
esta palabra en ruso se traduce por Chernobild, donde ocurrió un accidente nuclear con graves
consecuencias para multitud personas, pero no tiene nada que ver con dice aquí el Ap.
69
Termina este capítulo con una serie de ayes que son un aviso de lo que va a ocurrir cuando
suenen las tres trompeas que faltan.
Vi un águila volando por lo más alto del cielo y oí que gritaba muy fuerte: ¡Ay, ay, ay de los
habitantes de la tierra cuando suenen las trompetas que van a tocar los otros tres ángeles! (Ap 8,
13)
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿Cómo interpreta la gente las catástrofes de la naturaleza que hoy día causan tantos daños
y tantas muertes? ¿Hay quienes las interpretan como castigos y como anuncio del fin del
mundo?
b) ¿Cuáles son hoy día las plagas principales que dañan a la humanidad?
c) ¿Dónde está sufriendo hoy los cristianos males semejantes a los que sufrieron las
comunidades cristianas bajo el imperio romano?
a) ¿Qué te sugiere la media hora de silencio con la que comienza este relato?
b) ¿Qué valor se le da hoy día al silencio?5
c) ¿Qué rol juega y qué importancia tiene el silencio en la liturgia?
d) ¿Cómo interpretar a la luz de la fe los estragos que hace el mal?
e) ¿Qué objetivo tiene la descripción de los estragos del mal hecha en este párrafo?
5
Yo creo que también hoy la presencia de Dios y su intervención en nuestras vidas se descubre en el silencio.
70
Hacer algún compromiso personal respecto al silencio y la oración y a la lucha contra algún mal de
nuestra sociedad y, concretamente, de nuestro entorno más cercano.
Del humo salieron langostas que se extendieron por la tierra. Y recibieron un poder como el que
tienen los escorpiones de la tierra. Las langostas se parecen a caballos preparados para la
batalla; llevan en la cabeza coronas como de oro, sus dientes son como de león. El rumor de sus
alas es como el fragor de muchos carros de caballos corriendo a la batalla. Tienen colas como de
escorpión, como aguijones, y en la cola poder para hacer daño a los hombres” (Ap 9, 3s)
1. Una realidad desconcertante
La presencia del mal en el mundo y sus estragos son un problema que hace tambalear la fe. Las
preguntas y la búsqueda de respuestas sobre el origen y el sentido del mal acompañan a la
humanidad desde sus orígenes:¿Por qué existe el mal? ¿De dónde viene? ¿Quién lo causa? Si
Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué no impide el mal?
Estas preguntas sobre el mal atraviesan la historia de toda la humanidad y atraviesan también la
historia personal de cada creyente; estas preguntas se vuelven más angustiosas y desesperantes
cuando perdemos a un ser querido, sobre todo si se trata de un niño o un joven.
Espontáneamente brota de lo más hondo del alma la pregunta desgarradora: ¿Dónde está Dios?
¿No dicen que es como un padre? ¿Qué clase de padre es que no hace nada por sus hijos más
inocentes o más débiles?
El tema del mal, que cruza la Biblia de principio a fín, desde el Génesis al Apocalipsis, es
presentado de manera dramática y muy viva en el libro de Job.
El Ap. describe con una fantasía delirante los estragos que estaba causando el mal en las
comunidades cristianas para las que escribía su autor y lo hace con el objetivo de asegurarles que
Dios someterá y destruirá el poder del mal. Y resume esa idea en la imagen del Cordero que
aparece degollado (víctima del mal) y de pié o resucitado (vencedor absoluto del mal) Quizás ésta
sea la única respuesta que tenemos los creyentes al enigma del mal, la única luz en la noche
oscura del mal: el Cordero que es a la vez víctima y vencedor de las fuerzas malignas. Pero,
racionalmente, el mal sigue siendo enigma indescifrable, un misterio ante el que nos quedamos
sin palabra, porque, si nosotros fuéramos dioses – falsos desde luego – pero buenos, no lo
71
Al que lee este capítulo 9 del Ap y otros varios que nos esperan le parecerá una locura, un delirio
una mente desbocada por una fiebre. ¿Qué quiere decir Juan a sus comunidades con este
derroche de fantasía enloquecida?
El objetivo de este texto tan espeluznante y de los que vengan después en esta misma línea de la
descripción de los estragos del mal es:
a) Descubrir la magnitud y el poder del mal en la historia y concretamente el mal que estaban
sufriendo las comunidades cristianas por la persecución del emperador Domiciano a finales
del siglo I. Quizás a nosotros hoy nos resulte fácil comprenderlo si pensamos en la
espantosa crueldad con que el Estado Islámico elimina a los creyentes de otras religiones
o las masacres que se dan entre distintas tribus o facciones de algunos países o, si
volvemos la mirada atrás, los campos de concentración y los hornos crematorios de
personas utilizados fríamente por los nazis no hace tantos años. Todo ello es
verdaderamente espantoso y cuesta imaginarlo. Sólo con imágenes dantescas se puede
describir y eso es lo que hace el Ap.
b) El autor quiere decir a sus comunidades que el mal no proviene de Dios, sino de fuerzas
sobrehumanas, que el Apocalipsis lo designará con varios nombres, como Satán y el
dragón. Pero esas fuerzas sobrehumanas se encarnan y actúa a través de instituciones y
personas humanas como el imperio o el emperador y sus vasallos. Dios ha hecho libres a
los seres humanos y respeta su libertad incluso cuando se rebela contra él y sus planes.
c) Juan quiere asegurar que el poder de Dios y del Cordero va a controlar y a dominar el mal
y sus estragos como lo describirá brillantemente en los últimos capítulos del libro, cuando
hable de la derrota definitiva del dragón y de la nueva Jerusalén, es decir, de la Iglesia
celeste y triunfante.
72
Al sonar la quinta trompeta, se le entrega a un astro caído del cielo la llave del abismo, que
alberga todos los males para que les abra la puerta. Con esa extraña imagen se indica que no es
el ser humano quien tiene la llave de los males, sino que el mal proviene de un poder
sobrehumano, que viene de las alturas y de las profundidades del abismo donde el mal está
encarcelado como en un calabozo.
“El quinto ángel dio un toque de trompeta: vi un astro caído del cielo a la tierra, que recibió la llave
del calabozo del abismo” (9, 1)
La lectura de los versículos siguientes produce sensación de vértigo; van describiendo la
aparición y la propagación del mal como una fuerza que va en aumento partiendo de las
profundidades del abismo, que se convierten en un horno del que sube una humareda y de la
humareda surgen unas langostas terribles que hacen el mismo daño que los escorpiones. Las
langostas son caracterizadas con rasgos monstruosos.
Son imágenes grotescas que quieren pintar, con la extravagancia de sus rasgos, la tremenda
potencia del mal en el mundo: los centros de poder opresivo están simbolizados en las coronas de
oro que las langostas llevan sobre sus cabezas; las langostas representan la inhumanidad, la
capacidad de seducción fatal, la crueldad del león, el estruendo del combate, el rumor de la
guerra, el poder para hacer daño, propio de los escorpiones. Todo ello forma un cuadro
73
impresionante, pero lleno de fuerza evocadora y sombría, y hace ver cuáles son algunas de las
manifestaciones más representativas del mal en este mundo.
“Abrió el pozo del abismo y subió un humo del pozo, como humo de un horno gigante; el sol y el
aire se oscurecieron con el humo del pozo. Del humo salieron langostas que se extendieron por la
tierra. Y recibieron un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra. El tormento es como
el de un hombre picado por un escorpión. En aquel tiempo los hombres buscarán en vano la
muerte, desearán morir, y la muerte huirá de ellos. Las langostas se parecen a caballos
preparados para la batalla; llevan en la cabeza coronas como de oro, tienen rostro como de
hombres, cabello como de mujer, sus dientes como de león. Llevan corazas como de hierro. El
rumor de sus alas es como el fragor de muchos carros de caballos corriendo a la batalla. Tienen
colas como de escorpión, como aguijones, y en la cola poder para hacer daño a los hombres por
cinco meses” (9, 2-3.5-10)
Se trata de una invasión del mal en la historia humana. Serán tiempos insufribles donde la vida se
convertirá en nausea; preferible sería la muerte, pero la muerte huirá. No obstante será un tiempo
limitado (cinco meses, que es el tiempo de vida y de acción de la langosta, desde el inicio de la
primavera hasta al final del verano) y no todos sufrirán idénticos padecimientos. La finalidad de
toda esta descripción no es anunciar la muerte de las personas, sino invitarlas a la conversión.
“Pero les prohibieron hacer daño a la hierba de la tierra o al pasto o a los árboles. Sólo les
permitieron hacer daño a los hombres que no llevaban en la frente el sello de Dios; no para
matarlos, sino para atormentarlos cinco meses” (9, 4-5a)
En resumen, para la comunidad que lee el Apocalipsis, queda abierto un tiempo de reflexión sobre
la magnitud y el poder del mal en nuestra historia. El mal tiene un origen: hay que saber rastrearlo.
No proviene de Dios sino del destructor, que el Ap lo designa con los nombres de Apolión, el gran
dragón o la serpiente antigua, el diablo o Satanás. La comunidad debe saber que el poder de Dios
se impondrá sobre el mal. “Su rey es el ángel del Abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón y en
griego Apolión. Pasó el primer ay; atención, que detrás llega el segundo” (9, 11-12)
2. La sexta trompeta. Victoria provisional del mal. Las fuerzas diabólicas (9, 13-21)
“El sexto ángel dio un toque de trompeta: escuché una voz que salía de los cuatro salientes del
altar de oro que está delante de Dios y decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Suelta a los
cuatro ángeles encadenados junto al río Grande –el Éufrates–Soltaron a los cuatro ángeles, que
estaban preparados para una hora de un día de un mes de un año, para matar a una tercera parte
de la humanidad. Oí el número de los escuadrones de caballería: doscientos millones. Éste es el
74
aspecto que vi de los caballos y sus jinetes: llevaban corazas de fuego, color jacinto, y azufre. Las
cabezas de los caballos eran como de leones; de sus bocas salía fuego y humo y azufre. Por esas
tres plagas que salían de su boca, fuego y humo y azufre, pereció una tercera parte de la
humanidad. Los caballos tienen su fuerza en la boca y en la cola. Sus colas parecen serpientes
con cabezas y con ellas hieren. El resto de los hombres que no murieron por estas plagas, no se
arrepintieron de las obras de sus manos: no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de
oro, plata y bronce, de piedra y madera, que ni ven ni oyen ni caminan. No se arrepintieron de sus
homicidios, ni de sus brujerías, ni de sus inmoralidades sexuales, ni de sus robos” (9, 13-21)
Prosigue la acción del mal, cada vez más brutal, soltando los cuatro ángeles, es decir, las fuerzas
de la naturaleza que ocupan toda la tierra, representada por sus cuatro puntos cardinales, y que
desencadenan su acción destructiva. Estaban ya preparados para intervenir en la historia concreta
de los hombres.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿Cuáles son en nuestro mundo las acciones violentas más destructoras?
b) ¿Qué acciones del mal nos angustian y nos desconciertan más hoy día?
c) ¿Quiénes son hoy los causantes de esos grandes males que atormentan a la humanidad?
d) Frente a los males ¿qué actitudes toma la gente y tomamos nosotros en relación con Dios?
1. Mirada al texto
a) ¿Qué es lo que más te ha impresionado de este capítulo y por qué?
b) ¿De dónde provienen los males según este texto?
c) ¿Qué objetivos se propone el autor del Ap con estas descripciones dantescas?
75
ANUNCIO DEL CUMPLIMIENTO DEL PLAN DE SALVACIÓN QUE DIOS TIENE (10, 1-11)
Resulta significativo que antes de que suene la séptima trompeta, Juan interrumpa el relato de los
acontecimientos catastróficos que se desatan al toque de las trompetas de los ángeles, para
desarrollar un amplio intermedio en los capítulos 10 y 11.
Hasta este momento el pueblo de Dios había sido protegido contra las calamidades producidas
por las potencias diabólicas (9,4), pero no se había dicho nada sobre la consumación de la
salvación. Ahora se nos dice que el final es inminente (10, 6s) y que el Reino de Dios, que
significará la liberación definitiva de todos los cristianos está a punto de ser inaugurado (11, 15ss)
Así las dos visiones incluidas en este interludio se proponen consolar y alentar al vidente y a sus
hermanos.
En Ap 10, con la aparición del ángel majestuoso que lleva en su mano el librito que Juan es
invitado a comer, el autor del Ap quiere hacer referencia a su vocación profética.
La fantástica descripción de este capítulo se encamina hacia la orden que recibe Juan de comerse
el misterioso libro abierto que tiene el ángel en su mano. ¿Qué significa el libro? ¿Qué significa la
acción de comerlo?
“Vi otro ángel poderoso bajando del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre la cabeza;
su rostro como el sol, sus piernas como columnas de fuego. Tenía en la mano un pequeño libro
abierto. Apoyó el pie derecho en el mar y el izquierdo en tierra firme y gritó con voz potente, como
ruge un león. Cuando gritó, hablaron con su voz los siete truenos. Cuando los siete truenos
hablaron, me dispuse a escribir. Pero oí una voz del cielo que me decía: Guarda en secreto lo que
dijeron los siete truenos y no lo escribas” (10, 1-4)
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Juan presenta aquí la solemne aparición de un ángel poderoso. Sus rasgos deslumbrantes lo
acercan a la figura del Señor, al Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes (Mc 13, 26) Dice que
viene envuelto en una nube; eso significa que es ser divino. El arcoíris, le rodea la cabeza. La
hermosura del sol le brilla en el rostro, y sus piernas tienen la firmeza y la incandescente solidez
de columnas de fuego. Luego realiza un gesto inaudito, como el de un coloso o un guerrero: con
sus pies pisa el mar y la tierra en señal de dominio absoluto y significa también el universalismo
del mensaje, que abarca la totalidad de la creación: la tierra, el mar y los cielos.. Su voz tiene el
poderío del rugido del león. En algunos lugares de la Biblia la voz de Yahvé que anuncia su
intervención salvadora se compara al rugido del león (cf Am1, 2; Joel 4, 16) La voz de los siete
truenos probablemente se refiere a la voz de Dios en la plenitud de su majestad. Todos estos
detalles indican la grandeza del personaje y de su revelación; después esta grandeza se resume y
se concentra en un pequeño y misterioso libro que tiene en la mano. Su contenido será revelado
en los capítulos 14-22.
“El ángel que vi de pie sobre el mar y la tierra firme alzó la mano derecha hacia el cielo y juró por
el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y cuanto contiene, la tierra y cuanto
contiene, el mar y cuanto contiene: que ya no queda tiempo; que, cuando suene el toque de
trompeta del séptimo ángel, se cumplirá el plan secreto de Dios, como anunció a sus siervos los
profetas” (10, 5-7).
El ángel poderoso levanta la mano al cielo para acompañar con su gesto un juramento solemne.
Jura y toma como testigo al mismo Dios, aquí considerado como el Viviente y el Creador universal.
El objeto del juramento es la plena seguridad de que se realizará el designio de salvación que
Dios tiene, que se ha ido preparando en la historia y lo han ido proclamando los profetas. Dios
sostiene este proyecto de salvación, y aunque pase por dificultades, está sostenido por la fuerza
divina. Este plan de salvación que Dios ha hecho conocer por medio de los profetas del Antiguo
Testamento y sobre todo los profetas de las comunidades cristianas, está llegando a su última
etapa mediante el castigo de Babilonia (capitulo 17) y la destrucción de Satanás y de las naciones
paganas (cap. 20). El mundo no camina desbocado hacia el fracaso, porque Dios lo guía.
La expresión “Ya no queda tiempo” (10, 6) no se refiere a un tiempo concreto mensurable sino a la
certeza del cumplimiento del plan de salvación y a la seguridad del triunfo y glorificación final.
La voz celeste que había oído me dirigió de nuevo la palabra: Anda, toma el pequeño libro que
tiene abierto en la mano el ángel plantado sobre el mar y la tierra firme. Me dirigí al ángel y le pedí
que me entregara el pequeño libro. Me dice: Toma y cómelo, que en la boca te sabrá dulce como
miel y amargo en el estómago. Tomé el pequeño libro de mano del ángel y lo comí: en la boca era
dulce como miel; pero cuando lo tragué, sentí amargo el estómago. Me dicen: Tienes que
profetizar de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.
El plan divino de salvación se ha ido realizando y madurando en la historia. Dentro de esta historia
de salvación, Juan, el autor del Apocalipsis, realiza su función profética. En este contexto se
entiende el gesto simbólico del ángel que le ofrece un pequeño libro para que lo devore. Esta
descripción está inspirada en la investidura profética de Ezequiel (Ez 2, 8s) La acción de comer
simboliza que Juan asimila por completo el contenido del escrito. El Apocalipsis ofrece aquí una
visión teológica de lo que significa ser profeta: recibir gratuitamente la palabra de Dios, y
comérsela. Con este gesto se insiste en la asimilación personal e interiorización de la revelación.
Para anunciar la palabra de Dios, primero hay que interiorizarla, y asimilarla.
El ángel le indica que, una vez haya comido el librito, éste le resultará dulce y amargo a la vez: a)
dulce, porque su predicación contendrá una Buena Noticia eterna (14, 6), que consiste en el
triunfo de Dios y la victoria gloriosa de los fieles, b) pero amargo también, pues Juan ha de
anunciar el castigo a los que se cierran al mensaje de Dios, lo cual le comportará persecución y,
quizás, el martirio.
“Dulce y amargo”. Este doble efecto expresa el doble aspecto del contenido del rollo: pero indica
que este triunfo irá precedido por una dura lucha (11, 1-13)
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿Cómo entendemos hoy, en nuestro mundo convulso, la realización y el avance del plan de
salvación que Dios tiene para la humanidad?
b) ¿Creemos que realmente Él conduce la historia hacia la salvación? ¿En qué lo advertimos?
2. Mirada al texto
a) ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de este texto y por qué?
b) ¿Qué significa el hecho de tragarse el pequeño libro que sabe dulce en el paladar y amargo
en el estómago?
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Leído así, al pié de la letra, esta capítulo resulta desconcertante. Para descubrir lo que quiere
decir Juan a las iglesias para las que escribe hay que preguntarse de qué habla y quiénes son
esos dos testigos. Los especialistas en el Ap afirman que habla de la Iglesia y de la persecución
que está sufriendo por parte del imperio romano. Esa persecución es el telón de fondo de todo el
Apocalipsis. La persecución se centra en la condición profética de toda la Iglesia manifestada
especialmente por sus profetas en ese momento. Hay que centrarse en una visión global de
conjunto, sin enredarse en interpretaciones de los pequeños detalles casi siempre simbólicos.
La acción comienza en el templo, continúa con la aparición de dos testigos-profetas, que salen del
templo, actúan en la tierra, mueren en la gran ciudad, y suben al cielo.
“Levántate y mide el templo de Dios y el altar y cuenta a los que adoran en él. El atrio exterior del
templo exclúyelo de la medida, porque se entrega a los paganos, que pisotearán la Ciudad Santa
cuarenta y dos meses” (11, 1-2)
Con la imagen del templo Juan se refiere la Iglesia y, con ella, significa que la Iglesia no será
entregada a los paganos, sino que será preservada en lo más sagrado. Lo expresa con la orden,
de medir el Santuario y el altar y contar a los que adoran en él (11,1). Lo que se mide está bajo la
protección de Dios. Conocerá tiempos de calamidad y de persecución (en el atrio exterior), pero
no podrá ser destruida. El poder de Dios la asiste. Tres años y medio, que es la mitad de siete,
designa simbólicamente las cosas no plenas ni definitivas, sino transitorias y un tiempo limitado.
“Enviaré a mis dos testigos, que, vestidos con hábitos de penitencia, profetizarán mil doscientos
sesenta días. Son los olivos y las dos lámparas que están ante el Señor del mundo. Si alguien
intenta hacerles daño, echarán por la boca un fuego que consumirá a sus enemigos. Así ha de
morir quien intente hacerles daño. Ellos tienen poder para cerrar el cielo, de modo que no llueva
mientras ellos profetizan, y poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y poder sobre la
tierra para herirla con plagas cuando quieran” (3-6)
Los dos testigos, por los rasgos que revisten, podrían ser Moisés y Elías, que aparecieron junto a
Jesús en la transfiguración. Pero aquí no se trata de personajes históricos, sino simbólicos; son
figuras que representan a la Iglesia universal profética de todos los tiempos, que representa el
papel de testigo vivo y perpetuo ante un mundo hostil a Dios. Representan a la Iglesia en el
ejercicio de su predicación en el mundo; ella debe exhortarle a que se convierta, aunque tropiece
con su cerrazón. Su testimonio la puede llevar al martirio, pero su inconmovible confianza en la
protección divina le asegura que su sacrificio debe desembocar en una victoria total.
Los dos olivos y los dos candeleros, representan igualmente a la Iglesia que brilla como lámpara a
fin de dar testimonio de la luz divina. La expresión “echarán fuego por la boca” se refiere al fuego
de la palabra proclamada por los profetas de la Iglesia.
La Iglesia está, pues, representada en la imagen de estos dos testigos profetas, que reproducen la
misma vida del Señor; su predicación, su ignominia y su muerte. Si mueren con él y como él,
también resucitarán, como dirá después.
“Cuando terminen su testimonio, la fiera que sube del abismo les declarará la guerra, los derrotará
y los matará. Sus cadáveres quedarán tendidos en la calle de la Gran Ciudad que lleva el nombre
simbólico de Sodoma y Egipto, donde fue crucificado su Señor. Durante tres días y medio, gente
de diversos pueblos, razas, lenguas y naciones vigilarán sus cadáveres y no permitirán que los
sepulten. Los habitantes del mundo se alegrarán de su derrota, y lo festejarán enviándose
mutuamente regalos, porque aquellos dos profetas atormentaban a los habitantes del mundo”
La fiera o bestia es el anticristo que representa a Satán en la tierra y organiza y guía a los
enemigos de los dos testigos. Los nombres de Sodoma (ejemplo de perversión moral), Egipto (que
representa los poderes hostiles al pueblo de Dios reducido a esclavitud y “la gran ciudad” (que
otras veces representa a Roma), aquí todos ellos juntos representan el mundo pagano enemigo
de Dios y de su pueblo, que sigue crucificando a Cristo en sus fieles.
80
Este mundo dará muerte a los profetas miembros de la Iglesia, los humillará hasta negarles la
sepultura. Sufrirán el más atroz de los ultrajes, no será respetada ni su propia muerte; los pueblos,
en danza macabra, desfilarán no para condolerse sino para alegrarse y hacerse mutuamente
regalos por haber derrotado a los profetas.
“Pasados los tres días y medio, el aliento de vida de Dios penetró en ellos, y se pusieron en pie.
Los que lo vieron se llenaron de terror y oyeron una voz potente, del cielo, que les decía: Suban
acá. Subieron en una nube al cielo mientras sus enemigos los miraban” (11-12)
Compartirán el destino de Jesús, es decir, su muerte y resurrección, pues provocarán la oposición
del mundo que llegará, incluso, a asesinarlos y se alegrará con su muerte (13,7-10) Pero después
de tres días y medio, la mitad de siete, es decir, un tiempo limitado, el Espíritu de Dios les dará
vida; resurgirán, se pondrán de pie resucitados igual que el Cordero degollado se puso de pie (Ap
5, 6 ) y se aparecerán a sus enemigos compartiendo la gloria de Jesús (11,11-13)
4. El gran terremoto
“En aquel momento sobrevino un gran terremoto y la décima parte de la ciudad se derrumbó y
murieron en el terremoto siete mil personas. Los restantes se aterrorizaron y confesaron la gloria
del Dios del cielo. Pasó el segundo ay; mira que pronto llega el tercero” (13-14)
Fenómenos como el terremoto acompañan la resurrección de los cristianos de la misma manera
que acompañaron la muerte y resurrección de su Señor.
La noticia de que algunos se convertirán (11,13) es un mensaje de consolación para los que viven
en medio del “segundo ¡ay”!, es decir, en medio de las pruebas que está viviendo la comunidad
(9,13- 11,14) y que preparan el toque de la séptima trompeta. Ésta trompeta anunciará el castigo
definitivo de Dios contra el Imperio Romano. Con ello se confirma lo que hemos propuesto antes
como tesis: que la sexta trompeta (9,13-21) y la reflexión del intermedio que retarda el toque de la
séptima, se refieren al momento de persecución que vivía la Iglesia cuando Juan escribía el
Apocalipsis.
MEDITACIÓN
81
1. Mirada a la realidad
La realidad a la que se refiere este capítulo es la que está de fondo en todo el Apocalipsis: la
persecución de los cristianos por parte de judíos y del imperio para hacerles abandonar a Cristo y
a Dios y dar culto al emperador y los ídolos.
a) ¿Se da todavía hoy en algunos lugares del planeta esta situación de persecución?
b) ¿Se da también de algún modo en nuestro país?
c) ¿Cuáles serían los ídolos que hoy tratan de apartar de Dios a los seguidores de Jesús?
d) ¿Quiénes encarnan a la “fiera” que persigue a los cristianos para apartarlos de la fe?
2. Mirada al texto
a) ¿Hay alguna frase que haya llamado más la atención y por qué?
b) ¿Qué significa el gesto de medir el templo y de excluir de esa medición el atrio exterior?
c) ¿Qué representan los dos testigos?
d) ¿Qué quiere transmitir Juan a las iglesias de parte de Dios?
3. Meditación
CUARTO CUADRO. LAS TRES SEÑALES. CHOQUE ENTRE LAS FUERZAS DEL BIEN Y DEL
MAL (11, 15-16, 16)
82
Este cuadro o sección del Ap, que comprende cinco capítulos, se inicia con el toque de la séptima
trompeta que da inicio a una grandiosa liturgia en el cielo, liturgia que comienza con un himno de
acción de gracias para celebrar la llegada del reinado de Dios y de Jesucristo. De ese modo pone
delante el triunfo final antes de describir la guerra sin cuartel entre el Dragón y el Cordero, que va
a describir a continuación.
Juan se sitúa aquí en la última escena del drama de la historia de la salvación, que es el juicio final
y el fin del mundo. Esta parte describe el establecimiento definitivo del Reino de Dios y la condena
de las naciones contrarias a Dios.
“El séptimo ángel dio un toque de trompeta: voces potentes resonaron en el cielo: Ha llegado el
reinado en el mundo de nuestro Señor y de su Mesías y reinará por los siglos de los siglos. Los
veinticuatro ancianos sentados en sus tronos delante de Dios se inclinaron hasta el suelo y
adoraron a Dios diciendo: Te damos gracias, Señor, Dios Todopoderoso, el que es y el que era,
porque has asumido el poder supremo y el reinado (11, 15-17)
La Iglesia ha realizado, mediante sus testigos (los mártires) y sus profetas, la misión de extender
el reinado de Dios y ellos han seguido la misma suerte de su Señor: muerte y glorificación. De
todo ello es consciente la Iglesia celeste, se alegra y lo celebra con una grandiosa liturgia. Estos
versículos son una respuesta celebrativa, coral, a cuanto ha acontecido: Ya ha llegado el reinado
de nuestro Dios y de su Mesías. Aquí se relaciona estrechamente a Dios y a Cristo. “El triunfo
sobre las potencias diabólicas ha eliminado todos los obstáculos que se oponen al reinado
efectivo de Dios sobre el mundo. Este punto final de la historia de la salvación es tan cierto que
Juan lo presenta en tiempo pasado.
El cántico que resuena en el cielo (11,15b-19) anticipa el triunfo final de Dios, que va a hacer
justicia restableciendo su reinado ya aquí en la tierra.
“Los paganos se habían enfurecido, pero llegó el tiempo de tu ira, la hora de juzgar a los muertos
y de dar el premio a tus siervos los profetas, a los consagrados, a los que respetan tu Nombre,
pequeños y grandes; la hora de destruir a los que destruyen la tierra” (11, 18)
El reinado de Dios y de Cristo encontrará una doble respuesta. Unos darán una respuesta
positiva, lo acogerán y se serán recompensados, son los profetas, los santos y todos aquellos que
veneran el nombre de Dios. Otros, los paganos, darán una respuesta negativa rechazando a Dios,
a Jesucristo y su plan de salvación. El mundo pagano, hostil a Cristo y a su pueblo, fue inducido
por el anticristo a intentar destruir la Iglesia e incluso atacar a Cristo.
Esta respuesta negativa es designada como el tiempo de la ira. Quienes se cierran a la salvación,
se autocondenan y se autodestruyen. Pero el Reino de Dios posee un dinamismo expansivo, que
nada ni nadie será capaz de sofocar.
Los muertos, los pecadores y los santos, todos sin excepción, pequeños y grandes, resucitan para
la retribución final.
“En ese momento se abrió el templo de Dios que está en el cielo y apareció en el templo el arca
de su alianza. Hubo relámpagos, estampidos, truenos, un terremoto y una fuerte granizada” (11,
19)
Algunos ven aquí una referencia a la creencia judía según la cual el Arca, escondida por Jeremías
en el monte Nebo durante el asedio de Jerusalén por parte de Nabucodonosor (siglo VI a C),
reaparecería al final de los tiempos. Desde esa creencia, la aparición del arca es un anuncio de
que ha llegado la hora del juicio de Dios.
Pero como se habla expresamente del templo celeste, el arca de la Alianza no es la del templo de
Jerusalén, sino aquella celeste, de la que la terrena no era más que una copia. Significa también
que los designios sobre la historia, están arriba, conservados en lugar seguro, cerca de Dios. Todo
está guardado en el arca de la providencia divina y ahora el arca debe abrirse para mostrar su
contenido. Como en la economía veterotestamentaria ella era el testimonio tangible de la
presencia de Dios en medio de su pueblo, así también ahora indica que Dios se hace presente de
modo definitivo en el “nuevo Israel” glorificado, que es la Iglesia triunfante.
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No es casual que precisamente aquí Juan recuerde el motivo que subyace a toda la reflexión
teológica del Apocalipsis: la fidelidad de Dios a la Alianza que estableció con su pueblo, de la que
era símbolo el arca.
Como en cualquier manifestación (teofanía) de Dios, la naturaleza acompaña la aparición del arca
con su clamor (rayos, truenos, terremotos) resaltando así el poder de Dios y la grandeza de la
revelación.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) Este párrafo del Ap invita a los cristianos perseguidos a mirar al horizonte y a poner sus
ojos en el final de la historia de la salvación y vivir con esperanza los momentos difíciles,
las desgracias y hasta el martirio. La esperanza es una de las tres virtudes esenciales
(teologales) del cristiano, junto con la fe y el amor. ¿Cultivamos los cristianos esta virtud
que da sentido y perspectiva a la vida o la tenemos olvidada?
b) Este texto nos habla del triunfo definitivo del Dios, de Cristo y de su Reino, que es reino de
filiación para con Dios y de fraternidad entre las personas. Han pasado 2000 años y no
parece que el mundo crezca en filiación; más bien lo que crece es la indiferencia religiosa y
el agnosticismo. Tampoco parece crecer la fraternidad; más bien crece un egoísmo voraz
que destruye el tejido familiar y la social y que desata la violencia. Seguramente Dios está
gritando: “¿Dónde está tu hermano?” y no se le escucha. ¿Cuál es nuestra actitud ante
esta situación?
2. Mirada al texto
a) ¿Hay alguna frase del texto que te haya llamado especialmente la atención? ¿Por qué?
b) ¿Qué objetivo se propone el autor del Ap al poner aquí este párrafo que invita a la
esperanza?
c) ¿Qué respuestas se dan según este texto a Dios y a su Reinado?
d) ¿Qué simboliza la aparición del Arca de la alianza?
e) ¿Invita el Ap a una esperanza pasiva, es decir, a no hacer nada frente al mal?
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3. Meditación
a) ¿Qué nos dice Dios hoy a nosotros?
b) ¿Qué importancia tiene en nuestra vida la esperanza? ¿La cultivamos?
c) ¿Cómo nos ayuda?
d) ¿Cómo vivir hoy la esperanza activa frente al mal?
4. Compromiso
¿Qué compromisos prácticos nos sugiere este texto? Terminar con una oración.
Esta sección compuesta por tres capítulos es central en el Apocalipsis. El poder del mal,
representado por un monstruo o dragón, se opone radicalmente al Mesías y a su pueblo (Israel y
la Iglesia) Veamos cómo se encadenan estos tres capítulos.
- Para lograr su propósito, el dragón lanza a la bestia, el imperio, contra la Iglesia (cap. 13)
- Los cristianos deben mantener la confianza frente a la desbocada furia de estas fuerzas
diabólicas, porque Dios y Cristo ya las han vencido (cap.14) Encontramos aquí una
invitación a tener una fe firme en el Dios que dirige la historia hacia un único objetivo: la
salvación de su pueblo.
En este capítulo Juan, inspirándose en mitos antiguos sobre monstruos y dragones, describe la
lucha a muerte del imperio contra la Iglesia, que es el nuevo pueblo de Dios.
“Una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, la luna bajo los pies y en la
cabeza una corona de doce estrellas. La mujer estaba encinta y gritaba de dolor en el trance del
parto.” (12, 1-2)
Esta mujer representa al pueblo de Israel del que nació el Mesías y también al nuevo pueblo de
Dios, a la Iglesia perseguida. Esta imagen del pueblo no era extraña pues el Antiguo Testamento
86
recurre a menudo a la figura de la mujer para designar el conjunto del Pueblo de Dios (Os 1-3; Is
26, 17-18)
El Mesías procede de Israel; y ese mismo pueblo, dirigido por los doce apóstoles, es la madre de
los que creen en Cristo; la Iglesia da a luz a Cristo en todos los que en su seno reciben el
bautismo. La Iglesia sufre en sus hijos cuando son perseguidos a causa de su fe en Jesús.
La corona de doce estrellas simboliza, en el caso de Israel, a las doce tribus y, en el caso de la
Iglesia, a los doce apóstoles. La mujer representa, a la vez, a Israel y a la Iglesia.
Dado que los judíos medían el tiempo (los meses) por lunas, el hecho de que la mujer tenga la
luna a los pies significa que la Iglesia no caducará con el tiempo, sino que está por encima de él y
“el imperio de la muerte no la vencerá” (Mt 16, 18)
Desde la edad media, algunos han visto en esta mujer del Apocalipsis una figura de María. Pero
directamente simboliza a la Iglesia. El énfasis que se pone en la persecución de la mujer sólo tiene
sentido si ella representa a la Iglesia, que aparece en todo el apocalipsis oprimida por las fuerzas
del mal, aunque protegida por Dios.
Apareció otra señal en el cielo: un dragón rojo enorme, con siete cabezas y diez cuernos y siete
turbantes en las cabezas. Con la cola arrastraba la tercera parte de los astros del cielo y los
arrojaba a la tierra” (12, 3-4a)
La segunda señal que aparece, el Dragón, es enemigo mortal de la mujer. Este monstruo mítico,
conocido también como Leviatán (Sal 74, 13), era considerado como la síntesis de las fuerzas del
mal opuestas a Dios Su carácter sanguinario está simbolizado por el color rojo; está dotado de un
poder inhumano y brutal. Sus cabezas, sus cuernos y sus diademas, representa el poder
demoníaco que quiere acabar con la mujer y su descendencia. La afirmación de que con su cola
arrastra la tercera parte de las estrellas resalta el tamaño colosal y el poder del monstruo. Pero su
poder no es absoluto como indica la expresión sólo “la tercera parte”.
3. La lucha del dragón contra la mujer y el hijo que va a dar a luz (12, 4b-6)
Juan describe a continuación la lucha encarnizada del dragón contra la mujer. La mujer está a
punto de dar a luz un hijo varón, que es Jesucristo.
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“El dragón estaba frente a la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a devorar a la criatura en cuanto
naciera. Dio a luz a un hijo varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro. El
hijo fue arrebatado hacia Dios y hacia su trono (12, 4b-5)
Pero cuando «la Mujer dio a luz un Hijo varón, el “que ha de apacentar a todas las naciones con
cetro de hierro», es decir, el Mesías, «su Hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono», con lo
cual el Diablo, que intentaba devorarlo, no consigue acabar con él y va a sufrir las consecuencias
de esta elevación del Hijo a Dios en los cielos. La frase “fue arrebatado hacia Dios”, más que al
nacimiento del Mesías en Belén se refiere a su resurrección. El autor, pasando por alto toda la
vida de Cristo, incluso su pasión, menciona sus dos extremos: el nacimiento y la ascensión
gloriosa. Estos hechos demuestran que, pese a la vigilancia del dragón, su odio fue inútil. La
expresión “hasta Dios y su trono”, significa que se sentó a la derecha de Dios (Mc 16, 19) y
participa de la soberanía universal divina.
Otros comentaristas del Apocalipsis dicen que el parto se refiere a la pasión y muerte de Jesús
entendidas como doloroso parto. Por tanto, alude a la muerte de Jesús más bien que de su
nacimiento en Belén. En Jn 16, 20-21 Jesús compara su muerte como un parto doloroso.
“La mujer huyó al desierto, donde tenía un lugar preparado por Dios para sustentarla mil
doscientos sesenta días (12, 6)
Abatida por la persecución de sus miembros, la Iglesia tiene que huir al desierto, refugio
tradicional para los oprimidos como huyó Israel de Egipto. Dios protege a su Iglesia a lo largo de
su prueba en el desierto. Allí es alimentada por Él con el nuevo maná que es Cristo. Pero el
tiempo de persecución, de desierto, será breve: 1.260 días, es decir, la mitad de siete años.
De nuevo la acción sube al cielo, donde se entabla una colosal batalla, entre Miguel, cuyo nombre
significa “¿quién como Dios?” y el dragón y los suyos. La expresión “la serpiente primitiva” es una
clara alusión a la serpiente del paraíso maldecida por Dios (Gn 3, 14)
“Se declaró la guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; el dragón
luchaba asistido de sus ángeles, pero no vencía, y perdieron su puesto en el cielo. El dragón
gigante, la serpiente primitiva, llamada Diablo y Satanás, que engañaba a todo el mundo, fue
arrojado a la tierra con todos sus ángeles” (12, 7-9)
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No es clara la conexión de este pasaje con el precedente. El único rasgo común a ambos es el
dragón. Su oponente aquí no es Mesías ni la mujer, sino Miguel, que era el ángel protector de
Israel. La circunstancia de que la batalla tenga lugar en el cielo indica que la derrota del dragón es
obra de Cristo resucitado. Esto significa que con la exaltación de Jesús ha empezado ya el
reinado del Cordero degollado. Los cristianos que son fieles a su Señor pueden estar seguros de
que vencerán a Satanás también en la tierra.
“Escuché en el cielo una voz potente que decía: Ha llegado la victoria, el poder y el reinado de
nuestro Dios y la autoridad de su Cristo; porque ha sido expulsado el que acusaba a nuestros
hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios. Ellos lo derrotaron con la sangre del
Cordero y con su testimonio, porque despreciaron la vida hasta morir. Por eso que se alegren los
cielos, y sus habitantes” (12, 10-12)
Este himno celebra la victoria sobre el dragón. La victoria es realmente de Dios, pues Miguel es
sólo su siervo. Con esta victoria sobre Satán el reinado de Dios y de Cristo queda ya establecido y
puede ser celebrado como un acontecimiento pasado.
La expresión “la sangre del Cordero” significa que Cristo, con su muerte y resurrección, triunfó
sobre el dragón y su triunfo hace posible el triunfo de los que le siguen. Juan presenta aquí el
testimonio de quienes han tenido el coraje de seguir a su Maestro hasta el fin, escogiendo pasar
por la muerte para llegar a la vida.
Esta victoria es celebrada inmediatamente en el cielo, donde resuena una voz potente. Es la voz
de los 24 ancianos, de los mártires y de la multitud de los salvados. Toda la humanidad ya
rescatada se regocija.
Pero la guerra no ha terminado, y todavía será necesario resistir a los asaltos del Dragón y sus
esbirros. Pero, en lo esencial, los cristianos que se vean ahora perseguidos pueden tener ánimos,
pues saben que la victoria esta adquirida ya por el Cordero, y que van precedidos por una multitud
de servidores que han permanecido fieles al Cordero y que, con él han conseguido ya la victoria
sobre el Dragón.
Queda poco tiempo y la persecución será más severa y hay que resistir.
“Pero, ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado hasta ustedes, enfurecido porque
sabe que le queda poco tiempo. Cuando vio el dragón que había sido arrojado en tierra, persiguió
a la mujer que había dado a luz al varón. A la mujer le dieron las dos alas del águila gigante, para
que volase a su puesto en el desierto, donde la sustentarán un año y dos años y medio año, lejos
de la serpiente (12, 12b-14).
El dragón, una vez que ya no puede entablar batalla con el Mesías glorificado, intenta atacarle
indirectamente en su Iglesia y en los miembros de ésta. Dios protege a la Iglesia y le da “las dos
alas del águila gigante”. El águila simboliza el poder divino que proporciona a todo el pueblo de
Dios la seguridad de una protección rápida y eficaz. Llevada por Dios al desierto, él la alimenta
como alimentó a Elías, que, huyendo de la persecución, fue fortalecido con el alimento celestial.
En el caso de la Iglesia, este alimento es la Eucaristía.
“La serpiente echó por la boca agua como un río detrás de la mujer, para arrastrarla en la
corriente. Pero la tierra auxilió a la mujer abriendo la boca y bebiendo el río que había echado por
la boca el dragón” (12, 15-16)
Arrecia la persecución, esta vez simbolizada en la multitud de aguas turbulentas vomitadas por el
dragón; pero en vano, las aguas se pierden en la tierra como torrentes engañosos. Aquí la tierra
es considerada como persona, algo así como la madre tierra de los antiguos.
“Enfurecido el dragón con la mujer, se alejó a pelear con el resto de sus descendientes, los que
cumplen los preceptos de Dios y conservan el testimonio de Jesús. Y se detuvo a la orilla del mar”
(12, 17-18)
Una nueva decepción acrecienta la rabia del dragón, que va a seguir luchando contra los otros
hijos de la mujer, los hermanos de Jesús. Son los cristianos que se adhieren al Señor, que dan
testimonio de Jesús, manteniéndose fieles a la palabra de Dios. Jesús da testimonio a través de
los cristianos, y éstos continúan el mismo testimonio valiente de su Señor. Juan habla de los que
cumplen los preceptos de Dios y conservan el testimonio de Jesús. Para ser verdadero hijo de la
Iglesia y hermano de Cristo hay que poseer estos dos rasgos distintivos. El dragón vencido se
queda en la playa esperando.
MEDITACIÓN
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Mirada a la realidad
Mirada al texto
a) ¿Hay alguna frase de este texto bíblico que te haya llamado más la atención?
b) ¿A quién representa el dragón en esta escena?
c) ¿A quién representa la mujer embarazada?
d) ¿Quién es el varón que ella va a dar a luz?
e) Aunque el sentido en sí de este texto se refiera claramente a la Iglesia, en una lectura
espiritual, y buscando el sentido del texto para nosotros ¿se puede aplicar también a
María? ¿Por qué?
Meditación
Sigue habiendo muchos lugares y ambientes en los que la Iglesia es perseguida incluso con el
martirio de sus miembros ¿Piensas en ellos? ¿Qué haces por ellos?
Compromiso
a) La lectura de este capítulo del Ap ¿me invita a algún compromiso concreto? ¿Cómo pienso
responder?
b) Terminar con una oración
Juan presenta aquí el mal y sus estragos con imágenes espantosas. Pocos escritos bíblicos
hablan del mal con tanta fuerza como lo hace el Ap. El mal es una realidad que invade la historia.
Ya lo presentó con los tres jinetes, que montan caballos exterminadores (6, 3-8), con la plaga
devastadora de las langostas (9, 1-12) y con la caballería infernal (9, 13-21) Aquí presenta el mal
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encarnado en tres figuras de animales que causan espanto: el dragón, la primera fiera y la
segunda. Lo que pretenden estos monstruos es ir contra Dios, combatir a la Iglesia con ferocidad y
por todos los medios posibles. Los tres están permanentemente en pie de guerra contra Dios y
sus fieles.
El dragón, del que ya se habló en el capítulo anterior, representa el poder del mal y su enorme
vitalidad. El dragón es el principio invisible e instigador del mal en la historia humana y no se debe
sólo a la “malicia” de los hombres, sino a una fuerza sobrehumana, que corroe y corrompe la
bondad original de la humanidad. La fuerza poderosa del mal (el dragón) se encarna en la primera
y la segunda fiera que se dedican a la persecución y extermino de los cristianos. Eso es lo que
quiere describir el Ap con esos símbolos de animales.
El Dragón y sus dos acólitos, que son creación e imagen de él, formando así una especie de
Trinidad satánica que intenta emular a la Trinidad divina, expresan el peligro que comporta para
los cristianos un estado totalitario y despótico, como el de Roma en tiempo del emperador
Domiciano, que quiere convertirse en ídolo y obligar a los cristianos a renunciar a sus valores para
aceptar, en su lugar, los del Imperio.
Por desgracia, hoy somos testigos de tales estragos del mal que no nos parece exagerado el Ap al
describirlo con esos símbolos animales; basta pensar en la crueldad satánica del estado islámico
o de las mafias de la droga o asomarse cada día a la televisión para contemplar increíbles actos
de violencia o acercarse a tantas personas que hasta en su propia familia viven un infierno.
1. La primera fiera (13, 1-10)
1.1. Presentación de la fiera
“Vi salir del mar una fiera con diez cuernos y siete cabezas; en los cuernos diez turbantes y en las
cabezas títulos blasfemos. La fiera de la visión parecía un leopardo, con patas como de oso y
boca como de león. El dragón le delegó su poder, su trono y una autoridad grande. Una de sus
cabezas parecía herida de muerte, pero la herida mortal se sanó.
La primera bestia surge del mar, del obscuro mundo del caos como las cuatro bestias que ve el
profeta Daniel (Dn 7) El mar personifica las fuerzas enemigas de Dios. El aspecto de la fiera es
híbrido, como cruce de varios animales. Tiene diez cuernos y siete cabezas. Tantos cuernos y
cabezas son la suma de las cuatro bestias entrevistas por Daniel - “Cuatro fieras gigantescas
salían del mar, las cuatro distintas” (Dan 7,3) Cada una de las cuales representaba uno de los
imperios que habían oprimido sucesivamente al pueblo de Dios: los imperios egipcio, asirio,
babilónico y griego.
1.2. Los adoradores de la fiera y los fieles a Dios
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Todo el mundo admirado seguía a la fiera y adoraba al dragón que dio su autoridad a la fiera; y
adoraban a la fiera diciendo: ¿Quién se mide con la fiera?, ¿quién podrá luchar con ella? Le
permitieron decir cosas arrogantes y blasfemas, le dieron autoridad para actuar cuarenta y dos
meses. Abrió la boca blasfemando de Dios, blasfemando de su Nombre y su morada y de los que
habitan en el cielo. Le permitieron hacer la guerra a los santos y vencerlos; le dieron autoridad
sobre toda raza, pueblo, lengua y nación.
La adorarán todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no están registrados desde el
principio del mundo en el libro de la vida del Cordero degollado. El que tenga oídos que
escuche: El destinado al cautiverio irá cautivo, el destinado a la espada a espada morirá. ¡Aquí se
pondrá a prueba la perseverancia y la fe de los santos!” (13, 1-10)
El Ap ve encarnado en la nueva bestia que surge del mar al imperio romano. Juan exhorta a
mantener la paciencia ante la adversidad que espera a todos los cristianos y que él ha
experimentado en carne propia: el sufrimiento, el destierro y la espada. Es como la encarnación de
todos los imperios totalitarios. Se trata del Imperio que, en su orgullo, se convierte en ídolo y
martiriza a los cristianos que no quieren adorarlo (13,4-7)
Pero la realidad profunda de esta primera bestia, sólo se descubre cuando se compara con la
realidad de Cristo, del cual no es sino una sombra siniestra.
1.3. Cristo y el anticristo (la fiera), Cristo y el imperio
El Ap hace aquí una sutil comparación entre la primera bestia, tomada como el anticristo, y el
Cordero, que representa a Cristo. Ese contraste nos ayuda a comprender la maldad del imperio
perseguidor de los cristianos. Voy a tratar de presentar gráficamente este contraste entre Cristo y
el Imperio.
EL CORDERO – EL CRISTO EL IMPERIO - EL ANTICRISTO
Cristo ha recibido la potestad del Padre y la La fiera recibe el poder y la potestad del gran dragón (13, 2) es
ejerce sobre toda la tierra (Ap 2, 26-27) decir, el imperio cuya gloria consiste en que se le adore. La fiera
es su lugarteniente, su presencia visible en este mundo.
Cristo es el león de Judá (Ap 5, 5) y el La bestia ha sido herida en una de sus cabezas, pero la llaga ha
cordero sacrificado. El cordero ha sido sido curada (13, 3) Esto alude a la enorme vitalidad del imperio y
matado, pero vive (Ap 1, 18; 2, 8); ha sido de los emperadores, entre ellos, en tiempos del autor, a
degollado, pero está en pie (5, 6) Domiciano.
El cordero tiene siete cuernos y siete ojos La bestia tiene diez cuernos y estos diez cuernos son los reyes
(Ap 5, 6) que pelean contra el cordero, pero éste los vencerá (17, 12)
El Cordero es adorado junto con el Padre La bestia y el dragón subyugan a todas las gentes para que les
por toda la creación (5, 13) Quienes siguen rindan culto (13, 8)Los adoradores de la bestia portan igualmente
al Cordero llevan una señal de pertenencia una marca en su mano y en su frente (13, 16; 19, 20)
sobre la frente (7, 3: 14, 1)
93
En definitiva, aquí se está dilucidando quién es más poderoso, Cristo o el imperio. ¿Quién es el
Señor, Cristo o el emperador? El Ap, a través de este refinado paralelismo, ofrece una clave de
solución, responde al grito del arcángel Miguel: ¡Quién como Dios! Y afirma: Cristo es el que es,
era y ha de venir (1, 8) a él le pertenece la divinidad eterna. La bestia era, pero ya no es, como
dirá después (17, 8.11) El Ap contesta también con un consuelo: los cristianos tienen un destino
glorioso, están inscritos en el libro de la vida del Cordero degollado (13, 8)
La primera bestia, pues, representa todo Estado que va contra Dios y que se hace adorar. Para
lograr su objetivo idolátrico, recurre a cualquier tipo de persecución. Como símbolo del poder
opresor, no se agota en el imperio romano, sino que tiende a reproducirse en otros sistemas
cerrados y centros de poder absolutos anticristianos, que atentan contra Dios, y que pretenden
esclavizar al ser humano, que es la imagen viva de Dios.
2. La segunda fiera (13, 11-18)
2.1. Significado de la segunda fiera (13, 11-15)
Vi subir de la tierra otra fiera, con dos cuernos como de cordero, que hablaba como un dragón.
Ejercía toda la autoridad de la primera fiera en su presencia, y obligaba a todos los habitantes de
la tierra a adorar a la primera fiera, cuya herida mortal se había sanado. Hace grandes señales:
hace caer rayos del cielo a la tierra en presencia de los hombres. Engaña a los habitantes de la
tierra con las señales que le permiten hacer delante de la fiera. Manda a los habitantes de la tierra
fabricar una imagen de la fiera herida a espada y todavía viva. Le permitieron infundir aliento en la
imagen de la fiera, de modo que la imagen de la fiera hablara e hiciera morir a los que no
adoraban la imagen de la fiera” (13, 11-15).
La segunda bestia sube de la tierra que significa el escenario en que se desarrolla la historia
humana. Ya viene identificada y señalada: es el falso profeta (Ap 16, 13; 19, 20; 20, 10)
Podemos ver aquí un fuerte contraste entre la segunda bestia y el Espíritu Santo. El Espíritu es
quien habla a la Iglesia interpretando la palabra de Jesucristo (Ap 2, 7.11: 17, 29 etc.) Esa es la
pretensión de la segunda bestia: que la imagen de la primera bestia herida hable (13, 15) El
profetismo bíblico está representado por el profeta Elías, que hizo el portento de hacer baja fuego
a la tierra (1 Re 18,38; 2 Re 1, 10.12) El Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de
lenguas de fuego (Hch 2, 3) También la segunda fiera realiza portentos, pero su fin es engañar
(13, 14) y hace descender fuego sobre la tierra (13, 13)
Y la fiera de la tierra (13,11-17) que, más adelante (en 19,20 y 20,10) es denominada «el falso
Profeta». Ésta es el símbolo de la propaganda religiosa y de las ideologías que están al servicio
del Imperio (13,12-15). Estas ideologías, a menudo pseudoreligiosas, son muy peligrosas, por
cuanto utilizan su poder para engañar a los ingenuos y para marginar, incluso económicamente, a
todo el que no quiere adorar a la primera Bestia.
94
2. Mirada al texto
3. Meditación
1) ¿Hay alguna frase del texto del Ap que hemos leído que te haya llamado más la atención?
2) ¿Dónde y en quiénes se encarna hoy la fiera?
3) ¿Quiénes son sus adoradores?
4) ¿Cómo actúan Cristo y los cristianos frente a esas encarnaciones?
5) ¿Cuál es la señal que llevan en la frente los seguidores de Cristo y la que llevan los
adoradores de la fiera?
4. Compromiso
Tras la siniestra descripción de las dos fieras, esta escena, frente a la capitulación general de los
moradores de la tierra que adoran a la bestia, pone la mirada en el resto fiel, que acompaña al
Cordero victorioso, que está en pie, es decir, resucitado. En la visión no aparece Cristo solo, sino
acompañado de 144.000 personajes. Representan al resto de Israel. Llevan escrito en la frente el
nombre de Cristo y de su Padre. Como los adoradores de la fiera, así los fieles a Dios, llevan su
nombre en la frente.
Vi al Cordero que estaba en el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban su
nombre y el nombre del Padre grabado en la frente.
Oí un ruido en el cielo: como ruido de aguas torrenciales, como ruido de muchos truenos, el ruido
que oí era como el de muchos arpistas tocando sus arpas.
La audición se va modulando paulatinamente con la cadencia del sonido. Primero es voz del cielo,
luego voz de trueno grande, más tarde se convierte en la voz de muchas aguas, de una tormenta
o del mar, una lluvia torrencial o una inmensa cascada. Y todo este fragor y estruendo se remansa
en música suave de cítaras; una música litúrgica.
Cantan un cántico nuevo delante del trono, delante de los cuatro vivientes y de los ancianos.
Nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra.
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Son los que no se han contaminado con mujeres y se conservan vírgenes. Éstos acompañan al
Cordero por donde vaya. Han sido rescatados de la humanidad como primicias para Dios y para el
Cordero. En su boca no hubo mentira: son intachables.
La novedad celebrada por este “canto nuevo” no puede ser otra que la victoria que el Cordero ha
realizado con su muerte y resurrección. Este canto sólo lo pueden aprender algunos. Con tres
rasgos se define el séquito del Cordero. Son vírgenes, es decir, se abstienen del culto a los ídolos.
Siguen al Cordero a dondequiera que vaya. Esto supone compenetración viva con Cristo,
impregnarse de su energía mesiánica para hacer avanzar el reino, colaboración activa y una
disponibilidad incondicional. Dice que han sido rescatados, lo que equivale a decir que son
propiedad exclusiva de Dios. “En su boca no hubo mentira” es decir, la idolatría. Esta sinceridad
de vida y esta fidelidad al único Dios puede llevarles hasta la muerte.
Entran en escena tres ángeles portadores de tres mensajes. Son heraldos de Dios y presagian
con su anuncio los acontecimientos del último juicio. El primer ángel anuncia la buena noticia de
Cristo a los pueblos paganos para apartarlos de sus idolatrías y conducirlos a la adoración del
único Dios (Hch. 14, 15) La conversión urge, pues ha llegado la hora del juicio.
“Vi otro ángel volando por lo más alto del cielo llevando la Buena Noticia eterna, para anunciarla a
los que residen en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. Él proclamaba con voz potente:
Respeten a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo y
la tierra, el mar y los manantiales” (14, 6-7)
El segundo ángel, para dar mayor énfasis a la prontitud de la conversión, proclama como ya
cumplido el juicio definitivo, la caída de Babilonia, que será descrita en el capítulo.
“Un segundo ángel lo acompañaba diciendo: Cayó, cayó la gran Babilonia, la que embriagaba a
todas las naciones con el vino furioso de su prostitución” (14, 8)
97
El tercer ángel anuncia castigo de Babilonia (del imperio) y el destino final de los adoradores de la
bestia. Con impresionantes imágenes tomadas del castigo de Sodoma y Gomorra (Gn 19, 24) y de
algún oráculo profético de exterminio (Jr 25, 15) se muestra la severidad del juicio divino. Esta
desdicha queda remarcada de forma insistente; significa la negación de la vida, a modo de
tormento de fuego y azufre; la privación de las relaciones sociales, pues el humo de su incendio
subirá igual que el humo de la ciudad de Babilonia y la perennidad de su sufrimiento, ya que no
tienen reposo ni de día ni de noche. Este anuncio nos lleva reflexionar sobre el difícil tema de la ira
de Dios y de cómo interpretarla, cosa que haremos en el tema siguiente dedicado a las copas de
la ira divina.
“Un tercer ángel los acompañaba diciendo a grandes voces: El que adore a la fiera y a su imagen,
el que acepte su marca en la frente o en la mano habrá de beber el vino de la cólera de Dios
vertido sin mezcla en la copa de su ira; será atormentado con fuego y azufre delante de los santos
ángeles y delante del Cordero. El humo del tormento se eleva por los siglos de los siglos. No
tienen descanso de día ni de noche los que adoran a la fiera y a su imagen, los que reciben la
marca de su nombre” (14, 9-11)
Juan oye una voz proveniente del cielo (14, 13), por tanto, con el sello de una revelación
autorizada, que le ordena poner por escrito una bienaventuranza. Los que mueren en el Señor son
dichosos, ya desde ahora, desde el momento de su muerte. Los cristianos, que se han esforzado
por mantener los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, son dichosos y viven ya en el descanso.
A los muertos cristianos les aguarda no una desdicha fatal, sino una bienaventuranza. Esta dicha
es tan inconmensurable, que el mismo Espíritu tiene que venir en ayuda de Juan para corroborar
la afirmación. La revelación de la transcendencia es aceptada, conocida y proclamada a través del
Espíritu que mueve al profeta.
“¡Aquí está la constancia de los santos, que observan los mandamientos de Dios y se mantienen
fieles a Jesús! Oí una voz celeste que decía: Escribe: Felices los que en adelante mueran fieles al
Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus fatigas porque sus obras los acompañan (14,12)
3. Tiempo de siega y de vendimia. El juicio de Dios (14, 14-20)
“Vi una nube blanca y en la nube sentada una figura humana, con una corona de oro en la cabeza
y en la mano una hoz afilada. Salió otro ángel del templo y gritó en voz alta al que estaba sentado
en la nube: Mete la hoz y siega porque llegó la hora de la siega, cuando la cosecha de la tierra
está bien madura. El que estaba sentado en la nube metió la hoz en la tierra y la tierra quedó
segada.
Salió otro ángel del templo del cielo, también él con una hoz afilada. Y salió otro ángel de junto al
altar, el que controla el fuego, y dijo a grandes voces al de la hoz afilada: Mete la hoz afilada y
vendimia las uvas de la vid de la tierra, porque los racimos están maduros. El ángel metió la hoz
en la tierra y vendimió la vid de la tierra y echó las uvas en la cuba grande de la ira de Dios.
Pisaron la cuba fuera de la ciudad y se desbordó la sangre de la cuba, que llegó a la altura del
freno de los caballos en un radio de trescientos kilómetros”.
En el caso de la cosecha, recolector es Cristo, que aparece en forma misteriosa. La vendimia, en
cambio, es ejecutada por un ángel, que porta una hoz. La sangre que sale del lagar no forma un
charco, sino que se convierte en un lago inmenso. Y sale fuera de la ciudad, alcanza una
considerable altura y se extiende por toda Palestina. Son visualizaciones a propósito
distorsionadas con un objetivo teológico: expresar la grandeza del juicio. Las dimensiones
(cantidad exagerada) denotan la universalidad del juicio, que adquiere proporciones mundiales.
La primera parte del capítulo 15 es un cántico dedicado a la victoria del Cordero. La visión que
ofrecen estos versículos quiere fortalecer la fe de la comunidad cristiana, tras las adversidades
sufridas y la calamidad de las plagas que se avecinan, cuya descripción se encuentra en el
capítulo siguiente. Como siempre, el apocalipsis sigue siendo un libro cristiano de la consolación y
la esperanza.
“Vi otra señal en el cielo, grande y admirable: siete ángeles que llevan las siete últimas plagas, en
las que se agota la ira de Dios. Vi una especie de mar transparente veteado de fuego. Los que
habían vencido a la fiera, a su imagen y al número de su nombre estaban junto al mar
transparente con las cítaras de Dios. Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del
Cordero:
Grandes y admirables son tus obras,
Señor Dios Todopoderoso;
justos y acertados tus caminos,
Rey de las naciones.
99
En este canto se habla de un mar cristalino, mezclado con fuego. Se trata de un símbolo para
referirse al mar rojo e indicar que como los israelitas caminaron a pie enjuto por el Mar Rojo tras
las huellas de Moisés, así también marchan los cristianos vencedores por la senda abierta por el
Cordero.
Entonan el cántico de Moisés y el del Cordero. La liberación que anunciaba Moisés, ahora se ha
hecho realidad plenamente por la victoria del Cordero y de los suyos. El cántico se presenta como
una rica pieza; está entreverado de citas de los profetas y de los salmos.
El Cordero aparece como el pastor único de su pueblo. Y este pueblo está formado por un séquito
de vencedores, los que están de pie sobre el mar, símbolo del mal, han triunfado de las
asechanzas del mal y de la bestia que sube del mar. Son vencedores que cantan y tienen acceso
a la liturgia celeste para alabar a Dios y reconocer la maravilla de sus obras. Todas las naciones
son invitadas a participar en esta alabanza divina.
Para la meditación
La esperanza cristiana es la cenicienta de las tres virtudes que llamamos teologales porque nos
unen directamente con Dios: la fe, el amor y la esperanza; y nos unen a Dios porque las tres son
expresión de amor y confianza por nuestra parte; son don suyo y entrega nuestra. Aquí Juan nos
invita mirar a larga distancia guiados por la estrella de la esperanza, una esperanza no pasiva y
conformista, sino activa y luchadora en la batalla contra el mal.
- ¡Qué presencia o relieve tiene en nuestra vida la esperanza del triunfo definitivo sobre el mal en
la otra vida?
- ¿Vivimos la esperanza como una luz que ilumina nuestro camino o como una evasión en la lucha
contra el mal?
- Qué nos sugiere a este respecto el texto bíblico que hemos leído?
100
CAPÍTULO QUINCE. LAS SIETE COPAS DE LA IRA DE DIOS (15, 5 – 16, 16)
Tras la reconfortante visión de la victoria de Cristo y del Cordero, nos introducimos ahora en una
escena angustiante que se desarrolla con celeridad. Aparecen siete ángeles vestidos igual que el
Hijo del hombre con ropas sacerdotales y regias. Los ángeles reciben órdenes de parte de Dios
mediante uno de los vivientes. El templo, rebosante de la majestad divina, se llena de humo.
Nadie pude entrar en él, ya nadie puede interceder. Los designios de Dios se van a realizar. Las
siete copas de la ira de Dios se van a derramar sobre la tierra.
“Después vi cómo se abría el templo, la tienda del testimonio en el cielo. Del templo salieron los
siete ángeles de las siete plagas, vestidos de lino puro resplandeciente, ceñida la cintura con
cinturones de oro. Uno de los cuatro vivientes entregó a los siete ángeles siete copas de oro llenas
de la ira de Dios que vive por los siglos de los siglos. El templo se llenó de humo por la gloria y el
poder de Dios, y nadie podía entrar en el templo hasta que se completaron las siete plagas de los
siete ángeles”.
Una vez más nos encontramos aquí con este antropomorfismo de la ira de Dios que el apocalipsis
va a describir con rasgos terribles en el capítulo 16. ¿Cómo compaginar la ira divina con el Dios
que es amor por esencia, como dicen otros textos del Nuevo Testamento?
La descripción de las siete copas sigue el modelo de las siete trompetas de las que se habla en
los capítulos 8 y 9 del Ap, pero las copas más destructivas porque, mientras al mal desatado al
sonar cada una de las siete trompetas afectaba sólo a una tercera parte, el de las siete copas
afecta a la totalidad de las cosas; nada ni nadie va a librarse del castigo de Dios. Igual que el de
las trompetas, también este septenario de las copas se inspira en las plagas de Egipto. Presenta
la ira de Dios llevada hasta sus extremas consecuencias: ya no habrá más tiempo de espera. En
esta encarnizada lucha de Dios contra el mal hay siempre una invitación a la conversión como se
indica expresamente en varias ocasiones. Las copas no pretenden expresar la indignación de un
Dios de justicia que condena por la espalda la irresponsable rebelión de los hombres; son una
apremiante llamada a la conversión, quieren dar una oportunidad de salvación. Pero a pesar de la
gravedad de las plagas, los hombres no se convierten ni reconocen la grandeza de Dios, sino que
lo maldicen.
101
Ya llega el castigo definitivo de la bestia, es decir del imperio romano, cuya caída será narrada en
Ap 16, 17-21 y cantada en el capítulo 18. Juan escoge el símbolo de las copas que, en cuanto
copas de la cólera de Dios, significan los castigos y la ruina definitiva que aguardan a los imperios
totalitarios que, como el de Roma, no aceptan el señoría de Dios y quieren convertirse en dioses,
sin escuchar las llamadas a la conversión que Dios le manda a través de las plagas.
“Oí una voz potente que salía del templo y decía a los siete ángeles: Vayan a derramar a la tierra
las siete copas de la ira de Dios. Salió el primero y derramó su copa en la tierra: a los que llevaban
la marca de la fiera les salieron úlceras malignas y graves.
El segundo derramó su copa en el mar: Se convirtió en sangre como de muerto, y murieron todos
los seres vivientes del mar.
El tercero derramó su copa en los ríos y manantiales y se convirtieron en sangre. Oí que el ángel
de las aguas decía: Justa es tu sentencia, oh Santo, el que eres y el que eras, porque derramaron
la sangre de santos y profetas; les darás a beber sangre como se merecen. Y oí decir al altar: Sí,
Señor, Dios Todopoderoso, tus sentencias son justas y acertadas.
El cuarto derramó su copa en el sol, y le permitieron quemar a los hombres con fuego. Los
hombres se quemaron terriblemente y blasfemaron del nombre de Dios, que controla estas plagas;
pero no se arrepintieron dando gloria a Dios.
El quinto derramó su copa sobre el trono de la fiera: su reino quedó en tinieblas, y se mordían la
lengua de dolor. Blasfemaron del Dios del cielo por sus úlceras y dolores; pero no se arrepintieron
de sus acciones.
2.2. La sexta copa (16, 12-16)
Al derramar la sexta copa, se secó el gran rio. Al secarse el río se abre repentinamente una vía
para la invasión de los temidos reyes de oriente.
El sexto derramó su copa en el río Grande –el Éufrates–: su agua se secó para abrir paso a los
reyes de oriente. Vi salir de la boca del dragón, de la boca de la fiera y de la boca del falso profeta
tres espíritus inmundos como sapos. Son los espíritus de demonios que hacen señales y se
dirigen a los reyes del mundo y los reúnen para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso.
¡Atención, que llego como ladrón! Dichoso el que vela y guarda sus vestidos; así no tendrá que
102
pasear desnudo enseñando sus vergüenzas. Los reunió en un lugar llamado en hebreo Har-
Maggedon.
La tríada demoníaca, el dragón y las dos fieras, se sirve de espíritus inmundos que congregan a
los reyes de la tierra para la batalla (16, 14) Su acción es la opuesta a los tres ángeles ya
mencionados (Ap 14, 6-20) Estos espíritus inmundos son mensajeros de la trinidad infernal,
instrumentos de las tinieblas, y actúan como sapos. Tienen la facilidad de moverse en el silencio y
oscuramente para engañar a los hombres.
La comunidad cristiana que lee el Ap debe conservar pura y firme su fe a pesar del engaño del
Maligno que tan insidiosamente la ataca (como expresa el extraño simbolismo de los sapos)
Cristo mismo refuerza esta exhortación, indicando que viene repentinamente, como un ladrón: hay
que estar alerta. Dichoso el que se muestra vigilante.
Digamos desde el comienzo que la ira de Dios es de naturaleza misteriosa y muy difícil de
entender. No obstante tenemos que hacer un esfuerzo por clarificar qué significa la ira de Dios en
la Biblia.
Los dos libros del Nuevo testamento que más veces mencionan la ira de Dios son el “corpus
paulinum”, es decir, los escritos de Pablo y los que se le atribuyen, y el Apocalipsis.
Para entender un poco mejor este misterio de la ira divina creo que hay que tener en cuenta varias
cosas. Veamos:
1ª.La revelación de Dios es progresiva
Y es progresiva, no porque él quiera esconderse y vaya corriendo poco a poco el velo que oculta
su identidad, sino porque pedagógicamente se adapta al desarrollo natural de la humanidad en
cuento a su inteligencia, su mentalidad y su moral.
2ª En la Biblia con mucha frecuencia se atribuye a Dios todo lo que sucede
La filosofía griega habla de la causa primera que es Dios, pero admite las causas segundas, es
decir, las que están por debajo de Dios y causan diversos efectos buenos o malos. En cambio,
para los judíos, las causas segundas no existen y por eso todo se atribuye a Dios. Él lo causa
todo, lo bueno y lo malo. Por eso las desgracias personales o nacionales y los fenómenos
catastróficos de la naturaleza, se le atribuyen a Dios. Por ejemplo las 7 plagas de Egipto, que muy
bien pudieron ser fenómenos naturales, dice la Biblia que las mandaba Dios. Los males suceden
en contra de su voluntad, por su respeto a la libertad humana y a las leyes de la naturaleza que él
respeta siempre, pero, según la lógica semita, se le atribuyen a Dios directamente.
103
3ª. De Dios siempre hablamos por analogía con los seres humanos
De Dios siempre hablamos con comparaciones tomadas de la creación, particularmente con
comparaciones con el ser humano como si Él fuera un ser humano en grande que tiene las
mismas características y cualidades del ser humano, pero en grado supremo. Eso ha ocurrido con
el atributo de la ira aplicado a Dios. Se imagina que Dios, como todo ser humano, tiene ira y
“monta en cólera”. La diferencia es que en la Biblia la ira del ser humano casi siempre se
considera mala y pecado, mientras en Dios es siempre justa por mostrarse ante el pecado y todo
lo que el ser humano hace mal. Si ante el mal nosotros no enojamos, como Dios se va a quedar
tranquilo, tiene que enojarse.
Por otro lado, el desarrollo moral del ser humano es progresivo y hay muchas cosas que hoy son
éticamente muy malas y, sin embargo en el Antiguo Testamento no lo eran todavía, por ejemplo,
la venganza o el ojo por ojo. El que Dios hiciera eso mismo, lo veían como natural y justo.
A partir del Nuevo Testamento se resalta ante todo la bondad de Dios, su amor a buenos y malos,
y, como dice Jn “Dios es amor”. Por tanto la ira o indignación de Dios por hablar a modo humano,
tiene que ser buena, tiene que ser expresión de su amor y búsqueda de lo mejor para sus hijos.
Ante todo, que se conviertan. En ese sentido hay que entender la ira que llevó a Jesús a expulsar
a los vendedores del templo. En este caso, hoy más que de irá, hoy hablamos de indignación
profética, enteramente positiva por defender la justicia.
De todos modos cualquier característica o atributo del ser humano que utilicemos para hablar de
Dios, es imperfecto y necesita muchas matizaciones. Ocurre incluso con la mejor imagen de Dios,
la que nos dejó Jesús: Dios es Abbá, es decir un Padre, pero como hay padres que no son
buenos, tenemos que añadir que es un Padre entrañable, misericordioso y lleno de ternura.
La ira de Dios está muchas veces relacionada con el juicio de Dios en el que unos se salvarán y
otros no, pero eso depende de ellos, de su comportamiento y en concreto en el Nuevo Testamento
de que acepten y sigan a Cristo o que lo rechazan. Ellos hacen el juicio y firman la sentencia con
su comportamiento, que Dios respeta. Pero la Biblia se lo puede atribuir a la ira divina.
QUINTO CUADRO
CONDENACIÓN DE LA PROSTITUTA Y TRIUNFO DEL CORDERO Y DE LA ESPOSA
La séptima copa inicia el desenlace final de la batalla del Cordero contra el mal. Cristo y los suyos
van a ir aniquilando progresivamente todas las fuerzas del mal. El contenido de este último cuadro
del Apocalipsis se puede resumir así:
Los últimos versículos del capítulo 16 describen la preparación para el juicio contra Babilonia
(Roma) El derramamiento de la séptima copa provoca una serie de reacciones que conmueven el
cosmos: los truenos, relámpagos y temblores, la destrucción de ciudades, los montes y las islas.
Son fenómenos que anuncian y acompañan la descripción de las grandes intervenciones de Dios
en la historia. El paisaje descrito en este texto es desolador y el castigo que cae sobre Babilonia
(Roma) es tremendo ya que es totalmente destruida; sin embargo la gente no se convierte, sino
que continúa maldiciendo a Dios. La enorme granizada simboliza lo que ocurre con los que se
oponen obstinadamente a Dios. Con esta descripción se inicia la fase final de la historia de la
salvación en la que se pondrá de manifiesto la victoria y el poder de Dios y del Cordero sobre el
mal, encarnado en este caso en Roma, en su emperador y en su imperio.
“El séptimo (ángel) derramó su copa en el aire. Del templo y del trono salió una voz potente que
decía ¡Se terminó! Hubo relámpagos, estampidos y truenos; hubo un gran terremoto como no lo
ha habido desde que hay hombres en la tierra; así de violento era el terremoto. La Gran Ciudad se
partió en tres y se derrumbaron las ciudades de las naciones. Dios se acordó de Babilonia la
Grande y le hizo beber la copa de la ira de su cólera. Huyeron todas las islas y no quedaron
montañas. Granizo gigantesco como talentos cayó del cielo sobre los hombres. Los hombres
blasfemaron de Dios por la plaga de granizo, que era una plaga terrible” (16, 17-21)
El capítulo 17 utiliza tres símbolos para hablar de Roma y su imperio: la gran prostituta, la fiera y
la gran ciudad, que persiguen a la Iglesia, presentada aquí como la esposa del Cordero. Se da un
triple enfrentamiento: la gran prostituta se opone a la esposa; la bestia al Cordero; la ciudad de
Babilonia a la nueva Jerusalén.
Un ángel muestra desde un desierto la extraña presencia de una prostituta, que por sus muchos
crímenes es calificada como grande, ha sido infiel a la alianza con Dios y ha adulterado yendo tras
105
otros dioses. El Apocalipsis presenta dos figuras femeninas con funciones antagónicas: la esposa
del Cordero y la prostituta.
“Uno de los siete ángeles que tenían las siete copas se acercó a mí y me dirigió la palabra: Ven
que te muestre el castigo de la gran prostituta, sentada a la orilla de los grandes ríos con la que
fornicaron los reyes del mundo, y con el vino de su prostitución se embriagaron los habitantes del
mundo. Me trasladó en éxtasis a un desierto. Allí vi una mujer cabalgando una fiera color
escarlata, cubierta de títulos blasfemos, con siete cabezas y diez cuernos. La mujer vestía de
púrpura y escarlata, enjoyada de oro, piedras preciosas y perlas. En la mano sostenía una copa
de oro llena de las obscenidades e impurezas de su fornicación. En la frente llevaba un título
secreto: Babilonia la Grande, madre de las prostitutas y las obscenidades de la tierra. Vi a la mujer
emborrachada con la sangre de los santos y la sangre de los testigos de Jesús. Me llené de
estupor a su vista.
La mujer es adúltera; lleva en su mano una copa de oro, ya sabemos que el oro es el color de la
liturgia; pero ella usurpa y profana este uso divino, pues su cáliz dorado está lleno de
abominaciones y de la impureza de sus fornicaciones, es decir, idolatrías o infidelidades a Dios.
Asimismo va vestida de un lujo excesivo, púrpura y escarlata – como los emperadores romanos.
En cambio, la esposa viste de lino brillante y puro; y este vestido de la Iglesia significa las obras
justas de los santos que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero (Ap 7, 13-14) La gran
prostituta aparece grotescamente borracha, embriagada de la sangre de los santos y de los
mártires. La Iglesia es la esposa del cordero “degollado”.
Mediante este símbolo femenino, llevado al extremo de hacer una caricatura burlesca, el autor
describe la prostitución, que se manifiesta en la idolatría; la embriaguez, que es el asesinato y el
holocausto de los mártires y la continua profanación de lo más sagrado. Concentra, por fin, todo lo
que se opone a la santidad de la Iglesia, la única esposa del Cordero, que es Cristo.
Los reyes del mundo que fornicaron con la prostituta son los gobernantes de las naciones
sometidas que buscaban el favor de Roma aún a costa de aceptar su soberanía y su culto
idolátrico, especialmente el culto al emperador, y también sus vicios. Las obscenidades que llenan
la copa de la prostituta son títulos divinos dados a los emperadores y escritos en monumentos a lo
largo del imperio romano.
La gran prostituta goza persiguiendo y asesinando a los cristianos, como dice el texto, “se
emborracha con la sangre de los santos”
El ángel me dijo: ¿De qué te admiras? Te explicaré el secreto de la mujer y de la fiera que la
soporta, la de las siete cabezas y los diez cuernos. La fiera que viste existió y ya no existe, pero va
a subir del abismo para ser aniquilada. Los habitantes del mundo cuyos nombres no están escritos
desde el principio del mundo en el libro de la vida se asombrarán al ver que la fiera existió y no
existe y se va a presentar. ¡Aquí se pondrá a prueba el talento del perspicaz! Las siete cabezas
son siete colinas, donde está entronizada la mujer. Son también siete reyes: Cinco han caído, uno
está reinando, otro no ha llegado aún; cuando venga, durará poco. La fiera que existía y no existe
ocupa el octavo puesto, aunque es uno de los siete, y será destruido.
Para comprender mejor este párrafo es necesario dar una explicación de algunos símbolos y
afirmaciones. Las siete cabezas son siete cerros que hacen referencia a las siete colinas, en
donde ese asentaba la ciudad de Roma y aluden a las montañas como símbolo bíblico de las
potencias terrestres, de la soberbia humana que se rebela contra Dios.
Y son también siete reyes: La frase “siete reyes” se refiere a siete emperadores, cinco de los
cuales ya habían muerto cuando Juan escribía y serían: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y
Nerón. El sexto sería Vespasiano y el séptimo Tito, que gobernó poco tiempo, sólo dos años. El
octavo sería Domiciano a quien tomaban como la reencarnado Nerón y en cuya época se escribe
el Apocalipsis. Pero hay que ver en ellos la totalidad del imperio que se opone a Dios; y, al mismo
tiempo, la índole frágil de este imperio, que marcha irremediablemente hacia su perdición. Cuando
venga el octavo, que está aún por venir, durará poco. El fin se acerca.
La afirmación de que la fiera existió pero ya no existe y, sin embargo, se presenta es un recurso
literario que da por hecho lo que va a suceder con la fiera.
3. Lucha contra la Iglesia y derrota de la fiera y sus seguidores (17, 11- 18)
Los diez cuernos que viste son diez reyes que todavía no reinan; pero durante una hora
compartirán con la fiera la autoridad. Tienen un solo propósito y someten su poder y autoridad a la
fiera. Lucharán contra el Cordero, pero el Cordero los derrotará, porque es señor de señores y rey
de reyes, y los que él ha llamado son elegidos y leales. Añadió: Los ríos que viste, donde está
sentada la prostituta, son pueblos, multitudes, naciones y lenguas. Los diez cuernos que viste y la
fiera aborrecerán a la prostituta, la dejarán arrasada y desnuda, se comerán su carne y la
quemarán. Porque Dios los ha movido a ejecutar su designio, aunando propósitos y sometiendo
sus reinos a la fiera, hasta que se cumplan los planes de Dios. La mujer que viste es la gran
capital, soberana de los reyes del mundo.
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El ángel no explica el símbolo de la mujer, sino el de la fiera, que ya hemos visto en el capítulo 13.
La fiera es el anticristo, potencia suprahistórica que combate continuamente a la Iglesia; es el
estado totalitario encarnado en la Roma imperial y en sus emperadores. La fiera surge y conoce
un cierto esplendor, pero “ya no es” porque marcha hacia la perdición. Se indica con estas
discretas alusiones una contraposición entre la eternidad de Dios y de Cristo y la fragilidad
tremenda de este poder corrosivo. Aunque el espíritu del mal se siga reencarnando en sucesivos
personajes y acontecimientos, al fin serán derrotados.
Juan narra aquí el combate entre los diez reyes, emisarios de la fiera, es decir, todo el poder
anticristiano en la historia contra el Cordero. La contienda debe confirmar quién es el rey. Pero no
se describe el combate, no es un acta detallada de la guerra, sino la constatación de una victoria:
vence el Cordero, porque sólo él es el Rey de reyes y Señor de señores. Con este título el
Cordero asume funciones divinas, las propias de Dios en el Antiguo Testamento. Esta victoria
posee un carácter anti- imperial. Domiciano era llamado “nuestro dios y señor”. Indica la derrota de
una usurpación indebida y la confirmación de una verdad cristológica: que el Cordero es el Señor
absoluto; sólo Cristo es el único Cesar y Rey para la Iglesia y el mundo.
En resumen, las metamorfosis del mal, que no cesan son una mujer, una bestia, una ciudad y los
reyes de la tierra. En el fondo, el poder del maligno que se manifiesta con tremenda vitalidad. Pero
la comunidad recibe consuelo, pues comprueba el carácter efímero del mal; y está por ello invitada
a una confesión de fe: sólo Cristo es el Rey, a él únicamente se le debe adoración.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) ¿En qué “imperios”, instituciones, grupos y personas se encarna hoy el anticristo que
persigue a la Iglesia?
b) ¿Qué grupos y personas están luchando con esas encarnaciones del mal?
2. Mirada al texto
¿Qué símbolos utiliza el Ap para designar al imperio?
¿Cuáles son las cuatro realidades en que se metamorfosea o presenta el mal en este texto?
¿Por qué la idolatría se presenta como prostitución?
¿Qué significa la expresión “la fiera que existía y ya no existe”?
3. Meditación
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¿Qué actitudes hemos de tomar hoy los seguidores de Jesús frente a las diversas encarnaciones
del mal?
¿Cómo nos comportamos nosotros cuando de algún modo nos alcanzan los efectos del mal?
4. Compromiso
¿Qué compromisos de acción despierta en nosotros este texto?
Capítulo 18. LA CAIDA DE BABILONIA Y LOS LAMENTOS POR ESA CAIDA (18, 1-24)
Si en el capítulo anterior se anunciaba el juicio de la gran ciudad, en este tiene lugar la ejecución
de ese juicio. Juan hace una descripción impresionante en la que resalta su carácter dramático-
litúrgico, la solemnidad de los personajes y de sus lamentaciones. Presenta la caída de la gran
ciudad como un drama religioso digno de ser representado.
Después vi bajar del cielo a otro ángel, con gran autoridad, y la tierra se deslumbró con su
resplandor. Gritó con voz potente: ¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha vuelto morada de
demonios, guarida de toda clase de espíritus inmundos, guarida de toda clase de aves impuras y
repugnantes, porque todas las naciones han bebido del vino furioso de su prostitución, y los reyes
del mundo han fornicado con ella y los comerciantes del mundo se han enriquecido con su lujo
fastuoso.
El ángel anuncia como ya realizada la caída de Babilonia. El orgullo de la gran ciudad se ha
venido abajo, y ella se ha convertido en la morada de las peores alimañas. Después Juan dice que
ha caído en esa ruina por su adulterio con los reyes de la tierra y por el enriquecimiento
desenfrenado de sus negociantes. Aquí se condena el comercio que sólo busca el lujo y la
ostentación. Su arrogancia conlleva la injusticia social, porque siempre se logra a costa de otros
Oí otra voz celeste que decía: Pueblo mío, salgan de ella, para no ser cómplice de sus pecados y
no sufrir sus castigos. Porque sus pecados se apilan hasta el cielo, y el Señor tiene en cuenta sus
crímenes. Páguenle en su misma moneda, denle el doble por sus acciones; la copa en que
preparó sus mezclas llénenla el doble; cuanto fue su derroche y su lujo dénselo de pena y
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tormento. Se decía: Tengo un trono de reina; no quedaré viuda ni pasaré penalidades. Por eso, en
un día le llegarán sus plagas: matanza, duelo y hambre, y la incendiarán; porque el Señor Dios
que la condena es poderoso.
Otra voz invita a salir de la ciudad, no precisamente en sentido geográfico, sino a no compartir su
modo de vida. En efecto, no se trata de una invitación salir físicamente de la ciudad de Roma, sino
a negarse a participar de los pecados de los romanos. Los pecados de la gran ciudad han llegado
hasta el límite de toda tolerancia. Recordando al profeta Isaías (47, 7-8) el Apocalipsis afirma que
la gran ciudad se ha coronado a sí misma como reina, sentándose en un trono de orgullosa
autosuficiencia; ha hecho de su opulencia y bienestar su única gloria. No sólo ha roto los caminos
con Dios, sino que desafía la justicia y la única gloria de Dios. En el apocalipsis solo Dios está
sentado en el trono, pues él es el único soberano.
El pecado principal de Roma consiste en creer que su poder y su autoridad no se la deben a nadie
y que es dueña absoluta de sí misma, sin reconocer ninguna ley superior.
En la primera escena aparecen tres grupos representativos relevándose en sus lamentaciones: los
reyes, los comerciantes y los traficantes, que lloran, se lamentan y se mantienen a lo lejos. Es la
elegía por la caída de la gran ciudad, como si se tratara de una persona. Todo el pasaje se refiere
a la pérdida del poder, la riqueza y el esplendor de Roma.
Por ella llorarán y harán duelo los reyes del mundo que con ella fornicaron y se dieron al lujo,
cuando vean el humo de su incendio, y desde lejos, por miedo a su tormento, dirán: ¡Ay, ay de la
Gran Ciudad, Babilonia la poderosa, que en una hora se cumplió tu sentencia!
b) Los comerciantes (11-16)
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Los comerciantes lamentan la ruina de sus negocios injustos porque sus mercancías ya no se
venden. Sorprende la larga oferta de productos; y esta enumeración detallada vale como una
condena de su actividad, inspirada históricamente en el comercio de Roma: metales y piedras
preciosas; vestidos de lujo y objetos refinados (el autor menciona lo mejor de aquel tiempo), pero,
sobre todo, esclavos y seres humanos con los que también comerciaban. Los negociantes
ambicionan tanto la riqueza que no respetan el valor sagrado de la vida. La ciudad está llena de
injusticia social. Los comerciantes contemplan con dolor cómo su gran negocio ha sido aniquilado
en un momento.
Los comerciantes del mundo llorarán y harán duelo por ella, porque ya nadie compra su
mercancía: oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, maderas
aromáticas, objetos de marfil, instrumentos de maderas preciosas, de bronce, hierro y
mármol, canela y especias, perfumes, mirra e incienso, vino y aceite, flor de harina y trigo, vacas y
ovejas, caballos, carros, esclavas y esclavos. La ganancia que codiciabas se te escapó, tu
refinamiento y esplendor los has perdido y no los volverás a encontrar. Los comerciantes en esos
productos, que se enriquecían con ella, se mantendrán a distancia por miedo a sus tormentos,
llorarán y harán duelo diciendo: ¡Ay, ay de la Gran Ciudad, que se vestía de lino, púrpura y
escarlata, que se enjoyaba con oro, piedras preciosas y perlas! Tanta riqueza arrasada en una
hora.
Quizás los mercaderes serían los más gravemente afectados por el colapso de Roma. La frase
“porque nadie compra” revela el egoísmo de este grupo.
Esta impresionante lista de mercancías caras es un reflejo del comercio romano de la época.
En total contraste con esos lamentos, el Apocalipsis invita a la alegría a los cristianos a quienes
presenta también en tres grupos. Alégrense por ella, cielos, santos y apóstoles y profetas, porque,
al condenarla a ella, Dios les ha hecho justicia (18, 20)
No es la ruina de Babilonia lo que debe celebrarse con aire de venganza, sino el restablecimiento
de la justicia divina.
111
Todos los pilotos y navegantes, marineros y traficantes marinos se quedarán lejos y, al ver el
humo de su incendio, gritarán: ¿Quién como la Gran Ciudad? Se echarán polvo a la cabeza,
llorarán y harán duelo gritando: ¡Ay, ay de la Gran Ciudad, de cuya abundancia se enriquecían los
que navegan por el mar; que en una hora ha sido arrasada!
El Apocalipsis resalta así el contraste entre el gozo de los cristianos perseguidos y asesinados que
ya están con Dios y la gran ciudad destruida por la justicia divina. En realidad, ella misma por su
prepotencia, su orgullo y sus injusticias se ha corrompido y se ha destruido. Lo mismo ha ocurrido
y ocurrirá a todos los imperios que han desfilado por la historia devorándose unos a otros.
La segunda escena (18, 21-24) describe el gesto profético del ángel que arroja una enorme piedra
al mar. Para decir que lo mismo que una piedra arrojada al mar desaparece sin dejar rastro, así
será aniquilada Roma. Enumera después una serie de cosas, todo lo que significa esperanza y
vida, que desaparecerán como la piedra en el agua: la música, el placer del trabajo; la luz que
alumbra el descanso de la noche, no se oirá la voz del esposo y de la esposa. Reina una tristeza y
un luto de muerte. Más allá de esta lúgubre descripción, es preciso notar la antítesis con la nueva
Jerusalén. Babilonia con su hechicería, ha embaucado a todas las naciones; y con su persecución
ha derramado la sangre de los cristianos.
Después un ángel poderoso levantó una piedra como una rueda de molino y la arrojó al mar
diciendo: Así será arrojada con ímpetu Babilonia, la Gran Ciudad, y no se la encontrará más. No
se escuchará en ti sonido de cítaras, cantores, flautistas y trompetas; no habrá allí artesanos de
ningún oficio; no se oirá en ti el ruido del molino ni brillará en ti la luz de la lámpara, ni se oirá en ti
la voz del novio y de la novia. Tus mercaderes eran grandes del mundo, con tus hechicerías se
extraviaron todas las naciones, en ella se derramó la sangre de profetas y santos y de todos los
asesinados en el mundo”.
La gran ciudad representa, en primer lugar, a Roma. Pero el simboliza también a toda ciudad o
Estado que construya en su interior un sistema cerrado, de consumo y lujo desenfrenado, donde
ni la vida humana se respeta. El autor pretende hacer una llamada a la comunidad cristiana para
que sepa detectar en la historia esos centros de poder, no se deje atrapar por el fatuo brillo de sus
riquezas y no participe de su comercio inmoral.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
112
a) ¿Qué personas, sistemas y países representan hoy el abuso de poder político, del lujo, del
lucro y de la injusticia?
b) En Bolivia los gobernantes, cada vez que hablan se meten con el neoliberalismo, cuya
alma es el mercado libre ¿Lo han atacado en realidad?
c) ¿Quiénes sigue lucrándose a costa de los demás?
2. Mirada al Texto
4. Compromiso
Estos versículos contienen dos himnos: el primero celebra la justicia de Dios, que se manifiesta en
el castigo de Babilonia, considerado aquí ya como un hecho consumado (vv. 1-4); el segundo nos
ofrece una rápida visión de las bodas del Cordero con ella como un hecho ya próximo. Estas
bodas simbolizan la unión del Mesías con la comunidad cristiana a la que ama como a una esposa
(19, 5-9)
Estos cantos triunfales presentan un marcado contraste con los sombríos tonos del capítulo
anterior y ponen de relieve el gran contraste que se da entre la Iglesia terrestre en la que el mal se
ha manifestado en la persecución, y la futura gloria del cielo, consecuencia de las intervenciones
de Dios en favor de los suyos.
113
En estos versículos se resalta la estrecha comunión entre la Iglesia terrestre y la del cielo, que
celebra la victoria de Dios y del Cordero contra el imperio perseguidor de la Iglesia terrestre. Los
cristianos que ya están en la Iglesia celeste siguen con atención la peregrinación de sus hermanos
de la tierra; el Cordero está sentado mirando con la máxima solicitud – tiene siete ojos para mirar
– el rumbo de la historia y la situación de los cristianos perseguidos. La Iglesia celeste se presenta
comprometida con la suerte de la comunidad cristiana que lucha en la tierra. Y esta alianza entre
la Iglesia celeste y la terrestre se expresa sobre todo en la celebración litúrgica, en la que se
encuentran ambas iglesias. El relato se presenta como una serie de alabanzas.
.
1.1. Canto primero. Alegría en la Iglesia celeste (19, 1-4)
“Después escuché en el cielo un rumor como de una gran multitud que decía: ¡Aleluya! A nuestro
Dios corresponden la victoria y la gloria y el poder, porque son justas y acertadas sus sentencias.
Porque ha condenado a la gran prostituta que corrompió al mundo con sus inmoralidades y le ha
exigido cuentas de la sangre de sus servidores. Y repitieron: ¡Aleluya! El humo de ella asciende
por los siglos de los siglos.
La voz clamorosa de una inmensa muchedumbre, compuesta por ángeles y cristianos ya
vencedores aclama a Dios. La invitación a la alabanza adquiere un sentido litúrgico y escatológico,
es decir, celebración cristiana hace ya presente la salvación del final de los tiempos. Son tres la
motivaciones que llevan a entonar este aleluya:
- Fundamentalmente porque Dios ha juzgado con rectitud, conforme a la verdad y la justicia;
- porque ha condenado las corrupciones (idolatrías) de la gran prostituta (Roma)
- y porque ha vengado la sangre inocente de sus siervos como suplicaban con tanta
insistencia los mártires (Ap 6,10)
Los anhelos y aspiraciones de los cristianos perseguidos mencionados a lo largo del libro, ahora
llegan a feliz cumplimiento, y la asamblea celeste lo celebra.
El hecho de que esta exclamación de alabanza “¡Aleluya!”, que significa «alaben a Yahvé», sea
frecuente en los Salmos demuestra su importancia en la liturgia judía. El que aquí se repita cuatro
veces en pocos versículos significa que ya se empleaba también en la liturgia cristiana.
El mismo grupo, por segunda vez, vuelve a cantar a Dios, constatando a través de la señal del
humo destructor, el castigo de la gran Babilona. Ruina eterna, debida a un juicio eterno; pues el
humo de su incendio sube por los siglos de los siglos. La imagen está tomada de la proverbial
destrucción de Sodoma y Gomorra (Gn 19, 28)
1.2. Canto de la creación y de Iglesia terrestre y alegría por las bodas del Cordero (19, 5-9)
Aparece otro grupo que en actitud de profunda veneración, se asocia a la celebración. Representa
a los cuatro ángulos del mundo, es decir, toda la creación. Lo mismo que en las precedentes
114
escenas de liturgia celeste (4,8-11; 5,8.14), los seres vivientes, que representan a la creación
entera, y los ancianos, representantes de la Iglesia, se unen a las alabanzas de los ángeles
(11,15-18) Así, pues, la historia y la creación entera, se unen a la celebración divina. Y asiente con
un solemne amén.
Los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes se postraron y adoraron al Dios sentado en el
trono y dijeron: ¡Amén, aleluya! Del trono salió una voz que decía: Alaben a nuestro Dios, todos
sus siervos y fieles, pequeños y grandes. Y escuché un rumor como de una gran multitud, como
ruido de aguas torrenciales, como fragor de truenos muy fuertes:¡Aleluya! ya reina el Señor, Dios
[nuestro] Todopoderoso! (19, 4-6)
Una voz emerge del trono (Ap 19, 5) y exhorta a la alabanza de nuestro Dios, a los santos (a la
Iglesia entera), aquí designados como siervos de Dios y a los pequeños y los grandes. Toda la
humanidad, pues, está invitada a la alabanza de un Dios que se ha mostrado en nuestro favor. La
alabanza debe ser universal y continua, no sólo por la justicia del castigo, sino por la excelencia de
las obras de Dios.
Los que han padecido por ser fieles a Cristo están gozando ya del banquete de bodas del
Cordero, es decir, son plenamente felices en compañía de Cristo resucitado, cuya imagen es la de
un cordero que ha sido degollado, pero está en pié. Y se explicita mejor la imagen de las bodas,
las nupcias escatológicas de Cristo con la Iglesia, su pueblo rescatado. A estas bodas están todos
convidados. Con esta bienaventuranza se invita al festín escatológico, es decir, del final de los
tiempos, y se espera que los invitados respondan con una digna presencia.
Alegrémonos, regocijémonos y demos gloria a Dios, porque ha llegado la boda del Cordero, y la
novia está preparada. La han vestido de lino puro, resplandeciente –el lino son las obras buenas
de los santos. Me dijo: Escribe: Dichosos los convidados a las bodas del Cordero
Los invitados son los compañeros fieles del Cordero. La boda del Cordero que comporta el gozo
irresistible de la Iglesia, es una anticipación de la visión final del libro (20,11-22,5) que habla del
triunfo definitivo de Cristo y de la Iglesia en la Jerusalén celeste. El tema del matrimonio que une a
Dios con su pueblo se utilizaba ya en el AT (Os 2,1-23; Is 54,4-8) En el NT es utilizado para
expresar la unión vital entre Cristo y su Iglesia (Mt 22,1-14; 25,1-13; Jn 3,29; 2 Cor 11,2; Ef 5,23-
32). El símbolo indica la íntima e indisoluble unión de Cristo y su comunidad. En el Ap la Iglesia es
presentada a la vez como madre (v. 12) y esposa, mientras que su rival recibe el nombre de
prostituta.
Y añadió: Son palabras auténticas de Dios. Caí a sus pies en adoración. Pero me dijo: ¡No lo
hagas! Soy siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús. A Dios
has de adorar –el testimonio de Jesús es el espíritu profético–.
Este mensaje resulta tan esperanzador, que es preciso confirmar su veracidad. Juan cae de
rodillas ante el ángel, pero el ángel le disuade; sólo Dios debe ser adorado. Las palabras del
Apocalipsis son inspiradas. La frase “El testimonio de Jesús es el espíritu profético” (19, 10)
significa que el testimonio o lo que Jesús ha dicho acerca de Dios provine del espíritu profético
que él tiene y que viene del Espíritu Santo. Jesús sigue dando testimonio mediante el Apocalipsis,
inspirado por el Espíritu Santo. Quien lee este libro, debe convertirse en testigo de Jesús y
continuar dando su mismo testimonio en el mundo.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
a) La gran valoración que hace el Apocalipsis de la Iglesia (esposa de Cristo) contrasta con la
minusvaloración y hasta desprecio con que hoy la miran muchos. ¿A qué se deberá?
b) En sus últimos capítulos el Ap presenta el triunfo final, en la gloria, de los perseguidos por
el imperio y se pueden tomar como palabras de consuelo que invitan a una resignación
pasiva, aceptándolo todo como prueba o como voluntad de Dios. ¿Se toman o se han
tomado así a lo largo de los siglos por parte de la Iglesia para consolar a los pobres, los
enfermos y las víctimas de la injusticia con la promesa de que les compensará en la vida
futura?
2. Mirada al texto
a) ¿Hay alguna frase del texto que te haya llamado especialmente la atención? ¿Por qué?
b) ¿Qué simboliza la boda del Cordero?
c) ¿Qué significa la exclamación litúrgica del Antiguo y del Nuevo testamento “¡Aleluya!?
3. Meditación
a) ¿Pensamos algunas veces en la gloria futura más allá de la muerte? ¿Qué sentimientos y
actitudes despierta en nosotros?
b) ¿Dónde se reúnen hoy gozosamente la Iglesia terrestre y la celeste para alabar a Dios?
¿Vivimos consciente y gozosamente ese encuentro?
4. Compromiso
¿Qué compromiso para la vida nos sugiere la lectura de este párrafo del Ap?
116
El relato presenta a Cristo como juez y vencedor de todas las fuerzas del mal. Ha sido aniquilado
el centro del poder corruptor, la gran Babilonia; ahora poco a poco, irreversiblemente, van cayendo
sus vasallos y adeptos, los reyes las dos bestias. En esta densa narración se muestra que Dios ha
decidido que la presente victoria sobre el mal, largamente anunciada en el Antiguo Testamento y
también en el Apocalipsis, esté protagonizada por Cristo, el Mesías, quien asume prerrogativas
divinas. Este triunfo se ve acompañado por la presencia de los cristianos. Eso indica que se trata
de la victoria definitiva de Cristo y de la Iglesia sobre el mal al final de los tiempos. Como dice san
Pablo: “Porque él tiene que reinar hasta poner a todos sus enemigos bajos sus pies…y así Dios
será todo para todos” (1 Cor 15, 25.28) Todo este sometimiento el Ap lo expresa en términos
apocalípticos con imágenes fantásticas y expresiones, como “la ardiente ira de Dios”, que a veces
hieren nuestra sensibilidad, si olvidamos que se trata de un género literario.
4.1. Presentación de Cristo como vencedor y juez de los agentes del mal (19, 11-16)
Vi el cielo abierto y allí un caballo blanco. Su jinete [se llama] Fiel y Verdadero, Justo en el
gobierno y en la guerra. Sus ojos son llama de fuego, en la cabeza lleva muchas diademas. Lleva
grabado un nombre que solamente él conoce. Se envuelve en un manto empapado en sangre. Su
nombre es la Palabra de Dios. Las tropas celestes lo siguen cabalgando blancos caballos,
vestidos de lino blanco limpio. De su boca sale una espada afilada para herir a las naciones. Los
apacentará con vara de hierro y pisará la cuba del vino de la ardiente ira de Dios
Todopoderoso. En el manto y sobre el muslo lleva escrito un título: Rey de reyes y Señor de
señores.
El Apocalipsis presenta aquí a Cristo, el Mesías con multitud de símbolos relacionados con su
lucha contra el mal, cuya interpretación vamos a buscar.
1) El caballo blanco y su jinete. Aquel caballo blanco que apareció fugazmente en la apertura
del primer sello (6, 2) muestra hora su esplendor. Se dijo que salió como vencedor y para
vencer, ahora ha llegado el momento de su victoria. El jinete es calificado como fiel y
verdadero. Estos dos títulos se repiten aquí (1,5; 3,7.14) porque Cristo cumple su promesa
de combatir y juzgar a los enemigos de Dios (1 Cor 15,24-28)
2) Sus ojos de fuego significan que tiene una mirada de fuego que penetra hasta el fondo.
Son también símbolo de su perfecto conocimiento como juez.
117
3) Sus muchas diademas opuestas a las del dragón y a la bestia significan su poder y lo
presentan como es verdadero rey o “rey de reyes”, como dirá a continuación.
6) Las tropas celestes. Pero el jinete no cabalga solo, le acompañan otros jinetes: los
cristianos fieles hasta el final, los vencedores. El jefe va en rojo de sangre, sus seguidores
en blanco. Se expresa así la participación de los cristianos en la victoria de Cristo. Van
vestidos del color blanco de la resurrección, han lavado y blanqueado sus túnicas en la
sangre del Cordero, participando de su misterio pascual. En el presente contexto, sin
embargo, los ejércitos son primariamente ejércitos de mártires (17,14), con las vestiduras
blancas características de éstos (3,5; 6,11; 19,8).
8) Rey de reyes. Se subraya el carácter divino de Cristo pues porta un título que sólo a Dios
se tributa: Rey de reyes y Señor de señores. A diferencia de la bestia, que está cubierta de
nombres blasfemos (17,3), Cristo muestra abiertamente el título que Dios le ha otorgado.
Rey de reyes: Este título, reservado a Dios en el AT (Dt 10,17; cf. 1 Tim 6,15), significa que
Cristo domina toda la creación (Flp 2,9-11)
Vi un ángel de pie sobre el sol, que gritaba a todas las aves que vuelan por el cielo: —Vengan,
reúnanse para el gran banquete de Dios. Comerán carne de reyes, carne de generales, carne de
poderosos, carne de caballos con sus jinetes, carne de libres y esclavos, de pequeños y grandes.
Vi que la fiera y los reyes del mundo con sus tropas se reunían para luchar contra el jinete y su
tropa. Cayó prisionera la fiera y con ella el falso profeta que, haciendo señales ante ella, engañaba
a los que aceptaban la marca de la fiera y a los que adoraban su imagen. Los dos fueron
arrojados vivos al foso de fuego y azufre ardiente. Los demás fueron ejecutados con la espada del
jinete, la que sale de su boca. Y todas las aves se cebaron en sus carnes.
En este párrafo no se describe el combate de los ejércitos celestes capitaneados por el Señor
resucitado, sino el resultado de la derrota y se invita, con imágenes muy fuertes a las aves de
presa a saciarse con los cadáveres de todos los enemigos de Dios (6,15-17). Este macabro
banquete parece ser una réplica a la contra del banquete de bodas del Cordero (19,9).
Las dos bestias, engendros y representantes del gran dragón, son arrojadas vivas en un estanque
de fuero y azufre. Esto significa su aniquilación total, sin escapatoria, con suplicios eternos. Todos
los demás también fueron aniquilados. La victoria es de Cristo y de los suyos; es, en el fondo, la
gran victoria de Dios sobre el mundo del maligno.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
Vivimos en una sociedad en la que las fuerzas del mal, lejos de debilitarse, parece que se está
fortaleciendo y que va incrementando sus estragos. Pensemos en la violencia, el terrorismo, las
guerras y la corrupción, en el narcotráfico, en la pobreza extrema que atormenta y mata a millones
de personas cada año, sin que nadie alce la voz.
a) Frente a esta realidad ¿Creemos y esperamos que algún día se impondrá la justicia y la
bondad de Dios?
119
b) Y si la victoria sobre el mal sólo se pudiera realizar al final del mundo ¿qué debemos hacer
nosotros entretanto, mirar el espectáculo de brazos cruzados?
2. Mirada al texto
2. Meditación
3. Compromiso
Vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una enorme cadena en la mano. Sujetó
al dragón, la serpiente primitiva, que es el Diablo y Satanás, lo encadenó por mil años y lo arrojó al
abismo. Cerró y selló por fuera, para que no extravíe a las naciones hasta que se cumplan los mil
años. Después lo han de soltar por breve tiempo.
Este es un texto bastante enigmático y difícil de interpretar. El Apocalipsis habla aquí de una
victoria temporal sobre el dragón antes de la victoria definitiva que describirá en los dos capítulos
120
siguientes con los que termina el libro. Esta victoria temporal sobre el dragón puede referirse a la
muerte y resurrección del Cordero, que derrotó en sí mismo el poder del mal, del pecado y de la
muerte y lo derrota también en sus seguidores, los mártires y los perseguidos, que ya han
alcanzado la vida definitiva. Entre las numerosas interpretaciones de este pasaje, la de san
Agustín es la que ha logrado mayor aceptación: los mil años representan toda la historia de la
Iglesia, triunfante y militante, en el cielo y en la tierra, desde la resurrección de Cristo hasta su
parusía, hasta el final de los tiempos en el que se consumará la derrota del dragón para siempre.
Es una victoria logada por Cristo, el Cordero, pro sólo en Él se ha realizado plenamente; en los
demás es un proceso, una lucha, para la que el Cordero nos ha dado las armas de la victoria. Y
las armas son su presencia en nosotros y la fuerza del Espíritu Santo.
El texto dice que la actividad de Satanás consiste en engañar a las naciones, es decir, en conducir
a las personas a la idolatría. Al final, cuando ya le quede poco tiempo, su ataque se torna feroz.
“Vi unos tronos, y sentados en ellos los encargados de juzgar; vi también las almas de los que
habían sido decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, los que no adoraron a la
fiera ni su imagen, los que no aceptaron su marca ni en la frente ni en la mano. Vivieron y reinaron
con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta pasados los mil años. Ésta es la
resurrección primera. Dichoso y santo el que tome parte en la resurrección primera. No tendrá
poder sobre ellos la muerte segunda, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con
él mil años.
Aparecen unos tronos y sobre ellos unos personajes sentados. Son los mártires y los testigos que
no hayan sucumbido ante las acometidas de la fiera: los creyentes fieles. Se habla aquí de dos
clases de triunfadores: los mártires, que fueron asesinados, y los que fueron perseguidos, aunque
no asesinados, por no aceptar la marca de la fiera, la ideología de sus perseguidores y el culto al
emperador. Y se presentan como jueces, es decir, reinan.
Juan habla aquí de la resurrección primera, lo que supone la segunda, y de la muerte segunda, lo
que supone la primera. La resurrección primera se refiere al estado de felicidad que caracteriza a
los que mueren en el Señor en espera de resucitar al final del mundo. La primera resurrección es
una realidad vivida ya desde el momento en que se pasa el umbral de la muerte. La muerte
primera es la que sucede en este mundo y la segunda se refiere a la situación en la que quedan
121
en la otra vida después del juicio final quienes no se han mantenido fieles; quedarán apartados de
vivir para siempre con el Señor, y de la convivencia gloriosa en la Jerusalén celestial.
Pasados los mil años soltarán de la prisión a Satanás, y saldrá a extraviar a las naciones en las
cuatro partes del mundo, a Gog y a Magog. Los reunirá para la batalla, innumerables como la
arena del mar. Avanzarán sobre la anchura de la tierra y cercarán la fortaleza de los santos y la
ciudad amada. Pero caerá un rayo del cielo que los consumirá. El Diablo que los había engañado
fue arrojado al foso de fuego y azufre, con la fiera y el falso profeta: allí serán atormentados día y
noche por los siglos de los siglos.
Viene después el ataque final del dragón personificado en Gog y Magog. Con esos dos nombres,
tomados de la profecía de Ez 38-39, son designados los pueblos hostiles a Israel. Aquí se refiere a
las potencias enemigas del pueblo de Dios, que animadas por Satán, combaten a la Iglesia. Se
describe el definitivo asalto a la Iglesia. El rayo caído del cielo significa que es el poder de Dios
quien destruye al diablo al que le aguarda un final apropiado: el estanque de fuego y azufre. Es
borrado literalmente de la historia; sólo le espera el tormento eterno. Con su ruina, el mal
desaparece de la tierra y acaba la pesadilla del mundo.
Vi un trono grande y blanco y a uno sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo sin
dejar rastro. Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono. Se abrieron los libros, y se
abrió también el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados por sus obras, según lo escrito en
los libros. El mar devolvió sus muertos. Muerte y abismo devolvieron sus muertos, y cada uno fue
juzgado según sus obras. Muerte y Abismo fueron arrojados al foso de fuego –ésta es la muerte
segunda, el foso de fuego. Quien no esté inscrito en el libro de la vida será arrojado al foso de
fuego.
Aparece ahora un trono blanco, el trono de Dios. Él es juez. No se habla de Cristo, pero sabemos
que Dios juzga en Cristo Jesús (Rom 2, 6) La resurrección de los muertos y el juicio final, que
marcan el fin de este mundo y el comienzo de la nueva era, siguen al reino intermedio de Cristo.
Ante la presencia divina desaparecen la tierra y el cielo. El mundo ligado a la condición pecadora
del hombre, no puede subsistir delante de Dios; tiene que ser transformado a fin de que llegue la
renovación (21, 1) El cielo y la tierra desaparecerán porque habrá nuevos cielos y nueva tierra.
Los muertos se presentan de pie, tanto los poderosos como los humildes. Se abren unos libros,
que contienen todas las acciones de los hombres, buenas y malas (Dn 7,10; cf. Is 65,6-7; Mal
3,16). El libro de la vida es distinto de los dos precedentes y contiene los nombres de los
122
destinados a la vida eterna. La imagen sugiere una elección divina, pero una elección que no
excluye a nadie. Es uno el que se autoexcluye, se borra del libro de la vida por su
comportamiento, por su modo de vida.
El mar devuelve a sus ahogados, el abismo a sus sepultados, y todos son juzgados según su
conducta. La muerte, como personificación del mal que engulle el destino de los hombres es
aniquilada; y el abismo, casi sinónimo de la muerte, es también destruido. Desaparece ya toda
presencia del mal. La tierra es transformada, ya no hay muerte ni pecado. El juicio será hecho
conforme a las obras, según lo que estaba escrito en los libros; del libro de la vida se dice
expresamente que es el libro del Cordero degollado. Estar inscrito en este libro significa llevar una
conducta consecuente con la fe cristiana, y los que no están inscritos en él sufrirán la segunda
muerte, es decir, la codena definitiva.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
Según una interpretación del significado de los mil años del reinado, que comprenden desde su
muerte y resurrección hasta su victoria definitiva al final de los tiempos, nosotros estaríamos en
ese período de la historia. Pero el mal sigue atacando y de manera muy violenta: el terrorismo, la
violencia de todo género, el neopaganismo que va ganando terreno a la Iglesia de los creyentes y
engaña a las naciones ofreciéndole nuevos emperadores, nuevos ídolos a los que adorar.
a) ¿Cuáles son esos nuevos ídolos?
b) ¿A qué emperadores damos hoy culto?
2. Mirada al texto
a) ¿Hay alguna frase que te haya llamado más la atención?
b) ¿Qué significan los mil años de encadenamiento del dragón?
c) ¿Qué significan la primera y la segunda muerte; la primera y la segunda resurrección?
d) ¿Qué significa el foso del fuego?
e) ¿Por qué en la victoria final sobre el mal desaparecerán el cielo y la tierra?
3. Meditación
a) Tenemos poder para vencer al pecado del mundo, porque Cristo vencedor del pecado y del
mal habita en nosotros, pero ¿por qué muchas veces no salimos vencedores, sino que
somos vencidos.
123
b) ¿Cómo plantar cara a la presión que ejerce sobre nosotros el pecado del mundo?
c) ¿Qué estamos haciendo para resistir los embates del mal y la seducción de los nuevos
ídolos?
4. Compromiso
Hacer algún compromiso concreto en la lucha contra el mal y contra los nuevos ídolos a los que
damos culto.
Los dos últimos capítulos del Apocalipsis se encuentran entre las páginas más bellas de la Biblia.
Son como una vidriera de catedral incesantemente iluminada por un sol esplendoroso.
Juan no habla aquí del fin del mundo, sino del “más allá del fin” de este mundo, que da ya por ya
acontecido. En los capítulos anteriores nos ha presentando la derrota del viejo mundo del
dragón, ahora nos ofrece la visión del mundo nuevo. Su gran preocupación es interpretar la
historia presente a la luz de un acontecimiento, que ya ha sucedido y que da sentido a toda la
historia humana: la resurrección de Cristo. A la luz de ese acontecimiento, su atención se dirige
al mundo radicalmente nuevo que Dios hace para la humanidad.
La aparición de la ciudad santa, la nueva Jerusalén, se presenta como la culminación del libro y,
sobre todo, de la historia de salvación de la humanidad trazada por Dios. La presencia de la nueva
Jerusalén, regalo gratuito de Dios, colma las aspiraciones de las mejores páginas de la Biblia. Se
realiza la unión ya irrompible de Dios con la humanidad. Se cumple lo que ella ansiaba y que de
tantas formas ha expresado la Biblia: la marcha del éxodo; los anhelos de los profetas y los reyes.
Se realiza el proyecto de Dios de plantar, de una vez por todas, su tienda permanente, su morada
estable entre los seres humanos.
El autor del Apocalipsis utiliza varias imágenes para hablar del más allá, lo esencial será la llegada
de esa humanidad nueva, libre de todo lo que pueda poner trabas a su felicidad, una humanidad
en plena comunión de vida con Dios. Habla de la nueva humanidad con la metáfora de una
ciudad, pero la compara enseguida con una novia que se adorna para su esposo (20, 2-3), imagen
que describe en términos excepcionales el amor de Dios a toda la humanidad, y la relación de
reciprocidad que existirá en adelante entre los dos. Más aún, Dios eliminará definitivamente todo
lo que hacía a la humanidad tan vulnerable y tan expuesta al sufrimiento: “enjugará las lágrimas
124
de sus ojos” (v4) En otras palabras, el mundo nuevo que Dios prepara es un mundo de comunión
y de felicidad infinita para la humanidad.
Cuando se refiere a lo que va a pasar más allá del fin el Apocalipsis no habla ya de lugar o de
objetos inanimados, sino de personas y de relaciones: “yo seré su Dios y él será mi hijo (21, 7) (Él
es la felicidad y la relación filial con él es la gloria) El más allá, sea cual sea el nombre que se le
dé: cielo, paraíso, ciudad, reino, es una relación armoniosa y una comunión profunda entre Dios y
la humanidad.
1.1. Visión de la nueva Jerusalén (la nueva humanidad, la Iglesia celeste) (21,1-5)
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el
mar ya no existe. Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada
como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada
de Dios entre los hombres: habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con
ellos. Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo
antiguo ha pasado. El que estaba sentado en el trono dijo: —Mira, yo hago nuevas todas las
cosas. Y añadió: —Escribe, que estas palabras mías son verdaderas y dignas de fe.
La aparición de la nueva Jerusalén ocupa el centro de este relato. Se dice que viene de Dios; su
origen es divino; Dios es el arquitecto y constructor de la ciudad (Heb 11,10). Es «santa» porque
está definitivamente consagrada a Dios; se presenta como creación de la gracia y de la
generosidad de Dios. Esta aparición instaura un nuevo orden de cosas y exige que todo lo viejo
sea trasformado. Juan declara que lo antiguo ha envejecido y ya no sirve. El mar, símbolo de
potencias hostiles, desaparecerá. El cielo y la tierra, que eran escenario de la conducta pecadora
de los hombres, deben ser cambiados.
Se describe la relación entre Cristo y la Iglesia con la imagen de una boda. La imagen más bella
que hay en toda la Biblia para hablar de las relaciones de Dios y su pueblo, nos vine del profeta
Oseas (1-3) que presenta a Dios como el esposo que ama apasionadamente y que hace renacer
continuamente a su pueblo al amor, ofreciéndole su cariño y su misericordia. Esa misma imagen
utiliza el Apocalipsis para describir la relación de la Iglesia celeste con Cristo. El Apocalipsis
presenta a la nueva Jerusalén, que es ya en plenitud la Iglesia de Jesús, como una esposa del
Cordero. Las relaciones humanas serán también nuevas. Y Dios mismo empezará a secar las
lágrimas de dolor, y no habrá más muerte ni trabajo que oprima, porque eso pertenece al orden
antiguo. El párrafo termina afirmando la veracidad de esta revelación.
a) Premio
Y me dijo: Se terminó. Yo [soy] el alfa y la omega, el principio y el fin. Al sediento le daré a beber
gratuitamente del manantial de la vida. El vencedor heredará todo esto. Yo seré su Dios y él será
mi hijo ( 21, 6-7)
Dios, que está sentado en el trono, con su poder creador hace nuevas todas las cosas. Dice: Ya
está hecho. Todo se debe a un acto creador de Dios. Él es el origen (alfa) y el final (omega) de
todo. El Apocalipsis presenta aquí a Dios como padre y al pueblo como hijo suyo. Dios. Siendo
Dios Padre de todos se realiza, por fin, el ideal de la alianza entre Él y su pueblo. El relato quiere
despertar la esperanza y propone una invitación: el que tiene sed, que se acerque a beber gratis el
agua de la vida. La invitación contiene también un premio para el vencedor, que heredará todas
las cosas.
b) Castigo
En cambio, los cobardes y desconfiados, los depravados y asesinos, los lujuriosos y hechiceros,
los idólatras y embusteros de toda clase tendrán su lote en el foso de fuego y azufre ardiente –que
es la muerte segunda.
El castigo está destinado a quienes desoigan su llamada y se muestren como hijos, no de Dios,
sino del diablo, padre de la mentira. En su enumeración de los pecadores, Juan pone en primer
lugar a los que han pecado contra la fe, “ los cobardes: Aquellos cuya fe superficial e inestable
sucumbió durante la persecución; son como desertores de un ejército (Eclo 2,12).
Desde un monte alto, Juan, el vidente, con la fuerza del Espíritu, puede contemplar la esposa del
Cordero, que es la Iglesia. En este texto a la Iglesia unas veces se le llama la esposa y otras la
nueva Jerusalén. Como ya dijimos, la presentación de la Iglesia como esposa resalta su
consagración a Dios. La Iglesia como ciudad alude a la convivencia social, en la que todos se
relacionan en la verdad, la transparencia y la fraternidad. Esta ciudad aparece como una inmensa
perla, en la que habita toda la gloria de Dios. Ya antes el Apocalipsis ofreció una descripción
rápida de la aparición de la Jerusalén celeste, ahora va a ofrecer una más amplia de más
detallada.
Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las últimas plagas y me
habló así: Ven que te enseñaré la novia, la esposa del Cordero. Me trasladó en éxtasis a una
montaña grande y elevada y me mostró la Ciudad Santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, de
Dios, resplandeciente con la gloria de Dios. Brillaba como piedra preciosa, como jaspe cristalino.
Juan, el vidente fue trasladado al desierto para ver a la ramera; ahora es transportado a una alta
montaña para que admire a la esposa, que desciende de la presencia de Dios (cf. 17,3; Ez 40,2-3)
La presencia de Dios, que colma a la Iglesia, la transfigura. Los detalles de esta descripción
indican que la gloria de la Iglesia es comparada con su fuente, la gloria de Dios (4,3; 2 Cor 4,6)
El que hablaba conmigo tenía una caña de medir de oro, para medir la ciudad y las puertas y la
muralla. La ciudad tiene un trazado cuadrangular, igual de ancho que de largo. Midió con la caña
la ciudad: doce mil estadios: igual en longitud, anchura y altura. Midió la muralla: ciento cuarenta y
cuatro codos, en la medida humana que usaba el ángel.
No hay ciertamente un templo, pero sí que se habla espléndidamente de culto y peregrinación.
Jerusalén es una ciudad abierta para siempre a las naciones y a los reyes de la tierra. Así Juan ha
podido precisar la noción de culto, que no se hará en función de unos lugares o de unos tiempos
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determinados, sino en el gozo y en el esplendor de una luz que brilla sin fin a los ojos de la
humanidad.
El templo era el corazón de la Jerusalén histórica, porque allí habitaba Dios entre su pueblo; por
eso Ezequiel (40-48) no podía concebir una Jerusalén ideal sin templo. Pero la presencia de Dios
en el mundo nuevo no está circunscrita por los muros de un templo (Jn 4,21.24); la gloria de Dios
y del Cordero llena completamente la ciudad (Jn 2,19-22; 2 Cor 6,16)
La original construcción, tan extraña para nosotros, contiene un rico simbolismo. Todas sus
medidas son múltiplos de doce. Se trata de la Iglesia celeste llevada a plenitud por la presencia
eficaz de Cristo. Sus dimensiones son iguales en todas las direcciones, de donde resulta que la
ciudad tiene forma de un perfecto cubo geométrico. No se trata de una caricatura, sino de mostrar
que esta ciudad está trazada según el modelo bíblico del santo de los santos (1 Re 6, 19s) La
ciudad entera aparece como un templo íntimo dedicado a Dios. No hace falta levantar en ella
ningún templo. Algo ha cambiado de raíz. ¡Cómo la santa ciudad de Jerusalén iba a estar si n
templo! Y se da la razón: El Señor Dios todopoderoso y el Cordero son su templo. No se trata de
una ciudad que tiene un templo, sino de una ciudad que es un templo por la presencia viva de
Dios y del Cordero en ella. Ellos hacen posible la ciudad, fundamentan la convivencia y armonía
de los habitantes. Y es el Cordero, Cristo muerto y resucitado, el lugar vivo de encuentro y de
cruce obligatorio entre Dios y los hombres.
La ciudad no necesita que la ilumine el sol ni la luna, porque la ilumina la gloria de Dios, y su
lámpara es el Cordero.
Toda la ciudad está bañada en luz. Aquí la luz indica la presencia de Dios. No hay necesidad de
luz astral (del sol o de la luna) ni de luz de templo (lámpara que ardía permanentemente en él)
pues Dios y el Cordero constituyen la única y deslumbrante fuente de la luz.
A su luz caminarán las naciones, y los reyes del mundo le llevarán sus riquezas. Sus puertas no
se cerrarán de día. No existirá en ella la noche. Le traerán la riqueza y el esplendor de las
naciones. No entrará en ella nada profano, ni depravados ni mentirosos; sólo entrarán los inscritos
en el libro de la vida del Cordero.
La Jerusalén celeste, así iluminada, se convierte en meta de todas las naciones. Es una ciudad de
puertas abiertas. Esta presentación subraya la universalidad de la Iglesia. Hacia ella camina lo
mejor del mundo. Se cumple la profecía de la peregrinación de las naciones (Is 60, 3.5.7) Rumbo
a la ciudad suben los paganos, igual que subieron los magos de oriente, buscando la luz de una
estrella (Mt 2,2) Y también se indica la misión de la Iglesia: en medio de un mundo a oscuras, ella
es testigo de la luz. Su tarea, esencialmente misionera, se hace por medio de la irradiación. Los
pueblos van en busca de la luz; la Iglesia no es luz, sino transparencia de la única luz que es la
presencia en ella de Dios y del Cordero. Eso es lo que ansía la humanidad.
estar con el Señor. La vida eterna consiste, sobre todo, en una relación íntima con Dios Padre y
con Jesucristo. “Cuando estamos en Cristo y en Dios, estamos en el cielo y nuestro anhelo de ser
acogidos, amados, unificados, transformados, queda satisfecho para siempre6.
El cielo es una relación nueva, plena y gozosa con Cristo, con la Trinidad, con los seres humanos
y con toda la creación. Por eso decimos que no es un lugar, sino un nuevo modo de ser, de existir
y de relacionarse.
a) ¿Cuál de las imágenes bíblicas del cielo te gusta más?
b) ¿Cómo lo imaginamos nosotros?
c) ¿Qué esperamos encontrar allí para ser plenamente felices?
d) ¿La idea y la esperanza del cielo nos lleva a evadirnos de luchar contra los infiernos que
hay en este mundo?
Me mostró un río de agua viva, brillante como cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero.
En medio de la plaza y en los márgenes del río crece el árbol de la vida, que da fruto doce veces:
cada mes una cosecha, y sus hojas son medicinales para las naciones. No habrá allí nada
maldito. En ella se encontrará el trono de Dios y del Cordero. Sus siervos lo adorarán y verán su
rostro y llevarán en la frente su nombre. Allí no habrá noche. No les hará falta luz de lámpara ni luz
del sol, porque los ilumina el Señor Dios, y reinarán por los siglos de los siglos.
En un lenguaje simbólico que evoca el Génesis el Apocalipsis presenta aquí el paraíso recreado.
No se trata de un retorno a aquel jardín del Edén, ya cerrado, pues la historia ya no puede
repetirse, sino que se trata de un paraíso nuevo, donde la vida divina, que Dios comunica, se
derrama como un río haciendo germinar a toda la creación. El río recuerda la imagen del Génesis
2, 10 y de Ez 47, 12. Aquí es agua de vida y está brotando con una luz esplendente, “transparente
como el cristal”. Esta vida divina es la comunión perfecta de Dios con los seres humanos, de ellos
entre sí y con la creación. La historia llega así a su plenitud en la comunión universal.
Junto al río hay un árbol (Ez 47, 12) que da doce cosechas. Afirmando que el poder medicinal de
sus hojas está destinado a todas las naciones, subraya el universalismo de la salvación que ofrece
el Señor resucitado, el Cordero. Ya no habrá condena, como en el primitivo jardín (Gn 3, 16-22) ni
amenaza, ni culpa ni infierno. Ya n o existirá nada que pueda turbar la existencia feliz de la
humanidad renovada. Dios y el Cordero han tomado asiento en la ciudad de los rescatados y
éstos le darán culto por siempre. La plenitud de la vida para los seres humanos consiste en ver el
rostro de Dios, pues a esta contemplación han sido destinados.
Los rescatados llevan el nombre de Dios escrito en la frente, es decir, Dios será el horizonte que
nunca desaparecerá de su vida. A Dios pertenecen; esta marca en su frente es la señal de su
vocación y del amor que Dios les tiene. Lo que deseó el Antiguo Testamento y no logró (Ex 33, 20)
ahora se cumple. Esta vida luminosa destierra la noche; significa la victoria de la luz sobre las
tinieblas; es la luz de Dios la que refulge. La luz, como el aire necesario para existir, es la misma
vida divina que envuelve a la humanidad. Y habrá finalmente un reinado de todos los salvados
compartido con Dios y para siempre.
3. Epílogo del Apocalipsis. Anuncio de la venida del Señor y deseo de encontrarse con él
(22,6-22)
La venida del Señor es el tema que recorre y organiza el epílogo o conclusión del Apocalipsis.
Este epílogo está estructurado en forma de un diálogo litúrgico. En él intervienen el autor del libro,
el ángel, Jesús y la asamblea. Este diálogo se reproduce cada vez que la Iglesia, animada por la
presencia del Espíritu Santo, invoca la venida del Señor, especialmente en la liturgia. Aparece
aquí una vez más el carácter litúrgico del Apocalipsis, que empezó también con un diálogo
litúrgico (1, 4-8)
Me dijo: Estas palabras son verdaderas y fidedignas. El Señor, Dios de los espíritus proféticos,
envió a su ángel para mostrar a sus siervos lo que ha de suceder en breve. Mira que llego pronto.
Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro. Yo soy Juan, el que ha oído y visto
esto. Al escuchar y mirar, me postré a los pies del ángel que me lo enseñaba para adorarlo. Pero
él me dijo: ¡No lo hagas! que soy siervo como tú y tus hermanos los profetas y los que guardan las
palabras de este libro. A Dios has de adorar. Me añadió: No ocultes las palabras proféticas de este
libro, porque su plazo está próximo. El malvado que siga en su maldad y el impuro en su
impureza, el honrado en su honradez y el santo en su santidad. Yo llegaré pronto llevando la paga
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para dar a cada uno lo que merecen sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el
principio y el fin. Dichosos los que lavan sus vestidos, porque tendrán a su disposición el árbol de
la vida y entrarán por las puertas en la ciudad. Fuera quedarán los invertidos, hechiceros,
lujuriosos, asesinos, idólatras, los que aman y practican la mentira.
Las palabras que anteriormente se han pronunciado a lo largo del libro son tan inauditas que se
necesita una autoridad divina que las garantice. Por eso, la fórmula: son palabras verdaderas y
dignas de crédito confirma que se apoyan en la verdad divina. Dios mismo es el que inspira a los
profetas, entre los que se encuentra el autor del Apocalipsis (2, 26)
La venida del Señor, que este libro anuncia, pone en movimiento una actitud. El libro no puede
mantenerse en secreto, la Iglesia debe leerlo. Cristo se presenta con los atributos de su divinidad
todopoderosa e invita a una decisión. Hay una vehemente exhortación a participar en su misterio
pascual para tomar del fruto del árbol de la vida, y de condena para quienes rehusaron la oferta, y
no quisieron entrar por las puertas siempre abiertas de la ciudad. Estos aparecen como ciudadano
extraños, hijos del diablo.
Resulta muy extraña la invitación a que “el malvado que siga en su maldad”. Estas palabras que
hablan de perseverar en el mal lo mismo que en el bien pueden explicarse por el hecho de que es
la hora del juicio final y ya no hay lugar para el arrepentimiento (Mt 25,10; Le 13,25). Todo hombre
debe aceptar ahora las consecuencias de una decisión que tomó libremente (Sant 1,21)
Yo, Jesús, envié a mi ángel a ustedes con este testimonio acerca de las Iglesias. Yo soy el retoño
que desciende de David, el astro brillante de la mañana. El Espíritu y la novia dicen: Ven. El que
escuche diga: Ven. Quien tenga sed venga, quien quiera recibirá sin que le cueste nada agua de
vida. Yo amonesto a los que escuchan las palabras proféticas de este libro: Si alguien añade algo,
Dios le añadirá las plagas escritas en este libro. Si alguien quita algo de las palabras proféticas de
este libro, Dios le quitará su participación en el árbol de la vida y en la Ciudad Santa, que se
describen en este libro. El que atestigua todo esto dice: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor
Jesús. La gracia del Señor Jesús esté con todos. [[Amén.]]
En los versos 7 y 12 el Señor anuncia su pronta venida, después la asamblea cristiana, animada
por el Espíritu, suplica la llegada del Señor (22, 17) Jesús responde con un sí al anhelo de la
comunidad (22, 20a) y esta, por fin, asiente a la venida del Señor con un Amén y renueva, de
manera explícita, su deseo, insistiendo: ¡Ven Señor Jesús! (22, 20b) Así la Iglesia va alimentado
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Todo cristiano, que escucha, está invitado a tomar parte en esta oración; a acercarse a la
asamblea litúrgica, a la que siempre viene el Señor, y a participar de la vida divina que se celebra
en ella.
MEDITACIÓN
1. Mirada a la realidad
Este último capítulo del Apocalipsis nos habla de la felicidad plena de los seguidores de Jesús en
el otro mundo. Esa es la meta definitiva de nuestra esperanza. La esperanza en la felicidad de la
otra vida quedó desacreditada muchas veces por haberse convertido en una esperanza pasiva y
paciente, que se cruzaba de brazos ante los estragos del mal y la injusticia. Eso llevó a C. Marx a
afirmar que “la religión es opio del pueblo”. La esperanza cristiana es el horizonte que da sentido a
nuestra existencia humana, que resultaría absurda sin ella, si todo acaba en el sepulcro. Pero no
pude ser pasiva, como no lo fue Jesús frente al mal y al sufrimiento.
1) ¿Qué relieve tiene hoy día en la vida de la gente la esperanza de la dicha futura?
2) ¿La gente piensa en la otra vida?
3) El Apocalipsis nos ofrece una imagen de la vida feliz más allá de la muerte ¿Cómo la
imagina la gente? ¿Cómo la imaginamos nosotros?
4) ¿Induce la esperanza a la pasividad?
2. Mirada al texto
3. Meditación