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Prólogo Chatgtp

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Prólogo: El Guardian de los Mundos

Me llamo Brandon Aubry Rojas y soy un Guardian magico, al escuchar mi nombre, es


posible que pienses: "¡Ah, otra historia cliché de un guardián entre mundos!". Pero déjame
decirte algo, no me importa en lo absoluto lo que puedas pensar. Porque la verdad es que
mi vida es mucho más extraordinaria de lo que puedas imaginar.

Desde muy joven, he sido consciente de la existencia de dos realidades entrelazadas: el


mundo mágico y el mundo humano. Como agente de una antigua línea de guardianes, he
asumido el deber de proteger y mantener el equilibrio entre ambos reinos.

No fue un camino fácil. Desde temprana edad, fui entrenado en las artes místicas y en el
manejo de poderes que desafían la lógica. Me adentré en laberintos oscuros de
conocimiento arcano y me enfrenté a criaturas que solo habitaban en los sueños más
salvajes de las personas.

Pero todo cambió cuando un error ancestral se cruzó en mi camino. Una profecía que
hablaba de un cataclismo inminente, capaz de desgarrar los cimientos de ambos mundos y
sumirlos en un caos eterno. Me convertí en el último eslabón de una cadena de
guardianes, la última esperanza para evitar la destrucción total.

En esta historia, te llevaré de la mano a través de los peligros y maravillas que encontré en
mi camino. Te mostraré las criaturas míticas que pueblan los bosques encantados y las
ciudades ocultas entre las sombras. Conocerás a aliados leales y a enemigos despiadados.
Juntos, enfrentaremos desafíos inimaginables y desentrañaremos los secretos más
profundos de la magia antigua.

Así que, sí, puedo escuchar tus dudas y tus prejuicios, pero no te preocupes. Estoy aquí
para demostrarte que esta historia no es como las demás. Prepárate para sumergirte en un
mundo donde la realidad y la fantasía se entrelazan, donde el destino pende de un hilo y
donde un solo guardián puede marcar la diferencia entre la supervivencia y la perdición.
Capítulo 1: Los hilos del destino

Era una noche oscura y lluviosa en una pequeña ciudad olvidada. Me encontraba en un
sombrío y decadente bar, un lugar en el que los sueños parecían haberse ahogado en el
humo de los cigarrillos y el amargor de las botellas vacías. Las luces parpadeantes
lanzaban destellos sombríos sobre las caras cansadas de los parroquianos. Me hallaba allí,
sumido en un mar de autodesprecio, ahogando mis penas en un trago doble de ron.

Mi mente inquieta divagaba entre los recuerdos de tiempos pasados y la desolación del
presente. A mis 26 años, me preguntaba cómo había terminado en ese abismo, atrapado
entre dos mundos, condenado por el peso de mi deber como guardián. Pero fue en ese
instante, al finalizar mi trago, cuando los fragmentos de mi memoria empezaron a resurgir,
como si una vieja caja de Pandora se abriera ante mis ojos.

Recordé aquellos días de juventud, cuando la vida aún me sonreía tímidamente. Era un
estudiante solitario de una preparatoria sumida en la monotonía, donde los rostros se
desdibujaban entre las paredes de concreto y los pasillos mal iluminados. Me refugiaba en
un mundo propio, alimentando mis sueños con videojuegos y las caricaturas de fantasía
que me transportaban a lugares mágicos y emocionantes.

Un día, mientras regresaba a casa después de comprar pan en el viejo supermercado del
barrio, tenía que atravesar un sendero de tierra. La noche ya había caído, envolviendo todo
en una penumbra inquietante. Las gotas de lluvia caían con insistencia, golpeando el suelo
y creando un ritmo melancólico. Fue entonces cuando, con un paso distraído, mis pies
tropezaron con algo en el camino, deteniéndome en seco. Un objeto desconocido y
misterioso yacía frente a mí, su brillo carmesí desafiando la oscuridad circundante.

Intrigado, me incliné para recogerlo, y mis dedos tocaron el frío metal del collar. Era como
sostener una joya olvidada, un tesoro oculto que brillaba con la promesa de algo más allá
de mi comprensión. Sin pensarlo dos veces, lo coloqué alrededor de mi cuello, sellando así
un pacto invisible con el destino.

La mañana siguiente me recibió con una extraña sensación en el aire. Al despertar, noté
que algo había cambiado en mí. Colocándome las gafas habituales, esperaba la familiar
claridad visual, pero en lugar de eso, el mundo se tornó borroso y distante, como si
estuviera observando a través de un velo enredado. Una incertidumbre se apoderó de mí,
hasta que, finalmente, decidí quitarme las gafas. Y allí, como si un hechizo se hubiera
desvanecido, mi visión se volvió cristalina y nítida, capturando cada detalle con una
claridad sorprendente.

Luego, en el camino hacia la escuela, mis padres me interrogaron sobre la ausencia de mis
lentes, creyendo que los había olvidado en casa. Su tono de preocupación se mezclaba con
un matiz de regaño paternal, recordándome la importancia de cuidar mi vista. Pero lo que
desconocían era que una transformación había ocurrido en lo más profundo de mi ser.
Al ingresar al aula de clases, el ambiente hostil y cargado de tensiones ya estaba presente.
Un grupo de compañeras despiadadas esperaba el momento perfecto para hacerme pagar
por ser diferente. Y así, cuando una de ellas arrojó una botella de plástico hacia mí, la
suerte se torció en mi favor. Con una rapidez que desafía la lógica, mis dedos se cerraron
en torno al proyectil en pleno vuelo, sin desviar la mirada ni un instante. La sorpresa se
reflejó en los rostros de mis agresoras, mientras que yo mismo quedé perplejo, como un
espectador de mi propia metamorfosis.

Creí que todo era un sueño, una ilusión pasajera, hasta que la realidad se impuso con
crudeza en los días que siguieron, arrastrándome a un destino inesperado, donde mi vida
tomó un giro incontrolable.

El collar carmesí que había encontrado aquella noche lluviosa, el desvanecimiento de mis
lentes y mi recién descubierta agilidad, todo era el inicio de un viaje en el que el destino
me empujaba hacia un propósito mayor. Un propósito que aún desconocía, pero que se
abría paso a través de las grietas de mi existencia, tejido con hilos invisibles y misteriosos.

Así comenzó mi odisea, envuelto en el velo de la incertidumbre y arrastrado por las


corrientes del destino. Y aunque el camino que se extendía frente a mí estaba lleno de
desafíos y peligros, estaba decidido a enfrentarlo, dispuesto a descubrir mi verdadero
potencial y abrazar mi papel como guardián de los mundos.

Después de dos días de descubrir mi don, el collar que pendía en mi cuello comenzó a
emitir un resplandor que rivalizaba con el sol del mediodía. Me encontraba en el
abarrotado salón de clases, donde el murmullo de voces se entrelazaba con el eco de las
enseñanzas impartidas por el profesor. Dos compañeros curiosos no tardaron en notar el
fulgor del collar. "Apaga tu juguete, Brandon. Estamos en clase", ordenó el profesor con
autoridad, interrumpiendo mi asombro. Confundido, me preguntaba por qué aquel objeto
insignificante estaba irradiando con tal intensidad.

Fue en ese instante preciso cuando, mirando hacia abajo, vislumbré una enigmática línea
trazada en el suelo, compuesta por una neblina impalpable y polvos brillantes de color
blanco. Su apariencia era similar a las sendas que guían a los protagonistas en el
videojuego Metin2 hacia sus misiones u objetivos. Sobrecogido por la extrañeza del
fenómeno, me dirigí a mi compañero de al lado y le pregunté, con una mezcla de asombro
e incredulidad, qué era aquella extraña manifestación. Sin embargo, su respuesta, cargada
de desdén, fue un recordatorio de apagar mi "juguete". El profesor, irritado por mi
insistencia, volvió a reprenderme y me amenazó con la prefectura y una cita con mi madre
al día siguiente.

Saliendo del aula molesto, me encaminé hacia la prefectura, pero mi atención se vio
atraída por la metamorfosis de la línea en un tono verde bosque. Mientras avanzaba
siguiendo esa línea verde, esta se desvanecía lentamente ante mis pasos, como si mi
presencia la consumiera. Sin embargo, si decidía retroceder, su luminosidad crecía de
manera ominosa. Era como si estuviera inmerso en el mundo de Metin2, un universo
donde las elecciones podían llevar al éxito o a la perdición.
En medio de la confusión y la incertidumbre, un pensamiento se apoderó de mí: debía
tomar una decisión. "Chingue su madre", exclamé en voz alta, liberando mi frustración y
determinando mi siguiente paso. Decidí seguir la línea que me conducía hacia la parte
trasera de la preparatoria, alejándome de las miradas curiosas y adentrándome en un
terreno cubierto de exuberante vegetación, como si el monte y la selva ocultaran un
secreto ancestral.

Al llegar a la barda que separaba la civilización de la naturaleza, me enfrenté a mi primera


prueba: saltar esa maldita barrera. "Serás mamon", murmuré entre dientes, consciente del
desafío que me esperaba. Permanecí parado unos minutos, analizando cada detalle,
buscando la fuerza interior necesaria para superar el obstáculo. Cuando finalmente reuní el
valor, me lancé al vacío y, presa del pánico, alcancé la parte alta de la barda. Con instinto,
mi mano izquierda tomó impulso hacia el otro lado, mientras mis ojos permanecían
cerrados, gritando como una niña asustada.

Abrí un ojo, todavía temeroso de lo que había sucedido. Para mi asombro, aterricé de pie,
firme como un guerrero ancestral en tierra desconocida. Frente a mí, la línea verde
aguardaba pacientemente, como un guía incansable en busca de su siguiente destino.

Mientras observaba a mi alrededor, me encontré perdido en medio de la inmensa selva


que se extendía ante mí. La niebla verde, enigmática y cautivadora, envolvía la exuberante
vegetación, creando un velo misterioso. Con precaución, seguí el rastro de esa bruma,
consciente de que este lugar era famoso por su vida silvestre y los peligros que acechaban
en cada recoveco. Serpientes sinuosas, tarántulas gigantes y la posibilidad de encontrarme
cara a cara con un jaguar parecían esconderse entre las sombras, mientras los mosquitos y
las moscas zumbaban como enigmas voladores a mi alrededor.

Avancé con determinación, dedicando lo que parecieron horas a seguir la enigmática línea
verde, tratando de desentrañar su significado. La frustración comenzó a aflorar mientras
avanzaba con cautela, cuestionándome si había sido una buena idea aventurarme solo en
este lugar desconocido, ahora sumido en un aura de misterio. Saqué mi celular del bolsillo
y, sin apartar la mirada de su pantalla, noté que el reloj marcaba diez minutos para la una
de la tarde. En ese preciso instante, di un paso en falso y tropecé con un desnivel en el
terreno. Mi cuerpo se desequilibró y fui arrastrado por una cascada de piedras y ramas.

La oscuridad me envolvió cuando finalmente dejé de rodar. Al recobrar la conciencia, sentí


el dolor punzante de los golpes sufridos y no pude evitar soltar un gemido, mientras las
lágrimas brotaban de mis ojos. Me levanté con dificultad y observé a mi alrededor,
percatándome de que la selva había sufrido una transformación extraña, familiar pero
distinta en esencia. Frente a mí, la línea verde esperaba ansiosa, como un sendero hacia lo
desconocido. Extendí mi mano para buscar mi celular, pero solo encontré un vacío
desesperante. El objeto que me conectaba con el mundo exterior se había esfumado,
sumiéndome en un silencio angustiante.

Lleno de temor y determinación, decidí seguir el enigmático sendero trazado por la


neblina verde. No pasó mucho tiempo antes de que distinguiera a lo lejos unas cabañas
suspendidas entre los árboles, como testigos silenciosos de los secretos que acechaban en
esta tierra olvidada. Mis ojos se iluminaron con una chispa de esperanza. "¡Ayuda, por
favor!" lancé un grito desesperado, pero solo el eco de mis palabras resonó en el aire. Fue
en ese instante cuando, de repente, una flecha silbó junto a mí, clavándose en el suelo con
un sigilo inquietante. El temor se apoderó de mí, y me di cuenta de que ahora me
encontraba rodeado, sin comprender qué sucedía en este intrigante escenario. Las
lágrimas volvieron a brotar, mientras mis piernas temblaban de miedo. Sin previo aviso,
una sombra se acercó y un golpe contundente me hizo perder el conocimiento una vez
más.

Cuando finalmente desperté, me di cuenta de que era de noche, iluminado apenas por la
tenue luz de unas velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. Estaba atado
de pies y manos dentro de una de las cabañas que había divisado anteriormente. Las
lágrimas volvieron a empañar mis ojos, mientras un aura de misterio se apoderaba del
lugar. De repente, escuché voces femeninas, susurros enigmáticos que llenaron el
ambiente. Aunque no entendía una palabra de lo que decían, sentí que esos sonidos eran
como melodías perdidas en una lengua antigua y desconocida. Mi atención fue captada
por mi collar que, de manera inexplicable, comenzó a brillar intensamente, y en un
instante, comprendí el significado de cada palabra que pronunciaban.

"Es un espía", dijo una de ellas. "No parece un simple vasallo", agregó otra voz femenina.
Atrapado en mi situación, no pude evitar suplicar: "Por favor, no me hagan daño", mientras
mis lágrimas delataban mi angustia. A juzgar por sus expresiones faciales, parecían
entenderme. Sin perder tiempo, se acercaron a mí, rodeándome mientras iluminaban aún
más el lugar. Paralizado por el miedo, esperé la intervención de una joven mujer,
ligeramente mayor que yo, que parecía emanar una elegancia mística. "¿Eva?", pronuncié
apenas, recordando a un personaje élfico de una serie francesa.

"¿Qué es un Eva y cómo conoces nuestro lenguaje?", inquirió la joven mujer, fijando su
mirada en mi collar. Señalé con vacilación el objeto en cuestión. "Encontré este collar en la
calle hace dos días", respondí, derrotado y confundido por la situación en la que me
encontraba. Una mujer de mediana edad, de unos treinta años o más, intervino: "No
encontraste ese collar. Él te encontró a ti". Mis pensamientos se agolparon, tratando de
comprender el significado de sus palabras. "¿Qué hago en este lugar?", pregunté,
desconcertado, mientras intentaba unir los hilos de esta enigmática historia.

La joven mujer, llamada Eleana Elentari, se presentó, y en ese momento, la trama se enredó
aún más, llevándome por senderos oscuros y llenos de secretos. "Solo los guardianes
pueden usar este collar y comprender cada lengua del mundo mágico", reveló. Me quedé
perplejo ante tal afirmación, incapaz de procesar la magnitud de lo que se revelaba ante
mí. "No entiendo lo que están diciendo. Este collar simplemente apareció en mi camino",
respondí con desesperanza, consciente de que me había adentrado en una trama mucho
más profunda y misteriosa de lo que jamás había imaginado.
Bajo la atenta mirada de Eleana Elentari, quien parecía portar un conocimiento ancestral en
sus ojos, me vi envuelto en una telaraña de intriga y destino. Las velas proyectaban
sombras inquietantes, y el silencio reinaba en la cabaña, interrumpido solo por susurros
ocasionales y el crepitar del fuego. Eleana se acercó, su voz suave y enigmática como el
susurro del viento entre los árboles.

"Brandon Aubry Rojas, portador del collar de los guardianes, tu llegada a este mundo no
es una casualidad. La niebla verde que te condujo aquí es un vínculo entre mundos, un
portal mágico que solo algunos elegidos pueden ver y seguir. Esa línea verde que seguiste
te condujo a la fuente del peligro que amenaza tanto al mundo humano como al mágico".

Mis ojos se abrieron de par en par ante la revelación. La niebla verde, en su belleza
misteriosa, se convirtió en un símbolo oscuro, un presagio de lo que estaba por venir. Mis
pensamientos se agolparon, como una tormenta de ideas, intentando asimilar la magnitud
de mi involucramiento en esta trama. "¿Qué debo hacer?", pregunté con una mezcla de
temor y determinación.

Eleana se acercó, sus ojos centelleando con sabiduría ancestral. "Debes enfrentar al
antiguo mal que acecha en las sombras, aquel que busca desequilibrar la paz entre los dos
mundos. Eres el guardián elegido, el equilibrio entre la magia y la humanidad".

Asentí con determinación, aunque mi corazón latía con fuerza, sabiendo que mi destino
estaba sellado y que el camino hacia la verdad y la resolución sería arduo y peligroso. La
línea verde, ahora claramente visible para mí, parecía palpitar como una serpiente
enroscada, llevándome hacia el epicentro de la oscuridad que amenazaba con consumirlo
todo.

"Debes cruzar la frontera entre los mundos", susurró Eleana. "Solo allí encontrarás las
respuestas y la fuerza necesaria para enfrentar al mal". Tomé una profunda bocanada de
aire, sintiendo el peso de la responsabilidad que recaía sobre mis hombros. Mi voz se elevó
en un tono de determinación, aunque con un dejo de temor: "Lo haré. Protegeré a ambos
mundos y restauraré la armonía perdida".

La noche envolvió la cabaña y el camino mientras Eleana y yo nos adentrábamos en la


espesura de la selva, siguiendo la línea verde que ahora parecía brillar con una intensidad
sobrenatural. Los sonidos de la naturaleza se desvanecieron, como si el mundo contuviera
la respiración, anticipando el enfrentamiento épico que se avecinaba. Las ramas crujían
bajo nuestros pies mientras avanzábamos, cada paso nos acercaba más al origen del mal,
más cerca del enfrentamiento que cambiaría el curso de los destinos entrelazados.

A medida que avanzábamos, la neblina verde comenzó a oscurecerse, transformándose en


una masa espesa y ominosa. El aire se cargó con una energía siniestra, y pude sentir en
cada fibra de mi ser que estábamos llegando a nuestro destino final. El rumor del viento
tomó forma de susurros malignos, y los árboles se alzaban como testigos mudos de la
batalla que se avecinaba.

"Eleana, ¿qué es esta fuente de peligro que amenaza ambos mundos?", pregunté con una
mezcla de curiosidad y ansiedad.
Sus ojos brillaron con una mezcla de tristeza y determinación. "Es una antigua entidad, una
sombra ancestral que ha despertado sedienta de poder y dominio. Ha encontrado una
forma de desestabilizar los límites entre los mundos, y su objetivo es sumirlos en una
eterna oscuridad. Pero juntos, Brandon, podemos detenerla y restaurar el equilibrio
perdido".

La línea verde finalmente nos condujo a un claro en el bosque, donde una figura oscura
yace en el centro. Un temblor recorrió mi cuerpo al verla, la personificación misma de la
maldad y la corrupción. Con un último vistazo a Eleana, apreté el puño y me preparé para
el enfrentamiento definitivo que definiría el destino de ambos mundos.

Mis piernas temblaban y mi corazón latía desbocado mientras la entidad oscura se


abalanzaba sobre mí con furia incontrolable. Sentía que mis fuerzas flaqueaban y que el
miedo amenazaba con paralizarme por completo. Pero en medio de esa oscuridad
abrumadora, encontré una chispa de coraje dentro de mí.

Recordé a mi familia, que me esperaban en casa. Ese pensamiento me dio fuerzas para
sobreponerme a mis miedos y enfrentar el peligro que se cernía sobre nosotros.

Con cada golpe que la entidad oscura lanzaba, me movía con torpeza, evitando ser
alcanzado. Aunque mis movimientos carecían de habilidad, mi determinación era
inquebrantable. Cada vez que sentía que iba a caer, encontraba una reserva de fuerza
interna y continuaba luchando.

Eleana, que había presenciado mi valentía a pesar de mi vulnerabilidad, extendió su mano


hacia mí y pronunció unas palabras llenas de aliento: "Brandon, no necesitas la fuerza física
para ser valiente. Tu coraje viene del corazón y es más poderoso que cualquier arma.
Confía en ti mismo y encontrarás la forma de vencer".

Inspirado por sus palabras, cerré los ojos y me conecté con la fuerza interior que habitaba
en mí. Me visualicé rodeado de un resplandor protector y sentí cómo el miedo se
transformaba en determinación. Armado con esa nueva confianza, enfrenté a la entidad
oscura con una valentía que nunca creí posible.

Finalmente, con un último esfuerzo, logré debilitar a la entidad y deshacer su forma


maligna. Se desvaneció en la nada, dejando atrás un silencio reverente en el claro del
bosque.

Cuando todo hubo terminado, Eleana y yo nos miramos, compartiendo el asombro y el


alivio. Con gratitud en sus ojos, Eleana me guió de regreso a casa. Siguiendo su liderazgo,
caminamos juntos a través de la exuberante vegetación, mientras los últimos rayos de la
luna dorada se filtraban entre las hojas.

La línea verde ahora convertida a un color neutro se desvaneció gradualmente a medida


que nos adentrábamos en el mundo humano una vez más. Cuando finalmente emergimos
de la espesura del bosque, me encontré de nuevo en mi preparatoria. Sentí una mezcla de
alivio, emoción y asombro al darme cuenta de que había regresado sano y salvo.

Miré a Eleana, y le agradecí con un abrazo cálido y sincero. Sabía que nuestra conexión
trascendía los mundos y que siempre guardaría un lugar especial en mi corazón.

Con una sonrisa en mi rostro, emprendí el regreso a casa emocionado por lo que paso aun
en la memoria, al llegar entré a mi hogar, donde mi familia me esperaba sumamente
enojada. No podia contarles que había pasado, no me creerían. Me tuve que resignar a
una tunda de mi padre.

Asi pasaron los días, meses y años con esta nueva doble vida. A los 17 años todo cambio
para mal.
Capítulo 2: Entre Luces y Sombras

Los años transcurrieron como hilos invisibles en la vida de Brandon, tejiendo una red de
experiencias y desafíos en su camino como guardián. Ahora, a los 17 años, los problemas
que acechaban su existencia se intensificaban, envolviéndolo en un torbellino de
responsabilidades y dilemas. Su nueva vida como protector del mundo mágico y
estudiante se volvía cada vez más compleja, desafiando su valentía y su voluntad de seguir
adelante.

La tarea de salvar a ambos reinos, el humano y el mágico, se volvió para Brandon un viaje
similar al de Luz Noceda de "The Owl House" o Ladybug de "Miraculous", asumiendo un
rol heroico que lo llevaba a enfrentar peligros sin precedentes. Se adentró en los reinos
fantásticos con el coraje de un explorador inquebrantable, descubriendo lugares
enigmáticos donde la magia fluía como un río misterioso.

En el Reino de los Enanos, Brandon se sumergió en la profundidad de la tierra, donde las


rocas y los minerales resplandecían como tesoros olvidados. Cada paso que daba resonaba
como un eco ancestral, mientras las sombras danzaban a su alrededor, susurrándole
secretos guardados bajo tierra.

En el Reino Acuático, se sumergió en las aguas cristalinas, donde los rayos del sol se
filtraban como destellos de esperanza. Allí, las criaturas marinas lo rodeaban, bailando al
compás de una melodía submarina, mientras las corrientes le contaban historias de
antiguos misterios sumergidos en el abismo.

En el Inframundo, se adentró en las sombras, donde las almas perdidas vagaban como
espectros en busca de redención.

Pero no solo se aventuró en los reinos encantados que ya conocía. Descubrió el Reino de
las Hadas, donde la magia danzaba en cada rincón, como un resplandor etéreo que guiaba
su camino. Entre destellos de luz y risas de las hadas, Brandon se convirtió en testigo de la
fragilidad y la fortaleza que residían en estos seres mágicos.

Además, se internó en el Reino de los Orcos, donde la fuerza bruta y la lealtad indomable
se fundían en una sinfonía de honor y camaradería. Allí, aprendió valiosas lecciones sobre
la importancia de la hermandad y el valor en tiempos de adversidad.

Pero su viaje no se detuvo ahí. Los Bosques de los Elfos Blancos lo recibieron con sus
ramas extendidas y sus hojas susurrantes, como una bienvenida cálida y armoniosa. En
cada suspiro del viento, en cada rayo de sol filtrado a través del dosel verde, Brandon se
sintió parte de un todo más grande. Aprendió a escuchar el lenguaje de los árboles y a
comprender el equilibrio de la naturaleza.

Sin embargo, también se aventuró más en el Bosque de los Elfos Oscuros donde vivía
Eleana, un lugar envuelto en sombras y enigmas. Allí, los árboles se alzaban como
guardianes amenazantes, mientras los susurros de la oscuridad intentaban tentarlo con
promesas peligrosas. Fue un desafío inmenso enfrentarse a su propia oscuridad interna y
descubrir la luz en medio de las sombras.

En cada uno de estos reinos y sucesos mágicos en el mundo humano, Brandon luchó
contra sus propios demonios internos, tratando de encontrar su lugar en un mundo de
responsabilidades que lo abrumaba. La carga que llevaba en sus hombros lo hizo caer en
una espiral de presión y realidad aplastante.

Así, a los 17 años, se vio obligado a mentirles a sus padres, sumido en una desesperada
farsa para protegerlos de la cruda verdad de su vida como guardián. Con lágrimas y un
corazón destrozado, utilizó polvos de hadas para darle credibilidad a su coartada, en lugar
de recurrir a sustancias dañinas.

Con el corazón lleno de dolor, sus padres, destrozados por la situación, tomaron una
decisión desgarradora. Enviaron a Brandon a un anexo, un lugar donde podría encontrar la
redención y abrazar su papel de guardián por completo. Allí, rodeado de almas similares a
la suya, tendría la oportunidad de encontrar el equilibrio entre el mundo mágico y el
humano.

Fue en ese anexo donde pudo ser el guardián al 100%, rodeado de almas afines a la suya,
compartiendo la carga y encontrando consuelo en la compañía de otros como él. En este
refugio de la esperanza, Brandon encontró en Eleana ahora bautizada como Eva, una
aliada inquebrantable. Juntos, enfrentaron desafíos aún mayores y una vez más, se
levantaron para salvar el día.

En cada situación, los diálogos entre Brandon y Eva eran cortos pero cargados de
complicidad y confianza:

"Brandon, sé que este camino no es fácil, pero nunca olvides que la valentía reside dentro
de ti. Eres más fuerte de lo que crees", le recordó Eva, mirándolo con ojos llenos de
determinación.

"Me siento perdido, Eva. No sé si puedo soportar esta carga por mucho tiempo más",
admitió Brandon, su voz temblorosa.

Eva tomó su mano con firmeza y le sonrió con dulzura. "Escucha, Brandon. Juntos,
podemos enfrentar cualquier desafío que se nos presente. No estás solo en esto."

Y así, el dúo valiente continuó su lucha, desentrañando los misterios del universo mágico y
humano. Cada capítulo de sus vidas estaba lleno de incertidumbre, pero sus corazones
ardían con una determinación inquebrantable. El destino del mundo dependía de ellos, y
estaban dispuestos a enfrentar cualquier adversidad en su camino.

Una mañana envuelta en el manto gélido del invierno, el collar del guardián Aubry brilló
intensamente, desatando una línea de niebla carmesí. Sus ojos se abrieron de par en par,
como puertas a un mundo desconocido, porque sabía que aquella nebulosa encarnaba un
augurio siniestro: problemas arcanos se cernían sobre el inframundo. Con la astucia de un
felino y la ayuda fiel de Eva, se dispuso a emprender un viaje hacia lo desconocido.

La senda les condujo hacia un portal vetusto, oculto en una cloaca abandonada en el
corazón de la urbe. Traspasaron el umbral sin dilación, adentrándose en una travesía
plagada de sombras y desafíos sobrenaturales. Mientras caminaban, ignoraban las escenas
infernales que danzaban a su alrededor, manteniendo sus espíritus intrépidos y serenos.
Pues, habían navegado por los reinos oscuros en más de una ocasión, dominando sus
miedos como antorchas de esperanza.

Al fin, al final de ese camino misterioso, se reveló ante ellos una visión infausta. Uno de los
generales del abismo, como un arácnido tejedor de desdichas, había aprisionado a un
humano, utilizando su vida como moneda de cambio en el tablero cósmico. Brandon, con
la enjundia de un comandante valiente, vociferó la orden de detener aquel macabro juego.
Pero desconocía la trampa urdida por aquel demonio astuto, quien anhelaba ver al
guardián caer en desgracia. La batalla se desencadenó, pero esta vez, las reglas se habían
vuelto grotescas y retorcidas.

Confiado con esos enfrentamientos donde el villano subestimaba su valía, entregándole


una oportunidad de oro para triunfar y salvaguardar la paz. Sin embargo, la cruel realidad
se alzó como un látigo implacable. El general infernal ya no se prestaba al juego. Con
ferocidad insana, acabó con la vida del humano y, en un parpadeo del destino, embistió
contra Eva, hiriéndola de gravedad. La violencia desatada generó en el joven guardián un
vértigo abismal, mientras comprendía que, en aras de la paz, debía tomar una decisión
ineludible. el guardián comprendió que la paz solo se alcanzaría si se sumergía en la
oscuridad que lo rodeaba.

Aferrando una espada élfica, forjada con los suspiros divinos de antiguas constelaciones,
Brandon se vio compelido a adentrarse en el oscuro abismo de su propia alma. Cegado
por el torrente de ira y dolor que arreciaba en su ser, no vaciló en enfrentar a aquel ser de
las tinieblas, buscando equilibrar las balanzas cósmicas. Sus actos rebosaban con la
frialdad de una noche sin luna, impulsado por la necesidad de salvaguardar lo que más
amaba. Asi hizo lo que nunca creyó posible; tomar una vida para garantizar la paz.

Y así, haciendo uso de un polvo mágico capaz de tejer portales en momentos cruciales,
Brandon guio a Eva, herida yace en su morada ancestral. Las venerables elfas mayores, con
su sabiduría milenaria, acudieron en su auxilio. En un santuario impregnado de magia
ancestral, rodearon a Eva con sus pétalos curativos, desplegando la esperanza como un
velo etéreo. "Ayúdenla, por favor", clamó el guardián, desgarrado por el eco de sus propias
súplicas. Sus lágrimas se confundían con las sombras de la noche, como un río de dolor
que fluía sin cesar.

Aquella noche, el silencio era compañero de Brandon mientras velaba incansablemente


por Eva, cuya fragilidad se hallaba protegida por vendajes impregnados en una poción
mística. Un suspiro escapó de sus labios, como un lamento que se desvanecía en la
oscuridad. En ese instante, algo se fracturó en lo más profundo de su ser, como un cristal
astillado por el peso de la tragedia.

"Situaciones extremas requieren medidas extremas", susurró con amargura, recordando el


sabor metálico de la venganza que había tomado en el inframundo. Sabía que había
traspasado un umbral irreversible, pero también sabía que, en esa lucha despiadada, su
propósito había emergido con una claridad irrevocable.

Cuando el alba acarició el horizonte, Brandon despertó en la penumbra de una habitación


desconocida, como si fuera una pieza extraviada en un juego etéreo. La madera fría de la
silla en la que había pasado la noche parecía susurrar historias ocultas, mientras la mirada
del guardián se perdía en la figura inerte de Eva, envuelta en un sueño de fragilidad.

La luz de la lucidez penetró en su mente, desvaneciendo las brumas del sueño, y la certeza
golpeó su corazón con la fuerza de un reloj descompuesto. Aquello que vivían era una
realidad, una trama de giros inesperados que los había arrastrado a un abismo
desconocido. Eva, con sus ojos entrecerrados, parecía contemplarlo con una vitalidad
tenue pero intensa, como una llama moribunda que todavía albergaba la esperanza de
arder con fulgor.

"Brandon..." susurró con voz apagada. "Pareces una rama torcida en el vendaval". En medio
del recuerdo de la batalla, aquel comentario escapó de sus labios y, por un instante, la risa
apenas se asomó tímidamente a sus rostros. Al escucharla, el guardián despertó de la
ensoñación de Morfeo. "Eva... ¡Eva!" se inclinó hacia la camilla, acariciando su mejilla con
ternura. "Creí que te perderia". Las lágrimas se deslizaron por su rostro, testigos silenciosos
de una conexión profunda forjada en la penumbra. Eva era su familia, su confidente, el faro
que lo guiaba a través de los abismos de la existencia desde que se convirtió en guardián
en su juventud temprana.

"Shhh... todo está bien, Brandon", susurró Eva, mientras su mano se entrelazaba con la
suya, un eco de afecto en cada contacto. Era evidente la intención que se ocultaba en
aquel gesto, el vínculo que se tejía más allá de las palabras. También ella lo consideraba
parte de su familia, un lazo que trascendía la sangre misma. En ese instante, la curandera
de la aldea élfica irrumpió en la estancia, acompañada de las madres elfas que portaban
consigo una sabiduría ancestral.

"Guardián Aubry, es momento de retirarte. Eva necesita otra sesión de curación", anunció
la curandera, cuya mirada parecía esconder secretos en cada destello de sus ojos. Antes de
que pudiera articular una respuesta, su collar resplandeció, emanando una neblina y
polvos mágicos de un matiz marrón. Solo podía significar una cosa: problemas acechaban
en el reino de los orcos. "Estaré bien", habló Eva con entereza. "Sé que puedes... Te
esperaré". Brandon no tenía otra elección, su deber como guardián lo dictaba. Partió sin
demora hacia el reino de los orcos.

El camino se desplegó ante él como una serpiente de piedra, serpenteando entre parajes
inquietantes. Los orcos, astutos en su propia vileza, habían erigido portales en lugares
saturados de carne fresca, y el matadero municipal de la ciudad se erigía como el
candidato más adecuado. Una vez de regreso al mundo humano se adentró en el
matadero, el portal aguardaba en el lugar donde los carniceros arrojaban los despojos de
las criaturas sacrificadas. El olor resultaba insoportable, la temperatura elevada convertía
aquel lugar en un infierno donde las bolsas de carne, piel y tejidos se entremezclaban,
volviéndolo inaccesible para los incautos. Sin tiempo que perder, el guardián cruzó el
umbral hacia lo desconocido.

Al arribar a aquel reino de bestias, siguió a su fiel guía, adentrándose en una tierra yerta
que la imaginación había abandonado. El paisaje se revelaba como un desierto árido,
donde la vegetación se desvanecía en la bruma del olvido. Los lagos también habían
sucumbido, quedando apenas rastros de su antigua majestuosidad. Brandon siguió su
senda incierta, hasta que sus pasos lo condujeron al palacio del rey Uruk'kar. Sin embargo,
algo parecía no encajar en aquel ambiente opresivo: no había guardias custodiando la
entrada y los pasillos y alrededores del palacio yacían abandonados, como un eco vacío
del poderío orco.

"¿Qué demonios ocurre?", susurró Brandon para sí mismo, mientras preparaba su espada
élfica, aguardando la inminente tormenta. Uruk'kar no tardó en materializarse, su figura
majestuosa ocultaba un abismo de perversidad. "Guardián Aubry, esperaba tu llegada
después del festín", pronunció el rey con burla, al tiempo que se entregaba a su cometido
siniestro. "Veo que tu elfa no te acompaña. El rumor resultó ser cierto entonces. Dime,
guardián, ¿cómo se siente arrebatar una vida?" Uruk'kar, en un gesto de grotesca
apetencia, se deleitó con un pedazo de carne humana. La indignación brotó de lo más
profundo de Brandon. "Que mierda hiciste, Uruk'kar. No debiste cruzar esa línea prohibida.
Has violado las reglas", espetó el guardián con ira contenida.

"Alguien debía hacerlo, guardián. ¡Estoy harto de alimentarme con las sobras!", exclamó
Uruk'kar, ordenando a sus guardias: "¡Matadlo y traedme su cabeza!". Los orcos se
abalanzaron sobre Brandon, desatando una lucha encarnizada. El guardián se defendió con
su espada, parando los ataques con destreza, pero uno de los orcos logró herirlo, dejando
una dolorosa herida en su brazo. No podía creer lo que estaba sucediendo. No le quedó
más opción que eliminar a cada uno de sus agresores, mientras los orcos que no
participaron en el enfrentamiento observaban desde la distancia, expectantes, aguardando
el desenlace de su rey.

Uruk'kar permaneció inmóvil, impávido ante la cercanía de su inevitable destino. Brandon,


acercándose con paso decidido, lo tomó del cuello, enfrentando la vileza personificada.
"Eres un guardián, no puedes hacer esto", exclamó el rey en un último intento de negar la
realidad. "El juego ha cambiado, Uruk'kar", pronunció Brandon con voz firme. Con un
movimiento certero, atravesó el estómago del rey orco con su espada élfica. Un silencio
incómodo se apoderó del lugar, impregnando el ambiente con una oscuridad asfixiante.

Desalentado y moralmente derrotado, Brandon abandonó aquel sombrío palacio, dejando


atrás el reguero de sangre y la perversidad que habían desatado. Al cruzar el portal que lo
conduciría de regreso al mundo humano, sus piernas cedieron, y cayó al suelo, arrodillado
y con ambas manos aferradas a su cabeza, mientras lágrimas desgarradoras brotaban de
sus ojos.

Permanecí de rodillas en la oscuridad, un eco de lamentos se alzaba en mi interior como


un vendaval de almas perdidas. Mi rostro, hinchado por las lágrimas derramadas, parecía
una máscara macabra que ocultaba el peso de mis remordimientos. Mis manos y piernas
temblaban sin cesar, como ramas sacudidas por el viento de una tormenta inminente.
Sabía que esto era solo el comienzo, que las sombras de otros seres malvados en los
reinos vecinos pronto se teñirían con el conocimiento de lo sucedido en el inframundo.
Debía estar preparado para ese día, para el inevitable encuentro con las consecuencias de
mis acciones.

Con determinación, me puse en pie, levantándome de las profundidades del desconsuelo.


Limpié las lágrimas y los mocos que empañaban mi semblante, tratando de borrar todo
rastro del olor a sangre, dolor y muerte que me envolvía. Sabía a dónde debía dirigirme: al
reino de los duendes, astutos contrabandistas que traficaban con objetos humanos y los
vendían en el reino mágico. Su portal se ocultaba en la oscuridad de la Central de Abastos,
en las afueras de la ciudad.

Tomó su tiempo llegar a la terminal de autobuses que me llevaría al lugar indicado. Antes
de partir, me cambié de ropa, deshaciéndome de la vestimenta manchada por el pasado y
tratando de ocultar mi verdadera identidad. Con paso decidido, me interné en el bullicio
de la Central de Abastos, adentrándome en la sección de artículos para el hogar. Allí, entre
el caos de objetos desordenados, se encontraba mi amigo, un duende conocido como
"Medio Metro". Su apodo era una cruel ironía, pues su estatura se asemejaba a la de un
bailarín de un antiguo grupo musical llamado "Sonido Pirata".

"Buenas tardes", pronuncié con voz cargada de misterio al entrar en el recinto. "Estoy
buscando a Medio Metro, ¿está aquí?". Entre los montones de trastos y artículos
desgastados, surgió la figura del duende, una sonrisa maliciosa curvando sus labios
mientras se deleitaba con el humo de un puro. "¡Brandon! Qué alegría tenerte por aquí,
amigo", rió con un deje de picardía. "Espero que no te hayas metido en problemas esta
vez", agregó riendo de nuevo.

"Dejemos las formalidades para otra ocasión, Medio Metro. Estoy buscando a Momo",
respondí con tono golpeado, mostrando el filo de mi espada resguardada en su funda. El
duende me miró con enigma, sus ojos brillando con malicia. "No le he visto... Pero tal vez
un poco de papel verde pueda refrescar mi memoria", insinuó, frotando sus dedos como
señal de soborno.

"No es asunto tuyo, Medio Metro", respondí, mi voz fría como el acero. El duende accedió
a llevarme al portal del reino de los duendes, pero antes de partir, se atrevió a cuestionar
mi apariencia y mis intenciones. "¿A qué has venido, Brandon? No parece que estés en una
misión de guardián".
En ese momento, me giré hacia él, rebajándome a su altura y acercándome sigilosamente a
su oído. "Esta será la última vez que alguien se dirija a ti como Medio Metro si abres la
boca", susurré con voz gélida, dejando claro que no toleraría más insolencias. El duende se
quedó inmóvil, incapaz de articular palabra alguna ante la amenaza velada.

Me puse de pie y atravesé el umbral del portal, adentrándome en el reino de los duendes.
Al cruzar el umbral del portal, el paisaje se transformó en un inmenso callejón comercial,
repleto de una amalgama de productos de todo tipo. Seguí caminando sin prestar
atención a los duendes que intentaban atraer mi interés con sus objetos robados, como
serpientes hipnotizadoras que se retorcían para obtener mi atención. Me adentré en los
callejones más peligrosos del reino, donde la oscuridad era cómplice de miradas asesinas
que se lanzaban hacia mí como flechas venenosas.

No obstante, no les concedí importancia alguna. Sabía que ninguno de ellos se atrevería a
enfrentar a un guardián, al menos no aún. Seguí avanzando, sorteando las sombras que se
retorcían a mi alrededor, como criaturas sedientas de sangre esperando el momento
oportuno para atacar. Después de un arduo recorrido, llegué a un imponente almacén,
custodiado por dos enanos armados con armas humanas.

"Estás perdido, guardián", pronunció uno de los enanos, su voz cargada de desafío.
"Vengo a ver a Momo, quiero hacer negocios", respondí, posando mi mano en el mango
de mi espada, un gesto que delataba mi determinación. El otro enano cargó su subfusil
P90, preparado para cualquier eventualidad. "Momo no está interesado", agregó, su tono
amenazante flotando en el aire.

Antes de que pudiera contraatacar, una voz resonó desde el interior del almacén,
ordenando a los guardias que se detuvieran. "¡Alto!", exclamó con autoridad. "Puede
pasar". Los enanos se apartaron de la entrada sin siquiera atreverse a pedirme mi espada.
Con resignación, les entregué mi arma, sabiendo que no tenía opción más que confiar en
la palabra de aquel que me aguardaba al otro lado de la puerta.

El interior del almacén carecía de iluminación, solo unos débiles focos revelaban el camino
entre los contenedores repletos de armas y artefactos de destrucción. En el centro del
almacén, un escritorio iluminado se alzaba como un faro en la oscuridad. Una silueta
esperaba al otro lado, rodeada por un halo de misterio.

Los oscuros y retorcidos hilos del destino tejieron una peligrosa danza en la penumbra de
aquel almacén. La voz desafiante resonó en el aire, rompiendo el silencio como un eco
siniestro que despierta a las sombras. La silueta en la distancia se acercó lentamente hacia
la tenue luz, revelando su verdadera naturaleza: un duende de semblante aterrorizado. Sus
ojos reflejaban el miedo de quien ha contemplado los abismos más profundos y ha sido
marcado por la oscuridad.

"Necesito herramientas de eliminación, Momo", susurré, tomando asiento en aquel


sórdido lugar. El nombrado duende, conocedor de los secretos más oscuros, se rascó la
barbilla en un gesto de perplejidad. Era una rareza encontrarme allí como comprador, en
lugar de ser el cazador que lo detiene en su oscuro camino.

Sin embargo, la respuesta que obtuve fue diferente a lo esperado. El aire se impregnó de
un tono enigmático mientras una risa sibilante emergía de los rincones ocultos del
almacén. "Herramientas de eliminación, ¿eh? ¿En qué chambitas te has sumergido,
Brandon?", susurró Momo con una mezcla de curiosidad y preocupación. En ese instante,
me vi rodeado por una hueste de duendes, con sus armas apuntándome como afiladas
dagas.

La tensión se espesó como la neblina de un pantano, amenazando con engullirme en un


torbellino de peligro. La voz de Momo resonó nuevamente, como un viento siniestro que
susurra secretos prohibidos. "Te sorprendería la velocidad con la que las noticias viajan,
como el veneno que se esparce por las venas. Pero esta vez, Brandon, veo una
oportunidad en esta noticia".

Sus palabras me hicieron contener el aliento, consciente de que mi vida pendía de un hilo,
como una marioneta manipulada por fuerzas invisibles. Momo, con un simple movimiento
de mano, ordenó a sus subordinados bajar sus armas, dejando en el aire un halo de
incertidumbre. Mantuve mi mirada firme y respondí sin vacilar: "No trabajaré para ti,
Momo. Si eso es a lo que quieres llegar".

Pero el enigmático duende tenía otros planes en mente. Retrocediendo un paso, su mano
derecha se deslizó hacia una gaveta oculta, revelando una pistola Colt 1911 junto a una
caja de balas. La atmósfera se cargó de expectación mientras sus palabras se deslizaban
como serpientes venenosas en la noche. "Sabes, Brandon, la eliminación podría haber sido
fácil, una oportunidad de negocio. Pero yo, yo soy un visionario, y veo una oportunidad
aún más grande".

Sin pronunciar una sola palabra, acepté el arma y la caja de balas que se me ofrecían. La
fría metalurgia de la pistola en mi mano era una extensión de mi voluntad, un objeto cuyo
uso estaba impregnado de historias sangrientas y decisiones trascendentales. No hice
ademán alguno, me levanté con determinación y me dirigí hacia la salida del almacén.

Los guardias, fieles siervos de Momo, me entregaron mi espada como un testigo silencioso
de mis batallas pasadas y presentes. Y así, caminé de regreso al mundo humano, envuelto
en una densa neblina que parecía devorar cada paso que daba. Pero mi sendero no estaba
exento de peligros, pues en el silencio de la noche, percibí los sigilosos pasos, no solo de
uno, sino de varios seres.

En un instante de pausa, una llamarada roja surcó el aire, deslumbrando mis sentidos.
Rápidamente, me cobijé entre un montón de cajas de madera apiladas, tratando de
discernir qué ocurría a mi alrededor. La adrenalina fluía como una corriente sin control,
mientras otra bola de fuego impactaba una de las cajas, haciendo que estallara en mil
pedazos.
"¡Ese no era el trato, Momo!" grité hacia el vacío, desafiando la oscuridad que me rodeaba.
Me asomé por encima del borde de una caja y vislumbré una silueta alta corriendo entre la
densa niebla. Sin perder un segundo más, accioné la pistola hacia la sombra en
movimiento, pero los disparos no encontraron su objetivo, dejando solo rastros de humo y
cenizas.

"Recuerda, Brandon", susurré para infundirme valor en aquel turbulento momento. Traté
de recordar cómo cargar el arma, como si estuviera inmerso en una partida del juego Call
of Duty. Y en un segundo fugaz, un inconfundible "click" resonó en mis oídos, anunciando
que la pistola estaba lista para ser utilizada.

Fue entonces cuando otra sombra se abalanzó hacia mí, lista para desatar su furia y poner
fin a mi existencia. Con reflejos afilados como cuchillas, apreté el gatillo y la bala voló
directo hacia mi perseguidor, arrebatándole el control de su cuerpo y haciéndolo caer al
suelo, boca abajo, a mi lado.

El tiempo se convirtió en mi enemigo más implacable, sus manos invisibles tejiendo una
red de peligro a mi alrededor. Sin perder un instante valioso, me apresuré a girar el cuerpo
sin vida, revelando con estupor que se trataba de un mago del reino de magia y hechicería.
Un suspiro abrumador escapó de mis labios, consciente de que había tropezado con una
verdad aún más peligrosa de lo que imaginaba.

Sin detenerme, me puse en pie y escapé del lugar, huyendo de los magos que ahora me
perseguían. Estos individuos, conocidos por su tenacidad, especialmente cuando se
convierten en cazadores de recompensas, no cejarían en su empeño de atraparme.

En un frenético intercambio de disparos, logré desvanecerme entre las sombras y perderles


la pista, hasta llegar a un callejón principal. La desesperación se apoderó de mí, pues ya no
podía regresar a través del portal que me llevó a la central de abastos. En cambio, mi
destino se dirigía hacia un desguazadero de autos al otro lado de la ciudad, al que solo se
podía acceder a través de un portal.

Al llegar al lugar, la noche ya había caído, envolviendo el paisaje en un manto de sombras


y susurros siniestros. No había opción para regresar con Eva al mundo de los elfos o al
anexo, por lo que decidí pasar la noche en uno de los miles de autos abandonados que
yacían en ese desguazadero. Mi refugio improvisado se convirtió en un santuario temporal,
donde el silencio y la oscuridad conspiraban para ocultar mi presencia de aquellos que me
perseguían en la penumbra.

En la soledad de la noche, con el eco de mis pensamientos como única compañía, me


preparé para lo que vendría, sabiendo que la oscuridad y el misterio se fundirían en un
abrazo mortal, desvelando secretos inimaginables y desafiando mi propia existencia en
una danza macabra. Y así, con el susurro del viento y el palpitar acelerado de mi corazón,
esperé a que el amanecer trajera consigo nuevas incertidumbres y una lucha sin cuartel
contra las fuerzas que amenazaban con devorarme.
Me desperté al amanecer del siguiente día, pero las pesadillas de días anteriores seguían
aferradas a mi mente como sombras insidiosas. Sentía su presencia acechante, como si
fueran espectros invisibles que se movían sigilosamente a mi alrededor, esperando el
momento propicio para atacar. Una opresión se afianzaba en mi pecho, como si las garras
del destino se cerraran inexorablemente sobre mí.

"Sal de mi cabeza", imploré en un susurro tembloroso, consciente de que cada recuerdo


cargado de negatividad consumía una parte de mi cordura ya desgastada. A mis diecisiete
años, a pesar de haber enfrentado peligrosas aventuras, estas emociones amenazaban con
devorarme por completo, dejándome apenas un débil hilo de cordura para sostenerme.

Pasé largas horas en el desguazadero, esperando pacientemente el momento propicio para


reunirme con Eva. Una sensación de opresión me oprimía el pecho, como si el aire mismo se
hubiera vuelto denso y asfixiante. Debía advertirle sobre la inminente tormenta que se cernía sobre
nosotros, una tormenta que amenazaba con arrasar todo a su paso.

Cada segundo parecía una eternidad, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para
prolongar mi agonía. El desguazadero se convirtió en un laberinto de chatarra oxidada y
fragmentos de máquinas olvidadas, donde cada paso era un eco amenazador de un
destino incierto.

Finalmente, la noche se abrazó a la ciudad, y yo me dirigí sigilosamente hacia uno de los


portales que conducían al enigmático reino élfico. El reloj marcaba las dos de la
madrugada, un momento maldito en el que la oscuridad envolvía la ciudad, sumiéndola en
una soledad sepulcral. Mis pasos resonaban como susurros angustiados en aquel parque
sombrío donde se alzaba un cenote, oculto entre la maleza y el misterio. Con cautela, me
adentré en la cueva que albergaba el portal, sintiendo cómo el aire se volvía denso y
cargado de una energía antigua.

Sostenía mi arma con mano firme, lista para enfrentar cualquier amenaza que acechara en la
penumbra. El eco de mis pasos resonaba en las paredes húmedas, como si cada paso que daba
fuera una advertencia silenciosa a los guardianes de aquel mundo élfico.

Al cruzar el umbral, me encontré en el corazón del reino élfico, donde la magia y la belleza
se entrelazaban en una danza etérea. Las sombras danzaban con los rayos de luna
filtrándose entre las hojas de los árboles centenarios, y el susurro del viento parecía llevar
secretos. Avancé con sigilo, mis sentidos alerta ante cualquier signo de peligro que pudiera
acecharme en la penumbra.

Por fin, llegué a la aldea donde Eva residía. La oscuridad me otorgó un respiro inesperado,
alejando temporalmente las sombras que siempre me acechaban. Penetré en su morada
con el sigilo de una sombra, evitando cualquier ruido que pudiera alertar a los seres de la
noche. Cada crujido de madera bajo mis pies era como el eco de mi propia existencia,
recordándome que mi presencia era una amenaza en ese lugar de paz y armonía.
Y allí estaba ella, Eva, entregada a los brazos de Morfeo, envuelta en un sueño sereno y
acogedor. Pero ese sueño fue abruptamente interrumpido por el chirrido de una silla de
madera, un sonido que luchaba por contener mi cuerpo al colapsar en la desesperación.
Los ojos de la joven elfa se abrieron, pero en ellos ya no había miedo, sino sorpresa al ver
al que una vez fui, un adolescente lleno de optimismo y energía, ahora convertido en un
alma en pena, un espíritu quebrantado y consumido por la carga de su vida y las pesadillas
que lo atormentaban.

"Por Dios, ¿qué te ha sucedido?", exclamó ella, su voz llena de exaltación mientras se
incorporaba en la cama y tomaba mi rostro entre sus manos. En sus ojos ya no se reflejaba
el brillo de la luz, sino una mirada apagada, como si el fulgor de su espíritu también se
hubiera desvanecido.

"Se acabó, Eva", respondí con voz rendida, dejando que la desesperanza se filtrara en mis
palabras. "Ya no puedo más con esto... Creí que todo sería como en los cuentos, pero ya
no me queda nada. He vuelto a matar". Mi voz tembló con el peso de mis palabras,
mientras el anhelo de llorar se mezclaba con la impotencia de no tener más lágrimas que
derramar.

"No, Brandon, no digas eso", fue su respuesta, pero esta vez era ella quien derramaba
lágrimas, uniéndose a mi lamento desgarrador. "No entiendes, Eva, ya no soy yo. Ahora
también eres parte de esto. Vendrán por ti si te ven conmigo, te matarán... y solo el
pensarlo me destroza por dentro", le advertí, lanzándome hacia ella en un abrazo
desesperado, como si fuera mi único refugio en un mundo desolado.

La joven elfa ignoró el dolor que la embargaba, aferrándome con fuerza y determinación.
"No te abandoné desde el día en que te conocí, y jamás te abandonaré ahora que más me
necesitas", afirmó con convicción, separándome de ella lo suficiente como para posar sus
labios sobre los míos en un beso cargado de desesperación y amor.

"Moriría si algo te ocurriera", susurró contra mis labios, aferrándome nuevamente en un


abrazo inquebrantable. Sentí el calor de su cuerpo junto al mío, y en ese instante supe que
ella era mi ancla, mi única esperanza en medio de la tormenta.

"Recuerdas aquella petición que me hiciste... cuando me pediste que me llamara Eva",
continuó ella, sin soltarme de su regazo, mientras acariciaba mi cabello en un gesto de
consuelo. "Odiaba que me llamaras así". Al escuchar esas palabras, una pequeña risa llena
de melancolía brotó de mis labios. "Te dije que soy malo con los nombres", respondí en un
susurro cargado de nostalgia.

Poco a poco, la tranquilidad fue inundando mi ser, y Eva me invitó a pasar la noche junto a
ella. No pude aceptar sin reservas, consciente de los peligros que acechaban a nuestro
alrededor. Acordamos que dormiría en aquella silla donde había estado hace dos días,
como un guardián solitario en la noche.
Pero el descanso se negaba a llegar. Cada sonido proveniente del exterior se convertía en
una ráfaga de alarma que me impulsaba a desenfundar mi pistola y apuntar hacia la nada.
En medio de una de esas pesadillas despiertas, me desperté disparando al vacío, sin más
objetivo que el miedo que me había arrastrado a ese momento. Por supuesto, desperté a
todos a mi alrededor, incluyendo a Eva, cuyo rostro reflejaba la preocupación y el
cansancio acumulados.

Los días siguientes se convirtieron en un respiro temporal. El collar que portaba no había
emitido su fulgor inquietante durante tres días seguidos. No obstante, no podía
permitirme bajar la guardia, pues sabía que la calma era solo una tregua efímera. Las
semanas se sucedieron en el reino élfico, como un susurro incierto en el tiempo, mientras
me ocultaba de aquellos que me buscaban con sed de sangre. Regresar a mi antigua
coartada en el anexo era una sentencia de muerte para todos los que allí se encontraban.
La oscuridad no dudaría en exterminarlos con tal de alcanzarme.

Y así, los meses se deslizaron, hasta que finalmente llegó mi decimoctavo cumpleaños, el
verdadero desafío se presentó ante mí. Era la prueba de fuego que rompería el frágil hilo que aún
me unía a la justicia y a la oscuridad. Mi familia estaba en peligro, y yo me encontraba en medio de
una encrucijada.

Transcurrieron dos meses desde mi decisión de permanecer allí. En ese rincón encantado,
un acontecimiento inesperado trajo un destello de esperanza en medio de la oscuridad.
Eva, compañera de infortunio y amiga leal, fue bendecida por las artes arcanas, cuyos
misteriosos hechizos no solo curaron sus heridas, sino que la elevaron a nuevas alturas de
fortaleza y vigor. El fluir místico de la medicina se apoderó de ella, transformándola en una
criatura más fuerte de lo imaginable.

Durante aquellos días de calma, el colgante que pendía sobre mi pecho, símbolo de mi
deber como guardián, permaneció en silencio, sin lanzar su inquietante advertencia. No
obstante, como un ser cauteloso que observa el vuelo de las mariposas nocturnas, no me
permití bajar la guardia. Mis sentidos, afilados como la hoja de una espada antigua,
permanecieron alerta, aguardando el sutil susurro del peligro oculto en las sombras.

En un acto de confianza y complicidad, compartí con Eva todos los detalles de los oscuros
acontecimientos que habia pasado en su ausencia. Sus ojos, espejos de tristeza, reflejaban
el pesar de verme sumido en un abismo sin fondo. Sin embargo, en su mirada relucía la
chispa de una promesa inquebrantable: la determinación de no permitir que yo cayera
preso de la crueldad y la perdición. Era un faro de luz en medio de la tormenta, y me aferré
a esa esperanza como si fuera el último resquicio de salvación en este reino condenado.

Pensé que la tranquilidad sería la compañera constante en nuestra morada, pero los
designios del destino tienen formas retorcidas de manifestarse. Dos días después de
nuestra conversación, mi colgante guardián, que reposaba en silencio, volvió a brillar con
un resplandor ominoso. Una nueva misión se presentaba ante mí, teñida de muerte y
brutalidad, como las sombras que se alzan para devorar la luz. No había tregua para el
guardián, ni descanso para el alma atormentada.
Así transcurrieron los meses y todos los llamados del deber eran lo mismo, como una
danza macabra al ritmo de los pasos de la desgracia, hasta que finalmente llegó el día: el
28 de febrero, mi cumpleaños número 18. A pesar de la disparidad entre las edades, Eva,
con sus 120 años de vida inmortal, poseía la apariencia y el espíritu de una joven doncella de tan
solo 20 años, acordó celebrar nuestros aniversarios juntos. Intentamos desafiar a las
sombras, reír en medio de la oscuridad y encontrar una tregua en el abismo. Pero el
destino, con su capricho siniestro, decidió alterar nuestros planes.

La tierra misma se abrió con un suspiro ominoso, y de sus entrañas emergió una caja infernal,
forjada en los abismos del averno y envuelta en un diseño demoníaco que exhalaba un aire de
perdición. Eva, curiosa y valiente, se acercó a ese artefacto que emanaba un aura de peligro.
Al abrirla, su rostro se llenó de estupefacción y un escalofrío recorrió su espina dorsal. De espaldas
a mí, se giró lentamente, revelando el contenido de aquella caja maldita y dejando escapar una
lágrima que reflejaba una tristeza inconsolable.

"Es tu padre", susurró con voz entrecortada, y una lágrima solitaria se deslizó por su
mejilla. Mis ojos se encontraron con el objeto infernal que ella sostenía: los lentes de mi
padre, manchados por la marca de la sangre. Aquella visión turbadora me dejó sin aliento,
como si un eco del pasado hubiera irrumpido en el presente para desvelar una ejecutada
venganza.

La revelación golpeó mi mente como un rayo en medio de la oscuridad. Aquella caja


demoníaca, con su diseño infernal, despertó en mí una conexión inmediata con el
inframundo y la acción que habia cometido. ¿Cómo podía ser que los lentes de mi padre y
su sangre acabaran en ese lugar maldito? Los engranajes de mi memoria comenzaron a
girar frenéticamente, como si hubieran estado esperando el momento oportuno para
encajar todas las piezas del rompecabezas.

En medio de la confusión, una realidad dolorosa se me reveló con despiadada claridad. Me


había sumergido tanto en mi nueva vida en el reino de los elfos oscuros y en mi papel de
guardián de las sombras, que había dejado atrás todo lo que me unía al mundo que una
vez conocí. Olvidé el anexo, ese lugar donde había pasado gran parte de mi existencia, y
también olvidé a mi propia familia. Los médicos y las autoridades del anexo seguramente
se habrían dado cuenta de mi ausencia y, sin demora, notificarían a mis progenitores.

Un sentimiento de culpa y angustia se apoderó de mí, como si estuviera encadenado a las


sombras que me rodeaban. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había dejado que la
venganza y mi misión como guardián les darían a mis enemigos la oportunidad que tanto
deseaban? Las preguntas atormentaban mi mente, pero no había tiempo para la
autocompasión. Debía enfrentar las consecuencias de mis acciones del pasado, aunque el
camino hacia ella se tornara aún más oscuro y peligroso.

Los latidos de mi corazón resonaban en mis oídos como tambores que anunciaban un
destino ineludible. Eva, con ojos llenos de preocupación y tristeza, se acercó a la caja
maldita como si contemplara el abismo mismo. Un destello de reconocimiento cruzó su
mirada, revelando el nombre que yacía en las profundidades de su memoria: Lucreta.
Aquel nombre, envuelto en ecos y susurros del pasado, emergió como un eco ancestral
que había sido susurrado por los vientos del tiempo.

"Lucreta..." pronuncié, dejando que la palabra se deslizara entre mis labios como un ser
olvidado. Las sílabas resonaban en mi mente, como fragmentos de un antiguo conjuro que
amenazaba con desvelar secretos enterrados en las brumas del pasado. Eva, con su voz
firme y leal, reveló el origen de aquel nombre: Lucreta Roshmont, la princesa y única
heredera del rey Leinant y la reina Ciry.

La gravedad del momento se apoderó de nosotros, aferrándonos a un destino entrelazado


con hilos invisibles. El reino de los elfos, en su majestuosidad etérea, se erigió como
nuestro próximo destino. Solo en ese lugar de encanto podríamos encontrar las respuestas
que tanto anhelábamos.

Con una determinación inquebrantable, guardé los lentes de mi padre en el bolso de viaje
con una delicadeza reverencial. Cada mancha de sangre en esos cristales era un testimonio
del pasado, una memoria que había sido sellada en su superficie como una advertencia.

sin perder mas tiempo nos embarcamos en direccion al reino elfico, con ayuda de los
polvos magicos llegamos al palacio real. por ases del destino ambos reyes ya nos
esperaban. El palacio real se envolvía en un aura de solemnidad y pesar, como si las
sombras del pasado se hubieran congregado en sus imponentes paredes. Los reyes, con
miradas envejecidas por el tiempo y las penas, nos recibieron con una mezcla de sorpresa
y nostalgia. Sus palabras, cargadas de recuerdos y anhelos, flotaban en el aire como
suspiros que apenas se atrevían a escapar de sus labios.

El rey Leinant, alzándose de su trono con determinación y pesadumbre, se acercó hacia mí


mientras su esposa, la reina Ciry, permanecía en su asiento regio. "Hace tiempo que no lo
veía, guardián, y a su fiel compañera", comenzó el rey con voz firme y golpeada, revelando
la profundidad de su nostalgia. Un brillo de reconocimiento y amistad iluminó sus ojos al
encontrarse frente a frente. Eva, respetuosa ante la presencia de la realeza, se arrodilló en
señal de reverencia.

"Si nos hubieras invitado a tus grandes fiestas, te vería más seguido, Leinant", respondí con
una entonación igualmente firme, reflejando nuestra cercanía y complicidad. Un apretón
de manos selló nuestro reencuentro, un gesto que hablaba de años de camaradería y
confianza. Eva, alzándose para presenciar el encuentro, se sumergió en el ambiente,
expectante ante el destino que nos había llevado hasta allí.

La mención del nombre "Lucreta" hizo que la sonrisa del rey se desvaneciera, reemplazada
por un rastro de melancolía y tristeza que pintaba su rostro. Su mirada se dirigió hacia la
reina Ciry, compartiendo un vínculo cargado de significado. Leinant, en un intento por
ocultar las lágrimas que amenazaban con desbordarse, regresó a su trono, ocultando su
rostro ante la dolorosa memoria que invocaba aquel nombre.
En ese instante, Eva dio un paso al frente, preparada para exponer nuestra súplica. "Sus
majestades", comenzó con una voz decidida y respetuosa, eligiendo cada palabra con
cuidado. "Necesitamos de su ayuda. La princesa Lucreta ha secuestrado al padre de
Brandon. Hemos acudido aquí porque sabemos que solo ustedes conocen su paradero."
Un silencio abrumador descendió sobre la estancia, como si el propio tiempo se hubiera
detenido para escuchar nuestras palabras y medir el peso de nuestra petición.

En medio de aquel silencio, los reyes elfos tomaron una decisión. Con un gesto sereno
pero lleno de determinación, Leinant se levantó una vez más de su trono, como si fuera el
eco de un rey que había enfrentado la adversidad en incontables ocasiones. Sus ojos,
ahora llenos de una luz resuelta, se posaron en Eva y en mí.

"Brandon, Eva, habéis demostrado ser fieles y valerosos guardianes en este viaje
tumultuoso. Como monarcas de este reino, no podemos ignorar vuestra súplica. Os
guiaremos a Lucreta." pronunció Leinant con voz impregnada de autoridad monárquica,
pero en ese momento, sus palabras trascendieron su papel como rey y se convirtieron en
las palabras de un padre afligido. "Lucreta... mi única hija, mi más preciado amor", susurro
con un rastro de dolor y melancolía en su voz.

El rey continuó su relato, despojándose de los protocolos y sumergiéndonos en una


historia de amor y perdición. Desesperado por proteger a Lucreta de las garras del mal,
Leinant había luchado con todas sus fuerzas, pero fue su propio amor lo que desencadenó
su caída. Lucreta, en un acto de rebeldía, se había dejado seducir por un demonio que, con
engaños y manipulaciones, la había arrastrado hacia la oscuridad.

Los ojos de Leinant se llenaron de lágrimas y su voz se quebró al revelar la tragedia que
había consumido su alma. "Fui cegado por mi ira y desprecio hacia ese ser malévolo. No
me di cuenta de que el corazón y el alma de Lucreta ya pertenecían al lado oscuro. Cuando
finalmente abrí los ojos, era demasiado tarde. Mi hija se había convertido en una criatura
del inframundo, perdí su esencia y con ella, perdí mi propia esencia", confesó con
amargura y pesar.

El dolor también se apoderó de Ciry, la reina, quien lloraba en silencio desde su trono,
sumida en una tristeza indescriptible. Mis palabras de consuelo y esperanza intentaron
romper el velo de desesperanza que envolvía al rey. "Lo lamento, Leinant. Haré todo lo que
esté en mi poder para traerla de vuelta, amigo mío", expresé, tratando de infundir una
chispa de esperanza en su corazón destrozado.

Pero la negación se aferraba a Leinant, y su respuesta susurrada me devolvió a la realidad


sombría. "No, amigo mío...", sus palabras resonaron en el aire como un susurro del viento
nocturno. "Cuando un elfo se entrega a la oscuridad, su alma se pierde para siempre. Por
fuera, Lucreta será la hija que tanto amé en el pasado, pero por dentro, ahora es un
demonio. Tu deber como guardián es mantener el equilibrio entre ambos mundos",
concluyó. Miré a Leinant, encontrando en sus ojos una mezcla de desesperanza y
determinación. Aunque su alma se había quebrado junto con la de su hija, él comprendía
la realidad implacable del equilibrio que debía mantenerse entre ambos mundos. Era mi
deber como guardian proteger ese equilibrio, incluso si eso significaba enfrentar a la
criatura que una vez fue Lucreta.

Con un nudo en la garganta y el peso de la responsabilidad sobre mis hombros, me incliné


ante Leinant y Ciry, en señal de respeto y compromiso. No había palabras para mitigar su
dolor, pero les aseguré con la mirada que cumpliría con mi deber hasta las últimas
consecuencias.

Volví a erguirme, en silencio y sin emitir una sola palabra. Me despedí de Leinant con una
mirada cargada de significado, mientras Eva y yo nos encaminábamos hacia la salida del
imponente palacio. Nos enfrentábamos a un dilema: los polvos mágicos que nos
permitirían regresar al mundo humano no podían ser utilizados de manera indiscriminada.
Estos polvos estaban intrínsecamente conectados a la mente y al corazón de su portador, y
su mal uso podía tener consecuencias fatales al atravesar el portal. Podían transportarnos a
una dimensión desconocida o llevarnos a nuestro destino, pero sin certeza de cuán cerca o
lejos estaríamos.

De repente, escuché mi nombre resonando en el aire, era Cyri, la reina, quien se levantó de
su trono con gracia y se acercó a nosotros. De entre las amplias mangas de su vestido,
sacó una luz deslumbrante encapsulada en una esfera de cristal, adornada con ramas de
los árboles más antiguos del reino de los elfos. "Es demasiado tarde para nosotros, pero
aún hay tiempo para ti", me dijo mientras entregaba aquel objeto mágico en mis manos.
La reina me reveló su propósito: "Cuando todo haya terminado, utiliza este objeto junto a
tu padre. Debes romperlo justo frente a él. Esta magia borrará todo recuerdo y existencia
de ti. Tu padre olvidará que alguna vez tuvo un hijo y todos los seres olvidarán que tú
tienes un padre. Solo tú podrás recordar".

Acepté aquel objeto con precaución, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. Me


aterraba la sola idea de considerarlo, pero si esa magia me garantizaba su seguridad y la
posibilidad de un nuevo comienzo, entonces debía hacerlo. Guardé el objeto con sumo
cuidado, consciente de que enfrentaba una decisión de proporciones inimaginables.
Salimos del majestuoso palacio, sumergidos en un mar de incertidumbre y desafíos. El
viento nocturno susurraba en nuestros oídos, como si llevara consigo mensajes
enigmáticos del destino que nos aguardaba. Eva, con su mirada penetrante, buscó
encontrar la verdad oculta en mis ojos, deseosa de asegurarse de que yo estuviera
preparado para lo que vendría.

"¿Estás bien?", preguntó con voz suave, pero llena de preocupación, dando un paso hacia
adelante para acercarse a mí. Sus ojos, como luceros titilantes en la oscuridad, reflejaban la
inquietud que habitaba en su interior. "Debemos detener a Lucreta", respondí con
seriedad, fijando mi mirada en el objeto mágico que guardaba. Eva, en su inquebrantable
determinación, me miró con curiosidad y cuestionó nuestras próximas acciones. "¿Qué
haremos ahora?", indagó, después de varios minutos de silencio mientras continuábamos
avanzando. "Iremos a ver a Momo", afirmé con convicción, sabiendo que aquel
contrabandista sería nuestro vínculo con los recursos necesarios para enfrentar a Lucreta.
Pero la mención de su nombre oscureció el semblante de Eva, revelando su incomodidad y
conocimiento de los tratos previos que había hecho con él. No me atreví a guardarle ese
secreto, y aunque accedió a regañadientes, su expresión mostraba su reserva.

Salimos del reino de los elfos a través de un portal que nos condujo a una gruta oculta en
las afueras de la ciudad. En la penumbra, cerca del aeropuerto, nos abrimos paso con
determinación hacia la bulliciosa central de abastos. Nos movimos rápidamente, buscando
el portal que nos llevaría al callejón de los duendes. Al ingresar, nos adentramos en los
barrios más bajos de aquel recinto, sorteando sombras y evitando miradas indiscretas,
hasta que finalmente llegamos al gran almacén de Momo. Nuestro arribo no pasó
desapercibido, pues los guardias nos apuntaron con sus armas al vernos. Sin embargo, al
examinarnos más detenidamente, bajaron sus armas y nos dieron paso. "¿Está Momo
aquí?", inquirí, manteniendo mi tono de voz firme y seguro. "Sí, está adentro,
esperándote", fue la respuesta que recibí, aunque su tono me desconcertó. No obstante,
algo en mí comenzó a vislumbrar la verdad oculta detrás de esas palabras. Entramos en el
almacén y, entre la penumbra, avisté la figura de Momo.

La alegría se apoderó de él al verme. "¡Brandon, amigo mío!", exclamó, su voz rebosante


de camaradería. "Es un placer hacer negocios contigo. Desde nuestra última alianza el
negocio no ha parado de crecer” En ese momento, el aire se llenó de un tinte sombrío y
misterioso. La conversación adquirió un matiz peligroso y cautivador a medida que el
propósito de nuestra visita se revelaba. "Necesito armas", me apresuré a decir, sintiendo la
urgencia y la gravedad de nuestra misión. Momo me miró con seriedad, sus ojos brillantes
centelleando con astucia. "¿Es demasiado pronto para pedirme un favor, sabes?",
respondió, dejando entrever un toque de desafío en su voz. Antes de que pudiera
continuar, no dudé en declarar mi objetivo con determinación: "Necesito matar a un elfo
caído". La sorpresa se dibujó en el rostro de Momo, pero rápidamente volvió a asumir su
papel de comerciante sin escrúpulos. "Tengo lo que buscas, pero te costará caro. El precio
de esta arma supera con creces tus expectativas. Diez kilos de rodio, más valioso que
cualquier negocio que haya hecho con Rusia o Ucrania", dijo con arrogancia.

Un destello de determinación brilló en mis ojos mientras sopesaba las palabras de Momo.
Sabía que estaba dispuesto a pagar cualquier precio para cumplir mi misión. Momo,
percibiendo mi convicción, nos condujo a una caja fuerte de acero, donde la magia parecía
emanar en cada esquina. Con una combinación secreta, la caja se abrió, revelando una caja
de zapatos en su interior.

"¡Ah, aquí está!", exclamó emocionado al encontrar el arma.

Pero mi indignación fue palpable cuando descubrí que se trataba de una pistola de agua.
"¿Esto es una maldita broma?", bufé, molesto por la aparente burla que se desplegaba
ante mí. Momo, sin inmutarse, mantuvo su postura de comerciante astuto. "Eres muy
gracioso e ingenuo", respondió con sarcasmo y malicia. "Esta pistola contiene el vinagre
que le dieron a Jesús antes de morir en la cruz". Me entregó el juguete con desdén, y al
destapar el recipiente, el aroma distintivo del vinagre llenó mis sentidos confirmándome
que sus palabras eran verídicas. No tenía motivos para dudar de la autenticidad de aquel
extraño objeto.

Con un dejo de resignación, guardé el arma en mi posesión en uno de los bolsillos de mi


pantalón mientras salíamos del almacén de Momo. Antes de emprender nuestro camino,
un destello brillante atrajo mi atención: mi collar comenzó a emitir una luminiscencia rojiza,
una señal de que el tiempo se agotaba rápidamente.

"Espero que funcione", murmuré para mí mientras tomaba los polvos mágicos en mis
manos. Una vez que Eva estuvo lista, arrojé los polvos al suelo rápidamente, y como si
obedecieran a una antigua llamada, el humo se elevó a nuestro alrededor, envolviéndonos
en una neblina mística. Nuestra visión se vio obstaculizada por un momento, pero cuando
el humo se disipó, nos dimos cuenta de que habíamos sido transportados al inframundo,
aunque no exactamente al mismo lugar donde había estado antes. Ahora nos
encontrábamos frente a un inmenso coliseo, cuyas paredes imponentes se alzaban como
testigos mudos de batallas pasadas y almas perdidas.

El collar brilló una vez más, señalándonos el camino hacia nuestro objetivo. "Supongo que
es aquí, Eva", le dije, dirigiendo mi mirada hacia ella. "Sé que no te gustan las armas de
fuego, pero es la única forma de detener a Lucreta. Al menos eso espero." Le entregué una
de mis pistolas, y a pesar de su desprecio evidente, ella la aceptó. Las balas que
cargábamos eran de plata, nuestro único recurso para enfrentar a la criatura. Las enormes
puertas del coliseo se abrieron majestuosamente, invitándonos a adentrarnos en su
interior. Tomamos un profundo suspiro y cruzamos sus umbrales. El coliseo, construido
con las mismas rocas del averno, nos recibió con su arquitectura sombría, iluminada solo
por las antorchas que arrojaban destellos danzantes sobre los cuerpos en pena que yacían
por todas partes.

Al llegar al centro del coliseo, mis ojos se posaron en dos figuras conocidas. "¡Papá!...
¡Mamá!" exclamé mientras corría hacia ellos con desesperación. Tomé el pulso de mi
madre, y Eva hizo lo mismo con mi padre. "Su pulso es débil", me miró Eva,
comunicándome que el tiempo se agotaba rápidamente para ellos.

Sin embargo, antes de que pudiéramos reaccionar, una voz femenina resonó desde lo alto,
captando nuestra atención. Era Lucreta, la responsable de esta pesadilla. "Qué les has
hecho", exclamé lleno de ira al ver el estado en el que se encontraban mis padres,
marcados por la violencia infligida por la elfa caida.

"Nada... todavía", respondió Lucreta con una sonrisa maliciosa. "Me he divertido jugando
con ellos mientras esperaba tu llegada." Sus palabras dejaron claro que su "diversión"
implicaba golpearlos y dejarles profundas heridas.

El corazón se me llenó de una mezcla de rabia y determinación. No permitiría que Lucreta


terminará el trabajo. “¡No tenías por qué involucrarte! Azrael eligió su destino”, le señalé,
apuntándola con determinación. Lucreta bufó al escuchar mis palabras, despreciando mi
comprensión. “¿Qué sabes tú?”, me recriminó con amargura. “Azrael quería lo mejor para
todos en el inframundo, pero tu estúpido credo de patético guardián no veía lo bueno en
Azrael”. Sus palabras cargadas de desprecio y enojo hacia mí solo confirmaron lo que no
quería admitir. “Creí que había tiempo para ti, pero me has demostrado lo contrario. Haré
lo que sea necesario”, afirmé mientras desenvainaba mi espada, preparándome para
enfrentarla. ”Vaya, sí que lo harás”, respondió con sarcasmo mientras sus uñas se
transformaban en afiladas dagas. En un abrir y cerrar de ojos, se abalanzó hacia mí,
impulsándome sin control hacia atrás. Apenas tuve tiempo de incorporarme y detener su
ataque, entablando una danza de espadas y dagas en la que luchaba por defenderme y, al
mismo tiempo, intentar herirla. En un momento de distracción, Lucreta logró arrebatar mi
espada, enviándola volando varios metros lejos de mí. Antes de que pudiera causarme
daño, Eva le disparó desde la distancia, captando la atención de Lucreta y obligándola a
cargar hacia ella mientras Eva ágilmente esquivaba sus ataques. Aprovechando la
oportunidad, recuperé mi espada y me lancé hacia la demonio, embistiéndola con todas
mis fuerzas. Ahora los dos luchábamos contra ella, tratando desesperadamente de
detenerla. Sin embargo, Lucreta demostraba ser escurridiza y audaz, esquivando nuestros
golpes y balas con destreza. La batalla se desarrollaba en un baile frenético, donde la vida
y la muerte se entrelazaban en cada movimiento. La sangre y el sudor se mezclaban en el
aire mientras nuestros cuerpos se movían con agilidad y ferocidad. Era una lucha desigual,
pero no estábamos dispuestos a rendirnos, el tiempo parecía ser solo una sombra que se
desvanecía, mientras mis fuerzas menguaban al igual que las de Eva. Como un reloj
implacable, Lucreta, la elfa sin rastro de fatiga, tejía un juego que sabía culminaría en
nuestra derrota. En un arrebato de valentía, me lancé al ataque, pero Lucreta, como una
gacela en su salto hacia el pilar, se abalanzó sobre mí con una fuerza que parecía emanar
de la misma tierra que pisábamos. Mi espada, cedió ante la abrumadora energía de la elfa,
rompiéndose en pedazos y permitiendo que su embate alcanzara mi pecho, donde sus
manos de hierro se ensañaron con mis costillas. El grito de dolor, como un aullido
lastimero, resplandeció en el aire y se convirtió en la melodía triunfal de Lucreta. Sin
embargo, en medio de mi agonía, el eco de un disparo rasgó el silencio, y una bala
encontró su morada en el hombro de Lucreta, interrumpiendo su danza de victoria. El
impacto la hizo tambalear, y el dolor la despojó de su letal precisión. Furiosa, volvió su
atención hacia Eva, quien, en un acto de valentía, había desencadenado la pistola que
sostenía, convirtiéndose en el blanco de la elfa desquiciada. Lucreta, herida y furiosa,
murmuró con desprecio: “Maldita impura”, mientras observaba su mano ensangrentada,
sintiendo la rabia arder en su interior. Sin control alguno, se abalanzó hacia Eva con la
determinación de infligir el peor de los castigos. Eva, sin embargo, no era una presa fácil.
Con destreza, desvió el feroz ataque de Lucreta con su espada, al mismo tiempo que su
pistola disparaba con precisión milimétrica. La lucha titanesca entre ambas se libraba a
pocos metros de mí, mientras yo, tambaleante y con la vista nublada, presenciaba
impotente la contienda. El tiempo se agotaba rápidamente, y el peligro acechaba. Mi mano
temblorosa alcanzó la pistola de agua, pero lamentablemente, había sufrido el mismo
destino que mi espada durante la refriega. Mi mirada se posó en el contenedor de vinagre,
donde una gran parte se había derramado, y mi rabia se encendió como una llama
ardiente.
En un instante, el estruendo del metal y un cuerpo al caer me sacaron de mi
ensimismamiento. Lucreta, con su despiadada eficacia, había derrotado a Eva, quien yacía
inconsciente, a merced de la elfa implacable. Mis pensamientos se concentraron en una
sola oportunidad.

“¡Oye!” grité con todas mis fuerzas, y el sonido de un disparo rompió el silencio. Una bala
rozó la mejilla de Lucreta, provocando un sangrado incontrolable. Sintiendo el dolor, la elfa
se precipitó hacia mí con una velocidad asombrosa, agarrando mi cuello y apretándolo sin
piedad.

“Esto será lo último que veas, cabrón,” susurró Lucreta con ferocidad mientras se acercaba
más. Pero antes de que pudiera consumar su venganza, lancé un escupitajo que impactó
en su rostro, manchando toda su frente. El asco y la sorpresa la hicieron soltarme,
dándome una oportunidad inesperada. Mientras me arrastraba hacia atrás, alejándome
desesperadamente de Lucreta, reflexioné sobre si había sido una buena idea escupirle en
la cara, considerando que el vinagre que había ingerido antes de dispararle había sido
apenas un chorrito. La incertidumbre se apoderó de mí mientras Lucreta, con garras
sanguinarias, se acercaba lentamente.

Pero entonces, algo cambió. Una inquietud se apoderó de Lucreta, y su mano derecha se
posó en su mejilla, seguida rápidamente por la otra. Su rostro y piel comenzaron a abrirse
como si fueran papel de seda, mientras la sangre fluía sin control. El vinagre había surtido
efecto, erosionando su interior. En un último acto desesperado, intentó acabar conmigo,
pero antes de que pudiera hacerlo, su cabeza estalló en un macabro estallido, marcando el
trágico fin de esta pelea infernal. Exhausto, me dejé caer al suelo, buscando un merecido
respiro. Finalmente, esta pesadilla había llegado a su fin. Tomé unos minutos para
recuperar fuerzas antes de levantarme con dificultad y dirigirme hacia Eva. Con cuidado, la
coloqué en mi regazo, y lentamente, abrió los ojos.

“¿Estás… estás bien? ¿Lo logramos?” Mis ojos se llenaron de alivio al verla despierta. “Sí, lo
hicimos. Lo logramos, Eva"

Recuerdo el reencuentro con mis padres fue un momento que quedará grabado en mi
memoria para siempre. Después de ayudar a Eva a levantarse, ambos nos apoyamos
mutuamente para ponernos de pie y acercarnos a donde estaban mis padres, quienes
habían sido testigos sin saberlo de la intensa batalla en el coliseo. Al llegar a su lado, le
pedí a Eva que investigara la cávea inferior, donde yacía Lucreta, en busca de algo que nos
permitiera salir del coliseo. Asintió a mi petición y se dirigió hacia allí. Mientras tanto, me
enfoqué en mis padres, siendo mi madre la primera en recuperar poco a poco la
conciencia. Con cuidado, utilicé harapos de su ropa para limpiar la sangre y la tierra que
cubrían su rostros y su cuerpo, poco a poco sus ojos se abrieron. “¿Brandon?... Hijo Pensé
que no volvería a verte…” Con voz emocionada y lágrimas en los ojos tomo mi cara con
ambas manos asegurándose que no era un sueño.

“Mamá, estoy aquí. Estamos a salvo ahora. Te extrañé tanto, lamento haberme ido del
anexo, lamento profundamente haberte mentido, perdón por haberlos metido en esto”
estaba conmovido y a la vez dolido por lo que pasaron. Mamá me abrazo poniéndole fin al
tormento y la carga que tenía por años ahora, la felicidad y el alivio se entrelazaron en ese
abrazo, restaurando la esperanza que habíamos perdido en medio de la lucha. Minutos
después, Eva regresó con un bolso que contenía un grimorio de portales y polvos de hada.
Lo depositó en el suelo y se unió a asistir a mi papá. Mi padre, al abrir lentamente los ojos,
quedó impactado al ver la belleza elfica de Eva, a pesar de las heridas que llevaba. “Estoy
muerto” fue primero que dijo asombrado.

“Es un honor señor. Conocerlo al fin. Su hijo demostró una valentía y coraje increíble por
estos años” con un gesto en su mano y un tono humilde y cariñoso me señaló aún
asistiendo a mi mamá. Sus ojos no podían creer lo que estaban viendo, era un sueño
hecho real, volver a estar juntos. “Muchas gracias, señorita” Los tres nos abrazamos.

Eva nos miraba con ternura, pero era una ternura amarga, sabia que venía después y yo
también. Después del abrazo le pedí a Eva los polvos de hada, al igual que yo tomamos un
poco y los frotamos en nuestras manos para untarlos en sus rostros con ayuda del sudor
mientras les explicaba que los polvos les iba a ayudar con las heridas. Mis papás me
miraron con asombro y confusión. Entonces, les relate, todas mis aventuras, como conocí a
Eva y los peligros que enfrentamos como guardianes, después tanto Eva como yo nos
untamos polvo de hada para aquellas heridas, fue entonces que saque la esfera al terminar
de asistirme.

“Mamá, papá. Está esfera nos va ayudar a volver a casa” les mostré la esfera quedando
frente a ellos y Eva a un lado mío, trate de sonar normal pero era un sentimiento que no
podía ocultar, mi voz se entrecorto y las lágrimas. “Y todo será como antes” mi mamá
también no pudo contener las lágrimas al igual que mi papá. “Estoy orgulloso de ti, hijo.
Estamos orgullosos. Jamás te dejaremos. Te amamos” al oír la calidez de sus palabras
rompí la esfera entre mi mano provocando que un destello que iluminó todo el lugar y tal
vez todo el universo. Cuando la luz se disipó mis papás cayeron rendidos al suelo producto
del polvo de hada.

Noté la expresión perdida en el rostro de Eva. La llamé por su nombre, y con esfuerzo,
logró centrar su atención en el entorno. Le pedí el grimorio, y mientras lo leía, mis
pensamientos se dirigieron a mi viejo barrio, mi hogar y mi casa. Después de leer las
palabras mágicas del libro, un portal se abrió como si fuera un espejo, revelando la sala de
mi casa de la infancia. Cargué a mi padre mientras Eva hizo lo mismo con mi madre, y
ambos cruzamos el portal. Una vez en casa, le pedí a Eva que los sentara en el sillón y
luego buscara un aromatizante en aerosol. Me acerqué a mis padres, tratando de
mantener la calma.

“Cuando despierten, sentirán dolor en el cuerpo”, susurré en sus oídos. “Es porque fueron
a visitar la reserva natural que inauguraron hace unos días. Caminaron por un sendero de
terracería, y Andrea se torció el pie y te sujetó de la mano para no caer. Por suerte, una
familia los ayudó a levantarse y a cuidar de sus golpes y contusiones.”
Cuando terminé de explicarles, Eva apareció con el aromatizante, y le pedí que rociara toda
la sala y sus ropas. Luego subí a mi habitación y tardé un poco en bajar con una mochila
medio llena. Me acerqué a mi madre esta vez.

“El cuarto de sobra está listo para que se hospeden sus amigos y familiares”, susurré. “Su
última visita fue un sobrino por parte de Silvestre, quien estuvo un mes alquilando ese
cuarto. Cuando se fue, olvidó su ropa y sus pertenencias. Desde entonces, no han podido
comunicarse con él ni con su familia. Le dijiste a Silvestre que ibas a tirar todas esas cosas
mañana por la mañana.” Eva me miraba con sorpresa durante todo este tiempo en la casa.
No había manera de que se diera cuenta de las historias que les estaba contando.
Finalmente, le pedí que abriera un portal al bosque oscuro, donde nuestro viaje había
comenzado. Era hora de volver al mundo que habíamos conocido, pero nuestras vidas
habían cambiado de manera irreversible.

La oscuridad de la noche y el crepitar de la fogata me rodeaban mientras me encontraba


en un trance profundo, hipnotizado por las llamas danzantes. Sin embargo, la voz de Eva
me sacó momentáneamente de mi ensimismamiento.

“¿Brandon?” murmuró con su voz suave, y, al escuchar mi nombre, regresé a la realidad sin
apartar la vista de la fogata. “Ven, siéntate conmigo. Quiero contarte algo”, le pedí a Eva,
quien estaba en pijama, envuelta en una frazada. Ella se acercó y se sentó a mi lado,
disfrutando del calor reconfortante del fuego. Aunque no decía nada, su expresión
reflejaba su preocupación. Comencé a contarle la verdad que había estado guardando.
“Esas personas inconscientes que viste esta tarde son mis padres”, confesé, sacando un
folder de la mochila mientras continuaba explicándole la historia, desde Lucreta hasta por
qué tenía heridas y rasguños, y por qué no podía recordar quiénes eran esa pareja de
adultos mayores. “Tardé en comprender que la esfera no afecta al portador. Por eso, solo
yo puedo recordarlos.”

Tomé las hojas del folder y las arrojé al fuego una por una, eliminando así toda evidencia
física de que alguna vez existió una persona llamada Brandon Isla Rojas. Cada hoja se
consumió en llamas, y mi pasado quedó reducido a cenizas. Después de hacerlo, encendí
un cigarrillo y di un profundo suspiro. Eva me abrazó, ofreciendo consuelo en una noche
donde las estrellas eran testigos silenciosos de nuestras palabras y actos.

Lo que seguiría después marcaría un antes y un después tanto en el mundo humano como en el
mundo mágico. Nuestra historia, llena de secretos, sacrificios y aventuras, se convertiría en una
leyenda que perduraría a través del tiempo, recordándonos que incluso en medio de la oscuridad,
la amistad y el amor pueden prevalecer.

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