CUENTOS
CUENTOS
Carlos Anchetta
PRÓLOGO
Las quince piezas que forman este libro se salvaron del fuego por una jugada final del
destino; un destino (acaso creíble esta afirmación) que muchas veces juega en contra para
las partes salvadas, dejándolas minusválidas y olvidadas en un calabozo sin principio ni fin.
De más está decir fechas, si ya están especificadas en las dos partes (por lo menos los años
comprendidos entre uno y otro, entre el primero y el último, aunque esto es una trampa o
una malversación psicológica, o una irritación del espíritu que lleva a todo creador a hacer
un orden de mapa, pero un mapa del sueño o de la pesadilla). Esto quiere decir que el
primero y el último no nacieron en ese orden, a otros les pertenecen esos puestos, pero que
ahora, como supervivientes del incendio (donde sucumbieron inexorablemente sus
compañeros) toman como propios los lugares a unos vacíos más intensos que dejaron los
otros como consecuencia del despilfarro y la sombra del destino final.
Ahora, después de muchos años, cuando veo el perímetro de esas veces (las veces son
los que aparecen aquí y los carbonizados), me doy cuenta que muchos (quizás todos) de los
que perecieron entre las llamas, no merecían tal fin y que fácilmente y sin atoramiento
ahora podrían ocupar sus lugares verdaderos, y que muchos de los que aparecen aquí
(quizás todos), debieron tomar el lugar de aquellos en la hoguera para que el destino
cumpliera su designio final.
Esto es, por supuesto, un llamado al aniquilamiento total, si hubiera oportunidad para
el lector (siempre hay una oportunidad), y así cumplir con la otra parte que fue confiada y
dejada solo para ellos.
CARLOS ANCHETTA
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Para Paola,
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Yo, sin embargo, ya cumplí mi parte, pero eso no me libra de todo.
ANÓNIMO
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OBITUARIOS
(2005-2008)
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LA HABITACIÓN DEL CANDELABRO
Después de una intensa y prolongada meditación, resolví viajar en medio de una temporada
hostil. Mi determinación era insoluble. Si dejaba más tiempo pasar, mi corazón no lo
resistiría. El viaje era a mi país. Mi propósito era permanecer poco tiempo, pero por las
condiciones que encontré, mi estancia se prolongó a un tiempo indefinido.
Desde un punto de la hacienda se veían los cafetales y los sembrados de caña y maíz
que parecían jugar con los vientos que soplan las tierras tropicales; desde otro punto se
veían cientos de reses con sus crías pastando en los corrales, donde se movían sin ninguna
dificultad de atascadero. En el casco, las veinticuatro horas del día, había un movimiento
infernal de trabajadores, niños jugando en las calles polvosas, y mujeres deambulando de
aquí para allá en la preparación de alimentos.
Cuando iba por el camino me asaltaron estos recuerdos. Mis ojos empezaron a brillar
como nunca, y mi corazón comenzó a correr enloquecido. Se apoderó de mí la ansiedad, la
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nostalgia, el delirio, la tristeza, la soledad, todo lo que había acumulado por muchos años, y
que en esos momentos estaba a pocos kilómetros de redimirme.
Después de muchas horas de camino, llegué a Río negro, donde parecía que había
llovido por siglos sin parar. En la entrada, aún permanecía desafiante al paso del tiempo el
portón de madera, lo último que recordaba cuando este se quedaba lejos de mis ojos en el
momento que abandoné la hacienda en compañía de mi padre.
Entré. Todo lo que miraba no se parecía en nada a lo de antaño. Cerca del portón, a un
extremo del camino, había una casa de madera que estaba a punto de precipitarse. Me
sorprendió el descubrimiento. Las casas de los trabajadores las construyeron alrededor del
Beneficio de café, muchos metros adentro del terreno. Con anterioridad me informé del
abandono de la hacienda por parte de los trabajadores que quedaron a cargo de su cuidado
por orden de mi padre. Pero esa casa, aun en su decaimiento, parecía habitada por alguna
persona. Decidí llamar a la puerta. Después de muchos golpes la puerta se abrió,
mostrándome el interior como un gran telón negro. En medio de la oscuridad apareció el
rostro corroído de un anciano, quien me clavó su mirada en tono desafiante. Varios
segundos estuvimos sin dejar de vernos con recelo, hasta que yo creí oportuno presentarme,
para disiparle cualquier duda.
―¡Joven! ¡Joven! ¡Qué bueno volver a verlo otra vez! ¡Mis palabras han sido
escuchadas! ¡Aquí todo…! ¡Es terrible, joven! ¡Pero, es que usted…! ―hablaba con un
frenesí alarmante, como si me iba a marchar sin escucharlo, por lo que necesitaba
decírmelo todo de una vez.
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―Tiene razón. ¡Entre! ¡Entre!
La casa era de una sola pieza, de unos seis metros cuadrados. En el centro tenía dos
pilares de madera que sostenían el techo. Me sorprendí al ver por toda la casa y
amontonados desordenadamente, sin tener la menor delicadeza, muchos objetos de gran
valor doméstico y otros de grandioso gusto artístico. Había vajillas de la China, sillas de
terciopelo, pinturas, cerámicas, esculturas de barro y otras de piedra de ágata; finos relojes
de pared, candelabros de plata, un barril que parecía nevera, y muchas otras cosas que me
causaron gran curiosidad. Pero lo que más me causó estupor fue el retrato de mi abuelo, que
estaba apilado junto a otros objetos de menor valor sentimental. Dicho cuadro lo recordaba
porque mi padre, con cierta ufanía, una tarde lo colocó en la sala principal de nuestra casa.
Con todo lo que me conmovió encontrar los objetos de mi familia ―no me cabía la menor
duda de que eran nuestros―, no le hice ni una pregunta al anciano. Después de sentarme en
una silla de madera, escuché un hondo quejido que me dejó helado y perplejo, por no decir
otra cosa.
―Es mi esposa ―se apresuró a decir el viejo, mientras miraba hacia la esquina de la
casa, donde yacía una aparente figura de mujer tapada con sábanas blancas.
―Sí, hace muchos días está postrada en la cama sin dar indicios de recuperación.
Pronto me abandonará.
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―Es mejor que no hablemos del tema. Después lo comprenderá.
Al decirme esas palabras, su cuerpo fue inyectado por adrenalina. Se paseaba agitado
en las dimensiones de la estancia hablando entre dientes. A ratos se dirigía a mí, pero luego
volteaba su vista hacia las paredes o a la cama de la moribunda. Yo, en lo que pude, me
mantuve sosegado en mi asiento, fingiendo ignorar el nerviosismo en el que había caído mi
interlocutor.
―¿Murió?
―Sí.
―Sin duda.
―Es que nosotros lo presentimos desde antes ―dijo entre dientes para que yo no
comprendiera.
―Sin duda.
Pasaron más de diez minutos en los que no nos dirigimos ni la mirada. En ese tiempo
yo tuve ocupada mi mente en los recuerdos de mi niñez, y apenas si advertía que mi
anfitrión se escondía en las sombras de las esquinas de la casa, donde parecía tener su
verdadero lecho.
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De repente, en otro ataque de ansiedad, llevó una silla frente a mí y se sentó sin
decirme una palabra. Escuché otro quejido, solo que ese fue más fuerte y más profundo que
el anterior. Volví mi vista donde estaba la enferma, con la incredulidad que me produjo la
indiferencia del anciano para con su esposa. Al ver el poco interés que puso el viejo en su
mujer, me levanté de la silla con la firme intención de ir en su auxilio.
―¿Quién?
―Tu esposa.
―Sí, muchos.
Un largo silencio se apoderó del ambiente, que duró hasta que anocheció. Todo ese
tiempo solo nos miramos un par de veces. La mayor parte lo ocupamos en perdernos en
ensoñaciones, que aumentaban los grados de melancolía que tenía el lugar.
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―¿Es que no hay luna?
―¿Pero cómo puedes pedirme que me vaya después de que me recibiste con tanto
entusiasmo? ¿Acaso intentas confundirme? ¿Eso es lo que quieres?
―¡No!
―Es que no tiene sentido que continúe aquí. Es mejor que se marche cuando
amanezca. Aquí todo está muerto. ¡Muerto! ¿Entiende?
―Pues yo le daré vida ―dije en tono desafiante―. Haré surgir todo de la ceniza.
Dame unos días y verás como cambia.
En ese momento el anciano se paró, fue hacia una esquina por una capa impermeable
que estaba pegada a la pared, se la puso, llegó donde yo estaba, ya de pie, me miró como un
felino, después se dirigió a la puerta, dando una clara intención de marcharse.
―Pero tu esposa…
Me miró furioso, mientras terminaba de cruzar la puerta. Me apilé a la silla, para oír los
quejidos de la enferma, que ya no eran tan desgarradores como los primeros.
En las primeras horas del día, desperté en el asiento donde había permanecido desde mi
llegada. Miré hacia todas las esquinas y no encontré a Pedro. No había regresado de su
excursión nocturna.
Me paré somnoliento y comencé a preparar mis cosas para salir de la cabaña. Los
pocos segundos que tardé en dejar todo listo, no dejé de mirar de reojo la cama donde
estaba tendida la moribunda. Esa mañana no se quejaba. Se me ocurrió acercarme para ver
su estado, pero por la prisa que tenía en recorrer los edificios de la hacienda, abandoné la
idea de auxiliarla.
Cuando salí de la choza me encontré con el ambiente gris. Me apresuré a entrar en las
entrañas para dar un reconocimiento a los edificios. Todos daban la impresión de ser
grandes mausoleos. No puedo describir el quemante ardor que sentí en mi pecho al estar en
el lugar de mi niñez. Solo puedo decir que fue una mezcla de alegría y tristeza, por el
amargo recuerdo que tenía, y sigo teniendo, de mi querida e inolvidable madre. Por lo
demás, me prometí levantarlo todo, así tuviera que pegar yo mismo cada ladrillo.
Mi primera parada fue en la casa familiar, que tenía gran parte del techo hundido. Entré
a lo que antaño fue nuestro bastión más unificante. Adentro ya no había mueblería alguna.
Solo estaban los vestigios de las ventanas de un estilo campestre bien marcado. Las paredes
estaban mugrosas por la intemperie y por los implacables inviernos. Mi recamara infantil,
era la parte que había sufrido menos deterioro. El techo aún estaba rescatable, y las
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ventanas y las puertas estaban en la misma condición. Parecía como si me había esperado
todos esos años.
―Esto es lo único que permanece decente de toda la casa —me dijo Pedro, parado en
la esquina de la habitación, protegido por la poca luz que allí se acumulaba.
―¿Qué haces ahí? ―le pregunté furioso tomando un poco de aire ―. ¿Acaso has
venido siguiéndome?
―¡No! Pensé que este sería el primer lugar que visitaría, y quise adelantarme.
―Ya no importa. Ahora te informo que quiero reparar lo más pronto posible esta
habitación para vivir aquí, mientras trabajamos en lo demás. No quiero incomodarte en tu
choza.
―No hace falta que lo diga. Además, mi mujer está muy contenta con su visita.
―¡Pero si anoche apenas se movía! ¿Cómo iba a comprender, en su dolor, que tenían
visita? Tú dijiste que estaba a punto de abandonarte. ¿Lo recuerdas?
Cuando ya habíamos recorrido las galeras, las caballerizas y algunas casas de los
trabajadores, decidí dar un vistazo al Beneficio, que estaba frente a la casa familiar, justo al
cruzar la calle. Más de diez minutos estuve parado frente a las paredes del edificio de dos
niveles. En el segundo nivel sobresalían las veinticinco ventanas que tantas veces dieron luz
natural a las decenas de mujeres que antaño limpiaron y clasificaron los granos de café.
No pude dejar de recordar el bullicio que producían las mujeres cuando esparcían los
granos en las mesas de trabajo. En medio de los recuerdos crucé la puerta seguido de Pedro.
Pocos pasos había dado cuando escuché las voz del río que pasaba bajo la infraestructura,
por medio de un ingenioso canal. Corrí rápidamente hasta su desembocadura, donde sabía
que se acumulaba la mayor cantidad de agua.
―Sigue siendo tan diáfano como antes ―le comenté a Pedro, quien contestó con un
glacial asentimiento.
Me adentré un poco más. No tardé en descubrir las tolvas rojizas que se montaron en la
administración de mi padre. Los patios que se extendían por el ala sur todavía guardaban
—¡increíblemente!— algunos granos de café.
Después de recorrer los patios y de contemplar las tolvas, decidí subir al segundo piso.
Primero entré a las bodegas donde apilaban cientos de sacos de café, luego fui a la parte
donde decenas de mujeres limpiaban los granos de oro. Mientras la mirada de Pedro me
seguía desde una esquina, recorrí una a una las mesas de trabajo. El piso aún contenía
pequeñas cáscaras, lo demás era una gruesa capa de polvo acumulado. En ese momento me
vino de súbito el recuerdo de mi madre. Muchas veces la vi en ese lugar junto a las mujeres,
a quienes les enseñaba nuevas técnicas de limpieza y clasificación.
―Es aquí donde pasaba gran parte del tiempo mi madre ―le dije a Pedro, que ya se
encontraba cerca de mí.
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―¿La recuerdas?
―Sí.
―Cuidarla.
―¿Cómo dices?
―¡Mientes! ―grité furioso―. Mi madre era muy fuerte. Siempre tuvo una
personalidad muy franca e inquebrantable.
―Pero si la cuidabas, como dices, era porque mi padre te lo ordenaba. ¿Es así?
―Me envejecieron los cuidados que le dediqué a su madre ―insistió con el tema
Pedro, después de muchos minutos.
―Su madre era avasalladora cuando me pedía alguna excentricidad. Lástima que usted
tenga un recuerdo empañado de ella.
―¡Yo la recuerdo bien! ―dije molesto―. Sé de lo que era capaz con solo mover sus
labios. Pero, ¿cómo es que estuviste tan cerca de ella?
―No.
Estuve media hora más en el lugar donde las mujeres limpiaban los granos de café. Sin
decirle a Pedro ―ya estaba empezándome a incomodar su presencia― me dirigí hacia los
rincones del segundo piso, que se encontraban en igual abandono.
Por un raro comportamiento, que ahora me cuesta muchas horas de meditación, dejé
por último la oficina donde se pasaba la mayor parte del tiempo mi padre. Era enorme, con
todo el equipamiento que exigía un hombre importante. Estaba al extremo norte del
edificio, apartada de las otras estancias, donde siempre había trabajadores. La ventana era la
más grande de todo el edificio, de un estilo medieval, lo que la hacía sobresalir de entre las
otras.
No pude abrir la puerta, así que no tuve otro camino que llamar a Pedro. El anciano no
se presentó a mis gritos, por lo que creí que me había abandonado en el reconocimiento.
―De ese modo nunca la abrirá ―me sugirió Pedro, que estaba parado detrás de mí con
su cara corroída por los devastadores años.
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―Hay más de lo mismo.
Con un sencillo truco que yo no había tenido en cuenta, el anciano abrió con facilidad
la puerta. En la habitación fui presa de recuerdos, que se me disiparon por el ambiente que
estaba encerrado. La luz que penetraba por la ventana, era suficiente para observar sin
ningún problema la cámara. La limpieza que había me sobrecogió en gran medida, y se lo
hice saber a Pedro con una mirada.
Recorrí con mi vista las paredes y parte del techo. Me extrañó ver exactamente en el
centro de la habitación, lo que parecía un sarcófago bien conservado. Sin hacer otro
cuestionamiento y presa de un nerviosismo inoportuno, me acerqué al objeto. Cuando
estuve frente a él, me puse ceremonioso, como si estuviera contemplando una deidad.
Miraba lo grande y hermoso que era, sin dejar de sentir un apretón eléctrico en mi garganta.
El extraño objeto oblongo era de una oscura madera tropical, sin orificios por ningún lado;
no olía a madera ni a barniz. A un extremo tenía tallado un libro abierto con letras hebreas
y símbolos extraños; un frasco de perfume color esmeralda, y un látigo que simulaba
abrazar con su ira a las primeras dos figuras. En el centro de la tapa, tenía tallada una llave
encerrada en un círculo de espinas. En este punto se detuvo mi vista varios minutos,
tratando de encontrar alguna relación con las otras figuras. Pedro no me dijo nada mientras
hacía estas observaciones. Todo el tiempo permaneció pegado en la pared con su habitual
amargura.
Los brazos del candelabro aún conservaban las velas de cera amarilla; parecía como si
nunca fueron utilizadas.
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―Es un candelabro, joven ―me contestó.
―Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es por qué sus diez ojos caen en este círculo ―le
dije mientras lo señalaba con firmeza―. ¿Qué vas a decir ahora? Te advierto que no
aceptaré otras de tus ironías.
No me contestó. Parecía estar en un trance magnético, uno que yo jamás había visto en
otro humano.
―¿Me puedes explicar qué clase de mueble es esta cosa? ―continué preguntándole
enérgicamente, recargando mis manos en el extraño objeto.
―Es un escritorio.
―¿Cómo puede ser escritorio esta cosa? No tiene gavetas ni… Además es muy alto y
demasiado grande.
―Lo que quiero saber es qué hace todavía aquí. Porque raramente todo está en ruina
en este lugar, y esta habitación ha sido la única que se ha salvado del tiempo y de las
polillas.
―Los ladrones no han podido entrar ―dijo Pedro, siempre desde la pared.
―Ellos se han llevado todo lo que había en la hacienda. Usted no los ha visto porque
ya no pueden sacar nada de la nada.
―¿Y cómo es que no han logrado entrar a esta habitación y llevarse estas dos últimas
reliquias? ¿Qué los ha detenido?
―Yo.
―¿Tú?
―¿Por qué te empeñas en cuidar estos objetos cuando lo más valioso ya se lo han
llevado? A mí me parece una tontería.
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No me contestó. Yo también dejé de preguntar. Permanecí otros diez minutos en la
habitación del candelabro, viendo la enorme y escabrosa casa familiar a través de la
ventana.
La primera noche que dormí en mi casa, me invadió una desolación que no podía
dominar. Con gran deleite y amargura recordé los años de mi niñez junto a mis padres.
Fuimos una familia feliz y respetada, en gran parte por nuestro nombre y en otra por el
ignoto carisma de mi madre, una mujer que no pasaba inadvertida. Raramente discutíamos,
y cuando lo hacíamos, en pocos segundos ya estábamos jugando a las caricias. Viviendo
esa felicidad de ensueño, no dejé de extrañarme y de afligirme cuando mi padre me
comunicó el abandono de mi madre, sugiriéndome, además, que me fuera acostumbrando a
su ausencia. Con lágrimas en los ojos no quise preguntarle, porque recordaba el mal humor
que se gastaba en esos días. Pero mi dolor pudo más y un día le pregunté las razones que
obligaron a su esposa a abandonarnos. Él trató de tranquilizarme con explicaciones extrañas
y poco convincentes, las cuales yo creí porque lo admiraba con una devoción apostólica.
Con los días me fui haciendo a la idea de que nunca más volvería a verla. Aunque guardaba
la esperanza de que regresaría algún día, estaba convencido de que eso no iba a suceder
jamás.
Los días siguieron pasando sin que ella regresara. Mi padre también ya no pudo con su
ausencia, y se encerró en su habitación de trabajo para dedicarse al alcohol. La hecatombe
familiar la sufrí en silencio, hasta que mi padre me sacó de la hacienda para que ya no
sufriera tanto. De eso ya hace más de veinte años, tiempo que me permitió recuperar un
poco de tranquilidad, misma que se ha diluido en estos últimos días.
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Cuando me dije que ya era suficiente tanta flagelación, apagué la lámpara para descansar.
Pensé que una vez la lámpara estuviera apagada, el cuarto quedaría en completa oscuridad,
lo cual no ocurrió. Una poderosa luz amarilla penetró el cristal de mi ventana, dejando
visible los pocos objetos de mi recamara. Me levanté para ver lo que ocurría. Cuando me
paré frente a la ventana, quedó ante mí, a lo lejos y en lo alto, la luz amarilla que producía
el candelabro en la habitación de trabajo de mi padre. Miraba sin ninguna dificultad como
el candelabro giraba colgando del techo, dando un espectáculo limpio y sonoro. Mi
entusiasmo y mi temor pudieron más, así que resolví subir hasta la habitación para ver lo
que ocurría de primera mano.
Salí a toda prisa de la casa y crucé la calle dando bufidos de adrenalina. Afuera
lloviznaba. Me detuve a reflexionar sobre el extraño evento. Solo fueron escasos segundos
de reflexión, porque apenas me di cuenta, ya estaba subiendo los escalones del edificio.
Con una velocidad impresionante, me discurrí por los pasillos a tientas. Cuando estuve
frente a la puerta de la habitación del candelabro, me detuve a pensar. Después intenté abrir
la puerta con el mismo truco del anciano, pero esta no cedió a un poco más de una docenas
de intentos, por lo que resolví tumbarla a golpes. Una hora después estaba tan agotado que
creí que iba a morir. Lo intenté otras veces, pero la puerta no cedió a mi furia.
Al salir del edificio, vi a Pedro parado en medio de la calle con su habitual vestimenta
y amargura. Me acerqué. Parecía no inmutarse por el frío y la lluvia, que empezó a
intensificarse.
―¿Qué vas a decirme ahora? ―le pregunté cuando ya lo tenía a escasos cinco metros.
―Eso ¿no lo ves? ―dije señalando la habitación del candelabro, que parecía una
enorme caja amarilla en la altura.
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―¿Tratas de burlarte de mí?
―No.
―Sí, pero… ¿cómo es que funciona? ¿A quién le obedece? ¿Es a ti? Ah, por su puesto.
Ahora comprendo. Por eso querías que no entrara ¿verdad? Tenías miedo que descubriera
tu escondite ¿eh? Dime, viejo granuja, admítelo de una buena vez o ¿acaso te da
vergüenza? ¿Es eso?
No me dijo una palabra. Me puse más nervioso de lo que ya estaba. Con el silencio del
viejo y la corta distancia de la habitación misteriosa, no pude dejar de ver lo lúgubre que se
puso el perímetro. Aun así, me quedé desafiante en mi lugar, esperando una explicación
razonable.
―¿Cómo no va a ser importante una cosa así, cuando todo al rededor está en completa
ruina y solo esta habitación, a cierta hora, brilla como en los tiempos de más esplendor?
¿Tú me dices que carece de importancia una cosa así? Pero dime —insistí— ¿quién la
maneja? Es decir, cómo funciona. No me vayas a decir que por electricidad, porque eso no
puede ser posible.
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En ese momento el anciano me dio la impresión de que no quería continuar hablando.
Yo sabía que él conocía el misterio, así que le pregunté lo siguiente:
―No lo sé.
―¿Intentas engañarme nuevamente? Pero dime, ¿por qué la luz que produce es
amarilla?
La cuarta noche no pude contenerme. Cuando el reloj marcó las cero horas, poco
tiempo después de encenderse la luz de la habitación misteriosa, corrí al edificio en medio
de una lluvia torrencial, con la firme intención de resolver el misterio. Sin hacer una pausa
en el camino, embestí la puerta cuando la tuve frente a mis ojos. Esta cedió con el primer
golpe, lo que provocó que cayera en el piso de la habitación amarilla.
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Me levanté y miré en derredor. Nadie había dentro; solo el candelabro giraba sobre su
órbita, como si había sido programado previamente. Con un cuidadoso sigilo me acerqué al
candelabro, temiendo encontrarme en un estado desconocido. Tres pasos había dado
cuando el candelabro comenzó a girar endemoniadamente, dando la impresión de que en
cualquier momento iba a desprenderse del techo. Con un espantoso terror, sentí la brisa
gélida que producía su movimiento; y con horror, miraba como a cada segundo se
intensificaba la luz amarilla. A los pocos segundos apenas si podía reconocer mis manos de
lo espesa que estaba. Con una angustia indecible vi cómo dos brazos del candelabro con sus
velas encendidas ―¡sí, encendidas!, aun con la velocidad con la que giraban―, se
desprendieron y cayeron sobre el escritorio produciendo un ruido espantoso, que se escuchó
en toda la hacienda. En ese momento me sobrevino una extraña nausea y el
desvanecimiento.
Quité los brazos del candelabro, quedando al descubierto una osamenta que estaba
como en la posición de un féretro. Con mis manos temblando, quité los pequeños objetos
hasta que quedó libre para mi vista. Entonces vi cómo sobresalía el mismo vestido azul con
el que fue sepultada; mismo que yo recordaba lejanamente. Después el largo cabello negro
azabache, que en mi niñez había acariciado con una ternura primorosa; luego los pendientes
de esmeralda, con los cuales un día lastimé una de sus orejas cuando me abalancé para
abrazarla. ¡Y faltaba más! ¡Todavía más! Faltaba el agujero en el cráneo que no vi hasta
entonces por estar perdido en su aroma. Era ella. ¡Mi madre desaparecida hacía un poco
más de dos décadas!
Después de llorar en la habitación del candelabro, salí corriendo del edificio y me dirigí
entre la llovizna hacia la casa de Pedro, que en ese momento tenía que darme muchas
explicaciones. De un golpe tumbé la puerta de la choza, la cual me mostró un enmohecido
vacío: no había objeto alguno; solo una cuerda en la pared interior, que carecía de
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importancia para mí. Todo estaba polvoso y vacío, como la soledad que producen muchos
años de ruina y abandono. De la moribunda, no había un vestigio de su pulmonía; y del
anciano, solo había quedado su amargura pegada en las paredes.
Diciembre de 2005
EL ESPEJO
Llegaron a media tarde. El niño iba de la mano de un corpulento hombre. Caminaban con
una lentitud asombrosa, para ganar tiempo a sus resoluciones inmediatas. El infante miraba
sorprendido el edificio de tres pisos donde pasaría la mayor parte de su adolescencia.
Era el hospicio Teresa Alcalá, que llevaba más de cien años en pie. Sus paredes habían
soportado cinco terremotos y muchos huracanes. Tenía cinco jardines, una biblioteca
subterránea, espacios deportivos y largos corredores. Albergaba niños de clase media. Sus
instalaciones rayaban las comodidades. Había un selecto personal que se encargaba de
mantener todo impecable y sin ningún sobresalto.
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cuello, donde sobresalía un botón dorado; medias blancas y brillosas, y zapatos negros que
producían un chillante ruido a cada zancada.
―¿El señor Carballido? ―dijo la vieja cuando estuvo a pocos pasos del corpulento
hombre.
―Está bien. Llega antes de la hora que habíamos acordado. Pero, por supuesto, esa no
es excusa de mi tardanza.
―Es bastante acertado su comentario ―decía la vieja―; le aseguro que haremos todo
lo que esté a nuestro alcance para ajustar lo que usted ha notado.
―Estoy segura.
―Entonces…
―Bien, Rodrigo ―le dijo la anciana al infante―, tienes cinco minutos para despedirte
de tu tío. No tardes.
El niño no contestó. Guardó sus pocas palabras para pedirle a su tío su equipaje
completo.
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―Lo prometo ―dijo el hombre, mientras se acurrucaba y lo tomaba de los hombros―.
Mañana, a primera hora, lo recibirás. Cuando resuelva mis pendientes vendré a verte. Este
lugar no está del todo mal. Aquí tendrás amigos. Yo estoy viejo. No soy el mejor
compañero para ti. Discúlpame. Es lo mejor.
De la mano de la directora, el niño subió los escalones que conducían a los dormitorios,
sin hacer ninguna pregunta y sin quejarse. Como tenía diez años, su puesto estaba en una de
las habitaciones de la segunda planta. En la tercera eran acomodados los niños de más de
catorce años. No sentía ninguna aflicción en su pecho, pero cuando estuvo frente a la puerta
de su habitación, sintió un extraño congelamiento en sus articulaciones. La anciana sintió su
nerviosismo y comenzó a reírse entre dientes, mientras le apretaba la mano para demostrarle
que ya no había marcha atrás.
La vieja se retiró del dormitorio. Dejó a Rodrigo parado en medio de las camas. Los
quince niños aún continuaban de pie, con la mirada puesta en el recién llegado, pero en
absoluto silencio. Decidió aventurarse hacia su cama, que era la más arrinconada de la
habitación, junto a la del niño de piel negra. Cuando llegó a su catre se sentó, mientras los
niños aún permanecían de pie, mirándolo fijamente, pero en completo silencio. De una
forma sincronizada, sus compañeros volvieron a sus catres, donde se estiraron sin hacer
ruido. Trató de abordar al niño negro, pero este ni siquiera lo volvió a ver. Después de ese
frío recibimiento, se acostó y se quedó en silencio, mientras llegaba la hora de la cena.
Cuando el reloj de pared marcó las seis de la tarde, se levantaron y salieron en fila.
Rodrigo los siguió sin hacer ruido, pero con una extraña sensación de vacío en su pecho.
En el comedor todo siguió en silencio, como si no había más que hacer a esa edad que
guardar un terrible mutismo. Una hora más tarde volvieron a sus respectivos dormitorios.
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¿Qué había en el hospicio para que todos se comportaran de la misma manera? ¿Era, acaso,
un orfanato de sordomudos? ¿Qué tragedia les causó ese sonambulismo?
Los golpes que producía el reloj, lo consolaban y oprimían. Estaba sentado y apilado
en la pared. El niño negro parecía no tener vida.
―¿Por qué?
―Soy inofensivo.
―En este lugar, el único que te puede hacer daño eres tú mismo.
―¿Sí?
―Créemelo.
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―Solo quiero conversar ―dijo mientras se sentaba en una esquina de la cama―. Yo
soy el único que tengo lengua en el hospicio.
―Sí.
―Sí.
―¡Silencio! Pronto lo entenderás. Solo debes saber que ellos lo decidieron así.
Escucha, mañana tendrás tu primera clase al comenzar el día. A las nueve, después del
desayuno, nos tocan cuarenta minutos en la biblioteca. Tienes que esperarme allí para que
conversemos.
―¿Cómo te reconoceré?
―Llegaré a tu mesa y pondré sobre tu libro una pluma de ganso. Esa será la señal.
Ahora debo irme.
―Pero…
La silueta abandonó la cama sin agregar otra palabra. Después de un gran esfuerzo,
Rodrigo logró conciliar el sueño no sin antes pensar en el misterioso visitante.
La primera clase fue un monólogo del anciano que la impartió. Los niños parecían
petrificados en sus asientos, mientras el octogenario maestro intentaba desglosar una
correlación entre la materia humana y la astrología antigua, de la cual era aficionado.
El reloj dio las nueve. En una arrinconada mesa Rodrigo leía un raro volumen de
historia natural. El misterioso niño apareció depositando sobre las páginas del libro la
pluma de ganso. Rodrigo levantó la mirada y quedó sorprendido con la escualidez del otro
infante. Tenía una piel amarilla y brillosa; ojos profundos y negros; cabello corto y cejas
ralas.
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Sin decir una palabra se sentó. Sacó una libreta de notas, donde dibujó unos extraños
signos. Aturdido por la actitud que tomaba Rony, Rodrigo le devolvió en silencio la pluma
de ganso.
―En verdad no la tiene. Pero ahora que has decidido hablar, explícame tu cambio de
ánimo.
―¡No!
―¿Por qué?
―De nadie.
―Sí.
―No comprendo.
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―Pronto lo harás.
―¡Explícamelo!
―A medianoche te hablaré de ello. Ahora cállate. No es bueno que nos vean hablando.
―No comprendo.
―¿Aprovecharte?
En la noche, cuando entraban ordenados al dormitorio, intentó hablar con Rony. A esa
hora parecía más flaco que de costumbre. Rony se le escabullía a cada intento. Esperó la
hora en que la directora llegaba en compañía de un anciano que solo aparecía para hacer el
último reconocimiento de la jornada.
Cuando la luz se apagó y solo quedó el sonido del reloj de pared, Rodrigo se estiró en
el catre con decenas de pensamientos que le revoloteaban en la cabeza, que le producían, a
su corta edad, la más honda meditación. Pensaba en su familia destruida, en la
irresponsabilidad de su tío, en el silencio del hospicio y en el rostro arrugado de la
directora. Pero sobre todo, pensaba en el extraño comportamiento de Rony. A ratos parecía
amable y luminoso, y otras veces solemne y taciturno, desatinado y callado, parecido a los
otros niños. No entendía su comportamiento, por más explicaciones que buscaba.
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Todo continuó en silencio, a excepción del ruido que hacía el reloj, que se abría paso
entre todas las cosas. Le empezó a invadir una sensación de soledad. Trémulo y al borde del
delirio, se echó la sábana encima para obtener algún tipo de refugio. Se quedó despierto,
esperando una desastrosa resolución. Escuchó que se abría la puerta del dormitorio, como si
alguien la abandonaba. Sintió más miedo, pero temió expresarlo.
―Habla bajo ―sugirió la voz, mientras los demás se retorcían en sus lechos.
―Sí.
―¿Lo hiciste?
―Imposible.
―No importa.
―¡Ah!
―No comprendo.
―Te explicaré.
―¿Ahora?
―Sí.
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―Lo sé.
―¿Lo escuchaste?
―Sí.
―¿Quién era?
El reloj seguía su paso con su ruido infernal. Los amigos continuaban hablando, sin
moverse en la oscurana.
―Todas las noches sucede ―dijo Rony―. Debes mantenerte al margen de todo. Es
importante hacerlo. No debes imitarlos. ¡Escucha! Nunca debes imitarlos. Si lo haces, les
pertenecerás. Entonces…
―No comprendo.
―Después comprenderás lo que digo. Las primeras semanas son importantes para
resistir la catástrofe. Ellos lo saben, pero nunca lo intentarán contigo. El punto es resistir.
¡Resistir! Debes hacerlo. No quiero perderte.
―Bien.
―Debo irme.
―Te lo contaré las próximas noches, a esta hora. En otro lugar no podemos hablar.
―¿Por qué?
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―Te lo diré luego.
―Está bien.
―No salgas por ningún motivo del dormitorio. Yo no lo he hecho. Y ya ves, todavía
tengo lengua.
―Bien.
―Sí.
Las cinco noches siguientes, con la compañía del reloj de pared, los amigos
conversaban entre cinco y diez minutos; después Rony se iba a su cama a intentar dormir
un poco. El descanso era interrumpido por las carreras nocturnas de los demás infantes.
Todas las noches abandonaban el dormitorio para pasar varias horas en un juego misterioso.
Después de seguir los pasos del sonámbulo por varios metros, se detuvo con intención
de regresar al dormitorio, pero su curiosidad no se lo permitió, así que continuó hasta que el
niño negro entró a un estrecho cuarto que estaba junto a la sala de maestros. Se asomó al
umbral de la habitación, donde estaba parado el niño negro frente a un enorme espejo
adherido a la pared.
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hombre miraba cómo el pequeño hundía su mirada en el espejo. Encontraba sublime la
pantomima, por la sonrisa que expresaba su abigarrado rostro.
De repente el anciano abandonó su asiento. Fue al lugar del niño para reclamarle su
lugar. Sin hacer ninguna objeción se lo cedió, luego se fue a sentar en la silla que antes
ocupaba el hombre. Cuando estuvo frente al espejo, el anciano empezó a hacer extrañas
gesticulaciones, como lo había hecho su antecesor, mientras era observado por una
sonámbula mirada desde la silla.
Al ver la escena, Rodrigo salió gritando hacia el dormitorio, donde lo esperaba Rony
sentado en la esquina de su cama.
―¡Qué hiciste! ―gritó Rony preocupado, mientras veía cómo Rodrigo envolvía su
cuerpo con la sábana dando espumarajos de estupor―. Te advertí que no salieras por
ningún motivo. Eres un desconsiderado. Ahora…
―Está bien. Pero no será para siempre. Ahora es lo mejor que puedo hacer. Después…
¡Bah!
―¡Vete! ¡Vete!
La noche siguiente, conducido por una fuerza sobrenatural, Rodrigo fue llevado hacia
el espejo, que estaba en perfecto estado como si nada había ocurrido. Rony, que ya estaba
alerta desde las primeras horas de la noche, trató de persuadir a su amigo sin que lograra
tener éxito.
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BAJO LA LLUVIA
Se despertó después de un pesado sueño. Cuando estuvo consciente, se dio cuenta que
estaba acostado en la hamaca con la ropa de la víspera. Vio en el piso una taza que todavía
contenía residuos de café. Unas hojas de periódicos puestas en un pequeño banco, la colilla
de un cigarro en una caja de cartón, eran otras de las cosas que tenía a su alcance.
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Se levantó de forma enfermiza. Se estiró dos veces, luego se dirigió a la cocina con
intención de comer algún bocadillo. Al pasar frente a la ventana, se dio cuenta lo mucho
que había dormido por la tarde que se dibujó. El ambiente era húmedo y gris por la lluvia
que caía.
Estuvo parado varios segundos frente a la ventana, haciendo viejas cavilaciones que
creía olvidadas hacía mucho tiempo. Por un momento fijó su vista en los muros de la casa
de enfrente, una que hacía mucho estaba vacía después de la muerte de su inquilina. Sin
darse cuenta se encontró en la puerta con intención de dar un paseo por el vecindario. Se
detuvo y pensó en su salud. Al final salió sin mirar atrás.
No pensaba ir muy lejos. Caminó con denuedo para hacer más prolongado el recorrido.
Mientras caminaba no dejaba de estremecerse al escuchar el chillido de las gotas que se
estrellaban en el pavimento. Su oído, en ese momento, era el más prodigioso de sus
sentidos. Después de varios minutos se paró en una esquina. Se sentó en la acera para
observar mejor las cosas. Lo extrañó el vacío de las calles. No había encontrado persona
alguna con quien, tal vez, comentar el clima. Observó a dos perros haciendo cabriolas. Le
causó gracia y se puso a reír.
―Nunca conseguirás abrirla. La casa hace mucho tiempo está vacía. El último
inquilino murió hace mucho tiempo en un invierno como este.
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Después de escuchar la voz, se estremeció como la huida de un río. Bajó su vista y vio
en sus manos dos gotas que se perdían como en un inmenso pozo de papel.
NOCTILUCOS
Cumplió veinte años de edad. Después de esa fecha, decidió no ser más una persona que
pasara inadvertida siempre. Lo que quería no era una celebridad simple. Tenía que trabajar
mucho y ser disciplinado para poder conseguir su propósito. Su hambre de gloria no lo
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dejaba pensar con claridad en lo que se involucraría, una vez estuviera izada la vela de la
ensoñación y el compromiso que implicaba una tarea semejante.
Lo que había decidido era convertirse en un famoso poeta. La empresa no era fácil.
Tenía que entender que la historia ha demostrado que los grandes poetas no consiguieron el
éxito de manera inmediata. Algunos lo consiguieron póstumamente. Además, escribir
poesía no sirve para alcanzar celebridad o beneficio material, que mantenga alejado al poeta
de sus semejantes, como un objeto brillante e inalcanzable. Los grandes poetas no han
tenido necesidad de gloria. Han preferido mantenerse al margen de las adulaciones,
preocupándose únicamente que su palabra construya una alquimia de sabores y sean
puentes con sus semejantes inmediatos, próximos y lejanos, que entiendan el valor del
verbo en la vida, no el valor de la vida del poeta. Pero nuestro muchacho desconocía, o más
bien no quería entender lo que implicaban estas cosas. Estaba convencido de sus
posibilidades de escritor, y desechó cualquier pensamiento de fracaso que lo obligara a
renunciar.
Vivía con sus padres y con sus dos hermanos menores, con quienes cortó
comunicación por las constantes burlas que recibía de ellos. Su relación con sus padres se
había afectado por su decisión de renunciar al trabajo, para dedicarse completamente al arte
de escribir, donde tenía afincadas sus esperanzas económicas. Se había gastado sus ahorros
en la compra de libros y material para la escritura. Todo el día pasaba leyendo. En las
noches escribía hasta altas horas, llegando muchas veces hasta la aparición del nuevo día.
Casi no se alimentaba y había descuidado su apariencia. En pocos días enflaqueció de
manera cadavérica. Su piel pálida, sus ojos hundidos y su harapienta vestimenta, le daban
una imagen tenebrosa.
―Yo no necesito ayuda alguna ―gruñó una vez con sus preocupados padres, cuando
trataron de convencerlo para que viera a un médico.
Permanecía encerrado escribiendo como loco para compensar el tiempo que había
perdido. En su habitación tenía por mueblería una pequeña librera, un guardarropa corroído
por las polillas, un par de sillas metálicas, y un escritorio de muchas gavetas que estaba
junto a su catre. En el escritorio siempre había un desorden de papeles, libros, lapiceros, y
otras herramientas de gran utilidad en el trabajo literario.
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Sus poemas alcanzaban la decencia, no tan subversivos e importantes como para causar
una gran explosión en los círculos literarios, como él pensaba. Por su personalidad
melancólica, sus poemas se parecían, en muchos detalles, a una conocida escuela francesa
de finales del siglo XIX. Sus ideas plasmadas en la cuartilla no eran más que una ráfaga de
imágenes desordenadas y sin tino, que no sostenían ningún grado de lumbre lineal, como él
buscaba. Eran un desorden de emociones lanzadas a un estanque sin fin, donde vagarían
eternamente sin sobresaltar una arteria humana. Pero como era bastante arrogante no ponía
atención cuando él mismo encontraba marcadas incoherencia en sus textos.
Después de más de tres semanas sin salir de su cuarto, sin probar nada más que agua y
algunos bocadillos que su madre le hacía comer a la fuerza, salió de su escondite directo a
la calle. Una hora después volvió borracho y con un par de botellas de licor sin destapar. Su
familia se sorprendió con su nueva propuesta, pero decidieron dejarlo para ver las
dimensiones que tomaba el asunto.
Después de leer este pasaje dejó de tomar. Volvió a encerrarse en su cuarto por más de
dos semanas para trabajar en una idea que tenía para un libro, que, según sus cálculos, lo
llevaría directo al estrellato. Su madre no soportó este nuevo encierro. Un día, sin llamar a
la puerta, entró de golpe con una marcada angustia en el rostro.
―No cabe duda que quieres matarme ―dijo haciendo un gran esfuerzo para hablar―.
Ten un poco de consideración. Abandona esta cueva y ve por tu vida de una buena vez.
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Se echó a llorar sobre una silla que estaba en un rincón. Sin quitar su vista del papel, el
muchacho le dijo un sinfín de palabras ininteligibles para consolarla.
No le contestó.
―No te puedo dejar así ―le dijo mientras se acercaba al escritorio―. No me alejes de
tu lado; yo solo quiero saber lo que haces. ¿Acaso está prohibido para mí? ¿Soy indigna del
arte? Dímelo, no te quedes callado. Si así lo piensas, me voy en este momento y no te
molestaré más.
―No lo entenderías.
―¿Entender qué?
―Todo.
―Es una plática muy larga ―dijo levantándose de su asiento para sentarse después en
la silla que había ocupado su madre.
―¿Quiénes?
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―¿No lo recuerdas?
―No.
―Quizá lo imaginé.
Se paró dando la impresión de estar ordenando sus ideas y sus recuerdos. Arrastró la
silla que estaba frente al escritorio, dejándola cerca de la pared. Se sentó. Cerró los ojos y
dijo:
―Todo empezó cuando tenía seis años; pocos días después de la muerte de la abuela.
La primera vez fue un viernes, cuando había finalizado el odioso mes de enero. Lo recuerdo
muy bien. Después de apagar las luces de la casa, escuché un murmullo que venía a todo
galope de la calle. Segundos después, ese mismo ruido estaba detrás de la puerta. Era un
ruido extraño, difícil de explicar. Parecían las voces de tres niños que hablaban en un
idioma desconocido. A veces he creído que lo que hacían era cantar, pero de una manera
desconcertante para el oído humano. Era un sonido suave, casi apagado, que apenas se
lograba escuchar con gran esfuerzo. Después de permanecer tras la puerta, entraban con
decisión, dirigiéndose hasta el cuarto donde dormía con mis hermanos. Lo extraño es que
solo yo los escuchaba. Todos dormían plácidamente sin ninguna aflicción. Te grité, pero no
me oíste; nadie me oía. Todos dormían y yo, agitado, quería levantarme y correr a tu cama,
pero temía que al hacerlo me sometieran. El miedo que sentía era insoportable. Me cubría
con la sábana para protegerme de ellos. El calor era exagerado; sudaba a borbotones, pero
no me importaba. Después salían del cuarto cantando.
―¡No lo sé!
―¿Los viste?
―¡No!
―¡No eran sueños! ―gritó desesperado―. ¡No eran sueños! No son sueños. Yo los he
oído. Han estado cerca, muy cerca de mí. Solo les ha faltado tocarme para hundirme.
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Hubo un silencio de varios minutos. La mujer miraba a su hijo con compasión, pero no
se atrevía a seguir cuestionándolo por temor de exasperar su endeble espíritu. Cuando
habían pasado muchos minutos de silencio, le preguntó:
―El primer día estuvieron lejos de mi cama. Las noches siguientes aparecieron con
más ímpetu. Se paseaban con su maldito sonido cerca de mi catre, hasta que me vencía el
sueño, que era casi siempre de madrugada. Lo soporté por muchos años hasta los doce,
cuando decidí refugiarme en tu cama para despistarlos. ¿No me recuerdas en tu rincón a los
doce? A tu lado no los escuchaba. Entonces dormía plácidamente con la seguridad que me
daba tu cuerpo.
―No lo sé.
―Perdóname…
―¡El tren! ―la interrumpió―. Sí, hoy lo recuerdo. El tren era mi amigo. Siempre me
consolaba. ¿No lo recuerdas?
―Lo recuerdo.
―Los he dibujado de distintas formas. Creo que medían unos treinta centímetros.
―Sus ropas eran de plástico, por el ruido que hacían cuando los tenía cerca. Eran
amarillos, con pequeños ojos y una enorme boca. Eran tres, de eso estoy seguro. Eran
molestos. Todo el tiempo parecía que jugaban entre ellos, para aterrorizarme o para
alegrarme, yo no sé. Me causaban una aversión repugnante. Pero ahora es distinto.
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―¿Te siguen visitando?
―Sí.
―¿Hacen lo mismo?
―Casi nada. Solo se aseguran de que note su presencia. Sus alientos congelan mis
sábanas. Es entonces cuando siento su presencia cerca de mí.
―¿Cómo sabes que son los mismos? A lo mejor esta vez lo soñaste.
―Sí, lo recuerdo.
―Hacía pocos días los había comprado. Recuerdo que sonreíste al encontrarlos en esa
posición esa mañana, por creer, tal vez, que había pasado jugando toda la noche. Yo
también no dejé de sorprenderme y de reírme un poco. Pero cuando recordé mis
movimientos nocturnos, era imposible que yo los hubiera dejado en esa posición en el
escritorio. Recuerdo que cuando terminé de escribir, cuando ya era de madrugada, los
guardé en el estuche y los puse con llave en una gaveta del escritorio.
Arrastró la silla hasta donde estaba su madre. Se sentó con orgullo y continuó diciendo:
43
―Después de esa extraña aparición, no dejé de alarmarme un poco. Pero después
estrujé cualquier pensamiento de miedo por carecer, según yo, de importancia. Los días
siguientes sucedió el mismo evento, aun cuando yo me aseguraba de dejar los lapiceros
cuidadosamente guardados y con llave en una de las gavetas del escritorio. ¿Sabes lo que
significa?
―¿Estás seguro?
― A lo mejor dormido…
―¡Son ellos! Vienen a arrullarme con su magnificencia. Eso es todo. Ese es el secreto.
Por ellos soy así, ¿entiendes?
―Tú lo sabes mejor que yo. Siempre lo supiste. ¿Ya se te olvidó lo que me decías
cuando era niño? Yo recuerdo cada una de tus palabras.
―Tú lo sabes.
Acarició el cabello de su hijo un par de minutos. Para no seguir con la misma plática,
le preguntó por sus poemas.
La señora salió del cuarto, no sin antes sugerirle que se alimentara un poco.
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―Lo haré ―contestó desde el escritorio.
Las siguientes dos semanas pasó encerrado en su habitación escribiendo los poemas
que había pensado para su primer libro.
Una tarde salió del cuarto agitado. En la calle se sentía nervioso. Creía que las personas
que se encontraba lo miraban con fascinación y desprecio. Ellos todavía no lo saben, así
que no debo preocuparme, se decía cuando se encontraba con grupos de gente. Después de
caminar por muchas calles, llegó al lugar que se había propuesto: la casa de su exnovia. Se
detuvo un momento a reflexionar. Sacó una de sus manos de la chaqueta con un
movimiento nervioso y tocó la puerta. El padre de la muchacha le negó la audiencia con su
hija, en parte por el mal aspecto que daba y otra por la desbordada agitación nerviosa que lo
tenía aletargado. Insistió tanto en hablar con la muchacha, que esta escuchó la discusión y
para no desairarlo, aceptó conversar un par de minutos.
―Me han dicho que estás enfermo ―dijo ella cuando estuvieron solos en una sala―.
Pero mira tu ropa, tus facciones, tus ojos, ¿qué te ha sucedido?
―Estoy bien.
―Bien ―dijo mientras lo conducía a una pequeña estancia que estaba a un extremo de
la sala. Se sentaron en un sofá de madera que estaba junto a una escultura en forma de
capitel. Se miraban con sentimientos distintos. Ella lo veía tan desgraciado que no se
explicaba cómo había sucedido tal cosa en poco tiempo; él, sin embargo, la miraba con ojos
que expulsaban fuego, diciéndole a cada momento lo hermosa que era y lo importante que
era en su vida.
―También he venido a decirte otra cosa; algo que sucederá en poco tiempo.
―De un viaje.
―¿Un viaje?
―¿Adónde iremos?
―¿Qué libro?
―¿No lo sabías?
―No.
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―El dinero de la publicación servirá para solventar los primeros gastos. Será poco al
principio, pero estoy seguro que después nos irá mejor. Además, ya tengo meditado otros
libros.
―¿Por mí?
―Una noche escribí unos fragmentos en los que tú eras la protagonista. Luego traté de
encadenarlos para darles una armonía prodigiosa. Pocos minutos después entendí que todos
esos episodios (si se le pueden llamar de esa manera) los había creado en el ambiente de
Egipto. A lo mejor fue por mi fascinación por la historia imperial de esa gran nación, de la
que tanto me he ocupado en estos últimos días. Como ya tenía el escenario, se me ocurrió
una idea general del pensamiento de los hombres de nuestro tiempo, y tomé como bandera,
para apoyar mi tesis, las tradiciones, la arquitectura, los manantiales, el misticismo, la
arena, etc., de ese grandioso imperio.
―Suena interesante.
―El lector apresurado notará a primera vista ―continuó hablando con vigor―, que
son versos encerrados estrictamente en el mundo egipcio. Esta observación es válida
únicamente cuando solo se ha leído el título del libro o el índice de los poemas, porque hay
nombres como Las piedras del Nilo, El laberinto de las pirámides, La doncella del
faraón… donde se nota esa impresión pueril. Pero una vez se entra en cada texto, el lector
va encontrando la idea universal que guarda cada poema.
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―Poco. En uno de estos días te traeré el manuscrito.
―Si tú lo dices.
―Antes de que te vayas debes prometerme que irás con un médico y que te
alimentarás.
Al día siguiente, por la tarde, su madre lo despertó. No dejó de reír por lo mucho que
había dormido. Ese día dio signos de recuperación al cenar en la mesa con su familia. Les
habló del viaje y de los otros proyectos que tenía entre manos. También habló de las
dolencias que le habían provocado tantos ayunos. En sus pláticas no podía faltar el tema de
la poesía. Después de departir con los suyos, se retiró a su cuarto a descansar.
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LA FAMILIA MIEDO
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No sé cómo viví más de diez años en medio de aquellas paredes. No solo me refiero a las
condiciones físicas del edificio, al hacinamiento que encontraba a cada paso, a la decrepitud
de todo el perímetro, sino a la modestia y a la energía paupérrima que no me dejaban
respirar día y noche. ¿Por qué no huía? ¿Sería por mi mimada holgazanería de la cual se
encargaba mi tía Eloísa eróticamente?
La verdadera razón de por qué decidí continuar viviendo en aquel edificio ―hasta
miedo me da mencionarlo, y peor aún, admitirlo―, eran aquellas increíbles criaturas que no
me dejaban dormir diez minutos completos.
Mi tía Eloísa me aceptó en su casa. Los primeros días fue dura conmigo, pero mi
comportamiento y mis acciones de vida la convencieron de no sé qué cosa, por lo que me
empezó a dar un trato más condescendiente. Era una treintona bastante agraciada, de
grandes ojos negros y una espalda coqueta; madre de gemelos, a quienes llegué a querer
sinceramente. Yo había cumplido catorce años, y a pesar de que no tenía mucha experiencia
en las cosas de la vida, ya había tenido un par de encuentros en los que se me había exigido
un alto grado de madurez. Siempre he sido ―hasta ahora son mis principales virtudes―
cohibido y callado, pero con una gran imaginación que compensa, en cierto modo, mis
otras carencias espirituales.
El edificio donde viví con mi tía era uno de los más viejos de la ciudad; un
sobreviviente de los bombardeos de la última guerra. Tenía seis pisos. Su fachada era
deprimente. Para acceder al quinto piso (donde estaba nuestro departamento) había que
franquear una tortuosa escalera que estaba agrietada y enmohecida. En cada descansillo
siempre había un recipiente de plástico que nunca contenía cosa alguna.
Nunca supe el número de familias que vivían en el edificio. Cuando oscurecía y en los
fines de semana, principalmente, había siempre un algarabío de personas corriendo por
todas partes. Era caótico, considerando los estrechos pasillos. Adaptarme a mi nueva vida
no fue tan difícil. El marido de mi tía pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, lo que
posibilitó mi adaptación.
Vivíamos solo para nosotros. Pocas veces salíamos de casa, y cuando lo hacíamos, era
por una verdadera necesidad. Nunca me preocupé por hacer vida social, aunque debo
admitir que algunas veces tuve muchas ganas de salir a la calle y de reunirme con los
50
demás muchachos. Cuando sentía esa necesidad, intervenía mi tía y me apartaba de esa
ensoñación peligrosa. Nuestra vida era monástica.
A los pocos meses se instaló una joven pareja frente a nuestra puerta. La muchacha era
muy bella, con una altura prominente y un paso imperioso, parecía que volaba a cada
zancada. Estas bellas características no se entumecían por su avanzado embarazo; al
contrario, parecían agregar más grados de belleza a su cuerpo. Su marido también era alto.
Sus ojos eran azules y su nariz tenía una pequeña curva que la hacía sobresaltar. Formaban
una envidiable pareja; y al juzgar por el brillo que ponían al mirarse, no se ponía en duda su
complicidad amorosa.
Desde el primer día llamaron mi atención. Cuando podía me escapaba del cuidado de
mi tía para verlos deambular por el pasillo. Me proporcionaban una sensación extraña en el
corazón. A pesar de que nunca llegué a tener un trato íntimo con ellos, por mi incorregible
timidez, nuestra relación siempre fue cordial y respetuosa.
El día que nuestra vecina dio a luz, mi tía dio un certero zarpazo en mi vida,
mostrándome de golpe y sin una defensa, placeres que desconocía. Nació niño. Desde el
primer día fue inquieto y locuaz, sorpresas que entusiasmaban y enternecían a sus
orgullosos padres. Esto lo supe por mi tía. Por un buen tiempo no tuve noticias de la pareja
ni de su pequeño hijo. En ese tiempo no me interesaba en lo más mínimo.
Tres años después nuestra vecina quedó nuevamente embarazada. Su primer hijo, como
es de suponer, era presa de una belleza insospechada. No podría describir los rasgos físicos
del niño sin cometer un acto de injusticia con su belleza. Era muy bello; el infante más
encantador que yo jamás he visto.
Nació una niña del segundo parto. Mientras nuestros vecinos agrandaban su familia, yo
seguía ocupándome de mi incontenible tía y de sus inquietos gemelos, a quienes adoraba
con una abominable locura. Mi tía se separó de su marido, así que yo gozaba de un enorme
campo de maniobra.
51
vecinos, con cinco años de edad en la cara. Al verlo me asusté y se lo hice saber a mi tía,
pero ella parecía sorda a ese tipo de distracciones.
Pensé en miles de cosas; las más absurdas que un humano concibe en su cabeza cuando
está desesperado. Nada satisfacía mi espíritu, y lo que es peor, nada curaba mi extraña
enfermedad. El niño era bello. ¡El infante más hermoso que yo jamás he visto!
Un día ocurrió lo que tanto temía, lo que había tratado de evitar siempre: sentir la
misma aversión por la niña. ¿Por qué ella? ―me he preguntado miles de veces― ¿Por qué
la más angelical del género femenino me causaba ese derrame espiritual? Una sonrisa bastó
para hundirme en el mismo infierno que me provocaba su hermano.
Nuestros vecinos tuvieron otro hijo, lo que aumentó mi pesadumbre. El resultado del
parto fue un niño. Ya no sabía qué hacer. Pensé en soluciones inmediatas y estúpidas que
nunca llegué a concretar por cobardía. Dos niños era una hecatombe, pero tres, era el
infierno en la tierra.
52
Continué inquebrantable en mi puesto. Logré sortear algunas dificultades exitosamente.
En algún momento llegué a pensar que mi enfermedad podía tener cura, cuando lograba
soportar a mis vecinos por varios minutos. Todo fue una ilusión; una tela de humo donde
afinqué las últimas esperanzas de redención que me quedaban.
Una tarde todo se fue por la borda. La hija de nuestros vecinos me dijo parada desde el
umbral de su puerta:
Mis piernas se congelaron con esas palabras. La miré con una aversión que no podré
explicar jamás.
OSIRIS Y ANUBIS
53
Salí a dar un paseo por la ciudad. Había pasado recluido en casa pensando en la misma
idea. Cuando por fin logré sacudirme, de alguna forma, su poderío de mi mente, salí
corriendo para liberarme de mi lactancia, es decir, de mi interés por la adversidad.
Mis lugares favoritos fueron los primeros que visité —¿Tengo yo acaso lugares
favoritos?—. Bueno. Pasé cerca del café donde se dan cita las viejas gordas de la ciudad y
por la tienda de confeti, sin dejar de sentir hormigueos en mi pecho. Me detuve frente a una
tienda de electrodomésticos, donde exhibían un ventilador que estaba al más bajo precio
posible.
Más tarde, sin darme cuenta, me encontré a un par de pasos de una casa de préstamos,
lo que me hizo pensar en mi situación económica. De nuevo, sin darme cuenta, volví a estar
frente a la tienda de electrodomésticos con mi vista perdida en una pantalla (había diez
pantallas de televisión ordenadas como barricada) que extrañamente yo reclamaba sobre las
otras. Lo curioso del asunto es que todas eran del mismo diseño y todas daban la misma
imagen: el rostro de una mujer moribunda.
No sabía qué hacer; cómo dominar esa nueva sensación de tormento. Para poner fin a
mi incertidumbre, decidí pasar por la calle del cine. La ruindad y la podredumbre del
edificio aumentaron mi sofocación intestinal; misma que, por otro lado, me divertía hasta el
cansancio.
Cuando aparté la imagen del cine, caí en cuenta que llevaba muchos minutos sin pensar
ni toparme con aquella aparición milagrosa. Con este pensamiento iba cuando alcancé la
calle de las tiendas infantiles que inundan las aceras con cientos de juguetes y piñatas como
espantapájaros. El ruido de los motores, las bocinas y la muchedumbre, me convencieron
de regresar a casa, donde me esperaban mis viejos brebajes y mis nuevas lecturas.
Fue entonces cuando a unos treinta metros, aproximadamente, divisé la imagen que
había perturbado mi equilibrio las últimas semanas. Allí estaba, sin la menor preocupación
del mundo, el hombre que me había lanzado a un enorme pozo existencial.
54
Detuve mi marcha, y creo, no estoy seguro, que me quedé congelado en medio del
tiempo. Miraba pasar sombras y manchas cerca de mí, dando un singular sonido. Aunque
podía hacer uso de todos mis sentidos, no tuve el mínimo deseo de hacer una acción que me
sacara del letargo.
Pensaba que tal vez perseguía una ilusión estéril o un espectro que no respondía a
ninguna forma natural. Cuando ya había caminado más de un cuarto de hora detrás de
aquella figura y ya había recortado la distancia entre ambos a escasos diez pasos, me di
cuenta que habíamos caminado en círculos sobre las mismas calles.
Decidí hacer una acción rápida. Por muy buenas razones sabía que mi redentor no se
había percatado de mi presencia. En ese momento solo pensé en dos caminos: continuar
con mi persecución y esperar el momento oportuno para enfrentarme cara a cara con el
hombre, o abandonar mi marcha detectivesca e irme a casa y tratar de descansar.
En ese dilema estaba cuando el hombre cambió súbitamente a otra calle, una menos
bulliciosa y más deprimente. Esta acción la hizo con un paso más lento y poco ortodoxo; y
peor aún, para mi desbordada agitación nerviosa, menos estética.
No dudé ir tras él, pero ahora de forma más cautelosa. El hombre caminaba despacio. A
veces se detenía a contemplar algún punto en las paredes circundantes, lo que posibilitó que
lo observara detenidamente. Era alto y fornido; llevaba ropa oscura y raída; su cabello era
largo y canoso cayendo hasta los hombros; su nariz era respingada; sus ojos tenían una
órbita demasiado abierta y profunda, a veces marrón y otras veces azul; su piel era blanca,
un poco quemada, estragos comunes que hace un sol tropical en una piel así; sus labios eran
finos, y su barba canosa y descuidada; fácilmente se le notaban sesenta años o poco más.
Me pareció curioso que llevara un trozo de papel periódico en su mano izquierda y un lápiz
amarillo en la otra. A pesar de todo, su figura era llamativa y enigmática. Pocos hombres
con esas características se ven en este olvidado rincón del mundo.
55
Se paró bajo la sombra de un árbol peatonal para ver el techo de una casa. Me acerqué
lo suficiente para ver sus facciones. No me había equivocado. A pesar de que se miraba
distraído y pálido, su sola presencia impactaba.
Cuando me encontraba a tres pasos, grité por fin el nombre que devoraba salvajemente
mi pecho: ¡Sebastián Melmoth!
―¿Usted me conoce? ―me preguntó con esa voz que todos conocemos.
―Usted no pasa inadvertido ―dije haciendo un gran esfuerzo para soltar cada palabra.
―No se preocupe ―dije libre de padecimientos―. Este lugar es el más seguro para
usted.
Sebastián Melmoth calló. Puso otra vez su vista en el techo de la casa, con una acción
que ignoraba completamente mi presencia junto a él. No sabía qué decir ni qué hacer en ese
momento. A pesar de que estaba disfrutando cada segundo del encuentro, deseaba que
algún transeúnte me liberara. Miraba a todas las direcciones posibles, y cada segundo que
pasaba me sentía más condenado, más hundido en ese calabozo espléndido.
―¿Por qué?
Sacó un cigarro y comenzó a fumar con esa peculiar manera que todos sabemos.
―Voy de paso.
56
―Imposible. Yo lo he visto en estas mismas calles las últimas cuatro semanas.
―Es la primera vez que estoy en este lugar ―dijo lanzando una espesa bocanada de
humo―. Hasta ahora ni yo sé cómo ha ocurrido.
―Voy de salida.
―¡No puede usted hacer tal cosa! ―dije alarmado―. Mi casa está…
―Me lo imagino.
Me lanzó una sonrisa que me convenció. Lo vi alejarse lentamente entre los escasos
peatones, sin sentir el menor deseo de perseguirlo. Cuando ya había desaparecido su figura
y solo quedaba el aroma de su cigarro y el de su voz, despegué mis pies de la acera y decidí
volver a casa. Un profundo sueño se apoderó de mí con una fuerza arrolladora. Solo tuve
tiempo de despojarme parte de la ropa y de pensar en las artimañas y en la belleza de
Dorian Gray.
―¿Usted es Ricardo Lynch? ―me preguntó de golpe, sin darme tiempo de acomodar
mis ideas y mi equilibrio.
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―Así dicen ―respondí.
Estuvimos varios segundos sin decirnos una palabra. El hombre parecía tener un poder
sobre mí, que yo no sabía explicarme.
―Sí, por supuesto ―dijo poniendo su taza en la mesa que nos dividía―. Me llamo
Nicolás Ursamende.
―Por ahora no, pero en unos años será uno de sus favoritos.
―¿Cómo dice?
―Es porque todavía no ocurre. Pero lo hará un día; solo que nunca le dará vida propia,
es decir, una vida independiente.
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Me reí un poco. Pero luego me sosegué, y le pregunté con toda la seriedad posible:
―Debe ser una broma ―dije riéndome a carcajadas―. Esto es obra de mis amigos,
que han querido divertirse conmigo. Sí, eso debe ser.
El hombre estaba serio en su asiento, sin darme un síntoma de duda sobre su cometido.
Yo estaba nervioso, a pesar de las carcajadas que soltaba a cada rato para tapar o disimular
mi angustia. Hubo un momento que me levanté y comencé a caminar en círculos. Volví a
sentarme, atraído por el karma eléctrico de mi visitante.
Para tranquilizarme volví a pensar en que todo era una broma, gastada por mis amigos,
Gustavo y Daniel. Pero todo se volvió oscuro, y ya no pensé más en esa idea, aunque era la
única posibilidad válida.
―Yo solo sé que soy uno de sus personajes, tal vez el más importante que jamás
escriba. Todo esto que le digo lo supe desde el momento que estaba tocando su puerta. Al
ver su rostro, todo se me confirmó. No sé por qué medio o motivo he llegado hasta aquí.
Esa respuesta no dejó de hacerme cosquillas. Lo miré fijamente, al mismo tiempo que
veía mi taza vacía. Me levanté a servirme más té. Mi visitante no había bebido ni una gota
de la suya.
59
Cuando me acomodé nuevamente en mi asiento, pensé que Nicolás a lo mejor tenía
razón, que era uno de mis personajes. Al fin y al cabo ese día, en mi entero juicio (por lo
menos así lo sigo creyendo hasta hoy), yo mismo había comprobado algo inusual para un
humano común. Me refiero al encuentro que tuve con Sebastián Melmoth.
Hablé con mi visitante de cosas sencillas para ponerme a su alcance y al tanto de sus
intenciones. En ningún momento lo sorprendí en falta. Creí que estaba diciendo la verdad, y
que yo, a pesar de que no me había dado cuenta hasta ese momento, había empezado a dar
síntomas de locura. Esto último me ilusionó de forma lujuriosa.
―Pero si no sabes en qué año estamos en este momento ¿cómo sabes a ciencia cierta
que perteneces a una época que pasó hace cincuenta años?
―Yo no sé muchas cosas, ya se lo dije. Aunque debo admitir que muchas se me han
revelado en esta plática. Por lo demás, no sé cómo he llegado hasta aquí, ni por qué vengo
de un relato suyo. Esto lo comprobé cuando lo tuve frente a mis ojos. No sé cómo he
respondido a todas sus preguntas, si lo quiere saber. Todo parece mecanizado.
Los minutos siguientes lo miré buscando en uno de sus rasgos algo que me liberara de
esa inocencia palpable.
―No te pareces a los personajes que escribo en este momento de mi vida ―le dije para
tranquilizarlo.
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―¿Lo crees?
―No tengo prisa ―dijo con una leve gravitación en su labio inferior.
―Son personajes que sufren la vida; que la ven de forma servil. Son una especie de
fantoches para el mundo. No son una propuesta nueva en literatura. Son casos posibles de
vida. Gente común y genuina. Gente llena de extraños vicios, vicios perfectos por ser
imperfectos. Los personajes de mis relatos son propiedades extremas de mi inconsciencia y
de la sociedad en general. Hijos de la intuición literaria. Libre de la basura académica. La
academia es el anticristo del arte.
―¿Pero no ibas a preguntarme sobre mi historia de escritor? ―dije con una voz casi
musical.
No me respondió.
61
―Es mejor que me marche ―insistió Nicolás―. Ya no queda un motivo valioso para
que permanezca más tiempo en esta casa.
―¡Pero ya ha oscurecido! ―dije para retenerlo un poco más―. Las calles en esta
ciudad son peligrosas.
No tuve fuerzas para salir a la calle y ver lo que ocurría. Me apilé a la pared. Luego
corrí a prepararme otra taza de té, sin quitar mi pensamiento de aquel hombre. No se me
ocurrió hacer otra cosa en ese momento.
Cuando me repuse, me dije que lo mejor era dormir bien esa noche. Me di un baño y
me tiré en la cama despreocupado. Antes de pegar los ojos, salí a dar un recorrido por toda
la casa. Cuando pasé por la sala donde había conversado con Nicolás Ursamende, vi sobre
la mesa la taza de té que yo mismo le había preparado. Solo un vistazo le di; luego me fui a
la cama.
Desperté a medianoche con una sed insoportable. Fui por un vaso de agua. Cuando
pasé cerca de la sala, me detuve y observé un poco. Allí estaba todavía la taza de té que le
serví al enigmático visitante. Me volví a acostar, pensando si encontraría la misma taza en
la mesa con la llegada del alba.
Cuando desperté, lo primero que hice fue revisar el lugar. Así como él la dejó la tarde
anterior en la mesa, encontré la taza de té. Di un vistazo ligero, limpié todo, y volví a la
cama. Ese día y las dos semanas siguientes no salí de mi casa por seguridad. Todo ese
tiempo me mantuve alerta, por si el extraño personaje volvía a visitarme. No volvió nunca.
Dejé de pensar en él y, por supuesto, en Sebastián Melmoth.
A los pocos días recuperé mis cotidianidades. Las personas que encontraba en la calle,
eran las que debía ver al ser parte de mi juego real, de mi universo inmediato. Muchas
veces pensé en aquellas apariciones, y siempre caía en imágenes gratas que quería repetir,
así fueran para hundirme en su cadalso. Pero nada de eso ocurrió. Seguí igual, y el mundo
siguió girando sobre su mismo eje sin ofrecerme un combate nuevo, o un relámpago, tal
vez, a mi existencia diluida.
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Pero las cosas han cambiado desde esta mañana. Ahora, después de casi dos años de
aquellos eventos (y esto puedo jurarlo en cualquier tribunal), he visto al señor Bernhard
sentado en una de las butacas de la plaza de la ciudad. Se veía pensativo, como en sus
últimos años de vida, según me han dicho. Esto es curioso porque el señor Bernhard murió
en 1989. ¿Qué busca en estos lugares? Eso es algo que debo descubrir los próximos días, si
el viejo se deja ver otra vez.
Agosto de 2008
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CUENTOS ACÚSTICOS
(2009-2010)
EL ESPECTRO DE ELVIRA
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te pueda querer sin angustia ni cólera!
C. B.
―Sí, Señoría.
―Lo que quiero decir es que la ley es una invención estéril. Además, mi propia
valoración de la ley va más allá de toda conjetura. Bajo mi perspectiva, ahora, por lo que he
hecho, deberían darme una medalla.
―Bueno.
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―¡Cállese!
―Haga lo que quiera. Yo ya hice mi parte al quitar a esa criatura del camino.
―¡Está desquiciado!
―Es probable.
―Me parece bien, pero antes voy a explicarle a la sala lo que en realidad pasó, para
que después no digan que busco otras cosas.
―Ninguno, Señoría. Yo solo quiero aclarar las cosas. A lo mejor después hasta usted
me dé la razón.
―Ya le dije que yo nunca estaré de su lado. Yo solo puedo estar del lado de la ley.
―Bueno, yo no intento nada con lo que voy a decir. No pido perdón ni absolución; yo
solo quiero dejar claro el origen de todo. A lo mejor mañana, cuando ya esté muerto,
alguien me dará la razón. Y si nadie me la da, no tendrá ninguna importancia para mí. Para
entonces habré cumplido con mi deber.
―Abogado, prosiga.
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―Abogado, quisiera no ser interrumpido para que todo quede claro.
―Acabemos ya.
―Fue hace muchos años. La verdad no lo recuerdo bien. Solo sé que desde el primer
encuentro nos enamoramos.
―Fueron más de cinco años. Cuando nos volvimos a encontrar, fue para no
separarnos. Bueno…
―Antes de responder quisiera decir otra cosa. Es algo que se me había escapado, y
creo importante.
―Adelante.
―Cuando conocí a Elvira era una veinteañera muy agraciada, una de las muchachas
más hermosas de la ciudad. Desde el primer día me dijo que no me hiciera ilusiones con
ella; que no me acercara tanto porque me iba a llevar una enorme desilusión. Yo no le hice
caso y seguí acorralándola con mi galantería. Entonces ella, para desilusionarme, me dijo
que era estéril, que jamás iba a ser madre, como tanto quería. Yo no le creí, y continué
cortejándola. Después tuve que irme por un tiempo de la ciudad, y no la volví a ver. Ella
pensó, como me dijo después, que había huido, pero así no fueron las cosas. No me culpó, y
estuvo de acuerdo con mi huida. Cuando nos encontramos nuevamente, es decir, cuando
volví a la ciudad, no quise pasar la oportunidad y le pedí que se casara conmigo. Volvió a
decir que era estéril, que jamás me daría un hijo. “Nunca seré una mujer de verdad”, fueron
sus palabras. Me quedé congelado por unos segundos. Muchas cosas me golpearon la
cabeza en ese momento, pero al final le dije, con alegría, que yo no andaba buscando hijos,
sino a una mujer. Ella se alegró, y me abrazó con ternura. Creo que ese día lloramos varios
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minutos sin parar. Unas semanas después nos casamos y nos fuimos a vivir a una linda
casa.
―De ninguna manera. Lo he dicho para que no se ponga en duda mi amor por Elvira;
esa que nació con un ángel que al final fue su ruina.
―Por supuesto.
―¿Y bien?
―Fui el hombre más feliz sobre la tierra. ¡Felicidad, amigo, esa fue mi vida con
Elvira! Bueno, hasta que me harté.
―Yo sé bien cuál fue el motivo, pero ustedes dirán que estoy loco. Su Señoría ya me
lo dijo.
―Entonces dígalo.
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―Pensarán que quiero evitar el peso de la justicia. Su señoría ya me lo dijo. Usted lo
escuchó perfectamente.
―Para mí no.
―Está bien.
―No es nada extraordinario, créame; pero a muchos les puede parecer un disparate.
―Bueno.
―Elvira era la mujer más encantadora sobre la tierra; además de ser muy bella, como
todos saben.
―Sí; eso lo pueden decir los que la trataron. Yo siempre fui tosco y un tanto libertino,
por eso la gente decía que una criatura así no era para mí. En eso no estaban equivocados.
Ahora me doy cuenta que esa mujer no era para mí, que no estaba a mi altura, por así
decirlo.
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―Ella no estaba para las cosas de este mundo; ella era para el sueño o la imaginación,
mundos que no nos pertenecen a los humanos.
―Ya me quedó claro el ángel de su mujer, pero, ¿qué tiene que ver con la muerte
horrorosa que le dio?
―¡Pero usted acaba de decir que era la mujer más bondadosa que ha existido!
―Por favor.
―Los humanos nunca estamos satisfechos con lo que tenemos. Siempre estamos
enfrentados a nuestro entorno. Con nuestro cónyuge, con nuestros hijos, con nuestro
trabajo, siempre estamos en un eterno conflicto porque queremos de ellos una altura, es
decir, la perfección anhelada. Ahora usted me dice que mató a su mujer porque era perfecta,
y la verdad, se me hace difícil digerir esa explicación.
―Yo sé que hay que erradicar el mal y desechar la imperfección, pero eso de destruir
algo tan alto, tan perfecto, a mí se me hace como atentar contra el ideal…
―Es que usted y todos los de la sala lo ven desde la moral, y así no se puede hacer una
valoración equitativa.
70
―Esto no tiene que ver con la moral.
―En este punto estamos de acuerdo. Hasta ahora usted ha dicho que su mujer era
bondadosa, perfecta, como un ángel; pero la mayoría de los que estamos en esta sala, no la
conocimos ni la tratamos, por lo que no podemos compartir sus descripciones. Usted
debería hacer un dibujo más preciso de su mujer, para que todos lleguemos a un acuerdo
satisfactorio.
―Ustedes no lo entenderían.
―Lo menos que quiero es pasar por loco. Pueden pensar cualquier cosa de mí, menos
que se me ha chiflado el cerebro.
―Entonces hable.
―¿Usted hablando de libertad para mí? ¿Acaso no está aquí para hacerme pagar por el
crimen? ¿Acaso no le paga el Estado para que me confine al peor calabozo del mundo?
¿Ahora quiere persuadirme?
―Yo no quiero nada distinto con usted. Yo solo quiero que hable para que se termine
todo.
―Está bien, le voy a contar por qué maté a ese ángel del diablo.
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―Sí; las mujeres bondadosas y buenas no pueden ser servidoras de nadie más que de
satán, y yo hice bien desterrándola de los hombres. Después todos me lo van a agradecer.
―A lo mejor es el remordimiento.
―Explíquese mejor.
―Yo veo a Elvira en todos lados. Ella reside en todo lo bueno, en todo lo limpio. Las
cosas ya no podían seguir así. El mundo no es perfecto, ¿entiende?
―Elvira me prohibía el mundo. Decía que las cosas suelen salir como las pensamos;
por eso estaba pendiente de todo. Mi casa lucía limpia y olorosa; mi ropa ordenada, mi
comida a tiempo. ¡Cuánto cuidaba ella mi alimentación! Estaba pendiente de mi cabello, de
mis uñas y de mi sombra. En todas las cosas estaba su mano. Cuando íbamos por la calle,
no me soltaba el brazo para que no me pasara nada. Decía que debía cuidarme siempre. Se
encargaba de comprar todo lo mío y lo de la casa. Yo solo me preocupaba de estar vivo.
―Muchos años pasé viendo la limpieza de mi mujer. Una tarde, mientras ponía unas
flores en la casa, una brisa amarilla penetró por la ventana que hizo que su cuerpo
resplandeciera mucho más. En ese momento parecía sorprendida, haciendo movimientos
lentos como una burbuja rosada. Su cara lucía más bella; su piel más olorosa y suave; su
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ropa más limpia y oxigenada; era como una ninfa en la orilla de un jardín. No parecía de
este mundo.
―Me levanté furioso, porque no era posible tanta perfección en una criatura. Tomé una
bolsa, y salí de la casa con rumbo desconocido. Ella se asustó, y trató de detenerme. Me
pidió explicaciones, pero yo no le dije nada. Yo no tuve coraje para decirle que despreciaba
su hipocresía de náyade.
―Yo nunca odié a Elvira; eso lo quiero dejar claro. Odiaba lo que hacía. Odiaba su
pureza, su limpieza, su bondad, su belleza, todo lo empecé a odiar. Pero a ella nunca la
odié; si solo era un montón de huesos como yo.
―No lo hice porque tuve la idea de cambiarla, de convertirla en una mujer verdadera.
―Comencé a hacer lo más bajo que un humano puede alcanzar. La comencé a insultar,
a golpear, a poseerla de todas las maneras para ver si ella reaccionaba, si se hacía una mujer
de verdad. Pero nada cambió. Ella seguía en su mismo sitio; me perdonaba todo. Lo más
bajo que ustedes se pueden imaginar, ella me lo perdonaba sin reclamos.
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―Lo perfecto no existe. Yo estaba perturbado. Ya no me sentía feliz con ella. Tanta
limpieza me sofocaba el corazón. Todo eso debía terminar de una buena vez y para
siempre.
―¿Cuáles?
―Ya se lo dije.
―No lo entiendo.
―Me refiero a la pureza de mi mujer. ¿Le parece poco? Yo hice las cosas más bajas
con ella en los últimos dos años de nuestro matrimonio, y ella nunca me recriminó nada.
Parecía como si no sufriera, como si lo soportaba todo solo por salvarme de no sé qué cosa.
Cada vez que la hacía probar el mundo, me miraba con sus mismos ojos. Cuando terminaba
mi prueba, me acariciaba el rostro, me besaba tiernamente, me sonreía como una niña,
jugaba con mi ropa, pero nunca me reprochó nada, absolutamente nada.
―¿Usted cree que no lo intenté? Elvira lo sabía todo. Solo matándola me libraría de
ella. Y eso fue lo que hice.
―¿Usted cree que a mí eso me importa? Estos días, sin ella, han sido los más felices de
toda mi vida. ¡A mí no me importa la horca, la silla, si estos últimos días he vuelto a ser un
74
hombre otra vez! Esa mujer me quería arrastrar a su estado, pero yo no se lo permití. Le
gané, y ya ve, aquí estoy, feliz, como lo están todos los hombres del mundo.
―Bien, ahora dígame, o más bien cuénteme cómo fueron los detalles del crimen que
cometió.
―Esa parte es la más importante; es la que he esperado contar todo este tiempo.
―Entonces empiece.
―Aquella mañana, cuando ya estaba harto de todo, le grité que iba a matarla sin
compasión. Me volvió a ver con su carita angelical, que hizo que me hirviera la sangre. Fue
entonces que me abalancé y la tumbé de un tajo al piso. Ella todavía se resistía a creer lo
que estaba haciendo, porque me miraba de forma bondadosa. Entonces ya no pude más, y le
comencé a apretar el cuello como a una serpiente. “Muere, maldita”, le grité echando
espuma. “Vete de esta vida que solo nos pertenece a lo imperfectos”. Entonces ella, y esto
es lo que me causa más placer y alegría, comenzó a retorcerse como un gusano, mientras
sus ojos se inflaban como si iban a reventar. Esa imagen nadie me la quita. Ha sido el
triunfo absoluto. Yo he echado a ese monstruo al pozo, y de allí no va a salir más.
―Murió rápido. Todavía puedo oler su imagen angustiosa. En los últimos segundos de
su vida la convertí en una mujer verdadera. Vi cómo se angustiaba por su vida, cómo me
maldecía con malicia. Ese fue su único espacio en esta vida. Lo demás se fue con ella para
siempre.
―¡Llévenselo, llévenselo!
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BENEDICTA
a Olivia O´Lovely
Mi editor estaba enfadado conmigo. Todos los días me llamaba para ponerme una nueva
fecha. Hacía muchos días se había vencido el plazo, y ya para ese momento todo era un
afán. Si no lo entregas a fin de mes vas a tener problemas, me amenazó. No dije nada.
Cuando colgué, hice pedazos el aparato, y no revisé más el correo postal ni el correo
electrónico. En cierto modo me escondí para ser encontrado.
En esa época todos estaban pendientes de mis movimientos. Mis últimos libros habían
tenido un éxito arrollador en muchos países. Mi obra completa se imprimía en grandes
tirajes en más de diez idiomas. Había viajado alrededor del mundo a las ferias de libros más
importantes. De la noche a la mañana me convertí en una especie de James Dean literario.
Fue una época agotadora y de un exhibicionismo bárbaro. Yo me oponía a la danza
mediática, pero cuando se ha firmado un contrato hay que seguir las reglas del juego. Quién
me ha mandado a mí a ser escritor. Así que antes de los bares, las mujeres hermosas y la
buena comida, tenía que cumplir con parte del trato literario.
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Para ganar tiempo y poner mis ideas en orden, dejé la ciudad y me instalé en una
cabaña que había adquirido hacía unos años. La cabaña estaba en el pináculo de una
cordillera que alcanzaba los tres mil metros de altura sobre el nivel del mar. El clima era
agradable; yo diría propicio para encender una fogata y hacer el amor toda la noche.
Lo mejor era que sus habitantes no sabían quién era yo ni mucho menos conocían de
literatura y ese tipo de cosas. Les dije que me llamaba Ricardo Reis, y a ellos les pareció de
lo más natural. Sus verdaderas preocupaciones se reducían únicamente en mantener elevado
su espíritu y leña almacenada para encender el fuego. Solo logré aguantar una semana sin
Benedicta. Cada rincón parecía hablarme de ella, y ya nada era eternamente igual. No había
duda que la necesitaba. Me lo repetía a todas horas. Así que volví a la ciudad decidido a
jugármelo todo por ella.
Se me había ocurrido viajar a Miami, donde Benedicta había filmado sus últimas
escenas. Estaba seguro que en algún rincón de esa ciudad la encontraría, o por lo menos me
darían una valiosa información de su nueva residencia. Así que no lo pensé más y viajé ese
mismo día.
Antes quiero hablar de ella por si después de mi muerte este texto cae en manos de mi
editor y él decida publicarlo como una de mis memorias. Si así sucede, quiero hablar de
Benedicta de la forma más ecuánime posible, para poner al tanto a todos los que no la
conocen. Mi propósito no es presentarla de forma lasciva. Ya muchos saben de ella (y muy
bien, por cierto) por su encomiable trabajo. Mi única intención es, de alguna manera,
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acercarla a través de otro ángulo; un ángulo que nadie, me atrevería a decir, conoce
realmente.
Mi primer contacto con la pornografía fue en mis años juveniles. Mis amigos de la
escuela se encargaban de conseguir todas las películas pornográficas posibles. Las
mirábamos en una especie de orgía visual. Ya cuando era adulto, vi varias películas en
variadas reuniones, pero nada extraordinario digno de comentar. Fue así como tuve
conocimiento de la industria pornográfica europea y la estadounidense. En todo caso, como
ya dije, mi entusiasmo por ese tipo de cine fue el normal, en comparación a unos que se
conocen donde los individuos alcanzan una determinada dependencia enfermiza.
Hace unos años llegó a mis manos una revista en la que se detallaba parte del lucrativo
cine porno estadounidense, y se categorizaban a las estrellas de la industria del momento;
las infinitamente famosas Pornstars. En medio de tanta mujer hermosa, me asaltó una
actriz que se hacía llamar de una manera poco común: Benedicta. Esta mujer, según se
decía en su perfil, había nacido en Santa Fe, Nuevo México, pero su sangre era una mezcla
de varios países: Italia, España, Chile y Francia. Sus medidas eran exageradas, y su cabello
largo azabache, era digno de destacar sobre todas las cosas. Una de las particularidades que
más me llamaron la atención de Benedicta desde el principio, fueron sus numerosos
tatuajes. Tenía una enorme mariposa en uno de los tobillos, un sol poniente en el ombligo,
una diablesca en su monte de Venus y, sobre todo, el que más me impactaba: un enorme
dragón en su espalda que yo siempre confundía con un Quetzalcóatl. Esta mujer me cautivó
a primera vista, y casi en el instante comencé a investigar todo lo relacionado al cine porno
y sobre la vida de Benedicta, principalmente.
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grandes dividendos económicos. También tenía una fuerte presencia en la política, la
música y el arte. No hay duda que la pornografía fue parte fundamental del entretenimiento
del siglo XX, será en todo el siglo XXI, y en todos los siglos venideros.
En esa época ella tenía treinta años. Era una de las preferidas del público
latinoamericano, principalmente. No sé por qué, pero al conocer su edad, supe que tenía los
años y la experiencia necesaria para mí. Por sus características físicas y por su manera de
posar para la cámara, casi siempre le daban personajes de madre soltera o esposa infiel,
donde siempre la acompañaban actores más jóvenes. Por esa misma razón, casi todos sus
videos los encontré en páginas de milf. Al revisar los sitios, me di cuenta de la gran
popularidad que gozaba en el mundo.
En Los Ángeles me recibió un amigo, a quien había contactado con anterioridad. Este
amigo ya le había adelantado mi propósito a Benedicta, y ella estaba de acuerdo. Para que
me sintiera más en ambiente, Benedicta le propuso a mi amigo llevarme del aeropuerto al
festival de la industria que se desarrollaba en un importante hotel, donde ella era una de las
atracciones principales. Dar con la imagen apoteósica de Benedicta no fue difícil. Estaba en
medio de otras actrices en un quiosco plateado posando para las cámaras de decenas de
fanáticos. Al verme en compañía de mi amigo, dejó a las otras actrices y salió a nuestro
encuentro.
Dos periodistas que cubrían el evento por poco la tumban antes de que ella alcanzara
nuestro lugar. En el momento que nos saludábamos, una lluvia de flashazos nos cubrió.
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Esas fueron mis primeras fotografías junto a Benedicta. Días después esas mismas
fotografías iban a provocar un gran escándalo en los medios. A mí poco me importó;
siempre los he tomado como tonterías sin importancia.
Cuando la tuve a pocos pasos, le dije que me impresionaba su porte, que su manera de
caminar me volvía loco. Sonrió, me tomó de la mano, y salimos congratulados al cielo
inmenso de la ciudad. Anduvimos tomados de las manos por las calles más importantes.
Todos los hombres que encontrábamos a nuestro paso quedaban hipnotizados con su
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belleza. Algunos que ya conocían sus trabajos, le gritaban palabras subidas de tono desde
las aceras. Eres muy popular, le dije apretándole la mano. Me volvió a ver coqueta, y sonrió
como solo ella sabe hacerlo. Al fin llegamos a un pequeño parque en medio de la ciudad,
donde nos sentamos a observar, o más bien, a criticar a la gente que pasaba por nuestro
lado. En medio de tantas cosas me dijo:
―Te he investigado.
―Eso no importa.
―Tienes razón.
―Son intelectuales aburridos que de vez en cuando les gusta echarse una canita al aire
para sentirse vivos.
Sonrió con gran entusiasmo mientras me miraba como una felina. Yo también sonreí
un poco; lo suficiente para ponerme a su alcance.
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―Me gustas y quiero acostarme contigo ―dije poco después.
―Ya me lo suponía.
―Pero eso es aparte del asunto periodístico. Ahora te habla el hombre que soy, no el
escritor ni el intelectual que tú dices.
―¿Por qué?
―Yo no he dicho que lo fueras; pero estoy dispuesto a pagarte si a eso te refieres.
Las últimas palabras que le dije me resonaban como un nido de serpientes. Me había
convertido en una persona distinta en ese momento. Me desconocía totalmente. Jamás había
actuado así, y jamás había sentido esa terrible sensación de vacío, como cuando vi a
Benedicta alejarse de mis manos. Lo había arruinado por completo.
A las seis de la tarde mi amigo me dijo que Benedicta había llamado para verme esa
misma noche en el bar de su hotel. Sin pensarlo acudí a la cita. Mi viaje se había
complicado, y tenía que volver en las primeras horas del día siguiente a mi ciudad, por lo
que no debía de perder tiempo.
No traté en ningún momento de disculparme. Una mujer como ella está por encima de
esas nimiedades. Hablamos en el bar y en el vestíbulo, donde por fin le hice la entrevista.
82
Me enteré de que estaba considerando dejar la industria por un tiempo para dedicarse a
estudiar psicología. En el futuro pensaba fundar una oficina de modelos y una productora
de películas.
Hablamos largo y tendido, pero siempre con cordialidad y respeto. Ella me hizo un par
de bromas sobre mi oficio de escritor, y cuando nos despedimos me dijo que no sabía si
volveríamos a vernos, pero que a pesar de todo le había gustado conocerme.
―No será necesario. Para esos días ya serás mi mujer y estarás conmigo en la
ceremonia.
Volvió a sonreír mientras se alejaba. Yo salí turbado del hotel a preparar mi equipaje.
El artículo que escribí sobre la vida y obra de Benedicta se publicó unas semanas
después de haber regresado de Los Ángeles. Pensé mucho en el título, y al final decidí
ponerle A Benedicta, con amor. El editor me dijo que el título era muy sugerente, pero que
lo aceptaba. Mis fieles lectores quedaron impresionados con mi artículo y, sobre todo, con
la perturbadora imagen que les ofrecía de Benedicta.
Recibí muchos correos, donde comprobé que todo el mundo parecía estar interesado en
Benedicta. A mí también se me formó un gran escándalo. Alguien publicó las fotografías
del festival porno de Los Ángeles donde aparecíamos juntos. Poco me importó lo que se
dijera; siempre ha sido así. Mi editor tampoco se alarmó por el escándalo. Además, todo
eso ayudó a que se incrementaran las ventas de mis libros.
A los tres meses de haber publicado el artículo, recibí una llamada a medianoche. A
tientas levanté el teléfono y descubrí la inmaculada y dulce voz de Benedicta. Me incorporé
asustado temiendo que fuera un sueño. Pero era real. Benedicta me hablaba para decirme
que quería pasar unos días en mi casa. Yo no tuve más que aceptar su propuesta. Llegó una
semana después.
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habitaciones amplias, un pequeño estudio donde escribo, una pequeña cocina, y una sala
alargada que termina con una inmejorable vista de la ciudad.
Sonrió mientras entraba en la habitación. Estaba cansada. Le dije que durmiera un poco
antes de cenar, mientras yo me ocupaba de todo. Tres horas después ya habíamos cenado.
Hablamos un largo tiempo; luego le sugerí que se fuera a dormir, porque los días siguientes
serían pesados. Estuvo de acuerdo.
Le mostré una parte de las atracciones más importantes de la ciudad. Estuvo alegre y
dispuesta a cualquier cosa. Más de un hombre la reconoció en la calle. Algunos se
atrevieron a pedirle un autógrafo, como si se trataba de una famosa actriz de Hollywood.
Una semana pasé con Benedicta en la ciudad. Los días siguientes los pasamos en la
cabaña de la cordillera. Un amigo me había sugerido ese retiro hacía mucho tiempo. Acepté
la propuesta de mi camarada para estar junto a Benedicta lejos de la civilización. A ella le
pareció una idea extraordinaria, y creo que fueron los días más felices de nuestra vida
juntos. Pocos días después adquirí la cabaña.
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Pasamos más de diez días en la cordillera. Las personas del lugar nos trataban como a
una pareja de recién casados o algo parecido. Un anciano que siempre me ayudaba con los
asuntos de la cabaña, un día tocó ávidamente nuestra puerta. Benedicta abrió y lo hizo
pasar. Cuando estuve frente a él me dijo que ya tenía la leña que necesitaba para mantener
la temperatura. Me pidió acompañarlo, y cuando nos retiramos le dijo a Benedicta:
―No se preocupe, señora, en unos minutos estará su esposo nuevamente con usted.
Más de un año vivimos de ese modo. Casi siempre ella venía a mi casa o yo la buscaba
en su ciudad. Ella tenía su vida, y yo no quería incomodarla. La verdad no sé qué relación
era la nuestra, solo puedo decir que era muy hermosa y sin ataduras de ningún tipo. No era
necesario que nos dijéramos “te amo” o “te extraño”, ni que nos inundáramos con llamadas
posesivas y celosas. Lo nuestro fue una complicidad verdadera, libre de la hipocresía
habitual.
En los días que caí enfermo, Benedicta desapareció del mapa. La busqué en todos los
rincones posibles, donde sabía que la podía encontrar, pero ya no supe más de ella. Mis
dolencias aumentaron, así que suspendí temporalmente la búsqueda.
Una tarde, mientras tomaba unos retrovirales, me acordé de Benedicta. Hacía mucho
tiempo que no pensaba en ella, y al hacerlo sentí unos fuertes deseos de volver a verla.
Corrí por mi computadora, y me puse a investigar sus últimos movimientos. Supe que se
había retirado de la industria porque se había corrido el rumor de que estaba infectada con
el virus del Sida. En ese momento lo comprendí todo. Benedicta y yo habíamos tenido
relaciones sexuales sin ninguna protección. No había duda; Benedicta me había transmitido
la enfermedad; estaba casi convencido de ello. En su profesión se dan muchos casos. Yo
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tampoco había sido un angelito, pero estaba convencido que Benedicta me había
transmitido la enfermedad.
Decidí viajar a Miami para verla. Nadie podía detener mi viaje. La busqué en lugares
estratégicos, pero no estaba. Hablé con personas de la industria, pero nadie me dio una
valiosa información de su paradero. Mi búsqueda fue un completo fracaso.
Para colmo de mis males, en el hotel que me hospedaba tropecé con un cubano-
americano que era colaborador del Nuevo Herald. El hombre no perdió oportunidad, y al
día siguiente escribió en dicho periódico sobre mi estancia en Miami. En su columna me
nombró “Persona non grata en la ciudad”. Todo era porque hacía algunos meses él tuvo
conocimiento de un trabajo periodístico mío, donde yo hablaba de forma laudatoria de los
hermanos Castro, donde también exaltaba la revolución cubana.
Desde el momento que me vio el periodista se hizo un gran escándalo; al poco tiempo
la entrada del hotel se inundó de decenas de manifestantes. Era la época de las llamadas
“Damas de blanco”. Los manifestantes no solo se limitaron a insultarme, sino también
refutaron mis ideas políticas, mis trabajos literarios, y me gritaban en todo momento que
era una “Persona non grata en la ciudad”. Algunos llegaron al extremo de lanzarme algún
objeto para causarme daños físicos. Menos mal que este tipo de manifestaciones son
pacíficas, me dije entre dientes. Pero, a pesar de todo, me dije repetidas veces, mientras
escuchaba a la turba enardecida: ¿para qué carajos necesito yo Miami, cuando tengo La
Habana, Buenos Aires y París? La gente no paraba de insultarme, y yo traté de evitar la
polémica en todo momento.
Por los acontecimientos de Miami tuve que volver a casa sin ninguna noticia de
Benedicta. No quería estar otro día más en la ciudad ni quería ser parte del exhibicionismo
mediático. Yo no les iba a dar a esos usureros de la historia la posibilidad de un banquete.
Continué mi búsqueda en otros lugares y todo fue inútil. Mi salud empeoraba, y no
conseguía mi propósito.
Pero la luz me ha vuelto a sonreír. Hace pocos días, una buena fuente me informó de su
paradero. Antes no quiero ahuyentarla. Debo ser paciente. Ella no debe saber que la busco
con desesperación. Lo tengo decidido. Este mismo día voy a viajar. Cuando la tenga frente
a mí, le voy a proponer que nos vayamos de esta vida juntos.
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ANTE MI CADÁVER
Se acabó. Ya no soy más. Me detuve con treinta y cuatro años. Esto tenía que ocurrir. Ya
no soy más que este cadáver. Para los demás mi muerte es una tragedia. Pero eso no
importa ahora.
¿Qué pensarán de mi muerte? Mis padres, mi esposo, mis hijos, mis amigos, ¿qué
estarán diciendo ahora de mí? Sé lo que dijeron mis colegas cuando me trajeron de
emergencia al hospital. Intentaron no perderme. Yo representaba un reto especial para ellos.
Yo era uno de los suyos, y perderme significaba perder un poco de sus almas oxigenadas.
No me pudieron salvar. Por más que intentaron reanimarme, no me pudieron sacar del
pozo. ¿Qué podían hacer ellos si llegué muerta a sus manos? Nadie podía salvarme.
Cualquier procedimiento es inútil para un cadáver.
Nunca me imaginé en una situación así: muerta en una cama y alrededor un ejército de
personas tratando de salvar mi vida. Hasta el director del hospital se hizo presente. Su
presencia no ayudó. A lo mucho, solo a sumar lamentaciones. El rostro del director estaba
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embotado. A veces se pasaba la mano en la frente tratando de revertir lo que estaba
sucediendo.
Ahora me doy cuenta cómo pasó. A lo mejor las cosas sucedieron bajo una causa
natural, como un destino mecánico, que es atraído para un fin justo y etéreo. Todo se
confabuló de forma sorpresiva. Mi auto arruinado, mis ganas de caminar y de mezclarme
con la gente, mi doble turno en el hospital, la irresponsabilidad de mi verdugo, mi propio
descuido, todo, absolutamente todo se confabuló para convertirme en un cadáver. Mi
esposo ahora debe estar pensando así. Algunos dirán otras cosas; buscarán otros culpables,
incluso a Dios.
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¿Cómo alguien puede ser culpable de la vida? No entiendo por qué llaman asesino al que
aprieta el gatillo.
¿Quién fue mi verdugo? ¿Fue un hombre o una mujer? Estoy casi segura que fue una
mujer, una mujer joven. Su manera de conducir la delató. ¿La habrán detenido? Pero ella no
tuvo la culpa. Yo tampoco la tuve. Eso le puede pasar a cualquiera. Verdugos hay en todas
partes, todos tenemos algo de ello. Antes no lo pensaba así. Antes uno no piensa en nada.
Solo cuando se está frente a su cadáver uno empieza a descifrar mejor la cosas; solo así
empieza a darle sentido a todo.
Hoy me di cuenta que fui un ser patético toda mi vida. Buscaba ser la primera en todo.
Creía en la felicidad y en Dios. Me metí a estudiar medicina para pasar por una persona de
bien. Me casé y tuve hijos solo para ajustarme a los moldes de una sociedad hipócrita. Cada
día, en mi profesión, tenía experiencias que refutaban mi fe cristiana, y yo seguía
empecinada con el paraíso para los fieles y el infierno para los pecadores. Solo ahora me
doy cuenta que nada hice para mi bien personal, y que todo se lo entregué a alguien que
vive en un sueño. Hoy se terminó la farsa. Hoy gané el silencio. Ahora, ante mi cadáver,
puedo ver distinto. Puedo unir las casualidades que me trajeron a esta sala donde hacen
fiesta con mis vísceras.
Siempre oí que la muerte es presentida; que no hay mejor día para un humano que el
día de su muerte. Uno no se encuentra en su estado habitual. Andamos más receptivos y
tristes, atentos e histéricos, felices y sensibles. Escuchamos otra música. Percibimos olores
jamás imaginados. Somos capaces de enfrentar los extremos de la existencia, de la mano de
la alegría y la tristeza. Damos síntomas extraños, según dicen.
Ahora me queda claro que nada es cierto. Es verdad que no hay tiempo para despedirse
de las personas. Yo no me despedí de nadie. Ahora solo falta que mi familia hable de
eventos paranormales por no despedirme. Muchos creen en esas manifestaciones. Están
convencidos de que los apagones de luz, la fuga del grifo en la cocina, las sombras en los
sueños, son las formas de despedirse que usan los muertos.
Ayer salí de casa con la misma actitud. Jamás pensé que eran las últimas horas de mi
vida. Le di de comer a los niños, les ayudé con sus tareas, hablé con mi marido, nos
echamos bromas, lo de siempre. También le permití a mi esposo traerme al trabajo. Mi
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coche estaba arruinado. Me despedí de los niños con un beso y un abrazo, como lo hacía
todos los días. Les di instrucciones. En la calle hablé con mi esposo de las mismas cosas.
Le dije que mi turno iba a ser de dieciocho horas, que saldría del hospital a las ocho de la
mañana del día siguiente. Él se ofreció pasar por mí al trabajo, pero le dije que quería
caminar, mezclarme con la gente. Hacía mucho que no rompía mi rutuna, y ese día era
estupendo para hacerlo. Eso tal vez fue lo único raro. Pero ya no importa. A lo mejor para
los demás es importante.
Siempre me gustaba ir de copiloto. Nunca me gustó conducir. Si lo hacía era por pura
necesidad. Prefería disfrutar el paisaje de la urbe desde la ventana; ver los rostros de los
transeúntes y el disfraz de los edificios. En la calle se respiraba un aire distinto, como si era
un día feriado o un fin de semana. Las calles estaban llenas y coloridas, envueltas en un
azul intenso. No sabía el origen de la algarabía, de la parafernalia que pocas veces se
presentaba en el año. De las casas, los negocios, los restaurantes, salían personas envueltas
en un ruido inusual. Vi caras conocidas, que hacía mucho tiempo había dejado de tratar. En
todo caso eso no auguraba nada extraordinario para mí; fue tan solo una acumulación de
circunstancias fortuitas, nada más.
Las calles estaban distintas. Los niños y los adultos expresaban algo inusual,
contrastaba con los mendigos y los enfermos de las esquinas. Ellos no eran parte de la
felicidad. Los perros callejeros también lucían tristes. Se amontonaban en los toneles de
basura con la esperanza de encontrar una comida insecticida que los mandara a las sombras.
Otros perros, los que caminaban junto a sus amos, ni siquiera se detenían a gruñir con los
desprotegidos. Era una maldita contrariedad y se lo hice saber a mi esposo. Él estuvo de
acuerdo. Bueno, él siempre estaba de acuerdo. ¿Por qué lo hacía siempre?
Eran minoría los perros callejeros y los mendigos. Eran más los que se paseaban con
los colores de la bandera. Le pregunté a mi marido sobre el asunto. Esta noche juega la
selección de fútbol, me dijo. Me quedé congelada. Me di cuenta que había perdido el
enfoque de muchas cosas. Había perdido prioridades y el hilo conductor de una vida
modesta y normal. Mientras los demás estaban al tanto del partido y de las estadísticas, yo
ni siquiera sabía del juego de esa noche, un juego que paralizaba todo. Por supuesto que el
partido y mi desinterés fueron otras de las casualidades.
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Le prometí a mi esposo ir al estadio para el próximo juego de la selección. A los dos
nos gustaba el fútbol. Cuando éramos novios, muchas veces fuimos al estadio a ver los
partidos de la selección. Nos poníamos de acuerdo con otros amigos de la facultad, e
íbamos en caravana. Después del juego pasábamos a un bar a tomar cerveza. Reíamos,
bailábamos, gritábamos, recordando las mejores jugadas. Eran días de desenfreno. También
me gustaba ir a la playa y bañarme desnuda. Mi marido siempre me recordaba esos días.
Después de casarnos nos hicimos aburridos. El trabajo nos absorbía y la crianza de los
niños implicaba muchas responsabilidades. Pero ayer quedamos de ir al estadio y recordar
nuestros gloriosos días de juventud. Ahora ya no podré ir con mi marido. Tendrá que ir solo
cuando se recupere de mi pérdida. Él debe ir con alguien más. No debe dejar de hacer
algunas cosas por mí. A mí me gustaría que fuera al estadio y que llevara a los niños. Pero
eso ya no lo puedo decidir.
La cirugía estaba programada para las cinco de la tarde, así que tenía tiempo para hacer
otras cosas. Estuve unos minutos en el piso de maternidad. Pasé cerca de la sala de
emergencias, donde en unas horas llegaría mi cadáver. Los minutos que estuve en esa sala,
vi dos casos que me sobresaltaron. Entró un hombre con cuatro perforaciones de bala en el
pecho que no pudo resistir los procedimientos de reanimación. Murió sin objeciones y fue
trasladado a la morgue. El otro caso era el de un niño de diez años que se había partido el
cráneo en una caída de bicicleta. Mis colegas lograron estabilizarlo antes de pasarlo a
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cirugía. A medianoche supe que el caso del niño se había complicado y que había muerto.
Estos cadáveres ahora me acompañan en la morgue.
La cirugía comenzó a las cinco en punto. El paciente era un hombre de unos cuarenta
años que tenía el cuerpo tan flaco como don Quijote. Su cara era alargada y sus pómulos
puntiagudos. Tenía dientes perfectos y una sonrisa hermosa. Su cabello era gris y sus ojos
de un azul profundo. Charlé varios minutos con él para darle ánimos, porque me habían
dicho que estaba con los nervios alterados. Le dije que todo iba a salir bien, que después su
salud quedaba en sus manos. Me dijo que no quería morirse porque hacía pocos días se
había convertido en padre por primera vez. Me confesó que antes de su paternidad no le
habría importado morir. Ahora tenía la responsabilidad de un ser que había traído al mundo.
Lo tranquilicé con las palabras más amorosas que pude. Él pareció entender, porque su
nerviosismo desapareció de súbito. Me sonrió con elocuencia, y a mí no dejaba de
extrañarme su cuerpo flacucho.
Después de la cirugía hice otros procedimientos menores. Les eché un vistazo a otros
internos, y platiqué con las enfermeras y con algunos residentes con quienes sentía más
afinidad. Así pasé hasta el final de mi turno, a las ocho de la mañana. Me preparé para salir.
Di algunas recomendaciones. Charlé con algunos colegas nuevos. Hice lo que hacía
siempre al acabar mi turno.
Salí del hospital. La brisa de la calle me hizo bien. Fue una buena decisión no
permitirle a mi esposo pasar por mí al trabajo, porque disfruté cada paso que di hasta la
parada del autobús, que estaba a unos cien metros del hospital. Hacía mucho que no
caminaba, y por un momento me gustó sentirme libre de mi cotidianidad. El día era
hermoso. Lo disfruté como nunca. No creo que esa sensación de tranquilidad auguraba lo
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que iba a pasar después. Que yo les diera otra interpretación, una más personal, solo fue
una acumulación de casualidades.
Me paré frente a la calle para cruzarla. Al otro lado estaba la parada del autobús, así
que solo tenía que caminar pocos pasos. Cuando la luz del semáforo se puso roja y los autos
se detuvieron, comencé a caminar. Me seguía una pareja de jóvenes. Cuando estaba a pocos
centímetros de la acera, un auto que venía a gran velocidad me embistió de lleno. No sé qué
pasó. El carro debió de detenerse por la luz roja.
Ahora sé que fue un hombre el que me arrolló. Lo vi por una centésima de segundo.
Tenía un rostro bello y una piel fulgurosa. Sus ojos eran grandes y tenía miedo como todos
los humanos. Él no tuvo la culpa. Nadie tuvo la culpa. Algunos pueden decir que fue mi
negligencia, mi desvelo, mi auto arruinado, el conductor irresponsable, el semáforo; se
pueden decir muchas cosas. Yo no creo en el destino ni en las casualidades. No sé lo que
sucedió. Eso nadie me lo puede explicar. Lo único que sé es que morí.
Ahora solo queda mi cadáver descuartizado. Está pálido y empieza a oler mal. Pronto
comenzará a descomponerse y a podrirse, y eso no tiene nada de especial. Yo hasta aquí
llego. Ya no soy más. A lo mejor nunca fui. Ahora solo queda esperar que metan mi
cadáver en el congelador, mientras viene mi esposo por él. Al fin y al cabo todo ya está
dicho y terminado.
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MISA NEGRA
Un sábado, libres de clases, se reunieron en la casa de Manet, que vivía solo por
razones poco claras. Bueno, tenía un perro cenizo y un gato pardo de ojos azules. Eva llevó
jugo de naranja, Luis la comida y Jorge los cigarrillos. La velada comenzó con la
preparación de los alimentos. Mientras cocinaban decidieron poner música. Manet se
apresuró a poner un disco de Café Tacuba para animar el ambiente y para darse valor.
Aunque nadie lo reconocía, estaban al borde del abatimiento y más de uno pensó en echarse
atrás. Esto era por las historias que se contaban de una sesión así, especialmente cuando
todo salía mal, o mejor dicho, cuando no se despedía correctamente al invocado. Pero pudo
más la curiosidad que el miedo y decidieron seguir.
Después de comer y de oír un par de discos de rock latino, decidieron leer poemas de
sus cosechas, mientras llegaba la medianoche, hora en que comenzaría la sesión. Leyeron
sus poemas obteniendo, como es habitual en este tipo de reuniones, la aprobación de la
camaradería.
A las once de la noche comenzaron a preparar la sesión. Manet ya tenía recortada las
letras y los números que utilizarían. Los demás movieron la mesa y las sillas para el centro
de la sala. A las once y media ya tenían todo ordenado. Como faltaba media hora para la
medianoche, todos, con un fingido disimulo, se entregaron a los nervios.
Así estuvieron hasta que el reloj dio las doce campanadas. A esa hora se tomaron de las
manos haciendo un círculo, mientras miraban la copa boca abajo que habían dejado en el
centro de la mesa. Las letras del abecedario estaban en el extremo superior de la mesa, y en
el otro extremo los números del “0” al “9”. En un extremo de la mesa, en la parte izquierda,
donde estaba la hilera de números, estaba formada la palabra “Sí”, y en el otro extremo, es
decir, en la parte derecha de dicha hilera de números, estaba escrita la palabra “No”. Del
lado de los números, justo en el centro y casi por encima de ellos, habían puesto la palabra
“Adiós”.
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Manet dio por iniciada la sesión con una oración en un idioma escandinavo. Sus
amigos lo vieron en completo silencio.
―¡Oh príncipe de los poetas ―comenzó a decir Manet―, si esta noche te encuentras
entre nosotros, mueve la copa hacia la palabra “Sí”!
Los otros muchachos se miraron nerviosos esperando la respuesta del espíritu. Manet
volvió a repetir la misma frase tres veces, pero todo seguía en la misma quietud. La copa
permanecía en su sitio, y el ambiente no parecía alterado.
―Yo he oído ―dijo Luis frente a las miradas de sus amigos―, que para que la copa se
mueva, los participantes deben tener el dedo índice puesto en ella.
―A mí me dijeron ―dijo Eva con una voz entre nerviosa y firme―, que estos rituales
se hacen en la oscuridad.
Volvieron a asentir y a reírse con este nuevo descuido. Se echaron algunas bromas y
volvieron a quedarse quietos mientras Manet iba por una vela a otra habitación. Todos
pasaron a una palidez extrema, al pensar que esta vez harían contacto con el espíritu de
Verlaine.
Manet apagó las luces sin avisar y todos saltaron de miedo. Después se echaron a reír
para darse ánimo, pero sabían que estaban al borde del abismo. El anfitrión encendió la
vela. Volvieron a poner los dedos en la copa. Manet repitió la orden que había dado antes.
Lo repitió cinco veces, pero el espíritu de Verlaine no se manifestaba, así que decidieron,
para su tranquilidad, hacer la sesión la próxima noche, cuando el reloj diera las doce
campanadas.
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Volvieron a reunirse en la casa de Manet. Esta vez no leyeron poemas. Se dedicaron a
comer frutas y chucherías, a fumar como monos de circo, y a hacerse bromas sobre una
posible locura. Lucían menos nerviosos, con la esperanza íntima de que el espíritu de
Verlaine no acudiría a sus llamadas. Pero cuando se iba acercando la medianoche,
empezaron a sentirse inquietos y un tanto nostálgicos.
El reloj dio las doce. Volvieron a sentarse en los mismos lugares de la víspera, donde
todo había quedado intacto por orden de Manet. Pusieron sus dedos sobre la copa, con la
luz apagada, a excepción de la vela. Manet comenzó el ritual. Recitó la oración
escandinava, luego repitió con garbo lo siguiente:
La copa comenzó a moverse sin que nadie ejerciera fuerza alguna. Después, como el
sonido de un cohete, se dirigió a gran velocidad hacia la palabra “Sí”. Se miraron aterrados,
sintiendo unas enormes ganas de pararlo todo. En sus espaldas empezaron a sentir un aroma
que solo se respiraba en las últimas décadas del siglo XIX. No podía ser otra cosa que la
presencia del gran Paul Verlaine que husmeaba cerca, muy cerca de sus orejas ateridas. Lo
podían sentir. A Eva se le erizaron los pezones y comenzó a sentir cosquillas en la cara.
―¿Eres tú, gran señor? ―volvió a decir Manet con fuerza y determinación.
―¿Cuántos años tienes ahora? ―le preguntó Manet al espíritu, frente a la impávida
mirada de sus compinches.
La copa, como movida por una máquina eléctrica, buscó primero el número “1”, luego
el número “6”, y por último el número “5”.
La copa, sin dudarlo un solo instante, corrió hacia la palabra “Sí”. Se quedaron
congelados unos minutos. Manet, como ya estaba al borde de un colapso nervioso y no
podía salir de él, se atrevió a preguntarle al espíritu lo siguiente:
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―¿Está con vosotros Arthur Rimbaud?
La copa se dirigió hacia la palabra “No”, haciendo un círculo endemoniado sobre ella,
para demostrar su molestia y frustración.
La copa siguió postrada sobre la palabra “No”. A veces se agitaba con tal fuerza que
tenían que hacer un gran esfuerzo para no soltarla.
―¿Has visto a otros poetas en el lugar que te encuentras? ¿Qué lengua se habla allí?
¿Cómo se llama ese lugar infinito?
El espíritu no contestó. Parecía como si había huido sin despedirse. Hicieron todo lo
posible por reanudar el contacto, pero el gran Paul Verlaine seguía callado. Después de
media hora de lucha, a Manet se le ocurrió preguntar:
―Adiós, maestro.
Quitaron los dedos de la copa. Manet encendió la luz. Empezaron a reír nerviosos
porque la impresión había sido fuerte. Pasaron dos horas hablando sobre la vida y obra de
Verlaine, mostrándose siempre satisfechos por haber hecho contacto con uno de los poetas
más grandes de todos los tiempos. Con una sensación de llenura se fueron a dormir lo que
restaba de la noche, prometiéndose volver para hacer contacto con el amante de Verlaine, el
único e inigualable Rimbaud, el mejor poeta francés de todos los tiempos.
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Volvieron a reunirse con las primeras sombras. Esta vez habían investigado sobre la
vida y obra de Rimbaud. Este poeta era el que más los desconcertaba, tanto por su grandeza
poética, como por sus andanzas. En la plática no pudo faltar el Rimbaud de Bélgica y de
Londres, siempre con la compañía de Verlaine; su huida a Alemania, sus años en África, su
retorno a Francia, su cáncer, su amputación y su muerte prematura. Hablaron de todo,
sintiendo unos grados más de admiración hacia el gran poeta francés.
Empezaron a recitar sus poemas más célebres. Manet y Jorge se dividieron en partes
iguales Una temporada en el infierno, mientras Eva leyó gran parte de los poemas de
Iluminaciones. Para sorpresa de todos, Luis leyó un poema de su autoría que le había
escrito a Rimbaud, así como algunos pasajes de Cartas de un vidente y un poco de Prometo
ser bueno, que el poeta le escribió a su querido Verlaine para retenerlo en Londres.
Se tardaron en el homenaje casi cinco horas. Cuando llegó la medianoche, estaban tan
empapados de Rimbaud, que un nerviosismo pegajoso los comenzó a invadir, temiendo que
el espíritu del poeta no se manifestara así como tanto querían.
―Niño terrible ―comenzó a decir Manet cuando sus compañeros ya habían puesto sus
dedos sobre la copa―. ¡Oh rey de las letras francesas! Señor de los sueños y de los países
rítmicos. ¡Oh grandísimo e inigualable Rimbaud, dinos si estás entre nosotros esta noche!
La copa comenzó a moverse con tanta lujuria, que al poco tiempo fue a parar a la
palabra “Sí”. Sonrieron con la respuesta, porque sabían que estaban frente a otro grande.
Eva y Luis, congratulados con la presencia del mayor poeta francés, intentaron ver
entre las tinieblas de la sala, pero solo una brisa tibia se les coló en las fauces.
La copa corrió hacia el número “2”, luego al “9”, después al “6”, y por último al
número “5” de la tabla.
No había duda, pensaron todos, Rimbaud es el único poeta que sobrevivirá los siglos
venideros. Eva, aparte de sentir una profunda admiración por su obra, también sentía un
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extraño deseo sexual que se manifestó con unos hormigueos en su vientre y con la erección
de sus pezones. Soltó una leve sonrisa de satisfacción, que reprobaron sus amigos con unos
gestos obscenos.
El espíritu no contestó.
Se sorprendieron con esa respuesta, porque recordaron que el espíritu de Verlaine les
dijo que jamás había visto a Rimbaud.
La copa hizo un pequeño zigzag para buscar, primero, el número “2”, luego el “9”, y
por último el “6” y el “5”. En ese momento recordaron los años que les había dicho que
tenía.
―Dinos ahora, joven hermoso y eterno, ¿está Verlaine contigo en este momento?
―preguntó Manet con nerviosismo.
La copa siguió una línea diagonal, luego bajó y se postró sobre la palabra “Sí”.
Verlaine seguía siendo santurrón. En ese momento se dieron cuenta del cansancio de
Rimbaud y decidieron cerrar la sesión. No querían exasperarlo y arruinar el momento.
Manet le preguntó al espíritu de Rimbaud si quería marcharse, y este respondió que “Sí”.
Al despedirse sintieron como si flotaban en el aire. Pero no tenían tiempo para relajarse y
distraerse, porque desde ese momento empezaron a preparar la sesión de la noche siguiente,
donde intentarían trabar contacto con el gran Charles Baudelaire.
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La noche siguiente, cuando el reloj dio las doce, ya tenían los dedos en la copa. Manet
comenzó la sesión con unas palabras en latín que recién había aprendido. Después, con voz
firme, comenzó a decirle al espíritu de Charles Baudelaire:
―¡Oh insigne poeta, gran hombre de las letras, incomprendido y rechazado por la
moral hipócrita, oh tú, padre de las flores malsanas, oh gran Charles Baudelaire, dinos si
estás esta noche entre nosotros!
La copa comenzó a moverse antes de que Manet terminara de hablar, y con una fuerza
arrolladora corrió hacia la palabra “Sí”.
Se les iluminó el rostro. Sabían que estaban cerca de uno de los más grandes poetas.
―¿Quiénes son todos? ―preguntó Manet interesado, mientras veía a sus compañeros
con la mirada brillosa.
Se asustaron con la rapidez de la copa para formar los nombres, y aún más, con la
fuerza y energía con la que lo había hecho.
Entonces se le ocurrió una pregunta arriesgada, una que podía salvarlos o hundirlos de
una buena vez. Miró a sus amigos, pero solo vio rostros pálidos a causa de los nervios y la
incertidumbre, así que se apresuró a preguntarle al espíritu de Baudelaire lo siguiente:
―Dime, gran poeta, ¿tus amigos nos escuchan y nos ven en esta mesa?
Sus compañeros se quedaron atónitos con esta pregunta, pero no hubo tiempo para
reclamos, porque la copa se comenzó a mover a gran velocidad hasta detenerse sobre la
palabra “Sí”.
―¿Están cerca de nosotros ahora? ―preguntó Manet, frente a las angustiosas miradas
de sus compinches.
Antes de la ruina total, le pidieron a Manet que cortara la ceremonia, que esa vez
habían llegado demasiado lejos. Manet no se opuso, y le hizo la pregunta de despedida al
espíritu, pero este rápidamente corrió hacia la palabra “No”. Manet lo intentó dos veces
más, pero el espíritu seguía firme en su decisión de continuar en el juego. Aterrados,
buscaron las maneras más suaves de despedirse del espíritu, pero ninguna daba resultado.
La copa seguía bailando sobre la palabra “No”.
La copa comenzó a buscar letras con velocidad, hasta formar la palabra “Aquí”.
La copa se movió rápido hasta formar estas dos palabras: “Con vosotros”.
En ese momento Eva vio pasar detrás de Manet una sombra indefinible que le hizo
soltar un grito. Los demás se asustaron y despegaron los dedos de la copa. Manet corrió a
encender la luz, mientras Eva se dedicaba a llorar a sus anchas. Quince minutos después, ya
tranquilizados, decidieron seguir con el juego porque todavía no habían despedido al
espíritu.
El espíritu de Baudelaire se hizo parte de sus vidas. Manet era el que más sufría,
porque fue en su casa donde se hizo la sesión. El espíritu se quedó instalado para siempre.
Eva, para sobrevivir al espíritu, tuvo que emigrar hacia Suecia, donde la sometieron a
estudios psiquiátricos. Luis aceptó el cristianismo y abandonó la carrera de Letras al poco
tiempo. Jorge mató a un niño por orden, según él, del espíritu de Baudelaire, y se ganó el
derecho de pasar toda su vida encerrado en una celda, donde, para colmo de sus males, lo
seguía visitando el espíritu.
Esta noticia inundó los periódicos y los noticieros. Manet le hizo frente al espíritu
desde su casa. Era el más fuerte de todos. Terminó la carrera de Letras, pero se hizo apático
y retraído. Un año después de graduarse de la universidad, lo encontraron ahorcado en su
casa. En su mano derecha tenía las páginas de un libro, que era, según dicen, Las Letanías
de Satán, de Charles Baudelaire.
LOS BAOBABS
De repente ―como en un sueño― estaba en un camino violeta. Todo era desolado. Reí al
ver la grama violeta que estaba a los costados del sendero. Mi paso era mecánico, suave y
persuasivo. Parecía no querer detenerme en ningún lugar. Así seguí por varios minutos,
hasta que me detuve finalmente.
103
Hasta ese momento no había visto nada más que el camino y la hierba que lo adornaba.
Entonces levanté mi vista y allí estaba: un violeta más intenso, uno más irreductible e
indefinido: un escabroso cielo violeta, una inmensidad jamás antes imaginada.
Casi desfallecí con el descubrimiento, pero logré sobreponerme a los pocos segundos.
Mi sosiego duró poco. Cuando devolví la tierra a su antiguo sitio, vi mis manos, mi ropa y
todo mi cuerpo cubierto de un profundo color violeta.
Logré reponerme. Hice una valoración integral del perímetro en el que deambulaba.
Unas silenciosas y tristes montañas alcancé a ver en la lejanía. Con una revisión más
meticulosa, descubrí después una imponente silueta que no alcanzaba a distinguir por la
espesa niebla violeta que comenzó a invadir la cima de la montaña. Aprovechando que el
camino seguía en descenso, bajé con una violácea y misteriosa adrenalina.
Pocos minutos tardé en alcanzar los pies de la montaña, donde terminaba el camino y
solo quedaba, en todas las direcciones, un suave pasto del mismo color de la cima, y un
ruido tronador que sofocaba mis pulmones.
Continué caminando hasta que descubrí el único ruido que reinaba en lugar: un
apoteósico Baobab mecía sus ramas de oriente a poniente. Gran admiración me causó el
árbol; no solo por su belleza antigua (fácilmente se notaba que tenía muchos siglos de vida)
y su color violeta intenso, sino por el terrible sosiego que me hizo beber.
104
Me acerqué con nerviosismo y lo toqué sin reservas. Lo miré atónito desde un punto en
el que alcanzaba a abarcar su leyenda. Después lo corrí en círculos dando vómitos de
estremecimiento crepuscular. Mis ansias y mis temores desaparecieron. Todo era calma y
tranquilidad en mi pecho. Hasta la brisa violeta comenzó a agradarme.
Cuando di el último giro alrededor del Baobab, fijé mi vista en la lejanía. Fue cuando
todo cambió súbitamente. El color violeta desapareció, y ahora lo que reinaba sobre todas
las cosas era un color rojo intenso, parecido al de la frontera del Barzakh.
Este nuevo color duró menos de cinco segundos. Repentinamente todo cambió. Las
montañas, el pasto, la niebla, el Baobab violeta y el nuevo color desaparecieron sin dejar
rastro. Fue así como me encontré en otro espacio existencial; otro más llamativo y
empalagoso: un lugar celeste.
Este nuevo país ―hasta ahora sigo manteniendo que son países distintos― era plano y
gélido. Su temperatura era muy baja, tal vez 6 ó 7 grados bajo cero; esto lo podía medir sin
ningún problema, a pesar de que yo no sufría ninguna dificultad con el frío. Mi ropa era la
misma, solo que ahora era de color celeste; mi piel también era de ese color.
En este país no había pasto ni montañas. Era más silencioso que el país violeta. Su
superficie tenía algo parecido a la arena amazónica, lo que hacía que mis zancadas fueran
lentas y silenciosas. Había millones de hojas hechas de un material desconocido. Dichas
hojas eran pesadas e intratables. A más de una intenté arrancar del suelo para guardarla en
el bolsillo, pero todas las veces se resistieron con una maravillosa tenacidad. Ahora serían
una prueba infalible para demostrar que estuve en el país celeste.
Pocos metros antes de tocar el árbol celeste, levanté mi vista al cielo y descubrí algo
conmovedor y gratificante: miles de cometas sobrevolaban el perímetro del Baobab. De lo
único que estoy seguro es que nadie podía controlar tantos cometas juntos.
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De todo esto que relato, lo más curioso es que ninguno tenía una base que los
manipulara, una que los mantuviera sobre las ramas inmensas. Me detuve a pensar en el
asunto, y todo se me volvió enredoso. No encontré una explicación satisfactoria. Además,
según mis cálculos, no estábamos en el mes de octubre, donde son habituales este tipo de
eventos en el cielo. Eso lo sabía muy bien. Lo sabía, repito, porque hacía un par de semanas
había tenido lugar la pascua, por lo que no cabía la posibilidad, en ningún caso, que fuera el
mes de los cometas y las piscuchas.
Pero ¿quién era yo para imponer mis reglas en un país tan particular? ¿Cómo podía yo
asegurar que el país obedecía a mis remordimientos y expectativas humanas más
recónditas? Lo más probable es que ese país no se rige por meses, por días, por fechas, y lo
que es mejor, por humanos. Hasta ahora he pensado que a este tipo de países lo único que
les importa es su color y sus imponentes Baobabs, donde descansa la siesta de su infinito.
Pero ¿acaso había noches en esos países? Creo que hasta nombrarlos países resulta
inadecuado.
Después de varios minutos bajo las ramas del Baobab celeste, vi cómo se separaba un
cometa del grupo y comenzaba a perderse en la inmensidad. Este acontecimiento
inesperado lo alteraba todo, así que no dudé correr tras él, sin perderlo de vista un solo
instante.
Cuando había corrido más de cien metros, el cometa desapareció de mi vista sin dejar
huellas en el firmamento. Todo comenzó a cambiar de forma acelerada, otra vez. El tinte
celeste se fue destiñendo hasta quedar completamente pálido y sin vida. El perímetro se
convirtió en un blanco intenso y callado.
Me abrí paso entre la espesura blanca. Este país era el más espeso y embriagante de
todos; apenas si lograba distinguir mis manos. Caminé varios minutos sin detenerme. Era
extraño caminar a tientas en medio de un profundo silencio. Sin duda era el país más
inhóspito de todos. Carecía de olor y de ternura. Tan solo era una enorme proporción de
tiempo y espacio sin fin.
106
Cuando había caminado por más de media hora, en la lejanía se fueron dibujando las
paredes de una frontera explosiva: un enorme Baobab apenas se dejaba ver en medio de la
incredulidad blanca. ¿Pueden imaginarse la enorme sensación que sentí con esta aparición?
Es algo inexplicable. Un gélido estremecimiento recorrió mi cuerpo y me desmayé antes de
alcanzar el tronco del Baobab.
No sé cuánto tiempo pasé inconsciente. Poco a poco fui recuperando mis sentidos.
Aunque no conseguía abrir los ojos, comencé a experimentar sensaciones distintas. Mi
cuerpo lo sentía ligero sobre algo suave. Nuevos olores comencé a sentir repentinamente,
olores que jamás otro humano ha experimentado jamás. Eran muy extraños; solo puedo
afirmar su suavidad y su cadencia prodigiosa. La brisa era tenue y suave, con un sabor
distinto. De pronto, comencé a oír ruidos conocidos, ruidos de mi mundo. Creí que había
regresado de mi viaje espacial, y que ahora debía enfrentar la cotidianidad humana. No fue
así.
Desperté en un nuevo país; un país rosado. Lo que llamó más mi atención no fue su
color, sino lo que escuché mientras me encontraba tendido en el piso.
Lo que había en este país ―¡cuánta alegría me da decirlo!― eran muchos Baobabs
rosados en todas las direcciones posibles. Eran los más frondosos; y esto que yo he visto los
más singulares y los más inimitables.
Como estaba en medio de una enorme planicie rosada, me aventuré hacia el oriente del
inmenso territorio. No puedo ni podré jamás describir la profunda sensación que sentí al
caminar por una tierra así. Me temo que ya dije que jamás experimenté algo parecido en
toda mi vida. Era una templanza y una sensación agradables. No sentía miedo ni alegría,
felicidad ni tristeza, desazón o placer, frío o calor; no sentía la más mínima sensación
humana.
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Llegué sin proponérmelo a un Baobab. Era de un rosado más brilloso, con las copas
más altas posibles, desde donde se desprendía una agradable lluvia de hojas que lo llenaban
todo hermosamente. Las hojas caían por todas partes, y yo las seguía con mi vista hasta que
se confundían con las otras dispersas o hasta donde se arrastraban más allá de mi alcance,
donde se perdían en un inmenso océano rosado.
Por unos segundos creí ver una silueta que se balanceaba en las puntas de las ramas
que yo podía tocar, increíblemente. Era una silueta muy extraña, bastante parecida al rostro
del rocío. Esa visión duró poco; fue casi instantánea. La imagen fue sustituida por la gracia
exterior del lugar.
En este país pasé mucho tiempo, aunque no sé cuánto fue en realidad. Nunca se me
ocurrió abandonarlo. Y lo mejor era que todas las circunstancias parecían resueltas a mi
favor; porque, de repente, sentí la enorme y delicada sensación de que me iban a dejar allí
para siempre.
Mientras disfrutaba una llovizna de hojas que golpeaban mis manos, sentí un fuerte
golpe en mi hombro izquierdo, como la puntada sangrante de una mano terriblemente
humana.
ALQUIMIA DE MEDIANOCHE
Una mañana Roger apareció en la oficina. Dijo que había sido recomendado por el gran
jefe, y que iba a ocupar el puesto bacante que dejó Guillermo. Lo vimos sentarse en el
cubículo. Nadie dijo nada, pero yo sé que todos pensábamos lo mismo, es decir, todos
creíamos que era el nuevo protegido del jefe, otro que nos iba a causar más de un dolor de
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cabeza. Yo no vi tan trágica su incorporación porque él tenía que ayudarme con los trabajos
que se habían acumulado por varios días.
Comencé a perder el respeto de mis colegas. Algunos llegaron a decirme que me había
vendido, que ya no querían tenerme en sus reuniones. Les dije que no se preocuparan, que
iba a estar siempre de su lado hasta el final. También les dejé claro que si ellos habían
decidido alejarme, yo no me iba a oponer. Esas palabras aumentaron el descontento. Pocos
días después probé la terrible y planeada indiferencia de toda la oficina.
Puse al tanto a Roger de lo que hacíamos. Con mucha paciencia le expliqué al detalle
hasta las cosas minúsculas. Él agradeció mi comportamiento. Me dijo que yo era el único
que no lo veía como enemigo. Le dije que no confundiera las cosas; que si lo ayudaba era
por orden del jefe. También le dije que ya conocía su parentesco con él, pero que no se
preocupara, que no los iba a delatar. Bajó la cabeza y estuvo así varios segundos. Me
agradeció y comenzó a trabajar así como yo le había dicho. Todos nos habían visto
cuchichear, y suponían que ya me había pasado al otro bando, y que había traicionado mis
principios.
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Los compañeros de los cubículos vecinos me volvieron a ver asustados. Me quedé
pensativo unos segundos. Luego le dije que el tipo que había ocupado el lugar donde él
estaba, había sido un buen hombre y un íntimo mío.
―¿Por qué?
Un gran silencio se apoderó de la oficina. Todo se deslizó hacia la más estricta gracia
espiritual.
―Hace dos semanas se pegó un tiro en la cabeza ―le contesté mirándolo con
desprecio.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Pensé mucho en el nuevo de la oficina, y sobre
todo, en el suicidio de Guillermo. Todavía me negaba creer que estaba muerto, que ya no lo
volvería a ver, y que ya no haríamos lo que habíamos planeado. Pensé que Guillermo había
sido egoísta conmigo; que nos merecíamos un hasta luego. Creo que esa noche lloré. La
verdad no lo recuerdo con claridad. Al día siguiente aparecí en la oficina con un espíritu
desafiante. No iba a permitir que nadie perturbara mi tranquilidad. Me puse mi mejor ropa
y estuve atento a cualquier murmullo de la naturaleza, así fuera el más simple.
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volvería en un par de días. Todo el mundo se enfureció. Alargaron sus caras dando bufidos.
Ver esos rostros me pareció de lo más gracioso del mundo.
Antes de empezar mis labores, tenía la costumbre de ver el correo electrónico. Era mi
ritual de las mañanas. Cuando abrí mi correo, aparecieron en mi bandeja de entrada dos
mensajes nuevos. Abrí el primero que correspondía a Gloria. Me comentaba las novedades
de Boston y otras menudencias de las que ya estaba al tanto; como siempre, anexaba
fotografías e imágenes cursis de caricaturas en pleno avance amoroso; por último, en una
nota especial, me reiteraba su amor y el deseo de verme. Contesté enseguida el mensaje
―como siempre―, también reiterándole mi amor y mi compromiso. Siempre que le daba
click de enviar, no sé por qué me embargaba una terrible sensación de tristeza.
Abrí el otro correo electrónico y era ni más ni menos que de Roger. Él me agradecía las
atenciones que le había dedicado en su primer día en la oficina, y me enviaba unas fotos de
un paraje desértico donde había estado. Me explicó que el paraje quedaba en las afueras de
la ciudad, que era un sitio espléndido para la meditación. A Roger no le respondí el
mensaje. Con las miradas de mis compañeros sobre mis espaldas, comencé a trabajar.
A los dos días llegó Roger. Tenía un leve rasguño en el pómulo derecho y un pequeño
moretón bajo la oreja izquierda. Esto no es nada, me dijo mientras se remangaba su camisa
para enseñarme unos raspones en sus brazos. Le pregunté qué le había sucedido y él me
explicó que en el lugar de las fotos había un peñón de varios metros de altura que le gustaba
escalar. Esa vez resbaló, lo que provocó las laceraciones en su cuerpo. Otras veces me ha
ido peor, comentó con una sonrisa.
En la oficina comenzaron a verme como traidor por ser compinche de uno de los
enemigos. Ya para entonces todos sabían del parentesco de Roger con el gran jefe. Como
nadie aceptaba mis explicaciones y se mostraban indignados, me involucré
desinteresadamente con Roger. Descubrí a un gran ser humano, a un excelente amigo y,
sobre todo, a un compañero excepcional. Un día, para dejarles claro a los de la oficina que
Roger era mi amigo, lo invité a almorzar a un sitio fuera del alcance de ellos. Para un mejor
golpe a la sensibilidad de mis antiguos aliados, acordé salir con él unos minutos antes de la
hora. Desde ese día mis antiguos y fieles compañeros me relegaron al olvido, cosa que a mí
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poco me importó. Yo tenía a Roger, que era una persona extraordinaria y más interesante
que esa bola de imbéciles instigadores.
Todos habíamos juzgado mal a Roger. Él nada tenía que ver con los asuntos del jefe, y
estaba de acuerdo en una transición de mando. Mis compañeros estaban convencidos de
que era un enemigo. Yo no hice nada para que pensaran lo contrario. Eran inflexibles a las
explicaciones.
A pesar de que nos veíamos en el trabajo y que los fines de semana hacíamos cosas
juntos, nos enviábamos correos electrónicos todo el tiempo y chateábamos hasta altas horas
de la noche. Siempre teníamos novedades que compartir, y nunca tuvimos un desacuerdo o
una polémica grande. Llegábamos hasta la madrugada chateando, lo que hacía que nos
presentáramos en la oficina con una apariencia deplorable. Nuestros colegas empezaron a
murmurar. Unos llegaron a suponer que teníamos una relación amorosa, y que el jefe la
permitía. Una tarde casi le rompo la cara a uno de los habladores. Lo habría hecho si Roger
no detiene mi brazo. Me dijo que no valía la pena, que era mejor ignorarlos porque así les
demostrábamos que no estaban a nuestro alcance. Ya para esos días no tenía trato con mis
antiguos camaradas, a no ser el estrictamente profesional.
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Mi relación con él ha sido una de las mejores que he tenido. Quizá solo el trato que
tuve con Guillermo se le llega a comparar. Curiosamente los dos ocuparon el mismo
cubículo, y los dos tuvieron un desenlace trágico. Lo de Guillermo fue premeditado a todas
luces, pero lo de Roger, ¿qué misterio se confabuló? ¿Será cierto que alguien estaba
jugándome una broma? ¡Pero si yo puedo decir que fue verdad! ¡Yo mismo soy testigo de
que todo sucedió!
He pensado en el asunto. He llegado a la conclusión de que tal vez es parte del vacío
que dejó Roger en mi vida. Lo llegué a querer más que a cualquier otro, a pesar del poco
tiempo que compartimos. A lo mejor no dejo ir a las personas. Quizá Roger fue más
importante en mi vida de lo que yo pensaba, y lo que le pasó es el resultado de no dejarlo ir
a tiempo.
Roger trabajó más de siete meses en la oficina. Después de esa fecha ya no lo volví a
ver en ningún sitio. Mis compañeros parecían inquietos con la extraña desaparición de mi
amigo. El jefe me preguntó más de una vez si conocía sus andanzas, pero yo siempre le
decía lo mismo, que no sabía dónde estaba, y que desconocía totalmente su paradero. Llegó
un momento que la policía se encargó de su desaparición. Todos en la oficina fuimos
interrogados, cosa que poco sirvió para dar con su paradero. La policía buscó en todos los
sitios posibles, pero Roger no apareció por ningún lado.
Debo admitir que en todo momento le oculté algo importante a la policía. La verdad,
no sé por qué lo hice. A lo mejor no quería perder el único contacto que tenía con Roger.
Lo que le oculté a la policía fue que desde el primer día de su desaparición, chateamos y
nos enviamos correos electrónicos. Para ese momento no tenía idea de lo que iba a suceder.
Yo creía que Roger iba a regresar al trabajo en unos días.
―Lo sé.
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―¿Qué les digo?
―¿Por qué?
―¿Por qué?
La mañana siguiente lo primero que hice fue abrir mi correo electrónico. Roger me
había dejado un nuevo mensaje en mi bandeja donde anexaba unas fotos. Me decía que ya
no iba volver al trabajo, que el único contacto que tendríamos a partir de ese momento
―me lo volvía a reiterar―, sería a través de la red. Las fotos que me había enviado, según
dijo, las había tomado un par de días antes de su desaparición. Todas eran del mismo paraje
desértico de las afueras de la urbe, solo que de noche. En la oficina no lo comenté. Hasta
ahora no lo he hablado con nadie.
Ya había pasado más de una semana y no se sabía nada de Roger. Solo yo, hasta ese
momento, tenía noticias. Todas las noches nos conectábamos a las doce y conversábamos
varios minutos. En la mañana, cuando revisaba mi correo electrónico, siempre encontraba
un nuevo mensaje. A veces mi amigo me enviaba fotos e imágenes sugerentes. Las que más
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me llamaban la atención eran las del paraje desértico de las afueras de la ciudad. Parecía
que trataba de decirme algo; algo que yo no entendía.
Decidí comentarles del sitio a la policía porque ya habían pasado muchos días desde su
desaparición. Estaba preocupado. Obviamente no les di la fuente. Tuve que inventarme una
mentira, una que los agentes se tragaron sin atoramiento. La policía dijo que era una buena
pista, y rápidamente se pusieron en camino.
Un par de horas más tarde recibí una llamada de la policía. Habían encontrado un
cadáver en la cima de un peñasco. Pertenecía a un alpinista. Por las señas que presentaba el
cuerpo, la policía supuso que antes de alcanzar la cima, el hombre había resbalado, y quedó
atascado en una grieta en la parte más lisa del peñón. La víctima luchó para liberarse de la
grieta, pero en su intento agotó sus fuerzas. El alpinista murió. Solo encontraron la
osamenta, eso era lo más horroroso. El cuerpo había sido devorado por las aves de rapiña,
que tenían su guarida en el lugar.
Cuando la policía me informó del hallazgo, caí en el piso. Roger me contó que le
gustaba escalar el peñón. Muchas veces intentó convencerme para que lo acompañara, pero
nunca consiguió persuadirme. No quería imaginarme que aquella osamenta era la de mi
amigo. Mi esperanza de encontrarlo con vida se afincaba en que chateábamos todas las
noches; estaba seguro que era él. De eso no me cabe la menor duda.
La policía nos pidió al jefe y a mí ir a identificar lo que quedaba del alpinista. Un gran
escalofrío recorrió mi cuerpo. Allí estaban, para aumentar mi dolor y mi tristeza, los
mismos pantalones, la misma camisa y los mismos zapatos que más de una vez le había
visto a Roger. Luego sacaron una mochila ―que yo mismo le obsequié hacía un par de
meses―, donde había un repelente de mosquitos, dos frazadas rojas, una cuerda amarilla,
una cantimplora, y un encendedor que en otro tiempo fue mío. No había duda que el
hombre que había muerto en el peñón era Roger. A mi jefe tampoco le quedó la menor
duda. A las dos semanas el resultado del examen de ADN que se le practicó a la osamenta
terminó de confirmar nuestra sospecha.
Salí turbado de la morgue. Era la segunda vez que me tocaba reconocer el cadáver de
un amigo. Pero lo que más me causaba sofocación era que Roger, si había estado muerto
desde el primer día de su desaparición, ¿por qué se comunicaba conmigo a través del chat
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todas las noches? Hasta ahora sigue siendo un misterio, el mayor misterio que me ha tocado
vivir.
El día que fui a la morgue salí del trabajo sin ganas de hablar con nadie. Decidí
caminar hasta mi casa para hacer más largo el camino y el proceso de aceptación. En la
calle caminaba tan distraído, que tuve más de un problema con los transeúntes y con el
tráfico. Cuando llegué a casa, me eché en el catre a dormir. Solo así podía olvidar todo lo
vivido ese día.
Revisé más de una vez el texto y las fotografías, y me quedé pensativo varios
segundos. Un frío glacial recorrió mi cuerpo cuando me conecté. Yo sabía que al otro lado
estaba Roger esperándome. Mi cuerpo temblaba, como si estaba al borde de un pozo sin fin.
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―No es nada.
Esa noche chateamos más de dos horas. Hice preguntas que solo Roger podía
responder. Todas me fueron contestadas acertadamente. Quedé más turbado y nervioso de
lo que ya estaba. Las noches siguientes seguí preguntando cosas que solo nosotros
sabíamos. Fue entonces que ya no me quedó duda alguna: la persona que estaba al otro lado
era Roger Guzmán.
Una noche le pregunté por qué no chateábamos a otra hora. Me dejó claro que en el
lugar donde estaba solo podía conectarse a medianoche. Debe ser el maldito infierno, me
dije. Le pregunté qué lugar era, pero no me respondió. Las otras veces que le pregunté
sobre el sitio, siempre intentaba persuadirme. Todo ese misterio estaba empezándome a
enloquecer.
En pocos días perdí mucho peso; mi piel estaba verdosa y sin brillo, y ya no tenía el
mismo entusiasmo de antes. Algunos de mis viejos camaradas intentaron ayudarme, pero
yo empecé a rechazar a todo el mundo. Estaba empecinado con mi amigo cibernético, a
quien no estaba dispuesto a abandonar en el inmenso universo de la red.
Un día, en un ataque espontáneo de lucidez mental, busqué a un viejo conocido que era
un experto en computadoras. Lo puse al tanto de todo, y le dejé mi máquina a su
disposición. Le pedí que investigara de qué computadora salían los mensajes que Roger me
enviaba a diario. Después de hacer su trabajo, el hombre me miró fijamente, frunció el
ceño, y sonrió un poco.
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―¡Cómo es eso posible! ―dije alarmado.
Una noche, cuando ya estaba muy débil de salud, le escribí a Roger que esa era la
última vez que me conectaba. Él me pidió que no lo abandonara. Me suplicó que no lo
dejara solo. Le dije que lo tenía decidido, que ya no había marcha atrás. Desde esa noche no
he vuelto a tocar otra computadora en mi vida.
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OSÍFRAGA
La vieja se sentó en una silla para ver al pavorreal que se paseaba en el jardín, parpadeando
las alas como si quisiera alzar el vuelo o como si quisiera medir su belleza pigmentada. A
lo mejor el pavorreal, se decía al ver el entorno, “Soy bello e importante, pero cautivo en
una tierra que no es la mía”. Y si el pavorreal pensaba en su belleza y en su cautiverio, los
demás animales de la casa: las cotorras, las ardillas, las liebres, los perros, los gatos, y,
sobre todo, el poni escocés, que era el que más sobresalía en su puesto, a lo mejor estos
animales le decían a su corazón: “Somos bellos e indefensos, mimados por una viuda que
se parece a la muerte, que jamás ha tenido reparo con nuestros sentimientos y con nuestra
libertad”.
Esta vez no solo se había detenido a contemplar las alas del pavorreal. También la
ocupaba la transparencia del frasco que había puesto sobre la losa para que los rayos del sol
le ayudaran a descubrir el misterio que encerraba su imagen pálida. Ya lo había visto lo
suficiente, y todavía no se atrevía a monologar al respecto. Siempre se decía que con un
vistazo más se le revelaría el misterio del frasco. Lo observó otros minutos, pero el enigma
no se dejó atrapar. Ya harta de la operación, comenzó a llamar a su criada.
La muchacha apareció dos segundos después con la cara angustiada, porque de sobra
conocía el carácter de su señora. Además, el tono de voz le indicaba que estaba furiosa.
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―Ya te dije que no hables así ―replicó la vieja enfadada―. A la otra la eché por vieja
e inculta.
―Discúlpeme, madame.
―¿Ves que no te cuesta? Las muchachas bonitas como tú deben hablar como los
ángeles. No creas que solo porque eres joven y bonita se te abrirá el mundo. Yo te tolero
porque necesito de tu servicio. Por lo demás me las arreglaría sola.
―Sigue, sigue, que también para eso te pago. Yo no solo te he contratado por tu cara
bonita. Por cierto ¿ya te dije que te elegí por tu nombre?
―Pues por eso trabajas para mí. Si tuvieras otro nombre ahora no estarías en esta casa.
Yo quiero que mi hogar tenga una sola armonía, y para eso necesitaba una muchacha con tu
nombre.
―Ahora ve a llamarle por teléfono a Luciergo. Dile que no ha hecho nada por mí y que
lo quiero ver.
―Mejor no le digas nada. Solo dile que quiero que venga lo más pronto posible. Él ya
sabe para qué lo quiero.
Ese Luciergo y ese francés piensan que van a poder conmigo, se dijo la vieja entre
dientes, mientras la observaba el pavorreal, como si con eso le quería dar a entender que él
era libre y bello, pero sobre todo, libre.
Se quedó otro momento mirando el frasco. El líquido lucía más pálido y burbujeante
que otros días. Se levantó con algo de pereza, y se quedó viéndolo. Lo tomó con fastidio y
se lo llevó a su asiento para descifrarlo. Lo destapó y lo comenzó a oler con deleite. Ese
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francés tiene mucho que explicarme, se dijo con una sonrisa, mientras se roseaba un poco
de perfume en su cuello, en sus orejas y en el resto de sus arrugas.
La criada apareció con el teléfono. Se lo dio y después se alejó hasta una distancia
prudente. La vieja se quedó absorta otros segundos aspirando la fragancia del frasco.
Siempre que lo hacía sentía su mundo distinto, un poco más coloreado. Tapó el frasco y lo
puso a pocos centímetros para tener control sobre él, y también para cuidarlo como el
mayor tesoro del mundo.
―Sí, madame, soy yo ―dijo una voz al otro lado―. Lamento no estar con usted.
―Yo ya no sé si creerle.
―Pero un hombre de sus características no debe tener problemas con esa clase de
hombres.
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―Es un tipo distinto; un corsario.
―Mucho.
―Entonces no pare de buscar, y cuando lo encuentre, dígale que quiero verlo con
urgencia. Si quiere más dinero, se lo daré, pero que venga. Ya me ha cobrado tanto por ese
frasco que otros billetes más no importan.
―Lo espero pronto. Pero no crea que voy a esperarlo toda la vida.
La vieja colgó dejando al hombre con la palabra en la boca. La criada apareció poco
después para llevarse el teléfono. Se notaba triste y distraída, como si esperaba algo distinto
ese día. La vieja no se detuvo ni un segundo en el semblante de su criada por estar
sumergida en la imagen del perfume.
Unas semanas después se presentó un hombre flaco, de cabello rubio y ojos azules;
medía casi los seis pies, pero su postura era desbalanceada; su ropa era como la de un
militar, con un fuerte olor selvático. La dueña de la casa estaba en compañía de la vieja
Elizabetta, una íntima de toda la vida y, por supuesto, de su criada, quien siempre
permanecía en los rincones de los aposentos, esperando sumisa cualquier orden de su
señora.
―Monsieur Signoret ―dijo la vieja cuando el francés cruzó el umbral―. Veo que no
lo acompaña Luciergo. ¿Dónde se ha quedado ese malandrín?
122
―Si así se refiere a los suyos, no me imagino lo que habla de mí.
―Usted es distinto.
―¿Por qué?
―Es un artista.
―¡Qué interesante! ¡Un alquimista! Ya ves, Elizabetta, este hombre es una cajita de
sorpresas, por eso me agrada.
―Es lo mejor.
La vieja le hizo una seña a la criada y esta corrió a su puesto como una liebre.
Cuchichearon un poco, luego la criada volvió a su esquina quedando en la misma posición
de siempre. La otra vieja se levantó de su asiento y se fue a sentar a una silla que estaba
más cerca de la anfitriona. El francés seguía de pie.
―Siéntese, monsieur.
―¿Qué le ha dicho?
―Sí, eso es lo que quiero. Desde ahora ya no voy a usar otra fragancia; esa será mi
propia marca.
―Ese perfume me tiene entusiasmada; jamás había encontrado una fragancia así, y
esto que yo he probado muchas. Después de disfrutar ese aroma, ya puedo morir en paz.
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―Me alegra que le haya gustado.
―Ese aroma es mío, solo mío. Lo usaré hasta mi muerte. Elizabetta lo sabe. ¿Verdad
que ya lo sabes, mujer? Ella, incluso, ha comprobado su valor esta mañana. ¿No es así?
―Yo estoy por irme a otras tierras, así que usted será desde ahora la encargada de
reproducir la Osífraga.
―Bueno, en todo caso ya contraté al mejor especialista del país. Vendrá mañana.
―Es una buena idea, si yo todavía ando por estos lados, y si él quiere saber de la
Osífraga, me puede buscar.
―¿Entonces no se va pronto?
―Es cierto.
La escena quedó en silencio. La vieja comenzó a leer el papel con una avidez
anacrónica mientras era observada por su compinche y por la criada.
―¡Pero cómo! ¡Usted ha querido tomarme el pelo! ―exclamó la vieja poco después.
Las mujeres se asustaron con su reacción, y fueron en su auxilio, pero ella no se los
permitió con un gesto arrogante.
―Pero aquí solo aparecen nombres de frutas, chocolate, alcohol etílico, almizcle,
casias y resinas, nada extraordinario.
La vieja se volvió a sentar. Tardó menos de cinco segundos en leer lo indicado por el
francés. En ese momento dio un brinco, como lo hacía en sus años mozos, y fijó su mirada
en el galo. No conforme, dio un grito escandaloso que resonó en toda la casa. La criada
corrió a su lado junto a la otra vieja para tratar de tranquilizarla.
―Pero…
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―¡Salga de mi casa, cretino! ―gritaba la vieja―. ¡Salga ya, antes de que ordene que
lo maten como a un perro!
―Me voy. Espero no verla nunca más en la vida. Usted cree apreciar el arte, pero no es
más que una vieja mediocre que duerme entre la seda.
El francés la vio con desprecio, mientras buscaba la puerta. Antes de salir, vio la
escena que dejaba atrás, donde estaba la criada llorando junto a su señora, con el mismo
dolor en las entrañas. Sintió un indecible desprecio por las dos mujeres, mientras descendía
por las gradas que conectaban con el jardín. Cuando terminó de salir de la propiedad,
comenzó a pensar en la fórmula de su nuevo perfume, mientras veía como el pavorreal se
había salido del jardín y tomaba la dirección que le indicaban sus propios pasos.
126
RETRATO DE UN BARCO
Pasaba por la calle y nunca se atrevía a cruzar la puerta. Era por lo que se contaba de los
turcos. También lo detenía el ruido arenoso que provenía de su cerebro cuando le quedaba
la tienda a pocos pasos. Comparaba esa aflicción con la que sentía cuando pasaba cerca de
un cementerio.
Un día entró con decisión, sin tomar ninguna cautela. Estuvo parado frente al
mostrador varios segundos. Con inquietud miraba al hombre atender a otros clientes (una
pareja de ancianos), mientras le dedicaba a él unas miradas persuasivas. En ese momento
pensó que el turco lo había confundido con un ladrón, de los que tanto abundaban en el
barrio. Para aumentar las sospechas del viejo, comenzó a pasearse por el mostrador
nervioso. Lo hizo con frialdad. El turco ya no aguantó, y con un salto felino, se puso frente
a él con una mirada brillosa.
―¿Qué lo trae por aquí, joven? ―preguntó el turco con un acento carrasposo.
―Desde hace cinco años no tengo novedades en la tienda ―dijo el viejo con todo el
garbo que tenía.
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―Nos seguiremos viendo.
Cuando dijo estas palabras, vio en la pared interior, a unos cinco metros, el retrato de
un velero construido con madera blanca. Al ver el turco su expresión, no dejó de alarmarse.
―Regrese cuando sepa lo que quiere ―dijo con todo el ímpetu de su voz.
―Si yo le contara.
―Váyase.
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Salió un poco triste. Cuando estuvo en la calle, con algo de pereza, vio el rótulo de la
tienda; luego se retiró murmurando entre dientes.
Al día siguiente volvió. El viejo estaba revisando unos papeles, y cuando lo descubrió
con su vista perdida en el retrato del barco, se apresuró a ponerse frente a él con una mirada
rabiosa.
―¿Cómo lo sabes?
―Vete, y no vuelvas más. Si insistes, juro que llamaré a la policía; a lo mejor ellos te
hacen entender.
Dudó un poco. Vio los ojos del turco, y no encontró ningún rastro de debilidad. Era
mejor irse y no volver. Pero en ese momento su rostro se volvió a iluminar. Volvió a ver
con ternura el retrato, y se dijo que otra oferta a lo mejor no estaba tan descabellada.
―Ponga el precio que le sirve mejor ―dijo pensando en los pocos billetes que llevaba
consigo.
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―El cuadro nunca ha salido de aquí. Es más, ayer fue el primer día que lo puse por
orden de mi mujer.
―¡Ya ve! ¡Ahí está! Yo sé que es el mismo; el que tanto se repite en mis sueños. Yo
voy con él todas las noches; yo lo cabalgo, ¿entiende?
―Yo soy su capitán y su única tripulación. Yo alzo las velas y fijo el rumbo. Es un
sueño raro. Mientras voy en el barco, al mismo tiempo alguien que soy yo también lo ve
pasar desde una isla de rocas. ¿Puede usted creerlo? Yo estoy en dos lugares al mismo
tiempo. El barco pasa cerca, y yo me veo en él como un gran pirata. Lo sigo con la vista, y
cuando va desapareciendo, corro para darle alcance, pero el barco desaparece en el
horizonte, y solo aparece hasta la noche siguiente, cuando vuelvo a soñar exactamente lo
mismo. Ese sueño se ha repetido por muchos años, y ahora, sin estar dormido, lo veo frente
a mí; allí estoy yo. ¿Entiende ahora lo que digo?
―Pero…
El turco hizo un gesto, y el muchacho tuvo que irse con las manos vacías. Mientras
abandonaba la tienda, se dijo que volvería con nuevas ofertas.
Trató de convencer al viejo dos veces más, pero este no dio ningún síntoma positivo.
Para convencerlo de su férrea oposición, el turco llamó a la policía y lo amenazó con un
báculo. Ese día tomó una decisión, sin medir las consecuencias que un acto así demandaba.
Una tarde entró en la tienda. De un salto dejó atrás el estante, arrancó el retrato de la
pared, y de otro salto volvió a vencer el estante, que era lo único que se oponía entre él y la
calle. El turco estaba en la otra esquina con dos clientes, y al ver la escena, se puso a gritar
y a correr tras el bandido, que una vez franqueó el estante, comenzó a correr como una
gacela. Resbaló antes de alcanzar la puerta, haciendo que el cuadro cayera estrepitosamente
en el piso. Se detuvo para ver el estado de su tesoro, y cuando vio que el retrato seguía
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intacto, volvió a reanudar la huida. Esa pequeña pausa casi le cuesta la libertad. El turco
casi lo atrapa; llegó a rasgarle la camisa y el cabello.
Cuando alcanzó la calle, comenzó a correr con toda su fuerza, dejando atrás los
improperios del turco y el griterío de la gente del barrio. Corrió por muchas manzanas sin
parar, hasta que llegó al lugar donde pensaba refugiarse mientras se calmaban las aguas.
Subió a la pieza que le había asignado la mucama de su tío; puso el retrato frente al catre y
se echó enseguida, sobreviniéndole el sueño en el acto. Esta vez no soñó con su barco
predilecto.
Así estuvo las cuatro semanas siguientes, sin que nadie sospechara del golpe que había
dado. Una mañana se despertó temiendo algo grave. Había soñado que perdía el retrato, y
por lo tanto su vida. Segundos después, con una mezcla de terror y consternación, vio hacia
la pared donde lo había colgado, y descubrió que había desaparecido. Casi desnudo corrió
hacia el cuarto de la mucama y la sacudió con fuerza para sacarle una confesión. “Lo tiré a
la basura esta mañana”, le dijo con toda la naturalidad del mundo. “Vieja loca”, alcanzó a
decirle mientras buscaba la puerta de la salida.
Buscó con en el basurero, pero no encontró ningún rastro del cuadro. Siguió buscando
en los basureros vecinos sin obtener éxito. Así pasó todo el día; por lo menos hasta que
consiguió tranquilizarse con la esperanza de entrevistar al indigente que pasaba todas las
mañanas removiendo la basura de la calle. En ese momento representaba la única esperanza
de su vida.
Esa noche no durmió, y cuando dieron las cuatro de la mañana, hizo guardia para que
el mendigo no se le escapara. El hombre apareció un poco antes de la seis, con los primeros
rayos del sol. Llevaba una bolsa grande en su espalda y una pequeña maleta en una de sus
manos. Al verlo salió de su escondite y comenzó a sacudir al pordiosero preguntándole en
todo momento por el retrato, que era, como ya se dijo, su vida.
El hombre no sabía qué decir, porque no le daba tiempo de hablar. Cuando pudo
hacerlo, le dijo que se lo había vendido a una pareja de enamorados que iban con destino al
sur. Cayó destruido a sus pies; el mendigo hasta tuvo un fuerte deseo de abrazarlo.
Comenzó a llorar como no lo había hecho en muchos años, haciendo sentir culpable al
mendigo de un crimen que desconocía.
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Ese día y las dos semanas siguientes no se dejó ver en las calles. Ya no lloraba por el
retrato, porque su pérdida lo había liberado de aquel sueño perturbador. Se sentía bien por
esa libertad; hasta le dio gracias al mendigo por haberlo salvado. El retrato le había dado
unas gotas de vida; le había regalado muchas lágrimas, que ahora le salían como a todos los
humanos. Esa fue su vida desde ese momento: llorar por el retrato del mundo.
EL EXTRANJERO
Nos conocimos cuando mi familia se estableció en el pueblo; un pueblo desolado, con unas
cuantas casas de madera, una iglesia deprimente y calles polvosas que en invierno se hacían
intransitables. Hacía poco había llegado la electricidad. El pasatiempo favorito de los
hombres consistía en permanecer en la posada La Reina, donde se bebía, se comía, se
jugaba a las cartas y se hablaba de ganado, sembradillos y de las últimas noticias de la
ciudad. Las mujeres, sin embargo, se agrupaban en la iglesia y en el traspatio de una casona
donde aprendían a bordar, a cocinar y a parir hijos. El pueblo era una estampilla olvidada
en el archivero del siglo de las luces.
Fermín tenía ocho años y yo seis cuando nos encontramos en la calle principal del
pueblo. Era hijo del propietario de La Reina. Siempre andaba dispuesto al debate y a las
hazañas cimarronas. Nos hicimos amigos, y al poco tiempo ya andábamos correteando los
gatos y las aves. Muchos años permanecí a su lado. Disfrutábamos estar juntos. Cuando
cumplí veinte años, tuve que irme del pueblo. Fue así como dejé a mi familia y a mi mejor
amigo en el último rincón del mundo. A Fermín también le seducía la idea de viajar, de
conocer otras tierras, pero sus planes fueron truncados con la muerte repentina de su padre.
Tuvo que hacerse cargo de la fonda, que era el único sostén de su familia.
Viví en el extranjero más de diez años. Regresé al pueblo feliz, con ganas de ver a mis
padres y a mi amigo de la infancia. No fue difícil encontrarlo. Estaba en la fonda
atendiendo a los parroquianos de la tarde. Era otra persona; esa fue la primera impresión
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que tuve. Estaba gordo y barbudo; su ropa era anticuada. Su cara era otra; una más áspera y
burda; había envejecido veinte años, si es que no más. Me reconoció a la primera, y no
esperó a que me acercara cuando saltó como un jabalí para darme un abrazo. Me apretó el
cuello, las mejillas, y me llevó a su rincón para que conversáramos sin otro imprevisto. Yo
me mantenía flaco y espigado, con la misma voz y con la misma inocencia de mi niñez.
Aunque nunca lo había reconocido, ese día me di cuenta que mi amigo había sido el líder y
que aún lo seguía siendo a pesar de que yo había trotado el mundo y que me hacía entender
en más de tres idiomas con facilidad.
En mi niñez me daba jugo de naranja o cualquier fruta que tomaba de la fonda cuando
aparecía por el lugar, pero ese día, sin consultármelo, me llenó un vaso de vodka, el cual
rechacé con algo de fastidio. Hacía tres años que no bebía una gota de alcohol, y me había
prometido no hacerlo el resto de mi vida. Pero ante la insistencia de mi amigo y la mirada
nebulosa de los otros parroquianos, acerqué el vaso de vodka y lo bebí casi de un tirón. Los
motivos eran muchos: el retorno a casa, nuestra amistad, las mujeres, el campo, el cielo
azul, todo era motivo para un brindis especial entre dos personas especiales.
Solo pude beber un vaso. Fermín se bebió tres sin parpadear, y antes de que
anocheciera, sacó la botella de algún sitio y la puso frente a mis ojos con ganas de
desaparecerla en pocos minutos. Mi amigo había estado casado, pero su mujer había huido
con su único hijo. Me contó que no le importaba, que ya no pensaba casarse. Ahora se
dedicaba a las mujeres comprometidas; especialmente las esposas de sus vecinos más
cercanos. Yo no le creí, y él, para convencerme, se echó a reír de forma irónica sin que yo
cambiara de parecer. Al final me di cuenta que mi amigo andaba en aprietos económicos, y
que su alcoholismo era más preocupante de lo que había imaginado.
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Hablamos mientras comía. Era un buen desayuno, y se lo hice saber con complacencia.
Al poco tiempo desnudé mis planes. Le dije que había decidido establecerme nuevamente
en el pueblo, y que a lo mejor, con suerte, formaría una familia para terminar de echar
raíces. Mi amigo se echó a reír, como era su costumbre, pero se alegró con mi decisión. Me
dio unas palmadas en el hombro, para dar paso a unas frases conmovedoras que me
llegaron al corazón.
―Lo hago por mis padres, por ti y por mí ―dije estirándole la mano.
―Lo sé.
―Eso mismo pienso yo. No conozco el mundo, pero estoy seguro que no hay lugar
como este.
―No. Hace cinco años se estableció en la ciénaga. Compró una gran cantidad de
hectáreas. Tiene ganado, caballos, gallinas, ovejas, cabras, pavos, cerdos, y una casa
monumental que ve hacia el sur.
―Es texano.
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―Así que es de Texas.
El hombre nos volvió a ver sorprendido. Estaba a unos seis metros y el lugar estaba
vacío, por lo que podía escucharnos. Decidí no verlo más. De sobra sabía el carácter de
esos hombres.
―¿Estás seguro?
―Completamente. Se hace entender a señas. Dicen que no muestra ningún interés por
aprender nuestro idioma. Sus negocios más urgentes los atiende su hija, que habla nuestra
lengua como una lora. Sus trabajadores me lo han confirmado. Desde hace un año viene a
desayunar a La Reina. Revisa los periódicos, luego se retira dejándome una buena propina.
―Ese texano es un viejo mierda ―dijo mi amigo con claridad logrando obtener la
atención de los demás parroquianos.
―Sí.
Mi amigo continuó con los insultos hasta que encontró otro pasatiempo. Terminé de
desayunar, y juré no volver más a la fonda si Fermín seguía con la misma actitud. Los otros
parraquianos no hicieron más que reírse. El texano, sin embargo, se levantó, y antes de salir
se dirigió con paso firme hacia el mostrador. No dijo una palabra. Su cara permaneció
inmutable y serena. Sacó un billete y se lo entregó a mi amigo con una sonrisa. Salió sin
esperar el cambio, como siempre lo hacía, según me había dicho Fermín. El valor de su
desayuno costaba menos de la mitad del billete. Yo respiré más aliviado cuando lo vi cruzar
la puerta. Mi amigo y los demás parroquianos se echaron a reír sin ningún reparo.
Esa noche cené en casa de Fermín. Después dimos un largo paseo por las calles del
pueblo. Hablamos de mi vida y del porvenir. En las primeras horas del día siguiente llegué
a la fonda. En la noche me convenció de desayunar en La Reina de forma vitalicia, y yo
acepté con mucho entusiasmo.
―¿A quién?
―Pues yo soy muy lento para leer tus pensamientos y para descifrar tus intenciones
―dije viendo la carta donde se detallaba un menú anacrónico.
Giré mi vista tomando todas las precauciones del caso, porque lo que menos quería era
buscar problemas con un texano de gruesa mata.
―Hace lo mismo. Desde hace un año hace lo mismo todas las mañanas.
―Eso ya me lo dijiste.
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―¿A qué te refieres?
―Toma la misma mesa, la que está pegada a la ventana. Por medio de una seña me
dice lo que quiere, que es siempre lo mismo, y se queda largo tiempo pensando como si no
estuviera en este lugar.
―¿Cómo es su hija?
―Ah, ya sé.
―¿Entonces?
―Es alta, de unos veinte años. Su pelo es amarillo como el sol, y sus ojos azules como
el cielo.
―No me jodas.
―Es muy bella. Todos los hombres están idiotizados con su belleza. Lástima que casi
no se deja ver. Pocas veces sale de su casa; lo hace solo para asuntos precisos. Dicen que su
voz es como la de un ángel.
Comencé a desayunar. El ambiente se contaminó con una ráfaga de viento que se coló
por la puerta. Mi amigo seguía pensativo, sin dejar de ver la mesa que ocupaba el texano.
―Ese hombre algo esconde ―dijo llevándose un vaso de vodka a los labios.
―Es el hombre más misterioso del mundo ―dije apretándome los labios para no reír.
―¿Quién?
―El extranjero.
―Eso no significa nada ―dije levantando la voz―. Ese hombre viene porque es el
único sitio decente en el pueblo. Si esta fonda fuera de Juan Pérez, igual se aparecería.
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―Ese es el nombre del texano; ¿no viste que nos volvió a ver? Entiende porque es su
idioma. Si yo le dijera, por ejemplo, don pendejo, no me entendería. Yo creo que es un
hombre estúpido. No, no es estúpido ―dijo mi amigo corrigiéndose y alzando la voz― es
pendejo, como se les dice aquí a los de su clase. Escuchen todos: el hombre que está junto a
la ventana es pendejo.
―Aun así debes guardar la calma. El alcohol se te sube como un toro a la cabeza
―dije tratando de encontrar un poco de raciocinio.
Fermín se sirvió otro trago. Me volvió a ofrecer, pero yo lo volví a rechazar. Murmuró
algo, pero no le di importancia. Un minuto después el texano se levantó, fue al mostrador
donde nos encontrábamos, sacó un billete grande, se lo extendió, y así como había hecho
aquella vez, salió sin esperar el cambio. Fermín me mostró el billete con alegría, mientras
se carcajeaba como un cerdo. Fue la primera vez que comencé a sentir un desprecio
volcánico por él.
―Es un apellido extraño para uno de Texas ―dije cuando el hombre ya había cruzado
la puerta.
―No me jodas.
Esa noche no salí con mi amigo. Decidí permanecer en casa con mis padres. Cuando
amaneció, a primera hora, como una vieja costumbre, me dirigí a la fonda. Me lo negué al
principio, pero después me dije que siempre era interesante hablar con mi viejo amigo.
Además, ese día tenía planeado hacer algo fructífero para mi vida. No me la iba a pasar de
la casa de mis padres a la fonda todo el tiempo.
Tenía que hacer algo; buscarme una ocupación infalible. Se lo hice saber a Fermín y él
pareció entender. Ese día comencé a desayunar sin fijarme en el entorno. La verdad no era
necesario que lo hiciera. De sobra sabía que dos viejos ocupaban la mesa interior, y la mesa
de la ventana era para el texano. Pero ese día, extrañamente, dos mujeres habían entrado a
tomar café. De modo que el ambiente estaba un tanto animado.
―Ahí está el gringo de mierda ―dijo mi amigo señalando al texano con la vista.
No dije nada. Sorbí mi taza de café, y comencé a pensar en los trabajos que le haría al
techo de la casa de mis padres.
―¿Ya lo viste?
―¿Qué te pasa?
―¿Tienes algo con ese gringo de mierda? ¿Acaso ya te compró con su dinero sucio?
―Se siente el rey el muy hijo de puta ―dijo Fermín perdiendo los estribos.
―Ese no es el punto.
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―No ―dije entre dientes.
―Entonces no me digas nada. Yo puedo insultar las veces que quiera a ese hijo de
puta.
―Está bien ―dije mirando a los demás, quienes ya estaban alarmados, especialmente
las mujeres.
―Será mejor que me vaya ―dije levantándome del asiento―. Hablamos después.
Me quedé unos segundos de pie. Mi amigo guardó silencio, como recapitulando, luego
sonrió como si nada había ocurrido. Yo tenía la firme intención de marcharme, pero él me
rogó que me quedara. Me pidió disculpas, y me juró no insultar a nadie más en mi
presencia. La fonda volvió a recuperar la sobriedad de siempre. Unos minutos después, el
texano se paró de golpe. Fue directo al mostrador y se le quedó viendo a Fermín con ojos
brillosos. Estuvo varios segundos sin moverse de su puesto, y luego, para sorpresa de todos,
comenzó a decirle a Fermín en perfecto castellano:
―Antes de que me vaya le voy a decir tres cosas: la primera es que no soy texano
como todos piensan, por lo menos no del modo que yo quiero; la segunda es que no me
escondo de nadie, y si he venido a esta tierra es porque la considero la más prodigiosa de la
región; la tercera, así como usted está oyendo, hablo perfectamente el castellano; lo aprendí
en Granada, cuando era joven, por lo que he escuchado todos los insultos que usted ha
dicho de mí y de mi raza.
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