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Fenomenología en las Meditaciones de Husserl

Este documento analiza la fenomenología de Edmund Husserl, en particular en su obra 'Meditaciones cartesianas'. Explica las diferentes etapas del pensamiento de Husserl y cómo su enfoque evolucionó de un psicologismo a una fenomenología trascendental. También describe el problema fundamental de la fenomenología husserliana sobre la correlación entre los objetos de experiencia y cómo se manifiestan a la conciencia.

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Fenomenología en las Meditaciones de Husserl

Este documento analiza la fenomenología de Edmund Husserl, en particular en su obra 'Meditaciones cartesianas'. Explica las diferentes etapas del pensamiento de Husserl y cómo su enfoque evolucionó de un psicologismo a una fenomenología trascendental. También describe el problema fundamental de la fenomenología husserliana sobre la correlación entre los objetos de experiencia y cómo se manifiestan a la conciencia.

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LA FENOMENOLOGÍA EN LAS

‘MEDITACIONES CARTESIANAS’
DE EDMUND HUSSERL

POR CLAUDIO MARENGHI


I.- INTRODUCCIÓN

El carácter de la filosofía de Edmund Husserl (1859-1938) es muy particular.


Luego de una larga vida entregada a la investigación fenomenológica, no nos ha
legado como patrimonio un sistema filosófico acabado entendido en sentido
tradicional, sino que su indagación la dedicó a profundizar más y más en lo que
debe ser el comienzo y el punto de partida del filosofar. Sin embargo, a pesar del
carácter itinerante e inconcluso de su pensamiento, abrió un vastísimo campo de
investigación y su proyección en la filosofía contemporánea ha sido literalmente
inconmensurable. A fin de justificar lo dicho, bastará con nombrar a ciertos
pensadores, tan dispares como decisivos, sobre los que el padre de la
fenomenología ha influido directamente: Nicolai Hartmann, Max Scheler, Martin
Heidegger, Jean Paul Sartre, Maurice Merleau Ponty, Gabriel Marcel, Edith
Stein, Hans Gadamer, Paul Ricoeur y Xavier Zubiri.

Dado el estilo esencialmente inquisitivo del filosofar husserliano, los autores


reconocen una evolución de su pensamiento, pero las aguas se dividen al
pretender determinar los períodos de tal proceso. Sin la aspiración de acabar con
esta cuestión, nosotros distinguiremos cinco momentos en su especulación, cuyas
temáticas y obras más representativas mencionamos a continuación:

1) Etapa psicologista. Constituye el período en que Husserl se halla abocado


a la filosofía de las matemáticas, en el cual fundamenta esta ciencia desde
la perspectiva del psicologismo. El contenido de este pensamiento,
perteneciente a su juventud, se encuentra en la obra ‘Filosofía de la
aritmética’ (1891).

2) Etapa de la fenomenología eidética. Está dada por el momento en que


nuestro filósofo, influido por la lectura de Bolzano, las lecciones de
Brentano y la crítica de Frege, cambia radicalmente de postura y, en
función del estudio del significado intencional, comienza a perfilar su
filosofía como una lógica pura. La obra que corona este período es
‘Investigaciones lógicas’ (1901).

3) Etapa de la fenomenología trascendental estática. Representa la fase de


maduración de la fenomenología como ciencia, centrada en el análisis
descriptivo de las esencias y de la estructura noético-noemética de la
conciencia en sus diversos actos y modos de darse de los objetos. Las
novedades de esta etapa son el método de la reducción trascendental y el
descubrimiento de una conciencia inmanente que intenciona las
objetividades por medio de sus horizontes interno y externo. Estas
novedades ven la luz en ‘Fenomenología del tiempo inmanente’ (1907),
‘La filosofía como ciencia estricta’ (1909) e ‘Ideas relativas a una
fenomenología pura y una filosofía fenomenológica’ (1913).

1
4) Etapa de la fenomenología trascendental genética. Constituye el período
en el cual la inflexión trascendental de la fenomenología se radicaliza.
Husserl focaliza su reflexión en la constitución genética de la conciencia y
del mundo, ampliando su concepción de la intencionalidad al abordar
cuestiones que tiene que ver con las síntesis pasivas, los instintos y el
inconsciente. Las ideas mencionadas son reunidas en ‘Lógica formal y
lógica trascendental’ (1929), en ‘Meditaciones cartesianas’ (1931) y en
‘Experiencia y juicio’ (1939).

5) Etapa del mundo de la vida. Contiene el último pensamiento de Husserl,


en el que se incorpora la temática de la corporeidad y de la
intersubjetividad en su aspecto sociocultural e histórico. Asimismo, el
filósofo moravo reflexiona sobre Europa y sus orígenes, a fin de hallar su
estructura espiritual y la causa de la crisis que padece. Estas meditaciones
aparecen en su escrito ‘La crisis de las ciencias europeas y la
fenomenología trascendental’ (1936).

Presentado este esquema, sería ingenuo querer exponer aquí en detalle lo tratado
por Husserl en cada una de estas etapas, lo cual constituye una tarea inacabable,
teniendo en cuenta la complejidad y el volumen de su producción filosófica. Por
ello, nos limitaremos a exponer brevemente lo que constituye el problema
fundamental de la fenomenología en su fase de madurez, para luego detenernos
en el pensamiento de las ‘Meditaciones cartesianas’.

II.- EL PROBLEMA FUNDAMENTAL DE LA FENOMENOLOGÍA

La filosofía fenomenológica de Edmund Husserl ha convertido en tema


fundamental de su indagación a la correlación entre los objetos de los que
tenemos experiencia y los modos en que se nos manifiestan. Se trata, en otras
palabras, de la cuestión decisiva de la ‘intencionalidad’ de la conciencia. Que
nuestra conciencia sea constitutivamente intencional quiere decir que ella es
siempre conciencia de ‘algo’, darse cuenta de eso, esto o aquello. Pero ese ‘algo’
intencionado no puede ser un dato meramente fáctico, un hecho empírico bruto,
por decirlo así, sino que debe portar un contenido eidético, pues sin la captación
del sentido del algo en cuestión, no se lo podría pensar, no habría un sentido que
hiciera inteligible la multiplicidad de las impresiones percibidas. Husserl deja en
claro que a través del conocimiento sensorial no puede haber unidad de sentido,
puesto que sólo capta impresiones atómicas, discontinuas e individuales. Sostiene
que, cuando los hechos se presentan ante la conciencia, ésta reconoce tanto su
‘hic et nunc’ como su ‘quid’, al cual se precisa por el ‘método de la variación
eidética’ que descubre las propiedades esenciales del objeto y permite su
definición conceptual. 1

1
“La esencia es lo que se encuentra en el ser autárquico de un individuo constituyendo lo que él es.”
(‘Ideas para una fenomenología pura’, F.C.E, México, 1962, nº 10)

2
Según las variadas formas en que Husserl la caracteriza, la intencionalidad es la
correlación entre la ‘intentio’ y el ‘intentum’, entre el ‘cogito’ y el ‘cogitatum’,
entre la ‘noesis’ y el ‘noema’. Con este modo de plantear el problema del
conocimiento, Husserl pretende superar el dilema existente entre el idealismo y el
realismo, porque, desde su punto de vista, sujeto y objeto no se oponen sino que
son correlativos, cada polo implica constitutivamente al otro polo. Con esta
novedad se evita el problema del ‘representacionismo’ que había llevado a la
doctrina del conocimiento a un callejón sin salida desde Descartes hasta Hegel,
pues la fenomenología no vincula los polos del sujeto y del objeto a través de una
idea representativa, sino que ante la conciencia aparecen las ‘cosas mismas’ en
persona y de manera inmediata.

Pues bien, ¿en qué consiste esta correlación? Conviene señalar que se trata de
una identidad intencional en la que el sujeto cognoscente se identifica con el
objeto conocido en una correlación de mismidad esencial y alteridad existencial
que asegura la independencia ontológica de ambos. Pero, a diferencia de lo que
sucede en la teoría del conocimiento tradicional, la correlación intencional
husserliana, que se traduce en la fórmula ‘ego cogito cogitatum’, designa la
estructura inmanente de la conciencia, la cual mediante un acto de reflexión o
vuelta sobre sí misma, explicita su desdoblamiento en un polo noético (relativo al
acto del sujeto) y en un polo noemático (relativo al sentido del objeto). 2
Adviértase que la fórmula no afirma ‘ego cognosco aliquid’, sino ‘ego cogito
cogitatum’, en donde el ‘cogitatum’ queda más allá, o mejor, más acá de la
realidad, reducido a término intencionado por la conciencia. Así, todos los
objetos intencionados en tanto objetos, no se refieren a entidades reales, sino a
modos noemáticos que permanecen en la actividad inmanente de la conciencia. 3

En un primer momento, Husserl lleva a cabo un análisis fenomenológico de los


actos fundamentales de la conciencia (percepción, recuerdo, imaginación,
significación, valoración) y descubre que cada uno de estos modos de conciencia
tiene un peculiar modo de serle dado su objeto correspondiente (ser percibido, ser
recordado, ser imaginado, ser significado, ser valorado). Y concluye que la
conciencia no opera como un mero espejo del objeto, sino que prefija de
antemano el modo de presentación del mismo: la ‘nóesis’ condiciona el ‘nóema’,
es decir, el acto intencional prefigura o anticipa el modo en que es mentado el
objeto. La intencionalidad es un ‘a priori’ respecto de su objeto, donde ‘a priori’
significa que la conciencia ‘funda’ desde sí misma la manifestación del objeto. Y
si bien la conciencia no crea los datos hiléticos, sin embargo hace que el objeto
posea un significado: su doctrina no es un ‘idealismo absoluto’, sino un
‘idealismo trascendental’ o un ‘idealismo de la significación’. En esto consiste el
acto de ‘dar sentido’ del que habla nuestro filósofo.

2
“La intencionalidad es esta propiedad fundamental de la conciencia, consistente en ser ésta conciencia
de algo, en llevar la conciencia en sí misma, en cuanto cogito, su cogitatum.” (‘Meditaciones
cartesianas’, F.C.E, México, 1942, p.61)
3
“Objeto es para nosotros un nombre para las relaciones de la conciencia.” (‘Ideas’, nº 145)

3
Desde su reacción contra el psicologismo, Husserl advierte que el ‘cogitatum’
como fenómeno puro es ser como ‘esencia’. Pues bien, el giro trascendental
husserliano descubre que la esencia de la esencia es ser conciencial, lo que
equivale a decir que el ser se constituye desde la conciencia misma como fuente
de todo sentido. Según venimos viendo, todo objeto es considerado por Husserl
como una auto-objetivación de una subjetividad configurante. Este es un punto
de llegada, consecuencia de haber aplicado el método de la reducción
fenomenológica a la experiencia subjetiva. La reducción fenomenológica es el
método asumido por Husserl, a fin de llegar a una evidencia apodíctica que
constituya la base absoluta, para erguir la filosofía como saber riguroso, así como
Descartes partía de la duda metódica para arribar a una primera certeza
indubitable. Y por medio de este método de reducción, que es eidético y
trascendental, es decir, no sólo pone entre paréntesis los datos individuales y
contingentes de los hechos para enfrentar los fenómenos puros, sino que también
deja en suspenso la efectiva realidad del mundo y nuestros prejuicios sobre el
mismo, llega Husserl al hallazgo del ‘residuo fenomenológico’, que lo encuentra,
claro está, en la conciencia: en el ‘cogito’ con sus ‘cogitata’, análogamente al
modo en que Descartes, partiendo de la ‘duda metódica’, arribaba al ‘cogito’. 4

A su entender, la existencia de un mundo ‘en sí’ no es una evidencia apodíctica


que pueda constituir el punto de partida de una filosofía sin supuestos. El mundo
podría carecer de una existencia independiente del aparecer, podría tratarse de
una existencia onírica o ilusoria. En cambio, lo que se impone de un modo
indubitable es una conciencia a la que aparece el mundo, o sea, la existencia del
mundo ‘para mí’. La conciencia es un ser absoluto porque no se deriva de nada,
en tanto que el mundo de las cosas está íntegramente referido a la conciencia en
sus vivencias, siendo su ser eminentemente relativo. 5 Ahora bien, Husserl no
abandona su meditación en este punto, sino que va más allá, planteándose como
problema radical la subjetividad como constitución trascendental de la
objetividad. Se incorporan a la reflexión husserliana el tema del mundo, del
tiempo y de la intersubjetividad, siempre vinculados al eje central de la
intencionalidad. Es la fase de la ‘fenomenología genética’, denominada así
porque considera la génesis del objeto y del sujeto, en contraposición a la anterior
‘fenomenología estática’, en la que el objeto y el sujeto eran considerados como
unidades ya constituidas.

Comencemos por el ‘mundo’. Para todo objeto que se nos hace presente, existen
otros posibles modos de manifestarse y un trasfondo de otros objetos. Y no hay
conciencia de un objeto individual sin una conciencia de un horizonte abierto a
otras apariciones (horizonte interno) y a manifestaciones de nuevos objetos
(horizonte externo). Esto significa que la intencionalidad de un acto está
acompañada de la intencionalidad de un horizonte dirigido a nuevas experiencias.
4
“La reducción fenomenológica nos dio por resultado el reino de la conciencia trascendental como reino
de un ser absoluto.” (‘Ideas’, nº 76)
5
“Frente a la tesis del mundo, que es una tesis ‘contingente’, se alza la tesis de mi yo puro y de la vida
de este yo, que es una tesis ‘necesaria’, absolutamente indubitable. Toda realidad dada en persona puede
no existir; ninguna vivencia dada en persona puede no existir.” (‘Ideas’, nº 86)

4
Y todos los horizontes de experiencia remiten, en última instancia, al mundo
como horizonte universal omnienvolvente. Este mundo del que hablamos no
puede ser considerado como un mundo ‘en sí’, lo cual implicaría eludir el campo
trascendental y llevaría a una platonización de la fenomenología. Por el contrario,
la experiencia del mundo es siempre una manifestación de la intencionalidad
como mundo ‘para mí’, en el cual ciertos elementos se revelan como invariantes:
horizonticidad, espacialidad, temporalidad, subjetividad y objetividad. Dicho
esto, se comprende que la intencionalidad, el tema fundamental de la
fenomenología, pueda ser reformulada como la correlación entre el mundo y la
conciencia del mundo. 6

Continuamos con el ‘tiempo’. Si tenemos en cuenta que la conciencia no es otra


cosa que un conjunto de actos que irradian de un ‘yo’ en continuo fluir, debemos
sostener, con Husserl, que el tiempo es la forma de la constitución de la
conciencia como tal y, a la vez, de sus objetos. En su estructura temporal, la
conciencia no sólo comprende las operaciones actuales del yo, sino que conserva
los actos pasados y anticipa los futuros en función de las experiencias vividas. La
consideración de la temporalidad hace patente que la intencionalidad no es
caracterizada como una apertura indefinida, sino que encierra en sí una estructura
de determinación. En otras palabras, se trata de una conciencia abierta a ‘esto’ o
‘aquello’, capaz de acumular experiencias y de anticiparlas, pero transida por la
temporalidad. En consecuencia, el ego trascendental es una conciencia temporal
y temporalizante, es decir, constituyente de los objetos de su experiencia y de su
propia vida inmanente. El presente viviente de la conciencia, que se asocia con la
presentación de los objetos, implica un horizonte temporal de despresentaciones
que nos aleja del presente en dirección a lo que ha sido o a lo que será. La
conciencia es ‘retinente’ y ‘protendente’, capaz de generar sus hábitos por una
sedimentación de la experiencia (pasado) y una anticipación típica de lo que
vendrá (futuro). De este modo, el yo configura su historia, resultante de la
multiplicidad de intencionalidades que se le incorporan. 7 Sin embargo, si bien
tanto el sujeto como el objeto están en devenir, según Husserl sólo cambia la
‘intencionalidad del acto’, que es aquella de nuestras percepciones, de nuestros
juicios, de nuestras tomas de posición voluntarias y de toda vivencia mundana,
mientras que la ‘intencionalidad operativa’ permanece idéntica, pues ésta tiene
siempre el mismo sentido. En otras palabras, el sujeto trascendental permanece
idéntico pero no igual: lo eterno en la fenomenología está en la estructura
intencional de la conciencia y en las esencias que ella proyecta sobre los objetos.

Por último, nos resta la ‘intersubjetividad’. Acusado en varias ocasiones de


solipsismo, Husserl se ve obligado a enfrentar la cuestión del ‘alter ego’, lo cual
implica reflexionar acerca de las características que debe presentar el yo para que
puedan haber sido dados los dos pasos previos relativos a la intencionalidad de
horizonte (mundaneidad) y a su estructura de determinación (temporalidad), para
que así el peligro solipsista sea superado. Aquí se subrayan tres cosas: el yo

6
“Así, pues, el mundo es un problema egológico universal.” (‘Meditaciones cartesianas’, p. 94)
7
“El ego se constituye para sí mismo en la unidad de su historia.” (‘Meditaciones cartesianas’, p. 135)

5
trascendental dispone de un cuerpo, tiene una dimensión intersubjetiva y no
escapa a una historia compartida. En primer lugar, la intencionalidad de
horizonte exige relacionar al yo trascendental con una corporalidad, a fin de que
los objetos puedan presentarse en diversas apariciones en función de los
movimientos del cuerpo propio y a fin de que el mundo pueda ordenarse según
dimensiones espaciales de cercanía y lejanía en virtud del ‘ahí’ absoluto que el
cuerpo instituye. En segundo lugar, entre los objetos del mundo se encuentran
ciertos cuerpos que, por sus movimientos y gestos, revelan una analogía con el
cuerpo propio y, por consiguiente, son aprehendidos por vía empática como otros
yoes. La empatía permite hacer una experiencia del otro a través de la cual me
represento las vivencias de su conciencia y, de este modo, puedo llegar a una
convergencia con las mías, reconociéndolo como ‘alter ego’. De ahí descubro
que yo estoy enlazado con los otros yoes a través de un ‘ser-con’ o ‘proto-
intersubjetividad’. 8 En tercer lugar, cabe decir que el yo trascendental tiene una
historicidad que comprende no sólo la propia vida, sino también la de sus
semejantes. Por medio de los actos sociales los yoes se integran entre sí en una
unidad operacional, en una vida interpenetrada y coparticipada. Así, se estructura
una historia común, resultado de la sedimentación de los actos intersubjetivos.

Habiendo presentado a grandes rasgos el tema fundamental de la fenomenología


y su problemática adjunta, digamos por ahora que el enigma gnoseológico que
enfrenta Husserl consiste en saber cómo concebir un mundo que no sea
contenido de conciencia y cuya trascendencia, sin embargo, no pueda ser otra que
una trascendencia dada a la conciencia o mentada por ella con tal o cual sentido.
Este enigma, como vimos, lo ha llevado hacia el ‘idealismo fenomenológico
trascendental’, nombre que adopta su doctrina desde 1922 hasta 1934, período en
el que se publican las ‘Meditaciones cartesianas’, que abordamos en lo que sigue.

III.- LA FENOMENOLOGÍA EN LAS ‘MEDITACIONES CARTESIANAS’

‘Meditaciones cartesianas’ apareció publicada en 1931 y consiste en una obra


que reúne varias conferencias dictadas por Edmund Husserl en la universidad de
La Sorbona en el año 1929. Constituye una breve, aunque completa, introducción
al idealismo fenomenológico trascendental y a las temáticas que motivaron el
pensamiento en los últimos años de la vida de nuestro autor.

Meditación 1

El punto de inicio de la obra reside en un motivo que acompaña a Husserl


durante toda su vida: la reiterada lamentación kantiana de que la filosofía, como
saber universal, no ha alcanzado aún la categoría de ciencia estricta, según el
principio cartesiano de la absoluta indubitabilidad. Frente a la caótica situación
de la filosofía, Husserl considera apropiado volver al proyecto de Descartes,
8
“La yoidad del uno no está junto con la del otro, sino que vive y actúa en la del otro.” (Husserliana,
XIV, ‘Fenomenología de la intersubjetividad’, p. 179)

6
quien en su ‘Discurso del método’ y en sus ‘Meditaciones metafísicas’ proponía
una reforma completa de la filosofía que parta de cero y haga de ésta una ciencia
en sentido estricto. Ahora bien, ¿qué se entiende aquí por ciencia estricta? El
ideal de ciencia pregonado por nuestro autor incluye dos condiciones: la de
fundamentación y la de sistematización. Por una parte, “el científico no se
contenta con juzgar, sino que quiere fundamentar sus juicios.” 9 Pero toda
fundamentación, por más compleja que sea, remite en definitiva a la evidencia y
la tiene por meta, esto es, remite al momento de la experiencia en que el objeto
mismo se muestra tal como es. Y si la filosofía ha de ser ciencia primera, ha de
alcanzar las primeras evidencias que justifiquen todo lo demás. Por otra parte, la
ciencia exige orden, no ser una mera serie de conocimientos aislados y
fragmentarios, sino ser un saber sistemático porque “es inherente a la idea de
ciencia y de la filosofía un orden del conocimiento que vaya desde los
conocimientos anteriores en sí a los posteriores en sí.” 10

El punto de partida de esta nueva ciencia radica en la búsqueda de un principio


absoluto, de evidencia indubitable, que constituya la base sólida del edificio de
un saber carente de supuestos. Pues bien, la evidencia del mundo no es apodíctica
a tal punto que “excluyera la posibilidad de tornarse dudosa la realidad del
mundo o la imposibilidad de su inexistencia.” 11 La certeza de la existencia del
mundo es ingenua y la crítica cartesiana ha probado, a través de la duda
metódica, que la experiencia del mundo puede revelarse como una ilusión o
como un sueño universal. Pero descartado el mundo con sus cosas como
fundamento de la filosofía, ¿qué nos queda? Husserl responde: “el ego cogito,
como base apodícticamente cierta y última de todo juicio, en que hay que
fundamentar toda filosofía radical.” 12 Este ha sido el hallazgo de valor eterno
que Descartes ha legado al mundo de las ideas. Por eso Husserl considera que su
fenomenología puede ser denominada como un neocartesianismo, pues busca
fundar toda verdad a partir de las operaciones del ‘ego cogito’. Sin embargo, es
necesario señalar el error que ha llevado a Descartes a adherir a un ‘realismo
trascendental’, doctrina que ante los ojos de nuestro filósofo constituye una
contradicción en los términos.

En efecto, toda ‘cogitatio’, aún no puesta en duda su presunta verdad, tiene


siempre un ‘cogitatum’ propio que es su término ideal ‘sui generis’. Descartes no
reparó en la intencionalidad de la conciencia y pasó directamente de la ‘cogitatio’
al ‘ego sum’, afirmándolo como un ‘ego real’, como una ‘res cogitans’. Husserl
señala que si Descartes hubiera reparado en el ‘cogitatum’ de la ‘cogitatio’, no
hubiera concluido en la existencia ontológica del ‘ego’, no hubiera
sustancializado la pura actualidad de la conciencia, sino que tan sólo hubiera
señalado el polo ideal del ‘cogitatum’ en cuanto tal. El verdadero sentido del ego
cartesiano es la subjetividad trascendental: ‘ego cogito cogitatum’, verdad a la

9
‘Meditaciones cartesianas’, p. 21
10
‘Meditaciones cartesianas’, p. 24
11
‘Meditaciones cartesianas’, p. 32
12
‘Meditaciones cartesianas’, p. 33

7
que no se llega a través de la duda metódica, sino aplicando la reducción
fenomenológica, es decir, poniendo entre paréntesis la realidad efectiva del
mundo y todos nuestros prejuicios teóricos: “La es el método radical y
universal por medio del cual me aprehendo como un yo puro, con la vida de
conciencia pura que me es propia, en la cual y por medio de la cual el mundo
objetivo entero es para mí.” 13

Meditación 2

La fenomenológica nos ha abierto una nueva esfera de la realidad: el


campo trascendental de la experiencia. “Una ciencia inauditamente original
entra en nuestro círculo visual; una ciencia de la subjetividad trascendental
concreta, como subjetividad dada en una experiencia trascendental real y
posible; ciencia que constituye el extremo opuesto a las ciencias en el sentido
vigente hasta aquí, a las ciencias objetivas.” 14 Recordemos que el método
propio de la filosofía husserliana en su primera etapa era la ‘intuición eidética’,
entendida como una descripción esencial de las cosas tales como se presentan
ante la conciencia. El giro trascendental introducido por la y el
descubrimiento del ego puro transmundano como residuo fenomenológico de sus
embates, hace que Husserl relegue tal método a un segundo plano, adoptando en
primer plano la ‘reflexión trascendental’. Esta consiste en una vuelta de la
conciencia sobre sí misma que tiene por fin la descripción de las estructuras
noético-noemáticas de la vida trascendental como condición de posibilidad de
toda experiencia. La fenomenología, así transformada, puede elegir entre dos
direcciones para sus investigaciones: focalizar en el ‘noema’ o en la ‘noesis’. En
el primer caso se estudia el objeto intencionado o ‘cogitatum’ y en el segundo
caso se describen los modos del sujeto intencional o ‘cogito’. Ahora bien, la
dualidad de la investigación de la conciencia (el polo noemático y el polo
noético) ha de caracterizarse como una indisoluble correlación, pues tal
correlación intencional permanece siempre en los diversos modos de conciencia.

En el desarrollo de esta meditación Husserl esboza los rasgos fundamentales de


la conciencia como campo de la vida trascendental. Y en primer lugar señala que
la vida de la conciencia se da bajo la forma de un continuo fluir: “el reino de los
fenómenos de la conciencia es lo que más se parece al reino del río de
Heráclito.” 15 Al introducir la ‘temporalidad’ como forma constitutiva de la
intencionalidad, Husserl distingue entre el tiempo objetivo que se presenta (por
ejemplo, el de esta melodía que oigo) y la temporalidad interna del presentarse
(por ejemplo, la de la percepción de la melodía). Otra característica de la
intencionalidad es la ‘horizontalidad’ implícita en toda vivencia, lo cual se refiere
a las potencialidades del yo actual respecto de la experiencia de otros objetos
posibles de aparición (horizonte externo) o de la aparición de nuevos aspectos del
mismo objeto intencionado (horizonte interno). La intencionalidad de horizonte

13
‘Meditaciones cartesianas’, p. 37
14
‘Meditaciones cartesianas’, p. 55
15
‘Meditaciones cartesianas’, p. 68

8
revela que el yo trascendental no es un yo acabado, sino esencialmente un ‘yo
abierto’ y, a la vez, que el sentido objetivo jamás se da de modo definitivo, sino
que, en tanto ‘cogitatum’, está sujeto a infinitas interpretaciones de horizontes
también siempre abiertos.

Si tenemos en cuenta la ‘temporalidad’ y la ‘horizontalidad’ de la conciencia,


veremos la peculiar índole del análisis que realiza la fenomenología en sus
investigaciones. En efecto, el fenomenólogo no se atiene a una ingenua
contemplación del objeto en cuanto tal para describir sus notas esenciales, sus
partes y sus relaciones con otros objetos de una manera anónima. Por el
contrario, el fenomenólogo investiga todos los objetos y cuanto se encuentra en
ellos, exclusivamente en cuanto ‘correlatos de la conciencia’, descubriendo el
fundamento de los objetos en los variados modos de la conciencia encarnada en
un cuerpo propio, teniendo presente su estructura espaciotemporal y su referencia
a múltiples horizontes de experiencia, remontándose por encima de las vivencias
aisladas que trata de analizar en cada caso. Dice Husserl, sintetizando el marco
de estudio encarado por el fenomenólogo: “El punto de partida es por necesidad
el objeto dado actualmente, desde el cual la reflexión retrocede hacia el
correspondiente modo de conciencia y a los modos potenciales en éste incluidos
como un horizonte, y luego a aquellos otros en los cuales el objeto podría entrar
como idéntico en la unidad de una posible vida de conciencia.” 16

Si pensamos un objeto en general como hilo conductor de nuestra experiencia, la


variedad de posibles modos de conciencia de él se especifica en una serie de tipos
noético-noemáticos diversos: percepción, significación, recuerdo, imaginación,
ideación, estimación son ejemplos de tales posibles perspectivas intencionales
correlativas a todo objeto imaginable. Y estos tipos de intencionalidad se
estudian, según nuestro autor, tanto en la ‘ontología formal’ (modo de ser del
‘algo en general’) como en las ‘ontologías materiales’ (modos de ser del ‘algo
real’) que se dividen en las ‘ontologías regionales’ de la naturaleza y del espíritu.
Estas ontologías tienen, a su vez, su fundamento último en la intencionalidad
trascendental, con lo cual el mundo en su totalidad deviene en un problema
egológico universal: el problema de la subjetividad como constitución de la
objetividad. Hacia el final de esta meditación nuestro autor propone la tarea
infinita de la fenomenología: determinar la estructura trascendental del yo en un
sistema que reúna todos los objetos posibles (ideales, reales, culturales,
imaginarios). Esta tarea constituye para su filosofía “una idea regulativa
infinita” 17, cuyo cumplimiento haría de la fenomenología un saber absoluto.

Meditación 3

En esta nueva meditación Husserl relaciona el problema de la constitución del


objeto con el tema de la verdad y de la realidad. Enmarcado en su idealismo, el
filósofo moravo refiere los predicados de verdad-falsedad y de existencia-

16
‘Meditaciones cartesianas’, p. 90
17
‘Meditaciones cartesianas’, p. 96

9
inexistencia a la razón y sus procesos sintéticos “como intencionalidades
superiores inherentes a todos los sentidos objetivos que han de brotar
esencialmente del ego trascendental.” 18 Husserl llama ‘razón’ a la estructura
esencial y universal de la subjetividad trascendental, fuente de toda verdad y
realidad. Ahora bien, la verdad se verifica, ante todo, en la evidencia. Sobre ésta
habló Husserl desde sus primeros escritos. En estos el conocer era para él
siempre intuitivo y la intuición terminaba en la evidencia del objeto intuido. El
intuicionismo penetraba todos los modos de conocimiento, desde las intuiciones
de la experiencia empírica exterior hasta la intuición de las idealidades. A todas
estas evidencias nuestro filósofo las denomina ahora ‘asertóricas’ (que las tiene
por ciertas), mientras que a la evidencia absolutamente indubitable de la
conciencia pura la llama ‘apodíctica’ (que no admite contradicción). Según
vemos, el giro trascendental ha trocado también la semántica del término
evidencia: en el campo trascendental del ego puro “el término evidencia designa
el protofenómeno universal de la vida intencional” 19, como la presencia de un
hecho objetivo, una idea o un valor en la conciencia.

Toda conciencia tiene en sí misma el carácter de la evidencia en cuanto da


auténticamente su objeto intencional o tiende por esencia a darlo, tanto en el
dominio de las ‘realidades’ como en el de las ‘idealidades’. Y puesto que la
realidad es el correlato de la verificación evidente, sucede que verdad y realidad
se identifican, ambas son dadas en la simple evidencia intencional y tienen su
fundamento en la subjetividad trascendental. En efecto, “la existencia para mí de
objetos en la más amplia acepción del término (cosas reales, vivencias, números,
hechos objetivos, leyes, teorías, etc) no significa por lo tanto nada que merezca
llamarse evidencia, sino tan sólo que esos objetos valen para mí, existen para mí
en mi conciencia, como ‘cogitata’, de que tengo conciencia en cada caso en el
modo posicional de la creencia cierta.” 20 Las expresiones idealistas se
multiplican en esta meditación tercera, en la que Husserl trata de la realidad. El
ser y la verdad de las cosas se reduce al aparecer de los objetos en la conciencia.
Como dirá más tarde Jean Paul Sartre, ‘el aparecer es el ser’. En todos los casos,
“la subjetividad trascendental es constituyente de todo sentido y realidad del
ser.” 21 Así, las llamadas ‘ontologías formales y materiales’ son presentadas
ahora como autoexhibiciones trascendentales del ego, es decir, el mundo en su
totalidad es interpretado como una objetivación fenomenológica del ‘ego cogito’.

Meditación 4

En la cuarta meditación Husserl profundiza en el problema de la constitución,


estudiándola desde la génesis del mismo yo trascendental. El ego “es
constituyente de sí mismo, en sí mismo, como existiendo sin interrupción” 22 y se
mantiene como polo idéntico de sus vivencias. Este ‘yo’ no es, empero, un polo
18
‘Meditaciones cartesianas’, p. 102
19
‘Meditaciones cartesianas’, p. 103
20
‘Meditaciones cartesianas’, p. 107
21
‘Meditaciones cartesianas’, p. 111
22
‘Meditaciones cartesianas’, p. 118

10
vacío de identidad, sino que en virtud de una génesis trascendental va
constituyéndose para sí en cada acto intencional nuevo, generando
‘habitualidades’, es decir, una sedimentación de experiencias propias que
constituyen su historia personal. De modo que la temporalidad fenomenológica
no es sólo la forma de la constitución del objeto, sino también de las vivencias
mías en cuanto mías. La conciencia resulta, entonces, histórica y temporal, se
constituye por motivaciones intencionales que pueden ser pasivas o activas.
Mediante esta unidad de motivación, se va determinando genéticamente la
identidad vivencial del yo y se va abriendo ese sistema genético de vivencias que
llamamos ‘mundo’. En el desarrollo de la meditación el filósofo moravo realiza
una importante distinción entre el ‘yo trascendental’ y el ‘yo mundano’, al que
designa con el término leibniziano de ‘mónada’. Sin embargo, tal distinción
parece ser meramente formal, pues ambos designan la vida de un único ego desde
dos perspectivas: el ‘yo mundano’ es considerado sujeto de las vivencias
empíricas del mundo circundante y el ‘yo trascendental’ designa al mismo sujeto
en tanto sujeto de todas las intuiciones eidéticas o las constituciones esenciales.

En definitiva, el ego trascendental se fusiona con su contenido fáctico de mónada


concreta en un ego único y absoluto. “Cada uno de nosotros, en cuanto
meditador cartesiano, ha sido retrotraído por el método de la reducción
fenomenológica a su ego trascendental y, naturalmente, con su respectivo
contenido de mónada concreta, en cuanto es este ente fáctico, en cuanto es el
ego uno, único y absoluto.” 23 A esta altura del discurso, Husserl advierte haber
arribado al límite de su investigación, pues sucede que no es posible buscar el
constitutivo del yo más allá del yo. “Todo sentido imaginable, realidad
imaginable, dígase inmanente o trascendente, cae dentro de la esfera de la
subjetividad trascendental, en cuanto constituyente de todo sentido o realidad.”
24
El sujeto no construye al objeto aplicando categorías (Kant), tampoco el objeto
es una mera representación mía (Descartes), ni se trata de un usual objetivismo
(metafísica tradicional). La novedad reside en que la subjetividad es
constituyente: hace que las cosas se vayan manifestando a la conciencia tales
como son en sí. Y desde el sistema de mis vivencias, el mundo se va
constituyendo y queda constituido como sentido de mi ego en él, como una
autoexhibición del ego. Husserl culmina su meditación llamando a su filosofía
‘idealismo fenomenológico trascendental’, que no debe ser confundido con el
trascendentalismo kantiano que sostiene la existencia de una ‘cosa en sí’ más allá
de la conciencia, sino como un idealismo sólo en el sentido de una aprioridad del
ser esencial respecto del ser fáctico, una aprioridad que se constituye sólo ‘en’ y
‘por’ la intencionalidad de la conciencia pura, la cual viene a ser considerada
como la nueva esfera del ser absoluto. 25

23
Meditaciones cartesianas’, p. 124
24
Meditaciones cartesianas’, p. 148
25
Si bien con esto acaba nuestra exposición, debemos señalar la existencia de una quinta meditación
presente en las versiones francesa y alemana de nuestra obra, la cual no ha sido traducida al español en la
edición del Fondo de Cultura Económica que hemos utilizado. Mencionemos, al menos, que allí se
plantea el problema de la intersubjetividad dentro del marco del idealismo fenomenológico trascendental.
Husserl advierte que el hombre es un ser racional y, si la razón es universalmente válida, es decir, válida

11
IV.- CONCLUSIÓN

La crisis moderna de la filosofía realista comenzó cuando Descartes pretendió


haber encontrado el fundamento indubitable del saber filosófico en su ‘cogito
ergo sum’. En efecto, con su planteo el filósofo francés terminó reduciendo el
‘yo’ (la subjetividad metafísica de la persona humana) a la autoconciencia (al
hecho de que yo me perciba mientras pienso y opero), confundiendo así un acto
psíquico de la persona (primera reflexión del intelecto) con la persona misma
(sustancia individual corpóreo espiritual). A pesar de las nobles intenciones
‘realistas’ pregonadas por Descartes, autores como Kant, Fitche, Schelling, Hegel
y el mismo Husserl, han puesto en evidencia que, aceptando el ‘cogito’ como
punto de partida del filosofar, es ilícito concluir de allí ‘ergo sum res cogitans’.
En efecto, el acto de conciencia de por sí, sólo prueba que existe una conciencia,
pero nada dice acerca de su naturaleza ni sobre la sustancialidad individual
subyacente a esta conciencia. Partiendo del ‘cogito’, gran parte de la filosofía
post-cartesiana considerará a la conciencia como una realidad ‘meta-individual’ y
le atribuirá una función trascendental que fundamenta la universalidad y la
verdad del conocimiento conceptual. Considerado el problema tanto histórica
como teoréticamente, se descubre en el ‘cogito’ cartesiano el germen de la
inmanencia gnoseológica-ontológica del idealismo que le sucederá: la conciencia
no llega a otra cosa que no sea su propia actividad, sea que se la caracterice como
‘apercepción trascendental’ (Kant), ‘autodeterminación subjetiva’ (Fichte),
‘autodeterminación objetiva’ (Schelling), ‘pensamiento del pensamiento’ (Hegel)
o ‘ego cogito cogitatum’ (Husserl).

Sin embargo, hemos de ser justos a la hora de realizar una valoración de nuestro
autor desde el realismo filosófico. Para esto, debemos distinguir en su obra entre
la ‘fenomenología eidética’ y la ‘fenomenología trascendental’. Respecto a la
primera, hay que reconocer la defensa magistral que Husserl ha llevado a cabo
contra todo tipo de relativismo, afirmando la realidad de los conceptos
universales y la legítima intuición eidética que los capta. Esta crítica, expuesta en
sus ‘Investigaciones lógicas’, sigue siendo uno de los alegatos más cabales,
firmes e impresionantes que haya atestiguado la historia de la filosofía a favor del
mundo de las ideas y de los valores. Por otra parte, el análisis fenomenológico se
presenta como un valioso instrumento para explorar el mundo de las apariencias
en sintonía y complementación con una metafísica realista. Pero ya desde sus
inicios, la fenomenología husserliana (que proponía situarse más allá del
idealismo y del realismo, en una tercera posición que consideramos imposible de
sostener, dado que ambos son extremos contradictorios que no admiten un
tercero) se halla infectada de un inmanentismo símil al kantiano.

para cada uno de los sujetos, ha de buscarse una racionalidad trascendental intersubjetiva que fundamente
la experiencia de un mundo común objetivo. En esta quinta meditación al problema del ‘alter ego’ se le
suman el de la corporalidad del yo, la comunicación interpersonal, la vida social y la historicidad cultural.
Su contenido anticipa en gran medida la temática de ‘La crisis de las ciencias europeas y la
fenomenología trascendental’ (1936).

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Esta tendencia es condicionada por dos factores que llevan a la preponderancia
de lo subjetivo como fuente de todas las objetividades: el método de la reducción
trascendental que es fenomenista y la noción de intencionalidad tal como Husserl
la interpreta. La reducción fenomenológica comienza siendo planteada como una
simple abstención metódica y termina transformándose en una eliminación real
del mundo, el cual se trueca en simple correlato de la experiencia trascendental.
Tal vez, esto haya acontecido en el pensamiento de Husserl, no sólo por su
actitud fenomenista, sino también por la aversión que mantuvo hacia el
naturalismo, al que calificó siempre de postura ingenua y no filosófica, lo cual
indirectamente le impedía llegar a una ontología realista. Ahora bien,
preguntémonos: ¿es en verdad posible liberarse del mundo por medio de la
reducción fenomenológica? ¿No será, más bien, que el acto de reducción es el
acto de un hombre concreto que existe, si bien de un modo privilegiado, como
parte de ese mundo? Merleau-Ponty ha señalado que la mayor enseñanza de la
reducción fenomenológica reside en la imposibilidad de llevarla a cabo por
completo, porque ella revela el surgimiento inmotivado del mundo. Y estamos de
acuerdo, porque la no es más que un método. Y no es la realidad la que
debe ajustarse a un método, sino el método a la realidad. Por consiguiente, no
puede establecerse un método de modo arbitrario antes de conocer la realidad en
cuestión. Caso contrario, ¿cómo podría saberse si el método elegido
apriorísticamente nos lleva por buen camino a conocer la cuestión que queremos
investigar? Y esto adquiere una resonancia especial en nuestro autor, quien nos
propone nada menos que reducir la realidad del mundo a mera hipótesis.

La otra gran cuestión es la intencionalidad, noción que Husserl hereda de su


maestro Brentano, pero a la cual ya desde sus primeros escritos interpreta en
sentido idealista, como simple mentar de la conciencia en un mundo de
estructuras inmanentes. Revisemos esta noción mediante un ejemplo concreto.
Supongamos que ‘algo’ se nos aparece en la penumbra nocturna. En principio, no
sabemos si se trata de un hombre, de un árbol o de un automóvil. Pero esa cosa
oscura que surge en la noche ‘es’, no cabe la menor duda, ‘algo’. Más tarde
podremos verificar ‘qué es’ de acuerdo con las diversas cualidades sensibles que
vayamos percibiendo. Pero, en todos los casos, un color, una textura o un olor
nunca serán afecciones sensibles dispersas sino, desde el principio, colores,
texturas y olores de ‘algo’ que aparece. De este modo, gracias a la noción de
intencionalidad, la fenomenología de Husserl, aún sin quererlo, iba a continuar
una antigua tradición metafísica según la cual el ser de una cosa es uno,
verdadero y bueno. Uno, porque cada vez que captamos una realidad cualquiera,
ésta se nos presenta necesariamente como algo indivisible; verdadero, porque la
aparición es el desocultamiento de la cosa de su olvido; bueno, porque esa cosa
carece en principio de predicados que la determinen y limiten, implicando cierta
negatividad. Estos trascendentales fenomenológicos nos recuerdan de manera
inevitable al realismo creacionista, para el cual las cosas siempre tienen algo de
divino en la medida en que son unitarias, verdaderas y buenas. Y si pensamos
que ahora una cosa sólo se presenta ante una conciencia y aparece gracias a ella,

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podemos advertir hasta qué punto el Hombre podría ocupar el lugar de Dios en
un planteo de este tipo.

Más arriba habíamos mencionado anticipadamente el enigma de Husserl. Ahora


estamos en condiciones de responderle: si bien sólo podemos conocer el modo de
ser del objeto radicalmente trascendente a partir del modo de ser captado
intencionalmente en el acto de conocimiento, no se debe inferir de allí que la
existencia de ese objeto deriva de una asignación de existencia en los mismos
actos del conocimiento. El sujeto, es cierto, pone el acto de conocimiento, pero es
el objeto el que da la forma conocida en ese acto. El acto de conocimiento da
lugar a una identidad intencional en el que el sujeto cognoscente se identifica con
el objeto conocido en una correlación de mismidad esencial y alteridad
existencial que salvaguarda la independencia ontológica de ambos. En efecto, las
cosas no son un puro correlato intencional, sino que ellas tienen su consistencia y
su propia estructura entitativa. El concepto fenomenológico de intencionalidad se
ha atenido al ‘darse cuenta de algo’ y ha prescindido de la circunstancia de que
este algo ya está presente a la conciencia sin estar determinado por el ‘darse
cuenta’. La cosa no está presente porque me doy cuenta, sino que me doy cuenta
porque está presente: la realidad es el fundamento del pensamiento.

La noción de intencionalidad es valedera para toda especie de conocimiento, no


sólo para la sensación y el concepto, sino también para la conciencia. Que el
conocimiento sea intencional dice que el acto cognoscitivo hace presente a una
facultad un ente en tanto objeto. Pero la noción de intencionalidad no basta por sí
sola para salir del idealismo. Este admite sin esfuerzo que el conocimiento es
esencialmente relación a un objeto. La cuestión está en saber qué existencia tiene
el ente que se toma como objeto. Devolver el sentido realista a la teoría de la
intencionalidad implica traducir la fórmula ‘ego cogito cogitatum’ por esta otra:
‘ego cognosco aliquid’, en donde el acto de juzgar tiene su fundamento en la
realidad, y expresa, en definitiva, el acto de ser de las cosas. Pero esta traducción
que proponemos implica una conversión radical: abandonar el idealismo para
adherir al realismo, trocar el principio del ‘cogito’ por el principio del ‘esse’. El
filósofo moravo parte del ‘cogito’ y termina en la inmanencia, cometiendo un
error análogo al cometido por Descartes tres siglos antes. Y es inevitable, porque
cuando se coloca el comienzo radical de la filosofía en la conciencia, se bloquea
instantáneamente la trascendencia del ser de los entes, que no pueden pensarse
más que como objetos puestos por el sujeto. Por eso, podemos concluir este
trabajo parafraseando a Heidegger, diciendo que Husserl, el filósofo que nos
exhorta a ‘volver a las cosas mismas’ y nos ofrece una filosofía interesantísima
en lo que respecta al conocimiento de las esencias, se ‘olvidó del ser’. 26

26
A pesar de estas críticas teóricas y demás diferencias que pudieran haber, valoramos la fenomenología
como propedéutica a una ontología, la consideramos incluso necesaria y admiramos al gran Edmund
Husserl, filósofo apasionado como pocos, trabajador incansable, serio y comprometido en llegar a la
verdad filosófica.

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V.- BIBLIOGRAFÍA

- Edmund Husserl, ‘Meditaciones cartesianas’, F.C.E, México, 1942

- Edmund Husserl, ‘La filosofía como ciencia estricta’, Nova, Bs. As, 1962

- Edmund Husserl, ‘Ideas para una fenomenología pura’, F.C.E, México,


1962

- Roberto Walton, ‘Husserl: mundo, conciencia, temporalidad’, Almagesto,


Bs. As, 1993

- Adolfo Carpio, ‘Principios de filosofía’, Glauco, Bs. As, 1995

- Xavier Zubiri, ‘Cinco lecciones de filosofía’, S.E.P, Madrid, 1963

- René Schérer, ‘La fenomenología de las Investigaciones Lógicas de


Husserl’, Gredos, Madrid, 1969

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