LOS DERECHOS HUMANOS Y EL MEDIO AMBIENTE
Juan José Rodríguez Beltrán
De la Universidad Santo Tomás de Aquino.
1. ¿DERECHOS INDIVIDUALES FRENTE A DERECHOS COLECTIVOS?
Se entiende que los derechos humanos son esenciales,
fundamentales, iguales, inalienables e inherentes a la dignidad de la
persona.
Se impone por tanto entenderlos como la base misma de la
sociedad política y como elementos estructuradores de un Estado
social de derecho; además, son anteriores o preexistentes al derecho
positivo.
Al ser predicados individualmente para cada una de las personas
integrantes del grupo social, los derechos humanos, en su protección
y reconocimiento, en no pocas veces entran en conflicto con los
derechos colectivos, dado el pluralismo social y político existente, el
cual lo podríamos identificar, para el efecto, con justicia social.
Y éste es, precisamente, el tema de este artículo: la relación
de los derechos humanos con el medio ambiente y, entonces, la
primacía de aquéllos, como valores individuales, frente a los valores
e intereses colectivos que se muestran representados e involucrados,
y es por ello que hoy se habla de un Estado social ambiental o de un
Estado ecológico de derecho que, para el caso colombiano, ya lo dejó
establecido el artículo 58 de la Carta Política al hablar de la función
ecológica de la propiedad para efectos de lograr la prevalencia del
interés general.
El artículo octavo de la Constitución señala que es obligación del
Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales
de la nación. De dicho precepto, podemos agregar y concluir, que
quien no las proteja, o las dañe, debe responder por ello. ¿El medio
ambiente hace parte de esas riquezas naturales? ¿Debe, por tanto,
ser protegido por el Estado y todas las personas? Las respuestas
tienen que ser positivas y para su sustento hemos de recurrir al
Capítulo 3, artículos 78 a 82 de la Constitución, atinente a “los
derechos colectivos y del ambiente”, en especial el artículo 79,
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textos que contienen principios de lo que la doctrina ha venido en
llamar “constitucionalismo social”, el cual pretende garantizar a las
personas un mínimo de disfrute de derechos y de calidad de vida.
En efecto, el artículo citado impone que: “Todas las personas
tienen derecho a gozar de un ambiente sano. La ley garantizará la
participación de la comunidad en las decisiones que puedan afectarlo.
Es deber del Estado proteger la diversidad e integridad del ambiente,
conservar las áreas de especial importancia ecológica y fomentar la
educación para el logro de estos fines”.
En relación con el tema, la Corte Constitucional, en sentencia
T-415 de 1992, con ponencia del profesor Ciro Angarita, manifestó:
El derecho al medio ambiente y, en general, los derechos de
la llamada tercera generación, han sido concebidos como un
conjunto de condiciones básicas que rodean al hombre, que
circundan su vida como miembro de la comunidad y que le
permiten su supervivencia biológica e individual, además de
su desempeño normal y desarrollo integral en el medio social.
De esta manera deben entenderse como fundamentales para la
supervivencia de la especie humana.
La doctrina ha dicho que el derecho a un ambiente sano es
subjetivo y colectivo a la vez y, por tanto, hace parte de los derechos
de incidencia colectiva, ya que está ligado de manera indisoluble a la
calidad de vida y al derecho a la salud. Su ejercicio y la prevención y
precaución del mismo son de carácter sustancial, pero para su defensa
se tornan instrumentales y por ello que pueden ser titularizados
por un grupo de personas o por entidades diferentes como sería el
Ministerio Público. Finalmente, muestra otra característica, ya que
es un derecho intergeneracional, pues debe protegerse y se debe
reconocer a favor de generaciones futuras, de personas que hoy no
existen, pero que van a existir en la posteridad.
Y hablamos de los principios de prevención y de precaución, por
cuanto no se trata de “reparar”, como en el caso de la responsabilidad
civil extracontractual; se tiene que prevenir el daño, pues luego de
ocurrido sus efectos casi siempre son de carácter irreversible. Tal es
el caso de fenómenos como la lluvia ácida, el calentamiento de la
tierra, el efecto invernadero o la ruptura de la capa de ozono, entre
otros.
En la conferencia de Estocolmo de 1972 se planteaba el dilema:
“medio ambiente o desarrollo”, pero veinte años más tarde, en la
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reunión de Río se cambia la conjunción disyuntiva y se impone el
concepto de “medio ambiente y desarrollo”, a través de la figura del
llamado “desarrollo sostenible”, acuñado sobre el falso aforismo de
que “el que contamina paga”; así, la riqueza monetaria pretende
comprar la riqueza natural, pero el daño es tan grande y de efectos
tan prolongados, que no existe capital suficiente para reparar.
El desarrollo no puede generarse si se produce contaminación y
degradación; ocurrirá crecimiento económico a favor de las empresas
y de los países desarrollados, pero devastación y miseria para la gente
de los países tercermundistas. “El derecho de los pobres se enfrenta
a las obligaciones de los ricos”, como consecuencia de un modo de
producción que genera el problema de un modelo económico donde
prevalece el lucro sobre el entorno ambiental.
En otros términos, los derechos individuales de algunos tienden
a prevalecer sobre los derechos colectivos de muchos; los derechos de
las “patentes” y de propiedad industrial se enfrentan con el derecho
a la vida, el derecho ambiental. Nos preguntamos entonces: ¿puede
patentarse lo ambiental, se puede patentar la vida misma?
La tecnología es el estado del arte de la industria y el derecho
refutatorio es la voz de la tecnología y de los industriales; cuando
se contamina o poluciona, el infractor alega: “yo tengo licencia”,
como si ésta fuera una patente de corzo que le permite degradar; el
problema no es la licencia, sino el cambio de comportamiento para
prevenir el daño. El derecho regulatorio lo escriben los técnicos a
espaldas del derecho natural, que es la fuente misma del derecho
ambiental y esa es la contradicción jurídica que debemos terminar.
De la declaración de Río podemos resaltar dos principios que
son fundamentales pero quizá contradictorios: Principio 1: “Los seres
humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas
con el desarrollo sostenible. Tienen derecho a una vida saludable
y productiva en armonía con la naturaleza”. Principio 2: “De
conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y los principios
del derecho internacional, los Estados tienen el derecho soberano
de aprovechar sus propios recursos según sus propias políticas
ambientales y de desarrollo, y la responsabilidad de velar por que
las actividades realizadas dentro de su jurisdicción o bajo su control
no causen daños al medio ambiente de otros Estados o de zonas que
estén fuera de los límites de la jurisdicción nacional”.
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
175
Pero el mundo contemporáneo, entre perplejo y escéptico, se
pregunta: ¿y si esas políticas propias van a contrapelo del entorno?
O si ¿esas actividades internas producen efectos dañinos al exterior?
2. DERECHO PRIVADO Y MEDIO AMBIENTE
Los juristas alemanes, de tiempo atrás, construyeron dentro
del ámbito del derecho civil la teoría de la inmisión y del influjo
para entender esos actos como un abuso del derecho y, por tanto,
conductas que debían ser reprimidas, como una limitación al derecho
real de dominio, teoría que dio lugar a que el profesor Valencia Zea,
en su Tratado de derecho civil, desarrollara la suya sobre los “actos
abusivos” los cuales, no obstante ser lícitos, conllevan abuso en el
ejercicio del derecho y por tanto deben ser reprimidos para no causar
perjuicio a los demás, siendo ésta una nueva limitación al ejercicio
del derecho de dominio, tomada del texto, curioso y casual, previsto
en el artículo 1002 del código de don Andrés Bello.
Era la época en que no se conocía en el mundo jurídico el concepto
de derecho ambiental y aún no afloraban las graves conflagraciones
de contaminación y degradación, por lo cual el estudio de la
problemática era del resorte del derecho clásico, del derecho civil. La
contaminación atmosférica producida por los humos, gases y olores
o partículas expelidas por los buitrones de las fábricas o industrias se
“pretendió” solucionar con las “altas chimeneas”, es decir, haciendo
dispersa la contaminación, para que no se quejaran los vecinos o
colindantes de la empresa infractora.
En la segunda mitad del siglo XX, ocurren ya de modo masivo
(y sus efectos son de carácter internacional), eventos gravemente
dañinos como la acidificación de los lagos escandinavos por la lluvia
de azufre, la “muerte” de extensas zonas de bosques, en Canadá y en
Europa por la contaminación del aire, el debilitamiento de la capa de
ozono por la contaminación atmosférica, los cambios climáticos y el
calentamiento de la tierra, y la elevación de niveles en los océanos.
Comparativamente, ¿qué se presenta para el mundo hoy, en
estos inicios del siglo XXI, frente a esta problemática?
1. Los daños y las consecuencias no son locales, el problema es
global.
2. El problema lo generó el hecho del hombre; hoy esas
actividades humanas se enmarcan dentro del contexto de la
producción industrial.
176 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
3. La contaminación atmosférica y la degradación no reconocen
ni aceptan fronteras políticas, para ellas no existe la soberanía.
La globalización no sólo ha sido de los mercados y de la
economía; también lo es de las grandes conflagraciones y del daño
ambiental. Colofón jurídico de lo anterior debe ser, entonces, que el
derecho a un ambiente sano deje de ser un “derecho putativo” dentro
de los derechos fundamentales, y se imponga como tal dentro de la
carta de los derechos humanos, sin discriminación.
Pero para ello se requiere de la participación de todos los Estados,
de un movimiento envolvente, general, masivo, que imponga el
bienestar general de la comunidad sobre los intereses particulares
de la producción y de la industria contaminante; y esto debe ocurrir
a corto plazo, pues de lo contrario, como dijo Keynes, “a largo plazo
todos estaremos muertos…”, nosotros agregaríamos: ¡incluso la
naturaleza!
Y así se diga que vamos en contra vía de la historia y de la
dinámica del lucro que empuja la economía neoliberal, se requiere que
en cada uno de los países se amplíe la función de intervencionismo del
Estado frente a la empresa contaminante y depredadora o extractora
irracional de los recursos naturales, para prevenir y precaucionar,
con sus conductas, el daño ambiental.
El remedio no puede ser posterior, cauterizador del daño, como
lo señalamos ut supra; no se puede pretender sanar la lesión con
dinero, con el pago de indemnizaciones, por cuantiosas que sean,
pues éstos no son redituables ecológicamente; el intentional torts
del derecho estadounidense no es suficiente; el concepto del “daño
punitivo” y su remuneración ulterior, no es aplicable al entorno, al
medio ambiente.
Y se dirá que los Estados ya no intervienen, que dicha concepción
es jurásica en el derecho público, y a ello debemos responder que aun
dentro del más refinado e hirsuto modelo neocapitalista, el derecho
administrativo ha dejado la puerta legal abierta para esa necesaria
actividad de control por parte del Estado, a través del espectro jurídico
de la regulación, tan cuestionada y mal aplicada en nuestro medio,
pues ha permitido la “captura” de los entes reguladores por parte
del sector y de la industria regulada, pero que ha sido producto de la
complacencia y tolerancia de los sujetos intervinientes y no forzoso
resultado u obligatorio efecto de la institución jurídica. Funge de
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
177
ejemplo en Colombia la regulación en los servicios públicos, luego
de expedida la infortunada Ley 142.
En un escrito de un experto en la materia, titulado “Alarmante
deterioro del equilibrio marino”, cifras globales sobre depredación
pesquera marítima indican que el mar también está amenazado por
algo parecido a la desertificación, y en alguno de sus apartes, sin
hipérbole, señala:
En un estudio sobre los ecosistemas costeros hace dos años,
el científico Jeremy Jackson descubrió que es la sobrepesca de
depredadores, en lugar de la contaminación y el calentamiento
global, la posible causa de “zonas muertas” del océano, áreas
de colapso total del sistema, donde los microbios ocupan el
vacío dejado por peces e invertebrados. Existen zonas muertas
en el golfo de Méjico, la bahía Chesapeake y los mares Báltico
y Adriático, y se están extendiendo a mares abiertos...
Un futuro siniestro, acotamos.
Sumariamente se podría afirmar que, ante la colisión de
derechos que se presenta entre los productores y las industrias
contaminadoras, y los derechos de la comunidad a un ambiente sano,
es necesaria la intervención del Estado (o la regulación, conforme
lo dejamos expuesto), para lograr la ocurrencia de los principios de
prevención y precaución, y evitar así el daño irreparable ambiental
que, finalmente, afectará el derecho a la vida de hombres y especies
en general, esto es, el más preciado de los derechos fundamentales.
En un ensayo publicado en la revista Díkaion, núm. 10 de
2001, relativo a la neutralidad ética en la aplicación de los derechos
fundamentales, la profesora Pilar Zambrano afirma:
...sea cual sea el criterio que se utilice para demarcar los
respectivos contornos de este tipo de derechos, su ejercicio
extralimitado suele traer aparejada la violación de otro derecho.
Cuando esto último ocurre, la intervención estatal no parece
necesitar de mayores explicaciones para dar legitimidad a su
actuación: su función de garante de los derechos individuales
está claramente en juego. Más allá de si el abuso del derecho
se configuró a raíz de la ilegítima afectación de los derechos
de terceros, o en forma independiente y anterior a ello, la
intervención estatal encuentra su justificación en la defensa
del derecho o los derechos individuales vulnerados.
178 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
¿Estaremos entonces, conforme a los planteamientos expuestos
ut-supra, ante una confrontación de derechos individuales y
colectivos?
En el ámbito de las acciones constitucionales que protegen los
derechos fundamentales, es pertinente señalar algunas diferencias
en su ejercicio, que apuntan a definir la presunta confrontación que
hemos dejado expuesta. En efecto, la acción de tutela básicamente
está prevista para el reconocimiento y la protección de los derechos
individuales, en tanto que, por vía de contrarios, la acción popular
apunta a la defensa y protección de los derechos colectivos, y las
acciones de grupo al reconocimiento de las indemnizaciones para un
número plural de personas, que reúnen condiciones uniformes con
respecto a la misma causa generadora de los perjuicios por cobrar.
Si nos referimos a derechos humanos como la vida, la salud, la
educación o el derecho al trabajo y aun mínimo vital de subsistencia,
la acción de tutela será la vía de acción apropiada para su defensa. Y,
por el contrario, si lo que se pretende es la protección y el cuidado del
medio ambiente, el derecho a un ambiente sano, la vía procedente
será la acción popular, desarrollada por la Ley 472 de 1998.
Nuestra temática es más concreta aún, pues pretende enfrentar
el derecho individual, subjetivo, del productor o la empresa, que sin
violar la ley, no obstante puede causar un daño ecológico o ambiental,
frente al derecho del grupo de personas o de la comunidad, a un
ambiente sano, a la conservación del entorno y, en general, a la
preservación del medio ambiente.
¿Podría imponerse el derecho al trabajo, a la libre competencia
y a la participación de la empresa en el mercado y en la producción,
como derechos fundamentales, individuales, frente al derecho
colectivo e intergeneracional de un ambiente sano y de protección y
conservación de los recursos naturales y del ecosistema en general?
Es nuestra opinión (y será la parte conclusiva de este estudio)
que deben prevalecer los derechos colectivos sobre los subjetivos e
individuales, a no ser que se trate de la seguridad y de la vida misma
de la persona (que serían la excepción), concepto que sustentamos en
el derecho natural y en la propia norma escrita o derecho positivo.
Para el caso del Estado, ya la Constitución de 1991 dejó
establecida la responsabilidad patrimonial, objetiva, por el “daño
antijurídico” que le pueda ser imputable, causado por la acción u
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
179
omisión de las autoridades. Y es claro que el daño ambiental es daño
antijurídico.
3. DERECHOS HUMANOS Y ESTADO SOCIAL DE DERECHO
Principios como la equidad, la solidaridad y la prevalencia del
interés general han construido en el mundo el concepto de Estado
social de derecho y, por tanto, le han dado una nueva visión y una
nueva dimensión a los derechos humanos, especialmente luego de
la gran crisis de los años treinta y de los devastadores efectos de
la Segunda Guerra Mundial, las explosiones atómicas y las armas
químicas.
La Corte Constitucional, en sentencia T-235 de 1993, dejó
sentada, con claridad suficiente, esa nueva concepción de los derechos
humanos, al señalar:
Doctrinaria y jurisprudencialmente se ha sostenido que
la concepción del Estado social de derecho plasmada en el
artículo lo. de la Carta, comporta una transformación radical
en el papel que asume el ente estatal respecto de la sociedad; se
pasa de la actitud pasiva y de abstención propia de la primera
época de evolución de la organización política, inspirada en el
pensamiento liberal clásico, a una etapa posterior caracterizada
esencialmente por un rol activo, fruto del compromiso del
Estado con la denominada “cuestión social”; paralelamente,
el catálogo de derechos reconocidos al hombre, se amplía de
manera notable, como que a más de los derechos y libertades
individuales, se proclaman y adoptan en las constituciones
derechos sociales, económicos y culturales, que en la mayoría
de los casos involucran prestaciones a cargo del Estado.
A su vez se opera un cambio en la forma de considerar al
hombre y a su relación con lo político; ya no se trata del
individuo aislado, volcado sobre sí mismo, tomado en abstracto
y como titular de un conjunto de derecho genéricos, sino de
la persona inmersa dentro de un contexto social, sujeta a un
conjunto influencias condicionadas por ellas, cumpliendo un
papel determinado y con frecuencia situada en condiciones
desventajosas, que la efectiva intervención del Estado procura
superar mediante el cumplimiento de los deberes sociales que
le son propios.
180 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
Pero, ¿a cuáles derechos nuevos, sociales, económicos y
culturales se está refiriendo la Corte?
Pues, en primer lugar, a los llamados derechos sociales, no
derechos solidarios, como también los llama la doctrina, y a los
que algunos han tendido a asimilar como “normas de carácter
programático”, pues requieren de la intervención estatal para
su satisfacción, exigencias de los ciudadanos que se consideran
fundamentales, al decir del profesor Enrique Pérez Luño, y que
ordinariamente necesitan de la ley para lograr su eficacia o de la
discrecionalidad del juez, en casos de ausencia de norma, como ha
venido ocurriendo en Colombia con la aplicación del “bloque de
constitucionalidad”.
En segundo lugar se refirió la Corte, fundamentalmente, a los
derechos colectivos, que históricamente se pueden ubicar como
resultado de la segunda conflagración mundial, que no obstante
los adelantos científicos y tecnológicos, que se suponen ocurren en
pro de la humanidad y de su calidad de vida, generaron y dejaron al
descubierto la capacidad depredadora y de destrucción del hombre,
frente a sí y frente a la naturaleza.
Surgen entonces los derechos de tercera generación, como
respuesta jurídica a los “daños” que produce el hombre –o mejor
la empresa– en su afán de desarrollo y progreso tecnológico, los
cuales se causan, no a las personas individualmente consideradas,
sino a grandes masas, pueblos y colectividades enteras, es decir, a
la humanidad, como ha venido ocurriendo con el daño ecológico o
daño ambiental.
Se enfrentan, en consecuencia, los intereses económicos y
de producción del comerciante o del industrial, individualmente
considerado, o de la “empresa”, en tanto es colectivo, tomada como
la actividad organizada económicamente, con fines de lucro y para
lograr un resultado productivo de mercancías, en general.
Estas “personas”, consideradas de manera individual o como
parte de la ficción jurídica organizada, son titulares de derechos
humanos, de derechos individuales, que eventualmente entran en
conflicto con los derechos colectivos, que representan intereses
“difusos “ y que, por tanto, afectan al grupo social, al conglomerado,
de forma masiva.
Al respecto, el profesor Domenico Pisciotti resume con
certeza:
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
181
Desde la segunda posguerra, nuevos tipos de derechos e
intereses legítimos, que no se pueden atribuir a grupos sociales
determinados, sino a un número impreciso de personas, han
llevado a replantear otra categoría de derechos como los que
estamos comentando.
Hablar de los orígenes de los derechos de tercera generación es
hablar de la acelerada evolución tecnológica e industrial y de
comercio transnacional en que vive el mundo en los últimos
tiempos, causando y produciendo afectaciones a derechos o
intereses de personas que se encuentran dispersas y no se han
organizado, debido a que dicho menoscabo no se encuentra en
grupos sociales identificados, sino en forma muy amplia en
diversos sectores sociales, por lo que no resulta sencillo conocer
ni identificar a los lesionados en su esfera jurídica en virtud
de problemas contemporáneos, como la prestación masiva
de bienes y servicios, la alteración del medio ambiente, la
marginación en las sobrepobladas zonas urbanas y la constante
destrucción del patrimonio natural, artístico y cultural.
¿Y quiénes, nos preguntamos, realizan esos daños, esas
afectaciones a los derechos colectivos? ¿Y por qué razones o motivos
lo hacen?
¿Cuántas hectáreas de bosques primarios se destruyen
anualmente?
¿Cuántas fuentes de agua se extinguen y agotan en el mismo
lapso?
¿Qué cantidad de tierras se vuelven improductivas por la
erosión?
¿En qué proporción se contaminan los recursos de agua potable?
Las grandes urbes, ¿qué niveles de polución, de contaminación,
soportan?
¿Cuántas grandes especies de fauna y flora están en vías de
extinción?
Son las grandes empresas, especialmente las multinacionales,
las que ocasionan el daño ambiental o ecológico; es el hombre,
generalmente asociado, el gran depredador de la naturaleza y ¿por
qué lo hace?
So pretexto del desarrollo, el avance, la tecnología y la ganancia.
Por ello la sociedad mundial ha cuestionado severamente el concepto
y la cobertura general, del llamado “desarrollo sostenible” pues ha
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servido para otorgar visa de legalidad al daño y a la depredación,
incluso dentro del marco jurídico y normativo.
En efecto, para el caso colombiano, a contrapelo del texto del
Código de los Recursos Naturales Renovables y del Medio Ambiente,
el Decreto 2811 de 1974, recientemente la Ley 99 de 1993, introdujo
en su artículo 3° el concepto “utilitarista” de desarrollo sostenible.
Artículo 3°. Del concepto de desarrollo sostenible. Se entiende
por desarrollo sostenible el que conduzca al crecimiento
económico, a la elevación de la calidad de vida y al bienestar
social, sin agotar la base de recursos naturales renovables en
que se sustenta, ni deteriorar el medio ambiente o el derecho
de las generaciones futuras a utilizarlo para la satisfacción de
sus propias necesidades.
Mientras el Código de los Recursos Naturales se redactó con
base en la declaración de Estocolmo de 1972, la Ley 99 de 1993
se proyectó teniendo como fundamento la declaración de Río de
1992, que ya venía influenciada por las tendencias aperturistas del
neoliberalismo.
Veamos: si bien se incluyen en el concepto de desarrollo sostenible
finalidades tan laudables como la calidad de vida y el bienestar social,
ellos están atados al concepto de “crecimiento económico” que es el
efecto directo y primario de aquél; en otros términos: explotación
económica, intensiva y técnica de los recursos naturales, evitando
el deterioro del medio ambiente, ese es el contenido y el alcance del
llamado desarrollo sostenible por la declaración de Río.
Contrasta, naturalmente, con el contenido y el texto de los
“principios” de la declaración de Estocolmo, donde la base de los
derechos fundamentales para la humanidad son la preservación,
conservación y mejora del medio ambiente, principios que se
reflejaron en el Decreto 2811 de 1974, con el alcance de los mismos,
incluidos en la declaración de Río, los cuales fueron el sustento para
los redactores de la Ley 99 de 1993.
4. DECLARACIÓN DE ESTOCOLMO
Principio 1. El hombre tiene el derecho fundamental a la libertad,
la igualdad y el disfrute de condiciones de vida adecuadas, en un
medio de calidad tal, que le permita llevar una vida digna y gozar
de bienestar y tiene la solemne obligación de proteger y mejorar el
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
183
medio para las generaciones presentes y futuras. A este respecto, las
políticas que promueven o perpetúan el apartheid, la segregación
racial, la discriminación, la opresión colonial y otras formas de
opresión y de dominación extranjera, quedan condenadas y deben
eliminarse.
Acorde con dicho principio, nuestro Código ambiental de 1974,
en su artículo 2°, determinó los objetivos del mismo y expresó:
Fundado en el principio de que el ambiente es patrimonio
común de la humanidad y necesario para la supervivencia y el
desarrollo económico y social de los pueblos, este Código tiene
por objeto:
1. Lograr la preservación y restauración del ambiente v la
conservación, mejoramiento y utilización racional de los
recursos naturales renovables, según criterios de equidad
que aseguren el desarrollo armónico del hombre y de dichos
recursos, la disponibilidad permanente de éstos y la máxima
participación, para beneficio de la salud y el bienestar de los
presentes y futuros habitantes del territorio nacional.
Son fundantes en la noción los principios aludidos de
preservación y conservación, y se anteponen, de manera superlativa,
a la utilización de tales recursos.
5. DECLARACIÓN DE RÍO
La Declaración de Río, veinte años más tarde, se aparta
diametralmente del enfoque conservacionista de Estocolmo, invierte
las premisas y los valores, y somete el medio ambiente a ser una
“parte” más de la explotación económica, del crecimiento del
producto a nivel general.
Baste señalar el contenido del Principio 4° de la declaración:
“A fin de alcanzar el desarrollo sostenible, la protección del medio
ambiente deberá constituir parte integrante del proceso de desarrollo
y no podrá considerarse enferma aislada” (énfasis agregado).
Se dejan de lado los derechos humanos fundantes, como la libertad
y la igualdad, y se impone como postulado básico, insustituible,
dínamo impulsador de los futuros tiempos, el desarrollo sostenible,
es decir, el crecimiento económico, la extracción productiva y dentro
del mismo, como una “parte “ sometida y secundaria, y no como
factor primario, se coloca al medio ambiente.
184 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
Para el caso colombiano estas dos tendencias se ven reflejadas
en la utilización y el cobro de las tasas retributivas, pues mientras
en el Código de los Recursos Naturales de 1974 se toman como
facultativas, opcionales y secundarias, ya que la política es la de la
prevención y la protección, no la de explotación de los recursos, en la
Ley 99 de 1993 se hacen impositivas, compensatorias y prioritarias,
como parte del presupuesto y las rentas de las corporaciones de
desarrollo. Es por ello que la Ley 99 incluyó el artículo 18 del Código
ambiental dentro de las pocas derogatorias expresas que aquélla
dispuso al entrar en vigencia.
En efecto, el artículo 18 derogado decía que: “...podrá sujetarse
al pago de tasas retributivas del servicio de eliminación o control
de las consecuencias de las actividades nocivas expresadas”. Y
agregaba: “También podrán fijarse tasas para compensar los gastos
de mantenimiento de la renovabilidad de los recursos naturales
renovables”.
Hoy, la Ley 99 de 1993, en su artículo 42, Tasas retributivas
y compensatorias, impone que la utilización de los recursos: “...se
sujetará al pago de tasas retributivas por las consecuencias nocivas
de las actividades expresadas”.
Es decir, que da por descontado el perjuicio, la nocividad de
tales utilizaciones directas o indirectas y por eso las llama “tasas
compensatorias”...
Acotemos como conclusión –pero con dolor de patria–, que
ello es fiel reflejo económico y efecto normativo del Principio 7°
de la declaración de Río, que incluyó el mea culpa de los países
desarrollados sobre su inmensa responsabilidad en la degradación del
medio ambiente en las zonas más deprimidas, pero que ha llevado a
la aplicación de la inmoral política del “PPV” (pague por ver) de las
cadenas de televisión, solo que aquí es: “pague por destruir...”.
Es la aplicación de la diabólica utilización del capital y del
dinero para compensar, para justificar las actividades productivas
y extractoras de las grandes potencias, con depredación y
contaminación: yo destruyo, yo devasto, yo talo, pero pago por ello.
4. EL INTERÉS GENERAL Y LOS INTERESES INDIVIDUALES
La propiedad es la figura jurídica que concentra y regula una
serie de funciones y desarrollos económicos como la empresa, la
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
185
posesión, la competencia y la iniciativa privada en el mercado, entre
otras.
Y la apropiación de los bienes se tiene como un derecho humano
y fundamental de carácter individual, a más de ser estimada como
una función social, desde la reforma a nuestra Constitución, en
1936.
El artículo 333 de la actual Carta señala que la actividad económica
y la iniciativa privada son libres, pero dentro de los límites del bien
común, y advierte luego que “la libre competencia económica” es un
derecho de todos, pero que ella supone responsabilidades. Señala a la
empresa como la base del desarrollo, que tiene una “función social”
y por tanto ello implica obligaciones.
Finalmente, defiere a la ley la delimitación de la “libertad
económica”, cuando así lo exijan el interés social, el ambiente y el
patrimonio cultural de la nación.
Complementariamente, el artículo 334 superior expresa que la
dirección general de la economía estará a cargo del Estado y para
ejercerla deberá intervenir en la explotación de los recursos naturales
y en el uso del suelo, a fin de lograr el mejoramiento de la calidad de
vida, los beneficios del desarrollo y la preservación de un ambiente
sano.
Es decir que la empresa, entendida como unidad de producción y
como actividad económica organizada, tiene una función social que le
impone obligaciones y responsabilidades, especialmente orientadas a
la preservación y conservación del medio ambiente y, por tanto, para
todos, como derecho colectivo, para gozar de un ambiente sano.
¿Cuál debe primar, el derecho individual, humano, fundamental
de la propiedad (pues la empresa responde a una forma de ella,
como también lo es la propiedad industrial) o, por el contrario, debe
prevalecer el derecho colectivo a un ambiente sano?
En tanto y en cuanto la empresa no deprede, no contamine ni
polucione, como lo son, por fortuna, la gran mayoría, la discusión no
existe, la controversia es inocua. El tema debe importarnos cuando la
empresa tala, depreda, contamina y agrede el medio ambiente, como
aquéllas fabricantes de armas, de químicos tóxicos y contaminantes,
de fertilizantes e insumos para el sector rural que, so pretexto de
eliminar una maleza o plaga, terminan con la capa vegetal, elevan
el pH del suelo, lo acidifican y acaban con las especies animales y
biológicas que controlan y generan el equilibrio ecológico.
186 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
O aquellas que contaminan las aguas y riegan sus residuos
y desechos tóxicos (los generadores, fabricantes, importadores o
receptores, a quienes se les impone una “responsabilidad canalizada”,
de la que nos habla la Ley 430), como la Union Carbide Corporation,
en el caso de Bhopal, India.
O Codensa o Engesa, en el caso de la otrora represa, hoy pozo
séptico del Muña, en las afueras de Bogotá.
Es claro que debe prevalecer el derecho colectivo del grupo social,
de la comunidad, sobre el derecho individual de la empresa al lucro,
a la ganancia, así sea ésta legítima.
Se nos dirá que debe prevalecer el derecho de la empresa, pues
ella es la generadora o suministradora del servicio público de energía
eléctrica para millones de ciudadanos, si tomamos como ejemplo el
citado caso del Muña, y que por ello hay que contaminar. A esto se
puede responder que para alimentar la tubería de carga, que mueve
las turbinas de la planta de Laguneta, la empresa no tiene que
contaminar, pues bien podría alimentar la tubería con otros recursos
hídricos, o construir un sistema descontaminante del río Bogotá,
antes de depositar esa aguas en el vertedero de contaminantes en
que tienen convertida hoy la represa o laguna. Ha faltado la actividad
interventora y de control y regulación del Estado, de la entidad
administrativa responsable, para imponer los derechos colectivos,
para proteger el medio ambiente, sin dudas ni vacilaciones, así se
intuya el disgusto del capital foráneo.
Infortunadamente, nuestra jurisprudencia en la materia no
ha sido lo suficientemente enfática en el manejo del concepto
de núcleo esencial de los derechos fundamentales y de bloque de
constitucionalidad para hacer converger los derechos colectivos y así
efectivizarlos. Estimamos, con todo respeto, que ha sido un tanto
vacilante y de connivencia, como lo podemos observar en varias
sentencias, como la T-411 de 1992:
Una de las características de casi todos los derechos
fundamentales es que no son derechos absolutos que puedan
ejecutarse sin carga alguna, por parte de su titular, pues están
sujetos a límites más allá de los cuales resulta ilegítimo su
ejercicio. En este sentido la doctrina ha elaborado la noción de
derecho-deber, que implica límites al ejercicio del derecho...
DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
187
Uno de los límites implícitos de los derechos es el concepto de
junción social de León Duguit, que sostenía: “todo individuo
tiene en la sociedad una cierta función que cumplir, una cierta
tarea que ejecutar. Y éste es precisamente el fundamento de
la regla de derecho que impone a todos, grandes y pequeños,
gobernantes y gobernados, una función social que llenar...”
En la Constitución Política surge un tríptico económico,
constituido por el trabajo, la propiedad y la libertad de empresa.
Este tríptico económico tiene una función social. En tanto que
social, él debe velar por la protección de los valores y derechos
sociales. Entre éstos a su vez se destaca la vida y la ecología.
Luego el trabajo, la propiedad y la empresa tienen una función
ecológica que es inherente a la función social. Es de advertir
que el fin último de la función ecológica del tríptico económico
es la prevalencia del interés general sobre el interés particular,
que es un principio fundante del Estado colombiano. La
ecología contiene un núcleo esencial, entendiendo por éste
aquella parte que le es absolutamente necesaria para que los
intereses jurídicamente protegidos y que le dan vida, resulten
real y efectivamente tutelados... Observa la Corte que se trata
en este negocio de hacer compatibles y armónicos los derechos
del tríptico económico (trabajo, propiedad privada y libertad de
empresa) y el derecho a un ambiente sano y ecológicamente
equilibrado.
Y más adelante, en la sentencia C-333 de 1999 sobre libertad
económica, la Corte dijo:
El concepto de libertad económica debe ser entendido como
la facultad que tienen las personas de realizar actividades
de naturaleza económica, a fin de mantener o incrementar
su patrimonio. Sin embargo, las actividades que conforman
dicha libertad están sujetas a las limitaciones impuestas
por la prevalencia del interés general, por las competencias
de intervención y regulación a cargo del Estado, y por los
principios de razonabilidad y proporcionalidad que esta Corte
ha establecido con el fin de garantizar la armonía en el ejercicio
de los diferentes derechos.
Y ya en el sonado caso de los uma frente a la multinacional Oxi,
se había manifestado la Corte en sentencia SU-039 de 1997:
Por lo tanto, para la Corte, debe armonizarse la explotación de
los recursos naturales con fines económicos y los propósitos de
188 DERECHOS HUMANOS Y MEDIO AMBIENTE
desarrollo sostenible que se comprenden en materia ambiental
respecto de ciertas comunidades, entre las cuales se cuentan
las indígenas, para obtener un equilibrio so pena de utilizar
los mecanismos de protección adecuados, como el de la
responsabilidad ambiental administrativa, entendida como un
contrapeso que opera en las relaciones que existan entre los
ciudadanos y los grandes bloques económicos...
Para terminar en una indemnización equitativa por los daños
ocasionados por las actividades de la petrolera sobre los recursos
naturales ubicados en la zona hábitat de la comunidad indígena.
Digamos, de manera conclusiva, y respetuosamente, que la
calentura no está en las sábanas, que el gusanillo de la pasión está
debajo. Pues los conceptos de desarrollo sostenible y preservación
de un ambiente sano no son compatibles ni jurídica, ni técnica,
ni ecológicamente hablando, ya que el primero se construyó, para
pecado de nuestra generación, frente a nuestra posteridad, sobre
la aceptación del daño y la necesidad, entonces, de compensar,
de indemnizar, de “comprar” el daño ambiental que las grandes
potencias han venido ocasionando, que las grandes empresas han
generado...
Por ello es que no se suscribe el Protocolo de Kioto y otros más.
Por ello se han “globalizado” no sólo el mercado y la economía,
sino también el derecho, el derecho positivo, la norma escrita, el
derecho comunitario o supranacional, las “directivas” europeas, las
“decisiones” andinas, el Nafta, el ALCA y otras manifestaciones
normativas, que no jurídicas, donde prima el más fuerte, el poder
económico, el capital.
Es la “captura” del derecho por parte de la economía, del poder
económico en los diferentes órdenes a nivel supranacional.
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