Última columna con corridas de toros en Bogotá
por Carolina Sanín
Carolina Sanín.
Las corridas de toros van a acabarse. Si las cosas siguen su curso conforme a la racionalidad, la
legalidad y el derecho, van a acabarse en Bogotá antes de que termine el próximo mes, cuando
los ciudadanos votemos en la consulta popular. Luego se acabarán en Puente de Piedra
(Cundinamarca), a donde los ricos
bogotanos y sus émulos las han trasladado. Se acabarán también en Cali y Manizales, y en
todos los demás lugares que todavía acojan este entretenimiento de cada vez menos
seguidores.
O a lo mejor se acaban antes en España, y entonces —como tantas otras veces— los criollos
reaccionarios harán el ridículo de seguirse aferrando a una identidad falsificada, cuya versión
original ni siquiera existe. Más pronto que tarde, las corridas de toros van a acabarse en uno y
otro lado del Atlántico; de eso no me cabe duda, pues, durante mi vida, he visto un solo
cambio positivo inequívoco en la humanidad: el crecimiento de la compasión de los
humanos por los otros animales.
En las últimas semanas, los aficionados a los toros han ensayado varios argumentos. A las ya
conocidas excusas de que el toreo es un arte y por eso debe respetarse y practicarse (como
deberían respetarse y celebrarse aún, según eso, las peleas romanas entre leones y cristianos),
y que es una tradición y por eso debe eternizarse (como debería eternizarse, según el mismo
principio, la ablación del clítoris, tradicional en varios países), han sumado la argucia de que, al
convocar una consulta popular para decidir si se prohíben o no las corridas de toros, el Estado
estará vulnerando los derechos de una minoría. En un país en el que los miembros de algunas
minorías étnicas mueren de sed y hambre, los miembros de la minoría política de izquierda han
sido sistemáticamente asesinados y los miembros de las minorías sexuales aún son acosados,
es descarado y frívolo reclamar una consideración especial de “minoría” por ser aficionado a la
tauromaquia (para no hablar de la locura de reivindicar el “derecho” a torturar animales).
Con despótico y desfasado elitismo, los aficionados a las corridas de toros han dicho que
la decisión sobre el final de su pasatiempo dominical no debe dejarse a la mayoría, pues
la mayoría no sabe de tauromaquia. Quizá, según ellos, en el caso de hacer una consulta
popular que reformara la constitución en cuanto a la pena de muerte, por ejemplo, solo deberían
votar los verdugos, los aficionados a las ejecuciones o los conocedores de la historia de la
guillotina, la inyección letal y la horca. Han dicho también que, en la consulta, la mayoría estaría
decidiendo sobre algo que solo concierne a la minoría conformada por los aficionados, que sería
la que se vería privada de su objeto de placer. Es allí donde está el meollo del asunto: el que las
corridas de toros sean prohibidas o permitidas concierne a todos los ciudadanos.
Educarse en una ciudad en la que el maltrato a los animales está permitido es distinto de
educarse en una ciudad en la que los ciudadanos se han unido para manifestar su
disposición a proteger a los animales y su negativa a infligir sufrimiento por
diversión. Que la mayoría consiga que se prohíba un espectáculo en el que se tortura y se mata
a un ser sintiente, en esta ciudad abrumada por la indiferencia, constituirá un paso capital.
Además de evitar el dolor y la muerte de muchos toros, la nueva ley manifestará nuestra
intención de ser compasivos, que es nuestra única esperanza