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Hume

Este documento trata sobre la investigación de David Hume sobre los principios de la moral. Examina si dichos principios se derivan de la razón o del sentimiento, y analiza los argumentos de ambas posturas sin llegar a una conclusión definitiva.

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Este documento trata sobre la investigación de David Hume sobre los principios de la moral. Examina si dichos principios se derivan de la razón o del sentimiento, y analiza los argumentos de ambas posturas sin llegar a una conclusión definitiva.

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David Hume

Investigación
sobre los principios
de la moral

Prélogo, traducción y notas


de Carlos Mellizo

Alianza editorial
El libro de bolsillo
Sección 1
De los principios generales
de la moral

1. Las disputas con hombres que se obstinan en mante-


ner sus principios a toda costa son las más molestas de
todas, quizá con la excepción de aquellas que se tienen
con individuos enteramente insinceros que en realidad
no creen en las opiniones que están defendiendo, y que
se enzarzan en la controversia por afectación, por espiri-
tu de contradicción y por el deseo de dar muestras de
poseer una agudeza y un ingenio superiores a los del res-
to de la humanidad. De ambos tipos de personas debe
esperarse la misma adherencia a sus argumentos, el mis-
mo desprecio por sus antagonistas y la misma apasiona-
da vehemencia en su empeño por hacer que imperen la
sofistería y la falsedad. Y como el razonamiento no es
la fuente de donde ninguno de estos dos tipos de dispu-
tantes saca sus argumentos, es inútil esperar que alguna
vez lleguen a adoptar principios más sólidos guiándose
por una lógica que no hable a sus afectos.

37
Investigación sobre los principios de la moral

Quienes han negado la realidad de las distinciones mo-


rales podrían ser clasificados entre los disputantes insin-
ceros. No es concebible que criatura humana alguna
pueda creer seriamente que todos los caracteres y todas
las acciones merecen por igual la aprobación y el respeto
de todos. La diferencia que la naturaleza ha establecido
entre un hombre y otro es tan vasta y puede acentuarse
hasta tal punto por virtud de la educación, el ejemplo y
el hábito, que cuando se presentan ante nuestra conside-
ración dos casos extremos enteramente opuestos, no hay
escepticismo, por muy radical que sca, que se atreva a
negar absolutamente toda distinción entre ellos. Por
muy grande que sea la falta de sensibilidad de un indivi-
duo, con frecuencia tendrá este hombre que ser tocado
por las imágenes de lo Justo y de lo Injusto; y por muy
obstinados que sean sus prejuicios, tendrá por fuerza
que observar que sus prójimos también son susceptibles
de experimentar impresiones parecidas. Por lo tanto, el
único modo de convencer a un antagonista de esta clase
será dejarlo solo. Pues cuando vea que nadie está dis-
puesto a seguir discutiendo con él, lo más probable es
que, de puro aburrimiento, decida por sí mismo ponerse
del lado del sentido común y de la razón,

2. Últimamente ha tenido lugar una controversia mucho


más merecedora de nuestra atención, que se refiere a los
fundamentos generales de la Moral. Es la controversia
acerca de si estos fundamentos se derivan de la Razón o
del Sentimiento; de si llegamos a conocerlos siguiendo
una cadena de argumentos e inducciones, o más bien
por un sentimiento inmediato y un sentido interno más

38
Sección 1: De los principios generales de la morel

sutil; de si, como sucede con todo recto juicio acerca de


la verdad y la falsedad, deben ser los mismos en todos los
seres racionales inteligentes, o deben estar fundados,
como ocurre con la percepción de la belleza y la defor-
midad, en la particular manera de ser y constitución de
la naturaleza humana.
Los filósofos antiguos, aunque a menudo afirman que
la virtud no es otra cosa que una conformidad con la ra-
zón, en general parecen considerar la moral como algo
que deriva su existencia del gusto y del sentimiento. Por
otro lado, nuestros investigadores modernos, aunque
también hablan mucho de la belleza de la virtud y de la
fealdad del vicio, han intentado, por lo común, explicar
estas distinciones mediante razonamientos metafísicos y
deducciones derivadas de los más abstractos principios
del entendimiento. Tal es la confusión que ha reinado en
estos asuntos, que un antagonismo de gravísimas conse-
cuencias podrá llegar a prevalecer entre uno y otro siste-
ma, e incluso dentro de las partes de cada sistema en par-
ticular. Y, sin embargo, nadie, hasta hace muy poco,
había reparado en ello. El sutil Lord Shaftesbury', que
fue el primero en señalar esta distinción y que, en genc-
ral, se adhirió a los principios de los antiguos, no se libra
enteramente de caer en la misma confusión.

1. Anthony Ashley Cooper, Tercer Ear! de Shaftesbury (1671-1713).


Su educación corrió a cargo de John Locke, Tras una breve participa-
ción en la vida política de Inglaterra, se dedicó por entero a la filoso-
fía. Hume lo cita con frecuencia en sus obras. Las contribuciones más
significativas de este pensador fueron en el orden de la filosofía moral
y de la estética. Su obra fundamental, una recopilación de ensayos
morales, se publicó en 1711 bajo el título Characteristics of Men, Man-
ners, Opinions, Times

39
Investigación sobre los principios de la moral

3. Debe reconocerse que ambas posturas acerca de esta


cuestión son susceptibles de ser defendidas con argu-
mentos plausibles. De una parte, cabría decir que las di-
ferencias morales pueden discernirse mediante el uso de
la pura razón, Pues, de no ser así, ¿cómo explicar las mu-
chas disputas que tienen lugar en la vida ordinaria y en la
filosofía con respecto a este asunto? ¿Cómo dar cuenta
de la larga cadena de pruebas que a menudo son esgrimi-
das por ambos bandos, los ejemplos que se citan, las fa-
lacias que se denuncian, las inferencias que se deducen y
las diversas conclusiones que se sacan de acuerdo con los
principios de que se parte? Se puede disputar sobre la
verdad, pero no sobre el gusto. Lo que existe en la natu-
raleza de las cosas dicta la norma de nuestro juicio, mien-
tras que lo que un hombre siente dentro de sí mismo es
lo que marca la norma del sentimiento. Las proposicio-
nes geométricas pueden probarse, y los sistemas de física
pueden ser discutidos racionalmente. Pero la armonía
del verso, la ternura de una pasión y la brillantez de in-
genio nos procuran un placer inmediato. Ningún hom-
bre razona acerca de la belleza de otra persona, pero sí
ofrece argumentos cuando se está refiriendo a la justicia
o injusticia de sus actos, En todo proceso criminal, el
primer objetivo del prisionero es probar que son falsos
los hechos que se alegan, y negar los actos que se le im-
putan; el segundo consiste en probar que, aun en el caso
de que dichos actos fuesen reales, podrían justificarse
como inocentes y legales. Es admitido que el primer ob-
jetivo puede alcanzarse mediante deducciones del enten-
dimiento; ¿cómo podríamos suponer que es otra facul-
tad de la mente la que se emplea en lograr el segundo?

40
Sección 1: De los principios generales de la moral

4. Por su parte, quienes afirman que todas las determi-


naciones morales se basan en el sentimiento se esforza-
rán por mostrar que a la razón le resulta imposible llegar
a conclusiones en este orden de cosas. A la virtud, dicen
los partidarios de esta opinión, le corresponde el ser
amable, y al vicio, odioso. En eso consiste su auténtica
naturaleza o esencia. Pero ¿puede la razón o la argumen-
tación asignar estos diferentes epítetos a tal o cual sujeto
y pronunciarse de antemano acerca de si una cosa debe
producir amor y otra odio? ¿Qué razén podríamos dar
para explicar estas disposiciones afectivas, como no sea
la textura y conformación del alma humana, la cual está
naturalmente capacitada para albergarlas?
La meta de toda especulación moral es enseñarnos
nuestro deber, y mediante representaciones adecuadas
de la fealdad del vicio y de la belleza de la virtud, engen-
drar en nosotros los hábitos correspondientes que nos
lleven a rechazar el uno y abrazar la otra. Pero ¿hemos
de esperar que esto se produzca mediante inferencias y
conclusiones del entendimiento, las cuales no tienen de
por sí influencia en nuestras disposiciones afectivas ni
ponen en movimienta las poderes activos de los hom-
bres? Descubren verdades; pero cuando las verdades
que descubren son indiferentes y no engendran ni deseo
ni aversión, no pueden tener influencia en la conducta.
Lo que es honorable, lo que es justo, lo que es gentil, lo
que es noble, lo que es generoso se apodera de nuestro
corazón y nos anima a abrazarlo y mantenerlo. Lo que es
inteligible, lo que es evidente, lo que es probable, lo que
es verdadero produce en nosotros, únicamente, el frío
asentimiento de nuestro entendimiento; y la satisfacción

41
Investigación sobre los principios de la moral

de una curiosidad especulativa pone fin a nuestras inda-


gaciones.
Extinguid todos los sentimientos y predisposiciones
entrañables a favor de la virtud, así como todo disgusto
y aversión con respecto al vicio; haced que los hombres
se sientan indiferentes acerca de estas distinciones, y la
moral no será ya una disciplina práctica ni tendrá nin-
guna influencia en la regulación de nuestras vidas y ac-
ciones.

5. Estos argumentos esgrímidos por cada uno de los


bandos (y muchos más que podrían aducirse) son tan
plausibles que yo me inclino a sospechar que tanto el
uno como el otro son sólidos y satisfactorios, y que la ra-
zón y el sentimiento concurren en casi todas nuestras de-
terminaciones y conclusiones. Es probable que la sen-
tencia final que decida si tal carácter o tal acto es amable
u odioso, digno de alabanza o de censura; la sentencia
que ponga en ellos la marca del honor o de la infamia, la
de la aprobación o la censura; la que hace de la morali-
dad un principio activo y pone en la virtud nuestra feli-
cidad y en el vicio nuestra miseria, es probable, digo, que
esta sentencia final dependa de algún sentido interno o
sentimiento que la naturaleza ha otorgado a toda la espe-
cie de una manera universal. Pues, ¿qué otra cosa, si no,
podría tener una influencia de este tipo? Pero a fin de
preparar el camino para que se dé tal sentimiento y pue-
da éste discernir propiamente su objeto, encontramos
que es necesario que antes tenga lugar mucho razona-
miento, que se hagan distinciones sutiles, que se infieran
conclusiones precisas, que se establezcan comparaciones

42
Seccién 1: De los principios generales de la moral

distantes, que se examinen relaciones complejas, y que


los hechos generales se identifiquen y se esté seguro de
ellos. Algunas especies de belleza, especialmente las
de tipo natural, se apoderan de nuestro afecto y de nues-
tra aprobación en cuanto se nos presentan por primera
vez, Y cuando no logran producir este efecto, es imposible
que razonamiento alguno pueda cambiar su influencia o
adaptarlas mejor a nuestro gusto y sentimiento. Pero en
muchas otras clases de belleza, particularmente las que
se dan en las bellas artes, es un requisito emplear mucho
razonamiento para llegar a experimentar el sentimiento
apropiado; y un gusto equivocado puede corregirse fre-
cuentemente mediante argumentos y reflexiones. Hay
justo fundamento para concluir que la belleza moral par-
ticipa en gran medida de este segundo tipo de belleza, y
que exige la ayuda de nuestras facultades intelectuales
para tener influencia en el alma humana.

6. Mas aunque la cuestión referente a los principios ge-


nerales de la moral sea curiosa e importante, es innecesa-
rio en este momento que nos dediquemos a investigarla
con más detalle. Pues si en el curso de la presente inda-
gación somos tan afortunados como para descubrir el
verdadero origen de la moral, entonces veremos fácil-
mente en qué grado entra el sentimiento o la razón en
todas nuestras decisiones de esta clase*. Para alcanzar tal
propósito, trataremos de seguir un método muy simple:
analizaremos ese complejo de cualidades mentales que
forman lo que en la vida común llamamos Mérito Perso-

* Véase Apéndice L

43
Investigación sobre los principios de la moral

nal; consideraremos cada atributo del alma que hace que


un hombre sea objeto de estima y afecto, o de odio y des-
precio; consideraremos asimismo los diferentes hábitos,
o sentimientos, o facultades que, si se adscriben a una
persona, implican alabanza o censura, y que podrían for-
mar parte de cualquier panegírico o de cualquier sátira
de su carácter y de sus modales. La aguda sensibilidad
que en este punto posee universalmente todo el género
humano le da a un filósofo suficiente garantía de que
nunca se equivocará mucho al componer este catálogo, y
de que tampoco incurrirá en el peligro de elegir mal el
objeto de su contemplación: sólo necesitará entrar por
un momento dentro de sí mismo y ver si a él le gustaría
que se le adscribiese esta o aquella cualidad, y si tal im-
putación provendría de un amigo o de un enemigo. La
misma naturaleza del lenguaje nos guía casi infalible-
mente a la hora de formarnos un juicio de esta clase.
Pues como cada lengua posee un grupo de palabras que
se toman en un buen sentido, y otro grupo de palabras
que se toman en sentido opuesto, basta con un ligero co-
nocimiento del idioma, sin ayuda de razonamiento algu-
no, para orientarnos en la tarea de recoger y clasificar las
cualidades humanas estimables o censurables. El único
objeto de razonamiento será el descubrir las circunstan-
cias que tanto en un lado como en otro son comunes a
estas cualidades, observar el particular elemento en que
todas las cualidades estimables coinciden, así como el
elemento en el que coinciden las censurables, y, a partir
de ahí, llegar hasta el fundamento de la ética y encontrar
esos principios universales de los que en último término
se deriva toda censura y aprobación. Como esto es una

44
Sección 1: De los principios generales de la moral

cuestión de hecho y no de ciencia abstracta, sólo podre-


mos esperar tener éxito siguiendo el método experimen-
tal y deduciendo máximas generales mediante una com-
paración de casos particulares. El otro método científico
según el cual se establece primero un principio general
abstracto que es después ramificado en una variedad de
inferencias y conclusiones puede que en sí mismo sea
más perfecto, pero se ajusta menos a la imperfección de
la naturaleza humana y es una fuente común de ilusión y
de error en este y en otros asuntos. La humanidad está
hoy curada de su pasión por hipótesis y sistemas en cues-
tiones de filosofía natural, y sólo prestará atención a ar-
gumentos que se deriven de la experiencia. Ya es hora de
que intentemos una reforma semejante en todas las dis-
quisiciones acerca de la moral rechazando todo sistema
de ética que, por muy sutil e ingenioso que sea, no esté
basado en los hechos y en la observación.
Empezaremos nuestra investigación sobre este tema
considerando las virtudes sociales de la Benevolencia y la
Justicia. La explicación que demos de ellas será probable-
mente un primer paso que nos permita luego dar cuenta
de 135 otras.

45
Apéndice 1
Sobre el sentimiento moral

102. Si la hipótesis anterior es aceptada, nos será ahora


fácil determinar la cuestión planteada al comienzo*, re-
ferente a los principios generales de la moral; y aunque
entonces decidimos posponer esa cuestión para no enre-
darnos en intrincadas especulaciones impropias de los
discursos morales, podemos en el momento presente re-
tomar el asunto y examinar en qué grado entran la razón
o el sentimiento en todas las decisiones de alabanza o de
censura.
Al suponerse que un fundamento principal de la ala-
banza moral reside en la utilidad de una cualidad o ac-
ción, de ello resulta evidente que la razón debe tener una
participación considerable en todas las decisiones de esa
clase; pues nada que no sea esa facultad puede instruir-
nos acerca de la tendencia de cualidades y acciones, y se-

* Sección 1.

193
Investignción sobre los principios de la moral

ñalarnos sus consecuencias beneficiosas para la sociedad


y para quien las posee. En muchos casos, éste es un asun-
to que puede dar lugar a una gran controversia: puede
haber dudas; es posible que haya intereses opuestos. Y
debe darse la preferencia a una de las partes, tras una
cuidadosa consideración y teniendo en cuenta un siquie-
ra pequeño predominio de la utilidad. Esto es particular-
mente de notar en cuestiones que se refieren a la justicia,
como es natural suponer debido a la especie de utilidad
que acompaña a esta virtud”. Si cada caso de justicia,
como acurre con los casos de benevolencia, fuese útil a
la sociedad, la cosa sería más fácil de determinar y muy
pocas veces sería susceptible de mayor controversia.
Pero como hay ejemplos particulares relativos a la justi-
cia que a menudo son perniciosos en su primera e inme-
diata tendencia, y como la ventaja de la sociedad resulta
sólo de la observancia de la regla general y de la concu-
rrencia y cooperación de varias personas en un mismo,
equitativo modo de conducta, el caso se hace aquí más
intrincado y complejo. Las varias circunstancias de la so-
ciedad; las varias consecuencias que pueden derivarse
de cualquier práctica; los vanos intereses que pueden
ser propuestos: cosas son éstas que en muchas ocasio-
nes resultan dudosas y están sujetas a gran discusión y
escrutinio.
El objeto de las leyes municipales es fijar todas las cues-
tiones referentes a la justicia; los debates entre los ciuda-
danos, lo que reflejan los políticos, los precedentes histó-
ricos y los registros y memoriales públicos están todos

* Véase Apéndice 3.

194
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

dirigidos al mismo propósito. Y una razón o juicio sobre-


manera precisos son con frecuencia requeridos para for-
mular la decisión acertada entre tan intrincadas dudas
provenientes de utilidades oscuras y contrapuestas.

103. Pero aunque la razón, cuando se ve cumplidamen-


te asistida y mejorada, sea suficiente para instruirnos
acerca de si las tendencias de las cualidades y de las ac-
ciones son perniciosas o son útiles, no es por sí sola sufi-
ciente para producir ninguna censura o aprobacién mo-
ral, La utilidad es sólo una tendencia hacia un cierto fin;
y si el fin nos resultara totalmente indiferente, habríamos
de sentir la misma indiferencia hacia los medios. Se re-
quiere, pues, que un sentimiento se manifieste, a fin de
dar preferencia a las tendencias útiles sobre las pernicio-
sas. Este sentimiento no puede ser otro que un senti-
miento en favor de la felicidad del género humano, y un
resentimiento por su desdicha, pues éstos son los dos di-
ferentes fines que la virtud y el vicio tienden a promover.
Aqui, por tanto, la razón nos instruye acerca de las varias
tendencias de las acciones, y el sentimiento humanitario
hace una distinción a favor de aquellas que son útiles y
beneficiosas.

104. Esta división entre las facultades del entendimien-


to y las del sentimiento en todas las decisiones morales
parece desprenderse con claridad de la hipótesis prece-
dente. Pero voy a suponer que esa hipótesis sea falsa;
será, entonces, necesario buscar alguna otra teoría que
resulte satisfactoria; y me atrevo a afirmar que no podrá
encontrarse ninguna, mientras supongamos que la razón

195
Investigación sobre los principios de la moral

es la única fuente de la moral. Para probar esto, será


apropiado que ponderemos las cinco consideraciones si-
guientes.
1. Es fácil que una hipótesis falsa mantenga alguna
apariencia de verdad cuando se queda por entero en el
orden de las generalidades, hace uso de términos que no
han sido definidos y emplea comparaciones en lugar de
casos concretos. Esto es de notar particularmente en esa
filosofía que atribuye a la razón todas las distinciones mo-
rales, sin la cooperación del sentimiento. Es imposible
que en caso particular alguno esta tesis pueda hacerse in-
teligible, por muy especiosa que sea la figura a que pueda
dar lugar en declamaciones y discursos generales, Exami-
nad, por ejemplo, el crimen de la ¿ngratitud, el cual se da
siempre que abservamos por un lado una buena voluntad
expresada y conocida y la realización de buenos oficios; y
por parte, del otro lado, un pago de mala voluntad o indi-
ferencia, con malos oficios o negligencia. Pues bien: anali-
zad todas estas circunstancias y examinad, sólo mediante
la razón, en qué consiste aquí el demérito o censura. Nun-
ca podréis llegar a conclusión alguna.

105. La razón juzga acerca de una cuestión de hecho o


acerca de relaciones. Preguntaos, pues, en primer lugar,
dónde esti la cuestión de hecho que aquí llamamos crs-
men; señaladla; determinad el momento de su existen-
cia; describid su esencia o naturaleza; exponed el sentido
o la facultad a los que se manifiesta. Reside en el alma de
la persona ingrata; tal persona debe, por tanto, sentirla y
ser consciente de ella. Pero nada hay ahí, excepto la pa-
sión de mala voluntad o de absoluta indiferencia. Mas no

196
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

podéis decir que siempre y en todas las circunstancias


estas cosas sean crímenes. No; sólo son crímenes cuando
se dirigen hacia personas que previamente han expresa-
do y manifestado buena voluntad para con nosotros. En
consecuencia, podemos inferir que el crimen de la ingra-
titud no es ningún hecho individual en particular, sino
que surge de una complejidad de circunstancias, las cua-
les, al ser presentadas al espectador, provocan el senti-
micnto de censura según la estructura y constitución
particulares de su mente.

106. Me decís que esta representación es falsa; que el


crimen, ciertamente, no consiste en un becho particular
de cuya realidad nos aseguramos mediante la razón, sino
que consiste en ciertas relaciones morales descubiertas
por la razón, de igual modo a como por la razón descu-
brimos las verdades de la geometría o del álgebra. Pero
yo pregunto: ¿qué son esas relaciones de las que aquí es-
táis hablando? En el caso referido más arriba, veo prime-
ro buena voluntad y buenos oficios en una persona; y
luego, mala voluntad y malos oficios en la otra. Entre és-
tas hay una relación de contrariedad. ¿Consiste el crimen
en esa relación? Pero supongamos que una persona al-
berga una mala voluntad hacia mí, o ha empleado contra
mi malos oficios; y que yo, a cambio, soy indiferente para
con ella o empleo buenos oficios hacia clla. Aquí existe
la misma relación de contrariedad, y sin embargo mi con-
ducta sería, más que nada, laudable. Dad al asunto tan-
tas vueltas como queráis, mas nunca podréis hacer que la
moralidad se base en una relación, sino que hemos de re-
currir a decisiones del sentimiento.

197
Investigación sobre los principios de la moral

Cuando se afirma que dos más tres es igual a la mitad


de diez, entiendo perfectamente esta relación de igual-
dad. Concibo que si diez se divide en dos partes, de las
cuales la una tiene tantas unidades como la otra, y que si
cualquiera de estas partes es comparada con dos más
tres, contendrá tantas unidades como ese número com-
puesto. Pero cuando, basándoos en esto, establecéis una
comparación con las relaciones morales, confieso que
soy toralmente incapaz de entenderos. Un acto moral, un
crimen como la ingratitud, es un objeto complejo. ¿Con-
siste la moralidad en la relación que sus partes mantic-
nen entre sí? ¿Cómo? ¿De qué manera? Especificad la
relación; sed más precisos y explícitos en vuestras pro-
posiciones, y fácilmente veréis su falsedad.

107. Pero me decís que no, que la moralidad consiste en


la relación que tienen los actos con la norma de lo justo;
y que son denominados buenos o malos, según estén de
acuerdo o en desacuerdo con ella. ¿Qué es, pues, esa
norma de lo justo? ¿En qué consiste? ¿Cómo se determi-
na? Decís que mediante la razón, la cual examina las re-
laciones morales de los actos. De moda que las relacio-
nes morales son determinadas comparando los actos con
una norma. Y esa norma es determinada considerando
las relaciones morales de los objetos. ¿No es éste un sano
razonamiento?
Todo esto es metafísica, decís, Basta, pues; no hace
falta más para hacernos albergar la grave sospecha de
que se trata de una falsedad. Sí, respondo; de seguro que
aquí hay metafísica, pero toda está en el lado de voso-
tros, de los que proponéis hipótesis abstrusas que nunca

198
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

pueden hacerse inteligibles, ni cuadrar con ningún ejem-


plo o ilustración particular. La hipótesis que nosotros
abrazamos es clara. Mantiene que la moralidad es deter-
minada por el sentimiento. Define la virtud diciendo que
es cualquier acción mental o cualidad que da al espectador
un grato sentimiento de aprobación; y el vicio, lo contra-
rio. Después procedemos a examinar una simple cues-
tión de hecho, a saber: qué acciones tienen esta influen-
cia. Consideramos todas las circunstancias en las que
estas acciones concuerdan y, a partir de ahí, tratamos de
deducir algunas observaciones respecto a estos senti-
mientos. Si a esto lo llamáis metafísica y encontráis en
ello algo abstruso, rendréis por fuerza que concluir que
vuestra mentalidad no es la apropiada para las ciencias
morales.

108. IL. Toda vez que un hombre delibera acerca de su


propia conducta (por ejemplo, acerca de si debería, en
un caso concreto de emergencia, ayudar a su hermano o
ayudar a un benefactor), tiene que considerar estas dis-
tintas relaciones con todas las circunstancias y situacio-
nes referentes a las personas' para determinar qué deber
y obligación es superior. Y para determinar la proporción
de líneas en un triángulo, es necesario examinar la natura-
leza de esa figura y las relaciones que sus varias partes tie-
nen entre sí. Pero a pesar de la aparente semejanza que
existe en ambos casos, hay en el fondo una radical diferen-

1. Es decir, para averiguar si debe dar la preferencia al hermano, o si


debe dársela al benefactor, riene que considerar por separado las dis-
rintas relaciones que ha establecido con ambas personas.

199
Investigución sobre los principios de la moral

cia entre ellos. Cuando un razonador especulativo trata de


triángulos o de círculos, considera las diversas y conocidas
relaciones de las partes de estas figuras; y, a partir de ahí,
infiere alguna relación desconocida, la cual se deriva de
las anteriores. Pero en las deliberaciones morales debe-
mos tener de antemano un conocimiento de todos los
objetos y de todas las relaciones que éstos mantienen en-
tre sí; y basándonos en una comparación del todo, deter-
minamos nuestra elección o aprobación. No hay hecho
nuevo que certificar; no hay nueva relación que descu-
brir. Se supone que todas las circunstancias del caso es-
tán ante nosotros antes de que podamos formular algún
juicio de censura o de aprobación, Y si alguna circuns-
tancia material nos es todavía desconocida o dudosa, de-
bemos primero emplear nuestra capacidad de investiga-
ción y nuestras facultades intelectuales en asegurarnos
respecto a ella; y debemos, durante ese tiempo, suspen-
der toda decisión o sentimiento moral. Mientras no se-
pamos si un hombre ha sido o no ha sido el agresor,
¿cómo podremos determinar si la persona que lo mató
es criminal o inocente? Pero después que cada circuns-
tancia y cada relación son conocidas. el entendimiento
no tiene ya más espacio en el que operar, ni ningún obje-
to en el que emplearse. La aprobación o la censura que
entonces tienen lugar no pueden ser obra del juicio, sino
del corazón; y no consisten en una proposición o afirma-
ción especulativa, sino en un sentimiento activo. En las
disquisiciones del entendimiento, partiendo de circuns-
tancias y relaciones conocidas, inferimos alguna nueva y
desconocida. En las decisiones morales, todas las cir-
cunstancias y relaciones deben ser previamente conoci-

200
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

das; y la mente, tras contemplar el todo, siente alguna


nueva impresión de afecto o de disgusto, de estima o de
desprecio, de aprobación o de censura.

109. De ahí la gran diferencia entre un error referente a


los bechos y un error referente a lo justo; y de ahí la razón
por la que el uno es, por lo común, criminal, y el otro no.
Cuando Edipo mató a Laio, ignoraba la relación; y de
una manera inocente e involuntaria, formó, a partir
de una serie de circunstancias, opiniones erróneas acer-
ca de la acción que cometió'. Pero cuando Nerón mató a
Agripina, todas las circunstancias factuales le eran pre-
viamente conocidas; mas un motivo de venganza, o de
miedo, o de interés, prevaleció en su salvaje corazón por
encima de sentimientos de deber y de humanitarismo*.
Y cuando expresamos contra él [Nerón] ese rechazo al
que, al cabo de muy poco tiempo, él mismo se hizo in-
sensible, no es porque estemos viendo relaciones que él
ignoraba, sino porque, debido a la rectitud de nuestra
disposición, brotan en nosotros sentimientos contra los
que él estaba endurecido por culpa de la adulación y de
una larga persistencia en la práctica de los crímenes más
horrendos. Es, pues, en estos sentimientos, y no en el
descubrimiento de relaciones de ningún tipo, en lo que
consisten todas las determinaciones morales. Antes de
que podamos pretender llegar a alguna decisión de esta
clase, todo debe ser conocido y confirmado, por lo que
al objeto o acción se refiere. Sólo nos queda, entonces,

1. Ejemplo de error referente a los hechos.


2. Ejemplo de error referente a lo justo.

201
Investigación sobre los principios de la moral

experimentar por nuestra parte un sentimiento de cen-


sura o de aprobación; y, a partir de ahí, nos pronuncia-
mos acerca de si la acción es criminal o virtuosa.

110. III. Esta doctrina se hará aún más evidente si com-


paramos la belleza moral con la natural, con la cual man-
tiene una semejanza tan acusada en tantos aspectos.
Toda belleza natural depende de la proporción, relación
y posición de las partes; pero sería absurdo inferir de
esto que la percepción de la belleza consiste enteramen-
te, como la percepción de la verdad en problemas de
geometría, en la percepción de las relaciones, y es reali-
zada totalmente por el entendimiento o las facultades in-
relectuales. En todas las ciencias, nuestra mente in-
vestiga acerca de relaciones desconocidas, partiendo de
relaciones conocidas. Pero en las decisiones que se refie-
ren al gusto y a la belleza exterior, todas las relaciones
son de antemano obvias a la vista; y es después cuando
procedemos a experimentar un sentimiento de compla-
cencia o de disgusto, según sea la naturaleza del objeto y
la disposición de nuestros órganos.
Euclides expuso exhaustivamente todas las cualida-
des del círculo; pero en ninguna proposición dijo una
sola palabra acerca de su belleza. La razón de esto es
evidente: la belleza no es una cualidad del círculo; no
reside en ninguna parte de esa línea cuyas partes equi-
distan de un centro común; es solamente el efecto que
esa figura produce en la mente, cuya peculiar constitu-
ción o estructura la hace susceptible de tales sentimien-
tos. En vano buscaríais la belleza en el círculo; en vano
trataríais de encontrarla en las propiedades de esa figu-

202
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

ra, haciendo uso de los sentidos o de razonamientos


matemáticos.
Prestad atención a Palladio' o a Perrault? cuando ex-
plican todas las partes y proporciones de una columna.
Hablan de la cornisa y del friso; de la base y del entabla-
mento; del fuste y del arquitrabe. Y dan la descripción y
la posición de cada uno de estos elementos. Pero si les
pidierais que diesen la descripción y posición de su be-
lleza, responderían al instante diciendo que la belleza no
reside en ninguna de las partes 0 miembros de una co-
lumna, sino que se desprende del todo cuando esa figura
compleja es presentada a una mente inteligente suscepti-
ble de experimentar esas sensaciones más sutiles. Hasta
que no aparezca un espectador tal, no habrá nada
más que una figura de tales o cuales dimensiones y pro-
porciones determinadas; es sólo de los sentimientos del
espectador, de donde surge su elegancia y su belleza.
Y es más: escuchad a Cicerón cuando pinta los crimenes
de un Verres o de un Catilina. Debéis reconocer que la
torpeza moral resulta igualmente de la contemplación del
todo cuando éste se presenta a un ser cuyos órganos tienen
una estructura y una formación particulares. El orador po-
drá pintarnos la rabia, la insolencia y la barbarie, por un
lado; y por el otro, la mansedumbre, el sufrimiento, la tris-
teza y la inocencia. Pero si no sentís que la compasión o la
1. Andrea Palladio (1508-1580). Nombre de pluma de Andrea di Pie-
tro, uno de los arquitectos más distinguidos del Renacimiento italia-
no. Su famoso tratado I quartro libri dell’ Architectura fue publicado
originalmente en 1570.
2. Claude Perrault (1613-1688). Arquitecto y hombre de ciencia fran-
cés, autor de un tratado sobre los cinco órdenes de columnas en la
arquitectura clásica, publicado en 1683.

203
Investigación sobre los principios de la moral

indignación brotan en vosotros al considerar este conjun-


to de circunstancias, en vano le preguntaríais a Cicerón en
qué consiste el crimen o la villania contra la que declama
con tanta vehemencia. ¿En qué momento, o en qué sujeto
comenzó primero a existir [tal crimen o villanía]? ¿Y qué
fue de ella dos meses después, cuando la disposición y el
pensamiento de todos los actores se hubieron alterado o
aniquilado toralmente? No puede darse respuesta satisfac-
toria a ninguna de estas preguntas si seguimos una hipóte-
sis abstracta de la moral; y debemos, a fin de cuentas, re-
conocer que el crimen o la inmoralidad no es un hecho o
una relación particular que puede ser objeto del entendi-
miento, sino que surge enteramente del sentimiento de
desaprobación que, por la estructura de la naturaleza hu-
mana, inevitablemente experimentamos tras una aprehen-
sión de la barbarie o de la traición.

111. IV. Los objetos inanimados pueden guardar entre


sí todas y las mismas relaciones que observamos en los
agentes morales, si bien los primeros no pueden ser nun-
ca objeto de amor o de odio, ni ser, consecuentemente,
susceptibles de mérito o de iniquidad. Un árbol joven
que llega a crecer más que su padre y lo destruye es en
todas las relaciones igual que Nerón cuando éste asesinó
a Agripina; y si la moralidad consistiera meramente en
relaciones, sin duda ambos serían igualmente criminales.

112. V: Parece evidente que los fines últimos de los actos


humanos no pueden en ningún caso explicarse por la ra-
zón, sino que se encomiendan enteramente a los senti-
mientos y afectos de la humanidad, sin dependencia algu-

204
Apéndice 1: Sobre el sentimiento moral

na de las facultades intelectuales. Preguntad a un hombre


por qué hace ejercicio, y os responderá que porque desea
conservar la salud, Si le preguntáis entonces por qué desea
la salud, inmediatamente os contestará que porque la enfer-
medad es dolorosa. Si leváis vuestras inquisiciones más allá
y deseáis que os dé una razón de por qué odía el dolor, es
imposible que jamás pueda daros ninguna. Se trata de un
fin último, y no puede ser referido a ningún otro objeto.
Quizá a la pregunta segunda de por qué desea la salud,
pueda también contestaros que porque es necesaria para
el ejercicio de su profesión. Si vosotros le preguntáis por
qué está deseoso de hacer eso, os responderá que porque
desea ganar dinero. Y si le preguntáis: ¿Por qué?, él os
contestará: Porque [el dinero] es el instrumento del pla-
cer Y más allá de esto, sería absurdo seguir pidiendo ra-
zones. Es imposible que aquí haya un proceso 1n infini-
tum, y que una cosa pueda ser siempre razón de por qué
otra es deseada. Tiene que haber algo que sea deseable
por sí mismo, debido a su inmediata concordancia o
acuerdo con el sentimiento y afecto humanos.

113. Ahora bien, como la virtud es un bien deseable de


suyo, sin ulterior pago o recompensa y sólo por la inmedia-
ta satisfacción que procura, se requiere que haya algún sen-
timiento que sea tocado por ella, algún gusto o sensibilidad
interna, o como queráis llamarlo, que distinga entre el bien
moral y el mal moral, y que abrace el uno y rechace el otro.

114. Así, los distintos límites y funciones de la razón y


del gusto se determinan fácilmente. La primera procura
el conocimiento de lo verdadero y de lo falso; el segundo

205
Investigación sobre los principios de la moral

da el sentimiento de lo bello y lo deforme, del vicio y la


virtud. La una descubre los objetos tal y como éstos se
encuentran realmente en la naturaleza, sin añadidos ni
disminuciones; el otro tiene una facultad productora; y
dorando o tiñendo los objetos con los colores tomados a
préstamo del sentimiento interno, hace que surja una
como nueva creación. La razón, al ser fría y desapasiona-
da, no motiva la acción y sólo dirige el impulso recibido
del apetito o inclinación, mostrándonos los medios de
alcanzar la felicidad o de evitar el sufrimiento. El gusto,
en cuanto que da placer o dolor, y por ende constituye
felicidad o sufrimiento, se convierte en un mativo de
acción y es el primer resorte o impulso del deseo y la vo-
lición. Partiendo de relaciones conocidas o supuestas, la
primera' nos lleva al descubrimiento de lo que estaba
oculto y nos era desconocido; después de que todas las
circunstancias y relaciones nos han sido mostradas, el se-
gundo* nos hace experimentar, a partir del todo, un sen-
timiento de censura o de aprobación. El criterio por el
que aquélla’ se guía, al estar basado en la naturaleza de
las cosas, es eterno e inflexible, incluso para el Ser Supre-
mo; el criterio por el que se guia el segundo", al provenir
de la estructura y condición interna de los animales, se de-
riva en última instancia de esa Suprema Voluntad que
otorgó a cada ser su naturaleza peculiar y que organizó
las varias clases y categorías de existencias.

1. Es decír, la razón.
2. Es decir, el gusto.
3. La razón
4. El gusto.

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