RIMAS Y LEYENDAS
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
(SELECCIÓN)
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INTRODUCCIÓN SINFÓNICA
Por los temerosos rincones de mi cerebro acurrucados y desnudos,
duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el Arte
los vista de la palabra, para poderse presentar decentes en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la Miseria, y parecida a esos padres
que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mí Musa concibe y pare en
el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las
cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a
dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes revueltos y barajados en indescriptible
confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña,
semejante a las de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en
una eterna incubación, dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas
bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, deja un sueño de la
medianoche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones y ante
esta idea, terrible, se subleva en ellos el instinto de vida, y agitándose en terrible,
aunque silencioso tumulto, buscan un tropel por dónde salir a la luz de las tinieblas
en que viven. Pero ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un
abismo, que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega
a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil
lucha, vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de
las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas
de mis fiebres ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones
y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por
entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo
viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles
punto.
El insomnio y la Fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso
maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero,
pugnan por dilatar su fantástica existencia, disputándose los átomos de la
memoria como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las
aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por
un manantial vivo.
¡Andad, pues; andad y vivid con la única vida que puedo daros! Mi
inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá aunque
sea de harapos, lo bastante para que no se avergüence vuestra desnudez. Yo
quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida de frases
exquisitas, en la que os pudiérais envolver con orgullo, como en un manto de
púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se
cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible!
No obstante, necesito descansar, necesito, del mismo modo que se sangra
el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje,
desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el
paso de un desconocido cometa; como los átomos dispersos de un mundo en
embrión que aventa por el aire la muerte antes que su Creador haya podido
pronunciar el Fiat Lux que separa la claridad de las sombras.
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No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis
ojos, en extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os
saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís semejantes a fantasmas sin
consistencia. No quiero que al romperse esta arpa vieja y cascada ya se pierdan,
a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un
poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este
otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de
los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y
se confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han
sucedido: mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes
reales; mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que
han muerto o han pasado con los de días y mujeres que no han existido sino en mi
mente. Preciso es acabar arrojándolos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la Muerte, sin que
vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes
de haber nacido. Id, pues, al mundo, a cuyo contacto fuisteis engendrados, y
quedad en él como el eco que encontraron en un alma que por la tierra sus
alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje: de una
hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones
más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado
equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido
acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro.
Gustavo Adolfo Bécquer
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RIMAS
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
demando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras, que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh, hermosa!
si, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera al oído, cantártelo a solas.
II
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde a caer volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar
y rueda y pasa, y no sabe
qué playa buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el último brillará;
ese soy yo, que al ocaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo, ni adónde
mis pasos me llevarán.
III
Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel;
murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo,
como volcán que sordo
anuncia que va a arder,
deformes siluetas
de seres imposibles;
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paisajes que aparecen
como a través de un tul;
colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del Iris,
que nadan en la luz;
ideas sin palabras,
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás;
memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría,
impulsos de llorar;
actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
sin rienda que lo guíe
caballo volador;
locura que el espíritu
exalta y enardece;
embriaguez divina
del genio creador...
¡Tal es la inspiración!
Gigante voz que el caos
ordena en el cerebro,
y entre las sombras hace
la luz aparecer;
brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel;
hilo de luz que en haces
los pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el cenit;
inteligente mano
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir;
armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás;
cincel que el bloque muerde
la estatua modelando
y la belleza plástica
añade a la ideal;
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atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción;
raudal en cuyas ondas
su sed de fiebre apaga;
oasis que al espíritu
devuelve su vigor...
¡Tal es nuestra razón!
Con ambas siempre hay lucha
y de ambas vencedor,
tan sólo el genio puede
a un yugo atar las dos.
IV
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a escribir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que el cálculo resista;
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanza y recuerdos;
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que lo miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
7
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.
Yo nado en el vacío,
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.
Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.
Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea;
yo soy del astro errante
la luminosa estela.
Yo soy nieve en las cumbres,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.
En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas
y en las ruinas hiedra.
Yo atrueno en el torrente
y silbo en la centella,
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.
Yo fío en los alcores,
susurro en la alta hierba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.
Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezo entre los árboles
era la ardorosa siesta
Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arroyo
desnudas juguetean.
Yo en bosques de corales,
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
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las náyades ligeras.
Yo, en las cavernas cóncavas,
do el sol nunca penetra
mezclándome a los nomos
contemplo sus riquezas.
Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.
Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean
y mi pupila abarca la creación entera.
Yo sé de esas regiones
a do un rumor no llega,
y donde informes astros
de vida un soplo esperan.
Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa;
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.
Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.
Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso,
de que es vaso el poeta.
VIII
Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos
a través de una gasa de polvo
dorado e inquieto,
me parece posible arrancarme
del mísero suelo,
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho.
Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar, como ardientes
pupilas de fuego,
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.
En el mar de la duda en que bogo
ni aun sé lo que creo:
¡sin embargo, estas ansias me dicen
que yo llevo algo
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divino aquí dentro...!
IX
Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama ser desliza,
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.
Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborozada;
oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas:
mis párpados se cierran ...¿Qué sucede?
“¡Es el amor que pasa!”
XI
Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas? “No es a ti, no”.
Mi frente es pálida; mis trenzas de oro;
puedo brindarte dichas sin fin;
yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas? “No, no es a ti”.
Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. “¡Oh, ven; ven tú!”
XII
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera
y las ondas del océano;
y el laurel de los poetas.
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Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y, sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean;
pues, no lo creas;
que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.
Y, sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean;
Pues, no lo creas;
que parecen, si enojadas
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y, sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean;
pues, no lo creas;
que, entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro,
que un blanco armiño sujetan.
XIII
Tu pupila es azul, y cuando ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras,
las transparentes lágrimas en ellas
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y cuando lloras,
como un punto de luz radia una idea,
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me parece en el cielo de la tarde
¡una perdida estrella!
XIV
Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos,
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura, orlada en fuego,
que flota y ciega si se mira al sol.
Adondequiera que la vista fijo,
torno a ver sus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada:
unos ojos, los tuyos, nada más.
De mi alcoba en el ángulo los miro
desasidos fantásticos lucir;
cuando duermo los siento que se ciernen
de par en par abiertos sobre mí.
Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
llevan al caminante a perecer:
yo me siento arrastrado por tus ojos
pero a donde me arrastran, no lo sé.
XV
Senda flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.
Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte, te desvaneces
como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul.
En mar sin playas onda sonante,
en el vacío cometa errante,
largo lamento.
Del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.
¡Yo, que a tus ojos, en mi agonía
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!
XX
Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.
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XXI
¿Qué es poesía? dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul;
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú
XXII
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en la tierra
sobre el volcán la flor.
XXIII
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo,
por un beso,.. ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
XXIV
Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco entrelazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama;
dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca
y en el espacio se encuentran y
armoniosas se abrazan;
dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa,
y que al romper se coronan
con un penacho de plata;
dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y al juntarse allí en el cielo
forman una nube blanca;
dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden...
eso son nuestras dos almas.
XXVI
Voy contra mi interés al confesarlo;
pero yo, amada mía,
pienso, cual tú, que una oda sólo es buena
de un billete de banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oírlo
se haga cruces y diga:
“–Mujer, al fin, del siglo diecinueve,
material y prosaica...” ¡Bobería!
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¡Voces que hacen correr cuatro poetas
que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladridos de los perros a la luna!
Tú sabes y yo sé que en esta vida,
con genio, es muy contado quien la escribe,
y con oro, cualquiera hace poesía.
XXVII
Despierta, tiemblo al mirarte;
dormida, me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma
yo velo mientras tu duermes.
Despierta ríes y al reír, tus labios
inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.
Dormida, los de tu boca
pliegan sonrisa leve,
suave corra el rastro luminoso
que deja un sol que muere
“¡Duerme!”
Despierta miras, y al mirar, tus ojos
húmedos resplandecen
como la onda azul, en cuya cresta
chispeando el sol hiere.
Al través de tus párpados, dormida,
tranquilo fulgor viertes,
cual derrama de luz templado rayo
lámpara transparente...
“¡Duerme!”
Despierta hablas, y al hablar, vibrantes,
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.
Dormida, en el murmullo de tu aliento
acompasado y tenue,
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende...
“¡Duerme!”
Sobre el corazón la mano
me he puesto porque no suene
su latido, y de la noche
turbe la calma solemne.
De tu balcón las persianas
cerré ya, porque no entre
el resplandor enojoso
de la aurora, y te despierte...
“¡Duerme!”
XXXI
Nuestra pasión fue un trágico sainete,
en cuya absurda fábula
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lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Pero fue lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada,
a ella tocaron lágrimas y risas,
¡y a mí sólo las lágrimas!
XXXII
Pasaba arrolladora en su hermosura,
y el paso le dejé:
ni aun a mirarla me volví, y no obstante
algo a mi oído murmuró: “Esa es.”
¿Quién reunió la tarde a la mañana?
Lo ignoro: sólo sé
que en una breve noche de verano
se unieron los crepúsculos, y... “fue”.
XXXIII
Es cuestión de palabras, y no obstante
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quien la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo,
y cuándo es dignidad!
XXXVI
Si de nuestros agravios en un libro
se escribiese la historia,
y se borrase en nuestras almas cuanto
se borrase en sus hojas,
te quiero tanto aún, dejó en pecho
tu amor huellas tan hondas,
que sólo con que tú borrases una,
¡las borraba yo todas!
XXXVII
Antes que tú me moriré: escondido
en las entrañas ya
el hierro llevo con que abrió tu mano
la ancha herida mortal.
Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
en su empeño tenaz, sentándose a las puertas de la
muerte,
allí te esperará.
Con las horas los días, con los días los años volarán,
y a aquella puerta llamarás al cabo...
¿Quién deja de llamar?
Entonces, que tu culpa y tus despojos
la tierra guardará,
lavándote en las ondas de la muerte
como en otro Jordán;
Allí donde el murmullo de la vida
temblando a morir va,
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como la ola a la playa viene
silenciosa a expirar;
allí, donde el sepulcro que se cierra
abre una eternidad...
¡Todo cuanto los dos hemos callado lo tenemos que
hablar!
XXXVIII
Los suspiros son aire, y van al aire.
Las lágrimas son agua, y van al mar.
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?
XLI
Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías, que estrellarte o abatirme!
¡No pudo ser!
Tú eras el océano, y yo la enhiesta
roca que firme aguarda a su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme...!
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!
XLIII
Dejé la luz a un lado, y en el borde
de la revuelta cama me senté.
Mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz, y en mis balcones
reía el sol;
Ni sé tampoco en tan horribles horas
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.
XLIV
Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo;
¿a qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora; nadie nos mira!
Ya ves: soy un hombre... ¡y también lloro!
XLVII
Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo,
y les he visto el fin o con los ojos
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o con el pensamiento.
Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
y me incliné por verlo,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡tan hondo era y tan negro!
XLVIII
Alguna vez la encuentro por el mundo
y pasa junto a mí;
y pasa sonriéndose, y yo digo:
¿Cómo puede reír?”
Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
máscara del dolor,
y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe
como me río yo!”
XLIX
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
es altanera y vana y caprichosa;
antes que el sentimiento de su alma
brotara el agua de la estéril roca.
Sé que en su corazón, nido de sierpes,
no hay una fibra que al amor responda;
que es una estatua inanimada...; pero...
¡es tan hermosa!
LII
Volverán las oscuras golondrinas,
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
esas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido... desengáñate,
¡así no te querrán!
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LIX
Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?
Porque no brota sangre de la herida...
¡porque el muerto está en pie!
LXVI
¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
de los senderos busca.
Las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza;
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
LXXV
¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna el tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?
¿Y allí, desnudo de la humana forma;
allí, los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?
¿Y ríe y llora, aborrece y ama,
y guarda un rastro de dolor y gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?
¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros;
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!
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LXXVII
Es un sueño la vida,
pero un sueño febril que dura un punto.
Cuando de él se despierta,
se ve que todo es vanidad y humo...
¡Ojalá fuera un sueño
muy largo y muy profundo;
un sueño que durara hasta la muerte!
Yo soñaría con mi amor y el tuyo.
LXXVIII
Podrá nublarse el sol eternamente;
podrá secarse en un instante el mar,
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.
¡Todo sucederá! Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.
LXXXIII
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme:
yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda;
si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?
LXXXVIII
Errante por el mundo fui gritando:
“La gloria ¿dónde está?”
Y una voz misteriosa contestóme:
“Más allá... más allá...”
En pos de ella seguí por el camino
que la voz me marcó;
halléla al fin, pero en aquel instante
en humo se trocó.
Mas el humo, formando denso velo,
se empezó a remontar.
Y penetrando en la azulada esfera
al cielo fue a parar.
XC
Yo soy el rayo, la dulce brisa,
lágrima ardiente, fresca sonrisa,
flor peregrina, rama tronchada;
yo soy quien vibra, flecha acerada.
Hay en mi esencia, como en las flores
de mil perfumes, suaves vapores,
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y su fragancia fascinadora,
trastorna el alma de quien adora.
Yo mis aromas doquier prodigo
y el más horrible dolor mitigo,
y en grato, dulce, tierno delirio
cambio el más duro, cruel martirio.
¡Ay!, yo encadeno los corazones
mas son de flores los eslabones.
Navego por los mares,
voy por el viento;
alejo los pesares
del pensamiento,
reparto a los mortales
un alimento
para mirar las penas
con faz serena.
Poder terrible, que en mis antojos
brota sonrisas o brota enojos
poder que abrasa un alma helada,
si airado vibro flecha acerada.
Doy las dulces sonrisas
a las hermosas;
coloro sus mejillas
de nieve y rosas;
humedezco sus labios,
y a sus miradas
hago prometer dichas
no imaginadas.
Yo hago amable el reposo,
grato, halagüeño,
o alejo de los seres
el dulce sueño.
Todo a mi poderío
rinde homenaje;
todos a mi corona
dan vasallaje.
Soy amor, rey del mundo,
niña tirana,
ámame, y tú la reina
serás mañana.
20
LEYENDAS
EL MISERERE
Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y
ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca,
descubrí en uno de los rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos
cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé leer la música, pero tengo tanta afición que, aún sin entenderla,
suelo coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas
hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las
rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman
llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me
llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina,
tan vulgar en todas las obras, Finis, la verdad era que el Miserere no estaba
terminado. La música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue, sin duda, lo que primero me llamó la atención; pero luego que me
fijé en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas
palabras italianas que ponen en todas partes, como maestoso, allegro, ritardando,
o piú vivo, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de
los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto:
Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas ha de parecer que salen los
alaridos, o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin
ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad
que solloza y gime; o la más original de todas, recomendaba al pie del último
versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne, lumbre inextinguible, los
cielos y su armonía... ¡Fuerza...! fuerza y dulzura.
¿Sabéis qué es esto? –pregunté al viejecito que me acompañaba, al acabar
de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco. El
anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a esta abadía
un romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con
que satisfacer su hambre y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y
proseguir con la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el
hermano a quien se hizo esta demanda a posición del caminante, al cual, después
que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objetivo de su romería
y del punto a que se encaminaba.
–Yo soy músico –respondió el interpelado–; he nacido muy lejos de aquí, y,
en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un
arma poderosa de seducción y encendí pasiones que me arrastraron a un crimen.
En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal,
redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Las enigmáticas palabras del desconocido no parecieron claras al hermano
lego, quien continuó en sus preguntas, el romero prosiguió de este modo:
21
–Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al
intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar mi
arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad en un libro
santo. Lo abrí y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición
verdadera, un salmo de David, el que comienza Miserere mei, Deus. Desde el
instante en que leí sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma
musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de
dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado, pero si logro expresar lo que
siento en mi corazón, estoy seguro de hacer un Miserere tal, tan maravilloso, que
no hayan oído otro semejante los nacidos; tan desgarrador, que al escuchar el
primer acorde los arcángeles, dirán conmigo, cubierto los ojos de lágrimas y
dirigiéndose al Señor: ¡Misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló, por un instante; y
después, exhalando un suspiro, tomó a coger el hilo de su discurso. El hermano
lego, aunque dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los
frailes, que formaban un círculo alrededor del hogar, lo escuchaban en un
profundo silencio.
–Después –continuó– de recorrer toda Alemania, Italia, y la mayor parte de
este país, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y
he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
–¿Todos? –dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes– ¡A que
no habéis oído aún el Miserere de la Montaña!
–¿El Miserere de la Montaña? –exclamó el músico con aire de extrañeza–
¿qué Miserere es ése?
–¿No dije? –murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación
misteriosa–. Ese Miserere que sólo oyen por casualidad los que como yo andan
día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascos, y es toda una historia,
una historia muy antigua pero tan verdadera como al parecer increíble.
Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que
limitan el valle, hubo ya hace muchos años, muchos siglos, un monasterio famoso,
que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de
legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.
Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso de este hijo, que, por lo que se
verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en
persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que
su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros,
camaradas suyos, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban
en el coro, y en el punto y hora en que habían comenzado el Miserere, pusieron
fuego al monasterio, saquearon la Iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que
no dejaron fraile con vida.
Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos, y su instigador con
ellos; a dónde, no se sabe; a las profundidades tal vez.
Las llamas redujeron el monasterio a escombros, de la iglesia aún quedan
en pie las ruinas. Sobre el peñón donde nace la cascada, que, después de
estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a los muros de esta
abadía.
–Pero –interrumpió impaciente el músico– ¿y el Miserere?
–Aguardaos –continuó con gran sorna el rabadán–, que todo irá por parte.
Dicho lo cual, siguió así su historia:
22
–Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a
hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero
lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en
que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia;
se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores
que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales,
muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios
limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia
cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestra de incredulidad; sólo
el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia,
preguntó con ansiedad al que la había referido:
–¿Y decís que ese portento se repite aún?
–Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente
esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la
abadía.
–¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
–A una legua y media...; pero ¿qué hacéis? ¿A dónde vais?
–¡Estáis dejado de la mano de Dios! –exclamaron todos al ver que el
romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, se dirigía hacia a la
puerta.
–¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero
Miserere de los que vuelven después de los muertos, y saben lo que es morir en el
pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego, y de los no
menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa
pugnase por arrancarlas de sus quicios. La lluvia caía en turbiones, azotando los
vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba
por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:
–¡Está loco!
–¡Está loco! –repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se
agruparon alrededor del hogar.
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que
calificaran de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó
el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes
las ruinas del monasterio.
II
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre
cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire,
al azotar los fuertes manchones y extenderse por los desiertos claustros, diríase
que exhalaba gemidos. Sin embargo nada sobrenatural, nada extraño venía a
herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que
23
las ruinas de una torre abandonada o de un castillo solitario; al que había
arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos
le eran familiares.
Las gotas que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían
sobre las losas con un rumor acompasado como el del péndulo de un reloj; los
gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen,
de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que descubiertos de su
letargo por la tempestad sacaban sus deformes cabezas de los agujeros donde
duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al
pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el
pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo,
de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado
sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que
debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo, y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos
rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre
los mismos.
–¡Si me habrá engañado! –pensó el músico; pero en aquel instante se oyó
un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj
algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas
que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su
misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada;
todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de
granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol en los altares, los
sillares de las ovijas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de
las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la
iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una
antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
Parecía un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas que
brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a
la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más
horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las
piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes
esparcidos sin orden, se levantó intacta y se levantaron las derribadas capillas, los
rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y
enlazándose, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Luego, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el
zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía
salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco haciéndose cada vez más
perceptible.
El peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su
fanatismo por lo maravilloso, y, alentado por él, dejó la tumba sobre la que
reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente,
despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de
horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas bajo los
pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los
24
blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de su calavera, vio los
esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel
precipicio, salir del fondo de las aguas y agarrándose con los largos dedos de sus
manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde,
diciendo en voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el
primer versículo del salmo de David:
Miserere mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam!” (Apiádate de
mí, Oh Dios, según tu gran misericordia).
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos
hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más
levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del Salmo. La música
sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno,
que, desvanecida la tempestad, se aleja murmurando; era el zumbido del aire que
gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía
sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y
el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era música, y algo más que no puede
explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano
que acompañaba los versículos del himno de contrición del rey, con notas y
acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía
estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas
las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba
todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una
emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de
reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos...
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del
Miserere: “In iniquitatibus conceptus sum; et in peccatis conceptit me mater mea”
(Fui concebido en la iniquidad y mi madre me concibió en pecado).
Al resonar el versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en
bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a
la humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso,
formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la
desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, de
los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol
que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago
de terror otro de júbilo, hasta que, merced a una transformación súbita, la iglesia
resplandeció bañada en luz celeste: las osamentas de los monjes se vistieron de
sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la
cúpula, y, a través de ella, se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la
mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, y los ángeles, y las jerarquías acompañaban
con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como
una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
“Auditui meo dabis gaudium et laetitiam, et exultabunt ossa humiliata” (A mi
oído darás alegría y dicha, y tendrán regocijo los huesos humillados).
En este punto, la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus
sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por
tierra, y nada más oyó.
25
III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el
hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron
entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
–¿Oísteis, al cabo, el Miserere? – le preguntó con cierta mezcla de ironía el
lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
–Sí –respondió el músico.
–¿Y qué tal os ha parecido?
–Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa –prosiguió dirigiéndose
al abad–; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del
arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y
eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su
demanda; el abad, por compasión, aún creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y
el músico, instalado ya en el monasterio comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante.
En mitad de su tarea se paraba, y parecía escuchar algo que sonaba en su
imaginación, y se dilataban sus pupilas saltaba en el asiento y exclamaba:
–¡Eso es así, así, no hay duda..., así! –y proseguía escribiendo notas con
una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le
observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del salmo;
pero al llegar al último que había oído en la montaña le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su música no se
parecía a aquella música ya anotada y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el
apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza y se volvió loco, y se murió, en fin, sin
poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su
muerte, y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de
volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere que aún
estaba abierto sobre una de las mesas.
“In peccatis conceptit me mater mea”
Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía
mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los
legos en la música.
Por haberlas podido leer, hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
26
LOS OJOS VERDES
Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este
título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en
la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda.
No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal
cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se
resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De
todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme
comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún
día.
—Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre
las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas...
Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban... En cuarenta años de
montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!,
cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas
hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares:
¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Álamos y si la salva antes de morir
podemos darlo por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las
trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron
con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al
punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como
el más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas,
jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta,
las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una
trocha que conducía a la fuente.
—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó Iñigo entonces—. Estaba de Dios que
había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles
dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.
En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando
de Argensola, el primogénito de Almenar.
—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se
pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué
haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi
mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo
del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?
—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este
punto. —¡Imposible! ¿Y por qué?
—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los
Álamos: la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que
osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus
márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna
27
calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que
pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.
—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero
perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese
ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de
cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí; las
piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te
revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente?
Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus,
caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu
serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista
hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo;
todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies
de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven
valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que
pruebe a pasar el capellán con su hisopo.
II
-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede?
Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de
los Álamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado
con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el
clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os
persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y
permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y
volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde buscó en la bandolera los despojos de
la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente
astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar
sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como
si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:
—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que
has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de
cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso,
una mujer que vive entre sus rocas?
—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en
hito.
—Sí —dijo el joven—, es una cosa extraña lo que me sucede, muy
extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible;
rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me
ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer,
sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de
ella.
El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse
junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos...
Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:
28
—Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la
fuente de los Álamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra
superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña,
y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las
plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse
brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen
entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las
abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman
un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan
sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con
suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible.
Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor
cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas
de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil
superficie apenas riza el viento de la tarde.
Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en
aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas
hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece
que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un
hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al
monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no;
iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una
locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar en su
fondo una cosa extraña…, muy extraña...: los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería
una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen
esmeraldas...; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada
que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una
persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le
he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré
sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y
flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos
eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas
volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de
aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un
color imposible, unos ojos...
—¡Verdes! —exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e
incorporándose de un golpe en su asiento.
Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a
decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
-¿La conoces?
—¡Oh, no!—dijo el montero—.¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres,
al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu,
trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo
os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de los álamos.
Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber
encenagado sus ondas.
—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.
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—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos,
por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un
servidor, que os ha visto nacer.
—¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el
amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden
atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de
esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba
en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó
con acento sombrío:
—¡Cúmplase la voluntad del Cielo!
III
—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día
y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores
que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves
como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo
siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a
grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la
niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver
las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en
el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito
Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano
arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno
de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo
como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias
brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para
pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente,
como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.
—¡No me respondes! —exclamó Fernando al ver burlada su esperanza—.
¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo
quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
—O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus
pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y
fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:
—Si lo fueses…: te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi
destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.
—Fernando —dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una
música—, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal
siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy
una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo
de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus
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rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente
donde moro; antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las
supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extraño
y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su
fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba
más y más al borde de la roca.
La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
—¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y
verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de
esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad
que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la
niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas
nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus
himnos de amor; ven..., ven.
La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la
superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes
brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las
aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando
como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo
donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...
Fernando dio un paso hacía ella..., otro..., y sintió unos brazos delgados y
flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos,
un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y
lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus
círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las
orillas.