Ironía, escepticismo, cinismo
Author(s): John Christian Laursen
Source: Pasajes , Invierno 2004 - 2005, No. 16 (Invierno 2004 - 2005), pp. 2-11
Published by: Publicacions Universitat de Valencia
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Antoni Tàpies:
Cop i vernis
(1990)
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Uno de los temas que han animado el debate público en los últimos tiempos es, sin duda, el papel y alcance
del laicismo en la esfera social y el ámbito político. Tema polémico donde los haya, a la luz de la experiencia
histórica, precisamente en este país. Por eso merece una atención sosegada, una aproximación serena, no sea que
de malentendido en malentendido, de invectiva en invectiva, se quiera avistar agravios y encontrar dramáticos
enfrentamientos donde no los hay. Sorprenden, por tanto, algunas reacciones como mínimo exageradas y carga
das de alarmismo de la jerarquía católica, que indican tal vez que algunas heridas del pasado no han cicatrizado
del todo. O que algunas lecciones de la historia no han sido aprendidas suficientemente.
La sociedad en su conjunto, sin embargo, se muestra en este como en muchos otros temas considerablemente
más tranquila que algunos observadores cualificados o portavoces autodesignados de sensibilidades con amplio
respaldo. Los temas de moral sexual, la consideración y el respeto de los derechos de los homosexuales (inclu
yendo el matrimonio), los ensayos clínicos con células madre o la enseñanza de la religión en la escuela, por
poner ejemplos de cuestiones hoy en día ampliamente aireadas, no suscitan desacuerdos radicales ni levantan
aquellas pasiones sin vuelta de hoja que, en el pasado, en nombre de definiciones monolíticas del ser colectivo y
de una cierta visión de lo religioso, ensombrecieron la convivencia hasta hacerla imposible.
El espacio público no pertenece a nadie y pertenece a todos
En esta medida podría decirse que la sociedad ha madurado profundamente, que ha asimilado algunas nociones
básicas relativas al trato humano de la diferencia, al reconocimiento del pluralismo, a la necesidad de construir un espa
cio compartido y apreciado en el que no se excluye ningún punto de vista, creencia o filosofía, pero donde tampoco
se impone ninguno. Laicismo en este sentido significa que hay una pluralidad de creencias en la sociedad y que éstas
se encuentran y son capaces de dialogar: se respetan. Las opiniones y la vida privada son objeto de una escrupulosa
protección dentro del marco de una ley que es igual para todos. Las leyes, las reglas del espacio público, definen un
ámbito en el que nadie puede arrogarse la primacía por definición, y son el resultado del acuerdo y el consenso expre
sado a través de los mecanismos, perfectamente definidos, de elaboración colectiva y de base democrática.
El espacio público no pertenece a nadie y pertenece a todos. Por eso es fundamental definir un terreno de juego
en el que todas las sensibilidades sean reconocidas y respetadas, sin imposiciones. El laicismo, y este aspecto es
fundamental, no es la imposición de otra creencia, de otra filosofía, sino algo muy distinto: la estructuración de un
ámbito aconfesional de encuentro e integración en el que se escuchan todas las voces y no se impone ninguna. El
margen de libertad para optar por unas opiniones o por otras, por unas prácticas y observancias u otras, es -debe
ser- enorme, y sólo puede conocer el límite del respeto al derecho de los otros, regulado por la ley. Pero el espa
cio público no debe ocuparlo, por definición, ninguna opción concreta. Debe caracterizarse, en cambio, por la neu
tralidad y la máxima libertad en el respeto a las creencias ajenas. Es bastante lo que se ha avanzado en esta direc
ción, a partir de un consenso social amplísimo. Por eso sorprenden tanto y resultan extemporáneas las insinuaciones
o las denuncias abiertas de persecución de una confesión determinada, cuando a lo que se asiste, en todo caso, es
al ajuste gradual y prudente de algunas normas y regulaciones para atender a exigencias del tiempo, para superar
incoherencias con el planteamiento aconfesional de fondo que preside hoy la convivencia y que la hace posible.
Los ejemplos anteriormente citados de cuestiones debatidas remiten a algo muy simple: se trata de ensanchar
los marcos de libertad sin imponer a nadie una moral o una creencia particular. Precisamente porque la sociedad
es enormemente plural, y cada día lo es más en una época marcada por las migraciones, la definición sesgada y
limitativa del espacio público es, no ya desaconsejable, sino probablemente inviable. En todo caso, se trata de
ampliar la capacidad de los ciudadanos para hacer determinadas cosas, de aumentar su libertad, no de imponer
reglas o normas de conducta a nadie. Y en este sentido, se trata de garantizar que los espacios públicos, como la
escuela por ejemplo, son ámbitos o terrenos de juego en los que impera el pluralismo y la integración, en los que
se respetan las creencias, pero no son la sede primaria de su transmisión, porque su objeto es otro (fundamental
mente la transmisión del saber académico y la formación cívica).
Naturalmente que este debate incluye multitud de aspectos y matices que no cabe simplificar, como la
importancia que debe darse a la cultura religiosa (es decir, al conocimiento de las religiones) como bagaje y
clave para la comprensión histórica. Y que otras cuestiones relacionadas con estos temas (determinados
ensayos clínicos o la eutanasia, entre muchos más) plantean dilemas éticos no sólo para los creyentes, sino para
todos, pues no debe olvidarse que no toda ética es de base religiosa. Hay una ética laica en torno a estas
cuestiones que también debe tener voz.
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LA FILOSOFÍA HOY
Ironía, escepticismo,
cinismo
John Christian Laursen es profe
sor de Filosofía en la Universi
John Christian Laursen
dad de California (Riverside).
Estudioso de la teoría política y
de la historia del pensamiento,
sus obras más recientes son
The Politics of Skepticism in
the Ancients, Montaigne,
Hume and Kant (1992), Con
tinental Millenarians: Protes
I Ironía, escepticismo, cinismo: ¿existe alguien que sepa qué significan estas pala
tants, Catholics, Heretics bras? Me lo pregunto porque creo que son de la clase de palabras que todo el mundo
(2001) y Histories of Heresy
in Early Modern Europe: Fon
usa según su antojo. Ironía puede ser utilizada para querer decir paradoja, sátira, sarcasmo,
Against and Beyond Persecu invectiva, coincidencia, tragedia, y más. Escepticismo puede indicar duda, negativismo,
tion and Toleration (2002).
incertidumbre, sospecha, pesimismo, oposición, nominalismo, ateísmo, etc. Cinismo es
un término más restringido: suele expresar hipocresía, egoísmo, manipulación, y otras
indicaciones de mal carácter. Además, para la mayoría de las personas estos tres con
ceptos no son virtudes, sino malas cosas.
En este ensayo me propongo hacer dos cosas. Una es aclarar un poco el sentido his
tórico de estas palabras para ayudar a que mis lectores vuelvan a usar las palabras en un
sentido menos equívoco. Si una palabra significa todo, no significa nada. Si se puede jus
tificar un sentido más definido, se puede contribuir a un vocabulario más claro. Y otro pro
pósito es reconsiderar la valoración negativa de estos conceptos, mostrando cómo y cuándo
pueden ser virtudes en vez de pecados.
También quiero centrarme en el uso de estas palabras en la filosofía política. Aun
que los conceptos clave tradicionales del lenguaje de la política son palabras como igual
dad, derecho, propiedad, contrato y democracia, un sentido más amplio de la política
sugiere que conceptos como ironía, escepticismo y cinismo sí que son clave para el
análisis y la actuación de la vida política. Todo el mundo sabe que estos conceptos han
desempeñado un papel importante en la literatura. Me gustaría convencer a los lectores
de que considerar seriamente la filosofía política implica contemplarla desde el punto de
vista de estos tres conceptos.
Ironía Empezando con la ironía, reto a los lectores a dar una definición clara y dis
tinta que la distinga de la sátira, la paradoja, el sarcasmo y cuasi-sinónimos
semejantes. En mi experiencia, la mayoría de las personas definen la ironía como una
especie de sátira, y definen la sátira como una especie de ironía. Quizás decimos que la
reconocemos cuando la vemos, pero no siempre es verdad. A veces podemos dudar de si
algo es una ironía o no, y lo que es una ironía para uno puede ser una opinión seria pa
ra otro. Ello es una señal de que no tenemos muy claro todo este conjunto de concep
tos. Y tampoco lo tienen muy claro los filósofos ni los filólogos. Vamos a ver que están
muy divididos.
La ironía tiene una larga historia. Se ha dicho que Sócrates era uno de los primeros y
mejores irónicos. Pero ya con él empiezan los problemas. ¿Qué quiere decir Sócrates con
su ironía? Justo los primeros diálogos socráticos de Platón son los que más se dedican a
la ironía y los que acaban con mayor ambivalencia, sin un mensaje claro. Los diálogos tar
Roy Lichtenstein:
Entablature
díos tienen un mensaje más claro, incluso dogmático, pero no son muy irónicos. Parece que
(1974) la ironía pelea con el mensaje, y la más pura ironía no tiene un mensaje.
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Algunos han sobreentendido que la ironía y la sátira siempre tienen un propósito
positivo. El poeta inglés John Dryden concluyó que la sátira romana servía siempre como
vehículo de la filosofía moral, atacando los vicios y apoyando a la virtud. Wayne Booth,
especialista en retórica, dedicó la mayor parte de su libro sobre la ironía (A Rhetoric of
Irony, 1974) a los usos positivos de la misma, cuando la ironía destruye alguna posición
en defensa de otra. Pero al final tenía que admitir que existe otra ironía, que él llamó «iro
nía inestable», que ataca no sólo al enemigo y al vicio, sino también a uno mismo y a
la virtud. Y no podía explicarla.
Esta última es la que otros han llamado ironía negativa. Hegel acusó a Schlegel, y
Kierkegaard acusó a Sócrates de una «negatividad absoluta e infinita» por su ironía. A
veces, escritores irónicos, como el famoso viajero Fernäo Mendes Pinto (Peregrinagam,
1614), no han dejado nada fuera del alcance de su ironía. Todo puede ser atacado y tirado
al suelo por una ironía a veces tan sútil que uno no sabe si es ironía, y que otras veces
es feroz. Thomas Mann expresó este sentido de la ironía para el siglo xx cuando dijo
{Betrachtungen eines Unpolitischen, 1918) que la ironía «está lejos de estar al servicio
de los ideales... Sobre todo, es una ética completamente personal, y no social». Desde su
punto de vista, «ironía siempre es ironía contra los dos lados», y por tanto «melancólica
y modesta». ¿Podemos vivir con ello?
Ya en las últimas décadas del siglo xx, el filósofo Richard Rorty ha sugerido (Con
tingency>, Irony, and Solidarity, 1989) que la ironía es la posición propia de los intelectua
les en su vida particular. Deben ser buenos liberales en la vida pública, apoyando la demo
cracia, los derechos humanos y las reglas del derecho. Pero pueden jugar con la ironía en
su vida particular, reconociendo que todo lo bueno puede ser «redescrito» como malo, y
todo lo malo puede ser «redescrito» como bueno. Pregunto otra vez: ¿podemos vivir así?
Si vamos a vivir con ironía la vida particular, debemos saber dos cosas. Una es si es
verdad que podemos aislar nuestras vidas particulares de nuestras vidas públicas, como
quiere Rorty. Como muchos, tengo dudas sobre esto. Temo que las ironías de nuestra vida
particular infecten nuestra vida pública. Entonces la segunda pregunta es ¿cómo puede afec
tar la ironía a la vida pública, y cuál es el mejor tipo de ironía para estos propósitos?
Sí que se puede utilizar la ironía positiva para atacar a los malos, pero notamos que la
ironía positiva también puede ser utilizada en un sentido completamente hipócrita. Por ejem
plo, había todo un género de libros de pornografía en China donde el prefacio afirmaba que
nadie lee este tipo de cosa por gusto, sino sólo para saber qué evitar en la vida. Así se redes
cribe algo para justificarlo.
Imaginemos que todo lo que hay en la vida pública puede ser redescrito. Entonces la
democracia no es la democracia, los derechos no son derechos, las leyes no son leyes. La
tiranía no es tiranía, la tortura no es tortura, la crueldad no es crueldad. Hemos visto lo
que puede resultar de este modo de pensar en todos los siglos.
Pero la ironía negativa no justifica nada. Thomas Mann la utilizó para atacar no sólo a
los nacionalistas militantes de su país durante la Primera Guerra Mundial, sino también para
atacar la soberbia de los ingleses y franceses por presumir de que ellos estaban defen
diendo la civilización sin motivos egoístas. La ironía negativa no deja ningún lado triunfante.
Quizás, si vamos a tener ironía en nuestras vidas públicas -y parece que hay bas
tante hoy día-, es mejor tenerla en tanto ironía negativa. Por lo menos no puede ser muy
hipócrita, porque se aplica tanto a uno mismo que como a su enemigo. No justifica grandes
proyectos para mejorar el mundo, pero tampoco justifica grandes faenas.
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LA FILOSOFIA HOY
Volviendo a la primera pregunta, vamos a suponer por un momento que se puede aislar
la vida pública de la vida particular y limitar la ironía a la vida particular. La ironía positiva
nos permitiría redescribir todo lo que no nos gusta como malo, y todo lo que nos gusta como
bueno. La razón estaría al servicio de nuestras pasiones, como dijo David Hume. Por lo menos
no tendría efectos malos en la vida pública, pero en la vida particular podríamos caer bastante
en una vida sin autodisciplina y autocontrol, esclavos de nuestras pasiones.
¿Y si vivimos con la ironía negativa en la vida particular? Si Thomas Mann tiene
razón, sería una vida melancólica y modesta. Voltaire nos aconsejó retirarnos a una casita
para cuidar un jardín, y eso es lo que hizo Mendes Pinto después de sus viajes. Ni publicó
su gran obra, que salió a la luz décadas después de su muerte. Otra vez, vemos que uno
que vive así no va a causar grandes daños al mundo, pero probablemente no va a resolver
nuestros problemas tampoco. Puede ser que haya algo de ironía en este resultado de nues
tras investigaciones.
Escepticismo Hasta no hace mucho, el escepticismo se asociaba más que nada con la
duda religiosa. Para algunos, esto es algo bueno y para otros, malo. Pe
ro en su larga historia ha sido mucho más que eso. Los antiguos escépticos rechazaban cual
quier dogma, sobre todo los dogmas filosóficos. Una escuela, los pirrónicos, decía que se
guía las prácticas de Pirrón de Elis, aunque nuestra fuente más importante son los escritos
de Sexto Empírico. En ellos, Sexto explica que los escépticos pirrónicos construyeron ar
gumentos de igual valor para los dos lados de cualquier asunto (isosthenia), suspendieron
su juicio sobre qué lado tenía razón (epoche), y descubrieron que esa suspensión les pro
porcionaba tranquilidad (ataraxia). Como la tranquilidad era el fin sobreentendido de to
da la filosofía helenística, podrían ofrecer su práctica como la mejor manera de lograrla.
Acusados de caer por precipicios por no decidir si en realidad existían precipi
cios, los pirrónicos dijeron que vivían según las apariencias sin saber si de verdad había pre
cipicios o si de verdad es malo morir. Por costumbre, y no como dogma, tenían cuatro reglas:
1) vivir de acuerdo con la naturaleza, 2) vivir según sus impulsos (pathe) como hambre y
sed, 3) vivir de acuerdo con las leyes y costumbres de su localidad (que se interpretaban
incluyendo la religión de su lugar), y 4) escoger un trabajo o profesión (techne). Vivir según
costumbres no quiere decir que sean costumbres buenas o correctas, pero hay que tener
algunas pistas para vivir. Pirrón dijo que nada es justo o injusto, o bueno o malo, por natu
raleza, y que entonces tenemos que vivir según otras pistas.
La otra escuela de escépticos decía provenir de la Academia de Platón. La idea era que
Sócrates sólo había atacado a los otros filósofos, sin proponer sus propios dogmas. Los diálo
gos tardíos de Platón afirmaban dogmas, pero de Platón y no de Sócrates. Carneades y Arce
silao eran los filósofos más conocidos de esta escuela, y Cicerón los presentó a Roma en el diá
logo Académica, añadiendo que ésta era su escuela. Los Académicos también construyeron
argumentos para las dos partes (en utramque partem) para hacer difícil decir cuál tenía razón.
Carneades fue expulsado de Roma por consejo de Catón por argüir un día en favor de la jus
ticia, y al siguiente en contra. Arcesilao recomendaba vivir según el eulogon (lo razonable) y
Carneades lo refinaba al pithanon (lo creíble), que Cicerón tradujo como probabile, ancestro
de nuestro «probable». Estos conceptos eran criterios para vivir en ausencia de la verdad.
Si los escépticos de las dos escuelas no pueden llegar a la verdad, ¿cómo pueden vivir
en la vida política? Sus enemigos dijeron que tenían que ser conservadores, no atreviéndose
nunca a decir que nada es bueno ni malo en la política. Pero Sexto Empírico comentó en su
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Contra ethicos que un escéptico podría tomar posición si, por ejemplo, un tirano le orde
nara matar y comerse a su padre. Podría obedecer o no obedecer (y aguantar el castigo)
según las costumbres y sus impulsos naturales. Así que si la costumbre de su familia o de
su pueblo era resistir frente a los tiranos, o le instigaba un impulso valeroso, podría resis
tir al tirano como un héroe. O si nunca había conocido una costumbre de resistencia o era
un cobarde, mataría a su padre. Podría sufrir cuando matara a su padre y ya no lo tuviera,
o podría sufrir por el castigo que le impusiera el tirano. La diferencia entre él y un dogmá
tico radicaba en que él no sufriría por pensar que el tirano y el mundo son injustos, que él
mismo había sido un cobarde o un asesino, etc.
Muchas personas dirán que no se puede depender de un escéptico en casos de peligro
de muerte semejantes. Pero pregunto: ¿seguro que se puede depender de un dogmático? ¿Acaso
nunca ha habido cobardes dogmáticos? Y pregunto además: ¿quieren todos los padres que
sus hijos sean héroes en semejante situación? Tendrán hijos heroicos pero muertos. Sabemos
que eso era lo que los espartanos preferían. Pero ¿y nosotros? Quizás algunos preferirían morir
para que sus hijos sobrevivieran. Mejor hijos vivos y escépticos que héroes y muertos.
Ser escéptico en el sentido clásico no significa que un individuo no vaya a hacer nada.
Significa que va a vivir según su educación en las costumbres y leyes de su ambiente y de
su profesión, y según impulsos naturales. Su vida política va a seguir las rutas de su expe
riencia y de lo que le parece bien en cualquier momento, sin saber seguro que lo que hace
es lo que debe hacer de verdad.
A veces la literatura imaginativa expresa mejor lo que sería una vida vivida según
las filosofías del mundo. Jose Maia Neto (Machado de Assis: The Brazilian Pyrrhonian,
1994) ha descrito al autor brasileño Joaquím María Machado de Assis como «el brasileño
pirrónico». En sus novelas, como Bras Cubas (c. 1880) y Dom Casmurro (1899), el pro
tagonista suele ser un miembro cultivado de la clase hacendada, sin mucho que hacer ni
mucho que creer. Por una parte, no causa problemas en el mundo, como algunos fervientes
convencidos tales como Hitler o Stalin. Por otra parte, tampoco resuelve los problemas.
Al igual que con la ironía, parece que no se puede esperar mucho del escepticismo. Por eso
el filósofo inglés Michael Oakeshott, en un libro postumo de título The Politics of Faith and
the Politics of Scepticism (1996), dijo que nos conviene tener algo de las dos posturas, con
vicción y escepticismo. En este artículo sólo pretendo destacar que hace falta escepticismo;
no quiero decir que debe haber sólo escepticismo.
Pregunto ahora: ¿acaso lo que hemos comentado es tan ajeno a la mayoría de las perso
nas de hoy? Quizás estemos muchos viviendo la vida escéptica. Y si estamos muchos viviendo
la vida escéptica, ¿no sería mejor admitirlo? ¿No convendría estudiarlo y saber cuáles son las
implicaciones? ¿Y admitir este vocabulario del escepticismo en nuestras vidas políticas? Las
cosas que no se pueden hacer en una vida política escéptica incluyen el matar y el morir por
la verdad, por la raza mejor, o por la nación idealizada. Se puede matar o morir, pero siempre
reconociendo que puede que no se tenga razón. ¿Habrá menos violencia en el mundo por eso?
Cinismo «Cinismo» es entre los términos considerados el que tiene hoy un sentido
menos positivo, aunque no siempre ha sido así. Suele usarse para descri
bir a un político que dice diferentes cosas a diferentes públicos, un hombre de nego
cios que destruye su compañía con tal de sacar un beneficio personal, un amigo falso
que manipula a sus amigos. En español se dice «cínico» en el mismo sentido que en
inglés se dice «cynical bastard».
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LA FILOSOFÍA HOY
Pero no siempre ha sido así. El cínico original, Diogenes de Sínope, no era un inmo
ralista sino un moralista. Criticaba a los burgueses de su época por su materialismo, su hipo
cresía, y sus deseos excesivos. Vivía en un barril, vestía con ropa vieja, y cuando Alejandro
el Grande le preguntó si quería algún favor, le pidió que no le tapara el sol. No valoraba los
bienes materiales u honores que podía darle el gran conquistador. Insistía en que era posi
ble ser independiente si uno tenía necesidades mínimas. Fue uno de los más conscientes
individualistas del mundo antiguo.
Diogenes fue seguido por muchos. Su escuela era una filosofía anti-filosófica que
valoraba la vida práctica más que las ideas abstractas. Los cínicos valoraban la autarkeia
(independencia), la philanthropia, la apatheia (ausencia de pasiones), la parrhesia (liber
tad de expresión), y la vida kata phusin (de acuerdo con la naturaleza). Eran kosmopoli
tes sin las pasiones violentas de los nacionalistas. Rechazaban la mayoría de las cos
tumbres burguesas según la metáfora: «¡desfigura las monedas!» Quería decir que los
valores (las monedas) de la sociedad materialista deben ser rechazados y reemplazados
por valores más naturales y libres.
Entre las más famosas costumbres de Diogenes estaba la de hacer todas sus necesi
dades naturales en público. ¿Por qué tenemos vergüenza de defecar en la calle y no de comer
en público? ¿Por qué no masturbarse, que es mucho más barato y más fácil que persuadir
o pagar a una mujer o a un joven para tener relaciones sexuales? En parte por poner a los
perros como modelos de vivir sin vergüenza, llamaron a esta secta «los cínicos», que en
griego significa «los perros».
Sus enemigos acusaban a los cínicos de horrores como el de apoyar el canibalismo y
el incesto. Sin embargo, puede ser que lo que dijeran es que si sólo quedaran vivos una
madre y un hijo y todo el resto de los seres humanos estuvieran muertos, esa pareja debe
ría reproducirse para mantener el género humano. Es una ética práctica, que contradice a
las éticas absolutistas que dicen fíat etica pereat mundus (que se mantenga la ética aunque
se pierda el mundo). Es una ética proto-feminista, como en su llamada a que las mujeres
deben hacer gimnasia en público y desnudas como los hombres, o en el ejemplo del matri
monio de iguales entre Crates e Hipparchia.
Aunque Diógenes vivía sin participación en la vida política, otros cínicos sí que
asumieron papeles políticos. Bion de Boristhenes era consejero de Antígono Gonato,
rey de Macedonia, y Cercidas de Megalopolis negociaba con él para conseguir su apoyo
contra los espartanos. En uno de los fragmentos del último, se queja sobre las des
igualdades sociales. Sin las connotaciones del comunismo, el cinismo ha sido llamado
la filosofía propia de la clase obrera. Otros cínicos en la vida pública son Demonax y la
oposición cínico/estoica al Imperio romano. Epicteto escribió con mucha admiración
sobre un cínico ideal.
Hace unos años Peter Sloterdijk escribió un libro (Crítica de la razón cínica, 1989)
que distinguía el cinismo moderno, con todo su egoísmo e hipocresía, del cinismo antiguo.
Hablaba del valor de la risa cínica para restar mérito a muchos dogmas. Concluía que
sería mejor volver al antiguo cinismo, y que fue el cinismo moderno lo que debilitó tanto
a la República de Weimar que cayó bajo el fascismo. Sirva su libro para recordarnos la con
veniencia de no confundir el sano cinismo antiguo con el cinismo moderno y enfermizo.
Mientras la ironía negativa y el escepticismo no resuelven problemas, como hemos
visto, el cinismo sí que tiene un programa positivo, aunque paradójicamente es un pro
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grama de autocontrol, moderación y austeridad. Ahora, pensemos sobre dos tipos de pro
blemas en el mundo moderno, la falta de igualdad y la contaminación del medio ambiente.
Considero sobreentendido que todos los países pobres quieren acceder al nivel de con
sumo de los países ricos y también que el ser humano no puede seguir consumiendo los
bienes del mundo a la velocidad de los países ricos. Tantos vehículos deportivos y tanto
uso de gasolina van contaminándolo todo, pero además, vamos a acabar con el petróleo
dentro de 30 o 40 años, según algunos cálculos. La China es un ejemplo: más de mil
millones de personas que quieren consumir y están estropeando su país a un ritmo impre
sionante. España y Portugal tenían la oportunidad de crear sistemas de transporte público
en las últimas decadas, pero en vez de ello han cruzado los países con autopistas. A mí
me parece que sólo un cambio en la mentalidad de consumo podría salvar al mundo de
una catástrofe ecológica. Pero, ¿cómo podemos disminuir el deseo de consumo tanto
en los países pobres como en los países ricos?
Este proyecto va a ser muy difícil, porque casi toda la historia moderna del ser
humano es la historia del aumento de su consumo. Eugene Anderson (Ecologies of the
Heart, 1996) ha mostrado que la mayoría de las filosofías profanas no tienen muchos
recursos para defender el medio ambiente,
y ha argüido que sólo las religiones tienen
bastante poder sobre la gran mayoría de las
personas para controlar su consumismo e
instigarles a proteger el medio ambiente.
Lo malo es que en este momento parece que
lo que queda en el mundo moderno de los
sentimientos religiosos está dedicado a la
guerra entre las grandes religiones. Pero
quizás el cinismo tiene algunos recursos en
favor del medio ambiente que podrían ser
aprovechados para campañas de publicidad
y de educación ideológica.
Por ejemplo, «El Cínico» de Pseudo
Luciano es un diálogo en defensa de los
cínicos que puede suministrar pistas para
los Verdes. Cuando el portavoz del consumo
dice que Dios o los dioses han dado todos
los bienes del mundo para que el ser
humano se aproveche de ellos y no viva
igual que un perro, el cínico responde que
Dios no nos ha dado las cosas para desper
diciarlas, sino sólo para satisfacer nuestras necesidades. Cuando pedimos más, tenemos
que preocuparnos sobre complots y peleas, amigos contra amigos, hijos contra padres,
mujeres contra maridos. Todos los lujos de los que uno disfruta más que otro son leña
para la traición y el homicidio. Apelando a valores marciales, dice que el materialismo
y los lujos hacen suave y débil al hombre que debe ser fuerte y macho. Señala que los
más ricos no son los más contentos, pero sí los que más se quejan. La sociedad de con
sumo no está basada en la razón ni en la filosofía, sino en hábitos y costumbres que pue
den ser cambiados si existe la voluntad de cambiarlos.
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LA FILOSOFÍA HOY
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Vemos que la ironía no es la única que hace uso de la redescripción: los cínicos redes
criben todo lo que llamamos placer, comodidad y lujo como exceso, abuso y actos contra la
naturaleza. Vemos que los cínicos se aprovecharon de una panoplia de argumentos contra la
sociedad del exceso y en favor de la simplicidad. Ahora bien, no sé si los argumentos son bas
tante para parar nuestra sociedad de consumo. Puede ser que sólo una catástrofe o tragedia de
proporciones inmensas pueda defender al ser humano de sus propensiones destructivas.
Pero si las ideas pueden importar de alguna manera y ayudar al ser humano a evitar semejante
catástrofe, las ideas y prácticas de los cínicos antiguos pueden ser parte de la solución. Y segu
ramente no basta que se las transmita en las clases de filosofía, sino que también hace falta
que se las transmita en la literatura, el cine, y la cultura ampliamente entendida.
Ironía, escepticismo, cinismo. Espero haber planteado preguntas que hayan acla
rado un poco el sentido de estas palabras. Espero que estas preguntas y algunas de sus
respuestas, aunque inadecuadas, hayan insinuado que estos conceptos no sólo han tenido
un papel importante en la literatura histórica, sino que deben tener un papel importante
en la filosofía política. Pueden proveernos de recursos valiosos en la búsqueda de una
sociedad más sana.
AntoniTápies:
Antoni Tapies:
Gran nudo
(1982)
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