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La trampa del círculo del 99

El cuento trata sobre un rey triste y su sirviente feliz. El rey no entiende cómo el sirviente puede ser feliz teniendo poco. El sabio del rey le explica que el sirviente está fuera del 'círculo del noventa y nueve', que es cuando alguien cree que necesita algo más para ser feliz. Para demostrarlo, le dan noventa y nueve monedas de oro al sirviente, lo que lo hace entrar en el círculo y dejar de ser feliz.
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La trampa del círculo del 99

El cuento trata sobre un rey triste y su sirviente feliz. El rey no entiende cómo el sirviente puede ser feliz teniendo poco. El sabio del rey le explica que el sirviente está fuera del 'círculo del noventa y nueve', que es cuando alguien cree que necesita algo más para ser feliz. Para demostrarlo, le dan noventa y nueve monedas de oro al sirviente, lo que lo hace entrar en el círculo y dejar de ser feliz.
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El círculo del noventa y nueve:

(Anónimo)

En un país no muy lejano había un rey muy triste, el cual tenía un


sirviente que se mostraba siempre pleno y feliz.

Todas las mañanas, cuando le llevaba el desayuno, el sirviente lo


despertaba tarareando alegres canciones de juglares. Siempre
había una sonrisa en su cara, y su actitud hacia la vida era serena y
alegre.

Un día el rey lo mandó llamar y le preguntó:

-Paje, ¿cuál es el secreto?

-¿Qué secreto, Majestad?

-¿Cuál es el secreto de tu alegría?

-No hay ningún secreto, Alteza.

-No me mientas. He mandado cortar cabezas por ofensas menores


que una mentira.

-Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra


permitiéndome atenderlo. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo
en la casa que la corte nos ha asignado, estamos vestidos y
alimentados, y además Su Alteza me premia de vez en cuando con
algunas monedas que nos permiten darnos pequeños gustos.
¿Cómo no estar feliz?

-Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -dijo el rey-


Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.

El rey estaba furioso, no conseguía explicarse cómo el paje vivía


feliz así, vistiendo ropa usada y alimentándose de las sobras de los
cortesanos.

Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le


preguntó:

-¿Por qué él es feliz?

-Majestad, lo que sucede es que él está por fuera del círculo.

-¿Fuera del círculo? ¿Y eso es lo que lo hace feliz?

-No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

-A ver si entiendo: ¿estar en el círculo lo hace infeliz? ¿Y cómo salió


de él?

-Es que nunca entró.

-¿Qué círculo es ese?


-El círculo del noventa y nueve.

-Verdaderamente no entiendo nada.

-La única manera para que entendiera sería mostrárselo con


hechos. ¿Cómo? Haciendo entrar al paje en el círculo. Pero, Alteza,
nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo. Aunque si le
damos la oportunidad, posiblemente entrará por sí mismo.

-¿Pero no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

-Si se dará cuenta, pero no lo podrá evitar.

-¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar


en ese ridículo círculo, y de todos modos lo hará?

-Tal cual, Majestad. Si usted está dispuesto a perder un excelente


sirviente para entender la estructura del círculo, lo haremos. Esta
noche pasaré a buscarlo. Debe tener preparada una bolsa de cuero
con noventa y nueve monedas de oro.

Así fue. El sabio fue a buscar al rey y juntos se escurrieron hasta


los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. El
sabio guardó en la bolsa un papel que decía: “Este tesoro es tuyo.
Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no le cuentes a
nadie cómo lo encontraste”.

Cuando el paje salió por la mañana, el sabio y el rey lo estaban


espiando. El sirviente leyó la nota, agitó la bolsa y al escuchar el
sonido metálico se estremeció. La apretó contra el pecho, miró
hacia todos lados y cerró la puerta.

El rey y el sabio se acercaron a la ventana para ver la escena. El


sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa, dejando
sólo una vela, y había vaciado el contenido de la bolsa. Sus ojos no
podían creer lo que veían: ¡una montaña de monedas de oro! El
paje las tocaba, las amontonaba y las alumbraba con la vela. Las
juntaba y desparramaba, jugaba con ellas… Así, empezó a hacer
pilas de diez monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres,
cuatro, cinco pilas de diez… hasta que formó la última pila: ¡nueve
monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, luego el suelo y
finalmente la bolsa.

“No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y
confirmó que era más baja. “Me robaron -gritó-, me robaron,
¡malditos! “Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa,
en sus ropas. Corrió los muebles, pero no encontró nada. Sobre la
mesa como burlándose de él, una montañita resplandeciente le
recordaba que había noventa y nueve monedas de oro. “Es mucho
dinero -pensó- pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es
un número completo. Cien es un número completo, pero noventa y
nueve.

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no


era la misma, tenía el ceño fruncido y los rasgos tensos, los ojos se
veían pequeños y la boca mostraba un horrible rictus. El sirviente
guardó las monedas y, mirando para todos lados con el fin de
cerciorarse de que nadie lo viera, escondió la bolsa entre la leña.
Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo
tendría que ahorrar para comprar su moneda número cien?
Hablaba solo en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta
conseguirla; después, quizás no necesitaría trabajar más. Con cien
monedas de oro un hombre puede dejar de trabajar. Con cien
monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas de oro se
puede vivir tranquilo. Si trabajaba y ahorraba, en once o doce años
juntaría lo necesario. Hizo cuentas: sumando su salario y el de su
esposa, reuniría el dinero en siete años. ¡Era demasiado tiempo!
Pero, ¿para qué tanta ropa de invierno?, ¿para qué más de un par
de zapatos? En cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio.

El paje había entrado en el círculo del noventa y nueve. Durante los


meses siguientes, continuó con sus planes de ahorro. Una mañana
entró a la alcoba real golpeando las puertas y refunfuñando.

-¿Qué te pasa? -le preguntó el rey de buen modo.

-Nada -contestó el otro.

-No hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría Su Alteza, que fuera también


su bufón y juglar?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.
No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal
humor.

Reflexión:

Muchos de nosotros hemos entrado en el círculo del noventa y


nueve alguna vez: sentimos que nos falta algo para estar
completos, y pensamos que sólo entonces podremos disfrutar
de lo que tenemos. Como siempre algo “falta” parece que la
felicidad deberá esperar hasta que todo esté completo… y
entramos en un círculo en el que nunca podemos gozar de la vida.

Muchas veces pensamos que la satisfacción y el bienestar llegarán


“cuando tenga un buen sueldo” o “una buena casa”, “cuando me
case”, “cuando tenga un hijo”, “cuando me jubile y tenga tiempo”,
cuando consiga tal o cual meta.. sin embargo el bienestar y la
plenitud ha de venir de dentro, no desde fuera, y estar presente
a lo largo de todo el camino de nuestra vida.

Nos generamos insatisfacción y sufrimiento si nos centramos en


añorar lo que nos falta y dejamos de disfrutar de lo que si tenemos.

Esta es la trampa del círculo: no entendemos que con 99 podemos


ser felices, podemos sentirnos plenos a lo largo del camino, si nos
centramos en esa moneda que creemos que falta y dejamos de
valorar lo que tenemos nunca estaremos “completos” siempre nos
faltará algo.
No dejemos de disfrutar de lo que tenemos por añorar lo que
creemos que nos falta.

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