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Historia de una Biblioteca Personal

Este documento presenta una colección de ensayos sobre bibliotecas personales y la importancia de la lectura en la vida de varios autores. Una de las autoras describe cómo desde muy pequeña desarrolló una pasión por los libros que encontró en su casa y cómo esto la llevó a convertirse en escritora.
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Este documento presenta una colección de ensayos sobre bibliotecas personales y la importancia de la lectura en la vida de varios autores. Una de las autoras describe cómo desde muy pequeña desarrolló una pasión por los libros que encontró en su casa y cómo esto la llevó a convertirse en escritora.
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Aquí está el texto ordenado, corregido y con las palabras clave resaltadas:

Bibliotecas

Autores: Katya Adaui, Selva Almada, Jazmina Barrera, Jorge Carrión, Luis
Chitarroni, María Sonia Cristoff, Mercedes Halfon, Martín Kohan, Brenda Lozano,
Carla Maliandi, Emiliano Monge, Dolores Reyes, Edgardo Scott y Reynaldo
Sietecase.

Palabras que quiero usar alguna vez:

Katya Adaui

Tuve una biblioteca antes de saber leer, antes de saber caminar, antes incluso de
nacer. Mi madre, secretaria de gerencia en un banco del centro de Lima, atendía
vendedores puerta a puerta —en su época dorada, llegaban uno detrás de otro—,
en la antesala a las oficinas de sus jefes. Les compraba mermeladas y libros.
Embarazada de su primera hija, era ansiosa, parlanchina, esotérica, hija de
migrantes de dos guerras, ya no se llevaba bien con mi padre y seguro por todas
estas razones creía en la prudencia de acopiar. Dulce para lo inmediato: aliviar los
antojos. Enciclopedias y cómics para su niña en la panza, para su futuro. Durante
el trabajo y de vuelta en casa, mi madre le hablaba al feto de mi hermana, la
nombraba, le leía y le hacía escuchar música clásica a todo volumen. Confiaba en
un cordón umbilical profético y antena: un canal de cultura y arte, ininterrumpido; si
ella no había logrado ir a la universidad, su hija nacería con alguna ventaja
educativa. Y aunque aún no tuviera formados los oídos, podía premoldearlos con
las cosas elevadas de este mundo.
Pero tú conoces las vías misteriosas del deseo materno: puede recaer en el hijo
equivocado.

Al año y diez meses nací yo —en palabras de mi madre: fuiste un accidente y un


milagro, porque yo no iba a poder embarazarme de nuevo— y me convertí en la
heredera en vida de mi hermana, las cosas me serían de segunda mano.

Los libros del futuro "plan lector" ocupaban apenas una línea en una estantería
negra frente a la entrada de casa. Estaban bajo llave. Y al ras del suelo. Yo me
arrastraba detrás de mi hermana, la perseguía, envidiaba que caminara, que
corriera. Hasta que encontré la llave en la puerta. A la altura de mis ojos, de mis
dedos, de mi sed. Una casualidad que me cambió la vida: tener libros al alcance y
no en una estantería alta a la que hubiera debido llegar años más tarde con un
banquito. Una vez que aprendí a girar la llave, saqué los libros uno a uno. Los usé
de juguete, de carrito para treparme, de babero ensalivado, me les acerqué sin
entenderles. Quizás mis padres estaban muy ocupados cocinando, limpiando o
peleándose, ninguno me lo prohibió. Después los abrí, pasé las páginas y señalé
las figuritas y esperé. ¿Quieres saber qué dice, ¿no? Y me leían. Es una ba-lle-na.
Azul sonriente atravesaba el aire por encima de un charco. Este es el sol. La
hormiga. El agua de azahar. El remedio. El flotador. El pacae. Tú sabes que los
niños aman las repeticiones, incluso ya bípeda, me hice rutina, llave, puerta, libro,
página, figurita, remedio de ballena, hormiga al sol. Supe leer y esos fueron mis
primeros libros antes de ser mis primeros libros. Y cuando me tocaba dibujar
animales e insectos, calcaba las imágenes de las enciclopedias. Podía usar la
mesa de la cocina para las tareas, prefería quedarme tirada en el piso, rodeada de
mis objetos familiares. Lápiz recién tajado, cuaderno, tijera, goma y borrador. Una
de las mayores sorpresas de la infancia es descubrir que nadie puede saber lo
que estás pensando…
A los quince años leí en una Selecciones del Reader's Digest que coleccionaba mi
mamá que era muy importante escribir una lista de las "25 cosas que quieres
hacer antes de morir". Yo confundí hacer con tener y puse: Tener mi propia casa.
Tener mi propia biblioteca. Casa y biblioteca como flechas intercambiables. La
idea de propiedad me preocupaba, no sentía nada muy mío, excepto las horas de
correr y de leer. De la velocidad y la fuga a la contemplación, al recogimiento.
Visitaba la biblioteca del colegio y me prestaba un libro nuevo cada día. Leía boca
abajo en la cama, yéndome sin irme, la mente de viaje, en la antípoda de la ciudad
o por fuera de la Tierra. Lecturas caóticas, antojadizas, sobrevivientes: debía
quedarme en casa y necesitaba estar a la vez en otro lado. Subrayaba con lápiz
alguna palabra nueva —delicada línea que borraba antes de devolver el libro— y
la trasladaba a mi cuaderno bajo otra lista: "Palabras que quiero usar alguna vez".
En esa época, la persona que más me cuidó sin nunca saberlo fue Hane, la
bibliotecaria. Me hacía recomendaciones: allá están los de misterio, la semana
pasada llegaron estos de aquí; me permitía llevarme varios al mismo tiempo, no
me preguntaba por qué iba tan seguido, sonreía ante mis preguntas, me
acompañaba. Aprendí a releer pasajes difíciles y a seguir perdida, a memorizar las
citas que me habían conmovido. Me abastecieron de ilusiones los años en que no
pude nombrar mi tristeza en voz alta. Ordena el cuarto, lava la ropa, limpia la casa,
haz la tarea, qué pena que no seas como tu hermana, tan estudiosa, tan
ordenadita, ella es buena, un día de estos voy a botar a tu papá y tú también te
vas a ir. El imperio de mi madre. Me escondía en el baño para leer de madrugada,
si no podía dormir, pero ¿qué seguía bajo llave?

Terminaba un libro y salía corriendo. Pasaba toda la tarde entrenándome en cien


metros planos en la cancha detrás de casa, bajar un segundo, fijar una marca
nueva, competía contra mis propios vecinos, chicos de mi edad, pero no importaba
cuánto corriese, siempre hacía el mismo tiempo, no rebajaba un segundo. Correr
solo me provocaba correr. Leer me provocaba otra cosa, leer me provocaba
escribir. Como con las carreras, entrenar todos los días y tener la suerte de
fracasar.

A los dieciséis escribí mi primer cuento. Lo llamé “La última palabra” y aún lo
conservo. Un hombre va a suicidarse a un acantilado frente al mar, apenas se
lanza se arrepiente. Escucha voces queridas en la cama del hospital, pero es
demasiado tarde. Es malísimo y por eso lo guardo con ternura doble. Lleno de
lugares comunes, imitativo, sin estilo propio, pero haberlo titulado así me da
muchísima ternura, era una niña y lo sabía sin saberlo: quien se va por mano
propia se queda con la última palabra.

Apareció la escritura, me devolvió del vértigo, me repuso de la tentación de


desaparecer. La adultez se veía tan lejana, no encontraba más consuelo que leer,
una forma dulce de la evasión, yo vivía en duelo, nada se me había muerto, todo a
mi alrededor se estaba muriendo. En términos de esfuerzo psíquico, en la
escritura de ese primer cuento, había escalado una montaña, colgado la carpa del
precipicio, pasado la noche y visto el día siguiente. Un lugar para el amor propio,
esta es la posesión, leer y escribir, prácticas espirituales surgidos del silencio
caudaloso, del silencio después del ruido.

Cuando pude comenzar a comprarme libros, los marqué de muchas maneras.


Mandé a hacer un sello con mi nombre y apellido. Lo tatuaba en la primera página,
la que está en blanco, la del respeto. Sobre todo, para poder prestarlos sin odio.
Me pareció un gesto de biblioteca pública: “recibir este libro es una cortesía, pero
recuerda que no es tuyo”. Subrayar con pluma, con indeleble, con lápices y
lapiceros de colores. En las mismas páginas, la doble marca, también con
papelitos. Philip Roth decía: “Uno subraya todo lo que dice yo”. A veces he
subrayado una página completa. ¿Y qué? Soy desordenada y quienes ven mis
libros pueden sentirse decepcionados, esperaban de mí otra cosa. Yo solo soy
obsesiva cuando escribo. En mi pequeña biblioteca argentina de cuatro estantes
no hay sistema. Ni estructura por nombre, apellido, abecedario, color, temática,
género o nación. Me interesa el capricho, hacer dialogar. Claro que yo sé bien por
qué hice los rejuntes. Por ejemplo, José Watanabe está con Joy Williams. ¿Qué
tienen en común?, me preguntarías. Y te respondo: Los animales les interesan
más que las personas y yo eso puedo entenderlo perfectamente. Por ejemplo, Vita
Sackville-West duerme con Derek Jarman, no por nacionalidad, sino por su pasión
por las plantas. También pongo a gente enojada con la otra: Clarice Lispector no
le perdonaba a Virginia Woolf que se hubiera suicidado. Van espalda con espalda
y están lejos de Vita. James Joyce publicó partes del Ulises en la revista The
Egoist. Es un nombre que no esconde nada, él puso su escritura por encima de
todo. Hay cierto egoísmo en las estanterías privadas, solo sus dueños saben las
contraseñas, sus íntimas justificaciones, sus procesos de selección natural. El
tiempo del acopio ha durado lo que dura la vida. Mi jerarquía es territorio de la
infancia: armar colecciones. La obra completa y las biografías.

Una de las cosas que más adoro se quedó en Lima, donde nací y viví durante
cuarenta años: una mesa que compré en la calle a un vendedor de antigüedades.
Dijo que la mesa había sido “auxiliar de cocina”, lo dijo mientras yo surcaba los
cuchillazos, los quiñes, las puntas astilladas, los relieves. Pese al lijado y las
capas de barniz, estas cicatrices, inocultables. La convertí en mi escritorio. Instalé
primero la mesa y luego mandé a hacer cinco libreros, blancos y móviles, que me
daban la espalda (pienso que fue un error, debí tenerlos siempre a golpe de vista).
En la mesa yo pegué la frase que Haroldo Conti tenía en su escritorio: “Este es mi
lugar de combate y de aquí no me moverán”. Y supe cocinar dos libros allí
sentada.

Ahora vivo en Buenos Aires, convivo con una editora que además es profesora en
tres universidades: te imaginarás la profusión de libros en esta casa. Míos son
pocos, exactamente 89. No hemos juntado bibliotecas (varios los teníamos
repetidos, preciosa afinidad). Cada una tiene su zona de trabajo, necesitamos el
amparo de nuestras cosas queridas, nuestros amuletos frente al cotidiano
apabullante. Viene a mi zona, se presta un libro. O yo voy a su espacio y le pido
alguna recomendación. Nos visitamos y es gracioso porque estamos a tres metros
de distancia, pero así se siente. Nuestro sistema es ir anotando cada libro que
vamos leyendo en el año. Sabemos en qué mes leímos más y en cuál menos. No
me sorprende confirmar que, en los días más exigidos, más leemos. Conversamos
sobre ellos en la cocina o antes de lavarnos los dientes, a veces son discusiones
intensas y otras un: ah, es cierto, no había visto eso. Salir reconfortadas de las
lecturas y la conversación. Decimos siempre: Ojalá tuviéramos más tiempo para
leer, es todo lo que me interesa. La estadística familiar prueba que yo leo la mitad
que ella, tengo redes sociales. Ajá.

Ana me ha pedido no marcar sus libros. Dice que hago unas rayas tan exageradas
que en vez de subrayado parece tachado. No está mintiendo.

Cuaderno de notas 2014.

Palabras que quiero usar alguna vez:

Peletería

Permafrost

Taxón Lázaro

Moringa

Agapornis

Bricolaje

Araucaria

Tábanos
Fertilizante fosfórico

Cardumen

Misericordia

Y todas las usé tres años más tarde en un libro de cuentos que llamé: Aquí hay
icebergs. Escribí ciertos relatos por el deleite de cercar esa palabra que me
tarareaba dentro. Junto a los libros están mis cuadernos de apuntes. La unión
hace la fuerza. No escribo un diario, pero esas frases sueltas también me narran.

Si mañana me pides un libro prestado te diría: Veamos.

https://es.everand.com/read/618726793/Bibliotecas

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