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El Patriota y Otros Ensayos - Samuel Johnson

Este documento presenta una introducción sobre la vida y obra de Samuel Johnson, uno de los escritores ingleses más notables. Describe su trabajo en el Diccionario de la Lengua Inglesa y como ensayista, así como su carácter complejo. También analiza su postura política conservadora y su pensamiento moralista.
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El Patriota y Otros Ensayos - Samuel Johnson

Este documento presenta una introducción sobre la vida y obra de Samuel Johnson, uno de los escritores ingleses más notables. Describe su trabajo en el Diccionario de la Lengua Inglesa y como ensayista, así como su carácter complejo. También analiza su postura política conservadora y su pensamiento moralista.
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Samuel Johnson es, sin duda, una de las figuras más notables de la literatura

inglesa de todos los tiempos. Sin embargo, se ha mantenido hasta ahora


como un gran desconocido para el lector hispano. Tan sólo hace tres años se
publicó por primera vez en español la biografía que sobre él escribió su
discípulo James Boswell, considerada por muchos críticos como la mejor
biografía jamás escrita.
Más conocido como Doctor Johnson, ha pasado a la historia como el autor
de su famoso «Diccionario de la Lengua Inglesa», que escribió durante
nueve años, ayudado tan sólo de unos cuantos libros y de varios copistas. El
resultado fue de tal calidad que se ha mantenido como el diccionario inglés
de referencia hasta hace tan solo algunas décadas. Pero lo cierto es que
resulta imposible encorsetar a Johnson en un solo ámbito: fue educador,
poeta, ensayista, crítico, biógrafo, articulista, lexicógrafo y un magnífico y
respetado tertuliano. Un hombre de letras de una dimensión formidable, a
quien también acompañó hasta la leyenda su carácter huraño y complejo. Un
escritor de genio, como demuestra el hecho de ser el escritor inglés más
citado, tan sólo por detrás de Shakespeare.
La presente selección de artículos se compone de los mejores escritos
publicados por Johnson en los periódicos «The Rambler», «The Adventurer»
y «The Idler» . El único que apareció separadamente es el que da nombre a
esta obra, «El patriota», un ensayo que nos muestra lo mejor del genio
literario de Samuel Johnson como articulista y como filósofo moral.

[Link] - Página 2
Samuel Johnson

El patriota y otros ensayos


ePub r1.1
Titivilius 27.01.15

[Link] - Página 3
Título original: El patriota y otros ensayos
Samuel Johnson, 1784
Traducción: Ana Mª Nuño López & Mariano José Vázquez Alonso
Retoque de cubierta: Titivilius

Editor digital: Titivilius


ePub base r1.2

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EL PATRIOTA
Y OTROS ENSAYOS

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INTRODUCCIÓN.
RETRATO DE SAMUEL JOHNSON PARA EL LECTOR
ESPAÑOL

Samuel Johnson es, sin duda, una de las figuras más notables de la literatura inglesa
de todos los tiempos. Sin embargo, se ha mantenido hasta ahora como un gran
desconocido para el lector hispano. Tan sólo hace tres años se publicó por primera
vez en español la biografía que sobre él escribió su discípulo James Boswell —
considerada por muchos críticos como la mejor biografía jamás escrita.
Más conocido como Doctor Johnson, ha pasado a la historia como el autor de su
famoso Diccionario de la Lengua Inglesa, que escribió durante nueve años, ayudado
tan sólo de unos cuantos libros y de varios copistas. El resultado fue de tal calidad
que se ha mantenido como el diccionario inglés de referencia hasta hace tan sólo
algunas décadas. Pero lo cierto es que resulta imposible encorsetar a Johnson en un
solo ámbito: fue educador, poeta, ensayista, crítico, biógrafo, articulista, lexicógrafo y
un magnífico y respetado tertuliano. Un hombre de letras de una dimensión
formidable, a quien también acompañó hasta la leyenda su carácter huraño y
complejo. Un escritor de genio, como demuestra el hecho de ser el escritor inglés más
citado, tan sólo por detrás de Shakespeare.
Nacido en 1709 en Lichfield, su padre, Michael Johnson, fue librero de profesión,
con medios económicos limitados. Samuel tuvo una niñez protagonizada por la
enfermedad, por la debilidad física y por algunas pequeñas taras que le hacían objeto
de frecuentes burlas. Sin embargo con el tiempo el joven Johnson fue fortaleciéndose
hasta convertirse en un hombre robusto y casi podríamos decir que atlético si
prestamos atención a algunas de sus costumbres. Hasta bien entrada la madurez
montaba a caballo, caminaba y nadaba, de forma que mantuvo siempre una presencia
física fuerte que iba pareja a su admirable fuerza y tenacidad interior, virtud que le
llevó a lo más alto de la historia de la literatura inglesa.
Desde el año 1728 hasta diciembre de 1729 estudió en Oxford, institución que
tuvo que abandonar por falta de recursos económicos. No obstante, la impronta del
ambiente cultural de la universidad y la admiración que suscitó entre alguno de sus
maestros y compañeros le marcarían de por vida.
Una de las lecturas que más le impactó en sus días oxonianos fue la de un libro de
carácter religioso A Serious Call to a Devout and Holy Life, de William Law, que le
sacaría de su indiferencia religiosa y le convertiría en el anglicano devoto que fue
hasta su muerte. El anglicanismo le servirá de base para fundamentar buena parte de
su pensamiento.
Tras contraer matrimonio con Elizabeth Porter y dedicarse a la enseñanza por un
breve período de tiempo, se trasladó a Londres en 1737 para trabajar como redactor
en la que es considerada como la primera de las revistas modernas: la Gentleman’s

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Magazine. Ya unos años antes Johnson había publicado algún ensayo en The
Birmingham Journal, al mismo tiempo que escribía traducciones de distintas obras.
Mientras que Gentleman’s Magazine mantenía una línea editorial políticamente
neutral, Johnson adoptaba una actitud de oposición al gobierno liberal —whig— del
primer ministro Walpole, político al que no obstante luego le reconocería gran valía
personal. Johnson se identificaba a sí mismo más con la oposición conservadora —
tory— pero esto no quiere decir que se libraran de sus ataques y sus comentarios
satíricos, como en el caso de Edmund Burke, a quien la crítica contemporánea
considera el modelo de conservador dieciochesco, pero por quien Johnson no sentía
ninguna simpatía en su faceta de hombre público aunque no dudaba en afirmar
abiertamente que Burke era un auténtico caballero en el trato personal.
La política entonces se dividía en tres grandes partidos: los whigs, los tories y los
jacobitas, estos últimos normalmente también conservadores, unidos por la
reivindicación del Trono para la dinastía de los Estuardo. Cada uno de estos partidos
contenía también sus propios grupúsculos formados alrededor de los distintos
ministros que iban ocupando puestos de poder. La crítica está de acuerdo en
considerar a Johnson un conservador, un tory, aunque con matices tan personales que
iban desde el acercamiento a los jacobitas a mantener distancia de los conservadores
o a atacar ferozmente a los gobiernos whigs. De cualquier manera, su cualidad de
humanista cristiano lleva a Johnson a situarse más como un outsider de la política
que como miembro de un partido, parece disfrutar más observando la sociedad desde
su atalaya que participando en el debate parlamentario.
Es necesario entender que a pesar de lo que la crítica histórica inmediatamente
posterior ha dicho, el tory del siglo XVIII no tenía mucho en común con los
conservadores del siglo XIX y del XX. El tory del XVIII era normalmente un propietario
rural relativamente pequeño, muy preocupado por la agricultura y por los impuestos
sobre la tierra. Su representación en el Parlamento no sobrepasaba un cuarto de toda
la cámara y su voto apoyaba todas aquellas iniciativas políticas que fueran a favor de
sus intereses, sin preocuparles mucho el partido en que tenían su origen esas medidas.
Afirmaban que el Establishment o, como diríamos ahora, el gobierno del Estado,
debía inmiscuirse lo menos posible en las condiciones de vida de los ciudadanos, ya
que cualquier intromisión suponía un alza de impuestos y un recorte de las libertades.
Por estas mismas razones, las guerras exteriores y en general las políticas
«imperiales» les eran bastante ajenas, como por ejemplo la guerra con España de
1739 impulsada por Pitt con la oposición del propio Walpole. En este sentido eran lo
que actualmente denominamos aislacionistas. El esquema decimonónico de que los
whigs eran la izquierda y los tories la derecha es hartamente simplista y desde luego
no es aplicable en absoluto a la política británica de los tiempos de Jorge II y Jorge III
y, en sentido amplio, a toda la política de la dinastía Hannover, desde el primer Jorge
a Guillermo IV.
Había whigs imperialistas a favor de la guerra y del monopolio comercial en las

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colonias y tories que en nombre de la libertad se oponían a esas mismas políticas. Al
complejo mundo de la política británica del momento lo describía Johnson como una
cierta tensión entre lo inmoral de lo público y lo moral de lo privado. No hay que
olvidar tampoco que Johnson es ante todo un moralista y que su preocupación
política gira primordialmente sobre cómo actuar en la cosa pública teniendo en
cuenta unos altos principios morales que están por encima del oportunismo
coyuntural. Si no fuera porque tenía esta visión de la sociedad no se entendería, por
ejemplo, con la perspectiva del lector actual poco familiarizado con las circunstancias
de aquel momento, su enorme preocupación por la situación de desamparo de las
prostitutas en la ciudad de Londres, por el papel de la mujer en el matrimonio o las
injusticias cometidas a los agricultores y comerciantes. Estas cuestiones, que ahora no
dudaríamos en definir como «sociales», eran las típicas de un pensamiento
genuinamente tory aunque muy a la medida de su autor, precisamente por su
raigambre moral. Todo ese conjunto de denuncias, críticas y apelaciones al common
sense (sentido común entendido como prudencia política) son el núcleo de sus
escritos políticomorales.
Es cierto que para el lector contemporáneo, más acostumbrado a la disertación
política teórica, resulta arduo ir desgranando en sus escritos todo su pensamiento, ya
que la mayoría de sus artículos periódicos y panfletos tratan de cuestiones meramente
contemporáneas que mantienen sólo el interés de los especialistas y requieren un
conocimiento muy profundo de las candilejas del parlamentarismo británico. Esto
incluso llevó a sus primeros biógrafos, por ejemplo a su amigo Boswell, a considerar
a Johnson como un escritor político esporádico, bien sea porque no compartiese sus
posicionamientos políticos o porque nunca llegó a comprender el gran peso que la
lucha por la moral representaba en los escritos de su biografiado.
Buena parte de su vasta obra, desde el largo poema London[1] y su sátira State of
Affairs in Lilliput, ambas de 1738, a sus últimos escritos sobre Escocia, contienen
reflexiones que sus contemporáneos leerían sin duda en clave política y no solo
social. Tal vez sea esta forma de acercarse a la realidad lo que le hace ser un ensayista
con un modo muy moderno de plantear los debates.
A Johnson le importan las cosas de la vida, la realidad circundante. Le importa
más analizar las consecuencias de la política en la vida diaria que teorizar sobre ella.
En otras palabras, es más importante comprobar la honestidad de la vida política por
sus consecuencias sociales que justificar ideológicamente actos que incluso pueden
llegar a traicionar los principios morales a cambio de no perder cuota de poder.
Marzo de 1750 supone una fecha importante en la vida de Johnson, ya que es
entonces cuando sale por primera vez The Rambler, una publicación periódica de dos
ejemplares semanales que duraría tan solo dos años, pero que a pesar de la fría
acogida que tuvo en vida de su autor, con unas ventas de unos quinientos ejemplares,
le permitió recibir inmediatamente después de su muerte un gran reconocimiento
público, con diez ediciones vendidas de la colección completa. Posteriormente, en

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1753, colabora con su amigo John Hawkesworth en The Adventurer, periódico muy
en la línea de The Rambler, donde Johnson publica agudas reflexiones morales sobre
temas variados.
Pero no hay que pensar que los intereses de Johnson en esta época son sólo los de
un ensayista moralizante. También le dedica tiempo a una de las obras que lo iban a
hacer inmortal para las letras inglesas: el célebre Dictionary of the English Language,
en el que llevaba trabajando desde 1746 y que vería la luz en 1755.
A partir de 1756 hasta 1763 publicaba simultáneamente la revista The Literary
Magazine y la serie de artículos The Idler, cada una con objetivos distintos pero con
puntos en común. Aunque no los vamos a repasar dada su enorme extensión, sí
diremos que estas dos colecciones fueron el medio por el que Johnson fue dando a
conocer no sólo sus ideas políticas en la forma que decíamos antes, sino también todo
su saber enciclopédico sobre la creación intelectual de su tiempo. The Literary
Magazine fue la plataforma que utilizó para componer las más agrias críticas a la
Guerra de los Siete Años (1756-1763); pero como suele ser habitual en él también
para otros temas, como la publicación de biografías y, sobre todo, para la innovación
en el mundo de las letras por medio de un género incipiente que él ayudó a
consolidar: la revisión de libros y la crítica literaria.
Su genio literario creativo, además, no dejaba de producir. En 1759, escribió en
apenas dos semanas la novela Rasselas[2], con la que pagó el funeral de su madre.
Una parábola moral, muy alejada de la novela realista, escrita en forma alegórica,
donde los personajes son generalizaciones de tipos humanos, los hechos son
verosímiles pero ficticios, y la trama moralizante. Fue un éxito de ventas y algunos
han llegado a comparar su influencia moral con la que tuvo el Cándido de Voltaire,
también de ese mismo año.
La obra más notable y que le reportaría más fama en el mundo académico aparte
de su Diccionario fue la edición crítica de las obras de Shakespeare. Esta obra
monumental en ocho volúmenes apareció en 1765 y Johnson fue el responsable tanto
de su edición como del prólogo y notas. Ese prólogo es sin duda lo mejor de su obra
crítica, recompensa del gran esfuerzo intelectual que supuso profundizar no sólo en la
lectura, actualización y corrección de los textos shakespearianos de ediciones
anteriores sino también en las posibles fuentes utilizadas por el propio Shakespeare.
Este meritorio esfuerzo académico le fue retribuido con el otorgamiento honoris
causa del título de Doctor (Doctor of Laws) por el Trinity College de Dublín. Una
década después la Universidad de Oxford, con la que mantuvo contacto toda su vida,
también le rindió homenaje otorgándole otro título de doctor (Doctor of Civil Laws).
Aunque Johnson no lo utilizó, a su primer biógrafo Boswell le debemos la
popularización del título doctor refiriéndose a él, y de ahí que desde entonces las
generaciones posteriores lo conozcamos mayoritariamente como Doctor Johnson.
A partir de la década de 1770 hasta su muerte acaecida en Londres en 1784
escribe una serie de panfletos políticos donde expresa todo su pensamiento de

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madurez. Hay que aclarar que en España hablar de panfleto es hablar de un escrito
propagandístico, sin interés nada más que para los convencidos, normalmente
demagógico o claramente mentiroso por exceso de apologética, y a veces por razón
de sucesos históricos relevantes tan inductor de violencia que Menéndez Pelayo no
duda en decir que «más que en los anales de la literatura, [el panfleto en España] debe
figurar en los del pugilato» (Historia de los Heterodoxos Españoles, vol. 6).
Nada más lejos de la realidad histórica y literaria en el mundo anglosajón. El
panfleto tradicionalmente ha sido un escrito donde el autor coge la pluma con pasión,
desarrolla normalmente una idea principal en unas cuantas páginas sin intención de
ofrecer al lector grandes razonamientos históricos o filosóficos y sí denuncias claras y
abiertas de una situación que se supone que el público conoce en detalle. El artículo
periodístico se queda corto a la hora de concatenar experiencias y razonamientos, el
libro tiene una difusión más difícil y la extensión le hace perder la fuerza
provocadora e incendiaria que se busca para la situación política inmediata. La
equidistancia entre uno y otro es la que hace que el género del panfleto se consolide a
lo largo del tiempo.
Los primeros panfletos datan del siglo XVI, cuando los luteranos escribieron
breves obras, a veces de solo unas pocas páginas, contra el Papa o la Iglesia Católica.
Desde 1523 a 1589 se publicaron enormes cantidades de panfletos por ambos bandos
hasta que un edicto imperial puso fin temporalmente a su difusión. En el siglo XVII
fue el medio de comunicación habitual para las diatribas entre puritanos y anglicanos,
entre partidarios del Rey y del Parlamento durante la Guerra Civil inglesa y,
posteriormente, a partir de 1688 se convirtió en uno de los más eficaces instrumentos
de comunicación política, por ejemplo para grandes escritores de la talla de Jonathan
Swift, el famoso autor de los Viajes de Gulliver, en quien Johnson se inspira en
algunos de sus primeros escritos. Durante los años previos a la Revolución francesa
los panfletos eran considerados como uno de los medios normales de hacer política.
En ellos se vertían opiniones de lo más variopintas, unas veces con pretensiones
filosóficas y otras veces abiertamente revolucionarias. Fue precisamente la
Revolución francesa el tema de uno de los panfletos políticos más importantes de la
literatura inglesa Reflections on the Revolution in France[3] (1790) del ya citado
Edmund Burke, considerado como uno de los mejores escritos políticos de la historia
contemporánea.
En los años inmediatamente posteriores a la separación de las colonias
americanas de la Corona británica se editaron los ochenta y cinco Federalist Papers,
ejemplo ya clásico del subgénero, escritos por John Jay, Alexander Hamilton y James
Madison en la década de los ochenta. Por eso no es de extrañar que Johnson, unos
años antes, utilizara también este género para hacer llegar sus ideas al gran público de
Inglaterra y de sus colonias.
El primero de los panfletos publicados por Johnson en esta época es The False
Alarm (1770), en el que apoya la decisión de expulsar de la Cámara de los Comunes

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al parlamentario John Wilkes, acusado de difamación. En 1771 publica otro que le
valdría muchas críticas por parte de su gobierno y de los parlamentarios que lo
sustentaban: Thoughts on the Late Transactions Respecting Falkland’s Islands.
Johnson se oponía rotundamente a una guerra con España por la reivindicación de las
islas Malvinas ya que en su opinión semejante dispendio de dinero y vidas humanas
no sería más que el resultado de una tonta disputa sobre quienes se convertirían «en
los señores de una tierra estéril golpeada por el mal tiempo».
The Patriot (1774) fue escrito con el fin de influir en los votantes en un proceso
electoral, pero contiene reflexiones tan agudas sobre el patriotismo y su significado
en la vida pública e individual que trascienden el paso del tiempo. En él Johnson
brilla en todo su esplendor, como articulista y literato y, como no podría ser menos,
como moralista. La actividad del político —afirma sin ambages— debe subordinarse
siempre al bien común. En esto reside la esencia del patriotismo.
El año siguiente ve la luz otro de sus influyentes y polémicos escritos: Taxation
No Tyranny, su posicionamiento ante el independentismo de las colonias americanas
en las que él aseguraba en una frase que se hizo famosa que «gritan libertad aquellos
que se la niegan a los negros». Su oposición a la independencia y su justificación del
cobro de impuestos precisamente para que los colonos pudieran tener sus cauces de
representación política ha llevado a que Johnson sea juzgado en América, bastante
injustamente, como el prototipo de tory ultramontano, imagen que como hemos visto
no se corresponde con la realidad.
Hasta aquí el Samuel Johnson político. Pero como sucedió siempre en su
quehacer literario, la inquietud política era perfectamente compatible con otros retos
intelectuales. Los años 1779 a 1781 son testigos de la publicación de los diez
volúmenes que componen Prefaces, Biographical and Critical, to the Works of the
English Poets, más conocido como The Lives of the Poets[4], que iba a ser otra y la
última de sus magnas obras, de referencia posterior para muchos académicos y
especialistas en literatura inglesa.
Samuel Johnson fue ante todo un intelectual, un estudioso y erudito de la cultura,
historia y literatura tanto inglesas como clásicas, tal y como se pone de manifiesto en
sus muchas obras, tanto las tres grandes, el Diccionario, las obras de Shakespeare y
las Vidas de los poetas[5], como en muchos otros estudios críticos, biografías y
artículos. Sus firmes convicciones morales, nacidas de la fe y de un sentido
trascendente del ser humano le llevan a mantener durante toda su vida unas
inquietudes que no duda en dejar claras, aunque en ocasiones eso le reportara no
pocas contradicciones.
La aportación del doctor Johnson al lector moderno es con poca duda la de la
reflexión sobre la responsabilidad social del oficio de político. La vida de las
personas individuales importa y el político no debe permanecer indiferente ante lo
que es injusto o inhumano o perjudicial para el bien común. Denunció toda su vida lo
que creía que era un abuso del poder, pero se subordinaba a él cuando lo creía justo y

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adecuado. Era en esencia conservador, ya que era escéptico de que el cambio por sí
mismo fuese sinónimo de progreso, sino que el cambio resulta necesario cuando
aporta alguna ventaja real. Siendo conservador no dudaba en cuestionar muchos de
los principios que algunos conservadores continentales consideraban como dogma,
como por ejemplo el derecho divino de la monarquía. Profundamente monárquico,
consideraba la monarquía como el régimen que mayores beneficios aportaba a la
nación, pero esa defensa no la confundía con un pretendido origen divino. De hecho
fue rotundamente crítico y duro con los tres Jorges de los que fue súbdito debido
principalmente a su ineptitud, postura que trajo como consecuencia que acercase
posiciones con los jacobitas en más de una ocasión. Durante una cena con amigos en
1773 aseguró que «Jorge I era un ladrón, Jorge II un tonto y Jorge III era idiota».
A pesar de las apariencias su obediencia y respeto por el poder resultaba evidente,
pero eso no le impedía criticar ferozmente los intentos de censura gubernamental
sobre la vida intelectual del país. Apoyaba las ayudas a los agricultores y los
controles a la exportación al mismo tiempo que criticaba el expansionismo colonial y
los abusos de los colonos, desde la esclavitud de los negros a la masacre de los
nativos americanos. En definitiva, Samuel Johnson aporta una visión independiente,
personal, trascendente y ajena a cualquier seguidismo con el poder. Una visión
genuinamente conservadora.
La selección de textos que contempla esta edición trata de mostrar al lector
español la profundidad del pensamiento de Samuel Johnson. Se han descartado
numerosos artículos sobre materias relativas al Parlamento, a candidatos a elecciones,
a problemas suscitados dentro del seno del anglicanismo, a personajes públicos
ajenos a la realidad actual y otras cuestiones sociales excesivamente locales que son
de interés solo para los historiadores. Esta edición demuestra la gran calidad literaria
de su autor y su carácter clásico, incluye temas más universales y perennes para que
puedan ser utilizados como fuente y referencia de la reflexión política y social
contemporánea.

CARLOS SEGADE

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I
EL PATRIOTA
DISCURSO A LOS ELECTORES DE GRAN BRETAÑA
1774

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They bawl for freedom in their senseless mood,
Yet still revolt when truth would set them free,
Licence they mean, when they cry liberty,
For who loves that must first be wise and good.

JOHN MILTON[1]

En estimar el dorado instante de la oportunidad y aprovechar el bien al alcance de


nuestra mano consiste el gran arte de vivir, en virtud del cual no pocas de las
privaciones que nos han sido impuestas hubiesen podido evitarse. Y es que
dedicamos demasiado tiempo a lamentar el ayer perdido.
Cada siete años llegan las Saturnalias, y los ciudadanos de Gran Bretaña pueden
disfrutar del privilegio de escoger a sus representantes. Ha llegado ahora ese feliz
día[2], y aun un poco antes de lo que cabía esperar.
La elección y designación de quienes habrán de redactar las leyes y distribuir los
bienes es una alta dignidad y una importante responsabilidad. Importa a cada elector,
en efecto, decidir la manera en que esa dignidad sea ejercida y esta responsabilidad
fielmente cumplida.
A todos y cada uno de quienes participan en este debate nacional importa en
grado sumo trasladarles la idea de que no son merecedores de un escaño en el
Parlamento quienes no sean patriotas, porque sólo ellos están en disposición de
proteger nuestros derechos, y sólo en ellos podemos depositar nuestra confianza.
Patriota es el hombre cuya conducta pública está sometida a un principio único: el
amor por su país; quien, en su actividad parlamentaria, no alberga esperanzas o
temores personales ni aguarda favores o agravios, sino que todo lo somete al interés
común.
¿Quién se atrevería a decir que esta época degenerada es capaz de arrojar, entre
quinientos hombres, una mayoría que responda a tan virtuoso principio? Pero el
desaliento no es la solución: mantenerse alerta y activos, en cambio, suele arrojar
mejores resultados de los deseados. Busquemos patriotas donde sea posible hallarlos,
pero, para no engañarnos con falsas apariencias, habremos de estar atentos a
distinguir las certeras de las señales engañosas, ya que un hombre puede tener todas
las trazas del patriota y, sin embargo, carecer de sus cualidades constitutivas, del
mismo modo que las falsas monedas, que suelen brillar lo mismo que las verdaderas,
sin embargo pesan menos que éstas.
Hay quienes reclaman el derecho de figurar en la nómina del patriotismo por su
encarnizada y constante oposición a la Corte[3].
Esta señal rara vez es infalible. El patriotismo no es forzosamente atributo de la
rebeldía. Se puede odiar al rey, y sin embargo no estimar al país. Quien ve rechazadas
sus pretensiones, sean o no razonables, quien piensa que sus méritos son
insuficientemente valorados, quien asiste al declive de su influencia, no tardará en

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discurrir sobre igualdad natural, sobre lo absurdo de que haya «mucho en beneficio
de unos pocos[4]», sobre contratos originarios, sobre los fundamentos de la autoridad
y la majestad del pueblo. Y a medida que vaya en aumento su melancolía, señalará y
tal vez soñará con el fortalecimiento de los privilegios y los peligros del poder
arbitrario. Pero en ninguna de estas manifestaciones su intención buscará el beneficio
de su país, sino la recompensa a su astucia.
Con todo, estos opositores al gobierno son los más honestos: su patriotismo es
una forma de enfermedad, y en parte sienten lo que dicen. Pero la mayoría, la
inmensa mayoría de quienes se quejan y despotrican, inquieren y acusan, no lo hacen
movidos por dudas razonables o porque alberguen temor o sientan preocupación por
la vida pública, sino porque aspiran a hacer fortuna al calor del resentimiento y la
invectiva, y con su vehemencia y vituperios buscan a quien se ofrezca cuanto antes a
comprarles su silencio.
Para que un hombre descubra al patriota que hay en él, a veces basta con sembrar
el descontento y propalar noticias de tramas ocultas, peligrosas influencias,
violaciones de derechos o usurpaciones encubiertas.
Estas actividades nada tienen que ver con el patriotismo. Infundir rabia con ánimo
peor que la provocación equivale a suspender la felicidad del pueblo, cuando no a
destruirla. No puede considerarse amigo de su país quien perturba innecesariamente
su paz. Pocos son los errores y defectos de los gobiernos que puedan alegarse para
justificar el alboroto de la muchedumbre, que en ningún caso ha de instituirse en juez
de lo que es incapaz de comprender, ya que sus opiniones no se propagan por la
razón, sino que se transmiten por contagio.
Que esta especie de patriotismo es una falacia salta a la vista, especialmente
cuando, tras haberse reparado el mal, sin embargo no cesa el tumulto. Quienes hoy
nos ladran al oído con el caso del señor Wilkes y los terratenientes de Middlesex
continúan quejándose por un motivo que ha dejado de existir. El señor Wilkes tiene la
posibilidad de ser electo, en caso de que alguien quisiera tal cosa, y no hay un solo
hombre honesto y decente que pueda sentirse amenazado por el precedente de su
exclusión.
Es cuando menos lícito sospechar que el título de patriota no es una justa
recompensa a la sátira anónima y el escarnio público. Llenar los periódicos con
taimadas insinuaciones de corrupción e intrigas, distribuir el Middlesex Journal o el
London Pacquet, puede que sean muestras de diligencia, pero también pueden serlo
de malicioso interés. Introducir un escrito a sabiendas de que la solicitud que contiene
no será satisfecha, insultar al rey con una amonestación[5] descortés: el simple hecho
de que estos actos de insolencia legal no sean pasibles de castigo y que quien los
comete no se exponga a peligro alguno, no basta para hacer de ellos una
manifestación de valor. Tampoco de patriotismo, ya que tales actos, al socavar el
respeto debido a la autoridad suprema, promueven la subversión del orden y son
causa de males para todos.

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Del patriotismo son distintivas la cautela y la vigilancia, la prevención de
asechanzas encubiertas, la previsión de peligros en ciernes. El verdadero amigo de su
patria se apresta a manifestar sus temores y dar la voz de alerta en cuanto detecta la
inminencia de una amenaza, pero lo que nunca hace es tocar a rebato en ausencia de
enemigos, o infundir terror entre sus compatriotas sin motivo. Es legítimo, por tanto,
dudar del patriotismo de quienes acostumbran dejarse trastornar por
inverosimilitudes, o de quienes sostienen que la reciente paz[6] es fruto del soborno
de la princesa de Gales y que el rey ambiciona un poder arbitrario, o que debido a que
los franceses han cosechado nuevos éxitos y sido capaces de dotarse de nuevas leyes,
la corte está urdiendo un plan para abolir en Inglaterra la participación del jurado en
los juicios.
Aún menos patriota será quien se empeñe en propagar opiniones a sabiendas de
que son falsas. Nadie que ame a su país difunde la clamorosa acusación de que la
religión protestante corre peligro porque los papistas se han hecho fuertes en la vasta
provincia de Quebec[7], una falsedad tan patente y descarada que no necesita ser
refutada por quienes conocen unos hechos que ni el más obtuso fanático es capaz de
ignorar, y que me permito aquí recordar:
Que Quebec se encuentra al otro lado del Atlántico, y tan lejos que no puede
hacer ni bien ni mal al mundo europeo.
Que sus habitantes, ya que son franceses, siempre han sido papistas, y ciertamente
más de temer como enemigos que como súbditos.
Que a pesar de la vastedad de esa provincia, son escasos sus pobladores,
probablemente menos numerosos que los que habitan cualquier gran condado inglés.
Que la persecución no es más justa porque la ejerza un protestante en vez de un
papista, y que si reconvenimos a Luis XIV por sus brutales soldados y su armadas[8],
cuando el poder recae en nuestras manos debemos ejercerlo con mayor equidad.
Que cuando se hizo entrega de Canadá y sus habitantes, se acordó su libre
ejercicio de la religión, condición ésta de la que el rey Guillermo, de quien no puede
decirse que sea un propagador del papismo, dio ejemplo más cerca de nosotros, en la
rendición de Limerick.
Con ello quiero decir que, ahora que todas las bocas claman por la «libertad de
conciencia», es equitativo tener de alguna manera en consideración la conciencia de
los papistas, que están autorizados, al igual que otros hombres, a sentirse seguros en
su propia fe, y que al menos quienes son objeto de tolerancia[9] no debieran negársela
a nuestros nuevos súbditos.
Si la libertad de conciencia es un derecho natural, no debiéramos permitirnos
denegarla, y si resulta ser una indulgencia, habríamos de concederla a los papistas
cuando no la prohibimos a otras sectas.
Un patriota es necesariamente y siempre un amigo del pueblo. Pero hasta esta
señal puede a veces ser engañosa.
El pueblo es una masa muy heterogénea y confusa de ricos y pobres, sabios y

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necios, buenos y malos. Antes de conceder el título de patriota a quien se declara
afecto al pueblo, hemos de examinar a qué parte del mismo dirige su reclamo. El
proverbio dice que quien disimula su verdadero carácter lo revela a través del de sus
amigos[10]. Si el candidato a patriota se esfuerza por inculcar opiniones correctas
entre las clases superiores, para que mediante su influencia puedan éstas regular a las
inferiores; si se relaciona principalmente con personas juiciosas, ecuánimes,
confiables y virtuosas, su amor al pueblo puede ser considerado racional y honesto.
Pero que no se atreva a jactarse de su amor al pueblo quien ante todo y
principalmente se dirige a los indigentes, siempre proclives a la exaltación; a los
débiles, que por naturaleza son suspicaces; a los ignorantes, fáciles de inducir a error,
o a los disolutos, que sólo aspiran a causar daño y sembrar la confusión. No puede
razonablemente aspirar a la consideración de amigo de la patria quien se dedica a asar
bueyes, quemar botas[11] o asistir a mítines en Mile End o registrarse en Lumber
Troop[12]. Es posible que entre borrachos goce de la consideración de ser «un buen
tipo», y que algún que otro artesano sobrio piense que es un caballero «sin pelos en la
lengua», pero habría de tener otras credenciales para fungir de patriota.
Patriota es quien siempre está dispuesto a apoyar causas justas y alentar
esperanzas razonables en el pueblo, recordándole sin tregua sus derechos y
animándole a reconocer y prevenir abusos.
Todo lo cual, no obstante, puede hacerse sin verdadero patriotismo. Dar falsas
esperanzas para obtener beneficios inmediatos sólo preludia desencanto y disgustos.
Prometer grandes empresas a sabiendas de que las mismas son ineficaces equivale a
engañar a terceros con hueras manifestaciones de inútil celo.
El patriota verdadero no se dedica a sembrar promesas. Tampoco se esfuerza en
abortar parlamentos, revocar leyes o cambiar el modo de representación legado por
nuestros antepasados. Porque sabe que el futuro no depende de su voluntad y que no
todas las épocas son igualmente propicias al cambio.
Aún menos se compromete con confusas vaguedades a obedecer las exigencias de
sus electores. Conoce bien los peligros de las facciones y la inconstancia de las
multitudes. Antes procurará conocer la importancia y alcance de las opiniones de sus
electores. Los programas populares generalmente son obra, no de los más sabios y
constantes, sino de los violentos y temerarios. Quienes atienden mítines para conferir
con sus representantes suelen ser individuos ociosos y licenciosos. Y no andarán
errados quienes sospechen que, como sucede con cualquier otra congregación
humana, los más sabios de sus representados suelen ser una minoría.
El patriota es consciente de haber sido elegido para promover el bien público y
defender a sus electores, junto con el resto de sus compatriotas, no sólo del daño que
otros puedan infligirle, sino del que pudieran hacerse a sí mismos.
Una vez reconocidas las señales comúnmente atribuibles al patriotismo, y
habiéndose visto que pueden ser falsificadas con artimañas o malogradas por
insensatos, no estará de más determinar si existen maneras precisas de hablar y actuar

[Link] - Página 17
que sean propias de los no patriotas.
En esta parte de nuestra investigación, es posible que se puedan aducir pruebas
más claras y alcanzar conclusiones más seguras, pues suele ser más fácil detectar lo
falso que lo verdadero, descubrir lo que hemos de evitar antes que lo que debiéramos
procurar alcanzar.
La guerra es uno de los males más abrumadores para la nación, una calamidad
que trae consigo toda suerte de miserias, ya que pone en peligro la seguridad de
todos, suprime el comercio y arrasa las tierras, y expone a gran número de personas a
privaciones, peligros, cautiverio o muerte. Siendo esto así, quien aspire a la
prosperidad de su nación no puede al mismo tiempo exacerbar resentimientos
generales ahondando en heridas particulares o imponiendo derechos dudosos y de
escasa relevancia.
Se puede razonablemente concluir, por tanto, que no son patriotas quienes, en la
necesidad de vindicar el honor nacional ante Europa, y cuando los españoles, tras
haber invadido lo que consideraban sus posesiones, se habían arrugado al punto de
desistir de su empeño y rebajar sus pretensiones, sin embargo han insistido en
llevarnos a la guerra por un pedazo de tierra yermo y deshabitado[13] en el océano de
Magallanes, al que era imposible que le diéramos utilidad alguna, como no fuera la
de servir de destino a los desterrados por falso patriotismo.
Pero conviene no olvidar que la extraordinaria violencia del desenfreno patriótico
consiguió desquiciar de tal modo a la nación, que podríamos estar ahora mismo
luchando y muriendo por una roca desierta bajo un cielo tormentoso, de no haber sido
porque nuestros rivales se mostraron más sabios que nosotros. Como tampoco hay
que olvidar que quienes hoy compiten por los favores del pueblo con ruidosas
proclamas de valor colectivo, cuando a la sazón calculaban los beneficios que les
reportaría su engaño, hubiesen podido acabar disfrutando del patriótico placer de
recibir de vez en cuando la noticia de que millares de los nuestros habían sido
masacrados en el campo de batalla, o descubrir que algún buque de la armada había
quedado yermo de vida debido al aire irrespirable y las provisiones en mal estado.
Quien aspire a que su país se vea despojado de sus derechos no puede ser
considerado un patriota.
Por consiguiente, no será patriota quien justifique los ridículos derechos de los
usurpadores americanos y pretenda desposeer a la nación de la autoridad legal y
natural que ésta ejerce sobre sus colonias. Unas colonias que fueron pobladas gracias
a la protección de Inglaterra, instituidas gracias a estatutos ingleses y defendidas por
soldados ingleses.
La idea de que, al colonizar otras tierras, la nación constituía un poder
independiente, y que los emigrantes, tras haberse enriquecido gracias a indulgencias y
favores, podían decidir a su antojo si han de contribuir a su propia defensa y dejar de
participar, como lo hacen millones de otros súbditos, en el sistema de representación
general, semejante idea supone tal cúmulo de insensateces, que sólo el disfraz del

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patriotismo sería capaz de ocultarlas.
Quien acepta protección se compromete a obedecer. Siempre hemos protegido a
los americanos: podemos, por tanto, gobernarlos.
Lo pequeño cabe en lo grande. El poder de quitar la vida puede confiscar
propiedades. Si el Parlamento tiene la capacidad de legislar para América la pena
capital, también la tiene de definir la modalidad y cuantía de sus impuestos.
Sin embargo, hay quienes lamentan la situación en la que se encuentran los
pobres bostonianos[14], por el hecho de no poder suponerles a todos la perpetración de
actos de rebeldía. Pero el hecho cierto es que todos son pasibles de las sanciones
adoptadas. Tal cosa, afirman, es una violación de la primera norma de la justicia, ya
que con ello se está condenando a los inocentes a ser castigados con los culpables.
Esta objeción merece alguna reflexión, pues parece dictada por la equidad y la
humanidad, por más que mueva a desprecio por la ignorancia que supone de la
condición humana y el orden de cosas. Confundir inocentes y culpables sin duda es
un mal, pero es un mal que ni la previsión ni la cautela bastan para evitar. Los
crímenes nacionales reclaman castigos nacionales, que forzosamente habrán de
aplicarse a muchos que no son personalmente culpables. Cuando los rebeldes se
atrincheran en un pueblo, los cañones de la autoridad legítima amenazan por igual las
vidas de sus inofensivos habitantes y las de la guarnición felona.
En ocasiones sufren más las consecuencias quienes menos se pretende perjudicar.
Si en la última guerra los franceses hubiesen tomado una ciudad inglesa y permitido
que sus habitantes conservaran sus viviendas, ¿cómo habríamos podido recuperarla
sin derramar la sangre de nuestros amigos? Las bombas matan por igual a ingleses y
franceses, y todos sabemos que la hambruna de un asedio mata en primer lugar a los
lugareños.
Las consecuencias de la violencia indiscriminada pueden ser lamentables, mas no
culpables. El poder del gobierno legítimo ha de ser defendido, y las desgracias
desatadas por las rebeliones han de imputarse únicamente a los rebeldes.
Tampoco son patriotas quienes no reconocen al gobierno los méritos que le
corresponden y ocultan al pueblo los bienes que de él reciben. Por ello no tienen ni
remotamente derecho a ostentar tan ilustre título quienes acusan de falta de espíritu
cívico al anterior Parlamento, una asamblea de hombres que, a pesar de alguna
vacilación en sus decisiones y debilidad en su aplicación, la nación debiera siempre
recordar con gratitud, ya que está en deuda con ella por haberse mostrado tan
generosa en el recorte de inmunidades[15] y tan sabia y honesta al mejorar la
Constitución en el presente ejercicio reformando el tribunal electoral[16].
El derecho a amparo, necesario cuando fue instituido y tan consecuente con la
generosa concesión de inmunidades que prodigaba el ordenamiento feudal, por su
misma naturaleza era una fuente de abusos, y en realidad había sido más de una vez
aplicado erróneamente para sortear la ley y evadir la justicia. El mal tal vez no fuera
tan grande como el escándalo, pero asimismo no puede decirse que el bien que haya

[Link] - Página 19
podido derivarse de este privilegio no fuera al menos comparable con sus posibles
males. En todo caso, salta a la vista que esta medida, supusiera o no un beneficio para
el resto, al menos para ellos ha significado el tener que renunciar a algo: sus
dignidades han aceptado desprenderse de un espléndido privilegio y se han mostrado
más dispuestas que sus predecesoras a igualarse con los otros súbditos del reino.
El nuevo método de convalidar las elecciones, si lograse demostrar su utilidad,
tendría efectos mucho más amplios de lo que a primera vista parece. Por lo visto, una
mayoría considera que será ventajoso únicamente para quienes aspiran a ocupar un
escaño en el Parlamento. Pero si es cierto que el derecho a elegir a sus representantes
es uno de los más preciados para los ingleses, no habrá votante que no considere que
esta ley es benéfica y aumenta la eficacia del sufragio, en la medida en que antes se
votaba en vano al quedar las elecciones al arbitrio de otros poderes.
Huelga recordar el abusivo desprecio a los derechos instituidos de antaño y la
descarada arbitrariedad con que los anteriores parlamentos dirimían las elecciones
controvertidas. Rara vez, ni tan siquiera en apariencia, se juzgaban en conciencia las
reivindicaciones de los candidatos y los derechos de los electores, sino que los
dictámenes respondían a las rivalidades entre partidos, las emociones, los prejuicios o
la mera frivolidad del momento. De poco valía contar con apoyos en la
circunscripción a quien aspirara a tenerlos también en la Cámara: cualquier excusa
era buena para evitar las mayorías, y los escaños recaían en última instancia no en
quien recibía los votos de los electores, sino los de sus colegas senadores.
De este modo, la nación se veía sometida a escarnio por una farsa electoral, y el
Parlamento se llenaba de representantes espurios. Una de las aspiraciones más
importantes, la de ejercer el derecho a ocupar un escaño en la asamblea suprema del
reino, era abordada con frivolidad, y ni las causas más justas tenían el triunfo
asegurado.
A partir de ahora, las elecciones cuestionables podrán ser sometidas a examen con
el mismo rigor y seriedad que cualquier otro título. El candidato que haya sabido
granjearse los favores de sus vecinos, ahora está seguro de poder disfrutar de las
consecuencias del apoyo recibido, y los electores que voten honestamente por méritos
reconocidos sabrán que no han votado en vano.
Así es el Parlamento que algunos, que hoy aspiran a ser miembros de otra y muy
diferente asamblea, han enseñado a la chusma a considerar como una reunión ilegal
de hombres despreciables, venales y prostituidos, esclavos de la corte y tiranos del
pueblo.
Que la próxima Cámara de los Comunes actúe según los principios de la anterior,
pero con más perseverancia y altura de miras, ha de ser el deseo de quienes quieran lo
mejor para todos. Y quisiera creer que no es mucho pedir que la nación se deshaga de
sus falsas ilusiones y consiga unirse para manifestar su repulsa a quienes se han
dedicado a engañar a los crédulos con falsos agravios, avasallar a los débiles con
mentiras descaradas, halagar las opiniones de los ignorantes y satisfacer la vanidad de

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los mezquinos, y que con su desprecio a la honestidad y sus ofensas a la dignidad han
sabido rodearse de todo lo que el reino cuenta de ruin, burdo e inmoral. Son los
mismos que, habiendo «por mérito ascendido a esta funesta preeminencia[17]», se
arrogan el título de patriotas.

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II
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE RAMBLER”
(1750-1752)

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El futuro
N. 2. Sábado, 24 de marzo de 1750
Estare loco nescit, pereunt vestigia mille
Ante fugam, absentemque ferit gravis ungula campum.

ESTACIO[1]

Que la mente del hombre no se satisface nunca con los objetos que tiene más a
mano, y en cambio siempre busca liberarse del momento presente y ensimismarse en
planes de felicidad futura, y que solemos olvidar el correcto uso del tiempo a nuestra
efectiva disposición para ir en pos del disfrute de lo que tal vez jamás nos sea
concedido, es una observación que cualquiera puede hacer. Esta costumbre, objeto
habitual de burlas para los vivarachos y diatribas para los circunspectos, ha sido
puesta en ridículo con la agudeza propia del ingenio y exagerada con la característica
ampulosidad de la retórica. No hay ejemplo de su flagrante sinsentido que no haya
sido diligentemente recogido ni epíteto despectivo que no la haya desfigurado, y
sobre ella han llovido todos los tropos y figuras posibles.
Es fácil ceder a la censura, porque ésta siempre lleva aparejada alguna forma de
superioridad, y los hombres se complacen en pensar que han ido más lejos y más
hondo que otros en sus reflexiones y consideraciones, y que han sabido detectar
errores y desatinos que escapan a la observación vulgar. El placer de jactarse de
opiniones comunes es tan tentador para el escritor, que difícilmente es capaz de
resistírsele: siempre puede apoyarse en ideas que todos dan por buenas para brillar sin
esfuerzo y triunfar sin dar batalla. Sin decir nada de lo fácil que es hacer mofa de la
insensata costumbre de vivir sumido en las ideas, trocar la satisfacción inmediata por
placeres lejanos y, en vez de disfrutar de las bendiciones de la vida, preferir no
aferrarse a ella y preparar venideros gozos. Son tantas las oportunidades de gloriarse
en el propio triunfo demostrando lo incierto de la humana condición y despertando de
su sueño a los mortales para informarles del paso raudo y silencioso del tiempo, que
no es sorprendente que tantos autores se empeñen en transmitir más que en examinar
tan aventajados principios, y que sean más proclives a deslizarse por tan fácil y
florida senda que a pararse a pensar si conduce a la verdad. Dicha propensión a
proyectarse hacia el porvenir parece condición inevitable de seres condenados a

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progresar gradualmente y a vivir siempre avanzando. Como su capacidad es limitada,
han de fiarse de expedientes para alcanzar sus metas, y suelen concebir de entrada lo
que sólo en última instancia pueden ejecutar; como no dejan de avanzar desde que
dan sus primeros pasos, el horizonte de sus proyectos cambia incesantemente, y así
han de encontrar nuevas razones para sus actos, nuevos motivos para temer y gracias
que anhelar.
Por eso la finalidad que hoy acapara todo nuestro esfuerzo, en cuanto la hemos
alcanzado se nos aparece como un medio más para alcanzar otra aún más lejana. El
natural vuelo de la mente humana no la conduce de un placer a otro, sino de
esperanza a esperanza[2].
Quien dirige sus pasos hacia un determinado lugar, con frecuencia ha de levantar
la mirada hacia el punto que se ha propuesto alcanzar; quien está sometido a penosas
labores procura superar el desánimo imaginando su futura recompensa. En la
agricultura, que es una de las ocupaciones más simples y necesarias, nadie se dedica a
abrir surcos en la tierra como no sea pensando en la cosecha, la misma cosecha que
las plagas pueden malograr, las inundaciones arrasar, o que la muerte y las
calamidades pueden impedirle al labrador recoger.
Pero así como las pocas máximas reconocidas por todos y recordadas a pesar del
paso del tiempo presentan alguna correspondencia con la verdad y la naturaleza,
habremos de convenir que la prevención contra la costumbre de fijar la vista con
demasiada insistencia en lejanas recompensas no deja de tener sentido y utilidad, por
más que se incurra en ella sin ton ni son o se aplique a diestro y siniestro. Y es que,
aun sin considerar ese ardor vehemente que no repara en nada hasta haberse
satisfecho o esa inquieta ansiedad en la que es acertado ver una muestra de
desconfianza en el cielo —asuntos éstos excesivamente graves para lo que aquí se
pretende exponer—, a menudo sucede que, por querer probar cuanto antes las mieles
del triunfo, desatendamos las necesarias disposiciones para alcanzarlo y echemos a
volar la imaginación en el disfrute de un bien probable, dejando que el tiempo
necesario para lograrlo se nos deshaga entre las manos.
Con todo, es cierto que en pocas empresas pondríamos todo nuestro esfuerzo o
arrojo para superar las dificultades que entrañan, si no fuéramos capaces de exagerar
las recompensas que nos creemos autorizados a esperar de ellas. Cuando el caballero
de La Mancha, con perfecta gravedad, le describe a su compañero las aventuras que
le permitirán destacar y señalarse, y merced a las cuales será llamado a rescatar
imperios, aceptar la mano de la heredera de la corona que ha defendido, gozar a
manos llenas de honores y riquezas, y hasta generosamente ofrecerle una isla a su fiel
escudero, son muy pocos los lectores que, movidos a risa o compasión, se atreverían
a decir que nunca han concebido ensoñaciones parecidas, por más que tal vez nunca
hayan deseado vivir aventuras tan extrañas o disponer de medios tan inadecuados[3].
Cuando nos compadecemos de este caballero, estamos recordando nuestras propias
desilusiones, y cuando nos reímos de él, el corazón nos dice que no es más digno de

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burla que nosotros, salvo porque él dice en voz alta lo que nosotros sólo hemos
pensado.
El entendimiento del hombre, por naturaleza optimista, de hecho puede nublarse
fácilmente al entregarse sin freno a la esperanza, por más que ésta sea necesaria para
la creación de lo grandioso y excelente, del mismo modo en que hay plantas que se
malogran por exceso de exposición al mismo sol que es el responsable de la vida y
belleza del mundo vegetal. En la especie humana tal vez no haya una clase más
necesitada de ser prevenida contra las expectativas de la felicidad que la formada por
quienes aspiran a la condición de autores. Los hombres dotados de una robusta
imaginación no pueden concebir el más tenue indicio de idea sin inmediatamente
saltar a exponerla en la prensa y ante el mundo, y bastará con el impulso del halago
para que entonces se atrevan a adentrarse en el porvenir y predecir los honores que
habrán de recibir, cuando se hayan extinguido las envidias y olvidado las polémicas,
y cuando quienes hoy se dejan cegar por los prejuicios hayan cedido su lugar a otros,
tan frívolos y efímeros como estos de ahora.
Quienes así se hayan arriesgado a apelar al tribunal de los tiempos futuros
difícilmente podrán curarse de su insensatez. Pero todos los esfuerzos son pocos para
prevenir enfermedades que, si se dejan prosperar libremente, rara vez pueden curarse
con los remedios que crecen en el jardín de la filosofía, por más que esta dama se
jacte de sus pócimas para la mente, sus purgas para los vicios y sus lenitivos para las
pasiones.
Por todo ello, y ahora que aún estoy a tiempo y apenas me afectan levemente los
síntomas del mal de los escritores, habré de procurarme algún medicamento útil para
no sucumbir a esa dichosa infección. Con la esperanza, por tenue que sea, de que mi
medicina tendrá la virtud de propagarse a otros, también expuestos, por su oficio, a
los mismos peligros:
Laudis amore tumes? Sunt certa piacula, quae te
Ter pure lecto poterunt recreare libello[4].

Sabiamente advierte Epicteto[5] que el hombre ha de acostumbrarse a pensar


frecuentemente en lo más espeluznante y pavoroso, porque estas ideas le librarán de
aspirar con excesivo ardor a bienes aparentes y sucumbir abatido ante males reales.
Nada hay más temible para el escritor que el desprecio, comparado con el cual las
críticas, los odios y la animadversión se le antojan variedades de la dicha. Y no
obstante, esta suerte, la más funesta de todas, no hay hombre dedicado a escribir que
no tenga motivos de temerla.
Deja que la muerte, el exilio, y todas las demás cosas que parecen terribles te
resulten cotidianas. Pero, sobre todo, no temas a la muerte, y así nunca tendrás un
pensamiento innoble ni desearás nada excesivamente.
I nunc, et versus tecum meditare canoros[6].

[Link] - Página 25
Tal vez no sea del todo inútil, para quien se adentra por vez primera en el mundo de
las letras, saber que es preferible fiarse más bien poco de las propias habilidades y ser
capaz de imaginar que posiblemente no le valgan más que desprecio; que es posible
que la naturaleza no lo haya escogido para aumentar o embellecer significativamente
el conocimiento, ni lo haya señalado, por su indiscutible superioridad, para legislar la
conducta del resto de la humanidad; que si bien es cierto que el mundo se encuentra
aún sumido en la ignorancia, nadie lo ha destinado a despejar los nubarrones o brillar
con luz propia como una de las luminarias de esta vida. Si duda de estas verdades, no
hay catálogo de biblioteca que no se las confirme al punto y meridianamente: allí
podrá consultar multitudes de nombres de autores que, hoy ya olvidados, un día
fueron no menos laboriosos y confiados, y que, al igual que hoy le sucede a él, se
sintieron satisfechos de sus obras, queridos por sus protectores y ensalzados por sus
amigos.
Por lo demás, también sucede con autores excelentes que sus méritos pasen
desapercibidos, inadvertidos entre la gran variedad de cosas y confundidos con la
gran miscelánea de la vida. Quien aspira a la fama a través de la escritura, pretende la
admiración de una muchedumbre que oscila entre diversos placeres o que vive
inmersa en sus negocios, y que no tiene tiempo para las diversiones intelectuales; los
jueces a los que apela están absortos en sus pasiones o corrompidos por prejuicios
que les impiden aplaudir nuevas proezas. Algunos son demasiado indolentes para leer
nada que no goce previamente de fama, y otros demasiado envidiosos para
promoverla, porque les duele engrandecerla. Lo novedoso es combatido porque la
mayoría no quiere ser enseñada, y lo ya conocido es rechazado porque a menudo se
olvida que los hombres prefieren que les recuerden las cosas y no que les informen
sobre ellas. Los entendidos prefieren no divulgar sus opiniones de entrada, por miedo
a poner su reputación en entredicho; los ignorantes suponen que dan muestras de
exquisitez cuando se niegan a ser complacidos. Y quien entre tantos escollos
consigue fraguarse una reputación, si es sincero reconocerá que ésta se debe a otras
causas, distintas de su destreza, sus conocimientos o su ingenio.

El oficio de escribir
N. 16. Sábado, 12 de mayo de 1750
[…] Multis dicendi copia torrens,
Et sua mortifera est facundia […]

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JUVENAL[7]

Señor:
Soy el humilde joven a quien, en un reciente artículo[8], agració usted con sus
consejos, pero como estoy lejos siquiera de sospechar que haya podido prever las
numerosas molestias que al seguirlos he tenido que arrostrar, me atrevo a exponerle
en qué han consistido éstas, pues le considero la persona más indicada para despejar
las dudas que sus indicaciones, sin duda ofrecidas inocentemente, han contribuido a
sembrar en mi ánimo.
Se dignó usted recordarme, y no dudo que al hacerlo estuviera pensando en mi
provecho, que cualquier escritor en ciernes puede fácilmente divulgar su genio, dado
que «en Inglaterra se imprime libremente». Una realidad que he podido, fatalmente,
comprobar: cualquiera, en efecto, puede imprimir un libro.
[…] Facilis descensus Averni
Noctes atque dies patet atri janua Ditis[9].

Las armas capaces de hacernos daño siempre están a nuestro alcance. Enseguida
busqué a un impresor, a quien contraté para imprimir varios miles de ejemplares de
mi panfleto. Mientras estuvo imprimiéndose, casi nunca me alejé de su
establecimiento, donde me dedicaba infatigablemente a animar a los trabajadores para
que concluyeran su faena cuanto antes, prodigándoles ruegos, promesas y
recompensas. Cualquier otro placer desapareció de mis días, consagrados al placer de
corregir pruebas, y el sueño desertó casi todas mis noches, en previsión de la dicha
que el paso de las horas acercaba. Al fin estaba próximo el momento de la
publicación, y mi arrobamiento de autor hacía que el corazón me latiera más fuerte.
Ajeno a nimias precauciones e indiferente a la envidia y la crítica, estampé mi
nombre en el título, sin pararme a pensar que todo lo que sale de la imprenta es
imposible deshacerlo, y que si bien es cierto que ésta puede compararse con las
regiones infernales, por lo fácil que le resulta al autor entrar y lo difícil que le es salir
de ellas, sin embargo se distingue de ellas en que los grandes genios no pueden
recuperar su anterior condición bebiendo un simple sorbo de las aguas del olvido. Y
ahora, señor Rambler[10], resulta que soy un autor conocido y me veo condenado,
irremediablemente condenado, a las desgracias de tan excelsa fama. A la mañana
siguiente de haberse publicado mi libro, mis amigos vinieron a buscarme, y, como es
habitual, a cada uno le entregué un ejemplar. Examinaron las primeras páginas, pero
su admiración era tal que hubieron de interrumpir su lectura. Las primeras páginas, lo
reconozco, son bastante elaboradas. Algunos pasajes les llamaron especialmente la
atención, pareciéndoles más obviamente hermosos que otros, y de algunos trazos
delicados y elegancias ocultas me encargué yo mismo de señalarles la existencia, por
si hubieran escapado a su atención. Hecho lo cual, y tras rogarles que cesaran en sus
halagos, los invité a acompañarme a comer en una taberna. En la sobremesa

[Link] - Página 27
retomamos el asunto de mi libro. Pero sus palabras de elogio eran por lo general tan
excesivas, que en mi modestia me vi obligado a ofrecerles varias rondas, y casi no
hubo otra manera de calmar sus manifestaciones de admiración que ordenar
vigorosamente al escanciador que nos sirviera una tras otra varias botellas.
Al día siguiente, otro grupo de conocidos vino a felicitarme por mi proeza, pero
dieron tan importunas muestras de admiración, que de nuevo me vi obligado a
esquivar sus cortesías con otra invitación. Al tercer día fue aún mayor el número de
jaleadores que hube de silenciar con el mismo método, y ya al cuarto volvieron a
presentarse mis invitados del primer día, pues entretanto habían tenido tiempo de
ojear el resto de mi libro, y al hacerlo habían descubierto frases tan memorables y
observaciones tan magistrales, que me resultó sencillamente insoportable oírles
declamar sus alabanzas. Con lo que, obviamente, los convencí otra vez de que debían
acompañarme a la taberna, y busqué cualquier otro tema de conversación para el
grupo. Pero se mostraron incapaces de esquivar el asunto de mi hazaña libresca, que a
tal punto se había adueñado de sus mentes, que por más que les rogué no hubo
manera de que cambiaran de tema, con lo que me vi obligado a ahogar en clarete unas
loas que ni mi discreción podía acallar ni impedir mi incomodidad.
De ese modo se fue toda la semana, en una especie de festividad literaria. Ahora
sé que nada sale tan caro como el gran talento, salvo que se vea acompañado por una
sed insaciable de halagos. Y es que para evitar la molestia de oír mi nombre exaltado
aún con más vehemencia que las mejores reputaciones de los más grandes autores,
vivos o muertos, he tenido que costear dos barriles de oporto, quince galones de
aguardiente, diez docenas de clarete y cuarenta y cinco botellas de champán. Resolví
entonces que no permanecería en mi casa esperando que tal volviera a suceder, y un
buen día me levanté temprano y me dirigí al café. En mala hora, ya que con ello sólo
descubrí que me había vuelto tan famoso que no podía disfrutar del placer de
mezclarme, en igualdad de condiciones, con el resto de la humanidad. En cuanto
llego a un establecimiento, descubro que una parte del público echa espumarajos de
envidia, aunque procure ocultarlo, a veces, aparentando reír, cuando no simulando
desprecio, pero es tan burdo el disfraz que no me cuesta nada descubrir el rencor que
anida en sus corazones. Eso sí, como la envidia suele ser su propio y merecido
castigo, me doy a menudo el placer de atormentarlos con mi presencia.
Dicho lo cual, y aunque reconozco que alguna leve satisfacción he obtenido al
mortificar a mis enemigos, resulta que, además de benevolente, también soy incapaz
de sentir placer causándole daño a mis amigos. He tenido sumo cuidado, desde la
publicación de mi libro, de no darme más aires estudiados de superioridad que los
que impone la más tasada humildad. No es improbable, lo reconozco, que alguna vez
haya podido expresar mi opinión de tal modo que dejara claro que no soy
inconsciente de mis dotes expositivas, o que haya interrumpido una conversación al
ver el cariz que ésta tomaba y sin darle tiempo a mi contertulio para que lo perdiera
ventilando sus sentimientos. Es más, reconozco que me abandoné, durante un par de

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días, al hábito de tamborilear en la mesa cuando a mis acompañantes les daba por
divagar y proferir disparates o abundar en temas que los sé incapacitados para
abordar. Pero por lo demás, me he comportado dando siempre muestras de respeto,
incluso ante quienes me mueve a piedad su estupidez. Con todo, y pese a tan ejemplar
moderación, es tan generalizado el temor reverencial que inspira el talento fuera de lo
común y tan pertinaz el rechazo de los hombres a mejorar su inteligencia, que desde
hace unos días mis conocidos han dado en evitar mi presencia. Cuando toco a una
puerta, nadie está en casa; cuando voy al café, tengo todo un compartimento para mí
solo. Vivo en la ciudad como un león en el desierto o un águila sobre una roca,
demasiado encumbrado para la amistad o la compañía y condenado a la soledad por
mi desdichada grandeza y temida superioridad. No sólo a los otros les resulta
formidable mi persona, sino que también a mí ha acabado pesándome. Disfruto
naturalmente hablando sin mucha reflexión, prodigando mi buen humor sin cortapisas
y aliviando mi mente con observaciones absurdas y evocaciones ocurrentes. Pero mis
opiniones se han vuelto tan importantes que ya no me atrevo a proferirlas, por miedo
a verlas traducidas de inmediato a máximas que pudieran inducir a error a medio país,
y cuando estoy a punto de abrir la boca es tal la actitud expectante de quienes me
rodean, que a menudo me paro a cavilar si lo que me dispongo a decir será digno de
mi reputación. Como puede ver, Señor, esta circunstancia es, de suyo, bastante
infeliz, pero aún esconde peores calamidades. Habrá leído en Pope y en Swift cómo
los hombres con posibles están expuestos a que desaprensivos hurguen en sus efectos
personales e invadan sus aposentos por orden de impresores fraudulentos que aspiran
a sacar provecho de sus obras[11]. Por otro lado, es innegable que muchos de los
títulos actualmente en venta en librerías son atribuidos a personas que nadie podría
sospechar que puedan dedicarse a estas actividades, pero que la popularidad de su
nombre ha expuesto al hurto de su identidad y la venta de su semblanza. Estas
consideraciones me llevaron a ponerme en guardia al comienzo, y el caso es que
acabé descubriendo que mi cautela no era excesiva, al reparar en varias personas
dedicadas estudiar mis facciones con un celo que delataba su intención de retratarlas.
De inmediato cambié de domicilio, pero he topado con la misma actitud en otros
lugares. Tal vez otros sean también objeto de persecución, pero lo que soy yo, ahora
vivo obsesionado. Tengo razones suficientes para sospechar que hasta once pintores
están dedicados a seguir mi rastro, convencidos de que el primero que consiga dibujar
mi cara se hará rico. A menudo me veo obligado a cambiar de peluca, y siempre llevo
el sombrero encajado hasta los ojos, expedientes con los que aspiro, de algún modo, a
escapar a sus pesquisas. Ya que, como comprenderá, no sería lícito vender mi retrato,
privándome de ese modo del beneficio de la venta.
Sin embargo, temo menos por el robo de mi semblante que por mis manuscritos,
y no me atrevo a llevarlos conmigo pero tampoco a desprenderme de ellos. Confieso
que alguna medida he adoptado para protegerlos: los he metido en una caja de hierro
y he puesto un candado en mi puerta. Cambio de dirección cinco veces por semana, y

[Link] - Página 29
me mudo siempre en plena noche. En suma, que por haberme mostrado
excesivamente acreedor de probado talento, ahora vivo tan solitario como un
ermitaño, tan angustiado como un pobre y tan receloso como un delincuente. Con el
temor siempre de mostrar mi cara, por si alguien pudiera copiarla, de hablar en
público, por si al hacerlo dañara mi reputación, y de escribir una sola línea, por si a
alguno de mis correspondientes se le ocurriera publicar mis cartas. Siempre inquieto
por si mis sirvientes llegasen a robar mis papeles para venderlos o mis amigos
hicieran lo propio para ganar fama. Esto es, qué duda cabe, elevarse por encima de
los demás; extremo que me permito exponerle a fin de solicitar de usted que me
informe de lo que conviene que haga para renunciar a estos laureles, tan incómodos
de llevar, y poder bajar de nuevo a disfrutar de esa paz que he descubierto le está
fatalmente vedada a los escritores de primera categoría.

Sobre las pasiones, la fe y la virtud


N. 17. Martes, 15 de mayo de 1750
[…] Me non oracula certum,
Sed mors corta facit.

LUCANO[12]

Dícese de un monarca oriental que tenía un funcionario a su servicio encargado de


recordarle su condición de mortal pronunciando cada mañana, a una hora prefijada:
«Recordad, príncipe, que habéis de morir[13]». Y sabemos que la contemplación de la
precariedad e incertidumbre de nuestra común condición era tan importante para
Solón de Atenas, que acuñó para las futuras generaciones la siguiente máxima:
«Nunca apartes la vista del término de la vida[14]».
Considerar a menudo y atentamente el instante que habrá de poner fin a todos
nuestros sueños y despojarnos de todos nuestros bienes es, en verdad, el método más
eficaz para regular nuestras vidas de manera justa y racional, y si empezáramos cada
nuevo día meditando que para morir hemos nacido, no emprenderíamos o nos
empeñaríamos en realizar acciones infames y tan a menudo absurdas.
Los grandes perturbadores de la felicidad de nuestras vidas son nuestros deseos,
pesares y temores, y el modo más certero y adecuado de evitarlos no es otro que la
contemplación de la muerte. Piensa, aconseja Epicteto, frecuentemente en la pobreza,

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el destierro y la muerte, y no te entregarás a la furia de tus deseos ni abrirás tu
corazón a sentimientos vulgares[15].
Que la máxima de Epicteto está basada en una justa observación es cosa fácil de
establecer: basta con pensar en la vehemente insistencia con que nuestras mentes se
inclinan por objetos de interés común. Si imaginamos los placeres que en el futuro
podría llegar a procurarnos una ansiada posesión y en ellos dejamos que se centren
nuestros pensamientos hasta que ocupen toda nuestra imaginación, de manera que no
seamos ya capaces de concebir ninguna otra felicidad como no sea alcanzarla ni pena
más grande que perderla, cualquier otra satisfacción que la munificente providencia
haya derrochado sobre nuestras vidas será tenida en poco, comparada con el
grandioso objeto que hayamos puesto ante nuestros ojos, y la despreciaremos por
interferir en nuestro empeño, cuando no la pisotearemos sin más por obstaculizar
nuestro camino.
Cualquier hombre que, aquejado de alguna enfermedad grave o debilitadora, haya
visto la muerte de cerca habrá podido experimentar la mengua de esta forma de
pasión. La abarcadora influencia de la grandeza, la deslumbrante riqueza, los halagos
de los admiradores, la diligente atención de los buscadores de privanza resultan bien
poca cosa cuando parece llegada la última hora, y tal los juzgaríamos si perdurara
aquella impresión, ya que entonces veríamos cuán absurdo es empeñarnos
constantemente en conseguir lo que está fuera de nuestro alcance y malgastar la vida
en coronar con torrecillas superfluas la ambición, cuando es todo el edificio el que se
tambalea y se deshacen sus fundamentos.
La envidia es siempre proporcional a los anhelos. Nos afectan los logros ajenos
en la medida en que suponemos que nuestra felicidad aumentaría si no se hubiese
visto privada de lo que otros se han apropiado. Y es por ello por lo que cualquier cosa
que contribuya a frustrar los deseos excesivos, al mismo tiempo ayudará al corazón a
liberarse de la corrosiva envidia, protegiéndonos contra ese vicio que, más que
cualquier otro, es una tortura para quien lo padece, detestable en todos los casos y
sólo pródigo en expedientes deleznables y tramas sórdidas. Quien es consciente de
que pronto habrá de despedirse de la vida, sabe que nada hay más importante que
hacerlo bien, y por tanto contemplará con indiferencia todo lo que no contribuya a ese
fin. Quien tenga por costumbre meditar sobre lo incierto de su perduración descubrirá
fácilmente que la vida de otros no es más permanente que la suya, que lo que no le
traiga nada deseable tampoco mejorará la situación de su rival ni lo hará más
importante que quienes no ganaron el trofeo que él haya obtenido, y que ese trofeo es
demasiado despreciable para merecer su terca enemistad.
Ni tan siquiera la aflicción y la pena, pasiones a las que están especialmente
expuestas las mentes virtuosas y delicadas, pueden resistirse al paliativo que
conllevan estos pensamientos. De hecho, es posible evitarlas, a condición de saber
disfrutar de los bienes que nos otorga nuestro estado con la permanente conciencia de
lo inciertos que son. Si recordáramos que podemos gozar de nuestras posesiones

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durante muy poco tiempo, y que lo poco que pueden brindarnos nuestras más
fervientes esperanzas es susceptible de menguar por mil y un imprevistos,
lamentaríamos bastante menos perderlas. Porque no podemos calcular su valor, pero
sí sabemos, y con suficiente certeza, que aunque fuéramos capaces de asignarle un
precio cualquiera, ni siquiera el más alto de todos nos movería a lamentar su pérdida.
Aun así, en caso de que hubiésemos dejado que una pasión cualquiera nublara
nuestro entendimiento al punto de volvernos incapaces de disfrutar de las ventajas
que el uso de la razón procura, tampoco sería demasiado tarde para aplicar este
remedio cuando nos encontremos abrumados por la pena y tentados de añorar lo que
hayamos perdido y no podemos recuperar. Útil será entonces dar vueltas a lo incierto
de nuestro estado y considerar que es locura lamentar lo que de todos modos, de
haber perdurado, a la postre nos habría sido arrebatado.
En lo que respecta al motivo de pena más acuciante y desgarrador, que es siempre
el ocasionado por la pérdida de nuestros seres más tiernamente queridos, conviene
recordar que los lazos entre mortales están siempre sometidos a la invariable
condición de que uno de los dos haya de llorar la muerte del otro. Pero éste es un
pesar que ofrece al sobreviviente un consuelo proporcional a su aflicción: el saber
que, por intenso que sea, el dolor que siente le ha sido ahorrado al amigo.
Tampoco el miedo, la más irresistible y avasalladora de todas las pasiones, puede
librarse del influjo moderador de esta universal medicina para la mente. La
contemplación frecuente de la muerte no sólo desvela la vanidad de todos los bienes
humanos, también pone al descubierto la superficialidad de los males de este mundo,
puesto que, en efecto, no son más duraderos que los sujetos sobre los que actúan, y
además, como de antaño ha sido observado, por su carácter violento han de ser de
más corta duración. La más cruel calamidad fruto de la desventura, por necesidad
natural, será pronta en desaparecer: el alma no admite un cautiverio prolongado, y
prefiere levantar el vuelo y abandonar a la humana maldad el cuerpo sin vida.
[…] Ridetque sui ludibria trunci[16].

El mayor mal que podemos infligimos mutuamente es precisamente la muerte, que


somos capaces, en efecto, de precipitar, pero de ningún modo retrasar. Por tanto, así,
no es de hombres sabios procurarse un indulto a costa de la virtud. Y es que nadie
sabe qué porción de tiempo habrá comprado, pero seguro puede estar de que, sea
mucho o poco, el precio que habría de pagar por obtenerlo bastaría para devaluarlo en
su memoria. Podrá entonces estar cierto de haber destruido su felicidad, mas no de
haber prolongado su existencia.
Así como la certeza de la brevedad de la vida debería moderar nuestras pasiones,
del mismo modo y con la misma pertinencia habría de limitar nuestros proyectos. No
es bastante el tiempo para que el genio más arrollador o el espíritu más emprendedor
puedan trascender por sus actos un ámbito tan precisamente acotado. Aspirar a la
conquista del mundo es locura propia de príncipes poderosos, como ambicionar la

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excelencia en todas las esferas del conocimiento ha sido el delirio de algunos héroes
literarios. En ambos casos, sus protagonistas acabaron descubriendo que la meta que
se habían propuesto alcanzar superaba con creces su humana capacidad, y que habían
desperdiciado muchas oportunidades de volverse útiles y ser felices por la vana
ambición de recibir un tipo de honores que las eternas leyes de la providencia han
puesto fuera del alcance de los hombres.
De grandiosos planes de príncipes que acabaron en fracaso están llenas las
páginas de la historia universal, pero de poco sirven estos ejemplos a la masa de los
hombres, poco proclives a atender a advertencias sobre los errores que se creen
incapaces de cometer. Pero el bien documentado destino de tales ambiciones es
materia de estudio apropiada para cualquier persona instruida. ¿Quién no ha tenido
ocasión de arrepentirse de haber dispersado su gran talento en una variedad informe
de actividades? ¿Quién no ha lamentado la súbita desaparición de excelentes
oportunidades por haber atendido a un inesperado proyecto, cuya novedad parecía
irresistible? ¿Y quién se ha librado de descubrir lo imprecisas e insuficientes que son
las labores que hubimos de dejar a medio hacer, por haber querido abarcar más de lo
conveniente?
Sin duda es placentero observar que la mente es capaz de concebir mucho más
que lo que el cuerpo de realizar, y sin embargo nuestro deber, mientras no cambie
nuestra compleja constitución, es procurar que una y otra parte puedan armonizarse.
No debemos saciar los apetitos corporales con placeres que perjudiquen nuestro vigor
intelectual, ni tampoco halagar la mente con proyectos en cuya realización sabemos
que nuestra vida puede naufragar. Lo incierto de nuestra duración debería bastarnos
para poner coto a las ambiciosas ensoñaciones en nuestras labores. Y cuando
sintamos la tentación de alimentar desmedidamente nuestras ambiciones o flojear en
nuestro trabajo, siempre es bueno pensar que somos capaces de resistir, y podemos
animarnos con sólo recordar las palabras del padre de la medicina: que «el arte es
duradero, pero la vida es breve[17]».

Ingenio y erudición
N. 22. Sábado, 2 de junio de 1750
[…] Ego nec studium sine divite venâ,
Nec rude quid prosit video ingenium: alterius sic
Altera poscit opem res, et conjurat amice.

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HORACIO[18]

El Ingenio y la Erudición eran hijos de Apolo, nacidos de madres distintas. Ingenio


tenía por madre a Eufrosine, a quien se parecía por su alegría y vivacidad; Erudición
había nacido de Sofía, de quien heredó su seriedad y cautela. Como las dos madres
eran rivales, educaron a sus criaturas, desde el primer momento, para que fueran
enemigas. Tanto empeño pusieron ambas en que aprendieran a odiar y despreciar al
otro, que por más que Apolo, previendo las nefastas consecuencias de este
antagonismo, procuró atenuar sus enseñanzas manifestando por igual su afecto a sus
dos hijos, no logró surtir efecto su cariñosa imparcialidad. La animosidad materna
había echado sólidas raíces, inextricablemente unidas a las primeras cogitaciones de
los vástagos, y luego se vio fortalecida cada vez que éstos tenían la oportunidad de
demostrarla. En cuanto alcanzaron la edad de ser admitidos en las dependencias de
las otras divinidades celestes, Ingenio se las arregló para divertir a Venus en su
gabinete con sus alegres parodias de la solemne Erudición, y Erudición distrajo de
sus labores en el telar a Minerva con sus representaciones de las meteduras de pata y
la ignorancia de Ingenio.
Así fueron creciendo las dos criaturas y, al tiempo, también fue fortaleciéndose su
malignidad, animada cada una por los miembros de su entorno que las madres habían
designado para brindarles consejo y apoyo. Aspiraban ambas a ser admitidas en el
festín de Júpiter, no tanto porque ambicionaran honores, sino por el placer de ver a su
rival excluido de tan insigne distinción y así poner coto, pensaban, a una influencia
que en el otro atribuían únicamente a sus malas artes y falsas apariencias.
Al fin llegó el día en que los dos hermanos, con la acostumbrada pompa, fueron
recibidos en el círculo de las divinidades superiores y autorizados a beber del néctar
escanciado por Hebe. Pero en ese mismo día y hora, la Concordia dejó de ejercer su
autoridad en la mesa de Júpiter. Los rivales, animados por su reciente promoción y
jaleados por los aplausos que por turnos recibían de sus poderosos valedores, no
cesaban de hostigarse con envites y retos, y entre los triunfos del uno y las victorias
del otro, ninguno se daba por vencido. Era fácil observar cómo, al inicio de cada
nuevo enfrentamiento, la ventaja recaía siempre en el campo del Ingenio, y que con
las primeras escaramuzas la asamblea toda era recorrida, según la frase de Homero,
por una risa inextinguible[19]. Mas la Erudición reservaba sus fuerzas para cuando los
aplausos cesaran y la languidez que siempre sobreviene tras la violenta dicha
anunciara un receso de calma y paciente atención. Ensayaba entonces su defensa, y
repasando parte a parte las objeciones de su antagonista, conseguía refutarlas todas,
cuando no demostraba que aquellas opiniones, por estar basadas en una ínfima
porción de lo debatido, eran irrelevantes. El público poco a poco deponía sus
prejuicios, y al final acababa aplaudiendo, admirado, a la Erudición, no sin mostrarse
indulgente con el Ingenio.
Cuando querían destacar con especial brillo, adoptaban comportamientos

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radicalmente opuestos. Todo lo que de audaz y temerario poseía el Ingenio, lo tenía la
Erudición de precavido y concienzudo. El Ingenio sólo se arredraba ante la
mediocridad, la Erudición temía sólo cometer algún error. El Ingenio respondía antes
de haber comprendido la pregunta, temeroso de que su rapidez se viera cuestionada;
la Erudición se tomaba su tiempo, aunque el asunto no ofreciera dificultad, por si
acaso encerraba algún sofisma insidioso. El Ingenio enredaba todos los debates con
su rapidez y embrollo; la Erudición fatigaba a los oyentes con inacabables sutilezas y
prolongaba las discusiones innecesariamente, empeñada en demostrar lo que nadie
había puesto en duda. El Ingenio, deseoso de brillar, se atrevía a avanzar argumentos
que no había meditado suficientemente, y a menudo triunfaba, para su propia
sorpresa, con sólo seguir el hilo de una idea feliz; la Erudición solía rechazar
cualquier idea novedosa, temiendo quedar atrapada en consideraciones que fuera
incapaz de prever, y con frecuencia su cautela le impedía sacar ventaja de sus
posiciones y dominar a su oponente.
Los dos tenían prejuicios que, hasta cierto punto, obstaculizaban sus aspiraciones
a la perfección y los exponían a críticas. La novedad era la niña de los ojos del
Ingenio, la de la Erudición era la antigüedad. Para aquél, todo lo nuevo era precioso,
y para ésta, lo antiguo era venerable. El Ingenio, no obstante, casi nunca dejaba de
divertir a quienes no lograba convencer, y convencer rara vez era su cometido; la
Erudición apoyaba siempre sus opiniones en tantas verdades adyacentes, que cuando
el debate se dirimía en su contra, sus argumentos eran recordados con admiración.
Si en algo coincidían ambos era en la manía de traicionar su propio carácter con
la esperanza de triunfar completamente empuñando las armas que hubieran servido
para derrotarlos. El Ingenio se entregaba a ratos a labrar silogismos, y la Erudición
deformaba sus gestos haciendo chanzas. Pero siempre salían maltrechos de estos
experimentos, que los exponían a impugnaciones y desplantes. A la seriedad del
Ingenio le faltaba dignidad, y la hilaridad de la Erudición carecía de viveza.
Sus combates, de tan recurrentes, llegaron a ser notables, y los dioses acabaron
tomando partido. El Ingenio, que obtuvo la protección de la jovial Venus, tenía a su
disposición un séquito de Sonrisas y Bromas, y fue autorizado a bailar de vez en
cuando con las Gracias. La Erudición siguió siendo la favorita de Minerva, y casi
nunca se la veía salir de palacio sin su corte de severísimas virtudes: Castidad,
Templanza, Fortaleza y Labor. El Ingenio cohabitó con la Malicia: con ella tuvo una
hija llamada Sátira, que le seguía a todas partes con una aljaba llena de flechas
envenenadas que, al hacer sangre, era luego imposible extraer de la herida. Con
frecuencia las disparaba contra la Erudición, cuando ésta se encontraba más seria y
útilmente ocupada en abstrusas investigaciones o prodigando consejos entre sus
seguidores. Viendo lo cual, Minerva nombró como ayudante a la Crítica, por lo
general capaz de romper la punta de las flechas de la Sátira, esquivarlas o
devolvérselas.
A todo esto, Júpiter montó en cólera al ver peligrar gravemente la paz de las

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regiones celestiales, y resolvió despachar a los importunos contendientes al mundo
inferior. Allí se dirigieron, pues, llevando su vieja pendencia entre los mortales, y no
pasó mucho tiempo antes de que ambos lograran reclutar fervientes devotos. Con su
alegre chispa, el Ingenio cautivó a los jóvenes, mientras que la Erudición, gracias a su
autoridad, se atrajo a los ancianos. La notable influencia que ejercieron se puso
enseguida de manifiesto, y brillantemente: se erigieron teatros para albergar al
Ingenio y construyeron universidades para alojar a la Erudición. Cada bando
compitió con el otro para superarlo en boato y magnificencia, y para garantizar el
triunfo de una opinión se hizo preciso, desde los primeros pasos en la vida, alistarse
en uno u otro bando, a sabiendas de que ingresar en el templo de una de estas
divinidades suponía abandonar toda esperanza de consideración del poder rival.
Pero había una clase de mortales de la que tanto el Ingenio como la Erudición se
mostraban igualmente desdeñosos: no eran otros que los adoradores de Plutón, el dios
de la riqueza. Raro era que la jovialidad del Ingenio consiguiera arrancarles una
sonrisa o la elocuencia de la Erudición atraer su atención. Para vengarse de esta
afrenta, las dos divinidades convinieron en que incitarían a sus seguidores a atacarlos.
Pero los ejércitos embarcados en esas expediciones frecuentemente acababan
traicionando la confianza depositada en ellos, e incumpliendo las órdenes que habían
recibido, adulaban en público a los ricos, aunque en sus adentros los despreciaran. Y
cuando estas arteras mañas les valían los favores de Plutón, no tenían empacho en
mirar por encima del hombro a aquellos de sus compañeros empeñados en seguir al
servicio del Ingenio y la Erudición.
Enfadados con los desertores, los dos rivales decidieron apelar a Júpiter para
pedirle que los readmitiera en su primer hogar. El dios sacudió su trueno a la diestra,
y los suplicantes se dispusieron a obedecer las felices órdenes. El Ingenio, sin más
tardar, desplegó sus alas y alzó el vuelo, pero como su vista no alcanzaba muy lejos,
se sintió perdido en la inmensidad sin balizas de los espacios etéreos. La Erudición,
que conocía el camino, sacudió sus ataduras, pero al faltarle vigor natural, sólo pudo
ensayar vuelos cortos y rasantes. El caso es que, después de varios intentos, los dos se
encontraron devueltos a la tierra, y de su común desventura dedujeron que mejor
sería que unieran sus fuerzas. Así, cogidos de la mano, volvieron a alzar el vuelo: la
Erudición consiguió elevarse gracias al vigor del Ingenio, y el Ingenio fue guiado por
la perspicacia de la Erudición. No tardaron en alcanzar los dominios de Júpiter,
donde, tiernamente reconciliados, vivieron en adelante en perfecta concordia. El
Ingenio convenció a la Erudición para que frecuentara a las Gracias, y la Erudición
animó al Ingenio a servir a las Virtudes. Desde ese instante fueron los favoritos de los
dioses, y con su presencia alegraron sus banquetes. Al poco tiempo se casaron, por
orden de Júpiter, y tuvieron una numerosa descendencia de Artes y Ciencias.

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Libertad de expresión
N. 23. Martes, 5 de junio de 1750
Tres mihi convivie prope dissentire videntur;
Poscentur vario multum diversa palato.

HORACIO[20]

Que todo hombre ha de ajustar sus acciones a su propia conciencia, sin prestar
importancia a las opiniones del resto de la humanidad, es uno de los primeros
preceptos que dictan la prudencia y la moral. Es decir, que no sólo avala la razón, la
cual ordena que los dones del cielo no se dejen caer en desuso, sino también la voz de
la experiencia, pronta en enseñarnos que si sometemos nuestra conducta a aplausos o
reproches ajenos nos exponemos a la confusión que consigo trae la variedad infinita
de juicios discordantes y el incesante vaivén entre impulsos contrarios, que a la postre
nos condena a pedir consejo incesantemente y sin provecho alguno.
Me atrevo a insinuar que, por esta misma razón, debiera el autor confiar, aunque
fuera un poco, en su propia destreza y darse por contento con saber que no se ha
apartado de las normas de composición al uso, en lugar de someter frecuentemente
sus obras a examen antes de ofrecerlas al público o esforzarse en tener éxito a costa
de su solícita conformidad a consejos y críticas.
La verdad es que no cuesta mucho comprender que solicitar opiniones y
someterse a ellas contribuye poco al perfeccionamiento de cualquier actividad
literaria. Quien duda de su propia capacidad al extremo de buscar el dictamen de
otros habrá de enfrentarse a más obstáculos cada día, y se estrujará el cerebro en la
vana empresa de ayuntar ideas heterogéneas, digerir pistas inconexas y concentrar en
un solo punto los rayos dispersos de una luz refleja, que a menudo proviene de
direcciones opuestas. Entre los autores, los más infelices forzosamente serán los que,
publicando sus obras al por menor en los periódicos, estén pendientes de las críticas y
reconvenciones de sus lectores. Y es que, como sus escritos no llegan al público de
una sola vez sino troceados y en sucesivas entregas, sucede que quienes se consideran
aptos para dar su autorizada opinión piensan que siempre estarán a tiempo de redimir
sus pasados errores con sólo adherirse al dictamen de opinadores más cualificados y
así subsanar los defectos de su método incorporando las críticas que tan
generosamente reciben.
Más de una ocasión he tenido de comprobar, con no poca irritación en algunos
casos, aunque a veces también con regocijo, la muy diferente manera de reaccionar
del lector, según se enfrente a una obra manuscrita o impresa. Basta con que a manos
del público llegue un libro impreso para que esta obra sea considerada permanente e
inalterable, y el lector que se acerca a ella sin ideas preconcebidas lo leerá
únicamente movido por el deseo de hallar deleite o instrucción. El lector amolda sus

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ideas a la intención del autor, y como no quiere renunciar a entretenerse, no está
dispuesto a distraer su sosiego con laboriosas cavilaciones y correr el riesgo de
mermar el disfrute de lo que se le antoja todo un logro preguntándose si hubiese
podido ser mejor de lo que es. De ahí que se conforme con lo que no le satisface, y le
satisfaga lo imperfecto. Pero si al mismo lector se le pide que determine los méritos
de una obra todavía inédita, entonces sí se muestra capaz de aguzar su ingenio con
objeciones a unas palabras que son completamente nuevas para él. Todos los poderes
de la crítica acuden en su ayuda, y de su memoria rescata las nociones de Buen Gusto
y Gracia, Pureza y Delicadeza, Géneros y Unidades, vocablos que hace tiempo
pronunciaron quienes sabían lo que querían decir, pero que desde entonces retumban
como un eco distorsionado y sólo sirven para añadir más confusión al mundo al pasar
de boca a oreja entre los pedantes. Y como ese lector se siente obligado a demostrar,
sacando a relucir sus destrezas, que no se le ha pedido su opinión en vano, aprovecha
el menor resquicio para plantar sus críticas y cualquier oportunidad para proponer
cambios innecesarios. Para hacer lo cual sólo se necesita una pizca de sagacidad, ya
que en las obras de la imaginación es posible variar de mil maneras el orden de las
partes, la distribución de las peripecias o la utilización de los adornos con igual
propiedad. Y como, en casi todos los casos comparables, el hombre cree que sus
ocurrencias son siempre óptimas, al crítico, cuya única finalidad es sugerir ideas mas
no ejecutarlas, no le cuesta nada creer que sus observaciones suponen trascendentales
mejoras, así como tampoco le faltan argumentos en los que basar sus
recomendaciones, los cuales le basta a él solo hallar convincentes para que, por
generosidad o vanidad, insista tozudamente en imponer aquéllas, sin pararse un solo
instante a pensar que tal vez se esté decantando demasiado rápidamente por sus
propias ideas, ni preguntarse si las ventajas de su novedoso plan valen el esfuerzo
consentido.
Observa Plinio el Joven[21] que un orador no debiera tanto buscar los argumentos
más sólidos para su tesis cuanto echar mano de todos los que su imaginación le
sugiera, dado que las razones más valiosas en un alegato son las capaces de
impresionar a los jueces, y los jueces, afirma Plinio, siempre son más sensibles a las
que reconocen como propias. Quien tiene que dar su opinión sobre un hecho
cualquiera adopta el mismo principio: como empieza por hacerse ilusiones, se enfada
cuando no se cumplen, y como ha puesto a vagar su imaginación, luego se extraña de
que su vecino, que como él surca libremente el océano sin fin de las posibilidades,
tome otro rumbo.
Pero por acertada que sea la ley de Plinio, el caso es que no puede aplicarse al
escritor, porque la crítica llana siempre acaba apelando a una instancia superior, y
resulta que el público, que nunca se deja corromper y al que no es fácil engañar, tiene
siempre la última palabra en materia de ambición literaria. De la gran fuerza de las
ideas preconcebidas ya había podido hacerme una idea cabal antes de estrenarme en
estas labores semanales. Acostumbrados a las habilidades de mis predecesores, los

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lectores se habían hecho a la idea de que los ensayos no debían guardar relación entre
sí, y, convencidos de que cualquier otro autor habría de respetar ese sistema, se
mostraron impacientes ante la más leve desviación a esta norma, y no dejaron de
protestar al descubrir que tal o cual otro de sus temas favoritos se veía desestimado o
postergado. Algunos se enfadaron porque el Rambler, a diferencia del Spectator[22],
desdeñaba presentarse ante el público mediante un relato de su propia vida, desde su
nacimiento hasta los estudios realizados, que también incluyera el detalle de sus
aventuras y una descripción de su aspecto físico[23]. Otros no tardaron en opinar que
el autor era solemne, grave y autoritario, que carecía de ingenio y agudeza, y
reclamaban vehementemente alegría y humor. Un lector advertía de la necesidad de
prestar más atención a los diversos clubes que hay en esta gran ciudad, y de paso
informaba que The Spectator debía en no poca medida su vivacidad a ese tipo de
cónclaves. El autor fue reprendido por no imitar la cortesía de sus antecesores, pues
hasta la fecha no se había dignado socorrer a las damas e instruirlas en la mejor
combinación de colores o el tamaño más adecuado para sus volantes y cintas de
capotas. En otra oportunidad se le sugirió que reprendiera a esas madres de familia
que insisten en jugar a las cartas sin quitarse los anteojos. Y otro lector se sintió
especialmente ofendido por los argumentos sobre reglas y preceptos que no fueran
acompañados de ejemplos y testimonios personales.
No me cabe la menor duda de que la intención de estos supervisores sea la de
mejorar mi desempeño e ilustrar a mis lectores, pero parecen ignorar, o no conciben,
que todo autor se orienta por unas reglas que le son propias, que aborda los temas que
se sabe más apto para tratar por los conocimientos que haya adquirido o las
peripecias de su vida, que asuntos de lo más entretenidos han sido tratados ya con
demasiada brillantez para volver a intentarlo, y que si lo que se pretende es tener
muchos lectores, hay que procurar atraer a más de uno, explorar más de una fuente de
placer y someter a frecuentes cambios la manera de abordar los temas.
Es inevitable que me vea a mí mismo rodeado del tumulto de las críticas, como
un barco en medio de una tempestad poética, sacudido por vientos contrarios y
azotado por olas que vienen de todas partes, al que sin embargo mantienen a flote las
discrepancias de sus agresores, cuyas generosas inquietudes contribuyen, en buena
medida, a poner a salvo. Si las opiniones de mis censores hubiesen sido unánimes, tal
vez habría cedido en mi determinación. Pero al verlas tan contrarias, considero que
puedo, sin escrúpulo alguno, permitirme desatenderlas y aspirar a ganar el favor del
público siguiendo el curso de mi propia razón y entregándome a los caprichos de mi
imaginación.

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Conocete a ti mismo
N. 24. Sábado, 9 de junio de 1750
Nemo in sese tentat descendere.

PERSIO[24]

Entre los preceptos o aforismos unánimemente adoptados y consagrados por la


costumbre, ninguno hay tan famoso, entre los acuñados por los sabios de la
Antigüedad, como el que compendia la enseñanza «conócete a ti mismo», que
algunos atribuyen a un oráculo y otros a Quilón de Lacedemonia[25].
Se trata de un dictamen que, en la latitud de su significado, parece compendiar
toda la sabiduría necesaria a cualquier ente moral. Ya que, en efecto, ¿qué puede ser
más necesario para gobernar la existencia que conocer de dónde venimos, adónde nos
dirigimos y cuáles son nuestras obligaciones y relaciones con otros seres?
Es, sin embargo, poco probable que el autor de la sentencia, fuere quien fuere,
pretendiera que se la tomara en tan amplio y complejo sentido. Y es que el
discernimiento que tan generosamente parece recomendamos se me antoja o excesivo
para la capacidad de los hombres o tributario de una inteligencia muy superior, que a
la sazón aún no estaba al alcance del mundo pagano.
Nos habría sido mucho más útil, para conocer la intención original de esta célebre
frase, que la historia nos hubiese aclarado si fue concebida como un dictamen general
para la humanidad o un consejo dirigido a un pensador en particular, y si es aplicable
a una situación precisa o aspira a convertirse en regla universal de vida. A poco que
se medite sobre ello, podrá verse que abundan las ocasiones a las que esta advertencia
parece convenir a la perfección, puesto que los errores de la humana conducta sólo
pueden deberse a la propia ignorancia, permanente o momentánea, y advienen bien
sea porque no sabemos escoger lo mejor y más adecuado, o porque no tenemos
presente, a la hora de actuar, lo que realmente sabemos y conocemos.
El hombre que se deja absorber por asuntos lejanos y superfluos pierde su vida
haciendo preguntas que carecen de respuesta y planteándose enigmas cuya solución
contribuiría escasamente al progreso de la felicidad. Si al menos derrochara sus horas
calculando el peso del globo terráqueo o escrutando los imaginables sistemas de
mundos más allá del alcance de su telescopio, este precepto podría rescatarlo de sus
divagaciones y recordarle que hay un ser más cercano, que es su deber conocerlo
mejor, y que hasta ahora se había abstenido de observarlo por dedicarse a unas
investigaciones a las que ha sido llevado sólo por vanidad o curiosidad. El gran
mérito de Sócrates reside en haber apartado la inteligencia de los griegos, mediante
sus enseñanzas y su ejemplo, de su vano empeño en la filosofía natural para dirigirla
hacia los estudios morales, y haber desviado sus pensamientos de las estrellas y las
mareas, la materia y el movimiento para orientarlo hacia las diversas modalidades de

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la virtud y las relaciones entre los hombres. Todas sus lecciones no son otra cosa que
comentarios a este precepto, en el entendido de que el conocimiento de uno mismo
que recomendaba Quilón es opuesto a cualquier otra investigación menos acorde con
la naturaleza del hombre.
El gran error de los hombres dedicados en exclusiva al estudio sigue siendo su
falta de respeto a esta regla y su aparente voluntad de estudiar cualquier cosa salvo a
sí mismos. Por eso tan a menudo son despreciados por quienes sólo ellos suponen
que no están a su altura. Despreciados, esto es, por mostrarse inútiles para el interés
común, incapacitados para hacerse cargo de los más triviales asuntos, inaptos al
desarrollo de actividades que forman la cadena que da continuidad a la sociedad,
incapaces de transmitir y fortalecer el afecto mutuo.
Gélidus es un hombre de penetrante inteligencia y vastos conocimientos[26].
Dueño de una mente naturalmente proclive a las ciencias más abstrusas, es capaz de
penetrar los más intrincados problemas sin nunca perder pie, y como es de
temperamento sereno y equilibrado, rara vez se deja arrastrar por sus pasiones en la
búsqueda de la completa cadena de ocultas causas y efectos. No es de extrañar, por
tanto, que desde hace tiempo albergue la esperanza de que la solución a algunos
problemas que hasta la fecha han desafiado todos los esfuerzos de los maestros de la
ciencia pueda hallarse al alcance de su genio e industria. Pasa todo el tiempo
encerrado en el cuarto más elevado de su casa, donde no deja que penetre ningún
miembro de su familia, y cuando baja a comer o descansar, deambula por la casa
como un forastero que ha ido de visita, sin dar muestras de interés o afecto por nadie.
Se ha despojado de todo vestigio de humana sensibilidad; no tiene ojos para la
belleza, ni oídos para la queja; no manifiesta alegría por la buena fortuna de su amigo
más próximo ni pena ante las calamidades públicas o privadas. En una oportunidad
recibió una carta y se la dio a un sirviente para que se la leyera: así supo que había
sido escrita por su hermano, quien, tras un naufragio, había alcanzado a nado la orilla,
y que ahora se hallaba en tierra extranjera viviendo en un estado de completa
indigencia. «¡Despojado de todo y en la indigencia!», exclamó Gélidus. Y acto
seguido extrajo de su biblioteca el último volumen de informaciones meteorológicas,
dedujo el estado exacto de los vientos, y apuntó sus observaciones en su diario del
tiempo.
En otra ocasión, los familiares de Gélidus se atrevieron a entrar en su gabinete
para informarle de que se había declarado un incendio en un pueblo vecino, y poco
después un sirviente fue a decirle que las llamas habían rodeado por completo tal
cantidad de viviendas, que los habitantes del pueblo, sin saber qué hacer,
contemplaban la posibilidad de abandonarlas para salvar sus vidas. «Lo que dice»,
observó Gélidus, «es altamente probable, ya que el fuego tiende a propagarse
describiendo círculos». Así vive este gran filósofo, insensible a las calamidades y
sordo a las mayores alarmas de la sociedad, ya que es incapaz de concebir que los
hombres hayan sido creados para ayudarse y consolarse mutuamente, y porque, pese

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a lo recomendable que pueda ser dedicar horas a estudios de utilidad no inmediata, el
primero de los deberes, sin embargo, consiste en cultivar las virtudes prácticas. Es
justo excluir de todo comercio con los hombres a quien se ha alejado de sus
congéneres a tal extremo que es incapaz de compartir sus alegrías o penas, y que en
vez de atender el cariño de su esposa y las caricias de sus hijos, prefiere contar una a
una las gotas de lluvia, escrutar los cambios del viento o calcular los eclipses de las
lunas de Júpiter.
Dejaré para un artículo posterior el importante alcance religioso de este tipo de
sabiduría, y me limitaré por ahora a observar que puede aplicarse con propiedad tanto
a los aspectos de la vida joviales y ligeros como a los graves y solemnes, y que no
sólo afecta al verdadero conocimiento ambicionado por el filósofo, sino que también
puede malograr el ingenio y la belleza, y conducir al olvido de ese requisito universal
que es el conocimiento de sí mismo.
Seguramente no hay otra razón que explique por qué vemos a tantos hombres
oponerse con denuedo a la naturaleza y luchar por obtener lo que jamás podrán
alcanzar, decididos a abrazar contrarios y empeñados en resaltar rasgos incompatibles
entre sí. Por eso hay tantos comerciantes con ínfulas de elegancia y agudeza
mundanas o matemáticos trabajosamente ingeniosos, y vemos a tantos soldados
gastando bromas teológicas a sus amigos y académicos que aspiran a seducir a las
damas con un recital de galanterías. Estas muestras de absurda vanidad sólo pueden
proceder de la ignorancia de sí mismos, de la que Garth se valió para improvisarse
crítico y en la que Congreve basó sus aspiraciones a la condición de renombrado
dramaturgo[27], cuando lo que querían era ser tratados como simples caballeros.
Euphues, con todo y su armoniosa estampa y notables conocimientos, presenta un
aspecto nebuloso y una forma poco atractiva, pero su ambición preponderante, desde
que hizo su aparición en sociedad, siempre ha consistido en distinguirse de los otros
por su vestuario, superar a los elegantes en encajes y perifollos, propagar nuevos
adornos y ser el primero en marcar modas. Es un personaje que lo ha fiado todo a su
apariencia exterior, en la que pone un cuidado que le hubiese valido toda la
admiración de haberlo puesto en sus ideas. Y si bien es cierto que gracias a sus
virtudes y habilidad ha sabido librarse del descrédito que con tanta dedicación ha
cortejado, también lo es que él mismo ha puesto un obstáculo a su fama: y es que
apreciar sus trajes está al alcance de cualquiera, pero al de muy pocos valorar su
inteligencia, y muchos de los que comprenden que no es más que un petimetre no
están dispuestos a conceder que también sea sabio.
Se da la circunstancia de que las damas se muestran especialmente reacias a
seguir el consejo de Quilón, tan cierto es que todas ellas aspiran a borrar el paso del
tiempo en sus propias personas, y demasiado a menudo pretenden sustituir el
esplendor y frescura de la juventud con una belleza artificial y una vivacidad
impostada. Quisieran enardecer los corazones con miradas hoy marchitas o seducir
con languideces que hace tiempo dejaron de ser delicadas; siguen entonando

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melodías que seducían cuando seducción era lo único que podían ofrecer, y olvidan
que oportunamente se ha de dejar paso a las virtudes. Porque hubo un día en que su
coqueteo era gracioso, se empeñan en seguir mostrándose seductoras, sin ver que
quienes gustaban de aquellos viejos placeres hace tiempo se retiraron a cultivar
empeños más serios. Y apenas consiguen sacarlas de su sueño de eterna juventud las
burlas que les prodigan aquellas otras con las que pretenden rivalizar.

Aceptar las críticas


N. 31. Martes, 3 de julio de 1750
Non ego mendosos ausim defendere mores,
Falsaque pro vitüs arma tenere meis.

OVIDIO[28]

Pese a haberse generalizado la costumbre de admitir que la razón es falible y los


conocimientos del hombre son escasos, lo cierto es que quienes no tienen empacho en
reconocer los defectos de la naturaleza humana se comportan de tal manera que es
fácil sospechar que sus manifestaciones no son del todo sinceras. Como poco, cabe
pensar que muchos de ellos lo hacen reservándose la opinión favorable que tienen de
sí mismos, y que tan prestos como se muestran en dar por perdida la causa de sus
vecinos, asimismo aspiran fervientemente a que se los considere libres de
imperfecciones en su comportamiento y de errores en sus opiniones.
Siempre que se observa un rechazo meridiano y pertinaz a cualquier forma de
refutación, por clara que sea, o a los reproches, por más delicadeza que se hubiera
puesto en formularlos, podemos estar seguros de que algún privilegio oculto ha sido
agraviado. Y es que así como no es posible perder lo que nunca se ha tenido o sólo se
creyó poseer, o verse despojado de algo a lo que no se tiene ningún derecho, es
razonable suponer que quienes estallan de ira a la menor contradicción o la más leve
crítica, dando así a entender que se consideran ofendidos, lo hacen porque se
imaginan que alguno de sus viejos privilegios ha sido quebrantado o alguien se ha
atrevido a usurpar una cualquiera de sus prerrogativas naturales. Equivocarse (si tales
fueran capaces de suponerse propensos al error) no debiera ser considerado algo
vergonzoso o extraordinario, así que no hay razón para que se sientan tan turbados
por descubrir lo que ya sabían o con tanto denuedo se revuelvan contra una agresión

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que no los despoja de nada que puedan considerarse autorizados a poseer.
Dícese de un filósofo[29] que, al recibir la noticia de la muerte de su hijo, se limitó
a comentar: «Ya sabía que mi hijo era mortal». A quien sabe distinguir un error le
basta con aprender a reconocer sus propios defectos, y de este modo, en vez de
meditar artificios y rumiar agravios, ser capaz de ver, en lo que no son sino simples
descuidos, meros accesorios de la humanidad, y sosegarse al descubrir que siempre
supo que el hombre es un ser falible.
Si es cierto que nuestras pasiones suelen inflamarse ante cualquier novedad, qué
duda cabe que la posibilidad de mostrarse proclive a las falacias del raciocinio o las
imperfecciones del saber sea, para la mayor parte de la humanidad, un hecho
completamente novedoso. En todo caso, basta con frecuentar cualquiera de esos
grupos humanos en los que no rige forma alguna de jerarquía reconocida y efectiva
para topar con manifestaciones de ira desbocada, únicamente fruto de discrepancias
acerca de asuntos en los que ninguno de los contendientes tiene más interés que el
fomentado por la común falta de voluntad para ceder ante cualquier opinión
susceptible de desvelarle a cualquiera de sus miembros la bochornosa evidencia de
que no tiene razón.
He oído decir que uno de estos ejemplares, tras promover un par de doctrinas
filosóficas erróneas, se negó a reconocer los experimentos que habían servido para
refutarlas[30]. Pero la mera observación cotidiana ofrece abundantes ejemplos de la
capacidad para elaborar subterfugios y evasiones con la única finalidad de librarse de
la aplastante evidencia de pruebas irrefutables, así como la oportunidad de constatar
cuán fácilmente se alteran los argumentos originales o se desfiguran a conciencia los
de la parte contraria, o los puntos de vista más diáfanos son envueltos en una nube de
confusión precisamente por quienes defienden la postura contraria.
De todos los mortales, los más seriamente infectados con esta variante de la
vanidad parecen ser los que integran la raza de los escritores. Como su reputación
está basada exclusivamente en su discernimiento, han desarrollado una sensibilidad
exacerbada a cualquier ataque a su reputación literaria. No estará de más recordar que
no pocos hombres con reconocidas aptitudes se muestran perfectamente capaces de
poner todo su empeño en mitigar incongruencias y resolver contradicciones, mas al
mismo tiempo hacen oídos sordos a las críticas que inevitablemente acompañan
cualquier actividad humana pero que ellos se muestran incapaces de aceptar, salvo
cuando les conviene, con tan vana como ridícula impaciencia, pregonar a los cuatro
vientos que son trascendentales. Dryden, dotado como estaba de generosa
imaginación y arrojada pluma, y no infrecuentemente dado a incurrir en
inexactitudes, tuvo alguna vez que arrostrar burlas por haber dicho, en una de sus
tragedias, que «Yo persigo la suerte, mi veloz perseguidora[31]».
Que no haya quien sea capaz a la vez de perseguir y ser perseguido era, desde
luego, una evidencia demasiado llana para reparar en ella. En todo caso,
aparentemente Dryden cometió este error porque se dejó engañar por el doble sentido

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de la palabra «suerte», que en la primera parte de su verso asocia a la idea de
«fortuna» y en la segunda a la de «muerte», cuando lo que quería decir era: «aunque
la muerte me persigue, no pienso resignarme ni perder esperanza, y en cambio
perseguiré yo la fortuna, dispuesto a hacer y a padecer lo que sea preciso». No llegó a
decirlo tan explícitamente, ya que Dryden decidió no dar la razón a sus críticos y
nunca confesó que se dejó coger desprevenido por una ambigüedad del lenguaje. Pero
al hallar venturosamente en Virgilio la descripción de un hombre que da vueltas en
redondo y en la que aparece la expresión: Et se sequiturque fugitque[32], sentenció:
«Éste es el pasaje que imité al escribir el verso que mis críticos estuvieron encantados
de reprocharme por su insensatez; y no es que no haya escrito ninguna, lo que pasa es
que no han tenido la suerte de descubrirla[33]».
Cualquiera comprenderá lo absurdo de querer librarse de la crítica con tan
vulgares fingimientos. Y ni uno solo de los lectores de este poeta habría estado
dispuesto a venerarlo menos si él se hubiese mostrado lo bastante consciente de su
superioridad para afrontar esas nimiedades y reconocer que a veces podía cometer
errores, movido por su agitada imaginación y la fertilidad de sus ideas.
Hay que darse por contento cuando este tipo de temperamento se pone de
manifiesto sólo en detalles sin importancia, con los que se puede acertar o errar sin
consecuencias para la virtud ola felicidad de la humanidad. No hay que preocuparse
por ver que alguien insiste en un proyecto que sabe que es irrealizable, y que vive en
una casa incómoda porque él mismo se empeñó en construirla así o lleva un abrigo
con un corte extraño porque cree que si insiste en lucirla, esta prenda acabará
poniéndose de moda. Son comportamientos absurdos, qué duda cabe, pero no son
más que eso, y por extravagantes o ridículos que parezcan, difícilmente pueden
afectar a otros.
Pero sucede con esta forma de orgullo que basta con cultivarla para que acabe
cebándose en asuntos de mayor calado. Vuelve a los hombres proclives a justificar no
sólo sus errores, sino también sus vicios, a persistir en actividades que su propia
sensibilidad reprueba, únicamente para que no parezca que hacen mella en ellos las
críticas o que pueden aprender de los consejos que reciben, y a acechar sofismas que
les permitan confundir los más elementales principios y zafarse de sus deberes, y
todo ello para disimular que son incapaces de emprender aquello que no pueden
defender.
Que quien haya comprendido que esa forma de vanidad se encuentra tan
extendida que podría conducirlo a tales extremos de corrupción, antes de lanzarse a
defenderla se pare un momento a considerar las consecuencias de un comportamiento
que se sabe a punto de abrazar no porque se lo haya dictado la razón, sino empujado
por la violencia del deseo, arrebatado por un repentino apasionamiento o seducido
por las muelles insinuaciones de la tentación, que se abre paso con el imperceptible
avance de la culpabilidad. Que piense detenidamente en lo que se dispone a hacer al
obligar a su entendimiento a fomentar precisamente los apetitos que su principal

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obligación debiera consistir en coartar y corregir.
Tan pocos artificios se necesitan para defender la causa de la virtud, y tan fácil es,
cuando han sido desvelados, distinguir entre el bien y el mal, que estos apologistas
rara vez consiguen ganar nuevos adeptos para su secta, y sus falacias logran engañar
sólo a quienes tienen el discernimiento nublado por sus propios deseos. Lo más que
puede esperarse de una adecuada aplicación de estas facultades es convencer a los
oyentes de que el hombre que creían conocer tan sólo es, de hecho, un inútil, que la
corrupción de sus modales también ha contagiado sus principios, que cualquier
esfuerzo por curarlos está condenado al fracaso, y que lo único que cabe hacer es
alejarse de este foco infeccioso o acabar con su poder de destrucción.
E incluso si este personaje fuera capaz de engañar a su público con versiones
parciales de los hechos o enrevesadas explicaciones de causas remotas y confusas
concatenaciones de ideas que, dado que admiten más de una combinación, son
susceptibles de variar según el ángulo desde el que se miren; es más, aun si
consiguiere, como a veces sucede, sembrar la confusión en seres débiles y
bienintencionados o cautivar con el atractivo de su destreza a mentes jóvenes, todavía
indecisas en cuanto a sus principios y que la educación no haya fortalecido ola
experiencia aleccionado, incluso así, ¿qué alcance tendría su victoria? No hay hombre
que sea capaz de pasarse toda la vida en estos juegos; la vejez, la enfermedad o la
soledad le traerán algunas horas de profunda reflexión, y entonces no le servirá de
consuelo pensar que la ha dedicado a extender el dominio del vicio y justificar
crímenes ajenos, y que nunca conocerá el alcance de su propia maldad ni podrá
reparar todo el daño que ha causado. Quizá no haya, en las abundantes reservas de
angustias imaginarias, pensamiento más torturador que ser consciente de haber
sembrado la corrupción adulterando los valores, saberse responsable no sólo de haber
apartado a otros de la senda de la virtud sino también de haber cegado el camino por
el que hubiesen podido regresar, de haberlos vuelto insensibles a la belleza y sólo
atentos al placer y acostumbrados a atender únicamente al canto de las sirenas de su
propia destrucción.
Pero esta costumbre aún entraña otro peligro, y es que quienes no consiguen
engañar a otros con frecuencia triunfan engañándose a sí mismos. No paran de tejer
sofismas hasta que su propia razón queda atrapada en sus redes, y una y otra vez
repiten sus argumentos hasta quedar completamente convencidos. A fuerza de
discutir, se muestran sinceros al defender su causa, y como viven buscando razones
con que apuntalarla, acaban convenciéndose de haberlas hallado. Llegados a este
punto, se encuentran a un paso de sumirse en la maldad y corren el peligro de morir
sin que vuelva a surcar su mente el destello de razón que su contumaz orgullo apagó.
Por lo general, a quienes más difícil es imputar defectos en sus acciones o
virtudes son los mismos que no tienen empacho alguno en confesarlos. Por no decir
nada de otros ejemplos de grave y portentoso alcance —la humildad de los
confesores, las lágrimas de los santos, los terrores ante la muerte de personas ilustres

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por su piedad e inocencia—, es bien sabido que César consignó por escrito los errores
que había cometido en sus guerras de la Galia y que Hipócrates, cuyo renombre tal
vez supere, en punto a excelencia racional, el de César, dejó advertida a la posteridad
del error que había cometido. «De tal suerte», comenta Celsio, «que confesar sin
rodeos ni afeites los errores cometidos es lo que conviene a cualquier hombre que
sabe que en todo lo demás no peligra su integridad[34]».
Como en todo error hay bajeza, quien tenga en estima su propia dignidad ha de
procurar retractarse en cuanto descubra que ha incurrido en alguno, sin temer más
reproches que los de su propia conciencia. Y así como la justicia reclama reparación
para el daño causado, es deber de todo el que hubiese corrompido al prójimo con sus
mañas o ideas erróneas hacer lo posible por divulgar su desmentido entre quienes
adoptaron sus errores, de modo que quienes por su ejemplo fueron llevados al vicio,
también por su ejemplo puedan enmendarse.

Sobre el estoicismo
N. 32. Sábado, 7 de julio de 1750
Sea cual sea la parte de desgracia que te toque en suerte padecer, acéptala de buen grado, pero, si puedes,
alivia su peso.

PITAGORAS[35]

Es tan enjundiosa la parte de la vida humana que pasamos en circunstancias


contrarias a nuestros deseos naturales, que una de las principales asignaturas de la
instrucción moral debería ser el arte de soportar las calamidades. Y como el mal es
cosa tan segura, es deber del hombre procurarse los valores que le permitan encararlo
con decencia y decoro.
La secta de antiguos filósofos que se jactaba de haber llevado esta necesaria
ciencia a su suma perfección fue la de los estoicos o seguidores de Zenón[36]. Con
entusiasmo desmedido pretendieron exonerarse de las emociones que asaltan al
común de los seres desprevenidos, y se declararon enaltecidos por las doctrinas de su
secta muy por encima de los misterios que amargan la vida al resto de los mortales.
Por consiguiente, del catálogo de males que asolan a la humanidad decidieron
suprimir el dolor, la pobreza, la pérdida de los amigos, el exilio y la muerte violenta,
y con sus características maneras arrogantes decretaron la prohibición de que se los

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siguiera considerando objetos de terror y angustia o se les supusiera la capacidad de
perturbar la calma del sabio.
Semejante edicto, me atrevo a pensarlo, no ha sido universalmente observado. Y
es que, aunque uno de sus más decididos paladines, torturado por una violenta
enfermedad, clamó que por mucho que el dolor lo golpeara con toda su furia nunca
lograría convencerlo de que se trataba de algo más que de un fenómeno indiferente y
neutral, el caso es que no todos los estoicos mostraron tan tozuda oposición a la
evidencia de sus sentidos, como sucedió con un discípulo de Zenón menos
inquebrantable, cuando, afligido por la gota, confesó que ahora comprendía «que el
dolor es un mal[37]».
Con todo, cabe dudar que tales filósofos puedan ser considerados verdaderos
maestros de paciencia. Porque resulta que si el dolor no es un mal, parece inútil
enseñar a sobrellevarlo; de hecho, cuando se sienten obligados a armar de razones a
sus seguidores, dan la impresión de estar negando la mayor de su tesis. Pero
contradicciones de esta índole no son infrecuentes en las mentes más preclaras
empeñadas en descollar por su originalidad y decididas a imponer opiniones
contrarias a la naturaleza.
La controversia sobre la realidad de los males exteriores ha dejado de tener
vigencia. Que la vida está plagada de miserias y que éstas pueden llegar a ser tan
acerbas como la entereza son hechos universalmente aceptados. Por consiguiente,
será útil averiguar no sólo cómo librarse de ellas, sino cómo mitigar y aliviar las que
puedan depararnos los azares de la existencia o las dolencias naturales, y, en suma,
cómo sobrellevar las desdichas de la vida, cuando las circunstancias nos la vuelven
infeliz.
El remedio para la mayor parte de las miserias humanas no es radical, sino
paliativo. La infelicidad es connatural a la naturaleza del cuerpo e indisociable de
nuestro ser, de modo que cualquier intento de rechazarla abiertamente es inútil y
vano. Rodeados por los ejércitos del dolor que disparan sus flechas contra nosotros,
sólo podemos escoger entre las más o menos punzantes o las que fueron bañadas en
veneno con más o menos malignidad, pero lo cierto es que la coraza más resistente
que la razón sea capaz de forjar podrá embotar su filo, sí, mas nunca repelerlas.
El gran remedio que el cielo ha puesto a nuestro alcance es la paciencia, que si
bien no consigue mitigar nuestros tormentos corporales, hasta cierto punto nos
permite conservar la calma, para así poder encajar únicamente el empuje real y
auténtico de los males sin aguzarlos o prolongar sus efectos.
Nada hay, en verdad, menos idóneo al talante natural del hombre que el
arrebatamiento y la furia. Sin entrar en consideraciones acerca de su ocasional
impiedad, lo menos que puede decirse es que ambos estados son siempre ofensivos, y
que a algunos los predispone a odiarnos y despreciarnos en vez de compadecerse de
nosotros y socorrernos. Si de nuestra aflicción somos los únicos culpables —observa
un antiguo poeta— nuestro primer deber es la paciencia, ya que nadie debe

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enfurecerse por recibir su merecido.
Leniter ex merito quicquid patiare ferendum est[38].

Y cuando fuéramos conscientes de no haber contribuido a nuestros sufrimientos, si el


castigo se abatiera sobre el inocente o el impedimento recompensara el esfuerzo
diligente y la prudencia, sin duda la paciencia, más o menos necesaria en estos casos,
de todos modos será más fácil de ejercer, ya que nuestra aflicción estaría libre de
agravantes y no habríamos de añadir a la dureza de un hado funesto la amargura del
remordimiento. En lo que hace a los males que la providencia nos destina, como
pueden ser las deformidades, la privación de alguno de nuestros sentidos o la vejez,
conviene siempre recordar que la impaciencia no surte efecto inmediato, salvo el de
privamos del consuelo que admita nuestro estado al alejar de nuestro lado a quienes
con su compañía y consejos podrían brindarnos distracción y ayuda. Y respecto de las
perspectivas de futuro, aún menos se justifica, pues que, amén de no disminuir
nuestros males, nos arranca la esperanza de ser resarcidos precisamente por quien,
siendo responsable de infligirlos, podría recompensar a los que saben sobrellevarlos.
Junto con las penurias que tienen remedio, la impaciencia ha de evitarse porque
supone una pérdida de tiempo y concentración, malgastados en lamentaciones, que de
ser aplicados convenientemente podrían servir para remover sus causas. Entre los
agradecimientos de los que Turenne solía hacer testigos a sus interlocutores, al evocar
la memoria de quienes le habían instruido en el arte de la guerra, destacaba
especialmente los que dirigía al honorable personaje que le había enseñado a no
perder su tiempo lamentando los errores que hubiere cometido, sino a hacer de
inmediato lo que fuera necesario para corregirlos[39].
Conviene distinguir nítidamente entre la paciencia y la sumisión, por un lado, y la
cobardía y la indolencia, por otro. No sirve de nada reconcomerse, pero siempre es
legítimo dar batalla. Y es que las calamidades de la vida, al igual que las necesidades
de la naturaleza, son llamadas al esfuerzo y pruebas de diligencia. Cuando nos
sentimos abrumados por la aflicción, no tiene sentido languidecer y pensar que sólo
de esa manera estaremos respetando la voluntad de Dios, como cuando sentimos la
garra de la sed no lo tiene decirse que está prohibido beber agua. Como las desgracias
son obra de Dios, nunca se puede saber con toda certeza si son una bendición o un
castigo, pero como también las manifestaciones de la providencia han de ser
interpretadas según la ley general de la analogía, nada nos impide concluir que es tan
legítimo eliminar este obstáculo o aquel otro, que sólo hemos de cuidarnos de
procurarnos alivio a costa de aumentar nuestra culpabilidad, y que el designio del
Creador, nos recompense o castigue, se cumplirá merced a las tareas que nos pone en
el necesario deber de realizar. No hay estado en el que su desempeño sea más
dificultoso que en el caso de enfermedades muy dolorosas, que de hecho pueden
llegar a serlo tanto que parecieran capaces de acabar con la misma resistencia vital, y
que dejan escaso margen para atender a lecciones o reproches. En estos casos, la

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naturaleza del hombre merece alguna indulgencia, y salvo la impiedad, cualquier otro
comportamiento extravagante puede serle perdonado. Dicho lo cual, y para evitar
caer tan fácilmente en la tentación de sentirnos con derecho a los tristes privilegios
del infortunio confirmado, conviene recordar que la más extrema agonía que la mente
humana sea capaz de concebir o de infligir la maldad del hombre ha sido ya
sobrellevada con entereza, y que si los dolores de las enfermedades pueden llegar a
ser, como de hecho pienso que es el caso, mayores que los de la tortura artificial, por
su misma naturaleza también son de más corta duración, puesto que capaces de
romper la resistencia física o sumir momentáneamente en la inconsciencia el nexo
vital entre el cuerpo y el alma, de tal suerte que dejamos de sentir el dolor de la
enfermedad al ser tan violento que se aborta su manifestación. Me atrevería a decir
que hay buenas razones para sospechar que la mente y el cuerpo están tan bien
conjuntados que no son capaces de soportar los padecimientos infligidos a una de las
partes cuando la virtud cede antes que la vida, y que el alma bien conformada prefiere
ceder antes que someterse.
En el caso de las calamidades que afectan principalmente a las pasiones, como la
merma de la fortuna, la pérdida de amistades o el deterioro de la voluntad, el mayor
peligro de mostrarse impaciente se manifiesta en la primera embestida. Pero no pocos
recursos hay a nuestra disposición para esquivar el primer golpe. Por norma, lo más
aconsejable siempre es no disfrutar de nada que no esté en nuestro poder conservar
permanentemente. Baste con pensar en lo distintos que son el disfrute momentáneo
de cualquier beneficio terrenal y la constante y rutinaria diligencia en pro de la
felicidad futura para ver lo acertado que es este consejo, obra, además, de la única
autoridad incuestionable. Y sin embargo, ¿no es comparable a la advertencia de que
mejor es no andar para evitar tropiezos o no ver para que la mirada no se pose en
alguna cosa deforme? Parece razonable gozar de las bendiciones con ánimo confiado
y renunciar a ellas con humildad, así como confiar en que las bondades que
disfrutamos no cesarán sin traza de insolencia ni voluptuosidad, con la misma firmeza
con que hay que aspirar a la recuperación de lo que hayamos perdido sin entregarnos
al abatimiento o las murmuraciones.
La principal defensa contra la estéril angustia de la impaciencia es la que nace de
la contemplación frecuente de la sabiduría y bondad del dios de la naturaleza, que en
sus manos tiene riqueza y pobreza, honor y desgracia, placer y dolor, así como la vida
y la muerte. Sólo si estamos firmemente convencidos de que todo conspira en favor
nuestro y de que es posible convertir las desgracias en felicidad si sabemos acogerlas
debidamente, seremos capaces de bendecir el nombre del Señor, sin importar si nos lo
ha dado todo o nos lo quita[40].

[Link] - Página 50
Sobre las biografías
N. 60. Sábado, 13 de octubre de 1750
Quid sit pulchrum, quid turpe,
quid non, Plenius et melius Chrysippo et Crantore dicit.

HORACIO[41]

Todas las alegrías y tristezas por la felicidad o calamidad de otros son el fruto de un
acto de la imaginación, capaz de con cebir cualquier situación por ficticia que sea o
de acercarse a ella por lejos que se encuentre, al ponernos momentáneamente en la
postura de aquel cuya fortuna contemplamos, de tal suerte que, mientras dura el
engaño, sentimos las emociones que los mismos acontecimientos, buenos o malos,
despertarían en nosotros. Así, pues, nuestras pasiones serán más intensas en la
medida en que nos mostremos más capaces de hacer nuestros el dolor o el placer que
nuestra imaginación nos represente, mediante el expediente de reconocerlo como algo
ya conocido o considerarlo como una natural consecuencia de nuestra forma de vida.
Ni para el más talentoso escritor es fácil despertar nuestro interés en la felicidad o la
desgracia que estamos convencidos que difícilmente llegaremos a sentir o con la que
nunca antes nos habíamos tropezado. La caída de reinos o las revoluciones de
imperios se dejan leer con notable sosiego; las tragedias imperiales seducen al
público en general por el solo atractivo de la pompa y ornato de las descripciones y la
grandeza de las ideas evocadas. Y el hombre únicamente dotado para conocer la
pasión absorbente de los negocios y cuyo corazón se agita sólo con el alza o la baja
de sus acciones en bolsa, no puede dejar de preguntarse, maravillado, cómo es
posible que el interés quede absorto y los sentimientos perturbados por una simple
historia de amor. Estos mundos paralelos, con sus correspondientes imágenes, a los
que nuestra mente se adapta sin dificultad, por lo general podemos hallarlos, antes
que en otros escritos, en los relatos de vidas de personas reales, y es por ello que no
hay género de escritura más digno de ser cultivado que la biografía, ninguno que sea
más deleitoso o útil, y ciertamente ninguno como este dotado de tan irresistible
interés para el corazón o de la capacidad de instruir ampliamente a la mayor variedad
de personas. Los relatos históricos someros y de orden general, en los que se narran
millares de peripecias en el breve lapso de un día y se encajan innumerables
incidentes en una sola gran operación, contienen pocas lecciones de provecho para la
vida privada, que para su bienestar como para sus desgracias depende de la buena o
mala gestión de asuntos que sólo la asiduidad hace prosperar (Parva, si non fiunt
quotidie, en palabras de Plinio[42]) y que nada tienen que ver con relatos que no
condescienden a ocuparse de asuntos menos importantes que discursos de senadores,
movimientos de tropas o tramas de conspiradores.
A menudo he pensado que no hay prácticamente vida alguna que, narrada con

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fidelidad y discernimiento, no sea de utilidad. Porque el caso es que no hay, en la
imponente masa del mundo, quien no comparta su condición con muchos otros
hombres, cuyos errores y fracasos, salvación y sagacidad, no le sean de alguna
utilidad clara e inmediata; y es que es tal la uniformidad de la condición humana, si
se la considera despojada de honores y afeites adventicios y postizos, que
prácticamente no hay fortuna o desventura que no sea común a todos los hombres. La
mayor parte del tiempo, las vidas de quienes la fortuna o su carácter ha dispuesto que
vivan a gran distancia unos de otros, sin embargo transcurren inevitablemente de
idéntica manera. Y si bien es cierto que, una vez satisfechas las necesidades naturales,
el capricho, la vanidad o el azar intervienen para producir discriminaciones y
particularidades, no hace falta ser un lince, no obstante, para descubrir que las
mismas causas siempre acaban produciendo los mismos efectos, unas veces
rápidamente y otras menos, y aun en otras presentándose en diversas combinaciones.
Nos azuzan las mismas fuerzas, nos confunden las mismas falacias, la esperanza nos
guía, el peligro nos paraliza, el deseo nos atrapa, y todos sucumbimos al placer.
Una objeción frecuente a los relatos de vidas particulares es que en éstas no
sobresalen vicisitudes excepcionales o maravillosas. El erudito que ha pasado toda su
vida entre libros, el mercader que sólo atendía a sus negocios, el sacerdote, cuyo
radio de acción nunca excede el de su deber, ninguno de ellos es considerado digno
de la atención pública, por más que hayan podido descollar en sus respectivos
ámbitos y sean cuales sean sus competencias, integridad o piedad. Pero esta idea es
tributaria de falsos modelos de excelencia y dignidad, para erradicar los cuales
debería bastar con recordar que para la recta razón lo de más utilidad siempre es lo
más valioso. No es indecoroso, huelga decirlo, sacar provecho de los prejuicios y
utilizar el reclamo de un nombre célebre. Pero el oficio de biógrafo por lo general
consiste en pasar de puntillas sobre las hazañas y azares responsables de la vulgar
grandeza y llamar la atención sobre la privacidad del día a día, para así detallar los
menudos incidentes de la cotidianidad, donde los hombres se despojan de apéndices
exteriores y se miden entre sí únicamente por su prudencia y virtud. El testimonio del
Tuano fue escrito, como con toda razón apunta su autor, para ofrecer a la posteridad
un atisbo de la personalidad privada y familiar de este hombre, cujus ingenium et
candorem ex ipsius scriptis sunt olim semper miraturi[43], cuyo genio y candor hasta
el fin de los tiempos por sus escritos podrán conocerse y admirarse.
Las numerosas circunstancias invisibles son más importantes que las
manifestaciones públicas, tanto si leemos para instruirnos en materias naturales y
morales, enriquecer nuestros conocimientos o acrecentar nuestra virtud. Así, Salustio,
el gran maestro de la naturaleza, no deja de observar, en su semblanza de Catilina,
que «andaba ora con paso ligero, ora lentamente[44]», para así indicar que su mente
estaba absorta en convulsos pensamientos. Asimismo, el relato de Melanchthon
encierra una vívida lección sobre el valor del tiempo, al informarnos su autor que,
siempre que se citaba con alguien, procuraba fijar no sólo la hora, sino también el

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minuto exacto del encuentro, para no perder el día en inactiva expectación[45]. Y los
proyectos y labores de De Wit hoy nos importan bastante menos que la descripción
de ese rasgo de su personalidad que nos lo representa como «pendiente de su salud y
negligente con su vida[46]».
Pero la biografía ha sido frecuentemente cultivada por escritores aparentemente
poco versados en la naturaleza de este oficio o muy descuidados con su ejecución.
Rara vez trabajan con documentos que no sean de carácter público. Están
convencidos de haber escrito una biografía al presentar una relación de actividades y
títulos en orden cronológico, y muestran tan escaso interés por las costumbres y el
comportamiento de sus héroes, que resulta más útil, para conocer el auténtico talante
de cualquier hombre, cruzar dos palabras con uno de sus criados que leer alguna de
estas narraciones formales y laboriosas, que empiezan con una prosapia y concluyen
con un funeral.
Cuando ocasionalmente se dignan informar al mundo con hechos concretos, no
siempre tienen la feliz idea de escoger los más relevantes. No alcanzo a comprender
qué beneficio pueda suponer para la posteridad conocer el único acontecimiento por
el que Tickell distingue a Addison del resto de la humanidad, a saber «la
irregularidad de su pulso[47]», como tampoco puedo considerarme resarcido del
tiempo que he dedicado a leer la vida de Malherbe por el hecho de saberme capaz de
repetir, con su docto biógrafo, que este autor sostenía dos opiniones principalmente:
la una, que la ligereza de una sola mujer basta para malograr sus pretensiones
linajudas, y la otra, que los mendigos franceses hacían un uso escandalosamente
incorrecto y bárbaro de la expresión «noble caballero», visto que cada una de estas
palabras incluye el sentido de ambas[48].
Ciertamente hay razones que explican por qué tales relatos a menudo son obra de
autores poco versados en el arte de instruir o deleitar, y por qué la mayoría de las
semblanzas biográficas son estériles e inútiles. Si la curiosidad o la envidia han de
haberse extinguido antes de escribir una biografía, sin duda ésta ganará en
imparcialidad lo que probablemente pierda en inteligencia. Y es que los detalles
responsables de la excelencia de las biografías son en tal grado mudables y
evanescentes, que no tardan en borrarse de la memoria y rara vez los transmite la
tradición. Nadie ignora lo difícil que es trazar el retrato de cualquiera de nuestros
conocidos, salvo en lo que hace a sus rasgos más destacados y fácilmente
observables, con lo que es fácil imaginar que buena parte de esos tenues datos se
pueden perder al transmitirlos y lo rápidamente que una serie de copias acaba
perdiendo cualquier atisbo de parecido con el original.
Si el biógrafo es de los que, basándose en su conocimiento personal, además
busca saciar la curiosidad del público, el peligro estriba en que su interés o aprensión
o gratitud o afecto puedan nublar su fidelidad a la verdad y lo induzcan a disimular,
cuando no a inventar. No son pocos los que piensan que la lealtad consiste en ocultar
los errores y defectos de sus amigos, aun cuando ya no tengan nada que temer por su

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descubrimiento. Por ello vemos desfilar esas tropas de personajes adornados con los
mismos panegíricos, indistinguibles unos de otros, salvo por algún que otro detalle
externo y casual. «Ojalá siempre —dice Hale—, cuando me sienta tentado de
compadecer a un criminal, recuerde que también al país le debemos piedad[49]». Es
cierto que debemos honrar la memoria de los muertos, pero más aún hemos de
respetar el conocimiento, la virtud y la verdad.

Sobre la conducta humana


N. 70. Sábado 17 de noviembre de 1750
Argentea proles,
Auro deterior, fulvo pretiosior aere.

OVIDIO[50]

En su famosa clasificación de los seres humanos Hesíodo establece tres clases de


inteligencia: «En primer lugar», dice, «se encuentra el individuo que sabe discernir
por sí solo lo que es adecuado y está bien y, sabiéndolo, dedica toda su actividad a
lograrlo. En segundo lugar está el que desea que alguien le enseñe lo que está bien y
lo que está mal, para que después pueda él obrar en consecuencia. Pero aquel que
careciendo de la inteligencia necesaria para poder hacer las cosas adecuadamente
rehúsa la ayuda que otro pueda prestarle, es un pobre desgraciado que sólo merece
desprecio».
Pronto descubriremos que, en el plano de la moral y de la ética, podemos
establecer la misma clasificación de los seres humanos. Hay personas cuyos
principios son firmes, que poseen unas convicciones tan arraigadas, y que albergan en
su mente y en su corazón unos deseos tan ardientes de que todos sus actos se
muestren acordes con la voluntad divina, que no dudan en examinar cuanto hacen
para que ninguna de sus obras se aparte de los sagrados mandamientos, y puedan así
disfrutar de la felicidad que Dios ha prometido a quienes obedezcan su ley,
anteponiendo el mandato divino a cualquier otra consideración o deseo personal. Hay
otras personas que se bandean entre el bien y el mal; que, por un lado, se dejan
cautivar por las riquezas o los placeres, por las gratificaciones de la pasión y las
exigencias de los sentidos; y que, por otra parte, se sienten obligadas a cumplir las
leyes establecidas, pero a las que cualquier esfuerzo adicional por cumplirlas puede

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hacerlas cambiar de conducta. En el tercer nivel se encuentran aquellos individuos
que tan sólo saben entregarse al placer y a las pasiones, sin el menor deseo de
superarse ni de esforzarse por algo que no sea la satisfacción de sus deseos más
torpes e inmediatos.
Es el segundo grupo de esta clasificación el más numeroso, y se puede decir que
en él se incluye la mayor parte de la humanidad. No son muy numerosos los que
pertenecen al tercer grupo, y pocos son los que forman parte del primero. Y ni unos ni
otros son motivo de estudio para los moralistas, ya que éstos se ocupan
principalmente de quienes se esfuerzan en mejorar su virtud, desinteresándose de los
que han alcanzado ya un grado de perfección, o de quienes, por el contrario, prefieren
seguir en su lamentable estado de despreocupación.
A quien no sea muy versado en el estudio de la psicología humana y se limite a
juzgar al individuo de forma intelectual le resultará difícil creer que haya alguien que
pueda mantenerse en ese estado de indiferencia, sin sentirse comprometido por nada
y dispuesto a dejarse llevar por cualquier tendencia. Parece más lógico pensar que
haya personas que crean que una conducta virtuosa puede hacerlas felices y que, por
consiguiente, decidan obrar con rectitud; y otras que, por el contrario, estén
convencidas de que pueden vivir muy bien sin preocuparse en absoluto por la rectitud
de su conducta y que, por tanto, sólo se interesen por su placer y conveniencia.
Parece imposible que existan individuos que estando convencidos de una cosa se
dediquen a hacer la contraria; y que habiendo visto el camino recto cierren los ojos
ante él para poder vivir más cómodamente. No obstante, podemos encontrar
continuamente aberraciones de este tipo; y muchos son los hombres sabios y buenos
que se desvían del camino de la rectitud y del deber, ya sea porque no se dan cuenta o
porque se sienten repentinamente sorprendidos por la tentación. Y abundan también
aquellas personas que son buenas mientras no se ven tentadas, mientras sus pasiones
no se ven excitadas o mientras sus opiniones no se ven contrarrestadas o enfrentadas
a algo.
Entre los sentimientos que casi todo ser humano modifica a medida que va
envejeciendo se encuentra la homogeneidad de carácter. Aquel que no ha
experimentado la fuerza del deseo, la contundencia del dolor, las complicaciones
causadas por los negocios o la fuerza de influencias partidistas siente dentro de sí la
importancia de la virtud, y, puesto que nunca ha tenido que habérselas con miedos o
ilusiones, cree que es posible mantenerse firme ante lo que pueda presentársele, se
mostrará inflexible ante el menor fallo, dispuesto a manifestar en todo momento la
pertinencia del derecho, y a juzgar con la mayor dureza a todo aquel que muestre
algún fallo en el cumplimiento del deber, considerándolo indigno de confianza, de
amor, de piedad y de respeto; a verlo como un enemigo al que hay que apartar del
conjunto de la sociedad, como un apestado del que hay que alejarse o como una
hierba a la que hay que aplastar.
La experiencia nos enseña la posibilidad de conservar algunas virtudes y de

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rechazar ciertos defectos; o bien, de ser buenos o malos hasta cierto punto. Porque
resulta muy fácil para el pensador solitario mostrar que los mismos argumentos en los
que uno puede apoyarse para rechazar el crimen tienen idéntica fuerza para cualquier
cosa; y, naturalmente, de aquí se sigue que a quien no le resultan válidos semejantes
argumentos en una determinada ocasión es porque o bien no ha sabido considerarlos
debidamente o porque mediante algún autoengaño ha tratado de marginarlos; y que,
por tanto, cuando se sabe de una persona que es culpable de una grave falta no son
necesarias más pruebas para demostrar su depravación y su corrupción.
Sin embargo, en los mortales la virtud siempre se muestra insegura y variable;
algunas veces esas características se extienden a todo el ámbito del deber; en otras se
circunscriben a espacios mucho más limitados actuando tan sólo sobre escasas
manifestaciones cordiales y permitiendo que todo lo demás quede a merced de las
apetencias personales o cediendo ante sentimientos negativos. Por consiguiente nada
hay más injusto que juzgar al ser humano basándose en conocimientos u
observaciones muy someras; pues con frecuencia sucede que en aquel ser que se nos
muestra más flojo, inconsciente y disipado existe una secreta chispa de mérito que
podría ser avivada si se la cuidara acertadamente; una chispa celeste que, si bien
todavía es tenue y se encuentra obstruida, no se halla extinguida del todo, y que, por
tanto, podría convertirse en una llama fulgurante si se la cuidase y alimentase
debidamente.
Suponer que todo aquel que no sea completamente bueno deba ser considerado
como un ser irrecuperable y que, por tanto, merezca ser abandonado sin remedio es
suponer que todos somos capaces de lograr el mismo grado de excelencia; y, además,
exigir que todos logremos una perfección que, en realidad, nadie puede alcanzar. Pero
si bien es indudable el hecho de que incluso la virtud más pura tiene alguna partícula
de vicio, y que existen tantos seres dignos como indignos, eso no debe llevarnos a
concluir muy a la ligera que en el mundo se ha perdido irremediablemente toda la
bondad, por más que durante cierto tiempo tal bondad pueda encontrarse oscurecida o
abrumada. Porque hay que tener en cuenta que la mayoría de las mentes son esclavas
de las circunstancias externas y se amoldan a la mano que las diseña, se dejan llevar
por la corriente de las costumbres en la que se ven inmersas, o se doblegan ante
cualquier contratiempo que las pueda afligir.
Podemos observar esto de modo más específico en el caso de las mujeres, que
pueden ser buenas o malas según se encuentren entre quienes practican la virtud o se
entregan al vicio. Sucede que en ellas el ejemplo que ven tiene más fuerza que su
propia razón o la formación que pudieran haber tenido; tanto si se debe a que poseen
menos valor para enfrentarse a los hechos, o que su capacidad de admiración las lleva
a sacrificar sus principios ante el placer mezquino o la alabanza gratuita; lo cierto es
que, sea cual sea la causa, la bondad de la mujer raras veces se resiste ante la moda,
las lisonjas o las risas.
Por tal motivo todo ser humano debe sentirse comprometido no sólo con su

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propia conducta sino también con la conducta de los demás; del mismo modo que
debe sentirse responsable no solamente de sus negligencias o de las faltas que pueda
cometer sino también de las irregularidades y fallos que haya podido inculcar o dar
pie en el prójimo. Toda persona, sea cual sea su estado y situación, tiene, o se
esfuerza por tener, sus propios seguidores, admiradores e imitadores y, por
consiguiente, ha de tener sumo cuidado con el ejemplo que ofrece a los demás. No
sólo ha de evitar sus faltas y delitos sino también la simple apariencia de los mismos;
y no sólo ha de practicar el bien sino también fomentarlo y apoyarlo. Porque es muy
posible que debido a nuestra falta de atención inculquemos en otros faltas y errores
de los que nosotros nos hallamos libres; o que por la cobarde deserción de una causa
en la que creemos, hagamos que otros que tienen los ojos puestos en nuestro ejemplo
la abandonen; y que al carecer de una norma que les guíe en su camino se corrompan
fácilmente debido a las aberraciones del modelo que equivocadamente han podido
escoger.

Sobre la brevedad de la vida


N. 71. Martes, 20 de noviembre de 1750
Vivere quod propero pauper, nec inutilis annis,
ad veniam: properat vivere nemo satis.

MARCIAL[51]

Tal es tal la plétora de palabras y frases que suele brotar de la boca de los hombres,
que el observador superficial podría confundirse y hasta pensar que algún principio
primordial o norma fundamental de conducta han de contener y que, por tanto, es
aconsejable tenerlas presentes y conveniente regirnos por ellas. Y no obstante, basta
con atender a las acciones de tan sentenciosos filósofos para descubrir que no pocas
veces repiten sesudos aforismos porque alguna vez los oyeron en boca de otros, o
porque no tienen nada más que decir o bien porque porfían en la veneración que
frecuentemente acompaña esos ejemplos de sabiduría, sin tomarse la molestia de
reparar en las ideas asociadas a las palabras, de tal manera que, como se decía antaño
de los torpes seguidores de Aristóteles, sus almas no son otra cosa que los tubos de
un órgano, capaces de transmitir sonidos mas no de comprenderlos[52].
A esta especie pertenece la archiconocida y proverbial creencia en que «corta es

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la vida», que cualquier oyente medianamente atento alcanza a oír en boca de sus
congéneres varias veces al día, pero que, hasta donde me ha sido posible observar, a
fecha de hoy no ha dejado huella alguna en las mentalidades. Tal vez, si los lectores
tienen a bien evocar el recuerdo de sus viejas amistades, reconocerán lo difícil que les
resulta mencionar a uno solo de ellos que fuera plenamente consciente de que la vida
es corta, salvo en caso de que estuviera a punto de perderla.
Vale recordar que Horacio, en su descripción de los caracteres humanos y la
diversidad que les confiere la variada influencia del tiempo, señalaba que el hombre
provecto es dilator, spe longus[53], valga decir que es dado a procrastinar y tiende a
prolongar la esperanza lo más posible. Tan lejos estamos, por lo general, de creer en
lo que tan a menudo decimos acerca de la brevedad de la vida, que cuando la vida
irremediablemente se acorta nos dedicamos a concebir proyectos cuya ejecución
diferimos, albergar esperanzas que sólo una larga serie de acontecimientos podría
hacer realidad, y nos entregamos a pasiones sólo excusables cuando son cultivadas en
la flor de la vida.
Recientemente he vuelto a hacerme estas reflexiones, tras sostener una charla una
de estas noches con mi amigo Próspero, quien a sus cincuenta y cinco años ha
comprado una propiedad y se dispone a arreglarla y cultivarla con inusual
refinamiento. Como su mayor placer consiste en salir a pasear entre arboledas
majestuosas y guarecerse del calor del mediodía meditando a su sombra, con la
mayor seriedad del mundo se puso a soñar con el mejor diseño concebible para su
alameda y bosquecillos, y hace poco ha encargado los mejores planos a diseñadores
de Italia. Mientras tanto, ha decidido que no plantará ni cultivará nada hasta la
próxima temporada.
La vida puede írsenos de este modo, consumida en preparativos de lo que nunca
podrá ser, cuando se renuncia a actuar mientras no se hayan cumplido todos los
requisitos que nuestra imaginación sea capaz de concebir. Si el proyecto tiene por
finalidad única la satisfacción de un capricho, las consecuencias de este error serán
insignificantes, ya que la esperanza de verlo realizarse algún día y el placer que por lo
general procura son, por sí solos, mucho más satisfactorios que su plena realización,
habida cuenta que los deseos, al hacerse realidad, casi siempre nos decepcionan. Pero
cuando se trata de una empresa en la que también están implicadas otras personas, o
cuando el asunto que nos ocupa concierne la mejora o salvaguarda de la humanidad,
nada parece menos sabio o benéfico que dedicarse pertinazmente a diferir su
realización o perder de vista que la voluntad se debilita con el tiempo y, con ella,
nuestra capacidad de acción, y olvidar lo fácil que es que los proyectos concebidos a
la ligera no prosperen más allá del melancólico deseo de suponerlos ya realizados.
Insisten en decir los importunos autores bacanales que hay que vivir el presente,
disfrutar de los placeres a nuestro alcance y recordar que el futuro escapa a nuestra
voluntad.
Το ρόδον άκμάζει βαιόν χρόνονήν δέ παρέλθπ,

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Ζητών εύρήσεις ού ρόδον, αλλά βάτον[54].

La traducción del griego es del mismo Johnson: «Soon fades the rose; once past the
fragrant hour, / The loiterer finds a bramble for a Flow’r». «Pronto se marchita la
rosa: en vez de flor, espinas / descubre el que tarde a olerla se inclina». Véase Samuel
Johnson: The Complete English Poems, ed. J. D. Fleeman. Penguin Books,
Harmondsworth, 1971, p. 98.
Pero exhortaciones de esta índole sin duda convienen mejor a propósitos más
elevados. Al menos debería ser posible transmitir la idea de que es menos riesgoso
aplazar el disfrute de los placeres que el ejercicio de las virtudes, y que mucho más se
pierde al despreciar la oportunidad de hacer el bien que disfrutando de una hora de
vertiginoso jolgorio y divertido bullicio.
Cuando Baxter[55] perdió el millar de libras que había destinado a la construcción
de una escuela, no se le ocurrió nada mejor que ilustrar con su desgracia la necesidad
de mostrarse caritativos mientras nos lo permita Dios. Hasta cierto punto, se
consideraba culpable de haber dejado su buena acción en manos del azar y permitido
que su benevolencia sucumbiera a su falta de prontitud y diligencia.
Hearne[56], el sabio anticuario de Oxford, se lamentaba de que del general olvido
de la fragilidad de la vida se hubiesen contagiado los estudiosos de monumentos y
escritos, advirtiendo que su labor consiste en recolectar primero y después organizar
y extractar los documentos existentes en las bibliotecas, por lo que no es conveniente
que acumulen más de lo que sean capaces de asimilar. Al contrario, lo que sucedía es
que no paraban de buscar y transcribir y reclamar más materiales, cuando la verdad es
que estaban tan abrumados, que abandonaban su trabajo a medio camino. «Es preciso
—concluía Hearne— que el buen anticuario, como cualquier hombre de bien, tenga
siempre presente su condición mortal».
En suma, no sólo el sopor de la pereza, sino también el derroche de labores mal
encaminadas pueden conducir al olvido de la brevedad de la vida. Así como hay
hombres que pierden el tiempo holgazaneando porque piensan que ya tendrán todo el
que necesiten para enmendar su dejadez, otros se afanan en demostrar que la vida no
puede quedar ayuna de ocupaciones. Olvidan ambos que no es infrecuente que el
postrer momento le llegue por igual al negligente y al laborioso, indistintos ante la
muerte, como por igual mueren las aves abatidas en pleno vuelo y las que son
cazadas en el matorral.
Entre los muchos avances del saber humano en los últimos siglos, ciertamente
cabe señalar el cómputo exacto del valor de la vida[57]. Pero sea cual sea su valor de
cambio en esta vida, los hombres parecen haber avanzado poco en su estimación
moral. Hasta ahora les ha importado mucho más ser ricos en monedas que en
conocimiento, y estos calculadores, en vez de aplicarse el cuento, insisten en violar
las leyes de la probabilidad al predecir hasta dónde llegarán en su vejez, convencidos
de haber sido escogidos para alcanzar el más extremo margen de la humana

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existencia, mientras millares y decenas de millares bajan al sepulcro[58].
Tan arraigada está en el corazón del hombre esta falacia y tan firmemente
custodiada por la esperanza y el temor ante los embates de la razón, que ni la ciencia
ni la experiencia consiguen conmoverla, de tal suerte que nos comportamos como si
la vida no tuviese término, aunque por experiencia sepamos de su incerteza y
brevedad.
Con ardor y convicción, los teólogos han demostrado que no tiene sentido diferir
los propósitos de enmienda y contrición; es más, que es pura locura de tal modo hacer
peligrar la eternidad. Es una debilidad, proporcional siempre a la importancia del
incumplimiento, el trasladar al porvenir cualquier extremo que en el presente reclame
nuestra atención. Actuando de este modo, nos exponemos a peligros innecesarios y a
sufrir accidentes que hubiera bastado con una dosis de oportuna diligencia para
evitar, o bien a paralizar nuestras mentes con innecesarias cautelas y concebir futuros
planes que nunca podrán realizarse, toda vez que se deja pasar la oportunidad más
propicia para impulsarlos. Si cierto es que el más longevo de los hombres sólo vive
un instante, nadie debiera olvidar que no hay tiempo que perder. Los deberes se
corresponden con la duración de la vida y cada día trae los suyos, que si se
desatienden, mañana pesarán el doble. Y quien hubiere malgastado los meses y años
que debió dedicar a sus labores, recuerde que ya sólo dispone de una porción de un
todo muy disminuido, y que en esos contados instantes de vida que le quedan haría
bien en aprovechar la última oportunidad que el cielo le brinda, y de ellos ni uno solo
perder.

Sobre el buen humor


N. 72. Sábado, 24 de noviembre de 1750
Omnis Aristippum decuit status, et color,
Tectantem majora fere; presentibus aequm.

HORACIO[59]

A The Rambler[60].
Señor:
Quienes se arrogan la eminente función de maestros del saber, sin siquiera

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preguntarse si hay quienes estén dispuestos a someterse a su autoridad, por lo visto no
se han parado a pensar que la vida se va en menudos sucesos, charlas triviales,
negocios intrascendentes y diversiones frívolas, y por esta razón se empeñan en
inculcarnos únicamente las virtudes más tremebundas, sin dignarse a considerar todas
esas nimiedades que, por frecuentes, resulta que son importantes, y, aunque incapaces
de inspirar acciones heroicas o admirables empresas, no dejan de hacernos sentir su
influencia y el trago de la vida más o menos amargo con sus imperceptibles
insinuaciones. Su acción es tan oculta y discreta como los cambios de temperatura
que nos hacen enfermar o estar sanos: del mismo modo respiramos sin prestar
atención, y sólo reconocemos las partículas del aire por sus efectos saludables o
maléficos.
No parece usted ignorar la importancia de esos dones menores, pero hasta la
fecha no se ha cuidado de recomendar a sus lectores el buen humor. Y eso que basta
con detenerse en ello un instante para comprender que es el «bálsamo de la
existencia[61]», una cualidad sin duda responsable de la seducción que ejerce todo lo
que es bello y adorable para la humanidad. Sin buen humor, el saber y el arrojo sólo
confieren el tipo de superioridad que ostenta el león en el desierto, rugiendo en vano
y haciendo estragos sin oposición. Sin buen humor, la virtud podrá impresionar por
su dignidad y a todos deslumbrar con su brillo, pero sólo si se la contempla desde la
distancia, y difícilmente hará amistad con nadie y nadie buscará emularla.
El buen humor puede definirse como la costumbre de sentirse gratificados
quienes constante e invariablemente se muestran afables, fáciles de trato y dotados de
fino temperamento. Es fácil advertir estas cualidades cuando, al menguar la inicial
exaltación que nos procura una nueva alegría, las ideas discurren suavemente
movidas por delicados impulsos. El buen humor es un estado medianero entre el
júbilo y la despreocupación, la manifestación o emanación de la mente que busca ser
gratificada por otra.
Muchos se imaginan que para agradar hay que mostrarse alegres y manifestar el
gozo del alma haciendo alarde de ocurrencias y carcajadas. Es cierto que estas
personas son capaces de ganarse el aplauso y la admiración de sus congéneres, pero
el placer que nos procuran rara vez perdura. Podemos disfrutar de su compañía, pero
sólo por un rato, y al cabo reclamamos naturalidad y buen humor, del mismo modo
que la vista es atraída momentáneamente por el brillo de las cumbres al sol, pero no
tarda en buscar alivio, dolorida, en el verdor y las flores.
El júbilo es al buen humor lo que los aromas animales a las fragancias de la
vegetación: lo uno agobia a las mentes delicadas, mientras que lo otro las restablece y
reanima. Casi siempre duele un poco el júbilo: se han de forzar los sentidos para
seguir sus piruetas, sin lo cual se cae fácilmente en la desesperación y la rabia. El
buen humor, en cambio, nunca hace alarde de cualidades de las que sus oyentes no se
sepan dueños, y agrada sobre todo porque evita ofender.
Es sabido que la manera más segura de agradar consiste en convencer al otro de

[Link] - Página 61
que es él quien nos resulta grato, animarlo a manifestarse con nosotros libre y
confiadamente, y evitar cualquier manifestación de superioridad capaz de acobardar o
acongojar. Son muchos quienes, con estas artes tan sólo, consiguen vivir rodeados de
cariño, atenciones y cortesía, y, desprovistos de cualidades o méritos extraordinarios,
su compañía es buscada por los dos sexos y sin esfuerzo hacen nuevas amistades
adonde vayan. Los preferidos por la sociedad, de hecho, son personas que casi nunca
se muestran capaces de inspirar celos o temor, así como tampoco se las considera
capaces de alcanzar una eminente reputación, porque se conforman con logros al
alcance de todos, y antes aspiran a merecer amabilidades que estimación. Por ello no
es de extrañar, en reuniones y lugares de esparcimiento, que estos personajes sean
recibidos siempre con muestras patentes de alegría, que todas las manos avancen para
saludarlos, y sin embargo, basta observar más allá de este primer intercambio de
urbanidades para constatar que no se trata de personas eminentes, y que son
bienvenidas sólo en la medida en que dan la impresión de admirar a todo el mundo y
están a la disposición de quien momentáneamente se hubiera quedado solo y
necesitara un comparsa de oyente; en suma, que se trata de personas que no
incomodan a nadie, que toleran cualquier broma a costa suya sin chistar y cualquier
discurso sin disentir, que son capaces de reír cualquier gracia y dar la razón a
cualquiera.
No escasean las personas cuya vanidad mueve a buscar la compañía de aquellos
de sus congéneres que saben incapaces de ofenderlos, y en ocasiones, hasta los sabios
y juiciosos condescienden a recibir halagos sin haber hecho el menor esfuerzo por
merecerlos, las mentes más augustas aceptan rebajarse y los hombres de acción
prefieren la quietud. Todos, por tanto, en algún momento buscan la compañía de
personas con las que es posible alternar llanamente, que sean capaces de aliviar su
soledad sin exigir a cambio atención y cautela. Nos sentimos más inclinados a
estimar cuando no tenemos nada que temer, y quien sabe hacernos sentir a gusto no
tarda en hacerse un lugar en nuestros afectos más preeminente que el que pueden
llegar a ocupar los que por su brillantez nos hacen sentir como estudiantes o quienes
con su ingenio nos roban el interés de los demás y nos dejan desatendidosy solos.
El príncipe Enrique observaba, al ver a Falstaff postrado a sus pies, que «hubiese
podido dar mejor trato a un hombre mejor[62]». Conocía a fondo los vicios y
desatinos del objeto de su pesar, pero a pesar de que su temple lo inclinaba a admirar
cualidades superiores, su corazón se dolía con el recuerdo de Falstaff, su alegre
compañero, el bufón vocinglero con el que tanto había gozado el lujo de la inacción,
a quien le debía el haber gozado alegrías sin pretensiones y, por ello mismo, a quien
podía permitirse disfrutar y despreciar.
A algunos les podrá parecer que estas descripciones no se avienen con las
alabanzas que acabo de verter sobre quienes destacan por su buen humor. Pero sin
duda convendrán conmigo que nada prueba mejor la importancia de esta cualidad que
el hecho de que vuelve interesantes a personas ayunas de cualquier otra virtud y

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procura estima a los insignificantes, amistades a los inútiles y cariño a los pesados.
La verdad es que el buen humor, por lo general, se ve degradado precisa mente por
quienes más lo disfrutan. Como se piensa que es una cualidad barata y vulgar, suelen
despreciarla quienes, tal vez por gozar de excelente reputación y notable brillo social,
se sienten autorizados a darse siempre gusto a costa de los demás y exigir obediencia,
pero nunca ofrecerla. Un malhadado error ha querido que prácticamente todos los
individuos con algún derecho a ser admirados o estimados impongan sus pretensiones
sin miramientos o consideración hacia los demás. Este defecto, movido por mi interés
y aspiración a la felicidad de todos, me he propuesto enmendar. Y es que tengo un
buen amigo que, precisamente porque conoce el valor de su fidelidad y sabe cuán útil
es, se niega a ser mi compañero, y una esposa que me conquistó con su belleza y
subyugó con su inteligencia, pero que ahora utiliza aquélla únicamente para
imponerme su tiranía y ésta para justificar su maltrato.
Sin duda nada más insensato puede haber que renunciar al deseo de agradar
cuando se es capaz de complacer, o mostrarse cruel porque se prefiere cualquier arma
salvo la del cariño. Quien de veras aspira al bienestar general ha de poner sus virtudes
al alcance de todos, para que así todos puedan apreciarlas e imitarlas. Basta con ser
consciente de las necesidades y anhelos reales y probables de los hombres para
aspirar a verse rodeado de cariño antes que ser admirado o cortejado por las propias
virtudes y poder, aunque sólo sea porque la admiración dura lo que la novedad, y el
interés se esfuma en cuanto ha alcanzado sus objetivos. Todo hombre que, dotado de
cualidades excepcionales, necesita adornarse con gracias superficiales es como un
monte pelado que esconde minas de oro en sus entrañas, y no ha de extrañar que lo
frecuenten sólo hasta que sus vetas se hayan agotado.

La sabiduría en la lectura
N. 87. Martes, 15 de enero de 1751
Invidus, iracundus, iners, vinosus, amator,
Nemo adeo ferus est, ut non mitescere possit,
Si modo culturae patientem commodet aurem.

HORACIO[63]

Harto sabido es que pocas cosas hay tan generosamente compartidas —y, dicho sea

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de paso, despilfarradas inútilmente— como los buenos consejos. Abundan las
sesudas explicaciones que dan cuenta de este motivo de aflicción tanto como los
remedios a este mal, y qué duda cabe que sea tal un noble empeño, siendo así que la
felicidad del hombre sería completa si se aviniera a hacer lo correcto cuando se lo
aconsejan.
El desprecio enfermizo a los más sanos preceptos y la obstinada renuencia a los
argumentos más persuasivos son atribuidos generalmente a quien recibe buenos
consejos, y en estos casos suele decirse que es señal indefectible de perversión
cuando, a pesar de haberlos recibido, la conducta no se enmienda.
Por otro lado, se creen más astutos y agudos quienes atribuyen la ineficacia de los
consejos precisamente al que los da, y por ello se han formulado normas para
garantizar que este importante deber pueda cumplirse exitosamente. Así, se nos
instruye sobre las circunstancias más idóneas para que el corazón se abra a la verdad
y la razón y se nos dice qué debemos hacer para administrar o de qué manera
disimular «el remedio catártico para el alma[64]». Y sin embargo, a pesar de tan
sofisticadas fórmulas, el mundo sigue igual que siempre: se siguen dando y
recibiendo consejos con pareja aversión, y por lo visto esta medicina no ha perdido
nada de su amargor ni las diferentes fórmulas magistrales utilizadas en su preparación
han conseguido hacerla más eficaz.
Basta con ver cómo actúan quienes se arrogan la tarea de dirigir la conducta ajena
para comprender por qué, por más que pongan todo su entusiasmo y cuidado en ello,
suelen fracasar en su empeño. ¿En qué consisten exactamente sus consejos? En un
puñado de máximas generales, enfáticamente impuestas o inculcadas
inoportunamente, condenadas a fracasar por carecer de referencias prácticas y
aplicación inmediata.
No abundan los hombres que conozcan a otros tan a fondo como para que sus
lecciones sean de alguna utilidad. Si ni siquiera somos siempre conscientes de las
razones que realmente motivan nuestras acciones, y cuando sí lo somos, lo primero
que procuramos hacer es ocultarlas, sobre todo para que no puedan ser descubiertas
por aquellos que, por ejercer más poder o ser más sagaces, pudieran inmiscuirse en
nuestras vidas. Por ello es más que probable que quien se empeñe en curar las
dolencias de nuestro entendimiento las atribuya a causas erróneas y sus recetas
resulten inútiles, ya que desconoce cuál de nuestras pasiones o deseos está enfermo.
Como siempre revisten apariencia de superioridad, incluso cuando son necesarios
o sensatos, los consejos rara vez implican generosidad, y por esta razón nadie se
resiste a la tentación de aconsejar al prójimo. El ejercicio de la sabiduría y la virtud es
el modo más arduo de conquistar dignidad y renombre; por el contrario, cuando el
ascenso a una mayor dignidad sólo depende de la capacidad para detectar en otros
errores y disparates, no hay quien se resista al llamado de la fama y se conforme con
un segundo plano.
Τentanda via est, qua me quoque possim

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Tollere humo, victorque virum volitare per ora[65].

La vanidad es tan a menudo el motor de los consejos, que casi siempre nuestra
primera reacción es rechazarlos, sin siquiera preguntarnos si son acertados o no.
Basta con sospechar que nuestro consejero se crece a expensas nuestras y nos impone
su autoridad sin nuestro permiso para que muchos prefieran sufrir las consecuencias
de sus propios errores, antes que la insolencia de su probable salvador.
Rara vez, en verdad, saben los hombres disfrutar de sus privilegios con la
moderación que la incertidumbre de la fortuna tan a las claras recomienda. Y es por
eso mismo que no está nunca de más precaverse de las actitudes arrogantes o
despectivas a la hora de dar consejos, no vaya a ser que haya que lamentar después el
rechazo con el que fueron recibidos. No está de más, en efecto, pero quien quiera
darlos haría mal en deducir de ello que en todos los casos mejor haría en abstenerse,
por la sencilla razón de que es muy difícil saber si las buenas palabras dichas con la
mayor humildad bastarán para prevenir el rencor. Y es que en casi todos los casos, ni
la más extremada prudencia puede impedir o evitar el malestar y la furia que en los
perezosos, los incapaces y los inútiles es capaz de desatar el consejo dado por
personas superiores y más competentes. Basta con elogiar la modestia para que ésta
se convierta en blanco de envidias, y hay seres que tan fácilmente desprecian la
inferioridad de sus congéneres que su gratitud más bien parece una forma de
venganza, y que cuando devuelven un favor recibido lo hacen no porque siempre
recompensar sea un placer, sino porque no soportan quedar en deuda.
Quienes llegan a estos extremos de indignidad moral posiblemente no sean
legión, pero hay que saber que también escasean los que, libres de toda vanidad, no
dan muestras de estar encantados con su propia magnanimidad cuando dictan sus
reglas a quienes acceden a oírlos, como tampoco abundan los discípulos que, a pesar
de sentirse encantados de recibir las instrucciones que les son prodigadas con cariño y
delicadeza o deseosos de emanciparse de su pupilaje, se resistan a discutir los
consejos del maestro.
Si no me equivoco, creo que era Alfonso de Aragón quien tenía por máxima que
«los mejores consejeros son los muertos[66]». La tumba acaba con lisonjas y engaños,
y las enseñanzas que transmiten los libros están libres de intereses, temores o
ambiciones. Por lo mismo, los muertos son los mejores maestros, y sus enseñanzas
son recibidas con veneración y paciencia. Estamos bien dispuestos a conceder más
sabiduría de la que tenemos a quien nos beneficia con su ciencia, a condición de que
no sea un rival o adversario peligroso, y al que nos ilumine con su experiencia,
siempre que su luz no dañe nuestras pupilas con su brillo insolente.
Leer un libro, esté muerto o vivo su autor, nos evita la irritabilidad y hostilidad
que puede despertar en nosotros una simple charla. El autor no está en condiciones de
imponer consejos no solicitados, y por lo general no se le supone la maligna intención
de ofender a sus lectores con su ciencia o su ingenio. Y sin embargo, tan arraigado
está el hábito de compararnos con quien se ponga al alcance de nuestras pasiones que

[Link] - Página 65
casi nunca somos imparciales ante un libro, a menos que su autor nos sea tan ajeno
que el hecho de que esté vivo o muerto nos resulte indiferente. Obviamente, son
muchos los libros que leemos, y detenidamente además, casi sin que surtan ningún
efecto, y somos capaces de aprender minuciosamente de memoria máximas de
cautela sin que surtan el menor efecto en nuestra conducta. De la masa de lectores
que se pasa la vida hojeando libros, muy pocos son los que leen para ser más sabios o
mejores, que busquen en ellos motivos para enmendarse o quieran ajustar su conducta
a los axiomas de justicia que contienen. Más bien leen porque esperan pasar unas
cuantas horas cuando no se les ocurre nada mejor que hacer, porque aspiran a
granjearse o conservar el respeto que siempre se ha tributado al conocimiento, o
simplemente para satisfacer su curiosidad con datos que, como si fueran tesoros
enterrados y olvidados, no son de ninguna utilidad ni para ellos ni para nadie más.
«Hay sacerdotes dice un autor francés capaces de pasarse una hora entera
explicando e instando a seguir un determinado precepto de su religión, y que, sin
embargo, se muestran insensibles a sus propias palabras, porque lo único que los
mueve es la obligación de llenar esa hora de su tiempo[67]». Asimismo, hay
estudiantes que fácilmente pasan toda su vida comparando a teólogos y moralistas,
sin que les importe lo más mínimo la moral o la religión; puede que aprendan a
razonar, pero no a vivir, atentos únicamente a la elegancia de un estilo, la precisión de
un argumento o la corrección de un método. Incluso pueden llegar a ser capaces de
debatir razonadamente y discurrir con sutileza, mientras la finalidad última de los
libros que han estudiado permanece intacta, su mente inalterable y su vida sin
enmienda. Pero por más veces que la verdad y la virtud sucumban ante el orgullo, la
terquedad o la insensatez, ello no nos autoriza a descuidarlas. Quien se sabe dueño de
armas nunca antes empleadas puede agitarlas para conquistar los corazones que no
han cedido ante otros expedientes. Todo hombre genial conoce maneras de llamar la
atención que le son propias y que, aplicadas honestamente, pueden beneficiar a la
humanidad. Los argumentos a favor de una vida sana no surten el efecto deseable, no
porque sean analizados y refutados, sino porque son descuidados sin más. Al que
sostenía Tulio —a saber, que si el semblante de la Virtud pudiera verse, enamoraría a
todos[68]—, cabría añadir este otro: que si la Verdad pudiera hablar, todos la
acatarían.

Sobre el predominio de los libros

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N. 106. Sábado, 23 de marzo de 1751
Opinionum commenta delet dies, naturaejudicia confirmat.

CICERÓN[69]

Para que surta efecto el halago, es necesario que se ajuste a precisas circunstancias y
personalidades y alcance ese lugar del corazón donde las pasiones son más receptivas
a sus efectos. Rara vez atiende una dama elogios a otra cosa que su belleza; el
comerciante siempre aspira a que se alaben la influencia que ejerce en los bancos, la
importancia de su negocio en el mercado, la solidez de su crédito y el alcance de sus
operaciones. Asimismo, los escritores no se darán por satisfechos si no se añade
alguna que otra queja sobre el abandono de la enseñanza, la ojeriza contra los genios
y el lento reconocimiento del mérito, o bien el ocasional elogio de la magnanimidad
de la que hacen gala quienes reciben pobreza y desprecio a cambio de su entrega a la
causa del saber y han de fiar la recompensa de sus esfuerzos al agradecido juicio de la
posteridad.
Augurarse mutuamente imperecederos laureles y reputación inmortal es el
convenido intercambio de cortesías entre escritores amigos. Aunque levantar
«monumentos más duraderos que el bronce y más altos que las pirámides[70]». ha
sido desde siempre el alarde más frecuente de la literatura, lo cierto es que la mayoría
de los incontables arquitectos que se erigen columnas en su propio nombre están
condenados, bien por faltarles materiales duraderos o por no saber trabajarlos, a ver
cómo sus construcciones se vienen abajo antes de haberlas completado, y aquellas
que ocasionalmente despiertan la curiosidad, por lo general reposan sobre bases tan
endebles que acaban hundiéndose en las arenas del tiempo.
Si algún lugar hay que ofrezca la más llamativa prueba de la vanidad de las
esperanzas humanas, no puede ser otro que una biblioteca pública. Sus paredes
enteramente tapizadas de gruesos volúmenes, fruto de laboriosas meditaciones y
minuciosas investigaciones, hoy reflejadas únicamente en los catálogos y
conservadas sólo para ornato del pomposo saber, ¿quién sabría contemplarlos sin
pensar en las horas perdidas en empeños vanos, en fantasías de postrer
reconocimiento, en innumerables estatuas que sólo admiró el ojo de la vanidad, en
pasiones laudatorias de seguidores y regocijo por la eterna desgracia de los
adversarios? ¿A quién no le evocará el regodeo del dogmatismo en el creciente
avance de su autoridad, sus inmutables principios y poder perpetuo?
Non unquam dedit
Documenta fors majora, quàm fragili loco
Starent supervi[71].

De los incontables autores cuyos logros se conservan en tan soberbia oscuridad, la


mayoría han sido olvidados porque nunca merecieron ser recordados, y los honores
que alguna vez recibieron fueron debidos no a su buen juicio o su genio, ni a su buen

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hacer o su arte, sino a la tendenciosidad de tal o cual facción, la astucia de intrigantes
o el servilismo de aduladores.
Abundan los personajes cuyas obras son hoy perfectamente desconocidas y que,
sin embargo, fueron adulados por sus contemporáneos, quienes vieron en ellos
auténticos oráculos de su época y legisladores de su ciencia. Nada más natural que
despierten curiosidad en nosotros, pero cuando al fin conseguimos hacernos con uno
de sus libros, casi nunca su lectura nos recompensa por nuestra laboriosa búsqueda.
Todas las épocas han producido esas burbujas de fama postiza, que el soplo de la
moda levanta brevemente, mas no tardan en estallar y desvanecerse. Los sabios
deploran la pérdida de autores antiguos cuyo renombre ha sobrevivido pero no sus
obras, y sin embargo es inevitable sospechar que, si las halláramos, tal vez
descubriríamos en ellas el equivalente de los Granville, Montagu, Stepney o
Sheffield[72] de su época y nos preguntaríamos qué capricho del azar fue responsable
de su popularidad.
Por otra parte, tampoco es posible desconocer que muchos autores que sería
injusto mezclar con tan despreciable masa han sido olvidados. Los diferentes tipos de
celebridad literaria dependen de la manera de proyectarse la reputación de sus autores
en el tiempo. Hay autores que florecen exuberantemente en muy poco tiempo y que
con la misma rapidez se marchitan y mueren, mientras que otros maduran más
lentamente, pero son asimismo más duraderos. En el Parnaso hay flores de pasajera
fragancia, y asimismo robles de vertiginoso porte y laureles eternamente verdes.
Entre los escritores cuya reputación no sobrevivió a su pasajera exuberancia se
hallan los que han sabido sacar provecho de asuntos y tendencias que agitan las
pasiones del momento y atraen la atención de todos. No es difícil tener lectores
cuando se debaten temas que todos quieren elucidar y que están en plaza pública al
punto de dividir las naciones en facciones, o cuando se afea la conducta o ensalza las
virtudes de quienes han conseguido, por su notoriedad pública, hacer de todos amigos
o enemigos. Las obras de este tipo circulan fácilmente, movidas por el viento del
interés o la vanidad, porque dan al opositor materia de reflexión, al fanático alimento
para sus obsesiones y a cualquiera la posibilidad de enterarse de los temas que todos
debaten tan violenta y variadamente.
No es fácil hacerse una idea de la infinidad de intereses que concurren en la
difusión de las polémicas ni de las ingentes masas que se suponen interesadas por las
sátiras o panegíricos de autores eminentes. Quien alguna vez los haya traído a
colación, bien para denostarlos o ensalzarlos, o el que haya manifestado afición o
desapego por sus seguidores, sabe que para ver confirmadas sus opiniones o
defendida su postura, lo único que ha de hacer es hojear cualquier periódico que
pueda suponer animado por sus mismos intereses. Así como cualquier objeto, por
pequeño que sea, si es acercado a los ojos del observador, atrae toda la luz ambiente,
del mismo modo cualquier discusión, por trivial que sea, adquiere importancia con
sólo ser llevada a ocupar el centro de nuestra atención. Quien hoy eche una ojeada a

[Link] - Página 68
los panfletos políticos de cualquier gobierno del pasado no podrá sino maravillarse de
que tuvieran tantos lectores y fueran objeto de tan vehementes elogios. Muchos de los
sucesos que fueron capaces de encender pasiones y sembrar la confusión en el reino,
hoy apenas llaman la atención del crítico distante, y asimismo no ha de pasar mucho
tiempo antes que las palabras de nuestros más conspicuos escribidores reciban el
mismo tratamiento despreciativo. Con el mismo impulso con que los expertos en
temas pasajeros son encumbrados por encima de sus méritos, posteriormente son
rebajados en consecuencia, y ni la más elegante o brillante prosa ni las más hábiles
sutilezas del razonamiento pueden aspirar a ganar la admiración de unos lectores a los
que ha dejado de mover la curiosidad o el orgullo.
De hecho, el destino de los polemistas, aun de los que sostienen verdades
filosóficas o teológicas, es la oscuridad o el desprecio. Bien porque la materia
debatida entre tanto haya sido resuelta y no dé lugar a más dudas y argumentos, o
porque la humanidad haya perdido la esperanza de comprenderla y, harta de
controversias, se conforme con su plácida ignorancia y no quiera verse arrastrada a
fatigosas contiendas de las que no podrá derivar discernimiento ni luces. Los
responsables de nuevos descubrimientos ciertamente pueden aspirar a formar parte
del cenáculo de autores cuyas obras serán respetadas y admiradas. Y no obstante, a
menudo sucede que la difusión de una doctrina tenga más impacto que los libros que
la contienen. Cuando un principio ha sido universalmente recibido y es considerado
incontrovertible, rara vez nos detenemos a indagar en los argumentos que por primera
vez permitieron establecerlo, y aún más raro es que seamos capaces de someternos a
las tediosas deducciones y recorrer las multiplicidad de datos que su autor hubo de
compilar para superar el escollo de los prejuicios y subsanar la fragilidad de su
novedosa idea ante los embates de la terca envidia. No es necesario decir lo mucho
que nuestras ideas filosóficas deben al descubrimiento por Boyle de las cualidades
del aire[73], pero es obvio que la mayoría de quienes hoy siguen sus teorías o
profundizan en ellas no han estudiado detalladamente todos y cada uno de sus
experimentos. El nombre de Boyle, qué duda cabe, es venerado, y sin embargo sus
obras son desatendidas. Nos conformamos con saber que triunfó ante sus opositores,
sin que nos importen los argumentos que fueron esgrimidos en su contra ni las
pruebas que permitieron refutarlos.
Algunos autores se dedican al estudio de materias ilimitadas e inagotables, como
el conocimiento experimental y la filosofía natural. Sus obras quedan enterradas en
las sucesivas compilaciones de estas disciplinas, a medida que se producen nuevos
avances y las anteriores observaciones se vuelven familiares. Otros, los que dedican
toda su vida a analizar el lenguaje o explicar antigüedades, sólo dan pasto a
lexicógrafos y comentaristas en sus propias obras, y a su vez éstas son arrastradas por
las de posteriores compiladores, que, como antes hicieron ellos, también destruyen la
memoria de sus predecesores con sus amplificaciones, transposiciones y síntesis.
Todo nuevo sistema de la naturaleza da lugar a una multitud de exégetas, cuya

[Link] - Página 69
función consiste en explicarlo e ilustrarlo, y que no pueden aspirar a sobrevivir más
tiempo que el que dure la reputación del fundador de su secta.
La verdad es que escasean las obras con las que un autor, por más erudito o
brillante que sea, puede aspirar a asentar duraderamente su fama. El estudioso de la
naturaleza humana capaz de describirla correctamente tiene, sin embargo, más
razones que otros de nutrir tal ambición. De las muchas razones por las que merecía
aspirar a la fama póstuma, Bacon parece haberse conformado con las que le
brindaron sus ensayos, «que llegan directamente al corazón y los asuntos de los
hombres», razón por la cual, como él mismo reconocía, se permitió suponer que
«vivirán mientras haya lectores[74]». Con todo, cabe pensar que las mentes honestas y
benévolas, aunque su notoriedad no alcance cotas comparables, se conformarán con
saber que han sido útiles, e incluso que quien aspira a más altas recompensas no
permitirá que la ansiosa búsqueda de la notoriedad le haga desatender los deberes que
la Providencia le haya asignado.

Sobre la pena capital


N. 114. Sábado, 20 de abril de 175
Audi,
Nulla unquam de morte hominis cunctatio longa est

JUVENAL[75]

El poder y el rango halagan y deleitan tanto que, a pesar de las tentaciones que
conllevan y los peligros a los que exponen, no hay casi virtud, por precavida que sea,
o prudencia, por mucho que desconfíe, que se permita rechazarlos. Incluso los
hombres más respetuosos de la legalidad prefieren que se piense que su conducta está
dictada, no por el temor, sino por su propia voluntad, y aparentan sumisión más que
obediencia a las leyes. Nos complacemos en ignorar las fronteras que no podemos
cruzar, y como observaba el satírico romano, quien no tiene poder para acabar con la
vida de otros, sin embargo se alegra de tenerla en sus manos[76].
El mismo principio, que con el tiempo degenera y se corrompe, preside el deseo
de investir a la autoridad legítima con el atributo del terror y la capacidad de gobernar
por la fuerza en vez de la persuasión. Y como el orgullo se resiste a aceptar otras
razones que las que dicta la propia voluntad, por ello mismo es capaz de imponer las

[Link] - Página 70
medidas más sensatas recurriendo a violencias y sanciones, antes que rebajar la
dignidad del mando a debates y razonamientos.
No parece exagerado sospechar que semejantes muestras de arrogancia política
hayan podido ocasionalmente infiltrarse en las asambleas legislativas y mezclarse con
debates sobre la propiedad y la vida. Una rápida ojeada a las leyes que instauran
medidas de justicia vengativas y coercitivas permite descubrir tal cúmulo de
desproporciones entre crímenes y castigos, tan caprichosos distingos en las
definiciones de las culpas y tanta confusión entre negligencia y severidad, que cuesta
creer que estos documentos sean el reflejo de una sabiduría oficial que aspira sincera
y sosegadamente a establecer el bienestar público.
El sabio, juicioso y piadoso Boerhaave[77] decía que no era capaz de ver a un
criminal conducido al cadalso sin preguntarse: «¿Quién puede decir que ese hombre
no es menos culpable que yo?». La próxima vez que las cárceles de esta ciudad
vacíen su contenido en el cementerio, que quienes asistan al espectáculo de tan
horrenda procesión se hagan la misma pregunta con el corazón en la mano. Bien
pocos de los que asisten en masa a estas masacres legales y se asoman con
indiferencia, o tal vez con júbilo, a la más profunda sima de la miseria humana que
revelan serían después capaces de repetir la experiencia sin sentirse horrorizados y
abatidos. Y es que, ¿quién puede jactarse de no haber cometido nunca actos no más
perjudiciales para la paz y prosperidad de todos que el robo de una simple moneda?
Cuando una determinada forma de latrocinio se extiende hasta convertirse en la
regla, se ha buscado siempre suprimirla mediante la adopción de penas capitales.
Pero el resultado es que si se logra eliminar a los malhechores por una generación,
sus sucesores aprenden la lección y conciben nuevas fórmulas de delinquir. El arte de
robar se dota así de una mayor variedad de añagazas y se refina con la adquisición de
más sutiles destrezas y métodos más solapados de ejecución. La justicia vuelve
entonces a perseguir los nuevos crímenes con más saña y a combatirlos con la
muerte. Esta tendencia conduce a la multiplicación de las penas capitales, hasta
conseguir que crímenes muy dispares en importancia sean por igual sometidos al
castigo más severo que los hombres son capaces de imponer a sus congéneres.
El legislador sin duda está autorizado a valorar el grado de malignidad de los
delitos, no sólo atendiendo a las pérdidas o el dolor que cada uno de ellos pueda
infligir, sino también a la alarma y preocupación pública que desata el temor al
crimen y a la pérdida de bienes. En este sentido, no hace otra cosa que ejercer el
derecho que toda sociedad se supone capacitada para ejercer sobre la vida de sus
miembros, no sólo a la hora de castigar cualquier transgresión, sino para mantener el
orden y preservar la paz. Las leyes que aplica con más dureza son las más expuestas a
ser violadas, del mismo modo que el comandante de una guarnición redobla las
guardias en los flancos más expuestos al enemigo.
Este método se aplica desde hace mucho tiempo, pero con tan poco éxito que los
saqueos y las violencias van en aumento. Sin embargo, pocos parecen dispuestos a

[Link] - Página 71
reconocer su ineficacia. Antes bien, entre quienes se dedican a especular sobre el
actual estado de corrupción del pueblo, hay quienes proponen la adopción de castigos
aún más horribles, permanentes y desmesurados; otros prefieren que se acorte el
plazo de las ejecuciones; los terceros, que los indultos sean más difíciles de otorgar. Y
en general, todos parecen pensar que la lenidad ha dado alas a la maldad y que sólo
podremos librarnos de la amenaza de los ladrones aplicándoles el rigor más inflexible
y la justicia más sanguinaria.
No obstante, y puesto que el derecho de asignar a la vida un valor incierto y
arbitrario ha sido puesto en tela de juicio, y dado que la experiencia de otras épocas
nos deja pocas razones para esperar que el crimen pueda reformarse gracias a las
periódicas hecatombes de nuestros semejantes, tal vez no sea baladí estudiar las
consecuencias que pudieran derivarse de un relajamiento de las leyes y una más
racional y equilibrada adaptación de las penas a los delitos.
La muerte, como observaba un autor antiguo, es «de las cosas más horrendas, la
más horrenda[78]»: un mal de tal índole, que nadie en el mundo puede amenazar con
superarlo, y más allá del cual nadie puede temer asechanza alguna de sus enemigos o
adversarios. El terror de la muerte, por tanto, las autoridades han de reservárselo
como último expediente, por ser la más áspera y eficaz de las sanciones, y ponerlo a
custodiar el tesoro de la vida como advertencia de que lo hurtado, en este caso, jamás
podrá ser restituido. Pero igualar el robo y el homicidio equivale a rebajar el
homicidio a robo, sembrar en las mentes vulgares la confusión entre grados de
iniquidad, e incitar a cometer un crimen más grande para prevenir el castigo de otro
mucho menor. Si sólo el asesinato mereciera ser castigado con la muerte, muchos
ladrones sin duda dejarían de mancharse de sangre las manos; pero si resulta que no
se exponen a ningún otro peligro por este acto de crueldad y aun pueden aspirar a
cierto grado de impunidad, ¿cómo disuadirlos?
Podrá aducirse que las sentencias generalmente son rebajadas a simple hurto, pero
con ello se está confesando que tenemos leyes, al parecer, insensatas. De hecho,
cualquiera puede advertir que, salvo los asesinos, todos los criminales pueden
prevalerse, llegada la hora, de contar con la venia del género humano.
El convencimiento de que el castigo no se corresponde al delito explica las
frecuentes peticiones de indulto. A quienes más favorables se muestran al castigo del
robo les escandaliza, sin embargo, que el ladrón pueda ser ajusticiado. Comparado
con su tormento, el crimen parece baladí, y el ejercicio de la piedad arruina en este
caso la voluntad de castigo.
La horca, en efecto, es un efectivo antídoto contra la propagación del crimen por
el ajusticiado; pero su muerte no parece que contribuya a corregir la conducta de sus
colegas más efectivamente que cualquier otro método de aislamiento. El ladrón no
dedica mucho tiempo que digamos a aprender de pasadas experiencias o prevenirlas,
más bien se apresura a pasar del robo a la insurrección; y cuando la tumba ha
engullido a su cómplice, su primera preocupación es buscarse otro.

[Link] - Página 72
La frecuencia con la que se aplica la pena capital, por tanto, rara vez previene la
comisión de delitos; en cambio, por lo general contribuye, como es de suponer, a
impedir que sean detectados. Es principalmente esta razón, y en aplicación del sano
principio de prudencia, la que debiera dictarnos la conveniencia de evitarla. Ya
pueden argumentar en contra casuistas y políticos, lo cierto es que la mayoría de los
seres humanos, incapaces como son de comprender que robar lo ajeno y hundir un
puñal en el pecho son dos actividades igualmente criminales, difícilmente podrán
aceptar que malhechores tan diferentemente culpables sean justamente merecedores
del mismo castigo. Por no decir nada del hecho de que la imperiosa necesidad de
someter las conciencias a leyes humanas tan claramente manifiestas y expuestas y
generalmente aceptadas jamás podrá evitar que las almas piadosas, sensibles y justas
vacilen a la hora de sumarse a la colectividad para aprobar acciones que su
conciencia íntima reprueba.
Quien ignore que las leyes más severas por lo general conducen a la más
completa impunidad, quien no sepa que innumerables son los crímenes ocultados y
olvidados para evitar que los infractores caigan en ese estado en el que de nada sirve
el arrepentimiento, no puede decirse que conozca la naturaleza humana. Y si quienes
fácilmente confunden crueldad y firmeza prefieren tachar esta postura compasiva y
censurarla y despreciarla, sólo diré que no imagino un solo hombre de bien que no
prefiriera atenuarla o reducir su alcance.
Si los condenados a muerte por la sabiduría de nuestras leyes hubiesen sido
descubiertos cuando apenas comenzaban a ejercer los rudimentos del latrocinio, les
habría sido posible, gracias a la aplicación de sanciones adecuadas y la ejecución de
trabajos de utilidad, desembarazarse de sus malos hábitos, evitar la tentación de
nuevos crímenes y pasar el resto de sus días enmendándose y haciendo penitencia. Y
lo cierto es que les sería perfectamente posible reparar sus errores a tiempo, para lo
cual tan sólo hubiese bastado con que los agentes de la justicia admitieran esa
posibilidad. No creo estar muy errado al decir que cualquier ladrón podría confesar
que más de una vez ha sido arrestado y su caso desestimado, y que si se atrevió
alguna vez a cometer algún crimen capital, fue porque sabía que sus víctimas
preferirían con mucho hacer la vista gorda que ofuscarse con la horrenda perspectiva
de la muerte.
Cierto es que toda ley que persiga la maldad será inútil si no va acompañada de la
obligación de instruir y el deber de procesar, pero no lo es menos que mientras no
atenuemos las sanciones que castigan las simples violaciones de la propiedad, toda
instrucción resultará odiosa y cualquier acción procesal infundirá terror. El corazón
del hombre justo retrocede espantado ante la idea de castigar una falta leve con la
muerte, sobre todo cuando tiene presente que el delincuente hubiese podido librarse
fácilmente del castigo con sólo incurrir en alguna otra falta, que sólo un resto de
virtud le ha impedido cometer.
El deber de asistir a la justicia en su ejercicio no puede contemplar excepciones,

[Link] - Página 73
pero existe un deber aún más perentorio: el de proteger la vida. Rara vez es
denunciado el castigo excesivamente severo y contrario a nuestros ideales de justa
retribución. Impotentes vemos cómo multitudes cometen crimen tras crimen hasta
merecer la muerte, y sin embargo sabemos que si hubiesen sido arrestados y
condenados mucho antes, la muerte les habría sido impuesta antes de merecerla.
La idea de que la justicia puede fortalecerse a punta de absoluciones y la maldad
ser extirpada mostrándose indulgente con ella está tan alejada de la realidad, que
lógicamente habría dudado en ventilarla ante el público si sólo pudiera sustentarla en
mis propias observaciones. Pero como el autor de tal idea no es otro que Sir Thomas
More[79], me he permitido exponerla e ilustrarla con la seriedad que la prudencia, la
justicia y la misericordia siempre me han parecido merecer.

La necesidad de iniciativa
N. 129. Martes, 11 de junio de 1751
Audi,
Nunc o nunc, Daedale, dixit
Materiam, qua sis ingeniosos, habes.
Possidet et terras, et possidet aequora Minos:
Nec tellus nostrae, nec patet onda fugae.
Restat iter caelio: coelo temptabimus ire.
Da veniam coepto, Iupiter alte, meo.

OVIDIO[80]

Los moralistas, al igual que otros escritores, en lugar de fijarse en el mundo viviente,
y esforzarse en dar forma a máximas prácticas y nuevos hallazgos teóricos, satisfacen
su curiosidad con esa clase de conocimiento secundario que proporcionan los libros;
y creen oportuno respetar mediante nuevas fórmulas los sistemas tradicionales, o bien
dar una nueva visión a los principios ya establecidos. Los sabios preceptos de los
primeros instructores del mundo se han transmitido a través del tiempo con pocas
variaciones, repitiéndose siempre de un autor a otro y perdiendo en el camino parte
de su fuerza y energía originales.
Ignoro si existe otra razón que no sea la pereza que sostiene este tipo de imitación
a la que pueda atribuirse esta visión parcial tan uniforme y constante que ha
permitido evitar la censura de ciertos vicios, y la necesidad de recomendar

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determinadas virtudes. Tampoco he logrado descubrir por qué tan sólo se nos ha
precavido del peligro que entrañan para nosotros ciertos enemigos, mientras que otros
nos han estado dañando sin que lo sepamos; por último tampoco sé por qué tenemos
muy bien protegida una parte de nuestro corazón, mientras que tenemos otra que
permanece abierta de par en par a las incursiones del error y a las artimañas del vicio.
Entre los temas favoritos de los preceptos morales, son numerosos los descalabros
a los que nos conduce una temeridad imprudente, y la locura de intentar empresas que
están más allá de nuestras fuerzas. Todos los libros de los filósofos están plagados de
ejemplos de una temeridad que solamente sirvió para hundir bajo su peso a quienes la
intentaron y para atraer a un enemigo que la destruyó por completo.
Los comentarios que se hacen a este respecto resultan demasiado apropiados para
poder discutirse y demasiado benéficos para que puedan ser rechazados; pero de igual
modo existe cierto peligro en la inculcación de una prudencia timorata que llega a
reprimir toda muestra de valentía, dejando a la mente anquilosada en una inactividad
perenne a causa de la influencia de esta sabiduría congelada.
Todo ser humano debe sopesar cuidadosamente sus fuerzas a la hora de iniciar
una empresa; porque no debiéramos limitarnos a vivir exclusivamente para lograr
nuestro propio bien, ni evitar todo peligro o dificultad por los riesgos y daños que
pueda causarnos. Por el contrario, se nos pide que no nos apartemos de las vicisitudes
que nos presente la vida, por considerarlas inapropiadas y peligrosas, y que haciendo
un adecuado uso de nuestras capacidades podamos ser más útiles a los demás.
Existe un desprecio irracional del peligro que nos acerca en ocasiones a lo que se
considera la locura, cuando no a la culpa, del suicidio; hay una serie de
planteamientos ridículos y contumaces que se ven castigados con el marchamo de la
ignominia y del reproche. Pero en las vastas regiones de la probabilidad, que
constituyen el auténtico ámbito de la prudencia y de la elección, siempre existe lugar
para desviarse hacia los dos lados de la rectitud sin que ello implique un aparente
absurdo. Y de acuerdo con las inclinaciones de la naturaleza, o con la impronta de los
preceptos, tanto el individuo osado como el cauteloso pueden moverse en diferentes
direcciones sin que, en ningún caso, se lancen bien sea a la temeridad o a la cobardía.
Es de todos conocido que existe un camino intermedio, que todo hombre tiene el
deber de encontrar y de seguir; pero asimismo es sabido que esta senda intermedia es
tan estrecha que no resulta fácil descubrirla, y tan poco transitada que no han quedado
señales que marquen su tránsito y faciliten su andadura. Por tal motivo, los que sirven
de guía y conducen a otros por esa senda se preocupan de que no se desvíen del
camino y marchen siempre por la senda de la seguridad.
Tampoco cabe la menor duda de que la temeridad ha sido siempre motivo de
censura, puesto que al constituir uno de los vicios que pocos cometen, muchos son
los que están dispuestos a condenarla. En el fondo es el vicio de las mentes nobles y
generosas, la exuberancia de la magnanimidad y la ebullición del genio. Por
consiguiente, no se la ve con muy buenos ojos ya que nunca nos halaga con la

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apariencia de la blandura y de la estupidez, características comúnmente necesarias
para conciliar la compasión. Pero si se aplicase la misma atención a la búsqueda de
argumentos contra la locura de presuponer imposibilidades y anticipar frustraciones
no sé si serían muchos los que no habrían preconizado su utilidad; y que tras
enseñarles a confundir la prudencia con la timidez jamás se aventuraran a superarla, a
menos que cayeran en un desafortunado error.
Es necesario saber distinguir entre nuestro propio interés y el de los demás, y que
tal distinción nos sirva para establecer los justos límites de la precaución y de un
posible afán de aventuras. En una empresa que involucra la felicidad, o la seguridad
de muchos, no tenemos derecho a poner en peligro más de lo que está permitido a
aquellos que participan en el peligro; pero cuando solamente somos nosotros los que
correremos con el posible contratiempo, no hemos de ceñirnos a límites tan
mezquinos. Y todavía es menor el reproche que se puede hacer a la temeridad,
cuando son muchos los que pueden beneficiarse por el éxito de la empresa y tan sólo
hay uno que se sienta molesto por su fracaso.
A los seres humanos les complace oír preceptos que les resultan fáciles de
cumplir. Y no nos recatamos en confesar que, dado que no suele producirse
resentimiento alguno ante las manifestaciones de la humana locura, incluso aquellos
que se muestran más celosos de su reputación ignoran su propia debilidad y, por
consiguiente, presumen con frecuencia de intentar lo que jamás podrán cumplir. Pero,
de igual modo, sería conveniente recordar que el hombre no debe ignorar sus
capacidades, y que tal vez pueda llevar a cabo mil empresas que sólo los prejuicios
que entraña la cobardía pueden impedirle acometer.
Podemos leer en los dorados versos de Pitágoras que «el poder jamás está lejos de
la necesidad[81]». La fortaleza de la mente humana no tarda en aparecer cuando ya no
hay lugar para la duda y la incertidumbre, o bien cuando la falta de confianza en uno
mismo se ve contrarrestada por un sentimiento de valentía, o tal vez se supera por una
pasión irresistible. No tardamos en descubrir entonces que esa dificultad es, para la
mayoría de los humanos, la hija dilecta de la ociosidad; que los obstáculos que
creemos encontrar en nuestro camino no son más que meros fantasmas a los que
consideramos reales porque no nos atrevemos a mirarlos cara a cara. Es entonces
cuando aprendemos que es imprescindible la experiencia para saber valorar la
resistencia de la verdadera constancia, o los logros de la auténtica perseverancia.
Pero sea cual fuere el placer que se pueda hallar cuando el saber o el valor logran
profundizar en la aflicción, pocos son aquellos que se convencen de que, ya sea por la
vía de la necesidad o por la del miedo, poseen una auténtica capacidad para la acción.
Así pues, debemos fortalecer nuestros valores mediante el ejercicio de la razón y de
la reflexión, y estar dispuestos a ejercitar esa fortaleza interior antes de que las
situaciones externas nos pongan a prueba y llegue el momento en que puedan
atormentar nuestra diligencia. Por eso debe ser la propia dignidad del ser humano la
que aporte la fuerza necesaria para actuar cuando llega el momento de la elección

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decisiva, sin que existan otras motivaciones para ello más que el sincero deseo de
cumplir con las obligaciones que tenemos contraídas.
Aquel que no pueda imaginarse otra vida que no sea la que está dominada por una
naturaleza ignorante, desnuda e indisciplinada, no logrará alejar de sí los
pensamientos que llevan indefectiblemente a la desesperación. Y se considerará
imposible intentar cuanto ofrezcan otros valores, y sólo vivirán los que se muestren
más atrevidos, arriesgándose a sufrir la crítica del prejuicio y de la censura. No existe
razón alguna para dudar de que todo trabajo recibirá su justa recompensa. En la
Naturaleza existen cualidades que todavía no han sido descubiertas, y posibilidades
de la ciencia y de las artes que aún no han sido intentadas. Todo ser humano tiene la
obligación y el deber de esforzarse para contribuir con su trabajo al bienestar y al
conocimiento de las futuras generaciones. Tal vez sean pocos los que puedan aportar
grandes logros, pero el hecho de hacer algo, por poco que sea, es cosa que todos
podemos hacer. Y no olvidemos que todo esfuerzo sincero, aunque no logre alcanzar
el éxito perseguido, tendrá finalmente su recompensa.

La necesidad de ampliar los conocimientos


N. 137. Martes, 9 de julio de 1751
Dum vitant stulti vitia, in contraria currunt.

HORACIO[82]

Frecuentemente se ha podido observar el sorprendente efecto que produce la


ignorancia. Es la consecuencia trastornadora que en un principio produce en la mente
un efecto inesperado que se va desvaneciendo a medida que se deshacen también sus
complicaciones y se investigan adecuadamente sus causas. La sorpresa, o el asombro,
no es más que una especie de pausa en el proceso del raciocinio; una súbita detención
en el proceso mental que tan sólo dura mientras el pensamiento se estanca en el
estudio de una única idea, y que concluye cuando se recupera la fuerza necesaria para
dividir el problema en distintas partes, o para marcar los diferentes niveles existentes
entre el agente originario y la consecuencia final.
Con parecida certeza se puede señalar que la ignorancia es, con frecuencia, la
consecuencia de ese asombro. Es algo muy común entre aquellos que no están
acostumbrados a un trabajo de investigación, ni se han adiestrado en la labor de saber

[Link] - Página 77
las dificultades que tal trabajo conlleva, quedarse como adormecidos en la brumosa
laxitud del asombro, sin realizar el menor esfuerzo por establecer una investigación
que pueda disipar la oscuridad mental en que se encuentran. Para estas personas
resulta demasiado inaccesible, o imposible de discernir, aquello que no logran
entender de inmediato. Así pues, se contentan con una visión torpe y somera del tema
en cuestión, absteniéndose de intentar aquello para lo que no se creen capacitados, y
renunciado al placer de una investigación más racional, de un estudio más completo o
del desarrollo de unas facultades más activas.
Entre los productos de las ciencias y de las habilidades mecánicas, muchos
poseen formas tan distintas de aquellas que constituyeron sus materiales originales, y
tantos son las que han diversificado sus formas para lograr una adaptación armónica,
que no resulta fácil contemplarlas sin sentir admiración. Pero en cuanto nos es
posible entrar en los talleres de artistas y artesanos y podemos observar las múltiples
y diferentes herramientas que permiten realizar cada obra, y vemos cómo se van
perfeccionando las materias originales hasta alcanzar sus delicadas formas finales, no
tardamos en comprender que cada operario y cada artífice tienen fijado un cometido
que, coordinado adecuadamente, transforma la tosquedad de la materia primera
mediante un trabajo pautado en el que cada uno va perfeccionando la labor realizada
anteriormente por su compañero precedente.
Lo mismo sucede en el plano del trabajo intelectual. La necesidad de unos
cálculos prolongados o el establecimiento de unos esquemas complicados impiden al
timorato y al inexperto lanzarse a un estudio más complejo; pero si disponemos de la
suficiente habilidad para analizar esos cálculos y estudiar los principios en que se
basan, descubriremos que nuestros temores carecían de fundamento. Divide y
vencerás es un principio que tanto se ajusta a la ciencia como a la política. Las
complicaciones constituyen una especie de confederación que, mientras se encuentra
unida, desafía osadamente a la mente más activa y poderosa, pero que si se la
disgrega y se toman sus partes, una a una, se torna débil; y, por tanto, se la puede
someter sin dificultad y destruir sin oposición.
La pieza maestra del aprendizaje, como ya observó Locke[83], es intentar dicho
aprendizaje pero de forma secuenciada y progresiva. Las incursiones más amplias y
profundas de la mente se realizan mediante pequeños vuelos sistemáticamente
repetidos; y las construcciones más sólidas de la ciencia se van formando mediante
continuas acumulaciones de proposiciones individuales.
Suele suceder, sea cual sea la causa, que la impaciencia del trabajo o el temor a
equivocarse se apodera de quien, por aprensión, trata de acelerar su investigación; y
que quienes tienen motivos más que suficientes para creer en el triunfo son los que
menos se aventuran a encontrarlo. Esta falta de confianza en uno mismo, cuando no
se debe a la pereza o al relajo ocasionado por los placeres, solamente se produce por
puntos de vista confusos, por la entrega al apresuramiento o por el desencanto de
aquellas primeras esperanzas que se generaron con una arrogancia irreflexiva.

[Link] - Página 78
Confiarse en que las complejidades de la ciencia se resolverán a primera vista y sin
esfuerzo o en que se llegará a la cima de la fama sin el menor sacrificio es sostener la
necia presunción de que a uno se le ha conferido un poder y una fuerza diferentes de
las que poseen el resto de los humanos. Pero, por otro lado, suponer que los
laberintos de la ciencia son inescrutables o que sus alturas resultan inaccesibles a un
trabajo perseverante es someterse dócilmente a la tiranía del capricho, o encadenar la
mente a una voluntaria esclavitud.
La ambición natural de los héroes de la que tanto nos hablan los libros es la de
ampliar los límites del conocimiento humano descubriendo y conquistando nuevas
regiones del mundo intelectual. Es posible que para lograr el éxito en semejantes
empresas sea necesaria cierta dosis de casualidades afortunadas que ningún ser
humano puede prometerse ni procurarse por sí mismo. Así pues, se les deberán
disculpar dudas e indecisiones a quienes se aventuran en los inexplorados abismos de
la verdad e intentan encontrar su camino a través de las alternancias de la
incertidumbre y los conflictos de la contradicción. Pero cuando no se pide otra cosa
que seguir la senda ya conocida, limitándose a sortear cómodamente aquellos
obstáculos que otros ya se esforzaron en destruir, ¿por qué ha de desconfiar el
hombre de su propia inteligencia como para creer que es incapaz de intentarlo?
Sería deseable que quien entrega su vida al estudio no considerara nada, por
grande que sea, que no esté a su alcance o que sea tan insignificante que no sea digno
de su esfuerzo; sería deseable que esa persona ampliase el ámbito de su curiosidad
tanto a lo que atañe a la ciencia como a la vida, y uniera cierto conocimiento del
mundo actual con los hechos y acontecimientos de tiempos pasados.
Nada puede resultar más digno de desprecio y de ridículo para quienes desean
aprender que manifestar ignorancia sobre cosas que todo el mundo conoce menos
ellos. A veces, personas a las que se les ha dicho que las instituciones académicas
constituyen los pilares fundamentales de la formación del individuo se quedan
sorprendidas al ver a ciertos individuos entregados en cuerpo y alma al estudio de
temas insustanciales y materias insignificantes, o que se muestran muy respetuosos
con sistemas educativos que con seguridad no habrán de proporcionar el menor
beneficio a la humanidad.
Decía Francis Bacon que «los libros nunca deben enseñar el uso de los libros[84]».
El estudioso debe aprender, mediante el contacto y la relación con sus congéneres, a
tener una visión práctica de la vida y adecuar sus conocimientos a los objetivos que
se haya marcado.
Resulta demasiado frecuente en quienes han estudiado carreras de letras y
dedicado mucho tiempo a temas culturales que redundan tan sólo en honores
académicos desdeñar a quienes se dedican a otro tipo de profesiones, y pensar que la
humanidad estará siempre presta a honrar sus conocimientos. Por todo ello suelen
mostrarse sumamente orgullosos de su dignidad académica cuando se ven obligados a
compartir su tiempo con el resto de los pobres humanos. Miran, pues, a estos seres

[Link] - Página 79
que no están a su altura con una mezcla de ignorancia y desdén, sin advertir que
también para ellos no dejan de ser individuos igualmente desconocidos y
despreciables, por más que traten de imitar sus maneras y copiar sus opiniones a fin
de sentirse a gusto en aquellos ratos que comparten juntos.
A fin de reducir ese desdén que los eruditos suelen mostrar hacia los vulgares
asuntos mundanos, y la indiferente condescendencia con que tratan de enseñar lo que
no se encuentra en ningún sistema filosófico, puede resultar necesario considerar que,
si bien las abstrusas investigaciones y los complejos descubrimientos intelectuales
llegan a ser motivo de relativa admiración en algunas mentes, no se prodigan placeres
ni se consiguen afectos por esta vía, sino más bien por cosas más sencillas y amables,
y por cualidades que a todos nos resultan más fácilmente comunicables. Quienes sólo
saben conversar de temas sobre los que son muy pocos los que tienen algún
conocimiento y sienten un cierto interés han de pasar irremediablemente sus días en
aislamiento social y vivir la mayor parte de su vida sin gratas compañías. Aquel que
solamente llega a ser útil en ocasiones muy contadas y profundas puede llegar a morir
sin haber logrado ejercer sus posibles cualidades, manteniéndose como un espectador
inerme de mil ingratas tareas que alejan cualquier asomo de felicidad, y que tan sólo
requieren cierta destreza y una adecuada preparación para acometerlas.
No existe ningún nivel de conocimiento que el hombre pueda alcanzar que
permita situarlo por encima de la necesidad de esa ayuda cotidiana, o que logre
extinguir el deseo de afecto, ternura y cariño; y, por consiguiente, nadie pensaría que
es innecesario aprender esas artes que permiten el enriquecimiento de la amistad. La
amabilidad se preserva mediante una constante reciprocidad de beneficios, o
intercambio de placeres. Pero tales beneficios solamente pueden ser conferidos, de la
misma forma que otros pueden recibirse; y tales placeres sólo son impartidos en la
medida en que otras personas se encuentran cualificadas para aceptarlos.
Mediante este mecanismo de descenso desde las cumbres del arte no se podrá
perder ningún honor, puesto que las generosidades del aprendizaje siempre están muy
bien pagadas por la gratitud. Aparece así un notable genio que se ocupa de las cosas
pequeñas que es, para utilizar el símil de Longino[85], como el sol que en el momento
del atardecer reduce su esplendor pero mantiene su grandiosidad, y su luz resulta más
grata aunque sea menos luminosa.

Un tirano rural

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N. 142. Sábado, 27 de julio de 1751
Aquí vigila su rebaño un pastor gigantesco.
Lejos de los hombres mantiene su reino solitario.
Y recostado en su guarida de horrendas sombras
Entretiene su tiempo tejiendo funestas diabluras.

HOMERO[86]

A The Rambler:
Señor:
Como suelo descansar todos los años unos cuantos días lejos de la ciudad, no tuve
inconveniente en aceptar recientemente la invitación que me hizo Eugenio, quien
posee una hermosa propiedad en un distante condado. Dado que nos gusta viajar
disfrutando del paisaje, solemos apartarnos con frecuencia de la carretera principal
para gozar de las vistas que nos ofrece la Naturaleza; podemos contemplar así las
agrestes montañas, las fuentes salutíferas, comentar este o aquel edificio, estudiar las
ruinas de viejas construcciones y comparar de este modo la realidad de lo que
estamos viendo con lo que nos han contado los historiadores en sus libros. Gracias a
esta alegre sucesión de pequeños acontecimientos podemos olvidarnos de las fatigas
que conlleva el viaje y no echar de menos nada excepto ese caprichoso placer que
produce el saberse importante cuando, al atravesar raudamente un villorrio,
generamos un cierto tumulto y alboroto en la tranquila vida de los aldeanos que nos
ven pasar distantes e inmersos en la dignidad de nuestra prisa.
La primera semana, tras nuestra llegada a la residencia de Eugenio, transcurrió en
las continuas recepciones y visitas de sus vecinos, que acudieron a saludarle llenos de
entusiasmo y simpatía. Algunos se mostraban impacientes por conocer las noticias de
la corte que les proporcionarían indudable prestigio cuando las comentaran entre los
políticos locales en la primera reunión festiva que se presentara; otros trataban de
aprovechar la ocasión para solucionar los asuntos que pudieran tener pendientes,
hacer alarde de sus bienes y auspiciar de algún modo el futuro matrimonio de sus
hijos.
La inevitable cortesía rural obligó a que muy pronto hubiera que devolver las
amabilidades mostradas en nuestro recibimiento, por lo que fue necesario dedicar
algún tiempo, y con notable placer, a recorrer la región, visitando las distintas
residencias, los parques y plantaciones diseminadas por doquier. En mi caso pude
disfrutar incluso más al permitírseme ocasionalmente que vagara a mis anchas y en
total soledad por parques y bosques, si bien el hecho de ser el amigo de Eugenio
representaba un honor que conllevaba ciertas incomodidades. Esto motivaba el que
raramente se me dejara solo, viéndome obligado, por lo general, a ser víctima de la
etiqueta social.
En estas excursiones de buena vecindad solíamos pasar cerca de una mansión de

[Link] - Página 81
inusual magnificencia. En un principio, y teniendo en cuenta las muchas novedades
que se me presentaban continuamente, no le presté demasiada atención. Sin embargo,
no pasó mucho tiempo sin que pudiera contener mi curiosidad por examinar aquel
sitio con mayor atención. Por lo que pude observar: la firmeza y extensión de las
murallas que rodeaban la mansión, los canales y jardines que la adornaban, y lo poco
que pude discernir del edificio a través de los árboles que lo rodeaban, logré hacerme
una idea de la belleza y grandiosidad de aquella construcción que superaba con
mucho las habituales de la región. A la vista de todo aquello no me contuve en
preguntar por qué, entre nuestras múltiples excursiones, nunca habíamos dedicado, al
menos una hora, a visitar aquella mansión cuyo señorial aspecto resultaba tan
sorprendente. Fue entonces cuando Eugenio me informó de que aquella mansión que
tanto me atraía era conocida en toda la región como «la casa encantada», y que
ninguno de los caballeros que me habían sido presentados la había visitado jamás.
Dado que los lugares que suelen considerarse habitados por seres incorpóreos son
normalmente edificios ruinosos y abandonados, le dije a mi anfitrión que algo tendría
que suceder con aquella mansión, y que me complacería poder visitarla a pleno día,
cuando supuestamente apenas habría peligro alguno. Pero él me replicó que el peligro
estribaba precisamente en que para poder hacerlo era necesario solicitar el permiso de
un ser cuyo trato, por la insolencia y malignidad que siempre había mostrado con sus
interlocutores, resultaba tan sumamente desagradable que hasta el presente nadie
había querido tener el menor contacto con él.
La conversación que estábamos manteniendo quedó, por algún motivo,
momentáneamente interrumpida. Pero mi curiosidad ya estaba en marcha, y no podía
resistirme a conocer más a fondo aquella situación tan particular. Pronto pude
enterarme de que aquella magnífica mansión con sus hermosos jardines y parques
constituía el refugio del caballero Bluster, de cuyo carácter y circunstancias pronto
quedé al tanto ya que nadie se cortó a la hora de informarme de lo que sobre él se
había podido descubrir.
El caballero Bluster descendía de una antigua familia. La propiedad que sus
antepasados habían poseído desde tiempos inmemoriales había sido ampliada por un
cierto capitán Bluster que había servido a las órdenes de Drake[87] durante el reinado
de Isabel I. De este modo, los Bluster, que en un principio no habían sido más que
unos modestos señores rurales, se convirtieron con este caballero en miembros del
Parlamento, con facultad para dictar leyes y establecer cacerías y otros eventos. Los
Bluster siempre se mostraron personas sumamente hospitalarias y populares hasta el
día en que falleció el padre del actual caballero. Pronto le siguió a la tumba su viuda,
dejando al heredero, que entonces sólo contaba diez años de edad, al cuidado de una
abuela que no era capaz de poner coto a sus caprichos porque no soportaba ver llorar
al muchacho. Éste jamás pisó una escuela, ya que la señora no podía vivir sin su
compañía. No obstante, pronto le enseñó a inspeccionar las cuentas del administrador,
a vigilar al mayordomo y a molestar a los criados. De esta suerte, a los dieciocho

[Link] - Página 82
años el joven era un auténtico maestro en las artes más bajas de la política doméstica,
inventándose contubernios entre el cochero y el mozo de cuadra, o despidiendo a las
criadas acusándolas de mantener relaciones ilícitas con los aldeanos.
Gracias a la usura, a la mezquindad y a la constante vigilancia que ejercía sobre
sus servidores pronto acumuló una gran fortuna, y cuando alcanzó la mayoría de edad
y se hizo cargo de sus negocios se había convertido en el hombre más rico de la
región.
Había sido tradición en la familia durante mucho tiempo que la mayoría de edad
del heredero se celebrase con una gran fiesta en la que se abría la casa a cuantos
quisieran visitarla, al tiempo que también se conmemoraba el acontecimiento en toda
la región con una serie de festejos. En esa ocasión el joven Bluster hizo la primera
demostración de su fanfarronería al hacer ostentación del dinero que llevaba en su
bolsa y retar a un anciano caballero, que había sido amigo íntimo de su padre, a que
hiciese con él una apuesta por una suma de la que no disponía el invitado, el cual se
vio obligado a rechazar la apuesta. Fue ésta una demostración grosera que no dudó en
repetir en otras ocasiones, con las cuales no lograba más que menoscabar el amor
propio de los terratenientes de la comarca.
A este tipo de ofensas le siguieron otras de mayor relieve en las que exigía a sus
vecinos una serie de privilegios para sus posesiones, persiguiendo implacablemente a
cuantos se oponían a sus desaforadas pretensiones. Y dado que entre los propietarios
de la región no había propiedad alguna que pudiera compararse con la suya, siguió
aprovechándose de su situación preeminente mediante artimañas y exacciones a las
que nadie se oponía por miedo, y de cuyas consecuencias y fáciles beneficios él no
dejaba de ufanarse continuamente; porque sabía muy bien que cuando los derechos
del más poderoso son los que prevalecen, al más débil no lo queda otro remedio que
padecer la injusticia por más que la razón y la ley estén de su parte.
Los éxitos logrados en algunas de estas discusiones sirvieron al caballero Bluster
para incrementar su insolencia; y el hecho de que sus injusticias fueran motivo de que
aumentara también el odio que sus vecinos sentían hacia él le irritó hasta el punto de
que sólo pensó en urdir contra ellos nuevos agravios y desgracias. Una de sus
prácticas más corrientes consiste en destruir, amparado por la oscuridad de la noche,
las vallas de sus propios cercados y culpar de tales daños a sus vecinos. Sin ir más
lejos, una anciana viuda solicitó ayer el apoyo de Eugenio para que la ayudase a
recuperar[88] la única vaca que poseía y que ahora se encontraba en poder de Bluster,
que había acusado a la mujer de que el animal pastaba en sus prados.
Aprovechándose del veredicto legal, el malvado caballero había enviado a uno de sus
empleados para que convenciese a la pobre mujer de que le vendiera el animal a un
precio exageradamente bajo. También había desalojado de su cabaña a uno de sus
jornaleros por el simple hecho de haber recogido unas zarzamoras para sus hijos; y
ahora había encarcelado a una aldeana por haber cogido en uno de los prados de su
propiedad unas bellotas para alimentar a su cerdo.

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El dinero, lo tenga quien lo tenga, siempre confiere poder; y las desgracias se
expanden entre los humildes sin preocuparse por las consecuencias que puedan
causar. Así pues, el caballero Bluster ejerce un poder despótico sobre muchas
familias a las que ha prestado dinero en momentos para ellas difíciles, y que ahora se
ven imposibilitadas de devolverlo. Las únicas visitas que hace son a las casas de
aquellas pobres gentes en las que entra con la insolencia de su poderío, disfrutando
con el terror que causa en esas familias, amenazándolas con toda clase de castigos,
haciendo a los padres blanco de sus burlas y castigos, y a las hijas objetos de su
descarada obscenidad.
Últimamente se ha vuelto algo menos ofensivo debido, en parte, a que uno de sus
deudores, tras ofrecerle todo tipo de disculpas por su retraso en los pagos y recibir a
cambio los peores insultos por parte del encolerizado caballero, le cogió por la manga
y, lleno de ira, le llevó al patio trasero de su casa y le encerró en él durante toda una
noche de tormenta. Por supuesto, Bluster le demandó a la mañana siguiente, pero mi
amigo Eugenio logró arreglar el asunto de la mejor manera.
Suele tener la maligna costumbre de permitir que sus arrendatarios se demoren en
el pago de las rentas para poder así hacer mejor uso de su poder sobre ellos y tenerlos
a su merced siempre que quiera amenazarlos, o divertirse malévolamente oyendo las
lamentaciones que le exponen sus deudores. Al mismo tiempo, suele encapricharse de
vez en cuando con alguno de sus arrendatarios favoritos a los cuales suele alquilar sus
tierras a un mejor precio. De este modo, sus granjas no están desatendidas por mucho
tiempo, pues cuando alguna queda libre porque quien la cultivaba no puede hacerse
cargo de los opresivos arriendos, siempre hay algún candidato que las ocupa
pensando en que tendrá mejor suerte que su vecino anterior.
Tal es la vida de este caballero Bluster, un hombre que fue favorecido por la
fortuna, pero que ha defraudado todas las oportunidades que se le ofrecieron para
hacer felices a los demás. Y así, no es más que un individuo cuya riqueza no le ha
proporcionado aliados y cuya aparente grandeza carece de testigos; su origen noble
no le ha permitido tener amigos, y su poder e influencia está exento de dignidad. Sus
vecinos le desprecian por su brutalidad, y sus criados y dependientes le temen por su
violencia. Tan sólo le queda el lamentable consuelo de pensar que si bien se le odia
también se le teme[89].
Quedo de usted, señor, su seguro servidor:

VAGULO

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Los periodistas
N. 145. Martes, 6 de agosto de 1751
Non si priores Maeonius tenet
Sedes Homerus, Pindaricae latent,
Ceaeque et Alcaei minaces
Stesichorique graves Camenae.

HORACIO[90]

Resulta algo generalmente admitido que aquellas vocaciones y empleos que ofrecen
aparentemente una ínfima honorabilidad resultan los más necesarios; que el artesano
o el fabricante más modesto contribuye más al bienestar de la vida que las profundas
elucubraciones del erudito y las teorías mejor elaboradas; y que la gente corriente
sufre menos por el alejamiento o exilio de un filósofo que por la desaparición de un
comercio de uso común.
Hay personas que se han sentido tan impresionadas con estas observaciones que
han llegado a pensar, en el primer arrebato de tal descubrimiento, que sería razonable
modificar la distribución de los honores y dignidades y considerar que toda la
humanidad manifiesta una descomunal ingratitud. Pero es de justicia pensar que
aquellas personas que nos resultan más útiles deberían ser las que recibieran una
mayor consideración. ¿Y qué trabajo puede ser más útil que aquel que proporciona a
la familia y a la comunidad lo que por naturaleza necesita, o le facilita una
imprescindible seguridad y comodidad?
Es ésta una de las innumerables teorías que si se reducen a una visión práctica
quedan destruidas. Si consideramos que la dignidad se valora en función de su
utilidad inmediata, no cabe duda de que la agricultura sería indudablemente la ciencia
más noble. Sin embargo, podemos ver que los trabajos agrícolas se realizan por
personas a las que quienes más se benefician de sus resultados jamás colocarían en el
mismo nivel que el destinado a los héroes o a los sabios; y que, después de verse
obligados a decir la verdad en favor de sus respectivas ocupaciones, se alegran de que
formen parte de los últimos estamentos de la comunidad y constituyan la base de la
pirámide de los subordinados, viéndose enterrados en la oscuridad mientras tienen
que soportar todo aquello que se muestra espléndido, llamativo y excelente.
No será difícil descubrir, tras un examen más detenido, que esta manifestación de
la conducta humana es absolutamente contraria a la razón y a la equidad. Los honores
y beneficios están en proporción con la utilidad y la dificultad del trabajo, y se
ajustan adecuadamente en función de la capacidad mental que parece necesaria para
su realización. El trabajo que, si bien necesario, solamente requiere fuerza muscular y
destreza manual no goza de la misma consideración y estima para el ser humano que
aquel otro para el que es indispensable desarrollar las potencias intelectuales, que

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exige el vigor activo de la imaginación o una progresiva y laboriosa investigación de
la razón.
Parece como si el mérito y la fama de todos los oficios manuales no lograse
inmortalizar la fama del presunto inventor; si bien es posible que en los tiempos
primitivos las cosas no fueran así, pues aquellos que enseñaron a los hombres a saber
defenderse de los ataques de que pudieran ser objeto, y a protegerse de las
inclemencias del tiempo y del hambre, se les incluía en la innumerable lista de los
dioses. Pero muy pronto semejantes habilidades fueron dominadas gracias a sencillas
técnicas y, por tanto, practicadas sin la menor dificultad; todo lo cual hizo que no se
les diese demasiada importancia a una serie de oficios que podían ser ejercidos por
mentes muy simples y con unos medios que a todo el mundo le resultaban familiares.
No obstante, aunque resulta fácil comprender que no se erigieran estatuas a
quienes tan sólo utilizaron su destreza física para ayudar a los hombres, me siento
muy lejos de apoyar la petulancia de ese orgullo que consiste en justificar la
preeminencia del saber y exhibir su importancia, ignorando la ternura y benevolencia
de aquellos cuyos humildes conocimientos nos han sido de gran servicio para todos.
Por consiguiente no sería inteligente ni justo desacreditar el oficio de un peón, de
un minero o de un herrero; pero existe otra clase de individuos que se muestran tan
oscuros e indigentes como ellos, y que debido a que la utilidad de su oficio parece
menos apreciable para una persona corriente, viven sin recibir la menor recompensa y
mueren en la más crasa indiferencia, habiendo tenido que padecer, además, a lo largo
de toda su vida una sarta de insultos sin que nadie los defendiera, y una fuerte censura
sin que hubiera quien se dignara hacerles la menor apología.
Jonathan Swift calculó que los autores de London podían ser varios millares[91],
cifra que no hay muchas razones para considerar que actualmente sea menor. De este
número sólo unos cuantos llegan a producir, o se esfuerzan por hacerlo, una serie de
nuevas ideas y pensamientos que permiten ampliar los límites de la ciencia,
engrandecen la imaginación con sorprendentes ideas o con un elaborado estudio de
los hechos; el resto, por más esforzados y trabajadores que puedan ser —y por
arrogantes que lleguen a mostrarse— solamente pueden considerarse como simples
escribidores, laborantes de la literatura que se autoproclaman autores, sea cual sea su
formación literaria; y que al igual que sucede con otros supuestos artistas no han de
preocuparse de otra cosa que de entregar sus relatos irrelevantes en el plazo
convenido y cobrar el estipendio fijado.
Antiguamente se pensaba que aquella persona que se ocupase de aumentar la
formación y la cultura de los demás habría de sentir en sí el impulso creador de los
genios; que habría de aguardar el momento feliz en que le llegase una inspiración que
elevase su mente hacia los sentimientos más nobles, le iluminase con geniales puntos
de vista y fortaleciese su intelecto con una mayor comprensión de los hechos. Y que,
finalmente, compensase los esfuerzos que había llevado a cabo con la esperanza de
crear un monumento al saber que ni el paso del tiempo ni la envidia de los humanos

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pudiese destruir.
Pero aquellos autores a los que ahora quisiera referirme han sido, durante mucho
tiempo, los que «se han consumido en el juego de los hombres[92]», complaciéndose
en la quimérica ambición de lograr la inmortalidad. Raras veces han tratado de darle
lustre a su oficio, viéndose obligados a intentar otro tipo de ocupaciones sin lograr
tampoco en ellas demasiado éxito. Se limitan a un determinado horario más que a la
llegada de una posible inspiración; tampoco tienen otras reglas para su trabajo que las
que puedan marcar la moda o las costumbres. Y en lo que respecta a sus opiniones
sobre la posteridad poco pueden exigir, teniendo en cuenta que sus producciones
raras veces tienen una pervivencia que supera unos pocos días.
Es evidente que semejantes autores no son merecedores de grandes elogios, pues
nada puede ser objeto de admiración cuando ya no existe para ser admirado; pero es
seguro que aunque ellos no puedan aspirar a grandes honores, no debieran ser objeto
de menosprecio, y que debieran incluirse en aquella clase de hombres que son dignos
de nuestra simpatía aunque no merezcan nuestra admiración. Los periódicos actuales,
los Ephemerae[93] del aprendizaje, resultan más prácticos para los usos de la vida
cotidiana que esos otros volúmenes más pomposos y perdurables si a una persona le
es más necesario conocer con detalle lo que piensan sus contemporáneos que lo que
pudieron creer los que vivieron en generaciones pasadas, y conocer
convenientemente los sucesos que puedan afectarle de forma directa, en vez de estar
al tanto de las revoluciones sucedidas en aquellos tiempos ya pretéritos en los que ni
tenía propiedades ni expectativas de tenerlas; si a esa persona le gusta saber cómo
marchan las cosas de la política actual, las dimisiones o nombramientos de los
hombres de Estado, el nacimiento de los herederos de la Corona o los matrimonios de
las beldades de turno, a ese humilde autor de gacetillas periodísticas debe
considerársele como un dispensador liberal de unos conocimientos útiles y hasta
beneficiosos.
Incluso al simple compilador y al traductor, aunque su trabajo no pueda
compararse con el que llevan a cabo los historiógrafos de turno, ha de mirársele con
un cierto respeto y nunca hacerle objeto del menor desprecio. Cada tipo de lector
requiere un escritor que se acomode a su capacidad intelectual; disfruta con
resúmenes y descripciones porque lo que desea es que le proporcionen cuantos más
detalles mejor, y le basta con conocer los efectos sin preocuparse de inquirir sobre las
causas que los ocasionan. Ciertas mentalidades se ven superadas por la importancia
de los sentimientos, del mismo modo que hay una clase de ojos a los que les
deslumbra una luz refulgente. Así hemos de considerar a un autor de condición
humilde, tal como también miramos sin la menor molestia al sol reflejado en las
aguas.
Del mismo modo que todo escritor tiene su propio estilo también debería tener
sus propios mecenas. Y así como no existe persona alguna que por muy encumbrada
que sea su posición no pueda ser objeto de críticas o de opiniones caprichosas que

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destruyan su reputación, el interés que requiere generalmente el aprendizaje es que
sus hijos no se entreguen a luchas intestinas, y en lugar de dañarse unos a otros con
comentarios maliciosos o despreciativos se esfuercen en evitar todo lo que pueda
perjudicar a la fraternidad.

La tiranía paterna
N° 148. Sábado, 17 de agosto de 1751
Me pater saevis oneret catenis
Quod viro clemens misero peperci,
Me vel extremis Numidarum in agros
classe releget.

HORACIO[94]

Aseguran los políticos que no existe opresión tan pesada y duradera como la
infligida por la perversión de una autoridad legal injusta. Al ladrón se le puede
apresar y al invasor repeler allí donde se les encuentre; porque aquellos que no
poseen otro derecho más que el que les otorga la fuerza, también por la fuerza pueden
ser castigados o eliminados. Pero cuando el pillaje exhibe el nombre de «impuesto»,
y el crimen está perpetrado por una sentencia judicial, la humana fortaleza se siente
intimidada y la sabiduría confundida; la resistencia vacila en aliarse con la rebelión y
el villano se siente seguro cuando se viste con la toga del magistrado.
Igualmente peligrosas y detestables son las crueldades que a menudo se cometen
en las familias, amparadas por la venerable sanción de la autoridad paterna. La
potestad a la que desde que tenemos uso de razón se nos enseña a respetar; a la que
hay que preservar del insulto y la violación porque tales faltas permanecerán
grabadas en la mente del hombre, tal vez sea esa una crueldad que ejercida sobre
nosotros quede sin el menor castigo ni control. Una crueldad que se salta los límites
del derecho con innumerables transgresiones antes de que la ley y la piedad se
atrevan a exigir desagravio alguno; o a pensar en la posibilidad de que la víctima no
puede recurrir a otros medios que no sean la mera súplica que tan sólo da pie a la
insolencia, o a unas lágrimas que sirven nada más que para satisfacer la crueldad de
quien las ha causado.
Durante mucho tiempo los romanos no pudieron imaginar que se diera el caso de
que un hijo llegara a matar a su padre, por lo que no existía en sus leyes un castigo

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apropiado para el parricidio. De igual modo podría creerse con casi entera certeza que
no se imaginaban que ningún padre pudiera mostrarse cruel con su hijo, por lo que
concedían a todo ciudadano el derecho de que ejerciera la suprema autoridad en su
propio hogar, poniendo en sus manos la vida de sus retoños. Pero pronto la
experiencia de los hechos les fue abriendo los ojos y convenciéndolos de que habían
obrado demasiado a la ligera al considerar de modo tan favorable a la naturaleza
humana; descubrieron que el instinto y la costumbre no podían vencer a la avaricia o
a la malicia; que incluso la relación más íntima podía ser violada y que el poder, lo
tuviera quien lo tuviera, podía ser mal empleado. Así pues se vieron obligados a
modificar sus instituciones; a castigar el parricidio de acuerdo con una nueva ley, y a
dejar que fueran los jueces, y no los padres, quienes establecieran las penas de mayor
relieve[95].
No hay duda de que existen muchos hogares en los que resulta casi imposible
encontrar un ambiente familiar y cómodo, en donde los padres estén dominados por
el veneno del poder omnímodo y en donde aquel que no tiene que obedecer más que
a las normas y reglas que le pueda dictar su propia conciencia es posible que no sepa
controlar sus impulsos y manifestar los dictámenes de su voluntad de una manera
justa.
Se supone que si existe una situación libre de las asechanzas y peligros ajenos es
la que puede encontrarse en la seguridad marcada por la relación parental. El que un
ser acceda a esa condición de la paternidad implica la obligación de hacer feliz la
existencia de su hijo. Ver cómo ese infante tiende sus bracitos hacia los progenitores,
y con su llanto infantil expresa su única forma de dependencia hacia ellos, sin que
perciba ningún peligro en semejante relación, es motivo más que suficiente para
despertar la ternura en cualquier ser humano. Y esa ternura, cuando se estimula y
promueve mediante una felicidad contagiosa, repercute en un placer mutuo y en la
conciencia de una dignidad benéfica. Estoy convencido de que todo hombre de
benévola y generosa condición no puede por menos de sentirse conmovido al
observar la conducta instintiva que manifiesta hasta el animal más tosco cuando
retoza ante su cría, le procura alimento y cobijo, le defiende ante sus posibles
enemigos y le protege de todo posible riesgo. Es por tanto evidente que al sentir
simpatía y afecto hacia aquellos seres que se muestran tiernos con nosotros y que nos
resultan placenteros, imaginemos al mismo tiempo que ese afecto y cariño que nos
otorgan se ve correspondido por el que también nosotros les profesamos.
Pero sin duda existe otra forma de complacer esa sensación de orgullosa
superioridad. Y es la de quien, carente de todo sentimiento de humanidad y
convencido de que no es una conducta cariñosa para con los demás la que le ha de
proporcionar el menor placer, puede excitarse atemorizando a los otros y buscando la
manera de causarles el mayor daño. Tal vez trate así de compensar su amarga soledad
observando el poder que puede ejercer y el cumplimiento irrechazable de sus
órdenes; imaginándose el temblor de aquellos que no pueden expresar sus deseos, o

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la amargura que se alberga en el corazón de quienes, por miedo, no se atreven a
manifestarla. Esta clase de individuos se divierten formulando toda clase de
prohibiciones y de artimañas, e ingeniándoselas para crear los castigos más variados.
Y se sienten exultantes de placer cuando consideran que el escaso homenaje que llega
a rendírseles no se debe a otra razón más que al exclusivo poder que ejercen sobre los
demás.
Que siempre han existido príncipes de esta calaña es algo que bien conocemos,
porque la historia nos ha informado con detalle de todos los reinos e imperios en los
que han existido semejantes individuos. Hasta Aristóteles hace la observación de que
«el gobierno de una familia es de naturaleza monárquica[96]», cosa que podemos
observar en otras monarquías administradas de forma arbitraria. La tiranía entre
monarcas y padres solamente difiere en la extensión de los dominios de unos y otros,
y en el posible número de sus esclavos. Idénticas pasiones producen idénticas
desgracias; sólo cabe la excepción de que en contadas ocasiones un príncipe, aunque
sea déspota, se libera del inmenso poder tiránico que ha ejercido públicamente y se
permite ciertos actos de clemencia en la intimidad. Las más de las veces no son más
que decisiones parciales, mandamientos caprichosos, concesiones arbitrarias y
premios que decide otorgar no por méritos, sino porque así le viene en gana; del
mismo modo se establecen castigos que no están motivados por el grado de la ofensa
sino por el humor que en ese momento tiene el juez, en este caso el padre, y que
resultan demasiado frecuentes cuando no hay otra autoridad más que la del que la
impone.
Nadie confesará que se complace en causar la desgracia de los demás. Y, no
obstante, ¿qué otros motivos puede haber para que un padre se muestre cruel? En el
caso de un rey puede que se vea instigado por un consejero deseoso de la destrucción
de alguien; a veces puede suceder que hasta se sienta amenazado por las virtudes de
algún súbdito; tal vez tema al general victorioso o al orador popular; su avaricia
puede ser también motivo de injustas confiscaciones; o que tenga la impresión de que
su seguridad dependa de vengarse de aquel a quien teme.
Pero ¿qué puede temer un padre de aquellos que han nacido bajo su protección,
de unos seres que no van a molestarle con competiciones injustas ni van a
enriquecerse causando su ruina? Ciertamente, es fácil descubrir la crueldad en los
cobardes, pero ¿qué otra razón, más indigna aún que la cobardía, puede impulsar a un
hombre a complacerse con la opresión causada a alguien de quien nada ha de temer?
La injustificable severidad de un padre se ve incrementada con el agravante de
que aquellos a quienes ofende son seres que tiene siempre ante sus ojos. La injusticia
de un príncipe se ejerce por lo general sobre personas de las cuales no tiene el menor
conocimiento, y la sentencia que pronuncie, ya sea de destierro, de prisión o de
muerte va destinada a un condenado al que con seguridad nunca llegará a ver. Pero el
opresor doméstico está condenando a alguien en cuyo rostro puede ver claramente los
signos del miedo y de la pena y contemplar a cada instante el efecto originado por su

[Link] - Página 90
violencia. Quien es capaz de soportar la visión del sufrimiento que produce en los
seres que le rodean, y puede moverse con entera satisfacción en la desgraciada
atmósfera que causa; aquel que puede contemplar el infortunio sin ablandarse, y
mostrarse inconmovible ante quien le implora clemencia, o le pide justicia, raramente
corregirá su comportamiento ante cualquier muestra de queja o de amonestación,
porque ha encontrado el medio de sofocar cualquier muestra de ternura y ha blindado
su corazón contra la fuerza de los razonamientos.
Aunque no se le preste atención a esa noble ley humana que de alguna manera
ordena que todo individuo debe ser consciente de la felicidad de su prójimo, en el
caso de los padres esas faltas a la justicia y al amor son todavía más graves que las
que pueda cometer cualquier otro criminal, porque incluso al realizarlas se está
causando un daño a sí mismo. Todo ser humano, por poco que ame a sus semejantes,
desea ser estimado y querido por ellos; todo individuo confía en tener una larga vida
y, por consiguiente, debe suponer que llegará un momento en el que sus capacidades
se verán mermadas y se verá obligado a depender de la generosidad y del cariño de
los demás. Pero ¿cómo podrá aliviar las dependencias y limitaciones de la vejez
quien no ha sabido granjearse el afecto y la compañía de sus hijos, y cuyo lecho va a
estar rodeado en los instantes finales de su vida, en esos momentos de languidez y
abatimiento, de angustia y de dolor, tan sólo por extraños a los que su muerte les
resulta indiferente, o por enemigos a quienes su desaparición incluso puede
parecerles algo deseable?
En las buenas personas la piedad ha de superar la provocación; y aquellos que se
han visto destrozados por la brutalidad han de olvidar las injurias sufridas para poder
cumplir dignamente sus últimos deberes con prontitud y celo. Seguramente la
muestra más penosa y el más severo de los castigos que pueda recibir un ser humano
en sus momentos postreros, siempre que se encuentre en sus cabales, es verse
atendido por la ternura y afecto de sus hijos, recibiendo no el tributo pero si la caridad
de la atención solícita; y verse obligado a reconocer que el alivio de su tristeza no es
fruto de la gratitud sino de la compasión.

La envidia
N. 183. Martes, 17 de diciembre de 1751
Nulla fides regni socüs, omnisque potestas
Impatiens consorcis era

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LUCANO[97]

La hostilidad que existe de forma continua entre dos personas está ocasionada por el
deseo que muchos sienten por tener aquello que tan sólo pocos poseen. Todos los
seres humanos debieran ser ricos, poderosos y famosos; sin embargo, la fama, el
poder y la riqueza son tan sólo los nombres de unas condiciones relativas que
implican la oscuridad, la dependencia y la pobreza de la mayoría.
Esta competición, incesante y universal, produce agravios y rencor por dos causas
fundamentales: el interés y la envidia. La perspectiva de añadir a nuestros bienes lo
que pudiéramos tomar de otros y la esperanza de equilibrar el sentimiento de
desigualdad reduciendo los bienes ajenos, aunque tal cosa no implique ganancia
alguna para nosotros.
De estas dos fuerzas malignas y destructivas parece, a primera vista, que
probablemente la más poderosa y la que ejerce una mayor influencia es el interés.
Resulta fácil concebir que aquellas oportunidades que pueden proporcionarnos lo que
hemos deseado durante tanto tiempo exciten deseos casi irresistibles, pero
seguramente tal apetencia no puede ser satisfecha por un poder accidental que
permita destruir lo que proporciona la felicidad de otra persona. Parece cosa más
natural robar para conseguir lo que se pretende que destruir tan sólo por hacer daño.
No obstante, me siento inclinado a creer que la importante ley de la benevolencia
recíproca se ve violada con más frecuencia por culpa de la envidia que por el mero
interés; y que la mayor parte de las desgracias que se producen en el mundo,
ocasionadas por la difamación de personas y de acciones intachables, o por la
obstrucción de loables empresas, están causadas por individuos que no tienen por
objetivo ningún tipo de ganancia para sí mismos, sino la satisfacción de envenenar el
banquete del que no pueden participar, o de destruir la cosecha que no tienen derecho
a recolectar.
El interés puede difundirse, pero siempre dentro de un ámbito limitado. El
número de aquellos a los que afecta nunca excede al de los que esperan conseguir los
puestos que tal vez les ofrezca un poder degradado, recoger las migajas de una
fortuna desperdigada o lograr los honores de una menoscabada belleza. Sin embargo,
el imperio de la envidia carece de límites, ya que apenas necesita de la ayuda de
circunstancias externas. La envidia puede ser fruto de la pereza y del orgullo. ¿Y en
dónde no habrán de encontrarse tales vicios?
El interés necesita de ciertas condiciones que no siempre se producen. La ruina
del prójimo no beneficiará a quien no sepa aprovecharse de ella, carezca del
suficiente coraje para cogerla y capacidad suficiente para perseguirla; pero la fría
malignidad de la envidia puede ser ejercida por el ser más torpe y apagado, viéndose
protegida incluso por la estupidez y encubierta por la cobardía. Quien sucumbe a los
envites del interés, puede luchar contra los ataques de tigres hambrientos, e incluso es
capaz de descubrir y resistir el enfrentamiento de sus enemigos; pero quien cae en la

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emboscada de la envidia se ve destruido por asaltantes invisibles y desconocidos, y
perece víctima de un hálito emponzoñado sin saber el peligro que le acecha ni
disponer de la posibilidad del menor combate.
El interés se ve obligado a correr, en ciertas ocasiones, algunos riesgos. Quien
espera sacar gran provecho, se expone a perder algo; y cuando se aventura a lograr
una cierta preeminencia, si falla en su expectativa se queda irrecuperablemente
destrozado. Pero la envidia, por el contrario, puede actuar sin el menor costo ni
peligro. Para expandir sospechas, inventar calumnias o propagar escándalos no se
requiere ni trabajo ni valor. Al autor de una mentira, por maligna que ésta sea, no le
resulta dificil escapar a cualquier control cuando, además, la infamia necesita muy
poco esfuerzo para extenderse.
La envidia es casi el único defecto susceptible de practicarse siempre y en todo
lugar; es la única pasión que jamás se aquieta porque necesita mostrar su constante
irritación; por consiguiente, sus efectos son discernibles en todo momento, y sus
intenciones siempre temibles.
Es imposible mencionar a alguien que por sus méritos se haya convertido en
persona eminente que no sea objeto de algún tipo de animosidad. El comerciante
acaudalado, aunque pueda mantenerse al margen de los asuntos públicos, jamás
querrá recibir consejos, como en el caso de Shylock, porque espera que llegue el
momento oportuno[98]. La belleza, por más que tan sólo se vea adornada con los más
puros dones de la inocencia y la modestia, no dejará de ser motivo de miles de
rumores mal intencionados allá donde se presente. El genio, aunque sus logros sirvan
únicamente para el entretenimiento o la formación, sufrirá la persecución de
innumerables críticos, cuya acrimonia se ve excitada simplemente por la inquina que
les produce el ver cómo otros disfrutan y aplauden sus éxitos.
La frecuencia con la que se da la envidia hace de ella algo tan familiar que apenas
si nos apercibimos de su existencia, ni consideramos su maldad y torpeza hasta que
llega el momento en que padecemos su influencia. Cuando la persona que no ha dado
pie al menor acto malicioso, excepto mostrar su deseo de hacer las cosas del mejor
modo, se ve perseguida por gentes a las que jamás vio, pero que muestran hacia ella
un resentimiento personal e implacable; cuando percibe el maligno clamor del que es
objeto y que se ha extendido hasta el punto de convertirle en un enemigo público y
víctima de toda clase de difamaciones; cuando oye que las desgracias de su familia, o
los errores que pudo cometer en su juventud se exponen y pregonan por doquier; y
que cada fallo cometido o cualquier defecto natural se ven magnificados y
ridiculizados, sólo entonces abomina de aquellos artificios que en un principio le
resultaron inofensivos y risibles, y descubre hasta qué punto es fundamental para la
felicidad familiar la erradicación de la envidia del corazón humano.
Además, la envidia es un hierbajo pertinaz que raras veces desaparece por más
que exista una elevada formación cultural. Sin embargo existen ciertas
consideraciones que, si se implantan y cuidan de modo diligente pueden, con el

[Link] - Página 93
tiempo, superar y reprimir ese defecto, ya que nadie puede alimentarlo por mero
placer puesto que sus efectos son únicamente la vergüenza, la angustia y la inquietud.
La envidia es, sobre cualquier otro defecto, el que muestra un carácter más
contradictorio con el ser social porque sacrifica y destruye la verdad y la cortesía por
una tentación muy endeble. Es posible que quien saquea y arruina a su acaudalado
vecino se beneficie notablemente, y llegue a enriquecerse en la misma medida en la
que ha perjudicado al otro; pero quien destruye una reputación notable, sólo obtendrá
un beneficio muy ruin de la fama que pueda lograr; un beneficio tan minúsculo que
jamás podrá servirle de consuelo a la hora de ponderar el daño que ha causado para
poder conseguirlo.
Hasta ahora he tratado de evitar ese tipo de moralidad peligrosa y empírica que
trata de curar un vicio por medio de otro. Pero la envidia resulta tan detestable, tan
miserable en su propia esencia y tan perjudicial en sus efectos que es casi aceptable
que exista cualquier otra cosa que sirva para contrarrestarla. Es uno de esos rebeldes e
ilegales enemigos de la sociedad contra el que se pueden utilizar sin el menor
escrúpulo todo tipo de armas. Tengamos, pues, constantemente presente que
quienquiera que envidie a otra persona y confiese su superioridad no está haciendo
otra cosa que aumentar su orgullo a costa de su virtud.
Entre los daños no menores que produce la envidia están los que se cometen
contra quienes no han dado motivo para ello y se ven estigmatizados, no porque
hayan cometido falta alguna, sino porque se han atrevido a hacer más de lo que se les
pedía.
Casi todos los demás defectos están motivados por la carencia de alguna cualidad
que pudo haber producido estima o amor si se la hubiese empleado adecuadamente;
pero la envidia es el mal en su estado puro, que solamente persigue un fin odioso por
medios despreciables y que busca, no la propia felicidad sino la desgracia del otro.
Para evitar una depravación de esta índole no es necesario que uno aspire a lograr el
heroísmo o la santidad, basta simplemente que se decida a aceptar el nivel que le ha
sido asignado por la Naturaleza y desee mantener su dignidad como ser humano.

[Link] - Página 94
III
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE
ADVENTURER”
(1753-1754)

[Link] - Página 95
El buen gobierno
N. 45. Martes, 10 de abril de 1753
Nulla fides regni socüs, omnisque potestas
Impatiens consortes erit.

LUCANO[1]

Es de sobra sabido que muchas cosas que mentalmente parecen verosímiles jamás
pueden llevarse a la práctica; y que de los innumerables proyectos que han halagado a
la humanidad con teorías especiosas pocos han servido para otro propósito que no
fuera el de alimentar la ingenuidad de sus aparentes descubridores. Un viaje a la
Luna, por romántico y absurdo que pueda parecer, teniendo en cuenta que las
propiedades de la atmósfera se conocen mejor hoy día, pareció cosa altamente
probable a muchos de los aspirantes a genios del pasado siglo, que empezaron a
lustrar sus preciosos plumajes y a prepararlos para la hora en que se produjese tan
feliz partida:
Pereant vestigia mille
Ante fugam, absentemque ferit gravis ungula campum[2].

Entre las falacias que tan sólo puede detectar la experiencia existen algunas cuya
influencia ni siquiera esa misma experiencia puede destruir; otras, por su cautivadora
demostración de indudable certeza, van ganando terreno en la mente humana; y otras
que, si bien han concluido en decepción, logran obtener nuevo crédito, como sucede
cuando intentamos repetir algo que ya hemos hecho con resultado negativo,
exponiéndonos a cometer el mismo fallo por partida doble.
A esta especie, tentadora pero ilusoria, pertenece la expectativa de llegar a hacer
grandes cosas mediante una fuerza confederada. El pensador, cuando ha observado
detenidamente lo mucho que se puede hacer con una sola mano concibe, con una
sencilla operación de cálculo, la fuerza que se conseguiría si fueran miles las manos
que estuvieran actuando; y de este modo sigue acumulando poder hasta que cree que
se ha desvanecido la resistencia que se le opone. Entonces se regocija del éxito que
ha obtenido con su nuevo planteamiento y se pregunta cómo pudo ser tan necio, o tan
perezoso, el hombre de tiempos pasados que se vio obligado a vivir padeciendo unas

[Link] - Página 96
necesidades que hubieran podido ser resueltas tan fácilmente; o a verse privado de
una felicidad cuya consecución se hubiera logrado de haber unido fuerzas
desperdigadas.
Pero este gigantesco fantasma del poder colectivo se desvanece al punto en el aire
y en la vaciedad con el primer intento de llevarlo a la práctica. Las diversas
aprensiones, las pasiones opuestas, los discordantes intereses de los hombres,
difícilmente permiten que sean muchos los que consigan unirse para lograr un
objetivo único.
Siempre habrá algunos que no logren discernir el fin que puede aportar un
proyecto de grandes y complicadas proporciones. Y por lo general constituirá objeto
de debate establecer los diversos medios que permitan llevarlo a cabo, pues cada
individuo se deja llevar por sus propios conocimientos o por su conveniencia
particular. En un proyecto de gran alcance siempre habrá quienes lo dejen por
cansancio y otros que se apartarán porque les han surgido nuevos intereses. Aquéllos
holgarán porque ya hay quien trabaja duramente, y éstos dejarán de trabajar porque
ven que aquéllos holgazanean. Y si en un principio se unieron al proyecto por el éxito
y el beneficio, téngase presente que el interés de unos se cifraba en la codicia y el de
otros en la envidia. Unos trataron de hacer más de lo que su capacidad les permitía,
para exigir después los beneficios de su esfuerzo; y otros hicieron menos de lo que
podían haber hecho porque pensaban que su esfuerzo redundaría tan sólo en el
beneficio de los demás.
La historia de la humanidad nos dice que muy raras veces una alianza ha logrado
destruir a una potencia única y bien constituida. Es posible que durante cierto tiempo
naciones que tienen intereses muy diferentes y que, incluso, manifiestan
particularidades hostiles entre ellas, lleguen a unirse ante una amenaza común; y que
en el calor de la propia conservación se lancen a combatir de modo unánime a un
enemigo que constituye un peligro común. Pero una vez superado el primer ataque no
pasará mucho tiempo hasta que se disuelva la unión establecida, porque tanto el éxito
como el descalabro resultan igualmente destructivos. Así pues, en cuanto se ha
conseguido conquistar un territorio surgirán las disputas; y tras la pérdida de una
batalla todos se lanzarán al sálvese quien pueda abandonando a los demás.
Dada la imposibilidad de establecer un número de personas que puedan asegurar,
de modo constante y uniforme, un interés común, se hace difícil fijar los problemas
imputables a los gobernantes. El poder siempre trata de escabullirse de la mayoría
para enfrentarse más cómodamente a la minoría, ya que es ésta la que se muestra más
vigilante y consistente; y, aún así, procura ir reduciendo el número de esa minoría
hasta que llegue el momento en que ésta se centre en una sola persona.
Por eso todas las formas de gobierno instituidos en la humanidad han tendido
siempre hacia la monarquía; y el poder, aunque se vea aparentemente difundido entre
toda la comunidad, descansará finalmente en el supremo magistrado de la nación, ya
sea por indolencia o por corrupción, por culpa de revueltas populares o por simple

[Link] - Página 97
agotamiento.
Decía Swift que «en cada época no surgen más de cinco o seis hombres de genio;
pero si lograran unirse el mundo entero no podría resistírseles[3]». Así pues, resulta
oportuno para la humanidad que no haya muchas probabilidades de que llegue a
producirse semejante hermandad. A medida que los hombres se entregan a
investigaciones de mayor calado, difieren en los objetos de sus respectivas
búsquedas. Y a medida también que encuentran más vías para llegar al mismo fin,
menos convencidos se mostrarán para unir sus esfuerzos. En la medida en que cada
uno considera que su proyecto es el mejor, rechaza tajantemente el que pueda
presentar el otro; porque cuando uno se siente jefe y líder de un partido menos
dispuesto se mostrará a ser seguidor o mero asociado de otro.
La filosofía imperante nos dice que los inmensos cuerpos celestes que constituyen
el universo se encuentran regulados en su curso a través de los espacios siderales por
medio de la acción perpetua ejercida por fuerzas opuestas. Una de esas fuerzas es la
que les impide que modifiquen y alteren sus correspondientes órbitas, y se pierdan en
la inmensidad de los cielos; la otra evita que se agrupen de forma anárquica y que en
esa cohesión desordenada lleguen a colisionar entre sí.
Quizás podamos descubrir en las acciones de los humanos un sentido de parecido
antagonismo. Se nos ha formado para establecer una sociedad, pero no para crear una
combinación; no estamos preparados para vivir en íntima conexión con nuestros
vecinos más allegados, sino para hacerlo con la debida separación; nos sentimos
atraídos unos a otros por los lazos de una simpatía general, pero mantenemos
debidamente separados nuestros intereses personales.
Hay algunos filósofos lo suficientemente ingenuos para imaginar que los inventos
y mejoras de la humanidad pueden hacerse siguiendo el sistema imperante en el
universo que, a su juicio, agrupa a los diversos orbes celestes; y también hay
políticos, igualmente ignorantes y presuntuosos, como fácilmente se puede suponer,
que consideran que se podría promover la felicidad de nuestro mundo unificando las
diferentes tendencias de la mente humana. A cualquier observador superficial podría
parecerle que muchas de las cosas que se muestran impracticables actualmente
podrían realizarse con más facilidad si la humanidad se encontrase mejor dispuesta
para la unión y la cooperación. Sin embargo, una mínima reflexión nos permitirá
descubrir que si las confederaciones se pudieran llevar a cabo de modo tan fácil
perderían su eficacia, ya que siempre se opondrían unos grupos a otros, y a una cierta
unanimidad se le opondría otra. En lugar de las pequeñas disensiones que hoy surgen
entre las personas o las familias, surgirían auténticas multitudes que se enfrentarían
unas a otras, y serían miles los que conspirarían contra otros miles.
No parece que pueda esperarse, entre las diversas clases humanas, una unión más
consolidada que la que se daría entre las que se muestran más estudiosas y cultas.
Casi todo el mundo ha estado de acuerdo en concentrar a los eruditos y estudiosos en
claustros y universidades con la esperanza de que, juntos y en armonía, les fuera

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posible realizar grandes obras que redundaran en beneficio de todos, y de que tal
conjunción de intelectos compensaría con creces los gastos que hubieran ocasionado
a sus patrocinadores, ya que superarían en su conjunto lo que hubiera podido lograr
una mente en solitario.
Pero Discordia, que supo encontrar la forma de introducir su manzana en el
banquete de los dioses, también ha sabido esparcir sus laureles en esos ilustres
centros académicos. La amistad existente entre los estudiosos y la que hay entre las
beldades es por lo general aparentemente sincera e igualmente efímera, ya que ambas
dependen para su felicidad de la opinión de los demás; y en la medida en que su valor
depende exclusivamente de la comparación que se establezca entre unos y otros,
ambas se encuentran expuestas por igual a eternos celos, y a la tarea permanente de
minimizar y contrarrestar sus recíprocas virtudes.
No obstante, estoy muy lejos de querer inculcar la idea de que este confinamiento
de aquellos que se dedican al estudio no haya aportado beneficios para el público en
general. La vecindad, allí donde no incluya amistad, estimula la competitividad; de
tal modo que quien no se esforzara en dar lo mejor de sí porque careciese de rivales,
se vería obligado a no querer ser menos que sus competidores tratando de lograr los
mayores éxitos.
Estos estímulos para establecer una sincera rivalidad tal vez sean los mejores
logros de las academias y sociedades, porque en estas instituciones cada miembro
tiene que esforzarse en emular los logros de sus compañeros y sentirse contagiado de
la diligencia que los demás manifiestan; uno se ve obligado a escribir porque el resto
no deja de hacerlo, y nadie quiere sentir el menosprecio de verse ignorado cuando los
demás gozan de fama.

Consideraciones sobre la verdad


N. 50. Sábado, 28 de abril de 1753
Quicunque turpifraude semen innotuit
Etiamsi verum dicit, amittit fidem.

FEDRO[4]

Cuando en cierta ocasión se le preguntó a Aristóteles que podría conseguir un


hombre mediante la mentira, contestó: «Que no se le crea cuando diga la verdad[5]».

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El carácter del mentiroso es al mismo tiempo tan odioso y despreciable que se
puede esperar que incluso aquellos que han dejado de ser virtuosos se abstengan, por
amor propio, de violar la verdad. Casi todos los vicios que degradan la naturaleza
humana pueden seguir vigentes porque siempre hay quien los tolera o los comparte.
El que corrompe a una muchacha virgen se considera envidiado por los hombres y
hasta, en cierto modo, por las mujeres; el borracho no tiene problemas en unirse a
otros individuos que, al igual que él, son aficionados al jolgorio, se burlan de los
abstemios, celebran sus hazañas alcohólicas y muestran su admiración por aquellos a
los que sus desafortunadas emulaciones les han llevado rápidamente a la tumba;
incluso el ladrón y el asesino tienen sus seguidores que admiran su intrepidez, su
capacidad para las artimañas y el robo y su fidelidad a la banda a la que pertenecen.
Por el contrario, el caso del mentiroso es algo único porque se le ve como un ser
despreciable, abandonado y repudiado por todos; carece del consuelo que pueda
encontrar en su hogar y que pudiera servirle para defenderse de la censura general;
carece también de aquellos compinches que pudieran disculpar o incluso admirar sus
faltas; no puede evitar el desprecio de los demás, porque no encuentra a quien le
muestre algo de amistad o de apoyo. La característica peculiar de la falsedad y la
mentira es que se ve detestada tanto por las buenas personas como por las malas.
Dice sir Thomas Brown que «ni siquiera los malvados se mienten entre ellos, porque
la verdad es algo que necesita todo grupo, incluso aquel que se dedica a hacer el
mal[6]».
Parece algo natural suponer que trate de evitarse una falta que se ve tan
unánimemente repudiada; o que, al menos, nadie trate de exponerse a una cosa así si
no se ve impelido a ello por una tentación irreprimible; una tentación que, por otro
lado, no se producirá de buena gana cuando resulta tan fácil detectar y castigar el
engaño y la mentira que conlleva.
Y sin embargo sucede que pese al desprecio y a la crítica de que es objeto la
mentira, con frecuencia se viola la verdad. Apenas hay alguien, por muy atento que se
mantenga ante la posibilidad de la existencia de una falsedad, que no se vea engañado
por la persona de la que menos podía sospechar, pues dicha persona nada ganaría con
ello. Incluso pueden producirse tales mentiras en conversaciones que por su índole no
son proclives a levantar pasiones o alimentar temores, celos o malevolencias que
lleguen a dañar una reputación personal, lo cual nadie sospecharía, dado el escaso
beneficio que pudiera conseguirse con tal acción.
Los tratadistas han establecido muy detalladamente distintas clases de mentiras
según el diferente grado de malignidad que produzcan. Pero, a mi juicio, han omitido
por lo general un tipo de falsedad muy común y, posiblemente, no menos maliciosa.
Y aunque los moralistas no le hayan dado ningún nombre yo voy a denominarla «la
mentira de la vanidad».
A la vanidad se le pueden imputar la mayoría de las falsedades que todos solemos
oír, muchas de las cuales se propagan quizás con bastante éxito. Las mentiras que se

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refieren a asuntos comerciales o las que implican calificaciones maliciosas resultan
tan evidentes que raramente se las tolera con indiferencia; siempre cabe la vigilante
sospecha sobre asuntos en los que estén involucrados los intereses; y sea cual fuere la
esperanza de obtener una ganancia, o de desear una desgracia ajena, siempre hay una
parte que está dispuesta a asegurar algo y otra que tiene parecidas razones para
refutarlo. Pero la vanidad se gratifica a sí misma con una complacencia tan sutil y
mira al futuro con tal perspectiva de un placer presumiblemente remoto, que su
práctica no genera la menor preocupación y sus estratagemas no suelen ser fácilmente
detectables.
Además, la vanidad suele encontrarse libre de sospechas, porque quien quisiera
comprobar sus movimientos nunca podría disponer de un momento de descanso; el
fraude y la malicia forman parte del ámbito de su influencia. La vanidad siempre
necesita el momento y el lugar oportuno para llevarse a cabo; pero es difícil que haya
alguien que esté libre de ella en un determinado momento. Y aquel a quien la verdad
no le ofrece muchas gratificaciones se inclina, por lo general, a la falsedad vanidosa.
Señalaba sir Kenelm Digby que «todo el mundo tiene el deseo de aparentar ser
superior a los demás, aunque sea tan sólo por haber visto lo que los otros no han
llegado a ver[7]». Esa ventaja adicional, desde el momento en que no implica mérito
alguno, tampoco confiere la menor dignidad al que la vive. Hemos de tener en cuenta
que a todo el mundo le gustaría verse elogiado alguna vez en su vida por más que no
hubiese auténticas razones para ello, ya que este tipo de vanidad, aunque resulte
insignificante, es motivo de innumerables comentarios que si bien son falsos se hacen
más o menos creíbles en función de la capacidad o de la confianza que inspire el que
los hace. ¡Cuántas cosas puede contar entonces a sus amigos un hombre de gran
imaginación, relatándoles las aventuras de quienes cruzan ríos embravecidos o viven
en intrincados bosques, aventuras similares a las de aquellos caballeros andantes de
otros tiempos que se adentraban en selvas inhóspitas y visitaban castillos encantados!
¡Cuántos portentos podrá contar aquel que dice vivir todos los días situaciones
prodigiosas, y al que la naturaleza le brinda constantemente experiencias maravillosas
que nadie excepto él puede experimentar, aunque solamente sea para suministrar a los
demás insólitos temas de conversación!
Hay otros individuos que se divierten propagando todo tipo de falsedades a cada
cual más peligrosa y desgraciada; individuos marcados por algún planeta benéfico
que, al parecer, les permite hacer predicciones de cualquier clase y en todo momento
crítico y a los que se les confían todo tipo de secretos y cuyo consejo se sigue a pies
juntillas en cualquier operación de importancia. Y en esto consiste la máxima
felicidad de estos sujetos que pretenden dejar pasmado al prójimo con algún tipo de
información espectacular, tratando de crear la duda y rechazar cualquier oposición
que se les haga, gracias a que poseen ciertos conocimientos o son realmente
inteligentes. Un mentiroso de esta clase, que tenga una buena memoria o una brillante
imaginación, suele constituir el oráculo de un pintoresco club; y hasta que llegue el

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momento en que se descubran sus imposturas mantendrá sobre sus oyentes una
autoridad indiscutible. Porque en cualquier tema que surja él será quien dirija la
discusión; si se menciona una nueva moda, fue él quien la vio en la corte el primer
día en que apareció; si a los demás les ha llamado la atención el nacimiento de una
obra literaria, fue él quien patrocinó al autor y leyó el texto antes de que se
imprimiera; si un destacado criminal ha sido condenado a muerte, él fue quien predijo
su suerte fatal, y quien en su momento hasta trató de reformarle. ¿Y cómo va su
interlocutor, que vive tan alejado del escenario de los hechos, a contradecir a quien
dice haberlos visto y oído personalmente y que, además, se encuentra familiarizado
con todo el mundo y con cuanto asunto importante se pueda producir?
Este tipo de falsedades suelen tener éxito durante un cierto tiempo, porque al
principio se practican con cierta discreción y algún cuidado; no obstante, el triunfo
del mentiroso no suele durar mucho, porque el éxito obtenido con sus primeras
historias le incita a fabricar otras de mayor calado y mucho menos creíbles. De esta
suerte, el mentiroso sigue inventándose historias, hasta que llega un momento en que
los demás se dan cuenta de que está contando cosas imposibles de creer. Es en ese
punto cuando el falsario pierde todo su prestigio, y los demás comprenden que todo
han sido invenciones.
Es obvio que quienes se inventan esta clase de ficciones pretenden alcanzar con
ellas un cierto grado de prestigio, y hasta lograr alguna clase de favores de parte de
quienes han constituido su audiencia. Sus fantasiosos relatos siempre conllevan algún
grado de valor por su parte y de inteligencia y sagacidad en lo que supuestamente han
logrado hacer; o bien, el hecho de su familiaridad con personajes famosos y
poderosos les proporciona entre quienes les escuchan un indiscutible grado de
admiración y hasta de sofocada envidia.
Pero la vanidad también incita en ocasiones a la ficción porque proporciona
beneficios aparentemente menos visibles. En los tiempos en que vivimos abunda una
curiosa raza de mentirosos que se sienten muy satisfechos por la capacidad que tienen
para mentir, y por un peculiar orgullo de saber con qué facilidad pueden engañar a los
demás, aunque no obtengan ningún beneficio de ello. Este tipo de personas
encuentran un gran placer en crear invenciones absurdas, como puede ser la de fijarse
en una dama que pasea por el parque o a la que ven en un teatro, y a la que por
supuesto de nada conocen, y poner un anuncio en el periódico del día siguiente
haciendo una referencia minuciosa de esa persona, de su atuendo y otros detalles
como si se hubieran súbitamente enamorado de ella. Naturalmente, de semejante
invención no se pueden derivar más que molestias y trastornos para la dama
referenciada, de las que si bien el autor de semejante artificio posiblemente nunca
llegue a enterarse le servirán de gratificación por haber llevado a cabo tan estúpida
travesura. Este creador de invenciones, sin duda satisfecho de su capacidad
imaginativa, seguirá fabricando falsas historias. Ahora, por ejemplo, contará con toda
prolijidad los detalles de un gran robo o de un crimen, hechos que siempre causan

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mucho efecto; y como la escena del inventado crimen suele situarla en un lugar más o
menos distante, siempre logrará mantener aterrorizadas a algunas pobres gentes. Todo
ello servirá tan sólo para que el autor de semejantes falsedades se sienta orgulloso de
su capacidad inventiva al comprobar hasta qué punto puede aumentar, con su necio
proceder, el desasosiego en ciertos ambientes sociales.
Creo que en Escocia existe una antigua ley que castiga la difamación con la pena
capital. Por supuesto que no estoy en absoluto interesado en aumentar el número de
ejecuciones de este país; sin embargo, no puedo por menos de pensar que quien
destruye la confianza y la seguridad social, el que entorpece y altera el bienestar
común, el que avergüenza a las personas sensibles y alarma a las más timoratas, debe
recibir su justo merecido denunciando sus fechorías para que sea debidamente
castigado. Pues hay muchos individuos que son tan poco conscientes de lo que es el
bien y el mal, que únicamente se les puede frenar mediante el imperativo de la ley.
Esta ralea de personas no piensa que han hecho nada malo hasta que no se ven
severamente castigadas.

Sobre el estudio y el conocimiento


N. 85. Martes, 28 de agosto de 1753
Qui cupit optatam cursu contingere metam,
Multa tulit fecitque puer.

HORACIO[8]

Afirmaba Bacon[9] que «la lectura hace pleno al hombre, la conversación lo vuelve
ingenioso y la escritura lo hace exacto».
Dado que Bacon alcanzó un nivel de conocimiento difícilmente alcanzado por
ninguna otra persona, las directrices que nos da para el estudio constituyen una pauta
que hemos de tener muy en cuenta. Porque, ¿quién puede enseñar un arte o una
ciencia con tanta autoridad como aquel que la ha practicado con indiscutible éxito?
Así pues, bien protegido por la figura de un personaje tan famoso me voy a
atrever a inculcar en mis ingeniosos contemporáneos la necesidad de la lectura, la
conveniencia de consultar otras interpretaciones que no sean las propias, y a
considerar los sentimientos y opiniones de aquellos que, si bien se encuentran
relegados en nuestro tiempo, tuvieron en su época, y muchos de ellos durante mucho

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tiempo después, gran fama por unos conocimientos difícilmente alcanzados por
quienes les han menospreciado.
No sé cómo se ha extendido últimamente[10] en nuestro ámbito la idea de que las
librerías están repletas tan sólo de obras inútiles; y que emplear el tiempo en dejarse
las pestañas leyendo libros sirve exclusivamente para impregnarse de prejuicios,
impedir el libre curso de las fuerzas de la naturaleza, fortalecer la memoria en
detrimento del buen juicio y hundir a la razón bajo el peso agobiador de lecturas
indigestibles.
Así se manifiestan muchos de los que se consideran sabios, y algunos otros que
también los juzgan de ese modo; aquellos que probablemente creen en sus propios
principios, y aquellos otros a los que se les puede considerar sospechosos de proteger
su propia ignorancia y deseosos de destruir la reputación de quienes poseen unos
conocimientos y una sabiduría que ellos jamás podrán compartir. Yo creo que no
existe la menor duda de que los conocimientos nunca podrán ser menospreciados por
ningún hombre instruido. Porque, ¿qué crédito se podrá conceder a quienes se atreven
a atacar y a condenar lo que desconocen?
Si la razón goza de la fuerza de aquellos que justamente la respetan; si la atención
y la meditación son asimismo elementos enriquecedores, resulta difícil de creer que
tantos millones de seres que, al igual que nosotros, participan de los dones otorgados
por la naturaleza, hayan estado meditando y reflexionando en vano durante siglos y
siglos. Si los intelectuales de la actualidad esperan lograr la estima de la posteridad,
seguramente se verán obligados a admitir que han sido formados e instruidos por las
pasadas generaciones. Por consiguiente, cuando un autor declara que no ha logrado
aprender nada de los escritos de sus predecesores, y tal declaración ha sido hecha
recientemente, no logrará con semejante manifestación de imperdonable arrogancia
otra cosa que establecer una serie de prejuicios en contra de su trabajo; porque ¿qué
esperanzas de éxito puede albergar quien hasta ese momento ha marginado a los más
grandes talentos?, ¿o con qué tipo de fuerza especial se cree revestido ese individuo
para poder superar las dificultades que se mostraron invencibles hasta el momento?
El número de aquellos que han sido escogidos por la Providencia para aportar
algo importante a la humanidad es sumamente escaso; y lo que pudo aportar un solo
individuo, por muy brillante que fuera, es muy poco. En su mayor parte, la
humanidad debe su progreso y sus conocimientos al trabajo y a la investigación
llevados a cabo por toda la sociedad. Comprender las obras de los autores más
famosos, saber discernir plenamente sus métodos y sistemas, y lograr retener y
recordar adecuadamente lo aprendido representa una considerable tarea para las
mentes normales. Y podemos calificar de inútil o de perezoso a quien haya optado
por almacenar sus conocimientos, y se limita a trasmitirlos de forma ocasional a los
que están menos preparados o disponen de poco tiempo para su formación.
Aulo Persio[11] observaba muy acertadamente que el conocimiento de nada le vale
a aquel que no es conocido por los demás. Al erudito desconocido de nada le sirve su

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saber, pues no llegará a lograr la fama ni los honores que le están reservados a los que
sí son conocidos. Y el resto del mundo tampoco se verá beneficiado ni podrá admirar
a quien se ha guardado para sí cuanto sabe. Así pues, ese individuo nada significa
para los demás, puesto que no ha hecho la menor aportación para sacar al mundo de
sus posibles errores.
Por eso Horacio, a la hora de considerar lo que es un temperamento
verdaderamente realizado, pide que una sus sentimientos y conocimientos con el
saber expresarlos; y se refiere seguidamente al acierto de aquel que, una vez que ha
acumulado una serie de conocimientos, sabe difundirlos de una forma agradable y
completa.
El hombre inteligente se forma mediante conversaciones adecuadas. El que se
entierra entre sus obras y manuscritos «se empolva», como bien decía Pope[12]
«cubierto por un polvo erudito», y deja que pasen sus días y noches en una perpetua y
solitaria meditación, es un buen candidato para que olvide su capacidad de expresar
la sabiduría que haya atesorado cuando trate de comunicarla a los demás; se mostrará,
pues, como un ser agobiado por sus conocimientos, cual un guerrero abrumado por
unas armas cuyo peso no puede soportar. Carecerá de la facilidad expresiva necesaria
para transmitir sus especulaciones, y del poder de adaptación para adecuarse a los
diversos planos intelectuales que le proporcionarían una buena conversación. De ese
modo su charla se convertirá inevitablemente en una cháchara ininteligible y
desagradable.
En cierta ocasión asistí a una conferencia de un profundo filósofo, hombre
verdaderamente erudito en la ciencia a la que se había dedicado por completo, que a
la hora de querer explicar el término «opacidad» y el de «transparencia», nos vino a
decir, tras pensarlo no poco, que la opacidad era lo opaco, y que la transparencia
significaba lo transparente. Tal fue la destreza y habilidad empleada por este gran
intelectual para explicar a su auditorio las complejidades de la ciencia, demostrando
con ello, y una vez más, el hecho de que una persona puede saber muchas cosas pero
que quizás se muestre incapaz a la hora de enseñarlas.
Boerhaave[13] se quejaba de que los escritores que habían tocado temas químicos
antes que él lo habían hecho de tal manera que sus obras resultan del todo inútiles
para la mayoría de los estudiantes porque presuponen que sus lectores tienen un nivel
de preparación del que frecuentemente carecen. En idéntico error caen aquellos
autores que han trabajado en solitario y dan por sentado que los demás se encuentran
familiarizados con las mismas pesquisas y descubrimientos que ellos hicieron por su
cuenta; y que, por supuesto, sabrán comprender las mismas complejidades y
circunloquios que a ellos tanto les excitaron intelectualmente.
No es éste el único inconveniente que se le presenta al estudioso que se recluye en
una vida de total soledad. Cuando se encuentra con una opinión que le complace la
toma con avidez, y solamente se ocupa de buscar otros argumentos que la confirmen,
o trata de evitar las posibles objeciones que se le presenten y de mantener su opinión

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aun cuando sea con pruebas muy débiles; se autocomplace sin esforzarse en dilucidar
desagradables incógnitas; y cuando le parece que ha llegado el momento oportuno
trata de enriquecer sus hallazgos con verdades que considera irrebatibles. Pero
cuando tiene que enfrentarse a personas que discrepan de su criterio porque han
llegado a conclusiones diferentes a la suya, tras estudiar el tema que les ocupa desde
varias perspectivas, ve en peligro su gratificante situación y se ve a sí mismo en una
posición muy precaria porque siempre ha estado navegando en el mismo barco, se
encuentra en la misma situación en que se hallaría quien habiendo estado todo el
tiempo protegido por el mismo maestro se siente ahora perplejo y estupefacto por la
postura adoptada por su antagonista. Se enreda entonces en una serie de dificultades
inesperadas, hostigado por súbitas objeciones, incapaz de proporcionar soluciones o
dar las debidas respuestas, y se ve dominado por una sorpresa que imposibilita su
capacidad de razonamiento y que dispersa y confunde sus pensamientos, no
quedándole otro recurso que dar rienda suelta a su orgullo y gratificarse con lo que
considera una victoria fácil.
Es difícil imaginar la frustración que puede sentirse cuando aquellas verdades que
una persona ha descubierto de modo casi intuitivo se ven rechazadas por otra mente;
y cuántos artificios deben ponerse en práctica para admitir que aquellas proposiciones
más evidentes sean admitidas en mentalidades asustadas por la novedad que
conllevan, o se enfrentan a ellas por unos prejuicios aceptados durante largo tiempo.
Difícilmente se puede concebir con cuánta frecuencia sucede en este tipo de
controversias extemporáneas que lo aburrido se vuelve sutil, e ingenioso lo que no
deja de ser absurdo; con cuánta frecuencia la estupidez trata de evitar el peso de los
argumentos replegándose en su propia ignorancia. De este modo, una mentalidad
equivocada tejerá ingeniosas artimañas que al raciocinio le resultará muy difícil
desenredar.
Por lo general el erudito solitario suele encontrarse en apuros cuando se enfrenta a
un posible antagonista. Porque es necesario experimentar diferentes puntos de vista
que permitan modificar y enriquecer las propias opiniones, vivir la aportación que
puedan ofrecer otros hallazgos, y fortalecer la mente con argumentos inteligibles y
con similitudes y ejemplos ilustrativos. Por todo ello el que se ha entregado en
solitario a un trabajo intelectual ha de procurar validarlo mediante el encuentro y el
debate que se practica en toda relación social.
Pero si bien la posibilidad de mantener encuentros y conversaciones nos anima a
practicar el arte de la controversia y el debate, en donde juegan un papel significativo
los propios sentimientos, frecuentemente nos vemos traicionados por
comportamientos que no son del todo justificables. Una persona que se excita en el
calor de la conversación y desea ardientemente salir vencedor a toda costa del debate,
se aprovechará de los posibles errores o de la ignorancia del adversario, se agarrará a
concesiones personales inadmisibles y tratará de presentar unas pruebas discutibles
con el único objetivo de aplastar a su oponente, aun a sabiendas de que tales pruebas

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y argumentos carecen de fuerza. Con esta actuación se pierde la seriedad del
razonamiento; y aunque se puedan exponer muchos temas, tal exposición se hará de
forma inadecuada y sin el debido peso. Porque con todo esto sólo estamos tratando de
satisfacer nuestra propia vanidad acallando al contrario; y pocas veces nos paramos a
reflexionar que nuestro discurso solamente ha servido para halagar nuestro ego.
Por consiguiente ha de tenerse mucha cautela para que toda esa aparente
habilidad no pierda su valor por el desajuste y la confusión que se hayan podido
emplear a lo largo de la conversación.
Escribir los pensamientos e ideas que se tengan para dotarlos de mayor firmeza, y
someterlos a un frecuente análisis y revisión constituye el mejor método para que la
mente detecte sus propios sofismas y se mantenga en guardia contra las falacias que
podamos utilizar con los demás. Como es natural, cuando hablamos nuestros
pensamientos se vuelven difusos, mientras que al escribirlos los concretamos más. El
trabajar con método es uno de los mejores recursos que nos ofrece la escritura, y lo
que nos permite dotar posteriormente de sutileza y gracia a la conversación.
Así pues, la lectura, la escritura y la conversación, en su justa medida, representan
la auténtica ocupación del hombre de letras. Sin embargo no suele haber para todas
estas actividades las mismas oportunidades; por ello con frecuencia no resulta fácil
dominarlas todas al más alto nivel. La mayoría de las personas suele fracasar en uno
u otro de los fines propuestos, y por ello a veces se intentan todos sin poseer una
buena disposición, o se cumplen sin precisión. No obstante, hay que disculpar ciertas
deficiencias, puesto que todos somos humanos, y en el mundo no existe nadie que
posea todos los talentos. Pocos son los que han tenido la oportunidad y las
circunstancias adecuadas para poder desarrollar las dotes que les ha otorgado la
naturaleza. Sin embargo, es conveniente que siempre tengamos a la vista el concepto
de la perfección, ya que así podremos caminar hacia ella aunque sepamos que nunca
la lograremos.

Sobre la escritura y la verdad


N. 95. Martes, 2 de octubre de 1753
Dulcique animos movitate tenebo.

OVIDIO[14]

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A menudo se reprocha a los escritores que, a pesar de todas sus pretensiones de ser
geniales y creativos, no hacen otra cosa más que copiarse unos a otros; y se critica
que esas obras que se presentan a todo el mundo con la pompa de la novedad
solamente ofrecen repeticiones aburridas de sentimientos comunes; o que, en el mejor
de los casos, no hacen más que exhibir arreglos de imágenes ya conocidas,
pretendiendo dar una nueva apariencia mediante leves modificaciones y detalles
superficiales.
El parecido existente entre las obras de diferentes autores es un hecho que no se
puede discutir; pero la afirmación de plagio, cosa que parece dimanar de aquel hecho,
es algo que no se debe afirmar tan a la ligera[15]. Es muy fácil que se produzca una
coincidencia de sentimientos entre distintos autores sin que se haya producido la
menor comunicación entre ellos, ya que existen muchas ocasiones en las que
individuos de parecida condición piensan del mismo modo. Escritores de todas las
épocas han manifestado en determinadas ocasiones los mismos sentimientos, porque
siempre se reflexionó y se especuló sobre los mismos temas. Los intereses y las
pasiones, las virtudes y los defectos del ser humano han sido objeto de estudio a lo
largo de toda la historia de la humanidad, y a la hora de tratar dichos temas sólo se ha
variado en detalles adicionales, según el momento histórico en que se viviera. Es por
tanto muy comprensible que los autores que pretendan tocarlos lo hagan sin poder
evitar ciertos parecidos que hemos de aceptar benévolamente.
Por consiguiente es necesario que antes de acusar a un autor de plagio, falta
sumamente reprochable aunque tal vez no sea la más grave que se pueda cometer en
la literatura, se estudie con detenimiento el tema que ha tocado en su obra. No
tenemos por qué maravillarnos de que historiadores que tratan los mismos hechos
concuerden, en determinados momentos, en sus respectivas narraciones. O que otros
autores, al estudiar ciertos puntos científicos, establezcan los mismos teoremas y
expresen parecidas definiciones. Pero debemos tener en cuenta que no es perjudicial
para el progreso de la humanidad el hecho de que, debido a la abundancia de los
libros que se publican, existan varios escritores que toquen a lo largo de su carrera
profesional los mismos temas; de ese modo siempre se podrá escoger entre autores
que al referirse a materias parecidas lo hacen de forma distinta, unos con más
sencillez y claridad y otros de forma más compleja y tal vez oscura; unos nos
agradarán por su estilo literario y otros por el método que han escogido para exponer
sus ideas; habrá quien nos guste por su concreción y quien nos sorprenderá por su
prolijidad y por la riqueza de datos que aporte.
La misma indulgencia se ha de mostrar con los escritores que se refieren a temas
morales; porque siendo el bien y el mal conceptos inmutables, quienes se esfuerzan
en aclarárnoslos en sus obras, si lo hacen con seriedad y rectitud, habrán de coincidir
entre sí. En todo tiempo y lugar las relaciones de la vida social y los deberes y
obligaciones que son inherentes al individuo tienen que ser las mismas; por supuesto

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que pueden surgir pequeñas diferencias debido a las circunstancias existentes en cada
momento pero, en esencia, la doctrina expuesta será similar.
Aun así no es cosa deseable que, por cuanto se ha dicho, los escritores del futuro
dejen de ocuparse de los temas que se refieren a la ética y a la moralidad. El ser
humano siempre sentirá la tentación de desviarse de su deber; y, por consiguiente,
siempre le será necesario tener a alguien que se lo recuerde. Y, por lo general, un
libro recién publicado suele llamar la atención del público simplemente por el hecho
de ser nuevo.
En la creación literaria, como en tantas otras cosas, siempre existe una especie de
necesidad de estar de acuerdo con los tiempos que corren. Y las verdades que es
necesario que hoy se vean de una determinada manera, pueden exponerse mañana de
forma diferente. Por eso mismo el autor ha de tener el suficiente discernimiento para
conocer el gusto de sus contemporáneos y, adecuándose a ellos, saber presentar sus
temas del modo más grato sin que por ello tenga que disminuir la seriedad de sus
afirmaciones.
Todo esto nos lleva a la consideración de que hay muchas formas de escribir que
nos permiten otorgar el título de original a un escritor sobre moral. Puede utilizar un
estilo de diálogos en su obra para hacerla más familiar al lector, o hacerla más sutil
por medio de una serie de argumentos silogísticos; puede reforzar su doctrina
mediante un estilo serio y solemne, o preferir suavizarla de forma más brillante y
ligera; puede mostrar sus sentimientos de forma descarnada o ilustrarla con ejemplos
históricos; puede emplear una forma en la que abunden sabias concatenaciones que
enriquezcan su discurso o, por el contrario, aligerarlo mediante breves críticas e
inesperados ensayos.
Para sobresalir en cualquiera de estos estilos será imprescindible cultivar
adecuadamente el genio literario; el que llegue a lograrlo podrá estar seguro de
conseguir un buen número de lectores; y aquel que sepa transmitir sus conocimientos
con éxito, no hay duda de que figurará entre los benefactores de la humanidad.
Idénticas observaciones podrían hacerse de las pasiones humanas, porque su
influencia es uniforme y muy parecidos sus efectos en todos los seres. Cada individuo
ama y odia, desea y rechaza como lo puede hacer su vecino; el resentimiento y la
ambición, la avaricia y la indolencia muestran los mismos síntomas en personas a las
que tal vez separan cientos de años.
Por eso nada puede resultar más injusto que tachar de plagiario a un escritor
porque atribuya sencillamente a cada causa su correspondiente efecto, y haga que su
personaje actúe como otros habrían actuado en igualdad de circunstancias. Hay una
serie de conceptos sobre los que todo el mundo está de acuerdo, aunque cada uno
establezca sus propias observaciones al respecto. El enamorado se verá representado
como un amante que se muestra impaciente ante todo lo que pueda interrumpir sus
meditaciones sobre su amada; que se retira a su soledad para no ser molestado por
quienes puedan poner en entredicho su felicidad cercana, y que sólo se siente cómodo

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con aquel amigo que alienta su pasión amorosa y con el que puede pasar horas
hablando de su amada ausente. Quien haya sentido durante mucho tiempo el zarpazo
de un odio profundo podrá contar, sin necesidad de remitirse a lo que se diga en
antiguos tratados sobre el tema, cómo se mantienen vivas las pasiones por el recuerdo
de las injurias recibidas y por el ansia de venganza; cómo le hierve la sangre al oír el
nombre de su enemigo y cómo va desgarrándosele la vida con las estratagemas que le
ofrece su desgracia.
Todas las pasiones poseen una estructura igualmente simple y limitada si tan sólo
se las considera en relación al pecho en el que habitan. La anatomía de la mente,
como la del cuerpo, mostrará siempre los mismos aspectos. Y aunque de vez en
cuando se descubran nuevas modificaciones en el universo pasional, fruto de las
pesquisas de los que investigan sobre la materia, tales modificaciones tan sólo
afectarán a aspectos muy parciales y, por lo general, serán temas que tendrán más de
curiosidad que de importancia.
Por consiguiente sería natural preguntarse cuál es el método más acertado para
que los escritores, tanto los actuales como los futuros, logren el reconocimiento y el
favor del público. Es conveniente que tengan presente y tomen buena nota de las
modificaciones que generan los cambios experimentados por la sociedad en cada
generación y sepan reflejarlos de una forma adecuada; porque si bien el amor es
siempre el mismo, las relaciones amorosas varían continuamente. La galantería y el
arte del cortejo sentimental, inspirado siempre por la belleza, pueden ser tan variados
que sus manifestaciones llenarían muchos libros. En ciertas épocas se ha tratado de
ablandar el corazón de las damas mediante bailes y serenatas, en otras mediante
torneos y aventuras galantes; y no olvidemos que en muchas ocasiones sólo se prestó
atención a las riquezas que ofrecía el galán, a sus regalos y atenciones. Por todo ello
el individuo ambicioso siempre ha deseado tener dinero y poder, y ha tratado de
lograrlo en ciertos países complaciendo al pueblo, y en otros complaciendo a los
gobernantes. En unas naciones los honores han sido el galardón reservado
exclusivamente a los triunfos militares, mientras que en otras se conseguían con el
acaudillamiento y el favor del pueblo. La avaricia, por su parte, ha adoptado modelos
muy variados que van desde el usurero de la antigua Roma hasta el actual jugador de
bolsa inglés. Incluso el mismo ocio, pese a ser poco propenso a cambios e
invenciones, se ha visto forzado a modificar en el transcurso del tiempo sus métodos
para pasar de forma divertida el día.
He aquí, pues, el fundamento en el cual ha de basarse quien desee estudiar la
sociedad, y gracias a cuya variedad inagotable de imágenes y alusiones podrá realizar
sus obras. Y al que no preste la debida atención a esas formas sociales que están
mudando continuamente le será imposible captar con frescura las imágenes que se le
presentan, antes de que se vean convertidas en descripciones vulgares y reiterativas.
Sir Isaac Newton[16] descubrió que los colores fundamentales de la gama
cromática son solamente siete, pero que cada ojo puede percibir infinidad de matices

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producidos por las diversas proporciones en que se mezclen esos siete colores
primigenios. Lo mismo sucede con las pasiones humanas que mueven el mundo, y
que producen todo ese inmenso y ansioso bullicio que ronda por el planeta. Si
analizamos debidamente el tema veremos que esas pasiones, generadoras de todos los
placeres y de todos los dolores que conocemos, son muy pocas; pero las múltiples
combinaciones que pueden darse entre ellas, debido a causas externas de toda índole,
alteran la percepción del observador produciendo nuevas y complicadas emociones y
sentimientos que cada uno interpretará a su manera, proporcionándole de este modo
una infinita gama de temas para su especulación personal.
Por tanto, la queja de los que afirman que todos los temas ya han sido tocados no
es más que el susurro de la ignorancia o de la ociosidad que tan sólo les sirve para
desanimar a los demás y a sí mismos; porque la mutabilidad de la sociedad humana
siempre proporcionará escritores que tengan una nueva visión de las cosas, y cuya
fantasía siempre podrá embellecer con originales encuadres.

Las riquezas del comercio


N. 102. Sábado, 27 de octubre de 1753
Quid tam dextro pede concipis, up te
ut te Conatus non poeniteat votique peracti?

JUVENAL[17]

A The Adventurer[18]:
Señor:
Durante muchos años he sido comerciante en Londres. Inicié mi negocio de forma
modesta y con escasos medios; precisamente por eso fui durante mucho tiempo
despreciado e intimidado por quienes, al disponer de más dinero y de más medios que
yo, pensaban que también tenían más derechos y más méritos. Sin embargo, no
permití que mi resentimiento me llevase a utilizar artimañas engañosas, ni que mi
ansia de riquezas me empujase a emplear peligrosos mecanismos para conseguirlas.
Continué trabajando en mi negocio con tesón, estimulado por la esperanza de llegar a
ser algún día más rico que aquellos que me marginaban. Y tuve la satisfacción de
comprobar, al hacer el balance anual de mi negocio, que mi fortuna se incrementaba

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más de lo que había esperado.
En pocos años mi esfuerzo y mi probidad se vieron plenamente recompensados,
mi fortuna creció notablemente y la reputación ocasionada por esa riqueza se hizo
todavía mayor. Poseía grandes almacenes atestados de mercancías y considerables
sumas de dinero en fondos y acciones bancarias. Las más importantes firmas de la
Bolsa no dudaban en halagarme; me convertí en el oráculo de la Cámara de
Comercio; se me solicitaba para que tomase parte en todo tipo de negocios, y se me
animó para que me convirtiese en poco tiempo en uno de los directores de una
compañía muy próspera. Para completar todos estos honores y prebendas mercantiles
disfruté de la ventaja de poder pagar para evitar las obligaciones que conlleva el
nombramiento de sheriff.
Como sin duda usted ya sabe, el dinero genera más dinero. Cuando alcancé una
gran fortuna ya no tuve miedo a que se me pudieran poner obstáculos e impedimentos
de ninguna clase. Realicé nuevas adquisiciones que aumentaron mi fortuna y durante
algunos años no hice otra cosa que acumular más y más dinero.
Finalmente, y para completar el ciclo de prosperidad que desea cualquier
ciudadano con ambiciones, decidí comprar una gran propiedad en el campo y
terminar mi vida en un placentero retiro. Desde que semejante idea me llenó la
cabeza descubrí que las fatigas que me ocasionaban mis múltiples negocios se me
hacían cada vez más insoportables, y me persuadí de que no iba a estar siempre
capacitado para atenderlos y que mi salud pronto se resentiría por el desgaste que
conllevaba gestionar tantos y tan importantes asuntos. Ya no podía imaginar otra
felicidad que no fuera la de disfrutar de un ocio ininterrumpido.
En las conversaciones que mantenía con mis amigos no tocaba otro tema que las
fatigas que proporcionaba el comercio y la felicidad que aportaría la intimidad y la
soledad del campo.
Pero a pesar de semejantes declaraciones, no era capaz de reconciliarme con la
idea de dejar de hacer más dinero. Y aunque no pasaba un día sin que preguntara por
la compra que deseaba hacer, siempre encontraba alguna razón para rechazar lo que
me ofrecían. Además, había imaginado que el lugar que deseaba habría de ser tan
hermoso y habría de ofrecer tantas comodidades que muy posiblemente no lo hubiera
conseguido aunque viajara por todo el mundo en busca de él, pues siempre
encontraría algún defecto en el que pudiera hallar.
Así pues seguía hablando de retirarme, al tiempo que rechazaba toda posibilidad
de retiro. Mis amistades empezaron a burlarse de mis retrasos continuos, y yo
también me sentía avergonzado de jugar con mis inclinaciones contradictorias.
Finalmente compré una propiedad en el campo, transferí mis negocios al joven que se
había casado con mi hija y me retiré al campo para iniciar mi vida de gran propietario
rural.
Durante algún tiempo encontré aquí la felicidad que esperaba hallar. Reformé la
vieja casa siguiendo las indicaciones de los mejores arquitectos, eché abajo las

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paredes del jardín y puse una preciosa cerca, hice grandes avenidas de árboles, llené
el invernadero con plantas exóticas, mandé cavar un nuevo canal y rellené con la
tierra extraída el viejo foso.
La fama de estas costosas reformas hizo que todo el mundo viniera a
contemplarlas. Yo dejaba que los visitantes se movieran con entera libertad, les
mostraba los jardines y los apartamentos, les explicaba los planos de las nuevas
decoraciones que tenía previstas, y me sentía gratificado con la sorpresa que causaba
en unos y la envidia que producía en otros.
Naturalmente era envidiado; ¿pero hasta qué punto puede un hombre juzgar la
condición del prójimo? Ha llegado el momento en el que tanto esplendor ya no me
produce placer alguno. Hice reformas y construcciones hasta que agoté la
imaginación de los arquitectos; he ido añadiendo comodidades, una tras otra, hasta
que ya no supe qué más podía desear o diseñar; engrandecí mis jardines, creé un
nuevo parque y terminé el trabajo de las purificadoras de agua, ¿qué más puedo hacer
ahora?: construir torres que una vez estén concluidas no tendrán la menor utilidad,
diseñar apartamentos en los que el tiempo irá deslustrando poco a poco los muebles,
arreglar el salto de agua cuyo sonido incluso ahora apenas logro percibir, y vigilar el
crecimiento de unos árboles de cuya sombra se beneficiarán tan sólo las futuras y
lejanas generaciones.
En esta lánguida inactividad actual se inicia y concluye cada día. Aquella
felicidad por la que me afané durante tanto tiempo ha llegado a su fin porque ya se ha
conseguido; me paseo de una a otra habitación hasta que me siento aburrido; cabalgo
hasta la colina cercana que se eleva en el centro de mi propiedad y desde la cual
puedo contemplar todas mis tierras, pero no logro ver nada que no haya visto antes; y
regreso a casa frustrado, aunque sabía de antemano que nada debía esperar de mi
cabalgada.
En aquellos felices días del pasado en que me ocupaba de mis negocios solía
levantarme temprano, y recuerdo aquel tiempo en el que me lamentaba de que el día
fuera tan corto y de que la noche me obligara a cerrar durante unas pocas horas el
grifo de mi prosperidad y de mi opulencia. Ahora pocas veces me levanto para ver la
salida del sol y «poder decirle», con el ángel caído, «cuánto odio sus rayos[19]». Dejo
el sueño nocturno para caer en un estado de inercia y encarcelamiento, sin otra
ocupación en esa primera hora del día que la de pensar en cómo lograré pasar la
próxima. Prolongo el desayuno todo lo que puedo, porque una vez lo haya terminado
no tendré en qué ocuparme hasta que llegue la hora de la comida, momento que
espero con cierto grado de impaciencia. Me doy cuenta de que sería feliz si pudiera
pasarme la vida comiendo, no porque me sienta continuamente con hambre sino
porque, al menos, así podría distraer de algún modo mi ocio. Pero ¡ay de mí!, pronto
llegará el día en que deje de comer para siempre. Mi constitución se ha vuelto tan
delicada que ya no tolero los licores fuertes en la comida. Pienso entonces que tendré
que esperar siete horas hasta la cena. Finalmente llega ésta, a la que doy una cálida

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bienvenida porque sé que tras ella se acerca el momento de irme a la cama.
Tal es, señor, la felicidad que tanto parecía seducirme cuando estaba entregado a
las obligaciones y placeres de mi vida comercial. Sé muy bien que aquellos que lean
este relato me dirán que existen muchas maneras de poder distraerse inocentemente, y
que abundan actividades de las que, al parecer, no tengo la menor idea; que tanto la
naturaleza como el arte proporcionan una serie de placeres que, sin necesidad de
entregarse al frenesí de los negocios, pueden estimular a la persona que es activa,
serenar a la que se siente sola y animar a la que busca la relación social.
Pero le confieso, señor, que ya he probado todos esos recursos. Cuando al
principio tomé posesión de esta propiedad adopté los gustos de mis vecinos y compré
armas de caza y artes de pesca, adquirí numerosos perros y llené el establo de
caballos; pero muy pronto la experiencia me dijo que todos esos elementos de
felicidad rural no me producían demasiadas gratificaciones. Mi puntería es
lamentable y, para ser sincero, diré que incluso me asusta el ruido de los disparos de
mi escopeta. No encuentro el menor placer en los ladridos de la jauría cuando
persigue a un inofensivo animal cuya apacible vida se ve en peligro por la efímera
satisfacción del cazador, reflexión que no me hago con toda la frecuencia que
debiera. En lo que concierne a mi caballo, que está especialmente adiestrado para las
cacerías, debo decir que hace lo que le viene en gana sin tener en cuenta el camino o
la velocidad que le marco; se lanza a saltar setos y zanjas a su antojo corriendo
desaforadamente con los perros, cosa que divierte mucho a mi hermano el deportista.
En cierta ocasión su ansia de conseguir una pieza le llevó a meterse en un río
obligándome a hacer lo mismo. Le aseguro que no volveré a arriesgar mi vida sólo
por el —placer— de aniquilar a una pobre liebre.
Me dediqué después a comprar libros, y con la ayuda proporcionada por el vicario
logré disponer en cosa de pocas semanas de unas estanterías bien abastecidas. Tal vez
se quede sorprendido cuando le diga que todo el placer que me produjo esa compra se
limitó al buen rato que pasé ordenando los volúmenes de acuerdo con su tamaño y las
características de su encuadernación. Porque he de confesarle que no siento la menor
curiosidad por enterarme de acontecimientos que han tenido lugar hace mucho
tiempo y que, por consiguiente, no me ofrecen el menor interés. No me importa en
absoluto saber si Cicerón o Demóstenes fueron magníficos oradores o si Aníbal dejó
de conquistar Italia por su propia desidia o por la corrupción moral de sus
soldados[20]. No tengo gran interés en aprender ciertas cosas de corte más o menos
polémico, ni entiendo muy bien por qué se han escrito tantos volúmenes sobre temas
de los que no he tenido el menor conocimiento durante años en los que viví tan a
gusto. En una ocasión me propuse estudiar alguno de mis libros dedicados a temas
legales, pero encontré aquellos textos tan complicados e ininteligibles que abandoné
desesperado su lectura en menos de un mes, y decidí que supliría mi ignorancia sobre
esos temas contratando los servicios de un experto en la materia.
Soy hospitalario por naturaleza, y durante algún tiempo me entretuve

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manteniendo relaciones sociales y recibiendo periódicamente a mis vecinos; pero
aunque ellos frecuentan mi casa porque encuentran en ella un vino mucho mejor que
el que pudieran hallar en otro sitio, reconozco que su conversación no me resulta
estimulante. No saben nada de temas comerciales y yo desconozco por completo la
historia de sus familias o de las rivalidades que existen en la región. Así que cuando
terminamos con las cortesías de rigor, por lo general ellos se ponen a conversar de sus
cosas y yo me encuentro completamente solo en su compañía. Aunque no soy
bebedor me siento en la obligación de hacer circular el alcohol entre mis huéspedes.
Su alegría se va haciendo, poco a poco, más turbulenta y escandalosa, y antes de que
termine el jolgorio me siento disgustado y casi enfermo, unas veces porque me
reprocho el ser prácticamente abstemio, y otras por algunas de las maliciosas
insinuaciones que se me hacen calificándome de «urbanita» de poca monta, es decir,
de mero comerciante enriquecido.
Tal es, señor, la vida a la que yo mismo me he condenado por el necio empeño de
ser feliz imitando a otros; tal es la felicidad que yo deseaba conseguir, y que
consideraba como la obra maestra que pondría afortunado colofón a mis
preocupaciones y a mis esfuerzos. Trabajé muy duro y con la mayor entrega, año tras
año, esperando que llegara la hora feliz en la que pudiera dedicarme al ocio.
Finalmente, se me concedió el privilegio de la ociosidad, pero ésta no ha venido
acompañada del beneficio que produce la tranquilidad.
Atentamente,

MERCATOR[21]

Sobre las opiniones, la vida, la felicidad y la libertad


N. 107. Martes, 13 de noviembre de 1753
Subjudice lis est.

HORATIO[22]

Algunos que creen que se puede conseguir fácilmente una cierta sabiduría haciendo
preguntas más que buscando soluciones, se han preguntado en ocasiones cómo es
posible que el mundo se encuentre tan dividido por la diversidad de opiniones; y por
qué personas que tienen una inteligencia parecida y que aman por igual la verdad no

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piensan siempre de la misma manera.
Con respecto a aquellas proposiciones sencillas cuyos términos se comprenden
fácilmente, y en las que el tema a que se refieren se entiende al instante, existe tal
uniformidad de sentimientos entre todos los seres humanos que a lo largo de la
historia se supuso que muchas ideas eran innatas en la persona, o que necesariamente
coexisten con la facultad de la razón; y se ha llegado a pensar que semejante acuerdo
universal podía proceder de los dictados invariables establecidos por una paternidad
universal.
No cabe esperar semejante similitud en temas que se muestran más difusos y
complicados. En nuestras primeras incursiones en el mundo intelectual todos
marchamos juntos por una senda que no ofrece problemas; pero en cuanto avanzamos
o profundizamos más, y se nos presentan perspectivas más amplias, cada uno se fija
su propio escenario, nos dispersamos por caminos diferentes y, a medida que vamos
avanzando, nos alejamos más los unos de los otros. En cuanto un tema se hace más
complicado y en él se pueden establecer un mayor número de relaciones es inevitable
que siempre se multipliquen los desacuerdos de opinión. Y no porque seamos
irracionales, sino porque somos seres finitos, dotados de distintas clases de
conocimientos, y prestamos a cada asunto diferentes grados de atención. Esta persona
descubre unas consecuencias que se le escapan a otra, ninguna logra establecer la
concatenación plena de causas y efectos, y la mayoría sólo comprende una parte muy
pequeña; cada una compara lo que observa con criterios diferentes, y cada una
manifiesta propósitos distintos.
Así pues, ¿nos puede sorprender que quién solamente ve una parte pequeña de un
tema juzgue su totalidad de forma equivocada? ¿O que quienes ven partes diferentes
las juzguen de una forma asimismo diferente?
Todo lo que muestre varios aspectos ha de tener forzosamente apariencias
distintas, tanto si hace referencia a lo bueno o a lo malo, a la belleza o a la
deformidad. Y así el jardinero arranca el hierbajo que considera pernicioso y que el
médico recoge como planta medicinal. Dice sir Kenelm Digby que «un general
observará complacido una llanura, como el lugar más idóneo para que en él se dé la
batalla que tal vez decida el destino de dos imperios; es el mismo terreno que un
granjero hubiera despreciado por ser tierra inhóspita y estéril, carente de pastos e
inservible para el cultivo[23]».
Dos personas que examinen la misma cuestión procederán generalmente del
mismo modo que lo hacen el jardinero y el médico al seleccionar las hierbas, o el
agricultor y el general al estudiar la llanura. Sus mentes están marcadas por ideas
diferentes, y dirigen sus pesquisas a fines asimismo distintos; por ello establecen
conclusiones diferentes, y cada uno se maravilla y sorprende de las absurdas ideas del
otro.
Todavía tenemos menos motivos para sentirnos sorprendidos u ofendidos cuando
vemos que otras personas discrepan de nuestras opiniones, porque no hemos de

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olvidar cuántas veces discrepamos nosotros mismos de las propias ideas; no siempre
tenemos presente cuán a menudo modificamos nuestros criterios. Y esto nos sucede
porque los cambios que experimenta nuestra mente se van produciendo de forma
gradual y, a veces, casi imperceptible; de modo que nuestras últimas ideas borran el
recuerdo de las anteriores. No obstante, a aquella persona que se habitúe de vez en
cuando a observar sus pensamientos le bastará con una simple introspección para
darse cuenta de los cambios que ha experimentado su mente; que aquellas cosas que
rechazó en cierta etapa de su vida no tiene inconveniente en aprobarlas en otra, que
hay ideas que pueden ser aceptadas y reprobadas más tarde; y que, en numerosas
ocasiones, aunque uno trate de obrar con firmeza no puede evitar que la mente dude;
y que si sigue manteniéndose en los mismos principios y actuando de la misma
manera lo hace muchas veces más por temor a que lo juzguen de inconstante que por
estar seguro y a gusto con su propia actuación.
Como ilustración de las diferentes caras que muestran con frecuencia los mismos
conceptos y objetos cuando se los observa desde diferentes ángulos, y de las
opiniones contradictorias que pueden surgir constantemente al estudiarlos,
pondremos el llamativo ejemplo de la opinión que les merecía la vida a dos autores
griegos[24].
Escogeré unos fragmentos muy representativos de sus opiniones.
El primero es un texto de Posidipo, poeta griego que se lamenta con las siguientes
frases:

¿Qué camino es el que deberemos escoger al pasar por esta vida? En la


gestión de las asambleas públicas se producen debates y surgen un sinfín de
problemas; el ámbito familiar está plagado de ansiedades; en el campo no hay
más que trabajo duro, en el mar no hay más que terror. El que parte a un país
extranjero si tiene dinero temerá que se lo roben, y al que carezca de medios
lo consumirán las desgracias. Si estás casado te devorarán las sospechas y los
celos; si estás soltero, languidecerás de soledad. Los hijos dan trabajo y
preocupaciones, pero una vida sin ellos es una tristeza. La juventud no es más
que una etapa de estupidez alocada, y cuando encanecen los cabellos te
afligen toda clase de enfermedades. Por tanto sólo quedan dos alternativas: o
el no venir a este mundo, o abandonarlo cuanto antes.

Éste es el negro panorama que Posidipo nos presenta. Pero no tenemos por qué seguir
su opinión al pie de la letra, en esa visión suya que se enfrenta de pleno con los
valores de la existencia, porque Metrodoro, filósofo ateniense, nos ofrece, por el
contrario, una perspectiva completamente distinta, al afirmar que si bien la vida
incluye problemas también nos concede placeres, y nos habla de ella con tonos
estimulantes y positivos:

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Puedes pasar una vida agradable sea cual sea la senda que de ella escojas. En
la actividad de las asambleas y reuniones públicas hay honores y sabiduría, en
la vida doméstica hallarás la tranquilidad y la quietud; en el campo se
muestran por doquier las bellezas de la naturaleza; en el mar siempre hay
posibilidades de ganancias, en un país extranjero se honra a quien es rico, y el
que es pobre puede ocultar su pobreza. Si estás casado gozarás de un hogar
alegre, sí estás soltero carecerás de obligaciones. Los hijos son motivo de
afecto, no tenerlos te libera de preocupaciones. La etapa juvenil es la época
mas vigorosa para el ser humano, y la cabellera encanecida hace venerable al
hombre. Por consiguiente, para el sabio nunca habrá una elección mejor que
otra, tanto si no viene a este mundo como si lo abandona, pues toda etapa de
la vida tiene su propia felicidad[25].

En estos dos epigramas están incluidos la mayoría de los temas sobre los que se
pueden establecer especulaciones a la hora de hablar sobre la felicidad; y si bien sus
textos no tienen por qué condicionar nuestra postura, nos pueden ser de ayuda aunque
sólo sea para comprobar que nunca se han de establecer determinaciones absolutas.
Siempre cabrá discutir si lo más deseable es tener una vida pública o una privada.
Hemos visto en los textos anteriores tanto el atractivo como el desánimo que ofrecen
las actuaciones públicas; para uno no presentan más que problemas, para otro son un
medio de conseguir honores. La gestión de los negocios públicos implica dificultades,
pero es la única forma en que puede manifestar la sabiduría; por consiguiente ha de
dejarse al libre albedrío de cada persona el que escoja entre la comodidad o la gloria.
Tampoco se puede ofrecer ninguna norma general, dado que nadie puede lograr la
felicidad por lo que otra persona le diga.
Así pues, lo que dice Posidipo de los hijos que «no dan más que trabajo y
preocupaciones», y lo que asegura Metrodoro al decir que «son motivo de afecto», es
igualmente cierto. Pero el hecho de que nos proporcionen más preocupación que
placer dependerá de su futura conducta, de la disposición que adopten en la vida y de
muchos otros motivos y causas sobre las que los padres tienen muy poca influencia.
Por consiguiente, se pueden dar en estas cuestiones todos los caprichos y alternativas
de la imaginación; y el deseo que se aliente hacia ellas estará en proporción del
predomino del miedo o de la esperanza.
Tal es la incertidumbre en la que muy probablemente todos nos movemos
respecto a estos temas por los que mostramos un mayor interés, y para los cuales cada
día nos ofrece nuevas oportunidades de examen. Pero aunque los examinemos, nunca
podremos adoptar una decisión absoluta ya que nuestras facultades no se comportan
siempre de la misma forma con respecto al tema que estudian; si vemos sólo una
parte del problema nos formaremos una determinada opinión y si ampliamos esa
visión tal vez cambiemos nuestro punto de vista.
Esta inconstancia y falta de firmeza, a la que tan frecuentemente estamos sujetos,

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debiera enseñarnos moderación y tolerancia con los que no se adecuan a nuestros
sentimientos; aunque estén equivocados no tenemos derecho a achacar sus errores a
la obstinación o a la negligencia, porque también nosotros nos engañamos e
igualmente podemos cambiar de opinión. Por tanto, ¿qué disculpa encontraremos
para mostrar nuestra aversión a quien en un momento discrepó de nuestras opiniones
pero que, posteriormente, reconoceremos que no estaba equivocado, y al que sin
embargo hemos ofendido simplemente porque no quería participar de nuestro error
inicial?
También puede suavizar el resentimiento que mostramos hacia quien discrepa de
nosotros el hecho de saber que tal discrepancia no siempre implica que esa persona
nos esté contradiciendo; sencillamente, ella tiene una opinión sobre algo, y nosotros
otra; ambos describimos lo que estamos viendo con idéntica fidelidad y ateniéndonos
a lo que vemos. Así, por ejemplo, Posidipo considera el celibato como un estado de
triste soledad al no tener un compañero, o compañera, con quien se puedan compartir
las alegrías y las tristezas. Por su parte, Metrodoro ve esa misma situación como un
estado libre de complicaciones, en el que el individuo puede escoger lo que más le
plazca, viajar a su gusto para encontrar su propia satisfacción, y no pensar más que en
diversiones y placeres. Basándose, pues, en estas ideas el uno se apresura a buscar
esposa, y el otro se mofa de semejante temeridad, o bien se compadece de la
ignorancia que conlleva ese apresuramiento. No obstante, es posible que ambos
tengan razón; pero que esa razón sea algo personal y distinta para cada uno.
La vida no es el objetivo de la ciencia, porque tan sólo logramos ver de ella un
poco, muy poco; y no tenemos otra posibilidad que hacer conjeturas sobre cuanto se
encuentra más allá de nuestra percepción. Poco podremos obtener si consultamos a
aquellos que nos han precedido, porque unos han pasado por este mundo sin hacerse
muchas reflexiones y otros nos han engañado voluntariamente. Por tanto, lo único en
lo que podemos confiar es en lo que nos ofrece la protección de la Providencia que
sabe penetrar en la esencia de todas las cosas, y bajo cuya dirección todas las
involuntarias equivocaciones terminarán llevándonos a la senda de la felicidad.

Sobre la riqueza y la vida


N. 111. Martes, 27 de noviembre de 1753
Quae non fecimus ipsi,
Vix ea nostra voco.

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HORATIO[26]

Los males que se hallan inseparablemente unidos a la condición humana son tan
numerosos y aflictivos que a lo largo de la historia ha habido a quienes les sirvieron
para lamentarse y quienes encontraron en ellos un consuelo. Por tanto, el individuo
corre el peligro de ver en ellos un enemigo que intentará aniquilar los escasos
placeres que la naturaleza nos pueda conceder.
Sin embargo he de confesar que en algunas ocasiones me he parado a examinar la
felicidad que se atribuye al gozar de unas buenas, incluso envidiadas, condiciones de
vida; y no he tardado mucho en descubrir la impostura que presentan unas ventajas
falsas, o la inquietud que se oculta so capa de alegría y grandeza.
Aseguraba un filósofo y poeta trágico[27] que «est miser nemo nisi comparatus»
(«ningún hombre es desgraciado si no se compara con otros que son más felices que
él»), una afirmación que no es del todo cierta, bajo un punto de vista filosófico. El
autor podría haber dicho, con más propiedad, que ningún hombre es feliz si se
compara con el desgraciado; por que tal es la condición de este mundo en el que
podemos encontrar la desgracia absoluta, pero tan sólo una felicidad que siempre es
relativa; podemos incurrir en tantas desgracias como nos sea posible soportar, pero
nunca lograremos el grado de felicidad que quizás pudiéramos disfrutar.
Y del mismo modo también es verdad que muchas de nuestras desgracias lo son
tan sólo relativamente. Con frecuencia nos sentimos desgraciados no por la presencia
de un mal real, sino por la ausencia de algún bien ficticio; de algo que no constituye
una auténtica necesidad, que carece en sí mismo de cualquier poder de gratificación,
y que no tendríamos un urgente deseo de poseer si no viéramos que otros lo poseen.
Para una mente que se sienta alterada por la consecución de vanos anhelos, no
existe otra medicina que la de una indagación imparcial en la auténtica esencia de
aquello que tan ardientemente se desea. Es algo bien conocido hasta qué punto la
mente, al igual que les sucede a los ojos, se engaña en su apreciación de lo lejano;
que muchas de esas cosas que tan ardientemente se desean ofrecen unos beneficios
muy dudosos, por más que puedan resultar importantes tanto para el que los disfruta
como para el que los anhela.
Nadie puede otorgarse a sí mismo la supuesta gloria de haber nacido y pertenecer
a una familia de noble abolengo, si la vida no le ha permitido semejante cosa; por
consiguiente, merece la pena considerar si se puede soportar fácilmente la carencia de
aquello que tanto se deseó y que nunca pudo conseguirse. Cierto es que si
reflexionamos sobre las glorias y los triunfos de quienes hacen recuento de su larga
lista de antepasados, y las de aquellos otros que consiguieron una fortuna inesperada
mediante ardides de toda índole y que pretenden ahora pertenecer a un noble linaje,
podemos caer en la tentación de imaginar que también la sabiduría y la virtud podrían
heredarse, o que las excelencias intelectuales y morales de los progenitores podrían
acumularse en sus descendientes. Pero la razón no tardará en decirnos que nuestra

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estimación sobre la importancia y el valor de la cuna es arbitraria y caprichosa, y que
los antepasados no ejercen influencia alguna sobre la capacidad imaginativa. Es
necesario, pues, que analicemos algunas cuestiones como, por ejemplo, si aquella
persona que nada debe a sus antepasados podrá disfrutar y enorgullecerse de lo que
debe a su propio esfuerzo; si, tras una breve reflexión, no encontraría esa misma
persona más honorable fundar su propia familia que seguir formando parte de la que
otros antes que él fundaron, y labrar su propia honorabilidad en lugar de limitarse a
transmitir la conseguida por otros; si al no recibir honra alguna de las ventajas de su
familia tampoco le será posible escapar al peligro generado por sus delitos. Y,
finalmente, si a aquel que aporta un nuevo nombre a este mundo no le resultaría más
conveniente participar en el juego de la vida sin establecer apuestas; es decir,
disponer de la oportunidad de ganar mucho aunque no tenga bienes que pueda perder.
Existe otra opinión sobre la felicidad que se acerca mucho más a un
planteamiento universal, pero que, por lo mismo, también puede ser igualmente
rebatida. No es difícil comprobar que los honores heredados por muchas personas de
sus antepasados pudieron tener un origen muy discutible; pero todos están de acuerdo
en celebrar los beneficios que ofrecen los bienes y las riquezas que se heredan, y en
considerarlos fruto de la fortuna de aquellos cuya riqueza les viene por su cuna; de
aquellos cuyo estado no es otro que «res non parta labore sed relicta», o sea, que
cuanto poseen es fruto de lo que hicieron otros, y no de lo que ellos lograron[28].
Individuos a los que el trabajo y esfuerzo de sus mayores les permiten dedicarse con
toda libertad a lo que gusten, al dotarles de una vida ociosa y placentera.
Si todos los hombres fueran sabios y virtuosos, capaces de enriquecer su vida y su
tiempo con las mejores obras y plenamente decididos a emprender tal labor, creo que
podría garantizarse sin el menor atisbo de duda que la libertad total constituiría una
auténtica bendición; y que no habría necesidad de importunar a la gente con
amonestaciones y advertencias, pudiéndoles dejar a su mejor criterio la elección de
sus deberes sociales y religiosos.
Pero desde el momento en que la felicidad es relativa, y que lo que para unos
constituye un motivo de alegría es causa de tristeza para otros, hemos de reflexionar
cuál es el estado que mejor se adecua a la naturaleza humana, dada su presente
degeneración fragilidad. Seguramente, para una inmensa mayoría de individuos lo
más oportuno es fijarles una serie de deberes que les sirvan para manejarse
convenientemente en este mundo, y les eviten el dejarse llevar por caminos que, sin
duda, les conducirían a la desgracia.
¿Qué envidia podríamos sentir de aquellas personas que, debido a que han
heredado grandes fortunas, han perdido también el norte de sus vidas? No parece que
su existencia merezca la admiración de los demás, y que ni siquiera les produzca
satisfacción y placer a ellos mismos. Muchos despilfarran su riqueza en toda clase de
lujos y emplean su dinero tan sólo en aquello que sirve para exaltar sus más bajas
pasiones encenagándose en toda clase de vicios; otros, que no llegan a esos extremos

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pero que no por ello son más dignos de admiración, desperdician su tiempo en
minucias con la exclusiva preocupación de encontrar nuevas distracciones que les
sirvan para pasar el día, buscando placeres en donde los haya, escapándose de
Londres para ir a Bath, y dejando Bath para volver a Londres, sin otra razón ni
motivo para esos viajes que el de encontrarse con alguien que comparta su ocio y sus
necias diversiones; o tratando de descubrir algún otro deseo que merezca la pena
perseguir, que sirva para animar su estado de decadencia cambiando una distracción
por otra, la cual también será abandonada al cabo de unos pocos meses; o cayendo en
un estado de sopor y languidez porque les falta aquello que pudiera estimular su
cuerpo y despertar su mente.
Quienquiera que haya frecuentado esos lugares en los que suelen reunirse los
ociosos para huir de su lamentable soledad sabe muy bien que, por lo general, ésa es
la forma en que viven los ricos, y que no resulta difícil permanecer en semejante
estado. Pero ningún hombre puede sentirse feliz con esa clase de vida completamente
ociosa; y quien se entrega a una existencia inactiva y torpe «sus placeres le llevarán
directamente a los trabajos forzados en minas y galeras», nos dice South[29]. Y es
justo que sea la propia vida la que se encargue de dar trabajo a aquellos que no han
sabido hacer otra cosa que divertirse.
Aquel que se compromete con una actividad provechosa no solamente logra
liberarse de la insulsez de la indiferencia y del tedio que acarrea la inactividad, sino
que descubrirá placeres que le son desconocidos a quienes llevan una vida de
indolencia a costa del trabajo de los demás; porque la vida no puede proporcionar
mayor placer que el de vencer las dificultades, el de ir superándolas paso a paso hasta
lograr el éxito, y generar nuevos deseos que se verán satisfechos con el trabajo
constante. Quien se entrega a una empresa loable y seria verá cómo su esfuerzo se ve
compensado; al principio por las esperanzas que ha depositado en ella, y más tarde
por la alegría de haber conseguido el fin propuesto; siempre se estará moviendo hacia
metas que, una vez logradas, le incitarán a conseguir otras nuevas y más lejanas, en
una búsqueda que siempre resultará fructífera.
No siempre sucede que la diligencia que se pone en un trabajo recibe su
recompensa, porque los planteamientos más inteligentes y sabios pueden verse
destruidos por accidentes inesperados; y, a veces, trabajamos con perseverancia en
una empresa para la que la vida no nos ofrece gratificación alguna. Pero el trabajo,
aunque no tenga éxito, siempre es mejor que la indolencia. Quien persigue un buen
propósito, y quiere lograrlo mediante nobles medios, actúa siempre de acuerdo con lo
más profundo de sí mismo; a lo largo de su empeño le estimulará el hecho de una
expectativa que, si bien no siempre es segura, sí es justa y reconfortante pues, si
finalmente fracasa en su pretensión, sabrá que no habrá sido por su culpa.
Este tipo de vida nos resulta más feliz porque nos proporciona mayor número de
posibilidades de conseguir nuestra autoestima. Porque ¿qué puede aducir un
individuo en su propio favor de una condición que, si bien es próspera, no ha

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contribuido a ella para nada, y que hasta la más miserable y débil de las criaturas
habría conseguido con el mismo derecho que él?
Enfrentarse a las dificultades y superarlas constituye la mayor de las felicidades
humanas, a la que sigue en valor la disposición del que se esfuerza en superarlas y
merece lograrlo. Pero aquel que deja pasar la vida sin esforzarse, sin mostrar éxitos ni
méritos, se limita a ser tan sólo un mero relleno de la existencia; y si se siente
satisfecho con ese carácter muestra ser una persona carente de sensibilidad.
Por ello el autor satírico latino nos advierte seriamente de que no debemos
resignarnos a poner nuestra vida y nuestras metas exclusivamente en manos del
Cielo, dejando que sean los poderes supremos los únicos que la diseñen:
Permittes ipsis expendere Numinibus, quid
Conveniat nobis, rebusque sit utile nostris […]
Carior est illis homo quam sibi[30].

No sabemos con certeza cuál es el estado que proporciona más felicidad en la vida;
pero semejante incertidumbre debiera refrenar la petulancia de la comparación y
acallar el rumor del descontento.

Sobre la virtud, la felicidad y la templanza


N. 119. Martes, 25 de diciembre de 1753
Latius regnes avidum domando
Spiritum, quam si Lybiam remotis
Gadibus jungas, et uterque Poenus
Serviat uni.

HORATIO[31]

Cuando le preguntaron a Sócrates de cuál de los mortales se podría decir que era tan
dichoso «que se acercaba a la felicidad de que disfrutaban los dioses», el filósofo
respondió «que aquel hombre que menos cosas necesitara[32]».
Con esta respuesta dejó a sus oyentes en la duda de si por estado de felicidad
quería dar a entender bien una amplitud de posesiones o bien una reducción de los
deseos. Y, en realidad, existe tan exigua diferencia entre una cosa y la otra que
Alejandro Magno afirmó que aquel individuo que vivía en una cuba casi podía
considerarse el dueño del mundo. Y dejó dicho para la posteridad que de no ser él

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Alejandro hubiera querido ser Diógenes[33]».
Sin embargo, estos dos estados, aunque se parezcan en sus respectivas
consecuencias difieren ampliamente con respecto a la facilidad con la que pueden
obtenerse. El poseer muchas y grandes cosas solamente está al alcance de unos
pocos; y en la incertidumbre propia de los negocios humanos son muchos los que
trabajan sin recompensa, y pierden lo que ya tenían al querer tener más. Hay algunos
que siempre están deseando poseer las dotes suficientes para poder hacerse ricos, y
otros que lo único que quieren es tener la oportunidad. Por ello es una suerte que la
naturaleza nos haya permitido disponer de una vía más segura y fácil para llegar a la
plenitud. Todo ser humano puede hacerse rico reduciendo sus deseos, y mediante la
serenidad de aceptar el hecho de que lo que le ha sido concedido suple la ausencia de
lo que no tiene.
No obstante, hasta ahora casi todos los hombres han deseado emular la felicidad
de los dioses obteniendo el máximo de poder; de tal suerte que da la impresión de que
el gran negocio de este mundo consiste en crearse nuevas necesidades en cuanto se
han satisfecho las viejas. A lo largo de la historia muchos moralistas han observado
que los humanos desperdiciamos gran parte de una vida que muchos saben que es
muy corta. Y se puede señalar igualmente que si bien el hombre lamenta lo escasa
que es su felicidad, y sabe que tan sólo es un ser necesitado y precario, está
solicitando constantemente la ayuda del prójimo para satisfacer aquello que no sabe o
no puede conseguir. Y sin embargo, el individuo se vuelve cada vez más dependiente
al querer conseguir más cosas, muchas de las cuales le son innecesarias; se crea una
especie de pobreza artificial sufriendo por no disponer de algo que una vez
conseguido no le produce la menor satisfacción.
Hemos de admitir que perdemos gran parte de nuestro tiempo, que se nos
escabulle de manera silenciosa e invisible; y que tardamos mucho en darnos cuenta
de que se nos está escapando. Del mismo modo se insinúan a la mente deseos que nos
pasan inadvertidos; y no nos damos cuenta de que se están apoderando de nosotros
hasta que hacen acto de presencia en nuestra mente consciente. Ningún ser humano
está lo suficientemente atento como para observar el paso de cada minuto de su vida,
o para observar cada latido de su corazón. Asimismo sacrificamos gran parte de
nuestro tiempo a hábitos y costumbres; lo desperdiciamos porque vemos que otros
también lo desperdician. Del mismo modo podemos estudiar el ejemplo de lo
contagioso que es el deseo: vemos a los demás afanados en busca de bienes
imaginarios y empezamos a hacer lo mismo que ellos, para que con nuestra actividad
enfebrecida podamos conseguir lo que pretendemos.
Cierto es que al hombre, en tanto que miembro de la sociedad, se le hacen
necesarias muchas cosas que, tal vez, le resultarían enteramente superfluas si viviera
de forma más natural; y también es cierto que muchas cosas, que no son
absolutamente necesarias, resultan tan útiles y convenientes que no deben evitarse.
Incluso voy a hacer una concesión todavía más liberal. En las naciones ricas y

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razonablemente gobernadas la tentación de la riqueza y del nivel social, y las
distinciones que eso conlleva, son de tal magnitud que resulta muy difícil resistirse a
ellas.
Por consiguiente, si yo viera que una vida tranquila solamente se ve alterada por
los esfuerzos por conseguir riquezas y honores, o por aquellas preocupaciones que el
mundo considera, justa o injustamente, importantes no creo que tuviera el valor
suficiente para inculcar preceptos de moderación y de paciencia. Quien se halla
involucrado en una búsqueda en la que todo el mundo es su rival, está convencido de
que tal búsqueda es de suma importancia; y, por consiguiente, dicha persona no va a
detener su propósito por las palabras de un filósofo. Tampoco estoy seguro de que el
acumular unas honestas ganancias sea algo que se deba ocultar, o que tenga que
reprimirse la ambición de disfrutar de unos honores justos. Es comprensible que se
desee todo cuanto se haya conseguido noblemente y que permita a su poseedor una
limpia ventaja sobre los demás. No podemos acusar a nadie temerariamente porque
pretenda hacer públicas sus adquisiciones.
Pero si echamos un vistazo a la humanidad, ¿a quién podremos encontrar entre
tantos seres humanos que la fortuna le haya servido para realizarse personalmente, o
que no se vea atormentado por desear nuevas cosas que una vez logradas perderán
todo su interés y placer? Esta persona pretende dejar un recuerdo imperecedero
construyendo una mansión que jamás llegará a habitar; esta otra no duda en remover
montañas para llevar a cabo un proyecto que una vez lo haya concluido dejará de
tener interés; esta otra adorna, restaura y embellece su casa con los más hermosos
muebles con el único propósito de poseer un hogar más rico y hermoso que el que
tienen sus vecinos.
No estoy tan alejado de lo que ocurre en el mundo como para inculcar la idea de
que semejantes apetencias no son deseables. Pero si profundizáramos en las razones
que hacen valioso todo esto llegaríamos a la conclusión de que sólo se anhelan tales
cosas porque constituyen la demostración de la riqueza. Por ello no hay nada que
muestre mejor el deterioro de nuestra mente que complacerse en inventar una
realidad inexistente para que los demás se hagan una idea equivocada de nuestras
riquezas y honores.
Pero todavía surgen deseos incoercibles por cosas más insignificantes. Podemos
encontrar personas que no logran conciliar el sueño porque desean poseer una especie
particular de concha marina; o que desperdician su vida tratando de conseguir un
libro escrito en una lengua que desconocen; o que se mueren de envidia al ver los
floridos parterres de su vecino; o que rondan como buitres sobre el despacho de un
amigo esperando que se muera para poder saquearlo y hacerse con el fósil que lo
adorna; o que no les importaría gran cosa que ardiera toda una calle con tal de que
pudieran arramblar, en el tumulto, una caja de preciosas medallas de una tienda de
antigüedades.
Quien crea que hablo de forma exagerada o hiperbólica de estos temas es porque

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apenas ha tenido ocasión de conocer la raza de los llamados virtuosos[34]». Bastaría
que supiese un poco de la índole moral de estos individuos, o tuviese la ocasión de
asistir a una de sus reuniones para que se diera cuenta de que el prejuicio y el
capricho pueden hacer valioso el objeto más insignificante. Y que para algunas de
estas personas el hecho de alardear ante sus competidores de la posesión de cualquier
objeto extraño representa uno de los acontecimientos más importantes de su vida.
Puedo asegurar, sin que se me tache de hombre malhumorado, que conviene
advertir de que hemos de sentir verdadera repugnancia hacia deseos como los
expresados más arriba, antes de que logren apoderarse de nuestras mentes; y que de
permitirlos tan sólo hemos de concederles una mínima importancia, la necesaria para
distraer un poco nuestra vida diaria de los auténticos problemas que pueda haber en
ella.
Un deseo incoercible, sea cual sea su entidad, siempre logrará quebrantar nuestra
tranquilidad. Aquello que creamos necesitar puede atormentarnos, no por su valor
real sino por el que nosotros le concedemos. Hay un cierto tipo de enfermedad en la
que se ha observado que el paciente siente tal frenético deseo de devorar alimentos
que come desmesuradamente, como jamás hubiera podido hacerlo cuando estaba
cuerdo, ni en sus momentos de mayor apetito; pero al tener alterado el sentido su
ansia es irresistible, y no se le podrá calmar hasta que se le complazca de alguna
manera. Los apetitos de la mente son de una índole semejante. Por muy insignificante
que sea su naturaleza, el deseo de satisfacerlos puede provocar una gran inquietud.
Los romanos lloraban tan desconsoladamente la muerte de sus lampreas como podían
hacerlo cuando les ocurrían las más importantes desgracias personales[35]».
Los deseos desordenados, sean de la clase que sean, deben estudiarse con sumo
cuidado, porque muy bien pueden no solamente ser enemigos de la felicidad sino
también de la virtud. Hay hombres, a los que generalmente se les admira por su
erudición y sabiduría, que no se pararían en barras a la hora de eliminar a un
competidor en la subasta de cualquier obra de arte, y a los que no sería muy
recomendable dejar solos en una biblioteca o ante una vitrina de objetos artísticos. A
este tipo de faltas no suele concedérseles importancia en aras de una supuesta
fraternidad, excusándolas como simples bromas. Pero yo siempre he creído que quien
se habitúa a cometer fraudes en las pequeñas cosas sólo espera la oportunidad para
poder cometerlas en otras más importantes. Decía Pitágoras que «quien se
acostumbra a matar corderos, no tendrá muchos escrúpulos a la hora de derramar la
sangre de un hombre[36]».
Conceder a las cosas su auténtico valor, según el uso que de ellas se haga, debiera
ser el justo propósito de todo ser racional. Pocas cosas son las que pueden llevarnos a
la felicidad y que, por tanto, merecen ser ansiadas ardientemente. El que observa el
ajetreo generado por las tentaciones de los negocios mundanos con la misma mirada
filosófica con la que Sócrates observaba las mercancías expuestas en el mercado de
Atenas, repetirá sus mismas sabias palabras: «Cuántas cosas hay aquí que yo no

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necesito[37]».

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IV
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE IDLER”
(1758-1760)

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El partidismo político
N. 10. Sábado, 17 de junio de 1758

La credulidad, o esa confianza demasiado grande en una opinión que no está


debidamente demostrada, es un tipo de debilidad que suele atribuirse a todas las
sectas y partidismos, incluso a la que muestran los individuos unos hacia otros.
De todas las clases de credulidad, la que se muestra más obstinada y sorprendente
es la que corresponde al fanatismo político; la de aquellos hombres que al pertenecer
a alguno de los partidos políticos existentes en el país se niegan a ver y oír por su
propia cuenta, limitándose a creer tan sólo aquello que sea favorable a los dirigentes
políticos a los que siguen.
El fanático de la filosofía se ve seducido por unas teorías magistrales que no
siempre ha tenido ocasión de examinar; se ve enredado en unos sistemas en los que lo
verdadero y lo falso se muestran inextricablemente complicados, o bien se pone a
hablar de unos temas para los cuales no se encuentra suficientemente preparado.
El cartesiano[1] que niega que su caballo sienta en su carne el dolor de la espuela,
o que la liebre sienta miedo cuando oye la jauría de los perros que la acosan; el
discípulo de Malebranche, que mantiene que el hombre no fue herido por la bala que,
según la expresión popular, le segó las piernas; el seguidor de Berkeley[2] que,
mientras se sienta a escribir en su escritorio declara que no existe mesa, papel ni
dedos, tiene todo el derecho a ser engañado por un tipo de falacias que no son fáciles
de detectar, y puede aducir que tales apreciaciones no rechazan la verdad sino tan
sólo unas apariencias que no resultan fácilmente detectables.
Pero el hombre que se compromete con un partido raramente tiene nada que ver
con conceptos remotos o abstrusos. El actual estado de cosas se encuentra muy claro
ante sus ojos, y si bien debería echar un vistazo retrospectivo raramente amplía sus
puntos de vista más allá de los acontecimientos históricos del pasado siglo. Todo el
conocimiento que puede necesitar es el que está al alcance de su mano, y la mayoría
de los argumentos que pueda escuchar no son otros que los que le resultan
comprensibles.
Sin embargo el ocioso se reúne constantemente con personas que mantienen
diferentes opiniones sobre todo cuanto ha sucedido en el pasado, sucede en el

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presente y sucederá en el futuro; personas que niegan los hechos más notorios, que
contradicen las verdades más evidentes y que siguen afirmando hoy lo que ayer
afirmaron, desafiando toda evidencia y burlándose de toda posible refutación.
Dos de mis camaradas, que son veteranos en esto de la ociosidad, son Tom
Tempest y Jack Sneaker. Ambos se consideran relegados por sus respectivos partidos
y, por consiguiente merecedores de respeto, por lo que no estiman justo aceptar la
ingratitud de que son objeto. Ambos son personas íntegras que carecen del menor
interés por verse promocionados, y amantes de la verdad cuando no se encuentran
arrastrados por el ardor del debate político.
Tom Tempest es un firme seguidor de la Casa de los Estuardo. Puede contarnos
los prodigios que ha visto aparecer en el cielo y las calamidades que han afligido a la
nación año tras año desde la Revolución; y es de la opinión de que si continuara
reinando la familia exiliada el país no se vería acosado por calamidades. Se sorprende
de que la nación no haya despertado fatalmente congelada ante la revocación del
auténtico rey, y siente un pánico terrible ante la posibilidad de que la isla entera
pueda desaparecer engullida en las profundidades del mar. Está convencido de que el
rey Guillermo quemó Whitehall[3], que muy bien pudo ser él quien robó el
mobiliario, y que Tillotson[4] murió como un ateo. De la reina Ana habla con mayor
ternura; cree que en el fondo tenía buena voluntad pero que se vio engañada por
personas muy concretas. En los reinados sucesivos todo se volvió en Inglaterra
corrupción, maldad e intereses partidistas. Está convencido de que cuanto de malo y
equivocado sucedió en el reino fue debido a pura casualidad o a simple equivocación.
Mantiene que la batalla de Dettingen se ganó por mero error, y que la de Fontenoy se
perdió porque así se había convenido; que el Victory fue hundido por una orden
secreta; que Cornhill fue incendiada por emisarios del Consejo, y que el arco del
puente de Westminster fue ideado con el único objeto de que puedan criticarse los
dispendios que se hacen en el país. Considera que la carretera recientemente
construida a Islington constituye una usurpación de la libertad, y afirma con
frecuencia que las llamadas broad wheels[5] serán la ruina de Inglaterra.
Tom es persona por lo general vehemente y ruidosa, pero a pesar de ello guarda
algunos secretos que se cuida de comunicar con suma discreción. En múltiples
ocasiones me ha dicho, llevándome a un rincón en el que no pudieran oírnos, que
nuestras desgracias están a punto de concluir, y que en cosa de un mes veremos a otro
rey sentado en el trono. El hecho se producirá sin que haya ninguna revolución. Y me
vuelve a llamar para informarme con todo sigilo de que está a punto de llevarse a
cabo, y que dentro de un mes podremos ser testigos de grandes acontecimientos.
Jack Sneaker[6] es un ferviente seguidor de la actual situación política; está bien
enterado de quiénes fueron los que le calentaron la cama al Pretendiente. A menudo
se alegra de que el país no se haya tenido que someter a los irlandeses; cree que el rey
Guillermo nunca perdió una batalla, y que si hubiera vivido un año más hubiera
llegado a conquistar Francia. Está convencido de que Carlos I fue un papista. No

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tiene inconveniente en reconocer que hubo algunas buenas personas en el gobierno de
la reina Ana, pero que la paz de Utrecht ocasionó una auténtica tempestad sobre la
nación que ha sido la causa de todos los males sufridos hasta el momento presente.
Cree también que el planteamiento del Mar del Sur estuvo bien pensado pero que
quedó alterado por la influencia de Francia. Considera que es necesario que exista un
ejército perenne como bastión de la libertad; nos considera a salvo de toda corrupción
gracias a los periodos parlamentarios de siete años, cree que nuestra riqueza y nuestra
fortaleza dependen de las Hannover dominions[7], y declara que la deuda pública
constituye una bendición para la nación.
Sin embargo, en medio de toda esta prosperidad, el pobre Juntito se ve muy
afectado por la amenaza del papismo. Se maravilla de que no se hayan promulgada
unas leyes más severas contra los papistas, y teme que el oro de los franceses pueda
haber corrompido a obispos y jueces.
Él no puede creer que los no juramentados[8] se mantengan con las manos
cruzadas, y supone que están planeando alguna forma de complot para restablecer el
papado; no considera que los juramentos actuales constituyan una salvaguardia
suficiente, y quiere que se busque una mejor fórmula de seguridad para la sucesión de
la casa de Hannover. Asimismo, se muestra entusiasta de la naturalización de los
protestantes extranjeros, alegrándose de que los judíos[9] pudieran disfrutar de los
privilegios de los ciudadanos ingleses, pues pensaba que un judío jamás se convertiría
en un papista.

La visión que el buitre tiene del hombre


N. 22. 9 de septiembre de 1758

Muchos naturalistas son de la opinión de que los animales a los que por lo general
consideramos mudos poseen la capacidad de poder transmitir sus sensaciones unos a
otros; semejante hecho de comunicación es algo totalmente probado. Todo animal
capaz de emitir sonidos posee diferentes registros para transmitir estados de placer o
de dolor. El perro de caza sabe informar a sus camaradas cuando percibe el olor del
gamo; la gallina con sus cloqueos llama a sus polluelos cuando llega la hora de
comer, y los protege también del peligro con su cacareo.
Los pájaros poseen la mayor variedad de notas con las cuales parece como si

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pudieran emitir todo un discurso adecuado para las diferentes necesidades y
propósitos de la vida que les está regulada por los instintos, y cuyo significado
raramente admite cambios o improvisaciones. Desde siempre se ha prestado atención
al canto de los pájaros, bien sea por curiosidad o por superstición; son muchos los
que se han dedicado a estudiar este lenguaje de las aves, y hasta ha habido quienes
presumen de entender semejante idioma pajaril.
Los más expertos, o al menos los más confiados, intérpretes de estos diálogos
silvestres se pueden encontrar entre los filósofos de Oriente, en países que por sus
características de tranquilas atmósferas y suavidad del clima permiten a los
estudiantes a pasar gran parte del año entre bosques y arboledas. Pero lo que es
posible hacer en un lugar, porque así lo permiten las circunstancias de su ambiente,
también es dable hacerlo en otro mediante el esfuerzo y la diligencia. Un pastor de
Bohemia, que ha vivido mucho tiempo en la espesura de los bosques, es capaz de
entender el canto de los pájaros; al menos él cuenta, y lo hace con gran seguridad,
una historia que muy bien puede ser tenida en cuenta por los estudiosos.
—Mientras me encontraba sentado —cuenta él—, dentro de una gruta vigilando
mi ganado que pastaba en el valle, oí los graznidos de dos buitres que estaban
intercambiando sus chillidos en la cumbre de una roca; eran unos graznidos llenos de
sentido y de intención. Y dando prioridad a mi curiosidad sobre mi miedo fue
subiendo lentamente de piedra en piedra, tratando de ocultarme tras las malezas hasta
que me topé con una cavidad en donde pude sentarme y escuchar lo que aquellas aves
decían sin correr peligro ni molestarlas. Pronto comprobé que mi trabajo había
logrado su recompensa, porque pude observar cómo el buitre más viejo, que estaba
apoyado sobre una prominencia rocosa y tenía ante sí a sus crías, les estaba
instruyendo en las particularidades de la vida del buitre, preparándolas en su última
clase para el vuelo hacia las cumbres montañosas y las alturas celestes.
—Hijos míos —decía el buitre más viejo—, no es necesario que os dé muchas
instrucciones porque tenéis ante vuestros propios ojos mi actuación; me habéis visto
abalanzarme sobre el lebrato atrapado en la maleza, y al cervatillo en pleno pasto; ya
sabéis cómo habéis de fijar bien vuestras patas sobre el terreno y equilibrar el vuelo
cuando os alcéis con la presa. Pero habéis de recordar sobre todo el sabor de la carne
más deliciosa, porque en más de una ocasión os ofrecí los restos del cadáver de un
hombre.
—Dinos —dijeron los jóvenes buitres—, en dónde podemos encontrar a los
hombres y cómo podremos reconocerlos; su carne es sin duda el alimento natural del
buitre. ¿Por qué nunca nos has traído en tus garras al nido la carne de un hombre?
—Se trata de un gran peso —dijo la madre buitre—, cuando encontramos su
cuerpo sólo es posible desgarrar su carne, abandonando los huesos.
—Puesto que es tan grande —dijo el más joven de los buitres—, ¿cómo te es
posible matarlo? Te atemorizas ante el lobo y el oso. ¿Cuál es la fuerza del buitre qué
supera a la del hombre? ¿Acaso el hombre es más indefenso que un cordero?

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La madre buitre le replicó:
—Carecemos de la fuerza que tiene el hombre, y a menudo tengo mis dudas de si
podemos superarlo en habilidades. La Naturaleza ha dotado al hombre de una extraña
fiereza que jamás he podido encontrar en otros animales de los que nos alimentamos.
Con frecuencia he visto cómo dos bandadas de hombres se enfrentan unos contra
otros y hacen temblar la tierra con sus alaridos y llenan el cielo con nubes de humo y
fuego. Cuando veáis que de la tierra brotan esas columnas de humo y de fuego, huid
de ese lugar con toda la fuerza que os proporcionen vuestras alas, porque es seguro
que esos hombres se estarán destruyendo unos a otros. Entonces podréis ver cómo la
sangre aún caliente humea sobre la tierra, y cómo toda ella está cubierta de cadáveres,
muchos de los cuales se encuentran desmembrados y muy apropiados para que
nosotros los buitres podamos aprovecharnos de ellos.
—Pero ¿por qué cuando los humanos han logrado matar a su presa no se la
comen? —preguntó uno de los jóvenes buitres—. Cuando el lobo mata al cordero no
permite que se acerque el buitre hasta que no se encuentra saciado. ¿Acaso no es el
hombre otro tipo de lobo?
—El hombre dijo la madre buitre, es la única bestia que no come lo que mata, y
esta particularidad lo convierte en un auténtico benefactor de nuestra especie.
—Si los hombres matan nuestras presas y nos las dejan a mano —dijo uno de los
buitres más jóvenes—, ¿qué necesidad tenemos de esforzarnos por conseguir
alimento?
La madre le contestó que muchas veces los hombres se pasaban largas
temporadas en sus madrigueras sin luchar unos contra otros.
—Los buitres más veteranos —le advirtió—, te dirán cuándo has de estar
preparado para seguir sus movimientos; y así, cuando veas a grandes manadas de
humanos moviéndose muy juntos, como si se tratara de una bandada de cigüeñas,
habrás de saber que están cazando, y que pronto podrás divisar abundante sangre
humana.
—Aun así —siguió diciendo el joven buitre—, quisiera saber la razón por la que
se produce esa gran matanza, porque yo nunca llegaría a matar lo que fuera incapaz
de comer.
—Hijo mío —dijo la madre—, he ahí una pregunta para la que no hallo respuesta,
por más que tenga fama de ser el ave más lista de toda la montaña. Cuando era joven
solía visitar a un viejo buitre que vivía sobre las cimas de los Cárpatos y que me
enseñó un sinfín de cosas; él conocía los lugares en los que se podían encontrar
presas, volando en todas las direcciones hasta donde pudieran llevar las alas más
fuertes de un ave, desde la salida hasta la puesta del prolongado sol de verano; y sabía
alimentarse año tras año de las entrañas de los humanos. Este viejo buitre era de la
opinión de que los hombres sólo poseían la apariencia de vida animal[10] pero que no
eran más que vegetales que tenían la capacidad de moverse; y que de la misma
manera que las ramas de un roble se golpean unas contra otras empujadas por el

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viento, gracias a lo cual los cerdos pueden alimentarse con las bellotas caídas de las
encinas, del mismo modo los hombres se ven empujados unos contra otros por alguna
razón incognoscible hasta el momento en que dejan de moverse y se convierten en un
buen alimento para los buitres. Otros de mis congéneres creen haber observado algo
que tiene que ver con una especie de estratagemas o de organización entre estos seres
engañosos; incluso algunas aves que han tenido la oportunidad de acercarse más a
esos seres llegaban a decir que había en cada manada humana un individuo que les
indicaba a los demás la forma de comportarse y moverse, y que parecía ser el que
más se alegraba de la matanza. Lo que nunca he llegado a saber es el motivo por el
que semejante individuo parece gozar de mayor poder sobre el resto de la manada;
raras veces se trata del elemento más grande o más rápido, pero demuestra, teniendo
en cuenta su entusiasmo y su diligencia, que es en mayor medida que el resto de los
otros un buen proveedor para los buitres.

La opresión europea en América


N. 81. Sábado, 3 de noviembre de 1759

A medida de que el ejército inglés iba atravesando, entre la montaña y el lago, la


suave sabana hacia Quebec, uno de los jefecillos indígenas de una de las regiones del
interior se subió a una alta roca rodeado por su clan y, oculto tras unos matorrales,
observó con qué arte marcial y regularidad se desarro liaban los preparativos de la
guerra entre los ejércitos de los blancos europeos. Por la noche, las tiendas de
campaña ya se encontraban firmemente asentadas y los soldados descansaban
tranquilamente; al amanecer se reanudó con todo orden la marcha de los soldados. El
jefe indígena les siguió observando hasta que sus filas se perdieron en el horizonte y,
entonces, se quedó un momento pensativo y silencioso.
Al cabo de un rato se volvió hacia los suyos y les dijo: «Hijos míos: he oído
muchas veces de boca de los ancianos, que hubo un tiempo en que nuestros
antepasados eran los amos absolutos de los bosques, de las praderas y los lagos hasta
donde podía alcanzar la vista y llegar el pie del hombre. Podían pescar y cazar, y
celebrar sus banquetes y sus danzas sagradas; cuando se sentían cansados se echaban
bajo el primer matorral que encontraban, y allí descansaban sin sentir peligro ni
miedo alguno. Cambiaban de campamento según conviniese a la estación del año, lo
impusieran las circunstancias o les incitase la curiosidad; a veces recogían los frutos

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que les proporcionaban los bosques, y otras navegaban en canoas a lo largo de la
costa.
»Durante mucho tiempo vivieron en la seguridad y en la abundancia, hasta que
llegó a nuestras costas una nueva raza de hombres procedentes del océano. Esas
gentes se encerraban en casas hechas de piedra en las que era imposible entrar por la
fuerza ni destruir por el fuego. Se protegían con conchas más fuertes que las del
armadillo, contra las que nada podían conseguir nuestras lanzas, que rebotaban al
chocar contra ellas, y a veces llevaban consigo poderosas bestias que jamás habíamos
visto en nuestros bosques ni en nuestros valles y contra las cuales era imposible
oponerse o escapar. Estos invasores se adentraron por todo el continente; llevados por
su rabia masacraron a todos cuantos de los nuestros quisieron oponérseles, y
esclavizándolos se burlaban de ellos. De los que pudieron quedarse, algunos fueron
encerrados en grutas y condenados a trabajar en las minas para extraer minerales[11]
para sus amos; a otros se les utilizó en labores del campo, cuyos frutos les
arrebataban sus amos tiranos. Y cuando, o bien por los castigos corporales o por el
duro trabajo de las minas, perecían los pobres nativos sus amos los reemplazaban por
esclavos de otro color[12] traídos de algún lejano país para encontrar aquí la muerte a
causa de los trabajos forzados y de la tortura.
»Algunos de ellos presumen de su humanidad y se sienten muy contentos al
apoderarse de nuestros campos de caza y de nuestras pesquerías, obligándonos a
conducirlos a aquellos territorios cuya fertilidad y conveniencia les invitan a
quedarse, sin que lleguen a declararnos la guerra más que cuando tratamos de
recuperar nuestras propias tierras.
»Otros pretenden haber comprado el derecho de residencia y dominio; pero
seguramente la insolencia que muestran con sus tratos resulta más ofensiva que si se
hubieran apoderado por la fuerza bruta de nuestra tierra. ¿Qué placer puede tener el
dueño de un país en admitir que un extranjero es más poderoso que él? En estos
contratos debe actuar el fraude o el terror; porque o bien prometen un tipo de
protección que jamás han llegado a suministrar, o un tipo de instrucción que tampoco
han impartido. Confiamos en sentirnos seguros por la ayuda que puedan prestarnos
contra alguna otra desgracia, o bien aprender las artes y ciencias de los europeos con
las cuales podríamos protegernos nosotros mismos. Pero nunca han llegado a ejercer
su poder en nuestra defensa, y se han cuidado mucho de guardar sus conocimientos
tan sólo para ellos. Sus tratados sólo sirven para engañar, y sus negocios para
defraudarnos. Tienen una ley escrita[13] que presumen haber recibido de Aquel que
creó el cielo y la tierra, y por la cual pretenden afirmar que el hombre llegará a un
estado de felicidad cuando abandone este mundo. ¿Por qué no nos han enseñado
semejante ley a nosotros? La han escondido porque la han violado. Cuando se la ha
contravenido, no es posible predicar a la nación india unos preceptos en los que se les
prohíbe hacer a los demás aquello que no quisieran que se les hiciera a ellos.
»Pero quizás ya esté próximo el momento en el que el orgullo de la usurpación

[Link] - Página 135


quede aplastado, y sean vengadas las crueldades de la invasión. Los hijos de la
rapacidad han levantado sus espadas unos contra otros y tratan de solventar sus
diferencias mediante el recurso de la guerra. Veamos desde lejos cómo se desarrolla
esa masacre, y tengamos presente que la muerte de cada europeo libra a nuestro país
de un tirano y de un ladrón. Porque, ¿qué diferencia hay, al fin y al cabo, entre la
demanda de toda nación y la que hace el buitre sobre la liebre o el tigre sobre el
cervatillo? Dejémosles que sigan disputando la propiedad de regiones que no les
pertenecen, que compren mediante el engaño y la sangre la vacua dignidad de poseer
unas montañas que jamás llegarán a escalar y unos ríos que nunca lograrán cruzar.
Dejémosles que, mientras tanto, se esfuercen en aprender su propia disciplina y en
forjar sus propias armas. Y cuando se hayan agotado con sus mutuas matanzas,
lancémonos sobre ellos, obliguémosles a que se retiren a sus navíos y podamos así,
de una vez por todas, volver a reinar en nuestra tierra nativa».

Las limitaciones de los logros humanos


N. 88. Sábado, 22 de diciembre de 1759

Cuando los filósofos de los últimos años se reunieron por primera vez en la Royal
Society, se generaron grandes expectativas sobre el inminente progreso de las artes
prácticas. Se suponía que ya estaba muy cercano el día en que las máquinas se
moverían mediante mecanismos perpetuos, se lograría la salud definitiva mediante
una medicina universal, el aprendizaje se conseguiría fácilmente con una lengua
única[14] y el comercio se extendería por todo el mundo, gracias a buques que
llegarían a su destino sin el menor contratiempo.
Pero el progreso lleva su tiempo y la sociedad tuvo que enfrentarse a la dura
realidad de que, pese a todo, no se había producido ninguna reducción visible de las
consabidas miserias de la vida. Tanto la gota como los cálculos biliares continuaron
siendo dolorosos para los enfermos, el terreno que no hubiera sido previamente
labrado seguía sin producir cosecha, y los frutos no caían del cielo. Finalmente,
aquellos que se sintieron defraudados empezaron a irritarse; y quienes odiaban todo
tipo de innovaciones se sintieron muy contentos al tener la oportunidad de ridiculizar
a los que siempre habían despreciado, tal vez con demasiada arrogancia, los
conocimientos tradicionales. Y parecía, teniendo en cuenta sus primeras disculpas,

[Link] - Página 136


que los filósofos sintieron muy íntimamente las indeseadas impertinencias de quienes
les preguntaban con insistencia diaria: «¿Qué es lo que habéis hecho?».
La verdad es que poco se había realizado comparado con lo que se había
prometido; y el asunto solamente podía contestarse mediante disculpas más o menos
generales y nuevas esperanzas que, cuando llegase el momento de verse frustradas,
volverían a ser motivo de nuevas y vejatorias preguntas.
Esta cuestión ha alterado la serenidad de muchas mentes. Y quien, en los últimos
años de su vida, se pregunta muy seriamente lo que ha hecho en ella raras veces
encuentra en lo más profundo de su corazón motivos para sentirse satisfecho.
Solemos decepcionarnos más con nosotros mismos que con los demás. No sólo
tenemos en alta estima nuestras propias capacidades, sino que nos permitimos
albergar una serie de expectativas que nunca comunicamos a los demás; nos
complacemos pensando en que alcanzaremos empleos y cargos que nadie habrá de
concedernos, y pensamos en lograr una posición que posiblemente jamás
alcanzaremos. Y cuando van pasando los días y los años entre negocios y
distracciones y, finalmente, nos damos cuenta de que nuestros buenos propósitos se
han quedado en el tintero y el tiempo en que podíamos llevarlos a cabo ya ha pasado,
nos entregamos a una dolorosa reflexión. Ni amigos ni enemigos se sorprenden de
que nuestras vidas hayan transcurrido como el resto de la humanidad anónima y que
nuestra muerte carezca de conmemoraciones; ignoran todo cuanto nos hemos
propuesto en vida y, por consiguiente, no pueden discernir si aquellas esperanzas y
expectativas se han podido cumplir o no.
Quien establezca una comparación entre lo que ha hecho y lo que ha dejado de
hacer sentirá el efecto que siempre debe seguir a la comparación de la imaginación
con la realidad; mirará desdeñosamente su insignificancia y se preguntará cuál ha
sido el propósito que ha animado su vida; se quejará de no haber dejado huella alguna
de su existencia, de no haber contribuido en nada al proceso de la vida y de haber
pasado todos sus años, desde la juventud a la vejez, en medio de una multitud
anónima en la que no ha destacado por nada.
El hombre raramente está dispuesto a reconocer su propia nimiedad, y a creer que
si no ha hecho grandes cosas es debido a que los demás tampoco las hacen. Antes se
contenta con lo inmediato que con lo importante, y prefiere confesar la flaqueza de su
voluntad que la estupidez de su propia naturaleza.
Esta idea equivocada de la grandeza humana da lugar a que muchos que
pretendieron hacer grandes cosas en el campo de la ciencia y de la sabiduría declaren
finalmente que se desprecian a sí mismos. Si alguna vez me he encontrado con
alguno de estos seres que se lamentan por la conciencia de su propia insignificancia,
trato de consolarlos haciéndoles ver que, por poco que hayan hecho, algo siempre es
mejor que nada. Todo ser humano está obligado por el Maestro Supremo del universo
a desarrollar cuantas oportunidades se le hayan proporcionado para hacer el bien y a
mantener en una continua actividad aquellas capacidades que se le han otorgado. Pero

[Link] - Página 137


que no hay motivo alguno para lamentarse de que esas capacidades sean reducidas y
las oportunidades ofrecidas resulten escasas. Aquel que ha logrado incrementar la
felicidad de una sola criatura, aquel que ha sabido afianzarse en un principio moral, o
ha sabido añadir algo útil al conocimiento general podrá alegrarse de su propio logro;
y con respecto al resto de los mortales tendrá derecho, como lo hizo Augusto[15]
despedirse honrosamente de la vida.

[Link] - Página 138


SAMUEL JOHNSON (Lichfield, Staffordshire, 18 de septiembre de 1709 - Londres,
13 de diciembre de 1784), por lo general conocido simplemente como el Dr. Johnson,
es una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra: poeta, ensayista,
biógrafo, lexicógrafo, es considerado por muchos como el mejor crítico literario en
idioma inglés. Johnson era poseedor de un gran talento y de una prosa con un estilo
inigualable.
Devoto anglicano y políticamente conservador, el Dr. Johnson ha sido descrito como
«sin lugar a dudas, el hombre de letras más distinguido de la historia inglesa». Pese a
la gran calidad de su obra y a su enorme celebridad en vida, Johnson es
principalmente recordado por ser el objeto de «el más notable ejemplo de arte
biográfico en las letras inglesas», a saber, la biografía escrita por su amigo James
Boswell, La vida de Samuel Johnson, a la que ha quedado inevitablemente ligado.
Famoso por su brillante conversación, y gracias a sus múltiples biógrafos
contemporáneos, se conocen gran cantidad de anécdotas del Dr. Johnson. Igualmente,
su estilo aforístico, su filosofía basada sobre todo en el sentido común, y su elegancia
escrita, han hecho que sea el segundo autor más citado de la lengua inglesa tras
Shakespeare.

[Link] - Página 139


NOTAS A PIE DE PÁGINA

[Link] - Página 140


NOTAS A INTRODUCCIÓN

[Link] - Página 141


[1] Hay edición española: Londres, Gómez Flores, S. A., Albacete, 2004. <<

[Link] - Página 142


[2] La historia de Rásselas, príncipe de Abisinia, Editorial Berenice, Córdoba, 2007.
<<

[Link] - Página 143


[3]
Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Alianza Editorial,
Madrid, 2010. <<

[Link] - Página 144


[4] Vida de los poetas ingleses, Ediciones Cátedra, Madrid, 1988. <<

[Link] - Página 145


[5] Véase Prefacio a Shakespeare, El Acantilado, Madrid, 2003. <<

[Link] - Página 146


NOTAS COMPLEMENTARIAS I.
EL PATRIOTA. DISCURSO A LOS ELECTORES DE
GRAN BRETAÑA

[Link] - Página 147


[1]Del segundo soneto «On the Detraction Which Followed on My Writing Certain
Treatises»:
«En su insensatez a gritos piden libertad,
pero se revuelven contra la liberadora verdad;
cuando libertad claman, libertinaje piensan,
qué justos y sabios serían si aquello otro pretendieran».

<<

[Link] - Página 148


[2]Las elecciones generales de 1774 movieron a Samuel Johnson a redactar este
panfleto. Los anteriores comicios generales se celebraron en 1768. Según el decreto
que fijaba la duración máxima de las legislaturas (Septennial Act, 1716), los
siguientes hubiesen podido celebrarse en 1775. <<

[Link] - Página 149


[3] Entiéndase, a la actual legislatura. <<

[Link] - Página 150


[4]
«Un partido es la locura de muchos en beneficio de unos pocos», Alexander Pope,
Ensayo sobre el Hombre. <<

[Link] - Página 151


[5]En 1770, William Beckford, alcalde de Londres, había «insultado» de este modo al
rey Jorge III. <<

[Link] - Página 152


[6]El Tratado de París de 1763, que puso fin a la Guerra de los Siete Años, fue
rubricado por el Primer Ministro, John Stuart, tercer conde de Bute, a quien la
oposición calumnió acusándole de ser el amante de la princesa de Gales, Augusta,
madre del joven Jorge III. <<

[Link] - Página 153


[7] La Quebec Act de 1774 garantizaba que en este territorio seguiría vigente el
código civil francés, y que el clero católico conservaría algunos de sus privilegios.
Los historiadores actualmente piensan que se trataba de una norma excepcionalmente
liberal y tolerante para la época, pero en su momento causó indignación en las trece
colonias británicas de América, y formó parte de las denuncias al gobierno de Su
Majestad en la Declaración de Independencia. <<

[Link] - Página 154


[8]Referencia a la persecución que sufrieron los protestantes franceses, durante el
reinado de Luis XIV, tras la revocación del Edicto de Nantes en 1685. <<

[Link] - Página 155


[9]La Act of Toleration de 1689 otorgaba a los disidentes protestantes ingleses (mas
no a los católicos de este país) el derecho de culto. Algunos disidentes ingleses
también se oponían a la Quebec Act. <<

[Link] - Página 156


[10] «Dime con quién andas, y te diré quién eres». <<

[Link] - Página 157


[11]Las manifestaciones de la oposición a veces incluían la quema de botas (por lord
Bute: la pronunciación de este nombre es similar a la de «boot») y enaguas (en
alusión a la princesa de Gales). <<

[Link] - Página 158


[12]La Sala de Actos de Mile End, cerca de Londres, era el lugar favorito de
encuentro de los seguidores del radical inglés John Wilkes (1725-1797). También se
congregaban en varios clubes de la capital inglesa, entre otros el Lumber Troop. <<

[Link] - Página 159


[13] Las islas Falkland o Malvinas. <<

[Link] - Página 160


[14]
Poco antes, en 1774, el Parlamento inglés había decretado el cierre del puerto de
Boston, en respuesta al «Boston Tea Party». <<

[Link] - Página 161


[15]
Una ley de 1770 limitaba la inmunidad por delitos civiles de la que hasta ese
momento habían gozado los miembros del Parlamento. <<

[Link] - Página 162


[16]La Elections Act de Grenville (1770) trasladó la competencia jurisdiccional, en
contenciosos sobre escrutinios, de los grupos representados en la Cámara de los
Comunes a un comité reducido, cuyos miembros eran designados en atención a su
imparcialidad. <<

[Link] - Página 163


[17] John Milton, El Paraíso perdido, II, 5-6. <<

[Link] - Página 164


NOTAS COMPLEMENTARIAS II.
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE RAMBLER”
(1750-1752)

[Link] - Página 165


[1]
Tebaida, VI, pp. 400-401. «Tan penoso es verse detenido, millas perdidas antes de
haber empezado, y el eco de sus cascos retumba de nuevo en la llanura». <<

[Link] - Página 166


[2] Una idea que resuena en Rasselas: en el capítulo 3, el mismo Rasselas lamenta
haber «gozado ya en demasía: dadme algo que pueda desear», y en el capítulo 47,
Nekayah observa que «sólo se es feliz en la expectativa de algún cambio. Pero
cambiar no basta: basta con cambiar, para desear volver a hacerlo. El mundo nunca se
agota: dadme mañana algo nuevo que nunca antes haya visto». (Rasselas and Other
Tales, ed. Gwin J. Kolb. Yale University Press, New Haven y Londres, 1990, pp. 16 y
164). Johnson recelaba de Hobbes. A Thomas Tyers le confesó: «Cuando publiqué mi
Diccionario pude haber citado a Hobbes como autoridad de la lengua, al igual que
tantos otros escritores de su época. Pero si no lo hice, ello se debe a que me
desagradan sus principios». (The Early Biographies of Samuel Johnson, ed. O. M.
Brack Jr. y Robert E. Kelley. University of Iowa Press, Iowa, 1974, p. 82). No
obstante, su idea de que el hombre es un ser motivado antes por la esperanza que por
la satisfacción de sus deseos se compagina con un célebre pasaje de Leviatán: «La
felicidad en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha; porque no
existe el finis ultimus (propósitos finales) ni el summum bonum (bien supremo), de
que hablan los libros de los viejos filósofos moralistas. Para un hombre, cuando su
deseo ha alcanzado el fin, resulta la vida tan imposible como para otro cuyas
sensaciones y fantasías estén paralizadas. La felicidad es un continuo progreso de los
deseos, de un objeto a otro, ya que la consecución del primero no es otra cosa sino un
camino para realizar otro ulterior», (capítulo 11), trad. Carlos Mellizo. <<

[Link] - Página 167


[3] Miguel de Cervantes, Don Quijote, I, capítulos 7, 15 y 21. <<

[Link] - Página 168


[4] Horacio, Epístolas, I, 1, 36-37. 36-37.

«Si la ambición te abrasa


los preceptos repasa de la filosofía de contino».

(Trad. Javier de Burgos) (N. del T.). <<

[Link] - Página 169


[5]«No apartes la vista, día tras día, de la muerte, el exilio y todo aquello que parece
terrible. Pero especialmente no dejes de contemplar la muerte, y así nunca tendrás
pensamientos innobles o ansiarás desmedidamente cosa alguna». Enquiridión,
capítulo 21. <<

[Link] - Página 170


[6] Horacio, Epístolas, II, 2. 76. «Vaya quien quiera a meditar canciones». <<

[Link] - Página 171


[7]Sátira X (Vanidad de los humanos deseos): «Para muchos resulta mortífero el
copioso torrente de su elocuencia». <<

[Link] - Página 172


[8] The Rambler, n.º 10. <<

[Link] - Página 173


[9] Virgilio, Eneida, VI, 126-127. Una de las frases que Johnson gustaba de citar:
«Fácil es la bajada al Averno,
de noche y de día está abierta la puerta del negro Dite».

<<

[Link] - Página 174


[10] Señor Divagador. Recuérdese que es el título de la revista. (N. del T.). <<

[Link] - Página 175


[11]Las manifestaciones de la oposición a veces incluían la quema de botas (por lord
Bute: la pronunciación de este nombre es similar a la de «boot») y enaguas (en
alusión a la princesa de Gales). <<

[Link] - Página 176


[12] Farsalia, IX, 582-583. «Yo tengo certeza en la muerte, y no en los oráculos». <<

[Link] - Página 177


[13] Máxima tópica. Véase, sin embargo, Herodoto, II, 78. <<

[Link] - Página 178


[14] Antología Palatina, IX, 366. <<

[Link] - Página 179


[15] Se refiere a Epicteto, Enquiridión, c. 21; véase << (nota 5 de este epígrafe). <<

[Link] - Página 180


[16] «Y, elevándose, burla ligera el tronco deshecho», Lucano, Farsalia, IX, 14. <<

[Link] - Página 181


[17] Hipócrates, Aforismos, I, 1. <<

[Link] - Página 182


[18] Ars Poetica, 409-411.
Yo creo que el estudio nada alcanza
sin la fecundidad de la inventiva;
ni la imaginación inculta y ruda
es capaz por sí sola del acierto;
pues han de darse, unidas de concierto,
naturaleza y arte mutua ayuda.

Trad. Tomás de Yriarte (1777). <<

[Link] - Página 183


[19]«Y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados dioses viendo con qué
afán Hefesto los servía en el palacio», La Ilíada, I, 599-600. <<

[Link] - Página 184


[20] Epístolas, II, 2, 61-62.
Así tres convidados
pareceisme con gustos diferentes.

(Trad. Javier de Burgos, 1841). <<

[Link] - Página 185


[21]«Praeterea suae quisque inventioni favet, et quasi fortissimum amplectitur, cum
ab alio dictum est quod ipse praevidit». («Además, cada cual prefiere su propia
inventiva, y se deja convencer sobre todo por lo que confirma sus conclusiones»),
Plinio, Epístolas, I, 20, 13. <<

[Link] - Página 186


[22]The Rambler fue fundada por Samuel Johnson sobre el modelo de The Spectator
(1711-1712), célebre periódico diario de Joseph Addison y Richard Steele. Ambas
publicaciones introdujeron en la prensa británica el género del artículo de opinión,
pero con The Rambler, Johnson aspiraba a ampliar los temas abordados y a tratarlos
con más seriedad. (N. del T.). <<

[Link] - Página 187


[23] The Spectator n.° 1, marzo de 1711. <<

[Link] - Página 188


[24] Sátiras, IV, 23. «Nadie busca sumergirse en sí mismo». <<

[Link] - Página 189


[25] «Conócete a ti mismo», (Antología Palatina, IX, 366); véase el poema de
Johnson que lleva el mismo título (Samuel Johnson: The Complete English Poems,
ed. J. D. Fleeman. Penguin Books, Hardmonsworth, 1971, p. 146), escrito el 12 de
diciembre de 1772 tras completar la revisión y ampliación de su Diccionario, y
asimismo el epígrafe a la imitación por Bonnell Thornton de The Rambler. <<

[Link] - Página 190


[26]
Según Thrale, el personaje de Gélidus está basado en John Colson, titular de la
Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge. <<

[Link] - Página 191


[27]Véase Johnson, Lives of the English Poets, ed. G. B. Hill, 3 vols. The Clarendon
Press, Oxford, 1905, II, 61-62 (Garth) y II, 226 (Congreve). Hay edición española:
Vida de los poetas ingleses, Cátedra, Madrid, 1988. El supuesto desinterés de
Congreve en sus logros como dramaturgo proviene de la evocación por Voltaire de su
encuentro con este autor a una edad muy avanzada, cuando estaba «casi a las puertas
de la muerte»: «Un gran defecto tenía, que consistía en no tener en suficiente estima
su primer oficio, el de escritor, que le había valido fama y fortuna. De sus obras
hablaba como si fueran nimiedades indignas de su persona, y la primera vez que
conversamos me pidió que pensara que sólo era un caballero que vivía con gran
sencillez. A lo que repuse que si hubiera tenido la desgracia de no ser sino un
caballero cualquiera jamás le habría querido conocer, y que su falsa modestia me
resultaba ofensiva» (Voltaire, Letters on England, tr. L. Tancock. Penguin Books,
Harmondsworth, 1980, pp. 99-100). Sobre varios aspectos relacionados con esta
célebre anécdota, véanse los comentarios sensibles y documentados de los dos
siguientes artículos de D. F. McKenzie: «Mea Culpa: Voltaire’s Retraction of his
Comments Critical of Congreve», Review of English Studies (RES), 49 (1998), pp.
461-465, y «Richard van Bleeck’s Painting of William Congreve as Contemplative»
(1715), RES, 51 (2000), pp. 41-61. <<

[Link] - Página 192


[28] Amores, II, 4, 1-2.
Yo no me atrevería a defender
mis desviadas costumbres, ni a esgrimir
defensas engañosas en favor de mis vicios

Trad. J. A. González Iglesias. <<

[Link] - Página 193


[29] Locago el espartano, en mención de Plutarco, Moralia, 225F. Véase también el
artículo «Sobre el estoicismo», pág. 83 de esta edición, y el retrato del afectado
estoico en Samuel Johnson, Rasselas, cap. 18. (Rasselas and Other Tales, ed. Gwin J.
Kolb. Yale University Press, New Haven y Londres, 1990, pp. 74-76. Hay edición
española de este libro: La historia de Rasselas, Editorial Berenice, Córdoba, 2007).
<<

[Link] - Página 194


[30]
Era la fama que tenía Julius Libri, por haber rechazado de entrada las teorías de
Galileo. <<

[Link] - Página 195


[31]John Dryden, The Indian Emperor (1665), IV, 3, 3: «I follow fate, which does too
fast persue». <<

[Link] - Página 196


[32]
«… Y a sí mismo se persigue y huye». El verso no está en Virgilio, sino en
Ovidio, Metamorfosis, 4, 461. <<

[Link] - Página 197


[33]Samuel Johnson cita aquí de memoria, y erróneamente. En el «Prefacio» a
Tyrannick Love (1670), Dryden escribe lo siguiente: «Algunos, con cierta “…Y una
suerte que se exige con demasiada premura”, frase que he tomado de Virgilio, en su
Canto XI de la Eneida: Eludit gyro inferior, sequiturque sequentem». Y no cito estas
palabras para justificar que haya escrito con torpeza, sino simplemente para
demostrar lo desafortunados que fueron ellos al no haberlo descubierto. (The Works
of John Dryden, vol. X, ed. M. Novak. University of California Press, Los Ángeles,
1970, p. 113). <<

[Link] - Página 198


[34] Celsio, De Medicina, VIII, 4, 4. <<

[Link] - Página 199


[35] Aurea Carmina, 2, 17-19. <<

[Link] - Página 200


[36] Zenón de Citio (circa 335-circa 263 a. C.), fundador de la escuela estoica en
filosofía, enseñaba el desapego de las vicisitudes del mundo. <<

[Link] - Página 201


[37]Se decía, en realidad, de Dionisio, quien padecía oftalmia, no gota; véase
Diógenes Laercio, Vidas, 7, 37, c. 1. <<

[Link] - Página 202


[38]«Lo que merecidamente se padece debe sufrirse con resignación», Ovidio,
Heroidas, V. 7. <<

[Link] - Página 203


[39]Henri de la Tour d’Auvergne (1611-1675), vizconde de Turenne, fue un militar al
mando de los ejércitos franceses durante el reinado de Luis XIV. Recibió el
mencionado consejo del duque de Weymar, los principios rectores de cuya conducta
evocaba Turenne en estos términos: «Ce Général… ne s’enorgueillissoit point de ses
succés; que, lorsqu’il avoit du malheur, il ne songeoit pas tant à se plaindre, qu’à s’en
relever; qu’il aimoit mieux se laisser blâmer injustement, que de s’excuser aux
dépens de ses amis qui avoient manqué dans l’action; qu’il étoit plus occupé à réparer
ses fautes, qu’á perdre son tems en apologies…». «Este general… desdeñaba jactarse
de sus triunfos; cuando sufría un revés de fortuna, no se dedicaba a quejarse, sino a
restablecerse; prefería ser objeto de falsas acusaciones que disculparse culpando a
aquellos de sus compañeros que hubiesen faltado a su deber; se esforzaba en
enmendar sus defectos, en vez de perder su tiempo con excusas…». Andrew Ramsay,
Histoire du Vicomte de Turenne (La Haya, 1736), 1, pp. 108-109. <<

[Link] - Página 204


[40]«El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!»,
Job, I, 21. <<

[Link] - Página 205


[41]
Epístolas, I, 2, 3-4. «[repaso a Homero] el cual, mejor que Crantor y Crísipo, / lo
que es útil enseñarnos y honesto […]». (Trad. Javier de Burgos) (N. del T.). <<

[Link] - Página 206


[42] Epístolas, III, 1. <<

[Link] - Página 207


[43]Jacques-Auguste de Thou (1533-1617), estadista e historiador francés. La cita
proviene de «Viri Illustris Jac. Aug. Thuani… Commentariorum de Vita Sua Libri
Sex», en Historiarum Sui Temporis (1733), VII, pt. 4, p. 3 n. Johnson introduce
alguna inexactitud en su cita: en el original, la frase concluye con la palabra
«cognituri», lo que rebaja la jactancia del comentario. <<

[Link] - Página 208


[44] «Citus modo, modo tardus incessus»: Salustio, De Coniuratione Catilinae, 15, 5.
<<

[Link] - Página 209


[45] Joachim Camerarius, Vita Melanchtonis (1777), cap. 18, p. 62. <<

[Link] - Página 210


[46]Sir William Temple, «Essay en the Cure of the Gout by Moxa», en Works (1757),
3, 244. <<

[Link] - Página 211


[47] «Prefacio» a Works, de Joseph Addison (121), 1, p. XVI. <<

[Link] - Página 212


[48] Honorat de Beuil, «Mémoires pour la vie de Malherbe». <<

[Link] - Página 213


[49] No he podido localizar esta frase en la vida de Hale, de Burnet, pero puede
tratarse de la evocación del décimo ítem en el listado de «Cosas necesarias que
siempre hay que recordar», de Hale: «X. Que en materia de justicia no me deje guiar
por la compasión hacia los pobres o el favoritismo por los ricos» (Gilbert Burnet,
Life and Death of Sir Matthew Hale, Kt. [1682], p. 59). <<

[Link] - Página 214


[50] Metamorfosis, I, 114-115:

… surgió la raza de plata


inferior al oro, más preciosa que el bermejo bronce.

<<

[Link] - Página 215


[51]Marco Valerio Marcial, Epigramas II, XC, 3-4. «Si me empeño en vivir, siendo
pobre y todavía no impedido por los años, perdóname: nadie se empeña lo bastante en
vivir». (Trad. José Guillén). <<

[Link] - Página 216


[52] Referencia poco clara, pero véase Aristóteles, De anima, II, 1412 b, 5-6. <<

[Link] - Página 217


[53] Horacio, Ars Poetica, 1. 172. <<

[Link] - Página 218


[54] Antología Palatina, XI. 53. La traducción del griego es del mismo Johnson:
«Soon fades the rose; once past the fragrant hour, / The loiterer finds a bramble for a
Flow’r». «Pronto se marchita la rosa: en vez de flor, espinas / descubre el que tarde a
olerla se inclina». Véase Samuel Johnson: The Complete English Poems, ed. J. D.
Fleeman. Penguin Books, Harmondsworth, 1971, p. 98. <<

[Link] - Página 219


[55]
El teólogo puritano Richard Baxter (1615-1691) fue encarcelado en 1685-1686.
Edmund Calamy, Abridgment of Mr. Baxter’s… Life and Times (1702), pp. 596-597.
<<

[Link] - Página 220


[56]Thomas Hearne (1678-1735) fue anticuario y destacado miembro del movimiento
non-juror. La fuente más probable de esta anécdota se encuentra en Reliquiae
Hearnianae, salvo por el hecho de que esta selección de los escritos personales de
Hearne, a cargo de Philip Bliss, fue publicada en 1857, y es por tanto imposible que
Johnson tuviera acceso a ella. No ha sido posible localizarla en las obras de Hearne
que Johnson sí ha podido consultar, de lo que se deduce que la fuente pudo haber sido
oral. <<

[Link] - Página 221


[57] Las ciencias actuariales conocieron significativos avances en el siglo XVIII,
especialmente gracias a los trabajos de Richard Price (1723-1791), si bien sus más
influyentes escritos sobre esta materia fueron publicados posteriormente en The
Rambler. <<

[Link] - Página 222


[58]Un célebre error de cálculo fue el de Edward Gibbon, quien, basándose en tablas
actuariales, dedujo que le quedaban «aproximadamente quince años» de vida menos
de tres años antes de sucumbir a una peritonitis (The Autobiographies of Edward
Gibbon, ed. J. Murray. John Murray, Londres, 1896, p. 347). <<

[Link] - Página 223


[59] Epístolas, I. XVII. 23-24.

Todo a Aristipo
cuadraba, y aspirando a la grandeza,
casi feliz en la humildad vivía.

, en Las poesías de Horacio, traducidas en versos castellanos (T. IV). José Cuesta,
Madrid, 1844, p. 156. Traducción de Javier de Burgos (N. del T.). <<

[Link] - Página 224


[60] Divagador: el título de la revista. (N. del T.). <<

[Link] - Página 225


[61] John Milton, El Paraíso perdido, XI. 546. <<

[Link] - Página 226


[62] William Shakespeare, Enrique IV, Primera parte, V. IV. 103. <<

[Link] - Página 227


[63] Epístolas, I, I. 38-40.

Que aunque inerte, envidioso, dado al vino


sea, o enamorado o iracundo,
no existe hombre en el mundo
a quien ver no se logre corregido,
siempre que a la razón preste el oído.

(Trad. Javier de Burgos, 1844). (N. del T.). <<

[Link] - Página 228


[64] Véase Joseph Addison, Spectator n.° 507 (11 de octubre de 1712): «Los
platonistas tan justa idea se hacían de la aversión del Creador hacia todo lo que falso
y erróneo sea, que para ellos la Verdad era no menos necesaria que la Virtud para que
el Alma humana accediera a su independencia. Por esta razón, así como imponían a
la Voluntad deberes Morales para prepararla a la Vida futura, asimismo prescribieron
la práctica de la Contemplación y la Ciencia para corregir el Entendimiento. Así,
Platón llamaba a las Demostraciones Matemáticas remedios Catárticos o Purgativos
del Alma, por considerarlas el Método más apropiado para limpiarla de cualquier
Error y abrir su Apetito por la Verdad, que es el natural Alimento y Sustento de las
Luces, del mismo modo que en la Virtud encuentra Perfección y Felicidad la
Voluntad». <<

[Link] - Página 229


[65]Virgilio, Geórgicas, III. 8-9. Johnson da la siguiente versión de John Dryden:
«New ways I must attempt, my groveling name / To raise aloft, and wing my flight to
fame». «Probemos una senda nueva, en la que yo también, como otros, pueda
levantarme de la tierra y andar vencedor en lenguas de la fama» (Trad. Eugenio de
Ochoa, 1869). (N. del T.). <<

[Link] - Página 230


[66]El dicho aparece citado en Melchor de Santa Cruz de Dueñas, Floresta Española
(1578), I. 25, sig. C5v: «Dezia el rey don Alonso de Aragón, que ninguno había de
tomar consejo con los vivos, sino con los muertos. Entendiendo por los libros, porque
sin amore ni temor siempre dizen la verdad». <<

[Link] - Página 231


[67] Referencia ilocalizable. <<

[Link] - Página 232


[68]La frase es de Platón, Fedro, 250D. Cicerón la cita en De Finibus, II, 16.52. (N.
del T.). <<

[Link] - Página 233


[69]De Natura Deorum, II. II. 5. «Los días van borrando las invenciones de la
imaginación, pero confirman los juicios de la naturaleza». <<

[Link] - Página 234


[70] Horacio, Odas, III. XXX. 1-2. <<

[Link] - Página 235


[71]«El hado soberbio no pudo ser más explícito al conminar a los mortales a deponer
su orgullo», Séneca, Las Troyanas, 4-6. <<

[Link] - Página 236


[72]Enumeración de poetas menores del siglo XVII. George Granville, lord Lansdowne
(1667-1735), fue estadista, poeta y dramaturgo; sospechoso de ser un jacobita, fue
uno de los primeros mecenas de Alexander Pope. Charles Montagu, primer conde de
Halifax (1661-1715), estuvo entre los firmantes de la carta de invitación a Guillermo
de Orange, y, junto con John Somers, fue el principal artífice de la política financiera
de Guillermo III en la década de 1690. Asimismo fue el fundador del Banco de
Inglaterra. George Stepney (1663-1707) fue poeta, diplomático whig y colaborador
de Halifax y Marlborough. John Sheffield, tercer conde de Mulgrave y
posteriormente primer duque de Buckingham y Normanby (1648-1721), fue mecenas
de Dryden y amigo de Pope. <<

[Link] - Página 237


[73]Robert Boyle (1627-1691) fue científico experimental y hombre de letras. Con la
ayuda de Robert Hooke, llevó a cabo experimentos sobre las cualidades del aire que
le permitieron formular la Ley de Boyle. <<

[Link] - Página 238


[74]Sir Francis Bacon (1561-1626) fue abogado, estadista, filósofo y ensayista. La
cita proviene de la «Dedicatoria» de sus Ensayos, si bien conviene matizar que la
confianza que Bacon depositaba en la posible longevidad de este libro parece haberse
debido más al hecho de que fueran escritos en latín («por estar en una lengua
universal») que en el perenne interés humano de los temas abordados. <<

[Link] - Página 239


[75]Juvenal, VI. 28-29. Johnson cita la versión de Dryden: «--- When man’s life is in
debate, / The judge can ne’er too long deliberate». «Que no ha de prolongarse el
juicio sobre el hombre cuando es su vida lo que está en juego». (N. del T.). <<

[Link] - Página 240


[76]Se trata de Horacio, y la alusión remite a Epístolas, I. I. 60-61: «Hic murus aeneus
esto, / nil conscire sibi, nulla pallescere culpa». («Que nos sea esto tal un muro de
bronce, que nos preserve de la mala conciencia y el sentimiento de culpa»). <<

[Link] - Página 241


[77]Herman Boerhaave (1668-1738), médico y profesor de medicina holandés. Véase
la «Vida de Boerhaave», de Samuel Johnson, en Gentleman’s Magazine, IX (1739),
37-38, 72-73, 114-116 y 172-176. <<

[Link] - Página 242


[78] Aristóteles, Ética a Nicómaco, III. VI. 2. <<

[Link] - Página 243


[79] Sir Thomas More (1478-1535), abogado, estadista y humanista, fue Lord
Canciller (1529-1532) y amigo de Erasmo de Rotterdam. Johnson se refiere aquí a un
pasaje del Libro Uno de Utopía (1516), en el que el personaje Raphael Hythlodaeus
(y, por tanto, no el mismo More) propugna una política de contención del crimen no
basada en la amenaza de castigos cada vez más cruentos, sino en luchar contra la
pobreza que conduce a cometer crímenes. <<

[Link] - Página 244


[80] Ars Amatoria, II, 33-38.
Contempla ahora, Dédalo, lo que te ha señalado el destino
una empresa adecuada a tu poderosa mente
resiste a los insuperables obstáculos que existen en la tierra y en el mar;
tuyo es el poder, Minos, y tuya la tierra.
Abiertos están los cielos, permítenos que lo intentemos;
y perdona, gran Júpiter, esta arriesgada empresa».

<<

[Link] - Página 245


[81] Pitágoras, Aurea Carmina, 1, 8. <<

[Link] - Página 246


[82]Sátiras, I, II, 24. «Los necios que condenan un vicio se lanzan al extremo
opuesto». <<

[Link] - Página 247


[83] John Locke (1632-1704). Filósofo inglés. Véase su Ensayo sobre el
entendimiento humano. <<

[Link] - Página 248


[84] En esta ocasión Johnson no recuerda correctamente un pasaje del ensayo de
Francis Bacon «Of Studies» en el que el filósofo dice: «Los ingeniosos aceptan los
libros, los simples los admiran y los sabios los utilizan; pero ni unos ni otros enseñan
su uso; porque la sabiduría que se obtiene mediante la observación no se encuentra en
los libros, sino que se halla por encima de ellos», Francis Bacon, The Essays, ed. J.
Picher, Penguin Books, Harmonsworth, 1985, p. 209. <<

[Link] - Página 249


[85] El símil de Longino. Véase «Longino», On the Sublime, IX. 13 <<

[Link] - Página 250


[86] La odisea, IX. 187-191. <<

[Link] - Página 251


[87]
El autor se refiere a sir Francis Drake (¿1540-1596) marino que circunnavegó el
mundo. <<

[Link] - Página 252


[88]El verbo utilizado por Samuel Johnson en esta ocasión es to replevin que significa
restituir a una persona un bien que le ha sido sustraído injustamente y que, a pesar de
que tal acto ha sido llevado a juicio, el veredicto legal no ha sido favorable al
demandante. <<

[Link] - Página 253


[89]Alusión que hace el autor al dicho que se le atribuye al emperador Calígula, que
gustaba de citar un verso del poeta trágico Aecio: «Oderint, dum metuant»: «Dejad
que me odien mientras me sigan temiendo», Suetonio, «Gayo Calígula», XXX. 2. <<

[Link] - Página 254


[90]
Odas, IV. IX. 5-8. «No, si descuella alzado Meonio el vate en la primera silla, de
Píndaro olvidado el laúd yace y del tonante Alceo: De Estesicoro brilla también la
musa y del poeta Ceo». (Trad. Javier de Burgos). <<

[Link] - Página 255


[91]Presumiblemente el autor se refiere al «Prefacio» de Jonathan Swift de su obra
Tale of a Tub en el que el autor propone la construcción de «una gran Academia…
capaz de contener nueve mil setecientos cuarenta y tres nombres, las cuales, según un
modesto cálculo, son más o menos las personas inteligentes que existen en esta Isla»,
Jonathan Swift, A Tale of a Tub, ed. A. C. Guthkelch y D. Nichol Smith, The
Clarendon Press, Oxford, 1958, p. 41. <<

[Link] - Página 256


[92] Véase Enrique IV, III, II. 40. <<

[Link] - Página 257


[93]Escrito en su nombre latino por Samuel Johnson, los ephemerae son esos insectos
que no viven más de un día (efímeros); así pues, y de forma metafórica, el autor se
está refiriendo a aquellos trabajos literarios intrascendentes y momentáneos. (N. del
T.). <<

[Link] - Página 258


[94]Odas, III. XI. 45.8. «De duros hierros cárgueme mi padre porque a mi esposo
conservé la vida, y del numida lánceme al lejano, duro suelo». (Trad. Javier de
Burgos). <<

[Link] - Página 259


[95]Véanse las leyes pompeyanas y cornelianas referentes a de sicariis y de
parricidis. <<

[Link] - Página 260


[96] Véase Aristóteles, Política, I, II. 21. <<

[Link] - Página 261


[97]Farsalia, I. 92-3. «Ninguna fidelidad (existirá) entre asociados y todo consorcio
en el poder resultará insufrible». <<

[Link] - Página 262


[98] Referencia que hace el autor a la obra de Shakespeare El mercader de Venecia, I.
IIII. 20. <<

[Link] - Página 263


NOTAS COMPLEMENTARIAS III.
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE
ADVENTURER” (1753-1754)

[Link] - Página 264


[1] Farsalia, 1. 92-93. Véase el artículo «La envidia», << (nota 97 de epígrafe II). <<

[Link] - Página 265


[2]
Estacio, Tebaida, VI; «[…] y el eco de sus cascos retumba de nuevo en la llanura».
<<

[Link] - Página 266


[3] En esta ocasión Johnson no cita correctamente el comentario que Swift hizo a
Pope en su carta del 20 de septiembre de 1723: «A menudo he pensado en establecer
una sociedad de todos los hombres de genio, y de buena gana lo habría hecho. No
creo que entre nuestros contemporáneos haya más de tres o cuatro de esta categoría;
pero si lograran unirse tendrían el mundo a sus pies», The Correspondence of
Jonathan Swift, ed. F. Elrington Ball, 6 vols., Bell and Sons, Londres, 1910-1914, III,
p. 175. <<

[Link] - Página 267


[4]Fabulae Aesopiae, I. X. 1-2. «El que miente con frecuencia no será creído cuando
diga la verdad». <<

[Link] - Página 268


[5] Diógenes Laercio, Vidas, «Aristóteles», XI. <<

[Link] - Página 269


[6] Sir Thomas Browne, Pseudodoxia Epidemica, I. XI. 16. <<

[Link] - Página 270


[7] Sir Kenelm Digby (1603-1665), autor, marino y diplomático. Cita no constatada.
<<

[Link] - Página 271


[8]Epístolas, II, 412-413. «Aquel que al premio de la carrera aspira se prepara / con
fatigas y esfuerzos desde niño». (Trad. Javier de Burgos) (N. del T.). <<

[Link] - Página 272


[9]Véase a Francis Bacon: el capítulo «De los estudios» perteneciente a Ensayos, ed.
J. Pitcher, Penguin Books, Harmondsworth, 1985, p. 209. <<

[Link] - Página 273


[10]Con estas palabras Johnson trata de ridiculizar y atacar algunas de las actitudes y
opiniones sostenidas por notables filósofos franceses del momento, como
D’Alembert, quien en su «Discurso preliminar» de la Enciclopedia había
menospreciado recientemente la importancia que se concedía a la erudición. <<

[Link] - Página 274


[11] Aulo Persio Flacco (34-62 d. C.). Autor satírico romano. <<

[Link] - Página 275


[12] Alexander Pope (1688-1744). Poeta inglés. Véase su Dunciada, III. 182. <<

[Link] - Página 276


[13]Hermann Boerhaave (1668-1738). Médico y químico holandés, catedrático de
botánica en la universidad de Leyden. Véase su Elementa Chemiae (1733), I.
«Propositum». <<

[Link] - Página 277


[14] Metamorfosis, IV. 284. «Y tu alma se detendrá en la dulce novedad». <<

[Link] - Página 278


[15] Véase el comentario que hace Johnson sobre su propia obra Rasselas y el
Cándido de Voltaire: «Si no hubieran sido publicadas tan próximas las dos obras, de
modo que no habría dado tiempo al plagio, habría sido en vano querer demostrar que
el planteamiento de la obra más reciente no se había copiado James Boswell, Life of
Samuel Johnson, Oxford University Press, Oxford, 1976, p. 241. <<

[Link] - Página 279


[16]Sir Isaac Newton (1642-1727) físico y matemático inglés, considerado uno de los
mayores genios de la historia de la humanidad, realizó durante los años 1665 y 1666
una serie de investigaciones sobre el color que incluían la demostración del espectro
de los siete colores fundamentales. Estos experimentos constituyeron posteriormente
la base del documento que entregó en la Royal Society en 1672, (que se publicó en
las Philosophical Transactions de aquel mismo año, y que forma parte de su primer
libro sobre óptica, de 1704). <<

[Link] - Página 280


[17]Juvenal, X, 5-6. «¿Qué cosa emprendemos con tan buenos augurios que no nos
arrepintamos de nuestro intento y de que se haya cumplido nuestro deseo?». <<

[Link] - Página 281


[18] «El aventurero», (The Adventurer) es el título de la revista. (N. del T.). <<

[Link] - Página 282


[19] Milton, El paraíso perdido, IV. 37. <<

[Link] - Página 283


[20] Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) y Demóstenes (383-322 a. C.) fueron
espléndidos oradores de Roma y Grecia, respectivamente. Aníbal (247-182 a. C.) fue
el gran general cartaginés cuyas audaces conquistas le llevaron a invadir Italia
durante la Segunda Guerra Púnica. Su retirada fue atribuida por algunos historiadores
a su propia negativa a seguir avanzando hacia Roma, y por otros a la relajación a que
se entregaron sus soldados en una Italia que les ofrecía placeres totalmente
desconocidos para ellos. <<

[Link] - Página 284


[21] Mercator: es decir, «comerciante». <<

[Link] - Página 285


[22]Epístolas, I. 78. «Y aún está la cuestión por decidirse». (Trad. Javier de Burgos)
(N. del T.). <<

[Link] - Página 286


[23]Véase otra referencia anterior de sir Kenelm Digby (nota 7, p. 176). En esta
ocasión Johnson parafrasea el final de su obra Observations upon Religio Medici
(1643). <<

[Link] - Página 287


[24] Posidipo (310-? a. C.) Poeta epigramático griego que vivió en Samos y
posteriormente en Alejandría. La Antología Palatina conserva una veintena de sus
epigramas sobre temas muy variados. Metodoro de Quíos (segunda mitad del siglo V-
primera mitad del siglo IV a. C.) Filósofo griego que la tradición considera discípulo
de Demócrito. Nos han llegado fragmentos de su obra De la naturaleza. Metrodoro
sostuvo la teoría de la eternidad e infinitud del universo y la infinita multiplicidad de
los mundos existentes. (N. del T.). <<

[Link] - Página 288


[25]
Las citas de estos dos autores se pueden consultar en la Greek Anthology. La de
Posidipo en IX. Epigr. 359. La de Metrodoro en IX. Epigr. 360. <<

[Link] - Página 289


[26]
Metamorfosis, XIII. 140-141. «En cuanto a las hazañas que otros hicieron no
puedo de ninguna manera llamarlas nuestras». <<

[Link] - Página 290


[27]Lucio Anneo Séneca (4 a. C.-65 d. C.). Filósofo y escritor romano. La frase citada
por Samuel Johnson pertenece a su obra Triades, I. 1023. <<

[Link] - Página 291


[28]Marco Valerio Marcial (38/41-102). Escritor romano de origen hispano. Véanse
sus Epigramas X. XLVII. 3. <<

[Link] - Página 292


[29]Robert South (1634-1716). Predicador de la Corte protegido por el rey Carlos II,
que puso en el punto de mira de sus críticas a los disidentes. La referencia que hace
aquí Samuel Johnson se refiere al sermón de South sobre los Proverbios [Link] «Sus
caminos son los caminos del placer», en el que, sin embargo, Johnson ha sustituido la
ociosidad por los placeres a los que se refiere South, esos placeres que el hombre se
verá obligado a rechazar con el tiempo: «La persona más voluptuosa y perdida,
aquella que sólo se siente atraída por sus halcones, por sus galgos y sus dados, hallará
con su conducta el mayor de los tormentos y de las calamidades que le puedan
acontecer; irá derecho a las minas y a las galeras para que allí se divierta con el pico
y la pala en trabajos forzados y pueda continuar de ese modo un placer sin fin»,
Robert South, Sermons Preached Upon Several Occasions (Oxford, 1679), p. 190. <<

[Link] - Página 293


[30]«Debes delegar en los dioses mismos qué nos conviene y qué es idóneo a nuestras
circunstancias; […] El hombre es para ellos más querido que para sí mismo», Décimo
Junio Juvenal (70-122 d. C.) Escritor satírico romano, X. 347-348, 350. <<

[Link] - Página 294


[31]Odas, II. II. 9-12. «Más vasto será tu reino dominando tu ambición que si juntaras
la Libia con la lejana Cádiz y ambos cartagineses obedeciesen a ti solo». <<

[Link] - Página 295


[32] Diógenes Laercio, Vidas, «Sócrates», XI. <<

[Link] - Página 296


[33] Plutarco, Vidas, «Alejandro», XIV. <<

[Link] - Página 297


[34] En castellano en el original. Se denominan así aquellos especialistas y
coleccionistas de arte, antigüedades o ciencias naturales que son víctimas de una
fiebre de esnobismo y, con frecuencia, de mezquindad. <<

[Link] - Página 298


[35]Plutarco relata estos hechos refiriéndose a M. L. Craso (Moralia, 89, 811 y 976) y
Plinio hace el mismo comentario refiriéndose a Hortensio (Historia Natural), IX.
172. <<

[Link] - Página 299


[36] Véase la obra Vida de Pitágoras de Jámblico, XXX. <<

[Link] - Página 300


[37] Véase la obra Vidas de Diógenes Laercio, en el capítulo «Sócrates», IX. <<

[Link] - Página 301


NOTAS COMPLEMENTARIAS IV.
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE IDLER” (1758-
1760)

[Link] - Página 302


[1]Samuel Johnson se burla en otro de sus ensayos de la teoría de Descartes de que
los animales son autómatas y no tienen sentimientos. <<

[Link] - Página 303


[2]Berkeley no afirmó semejante cosa, pero no fue sólo Johnson el que malinterpretó
las teorías de aquel filósofo. <<

[Link] - Página 304


[3]El palacio de Whitehall quedó destruido, excepto su Banqueting Hall, en 1698, por
un incendio atribuido a una sirvienta descuidada que puso a secar una pieza de ropa
blanca demasiado cerca de una chimenea. <<

[Link] - Página 305


[4] John Tillotson, arzobispo de Canterbury, fue acusado (y para algunos sigue
siéndolo) de ser uno de esos católicos que piensan que puede existir salvación fuera
de la Iglesia; y que, por tanto, tenía muy poco de cristiano. La falta que le atribuye
Johnson es tajante. <<

[Link] - Página 306


[5]Broad wheels (ruedas anchas). A fin de mejorar la condición de los caminos y
carreteras el Parlamento estableció una normativa para el peso de los vehículos y el
ancho mínimo de sus ruedas. (A. S. Turberville, ed., Johnson’s England, 1933, I.
131). <<

[Link] - Página 307


[6]Sneaker: Término del slang de la época utilizado para calificar a una persona que
cambiaba fácilmente de opinión («de chaqueta o de zapatillas»); o para alguien que
carecía de principios sólidos. Es probable que Johnson se refiera a los tories que se
negaron a votar la propuesta de Walpole en febrero de 1741, y a los que se les puso
ese mote. <<

[Link] - Página 308


[7]Electoral dominions. Los referentes a Hannover. Uno de los cargos habituales que
hacía la oposición era que los reyes Jorge I y Jorge II, y sus gobiernos, subordinaban
los intereses de Gran Bretaña a los de su Casa original de Hannover. <<

[Link] - Página 309


[8]No juramentados (non-jurors). Se refiere a aquellos clérigos y a otras personas que
se negaron a prestar el juramento de fidelidad a Guillermo y María tras la revolución
de 1688, afirmando que el rey Jacobo II seguía siendo el auténtico soberano. Jack
Speaker los considera (injustamente, a juicio de Johnson) de pertenecer a complots
jacobitas. <<

[Link] - Página 310


[9]Aunque durante el siglo XVIII era reducido el antisemitismo existente en Gran
Bretaña, la aprobación de una ley en el Parlamento en 1753 por la que se concedían
facilidades para la nacionalidad de los judíos levantó una gran polvareda; se dijo que
«los opositores del Gobierno andan buscando una fórmula beneficiosa para las
próximas elecciones» (William Hunt, Parliamentary History of England, IX. 428), y
Newcastle se vio obligado a rechazar la propuesta. <<

[Link] - Página 311


[10] Constituye una sátira de la teoría de Descartes sobre la naturaleza de los animales.
<<

[Link] - Página 312


[11]
La referencia se hace a las explotaciones españolas de los indios nativos en las
minas de plata de México y Perú. <<

[Link] - Página 313


[12]Se refiere a los esclavos negros como los que fueron llevados a América para
trabajar en las plantaciones de azúcar. «Jamaica… tierra de gran riqueza y de extrema
maldad; guarida de tiranos y mazmorra de esclavos». (Samuel Johnson,
«Introducción al estado político de Gran Bretaña», Yale Works, X. 137). «En cierta
ocasión, y en compañía de algunas personalidades de Oxford, se hizo un brindis por
“la próxima insurrección de los negros de las Indias Occidentales”». (James Boswell,
The Life of Samuel Johnson, ed. Hill-Powell, III. 200). Johnson adoptó a un joven
negro, Frank Barber, que había sido esclavo en Jamaica; trató de proporcionarle
educación y le hizo el legatario universal de sus bienes. <<

[Link] - Página 314


[13] Se refiere a la Biblia, más concretamente a los Evangelios. <<

[Link] - Página 315


[14]Samuel Johnson se refiere a la obra del obispo John Wilkins, Essay towards a
Real Character and Philosophical Language, en la que se proponía la invención de
una lengua universal. <<

[Link] - Página 316


[15] Vida de Augusto de Suetonio, 99. <<

[Link] - Página 317

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