El Patriota y Otros Ensayos - Samuel Johnson
El Patriota y Otros Ensayos - Samuel Johnson
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Samuel Johnson
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Título original: El patriota y otros ensayos
Samuel Johnson, 1784
Traducción: Ana Mª Nuño López & Mariano José Vázquez Alonso
Retoque de cubierta: Titivilius
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EL PATRIOTA
Y OTROS ENSAYOS
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INTRODUCCIÓN.
RETRATO DE SAMUEL JOHNSON PARA EL LECTOR
ESPAÑOL
Samuel Johnson es, sin duda, una de las figuras más notables de la literatura inglesa
de todos los tiempos. Sin embargo, se ha mantenido hasta ahora como un gran
desconocido para el lector hispano. Tan sólo hace tres años se publicó por primera
vez en español la biografía que sobre él escribió su discípulo James Boswell —
considerada por muchos críticos como la mejor biografía jamás escrita.
Más conocido como Doctor Johnson, ha pasado a la historia como el autor de su
famoso Diccionario de la Lengua Inglesa, que escribió durante nueve años, ayudado
tan sólo de unos cuantos libros y de varios copistas. El resultado fue de tal calidad
que se ha mantenido como el diccionario inglés de referencia hasta hace tan sólo
algunas décadas. Pero lo cierto es que resulta imposible encorsetar a Johnson en un
solo ámbito: fue educador, poeta, ensayista, crítico, biógrafo, articulista, lexicógrafo y
un magnífico y respetado tertuliano. Un hombre de letras de una dimensión
formidable, a quien también acompañó hasta la leyenda su carácter huraño y
complejo. Un escritor de genio, como demuestra el hecho de ser el escritor inglés más
citado, tan sólo por detrás de Shakespeare.
Nacido en 1709 en Lichfield, su padre, Michael Johnson, fue librero de profesión,
con medios económicos limitados. Samuel tuvo una niñez protagonizada por la
enfermedad, por la debilidad física y por algunas pequeñas taras que le hacían objeto
de frecuentes burlas. Sin embargo con el tiempo el joven Johnson fue fortaleciéndose
hasta convertirse en un hombre robusto y casi podríamos decir que atlético si
prestamos atención a algunas de sus costumbres. Hasta bien entrada la madurez
montaba a caballo, caminaba y nadaba, de forma que mantuvo siempre una presencia
física fuerte que iba pareja a su admirable fuerza y tenacidad interior, virtud que le
llevó a lo más alto de la historia de la literatura inglesa.
Desde el año 1728 hasta diciembre de 1729 estudió en Oxford, institución que
tuvo que abandonar por falta de recursos económicos. No obstante, la impronta del
ambiente cultural de la universidad y la admiración que suscitó entre alguno de sus
maestros y compañeros le marcarían de por vida.
Una de las lecturas que más le impactó en sus días oxonianos fue la de un libro de
carácter religioso A Serious Call to a Devout and Holy Life, de William Law, que le
sacaría de su indiferencia religiosa y le convertiría en el anglicano devoto que fue
hasta su muerte. El anglicanismo le servirá de base para fundamentar buena parte de
su pensamiento.
Tras contraer matrimonio con Elizabeth Porter y dedicarse a la enseñanza por un
breve período de tiempo, se trasladó a Londres en 1737 para trabajar como redactor
en la que es considerada como la primera de las revistas modernas: la Gentleman’s
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Magazine. Ya unos años antes Johnson había publicado algún ensayo en The
Birmingham Journal, al mismo tiempo que escribía traducciones de distintas obras.
Mientras que Gentleman’s Magazine mantenía una línea editorial políticamente
neutral, Johnson adoptaba una actitud de oposición al gobierno liberal —whig— del
primer ministro Walpole, político al que no obstante luego le reconocería gran valía
personal. Johnson se identificaba a sí mismo más con la oposición conservadora —
tory— pero esto no quiere decir que se libraran de sus ataques y sus comentarios
satíricos, como en el caso de Edmund Burke, a quien la crítica contemporánea
considera el modelo de conservador dieciochesco, pero por quien Johnson no sentía
ninguna simpatía en su faceta de hombre público aunque no dudaba en afirmar
abiertamente que Burke era un auténtico caballero en el trato personal.
La política entonces se dividía en tres grandes partidos: los whigs, los tories y los
jacobitas, estos últimos normalmente también conservadores, unidos por la
reivindicación del Trono para la dinastía de los Estuardo. Cada uno de estos partidos
contenía también sus propios grupúsculos formados alrededor de los distintos
ministros que iban ocupando puestos de poder. La crítica está de acuerdo en
considerar a Johnson un conservador, un tory, aunque con matices tan personales que
iban desde el acercamiento a los jacobitas a mantener distancia de los conservadores
o a atacar ferozmente a los gobiernos whigs. De cualquier manera, su cualidad de
humanista cristiano lleva a Johnson a situarse más como un outsider de la política
que como miembro de un partido, parece disfrutar más observando la sociedad desde
su atalaya que participando en el debate parlamentario.
Es necesario entender que a pesar de lo que la crítica histórica inmediatamente
posterior ha dicho, el tory del siglo XVIII no tenía mucho en común con los
conservadores del siglo XIX y del XX. El tory del XVIII era normalmente un propietario
rural relativamente pequeño, muy preocupado por la agricultura y por los impuestos
sobre la tierra. Su representación en el Parlamento no sobrepasaba un cuarto de toda
la cámara y su voto apoyaba todas aquellas iniciativas políticas que fueran a favor de
sus intereses, sin preocuparles mucho el partido en que tenían su origen esas medidas.
Afirmaban que el Establishment o, como diríamos ahora, el gobierno del Estado,
debía inmiscuirse lo menos posible en las condiciones de vida de los ciudadanos, ya
que cualquier intromisión suponía un alza de impuestos y un recorte de las libertades.
Por estas mismas razones, las guerras exteriores y en general las políticas
«imperiales» les eran bastante ajenas, como por ejemplo la guerra con España de
1739 impulsada por Pitt con la oposición del propio Walpole. En este sentido eran lo
que actualmente denominamos aislacionistas. El esquema decimonónico de que los
whigs eran la izquierda y los tories la derecha es hartamente simplista y desde luego
no es aplicable en absoluto a la política británica de los tiempos de Jorge II y Jorge III
y, en sentido amplio, a toda la política de la dinastía Hannover, desde el primer Jorge
a Guillermo IV.
Había whigs imperialistas a favor de la guerra y del monopolio comercial en las
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colonias y tories que en nombre de la libertad se oponían a esas mismas políticas. Al
complejo mundo de la política británica del momento lo describía Johnson como una
cierta tensión entre lo inmoral de lo público y lo moral de lo privado. No hay que
olvidar tampoco que Johnson es ante todo un moralista y que su preocupación
política gira primordialmente sobre cómo actuar en la cosa pública teniendo en
cuenta unos altos principios morales que están por encima del oportunismo
coyuntural. Si no fuera porque tenía esta visión de la sociedad no se entendería, por
ejemplo, con la perspectiva del lector actual poco familiarizado con las circunstancias
de aquel momento, su enorme preocupación por la situación de desamparo de las
prostitutas en la ciudad de Londres, por el papel de la mujer en el matrimonio o las
injusticias cometidas a los agricultores y comerciantes. Estas cuestiones, que ahora no
dudaríamos en definir como «sociales», eran las típicas de un pensamiento
genuinamente tory aunque muy a la medida de su autor, precisamente por su
raigambre moral. Todo ese conjunto de denuncias, críticas y apelaciones al common
sense (sentido común entendido como prudencia política) son el núcleo de sus
escritos políticomorales.
Es cierto que para el lector contemporáneo, más acostumbrado a la disertación
política teórica, resulta arduo ir desgranando en sus escritos todo su pensamiento, ya
que la mayoría de sus artículos periódicos y panfletos tratan de cuestiones meramente
contemporáneas que mantienen sólo el interés de los especialistas y requieren un
conocimiento muy profundo de las candilejas del parlamentarismo británico. Esto
incluso llevó a sus primeros biógrafos, por ejemplo a su amigo Boswell, a considerar
a Johnson como un escritor político esporádico, bien sea porque no compartiese sus
posicionamientos políticos o porque nunca llegó a comprender el gran peso que la
lucha por la moral representaba en los escritos de su biografiado.
Buena parte de su vasta obra, desde el largo poema London[1] y su sátira State of
Affairs in Lilliput, ambas de 1738, a sus últimos escritos sobre Escocia, contienen
reflexiones que sus contemporáneos leerían sin duda en clave política y no solo
social. Tal vez sea esta forma de acercarse a la realidad lo que le hace ser un ensayista
con un modo muy moderno de plantear los debates.
A Johnson le importan las cosas de la vida, la realidad circundante. Le importa
más analizar las consecuencias de la política en la vida diaria que teorizar sobre ella.
En otras palabras, es más importante comprobar la honestidad de la vida política por
sus consecuencias sociales que justificar ideológicamente actos que incluso pueden
llegar a traicionar los principios morales a cambio de no perder cuota de poder.
Marzo de 1750 supone una fecha importante en la vida de Johnson, ya que es
entonces cuando sale por primera vez The Rambler, una publicación periódica de dos
ejemplares semanales que duraría tan solo dos años, pero que a pesar de la fría
acogida que tuvo en vida de su autor, con unas ventas de unos quinientos ejemplares,
le permitió recibir inmediatamente después de su muerte un gran reconocimiento
público, con diez ediciones vendidas de la colección completa. Posteriormente, en
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1753, colabora con su amigo John Hawkesworth en The Adventurer, periódico muy
en la línea de The Rambler, donde Johnson publica agudas reflexiones morales sobre
temas variados.
Pero no hay que pensar que los intereses de Johnson en esta época son sólo los de
un ensayista moralizante. También le dedica tiempo a una de las obras que lo iban a
hacer inmortal para las letras inglesas: el célebre Dictionary of the English Language,
en el que llevaba trabajando desde 1746 y que vería la luz en 1755.
A partir de 1756 hasta 1763 publicaba simultáneamente la revista The Literary
Magazine y la serie de artículos The Idler, cada una con objetivos distintos pero con
puntos en común. Aunque no los vamos a repasar dada su enorme extensión, sí
diremos que estas dos colecciones fueron el medio por el que Johnson fue dando a
conocer no sólo sus ideas políticas en la forma que decíamos antes, sino también todo
su saber enciclopédico sobre la creación intelectual de su tiempo. The Literary
Magazine fue la plataforma que utilizó para componer las más agrias críticas a la
Guerra de los Siete Años (1756-1763); pero como suele ser habitual en él también
para otros temas, como la publicación de biografías y, sobre todo, para la innovación
en el mundo de las letras por medio de un género incipiente que él ayudó a
consolidar: la revisión de libros y la crítica literaria.
Su genio literario creativo, además, no dejaba de producir. En 1759, escribió en
apenas dos semanas la novela Rasselas[2], con la que pagó el funeral de su madre.
Una parábola moral, muy alejada de la novela realista, escrita en forma alegórica,
donde los personajes son generalizaciones de tipos humanos, los hechos son
verosímiles pero ficticios, y la trama moralizante. Fue un éxito de ventas y algunos
han llegado a comparar su influencia moral con la que tuvo el Cándido de Voltaire,
también de ese mismo año.
La obra más notable y que le reportaría más fama en el mundo académico aparte
de su Diccionario fue la edición crítica de las obras de Shakespeare. Esta obra
monumental en ocho volúmenes apareció en 1765 y Johnson fue el responsable tanto
de su edición como del prólogo y notas. Ese prólogo es sin duda lo mejor de su obra
crítica, recompensa del gran esfuerzo intelectual que supuso profundizar no sólo en la
lectura, actualización y corrección de los textos shakespearianos de ediciones
anteriores sino también en las posibles fuentes utilizadas por el propio Shakespeare.
Este meritorio esfuerzo académico le fue retribuido con el otorgamiento honoris
causa del título de Doctor (Doctor of Laws) por el Trinity College de Dublín. Una
década después la Universidad de Oxford, con la que mantuvo contacto toda su vida,
también le rindió homenaje otorgándole otro título de doctor (Doctor of Civil Laws).
Aunque Johnson no lo utilizó, a su primer biógrafo Boswell le debemos la
popularización del título doctor refiriéndose a él, y de ahí que desde entonces las
generaciones posteriores lo conozcamos mayoritariamente como Doctor Johnson.
A partir de la década de 1770 hasta su muerte acaecida en Londres en 1784
escribe una serie de panfletos políticos donde expresa todo su pensamiento de
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madurez. Hay que aclarar que en España hablar de panfleto es hablar de un escrito
propagandístico, sin interés nada más que para los convencidos, normalmente
demagógico o claramente mentiroso por exceso de apologética, y a veces por razón
de sucesos históricos relevantes tan inductor de violencia que Menéndez Pelayo no
duda en decir que «más que en los anales de la literatura, [el panfleto en España] debe
figurar en los del pugilato» (Historia de los Heterodoxos Españoles, vol. 6).
Nada más lejos de la realidad histórica y literaria en el mundo anglosajón. El
panfleto tradicionalmente ha sido un escrito donde el autor coge la pluma con pasión,
desarrolla normalmente una idea principal en unas cuantas páginas sin intención de
ofrecer al lector grandes razonamientos históricos o filosóficos y sí denuncias claras y
abiertas de una situación que se supone que el público conoce en detalle. El artículo
periodístico se queda corto a la hora de concatenar experiencias y razonamientos, el
libro tiene una difusión más difícil y la extensión le hace perder la fuerza
provocadora e incendiaria que se busca para la situación política inmediata. La
equidistancia entre uno y otro es la que hace que el género del panfleto se consolide a
lo largo del tiempo.
Los primeros panfletos datan del siglo XVI, cuando los luteranos escribieron
breves obras, a veces de solo unas pocas páginas, contra el Papa o la Iglesia Católica.
Desde 1523 a 1589 se publicaron enormes cantidades de panfletos por ambos bandos
hasta que un edicto imperial puso fin temporalmente a su difusión. En el siglo XVII
fue el medio de comunicación habitual para las diatribas entre puritanos y anglicanos,
entre partidarios del Rey y del Parlamento durante la Guerra Civil inglesa y,
posteriormente, a partir de 1688 se convirtió en uno de los más eficaces instrumentos
de comunicación política, por ejemplo para grandes escritores de la talla de Jonathan
Swift, el famoso autor de los Viajes de Gulliver, en quien Johnson se inspira en
algunos de sus primeros escritos. Durante los años previos a la Revolución francesa
los panfletos eran considerados como uno de los medios normales de hacer política.
En ellos se vertían opiniones de lo más variopintas, unas veces con pretensiones
filosóficas y otras veces abiertamente revolucionarias. Fue precisamente la
Revolución francesa el tema de uno de los panfletos políticos más importantes de la
literatura inglesa Reflections on the Revolution in France[3] (1790) del ya citado
Edmund Burke, considerado como uno de los mejores escritos políticos de la historia
contemporánea.
En los años inmediatamente posteriores a la separación de las colonias
americanas de la Corona británica se editaron los ochenta y cinco Federalist Papers,
ejemplo ya clásico del subgénero, escritos por John Jay, Alexander Hamilton y James
Madison en la década de los ochenta. Por eso no es de extrañar que Johnson, unos
años antes, utilizara también este género para hacer llegar sus ideas al gran público de
Inglaterra y de sus colonias.
El primero de los panfletos publicados por Johnson en esta época es The False
Alarm (1770), en el que apoya la decisión de expulsar de la Cámara de los Comunes
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al parlamentario John Wilkes, acusado de difamación. En 1771 publica otro que le
valdría muchas críticas por parte de su gobierno y de los parlamentarios que lo
sustentaban: Thoughts on the Late Transactions Respecting Falkland’s Islands.
Johnson se oponía rotundamente a una guerra con España por la reivindicación de las
islas Malvinas ya que en su opinión semejante dispendio de dinero y vidas humanas
no sería más que el resultado de una tonta disputa sobre quienes se convertirían «en
los señores de una tierra estéril golpeada por el mal tiempo».
The Patriot (1774) fue escrito con el fin de influir en los votantes en un proceso
electoral, pero contiene reflexiones tan agudas sobre el patriotismo y su significado
en la vida pública e individual que trascienden el paso del tiempo. En él Johnson
brilla en todo su esplendor, como articulista y literato y, como no podría ser menos,
como moralista. La actividad del político —afirma sin ambages— debe subordinarse
siempre al bien común. En esto reside la esencia del patriotismo.
El año siguiente ve la luz otro de sus influyentes y polémicos escritos: Taxation
No Tyranny, su posicionamiento ante el independentismo de las colonias americanas
en las que él aseguraba en una frase que se hizo famosa que «gritan libertad aquellos
que se la niegan a los negros». Su oposición a la independencia y su justificación del
cobro de impuestos precisamente para que los colonos pudieran tener sus cauces de
representación política ha llevado a que Johnson sea juzgado en América, bastante
injustamente, como el prototipo de tory ultramontano, imagen que como hemos visto
no se corresponde con la realidad.
Hasta aquí el Samuel Johnson político. Pero como sucedió siempre en su
quehacer literario, la inquietud política era perfectamente compatible con otros retos
intelectuales. Los años 1779 a 1781 son testigos de la publicación de los diez
volúmenes que componen Prefaces, Biographical and Critical, to the Works of the
English Poets, más conocido como The Lives of the Poets[4], que iba a ser otra y la
última de sus magnas obras, de referencia posterior para muchos académicos y
especialistas en literatura inglesa.
Samuel Johnson fue ante todo un intelectual, un estudioso y erudito de la cultura,
historia y literatura tanto inglesas como clásicas, tal y como se pone de manifiesto en
sus muchas obras, tanto las tres grandes, el Diccionario, las obras de Shakespeare y
las Vidas de los poetas[5], como en muchos otros estudios críticos, biografías y
artículos. Sus firmes convicciones morales, nacidas de la fe y de un sentido
trascendente del ser humano le llevan a mantener durante toda su vida unas
inquietudes que no duda en dejar claras, aunque en ocasiones eso le reportara no
pocas contradicciones.
La aportación del doctor Johnson al lector moderno es con poca duda la de la
reflexión sobre la responsabilidad social del oficio de político. La vida de las
personas individuales importa y el político no debe permanecer indiferente ante lo
que es injusto o inhumano o perjudicial para el bien común. Denunció toda su vida lo
que creía que era un abuso del poder, pero se subordinaba a él cuando lo creía justo y
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adecuado. Era en esencia conservador, ya que era escéptico de que el cambio por sí
mismo fuese sinónimo de progreso, sino que el cambio resulta necesario cuando
aporta alguna ventaja real. Siendo conservador no dudaba en cuestionar muchos de
los principios que algunos conservadores continentales consideraban como dogma,
como por ejemplo el derecho divino de la monarquía. Profundamente monárquico,
consideraba la monarquía como el régimen que mayores beneficios aportaba a la
nación, pero esa defensa no la confundía con un pretendido origen divino. De hecho
fue rotundamente crítico y duro con los tres Jorges de los que fue súbdito debido
principalmente a su ineptitud, postura que trajo como consecuencia que acercase
posiciones con los jacobitas en más de una ocasión. Durante una cena con amigos en
1773 aseguró que «Jorge I era un ladrón, Jorge II un tonto y Jorge III era idiota».
A pesar de las apariencias su obediencia y respeto por el poder resultaba evidente,
pero eso no le impedía criticar ferozmente los intentos de censura gubernamental
sobre la vida intelectual del país. Apoyaba las ayudas a los agricultores y los
controles a la exportación al mismo tiempo que criticaba el expansionismo colonial y
los abusos de los colonos, desde la esclavitud de los negros a la masacre de los
nativos americanos. En definitiva, Samuel Johnson aporta una visión independiente,
personal, trascendente y ajena a cualquier seguidismo con el poder. Una visión
genuinamente conservadora.
La selección de textos que contempla esta edición trata de mostrar al lector
español la profundidad del pensamiento de Samuel Johnson. Se han descartado
numerosos artículos sobre materias relativas al Parlamento, a candidatos a elecciones,
a problemas suscitados dentro del seno del anglicanismo, a personajes públicos
ajenos a la realidad actual y otras cuestiones sociales excesivamente locales que son
de interés solo para los historiadores. Esta edición demuestra la gran calidad literaria
de su autor y su carácter clásico, incluye temas más universales y perennes para que
puedan ser utilizados como fuente y referencia de la reflexión política y social
contemporánea.
CARLOS SEGADE
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I
EL PATRIOTA
DISCURSO A LOS ELECTORES DE GRAN BRETAÑA
1774
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They bawl for freedom in their senseless mood,
Yet still revolt when truth would set them free,
Licence they mean, when they cry liberty,
For who loves that must first be wise and good.
JOHN MILTON[1]
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discurrir sobre igualdad natural, sobre lo absurdo de que haya «mucho en beneficio
de unos pocos[4]», sobre contratos originarios, sobre los fundamentos de la autoridad
y la majestad del pueblo. Y a medida que vaya en aumento su melancolía, señalará y
tal vez soñará con el fortalecimiento de los privilegios y los peligros del poder
arbitrario. Pero en ninguna de estas manifestaciones su intención buscará el beneficio
de su país, sino la recompensa a su astucia.
Con todo, estos opositores al gobierno son los más honestos: su patriotismo es
una forma de enfermedad, y en parte sienten lo que dicen. Pero la mayoría, la
inmensa mayoría de quienes se quejan y despotrican, inquieren y acusan, no lo hacen
movidos por dudas razonables o porque alberguen temor o sientan preocupación por
la vida pública, sino porque aspiran a hacer fortuna al calor del resentimiento y la
invectiva, y con su vehemencia y vituperios buscan a quien se ofrezca cuanto antes a
comprarles su silencio.
Para que un hombre descubra al patriota que hay en él, a veces basta con sembrar
el descontento y propalar noticias de tramas ocultas, peligrosas influencias,
violaciones de derechos o usurpaciones encubiertas.
Estas actividades nada tienen que ver con el patriotismo. Infundir rabia con ánimo
peor que la provocación equivale a suspender la felicidad del pueblo, cuando no a
destruirla. No puede considerarse amigo de su país quien perturba innecesariamente
su paz. Pocos son los errores y defectos de los gobiernos que puedan alegarse para
justificar el alboroto de la muchedumbre, que en ningún caso ha de instituirse en juez
de lo que es incapaz de comprender, ya que sus opiniones no se propagan por la
razón, sino que se transmiten por contagio.
Que esta especie de patriotismo es una falacia salta a la vista, especialmente
cuando, tras haberse reparado el mal, sin embargo no cesa el tumulto. Quienes hoy
nos ladran al oído con el caso del señor Wilkes y los terratenientes de Middlesex
continúan quejándose por un motivo que ha dejado de existir. El señor Wilkes tiene la
posibilidad de ser electo, en caso de que alguien quisiera tal cosa, y no hay un solo
hombre honesto y decente que pueda sentirse amenazado por el precedente de su
exclusión.
Es cuando menos lícito sospechar que el título de patriota no es una justa
recompensa a la sátira anónima y el escarnio público. Llenar los periódicos con
taimadas insinuaciones de corrupción e intrigas, distribuir el Middlesex Journal o el
London Pacquet, puede que sean muestras de diligencia, pero también pueden serlo
de malicioso interés. Introducir un escrito a sabiendas de que la solicitud que contiene
no será satisfecha, insultar al rey con una amonestación[5] descortés: el simple hecho
de que estos actos de insolencia legal no sean pasibles de castigo y que quien los
comete no se exponga a peligro alguno, no basta para hacer de ellos una
manifestación de valor. Tampoco de patriotismo, ya que tales actos, al socavar el
respeto debido a la autoridad suprema, promueven la subversión del orden y son
causa de males para todos.
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Del patriotismo son distintivas la cautela y la vigilancia, la prevención de
asechanzas encubiertas, la previsión de peligros en ciernes. El verdadero amigo de su
patria se apresta a manifestar sus temores y dar la voz de alerta en cuanto detecta la
inminencia de una amenaza, pero lo que nunca hace es tocar a rebato en ausencia de
enemigos, o infundir terror entre sus compatriotas sin motivo. Es legítimo, por tanto,
dudar del patriotismo de quienes acostumbran dejarse trastornar por
inverosimilitudes, o de quienes sostienen que la reciente paz[6] es fruto del soborno
de la princesa de Gales y que el rey ambiciona un poder arbitrario, o que debido a que
los franceses han cosechado nuevos éxitos y sido capaces de dotarse de nuevas leyes,
la corte está urdiendo un plan para abolir en Inglaterra la participación del jurado en
los juicios.
Aún menos patriota será quien se empeñe en propagar opiniones a sabiendas de
que son falsas. Nadie que ame a su país difunde la clamorosa acusación de que la
religión protestante corre peligro porque los papistas se han hecho fuertes en la vasta
provincia de Quebec[7], una falsedad tan patente y descarada que no necesita ser
refutada por quienes conocen unos hechos que ni el más obtuso fanático es capaz de
ignorar, y que me permito aquí recordar:
Que Quebec se encuentra al otro lado del Atlántico, y tan lejos que no puede
hacer ni bien ni mal al mundo europeo.
Que sus habitantes, ya que son franceses, siempre han sido papistas, y ciertamente
más de temer como enemigos que como súbditos.
Que a pesar de la vastedad de esa provincia, son escasos sus pobladores,
probablemente menos numerosos que los que habitan cualquier gran condado inglés.
Que la persecución no es más justa porque la ejerza un protestante en vez de un
papista, y que si reconvenimos a Luis XIV por sus brutales soldados y su armadas[8],
cuando el poder recae en nuestras manos debemos ejercerlo con mayor equidad.
Que cuando se hizo entrega de Canadá y sus habitantes, se acordó su libre
ejercicio de la religión, condición ésta de la que el rey Guillermo, de quien no puede
decirse que sea un propagador del papismo, dio ejemplo más cerca de nosotros, en la
rendición de Limerick.
Con ello quiero decir que, ahora que todas las bocas claman por la «libertad de
conciencia», es equitativo tener de alguna manera en consideración la conciencia de
los papistas, que están autorizados, al igual que otros hombres, a sentirse seguros en
su propia fe, y que al menos quienes son objeto de tolerancia[9] no debieran negársela
a nuestros nuevos súbditos.
Si la libertad de conciencia es un derecho natural, no debiéramos permitirnos
denegarla, y si resulta ser una indulgencia, habríamos de concederla a los papistas
cuando no la prohibimos a otras sectas.
Un patriota es necesariamente y siempre un amigo del pueblo. Pero hasta esta
señal puede a veces ser engañosa.
El pueblo es una masa muy heterogénea y confusa de ricos y pobres, sabios y
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necios, buenos y malos. Antes de conceder el título de patriota a quien se declara
afecto al pueblo, hemos de examinar a qué parte del mismo dirige su reclamo. El
proverbio dice que quien disimula su verdadero carácter lo revela a través del de sus
amigos[10]. Si el candidato a patriota se esfuerza por inculcar opiniones correctas
entre las clases superiores, para que mediante su influencia puedan éstas regular a las
inferiores; si se relaciona principalmente con personas juiciosas, ecuánimes,
confiables y virtuosas, su amor al pueblo puede ser considerado racional y honesto.
Pero que no se atreva a jactarse de su amor al pueblo quien ante todo y
principalmente se dirige a los indigentes, siempre proclives a la exaltación; a los
débiles, que por naturaleza son suspicaces; a los ignorantes, fáciles de inducir a error,
o a los disolutos, que sólo aspiran a causar daño y sembrar la confusión. No puede
razonablemente aspirar a la consideración de amigo de la patria quien se dedica a asar
bueyes, quemar botas[11] o asistir a mítines en Mile End o registrarse en Lumber
Troop[12]. Es posible que entre borrachos goce de la consideración de ser «un buen
tipo», y que algún que otro artesano sobrio piense que es un caballero «sin pelos en la
lengua», pero habría de tener otras credenciales para fungir de patriota.
Patriota es quien siempre está dispuesto a apoyar causas justas y alentar
esperanzas razonables en el pueblo, recordándole sin tregua sus derechos y
animándole a reconocer y prevenir abusos.
Todo lo cual, no obstante, puede hacerse sin verdadero patriotismo. Dar falsas
esperanzas para obtener beneficios inmediatos sólo preludia desencanto y disgustos.
Prometer grandes empresas a sabiendas de que las mismas son ineficaces equivale a
engañar a terceros con hueras manifestaciones de inútil celo.
El patriota verdadero no se dedica a sembrar promesas. Tampoco se esfuerza en
abortar parlamentos, revocar leyes o cambiar el modo de representación legado por
nuestros antepasados. Porque sabe que el futuro no depende de su voluntad y que no
todas las épocas son igualmente propicias al cambio.
Aún menos se compromete con confusas vaguedades a obedecer las exigencias de
sus electores. Conoce bien los peligros de las facciones y la inconstancia de las
multitudes. Antes procurará conocer la importancia y alcance de las opiniones de sus
electores. Los programas populares generalmente son obra, no de los más sabios y
constantes, sino de los violentos y temerarios. Quienes atienden mítines para conferir
con sus representantes suelen ser individuos ociosos y licenciosos. Y no andarán
errados quienes sospechen que, como sucede con cualquier otra congregación
humana, los más sabios de sus representados suelen ser una minoría.
El patriota es consciente de haber sido elegido para promover el bien público y
defender a sus electores, junto con el resto de sus compatriotas, no sólo del daño que
otros puedan infligirle, sino del que pudieran hacerse a sí mismos.
Una vez reconocidas las señales comúnmente atribuibles al patriotismo, y
habiéndose visto que pueden ser falsificadas con artimañas o malogradas por
insensatos, no estará de más determinar si existen maneras precisas de hablar y actuar
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que sean propias de los no patriotas.
En esta parte de nuestra investigación, es posible que se puedan aducir pruebas
más claras y alcanzar conclusiones más seguras, pues suele ser más fácil detectar lo
falso que lo verdadero, descubrir lo que hemos de evitar antes que lo que debiéramos
procurar alcanzar.
La guerra es uno de los males más abrumadores para la nación, una calamidad
que trae consigo toda suerte de miserias, ya que pone en peligro la seguridad de
todos, suprime el comercio y arrasa las tierras, y expone a gran número de personas a
privaciones, peligros, cautiverio o muerte. Siendo esto así, quien aspire a la
prosperidad de su nación no puede al mismo tiempo exacerbar resentimientos
generales ahondando en heridas particulares o imponiendo derechos dudosos y de
escasa relevancia.
Se puede razonablemente concluir, por tanto, que no son patriotas quienes, en la
necesidad de vindicar el honor nacional ante Europa, y cuando los españoles, tras
haber invadido lo que consideraban sus posesiones, se habían arrugado al punto de
desistir de su empeño y rebajar sus pretensiones, sin embargo han insistido en
llevarnos a la guerra por un pedazo de tierra yermo y deshabitado[13] en el océano de
Magallanes, al que era imposible que le diéramos utilidad alguna, como no fuera la
de servir de destino a los desterrados por falso patriotismo.
Pero conviene no olvidar que la extraordinaria violencia del desenfreno patriótico
consiguió desquiciar de tal modo a la nación, que podríamos estar ahora mismo
luchando y muriendo por una roca desierta bajo un cielo tormentoso, de no haber sido
porque nuestros rivales se mostraron más sabios que nosotros. Como tampoco hay
que olvidar que quienes hoy compiten por los favores del pueblo con ruidosas
proclamas de valor colectivo, cuando a la sazón calculaban los beneficios que les
reportaría su engaño, hubiesen podido acabar disfrutando del patriótico placer de
recibir de vez en cuando la noticia de que millares de los nuestros habían sido
masacrados en el campo de batalla, o descubrir que algún buque de la armada había
quedado yermo de vida debido al aire irrespirable y las provisiones en mal estado.
Quien aspire a que su país se vea despojado de sus derechos no puede ser
considerado un patriota.
Por consiguiente, no será patriota quien justifique los ridículos derechos de los
usurpadores americanos y pretenda desposeer a la nación de la autoridad legal y
natural que ésta ejerce sobre sus colonias. Unas colonias que fueron pobladas gracias
a la protección de Inglaterra, instituidas gracias a estatutos ingleses y defendidas por
soldados ingleses.
La idea de que, al colonizar otras tierras, la nación constituía un poder
independiente, y que los emigrantes, tras haberse enriquecido gracias a indulgencias y
favores, podían decidir a su antojo si han de contribuir a su propia defensa y dejar de
participar, como lo hacen millones de otros súbditos, en el sistema de representación
general, semejante idea supone tal cúmulo de insensateces, que sólo el disfraz del
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patriotismo sería capaz de ocultarlas.
Quien acepta protección se compromete a obedecer. Siempre hemos protegido a
los americanos: podemos, por tanto, gobernarlos.
Lo pequeño cabe en lo grande. El poder de quitar la vida puede confiscar
propiedades. Si el Parlamento tiene la capacidad de legislar para América la pena
capital, también la tiene de definir la modalidad y cuantía de sus impuestos.
Sin embargo, hay quienes lamentan la situación en la que se encuentran los
pobres bostonianos[14], por el hecho de no poder suponerles a todos la perpetración de
actos de rebeldía. Pero el hecho cierto es que todos son pasibles de las sanciones
adoptadas. Tal cosa, afirman, es una violación de la primera norma de la justicia, ya
que con ello se está condenando a los inocentes a ser castigados con los culpables.
Esta objeción merece alguna reflexión, pues parece dictada por la equidad y la
humanidad, por más que mueva a desprecio por la ignorancia que supone de la
condición humana y el orden de cosas. Confundir inocentes y culpables sin duda es
un mal, pero es un mal que ni la previsión ni la cautela bastan para evitar. Los
crímenes nacionales reclaman castigos nacionales, que forzosamente habrán de
aplicarse a muchos que no son personalmente culpables. Cuando los rebeldes se
atrincheran en un pueblo, los cañones de la autoridad legítima amenazan por igual las
vidas de sus inofensivos habitantes y las de la guarnición felona.
En ocasiones sufren más las consecuencias quienes menos se pretende perjudicar.
Si en la última guerra los franceses hubiesen tomado una ciudad inglesa y permitido
que sus habitantes conservaran sus viviendas, ¿cómo habríamos podido recuperarla
sin derramar la sangre de nuestros amigos? Las bombas matan por igual a ingleses y
franceses, y todos sabemos que la hambruna de un asedio mata en primer lugar a los
lugareños.
Las consecuencias de la violencia indiscriminada pueden ser lamentables, mas no
culpables. El poder del gobierno legítimo ha de ser defendido, y las desgracias
desatadas por las rebeliones han de imputarse únicamente a los rebeldes.
Tampoco son patriotas quienes no reconocen al gobierno los méritos que le
corresponden y ocultan al pueblo los bienes que de él reciben. Por ello no tienen ni
remotamente derecho a ostentar tan ilustre título quienes acusan de falta de espíritu
cívico al anterior Parlamento, una asamblea de hombres que, a pesar de alguna
vacilación en sus decisiones y debilidad en su aplicación, la nación debiera siempre
recordar con gratitud, ya que está en deuda con ella por haberse mostrado tan
generosa en el recorte de inmunidades[15] y tan sabia y honesta al mejorar la
Constitución en el presente ejercicio reformando el tribunal electoral[16].
El derecho a amparo, necesario cuando fue instituido y tan consecuente con la
generosa concesión de inmunidades que prodigaba el ordenamiento feudal, por su
misma naturaleza era una fuente de abusos, y en realidad había sido más de una vez
aplicado erróneamente para sortear la ley y evadir la justicia. El mal tal vez no fuera
tan grande como el escándalo, pero asimismo no puede decirse que el bien que haya
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podido derivarse de este privilegio no fuera al menos comparable con sus posibles
males. En todo caso, salta a la vista que esta medida, supusiera o no un beneficio para
el resto, al menos para ellos ha significado el tener que renunciar a algo: sus
dignidades han aceptado desprenderse de un espléndido privilegio y se han mostrado
más dispuestas que sus predecesoras a igualarse con los otros súbditos del reino.
El nuevo método de convalidar las elecciones, si lograse demostrar su utilidad,
tendría efectos mucho más amplios de lo que a primera vista parece. Por lo visto, una
mayoría considera que será ventajoso únicamente para quienes aspiran a ocupar un
escaño en el Parlamento. Pero si es cierto que el derecho a elegir a sus representantes
es uno de los más preciados para los ingleses, no habrá votante que no considere que
esta ley es benéfica y aumenta la eficacia del sufragio, en la medida en que antes se
votaba en vano al quedar las elecciones al arbitrio de otros poderes.
Huelga recordar el abusivo desprecio a los derechos instituidos de antaño y la
descarada arbitrariedad con que los anteriores parlamentos dirimían las elecciones
controvertidas. Rara vez, ni tan siquiera en apariencia, se juzgaban en conciencia las
reivindicaciones de los candidatos y los derechos de los electores, sino que los
dictámenes respondían a las rivalidades entre partidos, las emociones, los prejuicios o
la mera frivolidad del momento. De poco valía contar con apoyos en la
circunscripción a quien aspirara a tenerlos también en la Cámara: cualquier excusa
era buena para evitar las mayorías, y los escaños recaían en última instancia no en
quien recibía los votos de los electores, sino los de sus colegas senadores.
De este modo, la nación se veía sometida a escarnio por una farsa electoral, y el
Parlamento se llenaba de representantes espurios. Una de las aspiraciones más
importantes, la de ejercer el derecho a ocupar un escaño en la asamblea suprema del
reino, era abordada con frivolidad, y ni las causas más justas tenían el triunfo
asegurado.
A partir de ahora, las elecciones cuestionables podrán ser sometidas a examen con
el mismo rigor y seriedad que cualquier otro título. El candidato que haya sabido
granjearse los favores de sus vecinos, ahora está seguro de poder disfrutar de las
consecuencias del apoyo recibido, y los electores que voten honestamente por méritos
reconocidos sabrán que no han votado en vano.
Así es el Parlamento que algunos, que hoy aspiran a ser miembros de otra y muy
diferente asamblea, han enseñado a la chusma a considerar como una reunión ilegal
de hombres despreciables, venales y prostituidos, esclavos de la corte y tiranos del
pueblo.
Que la próxima Cámara de los Comunes actúe según los principios de la anterior,
pero con más perseverancia y altura de miras, ha de ser el deseo de quienes quieran lo
mejor para todos. Y quisiera creer que no es mucho pedir que la nación se deshaga de
sus falsas ilusiones y consiga unirse para manifestar su repulsa a quienes se han
dedicado a engañar a los crédulos con falsos agravios, avasallar a los débiles con
mentiras descaradas, halagar las opiniones de los ignorantes y satisfacer la vanidad de
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los mezquinos, y que con su desprecio a la honestidad y sus ofensas a la dignidad han
sabido rodearse de todo lo que el reino cuenta de ruin, burdo e inmoral. Son los
mismos que, habiendo «por mérito ascendido a esta funesta preeminencia[17]», se
arrogan el título de patriotas.
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II
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE RAMBLER”
(1750-1752)
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El futuro
N. 2. Sábado, 24 de marzo de 1750
Estare loco nescit, pereunt vestigia mille
Ante fugam, absentemque ferit gravis ungula campum.
ESTACIO[1]
Que la mente del hombre no se satisface nunca con los objetos que tiene más a
mano, y en cambio siempre busca liberarse del momento presente y ensimismarse en
planes de felicidad futura, y que solemos olvidar el correcto uso del tiempo a nuestra
efectiva disposición para ir en pos del disfrute de lo que tal vez jamás nos sea
concedido, es una observación que cualquiera puede hacer. Esta costumbre, objeto
habitual de burlas para los vivarachos y diatribas para los circunspectos, ha sido
puesta en ridículo con la agudeza propia del ingenio y exagerada con la característica
ampulosidad de la retórica. No hay ejemplo de su flagrante sinsentido que no haya
sido diligentemente recogido ni epíteto despectivo que no la haya desfigurado, y
sobre ella han llovido todos los tropos y figuras posibles.
Es fácil ceder a la censura, porque ésta siempre lleva aparejada alguna forma de
superioridad, y los hombres se complacen en pensar que han ido más lejos y más
hondo que otros en sus reflexiones y consideraciones, y que han sabido detectar
errores y desatinos que escapan a la observación vulgar. El placer de jactarse de
opiniones comunes es tan tentador para el escritor, que difícilmente es capaz de
resistírsele: siempre puede apoyarse en ideas que todos dan por buenas para brillar sin
esfuerzo y triunfar sin dar batalla. Sin decir nada de lo fácil que es hacer mofa de la
insensata costumbre de vivir sumido en las ideas, trocar la satisfacción inmediata por
placeres lejanos y, en vez de disfrutar de las bendiciones de la vida, preferir no
aferrarse a ella y preparar venideros gozos. Son tantas las oportunidades de gloriarse
en el propio triunfo demostrando lo incierto de la humana condición y despertando de
su sueño a los mortales para informarles del paso raudo y silencioso del tiempo, que
no es sorprendente que tantos autores se empeñen en transmitir más que en examinar
tan aventajados principios, y que sean más proclives a deslizarse por tan fácil y
florida senda que a pararse a pensar si conduce a la verdad. Dicha propensión a
proyectarse hacia el porvenir parece condición inevitable de seres condenados a
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progresar gradualmente y a vivir siempre avanzando. Como su capacidad es limitada,
han de fiarse de expedientes para alcanzar sus metas, y suelen concebir de entrada lo
que sólo en última instancia pueden ejecutar; como no dejan de avanzar desde que
dan sus primeros pasos, el horizonte de sus proyectos cambia incesantemente, y así
han de encontrar nuevas razones para sus actos, nuevos motivos para temer y gracias
que anhelar.
Por eso la finalidad que hoy acapara todo nuestro esfuerzo, en cuanto la hemos
alcanzado se nos aparece como un medio más para alcanzar otra aún más lejana. El
natural vuelo de la mente humana no la conduce de un placer a otro, sino de
esperanza a esperanza[2].
Quien dirige sus pasos hacia un determinado lugar, con frecuencia ha de levantar
la mirada hacia el punto que se ha propuesto alcanzar; quien está sometido a penosas
labores procura superar el desánimo imaginando su futura recompensa. En la
agricultura, que es una de las ocupaciones más simples y necesarias, nadie se dedica a
abrir surcos en la tierra como no sea pensando en la cosecha, la misma cosecha que
las plagas pueden malograr, las inundaciones arrasar, o que la muerte y las
calamidades pueden impedirle al labrador recoger.
Pero así como las pocas máximas reconocidas por todos y recordadas a pesar del
paso del tiempo presentan alguna correspondencia con la verdad y la naturaleza,
habremos de convenir que la prevención contra la costumbre de fijar la vista con
demasiada insistencia en lejanas recompensas no deja de tener sentido y utilidad, por
más que se incurra en ella sin ton ni son o se aplique a diestro y siniestro. Y es que,
aun sin considerar ese ardor vehemente que no repara en nada hasta haberse
satisfecho o esa inquieta ansiedad en la que es acertado ver una muestra de
desconfianza en el cielo —asuntos éstos excesivamente graves para lo que aquí se
pretende exponer—, a menudo sucede que, por querer probar cuanto antes las mieles
del triunfo, desatendamos las necesarias disposiciones para alcanzarlo y echemos a
volar la imaginación en el disfrute de un bien probable, dejando que el tiempo
necesario para lograrlo se nos deshaga entre las manos.
Con todo, es cierto que en pocas empresas pondríamos todo nuestro esfuerzo o
arrojo para superar las dificultades que entrañan, si no fuéramos capaces de exagerar
las recompensas que nos creemos autorizados a esperar de ellas. Cuando el caballero
de La Mancha, con perfecta gravedad, le describe a su compañero las aventuras que
le permitirán destacar y señalarse, y merced a las cuales será llamado a rescatar
imperios, aceptar la mano de la heredera de la corona que ha defendido, gozar a
manos llenas de honores y riquezas, y hasta generosamente ofrecerle una isla a su fiel
escudero, son muy pocos los lectores que, movidos a risa o compasión, se atreverían
a decir que nunca han concebido ensoñaciones parecidas, por más que tal vez nunca
hayan deseado vivir aventuras tan extrañas o disponer de medios tan inadecuados[3].
Cuando nos compadecemos de este caballero, estamos recordando nuestras propias
desilusiones, y cuando nos reímos de él, el corazón nos dice que no es más digno de
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burla que nosotros, salvo porque él dice en voz alta lo que nosotros sólo hemos
pensado.
El entendimiento del hombre, por naturaleza optimista, de hecho puede nublarse
fácilmente al entregarse sin freno a la esperanza, por más que ésta sea necesaria para
la creación de lo grandioso y excelente, del mismo modo en que hay plantas que se
malogran por exceso de exposición al mismo sol que es el responsable de la vida y
belleza del mundo vegetal. En la especie humana tal vez no haya una clase más
necesitada de ser prevenida contra las expectativas de la felicidad que la formada por
quienes aspiran a la condición de autores. Los hombres dotados de una robusta
imaginación no pueden concebir el más tenue indicio de idea sin inmediatamente
saltar a exponerla en la prensa y ante el mundo, y bastará con el impulso del halago
para que entonces se atrevan a adentrarse en el porvenir y predecir los honores que
habrán de recibir, cuando se hayan extinguido las envidias y olvidado las polémicas,
y cuando quienes hoy se dejan cegar por los prejuicios hayan cedido su lugar a otros,
tan frívolos y efímeros como estos de ahora.
Quienes así se hayan arriesgado a apelar al tribunal de los tiempos futuros
difícilmente podrán curarse de su insensatez. Pero todos los esfuerzos son pocos para
prevenir enfermedades que, si se dejan prosperar libremente, rara vez pueden curarse
con los remedios que crecen en el jardín de la filosofía, por más que esta dama se
jacte de sus pócimas para la mente, sus purgas para los vicios y sus lenitivos para las
pasiones.
Por todo ello, y ahora que aún estoy a tiempo y apenas me afectan levemente los
síntomas del mal de los escritores, habré de procurarme algún medicamento útil para
no sucumbir a esa dichosa infección. Con la esperanza, por tenue que sea, de que mi
medicina tendrá la virtud de propagarse a otros, también expuestos, por su oficio, a
los mismos peligros:
Laudis amore tumes? Sunt certa piacula, quae te
Ter pure lecto poterunt recreare libello[4].
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Tal vez no sea del todo inútil, para quien se adentra por vez primera en el mundo de
las letras, saber que es preferible fiarse más bien poco de las propias habilidades y ser
capaz de imaginar que posiblemente no le valgan más que desprecio; que es posible
que la naturaleza no lo haya escogido para aumentar o embellecer significativamente
el conocimiento, ni lo haya señalado, por su indiscutible superioridad, para legislar la
conducta del resto de la humanidad; que si bien es cierto que el mundo se encuentra
aún sumido en la ignorancia, nadie lo ha destinado a despejar los nubarrones o brillar
con luz propia como una de las luminarias de esta vida. Si duda de estas verdades, no
hay catálogo de biblioteca que no se las confirme al punto y meridianamente: allí
podrá consultar multitudes de nombres de autores que, hoy ya olvidados, un día
fueron no menos laboriosos y confiados, y que, al igual que hoy le sucede a él, se
sintieron satisfechos de sus obras, queridos por sus protectores y ensalzados por sus
amigos.
Por lo demás, también sucede con autores excelentes que sus méritos pasen
desapercibidos, inadvertidos entre la gran variedad de cosas y confundidos con la
gran miscelánea de la vida. Quien aspira a la fama a través de la escritura, pretende la
admiración de una muchedumbre que oscila entre diversos placeres o que vive
inmersa en sus negocios, y que no tiene tiempo para las diversiones intelectuales; los
jueces a los que apela están absortos en sus pasiones o corrompidos por prejuicios
que les impiden aplaudir nuevas proezas. Algunos son demasiado indolentes para leer
nada que no goce previamente de fama, y otros demasiado envidiosos para
promoverla, porque les duele engrandecerla. Lo novedoso es combatido porque la
mayoría no quiere ser enseñada, y lo ya conocido es rechazado porque a menudo se
olvida que los hombres prefieren que les recuerden las cosas y no que les informen
sobre ellas. Los entendidos prefieren no divulgar sus opiniones de entrada, por miedo
a poner su reputación en entredicho; los ignorantes suponen que dan muestras de
exquisitez cuando se niegan a ser complacidos. Y quien entre tantos escollos
consigue fraguarse una reputación, si es sincero reconocerá que ésta se debe a otras
causas, distintas de su destreza, sus conocimientos o su ingenio.
El oficio de escribir
N. 16. Sábado, 12 de mayo de 1750
[…] Multis dicendi copia torrens,
Et sua mortifera est facundia […]
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JUVENAL[7]
Señor:
Soy el humilde joven a quien, en un reciente artículo[8], agració usted con sus
consejos, pero como estoy lejos siquiera de sospechar que haya podido prever las
numerosas molestias que al seguirlos he tenido que arrostrar, me atrevo a exponerle
en qué han consistido éstas, pues le considero la persona más indicada para despejar
las dudas que sus indicaciones, sin duda ofrecidas inocentemente, han contribuido a
sembrar en mi ánimo.
Se dignó usted recordarme, y no dudo que al hacerlo estuviera pensando en mi
provecho, que cualquier escritor en ciernes puede fácilmente divulgar su genio, dado
que «en Inglaterra se imprime libremente». Una realidad que he podido, fatalmente,
comprobar: cualquiera, en efecto, puede imprimir un libro.
[…] Facilis descensus Averni
Noctes atque dies patet atri janua Ditis[9].
Las armas capaces de hacernos daño siempre están a nuestro alcance. Enseguida
busqué a un impresor, a quien contraté para imprimir varios miles de ejemplares de
mi panfleto. Mientras estuvo imprimiéndose, casi nunca me alejé de su
establecimiento, donde me dedicaba infatigablemente a animar a los trabajadores para
que concluyeran su faena cuanto antes, prodigándoles ruegos, promesas y
recompensas. Cualquier otro placer desapareció de mis días, consagrados al placer de
corregir pruebas, y el sueño desertó casi todas mis noches, en previsión de la dicha
que el paso de las horas acercaba. Al fin estaba próximo el momento de la
publicación, y mi arrobamiento de autor hacía que el corazón me latiera más fuerte.
Ajeno a nimias precauciones e indiferente a la envidia y la crítica, estampé mi
nombre en el título, sin pararme a pensar que todo lo que sale de la imprenta es
imposible deshacerlo, y que si bien es cierto que ésta puede compararse con las
regiones infernales, por lo fácil que le resulta al autor entrar y lo difícil que le es salir
de ellas, sin embargo se distingue de ellas en que los grandes genios no pueden
recuperar su anterior condición bebiendo un simple sorbo de las aguas del olvido. Y
ahora, señor Rambler[10], resulta que soy un autor conocido y me veo condenado,
irremediablemente condenado, a las desgracias de tan excelsa fama. A la mañana
siguiente de haberse publicado mi libro, mis amigos vinieron a buscarme, y, como es
habitual, a cada uno le entregué un ejemplar. Examinaron las primeras páginas, pero
su admiración era tal que hubieron de interrumpir su lectura. Las primeras páginas, lo
reconozco, son bastante elaboradas. Algunos pasajes les llamaron especialmente la
atención, pareciéndoles más obviamente hermosos que otros, y de algunos trazos
delicados y elegancias ocultas me encargué yo mismo de señalarles la existencia, por
si hubieran escapado a su atención. Hecho lo cual, y tras rogarles que cesaran en sus
halagos, los invité a acompañarme a comer en una taberna. En la sobremesa
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retomamos el asunto de mi libro. Pero sus palabras de elogio eran por lo general tan
excesivas, que en mi modestia me vi obligado a ofrecerles varias rondas, y casi no
hubo otra manera de calmar sus manifestaciones de admiración que ordenar
vigorosamente al escanciador que nos sirviera una tras otra varias botellas.
Al día siguiente, otro grupo de conocidos vino a felicitarme por mi proeza, pero
dieron tan importunas muestras de admiración, que de nuevo me vi obligado a
esquivar sus cortesías con otra invitación. Al tercer día fue aún mayor el número de
jaleadores que hube de silenciar con el mismo método, y ya al cuarto volvieron a
presentarse mis invitados del primer día, pues entretanto habían tenido tiempo de
ojear el resto de mi libro, y al hacerlo habían descubierto frases tan memorables y
observaciones tan magistrales, que me resultó sencillamente insoportable oírles
declamar sus alabanzas. Con lo que, obviamente, los convencí otra vez de que debían
acompañarme a la taberna, y busqué cualquier otro tema de conversación para el
grupo. Pero se mostraron incapaces de esquivar el asunto de mi hazaña libresca, que a
tal punto se había adueñado de sus mentes, que por más que les rogué no hubo
manera de que cambiaran de tema, con lo que me vi obligado a ahogar en clarete unas
loas que ni mi discreción podía acallar ni impedir mi incomodidad.
De ese modo se fue toda la semana, en una especie de festividad literaria. Ahora
sé que nada sale tan caro como el gran talento, salvo que se vea acompañado por una
sed insaciable de halagos. Y es que para evitar la molestia de oír mi nombre exaltado
aún con más vehemencia que las mejores reputaciones de los más grandes autores,
vivos o muertos, he tenido que costear dos barriles de oporto, quince galones de
aguardiente, diez docenas de clarete y cuarenta y cinco botellas de champán. Resolví
entonces que no permanecería en mi casa esperando que tal volviera a suceder, y un
buen día me levanté temprano y me dirigí al café. En mala hora, ya que con ello sólo
descubrí que me había vuelto tan famoso que no podía disfrutar del placer de
mezclarme, en igualdad de condiciones, con el resto de la humanidad. En cuanto
llego a un establecimiento, descubro que una parte del público echa espumarajos de
envidia, aunque procure ocultarlo, a veces, aparentando reír, cuando no simulando
desprecio, pero es tan burdo el disfraz que no me cuesta nada descubrir el rencor que
anida en sus corazones. Eso sí, como la envidia suele ser su propio y merecido
castigo, me doy a menudo el placer de atormentarlos con mi presencia.
Dicho lo cual, y aunque reconozco que alguna leve satisfacción he obtenido al
mortificar a mis enemigos, resulta que, además de benevolente, también soy incapaz
de sentir placer causándole daño a mis amigos. He tenido sumo cuidado, desde la
publicación de mi libro, de no darme más aires estudiados de superioridad que los
que impone la más tasada humildad. No es improbable, lo reconozco, que alguna vez
haya podido expresar mi opinión de tal modo que dejara claro que no soy
inconsciente de mis dotes expositivas, o que haya interrumpido una conversación al
ver el cariz que ésta tomaba y sin darle tiempo a mi contertulio para que lo perdiera
ventilando sus sentimientos. Es más, reconozco que me abandoné, durante un par de
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días, al hábito de tamborilear en la mesa cuando a mis acompañantes les daba por
divagar y proferir disparates o abundar en temas que los sé incapacitados para
abordar. Pero por lo demás, me he comportado dando siempre muestras de respeto,
incluso ante quienes me mueve a piedad su estupidez. Con todo, y pese a tan ejemplar
moderación, es tan generalizado el temor reverencial que inspira el talento fuera de lo
común y tan pertinaz el rechazo de los hombres a mejorar su inteligencia, que desde
hace unos días mis conocidos han dado en evitar mi presencia. Cuando toco a una
puerta, nadie está en casa; cuando voy al café, tengo todo un compartimento para mí
solo. Vivo en la ciudad como un león en el desierto o un águila sobre una roca,
demasiado encumbrado para la amistad o la compañía y condenado a la soledad por
mi desdichada grandeza y temida superioridad. No sólo a los otros les resulta
formidable mi persona, sino que también a mí ha acabado pesándome. Disfruto
naturalmente hablando sin mucha reflexión, prodigando mi buen humor sin cortapisas
y aliviando mi mente con observaciones absurdas y evocaciones ocurrentes. Pero mis
opiniones se han vuelto tan importantes que ya no me atrevo a proferirlas, por miedo
a verlas traducidas de inmediato a máximas que pudieran inducir a error a medio país,
y cuando estoy a punto de abrir la boca es tal la actitud expectante de quienes me
rodean, que a menudo me paro a cavilar si lo que me dispongo a decir será digno de
mi reputación. Como puede ver, Señor, esta circunstancia es, de suyo, bastante
infeliz, pero aún esconde peores calamidades. Habrá leído en Pope y en Swift cómo
los hombres con posibles están expuestos a que desaprensivos hurguen en sus efectos
personales e invadan sus aposentos por orden de impresores fraudulentos que aspiran
a sacar provecho de sus obras[11]. Por otro lado, es innegable que muchos de los
títulos actualmente en venta en librerías son atribuidos a personas que nadie podría
sospechar que puedan dedicarse a estas actividades, pero que la popularidad de su
nombre ha expuesto al hurto de su identidad y la venta de su semblanza. Estas
consideraciones me llevaron a ponerme en guardia al comienzo, y el caso es que
acabé descubriendo que mi cautela no era excesiva, al reparar en varias personas
dedicadas estudiar mis facciones con un celo que delataba su intención de retratarlas.
De inmediato cambié de domicilio, pero he topado con la misma actitud en otros
lugares. Tal vez otros sean también objeto de persecución, pero lo que soy yo, ahora
vivo obsesionado. Tengo razones suficientes para sospechar que hasta once pintores
están dedicados a seguir mi rastro, convencidos de que el primero que consiga dibujar
mi cara se hará rico. A menudo me veo obligado a cambiar de peluca, y siempre llevo
el sombrero encajado hasta los ojos, expedientes con los que aspiro, de algún modo, a
escapar a sus pesquisas. Ya que, como comprenderá, no sería lícito vender mi retrato,
privándome de ese modo del beneficio de la venta.
Sin embargo, temo menos por el robo de mi semblante que por mis manuscritos,
y no me atrevo a llevarlos conmigo pero tampoco a desprenderme de ellos. Confieso
que alguna medida he adoptado para protegerlos: los he metido en una caja de hierro
y he puesto un candado en mi puerta. Cambio de dirección cinco veces por semana, y
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me mudo siempre en plena noche. En suma, que por haberme mostrado
excesivamente acreedor de probado talento, ahora vivo tan solitario como un
ermitaño, tan angustiado como un pobre y tan receloso como un delincuente. Con el
temor siempre de mostrar mi cara, por si alguien pudiera copiarla, de hablar en
público, por si al hacerlo dañara mi reputación, y de escribir una sola línea, por si a
alguno de mis correspondientes se le ocurriera publicar mis cartas. Siempre inquieto
por si mis sirvientes llegasen a robar mis papeles para venderlos o mis amigos
hicieran lo propio para ganar fama. Esto es, qué duda cabe, elevarse por encima de
los demás; extremo que me permito exponerle a fin de solicitar de usted que me
informe de lo que conviene que haga para renunciar a estos laureles, tan incómodos
de llevar, y poder bajar de nuevo a disfrutar de esa paz que he descubierto le está
fatalmente vedada a los escritores de primera categoría.
LUCANO[12]
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el destierro y la muerte, y no te entregarás a la furia de tus deseos ni abrirás tu
corazón a sentimientos vulgares[15].
Que la máxima de Epicteto está basada en una justa observación es cosa fácil de
establecer: basta con pensar en la vehemente insistencia con que nuestras mentes se
inclinan por objetos de interés común. Si imaginamos los placeres que en el futuro
podría llegar a procurarnos una ansiada posesión y en ellos dejamos que se centren
nuestros pensamientos hasta que ocupen toda nuestra imaginación, de manera que no
seamos ya capaces de concebir ninguna otra felicidad como no sea alcanzarla ni pena
más grande que perderla, cualquier otra satisfacción que la munificente providencia
haya derrochado sobre nuestras vidas será tenida en poco, comparada con el
grandioso objeto que hayamos puesto ante nuestros ojos, y la despreciaremos por
interferir en nuestro empeño, cuando no la pisotearemos sin más por obstaculizar
nuestro camino.
Cualquier hombre que, aquejado de alguna enfermedad grave o debilitadora, haya
visto la muerte de cerca habrá podido experimentar la mengua de esta forma de
pasión. La abarcadora influencia de la grandeza, la deslumbrante riqueza, los halagos
de los admiradores, la diligente atención de los buscadores de privanza resultan bien
poca cosa cuando parece llegada la última hora, y tal los juzgaríamos si perdurara
aquella impresión, ya que entonces veríamos cuán absurdo es empeñarnos
constantemente en conseguir lo que está fuera de nuestro alcance y malgastar la vida
en coronar con torrecillas superfluas la ambición, cuando es todo el edificio el que se
tambalea y se deshacen sus fundamentos.
La envidia es siempre proporcional a los anhelos. Nos afectan los logros ajenos
en la medida en que suponemos que nuestra felicidad aumentaría si no se hubiese
visto privada de lo que otros se han apropiado. Y es por ello por lo que cualquier cosa
que contribuya a frustrar los deseos excesivos, al mismo tiempo ayudará al corazón a
liberarse de la corrosiva envidia, protegiéndonos contra ese vicio que, más que
cualquier otro, es una tortura para quien lo padece, detestable en todos los casos y
sólo pródigo en expedientes deleznables y tramas sórdidas. Quien es consciente de
que pronto habrá de despedirse de la vida, sabe que nada hay más importante que
hacerlo bien, y por tanto contemplará con indiferencia todo lo que no contribuya a ese
fin. Quien tenga por costumbre meditar sobre lo incierto de su perduración descubrirá
fácilmente que la vida de otros no es más permanente que la suya, que lo que no le
traiga nada deseable tampoco mejorará la situación de su rival ni lo hará más
importante que quienes no ganaron el trofeo que él haya obtenido, y que ese trofeo es
demasiado despreciable para merecer su terca enemistad.
Ni tan siquiera la aflicción y la pena, pasiones a las que están especialmente
expuestas las mentes virtuosas y delicadas, pueden resistirse al paliativo que
conllevan estos pensamientos. De hecho, es posible evitarlas, a condición de saber
disfrutar de los bienes que nos otorga nuestro estado con la permanente conciencia de
lo inciertos que son. Si recordáramos que podemos gozar de nuestras posesiones
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durante muy poco tiempo, y que lo poco que pueden brindarnos nuestras más
fervientes esperanzas es susceptible de menguar por mil y un imprevistos,
lamentaríamos bastante menos perderlas. Porque no podemos calcular su valor, pero
sí sabemos, y con suficiente certeza, que aunque fuéramos capaces de asignarle un
precio cualquiera, ni siquiera el más alto de todos nos movería a lamentar su pérdida.
Aun así, en caso de que hubiésemos dejado que una pasión cualquiera nublara
nuestro entendimiento al punto de volvernos incapaces de disfrutar de las ventajas
que el uso de la razón procura, tampoco sería demasiado tarde para aplicar este
remedio cuando nos encontremos abrumados por la pena y tentados de añorar lo que
hayamos perdido y no podemos recuperar. Útil será entonces dar vueltas a lo incierto
de nuestro estado y considerar que es locura lamentar lo que de todos modos, de
haber perdurado, a la postre nos habría sido arrebatado.
En lo que respecta al motivo de pena más acuciante y desgarrador, que es siempre
el ocasionado por la pérdida de nuestros seres más tiernamente queridos, conviene
recordar que los lazos entre mortales están siempre sometidos a la invariable
condición de que uno de los dos haya de llorar la muerte del otro. Pero éste es un
pesar que ofrece al sobreviviente un consuelo proporcional a su aflicción: el saber
que, por intenso que sea, el dolor que siente le ha sido ahorrado al amigo.
Tampoco el miedo, la más irresistible y avasalladora de todas las pasiones, puede
librarse del influjo moderador de esta universal medicina para la mente. La
contemplación frecuente de la muerte no sólo desvela la vanidad de todos los bienes
humanos, también pone al descubierto la superficialidad de los males de este mundo,
puesto que, en efecto, no son más duraderos que los sujetos sobre los que actúan, y
además, como de antaño ha sido observado, por su carácter violento han de ser de
más corta duración. La más cruel calamidad fruto de la desventura, por necesidad
natural, será pronta en desaparecer: el alma no admite un cautiverio prolongado, y
prefiere levantar el vuelo y abandonar a la humana maldad el cuerpo sin vida.
[…] Ridetque sui ludibria trunci[16].
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excelencia en todas las esferas del conocimiento ha sido el delirio de algunos héroes
literarios. En ambos casos, sus protagonistas acabaron descubriendo que la meta que
se habían propuesto alcanzar superaba con creces su humana capacidad, y que habían
desperdiciado muchas oportunidades de volverse útiles y ser felices por la vana
ambición de recibir un tipo de honores que las eternas leyes de la providencia han
puesto fuera del alcance de los hombres.
De grandiosos planes de príncipes que acabaron en fracaso están llenas las
páginas de la historia universal, pero de poco sirven estos ejemplos a la masa de los
hombres, poco proclives a atender a advertencias sobre los errores que se creen
incapaces de cometer. Pero el bien documentado destino de tales ambiciones es
materia de estudio apropiada para cualquier persona instruida. ¿Quién no ha tenido
ocasión de arrepentirse de haber dispersado su gran talento en una variedad informe
de actividades? ¿Quién no ha lamentado la súbita desaparición de excelentes
oportunidades por haber atendido a un inesperado proyecto, cuya novedad parecía
irresistible? ¿Y quién se ha librado de descubrir lo imprecisas e insuficientes que son
las labores que hubimos de dejar a medio hacer, por haber querido abarcar más de lo
conveniente?
Sin duda es placentero observar que la mente es capaz de concebir mucho más
que lo que el cuerpo de realizar, y sin embargo nuestro deber, mientras no cambie
nuestra compleja constitución, es procurar que una y otra parte puedan armonizarse.
No debemos saciar los apetitos corporales con placeres que perjudiquen nuestro vigor
intelectual, ni tampoco halagar la mente con proyectos en cuya realización sabemos
que nuestra vida puede naufragar. Lo incierto de nuestra duración debería bastarnos
para poner coto a las ambiciosas ensoñaciones en nuestras labores. Y cuando
sintamos la tentación de alimentar desmedidamente nuestras ambiciones o flojear en
nuestro trabajo, siempre es bueno pensar que somos capaces de resistir, y podemos
animarnos con sólo recordar las palabras del padre de la medicina: que «el arte es
duradero, pero la vida es breve[17]».
Ingenio y erudición
N. 22. Sábado, 2 de junio de 1750
[…] Ego nec studium sine divite venâ,
Nec rude quid prosit video ingenium: alterius sic
Altera poscit opem res, et conjurat amice.
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HORACIO[18]
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radicalmente opuestos. Todo lo que de audaz y temerario poseía el Ingenio, lo tenía la
Erudición de precavido y concienzudo. El Ingenio sólo se arredraba ante la
mediocridad, la Erudición temía sólo cometer algún error. El Ingenio respondía antes
de haber comprendido la pregunta, temeroso de que su rapidez se viera cuestionada;
la Erudición se tomaba su tiempo, aunque el asunto no ofreciera dificultad, por si
acaso encerraba algún sofisma insidioso. El Ingenio enredaba todos los debates con
su rapidez y embrollo; la Erudición fatigaba a los oyentes con inacabables sutilezas y
prolongaba las discusiones innecesariamente, empeñada en demostrar lo que nadie
había puesto en duda. El Ingenio, deseoso de brillar, se atrevía a avanzar argumentos
que no había meditado suficientemente, y a menudo triunfaba, para su propia
sorpresa, con sólo seguir el hilo de una idea feliz; la Erudición solía rechazar
cualquier idea novedosa, temiendo quedar atrapada en consideraciones que fuera
incapaz de prever, y con frecuencia su cautela le impedía sacar ventaja de sus
posiciones y dominar a su oponente.
Los dos tenían prejuicios que, hasta cierto punto, obstaculizaban sus aspiraciones
a la perfección y los exponían a críticas. La novedad era la niña de los ojos del
Ingenio, la de la Erudición era la antigüedad. Para aquél, todo lo nuevo era precioso,
y para ésta, lo antiguo era venerable. El Ingenio, no obstante, casi nunca dejaba de
divertir a quienes no lograba convencer, y convencer rara vez era su cometido; la
Erudición apoyaba siempre sus opiniones en tantas verdades adyacentes, que cuando
el debate se dirimía en su contra, sus argumentos eran recordados con admiración.
Si en algo coincidían ambos era en la manía de traicionar su propio carácter con
la esperanza de triunfar completamente empuñando las armas que hubieran servido
para derrotarlos. El Ingenio se entregaba a ratos a labrar silogismos, y la Erudición
deformaba sus gestos haciendo chanzas. Pero siempre salían maltrechos de estos
experimentos, que los exponían a impugnaciones y desplantes. A la seriedad del
Ingenio le faltaba dignidad, y la hilaridad de la Erudición carecía de viveza.
Sus combates, de tan recurrentes, llegaron a ser notables, y los dioses acabaron
tomando partido. El Ingenio, que obtuvo la protección de la jovial Venus, tenía a su
disposición un séquito de Sonrisas y Bromas, y fue autorizado a bailar de vez en
cuando con las Gracias. La Erudición siguió siendo la favorita de Minerva, y casi
nunca se la veía salir de palacio sin su corte de severísimas virtudes: Castidad,
Templanza, Fortaleza y Labor. El Ingenio cohabitó con la Malicia: con ella tuvo una
hija llamada Sátira, que le seguía a todas partes con una aljaba llena de flechas
envenenadas que, al hacer sangre, era luego imposible extraer de la herida. Con
frecuencia las disparaba contra la Erudición, cuando ésta se encontraba más seria y
útilmente ocupada en abstrusas investigaciones o prodigando consejos entre sus
seguidores. Viendo lo cual, Minerva nombró como ayudante a la Crítica, por lo
general capaz de romper la punta de las flechas de la Sátira, esquivarlas o
devolvérselas.
A todo esto, Júpiter montó en cólera al ver peligrar gravemente la paz de las
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regiones celestiales, y resolvió despachar a los importunos contendientes al mundo
inferior. Allí se dirigieron, pues, llevando su vieja pendencia entre los mortales, y no
pasó mucho tiempo antes de que ambos lograran reclutar fervientes devotos. Con su
alegre chispa, el Ingenio cautivó a los jóvenes, mientras que la Erudición, gracias a su
autoridad, se atrajo a los ancianos. La notable influencia que ejercieron se puso
enseguida de manifiesto, y brillantemente: se erigieron teatros para albergar al
Ingenio y construyeron universidades para alojar a la Erudición. Cada bando
compitió con el otro para superarlo en boato y magnificencia, y para garantizar el
triunfo de una opinión se hizo preciso, desde los primeros pasos en la vida, alistarse
en uno u otro bando, a sabiendas de que ingresar en el templo de una de estas
divinidades suponía abandonar toda esperanza de consideración del poder rival.
Pero había una clase de mortales de la que tanto el Ingenio como la Erudición se
mostraban igualmente desdeñosos: no eran otros que los adoradores de Plutón, el dios
de la riqueza. Raro era que la jovialidad del Ingenio consiguiera arrancarles una
sonrisa o la elocuencia de la Erudición atraer su atención. Para vengarse de esta
afrenta, las dos divinidades convinieron en que incitarían a sus seguidores a atacarlos.
Pero los ejércitos embarcados en esas expediciones frecuentemente acababan
traicionando la confianza depositada en ellos, e incumpliendo las órdenes que habían
recibido, adulaban en público a los ricos, aunque en sus adentros los despreciaran. Y
cuando estas arteras mañas les valían los favores de Plutón, no tenían empacho en
mirar por encima del hombro a aquellos de sus compañeros empeñados en seguir al
servicio del Ingenio y la Erudición.
Enfadados con los desertores, los dos rivales decidieron apelar a Júpiter para
pedirle que los readmitiera en su primer hogar. El dios sacudió su trueno a la diestra,
y los suplicantes se dispusieron a obedecer las felices órdenes. El Ingenio, sin más
tardar, desplegó sus alas y alzó el vuelo, pero como su vista no alcanzaba muy lejos,
se sintió perdido en la inmensidad sin balizas de los espacios etéreos. La Erudición,
que conocía el camino, sacudió sus ataduras, pero al faltarle vigor natural, sólo pudo
ensayar vuelos cortos y rasantes. El caso es que, después de varios intentos, los dos se
encontraron devueltos a la tierra, y de su común desventura dedujeron que mejor
sería que unieran sus fuerzas. Así, cogidos de la mano, volvieron a alzar el vuelo: la
Erudición consiguió elevarse gracias al vigor del Ingenio, y el Ingenio fue guiado por
la perspicacia de la Erudición. No tardaron en alcanzar los dominios de Júpiter,
donde, tiernamente reconciliados, vivieron en adelante en perfecta concordia. El
Ingenio convenció a la Erudición para que frecuentara a las Gracias, y la Erudición
animó al Ingenio a servir a las Virtudes. Desde ese instante fueron los favoritos de los
dioses, y con su presencia alegraron sus banquetes. Al poco tiempo se casaron, por
orden de Júpiter, y tuvieron una numerosa descendencia de Artes y Ciencias.
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Libertad de expresión
N. 23. Martes, 5 de junio de 1750
Tres mihi convivie prope dissentire videntur;
Poscentur vario multum diversa palato.
HORACIO[20]
Que todo hombre ha de ajustar sus acciones a su propia conciencia, sin prestar
importancia a las opiniones del resto de la humanidad, es uno de los primeros
preceptos que dictan la prudencia y la moral. Es decir, que no sólo avala la razón, la
cual ordena que los dones del cielo no se dejen caer en desuso, sino también la voz de
la experiencia, pronta en enseñarnos que si sometemos nuestra conducta a aplausos o
reproches ajenos nos exponemos a la confusión que consigo trae la variedad infinita
de juicios discordantes y el incesante vaivén entre impulsos contrarios, que a la postre
nos condena a pedir consejo incesantemente y sin provecho alguno.
Me atrevo a insinuar que, por esta misma razón, debiera el autor confiar, aunque
fuera un poco, en su propia destreza y darse por contento con saber que no se ha
apartado de las normas de composición al uso, en lugar de someter frecuentemente
sus obras a examen antes de ofrecerlas al público o esforzarse en tener éxito a costa
de su solícita conformidad a consejos y críticas.
La verdad es que no cuesta mucho comprender que solicitar opiniones y
someterse a ellas contribuye poco al perfeccionamiento de cualquier actividad
literaria. Quien duda de su propia capacidad al extremo de buscar el dictamen de
otros habrá de enfrentarse a más obstáculos cada día, y se estrujará el cerebro en la
vana empresa de ayuntar ideas heterogéneas, digerir pistas inconexas y concentrar en
un solo punto los rayos dispersos de una luz refleja, que a menudo proviene de
direcciones opuestas. Entre los autores, los más infelices forzosamente serán los que,
publicando sus obras al por menor en los periódicos, estén pendientes de las críticas y
reconvenciones de sus lectores. Y es que, como sus escritos no llegan al público de
una sola vez sino troceados y en sucesivas entregas, sucede que quienes se consideran
aptos para dar su autorizada opinión piensan que siempre estarán a tiempo de redimir
sus pasados errores con sólo adherirse al dictamen de opinadores más cualificados y
así subsanar los defectos de su método incorporando las críticas que tan
generosamente reciben.
Más de una ocasión he tenido de comprobar, con no poca irritación en algunos
casos, aunque a veces también con regocijo, la muy diferente manera de reaccionar
del lector, según se enfrente a una obra manuscrita o impresa. Basta con que a manos
del público llegue un libro impreso para que esta obra sea considerada permanente e
inalterable, y el lector que se acerca a ella sin ideas preconcebidas lo leerá
únicamente movido por el deseo de hallar deleite o instrucción. El lector amolda sus
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ideas a la intención del autor, y como no quiere renunciar a entretenerse, no está
dispuesto a distraer su sosiego con laboriosas cavilaciones y correr el riesgo de
mermar el disfrute de lo que se le antoja todo un logro preguntándose si hubiese
podido ser mejor de lo que es. De ahí que se conforme con lo que no le satisface, y le
satisfaga lo imperfecto. Pero si al mismo lector se le pide que determine los méritos
de una obra todavía inédita, entonces sí se muestra capaz de aguzar su ingenio con
objeciones a unas palabras que son completamente nuevas para él. Todos los poderes
de la crítica acuden en su ayuda, y de su memoria rescata las nociones de Buen Gusto
y Gracia, Pureza y Delicadeza, Géneros y Unidades, vocablos que hace tiempo
pronunciaron quienes sabían lo que querían decir, pero que desde entonces retumban
como un eco distorsionado y sólo sirven para añadir más confusión al mundo al pasar
de boca a oreja entre los pedantes. Y como ese lector se siente obligado a demostrar,
sacando a relucir sus destrezas, que no se le ha pedido su opinión en vano, aprovecha
el menor resquicio para plantar sus críticas y cualquier oportunidad para proponer
cambios innecesarios. Para hacer lo cual sólo se necesita una pizca de sagacidad, ya
que en las obras de la imaginación es posible variar de mil maneras el orden de las
partes, la distribución de las peripecias o la utilización de los adornos con igual
propiedad. Y como, en casi todos los casos comparables, el hombre cree que sus
ocurrencias son siempre óptimas, al crítico, cuya única finalidad es sugerir ideas mas
no ejecutarlas, no le cuesta nada creer que sus observaciones suponen trascendentales
mejoras, así como tampoco le faltan argumentos en los que basar sus
recomendaciones, los cuales le basta a él solo hallar convincentes para que, por
generosidad o vanidad, insista tozudamente en imponer aquéllas, sin pararse un solo
instante a pensar que tal vez se esté decantando demasiado rápidamente por sus
propias ideas, ni preguntarse si las ventajas de su novedoso plan valen el esfuerzo
consentido.
Observa Plinio el Joven[21] que un orador no debiera tanto buscar los argumentos
más sólidos para su tesis cuanto echar mano de todos los que su imaginación le
sugiera, dado que las razones más valiosas en un alegato son las capaces de
impresionar a los jueces, y los jueces, afirma Plinio, siempre son más sensibles a las
que reconocen como propias. Quien tiene que dar su opinión sobre un hecho
cualquiera adopta el mismo principio: como empieza por hacerse ilusiones, se enfada
cuando no se cumplen, y como ha puesto a vagar su imaginación, luego se extraña de
que su vecino, que como él surca libremente el océano sin fin de las posibilidades,
tome otro rumbo.
Pero por acertada que sea la ley de Plinio, el caso es que no puede aplicarse al
escritor, porque la crítica llana siempre acaba apelando a una instancia superior, y
resulta que el público, que nunca se deja corromper y al que no es fácil engañar, tiene
siempre la última palabra en materia de ambición literaria. De la gran fuerza de las
ideas preconcebidas ya había podido hacerme una idea cabal antes de estrenarme en
estas labores semanales. Acostumbrados a las habilidades de mis predecesores, los
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lectores se habían hecho a la idea de que los ensayos no debían guardar relación entre
sí, y, convencidos de que cualquier otro autor habría de respetar ese sistema, se
mostraron impacientes ante la más leve desviación a esta norma, y no dejaron de
protestar al descubrir que tal o cual otro de sus temas favoritos se veía desestimado o
postergado. Algunos se enfadaron porque el Rambler, a diferencia del Spectator[22],
desdeñaba presentarse ante el público mediante un relato de su propia vida, desde su
nacimiento hasta los estudios realizados, que también incluyera el detalle de sus
aventuras y una descripción de su aspecto físico[23]. Otros no tardaron en opinar que
el autor era solemne, grave y autoritario, que carecía de ingenio y agudeza, y
reclamaban vehementemente alegría y humor. Un lector advertía de la necesidad de
prestar más atención a los diversos clubes que hay en esta gran ciudad, y de paso
informaba que The Spectator debía en no poca medida su vivacidad a ese tipo de
cónclaves. El autor fue reprendido por no imitar la cortesía de sus antecesores, pues
hasta la fecha no se había dignado socorrer a las damas e instruirlas en la mejor
combinación de colores o el tamaño más adecuado para sus volantes y cintas de
capotas. En otra oportunidad se le sugirió que reprendiera a esas madres de familia
que insisten en jugar a las cartas sin quitarse los anteojos. Y otro lector se sintió
especialmente ofendido por los argumentos sobre reglas y preceptos que no fueran
acompañados de ejemplos y testimonios personales.
No me cabe la menor duda de que la intención de estos supervisores sea la de
mejorar mi desempeño e ilustrar a mis lectores, pero parecen ignorar, o no conciben,
que todo autor se orienta por unas reglas que le son propias, que aborda los temas que
se sabe más apto para tratar por los conocimientos que haya adquirido o las
peripecias de su vida, que asuntos de lo más entretenidos han sido tratados ya con
demasiada brillantez para volver a intentarlo, y que si lo que se pretende es tener
muchos lectores, hay que procurar atraer a más de uno, explorar más de una fuente de
placer y someter a frecuentes cambios la manera de abordar los temas.
Es inevitable que me vea a mí mismo rodeado del tumulto de las críticas, como
un barco en medio de una tempestad poética, sacudido por vientos contrarios y
azotado por olas que vienen de todas partes, al que sin embargo mantienen a flote las
discrepancias de sus agresores, cuyas generosas inquietudes contribuyen, en buena
medida, a poner a salvo. Si las opiniones de mis censores hubiesen sido unánimes, tal
vez habría cedido en mi determinación. Pero al verlas tan contrarias, considero que
puedo, sin escrúpulo alguno, permitirme desatenderlas y aspirar a ganar el favor del
público siguiendo el curso de mi propia razón y entregándome a los caprichos de mi
imaginación.
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Conocete a ti mismo
N. 24. Sábado, 9 de junio de 1750
Nemo in sese tentat descendere.
PERSIO[24]
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la virtud y las relaciones entre los hombres. Todas sus lecciones no son otra cosa que
comentarios a este precepto, en el entendido de que el conocimiento de uno mismo
que recomendaba Quilón es opuesto a cualquier otra investigación menos acorde con
la naturaleza del hombre.
El gran error de los hombres dedicados en exclusiva al estudio sigue siendo su
falta de respeto a esta regla y su aparente voluntad de estudiar cualquier cosa salvo a
sí mismos. Por eso tan a menudo son despreciados por quienes sólo ellos suponen
que no están a su altura. Despreciados, esto es, por mostrarse inútiles para el interés
común, incapacitados para hacerse cargo de los más triviales asuntos, inaptos al
desarrollo de actividades que forman la cadena que da continuidad a la sociedad,
incapaces de transmitir y fortalecer el afecto mutuo.
Gélidus es un hombre de penetrante inteligencia y vastos conocimientos[26].
Dueño de una mente naturalmente proclive a las ciencias más abstrusas, es capaz de
penetrar los más intrincados problemas sin nunca perder pie, y como es de
temperamento sereno y equilibrado, rara vez se deja arrastrar por sus pasiones en la
búsqueda de la completa cadena de ocultas causas y efectos. No es de extrañar, por
tanto, que desde hace tiempo albergue la esperanza de que la solución a algunos
problemas que hasta la fecha han desafiado todos los esfuerzos de los maestros de la
ciencia pueda hallarse al alcance de su genio e industria. Pasa todo el tiempo
encerrado en el cuarto más elevado de su casa, donde no deja que penetre ningún
miembro de su familia, y cuando baja a comer o descansar, deambula por la casa
como un forastero que ha ido de visita, sin dar muestras de interés o afecto por nadie.
Se ha despojado de todo vestigio de humana sensibilidad; no tiene ojos para la
belleza, ni oídos para la queja; no manifiesta alegría por la buena fortuna de su amigo
más próximo ni pena ante las calamidades públicas o privadas. En una oportunidad
recibió una carta y se la dio a un sirviente para que se la leyera: así supo que había
sido escrita por su hermano, quien, tras un naufragio, había alcanzado a nado la orilla,
y que ahora se hallaba en tierra extranjera viviendo en un estado de completa
indigencia. «¡Despojado de todo y en la indigencia!», exclamó Gélidus. Y acto
seguido extrajo de su biblioteca el último volumen de informaciones meteorológicas,
dedujo el estado exacto de los vientos, y apuntó sus observaciones en su diario del
tiempo.
En otra ocasión, los familiares de Gélidus se atrevieron a entrar en su gabinete
para informarle de que se había declarado un incendio en un pueblo vecino, y poco
después un sirviente fue a decirle que las llamas habían rodeado por completo tal
cantidad de viviendas, que los habitantes del pueblo, sin saber qué hacer,
contemplaban la posibilidad de abandonarlas para salvar sus vidas. «Lo que dice»,
observó Gélidus, «es altamente probable, ya que el fuego tiende a propagarse
describiendo círculos». Así vive este gran filósofo, insensible a las calamidades y
sordo a las mayores alarmas de la sociedad, ya que es incapaz de concebir que los
hombres hayan sido creados para ayudarse y consolarse mutuamente, y porque, pese
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a lo recomendable que pueda ser dedicar horas a estudios de utilidad no inmediata, el
primero de los deberes, sin embargo, consiste en cultivar las virtudes prácticas. Es
justo excluir de todo comercio con los hombres a quien se ha alejado de sus
congéneres a tal extremo que es incapaz de compartir sus alegrías o penas, y que en
vez de atender el cariño de su esposa y las caricias de sus hijos, prefiere contar una a
una las gotas de lluvia, escrutar los cambios del viento o calcular los eclipses de las
lunas de Júpiter.
Dejaré para un artículo posterior el importante alcance religioso de este tipo de
sabiduría, y me limitaré por ahora a observar que puede aplicarse con propiedad tanto
a los aspectos de la vida joviales y ligeros como a los graves y solemnes, y que no
sólo afecta al verdadero conocimiento ambicionado por el filósofo, sino que también
puede malograr el ingenio y la belleza, y conducir al olvido de ese requisito universal
que es el conocimiento de sí mismo.
Seguramente no hay otra razón que explique por qué vemos a tantos hombres
oponerse con denuedo a la naturaleza y luchar por obtener lo que jamás podrán
alcanzar, decididos a abrazar contrarios y empeñados en resaltar rasgos incompatibles
entre sí. Por eso hay tantos comerciantes con ínfulas de elegancia y agudeza
mundanas o matemáticos trabajosamente ingeniosos, y vemos a tantos soldados
gastando bromas teológicas a sus amigos y académicos que aspiran a seducir a las
damas con un recital de galanterías. Estas muestras de absurda vanidad sólo pueden
proceder de la ignorancia de sí mismos, de la que Garth se valió para improvisarse
crítico y en la que Congreve basó sus aspiraciones a la condición de renombrado
dramaturgo[27], cuando lo que querían era ser tratados como simples caballeros.
Euphues, con todo y su armoniosa estampa y notables conocimientos, presenta un
aspecto nebuloso y una forma poco atractiva, pero su ambición preponderante, desde
que hizo su aparición en sociedad, siempre ha consistido en distinguirse de los otros
por su vestuario, superar a los elegantes en encajes y perifollos, propagar nuevos
adornos y ser el primero en marcar modas. Es un personaje que lo ha fiado todo a su
apariencia exterior, en la que pone un cuidado que le hubiese valido toda la
admiración de haberlo puesto en sus ideas. Y si bien es cierto que gracias a sus
virtudes y habilidad ha sabido librarse del descrédito que con tanta dedicación ha
cortejado, también lo es que él mismo ha puesto un obstáculo a su fama: y es que
apreciar sus trajes está al alcance de cualquiera, pero al de muy pocos valorar su
inteligencia, y muchos de los que comprenden que no es más que un petimetre no
están dispuestos a conceder que también sea sabio.
Se da la circunstancia de que las damas se muestran especialmente reacias a
seguir el consejo de Quilón, tan cierto es que todas ellas aspiran a borrar el paso del
tiempo en sus propias personas, y demasiado a menudo pretenden sustituir el
esplendor y frescura de la juventud con una belleza artificial y una vivacidad
impostada. Quisieran enardecer los corazones con miradas hoy marchitas o seducir
con languideces que hace tiempo dejaron de ser delicadas; siguen entonando
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melodías que seducían cuando seducción era lo único que podían ofrecer, y olvidan
que oportunamente se ha de dejar paso a las virtudes. Porque hubo un día en que su
coqueteo era gracioso, se empeñan en seguir mostrándose seductoras, sin ver que
quienes gustaban de aquellos viejos placeres hace tiempo se retiraron a cultivar
empeños más serios. Y apenas consiguen sacarlas de su sueño de eterna juventud las
burlas que les prodigan aquellas otras con las que pretenden rivalizar.
OVIDIO[28]
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que no los despoja de nada que puedan considerarse autorizados a poseer.
Dícese de un filósofo[29] que, al recibir la noticia de la muerte de su hijo, se limitó
a comentar: «Ya sabía que mi hijo era mortal». A quien sabe distinguir un error le
basta con aprender a reconocer sus propios defectos, y de este modo, en vez de
meditar artificios y rumiar agravios, ser capaz de ver, en lo que no son sino simples
descuidos, meros accesorios de la humanidad, y sosegarse al descubrir que siempre
supo que el hombre es un ser falible.
Si es cierto que nuestras pasiones suelen inflamarse ante cualquier novedad, qué
duda cabe que la posibilidad de mostrarse proclive a las falacias del raciocinio o las
imperfecciones del saber sea, para la mayor parte de la humanidad, un hecho
completamente novedoso. En todo caso, basta con frecuentar cualquiera de esos
grupos humanos en los que no rige forma alguna de jerarquía reconocida y efectiva
para topar con manifestaciones de ira desbocada, únicamente fruto de discrepancias
acerca de asuntos en los que ninguno de los contendientes tiene más interés que el
fomentado por la común falta de voluntad para ceder ante cualquier opinión
susceptible de desvelarle a cualquiera de sus miembros la bochornosa evidencia de
que no tiene razón.
He oído decir que uno de estos ejemplares, tras promover un par de doctrinas
filosóficas erróneas, se negó a reconocer los experimentos que habían servido para
refutarlas[30]. Pero la mera observación cotidiana ofrece abundantes ejemplos de la
capacidad para elaborar subterfugios y evasiones con la única finalidad de librarse de
la aplastante evidencia de pruebas irrefutables, así como la oportunidad de constatar
cuán fácilmente se alteran los argumentos originales o se desfiguran a conciencia los
de la parte contraria, o los puntos de vista más diáfanos son envueltos en una nube de
confusión precisamente por quienes defienden la postura contraria.
De todos los mortales, los más seriamente infectados con esta variante de la
vanidad parecen ser los que integran la raza de los escritores. Como su reputación
está basada exclusivamente en su discernimiento, han desarrollado una sensibilidad
exacerbada a cualquier ataque a su reputación literaria. No estará de más recordar que
no pocos hombres con reconocidas aptitudes se muestran perfectamente capaces de
poner todo su empeño en mitigar incongruencias y resolver contradicciones, mas al
mismo tiempo hacen oídos sordos a las críticas que inevitablemente acompañan
cualquier actividad humana pero que ellos se muestran incapaces de aceptar, salvo
cuando les conviene, con tan vana como ridícula impaciencia, pregonar a los cuatro
vientos que son trascendentales. Dryden, dotado como estaba de generosa
imaginación y arrojada pluma, y no infrecuentemente dado a incurrir en
inexactitudes, tuvo alguna vez que arrostrar burlas por haber dicho, en una de sus
tragedias, que «Yo persigo la suerte, mi veloz perseguidora[31]».
Que no haya quien sea capaz a la vez de perseguir y ser perseguido era, desde
luego, una evidencia demasiado llana para reparar en ella. En todo caso,
aparentemente Dryden cometió este error porque se dejó engañar por el doble sentido
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de la palabra «suerte», que en la primera parte de su verso asocia a la idea de
«fortuna» y en la segunda a la de «muerte», cuando lo que quería decir era: «aunque
la muerte me persigue, no pienso resignarme ni perder esperanza, y en cambio
perseguiré yo la fortuna, dispuesto a hacer y a padecer lo que sea preciso». No llegó a
decirlo tan explícitamente, ya que Dryden decidió no dar la razón a sus críticos y
nunca confesó que se dejó coger desprevenido por una ambigüedad del lenguaje. Pero
al hallar venturosamente en Virgilio la descripción de un hombre que da vueltas en
redondo y en la que aparece la expresión: Et se sequiturque fugitque[32], sentenció:
«Éste es el pasaje que imité al escribir el verso que mis críticos estuvieron encantados
de reprocharme por su insensatez; y no es que no haya escrito ninguna, lo que pasa es
que no han tenido la suerte de descubrirla[33]».
Cualquiera comprenderá lo absurdo de querer librarse de la crítica con tan
vulgares fingimientos. Y ni uno solo de los lectores de este poeta habría estado
dispuesto a venerarlo menos si él se hubiese mostrado lo bastante consciente de su
superioridad para afrontar esas nimiedades y reconocer que a veces podía cometer
errores, movido por su agitada imaginación y la fertilidad de sus ideas.
Hay que darse por contento cuando este tipo de temperamento se pone de
manifiesto sólo en detalles sin importancia, con los que se puede acertar o errar sin
consecuencias para la virtud ola felicidad de la humanidad. No hay que preocuparse
por ver que alguien insiste en un proyecto que sabe que es irrealizable, y que vive en
una casa incómoda porque él mismo se empeñó en construirla así o lleva un abrigo
con un corte extraño porque cree que si insiste en lucirla, esta prenda acabará
poniéndose de moda. Son comportamientos absurdos, qué duda cabe, pero no son
más que eso, y por extravagantes o ridículos que parezcan, difícilmente pueden
afectar a otros.
Pero sucede con esta forma de orgullo que basta con cultivarla para que acabe
cebándose en asuntos de mayor calado. Vuelve a los hombres proclives a justificar no
sólo sus errores, sino también sus vicios, a persistir en actividades que su propia
sensibilidad reprueba, únicamente para que no parezca que hacen mella en ellos las
críticas o que pueden aprender de los consejos que reciben, y a acechar sofismas que
les permitan confundir los más elementales principios y zafarse de sus deberes, y
todo ello para disimular que son incapaces de emprender aquello que no pueden
defender.
Que quien haya comprendido que esa forma de vanidad se encuentra tan
extendida que podría conducirlo a tales extremos de corrupción, antes de lanzarse a
defenderla se pare un momento a considerar las consecuencias de un comportamiento
que se sabe a punto de abrazar no porque se lo haya dictado la razón, sino empujado
por la violencia del deseo, arrebatado por un repentino apasionamiento o seducido
por las muelles insinuaciones de la tentación, que se abre paso con el imperceptible
avance de la culpabilidad. Que piense detenidamente en lo que se dispone a hacer al
obligar a su entendimiento a fomentar precisamente los apetitos que su principal
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obligación debiera consistir en coartar y corregir.
Tan pocos artificios se necesitan para defender la causa de la virtud, y tan fácil es,
cuando han sido desvelados, distinguir entre el bien y el mal, que estos apologistas
rara vez consiguen ganar nuevos adeptos para su secta, y sus falacias logran engañar
sólo a quienes tienen el discernimiento nublado por sus propios deseos. Lo más que
puede esperarse de una adecuada aplicación de estas facultades es convencer a los
oyentes de que el hombre que creían conocer tan sólo es, de hecho, un inútil, que la
corrupción de sus modales también ha contagiado sus principios, que cualquier
esfuerzo por curarlos está condenado al fracaso, y que lo único que cabe hacer es
alejarse de este foco infeccioso o acabar con su poder de destrucción.
E incluso si este personaje fuera capaz de engañar a su público con versiones
parciales de los hechos o enrevesadas explicaciones de causas remotas y confusas
concatenaciones de ideas que, dado que admiten más de una combinación, son
susceptibles de variar según el ángulo desde el que se miren; es más, aun si
consiguiere, como a veces sucede, sembrar la confusión en seres débiles y
bienintencionados o cautivar con el atractivo de su destreza a mentes jóvenes, todavía
indecisas en cuanto a sus principios y que la educación no haya fortalecido ola
experiencia aleccionado, incluso así, ¿qué alcance tendría su victoria? No hay hombre
que sea capaz de pasarse toda la vida en estos juegos; la vejez, la enfermedad o la
soledad le traerán algunas horas de profunda reflexión, y entonces no le servirá de
consuelo pensar que la ha dedicado a extender el dominio del vicio y justificar
crímenes ajenos, y que nunca conocerá el alcance de su propia maldad ni podrá
reparar todo el daño que ha causado. Quizá no haya, en las abundantes reservas de
angustias imaginarias, pensamiento más torturador que ser consciente de haber
sembrado la corrupción adulterando los valores, saberse responsable no sólo de haber
apartado a otros de la senda de la virtud sino también de haber cegado el camino por
el que hubiesen podido regresar, de haberlos vuelto insensibles a la belleza y sólo
atentos al placer y acostumbrados a atender únicamente al canto de las sirenas de su
propia destrucción.
Pero esta costumbre aún entraña otro peligro, y es que quienes no consiguen
engañar a otros con frecuencia triunfan engañándose a sí mismos. No paran de tejer
sofismas hasta que su propia razón queda atrapada en sus redes, y una y otra vez
repiten sus argumentos hasta quedar completamente convencidos. A fuerza de
discutir, se muestran sinceros al defender su causa, y como viven buscando razones
con que apuntalarla, acaban convenciéndose de haberlas hallado. Llegados a este
punto, se encuentran a un paso de sumirse en la maldad y corren el peligro de morir
sin que vuelva a surcar su mente el destello de razón que su contumaz orgullo apagó.
Por lo general, a quienes más difícil es imputar defectos en sus acciones o
virtudes son los mismos que no tienen empacho alguno en confesarlos. Por no decir
nada de otros ejemplos de grave y portentoso alcance —la humildad de los
confesores, las lágrimas de los santos, los terrores ante la muerte de personas ilustres
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por su piedad e inocencia—, es bien sabido que César consignó por escrito los errores
que había cometido en sus guerras de la Galia y que Hipócrates, cuyo renombre tal
vez supere, en punto a excelencia racional, el de César, dejó advertida a la posteridad
del error que había cometido. «De tal suerte», comenta Celsio, «que confesar sin
rodeos ni afeites los errores cometidos es lo que conviene a cualquier hombre que
sabe que en todo lo demás no peligra su integridad[34]».
Como en todo error hay bajeza, quien tenga en estima su propia dignidad ha de
procurar retractarse en cuanto descubra que ha incurrido en alguno, sin temer más
reproches que los de su propia conciencia. Y así como la justicia reclama reparación
para el daño causado, es deber de todo el que hubiese corrompido al prójimo con sus
mañas o ideas erróneas hacer lo posible por divulgar su desmentido entre quienes
adoptaron sus errores, de modo que quienes por su ejemplo fueron llevados al vicio,
también por su ejemplo puedan enmendarse.
Sobre el estoicismo
N. 32. Sábado, 7 de julio de 1750
Sea cual sea la parte de desgracia que te toque en suerte padecer, acéptala de buen grado, pero, si puedes,
alivia su peso.
PITAGORAS[35]
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siguiera considerando objetos de terror y angustia o se les supusiera la capacidad de
perturbar la calma del sabio.
Semejante edicto, me atrevo a pensarlo, no ha sido universalmente observado. Y
es que, aunque uno de sus más decididos paladines, torturado por una violenta
enfermedad, clamó que por mucho que el dolor lo golpeara con toda su furia nunca
lograría convencerlo de que se trataba de algo más que de un fenómeno indiferente y
neutral, el caso es que no todos los estoicos mostraron tan tozuda oposición a la
evidencia de sus sentidos, como sucedió con un discípulo de Zenón menos
inquebrantable, cuando, afligido por la gota, confesó que ahora comprendía «que el
dolor es un mal[37]».
Con todo, cabe dudar que tales filósofos puedan ser considerados verdaderos
maestros de paciencia. Porque resulta que si el dolor no es un mal, parece inútil
enseñar a sobrellevarlo; de hecho, cuando se sienten obligados a armar de razones a
sus seguidores, dan la impresión de estar negando la mayor de su tesis. Pero
contradicciones de esta índole no son infrecuentes en las mentes más preclaras
empeñadas en descollar por su originalidad y decididas a imponer opiniones
contrarias a la naturaleza.
La controversia sobre la realidad de los males exteriores ha dejado de tener
vigencia. Que la vida está plagada de miserias y que éstas pueden llegar a ser tan
acerbas como la entereza son hechos universalmente aceptados. Por consiguiente,
será útil averiguar no sólo cómo librarse de ellas, sino cómo mitigar y aliviar las que
puedan depararnos los azares de la existencia o las dolencias naturales, y, en suma,
cómo sobrellevar las desdichas de la vida, cuando las circunstancias nos la vuelven
infeliz.
El remedio para la mayor parte de las miserias humanas no es radical, sino
paliativo. La infelicidad es connatural a la naturaleza del cuerpo e indisociable de
nuestro ser, de modo que cualquier intento de rechazarla abiertamente es inútil y
vano. Rodeados por los ejércitos del dolor que disparan sus flechas contra nosotros,
sólo podemos escoger entre las más o menos punzantes o las que fueron bañadas en
veneno con más o menos malignidad, pero lo cierto es que la coraza más resistente
que la razón sea capaz de forjar podrá embotar su filo, sí, mas nunca repelerlas.
El gran remedio que el cielo ha puesto a nuestro alcance es la paciencia, que si
bien no consigue mitigar nuestros tormentos corporales, hasta cierto punto nos
permite conservar la calma, para así poder encajar únicamente el empuje real y
auténtico de los males sin aguzarlos o prolongar sus efectos.
Nada hay, en verdad, menos idóneo al talante natural del hombre que el
arrebatamiento y la furia. Sin entrar en consideraciones acerca de su ocasional
impiedad, lo menos que puede decirse es que ambos estados son siempre ofensivos, y
que a algunos los predispone a odiarnos y despreciarnos en vez de compadecerse de
nosotros y socorrernos. Si de nuestra aflicción somos los únicos culpables —observa
un antiguo poeta— nuestro primer deber es la paciencia, ya que nadie debe
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enfurecerse por recibir su merecido.
Leniter ex merito quicquid patiare ferendum est[38].
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naturaleza del hombre merece alguna indulgencia, y salvo la impiedad, cualquier otro
comportamiento extravagante puede serle perdonado. Dicho lo cual, y para evitar
caer tan fácilmente en la tentación de sentirnos con derecho a los tristes privilegios
del infortunio confirmado, conviene recordar que la más extrema agonía que la mente
humana sea capaz de concebir o de infligir la maldad del hombre ha sido ya
sobrellevada con entereza, y que si los dolores de las enfermedades pueden llegar a
ser, como de hecho pienso que es el caso, mayores que los de la tortura artificial, por
su misma naturaleza también son de más corta duración, puesto que capaces de
romper la resistencia física o sumir momentáneamente en la inconsciencia el nexo
vital entre el cuerpo y el alma, de tal suerte que dejamos de sentir el dolor de la
enfermedad al ser tan violento que se aborta su manifestación. Me atrevería a decir
que hay buenas razones para sospechar que la mente y el cuerpo están tan bien
conjuntados que no son capaces de soportar los padecimientos infligidos a una de las
partes cuando la virtud cede antes que la vida, y que el alma bien conformada prefiere
ceder antes que someterse.
En el caso de las calamidades que afectan principalmente a las pasiones, como la
merma de la fortuna, la pérdida de amistades o el deterioro de la voluntad, el mayor
peligro de mostrarse impaciente se manifiesta en la primera embestida. Pero no pocos
recursos hay a nuestra disposición para esquivar el primer golpe. Por norma, lo más
aconsejable siempre es no disfrutar de nada que no esté en nuestro poder conservar
permanentemente. Baste con pensar en lo distintos que son el disfrute momentáneo
de cualquier beneficio terrenal y la constante y rutinaria diligencia en pro de la
felicidad futura para ver lo acertado que es este consejo, obra, además, de la única
autoridad incuestionable. Y sin embargo, ¿no es comparable a la advertencia de que
mejor es no andar para evitar tropiezos o no ver para que la mirada no se pose en
alguna cosa deforme? Parece razonable gozar de las bendiciones con ánimo confiado
y renunciar a ellas con humildad, así como confiar en que las bondades que
disfrutamos no cesarán sin traza de insolencia ni voluptuosidad, con la misma firmeza
con que hay que aspirar a la recuperación de lo que hayamos perdido sin entregarnos
al abatimiento o las murmuraciones.
La principal defensa contra la estéril angustia de la impaciencia es la que nace de
la contemplación frecuente de la sabiduría y bondad del dios de la naturaleza, que en
sus manos tiene riqueza y pobreza, honor y desgracia, placer y dolor, así como la vida
y la muerte. Sólo si estamos firmemente convencidos de que todo conspira en favor
nuestro y de que es posible convertir las desgracias en felicidad si sabemos acogerlas
debidamente, seremos capaces de bendecir el nombre del Señor, sin importar si nos lo
ha dado todo o nos lo quita[40].
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Sobre las biografías
N. 60. Sábado, 13 de octubre de 1750
Quid sit pulchrum, quid turpe,
quid non, Plenius et melius Chrysippo et Crantore dicit.
HORACIO[41]
Todas las alegrías y tristezas por la felicidad o calamidad de otros son el fruto de un
acto de la imaginación, capaz de con cebir cualquier situación por ficticia que sea o
de acercarse a ella por lejos que se encuentre, al ponernos momentáneamente en la
postura de aquel cuya fortuna contemplamos, de tal suerte que, mientras dura el
engaño, sentimos las emociones que los mismos acontecimientos, buenos o malos,
despertarían en nosotros. Así, pues, nuestras pasiones serán más intensas en la
medida en que nos mostremos más capaces de hacer nuestros el dolor o el placer que
nuestra imaginación nos represente, mediante el expediente de reconocerlo como algo
ya conocido o considerarlo como una natural consecuencia de nuestra forma de vida.
Ni para el más talentoso escritor es fácil despertar nuestro interés en la felicidad o la
desgracia que estamos convencidos que difícilmente llegaremos a sentir o con la que
nunca antes nos habíamos tropezado. La caída de reinos o las revoluciones de
imperios se dejan leer con notable sosiego; las tragedias imperiales seducen al
público en general por el solo atractivo de la pompa y ornato de las descripciones y la
grandeza de las ideas evocadas. Y el hombre únicamente dotado para conocer la
pasión absorbente de los negocios y cuyo corazón se agita sólo con el alza o la baja
de sus acciones en bolsa, no puede dejar de preguntarse, maravillado, cómo es
posible que el interés quede absorto y los sentimientos perturbados por una simple
historia de amor. Estos mundos paralelos, con sus correspondientes imágenes, a los
que nuestra mente se adapta sin dificultad, por lo general podemos hallarlos, antes
que en otros escritos, en los relatos de vidas de personas reales, y es por ello que no
hay género de escritura más digno de ser cultivado que la biografía, ninguno que sea
más deleitoso o útil, y ciertamente ninguno como este dotado de tan irresistible
interés para el corazón o de la capacidad de instruir ampliamente a la mayor variedad
de personas. Los relatos históricos someros y de orden general, en los que se narran
millares de peripecias en el breve lapso de un día y se encajan innumerables
incidentes en una sola gran operación, contienen pocas lecciones de provecho para la
vida privada, que para su bienestar como para sus desgracias depende de la buena o
mala gestión de asuntos que sólo la asiduidad hace prosperar (Parva, si non fiunt
quotidie, en palabras de Plinio[42]) y que nada tienen que ver con relatos que no
condescienden a ocuparse de asuntos menos importantes que discursos de senadores,
movimientos de tropas o tramas de conspiradores.
A menudo he pensado que no hay prácticamente vida alguna que, narrada con
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fidelidad y discernimiento, no sea de utilidad. Porque el caso es que no hay, en la
imponente masa del mundo, quien no comparta su condición con muchos otros
hombres, cuyos errores y fracasos, salvación y sagacidad, no le sean de alguna
utilidad clara e inmediata; y es que es tal la uniformidad de la condición humana, si
se la considera despojada de honores y afeites adventicios y postizos, que
prácticamente no hay fortuna o desventura que no sea común a todos los hombres. La
mayor parte del tiempo, las vidas de quienes la fortuna o su carácter ha dispuesto que
vivan a gran distancia unos de otros, sin embargo transcurren inevitablemente de
idéntica manera. Y si bien es cierto que, una vez satisfechas las necesidades naturales,
el capricho, la vanidad o el azar intervienen para producir discriminaciones y
particularidades, no hace falta ser un lince, no obstante, para descubrir que las
mismas causas siempre acaban produciendo los mismos efectos, unas veces
rápidamente y otras menos, y aun en otras presentándose en diversas combinaciones.
Nos azuzan las mismas fuerzas, nos confunden las mismas falacias, la esperanza nos
guía, el peligro nos paraliza, el deseo nos atrapa, y todos sucumbimos al placer.
Una objeción frecuente a los relatos de vidas particulares es que en éstas no
sobresalen vicisitudes excepcionales o maravillosas. El erudito que ha pasado toda su
vida entre libros, el mercader que sólo atendía a sus negocios, el sacerdote, cuyo
radio de acción nunca excede el de su deber, ninguno de ellos es considerado digno
de la atención pública, por más que hayan podido descollar en sus respectivos
ámbitos y sean cuales sean sus competencias, integridad o piedad. Pero esta idea es
tributaria de falsos modelos de excelencia y dignidad, para erradicar los cuales
debería bastar con recordar que para la recta razón lo de más utilidad siempre es lo
más valioso. No es indecoroso, huelga decirlo, sacar provecho de los prejuicios y
utilizar el reclamo de un nombre célebre. Pero el oficio de biógrafo por lo general
consiste en pasar de puntillas sobre las hazañas y azares responsables de la vulgar
grandeza y llamar la atención sobre la privacidad del día a día, para así detallar los
menudos incidentes de la cotidianidad, donde los hombres se despojan de apéndices
exteriores y se miden entre sí únicamente por su prudencia y virtud. El testimonio del
Tuano fue escrito, como con toda razón apunta su autor, para ofrecer a la posteridad
un atisbo de la personalidad privada y familiar de este hombre, cujus ingenium et
candorem ex ipsius scriptis sunt olim semper miraturi[43], cuyo genio y candor hasta
el fin de los tiempos por sus escritos podrán conocerse y admirarse.
Las numerosas circunstancias invisibles son más importantes que las
manifestaciones públicas, tanto si leemos para instruirnos en materias naturales y
morales, enriquecer nuestros conocimientos o acrecentar nuestra virtud. Así, Salustio,
el gran maestro de la naturaleza, no deja de observar, en su semblanza de Catilina,
que «andaba ora con paso ligero, ora lentamente[44]», para así indicar que su mente
estaba absorta en convulsos pensamientos. Asimismo, el relato de Melanchthon
encierra una vívida lección sobre el valor del tiempo, al informarnos su autor que,
siempre que se citaba con alguien, procuraba fijar no sólo la hora, sino también el
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minuto exacto del encuentro, para no perder el día en inactiva expectación[45]. Y los
proyectos y labores de De Wit hoy nos importan bastante menos que la descripción
de ese rasgo de su personalidad que nos lo representa como «pendiente de su salud y
negligente con su vida[46]».
Pero la biografía ha sido frecuentemente cultivada por escritores aparentemente
poco versados en la naturaleza de este oficio o muy descuidados con su ejecución.
Rara vez trabajan con documentos que no sean de carácter público. Están
convencidos de haber escrito una biografía al presentar una relación de actividades y
títulos en orden cronológico, y muestran tan escaso interés por las costumbres y el
comportamiento de sus héroes, que resulta más útil, para conocer el auténtico talante
de cualquier hombre, cruzar dos palabras con uno de sus criados que leer alguna de
estas narraciones formales y laboriosas, que empiezan con una prosapia y concluyen
con un funeral.
Cuando ocasionalmente se dignan informar al mundo con hechos concretos, no
siempre tienen la feliz idea de escoger los más relevantes. No alcanzo a comprender
qué beneficio pueda suponer para la posteridad conocer el único acontecimiento por
el que Tickell distingue a Addison del resto de la humanidad, a saber «la
irregularidad de su pulso[47]», como tampoco puedo considerarme resarcido del
tiempo que he dedicado a leer la vida de Malherbe por el hecho de saberme capaz de
repetir, con su docto biógrafo, que este autor sostenía dos opiniones principalmente:
la una, que la ligereza de una sola mujer basta para malograr sus pretensiones
linajudas, y la otra, que los mendigos franceses hacían un uso escandalosamente
incorrecto y bárbaro de la expresión «noble caballero», visto que cada una de estas
palabras incluye el sentido de ambas[48].
Ciertamente hay razones que explican por qué tales relatos a menudo son obra de
autores poco versados en el arte de instruir o deleitar, y por qué la mayoría de las
semblanzas biográficas son estériles e inútiles. Si la curiosidad o la envidia han de
haberse extinguido antes de escribir una biografía, sin duda ésta ganará en
imparcialidad lo que probablemente pierda en inteligencia. Y es que los detalles
responsables de la excelencia de las biografías son en tal grado mudables y
evanescentes, que no tardan en borrarse de la memoria y rara vez los transmite la
tradición. Nadie ignora lo difícil que es trazar el retrato de cualquiera de nuestros
conocidos, salvo en lo que hace a sus rasgos más destacados y fácilmente
observables, con lo que es fácil imaginar que buena parte de esos tenues datos se
pueden perder al transmitirlos y lo rápidamente que una serie de copias acaba
perdiendo cualquier atisbo de parecido con el original.
Si el biógrafo es de los que, basándose en su conocimiento personal, además
busca saciar la curiosidad del público, el peligro estriba en que su interés o aprensión
o gratitud o afecto puedan nublar su fidelidad a la verdad y lo induzcan a disimular,
cuando no a inventar. No son pocos los que piensan que la lealtad consiste en ocultar
los errores y defectos de sus amigos, aun cuando ya no tengan nada que temer por su
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descubrimiento. Por ello vemos desfilar esas tropas de personajes adornados con los
mismos panegíricos, indistinguibles unos de otros, salvo por algún que otro detalle
externo y casual. «Ojalá siempre —dice Hale—, cuando me sienta tentado de
compadecer a un criminal, recuerde que también al país le debemos piedad[49]». Es
cierto que debemos honrar la memoria de los muertos, pero más aún hemos de
respetar el conocimiento, la virtud y la verdad.
OVIDIO[50]
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hacerlas cambiar de conducta. En el tercer nivel se encuentran aquellos individuos
que tan sólo saben entregarse al placer y a las pasiones, sin el menor deseo de
superarse ni de esforzarse por algo que no sea la satisfacción de sus deseos más
torpes e inmediatos.
Es el segundo grupo de esta clasificación el más numeroso, y se puede decir que
en él se incluye la mayor parte de la humanidad. No son muy numerosos los que
pertenecen al tercer grupo, y pocos son los que forman parte del primero. Y ni unos ni
otros son motivo de estudio para los moralistas, ya que éstos se ocupan
principalmente de quienes se esfuerzan en mejorar su virtud, desinteresándose de los
que han alcanzado ya un grado de perfección, o de quienes, por el contrario, prefieren
seguir en su lamentable estado de despreocupación.
A quien no sea muy versado en el estudio de la psicología humana y se limite a
juzgar al individuo de forma intelectual le resultará difícil creer que haya alguien que
pueda mantenerse en ese estado de indiferencia, sin sentirse comprometido por nada
y dispuesto a dejarse llevar por cualquier tendencia. Parece más lógico pensar que
haya personas que crean que una conducta virtuosa puede hacerlas felices y que, por
consiguiente, decidan obrar con rectitud; y otras que, por el contrario, estén
convencidas de que pueden vivir muy bien sin preocuparse en absoluto por la rectitud
de su conducta y que, por tanto, sólo se interesen por su placer y conveniencia.
Parece imposible que existan individuos que estando convencidos de una cosa se
dediquen a hacer la contraria; y que habiendo visto el camino recto cierren los ojos
ante él para poder vivir más cómodamente. No obstante, podemos encontrar
continuamente aberraciones de este tipo; y muchos son los hombres sabios y buenos
que se desvían del camino de la rectitud y del deber, ya sea porque no se dan cuenta o
porque se sienten repentinamente sorprendidos por la tentación. Y abundan también
aquellas personas que son buenas mientras no se ven tentadas, mientras sus pasiones
no se ven excitadas o mientras sus opiniones no se ven contrarrestadas o enfrentadas
a algo.
Entre los sentimientos que casi todo ser humano modifica a medida que va
envejeciendo se encuentra la homogeneidad de carácter. Aquel que no ha
experimentado la fuerza del deseo, la contundencia del dolor, las complicaciones
causadas por los negocios o la fuerza de influencias partidistas siente dentro de sí la
importancia de la virtud, y, puesto que nunca ha tenido que habérselas con miedos o
ilusiones, cree que es posible mantenerse firme ante lo que pueda presentársele, se
mostrará inflexible ante el menor fallo, dispuesto a manifestar en todo momento la
pertinencia del derecho, y a juzgar con la mayor dureza a todo aquel que muestre
algún fallo en el cumplimiento del deber, considerándolo indigno de confianza, de
amor, de piedad y de respeto; a verlo como un enemigo al que hay que apartar del
conjunto de la sociedad, como un apestado del que hay que alejarse o como una
hierba a la que hay que aplastar.
La experiencia nos enseña la posibilidad de conservar algunas virtudes y de
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rechazar ciertos defectos; o bien, de ser buenos o malos hasta cierto punto. Porque
resulta muy fácil para el pensador solitario mostrar que los mismos argumentos en los
que uno puede apoyarse para rechazar el crimen tienen idéntica fuerza para cualquier
cosa; y, naturalmente, de aquí se sigue que a quien no le resultan válidos semejantes
argumentos en una determinada ocasión es porque o bien no ha sabido considerarlos
debidamente o porque mediante algún autoengaño ha tratado de marginarlos; y que,
por tanto, cuando se sabe de una persona que es culpable de una grave falta no son
necesarias más pruebas para demostrar su depravación y su corrupción.
Sin embargo, en los mortales la virtud siempre se muestra insegura y variable;
algunas veces esas características se extienden a todo el ámbito del deber; en otras se
circunscriben a espacios mucho más limitados actuando tan sólo sobre escasas
manifestaciones cordiales y permitiendo que todo lo demás quede a merced de las
apetencias personales o cediendo ante sentimientos negativos. Por consiguiente nada
hay más injusto que juzgar al ser humano basándose en conocimientos u
observaciones muy someras; pues con frecuencia sucede que en aquel ser que se nos
muestra más flojo, inconsciente y disipado existe una secreta chispa de mérito que
podría ser avivada si se la cuidara acertadamente; una chispa celeste que, si bien
todavía es tenue y se encuentra obstruida, no se halla extinguida del todo, y que, por
tanto, podría convertirse en una llama fulgurante si se la cuidase y alimentase
debidamente.
Suponer que todo aquel que no sea completamente bueno deba ser considerado
como un ser irrecuperable y que, por tanto, merezca ser abandonado sin remedio es
suponer que todos somos capaces de lograr el mismo grado de excelencia; y, además,
exigir que todos logremos una perfección que, en realidad, nadie puede alcanzar. Pero
si bien es indudable el hecho de que incluso la virtud más pura tiene alguna partícula
de vicio, y que existen tantos seres dignos como indignos, eso no debe llevarnos a
concluir muy a la ligera que en el mundo se ha perdido irremediablemente toda la
bondad, por más que durante cierto tiempo tal bondad pueda encontrarse oscurecida o
abrumada. Porque hay que tener en cuenta que la mayoría de las mentes son esclavas
de las circunstancias externas y se amoldan a la mano que las diseña, se dejan llevar
por la corriente de las costumbres en la que se ven inmersas, o se doblegan ante
cualquier contratiempo que las pueda afligir.
Podemos observar esto de modo más específico en el caso de las mujeres, que
pueden ser buenas o malas según se encuentren entre quienes practican la virtud o se
entregan al vicio. Sucede que en ellas el ejemplo que ven tiene más fuerza que su
propia razón o la formación que pudieran haber tenido; tanto si se debe a que poseen
menos valor para enfrentarse a los hechos, o que su capacidad de admiración las lleva
a sacrificar sus principios ante el placer mezquino o la alabanza gratuita; lo cierto es
que, sea cual sea la causa, la bondad de la mujer raras veces se resiste ante la moda,
las lisonjas o las risas.
Por tal motivo todo ser humano debe sentirse comprometido no sólo con su
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propia conducta sino también con la conducta de los demás; del mismo modo que
debe sentirse responsable no solamente de sus negligencias o de las faltas que pueda
cometer sino también de las irregularidades y fallos que haya podido inculcar o dar
pie en el prójimo. Toda persona, sea cual sea su estado y situación, tiene, o se
esfuerza por tener, sus propios seguidores, admiradores e imitadores y, por
consiguiente, ha de tener sumo cuidado con el ejemplo que ofrece a los demás. No
sólo ha de evitar sus faltas y delitos sino también la simple apariencia de los mismos;
y no sólo ha de practicar el bien sino también fomentarlo y apoyarlo. Porque es muy
posible que debido a nuestra falta de atención inculquemos en otros faltas y errores
de los que nosotros nos hallamos libres; o que por la cobarde deserción de una causa
en la que creemos, hagamos que otros que tienen los ojos puestos en nuestro ejemplo
la abandonen; y que al carecer de una norma que les guíe en su camino se corrompan
fácilmente debido a las aberraciones del modelo que equivocadamente han podido
escoger.
MARCIAL[51]
Tal es tal la plétora de palabras y frases que suele brotar de la boca de los hombres,
que el observador superficial podría confundirse y hasta pensar que algún principio
primordial o norma fundamental de conducta han de contener y que, por tanto, es
aconsejable tenerlas presentes y conveniente regirnos por ellas. Y no obstante, basta
con atender a las acciones de tan sentenciosos filósofos para descubrir que no pocas
veces repiten sesudos aforismos porque alguna vez los oyeron en boca de otros, o
porque no tienen nada más que decir o bien porque porfían en la veneración que
frecuentemente acompaña esos ejemplos de sabiduría, sin tomarse la molestia de
reparar en las ideas asociadas a las palabras, de tal manera que, como se decía antaño
de los torpes seguidores de Aristóteles, sus almas no son otra cosa que los tubos de
un órgano, capaces de transmitir sonidos mas no de comprenderlos[52].
A esta especie pertenece la archiconocida y proverbial creencia en que «corta es
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la vida», que cualquier oyente medianamente atento alcanza a oír en boca de sus
congéneres varias veces al día, pero que, hasta donde me ha sido posible observar, a
fecha de hoy no ha dejado huella alguna en las mentalidades. Tal vez, si los lectores
tienen a bien evocar el recuerdo de sus viejas amistades, reconocerán lo difícil que les
resulta mencionar a uno solo de ellos que fuera plenamente consciente de que la vida
es corta, salvo en caso de que estuviera a punto de perderla.
Vale recordar que Horacio, en su descripción de los caracteres humanos y la
diversidad que les confiere la variada influencia del tiempo, señalaba que el hombre
provecto es dilator, spe longus[53], valga decir que es dado a procrastinar y tiende a
prolongar la esperanza lo más posible. Tan lejos estamos, por lo general, de creer en
lo que tan a menudo decimos acerca de la brevedad de la vida, que cuando la vida
irremediablemente se acorta nos dedicamos a concebir proyectos cuya ejecución
diferimos, albergar esperanzas que sólo una larga serie de acontecimientos podría
hacer realidad, y nos entregamos a pasiones sólo excusables cuando son cultivadas en
la flor de la vida.
Recientemente he vuelto a hacerme estas reflexiones, tras sostener una charla una
de estas noches con mi amigo Próspero, quien a sus cincuenta y cinco años ha
comprado una propiedad y se dispone a arreglarla y cultivarla con inusual
refinamiento. Como su mayor placer consiste en salir a pasear entre arboledas
majestuosas y guarecerse del calor del mediodía meditando a su sombra, con la
mayor seriedad del mundo se puso a soñar con el mejor diseño concebible para su
alameda y bosquecillos, y hace poco ha encargado los mejores planos a diseñadores
de Italia. Mientras tanto, ha decidido que no plantará ni cultivará nada hasta la
próxima temporada.
La vida puede írsenos de este modo, consumida en preparativos de lo que nunca
podrá ser, cuando se renuncia a actuar mientras no se hayan cumplido todos los
requisitos que nuestra imaginación sea capaz de concebir. Si el proyecto tiene por
finalidad única la satisfacción de un capricho, las consecuencias de este error serán
insignificantes, ya que la esperanza de verlo realizarse algún día y el placer que por lo
general procura son, por sí solos, mucho más satisfactorios que su plena realización,
habida cuenta que los deseos, al hacerse realidad, casi siempre nos decepcionan. Pero
cuando se trata de una empresa en la que también están implicadas otras personas, o
cuando el asunto que nos ocupa concierne la mejora o salvaguarda de la humanidad,
nada parece menos sabio o benéfico que dedicarse pertinazmente a diferir su
realización o perder de vista que la voluntad se debilita con el tiempo y, con ella,
nuestra capacidad de acción, y olvidar lo fácil que es que los proyectos concebidos a
la ligera no prosperen más allá del melancólico deseo de suponerlos ya realizados.
Insisten en decir los importunos autores bacanales que hay que vivir el presente,
disfrutar de los placeres a nuestro alcance y recordar que el futuro escapa a nuestra
voluntad.
Το ρόδον άκμάζει βαιόν χρόνονήν δέ παρέλθπ,
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Ζητών εύρήσεις ού ρόδον, αλλά βάτον[54].
La traducción del griego es del mismo Johnson: «Soon fades the rose; once past the
fragrant hour, / The loiterer finds a bramble for a Flow’r». «Pronto se marchita la
rosa: en vez de flor, espinas / descubre el que tarde a olerla se inclina». Véase Samuel
Johnson: The Complete English Poems, ed. J. D. Fleeman. Penguin Books,
Harmondsworth, 1971, p. 98.
Pero exhortaciones de esta índole sin duda convienen mejor a propósitos más
elevados. Al menos debería ser posible transmitir la idea de que es menos riesgoso
aplazar el disfrute de los placeres que el ejercicio de las virtudes, y que mucho más se
pierde al despreciar la oportunidad de hacer el bien que disfrutando de una hora de
vertiginoso jolgorio y divertido bullicio.
Cuando Baxter[55] perdió el millar de libras que había destinado a la construcción
de una escuela, no se le ocurrió nada mejor que ilustrar con su desgracia la necesidad
de mostrarse caritativos mientras nos lo permita Dios. Hasta cierto punto, se
consideraba culpable de haber dejado su buena acción en manos del azar y permitido
que su benevolencia sucumbiera a su falta de prontitud y diligencia.
Hearne[56], el sabio anticuario de Oxford, se lamentaba de que del general olvido
de la fragilidad de la vida se hubiesen contagiado los estudiosos de monumentos y
escritos, advirtiendo que su labor consiste en recolectar primero y después organizar
y extractar los documentos existentes en las bibliotecas, por lo que no es conveniente
que acumulen más de lo que sean capaces de asimilar. Al contrario, lo que sucedía es
que no paraban de buscar y transcribir y reclamar más materiales, cuando la verdad es
que estaban tan abrumados, que abandonaban su trabajo a medio camino. «Es preciso
—concluía Hearne— que el buen anticuario, como cualquier hombre de bien, tenga
siempre presente su condición mortal».
En suma, no sólo el sopor de la pereza, sino también el derroche de labores mal
encaminadas pueden conducir al olvido de la brevedad de la vida. Así como hay
hombres que pierden el tiempo holgazaneando porque piensan que ya tendrán todo el
que necesiten para enmendar su dejadez, otros se afanan en demostrar que la vida no
puede quedar ayuna de ocupaciones. Olvidan ambos que no es infrecuente que el
postrer momento le llegue por igual al negligente y al laborioso, indistintos ante la
muerte, como por igual mueren las aves abatidas en pleno vuelo y las que son
cazadas en el matorral.
Entre los muchos avances del saber humano en los últimos siglos, ciertamente
cabe señalar el cómputo exacto del valor de la vida[57]. Pero sea cual sea su valor de
cambio en esta vida, los hombres parecen haber avanzado poco en su estimación
moral. Hasta ahora les ha importado mucho más ser ricos en monedas que en
conocimiento, y estos calculadores, en vez de aplicarse el cuento, insisten en violar
las leyes de la probabilidad al predecir hasta dónde llegarán en su vejez, convencidos
de haber sido escogidos para alcanzar el más extremo margen de la humana
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existencia, mientras millares y decenas de millares bajan al sepulcro[58].
Tan arraigada está en el corazón del hombre esta falacia y tan firmemente
custodiada por la esperanza y el temor ante los embates de la razón, que ni la ciencia
ni la experiencia consiguen conmoverla, de tal suerte que nos comportamos como si
la vida no tuviese término, aunque por experiencia sepamos de su incerteza y
brevedad.
Con ardor y convicción, los teólogos han demostrado que no tiene sentido diferir
los propósitos de enmienda y contrición; es más, que es pura locura de tal modo hacer
peligrar la eternidad. Es una debilidad, proporcional siempre a la importancia del
incumplimiento, el trasladar al porvenir cualquier extremo que en el presente reclame
nuestra atención. Actuando de este modo, nos exponemos a peligros innecesarios y a
sufrir accidentes que hubiera bastado con una dosis de oportuna diligencia para
evitar, o bien a paralizar nuestras mentes con innecesarias cautelas y concebir futuros
planes que nunca podrán realizarse, toda vez que se deja pasar la oportunidad más
propicia para impulsarlos. Si cierto es que el más longevo de los hombres sólo vive
un instante, nadie debiera olvidar que no hay tiempo que perder. Los deberes se
corresponden con la duración de la vida y cada día trae los suyos, que si se
desatienden, mañana pesarán el doble. Y quien hubiere malgastado los meses y años
que debió dedicar a sus labores, recuerde que ya sólo dispone de una porción de un
todo muy disminuido, y que en esos contados instantes de vida que le quedan haría
bien en aprovechar la última oportunidad que el cielo le brinda, y de ellos ni uno solo
perder.
HORACIO[59]
A The Rambler[60].
Señor:
Quienes se arrogan la eminente función de maestros del saber, sin siquiera
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preguntarse si hay quienes estén dispuestos a someterse a su autoridad, por lo visto no
se han parado a pensar que la vida se va en menudos sucesos, charlas triviales,
negocios intrascendentes y diversiones frívolas, y por esta razón se empeñan en
inculcarnos únicamente las virtudes más tremebundas, sin dignarse a considerar todas
esas nimiedades que, por frecuentes, resulta que son importantes, y, aunque incapaces
de inspirar acciones heroicas o admirables empresas, no dejan de hacernos sentir su
influencia y el trago de la vida más o menos amargo con sus imperceptibles
insinuaciones. Su acción es tan oculta y discreta como los cambios de temperatura
que nos hacen enfermar o estar sanos: del mismo modo respiramos sin prestar
atención, y sólo reconocemos las partículas del aire por sus efectos saludables o
maléficos.
No parece usted ignorar la importancia de esos dones menores, pero hasta la
fecha no se ha cuidado de recomendar a sus lectores el buen humor. Y eso que basta
con detenerse en ello un instante para comprender que es el «bálsamo de la
existencia[61]», una cualidad sin duda responsable de la seducción que ejerce todo lo
que es bello y adorable para la humanidad. Sin buen humor, el saber y el arrojo sólo
confieren el tipo de superioridad que ostenta el león en el desierto, rugiendo en vano
y haciendo estragos sin oposición. Sin buen humor, la virtud podrá impresionar por
su dignidad y a todos deslumbrar con su brillo, pero sólo si se la contempla desde la
distancia, y difícilmente hará amistad con nadie y nadie buscará emularla.
El buen humor puede definirse como la costumbre de sentirse gratificados
quienes constante e invariablemente se muestran afables, fáciles de trato y dotados de
fino temperamento. Es fácil advertir estas cualidades cuando, al menguar la inicial
exaltación que nos procura una nueva alegría, las ideas discurren suavemente
movidas por delicados impulsos. El buen humor es un estado medianero entre el
júbilo y la despreocupación, la manifestación o emanación de la mente que busca ser
gratificada por otra.
Muchos se imaginan que para agradar hay que mostrarse alegres y manifestar el
gozo del alma haciendo alarde de ocurrencias y carcajadas. Es cierto que estas
personas son capaces de ganarse el aplauso y la admiración de sus congéneres, pero
el placer que nos procuran rara vez perdura. Podemos disfrutar de su compañía, pero
sólo por un rato, y al cabo reclamamos naturalidad y buen humor, del mismo modo
que la vista es atraída momentáneamente por el brillo de las cumbres al sol, pero no
tarda en buscar alivio, dolorida, en el verdor y las flores.
El júbilo es al buen humor lo que los aromas animales a las fragancias de la
vegetación: lo uno agobia a las mentes delicadas, mientras que lo otro las restablece y
reanima. Casi siempre duele un poco el júbilo: se han de forzar los sentidos para
seguir sus piruetas, sin lo cual se cae fácilmente en la desesperación y la rabia. El
buen humor, en cambio, nunca hace alarde de cualidades de las que sus oyentes no se
sepan dueños, y agrada sobre todo porque evita ofender.
Es sabido que la manera más segura de agradar consiste en convencer al otro de
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que es él quien nos resulta grato, animarlo a manifestarse con nosotros libre y
confiadamente, y evitar cualquier manifestación de superioridad capaz de acobardar o
acongojar. Son muchos quienes, con estas artes tan sólo, consiguen vivir rodeados de
cariño, atenciones y cortesía, y, desprovistos de cualidades o méritos extraordinarios,
su compañía es buscada por los dos sexos y sin esfuerzo hacen nuevas amistades
adonde vayan. Los preferidos por la sociedad, de hecho, son personas que casi nunca
se muestran capaces de inspirar celos o temor, así como tampoco se las considera
capaces de alcanzar una eminente reputación, porque se conforman con logros al
alcance de todos, y antes aspiran a merecer amabilidades que estimación. Por ello no
es de extrañar, en reuniones y lugares de esparcimiento, que estos personajes sean
recibidos siempre con muestras patentes de alegría, que todas las manos avancen para
saludarlos, y sin embargo, basta observar más allá de este primer intercambio de
urbanidades para constatar que no se trata de personas eminentes, y que son
bienvenidas sólo en la medida en que dan la impresión de admirar a todo el mundo y
están a la disposición de quien momentáneamente se hubiera quedado solo y
necesitara un comparsa de oyente; en suma, que se trata de personas que no
incomodan a nadie, que toleran cualquier broma a costa suya sin chistar y cualquier
discurso sin disentir, que son capaces de reír cualquier gracia y dar la razón a
cualquiera.
No escasean las personas cuya vanidad mueve a buscar la compañía de aquellos
de sus congéneres que saben incapaces de ofenderlos, y en ocasiones, hasta los sabios
y juiciosos condescienden a recibir halagos sin haber hecho el menor esfuerzo por
merecerlos, las mentes más augustas aceptan rebajarse y los hombres de acción
prefieren la quietud. Todos, por tanto, en algún momento buscan la compañía de
personas con las que es posible alternar llanamente, que sean capaces de aliviar su
soledad sin exigir a cambio atención y cautela. Nos sentimos más inclinados a
estimar cuando no tenemos nada que temer, y quien sabe hacernos sentir a gusto no
tarda en hacerse un lugar en nuestros afectos más preeminente que el que pueden
llegar a ocupar los que por su brillantez nos hacen sentir como estudiantes o quienes
con su ingenio nos roban el interés de los demás y nos dejan desatendidosy solos.
El príncipe Enrique observaba, al ver a Falstaff postrado a sus pies, que «hubiese
podido dar mejor trato a un hombre mejor[62]». Conocía a fondo los vicios y
desatinos del objeto de su pesar, pero a pesar de que su temple lo inclinaba a admirar
cualidades superiores, su corazón se dolía con el recuerdo de Falstaff, su alegre
compañero, el bufón vocinglero con el que tanto había gozado el lujo de la inacción,
a quien le debía el haber gozado alegrías sin pretensiones y, por ello mismo, a quien
podía permitirse disfrutar y despreciar.
A algunos les podrá parecer que estas descripciones no se avienen con las
alabanzas que acabo de verter sobre quienes destacan por su buen humor. Pero sin
duda convendrán conmigo que nada prueba mejor la importancia de esta cualidad que
el hecho de que vuelve interesantes a personas ayunas de cualquier otra virtud y
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procura estima a los insignificantes, amistades a los inútiles y cariño a los pesados.
La verdad es que el buen humor, por lo general, se ve degradado precisa mente por
quienes más lo disfrutan. Como se piensa que es una cualidad barata y vulgar, suelen
despreciarla quienes, tal vez por gozar de excelente reputación y notable brillo social,
se sienten autorizados a darse siempre gusto a costa de los demás y exigir obediencia,
pero nunca ofrecerla. Un malhadado error ha querido que prácticamente todos los
individuos con algún derecho a ser admirados o estimados impongan sus pretensiones
sin miramientos o consideración hacia los demás. Este defecto, movido por mi interés
y aspiración a la felicidad de todos, me he propuesto enmendar. Y es que tengo un
buen amigo que, precisamente porque conoce el valor de su fidelidad y sabe cuán útil
es, se niega a ser mi compañero, y una esposa que me conquistó con su belleza y
subyugó con su inteligencia, pero que ahora utiliza aquélla únicamente para
imponerme su tiranía y ésta para justificar su maltrato.
Sin duda nada más insensato puede haber que renunciar al deseo de agradar
cuando se es capaz de complacer, o mostrarse cruel porque se prefiere cualquier arma
salvo la del cariño. Quien de veras aspira al bienestar general ha de poner sus virtudes
al alcance de todos, para que así todos puedan apreciarlas e imitarlas. Basta con ser
consciente de las necesidades y anhelos reales y probables de los hombres para
aspirar a verse rodeado de cariño antes que ser admirado o cortejado por las propias
virtudes y poder, aunque sólo sea porque la admiración dura lo que la novedad, y el
interés se esfuma en cuanto ha alcanzado sus objetivos. Todo hombre que, dotado de
cualidades excepcionales, necesita adornarse con gracias superficiales es como un
monte pelado que esconde minas de oro en sus entrañas, y no ha de extrañar que lo
frecuenten sólo hasta que sus vetas se hayan agotado.
La sabiduría en la lectura
N. 87. Martes, 15 de enero de 1751
Invidus, iracundus, iners, vinosus, amator,
Nemo adeo ferus est, ut non mitescere possit,
Si modo culturae patientem commodet aurem.
HORACIO[63]
Harto sabido es que pocas cosas hay tan generosamente compartidas —y, dicho sea
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de paso, despilfarradas inútilmente— como los buenos consejos. Abundan las
sesudas explicaciones que dan cuenta de este motivo de aflicción tanto como los
remedios a este mal, y qué duda cabe que sea tal un noble empeño, siendo así que la
felicidad del hombre sería completa si se aviniera a hacer lo correcto cuando se lo
aconsejan.
El desprecio enfermizo a los más sanos preceptos y la obstinada renuencia a los
argumentos más persuasivos son atribuidos generalmente a quien recibe buenos
consejos, y en estos casos suele decirse que es señal indefectible de perversión
cuando, a pesar de haberlos recibido, la conducta no se enmienda.
Por otro lado, se creen más astutos y agudos quienes atribuyen la ineficacia de los
consejos precisamente al que los da, y por ello se han formulado normas para
garantizar que este importante deber pueda cumplirse exitosamente. Así, se nos
instruye sobre las circunstancias más idóneas para que el corazón se abra a la verdad
y la razón y se nos dice qué debemos hacer para administrar o de qué manera
disimular «el remedio catártico para el alma[64]». Y sin embargo, a pesar de tan
sofisticadas fórmulas, el mundo sigue igual que siempre: se siguen dando y
recibiendo consejos con pareja aversión, y por lo visto esta medicina no ha perdido
nada de su amargor ni las diferentes fórmulas magistrales utilizadas en su preparación
han conseguido hacerla más eficaz.
Basta con ver cómo actúan quienes se arrogan la tarea de dirigir la conducta ajena
para comprender por qué, por más que pongan todo su entusiasmo y cuidado en ello,
suelen fracasar en su empeño. ¿En qué consisten exactamente sus consejos? En un
puñado de máximas generales, enfáticamente impuestas o inculcadas
inoportunamente, condenadas a fracasar por carecer de referencias prácticas y
aplicación inmediata.
No abundan los hombres que conozcan a otros tan a fondo como para que sus
lecciones sean de alguna utilidad. Si ni siquiera somos siempre conscientes de las
razones que realmente motivan nuestras acciones, y cuando sí lo somos, lo primero
que procuramos hacer es ocultarlas, sobre todo para que no puedan ser descubiertas
por aquellos que, por ejercer más poder o ser más sagaces, pudieran inmiscuirse en
nuestras vidas. Por ello es más que probable que quien se empeñe en curar las
dolencias de nuestro entendimiento las atribuya a causas erróneas y sus recetas
resulten inútiles, ya que desconoce cuál de nuestras pasiones o deseos está enfermo.
Como siempre revisten apariencia de superioridad, incluso cuando son necesarios
o sensatos, los consejos rara vez implican generosidad, y por esta razón nadie se
resiste a la tentación de aconsejar al prójimo. El ejercicio de la sabiduría y la virtud es
el modo más arduo de conquistar dignidad y renombre; por el contrario, cuando el
ascenso a una mayor dignidad sólo depende de la capacidad para detectar en otros
errores y disparates, no hay quien se resista al llamado de la fama y se conforme con
un segundo plano.
Τentanda via est, qua me quoque possim
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Tollere humo, victorque virum volitare per ora[65].
La vanidad es tan a menudo el motor de los consejos, que casi siempre nuestra
primera reacción es rechazarlos, sin siquiera preguntarnos si son acertados o no.
Basta con sospechar que nuestro consejero se crece a expensas nuestras y nos impone
su autoridad sin nuestro permiso para que muchos prefieran sufrir las consecuencias
de sus propios errores, antes que la insolencia de su probable salvador.
Rara vez, en verdad, saben los hombres disfrutar de sus privilegios con la
moderación que la incertidumbre de la fortuna tan a las claras recomienda. Y es por
eso mismo que no está nunca de más precaverse de las actitudes arrogantes o
despectivas a la hora de dar consejos, no vaya a ser que haya que lamentar después el
rechazo con el que fueron recibidos. No está de más, en efecto, pero quien quiera
darlos haría mal en deducir de ello que en todos los casos mejor haría en abstenerse,
por la sencilla razón de que es muy difícil saber si las buenas palabras dichas con la
mayor humildad bastarán para prevenir el rencor. Y es que en casi todos los casos, ni
la más extremada prudencia puede impedir o evitar el malestar y la furia que en los
perezosos, los incapaces y los inútiles es capaz de desatar el consejo dado por
personas superiores y más competentes. Basta con elogiar la modestia para que ésta
se convierta en blanco de envidias, y hay seres que tan fácilmente desprecian la
inferioridad de sus congéneres que su gratitud más bien parece una forma de
venganza, y que cuando devuelven un favor recibido lo hacen no porque siempre
recompensar sea un placer, sino porque no soportan quedar en deuda.
Quienes llegan a estos extremos de indignidad moral posiblemente no sean
legión, pero hay que saber que también escasean los que, libres de toda vanidad, no
dan muestras de estar encantados con su propia magnanimidad cuando dictan sus
reglas a quienes acceden a oírlos, como tampoco abundan los discípulos que, a pesar
de sentirse encantados de recibir las instrucciones que les son prodigadas con cariño y
delicadeza o deseosos de emanciparse de su pupilaje, se resistan a discutir los
consejos del maestro.
Si no me equivoco, creo que era Alfonso de Aragón quien tenía por máxima que
«los mejores consejeros son los muertos[66]». La tumba acaba con lisonjas y engaños,
y las enseñanzas que transmiten los libros están libres de intereses, temores o
ambiciones. Por lo mismo, los muertos son los mejores maestros, y sus enseñanzas
son recibidas con veneración y paciencia. Estamos bien dispuestos a conceder más
sabiduría de la que tenemos a quien nos beneficia con su ciencia, a condición de que
no sea un rival o adversario peligroso, y al que nos ilumine con su experiencia,
siempre que su luz no dañe nuestras pupilas con su brillo insolente.
Leer un libro, esté muerto o vivo su autor, nos evita la irritabilidad y hostilidad
que puede despertar en nosotros una simple charla. El autor no está en condiciones de
imponer consejos no solicitados, y por lo general no se le supone la maligna intención
de ofender a sus lectores con su ciencia o su ingenio. Y sin embargo, tan arraigado
está el hábito de compararnos con quien se ponga al alcance de nuestras pasiones que
[Link] - Página 65
casi nunca somos imparciales ante un libro, a menos que su autor nos sea tan ajeno
que el hecho de que esté vivo o muerto nos resulte indiferente. Obviamente, son
muchos los libros que leemos, y detenidamente además, casi sin que surtan ningún
efecto, y somos capaces de aprender minuciosamente de memoria máximas de
cautela sin que surtan el menor efecto en nuestra conducta. De la masa de lectores
que se pasa la vida hojeando libros, muy pocos son los que leen para ser más sabios o
mejores, que busquen en ellos motivos para enmendarse o quieran ajustar su conducta
a los axiomas de justicia que contienen. Más bien leen porque esperan pasar unas
cuantas horas cuando no se les ocurre nada mejor que hacer, porque aspiran a
granjearse o conservar el respeto que siempre se ha tributado al conocimiento, o
simplemente para satisfacer su curiosidad con datos que, como si fueran tesoros
enterrados y olvidados, no son de ninguna utilidad ni para ellos ni para nadie más.
«Hay sacerdotes dice un autor francés capaces de pasarse una hora entera
explicando e instando a seguir un determinado precepto de su religión, y que, sin
embargo, se muestran insensibles a sus propias palabras, porque lo único que los
mueve es la obligación de llenar esa hora de su tiempo[67]». Asimismo, hay
estudiantes que fácilmente pasan toda su vida comparando a teólogos y moralistas,
sin que les importe lo más mínimo la moral o la religión; puede que aprendan a
razonar, pero no a vivir, atentos únicamente a la elegancia de un estilo, la precisión de
un argumento o la corrección de un método. Incluso pueden llegar a ser capaces de
debatir razonadamente y discurrir con sutileza, mientras la finalidad última de los
libros que han estudiado permanece intacta, su mente inalterable y su vida sin
enmienda. Pero por más veces que la verdad y la virtud sucumban ante el orgullo, la
terquedad o la insensatez, ello no nos autoriza a descuidarlas. Quien se sabe dueño de
armas nunca antes empleadas puede agitarlas para conquistar los corazones que no
han cedido ante otros expedientes. Todo hombre genial conoce maneras de llamar la
atención que le son propias y que, aplicadas honestamente, pueden beneficiar a la
humanidad. Los argumentos a favor de una vida sana no surten el efecto deseable, no
porque sean analizados y refutados, sino porque son descuidados sin más. Al que
sostenía Tulio —a saber, que si el semblante de la Virtud pudiera verse, enamoraría a
todos[68]—, cabría añadir este otro: que si la Verdad pudiera hablar, todos la
acatarían.
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N. 106. Sábado, 23 de marzo de 1751
Opinionum commenta delet dies, naturaejudicia confirmat.
CICERÓN[69]
Para que surta efecto el halago, es necesario que se ajuste a precisas circunstancias y
personalidades y alcance ese lugar del corazón donde las pasiones son más receptivas
a sus efectos. Rara vez atiende una dama elogios a otra cosa que su belleza; el
comerciante siempre aspira a que se alaben la influencia que ejerce en los bancos, la
importancia de su negocio en el mercado, la solidez de su crédito y el alcance de sus
operaciones. Asimismo, los escritores no se darán por satisfechos si no se añade
alguna que otra queja sobre el abandono de la enseñanza, la ojeriza contra los genios
y el lento reconocimiento del mérito, o bien el ocasional elogio de la magnanimidad
de la que hacen gala quienes reciben pobreza y desprecio a cambio de su entrega a la
causa del saber y han de fiar la recompensa de sus esfuerzos al agradecido juicio de la
posteridad.
Augurarse mutuamente imperecederos laureles y reputación inmortal es el
convenido intercambio de cortesías entre escritores amigos. Aunque levantar
«monumentos más duraderos que el bronce y más altos que las pirámides[70]». ha
sido desde siempre el alarde más frecuente de la literatura, lo cierto es que la mayoría
de los incontables arquitectos que se erigen columnas en su propio nombre están
condenados, bien por faltarles materiales duraderos o por no saber trabajarlos, a ver
cómo sus construcciones se vienen abajo antes de haberlas completado, y aquellas
que ocasionalmente despiertan la curiosidad, por lo general reposan sobre bases tan
endebles que acaban hundiéndose en las arenas del tiempo.
Si algún lugar hay que ofrezca la más llamativa prueba de la vanidad de las
esperanzas humanas, no puede ser otro que una biblioteca pública. Sus paredes
enteramente tapizadas de gruesos volúmenes, fruto de laboriosas meditaciones y
minuciosas investigaciones, hoy reflejadas únicamente en los catálogos y
conservadas sólo para ornato del pomposo saber, ¿quién sabría contemplarlos sin
pensar en las horas perdidas en empeños vanos, en fantasías de postrer
reconocimiento, en innumerables estatuas que sólo admiró el ojo de la vanidad, en
pasiones laudatorias de seguidores y regocijo por la eterna desgracia de los
adversarios? ¿A quién no le evocará el regodeo del dogmatismo en el creciente
avance de su autoridad, sus inmutables principios y poder perpetuo?
Non unquam dedit
Documenta fors majora, quàm fragili loco
Starent supervi[71].
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hacer o su arte, sino a la tendenciosidad de tal o cual facción, la astucia de intrigantes
o el servilismo de aduladores.
Abundan los personajes cuyas obras son hoy perfectamente desconocidas y que,
sin embargo, fueron adulados por sus contemporáneos, quienes vieron en ellos
auténticos oráculos de su época y legisladores de su ciencia. Nada más natural que
despierten curiosidad en nosotros, pero cuando al fin conseguimos hacernos con uno
de sus libros, casi nunca su lectura nos recompensa por nuestra laboriosa búsqueda.
Todas las épocas han producido esas burbujas de fama postiza, que el soplo de la
moda levanta brevemente, mas no tardan en estallar y desvanecerse. Los sabios
deploran la pérdida de autores antiguos cuyo renombre ha sobrevivido pero no sus
obras, y sin embargo es inevitable sospechar que, si las halláramos, tal vez
descubriríamos en ellas el equivalente de los Granville, Montagu, Stepney o
Sheffield[72] de su época y nos preguntaríamos qué capricho del azar fue responsable
de su popularidad.
Por otra parte, tampoco es posible desconocer que muchos autores que sería
injusto mezclar con tan despreciable masa han sido olvidados. Los diferentes tipos de
celebridad literaria dependen de la manera de proyectarse la reputación de sus autores
en el tiempo. Hay autores que florecen exuberantemente en muy poco tiempo y que
con la misma rapidez se marchitan y mueren, mientras que otros maduran más
lentamente, pero son asimismo más duraderos. En el Parnaso hay flores de pasajera
fragancia, y asimismo robles de vertiginoso porte y laureles eternamente verdes.
Entre los escritores cuya reputación no sobrevivió a su pasajera exuberancia se
hallan los que han sabido sacar provecho de asuntos y tendencias que agitan las
pasiones del momento y atraen la atención de todos. No es difícil tener lectores
cuando se debaten temas que todos quieren elucidar y que están en plaza pública al
punto de dividir las naciones en facciones, o cuando se afea la conducta o ensalza las
virtudes de quienes han conseguido, por su notoriedad pública, hacer de todos amigos
o enemigos. Las obras de este tipo circulan fácilmente, movidas por el viento del
interés o la vanidad, porque dan al opositor materia de reflexión, al fanático alimento
para sus obsesiones y a cualquiera la posibilidad de enterarse de los temas que todos
debaten tan violenta y variadamente.
No es fácil hacerse una idea de la infinidad de intereses que concurren en la
difusión de las polémicas ni de las ingentes masas que se suponen interesadas por las
sátiras o panegíricos de autores eminentes. Quien alguna vez los haya traído a
colación, bien para denostarlos o ensalzarlos, o el que haya manifestado afición o
desapego por sus seguidores, sabe que para ver confirmadas sus opiniones o
defendida su postura, lo único que ha de hacer es hojear cualquier periódico que
pueda suponer animado por sus mismos intereses. Así como cualquier objeto, por
pequeño que sea, si es acercado a los ojos del observador, atrae toda la luz ambiente,
del mismo modo cualquier discusión, por trivial que sea, adquiere importancia con
sólo ser llevada a ocupar el centro de nuestra atención. Quien hoy eche una ojeada a
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los panfletos políticos de cualquier gobierno del pasado no podrá sino maravillarse de
que tuvieran tantos lectores y fueran objeto de tan vehementes elogios. Muchos de los
sucesos que fueron capaces de encender pasiones y sembrar la confusión en el reino,
hoy apenas llaman la atención del crítico distante, y asimismo no ha de pasar mucho
tiempo antes que las palabras de nuestros más conspicuos escribidores reciban el
mismo tratamiento despreciativo. Con el mismo impulso con que los expertos en
temas pasajeros son encumbrados por encima de sus méritos, posteriormente son
rebajados en consecuencia, y ni la más elegante o brillante prosa ni las más hábiles
sutilezas del razonamiento pueden aspirar a ganar la admiración de unos lectores a los
que ha dejado de mover la curiosidad o el orgullo.
De hecho, el destino de los polemistas, aun de los que sostienen verdades
filosóficas o teológicas, es la oscuridad o el desprecio. Bien porque la materia
debatida entre tanto haya sido resuelta y no dé lugar a más dudas y argumentos, o
porque la humanidad haya perdido la esperanza de comprenderla y, harta de
controversias, se conforme con su plácida ignorancia y no quiera verse arrastrada a
fatigosas contiendas de las que no podrá derivar discernimiento ni luces. Los
responsables de nuevos descubrimientos ciertamente pueden aspirar a formar parte
del cenáculo de autores cuyas obras serán respetadas y admiradas. Y no obstante, a
menudo sucede que la difusión de una doctrina tenga más impacto que los libros que
la contienen. Cuando un principio ha sido universalmente recibido y es considerado
incontrovertible, rara vez nos detenemos a indagar en los argumentos que por primera
vez permitieron establecerlo, y aún más raro es que seamos capaces de someternos a
las tediosas deducciones y recorrer las multiplicidad de datos que su autor hubo de
compilar para superar el escollo de los prejuicios y subsanar la fragilidad de su
novedosa idea ante los embates de la terca envidia. No es necesario decir lo mucho
que nuestras ideas filosóficas deben al descubrimiento por Boyle de las cualidades
del aire[73], pero es obvio que la mayoría de quienes hoy siguen sus teorías o
profundizan en ellas no han estudiado detalladamente todos y cada uno de sus
experimentos. El nombre de Boyle, qué duda cabe, es venerado, y sin embargo sus
obras son desatendidas. Nos conformamos con saber que triunfó ante sus opositores,
sin que nos importen los argumentos que fueron esgrimidos en su contra ni las
pruebas que permitieron refutarlos.
Algunos autores se dedican al estudio de materias ilimitadas e inagotables, como
el conocimiento experimental y la filosofía natural. Sus obras quedan enterradas en
las sucesivas compilaciones de estas disciplinas, a medida que se producen nuevos
avances y las anteriores observaciones se vuelven familiares. Otros, los que dedican
toda su vida a analizar el lenguaje o explicar antigüedades, sólo dan pasto a
lexicógrafos y comentaristas en sus propias obras, y a su vez éstas son arrastradas por
las de posteriores compiladores, que, como antes hicieron ellos, también destruyen la
memoria de sus predecesores con sus amplificaciones, transposiciones y síntesis.
Todo nuevo sistema de la naturaleza da lugar a una multitud de exégetas, cuya
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función consiste en explicarlo e ilustrarlo, y que no pueden aspirar a sobrevivir más
tiempo que el que dure la reputación del fundador de su secta.
La verdad es que escasean las obras con las que un autor, por más erudito o
brillante que sea, puede aspirar a asentar duraderamente su fama. El estudioso de la
naturaleza humana capaz de describirla correctamente tiene, sin embargo, más
razones que otros de nutrir tal ambición. De las muchas razones por las que merecía
aspirar a la fama póstuma, Bacon parece haberse conformado con las que le
brindaron sus ensayos, «que llegan directamente al corazón y los asuntos de los
hombres», razón por la cual, como él mismo reconocía, se permitió suponer que
«vivirán mientras haya lectores[74]». Con todo, cabe pensar que las mentes honestas y
benévolas, aunque su notoriedad no alcance cotas comparables, se conformarán con
saber que han sido útiles, e incluso que quien aspira a más altas recompensas no
permitirá que la ansiosa búsqueda de la notoriedad le haga desatender los deberes que
la Providencia le haya asignado.
JUVENAL[75]
El poder y el rango halagan y deleitan tanto que, a pesar de las tentaciones que
conllevan y los peligros a los que exponen, no hay casi virtud, por precavida que sea,
o prudencia, por mucho que desconfíe, que se permita rechazarlos. Incluso los
hombres más respetuosos de la legalidad prefieren que se piense que su conducta está
dictada, no por el temor, sino por su propia voluntad, y aparentan sumisión más que
obediencia a las leyes. Nos complacemos en ignorar las fronteras que no podemos
cruzar, y como observaba el satírico romano, quien no tiene poder para acabar con la
vida de otros, sin embargo se alegra de tenerla en sus manos[76].
El mismo principio, que con el tiempo degenera y se corrompe, preside el deseo
de investir a la autoridad legítima con el atributo del terror y la capacidad de gobernar
por la fuerza en vez de la persuasión. Y como el orgullo se resiste a aceptar otras
razones que las que dicta la propia voluntad, por ello mismo es capaz de imponer las
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medidas más sensatas recurriendo a violencias y sanciones, antes que rebajar la
dignidad del mando a debates y razonamientos.
No parece exagerado sospechar que semejantes muestras de arrogancia política
hayan podido ocasionalmente infiltrarse en las asambleas legislativas y mezclarse con
debates sobre la propiedad y la vida. Una rápida ojeada a las leyes que instauran
medidas de justicia vengativas y coercitivas permite descubrir tal cúmulo de
desproporciones entre crímenes y castigos, tan caprichosos distingos en las
definiciones de las culpas y tanta confusión entre negligencia y severidad, que cuesta
creer que estos documentos sean el reflejo de una sabiduría oficial que aspira sincera
y sosegadamente a establecer el bienestar público.
El sabio, juicioso y piadoso Boerhaave[77] decía que no era capaz de ver a un
criminal conducido al cadalso sin preguntarse: «¿Quién puede decir que ese hombre
no es menos culpable que yo?». La próxima vez que las cárceles de esta ciudad
vacíen su contenido en el cementerio, que quienes asistan al espectáculo de tan
horrenda procesión se hagan la misma pregunta con el corazón en la mano. Bien
pocos de los que asisten en masa a estas masacres legales y se asoman con
indiferencia, o tal vez con júbilo, a la más profunda sima de la miseria humana que
revelan serían después capaces de repetir la experiencia sin sentirse horrorizados y
abatidos. Y es que, ¿quién puede jactarse de no haber cometido nunca actos no más
perjudiciales para la paz y prosperidad de todos que el robo de una simple moneda?
Cuando una determinada forma de latrocinio se extiende hasta convertirse en la
regla, se ha buscado siempre suprimirla mediante la adopción de penas capitales.
Pero el resultado es que si se logra eliminar a los malhechores por una generación,
sus sucesores aprenden la lección y conciben nuevas fórmulas de delinquir. El arte de
robar se dota así de una mayor variedad de añagazas y se refina con la adquisición de
más sutiles destrezas y métodos más solapados de ejecución. La justicia vuelve
entonces a perseguir los nuevos crímenes con más saña y a combatirlos con la
muerte. Esta tendencia conduce a la multiplicación de las penas capitales, hasta
conseguir que crímenes muy dispares en importancia sean por igual sometidos al
castigo más severo que los hombres son capaces de imponer a sus congéneres.
El legislador sin duda está autorizado a valorar el grado de malignidad de los
delitos, no sólo atendiendo a las pérdidas o el dolor que cada uno de ellos pueda
infligir, sino también a la alarma y preocupación pública que desata el temor al
crimen y a la pérdida de bienes. En este sentido, no hace otra cosa que ejercer el
derecho que toda sociedad se supone capacitada para ejercer sobre la vida de sus
miembros, no sólo a la hora de castigar cualquier transgresión, sino para mantener el
orden y preservar la paz. Las leyes que aplica con más dureza son las más expuestas a
ser violadas, del mismo modo que el comandante de una guarnición redobla las
guardias en los flancos más expuestos al enemigo.
Este método se aplica desde hace mucho tiempo, pero con tan poco éxito que los
saqueos y las violencias van en aumento. Sin embargo, pocos parecen dispuestos a
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reconocer su ineficacia. Antes bien, entre quienes se dedican a especular sobre el
actual estado de corrupción del pueblo, hay quienes proponen la adopción de castigos
aún más horribles, permanentes y desmesurados; otros prefieren que se acorte el
plazo de las ejecuciones; los terceros, que los indultos sean más difíciles de otorgar. Y
en general, todos parecen pensar que la lenidad ha dado alas a la maldad y que sólo
podremos librarnos de la amenaza de los ladrones aplicándoles el rigor más inflexible
y la justicia más sanguinaria.
No obstante, y puesto que el derecho de asignar a la vida un valor incierto y
arbitrario ha sido puesto en tela de juicio, y dado que la experiencia de otras épocas
nos deja pocas razones para esperar que el crimen pueda reformarse gracias a las
periódicas hecatombes de nuestros semejantes, tal vez no sea baladí estudiar las
consecuencias que pudieran derivarse de un relajamiento de las leyes y una más
racional y equilibrada adaptación de las penas a los delitos.
La muerte, como observaba un autor antiguo, es «de las cosas más horrendas, la
más horrenda[78]»: un mal de tal índole, que nadie en el mundo puede amenazar con
superarlo, y más allá del cual nadie puede temer asechanza alguna de sus enemigos o
adversarios. El terror de la muerte, por tanto, las autoridades han de reservárselo
como último expediente, por ser la más áspera y eficaz de las sanciones, y ponerlo a
custodiar el tesoro de la vida como advertencia de que lo hurtado, en este caso, jamás
podrá ser restituido. Pero igualar el robo y el homicidio equivale a rebajar el
homicidio a robo, sembrar en las mentes vulgares la confusión entre grados de
iniquidad, e incitar a cometer un crimen más grande para prevenir el castigo de otro
mucho menor. Si sólo el asesinato mereciera ser castigado con la muerte, muchos
ladrones sin duda dejarían de mancharse de sangre las manos; pero si resulta que no
se exponen a ningún otro peligro por este acto de crueldad y aun pueden aspirar a
cierto grado de impunidad, ¿cómo disuadirlos?
Podrá aducirse que las sentencias generalmente son rebajadas a simple hurto, pero
con ello se está confesando que tenemos leyes, al parecer, insensatas. De hecho,
cualquiera puede advertir que, salvo los asesinos, todos los criminales pueden
prevalerse, llegada la hora, de contar con la venia del género humano.
El convencimiento de que el castigo no se corresponde al delito explica las
frecuentes peticiones de indulto. A quienes más favorables se muestran al castigo del
robo les escandaliza, sin embargo, que el ladrón pueda ser ajusticiado. Comparado
con su tormento, el crimen parece baladí, y el ejercicio de la piedad arruina en este
caso la voluntad de castigo.
La horca, en efecto, es un efectivo antídoto contra la propagación del crimen por
el ajusticiado; pero su muerte no parece que contribuya a corregir la conducta de sus
colegas más efectivamente que cualquier otro método de aislamiento. El ladrón no
dedica mucho tiempo que digamos a aprender de pasadas experiencias o prevenirlas,
más bien se apresura a pasar del robo a la insurrección; y cuando la tumba ha
engullido a su cómplice, su primera preocupación es buscarse otro.
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La frecuencia con la que se aplica la pena capital, por tanto, rara vez previene la
comisión de delitos; en cambio, por lo general contribuye, como es de suponer, a
impedir que sean detectados. Es principalmente esta razón, y en aplicación del sano
principio de prudencia, la que debiera dictarnos la conveniencia de evitarla. Ya
pueden argumentar en contra casuistas y políticos, lo cierto es que la mayoría de los
seres humanos, incapaces como son de comprender que robar lo ajeno y hundir un
puñal en el pecho son dos actividades igualmente criminales, difícilmente podrán
aceptar que malhechores tan diferentemente culpables sean justamente merecedores
del mismo castigo. Por no decir nada del hecho de que la imperiosa necesidad de
someter las conciencias a leyes humanas tan claramente manifiestas y expuestas y
generalmente aceptadas jamás podrá evitar que las almas piadosas, sensibles y justas
vacilen a la hora de sumarse a la colectividad para aprobar acciones que su
conciencia íntima reprueba.
Quien ignore que las leyes más severas por lo general conducen a la más
completa impunidad, quien no sepa que innumerables son los crímenes ocultados y
olvidados para evitar que los infractores caigan en ese estado en el que de nada sirve
el arrepentimiento, no puede decirse que conozca la naturaleza humana. Y si quienes
fácilmente confunden crueldad y firmeza prefieren tachar esta postura compasiva y
censurarla y despreciarla, sólo diré que no imagino un solo hombre de bien que no
prefiriera atenuarla o reducir su alcance.
Si los condenados a muerte por la sabiduría de nuestras leyes hubiesen sido
descubiertos cuando apenas comenzaban a ejercer los rudimentos del latrocinio, les
habría sido posible, gracias a la aplicación de sanciones adecuadas y la ejecución de
trabajos de utilidad, desembarazarse de sus malos hábitos, evitar la tentación de
nuevos crímenes y pasar el resto de sus días enmendándose y haciendo penitencia. Y
lo cierto es que les sería perfectamente posible reparar sus errores a tiempo, para lo
cual tan sólo hubiese bastado con que los agentes de la justicia admitieran esa
posibilidad. No creo estar muy errado al decir que cualquier ladrón podría confesar
que más de una vez ha sido arrestado y su caso desestimado, y que si se atrevió
alguna vez a cometer algún crimen capital, fue porque sabía que sus víctimas
preferirían con mucho hacer la vista gorda que ofuscarse con la horrenda perspectiva
de la muerte.
Cierto es que toda ley que persiga la maldad será inútil si no va acompañada de la
obligación de instruir y el deber de procesar, pero no lo es menos que mientras no
atenuemos las sanciones que castigan las simples violaciones de la propiedad, toda
instrucción resultará odiosa y cualquier acción procesal infundirá terror. El corazón
del hombre justo retrocede espantado ante la idea de castigar una falta leve con la
muerte, sobre todo cuando tiene presente que el delincuente hubiese podido librarse
fácilmente del castigo con sólo incurrir en alguna otra falta, que sólo un resto de
virtud le ha impedido cometer.
El deber de asistir a la justicia en su ejercicio no puede contemplar excepciones,
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pero existe un deber aún más perentorio: el de proteger la vida. Rara vez es
denunciado el castigo excesivamente severo y contrario a nuestros ideales de justa
retribución. Impotentes vemos cómo multitudes cometen crimen tras crimen hasta
merecer la muerte, y sin embargo sabemos que si hubiesen sido arrestados y
condenados mucho antes, la muerte les habría sido impuesta antes de merecerla.
La idea de que la justicia puede fortalecerse a punta de absoluciones y la maldad
ser extirpada mostrándose indulgente con ella está tan alejada de la realidad, que
lógicamente habría dudado en ventilarla ante el público si sólo pudiera sustentarla en
mis propias observaciones. Pero como el autor de tal idea no es otro que Sir Thomas
More[79], me he permitido exponerla e ilustrarla con la seriedad que la prudencia, la
justicia y la misericordia siempre me han parecido merecer.
La necesidad de iniciativa
N. 129. Martes, 11 de junio de 1751
Audi,
Nunc o nunc, Daedale, dixit
Materiam, qua sis ingeniosos, habes.
Possidet et terras, et possidet aequora Minos:
Nec tellus nostrae, nec patet onda fugae.
Restat iter caelio: coelo temptabimus ire.
Da veniam coepto, Iupiter alte, meo.
OVIDIO[80]
Los moralistas, al igual que otros escritores, en lugar de fijarse en el mundo viviente,
y esforzarse en dar forma a máximas prácticas y nuevos hallazgos teóricos, satisfacen
su curiosidad con esa clase de conocimiento secundario que proporcionan los libros;
y creen oportuno respetar mediante nuevas fórmulas los sistemas tradicionales, o bien
dar una nueva visión a los principios ya establecidos. Los sabios preceptos de los
primeros instructores del mundo se han transmitido a través del tiempo con pocas
variaciones, repitiéndose siempre de un autor a otro y perdiendo en el camino parte
de su fuerza y energía originales.
Ignoro si existe otra razón que no sea la pereza que sostiene este tipo de imitación
a la que pueda atribuirse esta visión parcial tan uniforme y constante que ha
permitido evitar la censura de ciertos vicios, y la necesidad de recomendar
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determinadas virtudes. Tampoco he logrado descubrir por qué tan sólo se nos ha
precavido del peligro que entrañan para nosotros ciertos enemigos, mientras que otros
nos han estado dañando sin que lo sepamos; por último tampoco sé por qué tenemos
muy bien protegida una parte de nuestro corazón, mientras que tenemos otra que
permanece abierta de par en par a las incursiones del error y a las artimañas del vicio.
Entre los temas favoritos de los preceptos morales, son numerosos los descalabros
a los que nos conduce una temeridad imprudente, y la locura de intentar empresas que
están más allá de nuestras fuerzas. Todos los libros de los filósofos están plagados de
ejemplos de una temeridad que solamente sirvió para hundir bajo su peso a quienes la
intentaron y para atraer a un enemigo que la destruyó por completo.
Los comentarios que se hacen a este respecto resultan demasiado apropiados para
poder discutirse y demasiado benéficos para que puedan ser rechazados; pero de igual
modo existe cierto peligro en la inculcación de una prudencia timorata que llega a
reprimir toda muestra de valentía, dejando a la mente anquilosada en una inactividad
perenne a causa de la influencia de esta sabiduría congelada.
Todo ser humano debe sopesar cuidadosamente sus fuerzas a la hora de iniciar
una empresa; porque no debiéramos limitarnos a vivir exclusivamente para lograr
nuestro propio bien, ni evitar todo peligro o dificultad por los riesgos y daños que
pueda causarnos. Por el contrario, se nos pide que no nos apartemos de las vicisitudes
que nos presente la vida, por considerarlas inapropiadas y peligrosas, y que haciendo
un adecuado uso de nuestras capacidades podamos ser más útiles a los demás.
Existe un desprecio irracional del peligro que nos acerca en ocasiones a lo que se
considera la locura, cuando no a la culpa, del suicidio; hay una serie de
planteamientos ridículos y contumaces que se ven castigados con el marchamo de la
ignominia y del reproche. Pero en las vastas regiones de la probabilidad, que
constituyen el auténtico ámbito de la prudencia y de la elección, siempre existe lugar
para desviarse hacia los dos lados de la rectitud sin que ello implique un aparente
absurdo. Y de acuerdo con las inclinaciones de la naturaleza, o con la impronta de los
preceptos, tanto el individuo osado como el cauteloso pueden moverse en diferentes
direcciones sin que, en ningún caso, se lancen bien sea a la temeridad o a la cobardía.
Es de todos conocido que existe un camino intermedio, que todo hombre tiene el
deber de encontrar y de seguir; pero asimismo es sabido que esta senda intermedia es
tan estrecha que no resulta fácil descubrirla, y tan poco transitada que no han quedado
señales que marquen su tránsito y faciliten su andadura. Por tal motivo, los que sirven
de guía y conducen a otros por esa senda se preocupan de que no se desvíen del
camino y marchen siempre por la senda de la seguridad.
Tampoco cabe la menor duda de que la temeridad ha sido siempre motivo de
censura, puesto que al constituir uno de los vicios que pocos cometen, muchos son
los que están dispuestos a condenarla. En el fondo es el vicio de las mentes nobles y
generosas, la exuberancia de la magnanimidad y la ebullición del genio. Por
consiguiente, no se la ve con muy buenos ojos ya que nunca nos halaga con la
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apariencia de la blandura y de la estupidez, características comúnmente necesarias
para conciliar la compasión. Pero si se aplicase la misma atención a la búsqueda de
argumentos contra la locura de presuponer imposibilidades y anticipar frustraciones
no sé si serían muchos los que no habrían preconizado su utilidad; y que tras
enseñarles a confundir la prudencia con la timidez jamás se aventuraran a superarla, a
menos que cayeran en un desafortunado error.
Es necesario saber distinguir entre nuestro propio interés y el de los demás, y que
tal distinción nos sirva para establecer los justos límites de la precaución y de un
posible afán de aventuras. En una empresa que involucra la felicidad, o la seguridad
de muchos, no tenemos derecho a poner en peligro más de lo que está permitido a
aquellos que participan en el peligro; pero cuando solamente somos nosotros los que
correremos con el posible contratiempo, no hemos de ceñirnos a límites tan
mezquinos. Y todavía es menor el reproche que se puede hacer a la temeridad,
cuando son muchos los que pueden beneficiarse por el éxito de la empresa y tan sólo
hay uno que se sienta molesto por su fracaso.
A los seres humanos les complace oír preceptos que les resultan fáciles de
cumplir. Y no nos recatamos en confesar que, dado que no suele producirse
resentimiento alguno ante las manifestaciones de la humana locura, incluso aquellos
que se muestran más celosos de su reputación ignoran su propia debilidad y, por
consiguiente, presumen con frecuencia de intentar lo que jamás podrán cumplir. Pero,
de igual modo, sería conveniente recordar que el hombre no debe ignorar sus
capacidades, y que tal vez pueda llevar a cabo mil empresas que sólo los prejuicios
que entraña la cobardía pueden impedirle acometer.
Podemos leer en los dorados versos de Pitágoras que «el poder jamás está lejos de
la necesidad[81]». La fortaleza de la mente humana no tarda en aparecer cuando ya no
hay lugar para la duda y la incertidumbre, o bien cuando la falta de confianza en uno
mismo se ve contrarrestada por un sentimiento de valentía, o tal vez se supera por una
pasión irresistible. No tardamos en descubrir entonces que esa dificultad es, para la
mayoría de los humanos, la hija dilecta de la ociosidad; que los obstáculos que
creemos encontrar en nuestro camino no son más que meros fantasmas a los que
consideramos reales porque no nos atrevemos a mirarlos cara a cara. Es entonces
cuando aprendemos que es imprescindible la experiencia para saber valorar la
resistencia de la verdadera constancia, o los logros de la auténtica perseverancia.
Pero sea cual fuere el placer que se pueda hallar cuando el saber o el valor logran
profundizar en la aflicción, pocos son aquellos que se convencen de que, ya sea por la
vía de la necesidad o por la del miedo, poseen una auténtica capacidad para la acción.
Así pues, debemos fortalecer nuestros valores mediante el ejercicio de la razón y de
la reflexión, y estar dispuestos a ejercitar esa fortaleza interior antes de que las
situaciones externas nos pongan a prueba y llegue el momento en que puedan
atormentar nuestra diligencia. Por eso debe ser la propia dignidad del ser humano la
que aporte la fuerza necesaria para actuar cuando llega el momento de la elección
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decisiva, sin que existan otras motivaciones para ello más que el sincero deseo de
cumplir con las obligaciones que tenemos contraídas.
Aquel que no pueda imaginarse otra vida que no sea la que está dominada por una
naturaleza ignorante, desnuda e indisciplinada, no logrará alejar de sí los
pensamientos que llevan indefectiblemente a la desesperación. Y se considerará
imposible intentar cuanto ofrezcan otros valores, y sólo vivirán los que se muestren
más atrevidos, arriesgándose a sufrir la crítica del prejuicio y de la censura. No existe
razón alguna para dudar de que todo trabajo recibirá su justa recompensa. En la
Naturaleza existen cualidades que todavía no han sido descubiertas, y posibilidades
de la ciencia y de las artes que aún no han sido intentadas. Todo ser humano tiene la
obligación y el deber de esforzarse para contribuir con su trabajo al bienestar y al
conocimiento de las futuras generaciones. Tal vez sean pocos los que puedan aportar
grandes logros, pero el hecho de hacer algo, por poco que sea, es cosa que todos
podemos hacer. Y no olvidemos que todo esfuerzo sincero, aunque no logre alcanzar
el éxito perseguido, tendrá finalmente su recompensa.
HORACIO[82]
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las dificultades que tal trabajo conlleva, quedarse como adormecidos en la brumosa
laxitud del asombro, sin realizar el menor esfuerzo por establecer una investigación
que pueda disipar la oscuridad mental en que se encuentran. Para estas personas
resulta demasiado inaccesible, o imposible de discernir, aquello que no logran
entender de inmediato. Así pues, se contentan con una visión torpe y somera del tema
en cuestión, absteniéndose de intentar aquello para lo que no se creen capacitados, y
renunciado al placer de una investigación más racional, de un estudio más completo o
del desarrollo de unas facultades más activas.
Entre los productos de las ciencias y de las habilidades mecánicas, muchos
poseen formas tan distintas de aquellas que constituyeron sus materiales originales, y
tantos son las que han diversificado sus formas para lograr una adaptación armónica,
que no resulta fácil contemplarlas sin sentir admiración. Pero en cuanto nos es
posible entrar en los talleres de artistas y artesanos y podemos observar las múltiples
y diferentes herramientas que permiten realizar cada obra, y vemos cómo se van
perfeccionando las materias originales hasta alcanzar sus delicadas formas finales, no
tardamos en comprender que cada operario y cada artífice tienen fijado un cometido
que, coordinado adecuadamente, transforma la tosquedad de la materia primera
mediante un trabajo pautado en el que cada uno va perfeccionando la labor realizada
anteriormente por su compañero precedente.
Lo mismo sucede en el plano del trabajo intelectual. La necesidad de unos
cálculos prolongados o el establecimiento de unos esquemas complicados impiden al
timorato y al inexperto lanzarse a un estudio más complejo; pero si disponemos de la
suficiente habilidad para analizar esos cálculos y estudiar los principios en que se
basan, descubriremos que nuestros temores carecían de fundamento. Divide y
vencerás es un principio que tanto se ajusta a la ciencia como a la política. Las
complicaciones constituyen una especie de confederación que, mientras se encuentra
unida, desafía osadamente a la mente más activa y poderosa, pero que si se la
disgrega y se toman sus partes, una a una, se torna débil; y, por tanto, se la puede
someter sin dificultad y destruir sin oposición.
La pieza maestra del aprendizaje, como ya observó Locke[83], es intentar dicho
aprendizaje pero de forma secuenciada y progresiva. Las incursiones más amplias y
profundas de la mente se realizan mediante pequeños vuelos sistemáticamente
repetidos; y las construcciones más sólidas de la ciencia se van formando mediante
continuas acumulaciones de proposiciones individuales.
Suele suceder, sea cual sea la causa, que la impaciencia del trabajo o el temor a
equivocarse se apodera de quien, por aprensión, trata de acelerar su investigación; y
que quienes tienen motivos más que suficientes para creer en el triunfo son los que
menos se aventuran a encontrarlo. Esta falta de confianza en uno mismo, cuando no
se debe a la pereza o al relajo ocasionado por los placeres, solamente se produce por
puntos de vista confusos, por la entrega al apresuramiento o por el desencanto de
aquellas primeras esperanzas que se generaron con una arrogancia irreflexiva.
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Confiarse en que las complejidades de la ciencia se resolverán a primera vista y sin
esfuerzo o en que se llegará a la cima de la fama sin el menor sacrificio es sostener la
necia presunción de que a uno se le ha conferido un poder y una fuerza diferentes de
las que poseen el resto de los humanos. Pero, por otro lado, suponer que los
laberintos de la ciencia son inescrutables o que sus alturas resultan inaccesibles a un
trabajo perseverante es someterse dócilmente a la tiranía del capricho, o encadenar la
mente a una voluntaria esclavitud.
La ambición natural de los héroes de la que tanto nos hablan los libros es la de
ampliar los límites del conocimiento humano descubriendo y conquistando nuevas
regiones del mundo intelectual. Es posible que para lograr el éxito en semejantes
empresas sea necesaria cierta dosis de casualidades afortunadas que ningún ser
humano puede prometerse ni procurarse por sí mismo. Así pues, se les deberán
disculpar dudas e indecisiones a quienes se aventuran en los inexplorados abismos de
la verdad e intentan encontrar su camino a través de las alternancias de la
incertidumbre y los conflictos de la contradicción. Pero cuando no se pide otra cosa
que seguir la senda ya conocida, limitándose a sortear cómodamente aquellos
obstáculos que otros ya se esforzaron en destruir, ¿por qué ha de desconfiar el
hombre de su propia inteligencia como para creer que es incapaz de intentarlo?
Sería deseable que quien entrega su vida al estudio no considerara nada, por
grande que sea, que no esté a su alcance o que sea tan insignificante que no sea digno
de su esfuerzo; sería deseable que esa persona ampliase el ámbito de su curiosidad
tanto a lo que atañe a la ciencia como a la vida, y uniera cierto conocimiento del
mundo actual con los hechos y acontecimientos de tiempos pasados.
Nada puede resultar más digno de desprecio y de ridículo para quienes desean
aprender que manifestar ignorancia sobre cosas que todo el mundo conoce menos
ellos. A veces, personas a las que se les ha dicho que las instituciones académicas
constituyen los pilares fundamentales de la formación del individuo se quedan
sorprendidas al ver a ciertos individuos entregados en cuerpo y alma al estudio de
temas insustanciales y materias insignificantes, o que se muestran muy respetuosos
con sistemas educativos que con seguridad no habrán de proporcionar el menor
beneficio a la humanidad.
Decía Francis Bacon que «los libros nunca deben enseñar el uso de los libros[84]».
El estudioso debe aprender, mediante el contacto y la relación con sus congéneres, a
tener una visión práctica de la vida y adecuar sus conocimientos a los objetivos que
se haya marcado.
Resulta demasiado frecuente en quienes han estudiado carreras de letras y
dedicado mucho tiempo a temas culturales que redundan tan sólo en honores
académicos desdeñar a quienes se dedican a otro tipo de profesiones, y pensar que la
humanidad estará siempre presta a honrar sus conocimientos. Por todo ello suelen
mostrarse sumamente orgullosos de su dignidad académica cuando se ven obligados a
compartir su tiempo con el resto de los pobres humanos. Miran, pues, a estos seres
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que no están a su altura con una mezcla de ignorancia y desdén, sin advertir que
también para ellos no dejan de ser individuos igualmente desconocidos y
despreciables, por más que traten de imitar sus maneras y copiar sus opiniones a fin
de sentirse a gusto en aquellos ratos que comparten juntos.
A fin de reducir ese desdén que los eruditos suelen mostrar hacia los vulgares
asuntos mundanos, y la indiferente condescendencia con que tratan de enseñar lo que
no se encuentra en ningún sistema filosófico, puede resultar necesario considerar que,
si bien las abstrusas investigaciones y los complejos descubrimientos intelectuales
llegan a ser motivo de relativa admiración en algunas mentes, no se prodigan placeres
ni se consiguen afectos por esta vía, sino más bien por cosas más sencillas y amables,
y por cualidades que a todos nos resultan más fácilmente comunicables. Quienes sólo
saben conversar de temas sobre los que son muy pocos los que tienen algún
conocimiento y sienten un cierto interés han de pasar irremediablemente sus días en
aislamiento social y vivir la mayor parte de su vida sin gratas compañías. Aquel que
solamente llega a ser útil en ocasiones muy contadas y profundas puede llegar a morir
sin haber logrado ejercer sus posibles cualidades, manteniéndose como un espectador
inerme de mil ingratas tareas que alejan cualquier asomo de felicidad, y que tan sólo
requieren cierta destreza y una adecuada preparación para acometerlas.
No existe ningún nivel de conocimiento que el hombre pueda alcanzar que
permita situarlo por encima de la necesidad de esa ayuda cotidiana, o que logre
extinguir el deseo de afecto, ternura y cariño; y, por consiguiente, nadie pensaría que
es innecesario aprender esas artes que permiten el enriquecimiento de la amistad. La
amabilidad se preserva mediante una constante reciprocidad de beneficios, o
intercambio de placeres. Pero tales beneficios solamente pueden ser conferidos, de la
misma forma que otros pueden recibirse; y tales placeres sólo son impartidos en la
medida en que otras personas se encuentran cualificadas para aceptarlos.
Mediante este mecanismo de descenso desde las cumbres del arte no se podrá
perder ningún honor, puesto que las generosidades del aprendizaje siempre están muy
bien pagadas por la gratitud. Aparece así un notable genio que se ocupa de las cosas
pequeñas que es, para utilizar el símil de Longino[85], como el sol que en el momento
del atardecer reduce su esplendor pero mantiene su grandiosidad, y su luz resulta más
grata aunque sea menos luminosa.
Un tirano rural
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N. 142. Sábado, 27 de julio de 1751
Aquí vigila su rebaño un pastor gigantesco.
Lejos de los hombres mantiene su reino solitario.
Y recostado en su guarida de horrendas sombras
Entretiene su tiempo tejiendo funestas diabluras.
HOMERO[86]
A The Rambler:
Señor:
Como suelo descansar todos los años unos cuantos días lejos de la ciudad, no tuve
inconveniente en aceptar recientemente la invitación que me hizo Eugenio, quien
posee una hermosa propiedad en un distante condado. Dado que nos gusta viajar
disfrutando del paisaje, solemos apartarnos con frecuencia de la carretera principal
para gozar de las vistas que nos ofrece la Naturaleza; podemos contemplar así las
agrestes montañas, las fuentes salutíferas, comentar este o aquel edificio, estudiar las
ruinas de viejas construcciones y comparar de este modo la realidad de lo que
estamos viendo con lo que nos han contado los historiadores en sus libros. Gracias a
esta alegre sucesión de pequeños acontecimientos podemos olvidarnos de las fatigas
que conlleva el viaje y no echar de menos nada excepto ese caprichoso placer que
produce el saberse importante cuando, al atravesar raudamente un villorrio,
generamos un cierto tumulto y alboroto en la tranquila vida de los aldeanos que nos
ven pasar distantes e inmersos en la dignidad de nuestra prisa.
La primera semana, tras nuestra llegada a la residencia de Eugenio, transcurrió en
las continuas recepciones y visitas de sus vecinos, que acudieron a saludarle llenos de
entusiasmo y simpatía. Algunos se mostraban impacientes por conocer las noticias de
la corte que les proporcionarían indudable prestigio cuando las comentaran entre los
políticos locales en la primera reunión festiva que se presentara; otros trataban de
aprovechar la ocasión para solucionar los asuntos que pudieran tener pendientes,
hacer alarde de sus bienes y auspiciar de algún modo el futuro matrimonio de sus
hijos.
La inevitable cortesía rural obligó a que muy pronto hubiera que devolver las
amabilidades mostradas en nuestro recibimiento, por lo que fue necesario dedicar
algún tiempo, y con notable placer, a recorrer la región, visitando las distintas
residencias, los parques y plantaciones diseminadas por doquier. En mi caso pude
disfrutar incluso más al permitírseme ocasionalmente que vagara a mis anchas y en
total soledad por parques y bosques, si bien el hecho de ser el amigo de Eugenio
representaba un honor que conllevaba ciertas incomodidades. Esto motivaba el que
raramente se me dejara solo, viéndome obligado, por lo general, a ser víctima de la
etiqueta social.
En estas excursiones de buena vecindad solíamos pasar cerca de una mansión de
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inusual magnificencia. En un principio, y teniendo en cuenta las muchas novedades
que se me presentaban continuamente, no le presté demasiada atención. Sin embargo,
no pasó mucho tiempo sin que pudiera contener mi curiosidad por examinar aquel
sitio con mayor atención. Por lo que pude observar: la firmeza y extensión de las
murallas que rodeaban la mansión, los canales y jardines que la adornaban, y lo poco
que pude discernir del edificio a través de los árboles que lo rodeaban, logré hacerme
una idea de la belleza y grandiosidad de aquella construcción que superaba con
mucho las habituales de la región. A la vista de todo aquello no me contuve en
preguntar por qué, entre nuestras múltiples excursiones, nunca habíamos dedicado, al
menos una hora, a visitar aquella mansión cuyo señorial aspecto resultaba tan
sorprendente. Fue entonces cuando Eugenio me informó de que aquella mansión que
tanto me atraía era conocida en toda la región como «la casa encantada», y que
ninguno de los caballeros que me habían sido presentados la había visitado jamás.
Dado que los lugares que suelen considerarse habitados por seres incorpóreos son
normalmente edificios ruinosos y abandonados, le dije a mi anfitrión que algo tendría
que suceder con aquella mansión, y que me complacería poder visitarla a pleno día,
cuando supuestamente apenas habría peligro alguno. Pero él me replicó que el peligro
estribaba precisamente en que para poder hacerlo era necesario solicitar el permiso de
un ser cuyo trato, por la insolencia y malignidad que siempre había mostrado con sus
interlocutores, resultaba tan sumamente desagradable que hasta el presente nadie
había querido tener el menor contacto con él.
La conversación que estábamos manteniendo quedó, por algún motivo,
momentáneamente interrumpida. Pero mi curiosidad ya estaba en marcha, y no podía
resistirme a conocer más a fondo aquella situación tan particular. Pronto pude
enterarme de que aquella magnífica mansión con sus hermosos jardines y parques
constituía el refugio del caballero Bluster, de cuyo carácter y circunstancias pronto
quedé al tanto ya que nadie se cortó a la hora de informarme de lo que sobre él se
había podido descubrir.
El caballero Bluster descendía de una antigua familia. La propiedad que sus
antepasados habían poseído desde tiempos inmemoriales había sido ampliada por un
cierto capitán Bluster que había servido a las órdenes de Drake[87] durante el reinado
de Isabel I. De este modo, los Bluster, que en un principio no habían sido más que
unos modestos señores rurales, se convirtieron con este caballero en miembros del
Parlamento, con facultad para dictar leyes y establecer cacerías y otros eventos. Los
Bluster siempre se mostraron personas sumamente hospitalarias y populares hasta el
día en que falleció el padre del actual caballero. Pronto le siguió a la tumba su viuda,
dejando al heredero, que entonces sólo contaba diez años de edad, al cuidado de una
abuela que no era capaz de poner coto a sus caprichos porque no soportaba ver llorar
al muchacho. Éste jamás pisó una escuela, ya que la señora no podía vivir sin su
compañía. No obstante, pronto le enseñó a inspeccionar las cuentas del administrador,
a vigilar al mayordomo y a molestar a los criados. De esta suerte, a los dieciocho
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años el joven era un auténtico maestro en las artes más bajas de la política doméstica,
inventándose contubernios entre el cochero y el mozo de cuadra, o despidiendo a las
criadas acusándolas de mantener relaciones ilícitas con los aldeanos.
Gracias a la usura, a la mezquindad y a la constante vigilancia que ejercía sobre
sus servidores pronto acumuló una gran fortuna, y cuando alcanzó la mayoría de edad
y se hizo cargo de sus negocios se había convertido en el hombre más rico de la
región.
Había sido tradición en la familia durante mucho tiempo que la mayoría de edad
del heredero se celebrase con una gran fiesta en la que se abría la casa a cuantos
quisieran visitarla, al tiempo que también se conmemoraba el acontecimiento en toda
la región con una serie de festejos. En esa ocasión el joven Bluster hizo la primera
demostración de su fanfarronería al hacer ostentación del dinero que llevaba en su
bolsa y retar a un anciano caballero, que había sido amigo íntimo de su padre, a que
hiciese con él una apuesta por una suma de la que no disponía el invitado, el cual se
vio obligado a rechazar la apuesta. Fue ésta una demostración grosera que no dudó en
repetir en otras ocasiones, con las cuales no lograba más que menoscabar el amor
propio de los terratenientes de la comarca.
A este tipo de ofensas le siguieron otras de mayor relieve en las que exigía a sus
vecinos una serie de privilegios para sus posesiones, persiguiendo implacablemente a
cuantos se oponían a sus desaforadas pretensiones. Y dado que entre los propietarios
de la región no había propiedad alguna que pudiera compararse con la suya, siguió
aprovechándose de su situación preeminente mediante artimañas y exacciones a las
que nadie se oponía por miedo, y de cuyas consecuencias y fáciles beneficios él no
dejaba de ufanarse continuamente; porque sabía muy bien que cuando los derechos
del más poderoso son los que prevalecen, al más débil no lo queda otro remedio que
padecer la injusticia por más que la razón y la ley estén de su parte.
Los éxitos logrados en algunas de estas discusiones sirvieron al caballero Bluster
para incrementar su insolencia; y el hecho de que sus injusticias fueran motivo de que
aumentara también el odio que sus vecinos sentían hacia él le irritó hasta el punto de
que sólo pensó en urdir contra ellos nuevos agravios y desgracias. Una de sus
prácticas más corrientes consiste en destruir, amparado por la oscuridad de la noche,
las vallas de sus propios cercados y culpar de tales daños a sus vecinos. Sin ir más
lejos, una anciana viuda solicitó ayer el apoyo de Eugenio para que la ayudase a
recuperar[88] la única vaca que poseía y que ahora se encontraba en poder de Bluster,
que había acusado a la mujer de que el animal pastaba en sus prados.
Aprovechándose del veredicto legal, el malvado caballero había enviado a uno de sus
empleados para que convenciese a la pobre mujer de que le vendiera el animal a un
precio exageradamente bajo. También había desalojado de su cabaña a uno de sus
jornaleros por el simple hecho de haber recogido unas zarzamoras para sus hijos; y
ahora había encarcelado a una aldeana por haber cogido en uno de los prados de su
propiedad unas bellotas para alimentar a su cerdo.
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El dinero, lo tenga quien lo tenga, siempre confiere poder; y las desgracias se
expanden entre los humildes sin preocuparse por las consecuencias que puedan
causar. Así pues, el caballero Bluster ejerce un poder despótico sobre muchas
familias a las que ha prestado dinero en momentos para ellas difíciles, y que ahora se
ven imposibilitadas de devolverlo. Las únicas visitas que hace son a las casas de
aquellas pobres gentes en las que entra con la insolencia de su poderío, disfrutando
con el terror que causa en esas familias, amenazándolas con toda clase de castigos,
haciendo a los padres blanco de sus burlas y castigos, y a las hijas objetos de su
descarada obscenidad.
Últimamente se ha vuelto algo menos ofensivo debido, en parte, a que uno de sus
deudores, tras ofrecerle todo tipo de disculpas por su retraso en los pagos y recibir a
cambio los peores insultos por parte del encolerizado caballero, le cogió por la manga
y, lleno de ira, le llevó al patio trasero de su casa y le encerró en él durante toda una
noche de tormenta. Por supuesto, Bluster le demandó a la mañana siguiente, pero mi
amigo Eugenio logró arreglar el asunto de la mejor manera.
Suele tener la maligna costumbre de permitir que sus arrendatarios se demoren en
el pago de las rentas para poder así hacer mejor uso de su poder sobre ellos y tenerlos
a su merced siempre que quiera amenazarlos, o divertirse malévolamente oyendo las
lamentaciones que le exponen sus deudores. Al mismo tiempo, suele encapricharse de
vez en cuando con alguno de sus arrendatarios favoritos a los cuales suele alquilar sus
tierras a un mejor precio. De este modo, sus granjas no están desatendidas por mucho
tiempo, pues cuando alguna queda libre porque quien la cultivaba no puede hacerse
cargo de los opresivos arriendos, siempre hay algún candidato que las ocupa
pensando en que tendrá mejor suerte que su vecino anterior.
Tal es la vida de este caballero Bluster, un hombre que fue favorecido por la
fortuna, pero que ha defraudado todas las oportunidades que se le ofrecieron para
hacer felices a los demás. Y así, no es más que un individuo cuya riqueza no le ha
proporcionado aliados y cuya aparente grandeza carece de testigos; su origen noble
no le ha permitido tener amigos, y su poder e influencia está exento de dignidad. Sus
vecinos le desprecian por su brutalidad, y sus criados y dependientes le temen por su
violencia. Tan sólo le queda el lamentable consuelo de pensar que si bien se le odia
también se le teme[89].
Quedo de usted, señor, su seguro servidor:
VAGULO
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Los periodistas
N. 145. Martes, 6 de agosto de 1751
Non si priores Maeonius tenet
Sedes Homerus, Pindaricae latent,
Ceaeque et Alcaei minaces
Stesichorique graves Camenae.
HORACIO[90]
Resulta algo generalmente admitido que aquellas vocaciones y empleos que ofrecen
aparentemente una ínfima honorabilidad resultan los más necesarios; que el artesano
o el fabricante más modesto contribuye más al bienestar de la vida que las profundas
elucubraciones del erudito y las teorías mejor elaboradas; y que la gente corriente
sufre menos por el alejamiento o exilio de un filósofo que por la desaparición de un
comercio de uso común.
Hay personas que se han sentido tan impresionadas con estas observaciones que
han llegado a pensar, en el primer arrebato de tal descubrimiento, que sería razonable
modificar la distribución de los honores y dignidades y considerar que toda la
humanidad manifiesta una descomunal ingratitud. Pero es de justicia pensar que
aquellas personas que nos resultan más útiles deberían ser las que recibieran una
mayor consideración. ¿Y qué trabajo puede ser más útil que aquel que proporciona a
la familia y a la comunidad lo que por naturaleza necesita, o le facilita una
imprescindible seguridad y comodidad?
Es ésta una de las innumerables teorías que si se reducen a una visión práctica
quedan destruidas. Si consideramos que la dignidad se valora en función de su
utilidad inmediata, no cabe duda de que la agricultura sería indudablemente la ciencia
más noble. Sin embargo, podemos ver que los trabajos agrícolas se realizan por
personas a las que quienes más se benefician de sus resultados jamás colocarían en el
mismo nivel que el destinado a los héroes o a los sabios; y que, después de verse
obligados a decir la verdad en favor de sus respectivas ocupaciones, se alegran de que
formen parte de los últimos estamentos de la comunidad y constituyan la base de la
pirámide de los subordinados, viéndose enterrados en la oscuridad mientras tienen
que soportar todo aquello que se muestra espléndido, llamativo y excelente.
No será difícil descubrir, tras un examen más detenido, que esta manifestación de
la conducta humana es absolutamente contraria a la razón y a la equidad. Los honores
y beneficios están en proporción con la utilidad y la dificultad del trabajo, y se
ajustan adecuadamente en función de la capacidad mental que parece necesaria para
su realización. El trabajo que, si bien necesario, solamente requiere fuerza muscular y
destreza manual no goza de la misma consideración y estima para el ser humano que
aquel otro para el que es indispensable desarrollar las potencias intelectuales, que
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exige el vigor activo de la imaginación o una progresiva y laboriosa investigación de
la razón.
Parece como si el mérito y la fama de todos los oficios manuales no lograse
inmortalizar la fama del presunto inventor; si bien es posible que en los tiempos
primitivos las cosas no fueran así, pues aquellos que enseñaron a los hombres a saber
defenderse de los ataques de que pudieran ser objeto, y a protegerse de las
inclemencias del tiempo y del hambre, se les incluía en la innumerable lista de los
dioses. Pero muy pronto semejantes habilidades fueron dominadas gracias a sencillas
técnicas y, por tanto, practicadas sin la menor dificultad; todo lo cual hizo que no se
les diese demasiada importancia a una serie de oficios que podían ser ejercidos por
mentes muy simples y con unos medios que a todo el mundo le resultaban familiares.
No obstante, aunque resulta fácil comprender que no se erigieran estatuas a
quienes tan sólo utilizaron su destreza física para ayudar a los hombres, me siento
muy lejos de apoyar la petulancia de ese orgullo que consiste en justificar la
preeminencia del saber y exhibir su importancia, ignorando la ternura y benevolencia
de aquellos cuyos humildes conocimientos nos han sido de gran servicio para todos.
Por consiguiente no sería inteligente ni justo desacreditar el oficio de un peón, de
un minero o de un herrero; pero existe otra clase de individuos que se muestran tan
oscuros e indigentes como ellos, y que debido a que la utilidad de su oficio parece
menos apreciable para una persona corriente, viven sin recibir la menor recompensa y
mueren en la más crasa indiferencia, habiendo tenido que padecer, además, a lo largo
de toda su vida una sarta de insultos sin que nadie los defendiera, y una fuerte censura
sin que hubiera quien se dignara hacerles la menor apología.
Jonathan Swift calculó que los autores de London podían ser varios millares[91],
cifra que no hay muchas razones para considerar que actualmente sea menor. De este
número sólo unos cuantos llegan a producir, o se esfuerzan por hacerlo, una serie de
nuevas ideas y pensamientos que permiten ampliar los límites de la ciencia,
engrandecen la imaginación con sorprendentes ideas o con un elaborado estudio de
los hechos; el resto, por más esforzados y trabajadores que puedan ser —y por
arrogantes que lleguen a mostrarse— solamente pueden considerarse como simples
escribidores, laborantes de la literatura que se autoproclaman autores, sea cual sea su
formación literaria; y que al igual que sucede con otros supuestos artistas no han de
preocuparse de otra cosa que de entregar sus relatos irrelevantes en el plazo
convenido y cobrar el estipendio fijado.
Antiguamente se pensaba que aquella persona que se ocupase de aumentar la
formación y la cultura de los demás habría de sentir en sí el impulso creador de los
genios; que habría de aguardar el momento feliz en que le llegase una inspiración que
elevase su mente hacia los sentimientos más nobles, le iluminase con geniales puntos
de vista y fortaleciese su intelecto con una mayor comprensión de los hechos. Y que,
finalmente, compensase los esfuerzos que había llevado a cabo con la esperanza de
crear un monumento al saber que ni el paso del tiempo ni la envidia de los humanos
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pudiese destruir.
Pero aquellos autores a los que ahora quisiera referirme han sido, durante mucho
tiempo, los que «se han consumido en el juego de los hombres[92]», complaciéndose
en la quimérica ambición de lograr la inmortalidad. Raras veces han tratado de darle
lustre a su oficio, viéndose obligados a intentar otro tipo de ocupaciones sin lograr
tampoco en ellas demasiado éxito. Se limitan a un determinado horario más que a la
llegada de una posible inspiración; tampoco tienen otras reglas para su trabajo que las
que puedan marcar la moda o las costumbres. Y en lo que respecta a sus opiniones
sobre la posteridad poco pueden exigir, teniendo en cuenta que sus producciones
raras veces tienen una pervivencia que supera unos pocos días.
Es evidente que semejantes autores no son merecedores de grandes elogios, pues
nada puede ser objeto de admiración cuando ya no existe para ser admirado; pero es
seguro que aunque ellos no puedan aspirar a grandes honores, no debieran ser objeto
de menosprecio, y que debieran incluirse en aquella clase de hombres que son dignos
de nuestra simpatía aunque no merezcan nuestra admiración. Los periódicos actuales,
los Ephemerae[93] del aprendizaje, resultan más prácticos para los usos de la vida
cotidiana que esos otros volúmenes más pomposos y perdurables si a una persona le
es más necesario conocer con detalle lo que piensan sus contemporáneos que lo que
pudieron creer los que vivieron en generaciones pasadas, y conocer
convenientemente los sucesos que puedan afectarle de forma directa, en vez de estar
al tanto de las revoluciones sucedidas en aquellos tiempos ya pretéritos en los que ni
tenía propiedades ni expectativas de tenerlas; si a esa persona le gusta saber cómo
marchan las cosas de la política actual, las dimisiones o nombramientos de los
hombres de Estado, el nacimiento de los herederos de la Corona o los matrimonios de
las beldades de turno, a ese humilde autor de gacetillas periodísticas debe
considerársele como un dispensador liberal de unos conocimientos útiles y hasta
beneficiosos.
Incluso al simple compilador y al traductor, aunque su trabajo no pueda
compararse con el que llevan a cabo los historiógrafos de turno, ha de mirársele con
un cierto respeto y nunca hacerle objeto del menor desprecio. Cada tipo de lector
requiere un escritor que se acomode a su capacidad intelectual; disfruta con
resúmenes y descripciones porque lo que desea es que le proporcionen cuantos más
detalles mejor, y le basta con conocer los efectos sin preocuparse de inquirir sobre las
causas que los ocasionan. Ciertas mentalidades se ven superadas por la importancia
de los sentimientos, del mismo modo que hay una clase de ojos a los que les
deslumbra una luz refulgente. Así hemos de considerar a un autor de condición
humilde, tal como también miramos sin la menor molestia al sol reflejado en las
aguas.
Del mismo modo que todo escritor tiene su propio estilo también debería tener
sus propios mecenas. Y así como no existe persona alguna que por muy encumbrada
que sea su posición no pueda ser objeto de críticas o de opiniones caprichosas que
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destruyan su reputación, el interés que requiere generalmente el aprendizaje es que
sus hijos no se entreguen a luchas intestinas, y en lugar de dañarse unos a otros con
comentarios maliciosos o despreciativos se esfuercen en evitar todo lo que pueda
perjudicar a la fraternidad.
La tiranía paterna
N° 148. Sábado, 17 de agosto de 1751
Me pater saevis oneret catenis
Quod viro clemens misero peperci,
Me vel extremis Numidarum in agros
classe releget.
HORACIO[94]
Aseguran los políticos que no existe opresión tan pesada y duradera como la
infligida por la perversión de una autoridad legal injusta. Al ladrón se le puede
apresar y al invasor repeler allí donde se les encuentre; porque aquellos que no
poseen otro derecho más que el que les otorga la fuerza, también por la fuerza pueden
ser castigados o eliminados. Pero cuando el pillaje exhibe el nombre de «impuesto»,
y el crimen está perpetrado por una sentencia judicial, la humana fortaleza se siente
intimidada y la sabiduría confundida; la resistencia vacila en aliarse con la rebelión y
el villano se siente seguro cuando se viste con la toga del magistrado.
Igualmente peligrosas y detestables son las crueldades que a menudo se cometen
en las familias, amparadas por la venerable sanción de la autoridad paterna. La
potestad a la que desde que tenemos uso de razón se nos enseña a respetar; a la que
hay que preservar del insulto y la violación porque tales faltas permanecerán
grabadas en la mente del hombre, tal vez sea esa una crueldad que ejercida sobre
nosotros quede sin el menor castigo ni control. Una crueldad que se salta los límites
del derecho con innumerables transgresiones antes de que la ley y la piedad se
atrevan a exigir desagravio alguno; o a pensar en la posibilidad de que la víctima no
puede recurrir a otros medios que no sean la mera súplica que tan sólo da pie a la
insolencia, o a unas lágrimas que sirven nada más que para satisfacer la crueldad de
quien las ha causado.
Durante mucho tiempo los romanos no pudieron imaginar que se diera el caso de
que un hijo llegara a matar a su padre, por lo que no existía en sus leyes un castigo
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apropiado para el parricidio. De igual modo podría creerse con casi entera certeza que
no se imaginaban que ningún padre pudiera mostrarse cruel con su hijo, por lo que
concedían a todo ciudadano el derecho de que ejerciera la suprema autoridad en su
propio hogar, poniendo en sus manos la vida de sus retoños. Pero pronto la
experiencia de los hechos les fue abriendo los ojos y convenciéndolos de que habían
obrado demasiado a la ligera al considerar de modo tan favorable a la naturaleza
humana; descubrieron que el instinto y la costumbre no podían vencer a la avaricia o
a la malicia; que incluso la relación más íntima podía ser violada y que el poder, lo
tuviera quien lo tuviera, podía ser mal empleado. Así pues se vieron obligados a
modificar sus instituciones; a castigar el parricidio de acuerdo con una nueva ley, y a
dejar que fueran los jueces, y no los padres, quienes establecieran las penas de mayor
relieve[95].
No hay duda de que existen muchos hogares en los que resulta casi imposible
encontrar un ambiente familiar y cómodo, en donde los padres estén dominados por
el veneno del poder omnímodo y en donde aquel que no tiene que obedecer más que
a las normas y reglas que le pueda dictar su propia conciencia es posible que no sepa
controlar sus impulsos y manifestar los dictámenes de su voluntad de una manera
justa.
Se supone que si existe una situación libre de las asechanzas y peligros ajenos es
la que puede encontrarse en la seguridad marcada por la relación parental. El que un
ser acceda a esa condición de la paternidad implica la obligación de hacer feliz la
existencia de su hijo. Ver cómo ese infante tiende sus bracitos hacia los progenitores,
y con su llanto infantil expresa su única forma de dependencia hacia ellos, sin que
perciba ningún peligro en semejante relación, es motivo más que suficiente para
despertar la ternura en cualquier ser humano. Y esa ternura, cuando se estimula y
promueve mediante una felicidad contagiosa, repercute en un placer mutuo y en la
conciencia de una dignidad benéfica. Estoy convencido de que todo hombre de
benévola y generosa condición no puede por menos de sentirse conmovido al
observar la conducta instintiva que manifiesta hasta el animal más tosco cuando
retoza ante su cría, le procura alimento y cobijo, le defiende ante sus posibles
enemigos y le protege de todo posible riesgo. Es por tanto evidente que al sentir
simpatía y afecto hacia aquellos seres que se muestran tiernos con nosotros y que nos
resultan placenteros, imaginemos al mismo tiempo que ese afecto y cariño que nos
otorgan se ve correspondido por el que también nosotros les profesamos.
Pero sin duda existe otra forma de complacer esa sensación de orgullosa
superioridad. Y es la de quien, carente de todo sentimiento de humanidad y
convencido de que no es una conducta cariñosa para con los demás la que le ha de
proporcionar el menor placer, puede excitarse atemorizando a los otros y buscando la
manera de causarles el mayor daño. Tal vez trate así de compensar su amarga soledad
observando el poder que puede ejercer y el cumplimiento irrechazable de sus
órdenes; imaginándose el temblor de aquellos que no pueden expresar sus deseos, o
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la amargura que se alberga en el corazón de quienes, por miedo, no se atreven a
manifestarla. Esta clase de individuos se divierten formulando toda clase de
prohibiciones y de artimañas, e ingeniándoselas para crear los castigos más variados.
Y se sienten exultantes de placer cuando consideran que el escaso homenaje que llega
a rendírseles no se debe a otra razón más que al exclusivo poder que ejercen sobre los
demás.
Que siempre han existido príncipes de esta calaña es algo que bien conocemos,
porque la historia nos ha informado con detalle de todos los reinos e imperios en los
que han existido semejantes individuos. Hasta Aristóteles hace la observación de que
«el gobierno de una familia es de naturaleza monárquica[96]», cosa que podemos
observar en otras monarquías administradas de forma arbitraria. La tiranía entre
monarcas y padres solamente difiere en la extensión de los dominios de unos y otros,
y en el posible número de sus esclavos. Idénticas pasiones producen idénticas
desgracias; sólo cabe la excepción de que en contadas ocasiones un príncipe, aunque
sea déspota, se libera del inmenso poder tiránico que ha ejercido públicamente y se
permite ciertos actos de clemencia en la intimidad. Las más de las veces no son más
que decisiones parciales, mandamientos caprichosos, concesiones arbitrarias y
premios que decide otorgar no por méritos, sino porque así le viene en gana; del
mismo modo se establecen castigos que no están motivados por el grado de la ofensa
sino por el humor que en ese momento tiene el juez, en este caso el padre, y que
resultan demasiado frecuentes cuando no hay otra autoridad más que la del que la
impone.
Nadie confesará que se complace en causar la desgracia de los demás. Y, no
obstante, ¿qué otros motivos puede haber para que un padre se muestre cruel? En el
caso de un rey puede que se vea instigado por un consejero deseoso de la destrucción
de alguien; a veces puede suceder que hasta se sienta amenazado por las virtudes de
algún súbdito; tal vez tema al general victorioso o al orador popular; su avaricia
puede ser también motivo de injustas confiscaciones; o que tenga la impresión de que
su seguridad dependa de vengarse de aquel a quien teme.
Pero ¿qué puede temer un padre de aquellos que han nacido bajo su protección,
de unos seres que no van a molestarle con competiciones injustas ni van a
enriquecerse causando su ruina? Ciertamente, es fácil descubrir la crueldad en los
cobardes, pero ¿qué otra razón, más indigna aún que la cobardía, puede impulsar a un
hombre a complacerse con la opresión causada a alguien de quien nada ha de temer?
La injustificable severidad de un padre se ve incrementada con el agravante de
que aquellos a quienes ofende son seres que tiene siempre ante sus ojos. La injusticia
de un príncipe se ejerce por lo general sobre personas de las cuales no tiene el menor
conocimiento, y la sentencia que pronuncie, ya sea de destierro, de prisión o de
muerte va destinada a un condenado al que con seguridad nunca llegará a ver. Pero el
opresor doméstico está condenando a alguien en cuyo rostro puede ver claramente los
signos del miedo y de la pena y contemplar a cada instante el efecto originado por su
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violencia. Quien es capaz de soportar la visión del sufrimiento que produce en los
seres que le rodean, y puede moverse con entera satisfacción en la desgraciada
atmósfera que causa; aquel que puede contemplar el infortunio sin ablandarse, y
mostrarse inconmovible ante quien le implora clemencia, o le pide justicia, raramente
corregirá su comportamiento ante cualquier muestra de queja o de amonestación,
porque ha encontrado el medio de sofocar cualquier muestra de ternura y ha blindado
su corazón contra la fuerza de los razonamientos.
Aunque no se le preste atención a esa noble ley humana que de alguna manera
ordena que todo individuo debe ser consciente de la felicidad de su prójimo, en el
caso de los padres esas faltas a la justicia y al amor son todavía más graves que las
que pueda cometer cualquier otro criminal, porque incluso al realizarlas se está
causando un daño a sí mismo. Todo ser humano, por poco que ame a sus semejantes,
desea ser estimado y querido por ellos; todo individuo confía en tener una larga vida
y, por consiguiente, debe suponer que llegará un momento en el que sus capacidades
se verán mermadas y se verá obligado a depender de la generosidad y del cariño de
los demás. Pero ¿cómo podrá aliviar las dependencias y limitaciones de la vejez
quien no ha sabido granjearse el afecto y la compañía de sus hijos, y cuyo lecho va a
estar rodeado en los instantes finales de su vida, en esos momentos de languidez y
abatimiento, de angustia y de dolor, tan sólo por extraños a los que su muerte les
resulta indiferente, o por enemigos a quienes su desaparición incluso puede
parecerles algo deseable?
En las buenas personas la piedad ha de superar la provocación; y aquellos que se
han visto destrozados por la brutalidad han de olvidar las injurias sufridas para poder
cumplir dignamente sus últimos deberes con prontitud y celo. Seguramente la
muestra más penosa y el más severo de los castigos que pueda recibir un ser humano
en sus momentos postreros, siempre que se encuentre en sus cabales, es verse
atendido por la ternura y afecto de sus hijos, recibiendo no el tributo pero si la caridad
de la atención solícita; y verse obligado a reconocer que el alivio de su tristeza no es
fruto de la gratitud sino de la compasión.
La envidia
N. 183. Martes, 17 de diciembre de 1751
Nulla fides regni socüs, omnisque potestas
Impatiens consorcis era
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LUCANO[97]
La hostilidad que existe de forma continua entre dos personas está ocasionada por el
deseo que muchos sienten por tener aquello que tan sólo pocos poseen. Todos los
seres humanos debieran ser ricos, poderosos y famosos; sin embargo, la fama, el
poder y la riqueza son tan sólo los nombres de unas condiciones relativas que
implican la oscuridad, la dependencia y la pobreza de la mayoría.
Esta competición, incesante y universal, produce agravios y rencor por dos causas
fundamentales: el interés y la envidia. La perspectiva de añadir a nuestros bienes lo
que pudiéramos tomar de otros y la esperanza de equilibrar el sentimiento de
desigualdad reduciendo los bienes ajenos, aunque tal cosa no implique ganancia
alguna para nosotros.
De estas dos fuerzas malignas y destructivas parece, a primera vista, que
probablemente la más poderosa y la que ejerce una mayor influencia es el interés.
Resulta fácil concebir que aquellas oportunidades que pueden proporcionarnos lo que
hemos deseado durante tanto tiempo exciten deseos casi irresistibles, pero
seguramente tal apetencia no puede ser satisfecha por un poder accidental que
permita destruir lo que proporciona la felicidad de otra persona. Parece cosa más
natural robar para conseguir lo que se pretende que destruir tan sólo por hacer daño.
No obstante, me siento inclinado a creer que la importante ley de la benevolencia
recíproca se ve violada con más frecuencia por culpa de la envidia que por el mero
interés; y que la mayor parte de las desgracias que se producen en el mundo,
ocasionadas por la difamación de personas y de acciones intachables, o por la
obstrucción de loables empresas, están causadas por individuos que no tienen por
objetivo ningún tipo de ganancia para sí mismos, sino la satisfacción de envenenar el
banquete del que no pueden participar, o de destruir la cosecha que no tienen derecho
a recolectar.
El interés puede difundirse, pero siempre dentro de un ámbito limitado. El
número de aquellos a los que afecta nunca excede al de los que esperan conseguir los
puestos que tal vez les ofrezca un poder degradado, recoger las migajas de una
fortuna desperdigada o lograr los honores de una menoscabada belleza. Sin embargo,
el imperio de la envidia carece de límites, ya que apenas necesita de la ayuda de
circunstancias externas. La envidia puede ser fruto de la pereza y del orgullo. ¿Y en
dónde no habrán de encontrarse tales vicios?
El interés necesita de ciertas condiciones que no siempre se producen. La ruina
del prójimo no beneficiará a quien no sepa aprovecharse de ella, carezca del
suficiente coraje para cogerla y capacidad suficiente para perseguirla; pero la fría
malignidad de la envidia puede ser ejercida por el ser más torpe y apagado, viéndose
protegida incluso por la estupidez y encubierta por la cobardía. Quien sucumbe a los
envites del interés, puede luchar contra los ataques de tigres hambrientos, e incluso es
capaz de descubrir y resistir el enfrentamiento de sus enemigos; pero quien cae en la
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emboscada de la envidia se ve destruido por asaltantes invisibles y desconocidos, y
perece víctima de un hálito emponzoñado sin saber el peligro que le acecha ni
disponer de la posibilidad del menor combate.
El interés se ve obligado a correr, en ciertas ocasiones, algunos riesgos. Quien
espera sacar gran provecho, se expone a perder algo; y cuando se aventura a lograr
una cierta preeminencia, si falla en su expectativa se queda irrecuperablemente
destrozado. Pero la envidia, por el contrario, puede actuar sin el menor costo ni
peligro. Para expandir sospechas, inventar calumnias o propagar escándalos no se
requiere ni trabajo ni valor. Al autor de una mentira, por maligna que ésta sea, no le
resulta dificil escapar a cualquier control cuando, además, la infamia necesita muy
poco esfuerzo para extenderse.
La envidia es casi el único defecto susceptible de practicarse siempre y en todo
lugar; es la única pasión que jamás se aquieta porque necesita mostrar su constante
irritación; por consiguiente, sus efectos son discernibles en todo momento, y sus
intenciones siempre temibles.
Es imposible mencionar a alguien que por sus méritos se haya convertido en
persona eminente que no sea objeto de algún tipo de animosidad. El comerciante
acaudalado, aunque pueda mantenerse al margen de los asuntos públicos, jamás
querrá recibir consejos, como en el caso de Shylock, porque espera que llegue el
momento oportuno[98]. La belleza, por más que tan sólo se vea adornada con los más
puros dones de la inocencia y la modestia, no dejará de ser motivo de miles de
rumores mal intencionados allá donde se presente. El genio, aunque sus logros sirvan
únicamente para el entretenimiento o la formación, sufrirá la persecución de
innumerables críticos, cuya acrimonia se ve excitada simplemente por la inquina que
les produce el ver cómo otros disfrutan y aplauden sus éxitos.
La frecuencia con la que se da la envidia hace de ella algo tan familiar que apenas
si nos apercibimos de su existencia, ni consideramos su maldad y torpeza hasta que
llega el momento en que padecemos su influencia. Cuando la persona que no ha dado
pie al menor acto malicioso, excepto mostrar su deseo de hacer las cosas del mejor
modo, se ve perseguida por gentes a las que jamás vio, pero que muestran hacia ella
un resentimiento personal e implacable; cuando percibe el maligno clamor del que es
objeto y que se ha extendido hasta el punto de convertirle en un enemigo público y
víctima de toda clase de difamaciones; cuando oye que las desgracias de su familia, o
los errores que pudo cometer en su juventud se exponen y pregonan por doquier; y
que cada fallo cometido o cualquier defecto natural se ven magnificados y
ridiculizados, sólo entonces abomina de aquellos artificios que en un principio le
resultaron inofensivos y risibles, y descubre hasta qué punto es fundamental para la
felicidad familiar la erradicación de la envidia del corazón humano.
Además, la envidia es un hierbajo pertinaz que raras veces desaparece por más
que exista una elevada formación cultural. Sin embargo existen ciertas
consideraciones que, si se implantan y cuidan de modo diligente pueden, con el
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tiempo, superar y reprimir ese defecto, ya que nadie puede alimentarlo por mero
placer puesto que sus efectos son únicamente la vergüenza, la angustia y la inquietud.
La envidia es, sobre cualquier otro defecto, el que muestra un carácter más
contradictorio con el ser social porque sacrifica y destruye la verdad y la cortesía por
una tentación muy endeble. Es posible que quien saquea y arruina a su acaudalado
vecino se beneficie notablemente, y llegue a enriquecerse en la misma medida en la
que ha perjudicado al otro; pero quien destruye una reputación notable, sólo obtendrá
un beneficio muy ruin de la fama que pueda lograr; un beneficio tan minúsculo que
jamás podrá servirle de consuelo a la hora de ponderar el daño que ha causado para
poder conseguirlo.
Hasta ahora he tratado de evitar ese tipo de moralidad peligrosa y empírica que
trata de curar un vicio por medio de otro. Pero la envidia resulta tan detestable, tan
miserable en su propia esencia y tan perjudicial en sus efectos que es casi aceptable
que exista cualquier otra cosa que sirva para contrarrestarla. Es uno de esos rebeldes e
ilegales enemigos de la sociedad contra el que se pueden utilizar sin el menor
escrúpulo todo tipo de armas. Tengamos, pues, constantemente presente que
quienquiera que envidie a otra persona y confiese su superioridad no está haciendo
otra cosa que aumentar su orgullo a costa de su virtud.
Entre los daños no menores que produce la envidia están los que se cometen
contra quienes no han dado motivo para ello y se ven estigmatizados, no porque
hayan cometido falta alguna, sino porque se han atrevido a hacer más de lo que se les
pedía.
Casi todos los demás defectos están motivados por la carencia de alguna cualidad
que pudo haber producido estima o amor si se la hubiese empleado adecuadamente;
pero la envidia es el mal en su estado puro, que solamente persigue un fin odioso por
medios despreciables y que busca, no la propia felicidad sino la desgracia del otro.
Para evitar una depravación de esta índole no es necesario que uno aspire a lograr el
heroísmo o la santidad, basta simplemente que se decida a aceptar el nivel que le ha
sido asignado por la Naturaleza y desee mantener su dignidad como ser humano.
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III
SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE “THE
ADVENTURER”
(1753-1754)
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El buen gobierno
N. 45. Martes, 10 de abril de 1753
Nulla fides regni socüs, omnisque potestas
Impatiens consortes erit.
LUCANO[1]
Es de sobra sabido que muchas cosas que mentalmente parecen verosímiles jamás
pueden llevarse a la práctica; y que de los innumerables proyectos que han halagado a
la humanidad con teorías especiosas pocos han servido para otro propósito que no
fuera el de alimentar la ingenuidad de sus aparentes descubridores. Un viaje a la
Luna, por romántico y absurdo que pueda parecer, teniendo en cuenta que las
propiedades de la atmósfera se conocen mejor hoy día, pareció cosa altamente
probable a muchos de los aspirantes a genios del pasado siglo, que empezaron a
lustrar sus preciosos plumajes y a prepararlos para la hora en que se produjese tan
feliz partida:
Pereant vestigia mille
Ante fugam, absentemque ferit gravis ungula campum[2].
Entre las falacias que tan sólo puede detectar la experiencia existen algunas cuya
influencia ni siquiera esa misma experiencia puede destruir; otras, por su cautivadora
demostración de indudable certeza, van ganando terreno en la mente humana; y otras
que, si bien han concluido en decepción, logran obtener nuevo crédito, como sucede
cuando intentamos repetir algo que ya hemos hecho con resultado negativo,
exponiéndonos a cometer el mismo fallo por partida doble.
A esta especie, tentadora pero ilusoria, pertenece la expectativa de llegar a hacer
grandes cosas mediante una fuerza confederada. El pensador, cuando ha observado
detenidamente lo mucho que se puede hacer con una sola mano concibe, con una
sencilla operación de cálculo, la fuerza que se conseguiría si fueran miles las manos
que estuvieran actuando; y de este modo sigue acumulando poder hasta que cree que
se ha desvanecido la resistencia que se le opone. Entonces se regocija del éxito que
ha obtenido con su nuevo planteamiento y se pregunta cómo pudo ser tan necio, o tan
perezoso, el hombre de tiempos pasados que se vio obligado a vivir padeciendo unas
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necesidades que hubieran podido ser resueltas tan fácilmente; o a verse privado de
una felicidad cuya consecución se hubiera logrado de haber unido fuerzas
desperdigadas.
Pero este gigantesco fantasma del poder colectivo se desvanece al punto en el aire
y en la vaciedad con el primer intento de llevarlo a la práctica. Las diversas
aprensiones, las pasiones opuestas, los discordantes intereses de los hombres,
difícilmente permiten que sean muchos los que consigan unirse para lograr un
objetivo único.
Siempre habrá algunos que no logren discernir el fin que puede aportar un
proyecto de grandes y complicadas proporciones. Y por lo general constituirá objeto
de debate establecer los diversos medios que permitan llevarlo a cabo, pues cada
individuo se deja llevar por sus propios conocimientos o por su conveniencia
particular. En un proyecto de gran alcance siempre habrá quienes lo dejen por
cansancio y otros que se apartarán porque les han surgido nuevos intereses. Aquéllos
holgarán porque ya hay quien trabaja duramente, y éstos dejarán de trabajar porque
ven que aquéllos holgazanean. Y si en un principio se unieron al proyecto por el éxito
y el beneficio, téngase presente que el interés de unos se cifraba en la codicia y el de
otros en la envidia. Unos trataron de hacer más de lo que su capacidad les permitía,
para exigir después los beneficios de su esfuerzo; y otros hicieron menos de lo que
podían haber hecho porque pensaban que su esfuerzo redundaría tan sólo en el
beneficio de los demás.
La historia de la humanidad nos dice que muy raras veces una alianza ha logrado
destruir a una potencia única y bien constituida. Es posible que durante cierto tiempo
naciones que tienen intereses muy diferentes y que, incluso, manifiestan
particularidades hostiles entre ellas, lleguen a unirse ante una amenaza común; y que
en el calor de la propia conservación se lancen a combatir de modo unánime a un
enemigo que constituye un peligro común. Pero una vez superado el primer ataque no
pasará mucho tiempo hasta que se disuelva la unión establecida, porque tanto el éxito
como el descalabro resultan igualmente destructivos. Así pues, en cuanto se ha
conseguido conquistar un territorio surgirán las disputas; y tras la pérdida de una
batalla todos se lanzarán al sálvese quien pueda abandonando a los demás.
Dada la imposibilidad de establecer un número de personas que puedan asegurar,
de modo constante y uniforme, un interés común, se hace difícil fijar los problemas
imputables a los gobernantes. El poder siempre trata de escabullirse de la mayoría
para enfrentarse más cómodamente a la minoría, ya que es ésta la que se muestra más
vigilante y consistente; y, aún así, procura ir reduciendo el número de esa minoría
hasta que llegue el momento en que ésta se centre en una sola persona.
Por eso todas las formas de gobierno instituidos en la humanidad han tendido
siempre hacia la monarquía; y el poder, aunque se vea aparentemente difundido entre
toda la comunidad, descansará finalmente en el supremo magistrado de la nación, ya
sea por indolencia o por corrupción, por culpa de revueltas populares o por simple
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agotamiento.
Decía Swift que «en cada época no surgen más de cinco o seis hombres de genio;
pero si lograran unirse el mundo entero no podría resistírseles[3]». Así pues, resulta
oportuno para la humanidad que no haya muchas probabilidades de que llegue a
producirse semejante hermandad. A medida que los hombres se entregan a
investigaciones de mayor calado, difieren en los objetos de sus respectivas
búsquedas. Y a medida también que encuentran más vías para llegar al mismo fin,
menos convencidos se mostrarán para unir sus esfuerzos. En la medida en que cada
uno considera que su proyecto es el mejor, rechaza tajantemente el que pueda
presentar el otro; porque cuando uno se siente jefe y líder de un partido menos
dispuesto se mostrará a ser seguidor o mero asociado de otro.
La filosofía imperante nos dice que los inmensos cuerpos celestes que constituyen
el universo se encuentran regulados en su curso a través de los espacios siderales por
medio de la acción perpetua ejercida por fuerzas opuestas. Una de esas fuerzas es la
que les impide que modifiquen y alteren sus correspondientes órbitas, y se pierdan en
la inmensidad de los cielos; la otra evita que se agrupen de forma anárquica y que en
esa cohesión desordenada lleguen a colisionar entre sí.
Quizás podamos descubrir en las acciones de los humanos un sentido de parecido
antagonismo. Se nos ha formado para establecer una sociedad, pero no para crear una
combinación; no estamos preparados para vivir en íntima conexión con nuestros
vecinos más allegados, sino para hacerlo con la debida separación; nos sentimos
atraídos unos a otros por los lazos de una simpatía general, pero mantenemos
debidamente separados nuestros intereses personales.
Hay algunos filósofos lo suficientemente ingenuos para imaginar que los inventos
y mejoras de la humanidad pueden hacerse siguiendo el sistema imperante en el
universo que, a su juicio, agrupa a los diversos orbes celestes; y también hay
políticos, igualmente ignorantes y presuntuosos, como fácilmente se puede suponer,
que consideran que se podría promover la felicidad de nuestro mundo unificando las
diferentes tendencias de la mente humana. A cualquier observador superficial podría
parecerle que muchas de las cosas que se muestran impracticables actualmente
podrían realizarse con más facilidad si la humanidad se encontrase mejor dispuesta
para la unión y la cooperación. Sin embargo, una mínima reflexión nos permitirá
descubrir que si las confederaciones se pudieran llevar a cabo de modo tan fácil
perderían su eficacia, ya que siempre se opondrían unos grupos a otros, y a una cierta
unanimidad se le opondría otra. En lugar de las pequeñas disensiones que hoy surgen
entre las personas o las familias, surgirían auténticas multitudes que se enfrentarían
unas a otras, y serían miles los que conspirarían contra otros miles.
No parece que pueda esperarse, entre las diversas clases humanas, una unión más
consolidada que la que se daría entre las que se muestran más estudiosas y cultas.
Casi todo el mundo ha estado de acuerdo en concentrar a los eruditos y estudiosos en
claustros y universidades con la esperanza de que, juntos y en armonía, les fuera
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posible realizar grandes obras que redundaran en beneficio de todos, y de que tal
conjunción de intelectos compensaría con creces los gastos que hubieran ocasionado
a sus patrocinadores, ya que superarían en su conjunto lo que hubiera podido lograr
una mente en solitario.
Pero Discordia, que supo encontrar la forma de introducir su manzana en el
banquete de los dioses, también ha sabido esparcir sus laureles en esos ilustres
centros académicos. La amistad existente entre los estudiosos y la que hay entre las
beldades es por lo general aparentemente sincera e igualmente efímera, ya que ambas
dependen para su felicidad de la opinión de los demás; y en la medida en que su valor
depende exclusivamente de la comparación que se establezca entre unos y otros,
ambas se encuentran expuestas por igual a eternos celos, y a la tarea permanente de
minimizar y contrarrestar sus recíprocas virtudes.
No obstante, estoy muy lejos de querer inculcar la idea de que este confinamiento
de aquellos que se dedican al estudio no haya aportado beneficios para el público en
general. La vecindad, allí donde no incluya amistad, estimula la competitividad; de
tal modo que quien no se esforzara en dar lo mejor de sí porque careciese de rivales,
se vería obligado a no querer ser menos que sus competidores tratando de lograr los
mayores éxitos.
Estos estímulos para establecer una sincera rivalidad tal vez sean los mejores
logros de las academias y sociedades, porque en estas instituciones cada miembro
tiene que esforzarse en emular los logros de sus compañeros y sentirse contagiado de
la diligencia que los demás manifiestan; uno se ve obligado a escribir porque el resto
no deja de hacerlo, y nadie quiere sentir el menosprecio de verse ignorado cuando los
demás gozan de fama.
FEDRO[4]
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El carácter del mentiroso es al mismo tiempo tan odioso y despreciable que se
puede esperar que incluso aquellos que han dejado de ser virtuosos se abstengan, por
amor propio, de violar la verdad. Casi todos los vicios que degradan la naturaleza
humana pueden seguir vigentes porque siempre hay quien los tolera o los comparte.
El que corrompe a una muchacha virgen se considera envidiado por los hombres y
hasta, en cierto modo, por las mujeres; el borracho no tiene problemas en unirse a
otros individuos que, al igual que él, son aficionados al jolgorio, se burlan de los
abstemios, celebran sus hazañas alcohólicas y muestran su admiración por aquellos a
los que sus desafortunadas emulaciones les han llevado rápidamente a la tumba;
incluso el ladrón y el asesino tienen sus seguidores que admiran su intrepidez, su
capacidad para las artimañas y el robo y su fidelidad a la banda a la que pertenecen.
Por el contrario, el caso del mentiroso es algo único porque se le ve como un ser
despreciable, abandonado y repudiado por todos; carece del consuelo que pueda
encontrar en su hogar y que pudiera servirle para defenderse de la censura general;
carece también de aquellos compinches que pudieran disculpar o incluso admirar sus
faltas; no puede evitar el desprecio de los demás, porque no encuentra a quien le
muestre algo de amistad o de apoyo. La característica peculiar de la falsedad y la
mentira es que se ve detestada tanto por las buenas personas como por las malas.
Dice sir Thomas Brown que «ni siquiera los malvados se mienten entre ellos, porque
la verdad es algo que necesita todo grupo, incluso aquel que se dedica a hacer el
mal[6]».
Parece algo natural suponer que trate de evitarse una falta que se ve tan
unánimemente repudiada; o que, al menos, nadie trate de exponerse a una cosa así si
no se ve impelido a ello por una tentación irreprimible; una tentación que, por otro
lado, no se producirá de buena gana cuando resulta tan fácil detectar y castigar el
engaño y la mentira que conlleva.
Y sin embargo sucede que pese al desprecio y a la crítica de que es objeto la
mentira, con frecuencia se viola la verdad. Apenas hay alguien, por muy atento que se
mantenga ante la posibilidad de la existencia de una falsedad, que no se vea engañado
por la persona de la que menos podía sospechar, pues dicha persona nada ganaría con
ello. Incluso pueden producirse tales mentiras en conversaciones que por su índole no
son proclives a levantar pasiones o alimentar temores, celos o malevolencias que
lleguen a dañar una reputación personal, lo cual nadie sospecharía, dado el escaso
beneficio que pudiera conseguirse con tal acción.
Los tratadistas han establecido muy detalladamente distintas clases de mentiras
según el diferente grado de malignidad que produzcan. Pero, a mi juicio, han omitido
por lo general un tipo de falsedad muy común y, posiblemente, no menos maliciosa.
Y aunque los moralistas no le hayan dado ningún nombre yo voy a denominarla «la
mentira de la vanidad».
A la vanidad se le pueden imputar la mayoría de las falsedades que todos solemos
oír, muchas de las cuales se propagan quizás con bastante éxito. Las mentiras que se
HORACIO[8]
Afirmaba Bacon[9] que «la lectura hace pleno al hombre, la conversación lo vuelve
ingenioso y la escritura lo hace exacto».
Dado que Bacon alcanzó un nivel de conocimiento difícilmente alcanzado por
ninguna otra persona, las directrices que nos da para el estudio constituyen una pauta
que hemos de tener muy en cuenta. Porque, ¿quién puede enseñar un arte o una
ciencia con tanta autoridad como aquel que la ha practicado con indiscutible éxito?
Así pues, bien protegido por la figura de un personaje tan famoso me voy a
atrever a inculcar en mis ingeniosos contemporáneos la necesidad de la lectura, la
conveniencia de consultar otras interpretaciones que no sean las propias, y a
considerar los sentimientos y opiniones de aquellos que, si bien se encuentran
relegados en nuestro tiempo, tuvieron en su época, y muchos de ellos durante mucho
OVIDIO[14]
JUVENAL[17]
A The Adventurer[18]:
Señor:
Durante muchos años he sido comerciante en Londres. Inicié mi negocio de forma
modesta y con escasos medios; precisamente por eso fui durante mucho tiempo
despreciado e intimidado por quienes, al disponer de más dinero y de más medios que
yo, pensaban que también tenían más derechos y más méritos. Sin embargo, no
permití que mi resentimiento me llevase a utilizar artimañas engañosas, ni que mi
ansia de riquezas me empujase a emplear peligrosos mecanismos para conseguirlas.
Continué trabajando en mi negocio con tesón, estimulado por la esperanza de llegar a
ser algún día más rico que aquellos que me marginaban. Y tuve la satisfacción de
comprobar, al hacer el balance anual de mi negocio, que mi fortuna se incrementaba
MERCATOR[21]
HORATIO[22]
Algunos que creen que se puede conseguir fácilmente una cierta sabiduría haciendo
preguntas más que buscando soluciones, se han preguntado en ocasiones cómo es
posible que el mundo se encuentre tan dividido por la diversidad de opiniones; y por
qué personas que tienen una inteligencia parecida y que aman por igual la verdad no
Éste es el negro panorama que Posidipo nos presenta. Pero no tenemos por qué seguir
su opinión al pie de la letra, en esa visión suya que se enfrenta de pleno con los
valores de la existencia, porque Metrodoro, filósofo ateniense, nos ofrece, por el
contrario, una perspectiva completamente distinta, al afirmar que si bien la vida
incluye problemas también nos concede placeres, y nos habla de ella con tonos
estimulantes y positivos:
En estos dos epigramas están incluidos la mayoría de los temas sobre los que se
pueden establecer especulaciones a la hora de hablar sobre la felicidad; y si bien sus
textos no tienen por qué condicionar nuestra postura, nos pueden ser de ayuda aunque
sólo sea para comprobar que nunca se han de establecer determinaciones absolutas.
Siempre cabrá discutir si lo más deseable es tener una vida pública o una privada.
Hemos visto en los textos anteriores tanto el atractivo como el desánimo que ofrecen
las actuaciones públicas; para uno no presentan más que problemas, para otro son un
medio de conseguir honores. La gestión de los negocios públicos implica dificultades,
pero es la única forma en que puede manifestar la sabiduría; por consiguiente ha de
dejarse al libre albedrío de cada persona el que escoja entre la comodidad o la gloria.
Tampoco se puede ofrecer ninguna norma general, dado que nadie puede lograr la
felicidad por lo que otra persona le diga.
Así pues, lo que dice Posidipo de los hijos que «no dan más que trabajo y
preocupaciones», y lo que asegura Metrodoro al decir que «son motivo de afecto», es
igualmente cierto. Pero el hecho de que nos proporcionen más preocupación que
placer dependerá de su futura conducta, de la disposición que adopten en la vida y de
muchos otros motivos y causas sobre las que los padres tienen muy poca influencia.
Por consiguiente, se pueden dar en estas cuestiones todos los caprichos y alternativas
de la imaginación; y el deseo que se aliente hacia ellas estará en proporción del
predomino del miedo o de la esperanza.
Tal es la incertidumbre en la que muy probablemente todos nos movemos
respecto a estos temas por los que mostramos un mayor interés, y para los cuales cada
día nos ofrece nuevas oportunidades de examen. Pero aunque los examinemos, nunca
podremos adoptar una decisión absoluta ya que nuestras facultades no se comportan
siempre de la misma forma con respecto al tema que estudian; si vemos sólo una
parte del problema nos formaremos una determinada opinión y si ampliamos esa
visión tal vez cambiemos nuestro punto de vista.
Esta inconstancia y falta de firmeza, a la que tan frecuentemente estamos sujetos,
Los males que se hallan inseparablemente unidos a la condición humana son tan
numerosos y aflictivos que a lo largo de la historia ha habido a quienes les sirvieron
para lamentarse y quienes encontraron en ellos un consuelo. Por tanto, el individuo
corre el peligro de ver en ellos un enemigo que intentará aniquilar los escasos
placeres que la naturaleza nos pueda conceder.
Sin embargo he de confesar que en algunas ocasiones me he parado a examinar la
felicidad que se atribuye al gozar de unas buenas, incluso envidiadas, condiciones de
vida; y no he tardado mucho en descubrir la impostura que presentan unas ventajas
falsas, o la inquietud que se oculta so capa de alegría y grandeza.
Aseguraba un filósofo y poeta trágico[27] que «est miser nemo nisi comparatus»
(«ningún hombre es desgraciado si no se compara con otros que son más felices que
él»), una afirmación que no es del todo cierta, bajo un punto de vista filosófico. El
autor podría haber dicho, con más propiedad, que ningún hombre es feliz si se
compara con el desgraciado; por que tal es la condición de este mundo en el que
podemos encontrar la desgracia absoluta, pero tan sólo una felicidad que siempre es
relativa; podemos incurrir en tantas desgracias como nos sea posible soportar, pero
nunca lograremos el grado de felicidad que quizás pudiéramos disfrutar.
Y del mismo modo también es verdad que muchas de nuestras desgracias lo son
tan sólo relativamente. Con frecuencia nos sentimos desgraciados no por la presencia
de un mal real, sino por la ausencia de algún bien ficticio; de algo que no constituye
una auténtica necesidad, que carece en sí mismo de cualquier poder de gratificación,
y que no tendríamos un urgente deseo de poseer si no viéramos que otros lo poseen.
Para una mente que se sienta alterada por la consecución de vanos anhelos, no
existe otra medicina que la de una indagación imparcial en la auténtica esencia de
aquello que tan ardientemente se desea. Es algo bien conocido hasta qué punto la
mente, al igual que les sucede a los ojos, se engaña en su apreciación de lo lejano;
que muchas de esas cosas que tan ardientemente se desean ofrecen unos beneficios
muy dudosos, por más que puedan resultar importantes tanto para el que los disfruta
como para el que los anhela.
Nadie puede otorgarse a sí mismo la supuesta gloria de haber nacido y pertenecer
a una familia de noble abolengo, si la vida no le ha permitido semejante cosa; por
consiguiente, merece la pena considerar si se puede soportar fácilmente la carencia de
aquello que tanto se deseó y que nunca pudo conseguirse. Cierto es que si
reflexionamos sobre las glorias y los triunfos de quienes hacen recuento de su larga
lista de antepasados, y las de aquellos otros que consiguieron una fortuna inesperada
mediante ardides de toda índole y que pretenden ahora pertenecer a un noble linaje,
podemos caer en la tentación de imaginar que también la sabiduría y la virtud podrían
heredarse, o que las excelencias intelectuales y morales de los progenitores podrían
acumularse en sus descendientes. Pero la razón no tardará en decirnos que nuestra
No sabemos con certeza cuál es el estado que proporciona más felicidad en la vida;
pero semejante incertidumbre debiera refrenar la petulancia de la comparación y
acallar el rumor del descontento.
HORATIO[31]
Cuando le preguntaron a Sócrates de cuál de los mortales se podría decir que era tan
dichoso «que se acercaba a la felicidad de que disfrutaban los dioses», el filósofo
respondió «que aquel hombre que menos cosas necesitara[32]».
Con esta respuesta dejó a sus oyentes en la duda de si por estado de felicidad
quería dar a entender bien una amplitud de posesiones o bien una reducción de los
deseos. Y, en realidad, existe tan exigua diferencia entre una cosa y la otra que
Alejandro Magno afirmó que aquel individuo que vivía en una cuba casi podía
considerarse el dueño del mundo. Y dejó dicho para la posteridad que de no ser él
Muchos naturalistas son de la opinión de que los animales a los que por lo general
consideramos mudos poseen la capacidad de poder transmitir sus sensaciones unos a
otros; semejante hecho de comunicación es algo totalmente probado. Todo animal
capaz de emitir sonidos posee diferentes registros para transmitir estados de placer o
de dolor. El perro de caza sabe informar a sus camaradas cuando percibe el olor del
gamo; la gallina con sus cloqueos llama a sus polluelos cuando llega la hora de
comer, y los protege también del peligro con su cacareo.
Los pájaros poseen la mayor variedad de notas con las cuales parece como si
Cuando los filósofos de los últimos años se reunieron por primera vez en la Royal
Society, se generaron grandes expectativas sobre el inminente progreso de las artes
prácticas. Se suponía que ya estaba muy cercano el día en que las máquinas se
moverían mediante mecanismos perpetuos, se lograría la salud definitiva mediante
una medicina universal, el aprendizaje se conseguiría fácilmente con una lengua
única[14] y el comercio se extendería por todo el mundo, gracias a buques que
llegarían a su destino sin el menor contratiempo.
Pero el progreso lleva su tiempo y la sociedad tuvo que enfrentarse a la dura
realidad de que, pese a todo, no se había producido ninguna reducción visible de las
consabidas miserias de la vida. Tanto la gota como los cálculos biliares continuaron
siendo dolorosos para los enfermos, el terreno que no hubiera sido previamente
labrado seguía sin producir cosecha, y los frutos no caían del cielo. Finalmente,
aquellos que se sintieron defraudados empezaron a irritarse; y quienes odiaban todo
tipo de innovaciones se sintieron muy contentos al tener la oportunidad de ridiculizar
a los que siempre habían despreciado, tal vez con demasiada arrogancia, los
conocimientos tradicionales. Y parecía, teniendo en cuenta sus primeras disculpas,
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Todo a Aristipo
cuadraba, y aspirando a la grandeza,
casi feliz en la humildad vivía.
, en Las poesías de Horacio, traducidas en versos castellanos (T. IV). José Cuesta,
Madrid, 1844, p. 156. Traducción de Javier de Burgos (N. del T.). <<
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