La ONU: el otro frente de batalla de Israel(Diario El PAIS, 29-OCT-23)
El respaldo a la resolución —no vinculante— para pedir una pausa en los bombardeos
israelíes contra Gaza fue abrumador. Con el voto de 120 países a favor, y solo 14 en
contra, la Asamblea General de la ONU exhortó el viernes a una pausa para poder llevar
ayuda humanitaria a los 2,3 millones de palestinos atrapados allí. A 9.000 kilómetros de
Nueva York, las fuerzas israelíes iniciaron una nueva fase de su guerra en la Franja, con
los peores bombardeos hasta el momento. “Rechazo rotundamente el despreciable
llamamiento de Naciones Unidas a un alto el fuego”, tuiteaba el ministro de Exteriores
de ese país, Eli Cohen.
Este sábado, el secretario general de la institución internacional, António Guterres,
tuiteaba que tras el sí a la resolución se sintió “alentado por lo que parecía un consenso
creciente sobre la necesidad de, al menos, una pausa humanitaria en Oriente Próximo”.
“Lamentablemente, en lugar de eso me sorprendió una escalada sin precedentes en los
bombardeos”, añadió.
Las críticas entre Guterres y las autoridades israelíes culminaban una semana de
desencuentros y ruptura entre ese país y Naciones Unidas. Unos desencuentros que
comenzaban el martes con un discurso del secretario general, y que han puesto de
manifiesto las profundas divisiones en el orden mundial, incluso dentro de la propia
Unión Europea. Estas divergencias vienen de lejos, son cada vez más graves, amenazan
al propio funcionamiento de la ONU y lo único que ha hecho con ellas la guerra entre
Israel y la milicia radical palestina Hamás es terminar de dejarlas aún más al
descubierto.
El discurso de Guterres para abrir una sesión del Consejo de Seguridad en torno al
conflicto solo iba a ser, en principio, una alocución marca de la organización,
relativamente blanda y olvidable. Pero desató una tormenta. “Los ataques de Hamás no
han salido de la nada. Los palestinos viven una ocupación sofocante desde hace 56 años,
su tierra ha sido devorada poco a poco por asentamientos, y sus esperanzas de una
solución política se han desvanecido, pero sus reivindicaciones no pueden justificar los
ataques de Hamás ni el castigo colectivo a la población palestina”, declaraba el
secretario general.
El máximo representante de la ONU también denunciaba las “claras violaciones del
derecho internacional constatadas” en Gaza y reiteraba su llamamiento a un “alto el
fuego humanitario inmediato para remediar un sufrimiento épico”.
De inmediato, Cohen y el embajador de Israel ante la ONU, Gilad Erdan, pidieron la
dimisión de Guterres. El representante permanente ante Naciones Unidas anunciaba la
revocación de visados para funcionarios de la organización: “Debido a sus palabras, no
daremos visados a los representantes de la ONU”. El primer damnificado era el
secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, Martin
Griffiths. “Ha llegado el momento de enseñarles una lección”, recalcaba el diplomático
israelí.
Los israelíes se ofendieron por las declaraciones de Guterres, considera Richard Gowan,
durante décadas alto cargo de la institución y hoy en la ONG International Crisis Group,
especializada en la prevención de conflictos. Los dirigentes israelíes “están convencidos
de nacimiento de que todo el sistema de la ONU está inclinado contra ellos” y las
críticas de un secretario general que durante su mandato había sido “bastante pro-Israel”
resultaron especialmente potentes. Pero también “muchos diplomáticos sospechan que
los israelíes exageraron su pelea con Guterres para distraer la atención de las críticas
que reciben en la ONU sobre su campaña en Gaza”, apunta este experto.
El rifirrafe se extendía a otros países miembros de la organización y a otros foros
internacionales. España y Portugal expresaban su respaldo a Guterres; el primer
ministro británico, Rishi Sunak, criticaba al alto cargo internacional. En Bruselas, en el
Consejo Europeo, el jefe del Gobierno español en funciones, Pedro Sánchez, insistía
con Irlanda en la idea del alto el fuego humanitario y en exigir al primer ministro israelí,
Benjamín Netanyahu, que respetara el derecho internacional. Alemania, Austria y la
República Checa se alineaban con Israel. Esas mismas líneas divisorias se repetían en la
votación del viernes en Nueva York.
“El fracaso absoluto de la UE en coordinar una posición común en este voto es de
muchos modos más vergonzoso y serio que el pequeño enfrentamiento sobre Guterres
esta semana. Guterres presentó una declaración clara de los principios de la ONU,
aunque fuera polémica. La UE simplemente se sumió en el caos. Podemos ser críticos
con la ONU, pero seamos honestos sobre el hecho de que la situación en Gaza deja a
todo el mundo confundido y sin ideas”, apunta Gowan.
La alharaca no es, ni mucho menos, la primera entre la ONU e Israel. Ni será la última.
Ambas entidades mantienen una relación tan íntima como esquizofrénica. El Estado
judío es, precisamente, una creación de Naciones Unidas, que en 1947 decidió
la partición de una Palestina entonces bajo mandato británico. La institución
internacional ha vigilado y protegido todas y cada una de las fronteras de Israel en algún
momento de la historia de esta Estado. La comunicación es constante entre el ejército
israelí y las autoridades de la ONU en Gaza y Cisjordania.
Al mismo tiempo, la mayoría en la Asamblea General de la ONU tiende a votar contra
Israel. Este país, a su vez, arremete con frecuencia contra la organización a la que debe
su legitimidad. Incumple sistemáticamente las resoluciones que le afectan. Y ha llegado
a golpear sus instalaciones: durante la guerra contra Hezbolá en 2006 bombardeó un
puesto de observación de la ONU en Jiam, en el sur de Líbano, matando a cuatro
observadores internacionales. Desde el comienzo del conflicto actual han muerto 57
trabajadores de Naciones Unidas en la Franja.
En parte, esta relación es un espejo de las profundas divisiones que lastran a la
institución. El Consejo de Seguridad se ha convertido en un cuadrilátero de boxeo en el
que dos bloques, el encabezado por Estados Unidos y el que constituyen Rusia y China,
se asestan constantes bofetadas diplomáticas y vetan de modo casi sistemático las
propuestas de resolución del otro. Incluidas las presentadas sobre el conflicto vigente en
Oriente Próximo.
La crisis diplomática actual llega en un momento ya complicado para la ONU en torno a
Ucrania. Rusia “ha hecho todo lo posible por presionar a EE UU en torno a Gaza,
porque lo percibe como una oportunidad de revancha diplomática por los esfuerzos de
EE UU para aislarla en torno a Ucrania en Naciones Unidas”, recuerda Gowan. Y al
mismo tiempo, “numerosos países no occidentales que se alinearon con Washington en
favor de Kiev ahora se sienten alienados por la actitud occidental hacia los palestinos”.
Las divisiones y la burocratización han ido esclerotizando el funcionamiento de la
institución. Países como Brasil critican a voces su incapacidad de renovarse y
representar un orden mundial diferente del que emanó de la conferencia de Breton
Woods en 1944. Los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad, armados
con una herramienta, el veto, que les permite bloquear cualquier decisión que no les
plazca, se resisten a una ampliación de este foro que pudiera diluir su influencia como
naciones. “Es un sistema esclerótico y obstaculizado por fuerzas hostiles”, según lo ha
descrito el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel.
“La ONU también se enfrenta a una serie de crisis en África, como las de Sudán y el
Sahel, donde tiene problemas para dejar un impacto. Entre muchos diplomáticos en
Nueva York existe la sensación de que la organización atraviesa una crisis de
credibilidad. La crisis en Gaza simplemente alimenta este sentimiento sombrío”, señala
el experto de ICG.
Guterres admite estas críticas. Planea para septiembre del año próximo una Cumbre
sobre el Futuro, para abordar algunos de los problemas más acuciantes del planeta,
desde el desarme al desarrollo económico. “La ONU aún ofrece ayuda fundamental para
salvar vidas de la gente en Palestina, Afganistán y muchos otros puntos problemáticos.
Eso es insustituible”, resume Gowan. “Apoyarla sigue siendo una cuestión moral”,
concluye.