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Teoria Psicología

Este documento explora la conceptualización del prejuicio desde la perspectiva de la psicología social. Define el prejuicio como una actitud negativa hacia un grupo social o sus miembros, basada en generalizaciones defectuosas. También discute la evolución histórica del estudio del prejuicio y distingue entre prejuicio, estereotipos y discriminación.

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Teoria Psicología

Este documento explora la conceptualización del prejuicio desde la perspectiva de la psicología social. Define el prejuicio como una actitud negativa hacia un grupo social o sus miembros, basada en generalizaciones defectuosas. También discute la evolución histórica del estudio del prejuicio y distingue entre prejuicio, estereotipos y discriminación.

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Introducción

La historia ha sido testigo de las desastro- sas consecuencias que el prejuicio hacia otros grupos
puede llegar a provocar. La milenaria esclavitud y trata de personas, la solución final nazi en contra
de los judíos, el exterminio de los Tutsi a manos de los Hutus en Ruanda, el Apartheid en Sudáfrica,
la masacre de musul- manes bosnios en Srebrenica, el conflicto árabe-israelí, los conflictos entre
diferentes tribus en el sur de Libia o el reciente conflicto sirio son sólo algunos de los ejemplos más
representativos de conflictos étnicos/religio- sos, instigados por un profundo e irrefrena- ble
prejuicio hacia los otros.

HOPP JOSEPH

Destide

Jude

El prejuicio no sólo está en la base de estos terribles acontecimientos, sino que

Está presente en la vida diaria y se manifiesta hacia una gran diversidad de grupos sociales. Sin
embargo, no sería arriesgado afirmar que fueron acontecimientos de este tipo (especialmente los
que se produjeron durante la Segunda Guerra Mundial) los que llevaron a los estudiosos de las
ciencias sociales a replantearse el origen del prejuicio y cómo éste podía llegar a desembocar en
conflictos tan sangrientos. Desde que el prejuicio comenzó a considerarse un problema social, las
dife-

Rentes ciencias sociales han investigado acerca de sus causas, su proceso de forma- ción y sus
consecuencias, tanto para los agentes prejuiciosos como para los blancos del prejuicio, así como
para la sociedad en un sentido más amplio. Existen teorías sobre el prejuicio aplicables a los
niveles macrosocial o cultural, por un lado, e intergrupal, interpersonal o intrapersonal, por otro. El
énfasis en un nivel de análi- sis depende, en parte, de los fundamentos de la disciplina concreta
desde la cual se estudia: las Ciencias Políticas, la Economía, la Antropología, la Sociología o la
Psicología Social. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, todas las perspectivas coinciden en una
idea clave: los protagonistas de los conflictos étnicos/religiosos y los genocidios, en la mayoría de
los casos, y al menos en la fase inicial del proce- so que llevará finalmente al conflicto, no tienen
malas intenciones, sino que es más bien la búsqueda humana por el sentido y el valor personal y
los aparente- mente <<inocentes» objetivos de los grupos por la supervivencia y por la identidad,
los que conforman la base para la violencia étnica (Worchel, 1998). Así pues, s, el estudio del
prejuicio en Psicología Social pretende fundamentalmente desentrañar estas causas y
motivaciones para así mejorar, en última instancia, las relaciones intergrupales (véase Nelson,
2009).

En este capítulo se abordará la conceptualización del prejuicio y su diferencia respecto a algunos


conceptos con los que aparece estrechamente relacionado (p.e., estereotipos, discriminación) e
incluso con términos que se utilizan indistintamente

Te en el lenguaje cotidiano (p.e., racismo) o académico (p.e., sesgo o favoritismo endogrupal).


Asimismo, se ofrecerá una breve descripción de la evolución histó- rica en el estudio del prejuicio
desde la perspectiva psicosocial.

La conceptualización del prejuicio

Obtener una definición unificada de cualquier fenómeno psicosocial es poco menos que imposible,
teniendo en cuenta la multitud de líneas de investigación que se van sucediendo para describirlo y
explicarlo. Esta situación se produce claramente en el caso del prejuicio. De hecho, los enfoques
teóricos propuestos para explicar sus causas son numerosos y muy variados, como se verá en los
capí- tulos de este libro (véase también Nelson, 2009, para una ampliación de estos y otros
aspectos del prejuicio).

En general, los enfoques psicosociales más utilizados en el análisis del prejuicio

A lo largo del tiempo han sido los que lo conciben como una actitud negativa y como un fenómeno
originado en las relaciones entre los grupos que subyace al conflicto intergrupal. Así, por una
parte, el término prejuicio tradicionalmente se ha referido a los juicios previos negativos o
desfavorables, es decir, a los juicios que implican una evaluación cargada afectiva y negativamente.
Además, como señala Brown (1995, pp. 9-10), la naturaleza grupal o intergrupal del prejuicio se
muestra básicamente en tres características: a) estos juicios no se emiten hacia individuos aislados
como tales, sino hacia grupos sociales o hacia individuos por el simple hecho de pertenecer a ellos;
b) los juicios son compartidos por amplios sectores de un grupo o una sociedad determinada; y c)
los factores que afectan a la naturaleza y al tipo de relaciones que se establecen entre los grupos
sociales (p.e., el grado y tipo de contacto intergrupal, la distribución de poder y estatus)

Influyen enormemente en la dirección, nivel e intensidad del prejuicio.


No obstante, si hubiera que destacar un autor y una definición como referente obligado en el
estudio del prejuicio, éste sería sin duda Gordon Allport (1954) (véase Dovidio, Glick y Rudman,
2005). Para Allport, el prejuicio se define como una <<antipatía basada en una generalización
defectuosa e inflexible» (1954, p. 9). De este modo, su concepción del prejuicio como una actitud
general negativa hacia un grupo social o sus miembros ha sido ampliamente aceptada en la Psico-
logía Social y ha ejercido una notable influencia en la teoría e investigación sobre el prejuicio en la
disciplina prácticamente hasta nuestros días. Por poner sólo un ejemplo, en 1970, Ashmore extrajo
cuatro puntos básicos en común entre la mayo- ría de las definiciones psicosociales del prejuicio
formuladas hasta ese momento: se trata de un fenómeno intergrupal, consiste en una orientación
negativa hacia un grupo o sus miembros, es algo malo» (injusto y sobregeneralizado) y es una acti-
tud. Incluso definiciones más recientes (p.e., las de Augustinos y Reynolds, 2001; Brewer, 1994;
Brown, 1995; Oskamp, 1991) comparten en lo fundamental estas características comunes,
considerando al prejuicio como una actitud.

Te en el lenguaje cotidiano (p.e., racismo) o académico (p.e., sesgo o favoritismo endogrupal).


Asimismo, se ofrecerá una breve descripción de la evolución histó- rica en el estudio del prejuicio
desde la perspectiva psicosocial.

La conceptualización del prejuicio

Obtener una definición unificada de cualquier fenómeno psicosocial es poco menos que imposible,
teniendo en cuenta la multitud de líneas de investigación que se van sucediendo para describirlo y
explicarlo. Esta situación se produce claramente en el caso del prejuicio. De hecho, los enfoques
teóricos propuestos para explicar sus causas son numerosos y muy variados, como se verá en los
capí- tulos de este libro (véase también Nelson, 2009, para una ampliación de estos y otros
aspectos del prejuicio).

En general, los enfoques psicosociales más utilizados en el análisis del prejuicio

A lo largo del tiempo han sido los que lo conciben como una actitud negativa y como un fenómeno
originado en las relaciones entre los grupos que subyace al conflicto intergrupal. Así, por una
parte, el término prejuicio tradicionalmente se ha referido a los juicios previos negativos o
desfavorables, es decir, a los juicios que implican una evaluación cargada afectiva y negativamente.
Además, como señala Brown (1995, pp. 9-10), la naturaleza grupal o intergrupal del prejuicio se
muestra básicamente en tres características: a) estos juicios no se emiten hacia individuos aislados
como tales, sino hacia grupos sociales o hacia individuos por el simple hecho de pertenecer a ellos;
b) los juicios son compartidos por amplios sectores de un grupo o una sociedad determinada; y c)
los factores que afectan a la naturaleza y al tipo de relaciones que se establecen entre los grupos
sociales (p.e., el grado y tipo de contacto intergrupal, la distribución de poder y estatus)
Influyen enormemente en la dirección, nivel e intensidad del prejuicio.

No obstante, si hubiera que destacar un autor y una definición como referente obligado en el
estudio del prejuicio, éste sería sin duda Gordon Allport (1954) (véase Dovidio, Glick y Rudman,
2005). Para Allport, el prejuicio se define como una <<antipatía basada en una generalización
defectuosa e inflexible» (1954, p. 9). De este modo, su concepción del prejuicio como una actitud
general negativa hacia un grupo social o sus miembros ha sido ampliamente aceptada en la Psico-
logía Social y ha ejercido una notable influencia en la teoría e investigación sobre el prejuicio en la
disciplina prácticamente hasta nuestros días. Por poner sólo un ejemplo, en 1970, Ashmore extrajo
cuatro puntos básicos en común entre la mayo- ría de las definiciones psicosociales del prejuicio
formuladas hasta ese momento: se trata de un fenómeno intergrupal, consiste en una orientación
negativa hacia un grupo o sus miembros, es algo malo» (injusto y sobregeneralizado) y es una acti-
tud. Incluso definiciones más recientes (p.e., las de Augustinos y Reynolds, 2001; Brewer, 1994;
Brown, 1995; Oskamp, 1991) comparten en lo fundamental estas características comunes,
considerando al prejuicio como una actitudComo señalan diversos autores (p.e., Morales, 1986), la
conceptualización del prejuicio como actitud ha permitido aplicar a este campo el amplio bagaje
teórico y empírico acumulado en Psicología Social sobre las actitudes. Tal como la definen Eagly y
Chaiken (1983, p. 1), una actitud es una «<tendencia psicológica que se expresa mediante la
evaluación de una entidad (u objeto) concreta con cierto grado de favorabilidad o
desfavorabilidad». Por tanto, si se aplican las principales características utilizadas para definir las
actitudes al ámbito del prejuicio, pode- mos entender la actitud prejuiciosa como un juicio que
implica una evaluación hacia uno o varios exogrupos (objeto actitudinal), que se mantendrá
relativamente estable y duradera a lo largo del tiempo (es difícil de cambiar) y que, una vez
formada, influirá, mediará y guiará el comportamiento de quien la mantiene hacia el objeto de
actitud (véase Navas, 1997, y Cuadrado, 2009, para una ampliación de este planteamiento).

Los defensores del modelo tricomponente (p.e., Breckler, 1984; Eagly y Chai- ken, 1993; Harding,
Proshansky, Kutner y Chein, 1969; Zanna y Rempel, 1988) conciben la actitud como una
combinación peculiar de creencias, sentimientos e inclinaciones a la acción. Por tanto, desde esta
perspectiva, las manifestaciones evaluativas del prejuicio -étnico, racial o sexista, entre otros,
pueden ser dividi- das en tres clases: cognitivas, afectivas y conductuales. De este modo, la actitud
prejuiciosa estaría caracterizada por un componente cognitivo-los estereotipos, es decir, las
creencias sobre las características de los miembros del exogrupo, así como la evaluación positiva o
negativa asociada a dichas creencias-, un compo- nente afectivo esto es, las emociones
experimentadas hacia los miembros del exogrupo, y un componente conativo o conductual -la
disposición del individuo a comportarse de una forma determinada con los miembros del
exogrupo; este componente es denominado por algunos autores discriminación-.

De acuerdo con esta conceptualización, los tres componentes estarían interre- lacionados de
manera consistente. Es decir, los estereotipos negativos proporcio- narían la racionalización para
las emociones y sentimientos negativos y, a su vez, la discriminación implicaría la expresión de los
propios sentimientos y pensa- mientos en forma de conductas igualmente negativas (Devine,
1995). No obstante, la investigación posterior ha puesto de manifiesto algunas debilidades de este
modelo tricomponente. La principal es que estas tres partes» de la actitud prejui- ciosa no siempre
son consistentes o están tan estrechamente relacionadas como se supone en el modelo (Brewer,
1994; Mackie y Smith, 1998; Smith, 1993; véase también el metaanálisis realizado por Dovidio,
Brigham, Johnson y Gaertner, 1996). Así, las personas no prejuiciosas también pueden conocer los
estereotipos negativos sobre el exogrupo, sin compartirlos (Devine, 1989; véase Capítulo 4).
Igualmente, sentimientos negativos pueden ir unidos al desarrollo de estereotipos de carácter
positivo sobre grupos sociales desfavorecidos o en desventaja (p.e., las mujeres) (p.e., Moya, 1996;
Rudman, 2005; véase Capítulo 11). Asimismo, las personas pueden tener creencias y/o
sentimientos negativos hacia miembros de un grupo y, sin embargo, no discriminarlos en público o
no hacerlo de forma abier-ta o manifiesta (p.e., Gaertner y Dovidio, 1986; véase Capítulo 4) debido
a la exis- tencia de una norma social no prejuiciosa que sancione dichos comportamientos.

Como se ha señalado, y probablemente debido a la notable influencia del traba- jo de G. Allport en


su estudio, ésta ha sido la conceptualización tradicional del prejuicio en Psicología social: una
actitud negativa generalizada, rígida e inflexible hacia un grupo o sus miembros. No obstante, en
los últimos años, algunos autores (véase, p.e., Eagly y Diekman, 2005; Jackman, 2005; Rudman,
2005), critican la visión restrictiva y parcial de esta perspectiva porque no permite explicar ni
enten- der adecuadamente la complejidad actual del prejuicio hacia diferentes grupos sociales (no
sólo étnicos o raciales, sino también de género).

Como afirman Eagly y Diekman (2005, p. 20), la investigación realizada durante las últimas décadas
del siglo XX dejó claro que algunos prejuicios no estaban marca- dos por actitudes negativas. En
realidad, esta investigación ha mostrado numero- sos aspectos coincidentes con las críticas al
modelo tricomponente de la actitud prejuiciosa, aunque más desarrollados. Por ejemplo, como
veremos en diversos capítulos del libro, en la actualidad encontramos formas más sutiles y
modernas de prejuicio hacia las minorías étnicas (Capítulos 4 y 5) o hacia la mujeres (Capítulo 11),
en las que se demuestra que el prejuicio no lleva siempre a la discriminación manifiesta o violenta,
sino que existen otras formas más sutiles de control y explo- tación (p.e., el paternalismo) con
efectos igualmente indeseables. Asimismo, se han desarrollado modelos que distinguen el
prejuicio despectivo del envidioso o del paternalista (véase el Modelo del Contenido de los
Estereotipos, Capítulo 5). Pero, además, como se comprobará en el Capítulo 11, existen grupos que
experimentan discriminación y no son objeto de actitudes negativas generalizadas, es más, las
actitudes negativas hacia las mujeres, por ejemplo, coexisten con otras positivas. Finalmente, la
investigación ha demostrado que los prejuicios no son necesaria- mente inflexibles, sino que
dependen fundamentalmente del contexto social en el que se producen y son sensibles a los
cambios en la estructura social.

Este último es el planteamiento que defienden, por ejemplo, Eagly y Diekman (2005), para las que
el prejuicio, igual que para Allport, es una actitud hacia un grupo social o sus miembros, pero
entendida ésta en un contexto social determi- nado. De hecho, estas autoras señalan que el mejor
modo de entender la natura- leza del prejuicio es tomar en consideración, simultáneamente, la
estructura del ambiente social (es decir, la posición socioestructural de los grupos) y la estructura
psicológica del individuo (esto es, las creencias y sentimientos hacia un grupo social o sus
miembros) (Eagly y Diekman, 2005, p. 23). Las autoras argumentan que el potencial para el
prejuicio existe cuando los perceptores sociales mantienen un estereotipo acerca de un grupo
social (p.e., las mujeres, los inmigrantes, las personas con discapacidad) que es inconsistente con
los atributos que se conside- ran necesarios para tener éxito en ciertas clases de roles sociales
(p.e., puestos de responsabilidad y liderazgo, trabajos de alta cualificación).

El prejuic”o, por tanto, consiste básicamente en una devaluación de los miem- bros de un grupo
estereotipado como ocupantes reales o potenciales de un rolincongruente. Es decir, en
consonancia con la definición propuesta por Allport, el prejuicio continúa siendo actitudinal, por lo
que puede ser manifestado en creen- cias, emociones y conductas. Sin embargo, según estas
autoras, la devaluación no produce necesariamente una actitud negativa hacia todo el grupo (sino
hacia los miembros individuales del grupo que ocupan o pretenden ocupar roles incon- gruentes),
ni el contexto general hacia el grupo objeto de prejuicio es necesaria- mente negativo. Para Eagly y
Diekman, la clave para que se creen condiciones que conduzcan al prejuicio es el acceso real o
potencial de miembros de un grupo a roles sociales en los que estereotípicamente <<no encajan»,
lo cual refuerza el statu quo (Eagly y Diekman, 2005; Rudman, 2005). Por tanto, desde esta
perspectiva, los miembros de grupos dominantes (p.e., hombres, blancos, heterosexuales) también
pueden ser víctimas de prejuicio. Sin embargo, en pocas ocasiones los miembros de estos grupos
suelen querer desempeñar roles de menor estatus. Es decir, pocos hombres tratan de acceder a
roles dominados por mujeres y pocos blancos a roles dominados por minorías. Por ello, el prejuicio
se convierte en un problema social cuando un número sustancial de miembros de un grupo aspiran
a ocupar roles sociales incongruentes con el estereotipo que se mantiene sobre ellos (Eagly y
Diekman, 2005).

Tomadas en conjunto, éstas y otras investigaciones recientes, como se verá a lo largo de los
capítulos de este libro, demuestran que el prejuicio no es uniforme- mente hostil o negativo, sino
ambivalente, específico y dependiente del contexto social en el que se produce. No obstante,
también es importante señalar que estos trabajos no niegan la base actitudinal del prejuicio, sino
que destacan el papel imprescindible del contexto social en su configuración, reclamando un
abordaje más complejo de este fenómeno que pueda ser aplicado a cualquier grupo social. Esta
evolución conceptual, sin duda, nos permite ampliar nuestro conocimiento sobre las causas del
prejuicio, así como sobre las estrategias destinadas a reducirlo.

El sesgo”endogrupal frente al prejuicio


En la misma línea de argumentación, cabe también destacar que en algunos trabajos sobre el
prejuicio desarrollados en las últimas décadas del siglo XX, espe- cialmente a partir de la
importancia adquirida por la corriente cognitiva (p.e., Brewer y Kramer, 1985; Duckitt, 1992; Tajfel,
1982), han aparecido diversas defi- niciones evaluativamente más <<neutrales» de este fenómeno,
asimilando el prejui- cio al sesgo endogrupal (véase Capítulo 3). Este término, también
denominado favoritismo endogrupal, puede definirse como «la tendencia, por parte de los miem-
bros de un grupo, a favorecer, beneficiar o valorar más positivamente a ese grupo con respecto a
otro al que no pertenecen, en comportamientos, actitudes, prefe- rencias o percepciones» (Turner,
Brown y Tajfel, 1979, p. 187; para una definición más reciente, véase, p.e., Hewstone, Rubin y
Willis, 2002). Por tanto, no implica necesariamente el desprecio ni la discriminación del exogrupo,
sino simplemente el favorecer al propio grupo en la distribución de recompensas, en la
asignaciónde rasgos o en la valoración de su desempeño (p.e., Brewer, 1999; Levin y Sidanius,
1999; Mummendey, 1995; Mummendey y Otten, 2001; Otten, Mummendey y Blanz, 1996;
Rustemli, Mertan y Ciftci, 2000).

El concepto de sesgo endogrupal surge de los primeros estudios psicosociales experimentales


sobre relaciones intergrupales y conflicto (véase Capitulo 3) en los que el sesgo se consideraba una
distorsión cognitiva causada por la antipatía inter- grupal mutua o por el rechazo del exogrupo; un
producto del conflicto entre grupos, provocado a su vez por intereses grupales incompatibles. Sin
embargo, estudios posteriores enmarcados en la Teoría de la Identidad Social (véase Capí- tulo 3)
demostraron que el sesgo endogrupal podía darse en situaciones intergru- pales <<mínimas>>, sin
interacción cara a cara entre los miembros de grupos, en ausencia de intereses grupales en
conflicto o de actitudes intergrupales negativas. Es decir, la aparición del sesgo endogrupal no
tiene por qué estar precedida por la competición instrumental o el conflicto realista, sino que es
suficiente con el intento, por parte de los grupos, de diferenciarse positivamente entre sí en una
dimensión de comparación valorada.

Como señalan Gómez-Berrocal, Navas y Cuadrado (2010, p. 69), existe abun- dante investigación
psicosocial que demuestra la existencia de sesgo endogrupal: las personas son más proclives a
favorecer al endogrupo que al exogrupo. Pero también se ha constatado que son muy reacias a
infligir daño directo al exogrupo. Es decir, que puede darse una identificación con el propio grupo
sin ir acompa- ñada de hostilidad hacia el exogrupo (Brewer, 1999). Esto indicaría que las rela-
ciones negativas endogrupo-exogrupo no deberían concebirse como una dinámica en la que el
favoristismo endogrupal y el exogrupal están negativa e inevitable- mente relacionados (Allport,
1954).

En este sentido, como veremos en el Capítulo 3, los autores de la Teoría de la Identidad Social (p.e.,
Tajfel y Turner, 1979, 1986), que emplean este tipo de medi- das, señalan que no hay razón para
asumir que la diferenciación intergrupal sea inherentemente conflictiva. Así, no se puede
considerar al sesgo endogrupal como un concepto equivalente al de prejuicio, sino más bien un
paso previo o un aspecto relacionado con él.
El racismo: ¿un concepto más amplio o más restringido que el

Prejuicio?

Habitualmente en el lenguaje popular, pero también en la literatura psicosocial, los términos


prejuicio y racismo han sido empleados de forma intercambiable. Sin embargo, algunos autores
consideran que el prejuicio es un fenómeno más general que el racismo, mientras que otros
opinan lo contrario. La delimitación termino- lógica del prejuicio y el racismo resulta importante
debido a sus implicaciones teóricas, por lo que creemos necesario exponer brevemente los
argumentos de ambas posturas.

En primer lugar, y según la clasificación del racismo establecida por Jones (1972), que distingue
entre sus aspectos individuales, institucionales y culturales, el prejuicio se corresponde con la
faceta individual del racismo, mientras que los otros dos se refieren, respectivamente, a las
prácticas y políticas institucionales desarrolladas para proteger y legitimar las ventajas y el poder
de un grupo racial sobre otro, y a las situaciones en las que las posiciones de poder de los distintos
grupos definen las normas y valores en una cultura particular. Para Milner (1981) el racismo no es
simplemente un fenómeno psicosocial, sino el resultado de facto- res sociales, políticos,
económicos e históricos. Otros autores como Oskamp (1991, p. 373) afirman que, además de una
actitud negativa hacia un grupo étnico o racial, «<el racismo incluye también hostilidad,
discriminación, segregación y otras acciones negativas expresadas hacia dicho grupo≫.

Sin embargo, el propio Jones (1972, p. 172) se refiere al racismo como «<el resultado

De la transformación del prejuicio racial y/o del etnocentrismo a través del ejercicio del poder en
contra de un grupo racial definido como inferior, por individuos e insti- tuciones, con el apoyo
intencional o no de la cultura en su totalidad». Esta afirmación puede interpretarse como un
argumento a favor de quienes consideran el racismo un fenómeno más restringido que el prejuicio
(p.e., Brown, 1995; Echebarria, Garai- gordobil, González y Villarreal, 1995; Navas, 1997). En
concreto, como la discrimi- nación dirigida a los grupos sociales definidos por su pertenencia
étnica.

Siguiendo esta segunda perspectiva, la que considera al prejuicio un fenómeno más amplio, en
adelante emplearemos el término prejuicio étnico para referirnos al concepto general manejado
en este libro, mientras que se reservará el de racismo únicamente para hacer referencia a las
conductas discriminatorias contra los miembros de un exogrupo étnico. No obstante, algunas
teorías continúan utili- zando indistintamente una u otra denominación, por lo que se conservará,
en cualquier caso, la terminología utilizada por cada autor al describir dichas teorías en los
capítulos siguientes.

El corto viaje hacia el prejuicio

Al inicio del capítulo mencionábamos los sencillos e incluso «<inocentes>> oríge- nes del proceso
que finalmente pueden conducir al prejuicio. Consideramos rele- vante desarrollar esta perspectiva
siguiendo el trabajo de Worchel (1998) sobre identidad, conflicto y violencia étnicos, ya que ofrece
una panorámica general de este fenómeno más allá de las definiciones académicas. De acuerdo
con Worchel, el prejuicio y el conflicto entre grupos étnicos son el resultado final de un «viaje>>,
ciertamente no muy largo, en el que hay implicados numerosos factores (p.e., económicos,
históricos, sociales, políticos). Los dos más estudiados desde la Psico- logía Social han sido, por una
parte, lo que Worchel llama la psicología de los indi- viduos y, por otra, los procesos grupales
(véase también Navas y Cuadrado, 2001, para una aplicación de estos planteamientos a los sucesos
ocurridos en El Ejido, Almería, en el año 2000).La psicología de los individuos hace referencia a esa
forma particular de perci- bir la realidad que tenemos las personas, y de procesar, almacenar y
responder a la información del medio social en función de nuestros esquemas (actitudes,
creencias, conocimientos o expectativas previas); todo ello intentando que nuestra vida, es decir,
lo que pensamos, sentimos y hacemos, tenga significado, valor, orden y una cierta predictibilidad.
Afirmar que el mundo en el que vivimos es demasiado complejo y no estamos preparados para
atender y responder a todos los estímulos que nos llegan en un momento dado, parece una
obviedad teniendo en cuenta el estado actual de la investigación psicológica. Sin embargo, este
hecho, asumido por la comunidad científica, es sumamente importante porque es la base del
proceso que puede acabar finalmente en el prejuicio. Con el fin de adaptarse y ser efectivo en su
ambiente social, el ser humano se ha visto obligado a desarro- llar un sistema para resumir la
información que percibe (seleccionando unos estí- mulos y desatendiendo otros, por ejemplo), y
para poder almacenarla. Es decir, ha aprendido, entre otras cosas, a clasificar en categorías
objetos, acontecimientosy personas (incluido uno/a mismo/a) que comparten ciertas
características (y por eso pertenecen a la misma categoría) y que se diferencian de otros que son
clasi- ficados en, y pertenecen a, categorías diferentes. Este proceso de categorización social se
explicará con detalle en el Capítulo 3, al aludir a los aspectos cognitivos del prejuicio y a la obra
pionera de G. Allport (1954). No obstante, como una ilus- tración de este primer factor que
menciona Worchel, nada mejor que una cita auto- biográfica del propio autor en su libro de 1998:

No estoy seguro de la edad exacta en la que descubrí que era diferente de la mayoría de las
personas de mi barrio, pero recuerdo el incidente como si fuera ayer. Mi mejor amigo me dijo que
su madre le había prohibido jugar conmigo porque yo era judío. Me dijo que su madre había dicho
que “nosotros” habíamos matado a Jesús, y mi amigo, inocentemente, me preguntó por qué
“nosotros” habíamos hecho eso. Yo no estaba seguro de quiénes éramos “nosotros”, y la verdad es
que no podía imaginar por qué querríamos matar a Jesús. A pesar de la advertencia de su madre,
seguimos siendo buenos amigos y el incidente nunca se repitió. Pero desde ese momento empe-
cé a ver el mundo de forma diferente. Lentamente, Austin se convirtió en una ciudad, no de
personas, sino de grupos. Había mejicanos, negros, chinos, irlandeses, judíos, católicos y
protestantes. Había barrios donde los judíos no podían vivir, restaurantes donde los negros no
podían comer y escuelas que excluían a los meji- canos. Las personas eran odiadas, contratadas,
excluidas o aceptadas a causa de los grupos a los que pertenecian (Worchel, 1998, prefacio).

Un segundo factor que influye en ese viaje hacia el prejuicio, según Worchel (1998), son los
procesos que se ponen en marcha cuando las personas nos perci- bimos como miembros de
ciertos grupos y nos identificamos con ellos. La locali- zación de las personas en categorías o
grupos mencionada anteriormente (la categorización y autocategorización social) no es sólo un
proceso adaptativo, sino que tiene fuertes implicaciones sobre nuestras emociones y conductas.
Sin ánimo de abusar de citas, la siguiente ilustra claramente este segundo factor:

Conozco a un viejo y sabio monje budista que, en cierta ocasión, dijo a sus paisanos en un discurso
que le gustaría saber por qué todo el mundo está de acuerdo en que es ridículo y penoso que
alguien diga de sí mismo: “Soy la persona más lista, más fuerte, más valiente y mejor dotada del
mundo”, pero que, si en vez de decir “soy” dice “somos” y afirma que “nosotros somos las
personas más listas, más fuertes, más valientes y mejor dotadas del mundo” se le aplaude con
entusiasmo en su patria y se le llama patriota (Gombrich, 2001, p. 304).

Dicho de forma general, podría afirmarse que las personas no somos seres aislados, sino que
pasamos nuestra vida inmersos en grupos muy diversos, y estas pertenencias grupales tienen
consecuencias importantes sobre las motivaciones que guían nuestros comportamientos. Las más
importantes de estas motivaciones incluyen, por una parte, la necesidad grupal de conseguir y
mantener recursossociales y económicos (concretos y abstractos) que el grupo considera valiosos y
vitales para su supervivencia y desarrollo (p.e., territorio, riqueza, poder, estatus, valores, cultura,
religión), así como preservarlos ante cualquier amenaza por parte de otros grupos. Por otra parte,
las personas necesitamos desarrollar y mantener una imagen positiva de los grupos a los que
pertenecemos, es decir, conseguir una identidad social positiva. Como se expone en el Capítulo 3,
esto se consigue a través de un complejo proceso de evaluación y comparación social del propio
grupo con otros grupos en ciertas características y dimensiones, que termina gene- ralmente con
una «<diferenciación en positivo» del propio grupo (favoritismo o sesgo endogrupal) y, por tanto,
de nosotros mismos, como miembros de ese grupo.

El prejuicio no es más que una respuesta a estas «motivaciones grupales», de manera que aquellas
condiciones que las activan (la competición con otro grupo por conseguir recursos valiosos, el
sentimiento de privación grupal relativa, la percepción de amenaza realista o simbólica por parte
de otro grupo hacia el nues- tro, las estructuras sociales y económicas desiguales y asimétricas en
las que se posicionan y relacionan los grupos, entre otras), se convierten en el caldo de culti- vo
para que surja el prejuicio y el conflicto entre los grupos.
Sin embargo, no debe considerarse el prejuicio como el final inevitable del viaje, como algo
consustancial a la propia naturaleza humana (a la psicología del individuo) y a nuestra esencia
como seres grupales. La armonía y la convivencia pacífica entre personas y grupos diferentes no es
una meta inalcanzable, como puede comprobarse en algunas partes del mundo y en algunos
momentos de la historia. Pero igual que no existe una única causa del prejuicio, tampoco hay una
única fórmula que asegure su eliminación. Según Worchel, y de acuerdo con su planteamiento
inicial, el progreso hacia el desarrollo de relaciones intergrupales positivas implica una
combinación de esfuerzos dirigidos hacia el individuo, el grupo y el sistema y la estructura social en
la que los grupos se relacionan. En el Capítulo 10 se presentan algunas de las estrategias
destinadas a la mejora de las relaciones intergrupales centradas en el individuo y el grupo.

Evolución histórica en el estudio del prejuicio desde la

Psicología Social

La investigación psicosocial sobre el prejuicio no comenzó hasta los años 20 del pasado siglo,
mientras que la Psicología había nacido como ciencia independiente en el último cuarto del siglo
XIX. No obstante, ya en esta época tenía importancia el concepto de <<raza», surgido en la Europa
del siglo XIX como modo de justificar las desigualdades entre grupos sociales y el colonialismo. El
auge de la teoría darwinista de la evolución y el afán clasificador de las especies animales culminó
en el establecimiento de una jerarquía también dentro de la especie humana, apelando a
diferencias físicas y psíquicas entre las personas para establecer unataxonomía de <<razas» y
justificar la superio- ridad de unas sobre otras. En dicha taxono- mía se consideraba a los europeos
blancos del norte y a los norteamericanos de la misma procedencia como la «raza>> superior,
digna de perpetuar la especie, y de este modo quedaba legitimada la explotación de otros grupos
étnicos considerados «inferiores»>. Este tipo de pensamiento no era exclusivo de los grupos
conservadores, sino que incluso las corrientes progresistas apoyaban los descubrimientos
«científicos» que supuesta- mente iban a contribuir a la mejora de la espe- cie humana (Wieviorka,
1992). La Psicología aportó a esta corriente las teorías sobre la inteligencia, así como el
movimiento de la eugenesia, promovido por Galton (p.e., Richards, 1997, realiza una revisión de
esta etapa <racista» de la Psicología).

Por diversas razones, tras la Primera Guerra Mundial el foco de atención se desplazó desde la
inferioridad de los negros (y otros grupos) hacia el prejuicio de los blancos. En primer lugar, la
modificación de las fronteras y las secuelas del conflicto bélico impulsaron a numerosas personas a
emigrar en busca de una nueva vida, fundamentalmente hacia Estados Unidos, lo que provocó un
aumento de la diversidad cultural y étnica en este país. Asimismo, la población de algunas colonias
europeas comenzó a cuestionar la legitimidad de su estatus inferior y el derecho de los europeos a
ejercer su dominio fuera de sus fronteras.
Paralelamente, en Norteamérica, las migraciones internas, del sur rural tradi- cional hacia el norte
industrializado y moderno, ofrecían nuevas oportunidades de mejora económica y educativa a los
afroamericanos, lo que provocó el surgi- miento de una clase media negra que comenzó a luchar
por la igualdad de dere- chos como ciudadanos.

Estos y otros acontecimientos, acompañados de cambios en el seno de la propia Psicología Social-


como la influencia ejercida en la investigación por autores perte- necientes a minorías: por
ejemplo, los judíos europeos emigrados a Estados Unidos, condujeron a cuestionar la tesis de la
dominación racial vigente hasta ese momento. Las minorías étnicas pugnaban por demostrar que
no eran inferio- res, de modo que el interés se desplazó desde la búsqueda de las posibles dife-
rencias reales entre «razas>> a la indagación sobre las causas de las creencias, actitudes y
comportamientos negativos de los miembros del grupo dominante hacia los grupos subordinados
y sus miembros. Desde esta perspectiva individual, centrada en el agente prejuicioso y sus
características personales, el prejuicio es considerado una actitud intergrupal negativa,
injustificada e irracional. Bajo esta definición común, que sirvió como punto de partida para las
primeras teoríassobre el prejuicio (véase Capítulo 3), aparecen diversas explicaciones, que sitúan
sus causas fundamentalmente en motivaciones internas del individuo.

En este momento histórico se sitúa la primera línea de investigación puramen- te psicosocial que
trató de dar cuenta de los orígenes del prejuicio (al menos indi- rectamente). Se trata del estudio
de Katz y Braly (1933) sobre los estereotipos, que tendría una gran repercusión en la investigación
posterior sobre este proceso del pensamiento humano. Este trabajo se basaba en una concepción
según la cual los estereotipos son creencias compartidas o consensuadas por gran parte de la
población y, además, procesos erróneos de pensamiento. Para estos autores, este- reotipos y
prejuicio tenían una estrecha relación, ya que los primeros proporcio- naban la información
necesaria para alimentar una reacción emocional de prejuicio (Oakes, Haslam y Turner, 1994).
Años más tarde, la ola de cognitivismo en el estudio del prejuicio hizo renacer el interés en la
estereotipia, que pasó a considerarse un proceso normal del pensamiento humano, como veremos
en el Capitulo 5.

Esta breve descripción coincide a grandes rasgos con las etapas identificadas por Duckitt (1992) en
el estudio psicosocial del prejuicio (véase en castellano Eche- barría et al., 1995; Navas, 1997) que
pueden consultarse en el Cuadro 1.1.

Una década después, Dovidio (2001) sintetizó y amplió este análisis, señalando que existen tres
grandes corrientes en el estudio psicosocial del prejuicio. La primera (años 20-años 50 del s. XX) y
la segunda (años 50-años 90) coinciden bási- camente con las identificadas por Duckitt (1992),
considerando el prejuicio como una psicopatología en un primer momento, y como resultado de
procesos cogni- tivos normales y universales en la segunda etapa. La tercera corriente, al comenzar
a mediados de los años 90, amplía la clasificación de Duckitt, incluyendo los aspectos
multidimensionales y la medición del prejuicio implícito.Por tanto, en la primera etapa (1920-
1950), el prejuicio era considerado un problema social, por lo que los estudios se centraban en
medir y describir el problema y comprender su origen. Sin embargo, en la segunda etapa (1950-
1990) se asume la normalidad del prejuicio. De hecho, es en este período cuando se desarrolla la
Teoría de la Identidad Social (véase Capítulo 3), que destaca el impor- tante papel que desempeñan
la categorización y la identidad social en el desarrollo del prejuicio. También adquiere fuerza en
esta etapa el estudio de la estereotipia y los sesgos resultantes de manejar y almacenar el gran
flujo de información que recibimos diariamente.

Esta última perspectiva cognitiva e intraindividual complementaba la pers- pectiva motivacional y


grupal aportada por la Teoría de la Identidad Social para reforzar la concepción sobre la
normalidad del prejuicio. En esta etapa se desarro- llaron algunas de las teorías contemporáneas
del prejuicio, como el racismo simbó- lico, el racismo moderno, o el racismo aversivo, entre otras,
como se verá en el Capitulo 4.

Finalmente, la tercera etapa (desde los años 90), que caracteriza la mayor parte de la investigación
actual y destaca la multidimensionalidad del prejuicio, se bene- ficia de nuevas técnicas para
estudiar procesos implícitos (véase Capítulo 5). Asimismo, se concede una destacada atención al
estudio de la estigmatización, considerando sus consecuencias y mecanismos de afrontamiento,
como podrá comprobarse en el Capitulo 7.

En definitiva, la evolución en el estudio del prejuicio está estrechamente ligada a los factores
causales que lo explican, ya que cualquier fenómeno que sea objetode estudio de las ciencias
sociales evoluciona sujeto a las demandas y problemas planteados en cada momento. Las
circunstancias sociales y los intereses científicos que se derivan de tales circunstancias determinan
en muchos casos qué se estudia, cómo se estudia y cómo se explica el fenómeno estudiado.

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