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David Copperfield

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Obra reproducida sin responsabilidad editorial

Charles Dickens
David Copperfield
Advertencia de Luarna Ediciones
Este es un libro de dominio público en tanto que los
derechos de autor, según la legislación española
han caducado.

Luarna lo presenta aquí como un obsequio a sus


clientes, dejando claro que:

1) La edición no está supervisada por nuestro


departamento editorial, de forma que no nos
responsabilizamos de la fidelidad del conte-
nido del mismo.

2) Luarna sólo ha adaptado la obra para que


pueda ser fácilmente visible en los habitua-
les readers de seis pulgadas.

3) A todos los efectos no debe considerarse


como un libro editado por Luarna.

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PREFACIO
Difícilmente podré alejarme lo bastante de este li-
bro, todavía en las primeras emociones de haberlo
terminado, para considerarlo con la frialdad que un
encabezamiento así requiere. Mi interés está en él
tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divi-
didos entre la alegría y la pena (alegría por haber
dado fin a mi tarea, pena por separarme de tantos
compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector,
a quien ya quiero, con confidencias personales y
emociones íntimas.
Además, todo lo que pudiera decir sobre esta his-
toria, con cualquier propósito, ya he tratado de de-
cirlo en ella.
Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza
con que se abandona la pluma al terminar una labor
creadora de dos años, ni la emoción que siente el
autor al enviar a ese mundo sombrío parte de sí
mismo, cuando algunas de las criaturas de su ima-
ginación se separan de él para siempre.
A pesar de todo, no tengo nada más que decir
aquí, a menos de confesar (lo que sería todavía
menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie,
al leer esta historia, podrá parecerle más real de lo
que a mí me ha parecido al escribirla.
Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al
porvenir. No puedo cerrar estos volúmenes de un
modo más agradable para mí que lanzando una
mirada llena de esperanza hacia los tiempos en que
vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensua-
les, y dedicando un pensamiento agradecido al sol y
a la lluvia que hayan caído sobre estas páginas de
DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.

Londres, octubre de 1850.


HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS
DE DAVID COPPERFIELD

PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
NAZCO
Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cual-
quiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para
empezar mi historia desde el principio, diré que nací
(según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las
doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj
empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.
Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimien-
to, la enfermera y algunas comadronas del barrio
(que tenían puesto un interés vital en mí bastantes
meses antes de que pudiéramos conocernos perso-
nalmente) declararon: primero, que estaba predesti-
nado a ser desgraciado en esta vida, y segundo,
que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíri-
tus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente
otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que
tuviera la desgracia de nacer en viernes y a media-
noche.
No hablaré ahora de la primera de las prediccio-
nes, pues esta historia demostrará si es cierta o
falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar
que, a no ser que tuviera este don en mi primera
infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que
me queje por haber sido defraudado, pues si al-
guien está disfrutando de él por equivocación, le
agradeceré que lo conserve a su lado.
Nací envuelto en una membrana que se trató de
vender, anunciándola en los periódicos, al módico
precio de quince guineas. No sé si los marineros en
aquella época tendrían poco dinero o si lo que ten-
ían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo
que sí sé es que sólo se presentó un comprador,
comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata
y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo
más por la seguridad de no morir ahogado. Como la
adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre
madre, pues acababa de vender los suyos, desistió
de la venta, después de retirar los anuncios, que
tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana
fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de
media corona la papeleta y con la condición de que
el agraciado con ella pagaría además cinco cheli-
nes. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo
que me sentía humillado y confuso de que dispusie-
ran así de una parte de mi persona. Le tocó a una
señora que llevaba un gran bolso de mano, del que
sacó de muy mala gana los estipulados cinco cheli-
nes, todos en medios peniques, y además dio un
penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo
que se perdió en explicaciones y demostraciones
aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y
es un hecho, que todos recuerdan como sorpren-
dente, que la señora no murió ahogada, sino triun-
falmente en su lecho a los noventa y dos años de
edad.
Tengo entendido que dicha señora, mientras to-
maba el té, que era su ocupación favorita, solía
vanagloriarse de no haber estado encima del agua
mas que una vez en su vida, y eso pasando un
puente, y que se indignaba mucho contra los mari-
nos y demás personas que tienen el atrevimiento de
vagabundear por esos mundos. En vano se le de-
mostraba que muchas cosas buenas (el té entre
ellas) se disfrutaban gracias a aquellas aficiones
refutables. Ella replicaba cada vez con mayor
energía y confianza en la fuerza de su razona-
miento:
-No, no; nada de vagabundear.
Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al
punto de mi nacimiento.
Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí»,
como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los
ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo
seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún
ahora supone algo extraño para mí el hecho de que
nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el
oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuen-
tro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tum-
ba en el cementerio; la indefinible compasión que
sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche
oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a
iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de
la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parec-
ía entonces) cerradas.
Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela
mía, de quien hablaré más adelante, era el magnate
de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey,
como mi pobre madre la llamaba siempre cuando se
atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo
que ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado
con un hombre más joven que ella y muy elegante,
aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo
que el elegante hace», pues se sospechaba que
pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una
vez, discutiendo a propósito de cuestiones econó-
micas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un
segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompa-
tibilidad de caracteres indujeron a miss Betsey a
darle dinero para que se marchara y consintiera en
una separación amistosa. Él se marchó a la India
con su capital, y allí, según una leyenda de familia,
se le vio montado en un elefante y acompañado de
un Baboon, aunque yo creo que más bien sería de
un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez
años después, desde la India llegó a su casa la
noticia de su muerte. El efecto que esta noticia
causó en mi tía nadie lo supo. A raíz de la separa-
ción había vuelto a usar su nombre de soltera y,
comprando una casita muy alejada en la costa, se
había establecido allí con su criada, como una sol-
terona, viviendo siempre recluida en un aislamiento
inflexible.
Según creo, mi padre había sido el sobrino favori-
to de miss Betsey; pero mi tía se ofendió mortal-
mente con su boda, bajo el pretexto de que mi ma-
dre era «una muñeca», pues, aunque no la había
visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años.
Miss Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi
padre tenía el doble de edad que mi madre cuando
se casaron, y era de constitución delicada. Un año
después de su boda, y, como ya he dicho, seis me-
ses antes de mi nacimiento, murió.
Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel
memorable (puede excusárseme el llamarlo así) a
importante viernes. No puedo vanagloriarme de
haber sabido en aquella época lo que estoy contan-
do, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la
evidencia de mis propios sentidos) de lo que sigue.
Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal
de salud y muy abatida, y miraba el fuego a través
de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia
vida y en el huerfanito a quien sólo esperaba un
mundo no muy contento de su llegada y algunos
proféticos paquetes de alfileres preparados de an-
temano en el cajón de una cómoda del primer piso.
Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego,
en una tarde clara y fría de marzo, muy triste y de-
primida, y temerosa de no salir con vida de la prue-
ba que le esperaba, cuando, levantando sus ojos
para enjugarlos, vio por la ventana a una señora
desconocida que entraba en el jardín.
La segunda vez que la miró mi madre tuvo la cer-
teza de que aquella señora era miss Betsey. Los
rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida
junto a la verja, y esta tenía un paso tan firme, un
aire tan decidido, que no podía ser otra.
Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba
mayor de su identidad. Mi padre había contado a
menudo que la conducta de mi tía nunca era seme-
jante a la del resto de los mortales; y, en efecto,
aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y
llamar a la campanilla, se detuvo delante de la ven-
tana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la
nariz contra el cristal que mi madre solía decirme
que se le había puesto en un momento completa-
mente blanca y aplastada.
Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre
que yo siempre he estado convencido de que es a
miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber
nacido en viernes.
Mi madre se levantó precipitadamente y fue a es-
conderse en un rincón detrás de una silla. Miss Bet-
sey recorrió lentamente la habitación con su mirada,
de un modo inquisitivo y moviendo los ojos como los
de las cabezas de sarracenos que hay en los relojes
de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces,
frunciendo las cejas como quien está acostumbrada
a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a
abrir la puerta. Mi madre obedeció.
-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo
miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última
palabra, sin duda para hacer comprender que lo
suponía al ver a mi madre de luto riguroso y en
aquel estado.
-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.
-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que
habrá oído usted hablar de ella?
Mi madre contestó que había tenido ese gusto,
pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demos-
traba que el gusto no había sido muy grande.
-Pues aquí la tiene usted ---dijo miss Betsey.
Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó
que pasara, y se dirigieron a la habitación que aca-
baba de dejar. Desde la muerte de mi padre no
habían vuelto a encender fuego en la sala.
Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi
madre, después de vanos esfuerzos para contener-
se, prorrumpió en llanto.
-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente,
Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!
Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin
lágrimas.
-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss
Betsey-, que quiero verla bien.
Mi madre estaba demasiado asustada para ne-
garse a la extravagante petición aunque no tenía
ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero
sus manos temblaban de tal modo que se enreda-
ron en sus cabellos (abundantes y magníficos),
esparciéndose alrededor de su rostro.
-Pero ¡Dios mío! --exclamó miss Betsey-. ¡Si es
usted una niña!
Indudablemente, mi madre parecía todavía más
joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como
si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas
que lo que de verdad temía era ser demasiado niña
para verse ya viuda y madre, si es que vivía.
Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre
le pareció sentir que miss Betsey acariciaba sus
cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y
mirarla con aquella tímida esperanza, vio que conti-
nuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda
un poco remangada, los pies en el guardafuegos y
las manos cruzadas sobre las rodillas.
-En nombre de Dios --dijo de pronto mi tía-, ¿por
qué llamarla Rookery?
-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.
-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si
cualquiera de los dos hubierais tenido un poco de
sentido práctico la habríais llamado Cookery.
-Es el nombre que eligió míster Copperfield
-respondió mi madre-. Cuando compró la casa le
gustaba pensar que habría cuervos en sus alrede-
dores.
En ese momento, el viento del atardecer empezó
a silbar entre los olmos viejos y altos del jardín con
tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no
pudieron por menos que mirar con inquietud hacia
la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros
corno gigantes que quisieran confiarse algún terrible
secreto, y después de permanecer inclinados unos
segundos se erguían violentamente, sacudiendo
sus enormes brazos, como si aquellas confidencias,
intranquilizando a su conciencia, les hubieran arre-
batado para siempre el reposo.
Algunos nidos bastante viejos de cuervos se
bamboleaban destrozados por la intemperie en sus
ramas más altas, como náufragos en un mar tor-
mentoso.
-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Bet-
sey.
-¿Los que ...?
Mi madre estaba pensando en otra cosa.
-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó
mi tía.
-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno
-dijo mi madre-. Pensábamos... Míster Copperfield
creía... que esto era una gran rookery; pero los ni-
dos son ya muy antiguos y deben de estar abando-
nados hace mucho tiempo.
-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss
Betsey-. ¡David Copperfield de la cabeza a los pies!
Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuer-
vo en los alrededores, y cree que ha de haber for-
zosamente pájaros porque ve nidos.
-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi ma-
dre-, y si se atreve usted a hablarme mal de él...
Sospecho que mi pobre madre tuvo por un mo-
mento la intención de arrojarse sobre mi tía; pero ni
aun estando en mejor estado de salud y con sufi-
ciente entrenamiento hubiera podido hacer frente a
semejante adversario; así es que después de levan-
tarse se volvió a sentar humildemente y cayó des-
vanecida.
Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey
la hizo volver en sí, encontró a mi tía de pie ante la
ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a
no ser por el resplandor del fuego no hubieran podi-
do distinguirse una a otra.
-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar,
como si sólo hubiera estado mirando por casualidad
el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted...?
-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que
me pasa; pero estoy segura de que me muero.
-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un po-
co de té.
-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que
eso me aliviará algo? -exclamó mi madre desespe-
radamente.
-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervio-
so... Pero ¿cómo llama usted a la chica?
-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con
inocencia.
-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ig-
norando que repetía la segunda frase inscrita con
alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándo-
sela a mi madre en lugar de a mí-. No se trataba de
eso. Me refería a su criada.
-Peggotty -dijo mi madre.
-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-.
¿Querrá usted hacerme creer que un ser humano
ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de
Peggotty?
-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster
Copperfield la llamaba así porque como tiene el
mismo nombre de pila que yo...
-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la
puerta- Traiga usted té; su señora no se encuentra
bien; conque ¡a no perder tiempo!
Habiendo dado esta orden con tanta energía co-
mo si su autoridad estuviese reconocida en la casa
desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a
sentarse, no sin antes haberse cerciorado de que
acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al
sonido de aquella voz extraña.
-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando
estuvo de nuevo con los pies sobre el guardafuego,
la falda un poco remangada y las manos cruzadas
encima de las rodillas-. No hay duda, será una niña;
tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora
bien, hija mía: desde el momento en que nazca esa
niña...
-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de inte-
rrumpir mi madre.
-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de
que será niña! -insistió miss Betsey-. No me contra-
diga. Desde el momento en que nazca esa niña
quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y le
ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood
Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood
no habrá equivocaciones. Pondremos todos los
medios para que nadie se burle de los afectos de la
pobre niña. La educaremos muy bien, evitando cui-
dadosamente que deposite su ingenua confianza en
quien no lo merezca. Yo cuidaré de ello.
A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza,
como si los recuerdos la persiguieran y el no expla-
yarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al
menos así le pareció a mi madre, que la observaba
al débil resplandor del fuego, aunque en realidad
estaba demasiado asustada, demasiado intimidada
y confusa para poder observar nada con claridad ni
saber qué decir.
-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía?
-preguntó miss Betsey después de un rato de silen-
cio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron
gradualmente-. ¿Erais felices?
-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan
bueno conmigo míster Copperfield.
-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss
Betsey.
-Considerando que ahora tengo que verme sola y
abandonada en este mundo, me temo que sí
-sollozó mi madre.
-¡Bien! Pero no llore más --dijo mi tía-. No esta-
bais compensados, hija mía. ¿Habrá alguna pareja
que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era
huérfana, ¿no es así?
-Sí.
-¿Y era institutriz?
-Estaba al cuidado de los niños en una familia que
míster Copperfield visitaba. Y era muy bueno con-
migo míster Copperfield: se preocupaba mucho de
mí y me demostraba un gran interés. Por último, me
pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos
--dijo mi madre con sencillez.
-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que conti-
nuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y sabe usted
hacer algo?
-No sé .... señora -balbució mi madre.
-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss
Betsey.
-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mu-
cho menos de lo que desearía. Pero míster Copper-
field me estaba enseñando...
-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un parénte-
sis.
-Y estoy segura de que hubiera adelantado mu-
cho, pues estaba ansiosa de aprender, y él era un
maestro tan paciente... Sin la gran desgracia de su
muerte...
Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no
pudo seguir.
-Bien, bien --dijo miss Betsey.
-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las no-
ches hacíamos el balance juntos... --continuó mi
madre, sollozando desesperadamente.
-Bien, bien -exclamó mi tía---. No llore usted más.
-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto
cuando le parecía que mis treses y mis cincos se
confundían o que alargaba demasiado el rabo de
los sietes y los nueves -terminó mi madre en una
nueva explosión de llanto.
-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo
que no será muy beneficioso para usted ni para mi
ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!
Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar
a mi madre, aunque su malestar era creciente.
Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas
exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba
calentándose los pies en el guardafuegos.
-David se había asegurado una renta anual com-
prando papel del Estado, lo sé --dijo poco a poco,
A1 morir ¿ha hecho algo por usted?
-Míster Copperfield -constestó mi madre titubean-
dofue tan cariñoso y tan bueno conmigo que ase-
guró parte de esa renta a mi nombre.
-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.
---Ciento cincuenta libras al año --dijo mi madre.
-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.
La palabra no podía ser más apropiada para el
momento, pues mi madre se encontraba cada vez
peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las
velas, se dio cuenta de ello al instante (como se
hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y
la condujo apresuradamente a su habitación del
piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham Peg-
gotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la
casa hacía unos días para utilizarle como mensaje-
ro especial en caso de urgencia- a buscar al médico
y a la comadrona.
Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron
sobremanera cuando a su llegada (pocos minutos
después uno de otro) se encontraron con una seño-
ra desconocida y de aspecto imponente, sentada
ante el fuego, con la toca colgando del brazo iz-
quierdo y taponándose los oídos con algodón. Peg-
gotty no sabía quién era y mi madre tampoco decía
nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y,
cosa curiosa, el hecho de estar sacando aquella
cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en
los oídos no hacía disminuir en nada lo imponente
de su aspecto.
El doctor, después de subir al cuarto de mi madre
y volver a bajar, pensando sin duda que había
grandes probabilidades de que aquella señora y él
tuvieran que permanecer sentados frente a frente
durante varias horas, se propuso estar amable y
cariñoso con ella. Este hombre era el ser más afa-
ble de su sexo, el más pequeño y dulce. Se desliza-
ba de medio lado por las habitaciones para ocupar
el menor sitio posible, y andaba con tanta suavidad
como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio.
Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado,
en parte por un modesto sentimiento de su humil-
dad y en parte por el deseo de agradar a todos. No
necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra
dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabio-
so. Todo lo más le murmuraría dulcemente una
palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la
misma suavidad que andaba y no sabía ser rígido ni
impaciente.
Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente
a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y hacién-
dole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y
tocándose la oreja izquierda:
-¿Alguna molestia, señora?
-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del
oído como si fuera un corcho.
A míster Chillip le alarmó bastante aquella brus-
quedad (según contó después a mi madre), tanto
que fue milagroso que conservara su presencia de
ánimo. Insistió dulcemente.
-¿Alguna molestia, señora?
-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a ta-
ponar el oído.
Después de esto, míster Chillip nada podía hacer
y se sentó, y estuvo contemplando tímidamente a
mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que vol-
vieron a llamarle al dormitorio de mi madre. Des-
pués de un cuarto de hora de ausencia volvió.
-¿Y bien? --dijo mi tía, sacándose el algodón del
lado más cercano a míster Chillip.
-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos....
vamos... avanzando... despacito, señora.
-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! --dijo mi tía, interrumpiéndole
con desprecio.
Y volvió a taponarse el oído.
Verdaderamente (según contaba después míster
Chillip) era para indignarse, y él estaba casi indig-
nado; claro que sólo hablando desde un punto de
vista profesional, pero estaba casi indignado. Sin
embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando
cerca de dos horas, mientras ella continuaba con-
templando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo.
Cuando después de esta ausencia apareció:
-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del
mismo lado.
-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Va-
mos..., vamos avanzando despacito, señora.
-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal des-
precio hacia el pobre míster Chillip, que este ya no
pudo soportarlo.
Aquello era para hacerle perder la cabeza, según
dijo después, y prefirió ir a sentarse solo en la oscu-
ridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire
hasta que le llamasen de nuevo.
Ham Peggotty, a quien se puede considerar como
testigo digno de fe, pues iba a la escuela nacional y
era una verdadera fiera para el catecismo, contó al
día siguiente que, habiendo tenido la desgracia de
entreabrir la puerta del gabinete una hora después
de aquello, miss Betsey, que recorría la habitación
agitadísima, le descubrió al momento y se lanzó
sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo
el algodón que había metido en sus oídos no debía
de estar aislada por completo de los ruidos, pues
cuando los pasos y las voces aumentaban en el
piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el ex-
ceso de su intranquilidad. Le tenía agarrado por el
cuello y le obligaba a andar constantemente de
arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera
tomado algún narcótico), enmarañándole los cabe-
llos, arrugándole el cuello de la camisa y taponán-
dole con algodón los oídos, confundiéndolos, sin
duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda clase
de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte
confirmado por su tía, que lo vio a las doce y media,
cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan
rojo como yo en aquel mismo momento.
El apacible míster Chillip no podía guardar rencor
mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas cir-
cunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un mo-
mento libre se deslizó al gabinete y le dijo a mi tía
con su amable sonrisa:
-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la
enhorabuena.
-¿Por qué? --dijo secamente mi tía.
Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella ex-
tremada severidad, pero le hizo un ligero saludo y
trató de sonreírle para apaciguarla.
-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre?
-gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que no puede
hablar?
-Tranquilícese usted, mí querida señora --dijo el
doctor con su voz melosa, No hay ya el menor moti-
vo de inquietud, tranquilícese usted.
Siempre he considerado como un milagro el que
mi tía no le sacudiera hasta hacerlo soltar lo que
tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero mo-
viendo la cabeza de una manera que le estremeció.
-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan
pronto como pudo recobrar el valor-. Estoy contento
de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, seño-
ra, todo ha terminado.
Durante los cinco minutos, poco más o menos,
que míster Chillip empleó en pronunciar esta frase,
mi tía lo contemplaba con curiosidad.
-Y ella ¿cómo está? --dijo cruzándose de brazos,
con el sombrero siempre colgando de uno de ellos.
-Bien, señora, y espero que pronto estará comple-
tamente restablecida -respondió míster Chillip-. Está
todo lo bien que puede esperarse de una madre tan
joven y que se encuentra en unas circunstancias tan
tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la
vea, señora; puede que le haga bien.
-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamen-
te mi tía.
Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un
lado y miró a mi tía como un pajarillo asustado.
-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.
---Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo
sabía usted: es un niño.
Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las
cintas la lanzó a la cabeza de míster Chillip; des-
pués se la encasquetó en la suya descuidadamente
y se marchó para siempre. Se desvaneció como un
hada descontenta, o como uno de esos seres so-
brenaturales que la superstición popular aseguraba
que tendrían que aparecérseme. Y nunca más vol-
vió.
No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su le-
cho, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto
para siempre a la región de sueños y sombras, a la
terrible región de donde yo acababa de llegar. Y la
luna que entraba por la ventana de nuestra habita-
ción se reflejaba también sobre la morada terrestre
de todos los que nacían y sobre la sepultura en que
reposaban los restos mortales del que fue mi padre
y sin el cual yo nunca hubiera existido.
CAPÍTULO II
OBSERVO
Lo primero que veo de forma clara cuando quiero
recordar la lejanía de mi primera infancia es a mi
madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil,
y a Peggotty, sin edad definida, con unos ojos tan
negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con
unas mejillas y unos brazos tan duros y rojos que
me sorprende que los pájaros no los prefirieran a
las manzanas.
Y siempre me parece recordarlas arrodilladas an-
te mí, frente a frente en el suelo, mientras yo voy
con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuer-
do en mi mente, que se mezcla con los recuerdos
actuales, del contacto del dedo que Peggotty me
tendía para ayudarme a andar: un dedo acribillado
por la aguja y áspero como un rallador.
Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo
que la memoria de la mayor parte de los hombres
puede conservar una impresión de la infancia más
amplia de lo que generalmente se supone; también
creo que la capacidad de observación está exage-
radamente desarrollada en muchos niños y además
es muy exacta. Esto me hace pensar que los hom-
bres que destacan por dicha facultad es, con toda
seguridad, porque no la han perdido más que por-
que la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por
lo general, esos hombres conservan cierta frescura
y espontaneidad y una gran capacidad de agradar,
que también es herencia procedente de la infancia.
Podrá tachárseme de divagador por detenerme a
decir estas cosas, pero ello me obliga a hacer cons-
tar que todas estas conclusiones las saco en parte
de mi propia experiencia. Así, si alguien piensa que
en esta narración me presento como un niño de
observación aguda, o como un hombre que conser-
va un intenso recuerdo de su infancia, puede estar
seguro de que tengo derecho a ambas característi-
cas.
Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de
mis años infantiles, lo primero que recuerdo, emer-
giendo por sí mismo de la confusión de las cosas,
es a mi madre y a Peggotty. ¿,Qué más recuerdo?
Veamos.
También sale de la bruma nuestra casa, tan unida
a mis primeros recuerdos. En el piso bajo, la cocina
de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay
un palomar vacío y en un rincón una gran caseta de
perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad
de pollos, que a mí me parecen gigantescos y que
corretean por allí de una manera feroz y amenaza-
dora. Hay un gallo que se sube a un palo y que
cuando yo le observo desde la ventana de la cocina
parece mirarme con tanta atención que me hace
estremecer: ¡es tan arrogante! Hay también unas
ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cue-
llos por la reja cuando me acerco. Por la noche
sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,
rodeado de fieras, se duerme pensando en los leo-
nes.
Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conser-
vo de él!) conduce desde la cocina de Peggotty
hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa
abre su puerta al pasillo, y ese es un sitio por el que
de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién
sabe lo que puede suceder entre todas aquellas
ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y
sólo un quinqué lo alumbra débilmente, dejando
salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a velas y
a café, todo mezclado? Después hay otras dos
habitaciones: el gabinete, donde pasamos todas las
tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está
siempre con nosotros cuando no hay visita y ha
terminado sus quehaceres), y la sala, donde única-
mente estamos los domingos. La sala es mucho
mejor que el gabinete, pero no se está en ella tan a
gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza,
pues Peggotty me contó (no sé cuándo, pero me
parece que hace siglos) que allí habían sido los
funerales de mi padre, rodeado de los parientes y
amigos, cubiertos todos con mantos negros.
Además, un domingo por la noche mi madre nos
leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección
de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobre-
cogió de tal modo que después, cuando ya estaba
acostado, tuvieron que sacarme de la cama y ense-
ñarme desde la ventana de mi alcoba el cementerio,
completamente tranquilo, con sus muertos durmien-
do en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la
luna.
No hay nada tan verde en ninguna parte como el
musgo de aquel cementerio, nada tan frondoso
como sus árboles, nada tan tranquilo como sus
tumbas. Cuando por la mañana temprano me arro-
dillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habita-
ción de mi madre, y miro por la ventana y veo a los
corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja
reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre
es el reloj de sol!», y me maravilla que también hoy
siga marcando el tiempo.
Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su al-
to respaldo al lado de una ventana, por la que po-
demos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mi-
rarla ni un momento: se conoce que le gusta cercio-
rarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en
ella. Pero aunque los ojos de Peggotty vaga-
bundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo
hago lo mismo, y me hace señas de que me esté
quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo no
puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene
puesta esa cosa blanca sí es muy amigo mío, pero
allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso
que a lo mejor interrumpirá el oficio para preguntar-
me la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?
Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Mi-
ro a mi madre y noto que hace como que no me ve.
Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a
hacerme muecas. Miro un rayo de sol que entra por
la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también
veo una oveja extraviada (y no quiero decir un pe-
cador, sino un cordero) que está a punto de colarse
en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola
terminaré por gritarle que se marche, y ¿qué sería
de mí entonces? Miro las monumentales inscripcio-
nes de las tumbas y trato de pensar en el difunto
míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la
pena que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte
de su marido, después de una larga enfermedad,
para la cual la ciencia de los médicos ha sido inefi-
caz, y me pregunto si habrán consultado también a
míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá
venir y estarlo recordando una vez por semana?
Miro a míster Chillip, que está con su corbata de
domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien
que se podría jugar allí. El púlpito sería la fortaleza;
otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le
arrojaríamos el almohadón de terciopelo, con sus
borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cie-
rran los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace
mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el momento en
que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me
saca de la iglesia más muerto que vivo.
Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las
ventanas de los dormitorios abiertas, por las que
penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de
cuervos que se balancean todavía en lo alto de las
ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de
atrás, delante del patio donde está el palomar y la
caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo
recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra
con una cadena: allí los frutos maduran en los árbo-
les más ricos y abundantes que en ninguna otra
parte; y mientras mi madre los recoge en su cesta,
yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grose-
llas, haciendo como que no me muevo. Se levanta
un gran viento y el verano huye de nosotros. En las
tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando
mi madre está cansada se sienta en su butaca, se
enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla
su talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le
gusta mirarse y lo contenta que está de ser tan be-
lla.
Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa
y la sensación de que los dos (mi madre y yo) ten-
íamos un poco de miedo de Peggotty, y nos somet-
íamos en casi todo a sus órdenes; de aquí dimana-
ban siempre las primeras opiniones (si se pueden
llamar así), a lo que yo veía.
Una noche estábamos Peggotty y yo solos senta-
dos junto al fuego. Yo había estado leyéndole a
Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí
de leer muy mal o a la pobre mujer le interesaba
muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga im-
presión que le quedó de mi lectura fue que se trata-
ba de una especie de legumbres. Me había cansado
de leer y me caía de sueño; pero como tenía permi-
so (como una gran cosa) para permanecer levanta-
do hasta que volviera mi madre (que pasaba la ve-
lada en casa de unos vecinos) como es natural,
hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme
a la cama.
Había llegado a ese estado de sueño en que me
parecía que Peggotty se inflaba y crecía de un mo-
do gigantesco. Me sostenía con los dedos los
párpados para que no se me cerrasen y la miraba
con insistencia, mientras ella seguía trabajando;
también miraba el pedacito de cera que tenía para
el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos
lados! y la casita donde vivía el metro, y la caja de
labor, con su tapa de corredera que tenía pintada
una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula
color de rosa, y el dedal de cobre puesto en su de-
do, y a ella misma, que realmente me parecía en-
cantadora.
Tenía tanto sueño que estaba convencido de que
en el momento en que perdiera de vista cualquiera
de aquellas cosas ya no tendría remedio.
-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada
alguna vez?
-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te
ha ocurrido pensar en eso?
Me contestó tan sorprendida que casi me despa-
biló, y dejando de coser me miró con la aguja todo
lo estirada que le permitía el hilo.
-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty?
-le dije- Tú eres una mujer muy guapa, ¿no?
La encontraba de un estilo muy diferente al de mi
madre; pero, dentro de otro género de belleza, me
parecía un ejemplar perfecto.
Había en el gabinete un taburete de terciopelo ro-
jo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el
fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran
para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete
era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso
era lo de menos.
-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por
Dios, querido. Pero ¿quién te ha metido en la cabe-
za esas cosas?
-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de
una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?
-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.
-Y si uno se casa con una persona y esa persona
se muere, ¿entonces sí puede uno casarse con
otra? Di, Peggotty.
-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cues-
tión de gustos --dijo Peggotty.
-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?
Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque
me daba cuenta de que ella me observaba con una
curiosidad enorme.
-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme
y poniéndose a coser después de un momento de
vacilación que yo nunca he estado casada, ni pien-
so estarlo, Davy. Eso es todo lo que sé sobre el
asunto.
-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad,
Peggotty? --dije después de un minuto de silencio.
De verdad creía que se había enfadado, me había
contestado tan lacónicamente; pero me equivocaba
por completo, pues dejando a un lado su labor (que
era una media suya) y abriendo mucho los brazos
cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza.
Estoy seguro de que fue con fuerza, porque, como
estaba tan gordita, en cuanto hacía un movimiento
algo brusco los botones de su traje saltaban arran-
cados. Y recuerdo que en aquella ocasión salieron
dos disparados hasta el otro extremo de la habita-
ción.
-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodi-
los» -me dijo Peggotty, que todavía no había con-
seguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he
enterado ni de la mitad.
Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni
por qué tenía aquel afán en volver a ocuparnos de
los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los mons-
truos, con un nuevo interés por mi parte, y tan pron-
to dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol
como corríamos hacia ellos hostigándolos con insis-
tentes vueltas a su alrededor, tan rápidas, que ellos,
a causa de su extraña forma, no podían seguir.
Después los perseguíamos en el agua como los
indígenas, y les introducíamos largos pinchos por
las fauces. En resumen, que llegamos a sabernos
de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo me-
nos yo. De Peggotty no respondo, pues estaba tan
distraída, que no hacía más que pincharse con la
aguja en la cara y en los brazos.
Habiendo agotado todo lo referente a los cocodri-
los, íbamos a empezar con sus semejantes, cuando
sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi
madre. Me pareció que estaba más bonita que nun-
ca, y con ella llegaba un caballero de hermosas
patillas y cabello negros, a quien ya conocía por
habernos acompañado a casa desde la iglesia el
domingo anterior.
Cuando mi madre se detuvo en la puerta para co-
germe en sus brazos y besarme, el caballero dijo
que yo tenía más suerte que un rey (o algo pareci-
do) pues me temo que mis reflexiones ulteriores me
ayuden en esto.
-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del
hombro de mi madre.
El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por
qué no me gustaban ni él ni su voz profunda, y tenía
como celos de que su mano tocara la de mi madre
mientras me acariciaba. Le rechacé lo más fuerte
que pude.
-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.
-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sor-
prende su adoración!
Nunca había visto un color tan hermoso en el ros-
tro de mi madre.
Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y es-
trechándome entre sus brazos, daba las gracias al
caballero por haberse molestado en acompañarla.
Mientras hablaba le tendió la mano, y mientras se la
estrechaba me miraba.
-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caba-
llero, después de inclinarse (¡yo lo vi!) a besar la
mano de mi madre.
-¡Buenas noches! --dije.
-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos
del mundo -insistió riendo-; dame la mano.
Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha
y yo le tendí la otra.
-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él
riendo.
Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo hab-
ía resuelto no dársela, y no se la di. Le alargué la
otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que
era un buen chico, se marchó.
Un momento después le vi volverse en la puerta
del jardín y lanzarnos una última mirada (antes de
que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de
mal agüero.
Peggotty, que no había dicho una palabra ni mo-
vido un dedo, cerró instantáneamente los cerrojos, y
entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su
costumbre, en lugar de sentarse en la butaca junto
al fuego, permaneció en el otro extremo de la habi-
tación canturreando para sí.
-Espero que haya pasado usted una velada agra-
dable -dijo Peggotty, tiesa como un palo en el centro
de la habitación y con un palmatoria en la mano.
-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi ma-
dre con voz alegre-. He pasado una velada muy
agradable.
-Una persona nueva es siempre un cambio muy
agradable -insistió Peggotty.
-Naturalmente, es un cambio muy agradable
-contestó mi madre.
Peggotty continuó inmóvil en medio de la habita-
ción, y mi madre reanudó su canto. Yo me dormí,
aunque no con un sueño profundo, pues me parcer-
ía oír sus voces, pero sin entender lo que decían.
Cuando me desperté de aquella desagradable mo-
dorra, me encontré a Peggotty y a mamá hablando
y llorando.
-No es una persona así la que le hubiera gustado
a mister Copperfield -decía Peggotty-; se lo repito y
se lo juro.
-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres vol-
verme loca? En mi vida he visto a nadie ser tratado
con tanta crueldad por sus criados. Además, hago
una injusticia si me considero una niña. ¿No he
estado casada, Peggotty?
-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.
-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-,
cómo tienes corazón para hacerme tan desgracia-
da, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que
fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?
-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle
que eso no le conviene. No, no puede ser. De nin-
guna manera debe usted hacerlo. ¡No!
Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al
aire del énfasis con que la movía.
-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una
manera tan injusta? -gritó mi madre llorando más
que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo
como cosa decidida, Peggotty, cuando te repito una
vez y otra que no ha pasado nada de la más co-
rriente cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy
yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la siente,
¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pre-
gunto? Tú querrías que me afeitase la cabeza y me
ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con
una quemadura, un cuchillo o algo parecido. Estoy
segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura
de que te daría una gran alegría.
Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la
reprimenda.
-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre,
acercándose a la butaca en que yo estaba tendido y
acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que
no quiero a mi mayor tesoro! El mejor compañero
que haya existido jamás.
-Nadie ha insinuado semejante cosa ---dijo Peg-
gotty.
-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy
bien. Es lo que has querido decirme con tus malas
palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien
como yo que únicamente por él no me he comprado
el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que
la verde está completamente destrozada y se va por
momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes negarlo!
Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando
su mejilla contra la mía:
-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una
madre mala, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío;
di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peg-
gotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te
quiero nada, ¿verdad?
Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que
yo era el que lloraba más fuerte; pero estoy seguro
de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba
verdaderamente destrozado, y temo que en los
primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a
Peggotty bestia. Aquella excelente criatura estaba
en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y estoy
casi seguro de que en aquella ocasión su vestido
debió de quedarse sin un solo botón, pues saltaron
por los aires cuando después de reconciliarse con
mi madre se arrodilló al lado del sillón para reconci-
liarse conmigo.
Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollo-
zos me desvelaron durante mucho tiempo; y cuando
un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la
cama, me encontré a mi madre sentada a los pies a
inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me
dormí profundamente.
No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a
ver al caballero aquel, o si pasó más tiempo antes
de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no
pretendo determinar fechas; pero sé que volví a
verlo en la iglesia y que después nos acompañó a
casa. Además, entró para ver un hermoso geranio
que teníamos en la ventana del gabinete. No me
pareció que se fijaba mucho en el geranio; pero
antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi
madre le dijo que cortara él mismo la que más le
gustase; pero él se negó, no comprendí por qué, y
entonces mi madre, arrancando una florecita, se la
dio. Él dijo que nunca, nunca, se separaría de ella; y
yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que
no sabía que al día siguiente estaría marchita.
Por aquella época, Peggotty empezó a estar me-
nos con nosotros por las noches. Mi madre la trata-
ba con mucha deferencia (más que de costumbre
me parecía a mí), y los tres estábamos muy amigos,
pero había algo distinto que nos hacía sentir violen-
tos cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pen-
saba que a Peggotty no le gustaba que mi madre
luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía
guardados, ni que fuera tan a menudo a casa de la
misma vecina; pero no lograba comprender por qué.
Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al ca-
ballero de las patillas negras. Seguía sin gustarme
más que al principio y continuaba sintiendo los
mismos celos, aunque sin más razón para ello que
una instintiva antipatía de niño y un vago sentimien-
to de que Peggotty y yo debíamos bastar a mi ma-
dre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de haber
sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni
siquiera nada semejante. Podía observar pequeñas
cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo
que estaba por encima de mis fuerzas.
Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en
el jardín, cuando míster Murdstone (entonces ya
sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo
un momento a saludar a mi madre, y dijo que iba a
Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un
yate, y me propuso muy alegremente llevarme con
él montado en la silla si me gustaba el paseo.
Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mien-
tras piafaba y relinchaba a la puerta del jardín, pa-
recía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí
grandes deseos de acompañarlos.
Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre
tanto, míster Murdstone desmontó, y con las bridas
del caballo debajo del brazo se puso a pasear len-
tamente por el otro lado del seto, mientras mi madre
le acompañaba, paseando también lentamente, por
dentro del jardín. Me reuní con Peggotty y los dos
nos pusimos a mirar desde la ventana de mi cuarto.
Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar
el seto que había entre ellos mientras andaban; y
también que Peggotty, que estaba de muy buen
humor, pasó en un momento a todo lo contrario, y
comenzó a peinarme de un modo violento.
Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando
a lo largo del verde seto por el lado del camino. Me
sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no
podía estarme tan quieto como de costumbre, y no
dejaba de pensar a cada momento en volver la ca-
beza para mirarle. Míster Murdstone tenía una clase
de ojos negros «vacíos». No encuentro otra palabra
para definir esos ojos que no son profundos, en los
que no se puede sumergir la mirada y que cuando
se abstraen parece, por una peculiaridad de luz,
que se desfiguran por un momento como una
máscara. Varias de las veces que le miré le en-
contré con aquella expresión, y me preguntaba a mí
mismo, con una especie de terror, en qué estaría
pensando tan abstraído.
Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me pa-
recieron más negros y más abundantes;.nunca
hubiera creído que fueran así. La parte inferior de
su rostro era cuadrada; esto y la sombra de su bar-
ba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente
todos los días, me recordaba una figura de cera que
habían recibido haría unos seis meses en nuestra
vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el bri-
llante colorido de su cutis (al diablo su cutis y al
diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de
mis sentimientos, que era un hombre muy guapo.
No me extraña que mi pobre y querida madre pen-
sara lo mismo.
Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde en-
contramos a dos caballeros fumando en una habita-
ción. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro
sillas, y tenían puestas unas chaquetas muy am-
plias. En un rincón había un montón de abrigos,
capas para embarcarse y una bandera, todo em-
paquetado junto.
Cuando entramos, los dos se levantaron perezo-
samente y dijeron:
-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías
muerto!
-Todavía no --dijo Murdstone.
-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno
de los caballeros.
-Es Davy ---contestó Murdstone.
-Davy, ¿qué? --dijo el caballero-. ¿Jones?
-Copperfield -dijo Murdstone.
-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress
Copperfield, la viudita bonita! -exclamó el caballero.
-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado.
Hay gente muy avispada.
-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.
Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha cu-
riosidad por saber de quién hablaban.
-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murds-
tone.
Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de
Brooks de Shefield, porque en el primer momento
había creído que hablaban de mí.
Debía de haber algo muy cómico en la fama de
míster Brooks de Shefield, pues los otros dos caba-
lleros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster
Murdstone también pareció divertirle mucho. Des-
pués que hubieron reído un rato, el caballero a
quien habían llamado Quinion dijo:
-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo
que se refiere al asunto?
-No creo que Brooks entienda todavía mucho de
ello -replicó míster Murdstone-; pero en general no
me parece favorable.
De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo
que iba a mandar traer una botella de sherry para
brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio
también a mí un poco con un bizcocho, y antes de
que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:
-¡A la confusión de Brooks de Shefield!
El brindis fue recibido con aplausos y grandes ri-
sas, lo que me hizo reír a mí también. Entonces
ellos rieron todavía más. En resumen, nos diverti-
mos mucho.
Luego estuvimos paseando; después nos fuimos
a sentar en la hierba, y más tarde lo estuvimos mi-
rando todo a través de un telescopio. Yo no podía
ver nada cuando lo ponían ante mis ojos, pero decía
que veía muy bien. Después volvimos al hotel para
almorzar. Todo el tiempo que estuvimos en la calle
los amigos de míster Murdstone fumaron sin cesar,
lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de
estar haciendo desde que habían salido los trajes
de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a
visitar el yate. Allí ellos tres bajaron a una cabina
donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía
completamente entregados a su trabajo cuando se
me ocurría mirar por la claraboya entreabierta. Du-
rante aquel tiempo me dejaron con un hombre en-
cantador, con abundantes cabellos rojos y un som-
brero pequeño y barnizado encima. También lleva-
ba una camisa o un jersey rayado, sobre la que se
veía escrito en letras mayúsculas Alondra. Yo pensé
que sería su nombre, y que, como vivía en un barco
y no tenía puerta donde ponerlo, se lo ponía en-
cima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo
que aquel no era su nombre, sino el del barco.
Durante todo el día pude observar que míster
Murdstone estaba más serio y silencioso que los
otros dos caballeros, los cuales parecían muy ale-
gres y despreocupados, bromeando de continuo
entre ellos, pero muy rara vez con él. También me
pareció que era más inteligente y más frío y que lo
miraban con algo del mismo sentimiento que yo
experimentaba. Pude observar que una o dos ve-
ces, cuando míster Quinion hablaba, miraba de
reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de
que no le estaba desagradando; y en otra ocasión,
cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba
más entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le
hizo señas con los ojos para que mirase a míster
Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso.
No recuerdo que míster Murdstone se riera en todo
el día, excepto en el momento del brindis por She-
feld, y eso porque había sido cosa suya.
Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy
hermosa, y mi madre y él se pasearon de nuevo a lo
largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando
míster Murdstone se marchó, mi madre me estuvo
preguntando qué había hecho durante el día y lo
que habían dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que
habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo
que eran unos impertinentes y que decían tonterías;
pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía con la mis-
ma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión
para preguntarle si conocía a míster Brooks de She-
field; pero me contestó que no, y que suponía que
se trataría de algún fabricante de cuchillos.
¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha
cambiado y que no existe) ha desaparecido para
siempre, cuando todavía en este momento le estoy
viendo ante mí tan claro como el de una persona a
quien se reconocería en medio de la multitud?
¿Cómo decir que su inocencia y de su belleza infan-
til, han desaparecido, cuando todavía siento su
aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche?
¿Es posible que haya cambiado, cuando mi imagi-
nación me la trae todavía viva, y aquel verdadero
cariño que sentía y que sigo sintiendo, recuerda aún
lo que más quería entonces?
Al referirme a ella la describo como era: cuando
me fui aquella noche a la cama después de charlar
y cuando después vino ella a mi lecho a besarme,
se arrodilló alegremente al lado de mi camita y con
la barbilla apoyada en sus manos y riendo me dijo:
-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo;
¡no lo puedo creer!
-La seductora... -empecé.
Mi madre puso sus manos sobre mis labios para
interrumpirme.
-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber
sido seductora, Davy. ¡Estoy segura de que no era
eso!
-Sí era: «la seductora mistress Copperfield»
-repetí con fuerza-. Y «la bonita» .
-No, no; tampoco era bonita; no era bonita
-interrumpió mi madre, volviendo a poner sus dedos
sobre mis labios.
-Sí era, sí: « la bonita viudita».
-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi ma-
dre riendo y cubriéndose el rostro con las manos.
¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido...
-¿Qué, mamá?
-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos.
Yo también estoy muy enfadada; pero prefiero que
Peggotty no lo sepa.
Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos to-
davía muchas veces, y pronto caí en un profundo
sueño.
Ahora, desde la distancia, me parece como si
hubiera sido al día siguiente cuando Peggotty me
hizo la extravagante y aventurada proposición que
voy a relatar, aunque es muy probable que fuese
dos meses después.
Una noche estábamos (como siempre cuando mi
madre había salido) sentados, en compañía del
metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la
catedral de Saint Paul en la tapa y del libro del co-
codrilo, cuando Peggotty, después de mirarme va-
rias veces y abrir la boca como si fuera a hablar, sin
hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba; de
no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo
cariñosamente:
-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince
días en casa de mi hermano, en Yarmouth? ¿Te
divertiría?
-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty?
-pregunté con precaución.
-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático!
-exclamó Peggotty levantando las manos-. Y
además allí tendrás el mar, y los barcos, y los bu-
ques grandes, y los pescadores, y la playa, y a Ham
para jugar.
Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencio-
nado en el primer capítulo; pero hablaba de él como
de una parte de la gramática inglesa.
Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté
que ya lo creo que me divertiría; pero ¿qué diría mi
madre?
-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome in-
tensamente- a que nos deja. Si quieres, se lo pre-
gunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!
-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije,
apoyando mis codos pequeños en la mesa como
para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a que-
darse sola!
Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media
era el roto que cosía, verdaderamente debía de ser
tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.
-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podr-
ía vivir sola.
-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirán-
dome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu madre va a
pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress
Grayper va a tener en su casa mucha gente.
¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto
a ir. Esperé con la más viva impaciencia a que mi
madre volviera de casa de mistress Grayper (pues
estaba en casa de aquella misma vecina) para estar
seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea.
Sin ni mucho menos sorprenderse, como yo espe-
raba, mi madre consintió enseguida en ello; y todo
quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que
pagarían por mi alojamiento y manutención durante
la visita.
El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían
fijado tan cercano, que llegó pronto hasta para mí,
que lo esperaba con febril impaciencia y que temía
que un temblor de tierra, una erupción volcánica o
cualquier otra gran convulsión de la naturaleza vi-
niera a interponerse interrumpiendo la expedición.
Debíamos ir en el coche de un carretero que partía
por la mañana después del desayuno. Hubiera dado
dinero por haber podido vestirme la noche anterior y
dormir ya con sombrero y botas.
¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parez-
ca que lo digo como algo sin importancia, la alegría
con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar
siquiera lo que dejaba para siempre!
Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a
la puerta y mi madre me besaba, una gran ternura
por ella y por el viejo lugar que nunca había aban-
donado me hizo llorar. Y me gusta saber que mi
madre también lloraba y que yo sentía latir su co-
razón contra el mío.
Me gusta recordar que cuando el carro empezó a
alejarse, mi madre corrió tras él por el camino,
mandándole parar, para darme más besos, y me
gusta saber la gravedad y el cariño con que apreta-
ba su cara contra la mía, y yo también.
Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya
partimos, míster Murdstone apareció a su lado. Me
pareció que le reprochaba el estar tan conmovida.
Yo los miraba a través de los barrotes del carro,
preocupado con la idea de por qué ese señor se
metería en aquello.
Peggotty, que también estaba mirando, no parec-
ía nada satisfecha; se lo noté en cuanto le miré a la
cara.
Durante algún tiempo permanecí mirando a Peg-
gotty y pensando que si ella quisiera abandonarme,
como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería
capaz de volver a encontrar el camino de casa
guiándome sólo por los botones que, seguramente,
se le irían cayendo.
CAPÍTULO III
UN CAMBIO
Quiero suponer que el caballo del carretero era el
más perezoso del mundo, pues caminaba muy des-
pacio y con la cabeza baja, como si le gustase
hacer esperar a la gente a quien llevaba los encar-
gos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se
reía para sí al pensar en ello. Sin embargo, el carre-
tero me dijo que era tos porque había cogido un
constipado.
También él tenía la costumbre de llevar la cabeza
baja, como su caballo, y mientras conducía iba me-
dio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y
digo «conducía» aunque a mí me pareció que el
carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente
igual sin él; era evidente que el caballo no lo necesi-
taba; y en cuanto a dar conversación, no tenía ni
idea; sólo silbaba.
Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa
cesta de provisiones, que hubiera podido durarnos
hasta Londres aunque hubiéramos continuado el
viaje con el mismo medio de transporte. Comíamos
y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la
barbilla apoyada en el asa de la cesta, postura de la
que ni por un momento se cansaba; y yo nunca
hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis
propios oídos, que una mujer tan débil roncase de
aquel modo.
Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estu-
vimos tanto tiempo descargando la armadura de
una cama en una posada y llamando en otros mu-
chos sitios, que estaba ya cansadísimo, y me puse
muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.
Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo
largo del río me pareció que estaba todo muy es-
ponjoso y empapado, y no acertaba a comprender
cómo si el mundo es realmente redondo (según mi
libro de geografía) una parte de él puede ser tan
sumamente plana. Imaginando que Yarmouth podía
estar situada en uno de los polos, ya era más expli-
cable. Conforme nos acercábamos veíamos exten-
derse cada vez más el horizonte como una línea
recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna
colina, o cosa semejante, de vez en cuando, mejo-
raría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un
poco más separada del mar y la ciudad menos su-
mergida en él, como un trozo de pan en el caldo,
sería mucho más bonito. Pero Peggotty me con-
testó, con más énfasis que de costumbre, que había
que tomar las cosas como eran, y que, por su parte,
estaba orgullosa de poder decir que era un «aren-
que» de Yarmouth.
Cuando salimos a la calle (que era completamen-
te extraña y nueva para mí); cuando sentí el olor del
pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a
los pescadores paseando y las carretas de un lado
para otro, comprendí que había sido injusto con un
pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peg-
gotty, que escuchó mis expresiones de entusiasmo
con gran complacencia y me contestó que era cosa
reconocida (supongo que por todos aquellos que
habían tenido la suerte de nacer « arenques») que
Yarmouth era, por encima de todo, el sitio más her-
moso del universo.
-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de
lo que ha crecido -gritó Peggotty.
En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta
de la posada, y me preguntó por mi salud como a
un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de
que no le conocía tanto como él a mí, pues el haber
estado en casa la noche de mi nacimiento le daba,
como es natural, gran ventaja. Sin embargo, empe-
zamos a intimar desde el momento en que me cogió
a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa.
Ham era entonces un muchacho grandón y fuerte,
de seis pies de alto y bien proporcionado, con
enormes espaldas redondas; pero con una cara de
expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados
que le daban todo el aspecto de un cordero. Iba
vestido con una chaqueta de lona y unos pantalo-
nes tan tiesos, que se hubieran sostenido solos
incluso sin piernas dentro. Sombrero, en realidad,
no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con
una especie de tejadillo algo embreado como un
barco viejo.
Ham me llevaba a caballo encima de sus hom-
bros, y con una de nuestras maletas debajo del
brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por
senderos cubiertos con montones de viruta y de
montañitas de arena; después cerca de una fábrica
de gas, por delante de cordelerías, arsenales de
construcción y de demolición, arsenales de calafa-
teo, de herrerías en movimiento y de muchos sitios
análogos. Y por fin llegamos ante la vaga extensión
que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:
-Esta es nuestra casa, señorito Davy.
Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar
en aquel desierto, por encima del mar y por la orilla;
pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había
una barcaza negra o algo parecido a una barca
viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de
hierro asomando como una chimenea, del que salía
un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera
parecer una casa.
-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una bar-
ca?
-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.
Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas
sus maravillas, creo que no me hubiera seducido
más la romántica idea de vivir en él. Tenía una
puerta bellísima, abierta en un lado, y tenía techo y
ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consis-
tía en que era un barco de verdad, que no cabía
duda que había estado sobre las olas cientos de
veces y que no había sido hecho para servir de
morada en tierra firme. Eso era lo que más me cau-
tivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera
parecido pequeña o incómoda o demasiado aislada;
pero no habiendo sido destinada a ese uso, resulta-
ba una morada perfecta.
Por dentro estaba limpia como los chorros del oro
y lo más ordenada posible. Había una mesa y un
reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda
una bandeja de té, en la que había pintada una
señora con una sombrilla paseándose con un niño
de aspecto marcial que jugaba al aro. La bandeja
estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se
hubiese escurrido habría arrastrado en su caída
gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que
estaban agrupados su alrededor. En las paredes
había algunas láminas con marcos y cristal: eran
imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he
podido verlas en manos de los vendedores ambu-
lantes sin contemplar al mismo tiempo el interior
completo de la casa del hermano de Peggotty.
Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac,
de azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de
leones, verdes, eran los más notables. Sobre la
repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgu-
bre Shara Jane, comprado en Sunderland, que ten-
ía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de
composición y de carpintería que yo consideraba
como una de las cosas más deseables que podía
ofrecer el mundo. En las vigas del techo había va-
rios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces; algu-
nos baúles y cajones servían de asiento, aumen-
tando así el número de sillas.
Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de
un primer vistazo, de acuerdo con mi teoría de ob-
servación infantil. Después, Peggotty, abriendo una
puertecita, me enseñó mi habitación. Era la habita-
ción más completa y deseable que he visto en mi
vida. Estaba en la popa del barco y tenía una ven-
tanita, que era el sitio por donde antes pasaban el ti-
món; un espejito estaba colgado en la pared, preci-
samente a mi altura, con su marco de conchas;
también había un ramo de plantas marinas en un
cacharro azul, encima de la mesilla, y una cainita
con el sitio suficiente para meterse en ella. Las pa-
redes eran blancas como la leche, y la colcha,
hecha de retales, me cegaba con la brillantez de
sus colores.
Una cosa que observé con interés en aquella deli-
ciosa casita fue el olor a pescado; tan penetrante,
que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía
como si hubiera servido para envolver una langosta.
Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me
dijo que su hermano se dedicaba a la venta de can-
grejos y langostas, y, en efecto, después encontré
gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No
sabían estar un momento sin pinchar todo lo que
encontraban en un pequeño pilón de madera que
había fuera de la casa, y en el que también se met-
ían los pucheros y cacerolas.
Fuimos recibidos por una mujer muy bien educa-
da, que tenía un delantal blanco y a quien yo había
visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo
reverencias en la puerta cuando llegaba montado
en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora
del mundo (así me lo pareció), con un collar de per-
las azules alrededor del cuello, pero que no me dejó
besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo.
Después que hubimos comido de una manera opí-
para pescado cocido, mantequilla y patatas, con
una chuleta para mí, un hombre de largos cabellos y
cara de buena persona entró en la casa. Como
llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en
la mejilla, no tuve la menor duda de que era su her-
mano. En efecto, así me le presentaron: míster
Peggotty, señor de la casa.
-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos
encontrará usted muy rudos, señorito, pero siempre
dispuestos a servirle.
Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de
que sería feliz en un sitio tan delicioso.
-¿Y cómo está su mamá? --dijo míster Peggotty-.
¿La ha dejado usted en buena salud?
Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien
que podía desearse, y añadí que me había dado
muchos recuerdos para él, lo que era una mentira
amable por mi parte.
-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo
míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si puede usted
estarse quince días contento entre nosotros --dijo
mirando a su hermana, a Ham y a la pequeña Emi-
ly-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.
Después de hacerme los honores de su casa de
la manera más hospitalaria, míster Peggotty fue a
lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el
agua fría no era suficiente para limpiarle». Pronto
volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado
que no pude por menos que pensar que su rostro
era semejante a las langostas y cangrejos que
vendía, que entraban en el agua caliente muy ne-
gros y salían rojos.
Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerra-
da y la habitación confortable (las noches eran frías
y brumosas entonces), me pareció que aquel era el
retiro más delicioso que la imaginación del hombre
podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber
que la niebla invadía poco a poco aquella desolada
planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y pensar
que en los alrededores no había más casa que
aquella y que, además, era un barco, me parecía
cosa de encantamiento.
La pequeña Emily ya había vencido su timidez y
estaba sentada a mi lado en el más bajo de los
cajones, que era precisamente del ancho suficiente
para nosotros dos y parecía estar a propósito es-
perándonos en un rincón al lado del fuego.
Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía
media al otro lado del hogar. Peggotty y su labor,
con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encon-
traban tan completamente a sus anchas como si
nunca hubieran conocido otra casa. Ham había
estado dándome una primera lección a cuatro patas
con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de
recordar cómo se decía la buenaventura, a iba de-
jando impresa la marca de su pulgar en cada una
de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí
que era un momento propicio para la conversación y
las confidencias:
-Mister Peggotty -dije.
-Señorito --dijo él.
-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham
porque vive usted en una especie de arca?
Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta
como una idea profunda; pero me contestó:
-Yo nunca le he puesto ningún nombre.
-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo
a míster Peggotty la pregunta número dos del cate-
cismo.
-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.
-¡Yo creía que era usted su padre!
-Mi hermano Joe era su padre --dijo.
-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, des-
pués de una pausa respetuosa.
-Ahogado -dijo míster Peggotty.
Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggot-
ty no fuese el padre de Ham, y empecé a temer si
no estaría también equivocado sobre el parentesco
de todos los demás. Tenía tanta curiosidad por sa-
berlo, que me decidí a seguir preguntando:
-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí
es su hija? ¿No es así, míster Peggotty?
-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.
No pude resistirlo a insinué, después de otro si-
lencio respetuoso:
-¿Ha muerto, míster Peggotty?
-Ahogado --dijo mister Peggotty.
Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo
asunto; pero me interesaba llegar al fondo del asun-
to y dije:
-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster
Peggotty?
-No, señorito -me contestó con una risa corta---,
soy soltero.
-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es
esa, míster Peggotty? -dije apuntando a la mujer del
delantal blanco, que estaba haciendo media.
-Esa es mistress Gudmige --dijo míster Peggotty.
-¿Gudmige, míster Peggotty?
Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi
Peggotty particular) empezó a hacerme gestos tan
expresivos para que no siguiera preguntando, que
no tuve más remedio que sentarme y mirar a toda la
silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de
acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito,
Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un so-
brino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped
había adoptado en diferentes épocas, cuando que-
daron sin recursos, y que mistress Gudmige era la
viuda de un socio suyo que había muerto muy po-
bre.
-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo
Peggotty-, pero tan bueno como el oro y fuerte co-
mo el acero.
Estos eran sus símiles.
Y el único asunto, según me dijo, que le encoleri-
zaba y sacaba de sus casillas era que se hablase
de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la
conversación daba con su mano derecha un violen-
to puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la
rompió) y juraba con una horrible blasfemia que
tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si
volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que
hice nadie pudo darme la menor explicación grama-
tical sobre aquella terrible frase «tomar el portante»,
que todos ellos consideraban como si constituyese
la más solemne imprecación.
Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped
mientras oía a las mujeres, que se acostaban en
otra cama como la mía en el extremo opuesto del
barco, y a él y a Ham colgando dos hamacas, don-
de dormían, en los ganchos que había visto en el
techo; y en el más eufórico estado de ánimo me iba
quedando dormido. Conforme el sueño se apodera-
ba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y
por la llanura con tal fiereza, que sentí un cobarde
temor de la gran oscuridad creciente de la noche.
Pero me convencí a mí mismo de que después de
todo estábamos en un barco, y que un hombre co-
mo míster Peggotty no era grano de anís a bordo,
en caso de que ocurriera algo.
Sin embargo, nada sucedió hasta que me des-
perté por la mañana. En cuanto el sol se reflejó en
el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama
y corrí con la pequeña Emily a coger caracoles en la
playa.
-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a
Emily.
No es que supusiera nada; pero sentía que era un
deber de galantería decirle algo; y viendo en aquel
momento reflejarse la blancura deslumbrante de
una vela en sus ojos claros, se me ocurrió aquello.
-No --dijo Emily, sacudiendo su cabecita---, me da
mucho miedo el mar.
-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy
fijo al océano inmenso- A mí no me da miedo.
-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le
he visto ser muy cruel con algunos de nuestros
hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco
tan grande como nuestra casa.
-Espero que no fuera el barco en que...
-¿En el que mi padre murió ahogado? --dijo Emily.
No, no era aquel. Yo no he visto nunca aquel barco.
-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.
Emily sacudió la cabecita.
-Que yo recuerde, no.
¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a
explicar cómo yo tampoco había visto nunca a mi
padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre
solos en el estado de mayor felicidad imaginable, y
así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre.
También le conté que la tumba de mi padre estaba
en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la som-
bra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme mu-
chas mañanas para oír cantar a los pájaros. Sin
embargo, parece ser que había algunas diferencias
entre la orfandad de Emily y la mía. Ella había per-
dido a su madre antes que a su padre, y nadie sab-
ía dónde estaba la tumba de este último, aunque
era de suponer que estaba en cualquier sitio de las
profundidades del mar.
-Y además --dijo Emily mientras buscaba conchas
y piedras- tu padre era un caballero y tu madre una
señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de
un pescador, y mi tío Dan también es pescador.
-¿Dan es míster Peggotty? --dije yo.
-El tío Dan -contestó Emily, señalando el bar-
co-casa.
-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno,
verdad?
-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría
una chaqueta azul cielo con botones de diamantes,
un pantalón con su espada, un chaleco de terciope-
lo rojo, un sombrero de tres picos, un gran reloj de
oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.
Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno
de todos aquellos tesoros; pero debo confesar que
me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la
indumentaria propuesta por su agradecida sobrina
y, principalmente, de lo que más dudaba era de la
utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo,
guardé aquellos pensamientos para mí.
La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas
maravillas, se había parado y miraba al cielo como
si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos
pusimos a buscar guijarros y conchas.
-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.
Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que
sí.
-Me gustaría mucho, porque entonces todos ser-
íamos damas y caballeros: yo, mi tío, Ham y mis-
tress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos
cuando hubiese tormenta. Quiero decir por nosotros
mismos, pues estoy segura de que nos preocupar-
íamos mucho por los pobres pescadores y los ayu-
daríamos con dinero cuando les sucediera algún
percance.
Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo en-
contré bastante probable, y expresé la alegría que
me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo
entonces el valor de decirme, tímidamente:
-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?
En aquel momento el mar estaba lo bastante en
calma como para no asustarme; pero no dudo de
que si hubiera visto una ola moderadamente grande
avanzar hacia mí hubiese huido ante el pavoroso
recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin
embargo, le contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco
me parece que le temas como dices», pues en
aquel momento andaba por el borde de una especie
de antiguo rompeolas de madera, por el que nos
habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera
a caer.
-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo
cuando ruge, y tiemblo pensando en el tío Dan y en
Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso
es por lo que me gustaría ser una dama. Pero de
esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!
Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr
por un madero que, saliendo del sitio en que está-
bamos, dominaba el agua profunda desde bastante
altura y sin la menor protección.
El incidente está tan grabado en mi memoria, que
si fuera pintor podría dibujarlo ahora tan claramente
como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo
hacia su muerte (como entonces me pareció), con
una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo
lejos, hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil,
volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo me reí de
mis temores y del grito inútil que había dado, pues
además no había nadie cerca. Pero ha habido ve-
ces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que
he pensado que era posible (entre las posibilidades
de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita teme-
ridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejan-
ía cierto instintivo placer por el peligro, como una
atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de
que su vida podía terminar ese mismo día. Hubo un
tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pen-
saba que si la vida que esperaba a la niña me
hubiera sido revelada en un momento, y de tal mo-
do que mi inteligencia infantil hubiera podido com-
prendería por completo, y si su conservación hubie-
se dependido de un movimiento de mi mano, ¿de-
bería haberío hecho? Y durante cierto tiempo (no
digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurri-
do) he llegado a preguntarme si no habría sido me-
jor para ella que las aguas se hubiesen cerrado
sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he
contestado: «Sí; más habría valido». Pero esto es
quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin
embargo, no importa: dicho está.
Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas
que nos parecían muy curiosas, y volvimos a poner
cuidadosamente en el agua algunas estrellas de
mar (yo en aquel tiempo no conocía lo bastante la
especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y
por fin emprendimos el camino a la morada de
míster Peggotty. Nos detuvimos un momento debajo
del pilón de las langostas para cambiar un inocente
beso y entramos a desayunar resplandecientes de
salud y de alegría.
-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.
No hay que decir que estaba enamorado de la
pequeña Emily. Estoy seguro de que la amaba con
mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor
pureza y desinterés del que pueda haber en el me-
jor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantas-
ía creaba alrededor de aquella niña de ojos azules
algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero
ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante
la hubiera visto desplegar sus alas y desaparecer
volando ante mis ojos, no me habría parecido extra-
ño ni imposible.
Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas
y horas por la monótona llanura de Yarmouth. Y los
días discurrían por nosotros como si el tiempo tam-
poco pasara y, convertido en niño, estuviera siem-
pre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a
Emily que la adoraba, y que si ella no confesaba
adorarme también me vería obligado a atravesarme
con una espada. Y ella me respondía que sí con
cariño, y estoy seguro de que era así.
En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras
condiciones, o en nuestra juventud, o en cualquier
otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos
preocupábamos, porque no se nos ocurría pensar
en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos
hacer más adelante, como tampoco lo que ha-
bíamos hecho anteriormente.
Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de ad-
mirarnos, y cuchicheaban por la noche, cuando
estábamos tiernamente sentados uno al lado del
otro en nuestro cajoncito: «Dios mío, ¿pero no es un
encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su
pipa, y Ham se pasaba la noche haciendo gestos de
satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que encon-
traban en nosotros la misma satisfacción que en-
contrarían en un juguete bonito o en un modelo de
bolsillo del Coliseo.
Pronto me pareció que mistress Gudmige no era
siempre todo lo agradable que podía esperarse,
dadas las circunstancias de su residencia en aque-
lla casa. Mistress Gudmige estaba casi siempre de
mal humor y se quejaba más de lo debido, para no
incomodar a los demás en un sitio tan chico. Lo
sentí mucho por ella; pero había momentos en que
habría sido más agradable (yo creo) si mistress
Gudmige hubiera tenido una habitación para ella
sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su
buen humor.
Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una
taberna llamada «La Afición». Lo descubrí porque la
segunda o tercera noche después de nuestra llega-
da, antes de que él volviera, mistress Gudmige mi-
raba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo
que míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que
es más, que desde por la mañana sabía que iría.
Había estado todo el día muy abatida, y por la
tarde se había deshecho en llanto porque salía
humo de la lumbre.
-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las
palabras de mistress Gudmige cuando ocurrió aque-
lla desgracia-, todo va contra mí.
-Eso pasa pronto --dijo Peggotty (me refiero de
nuevo a nuestra Peggotty)-, y además, como usted
puede comprender, no es menos desagradable para
nosotros que para usted.
-¡Yo lo siento más! --exclamó mistress Gudmige.
Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío.
Mistress Gudmige estaba en su rincón de costum-
bre al lado del fuego, que a mí me parecía el más
calentito y confortable, y su silla era sin duda la más
cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía
bien. Se quejaba constantemente del frío, diciendo
que le producía un dolor en la espalda, que llamaba
« hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llo-
rar, repitiendo que « era una criatura sola y sin re-
cursos, y que todo iba contra ella».
-Es verdad que hace mucho frío --dijo Peggotty-;
pero todos lo sentimos igual.
-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gud-
mige.
Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella
se la servía inmediatamente después que a mí, que
se me daba preferencia como si fuera un invitado de
distinción. El pescado le pareció pequeño y las pa-
tatas se habían quemado un poco. Todos recono-
cimos que aquello nos decepcionaba; pero ella dijo
que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de
nuevo, haciendo aquella formal declaración con
gran amargura.
Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso
de las nueve, la desgraciada mistress Gudmige
hacía media en su rincón con el aspecto más mise-
rable del mundo. Peggotty trabajaba alegremente;
Ham estaba arreglando un gran par de botas de
agua, y yo y Emily, sentados uno al lado del otro,
leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que
tomamos el té, no había hecho más observación
que lanzar un suspiro desolado, y después no volvió
a levantar los ojos.
-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentán-
dose-: ¿cómo vamos?
Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la
bienvenida, excepto mistress Gudmige, que única-
mente inclinó más su cabeza sobre la labor.
-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una
palmada-. ¡Vamos, valor, vieja comadre!
Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a te-
ner valor. Sacó un viejo pañuelo negro de seda para
enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárse-
los y de nuevo volvió a dejarlo fuera preparado para
otra ocasión.
-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.
-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene us-
ted de «La Afición», Dan?
-Sí; esta noche le he hecho una visita --dijo míster
Peggotty.
-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mis-
tress Gudmige.
-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen
-respondió míster Peggotty con una risa franca-.
Estoy siempre dispuesto a ir.
-Muy dispuesto --dijo mistress Gudmige, sacu-
diendo la cabeza y enjugándose los ojos de nuevo,
Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me
entristece, que sea por mi culpa por lo que está
usted tan dispuesto.
-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster
Peggotty-, no lo crea.
-Sí, sí lo es --exclamó ella-. Yo sé lo que me digo.
Yo sé que soy una criatura sola y sin recursos, y
que no solamente todo va contra mí, sino que yo
contrarío a todo el mundo. Sí, sí, yo siento más que
los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgra-
cia!
Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía
todo aquello, que la desgracia se extendía a algu-
nos otros miembros de la familia además de a ella.
Pero a míster Peggotty no se le ocurrió hacer seme-
jante observación, limitándose a contestarla con
otro ruego para que tuviera valor.
-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo
que soy. Mis desgracias me han agriado. Las sien-
to, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir,
pero siento. Quisiera poder ser dura de corazón;
pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me
sorprende. Hoy mismo he estado todo el día moles-
tando a su hermana y al señorito Davy.
Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran
turbación:
-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gud-
mige!
-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría
ir al asilo y morir allí. Soy una criatura sola y sin
recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fasti-
diando. Sí, las cosas van contra mí, y yo también
voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la con-
traria en el asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y
le libre de esta pejiguera.
Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y
se metió en la cama. Cuando se hubo marchado,
míster Peggotty, que sólo había demostrado un
sentimiento de profunda simpatía, nos miró a todos,
y moviendo la cabeza todavía con una marcada
expresión del mismo sentimiento, dijo en un mur-
mullo:
-Es que ha estado pensando en el «viejo» .
Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien
suponían que tenía puesto el pensamiento mistress
Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me
explicó que se trataba del difunto míster Gudmige, y
que su hermano siempre la compadecía muy since-
ramente en aquellas ocasiones y hasta se conmov-
ía. Un rato después, cuando ya se había acostado
en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha
estado pensando en el viejo». Y siempre que mis-
tress Gudmige estuvo de aquel humor, durante
nuestra estancia allí (lo que sucedía muy a menu-
do), él repetía la misma disculpa, siempre con igual
conmiseración.
Así pasaron los quince días, sin más variación
que las de las mareas, que alteraban las horas de ir
y venir de míster Peggotty, y también las ocupacio-
nes de Ham. Este último, cuando no tenía trabajo,
se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los
barcos y los buques, y una o dos veces nos em-
barcó con él. No sé por qué a veces una ligera im-
presión se asocia más particularmente con un sitio
que otras, aunque creo que esto le sucede a la ma-
yoría de la gente; sobre todo me refiero a las aso-
ciaciones de la infancia. Nunca he oído o leído el
nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto
domingo por la mañana en la playa: las campanas
sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se apoyaba
en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras
al agua; y el sol, a lo lejos, en el mar, salía de la
niebla como su propio espectro.
Por último llegó el día de volver a casa. Tenía va-
lor para separarme de míster Peggotty y de mistress
Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a
la pequeña Emily era agudísima. Fuimos del brazo
hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en
el camino, le prometí escribirle (más adelante
cumplí mi promesa con letras más grandes que las
de los anuncios que se ponen en los pisos para
alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue enorme, y si
alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío
en mi corazón, fue aquel día.
Durante el tiempo de mi visita me había despre-
ocupado de mi casa, y había pensado poco o nada
en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi
infantil conciencia parecía reprochármelo, señalán-
dome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido
estaba mi espíritu, más sentía que aquél era mi
refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.
Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez
con mayor fuerza a medida que avanzábamos y que
las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y
me sentía cada vez más excitado por el deseo de
encontrarme en sus brazos.
Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba
de calmarla (aunque muy tiernamente) y parecía
confusa y descontenta.
A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a
nuestro encuentro en cuanto quisiera el caballo
del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en
aquella tarde fría y gris, con el cielo nublado
amenazando lluvia!
La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad
llorando, con la agitación de mi alegría. Pero ¡no era
mamá!; era una criada extraña.
-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que
mamá no ha vuelto todavía a casa?
-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un
momento y te... diré una cosa.
Entre su nerviosismo y su natural torpeza al ba-
jarse del carro, Peggotty estaba haciendo las con-
torsiones más extravagantes; pero yo estaba dema-
siado desconcertado para decirle nada. Cuando
bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para
mí, me metió en la cocina y cerró la puerta.
-¡Peggotty! -dije completamente asustado---.
¿Qué sucede?
-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Da-
vy! -contestó fingiendo alegría.
-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está
mamá?
-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó
Peggotty.
-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué
hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!
Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como
si fuera a caerme.
-¡Dios te bendiga, niño querido! --exclamó Peggot-
ty sosteniéndome-. Pero ¿qué te pasa? ¡Habla,
pequeño!
-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto,
Peggotty?
-No -gritó Peggotty con una energía de voz atro-
nadora.
Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aque-
llo había sido un golpe tremendo.
Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para
darle otro más directo, y después permanecí en pie
ante ella, mirándola ansiosamente.
-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes
-dijo Peggotty-; pero no he encontrado oportunidad.
Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.
Estas fueron, exactamente, las palabras de Peg-
gotty.
-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que
antes.
-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su co-
fia de un manotazo y hablando de una manera en-
trecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente
que tienes de nuevo un papá.
Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni
cómo) unido con la tumba del cementerio y la resu-
rrección de los muertos pareció rozarme como un
viento mortal.
-Otro nuevo -añadió Peggotty.
-¿Otro nuevo? -repetí yo.
Peggotty tosió un poco, como si se hubiera traga-
do algo demasiado duro, y agarrándome de la man-
ga dijo:
-Ven a verle.
-No lo quiero ver.
-Y a tu mamá -dijo Peggotty.
Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón,
donde ella me dejó.
A un lado de la chimenea estaba sentada mi ma-
dre; al otro, míster Murdstone. Mi madre dejó caer
su labor y se levantó precipitadamente; pero me
pareció que con timidez.
-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-,
¡acuérdate! ¡Hay que dominarse siempre! ¡Domi-
narse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?
Le di la mano. Después de un momento de duda
fui y besé a mi madre; ella me besó y me acarició
dulcemente en el hombro. Después se volvió a sen-
tar con su labor. Yo no podía mirarla; tampoco pod-
ía mirarle a él. Estaba convencido de que nos ob-
servaba, y me volví hacia la ventana y miré los ar-
bustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude
escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y que-
rida alcoba no existía; tenía que habitar mucho más
lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza
de encontrar algo que no hubiera cambiado. Todo
estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento
tuve que salir huyendo, pues de la caseta de perro,
antes abandonada, salió un perrazo (de profundas
fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia
hacia mí, como para morderme.
CAPÍTULO IV
CAIGO EN DESGRACIA
Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la
habitación donde me habían trasladado (¿quién
dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría
decir con qué tristeza en el corazón entré en ella.
Subí la escalera oyendo al perro, que seguía
ladrándome desde el patio. La habitación me pa-
reció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo.
Sentado con las manos cruzadas pensaba..., pen-
saba en las cosas más raras: en la forma de la habi-
tación, en las grietas del techo, en el papel de las
paredes, en los defectos de los cristales de la ven-
tana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en
el lavabo con sus tres patas, que debía de tener
aspecto de descontento o algo así, porque no sé
por qué me recordaba a mistress Gudmige los días
en que estaba bajo la influencia del recuerdo del
«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque
me sentía muy desgraciado y muerto de frío, no
sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación,
empecé a darme cuenta de que estaba apasiona-
damente enamorado de la pequeña Emily y de que
me habían separado de ella para traerme aquí,
donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que
más me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por
hacerme un ovillo debajo de las mantas y dormirme
llorando.
Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al
mismo tiempo destapaban mi cabeza ardiente. Mi
madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas
la que había hablado.
-Davy --dijo mi madre-, ¿qué te pasa?
Pensé que era muy extraño que me preguntara
aquello, y contesté:
-Nada.
Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor
de mis labios le hubiera contestado con mayor clari-
dad.
-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!
No hubiera podido pronunciar otras palabras que
me emocionaran más en aquel momento que de-
cirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almo-
hada, y la rechacé con la mano cuando quiso atra-
erme a ella.
-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi
madre-. Estoy segura de que tienes la culpa, y me
sorprende que tengas conciencia para poner a mi
hijo contra mí o contra cualquiera de los que yo
quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?
La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos
al cielo, contestó con una especie de oración de
gracias que yo solía repetir después de comer:
-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo
que ha dicho, y que nunca tenga que arrepentirse
de ello.
-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en
mi luna de miel, cuando mi más cruel enemigo no
sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y
de felicidad! Davy, eres un niño muy malo. Peggot-
ty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba
mi madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en
su irritación caprichosa---. ¡Qué triste es la vida
hasta cuando uno se cree con el mayor derecho
para esperar que sea lo más agradable posible!
Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no
era la suya ni la de Peggotty, y me deslicé al suelo,
al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me
cogía de un brazo, diciendo:
-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvida-
do? Firmeza, querida.
-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me pro-
ponía ser buena; pero ¡estoy tan desesperada ...!
-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte
decir eso tan pronto, Clara.
-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora
-insistió mi madre a punto de llorar-. ¿No te parece
que es cruel?
Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la
besó. Y yo supe para siempre, cuando vi la cabeza
de mi madre apoyada en su hombro y su brazo
rodeándole el cuello, supe perfectamente que la
naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como
él quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.
-Vete, amor mío --dijo míster Murdstone-. David y
yo bajaremos juntos. Amiga mía --dijo, volviéndose
hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió
mi madre, despidiéndose de ella con una sonrisa-.
¿Sabe usted el nombre de su señora?
-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó
Peggotty-; debo saberlo.
-Es verdad -contestó él-; pero me parece que
cuando subía las escaleras le oí a usted dirigirse a
ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe us-
ted que ha tomado el mío. ¡Acuérdese!
Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una
reverencia y salió sin replicar, dándose cuenta de
que era lo que él esperaba y de que no tenía excu-
sa para continuar allí.
Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone
cerró la puerta y se sentó en una silla ante mí,
mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos
clavados no menos intensamente en los suyos.
¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo está-
bamos así, cara a cara, me parece oír de nuevo latir
mi corazón.
-David -me dijo con sus labios (delgados de apre-
tarse tanto uno con otro)-: si tengo que domar a un
caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que
hago?
-No lo sé.
-Lo azoto.
Le había contestado débilmente, casi en un susu-
rro; pero ahora en mi silencio sentía que la respira-
ción me faltaba por completo.
-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de
dominarlo, y aunque le haga derramar toda la san-
gre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que
tienes en la cara?
-Barro -dije.
Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis
lágrimas; pero aunque me hubiera hecho la pregun-
ta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo
que mi corazón de niño se hubiese roto antes que
confesárselo.
-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia
-me dijo con su grave sonrisa habitual-, y veo que
me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja
conmigo.
Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a
mistress Gudmige, y me hacía gestos de que le
obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un
poco; ahora no tengo la menor duda de que me
habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no
le hubiera obedecido.
-Clara, querida mía -dijo cuando, después de
haber hecho lo que me ordenaba, me condujo al
gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no
vuelvan a atormentarte. Pronto corregiremos este
joven carácter.
Dios es testigo de que podían haberme corregido
para toda la vida, y hasta quizá habría sido otra
persona distinta si en aquella ocasión me hubieran
dicho una palabra de cariño: una palabra de ánimo,
de explicación, de piedad, para mi infantil ignoran-
cia, de bienvenida a la casa; tranquilizándome, con-
venciéndome de que aquella sería siempre mi casa;
así podían haberme hecho obedecer de corazón en
lugar de asegurarse una obediencia hipócrita; pod-
ían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio.
Creo que a mi madre la entristeció verme de pie en
medio de la habitación, tan tímido y extraño, y que
cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más
tristes todavía, prefiriendo quizá el antiguo atrevi-
miento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no
fue dicha, y el tiempo oportuno para ello pasó.
Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamo-
rado de mi madre; pero no por eso le juzgué mejor,
y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por
lo que decían, que una hermana mayor de míster
Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría
aquella misma noche. No estoy seguro de si fue
entonces o después cuando supe que, sin estar
activamente en ningún negocio, tenía parte, o co-
braba una renta anual, en el beneficio de una casa
comercial de vinos de Londres, con la que su familia
contaba siempre desde los tiempos de su abuelo y
en la que su hermana tenía un interés igual al suyo;
pero lo mencionó por casualidad.
Después de comer, cuando estábamos sentados
ante la chimenea y yo meditaba el modo de esca-
parme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo
por temor a ofender al dueño de la casa, se oyó el
ruido de un coche que se paraba delante de la ver-
ja, y míster Murdstone salió a recibir al visitante. Mi
madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.
Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras,
mamá se volvió, y cogiéndome en sus brazos, como
acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que
amara a mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto
apresurada y furtivamente, como si fuera un peca-
do, pero con mucha ternura, y después, dejando
colgar un brazo, conservó en su mano la mía hasta
que llegamos cerca de donde él estaba esperando.
Allí mamá soltó mi mano y se agarró a su brazo.
Miss Murdstone había llegado. Era una señora de
aspecto sombrío, morena como su hermano, a
quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en
la voz; con las cejas muy espesas y casi juntas so-
bre una gran nariz, como si, al serle imposible a su
sexo el llevar patillas a los lados, se las hubiera
cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros
y duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la
tapa por medio de clavos de cobre. Cuando pagó al
cochero sacó el dinero de un portamonedas de
acero, que luego metió en un saco que era una
verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una
cadena, y chasqueaba al cerrarse. En mi vida he
visto una persona tan metálica como miss Murdsto-
ne.
La llevaron al salón con muchos aspavientos de
bienvenida, y ella, solemnemente, saludó a mi ma-
dre como a una nueva y cercana parienta. Después,
mirándome, dijo:
-¿Es este su hijo, cuñada mía?
Mi madre me presentó.
-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss
Murdstone-. ¿Cómo estás, muchacho?
Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté
que estaba muy bien, y que esperaba que a ella le
sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca
gracia, que miss Murdstone me juzgó en tres pala-
bras:
-¡Qué mal educado!
Después de decir esto con mucha claridad, pidió
que hicieran el favor de enseñarle su cuarto, que se
convirtió desde entonces para mí en lugar de temor
y de odio, donde nunca se veían abiertos los dos
baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la
cabeza una o dos veces cuando ella no estaba) y
donde una serie de cadenas con cuentas de acero,
con las que miss Murdstone se embellecía, estaban
por lo general colgadas alrededor del espejo con
mucho esmero.
Según pude observar, había venido para siempre
y no tenía la menor intención de marcharse.
A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi
madre y se pasó todo el día poniendo las cosas en
«orden» y cambiando todas las antiguas costum-
bres. La primera cosa rara que observé en ella fue
que estaba constantemente preocupada con la sos-
pecha de que las criadas tenían escondido un hom-
bre en la casa. Bajo la influencia de aquella convic-
ción inspeccionaba la carbonera a las horas más
intempestivas, y casi nunca abría la puerta de un
ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar
precipitadamente, en la creencia de que le había
encontrado.
Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo,
era una verdadera alondra tratándose de madrugar.
Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya
buscaba al hombre) antes que nadie hubiese dado
señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que
debía de dormir con un ojo abierto; pero yo no lo
creía, pues había intentado hacerlo y me convencí
de que era imposible.
La primera mañana después de su llegada llamó
antes de que cantara el gallo, y cuando mi madre
bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss
Murdstone, dándole un cariñoso picotazo en la meji-
lla (era su manera de besar), le dijo:
-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí,
como sabes, para evitarte todas las preocupaciones
que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado
niña (mi madre enrojeció, sonriendo, y no parecie-
ron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre
ti tantos deberes penosos que puedo resolver yo.
Por lo tanto, si te parece bien, dame las llaves, que-
rida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas
esas cosas.
Desde aquel momento miss Murdstone no se se-
paró de las llaves; durante el día las llevaba en su
saquito de acero, y por la noche las metía debajo de
la almohada, y mi madre no tuvo que volver a ocu-
parse de ellas más que yo lo hacia.
Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una
sombra de protesta. Una noche en que miss Murds-
tone había estado explicando ciertos proyectos
domésticos a su hermano, que los aprobaba, mi
madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo
menos podían haberle consultado.
-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Cla-
ra! ¡Me sorprendes!
-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende,
Edward --exclamó mi madre-, y está muy bien
hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gus-
tado.
«Firmeza», según pude observar, era la gran cua-
lidad de que los hermanos Murdstone presumían.
No sé si en aquella época habría sabido expresar
qué entendía yo si me hubieran obligado a hacerlo;
pero desde luego comprendía claramente que aque-
lla palabra quería decir tiranía, y expresaba el terco,
arrogante y diabólico carácter de los dos. Su credo,
como puedo establecerlo ahora, era este: míster
Murdstone tenía gran firmeza; nadie a su alrededor
era tan fume como míster Murdstone; nadie de los
que le rodeaban debía ser firme en absoluto, pues
todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss
Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero
sólo relativamente y en un grado inferior y tributario.
Mi madre era otra excepción; podía ser firme y deb-
ía serlo, pero solamente sometiéndose a su firmeza
y creyendo firmemente que no había otra firmeza
sobre la tierra.
-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia
casa...
-¿Mi propia casa? -repitió míster Murdstone-.
¡Clara!
-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi
madre con miedo evidente-. Espero que sepas lo
que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu
propia casa yo no pueda decir una palabra sobre
los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo
hacía bien, estoy segura. Hay quien puede ates-
tiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a
Peggotty si no lo hacía bien cuando nadie se
metía en ello.
-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a
esto. Me marcho mañana.
-Jane --dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no co-
noces mi carácter mejor de lo que tus palabras indi-
can?
-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía
terreno, deshecha en lágrimas- que no quiero que
se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fue-
ses. No pido mucho. Soy bastante razonable. Sólo
quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy
muy agradecida a todos los que me ayudan, y sólo
deseo que se me consulte, aunque no sea más que
por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que
me querías precisamente por ser una chiquilla sin
experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora
parece que me odias por ello. ¡Eres tan severo!
-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido
que me dejes poner fin a todo esto. Me voy maña-
na.
-Jane -tronó su hermano---, ¿te quieres callar?
¿Cómo te atreves?
Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el
pañuelo y lo puso delante de sus ojos.
-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sor-
prendes, me dejas atónito. En efecto; para mí era
una satisfacción el pensar que me casaba con una
persona sencilla y sin experiencia, y que yo formaría
su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y
decisión de la cual estaba tan necesitada. Pero
cuando a Jane, que ha sido tan buena que por ca-
riño a mí quiere ayudarme en esta empresa y para
ello está casi haciendo el oficio de un ama de llaves;
cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le co-
rrespondes de una manera tan baja...
-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi
madre-; no me acuses de ingrata. Estoy segura de
que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera.
Tengo muchos defectos, pero ese no. ¡Oh, no! Te lo
aseguro, querido.
-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió
cuando mi madre dejó de hablar-, una recompensa
tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y
alteran.
-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-.
¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el oírtelo. A
pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si
no estuviera segura de que lo soy, no lo diría.
Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que
soy muy cariñosa.
-No hay ninguna debilidad, Clara --dijo míster
Murdstone a modo de réplica---, por grande que
sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.
-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo
no podría vivir entre la frialdad o la dureza. ¡Estoy
tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mu-
cha tu bondad, Edward, que con tu entereza trates
de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones
a nada, me desesperaría que quisieras dejarnos...
Aquello era ya demasiado.
-Jane --dijo míster Murdstone a su hermana-, es
muy raro que entre nosotros se crucen palabras
duras como estas, y espero que así siga siendo; y
no ha sido culpa mía si por rara casualidad ha su-
cedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los
demás. Tampoco ha sido tu culpa, pues también
has sido arrastrada por los demás. Tratemos los
dos de olvidarlo. Y como esto -añadió después de
aquellas magnánimas palabras- no es una escena
edificante para un niño, David, vete a la cama.
Difícilmente pude encontrar la puerta a través de
las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba tan triste por
la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y
subí a mi habitación a oscuras, pues no tuve valor ni
para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle
una vela. Cuando ella subió, buscándome, una hora
después, me despertó y me dijo que mi madre se
había acostado bastante indispuesta y que míster
Murdstone y su hermana seguían sentados en el
gabinete.
A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más
temprano que de costumbre, la voz de mi madre me
detuvo en la puerta del comedor. Grave y humilde-
mente pedía perdón a miss Murdstone, que se lo
concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde
aquel día no he visto a mi madre dar ninguna opi-
nion sobre nada sin consultar primero con miss
Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios
seguros cuál era su opinion. Y nunca he visto a
miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa
debilidad), hacer ademán de sacar las llaves para
devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo,
a mamá atemorizada. El matiz sombrío que había
en la sangre de los Murdstone ennegrecía también
su religión, que era austera y terrible. Después he
pensado que aquello resumía su carácter y era una
consecuencia necesaria de la firmeza de míster
Murdstone, que no podía consentir que nadie se
librase de los más severos castigos imaginables.
Sea como sea, recuerdo muy bien los tremendos
rostros con que solían it a la iglesia y cómo había
cambiado también aquello. De nuevo llega a mi
memoria el terrible domingo. Yo entro el primero en
nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien
condujesen al oficio de condenados. Miss Murdsto-
ne me sigue con su traje de terciopelo negro, que
parece hecho de un paño mortuorio; después entra
mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no
está con nosotros, como en los buenos tiempos.
Miss Murdstone murmura las respuestas y acentúa
todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y
cuando dice «miserables pecadores» sus ojos oscu-
ros recorren la iglesia como si se refiriera a todos
los presentes. Mi madre mueve tímidamente los la-
bios entre los dos hermanos, cuyas oraciones sue-
nan en sus oídos como un trueno lejano. Yo me
pregunto con temor si no será posible que nuestro
anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán
razón míster Murdstone y su hermana, y todos los
ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si
muevo un dedo o el menor músculo de la cara, miss
Murdstone me da tal golpe con su libro de oracio-
nes, que me hace daño en el costado.
Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso
a casa, en que observo que algunos vecinos nos
miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras
ellos tres van delante, sigo aquellas miradas y pien-
so si será realmente verdad que el paso de mi ma-
dre es menos ligero y que la alegría de su belleza
ha desaparecido. También me pregunto si los veci-
nos recordarán, como yo, los tiempos en que ven-
íamos los dos juntos de la iglesia .... y pensando
estúpidamente en estas cosas me paso triste todo
el día.
En varias ocasiones se había hablado de enviar-
me a un colegio. Míster Murdstone y su hermana lo
habían propuesto y, como es natural, mi madre
había estado de acuerdo. Sin embargo, no habían
decidido nada todavía, y entre tanto me hacían es-
tudiar en casa.
¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones?
Nominalmente era mi madre quien las presidía, pero
en realidad eran míster Murdstone y su hermana,
quienes estaban siempre presentes y encontraban
en ello ocasión favorable para dar a mi madre lec-
ciones de aquella mal llamada firmeza, que era el
tormento de nuestras existencias. Yo creo que me
retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que
vinieran ellos yo tenía bastante facilidad para
aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vaga-
mente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas
de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes
letras negras de la cartilla, la novedad complicada
de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y
de la S, parece presentarse ante mí como entonces,
y ese recuerdo no suscita en mí ningún sentimiento
de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me pa-
rece haber paseado a lo largo de un sendero de
flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido
ayudado todo el camino por el cariño y la dulce voz
de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que
siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a
in¡ tranquilidad, como una tarea diaria, penosa y
miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy
numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente
ininteligibles para mí), y además me tenían siempre
asustado, me parece que casi tanto como a mi po-
bre madre.
Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las
mañanas. Después del desayuno me dirijo al gabi-
nete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi
madre está esperándome sentada en su escritorio;
sin embargo, no está tan preparada a oírme como
su marido, sentado en la butaca al lado de la venta-
na y fingiendo que lee un libro, o como miss
Murdstone, sentada a su lado engarzando sus
eternas cuentas de acero. La vista de estos dos
personajes ejerce tal influencia sobre mí, que em-
piezo a sentir que se me escapan las palabras,
después de que me había costado tanto trabajo
metérmelas en la cabeza; se escapan todas para it
no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a
una.
Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una
gramática, quizá una historia o una geografía. A1
ponerlo en sus manos lanzo una última y desespe-
rada mirada a la página, y me lanzo como un alud
para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todav-
ía lo recuerdo fresco. A1 poco rato me salto una
palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su
libro. Me salto otra palabra. Miss Murdstone la le-
vanta también. Enrojezco y me salto lo menos doce
palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta
de que mi madre querría enseñarme el libro si se
atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dul-
zura:
-¡Oh Davy, Davy!
-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico
-dice míster Murdstone-. No digas «Davy, Davy> ;
es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?
-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con
voz terrible.
-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi
madre.
-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo me-
jor que puedes hacer es obligarle a que vuelva a
estudiarla.
-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi
madre-. Vamos, Davy; empiézala otra vez y no seas
torpe.
Obedezco a la primera cláusula del mandato y
empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la
segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me de-
tengo mucho antes de llegar donde la vez anterior,
en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me
paro a pensar. Pero no puedo pensar en la lección.
Pienso en el número de metros de tul que habrá
empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que
habrá costado el batín de su hermano, o en algún
otro problema igual de ridículo, que no me importa
nada y del que nada puedo sacar. Míster Murdstone
hace un movimiento de impaciencia, que yo espe-
raba desde hacía bastante rato. Miss Murdstone lo
repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el li-
bro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que
habrá que repetir cuando haya terminado las de-
más.
Los libros que hay que repetir van aumentando
como una bola de nieve, y cuanto más aumentan
más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y
me parece que quieren llenarme la cabeza de tan-
tas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien
de ello y me dejo llevar por la suerte.
La desesperación con que mamá y yo nos mira-
mos a cada equivocación mía es profundamente
melancólica. Pero lo más horrible de esas desgra-
ciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que
nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento
de sus labios. Al momento miss Murdstone, que
está espiando para no dejar pasar nada, dice con
voz de profunda agresividad:
-¡Clara!
Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe
débilmente. Míster Murdstone se levanta de su silla,
coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con
él en las orejas; después me saca de la habitación
agarrándome por los hombros.
Si, por casualidad, las lecciones no han estado
tan mal todavía me falta lo peor, bajo la forma de un
problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha
inventado para mí y lo expone oralmente. Empieza:
«Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil
quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio
cada uno ...». Entre tanto yo veo la secreta alegría
de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el
menor resultado, sin el menor rayo de luz hasta la
hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato
a fuerza de restregar en la pizarra. Entonces miss
Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayu-
darme a resolver el problema, y se me considera
castigado para toda la tarde.
Desde la distancia que da el tiempo, me parece
que mis lecciones terminaban por lo general de esta
manera... Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran
estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era
como la fascinación de dos serpientes sobre un
pajarillo. Y aun cuando pasara la mañana con un
crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;
pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin
tarea y, en cuanto se percataba de que no hacía
nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí
diciendo: «Clara, querida mía, no hay nada como el
trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me
proporcionaba nueva tarea. En cuanto a jugar y
divertirme como los demás niños, no me lo consent-
ían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los
chiquillos como una raza de pequeñas víboras (a
pesar de que había habido un niño entre los discí-
pulos) y decían que se corrompían unos a otros.
El resultado natural de un tratamiento semejante y
continuado durante unos seis meses o más fue el
de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho
influía en ello el que cada vez trataban de separan-
ne más y más de mi madre. Estoy seguro de que
me hubiera embrutecido por completo de no ser por
una circunstancia.
Voy a contarla. En una habitación pequeña del
último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo
al lado de la mía, había dejado mi padre una pe-
queña colección de libros de los que nadie se había
preocupado. De aquella bendita habitación salieron,
como gloriosa hueste, a hacerme compañía, Rode-
rich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,
Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil
Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se con-
servó despierta mi imaginación y mi esperanza en
algo mejor que aquella vida mía. Ni ellos, ni Las mil
y una noches, ni los cuentos de hadas, podían
hacerme daño, pues lo que hubieran podido tener
de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me
sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de
mis sombrías preocupaciones, para leer aquello. Y
es curioso cómo me consolaban siempre en mis
pequeñas pruebas (que a mí me parecían enormes)
al identificarme con los caracteres favoritos de ellas
y al poner a míster Murdstone y a su hermana entre
todos los personajes malos.
Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un
infantil Tom Jones inocente o ingenuo. Durante un
mes y pico estuve convencido de que era Roderich
Ramdom; lo creía, por completo. También me entu-
siasmaron los relatos de viajes y aventuras (no re-
cuerdo ahora cuáles) que había en aquella bibliote-
ca, y durante días y días recuerdo haber recorrido
mis regiones armado con un trozo de horma de
zapatos y creyéndome la más perfecta encarnación
del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en
peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a
vender cara su vida. El capitán nunca perdía su
dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la
gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era
un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáti-
cas y de todas las lenguas, fueran muertas o vivas.
Este era mi único y constante consuelo. Cuando
pienso en ello veo siempre ante mi espíritu una
tarde de verano: los chicos jugaban en el cemente-
rio, y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello
me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad,
todas las piedras de la iglesia y todos los rincones
del cementerio, en mi espíritu se asociaban con
aquellos libros y representaban alguno de los sitios
hechos célebres en ellos. Yo he visto a Tom Pipes
escalar al campanario de la iglesia, y he visto a
Strap con su mochila al hombro descansando sen-
tado encima de la tapia, y sabía que el comodoro
Trunnion presidía un club con míster Pickle en la
salita de la taberna de nuestra aldea.
El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que
era al llegar a este punto de mi infantil historia. Voy
a reanudarla.
Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con
mis libros, encontré a mi madre con rostro preocu-
pado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a
su hermano trenzando algo alrededor de la contera
de su bastón, un bastón flexible de junco, que
cuando yo entré empezó a cimbrear en el aire.
-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado
muchas veces.
-Es la pura verdad ---dijo miss Murdstone.
-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timi-
dez mi madre-; pero ¿crees que eso le ha hecho a
Edward mucho bien?
-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho
mal, Clara? -preguntó míster Murdstone gravemen-
te.
-Esa es la cuestión --dijo su hermana.
A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi que-
rida Jane», y no dijo más.
Sentí que estaba interesado personalmente en
aquel diálogo, y traté de indagar en los ojos de
míster Murdstone, en el momento en que se fijaban
en los míos.
-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada
hipócrita-, tienes que prestar más atención que nun-
ca.
Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habien-
do terminado sus preparativos, lo colocó a su lado
con una expresiva mirada y cogió un libro.
Era una buena manera de darme presencia de
ánimo para empezar. Sentí que las palabras de mi
lección huían, no una por una, como otras veces, ni
línea por línea, sino por páginas enteras. Traté de
atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así,
que se habían puesto patines y se deslizaban a una
velocidad vertiginosa.
Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día hab-
ía llegado casi con la seguridad de que iba a desta-
car convencido de que estaba muy bien preparado;
pero resultó que era una equivocación mía. Libro
tras libro fueron desfilando todos hacia el contingen-
te de los que había que volver a estudiar. Miss
Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin,
llegamos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel
día me hicieron contar a golpes), mi madre se echó
a llorar.
-¡Clara! ---dijo miss Murdstone con su voz de re-
proche.
-Creo que no me encuentro bien, querida Jane
-dijo mi madre.
Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras
se levantaba y decía cogiendo su bastón:
-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte
con perfecta firmeza la pena y el tormento que Davy
le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Cla-
ra va siendo cada vez más fuerte; pero eso sería
pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.
Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi
madre corrió tras de nosotros. Miss Murdstone, dijo:
«¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi
detenerse tapándose los oídos y escuché sus sollo-
zos.
Murdstone me acompañó a mi habitación despa-
cio y gravemente (estoy seguro de que le deleitaba
toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y
cuando llegamos cogió de pronto mi cabeza debajo
de su brazo.
-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo su-
plico, ¡no me pegue! Le aseguro que hago lo posible
por aprender; pero con usted y su hermana delante
no puedo recitar. ¡Verdaderamente es que no pue-
do!
-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo
veremos!
Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo
me retorcía a su alrededor rogándole que no me
pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un mo-
mento, pues un instante después me pegaba del
modo más odioso. En el momento en que empezó a
azotarme yo acerqué la boca a la mano que me
sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento re-
chinar mis dientes al pensarlo.
Entonces él me pegó como si hubiera querido ma-
tarme a golpes. A pesar del ruido que hacíamos, oí
correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá
y a Peggotty. Después se marchó, cerrándome la
puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo,
ardiendo de fiebre, desgarrado y furioso.
¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquili-
zarme, la extraña quietud que parecía reinar en la
casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a
sentirme cuando la cólera y el dolor fueron pasando!
Estuve escuchando largo rato; pero no se oía na-
da. Me levanté con trabajo del suelo y me miré al
espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que
casi me asusté. Me dolían los huesos, y cada mo-
vimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada
al lado de mi sentimiento de culpa. Estoy seguro de
que me sentía más culpable que el más temible cri-
minal.
Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Duran-
te mucho rato había estado con la cabeza apoyada
en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y
mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave
y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne
y una taza de leche. Lo puso todo encima de la
mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar
firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la
puerta tras de sí.
Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el
mismo sitio, con la esperanza de que viniera alguna
otra persona. Cuando me convencí de que ya aque-
lla noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama
empecé a meditar con temor en lo que sería de mí
en lo sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen?
¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría peligro de
que me ahorcasen?
No olvidaré nunca mi despertar a la mañana si-
guiente: el sentimiento de alegría y descanso en el
primer momento, y después la opresión de los re-
cuerdos. Miss Murdstone reapareció antes de que
me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras
que si quería podía pasearme por el jardín durante
media hora, pero nada más. Después se retiró, de-
jando la puerta abierta para que disfrutara, si quería,
del permiso.
Así continuaron las cosas durante los cinco días
que duró mi cautiverio. Si hubiera podido ver a mi
madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella
pidiéndole perdón; pero sólo veía a miss Murdstone,
pues, aunque para las oraciones de la tarde me
sacaban del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba
cuando ya todos estaban colocados. Después me
dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un
criminal; y en cuanto terminaban, mi carcelera me
devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera
levantado. Pude observar que mi madre estaba lo
más lejos posible de mí y que además volvía la
cabeza hacia otro lado. Así es que nunca pude ver-
la. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta en un
pañuelo de hilo.
De lo largos que se me hicieron aquellos cinco
días no sé ni dar idea. En mis recuerdos los cuento
como años. Los ratos que pasaba escuchando to-
dos los incidentes de la casa que podían llegar a
mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y
cerrar de las puertas, el murmullo de voces, los pa-
sos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente
cantando fuera, y todo me parecía horriblemente
triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El
incierto paso de las horas, principalmente por la
noche, cuando me despertaba creyendo que ya era
la mañana y me percataba de que todavía no se
habían acostado en casa. Los sueños y pesadillas
deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en la
hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el
cementerio, los miraba desde muy dentro de la
habitación, avergonzado de que pudieran verme en
la ventana y supieran que estaba prisionero. La
extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los
ligeros intervalos de algo corno alegría que llegaba
con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una
tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a
tierra fresca; caía entre la iglesia y yo, cada vez más
deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que
me envolvía en sus sombras con mis remordimien-
tos. Todo esto se conserva tan grabado en mis re-
cuerdos, que juraría que habría durado años.
La última noche de mi encierro me desperté al oír
mi nombre pronunciado en un soplo. Me senté en la
cama y extendí los brazos en la oscuridad, diciendo:
-¿Eres tú, Peggotty?
No obtuve contestación inmediata; pero ensegui-
da volví a oír mi nombre en un tono tan misterioso,
que si no se me hubiera ocurrido que la voz salía de
la cerradura me habría dado un ataque.
Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradu-
ra, murmurando:
-¿Eres tú, Peggotty?
-Sí, Davy querido --contestó ella-; pero trata de
hacer menos ruido que un ratón, porque si no el
gato lo oirá.
Comprendí que se refería a miss Murdstone y me
di cuenta de la urgencia del caso, pues su habita-
ción estaba pared por medio de la mía.
-¿Cómo está mamá, querida Peggotty? ¿Se ha
enfadado mucho conmigo?
Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su
lado, como yo por el mío; después me contestó:
-No; no mucho.
-¿Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sa-
bes tú?
-Un colegio, cerca de Londres -fue la contestación
de Peggotty.
Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvi-
dado de quitar la boca del ojo de la llave, y sus pa-
labras me cosquillearon, pero no entendí nada.
-¿Cuándo, Peggotty?
-Mañana.
-¡Ah! ¿Es por eso por lo que miss Murdstone ha
sacado toda la ropa de mis cajones? (Pues lo había
hecho, aunque yo he olvidado mencionarlo.)
-Sí -dijo Peggotty-La maleta.
-¿Y no veré a mamá?
-Sí -dijo Peggotty-, por la mañana.
Y entonces Peggotty pegó su boca contra la ce-
rradura y pronunció las siguientes palabras, con tal
emoción y gravedad, que nunca ninguna cerradura
en el mundo habrá oído otras semejantes. Y dejaba
escapar cada fragmento de frase como una convul-
sive explosión de sí misma:
-Davy querido: ya sabes que si últimamente no he
estado tan unida a ti como de costumbre no es que
haya dejado de quererte sino todo lo contrario. Es
que me parecía lo mejor para ti y para otra persona.
Davy querido, ¿me oyes? ¿Quieres oírme?
-Sí, sí, sí, sí, Peggotty -sollocé.
-¡Hijo mío! -dijo Peggotty con infinita compasión-.
Lo que quiero decirte es que no debes olvidarme
nunca, pues yo nunca te olvidaré a ti y cuidaré mu-
cho de tu madre, Davy, como nunca te he cuidado a
ti, y no la abandonaré. Puede llegar un día en que le
guste apoyar su pobre cabecita en el brazo de la
estúpida y loca Peggotty. Y te escribiré, querido
mío, aunque no lo haga bien. Y yo, yo, yo.
Peggotty se puso a besar la cerradura, como no
podía besarme a mí.
-¡Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias!
¿Quieres prometerme también otra cosa, Peggotty?
¿Quieres escribir a míster Peggotty, a la pequeña
Emily y a mistress Gudmige y a Ham, diciéndoles
que no soy tan malo como podrían suponer, y que
les envío todo mi cariño, sobre todo a Emily? ¿Quie-
res hacerlo, por favor, Peggotty?
Me lo prometió con toda su alma, y ambos besa-
mos la cerradura con mucho cariño. Yo además la
acaricié con la mano (lo recuerdo) como si hubiera
sido su rostro honrado. Desde aquella noche siento
por Peggotty algo que no sabría definir. No era que
reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido
hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se
cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a
sentir nunca por nadie; un afecto que podría ser
cómico, pero que pienso que si se hubiera muerto
no sé lo que habría sido de mí, ni cómo hubiera
salido de aquella tragedia.
Por la mañana, miss Murdstone apareció como de
costumbre y me dio la noticia de mi partida, lo que
no me sorprendió, como ella suponía. También me
informó de que cuando estuviera vestido bajase al
comedor a tomar el desayuno. Allí encontré a mi
madre, muy pálida y con los ojos rojos. Corrí a su
brazos y le pedí perdón desde el fondo de mi alma.
-¡Oh Davy! -exclamó ella-. ¿Cómo has sido capaz
de hacer daño a una persona a la que yo quiero?
Trata de ser mejor. Ruega a Dios que te cambie. Te
perdono; pero soy desgraciada, Davy, cuando pien-
so que tienes esas malas pasiones.
La habían convencido de que yo era muy malo, y
eso la entristecía más que mi partida. Lo sentí vi-
vamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis
lágrimas caían en el pan con manteca y rociaban el
té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba
una ojeada a miss Murdstone, que estaba allí de
plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a
lo lejos.
-¡La maleta del señorito, aquí! -dijo miss Murdsto-
ne cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.
Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tam-
poco apareció míster Murdstone. Mi antiguo amigo
el cochero me esperaba en la puerta. Metieron la
maleta en el carro.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone en su tono de repro-
che.
-Estoy dispuesta, Jane mía -contestó mi madre-.
Adiós, Davy; si vas, es por tu bien. ¡Adiós, hijo mío!
Volverás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bue-
no.
-¡Clara! -repitió miss Murdstone.
-Vale, mi querida Jane ---dijo mi madre, que me
tenía en sus brazos-. Te perdono, hijo mío, y ¡que
Dios te bendiga!
-¡Clara! -repitió miss Murdstone, y fue tan buena,
que me acompañó al carro.
Por el camino me dijo que esperaba que me arre-
pentiría antes de tener un mal fin.
Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.
CAPÍTULO V
ME ALEJAN DEL HOGAR
Habíamos andado como una media milla y mi pa-
ñuelo estaba completamente empapado cuando el
carro se paró bruscamente.
Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro
vi a Peggotty surgiendo de un arbusto y enca-
ramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y
me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi
me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de
ello hasta después de un rato, al ver que me dolía.
Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con
uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta
el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que
introdujo en los míos, y puso entre mis manos una
bolsa, todo sin desplegar los labios. Después,
dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y
se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin
un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios
que habían caído a mi alrededor, y lo guardé duran-
te mucho tiempo como un tesoro.
El carretero me miró, como preguntándome si ya
no volvería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que
no.
-Entonces ¡en marcha! -le dijo a su caballo.
Y, efectivamente, este se puso en marcha.
Después de llorar cuanto me fue posible empecé
a comprender que no conducía a nada el llorar de
aquel modo, principalmente porque ni Roderich
Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa hab-
ían llorado nunca, ni aun en las situaciones más
críticas. El carretero, viéndome con aquella resolu-
ción---me propuso poner a secar el pañuelo en el
lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo,
y el pañuelo me parecía ridículamente pequeño
colocado allí.
No tardé en examinar la bolsa. Era un portamo-
nedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines
muy brillantes, evidentemente pulidos con esmero
por Peggotty para mi mayor satisfacción; pero, su
más precioso tesoro eran dos medias coronas, que
encontré envueltas en un papelito, en el que se leía,
de letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».
Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Bar-
kis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bon-
dad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó
que le parecía más prudente que siguiera sin él, y
comprendiendo que tenía razón, me sequé los ojos
con la manga y dejé de llorar.
Había dejado de llorar del todo; pero a conse-
cuencia de mis emociones, todavía me sacudía de
vez en cuando un profundo sollozo.
Después de haber viajado así durante un rato
pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el cami-
no.
-¿Todo el camino a dónde? -me preguntó.
-Allí -dije.
-¿Y dónde es allí? -insistió el hombre.
-Cerca de Londres --dije.
-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las
riendas para que le mirase- estaría más muerto que
un cochinillo asado antes de la mitad del camino.
-¿Entonces no va usted más que a Yarmouth?
-pregunté.
-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la dili-
gencia, y la diligencia te llevará hasta... donde vas.
Como esto era mucho hablar para él, pues ya ob-
servé en un capítulo precedente que era hombre
flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en
agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exac-
tamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su
rostro no se observó más impresión de la que se
hubiera observado en el del elefante.
-¿Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclina-
do, como siempre, hacia delante y con un brazo
sobre cada rodilla.
-¿Se refiere usted a Peggotty?
-Sí --contestó Barkis.
-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda
la cocina.
-Según eso, ¿lo hace ella?
Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero
no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo,
como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó
durante mucho tiempo.
-¿Y amorcillos no habrá, supongo?
-¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce,
míster Barkis? -pregunté, creyendo que le apetec-
ían.
-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ¿No habla nadie
con ella?
-¿Con Peggotty?
-Sí.
-¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.
-¿Nunca lo ha tenido?
Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a
silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las
orejas de su caballo.
-Según eso -dijo después de un largo rato de re-
flexión- ¿ella es quien hace todas las tartas de
manzana y toda la cocina?
Respondí que así era.
-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Bar-
kis-. ¿Tú piensas escribirle?
-Sí que pienso -respondí.
-¡Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente---.
¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Bar-
kis está dispuesto?
-¿Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocen-
cia---. ¿Nada más?
-Sí --dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».
-Pero usted volverá mañana a Bloonderstone,
míster Barkis -dije algo emocionado, al pensar que
yo, en cambio, estaría muy lejos-. ¿No podría decír-
selo usted mismo?
Rechazó aquella sugerencia con un movimiento
de cabeza a insistió en su encargo, diciendo con
profunda gravedad: «Barkis está dispuesto». Ese
era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo;
y aquella misma tarde, mientras esperaba a la dili-
gencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma
y escribí a Peggotty:
«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Bar-
kis está dispuesto." Mis cariños a mamá. Tu afec-
tuoso, DAVY.
» P. D. Dice que quiere que sepas muy particu-
larmente que "Barkis está dispuesto".»
Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis
volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome
agotado por todo lo sucedido en los últimos días,
caí encima de un saco y me quedé dormido.
Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por
cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció
un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que
perdí la esperanza que había acariciado de encon-
trarme con alguien de la familia Peggotty. ¡Quién
sabe! ¡Quizá hasta con Emily!
La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y
reluciente, pero sin los caballos, y al verla así parec-
ía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres.
Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de
mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del
patio, marchándose después con su carro), y tam-
bién meditaba en mi suerte futura cuando por una
ventana en la que había colgadas aves y algunos
embutidos se asomó una señora y dijo:
-¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?
-Sí, señora -le dije.
-¿Cómo se llama usted? -insistió la señora.
-Copperfield.
-No, no es eso -replicó la señora-; la comida está
encargada a otro nombre.
-¿Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.
-Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho
otro nombre primero? -preguntó la mujer.
Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una
campanilla y ordenó:
-William, conduce a este caballero al comedor.
Al oír esto, un camarero que salía corriendo del
lado opuesto del patio me miró y pareció muy sor-
prendido al ver que sólo se trataba de mí.
El comedor era una habitación enorme, rodeada
de mapas. Dudo que me hubiera sentido más con-
fuso si los mapas hubieran sido verdaderos países
extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me
parecía que era un atrevimiento enorme el de sen-
tarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la
silla más cercana a la puerta. Y cuando el camarero
extendió un mantel para mí y puso el salero encima,
sentí que me ponía rojo de vergüenza.
Después trajo unas fuentes con chuletas y legum-
bres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brus-
co, que yo estaba asustado y con temor de haberle
ofendido. Me tranquilicé mucho cuando, poniendo
una silla para mí delante de la mesa, me dijo cor-
dialmente:
-Vamos, gigante, siéntate.
Le di las gracias y me senté; pero me parecía difi-
cilísimo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de
soltura y no mancharme con la salsa mientras él
continuara enfrente sin dejar de mirarme y hacién-
dome ruborizar de la manera más horrible cada vez
que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando
me vio empezar la segunda chuleta me dijo:
-Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere us-
ted ahora?
Le di las gracias y le dije que sí.
Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la
luz para enseñarme el hermoso color que tenía.
-¡Pardiez! -dijo-, es buena cantidad.
-Sí es buena cantidad -le contesté con una sonri-
sa, pues estaba encantado de verle tan amable.
Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy colo-
radas y los cabellos tiesos. Y en aquel momento,
con un puño en la cadera y en la otra mano el vaso
lleno de cerveza, tenía un aspecto de lo más cam-
pechano.
-Ayer llegó aquí un caballero -dijo-, un caballero
muy grueso, que se llamaba Topsawyer; quizá le
conoce usted.
-No, no creo...
-Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero
de ala ancha, un traje gris y tapabocas -dijo el ca-
marero.
-No --dije confuso-, no tengo ese gusto...
-Pues vino aquí -continuó el mozo mirando la luz
a través del vaso- y pidió un vaso de esta misma
cerveza y se empeñó en beberla. Yo le dije que no
debía hacerlo; pero se la bebió y cayó muerto ins-
tantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No
debían volver a servirla.
Me impresionó muchísimo aquel triste accidente,
y dije que en vez de cerveza pensaba tomar un
poco de agua.
-Pero lo malo -dijo el camarero, mirando todavía
la luz a través del líquido y guiñándome un ojo- es
que los amos se disgustan si se dejan las cosas
después de pedidas. Se ofenden. Lo que sí se pue-
de hacer, si le parece bien, es que yo me la beba;
estoy acostumbrado, y la costumbre es todo. No
creo que pueda hacerme daño, sobre todo si echo
bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Quie-
re usted?
Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el
caso de que pudiera hacerlo sin el menor peligro; de
no ser así, de ninguna manera. Cuando le vi echar
la cabeza hacia atrás y beberla deprisa, confieso
que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto
como a míster Topsawyer. Pero no le hizo daño; por
el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.
-¿,Qué estábamos comiendo? -dijo después, me-
tiendo un tenedor en mi plato- ¡Ah! ¿Chuletas?
-Sí, chuletas --dije.
-¡Dios me bendiga! -exclamó-. No sabía que fue-
ran chuletas. Precisamente es lo único para evitar
los malos efectos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte
tenemos!
Con una mano me cogió una chuleta, con la otra,
una patata, y lo comió con el mayor apetito. Yo es-
taba radiante. Después cogió otra chuleta y otra
patata; después otra patata y otra chuleta. Cuando
terminó, me trajo un pudding, y sentándose enfrente
de mí rumió algo entre dientes, como si estuviera
pensando en otra cosa durante unos minutos.
-Qué, ¿cómo está ese bizcocho? --dijo de pronto.
-Es un pudding -le contesté.
-¡Pudding! -exclamó-. ¡Dios me bendiga! ¿De ver-
dad es pudding? ¡Cómo! -dijo mirándolo más de
cerca---. ¿Pero no será un pudding de frutas?
-Sí, precisamente.
-Es que el pudding de frutas -dijo cogiendo una
gran cuchara- es lo que más me gusta. ¿No es una
suerte? Vamos, pequeño, ¡a ver cuál de los dos lo
come más deprisa!
Como es natural, él era quien comía más deprisa.
De vez en cuando me animaba para que intentara
adelantarle; pero no había competencia posible
entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café,
entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío;
tanto es así, que desde el primer momento perdí las
esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto a
nadie saborear un pudding de aquel modo, y des-
pués de terminar, todavía se reía como si lo estuvie-
ra saboreando.
Le encontré tan amable que me atreví a pedirle
pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No
sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo miran-
do por cncima do mi hombro mientras escribía la
carta. Cuando terminé me preguntó que a qué es-
cuela me mandaban. Yo dije:
-A una cerca de Londres --que era lo que sabía.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compa-
sión-. ¡Cuánto lo siento!
-¿Por qué? -le pregunté.
-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la es-
cuela donde han roto a un muchacho dos costillas,
a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años
tienes?
Le dije que ocho y medio.
-¡Precisamente su edad! -dijo-. Ocho años y seis
meses tenía cuando le rompieron la primera costilla,
y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la
segunda, y murió a consecuencia de ello.
No pude disimular ante mí mismo ni ante el cama-
rero la impresión que me hacía aquella desgraciada
coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su
contestación no fue para animarme, pues consistió
en estas terribles palabras:
-De una paliza.
El ruido de la diligencia en el patio fue una dis-
tracción oportuna, que me hizo preguntar algo con-
fuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le
debía algo.
-Un pliego de papel -me contestó---. ¿Has com-
prado alguna vez papel de cartas?
No recordaba haberlo comprado nunca.
-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peni-
ques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo
tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se
cuenta; soy yo quien pierde en ello.
-¿Y qué sería.... cuánto sería..., cuánto daré...,
cuánto será razonable para pagar al camarero?
Dígame -balbucí enrojeciendo.
-Si no tuviera una familia y esta familia no estuvie-
ra ahora enferma -dijo el camarero- no aceptaría
seis peniques. Si no tuviera que sostener a una
madre anciana y a una encantadora hermanita (al
llegar aquí pareció muy conmovido), no aceptaría ni
un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y
me trataran bien, sería yo el que de buena gana
ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de
los desperdicios y duermo en la carbonera... (Al
llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)
Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí
que una propina menor de nueve peniques demos-
traría un corazón muy duro. Así es que le di uno de
mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas
bendiciones, y un momento después lo hacía sonar
con la uña, para estar seguro de que no era malo.
Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al
coche fue observar que todos suponían que me
había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo
descubrí porque oí a la señora de la ventana, que le
decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño,
no vaya a reventar». Y también al ver que todas las
criadas de la casa se acercaban a contemplarme
como a un fenómeno.
Mi desgraciado amigo el camarero, que había re-
cobrado todo su buen humor, no parecía turbado lo
más mínimo, y se unía a la admiración general sin
la menor vergüenza. Aun no teniendo la menor du-
da de él, esto podia haberme hecho dudar; pero
creo que, con la sencilla confianza de los niños y el
natural respeto que se tiene a esa edad por los que
son mayores (cualidad que me entristece mucho ver
que los niños pierden tan prematuramente), no se
me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.
Sin embargo, debo confesar que me molestaba
mucho ser el objeto de las bromas entre el cochero
y el conductor, y estar oyéndoles, sin poder protes-
tar, decir cosas como que el coche se inclinaba por
el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho
mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi
supuesto apetito se extendió pronto entre los viaje-
ros, a los que también divirtió mucho, y me pregun-
taban si en la escuela iba a pagar como si fuésemos
dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían
hecho en las mismas condiciones que para los de-
más, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo
peor de todo era que estaba convencido de que no
me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y
que, después de haber comido poco, tendría que
aguantar toda la noche el hambre, pues en mi prisa
había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en
el hotel. En efecto, mis temores se confirmaron;
pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve
valor para tomar nada, aunque tenía hambre, y me
senté al lado de la chimenea, diciendo que no quer-
ía nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues
un caballero de voz ronca y rostro rojizo, que había
estado comiendo sandwiches todo el camino, ex-
cepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser
como las boas, que en una comida tornan lo sufi-
ciente para unos cuantos días; después de lo cual
se sirvió un trozo enorme de carne cocida.
Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tar-
de y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho
de la mañana si: Terminaba el verano y la noche
era hermosa.
Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de
figurarme cómo sería el interior de sus casas y los
que las habitaban; y cuando los chicos se encara-
maban en el estribo de la diligencia, pensaba si
tendrían padres y si serían felices en sus casas.
Como se ve, no dejaba de pensar un momento,
aunque lo que más me preocupaba era el sitio don-
de me dirigía, horrible motivo de reflexión. A veces
recuerdo que me ponía a pensar en mi casa y en
Peggotty, y trataba confusamente de recordar cómo
sentía y qué clase de niño era antes de haber mor-
dido a míster Murdstone; pero no lo conseguía. Me
parecía que aquello databa de la más remota anti-
güedad.
La noche fue menos alegre que la tarde, porque
hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros
(el de la cara roja y otro), por precaución no me
fuera a caer. Y aquellos dos señores, a cada cabe-
zada que daban al dormir casi me despachurraban.
Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por
menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les moles-
taba extraordinariamente.
Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en
una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía
un almiar que una señora, de tal modo iba empa-
quetada. Dicha señora llevaba consigo una cesta
que durante mucho tiempo estuvo sin saber dónde
ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de
mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era
un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues
no dejaba de rozarme un instante. Al menor movi-
miento la loza que contenía la cesta chocaba contra
alguna otra cosa, y entonces la señora me daba un
golpe terrible con el pie y me decía:
-¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquie-
to!
Por último, empezó a amanecer, y entonces me
pareció que mis compañeros dormían más tranqui-
los, desapareciendo las dificultades con que lucha-
ban durante la noche y que habían encontrado ex-
presión en los más horribles ronquidos y resoplidos
concebibles. Conforme el sol subía, su sueño era
más ligero, y poco a poco se iban despertando.
Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la come-
dia de todos asegurando que no habían dormido en
absoluto, y la extraña indignación con que lo asegu-
raban. Todavía persiste en mí el sentimiento de
asombro de aquel día, pues he observado invaria-
blemente que, de todas las debilidades humanas, la
que menos dispuesto se está a reconocer es la de
haber dormido yendo en coche.
Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a
distancia, el convencimiento que tenía de que todas
las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban
allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella esta-
ba más llena de maravillas y de crímenes que todas
las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fui-
mos acercándonos poco a poco, y por fin llegamos
al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia.
He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o
«El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese
estaba pintado en la portezuela del coche.
El conductor me miró fijamente mientras bajaba y
preguntó asomándose a la puerta de las oficinas:
-Si hay alguien que pregunte por un muchacho
llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone
Sooffolk, que se acerque a reclamarle.
Nadie contestó.
-Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer
el favor? --dije bajando con temor los ojos.
-Si hay alguien que busque a un muchacho inscri-
to con el nombre de Murdstone, procedente de Blo-
onderstone Sooffolk, pero que responde al nombre
de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le
reclamen -dijo el conductor-, que venga. ¿No hay
nadie?
No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alre-
dedor; pero la pregunta no había impresionado a
ninguno de los presentes; sólo un hombre con po-
lainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería
ponerme un collar y atarme en el establo como a un
perro sin dueño.
Pusieron una escala y bajé detrás de la señora
que parecía un almiar, pues no me había atrevido a
moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre
tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche;
también habían sacado los equipajes, des-
enganchado los caballos, y hasta la diligencia había
sido conducida entre varios empleados fuera del
camino, cuando todavía no se había presentado
nadie a reclamar al polvoriento niño que venía de
Bloonderstone.
Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel,
por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mien-
tras estaba solitario, entré en las oficinas de la dili-
gencia, y por invitación de un empleado pasé a
sentarme detrás del mostrador, en la báscula de
pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los
montones de maletas y libros y percibiendo el olor
de las cuadras (que para siempre estará asociado
en mi memoria con aquella mañana), una procesión
de los más terribles pensamientos empezó a desfi-
lar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se pre-
sentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían
estar allí? ¿Podría estar hasta que se me termina-
ran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en
uno de aquellos departamentos de madera con los
equipajes? Y por las mañanas, ¿tendría que lavar-
me en la bomba del patio? ¿O tendría que mar-
charme todas las noches y esperar a que fuese de
día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me
habían reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido
una invención de míster Murdstone para deshacer-
se de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me deja-
ran permanecer allí hasta que se me terminaran los
chelines; lo que no podía esperar ni remotamente
era que me dejasen continuar cuando empezase a
morirme de hambre. Sería muy molesto para los
empleados, y además se exponía «El yo no sé qué
azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara
volver a mi casa, ¿conseguiría encontrar el camino?
¿Sería posible que pudiera ir andando hasta tan
lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa
quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de
Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y
me ofreciera como soldado o marino? Era un niño
tan chico, que seguro no querrían tomarme. Estos
pensamientos y otros mil semejantes me tenían
febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuer-
te de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cu-
chicheó con el empleado, y este, levantándome de
la báscula, me presentó como si fuera un paquete
vendido, pagado y pesado.
Mientras salía de la oficina con mi mano en la de
aquel señor, le lancé una mirada. Era un joven páli-
do y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra
como la de míster Murdstone. Pero esa era la única
semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus
cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un
traje negro, también viejo y raído y que le estaba
corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba
muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero supo-
nerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de
ropa blanca que llevase el joven; pero desde luego
era lo único que se veía de ella.
-¿Es usted el nuevo alumno? -me preguntó.
-Sí, señor -dije.
Suponía que lo era, aunque no lo sabía.
-Yo soy un profesor de Salem House -me dijo.
Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a
una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel
profesor de Salem House; tanto, que hasta que no
estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo.
Ante mi humilde insinuación de que quizá después
podría serme útil, volvimos atrás, y dijo al empleado
que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla a
mediodía.
-Si hiciera usted el favor -dije cuando estuvimos,
poco más o menos, a la distancia de antes-. ¿,Es
muy lejos?
-Por Blackheath -me dijo.
-¿Y eso está muy lejos, caballero? -pregunté tími-
do.
-Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia.
Habrá unas seis millas.
Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer
otras seis millas sin restaurar mis fuerzas me pare-
ció imposible, y me atreví a decir que no había ce-
nado aquella noche y que si me permitía comprar
algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió
bastante (le veo todavía detenerse a mirarme), y
después de unos segundos me dijo que sí; que él
tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y
que lo mejor sería que comprase algo de pan y
cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y
que en casa de la anciana me lo comería. Además,
allí podrían darme leche.
Entramos en una panadería, y después de propo-
ner yo la compra de varios pasteles, que él rechazó
una a una, nos decidimos en favor de un apetitoso
panecillito integral que costó tres peniques. Además
compramos un huevo y un trozo de tocino ahuma-
do. Al pagar me devolvieron tanta calderilla del se-
gundo chelín, que Londres me pareció un sitio muy
barato. Con estas provisiones atravesamos, en me-
dio de un ruido y un movimiento horribles, un puente
que debía de ser el puente de Londres (hasta creo
que el profesor me lo dijo, pero yo iba dormido), y
llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asi-
lo, como me figuré por su aspecto y supe por una
inscripción que había sobre la piedra del dintel,
donde decía que había sido fundado para veinticin-
co ancianas pobres.
El profesor de Salem House abrió una de aquellas
puertecitas negras, que eran todas iguales y que
tenía una ventanita de cristales a un lado y otra
encima, y entramos en la casita de una de aquellas
pobres ancianas. Su dueña estaba atizando el fue-
go, sobre el que había colocado un puchero. Al ver
entrar a mi acompañante se dio un golpe con el
soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Char-
les»; pero al verme a mí se levantó frotándose las
manos y haciendo una confusa reverencia.
-¿Podría usted hacer el favor de preparar el des-
ayuno de este niño? --dijo el profesor.
-¿Que si puedo? ¡Ya lo creo! -dijo la anciana.
-¿Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson?
-dijo ¡ni acompañante, mirando a otra anciana que
había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y
que parecía un montón de harapos, que todavía
ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no
haberme sentado, por distracción, encima.
-No está muy bien la pobre -dijo la primera ancia-
na-. Está en uno de sus peores días. Si se apagase
el fuego, se apagaba con él.
Y como la miraban, la miré también yo. Aunque
en realidad era un día bastante caluroso, la anciana
no parecía poder pensar en nada que no fuese
aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había
puesta encima, y tengo motivos para sospechar que
la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues
vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con
el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella,
sentada en su sillón, le volvía la espalda y contem-
plaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente
en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos
de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le
dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir
que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi
panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además,
me pusieron una taza de leche; me parecía un des-
ayuno delicioso. Todavía estaba gozando de ello,
cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:
-¿Llevas ahí la flauta?
-Sí ---contestó él.
-Pues anda, toca algo --dijo suplicante la anciana.
El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó
las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a
tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años,
es que no puede haber en el mundo nadie que to-
que peor. Sacaba los ruidos más disparatados que
puedan producirse por ningún medio natural o artifi-
cial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo
dudo; pero la impresión que aquella melodía me
produjo fue: primero, hacerme pensar en todas mis
desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segun-
do, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal
sueño, que no podía seguir con los ojos abiertos.
Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me
causó la música en aquella ocasión. Aún me parece
ver la habitación aquella, con su armario entreabier-
to en un rincón y las sillas con los respaldos per-
pendiculares, y la pequeña y angulosa escalera que
conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de
pavo real extendidas encima de la chimenea. Re-
cuerdo que en el primer momento me preocupó lo
que el pavo pensaría si supiese para lo que servían
sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra,
inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de
oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia,
y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me des-
pierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el
profesor de Salem House está sentado, con las
piernas cruzadas, tocándola tristemente, mientras la
dueña de la casa le escucha deleitada. Pero tam-
bién esto desaparece, todo desaparece; ya no hay
flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Cop-
perfield; sólo hay un profundo sueño.
Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que
oía aquella horrible música, me pareció ver a la
anciana que se acercaba poquito a poco, en su
estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo
de la silla y dabs al músico un beso cariñoso, inte-
rrumpiendo la música un momento. Estaba en ese
estado, entre la vigilia y el sueño, pues cuando con-
tinuó (el que se interrumpió la música es seguro) vi
y oí a la misma anciana preguntar a mistress Fibit-
son si no le parecía delicioso, refiriéndose a la flau-
ta. A lo que mistress Fibitson replicó: « ¡Ah, sí! ¡Ah,
sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro
que atribuía todo el mérito de la música.
Me pareció que había pasado mucho tiempo
cuando el profesor de Salem House, desmontando
su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y
partimos. Encontramos la diligencia muy cerca de
allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sue-
ño tan terrible, que cuando nos paramos para coger
más gente me metieron dentro, donde no iba nadie,
y pude dormir profundamente hasta que el coche
llegó ante una gran pendiente, que tuvo que subir al
paso, entre dos hileras de árboles. Pronto se detu-
vo. Habíamos llegado a nuestro destino.
A los pocos pasos el profesor y yo nos encontra-
mos delante de Salem House. El edificio estaba
rodeado de una tapia muy alts de ladrillo y tenía un
aspecto muy triste. Encima de una puerta practica-
da en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y
a través de un ventanillo de la puerta nos contempló
un rostro antipático, que pertenecía, según vi cuan-
do se abrió la puerta, a un hombre grueso con cue-
llo de toro, una pierna de palo, frente muy abultada
y cabellos cortados al rape.
-El nuevo alumno --dijo el profesor.
El hombre de la pierna de palo me miró de arriba
abajo; no tardó mucho en ello, ¡era yo, tan pequeño!
Después cerró la puerta, guardándose la llave en el
bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por de-
bajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuan-
do llamó a mi guía:
-¡Eh!
Nos volvimos. Estaba parado ante su portería,
con un par de botas en la mano.
-¡Oiga! El zapatero ha venido -dijo-cuando usted
no estaba, míster Mell, y dice que esas botas ya no
se pueden volver a remendar; que no queda ni un
átomo de la primera piel, y que le asombra que
pueda usted esperarlo.
Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell,
que volvió atrás para cogerlas y las miró muy des-
consoladamente mientras se acercaba a mí. Enton-
ces observé por primera vez que las botas que lle-
vaba debían de haber trabajado mucho, y que hasta
por un sitio asomaba el calcetín.
Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo,
con pabellones, de aspecto desnudo y desolado.
Todo a su alrededor estaba tan tranquilo, que pre-
gunté a mi guía si era que los niños estaban de
paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera
que era época de vacaciones. Todos los chicos es-
taban en sus casas. Míster Creakle, el director, es-
taba en una playa con mistress Creakle y miss
Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por mi
mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo
del camino.
La clase donde me llevó me pareció el lugar más
triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy vien-
do: una habitación larga, con tres hileras de pupitres
y seis de bancos, y todo alrededor perchas para
sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de
ejercicios ensucian el suelo. Algunas cajas de gu-
sanos de seda ruedan por encima de los pupitres.
Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por
su dueño, recorren de arriba abajo un castillo muy
sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos
rojos buscan por todas partes algo que comer. Un
pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él,
hace un ruido monótono saltando desde el palito al
suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En
la habitación reina un olor extraño a insano a cuero
podrido, a manzanas guardadas y a libros apolilla-
dos. Y no podría haber más tinta vertida por toda
ella si al construir la casa hubieran olvidado poner
techo y hubiera estado lloviendo, nevando o grani-
zando tinta durante todas las estaciones del año.
Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas
irreparables.
Yo avanzaba despacio por la habitación ob-
servándolo todo. De pronto, encima de un pupitre
me encontré con un cartel escrito en letra grande y
que decía: «¡Cuidado con él! ¡Muerde! ».
Me encaramé inmediatamente encima del pupitre,
convencido de que por lo menos había un perro
debajo. Pero por más que miraba con ojos asusta-
dos en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba
todavía así, cuando volvió míster Mell y me pre-
guntó qué hacía allí subido.
-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.
-¿Al perro? --dijo él- ¿A qué perro?
-¿No es un perro?
-¿Que si no es un perro?
-Del que hay que tener cuidado porque muerde.
-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un
perro; es un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de
poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener
que empezar con usted de este modo; pero no ten-
go otro remedio.
Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que
estaba hecho a propósito para ello) en la espalda
como una mochila, y desde entonces tuve el con-
suelo de llevarlo a todas partes conmigo.
Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede
imaginar. Tanto si era posible vérmelo como si no,
yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me
tranquilizaba el volverme a mirar, pues siempre
seguía pareciéndome que alguien lo estaba viendo.
El hombre de la pierna de palo, con su crueldad,
agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si
alguna vez me veía apoyado en un árbol, o en la
tapia, o en la fachada de la casa, se asomaba a su
puerta y me gritaba con voz estentórea:
-¡Eh! Míster Copperfield, enseñe su letrero si no
quiere que se lo haga enseñar yo.
El patio de recreo estaba abierto, por la parte de
atrás, a las dependencias de la casa, y yo sabía que
todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el
carbonero; en una palabra, todo el mundo que iba
por la mañana a la hora en que yo tenía orden de
pasear por allí; todos leían que había que tener
cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que
positivamente empecé a tener miedo de mí mismo
como de un niño salvaje que mordiese.
En aquel patio había una puerta muy vieja, donde
los chicos acostumbraban a grabar sus nombres, y
que estaba cubierta por completo de inscripciones.
En mi miedo a la llegada de los otros niños, no pod-
ía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con
que leerían: « ¡Cuidado con él! ¡Muerde! ». Había
uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre
muy a menudo y muy profundamente y a quien me
figuraba leyéndolo a gritos y después tirándome del
pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien
temía que se acercara como distraído y después
hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi
lado. A otro, George Demple, me le figuraba leyén-
dolo cantando. Y me pasaba el tiempo mirando
aquella puerta (pequeña y temblorosa criatura) has-
ta que todos aquellos propietarios de los nombres
(eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell)
quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y
gritaran cada uno a su manera: «¡Cuidado con él!
¡Muerde!» .
Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los
bancos; lo mismo con las camas del dormitorio de-
sierto, a las que miraba cuando estaba acostado.
Todas las noches soñaba: unas, que estaba con mi
madre, como de costumbre; otras, que estaba en
casa de míster Peggotty, o viajando en la diligencia,
o almorzando con mi desgraciado amigo el cama-
rero, y en todas aquellas circunstancias, la gente
terminaba asustándose al darse cuenta de que sólo
llevaba la ligera camisa de dormir y el letrero.
La monotonía de mi vida y la constante aprensión
de la reapertura de la escuela me tenían en una
insoportable aflicción. Todos los días tenía que
hacer muchos deberes para míster Mell; pero lo
hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos
Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me pa-
seaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de
la pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la
tierra alrededor de la casa, las piedras cubiertas de
musgo en el patio, una fuente muy vieja y destroza-
da, y los descoloridos troncos de algunos árboles
raquíticos, que parecía que no podía haber en el
mundo otros que hubieran recibido más lluvia y
menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en
una esquina del largo comedor, lleno de mesas
desnudas. Después nos poníamos a trabajar hasta
la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una
taza azul y yo en una de estaño. Todo el día y hasta
las siete o las ocho de la noche míster Mell per-
manecía en su pupitre trabajando sin descanso con
plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas,
según supe después, del último semestre. Cuando,
ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta
y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo
de que de un soplido fuera a entrar por el gran agu-
jero del instrumento y después saliera por algún
agujerillo de las teclas.
Todavía me parece ver a mi pequeña personilla
en la habitación apenas iluminada, sentado, con la
cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa
melodía de míster Mell y estudiando. Me veo tam-
bién con los libros cerrados a mi lado y oyendo a
través de aquella música los ruidos habituales de mi
casa, o el soplar del viento en la llanura de Yar-
mouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo
metiéndome en la cama, entre todos aquellos le-
chos solitarios, y sentándome en ella a llorar de
deseo por una palabra cariñosa de Peggotty. Y
luego, a la mañana, me veo bajando la escalera y
mirando a través de un tragaluz, que la ilumina, la
campana de la escuela, suspendida en lo alto, con
la veleta encima, y pienso en cuándo sonará lla-
mando a J. Steerforth y a todos los demás al traba-
jo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor
secundario, pues lo que me horroriza es el momen-
to en que el hombre de la pierna de palo abra la
puerta para dejar pasar al terrible míster Creakle.
Y aunque creo que no soy un chico malo .... como
sigo llevando el cartel en la espalda...
Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era
malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente
compañía, aunque no nos habláramos. He olvidado
mencionar que él, algunas veces, hablaba solo;
entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños
y se tiraba de los pelos de una manera extraña;
pero debía de ser costumbre, y aunque al principio
me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.
CAPÍTULO VI
ENSANCHO MI CÍRCULO DE AMISTADES
Llevaba un mes, poco más o menos, haciendo es-
ta vida, cuando el hombre de la pierna de palo apa-
reció, limpiándolo todo con una escoba y un cubo, lo
que deduje eran preparativos para el recibimiento
de míster Creakle y sus alumnos. No me había
equivocado; y por fin llegó la escoba a la sala de
estudio, arrojándonos a míster Mell y a mí, que tu-
vimos que vivir durante aquellos días donde pudi-
mos y como pudimos, encontrándonos por todas
partes con las criadas (que yo antes apenas había
visto) constantemente ocupadas en hacernos tragar
polvo en tal cantidad que yo no dejaba de estornu-
dar, como si Salem House fuera una enorme taba-
quera.
Un día míster Mell me anuncio que míster Creakle
llegaba aquella noche. Y por la tarde, después del
té, le oí decir que ya había llegado. Un rato antes de
la hora de acostarme, el hombre de la pierna de
palo se presentó a buscarme para conducirme ante
míster Creakle.
La parte de la casa dedicada a vivienda del señor
director era mucho mejor y confortable que la nues-
tra, y tenía un trozo de jardín que era como un edén
al lado de nuestro horrible patio de recreo, pues
nuestro patio se parecía de tal modo a un desierto
en miniatura, que yo pensaba siempre que sólo un
camello o un dromedario se sentirían allí como en
su casa. Me pareció de un atrevimiento inaudito el
darme cuenta de que hasta el pasillo tenía aspecto
confortable, mientras me dirigía, temblando, a su
presencia. Estaba tan turbado, que al entrar apenas
vi a mistress Creakle ni a su hija, que estaban en la
habitación. Sólo vi al director. Míster Creakle era un
hombre muy grueso, que llevaba un montón de diles
en la cadena del reloj. Estaba sentado en un sillón,
con un vaso y una botella al lado.
-Así -dijo míster Creakle-, ¿este es el caballerito a
quien tendremos que limar los dientes? ¿A ver? Dé
usted la vuelta.
El hombre de la pierna de palo me hizo girar para
que pudieran contemplar mi letrero-, y después de
tenerme el tiempo suficiente para que lo leyeran,
volvió a ponerme frente a míster Creakle, y él se
colocó a su lado. El rostro de míster Creakle era
verdaderamente feroz: los ojos, muy pequeños y
hundidos en la cabeza; las venas de la frente, muy
hinchadas; la nariz, pequeña, y la barbilla, grande.
Estaba calvo; sólo tenía unos cuantos pelitos grises,
que peinaba hacia arriba, uniéndolos en lo alto.
Pero lo que más me impresionó entonces fue que
no tenía voz; hablaba como en un cuchicheo, y no
sé si el trabajo que le costaba hablar o la conciencia
de su debilidad le hacía tener más expresión de
malo cuando hablaba, y quizá también eso fuese
causa de que sus abultadas venas se hincharan
todavía más. Ahora no me extraña que al verlo de
primeras fuera esta peculiaridad la que más me
chocase.
-Y bien -dijo míster Creakle-, ¿tiene usted algo
que decirme del chico?
-Todavía no ha hecho nada -dijo el hombre de la
pierna de palo---, no ha tenido ocasión.
Me dio la impresión de que a míster Creakle le
había defraudado, y que, en cambio, no había de-
fraudado a miss y a mistress Creakle (a quienes por
primera vez lanzaba una ojeada).
-Acérquese usted más -me dijo míster Creakle.
-Acérquese usted más --dijo el hombre de la pier-
na de palo, repitiendo su gesto.
-Tengo el honor de conocer bastante a su padras-
tro -cuchicheó míster Creakle agarrándome de una
oreja-: es un hombre muy digno, un hombre de
carácter. Los dos nos conocemos mucho... Pero tú
no me conoces, ¿verdad? -repitió míster Creakle,
pellizcándome la oreja con feroz complacencia.
-Todavía no, señor -dije con verdadero pánico.
-¿Todavía no?, ¿eh? Pero pronto será.
-Pero pronto será -repitió el hombre de la pierna
de palo.
Después he sabido que, por lo general, actuaba,
con su voz de trueno, de intérprete de míster Crea-
kle para con sus alumnos.
Estaba muy asustado, y le dije que así lo suponía.
Entre tanto, sentía que me ardía la oreja, pues me
la pellizcaba cada vez con más fuerza.
-Te voy a decir quién soy -cuchicheó míster Crea-
kle, soltándome por fin, aunque no sin antes retor-
cerme el pellizco, haciendo que se me saltaran las
lágrimas-. Soy un tártaro.
-Un tártaro -dijo el hombre de la pierna de palo.
-Y si digo que haré una cosa, la hago, y si digo
que ha de hacerse una cosa, también se hace.
-Si digo que ha de hacerse una cosa, se hace
-repitió como un eco el intérprete.
-Soy un carácter decidido -continuó míster Crea-
kle-; eso soy. Cumplo con mi deber; eso es lo único
que hago. Y si mi carne y mi sangre se revelan con-
tra mí (y miró a mistress Creakle al decir esto), ya
no son mi carne ni mi sangre y reniego de ellos.
Y dirigiéndose al hombre de la pierna de palo
añadió:
-Aquel individuo, ¿no ha vuelto por aquí?
-No, señor -fue la contestación.
-No --dijo míster Creakle-, ya sabe él que más le
vale así. Me conoce, y hace bien. Digo que es mejor
que no vuelva -repitió míster Creakle, dando un
puñetazo encima de la mesa y mirando a su mujer-
Ese ya me conoce. Y ahora tú también vas a cono-
cerme, amiguito; puedes marcharte. ¡Llévatelo!
Estaba muy contento de poderme marchar, pues
mistress Creakle y su hija se secaban los ojos, y yo
estaba sufriendo por ellas y por mí. Sin embargo,
como tenía en el pensamiento una petición que le
quería hacer y que me interesaba muchísimo, no
pude por menos de expresarla, aunque asombrado
de mi propia audacia.
-Señor, si usted quisiera...
Míster Creakle murmuró:
-¡Cómo! ¿Qué quiere decir esto?
Y me lanzó un mirada como si quisiera aniquilar-
me con ella.
-Señor, si usted quisiera... -balbucí-, si usted pu-
diera perdonarme... Estoy tan arrepentido de lo que
hice. Si pudieran quitarme este letrero antes de que
lleguen mis compañeros...
No sé si míster Creakle lo hacía por asustarme;
pero saltó de la silla con cólera. Yo, al verle así,
eché a correr, sin esperar la escolta del hombre de
la pierna de palo, y no paré hasta llegar al dormito-
rio. Allí, al darme cuenta de que no me seguían, me
desnudé y acurruqué en la cama, donde estuve
temblando durante un par de horas.
A la mañana siguiente llegó míster Sharp. Míster
Sharp era el profesor de más categoría, superior a
míster Mell. Míster Mell comía con los niños, mien-
tras que míster Sharp comía y cenaba en la mesa
del señor director. Era menudo, y me pareció de
aspecto delicado; tenía un nariz muy grande, y lle-
vaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado,
como si fuera demasiado pesada para él. Tenía el
pelo abundante y rizado; pero, según me dijo el
primer niño que volvió, aquello era peluca (compra-
da de segunda mano, según decía); también me
dijo que todos los sábados por la tarde salía para
que se la rizaran.
Todos aquellos datos me los dio Tommy Traddles.
Fue el primero en volver, y se me presentó diciendo
que su nombre lo podía encontrar grabado en el
rincón derecho de la puerta, encima del cerrojo;
entonces yo le dije: «¿Traddles?», y él me contestó:
« El mismo.» Después me estuvo preguntando mu-
chas cosas más y sobre mi familia.
Fue una suerte muy grande para mí el que Tradd-
les regresara el primero, pues le divirtió tanto mi
letrero, que me libró del problema de enseñarlo o de
ocultarlo, presentándome a todos los niños que
llegaban, fueran grandes o chicos, en la siguiente
forma: «¡Eh! ¡Venid aquí y veréis qué comedia! » .
Felizmente también, la mayor parte de los niños
volvían tristes y no estaban propicios a divertirse a
costa mía, como yo me esperaba.
Claro que algunos gesticularon a mi alrededor
como salvajes, y que la mayoría no podía resistir a
la tentación de hacer como si me tomasen por un
perro, y me acariciaban y mimaban como si tuvieran
miedo, diciendo: « ¡Abajo, chucho!» , y me llamaban
Towser.
Esto, naturalmente, me molestaba mucho y me
costaba lágrimas; pero en conjunto fueron menos
crueles de lo que me imaginaba.
Así y todo, no me consideraron formalmente ad-
mitido en la escuela hasta que hubo llegado James
Steerforth. Me condujeron ante aquel muchacho
(que tenía fama de saber mucho, y que era muy
guapo y, por último, por lo menos seis años mayor
que yo) como ante un juez. Debajo de un cobertizo
del patio de recreo él inquirió la causa y los detalles
de mi cruel castigo, y después tuvo la amabilidad de
expresar su opinión diciendo que aquello era < una
famosa infamia», lo que le agradecí ya para siem-
pre.
-¿Cuánto dinero tienes, pequeño Copperfield?
-me dijo paseando conmigo después de juzgar el
asunto en aquel tono.
Le dije que siete chelines.
-Te convendría más que lo guardara yo --dijo,
Eso si te parece bien.
Me apresuré a entregárselos, vaciando la bolsa
de Peggotty en su mano.
-¿Y no te gustaría gastar en nada ahora? -me
preguntó.
-No, gracias -repliqué.
-Si quieres, puedes -insistió Steerforth-; me lo di-
ces a mí...
-No, gracias -repetí.
-Quizá te gustaría gastarte dos chelines en una
botella de licor de grosella; podríamos beberla poco
a poco en el dormitorio -insistió Steerforth-. Creo
que duermes en el mismo que yo.
A mí nunca se me hubiera ocurrido una cosa se-
mejante; pero dije que sí, que me gustaba mucho.
-Muy bien --contestó Steerforth-, y estoy casi se-
guro de que también te gustaría gastar otro chelín
en bizcochos de almendra, ¿eh?
También dije que sí, que me gustaba mucho.
-Y otro chelín, o así, en dulces, y otro en frutas,
¿qué te parece? ¿Quieres, pequeño Copperfield?
Sonreí porque él también sonreía; pero un poco
confuso.
-Bien -dijo Steerforth-, haremos que dure lo más
posible. Para ti, lo mejor es que esté en mi poder,
pues salgo cuando quiero y puedo pasar bien el
contrabando. Al decir esto se guardó el dinero y me
dijo con mucho cariño que no me preocupase, que
él tendría cuidado de que todo saliera a pedir de
boca.
Y cumplió su palabra: todo salió muy bien, si se
puede decir eso de aquello que en el fondo de mi
alma me parecía mal. Sentía que no había hecho
buen use de las medias coronas de mi madre; sin
embargo, conservé el papelito en que estaban en-
vueltas (¡preciosa economía!). Cuando estuvimos
en el dormitorio, Steerforth sacó el producto íntegro
de los siete chelines y lo extendió encima de mi
cama, diciendo:
-Aquí está, joven Copperfield; ¡es un banquete re-
gio!
Sólo la idea de tener que hacer los honores del
festín a mi edad y estando allí Steerforth hacía tem-
blar mi mano. Por lo tanto, le rogué que me hiciera
el favor de presidir la mesa, y mi petición fue secun-
dada por los otros muchachos del mismo dormitorio.
Steerforth accedió, y sentándose encima de mi
almohada, repartió los manjares con perfecta equi-
dad, debo reconocerlo. El licor de grosella lo fue
dando uno a uno en una copa rota que era propie-
dad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los de-
más, agrupados a nuestro alrededor, unos en las
camas más próximas y otros en el suelo.
¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados,
¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor dicho,
charlaban: yo escuchaba en silencio. La luna entra-
ba en la habitación por la ventana, dibujando otra
pálida ventana en el suelo, y la mayoría de nosotros
estábamos en la oscuridad, excepto cuando Steer-
forth encendía un fósforo de su caja para buscar
algo en la mesa, y era un instante de luz azul sobre
todos nosotros. Un misterioso sentimiento, conse-
cuencia de la oscuridad, del secreto del festín y del
cuchichear de todos a mi alrededor, se apodera
nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que
dicen con un sentimiento vago de solemnidad y
temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y
asustándome, aunque finjo reír, cuando Traddles
dice que ve a un fantasma.
Les oí las cosas más diversas sobre toda la es-
cuela y los que la habitaban. Oí decir que míster
Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo
tártaro; que era el maestro más cruel y severo, y
que todos los días golpeaba a los niños a diestro y
siniestro, lo mismo que a un rebaño, y sin compa-
sión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo
más ignorante (lo decía J. Steerforth) que el chico
más obtuso de la escuela; que hacía muchos años
había sido comerciante en vinos en Boroug; que
había emprendido el negocio de la escuela después
de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin hab-
ía conseguido salir adelante era gracias al dinero de
mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas
más de este calibre, que yo no comprendía cómo
habían sabido.
Supe también que el hombre de la pierna de palo
se llamaba Tungay; que era bruto y tozudo-, que
había trabajado con Creakle en el negocio de vinos,
y que si luego le había conservado en este otro
negocio era porque se había roto la pierna a su
servicio, le había ayudado en muchas cosas sucias
y estaba enterado de todos sus secretos. Supe
también que, exceptuando a Creakle, Tungay con-
sideraba a todos, profesores y discípulos, como sus
naturales enemigos, y que el único goce de su vida
era hacer daño. Oí que mister Creakle había tenido
un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho
había ayudado a su padre en la escuela, pero que
habiéndole hecho en una ocasión observaciones
sobre la disciplina del colegio, tachándola de cruel,
y habiendo protestado también, según se suponía,
del mal trato que daba a su madre, míster Creakle
le había repudiado, y desde entonces su mujer y su
hija estaban siempre tristes.
Pero lo que más estupor me produjo de todo fue
saber que existía en la escuela un muchacho sobre
el que míster Creakle no se había atrevido a poner
aún la mano, y este muchacho era Steerforth. Él
mismo confirmó tal rumor cuando otros lo dijeron,
asegurando que le gustaría que se atreviera a
hacerlo. Y al preguntarle un chico muy pacífico (no
era yo) qué haría si algún día le llegara a pegar,
Steerforth encendió una cerilla para dar mayor fuer-
za a su respuesta y dijo que como primera provi-
dencia le tiraría a la cabeza el frasco de tinta que
estaba siempre encima de la chimenea. Durante
unos segundos permanecimos en la oscuridad sin
atrevemos a respirar siquiera.
Supe que a los dos profesores, míster Sharp y
míster Mell, les daban una paga miserable; y que
cuando había carne caliente y fría en la mesa de
míster Creakle habían acordado que mister Sharp
tenía que preferir siempre la fría. Esto fue también
corroborado por Steerforth, que era el único admi-
tido a aquella mesa. Me enteré de que la peluca de
míster Sharp no le sentaba bien, y que más le valie-
ra no presumir tanto, porque su pelo rojo asomaba
por debajo.
También oí decir que a un niño, hijo de un carbo-
nero, le habían admitido a cambio de la cuenta del
carbón, por lo que le apodaban míster Cambio,
nombre elegido del libro de aritmética y alusivo al
arreglo. Oí que la cerveza era un robo a los padres,
y el pudding, una imposición. Supe que todos los
alumnos consideraban a la hija de Creakle como
enamorada de Steerforth. Y pensando, mientras
estábamos en la oscuridad, en su dulce voz, en su
hermoso rostro, en sus modales elegantes y en sus
cabellos rizados, estaba convencido de que era
verdad. También supe que mister Mell no era mala
persona; pero que no tenía dónde caerse muerto, y
que su anciana madre debía de ser tan pobre como
Job. Al momento recordé mi desayuno en el asilo, y
lo que me había parecido oír decir a la anciana: «Mi
Charles»; pero, gracias a Dios, no se lo dije a nadie
porque estuve más callado que en misa.
La mayoría de los compañeros se habían metido
en la cama nada más terminar de comer y beber;
pero la charla aquella duró bastante tiempo, y noso-
tros habíamos permanecido cuchicheando y escu-
chando sin desnudarnos del todo. Por fin también
nos acostamos.
-Muy buenas noches, pequeño Copperfield -dijo
Steerforth-; yo cuidaré de ti.
-Es usted muy bueno -contesté agradecido-; se lo
agradezco mucho.
-¿No tienes una hermana? -dijo Steerforth boste-
zando.
-No -contesté.
-¡Qué lástima! -dijo Steerforth-. Habría sido una
linda chiquilla, pequeña y tímida, con los ojos bri-
llantes. Me habría gustado conocerla. Hasta maña-
na, Copperfield.
-Buenas noches, Steerforth.
Seguí pensando en él durante mucho rato, y re-
cuerdo que me senté en la cama para mirarle. Esta-
ba dormido a la luz de la luna, con su hermoso ros-
tro hacia mi lado y la cabeza cómodamente reclina-
da en el brazo. Era un gran personaje a mis ojos, y
esto era, como es natural, lo que más me atraía.
Los sombríos misterios de su porvenir no se revela-
ban todavía en su rostro a la luz de la luna. Ni una
sombra iba unida a sus pasos mientras me paseaba
en sueños con él por el jardín.
CAPÍTULO VII
MI PRIMER SEMESTRE EN SALEM HOUSE
Las clases empezaron en serio al día siguiente.
Recuerdo cómo me impresionó el ruido de las voces
en la sala de estudio, trocada de pronto en un silen-
cio de muerte cuando míster Creakle entró, después
del desayuno, y desde la puerta nos miró a todos
como el gigante de los cuentos de hadas contempla
a sus cautivos.
Tungay entró con él, y a mí me pareció que no
había motivo para gritar de aquel modo:
«¡Silencio!», pues estábamos todos petrificados,
mudos é inmóviles.
-Se le vio a míster Creakle mover los labios y se
oyó a Tungay.
-Muchachos: empezamos el curso; cuidado con lo
que se hace, y tomad con afán vuestros estudios,
os lo aconsejo, porque yo también vengo decidido a
tomar con afán los castigos. Y no tendré piedad. Y
os prometo que por mucho que os restreguéis des-
pués no lograréis quitaros las huellas de mis golpes.
Ahora ¡al trabajo todos!
Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se
marchó, mister Creakle se acercó a mi pupitre y me
dijo que si yo era célebre por morder, también él era
una especialidad en aquel arte. Y enseñándome su
bastón, me preguntó qué me parecía aquel diente.
¿Era bastante duro? ¿Era fuerte? ¿Tenía las puntas
afiladas? ¿Mordía bien? ¿Mordía? Y a cada pregun-
ta me daba tal palo, que me hacía retorcerme.
Aquella fue mi confirmación en Salem House, según
decía Steerforth; había sido confirmado pronto; igual
de pronto estuve deshecho en lágrimas.
Y no vaya a creerse que aquellas demostraciones
de atención las recibía yo solo. Al contrario, casi
todos los niños (sobre todo los que eran pequeños)
se veían favorecidos con igual suerte cada vez que
míster Creakle recorría la clase. La mitad del cole-
gio ya estaba retorciéndose antes de que em-
pezasen las tareas del día, y ¡cuántos se retorcían y
gritaban antes de que el trabajo del día terminase!
Realmente lo recuerdo asustado; pero si contara
mas detalles, no querrían creerme.
Pienso que no he visto en mi vida un hombre a
quien gustase más su oficio que mister Creakle. Se
veía que gozaba pegándonos, como si satisficiera
un apetito imperioso. Estoy convencido de que no
podía resistir el deseo de azotarnos; sobre todo los
que éramos gorditos ejercíamos una especie de
fascinación sobre él, que no le dejaba descansar
hasta que nos marcaba para todo el día. Yo era
gordito entonces, y lo he experimentado. Estoy se-
guro de que ahora, cuando pienso en aquel hombre,
la sangre hierve en mis venas con la misma desinte-
resada indignación que sentiría si hubiera visto sus
cosas sin haberlas sufrido, y me indigna porque es-
toy convencido de que era un malvado sin ningún
derecho a cuidar del tesoro que se le confiaba, me-
nos derecho que a see gran mariscal o general en
jefe... Es más, quizá en cualquiera de esos otros
dos casos habría hecho infinitamente menos daño.
Miserables, pequeñas víctimas de un ídolo sin
piedad, ¡qué abyectos éramos! ¡Qué comienzo en la
vida (pienso ahora) el aprender a arrastrarse de
aquel modo ante un hombre así!
Todavía me parece estar sentado en mi pupitre y
espiando sus ojos, observándolos humildemente,
mientras él raya el cuaderno de otra de sus víctimas
a quien acaba de cruzar las manos con la regla y
que trata de aliviar sus heridas envolviéndoselas en
el pañuelo. Tengo mucho que hacer, y si observo
sus ojos no es por holgazanería: es una especie de
atracción morbosa, un deseo imperioso de saber
qué va a hacer, y si me tocará el turno de sufrir o le
tocará a otro. Delante de mí hay una fila de los más
pequeños, que también está pendiente de sus ojos
con el mismo interés. Yo creo que él lo sabe; pero
finge no verlo, y gesticula de un modo terrorífico
mientras raya el cuaderno; después nos mira de
soslayo, y todos nos inclinamos temblorosos sobre
los libros; pero al momento volvemos a fijar los ojos
en él. Un desgraciado, culpable de haber hecho mal
un ejercicio, se acerca a su llamada, balbuciendo
excusas y propósitos de hacerlo bien mañana.
Míster Creakle hace un chiste cuando le va a pegar.
Todos se lo reírnos, ¡miserables perrillos!, se lo reí-
mos, con los rostros más blancos que la muerte y el
corazón encogido de miedo.
Todavía me veo sentado en el pupitre en una ca-
lurosa tarde de verano. Un rumor sordo me rodea,
como si los chicos fueran moscones. Tengo una
desagradable sensación de lo que hemos comido
(comimos hace una hora o dos) y me siento la ca-
beza pesada, como si fuera de plomo. Daría el
mundo entero por poderme dormir. Tengo los ojos
fijos en míster Creakle y abiertos como los de una
lechuza. Cuando el sueño me vence demasiado,
sigo viéndole a través de una bruma, siempre ra-
yando los cuadernos .... hasta que suavemente
llega detrás de mí y me hace tener una percepción
más clara de su existencia dándome un bastonazo
en la espalda.
Estamos en el patio de recreo, y yo sigo con los
ojos fascinados por él, aunque no puedo verle. Allí
está la ventana de la habitación donde debe de
estar comiendo. Sé que está allí y miro a la ventana.
Si pasa por ella su sombra, al instante mi cara
adopta una expresión sumisa y resignada. ¡Y si nos
mira a través del cristal, hasta los más traviesos
(exceptuando Steerforth), se interrumpen en medio
de sus gritos para tomar una actitud contemplativa!
Un día, Traddles (el chico más desgraciado del co-
legio) rompió accidentalmente el cristal con su pelo-
ta. Aún hoy me estremezco al recordar la tremenda
impresión del momento, cuando pensábamos que la
pelota habría rebotado en la sagrada cabeza de
míster Creakle.
¡Pobre Traddles! Con su traje azul celeste, que le
estaba pequeño y hacía que sus brazos y piernas
parecieran salchichas alemanas, era el más alegre
y el más desgraciado del colegio. Ni un día dejaban
de pegarle, creo que ni un solo día, exceptuando un
lunes, que fue fiesta, y nada más le dio con la regla
en las manos. Siempre estaba diciendo que iba a
escribir a su tío quejándose de ello; pero nunca lo
hacía. Cuando le habían pegado tenía la costumbre
de inclinar la cabeza encima del pupitre durante
unos minutos; después se enderezaba alegre y
empezaba a reírse, cubriendo la pizarra de esquele-
tos antes de que sus ojos estuvieran secos. Al prin-
cipio me extrañaba bastante el consuelo que encon-
traba dibujando esqueletos, y durante cierto tiempo
le consideré como una especie de asceta que trata-
ba de recordar por medio de aquel símbolo de mor-
talidad lo limitado de todas las cosas, consolándole
el pensar que tampoco los palos podían durar siem-
pre. Después supe que si lo hacía así era por ser
más fácil, pues no tenía que ponerlos cara.
Traddles era un chico muy bueno y de gran co-
razón. Consideraba como un deber sagrado para
todos los niños el sostenerse unos a otros, y sufrió
en muchas ocasiones por este motivo. Una vez
Steerforth se echó a reír en la iglesia, y el bedel,
creyendo que había sido Traddles, lo arrojó a la
calle. Le veo todavía saliendo custodiado bajo las
indignadas miradas de los fieles. Nunca dijo quién
había sido el verdadero culpable, aunque le castiga-
ron duramente y lo tuvieron preso tantas horas, que
al salir del encierro traía un cementerio completo de
esqueletos dibujados en su diccionario de latín. En
verdad sea dicho que tuvo su compensación. Steer-
forth dijo de él que era un chico valiente, y a nues-
tros ojos aquel elogio valía más que nada. Por mi
parte, habría sido capaz de soportarlo todo (aunque
no era tan bravo como Traddles y además más
pequeño) por una recompensa semejante.
Una de las mayores felicidades de mi vida era ver
a Steerforth dirigirse a la iglesia delante de nosotros
dando el brazo a miss Creakle.
Miss Creakle no me parecía tan bonita como Emi-
ly ni estaba enamorado de ella, no me hubiera atre-
vido; pero la encontraba extraordinariamente atrac-
tiva, y en cuanto a gentileza, me parecía que nadie
podía comparársela. Cuando Steerforth, con sus
pantalones blancos, llevaba su sombrilla, me sentía
orgulloso de ser amigo suyo y pensaba que miss
Creakle no podía por menos que adorarle. Míster
Sharp y míster Mell eran dos personajes muy impor-
tantes a mis ojos; pero Steerforth los eclipsaba co-
mo el sol eclipsa a las estrellas.
Steerforth continuaba protegiéndome y su amistad
me ayudaba mucho, pues nadie se atrevía a meter-
se con los que él protegía. No podía, ni lo intentó
siquiera, defenderme de míster Creakle, que era
muy severo conmigo; pero cuando me había tratado
con dureza, Steerforth me decía que yo necesitaba
algo de su valor; que él no hubiera consentido nun-
ca que le trataran mal, y aquello me animaba y me
hacía quererle. Una ventaja saqué, la única que yo
sepa, de la severidad con que me trataba míster
Creakle, pues pareciéndole que mi letrero le estor-
baba al pasar entre los bancos, cuando tenía ganas
de pegarme, me lo mandó quitar, y no lo volví a ver.
Una circunstancia fortuita aumentó más aún la in-
timidad entre Steerforth y yo, de una manera que
me causó mucho orgullo y satisfacción, aunque no
dejaba de tener sus inconvenientes. En una ocasión
en que me hacía el honor de charlar conmigo en el
patio de recreo me atreví a hacerle observar que
algo o alguien se parecía a algo o a alguien de Pe-
regrine Pickle. Él no me dijo nada entonces; pero
cuando nos fuimos a la cama me preguntó si tenía
aquel libro.
Le contesté que no, y le expliqué cómo lo había
leído, igual que los demás de que ya he hablado.
-¿Y los recuerdas bien? -me preguntó Steerforth.
-¡Oh, sí, perfectamente! -repliqué- Tengo buena
memoria, y creo que los recuerdo muy bien todos.
-Entonces ¿quieres que hagamos una cosa, pe-
queño Copperfield? Me los vas a contar. Yo no
puedo dormirme tan temprano, y por lo general me
despierto casi de madrugada. Me irás contando uno
después de otro y será lo mismo que Las mil y una
noches.
La proposición me halagó de un modo extraordi-
nario, y aquella misma noche la pusimos en prácti-
ca. ¿Qué mutilaciones cometería yo con mis auto-
res favoritos en el curso de mi interpretación? No
estoy en condiciones de decirlo, y además prefiero
no saberlo; pero tenía fe profunda en ellos, y,
además, lo mejor que creo que tenía era el modo
sencillo y grave de contarlos. Con esas cualidades
se va lejos.
El reverso de la medalla era que muchas noches
tenía un sueño horrible o estaba triste y sin ganas
de reanudar la historia. En esas ocasiones era un
trabajo duro; pero hubiera sido incapaz de defraudar
a Steerforth. También había días en que por la ma-
ñana me sentía cansado y me habría gustado una
hora más de sueño, y en aquellos momentos no era
muy agradable el ser despabilado igual que la sul-
tana Sheerezade y forzado a contar durante largo
rato antes de que sonara la campana. Pero Steer-
forth estaba decidido, y como él me explicaba mis
problemas y todo aquello de mis deberes que yo no
entendía, no perdía en el cambio. Sin embargo,
debo hacerme justicia: ni por un momento me movió
el interés ni el egoísmo, ni tampoco el temor. Admi-
raba a Steerforth y le amaba, y su aprobación lo
compensaba todo. Y el sentimiento aquel era tan
precioso a mis ojos, que aun ahora, al pensar en
aquellas chiquilladas, me duele el corazón.
Steerforth era también muy considerado conmigo
y me demostraba mucho interés; sobre todo en una
ocasión lo demostró de un modo inflexible. Sospe-
cho que en aquella ocasión debió de ser un poco de
suplicio de Tántalo para el pobre Traddles y todos
los demás. La prometida carta de Peggotty (¡qué
carta tan alegre y animadora era!) llegó en las pri-
meras semanas del semestre, y con ella un bizco-
cho perfectamente rodeado de naranjas y con dos
botellas de vellorita. Este tesoro, como es natural,
me apresuré a ponerlo a los pies de Steerforth,
rogándole que lo distribuyese.
-Bueno; pero has de saber, pequeño Copperfield,
que el vino lo guardaremos para remojarte el gazna-
te cuando cuentes historias.
Enrojecí ante aquel interés, y, en mi modestia, le
supliqué que no pensara semejante cosa. Pero él
insistió, diciendo que había observado que algunas
veces me ponía ronco, y que, por lo tanto, aquel
vino se emplearía desde la primera hasta la última
gota en lo que había dicho. En consecuencia, lo
guardó en su caja y echó un poco en un frasco, y
me lo administraba gota a gota por medio de un
palito cuando le parecía que lo necesitaba. A veces
lo hacía exprimiendo en el vino jugo de naranja y
echándole ginebra. No estoy muy seguro de que el
sabor mejorase con aquello ni de que resultara un
licor muy estomacal para tomar a las altas horas de
la noche y de madrugada; pero yo lo bebía con
agradecimiento y era muy sensible a aquellas aten-
ciones.
Me parece que tardé varios meses en contarle la
historia de Peregrine Pickle, y más tiempo todavía
en las otras novelas. La institución nunca flaqueó
por falta de una historia, y el vino duró casi tanto
como los relatos. ¡Pobre Traddles! No puedo pensar
en él sin una extraña predisposición a reír y a llorar.
Por las noches coreaba las historias y afectaba
convulsiones de risa en los pasajes cómicos y un
miedo mortal en los más peligrosos. A veces casi
me cortaba el hilo. Recuerdo que uno de sus gran-
des gestos era hacer como que no podía por menos
de castañetear los dientes cuando mencionaba a
los alguaciles en las aventuras de Gil Blas; y re-
cuerdo que cuando Gil Blas se encuentra en Madrid
con el capitán de los ladrones, el desgraciado
Traddles lanzó tales alaridos de terror, que lo oyó
mister Creakle y le dio una soberana paliza.
Yo tenía ya espontáneamente una imaginación
romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día
más con aquellas historias contadas en la oscuri-
dad, por lo que dudo de que aquella práctica me
haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado
por todos, como un juguete, en el dormitorio, y el
darme cuenta de la importancia y el atractivo que te-
nía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más
pequeño) me estimulaba mucho. En una escuela
regida con la crueldad de aquella, por grande que
sea el mérito del que la preside no hay cuidado de
que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éra-
mos los colegiales más ignorantes que pueden exis-
tir; estábamos demasiado atormentados y preocu-
pados para poder estudiar, pues nada se consigue
hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tris-
teza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, esti-
mulada por Steerforth, me hacía trabajar, y aunque
no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve
allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo
asimilar de aquí y de allá algunas briznas de cono-
cimientos.
En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía
cariño, lo recuerdo con agradecimiento. Observaba
con pena cómo Steerforth le trataba con un despre-
cio sistemático, y no perdía ninguna ocasión de
herirle ni de inducir a los demás a hacerlo. Esto me
preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le
había contado (no hubiera podido dejarle sin parti-
cipar de un secreto, como de ninguna otra posesión
material) lo de las dos ancianas del hospicio que
mister Mell había visitado, y temía que Steerforth se
aprovechara de ello para hacerle sufrir.
¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo,
cuando estuve desayunando y durmiendo, escu-
chando su flauta, las consecuencias que traería la
visita al hospicio de mi insignificante personilla! Tu-
vo las más inesperadas y graves consecuencias.
Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus
habitaciones por estar indispuesto; esto, natural-
mente, nos puso tan contentos, que armamos la
mayor algarabía. La enorme satisfacción que expe-
rimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y
aunque Tungay apareció dos o tres veces con su
pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de
los más revoltosos, no causó la menor impresión en
los niños. Estaban tan seguros de que hicieran lo
que hicieran al día siguiente los castigaban, que
preferían divertirse y aprovechar el día.
Era sábado y, por consiguiente, medio día de fies-
ta; pero el tiempo no estaba para ir de paseo, y para
que el ruido en el patio no molestara a míster Crea-
kle, se nos ordenó continuar en clase por la tarde
haciendo unos deberes más ligeros, que había pre-
parados para estas ocasiones. Era el día de la se-
mana en que míster Sharp salía siempre a rizar su
peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siem-
pre tocaban las cosas más difíciles, quien tuvo que
quedarse a pelear con todos aquel día.
Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un
oso o de algo semejante a la de míster Mell, yo la
compararía con alguno de aquellos animales aco-
sados por un millar de perros, aquella tarde, cuando
el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la
cabeza en sus delgadas manos, sentado en su
pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en
proseguir su cansada labor a través de aquel ruido
que habría vuelto loco hasta al presidente de la
Cámara de los Comunes. Había chicos que se hab-
ían levantado de sus sitios y jugaban a la gallina
ciega en un rincón; los había que se reían, que can-
taban, que hablaban, que bailaban, que rugían; los
había que patinaban; otros saltaban formando corro
alrededor del maestro y gesticulaban, le hacían
burla por detrás y hasta delante de sus ojos, paro-
diando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su
madre; se burlaban de todo, hasta de lo que más
hubieran debido respetar.
-¡Silencio! -gritó de pronto míster Mell, levantán-
dose y dando un golpe en el pupitre con el libro-
¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es
para volverse loco! ¿Por qué se portan así conmigo,
señores?
El libro con que había dado en el pupitre era el
mío, y como yo estaba de pie a su lado, siguiendo
su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de
pronto, quizá algo asustados y también un poco
arrepentidos.
El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y
estaba al final de la habitación, en el lado opuesto al
del maestro. En aquel momento estaba Steerforth
recostado en la pared, con las manos en los bolsi-
llos, y cada vez que míster Mell le miraba adelanta-
ba los labios como para silbar.
-¡Silencio, míster Steerforth! -dijo míster Mell.
-Cállese usted primero! -replicó Steerforth, po-
niéndose muy rojo- ¿Con quién cree usted que está
hablando?
-¡Siéntese usted! -replicó míster Mell.
-¡Siéntese usted si quiere! --dijo Steerforth-, y
métase donde le llamen.
Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero
míster Mell estaba tan pálido, que el silencio se
restableció inmediatamente, y un chico que se hab-
ía puesto detrás de él a imitar a su madre cambió
de parecer a hizo como que había ido a preguntarle
algo.
-Si piensa usted, Steerforth -continuó míster Mell
que no sé la influencia que tiene aquí sobre algunos
espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano
sobre mi cabeza) o que no le he observado hace
pocos minutos provocando a los pequeños para que
me insultasen de todas las maneras imaginables, se
equivoca.
-No me tomo la molestia de pensar en usted -dijo
Steerforth fríamente-; por lo tanto, no puedo equivo-
carme.
-Y cuando abusa usted de su situación de favorito
aquí para insultar a un caballero...
-¿A quién? ¿Dónde está? -dijo Steerforth.
En esto alguien gritó:
-¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!
Era Traddles, a quien míster Mell ordeno inmedia-
tamente silencio.
-Cuando insulta usted así a alguien que es des-
graciado y que nunca le ha hecho el menor daño; a
quien tendría usted muchas razones para respetar
ya que tiene usted edad suficiente, tanto como inte-
ligencia, para comprender -dijo mister Mell con los
labios cada vez más temblorosos-; cuando hace
usted eso, mister Steerforth, comete usted una co-
bardía y una bajeza. Puede usted sentarse o conti-
nuar de pie, como guste. Copperfield, continúe.
-Pequeño Copperfield --dijo Steerforth, avanzando
hacia el centro de la habitación-, espérate un mo-
mento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez
para siempre, que cuando se torna usted la libertad
de llamarme cobarde o miserable o algo semejante,
es usted un mendigo desvergonzado. Usted sabe
que siempre es un mendigo; pero cuando hace eso
es un mendigo desvergonzado.
No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si
mister Mell iba a pegar a Steerforth, ni cuáles eran
sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que
una rigidez mortal caía sobre la clase entera, como
si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a
míster Creakle en medio de nosotros, con Tungay a
su lado. Miss y mistress Creakle se asomaban a la
puerta con caras asustadas.
Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el
rostro entre las manos, continuaba en silencio.
-Mister Mell -dijo míster Creakle, sacudiéndole un
brazo, y su cuchicheo era ahora tan claro que Tun-
gay no juzgó necesario repetir sus palabras-. ¿Es-
pero que no se habrá usted olvidado?
-No, señor, no -contestó míster Mell levantando su
rostro, sacudiendo la cabeza y restregándose las
manos con mucha agitación-; no, señor, no; me he
acordado..., no, mister Creakle; no me he olvidado...
Yo... he recordado.... yo... desearía que usted me
recordase a mí un poco más, mister Creakle... Sería
más generoso, más justo, y me evitaría ciertas alu-
siones.
Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell,
apoyó su mano en el hombro de Tungay, subió al
estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar
mucho tiempo a mister Mell desde su trono, mien-
tras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándo-
se las manos, en el mismo estado de agitación,
mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:
-Steerforth, puesto que mister Mell no se digna
explicarse, ¿quiere usted decirme qué sucede?
Steerforth eludió durante unos minutos la pregun-
ta, mirando con desprecio y cólera a su contrario.
Recuerdo que en aquel intervalo no pude por me-
nos de pensar en lo noble y lo hermoso del aspecto
de Steerforth comparado con mister Mell.
-¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de
favoritos -dijo por fin Steerforth.
-¿Favoritos? -repitió mister Creakle con las venas
de la frente a punto de estallar- ¿Quién se ha atre-
vido a hablar de favoritos?
-Él -dijo Steerforth.
-¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga
el favor -pregunto mister Creakle volviéndose furio-
so hacia el profesor.
-Me refería, mister Creakle -respondió en voz muy
baja-, quería decir que ninguno de los alumnos ten-
ía derecho a abusar de su situación de favorito de-
gradándome.
-¿Degradándole? -repitió mister Creakle-. ¡Dios
mío! Pero bueno, mister no sé cuántos (y aquí mis-
ter Creakle cruzó los brazos, con bastón y todo,
sobre el pecho, y frunció tanto las cejas, que sus
ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si
al hablar de favoritos me demuestra el respeto que
me debe? Que me debe -repitió mister Creakle ade-
lantando la cabeza y retirándola enseguida-, a mí,
que soy el director de este establecimiento, del que
usted no es más que un empleado.
-En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a
reconocerlo --contestó míster Mell-; y no lo habría
hecho si no me hubieran empujado a ello.
Aquí Steerforth intervino.
-Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces
yo le he dicho que él era un mendigo. Si no hubiera
estado encolerizado no le habría llamado mendigo;
pero lo he hecho, y estoy dispuesto a soportar las
consecuencias de ello.
Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener
o no consecuencias para Steerforth, me sentí orgu-
lloso de aquellas nobles palabras, y en todos los
niños produjo la misma impresión, pues hubo un
murmullo; pero nadie pronunció una palabra.
-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad
le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito
que me sorprende, Steerforth, que usted haya podi-
do calificar así a un profesor empleado y pagado en
Salem House.
Steerforth soltó una carcajada.
-Eso no es contestar a mi observación, caballero
-dijo míster Creakle-; espero más de usted, Steer-
forth.
Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de
Steerforth, sería imposible decir lo que me parecía
míster Creakle.
---Que lo niegue --dijo Steerforth.
-¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? -ex-
clamó míster Creakle-. ¿Acaso va pidiendo por las
calles?
-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más
cercana --dijo Steerforth-. Por lo tanto, es lo mismo.
Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell
me acarició cariñosamente el hombro. Le miré con
rubor en mi rostro y remordimiento en el corazón;
pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steer-
forth. Continuaba acariciándome con dulzura en el
hombro; pero le miraba a él.
-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle,
que me justifique -dijo Steerforth- y que diga a lo
que me refiero, lo que tengo que decir es que su
madre vive de caridad en un asilo.
Míster Mell seguía mirándole y seguía acaricián-
dome con dulzura en el hombro. Me pareció que se
decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me
temía».
Míster Creakle se volvió hacia el profesor con ca-
ra severa y una amabilidad forzada:
-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice
este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el
favor, de rectificar ante la escuela entera?
-Tiene razón, señor; no hay que rectificar
-contestó míster Mell en medio de un profundo si-
lencio-; lo que ha dicho es verdad.
-Entonces tenga la bondad de declarar pública-
mente, se lo ruego -contestó míster Creakle, po-
niendo la cabeza de lado y paseando la mirada
sobre todos nosotros-, si he sabido yo nunca seme-
jante cosa antes de este momento.
-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.
-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir
eso?
-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi
posición era ni siquiera un poquito desahogada -dijo
el profesor-, puesto que sabe usted cuál ha sido
siempre mi situación aquí.
-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó
míster Creakle con las venas más hinchadas que
nunca- que ha estado usted aquí en una situación
falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o
algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos
cuanto antes.
-No habrá mejor momento que ahora mismo --dijo
míster Mell levantándose.
-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.
-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos
ustedes -pronunció míster Mell mirándonos a todos
y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steer-
forth, lo mejor que puedo desearle es que algún día
se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el mo-
mento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por
quien yo me interese.
Una vez más apoyó su mano en mi hombro con
dulzura y, después, cogiendo la flauta y algunos
libros de su pupitre y dejando la llave en él para su
sucesor, salió de la escuela. Míster Creakle hizo
entonces una alocución por medio de Tungay, en
que daba las gracias a Steerforth por haber de-
fendido (aunque quizá con demasiado calor) la in-
dependencia y respetabilidad de Salem House;
después le estrecho la mano, mientras nosotros
lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero
suponiendo que eran para Steerforth, me uní a ellos
con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía tris-
te. Al salir, míster Creakle le pegó un bastonazo a
Tommy Traddles porque estaba llorando en lugar de
adherirse a nuestros vivas, y después se volvió a su
diván o a su cama; en fin, adonde fuera.
Cuando nos quedamos solos estábamos todos
muy desconcertados y no sabíamos qué decir. Por
mi parte, sentía mucho y me reprochaba, arrepenti-
do, la parte que había tenido en lo sucedido; pero
no hubiera sido capaz de dejar ver mis lágrimas, por
temor a que Steerforth, que me estaba mirando, se
pudiera enfadar o le pareciese poco respetuoso, te-
niendo en cuenta nuestras respectivas edades y el
sentimiento de admiración con que yo le miraba.
Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y
decía que habían hecho muy bien en pegarle.
El pobre Traddles, pasado ya su primer momento
de desesperación, con la cabeza encima del pupi-
tre, se consolaba, como de costumbre, pintando un
regimiento de esqueletos, y dijo que le tenía sin
cuidado lo que a él le pareciera, y que se habían
portado muy mal con míster Mell.
-¿Y quién se ha portado mal con él, señorita? -dijo
Steerforth.
-Tú -dijo Traddles.
-¿Pues qué le he hecho? -insistió Steerforth.
-¿Cómo que qué le has hecho? -replicó Traddles-.
Herir todos sus sentimientos y hacerle perder la
colocación que tenía.
-¡Sus sentimientos! -repitió Steerforth desdeñosa-
mente-. Sus sentimientos se repondrán pronto. ¿O
es que crees que son como los tuyos, señorita
Traddles? En cuanto a su colocación, ¡era tan estu-
penda! ¿Pensáis que no voy a escribir a mi madre
diciéndole que le mande dinero?
Todos admiramos las nobles intenciones de Ste-
erforth, cuya madre era una viuda rica y dispuesta
según decía él, a hacer todo lo que su hijo quisiera.
Estábamos encantados de ver cómo había puesto a
Traddles en su puesto, y le exaltamos hasta las
estrellas, especialmente cuando nos dijo que se
había decidido a hacerlo y lo había hecho exclusi-
vamente por nosotros y por nuestra causa, y que no
había tenido en ello ni el menor pensamiento de
egoísmo.
Pero debo decir que aquella noche, mientras es-
taba contando mi novela en la oscuridad del dormi-
torio, me parecía oír en mi oído tristemente la flauta
de míster Mell; y cuando, por último, Steerforth se
durmió y yo me dejé caer en la cama, al pensar que
quizá en aquel momento aquella flauta estaría so-
nando dolorosamente, me sentí desgraciado por
completo.
Pronto lo olvidé todo, en mi constante admiración
por Steerforth, que como interesado y sin abrir un
libro (a mí me parecía que los sabía todos de me-
moria) repasaba sus clases mientras venía un nue-
vo profesor. El que vino salía de una escuela ele-
mental, y antes de entrar en funciones fue invitado a
comer por míster Creakle un día, para serle presen-
tado a Steerforth. Steerforth lo aprobó y nos dijo que
era un Brick, y aunque yo no entendía exactamente
lo que quería decir aquello, le respeté al momento, y
no se me ocurrió dudar de su saber, aunque nunca
se tomó por mí el interés que se había tomado
míster Mell.
Sólo hubo otro acontecimiento en aquel semestre
de la vida escolar que me impresionara de un modo
persistente. Fue por varias razones.
Una tarde en que estábamos en la mayor confu-
sión, y míster Creakle pegándonos sin descansar,
se asomó Tungay gritando con su terrible voz de
trueno:
-Visita para Copperfield.
Cambió unas breves palabras con míster Creakle
sobre la habitación a que los pasaría y diciéndole
quiénes eran. Entre tanto, yo estaba de pie y a pun-
to de ponerme malo por la sorpresa. Me dijeron que
subiera a ponerme un cuello limpio antes de apare-
cer en el salón. Obedecí estas órdenes en un esta-
do de emoción distinta a todo lo que había sentido
hasta entonces, y al llegar a la puerta, pensando
que quizá fuese mi madre (hasta aquel momento
sólo había pensado en miss o míster Murdstone),
me detuve un momento sollozando.
Al entrar no vi a nadie, pero sentí que estaban
detrás de la puerta. Miré y con gran sorpresa me
encontré con míster Peggotty y con Ham, que se
quitaban ante mí el sombrero y se inclinaban para
saludarme. No pude por menos de echarme a reír;
pero era más por la alegría de verlos que por sus
reverencias.
Nos estrechamos las manos con gran cordialidad,
y yo me reía, me reía, hasta que tuve que sacar el
pañuelo para secar mis lágrimas.
Míster Peggotty (recuerdo que no cerró la boca
durante todo el tiempo que duró la visita) pareció
conmoverse cuando me vio llorar, y le hizo señas a
Ham de que dijera algo.
-Vamos, más alegría, señorito Davy --dijo Ham en
su tono cariñoso-. Pero ¡cómo ha crecido!
-¿He crecido? -dije enjugándome los ojos.
No sé por qué lloraba. Debía de ser la alegría de
verlos.
-¿Que si ha crecido el señorito Davy? ¡Ya lo creo
que ha crecido! -dijo Ham.
-¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo míster Peggotty.
Empezaron a reírse de nuevo uno y otro, y los
tres terminamos riendo hasta que estuve a punto de
volver a llorar.
-¿Y sabe usted cómo está mamá, míster Peggot-
ty? -dije- ¿Y cómo mi querida Peggotty?
-Están divinamente -dijo míster Peggotty.
-¿Y la pequeña Emily y mistress Gudmige?
-Divinamente están -dijo míster Peggotty.
Hubo un silencio. Para romperlo, míster Peggotty
sacó dos prodigiosas langostas y un enorme can-
grejo; además, una bolsa repleta de gambas, y lo
fue amontonando en los brazos de Ham.
-¿Sabe usted, señorito? Nos hemos tomado la li-
bertad de traerle estas pequeñeces acordándonos
de lo que le gustaban cuando estuvo usted en Yar-
mouth. La vieja comadre es quien las ha cocido. Sí,
las ha cocido ella, mistress Gudmige -dijo míster
Peggotty muy despacio; parecía que se agarraba a
aquel asunto, no encontrando otro a mano- Se lo
aseguro; las ha cocido ella.
Les dije cómo lo agradecía, y míster Peggotty,
después de mirar a Ham, que no sabía qué hacer
con los crustáceos, y sin tener la menor intención de
ayudarle, añadió:
-Hemos venido, con el viento y la marea a nuestro
favor, en uno de los barcos desde Yarmouth a Gra-
vesen. Mi hermana me había escrito el nombre de
este sitio, diciéndome que si la casualidad me traía
hacia Gravesen no dejara de ver al señorito Davy
para darle recuerdos y decirle que toda la familia
está divinamente. Ve usted. Cuando volvamos, Emi-
ly escribirá a mi hermana contándole que le hemos
visto a usted y que le hemos encontrado también
divinamente. Resultará un gracioso tiovivo.
Tuve que reflexionar un rato antes de comprender
lo que míster Peggotty quería decir con su metáfora
expresiva respecto a la vuelta que darían así las
noticias. Le di las gracias de todo corazón, y dije,
consciente de que me ruborizaba, que suponía que
la pequeña Emily también habría crecido desde la
época en que corríamos juntos por la playa.
-Está haciéndose una mujer; eso es lo que está
haciéndose -dijo míster Peggotty-. Pregúnteselo a
él.
Me señalaba a Ham, que me hizo un alegre signo
de afirmación por encima de la bolsa de gambas.
-¡Y qué cara tan bonita tiene! -dijo míster Peggotty
con la suya resplandeciente de felicidad.
-¡Y es tan estudiosa! -dijo Ham.
-Pues ¿y la escritura? Negra como la tinta, y tan
grande que podrá leerse desde cualquier distancia.
Era un espectáculo encantador el entusiasmo de
míster Peggotty por su pequeña favorita.
Le veo todavía ante mí con su rostro radiante de
cariño y de orgullo, para el que no encuentro des-
cripción. Sus honrados ojos se encienden y se ani-
man, lanzando chispas. Su ancho pecho respira con
placer. Sus manos se juntan y estrechan en la emo-
ción, y el enorme brazo con que acciona ante mi
vista de pigmeo me parece el martillo de una fragua.
Ham estaba tan emocionado como él. Y creo que
habrían seguido hablando mucho de Emily si no se
hubieran cortado con la inesperada aparición de
Steerforth, quien al verme en un rincón hablando
con extraños detuvo la canción que tarareaba y dijo.
-No sabía que estuvieras aquí, pequeño Copper-
field (no estaba en la sala de visitas), y cruzó ante
nosotros.
No estoy muy seguro de si era que estaba orgu-
lloso de tener un amigo como Steerforth, o si sólo
deseaba explicarle cómo era que estaba con un
amigo como míster Peggotty, el caso es que le
llamé y le dije con modestia (¡Dios mío qué presente
tengo todo esto después de tanto tiempo!):
-No te vayas, Steerforth, hazme el favor. Son dos
pescadores de Yarmouth, muy buenas gentes, pa-
rientes de mi niñera, que han venido de Gravesen a
verme.
-¡Ah, ah! -dijo Steerforth acercándose- Encantado
de verles. ¿Cómo están ustedes?
Tenía una soltura en los modales, una gracia es-
pontánea y clara, que atraía. Todavía recuerdo su
manera de andar, su alegría, su dulce voz, su rostro
y su figura, y sé que tenía un poder de atracción
que muy pocos poseen, que le hacía doblegar a
todo lo que era más débil, y que había muy pocos
que se le resistieran. También a ellos les conquistó
al momento, y estuvieron dispuestos a abrir su co-
razón desde el primer instante.
-Haga usted el favor de decir en mi casa, míster
Peggotty, cuando escriba, que míster Steerforth es
muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido
de mí aquí sin él.
-¡Qué tontería! -dijo Steerforth-. ¡Haga el favor de
no decir nada de eso!
-Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk
o Sooffolk mientras esté yo allí, puede usted estar
seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yar-
mouth a enseñarle su casa. Nunca habrás visto
nada semejante, Steerforth. Está hecha en un bar-
co.
-¿Está hecha en un barco? -dijo Steerforth-. En-
tonces es la casa más a propósito para un marino
de pura raza.
-Eso es, señorito, eso es -exclamó Ham riendo-.
Este caballero tiene mucha razón, señorito Davy.
De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah!
¡Ah!
Míster Peggotty no estaba menos halagado que
su sobrino; pero su modestia no le permitía aceptar
un cumplido personal de un modo tan ruidoso,
-Bien, señorito -dijo inclinándose y metiéndose las
puntas de la corbata en el chaleco-; se lo agradezco
mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en
mi oficio, señorito.
-¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? -le
contestó Steerforth. (Ya sabía su nombre.)
-Estoy seguro de que usted hará lo mismo --dijo
míster Peggotty moviendo la cabeza- Y hará usted
bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogi-
da; soy rudo, señorito, pero soy franco; al menos
me creo que lo soy, ¿comprende usted? Mi casa no
tiene nada que merezca la pena, señorito; pero está
a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a verla
con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un
caracol -dijo míster Peggotty, refiriéndose a que
tardaba en irse, pues lo había intentado después de
cada frase sin conseguirlo-. ¡Vamos, les deseo que
sigan con tan buena salud y que sean felices!
Ham se unió a sus votos y nos separamos con
mucho cariño. Aquella noche estuve casi a punto de
hablarle a Steerforth de la pequeña Emily; pero era
tan tímido, que no me atrevía ni a nombrarla;
además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo
que me preocupaba mucho y de un modo molesto
lo que me habían dicho de que se estaba haciendo
una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.
Transportamos aquellas «porquerías», como las
había llamado modestamente míster Peggotty, al
dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banque-
te aquella noche. Pero Traddles no podía salir fe-
lizmente de nada. Tenía la desgracia de no poder
soportar ni una comida extraordinaria como otro
cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a conse-
cuencia de la langosta, que le hicieron beber cosas
negras y tragar unas píldoras azules, lo que, según
Demple, cuyo padre era médico, habría sido sufi-
ciente para matar a un caballo. Además, recibió una
paliza y seis capítulos del Testamento griego por
negarse en rotundo a confesar la causa.
El resto del semestre confunde en mi memoria la
monotonía diaria y triste de nuestras vidas: la huida
del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama
y el frío más frío todavía de la noche cuando volv-
íamos a ella. Por la tarde la clase estaba mal alum-
brada y peor calentada, y por la mañana, igual que
una nevera; la alternativa entre la carne de vaca
cocida y asada y del cordero cocido y del cordero
asado; el pan con mantequilla; el jaleo de libros y de
pizarras rotas, de cuadernos manchados de lágri-
mas, de bastonazos, de golpes dados con la regla,
del corte de cabellos, de domingos lluviosos y de los
puddings agrios; el todo rodeado de una atmósfera
sucia, impregnada de tinta.
Recuerdo cómo la lejanía de las vacaciones, des-
pués de parecer que había estado detenida durante
tanto tiempo, empezaba a acercarse a nosotros
poco a poco. Y cómo de contar por meses el tiempo
que faltaba llegamos a contarlo por semanas y des-
pués ya por días. El miedo que pasé pensando que
quizá no fueran a buscarme, y después, cuando
supe por Steerforth que me habían llamado, el te-
mor de romperme alguna pierna o que ocurriera
algo. Y ¡cómo iba cambiando de sitio el bendito día
señalado! Después de ser dentro de quince días,
era a la otra semana; después, ya en esta misma;
luego, pasado mañana; luego, mañana, y, por fin,
hoy, esta noche, subo a la diligencia de Yarmouth y
ya estoy camino de mi casa.
Dormí, con varias interrupciones, en el co-
che de Yarmouth, y tuve muchos sueños incoheren-
tes sobre aquellos recuerdos. Me despertaba a in-
tervalos, y el musgo que veía al asomarme no era
ya el del patio de recreo de Salem House, y los
golpes que oían mis oídos no eran los de míster
Creakle castigando al buen Traddles, sino los lati-
gazos que el cochero arreaba a los caballos.
CAPÍTULO VIII
MIS VACACIONES, Y EN ESPECIAL UNA
TARDE DICHOSA
Al amanecer llegamos a la fonda en que el coche
paraba (no era la misma en que había almorzado a
la ida y donde vivía mi amigo el camarero), y allí me
condujeron a una alcoba muy limpia, en cuya puerta
se leía: «Dolphin». Tenía mucho frío, a pesar del té
caliente que acababan de darme ante la chimenea,
y muy contento me acosté en la cama de dolphin,
me arrebujé en las sábanas y me quedé dormido.
Míster Barkis, el cochero de Bloonderstone, debía
venir a recogerme a las nueve de la mañana si-
guiente. Me levanté a las ocho algo cansado por
haber dormido poco, y antes de la hora ya le estaba
esperando. Barkis me recibió exactamente como si
acabara de verme cinco minutos antes y solo nos
hubiéramos separado para entrar yo al hotel a cam-
biar un billete.
Tan pronto como estuvimos instalados en el carro
mi maleta y yo, el caballo echó a andar, a su paso
de siempre.
-Tiene usted buen aspecto, míster Barkis -dije,
pensando que le halagaría.
Barkis se restregó la mejilla con la manga y des-
pués la miró, esperando sin duda encontrar algún
rastro de su salud en ella; pero esa fue la única
contestación que obtuvo mi cumplido.
-Ya ejecuté su encargo, míster Barkis -dije-, escri-
biendo a Peggotty.
-¡Ah! -dijo Barkis.
Estaba de mal humor y respondía secamente.
-¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? -pregunté
después de un momento de duda.
-¡No! -dijo Barkis.
-¿No era aquel su encargo?
-Quizá usted hizo bien el encargo -contestó Bar-
kis-;, pero no ha pasado de ahí.
No comprendiendo a qué se refería, repetí sus pa-
labras, sólo que interrogando:
-¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?
-¡Claro! --explicó, mirándome de lado-. ¡No me ha
contestado!
-¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? -dije
abriendo los ojos.
Aquello daba una luz nueva al asunto.
-Cuando un hombre le dice a una mujer «que está
dispuesto» -dijo Barkis, volviéndose muy despacio a
mirarme- es como si se dijera que ese hombre es-
pera una contestación.
-¿Y bien, míster Barkis?
-Pues bien -dijo, volviéndose a mirar las orejas del
caballo-. ¡Este hombre está esperando una contes-
tación desde entonces!
-¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?
-No -gruñó Barkis mientras reflexionaba- No tenía
por qué ir a hablarle. No le he dicho nunca seis pa-
labras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?
-¿Quiere usted que me encargue yo de ello? -dije
titubeando.
-Puede usted decirle, si quiere -prosiguió Barkis
dirigiéndome otra mirada lenta-, que Barkis está
esperando una contestación. ¿Dice usted que se
llama?
-¿Su nombre?
-Sí -dijo Barkis moviendo la cabeza.
-Peggotty.
-¿Nombre de pila o apellido? -preguntó Barkis.
-¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Cla-
ra.
-¿Es posible? -preguntó Barkis.
Y pareció encontrar abundante materia de re-
flexión en ello, pues permaneció inmóvil meditando
durante mucho tiempo.
-Bien -repuso por último-; le dice usted: «Peggot-
ty: Barkis está esperando una contestación». Ella
quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le
dice entonces: « A lo que ya te he dicho». «¿A
qué?», insistirá ella. «A lo de que Barkis está dis-
puesto», le dice usted.
Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la
acompañó Barkis con un codazo, que me dolió bas-
tante. Después siguió mirando a su caballo como
siempre, sin hacer la menor alusión al asunto hasta
media hora después, que, sacando un trozo de tiza
de su bolsillo, escribió en el interior del carro: «Clara
Peggotty», supongo que para no olvidarlo.
¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al
volver a mi casa, convencido de que ya no era mi
casa, y encontrando en todo lo que miraba el re-
cuerdo de mi antigua felicidad, que me parecía co-
mo un sueño que nunca podría volver a realizarse!
Aquellos días en que mi madre, yo y Peggotty éra-
mos por completo y en todo el uno para el otro,
cuando nadie había venido todavía a ponerse por
medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos
recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de
volver, y hubiera preferido seguir viviendo lejos para
olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba
allí, y enseguida llegamos a casa, donde las ramas
de los viejos olmos retorcían sus innumerables bra-
zos a los golpes del viento de invierno, columpiando
los restos de los antiguos nidos de cuervos.
Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja
del jardín y se fue. Yo torné el sendero de la casa,
mirando a las ventanas con el temor de ver apare-
cer en alguna de ellas a míster Murdstone o a su
hermana. Nadie se asomó, y al llegar a la puerta,
como yo sabía el modo de abrirla desde fuera mien-
tras era de día, entré sin que me oyeran, ligero y
tímido.
Dios sabe cómo se despertó mi infantil memoria al
entrar en el vestíbulo y oír a mi madre desde su
gabinete cantando a media voz. Sentí que estaba
en sus brazos como de pequeñito. La canción era
nueva para mí; sin embargo, me llenaba el corazón
hasta los bordes, como un amigo que vuelve des-
pués de larga ausencia. Por el tono pensativo y
serio con que mi madre tarareaba su canción me
figuré que estaba sola y entré sin hacer ruido. Esta-
ba sentada delante de la chimenea, dando de ma-
mar a un niño, de quien estrechaba la manita contra
su cuello. Sus ojos estaban fijos en el rostro del
nene y lo dormía cantándole. Había acertado, pues
estaba sola.
La llamé, y ella se estremeció, lanzando un grito
llamándome su Davy, su hijito querido, y saliendo a
mi encuentro se arrodilló en el suelo para besarme,
estrechando mi cabeza contra su pecho al lado de
la cabecita dormida, y puso la manita del nene so-
bre mis labios. Hubiera deseado morir; hubiera de-
seado morir con aquellos sentimientos en mi cora-
zón. En aquellos momentos estaba más cerca del
cielo de lo que nunca he vuelto a estarlo.
-Es tu hermanito -dijo mi madre acariciándome-.
¡Davy, niño mío, pobrecito!
Y me besaba más y más y me estrechaba en sus
brazos. Así estábamos cuando llegó Peggotty co-
rriendo, y tirándose al suelo a nuestro lado estuvo
como loca durante un cuarto de hora.
No me esperaban tan pronto. Al parecer, Barkis
había adelantado la hora de costumbre. Míster
Murdstone y su hermana habían ido a una visita en
los alrededores y no volverían antes de la noche.
Nunca me hubiera esperado tanta felicidad. Nunca
me hubiera parecido posible volver a encontrarnos
los tres solos, tranquilos, y en aquel momento me
parecía haber vuelto a los antiguos días.
Comimos juntos ante la chimenea. Peggotty nos
quería servir; pero mamá no le dejó y le hizo sentar-
se a nuestro lado. A mí me pusieron mi antiguo
plato con su fondo oscuro, en el que había pintado
un barco con un marino bogando a toda vela. Peg-
gotty lo había tenido escondido durante mi ausen-
cia, pues decía que ni por cien mil libras hubiera
querido que se rompiese. También me puso el vaso
de cuando era pequeño, con mi nombre grabado en
él, mi tenedorcito y mi cuchillo, que no cortaba na-
da.
Mientras comíamos pensé que era la mejor oca-
sión para hablar a Peggotty de Barkis; pero no hab-
ía terminado de explicarle su encargo cuando em-
pezó a reírse, tapándose la cara con el delantal.
-Peggotty --dijo mi madre-, ¿qué te pasa?
Peggotty se reía cada vez más fuerte, apretándo-
se el delantal contra la cara cuando mi madre trata-
ba de quitárselo, y parecía que había metido la ca-
beza en un saco.
-Pero ¿qué haces, tonta? -insistió mi madre rien-
do.
-¡Oh, el necio del hombre! -exclamó Peggotty-.
¿Pues no quiere casarse conmigo?
-Sería un buen partido para ti, Peggotty ---dijo
mamá.
-¡Oh, no lo sé! -dijo Peggotty-. No me hable usted
de ellos. No le aceptaría aunque fuera de oro. Ni a
él ni a ningún otro.
-Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula?
-preguntó mi madre.
-¿Decírselo? -replicó Peggotty, sacando la cara
del delantal-. Pero si nunca me ha dicho una pala-
bra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a
decirme cualquier cosa le daría un bofetón.
Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni
a nadie, y volvió a taparse la cara durante unos
momentos, atacada otra vez por una risa violenta.
Después de dos o tres de aquellos ataques continuó
comiendo.
Observé que mi madre, aunque se sonreía al mi-
rar a Peggotty, se había quedado más seria y pen-
sativa. Desde el primer momento ya la había notado
muy cambiada. Su rostro era muy bello todavía,
pero parecía preocupado y demasiado transparente.
Sus manos también, tan delgadas y pálidas, casi se
clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me
parece que estaba más cambiada era en que parec-
ía que estaba siempre inquieta y asustada. Por últi-
mo, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su
antigua criada:
-Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?
-¿Yo, señora? -preguntó Peggotty estupefacta,
¡Dios la bendiga! ¡No!
-Al menos no muy pronto -dijo mi madre con ter-
nura.
-¡Nunca! -gritó Peggotty.
Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:
-No me dejes, Peggotty; no te separes de mí.
Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué sería de
mí si no estuvieras tú?
-¿Dejarla yo, hija mía? -exclamó Peggotty-. No. Ni
por todos los tesoros del mundo. Pero ¿quién me-
terá esas cosas en esa cabecita?
Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si
fuera un niño.
Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y
Peggotty continuó a su modo:
-¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello!
¿Marcharse Peggotty de su lado? ¡Me gustaría ver-
lo! No, no -dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y
cruzando los brazos-, no hay cuidado, hija mía. No
es que no haya personas que lo estén deseando;
pero que se fastidien. Yo sigo con usted hasta que
sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y
demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta inca-
paz de hablar por no tener un diente; cuando ya no
sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que
me regañen, entonces iré a buscar a Davy y le diré
si quiere recogerme.
-Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te reci-
biré lo mismo que a una reina.
-¡Dios bendiga tu buen corazón! -exclamó Peg-
gotty-. ¡Estaba tan segura! -Y me besó, anticipada-
mente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió
a taparse la cara con el delantal y a reírse de Bar-
kis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo
arreglando; luego se llevó las cosas de la comida, y
por fin volvió con otra cofia y su caja de labor, con
su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en
los antiguos días.
Estábamos sentados alrededor del fuego, y
charlábamos alegremente. Yo les contaba la cruel-
dad de Míster Creakle, y me compadecían. Les
decía lo bueno que era Steerforth, cómo me proteg-
ía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a
pie unas millas por verle. Cuando se despertó cogí
al niño en mis brazos y le dormí cantando dulce-
mente. Después me fui al lado de mi madre, y pa-
sando mis brazos alrededor de su talle, como me
había gustado siempre tanto hacer, apoyé mi mejilla
en su hombro, y una vez mas sus hermosos cabe-
llos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»;
me gusta pensar cuando me acuerdo de ello. ¡Qué
feliz era!
Mientras estábamos sentados así mirando el fue-
go y viendo las extrañas figuras que formaban las
llamas, casi me parecía que nunca había estado
lejos, y que míster Murdstone y su hermana eran
figuras como aquellas, que se desvanecerían al
apagar el fuego, y que de todos mis recuerdos los
únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.
Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una me-
dia, y después continuó con ella metida en una ma-
no, como si fuera un guante, y la aguja en la otra
dispuesta a dar una puntada cuando el fuego lanza-
se un resplandor. No puedo comprender de quién
eran las medias que Peggotty estaba remendando
siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad
inagotable de medias que coser. Desde mi más
tierna infancia siempre la había visto con aquella
costura, y ni una vez con otra.
-Pienso -dijo Peggotty, a quien a veces preocupa-
ban las cosas más inesperadas- qué habrá sido de
la tía de Davy.
-¡Dios mío, Peggotty! -contestó mi madre saliendo
de su ensueño-. ¡Qué tonterías dices!
-Sí; pero realmente me preocupa,
-¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante
persona? -preguntó mi madre-, ¿No hay en el mun-
do otras de quienes ocuparse?
-No sé por qué será -dijo Peggotty-; puede que
sólo sea a causa de mi estupidez; pero mi cabeza
nunca puede escoger mis pensamientos. Van y
vienen por ella como quieren, y ahora he pensado
qué habrá sido de ella.
-¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que dese-
as otra visita suya.
-¡Dios nos libre! -gritó Peggotty.
-Entonces no hables de cosas tristes -dijo mamá-.
Miss Betsey continuará encerrada en su casita a la
orilla del mar y no será probable que venga a mo-
lestarnos.
-No -murmuró Peggotty-, no es probable. Pero lo
que pensaba era si en caso de morirse dejaría algo
a Davy.
-¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer
sin sentido! ¡Sabiendo lo que le ofendió que naciera
el pobre chico!
-Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonar-
le ahora -murmuró Peggotty.
-¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle aho-
ra? --dijo mi madre casi con dureza.
-¡Como tiene un hermano!... --dijo Peggotty.
Mi madre inmediatamente empezó a llorar dicien-
do que parecía mentira que Peggotty se atreviera a
decirle aquellas cosas.
-Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te
hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie. Eres una
envidiosa-, mucho mejor harías casándote con
míster Barkis y marchándote lejos. ¿Por qué no?
-Porque miss Murdstone se pondría demasiado
contenta --dijo Peggotty.
-¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! --contestó mi
madre-. Tienes celos de miss Murdstone, unos ce-
los absurdos. Querrías ser tú quien guardara las
llaves y manejara todo, estoy segura. No me sor-
prendería. Cuando debes estar convencida de que
si lo hace es sólo por bondad y con las mejores
intenciones del mundo. ¡Lo sabes, Peggotty, lo sa-
bes muy bien!
Peggotty murmuró algo como: «Estoy harta de
buenas intenciones», y también algo como: «Que ya
resultaban demasiadas buenas intenciones».
-Ya sé a qué te refieres -dijo mi madre-; lo com-
prendo perfectamente, Peggotty, y sabes que lo sé;
no necesitas ponerte más roja que el fuego. Pero
punto por punto. Y ahora el punto es miss Murdsto-
ne, y no tienes escape. No le has oído decir una vez
y otra vez que la parece que soy demasiado niña y
demasiado...
-Bonita -sugirió Peggotty.
-Bien -contestó mi madre medio riendo-; si es tan
loca para pensar así, ¿acaso tengo yo la culpa?
-Nadie la ha acusado a usted --dijo Peggotty.
-Claro que no -contestó mi madre, ¿No le has oí-
do decir una vez y otra que ella lo único que desea
es evitarme trabajos, para los que le parece que no
estoy hecha, y que realmente yo misma no sé si
sirvo para ellos? ¿No ves que se está en pie de la
mañana a la noche, yendo de un lado a otro,
haciéndolo todo y mirando en todas partes, hasta en
la carbonera, todos los sitios nada agradables? Y
viendo todo esto, ¿quieres insinuar que no hay una
especie de abnegación en ello?
-Yo no insinúo nada ---dijo Peggotty.
-Sí lo haces, Peggotty -contestó mi madre-. Nunca
haces otra cosa, excepto tu trabajo. Siempre estás
insinuando. Gozas con ello. Y cuando hablas de las
buenas intenciones de míster Murdstone...
-Nunca hablo de ellas -dijo Peggotty.
-No, Peggotty -contestó mama-; pero insinúas,
que es lo que te decía precisamente ahora. Es tu
lado malo. Insinúas. Hace un momento te he dicho
que te comprendía, y ya lo ves. Cuando te refieres a
las buenas intenciones de míster Murdstone, pre-
tendiendo despreciarlas (pues dentro de tu corazón
realmente no lo sientes), estás tan convencida co-
mo yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y
si te parece que es algo severo con cierta persona
(tú comprendes, y Davy también que no hablo de
nadie presente), es únicamente porque está con-
vencido de que es beneficioso para ella. Él, como
es natural, quiere mucho a esa persona por cariño a
mí y obra únicamente por su bien. Él es más capaz
de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una
criatura joven, débil y delicada, mientras que él es
un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se
toma -dijo mi madre, con el rostro inundado de
lágrimas afectuosas-, que se toma muchos trabajos
por mí. Yo debo estarle muy agradecida y someter-
me a él aun en mis pensamientos; y cuando no lo
hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y has-
ta dudo de mi corazón, y no se ya que hacer.
Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la
media, miraba al fuego en silencio.
-Vamos, Peggotty -dijo mi madre cambiando de
tono-, no nos enfademos, no lo podría soportar.
Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el
mundo. Y cuando te llamo criatura ridícula o inso-
portable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo
quiero decirte que eres mi verdadera amiga, que
siempre lo has sido, siempre, desde la noche en
que míster Copperfield me trajo por primera vez a
esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.
Peggotty no tardó en responder y ratificar el trata-
do de amistad dándome su más fuerte abrazo.
Pienso que ya entonces comprendía yo algo del
verdadero sentido de aquella conversación; pero
ahora estoy seguro de que esa excelente criatura la
había provocado y sostenido únicamente para dar
motivo a mi madre de consolarse contradiciéndola.
Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo
que mi madre pareció más tranquila durante el resto
de la velada, y Peggotty la miraba menos.
Después de tomar el té, cuando se reanimó el
fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty un capítu-
lo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los
antiguos tiempos. Peggotty sacó el libro del bolsillo;
no sé si lo tendría allí desde que me marché. Des-
pués estuvimos hablando otra vez de Salem House,
lo que me llevó a hablar también de Steerforth de
nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy di-
chosos, y aquella noche, la última en su género y
destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi
vida, nunca se borrará de mi memoria.
Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las
ruedas del coche. Todos nos levantamos precipita-
damente, y mi madre nos dijo que, como era muy
tarde y a míster y miss Murdstone les gustaba que
los niños se acostasen temprano, lo mejor era que
me fuese a la cama. La besé y subí con la luz a mi
cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi
infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que
había estado prisionero, que traían consigo un soplo
de aire helado, que se llevaba la felicidad y la inti-
midad de nuestro cariño lo mismo que una pluma.
A la mañana siguiente estaba muy preocupado
con la idea de bajar a desayunar, pues desde el día
de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster
Murdstone. Sin embargo, no tenía más remedio que
hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y vol-
verme a meter corriendo en mi alcoba, me decidí y
entré en el comedor.
Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea
y de espaldas a ella. Miss Murdstone estaba
haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como
si no me conociera.
Después de un momento de confusión y dudas
me acerqué a él diciendo:
-Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo
que hice, y espero que me perdone.
-Me alegro de que te disculpes, Davy -me dijo.
La mano que me tendía era la del mordisco, y no
pude por menos de lanzar una mirada a la marquita
roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver
después la siniestra expresión de su mirada.
-¿Cómo está usted? --dije a miss Murdstone.
-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pin-
zas del azúcar en lugar de sus dedos-. ¿Cuánto
duran las vacaciones?
-Un mes, señora.
-¿A contar desde cuándo?
-Desde hoy mismo, señora.
-¡Ah! --exclamó miss Murdstone-, entonces ya es
un día menos.
Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y
cada mañana tachaba un día exactamente de la
misma manera.
Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez;
desde entonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la
esperanza, y al final estaba casi alegre.
Desde el primer momento tuve la desgracia de
ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta
a esas debilidades) en un estado de violenta cons-
ternación. La cosa fue que entré en la habitación en
que estaba con mi madre y el niño. El niño solamen-
te tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en
sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos.
De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espan-
to, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.
-Jane, ¿qué tienes? --exclamó mi madre.
-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss
Murdstone.
-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-.
¿Dónde?
-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!
Estaba lívida de horror; pero se reanimó para pre-
cipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los bra-
zos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que
tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel
momento me fue solemnemente prohibido por ella
el tocar a mi hermano bajo ningún pretexto; y mi
pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su
opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:
-Sin duda tienes razón, Jane.
En otra ocasión, estando los tres juntos, también
el pobre nene, que me era tan querido a causa de
mi mamá, fue la inocente causa de la cólera de miss
Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos
de su niño teniéndole en sus brazos, y después me
llamó.
-Ven, Davy -y me miró a los ojos.
Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que en-
garzaba.
-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son
exactamente iguales. Deben de ser los míos; creo
que son del color de los míos, porque son exacta-
mente iguales.
-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss
Murdstone.
-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada
de la dureza del tono con que le preguntaba-. En-
cuentro que los ojos del nene y los de Davy son
absolutamente iguales.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con
cólera-. ¡Algunas veces parece que estás loca!
-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.
-Verdaderamente loca --dijo miss Murdstone-. Si
no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de
mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada.
Son completamente distintos, diferentes en todo, y
espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de
aquí. No quiero seguir oyéndote hacer semejantes
comparaciones.
Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un
portazo.
En una palabra, a miss Murdstone no le caía en
gracia, mejor dicho, no le caía a nadie, ni aun a mí
mismo, pues los que me querían no podían de-
mostrármelo, y los que no me querían me lo demos-
traban tan claramente, que me hacían tener la dolo-
rosa conciencia de que era siempre torpe, antipático
y necio.
Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo
malestar que me hacían sentir. Si entraba en la
habitación donde estaban hablando y mi madre
parecía contenta, un velo de tristeza cubría su ros-
tro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba
de buen humor, se le cambiaba. Si miss Murdstone
estaba en el suyo, malo de costumbre, se le acre-
centaba.
Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era
siempre la víctima y de que no se atrevía ni a
hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofen-
dieran y después le riñesen. Constantemente le
preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los
ofendiera, y en cuanto me movía sus miradas in-
terrogaban con temor. En vista de ello, resolví sepa-
rarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas
horas de invierno he oído sonar la campana de la
iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en
mi batín de casa, inclinado sobre un libro!
Por la noche algunas veces iba a sentarme a la
cocina con Peggotty. Allí estaba en mi casa, sin
miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero nin-
guno de estos dos recursos fue aprobado por los
hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que do-
minaba allí le molestaba todo, y al parecer todavía
creían que era yo necesario para la educación de mi
pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir
mi ausencia.
-David -me dijo un día míster Murdstone después
de la comida, cuando yo me marchaba como de
costumbre-, me apena el observar que seas tan
huraño.
-Huraño como un oso -dijo miss Murdstone.
Yo me detuve y bajé la cabeza.
-Y has de saber, David, que esa es una de las
peores condiciones que puede tener nadie.
-Y este chico la tiene de lo más acentuado que he
visto nunca -observó su hermana-; es terco y volun-
tarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo
habrás observado.
-Perdóname, Jane -dijo mi madre-; pero ¿estás
segura (y me dispensarás lo que voy a decirte),
estás segura de que entiendes a Davy?
-Me avergonzaría de mí misma, Clara -repuso mi
Murdstone-, si no comprendiera a este niño, o a
cualquier otro. No presumo de profundidad; pero
creo que tengo sentido común.
-Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es
grande.
-¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Cla-
ra- dijo miss Murdstone con cólera.
-Pero si estoy segura de ello -repuso mi madre-;
todo el mundo lo sabe, y yo misma me aprovecho
de ella a todas horas; así que nadie puede estar
más convencida, y cuando estás delante sólo hablo
con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.
-Bien; supongamos que yo no entiendo al chico,
Clara -repuso miss Murdstone, arreglándose las
cadenas que adornaban sus puños-. De acuerdo, si
te parece, en que no lo comprendo. Es demasiado
profundo para mí; pero quizá la inteligencia pene-
trante de mi hermano haya sido capaz de formarse
alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba
hablando de ello cuando nosotras, muy descortés-
mente, le hemos interrumpido.
-Creo, Clara -dijo mister Murdstone en voz baja
grave-, que en este asunto puede haber jueces
mejor y más desapasionados que tú.
-Edward -replicó mi madre tímidamente-, tú en to-
das las cuestiones juzgas mejor que yo, y tu herma-
na también; solamente decía...
-Solamente decías algo inútil a irrefexivo -repuso
él-. Trata de no volver a hacerlo, querida Clara, y de
dominate mejor.
Los labios de mi madre se movieron como si con-
testaran «Sí, mi querido Edward»; pero no llegaron
a pronunciar palabra.
-Me apena, David, el observar -repitió mister
Murdstone, volviéndose hacia mí- que seas tan
huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así
se desarrolle delante de mis ojos sin hacer un es-
fuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cam-
biar, si no quieres que tratemos nosotros de cam-
biarte.
-Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le
aseguro que ni por un momento he tenido la inten-
ción de ser, desde mi llegada, como usted dice.
-No te refugies en la mentira -me contestó tan irri-
tado, que vi a mi madre extender involuntariamente
su mano como interponiéndose-. Tu mal humor te
ha hecho retirarte a tu habitación, y allí te has pasa-
do horas enteras, cuando debías haber estado aquí.
Ya sabes de una vez para siempre, te lo ordeno,
que tienes que estar aquí. Además, exijo que seas
obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando
quiero una cosa, esa cosa ha de hacerse.
Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.
-Y además exijo respeto y prontitud en obedecer-
me, y lo mismo respecto a mi hermana y respecto a
tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nues-
tro lado como si hubiera peste. Siéntate.
Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía
como un perro.
-Además, otra cosa -prosiguió-. He observado que
te atraen las compañías vulgares. No quiero que te
juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en
nada tus defectos. De la mujer que te sostiene allí
no digo nada; hasta tú, Clara -dijo dirigiéndose a mi
madre en voz más baja-,tienes una debilidad por
ella, formada por antiguas costumbres e ideas que
todavía no has abandonado.
-¡La más incomprensible de las aberraciones!-ex-
clamó miss Jane.
-Solamente digo -resumió él, dirigiéndose a mí de
nuevo- que desapruebo tu afición a la compañía de
Peggotty y que debes desistir de ella. Ahora, David,
creo que me has comprendido y que sabes las con-
secuencias si no me obedeces al pie de la letra.
Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que
él pensaba, sobre todo en lo que se refería a mi
madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a
quedarme solo en mi habitación, ni a buscar con-
suelo en Peggotty; permanecía sentado tristemente
con ellos un día tras otro, deseando que llegara la
noche para irme a la cama.
¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado
en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a
mover un brazo ni una pierna, para que miss Murds-
tone no pudiera quejarse, como lo hacía con cual-
quier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrev-
ía a levantar la vista, por temor de encontrarme con
alguna mirada de desagrado o escudriñadora que
buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué
intolerable aburrimiento era el estar sentado escu-
chando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murds-
tone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en
si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su
desdichado marido; dedicado a contar las molduras
de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por
los dibujos del papel de la pared!
¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en
medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre
mis hombros el gabinete entero, con miss Murdsto-
ne y todo, monstruosa carga que me obligaban a
llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible
despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligen-
cia y me embrutecía!
¡Qué de comidas en un silencio embarazoso,
siempre sintiendo que allí había un cubierto de so-
bra, que era el mío; un apetito de más, que era el
mío; un plato y una silla de más, que eran los míos,
y una persona que estorbaba, y que era yo!
¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban
a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún
libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto
tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos
y medidas se transformaban en canciones como
Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones
se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a
través de mi desdichada cabeza, entrándome por
un oído y saliéndome por otro.
¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de
todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arro-
jar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casua-
lidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba.
Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y
que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con
qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la
cama cuando daban las nueve.
Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la
mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo:
«Hoy es el último día», y me dio la taza de té de
despedida.
No me entristecía el marcharme. Había caído en
un estado de embrutecimiento del que sólo salía
pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él
veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en
la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz
severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a
besarme.
La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos
sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el
abismo abierto entre nosotros continuaba y la sepa-
ración era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu
como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a
pesar de lo ferviente que era, sino lo que siguió al
abrazo aquel.
Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré
y estaba sola en medio del camino, levantando a su
niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío,
pero era un frío helado, y ni un solo cabello ni un
pliegue de su ropa se movía, mientras que me mi-
raba intensamente, levantando en sus brazos al
pequeño para que yo le viera.
¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos
ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado
de mi lecho, mirándome con la misma intensidad de
entonces, levantando a su nene para que yo le vie-
ra.
CAPÍTULO IX
UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE
Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela
desde mi llegada hasta el día de mi cumpleaños,
que era en marzo. Lo único que recuerdo de enton-
ces es que admirábamos a Steerforth más que nun-
ca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semes-
tre o antes, y cada vez me parecía más espiritual y
más independiente, y también más amable. Pero
aparte de esto, no me viene a la imaginación otra
cosa.
El inmenso recuerdo que ha marcado aquella
época parece haberlo absorbido todo para subsistir
único.
¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurri-
do dos meses entre mi vuelta a Salem House y el
día de mi cumpleaños! Si lo creo es porque lo sé; de
otro modo estaría convencido de que no había pa-
sado apenas tiempo entre una cosa y otra.
Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que
rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y
siento mis cabellos húmedos pegarse a mis mejillas,
y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos
alumbrando la mañana brumosa, y el humear del
aliento de los niños en el ambiente frío, mientras
soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.
Fue después del desayuno. Acabábamos de subir
del recreo cuando míster Sharp apareció y me dijo:
-David Copperfield, le están esperando en el
salón.
Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me ilu-
minó la cara al oír esta orden. Al salir de la clase,
algunos de los chicos me dijeron que no les olvida-
se para las golosinas. Y salí de mi sitio presuroso.
-No se apresure, Davy -me dijo míster Sharp-.
Tiene tiempo de sobra; no corra usted, hijo mío.
Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su
tono cariñoso. Pero no me di cuenta hasta mucho
después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a
míster Creakle sentado ante su desayuno, con el
bastón y un periódico en la mano, y a mistress
Creakle con una carta abierta. Pero carta de envío
no había ninguna.
-David Copperfield -me dijo mistress Creakle,
llevándome a un sofá y sentándose a mi lado-: ten-
go que hablarle de algo muy personal; he de darle
una noticia, hijo mío.
Míster Creakle, a quien miré, como era natural,
bajó la cabeza y ahogó un suspiro con un enorme
pedazo de pan untado de manteca.
-Eres demasiado pequeño para saber cómo cam-
bian las cosas todos los días, Davy -me dijo mis-
tress Creakle- y cómo aparecen y se van los seres.
Pero todos tenemos que aprenderlo, hijo mío: algu-
nos, de muy jóvenes; otros, cuando son viejos, y
otros, a todas horas.
La miré gravemente.
-Cuando volviste aquí, después de las vacaciones
--continuó mistress Creakle, después de un momen-
to de silencio-, ¿todos los de tu casa estaban bien?
-y después de otra pausa-: ¿Tu madre estaba bien?
Sin saber por qué temblé y continué mirándola
gravemente, sin fuerzas para contestar nada.
-Porque -continuó- siento mucho tenerte que decir
que he recibido noticias en las que se me informa
que ahora está bastante mala.
Una especie de niebla se levantó entre mistress
Creakle y yo, y su figura se movió en ella un mo-
mento. Después sentí que lágrimas ardientes corr-
ían por mi rostro, y volví a verla bien.
-Está enferma de mucha gravedad -añadió.
Ya lo sabía todo.
-Ha muerto.
No era necesario decírmelo. Ya había lanzado un
grito, y me sentía huérfano en el mundo vacío.
Mistress Creakle fue muy buena conmigo. Me re-
tuvo a su lado todo el día y me dejaba solo algunos
ratos; yo lloraba, y después me dormía de cansan-
cio y me volvía a despertar llorando. Cuando ya no
podía llorar empecé a meditar; pero el peso de mi
pena me ahogaba y no tenía consuelo. Y eso que
todavía no me daba cuenta totalmente de la des-
gracia. Pensaba en nuestra casa cerrada y silencio-
sa. Pensaba en mi hermanito, de quien mistress
Creakle me había dicho que iba debilitándose desde
hacía ya tiempo y temían que también se muriese.
Pensaba en el sepulcro de mi padre y en el ce-
menterio, tan cerca de casa, y veía a mi madre ten-
dida allí, debajo de los árboles, que tan bien conoc-
ía. Cuando me encontré solo me subí en una silla y
me miré al espejo, para ver cómo estaban de en-
carnados mis ojos y de triste mi rostro. Después,
cuando hubieron pasado algunas horas, pensaba si
mis lágrimas se habrían terminado para siempre y
ya no lloraría cuando volviera a casa, pues me lla-
maban para asistir al funeral. Al mismo tiempo pen-
saba que tenía que demostrar cierta dignidad ante
mis compañeros, de acuerdo con la importancia de
mi pena.
Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo;
sin embargo, recuerdo que la importancia de mi
desgracia me causaba cierta satisfacción mientras
me paseaba por el patio mientras los otros niños
continuaban en clase. Cuando les veía asomarse
furtivamente a las ventanas, sentía una especie de
orgullo, y andaba más despacio y más triste, y
cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme
estaba satisfecho de mí mismo por no ser orgulloso
con ellos y acogerlos exactamente como antes.
Debía partir al día siguiente por la noche; pero no
en la diligencia, sino en un coche llamado El Labra-
dor», que estaba destinado principalmente para los
campesinos que hacían sólo pequeñas distancias.
Aquella noche no contamos historias, y Traddles se
empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien
pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una;
pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto
un papel lleno de esqueletos que me entregó al
partir como consuelo de mis penas y para que con-
tribuyera a la paz de mi espíritu.
Dejé Salem House al día siguiente por la tarde.
¡Qué poco me imaginaba que era para no volver
nunca! Viajamos muy despacio por la noche y lle-
gamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la ma-
ñana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré.
En su lugar estaba un hombrecito grueso y de as-
pecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en
las rodillas de sus pantalones cortos, medias negras
y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla
del coche y dijo:
-¿Mister Copperfield?
-Sí, señor.
-¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo
--dijo abriendo la portezuela- y tendré el gusto de
llevarle a su casa?
Me agarré de su mano preguntándome quién ser-
ía, y llegamos por una calle estrecha delante de una
tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero,
sastre, novedades, funeraria, etc.». Era una tienda
ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vesti-
dos, hechos y sin hacer, con un escaparate repleto
de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación
que había detrás de la tienda, donde se encontra-
ban tres muchachas cosiendo ropa negra, color del
que estaba también cubierta la mesa; asimismo el
suelo estaba lleno de trocitos pequeños. Había un
buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón
tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces;
pero ahora lo reconocería siempre.
Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y
alegres, levantaron la cabeza para mirarme y des-
pués siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al
mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del
patio llegaba un martillar monótono: rat-tat-tat,
rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-.
¿Cómo va eso Minnie?
-Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y
sin levantar la vista-; descuide, papá.
Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y re-
sopló. Estaba tan grueso, que se vio obligado a
resoplar muchas veces antes de poder decir:
-Está bien.
-Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engor-
dando como un cerdo!
-Tienes razón, querida. No comprendo el porqué
---dijo reflexionando-; pero es así.
-Es que es usted un hombre muy tranquilo --dijo
Minnie- y que toma las cosas con calma.
-¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida?
-dijo míster Omer.
-No, naturalmente -replicó su hija---. Aquí todos
somos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá?
-Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he des-
cansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere
hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copper-
field?
Precedí a míster Omer, quien después de ense-
ñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y
demasiado buena, no siendo para luto de parientes
muy cercanos, me tomó medida y lo escribió en un
libro. Mientras escribía me hacía observar todos los
objetos que llenaban su tienda; fijarme en ciertas
modas que acababan de llegar y en otras que aca-
baban de pasar.
-Estas cosas son las que nos hacen perder dinero
-dijo míster Omer-; pero las modas son como los
hombres, llegan nadie sabe por qué, cuándo ni
cómo, y se marchan lo mismo; todo es igual en la
vida, según mi opinión, si se mira desde un punto
de vista.
Estaba demasiado triste para discutirle la cues-
tión; además, es posible que en cualquier circuns-
tancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego
míster Omer me llevó al gabinete, respirando con
dificultad en el camino, y asomándose a una escale-
rita llamó:
-¡Traigan el té con pan y manteca!
Al cabo de un momento, durante el cual yo había
estado mirando a mi alrededor y pensando y escu-
chando el ruido de las agujas en la habitación y el
del martillo al otro lado del patio, apareció el té, que
era para mí.
-Hace mucho tiempo que le conozco -me dijo
Omer, después de mirarme unos minutos, durante
los cuales yo no había hecho honor al desayuno,
pues los crespones negros me quitaban el apetito-
Hace mucho tiempo que te conozco, amiguito.
-¿De verdad?
-Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya co-
nocía a tu padre; era un hombre que medía cinco
pies y nueve pulgadas, y su tumba tiene veinticinco
pies de larga. (Rat-tattat, rat-tat-tat, rat-tat-tat, se oía
por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de
terreno, ni una pulgada menos -dijo míster Omer
alegremente- He olvidado si fue ella o él quien lo
quiso.
-¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero?
-pregunté.
Míster Omer sacudió la cabeza.
Rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Está en los brazos de su madre --dijo.
-¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?
-No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño
ha muerto.
Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el
desayuno, que apenas había tocado, y fui a ocultar
mi cabeza encima de una mesa que había en un
rincón. Minnie quitó al momento lo que había allí
encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas.
Era una muchacha buena y bonita, que me retiró el
pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan alegre
de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba
tan triste!
El ruido del martillo cesó, y un muchacho de as-
pecto simpático atravesó el patio y entró en la habi-
tación. Llevaba un martillo en la mano y la boca
llena de clavitos, que tuvo que sacarse para poder
hablar.
-Y bien, Joram, ¿cómo va eso? -dijo míster Omer.
-Muy bien. Ya está terminado --dijo Joram.
Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas
se sonrieron una a otra.
-Entonces has trabajado mucho. Anoche, mien-
tras yo estaba en el Club, ¡hay que ver! -dijo míster
Omer guiñando un ojo.
-Sí -dijo Joram-; como me había prometido usted
que si lo terminaba podríamos hacer esa pequeña
excursión juntos Minnie y yo... con usted.
-¡Oh! Creía que ibais a olvidarme -dijo míster
Omer riendo.
-Como me había prometido eso --contestó el jo-
ven he hecho todo lo posible. ¿Quiere venir a verlo
y darme su opinión?
-Sí -dijo míster Omer levantándose-. Querido -dijo
volviéndose hacia mí-, ¿te gustaría ver ..?
-No, padre -interrumpió Minnie.
-Pensaba que podía gustarle, querida -dijo míster
Omer-; pero quizá tienes razón.
No puedo decir por qué; pero sabía que lo que
iban a ver era el féretro de mi querida madre. Nunca
había oído contar cómo se hacían, ni había visto
uno; pero se me ocurrió mientras oía los martillazos,
y cuando entró el muchacho estoy seguro de que ya
sabía lo que estaba haciendo.
Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas,
cuyos nombres no había oído, se cepillaron y arre-
glaron un poco y entraron en la tienda para ponerla
en orden y esperar a la parroquia. Minnie continuó
allí doblando lo hecho y colocándolo en dos cestas.
Lo hacía arrodillada, murmurando entretanto una
canción ligera. Joram, que sin duda era su enamo-
rado, entró de puntillas y le robó un beso sin pre-
ocuparse de mi presencia. Después le dijo que su
padre había ido a buscar el coche y que él iba a
prepararse en un momento. Se fue; ella se guardó
el dedal y las tijeras en el bolsillo, prendió cuidado-
samente en su pecho una aguja enhebrada con hilo
negro y se arregló con coquetería ante un espejito
que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse
su rostro satisfecho.
Yo lo observaba todo sentado en una esquina de
la mesa, con la cabeza apoyada en mis manos, y
mis pensamientos versaban sobre las cosas más
dispares. El coche llegó pronto, y lo primero que
colocaron en él fue las dos cestas; después me
metieron a mí, y ellos tres me siguieron. Recuerdo
que era una especie de carro como los que utilizan
para llevar pianos. Estaba pintado de un color oscu-
ro y lo arrastraba un caballo negro con la cola muy
larga. Había sitio de sobra para todos nosotros.
Ahora me parece que nunca he experimentado un
sentimiento más extraño en mi vida (quizá es que
ya soy viejo) que el que sentía entonces observan-
do lo contenta que estaba aquella gente después
del trabajo que habían terminado. No estaba enfa-
dado con ellos, pero me producían una especie de
miedo, como si fueran seres de otra casta que no
tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy
alegres. El anciano, sentado delante, conducía, y
los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba
cada uno por un lado de su alegre rostro prestándo-
le mucha atención. También hubieran querido
hablar conmigo; pero yo continuaba de espaldas en
mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aun-
que no eran demasiado ruidosos, y casi me admira-
ba de que Dios no castigara su dureza de corazón.
Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo,
también comieron y bebieron alegremente ellos; yo
no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando
ya estuvimos cerca de mi casa me bajé apresura-
damente del coche por detrás, para no llegar en
semejante compañía ante aquellas ventanas que
ahora me parecían ciegas como ojo,,, cerrados y
antes luminosos.
¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran
las lágrimas al mirar la ventana del cuarto de mi
madre, y a su lado aquella otra que en mejores
tiempos había sido mía?
Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de
Peggotty. Su pena estalló al verme, pero se dominó.
Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, co-
mo si temiera molestar a los muertos. No se había
acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela
por las noches, pues mientras estuviera su niña
querida en la casa decía que no era capaz de
abandonarla.
Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi lle-
gada cuando entré en la habitación en la que estaba
sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss
Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que tenía
cubierto de cartas y papeles, me tendió la punta de
sus dedos, preguntándome en tono glacial si me
habían tomado medida para el luto.
-Sí -le dije.
-Y tu ropa -dijo-, ¿la has traído?
-Sí, señora; lo he traído todo.
Este fue el único consuelo que su firmeza me ad-
ministró. Estoy seguro de que sentía un verdadero
placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella
llamaba su presencia de espíritu y su firmeza y su
fuerza de voluntad y su sentido común y todo el
diabólico catálogo de sus antipáticas cualidades.
Estaba particularmente orgullosa de su disposición
para los negocios, y ahora lo demostraba reducién-
dolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse conmover
por nada. El resto del día, y desde la mañana a la
noche de los que siguieron, estuvo en su pupitre sin
dejar de escribir con una pluma dura, hablando en
el mismo tono imperturbable a todo el mundo, y sin
que un solo músculo de su cara se inmutara, una
suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo
de su indumento se desarreglara.
Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy
convencido de que no lo leía. Lo abría y miraba las
letras como si lo leyera; pero permanecía durante
horas enteras sin volver una hoja; después lo deja-
ba y se paseaba de arriba abajo por la habitación.
Yo permanecía sentado con las manos cruzadas,
mirándole y contando sus pasos hora tras hora.
Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nun-
ca. Era lo único que se movía (él y el reloj) en la
absoluta inmovilidad de la casa.
En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a
Peggotty, excepto cuando subía al otro piso, que
me la encontraba en la habitación donde mamá y su
nene reposaban, y por las noches, que venía a mi
cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un
día o dos antes del funeral (presumo que era un día
o dos antes, pero creo que los días se confundían
en mi memoria en aquella triste época, cuando nada
marcaba el progreso del tiempo) me hizo entrar con
ella en la habitación en que estaba mi madre, y
ahora sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que
cubría su lecho, de una blancura deslumbrante,
como todo lo que le rodeaba, parecía estar allí ten-
dido y personificado el solemne silencio que reinaba
en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar
suavemente aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!»,
deteniendo su mano.
Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría
mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré;
lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las ja-
rras, la forma de los vasos, de los platos; el dulce
perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss
Murdstone y de nuestros trajes de luto.
Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.
-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.
Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué
mi mano, que retuvo entre las suyas.
-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con
los ojos húmedos- Nuestros amiguitos crecen a
nuestro alrededor; pronto no los reconoceremos.
¿Verdad, señora? -dijo dirigiéndose a miss Murds-
tone, que no le contestó.
-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no
es así, señora? -insistió míster Chillip.
Miss Murdstone sólo le contestó con un frío salu-
do, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un
rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar
los labios.
Observo esto porque lo observo todo; pero no me
interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa.
Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster
Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo
todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peg-
gotty me lo había contado) se llevaron a mi padre a
aquella misma tumba, después de prepararle en la
misma habitación.
Somos pocos: nada más míster Murdstone, nues-
tro vecino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando
llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con
su carga en el jardín y van delante de nosotros por
el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y
entran en el cementerio, donde tan a menudo he
oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.
Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de
todos los demás días y la luz de otro color, de un
color más triste, y hay allí un silencio solemne, que
a mí me parece que lo hemos traído de casa con el
féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos,
oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire
libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y
la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada
entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la
persona para mí más querida de todos los que que-
dan en la tierra y a la que en mi infantil corazón
estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho
bien»
Hay muchos rostros conocidos entre la gente
aquella, rostros que recordaba de la iglesia cuando
sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido
los primeros en ver a mi madre cuando llegó a la
aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No
me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin
embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el
fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a
su enamorado, que está cerca de mí.
Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se al-
za ante nosotros tan bonita como siempre, no ha
cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento
con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena
no es nada en comparación a lo que siento ahora.
Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber
un poco de agua, y cuando le pido permiso para
retirarme se despide de mí con dulzura de mujer.
Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera
sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han
huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que
más tarde quizá reaparecerán; pero esto continúa
inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.
Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quie-
tud del momento (el día debía de ser domingo, pero
lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi
lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que
de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces
acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer
para consolar a mi hermanito, me contó a su mane-
ra todo lo que tenía que contarme concerniente a
los últimos sucesos.
-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien
--dijo Peggotty-; su espíritu estaba atormentado y no
era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le
curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más
triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba
quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró
a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que
más de una vez, al escucharla. pensaba que era
como una voz en el aire que subía hacia el cielo.
Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y
al final una palabra dura era como un golpe para
ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca
cambió con su loca Peggotty la dulce niña!
Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi
mano durante un momento.
-La última vez que la he visto como en sus bue-
nos tiempos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El
día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi
niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo
sé». Hacía lo posible por sostenerse, y en muchas
ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y
su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya
hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le
había dicho a su marido lo que me había dicho a mí;
le asustaba hablar de ello; por fin, una noche, una
semana antes, le dijo: «Querido, creo que me mue-
ro». « Ahora tengo el espíritu en reposo, Peggotty
-me dijo al acostarla aquella noche-. El pobre hom-
bre se irá haciendo a la idea durante varios días y
después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si
es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no
me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y
proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después
ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-.
Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los
quería: no podía vivir sin amar a los que la rodea-
ban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía
hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde
Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo.
La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: «
Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que
le pongas en mis brazos y nos entierren juntos». Y
es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo
vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy
nos acompañe al lugar de reposo --dijo-, y dile que
su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y
no una vez, mil veces.»
Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty
acarició dulcemente mi mano.
-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguió-
cuando pidió de beber, y después me dirigió una
sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!... Amanec-
ía, y el sol se levantaba cuando me dijo lo cariñoso
y bueno que mister Copperfield había sido siempre
para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía,
cuando dudaba de sí misma, que un corazón aman-
te valía más que la sabiduría y que él era el hombre
más feliz a su lado... « Peggotty, querida mía -dijo
después-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu
brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro
parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo
que pedía, y, ¡oh Davy!, se cumplía lo que yo había
dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo
de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que
se duerme.
Así terminó el relato de Peggotty. Desde el mo-
mento en que supe la muerte de mi madre, la idea
de lo que había sido últimamente desapareció por
completo para mí, y desde aquel instante la recuer-
do como la madre joven de mis primeros años, la
que enrollaba sus bucles en los dedos y bailaba
conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty
me contaba, en lugar de recordarme el último perío-
do, confirmaba en mi espíritu la primera imagen;
podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante
había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, bo-
rrando todo el resto.
La madre que descansaba en la tumba era la
madre de mis primeros años, y la criaturita que
tenía en sus brazos era yo como estaba en mi
infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en
ellos para siempre.
CAPÍTULO X
EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME
COLOCAN
El primer acto de autoridad de miss Murdstone
cuando pasó el día solemne y se abrieron de nuevo
las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo
de un mes tenía que marcharse. Por mucho que a
Peggotty le hubiera molestado tener que soportar-
los, estoy seguro de que lo hubiera hecho por cariño
hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor del
mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos
de todo corazón.
Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el
menor paso. Yo creo que su mayor felicidad hubiera
sido poderme despedir también con otro mes de
plazo. Un día me atreví a preguntar a miss Murds-
tone cuándo iba a volver a Salem House; pero me
contestó muy secamente que era probable que no
volviera nunca. Mi porvenir me preocupaba mucho y
a Peggotty también.
Mi situación había cambiado por completo, y aun-
que me libraba de muchas molestias, si hubiera sido
capaz de apreciarlo seriamente me habría preocu-
pado mucho sobre mi porvenir. La tiranía que hab-
ían ejercido sobre mí había desaparecido por com-
pleto; lo único que deseaban era no tenerme ante
su vista; tan es así, que en varias ocasiones, cuan-
do acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone,
frunciendo el ceño, me hacía señas para que me
marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera
siempre con Peggotty; con tal de que no los moles-
tase les importaba poco dónde pudiera estar. Al
principio me asustaba la idea de que míster Murds-
tone volviera a tomar en su mano mis lecciones o
que su hermana, en su abnegación, se dedicara a
ello; pero pronto me percaté de que aquellos temo-
res eran vanos y que todo se reduciría a verme
abandonado.
No recuerdo si aquel descubrimiento me causó
mucha pena. Estaba todavía en el dolor de la muer-
te de mi madre y en un estado de ánimo en que
todo me daba lo mismo. Lo que sí recuerdo es que
algunas veces pensaba en la posibilidad de que no
se ocuparan de instruirme, y pensaba que entonces
sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida
vagando de una aldea a otra. También recuerdo
que, pensando en aquello, me preguntaba si no
sería mejor marcharme como el héroe de una histo-
ria para buscar fortuna; pero estas eran visiones
transitorias, sueños que hacía despierto, sombras
que veía débilmente dibujadas o escritas en la pa-
red de mi habitación y que después se desvanecían
dejando la pared vacía.
-Peggotty --dije una noche en tono pensativo,
mientras me calentaba las manos en el fuego de la
cocina-, míster Murdstone me quiere cada vez me-
nos; nunca me ha querido mucho, Peggotty; pero
ahora, si pudiera, le gustaría no volver a verme.
-Quizá sea a causa de su pena -dijo Peggotty,
acariciándome los cabellos.
-No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy
triste. Si pudiera creer que era tristeza no pensaría
en ello; pero no es eso, no, no es eso.
-¿Y cómo sabes que no es eso? -dijo Peggotty
después de un silencio.
-¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora,
por ejemplo, está triste sentado ante la chimenea
con su hermana; pero si entro yo, Peggotty, cambia
completamente.
-¿Por qué? --dijo Peggotty.
-Porque se encoleriza -le contesté imitando invo-
luntariamente su ceño- Si estuviera solamente triste,
no me miraría como me mira. Yo, que sólo estoy
triste, tengo más ansia que nunca de cariño.
Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté
las manos también en silencio.
-Davy -dijo por último.
-¿Qué, Peggotty?
-He tratado, querido mío, he tratado por todos los
medios de encontrar colocación aquí en Bloonders-
tone; pero no la he encontrado, hijo mío.
-¿Y qué piensas hacer, Peggotty? -dije tristemen-
te-. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?
-Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth
para vivir allí.
-Podías ir un poco más lejos --dije, medio en bro-
ma-, y sería perderte para siempre. Pero allí podré
verte a menudo, mi querida Peggotty; aquello no es
del todo el fin del mundo.
-Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí,
querido mío, yo vendré por lo menos a verte una
vez por semana.
Esta promesa me quitó un gran peso de encima;
pero no era todo, pues Peggotty continuó:
-Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano
a pasar quince días, el tiempo necesario para tran-
quilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pen-
sando que quizá lo dejaran, como no lo necesitan
mucho, venir allí conmigo.
Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a
Peggotty, y podía causarme una alegría en aquellos
momentos, era un proyecto así. La idea de verme
rodeado, de nuevo, por aquellos rostros honrados,
alegres de mi llegada; de volver a sentir la dulzura y
la tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando
las campanas suenan, las piedras caen en el agua y
los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme pa-
seando en la playa con Emily, contándole mis penas
y buscando de nuevo conchas y caracoles. Todo
esto tranquilizaba mi corazón.
Un momento después me preocupó la idea de
que quizá miss Murdstone no lo consintiera; sin
embargo, esta preocupación no duró mucho, pues
en aquel momento apareció ella misma, haciendo
su ronda de noche, en la antecocina donde estába-
mos hablando, y Peggotty abordó el asunto con un
atrevimiento que me sobrecogió.
-El chico perderá el tiempo allí -dijo miss Murdsto-
ne mirando en una olla de escabeche-, y la ociosi-
dad es la madre de todos los vicios. Pero estoy
segura de que aquí lo perderá también; es mi opi-
nión.
Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero
se contuvo por cariño a mí, y permaneció silenciosa.
-¡Hem! -dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos to-
davía en el escabeche-. Lo más importante de todo,
de la mayor importancia, es que a mi hermano no
se le moleste y pueda estar tranquilo. Supongo que
lo mejor será decir que sí.
Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación
de alegría, no fuera eso a inducirle a retirar su con-
sentimiento. No pude por menos de pensar que
había obrado con prudencia, cuando vi la mirada
que me lanzó por encima del tarro de escabeche.
Parecía como si sus ojos negros hubieran absorbido
todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el
consentimiento estaba dado y no fue negado, pues
cuando cumplió el mes de Peggotty ya estábamos
dispuestos a partir.
Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty.
Yo nunca le había visto antes atravesar la verja;
pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar
con la pesada maleta de Peggotty me lanzó una
mirada en la que me pareció que me quería decir
algo, si era posible que pudiese expresar algo el
rostro de Barkis.
Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que
había sido su casa durante tantos años y donde los
dos grandes cariños de su vida, mi madre y yo, se
habían formado. Se había levantado muy temprano
para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó
en él sin quitarse el pañuelo de los ojos.
Todo el tiempo que permaneció en esta actitud,
Barkis no dio señales de vida; sentado como de
costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peg-
gotty miró a su alrededor y empezó a hablarme,
sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido
de satisfacción. No pude comprender a qué se re-
fería.
-Hace un día muy hermoso, míster Barkis --dije.
-No es malo -contestó Barkis, que por lo general
era muy reservado y rara vez se comprometía.
-Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster
Barkis-le dije para su satisfacción.
-¿De verdad? -dijo Barkis.
Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire
malicioso: -¿Está usted completamente a gusto?
Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamen-
te.
-¿Pero verdaderamente está usted segura?
-gruñó Barkis acercándose a ella y dándole un co-
dazo-. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a
gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?
Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se
acercaba más a ella y le daba otro codazo. Por últi-
mo, se acercó tanto ya, que estábamos los tres
amontonados en un rincón del carro, y yo tan opri-
mido, que apenas podía respirar.
Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimien-
tos, y Barkis se retiró un poquito; después, poco a
poco, se fue alejando más; pero no pude por menos
de observar que a sus ojos aquello era una forma
maravillosa de expresar sus sentimientos de una
manera clara y agradable sin el inconveniente de la
conversación. No tenía duda que estaba contento
de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez
hacia Peggotty, preguntando:
-¿Supongo que estará usted verdaderamente a
gusto?
Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me
faltó la respiración. Al poco rato le repitió su pregun-
ta con la misma maniobra, hasta que decidí poner-
me de pie en cuanto le veía acercarse con el pretex-
to de mirar el paisaje. Fue una gran idea.
Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante
una taberna expresamente por nosotros y nos con-
vidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggot-
ty bebía él fue presa de un nuevo acceso de galan-
tería, y casi la atragantó del encontronazo. Pero
conforme nos acercábamos al fin de nuestro viaje,
cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para
galantear, y cuando pisamos el empedrado de Yar-
mouth nos preocupaban demasiado las sacudidas
para poder pensar en otra cosa.
Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio
de siempre y nos recibieron con la mayor cordiali-
dad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el
sombrero en la coronilla, la cara avergonzada y una
confusión que parecía comunicarse a sus piernas.
Cada uno de los Peggotty cargó con una de las
maletas, y ya nos marchábamos cuando Barkis me
hizo un signo misterioso con su mano para que me
acercase.
-Digo -murmuró Barkis- que todo va bien.
Yo le miré a la cara y contesté en un tono que
quiso ser profundo:
-¡Ah!
-No es eso todo. Va muy bien.
De nuevo le contesté:
-¡Ah!
-Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba
dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.
Hice un signo de afirmación.
-Todo va bien --dijo Barkis estrechándome la ma-
no---. Soy su amigo; lo ha hecho usted todo muy
bien, y todo va bien.
En su deseo de explicarse con particular lucidez,
Barkis se puso tan extraordinariamente misterioso,
que hubiera podido permanecer mirándole a la cara
durante una hora sin sacar más provecho que del
cuadrante de un reloj parado. Pero Peggotty me
llamó, y me alejé.
Mientras andábamos, me preguntó lo que me
había dicho Barkis, y yo le contesté «que todo iba
bien».
-¡Qué atrevimiento! --dijo Peggotty-. Pero me tiene
sin cuidado. Davy querido, ¿qué te parecería si
pensara en casarme?
-¿Me seguirías queriendo igual? -dije después de
un momento de reflexión.
Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su
hermano y sobrino, que iban delante, la buena mu-
jer no pudo por menos de abrazarme asegurándo-
me que su cariño era inalterable.

-Pero ¿qué te parecería? -insistió cuando estuvi-


mos otra vez en camino.
-¿Si pensaras en casarte... con Barkis, Peggotty?
-Sí -dijo Peggotty.
-Pues me parecería una buena idea; porque, ¿sa-
bes, Peggotty?, así tendrías siempre el caballo y el
carro para venir a verme, y podrías venir sin que te
costase nada.
-¡Qué inteligencia la de este niño! -exclamó Peg-
gotty-. Eso es precisamente lo que yo estoy pen-
sando desde hace un mes. Sí, precioso, y también
pienso que así tendré más libertad, y que trabajaré
de mejor gana en mi casa que en la de cualquier
otro, pues no sé si me acostumbraría a servir a ex-
traños, y así continuaré cerca de la tumba de mi
niña querida -dijo Peggotty a media voz-, y podré ir
a verla cuando me dé la gana, y si me muero me
podrán enterrar cerca de ella.
Después de decir esto, guardamos un momento
silencio los dos.
-Pero no quiero ni pensar en ello -dijo Peggotty
con cariño- si contraría en lo más mínimo a mi Da-
vy. Aunque se hubieran publicado las amonestacio-
nes treinta y tres veces y ya tuviese el anillo de bo-
da en el bolsillo...
-Mírame, Peggotty, y verás si no estoy realmente
contento; es más, que lo deseo de todo corazón.
-Bien, hijo mío -dijo Peggotty dándome otro abra-
zo-; no dejo de pensarlo noche y día, y creo que voy
por buen camino; pero todavía tengo que pensarlo
mejor y consultarlo con mi hermano; entre tanto,
guardaremos el secreto, ¿eh, Davy?
-Barkis es un buen hombre -continuó Peggotty-, y
sólo con que trate de cumplir con mi deber estoy
segura de que será mía la culpa si no nos encon-
tramos «completamente a gusto» -dijo Peggotty
riendo de todo corazón.
Esta alusión a las palabras de Barkis era tan opor-
tuna y nos divirtió tanto, que no dejamos de reír y
estuvimos de un humor excelente cuando llegamos
ante la casa de míster Peggotty.
Todo lo encontré igual, excepto que quizá me pa-
reció un poco más pequeño. Mistress Gudmige nos
estaba esperando a la puerta, como si no se hubie-
ra movido de allí nunca. El interior tampoco había
cambiado; hasta el cacharro azul con las plantas
marinas seguía en mi mesita. Di una vuelta a la
casa y encontré las mismas langostas y cangrejos
amontonados como de costumbre, con el mismo
deseo de pincharlo todo y en el mismo rincón. Pero
por más que busqué no encontraba a Emily. Por fin
le pregunté a míster Peggotty dónde podría estar.
-Está en la escuela-dijo enjugándose la frente al
soltar la maleta de Peggotty-; pero tiene que volver
enseguida -añadió mirando el reloj-; dentro de vein-
te minutos, o lo más media hora. Todos la echamos
mucho de menos cuando no está, puedes estar
seguro.
Mistress Gudmige suspiró.
-¡Alegría, vieja comadre! -gritó míster Peggotty.
-Yo lo siento más que nadie -dijo mistress Gudmi-
ge-; soy una pobre criatura sin recursos, y ella es la
única que no me contraría.
Mistress Gudmige, suspirando y moviendo la ca-
beza, se puso a avivar el fuego. Míster Peggotty,
mirándonos mientras no le veía, me dijo en voz
baja, poniéndome la mano delante de la boca: «Es
el viejo»; de lo que deduje, con razón, que desde mi
última visita el humor de mistress Gudmige no había
mejorado.
El sitio era, o por lo menos debía serlo, tan encan-
tador como en aquella época; sin embargo, no me
impresionó tanto, y casi estaba desilusionado.
Quizá fuera porque no estaba en casa la pequeña
Emily. Como me habían enseñado el camino por
donde volvería, eché a andar para salir a su en-
cuentro.
Pronto vi aparecer a distancia una figurita, y al
momento reconocí en ella a Emily. Había crecido,
pero era todavía muy pequeña. Cuando estuve
cerca y vi sus ojos azules, me parecieron más azu-
les que nunca, y su rostro más resplandeciente, y
toda su persona más bonita y atractiva, y no sé por
qué un sentimiento indefinible me obligó a hacer
como que no la conocía y pasar a su lado como si
fuera mirando a lo lejos sin verla. Esto me ha suce-
dido después más de una vez en la vida, si no me
equivoco.
Emily no se preocupó; me había visto muy bien,
pero en lugar de volverse y llamarme echó a correr
riendo. Yo tuve que correr detrás de ella; pero corría
tanto, que fue ya cerca de la casa donde la alcancé.
-¡Ah! ¿Eres tú? -dijo.
-Ya sabías que era yo, Emily.
-¿Y tú acaso no sabías que era yo?
Fui a besarle; pero ella se cubrió sus labios de ce-
reza con las manos y dijo que ya no era una niña, y
entró corriendo en la casa, riéndose más fuerte que
nunca.
Parecía divertirse haciéndome rabiar, y este cam-
bio me extrañaba mucho en ella. La mesa estaba
puesta, y nuestro antiguo cajón continuaba en su
sitio; pero ella, en lugar de venir a sentarse a mi
lado, se colocó junto a la gruñona mistress Gudmi-
ge, y cuando míster Peggotty le preguntó el porqué,
sacudió sus cabellos y sólo contestó riendo.
-Es una gatita -dijo míster Peggotty acariciándola
con su manaza.
-Eso es, eso es --exclamó Ham-. Sí, señorito Da-
vy.
Y se sentó mirándola y riéndose con una especie
de admiración y deleite que le hacía ponerse colo-
rado.
A Emily la miraban todos, y míster Peggotty más
que ninguno. De él hacía la niña lo que quería so-
lamente con acercar su carita a las fuertes patillas
de su tío, al menos esta era mi opinión cuando la
veía hacerlo, y me parecía que hacía muy bien
míster Peggotty en ello. Era tan afectuosa y tan
dulce, y tenía una manera de ser a la vez tímida y
atrevida que me cautivó más que nunca.
Además era muy compasiva, pues cuando estan-
do sentados después del té mister Peggotty, mien-
tras fumaba su pipa, aludió a la pérdida que yo hab-
ía sufrido, asomaron lágrimas a sus ojos y me miró
con tanto cariño, que se lo agradecí con toda el
alma.
-¡Ah! -dijo mister Peggotty cogiendo los bucles de
la niña y dejándolos caer uno a uno-. También ella
es huérfana, ¿ve usted, señorito?, y este también lo
es, aunque no lo parece -dijo dando un puñetazo en
el pecho de Ham.
-Si yo tuviera de tutor a mister Peggotty -dije sa-
cudiendo la cabeza-, creo que tampoco me sentiría
muy huérfano.
-Bien dicho, señorito Davy -grito Ham con entu-
siasmo-; bien dicho, ¡viva! Usted tampoco lo sentir-
ía, bien dicho, ¡viva! ¡viva! ¡viva!
Y devolvió el puñetazo a mister Peggotty. Emily
se levantó y besó a su tío.
-¿Y cómo está su amigo, señorito? -me preguntó
mister Peggotty.
-¿Steerforth? -pregunté.
-Ese es el nombre -exclamó mister Peggotty vol-
viéndose a Ham-. Ya sabía yo que era algo pareci-
do.
¡ -Usted decía que era Roodderforth -observó
Ham riendo.
-Bien -replicó mister Peggotty-, pues no andaba
muy lejos. ¿Y qué ha sido de él?
-Cuando yo lo dejé estaba muy bien, mister Peg-
gotty.
-¡Eso es un amigo! -dijo mister Peggotty sacu-
diendo su pipa---. ¡Eso es un amigo del que se pue-
de hablar! Porque, ¡Dios le bendiga!, el corazón se
alegra al mirarle.
-Es muy guapo, ¿verdad?
Me entusiasmaba oyéndole cómo lo elogiaba.
-¿Guapo? -exclamó mister Peggotty-. ¡Ya lo creo!
Se para delante de uno como... como... yo no sé
cómo; pero ¡es tan decidido!
-Sí, ese es precisamente su carácter. Bravo como
un león, y la franqueza misma, míster Peggotty.
-Y también supongo --dijo míster Peggotty mirán-
dome a través del humo de su pipa- que en los es-
tudios será el primero...
-Sí -dije yo con delicia-, lo sabe todo; es extraordi-
nariamente inteligente.
-¡Eso es un amigo! -murmuró míster Peggotty sa-
cudiendo gravemente la cabeza.
-Nada parece costarle trabajo; se sabe las leccio-
nes con mirarlas, y en el cricket es el mejor jugador
que he visto. Le da a usted todos los peones que
quiera en el juego de damas, y, sin embargo, le
ganará siempre.
Míster Peggotty sacudió de nuevo la cabeza como
diciendo: «Ya lo creo que me ganaría».
-¿Y su conversación? -proseguí-. En eso no tiene
rival, y quisiera que le oyera usted cantar, míster
Peggotty.
Míster Peggotty movió de nuevo la cabeza, como
si dijera: «No me cabe duda».
-Y además es un muchacho noble y generoso
-dije arrastrado por mi tema favorito-; es imposible
expresar todo lo que merece. Nunca le agradeceré
bastante la generosidad con que me ha protegido,
siendo yo tan inferior a él por mi edad y mis estu-
dios.
Seguía entusiasmándome cada vez más, cuando
mis ojos se posaron en la carita de Emily, que esta-
ba inclinada sobre la mesa, escuchando con la más
profunda atención; contenía el aliento, tenía rojas
las mejillas y sus ojos azules brillaban como joyas.
Parecía escuchar con tan extraordinaria atención y
estaba tan bonita, que me detuve sorprendido, y al
callarme yo todos la miraron y se echaron a reír.
-Emily es como yo --dijo Peggotty-; le gustaría
verle.
Emily estaba confusa al ver que todos la miraban,
y bajó la cabeza ruborizada, y después nos miró a
través de sus rizos, y al ver que seguíamos mirán-
dola (estoy seguro de que yo por lo menos le hubie-
ra seguido mirando durante horas enteras), se es-
capó y estuvo escondida hasta que casi fue la hora
de acostarse.
Me acosté en mi antigua cama, en la popa del
barco, y el viento vino a quejarse como antaño.
Pero ahora me parecía que se quejaba por los que
ya no estaban, y en vez de pensar que el mar podía
subir por la noche y llevarse la barca, pensé que el
mar había subido tanto desde la última vez que oí
aquellos ruidos, que había sepultado mi feliz y tran-
quilo hogar. Recuerdo que cuando el ruido del vien-
to y del mar fue disminuyendo añadí una pequeña
cláusula a mis rezos, pidiendo a Dios ser pronto un
hombre para casarme con Emily, y así me quedé
dulcemente dormido.
Los días transcurrieron muy semejantes a los de
hacía un año, excepto (y esto fue una gran diferen-
cia) que Emily y yo rara vez vagábamos ahora por
la playa; ella tenía que hacer sus deberes y labores
y estaba ausente casi todo el día. Pero yo sentía
que aun sin estas razones no hubiéramos vuelto a
nuestros antiguos paseos; incluso siendo, como era,
salvaje y llena de infantilidad, era también mas mu-
jercita de lo que yo esperaba. Parecía que se había
alejado mucho de mí en poco más de un año. Me
quería, pero riéndose y haciéndome rabiar, y cuan-
do salía a su encuentro, se me escapaba a casa por
distinto camino, y después me esperaba en la puer-
ta, riéndose al verme volver desilusionado.
Los mejores ratos eran los que pasábamos cuan-
do se sentaba a la puerta con la labor. Yo me sen-
taba a sus pies, en los escalones de madera y leía
en voz alta. Ahora me parece que nunca he visto
brillar el sol como en aquellas tardes; que nunca he
visto una figurita más luminosa que la suya, sentada
a la puerta de la antigua barca; que nunca he admi-
rado un cielo más azul ni un agua como aquella, ni
gloria semejante a la de aquellos barcos que parec-
ían navegar en el aire dorado.
La primera tarde del día en que llegamos, Barkis
apareció del modo mas extraño y con un paquete
de naranjas atadas en un pañuelo. Como no hizo la
menor alusión a ella, supusimos que las había deja-
do olvidadas al marcharse, y Ham se apresuró a
correr tras él para devolvérselas; pero vino diciendo
que eran para Peggotty. Después de esto volvió
todas las tardes a la misma hora y siempre con un
paquetito, al que nunca aludía y solía dejar detrás
de la puerta. Estas ofrendas cariñosas eran de lo
más extrañas y grotescas. Entre ellas recuerdo dos
cochinillos, un acerico enorme, media fanega de
manzanas, un par de pendientes de azabache, al-
gunas cebollas, una caja de dominó, un canario
(pájaro y jaula) y un jamón.
El modo de cortejar de Barkis, tal como lo recuer-
do, era de una originalidad especialísima. Muy rara
vez hablaba; se sentaba junto al fuego, en una acti-
tud muy parecida a la que tenía en su carro, y mira-
ba fijamente a Peggotty, a quien tenía enfrente. Una
noche, inspirado por su amor, se abalanzó al peda-
cito de cera que ella usaba para el hilo, se lo guardó
en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. Desde enton-
ces, su mayor deleite era hacerlo aparecer cuando
Peggotty lo necesitaba, sacándolo del bolsillo en un
estado lamentable, pegajoso y medio derretido, y
cuando ya lo había utilizado lo volvía a guardar.
Parecía divertirse muchísimo, y no sentía ninguna
necesidad de hablar. Ni aun cuando sacaba a Peg-
gotty de paseo por la llanura debía sentir esa nece-
sidad. Se contentaba con preguntarle de vez en
cuando si estaba completamente a gusto, y recuer-
do que algunas veces, después de que él se fuera,
Peggotty se echaba el delantal por la cabeza y se
reía durante media hora. A todos nos divertía más o
menos, excepto a la desgraciada tristeza de mis-
tress Gudmige, cuyo noviazgo había sido de una
naturaleza tan semejante, que le recordaba cons-
tantemente al «viejo».
Por último, cuando ya mi visita tocaba a su fin, se
habló de que Peggotty y Barkis iban a pasar un día
de vacaciones juntos y que Emily y yo les acompa-
ñaríamos.
La víspera por la noche apenas pude dormir con
la alegría de que iba a pasar un día entero con la
niña. Por la mañana nos preparamos con mucha
anticipación, y mientras estábamos desayunando,
Barkis apareció en lontananza, guiando su carro
hacia el objeto de su amor.
Peggotty vestía, como siempre, un luto sencillo y
limpio; pero Barkis estaba deslumbrante con su
chaqueta azul nueva, a la que el sastre había dado
proporciones tan cumplidas, que los puños le hubie-
ran servido de guantes en el tiempo más frío; el
cuello era tan alto, que le empujaba los pelos del
cogote hacia arriba. También los botones relucien-
tes eran del tamaño mayor, y completaban su indu-
mentaria unos pantalones grises y un chaleco de
ante, con todo lo cual míster Barkis me parecía un
fenómeno de respetabilidad.
Cuando estábamos fuera alborotando, vi que mis-
ter Peggotty había preparado un zapato viejo, que
nos tenían que arrojar al marchamos, como masco-
ta, y se lo ofreció a mistress Gudmige con este
propósito.
-Más vale que lo arroje cualquier otro, Dan -dijo
mistress Gudmige-; yo soy una criatura abandonada
y sin recursos, y todo lo que me recuerda que hay
criaturas que no están abandonadas me contraría.
-¡Vamos, vieja comadre, cójalo y tírelo!
-No, Dan -contestó ella gimiendo--; si sintiera me-
nos las cosas, podría hacerlo; usted no siente como
yo, Dan; las cosas no le contrarían, ni usted a ellas;
es mejor que lo arroje usted.
Pero aquí Peggotty, que había estado yendo de
uno a otro apresuradamente, besando a todo el
mundo, gritó desde el carro, en el que ya nos hab-
íamos instalado entre tanto (Emily y yo sentados en
dos sillitas uno al lado del otro), diciendo que era
mistress Gudmige la que debía hacerlo. Por último,
se dejó conquistar; pero me entristece tener que
relatar que aguó un poco la alegría de nuestra parti-
da, pues inmediatamente se deshizo en lágrimas, y
cayendo en los brazos de Ham, declaró que reco-
nocía que sólo era un estorbo y que mejor harían
mandándola al asilo, lo que a mí me pareció una
idea muy razonable y que Ham debía haberle hecho
aquel favor al momento.
Pero ya estábamos en camino para nuestra ex-
cursión. Lo primero que hicimos fue pararnos delan-
te de una iglesia, donde Barkis sujetó el caballo a la
verja y entró con Peggotty, dejándonos a Emily y a
mí solos en el carro. Yo aproveché la ocasión para
pasar el brazo alrededor del talle de Emily y propo-
nerle que, puesto que me iba a marchar tan pronto,
debíamos estar muy cariñosos y ser felices durante
todo el día. Emily consintió, y hasta me permitió que
la besara. Esto me dio valor para decirle (lo recuer-
do) que nunca amaría a otra mujer y que estaba
dispuesto a matar a todo el que pretendiera su
amor.
¡Cómo se divirtió Emily a mi costa con aquello!
¡Con qué desmesurada presunción de ser mucho
mayor que yo me repetía, como una mujercita, que
era «un tonto»! Pero después se puso a reír de tal
modo, que me hizo olvidar la pena que me había
causado su frase despectiva, ante el placer de verla
reír así.
Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo en la
iglesia; pero por fin salieron y reanudamos la excur-
sión. A mitad del camino Barkis se volvió hacia mí y
me dijo, con un guiño expresivo (nunca hubiera
creído que Barkis fuera capaz de hacer un guiño
semejante):
-¿Qué nombre había escrito yo en el carro?
---Clara Peggotty --contesté.
-¿Y qué nombre tendría que escribir ahora si
hubiera tiza aquí?
--Otra vez Clara Peggotty -sugerí.
-Clara Peggotty Barkis -contestó, y soltó una car-
cajada que hizo estremecer el carro.
En una palabra, se habían casado, y con ese
propósito habían entrado en la iglesia. Peggotty
había decidido que lo haría de un modo discreto, y
el sacristán había sido el único testigo de la boda.
Se quedó muy confusa al oír a Barkis anunciamos
su unión de aquel modo tan brusco, y no dejaba de
abrazarme para que no dudara de que su afecto no
había cambiado; pero pronto nos dijo que estaba
muy contenta de haber zanjado ya el asunto.
Nos detuvimos en una taberna del camino, donde
nos esperaban, y la comida fue alegre para todos.
Aunque Peggotty hubiera llevado casada diez años
no creo que pudiese estar más a sus anchas y más
igual que siempre; antes del té estuvo paseando
con Emily y conmigo, mientras Barkis se fumaba su
pipa filosóficamente, dichoso, supongo, con la con-
templación de su felicidad. Aquello debió de abrirle
el apetito pues, recuerdo que, a pesar de haber
hecho muy bien los honores a la comida, dando fin
a dos pollos y comiendo gran cantidad de cerdo,
necesitó comer jamón cocido con el té y tomó un
buen pedazo sin ninguna emoción.
Después he pensado a menudo que fue aquella
una boda inocente y fuera de lo corriente. En cuanto
anocheció volvimos a subir en el carro y nos enca-
minamos hacia casa, mirando las estrellas y
hablando de ellas. Yo era el «conferenciante» y
abría ante los ojos asombrados de Barkis extraños
horizontes. Le conté todo lo que sabía, y él me
habría creído todo lo que se me hubiera ocurrido
inventar, pues tenía la más profunda admiración por
mi inteligencia, y en aquella ocasión dijo a su mujer
delante de mí que era un joven « Roeshus», con lo
que quería expresar que era un prodigio.
Cuando agotamos el tema de las estrellas, o me-
jor dicho cuando se agotaron las facultades com-
prensivas de Barkis, Fmily y yo nos envolvimos en
una manta, y así juntos continuamos el viaje. ¡Ah!
¡Cómo la quería y qué felicidad pensaba que sería
estar casados y vivir juntos en un bosque sin crecer
nunca más, sin saber nunca más, niños siempre,
andando de la mano a través de los campos y las
flores, y por la noche recostar nuestras cabezas
juntas en un dulce sueño de pureza y de paz y
siendo enterrados por los pájaros cuando nos mu-
riésemos! Este sueño fantástico brillaba con la luz
de nuestra inocencia, tan vago como las estrellas
lejanas, y estaba en mi espíritu durante todo el ca-
mino. Me alegra pensar que Peggotty tuviera, el día
de su boda, a su lado dos corazones tan ingenuos
como el de Emily y el mío; me alegra pensar que los
amores y las gracias tomaran nuestra forma en su
cortejo al hogar.
Serían las nueve cuando llegamos ante el viejo
barco, y allí míster y mistress Barkis nos dijeron
adiós, marchándose a su casa. Entonces sentí por
primera vez que había perdido a Peggotty, y me
habría ido a la cama con el corazón triste si el techo
que me cobijaba no hubiera sido el mismo que cu-
bría a la pequeña Emily.
Míster Peggotty y Ham, comprendiendo mis sen-
timientos, nos esperaban a cenar con sus hospitala-
rios rostros alegres, para espantar mi tristeza. La
pequeña Emily vino a sentarse a mi lado en el
cajón; fue la única vez que lo hizo en toda mi visita,
como coronación de aquel día dichoso.
Era noche de marea, y en cuanto nos fuimos a la
cama, míster Peggotty y Ham salieron a pescar. Yo
me sentía muy orgulloso de ser, en la casa solitaria,
el único protector de mistress Gudmige y de Emily,
y deseaba que un león o una serpiente o cualquier
otro monstruo apareciera decidido a atacamos para
destruirlo y cubrirme de gloria. Pero a ningún ser de
aquella especie se le ocurrió pasear aquella noche
por la playa de Yarmouth, y lo suplí lo mejor que
pude soñando con dragones hasta por la mañana.
Con la mañana llegó también Peggotty, que me
llamó, como de costumbre, por la ventana, corno si
Barkis no hubiera sido más que otro sueño. Des-
pués del almuerzo me llevó a ver su casa, que era
muy bonita. De todos los muebles, el que más me
gustó fue un antiguo buró de madera oscura que
estaba en la salita (la cocina hacía de comedor),
con una ingeniosa tapa que se abría, convirtiéndolo
en un pupitre, donde estaba una edición en cuarto
de Los Mártires, de Fox, este precioso libro del que
no recuerdo una palabra; lo descubrí al momento, a
inmediatamente me dediqué a leerlo. Y nunca he
visitado después aquella casa sin arrodillarme en
una silla, abrir la tapa del buró, apoyar mis brazos
en el pupitre y ponerme de nuevo a devorarlo. Temo
que lo que más me sugestionaba eran los grabados;
tenía muchos y representaban toda clase de horri-
bles tormentos. Pero Los Mártires y la casa de Peg-
gotty han sido siempre inseparables en mi pensa-
miento, y aún lo son ahora.
Me despedí de míster Peggotty, de Ham, de mis-
tress Gudmige y de Emily aquel día, y pasé la no-
che en casa de Peggotty, en una habitación
abuhardillada, con el libro de los cocodrilos puesto
en un estante a la cabecera de la cama. Aquel cuar-
to era mío para siempre, según dijo Peggotty, y toda
la vida me esperaría igual.
-Joven o vieja, mi querido Davy, mientras viva y
me cubra este techo, la encontrarás igual que si
esperásemos tu llegada de un momento a otro. La
arreglaré todos los días, como hacía siempre con tu
cuarto de Bloonderstone, y aunque te marchases a
China, puedes estar seguro de que lo esperará igual
mientras estés allí.
Yo sentía la sinceridad y constancia de mi antigua
niñera con todo mi corazón y le daba las gracias
como podía, aunque no muy bien, pues me hablaba
con los brazos alrededor de mi cuello. Aquella ma-
ñana tenía que volver a casa con ella y Barkis en el
carro. Me dejaron en la verja con tristeza, y se me
hacía tan extraño ver que el carro se llevaba a Peg-
gotty lejos, dejándome bajo los viejos olmos miran-
do hacia la casa, en la que no quedaba nadie que
me quisiera.
Entonces caí en un estado de abandono en el que
no puedo pensar sin pena, en un estado de aisla-
miento, lejos del menor sentimiento de amistad,
apartado de los otros chiquillos, apartado de toda
compañía que no fueran mis tristes pensamientos
(los que todavía me parece que lanzan una sombra
sobre este papel mientras escribo).
Qué hubiera dado yo porque me enviaran a cual-
quier escuela, por duros que hubieran sido en ella,
con tal de aprender algo de cualquier modo, en
cualquier parte; pero ni esta esperanza tenía; no me
querían, y cruelmente, voluntariamente, con perse-
verancia, me olvidaban. Creo que la fortuna de
míster Murdstone estaba comprometida en aquellos
momentos; pero eso era lo de menos. No podía
aguantarme, y me alejaba deliberadamente, yo creo
que para alejar al mismo tiempo la idea de que tenía
deberes que cumplir conmigo. Y así sucedió.
No era precisamente que me maltrataran; no me
pegaban ni me negaban la comida; pero no cesa-
ban un momento en su mal proceder sistemático,
sin el menor descanso: era un abandono frío y sin
cólera. Día tras día, semana tras semana, mes tras
mes, seguía abandonado. A veces pensaba, cuan-
do reflexionaba sobre ello, qué habrían hecho si
hubiera enfermado. ¿Me habrían dejado abandona-
do en mi habitual soledad, o me habría tendido al-
guien una mano de ayuda?
Cuando míster Murdstone y su hermana estaban
en casa, comía con ellos; en su ausencia, comía
solo. Siempre estaba vagando por la casa o por las
cercanías, sin que me hicieran caso; lo único que
me prohibían era hacer amistades, pensando quizá
que podría quejarme. Por esta razón, aunque míster
Chillip me pedía a menudo que fuera a visitarle (se
había quedado viudo algunos años antes de una
mujer joven y rubia, a quien siempre recuerdo con-
fundiéndose en mis pensamientos con una gatita
gris de Angora), casi nunca me permitían la alegría
de pasar la tarde con él en su despacho, leyendo
algún libro nuevo para mí, rodeado del olor de far-
macia que lo llenaba todo o machacando drogas en
un mortero bajo su dirección.
Por la misma razón, reforzada sin duda por la an-
tipatía, muy rara vez me permitían visitar a Peggot-
ty. Fiel a su promesa, ella venía a verme a los alre-
dedores una vez por semana, y ninguna con las
manos vacías; pero muchas y amargas eran las
decepciones que sufría cuando me negaban el
permiso para ir a su casa. Algunas veces, sin em-
bargo, aunque de tarde en tarde, me permitían ir, y
entonces observé que Barkis era un poco roñoso, o,
según la expresión de Peggotty, un poquito agarra-
do, y guardaba el dinero debajo de la cama en una
caja, en la que pretendía no tener más que ropa. En
aquel cofre guardaba sus riquezas con una tenaci-
dad perseverante, y para obtener un poco de dinero
hacían falta grandes artificios. Así, Peggotty tenía
que preparar un largo y convincente discurso para
sacarle el dinero todos los sábados.
Todo aquel tiempo era tan consciente de que, por
mucho que prometiera, mi inteligencia se atrofiaría a
causa de mi abandono, que habría sido completa-
mente desgraciado de no tener mis antiguas nove-
las. Eran mi único consuelo; nos hacíamos mutua-
mente compañía, y yo no me cansaba de releerlas.
Y ahora llegamos a una época de mi vida de la
que nunca perderé la memoria y cuyo recuerdo ha
venido a menudo, a mi pesar, como una pesadilla, a
entristecer mis tiempos más dichosos.
Había salido una mañana a vagar pensativo, co-
mo siempre, en mi vida solitaria, cuando al volver la
esquina de un sendero, cerca de nuestra casa, me
encontré a míster Murdstone que paseaba con otro
caballero. En mi confusión iba a pasar de largo,
cuando aquel caballero me gritó:
-¡Eh! ¡Brooks!
-No, David Copperfield.
-No me digas. Eres Brooks, Brooks de Shefield;
ese es tu nombre.
Al oír aquellas palabras miré al desconocido con
mayor atención. Su risa acabó de convencerme de
que le conocía: era míster Quinion, a quien fui a ver
a Lowestof con míster Murdstone antes... (pero
poco me importa cuándo: no quiero recordarlo).
-¿Cómo estás y dónde te educas, Brooks? Me di-
jo míster Quinion.
Había puesto su mano sobre mi hombro y me hizo
dar la vuelta para pasear con ellos. Yo no sabía qué
decir, y miré confuso hacia míster Murdstone.
-Ahora está en casa --dijo este último-, y no está
educándose en ninguna parte. No sé qué hacer con
él; es difícil de manejar.
Aquella antigua mirada hipócrita se detuvo un
momento en mí, y después sus ojos oscuros se
separaron de los míos con un fruncimiento de aver-
sión.
-¡Hum! -dijo míster Quinion, mirándonos a los
dos-. ¡Qué tiempo tan hermoso!
Siguió un silencio, y yo estaba pensando cómo
desprender mi hombro de su mano para marchar-
me, cuando dijo:
-Supongo que seguirás siendo un muchacho muy
despierto, ¿eh, Brooks?
-Sí, inteligencia no le falta --dijo míster Murdstone
con impaciencia-; pero harías mejor dejándole mar-
charse; no te agradece que lo estés molestando.
Al oír esto, míster Quinion me soltó, y yo me dirigí
a casa. Volviéndome a mirarlo al entrar en el jardín,
vi a míster Murdstone apoyado en la tapia del ce-
menterio hablando con su amigo. Los dos me mira-
ban, y tuve la sensación de que hablaban de mí.
Míster Quinion durmió aquella noche en nuestra
casa. A la mañana siguiente, después del desayu-
no, coloqué mi silla, e iba a irme cuando míster
Murdstone me llamó, se sentó gravemente delante
de una mesa y su hermana se puso en su pupitre.
Míster Quinion, de pie, con las manos en los bolsi-
llos, miraba por la ventana; yo los miraba a todos.
-David -me dijo míster Murdstone-: cuando se es
joven se está en el mundo para trabajar y no para
soñar ni haraganear.
---Como haces tú -añadió su hermana.
-Jane, déjame hablar, haz el favor. Digo, David,
que la gente joven está en el mundo para la acción
y no para soñar ni para haraganear. Y con mayor
motivo tratándose de un muchacho de tu carácter,
que necesita corregirse mucho y al que no se pude
hacer mejor servicio que obligarle a que se acos-
tumbre a trabajar, que es lo único que puede doble-
garle.
-Y que en el trabajo de nada sirve la terquedad;
se les doblega lo que hace falta -interrumpió su
hermana.
Él le dirigió una mirada, mitad de reproche, mitad
de aprobación, y continuó:
-Supongo que sabes, David, que yo no soy rico, y
en todo caso lo sabes ahora. Has recibido ya una
educación costosa. Las pensiones son caras, y aun
cuando no lo fueran, no te enviaría a ninguna. Pien-
so que no sería beneficioso para ti. En el mundo
has de tener que luchar con la vida; por lo tanto,
cuanto antes empieces, mejor.
Yo pensé que me parecía que ya había empeza-
do a luchar en mi pobre camino, o por lo menos se
me ocurre ahora.
-¿Has oído hablar alguna vez de nuestra casa de
comercio? --dijo míster Murdstone.
-¿La casa de comercio? -repetí.
-La casa de Murdstone y Grimby, en la venta de
vinos -replicó.
Supongo que parecía dudar, pues continuó preci-
pitadamente:
-¿No has oído hablar de la casa, o de los nego-
cios, o de las bodegas, o de algo así?
-Me parece que sí he oído algo de negocios -dije,
recordando que había oído vagamente algo de sus
recursos y los de su hermana, pero que no sabía
cuándo.
-Eso es lo de menos -replicó- Míster Quinion es el
director de ella.
Le miré con respeto, mientras él wguía asomado
a la ventana.
-Míster Quinion dice que allí hay varios mucha-
chos empleados y que no hay razón para que tú no
puedas ir en la mismas condiciones que ellos.
-En el caso -observó míster Quinion en voz baja
dando media vuelta- de no tener otro remedio,
Murdstone.
Míster Murdstone, con gesto de impaciencia y
malhumorado, continuó, sin hacer caso de lo que le
decían:
-Las condiciones son que ganarás lo bastante pa-
ra comer y tener algún dinero en el bolsillo. De tu
alojamiento yo me ocuparé, igual que del lavado y
planchado de tu ropa.
-Hasta llegar a una cantidad que me pareciese
conveniente --dijo su hermana.
-También me ocuparé de tus vestidos -dijo míster
Murdstone- puesto que todavía no eres capaz de
valerte por ti mismo. Así es que vas a ir a Londres,
David, con mister Quinion, a empezar una vida por
tu propia cuenta.
-En una palabra: estás empleado -observó su her-
mana-, y trata de cumplir con tu deber.
Recuerdo que comprendía perfectamente que el
objeto de lo propuesto era desentenderse de mí;
pero no recuerdo si la idea me gustó o me asustó.
Mi impresión es que estaba en un estado de confu-
sión y oscilaba entre los dos puntos sin tocar ningu-
no. Además tampoco tenía mucho tiempo para tra-
tar de esclarecer mis pensamientos, pues míster
Quinion partía al día siguiente.
Vedme al día siguiente, con mi viejo sombrerito
blanco rodeado de crespón negro por mi madre, con
una chaqueta negra y un pantalón de cuero que
miss Murdstone consideraba como la mejor arma-
dura para las piernas en la lucha con el mundo que
iba a comenzar. ¡Vedme así ataviado con todo lo
que tenía mío en la maleta, sentado (solo y abando-
nado, como diría mistress Gudmige) en la silla de
postas que llevaba a míster Quinion a Yarmouth
para tomar la diligencia de Londres! ¡Ved cómo
nuestra casa y la iglesia se van desvaneciendo en
la distancia! ¡Cómo la tumba que está bajo los árbo-
les se oculta! ¡Cómo hasta el campanario desapa-
rece al fin y el cielo está vacío!
CAPÍTULO XI
EMPIEZO A VIVIR POR MI CUENTA, Y NO ME
GUSTA
Conozco el mundo lo bastante para haber perdido
casi la facultad de sorprenderme demasiado; sin
embargo, aún ahora es motivo de sorpresa para mí
el pensar cómo pude ser abandonado de aquel
modo a semejante edad. Un niño de excelentes
facultades, observador, ardiente, afectuoso, deli-
cado de cuerpo y de espíritu .... parece inverosímil
que no hubiera nadie que interviniera en favor mío.
Pero nadie hizo nada, y a los diez años entré de
obrero al servicio de la casa Murdstone y Grimby.
Los almacenes de Murdstone y Grimby estaban
situados muy cerca del río en Blackfriars. Ahora han
mejorado y modernizado aquello; pero entonces era
la última casa de una calleja estrecha que iba a
parar al río, con unos escalones al final que servían
de embarcadero. Era una casa vieja, que por un
lado daba al agua cuando estaba la marea alta y al
fango cuando bajaba. Materialmente, estaba invadi-
da por las ratas. Las habitaciones cubiertas de mol-
duras descoloridas por el humo y el polvo de más
de cien años, los escalones medio derrengados, los
gritos y luchas de las ratas grises en las madri-
gueras, el verdín y la suciedad de todo, lo conservo
en mi espíritu, no como cosa de hace muchos años,
sino de ahora mismo. Todo lo veo igual que lo veía
en la hora fatal en que llegué aquel día con mi mano
temblorosa en la de mister Quinion.
La casa Murdstone y Grimby se dedicaba a nego-
cios muy distintos; pero una de sus ramas de mayor
importancia era el abastecer de vinos y licores a
ciertas compañías de barcos. He olvidado ahora
cuáles eran, pero creo que tenían varios que iban a
las Indias Orientales y a las Occidentales, y sé que
una gran cantidad de botellas vacías eran la conse-
cuencia de aquel tráfico, y que cierto número de
hombres y muchachos estábamos dedicados a
examinarlas al trasluz, a tirar las que estaban agrie-
tadas y a limpiar bien las otras. Cuando ya no que-
daban botellas vacías, había que poner etiquetas a
las llenas, cortar corchos para ellas, cerrarlas y me-
terlas en cajones. A este trabajo me dedicaron con
otros varios chicos.
Éramos tres o cuatro, contándome a mí. Me hab-
ían colocado en un rincón del almacén, donde
míster Quinion podía desde su despacho verme a
través de una ventana. Allí, el primer día que debía
empezar la vida por mi propia cuenta me enviaron al
mayor de mis compañeros para enseñarme lo que
debía hacer. Se llamaba Mick Walker; llevaba un
delantal rojo y un gorro de papel. Me contó que su
padre era barquero y que se paseaba con un traje
de terciopelo negro al paso del cortejo del lord ma-
yor. También me dijo que teníamos otro compañero,
a quien me presentó con el extraño nombre de
Fécula de patata. Más tarde descubrí que aquel no
era su nombre; pero que se lo habían puesto a cau-
sa de la semejanza del color pálido de su rostro con
el de la patata. El padre de Fécula era aguador, y
unía a esta profesión la distinción de ser bombero
en uno de los teatros más grandes de la ciudad,
donde otros parientes de Fécula, creo que su her-
mana, hacía de enano en las pantomimas.
Ninguna palabra puede expresar la secreta agon-
ía de mi alma al verme entre aquellos compañeros,
cuando los comparaba con los compañeros de mi
dichosa infancia, sin contar con Steerforth, Traddles
y el resto de los chicos. Nada puede expresar lo que
sentía viendo desvanecidas todas mis esperanzas
de ser algún día un hombre distinguido y culto. El
profundo sentimiento de mi abandono, la vergüenza
de mi situación, la desesperación de mi joven co-
razón al creer que día tras día todo lo que había
aprendido y pensado y deseado y todo lo que había
excitado mi imaginación y mi inteligencia se borraría
poco a poco para no volver nunca. No puede des-
cribirse. Tan pronto como Mick Walker se iba, yo
mezclaba mis lágrimas con el agua de fregar las
botellas, y sollozaba como si también hubiera una
grieta en mi pecho y estuviera en peligro de estallar.
El reloj del almacén marcaba las doce y media y
todos se preparaban para irse a comer, cuando
míster Quinion dio un golpe en la ventana y me hizo
seña de que pasara a verle. Fui, y allí me encontré
con un caballero de mediana edad, algo grueso, con
americana oscura y pantalón negro, sin más cabe-
llos sobre su cabeza, que era enorme y presentaba
una superficie brillante, que los que pueda tener un
huevo. Se volvió hacia mí. Su ropa estaba muy raí-
da, pero el cuello de su camisa era imponente. Lle-
vaba una especie de bastón adornado con dos be-
llotas y unas lentes pendían fuera de su americana;
pero más tarde descubrí que eran decorativas, pues
no las utilizaba y no veía nada en absoluto si las
ponía delante de sus ojos.
-Este es --dijo míster Quinion señalándome.
-¿Este -dijo el desconocido con cierta condescen-
dencia en la voz y cierta indescriptible pretensión de
estar haciendo algo muy distinguido, lo que me im-
presionó- es míster Copperfield? ¿Sigue usted
bien?
Le dije que estaba muy bien y que esperaba que
él también lo estuviera. Estaba bastante mal e in-
cómodo, Dios lo sabe; pero no era natural en mí
quejarme en aquella época de mi vida. Así, dije que
me encontraba bien y que esperaba que él también
lo estuviera.
-Muy bien, muchas gracias -dijo el desconocido-
He recibido un a carta de míster Murdstone en la
que me dice desearía recibiera en una habitación de
mi casa que está ahora desocupada, en una pala-
bra, que está para alquilar -dijo con una sonrisa y en
un arranque de confianza- como alcoba, al joven
principiante a quien tengo ahora el gusto...
Y el desconocido, levantando la mano, metió la
barbilla en el cuello de su camisa.
-Es míster Micawber -me dijo míster Quinion.
-Así es --dijo el desconocido-; ése es mi nombre.
-Míster Micawber -dijo míster Quinion-; es cono-
cido de míster Murdstone y recibe comisiones para
nosotros cuando puede. Ahora míster Murdstone le
ha escrito sobre tu alojamiento, y te recibirá en su
casa.
-Mi dirección -dijo míster Micawber --es Windsor
Terrace, City Road; en una palabra -añadió con el
mismo aire distinguido y en otro arranque de con-
fianza-, vivo allí.
Le saludé.
-Bajo la impresión -dijo míster Micawber- de que
quizá sus peregrinaciones por esta metrópoli no han
sido todavía muy extensa y de que pueda usted
encontrar alguna dificultad para penetrar en el arca-
no de la moderna Babilonia; en resumen -dijo míster
Micawber en un nuevo gesto de confianza-: como
podría usted perderse, tendré mucho gusto en venir
esta noche a buscarle para enseñarle el camino
más corto.
Le di las gracias de todo corazón por la amistosa
molestia que se quería tomar por mí.
-¿A qué hora -dijo míster Micawber- podré ...?
-A eso de las ocho --dijo míster Quinion.
-Estaré a era hora -dijo míster Micawber-. Le de-
seo muy buenos días, míster Quinion, y no quiero
entretenerle más.
Se puso el sombrero y salió con el bastón debajo
del brazo, muy tieso y canturreando en cuanto estu-
vo fuera de l almacén.
Míster Quinion me aconsejó entonces muy seria-
mente que trabajara todo lo más posible en la casa,
y me dijo que se me pagarían seis chelines por se-
mana (no estoy seguro de si eran seis o siete; mi
inseguridad me hace creer que primero debieron de
ser seis, y después siete). Me pagó una semana por
adelantado (creo que de su bolsillo particular), de lo
que di seis peniques a Fécula para que llevara
aquella misma noche mi maleta a Windsor Terrace;
tan pequeña como era, pesaba demasiado para mis
fuerzas. También gasté otros seis peniques en mi
almuerzo, que consistió en una empanada de came
y un trago de agua en una bomba de la vecindad, y
pasé la hora que dejaban libre para las comidas
paseando por las calles.
Aquella noche, a la hora fijada, apareció mister
Micawber. Me lavé la cara y las manos para corres-
ponder a su elegancia, y nos fuimos juntos hacia
nuestra casa, como supongo que la llamaré desde
ahora. Mister Micawber, durance el camino, me
hacía fijarme en los nombres de las calles, en las
fachadas de las casas y en las esquinas, para que
pudiera encontrar fácilmente el camino a la mañana
siguiente.
Llegamos a su casa de Windsor Terrace (que me
pareció tan mezquina como él y con sus mismas
pretensiones); me presentó a su señora, una mujer
delgada y pálida, nada joven ya, que estaba senta-
da en una habitación (el primer piso estaba ya sin
muebles y tenían echados los estores para engañar
a los vecinos), dando de mamar a un niño. Este
niño era uno de los dos mellizos, y puedo asegurar
que nunca en toda mi intimidad con la familia vi a
los dos mellizos fuera de los brazos de su madre al
mismo tiempo. Uno de ellos siempre tenía que ma-
mar. También tenían otros dos niños, uno de cuatro
años y una niña, todo lo más, de tres. También hab-
ía en la casa una muchacha muy morena que les
servía. Tenía costumbre de resoplar, y me informó
antes de media hora de que era huérfana y había
salido del orfelinato de San Lucas para ir allí. Mi
habitación estaba en el último piso, en la parte de
atrás; una habitación pequeña, cubierta de un papel
que parecía de obleas azules, y muy escasamente
amueblada.
-Nunca hubiera pensado -dijo mistress Micawber,
cuando subió con niño y todo a enseñarme mi habi-
tación, y sentándose para tomar aliento- antes de mi
matrimonio, cuando vivía con papá y mamá, que me
vería en la necesidad de tomar un huésped. Pero
míster Micawber está pasando por circunstancias
tan difíciles, que toda consideración de otro género
debe ser desechada.
Yo dije:
-Sí, señora.
-Las dificultades de míster Micawber -prosiguió-
son casi insuperables por ahora, y no sé si conse-
guirá salir de ellas. Cuando yo vivía con papá y
mamá no llegaba a comprender lo que quería decir
la palabra pobreza en el sentido en que ahora la
empleo; pero la experiencia es maestra, como acos-
tumbraba a decir mi papá.
Por más que pienso no consigo recordar si me di-
jo que míster Micawber había sido oficial de Marina,
o si lo inventé yo; únicamente sé que ahora estoy
convencido de que en alguna época había pertene-
cido a la Marina, pero no sé por qué. En aquella
época era viajante de diferentes casas de comercio;
pero me temo que aquello le daba muy poco o casi
nada.
-Si los acreedores de mi marido no quieren espe-
rar -dijo mistress Micawber-, peor para ellos. Para
nosotros, cuanto antes terminen las cosas, mejor.
No se puede sangrar a una piedra, y nada podrán
sacar en la actualidad de míster Micawber, aparte
de los gastos que eso les ocasionaría.
Nunca he podido comprender del todo si mi pre-
coz independencia confundía a mistress Micawber
respecto de mi edad, o si era que estaba tan pre-
ocupada por el asunto que habría hablado de él a
los mellizos de no haber tenido otra persona a ma-
no. Pero aquella conversación con que empezó
nuestra amistad fue el asunto de todas las que si-
guieron.
¡Pobre mistress Micawber! Decía que había inten-
tado ganar dinero por todos los medios, y no lo du-
do. Sin ir más lejos, en la puerta de la calle había
una gran placa en la que se leía: «Pensión de mis-
tress Micawber, fundada para señoritas»; pero nun-
ca llegó a estudiar allí ninguna señorita; ninguna
pensó en ir ni lo intentó, y en la casa nunca hubo
que hacer preparativos para recibir a ninguna. Las
únicas visitas que tenían (las he visto y oído) eran
las de los acreedores. Venían a todas horas, y al-
gunos eran verdaderamente feroces. Un hombre
con la cara sucia (creo que el zapatero) solía poner-
se en la escalera en cuanto daban las siete de la
mañana, y desde allí increpaba a míster Micawber.
-Vamos, que ahora está usted en casa. ¿Me pa-
gará usted? ¡No se esconda, es una cobardía! No
haría yo una cosa semejante. Págueme; que me
pague ahora mismo, ¿me oye? ¡Vamos!
No recibiendo contestación a sus insultos, se en-
colerizaba y llegaba a llamarles ladrones y rateros, y
viendo que aquello tampoco producía efecto, salía a
la calle y desde allí gritaba hacia las ventanas del
segundo piso, que era donde sabía que dormían los
Micawber. En aquellas ocasiones, míster Micawber,
desesperado por la vergüenza, hasta había llegado
(según comprendí por los gritos de su mujer) a fingir
que intentaba matarse con una navaja de afeitar;
pero media hora después se limpiaba las botas con
cuidado y salía a la calle tarareando con más ele-
gancia que nunca.
Mistress Micawber era también de un carácter
flexible; la he visto ponerse verdaderamente mala a
las tres porque habían venido a cobrar los impues-
tos, y después comer a las cuatro chuletas de cor-
dero empanadas, con un buen vaso de cerveza,
todo pagado empeñando dos cucharillas de té. Re-
cuerdo que un día habían venido a embargar la
casa, y volviendo yo por casualidad a las seis, me la
encontré en el suelo desvanecida (con uno de los
mellizos en sus brazos, como es natural, y los cabe-
llos sueltos alrededor de su rostro); pero nunca la
he visto más alegre que aquella noche en la cocina,
con sus chuletas en la mano, contándome toda
clase de historias sobre su papá y su mamá y la
gente que recibían en su casa.
En aquella casa y con aquella familia pasaba yo
todos mis ratos de ocio. Para el desayuno compra-
ba un penique de pan y otro de leche, y también me
procuraba otro penique de pan y un pedazo de que-
so, que me servían de cena, cuando volvía por la
noche. Esto hacía una buena brecha en los seis o
siete chelines, ya lo sé, y hay que tener en cuenta
que estaba en el almacén todo el día y tenía que
durarme el dinero la semana completa. Desde el
domingo por la mañana hasta el sábado por la no-
che no recibía el menor consejo, la menor palabra
de ánimo, el menor consuelo ni la más mínima ayu-
da ni cariño de nadie, puedo decirlo con la seguri-
dad que espero ir al cielo.
Era tan pequeño y tenía tan poca experiencia
(¿cómo hubiera podido ser de otra manera?) para
soportar la carga de mi existencia, que a menudo,
yendo hacia el almacén por las mañanas, no podía
resistir la tentación de comprar en las pastelerías
los dulces de la víspera, que vendían a mitad de
precio, y gastaba en aquello el dinero que llevaba
para mi comida, y después tenía que quedarme sin
comer a mediodía, o tomar sólo un pedazo de pud-
ding. Recuerdo dos tiendas de pudding que frecuen-
taba alternativamente, según el estado de mi bolsi-
llo. Una estaba en un pasaje cerrado por la iglesia
de Saint Martin (al que daba la parte de atrás de la
iglesia), que ahora es, completamente distinto. El
pudding de aquella tienda, hecho con pasas de
Corinto, era de primera, pero muy caro: por dos
peniques daban un trozo más pequeño que por un
penique cuando era de otro más vulgar. Una buena
tienda para este último estaba en el Strand, en un
sitio que después han reconstruido. Era un pudding
algo pesado, con grandes pasas muy separadas
unas de otras; pero era alimenticio, y estaba calien-
te a la hora en que yo iba, y muchos días ésa era
toda mi comida. Cuando comía de un modo regular
y abundante, compraba un panecillo de un penique
y tomaba un plato de carne de cuatro peniques en
cualquier restaurante o un plato de pan y queso y
un vaso de cerveza en la taberna miserable que
había frente al almacén, llamada El León o El León
y algo más que he olvidado. Una vez recuerdo que
saqué el pan de casa desde por la mañana, y en-
vuelto en un papel como si fuera un libro lo paseé
debajo del brazo hasta un restaurante famoso por
su carne guisada, cerca de Drury Lane, y pedí me-
dia ración de aquel famoso plato. Lo extraño que
debió parecerle al camarero mi llegada, pobre cria-
turita cola, no lo sé; pero me parece que le veo to-
davía frente a mí, mientras como, y llamando a otro
mozo también para que me mirara. Le di medio
penique de propina, y ¡deseaba tanto que no me lo
aceptara!
Creo que teníamos media hora para tomar el té.
Cuando tenía dinero para ello tomaba una taza de
café con un panecillo untado de manteca, y cuando
no tenía, acostumbraba a irme a mirar el escaparate
de una tienda donde vendían caza en Fleet Street, o
llegaba al mercado de Coven Garden y me paraba a
mirar las piñas. También era muy aficionado a it por
el Adelphi, porque era un lugar misterioso, con sus
oscuros arcos. Me veo alguna noche saliendo de
uno de aquellos arcos para entrar en alguna taberna
de la orilla del río. Había una explanada delante de
él donde unos carboneros están bailando; me siento
a mirarlos en un banco, y reflexiono en qué pen-
sarán epos al verme. Era tan niño y tan pequeño,
que con frecuencia, cuando entraba en el bar de
una taberna por primera vez a tomar un vaso de
cerveza para refrescarme después de comer, casi
no se atrevían a servírmelo. Recuerdo que en una
calurosa noche entré en una taberna y dije al due-
ño:
-¿Cuánto es un vaso de su mejor cerveza, de la
mejor que tenga?
Era un día señalado, no recuerdo ahora cuál; pero
debía de ser mi cumpleaños.
-Dos peniques y medio --dijo el dueño-; es el pre-
cio de la verdadera cerveza de primera calidad.
-Entonces -dije yo sacando el dinero- deme un
vaso de esa cerveza, y que tenga mucha espuma.
El dueño del bar me miró de arriba abajo con una
extraña sonrisa en su rostro, y en lugar de darme la
cerveza, volviéndose hacia dentro dijo algo a su
mujer, que salió con su labor en la mano y se puso
a su lado a mirarme. Todavía no he olvidado el cua-
dro. El dueño, en mangas de camisa, apoyándose
en el mostrador como en una ventana; su mujer
mirando por encima de su hombro, y yo, bastante
confuso, mirándoles desde el otro lado del mostra-
dor. Me hicieron muchísimas preguntas de cómo me
llamaba, qué edad tenía, dónde vivía, en qué traba-
jaba y cómo había llegado allí. A todo lo que yo,
para no comprometer a nadie, me temo que con-
testé muchas mentiras. Por fin me sirvieron la cer-
veza, aunque sospecho que no era de la buena; y la
mujer, abriendo la puertecita del mostrador, me
devolvió el dinero y me dio un beso con expresión
entre admirada y compasiva; pero de un modo fe-
menino y bueno.
Sé que no exagero, ni aun inconsciente o involun-
tariamente, la escasez de mis recursos y las dificul-
tades de mi vida. Sé que si míster Quinion me daba
alguna vez una propina la gastaba en comer o en
tomar el té. Sé que trabajaba desde por la mañana
hasta la noche entre hombres y niños de la clase
más baja y hecho un desarrapado. Sé que vagaba
por aquellas calles con hambre y mal vestido. Y sé
que sin la misericordia de Dios estaba tan abando-
nado, que podía haberme convertido en un ladrón o
hacerme un vagabundo.
A pesar de todo, era de los que mejor estaba en
la casa Murdstone y Grimby, pues míster Quinion
hacía lo posible por tratarme mejor que a los de-
más, dentro de lo que podía esperarse de un hom-
bre indiferente, además muy ocupado, y tratándose
de una criatura tan abandonada. Yo no había con-
tado a nadie por qué estaba allí, ni les había dejado
sospechar mi tristeza por aquella vida. Lo que yo
sufría en secreto nadie lo supo. Así mi amor propio
sufría menos. Nadie sabía mis penas; por crueles
que fueran, me reservaba y hacía mi trabajo. Com-
prendí desde el primer momento que si no trabajaba
igual que los demás me expondría a sus burlas y
desprecio. Y pronto fui por lo menos tan hábil y tan
activo como mis compañeros. Aunque tenía con
ellos un trato familiar, mi conducta y modales difer-
ían bastante de los suyos, reteniéndolos a distancia.
Tanto ellos como los hombres, por lo general,
hablaban de mí como de un señorito y me llamaban
el joven Sufolker. Uno de ellos, Gregory, que era el
capataz de los embaladores, y otro, llamado Tipp,
que era cartero y llevaba una chaqueta roja, me
llamaban algunas veces David; pero creo que era
en los momentos de mayor confianza y cuando yo
me había esforzado en serles agradable contándo-
les, al mismo tiempo que trabajaba, algunas histo-
rias sacadas de mis antiguas lecturas, que cada vez
se iban borrando más de mi memoria. Fécula de
patata se rebeló alguna vez porque me distinguían;
pero Mick Walker le hizo volver al orden.
No tenía ninguna esperanza de que me arranca-
ran de aquella vida horrible, que a mí me parecía
vergonzosa, y me sentía enormemente desgracia-
do. Nunca, ni por un momento, estuve resignado;
pero no se lo contaba ni a Peggotty, en parte por
cariño a ella, en parte por vergüenza. Nunca en
ninguna carta (aunque se cruzaban bastantes entre
nosotros) le revelé la verdad.
Las dificultades económicas de los Micawber au-
mentaban la depresión de mi espíritu. En el aban-
dono en que estaba, había empezado a encariñar-
me con aquella gente, y acostumbraba a hablar de
sus asuntos con la señora, calculando sus medios y
esperanzas, y después me sentía agobiado por el
peso de sus deudas. El sábado por la noche, que
era mi mejor día, principalmente porque era una
gran cosa volver a casa paseando con seis o siete
chelines en el bolsillo y mirando los escaparates y
pensando lo que podría comprar con aquella suma,
y también porque volvía más temprano.
Esos días mistress Micawber me hacía las más
desgarradoras confidencias, y también el domingo
por la mañana mientras tomaba el té o el café que
había comprado la noche antes y guardaba en un
tarro de dulce. No era raro que míster Micawber
sollozara violentamente al empezar una de aquellas
conversaciones del sábado por la noche, terminan-
do con una canción. Le he visto muchas veces vol-
ver a casa a comer llorando a lágrima viva y decla-
rando que ya sólo le quedaba it a la cárcel, y des-
pués acostarse calculando lo que costaría poner un
mirador a las ventanas del primer piso en el caso de
que «surgiera algo», como era su expresión favo-
rita. Y mistress Micawber era exactamente igual.
Una curiosa igualdad en nuestra amistad, origina-
da sin duda por nuestras respectivas situaciones, se
estableció entre aquella gente y yo, a pesar de la
inverosímil diferencia de nuestras edades. Sin em-
bargo, no consentí nunca en aceptar la menor invi-
tación a comer con ellos (sabiendo el trabajo que
les costaba pagar al panadero y al carbonero y que
a menudo no tenían bastante para ellos mismos),
hasta que mistress Micawber se confió del todo a
mí. Y esto ocurrió una noche como sigue:
-Copperfield -me dijo mistress Micawber-, no quie-
ro tratarle como a un extraño, y por eso no dudo en
decirle que las dificultades de míster Micawber se
acercan a una crisis.
Al oír esto, sentí mucha pena y miré los ojos roji-
zos de mistress Micawber con la mayor simpatía.
-Excepto un pedazo de queso de Holanda, que no
es suficiente para las necesidades de mi joven fami-
lia --dijo mistress Micawber-, realmente no hay ni
una miga de nada en la despensa. Estoy acostum-
brada a hablar de la despensa de cuando vivía con
papá y mamá, y use la palabra inconscientemente.
Ahora lo que quiero decir es que no hay nada que
comer en casa.
-¡Dios mío! -dije con gran emoción.
Tenía dos o tres chelines de mi dinero de la se-
mana en el bolsillo, por lo que deduzco que debía-
mos de estar a martes por la noche cuando tuvimos
aquella conversación. Los saqué prontamente, pi-
diéndole con toda la emoción de mi alma que no los
rechazara; pero ella, besándome y haciéndomelos
guardar de nuevo en el bolsillo, me dijo que no pen-
sara en ello.
-No, mi querido Copperfield; eso está lejos de mi
pensamiento. Pero tienes una discreción muy por
encima de tu edad y puedes hacerme un gran favor,
si quieres; lo aceptaré con reconocimiento.
Le rogué que me dijera de qué se trataba.
-Yo misma he llevado la plata a empeñar -dijo
mistress Micawber-; seis cucharillas de té, dos sale-
ros y un par de pinzas para el azúcar; en diferentes
ocasiones he sacado dinero de ello, en secreto y
con mis propias manos; pero ahora los mellizos me
estorban mucho, y el hacerlo me resulta muy triste
cuando recuerdo los tiempos de papá y mamá. To-
davía quedan algunas cosas de las que se puede
sacar partido. Los sentimientos de míster Micawber
nunca le han permitido mezclarse en estas cosas, y
Cliket (este era el nombre de la criada) tiene un
espíritu vulgar y quizá se tomara demasiadas liber-
tades si se depositase en ella semejante confianza;
por lo tanto, si yo pudiera pedirle a usted...
Comprendí a mistress Micawber y me puse a su
disposición, y aquella misma noche empecé por
llevar lo más manejable, y todas las mañanas hacía
una expedición semejante antes de entrar en el
almacén de Murdstone y Grimby.
Míster Micawber tenía unos cuantos libros en un
armario, al que llamaba la librería, y empecé por
aquello. Llevé uno tras otro a un puesto de libros de
City Road, cerca de nuestra casa, en un sitio que
estaba siempre lleno de puestos de pájaros y libros.
El dueño de aquel puesto vivía en una casucha al
lado y solía emborracharse por la noche y tenía
violentas disputas con su mujer por la mañana. Más
de una vez, cuando iba muy temprano, le encontra-
ba en la cama, con la frente partida o con un ojo
morado, resultado de sus excesos de la víspera
(temo que debía de ser muy violento cuando había
bebido), y con su mano temblona trataba en vano
de buscar uno por uno en todos los bolsillos de su
ropa, que estaba caída por el suelo, mientras su
mujer, con un niño en los brazos y los zapatos en
chancleta, no le dejaba en paz. A veces había per-
dido su dinero y me decía que volviera a otra hora;
pero su mujer siempre tenía algo, que le había qui-
tado durante la borrachera, y terminaba la compra
mientras bajábamos las escaleras.
En la casa de préstamos también empezaron a
conocerme, y el cajero me tenía mucha simpatía.
Recuerdo que a menudo me hacía declinar un
nombre o adjetivo latino o conjugar un verbo mien-
tras esperaba todas las transacciones. En todas
aquellas ocasiones mistress Micawber hacía des-
pués preparativos para una comida, y había un
peculiar encanto en ello, lo recuerdo muy bien.
Por último llegó la crisis de las dificultades de
míster Micawber, y una mañana muy temprano vi-
nieron a buscarle y le llevaron a la prisión de Bench
King's, en el Borough. Cuando lo llevaban me dijo
que el angel de la guarda había desaparecido para
él; y yo, realmente, pensando que su corazón esta-
ba destrozado, sentía igual. Pero después oí decir
que en la cárcel había estado jugando alegremente
a los bolos antes de comer.
El primer domingo después de su encierro fui a
verle y a comer con él. Tenía que preguntar el ca-
mino en un sitio, y antes de llegar allí debía encon-
trar otro sitio, y un poco antes vería un pórtico que
tenía que atravesar y continuar en línea recta hasta
que me encontrase al carcelero. Lo hice todo, y
cuando, por último, vi al carcelero, ¡pobre de mí!,
recordé que cuando Roderik Ramdom estaba en la
prisión por deudas veía allí un hombre que sólo iba
vestido con un trozo viejo de tapiz; el carcelero se
desvaneció ante mis inquietos ojos y mi palpitante
corazón.
Míster Micawber me estaba esperando cerca de
la puerta, y una vez llegados a su habitación, que
estaba situada en el penúltimo piso, se echó a llo-
rar. Me conjuró solemnemente para que recordara
su destino y para que no olvidara jamás que si un
hombre con veinte libras esterlinas de renta gasta
diecinueve libras, diecinueve chelines y seis peni-
ques, podrá ser dichoso; pero que si gasta veintiuna
libras, nunca se librará de la miseria.
Después de esto me pidió prestado un chelín para
comprar cerveza, y me dio un recibo para que su
señora me lo devolviera. Después se guardó el pa-
ñuelo en el bolsillo y recobró su alegría.
Estábamos sentados ante una fogata; dos ladrillos
atravesados a cada lado de le chimenea impedían
que se quemara demasiado carbón. Cuando otro
deudor, que compartía la habitación de Micawber,
entró con el pedazo de cordero que íbamos a comer
entre los tres y pagar a escote, entonces me envia-
ron a otra habitación que estaba en el piso de arri-
ba, para que saludara al capitán Hopkins de parte
de míster Micawber y le dijera que yo era el amigui-
to de quien le había hablado y que si quería pres-
tarme un cuchillo o un tenedor.
El capitán Hopkins me prestó el cuchillo y el tene-
dor, encargándome sus saludos para míster Micaw-
ber. En su celda había una señora muy sucia y dos
muchachas, sus hijas, pálidas, con los cabellos
alborotados. Yo no pude por menos de pensar que
más valía pedirle a Hopkins su cuchillo que su pei-
ne. El capitán estaba en un estado deplorable; lle-
vaba un gabán muy viejo sin forro y unas patillas
enormes. El colchón estaba hecho un rollo en un
rincón, y ¡qué platos, qué vasos y qué tazas tenía
encima de una mesa! Adiviné, Dios sabe cómo,
que, aunque las dos muchachas desgreñadas eran
sus hijas, la señora sucia no estaba casada con el
capitán Hopkins. En mi tímida visita no pasé de la
puerta ni estuve más de dos minutos; sin embargo,
bajaba tan seguro de lo que acabo de decir como
de que llevaba un cuchillo y un tenedor en la mano.
Había, después de todo, algo bohemio y agrada-
ble en aquella comida. Devolví el tenedor y el cuchi-
llo al capitán Hopkins y regresé a casa para tranqui-
lizar y dar cuenta de mi visita a mistress Micawber.
Se desmayó al verme, después de lo cual preparó
dos vasos de ponche para consolarnos mientras le
contaba lo sucedido.
Yo no sé cómo consiguieron vender los muebles
para alimentarse, ni sé quién se encargó de aquella
operación; en todo caso, yo no intervine en ella.
Todo se lo llevaron en un carro, a excepción de las
camas y de alguna que otra silla y la mesa de coci-
na. Campábamos con aquellos muebles en dos
habitaciones de la casa vacía de Windsor Terrace
mistress Micawber, los niños, la huérfana y yo, y de
allí no salíamos. No recuerdo cuánto duró aquello;
pero me parece que bastante tiempo. Por último,
mistress Micawber decidió trasladarse a la prisión,
donde su marido tenía ahora una habitación para él
solo. Me encargaron de llevar la llave de la casa a
su dueño, que por cierto me pareció encantado de
ello, y las camas se enviaron a Bench King's, me-
nos la mía. Alquilamos para mí una habitacioncita
en los alrededores de la prisión, lo que me alegró
mucho, pues ya me había acostumbrado a vivir con
ellos a través de nuestras mutuas penas. La huérfa-
na también fue acomodada en un baratísimo aloja-
miento de las cercanías. Mi habitación era un poco
abuhardillada y nada cómoda; pero me creí en el
paraíso al tomar posesión de ella, pensando que la
crisis de las dificultades de Micawber había termi-
nado.
Todo este tiempo seguía trabajando para Murds-
tone y Grimby en lo mismo de siempre, con los
mismos compañeros y con el mismo sentimiento de
degradación inmerecida que al principio. Pero, fe-
lizmente, no había hecho ninguna amistad, no
hablaba con ninguno de los niños a quien diaria-
mente me encontraba al ir y venir al almacén o al
vagar por las calles a la hora de comer. Seguía
llevando la misma vida triste y solitaria; pero mi
pena continuaba siempre encerrada en mí mismo.
El único cambio del que tuve conciencia fue que mi
traje estaba cada día más viejo y usado, y que en
parte estaba algo tranquilo respecto a los Micawber,
que vivían en la prisión más desahogados que hac-
ía mucho tiempo y que habían sido socorridos en su
desgracia por parientes o amigos. Desayunaba con
ellos en virtud de un arreglo que hicimos y del que
he olvidado los detalles. También he olvidado a qué
hora se abrían las puertas de la prisión para de-
jarme entrar; únicamente sé que me levantaba a las
seis de la mañana, y mientras esperaba a que
abrieran las puertas iba a sentarme en uno de los
bancos del viejo puente de Londres, donde me di-
vertía mirando a la gente que pasaba o contem-
plando por encima de la balaustrada el sol reflejado
en el agua o iluminando las llamas doradas de lo
alto del monumento. La huérfana venía muchas
veces a reunirse allí conmigo para oír las historias
que yo le inventaba de la torre de Londres, y puedo
asegurar que yo mismo me convencía de lo que
contaba. Por la tarde volvía a la prisión y me pasea-
ba en el patio con míster Micawber o jugaba a las
cartas con su señora, escuchando sus relatos sobre
papá y mamá. Ignoro si míster Murdstone supo
cómo vivía entonces; yo no hablé nunca de ello en
Murdstone y Grimby.
Los asuntos de míster Micawber seguían, a pesar
de la tregua, muy embrollados, a causa de cierto
documento del que oía hablar. Ahora supongo que
sería algún arreglo anterior con sus acreedores,
aunque entonces comprendía tan poco de qué se
trataba, que, si no me equivoco, lo confundía con
los pergaminos infernales de contratos con el de-
monio, que, según decían, existían antiguamente en
Alemania. Por fin, aquel documento pareció desva-
necerse no sé cómo, al menos había dejado de ser
la piedra de toque, y mistress Micawber me dijo que
su familia había decidido que míster Micawber ape-
lara, para ser puesto en libertad, a la ley de deudo-
res insolventes, y que podría verse libre antes de
seis semanas.
Entonces dijo míster Micawber, que estaba pre-
sente:
-No hay duda de que con la ayuda de Dios sal-
dremos adelante y podremos vivir de una manera
completamente diferente, y..., y..., en una palabra,
las cosas cambiarán.
Para estar preparado y aprovechar el porvenir, re-
cuerdo que míster Micawber componía una petición
a la Cámara de los Comunes pidiendo que se hicie-
ran mejoras en la ley que regía las prisiones por
deudas.
Recojo aquí este recuerdo porque me hace ver
cómo unía yo las historias de mis antiguos libros a
la de mi vida presente, cogiendo a derecha a iz-
quierda mis personajes entre la gente que encon-
traba en la calle. Muchos rasgos del carácter que
trazaré involuntariamente al escribir mi vida se for-
maron desde entonces en mi alma.
En la prisión había un club, y míster Micawber, en
su calidad de hombre bien educado, era una gran
autoridad en él. Míster Micawber había desarrollado
ante el club la idea de su petición, y todos la habían
aprobado. En consecuencia, como Micawber estaba
dotado de un excelente corazón y de una actividad
infatigable, cuando no se trataba de sus propios
asuntos, completamente feliz de trabajar en una
empresa que no le sería de ninguna utilidad, puso
manos a la obra y redactó la petición, la copió en
una hoja de papel que extendió encima de la mesa,
y después convocó al club entero y a todos los habi-
tantes de la prisión por si querían venir a depositar
su firma en aquel documento.
Cuando oí anunciar la proximidad de aquella ce-
remonia sentí tales deseos de ver entrar a todos
uno detrás de otro, aunque los conocía ya a casi
todos, que conseguí un permiso de una hora en
Murdstone y Grimby y me instalé en un rincón para
asistir al espectáculo. Los principales miembros del
club, aquellos que habían podido entrar en la habi-
tación sin llenarla del todo, estaban delante de la
mesa con míster Micawber. Mi antiguo amigo, el
capitán Hopkins, que se había lavado la cara en
honor del acto, se había instalado solemnemente al
lado del documento para leérselo a los que no co-
nocían su contenido. La puerta se abrió por fin y co-
menzó el desfile. Entraba uno, y los otros espera-
ban en puerta mientras aquel firmaba. El capitán
Hopkins les preguntaba a todos: «¿Lo ha leído us-
ted? No. ¿Quiere usted oírlo?». Si el desgraciado
hacía el menor signo de asentimiento, el capitán
Hopkins se lo leía todo, sin saltarse una letra, con
su voz más sonora. El capitán lo hubiera leído vein-
te mil veces seguidas si veinte mil personas hubie-
ran deseado escucharlo una después de otra. Re-
cuerdo el énfasis con que pronunciaba frases como
esta: « Los representantes del pueblo, reunidos en
Parlamento... Los autores de la petición hacían ver
humildemente a la honorable Cámara... Los desdi-
chados súbditos de su Graciosa Majestad» . Parec-
ía que aquellas palabras eran en su boca una bebi-
da deliciosa. Míster Micawber, entre tanto, contem-
plaba con expresión de vanidad satisfecha los ba-
rrotes de las ventanas de enfrente.
Mientras doy mi paseo diario desde Southwark a
Blackfriars y vago a las horas de comer por las os-
curas calles, cuyas piedras quizá conservan todavía
las huellas de mis pasos de niño, me pregunto si
llegaré a olvidarme de alguno de aquellos persona-
jes que cruzaban sin cesar por mi espíritu, uno a
uno, al eco de la voz del capitán Hopkins. Y cuando
mis pensamientos, mirando atrás, vuelven a aquella
lenta agonía de mi infancia, me admira cómo mu-
chas de las historias que yo inventaba sobre aquella
gente flotan todavía como una sombra fantástica
sobre los hechos reales, siempre presentes en mi
memoria. Y cuando paso por el viejo camino no me
sorprendo, sólo lo compadezco, si veo andando de-
lante de mí a un niño inocente y soñador que se
crea un mundo imaginario de su extraña experiencia
y sórdido vivir.
CANTULO XII
COMO EL VIVIR POR MI CUENTA NO ME GUSTA
Y TOMO UNA GRAN RESOLUCIÓN
A su debido tiempo, la petición de míster Micaw-
ber fue atendida y se recibió orden de ponerle en
libertad, lo que me causo gran alegría. Sus acreedo-
res no eran muy implacables, y mistress Micawber
me contó que hasta el zapatero había declarado en
pleno tribunal que no le tenía mala voluntad; pero
que cuando le debían dinero le gustaba que se lo
pagasen, y añadió que pensaba que aquello era
una cosa muy humana.
Desde el tribunal volvió míster Micawber a Bench
King's para ciertas formalidades que había que ter-
minar. El club le recibió con entusiasmo y organizó
aquella noche un mitin en su honor; entre tanto,
mistress Micawber y yo lo celebramos en privado
comiendo cordero y rodeados de los niños dormi-
dos,
-En esta ocasión le propongo, Copperfield -dijo
mistress Micawber-, que tomemos un poco más de
ponche a la salud de papá y mamá; hacía ya tiempo
que no lo tomábamos.
-¿Han muerto? -pregunté después de brindar.
-Mamá abandonó la tierra -dijo mistress Micawbe-
rantes de que empezaran las dificultades de mi
esposo, o al menos antes de que la cosa se pusiera
seria. Mi papá ha vivido lo bastante para rescatar
muchas veces a míster Micawber, después de lo
cual ha muerto, siendo muy llorado por todos sus
amigos.
Mistress Micawber sacudió la cabeza y vertió una
lágrima de piedad filial sobre el mellizo que estaba
de turno.
Me pareció que no podría encontrar ocasión más
favorable para preguntarle una cosa del mayor in-
terés para mí; por lo tanto le dije:
-Puedo preguntarle, señora, lo que piensan uste-
des hacer ahora que míster Micawber ha salido de
sus dificultades y está en libertad. ¿Ha decidido
usted algo?
-Mi familia ---dijo mistress Micawber, que pronun-
ciaba siempre estas dos palabras con aire majes-
tuoso, sin que yo haya podido descubrir jamás a
quién se las aplicaba-, mi familia piensa que míster
Micawber debía salir de Londres y ejercer su talento
en el campo. Míster Micawber es un hombre de
mucho talento, Copperfield.
Dije que estaba seguro de ello.
-De mucho talento -repitió mistress Micawber-; y
mi familia mantiene que, con algo de interés, a un
hombre de su inteligencia se le podría dar cualquier
cargo en la Administración de Aduanas. Y como la
influencia de mi familia es local, su deseo es que
míster Micawber se vaya a Plimouth. Creen indis-
pensable que esté sobre el terreno.
-¿Para estar preparado? -pregunté.
-Precisamente -contestó ella-, para que esté pre-
parado en el caso de que surgiera algo.
-¿Y usted también se irá?
Los sucesos del día, combinados con los mellizos
o con el ponche, tenían a mistress Micawber muy
nerviosa, y me contestó con lágrimas en los ojos:
-Yo nunca abandonaré a mi esposo. Míster Mi-
cawber ha hecho mal ocultándome al principio sus
apuros; pero hay que reconocer que su carácter
optimista le hacía creer siempre que saldría de ellos
sin que yo me enterase. El collar de perlas y las
pulseras que había heredado de mamá los hemos
vendido en la mitad de su valor; los corales que
papá me dio al casarme también los hemos dado
por nada. Pero nunca abandonaré a Micawber. ¡No
-gritó cada vez más conmovida-, no lo consentiré
jamás! ¡Es inútil que me lo propongan!
Yo estaba muy confuso, pues parecía que mis-
tress Micawber imaginaba que yo le proponía seme-
jante cosa, y la miré alarmado.
-Micawber tiene sus defectos. No niego que es
muy poco precavido; no niego que me ha engañado
respecto a sus recursos y sus deudas -continuó,
mirando fijamente a la pared-; pero yo no le aban-
donaré nunca.
Mistress Micawber había levantado la voz poco a
poco, y gritó de tal modo al decir estas últimas pala-
bras, que me asustó mucho y corrí a la habitación
en que estaba el club para llamar a su marido, que
lo presidía sentado al final de una mesa muy larga,
cantando a voz en grito con todos los demás:

Gee up, Dobbin


Gee ho, Dobbin
Gee up, Dobbin
Gee up, and gee ho-o-o!

Le dije que mistress Micawber estaba en un esta-


do muy alarmante. A1 oír esto se deshizo en llanto y
se vino conmigo con el chaleco todavía cubierto de
las cabezas y colas de gambas que había estado
comiendo.
-¡Emma, ángel mío! -gritó, entrando en la habita-
ción-. ¿Qué te pasa?
-¡Nunca te abandonaré, Micawber! --exclamó ella.
-¡Mi vida! -dijo él, cogiéndola en sus brazos-. Es-
toy completamente seguro de ello.
-Es el padre de mis hijos, el padre de mis melli-
zos, el esposo de mi alma -grito mistress Micawber-.
¡Nunca, nunca le abandonaré!
Míster Micawber estaba tan profundamente afec-
tado por aquella prueba de cariño (como yo, que
lloraba a lágrima viva), que la abrazó de un modo
apasionado, rogándole que le mirase y se tranquili-
zara. Pero cuanto más le pedía que le mirase más
se fijaban sus ojos en el vacío, y cuanto más le pe-
día que se tranquilizara menos tranquila estaba. Por
lo tanto, pronto se contagió Micawber y mezcló sus
lágrimas con las de su mujer y las mías. Por último
me pidió que saliera con una silla a la escalera
mientras él la acostaba. Hubiera querido marcharme
ya; pero Micawber no lo consintió, porque todavía
no había sonado la campana para la salida de los
visitantes. Por lo tanto me senté en la ventana de la
escalera hasta que él llegó con otra silla a hacerme
compañía.
-¿Cómo está su esposa? --dije.
-Muy abatida -dijo míster Micawber sacudiendo la
cabeza-, es la reacción. ¡Ah! ¡Es que ha sido un día
terrible! Y ahora estamos solos en el mundo y sin el
menor recurso.
Míster Micawber me estrechó la mano, gimió y
después se echó a llorar. Yo estaba muy conmovido
y desconcertado, pues esperaba que estuvieran
muy alegres en aquella ocasión tan esperada. Pero
pienso que los Micawber estaban tan acostumbra-
dos a sus antiguos apuros, que se sentían descon-
certados al verse libres de ellos. Toda la flexibilidad
de su carácter había desaparecido, y nunca les
había visto tan tristes como aquella tarde. A1 oír la
campana míster Micawber me acompañó hasta la
verja y me dio su bendición al despedirnos. Yo me
sentía verdaderamente inquieto al dejarlo solo, tan
profundamente triste como estaba.
Pero a través de la confusión y abatimiento que
nos había apresado de una manera tan inesperada
para mí, veía claramente que mister y mistress Mi-
cawber iban a abandonar Londres y que la separa-
ción entre nosotros era inminente. Y fue al volver
aquella tarde a casa, y durante las horas sin sueño
que siguieron, cuando concebí por primera vez, no
sé cómo, un pensamiento que pronto se convirtió en
una firme resolución.
Me había unido tan íntimamente con los Micaw-
ber; me había implicado tanto en sus desgracias, y
estaba tan absolutamente desprovisto de amigos,
que la perspectiva de verme obligado de nuevo a
buscar alojamiento para vivir entre extraños parecía
volver a arrojarme contra la corriente de esta vida,
demasiado conocida ahora para ignorar lo que me
esperaba.
Todos los sentimientos delicados que esta exis-
tencia hería; toda la vergüenza y el sufrimiento que
despertaba en mí se me hicieron tan dolorosos,
que, reflexionando, decidí que aquella vida me era
intolerable.
Yo no podía esperar otro medio para escapar a
ella que por mi propio esfuerzo; lo sabía. Rara vez
oía hablar de miss Murdstone, y de su hermano,
nunca. Pero dos o tres paquetes de ropa nueva o
arreglada habían sido enviados para mí a míster
Quinion, acompañados de un trozo de papel arru-
gado que decía: «M. M. espera que D. C. se aplique
a cumplir bien sus deberes», sin dejar entrever la
menor esperanza de que algún día pudieran llegar
tiempos mejores.
Al día siguiente me convencí, mientras mi espíritu
estaba todavía en la inquietud del plan que había
concebido, que mistress Micawber no había habla-
do sin motivo de la probabilidad de su partida. Se
alojaron en la casa en que yo vivía durante una
semana, y cuando expiró el plazo pensaban partir
para Plimouth. El mismo míster Micawber fue al
almacén aquella tarde para anunciar a míster Qui-
nion que su marcha le obligaba a renunciar a mi
compañía y para decirle de mí, según creo, todo el
bien que merecía. En vista de esto, mister Quinion
llamó a Tipp el carretero, que estaba casado y tenía
una habitación para alquilar, y la tomó para mí. De-
bió de tener sus razones para creer que era con
nuestro mutuo consentimiento, aunque yo no dije
nada; pero mi resolución estaba tomada.
Pasé las veladas con míster y mistress Micawber
durante el tiempo que nos quedaba todavía por vivir
bajo el mismo techo, y creo que nuestra amistad
aumentaba a medida que el momento de nuestra
separación se aproximaba.
El último domingo me invitaron a comer y toma-
mos un trozo de cerdo fresco con salsa picante y un
pudding. Yo había comprado la víspera un caballo
de madera pintado para regalárselo al pequeño
Wilkins Micawber y una muñeca para la pequeña
Emma; también di un chelín a la huérfana, que
perdía su colocación.
Pasamos un día muy agradable, aunque todos
estábamos conmovidos pensando en la separación.
-Copperfield: nunca podré recordar las dificultades
de Micawber sin pensar en usted. Usted se ha por-
tado siempre con nosotros de la manera más deli-
cada y más de agradecer. Usted no ha sido un
huésped: ha sido un amigo.
-Querida mía -dijo su marido-: Copperfield time un
corazón sensible a las desgracias de los demás,
una cabeza capaz de razonar y unas manos... En
resumen: un talento incomparable para sacar pro-
vecho de todo aquello de que se puede prescindir.
Expresé mi reconocimiento por aquel cumplido, y
dije que estaba muy triste por tener que separarme
de ellos.
-Querido amigo --dijo mister Micawber-: yo soy
mayor que usted y tengo alguna experiencia en la
vida y en... En una palabra: en dificultades de todas
clases, para hablar de un modo general. Por el mo-
mento, y hasta que surja algo (lo que espero siem-
pre) no le puedo ofrecer otra cosa que mis conse-
jos; sin embargo, creo que valen la pena de ser es-
cuchados, sobre todo... En una palabra: porque yo
nunca los he seguido... y que...
Aquí mister Micawber, que sonreía y me miraba
con expresión radiante, se detuvo frunciendo las
cejas, y prosiguió:
-Y usted ve lo desgraciado que soy.
-Mi querido Micawber -exclamó su mujer.
-Digo -replicó mister Micawber, sin preocuparse
de sí mismo y sonriendo de nuevo- lo desgraciado
que he sido. Mi consejo es este: < Nunca dejes para
mañana lo que puedas hacer hoy» . Demorar cual-
quier cosa es un robo hecho al tiempo. ¡Hay que
aprenderlo!
-Era la máxima de mi pobre papá -dijo mistress
Micawber.
-Querida mía -dijo él- tu papá era un hombre muy
bueno, y Dios me libre de querer rebajarlo; es más,
hasta es probable... que.... en una palabra, jamás
conoceremos a un hombre de su edad que tenga
los pantalones tan bien puestos y que sea capaz de
leer una letra tan pequeña sin anteojos; pero él
aplicó esta máxima a nuestro matrimonio, querida
mía, con tal premura, que todavía no me he repues-
to de aquel gasto precipitado.
Míster Micawber lanzó una ojeada a su señora y
añadió:
-No es que me pese, al contrario, amor mío.
Después de lo cual guardó silencio durante un
momento.
-Mi segundo consejo, Copperfield, ya lo conoce
usted: renta anual de veinte libras, gasto anual de
diecinueve; resultado, felicidad. Renta anual de
veinte libras, gasto anual de veinte y media; resulta-
do, miseria. La flor está marchita, la hoja cae, el
ángel de la guarda desaparece y..., en una palabra,
se ha hundido usted para siempre, como yo.
Y para hacer su ejemplo más impresionante,
míster Micawber se bebió un vaso de ponche con
gran alegría y satisfacción y silbó una cancioncilla
del colegio.
Le aseguré que nunca perdería de vista aquellos
preceptos, lo que era bastante inútil, pues era evi-
dente que me afectaba. A la mañana siguiente, muy
temprano, me reuní con la familia en las oficinas de
la diligencia y les vi con tristeza colocarse en la
imperial.
-Copperfield -dijo mistress Micawber-, ¡Dios le
bendiga! Nunca podré olvidarle, y aunque pudiera,
no querría.
-Copperfield-dijo míster Micawber-, adiós; que la
felicidad y la prosperidad le acompañen. Si al cabo
de los años pudiera creer que mi suerte desgracia-
da le ha servido de lección, pensaré que no he ocu-
pado en vano el lugar de otro hombre en la tierra. Y
si surgiera algo (siempre cuento con ello) sería ex-
traordinariamente dichoso si pudiera ayudarle en
sus proyectos respecto del porvenir.
Pienso que mistress Micawber, que estaba senta-
da en la imperial con los niños, mirándome mientras
yo permanecía de pie en la carretera contemplándo-
los tristemente, se percató de pronto de que en
realidad era yo un niño muy pequeño y muy débil; lo
creo porque me hizo seña de que subiera a su lado
con una expresión completamente nueva y maternal
en su rostro, me cogió en sus brazos y me besó
como hubiera podido besar a su hijo. Tuve el tiempo
justo de bajar antes de que partiera la diligencia y
apenas podía distinguir a mis amigos entre los pa-
ñuelos que agitaban.
En un minuto todo desapareció. Nos quedamos
en medio de la carretera la huérfana y yo, mirándo-
nos tristemente; luego, después de estrecharnos la
mano, ella tomó el camino del Hospicio de San Lu-
cas y yo fui a empezar mi jornada en Murdstone y
Grimby.
Pero no tenía intención de continuar aquella vida
tan penosa. Estaba decidido a huir, a ir de un modo
o de otro a buscar en el campo a la única parienta
que tenía en el mundo y a contarle mi historia: a la
tía Betsey.
Ya he hecho observar que no sabía cómo aquel
proyecto desesperado había germinado en mi espí-
ritu; pero una vez en ello, ¡ni determinación fue tan
inquebrantable como todas las que he podido tomar
después en mi vida. No estoy seguro de que mis
esperanzas fuesen muy vivas; pero estaba decidido
a ejecutarlo. Cien veces desde la noche en que lo
había concebido había dado vueltas en mi espíritu a
la historia de mi nacimiento, que tanto me había
gustado hacer contar a mi pobre madre, y que me
sabía de memoria. Mi tía hacía una aparición rápida
y terrible; pero había en todo aquello una particula-
ridad que me gustaba recordar y que me daba algu-
nas esperanzas. No podía olvidar que a mi madre le
había parecido sentirla acariciar suavemente sus
cabellos, y aunque aquello podía ser una idea sin
ningún fundamento, yo me hacía un bonito cuadro
del instante en que mi terrible tía se había conmovi-
do ante aquella belleza infantil que yo recordaba tan
bien y que me era tan querida, y aquel pequeño
episodio aclaraba dulcemente todo el cuadro. Quizá
fuera aquel el germen que después de vivir en mi
espíritu había engendrado gradualmente mi deter-
minación.
Como ni siquiera sabía dónde habitaba miss Bet-
sey, escribí una larga carta a Peggotty en la que le
preguntaba de una manera casual si recordaba el
lugar de su residencia, diciendo que había oído
hablar de una señora que vivía en un sitio, que
nombré al azar, y que sentía curiosidad por saber si
no sería ella. También en aquella carta le decía que
tenía mucha necesidad de media guinea, y que si
pudiera prestármela se lo agradecería mucho, re-
servándome para decirle más adelante, al devolvér-
sela, lo que me había obligado a pedirle aquella
suma.
La contestación de Peggotty llegó pronto y fue,
como de costumbre, llena de cariño y abnegación.
Incluía la media guinea (me asusta pensar todo lo
que habría tenido que trabajar y que ingeniarse para
conseguir que saliera de la caja de Barkis), y me
contaba que miss Betsey vivía cerca de Dover; pero
si era en Dover mismo, o en Hy the Landgate, o en
Folkestone, no podía decirlo. Uno de nuestros hom-
bres me informó, cuando le pregunté acerca de
aquellos sitios, que estaban muy próximos unos de
otros. Me pareció que ya sabía bastante para mi
objetivo, y resolví marcharme a fines de semana.
Siendo una criaturita muy honrada y no queriendo
enturbiar el recuerdo que dejaba en Murdstone y
Grimby, consideré como una obligación permanecer
hasta el sábado por la noche, y como me habían
pagado una semana adelantada, me fui temprano,
para no tener que presentarme a la hora de cobrar
en la caja. Por esta misma razón había pedido la
media guinea a Peggotty, para no encontrarme sin
dinero para los gastos del viaje. Por lo tanto, cuando
llegó el sábado por la noche y nos reunimos todos
para que nos pagasen, Tipp el carretero pasó, como
siempre, el primero al despacho. Yo estreché la
mano de Mick Walker, rogándole que cuando me
llamaran entrase y le dijera a míster Quinion que
había ido a llevar mi maleta a casa de Tipp, dije
adiós a Fécula de patata y me fui.
Mi maleta continuaba en mi antiguo alojamiento al
otro lado del río. Había preparado, para pegar en
ella, una dirección escrita en el respaldo de una de
las tarjetas de expedición que pegábamos en las
cajas: «Míster David enviará a buscarla a la oficina
de la diligencia de Dover». Tenía la tarjeta en el
bolsillo y pensaba pegarla en cuanto estuviera fuera
de la casa. Mientras andaba miraba a mi alrededor,
para ver si encontraba a alguien que pudiera ayu-
darme a llevarla. En esto vi a un muchacho de pier-
nas largas, que llevaba un carrito enganchado a un
burro y que estaba cerca del obelisco en el camino
de Blackfriars; al pasar me encontré con su mirada
y me preguntó si le reconocería bien si le volvía a
ver, aludiendo sin duda a la fijeza con que le había
examinado. Me apresuré a asegurarle que no había
sido por descortesía, sino que estaba pensando si
no quería encargarse de un trabajo.
-¿Qué trabajo? -preguntó el muchacho de las
piernas lanzas.
-Llevar una maleta -contesté.
-¿Qué maleta? -insistió el joven.
Lo dije que la mía, que estaba allí, en aquella
misma calle, y que deseaba que por seis peni-
ques me la llevaran a la diligencia de Dover.
-Vaya por los seis peniques -dijo el muchacho.
Y subiendo al instante en su carrito, que se com-
ponía de tres tablas puestas sobre las ruedas, partió
tan diligente en la dirección indicada, que me costa-
ba trabajo seguir el paso de su burro.
Tenía unos modales desconcertantes aquel mu-
chacho y una manera muy molesta de mascar una
brizna de paja al hablar; pero el trato estaba hecho.
Le hice subir a la habitación que dejaba, cogió la
maleta, la bajó y la puso en su carrito. Yo no quería
todavía poner la dirección, por temor a que alguien
de la familia de mi propietario adivinara mis desig-
nios; le rogué, por lo tanto, que se detuviera al llegar
a la gran pared de la prisión de Bench King. Apenas
hube pronunciado estas palabras cuando partió
como si él, mi maleta, el carrito y el asno se hubie-
ran vuelto locos. Yo perdía la respiración a fuerza
de correr y de llamarle, hasta que le alcancé en el
sitio indicado.
Estaba rojo y excitado, y al sacar la tarjeta dejé
caer de mi bolsillo la media guinea. Me la metí en la
boca para mayor seguridad, y aunque mis manos
temblaban mucho, conseguí, con gran satisfacción,
colocar la tarjeta. De pronto recibí un violento golpe
en la barbilla, que me dio el chico de las piernas
largas, y vi mi media guinea pasar de mi boca a sus
manos.
-Vamos -dijo el joven agarrándome por el cuello
de la chaqueta con un horrible gesto-, asunto de
policía, ¿no es verdad? Y quieres huir, ¿no es así?
¡Ven, ven a la policía, granuja! ¡Ven a la comisaría!
-Déme mi dinero, haga el favor -dije yo, muy asus-
tado-, y déjeme en paz.
-Ven a la comisaría, y allí demostrarás que es tu-
ya.
-Deme mi maleta y mi dinero, ¿quiere usted?
-grité deshecho en lágrimas.
El joven todavía replicó: «Ven a la comisaría»,
arrastrándome con violencia al lado del asno, como
si hubiera alguna relación entre aquel animal y un
magistrado.
Después, cambiando de pronto de opinión, saltó
al carrito, se sentó encima de la maleta y, diciendo
que iba derecho a la comisaría, partió más deprisa
que nunca. Corrí tras él todo lo que pude; pero no
tenía aliento para llamarle, ni me hubiera atrevido a
hacerlo aunque hubiera podido. En un cuarto de
hora estuve veinte veces a punto de que me atrope-
llaran; tan pronto veía a mi ladrón como desaparec-
ía a mis ojos; después volvía a verle; después recib-
ía un latigazo de cualquier carretero; después me
insultaban, caía en el barro, me levantaba, chocaba
contra alguien, o me precipitaba contra un poste.
Por fin, sofocado por la camera y turbado por el
miedo de ver que Londres entero se pusiera a per-
seguirme, dejé al joven que se llevase mi maleta y
mi dinero donde quisiera. Ahogado y todavía lloran-
do seguí, sin detenerme, el camino de Greenwich,
que estaba en el camino de Dover, según había
oído decir, llevando hacia el retiro de mi tía Betsey
una parte de mis bienes casi tan pequeña como la
que traía la noche en que mi nacimiento tanto le
enfureció.
CAPÍTULO XIII
EL RESULTADO DE MI RESOLUCIÓN
No sé nada; pero creo que pensaba seguir co-
rriendo pasta Dover cuando renuncié a la persecu-
ción del muchacho del carrito y tomé el camino de
Greenwich. En todo caso, mis ilusiones se desva-
necieron pronto; me vi obligado a detenerme en la
carretera de Kent, cerca de una terraza que ador-
naba una fuente con una gran estatua en el centro.
Allí me senté en el umbral de una puerta, agotado
por los esfuerzos que acababa de hacer, y tan sofo-
cado, que apenas si tenía fuerzas para llorar, pen-
sando en mi maleta y en mi media guinea. Se había
hecho de noche, y mientras descansaba oí dar las
diez en los relojes; pero era verano y hacía calor.
Cuando recobré alientos y me tranquilicé emprendí
de nuevo el camino de Greenwich. Ni por un mo-
mento se me ocurrió volverme atrás. No sé si se me
hubiera ocurrido en el caso de encontrarme un pre-
cipicio en medio del camino.
Pero la escasez de mis recursos (tenía tres me-
dios peniques en el bolsillo y me pregunto cómo
estarían allí siendo sábado) no dejaba de preocu-
parme, a pesar de mi perseverancia. Empezaba a
figurarme un artículo en los periódicos anunciando
que me habían encontrado muerto bajo un árbol, y
andaba tristemente, aunque todo lo más deprisa
que podían mis piernas, cuando pasé por delante
de una puerta donde ponía que se compraban trajes
de hombre y de mujer y que pagaban bien los hue-
sos y los trapos viejos. El dueño de la tienda estaba
sentado a la puerta en mangas de camisa, con la
pipa en la boca; había muchos trajes y pantalones
suspendidos del techo, y todo aquello sólo estaba
alumbrado por dos candiles, de manera que parecía
un hombre que hubiera colgado allí a sus enemigos
y se regocijara con su venganza.
La experiencia que había adquirido con mistress
Micawber me sugirió, a la vista de aquello, un medio
de alejar algo el golpe fatal. Entré en una callejuela,
me quité el chaleco, lo doblé cuidadosamente y me
presenté en la puerta de la tienda.
-¿Hace usted el favor? -le dije- Quiero vender es-
to en lo que valga.
El señor Dollby (al menos Dollby era el nombre
que se leía encima de la puerta de la tienda) cogió
el chaleco, Puso la pipa en el montante de la puerta,
por encima de su cabeza, entró en la tienda seguido
Por mí, avivó los candiles con sus dedos, extendió
el chaleco sobre el mostrador y lo miró. Después
acercó la luz para verlo mejor, y por último dijo:
-¿Cuánto pide usted por este chalequito?
-Mejor sabrá usted ponerle precio que yo
-contesté con modestia.
-No puedo comprar y vender al mismo tiempo
-dijo míster Dollby-; póngale usted precio.
-Dieciocho peniques -insinué, después de muchas
cavilaciones.
Míster Dollby lo dobló de nuevo y me lo devolvió.
-Sería robar a mi familia -me dijo- el ofrecer nueve
peniques por él.
Esto era mirar el asunto desde un punto de vista
desagradable, pues suponía en mí, que era un ex-
traño, la antipática pretensión de querer que míster
Dollby robara a su familia en provecho mío. Sin
embargo, como no podía esperar, le dije que si
quería tomaría los nueve peniques. Míster Dollby,
no sin gruñir bastante, me los dio. Le di las buenas
noches y salí de la tienda con aquella suma de más
y el chaleco de menos; pero abrochándome la cha-
queta, ¡qué más daba!
En realidad estaba convencido de que la chaque-
ta tendría que seguir al chaleco y me consideraría
muy dichoso si llegaba a Dover aunque sólo fuera
con el pantalón y la camisa. Aquella perspectiva no
me preocupaba tanto como se podría suponer. Sal-
vo una impresión general de que el camino era lar-
go y de que el dueño del burro se había portado
cruelmente conmigo, creo que tenía un sentimiento
demasiado claro de la dificultad de mi empresa
cuando volví a ponerme en camino con mis nueve
peniques en el bolsillo.
Se me había ocurrido una idea para pasar la no-
che. Mi plan era acostarme al lado de la tapia de mi
antigua escuela, en un rincón donde antes solía
haber un almiar. Imaginaba que me sería grato el
tener a los chicos y la habitación donde acostum-
braba a contar las historias tan cerca de mí, aunque
ellos no supieran nada y la habitación no me presta-
ra su abrigo.
Había hecho una dura jornada y estaba muy can-
sado cuando llegué, por fin, a la altura de Blackhe-
ad. Me costó algún trabajo encontrar Salem House;
pero al fin la encontré, y hallé el almiar en el rincón,
y me acosté en él después de dar la vuelta a la es-
cuela y mirar hacia las ventanas. Todo estaba oscu-
ro y silencioso. Nunca olvidaré la sensación de so-
ledad del primer momento al acostarme en el suelo
sin un techo sobre mi cabeza.
El sueño descendió sobre mí como sobre tantas
otras criaturas sin hogar a quienes ladran los pe-
rros, y soñé que dormía en mi antiguo lecho del
colegio, hablando con mis compañeros, y me des-
perté con el nombre de Steerforth en los labios y
mirando perdidamente las estrellas, que brillaban
sobre mi cabeza. Cuando recordé dónde estaba a
aquellas horas tuve miedo, sin saber por qué. Me
levanté y eché a andar; pero las estrellas palidecían
y una débil claridad en el cielo anunciaba el día;
recobré el valor, y como estaba muy cansado, me
acosté y me dormí de nuevo, sintiendo durante mi
sueño un frío penetrante. Por fin, los rayos del sol y
la campana matinal de la pensión, que llamaba a los
colegiales a sus estudios, me despertaron. Si hubie-
ra creído que Steerforth podía estar todavía allí
habría vagado por los alrededores hasta conseguir
verlo; pero sabía que hacía mucho tiempo que se
había marchado. Traddles quizá estuviera todavía,
pero no estaba muy seguro, y además no confiaba
demasiado en su discreción ni en su habilidad para
contarle mi situación, a pesar de la buena opinión
que tenía de sus sentimientos. Me alejé mientras
mis antiguos compañeros se levantaban y emprendí
el camino por la larga carretera polvorienta que me
habían indicado, cuando formaba parte de los
alumnos de míster Creakle, como la de Dover en un
tiempo en que no podía ni figurarme que nadie pu-
diera verme un día viajando de ese modo por aquel
camino.
¡Qué distinta esta mañana de domingo de las ma-
ñanas de domingo en Yarmouth! Cuando llegó su
hora oí sonar las campanas de las iglesias y me
encontré con gentes que se dirigían a ellas; también
pasé por delante de una o dos iglesias mientras se
celebraba el culto: los cantos resonaban bajo la luz
del sol, y un sacristán que estaba a la sombra del
pórtico enjugándose la frente me miro con enojo al
verme pasar sin detenerme. La paz y el reposo de
los domingos reinaba en todas partes, excepto en
mi corazón. Me parecía que me acusaba y denun-
ciaba a los fieles observadores de la ley del do-
mingo por el polvo que me cubría y por mis revuel-
tos cabellos. Sin el recuerdo, siempre presente a
mis ojos, de mi madre en todo el esplendor de su
belleza y de su juventud, sentada delante del fuego
y llorando, y mi tía enterneciéndose un momento
sobre ella, no sé si habría tenido valor para conti-
nuar mi camino. Pero aquella fantasía de mi imagi-
nación andaba todo el tiempo ante mis ojos y yo la
seguía.
Aquel día anduve veintitrés millas por la carretera,
aunque con dificultad, pues no estaba acostumbra-
do a ello. Todavía me veo, a la caída de la tarde,
atravesando el puente de Rochester y comiéndome
el pan que había reservado para la cena. Una o dos
casitas con el rótulo de «Alojamiento para viajeros»
eran para mí una tentación; pero no me atrevía a
gastar los pocos peniques que me quedaban, y
además me asustaban los rostros sospechosos de
los vagabundos que encontraba en ellas y pasaba
de largo. Por lo tanto, como la noche anterior, sólo
pedí su abrigo al cielo, y llegué penosamente a
Chathans, que en las tinieblas de la noche era como
un sueño de cal, de puentes levadizos, de barcos
sin palos anclados en un río de fango. Me deslicé
por un sitio cubierto de musgo que daba a una calle-
juela, y me acosté al lado de un cañón. El centinela
que estaba de guardia andaba de arriba abajo, y
tranquilizado por su presencia, aunque él ni siquiera
suponía la mía, como tampoco la suponían la víspe-
ra mis compañeros, me dormí profundamente hasta
la mañana.
Muy cansado y con los pies doloridos me des-
perté aturdido por el sonar de los tambores y por el
ruido de los pasos de los soldados que parecían
rodearme por todas partes. Sentí que no podía it
más lejos aquel día, si es que quería tener fuerzas
para llegar al fin de mi viaje. En consecuencia eché
a andar por una calle estrecha, decidido a hacer de
la venta de mi chaqueta el asunto del día. Me la
quité para irme acostumbrando a ir sin ella, y po-
niéndomela debajo del brazo empecé mi ronda de
inspección por todas las tiendas de reventa.
El sitio era bien elegido para ello, pues las casas
de compraventa eran muy numerosas y sus dueños
estaban a la puerta en espera de los clientes; pero
la mayoría de los escaparates ostentaban uno o dos
trajes de oficial, con sus charreteras y todo, a intimi-
dado por aquel esplendor dudé mucho antes de
atreverme a ofrecerle a nadie mi chaqueta.
Aquella modestia atrajo mi atención hacia las
tiendas donde se vendían los andrajos de los mari-
neros y hacia las del estilo de la de míster Dollby.
Me habrían parecido demasiadas pretensiones diri-
girme a las de mayor categoría. Por fin descubrí una
tiendecita cuyo aspecto me pareció propicio; en el
rincón de una callejuela que terminaba en un campo
de ortigas, rodeada de una valla cargada de trajes
de marinero mezclados con fusiles viejos, cunas de
niños, sombreros de hule y cestos llenos de tal can-
tidad de llaves mohosas, que la colección parecía lo
bastante rica para abrir todas las puertas del mun-
do.
En aquella tienda, que era pequeña y baja y esta-
ba casi a oscuras, pues sólo la iluminaba una ven-
tanita pequeña, casi tapada por los trapos colgados
por delante, y donde había que entrar bajando algu-
nos escalones, penetré con el corazón palpitante.
Mi temor aumentó cuando un horrible viejo de barba
gris salió precipitadamente de su antro y me cogió
de los cabellos. Era un viejo horrible, que olía mu-
cho a ron y llevaba un chaleco de franela muy sucio.
Su lecho, cubierto con un trozo de tela desgarrada,
estaba colocado en el agujero que acababa de
abandonar y que iluminaba otra ventanita, por la
que también se veía un campo de ortigas donde
pastaba un burro cojo.
-¿Qué quieres? -gritó el hombre en un tono feroz
y monótono-. ¡Ay mis ojos! ¡Ay! ¿Qué quieres? ¡Ay
mis piernas! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu goruu!
Me asustaron de tal modo sus palabras, y sobre
todo la última exclamación, que parecía una especie
de mugido desconocido, que no pude contestar
nada. El viejo, que todavía no había soltado mis
cabellos, repuso:
-¡Ay! ¿Qué quieres? ¡Ay mis ojos! ¡Ay mis pulmo-
nes! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu goruu!
Y lanzó aquel último grito con tal energía, que pa-
recía que se le iban a saltar los ojos.
-Desearía saber -dije temblando- si querría usted
comprarme una chaqueta.
-¡Veamos la chaqueta! -gritó el viejo- ¡Ay, tengo
fuego en el corazón! ¡Veamos la chaqueta! ¡Ay mis
ojos y mis pulmones! ¡Veamos la chaqueta!
Por fin soltó mis cabellos, y con sus manos tem-
blorosas, que parecían las garras de un pájaro
monstruoso, colocó en su nariz unos lentes que no
favorecían mucho a sus inflamados ojos.
¿Cuánto pides por esta chaqueta? -gritó después
de examinarla-. ¡Ay, goruu goruu! ¿Cuánto pides
por ella?
-Media corona -respondí, tranquilizándome un po-
co.
-¡Ay mis pulmones y mi estómago! No -gritó el vie-
jo-. ¡Ay mis ojos! ¡No, no, no! ¡Dos chelines, goruu,
goruu!
Cada vez que lanzaba aquella exclamación parec-
ía que se le iban a saltar los ojos, y pronunciaba
todas las palabras con el mismo sonsonete y como
el viento, que a veces es suave, a veces escala
montañas o a veces vuelve a hacerse suave. No
hay otra comparación.
-Pues bien -dije, encantado de haber terminado la
venta-, acepto los dos chelines.
-¡Ay mi estómago! -gritó el viejo arrojando la cha-
queta a un estante- ¡Vete! ¡Ay mis pulmones! ¡Sal
de la tienda! ¡Ay mis ojos, goruu, goruu! No me pi-
das dinero. Mejor será que hagamos un cambio.
En mi vida he pasado tanto miedo; pero le dije
humildemente que necesitaba el dinero, y que cual-
quier otra cosa me resultaba inútil. únicamente dije
que esperaría fuera si así lo deseaba, y que no
tenía ninguna prisa. Salí de la tienda y me senté a la
sombra, en un rincón. El tiempo pasaba, el sol llegó
hasta mí, luego se retiró, y yo seguía esperando mi
dinero.
Por el honor de la luz del sol quiero suponer que
nunca ha habido otro loco ni borracho semejante en
el negocio de la compraventa. Aquel viejo era muy
conocido en los alrededores y tenía fama de haber
vendido su alma al diablo. Lo supe pronto por las
visitas que recibía de todos los chiquillos de la ve-
cindad, que hacían a cada instante irrupción en su
tienda, gritándole en nombre de Satanás que les
diera su dinero. «No eres pobre, por mucho que
digas, demasiado lo sabes, Charley. Enséñanos tu
oro; enséñanos el oro que el diablo te ha dado a
cambio de tu alma. Anda, ve a buscarlo al jergón,
Charley, no tienes más que descoserle y dárnoslo.»
Estos gritos, acompañados del ofrecimiento de un
cuchillo para abrir el jergón, le exasperaban a tal
punto, que se pasaba el día sobre los chicos, que
luchaban con él un momento y después escapaban
de sus manos. A veces, en su rabia, me tomaba por
uno de ellos y se lanzaba contra mí, gesticulando
como si fuera a destrozarme; pero me reconocía a
tiempo y volvía a meterse en la tienda y a echarse
en su lecho, lo que intuía por la dirección de su voz.
Allí rugía en su tono de costumbre la Muerte de
Nelson, colocando un ¡ay! delante de cada verso y
sembrándolo de innumerables ¡goruu, goruu! Para
colmo de mis desgracias, los chicos de los alrede-
dores, creyendo que pertenecía al establecimiento,
al ver la perseverancia con que permanecía a medio
vestir sentado delante de la puerta, me tiraban pie-
dras insultándome.
Todavía hizo muchos esfuerzos aquel hombre pa-
ra convencerme de que debíamos hacer un cambio.
Una vez apareció con una caña de pescar, otra con
un violín; también me ofreció sucesivamente un
sombrero de tres picos y una flauta. Pero yo resistí
a todas aquellas tentaciones y continué delante de
la puerta, desesperado, conjurándole con lágrimas
en los ojos para que me diera mi dinero o mi cha-
queta. Por fin empezó a pagarme en medios peni-
ques y pasaron dos horas antes de que llegásemos
a un chelín.
-¡Ay mis ojos! ¡Ay mis piernas! -empezó a gritar
entonces, asomando su horrible rostro fuera de la
tienda, ¿Quieres conformarte con dos peniques
más?
-No puedo -respondí-; me moriría de hambre.
-¡Ay mis pulmones y mi estómago! ¿Tres peni-
ques?
-Si pudiera no estaría regateando por unos peni-
ques -le dije-; pero necesito ese dinero.
-¡Ay, goruu, goruu!
Es imposible transcribir la expresión que dio a su
exclamación oculto tras de la puerta, sin asomar
más que su maligno rostro.
-¿Quieres marcharte con cuatro peniques?
Estaba tan agotado, tan rendido, que acepté,
cansado de aquella lucha; y cogiendo el dinero de
sus garras, un poco tembloroso, me alejé un mo-
mento antes de que acabara de ponerse el sol, con
más hambre y más sed que nunca. Pero pronto me
repuse por completo gracias a un gasto de tres pe-
niques y, reanudando valerosamente mi camino,
anduve siete millas aquella tarde.
Me refugié para pasar la noche al lado de otro al-
miar y dormí profundamente, después de haber
lavado mis pies doloridos en un arroyo cercano y de
haberlos envuelto en hojas frescas. Cuando volví a
ponerme en camino, al día siguiente por la mañana,
vi extenderse por todas partes ante mis ojos cam-
pos en flor y huertos. La estación estaba ya lo bas-
tante adelantada y los árboles estaban cubiertos de
manzanas maduras y la recolección empezaba en
algunos sitios. La belleza del campo me sedujo
infinitamente y decidí que aquella noche me acos-
taría en medio de los campos, imaginándome que
sería grata compañía la larga perspectiva de ramas
con sus hojas graciosamente enroscadas a su alre-
dedor.
Aquel día tuve varios encuentros que me inspira-
ron un terror cuyo recuerdo todavía está vivo en mi
imaginación. Entre las gentes que vagaban por la
carretera vi muchos desgraciados que me miraban
ferozmente y que me llamaban cuando les había
adelantado diciéndome que me acercara a hablar-
les, y que cuando empezaba a correr huyendo me
tiraban piedras. Recuerdo sobre todo a un joven
latonero ambulante lo recuerdo con su mochila y su
rejuela; le acompañaba una mujer, y me miró de un
modo tan terrible y me gritó de tal modo que me
acercara, que me detuve y me volví a mirarle.
-Ven cuando se te llama -dijo el latonero- o te sa-
co las tripas.
Pensé que era mejor acercarme. Cuando estuve
cerca, mirándole para tratar de apaciguarlo, observé
que la mujer tenía un ojo amoratado.
-¿Dónde vas? -me dijo el latonero cogiéndome de
la pechera de la camisa con su mano negra.
-A Dover --dije.
-¿De dónde vienes? -insistió agarrándome más
fuerte para estar bien seguro de que no me esca-
paría.
-De Londres.
-¿Y qué piensas hacer? ¿No serás un raterillo?
-No.
-¡Ah! ¿No te quieres confesar? Vuelve a decir que
no y te abro la cabeza.
Hizo con la mano que tenía libre ademán de pe-
garme y, después, me miró de pies a cabeza.
-¿Llevas encima el precio de un vaso de cerveza?
-preguntó el latonero- Si es así dámelo pronto, an-
tes de que yo te lo quite.
Seguramente habría cedido si en aquel momento
no me hubiera encontrado con la mirada de la mu-
jer, que me hizo una seña imperceptible con la ca-
beza y movió los labios como diciéndome: «No».
-Soy muy pobre --dije tratando de sonreír- y no
llevo dinero. .
-Vamos, ¿qué significa eso? -dijo el latonero
mirándome tan furioso que por un momento creí
que veía mi dinero a través del bolsillo.
-Señor... -balbucí.
-¿Qué quiere decir eso? -repuso él-. ¿Llevas la
corbata de seda de mi hermano! Quítatela, pronto.
Y me quitó la corbata de un tirón y se la arrojó a la
mujer.
Ella se echó a reír como si lo tomara a broma, y
arrojándomela de nuevo me hizo otra seña con la
cabeza, mientras sus labios formaban la palabra
«vete». Antes de que pudiera obedecerla el latonero
me arrancó la corbata de las manos con tal brutali-
dad que me dejó temblando como una hoja. La
anudó alrededor de su cuello y después, volviéndo-
se hacia la mujer y jurando la tiró al suelo.
No olvidaré nunca lo que sentí al verla caer sobre
las piedras de la carretera, donde quedó tendida. Su
cofia se había desprendido con la violencia del cho-
que y sus cabellos se mancharon de barro. Cuando
estuve un poco más lejos, me volví a mirarlos y vi
que estaba sentada a un lado del camino, enjugán-
dose con una punta del mantón la sangre que corría
por su rostro. El latonero continuaba andando.
Esta aventura me asustó de tal modo que, desde
aquel momento. en cuanto me parecía ver a lo lejos
a cualquier vagabundo, volvía sobre mis pasos para
esconderme y permanecía quieto hasta perderle de
vista. Esto se repetía con tal frecuencia que mi viaje
se retrasó seriamente. Pero en aquella dificultad,
como en todas las demás de mi empresa, me sentía
sostenido y arrastrado por el cuadro que me había
trazado de mi madre en su juventud, antes de mi
llegada a este mundo. Aquella idea me acompaña-
ba en medio de los campos cuando me acostaba
para dormir y, al despertar, la encontraba delante de
mí caminando todo el día. Desde entonces su re-
cuerdo está siempre asociado en mi imaginación
con el de la calle ancha de Canterbury, que parecía
dormitar bajo los rayos del sol, y con el espectáculo
de las casas antiguas, de la catedral y de los cuer-
vos que volaban por sus torres. Cuando llegué, por
fin, a los áridos arenales que rodean Dover, esta
imagen querida me devolvió la esperanza en medio
de mi soledad y no me abandonó hasta que conse-
guí el primer objetivo de mi viaje y pisé la ciudad, el
sexto día después de mi evasión. Pero entonces,
cosa extraña, cuando me encontré con mis zapatos
rotos, mis ropas destrozadas, la cabeza desgreñada
y polvorienta y la tez quemada por el sol, en el lugar
hacia el cual habían tendido todos mis deseos, la
visión que me animaba se desvaneció de pronto
como un sueño y me encontré solo, desanimado y
abatido.
En primer lugar pregunté a unos barqueros si al-
guno de ellos conocía a mi tía, pero recibí muchas
respuestas contradictorias. Uno me decía que vivía
hacia el sur, cerca del faro, y que se había chamus-
cado los bigotes; otro que vivía en la parte fangosa
de más allá del puerto y que sólo se la podía ver
cuando estaba la marea baja; un tercero que estaba
encerrada en la cárcel de Maidstone por ladrona de
niños; un cuarto, por último, dijo que en la última
galerna la había visto, montada en una escoba,
camino de Calais. Los cocheros, a quienes me dirigí
después, no fueron menos complacientes ni más
respetuosos; en cuanto a los comerciantes, poco
tranquilos por mi aspecto, me respondían, sin escu-
charme, que no podían darme nada. Entonces me
sentí mucho más desgraciado y más abandonado
que durante todo mi viaje. Ya no tenía nada de dine-
ro ni nada que vender; sentía hambre y sed, estaba
agotado, y me veía más lejos de mi fin que cuando
estaba en Londres.
Se me fue la mañana en las pesquisas y estaba
sentado en los escalones de una tienda desalquila-
da, en el rincón de una calle, cerca de la plaza del
Mercado, reflexionando en si debería tomar el ca-
mino de los pueblos de los alrededores, de los cua-
les me había hablado Peggotty, cuando de un co-
che de alquiler que pasaba se le cayó la manta al
caballo. La recogí y la buena cara del cochero me
animó a preguntarle, al devolvérsela, si sabría la
dirección de miss Trotwood, aunque ya había hecho
tantas veces sin éxito la pregunta que casi expiró en
mis labios.
-¿Trotwood? Yo conozco ese nombre. ¿Una se-
ñora vieja? -Sí, casi -respondí.
-¿Muy tiesa? --continuó, enderezándose-. ¿Qué
lleva un bolso donde podía caber toda la casa... y
algo brusca, algo dura con la gente?
El corazón me dejó de latir al reconocer la exacti-
tud evidente de la descripción.
-Pues bien; si subes por allí -y me señalaba con el
látigo las alturas- y sigues derecho hasta llegar a las
casas que dan al mar, creo que tendrás noticias
suyas. Pero mi opinión es que no te dará gran cosa.
Toma para ti un penique.
Acepté el regalo con agradecimiento y compré
pan, que me comí mientras tomaba el camino indi-
cado. Anduve bastante tiempo antes de llegar a las
casas que me había señalado; pero por fin las vi.
Entré en una tiendecita donde vendían toda clase
de cosas, preguntando si tendrían la bondad de
decirme dónde vivía miss Trotwood. Me dirigí a un
hombre que estaba detrás del mostrador pesando
arroz para una muchacha; pero fue la muchacha
quien contestó a mi pregunta, volviéndose con vive-
za.
-¡Mi señora! -dijo-. ¿Para qué la quieres?
-Necesito hablarle, si me hicieran el favor -dije. .
-¿Quieres decir pedirle limosna? -replicó ella.
-No, de verdad -dije.
Después, dándome cuenta de pronto que en rea-
lidad no tenía otro objeto, enrojecí hasta las orejas y
guardé silencio.
La criada de mi tía (por lo menos supuse que lo
era por sus palabras) guardó el arroz en su cesta y
salió de la tienda diciéndome que podía seguirla si
quería saber dónde vivía miss Trotwood. No me lo
hice repetir, aunque había llegado a tal grado de
terror y de consternación que no me sostenían las
piernas. Seguí a la muchacha y pronto llegamos
ante una preciosa casita adornada con miradores y
con un pequeño jardín lleno de flores muy bien cui-
dadas que exhalaban un perfume delicioso.
-Esta es la casa --dijo la muchacha-. Ya lo sabes,
y es todo lo que tengo que decirte.
Y se metió precipitadamente como para sacudirse
toda la responsabilidad de mi visita. Yo me quedé
de pie al lado de la verja mirando tristemente hacia
las ventanas. Por una de ellas se veía una cortinilla
de muselina entreabierta, un gran biombo verde,
una mesita y un butacón, que me sugirió la idea de
que mi tía quizá en aquel momento estaba sentada
en él majestuosamente.
Mis zapatos habían llegado al estado más lamen-
table. La suela se había ido a pedazos, y lo de en-
cima estaba tan sumamente destrozado, que no
parecían haber sido nunca zapatos. El sombrero,
que, entre paréntesis, me había servido de gorro de
dormir, estaba tan arrugado y abollado que hasta a
una cazuela vieja y sin asas de un basurero la habr-
ía avergonzado la comparación. Mi camisa y mi
pantalón, sucios de sudor, de la hierba y la tierra
que me habían servido de lecho, eran unos pingajos
y, mientras permanecía de pie ante la puerta, pen-
saba que podía servir de espantapájaros. No me
había vuelto a peinar desde mi salida de Londres y
mi rostro, mi cuello y mis manos, poco acostumbra-
dos al aire, estaban abrasados por el sol, y todo yo
cubierto de polvo de arriba abajo, casi tan blanco
como si saliera de un horno de cal. En aquel estado
y con plena conciencia de ello estaba esperando
para presentarme a mi temible tía y causarle la pri-
mera impresión.
Nada se movía en aquella ventana, por lo que su-
puse, al cabo de un momento, que no estaría allí.
Levanté la vista hacia las ventanas del piso de en-
cima y vi asomado a un caballero de rostro agrada-
ble y sonrosado, de cabellos grises, que me guiña-
ba un ojo de un modo grotesco, haciéndome dos o
tres veces gestos contradictorios con la cabeza. Tan
pronto me decía que sí como que no, y, por último,
echándose a reír, desapareció.
Yo estaba muy desconcertado pero la conducta
inesperada de aquel hombre terminó de desconcer-
tarme, y estaba a punto de escapar sin decir nada,
para reflexionar en lo que debía hacer, cuando de la
casa salió una señora con un pañuelo atado por
encima de su cofia. Llevaba guantes de jardinera,
un delantal con grandes bolsillos y un cuchillo
enorme. A1 momento reconocí en ella a mi tía, pues
salía de la casa con el mismo paso majestuoso que
llevaba, y que mi pobre madre me había descrito,
cuando la vio entrar en nuestro jardín de Bloonders-
tone.
-¡Vete! -exclamó miss Betsey sacudiendo la cabe-
za y gesticulando de lejos con su cuchillo-. ¡Vete!
¡No quiero chicos aquí!
Yo la miré temblando, con el corazón en los la-
bios, mientras se dirigía con paso decidido a un
rincón del jardín, donde se inclinó a sacar de raíz
una plantita. Entonces, sin la menor esperanza,
pero con el valor de la desesperación, me acerqué
con suavidad a ella y la toqué con la punta de un
dedo.
-Señora, ¿si hiciera usted el favor? -empecé.
Ella se estremeció y levantó los ojos.
-Tía, ¿si hiciera usted el favor...?
-¿Eh? ---dijo mi tía en un tono de sorpresa tal que
en mi vida he oído nada semejante.
-Tía, ¿si hiciera usted el favor? Soy su sobrino.
-¡Oh Dios mío! ---dijo mi tía, y se dejó caer senta-
da en el suelo del jardín.
-Soy David Copperfield, de Bloonderstone, en So-
offolk, donde estuvo usted la noche de mi nacimien-
to y vio a mi querida madre. Soy muy desgraciado
desde que ella ha muerto. Me han abandonado; no
se han ocupado de que estudie; me han abandona-
do a mis propias fuerzas y me han dado un trabajo
para el que no estoy hecho. Me he escapado para
venir a buscarla a usted y me han robado en el
momento de mi evasión; he caminado todo el tiem-
po sin acostarme en una cama desde mi partida.
Aquí el valor me abandonó de pronto y, levantan-
do las manos para enseñarle mis andrajo y todo lo
que había sufrido, yo creo que vertí todas las lágri-
mas que tenía en el corazón desde hacía ocho días.
Hasta aquel momento la fisonomía de mi tía sólo
había expresado sorpresa. Sentada en la arena me
miraba a la cara; pero cuando me eché a llorar se
levantó precipitadamente, me agarró del cuello y me
llevó a la casa. Lo primero que hizo fue abrir un
gran armario, coger varias botellas y verter parte de
su contenido en mi boca. Supongo que las cogió al
azar y sin elegir, pues me dio anisete, salsa de an-
choas y un preparado para la ensalada. Después de
administrarme estos remedios, como mi estado
nervioso no me dejaba contener los sollozos, me
hizo echar en el sofá con un chal debajo de la cabe-
za y el pañuelo que adomaba la suya bajo mis pies,
para que no ensuciara la tela. Después se sentó
detrás del biombo verde del que ya he hablado, lo
que me impedía ver su rostro. A intervalos lanzaba
exclamaciones de «¡Misericordia!», como cañona-
zos de desesperación.
Al cabo de un momento llamó:
-Janet -dijo mi tía cuando entró la criada-, sube a
saludar de mi parte a míster Dick y dile que querría
hablarle.
Janet pareció un poco sorprendida de verme en el
sofá como una estatua, pues no me atrevía a mo-
verme por temor a disgustar a mi tía; pero se fue a
cumplir la orden. Entre tanto mi tía se paseaba de
arriba abajo por la habitación, con las manos en la
espalda, hasta que el señor que me había hecho
gestos desde la ventana entró riéndose.
-Míster Dick -le dijo mi tía-, sobre todo nada de
tonterías, pues nadie puede ser más sensato que
usted cuando le da la gana. Todos lo sabemos. Por
lo tanto, nada de tonterías; se lo ruego.
El se puso serio inmediatamente y me miró con
una cara que yo interpreté como un ruego para que
no hablara del incidente de la ventana.
-Míster Dick -continuó mi tía-, usted me ha oído
hablar de David Copperfield. No vaya a hacer como
que no se acuerda, pues sé tan bien como usted
que sí.
-¿David Copperfield? --dijo míster Dick, que me
parecía no tener recuerdos muy claros sobre el
asunto-. ¿David Copperfield? ¡Ah, sí, sin duda; Da-
vid, es verdad!
-Pues bien -dijo mi tía-. Este es su hijo, que se pa-
recería exactamente a él si no fuera también exac-
tamente el retrato de su madre.
-¿Su hijo? ¿El hijo de David? ¿Es posible?
-Sí -dijo mi tía-. Y acaba de dar un buen golpe; se
ha escapado. ¡Ah! No habría sido su hermana, Bet-
sey Trotwood, quien se hubiera escapado.
Entre tanto sacudía la cabeza, convencida, llena
de confianza en el carácter y la conducta discreta
de aquella niña que no había nacido.
-¡Ah! ¿Cree usted que ella no se hubiera escapa-
do? --dijo míster Dick.
-¡Dios mío! ¿Es posible? --dijo mi tía-. ¿En qué
está usted pensando? ¿Acaso no sé lo que me
digo? Habría vivido siempre con su madrina, y habr-
íamos sido muy dichosas las dos. ¿Dónde quiere
usted que su hermana se hubiera escapado y por
qué?
-No sé -dijo míster Dick.
-Pues bien -repuso mi tía, dulcificada por la res-
puesta-, ¿por qué se hace usted el tonto, cuando es
agudo como la lanceta de un cirujano? Ahora usted
ve al pequeño David Copperfield, y la pregunta que
quería hacerle es esta: ¿Qué debo hacer?
-¿Lo que usted debe hacer? -dijo míster Dick con
voz apagada, rascándose la frente, ¿Qué debe
hacer?
-Sí ---dijo mi tía mirándole seriamente y levantan-
do el dedo-. ¡Atención, porque necesito un consejo
trascendental!
-Pues bien; si yo estuviera en su lugar -dijo míster
Dick reflexionando y lanzándome una mirada vaga-
yo...(aquella mirada pareció proporcionarle una
repentina inspiración, y añadió vivamente): yo le
daría un baño.
-Janet -dijo mi tía volviéndose con una sonrisa de
triunfo que yo no comprendía todavía-. Míster Dick
siempre tiene razón; prepare el baño.
A pesar de lo que me interesaba la conversación
no podía por menos, durante todo el tiempo, obser-
var a mi tía y a míster Dick y hasta a Janet, y acabar
el examen de la habitación en que me encontraba.
Mi tía era alta; sus rasgos eran pronunciados, sin
ser desagradables; su rostro, su voz, su aspecto y
su modo de andar, todo indicaba una inflexibilidad
de carácter que era suficiente para explicarse el
efecto que había causado sobre una criatura tan
dulce como mi madre. Pero debía de haber sido
bastante guapa en su juventud a pesar de su expre-
sión de altanería y austeridad. Pronto observé que
sus ojos eran vivos y brillantes; sus cabellos grises
formaban dos trenzas contenidas por una especie
de cofia muy sencilla, que se llevaba más entonces
que ahora, con dos cintas que se anudaban en la
barbilla; su traje era de algodón y muy limpio, pero
su sencillez indicaba que a mi tía le gustaba estar
libre en sus movimientos. Recuerdo que aquel traje
me hacía el efecto de una amazona a la que hubie-
ran cortado la falda; llevaba un reloj de hombre, a
juzgar por la forma y el tamaño, colgado al cuello
por una cadena, y los puños se parecían mucho a
los de las camisas de hombre.
Ya he dicho que míster Dick tenía los cabellos gri-
ses y el cutis fresco; llevaba la cabeza muy inclina-
da, y no era por la edad; me recordaba la actitud de
los alumnos de míster Creackle cuando se acercaba
a pegarles. Sus grandes ojos grises eran prominen-
tes y brillaban con una luz húmeda y extraña, lo
que, unido a sus modales distraídos, su sumisión
hacia mi tía y su alegría de niño cuando ella le hacía
algún cumplido, me hizo pensar que debía de estar
un poco chiflado, aunque me costaba trabajo expli-
carme cómo vivía, en ese caso, con mi tía. Iba ves-
tido como todo el mundo, con una chaqueta gris y
un pantalón blanco; llevaba un reloj en el bolsillo del
chaleco, y dinero, que hasta hacía sonar a veces
como si estuviera orgulloso de ello.
Janet era una linda muchacha, de unos veinte
años, perfectamente limpia y bien arreglada. Aun-
que mis observaciones no se extendieron más allá
entonces, ahora puedo decir lo que sólo descubrí
después, y es que formaba parte de una serie de
protegidas que mi tía había ido tomando a su servi-
cio expresamente para educarlas en el horror al
matrimonio, lo que hacía que generalmente termi-
nasen casándose con el repartidor del pan.
La habitación estaba tan bien arreglada como mi
tía y Janet. Dejando la pluma un momento para
reflexionar, he sentido de nuevo el aire del mar
mezclado con el perfume de las flores; he vuelto a
ver los viejos muebles tan primorosamente cuida-
dos: la silla, la mesa y el biombo verde, que per-
tenecía exclusivamente a mi tía-, la tela que cubría
la tapicería, el gato, los dos canarios, la vieja porce-
lana, la ponchera llena de hojas de rosa secas, el
armario lleno de botellas y, en fin, lo que no estaba
nada de acuerdo con el resto, mi sucia persona,
tendida en el sofá y observándolo todo.
Janet se había marchado a preparar el baño
cuando mi tía, con gran terror por mi parte, cambió
de pronto de cara y se puso a gritar indignadísima
con voz ahogada:
-Janet, ¡los burros!
Al oír esto Janet subió de la cocina como si hubie-
ra fuego en la casa y se precipitó a un pequeño
prado que había delante del jardín y arrojó de allí a
dos burros que habían tenido el atrevimiento de
meterse en él montados por dos señoras, mientras
que mi tía, saliendo también apresuradamente y co-
giendo por la brida a un tercer animal, montado por
un niño, lo alejó de aquel lugar respetable dando un
par de bofetones al desgraciado chico, que era el
encargado de conducir los burros y se había atrevi-
do a profanar el lugar consagrado.
Todavía ahora no sé si mi tía tenía derechos posi-
tivos sobre aquella praderita; pero en su espíritu
había resuelto que le pertenecía, y era suficiente.
No se le podía hacer más sensible ultraje que dejar
que un burro pisase aquel césped inmaculado. Por
absorta que estuviera en cualquier ocupación; por
interesante que fuera la conversación en que toma-
ra parte, un asno era suficiente para romper al ins-
tante el curso de sus ideas y se precipitaba sobre él
al momento.
Cubos de agua y regaderas estaban siempre pre-
parados en un rincón para lanzarlos sobre los asal-
tantes; y había palos escondidos detrás de la puerta
para dar batidas de vez en cuando. Era un estado
de guerra permanente. Hasta creo que era una
distracción agradable para los chicos que conducían
los burros, y hasta quizá los más inteligentes de
ellos, sabiendo lo que ocurría, les gustaba más (por
la terquedad que forma el fondo de los caracteres)
pasar por aquel camino. únicamente sé que hubo
tres asaltos mientras se me preparaba el baño, y
que en el último, el más temible de todos, vi a mi tía
emprender la lucha con un chico muy duro de molle-
ra, de unos quince años, a quien golpeó la cabeza
dos o tres veces contra la verja del jardín antes de
que pudiera comprender de qué se trataba. Estas
interrupciones me parecían tanto más absurdas
porque en aquellos momentos estaba precisamente
dándome caldo con una cucharilla, convencida de
que me moría de hambre y no podía recibir el ali-
mento más que a pequeñas dosis y, de vez en
cuando, en el momento en que yo tenía la boca
abierta, dejaba la cuchara en el plato, gritando: «
Janet, ¡burros!», y salía corriendo a resistir el asalto.
El baño me reconfortó mucho. Había empezado a
sentir dolores agudos en todos los miembros a con-
secuencia de las noches a cielo raso, y estaba tan
cansado, tan abatido, que me costaba trabajo per-
manecer despierto. Después del baño, mi tía y Ja-
net me vistieron con una camisa y un pantalón de
míster Dick y me envolvieron en dos o tres grandes
chales. Debía de parecer un envoltorio grotesco; en
todo caso, tenía mucho calor. Me sentía muy débil y
muy adormilado; me tendí de nuevo en el sofá y me
quedé dormido.
Quizá sería mi sueño consecuencia natural de la
imagen que había ocupado tanto tiempo mi imagi-
nación; pero me desperté con la sensación de que
mi tía se había inclinado hacia mí, me había aparta-
do los cabellos de la frente y arreglado la almohada
que sostenía mi cabeza; después me estuvo con-
templando largo rato. Las palabras «¡pobre niño! »
parecieron también resonar en mis oídos; pero no
me atrevería a asegurar que mi tía las había pro-
nunciado, pues al despertarme estaba sentada al
lado de la ventana, mirando al mar, oculta tras su
biombo mecánico, que podía volverse hacia donde
ella quería.
Nada más despertarme sirvieron la comida, que
se componía de un pudding y de un pollo asado. Me
senté a la mesa con las piernas encogidas como un
pájaro y moviendo los brazos con dificultad; pero
como había sido mi tía quien me había empaqueta-
do de aquel modo con sus propias manos, no me
atreví a quejarme. Estaba muy preocupado por sa-
ber lo que sería de mí; pero como ella comía en el
más profundo silencio, limitándose a mirarme con
fijeza de vez en cuando y a suspirar «¡Misericor-
dia!», no contribuía demasiado a calmar mis inquie-
tudes.
Cuando quitaron el mantel trajeron jerez, y mi tía
me dio un vasito, y después envió a buscar a míster
Dick, que llegó enseguida. Cuando ella le rogó que
escuchara mi historia, haciéndomela contar gra-
dualmente en respuesta a una serie de preguntas,
él la escuchó con su expresión más grave. Durante
mi relato tuvo los ojos fijos en míster Dick, que sin
ello se habría dormido, y cuando trataba de sonreír
mi tía le llamaba al orden frunciendo las cejas.
-No puedo concebir cómo se le ocurrió a aquella
pobre niña volverse a casar --dijo mi tía cuando
terminé.
-Quizá se había enamorado de su segundo mari-
do -sugirió míster Dick.
-¡Amor! -dijo mi tía-. ¿Qué quiere usted decir?
¿Qué necesidad tenía de ello?
-Quizá -balbució míster Dick, después de pensar
un poco-, quizá le gustaba.
-¡Vaya un gusto! -replicó mi tía- ¡Bonito gusto para
la pobre niña el confiarse a una mala persona, que
no podría por menos de engañarla de un modo o de
otro! ¿Qué es lo que se proponía? ¡Me gustaría
saberlo! Había tenido un marido, había encontrado
en el mundo a David Copperfield, a quien siempre,
desde que nació, le habían entusiasmado las mu-
ñecas de cera. Había tenido un niño. ¡Oh, era una
buena pareja de chiquillos! Cuando dio vida a este
que está sentado aquí, aquel viernes por la noche,
¿qué más podría desear?
Míster Dick sacudió misteriosamente su cabeza
hacia mí, como si pensara que no había nada que
contestar a aquello.
-Ni siquiera ha podido tener una niña como otra
persona cualquiera. ¿Y dónde está la hermana de
este niño, Betsey Trotwood? ¡Mira que no nacer!
¡Calle usted, por Dios!
Míster Dick parecía asustado.
-Y aquel mediquillo, con su cabeza de medio lado
-continuó mi tía-, Jellys o algo así era su nombre,
¿qué hacía allí? Todo lo que sabía era decirme
como un lila, que es lo que era: «¡Es un niño, un
niño!» ¡Oh, qué imbecilidad la de toda aquella gen-
te!
La dureza de su expresión turbó mucho a míster
Dick, y a mí también, para ser franco.
-Y además, como si eso no fuera bastante, como
si no hubiera perjudicado ya bastante a la hermana
de este niño, Betsey Trotwood -añadió mi tía-, se
vuelve a casar, se casa con un Murderer, con un
hombre que se llamaba algo así, para perjudicar a
su hijo. Tenía que ser todo lo niña que era para no
prever lo que ha ocurrido y que su niño llegaría un
día en que se vería errante por el mundo, como
Caín, antes de crecer.
Míster Dick me miró fijamente para identificarme
bajo aquel aspecto.
-Y además aquella mujer con nombre de pagano
-dijo mi tía-, aquella Peggotty, que también se casa,
como si no hubiera visto claros los inconvenientes
del matrimonio. Nada, también a casarse, según
cuenta este niño. Al menos tengo la esperanza -dijo
mi tía moviendo la cabeza- de que su marido será
de la especie que tan a menudo se lee en los perió-
dicos y le dará buenas palizas.
Yo no podía soportar el oír tratar así a mi querida
Peggotty, ni que le desearan semejantes cosas, y le
dije a mi tía que se equivocaba, y que Peggotty era
la mejor amiga del mundo, la criada más fiel y más
abnegada, la más constante que podía encontrarse;
que me había querido siempre con ternura, y a mi
madre también; que era la que la había sostenido
en sus últimos momentos y que había recibido su
último beso. El recuerdo de las dos personas que
más me habían querido en el mundo me cortaba la
voz, y me eché a llorar, tratando de decir que la
casa de Peggotty siempre estaba abierta para mí;
que todo lo suyo estaba a mi disposición, y que yo
hubiera ido a refugiarme allí si no hubiera temido
causarle dificultades insuperables en su situación.
No pude seguir, y oculté el rostro entre las manos.
-¡Bien, bien! -dijo mi tía-. El niño tiene razón de-
fendiendo a los que le han protegido. Janet, ¡burros!
Creo que sin aquellos malditos asnos habríamos
llegado a entendernos entonces. Mi tía había apo-
yado su mano en mi hombro y, sintiéndome anima-
do por aquella marca de aprobación, estaba a punto
de abrazarle y de implorar su protección cuando la
interrumpieron, y la confusión que le producía la
lucha subsiguiente puso fin por el momento a todo
pensamiento más dulce. Miss Betsey declaró con
indignación, dirigiéndose a míster Dick, que había
tomado una gran resolución y estaba decidida a
apelar a los tribunales y a llevar ante las autorida-
des a todos los dueños de burros de Dover. Este
acceso de asnofobia le duró hasta la hora del té.
Después del té nos quedamos cerca de la venta-
na con objeto (yo supongo, por la expresión resuelta
del rostro de mi tía) de ver de lejos a nuevos delin-
cuentes. Cuando fue de noche, Janet trajo las luces,
echó las cortinas y puso encima de la mesa un jue-
go de damas.
-Ahora, míster Dick -dijo mi tía seriamente y le-
vantando el dedo como la otra vez-, tengo todavía
una pregunta que hacerle. Mire a este niño...
-¿El hijo de David? --dijo míster Dick, confuso,
prestando atención.
-Precisamente --dijo mi tía- ¿Qué haría usted aho-
ra?
-¿Lo que haría del hijo de David? -repitió míster
Dick.
-Sí -replicó mi tía-, del hijo de David.
-¡Oh! -dijo míster Dick-. Lo que yo haría... es me-
terle en la cama.
-¡Janet! -gritó mi tía, con la expresión de satisfac-
ción triunfante que ya había visto antes-. Míster Dick
siempre tiene razón. Si la cama está preparada,
vamos a acostarle.
Janet dijo que la cama ya estaba, y me hicieron
subir cariñosamente, pero como si fuera un prisio-
nero. Mi tía iba a la cabeza, y Janet a la retaguardia.
La única circunstancia que me dio algunas esperan-
zas fue que, a la pregunta de mi tía a propósito de
un olor a quemado que reinaba en la escalera, Ja-
net contestó que acababa de quemar mi ropa vieja
en la cocina. Sin embargo en mi habitación no había
más ropa que la que yo llevaba puesta y, cuando mi
tía me dejó en mi cuarto (no sin prevenirme que la
luz debía estar apagada antes de cinco minutos), le
oí cerrar la puerta con llave por fuera. Re-
flexionando, me dije que quizá, como no me conoc-
ía, temí a que tuviera la costumbre de escaparme y
tomaba sus precauciones en previsión.
Mi habitación era muy bonita. Estaba situada en
lo alto de la casa y daba al mar, que la luna ilumina-
ba entonces. Después de haber rezado y de haber
apagado la vela recuerdo que me quedé asomado a
la ventana contemplando la luna sobre el agua co-
mo si fuera un libro mágico donde pudiera leer mi
destino, o también como si fuera a ver descender
del cielo, a lo largo de sus rayos luminosos, a mi
madre con su niño en los brazos para mirarme co-
mo el último día en que había visto su dulce rostro.
Recuerdo también que el sentimiento solemne que
llenaba mi corazón cuando quité por fin los ojos de
aquel espectáculo cedió enseguida ante la sensa-
ción de agradecimiento y de tranquilidad que me
inspiraba la vista de aquel lecho rodeado de corti-
nas blancas. Recuerdo todavía el bienestar con que
me estiré entre aquellas sábanas, más limpias que
la nieve. Pensaba en todos los lugares solitarios en
que había dormido y le pedí a Dios que me hiciera
la gracia de no volver a encontrarme sin asilo y de
no olvidar nunca a los que no tienen un techo donde
cobijarse. Recuerdo que enseguida creí poco a
poco descender al mundo de los sueños por aquel
haz de luz que reflejaba sobre el mar su brillo tan
melancólico.
CAPÍTULO XIV
LO QUE MI TÍA DECIDE RESPECTO A MÍ
Al bajar por la mañana encontré a mi tía meditan-
do profundamente delante del desayuno. El agua
desbordaba de la tetera y amenazaba inundar el
mantel cuando mi entrada le hizo salir de sus cavi-
laciones. Estaba seguro de haber sido el objeto de
ellas, y deseaba más ardientemente que nunca sa-
ber sus intenciones respecto a mí; sin embargo, no
me atrevía a expresar mi inquietud por temor a
ofenderla.
Pero mis ojos no los podía dominar como mi len-
gua y se dirigían constantemente hacia ella durante
el desayuno. No podía mirarla un momento sin que
sus miradas vinieran enseguida a encontrarse con
las mías; me contemplaba con aire pensativo y co-
mo si estuviéramos muy lejos uno de otro en lugar
de estar sentados ante la misma mesa. Cuando
terminamos de desayunar se apoyó con aire decidi-
do en el respaldo de su silla, frunció las cejas, cruzó
los brazos y me contempló a su gusto con una fijeza
y atención que me confundían extraordinariamente.
No había terminado todavía de desayunar y trataba
de ocultar mi confusión comiendo; pero mi cuchillo
se enredaba entre los dientes del tenedor, que a su
vez chocaban con el cuchillo, y cortaba el jamón de
una manera tan enérgica que voló por el aire en
lugar de tomar el camino de mi boca. Me atraganta-
ba al beber el té, que se empeñaba en ahogarme;
por fin renuncié a seguir y me sentí enrojecer bajo el
examen escrutador de mi tía.
-¡Vamos! -dijo después de un silencio.
Levanté los ojos y sostuve con respeto sus mira-
das vivas y penetrantes.
-Le he escrito -dijo mi tía.
-¿A...?
-A tu padrastro -dijo-. Le he enviado una carta, la
que tendrá que atender, sin lo cual tendremos que
vemos las caras; se lo prevengo.
-¿Sabe dónde estoy, tía mía? -pregunté con te-
mor.
-Se lo he dicho --dijo mi tía moviendo la cabeza.
-¿Y piensa usted... volver a ponerme en sus ma-
nos? -pregunté balbuciendo.
-No lo sé --dijo-; ya veremos.
-¡Oh Dios mío! ¿Qué va a ser de mí -exclamé- si
tengo que volver a casa de míster Murdstone?
-No sé nada --dijo mi tía-, no sé nada en absoluto;
ya veremos.
Estaba muy abatido; tenía apretado el corazón y
el valor me abandonaba. Mi tía, sin ocuparse de mí,
sacó del armario un delantal de peto, se lo puso,
limpió ella misma las tazas, y después, cuando todo
estuvo en orden y puesto en la bandeja, dobló el
mantel, colocó encima las tazas y llamó a Janet
para que se lo llevara todo. Después se puso guan-
tes para quitar las migas con una escobita, hasta
que no se vio en la alfombra ni un átomo de polvo,
después de lo cual limpió y arregló la habitación,
que a mí me parecía estaba ya en orden perfecto.
Cuando terminó todos estos quehaceres a su gusto,
se quitó los guantes y el delantal, los dobló, los
guardó en el rincón del armario de donde los había
sacado y fue a sentarse con su caja de labor al lado
de la mesa, cerca de la ventana abierta, y se puso a
trabajar detrás del biombo verde, frente a la luz.
-¿Quieres subir -me dijo mientras enhebraba la
aguja a dar los buenos días de mi parte a míster
Dick y decirle que me gustaría saber si su Memoria
avanza?
Me levanté vivamente para cumplir su encargo.
---Supongo -dijo mi tía, mirándome tan atenta-
mente como a la aguja que acababa de enhebrar-,
supongo que el nombre de Dick te parecerá algo
corto.
-Es lo que pensaba ayer: que me parece algo cor-
to -respondí.
-No vayas a creer que no tiene otro, que podría
usar si quisiera -dijo mi tía con dignidad-. Babley,
míster Richard Babley, ese es su verdadero nom-
bre.
Iba a decir, por un sentimiento de respeto a causa
de mi juventud y por la familiaridad, un tanto censu-
rable, que me había tomado, que quizá sería mejor
que le llamase por su nombre entero; pero mi tía
prosiguió:
-Pero no le llames en ningún caso así; no puede
soportar su nombre; es una peculiaridad suya, aun-
que no sé si a eso se le podrá llamar siquiera man-
ía. Pero ha sufrido bastante por culpa de personas
que llevaban ese mismo nombre para que le repug-
ne mortalmente, Dios lo sabe. Dick es aquí su nom-
bre, y en todas partes ya; es decir, si fuera alguna
vez a alguna parte, que no va. Así, ten cuidado, hijo
mío, y no le llames nunca más que míster Dick.
Prometí obedecer y subí a cumplir mi mensaje; y
pensaba en el camino que si míster Dick trabajaba
en su Memoria desde hacía mucho tiempo con la
asiduidad que ponía cuando le vi aquella mañana
por la puerta abierta al bajar a desayunar, la Memo-
ria debía de estar acabándose. Le encontré todavía
absorto en la misma ocupación, con una larga plu-
ma en la mano y la cabeza casi pegando contra el
papel. Estaba tan abstraído que tuve tiempo de
fijarme, antes de que se percatara de mi presencia,
en una gran cometa que había en un rincón, en
numerosos paquetes de manuscritos en desorden,
plumas innumerables y, por encima de todo, una
inmensa provisión de tinta (por lo menos una doce-
na de botellas de litro alineadas).
-¡Ah Febo! --dijo míster Dick depositando la plu-
ma-, no sé cómo va el mundo; pero te diré una cosa
-añadió bajando la voz-: no querría que lo repitieras,
pero...
Aquí me hizo signos de que me acercara, y
hablándome al oído: «El mundo está loco, loco de
atar, hijo mío», dijo míster Dick cogiendo tabaco de
una caja redonda que había encima de la mesa y
riendo de todo corazón.
Yo cumplí mi menaje sin aventurarme a decir mi
parecer sobre aquella cuestión.
-Pues bien -dijo míster Dick como respuesta-;
salúdala de mi parte y dile que... creo que estoy en
buen camino; creo verdaderamente estar en buen
camino -dijo míster Dick pasándose la mano por sus
cabellos grises y lanzando una mirada inquieta a su
manuscrito-. ¿Has estado en el colegio?
-Sí, señor -respondí-; una temporada.
-¿Y recuerdas la fecha -dijo míster Dick mirándo-
me fijamente y cogiendo su pluma- de la muerte del
rey Carlos I?
Dije que creía que era en 1649.
-Pues bien --dijo míster Dick rascándose la oreja
con la pluma y mirándome con expresión de duda-;
eso es lo que dicen los libros; pero yo no compren-
do cómo puede ser. Si hace tanto tiempo, ¿cómo
las gentes que le rodeaban han podido tener la
torpeza de meter en mi cabeza un poco de la confu-
sión que había en la suya cuando se la cortaron?
Yo me quedé muy sorprendido de la pregunta; pe-
ro no pude darle ningún dato sobre el asunto.
-Es muy extraño -dijo míster Dick lanzando una
mirada de desaliento a sus papeles y volviendo a
pasarse las manos por los cabellos-, pero no consi-
go desembrollar la cuestión. No lo veo claro. Pero
poco importa, poco importa -dijo alegremente y más
animado-; tenemos tiempo. Saluda a tu tía, y que
estoy en muy buen camino.
Me iba, cuando llamó mi atención hacia la come-
ta.
-¿Qué te parece esa cometa?
Respondí que me parecía muy bonita, y que deb-
ía de tener lo menos siete pies de alta.
-La he hecho yo. La lanzaremos uno de estos
días tú y yo --dijo míster Dick-. ¿Ves?
Y me enseñaba que estaba hecha de un papel
cubierto de una escritura fina y apretada, pero tan
clara, que al dirigir mis miradas sobre sus líneas me
pareció ver dos o tres veces alusiones a la cabeza
del rey Carlos I.
-Hay mucho hilo bramante -dijo míster Dick-, y
cuando sube muy alta lleva, como es natural, lo
escrito muy lejos. Es una manera de propagarlo, no
sé dónde puede ir a parar; depende de las circuns-
tancias del viento y demás, y yo lo aprovecho.
Tenía un aspecto tan bueno, tan dulce y tan res-
petable, a pesar de su apariencia de fuerza y de
viveza, que no estaba yo muy seguro de que no
fuera una broma para divertirme, y me eché a reír.
Él hizo otro tanto, y nos separamos como los mejo-
res amigos del mundo.
-Y bien, muchacho -me dijo mi tía cuando baje-.
¿Cómo está míster Dick?
Le respondí que la saludaba, y que la Memoria
estaba en muy buen camino.
-¿Y qué piensas de míster Dick? -me preguntó mi
tía.
Tenía ganas de eludir la cuestión, contestando
que me parecía muy amable; pero mi tía no se de-
jaba despistar así. Puso su labor sobre las rodillas y
me dijo, cruzando las manos:
-Vamos; tu hermana Betsey Trotwood me habría
dicho al momento lo que pensara de cualquier per-
sona. Haz todo lo posible por parecerte a tu herma-
na, y habla.
-¿No está míster Dick, no está ...? Le hago esta
pregunta porque no sé, no sé, tía, si no tendrá la
cabeza un poco mal -balbucí, dándome cuenta de
que pisaba en falso.
-Nada de eso --dijo mi tía.
-¡Oh! -repuse con voz débil.
-Si hay alguien en el mundo que no esté mal de la
cabeza, precisamente es míster Dick --dijo mi tía
con mucha decisión y energía.
Yo no podía hacer nada mejor que repetir:
-¡Oh!
-Han dicho que estaba loco -prosiguió mi tía---.
Tengo un placer egoísta en recordar que han dicho
que estaba loco, pues sin ello nunca hubiera tenido
la suerte de gozar de su compañía y de sus conse-
jos desde hace más de diez años; a decir verdad,
desde que tu hermana Betsey Trotwood me dejó
defraudada.
-Hace tanto tiempo.
-Y bonita gente era la que tenía la audacia de lla-
marle loco -prosiguió mi tía- Míster Dick era una
especie de pariente lejano; pero no tengo necesidad
de explicarte esto. Si no hubiera sido por mí, su
propio hermano le habría encerrado para toda la
vida; eso es todo.
Me asusta pensar la hipocresía que había en mí
cuando, viendo la indignación de mi tía sobre aquel
punto, traté de tomar un aire indignado como ella.
-¡Un orgulloso idiota! -dijo mi tía-; porque su her-
mano era un poco excéntrico, aunque no es ni la
mitad de excéntrico que la mayoría de la gente; no
quería que le vieran en su casa y pensaba enviarle
a una casa de salud, aunque le había sido particu-
larmente recomendado por su difunto padre, quien
le consideraba casi como un idiota. Y también había
que ver al hombre que pensaba así; él sí que esta-
ba loco, estoy segura.
De nuevo, como mi tía parecía completamente
convencida, yo traté de parecerlo también.
-Entonces yo no lo consentí, y le hice una propo-
sición; le dije: «Su hermano está completamente
cuerdo y es infinitamente más sensato que usted es
ni lo será nunca, al menos así lo espero; concédale
una pequeña pensión y que se venga a vivir a mi
casa. A mí no me asusta; no soy vanidosa, y estoy
dispuesta a cuidarle, y no le maltrataré, como podr-
ían hacerlo, sobre todo, en un manicomio». Des-
pués de innumerables dificultades -continuó mi tía-
lo conseguí, y está aquí desde entonces. Y es el
mejor amigo, el hombre más amable, la criatura con
quien mejor se puede vivir en el mundo. En cuanto
a los consejos .... nadie sabe apreciar ni conocer el
espíritu de este hombre como yo.
Mi tía se sacudió un poco el vestido, moviendo la
cabeza, como si con aquellos dos movimientos de-
safiara al mundo entero.
-Tenía una hermana que era su favorita
-continuó---, una criatura muy buena y muy cariñosa
para él; pero hizo como todas las mujeres, y se
casó, y el marido hizo lo que hacen todos, y la hizo
desgraciada. El efecto de su desgracia sobre míster
Dick (y no es locura), unido con el temor que le ins-
piraba su hermano y el sentimiento de la dureza con
que le trataban, fue tal que le dio una fiebre cere-
bral; fue antes de que se instalara en mi casa; pero
aquel recuerdo le resulta penoso todavía. ¿Te ha
hablado del rey Carlos I?
-Sí, tía.
-¡Ah! --dijo frotándose la nariz, un poco contraria-
da-; es su manera alegórica de expresarlo, pues lo
une en su espíritu con una gran conmoción, lo que
es bastante natural, y es como una figura de la cual
se sirve, una comparación, y ¿por qué no lo ha de
hacer así, si le parece bien?
Ciertamente, tía -dije.
-No es así como se expresa la gente por lo gene-
ral, ni es ese el lenguaje que se emplea en nego-
cios, ya lo sé; por eso insisto para que no lo ponga
en su Memoria.
-¿Es que... es una Memoria sobre su propia vida
lo que escribe, tía?
-Sí, pequeño -respondió frotándose de nuevo la
nariz-. Está haciendo una Memoria para asuntos
suyos, dirigida al lord Chambelan o al lord no sé
cuántos; en fin, a uno de esos a quienes se paga
para que reciban Memorias. Supongo que la enviará
uno de estos días; todavía no ha conseguido redac-
tarla sin mezclar en ella la alegoría; pero ¡qué más
da!, así se entretiene.
El caso es que después descubrí que míster Dick
trataba desde hacía diez años de impedir al rey
Carlos I que apareciese en su Memoria, sin conse-
guirlo.
-Repito -dijo mi tía- que nadie conoce el espíritu
de ese hombre como yo; es el más cariñoso y fácil
de llevar. ¿Que le gusta lanzar una cometa de vez
en cuando? ¿Eso qué significa? Franklin también
soltaba cometas y era cuáquero o algo parecido, si
no me equivoco, y un cuáquero soltando cometas
es mucho más ridículo que otro hombre cualquiera.
Si hubiera podido suponer que mi tía me contaba
aquellos detalles para mi educación personal o por
darme una prueba de confianza, me habría sentido
muy halagado y habría sacado pronósticos favora-
bles de semejante favor. Pero no podía hacerme
ilusiones; era evidente para mí que si se metía en
aquellas explicaciones era porque la cuestión se
presentaba, a pesar suyo, en su espíritu, y era a sí
misma a quien se dirigía y no a mí, aunque parecie-
ra que me dedicaba su discurso, en ausencia de
mejor interlocutor.
Al mismo tiempo debo decir que la generosidad
con que defendía a míster Dick no solamente me
inspiraba muchas esperanzas egoístas, sino que
también despertaba en mi corazón cierto afecto
hacia ella. Creo que empezaba a darme cuenta de
que, a pesar de todas sus excentricidades y extra-
ñas fantasías, era una persona que merecía respeto
y confianza. Aunque estaba lo mismo de animada
que la víspera contra los burros, y fuese violenta su
indignación cuando se precipitaba al jardín para
defender el césped si veía que un joven al pasar le
ponía los ojos tiernos a Janet, sentada en su venta-
na (lo que era una de las ofensas más grandes que
se podía hacer a la dignidad de mi tía), me era im-
posible, sin embargo, no sentir cada vez más respe-
to hacia ella y menos temor.
Esperaba con extraordinaria ansiedad la respues-
ta de míster Murdstone; pero hacía grandes esfuer-
zos para disimularlo y por serles simpático a mi tía y
a míster Dick. Tenía que salir con este último a lan-
zar la gran cometa; pero como no tenía más trajes
que el indumento un poco extravagante con que me
había adornado mi tía en el primer momento, me
veía obligado a permanecer en casa, excepto una
hora después de oscurecer, que mi tía me hacía dar
un paseo para mi salud por delante del jardín antes
de meterme en la cama. Por último llegó la respues-
ta de míster Murdstone. Mi tía me informó, con gran
terror por mi parte, que iba a venir a hablarle en
persona al día siguiente. Al otro día todavía estaba
con mi curioso indumento y contaba las horas tem-
bloroso y muy preocupado en lucha con mis espe-
ranzas, que sentí debilitarse, y mis temores, que
podían conmigo, esperando a cada momento sen-
tirme estremecer a la vista de su sombrío rostro y
muy impaciente porque no llegaba.
Mi tía estaba un poco más agresiva y severa que
de costumbre; en ninguna otra cosa se le notaba
que se preparase a recibir al que tanto temor me
inspiraba a mí. Trabajaba delante de la ventana, y
yo, sentado a su lado, reflexionaba en los resulta-
dos posibles a imposibles de la visita de míster
Murdstone. La tarde avanzaba y la comida había
sido retrasada indefinidamente; pero mi tía, impa-
ciente ya, acababa de decir que la sirvieran, cuando
lanzó un grito de alarma a la vista de un burro. ¡Cuál
no sería mi consternación al ver a miss Murdstone,
montada en él, atravesar con paso decidido el
césped sagrado, detenerse enfrente de la casa y
mirar a su alrededor!
-¡Váyase usted; no tiene nada que hacer aquí!
-gritaba mi tía sacudiendo su cabeza y su puño por
la ventana-. ¿Cómo se atreve usted? ¡Que se mar-
che! ¡Oh, qué descaro!
Mi tía estaba tan exasperada por la frescura con
que miss Murdstone miraba a su alrededor, que creí
que perdía el movimiento y se quedaba incapaz de
salir al ataque como de costumbre. Aproveché la
oportunidad para informarle de quiénes eran aquella
señora y aquel caballero que se acercaban a ella,
pues el camino era una pendiente y el señor que se
había quedado detrás era míster Murdstone en per-
sona.
-¡Me tiene sin cuidado quiénes sean! -exclamó mi
tía sacudiendo todavía la cabeza y gesticulando
desde la ventana todo lo contrario de una bienveni-
da- ¡Que no hubieran contravenido mis órdenes!
¡No lo consentiré! ¡Que se marchen! Janet, ¡écha-
los, échalos!
Yo, oculto detrás de mi tía, vi una especie de
combate. El burro, con sus cuatro patas plantadas
en el suelo, resistía a todo el mundo. Janet le tiraba
de la brida para hacerle dar la vuelta. Míster Murds-
tone trataba de hacerle avanzar; miss Murdstone
pegaba a Janet con su sombrilla, y muchos chi-
quillos acudían al ruido, gritando con todas sus
fuerzas.
De pronto mi tía, reconociendo entre ellos al pe-
queño malhechor encargado de conducir los asnos,
que era uno de sus enemigos más encarnizados,
aunque apenas tenía trece años, se precipitó en el
teatro del combate, le cogió y le arrastró al jardín,
con la chaqueta por encima de la cabeza y los talo-
nes arañando el suelo. Después llamó a Janet para
que fuera a llamar a la policía con el objeto de que
le cogieran y juzgaran allí mismo, y lo retuvo ante su
vista. Pero esta escena dio fin a la comedia, pues el
golfillo, que sabía muchas tretas de las que mi tía
no tenía ni idea, encontró pronto medio de escapar,
dejando las huellas de sus zapatones en los arriates
y montándose en el burro triunfantemente.
Miss Murdstone había desmontado cuando ter-
minó el combate y esperaba con su hermano, al pie
de los escalones, a que mi tía pudiera recibirlos. Un
poco agitada todavía por la lucha, mi tía pasó por su
lado con gran dignidad y no se preocupó de su pre-
sencia hasta que Janet los anunció.
-¿Debo marcharme, tía? -pregunté temblando.
-No, señor; ciertamente que no.
Y me empujó hacia un rincón a su lado. Después
hizo una especie de valla con sillas, como si fuera
una prisión o una barra de justicia, y continué ocu-
pando esta posición durante toda la entrevista, y
desde allí vi entrar a míster y a miss Murdstone en
la habitación.
-¡Oh! -dijo mi tía- En el primer momento no sabía
a quiénes tenía el gusto de hacer reproches; pero,
¿saben ustedes?, no le permito a nadie que pase
con burros por esa praderita, y no hago excepcio-
nes; no lo permito a nadie.
-Es una regla nada cómoda para los extraños -dijo
miss Murdstone.
-Sí, ¿eh? --dijo mi tía.
Míster Murdstone pareció temer que se renovaran
las hostilidades, y se interpuso, empezando:
-¿Miss Trotwood?
-Usted dispense -observó mi tía con una mirada
penetrante-. ¿Usted es míster Murdstone, que se
casó con la viuda de mi difunto sobrino David Cop-
perfield de Bloonderstone Rookery? Pero, ¿por qué
Rookery? No lo sé.
-Yo soy -dijo míster Murdstone.
-Usted me dispensará si le digo, caballero -repuso
mi tía-, que pienso que habría sido mucho mejor y
más oportuno que no se hubiera usted ocupado
para nada de aquella pobre niña.
-Soy de la opinión de miss Trotwood, -dijo miss
Murdstone irguiéndose- ya que considero, en efec-
to, a nuestra pobre Clara como una niña en todos
los sentidos más esenciales.
-Es una felicidad para usted y para mí, señora
-dijo mi tía-, el que avanzamos por la vida sin peli-
gro de que nos hagan desgraciadas por nuestros
atractivos personales y el que nadie pueda decir de
nosotras otro tanto.
-Sin duda -dijo miss Murdstone, aunque pienso
que no muy dispuesta a convenir en ello de buena
gana-. Y ciertamente habría sido, como usted dice,
mucho mejor para mi hermano si nunca se hubiera
metido en semejante matrimonio. Yo siempre he
sido de esa opinión.
-No cabe duda -dijo mi tía- Janet (llamó a la cam-
panilla): mis saludos a míster Dick, y que le ruego
que baje.
Hasta que llegó, mi tía, más derecha que nunca,
guardó silencio, mirando a la pared, con el ceño
fruncido. Cuando llegó, procedió a la ceremonia de
la presentación:
-Míster Dick, un antiguo a íntimo amigo, con cuyo
juicio cuento -dijo mi tía con énfasis, y como avisan-
do a mister Dick, que se mordía las uñas con aire
atontado.
Míster Dick se sacó los dedos de la boca y per-
maneció de pie en medio del grupo con mucha gra-
vedad, dispuesto a demostrar la más profunda
atención. Mi tía hizo un signo de cabeza a míster
Murdstone, que continuó:
-Miss Trotwood: al recibir su carta, consideré co-
mo un deber para mí y una demostración de respeto
hacia usted...
-Gracias --dijo mi tía, mirándole a la cara-; pero no
se preocupe por mí.
-El venir a contestarle en persona, por mucha mo-
lestia que el viaje pudiera ocasionarme, mejor que
escribiendo. El desgraciado niño que ha huido lejos
de sus amigos y de sus ocupaciones...
-Y cuyo aspecto -dijo su hermana, llamando la
atención general sobre mi vestimenta-, es tan cho-
cante y tan escandaloso...
-Jane -dijo su hermano-, ten la bondad de no inte-
rrumpirme. Este desgraciado niño, miss Trotwood,
ha sido en nuestra casa la causa de muchas contra-
riedades y disturbios domésticos durante la vida de
mi querida mujer, y también después. Tiene un
carácter sombrío y se rebela contra toda autoridad.
En una palabra, es intratable. Mi hermana y yo
hemos tratado de corregirle sus vicios, pero sin
resultado, y los dos hemos sentido, pues tengo ple-
na confianza en mi hermana, que era justo que
recibiera usted de nuestros labios esta declaración
sincera, hecha sin rabia y sin cólera.
-Mi hermano no necesita mi testimonio para con-
firmar el suyo, y sólo pido permiso para añadir que
entre todos los niños del mundo no creo que haya
otro peor.
-Es fuerte -dijo mi tía secamente.
-No es demasiado fuerte si se tienen en cuenta
los hechos -insistió miss Murdstone.
-¡Ah! -dijo mi tía- ¿Y bien, caballero?
-Yo tengo mi opinión particular sobre la manera
de educarle -repuso míster Murdstone, cuya frente
se oscurecía cada vez más a medida que mi tía le
miraba con mayor fijeza-. Y mis ideas están forma-
das en parte por lo que sé de su carácter y en parte
por el conocimiento de mis recursos. No tengo que
responder a nadie más que a mí mismo; he obrado,
por lo tanto, de acuerdo con mis ideas, y no tengo
nada que añadir. Me bastará decir que había colo-
cado al niño, bajo la vigilancia de uno de mis ami-
gos, en un comercio honroso. ¿Que esa situación
no le conviene? ¿Que huye? ¿Que va como un
vagabundo por las carreteras y viene aquí en andra-
jos a dirigirse a usted, miss Trotwood? Yo deseo po-
ner ante su vista las consecuencias inevitables del
apoyo que usted pudiera darle en estas circunstan-
cias.
-Empecemos por tratar la cuestión de la coloca-
ción honrosa. Si hubiera sido su propio hijo, ¿le
habría colocado usted de la misma manera?
-Si hubiera sido el hijo de mi hermano -dijo miss
Murdstone, interviniendo en la discusión-, su carác-
ter habría sido completamente diferente.
-Si aquella pobre niña, su difunta madre, hubiera
vivido, ¿le habrían cargado también con esas hon-
rosas ocupaciones? -insistió mi tía.
-Creo -dijo míster Murdstone con un movimiento
de cabeza- que Clara no habría puesto nunca resis-
tencia a lo que mi hermana y yo hubiéramos decidi-
do.
Miss Murdstone confirmó con un gruñido lo que su
hermano acababa de decir.
-¡Hum! -dijo mi tía-. ¡Desgraciado niño!
Míster Dick hacía sonar su dinero en el bolsillo
desde hacía mucho rato, se entregaba a aquella
ocupación con tal ahínco, que mi tía creyó necesa-
rio imponerle silencio con una mirada antes de de-
cir:
-¿Y la pensión de aquella pobre niña, se extinguió
con ella?
-Se extinguió con ella -replicó míster Murdstone.
-¿Y su pequeña propiedad, la casita y el jardín,
ese yo no sé qué de Rookery sin cuervos, no ha
sido legado a su hijo?
-Su primer marido se lo dejó sin condiciones
-empezó a decir míster Murdstone, cuando mi tía le
interrumpió con impaciencia y cólera visibles:
-¡Dios mío, ya lo sé! ¡Le fue dejado sin condicio-
nes! Conocía muy bien a David Copperfield y sé
que no era hombre que previera la menor dificultad
aunque la hubiera tenido ante los ojos. No hay duda
que se lo dejó sin condiciones; pero al volver ella a
casarse, cuando tuvo la desgracia de casarse con
usted; en una palabra -dijo mi tía, y para hablar
francamente-, nadie ha dicho entonces una palabra
en favor de este niño.
-Mi pobre mujer amaba a su segundo marido, se-
ñora, y tenía plena confianza en él ---dijo mister
Murdstone.
-Su mujer, caballero, era una pobre niña muy
desgraciada, que no conocía el mundo -respondió
mi tía sacudiendo la cabeza---. Eso es lo que era. Y
ahora veamos: ¿qué nos tiene usted que decir?
-Únicamente esto, miss Trotwood -repuso él-. Es-
toy dispuesto a llevarme a David sin condiciones,
para hacer de él lo que me convenga. No he venido
para hacer promesas ni para comprometerme a
nada. Usted quizá, miss Trotwood, tiene alguna
intención en animarle en su huida y en escuchar sus
quejas. Sus modales (debo decirlo) no me parecen
muy conciliadores, y me lo hacen suponer. Le pre-
vengo, por lo tanto, que si se interpone usted en
esta ocasión entre él y yo, es asunto terminado. Si
interviene usted, miss Trotwood, su intervención
tiene que ser definitiva. No hablo en broma, y no
hay que jugar conmigo. Estoy dispuesto a llevárme-
le por primera y última vez. ¿Está él dispuesto a
seguirme? Si no lo está, si usted me dice que no lo
está, bajo cualquier pretexto que sea, poco me im-
porta; en ese caso mi puerta se le cierra para siem-
pre y consideraré como convenido que la suya le
queda abierta.
Mi tía había escuchado este discurso con la
máxima atención, más tiesa que nunca, con las
manos cruzadas encima de las rodillas y los ojos
fijos en su interlocutor. Cuando hubo terminado,
miró a miss Murdstone sin cambiar de actitud, y dijo:
-¿Y usted, señorita, tiene algo que añadir?
-Verdaderamente, miss Trotwood, todo lo que pu-
diera decir ha sido tan bien expresado por mi her-
mano, y todos los hechos que pudiera recordar han
sido expuestos por él tan claramente, que no tengo
más que dar las gracias por su amabilidad, o mejor
dicho por su excesiva amabilidad -añadió miss
Murdstone con una ironía que no turbó a mi tía más
de lo que hubiera desconcertado al cañón al lado
del cual me había yo dormido en Chathan.
-Y el niño ¿qué dice? -repuso mi tía-. David,
¿estás dispuesto a partir?
Contesté que no, y le rogué que no consintiera en
que me llevasen. Dije que míster y miss Murdstone
no me habían querido nunca; que nunca habían
sido buenos para mí; que sabía que habían hecho
muy desgraciada a mi madre, que me amaba tanto,
y que Peggotty también lo sabía. Dije que había
sufrido mucho, más de lo que se podía suponer al
considerar lo pequeño que era. Y rogaba y suplica-
ba a mi tía (no recuerdo las frases, pero sé que
estaba muy conmovido) que me protegiera y defen-
diera por amor a mi padre.
-Míster Dick -dijo mi tía---, ¿qué le parece a usted
que haga con este niño?
Míster Dick reflexionó, dudó, y después, con ex-
presión radiante, dijo:
-Haga que le tomen medida cuanto antes para un
traje completo.
-Míster Dick -dijo mi tía con expresión de triunfo-,
deme usted la mano. Su buen sentido es de un
valor inapreciable.
Después, habiendo estrechado vivamente la ma-
no de míster Dick, me atrajo hacia sí, diciendo a
míster Murdstone:
-Puede usted marcharse cuando quiera; me que-
do con el niño. Si fuera como ustedes dicen, siem-
pre estaría a tiempo de hacer lo que ustedes han
hecho; pero no creo ni una palabra de ello.
-Miss Trotwood -respondió míster Murdstone-, si
fuera usted un hombre...
-¡Bah!, tonterías --dijo mi tía-; cállese usted.
-¡Qué exquisita educación! --exclamó miss Murds-
tone levantándose-. ¡Verdaderamente es demasia-
do!
-¿Cree usted que no sé -dijo mi tía, haciéndose la
sorda a lo que decía la hermana y dirigiéndose al
hermano con expresión de desdén-, cree usted que
no sé la vida que ha hecho llevar a aquella pobre
niña, tan mal inspirada? ¿Cree usted que no sé qué
día nefasto fue para la dulce criatura aquel en que
le conoció, sonriendo y poniéndole los ojos tiernos?
¡Estoy segura! ¡Como si fuera usted capaz de decir
una palabra cariñosa a un niño!
-Nunca he oído lenguaje más elegante -dijo miss
Murdstone.
-¿Cree usted que no comprendo su juego lo mis-
mo que si lo viera -continuó mi tía---, ahora que le
veo y que le oigo, y que, a decir verdad, es todo
menos un placer para mí? ¡Ah! Ciertamente no hab-
ía nadie más dulce ni más sumiso que usted en
aquella época. La pobre inocente no había visto
nunca un cordero semejante. ¡Era tan bueno! Ado-
raba a la madre; tenía verdadera debilidad por el
hijo; una verdadera ceguera. Sería para él un se-
gundo padre, y todo consistiría en vivir juntos en un
paraíso de rosas, ¿no es así? ¡Vamos, vamos,
déjeme en paz! --dijo mi tía.
-En mi vida he visto una mujer semejante
--exclamó miss Murdstone.
-Y cuando ya tuvo cogida a aquella pobre insen-
sata --continuó mi tía---, y Dios me perdone por
llamar así a una criatura que ya está donde usted
no tiene prisa por reunirse con ella; como si todavía
no les hubiera hecho usted bastante daño a ella y a
los suyos, se puso usted a educarla, ¿no es así?
Empezó el trabajo de educarla y la enjauló como a
un pobre pajarillo para hacerle olvidar su vida pasa-
da y enseñarle a cantar las notas de usted.
-Es locura o embriaguez --dijo miss Murdstone,
desesperada de no poder atraer hacia sí el torrente
de invectivas de mi tía-, y sospecho que más bien
es embriaguez.
Miss Betsey, sin prestar atención a la interrupción,
continuó dirigiéndose a míster Murdstone y sacu-
diendo un dedo:
-Sí, míster Murdstone. Usted se hizo el tirano de
aquella inocente niña y le rompió el corazón. Tenía
un alma tierna, lo sé, lo sabía muchos años antes
de que usted la conociera, y usted supo escoger su
parte débil para darle los golpes por los que ha
muerto. Esa es la verdad, le guste o no, haga usted
lo que haga y le hayan servido los que le hayan
servido de instrumentos.
-Permítame preguntarle, miss Trotwood -dijo miss
Murdstone-, a quién llama usted, con una elección
de expresiones a que no estoy acostumbrada, los
instrumentos de mi hermano.
Miss Betsey, persistiendo en una sordera inque-
brantable, reanudó su discurso:
-Estaba a la vista, desde muchos años antes de
que usted la conociera (y está por encima de la
razón humana) el comprender por qué ha entrado
en los planes misteriosos de la Providencia el que
usted la conociera; era natural que aquella pobre
criatura volviera a casarse un día; pero yo esperaba
que no le saliera tan mal. Era en la época en que
trajo al mundo a este niño, a este pobre niño, de
quien usted se ha servido para martirizarla, lo que
es ahora un recuerdo tan desagradable, que le hace
aborrecer su presencia. Sí, sí; no necesita usted
extremecerse --continuó mi tía-. Estoy convencida
sin necesidad de eso.
Míster Murdstone permanecía todo el tiempo de
pie al lado de la puerta, mirándola fijamente con la
sonrisa en los labios, pero con las cejas fruncidas.
Observé entonces que, aunque continuaba sonrien-
do, había palidecido de pronto y parecía respirar
con dificultad.
-Que usted lo pase bien, caballero -dijo mi tía-
Adiós. Buenos días, señorita -continuó volviéndose
bruscamente hacia la hermana-. Si vuelvo a verla
alguna vez pasar en burro por mi praderita, le ase-
guro, como que tiene usted cabeza encima de los
hombros, que le arranco el sombrero y lo pateo.
Sería necesario un pintor, y un pintor de talento
excepcional, para dar idea del rostro de mi tía al
hacer aquella declaración inesperada, y del de miss
Murdstone al oírla. Pero el gesto no era menos elo-
cuente que las palabras, en vista de lo cual miss
Murdstone cogió discretamente el brazo de su her-
mano y salió majestuosa de la casa. Mi tía, desde la
ventana, los miraba alejarse, dispuesta sin ninguna
duda a poner al instante su amenaza en ejecución
en el caso de que el burro reapareciera.
No habiendo intentado ellos responder al desafío,
el rostro de mi tía se dulcificó poco a poco, tanto
que me atreví a darle las gracias y a abrazarla, lo
que hice con todo mi corazón echando mis brazos
alrededor de su cuello. Después di un apretón de
manos a míster Dick, que quiso repetir la ceremonia
muchas veces seguidas, y que saludó el feliz térmi-
no del asunto con repetidas carcajadas.
-Usted se considerará a medias conmigo como tu-
tor de este niño, míster Dick --dijo mi tía.
-Estaré encantado de ser el tutor del hijo de Da-
vid.
-Muy bien -dijo mi tía-; es cosa convenida. Pensa-
ba en algo, míster Dick: ¿Podría llamarle Trotwood?
-Ciertamente, ciertamente; llámele Trotwood -dijo
míster Dick-. Trotwood, hijo de David.
-¿Quiere usted decir Trotwood Copperfield?
-preguntó mi tía.
-Sí, sin duda; Trotwood Copperfield -dijo, un poco
avergonzado.
Mi tía estaba tan contenta con su idea, que ella
misma marcó con tinta indeleble las camisas que
me compraron aquel mismo día, antes de que me
pusiera ninguna; y se decidió que el resto de mi
ropa, que también encargó aquel mismo día, llevar-
ía la misma marca.
Y así empezó mi nueva vida, con nombre nuevo y
todo nuevo. Ahora que mi incertidumbre había pa-
sado, me pareció durante varios días que vivía en
un sueño. No se me ocurrió pensar ni por un mo-
mento en la curiosa pareja de tutores que eran mi
tía y míster Dick. Nunca pensaba en mí de una ma-
nera clara. Las dos únicas cosas que veía concisas
en mi espíritu eran mi remota y antigua vida en Blo-
onderstone, que me parecía que cada vez estaba
más lejos, y la sensación de que una cortina había
caído para siempre sobre mi vida en la casa Murds-
tone y Grimby. Nadie ha levantado después esa
cortina; sólo yo ahora un momento y con mano tími-
da y temblorosa, para este relato, y la he vuelto a
dejar caer con alegría.
El recuerdo de aquella existencia está unido en mi
espíritu a tal dolor, a tal sufrimiento moral y a una
desesperanza tan absoluta, que nunca he tenido
valor de examinar cuánto había durado mi suplicio.
Si fue un año o más o menos, no lo sé. únicamente
sé que fue y dejó de ser, y que ahora lo he escrito
para no volver nunca a recordarlo.
CAPÍTULO XV
VUELVO A EMPEZAR
Míster Dick y yo fuimos pronto los mejores amigos
del mundo, y muy a menudo, cuando había termi-
nado su trabajo, salíamos juntos a soltar la cometa.
Todos los días trabajaba largo rato en la Memoria,
que no progresaba lo más mínimo a pesar de aquel
trabajo constante, pues el rey Carlos I siempre apa-
recía en ella tarde o temprano y había que volver a
empezar. La paciencia y el valor con que soportaba
aquellos desengaños continuos; la idea vaga que
tenía de que el rey Carlos I no tenía nada que ver
en aquello; los débiles esfuerzos con que intentaba
arrojarle, y la tenacidad con que el monarca venía a
condenar su memoria al olvido, todo aquello me
dejó una impresión profunda. No sé lo que míster
Dick pensaría hacer con la memoria en el caso de
terminarla (creo que él no lo sabía mejor que yo), ni
dónde pensaba enviarla, ni cuáles serían los efectos
del envío. Pero, en realidad, no es necesario que se
preocupase demasiado, pues si había algo cierto
bajo el Sol, era que aquella memoria no se terminar-
ía nunca.
Era conmovedor verle con su cometa cuando hab-
ía subido a mucha altura. Lo que me había dicho en
su habitación de las esperanzas que tenía sobre
aquella manera de diseminar los hechos expuestos
en los papeles que la cubrían, y que no eran otros
que las hojas sacrificadas de alguna memoria fraca-
sada, le preocupaba alguna vez dentro de casa;
pero una vez fuera ya no pensaba en ello. Sólo
pensaba en ver volar a la cometa y en ir soltando el
bramante del ovillo que tenía en la mano. Nunca
tenía el aspecto más sereno. Yo a veces me decía,
cuando estaba sentado a su lado por las tardes,
sobre el musgo y viéndole seguir con los ojos los
movimientos de la cometa, que su espíritu salía
entonces de su confusión para elevarse con su
juguete al cielo. Los progresos que hacía en la
amistad a intimidad de míster Dick no perjudicaban
en nada a los que hacía con su amiga miss Betsey,
que se encariñó tanto conmigo, que en el transcurso
de unas semanas acortó mi nombre de adopción,
transformándolo de Trotwood en Trot; y aún animó
mis esperanzas de que si seguía como había em-
pezado podría igualarme en el rango de sus afectos
con mi hermana Betsey Trotwood.
-Trot -dijo mi tía una noche, cuando el juego de
damas estuvo colocado, como siempre, para ella y
míster Dick-, no debemos olvidar tu educación.
Este era mi único motivo de ansiedad, y me sentí
completamente dichoso al oírle hablar de ello.
-¿Te gustaría ir a la escuela en Canterbury? -,dijo
mi tía.
Le respondí que muchísimo, tanto más porque es-
taba cerca de ella.
-Bueno --dijo mi tía-; ¿te gustaría ir mañana?
Sin extrañarme ya de la general rapidez de las
ideas de mi tía, no me sorprendió su brusquedad y
dije:
-Sí.
-Bueno -dijo mi tía de nuevo-. Janet, pedirás el
caballo gris y el coche pequeño para mañana a las
diez de la mañana, y prepararás esta noche las
cosas del señorito.
Estaba lleno de alegría al oír dar aquellas órde-
nes; pero me reproché mi egoísmo cuando vi el
efecto que habían causado en míster Dick. Le en-
tristecía tanto la perspectiva de nuestra separación
y jugaba tan mal aquella noche, que mi tía, después
de advertirle varias veces dando en su caja con los
nudillos, cerró el juego declarando que no quería
seguir jugando con él; pero al saber que yo vendría
algunos sábados y que él podría ir a verme algunos
miércoles, recobró un poco de valor y juró fabricar
para aquellas ocasiones una cometa gigantesca,
mucho más grande que aquella con que nos divert-
íamos ahora. Al día siguiente había vuelto a caer en
su abatimiento y trataba de consolarse dándome
todo lo que tenía de oro y plata; pero habiendo in-
tervenido mi tía, sus liberalidades se redujeron a
cinco chelines; a fuerza de ruegos consiguió subir-
los hasta diez. Nos separamos de la manera más
cariñosa a la puerta del jardín, y míster Dick no se
metió en casa hasta que nos perdió de vista.
Mi tía, perfectamente indiferente a la opinión
pública, conducía con maestría el caballo gris a
través de Dover. Se sostenía derecha como un co-
chero de ceremonia, y seguía con los ojos los me-
nores movimientos del caballo, decidida a no dejarlo
hacer su voluntad bajo ningún pretexto. Cuando
estuvimos en el campo le dejó un poco más de li-
bertad, y lanzando una mirada hacia un montón de
almohadones, en los que yo iba hundido a su lado,
me preguntó si era feliz.
-Mucho, tía, gracias a usted -dije.
Me agradeció tanto la contestación que, como
tenía las dos manos ocupadas, me acarició la cabe-
za con el látigo.
-¿Y es una escuela muy concurrida, tía?
-pregunté.
-No lo sé -dijo mi tía---. Lo primero vamos a casa
de míster Wickfield.
-¿Es que tiene pensión? --dije.
-No, Trot; es un hombre de negocios.
No pedí más informes sobre míster Wickfield, y
como tampoco me los dio mi tía, la conversación
rodó sobre otros asuntos, hasta el momento en que
llegamos a Canterbury. Era día de mercado, y a mi
tía le costó mucho trabajo conducir el caballo gris a
través de las carretas, las cestas y los montones de
legumbres. A veces faltaba el canto de un duro para
que no volcara un puesto, lo que nos valía discursos
muy poco halagüeños por parte de la gente que nos
rodeaba; pero mi tía guiaba siempre con la tranqui-
lidad más perfecta, y creo que hubiera atravesado
con la misma seguridad un país enemigo.
Por fin nos detuvimos delante de una casa anti-
gua, que sobresalía en la alineación de la calle. Las
ventanas del primer piso eran salientes, y también
las vigas avanzaban sus cabezas talladas, de ma-
nera que por un momento me pregunté si la casa
entera no tendría la curiosidad de adelantarse así
para ver lo que pasaba en la calle. Además, todo
esto no le impedía brillar con una limpieza exquisita.
La vieja aldaba de la puerta, en medio de las guir-
naldas de flores y frutos tallados que la rodeaban,
brillaba como un estrella. Los escalones de piedra
estaban tan limpios como si los acabaran de cubrir
con lienzo blanco, y todos los ángulos y rincones de
las esculturas y adornos, los cristalitos de las venta-
nas, todo estaba tan deslumbrante como la nieve
que cae en las montañas.
Cuando el coche se detuvo a la puerta, miré hacia
la casa y vi una figura cadavérica que se asomó un
momento a una ventana de una torrecilla en uno de
los ángulos y después desapareció. El pequeño
arco de la puerta se abrió entonces, presentándose
ante nosotros el mismo rostro. Era completamente
un cadáver, como ya me había parecido en la ven-
tana, aunque su rostro estaba cubierto de esas
manchas que se ven a menudo en el cutis de los
pelirrojos y, en efecto, el personaje era pelirrojo.
Debía de tener unos quince años, me pareció; pero
aparentaba ser mucho mayor. Llevaba los cabellos
cortados al rape; no tenía cejas ni pestañas; los ojos
eran de un rojo pardo, tan desguarnecidos, tan des-
nudos, que yo no me explicaba cómo podrían dor-
mir tan descubiertos. Era cargado de hombros, hue-
sudo y anguloso. Vestía, con decencia, de negro,
con una corbata blanca, con el traje abrochado has-
ta el cuello, y unas manos tan largas y tan delgadas,
una verdadera mano de esqueleto, que atraía mi
atención, mientras de pie, delante del caballo, se
acariciaba la barbilla y nos miraba.
-¿Está en casa míster Wickfield, Uriah Heep? -dijo
mi tía.
-Sí; míster Wickfield está en casa, señora. Si quie-
re usted tomarse la molestia de pasar -dijo, seña-
lando con su mano descarnada la habitación que
quería designarnos.
Bajamos del coche, dejando a Uriah Heep cui-
dando del caballo, y entramos en un salón un poco
bajo, de forma alargada, que daba a la calle. Por las
ventanas vi a Uriah Heep que soplaba en los ollares
al caballo y después le cubría precipitadamente con
su mano, como si le hubiera hecho un maleficio.
Frente a la vieja chimenea había colocados dos
retratos: uno, el de un hombre de cabellos grises,
pero joven; las cejas eran negras y miraba unos
papeles atados con una cinta roja. El otro era el de
una señora; la expresión de su rostro era dulce y
seria, y me miraba.
Creo que buscaba con los ojos un retrato de
Uriah, cuando al fondo de la habitación se abrió una
puerta y entró un caballero que me hizo volverme a
mirar el retrato para cerciorarme de que no se había
salido del marco; pero no: seguía quieto en su sitio,
y cuando el caballero estuvo más cerca de la luz vi
que tenía más edad que cuando le habían retratado.
-Miss Betsey Trotwood, haga usted el favor de
pasar. Usted me dispensará; pero cuando han lle-
gado estaba ocupado. Ya conoce usted mi vida y
sabe que sólo tengo un interés en el mundo.
-Miss Betsey le dio las gracias y entramos en un
despacho que estaba amueblado como el de un
hombre de negocios; lleno de papeles, de libros, de
cajas de estaño. Daba al jardín y estaba provisto de
una caja de caudales fija en la pared, justo encima
de la chimenea; Canto es así, que me preguntaba
cómo harían los deshollinadores para poder pasar
por detrás cuando necesitaran limpiarla.
-Y bien, miss Trotwood -dijo mister Wickfield, pues
descubrí pronto que era el dueño de la casa, que
era abogado y que administraba las tierras de un
rico propietario de los alrededores- ¿Qué le trae a
usted por aquí? En todo caso espero que no sea
por nada malo.
-No -replicó mi tía-; no vengo por asuntos legales.
-Tiene usted razón -dijo mister Wickfield-, más va-
le que nos veamos por otra cosa.
Ahora sus cabellos eran completamente blancos,
aunque seguía teniendo las cejas negras. Su rostro
era muy agradable y hasta debía de haber sido muy
guapo. Tenía un color excesivo, que yo desde hacía
mucho tiempo había aprendido, gracias a Peggotty,
a atribuir al vino, y a lo mismo atribuía el sonido de
su voz y su corpulencia. Estaba muy bien vestido,
con traje azul, chaleco a rayas y pantalón de nan-
quín. Su camisa y su corbata de batista eran tan
blancas y tan final, que me recordaban, en mi erran-
te imaginación, al cuello de un cisne.
-Es mi sobrino --dijo mi tía.
-No sabia que tuviera usted un sobrino -dijo mister
Wickfield.
-Es decir, mi sobrino nieto.
-Tampoco sabía que lo tuviera usted; se lo asegu-
ro -añadió míster Wickfield.
-Lo he adoptado ---dijo mi tía con un gesto que in-
dicaba que le importaba muy poco lo que sabía o
dejaba de saber-, y lo he traído para meterlo en un
colegio donde esté bien cuidado y le enseñen bien.
Quería que me dijera usted dónde podría encontrar
ese colegio, y que me diera todos los datos necesa-
rios.
-Antes de aventurarme a aconsejarla, permítame.
Ya sabe usted mi vieja pregunta para todas las co-
sas: ¿Cuál es su verdadero objeto?
-¡El diablo lleve a este hombre! Siempre quiere
buscar motivos ocultos cuando están a la vista. Lo
único que quiero es hacer a este niño feliz y que
aprenda.
-Yo creo que debe haber algún otro motivo -dijo
mister Wickfield moviendo la cabeza y sonriendo
con incredulidad.
-¿Otro motivo? -replicó mi tía-. Usted tiene la pre-
tensión de obrar con transparencia en todo. Supon-
go que no creerá usted que es la única persona que
sigue directamente su camino en el mundo
-Yo no tengo más que un objeto en la vida, miss
Trotwood, y muchas personas lo tienen por docenas
y hasta por cientos. Yo sólo tengo uno; esa es la
diferencia. Pero nos hemos alejado de la cuestión.
Usted me pregunta por el mejor colegio. Sea cual
fuere su motivo, ¿usted quiere el mejor?
Mi tía asintió.
-El mejor que tenemos -dijo míster Wickfield re-
flexionando-; su sobrino no puede ser admitido en él
por ahora más que como externo.
-Pero entre tanto podrá vivir en cualquier otra par-
te, supongo --dijo mi tía.
Míster Wickfield dijo que sí, y después de un mo-
mento de discusión le propuso visitar la escuela
para que pudiera juzgar ella misma. A la vuelta ver-
ía también las casas donde le parecía que podría
dejarme.
Mi tía aceptó la proposición, a íbamos a salir los
tres cuando mister Wickfield se detuvo para decir-
me:
-Pero quizá fuese mejor que nuestro amiguito no
viniese.
Mi tía parecía dispuesta a no aceptar la proposi-
ción; pero, para facilitar las cosas, yo dije que esta-
ba dispuesto a esperarlos allí si les convenía, y volví
al despacho, donde mientras los esperaba tomé
posesión de la silla que había ocupado ya a mi lle-
gada.
Y sucedió que aquella silla estaba colocada frente
a un pasillo estrecho que daba a la habitacioncita
redonda en cuya ventana había visto el pálido rostro
de Uriah Heep. Después de haber llevado el caballo
a una cuadra cercana, Uriah Heep se había puesto
a escribir en un pupitre y copiaba un papel fijado en
un cuadro de hierro y suspendido encima del pupi-
tre. Aunque estaba vuelto hacia mí, al principio creí
que el papel que copiaba y que se encontraba entre
los dos le impedía verme; pero mirando con más
detenimiento vi pronto que sus ojos penetrantes
aparecían de vez en cuando bajo el manuscrito
como dos soles rojos, y que me miraba furtivamente
lo menos durante un minuto, aunque seguía oyén-
dose su pluma correr a la misma velocidad de
siempre. Traté varias veces de escapar a sus mira-
das. Me subí a una silla para mirar un mapa en el
otro extremo de la habitación; me hundí en la lectu-
ra de un periódico, pero sus ojos me atraían, y
siempre que lanzaba una mirada sobre aquellos dos
soles abrasados estaba seguro de verlos levantarse
o bajarse en el mismo instante.
Por fin, después de esperar mucho tiempo, volvie-
ron mi tía y mister Wickfield. No habían obtenido el
resultado que esperaban, pues si las ventajas del
colegio eran incontestables, mi tía no aprobaba
ninguna de las casas propuestas para que yo vivie-
ra.
-Es una lata --dijo mi tía- No sé qué hacer, Trot.
-En efecto; es molesto -dijo míster Wickfield-; pero
yo sé lo que podía usted hacer.
-¿Qué? -dijo mi tía.
-Deje usted aquí a su sobrino por el momento. Es
un niño tranquilo, que no me molestará nada. La
casa es buena para estudiar, tranquila como un
convento, y casi tan grande. ¡Déjelo aquí!
La proposición le gustaba a mi tía; pero dudaba
en aceptar por delicadeza, y yo lo mismo.
-Vamos, miss Trotwood -dijo míster Wickfield-; no
hay otro modo de salvar la dificultad. Y es solamen-
te un arreglo temporal. Si no resulta bien, si nos
molesta, tanto a unos como a otros, siempre esta-
mos a tiempo de separarnos, y entre tanto podre-
mos encontrar algo que convenga más. Por el mo-
mento, lo mejor es dejarlo aquí.
-Se lo agradezco mucho, y veo que él también lo
agradece; pero...
-Vamos; ya sé lo que quiere decir -exclamó míster
Wickfield-, y no quiero forzarla a que acepte favores
de mí; pagará usted la pensión si quiere; no pelea-
remos por el precio, pero la pagará si usted quiere.
-Esta condición -dijo mi tía-, sin disminuir en nada
mi reconocimiento, me deja más tranquila y estaré
encantada de dejarlo aquí.
-Entonces vamos a ver a la pequeña dueña de mi
casa -dijo míster Wickfield.
Subimos por una vieja escalera, con una balaus-
trada tan ancha que se hubiera podido andar por
ella, y entramos en un viejo salón algo oscuro, ilu-
minado por tres o cuatro de las extrañas ventanas
que había observado desde la calle. En los huecos
había asientos de madera, que parecían provenir de
los mismos árboles de los que se habían hecho el
suelo, encerado, y las grandes vigas del techo. La
habitación estaba muy bien amueblada, con un
piano y un deslumbrante mueble verde y rojo; había
flores en los floreros y parecía estar todo lleno de
rincones, y en cada uno había algo: o una bonita
mesa, o un costurero, o una estantería, o una silla,
o cualquier otra cosa; tanto que yo pensaba a cada
instante que no había en la habitación rincón más
bonito que en el que yo estaba, y un momento des-
pués descubría otro retiro más agradable todavía. El
salón tenía el sello de quietud y de exquisita limpie-
za que caracterizaba la casa exteriormente.
Míster Wickfield llamó a una puerta de cristales
que había en un rincón, y una niña de mi edad apa-
reció al momento y le besó. En su carita reconocí
inmediatamente la tranquila y dulce expresión de la
señora que había visto retratada en el piso de aba-
jo. Me parecía que era el retrato quien había cre-
cido, haciéndose mujer, mientras que el original
continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y
dichoso, lo que no impedía que su rostro y sus mo-
dales respirasen una tranquilidad, una serenidad de
alma, que no he olvidado ni olvidaré jamás.
-He aquí la pequeña dueña de mi casa -dijo
míster Wickfield-, mi hija Agnes. Cuando oí el tono
con que pronunciaba aquellas palabras y el modo
como agarraba su mano, comprendí que aquel era
el motivo de su vida.
Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía
todo el aspecto de una ama de casa bastante seria
y bastante entendida para gobernar la vieja morada.
Escuchó con interés lo que su padre le decía de mí,
y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con
ella a ver mi habitación. Fuimos todos juntos; ella
nos guió a una habitación verdaderamente mag-
nífica, con sus vigas de nogal, como las demás, y
sus cuadraditos de cristales, y la hermosa balaus-
trada de la escalera llegaba hasta allí.
No puedo recordar dónde ni cuándo había visto
en mi infancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni
recuerdo los asuntos que representarían. Sé única-
mente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la
vieja escalera y volverse para esperamos, bajo
aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había
visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció
desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de
Agnes Wickfield.
Mi tía estaba tan contenta como yo de las deci-
siones que acababa de tomar, y bajamos juntos al
salón, muy dichosos y muy agradecidos. Mi tía no
quiso oír hablar de quedarse a comer, por temor de
no llegar antes de la noche a su casa con el famoso
caballo gris, y creo que míster Wickfield la conocía
demasiado bien para tratar de disuadirla. De todos
modos, le hicieron tomar algo. Agnes volvió a su
cuarto con su aya, y míster Wickfield a su despa-
cho, y nos dejaron solos para que pudiéramos des-
pedimos tranquilos.
Me dijo que míster Wickfield se encargaría de
arreglar todo lo que me concerniese y que no me
faltaría nada, y después añadió los mejores conse-
jos y las palabras más afectuosas.
-Trot -dijo mi tía al terminar su discurso-, a ver si
te haces honor a ti mismo, a mí y a míster Dick, y
¡qué Dios te acompañe!
Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude
hacer fue darle las gracias, encargándole toda clase
de cariños para míster Dick.
-No hagas nunca una bajeza; no mientas nunca;
no seas cruel; evita estos tres vicios, Trot, y siempre
tendré esperanzas en ti.
Prometí lo mejor que pude que no abusaría de su
bondad y que no olvidaría sus recomendaciones.
-El caballo está a la puerta -dijo mi tía-; me voy;
quédate aquí.
A estas palabras me abrazó precipitadamente y
salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Al principio me sorprendió esta brusca partida y
temí haberla disgustado; pero cuando la vi por la
ventana subir al coche con tristeza y alejarse sin
levantar los ojos comprendí mejor lo que sentía, y
no le hice ya aquella injusticia.
A las cinco se cenaba en casa de míster Wick-
field. Había recobrado ánimos y sentía apetito. Sólo
había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había
esperado en el salón a su padre, se sentó frente a
él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera co-
mido sin ella.
Después de comer volvimos a subir al salón, y en
el rincón más cómodo Agnes preparó para su padre
un vaso y una botella de vino de Oporto. Yo creo
que no habría encontrado en su bebida favorita su
perfume acostumbrado si se la hubieran servido
otras manos.
Allí pasó dos horas bebiendo vino en bastante
cantidad, mientras Agnes tocaba el piano, trabajaba
o charlaba con él y conmigo. Él estaba la mayor
parte del tiempo alegre y charlatán como nosotros;
pero a veces la miraba y caía en un silencio soña-
dor. Me parecía que ella se daba cuenta enseguida,
y trataba de arrancarle de sus meditaciones con una
pregunta o una caricia; entonces salía de su ensue-
ño y bebía más vino.
Agnes hizo los honores del té; después pasó el
tiempo hasta la hora de acostarnos. Su padre la
estrechó en sus brazos y la besó, y al marcharse
pidió que llevasen las velas a su despacho. Yo tam-
bién subí a acostarme.
Por la tarde había salido un rato para echar una
mirada a las antiguas casas y a la hermosa cate-
dral, preguntándome cómo habría podido atravesar
aquella antigua ciudad en mi viaje y pasar, sin sa-
berlo, al lado de la casa donde debía vivir tan pron-
to. Al volver vi a Uriah Heep que cerraba el bufete.
Me sentía benevolente hacia todo el género huma-
no y le dirigí algunas palabras, y al despedirme le
tendí la mano. Pero ¡qué mano húmeda y fría tocó
la mía! Me pareció sentir la mano de la muerte, y
me froté después. la mía con fuerza para calentarla
y borrar la huella de la suya.
Fue tan desagradable que cuando entré en mi
habitación todavía sentía su frío y humedad en mi
memoria. Asomándome a la ventana vi uno de los
rostros tallados en las cabezas de las vigas que me
miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep
que había subido allí de algún modo, y la cerré con
prisa.
CAPÍTULO XVI
CAMBIO EN MÁS DE UN SENTIDO
Al día siguiente, después del desayuno, entré de
nuevo en la vida de colegio. Míster Wickfield me
acompañó al escenario de mis futuros estudios. Era
un edificio de piedra, en el centro de un patio donde
se respiraba un aire científico muy en armonía con
los cuervos y las cornejas que bajaban de las torres
de la catedral para pasearse, con paso majestuoso,
por la hierba. Me presentaron a mi nuevo maestro,
el doctor Strong.
El doctor Strong me pareció casi tan oxidado co-
mo la verja de hierro que rodeaba la fachada y casi
tan pesado como las grandes umas de piedra colo-
cadas en la verja a intervalos iguales en lo alto de
sus pilares, como un juego de bolos gigantescos
preparado para que el Tiempo lo tirase. Estaba en
la biblioteca; me refiero al doctor Strong. Llevaba la
ropa mal cepillada, los cabellos despeinados, largas
polainas negras desabrochadas y los zapatos abier-
tos como dos cavernas sobre la alfombra. Volvió
hacia mí sus ojos apagados, que me recordaron los
de un caballo ciego al que había visto pacer y cojear
sobre las tumbas del cementerio de Bloonderstone.
Me dijo que se alegraba mucho de verme, y me
tendió una mano, con la que yo no sabía qué hacer,
porque ella tampoco hacía nada.
Sentada trabajando no lejos del doctor había una
linda muchacha, a quien llamaba Annie, y supuse
que sería su hija.
Me sacó de mis meditaciones cuando se arrodilló
en el suelo para atar los zapatos del doctor Strong y
abrocharle las polainas, lo que hizo con prontitud y
cariño. Cuando terminó y nos dirigimos a la clase,
me sorprendió mucho oír a míster Wickfield despe-
dirse de ella bajo el nombre de mistress Strong, y
me preguntaba si no sería por casualidad la mujer
de algún hijo, cuando el mismo doctor disipó mis
dudas.
-A propósito, Wickfield --dijo parándose en un pa-
sillo, con una mano apoyada en mi hombro-, ¿no ha
encontrado usted todavía nada que pueda convenir
al primo de mi mujer?
-No -dijo míster Wickfield-, todavía no.
-Desearía que fuera lo más pronto posible, Wick-
field -dijo el doctor Strong-, pues Jack Maldon es
pobre y está ocioso, y son dos cosas malas, que
traen a veces resultados peores. Y es lo que dice el
doctor Wats -añadió mirándome y moviendo la ca-
beza al mismo tiempo que hablaba-, que «Satanás
encuentra siempre trabajo para las manos ociosas».
-En verdad, doctor -replicó míster Wickfield-, que
el doctor Wats habría podido decir con la misma
razón «que Satanás siempre encuentra algo que
hacer para las manos ocupadas». Las personas
ocupadas también toman parte en el mal del mun-
do, puede usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo
que han hecho desde hace un siglo o dos los que
más han trabajado en adquirir poder o dinero?
¿Cree usted que no han hecho también bastante
daño?
-Jack Maldon nunca trabajará demasiado para
adquirir lo uno ni lo otro -dijo el doctor Strong, res-
tregándose la barbilla con aire pensativo.
-Es posible -dijo míster Wickfield-, y me recuerda
usted nuestro asunto, y le pido perdón por haberme
alejado de él. No; todavía no he encontrado nada
para Jack Maldon. Creo -añadió titubeando- que
adivino sus aspiraciones, y eso hace la cosa más
difícil.
-Mis objetivos --dijo el doctor Strong- son colocar
de un modo conveniente al primo de Annie, que
además es para ella un amigo de la infancia.
-Sí, ya sé -dijo míster Wickfield-: en Inglaterra o
en el extranjero.
-Sí -dijo el doctor, evidentemente sorprendido de
la afectación con que pronunciaba aquellas pala-
bras: «en Inglaterra o en el extranjero».
-Son sus propias palabras -dijo míster Wickfield-.«
o en el extranjero».
-Sin duda -respondió el doctor-,sin duda; lo uno o
lo otro.
-¿Lo uno o lo otro? ¿Le es indiferente? –preguntó
míster Wickfield.
-Sí --contestó el doctor.
-¿Sí? -dijo el otro con sorpresa.
-Completamente indiferente.
-¿No tiene usted ningún motivo para preferir en el
extranjero mejor que en Inglaterra?
-No -respondió el doctor.
-Me veo obligado a creerle, y no hay duda de que
le creo-dijo míster Wickfield-. La misión que usted
me ha encargado es mucho más sencilla en ese
caso de lo que había creído. Confieso que tenía
sobre ello ideas muy distintas.
El doctor Strong le miró con una sorpresa que
terminó en una sonrisa, y aquella sonrisa me animó
mucho, pues respiraba bondad y dulzura que, unida
a la sencillez que se encontraba también en todos
sus modales rompió el hielo formado por la edad y
los largos estudios. Aquella sencillez era lo mejor
para atraer a un joven discípulo como yo. El doctor
andaba delante de nosotros con paso rápido y des-
igual, contestando «sí», « no» , « perfectamente» y
otras respuestas breves sobre el mismo asunto.
Mientras nosotros le seguíamos observé que míster
Wickfield hablaba solo moviendo la cabeza con
expresión grave, creyendo que yo no le veía.
La clase era una gran sala, en la quietud de un
rincón de la casa, desde donde se veía por un lado
media docena de las grandes urnas y por el otro un
jardín retirado que pertenecía al doctor Strong y en
un lado del cual podían verse los melocotones
puestos a madurar al sol. También había grandes
áloes en cajones encima del musgo, por fuera de
las ventanas, y las hojas tiesas de aquella planta,
que parecían hechas de zinc pintado, han quedado
asociadas durante mucho tiempo en mi memoria
como símbolo de silencio y retiro. Veinticinco alum-
nos, poco más o menos, estaban estudiando en el
momento de nuestra llegada. Todo el mundo se
levantó para dar los buenos días al doctor Strong, y
después se quedaron en pie al vernos a míster
Wickfield y a mí.
-Un nuevo alumno, caballeros -dijo el doctor-:
Trotwood Copperfield.
Un joven llamado Adams, que era el primero de la
clase, salió de su sitio para darme la bienvenida. Su
corbata blanca le daba aspecto de joven ministro
anglicano, lo que no le impedía ser amable y de
carácter alegre. Me señaló mi sitio y me presentó a
los diferentes maestros con tan buena voluntad que,
de haber sido posible, me hubiese quitado toda la
timidez.
Pero me parecía que hacía tanto tiempo que no
me encontraba entre chicos de mi edad, excepto
Mick Walker y Fécula de patata, que me sentía ais-
lado como nunca. Tenía tal conciencia de haber
vivido escenas de las que ellos no tenían ni idea, y
adquirido una experiencia fuera de mi edad, aspecto
y condición, que creo que casi me reprochaba como
una impostura el presentarme ante ellos como un
colegial cualquiera. Había perdido durante el tiem-
po, más o menos largo, de mi estancia en Murdsto-
ne y Grimby la costumbre de los juegos y diversio-
nes de los chicos de mi edad, y sabía que me en-
contraría torpe y novato. Lo poco que había podido
aprender anteriormente se había borrado tan por
completo de mi memoria por las preocupaciones
sórdidas que agobiaban mi espíritu día y noche, que
cuando me examinaron para ver lo que sabía re-
sultó que no sabía nada, y me pusieron en la última
clase. Pero por preocupado que estuviera de mi
torpeza en los ejercicios corporales y de mi ignoran-
cia en estudios más serios, estaba infinitamente
más incómodo pensando en el abismo mil veces
mayor que abría entre nosotros mi experiencia de
las cosas que ellos ignoraban y que, desgraciada-
mente, yo no desconocía ya. Me preguntaba lo que
podrían pensar si llegaran a saber que conocía
íntimamente la prisión de Bench King's. Mis moda-
les ¿no revelarían todo lo que había hecho en la
sociedad de los Micawber? ¿Aquellas ventas, aque-
llos préstamos y aquellas comidas que eran su con-
secuencia? Quizá alguno de mis compañeros me
había visto atravesar Canterbury, cansado y andra-
joso, y quizá me reconocería. ¿Qué dirían ellos, que
daban tan poco valor al dinero, si supieran cómo
había contado yo mis medios peniques para com-
prar todos los días la carne y la cerveza y los trozos
de pudding necesarios para mi subsistencia? ¿,Qué
efecto produciría aquello sobre niños que no conoc-
ían la vida de las calles de Londres, si llegaban a
saber que yo había frecuentado los peores barrios
de la gran ciudad, por avergonzado que pudiera
estar de ello? Mi espíritu estaba tan impresionado
con aquellas ideas el primer día que pasé en la
escuela del doctor Strong que estaba pendiente de
mis miradas y mis movimientos, preocupado de que
alguno de mis camaradas pudiera acercárseme. En
cuanto se terminó la clase hui a toda prisa, por te-
mor a comprometerme si respondía a sus avances
amistosos.
Pero la influencia que reinaba en la antigua casa
de míster Wickfield empezó a obrar sobre mí en el
momento en que llamé a la puerta con mis nuevos
libros debajo del brazo, y sentí que mis temores se
disipaban. Al subir a mi habitación, tan ordenada, la
sombra seria y grave de la vieja escalera disipó mis
dudas y mis temores y arrojó sobre mi pasado una
oscuridad propicia. Permanecí en mi habitación
estudiando con ahínco hasta la hora de cenar (sal-
íamos de la escuela a las tres) y bajé con la espe-
ranza de llegar a ser un niño cualquiera.
Agnes estaba en el salón esperando a su padre, a
quien retenía en su despacho un asunto. Vino hacia
mí con su sonrisa encantadora y me preguntó lo
que me había parecido la escuela. Yo respondí que
pensaba que iba a estar muy bien en ella, pero que
todavía no me había acostumbrado.
-¿Tú no has ido nunca a la escuela? -le dije.
-Al contrario; todos los días estoy en ella.
-¡Ah!; pero ¿quieres decir aquí en tu casa?
-Papá no podría prescindir de mí -dijo sonriendo-,
necesita a su lado al ama de casa.
-Te quiere mucho; estoy seguro.
Me indicó que sí y se acercó a la puerta para es-
cuchar si subía, con objeto de salirle al encuentro
en la escalera. Pero como no oyó nada, volvió hacia
mí.
-Mamá murió en el momento de nacer yo -me dijo
con su habitual expresión dulce y tranquila- Sólo
conozco de ella su retrato, que está abajo. Ayer lo vi
mirarlo. ¿,Sabías quién era?
-Sí -le dije-; ¡se te parece tanto!
-También esa es la opinión de papá -dijo satisfe-
cha-; pero... ahora sí que es papá.
Su tranquilo rostro se iluminó de alegría al salirle
al encuentro, y entraron juntos dándose la mano.
Me recibió con cordialidad y me dijo que estaría
muy bien con el doctor Strong, que era el mejor de
los hombres.
-Quizá haya gentes, no lo sé, que abusen de su
bondad -dijo míster Wickfield-; no los imites nunca,
Trotwood; es el ser menos desconfiado que existe,
y, sea cualidad o defecto, es una cosa que siempre
hay que tener en cuenta en el trato que se tenga
con él.
Me pareció que hablaba como hombre contrariado
o descontento de algo; pero no tuve tiempo de dar-
me mucha cuenta. Anunciaron la comida y bajamos
a sentarnos a la mesa en los mismos sitios que la
víspera. Apenas acabábamos de empezar cuando
Uriah Heep asomó su cabeza roja y su mano des-
carnada por la puerta.
-Mister Maldon querría hablar unas palabras con
el señor.
-¡Cómo! ¡Si no hace un instante que nos hemos
separado! --dijo.
-Es verdad, señor; pero acaba de volver para de-
cirle dos palabras.
Al mismo tiempo que tenía la puerta entreabierta,
Uriah me había mirado y había mirado a Agnes, a
los platos, a las fuentes y a todo lo que la habitación
contenía, aunque no pareció mirar más que a su
amo, sobre el cual se fijaban respetuosamente sus
ojos rojos.
-Dispénseme; es únicamente para decirle que re-
flexionando... -observó una voz detrás de Uriah, al
mismo tiempo que su cabeza era empujada y susti-
tuida por la del nuevo interlocutor-. Le ruego que me
perdone la indiscreción; pero, puesto que no puedo
elegir, cuanto antes me marche, mejor. Mi prima
Annie me había dicho, cuando habíamos hablado
de este asunto, que prefería tener a sus amigos lo
más cerca posible mejor que verlos desterrados; y
el viejo doctor...
-¿El doctor Strong, quiere usted decir?
-interrumpió gravemente míster Wickfield.
-El doctor Strong, naturalmente -repuso el otro-.
Yo le llamo el viejo doctor; pero es lo mismo, ¿sabe
usted?
-No lo sé --dijo míster Wickfield.
-Pues bien; el doctor Strong -dijo el otro-, el doctor
Strong parecía de la misma opinión, creo yo; ahora,
según lo que usted me propone, parece ser que ha
cambiado de idea. En ese caso, no tengo nada que
decir, excepto que cuanto antes, mejor. De manera
que, sólo he vuelto para decirle que cuanto antes,
mejor. Cuando hay que tirarse al agua de cabeza,
de nada sirve titubear.
-Si lo quiere usted así, mister Maldon, puede us-
ted contar con ello --dijo míster Wickfield.
---Gracias -dijo el otro muy agradecido-; a caballo
regalado no se le mira el diente. Si no fuera por eso
me atrevería a decir que habría sido mejor que mi
prima Annie hubiese arreglado las cosas a su modo;
Annie no habría tenido más que decírselo al viejo
doctor...
-¿Se refiere usted a que mistress Strong no habr-
ía tenido más que decírselo a su marido, no es así?
-dijo míster Wickfield.
-Exactamente -replicó Maldon-. Con que ella le
hubiera dicho que fueran las cosas de otra manera,
lo habrían sido como la cosa más natural.
-¿Y por qué como la cosa más natural, míster
Maldon? -preguntó míster Wickfield, que seguía
comiendo tranquilamente.
-¡Ah! Porque Annie es una chiquilla encantadora,
y el viejo doctor, el doctor Strong quiero decir, no es
precisamente un muchacho -dijo Jack Maldon rién-
dose-. No quiero ofender a nadie, míster Wickfield;
quiero únicamente decir que supongo que alguna
compensación es necesaria y razonable en esa
clase de matrimonios.
-¿Compensaciones para la señora, caballero?
-preguntó míster Wickfield con gravedad.
-Sí; para la señora, caballero -contestó Jack Mal-
don riendo.
Pero observando que mister Wickfield continuaba
su comida con la misma tranquila impasibilidad y
que no había esperanzas de que se ablandara un
solo músculo de su rostro, añadió:
-Sin embargo, ya he dicho todo lo que tenía que
decir, y pidiéndole de nuevo perdón por ser inopor-
tuno, me retiro. Naturalmente que seguiré sus con-
sejos, considerando el asunto como cosa tratada
entre usted y yo solamente, y no haré referencia a
ello en casa del doctor.
-¿Ha comido usted? -preguntó míster Wickfield
señalándole la mesa.
-Gracias; voy a comer con mi prima Annie --dijo
Maldon-. Adiós.
Míster Wickfield, sin levantarse, lo miró pensativo
mientras se marchaba. Maldon era uno de esos
muchachos superficiales, guapos, charlatanes y de
aspecto confiado y atrevido. Esta fue la primera vez
que vi a Jack Maldon, a quien no esperaba conocer
tan pronto cuando oí al doctor hablar de él aquella
mañana.
Cuando terminamos de comer subimos al salón, y
todo sucedió exactamente como el día anterior.
Agnes puso los vasos y botellas en el mismo rincón
y míster Wickfield se sentó a beber y bebió bastan-
te. Agnes tocó el piano para él y trabajó y charló y
jugó varias partidas al dominó conmigo. A su hora
hizo el té; y después, cuando yo cogí mis libros para
repasarlos, ella también los miró para decirme lo
que sabía de ellos (que era mucho más de lo que yo
creía) y me indicó la mejor manera de estudiar y de
entenderlos. La veo con sus modales modestos,
tranquilos y ordenados, y oigo su hermosa voz se-
rena, mientras escuchaba sus palabras; la influencia
beneficiosa que llegó a ejercer en todo sobre mí
más adelante empezaba ya a dejarse sentir. Amo a
Emily, y no puedo decir que amo a Agnes; es com-
pletamente distinto: pero siento que donde Agnes
está, con ella están la paz, la bondad y la verdad, y
que la plácida luz de vidriera de iglesia que he visto
hace tiempo la ilumina siempre, y a mí también
cuando estoy a su lado, y a todo lo que la rodea.
Llegó la hora de acostarse. Acababa de dejarnos,
y yo daba la mano a míster Wickfield para despedi-
mos, cuando me detuvo diciendo:
-¿Qué te gusta más, Trotwood, estar con nosotros
o it a otro lado?
-Estar aquí -contesté presuroso.
-¿Estás seguro?
-¡Si usted puede; si le gusta!
-Pero temo que es un poco triste nuestra vida,
muchacho -dijo.
-¿Por qué va a ser más triste para mí que para
Agnes? No es nada triste.
-¿Que Agnes? -repitió acercándose despacio a la
gran chimenea y apoyándose en ella-. ¿Que Ag-
nes?
Aquella noche había bebido (me pareció) hasta
tener los ojos inyectados. Ahora no podía vérselos
porque tenía la cabeza baja y los tapaba además
con sus manos; pero hacía un momento me lo hab-
ía parecido.
-Ahora me pregunto si mi Agnes estará cansada
de mí. Yo nunca podré cansarme de ella; pero es
tan diferente, tan completamente diferente...
Hablaba para sí sin dirigirse a mí, así es que per-
manecí inmóvil.
-Es una casa vieja y triste y una vida monótona.
Pero necesito tenerla cerca de mí, lo necesito. Sí;
sólo la idea de que puedo morir y dejarla, o de que
puede ella morir y dejarme, viene como un espectro
a amargar mis horas más felices, y solamente pue-
do ahogarlo en...
No pronunció la palabra; pero se acercó lenta-
mente al sitio en que había estado sentado a hizo el
gesto de servirse vino de la botella vacía; después
la dejó y volvió a pasearse.
-Y si ese miserable pensamiento es tan punzante
teniéndola a mi lado -prosiguió-, ¿que sería si estu-
viera lejos? No, no, no; no puedo decidirme.
Volvió a apoyarse en la chimenea durante tanto
tiempo, que yo no sabía qué decidir, si marcharme,
exponiéndome a interrumpirle, o continuar inmóvil
como estaba hasta que saliese de sus sueños. Por
último se rehizo y buscó por la habitación hasta que
me encontraron sus ojos.
-¿Te quedas con nosotros, verdad, Trotwood?
-dijo con su tono habitual, y como si contestara a
algo que yo acabara de decir---. Me alegro mucho;
nos harás compañía a los dos. Será un bien que te
quedes; bien para mí, bien para Agnes, y quizá bien
para todos.
-Para mí estoy seguro -dije-. ¡Estoy aquí tan con-
tento!
-Eres un buen chico -dijo míster Wickfield-y pue-
des permanecer aquí todo el tiempo que quieras.
Me estrechó la mano y me dio un golpe afectuoso
en el hombro. Después me dijo que por la noche,
cuando tuviera algo que estudiar después de que
Agnes se acostara, o si quería leer por gusto, podía
bajar a su estudio si él estaba allí y quería hacerlo.
Le di las gracias por su bondad, y como él se bajó
enseguida y yo no estaba cansado bajé también
con un libro en la mano para disfrutar durante media
hora del permiso.
Pero viendo luz en la habitación redonda y sin-
tiéndome inmediatamente atraído por Uriah Heep,
que ejercía una especie de fascinación sobre mí,
entré. Le encontré leyendo un gran libro con tal
atención, que su dedo huesudo seguía apuntando
cada línea y dejando una huella a todo lo largo de la
página, como la de un caracol.
-Trabaja usted hasta muy tarde esta noche,
Uriah-le dije.
-Sí, míster Copperfield --dijo Uriah, mientras yo
cogía un taburete frente a él para hablarle con más
comodidad.
Observé que no sabía sonreír; únicamente abría
la boca, y se le marcaban dos arrugas duras a cada
lado de las mejillas.
-No estoy trabajando para el bufete, míster Cop-
perfield -dijo Uriah.
-¿En qué trabaja entonces? -pregunté.
-Estoy estudiando Derecho --dijo Uriah-. En este
momento aprendo la práctica de Tidd. ¡Qué escritor
este Tidd, míster Copperfield!
Mi taburete era un buen sitio de observación, y le
contemplé mientras leía de nuevo después de aque-
lla calurosa exclamación y seguía otra vez las líneas
con su dedo. Observé también que las aletas de su
nariz, que era delgada y puntiaguda, tenían un sin-
gular poder de contracción y dilatación, y parecía
guiñar con ellas en lugar de con los ojos, que no
decían nada en absoluto.
-¿Supongo que será usted un gran abogado?
---dije después de mirarle durante un rato.
-¿Yo, míster Copperfield? -dijo Uriah-. ¡Oh, no! Yo
soy una persona muy humilde.
Pensé que no debía ser aprensión mía lo que me
había hecho sentir el contacto de sus manos, pues
continuamente las restregaba una con otra como
para calentarlas, y las secaba furtivamente con su
pañuelo.
-Sé muy bien lo humilde de mi condición -dijo
Uriah Heep con modestia- comparándome con los
demás. Mi madre es también una persona muy
humilde; vivimos en una casa modestísima, míster
Copperfield; pero tenemos mucho que agradecer a
Dios. El oficio de mi padre era muy modesto: era
sepulturero.
-¿Dónde está ahora? -pregunté.
-Ahora está en la gloria, míster Copperfield -dijo
Uriah-. Pero ¡cuántas gracias no hemos recibido!
¿No debo dar mil gracias a Dios por haber entrado
con míster Wickfield'?
Le pregunté a Uriah si estaba desde hacía mucho
tiempo con él.
-Estoy aquí desde hace cuatro años, míster Cop-
perfield -dijo Uriah cerrando el libro, después de
señalar cuidadosamente el sitio en que se inte-
rrumpía-. Entré aquí un año después de la muerte
de mi padre. Y también qué enorme gracia debo a
la bondad de míster Wickfield, que me permite es-
tudiar gratuitamente cosas que hubieran estado por
encima de los humildes recursos de mi madre y
míos.
-Entonces, ¿al terminar sus estudios de Derecho
se hará usted procurador? -dije.
-Con la bendición de la Providencia, míster Cop-
perfield -respondió Uriah.
-¡Quién sabe si no llegará usted a ser un día el
socio de míster Wickfield -dije yo para hacerme
agradable- y entonces será Wickfield y Heep, o
Heep, sucesor de Wickfield!
-¡Oh, no, míster Copperfield! -replicó Uriah sacu-
diendo la cabeza- Soy demasiado humilde para eso.
Verdaderamente se parecía de una manera
asombrosa a la cabeza tallada en el extremo de la
viga cerca de mi ventana mientras estaba así sen-
tado en su humildad, mirándome de lado con la
boca abierta y las arrugas en las mejillas.
-Míster Wickfield es un hombre excelente, míster
Copperfield --dijo Uriah ; pero si usted le conoce
desde hace mucho tiempo sabrá sobre él más de lo
que yo pueda decirle.
Le repliqué que estaba convencido; pero que no
hacía mucho tiempo que le conocía, aunque era
muy amigo de mi tía.
-¡Ah! En verdad, míster Copperfield, su tía es una
mujer muy amable.
Cuando quería expresar entusiasmo se retorcía
de la manera más extraña; nunca he visto nada más
feo. Así, olvidé por un momento los cumplidos que
hacía de mi tía, para fijarme en las sinuosidades de
serpiente que imprimía a todo su cuerpo.
-Una señora muy amable, míster Copperfield -re-
puso-, y creo que tiene una gran admiración por
miss Agnes.
Respondí que sí, aunque no sabía nada. ¡Dios me
perdone!
-Y espero que usted piensa como ella; ¿no es
así?
-Todo el mundo debe estar de acuerdo en eso
-respondí yo.
-¡Oh!, muchas gracias por esa observación,
míster Copperfield -dijo Uriah Heep-. Eso que dice
usted es tan cierto; a pesar de mi humildad sé que
es tan cierto. ¡Oh, gracias, míster Copperfield!
Y se retorció en la exaltación de sus sentimientos.
Después se levantó y empezó a prepararse para
marchar.
-Mi madre debe estar esperándome -dijo mirando
un reloj opaco a insignificante que sacó del bolsillo-,
y debe de empezar a estar inquieta, pues dentro de
nuestra humildad nos queremos mucho. Si quisiera
usted venir a vernos un día y tomar una taza de té
en nuestra pobre morada mi madre se sentiría tan
orgullosa como yo de recibirle.
Respondí que iría con mucho gusto.
-Gracias, míster Copperfield -dijo Uriah poniendo
su libro encima del estante- ¿Supongo que estará
usted aquí bastante tiempo?
Le dije que suponía que viviría con míster Wick-
field mientras estuviera en el colegio.
-¡Ah! -exclamó Uriah-. Entonces pienso que termi-
nará usted entrando en los negocios, míster Cop-
perfield.
Yo dije que no tenía la menor intención de ello y
que a nadie se le había ocurrido pensar semejante
cosa; pero Uriah se empeñaba en contestar a todas
mis réplicas: «¡Oh, sí, míster Copperfield; segura-
mente!», o bien: « ¡Oh, naturalmente, míster Cop-
perfield; estoy seguro de que será así!». Por último,
cuando terminó sus preparativos, me preguntó si le
permitía apagar la luz, y al contestarle que sí, la
apagó al instante, y después de estrecharme la
mano (que en la oscuridad me pareció un pez),
entreabrió la puerta de la calle, se deslizó fuera y la
volvió a cerrar, dejándome que buscara mi camino a
tientas, lo que hice con mucho trabajo, después de
tropezar contra su taburete. Por esto sin duda estu-
ve soñando con él la mitad de la noche. Entre otras
cosas, le vi lanzar al mar la casa de míster Peggotty
para dedicarse a una expedición pirata bajo una
bandera negra que llevaba como divisa « La prácti-
ca de Tidd» y que nos arrastraba tras de sí bajo
aquella enseña diabólica a la pequeña Emily y a mí
para ahogarnos en los mares españoles.
Al día siguiente, cuando fui a la escuela, me sentí
menos tímido, y mucho menos al otro, y así fui por
grados hasta que me encontré completamente a
mis anchas y feliz entre mis nuevos compañeros.
Todavía era torpe en los juegos y estaba atrasado
en ¡Os estudios; pero contaba con la costumbre
para conseguir lo primero, y pensaba trabajar mu-
cho en lo segundo. En consecuencia, me puse con
ahínco a las dos cosas. En los juegos y en lo serio.
Creo que aproveché bastante, y en muy poco tiem-
po mi vida en Murdstone y Grimby me pareció tan
lejana que me costaba trabajo creer en ella, mien-
tras que mi vida actual me era tan familiar que me
parecía que la llevaba hacía mucho tiempo.
La escuela del doctor Strong era inmejorable y se
parecía tan poco a la de míster Creakle como el
bien y el mal. Estaba dirigida con un orden grave y
decoroso y por un buen sistema. En todas las cosas
se apelaba al honor y a la buena fe de los alumnos,
con la intención confesada de contar con estas cua-
lidades mientras no se diera motivo para lo contra-
rio. Esta confianza daba los mejores resultados.
Todos sentíamos que tomábamos parte en la buena
marcha del establecimiento y que a nosotros tocaba
mantener su reputación y su honor. Así, todos nos
encariñábamos vivamente con la casa y, por mi
parte, puedo responder que no he visto ni a uno de
mis camaradas que no pensase como yo.
Estudiábamos con todas nuestras fuerzas, para
hacer honor al doctor, y en el recreo nos divertía-
mos mucho y gozábamos de mucha libertad. Re-
cuerdo que con todo aquello hablaban muy bien de
nosotros en la ciudad, y que nuestra conducta y
modales rara vez perjudicaban la reputación del
doctor Strong o la de sus alumnos. Algunos de los
mayores, que vivían en casa del doctor, me informa-
ron de ciertos detalles de su vida. No hacía todavía
un año que se había casado con la linda mujer que
vi en su despacho. Por su parte había sido un ma-
trimonio de amor. La chica no tenía dinero, según
decían nuestros camaradas; pero, en cambio, pose-
ía una cantidad enorme de parientes pobres, siem-
pre dispuestos a invadir la casa de su marido. Se
atribuían los modales distraídos del doctor a las
pesquisas constantes a que se entregaba sobre las
raíces griegas. En mi inocencia, o mejor dicho en mi
ignorancia, suponía que el doctor tenía una especie
de manía botánica, tanto más cuanto siempre iba
mirando al suelo al andar. Fue bastante más tarde
cuando llegué a saber que se trataba de las raíces
de las palabras, y que tenía intención de hacer un
nuevo diccionario. Adams, que era el primero de la
clase y que tenía mucha disposición para las ma-
temáticas, había calculado el tiempo que tardaría el
doctor en hacer aquel diccionario; teniendo en cuen-
ta su plan primitivo y los resultados obtenidos, cal-
culaba que para dar fin a aquella empresa necesi-
taría mil seiscientos cuarenta y nueve años a partir
del último aniversario del doctor, que había cumpli-
do entonces los sesenta y dos. Pero el doctor era el
ídolo de los alumnos, y, en realidad, hubiese sido
necesario que el colegio hubiera estado compuesto
por niños muy malos para que fuera de otro modo,
pues verdaderamente era el mejor de los hombres,
lleno de una fe tan sencilla, que habría podido con-
mover hasta los corazones de piedra de las grandes
urnas alineadas a lo largo de la verja cuando pa-
seaba de arriba abajo en el patio, bajo las miradas
de los cuervos y de las comejas, que le seguían
volviendo la cabeza con expresión de lástima, como
si supieran que estaban mucho más al corriente que
él de los asuntos de este mundo. Si un vagabundo,
atraído por el crujir de sus zapatos, lograba
acercársele lo bastante para llamar su atención con
un relato de miseria, podía estar seguro de obtener
de su caridad lo suficiente para vivir bien dos días.
Sabían esto tan bien en la casa, que los maestros y
los discípulos de más edad saltaban muchas veces
por la ventana para arrojar a los mendigos antes de
que el doctor pudiera percatarse de su presencia, y
muchas veces hasta se había hecho esto a unos
pasos de él sin que se diera cuenta. Una vez fuera
de sus dominios y desprovisto de toda protección
era como una oveja para los rateros. De buena ga-
na se habría quitado las polainas para darlas. A
decir verdad, circulaba entre nosotros una historia
que se remontaba a no sé qué época y se fundaba
en no sé qué autoridad, pero que yo creo que era
cierta. Se decía que un día de invierno, en que hac-
ía mucho frío, el doctor había dado sus polainas a
una pobre mujer, que enseguida había suscitado el
escándalo de la vecindad paseando de puerta en
puerta a su nene envuelto en aquellos pañales im-
provisados, con gran sorpresa de todos, pues las
polainas del doctor eran tan conocidas en los alre-
dedores como la catedral. La leyenda añadía que el
único que no las reconoció fue el doctor, que, vién-
dolas poco después en el escaparate de una tienda
de compraventa de mala fama, donde recibían toda
clase de cosas a cambio de un vaso de ginebra, se
detuvo a examinarlas con aire de aprobación, como
si observase en ellas algún nuevo perfeccionamien-
to en su corte que les diera una ventaja señalada
sobre las suyas.
Lo que era un encanto era ver al doctor con su
mujercita. Tenía una manera afectuosa y paternal
de demostrarla su ternura, que sólo con eso se ex-
presaba la bondad de aquel hombre. A menudo los
veía paseando por el jardín, por donde estaban los
melocotones, y a veces lo había observado de cer-
ca en el despacho del doctor o en el salón. Ella
parecía cuidarle y quererle mucho, aunque su in-
terés por el diccionario nunca me pareció demasia-
do grande, a pesar de que los bolsillos y el sombre-
ro del doctor estaban siempre llenos de fragmentos
de aquel trabajo y generalmente parecía que se lo
explicaba a ella mientras se paseaban.
Yo veía mucho a mistress Strong, pues se había
aficionado a mí desde el día en que me presentaron
al doctor, y siempre continuó interesándose por mí
con cariño. Quería mucho a Agnes y venía a menu-
do a nuestra casa. Era curioso que con míster Wick-
field estaba siempre nerviosa, y parecía tenerle
miedo. Cuando venía a vernos por la tarde, evitaba
siempre aceptar su brazo para volver a su casa, y
me pedía a mí que la acompañara. A veces, cuando
atravesábamos alegremente el patio de la catedral
sin esperar encontrar a nadie, veíamos aparecer a
Jack Maldon, que se sorprendía mucho de vemos.
La madre de mistress Strong me entusiasmaba.
Se llamaba mistress Mackleham; pero los chicos
solían llamarla el Veterano, por la táctica con que
hacía maniobrar contra el doctor al numeroso ba-
tallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos
penetrantes, que llevaba siempre, cuando iba muy
vestida, una toca adornada con flores artificiales y
dos mariposas, también artificiales, que revolotea-
ban alrededor de las flores. Se decía entre nosotros
que aquella toca procedía, seguramente, de Francia
y, en efecto, su origen debía de ser de aquella inge-
niosa nación; pero lo que sé con certeza es que
aparecía por las noches por todas partes por donde
mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía
un cestito chino para llevarla de una casa a otra.
Las mariposas tenían el don de revolotear con sus
alas temblorosas como las abejas laboriosas, aun-
que al doctor Strong sólo le ocasionaba gastos.
Observaba al Veterano, y conste que no adopto el
nombre por faltarle al respeto, con toda comodidad
una noche que se me hizo memorable por otro inci-
dente que también voy a relatar. El doctor daba
aquella noche una reunión de despedida en honor
de Jack Maldon, que se marchaba a las Indias,
donde iba como cadete en un regimiento o algo
parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto
míster Wickfield. Ese día era también el cumpleaños
del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos
hecho nuestro regalo por la mañana. El número uno
había pronunciado un discurso en nombre de todos
los alumnos y le habíamos vitoreado hasta quedar
roncos, lo que le había emocionado haciéndole
llorar. Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Ag-
nes y yo veníamos a tomar el té en su compañía.
-He olvidado, doctor -dijo la madre de mistress
Strong cuando nos hubimos sentado-, felicitarle en
este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto
no es una fórmula; permítame desearle muchas
felicidades para este año y muchos que le sigan.
-Muchas gracias, señora -contestó el doctor.
-Muchos, muchos, muchos años de felicidad -dijo
el Veterano-, no solamente por usted, sino también
por Annie, por Jack Maldon y por otras muchas
personas.
-Me parece que fue ayer, Jack -continuó-, cuando
eras una criaturita. Copperfield sería mayor que tú
cuando cortejabas a Annie detrás de las grosellas
en el fondo del jardín.
-Mamá -dijo mistress Strong-, ya no te debe im-
portar esto.
-Annie, no seas absurda -repuso su madre-. Si te
ruborizas al oír estas cosas ahora, que eres toda
una señora casada, ¿cuándo vas a dejar de azorar-
te al oírlas?
-¡Vaya, Annie -exclamó Jack Maldon-, vamos!
-Sí, John; de hecho una señora madura, aunque
no lo sea por la edad; porque ¿quién me ha oído
decir que una muchacha de veinte años sea madura
por la edad? Tu prima es la mujer del doctor y como
tal la he descrito. Es mejor para ti, John, que tu pri-
ma sea la mujer del doctor; has encontrado en él un
buen amigo con influencia, que aún será mejor, me
atrevo a predecírtelo, si te lo mereces. No es falsa
vanidad, pues dudo en admitir francamente que hay
algunos miembros de nuestra familia que necesitan
un amigo. Tú eras uno de ellos, antes de que la
influencia de tu prima te lo hubiese procurado.
El doctor, en la bondad de su corazón, movió su
mano como para quitarle importancia y ahorrar a
Jack Maldon que siguieran insistiendo. Pero mis-
tress Mackleham se cambió a una silla cerca del
doctor, y dándole con el abanico en la manga dijo:
-No, realmente, mi querido doctor; debe usted
dispensarme que me entrometa, porque lo siento
tan intensamente, que casi puede llamarse una
monomanía. Es como una obsesión. Usted ha sido
una bendición para nuestra familia. Usted realmente
es nuestra providencia.
-Tonterías, tonterías -dijo el doctor.
-No, no; dispénseme usted -repuso el Veterano-.
Sin nadie presente más que nuestro querido a ínti-
mo amigo míster Wickfield, no puedo consentir que
me achiquen; voy a tener que reclamar los privile-
gios de suegra si siguen ustedes así y reñirles. Soy
completamente franca; lo que diga es lo que dije
cuando me sorprendió usted tanto la primera vez;
¿se acuerda usted qué sorprendida estaba cuando
pidió la mano de Annie? No porque fuera nada ex-
traordinario el hecho de la petición, sería ridículo
decirlo, sino porque usted conoció a su pobre padre
y a ella cuando era un bebé de seis meses. No me
lo figuraba a usted bajo ese aspecto, ni como novio
posible para nadie.
-¡Ay, ay! -dijo el doctor de buen humor-. Eso no
importa.
-Pero a mí sí -dijo el Veterano dándole con el
abanico en los labios-; me importa mucho recordar
estas cosas, que se me pueden discutir si me equi-
voco. Pues bien, entonces hablé a Annie y le conté
lo que había sucedido: «Querida mía, ha venido el
doctor Strong, que ha pedido tu mano». ¿Hice yo la
menor presión? No; le dije: « Mira, Annie; dime la
verdad ahora mismo. ¿Está libre tu corazón?».
«Mamá -me contestó llorando-, soy muy joven -lo
era realmente- y casi no sé si tengo corazón.» «
Entonces, querida mía -le dije-, puedes estar segura
de que está libre. De todos modos, el doctor Strong
está en una gran inquietud y se le debe contestar.
No se le puede tener esperando en ese estado.» «
Mamá -me dijo Annie, todavía llorando-, ¿será des-
graciado sin mí? Si fuera a serlo, le respeto y le
estimo tanto, que creo que lo aceptaré.» Así fue
decidido; y entonces, pero nada más que entonces,
le dije a Annie: « El doctor Strong no solamente
será tu marido, sino que representará también a tu
padre, la cabeza de nuestra familia; representará la
sabiduría, el rango, y puede decirse también la for-
tuna de nuestra familia; en resumen, será nuestra
providencia». Usé esa palabra en aquella ocasión, y
hoy la he vuelto a repetir. Si tengo algún mérito, es
la constancia.
Su hija permanecía silenciosa a inmóvil durante
aquel discurso, con los ojos fijos en el suelo; su
primo, de pie a su lado y mirando también al suelo.
Por fin dijo dulcemente, con voz temblorosa:
-Mamá, espero que hayas terminado.
-Mi querida Annie -repuso el Veterano-, no he
terminado aún. Como me preguntas,te contesto, y
no he terminado. Me quejo de que realmente eres
un poco descastada con tu familia, y como es inútil
quejarme a ti, quiero quejarme a tu marido. Ahora,
mi querido doctor, mire a su tontuela mujer.
Al volver el doctor su bondadoso rostro con sonri-
sa de sencillez y dulzura hacia ella, inclinó aún más
la cabeza. Observé que míster Wickfield la miraba
fijamente.
-Cuando el otro día le dije a esta antipática
-prosiguió su madre moviendo la cabeza y su aba-
nico coquetonamente hacia ella- que había una
necesidad en la familia que podría contarle a usted;
mejor dicho, que debía contársela, me dijo que
hablar de ello era pedir un favor, y que como usted
era demasiado generoso para ella, pedir era tener, y
que no lo diría nunca.
-Annie, querida mía --dijo el doctor-, aquello estu-
vo mal, porque fue robarme una alegría.
-Casi con las mismas palabras que yo se lo dije
-exclamó su madre-. Desde ahora en adelante, en
cuanto sepa que hay algo que no lo va a decir por
esa razón, estoy casi segura, mi querido doctor, de
que se lo diré yo misma.
-Me alegrará que lo haga -repuso el doctor.
-¿De verdad?
-Ciertamente.
-Bien; entonces lo haré --dijo el Veterano-; trato
hecho.
Supongo que por haber conseguido lo que quería
golpeó varias veces la mano del doctor con su aba-
nico, que había besado antes, y se volvió triunfante
a su primer asiento.
Después llegó más gente. Entre otros, dos pro-
fesores con Adams, y la charla se hizo general y,
como es natural, versó sobre Jack Maldon, sobre su
viaje, sobre el país donde iba y sus diversos planes
y proyectos. Partía aquella noche después de la
cena en silla de postas para Gravesen, donde el
barco en que iba a hacer el viaje lo esperaba, y a
menos de que le dieran permiso, o a causa de la
salud, partía para no sé cuántos años. Recuerdo
que fue generalmente reconocido que la India era
un país calumniado, al que no había nada que obje-
tar más que un tigre o dos y un poco de calor exce-
sivo durante gran parte del día. Por mi parte, miraba
a Jack Maldon como a un Simbad moderno y me lo
figuraba amigo íntimo de todos los rajás del Oriente,
sentado fumando largas pipas de oro, que lo menos
tendrían una milla de largas si se hubieran podido
desenvolver.
Yo sabía que mistress Strong cantaba muy bien,
porque la había oído a menudo cuando estaba sola;
pero fuera porque le asustaba cantar delante de
gente o porque aquella noche no tenía buena voz,
el caso es que no pudo cantar. Intentó un dúo con
su primo Maldon, pero no pasó del principio, y des-
pués, cuando intentó cantar sola, aunque empezó
dulcemente, se apagó su voz de pronto, dejándola
confusa, con la cabeza inclinada encima de las te-
clas.
El buen doctor dijo que estaba nerviosa, y para
animarla propuso un juego general de cartas, de lo
que entendía tanto como de tocar el trombón; pero
vi que el Veterano le tomó bajo su custodia como
compañero y le daba lecciones, diciéndole como
primera iniciación que le entregara todo el dinero
que llevase en el bolsillo.
Fue un juego divertido, no siendo la menor di-
versión las equivocaciones del doctor, que eran
innumerables a pesar de la vigilancia de las maripo-
sas y de su indignación. Mistress Strong había re-
nunciado a jugar, bajo el pretexto de no encontrarse
muy bien, y su primo Maldon también se excusó
porque todavía tenía algunos paquetes por hacer.
Cuando volvió de hacerlos, se sentó a charlar con
ella en el sofá. De vez en cuando Annie iba a mirar
las cartas del doctor y le aconsejaba una jugada.
Estaba muy pálida, estaba muy pálida cuando se
inclinaba hacia él, y me pareció que su dedo tem-
blaba al señalar las cartas; pero el doctor era com-
pletamente feliz con aquella atención y no se daba
cuenta.
La cena no fue tan alegre; todos parecían sentir
que una separación de aquella índole era algo em-
barazoso, y cuanto más se acercaba el momento,
más aumentaba la tensión. Jack Maldon intentaba
estar muy charlatán, pero no era espontáneo y lo
estropeaba todo. Y según me pareció también, lo
empeoraba el Veterano recordando continuamente
episodios de la infancia de Maldon.
El doctor, convencido sin embargo (estoy seguro)
de que había hecho felices a todos, estaba muy
contento y no se le ocurría sospechar que pudiera
haber alguien que no estuviera alegre.
-Annie querida -dijo mirando su reloj y llenando su
vaso---, va a ser la hora de partida de tu primo Jack
y no debemos retenerle, pues ni el tiempo ni la ma-
rea esperan. Jack Maldon, va usted a emprender un
largo viaje a un país extranjero; muchos hombres lo
han hecho y muchos lo harán hasta el fin de los
tiempos. Los vientos que usted va a afrontar han
conducido a cientos y miles de hombres a la fortuna
y han vuelto a traer a millares y millares felizmente a
su patria.
-Es una cosa realmente conmovedora -dijo mis-
tress Macklheam-, por cualquier lado que se mire, el
ver a un muchacho agradable, a quien se conoce
desde la infancia, partir para el otro extremo del
mundo dejando todo lo que conoce detrás de sí y
sin saber lo que le espera. Un joven que hace un
esfuerzo semejante merece una protección cons-
tante --dijo mirando al doctor.
-El tiempo correrá deprisa para usted, Jack Mal-
don -prosiguió el doctor- y deprisa para todos noso-
tros. Algunos difícilmente podemos esperar, si-
guiendo el curso natural de las cosas, el poder felici-
tarle a su regreso; sin embargo, lo mejor es tener
esperanza, y ese es mi caso. No le cansaré con
buenos consejos. Ha tenido usted durante mucho
tiempo un buen modelo delante con su prima Annie.
Imítela todo lo más que pueda.
Mistress Macklheam se abanicaba moviendo la
cabeza.
-Que siga usted bien, Maldon --dijo el doctor po-
niéndose de pie, con lo que todos nos levantamos-.
Le deseo un próspero viaje, una carrera brillante y
un feliz regreso a su país.
Todos brindamos por él y todos le estrechamos la
mano, después de lo cual se despidió de las seño-
ras y se precipitó a la puerta, donde fue recibido, al
subir al coche, por una tremenda descarga de vivas
de los alumnos, que se habían reunido allí con
aquel objeto.
Corrí para reunirme con ellos y llegué muy cerca
del coche en el momento de arrancar, y me causó
una impresión muy fuerte, en medio del ruido y del
polvo, ver a Jack Maldon con el rostro agitado y
algo color cereza entre sus manos.
Después de vitorear también al doctor y a su se-
ñora, los chicos se dispersaron, y yo volví a entrar
en la casa, donde encontré a todos formando corro
alrededor del doctor, discutiendo sobre la marcha
de Jack Maldon, sobre su valor, sus emociones y
todo lo demás. En medio de todas aquellas ob-
servaciones, mistress Mackleham gritó:
-¿Dónde está Annie?
No estaba allí, y cuando la llamaron no contestó.
Entonces todos salieron a un tiempo del salón para
ver qué pasaba, y nos la encontramos tendida en el
suelo del vestíbulo. En el primer momento fue muy
grande la alarma; pero enseguida se dieron cuenta
de que sólo estaba desmayada y de que empezaba
ya a volver en sí con los medios que en esos casos
se emplean. El doctor, levantándole la cabeza y
apoyándola en sus rodillas, separó los bucles de su
frente y dijo mirando a su alrededor:
-¡Pobre Annie! ¡Es tan cariñosa, que la partida de
su amigo de la infancia ha sido la causa de esto!
¡Cómo lo siento! ¡Estoy muy disgustado!
Cuando Annie abrió los ojos y vio dónde estaba y
que todos la rodeaban, se levantó a inclinó la cabe-
za en el pecho del doctor, no sé si para apoyarse o
para ocultarla, y todos entramos de nuevo en el
salón, dejándola con el doctor y con su madre. Pe-
ro, al parecer, ella dijo que se encontraba mejor de
lo que había estado durante todo el día y quiso vol-
ver entre nosotros. La trajeron muy pálida y débil y
la sentaron en el sofá.
-Annie, querida mía -dijo su madre arreglándole el
traje-; mira, has perdido uno de tus lazos. ¿Quiere
alguien ser tan amable de buscarlo? Es una cinta de
color cereza.
Era la que llevaba en el pecho. La buscaron, y yo
también la busqué por todas partes, estoy seguro;
pero nadie consiguió encontrarla.
-¿No recuerdas si la tenías hace un momento,
Annie? --dijo su madre.
Me sorprendió cómo, estando tan pálida, pudo
ponerse de pronto roja como la grana al contestar
que sí la tenía hacía un momento; pero que no me-
recía la pena buscarla.
Seguimos buscándola sin resultado y, por último,
insistió tanto en que no merecía la pena, que las
pesquisas se enfriaron. Cuando dijo que se encon-
traba completamente bien, todos nos levantamos y
dijimos adiós.
Volvíamos muy despacio míster Wickfield, Agnes
y yo. Agnes y yo admirábamos la luz de la luna;
pero míster Wickfield no levantaba los ojos del sue-
lo. Cuando por fin llegamos delante de nuestra
puerta, Agnes se dio cuenta de que había olvidado
su bolsita de labor. Encantado de poder prestarle
algún servicio, volví corriendo a buscarla.
Entré en el comedor, que era donde se la había
dejado; estaba oscuro y desierto, pero una puerta
de comunicación entre aquella habitación y el estu-
dio del doctor, donde había luz, estaba abierta, y me
dirigí allí para decir lo que deseaba y pedir una vela.
El doctor estaba sentado en su butaca al lado de
la chimenea y su mujer en un taburete a sus pies. El
doctor, con una sonrisa complaciente, leía en alta
voz un manuscrito explicación de su teoría sobre
aquel interminable diccionario, y ella le miraba; pero
con una expresión que no le había visto nunca.
Estaba tan bella y tan pálida, tan fija en su abs-
tracción, con una expresión tan completamente
salvaje y como sonámbula, en un sueño de horror
de no sé qué. Sus ojos estaban completamente
abiertos, y sus cabellos castaños caían en dos es-
pesos bucles sobre sus hombros y su blanco traje,
desaliñado por la falta de la cinta. Recuerdo perfec-
tamente su aspecto, y todavía hoy no puedo decir lo
que expresaba, y me lo pregunto al recordarlo,
trayéndolo de nuevo ante mi actual experiencia.
¿Arrepentimiento?, ¿humillación?, ¿vergüenza?,
¿orgullo?, ¿amor?, ¿confianza? Vi todo aquello y,
dominándolo todo, vi aquel horror de no sabía qué.
Mi entrada diciendo lo que deseaba le hizo volver
en sí y también cambió el curso de las ideas del
doctor, pues cuando volví a entrar a devolver la luz,
que había cogido de la mesa, le acariciaba la cabe-
za con ternura paternal, diciéndole que era un
egoísta, que abusaba de su bondad leyéndole
aquello y que debía marcharse a la cama.
Pero ella le pidió con insistencia que la dejara es-
tar con él, que la dejara convencerse de que poseía
toda su confianza (casi balbució estas palabras), y
volviéndose hacia él, después de mirarme a mí
cuando salía de la habitación, le vi cruzar las manos
sobre las rodillas y mirarle con la misma expresión,
aunque algo más tranquila, mientras él reanudaba
su lectura.
Aquello me impresionó hondamente y lo recordé
mucho tiempo después, como tendré ocasión de
relatar cuando sea oportuno.
CAPÍTULO XVII
ALGUIEN QUE REAPARECE
No he vuelto a mencionar a Peggotty desde mi
huida; pero, como es natural, le había escrito una
carta en cuanto estuve establecido en Dover, y des-
pués otra muy larga, conteniendo todos los detalles
relatados aquí, en cuanto mi tía me tomó seriamen-
te bajo su protección. Al ingresar en la escuela del
doctor Strong le escribí de nuevo detallándole mi
felicidad y mis proyectos, y no hubiera tenido ni la
mitad de satisfacción gastándome el dinero de
míster Dick de la que tuve enviando a Peggotty su
media guinea de oro. Hasta entonces no le había
contado el episodio del muchacho del burro.
A mis cartas contestaba Peggotty con la prontitud
aunque no con la concisión de un comerciante.
Toda su capacidad de expresión (que no era muy
grande por escrito) se agotó con la redacción de
todo lo que sentía respecto a mi huida. Cuatro pági-
nas de incoherentes frases llenas de interjecciones,
sin más puntuación que los borrones, eran insufi-
cientes para su indignación. Pero aquellos borrones
eran más expresivos a mis ojos que la mejor litera-
tura, pues demostraban que Peggotty había llorado
al escribirme. ¿Qué más podía desear?
Me di cuenta al momento de que la pobre mujer
no podía sentir ninguna simpatía por miss Betsey.
Era demasiado pronto, después de tantos años de
pensar de otro modo.
«Nunca llegamos a conocer a nadie -me escribía-,
pues pensar que miss Betsey pueda ser tan distinta
de lo que siempre habíamos supuesto... ¡Qué lec-
ción!» Era evidente que todavía le asustaba mi tía, y
aunque me encargaba que le diera las gracias, lo
hacía con bastante timidez; era evidente que temía
que volviera a escaparme, a juzgar por las repetidas
instancias de que no tenía más que pedirle el dinero
necesario y meterme en la diligencia de Yarmouth.
En su carta me daba una noticia que me impre-
sionó mucho. Los muebles de nuestra antigua casa
habían sido vendidos por los hermanos Murdstone,
que se habían marchado, y la casa estaba cerrada,
hasta que se vendiera o alquilara. Dios sabe que yo
no había tenido sitio en ella mientras ellos habían
habitado allí; pero me entristeció pensar que nues-
tra querida y vieja casa estaba abandonada, que las
malas hierbas crecerían en ella y que las hojas se-
cas invadirían los senderos. Me imaginaba el viento
del invierno silbando alrededor, la lluvia fría cayendo
sobre los cristales de las ventanas y la luna llenan-
do de fantasmas las paredes vacías y velando ella
sola. Pensé en la tumba debajo de los árboles y me
pareció como si la casa también hubiera muerto y
todo lo relacionaba con mis padres desaparecidos.
No había más noticias en la carta de Peggotty
aparte de que Barkis era un excelente marido,
según decía, aunque seguía un poquito agarrado;
pero todos tenemos nuestros defectos, y ella tam-
bién estaba llena de ellos (yo estoy seguro de no
haberle conocido ninguno). Barkis me saludaba y
me decía que mi habitacioncita siempre estaba dis-
puesta. Míster Peggotty estaba bien, y Ham tam-
bién, y mistress Gudmige seguía como siempre, y
Emily no había querido escribirme mandándome su
cariño, pero decía que me lo enviara Peggotty de su
parte.
Todas estas noticias se las comunicaba yo a mi
tía como buen sobrinito, evitando sólo nombrar a
Emily, pues instintivamente comprendía que a mi tía
le haría poca gracia. Al principio de mi ingreso a la
escuela, miss Betsey fue en varias ocasiones a
Canterbury a verme, siempre a las horas más in-
tempestivas, con la idea, supongo, de sorprenderme
en falta. Pero como siempre me encontraba estu-
diando y con muy buena fama, oyendo en todas
partes hablar de mis progresos, pronto interrumpió
sus visitas. Yo la veía un sábado cada tres o cuatro
semanas, cuando iba a Dover a pasar un domingo,
y a míster Dick lo veía cada quince días, los miér-
coles. Llegaba en la diligencia a mediodía para
quedarse hasta la mañana siguiente.
En aquellas ocasiones míster Dick nunca viajaba
sin su neceser completo de escritorio conteniendo
buena provisión de papel y su Memoria, pues se le
había metido en la cabeza que apremiaba el tiempo
y que realmente había que terminarla cuanto antes.
Míster Dick era muy aficionado a las galletas, y mi
tía, para hacerle los viajes aún más agradables, me
había dado instrucciones para abrirle crédito en una
confitería; lo que se hizo estipulando que no se le
serviría más de un chelín en el curso de un día.
Esto y la referencia de que ella pagaba las peque-
ñas cuentas del hotel donde pasaba la noche me
hicieron sospechar que sólo le dejaba sonar el dine-
ro en el bolsillo; pero gastarlo, nunca. Más adelante
descubrí que así era, o por lo menos que había un
arreglo entre él y mi tía, a quien tenía que dar cuen-
ta de todo lo que gastase, y como él no tenía el
menor interés en engañarla y siempre estaba dese-
ando complacerla, era muy moderado en sus gas-
tos. En este punto, como en tantos otros, míster
Dick estaba convencido de que mi tía era la más
sabia y admirable de todas las mujeres, y me lo
repetía a todas horas en el mayor secreto y siempre
en un murmullo.
-Trotwood -me dijo míster Dick un día con cierto
aire de misterio, y después de haberme hecho
aquella confidencia-. ¿Quién es ese hombre que se
oculta cerca de nuestra casa para asustarla?
-¿Para asustar a mi tía?
Míster Dick asintió.
-Yo creí que nada podía asustarla -me dijo-, por-
que ella... (Aquí murmuró suavemente ...), no se lo
digas a nadie, pero es la más sabia y la más admi-
rable de todas las mujeres.
Después de decir esto dio un paso atrás para ver
el efecto que aquella declaración me producía.
-La primera vez que vino -continuó míster Dick-
estaba... Veamos... mil seiscientos cuarenta y nue-
ve es la fecha de la ejecución del rey Carlos I. Creo
que me dijiste mil seiscientos cuarenta y nueve.
-Sí.
-No comprendo cómo puede ser -insistió míster
Dick muy confuso y moviendo la cabeza- No creo
que pueda ser tan viejo.
-¿Fue en aquella fecha cuando apareció el hom-
bre? -pregunté.
-Porque realmente -continuó míster Dick- no veo
cómo pudo ser en aquel año, Trotwood. ¿Has en-
contrado esa fecha en la historia?
-Sí, señor.
-¿Y la historia no mentirá nunca? ¿Tú qué crees?
--dijo míster Dick con un rayo de esperanza en los
ojos.
-¡Oh, no, no! -repliqué de la manera más rotunda.
Era joven a ingenuo, y lo creía así.
-Entonces no puedo creerlo -repitió míster Dick-.
En esto hay alguna confusión; sin embargo, fue muy
poco después de la equivocación (meter algo de la
confusión de la cabeza del rey Carlos en la mía)
cuando llegó por primera vez aquel hombre. Estaba
paseándome con tu tía después del té, precisamen-
te cuando anochecía, y él estaba allí, al lado de la
casa.
-¿Se paseaba? -pregunté.
-¿Que si se paseaba? -repitió míster Dick-. Déja-
me que recuerde un poquito. No, no; no paseaba.
Para terminar antes, le pregunté:
-Entonces ¿qué hacía?
-Nada, porque no estaba allí ---contestó míster
Dick-. Hasta que se acercó a ella por detrás y le
murmuró algo al oído. Ella se volvió y se sintió in-
dispuesta. Yo también me había vuelto para mirarle;
pero él se marchó. Pero lo más extraño es que ha
continuado oculto siempre, no sé si dentro de la
tierra.
-¿Está oculto desde entonces? -pregunté.
-Es seguro que lo estaba -repuso míster Dick mo-
viendo gravemente la cabeza-, pues no habíamos
vuelto a verle nunca hasta ayer por la noche. Está-
bamos paseando cuando se acercó otra vez por
detrás. Yo lo reconocí.
-¿Y mi tía volvió a asustarse?
-Se estremeció --continuó míster Dick imitando el
movimiento y haciendo castañetear sus dientes y se
apoyó en la tapia y lloró-. Pero mira, Trotwood -y se
acercó para hablarme más bajo-. ¿Por qué le dio
dinero a la luz de la luna?
---Quizá era un mendigo.
Míster Dick sacudió la cabeza, rechazando la
idea, y después de repetir muchas veces y con gran
convicción: «No; no era un mendigo», me dijo que
desde su ventana había visto a mi tía, muy tarde ya,
en la noche, dando dinero al hombre que estaba por
fuera de la verja a la luz de la luna. Y entonces el
hombre había vuelto a esconderse debajo de la
tierra. Después de darle el dinero, mi tía volvió
apresurada y furtiva hacia la casa, y a la mañana
siguiente todavía la notaba muy distinta de como
estaba siempre, lo que confundía mucho el espíritu
de míster Dick.
Nunca creí, al menos al principio, que aquel des-
conocido fuera otra cosa que un fenómeno de la
imaginación de míster Dick; una de aquellas cosas
como la del rey Carlos, que tantas preocupaciones
le causaba. Pero después, reflexionando algo, em-
pecé a temer si no habrían tratado, por medio de
amenazas, de arrancar al pobre míster Dick de la
protección de mi tía, y si ella, fiel a la amabilidad
que yo conocía en ella, se habría visto obligada a
comprar con dinero la paz y el reposo de su prote-
gido. Como ya me había encariñado mucho con
míster Dick y me interesaba por su felicidad, du-
rante mucho tiempo, cuando llegaba el miércoles,
estaba preocupado pensando en si le vería apare-
cer en la imperial de la diligencia como de costum-
bre; pero siempre llegaba, con sus cabellos grises y
su cara sonriente y feliz. Nunca tuvo nada más que
decirme de aquel hombre que asustaba a mi tía.
Aquellos miércoles eran los días más felices en la
vida de míster Dick, y tampoco eran los menos feli-
ces de la mía. Pronto se hizo amigo de todos los
chicos de la escuela, y aunque nunca tomaba parte
activa en los juegos, no tratándose de la cometa,
demostraba tanto interés como nosotros en todos.
¡Cuántas veces le he visto absorto en una partida
de bolos o de peón, mirándonos con interés profun-
do y perdiendo la respiración en los momentos críti-
cos! ¡Cuántas veces le he visto subido en un pica-
cho para abarcar todo el campo de acción y mo-
viendo el sombrero por encima de sus cabellos gri-
ses, olvidado hasta de la cabeza del rey Carlos!
¡Cuántas horas de verano le he visto pasar pendien-
te del criquet! ¡Cuántos días de invierno le he visto,
con la nariz azul por el frío y el viento, mirándonos
patinar y aplaudiendo en su entusiasmo con sus
guantes de lana!
Era el favorito de todos, y su ingenio para las co-
sas pequeñas era trascendental. Sabía pelar naran-
jas de formas tan distintas, que nosotros no tenía-
mos ni idea. No desechaba nada, convertía en peo-
nes de ajedrez los huesos de chuleta, hacía carros
romanos con cartas viejas, ruedas con un carrete y
jaulas de pájaro con trocitos de alambre; pero lo
más admirable eran las casas que hacía con pajas
o con hilos. Estábamos seguros de que con sus
manos sabría hacer todo lo que quisiéramos.
La fama de míster Dick no quedó confinada a los
pequeños. Al cabo de pocos miércoles el doctor
Strong en persona me hizo algunas preguntas sobre
él, y yo le contesté todo lo que sabía por mi tía. Al
doctor le interesó muchísimo y me pidió que en la
próxima visita se lo presentara. Después de cumpli-
da esta ceremonia el doctor rogó a míster Dick que
siempre que no me encontrase en las oficinas de la
diligencia fuera allí directamente a esperar la hora
de salida, y pronto míster Dick hizo costumbre de
ello, y si nos retrasábamos un poco, como sucedía
a menudo, se paseaba por el patio esperándome.
Allí hizo amistad con la linda mujercita del doctor
(pálida y triste desde hacía tiempo, se le veía me-
nos que antes y había perdido mucha de su alegría,
pero no por eso estaba menos bonita), y fue por
grados tomando cada vez más confianza, hasta que
terminó entrando a esperarme en clase.
Se sentaba siempre en un rincón determinado y
en un taburete determinado, que bautizamos con el
nombre de «Dick». Allí permanecía tiempo y tiempo,
con la cabeza inclinada, escuchándonos con pro-
funda veneración por aquella cultura que él nunca
había podido adquirir.
Aquella veneración la extendía míster Dick al doc-
tor, de quien pensaba que era el más sutil filósofo
de cualquier época. Pasó mucho tiempo antes de
que se decidiera a hablarle de otro modo que con la
cabeza descubierta, y aun después, cuando el doc-
tor se había hecho muy amigo suyo y paseaban
juntos por el patio, por el lado que los chicos lla-
mábamos el «paseo del doctor», míster Dick no
podía por menos que quitarse el sombrero de vez
en cuando, para demostrar su respeto por tanta
sabiduría. ¿Cómo empezó el doctor a leerle frag-
mentos de su famoso diccionario mientras se pa-
seaban? No lo sé; quizá al principio pensaba que
era lo mismo que leerlo solo. Sin embargo, también
se hizo costumbre, y míster Dick lo escuchaba con
el rostro resplandeciente de orgullo y de felicidad, y
en el fondo de su corazón estaba convencido de
que el diccionario era el libro más delicioso del
mundo.
Cuando pienso en aquellos paseos por delante de
las ventanas de la clase; el doctor leyendo con su
sonrisa complaciente y acompañando en ocasiones
su lectura de un grave movimiento de cabeza, y
míster Dick escuchando embelesado, mientras su
pobre cerebro vagaba, Dios sabe dónde, en alas de
las palabras complicadas, pienso que era una de las
cosas más tranquilas y dulces que he visto en mi
vida, y creo que si hubieran podido pasear así
siempre más hubiera valido. Hay muchas cosas que
han hecho mucho ruido en el mundo sin valer ni la
mitad que aquello, a mis ojos.
Agnes fue una de las personas que antes se hizo
amiga de míster Dick, y también cuando íbamos a
casa hizo amistad con Uriah Heep.
La amistad entre míster Dick y yo crecía por mo-
mentos, pero de un modo extraño, pues míster Dick,
que era nominalmente mi tutor y venía a verme
como mi guardián, era quien me consultaba siempre
en sus pequeñas dudas y dificultades a invariable-
mente se guiaba por mis consejos, no solamente
sintiendo un gran respeto por mi natural inteligencia,
sino convencido de que había sacado mucho de mi
tía.
Un jueves por la mañana, cuando volvía de
acompañar a míster Dick desde el hotel a la diligen-
cia, antes de entrar en clase me encontré a Uriah
Heep en la calle; hablamos y me recordó mi prome-
sa de tomar una tarde el té con ellos, y añadió con
modestia:
-Aunque no espero que vaya usted, míster Cop-
perfield; ¡somos una gente tan humilde!
Yo, en realidad, todavía no había visto claro si me
gustaba Uriah o si me repugnaba; todavía estaba en
esas dudas cuando me lo encontré cara a cara en la
calle. Pero sentí como una afrenta el que me supu-
siera orgulloso, y le dije que únicamente había es-
perado a que ellos me invitaran.
-¡Oh!, si es así, míster Copperfield -dijo Uriah-; si
verdaderamente no es nuestra humildad lo que le
detiene, ¿quiere usted venir esta tarde? Pero si
fuera nuestra modestia, no le importe decírmelo,
míster Copperfield, pues estamos tan convencidos
de nuestra situación...
Le respondí que hablaría de ello a míster Wick-
field, y que si lo aprobaba, como estaba seguro, iría
con gusto. Así, a las seis de la tarde le anuncié que
cuando él quisiera.
-Mi madre se sentirá muy orgullosa --dijo-; mejor
dicho, así se sentiría si no fuera pecado, míster
Copperfield.
-Sin embargo, usted esta mañana ha supuesto
que yo pecaba de eso mismo.
-No, no, querido míster Copperfield, créame, no.
Tal pensamiento nunca se me ha pasado por la
imaginación. Nunca me hubiera parecido usted or-
gulloso por encontrarnos demasiado humildes.
¡Somos tan poca cosa!
-¿Ha estudiado usted mucho Derecho últimamen-
te? -pregunté por cambiar la conversación.
-¡Oh míster Copperfield! Mis lecturas mal pueden
llamarse estudios. Por la noche he pasado a veces
una hora o dos con el libro de Tidd.
-Presumo que será muy difícil.
-A veces sí me resulta algo duro -contestó Uriah-,
pero no sé lo que podrá ser para una persona en
otras condiciones.
Después de tamborilear en su barbilla con dos
dedos de su mano esquelética, añadió:
-Hay expresiones, ¿sabe usted, míster Copper-
field?, palabras y términos latinos en el libro de Tidd
que confunden mucho a un lector de cultura tan
modesta como la mía.
-¿Le gustaría a usted aprender latín? -le dije viva-
mente-. Yo podría enseñárselo a medida que yo
mismo lo estudio.
-¡Oh!, gracias míster Copperfield -respondió sacu-
diendo la cabeza- Es usted muy bueno al ofrecerse,
pero yo soy demasiado humilde para aceptar.
-¡Qué tontería, Uriah!
-Perdóneme, míster Copperfield; se lo agradezco
infinitamente y sería para mí un placer muy grande,
se lo aseguro; pero soy demasiado humilde para
ello. Hay ya bastante gente deseando agobiarme
con el reproche de mi inferior situación; no quiero
herir sus ideas estudiando. La instrucción no ha sido
hecha para mí. En mi situación vale más no aspirar
a tanto. Si quiero avanzar en la vida tengo que
hacerlo humildemente, míster Copperfield.
No había visto nunca su boca tan abierta ni las
arrugas de sus mejillas tan profundas como en el
momento en que expuso aquel principio sacudiendo
la cabeza y retorciéndose con modestia.
-Creo que está usted equivocado, Uriah; y estoy
seguro de poder enseñarle algunas cosas si usted
tuviera ganas de aprenderlas.
-No lo dudo, míster Copperfield -respondió-, estoy
seguro; pero como usted no está en una situación
humilde quizá no sabe juzgar a los que lo estamos.
Yo no quiero insultar con mi instrucción a los que
están por encima de mí; soy demasiado modesto
para ello... Pero hemos llegado a mi humilde mora-
da, míster Copperfield.
Entramos directamente desde la calle en una
habitación baja, decorada a la antigua, donde en-
contramos a mistress Heep, el verdadero retrato de
Uriah, salvo que más menudo. Me recibió con la
mayor humildad y me pidió perdón por besar a su
hijo.
-Pero, ve usted -dijo-, por pobres que seamos, te-
nemos uno por otro un afecto que es muy natural y
no hace daño a nadie.
La habitación, medio gabinete, medio cocina, es-
taba muy decente. Los cacharros para el té estaban
preparados encima de la mesa, y el agua hervía en
la lumbre. No sé por qué se sentía que allí faltaba
algo. Había una cómoda con un pupitre encima,
donde Uriah leía o escribía por las noches. También
estaba su carpeta azul, llena de papeles, y una
serie de libros, a la cabeza de los cuales reconocí a
Tidd. En un rincón había una alacena donde tenían
todo lo más indispensable. No recuerdo que los
objetos en particular dieran la sensación de miseria
ni de economía; pero la habitación entera daba
aquella impresión.
Quizá formaba parte de la humildad de mistress
Heep su luto continuado; a pesar del tiempo trans-
currido desde la muerte de su marido, seguía con
su luto de viuda. Puede que hubiera alguna ligera
modificación en la cofia, pero todo lo demás seguía
tan severo como el primer día de su viudez.
-Hoy es un día memorable para nosotros, mi que-
rido Uriah ---dijo mistress Heep haciendo el té-, por
la visita de míster Copperfield. Habría deseado que
tu padre continuara en el mundo aunque sólo hubie-
ra sido para recibirle esta tarde con nosotros.
-Estaba seguro de que dirías eso, madre.
Yo estaba algo confuso con aquellos cumplidos;
pero en el fondo me halagaba mucho que me trata-
sen como a un huésped de importancia, y encontra-
ba a mistress Heep muy amable.
-Mi Uriah esperaba ese favor desde hace mucho
tiempo --continuó mistress Heep-, pero temía que la
modestia de su situación fuera obstáculo para ello.
Yo también lo temía, pues somos, hemos sido y
seremos siempre tan modestos...
-No veo razón para ello -repuse-, a menos que les
guste.
---Gracias -repuso mistress Heep-, pero recono-
cemos nuestra situación y se lo agradecemos más.
Mistress Heep fue acercándose a mí poco a poco,
mientras Uriah se sentaba enfrente, y empezaron a
ofrecerme con mucho respeto los mejores bocados,
aunque, a decir verdad, no había nada muy delica-
do; pero tomé bien sus buenas intenciones y me
sentía muy conmovido por sus amabilidades. La
conversación recayó primero sobre los tíos, y yo les
hablé, como es natural, de mi tía; después tocó el
turno a los padres, y yo, naturalmente, hablé de los
míos; después, mistress Heep se puso a contar
cosas de padrastros, y yo también empecé a decir
algo del mío; pero me acordé de que mi tía me
aconsejaba siempre que guardara silencio sobre
aquello y me detuve. Lo mismo que un taponcillo
chico no habría podido resistir a un par de sacacor-
chos, o un dientecito de leche no habría podido
luchar contra dos dentistas, o una pelota entre dos
raquetas, así estaba yo, incapaz de escapar a los
asaltos combinados de Uriah y de su madre. Hacían
de mí lo que querían; me obligaban a decir cosas de
las que no tenía la menor intención de hablar, y me
ruborizo al confesar que lo consiguieron con tanta
facilidad porque, en mi ingenuidad infantil, me sent-
ía muy halagado con aquellas conversaciones con-
fidenciales y me consideraba como el patrón de mis
dos huéspedes respetuosos.
Se querían mucho entre sí, eso es cierto, y creo
que aqueIlo también influía sobre mí. Pero ¡había
que ver la habilidad con que el hijo o la madre cog-
ían el hilo del asunto que el otro había insinuado!
Cuando vieron que ya nada podrían sacarme sobre
mí mismo (pues respecto a mi vida en Murdstone y
Grimby y mi viaje pennanecí mudo), dirigieron la
conversación sobre míster Wickfield y Agnes. Uriah
lanzaba la pelota a su madre; su madre la cogía y
volvía a lanzársela a Uriah; él la retenía un momen-
to y volvía a lanzársela a mistress Heep. Aquel ma-
nejo terminó por turbarme tanto que ya no sabía
qué decir. Además, también la pelota cambiaba de
naturaleza. Tan pronto se trataba de míster Wick-
field como de Agnes. Se aludía a las virtudes de
míster Wickfield; después, a mi admiración por Ag-
nes; se hablaba un momento del bufete y de los
negocios o la fortuna de míster Wickfield, y un ins-
tante más tarde de lo que hacíamos después de la
comida. Luego trataron del vino que míster Wickfield
bebía, de la razón que le hacía beber y de que era
una lástima que bebiese tanto. En fin, tan pronto de
una cosa, tan pronto de otra, o de todas a la vez,
pareciendo que no hablaban de nada, sin hacer yo
otra cosa que animarlos a veces para evitar que se
sintieran aplastados por su humildad y el honor de
mi visita, me percaté de que a cada instante dejaba
escapar detalles que no tenía ninguna necesidad de
confiarles y veía el efecto en las finas aletas de la
nariz de Uriah, que se levantaban con delicia.
Empezaba a sentirme incómodo y a desear mar-
charme, cuando un caballero que pasaba por delan-
te de la puerta de la calle (que estaba abierta, pues
hacía un calor pesado impropio de la estación),
volvió sobre sus pasos, miró y entró gritando:
-David Copperfield, ¿es posible?
¡Era míster Micawber! Míster Micawber, con sus
lentes de adorno, su bastón, su imponente cuello
blanco, su aire de elegancia y su tono de condes-
cendencia: no le faltaba nada.
-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber ten-
diéndome la mano-, he aquí un encuentro que podr-
ía servir de ejemplo para llenar el espíritu de un
sentimiento profundo por la inestabilidad a incerti-
dumbre de las cosas humanas ...; en una palabra,
es un encuentro extraordinario. Me paseaba por la
calle, reflexionando en la posibilidad de que surgiera
algo, pues es un punto sobre el que tengo algunas
esperanzas por el momento, y he aquí que preci-
samente surge ante mí un amiguito que me es tan
querido y cuyo recuerdo se une al de la época más
importante de mi vida; a la época que ha decidido
mi existencia, puedo decirlo. Copperfield, querido
mío, ¿cómo está usted?
No sé, verdaderamente no lo sé, si estaba conten-
to de haberme encontrado allí a míster Micawber;
pero me alegraba verlo y le estreché la mano con
fuerza, preguntándole cómo estaba su señora y los
niños.
-Muchas gracias -me contestó con su peculiar
moviniento de mano y metiéndose la barbilla en el
cuello de la camisa- Ella está ahora reponiéndose;
los mellizos ya no se alimentan de las fuentes de la
naturaleza; en resumen -dijo míster Micawber en
uno de sus arranques de confianza-, los ha desteta-
do, y ahora me acompaña en mis viajes. Estoy se-
guro, Copperfield, de que estará encantada de rea-
nudar la amistad con un muchacho que ha sido en
todos sentidos digno ministro del altar sagrado de la
amistad.
Yo también le dije que me gustaría mucho verla.
-Es usted muy bueno -dijo míster Micawber.
Sonrió de nuevo, volvió a meter la barbilla en la
corbata y miró a su alrededor.
-Puesto que no he encontrado a mi amigo Cop-
perfield en la soledad -dijo sin dirigirse a nadie en
particular-, sino ocupado en restaurar sus fuerzas
en compañía de una señora viuda y de su joven
vástago; en una palabra, de su hijo (esto fue dicho
en un nuevo arranque de confianza), quisiera tener
el honor de serles presentado.
No podía evadirme de presentarle a Uriah Heep y
a su madre, y cumplí aquel deber. A consecuencia
de la humildad de mis amigos, míster Micawber se
vio obligado a sentarse e hizo con la mano un mo-
vimiento de la mayor cortesía.
-Todo amigo de mi amigo Copperfield -dijo- tiene
derechos sobre mí.
-No tenemos la audacia, caballero -dijo mistress
Heep- de pretender tener la amistad de míster Cop-
perfield. únicamente él ha tenido la bondad de venir
a tomar el té con nosotros, y le estamos muy agra-
decidos del honor de su visita, como también a us-
ted, caballero, por su amabilidad.
-Es usted demasiado buena, señora -dijo míster
Micawber saludándola- ¿Y qué hace usted, Copper-
field? ¿Continúa en el almacén de vinos?
Tenía muchas ganas de llevarme de allí a míster
Micawber, y le respondí, cogiendo mi sombrero y
enrojeciendo mucho (estoy seguro), que era discí-
pulo del doctor Strong.
-¡Discípulo! --dijo míster Micawber levantando las
cejas-. Estoy encantado de lo que me dice. Aunque
un espíritu como el de mi amigo Copperfield, con su
conocimiento de los hombres y de las cosas, no
necesita la instrucción que otro cualquiera necesi-
taría --continuó, dirigiéndose a Uriah y a su madre-,
eso no quita que precisamente fuera imposible en-
contrar terreno más propicio y de una fertilidad ocul-
ta; en una palabra -añadió sonriendo en un nuevo
acceso de confianza-, es una inteligencia capaz de
adquirir una instrucción completa y clásica sin nin-
guna restricción.
Uriah, frotándose lentamente sus largas manos,
hizo un movimiento para expresar que compartía
aquella opinión.
-¿Quiere usted que vayamos a ver a mistress Mi-
cawber? -dije con la esperanza de llevármelo.
-Si es usted tan amable, Copperfield -replicó le-
vantándose-. No tengo inconveniente en decir ante
nuestros amigos aquí presentes que he luchado
desde hace muchos años con las dificultades pecu-
niarias (estaba seguro de que diría algo de aquello,
pues no dejaba nunca de vanagloriarse de lo que
llamaba sus dificultades); tan pronto he triunfado
sobre ellas como me han..., en una palabra, me han
echado abajo. Ha habido momentos en que he re-
sistido de frente, y otros en que he cedido ante el
número y en que le he dicho a mistress Micawber
en el lenguaje de Catón: «Platón, razonas maravi-
llosamente; todo ha terminado, no lucharé más».
Pero en ninguna época de mi vida -continuó míster
Micawber- he disfrutado en más alto grado de satis-
facciones íntimas como cuando he podido verter
mis penas (si es que puedo llamar así a las dificul-
tades provenientes de embargos y préstamos) en el
pecho de mi amigo Copperfield.
Cuando míster Micawber terminó de honrarme
con aquel discurso, añadió:
-Buenas noches, mistress Heep; soy su servidor.
Y salió conmigo del modo más elegante, haciendo
sonar el empedrado bajo sus tacones y tarareando
una canción durante el camino.
La casa donde paraban los Micawber era peque-
ña, y la habitación que ocupaban tampoco era
grande. Estaba separada de la sala común por un
tabique y olía mucho a tabaco. También creo que
debía de estar situada encima de la cocina, porque
a través de las rendijas del suelo subía un humo
grasiento y maloliente que impregnaba las paredes.
Tampoco debía de estar lejos del bar, pues se oían
ruidos de vasos y llegaba el olor de las bebidas. Allí,
tendida en un sofá colocado debajo de un grabado
que representaba un caballo de raza, estaba mis-
tress Micawber, a quien su marido dijo al entrar.
-Querida mía, permíteme que te presente a un
discípulo del doctor Strong.
Observé que, aunque míster Micawber se con-
fundía mucho respecto a mi edad y situación, siem-
pre recordaba como una cosa agradable que era
discípulo del doctor Strong.
Mistress Micawber se sorprendió mucho, pero es-
taba encantada de verme. Yo también estaba muy
contento, y después de un cambio de cumplidos
cariñosos, me senté en el sofá a su lado.
-Querida mía -dijo Micawber-, si quieres contarle a
Copperfield nuestra situación actual, que le gustará
conocer, yo iré entretanto a echar una ojeada al
periódico para ver si surge algo en los anuncios.
-Les creía a ustedes en Plimouth -dije cuando Mi-
cawber se marchó.
-Mi querido Copperfield-replicó ella-; en efecto,
hemos estado allí.
-¿Para tomar posesión de un destino?
-Precisamente -dijo mistress Micawber- para to-
mar posesión de un destino; pero la verdad es que
en la Aduana no quieren un hombre de talento. La
influencia local de mi familia no podía sernos de
ninguna utilidad para proporcionar un empleo en la
provincia a un hombre de las facultades de míster
Micawber. No quieren un hombre así, pues sólo
habría servido para hacer más visible la deficiencia
de los demás. Tampoco he de ocultarle, mi querido
Copperfield-continuó mistress Micawber-, que la
rama de mi familia establecida en Plimouth, al saber
que yo acompañaba a mi marido, con el pequeño
Wilkis y su hermana y con los dos mellizos, no le
recibieron con la cordialidad que era de esperar en
los momentos trágicos por los que atravesábamos.
El caso es --dijo mistress Micawber bajando la voz-,
y esto entre nosotros, que la recepción que nos
hicieron fue un poco fría.
-¡Dios mío! --dije.
-Sí -continuó mistress Micawber-. Es triste consi-
derar a la humanidad bajo ese aspecto, Copperfield;
pero la recepción que nos hicieron fue decididamen-
te un poco fría. No hay que dudarlo. El hecho es
que mi familia de Plimouth se puso completamente
en contra de míster Micawber antes de una se-
mana.
Yo le dije (y lo pienso) que debían avergonzarse
de su conducta.
-He aquí lo que ha pasado -continuó mistress Mi-
cawber-. En semejantes circunstancias, ¿qué podía
hacer un hombre del orgullo de mi marido? No hab-
ía otro recurso que pedir a aquella gente el dinero
necesario para volver a Londres; el caso era volver,
fuera como fuera.
-¿Y entonces se volvieron ustedes?
-Sí; volvimos todos -respondió mistress Micaw-
ber-. Desde entonces he consultado con otros
miembros de mi familia sobre el partido que debía
tomar míster Micawber, pues sostengo que hay que
tomar una resolución, Copperfield -insistió mistress
Micawber, como si yo le dijera lo contrario-. Es evi-
dente que una familia compuesta de seis personas,
sin contar a la criada, no puede vivir del aire.
-Ciertamente, señora -dije.
-La opinión de las diversas personas de mi familia
-continuó mistress Micawber- fue que mi marido
debía inmediatamente dedicar su atención al
carbón.
-¿A qué, señora?
-A los carbones -repitió mistress Micawber-. Al co-
mercio del carbón. Micawber, después de tomar
informes concienzudos, pensó que quizá habría
esperanzas de éxito, para un hombre de capacidad,
en el negocio de carbones de Medway y decidió que
lo primero que había que hacer era visitar el Med-
way. Y con ese objeto hemos venido. Digo hemos,
míster Copperfield, porque yo nunca abandonaré a
Micawber-añadió con emoción.
Murmuré algunas palabras de admiración y apro-
bación.
-Hemos venido -repitió mistress Micawber- y
hemos visto el Medway. Mi opinión sobre la explo-
tación del carbón por ese lado es que puede reque-
rir talento, pero que sobre todo requiere capital.
Talento, míster Micawber tiene de sobra; pero capi-
tal, no. Según creo, hemos visto la mayor parte del
Medway, y esta ha sido mi opinión personal. Des-
pués, como ya estábamos tan cerca de aquí, Mi-
cawber opinó que sería estar locos marchamos sin
ver la catedral; en primer lugar, porque no la había-
mos visto nunca, y merece la pena, y además, por-
que había muchas probabilidades de que surgiera
algo en una ciudad que tiene semejante catedral. Y
estamos aquí ya hace tres días, y todavía no ha
surgido nada. Usted no se extrañará demasiado, mi
querido Copperfield, si le digo que, por el momento,
esperamos dinero de Londres para pagar nuestros
gastos en este hotel. Hasta la llegada de esa suma
-continuó mistress Micawber con mucha emoción-,
estoy privada de volver a mi casa (me refiero a
nuestro alojamiento de Pentonville) para ver a mi
hijo, a mi hija y a mis dos mellizos.
Sentía la mayor simpatía por el matrimonio Mi-
cawber en aquellas circunstancias difíciles, y así se
lo dije a él, que volvía en aquel momento, añadien-
do que sentía mucho no tener bastante dinero para
prestarles lo que necesitaban. La respuesta de
míster Micawber me demostró la inquietud de su
espíritu, pues dijo estrechándome las manos:
-Copperfield, es usted un verdadero amigo; pero
aun poniendo las cosas en lo peor, ningún hombre
puede decirse que está sin un amigo mientras tenga
una navaja de afeitar.
Al oír aquella idea terrible, mistress Micawber se
abrazó a su marido pidiéndole que se tranquilizara.
Él lloró; pero no tardó mucho en reponerse, pues un
instante después llamaba para encargar al mozo un
plato de riñones y pudding para el desayuno del
siguiente día.
Cuando me despedí de ellos me instaron los dos
tan vivamente para que fuera a comer con ellos
antes de su partida, que me fue imposible negarme.
Pero como no sabía si podría it al día siguiente,
pues tenía mucho trabajo que preparar por la no-
che, quedamos en que mister Micawber pasaría por
la tarde por el colegio (estaba convencido de que
los fondos que esperaba de Londres le llegarían
aquel día) para enterarse de si podia ir o no. Así es
que el viernes por la tarde vinieron a buscarme
cuando estaba en clase, y encontré a mister Micaw-
ber en el salón, y quedamos en que me esperasen
a comer al día siguiente. Cuando le pregunté si
había recibido el dinero, me estrechó la mano y
desapareció.
Aquella misma noche, estando asomado a mi
ventana, me sorprendió y preocupó bastante el
verle pasar del brazo de Uriah Heep, que parecía
agradecer con profunda humildad el honor que le
hacían, mientras míster Micawber se deleitaba ex-
tendiendo sobre él una mano protectora. Pero to-
davía quedé más sorprendido cuando al llegar al
hotel al otro día a la hora indicada me enteré de que
mister Micawber había estado en casa de Uriah
Heep tomando ponche con él y con su madre.
-Y le diré una cosa, mi querido Copperfield -me
dijo míster Micawber-; su amigo Heep será un buen
abogado. Si le hubiera conocido en la época en que
mis dificultades terminaron en aquella crisis, todo lo
que puedo decir es que estoy convencido de que
mis negocios con los acreedores habrían terminado
mucho mejor de lo que terminaron.
No comprendía cómo habrían podido terminar de
otro modo, puesto que mister Micawber no había
pagado nada; pero no quise preguntarlo. Tampoco
me atreví a decir que esperaba que no se hubiera
sentido demasiado comunicativo con Uriah, ni a
preguntarle si habían hablado mucho de mí. Temía
herirle; mejor dicho, temía herir a su señora, que era
muy susceptible. Pero aquella idea me preocupó
mucho, y hasta después he pensado en ella.
La comida fue soberbia. Un plato de pescado,
carne asada, salchichas, una perdiz y un pudding.
Vino, cerveza, y al final mistress Micawber nos hizo
con sus propias manos un ponche caliente.
Míster Micawber estaba muy alegre. Muy rara vez
le había visto de tan buen humor. Bebía tanto pon-
che, que su rostro relucía como si le hubieran barni-
zado. Con tono alegremente sentimental propuso
beber a la prosperidad de la ciudad de Canterbury,
declarando que había sido muy dichoso en ella,
igual que su señora, y que no olvidaría nunca las
horas agradables que había pasado aquí. Después
brindó a mi salud; y luego los tres estuvimos recor-
dando nuestra antigua amistad y, entre otras cosas,
la venta de todo cuanto poseían.
Más tarde yo propuse beber a la salud de mis-
tress Micawber, y dije con timidez: «Si usted me lo
permite, mistress Micawber, me gustaría beber a su
salud ahora», con lo que su marido se lanzó en un
elogio pomposo de ella, declarando que había sido
para él un guía, un filósofo y un amigo, y acon-
sejándome que cuando estuviera en edad de ca-
sarme buscase una mujer como aquella, si es que
era posible encontrarla.
A medida que el ponche disminuía, míster Micaw-
ber se iba poniendo más alegre. También mistress
Micawber cedió a su influencia, y nos pusimos a
cantar Auld Lang Syne. Cuando llegamos a « Aquí
está mi mano, hermano verdadero», los tres nos
agarramos las manos alrededor de la mesa, y
cuando llegamos a lo de «tomar un recto guía»,
aunque no teníamos idea de a qué podía referirse,
estábamos realmente conmovidos.
En una palabra, nunca he visto a nadie tan ale-
gremente jovial como a míster Micawber hasta el
último momento aquella noche cuando me despedí
cariñosamente de él y de su amable esposa. Por lo
tanto, no estaba preparado, a las siete de la maña-
na siguiente, para recibir la siguiente carta, fechada
a las nueve de la noche, un cuarto de hora después
de haberlos dejado yo:

Mi querido y joven amigo:


La suerte está echada; todo ha terminado.
Ocultando las huellas de las preocupaciones bajo
una mascara de alegría, no le he informado a us-
ted esta noche de que ya no tenemos esperanzas
de recibir el dinero. En estas circunstancias, humi-
llantes de sufrir, humillantes de contemplar y
humillantes de relatar, he saldado las deudas con-
traídas en este establecimiento firmando una letra
pagadera a quince días fecha en mi residencia de
Pentonville, en Londres, y cuando llegue el mo-
mento no se podrá pagar. Resultado, la ruina. La
pólvora estalla y el árbol cae.
Deje al desgraciado que se dirige a usted,
mi querido Copperfield, ser un ejemplo para toda
su vida. Con esta intención le escribo y con esta
esperanza. Si pienso que al menos puedo serie
útil de este modo, será como una luz en la sombr-
ía existencia que me queda, aunque, a decir ver-
dad, en estos momentos la longevidad es extraor-
dinariamente problemática.
Estas son las últimas noticias, mi querido
Copperfield, que recibirá del
miserable proscrito

WILKINS MICAWBER

Me impresionó tanto el contenido de aquella car-


ta desgarradora, que corrí al momento hacia el
hotel, con intención de entrar, antes de ir al colegio,
y tratar de calmar y consolar a míster Micawber.
Pero a la mitad del camino me encontré la diligencia
de Londres. El matrimonio Micawber iba sentado en
la imperial. El parecía completamente tranquilo y
dichoso y sonreía escuchando a su mujer, mientras
comía nueces que sacaba de una bolsita de papel.
También se veía asomar una botella por uno de los
bolsillos. No me veían, y juzgue que, pensándolo
bien, era mucho mejor no llamar su atención. Con el
espíritu libre de un gran peso, me metí por una ca-
llejuela que llevaba directamente al colegio, y en el
fondo me sentí bastante satisfecho de su marcha, lo
que no me impedía quererlos como siempre.
CAPÍTULO XVIII
MIRADA RETROSPECTIVA
¡Mis días de colegial! ¡El silencioso deslizarse de
mi existencia! ¡El oculto a insensible progreso de mi
vida; de la niñez a la juventud!
Dejadme que piense, mirando hacia atrás, en el
agua que corre de aquel río que ahora es sólo un
cauce seco y con hojas. Quizá a lo largo de su cur-
so podré encontrar aún huellas que me recuerden
su correr de antaño.
Y durante un momento volveré a ocupar mi sitio
en la catedral, donde íbamos todos los domingos
por la mañana, después de reunirnos con tal fin en
clase. El olor a tierra húmeda, el aire frío, el senti-
miento de que la puerta de la iglesia está cerrada al
mundo, el sonido del órgano bajo los arcos blancos
de la nave central, son las alas que me sostienen
planeando sobre aquellos días lejanos, como si
soñara medio despierto.
Ya no soy el último de la clase. En pocos meses
he saltado sobre varias cabezas. Pero Adams, el
primero, me parece todavía una criatura extraordi-
naria y lejana, colocada en alturas inaccesibles.
Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo,
porque ella no sabe el talento, la sabiduría que po-
see Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que
Agnes aspira verme llegar algún día. Adams no es
mi amigo, ni mi protector, como Steerforth, pero
siento por él veneración y respeto; sobre todo me
interesa pensar lo que hará cuando salga del cole-
gio, y pienso si habrá en el mundo alguien bastante
presuntuoso que se atreva a competir con él.
Pero... ¿a quién recuerdo ahora? A miss Shephe-
rd, a quien amo.
Miss Shepherd es alumna de miss Nitingal, y yo
adoro a miss Shepherd. Es una niña de carita re-
donda y bucles rubios.
Las alumnas de miss Nitingal van también a la ca-
tedral los domingos, y yo no puedo mirar a mi libro,
pues a pesar mío tengo que estar mirando a miss
Shepherd. Cuando el coro canta, me parece oír a
miss Shepherd. Introduzco en secreto el nombre de
miss Shepherd en los oficios, lo pongo en medio de
la familia real. Y en casa, solo en mi habitación,
estoy a punto de gritar: «¡Oh miss Shepherd, miss
Shepherd! », en un arrebato de entusiasmo.
Durante cierto tiempo estoy en la mayor incerti-
dumbre, sin saber los sentimientos de ella; pero por
fin la suerte me es propicia y nos encontramos en
casa del profesor de baile. Miss Shepherd baila
conmigo. Toco su guante, y siento un estremeci-
miento que me sube desde el puño a la punta de los
pelos. No digo nada tierno a miss Shepherd, pero
nos comprendemos. Miss Shepherd y yo vivimos en
la esperanza de estar un día unidos.
¿Por qué doy a hurtadillas a miss Shepherd doce
nueces de Brasil? No expresan cariño; son difíciles
de envolver, formando un paquete poco regular; son
muy duras y cuesta trabajo cascarlas aun en la ren-
dija de una puerta; además la almendra es aceitosa.
Sin embargo, me parece un regalo conveniente
para ofrecer a miss Shepherd. También le llevo
bizcochos calientes y naranjas, muchísimas naran-
jas. Un día doy un beso a miss Shepherd en el
guardarropa. ¡Qué éxtasis! Y cuál es mi indignación
al día siguiente cuando oigo rumores de que miss
Nitingal ha castigado a miss Shepherd por torcer los
pies hacia adentro.
Miss Shepherd es la preocupación y el sueño de
mi vida. ¿Cómo es posible que haya roto con ella?
No lo sé. Sin embargo, es un hecho. Oigo contar
bajito que miss Shepherd se ha atrevido a decir que
le fastidia que la mire tanto, y que ha confesado que
le gusta más Jones. ¡Jones! ¡Un muchacho que no
vale la pena! El abismo se abre entre nosotros. Por
último, otro día que me encuentro, mientras paseo,
con las alumnas de miss Nitingal, miss Shepherd
hace un gesto al pasar y se ríe con su compañera.
Todo ha terminado. La pasión de mi vida (como a
mí me parece que ha durado una vida es como si
así fuera) ha pasado; mis Shepherd desaparece de
los oficios, la familia real no vuelve a saber de ella.
Obtengo un puesto más adelantado en clase y
nadie turba mi reposo. Ya no soy amable con las
alumnas de miss Nitingal, ni me gusta ninguna,
aunque fueran dos veces más numerosas y veinte
veces más guapas. Considero las lecciones de baile
como una molestia y me pregunto por qué esas ni-
ñas no bailarán solas dejándonos en paz. Me hago
fuerte en versos latinos y olvido abrocharme las
botas. El doctor Strong habla de mí públicamente
como de un muchacho de mucho porvenir. Míster
Dick está loco de alegría, y mi tía me envía una
guinea en el primer correo.
La sombra de un chico de una camicería aparece
ante mí como la cabeza armada en Macheth.
¿Quién es ese muchacho? Es el terror de la juven-
tud de Canterbury. Corren rumores de que la médu-
la de buey con que unge sus cabellos le da una
fuerza sobrenatural, y que podría luchar contra un
hombre. Es un chico de cara ancha, con cuello de
toro, las mejillas rojas, mal espíritu y peor lengua. Y
el principal empleo que hace de ella es hablar mal
de los alumnos del doctor Strong. Dijo públicamente
que con una sola mano y la otra atada a la espalda
era capaz de dar una paliza a cualquiera y nombró
a varios (a mí entre otros). Esperaba en la calle a
los más pequeños de nuestros compañeros y los
machacaba a puñetazos. Un día me desafió en voz
alta al pasar por su lado, a consecuencia de lo cual
decidí que nos pegásemos.
En una noche de verano, en una verde hondona-
da, en el rincón de una tapia, nos encontramos. Me
acompañan unos cuantos compañeros elegidos; mi
adversario ha llegado con otros dos carniceros, un
mozo de café y un deshollinador. Terminados los
preliminares, el carnicero y yo nos encontramos
frente a frente. En un instante me hace ver las es-
trellas asestándome un golpe en una ceja. Un minu-
to después ya no sé dónde está la tapia ni dónde
estoy yo, ni veo a nadie. Pierdo la noción de quién
es el carnicero y quién soy yo. Me parece que nos
confundimos uno con otro, luchando cuerpo a cuer-
po sobre la hierba aplastada bajo nuestros pies. A
veces veo a mi enemigo ensangrentado, pero tran-
quilo; a veces no veo nada y me apoyo sin aliento
contra la rodilla de uno de mis compañeros. Otras
veces me lanzo con furia contra el carnicero y me
araño los puños con su rostro, lo que no parece
turbarle lo más mínimo. Por fin, me despierto con la
cabeza mal, como si saliera de un profundo sueño,
y veo al carnicero que se aleja arreglándose la blu-
sa y recibiendo las felicitaciones de sus dos compa-
ñeros y del deshollinador y del mozo de café, de lo
que deduzco, muy justamente, que la victoria es
suya.
Me llevan a casa en un estado deplorable, me
aplican carne cruda encima de los ojos, me frotan
con vinagre y brandy. Mi labio superior se hincha
poco a poco de una manera desenfrenada. Durante
tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada
guapo con la pantalla verde encima de los ojos, y
me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una
hermana. Simpatiza con mis infortunios, lee para mí
en voz alta, y gracias a ella el tiempo pasa rápida y
dulcemente. Agnes es mi confidente y le cuento con
todo detalle mi aventura con el carnicero y todas las
ofensas que me había hecho; ella opina que no
podía por menos que pegarme, aunque tiembla y se
estremece al pensar en aquel terrible combate.
El tiempo pasa sin que yo me dé cuenta, pues
Adams no está ya a la cabeza de la clase. Hace ya
mucho tiempo que salió del colegio, tanto que
cuando vuelve a hacer una visita al doctor Strong
soy yo el único que queda de su época. Va a entrar
en la Audiencia, y piensa hacerse abogado y llevar
peluca. Me sorprende que sea tan modesto;
además, su aspecto es mucho menos imponente de
lo que yo creía y todavía no ha revolucionado el
mundo, como yo me esperaba, pues me parece que
las cosas siguen lo mismo que antes de que Adams
entrara en una vida activa.
Aquí hay una laguna en la que los grandes gue-
rreros de la historia y de la poesía desfilan ante mí
en ejércitos innumerables. Parece que no se aca-
ban nunca. ¿Qué viene después? Estoy a la cabeza
de la clase y miro desde mi altura la larga fila de mis
camaradas, observando con un interés lleno de
condescendencia a los que me recuerdan lo que yo
era a su edad. Además, me parece que ya no tengo
nada que ver con aquel niño; lo recuerdo como algo
que se ha dejado en el camino de la vida, algo al
lado de lo que se ha pasado, y a veces pienso en él
como si fuera un extraño.
¿Y la niña de mi llegada a casa de míster Wick-
field, dónde está? También ha desaparecido, y en
su lugar una criatura que es exactamente el retrato
de abajo y que no es ya una niña dirige la casa;
Agnes, mi querida hermana, como yo la llamo, mi
guía, mi amiga, el ángel bueno de todos los que
viven bajo su influencia de paz y de virtud y de mo-
destia; Agnes es ahora una mujer.
¿Qué nuevo cambio se ha operado en mí? He
crecido, mis rasgos se han acentuado y he adquiri-
do alguna instrucción durante los años transcurri-
dos. Llevo un reloj de oro con cadena, una sortija en
el dedo meñique y una chaqueta larga. Abuso del
cosmético, lo que, unido con la sortija, es mala se-
ñal. ¿Estaré enamorado de nuevo? Sí; adoro a la
mayor de las hermanas Larkins.
La mayor de las hermanas Larkins no es ninguna
niña. Es alta, morena, con los ojos negros, y una
hermosa figura de mujer. Miss Larkins, la mayor, no
es ninguna chiquilla, pues su hermana pequeña no
lo es, y la mayor debe de tener tres o cuatro años
más. Quizá miss Larkins tenga unos treinta años. Y
mi pasión por ella es desenfrenada.
Miss Larkins, la mayor, conoce a muchos oficia-
les, y es una cosa que me molesta mucho el verla
hablar con ellos en la calle, y verlos a ellos cruzar
de acera para salirle al encuentro cuando ven desde
lejos su sobrero (le gustan los sombreros de colores
muy vivos) al lado del sombrero de su hermana. Ella
se ríe, habla y parece divertirse mucho. Yo paso
todos mis ratos de ocio paseando con la esperanza
de encontrarla, y si consigo verla (tengo derecho a
saludarla, pues conozco a su padre), ¡qué felicidad!
Verdaderamente merezco al menos un saludo de
vez en cuando. Las torturas que soporto por la no-
che, en el baile, pensando que miss Larkins bailará
con los oficiales, necesitan compensación, y cuento
con ella si hay justicia en el mundo.
El amor me quita el apetito y me obliga a llevar
constantemente una corbata nueva; no estoy tran-
quilo más que cuando me pongo mis mejores trajes
y limpio mis zapatos una y otra vez. Así me parece
que soy más digno de la mayor de las Larkins. Todo
lo que le pertenece o se relaciona con ella se me
hace precioso. Míster Larkins, un caballero viejo,
brusco, con papada doble y uno de los ojos inmóvi-
les en la cara, me parece el hombre más interesan-
te. Cuando no puedo encontrar a su hija voy a los
sitios donde tengo esperanzas de encontrarme con
él. Le digo: «¿Cómo está usted, míster Larkins? ¿Y
las señoras, siguen bien?». Y mis palabras me pa-
recen tan reveladoras, que me sonrojo. Pienso con-
tinuamente en mi edad; tengo diecisiete años; pero
aunque sean muy pocos para miss Larkins, la ma-
yor, ¡qué me importa! No tardaré en tener veintiuno.
Al atardecer me paseo por los alrededores de casa
con míster Larkins, aunque me destroza el corazón
ver a los oficiales que entran en ella y oírles en el
salón donde miss Larkins está tocando el harpa. En
varias ocasiones me he paseado por allí tristemen-
te, cuando ya todos estaban acostados y tratando
de adivinar cuál será la habitación de la mayor de
las Larkins (y confundiéndola de fijo con la de su
padre). A veces desearía que hubiera fuego en la
casa para atravesarla entre la gente inmóvil de te-
rror y apoyando una escala en su ventana salvarla
en mis brazos. Después me gustaría volver a bus-
car algo que ella hubiera olvidado y morir entre las
llamas. Por lo general era muy desinteresado en mi
amor y me conformaba con expirar ante miss Lar-
kins haciendo un gesto noble. Por lo general era
así; pero no siempre. A veces tenía pensamientos
más alegres, y mientras me visto (ocupación de dos
horas) para un gran baile que van a dar los Larkins
y por el que suspiro hace semanas, dejo a mi espíri-
tu libre, en sueños agradables, y me figuro que ten-
go el valor de hacer una declaración a miss Larkins
y me la represento reclinando su cabeza en mi
hombro y diciendo: «¡Oh míster Copperfield! ¿Pue-
do dar crédito a mis oídos?»; y me figuro a míster
Larkins esperándome a la mañana siguiente y di-
ciéndome: « Querido Copperfield, mi hija me lo ha
contado todo, y su excesiva juventud no es un in-
conveniente. ¡Aquí tenéis veinte mil libras y sed
felices!». Me imagino a mi tía cediendo y bendi-
ciéndonos y a míster Dick y al doctor Strong pre-
senciando la ceremonia de nuestro matrimonio.
Creo que no me falta sentido común ni modestia; lo
creo pensando en mi pasado; sin embargo, hacía
aquellos planes.
Entro en la casa encantada, donde hay luces,
charlas, músicas, flores y oficiales (los veo con pe-
na), y la mayor de las Larkins, radiante de belleza.
Está vestida de azul y con flores azules en sus ca-
bellos (no me olvides), como si ella necesitara «no
me olvides». Es la primera fiesta de importancia a
que he sido invitado y estoy muy cohibido, porque
nadie se ocupa de mí ni parece que tengan nada
que decirme, excepto míster Larkins, que me pre-
gunta por mis compañeros de colegio. Podría haber
evitado el hacerlo, pues no he ido a su casa para
que se me ignore.
Después de permanecer en la puerta durante cier-
to tiempo y recrear mis ojos con la diosa de mi co-
razón, ella se acerca a mí, ¡ella!, la mayor de las
Larkins y me pregunta con amabilidad si no bailo.
-Con usted sí, miss Larkins.
-¿Con nadie más? -me pregunta ella.
-No tengo gusto en bailar con nadie más.
Miss Larkins ríe ruborizada (por lo menos a mí me
lo parece) y dice:
-Este baile no puedo; el próximo lo bailaré con
gusto.
Llega el momento.
-Creo que es un vals -dice miss Larkins titubean-
do un poco cuando me acerco a ella- ¿Sabe usted
bailar el vals? Porque si no, el capitán Bailey...
Pero yo bailo el vals (y hasta me parece que muy
bien) y me llevo a miss Larkins, quitándosela al
capitán Bailey y haciéndole desgraciado, no me
cabe duda; pero no me importa. ¡He sufrido tanto!
Estoy bailando con la mayor de las Larkins... No sé
dónde, entre quién, ni cuánto tiempo; sólo sé que
vuelo en el espacio, con un ángel azul, en estado de
delirio, hasta que me encuentro solo con ella sen-
tado en un sofá. Ella admira la flor (camelia rosa del
Japón; precio, media corona) que llevo en el ojal. Se
la entrego diciendo:
-Pido por ella un precio inestimable, miss Larkins.
-¿De verdad? ¿Qué pide usted? -me contesta
miss Larkins.
-Una de sus flores, que será para mí mayor tesoro
que el oro de un avaro.
-Es usted muy atrevido -dijo miss Larkins-,tome.
Me la dio con agrado. Yo la acerqué a mis labios,
y después me la guardé en el pecho. Miss Larkins,
riendo, se agarró de mi brazo y me dijo:
-Ahora vuelva usted a llevarme al lado del capitán
Bailey.
Estoy perdido en el recuerdo de la deliciosa en-
trevista y del vals, cuando la veo dirigirse hacia mí,
del brazo de un caballero de cierta edad que ha
estado jugando toda la noche al whist. Me dice:
-¡Oh! Aquí está mi atrevido amiguito. Míster Ches-
tler desea conocerle, míster Copperfield.
Noto enseguida que debe de ser un amigo de
mucha confianza y me siento halagado.
-Admiro su buen gusto -dice míster Chestier-, le
honra. No sé si le interesará a usted el cultivo de
tierras; pero poseo una finca muy grande, y si algu-
na vez le apetece acercarse por allí, por Ashford, a
visitarnos, tendremos mucho gusto en hospedarle
en casa todo el tiempo que quiera.
Doy a míster Chestier las gracias más efusivas y
le estrecho las manos. Creo estar en un sueño de
felicidad, bailo otro vals con la mayor de las Larkins
-¡dice que bailo tan bien!- y vuelvo a casa en un
estado de beatitud indescriptible. Toda la noche
estoy bailando el vals en mi imaginación, enlazando
con mi brazo el tape azul de mi divinidad. Durante
varios días sigo perdido en extáticas reflexiones;
pero no la veo en la calle ni en su casa. Me consue-
la de ello el recuerdo sagrado de la flor marchita.
-Trotwood -me dice Agnes un día después de ce-
nar-, ¿a que no lo figuras quién se casa mañana?
Alguien a quien admiras.
-¿Supongo que no serás tú, Agnes?
-Yo no -contesta levantando su rostro risueño de
la música que estaba copiando- ¿Lo has oído,
papá? Es miss Larkins, la mayor.
-¿Con... con el capitán Bailey? -tengo apenas la
fuerza de preguntar.
-No, con ningún capitán; con míster Chestler, que
es un agricultor.
Durante una o dos semanas estoy abatido. Me
quito la sortija, me pongo las peores ropas, dejo de
usar cosmético y lloro con frecuencia sobre la flor
marchita que fue de miss Larkins. Al cabo de aquel
tiempo observo que me cansa ese género de vida, y
habiendo recibido otra provocación del carnicero,
tiro la flor, le cito, nos pegamos y le venzo con glo-
ria. Esto y la reaparición de mi sortija y el use mode-
rado del cosmético son las últimas huellas que en-
cuentro de mi llegada a los dieciocho años.
CAPÍTULO XIX
MIRO A MI ALREDEDOR Y HAGO UN DESCU-
BRIMIENTO
No sé si estaba alegre o triste cuando mis días de
colegio terminaron y llegó el momento de abando-
nar la casa del doctor Strong. ¡Había sido muy feliz
allí! Tenía verdadero cariño al doctor y, además, en
aquel pequeño mundo se me consideraba como
una eminencia. Estas razones me hacían estar tris-
te; pero otras bastantes más insustanciales me ale-
graban. Vagas esperanzas de ser un hombre inde-
pendiente; de la importancia que se da a un hombre
independiente; de las cosas maravillosas que pod-
ían ser ejecutadas por aquel magnífico animal, y de
los mágicos efectos que yo no podría por menos de
causar en sociedad; todo esto me seducía. Estas
fantásticas consideraciones tenían tanta fuerza en
mi cerebro de chiquillo que me parece, según mi
actual modo de pensar, que dejé el colegio sin la
pena debida, y aquella separación no causó en mí
la impresión que sí causaron otras. Trato en vano
de recordar lo que sentí entonces y cuáles fueron
las circunstancias de mi partida; pero no ha dejado
huella en mis recuerdos. Supongo que el porvenir
abierto ante mí me ofuscaba. Sé que mi experiencia
juvenil contaba entonces muy poco o nada, y que la
vida me parecía un largo cuento de hadas que iba a
empezar a leer, y nada más.
Mi tía y yo sosteníamos frecuentes deliberaciones
sobre la carrera que debía seguir. Durante un año o
más traté en vano de encontrar contestación satis-
factoria a su insistente pregunta:
-¿Qué te gustaría ser?
Por más que pensaba, no descubría ninguna afi-
ción especial por nada. Si me hubiera sido posible
tener por inspiración conocimientos de náutica creo
que me habría gustado tomar el mando de una va-
liente expedición que en un buen velero diera la
vuelta al mundo en un viaje triunfante de ex-
ploración; así me habría sentido satisfecho. Pero,
falto de aquella inspiración milagrosa, mis deseos
se limitaban a dedicarme a algo que no le resultara
muy costoso a mi tía y a cumplir mi deber en lo que
fuera.
Míster Dick asistía con toda regularidad a nues-
tros conciliábulos, con su expresión más grave y
reflexiva. Sólo en una ocasión se le ocurrió propo-
ner una cosa (no sé cómo se le ocurrió aquello); el
caso es que propuso que me dedicase a calderero.
Mi tía recibió tan mal la proposición que al pobre
mister Dick se le quitaron las gams de volver a me-
terse en la conversación. Se limitaba a mirar aten-
tamente a mi tía, interesándose por lo que ella pro-
ponía y haciendo sonar su dinero en el bolsillo.
-Trot, voy a decirte una cosa, querido -me dijo una
mañana miss Betsey. Era por Navidad, y después
de salir yo del colegio-. Puesto que todavía no
hemos decidido la cuestión principal y teniendo en
cuenta que debemos hacer lo posible para no equi-
vocamos, creo que lo mejor sería pensarlo más
detenidamente. Así, tú podrías considerarlo desde
un punto de vista nuevo, y no como un colegial.
-Lo haré tía.
-Se me ha ocurrido -prosiguió miss Betsey- que
un ligero cambio, una mirada a la vida, podía ayu-
darte a fijar tus ideas y a formar un juicio más sere-
no. Supongamos que hicieras un pequeño viaje; por
ejemplo, que fueras a tu antigua aldea y visitaras a
aquella... a aquella mujer extraña que tenía un
nombre tan salvaje --dijo mi tía frotándose la nariz,
pues no había perdonado todavía a Peggotty que se
llamara así.
-De todo lo que hubieras podido proponerme, tía,
es lo que más me gusta --dije.
-Bien -repuso ella-; es una suerte, porque yo tam-
bién lo deseo mucho. Además, es natural y lógico
que te guste, y estoy convencida de que todo lo que
hagas, Trot, será siempre natural y lógico.
-Así lo espero, tía.
-Tu hermana Betsey Trotwood -dijo mi tía- habría
sido la muchacha más razonable del mundo.
Querrás ser digno de ella, ¿no es así?
-Espero ser digno de usted, tía, y eso me basta.
-Cada vez pienso más que es una suerte para tu
pobre madre, tan niña, el haber dejado el mundo
-dijo mi tía mirándome con satisfacción-, pues ahora
el orgullo de tener un hijo así le habría trastornado
el juicio si le quedara algo. (Mi tía siempre se excu-
saba de su debilidad por mí achacándosela a mi
pobre madre.) ¡Dios lo bendiga, Trot, cómo me la
recuerdas!
-¿Espero que sea de un modo agradable, tía?
-dije.
-¡Se parece tanto a ella, Dick! --continuó miss
Betsey con énfasis, Es enteramente igual a ella en
aquella tarde en que la conocí, antes de que nacie-
ras, Trot. ¡Dios de mi corazón, es exactamente
igual, cuando me mira; sus mismos ojos!
-¿De verdad? --dijo mister Dick.
-Y también se parece a David -dijo mi tía con de-
cisión.
-¿Se parece mucho a David? -dijo mister Dick.
-Pero lo que deseo sobre todo, Trot, es que lle-
gues a ser (no me refiero al físico; de físico estás
muy bien) todo un hombre, un hombre enérgico, de
voluntad propia, con resolución -dijo mi tía sacu-
diendo su puño cerrado hacia mí-, con energía, con
carácter, Trot; con fuerza de voluntad, que no se
deje influenciar (excepto por la buena razón) por
nada ni por nadie; ese es mi deseo; eso es lo que tu
padre y tu madre necesitaban, y Dios sabe que si
hubieran sido así, mejor les habría ido.
Yo manifesté que esperaba llegar a ser lo que ella
deseaba.
-Para que tengas ocasión de obrar un poco por tu
cuenta, voy a enviarte solo a ese pequeño viaje -dijo
mi tía-. En el primer momento había pensado que
mister Dick fuera contigo; pero meditándolo bien,
prefiero que se quede aquí cuidándome.
Mister Dick pareció por un momento algo desilu-
sionado; pero el honor y la dignidad de tenerse que
quedar cuidando de la mujer más admirable del
mundo hizo que volviera la alegría a su rostro.
-Además -dijo mi tía---, tiene que dedicarse a la
Memoria.
-¡Ah!, es cierto ---dijo mister Dick con precipita-
ción-. Estoy decidido, Trotwood, a terminarla inme-
diatamente; time que terminarse inmediatamente,
para enviarla, ya sabes; y entonces -dijo mister Dick
después de una larga pausa-,y entonces, al freír
será el reír ....
A consecuencia de los cariñosos proyectos de mi
tía, pronto me vi provisto de dinero y tiernamente
despedido para mi expedición. Al partir, mi tía me
dio algunos consejos y muchos besos, y me dijo
que como su objetivo era que tuviese ocasión de
ver mundo y de pensar un poco, me recomendaba
que me detuviera algunos días en Londres, si que-
ría, al it a Sooffolk o al volver; en una palabra, era
completamente libre de hacer lo que quisiera duran-
te tres semanas o un mes, sin otras condiciones
que las de reflexionar, ver mundo y escribirle tres
veces por semana teniéndola al corriente de mi
vida.
En primer lugar me dirigí a Canterbury para decir
adiós a Agnes y a míster Wickfield (mi antigua habi-
tación en aquella casa todavía me pertenecía).
También quería despedirme del buen doctor Strong.
Agnes se puso muy contenta al verme y me dijo que
la casa no le parecía la misma desde que yo no
estaba.
-Yo tampoco me reconozco desde que me he
marchado -le dije-; me parece que he perdido mi
mano derecha, aunque es decir muy poco, pues en
la mano no tengo el corazón ni la cabeza. Todo el
que te conoce te consulta y se deja guiar por ti,
Agnes.
-Es porque todos los que me conocen me miman
demasiado -me contestó sonriendo.
-No, Agnes; es que tú eres diferente a todos; tan
buena, tan dulce, tan acogedora; además, siempre
tienes razón.
-Me estás hablando -me dijo con alegre sonrisa,
mientras continuaba su trabajo- como si fuera la
mayor de las Larkins.
-Vamos; no está bien que abuses de mis confi-
dencias -le respondí enrojeciendo al recuerdo de mi
ídolo de cintas azules-. Pero es que no podía por
menos de confesarme a ti, Agnes, y no perderé
nunca esa costumbre si tengo penas, y si me ena-
moro, te lo diré enseguida, si es que quieres oírlo,
aun cuando sea que me enamore en serio.
-Pero si siempre te has enamorado en serio ---dijo
Agnes echándose a reír.
-¡Ah!, entonces era un niño, un colegial -dije tam-
bién riendo, pero algo confuso-. Los tiempos han
cambiado, y temo que algún día tomaré ese asunto
terriblemente en serio. Lo que me extraña es que tú
no hayas llegado a eso, Agnes.
Agnes, riendo, sacudió la cabeza.
-Ya sé que no, pues me lo habrías dicho, o por lo
menos ---dije viéndola enrojecer ligeramente- me lo
habrías dejado adivinar. Pero no conozco a nadie
que sea digno de lo cariño, Agnes; necesitaría co-
nocer a un hombre de un carácter más elevado y
dotado de más mérito que todos los que lo han ro-
deado hasta ahora para dar mi consentimiento. De
aquí en adelante vigilaré a tus admiradores, y te
prevengo que seré muy exigente con el elegido.
Habíamos charlado hasta aquel momento en un
tono de broma lleno de confianza, aunque mezclado
con cierta seriedad, resultado de la amistad íntima
que nos había unido desde la infancia; pero de
pronto Agnes levantó los ojos y, cambiando de tono,
me dijo:
-Trotwood, quiero decirte una cosa, y quizá no
vuelva a tener, en mucho tiempo, ocasión de pre-
guntártela; es algo que nunca me decidiría a pre-
guntar a otro. ¿Has observado en papá un cambio
progresivo?
Lo había observado y me había preguntado a mí
mismo muchas veces si ella no se daba cuenta. Mi
rostro traicionaba sin duda lo que pensaba, pues
bajó los ojos al momento y vi que estaban llenos de
lágrimas.
-Díme lo que ves --dijo en voz baja.
-Temo. ¿Puedo hablarte con toda franqueza, Ag-
nes? Ya sabes el cariño que le tengo a tu padre.
-Sí --dijo ella.
-Temo que se perjudique con esa costumbre, que
ha ido aumentando por días desde mi llegada a esta
casa. Se ha vuelto muy nervioso, o al menos a mí
me lo parece.
-Y no te equivocas -dijo Agnes moviendo la cabe-
za.
-Le tiemblan las manos, no habla claro y a veces
sus ojos no se fijan. He observado que en esos
momentos, cuando no está en su estado normal, es
casi siempre cuando le buscan para algún asunto.
-Sí, Uriah --dijo Agnes.
-Y la idea de que no se encuentra en estado de
ocuparse de ello, que no lo ha comprendido bien o
que no ha podido disimular su estado parece ator-
mentarle de tal modo, que al día siguiente todavía
es peor, y peor al otro; y de eso proviene su agota-
miento y su aire asustado. Pero no te preocupes
demasiado, Agnes, porque muy pocas veces le he
visto en ese estado. El otro día le encontré con la
cabeza apoyada en su pupitre y llorando como un
niño.
Agnes apoyó suavemente su mano sobre mis la-
bios, y un instante después se había unido a su
padre en la puerta del salón y se apoyaba en su
hombro. Me miraban los dos, y me conmovió pro-
fundamente la expresión del rostro de Agnes. Había
en su mirada una ternura tan profunda por su padre,
tanto reconocimiento; me pedía de tal modo que
fuera indulgente para juzgarle y que no pensara
mal; parecía a la vez tan orgullosa de él, tan abne-
gada, tan compasiva y tan triste; me expresaba con
tanta claridad que estaba segura de mi simpatía,
que todas las palabras del mundo no me habrían
podido decir más ni conmoverme más profunda-
mente. Debíamos tomar el té en casa del doctor.
Llegamos a la hora de costumbre y lo encontramos
en el estudio, al lado del fuego, con su esposa y su
suegra. El doctor, que parecía creer que yo partía
para la China, me recibió como a un huésped a
quien se quiere hacer honor y pidió que pusieran un
leño en la chimenea, para ver a la luz de la llama el
rostro de su antiguo alumno.
-Ya no veré muchos rostros nuevos en el lugar de
Trotwood, mi querido Wickfield --dijo el doctor ca-
lentándose las manos-; me vuelvo perezoso y quie-
ro descansar. Dentro de seis meses lo dejaré todo
en otras manos y me dedicaré a una vida tranquila.
-Ya hace diez años que dice usted lo mismo, doc-
tor --dijo míster Wickfield.
-Sí; pero ahora estoy decidido -contestó el doc-
tor-. El primero de mis profesores me sucederá.
Esta vez es definitivo, y pronto tendrá usted que
formalizar un contrato entre nosotros con todas las
cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos
hombres de honor que se comprometen, dos pillos
que desconfían el uno del otro.
-Y también tendré que tener cuidado para que no
le engañen a usted --dijo míster Wickfield-, lo que
ocurriría infaliblemente si lo hiciera usted solo. Pues
bien; estoy dispuesto, y desearía que todos mis
trabajos fuesen así.
-Y entonces, ya sólo me ocuparé del diccionario y
de otro contrato... mi Annie.
Míster Wickfield la miró. Estaba sentada con Ag-
nes al lado de la mesa de té y me pareció que evi-
taba los ojos del anciano con una timidez desacos-
tumbrada, que sólo consiguió atraer más sobre ella
su atención, como si se le hubiera ocurrido un pen-
samiento secreto.
-Parece ser que ha llegado un correo de la India
-dijo después de un momento de silencio.
-Es verdad; lo olvidaba. Y hasta hemos recibido
cartas de Jack Maldon.
-¡Ah! ¿De veras?
-Mi pobre Jack --dijo mistress Mackleham-.
¡Cuando pienso que está en ese clima terrible, don-
de hay que vivir, según me han dicho, sobre un
montón de arena abrasadora y bajo un sol que cie-
ga! Y él parecía fuerte; pero no lo era. El muchacho
contaba con su valor más que con su naturaleza, mi
querido doctor, cuando con tantos ánimos empren-
dió aquel viaje. Annie querida, estoy segura de que
recuerdas perfectamente que tu primo no ha sido
nunca fuerte, lo que se llama robusto -dijo mistress
Mackleham con énfasis y mirándonos a todos- Lo
sé desde los tiempos en que mi hija y él eran pe-
queños y se paseaban del brazo todo el día.
Annie no contestó.
-Lo que usted dice me hace suponer que mister
Maldon está enfermo -dijo míster Wickfield.
-¿Enfermo? -replicó el Veterano- Amigo mío,
está... toda clase de cosas...
-¿Excepto bien? -dijo mister Wickfield.
-Excepto bien, naturalmente -repuso el Veterano-,
pues estoy segura de que ha cogido insolaciones
terribles, fiebres y todo lo que se pueda imaginar; en
cuanto al hígado -añadió con resignación-, se des-
pidió de él desde el primer momento que se vio allí.
-¿Y es él quien les dice todo eso? -preguntó
míster Wickfield.
-¿Decírnoslo él? Amigo mío -repuso mistress
Mackleham sacudiendo su cabeza y su abanico-,
¡qué poco le conoce usted cuando hace esa pre-
gunta! ¿Decirlo él? No. Antes se dejaría arrastrar de
los talones por cuatro caballos salvajes que decirlo.
-¡Mamá! -dijo mistress Strong.
-Annie, querida mía -replicó su madre-. De una
vez por todas te ruego que no me interrumpas más,
a no ser para darme la razón. Sabes tan bien como
yo que te primo antes se dejaría arrastrar por un
número infinito de caballos salvajes (no sé por qué
me voy a limitar a cuatro, no debo limitarme a cua-
tro), ocho, dieciséis, treinta y dos, antes que pro-
nunciar una palabra que pueda desbaratar los pla-
nes del doctor.
-Los planes de Wickfield-dijo el doctor, restregán-
dose la cara y mirando, arrepentido, a su mujer-; es
decir, el plan formado entre los dos. Yo sólo dije:
«Cerca o lejos».
-Y yo dije: «Lejos» -añadió míster Wickfield grave-
mente-; y como tuve ocasión de enviarle lejos, mía
es la responsabilidad.
-¿Quién habla de responsabilidades? -dijo el Ve-
terano-. Todo ha estado muy bien hecho, mi querido
Wickfield. Además, sabemos que todo ha sido con
las mejores intenciones del mundo; pero si ese po-
bre muchacho no puede vivir allí, ¡qué se le va a
hacer! Si no puede vivir, morirá antes que desbara-
tar los proyectos del doctor. Le conozco muy bien
-dijo mistress Mackleham moviendo el abanico con
ademán de tranquila y profética resignación-; estoy
segura de que morirá antes que desbaratar los pla-
nes del doctor.
-Pero, señora -dijo alegremente el doctor Strong-,
yo no soy tan fanático en mis proyectos que no
pueda destruirlos o modificarlos. Si mister Maldon
vuelve a Inglaterra a causa de su mala salud, no le
dejaremos que se vuelva a marchar y trataremos de
proporcionarle algo más ventajoso aquí.
Mistress Mackleham quedó tan sorprendida de la
generosidad de estas palabras (que no había pre-
visto ni provocado), que no pudo más que decir al
doctor que no esperaba menos y que se lo agradec-
ía muhcísimo; y repitió muchas veces su gesto favo-
rito besando la punta del abanico antes de acariciar
con él la mano de su sublime amigo. Después de lo
cual regañó a su hija porque no era más expansiva
cuando el doctor colmaba de bondades a un antiguo
compañero de infancia, y esto únicamente por cari-
ño a ella. Más tarde estuvo hablando de los méritos
de muchos miembros de su familia que sólo necesi-
taban a alguien que les pusiera el pie en el estribo.
Todo aquel tiempo su hija Annie no había desple-
gado los labios ni levantado los ojos. Míster Wick-
field no había dejado de mirarla y parecía no darse
cuenta de que tal atención por ella, muy evidente,
sin embargo, pudiese extrañar a los demás, pues le
preocupaba tanto mistress Strong y los pensa-
mientos que le sugería, que estaba completamente
absorto. Por último, preguntó qué era, en realidad,
lo que Jack Maldon escribía sobre su situación y a
quién había dirigido sus cartas.
-He aquí -dijo mistress Mackleham cogiendo por
encima de la cabeza del doctor una carta de la chi-
menea-, he aquí lo que ese pobre muchacho dice al
mismo doctor. ¿Dónde está? ¡Ah, aquí! «Siento
mucho verme obligado a decirle que mi salud se ha
resentido bastante y que temo verme en la necesi-
dad de volver a Inglaterra por algún tiempo; es mi
única esperanza de curación.» Me parece que está
bastante claro. ¡Pobre muchacho! Su única espe-
ranza de curación. Pero la carta a Annie es más
explícita todavía. Annie, enséñame otra vez esa
carta.
-Ahora no, mamá --contestó ella en voz baja.
-Hija mía, en algunas cosas eres verdaderamente
ridícula -replicó su madre- y descastada con tu fami-
lia. Ni siquiera hubiéramos oído hablar de esa carta
si yo no te la pido. ¿Te parece eso tener confianza
en el doctor, Annie? Me sorprendes; debías cono-
cerle mejor.
Mistress Strong sacó la carta de mala gana, y
cuando la cogí para entregársela a su madre vi que
la mano de Annie temblaba.
-Ahora veamos --dijo mistress Mackleham po-
niéndose los lentes-. ¿Dónde está el párrafo?... « El
recuerdo de los tiempos pasados, mi muy querida
Annie...», etc... ; no es aquí. «El amable y viejo cen-
sor ...» ¿Quién será? Querida Annie, tu primo Mal-
don escribe de un modo ilegible; pero ¡qué estúpida
soy! es el doctor, ¡naturalmente! ¡Oh! ¡Ya lo creo
que es amable!
Aquí se detuvo para besar el abanico y dar con él
al doctor, quien nos miraba a todos con una sonrisa
plácida y satisfecha.
-Ahora lo he encontrado: « No te sorprenderá sa-
ber, Annie (claro que no, sabiendo que nunca ha
sido realmente fuerte. ¿Qué decía yo hace un mo-
mento?) que he sufrido tanto en este lugar lejano,
que he decidido abandonarlo, suceda lo que suce-
da, con un permiso de enfermo, si puedo, o dimi-
tiendo totalmente si no lo consigo. Todo lo que he
sufrido y sufro aquí no es imaginable». Y sin la
prontitud para actuar de la mejor de las criaturas
-dijo mistress Mackleham, repitiendo sus gestos
telegráficos al doctor, y doblando la carta- me sería
imposible pensar en su regreso.
Míster Wickfield no dijo una palabra, aunque la
anciana le miró esperando su comentario; perma-
neció sentado, severamente silencioso, con los ojos
fijos en el suelo. Mucho después de abandonar
aquel asunto para ocupamos de otros, todavía con-
tinuaba así; únicamente, levantado sus ojos de vez
en cuando, clavaba su mirada pensativa en el doc-
tor, en su mujer o en los dos.
El doctor era muy aficionado a la música y Agnes
cantaba con mucha dulzura y expresión. También
Annie cantaba. Cantaron juntas, y después estuvie-
ron tocando a cuatro manos; fue un pequeño con-
cierto. Pero observé dos cosas: en primer lugar,
que, aunque Annie se había repuesto por completo,
era evidente que un abismo la separaba de míster
Wickfield, y en segundo lugar, que la intimidad de
mistress Strong con Agnes disgustaba a míster
Wickfield, quien la vigilaba con inquietud. Debo con-
fesar que el recuerdo de cómo la había visto el día
de la partida de Jack Maldon me volvió a la imagi-
nación con un significado que nunca le había atri-
buido y que me confundió. La inocente belleza de
su rostro no me pareció ya tan pura como entonces,
y desconfiaba de su gracia espontánea y del encan-
to de sus aptitudes. Y al contemplar a Agnes senta-
da a su lado y al pensar en su candor a inocencia,
me decía que quizás era aquella una amistad muy
desigual.
Sin embargo ellas gozaban tan vivamente, que su
alegría hizo pasar la velada en un instante. En el
momento de la partida ocurrió un pequeño inciden-
te, que recuerdo muy bien. Se despedían una de
otra y Agnes iba a besar a Annie, cuando míster
Wickfield pasó entre ellas como por casualidad y se
llevó bruscamente a Agnes. Entonces volví a ver en
el rostro de mistress Strong la expresión que había
observado la noche de la partida de su primo, y me
pareció estar todavía de pie ante la puerta del estu-
dio del doctor. Sí, así era como le había mirado
aquella noche.
No puedo decir la impresión que aquella mirada
me produjo ni por qué me resultó imposible olvidar-
la; pero no pude, y después, cuando pensaba en
ella, hubiera preferido recordarla adornada, como
antes, de inocente belleza. Su recuerdo me perse-
guía al volver a casa. Me parecía que dejaba una
nube sombría suspendida sobre la casa del doctor,
y al respeto que sentía por sus cabellos grises se le
unía una gran compasión por aquel corazón tan
confiado con los que le engañaban y un profundo
desprecio contra sus pérfidos amigos. La sombra
inminente de una gran tristeza y de una gran ver-
güenza, aunque imprecisa todavía, proyectaba una
mancha sobre el lugar tranquilo testigo del trabajo y
de los juegos de mi infancia y le marchitaba a mis
ojos. Ya no me gustaba pensar en los grandes álo-
es de largas hojas que florecían cada cien años
solamente, ni en el césped verde y unido, ni en las
urnas de piedra del paseo del doctor, ni en el sonido
de las campanas de la catedral, que lo dominaban
todo con sus armonías. Me parecía que el tranquilo
santuario de mi infancia había sido profanado en mi
presencia y que habían arrojado su paz y su honor
a los vientos.
Con la mañana llegó mi despedida de aquella vie-
ja casa que Agnes había llenado para mí con su
influencia, y esta preocupación fue suficiente para
absorber mi espíritu. No dudaba de que volvería
muy pronto y que quizá muy a menudo ocuparía mi
habitación de siempre; pero había dejado de habi-
tarla; los buenos tiempos habían pasado, y se me
apretaba el corazón al empaquetar las cows que me
quedaban para enviarlas a Dover, y no me preocu-
paba de que Uriah pudiera verlo, que se apresuraba
tanto a mi servicio, que me acuso de haber faltado a
la caridad suponiendo que estaba muy satisfecho
con mi marcha.
Me separaba de Agnes y de su padre haciendo
vanos esfuerzos para soportar aquella pena como
un hombre cuando subía a la diligencia de Londres.
Estaba tan dispuesto a olvidar y a perdonarlo todo
mientras atravesaba la ciudad, que tuve ganas de
saludar a mi antiguo enemigo el carnicero y de
echarle cuatro chelines para que bebiera a mi salud;
pero le encontré con un aspecto tan de carnicero
recalcitrante y estaba tan feo con la mella de un
diente que yo le había roto en nuestro último com-
bate, que me pareció más oportuno no ocuparme de
él.
Recuerdo que la principal preocupación de mi
espíritu cuando nos pusimos en marcha era pare-
cerle lo más viejo posible al conductor, para lo cual
trataba de sacar una voz ronca. Mucho trabajo me
costó conseguirlo; pero tenía gran interés en ello
porque era un medio seguro de no parecer niño.
-¿,Va usted a Londres? -me dijo el conductor.
-Sí, William -dije en tono condescendiente (le co-
nocía algo)--, voy a Londres, y después a Sooflulk.
-¿Va usted a cazar?
Sabía William, tan bien como yo, que en aquella
época del año igual podría ir a la pesca de la balle-
na; pero yo lo tomé por un cumplido.
-No sé -dije con indecisión- si tiraré algún tiro que
otro.
-He oído decir que los pájaros son muy difíciles de
alcanzar allí -dijo William.
-Sí; eso he oído -respondí.
-¿Es usted del condado de Sooffolk? -me pre-
guntó.
-Sí -contesté dándome importancia-; de allí soy.
-Se dice que por esa parte los puddings de frutas
son una cosa exquisita -dijo William.
Yo no sabía nada; pero comprendí que era ne-
cesario apoyar las instituciones de mi región, y
de ningún modo dejar ver que las desconocía.
Así es que moví la cabeza con malicia, como di-
ciendo: «¡Ya lo creo!».
-¿Y los caballos? -dijo William-. ¡Ahí es nada! Una
jaca de Sooffolk vale su peso en oro. ¿No se ha
dedicado usted nunca a la cría de caballos en Soof-
folk?
-No -dije.
-Pues detrás de mí va un caballero que se ha de-
dicado a la cría caballar a gran escala.
El caballero en cuestión me miró de un modo te-
rrible. Era bizco, tenía la barbilla prominente; llevaba
un sombrero claro de copa alta, un pantalón de
terciopelo de algodón, abrochado a los lados desde
las caderas hasta las suelas de los zapatos, y apo-
yaba la barbilla en el hombro del conductor, tan
cerca de mí, que sentía su aliento en mis cabellos.
Cuando me volví para mirarle, lanzaba a los caba-
llos una ojeada de entendimiento.
-¿No es verdad? -dijo William.
-¿Si no es verdad qué? -dijo el caballero de
detrás.
-Que se ha dedicado usted a la cría caballar en
Sooffolk a gran escala.
-Ya lo creo -dijo el otro-, y no hay clase de perros
ni caballos de los que no haya yo sacado crías. Hay
hombres que tenemos afición a los perros y a los
caballos. Yo dejaría de comer y de beber, les sacri-
ficaría con gusto la casa, la mujer, los hijos, la ins-
trucción, el fumar y el dormir.
-¿No le parece que no es lo más propio para un
hombre así el it detrás del conductor? -me dijo Wi-
lliam al oído, mientras arreglaba las riendas.
Saqué en consecuencia que deseaba que cam-
biáramos de sitio, y se lo propuse enrojeciendo.
-Bien; si a usted le da lo mismo -dijo William- creo
que será más correcto.
Siempre he considerado aquella concesión como
mi primera falta en la vida. Después de haber elegi-
do mi asiento en las oficinas y de haber escrito al
lado de mi nombre: «En el pescante», y de haber
dado media corona al tenedor de libros por que me
lo reservara; después de haberme puesto un gabán
nuevo expresamente en honor de aquel eminente
lugar; después de presumir mucho de it en él y pa-
recerme que hacía honor al coche; después de todo
eso, he aquí que a la primera insinuación me dejo
suplantar por un hombre desarrapado, que no tiene
más mérito que el oler a cuadra y ser capaz de pa-
sar por encima de mí con la ligereza de una mosca
mientras los caballos van casi al galope.
Tengo cierta inseguridad en mí mismo que me ha
jugado muy malas pasadas en muchas ocasiones, y
aquel incidente, del cual fue teatro la imperial de la
diligencia de Canterbury, no era muy a propósito
para disminuírmela. Fue en vano que tratase de
refugiarme en la voz cavernosa. Por mucho que ha-
blaba desde el fondo del estómago, sentía que es-
taba completamente vencido y que era deplorable-
mente joven.
Durante el viaje resultó muy interesante verme
presumiendo sobre la diligencia, bien vestido, bien
educado y con la bolsa llena, reconociendo, al pa-
sar, los lugares en los que había dormido durante
mi penoso viaje de niño. Mis pensamientos encon-
traban en aquello amplio motivo de reflexión, y mi-
rando pasar a los vagabundos y reconociendo
aquellas miradas, que recordaba tan bien, me pare-
cía sentir todavía la mano del latonero estrujándome
la camisa. Al bajar por la estrecha calle de Chatham
vi la callejuela en que estaba la tienda del viejo
monstruo que me había comprado la chaqueta, y
adelanté vivamente la cabeza para mirar el sitio en
que había estado esperando tanto tiempo mi dinero,
primero a la sombra y luego al sol. Y ya casi en
Londres, cuando pasé cerca de Salem House, don-
de míster Creakle nos había azotado tan cruelmen-
te, habría dado cuanto poseía por poder bajarme,
darle una buena paliza y poner en libertad a los
alumnos, pobres pajarillos enjaulados.
Llegamos al hotel de «La Cruz de Oro», en Cha-
ring Cross, situado en una calle cerrada. El mozo
me introdujo en el comedor, y una criada me en-
señó una habitación pequeña que olía a establo y
que estaba tan herméticamente cerrada como una
tumba. Yo sentía mi gran juventud sobre la con-
ciencia y me daba cuenta de que eso era la causa
de que nadie me respetase. La criada no hacía caso
de lo que le decía, y el mozo se permitía, con inso-
lente familiaridad, darme consejos para ayudarme
en mi inexperiencia.
-Ahora veamos -dijo el camarero de modo confi-
dencial-; ¿qué es lo que quiere usted comer? A los
jovencitos como usted suelen gustarles las aves.
¿Quiere usted un pollo?
Le dije lo más majestuosamente que pude que me
tenían sin cuidado los pollos.
-¿No lo quiere usted? -dijo el camarero-. Pues los
jovencitos por lo general están hartos de vaca y de
cordero. ¿Qué le parecería una chuleta de carnero?
Asentí a aquello, porque tampoco se me ocurría
otra cosa.
-¿Quiere usted patatas? -me preguntó el mozo
con una sonrisa insinuante a inclinando la cabeza
hacia un lado-. En general, los jovencitos están
hartos de patatas.
Le ordené con mi voz más profunda que me traje-
ra una chuleta de carnero con patatas, y que pre-
guntara en las oficinas si no había alguna carta para
Trotwood Copperfield. Sabía muy bien que no podía
haberla; pero pensé que aquello me haría parecer
muy hombre. Pronto volvió diciendo que no había
nada (yo hice como que me sorprendía mucho) y
empezó a poner mi cubierto en una mesita al lado
de la chimenea. Mientras se dedicaba a aquella
faena me preguntó qué quería beber y a mi res-
puesta de «media botella de jerez», me temo, en-
contró una buena ocasión para componer la medida
del licor con los restos de varias botellas. Lo sos-
peché porque mientras leía el periódico le vi, por
encima de un tabiquillo muy bajo que formaba en la
misma sala un departamento para él, muy ocupado
vertiendo el contenido de muchas botellas en una
sola, como un farmacéutico preparando una poción
según la receta. Además, cuando probé el vino me
pareció que estaba algo insípido y que contenía
más migas de pan inglés de lo que podía esperarse
en un vino extranjero. Sin embargo, tuve la debili-
dad de beberlo sin decir nada.
Después de cenar, encontrándome en un agrada-
ble estado de ánimo (de lo que saqué en conse-
cuencia que hay momentos en los que el envene-
namiento no es tan desagradable como dicen), de-
cidí it al teatro. Escogí Coven Garden, y allí, en el
fondo de un palco central, asistí a la representación
de Julio César y de una pantomima nueva. Cuando
vi a todos aquellos nobles romanos entrando y sa-
liendo de escena para que yo me divirtiera, en lugar
de ser, como en el colegio, pretextos odiosos de
una tarea ingrata, no puedo expresar el placer ma-
ravilloso y nuevo que sentí. La realidad y la ficción
que se combinaban en el espectáculo, la influencia
de la poesía, de las luces, de la música, de la multi-
tud, las mutaciones de escena, todo, en fin, dejó en
mi espíritu una expresión tan conmovedora y abrió
ante mí tan ¡limitadas regiones de delicias, que al
salir a la calle a media noche, con una lluvia torren-
cial, me pareció que caía de las nubes después de
haber llevado durante más de un siglo la vida más
romántica, para encontrarme con un mundo misera-
ble, lleno de fango, de faroles, de coches, de para-
guas...
Había salido por una puerta diferente a la que
había entrado, y por un momento permanecí indeci-
so, sin moverme, como si fuera verdaderamente
extraño a aquella tierra; pero pronto me hicieron
volver en mí los empujones, y tomé el camino del
hotel dando vueltas en mi espíritu a aquel hermoso
sueño que todavía me parecía tener ante los ojos
mientras comía ostras y bebía cerveza.
Estaba tan lleno del recuerdo del espectáculo y
del pasado, pues lo que había visto en el teatro me
hacía el efecto de una pantalla deslumbrante detrás
de la cual veía reflejarse toda mi vida anterior, que
no se en qué momento me di cuenta de la presencia
de un guapo muchacho, vestido con cierta negli-
gencia elegante, al que tenía muchos motivos para
recordar. Me percaté que estaba allí sin haberle
visto entrar, y continué sentado en mi rincón medi-
tando.
Por fin me levanté para irme a la cama, con gran
satisfacción del camarero, que tenía ganas de dor-
mir y debía de sentir calambres en las piernas, pues
las estiraba, las encogía y hacía todas las contor-
siones que le permitía la estrechez de su cuchitril. Al
ir hacia la puerta pasé al lado del joven que acaba-
ba de entrar. Volví la cabeza, y después volví atrás
y le miré de nuevo. No me reconocía; pero yo le
conocí al instante.
En otra ocasión quizá me habría faltado el valor
para saludarle y lo hubiese dejado para el día si-
guiente, desperdiciando así la ocasión de hablarle;
pero en el estado de ánimo en que me había puesto
el teatro me pareció que la protección que siempre
me había prestado merecía toda mi gratitud, y el
cariño tan espontáneo que siempre había sentido
por él resurgió al acercarme sintiéndome latir el
corazón.
-¿Por qué no me hablas, Steerforth?
Me miró como miraba él siempre; pero vi que no
me reconocía.
-Temo que no me recuerdas -dije.
-¡Dios mío! -exclamó de pronto-. ¡Si es el pequeño
Copperfield!
Le cogí las dos manos, y no podía decidirme a
soltarlas. Sin la tonta vergüenza y el temor de dis-
gustarle habría saltado a su cuello deshecho en
lágrimas.
-Nunca, nunca he tenido una alegría más grande,
mi querido Steerforth.
-Yo también estoy encantado -dijo estrechándome
las manos con fuerza-; pero, Copperfield, mucha-
cho, no te emociones tanto.
Sin embargo, creo que le halagaba ver toda la
emoción que aquel encuentro me producía.
Me enjugué precipitadamente las lágrimas, que no
había podido retener a pesar de todos mis esfuer-
zos, y traté de reír; después nos sentamos uno al
lado de otro.
-¿Y qué haces por aquí? -me dijo Steerforth
dándome en el hombro.
-He llegado hoy en la diligencia de Canterbury.
Me ha adoptado una tía que vive allí, y acabo de
terminar mi educación. ¿Y tú, cómo estás por aquí,
Steerforth?
-Verás; es que soy lo que llaman un hombre de
Oxford; es decir, que voy allí a aburrirme de muerte
periódicamente; pero ahora estoy en camino a casa
de mi madre. Estás hecho un guapo muchacho,
Copperfield, con tu carita amable. Y ahora que te
miro, estás igual que siempre, no has cambiado
nada.
-¡Oh!, yo sí que te he reconocido enseguida. Pero
es que a ti es difícil olvidarte.
Se echó a reír, pasándose la mano por sus bucles
espesos, y dijo alegremente:
-Pues sí; me encuentras en un viaje de obligación.
Mi madre vive un poco alejada de Londres, y allí
voy; pero los caminos están tan malos y se aburre
uno tanto en aquella casa, que he interrumpido mi
viaje esta noche. Sólo hace unas horas que estoy
en Londres, y he pasado el tiempo con desagrado o
durmiendo en el teatro.
-Yo también vengo del teatro; he estado en Coven
Garden. ¡Qué magnífico teatro, Steerforth, y qué
deliciosa noche he pasado en él!
Steerforth se reía con toda su alma.
-Mi querido y pequeño Davy --dijo dándome otra
vez en el hombro-, eres una verdadera florecilla. La
margarita de los campos al salir el sol no está más
fresca ni mas pura que tú. Yo también he estado en
Coven Garden y no he visto en mi vida nada mas
mezquino. ¡Mozo!
Llama, dirigiéndose al camarero, que había se-
guido con mucha atención, y a cierta distancia,
nuestro encuentro y que ahora se acercaba respe-
tuoso.
-¿Dónde han puesto a mi amigo Copperfield? -le
preguntó Steerforth.
-Perdón, señor.
-Digo que dónde va a dormir, cuál es su número.
Ya me comprendes -añadió Steerforth.
-Sí, señor -dijo el mozo como disculpándose-. Por
el momento, míster Copperfield está en el número
cuarenta y cuatro.
-¿Y en qué diablos está usted pensando -replicó
Steerforth- para poner a míster Copperfield en una
habitación tan pequeña y encima del establo'?
-Creíamos, señor -contestó el camarero en tono
de disculpa-, que míster Copperfield no le daba
importancia, Pero podemos ponerle en el setenta y
dos, si prefieren ustedes; es al lado de su habita-
ción.
-Naturalmente que lo preferimos. ¡Haz el cambio
al momento!
El camarero obedeció inmediatamente, y Steer-
forth, muy divertido porque me hubieran dado el
cuarenta y cuatro, se reía de nuevo y me daba en el
hombro. Después me invitó a desayunar con él a la
mañana siguiente, a las diez. Estuve orgulloso de
aceptar. Como era ya muy tarde cogimos nuestros
candelabros y subimos la escalera, despidiéndonos
muy cariñosamente. Me encontré con una habita-
ción mucho mejor que la anterior y que no olía a
establo, con una inmensa cama de cuatro columnas
situada en el centro, como un pequeño castillo en
medio de sus tierras, y allí, entre una cantidad de
almohadas suficientes para seis personas, caí pron-
to dormido beatíficamente y soñé con la antigua
Roma y con la amistad de Steerforth, hasta que a la
mañana siguiente, muy temprano, el rodar de las
diligencias bajo el pórtico convirtió mi sueño en una
tempestad.
CAPÍTULO XX
LA CASA DE STEERFORTH
Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguien-
te a las ocho de la mañana, diciéndome que allí
dejaba el agua caliente para que me afeitara, pensé
con pena que no tenía nada que afeitarme, y enro-
jecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme
aquel ofrecimiento me persiguió mientras me arre-
glaba y me hizo parecer culpable (estoy seguro)
cuando me la encontré en la escalera al bajar a
almorzar. Sentía tan vivamente mi juventud que
durante un momento no pude decidirme a pasar por
su lado. Le oía barrer la escalera y yo permanecía
al lado de mi ventana mirando la estatua del rey
Carlos, que no tenía nada de real, rodeada como
estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con
una niebla espesa; el camarero me sacó de mi in-
decisión advirtiéndome que Steerforth me aguarda-
ba.
Steerforth me esperaba en un gabinete reservado,
adornado con cortinas rojas y un tapiz turco. El fue-
go brillaba, y un abundante desayuno estaba servi-
do en una mesita cubierta con un mantel muy blan-
co. La habitación, el fuego, el desayuno y Steer-
forth, todo se reflejaba alegremente en un espejito
ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era
tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en
todo, hasta en edad, que fue necesaria toda la gra-
cia protectora de sus modales para rehacerme. Lo
consiguió, sin embargo, y yo no me cansaba de
admirar el cambio que se había operado para mí en
«La Cruz de Oro», comparando mi triste estado de
abandono del día anterior con la comida y el lujo
que ahora me rodeaba. En cuanto a la familiaridad
del camarero, parecía no haber existido nunca, y
nos servía con la mayor humildad.
-Ahora, Copperfield -me dijo Steerforth cuando
nos quedamos solos-, me gustaría saber lo que
haces, dónde vas y todo lo que te concierne. Me
parece que eres algo mío.
Rebosante de alegría al ver que aún le interesaba
así, le conté cómo me había propuesto mi tía aque-
lla pequeña expedición.
-Como no tienes ninguna prisa -dijo Steerforth-,
vente conmigo a mi casa de Highgate a pasar con
nosotros algún día. Seguramente te gustará mi ma-
dre... está tan orgullosa de mí, que se repite algo;
pero esto es disculpable; y tú también estoy seguro
de que le gustarás a ella.
-Quisiera estar tan seguro como tú, que tienes la
amabilidad de creerlo -contesté sonriendo.
-Sí -dijo Steerforth-, todo aquel que me quiere la
conquista; es ella la primera en reconocerlo.
-Entonces me parece que voy a ser su favorito
-dije.
-Muy bien -contestó Steerforth-; ven y pruébanos-
lo. Ahora podemos dedicar un par de horas a que
veas las curiosidades de Londres. No es poca cosa
tener un muchacho como tú a quien enseñárselas,
Copperfield, y después tomaremos la diligencia para
Highgate.
No podía creerlo; me parecía estar soñando, y
temía despertar en la habitación número cuarenta y
cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi
afortunado encuentro con mi admirado compañero
de colegio, y cómo había aceptado su invitación,
tomamos un coche y nos dedicamos a curiosearlo
todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no
pude por menos de observar todo lo que sabía Ste-
erforth sobre una infinita variedad de asuntos y la
poca importancia que daba a su cultura.
-Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es
que te lo has examinado ya y lo has tenido, y tus
amigos tendremos mucha razón para estar orgullo-
sos de ti.
-¡Yo exámenes brillantes! -exclamó Steerforth-;
no, florecilla de los campos, no; pero ¿supongo que
no te importará que te llame así?
-Nada de eso -le dije.
-Eres muy buen chico, querida florecilla -dijo Ste-
erforth riendo-. El caso es que no tengo el menor
deseo ni la menor intención de distinguirme de ese
modo. He hecho suficiente para lo que me propon-
go, y soy ya un hombre bastante aburrido sin nece-
sidad de eso.
-Pero la fama --empecé.
-Tú eres una florecilla romántica -continuó Steer-
forth riendo todavía más fuerte- Díme: ¿para qué
voy a molestarme? ¿Para que unos cuantos pedan-
tes se queden con la boca abierta y levanten las
manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la
fama, y que les aproveche.
Yo estaba avergonzado de haberme equivocado
de aquel modo y traté de cambiar de asunto. Afor-
tunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues
él pasaba siempre de un asunto a otro con una
gracia y naturalidad que le eran peculiares.
Después del paseo almorzamos y, a causa de lo
corto de los días de invierno, oscurecía ya cuando
la diligencia nos dejó delante de una antigua casona
de ladrillo en la cima de Highgate, y una señora de
cierta edad, pero todavía joven, con orgulloso em-
paque y hermoso rostro, esperaba a la puerta la
llegada de Steerforth y le estrechó en sus brazos di-
ciéndole: «Mi querido James». Steerforth me la
presentó: era su madre, que me acogió con amabi-
lidad.
Era una casona a la antigua, agradable, tranquila
y ordenada. Desde las ventanas de mi habitación se
veía todo Londres extenderse a lo lejos como un
gran mar de niebla, que algunas luces atravesaban.
Sólo tuve tiempo, al vestirme, de lanzar una rápida
ojeada a los sólidos muebles y a los cuadros borda-
dos (supongo que por la madre de Steerforth cuan-
do era muchacha). También había algunos retratos
a pastel de señoras con cabellos empolvados, que
parecían ir y venir por la pared a causa de los refle-
jos de luz y sombra que salían chisporroteando del
fuego recién encendido.
Me llamaron para comer. En el comedor encontré
otra señora, morena, menudita y delgada, pero de
aspecto poco simpático a pesar de que no era nada
fea. Aquella señora atrajo enseguida mi atención,
quizá porque no me la esperaba, quizá porque me
encontré sentado frente a ella, quizá por hallar en
ella algo que me chocaba. Tenía los cabellos ne-
gros y los ojos oscuros, con mucha vida. Era delga-
da, y una cicatriz le cortaba el labio; debía de ser
una cicatriz muy antigua, más bien un costurón,
pues el color no se diferenciaba del resto de su cutis
y debía de estar curada hacía muchos años. Aque-
lla señal le atravesaba toda la boca, hasta la barbi-
lla; pero desde donde yo estaba se veía muy poco,
sólo se le notaba el labio superior un poco deforma-
do.
Decidí en mi interior que debía de tener lo menos
treinta años y que quería casarse; estaba algo en-
vejecida, aunque aún de buen ver, como una casa
deshabitada durante mucho tiempo que conserva
todavía un buen aspecto. Su delgadez parecía ser
el efecto de algún fuego interior que se reflejaba en
sus ojos ardientes.
Me fue presentada como miss Dartle, y los Steer-
forth la llamaban Rose. Vivía en la casa y hacía
mucho tiempo que acompañaba a mistress Steer-
forth. Me parecía que nunca decía espontáneamen-
te nada de lo que quería decir, sino que lo insinuaba
consiguiendo por este medio dar a todo mucha im-
portancia. Por ejemplo: Cuando mistress Steerforth
dijo, más bien en broma, que temía que su hijo
hubiera hecho una vida algo disipada en la Univer-
sidad, miss Dartle contestó:
-¡Ah! ¿De verdad? Ya saben ustedes lo ignorante
que soy, y que solo pregunto para instruirme; pero
¿acaso no ocurre siempre así? Yo creí que esa vida
era... ¿eh?
-La preparación para una carrera seria, ¿es eso lo
que quieres decir, Rose? -preguntó mistress Steer-
forth con frialdad.
-¡Oh, naturalmente! Esa es la realidad, mistress
Steerforth; pero ¿no ocurre así? Me gusta que me
contradigan si me equivoco; pero yo creía... ¿real-
mente no es así?
-¿Realmente qué? --dijo mistress Steerforth.
-¡Ah! ¿Eso quiere decir que no? Me alegro mu-
cho. Ahora ya lo sé. Esta es la ventaja de preguntar.
Y desde este momento nunca permitiré que delante
de mí hablen de las extravagancias y prodigalidades
de esa vida de estudiante.
-Y hará usted muy bien -dijo mistress Steerforth-.
Además, en este caso el preceptor de mi hijo es un
hombre de tal conciencia, que aunque no tuviera
confianza en mi hijo la tendría en él.
-¿En serio? -dijo miss Dartle-. Querida mía, ¿con-
que es un hombre realmente de conciencia?
-Sí; estoy convencida -dijo mistress Steerforth.
-¡Cuánto me alegro! -exclamó miss Dartle-. ¡Qué
tranquilidad que sea realmente un hombre de con-
ciencia! ¿Entonces no es ...? Pero naturalmente que
no, puesto que es un hombre de conciencia. ¡Qué
alegría me da poder tener desde ahora esa opinion
de él! No puede usted figurarse lo que ha subido en
mi concepto desde que sé que es realmente un
hombre de conciencia.
Así insinuaba miss Dartle su opinion sobre todas
las cosas y corregía todo lo que no estaba conforme
con sus ideas. A veces (no pude por menos de ob-
servarlo) tenía éxito de aquel modo, aun contradi-
ciendo a Steerforth. Antes de terminar la comida,
mistress Steerforth me hablaba de mi intención de ir
a Sooffolk, y yo dije, al azar, que me gustaría mucho
si Steerforth quisiera acompañarme, y le expliqué
que iba a ver a mi antigua niñera y a la familia de
míster Peggotty, recordándole que era el marinero
que había conocido en la escuela.
-¡Oh! ¿Aquel buen hombre --dijo Steerforth- que
fue a verte con su hijo?
-No, con su sobrino -repliqué-; es su sobrino, a
quien ha adoptado como hijo, y también tiene una
linda sobrinita, a la que también ha adoptado como
hija. En una palabra, su casa, o mejor dicho su bar-
co, pues viven en un barco sobre la arena, está
llena de gentes que son objeto de su generosidad y
bondad. Te encantaría ver ese interior.
-Sí -dijo Steerforth-; ya lo creo que me gustaría.
Veremos si lo puedo arreglar, pues merece la pena,
aparte del gusto de viajar contigo, florecilla, para ver
de cerca de esa clase de gente y sentirme por unos
momentos uno de ellos.
Mi corazón latía de esperanza y de alegría. Pero a
propósito del tono con que Steerforth había dicho:
«esa clase de gente», miss Dartle, con sus pene-
trantes ojos fijos en mí, se mezcló de nuevo en la
conversación.
-Pero dígame, ¿realmente son así?
-¿Si son cómo? ¿Qué quieres decir? -preguntó
Steerforth.
-Esa clase de gente. ¿Si son realmente animales,
como brutos, seres de otra especie? Me interesa
mucho saberlo.
-En efecto; hay mucha distancia entre ellos y no-
sotros -dijo Steerforth con indiferencia-. No hay que
esperar de ellos una sensibilidad como la nuestra;
su delicadeza no se hiere con facilidad; pero son
personas de gran virtud, así lo dicen, y yo no tengo
por qué ponerlo en duda. Aunque no son naturale-
zas refinadas, y deben estar contentos de que sus
sentimientos no sean más fáciles de herir que su
piel áspera.
-¿De verdad? -dijo miss Dartle-. No sabes lo que
me alegro de saberlo. ¡Es tan consolador, es tan
agradable saber que no sienten sus sufrimientos! A
mí, a veces me había preocupado esa clase de
gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos.
Vivir y aprender. Tenía mis dudas, lo confieso; pero
ahora ya han desaparecido. Es que antes no sabía;
esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad?
Pensé que Steerforth había dicho aquello para
hacer hablar a miss Dartle y esperaba que me lo
dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos
sentados ante el fuego. Pero únicamente me pre-
guntó qué pensaba de ella.
-Me ha parecido que es inteligente, ¿no?
-pregunté.
-¡Inteligente! A todo saca punta -dijo Steerforth-.
Lo afila todo como se ha afilado su rostro y su figura
en estos últimos años. Es cortante.
-¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios!
--dije.
Steerforth palideció y nos callamos un momento.
-El caso --dijo- es que fue culpa mía.
-¿Algún accidente desgraciado?
-No; yo era un niño, y un día que me exasperaba
le tiré un martillo. Como puedes ver, era ya un an-
gelito que prometía.
Sentí mucho haber tocado un punto tan penoso;
pero ya no tenía remedio.
-Y que tiene la marca para toda la vida, como ves
--dijo Steerforth-, hasta que descanse en la tumba,
si es que en la tumba puede descansar, que lo du-
do. Es la huérfana de un primo lejano de mi padre, y
mi madre, que era viuda cuando el padre murió, se
la trajo para que le hiciese compañía. Miss Dartle
posee un par de miles de libras, de las que todos
los años economiza la renta para añadirla al capital.
Esa es la historia de miss Rosa Dartle.
-¿Y tú la querrás como un hermano? -dije.
-¡Hum! -repuso Steerforth mirando al fuego- Hay
hermanos que no se quieren mucho; otros se quie-
ren mal...; pero, sírvete, Copperfield; vamos a brin-
dar por las florecillas del campo, en honor tuyo, y
por los lirios del valle, que no trabajan ni hilan, en
honor mío; mejor dicho, para vergüenza mía.
Una sonrisa burlona que erraba por sus labios
desapareció al decir estas palabras, y pareció reco-
brar toda su franqueza y gracia habituales.
Cuando volvimos por la tarde a tomar el té, no
pude por menos de mirar con penoso interés la
cicatriz de miss Dartle; pronto observé que era la
parte más sensible de su rostro, y que cuando pali-
decía era lo primero que cambiaba y se ponía de un
color plomizo. Entonces se veía en toda su ex-
tensión como una raya de tinta invisible al acercarla
al fuego. Tuvieron un pequeño altercado ella y Ste-
erforth mientras jugaban a los dados, y en el mo-
mento en que se encolerizó vi aparecer la marca,
como las misteriosas palabras escritas en un muro.
No me extrañaba nada el entusiasmo de mistress
Steerforth por su hijo. Parecía no ser capaz de
hablar ni de pensar en otra cosa. Me enseñó un
retrato de cuando era niño, en un medallón con
unos buclecitos. Me enseñó otro de la época en que
yo le había conocido, y sobre su pecho llevaba otro
actual. Todas las cartas que le había escrito su hijo
las guardaba en un secreter cercano al sillón en que
se sentaba junto a la chimenea, y me quiso leer
algunas de ellas, y a mí me hubiera gustado mucho
oírlas; pero Steerforth se interpuso y no la dejó
hacerlo.
-Es en el colegio de míster Creakle donde mi hijo
y usted se conocieron, ¿verdad? -dijo mistress Ste-
erforth hablando conmigo, mientras su hijo y miss
Dartle jugaban a los dados-. Recuerdo; entonces
me hablaba de un niño más pequeño que él a quien
quería mucho; pero su nombre, como puede usted
suponer, se ha borrado de mi memoria.
-Era muy generoso y noble conmigo, se lo asegu-
ro --dije-, y yo estaba muy necesitado entonces de
un amigo así. Habría sido muy desgraciado allí sin
él.
-Es siempre generoso y noble --dijo mistress Ste-
erforth con orgullo.
Asentí con todo mi corazón, Dios lo sabe. Ella
también lo sabía, y su altanería se humanizaba para
mí, excepto cuando alababa a su hijo, que recobra-
ba todo su orgullo.
-Aquel no era un buen colegio para mi hijo, ni mu-
cho menos; pero había que tener en cuenta circuns-
tancias de mayor importancia aun que la elección
de profesores. El espíritu independiente de mi hijo
hacía indispensable que estuviera a su lado un
hombre que reconociera su superioridad y se do-
blegara ante él. En míster Creakle encontramos al
hombre que nos hacía falta.
No me decía nada nuevo, pues conocía bien al
individuo, y además aquello no me hacía tener peor
opinión de él. Encontraba muy disculpable que se
hubiera dejado dominar por el encanto irresistible de
Steerforth.
-La gran capacidad de mi hijo aumentó allí gracias
a un sentimiento de emulación voluntaria y de orgu-
llo consciente -continuó diciendo con entusiasmo la
señora---. Contra la tiranía se habría revelado; en
cambio, como se sentía dueño y señor, quiso ser
digno de su situación. Aquello era muy suyo.
Respondí con toda mi alma que le reconocía muy
bien en aquel rasgo.
-Y así fue, por su propia voluntad, y sin ninguna
presión, el primero, como lo será siempre que se
proponga destacarse de los demás -prosiguió mis-
tress Steerforth-. Mi hijo me ha dicho, míster Cop-
perfield, que usted le quería mucho y que ayer, al
encontrarle, se dio usted a conocer con lágrimas de
alegría. Sería afectación en mí si pretendiera sor-
prendenne de que mi hijo inspire semejantes emo-
ciones; pero no puedo permanecer indiferente ante
quien reconoce sus méritos, y estoy muy contenta
de verle a usted aquí, y puedo asegurarle que él
también siente por usted una amistad nada vulgar, y
que puede contar desde luego con su protección.
Miss Dartle jugaba a los dados con el mismo ar-
dor que ponía en todo. Tanto es así, que si la prime-
ra vez la hubiera visto jugando, habría pensado que
su delgadez y el brillo de sus ojos eran consecuen-
cia de aquella pasión más que de otra cualquiera.
Sin embargo, o estoy muy equivocado, o no perdía
una palabra de la conversación, ni un matiz de la
alegría con que yo escuchaba a mistress Steerforth,
sintiéndome halagado con su confianza y creyén-
dome ya mucho más viejo que cuando salí de Can-
terbury. Hacia el fin de la velada trajeron vasos y
licores, y Steerforth, sentado delante de la chi-
menea, me prometió pensar seriamente en acom-
pañarme en mi viaje.
-No nos come prisa -decía---, tenemos una sema-
na por delante.
Su madre, también muy hospitalaria, me repitió lo
mismo. Mientras hablábamos, Steerforth me llamó
varias veces florecilla del campo, lo que atrajo de
nuevo las preguntas de miss Dartle.
-Pero ¿realmente, míster Copperfield -me pre-
guntó-, es un mote? ¿Por qué le llama así?
¿Quizá... porque le parece usted muy joven a ino-
cente? ¡Soy tan torpe para estas cosas!
Respondí, ruborizado, que, en efecto, debía de
ser por eso.
-¡Ah! -dijo miss Dartle-. ¡Cómo me alegro de sa-
berlo! Pregunto para instruirme, y estoy encantada
cuando sé algo nuevo. Steerforth piensa que es
usted un inocente, y le hace su amigo. ¡Es verdade-
ramente encantador!
Después de decir esto se retiró a acostarse, y
también mistress Steerforth. Él y yo, después de
charlar como una media hora de Traddles y los de-
más compañeros de Salem House, subimos juntos.
La habitación de Steerforth estaba contigua a la
mía, y entré un momento a verla. Tenía aspecto de
gran comodidad, llena de butacones, de cojines y
de taburetes bordados por la mano de su madre; no
faltaba un detalle de lo que puede hacer a una alco-
ba agradable. Por último, un hermoso retrato de su
madre colgaba de la pared en un cuadro, y miraba a
su hijo querido como si hasta en su sueño necesita-
ra verle.
En mi habitación encontré encendido el fuego, y
las cortinas del lecho y de la ventana echadas me
dieron una impresión acogedora. Me senté en un
sillón ante la chimenea para pensar en mi felicidad,
y estaba hundido en su contemplación desde hacía
ya un rato cuando mis ojos se encontraron con un
retrato de miss Dartle que me miraba con sus agu-
dos ojos desde encima de la chimenea.
El parecido era extraordinario, tanto de rasgos
como de expresión. El pintor había suprimido la
cicatriz; pero yo se la veía; allí estaba, apareciendo
y desapareciendo; tan pronto se veía sólo en el
labio superior, como durante la comida, como se
presentaba en toda su extensión, como había ob-
servado cuando se apasionaba.
Me pregunté con impaciencia por qué no habrían
puesto en cualquier otro sitio aquel retrato en lugar
de ponerlo en mi cuarto. Para dejar de verla me
desnudé deprisa, apagué la luz y me metí en la
cama. Pero mientras me dormía no podía olvidar
que estaba mirándome. «¿Es realmente así? Deseo
saberlo.» Y cuando me desperté a media noche, me
di cuenta de que estaba rendido de tanto preguntar
a todo el mundo en sueños «si era realmente así o
no», sin comprender a qué me refería.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LA PEQUEÑA EMILY
Había un criado en aquella casa, un hombre que,
según comprendí, acompañaba a todas partes a
Steerforth y que había entrado a su servicio en la
Universidad. Aquel hombre era en apariencia un
modelo de respetabilidad. Yo no recuerdo haber
conocido en su categoría a alguien más respetable.
Era taciturno, andaba suavemente, muy tranquilo en
sus movimientos, deferente, observador, siempre a
mano cuando se le necesitaba y nunca cerca cuan-
do podía molestar. A pesar de todo, su mayor virtud
era su respetabilidad. No era nada humilde y hasta
parecía un poco altanero. Tenía la cabeza redonda
y rapada, hablaba con suavidad y tenía un modo
especial de silbar las eses, pronunciándolas tan
claras que parecía que las usaba más a menudo
que nadie; pero todas sus peculiaridades contribu-
ían a su respetabilidad. Si hubiese tenido una nariz
desmesurada habría sabido hacer que resultase
respetable. Vivía rodeado de una atmósfera de dig-
nidad y andaba con pie firme por ella. Habría sido
imposible sospechar de él nada malo. ¡Era tan res-
petable! A nadie se le habría ocurrido ponerle de
librea, tanta era su respetabilidad, ni obligarle a
desempeñar un trabajo inferior; habría sido un insul-
to a los sentimientos de un hombre tan respetable.
Y pude observar que las criadas de la casa tenían
instintivamente conciencia de ello y lo hacían todo,
mientras él, por lo general, leía el periódico sentado
ante la chimenea.
Nunca he visto un hombre más dueño de sí. Pero
esto, como todas sus demás cualidades, no hacían
más que aumentar su integridad. Hasta el detalle de
que nadie supiera su nombre de pila parecía formar
parte de ella. Nadie podía objetar nada contra su
nombre: Littimer. Peter podía ser el nombre de un
ahorcado, y Tom el de un deportado; pero Littimer
era perfectamente respetable. No sé si sería a cau-
sa de aquel conjunto abstracto de honradez; pero
yo me sentía extroardinariamente joven en presen-
cia de aquel hombre. Su edad no se podía adivinar,
y aquello era un mérito más de su discreción, pues,
en su calma digna, igual podía tener cincuenta años
que treinta.
A la mañana siguiente, antes de que yo me
hubiese levantado, ya estaba Littimer en mi habita-
ción con el agua para afeitarme (aquel agua era
como un reproche) y preparándome la ropa. Cuan-
do alcé las cortinas del lecho para mirarle, le vi a la
misma temperatura de respetabilidad de siempre: el
viento del Este de enero no le afectaba, ni siquiera
le empañaba el aliento, y colocaba mis botas a de-
recha a izquierda en la primera posición del baile y
soplaba delicadamente mi chaqueta mientras la
dejaba extendida como si fuera un niño.
Le di los buenos días y le pregunté qué hora era.
Él sacó de su bolsillo un reloj de lo más respetable
que he visto, y sosteniendo el resorte de la tapa con
un dedo, lo miró como si consultara a una ostra
profética; lo volvió a cerrar y me dijo que, con mi
permiso, eran las ocho y media.
-Mister Steerforth tendría mucho gusto en saber
cómo ha descansado usted, señorito.
-Gracias ---dije-; muy bien. Y mister Steerforth
¿cómo sigue?
-Muchas gracias; mister Steerforth está pasable-
mente bien.
Otra de sus características era no usar superlati-
vos. Un término medio tranquilo y frío siempre.
-¿No hay nada más en que pueda tener el honor
de servirle, señorito? La campana suena a las nue-
ve, y la familia desayuna a las nueve y media.
-Nada; muchas gracias.
-Gracias a usted, señorito, si me lo permite.
Y con esto y con una ligera inclinación de cabeza
al pasar al lado de mi cama, como disculpándose de
haberme corregido, salió cerrando la puerta con la
misma delicadeza que si acabara de caer en un
ligero sueño del que dependiera mi vida,
Todas las mañanas teníamos exactamente esta
conversación, ni más ni menos, y siempre invaria-
blemente, a pesar de los progresos que hubiera
podido hacer en mi propia estima la víspera,
creyéndome que avanzaba hacia una madurez
próxima, por el compañerismo de Steerforth, las
confidencias de su madre o la conversación de miss
Dartle en presencia de aquel hombre respetable,
me sentía, como nuestros pequeños poetas cantan,
«un chiquillo de nuevo».
Littimer nos proporcionó caballos, y Steerforth,
que sabía de todo, me dio lecciones de equitación.
Nos proporcionó floretes, y Steerforth empezó a
enseñarme a manejarlos. Después nos trajo guan-
tes de boxeo, y también Steerforth fue mi maestro.
No me importaba nada que Steerforth me encontra-
se novato en aquellas ciencias; pero no podia so-
portar mi falta de habilidad delante del respetable
Littimer. No tenía ninguna razón para creer que él
entendiese de aquellas artes; nunca me había deja-
do sospechar nada semejante, ni con el menor gui-
ño de sus respetables párpados; sin embargo,
cuando estaba con nosotros mientras practicába-
mos, yo me sentía el más torpe a inexperto de los
mortales. Si me refiero tan particularmente a este
hombre es porque entonces me produjo un efecto
muy extraño, y además por lo que sucederá des-
pués.
La semana transcurrió de la manera más delicio-
sa. Pasó tan rápidamente como puede suponerse,
dado lo entusiasmado que yo estaba. Además, tuve
muchas ocasiones de conocer mejor a Steerforth y
de admirarle en todos sus aspectos; tanto es así,
que al final me parecía que estaba con él desde
hacía mucho tiempo. Me trataba de un modo cari-
ñoso, como si fuera un juguete, y a mí me parecía
que era el modo más agradable que podía haber
adoptado; así me recordaba nuestra antigua amis-
tad, y parecía la continuación natural de ella; no le
encontraba nada cambiado y estaba libre de todas
las incomodidades que hubiera sentido comparando
mis méritos con los suyos y midiendo mis derechos
sobre su amistad bajo un nivel de igualdad; pero
sobre todo era conmigo natural, confiado y afectuo-
so como no lo era con nadie. Igual que en el cole-
gio, me trataba de muy distinta manera que a todos
los demás, y yo creía que estaba más cerca de su
corazón que ningún otro.
Por fin se decidió a venir conmigo al campo y
llegó el día de nuestra partida. Al principio dudó
mucho si llevarse a Littimer o no; pero prefirió dejar-
lo. La respetable criatura, satisfecha con lo que
decidieran, arregló nuestros portamantas en el co-
checito que debía conducirnos a Londres como si
tuviera que desafiar el choque de muchas genera-
ciones, y recibió mi modesta gratificación con per-
fecta indiferencia.
Nos despedimos de mistress Steerforth y de miss
Dartle con mucho agradecimiento por mi parte y
mucha bondad por la de la apasionada madre. Y la
última cosa que vi fue los ojos imperturbables de
Littimer contemplándome, según me pareció, con la
silenciosa convicción de que yo era verdaderamente
demasiado joven.
Lo que sentí volviendo bajo aquellos auspicios fa-
vorables a los antiguos sitios familiares no trataré de
describirlo. Nos dirigimos al Hotel de Postas. Yo
estaba tan preocupado, lo recuerdo, por el honor de
Yarmouth, que cuando Steerforth dijo, mientras
atravesábamos sus calles húmedas y sombrías,
que, por lo que podía ver, era un bonito rincón, un
poco alejado, pero curioso, me sentí muy complaci-
do. Nos fuimos a la cama nada más llegar (observé
un par de zapatos y de polainas ante la puerta de mi
antiguo amigo el Dolphin cuando pasé por el corre-
dor). A la mañana siguiente me levanté tarde. Steer-
forth se hallaba muy animado; había estado en la
playa antes de que yo me despertase y había cono-
cido, según me dijo, a la mitad de los pescadores
del lugar. Hasta me aseguró que había visto a lo
lejos la casa de míster Peggotty con el humo sa-
liendo por la chimenea, y me contó que había esta-
do a punto de presentarse como si fuera yo, desco-
nocido a causa de lo que había crecido.
-¿Cuándo piensas presentarme, Florecilla? -me
dijo. Estoy a tu disposición, y puedes arreglarlo co-
mo quieras.
-Pues pensaba que esta noche sería un buen
momento, Steerforth, cuando estén ya todos alre-
dedor del fuego. Me gustaría que los vieras enton-
ces, ¡es tan curioso!
-Así sea -replicó Steerforth-; esta noche.
-No les avisaremos, ¿sabes? -dije encantado-, y
los cogeremos por sorpresa.
-¡Oh!, naturalmente -repuso Steerforth-; si no los
cogemos por sorpresa no tiene gracia. Hay que ver
a los indígenas en su estado natural.
-Sin embargo, es «esa» clase de gente que men-
cionabas el otro día.
-¡Ah! ¿Recuerdas mis escaramuzas con Rosa?
-exclamó con una rápida mirada- No puedo sufrir a
esa muchacha; casi me asusta; me parece un vam-
piro. Pero no pensemos en ella. ¿Qué vas a hacer
tú ahora? Supongo que irás a ver a tu niñera.
-Sí; claro está --dije-; debo ver a Peggotty lo pri-
mero de todo.
-Bien -replicó Steerforth mirando su reloj-; te dejo
dos horas libres para llorar con ella. ¿Te parece
bastante?
Le contesté riendo que, en efecto, creía que
tendríamos bastante; pero que él tenía que venir
también, para darse cuenta de que su fama le había
precedido y de que era allí un personaje casi tan
importante como yo.
-Iré donde tú quieras -dijo Steerforth- y haré lo
que se te antoje. Dame la dirección y dentro de dos
horas me presentaré en el estado que más te agra-
de, sentimental o cómico.
Le di los datos más minuciosos para encontrar la
casa de Barkis, cochero de Bloonderstone, etc., y a
salí yo solo. Hacía un aire penetrante y vivo; el sue-
lo estaba seco; el mar, crispado y claro; el sol di-
fundía raudales de luz, ya que no de calor; y todo
parecía nuevo y lleno de vida. Yo mismo me sentía
tan nuevo y lleno de vida en la alegría de encontra-
me allí, que hubiese parado a los transeúntes para
darles la mano.
Las calles me parecían estrechas, como es natu-
ral. Las calles que sólo se han visto en la infancia
siempre lo parecen cuando se vuelve después a
ellas. Pero no había olvidado nada, y me pareció
que ninguna cosa había cambiado hasta que llegué
a la tienda de míster Omer. Allí donde antes se leía
«Omer» ponía ahora «Omer y Joram»; pero la ins-
cripción de «Lutos, sastre, funerales, etc.» conti-
nuaba lo mismo.
Mis pasos se dirigieron tan naturalmente hacia la
tienda después de haber leído aquellas palabras,
que crucé las calles y entré. En la planta baja había
una mujer muy guapa haciendo saltar a un niño
chiquito en sus brazos, mientras otra diminuta cria-
tura la agarraba del delantal. No me costó trabajo
reconocer en ellos a Minnie y a sus hijos. La puerta
de cristales del interior no estaba abierta; pero en el
taller del otro lado del patio se oía débilmente reso-
nar el antiguo martilleo, como si nunca hubiera ce-
sado.
-¿Está en casa mister Omer? -dije-. Desearía ver-
le un momento.
-Sí señor, está en casa -dijo Minnie-; con este
tiempo y su asma no puede salir. Joe, llama a tu
abuelo.
La pequeña personita que le tenía agarrada por el
delantal lanzó tal grito, que su sonido le asustó a él
mismo y escondió la cabeza entre las faldas de su
madre.
Al momento oí que se acercaba alguien resoplan-
do con ruido, y pronto mister Omer, con la respira-
ción más corta que nunca, pero apenas envejecido,
apareció ante mí.
-Servidor de usted -dijo-. ¿En qué puedo servirle?
-Estrechándome la mano, mister Omer, si usted
gusta -dije tendiéndole la mía-. Fue usted muy bon-
dadoso conmigo en cierta ocasión, y me temo mu-
cho que entonces no le demostré que lo pensaba.
-¿De verdad? -replicó el anciano-. Me alegro de
saberlo; pero no puedo recordar.. ¿Está seguro de
que era yo?
-Completamente.
-Se conoce que mi memoria se ha vuelto tan corta
como mi aliento -dijo mister Omer, mirándome y
sacudiendo la cabeza-; por más que le miro no le
recuerdo.
-¿No se acuerda usted de que vino a buscarme a
la diligencia y me dio de desayunar en su casa, y
después fuimos juntos a Bloonderstone, usted, yo,
mistress Joram y mister Joram, que entonces no
eran matrimonio?
-¿Cómo? ¡Dios me perdone! -exclamó mister
Omer después de sufrir a causa de la sorpresa un
golpe de tos-. ¡No me lo diga usted! Minnie, querida
mía, ¿lo recuerdas? Sí, querida mía; se trataba de
una señora...
-Mi madre --dije.
-Cier-ta-men-te -dijo mister Omer tocando mi cha-
queta con su dedo-, y también había una criaturita;
eran dos a la vez, y el pequeño tenía que ir en el
mismo féretro que la madre. ¡Y era en Bloondersto-
ne, naturalmente, Dios mío! ¿Y cómo está usted
desde entonces?
-Muy bien, gracias -le dije-, y espero que usted
también lo esté.
-¡Oh!, no puedo quejarme -dijo míster Omer-. La
respiración la tengo cada vez más corta; pero eso
es culpa de la edad. La tomo como viene y hago lo
que puedo. Es lo mejor que se puede hacen ¿No le
parece?
Míster Omer tosió de nuevo a consecuencia de la
risa y fue asistido por su hija, que estaba a nuestro
lado haciendo saltar al niño más pequeño sobre el
mostrador.
-¡Dios mío! -dijo míster Omer-. Sí; ahora estoy se-
guro, dos personas. Pues en aquel mismo viaje,
¿querrá usted creerlo?, se fijó la fecha de la boda
de Minnie con Joram. «Fije usted el día», decía
Joram. «Sí, padre; fíjelo», decía Minnie. Y ahora
somos socios, mire; y aquí tiene usted al más pe-
queño.
Minnie rió, atusándose los cabellos sobre las sie-
nes, mientras su padre ponía uno de sus gruesos
dedos en la manita del nene, que saltaba en el mos-
trador.
-Eran dos, naturalmente -insistió Omer, recordan-
do-. ¡Precisamente! Pues Joram en este momento
está trabajando en uno gris con clavos de plata, que
será como dos pulgadas más corto que este -dijo
señalando al niño que saltaba-. ¿Quiere usted to-
mar algo?
Di las gracias, diciendo que no.
-Oiga usted --dijo míster Omer-. La mujer del ca-
rretero Barkis (que es hermana del pescador Peg-
gotty) ¿tenía algo que ver con su familia? Estaba
sirviendo allí, estoy seguro.
Mi contestación afirmativa le puso muy contento.
-Creo que pronto tendré la respiración más larga,
puesto que también estoy recobrando la memoria
-dijo míster Omer-. ¡Bien, señor! Pues aquí tenemos
a una muchacha, parienta de Peggotty, ¡y que tiene
una elegancia y un gusto para los trajes! Estoy se-
guro de que ni una duquesa en toda Inglaterra le
pondría peros.
-¿No será la pequeña Emily? --dije involuntaria-
mente. -Emily es su nombre -dijo míster Omer-, y,
en efecto, es chiquita; pero, créame usted, tiene una
cara tan linda, que la mitad de las mujeres de la
ciudad están locas de envidia.
-¡Qué tontería, padre! --exclamó Minnie.
-Querida mía, no digo que ese sea tu caso -dijo
guiñándome-; lo que digo es que la mitad de las
mujeres de Yarmouth, ¡ya lo creo, y en cinco millas
a la redonda!, están locas de envidia.
-Si se hubiera quedado tranquila en donde le co-
rresponde -dijo Minnie- no les habría dado motivos
de hablar y no hubiese podido hacerlo.
-¿Qué no habría podido hacer, querida mía?
-replicó míster Omer-. ¡No poder hacerlo! ¿Es ese
tu conocimiento de la vida? Como si existiese algu-
na mujer que no pudiese hacer algo, sobre todo
tratándose de otra mujer guapa.
Realmente, creí que todo había terminado, pues
míster Omer, después de aquella broma, tosía de
tal manera y tardaba tanto en recobrar el aliento,
que esperaba verle de un momento a otro desapa-
recer detrás del mostrador y que sus pantalones
negros con los lacitos desteñidos en las rodillas se
agitaran por última vez. Al fin, sin embargo, se puso
mejor, aunque todavía respiraba con tal dificultad y
estaba tan agotado, que se vio obligado a sentarse
en una banqueta detrás del mostrador.
-¿Ve usted? -dijo enjugándose la frente y respi-
rando con dificultad-. Emily no ha querido hacer
muchas amistades, no se ha molestado por conocer
gente, ni tener amigas, todavía menos novios. En
consecuencia, la critican y dicen que Emily desea
hacerse una señora. Ahora mi opinión es que si
corren estos rumores es porque ella, cuando era pe-
queña, dijo muchas veces en la escuela que si fuera
una señora haría tal y cual cosa por su tío, ¿sabe
usted?, y que le compraría tantas cosas bonitas.
-Le aseguro, míster Omer, que a mí también me
lo dijo cuando los dos éramos niños -contesté pron-
tamente.
Míster Omer volvió la cabeza y sacudió la barbilla.
-Precisamente. Además, ella con cualquier cosa
se viste mejor que otras con mucho dinero; y eso no
gusta. En realidad, puede llamársela caprichosa;
hasta puede llegarse a decir que lo es --dijo míster
Omer-, y que ella misma no sabe lo que quiere, y
nunca está tranquila. Pero nada más se puede decir
de ella, ¿no es verdad, Minnie?
-No, padre -dijo mistress Joram-; eso es todo.
-Así, cuando encontró una colocación --continuó
míster Omer- para acompañar a una señora ancia-
na y difícil, no congeniaron y no pasó de ahí. Por
último ha venido a esta casa de aprendiza, pronto
hará ya tres años, y es la mejor chica que se puede
encontrar. Trabaja como seis. Minnie, ¿no hace
ahora ella el trabajo de seis obreras?
-Sí, padre ---contestó Minnie-; que no se diga que
no le hago justicia.
-Muy bien -dijo míster Omer-; así debe ser. Y así,
caballerito -añadió después de unos momentos de
acariciarse la barbilla-, para que no me considere
usted tan charlatán como corto de aliento, creo que
es todo lo que le puedo decir.
Como al hablar de Emily bajaban la voz, supuse
que estaba cerca, y al preguntarlo, míster Omer me
indicó que sí, y me señaló hacia la puerta interior.
Me apresuré a preguntar si podía mirar y, al darme
su permiso, miré a través de los cristales y la vi
sentada trabajando; la vi; y era la más preciosa
criatura del mundo: pequeñita, con sus grandes ojos
azules, que habían penetrado en mi infantil corazón;
estaba riéndose vuelta hacia otro niño de Minnie,
que jugaba a su lado, y había tal decisión en su
rostro brillante, mezclada con mucho de su antigua
expresión caprichosa, que me pareció justificado
todo lo que había oído. Pero no había nada en su
belleza, estoy seguro, que pudiera hacer esperar
otra cosa que bondad y felicidad y una vida tran-
quila y dichosa.
El martilleo del patio parecía como si no hubiese
cesado nunca, y resonaba débilmente durante todo
el tiempo.
-¿Quiere usted entrar a hablarle? ---dijo míster
Omer-. Hágalo como si estuviera en su casa.
Era demasiado tímido para hacerlo. Me asustaba
que ella se azorase, y no me asustaba menos mi
propio azoramiento; pero me enteré de la hora a la
que salía por la noche, con objeto de hacer nuestra
visita a tiempo; y despidiéndome de míster Omer,
de su linda hija y de los dos nenes, me fui en busca
de mi querida y vieja Peggotty.
Allí estaba, en su cocinita, haciendo el almuerzo.
En cuanto llamé a la puerta, me abrió y me preguntó
qué deseaba. La miré con una sonrisa; pero ella no
me correspondió. No habíamos dejado nunca de
escribirnos; pero hacía siete años que no nos veía-
mos.
-¿Está míster Barkis en casa, señora? -dije fin-
giendo una voz ronca.
-Sí, señor; está en casa -contestó Peggotty-; pero
está en cama con su reúma.
-¿Ahora ya no va a Bloonderstone? -pregunté.
-Cuando se ponga bueno, sí señor -me contestó.
-¿Y usted no va nunca allí, mistress Barkis?
Me miró más atentamente y observé un rápido
movimiento de sus manos, como para juntarse.
-Porque tenía que hacerle algunas preguntas so-
bre una casa de allí, que se llamaba... ¿Cómo
era?... La Rookery -dije.
Peggotty dio un paso atrás y extendió las manos,
asustada, como rechazándome.
-¡Peggotty! -grité.
Y ella exclamó:
-¡Mi niño, mi niño querido!
Y ambos nos deshicimos en lágrimas uno en bra-
zos del otro.
Las extravagancias que hizo llorando y riendo
abrazada a mí; lo orgullosa que estaba, lo contenta;
lo triste de que aquella de quien podía ser el orgullo
y la alegría no estuviera ni pudiera abrazarme, no
tengo corazón para contarlo. Estaba tan conmovido,
que no me equivoco al creer que me mostré muy
niño correspondiendo a todas sus emociones. Nun-
ca he reído y llorado en toda mi vida, puedo decirlo,
ni aun con ella, más francamente que aquella ma-
ñana.
-¡Barkis se va a poner más contento! -dijo Peggot-
ty enjugándose los ojos con el delantal; esto va a
sentarle mejor que todas sus cataplasmas y sus
fricciones. ¿Puedo ir a decirle que estás aquí? Y
subirás a verle, querido mío.
-Naturalmente.
Pero Peggotty no podía salir de la habitación,
pues cada vez que se acercaba a la puerta se volv-
ía a mirarme y volvía de nuevo sobre sus pasos
para llorar y reír sobre mi hombro. Por último, para
hacérselo más fácil, salí con ella y la esperé un
momento mientras preparaba un poco a Barkis para
mi visita.
Barkis me recibió con verdadero entusiasmo. Co-
mo estaba demasiado reumático para estrecharme
la mano, me rogó que sacudiera la borla de su gorro
de dormir, lo que hice cordialmente. Cuando estuve
sentado al lado de su cama me dijo que le parecía
que todavía me estaba llevando por la carretera de
Bloonderstone y que aquello le hacía mucho bien.
Como estaba en la cama tapado hasta el cuello,
sólo se le veía la cabeza, como a los querubines, y
hacía un efecto muy grotesco.
-¿Qué nombre había escrito yo en el carro, seño-
rito? -me dijo Barkis con una lenta sonrisa de
reumático.
-¡Ah, Barkis; qué largas conversaciones tuvimos
sobre el asunto!, ¿eh?
-Hacía mucho tiempo que «yo estaba dispuesto»,
¿verdad, señorito? ---dijo Barkis.
-Muchísimo tiempo -dije yo.
-Y no me arrepiento. ¿Recuerda usted cuando me
contó una vez que era ella quien hacía todos los
puddings de manzana y toda la cocina?
-Sí, muy bien -respondí.
-Era verdad -dijo Barkis- era verdad -repitió sacu-
diendo su gorro de dormir, que era su único medio
de expresión-. Nada tan verdadero como aquello.
Barkis se volvió a mirarme, esperando que asin-
tiera en sus reflexiones. Yo así lo hice.
-Nada más exacto -repitió Barkis-. Un hombre tan
pobre como yo lo soy se da cuenta de ello cuando
está enfermo. Porque yo soy un hombre muy pobre.
-Lo siento mucho, Barkis.
-Muy, muy pobre --dijo Barkis.
Al llegar a aquel punto sacó despacio y débilmen-
te su mano derecha de debajo de las sábanas, y al
cabo de muchos esfuerzos consiguió coger un
bastón que estaba enganchado a la cabecera. Des-
pués de dar algunos golpes con él, durante los cua-
les su rostro asumió las más variadas expresiones
de terror, Barkis alcanzó una caja, un extremo de la
cual había estado yo viendo todo el tiempo. Enton-
ces su rostro se tranquilizó.
-Son trajes viejos -dijo Barkis.
-¡Ah! --dije yo.
-Me gustaría que fuese dinero -dije Barkis.
-Yo también lo desearía -le contesté.
-Pues no lo es -dijo Barkis abriendo los ojos todo
lo que podía.
Le contesté que estaba convencido, y Barkis, vol-
viendo los ojos con mayor dulzura hacia su mujer,
añadió:
-Es la mujer más buena y más trabajadora que
existe, C. P. Barkis. Todo lo que pueda decirse en
elogio de C. P. Barkis lo merece, y más. Querida
mía, hoy vas a hacer comida para la compañía, algo
muy bueno, tanto para comer como para beber, ¿no
te parece?
Yo habría querido protestar contra aquella inne-
cesaria demostración en mi honor; pero viendo a
Peggotty al otro lado de la cama, muy deseosa de
que aceptase, guardé silencio.
-Debo de tener algún dinero por aquí en mi ropa
-dijo Barkis-; pero estoy cansado. Si me dejarais
dormir un rato, creo que al despertarme lo encontra-
ría.
Salimos de la habitación, y cuando estuvimos fue-
ra, Peggotty me informó de que Barkis era ahora un
poco más «agarrado» que nunca, y que siempre se
valía de aquella estratagema cuando quería sacar
algo de su cofre, y que sufría torturas inconcebibles
para arrastrarse fuera del lecho y buscar dinero en
aquella maldita caja. En efecto; pronto le oímos
lanzar gemidos ahogados, pues aquellos movimien-
tos hacían crujir todas sus articulaciones doloridas;
pero Peggotty, a pesar de sus miradas, que expre-
saban la mayor compasión, me aseguró que aquel
impulso de generosidad le haría mucho bien, y que
valía más dejarle. Le dejamos, por lo tanto, gemir
solo hasta que volvió a meterse en la cama, su-
friendo, estoy seguro, un martirio. Entonces nos
llamó, fingiendo que abría los ojos después de un
buen sueño, y dio a Peggotty una guinea, que sacó
de debajo de la almohada. La satisfacción de
habemos engañado y de guardar un secreto impe-
netrable sobre el contenido de su cofre parecía ser
a sus ojos una compensación suficiente para todas
sus torturas.
Preparé a Peggotty para la llegada de Steerforth,
que apareció pronto. Estoy persuadido de que no
había diferencia para ella, y consideraba las cosas
que había hecho Steerforth por mí como si las
hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a
recibirle con gratitud y devoción; pero sus alegres
modales, tan francos, su buen humor, su hermoso
rostro y el don natural que poseía para ponerse al
alcance de todos aquellos a quienes encontraba y
para tocar precisamente (cuando quería molestarse
en ello) la cuerda sensible de cada uno, todo esto
conquistó a Peggotty en un momento. Además, su
modo de tratarme a mí habría sido suficiente para
subyugarla. Así, gracias a todas estas razones
combinadas, creo que en realidad sentía una espe-
cie de adoración por él cuando salimos de su casa
aquella noche.
Se quedó a comer con nosotros. Si dijera que
consintió con gusto sólo expresaría a medias la
gracia y la alegría que puso al aceptar. Cuando
entró en la habitación de Barkis parecía que con él
entraba el aire y la voz luminosa y refrescante, co-
mo si él fuera la salud y el buen tiempo. Sin es-
fuerzo, sin ruido, espontáneamente, ponía en todo
lo que hacía una nota de bienestar que no puede
describirse; parecía que no podia hacerlo de otra
manera ni mejor, y la gracia, el natural encanto de
sus movimientos, todavía me seducen hoy al recor-
darlo.
Reímos de todo corazón en la salita, donde en-
contré sobre el antigun pupitre el libro de Los márti-
res, el cual no se había tocado desde mi partida.
Hojeé de nuevo sus estampas tan terribles y que
ahora no me impresionaban nada. Cuando Peggotty
habló de mi habitación, diciéndome que estaba
preparada y que esperaba que la ocupase, antes de
que hubiera podido lanzar una mirada de duda so-
bre Steerforth ya había él comprendido de lo que se
trataba.
-Naturalmente -dijo-; tú dormirás aquí todo el
tiempo que estemos, y yo dormiré en el hotel.
-Pero traerte tan lejos --contesté- para separamos
me parece de malos compañeros, Steerforth.
-¡Por Dios!, ¿no es este tu sitio natural? ¿Qué
significan todos los «parece» en comparación con
esto?
Y quedamos en ello al momento.
Mantuvo todas sus deliciosas cualidades hasta el
último momento, cuando a las ocho nos fuimos
hacia el barco de mister Peggotty. Y conforme pa-
saban las horas estaba más y más brillante en sus
facultades. Ya entonces pensaba yo, ahora no lo
dudo, que la conciencia de su éxito y su afán de
agradar le inspiraban cada vez mayor delicadeza de
percepción y le hacían cada vez más sutil y natural.
Si alguien me hubiese dicho entonces que todo
aquello era un brillante juego ejecutado en la excita-
ción del momento para distraer su espíritu en un
deseo de probar su superioridad y con objeto de
conquistar por un momento lo que al siguiente
abandonaría; digo que si alguien me hubiese dicho
semejante mentira aquella noche, no sé lo que
habría sido capaz de hacerle en mi indignación.
Aunque probablemente no habría hecho más que
acrecentar (si es que era posible) el romántico sen-
timiento de fidelidad y amistad con que caminaba a
su lado, sobre la oscura soledad de la playa, hacia
el viejo barco. El viento gemía a nuestro alrededor
todavía más lúgubre que la noche en que me
asomé por primera vez a la negrura de la puerta de
míster Peggotty.
-Es un sitio agradable y salvaje, Steerforth, ¿no te
parece?
-Bastante desolado en la oscuridad, y el mar ruge
como si quisiera tragarnos. ¿Es aquel el barco, allá
lejos, donde se ve una lucecita?
-Ese es -le dije.
-Pues es el mismo que he visto esta mañana
-contestó-. He venido derecho a él por instinto, su-
pongo.
No hablamos más, pues nos acercábamos a la
luz. Yo busqué suavemente la puerta, y poniendo la
mano en el picaporte y diciéndole a Steerforth que
permaneciera a mi lado, entré.
Habíamos oído murmullo de voces desde fuera, y
en el momento de nuestra llegada palmoteaban.
Quedé muy sorprendido al ver que esto último pro-
cedía de la generalmente desconsolada mistress
Gudmige. Pero no era mistress Gudmige la única
persona que estaba en aquella desacostumbrada
excitación. Míster Peggotty, con el rostro iluminado
de alegría y riendo con todas sus fuerzas, tenía
abiertos los brazos como para que la pequeña Emily
se arrojara en ellos; Ham, con una expresión exul-
tante de alegría y con una especie de timidez que le
sentaba muy bien, tenía cogida a Emily de la mano,
como si se la presentara a míster Peggotty, y Emily,
roja y confusa, pero encantada de la alegría de su
tío, como lo expresaban sus ojos, iba a escapar de
manos de Ham para refugiarse en los brazos de
míster Peggotty, cuando nos vio y se detuvo. Este
era el cuadro que sorprendimos al pasar del aire frío
y húmedo de la noche a la cálida atmósfera de la
habitación, y mi primera mirada recayó sobre mis-
tress Gudmige, que estaba en segundo plano pal-
moteando como una loca.
El cuadro desapareció como un relámpago a
nuestra entrada, tanto que se podía dudar de que
hubiera existido nunca.
Ya estaba yo en medio de la familia sorprendida,
cara a cara con míster Peggotty y tendiéndole la
mano, cuando Ham exclamó:
-¡Es el señorito Davy, es el señorito Davy!
En un instante todos nos estrechamos las manos
y nos preguntamos por la salud, expresándonos lo
contentos que estábamos de vemos y hablando
todos a la vez. Míster Peggotty estaba tan orgulloso
y tan contento de vernos, que no sabía lo que decía
ni hacía; pero una y otra vez me estrechaba la ma-
no a mí, después a Steerforth, después otra vez a
mí, después se enmarañaba los cabellos y reía con
tanta alegría, que daba gusto mirarle.
-¡Cómo! Dos caballeros, estos dos caballeros
están bajo mi techo esta noche, precisamente esta
noche, la más feliz de todas las de mi vida -dijo
míster Peggotty-. Una cosa semejante no creo que
haya sucedido nunca. Emily querida, ven aquí, ven
aquí, brujita. Este es el amigo del señorito Davy,
querida; este es el caballero de quien has oído
hablar, Emily. Viene a verte desde muy lejos con el
señorito Davy, en la noche más dichosa de la vida
de tu tío. Suceda lo que suceda, ¡viva el día de hoy!
Después de soltar esta arenga sin tomar aliento y
con extraordinaria animación, míster Peggotty puso
sus enormes manos a cada lado del rostro de su
sobrina y la besó una docena de veces; después,
con orgullo y cariño, apoyó la cabecita sobre su
fuerte pecho y le acarició los cabellos con dulzura
de mujer. Por fin la dejó escapar (ella corrió a la
habitacioncita donde yo solía dormir), y mirándonos
a todos sofocado en su exagerada alegría:
-Sí, ¡dos caballeros como ustedes, caballeros de
nacimiento y semejantes caballeros! -dijo míster
Peggotty...
-Eso es, eso es -exclamó Ham-; bien dicho. Eso
es, señorito Davy, ¡dos caballeros de nacimiento,
eso es!
-Sí; dos caballeros como ustedes, dos verdaderos
caballeros -repitió míster Peggotty-, si no pueden
excusarme por estar en este estado de ánimo,
cuando se enteren de los motivos me perdonarán.
Emily, mi querida Emily sabe lo que voy a decir, y
por eso se ha escapado. ¿Quiere usted ser tan
buena, mistress Gudmige, de ir a buscarla un mo-
mento?
Mistress Gudmige asintió con la cabeza y desapa-
reció.
-Si esta no es -dijo míster Peggotty sentándose
entre nosotros delante del fuego- la noche más
hermosa de mi vida soy un cangrejo, y hasta cocido.
Esta pequeña Emily, señorito --dijo a Steerforth
bajando la voz-, la que ha visto usted aquí toda
confusa hace un momento...
Steerforth solamente hizo un signo con la cabeza,
pero con una expresión tan complacida y de interés,
participando en los sentimientos de míster Peggotty,
que este último le contestó como si hubiera habla-
do.
-Eso es, así es ella; gracias, señorito.
-Ham hizo gestos en varias ocasiones como si él
también quisiera decir lo mismo.
-Esta pequeña Emily nuestra -repitió míster Peg-
gotty- ha sido en esta casa lo que yo supongo (soy
un hombre ignorante, pero este es mi parecer), lo
que nadie más que una criatura así, de ojos claros,
puede ser en una casa. No es mi hija, nunca he
tenido hijos; pero no la podría querer más si lo fue-
ra. ¿Me comprende usted? No sería posible.
-Lo comprendo perfectamente --dijo Steerforth.
-Lo sé, señorito -repuso míster Peggotty-, y le doy
las gracias de nuevo. El señorito Davy que puede
recordar lo que era Emily, y usted puede juzgar por
sí mismo lo que es ahora-, pero ninguno de los dos
pueden saber por completo lo que ha sido, es y será
para un cariño como el mío. Soy rudo, señor -dijo
míster Peggotty-, soy rudo como un puercoespín;
pero nadie (de no ser una mujer) puede comprender
lo que nuestra pequeña Emily es para mí. Y, entre
nosotros -dijo bajando todavía más la voz-, el nom-
bre de esa mujer no sería el de mistress Gudmige,
aunque tiene un montón de cualidades.
Míster Peggotty se enmarañó de nuevo sus cabe-
llos con las dos manos, como preparándose a lo
que todavía tenía que decir, y luego, apoyando cada
una en una de sus rodillas, prosiguió:
-Había cierta persona que conocía a nuestra Emi-
ly desde el tiempo en que su padre murió ahogado y
que la estaba viendo constantemente, de niña, de
muchacha, de mujer. No de muy buen ver, algo en
mi estilo, rudo, muy marinero, pero un completo y
honrado muchacho, que tiene el corazón en su sitio.
Pensé que nunca había visto a Ham enseñar los
dientes como lo hacía en aquel momento, sonriendo
en silencio frente a nosotros.
-Y he aquí que ese bendito marinero va y pierde
su corazón por nuestra pequeña Emily --dijo míster
Peggotty con el rostro cada vez más resplandecien-
te- La sigue por todas partes, se hace una especie
de criado suyo, pierde exageradamente el apetito y,
por último, me explica lo que le pasa. Ahora bien; yo
¡qué más podía desear que ver a nuestra Emily en
buen camino de casarse! ¡Qué más podía desear
que verla prometida a un hombre honrado que pu-
diera tener el derecho de defenderla! Yo no sé el
tiempo que me queda por vivir, ni si tendré que mo-
rir pronto; pero sé que si una de estas noches me
cogiera un golpe de viento en los bancos de arena
de Yarmouth y viera por última vez las luces del
pueblo por encima de las olas, me dejaría ir más
tranquilo si podía decirme: «Allí en tierra firme hay
un hombre que será fiel a mi pequeña Emily, que
Dios bendiga, y con él nada tiene que temer de
nadie mientras viva».
Míster Peggotty, con sencilla gravedad, movía su
brazo derecho como si dijera adiós a las luces de la
ciudad por última vez, y después, cambiando una
seña con Ham, cuya mirada había encontrado, pro-
siguió:
-Bien. Yo le aconsejé que hablara con Emily. Es lo
bastante grande, pero tan tímido como un niño, y no
se atrevía. Así es que hablé yo. « ¡Cómo! ¿Él?
--exclamó Emily-. ¿Él, a quien conozco desde hace
tantos años y a quien quiero como a un hermano?
¡Oh, tío, nunca podré casarme con él; es tan buen
muchacho!» Yo le di un beso, y nada más le dije:
«Querida mía, haces muy bien hablando claro, y
puedes elegir por ti misma; eres libre como un paja-
rillo». Y busqué al chico y le dije: «Yo deseaba
haberlo conseguido, pero no ha sido así; sin embar-
go, podéis seguir viviendo como hasta ahora, y na-
da más te digo que sigas con ella como siempre y te
portes como un hombre». Él me contestó es-
trechándome la mano: «Lo haré», y ha sido honrado
y fuerte desde hace ya dos años, y ha seguido
siendo el mismo de siempre para todos.
El rostro de míster Peggotty había variado de ex-
presión según los períodos de su narración; ahora
los resumía todos, radiante, dejando caer una mano
sobre mi rodilla y otra sobre la de Steerforth (des-
pués de haberlas humedecido y restregado para
mayor énfasis de la acción); y repartiendo después
la siguiente arenga entre los dos, continuó:
-Y de pronto una noche (que muy bien puede ser
esta) llega la pequeña Emily de su trabajo y él con
ella. No tiene nada de particular me dirán, ¡claro que
no!, porque él cuida de ella como un hermano, de
noche y también de día, a todas horas. Pero el ma-
rinero la coge de la mano al llegar y me grita ale-
gremente: «¡Mira, aquí tienes a la que va a ser mi
mujercita!», y ella dice medio atrevida, medio aver-
gonzada y medio riendo y medio llorando: « Sí, tío,
si te parece bien». ¿Si me parece bien? -dice míster
Peggotty alzando la cabeza en éxtasis ante la idea-.
¡Dios mío, si no deseaba otra cosa! « Si le parece
bien, ahora soy ya más razonable y lo he pensado,
y seré todo lo mejor que pueda para él, porque es
un muchacho bueno y generoso.» Entonces mis-
tress Gudmige se ha puesto a palmotear igual que
en el teatro, y ustedes han entrado; y eso es todo,
ya lo saben ustedes -dijo míster Peggotty-. Ustedes
han entrado, y esto acaba de suceder ahora mismo,
y aquí está el hombre con quien se ha de casar en
cuanto termine su aprendizaje.
Ham se bamboleó bajo el puñetazo que míster
Peggotty le asestó, en su alegría, como signo de
confianza y de amistad; pero sintiéndose obligado a
decirnos también algo, he aquí lo que se puso a
balbucir con mucho trabajo:
-No era ella mucho más grande que usted cuando
vino aquí por primera vez, señorito Davy..., cuando
ya adivinaba yo lo que llegaría a ser.. La he visto
crecer.. como una flor, señores. Daría mi vida por
ella... ¡Oh, estoy tan contento, tan contento, señorito
Davy! Ella es para mí, caballeros, más que ...; es
para mí todo lo que deseo y más que... más que po-
dría decir nunca. Yo..., yo la quiero de verdad. No
hay caballero sobre la tierra, ni tampoco en el mar...
que pueda querer a su mujer más de lo que yo la
quiero. Aunque habrá muchos hombres como yo...
que dirían mejor.. lo que desearan decir.
Yo estaba conmovido al ver a un hombretón como
Ham temblando de la fuerza de lo que sentía por la
preciosa criaturilla que le había ganado el corazón.
Me conmovía la sencillez y la confianza depositada
en nosotros por míster Peggotty y por el mismo
Ham. Me conmovía todo el relato. Si en mi emoción
influían los recuerdos de mi infancia, no lo sé. Si
había ido allí con alguna vaga idea de seguir aman-
do a la pequeña Emily, no lo sé. Pero sé que estaba
contento por todo aquello. Al principio era como una
indescriptible sensación de alegría, que la menor
cosa habría podido cambiar en sufrimiento.
Por lo tanto, si hubiera dependido de mí el tocar
con acierto la cuerda que vibraba en todos los cora-
zones, lo habría hecho de una manera bien pobre.
Pero dependió de Steerforth, y él lo hizo con tal
acierto, que en pocos minutos todos estábamos tan
tranquilos y todo lo felices que era posible.
-Míster Peggotty -dijo-, es usted un hombre exce-
lente y merece toda la felicidad de esta noche.
¡Venga su mano! Ham, muchacho, te felicito; ¡venga
también tu mano! Florecilla, anima el fuego y hazlo
brillar como merece el día. Míster Peggotty, si no
decide usted a su linda sobrina a que vuelva a su
sitio, me voy. No querría causar ni por todo el oro de
las Indias un vacío en su reunión de esta noche, y
ese vacío menos que ningún otro.
Míster Peggotty fue a mi antigua habitación a
buscar a la pequeña Emily. Al principio no quería
venir, y Ham desapareció para ayudarle. Por fin la
trajeron. Estaba muy confusa y muy retraída; pero
se repuso un poco al darse cuenta de los modales
dulces y respetuosos de Steerforth hacia ella, del
acierto con que evitó todo aquello que podía azorar-
le, la animación con que hablaba míster Peggotty de
barcos, de marejadas, de buques y de pesca. Su
manera de referirse a mí en la época en que había
visto a míster Peggotty en Salem House; el placer
que sentía al ver el barco y su carga; en fin, la gra-
cia y la naturalidad con las cuales nos atrajo a todos
por grados en un círculo encantado, donde hablá-
bamos sin confusión y sin reserva.
Verdaderamente Emily dijo poco en toda la noche;
pero miraba y escuchaba, y su rostro se había ani-
mado, y estaba encantadora. Steerforth contó la
historia de un terrible naufragio (que se le vino a la
memoria por su conversación con míster Peggotty)
como si lo tuviera presente ante sí, y los ojos de la
pequeña Emily estaban fijos en él todo el tiempo
como si ella también lo viera. Después, como para
reponernos de aquello, y con tanta alegría como si
la narración fuera tan nueva para él como para no-
sotros, nos contó una aventura cómica que le había
ocurrido; y la pequeña Emily reía, hasta que el bar-
co resonó con aquellos musicales sonidos y todos
nosotros reímos (Steerforth también), en irresistible
simpatía, con una alegría tan franca y tan ingenua.
Míster Peggotty cantó, mejor dicho, rugió, «Cuando
el viento de tormenta sopla, sopla, sopla», y Steer-
forth mismo entonó después también una canción
de marineros con tanta emoción, que parecía que el
verdadero viento gemía alrededor de la casa y
murmuraba a través del silencio que estaba allí
escuchando.
En cuanto a mistress Gudmige, Steerforth la
arrancó de la melancolía con un éxito nunca obteni-
do por nadie (según me informó míster Peggotty)
desde la muerte del « viejo» . Le dejó tan poco
tiempo para pensar en sus miserias, que al día si-
guiente dijo que la debía de haber embrujado.
Pero no vaya a creerse que guardó el monopolio
de la atención general y de la conversación. Cuando
la pequeña Emily recobró valor y me habló (todavía
algo avergonzada), a través del fuego, de nuestros
antiguos paseos por la playa, cogiendo conchas y
caracoles; y cuando le pregunté si recordaba cómo
la quería yo y, cuando ambos, riendo, enrojecimos
recordando los buenos viejos tiempos que tan leja-
nos nos parecían, Steerforth estaba silencioso y
atento y nos observaba pensativo. Emily estuvo
sentada toda la noche en nuestro antiguo cajón, en
el rinconcito, al lado del fuego, con Ham a su lado,
donde yo acostumbraba a estar. No he logrado
saber si era un resto de sus caprichos de niña o el
efecto de su timidez por nuestra presencia; pero
observé que estuvo toda la noche arrimada a la
pared, sin acercarse a él ni una sola vez.
Según recuerdo, era más de media noche cuando
nos despedimos. Nos habían dado algunos dulces y
pescado seco para cenar, y Steerforth había sacado
de su bolsillo una botella de ginebra holandesa, que
fue vaciada por los hombres (ahora puedo ponerme
entre los hombres sin ruborizarme). Nos separamos
alegremente, y mientras ellos se amontonaban en la
puerta para alumbrar nuestro camino el mayor tiem-
po posible, vi los dulces ojos azules de la pequeña
Emily mirándonos desde detrás de Ham y le oí que
nos decía con su dulce voz: «¡Tened cuidado!».
-¡Qué chiquilla tan encantadora!; es una verdade-
ra belleza --dijo Steerforth cogiéndome del brazo-.
Es un sitio de lo más original y una gente de lo más
curiosa; y las sensaciones que se tienen con ellos
son completamente nuevas.
-Y además, qué suerte hemos tenido -respondí-
llegando en el momento de su alegría ante la pers-
pectiva de ese matrimonio. ¡Nunca he visto gente
más maravillosa! ¡Qué delicia verlos y tomar parte
en su honrada alegría, como lo hemos hecho!
-Pero el muchacho es un lerdo al lado de la chi-
quilla, ¿no te parece? -dijo Steerforth.
Había estado tan cordial con él y con todos ellos,
que sentí como un golpe ante aquella inesperada y
fría réplica. Pero volviéndome rápidamente hacia él
y viendo una sonrisa en sus ojos, contesté tranquili-
zado:
-¡Ah, Steerforth! Es muy tuyo el bromear a costa
de los pobres y pelearte con miss Dartle para ocul-
tar tus verdaderas simpatías. Te conozco muy bien,
y cuando veo lo perfectamente que los comprendes,
lo exquisitamente que tomas parte en la alegría de
un pobre pescador como míster Peggotty, o en el
amor por mí de mi antigua niñera, sé que no hay
una alegría ni una tristeza ni una sola emoción de
esta gente que te deje indiferente, y te quiero y te
admiro por ello, Steerforth, veinte veces más.
Él se detuvo, y mirándome a la cara dijo:
-Florecilla, creo que hablas con sinceridad y que
eres bueno. ¡Ojalá todos fuéramos así!
Un momento después cantaba alegremente la
canción de míster Peggotty, mientras recorríamos a
buen paso el camino de Yarmouth.
CAPÍTULO II
LUGARES ANTIGUOS Y GENTE NUEVA
Steerforth y yo permanecimos más de quince días
en el campo. Estábamos bastante tiempo reunidos
(no necesito decirlo), pero a veces nos separába-
mos durante algunas horas. Él era muy buen mari-
nero; en cambio yo no lo era, y cuando Steerforth se
iba en el barco con míster Peggotty, lo que era su
diversión favorita, yo, por lo general, permanecía en
tierra. Mi residencia en casa de Peggotty también
me ataba algo, pues sabiendo lo asiduamente que
atendía a Barkis durante el día, no me gustaba
hacerla esperarme por la noche; mientras que Ste-
erforth, como vivía en el hotel, no tenía que consul-
tar más que su propio humor. Así, llegué a saber
que después de que yo estuviera en la cama, arma-
ba pequeñas cuchipandas con los pescadores y con
míster Peggotty en la taberna que se llamaba «La
gustosa afición» y que se vestía de marinero para
pasar la noche en el mar a la luz de la luna, volvien-
do con la marea de la mañana. Ya sabía yo que su
naturaleza activa y su carácter impetuoso en-
contraban mucho placer en la fatiga corporal y en
las tormentas, como en todos los demás medios de
excitación que podían ofrecérsele; por lo tanto, no
me extrañó nada saber aquellos entretenimientos.
Había también otra razón que nos separaba algu-
nas veces y es que a mí, como es natural, me inte-
resaba mucho Bloonderstone y me gustaba ir a
contemplar los lugares testigos de mi infancia, mien-
tras Steerforth, después de haberme acompañado
una vez, no tuvo ya ningún interés en volver; tanto
es así, que tres o cuatro veces, en ocasiones que
recuerdo perfectamente, nos separamos después
de desayunar muy temprano para encontranos por
la noche bastante tarde. Yo no tenía idea de cómo
empleaba él aquel tiempo; únicamente sabía que
era muy popular en el pueblo y que encontraba cien
maneras de divertirse donde otro no habría encon-
trado ninguna.
Por mi parte, durante mis peregrinaciones solita-
rias sólo me ocupaba en recordar cada paso del
camino que había seguido tantas veces y en ir re-
conociendo los sitios donde había vivido antes, sin
cansarme nunca de volver a verlos. Erraba en me-
dio de mis recuerdos, como mi memoria lo había
hecho tan a menudo, y detenía el paso (como había
detenido tantas veces mi pensamiento cuando es-
taba lejos de Bloonderstone) bajo el árbol en que
descansaban mis padres. Aquella tumba, que yo
había mirado con tanta compasión cuando mi padre
dormía solo, y al lado de la cual había llorado al ver
bajar a ella a mi madre con su nene; aquella tumba,
que el corazón fiel de Peggotty había cuidado des-
pués con tanto cariño que la había convertido en un
pequeño jardín, me atraía en mis paseos durante
horas enteras. Estaba en un rincón del cementerio,
a unos pasos del pequeño sendero, y yo podía leer
los nombres en la piedra mientras escuchaba sonar
las horas en el reloj de la iglesia, recordándome una
voz que ya había callado. Aquellos días mis re-
flexiones se unían siempre a cuál sería mi porvenir
en el mundo y a las cosas magníficas que no dejar-
ía de ejecutar. Era el estribillo que respondía en mi
alma al eco de mis pasos, y permanecía tan cons-
tante a estos pensamientos soñadores como si
hubiera venido a encontrarme en la casa a mi ma-
dre viva, para edificar a su lado mis castillos en el
aire.
Nuestra antigua morada había sufrido grandes
cambios. Los viejos nidos, abandonados hacía tanto
tiempo por los cuervos, habían desaparecido por
completo, y los árboles habían sido podados de
manera que era imposible reconocer sus formas. El
jardín estaba en muy mal estado y la mitad de las
ventanas de la casa cerradas. La habitaba un pobre
loco y la gente se encargaba de cuidarle. El loco se
pasaba la vida en la ventanita de mi habitación, que
daba al cementerio, y yo me preguntaba si sus pen-
samientos, en su extravío, no encontrarían a veces
las mismas ilusiones que había ocupado mi espíritu
cuando me levantaba de madrugada en verano y
vestido únicamente con mi camisón miraba por
aquella ventanita para ver los corderos que pacían
tranquilamente bajo los primeros rayos del sol ale-
gre.
Nuestros antiguos vecinos míster y mistress
Graypper habían partido para Sudamérica, y la llu-
via, penetrando por el tejado de su casa desierta,
había manchado de humedad los muros exteriores.
Míster Chillip se había vuelto a casar; su mujer era
alta y delgada, con la nariz aguileña, y tenían un
niño muy delicado, con una enorme cabeza, cuyo
peso no podía soportar, y con dos ojos opacos y
fijos, que parecían siempre preguntar por qué había
nacido.
Era con una singular mezcla de placer y de triste-
za como vagaba por mi pueblo natal hasta el mo-
mento en que el sol de invierno, empezando a bajar,
me advertía de que ya era tiempo de emprender el
regreso. Pero cuando estaba de vuelta en el hotel y
me encontraba en la mesa con Steerforth, al lado de
un fuego ardiente, pensaba con delicia en mi paseo
del día. Y este mismo sentimiento, aunque más ate-
nuado, sentía cuando entraba por la noche en mi
habitación, tan limpia, y me decía, ojeando las pági-
nas del libro de los «cocodrilos» (siempre allí enci-
ma de una mesa), que era una felicidad tener un
amigo como Steerforth, una amiga como Peggotty y
haber encontrado en la persona de mi excelente y
generosa tía un ser que sabía reemplazar tan bien a
los que había perdido.
El camino más corto para volver a Yarmouth des-
pués de aquellos largos paseos era cruzando el río.
Desembarcaba en la arena que se extiende entre la
ciudad y el mar y atravesaba un espacio deshabita-
do, que me ahorraba una larga vuelta por la carrete-
ra. En mi camino encontraba la casa de míster Peg-
gotty, y siempre entraba un momento. Steerforth me
esperaba, por lo general, allí y nos dirigíamos juntos
a través de la niebla hacia las luces que brillaban en
la ciudad. Una oscura noche, en que volvía más
tarde que de costumbre (aquel día había hecho mi
última visita a Bloonderstone, pues nos preparába-
mos para marchar) le encontré solo en casa de
míster Peggotty, sentado pensativo ante el fuego.
Estaba tan intensamente sumergido en sus reflexio-
nes que no se dio cuenta de mi llegada. Esto, natu-
ralmente, podía haber ocurrido aunque hubiera
estado menos absorto, pues los pasos se oían muy
poco en la arena de fuera; pero mi entrada no le
distrajo. Me había acercado a él y le miraba; pero
seguía sombrío y perdido en sus meditaciones.
Se estremeció de tal modo cuando puse la mano
sobre su hombro, que también me hizo estremecer
a mí.
-Caes sobre mí como un fantasma -me dijo con
cólera.
-De alguna manera tenía que anunciarme
-repliqué-. ¿Es que lo he hecho caer de las estre-
llas?
-No -me contestó---, no.
-¿O subir de no sé dónde entonces? --dije
sentándome a su lado.
-Miraba las figuras que hacía el fuego --contestó.
-Pero me las vas a estropear, y yo no podré ver
nada -le dije, pues movía vivamente el fuego con un
trozo de madera encendida, y las chispas, huyendo
por la pequeña chimenea, se perdían en el aire.
-No habrías visto nada -replicó- Este es el mo-
mento del día que más detesto; no es de noche ni
de día. ¡Qué tarde vuelves hoy! ¿Dónde has esta-
do?
-He ido a despedirme de mi paseo habitual.
-Y yo lo he estado esperando aquí -dijo Steerforth
lanzando una mirada alrededor de la habitación y
pensando que toda la gente que encontramos tan
dichosa la noche de nuestra llegada podia (a juzgar
por el presente aspecto desolado de la casa) dis-
persarse o morir o verse amenazada de no sé qué
desgracia- Davy, ¿por qué no ha querido Dios que
tuviera yo un padre a mi lado desde hace veinte
años?
-Mi querido Steerforth, ¿qué te pasa?
-¡Querría con toda mi alma que me hubieran
guiado mejor! ¡Querría con toda mi alma ser capaz
de ser más bueno! -exclamó.
Había una apasionada depresión en sus modales
que me sorprendió por completo. Se parecía tan
poco a él mismo, que nunca hubiera podido ima-
ginármelo.
-Sería mejor ser este pobre Peggotty o el cabezo-
ta de su sobrino --dijo levantándose y apoyándose
contra la chimenea, todavía mirando el fuego- mejor
que ser lo que soy, veinte veces más rico y más
instruido, y no estar, en cambio, atormentado como
lo estoy desde pace más de media hora en esta
barca del demonio...
Me sorprendía tanto aquel cambio, que al princi-
pio sólo le raba en silencio, mientras él continuaba
con la cabeza apoyada en la mano mirando sombr-
íamente el fuego. Por último le pedí, con toda la
ansiedad que sentía, que me contase lo que le hab-
ía sucedido que le contrariaba tanto y que me deja-
ra compartir con él su pena, si es que no podia
aconsejarle. Antes de que hubiera terminado ya
estaba riendo, al principio un poco forzado; pero
pronto con su franca alegría.
-No es nada, Florecilla, nada; te lo aseguro. Ya te
dije en el hotel de Londres que a veces era un com-
pañero pesado para mí mismo. He tenido ahora una
pesadilla; debe de haber sido eso. Cuando me abu-
rro, los cuentos de mi niñera me vienen a la memo-
ria desfigurados. Y creo que estaba convencido de
que era yo el niño malo que nunca obedece y al que
se comen los leones. ¿Sabes? son de mayor efecto
que los perros. Y lo que las viejas llaman horror se
me ha deslizado de la cabeza a los pies y me ha
asustado a mí mismo.
-Creo que nadie más podría asustarse -le dije.
-Quizás no; pero también yo tengo motivos para
asustarme -contestó-. Bien, ya pasó, y no me dejaré
coger de nuevo, Davy; sin embargo, te lo repito,
querido mío, hubiera sido un bien para mí (y no sólo
para mí) si yo hubiese tenido un padre que me
aconsejara.
Su rostro era siempre muy expresivo; pero nunca
le había visto exteriorizar un sentimiento tan serio ni
tan triste como cuando me dijo estas palabras con
la mirada todavía fija en el fuego.
-Pero ¡se acabó! -dijo haciendo como si sacudiera
algo en el aire con la mano-. Ya ha pasado todo y
soy hombre de nuevo, como Macbeth. Y ahora a
comer, si no he turbado el festín con el más admira-
ble desorden, Florecilla, también como Macbeth.
-Pero dime, ¿dónde se han ido todos?
-¡Dios sabrá! -dijo Steerforth-. Después de ir a la
playa a esperarte me vine aquí paseando y me en-
contré la casa desierta. Esto me hundió en pensa-
mientos tristes, y tú me has encontrado sumergido
en ellos.
La llegada de mistress Gudmige con una cesta al
brazo explicaba el abandono de la casa. Había sali-
do precipitadamente a comprar algo que faltaba
antes del regreso de Peggotty, que volvería con la
marea, y había dejado la puerta abierta, por si Ham
y Emily, que debían volver temprano, llegaban en su
ausencia. Steerforth, después de poner de buen
humor a mistress Gudmige con un alegre saludo y
un abrazo de lo más cómico, se agarró de mi brazo
y me arrastró precipitadamente.
Había recobrado su buen humor al mismo tiempo
que se lo había hecho recobrar a mistress Gudmige,
y de nuevo, con su alegría acostumbrada, estuvo
vivo y hablador mientras caminábamos.
-Y así -dijo alegremente-, ¿abandonamos mañana
esta vida de filibusteros?
-Así lo convinimos -contesté- y tenemos reserva-
dos los asientos en la diligencia, ya lo sabes.
-Sí; no hay más remedio -suspiró Steerforth-.
Había olvidado que existiese otra cosa en el mundo
que no fuera balancearse sobre el mar en este pue-
blo. ¡Y es lástima que no sea así!
-Mientras durase la novedad al menos -dije rién-
dome.
-Es posible -replicó-, aunque es una observación
muy sarcástica para un amiguito modelo de inocen-
cia, como mi Florecilla. Bien, no lo niego, soy capri-
choso, Davy. Sé que lo soy; pero mientras el hierro
está caliente sé aprovecharme y batirle con vigor.
Te aseguro que podría soportar un duro examen
como piloto en estos mares.
-Míster Peggotty dice que eres asombroso
-repliqué.
-Un fenómeno náutico ¿eh? -rió Steerforth.
-Estoy seguro, y tú sabes que es verdad, cono-
ciendo lo ardiente que eres cuando persigues un
objeto y lo fácilmente que lo haces maestro en cual-
quier cosa. Pero lo que siempre me sorprende, Ste-
erforth, es que te contentes con emplear de un mo-
do tan caprichoso tus facultades.
-¿Contentarme? -respondió alegremente-. No es-
toy nunca contento de nada, no siendo de tu inge-
nuidad, mi querido Florecilla; en cuanto a mis capri-
chos, todavía no he aprendido el arte de atarme a
una de esas ruedas en que los ixionides, modernos
dan vueltas y vueltas. No he sabido hacer\ese
aprendizaje, y me time sin cuidado. ¿Te he dicho
que he comprado un barco aquí?
-¡Qué especial eres, Steerforth! -exclamé dete-
niéndome, pues era la primera vez que me había
hablado de ello-. Cuando, a lo mejor, no se te vol-
verá a ocurrir el venir a este pueblo.
-No oo sé; me he encaprichado con el lugar.
Además -continuó apresurando el paso-, he com-
prado un barco que estaba a la venta: un clíper,
según dice míster Peggotty, y míster Peggotty lo
capitaneará en mi ausencia.
-Ahora lo comprendo, Steerforth -dije radiante-.
Afirmas que has comprado ese barco para ti, cuan-
do en realidad es en beneficio de míster Peggotty;
habría debido adivinarlo, conociéndote como te
conozco. Mi querido Steerforth, ¿cómo decirte todo
lo que pienso de tu generosidad?
-¡Chsss! -contestó enrojeciendo-; cuanto menos
digas, mejor.
-¡Cuando te decía que no hay ni una alegría ni
una pena ni una sola emoción de estas buenas
gentes que te pueda ser indiferente!
-Sí, sí -respondió él-; ya me has dicho todo eso.
No hablemos más de ello, ¡basta!
Temiendo enfadarle si insistía sobre un asunto
que él trataba tan a la ligera, me contenté con conti-
nuar pensándolo mientras andábamos cada vez
más deprisa.
-Es necesario que pongan el barco en buen esta-
do -dijo Steerforth-. Encargaré a Littimer que cuide
de ello para que lo hagan bien. ¿Te he dicho que ha
llegado Littimer?
-No.
-Pues sí; ha llegado esta mañana con una carta
de mi madre.
Nuestros ojos se encontraron y observé que esta-
ba pálido hasta los labios; pero miraba tranquila-
mente a los míos. Temí que algún altercado con su
madre fuera la causa de la disposición de ánimo en
que le había encontrado en el hogar solitario de
míster Peggotty y le hice una ligera alusión.
-¡Oh no! -dijo moviendo la cabeza y riendo-. ¡Na-
da de eso! Como te decía, ha llegado ese hombre.
-¿Está como siempre?
-Siempre el mismo-contestó Steerforth-, sereno,
frío como el polo Norte. Se ocupará del nuevo nom-
bre que quiero hacer inscribir en el barco. Ahora se
llama El petrel de la tormenta; pero ¿qué le importa
eso a míster Peggotty? Le he bautizado de nuevo.
-¿Con qué nombre?
--La pequeña Emily.
Continuaba mirándome de frente, y creí que era
para recordarme que no le gustaba que me extasia-
ra ante sus delicadezas con aquellas pobres gentes.
No pude por menos que dejar ver la alegría que
sentía; pero sólo dije algunas palabras; la sonrisa
reapareció en sus labios; parecía que le habían
quitado un peso de encima.
-Pero mira -dijo mirando hacia adelante-, aquí
está la pequeña Emily en persona. Y el muchacho
ese con ella. Por mi alma que es un fiel caballero;
no la abandona ni un instante.
Ham era en aquella época constructor de barcos.
Había cultivado su gusto natural por aquel oficio y
había llegado a ser un obrero muy hábil. Llevaba su
traje de trabajo y, a pesar de cierta rudeza, su aire
de honradez y de viril franqueza hacían de él un
protector muy bien proporcionado para la preciosa
criatura que llevaba a su lado. La lealtad de su ros-
tro, el orgullo y el cariño que le inspiraba Emily real-
zaban su buen aspecto, y yo me decía, al verlos
acercarse, que se compenetraban perfectamente en
todos los sentidos.
Cuando los detuvimos para hablarles, ella soltó
suavemente el brazo de su novio y enrojeció ten-
diendo la mano a Steerforth y después a mí. Cuan-
do volvieron a ponerse en marcha después de
haber cambiado algunas palabras con nosotros,
Emily no cogió de nuevo el brazo de Ham, y andaba
sola, todavía tímida y confusa. Yo admiraba la gra-
cia y la delicadeza de sus movimientos y Steerforth
parecía de la misma opinión mientras les mirába-
mos alejarse en la claridad de la luna nueva.
De pronto una mujer joven pasó a nuestro lado:
era evidente que los seguía. No la habíamos oído
acercarse; pero vi un momento su rostro delgado, y
me pareció recordarla.
Iba ligeramente vestida y tenía el aire atrevido y la
mirada perdida y un aspecto de mísera vanidad;
pero por el momento no parecía pensar en nada;
sólo tenía una idea en la cabeza: alcanzarlos. Como
el horizonte se oscurecía a lo lejos no nos permitía
ya distinguir a Emily ni a su novio, y la mujer que los
seguía desapareció también sin haber ganado te-
rreno sobre ellos. Después ya no vimos más que el
mar y las nubes.
-Es un fantasma muy sombrío para seguir a esa
muchacha -dijo Steerforth sin moverse- ¿Qué signi-
fica eso?
Hablaba en voz baja y con un acento que me pa-
reció extraño.
-Le querrá pedir limosna -dije.
-Las mendigas no son raras aquí -dijo Steerforth-;
pero es sorprendente que alguna haya tomado esa
forma esta noche.
-¿Por qué? -pregunté.
-Sencillamente -dijo después de un momento de
silencio- porque precisamente estaba yo pensando
en algo semejante cuando ha aparecido; por eso
me pregunto de dónde diablos podrá haber salido.
-De la sombra que proyecta esta tapia, supongo
-dije señalando un muro que seguía el camino en el
que acabamos de desembocar.
-En fin, ya ha desaparecido -respondió mirando
por encima de su hombro-. ¡Ojalá la desgracia des-
aparezca con ella! Vamos a comer.
Pero lanzó una nueva mirada por encima de su
hombro hacia la línea del océano que brillaba a lo
lejos, y repitió muchas veces aquel movimiento.
Todavía murmuró algunas palabras entrecortadas
durante el resto de nuestro camino, y no pareció
olvidar el incidente hasta que se encontró sentado
en la mesa al lado de un buen fuego y a la claridad
de las velas.
Littimer nos esperaba y produjo sobre mí su efec-
to acostumbrado. Cuando le dije que esperaba que
mistress Steerforth y miss Dartle siguieran bien, me
respondió en un tono respetuoso (y naturalmente
respetable) que me daba las gracias, que estaban
bastante bien y que me saludaban. No me dijo más
y, sin embargo, me pareció que decía claramente:
«Es usted muy joven; es usted extraordinariamente
joven».
Casi habíamos acabado de comer cuando dio un
paso fuera del rincón desde donde vigilaba nuestros
movimientos, mejor dicho los míos, y dijo a Steer-
forth:
-Perdón, señorito; miss Mowcher está aquí.
-¿Quién? -preguntó Steerforth con sorpresa.
-Miss Mowcher, señorito.
-¡Vamos! ¿Y qué ha venido a hacer aquí? Y-dijo
Steerforth.
-Parece ser, señor, que es de esta región. Me han
dicho que todos los años da una vuelta profesional
por este lado. La he encontrado en la calle esta
mañana, y me ha preguntado si podría tener el
honor de presentarse aquí después de comer el
señorito.
-¿Conoces a la gigante en cuestión, Florecilla?
-me preguntó Steerforth.
Tuve que confesar con cierta vergüenza, por tener
que hacerlo ante Littimer, que no conocía a miss
Mowcher.
-Bien, pues vas a conocerla -dijo Steerforth-. Es
una de las siete maravillas del mundo... Cuando
venga miss Mowcher, que pase.
Sentía cierta curiosidad por conocer a aquella se-
ñora, tanto más porque Steerforth soltaba la carca-
jada cada vez que yo hablaba de ella y se negaba
en rotundo a responder a las preguntas que le dirig-
ía. Permanecí, por lo tanto, en un estado de curiosa
expectación. Hacía media hora que habían quitado
el mantel y estábamos con una botella de vino a
nuestro lado, cuando se abrió la puerta y, con su
tranquilidad habitual, Littimer anunció:
-Miss Mowcher.
Miré hacia la puerta, pero no vi nada; volví a mi-
rar, pensando cuánto tardaba miss Mowcher en
aparecer, cuando, con gran sorpresa, vi surgir al
lado de un diván colocado entre la puerta y yo a una
enana de unos cuarenta o cuarenta y cinco años;
tenía la cabeza muy grande, los ojos grises, muy
maliciosos, y los brazos tan cortos, que para acer-
car el dedo con picardía a su nariz, mientras miraba
a Steerforth, se vio obligada a bajar la cabeza para
acercar la nariz al dedo. Su papada era tan gruesa,
que las cintas y la roseta de su sombrero desapa-
recían debajo. No tenía cuello, no tenía talle, no
tenía piernas, pues aunque era del tamaño corriente
hasta el sitio en que debía haberse encontrado el
talle, y aunque poseía pies como todo el mundo, era
tan bajita que resultaba delante de una silla lo que
cualquier persona delante de una mesa. Depositó
sobre la silla el bolso que llevaba. Iba vestida de un
modo algo descuidado, y su nariz parecía una pro-
longación de su dedo o viceversa, a causa de la
dificultad de que he hablado, y con la cabeza incli-
nada a un lado y guiñando un ojo de la manera más
maliciosa, empezó por fijar en Steerforth sus ojillos
penetrantes, después de lo cual dejó escapar un
torrente de palabras.
-¡Cómo, linda flor! -empezó alegremente sacu-
diendo su gran cabeza hacia él-. ¿Está usted aquí?
¡Oh, la mala persona! ¡Qué vergüenza! ¿Qué ha
venido usted a hacer tan lejos de su casa? Algo
malo, estoy segura. ¡Ah, es usted una buena pieza!
Y yo otra, ¿no es así? ¡Ja, ja, ja! Habría usted apos-
tado cien libras contra cinco guineas a que no me
encontraba aquí. Pues ya lo ve, estoy en todas par-
tes. Aquí, allí, ¿y dónde no? Como la media corona
del escamoteador en el pañuelo de una señora. A
propósito de pañuelos y de señoras: su querida
madre, ¡qué contenta estará de tener un hijo como
usted!
En este pasaje de su discurso, miss Mowcher
desanudó su sombrero, se echó las bridas hacia
atrás y, toda sofocada, se sentó en un taburete
delante del fuego, de manera que la mesa formaba
una especie de dosel de caoba sobre su cabeza.
-¡Oh las estrellas del cielo con todos sus nombres!
-continuó golpeando con una mano cada una de sus
rodillas y mirándome con malicia-. Estoy demasiado
acostumbrada; eso debe ser, Steerforth. Y después
de subir unas cuantas escaleras me cuesta tanto
trabajo recobrar la respiración como si hubiera sa-
cado un cubo de agua de un pozo. Vamos, que si
me viese usted asomada a una ventana creería que
era una mujer hermosa ¿no?
-No pienso otra cosa cada vez que la veo -replicó
Steerforth.
-Vamos, cállese, perro -gritó la pequeña criatura
amenazándole con el pañuelo con que se enjugaba
el rostro-; ¡no sea usted impertinente! Pero le doy mi
palabra de honor de que la semana pasada, estan-
do en casa de lady Mithers... ¡Esa sí que es una
mujer! ¡Cómo se conserva!... Pues mientras la es-
peraba entró míster Mithers en persona en la habi-
tación donde yo esperaba a su mujer. ¡Vaya un
hombre! ¡Cómo se conserva también! Y su peluca lo
mismo, pues la tiene desde hace diez años; pues,
como decía, míster Mithers se deshizo tan locamen-
te en cumplidos, que temí verme obligada a llamar a
la campanilla. ¡Ja, ja, ja! Es un pícaro muy simpáti-
co; es una lástima que no tenga principios.
-¿Y que iba usted a hacer a casa de lady Mithers?
-preguntó Steerforth.
-Eso ya serían chismes, querido hijito -contestó
ella volviendo a poner el dedo en la nariz con su
guiño de ojos, como un duendecillo de inteligencia
sobrenatural-. Eso no le importa. Usted querría sa-
ber si impido que sus cabellos caigan, o si le quito
las canas, o si le cambio el color, o si le arreglo las
cejas ¿no es así? Pues bien, querido mío; todo,
todo lo sabrá usted cuando yo se lo diga. ¿Sabe
usted el nombre de mi bisabuelo?
-No -dijo Steerforth.
-Walker, querido mío -replicó miss Mowcher-, y
descendía de una larga línea de Walkers; así, yo
heredo todos los estados de Hookey.
Nunca he visto nada comparable a los guiños de
ojos de miss Mowcher de no ser el aplomo de miss
Mowcher. Tenía una manera especial de inclinar la
cabeza hacia un lado para escuchar cuando se le
hablaba, levantando un ojo como las urracas, o
cuando esperaba una respuesta a sus observacio-
nes. Yo estaba tan sorprendido que la miraba fijo,
olvidando completamente, mucho me temo, de las
reglas más indispensables de la educación.
Había conseguido acercarse la silla, y hundiendo
su bracito en el bolso varias veces sacó una canti-
dad de botellitas, de cepillos, de esponjas, de pei-
nes, de trozos de papel, de tenacillas y de otros
instrumentos, que iba amontonando fuera. Se detu-
vo en medio de su ocupación para decir a Steer-
forth, con gran confusión mía:
-¿Quién es este señor?
-Míster Copperfield -dijo Steerforth-, que deseaba
mucho conocerla.
-Pues la ocasión la pintan calva. Ya me parecía a
mí que tenía ganas -dijo miss Mowcher acercándo-
se a mí riendo, con su bolso en la mano- El rostro
como un melocotón --dijo poniéndose de puntillas
para llegar a mis mejillas-. Completamente tentador.
Me gustan mucho los melocotones. Tengo mucho
gusto en conocerle, míster Copperfield, se lo asegu-
ro.
Le respondí que yo me felicitaba de haber tenido
el honor de conocerla, y que el gusto era recíproco.
-¡Oh, Dios mío, qué amabilidad! --exclamó miss
Mowcher haciendo un pequeño esfuerzo para cubrir
su ancha cara con su manita-. ¡Qué de mentiras y
de patrañas hay en el mundo!
Esto nos lo decía a modo de confidencia a los
dos, mientras la manita abandonaba el rostro y el
bracito desaparecía de nuevo por completo en el
bolso.
-¿Qué quiere usted decir, miss Mowcher?
-preguntó Steerforth.
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué plaga de farsantes! ¿No es ver-
dad, hijo mío? -replicó la mujercita buscando en el
bolso con un ojo en el aire y la cabeza de lado-.
Miren ustedes -dijo sacando un paquetito- «recortes
de las uñas del príncipe ruso... Príncipe Alfabeto
revuelto», como yo le llamo, porque su nombre tiene
todas las letras del alfabeto mezcladas.
-El príncipe ruso es uno de sus clientes ¿no es
así? -preguntó Steerforth.
-Ya lo creo, hijo mío -replicó miss Mowcher-; le
corto las uñas dos veces por semana, las de las
manos y las de los pies.
-¿Y supongo que le pagará bien? -dijo Steerforth.
-Habla con la nariz, pero paga bien -dijo miss
Mowcher-. Ninguno de vuestros petimetres se le
puede comparar; estaríais de acuerdo si vierais sus
bigotes, rojos por naturaleza y negros gracias al
arte.
-Gracias al arte de usted, naturalmente -dijo Ste-
erforth.
Miss Mowcher guiñó un ojo en signo de asenti-
miento.
-Se ha visto en la necesidad de enviarme a bus-
car; no podía por menos. El clima hace daño al tin-
te, y aquello podía pasar en Rusia; pero aquí no.
Usted no ha visto en todos los días de su vida a un
príncipe en el estado que yo le encontré, oxidado
como un hierro viejo.
-¿Y es a él a quien llamaba usted un farsante
hace un momento? -preguntó Steerforth.
-¡Oh! Es usted un chico muy avispado -replicó
miss Mowcher moviendo la cabeza-. He dicho que
todos en general somos unos farsantes, y le he
enseñado como prueba las uñas del príncipe. Y es
que, ¿ven ustedes? Las uñas del príncipe me sirven
más en las familias que todos los talentos juntos.
Las llevo siempre conmigo; son mi carta de reco-
mendación. Si miss Mowcher corta las uñas a un
príncipe, no hay más que hablar, dicen a todos. Se
las doy a las jóvenes que, yo creo, las ponen en
álbumes, ¡ja, ja, ja! Palabra de honor que todo el
edificio social (como dicen estos señores cuando
hacen discursos parlamentarios) no reposa más que
sobre las uñas de príncipes -dijo aquella mujercita
tratando de cruzar los brazos y sacudiendo su gran
cabeza.
Steerforth reía de todo corazón, y yo también.
Miss Mowcher continuaba moviendo la cabeza, que
llevaba de lado, y mirando hacia arriba con un ojo
mientras guiñaba el otro.
-Bien, bien -dijo golpeando sus rodillitas-; pero es-
to no son los negocios. Veamos, Steerforth, una
exploración en las regiones polares y terminamos.
Escogió dos o tres de sus ligeros instrumentos y
un frasquito y preguntó, con gran sorpresa mía, si la
mesa era fuerte. Ante la respuesta afirmativa de
Steerforth, acercó una silla, me pidió que la ayuda-
ra, y se subió con bastante ligereza encima de la
mesa, como si fuera un escenario.
-Si alguno de ustedes me ha visto los tobillos -dijo
una vez arriba- no necesito decir que me ahorcaré.
-Yo no he visto nada -dijo Steerforth.
-Ni yo tampoco -dije.
-Pues bien; entonces -exclamó miss Mowcher-
consiento en seguir viviendo. Ahora venga usted a
la prisión para ser ejecutado.
Steerforth, cediendo a sus instancias, se sentó de
espaldas a la mesa, y volviendo hacia mí su rostro
sonriente, sometió su cabeza al examen de la ena-
na, evidentemente sin otro objeto que el de divertir-
nos. Era un curioso espectáculo ver a miss Mow-
cher inclinada sobre él y examinando sus hermosos
cabellos oscuros, con ayuda de una lupa que aca-
baba de sacar de su bolsillo.
-Vamos, ¡es usted un chico guapo! -dijo miss
Mowcher después de un corto examen-; pero si no
fuera por mí estaría usted calvo como un monje
antes de fin de año. Sólo le pido un minuto más; voy
a lavarle los cabellos con un agua que se los con-
servará diez años.
Al mismo tiempo vertió el contenido del frasquito
sobre un trocito de franela; después, empapando en
la misma preparación uno de los cepillitos, empezó
a frotar la cabeza de Steerforth con una actividad
incomparable, y siempre hablando sin parar.
-¿Conoce usted a Carlos Pyegrave, el hijo del du-
que? -dijo mirando a Steerforth por encima de su
cabeza.
-Un poco -dijo Steerforth.
-¡Ese es un hombre! ¡Y esas son patillas! Si tuvie-
ra las piernas tan derechas, no tendría igual.
¿Querrá usted creer que ha pretendido prescindir
de mí? ¡Un oficial de la guardia!
-¡Loco! -dijo Steerforth.
-Lo parece; pero loco o no, lo ha intentado -replicó
miss Mowcher-. ¿Y qué creerá usted que ha hecho?
Pues entra en una peluquería y pide una botella de
agua de Madagascar.
-¿Carlos?
-Carlos en persona; pero no tenían agua de Ma-
dagascar.
-¿Y qué es eso? ¿Algo de beber? -preguntó Ste-
erforth.
-¿De beber? -replicó miss Mowcher, deteniéndose
para darle una palmadita en la cara-. Para arreglar-
se él solo los bigotes, ¿sabe? Había en la tienda
una mujer de cierta edad, un verdadero grifo que
nunca había oído aquel nombre. «Perdone, caballe-
ro -dijo el grifo a Carlos- ¿no será... no será colorete
por casualidad?...» «¿Colorete? -dice Carlos al gri-
fo-. Y ¿qué quiere usted que haga yo con el colore-
te?...» «Perdón, caballero -dijo la mujer-; nos piden
ese artículo bajo nombres tan diferentes, que pen-
saba que quizá era uno más.» He ahí, querido mío
-continuó miss Mowcher frotando con todas sus
fuerzas-; he ahí otra prueba de todos esos farsantes
de que hablaba hace un momento. Y no digo que no
esté yo mezclada en ello como cualquiera, quizá
más, quizá menos; pero, hijo mío, ¿eso qué tiene
que ver?
-¿En qué dice usted que está mezclada, en el co-
lorete? --dijo Steerforth.
-No tiene usted más que relacionar una cosa con
otra, mi querido discípulo ---dijo la astuta miss Mow-
cher tocándose la punta de la nariz-; tuve acceso al
secreto profesional de todos los comercios y el pro-
ducto le dará el resultado deseado. Y digo que tam-
bién yo voy un poco por ese camino, porque hay
señoras que dicen que me llaman para un bálsamo
de los labios, otras me piden guantes, otras una
camiseta y otras un abanico. Yo le doy el nombre
que ellas quieren y les proporciono el mismo artícu-
lo a todas; pero nos guardamos tan bien el secreto y
disimulamos de tal modo, que tanto se cuidarían de
darse el colorete delante de mí como delante de
cualquier persona. ¿No tienen a veces el descaro
de decirme, con un dedo de colorete en la cara:
«¿Cómo me encuentra usted, miss Mowcher, no
estoy un poco pálida?». ¡Ja, ja, ja! También esas
son farsantes, ¿qué les parece, amiguitos?
Nunca en mi vida he visto nada semejante a miss
Mowcher de pie sobre la mesa riendo de su gracia y
frotando sin descanso el cráneo de Steerforth, mien-
tras me guiñaba un ojo mirándome por encima de
su cabeza.
-¡Ah! Por esta tierra no me piden mucho ese artí-
culo -dijo-, y me extraña, pues no he visto ni una
mujer bonita desde que estoy aquí, Steerforth.
-¿No? -dijo Steerforth.
-Ni la sombra de una -replicó miss Mowcher.
-Nosotros podríamos enseñarle una en carne y
hueso -dijo Steerforth volviéndose hacia mí-. ¿No es
verdad, Florecilla?
-Ya lo creo -respondí.
-¡Hum! -dijo la diminuta criatura mirándome de un
modo penetrante y lanzando después una ojeada a
Steerforth-. ¡Hum!
La primera exclamación parecía una pregunta di-
rigida a los dos; la segunda era evidentemente diri-
gida a Steerforth.
No recibiendo ni de uno ni de otro la respuesta
que sin duda esperaba, continuó frotando con la
cabeza inclinada y mirando al techo como si busca-
ra allí la contestación y esperase verla aparecer.
-¿Una hermana suya, míster Copperfield?
-exclamó después de un momento de silencio y
conservando siempre la misma actitud- ¿Una her-
mana suya?
-No -dijo Steerforth, sin darme tiempo a contes-
tar-; nada de eso. Al contrario, o mucho me equivo-
co o míster Copperfield tenía gran admiración por
ella.
-¡Cómo! ¿Ahora ya no la tiene? -replicó miss
Mowcher-. ¿Es inconstante? ¡Qué vergüenza! «As-
pira cada flor y cambia cada hora... hasta que Polly
a su pasión le corresponde ...» ¿Se llama Polly?
Aquel diablillo me lanzó la pregunta tan brusca-
mente y me miraba con tanta astucia, que quedé
desconcertado por completo.
-No, miss Mowcher; se llama Emily -le contesté.
-¡Hum! -exclamó exactamente en el tono de ante-
s-. ¡Qué charlatana soy, míster Copperfield!; pero
no soy indiscreta.
Su tono y sus miradas expresaban algo que no
me resultaba agradable tratándose de aquel asunto;
así es que dije, en tono más grave del que había-
mos empleado hasta aquel momento:
-Es tan virtuosa como bonita, y está prometida en
matrimonio al hombre más excelente y digno.
Además, la estimo tanto por su buen sentido como
la admiro por su belleza.
-¡Bien dicho! -exclamó Steerforth-. ¡Bravo, bravo,
bravo! Ahora voy a saciar la curiosidad de esta pe-
queña Fátima, Florecilla, para no dejarle nada por
adivinar. En la actualidad, miss Mowcher, esa mu-
chacha es aprendiza en la casa de Omer y Joram,
«Modas, novedades, etc.» , de esta ciudad. ¿Se fija
usted? Omer y Joram. La promesa de matrimonio
de la cual habla mi amigo está hecha entre ella y su
primo; nombre de pila, Ham; apellido, Peggotty;
ocupación, constructor de barcos; también de esta
ciudad. Vive con un pariente; nombre de pila, no lo
sé; apellido, Peggotty; ocupación, marinero; también
de esta ciudad. Es el hada más linda y encantadora
del mundo; yo la admiro, como mi amigo, extraordi-
nariamente, y si no fuera por no disgustar a Copper-
field, diría que al casarse desmerece, que podía
aspirar a mucho más; estoy seguro, y lo juro, ha
nacido para señora.
Miss Mowcher escuchaba estas palabras, que
eran dichas despacio y claramente, con la cabeza
de medio lado y el ojo en el aire, como si todavía
esperara la contestación. Cuando Steerforth terminó
de hablar, volvió a frotarle y a charlar con sorpren-
dente volubilidad.
-¡Oh! ¿Es eso todo? -exclamó cortándole las pati-
llas con unas inquietas tijeritas que hacía revolotear
en todas direcciones alrededor de su cabeza-. ¡Muy
bien, muy bien! Igual que una novela. Y al final:
«vivieron felices», ¿no es así? ¡Ah! ¿Cómo se dice
en el juego? « Amo a mi amor con E porque es En-
cantadora, la odio con E porque ha Empeñado su
palabra, la llevo a todo lo Exquisito y pienso propo-
nerle una Evasión: Se llama Emily y vive en el Este:
¡Ja, ja, ja! Míster Copperfield, ¿no le parezco un
mamarracho?
Mirándome fijamente con extravagante astucia y
sin esperar respuesta, continuó sin tomar aliento:
-¡Ya está! Si existe una mala persona peinada y
arreglada a la perfección es usted, Steerforth. Y si
hay una mollera que me sepa yo de memoria es la
suya, ¿me oye lo que le digo, querido? Le entiendo
perfectamente --dijo inclinándose hacia él-. Ahora
puede usted marcharse, como decimos en la corte,
y si míster Copperfield quiere tomar su lugar...
-¿Qué dices, Florecilla? -preguntó Steerforth rien-
do y cediéndome la silla-. ¿Quieres probar?
-Gracias, miss Mowcher; esta noche no.
-No diga que no -repuso la mujercita mirándome
como experta-; un poquito más de cejas.
-Gracias, en otra ocasión.
-Le hace falta una octava de pulgada más hacia la
sien -dijo miss Mowcher-; es cosa de pocos días.
-No, gracias; ahora no.
-¿Y no quiere usted un poco de tupé? -insistió-.
¿No? Déjeme, por lo menos, ahuecarle un poco el
pelo, y después pasaremos a las patillas, ¡vamos!
No pude por menos de enrojecer al negarme,
pues sentía que acababa de tocar mi punto flaco.
Pero miss Mowcher, viendo que no estaba dispues-
to a soportar las mejoras que su arte podía causar
en mi persona, y que me resistía por el momento a
las seducciones del frasquito que tenía en la mano
preparado para mí, me dijo que no tardaríamos en
volvernos a ver, y me pidió que la ayudara a bajar
de las alturas. Gracias a este socorro bajó rápida-
mente y empezó a doblar su papada por encima de
los cordones del sombrero.
-¿Le debo?... -dijo Steerforth.
-Cinco chelines, y es de balde, muchacho. ¿No es
verdad que le parezco muy tribial, míster Copper-
field?
Respondí cortésmente: «Nada de eso» ; pero
pensaba que lo era bastante, cuando un momento
después le vi lanzar al aire la moneda de cinco che-
lines, cogerla como un escamoteador y deslizarla en
su bolsillo dando un golpecito encima.
-Esta es la gaveta -dijo miss Mowcher; y acercán-
dose a la silla volvió a meter en el bolso todas las
menudencias que había sacado-. Veamos -dijo-, ¿lo
tengo ya todo? Me parece que sí. No sería agrada-
ble encontrarse en la situación de Ned Biadwood,
cuando le llevaron a la iglesia para casarle y habían
olvidado a la novia. ¡Ja, ja, ja! Es francamente una
mala persona el tal Ned; ¡pero tan gracioso! Ahora
ya sé que les voy a destrozar el corazón; pero no
tengo más remedio que marcharme. Ya pueden
hacer acopio de valor para soportarlo. Adiós, míster
Copperfield; cuídese mucho, Jockey de Norfolk.
¡Cuánto he charlado! ¡Pero ustedes tienen la culpa,
picaruelos! Bueno, les perdonaré. «Bob swore» ,
como decía aquel inglés, por buenas noches, des-
pués de su primera lección de francés, «Bob swo-
re», duques míos.
Con su bolso colgando del brazo y sin dejar de
charlar se adelantó, balanceándose, hacia la puerta
y se detuvo de pronto para preguntarnos si no quer-
íamos un mechón de sus cabellos. « Le debo pare-
cer muy tribial, míster Copperfield» , dijo como co-
mentario a aquella proposición, y desapareció con
el dedo apoyado en la nariz.
Steerforth reía de tan buena gana que no pude
por menos de hacer otro tanto; de no ser así, no sé
si me habría reído. Después de aquella explosión
de alegría, que duró un momento, me dijo que miss
Mowcher tenía una clientela muy numerosa y que
se hacía necesaria a muchísima gente de modos
muy distintos. Había personas que la trataban con
ligereza, considerándola únicamente como una
muestra de las extravagancias de la naturaleza;
pero tenía un espíritu tan fino y observador como el
que más; y si tenía los brazos cortos, no tenía la
inteligencia menos larga. Añadió que había dicho la
verdad al vanagloriarse de estar a la vez en todas
partes; pues de vez en cuando hacía excursiones
por provincias, donde siempre encontraba clientes
nuevos, y terminaba por conocer a todo el mundo.
Le pregunté cuál era su carácter; si no eran todo
equívocos en ella, y si su simpatía se inclinaba por
lo general a lo bueno; pero viendo que mis pregun-
tas no le interesaban, después de dos o tres tentati-
vas renuncié a repetírselas. En cambio, me contó
una multitud de detalles sobre su habilidad y sus
ganancias; me dijo que era una especialista ponien-
do ventosas, y que me lo prevenía por si alguna vez
necesitaba pedirle ese servicio.
Miss Mowcher fue el principal tema de nuestra
conversación durante la noche, y cuando nos sepa-
ramos todavía Steerforth se inclinó por la barandilla
de la escalera mientras yo bajaba para decirme:
«Bob swore».
A1 llegar ante la casa de Barkis me sorprendió
mucho el encontrar a Ham paseando de arriba aba-
jo, y todavía me sorprendió más el saber que la
pequeña Emily estaba en casa de su tía. Le pre-
gunté, naturalmente, cómo no había entrado, en
lugar de pasearse de arriba abajo por la calle.
-¿Sabe usted, señorito Davy? -dijo titubeando-. Es
porque Emily está hablando con una persona.
-Mayor razón para que tú también estuvieras,
Ham.
-Sí, señor; en general es verdad -replicó-; pero,
¿sabe usted, señorito Davy? -dijo bajando la voz y
en tono grave-. Es una joven, una muchacha que
Emily conoció en otro tiempo y a la que ahora no
debía tratar.
Sus palabras fueron un rayo de luz que vino a
aclarar mis dudas sobre la persona que les seguía
algunas horas antes.
-Es una pobre muchacha, señorito Davy, vilipen-
diada por todo el pueblo. No hay muerto en el ce-
menterio cuyo fantasma fuera capaz de hacer huir a
la gente más que ella.
-¿No es la que os seguía esta noche por la playa?
-¿Nos seguía? -dijo Ham-. Es posible, señorito
Davy; yo no sabía que estuviera aquí; pero se ha
acercado a la ventanita de Emily cuando ha visto
luz, y ha dicho en voz baja: «Emily, Emily, por amor
de Dios, ten corazón de mujer conmigo. Yo era an-
tes como tú» . Y eran palabras muy solemnes, se-
ñorito Davy; ¿cómo negarse a oírlas?
-Tienes razón, Ham; y Emily ¿qué ha hecho?
-Emily le ha dicho: «Martha, ¿eres tú? ¿Es posi-
ble, Martha, que seas tú?». Pues habían trabajado
juntas durante mucho tiempo en casa de míster
Omer.
-¡Ya la recuerdo! -exclamé, pues recordaba a una
de las dos muchachas que había visto la primera
vez que estuve en casa de míster Omer. La recuer-
do perfectamente.
-Martha Endell -dijo Ham-; tiene dos o tres años
más que Emily; pero también han estado en la es-
cuela juntas.
-No he sabido nunca su nombre; dispensa que te
haya interrumpido.
-La historia no es muy larga, señorito Davy -dijo
Ham-. Esta es en pocas palabras: «Emily, Emily,
por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo, yo
era antes como tú». Quería hablar con Emily. Emily
no podía hablar en casa, pues había vuelto su tío y,
a pesar de lo bueno y caritativo que es, no querría,
no podría, señorito Davy, ver a esas dos mucha-
chas juntas, ni por todos los tesoros ocultos en el
mar.
Ya lo sabía yo; no necesitaba que Ham me lo
aclarase.
-Por lo tanto, Emily escribió con lápiz en un pape-
lito y se lo dio por la ventana. « Enseña esto -la
decía- a mistress Barkis y ella te hará sentar al lado
del fuego, por amor mío, hasta que mi tío salga y yo
pueda ir a hablarte.» Después me dijo lo que le
acabo de contar, pidiéndome que la trajera aquí.
¿Qué podía hacer yo? Emily no debía tratar a una
mujer como esa; pero, ¿cómo quiere usted que le
niegue algo si me lo pide llorando?
Hundió la mano en el bolsillo de su gruesa cha-
queta y sacó con mucho cuidado una linda bolsita.
-Y si fuera capaz de negarle algo cuando llora,
señorito Davy -dijo Ham extendiendo cuidadosa-
mente la bolsita en su mano callosa-, ¿cómo habría
podido negarme a traerle esto aquí, si sabía lo que
quería hacer? ¡Una joyita como esta -dijo Ham mi-
rando la bolsa, pensativo-, y con tan poco dinero!
¡Emily, querida mía!
Le estreché la mano calurosamente cuando volvió
a meter la bolsita en el bolsillo, pues no sabía cómo
expresarle toda mi simpatía, y continuamos pase-
ando de arriba abajo en silencio durante algunos
minutos. La puerta se abrió entonces, y Peggotty
hizo señas a Ham para que entrara. Yo habría que-
rido quedarme fuera; pero Peggotty volvió a aso-
marse, rogándome que pasase. También me habría
gustado evitar la habitación donde estaban reuni-
dos; pero era aquella cocinita limpia que ya he
mencionado, cuya puerta daba directamente a la
calle, de modo que me encontré en medio del grupo
antes de saber dónde meterme.
La muchacha que había visto en la playa estaba
allí, al lado del fuego, sentada en el suelo, con la
cabeza y los brazos apoyados en una silla, que
Emily acababa de abandonar y sobre la cual había
tenido sin duda a la pobre abandonada apoyada
sobre sus rodillas. Apenas vi su rostro, pues tenía
los cabellos sueltos como si se hubiera despeinado
ella misma. Sin embargo, pude ver que era joven y
que tenía una voz hermosa. Peggotty había llorado,
y la pequeña Emily también. A nuestra llegada no
pronunciaron ni una palabra, y el tictac del viejo reloj
holandés parecía diez veces más fuerte que de
costumbre en aquel profundo silencio.
Emily habló la primera.
-Martha querría ir a Londres, Ham.
-¿,Por qué a Londres? -respondió Ham.
Estaba de pie entre ellas y miraba a la joven post-
rada en tierra con una mezcla de compasión y de
disgusto por verla en compañía de la que amaba
tanto. Siempre he recordado aquella mirada.
Hablaban bajo, como si se tratara de una enfer-
ma; pero se entendía claramente todo, aunque sus
voces eran sólo un murmullo.
-Allí estaré mejor que aquí -dijo en voz alta
Martha, que seguía en el suelo-. Nadie me conoce;
mientras que aquí todo el mundo sabe quién soy.
-¿Y qué va a hacer allí? -preguntó Ham.
Martha se levantó, le miró un momento de un mo-
do sombrío; después, bajando la cabeza de nuevo,
se pasó el brazo derecho alrededor del cuello con
una viva expresión de dolor.
-Tratará de portarse bien -dijo la pequeña Emily-.
No sabes todo lo que nos ha contado. ¿Verdad tía
que no pueden saberlo?
Peggotty sacudió la cabeza con compasión.
-Sí; lo intentaré -dijo Martha- si ustedes me ayu-
dan a marcharme. Peor que aquí no podré ser.
Quizá sea mejor. ¡Oh -dijo con un estremecimiento
de terror-, arrancadme de estas calles, donde todo
el mundo me conoce desde la infancia!
Emily extendió la mano, y vi que Ham ponía en
ella una bolsita. Ella la cogió, creyendo que era su
bolsa, y dio un paso; después, dándose cuenta de
su error, volvió hacia él (que se había retirado hacia
mí) enseñándole lo que le acababa de dar.
-Es tuyo, Emily -le dijo-. Yo no tengo nada en el
mundo que no sea tuyo, querida mía, y para mí no
hay placer más que en ti.
Los ojos de Emily volvieron a llenarse de lágri-
mas; después se acercó a Martha. No sé lo que le
dio. La vi inclinarse hacia ella y ponerle dinero en el
delantal. Pronunció algunas palabras en voz baja,
preguntándole si sería suficiente. «Más que sufi-
ciente», dijo la otra, y cogiéndole la mano se la
besó.
Después, envolviéndose en su chal, ocultó el ros-
tro en él y se acercó a la puerta llorando ardientes
lágrimas. Se detuvo un momento antes de salir,
como si quisiera decir algo; pero no dijo nada, y
salió lanzando un gemido sordo y doloroso.
Cuando la puerta se cerró, la pequeña Emily nos
miró a todos, después ocultó la cabeza entre las
manos y se puso a sollozar.
-Vamos, Emily -dijo Ham dándole con dulzura en
el hombro-, vamos; no llores así.
-¡Oh! --exclamó ella con los ojos llenos de lágri-
mas-; no soy todo lo buena que debía ser, Ham; no
soy todo lo agradecida que debía.
-Sí que lo eres -dijo Ham-; estoy seguro.
-No -contestó la pequeña Emily sollozando y sa-
cudiendo la cabeza-; no soy tan buena como debi-
era, ni mucho menos, ¡ni mucho menos!
Y seguía llorando como si su corazón fuera a
romperse.
-Abuso demasiado de tu amor, lo sé; te llevo la
contraria; soy desigual contigo. ¡Cuando debía ser
tan distinta! ¡No serías tú quien se portara así con-
migo! ¿Por qué soy mala entonces, cuando sólo
debía pensar en demostrarte mi agradecimiento y
en tratar de hacerte dichoso?
-Me haces completamente dichoso -dijo Ham-.
¡Soy tan dichoso cuando te veo, querida mía! Y
también soy feliz todo el día pensando en ti.
-¡Ah! ¡Eso no es bastante! -exclamó ella-, pues
eso proviene de tu bondad y no de la mía. ¡Oh!
Habrías podido ser mucho más feliz, Ham, querien-
do a otra muchacha, a una criatura más sensata y
más digna de ti, a una mujer que fuera tuya por
completo, y no vana y caprichosa como yo.
-¡Pobre corazoncito! --dijo Ham en voz baja-.
Martha la ha trastornado por completo.
-Te lo ruego, tía -balbució Emily-; ven aquí para
que apoye mi cabeza en tu hombro. Soy muy des-
graciada esta noche, tía; me doy cuenta muy bien
de que no soy todo lo buena que debiera ser.
Peggotty se había apresurado a sentarse al lado
del fuego. Emily, de rodillas a su lado, con los bra-
zos alrededor de su cuello, la miraba suplicante.
-¡Oh, te lo ruego, tía, ayúdame! ¡Ham, amigo mío,
trata también de ayudarme tú! ¡Señorito Davy, por el
recuerdo del tiempo pasado, ayúdeme también!
Quiero ser mejor de lo que soy. Quiero sentirme mil
veces más agradecida. Querría recordar a todas
horas la felicidad de ser la mujer de un hombre tan
bueno y de poder llevar una vida tranquila. ¡Ay de
mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi corazón! ¡Ay de mi co-
razón!
Ocultó la cabeza en el pecho de mi antigua niñera
y, cesando en sus súplicas que, en su angustia,
eran a la vez de mujer y de niña, como toda su per-
sona, como el carácter mismo de su belleza, conti-
nuó llorando en silencio, mientras Peggotty la tran-
quilizaba como a un niño que llora.
Poco a poco se fue normalizando y pudimos con-
solarla hablándole al principio, dándole valor des-
pués, para terminar con un poco de broma. Emily
empezó por levantar la cabeza y hablar también;
después llegó a sonreír, y después a reír y, por fin,
a sentirse un poco avergonzada; entonces Peggotty
arregló sus bucles revueltos y le enjugó los ojos por
temor a que su tío, al verla entrar, preguntase por
qué había llorado su niña querida.
Aquella noche la vi hacer lo que no la había visto
hacer nunca. La vi besar a su prometido en la meji-
lla y, después, estrecharse contra aquel tronco ro-
busto, como buscando su más seguro apoyo.
Cuando se alejaban, yo los miraba a la claridad de
la luna, comparando en mi espíritu esta partida con
la de Martha, y vi que Emily le tenía agarrado el
brazo con las dos manos y seguía estrechamente
unida a él.
CAPÍTULO III
CORROBORO LA OPINIÓN DE MÍSTER DICK
Y ME DECIDO POR UNA PROFESIÓN
A la mañana siguiente, cuando me desperté,
pensé mucho en la pequeña Emily y en su emoción
de la noche anterior después de la partida de
Martha. Me parecía que, al haber sido testigo de
aquellas debilidades y ternuras de familia, había
entrado en una confidencia sagrada y no tenía de-
recho a revelarla ni aun a Steerforth. Por ninguna
criatura del mundo experimentaba un sentimiento
más dulce que el que me inspiraba la preciosa cria-
turita que había sido la compañera de mis juegos y
a quien había amado tan tiernamente entonces,
como estaba y estaré convencido hasta mi muerte.
Me habría parecido indigno de mí mismo, indigno de
la aureola de nuestra pureza infantil, que yo veía
siempre alrededor de su cabeza, el repetir a los
oídos de Steerforth lo que ella no había podido ca-
llar en el momento en que un incidente inesperado
la había forzado a abrir su alma delante de mí.
Tomé, pues, la decisión de guardar en el fondo del
corazón aquel secreto, que daba -según me parec-
ía- una gracia nueva a su imagen.
Durante el desayuno me entregaron una carta de
mi tía. Como trataba de una cuestión sobre la que
pensaba que los consejos de Steerforth valdrían
tanto más que los de cualquiera otro, decidí discutir-
lo con él durante nuestro viaje, radiante de poder
consultarle. Por el momento teníamos bastante con
despedirnos de todos nuestros amigos. Barkis no
era el que menos sentía nuestra partida, y yo creo
que de buena gana habría abierto de nuevo su cofre
y sacrificado otra moneda de oro si hubiéramos
querido a ese precio permanecer dos días más en
Yarmouth. Peggotty y toda su familia estaban des-
esperados. La casa entera de Omer y Joram salió a
decimos adiós, y Steerforth se vio rodeado de tal
multitud de pescadores en el momento en que
nuestras maletas tomaron el camino de la diligencia,
que si hubiéramos poseído el equipaje de un regi-
miento los mozos voluntarios no habrían faltado
para transportarlo. En una palabra, nos fuimos
llevándonos el sentimiento y el afecto de todos los
conocidos y dejando tras de nosotros no sé cuántas
personas afligidas.
-¿Va usted a permanecer mucho tiempo aquí, Lit-
timer? -le dije mientras esperaba a que partiese la
diligencia.
-No, señor -repuso-; probablemente no estaré
mucho tiempo.
-Por el momento no lo sabe -dijo Steerforth en to-
no indiferente-; sólo sabe lo que tiene que hacer, y
lo hará.
-Estoy seguro -le respondí.
Littimer acercó la mano a su sombrero para dar-
me las gracias por mi buena opinión, y en aquel
momento me pareció que yo no tenía más de ocho
años. Nos saludó de nuevo deseándonos un buen
viaje, y le dejamos allí en medio de la calle, a aquel
hombre respetable y tan misterioso como una pirá-
mide de Egipto.
Durante un rato permanecimos sin decir nada,
pues Steerforth estaba sumido en un silencio des-
acostumbrado, y yo me preguntaba cuándo volvería
a ver todos aquellos lugares testigos de mi infancia,
y qué cambios tendríamos que sufrir en el intervalo
ellos y yo. Por fin, Steerforth, recobrando de pronto
su alegría y animación -gracias a la facultad que
poseía de cambiar de tono a capricho-, me tiró de la
manga.
-Y bien, ¿no me cuentas nada, Davy? ¿Qué decía
esa carta de que me hablabas en el desayuno?
-¡Oh! -dije sacándola del bolsillo-. Es de mi tía.
-¿Y te dice algo interesante?
-Me recuerda que he emprendido esta excursión
con objeto de ver mundo y de reflexionar.
-Y supongo que no habrás dejado de hacerlo.
-Me veo obligado a confesarte que, a decir ver-
dad, no me he acordado mucho; es más, tengo
miedo de haberlo olvidado por completo.
-Pues bien; mira a tu alrededor ahora -dijo Steer-
forth- y repara tu negligencia. Mira hacia la derecha,
y verás un país llano y bastante pantanoso; mira
hacia la izquierda, y verás otro tanto, y hacia delan-
te, y no hay diferencia, lo mismo que hacia atrás.
Me eché a reír diciéndole que no descubría profe-
sión adecuada para mí en el paisaje, lo que quizá
era debido a su monotonía.
-¿Y qué dice tu tía del asunto? -preguntó Steer-
forth mirando la carta que tenía en la mano, ¿Te
sugiere alguna idea?
-Sí -respondí-. Me pregunta si me gustaría ser
procurador del Tribunal de Doctores. ¿Qué te pare-
ce?
-No sé --dijo Steerforth con tranquilidad, Me pare-
ce que igual puedes hacerte procurador que otra
cosa cualquiera.
No pude por menos de reírme al oírle poner todas
las profesiones al mismo nivel, y le demostré mi
sorpresa.
-¿Y qué es un procurador, Steerforth? -añadí.
-Es una especie de curial -replicó Steerforth- que
actúa en el anticuado Tribunal de Doctores, en un
rincón abandonado cerca del cementerio de Saint
Paul, donde vienen a ser lo que los procuradores en
los Tribunales de justicia. Es un funcionario cuya
existencia, según el curso natural de las cosas,
debía haber desaparecido hace más de doscientos
años; pero voy a hacértelo comprender mejor ex-
plicándote lo que es el Tribunal de Doctores. Es un
lugar retirado, donde se aplica lo que se llama la ley
eclesiástica y donde se hacen toda clase de tram-
pas con los antiguos monstruos de actas del Parla-
mento, de los que la mitad del mundo ignora la exis-
tencia y el resto supone que están ya en estado fósil
desde los tiempos del rey Eduardo. Este Tribunal
goza de un antiguo monopolio para las causas rela-
tivas a testamentos, a contratos matrimoniales y a
las discusiones que surgen en las cuestiones de la
Marina.
-Vamos, Steerforth -exclamé-, no querrás hacer-
me creer que hay la menor relación entre los asun-
tos de la Iglesia y los de la Marina.
-No tengo esa pretensión, Florecilla; sólo quiero
decirte que tanto una cosa como otra se tratan y se
juzgan por las mismas personas y en el mismo Tri-
bunal. Vas un día, y les oyes emplear todos los
términos de marina del diccionario de Yung a
propósito de «La Nancy, que ha echado a pique a la
Sarah Jane», o a propósito de « míster Peggotty y
los pescadores de Yarmouth, que durante una ga-
lerna han lanzado un áncora o un cable al Nelson,
de la India, en peligro», y si vuelves algunos días
después estarán examinando los testimonios en pro
y en contra de un eclesiástico que se ha portado
mal, y te darás cuenta de que el juez del proceso
marítimo es al mismo tiempo abogado de la causa
eclesiástica, y viceversa. Son como los actores, que
hoy hacen de jueces y mañana no; pasan de un
papel a otro, cambiando sin cesar; pero siempre es
un asunto muy lucrativo el de esta comedia de so-
ciedad representada ante un público extraordinaria-
mente elegido.
-Pero los abogados y los procuradores, ¿no son la
misma cosa? -pregunté confuso.
-No -replicó Steerforth-, porque los abogados son
hombres que han tenido que doctorarse en la Uni-
versidad; esa es la causa de que yo esté algo ente-
rado. Los abogados emplean a los procuradores;
reciben en común buenos honorarios y se dan allí
una vidita muy agradable. En resumen, Davy, te
aconsejo que no desprecies el Tribunal de Docto-
res. Además, te diré, por si puede halagarte, que
presumen de ejercer una profesión de lo más distin-
guida.
Descontando la ligereza con que Steerforth trata-
ba el asunto y reflexionando en la antigua importan-
cia que yo asociaba en mi espíritu con el viejo rin-
concito cercano al cementerio de Saint Paul, me
sentí bastante dispuesto a aceptar la proposición de
mi tía, sobre la que me dejaba en absoluta libertad,
diciéndome con toda franqueza que se le había
ocurrido yendo a ver últimamente a su procurador al
Tribunal para arreglar su testamento a mi favor.
-Eso sí que es digno de alabanza por parte de tu
tía -dijo Steerforth cuando le comuniqué aquella
circunstancia- y merece alientos. Florecilla, mi opi-
nion es que no desdeñes su idea.
También fue lo que yo decidí. Le dije a Steerforth
que mi tía me esperaba en Londres. Había tomado
habitaciones para una semana en un hotel muy
tranquilo de los alrededores de Lincoln's Inn Fields,
decidiéndose por aquella casa en vista de que tenía
una escalera de piedra y una puerta que daba al
tejado; pues mi tía estaba convencida de que no
había precaución inútil en Londres, donde todas las
casas debían incendiarse por la noche.
Terminamos el viaje insistiendo de vez en cuando
sobre la cuestión del Tribunal de Doctores y pen-
sando en los tiempos lejanos en los que yo quería
ser procurador; perspectiva que Steerforth presen-
taba bajo una infinidad de aspectos a cual más gro-
tescos, que nos hacían llorar de risa. Cuando lle-
gamos al término de nuestro viaje, él se dirigió a su
casa, prometiéndome una visita a los dos días, y yo
me encaminé a Lincoln's Inn Fields, donde encontré
a mi tía todavía levantada y esperándome para ce-
nar.
Si hubiera dado la vuelta al mundo desde que nos
separamos, creo que no nos habríamos sentido
más dichosos al volvemos a ver. Mi tía lloraba de
todo corazón abrazándome, y me dijo, haciendo
como que reía, que si mi pobre madre estuviera
todavía en el mundo no dudaba de que la pequeña
inocente habría vertido lágrimas.
-Y ¿ha abandonado usted a míster Dick, tía -le
pregunté-. ¡Cuánto lo siento! ¡Ah Janet! ¿Cómo está
usted?
Mientras que Janet me hacía una reverencia y me
preguntaba por mi salud, observé que el rostro de
mi tía se ensombrecía considerablemente.
-Yo también lo siento -dijo mi tía frotándose la na-
riz-, y no tengo un momento de reposo desde que
estoy aquí, Trot.
Antes de que pudiera preguntar la razón, me la
dijo.
-Estoy convencida -dijo apoyando su mano enci-
ma de la mesa con una fuerza melancólica-; estoy
convencida de que el carácter de Dick no es bastan-
te enérgico para expulsar a los asnos. Decidida-
mente, le falta energía. Debí dejar a Janet en su
lugar; habría estado más tranquila. Hoy mismo,
estoy segura que si alguna vez ha pasado un asno
por mi césped ha sido esta tarde a las cuatro –
continuo vivamente-, pues he sentido un estreme-
cimiento de la cabeza a los pies, y estoy segura de
que era un asno.
Traté de consolarla, pero rechazaba todo consue-
lo.
-Estoy segura de que era un asno, y además ese
asno inglés que montaba la hermana de aquel Mur-
derin el día que vino a casa (desde entonces, en
efecto, mi tía no llamaba de otro modo a miss
Mourdstone), y si hay un asno en Dover cuya auda-
cia me sea insoportable -continuó dando un pu-
ñetazo en la mesa-, es ese animal.
Janet sugirió que quizá hacía mal mi tía pre-
ocupándose, pues creía que el burro en cuestión
estaba por el momento ocupado en transportar are-
na, lo que no le dejaría tiempo para it a cometer
delitos en su pradera. Pero mi tía no quería conven-
cerse.
Nos sirvieron una buena cena, calentita, a pesar
de lo lejos que estaba la cocina de las habitaciones
de mi tía, situada en el último piso. Si la había es-
cogido así para mayor seguridad de su dinero o por
estar cerca de la puerta del tejado, no lo sé. La co-
mida se componía de pollo asado, rosbif y le-
gumbres; todo excelente, y le hice honor. Mi tía, que
tenía sus prejuicios sobre los comestibles de Lon-
dres, no comía apenas.
-Apuesto cualquier cosa a que este pollo ha sido
criado en una cueva, donde habrá nacido -dijo mi
tía-, y que no ha tomado el aire más que en el mer-
cado después de muerto. La carne supongo que
será de buey, pero no estoy segura. Aquí no se
encuentra nada natural más que el lodo.
-¿Y no cree usted que este pollo pueda haber ve-
nido del campo, tía?
-Seguramente no -replicó mi tía- Para los comer-
ciantes de Londres sería un disgusto vender algo
bajo su verdadero nombre.
No traté de contradecir aquella opinión, pero comí
con buen apetito, lo que le satisfacía plenamente.
Cuando quitaron la mesa, Janet peinó a mi tía, la
ayudó a ponerse su cofia de dormir, que era más
elegante que de costumbre (por si había fuego),
según decía. Después se remangó un poco la falda
para calentarse los pies antes de acostarse, y yo le
preparé -siguiendo las reglas establecidas, de las
que jamás, bajo ningún pretexto, había que alejarse
-un vaso de vino blanco caliente mezclado con
agua, y le corté en tiras largas y delgadas pan para
tostar. Nos dejaron solos para terminar la velada. Mi
tía estaba sentada frente a mí y bebía su agua con
vino, mojando una después de otra sus tostadas
antes de comérselas, y mirándome con ternura
desde el fondo de los adornos de su cofia de dormir.
-Y bien, Trot -me dijo-, ¿has pensado en mi pro-
posición de hacerte procurador, o todavía no has
tenido tiempo?
-He pensado mucho, tía, y he hablado mucho de
ello con Steerforth. Me encanta la idea.
-Vamos -dijo mi tía-, me alegro mucho.
-Sólo veo una dificultad, tía.
-¿Cuál, Trot?
-Quería preguntarle si mi admisión en el Tribunal
de Doctores, que según creo se compone de un
número muy limitado de miembros, no será exage-
radamente cara.
-Sí es muy caro. Para que te hagas una idea son
mil libras justas.
-¿Ve usted, tía? Eso es lo que me preocupaba
-dije acercándome a ella- ¡Es una suma considera-
ble! Ha gastado usted ya mucho en mi educación, y
ha sido en todo igual de generosa. Nada puede dar
idea de su bondad conmigo. Pero seguramente hay
carreras a las que me podría dedicar, sin gastar
apenas, por decirlo así, y teniendo al mismo tiempo
esperanzas de éxito por medio del trabajo y la per-
severancia. ¿Está usted segura de que no sería
mejor intentarlo? ¿Está usted segura de poder
hacer todavía ese sacrificio y de que no sería mejor
evitarlo? Solamente le pido que lo piense.
Mi tía terminó sus tostadas, mirándome a la cara,
y después depositó su vaso sobre la chimenea, y
apoyando sus manos cruzadas sobre la falda me
contestó lo siguiente:
-Trot, hijo mío; yo tengo un solo objetivo en la vi-
da, y es hacer de ti un hombre bueno, sensible y
dichoso. A ello me dedico, lo mismo que Dick. Yo
querría que algunas personas oyeran las conversa-
ciones de Dick sobre ese asunto. Su sagacidad es
sorprendente; nadie conoce los recursos de la inte-
ligencia de ese hombre más que yo.
Se detuvo un momento, y cogiendo mi mano entre
las suyas, continuó:
-Es en vano, Trot, recordar el pasado, a menos
que influya algo en el presente. Yo quizás podía
haberme portado mejor con tu pobre padre. Quizá
podía haber sido mejor amiga de aquella pobre niña
que era tu madre, aun después de haberme defrau-
dado con tu hermana Betsey Trotwood. Cuando
llegaste a mí, pobre chiquillo errante, cubierto de
polvo y agotado, quizá lo pensé así. Desde enton-
ces hasta ahora, Trot, tú has sido para mí un motivo
de orgullo, satisfacciones, cariño. Nadie más que tú
tiene derecho sobre mi fortuna, es decir... (aquí, con
gran sorpresa mía, dudó y pareció confusa...) no;
nadie más tiene derecho sobre mi fortuna, pues tú
eres mi hijo adoptivo. Únicamente te pido que tam-
bién seas tú para mí un hijo cariñoso y que soportes
mis extravagancias y caprichos; de ese modo harás
más por esta pobre vieja -cuya juventud no ha sido
lo feliz que hubiera debido ser- de lo que ella haya
podido hacer por ti.
Era la primera vez que oía a mi tía referirse a su
vida pasada. Y había tanta nobleza en el tono tran-
quilo con que lo hacía y en no explayarse, que au-
mentaba mi respeto y cariño por ella, si es que eso
era posible.
-Ahora ya estamos de acuerdo, Trot -dijo mi tía-, y
no necesitamos volver a hablar de ello. Dame un
beso, y mañana, después de almorzar, iremos al
Tribunal de Doctores.
Todavía permanecimos largo rato charlando de-
lante del fuego antes de acostarnos. Me retiré a una
habitación contigua a la de mi tía, quien no me dejó
dormir en toda la noche llamando a mi puerta en
cuanto le preocupaba el ruido distante de coches y
carros, para preguntarme si no oía a las bombas de
incendios. Cuando amanecía consiguió dormir me-
jor y me permitió a mí hacerlo también.
A eso de las doce nos dirigimos a las Oficinas de
los señores Spenlow y Jorkins. Mi tía, que también
pensaba que en Londres todo hombre que veía era
un ratero, me dio su portamonedas para que se lo
llevara, y vi que llevaba en él diez guineas y algo de
plata.
Nos detuvimos ante la tienda de juguetes de Fleet
Street para mirar los gigantes de Saint Dunstan
tocando las campanas (habíamos calculado el tiem-
po para llegar a verlos a las doce en punto), y des-
pués nos dirigimos a Ludgate Hill y al cementerio de
Saint Paul. Cuando llegábamos al primero de estos
sitios observé que mi tía aceleraba el paso y parec-
ía asustada.
Al mismo tiempo me di cuenta de que un hombre
de mal aspecto, que se había parado para mirarnos
al pasar un momento antes, nos seguía tan de cer-
ca que rozaba el traje de mi tía.
-¡Trot, mi querido Trot! -exclamó mi tía en un
murmullo de terror y apretándome el brazo-. ¡No sé
qué hacer!
-No se asuste, tía; no merece la pena que se
asuste. Entre en una tienda, y yo me encargo de
ese individuo.
-No no, hijo mío -repuso ella-, no le hables por
nada del mundo. Te lo pido, te lo ordeno.
-Por Dios, tía -dije yo-, si no es más que un men-
digo descarado.
-Tú no sabes lo que es -replicó mi tía-. Tú no sa-
bes quién es. ¡No sabes lo que tu dices!
Mientras sucedía esto nos habíamos detenido en
un portal, y el hombre se había detenido también.
-¡No le mires! -dijo mi tía, pues yo volvía la cabeza
con indignación-. Búscame un coche, hijo mío, y
espérame en el cementerio de Saint Paul.
-¿Esperarla? -repetí.
-Sí -insistió mi tía- Yo ahora tengo que irme; tengo
que irme con él.
-¿Con quién, tía? ¿Con ese hombre?
-No estoy loca, y te digo que debo hacerlo.
Búscame un coche.
A pesar de lo sorprendido que estaba, me daba
cuenta de que no tenía derecho a negarme a lo que
tan perentoriamente me ordenaba. Di con precipita-
ción varios pasos y llamé a un coche que pasaba.
Apenas había bajado el estribo, cuando mi tía ya
estaba dentro y el hombre la siguió. Ella me hizo
seña con la mano de que me alejara, con tal serie-
dad, que, a pesar de mi confusión, me alejé de ellos
al momento. Mientras lo hacía la oí decir al cochero:
«A cualquier sitio, siga adelante». Un momento
después el coche pasaba por mi lado.
Lo que mister Dick me había contado y que yo
había supuesto serían fantasías de las suyas me
vino a la memoria. No cabía duda; aquél era el
hombre de quien me había hablado tan misteriosa-
mente, aunque la naturaleza de sus derechos sobre
mi tía no los podia imaginar. Después de esperar
media hora en el cementerio, vi llegar el coche. El
cochero paró delante de mí. Mi tía estaba sola.
Todavía no se había repuesto lo bastante de su
emoción para presentarse donde nos dirigíamos;
así es que me hizo subir con ella al coche, orde-
nando al conductor que diera una vuelta despacio.
Únicamente me dijo:
-Hijo mío, no me preguntes nunca nada ni hagas
referencia a esto.
Un momento después había recobrado todo su
aplomo y me dijo que ya estaba repuesta por com-
pleto y podíamos despedir el coche. Al pagar al
cochero vi que todas las guineas habían desapare-
cido y que sólo quedaba la plata.
Se entra en el edificio del Tribunal de Doctores
por un arco pequeño y bajo. Apenas habíamos dado
algunos pasos por su recinto cuando el ruido de la
ciudad se apagaba ya en la lejanía, como por en-
canto; los patios oscuros y tristes, las galerías es-
trechas, nos llevaron pronto a las oficinas de Spen-
low y Jorkins, que recibían la luz Genital. En el
vestíbulo de aquel templo, en el que los peregrinos
podían penetrar sin cumplir la ceremonia de llamar
a la puerta, había dos o tres escribientes trabajan-
do. Uno de ellos, un hombrecito seco, que estaba
sentado solo en un rincón, llevaba peluca y parecía
estar hecho de pan moreno, se levantó para recibir
a mi tía y nos introdujo en el despacho de mister
Spenlow.
-Mister Spenlow está en el Tribunal, señora -dijo
el hombrecito-; pero voy a mandar a buscarle al
momento.
Nos quedamos solos, y aproveché la oportunidad
para mirarlo todo. La habitación estaba amueblada
a la antigua, y todo estaba lleno de polvo; el tapete
verde de la mesa había perdido el color y estaba
arrugado y pálido como un mendigo viejo. La tenían
llena de una cantidad enorme de carpetas. En el
dorso de unas ponía: «Alegaciones» ; en otra, con
gran sorpresa mía, lei: «Libelos»; unos eran para el
Tribunal del Consistorio; otros, para el de los Arcos,
y otros, para el de Prerrogativas. También los había
para el del Almirantazgo y para la Cámara de Dipu-
tados. Y yo pensaba cuántos Tribunales serían en-
tre todos, y cuánto tiempo haría falta para entender-
los. Había también gruesos volúmenes manuscritos
de «Declaraciones» , sólidamente encuadernados y
atados juntos por series enormes. Una serie para
cada causa, como si cada causa fuera una historia
en diez o veinte volúmenes. Todo aquello debía de
ocasionar muchos gastos, y me dio una agradable
idea de lo que ganarían los procuradores. Paseaba
mi vista con creciente complacencia por todos aque-
llos objetos y otros semejantes, cuando se oyeron
pasos rápidos en la habitación de al lado, y mister
Spenlow, con traje negro guarnecido de pieles blan-
cas, entró rápidamente, quitándose el sombrero.
Era un hombre pequeño y rubio, con unas botas
de un brillo irreprochable, una corbata blanca y un
cuello muy duro. Llevaba el traje abrochado hasta la
barbilla, muy ceñido el talle, y parecía que debía de
haberle costado mucho trabajo el rizado de las pati-
llas, que también era impecable. Su cadena de reloj
era tan maciza, que se me ocurrió pensar que para
sacarla del bolsillo necesitaría un brazo de oro tan
robusto como los que se ven en las muestras de los
batidores de oro. Estaba tan compuesto y tan esti-
rado, que apenas podía moverse, viéndose obliga-
do, cuando miraba los papeles de su pupitre
-después de sentado en su silla-, a mover todo el
cuerpo de un lado a otro como una marioneta.
Fui presentado al momento por mi tía, y me reci-
bió cortésmente. Me dijo:
-¿Así es, míster Copperfield, que desea usted en-
trar en nuestra profesión? El otro día, cuando tuve
el gusto de ver a miss Trotwood (con otra inclina-
ción de su cuerpo, actuando nuevamente como una
marioneta) le hablé casualmente de que había aquí
una vacante. Miss Trotwood fue lo bastante buena
para decirme que tenía un sobrino a quien no sabía
a qué dedicar. Este sobrino tengo ahora el placer
de... (otra inclinación).
Hice un saludo de agradecimiento, y dije que mi
tía me había hablado de aquella vacante y que,
como me parecía que había de gustarme mucho,
había aceptado inmediatamente la proposición. Sin
embargo, no podía comprometerme formalmente
sin conocer mejor el asunto, y, aunque no fuese
más que por asegurarme, me gustaría tener la oca-
sión de probar para ver si me gustaba como creía
antes de comprometerme irrevocablemente.
-¡Oh, sin duda, sin duda! -dijo míster Spenlow-.
Nosotros, en esta casa, siempre proponemos un
mes de prueba. Y yo, por mi parte, tendría mucho
gusto en proponerle dos o tres, o un plazo indefini-
do; pero como tengo un socio, míster Jorkins...
-Y la prima, caballero -repuse-, ¿es de mil libras?
-La prima, incluido su registro, es de mil libras
-dijo míster Spenlow-. Como ya le he dicho a miss
Trotwood, no obro por consideraciones mercena-
rias; creo que habrá pocos hombres más desintere-
sados que yo; pero míster Jorkins tiene sus opinio-
nes sobre estos asuntos, y yo estoy obligado a res-
petarlas. En una palabra, míster Jorkins opina que
mil libras no es mucho.
-Supongo, caballero -dije todavía, deseoso de
salvar el dinero de mi tía-, que cuando un empleado
se haga muy útil y esté completamente al corriente
de su profesión (no pude por menos de enrojecer,
parecía que aquello era elogiarme a mí mismo),
supongo que entonces quizá sea costumbre conce-
der algún...
Míster Spenlow, con un gran esfuerzo, consiguió
sacar su cabeza del cuello de la camisa lo bastante
para sacudirla y contestarme anticipándose a la
palabra «sueldo», que yo iba a decir.
-No. No sé lo que yo haría tocante a este punto,
míster Copperfield, si estuviera solo; pero míster
Jorkins es inconmovible.
Yo estaba muy asustado pensando en aquel terri-
ble Jorkins. Más adelante descubrí que era un hom-
bre dulce, algo aburrido y cuyo puesto en la asocia-
ción consistía en permanecer en segunda línea y en
prestar su nombre para que le presentaran como el
más endurecido y cruel de los hombres. Si alguno
de los empleados quería aumento de sueldo, míster
Jorkins no quería oír hablar de semejante proposi-
ción; si algún cliente tardaba en arreglar su cuenta,
míster Jorkins estaba decidido a hacérsela pagar, y
por penoso que pudiera ser y fuera aquello para los
sentimientos de míster Spenlow, míster Jorkins
hacía su gravamen. El corazón y la mano del buen
ángel de Spenlow siempre habrían estado abiertos
sin aquel demonio de Jorkins, que le retenía. Con-
forme he sido más viejo creo haber entendido que
otras muchas casas de comercio se rigen por el
principio de Spenlow Jorkins.
Quedamos de acuerdo en que empezaría mi mes
de ensayo tan pronto como quisiera, y que mi tía no
necesitaba seguir en Londres ni volver cuando expi-
rase el plazo, pues era fácil enviarle a firmar el con-
trato necesario. Después de arreglar eso, míster
Spenlow se ofreció a enseñarme el edificio para que
conociera los lugares. Como lo estaba deseando,
acepté y salimos dejando a mi tía, que no tenía ga-
nas -según dijo- de aventurarse por allí, pues, si no
me equivoco, tomaba todos los Tribunales judiciales
por otros tantos depósitos de pólvora, siempre a
punto de estallar. Míster Spenlow me condujo por
un patio adoquinado y rodeado de casas de ladrillo
de aspecto imponente que tenían inscritas encima
de sus puertas los nombres de los doctores; eran, al
parecer, la morada oficial de los abogados de los
cuales me había hablado Steerforth. De allí entra-
mos, a la izquierda, en una gran sala, bastante tris-
te, que me parecía una capilla. El fondo de aquella
habitación estaba separado del resto por una ba-
laustrada y allí, a cada lado de un estrado en forma
de herradura, vi, instalados en cómodas sillas, a
numerosos caballeros revestidos de rojo y con pelu-
cas grises: eran los doctores en cuestión. En el
centro de la herradura había un anciano sentado en
un estrado que parecía un púlpito. Si hubiera visto a
aquel señor en una jaula le habría tornado por un
búho; pero supe que era el juez presidente. En el
espacio libre del interior de la herradura, a nivel del
suelo, se veían muchos personajes del mismo ran-
go que mister Spenlow, vestidos como él, con trajes
negros guarnecidos de piel blanca; estaban senta-
dos alrededor de una gran mesa verde. Sus cuellos
eran por lo general muy tiesos, y su aspecto tam-
bién me lo pareció; pero no tardé en darme cuenta
de que respecto a eso no les hacía justicia, pues
dos o tres de ellos tuvieron que levantarse para
responder a las preguntas del dignatario que les
presidía, y no recuerdo haber visto nadie más
humilde en mi vida. El público estaba representado
por un chico con una bufanda y un hombre de raído
indumento que mordisqueaba a hurtadillas un men-
drugo de pan que sacaba de su bolsillo y se calen-
taba al lado de la estufa que había en el centro de la
sala. La tranquila languidez de aquel lugar no era
interrumpida más que por el chisporroteo del fuego
y por la voz de uno de los doctores, que vagaba con
pasos lentos a través de toda una biblioteca de
testimonios, y se detenía de vez en cuando en las
pequeñas hosterías de discusiones incidentales que
se encontraba al paso. En resumen, nunca me hab-
ía encontrado en una reunión de familia tan pacífica,
tan soñolienta, tan anticuada y tan amodorrante, y
sentí que el efecto que debía producir en todos los
que tomaban parte en ella debía de ser el de un
fuerte narcótico, excepto, quizá, en el demandante.
Satisfecho de la tranquilidad profunda de aquel
retiro, declaré a míster Spenlow que ya había visto
bastante por aqueIla vez y nos reunimos con mi tía,
con la cual pronto dejé las regiones del Tribunal de
Doctores. ¡Ah! ¡Qué joven me sentí al salir de allí,
cuando vi las señas que se hacían los empleados
señalándome unos a otros con sus plumas!
Llegamos a Lincoln's Inn Fields sin nuevas aven-
turas, excepto el encuentro con un asno engancha-
do al carrito de un vendedor, que trajo a la memoria
de mi tía dolorosos recuerdos. Una vez seguros en
casa tuvimos todavía una larga conversación sobre
mis proyectos de porvenir, y como sabía que ella
tenía ganas de volver a su casa y que, entre el fue-
go, los comestibles y los ladrones, no pasaba agra-
dablemente ni media hora en Londres, le pedí que
no se preocupara por mí y que me dejara desenvol-
verme solo.
-No creas que estoy en Londres desde hace ocho
días sin haberme ocupado de tu alojamiento; hay un
cuarto amueblado para alquilar en Adelphi que creo
puede convenirte por completo.
Después de este corto prefacio, sacó del bolsillo
un anuncio cuidadosamente recortado de un perió-
dico, en el que decía que se alquilaba en Bucking-
ham Street Adelphi un bonito piso de soltero, amue-
blado y con vistas al río, muy bien decorado y pro-
pio para residencia de un joven. Se podía tomar
posesión de él enseguida. Precio, moderado; se
alquilaba por meses.
-Es precisamente lo que necesito, tía --dije enro-
jeciendo de placer ante la sola idea de tener una
casa para mí solo.
-Entonces -dijo mi tía volviendo a ponerse el som-
brero, que se acababa de quitar-, vamos a verlo.
Salimos. El anuncio decía que había que dirigirse
a mistress Crupp, y llamamos a la campanilla de la
puerta de servicio suponiendo comunicaría con las
habitaciones de aquella señora. Sólo después de
llamar varias veces conseguimos persuadir a mis-
tress Crupp de que se pusiera en comunicación con
nosotros. Era una señora gruesa, con una falda de
franela de volantes debajo de un traje de nanquín.
-Deseamos ver las habitaciones que alquila usted,
señora --dijo mi tía.
-¿Para este caballero? --dijo mistress Crupp bus-
cando en su bolsillo las llaves.
-Sí; para mi sobrino --dijo mi tía.
-Me parece que va a ser precisamente lo que ne-
cesita --dijo mistress Crupp.
Subimos las escaleras; estaba situado en lo más
alto de la casa (punto muy importante para mi tía,
pues facilitaba la salida en caso de fuego) y consist-
ía en una habitacioncita oscura como vestíbulo,
donde difícilmente podía verse algo; en una antesa-
la completamente oscura, donde no se veía nada en
absoluto; en un gabinete y una alcoba. Los muebles
estaban bastante viejos, pero para mí eran buenos,
y el río pasaba por debajo de las ventanas.
Mientras yo lo miraba todo entusiasmado, mi tía y
mistress Crupp se retiraron a la antesala para discu-
tir las condiciones.
Yo me senté en el sofá del gabinete, no atrevién-
dome a creer que una residencia tan formal pudiera
ser para mí. Después de un singular combate de
bastante duración, aparecieron, y vi con alegría en
la fisonomía de ambas que era cosa hecha.
-¿Son los muebles del último huésped? -preguntó
mi tía.
-Sí señora -dijo mistress Crupp.
-¿Y qué ha sido de él? -preguntó mi tía.
Mistress Crupp fue presa de un golpe de tos vio-
lentísimo, en medio del cual contestó con dificultad:
-Cayó enfermo aquí, señora, y... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!
ha muerto.
-¡Ah! ¿Y de qué murió? -preguntó mi tía.
-Pues señora, ha muerto de tanto beber --dijo mis-
tress Crupp en tono confidencial- y de humo.
-¿De humo? ¿No será a causa de las chimeneas?
-dijo mi tía.
-No señora -repuso mistress Crupp-. Cigarros y
pipas.
-Por lo menos no es contagioso, Trot --observó mi
tía volviéndose hacia mí.
-No, por cierto --dije yo.
En resumen, mi tía, viendo lo encantado que yo
estaba con el piso, lo alquiló por un mes, con dere-
cho de conservarlo un año después del primer mes
de prueba.
Mistress Crupp tenía que ocuparse de mi ropa y
de la cocina; todas las demás necesidades de la
vida estaban ya en el piso, y aquella señora se
comprometió formalmente a sentir por mí la ternura
de una madre.
Debía entrar en posesión de la casa dos días
después, y mistress Crupp daba gracias al cielo por
haber encontrado alguien a quien prodigar sus cui-
dados.
Al volver al hotel, mi tía me dijo que contaba con
la vida que iba a llevar para darme firmeza y con-
fianza en mí mismo, que era lo único que me falta-
ba. Al día siguiente me repitió el mismo consejo
muchas veces mientras nos ocupábamos de que
nos enviaran mi ropa y mis libros, que estaban to-
davía en casa de míster Wickfield. Escribí una larga
carta a Agnes pidiéndoselos y al mismo tiempo le
contaba mis últimas vacaciones. Mi tía, que debía
partir al día siguiente, se encargó de mi carta. Para
no prolongar estos detalles, añadiré únicamente que
mi tía me proveyó de todas las necesidades que
podía tener y satisfacer en aquel mes de ensayo;
que Steerforth, con gran desilusión nuestra, no apa-
reció antes de su marcha; y que no la dejé hasta
verla instalada y segura en la diligencia de Dover
con Janet a su lado y gozando de antemano de las
victorias que iba a obtener sobre los asnos errantes.
Y después de la partida de la diligencia tomé el ca-
mino de Adelphi, recordando los tiempos en que
erraba por sus arcos subterráneos y pensando en
los felices cambios que me habían traído a la super-
ficie.

CAPÍTULO IV
MI PRIMER EXCESO
Era una cosa deliciosa el tener aquel distinguido
castillo para mí solo y sentirme, cuando cerraba la
puerta, como Robinson Crusoe cuando, después de
encerrarse en sus fortificaciones, retiraba la escala
tras de sí. Era una cosa deliciosa el pasear por la
ciudad con la llave de mi casa en el bolsillo y saber
que podía invitar a quien me pareciese, completa-
mente seguro de que no molestaba a nadie, de no
ser a mí mismo. Era una cosa deliciosa el salir y
entrar cuando me parecía, sin tener que dar cuentas
a nadie, y el tocar la campanilla para que mistress
Crupp subiera, toda sofocada, de las profundidades
de la tierra cuando la necesitaba (y cuando le daba
la gana subir). Todo esto, digo, me parecía la cosa
más encantadora; pero, debo decirlo también, había
veces en que me parecía triste.
Por las mañanas era delicioso, y sobre todo en las
mañanas hermosas. Con la luz del día me parecía
aquella una vida joven, libre y agradable, y todavía
más libre y mas joven si hacía sol; pero al declinar
la tarde la vida parecía bajar también. Yo no sé en
qué consistiría; pero perdía mucho de su belleza a
la luz de las velas. Entonces deseaba alguien con
quien hablar, echaba de menos a Agnes. Encontra-
ba un enorme vacío en la falta de la tranquila sonri-
sa de mi confidente. Mistress Crupp parecía que
estaba muy lejos. Pensaba en mi predecesor, que
había muerto de beber y fumar, y deseaba que
hubiese sido lo bastante consecuente como para
seguir viviendo en lugar de fastidiarme con su muer-
te.
Después de dos días con sus noches me parecía
como si hubiese vivido allí un año, y todavía no era
ni una hora más viejo, y seguía tan atormentado
como siempre por mi juventud.
Steerforth no aparecía, haciéndome temer que es-
taría enfermo, por lo que al tercer día abandoné el
Tribunal de Doctores más temprano para tomar el
camino de Hyghgate. Mistress Steerforth me recibió
con mucha bondad y me dijo que su hijo había ido
con un amigo de Oxford a visitar a otro amigo de los
dos que vivía cerca de Saint Albans, pero que le
esperaban al día siguiente. Le quería tanto, que me
sentí celoso de sus amigos de Oxford.
Me instó para que me quedara a comer; acepté, y
creo que no hablamos más que de él en todo el día.
Yo le contaba sus éxitos de Yarmouth, felicitándome
de lo buen compañero que había sido para mí. Miss
Dartle no escatimó las insinuaciones ni las pregun-
tas misteriosas; pero se tomaba el mayor interés por
todos nuestros hechos y gestos, y repetía tan a
menudo: «¿de verdad?»... «¿es posible?», que me
hizo contar todo lo que ella quería saber. No había
cambiado nada desde el día en que la conocí; sin
embargo, la reunión con aquellas dos señoras me
pareció tan agradable, encontré tanta amabilidad en
ellas, que vi el momento en que me iba a enamorar
un poco de miss Dartle. No pude por menos que
pensar muchas veces durante la velada, y sobre
todo al volver a casa por la noche, que sería una
compañera encantadora para llevarme a Bucking-
han Street.
Al día siguiente por la mañana estaba a punto de
tomar mi café antes de it al Tribunal de Doctores (y
puedo observar aquí que estaba pensando lo extra-
ordinaria que era la cantidad de café que mistress
Crupp compraba y lo claro que me lo hacía), cuando
Steerforth en persona entró, causándome la mayor
alegría.
-Mi querido Steerforth -exclamé-, empezaba a
creer que no iba a volver a verte nunca.
-Me arrebataron a la fuerza al día siguiente de mi
llegada a casa... Pero dime, Florecilla, ¡estás insta-
lado aquí como un viejo solterón!
Le enseñé toda la casa, sin olvidar la despensa,
con cierto orgullo, y no fue parco en alabanzas.
-¿Sabes lo que te digo, muchacho? -añadió- Que
voy a hacer de la tuya mi casa de la ciudad, a me-
nos que me pongas de patitas en la calle.
¡Qué agradable de oír era aquello! Le dije que si
esperaba eso podía esperar hasta el día del Juicio.
-Pero vas a tomar algo -añadí, alargando la mano
hacia la campanilla-. Mistress Crupp te hará café, y
yo te asaré unas tajadas de magro en un hornito de
Dutch que tengo aquí.
-No, no --dijo Steerforth-; no llames; no puedo,
tengo que almorzar con uno de esos muchachos
que está en el Hotel Piazza, en Covent Garden.
-Pero ¿vendrás a comer? -le dije.
-Por mi vida que no puedo. No hay nada que pu-
diera gustarme más; pero estoy comprometido con
esos dos muchachos, y mañana por la mañana
partimos los tres juntos.
-Entonces tráelos también a ellos a comer aquí
-repuse-. ¿Crees que no querrán venir?
-¡Oh! Ya lo creo que querrán, en cuanto se lo diga
-dijo Steerforth-; pero es mejor que vengas tú a
comer con nosotros a cualquier parte.
No quise consentir en ello de ninguna manera,
pues se me había metido en la cabeza que debía
celebrar la inauguración de mi casa, y me parecía
que no podía encontrar mejor oportunidad. Estaba
más orgulloso que nunca de mis habitaciones, des-
pués de la aprobación de Steerforth, y ardía en
deseos de demostrarle todos sus recursos. Por lo
tanto, le hice prometerme formalmente, en nombre
de sus dos amigos, que vendrían, y fijamos la hora
de la comida para las seis.
Cuando se marchó llamé a mistress Crupp y le
anuncié mi atrevido proyecto. Mistress Crupp me
dijo, en primer lugar, que, naturalmente, no esperar-
ía que ella nos sirviera la mesa, pero que conocía
un joven muy hábil, que quizá consintiera en servir
por cinco chelines y una pequeña gratificación ade-
más. Le respondí que, en efecto, necesitábamos a
aquel hombre. Después mistress Crupp añadió que
era evidente que ella no podía estar en dos sitios a
la vez (lo que me pareció razonable) y que una mu-
chacha, instalada en la despensa con una luz, era
indispensable para lavar sin parar los platos. Le
pregunté cuál podía ser el coste de los servicios de
aquella muchacha. Mistress Crupp suponía que
dieciocho peniques no me arruinarían. Yo también
lo suponía así, y fue otro punto decidido. Entonces
mistress Crupp dijo:
-Bueno; ahora vamos a ocuparnos del menú.
El albañil que había construido la chimenea de la
cocina de mistress Crupp había sido muy poco pre-
cavido y la había hecho de tal modo que no se pod-
ían guisar en ella más que chuletas y patatas.
En cuanto a una cazuela para el pescado, mis-
tress Crupp dijo que no tenía más que ir a mirar su
batería de cocina: no podía decirme más; ¡si quería,
no tenía más que ir a verla! Como no me habría
servido de nada el ir a verla, me negué diciendo:
-Nos podemos pasar sin pescado.
Pero mistress Crupp protestó:
-No diga usted eso; ahora hay ostras, y no hay
mas remedio que ponerlas.
-¡Vaya por las ostras!
Mistress Crupp me dijo entonces que su opinión
era hacer el menú del modo que sigue: Un par de
pollos asados .... que se traerían del mesón. Un
plato de carne con legumbres .... del mesón; dos
cosas ligeras, como una empanada caliente y una
fuente de riñones..., del mesón, y una tarta (si yo
quería) y un helado..., del mesón. Esto la dejaría en
completa libertad para concentrar su atención en las
patatas y para servir a punto, como deseaba, el
queso y el apio.
Acepté lo decidido por mistress Crupp, y yo mis-
mo di el encargo en el mesón. Después, bajando
por el Strand, observé en el escaparate de una car-
nicería un bloque de una sustancia dura que parec-
ía mármol, pero que se llamaba « falsa tortuga»;
entré y compré un trozo de ella, que después he
tenido razones para creer que era suficiente para
quince personas. Esto, mistress Crupp, al cabo de
muchas dificultades, consintió en calentarlo; pero
disminuyó tanto al hacerse líquido, que nos pareció,
como decía Steerforth, bastante escasito para noso-
tros cuatro. Terminados estos preparativos feliz-
mente compré un postrecito en el mercado de Co-
vent Garden a hice un encargo bastante considera-
ble en una tienda de vinos de la vecindad. Cuando
volví a casa por la tarde y vi las botellas alineadas
en escuadra en el suelo de la despensa, me pare-
cieron tantas (aunque se habían perdido dos, con
gran descontento de mistress Crupp) que me
asusté.
Uno de los amigos de Steerforth se llamaba
Grainger, y el otro, Markhan. Eran ambos muy ale-
gres y joviales; Grainger, algo mayor que Steerforth;
Markhan parecía más joven, no representaba más
de veinte años. Observé que este último hablaba
siempre de sí mismo como de «un hombre», y no
empleaba casi nunca la primera persona del singu-
lar.
-Uno podría vivir aquí muy bien, míster Copper-
field -dijo Markhan refiriéndose a sí mismo.
-No está mal situada -contesté-, y las habitaciones
son realmente cómodas.
-Espero que los dos traigáis apetito -dijo Steer-
forth.
-Por mi honor -replicó Markhan- debe de ser la
ciudad te que abre de este modo el apetito; se tiene
hambre todo el día, aunque se esté comiendo conti-
nuamente.
Sintiéndome algo intimidado y demasiado joven
para presidir, hice a Steerforth ponerse a la cabece-
ra de la mesa, cuando subieron la comida, y yo me
senté frente a él. Todo estaba muy bueno; no eco-
nomizamos el vino, y Steerforth estuvo tan brillante
para hacer que la cosa resultara bien, que nuestras
risas no tenían descanso, y fue una verdadera fies-
ta. Yo, durante la comida, no estuve todo lo agrada-
ble que habría deseado; pero mi silla estaba frente
a la puerta y me distraía viendo que el joven «hábil»
salía de la habitación muy a menudo, y un momento
después se proyectaba su sombra en la pared de la
antesala con una botella en la boca. También la
muchacha me ocasionó alguna inquietud; no tanto
porque se descuidara en el fregado de los platos,
sino porque los rompía. Se conoce que era muy
curiosa, y en lugar de encerrarse (como se le había
indicado expresamente) en la despensa, estaba
asomándose constantemente a vernos, y creyéndo-
se siempre descubierta, salía corriendo por encima
de los platos que iba dejando limpios en el suelo, y
aquellas retiradas eran desastrosas.
Esto, sin embargo, eran pequeñeces, que olvidé
fácilmente cuando, después de limpiar el mantel,
trajeron el postre; en aquel momento de la fiesta
nos dimos cuenta de que el joven « hábil» había
perdido el use de la palabra. Y dándole en secreto
el consejo de que fuera a buscar a mistress Crupp y
de que se llevara consigo a la muchacha, me aban-
doné por completo a la alegría.
Empecé por sentirme extrañamente alegre y de
buen humor; toda clase de cosas medio olvidadas
me vinieron a la imaginación, y hablé de ellas con
una verbosidad desacostumbrada. Reí con toda mi
alma de mis propios chistes y de los de los demás;
llamé a Steerforth al orden porque no hacía circular
el vino, y me comprometí a ir a Oxford; anuncié que
pensaba dar una comida exactamente como aquella
una vez por semana, y tomé tanto tabaco de la ta-
baquera de Grainger, que me vi obligado a retirarme
a la antesala para estornudar a mi gusto durante
diez minutos.
Continuaba haciendo circular el vino cada vez
más deprisa, descorchando botellas continuamente
y antes de que fuera necesario. Propuse brindar a la
salud de Steerforth. Dije que era mi más querido
amigo, el protector de mi infancia y el compañero de
mi juventud. Dije que estaba encantado de poder
brindar por su salud; dije que tenía con él más obli-
gaciones de las que podría nunca cumplir, y que
sentía una admiración que no podría expresar, y
terminé diciendo:
-A la salud de Steerforth, y que Dios le bendiga.
¡Viva!
Bebimos tres veces tres vasos, y después otra
vez, y después otra para terminar. Al dar la vuelta a
la mesa para it a estrecharle la mano, rompí mi vaso
y le dije (en dos palabras):
-Steerforth, tú eres la estrella que guías mi exis-
tencia.
Seguimos bebiendo, y de pronto me di cuenta de
que alguien estaba a la mitad de una canción: era
Markhan, que cantaba «cuando el corazón de un
hombre está deprimido por las preocupaciones » .
Cuando terminó de cantar, les propuso brindar por «
la mujer». No me gustó y no quise consentirlo; le
dije que no era respetuoso el brindis propuesto, y
que en mi casa yo no permitía que se brindara y
bebiera si no era «por las señoras». Estuve muy
arrogante con él, principalmente porque me pareció
que Steerforth y Grainger se reían de mí (o de él, o
de los dos). Él me contestó que un hombre no se
dejaba dar lecciones. Yo le dije que, en efecto, así
debía ser. Él repuso que un hombre no se dejaba
insultar, y yo le contesté que tenía razón, y que
nunca bajo mi techo podría temer semejante cosa,
pues allí los lares eran sagrados y las leyes de la
hospitalidad omnipotentes. Grainger contestó que
no era claudicación para la dignidad de su honor el
reconocer que yo era un muchacho encantador. Al
momento propuse beber a su salud.
Alguien fumaba, y todos nos pusimos a fumar; yo
también, a pesar de lo que me repugnaba. Steer-
forth había pronunciado un discurso en mi honor,
durante el cual me había conmovido casi hasta llo-
rar. Le respondí expresando el deseo de que la
presente sociedad comiera conmigo al día si-
guiente, y al otro, y todos los demás, a las cinco,
con objeto de gozar de su compañía y de su con-
versación toda la velada. Me sentí obligado a un
brindis individual, y propuse beber a la salud de mi
tía «miss Betsey Trotwood, el honor de su sexo».
Después, alguien se inclinaba por la ventana de
mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa contra las
piedras de la balaustrada, recibiendo el viento en el
rostro: era yo. Me dirigía a mí mismo, llamándome
Copperfield y me decía: « ¿Por qué has fumado?
Ya sabes que no puedes hacerlo». Después alguien
que no está muy seguro sobre sus piernas se mira
al espejo. También soy yo. Me encuentro muy páli-
do; con la mirada vaga y los cabellos (sólo los cabe-
llos) que parecen borrachos.
Alguien me dice: «Vamos al teatro, Copperfield».
Ya no veo la alcoba, sólo veo la mesa cubierta de
vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markhan
a mi izquierda, y Steerforth enfrente, todos sentados
como en una niebla lejana. « ¿Al teatro? ¡Sin duda!
¡Eso es! ¡Vamos! Dispensadme si salgo el último
para apagar la luz; no sea que cause un incendio.»
Sin duda a causa de alguna confusión en la oscu-
ridad, la puerta había desaparecido y yo la buscaba
en las cortinas de la ventana, cuando Steerforth,
riendo, me agarró de un brazo y me sacó fuera.
Bajamos las escaleras uno tras otro. Cerca del final,
alguien se cayó y rodó hasta el portal. Alguien dijo
que había sido Copperfield. Yo estaba indignado de
aquella falsa noticia, hasta el momento en que,
encontrándome en el suelo, empecé a creer que
quizá tenía algún fundamento aquella suposición.
Era una noche de niebla espesa, con grandes au-
reolas alrededor de los faroles de la calle. Oí decir
vagamente que llovía; pero a mí me parecía que
helaba. Steerforth me sacudió un poco debajo de un
farol, me puso el sombrero, que alguien había sa-
cado de no sé dónde ni cómo, pues antes no lo
tenía, y me preguntó: « ¿Cómo lo encuentras, Cop-
perfield?», y yo le respondí: « Mejor que nunca».
Un hombre embutido en una taquilla apareció tras
la niebla y recibió dinero de alguien, al mismo tiem-
po que preguntaba si habían pagado por mí; pareció
dudar (a lo que puedo recordar de aquel instante
rápido como un relámpago) si dejarme entrar o no, y
un momento después estábamos sentados en lo
alto de un teatro asfixiante. Nos asomamos al patio
de butacas, que parecía echar humo; la gente
amontonada allí se confundía a mis ojos. Había
también un gran escenario, que parecía muy limpio
y muy brillante cuando se venía de la calle, y
además había gente que se paseaba y hablaba en
él de algo, pero de una manera confusa. Había mu-
cha luz, música, señoras en los palcos, y no sé qué
más. Me parecía que todo el edificio tomaba una
lección de natación al ver las oscilaciones extrañas
con que todo se me escapaba cuando trataba de
fijar la vista.
Ante la proposición de alguien, decidimos bajar a
los primeros palcos, donde estaban las señoras. Vi
a un señor vestido de etiqueta echado en un diván
con los gemelos en la mano, y me vi también a mí
mismo de pie ante un espejo.
Me introdujeron en un palco, donde me di cuenta
de que hablaba mientras me sentaba, y que a mi
alrededor gritaban: «¡Silencio!» a alguien; vi que las
señoras me lanzaban miradas de indignación y...
¿qué?... ¡Sí!... Agnes, sentada delante de mí en el
mismo palco, al lado de un señor y de una señora
que yo no conocía. Ahora veo su rostro seguramen-
te mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse
hacia mí con una expresión inolvidable de asombro
y pena.
-¡Agnes! -dije temblando-. ¡Dios mío, Agnes!
-¡Chsss!, te lo ruego -me respondió sin que yo
pudiera comprender por qué- Molestas a la gente;
mira a la escena.
Traté, según me ordenaban, de ver y oír algo de
lo que sucedía; pero fue inútil. La miré de nuevo y la
vi ocultarse en un rincón y apoyar la frente en su
mano enguantada.
-Agnes -le dije-, me parece que no estás bien.
-Sí, sí; no te preocupes por mí, Trotwood -replicó
ella-; escúchame: ¿te vas a marchar pronto?
-¿Si me marcho pronto? -repetí.
-Sí.
Tuve la estúpida intención de contestar que la es-
peraría para darle el brazo en las escaleras, y su-
pongo que debí decirle algo, pues después de mi-
rarme atentamente un momento pareció compren-
der y replicó en voz baja:
-Sé que harás lo que te pida, si te digo que me in-
teresa mucho. Vete ahora mismo, Trotwood, por
cariño a mí; ruega a tus amigos que te acompañen
a tu casa.
Su presencia había producido ya bastante efecto
sobre mí para que me sintiera avergonzado a pesar
de mi cólera, y con un corto «buesches» (que quer-
ía decir buenas noches) me levanté y salí. Steer-
forth me siguió, y me pareció que no había dado
más que un paso desde la puerta del palco a la de
mi habitación, donde me encontré solo con él. Me
ayudó a desnudarme, mientras yo le decía, alterna-
tivamente, que Agnes era mi hermana y que le ro-
gaba que me trajera el sacacorchos para abrir otra
botella.
Alguien pasó la noche en mi cama diciendo y
haciendo sin cesar las mismas cosas, en un sueño
febril; la cama parecía un mar agitado, que no se
calmaba nunca. Después, cuando poco a poco fui
encontrándome a mí mismo, empecé a sentirme la
garganta seca, la piel ardorosa, y me parecía que
mi lengua era el fondo de un puchero vacío que se
estuviese calentando a fuego lento y que las palmas
de mis manos eran dos planchas de metal ardiendo
que ni el hielo podrían refrescar.
¡Qué agonía de espanto, qué remordimiento, qué
vergüenza sentí cuando recobré conciencia al día
siguiente! ¡Qué horror pensar las mil tonterías que
habría cometido sin darme cuenta y que ya no podr-
ía reparar nunca! ¡El recuerdo de aquella inolvidable
mirada de Agnes; la imposibilidad en que me en-
contraba de tener una explicación con ella, puesto
que ni siquiera sabía (era un animal) ni por qué
había venido a Londres ni dónde paraba; el asco
que me causaba la vista de la habitación en que
había tenido lugar el festín; el olor del tabaco; los
vasos todavía sucios; el dolor de cabeza que tenía,
que me impedía salir y casi levantarme! ¡Qué día!
Y ¡qué noche cuando, sentado al lado del fuego,
saboreando lentamente una taza de caldo de corde-
ro cubierta de grasa, pensaba que tomaba el mismo
camino que mi predecesor y que le sucedería en su
triste suerte igual que en su habitación! ¡Tenía mu-
chas ganas de irme corriendo a Dover con mi tía
para hacer confesión general!
¡Qué noche cuando mistress Crupp vino a llevar-
se la taza de caldo y me trajo, en un plato, un riñón,
un solo riñón, como único resto (según decía) del
festín de la víspera. Estuve a punto de caer sobre
su seno de nanquín y de exclamar en mi arrepenti-
miento sincero: «¡Oh mistress Crupp, mistress
Crupp; no me hable de los restos, que soy muy
desgraciado!».
Lo que únicamente me detuvo en aquel impulso
del corazón fue que no estaba muy seguro de que
mistress Crupp fuera precisamente la mujer en
quien poder depositar la confianza.
CAPÍTULO V
EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO
A la mañana siguiente de aquel deplorable día de
dolor de cabeza, de mareos y de arrepentimiento,
iba a salir, sin acordarme ya bien de la fecha del
festín, como si un escuadrón de titanes hubiera
lanzado la antevíspera en un pasado de muchos
meses, cuando vi a un muchacho que subía con
una carta en la mano. No se daba mucha prisa para
ejecutar su misión; pero cuando me vio mirarle des-
de lo alto de la escalera por encima de la barandilla
echó a correr y llegó a mi lado tan sofocado como si
llevara muchas horas sin parar.
-¿Míster T. Copperfield? -dijo tocándose el som-
brero.
Estaba tan emocionado por la convicción de que
aquella carta era de Agnes, que apenas podía con-
testar que era yo. Terminé, sin embargo, por decide
que yo era míster T. Copperfield, y no puso ninguna
dificultad en creerme.
-Aquí está la carta, y espero contestación.
Lo dejé en el descansillo de la escalera y cerré la
puerta al volver a entrar en casa; estaba tan con-
movido, que me vi obligado a dejar la carta encima
de la mesa al lado del desayuno para familiarizarme
un poco con la letra antes de decidirme a romper el
sobre.
A1 leerla vi que era una carta muy cariñosa y que
no hacía ninguna alusión al estado en que me había
encontrado la antevíspera en el teatro. Decía úni-
camente:

«Mi querido Trotwood:


»Estoy en casa del apoderado de
papá, míster Waterbrook, en
Ely-place, Holborn. ¿Puedes venir a
verme hoy? Estaré a la hora que
me digas.
»Siempre tu afectuosa, AGNES.»

Tardé tanto en escribir una respuesta que me sa-


tisficiera algo, que no sé lo que el muchacho creer-
ía. Estoy seguro de que hice lo menos media doce-
na de borradores: Uno empezaba: «¿Cómo puedo
esperar, mi querida Agnes, borrar nunca de tu me-
moria la impresión de asco...». Al llegar ahí no esta-
ba satisfecho y la rompí. Otra empezaba: «Ya Sha-
kespeare hizo la observación, mi querida Agnes, de
lo extraño que era que un hombre pueda meter a su
propio enemigo en su boca...» . Pero ese hombre
indefinido me recordó a Markhan, y no continué.
Traté de hacer hasta poesía. Empecé una de seis
sílabas: «¡Oh, no recordemos!» ...; pero aquello se
parecía al « 15 de noviembre», y me pareció un
absurdo. Después de muchas tentativas escribí:

«Mi querida Agnes:


Tu carta es como tú. ¿Qué más
puedo decir en su favor? Iré a las
cuatro. Con mucho cariño y arre-
pentimiento, T. C.»

Con esta misiva (que tan pronto como estuvo fue-


ra de mis manos deseé recobrarla) partió, por últi-
mo, el muchacho.
Si el día fuera la mitad de penoso para cualquiera
de los profesionales empleados en el Tribunal de
Doctores que lo fue para mí, creo sinceramente que
expiarían con crueldad la parte que les toca de
aquel viejo y rancio queso eclesiástico. Dejé la ofici-
na a las tres y media; algunos minutos después
vagaba por los alrededores de la casa de míster
Waterbrook. Sin embargo, la hora fijada para mi cita
había pasado hacía un cuarto de hora, según el
reloj de Saint Andrew Hilborn, antes de que yo
hubiera reunido el valor suficiente para llamar a la
campanilla particular, a la izquierda de la puerta de
míster Waterbrook.
Los negocios profesionales de míster Waterbrook
se hacían en el piso bajo, y los de un orden más
elevado (que eran muchos), en el primer piso. Me
hicieron entrar en un bonito salón, un poco ahoga-
do, donde encontré a Agnes haciendo punto.
Tenía una expresión tan serena y tan buena y me
recordó tan vivamente los días de fresca y dulce
inocencia que había pasado en Canterbury, en con-
traste con el miserable espectáculo de borrachera y
vicio que le había presentado yo la antevíspera que,
dejándome llevar de mi arrepentimiento y de mi
vergüenza, me porté como un niño. Sí; tengo que
confesarlo: me deshice en lágrimas, y todavía ahora
no sé si al fin y al cabo fue lo mejor que podía haber
hecho, o si me puse en ridículo.
-Si hubiera sido cualquier otra persona la que me
hubiese visto en aquel estado, Agnes -le dije, evi-
tando mirarla-, no estaría ni la mitad de afligido;
pero que fueras tú, ¡precisamente tú! ¡Ah! ¡Habría
preferido morirme!
Ella puso un instante su mano sobre mi brazo, y a
aquel contacto me sentí consolado y animado y no
pude por menos de llevar aquella mano a mis labios
y besarla con agradecimiento.
-Siéntate y no te desesperes -dijo Agnes en tono
cariñoso-. No te desesperes, Trotwood; si no pue-
des tener en mí completa confianza, ¿en quién vas
a tenerla?
-¡Ah, Agnes! -contesté-. ¡Eres mi ángel bueno!
Ella sonrió casi con tristeza, y movió la cabeza.
-Sí, Agnes, mi ángel bueno, siempre mi ángel
bueno.
-Si fuera eso verdad, Trotwood -repuso-,hay una
cosa que le gustaría mucho a mi corazón.
La miré interrogando; pero figurándome lo que iba
a decir.
-Me gustaría prevenirte contra tu ángel malo -me
dijo mirándome con fijeza.
-Mi querida Agnes -empecé-, si te refieres a Ste-
erforth...
-Precisamente, Trotwood -me contestó.
-Entonces, Agnes, te equivocas mucho. ¿Él ser mi
ángel malo, ni el de nadie? Steerforth es para mí un
guía, un apoyo, un amigo. Mi querida Agnes, sería
una injusticia indigna de tu carácter benévolo juz-
garle por el estado en que me has visto la otra no-
che.
-No le juzgo por el estado en que te vi la otra no-
che -replicó tranquilamente.
-Entonces ¿por qué?
-Por muchas cosas que son bagatelas en sí mis-
mas, pero que en conjunto tienen gran importancia.
Le juzgo en parte, Trotwood, por lo que tú mismo
me has contado de él, y por tu carácter, y por la
influencia que ejerce sobre ti.
Había siempre algo en la dulzura de su voz que
parecía hacer vibrar en mí una cuerda que sólo
respondía a aquel sonido. Era una voz de un tono
grave siempre; pero cuando estaba emocionada,
como ahora, tenía algo que me conmovía. Sentado
y mirándola mientras bajaba los ojos hacia su labor,
me parecía estarle todavía oyendo; y Steerforth, a
pesar de toda mi admiración, se oscurecía ante
aquel sonido.
-Es mucho atrevimiento en mí -dijo Agnes mirán-
dome de nuevo-, que vivo tan retirada y sé tan poco
del mundo, darte un consejo tan decidido, y hasta
tener una opinión tan definida; pero sé de lo que
conviene, Trotwood; sé que es consecuencia del
recuerdo de nuestra infancia común y del sincero
interés que me inspira todo lo que te concierne. Eso
me hace atrevida. Estoy segura de no equivocarme
en lo que lo digo; estoy segura. Me parece que es
otra persona, y no yo, quien te habla cuando te
aseguro que es un amigo peligroso para ti.
Yo seguía mirándola y seguía escuchándola des-
pués de que hubiera terminado de hablar, y la ima-
gen de Steerforth, aunque grabada todavía en mi
corazón, se cubrió de nuevo con una nube sombría.
-No soy tan insensata que pretenda -dijo Agnes
volviendo a su tono de costumbre- que puedas
cambiar de pronto de sentimientos ni de convicción,
sobre todo tratándose de un sentimiento que nace
de tu naturaleza confiada. Además, no es cosa que
debas hacer a la ligera. Únicamente te pido, Trot-
wood, que, si te acuerdas alguna vez de mí... quiero
decir -continuó con una dulce sonrisa, pues le iba a
interrumpir y sabía muy bien por qué-, quiero decir
que todas las veces que te acuerdes de mí te
acuerdes también del consejo que te he dado. ¿Me
perdonarás por todo esto?
-Te perdonaré, Agnes, cuando hagas justicia a
Steerforth y te parezca tan bien como a mí.
-¿Y antes no? -dijo Agnes.
Vi pasar una sombra por su cara cuando nombré
a Steerforth; pero pronto me devolvió su sonrisa, y
recobramos la confianza de siempre.
-Y tú, Agnes, ¿cuándo me perdonarás aquella no-
che?
-Cuando no la recuerdes --dijo Agnes.
Quería así apartar el recuerdo; pero yo estaba
demasiado preocupado para consentirlo, a insistí en
contarle cómo había llegado a rebajarme de aquel
modo, y desarrollé ante ella la cadena de circuns-
tancias, de las que el teatro sólo había sido, por
decirlo así, el último eslabón. Fue un gran descanso
para mí, y al mismo tiempo me daba ocasión para
extenderme elogiando todo lo que debía a Steer-
forth y los cuidados que se había tomado por mí
cuando yo no era capaz de cuidarme de mí mismo.
-No olvides -dijo Agnes, cambiando tranquilamen-
te de conversación cuando terminé- que te has
comprometido a contarme, no solamente tus penas,
sino también tus pasiones. ¿Quién ha sucedido a
miss Larkins, Trotwood?
-Nadie, Agnes.
-Alguien, Trotwood -dijo Agnes riendo y ame-
nazándome con un dedo.
-No, Agnes; palabra de honor. En realidad, en ca-
sa de mistress Steerforth hay una señora que tiene
mucho espíritu y con la cual me gusta charlar: miss
Dartle...; pero no la quiero.
Agnes se echó a reír de su ocurrencia y me dijo
que si continuaba siendo mi confidente iba a escribir
un pequeño diario de mis enamoramientos violen-
tos, con la fecha de su nacimiento y de su fin, como
las tablas de reinos en la historia de Inglaterra.
Después de esto me preguntó si había visto a Uriah.
-¿Uriah Heep? No. ¿Está en Londres?
-Viene todos los días aquí a las Oficinas del piso
bajo -replicó Agnes-. Estaba ya en Londres ocho
días antes que yo. Temo que sea para algún asunto
desagradable, Trotwood.
-¿Algún asunto que te preocupa? Agnes, ¿de qué
se trata?
Agnes dejó su labor y me contestó, cruzando las
manos y mirándome de un modo pensativo con sus
hermosos ojos dulces:
-Creo que va a entrar como asociado de mi padre.
-¿Quién? ¿Uriah? ¿Habrá conseguido el misera-
ble, con sus bajezas, deslizarse hasta un puesto
semejante? -exclamé con indignación-. ¿Y no has
tratado de impedirlo, Agnes? Piensa en las relacio-
nes que tendrán que seguir. Hay que hablar; no se
le puede dejar a tu padre dar un paso tan impruden-
te; hay que impedirlo, Agnes, mientras sea posible.
Agnes me miraba, y volvió la cabeza, sonriendo
débilmente, al ver mi excitación. Después respon-
dió:
-¿Recuerdas nuestra última conversación a
propósito de papá? Fue poco tiempo después, dos
o tres días quizá, cuando me dejó vislumbrar por
primera vez lo que te digo ahora. Era muy triste
verle luchar contra su deseo de hacerme creer que
era un asunto de su libre elección y el trabajo que le
costaba ocultarme que se veía obligado a ello. Es-
tuve muy triste.
-¡Obligado, Agnes! ¿Qué es lo que le obliga?
-Uriah -respondió después de titubear un momen-
tose las ha arreglado para hacerse el indispensable.
Es listo y está alerta. Ha adivinado las debilidades
de mi padre, las ha animado y se ha aprovechado
de ellas; en fin, si quieres que te diga todo lo que
pienso, Trotwood, papá le tiene miedo.
Vi claramente que habría podido decirme más;
que sabía o adivinaba más; pero no quise causarle
la tristeza de interrogarla; pues sabía que si callaba
era por cariño a su padre; sabía que desde hacía
mucho tiempo las cosas tomaban aquel camino; sí,
reflexionando, no podía disimular que hacía mucho
tiempo que aquello se preparaba, y guardé silencio.
-Su influencia sobre papá es muy grande -dijo
Agnes-; le demuestra mucha humildad y agradeci-
miento; quizá sea verdad ...; así lo espero; pero, en
realidad, se ha colocado en una situación que le da
mucha fuerza, y temo que se aprovechará de ella
sin compasión.
Dije, indignado, que era un canalla, y por el mo-
mento aquello me calmó.
-En el momento de que hablo, cuando mi padre
me hizo esa confidencia -prosiguió Agnes-, Uriah le
había dicho que tenía que dejarle; que lo sentía;
que era una cosa que le causaba mucha pena, pero
que le hacían muy buenas ofertas. Papá estaba
más abatido y agobiado por las preocupaciones que
nunca, y parece ser que le tranquiliza mucho ese
expediente de asociación, aunque al mismo tiempo
está como herido y humillado.
-¿Y cómo recibiste tú la noticia, Agnes?
-Espero haber hecho lo que debía, Trotwood. Es-
taba segura de que era necesario para la tranquili-
dad de papá que se llevara a cabo ese sacrificio;
por lo tanto, le he rogado que lo haga: le he dicho
que sería un peso mucho menor para él... ¡ojalá
haya dicho la verdad!... y que eso nos proporcionar-
ía más ocasiones que nunca de estar juntos. ¡Oh,
Trotwood! -exclamó Agnes cubriéndose el rostro
con las manos para ocultar sus lágrimas-. Casi me
parecía que obraba como enemiga de mi padre más
que como una hija cariñosa, pues estoy convencida
de que los cambios que hemos observado en él
sólo provienen de su abnegación por mí. Sé que se
ha estrechado el círculo de sus deberes y de sus
afectos, sólo para concentrarlos en mí. Sé todas las
privaciones que se ha impuesto por mí, y que todas
las preocupaciones que han ensombrecido su vida y
enervado sus fuerzas y su energía han sido por
concentrar todos sus pensamientos en mí sola. ¡Ah,
si pudiera repararlo todo! ¡Si pudiera llegar a levan-
tarle, lo mismo que he sido la causa inocente de su
declive!
Nunca había visto llorar a Agnes. Había visto
lágrimas en sus ojos cada vez que yo llevaba un
premio nuevo del colegio; también las había visto la
última vez que hablamos de su padre; y la había
visto ocultar su dulce rostro cuando nos habíamos
separado, pero nunca había sido testigo de una
pena semejante. Estaba tan triste que no sabía
decirle más que niñerías como esta: «Te lo ruego,
Agnes, te lo ruego; no llores, hermana mía».
Pero Agnes era demasiado superior a mí por su
carácter y constancia (lo sé ahora, aunque entonces
no sé si me daba cuenta) para necesitar mucho
tiempo mis ruegos. La serenidad angelical de sus
modales, que la ha marcado en mis recuerdos con
sello tan distinto al de todas las demás criaturas,
reapareció pronto, como cuando una nube se borra
en un cielo sereno.
-Probablemente no continuaremos solos mucho
tiempo -dijo Agnes-, y puesto que ahora tengo oca-
sión, permíteme que te pida, Trotwood, que estés
amable con Uriah. No lo rechaces. No le quieras
mal, como sé que estás dispuesto a hacerlo habi-
tualmente, porque vuestros caracteres no sim-
patizan. Quizá no le hacemos justicia, pues no sa-
bemos nada positivo de él; en todo caso, piensa
siempre en papá y en mí.
Agnes no tuvo tiempo de decirme más, pues la
puerta se abrió y mistress Waterbrook, una señora
muy grande, o que Ilevaba un traje muy grande, no
lo sé, pues no podía darme cuenta de dónde termi-
naba el traje y empezaba la señora, entró. Tenía el
vago recuerdo de haberla visto en el teatro como si
hubiera pasado ante mí en una linterna mágica mal
alumbrada; pero ella parecía acordarse perfecta-
mente de mí, y todavía sospechaba que seguía
embriagado.
Descubriendo, sin embargo, poco a poco que es-
taba sereno, y creo también que dándose cuenta de
que era un joven bien educado, mistress Waterbro-
ok se comportó conmigo de buenas maneras y em-
pezó a preguntarme si paseaba mucho por los par-
ques; después, si frecuentaba la sociedad. Ante mi
respuesta negativa a las dos preguntas, noté que
empezaba a perder interés para ella; sin embargo,
puso muy buena voluntad en disimularlo, y me invitó
a comer al día siguiente. Yo acepté la invitación y
me despedí de ella. Al salir pregunté por Uriah en
las oficinas; no estaba, y dejé mi tarjeta.
Cuando al día siguiente llegué a la hora de comer
y la puerta de la calle se abrió, me encontré sumer-
gido en un baño de vapor, perfumado de olor de
cordero, que me hizo adivinar que no iba a ser yo el
único invitado. Además, reconocí al muchacho que
me había llevado la carta, ahora revestido de librea
y puesto a la entrada de la escalera para ayudar al
criado a anunciarnos. Observé que hacía lo posible
para fingir que no me conocía, cuando me preguntó
mi nombre confidencialmente; pero me había reco-
nocido muy bien, y los dos estábamos violentos:
¡cosas de la conciencia!
Conocí a míster Waterbrook, un caballero de me-
diana edad, con el cuello muy corto y el de la cami-
sa muy ancho; no le faltaba más que tener la nariz
negra para ser todo el retrato de un perro de presa.
Me dijo que tenía una gran satisfacción en cono-
cerme, y en cuanto me hube puesto a los pies de
mistress Waterbrook, me presentó con mucha ce-
remonia a una señora imponente, vestida con un
traje de terciopelo negro, con una gran toca también
de terciopelo negro en la cabeza: en una palabra, la
tomé por una parienta próxima de Hamlet, su tía por
ejemplo.
Se llamaba mistress Spiker; su marido también
estaba allí, y tenía un aspecto tan glacial, que sus
cabellos me parecían que no eran grises, sino que
estaban cubiertos de escarcha. Todos demostraban
la mayor deferencia a la pareja Spiker. Agnes me
dijo que la causa provenía de que míster Henry
Spiker era el abogado de alguien o de algo, no sé
qué, que tenía alguna relación con «la Tesorería».
Encontré a Uriah Heep vestido de negro en medio
de la gente. Me dijo lleno de humildad, cuando le
estreché la mano, que estaba orgulloso de que me
ocupara de él y que realmente se sentía muy agra-
decido por mi amabilidad. Yo habría preferido me-
nos emoción, pues, en el exceso de su agradeci-
miento, no hizo más que rondar toda la noche a mi
alrededor, y cada vez que me dirigía a Agnes esta-
ba seguro de ver en un rincón sus ojos vidriosos y
su rostro cadavérico que nos espiaba como un es-
pectro.
Los otros invitados me parecieron estar helados
como el vino. Uno de ellos, sin embargo, atrajo mi
atención aún antes de que fuéramos presentados.
Había oído anunciar a míster Traddles; mis pensa-
mientos se volvieron inmediatamente hacia Sa-
lem-House. ¿Será Tomy, pensaba, aquel que dibu-
jaba tantos esqueletos?
Esperé la entrada de míster Traddles con renova-
do interés. Y vi a un joven tranquilo, de aspecto
grave y modales modestos, con los cabellos tiesos
de un modo grotesco y los ojos grises demasiado
abiertos; desapareció tan pronto en un rincón oscu-
ro que me costó trabajo examinarlo. Por último,
pude verle mejor, y, o mis ojos se engañaban mu-
cho, o era mi antiguo y desgraciado Tomy.
Me acerqué a míster Waterbrook para decirle que
me parecía tener el gusto de encontrar en su casa a
un antiguo compañero.
-¿De verdad? -dijo míster Waterbrook, sorprendi-
do-. Es usted demasiado joven para haber ido al
colegio con míster Henry Spiker.
-¡Oh! No me refiero a él -respondí, Hablo de un
caballero que se llama Traddles.
-¡Ah, sí, sí! -dijo mi anfitrión con mucho menos in-
terés-. Es posible.
-Si es realmente la misma persona --dije mirando
hacia Traddles-, hemos estado juntos en un colegio
que se llamaba Salem-House; era un excelente
muchacho.
-¡Oh, sí! Traddles es un buen muchacho -aprobó
mi anfitrión, moviendo la cabeza con condescen-
dencia-, Traddles es muy buen muchacho.
-En realidad, es una coincidencia muy curiosa.
-Tanto más porque está aquí por casualidad; ha
sido invitado hoy por la mañana porque había un
sitio de más en la mesa a consecuencia de la indis-
posición del padre de míster Spiker. Es un hombre
muy bien educado el padre de míster Spiker, míster
Copperfield.
Murmuré algunas palabras de asentimiento muy
caluroso y verdaderamente meritorias por parte de
un hombre que, como yo, nunca había oído hablar
de él; y después pregunté cuál era la profesión de
míster Traddles.
-Traddles -dijo míster Waterbrook- estudia para el
foro; es muy buen muchacho, incapaz de hacer
daño a nadie, de no ser a sí mismo.
-¿Y qué daño puede hacerse a sí mismo?
-pregunté, contrariado por aquella noticia.
-Ya sabe usted -repuso míster Waterbrook
haciendo un gesto y jugando con la cadena de su
reloj con un aire de superioridad casi impertinente,
No creo que llegue nunca a nada. Estoy seguro, por
ejemplo, de que nunca reunirá quinientas libras.
Traddles me ha sido recomendado por uno de mis
amigos de la profesión. ¡Ah, sí, sí! Ya lo creo que
tiene talento para estudiar una causa y exponer
claramente una cuestión por escrito; pero eso es
todo. Yo tengo el gusto de cederle de vez en cuan-
do algún asunto que para él no deja de tener impor-
tancia... ¡Ah, sí, sí!
Me chocaba mucho el aplomo con que mister Wa-
terbrook pronunciaba de vez en cuando la expresión
«sí, sí». El énfasis que ponía en ella era extraño:
daba la impresión de un hombre que había nacido,
no, como se dice vulgarmente, con una cucharilla
de plata, sino con una escala, y que había subido
uno tras otro todos los escalones de la vida, hasta
que había podido lanzar desde lo alto de la fortaleza
una mirada de filósofo y de superioridad sobre el
pueblo que estaba en las trincheras.
Continuaba reflexionando sobre este asunto
cuando anunciaron la comida. Míster Waterbrook
ofreció su brazo a la tía de Hamlet; mister Henry
Spiker, el suyo a mistress Waterbrook; Agnes, a
quien yo tenía deseos de reclamar, fue confiada a
un señor sonriente que tenía las piernas muy del-
gadas. Uriah, Traddles y yo, en nuestra categoría
de juventud, bajamos los últimos sin ninguna cere-
monia. De la contrariedad de no haber dado el bra-
zo a Agnes me compensó el encontrar ocasión en la
escalera de reanudar la amistad con Traddles, que
se alegró mucho de verme, mientras Uriah se re-
torcía a nuestro lado con una humildad y una satis-
facción tan indiscretas, que yo tenía ganas de tirarle
por el hueco de la escalera.
Traddles y yo, en la mesa, acabamos cada uno en
un rincón opuesto; él estaba perdido en el brillo
deslumbrante de un traje de terciopelo rojo, y yo en
el luto de la tía de Hamlet. La comida fue muy larga
y la conversación giró por completo sobre la aristo-
cracia de nacimiento, sobre lo que se llama « la
sangre». Mistress Waterbrook nos repitió varias
veces que ella, si tenía alguna debilidad, era por «
la sangre».
En varias ocasiones pensé que habríamos estado
mucho mejor siendo menos amables. Éramos tan
exageradamente amables, que el círculo de la con-
versación resultaba muy limitado. Entre los invitados
había un mister y mistress Gulpidge que tenían algo
que ver (míster Gulpidge por lo menos), aunque no
directamente, con los asuntos legales de la Banca;
y entre la Banca y la Tesorería estábamos tan ex-
clusivistas como la circular de la Cámara que no
sabe salir de ahí. Para añadir atractivo a la cosa, la
tía de Hamlet tenía el defecto de su familia, y se
dedicaba constantemente a soliloquios sin ilación
sobre todos los asuntos a que se aludía. A decir
verdad, eran muy poco numerosos; pero como
siempre recaían sobre «la sangre», tenía un campo
casi tan vasto para sus especulaciones abstractas
como su sobrino.
Parecíamos una partida de ogros; tan sangriento
era el tono de la conversación.
-Confieso que soy de la opinión de mistress Wa-
terbrook -dijo míster Waterbrook levantando el vaso
de vino hasta los ojos- Hay muchas cosas que
están bien en su estilo, pero a mí denme « la san-
gre».
-¡Ohl No hay nada -observó la tía de Hamlet- tan
satisfactorio, nada que se acerque más al bello ide-
al... de toda esta clase de cosas, hablando en gene-
ral. Hay algunos espíritus vulgares (no muchos, me
gusta creer, pero algunos) que prefieren postrarse
ante lo que podríamos llamar ídolos, positivamente
ídolos. Ante grandes servicios recibidos o grandes
inteligencias. Pero eso son puntos intangibles; « la
sangre» no lo es. Si vemos sangre en una nariz, la
reconocemos; la vemos en una barbilla, y decimos:
« Ahí está, eso es sangre» ; es una cosa positiva,
se puede tocar, y no admite dudas.
El caballero sonriente de las piernas delgadas que
había dado el brazo a Agnes planteó la cuestión de
una manera todavía más rotunda, según me pare-
ció.
-¿Saben ustedes? --dijo aquel señor mirando a su
alrededor con una sonrisa imbécil- « La sangre» es
una cosa que no podemos deshacer; existe quieran
o no. Hay jóvenes, ¿saben ustedes?, que pueden
estar algo por debajo de su rango por su educación
y sus modales, y que hacen tonterías, ¿saben uste-
des?, y que se comprometen a sí mismos y a los
demás, y todo esto ...; pero es delicioso reflexionar
que hay «sangre» en ellos, ¿saben ustedes? Por mi
parte, preferiría que me tirase al suelo un hombre
de «sangre» a que me levantara uno que no lo fue-
se.
Esta declaración, que resumía admirablemente la
esencia de la cuestión, tuvo mucho éxito y atrajo la
atención de todos sobre el orador, hasta el momen-
to de retirarse las señoras. Observé entonces que
mister Gulpidge y míster Henry Spiker, que hasta
entonces se habían mantenido recíprocamente a
distancia, formaron una línea defensiva contra noso-
tros y cambiaron a través de la mesa un diálogo
misterioso.
-Ese asunto de la primera fianza de cuatro mil
quinientas libras no ha seguido el curso que se es-
peraba, Gulpidge -dijo míster Henry Spiker.
-¿Se refiere usted al D. de A.? -dijo míster Spiker.
-Al C. de B. -dijo míster Gulpidge.
Míster Spiker frunció las cejas y pareció muy im-
presionado.
-Cuando le fue presentada la cuestión a lord... no
necesito nombrarle... -dijo míster Gulpidge, inte-
rrumpiéndose.
-Comprendo -dijo míster Spiker-, N.
Míster Gulpidge hizo un signo misterioso.
-Cuando se la presentaron, su contestación fue:
«O dinero o no hay libertad».
-¡Dios mío! -exclamó míster Spiker.
-«O dinero o no hay libertad» -repitió míster Gul-
pidge con fuerza-. El presunto heredero... ¿me en-
tiende usted?
-«K» -dijo míster Spiker con una mirada de com-
plicidad.
-K... entonces se negó positivamente a firmar. Le
esperaron en Newmarker con ese objeto; pero él se
negó a ello.
Míster Spiker estaba tan interesado, que parecía
de piedra.
-Por el momento así han quedado las cosas -dijo
mister Gulpidge echándose hacia atrás en la silla-.
Nuestro amigo Waterbrook me perdonará que me
explique en términos generales; pero es a causa de
la magnitud de los intereses que intervienen.
Mister Waterbrook se sentía demasiado orgulloso
(según me pareció) de que se trataran en su mesa,
aunque sólo fuera por alusión, semejantes intereses
y semejantes nombres, y tomó una expresión de
gran inteligencia, aunque estoy seguro de que no
había comprendido más que yo sobre el asunto que
se estaba tratando. Además, aprobó en grado sumo
la discreción que se observaba. Mister Spiker, des-
pués de haber recibido de su amigo mister Gulpidge
una confidencia tan importante, deseaba, como es
natural, corresponderle. Así, el diálogo precedente
fue seguido de otro muy semejante, sólo que esta
vez le tocaba a mister Gulpidge demostrar sorpresa.
Después empezó él de nuevo, y mister Spiker se
sorprendió a su vez, y así se siguieron turnando.
Durante todo este tiempo los demás estábamos
oprimidos por el interés tremendo que envolvía la
conversación, y nuestro anfitrión nos miraba con
orgullo, como a víctimas de un saludable respeto y
admiración.
Por lo tanto, me puse muy contento cuando pude
subir con Agnes y, después de charlar con ella en
un rincón, la presenté a Traddles, que era tímido,
pero simpático, y tan buena persona como siempre.
Traddles se vio obligado a dejarnos temprano, pues
partía a la mañana siguiente (para estar ausente un
mes), de manera que no pude hablar con él todo lo
que habría querido; pero nos prometimos, cam-
biando nuestras direcciones, proporcionarnos el
gusto de vernos en cuanto él estuviera de vuelta en
Londres. Se interesó mucho cuando supo que yo
había encontrado a Steerforth y habló de él con tal
entusiasmo, que le hice repetir delante de Agnes lo
que pensaba; pero Agnes se contentó con mirarme
y mover un poco la cabeza cuando estuvo segura
de que sólo la veía yo.
Como estaba rodeada de gentes con las que no
me parecía que podia estar muy a sus anchas casi
me alegré cuando le oí decir que sólo podía conti-
nuar en Londres pocos días, a pesar de mi pena por
perderla. La idea de aquella separación próxima me
animó a quedarme hasta el fin de la velada. Char-
lando con ella y oyendo su voz, que me recordaba
toda la felicidad de mi vida en la vieja y grave casa
que ella embellecía, habría podido continuar toda la
noche; pero no habiendo excusa para permanecer
allí cuando empezaron a apagar las luces, me vi
obligado a marcharme, aunque muy en contra de mi
voluntad. Entonces me di cuenta más que nunca de
que era mi ángel bueno, y si al pensar en su dulce
rostro y plácida sonrisa me parecían que eran los de
un ángel que brillaba sobre mí, espero que me lo
perdonará.
He dicho que todo el mundo se había retirado; pe-
ro debía haber exceptuado a Uriah, a quien no he
incluido en esa denominación y que no se había
alejado de nosotros en toda la noche. Bajó tras de
mí las escaleras y salió poniéndose muy despacio
en sus dedos de esqueleto los dedos todavía más
largos de sus guantes, que precían de un gran Guy
Fawkes.
No me apetecía nada la compañía de Uriah; pero,
recordando la súplica de Agnes, le pregunté si quer-
ía acompañarme a casa y tomar conmigo una taza
de café.
-¡Oh!, ¿de verdad?, señorito Copperfield; dispén-
seme, míster Copperfield -me contestó-; pero el
llamarle del otro modo me viene tan naturalmente...;
no querría de ningún modo molestarle haciéndole
llevar a su casa a una persona tan humilde como
yo.
-No me molesta nada -contesté-. ¿Quiere usted
venir?
-Tendré muchísimo gusto -contestó Uriah retor-
ciéndose.
-Bien, entonces vamos -dije yo.
No podía por menos de estar con él algo brusco;
pero no parecía darse cuenta. Tomamos el camino
más corto, sin hablar gran cosa en el trayecto, pues
él llevó su humildad hasta el extremo de tardar en
ponerse los guantes todo el camino.
La escalera estaba oscura, y le agarré de la mano
para evitar que se diera un golpe; me parecía que
había agarrado a un sapo, tan fría y húmeda la ten-
ía; tanto, que estuve a punto de soltarla y huir. Ag-
nes y la hospitalidad prevalecieron, sin embargo, y
le conduje ante mi chimenea. Cuando encendí la luz
cayó en arrebatos de admiración ante mis habita-
ciones; y cuando hice el café en un sencillo cacha-
rro de estaño, que a mistress Crupp le gustaba muy
particularmente para aquel use (quizá porque no
estaba hecho para eso, sino para calentar el agua
de afeitarse, y quizá porque había una cafetera de
gran precio oxidándose en la despensa), manifestó
tal emoción, que tuve gams de vertérsela en la ca-
beza para escaldarle.
-¡Oh!, de verdad, señorito Copperfield..., quiero
decir mister Copperfield -dijo Uriah-, verle sirvién-
dome es lo que menos me habría podido figurar
nunca. Pero de un lado y de otro me suceden tantas
cosas que nunca habría podido esperarme, dado lo
humilde de mi situación, que me parece que las
bendiciones llueven sobre mi cabeza. Quizá ha oído
usted hablar de un cambio en mi porvenir, señorito
Copperfield, ¡perdón!, quería decir mister Copper-
field.
Al verle sentado en mi sofá, con sus largas pier-
nas juntas sosteniendo la taza, con el sombrero y
los guantes en el suelo, a su lado, y moviendo sua-
vemente el azúcar; al verle con sus ojos de un rojo
vivo, que parecían tener quemadas las pestañas, y
las aletas de su nariz dilatándose y cerrándose co-
mo siempre cada vez que respiraba, y las ondula-
ciones de serpiente que corrían a lo largo de su
cuerpo desde la barbilla hasta las botas, pensé que
me era soberanamente antipático. Sentía verdadero
malestar al verle en mi casa, y como era joven to-
davía, no tenía la costumbre de ocultar lo que sentía
vivamente.
-Digo que habrá oído usted hablar con seguridad
de un cambio en mi porvenir, señorito Copperfield,
quería decir mister Copperfield -repitió Uriah.
--Sí, he oído hablar.
-¡Ah! -respondió con tranquilidad-. Ya me figuraba
yo que miss Agnes lo sabía; me alegro mucho de
saber que miss Agnes esté enterada. Gracias, se-
ñorito... míster Copperfield.
Tuve que contenerme para no tirarle a la cabeza
mi calzador, que estaba allí al lado delante de la
chimenea, para castigarle por haberme sonsacado
un dato concerniente a Agnes, por insignificante que
fuera; pero me contenté con beberme el café.
-¡Qué buen profeta fue usted, míster Copperfield!
-prosiguió Uriah-. Sí, amigo mío, ¡qué buen profeta
ha sido usted! ¿No se acuerda cuando me dijo por
primera vez que quizá llegara a ser asociado en los
negocios de míster Wickfield y que entonces se
llamaría Wickfield y Heep? Usted quizá no lo re-
cuerde; pero cuando una persona es humilde, seño-
rito Copperfield, conserva esos recuerdos como
tesoros.
-Recuerdo haber hablado de ello -dije-, aunque,
en realidad, no me parecía nada probable entonces.
-¿Y quién habría podido creerlo probable, míster
Copperfield? -dijo Uriah con entusiasmo-. No sería
yo. Recuerdo haberle dicho yo mismo en aquella
ocasión que mi situación era demasiado humilde; y
le decía verdaderamente lo que sentía.
Miraba al fuego con una mueca de poseído, y yo
le miraba a él.
-Pero los individuos más humildes, señorito Cop-
perfield, pueden servir de instrumento para hacer el
bien. Yo, por ejemplo, me considero muy dichoso
por haber podido servir de instrumento a la felicidad
de míster Wickfield y espero poderle ser más útil
todavía. ¡Qué hombre tan excelente, míster Copper-
field; pero cuántas imprudencias ha cometido!
-Me apena mucho lo que me dice -le contesté, y
no pude por menos de añadir significativamente-:
me apena en todos los sentidos.
-Ciertamente, míster Copperfield -replicó Uriah-,
en todos los sentidos. Y sobre todo a causa de miss
Agnes. Usted no se acordará de su elocuente ex-
presión, míster Copperfield; pero yo la recuerdo
muy bien, cuando me dijo usted un día que todo el
mundo debía de admirarla, y cómo le di yo las gra-
cias por ello. Pero usted lo ha olvidado, no me cabe
duda, míster Copperfield.
-No -dije secamente.
-¡Oh, cómo me alegro --exclamó Uriah- cuando
pienso que es usted el primero que encendió una
chispa de ambición en mi humilde persona, y que
no lo ha olvidado! ¡Oh! ¿Me permite usted pedirle
otra taza de café?
Había algo en el énfasis que había puesto al re-
cordar «las chispas» que yo había encendido, algo
en la mirada que me había lanzado al hablar de ello,
que me hizo estremecer como si le hubiera visto de
pronto el pensamiento al descubierto. Vuelto a la
realidad por la pregunta que me hacía en un tono
tan diferente, hice los honores del puchero de es-
taño, pero con una mano tan temblorosa, con un
sentimiento tan repentino de mi impotencia para
luchar contra él, y con tanta inquietud por lo que
podría llegar a suceder, que estaba seguro de que
se daba cuenta.
No decía nada; movía su café y bebía un traguito;
después se acariciaba la barbilla con su mano des-
carnada, miraba al fuego, lanzaba una ojeada a la
habitación, me hacía una mueca que quería ser una
sonrisa, se retorcía de nuevo en su deferencia ser-
vil, movía y bebía el café de nuevo, y me dejaba
que fuera yo quien reanudase la conversación.
-Así -le dije por último-, míster Wickfield, que vale
más que quinientos como usted... o como yo (ni por
mi vida creo que habría podido dejar de interrumpir
aquella parte de la frase con un gesto de impacien-
cia), ¿ha cometido imprudencias, míster Heep?
-¡Oh! Muchísimas imprudencias, señorito Copper-
field -repuso Uriah suspirando con modestia-,
muchísimas, muchísima. Pero haga el favor de lla-
marme Uriah; ¡que sea como en otros tiempos.
-Bien, Uriah -dije pronunciando el nombre con al-
guna dificultad.
-Gracias -contestó él con calor-, muchas gracias,
señorito Copperfield. Me parece sentir la brisa y oír
las campanas como en los días de mi juventud
cuando le oigo llamarme Uriah. Pero ¡perdón! ¿Qué
estaba yo diciendo?
-Hablaba usted de míster Wickfield.
-¡Ah, sí, es verdad! -contestó-. ¡Grandes impru-
dencias, míster Copperfield! Es un asunto al que no
haría alusión delante de otra persona que no fuera
usted. Y hasta con usted sólo puedo hacer una
ligera alusión. Si cualquiera que no fuera yo hubiera
estado en mi lugar desde hace unos años, en este
momento tendría a míster Wickfield (¡oh, y es un
hombre de valor, sin embargo, míster Copperfield!)
le tendría en sus manos. «En sus manos» -dijo
Uriah muy despacio y apretando sus manos de tal
modo que la mesa y la habitación temblaron.
Si hubiera sido condenado a verle apretar con su
horrible pie la cabeza de míster Wickfield creo que
no habría podido odiarle más.
-Sí, sí, querido míster Copperfield-dijo en un tono
que formaba el contraste más chocante con la pre-
sión de su mano-, no hay duda. Habría sido su rui-
na, su deshonor; no sé qué habría sido, y míster
Wickfield no lo ignora. Yo soy el humilde instrumen-
to destinado a servirle humildemente y él me ha
elevado a una situación que yo no me habría atre-
vido a esperar nunca. ¡Cuánto tengo que agradecer-
le!
Su rostro estaba vuelto hacia mí, pero no me mi-
raba; quitó su mano de la mesa y frotó lentamente,
con aire pensativo, su mandíbula descarnada, como
si se afeitase.
Recuerdo la indignación que sentía al ver la ex-
presión de aquel rostro astuto, que a la luz rója de la
llama se preparaba a decir alguna cosa más.
-Míster Copperfield -me dijo--, ¿no le estaré entre-
teniendo?
-No es usted quien me entretiene; me acuesto
siempre tarde.
-Gracias, míster Copperfield. He subido algunos
grados en mi humilde situación desde los tiempos
en que usted me conoció, es verdad; pero sigo lo
mismo de humilde. Y espero serlo siempre. ¿No
dudará usted de mi humildad si le hago una peque-
ña confidencia, míster Copperfield?
-¡Oh, no! -dije con esfuerzo.
-Gracias.
Sacó su pañuelo del bolsillo y empezó a restre-
garse las palmas de las manos.
-Miss Agnes, míster Copperfield...
-¿Sí, Uriah?
-¡Oh, qué alegría oírle llamarme Uriah espontá-
neamente! -exclamó dando un salto casi convulsi-
vo-. ¿La ha encontrado usted muy bella esta noche,
míster Copperfield?
-La he encontrado, como siempre, superior en to-
dos los conceptos a cuantos la rodeaban.
-¡Oh, gracias! Es la verdad; muchas gracias por
ello.
-Nada de eso -respondí con altanería-; no hay
motivo para que me dé usted las gracias.
-Es que, míster Copperfield, la confidencia que
voy a tomarme la libertad de hacerle se refiere a
ella. Por humilde que yo sea (y frotaba sus manos
más enérgicamente, mirándolas de cerca, y
déspués mirando el fuego); por humilde que sea mi
madre; por modesto que sea nuestro pobre hogar,
no tengo inconveniente en confiarle mi secreto.
Míster Copperfield, siempre he sentido ternura por
usted desde el momento en que tuve la alegría de
verle por primera vez en el coche. La imagen de
miss Agnes habita en mi corazón desde hace mu-
chos años. ¡Oh, míster Copperfield, si supiera usted
el afecto tan puro que me inspira! ¡Besaría las hue-
llas de sus pasos!
Creo que tuve por un momento la loca idea de
coger de la chimenea las tenazas candentes y de
correr tras de él; pero volvió a salir de mi cabeza
como la bala del rifle; sin embargo, la imagen de
Agnes ultrajada por la innóble audacia de los pen-
samientos de aquel animal rojo permanecía en mi
pensamiento todo el tiempo mientras le miraba,
sentado retorciéndose como si su alma hiciera daño
a su cuerpo, y me daba vértigo. Me parecía que se
agrandaba y se hinchaba ante mis ojos y que la
habitación resonaba con los ecos de su voz; y el
extraño sentimiento (que quizá no es extraño a to-
dos) de que aquello había sucedido ya antes en un
tiempo indefinido y que sabía de antemano lo que
iba a decirme, se apoderó de mí.
Me di cuenta a tiempo de que su rostro respiraba
la confianza en el poder que tenía entre las manos,
y aquella observación contribuyó más que todo lo
demás, más que todos los esfuerzos que hubiera
podido hacer, a recordarme la súplica de Agnes en
toda su fuerza, y le pregunté, con una apariencia de
tranquilidad que no me habría creído capaz un mo-
mento antes, si había comunicado sus sentimientos
a Agnes.
-¡Oh no, míster Copperfield! -me contestó-. ¡Dios
mío, no; no he hablado de esto a nadie más que a
usted! Usted comprenderá que empiezo a salir ape-
nas de la humildad de mi situación, y fundo en parte
mi esperanza en los servicios que me verá hacer a
su padre, pues espero serle muy útil, míster Cop-
perfield. Ella verá cómo le facilito las cosas a ese
buen hombre para mantenerle en el buen camino.
Ama tanto a su padre, míster Copperfield (¡y qué
bella cualidad en una muchacha!), que espero que
quizá llegue; por afecto a él, a tener alguna bondad
conmigo.
Sondeaba la profundidad de su proyecto y com-
prendía por qué me lo confiaba.
-Si usted tuviera la bondad de guardarme el se-
creto, míster Copperfield -prosiguió- y sobre todo de
no ir en contra mía, se lo agradecería como un favor
enorme. Usted no querría causarme molestias. Es-
toy convencido de la bondad de su corazón; pero
como me ha conocido usted en una situación tan
humilde (en la más humilde de las situaciones debi-
era decir, pues todavía es muy humilde), podría, sin
querer, perjudicarme un poco respecto de mi Agnes.
La llamo mía ¿sabe usted, míster Copperfield? por-
que hay una canción que dice: La llamaré mía... Y
espero hacerlo pronto.
¡Querida Agnes! Ella, para quien no conocía yo a
nadie digno de su corazón, tan amante y tan bueno,
¿era posible que estuviera destinada a ser la mujer
de semejante ser?
-Por el momento no hay que apresurarse, ¿sabe
usted, míster Copperfield? -continuo Uriah, mientras
yo le veía retorcerse ante mí con aquellos pensa-
mientos-. Mi Agnes es muy joven todavía, y mi ma-
dre y yo tenemos mucho camino que recorrer y
muchas determinaciones que tomar antes de que
eso sea por completo conveniente. Por lo tanto,
habrá tiempo para familiarizarla con mis esperanzas
a medida que se presenten las ocasiones. ¡Oh y
cómo le agradezco su confianza! ¡Oh!, no sabe
usted, no puede saber toda la tranquilidad que sien-
to al pensar que comprende usted nuestra situación
y que no querna perjudicanne con la familia lleván-
dome la contraria.
Me cogió la mano, sin que yo me atreviera a
negársela, y después de estrecharla en su «pata
húmeda» miró el pálido cuadrante de un reloj.
-¡Dios mío! -dijo-, más de la una. El tiempo pasa
tan deprisa en las confidencias entre antiguos ami-
gos, míster Copperfield, que es casi la una y media.
Le respondí que creía que era más tarde, no por-
que lo creyera realmente, sino porque estaba harto
y ya no sabía lo que decía.
-Dios mío -dijo reflexionando-; en la casa en que
paro, una especie de hotel particular, cerca de New
River, estará todo el mundo en la cama hace dos
horas, míster Copperfield.
-Siento mucho no tener aquí más que una sola
cama, y que...
-¡Oh!; no hable siquiera de la cama, míster Cop-
perfield -respondió en tono suplicante levantando
una de sus piernas-. Pero ¿,tendría usted inconve-
niente en dejarme acostar en el suelo delante de la
chimenea?
-Si es así -contesté-, tome mi cama y yo me acos-
taré delante del fuego.
Su negativa a aceptar mi ofrecimiento fue casi tan
escandalosa, en el exceso de su sorpresa y de su
humildad, como para penetrar en los oídos de mis-
tress Crupp, que dormía en una habitación lejana,
situada al nivel de la calle, y arrullada en su sueño
probablemente por el tictac de un reloj implacable,
al cual apelaba siempre cuando teníamos alguna
discusión sobre cuestiones de puntualidad y que
atrasaba tres cuartos de hora, aunque siempre lo
ponía bien por la mañana y guiándose de las autori-
dades más competentes.
Ninguno de los argumentos que se me ocurrían
en mi turbación causaba efecto sobre su modestia;
por lo tanto, renuncié a persuadirle de que aceptase
mi lecho; pero me vi obligado a improvisarle, lo me-
jor que pude, una cama cerca del fuego. El colchón
del diván (exageradamente corto para aquel cadá-
ver), los almohadones del diván, una colcha, el ta-
pete de la mesa, un mantel limpio y un grueso
gabán, todo esto componía un lecho, del que me
estaba plenamente agradecido. Yo le presté un
gorro de dormir, que se encasquetó al momento y
con el que estaba tan horrible que nunca he podido
ponérmelo yo después. Por último, le dejé descan-
sar en paz.
¡Nunca olvidaré aquella noche! ¡Nunca olvidaré la
de vueltas que di en mi cama; la de veces que me
desperté pensando en Agnes y en aquella criatura
odiosa; la de veces que me preguntaba lo que podr-
ía y debería hacer; todo para llegar siempre a la
conclusión de que lo mejor para la tranquilidad de
Agnes era no hacer nada y guardar para mí lo que
había sabido. Si me dormía un momento, la imagen
de Agnes, con sus ojos tan dulces, y la de su padre
mirándola tiernamente, se presentaban ante mí
suplicándome que les ayudase y llenándome de
vagos temores. Cada vez que me despertaba la
idea de que Uriah durmiera en la habitación de al
lado me oprimía como una pesadilla y me hacía
sentir sobre el corazón como un peso de plomo,
como si tuviera de huésped al demonio.
Las tenazas candentes también me venían a la
memoria en mis sueños sin poder desecharlas.
Mientras estaba medio dormido y medio despier-
to me parecía que continuaban todavía rojas y
que acababa de cogerlas para atravesarle con
ellas el cuerpo. Esta idea me perseguía de tal
modo que, aunque sabía que no tenía ninguna
solidez, me deslizaba en la habitación de al lado
para tener la seguridad de que estaba allí, en
efecto, tendido, con las piernas extendidas hasta
el otro extremo de la habitación, y roncando.
Debía estar constipado, y dormía con la boca
abierta como un hurón; en fin, era, en realidad,
muchísimo más horrible de lo que mi imagina-
ción enferma se figuraba, y mi asco mismo hacía
que me atrajera y me obligaba a volver poco
más o menos cada media hora para mirarle. Así,
aquella larga noche me pareció más lenta y más
sombría que ninguna, y el cielo, cargado de nu-
bes, se obstinaba en no dejar aparecer ninguna
señal del día.
Cuando por la mañana temprano le vi bajar las
escaleras (pues gracias al cielo no quiso quedarse a
desayunar) me pareció como si la noche se marcha-
ra con él. Y al salir para el Tribunal de Doctores
encargué a mistress Crupp muy particularmente que
dejara las ventanas de par en par abiertas para que
mi gabinete se airease bien y se purificara de su
presencia.
CAPÍTULO VI
CAIGO CAUTIVO
No volví a ver a Uriah Heep hasta el día de la par-
tida de Agnes. Había ido a las oficinas de la diligen-
cia para decirle adiós, y me encontré con que tam-
bién él se volvía a Canterbury en la misma diligen-
cia que ella. Sentía como una pequeña satisfacción
al ver su chaqueta raída, demasiado corta de talle,
estrecha y mal hecha, en unión de su paraguas, que
parecía una tienda de campaña, plantados en el
borde del asiento, en la parte trasera de la imperial,
mientras que Agnes, como es natural, tenía su
asiento en el interior; pero bien me merecía aquella
pequeña revancha, aunque sólo fuera por el trabajo
que me costaba estar amable con él mientras Ag-
nes podía vemos. En la portezuela de la diligencia,
lo mismo que en la comida de mistress Waterbrook,
rondaba a nuestro alrededor sin cansarse, como un
gran vampiro, devorando cada palabra que yo decía
a Agnes o que ella me decía a mí.
En el estado de confusión en que me había deja-
do su confidencia de aquella noche había reflexio-
nado mucho sobre las palabras que Agnes había
empleado al hablar de la asociación: «Espero haber
hecho lo que debía. Sabía que era necesario para la
tranquilidad de papá que se llevara a cabo el sacrifi-
cio, y le he animado a consumarlo». Desde enton-
ces me perseguía el presentimiento de que cedería
a todo lo que quisieran y sacaría fuerzas para ejecu-
tar cualquier sacrificio por cariño a su padre. Conoc-
ía su afecto por él, conocía su abnegación espontá-
nea. Le había oído decir a ella misma que se creía
la causa inocente de los errores de míster Wickfield,
y que tenía contraído por ello una deuda que de-
seaba ardientemente pagar. Y no me consolaba el
darme cuenta de la diferencia existente entre ella y
el miserable personaje, con su chaqueta marrón,
pues sentía que el mayor peligro estribaba precisa-
mente en aquella diferencia, en la pureza y la abne-
gación del alma de Agnes y la bajeza sórdida de la
de Uriah. Él también lo sabía, y sin duda lo tenía en
cuenta en sus cálculos hipócritas.
Sin embargo, estaba tan convencido de que ni
aun la perspectiva lejana de semejante sacrificio
sería lo bastante para destruir la felicidad de Agnes,
y estaba tan seguro, al verla, de que no sospechaba
todavía que aquella sombra no había caído sobre
ella aún, que lo mismo pensaba en enfadarme con
ella como en advertirle del peligro que la amenaza-
ba. Nos separamos, por lo tanto, sin la menor expli-
cación; ella me hacía gestos y me sonreía desde la
ventanilla de la diligencia para decirme adiós, mien-
tras yo veía sobre la imperial a su genio del mal que
se retorcía de gusto, como si ya la tuviera entre sus
garras triunfantes.
Durante mucho tiempo aquella última mirada con
que los despedí no cesó de perseguirme. Cuando
Agnes me escribió anunciándome su feliz llegada,
su carta me encontró tan desesperado con aquel
recuerdo como en el momento de su partida. Todas
las veces que pensaba en ello estaba seguro de
que aquella visión reaparecería redoblando mis
tormentos. No dejaba de soñar una sola noche.
Aquel pensamiento era como una parte de mi vida,
tan inseparable de mi ser como mi cabeza de mi
cuerpo.
Y tenía tiempo para torturarme a mi gusto, pues
Steerforth estaba en Oxford, según me escribió, y
yo, cuando no estaba en el Tribunal de Doctores,
estaba casi siempre solo. Creo que empezaba ya a
sentir cierta desconfianza de Steerforth. Contestaba
a sus cartas de la manera más afectuosa; pero me
parecía que al fin y al cabo no estaba descontento
de que no pudiera venir a Londres por el momento.
A decir verdad, supongo que, al no ser combatida la
influencia de Agnes con la presencia de Steerforth,
aquella influencia obraba sobre mí con tanta más
potencia porque Agnes era la causa de mis preocu-
paciones.
Sin embargo, los días y las semanas transcurrie-
ron. Ya había entrado de hecho en casa de míster
Spenlow y Jorkins. Mi tía me daba noventa libras
esterlinas al año, pagaba mi alojamiento y otros
muchos gastos. Había alquilado mis habitaciones
por un año, y aunque todavía las encontraba tristes
por la tarde y se me hacían largas las veladas, hab-
ía terminado por acostumbrarme a una especie de
melancolía continua y por resignarme al café de
mistress Crupp, y hasta a tragarlo no a tazas, sino a
cubos, según recuerdo en aquel período de mi exis-
tencia. En aquella época fue cuando hice poco más
o menos tres descubrimientos: primero, que mis-
tress Crupp era muy propensa a una indisposición
extraordinaria, que ella llamaba «espasmos», gene-
ralmente acompañados de inflamación en las fosas
nasales, y que exigía como tratamiento un consumo
perpetuo de menta; segundo, que debía de haber
algo extraño en la temperatura de mi despensa,
pues se rompían todas las botellas de aguardiente;
y, por último, descubrí que estaba muy solo en el
mundo, y me sentía profundamente inclinado a re-
cordarlo en fragmentos de versificación inglesa.
El día de mi incorporación definitiva con míster
Spenlow y Jorkins lo celebré invitando a los em-
pleados de las oficinas a sándwiches y jerez y yen-
do por la noche yo solo al teatro. Fui a ver El extran-
jero, pensando que no desmerecía mi dignidad de
pertenecer al Tribunal de Doctores el verla, y volví
en tal estado, que no me reconocí en el espejo.
Míster Spenlow me dijo que habría tenido mucho
gusto en invitarme a pasar la velada en su casa de
Norwood, en celebración de las relaciones que se
establecían entre nosotros; pero que su casa estaba
algo en desorden porque esperaba de un momento
a otro la llegada de su hija, que había terminado su
educación en París. Añadió, sin embargo, que
cuando Ilegara su hija esperaba tener el gusto de
recibirme. Yo sabía, en efecto, que era viudo, con
una hija única, y le, expresé mi agradecimiento.
Míster Spenlow cumplió fielmente su palabra, y
quince días después me recordó su promesa, di-
ciéndome que si quería hacerle el honor de ir a
Norwood el sábado siguiente y quedarme hasta el
lunes me lo agradecería mucho. Yo respondí, natu-
ralmente, que estaba dispuesto a complacerle, y
quedó convenido que me llevaría y me traería en su
coche.
Cuando llegó aquel día, hasta mi equipaje era un
objeto de veneración para los empleados subalter-
nos, los cuales pensaban en la casa de Norwood
como en un misterio sagrado. Uno de ellos me dijo
que había oído contar que el servicio de mesa de
míster Spenlow era exclusivamente de plata y por-
celana de China y, además, que se bebía champán
durante toda la comida como se bebe cerveza en
otras partes. El viejo abogado de la peluca, que se
llamaba míster Tiffey, había estado muchas veces
en Norwood en el transcurso de su carrera y había
podido entrar hasta el comedor, que describía como
una habitación de lo más suntuosa, tanto más por-
que había bebido en ella jerez de la Compañía de
las Indias, de una calidad tan especial que causaba
sorpresa.
El Tribunal de Doctores se ocupaba aquel día de
un asunto atrasado: condenar a un panadero que se
había negado a pagar el impuesto de adoquinado, y
como la causa era dos veces más larga que Robin-
son Crusoe (según un cálculo que hice), aquello
terminó algo tarde. Condenamos al panadero a mes
y medio de prisión y a pagar daños y perjuicios;
después de esto, el procurador del panadero, el
juez y los abogados de ambas partes, que eran
todos parientes, se fueron juntos hacia la ciudad, y
míster Spenlow y yo nos fuimos en su faetón.
Era un coche muy elegante; los caballos levanta-
ban la cabeza y movían las patas como si supieran
que pertenecían al Tribunal de Doctores.
Había mucha competencia entre los doctores so-
bre cualquier cosa, y teníamos algunos coches muy
cuidados, aunque yo siempre había considerado y
consideraré que en mi época el gran artículo de
competencia era el almidón de los cuellos, pues los
procuradores hacían tal consumo de él que no creo
que la naturaleza humana pudiera soportar más.
Por el camino íbamos muy contentos y míster
Spenlow me dio algunos consejos relativos a mi
profesión. Decía que era la profesión más distingui-
da del mundo y que no debía confundirse con el
oficio de abogado, pues eran cosas completamente
distintas, infinitamente más exclusiva, menos mecá-
nica y de más provecho la de procurador. Tratába-
mos las cosas mucho más cómodamente allí que en
ninguna parte, y esto hacía de nosotros una clase
aparte, privilegiada. Me dijo que no podía por me-
nos de reconocer el hecho desagradable de que
casi siempre nos utilizaban los abogados; pero me
dio a entender que eran una raza inferior de hom-
bres, universalmente mirados de arriba abajo por
todos los procuradores que se respetaban.
Pregunté a míster Spenlow qué negocios profe-
sionales le parecían los mejores, y me dijo que una
buena causa de testamento, donde se trate de un
pequeño estado de treinta o cuarenta mil libras, era
quizá lo mejor de todo. En un caso así, decía, no
solamente hay a cada momento una buena cosecha
de ganancias, por vía de argumentación, sino que
además los papeles se van amontonando con los
testimonios, los interrogatorios, los contrainterroga-
torios (y no hay que decir nada si apelan primero a
los delegados y después a los lores, pues como
tienen asegurado el pago con el valor de la propie-
dad, ambas partes siguen con valor hacia adelante
sin preocuparse del gasto). Después se lanzó a
elogiar al Tribunal. Decía que lo más digno de admi-
rar en él era su concentración. Era el mejor organi-
zado del mundo; se tenía todo a mano. Por ejemplo:
llevaban una causa de divorcio, o una causa de
restitución al Consistorio. Muy bien. Se intentaba en
el Consistorio, y se hacía como un juego en familia
y con toda tranquilidad. Supongamos que no que-
dasen satisfechos con el Consistorio. ¿Qué se
hace? Pues se lleva a los Arcos. ¿Y qué es el Tri-
bunal de los Arcos? Pues el mismo Tribunal, en la
misma habitación, con el mismo foro y los mismos
consejeros, pero con otro juez; pero el del Consisto-
rio puede it allí cuando le conviene como abogado.
Bien; allí vuelve a empezar el juego. ¿Todavía no se
está satisfecho? Muy bien. ¿Qué se hace entonces?
Pues lo pueden llevar a los delegados. ¿Y quiénes
son los delegados? Pues verá usted. Los delegados
eclesiásticos son los abogados sin causas, que han
visto el juego de los dos Tribunales, que han visto
dar las cartas, echarlas y cortarlas; que han hablado
con todos los jugadores, y que después de esto se
presentan como jueces completamente extraños al
asunto para arreglarlo todo a la mayor satisfacción
general. Los descontentos podrán hablar de la co-
rrupción del Tribunal, de la insuficiencia del Tribu-
nal, de la necesidad de reformas en el Tribunal;
pero así y todo -terminó solemnemente míster
Spenlow-, cuando el precio del trigo por áridos está
alto, el Tribunal tiene más trabajo, y si un hombre
sincero se pone la mano en el corazón, no podrá
por menos de decir al mundo entero: «Si llega a
tocarse al Tribunal de Doctores, se acabó el país».
Yo le escuchaba con atención, aunque debo con-
fesar que tenía mis dudas respecto a que la nación
tuviera tanto que agradecerles como míster Spen-
low decía. Sin embargo, acepté respetuosamente
sus opiniones. En cuanto a la gestión del precio del
trigo, sentía modestamente que aquello estaba por
encima de mi inteligencia. Todavía ahora no he
podido comprenderlo, y muchas veces después, a
través de mi vida, ha surgido para aniquilarme.
Todavía no sé lo que aquello tendría que ver
conmigo ni con qué derecho se mezclaba en mis
cosas; pero en cuanto mi antiguo conocido el «
árido» aparecía en escena, podía dar el asunto por
perdido.
Pero esto es una digresión; yo no era hombre pa-
ra tocar el Tribunal de Doctores ni para revolucionar
el país; humildemente expresé, con mi silencio, que
asentía a todo cuanto había dicho mi superior en
edad y conocimientos y nos pusimos a hablar de El
extranjero, del drama en general y del tronco de
caballos que nos arrastraba, hasta que llegamos
ante la puerta de míster Spenlow.
La casa de míster Spenlow tenía un bonito jardín,
y aunque no era buena época para verlo, estaba tan
cuidado, que me entusiasmó totalmente. Era un sitio
delicioso, con el césped, los árboles y aquella pers-
pectiva de senderos que se perdían en la oscuridad
de los arcos, cubiertos sin duda de flores y plantas
trepadoras en la primavera. «Por aquí paseará miss
Spenlow», pensé.
Entramos en la casa, que estaba alegremente
iluminada, y me encontré en un vestíbulo lleno de
sombreros, gabanes, guantes, fustas y bastones.
-¿Dónde está miss Dora? -dijo míster Spenlow al
criado.
« Dora, pensé, ¡qué nombre tan bonito! »
Entramos en una habitación (contigua al comedor
en que el antiguo empleado había bebido jerez de la
Compañía de las Indias) y oí que decían:
-Míster Copperfield: mi hija Dora y la amiga de
confianza de mi hija.
No tenía duda; era la voz de míster Spenlow; pero
yo no me daba cuenta, y además me tenía sin cui-
dado. Todo había terminado; mi destino estaba
cumplido. Estaba cautivo y esclavo. Amaba a Dora
Spenlow con locura.
Me pareció una criatura sobrehumana, un hada,
una sílfide, no sé qué, algo que nunca había visto y
que todos deseamos siempre. Desaparecí en un
abismo de amor, sin detenerme en el borde, sin
mirar adelante ni atrás; me lancé de cabeza antes
de haber podido decirle una palabra.
-Ya conocía a míster Copperfield -me dijo otra voz
muy conocida, cuando me inclinaba murmurando
algo.
La que hablaba no era Dora, no; era su amiga de
confianza, miss Murdstone.
No me sorprendí demasiado; había perdido la fa-
cultad de sorprenderme. ¡No había nada en la tierra
ni en el mundo material que mereciese sorprender-
me fuera de Dora Spenlow! Dije: «¿Cómo está us-
ted, mis Murdstone? Espero que siga usted bien».
Ella me contestó: «Muy bien». Y yo dije: «¿Cómo
está míster Murdstone?». Y me contestó: «Mi her-
mano está en perfecta salud, muchas gracias».
Míster Spenlow, que se había sorprendido al ver
que nos conocíamos mutuamente, dijo:
-Me alegro mucho, Copperfield, de ver que usted
y miss Murdstone se conocen de antes.
-Míster Copperfield y yo -dijo miss Murdstone con
severa compostura- nos conocemos desde los días
de su infancia. Las circunstancias nos han separado
después, y yo no lo habría reconocido.
Yo contesté que la habría reconocido en cualquier
parte, y era verdad.
-Mis Murdstone ha tenido la bondad -me dijo
míster Spenlow- de aceptar el oficio, si puedo lla-
marlo así, de amiga de confianza de mi hija Dora.
Mi hija tiene la desgracia de haber perdido a su
madre, y miss Murdstone se dedica a acompañarla
y protegerla.
Pensé que miss Murdstone, como esas pistolas
de bolsillo que llaman « protectoras», estaba más
hecha para atacar que para defender; pero aquella
idea no hizo más que atravesar rápidamente por mi
espíritu, como todas las que no se relacionaban con
Dora, a quien no dejaba de mirar; y me pareció ver
en sus gestos monísimos, un poco tercos y ca-
prichosos, que no estaba muy dispuesta a poner su
confianza en aquella compañera y protectora. Pero
sonó una campana, y míster Spenlow dijo que era la
primera llamada para la comida, y me condujo a mi
habitación por si quería arreglarme.
La idea de vestirme, de hacer algo, de moverme
siquiera, en aquel estado de amor, habría sido ridí-
cula. No pude más que sentarme ante el fuego, con
la llave del maletín en la mano, y pensar en lo en-
cantadora, en lo chiquilla, en los ojos brillantes que
tenía la deliciosa Dora. ¡Qué figura, qué rostro, qué
gracia la de sus movimientos!
La campana sonó tan pronto, que apenas tuve
tiempo de ponerme de cualquier modo el traje. ¡Yo,
que hubiera querido poner especial cuidado en se-
mejantes circunstancias! En el comedor había algu-
nas personas, y Dora hablaba con un caballero de
cabellos blancos. A pesar de la blancura de sus
cabellos y de sus biznietos, él mismo confesaba que
era bisabuelo, estaba horriblemente celoso de él.
¡Qué estado de espíritu aquel en que estaba su-
mergido! ¡Sentía celos de todo el mundo! No podía
soportar la idea de que nadie conociese a míster
Spenlow mejor que yo. Era una tortura para mí el oír
hablar de sucesos en los que yo no había tomado
parte. A un señor completamente calvo, de cabeza
reluciente y muy amable, se le ocurrió preguntarme,
a través de la mesa, si era la primera vez que veía
el jardín. En mi cólera feroz y salvaje, no sé lo que
habría hecho.
A los demás invitados no los recuerdo; sólo re-
cuerdo a Dora. No tengo idea de lo que comimos;
sólo vi a Dora. Creo verdaderamente que me ali-
menté de Dora, pues rechacé media docena de
platos sin tocarlos. Estaba sentado a su lado, y le
hablaba; ella tenía la voz más dulce, la risa mas
alegre, los movimientos más encantadores y más
seductores que hayan esclavizado nunca a un po-
bre muchacho loco. En ella todo era diminuto, y eso
me parecía que la hacía todavía más preciosa.
Cuando dejó el comedor con miss Murdstone (no
había allí más señoras), caí en un dulce ensueño,
turbado sólo por la viva inquietud de que miss
Murdstone le hablase mal de mí. El señor amable y
calvo me contó una larga historia de horticultura,
según creo. Me pareció que le oía repetir muchas
veces «mi jardinero», y hacía como que le prestaba
la mayor atención; pero en realidad erraba durante
aquel tiempo por el jardín del Edén con Dora. Mis
temores de ser perjudicado ante ella se reanudaron,
cuando volvimos al salón, al ver el rostro sombrío
de miss Murdstone. Pero me tranquilicé de una
manera inesperada.
-David Copperfield -dijo miss Murdstone hacién-
dome una seña para que me acercara con ella a
una ventana-, ¡una palabra!
Me encontré frente a miss Murdstone.
-David Copperfield -me dijo miss Murdstone-, no
tengo necesidad de extenderme sobre nuestras
circunstancias familiares; el asunto no es tentador.
-Muy lejos de ello, señorita -repliqué.
-Muy lejos de ello -repitió miss Murdstone-. No
tengo ningún deseo de recordar querellas pasadas
ni injurias olvidadas. He sido insultada por una per-
sona, una mujer, siento decirlo por el honor del
sexo, y como no podría hablar de ella sin desprecio
y sin asco, prefiero no mencionarla.
Estuve a punto de acalorarme defendiendo a mi
tía. Pero me contuve y le dije que, en efecto, sería
más delicado el no, aludir a ello, y añadí que no
consentiría oír hablar de mi tía más que con respe-
to, y de no ser así, tomaría su defensa.
Miss Murdstone cerró los ojos, inclinó la cabeza
con desdén y, después, volviendo a abrirlos lenta-
mente, repuso:
-David Copperfield, no trataré de ocultarle que la
opinion que tengo de usted es muy desfavorable
desde su infancia. Quizá me he equivocado, o usted
ha dejado de justificar esa opinion; por el momento,
no se trata de eso. Formo parte de una familia nota-
ble, así lo creo, por su firmeza, y no soy persona a
quien cambie las circunstancias. Puedo tener mi
opinión sobre usted, como usted puede tenerla so-
bre mí.
Incliné la cabeza a mi vez.
-Pero no es necesario --dijo miss Murdstone- que
hagamos aquí gala de esas opiniones. En las cir-
cunstancias actuales vale más para todos que no
sea así. Puesto que las casualidades de la vida nos
han acercado de nuevo y que otras ocasiones se-
mejantes pueden presentarse, soy de la opinion de
que nos tratemos uno a otro como simples conoci-
dos. Nuestro parentesco lejano es razón suficiente
para explicar esa clase de relaciones, y es inútil
ponernos en evidencia. ¿Es usted de la misma opi-
nión?
-Miss Murdstone -repliqué-, opino que mister
Murdstone y usted se han portado conmigo cruel-
mente y que han tratado a mi madre con mucha
dureza; conservaré esta opinion mientras viva. Pero
comparto plenamente lo que me propone.
Miss Murdstone cerró de nuevo los ojos a inclinó
otra vez la cabeza; después, tocando el reverso de
mi mano con sus dedos rígidos y helados, se alejó
arreglando las cadenitas que llevaba en los brazos y
en el cuello; las mismas, y en el mismo estado
exactamente, que la última vez que la había visto.
Entonces, pensando en el carácter de miss Murds-
tone, recordé las cadenas que ponen en las puertas
de las prisiones para anunciar a todo transeúnte lo
que debe esperarse encontrar dentro.
Todo lo que sé del resto de la velada es que oí a
la soberana de mi corazón cantar maravillosas ba-
ladas francesas cuyos significados eran, por lo ge-
neral, que en todo momento había que bailar ¡tra-
lalá, tralalá! Se acompañaba de un instrumento
mágico, que parecía una guitarra. Yo estaba su-
mergido en un delirio de bienaventuranzas. Re-
chacé todo refresco. El ponche en particular me
repugnaba. Cuando miss Murdstone se acercó para
llevársela, me sonrió y me tendió su encantadora
mano. Yo lancé por casualidad una mirada a un
espejo, y vi que tenía todo el aspecto de un imbécil,
de un idiota. Volví a mi habitación en completo es-
tado de imbecilidad, y me levanté al día siguiente
sumergido todavía en el mismo éxtasis.
Hacía un día hermoso, y como me había levanta-
do muy temprano, pensé que podría pasearme por
una de aquellas avenidas alimentando mi pasión
con su recuerdo. Al atravesar el vestíbulo me en-
contré a su perrito; se llamaba Jip, diminutivo de
Gipsy. Me acerqué a él con ternura, pues mi amor
se extendía hasta él; pero me enseñó los dientes y
se refugió debajo de una silla, gruñendo, sin permi-
tirme la menor familiaridad.
El jardín estaba fresco y solitario; yo me paseaba
pensando en la felicidad que sentiría si llegara algu-
na vez a ser novio de aquella maravillosa criatura.
En cuanto al matrimonio, o a la fortuna, creo que
estaba tan alejado de todo pensamiento de aquel
género como en los tiempos en que amaba a la
pequeña Emily. Llegar a poder llamarla Dora, a
escribirle, a amarla, a adorarla, a creer que ella no
me olvidaba, aunque estuviera rodeada de otros
amigos, era para mí el máximo de la ambición
humana. No hay duda de que yo era entonces un
pobre muchacho ridículo y sentimental; pero aque-
llos sentimientos demostraban tal pureza de co-
razón que me impiden despreciar absolutamente su
recuerdo, por risible que me parezca hoy.
Me paseaba hacía poco rato, cuando a la vuelta
de un sendero me encontré con Dora. Todavía en-
rojezco de pies a cabeza al recordarlo y la pluma
me tiembla entre los dedos.
-Sale... usted muy temprano, miss Spenlow -le di-
je.
-¡Oh! Me aburro en casa; miss Murdstone es tan
absurda. Tiene las ideas más extrañas sobre la
necesidad de que la atmósfera esté bien purificada
antes de que yo salga. ¡Purificada! (Aquí se echó a
reír con la risa más melodiosa.) Los domingos por la
mañana no estudio, y algo tengo que hacer. Anoche
le dije a papá que estaba decidida a salir. Además,
es el momento más hermoso del día, ¿no cree us-
ted?
Emprendí el vuelo aturdidamente y le dije, o mejor
dicho balbucí, que el tiempo me parecía magnífico
en aquel momento; pero que hacía un instante me
parecía muy triste.
-¿Es un cumplido --dijo Dora-, o es que el tiempo
ha cambiado en realidad?
Contesté, balbuciendo más que nunca, que no era
un cumplido, sino la verdad, aunque no había ob-
servado el menor cambio en el tiempo; me refería
únicamente al que se había producido en mis sen-
timientos, añadí tímidamente, para terminar la expli-
cación.
Nunca he visto bucles semejantes a los que en-
tonces sacudió Dora para ocultar su rubor; pero no
es extraño que no los hubiera visto, pues no había
bucles semejantes en el mundo. En cuanto al som-
brero de paja con cintas azules que coronaba aque-
llos bucles, ¡qué tesoro tan inestimable para colgar
en mi habitación de Buckinghan-Street, si lo hubiera
tenido en mi poder!
-¿Llega usted de París? -le dije.
-Sí -respondió-. ¿Ha estado usted allí alguna vez?
-No.
-¿Irá usted pronto? ¡Le gustará tanto!
Mi fisonomía expresó un profundo sufrimiento. No
podía resignarme a pensar que esperaba verme
marchar a París, que suponía que podría tener si-
quiera la idea de ir. ¡Mucho me importaba a mí
París y Francia entera! Me sería imposible, en las
circunstancias actuales, abandonar Inglaterra ni por
todos los tesoros del mundo. Nada podría decidir-
me. En resumen, dije tanto, que ella empezaba de
nuevo a esconder la cara tras los bucles, cuando a
lo largo del sendero llegó corriendo el perrito, para
descanso nuestro.
Estaba horriblemente celoso de mí, y se obstina-
ba en ladrarme entre las piernas. Ella lo cogió en
brazos ¡oh Dios mío! y le acarició, sin que dejara de
ladrar.
No quería que yo le tocara, y entonces ella le
pegó; mis sufrimientos aumentaban al ver los gol-
pecitos que le daba en el hocico para castigarle,
mientras él guiñaba los ojos y le lamía las manos, al
mismo tiempo que continuaba gruñendo entre dien-
tes en voz baja. Por fin se tranquilizó (¡ya lo creo,
con aquella barbillita con hoyuelos apoyada en su
hocico!) y tomamos el camino de la terraza.
-No time usted demasiada amistad con miss
Murdstone, ¿verdad? -dijo Dora- ¡Querido mío! (Es-
tas dos últimas palabras se dirigían al perro. ¡Oh si
hubiese sido a mí!)
-No -repliqué yo-; ninguna.
-Es muy fastidiosa -añadió haciendo un gestito-.
Yo no sé en qué ha estado pensando papá para
traerme de compañera a una persona tan insopor-
table. ¡No parece sino que necesita una que la pro-
tejan! ¡No seré yo! ,lip es mucho mejor protector que
miss Murdstone. ¿No es verdad, Jip, amor mío?
Él se contentó con cerrar los ojos descuidada-
mente, mientras ella besaba su cabecita.
-Papá le llama mi amiga de confianza; pero eso
no es cierto, ¿verdad, Jip? No tenemos la intención
de dar nuestra confianza a personas tan gruñonas,
¿,no es verdad, Jip? Tenemos la intención de po-
nerla en quien nos dé la gana, y de buscarnos solos
nuestros amigos, sin que nos los vayan a descubrir,
¿no es verdad, Jip?
Jip, en respuesta, hizo un ruido que se parecía
bastante al de un puchero que hirviese. En cuanto a
mí, cada palabra era un anillo que añadían a mi
cadena.
-Es muy duro que porque no tengamos madre
nos veamos obligados a arrastrar a una mujer vieja,
fastidiosa, antipática, como miss Murdstone, tras de
nosotros, ¿no es verdad, Jip? Pero no te preocupes,
Jip, no le daremos nuestra confianza, y disfrutare-
mos todo lo que podamos a pesar suyo, y le hare-
mos rabiar; es todo lo que podemos hacer por ella,
¿no es verdad, Jip?
Si aquel diálogo hubiera durado dos minutos
más, creo que habría terminado por caer de rodi-
llas en la arena, a riesgo de arañármelas y de
que, además, me despidieran. Pero, afortuna-
damente, la terraza estaba cerca y llegamos al
mismo tiempo que terminaba de hablar.
Estaba llena de geranios, y quedamos en con-
templación ante las flores. Dora saltaba sin cesar
para admirar una planta, y después otra; y yo me
detenía para admirar las que ella admiraba. Dora, al
mismo tiempo que se reía, levantaba al perro en sus
brazos, con un gesto infantil, para que oliese las
flores; si no estábamos los tres en el paraíso yo por
mi parte lo estaba. El perfume de una hoja de gera-
nio me da todavía ahora una emoción mitad cómica
mitad seria, que cambia al instante la luz de mis
ideas. Veo enseguida el sombrero de paja con las
cintas azules sobre un bosque de bucles, y un perri-
to negro levantado por dos preciosos y finos brazos,
para hacerle respirar el perfume de las flores y de
las hojas.
Miss Murdstone nos buscaba. Nos encontró y
presentó su mejilla absurda a Dora para que besara
sus arrugas, llenas de polvo de arroz; después co-
gió el brazo de su amiga de confianza y nos dirigi-
mos a desayunar, como si fuéramos al entierro de
un soldado.
Yo no sé el número de tazas de té que acepté
porque era Dora quien lo había hecho; pero recuer-
do perfectamente que consumí tantas que debían
haberme destruido para siempre el sistema nervio-
so, si hubiera tenido nervios en aquella época. Un
poco más tarde fuimos a la iglesia. Miss Murdstone
se puso entre los dos; pero yo oía cantar a Dora, y
no veía a nadie más. Hubo sermón (naturalmente
sobre Dora ...) y me temo que eso fue todo lo que
saqué en limpio del servicio divino.
El día pasó tranquilamente. No vino nadie; des-
pués paseamos, comimos en familia y pasamos la
velada mirando libros y grabados. Pero miss Murds-
tone, con una homilía en la mano y los ojos fijos en
nosotros, montaba la guardia de vigilancia. ¡Ah!
Míster Spenlow no sospechaba, cuando estaba
sentado frente a mí después de comer, el ardor con
que yo le estrechaba, en mi imaginación, entre mis
brazos, como el más tierno de los yernos. No sos-
pechaba, cuando me despedí de él por la noche,
que acababa de dar su consentimiento a mi noviaz-
go con Dora, y que yo reclamaba, en agradecimien-
to, todas las bendiciones del cielo para él.
Al día siguiente partimos temprano, pues había
una causa de salvamento en la Cámara del Almiran-
tazgo que exigía un conocimiento bastante exacto
de toda la ciencia de la navegación. Ahora bien,
como en esa materia no estábamos muy duchos en
el Tribunal, el juez había rogado a dos viejos, Trinit
y Martersn, que tuvieran la caridad de ir en su ayu-
da. Dora estaba ya en la mesa haciéndonos el té, y
tuve el triste placer de saludarla desde lo alto del
faetón, mientras ella estaba en el dintel de la puerta
con Jip en sus brazos.
No intentaré inútiles esfuerzos para describir lo
que la Cámara del Almirantazgo me pareció aquel
día, ni la confusión de mi espíritu sobre el asunto
que se trataba en ella; no diré cómo leía el nombre
de Dora escrito sobre la rama de plata puesta enci-
ma de la mesa como emblema de nuestra alta ju-
risdicción, ni lo que sentí cuando míster Spenlow se
volvió a su casa sin mí. (Había abrigado la esperan-
za insensata de que quizá me llevaría.) Me parecía
que era un marinero abandonado por su buque en
una isla desierta. Si aquel viejo Tribunal pudiera
despertarse de su amodorramiento y presentar en
una forma visible todos los hermosos sueños que
hice allí sobre Dora, acudiría a ella para dar testi-
monio de la verdad de mis palabras.
No hablo de los sueños de aquel día únicamente,
sino de todos los que me persiguieron día tras día,
semana tras semana, mes tras mes. Cuando iba al
Tribunal, no iba más que para pensar en Dora. Si
alguna vez pensaba en las causas que se veían
ante mí, era para preguntarme, cuando se trataba
de asuntos matrimoniales, cómo podría ser que las
gentes casadas no fueran dichosas, pues pensaba
en Dora. Si se trataba de herencias, pensaba en
todo lo que habría hecho, si aquel dinero lo hereda-
ra yo, para conseguir a Dora. Durante la primera
semana de mi pasión compre cuatro chalecos
magníficos, no para mi propia satisfacción, no era
vanidoso, sino por Dora. Me acostumbré a llevar
botas muy ajustadas por la calle, y de entonces
provienen todos los callos que después he tenido.
Si las botas que llevaba entonces pudieran compa-
recer para compararlas con el tamaño natural de
mis pies, probarían de la manera más conmovedora
el estado de mi corazón.
Y, sin embargo, inválido voluntario en honor de
Dora, hacía todos los días muchas leguas a pie con
la esperanza de verla. No solamente pronto fui tan
conocido como el cartero en la carretera de Norwo-
od, sino que tampoco descuidaba las calles de Lon-
dres. Erraba por los alrededores de las tiendas de
modas y de los bazares como un aparecido; me
paseaba arriba y abajo por el parque; me rendía. A
veces, después de mucho tiempo y en raras oca-
siones, la percibía. A veces la veía agitar su guante
a la portezuela de un coche, o me la encontraba a
pie y daba algunos pasos con ella y con miss
Murdstone, y le hablaba. En este último caso des-
pués me sentía siempre muy desgraciado por no
haberle dicho nada de lo que más me preocupaba,
de no haberle dado a entender toda la grandeza de
mi afecto, en el temor de que ella ni siquiera pensa-
ra en mí. Pueden figurarse cómo suspiraba por una
nueva invitación de míster Spenlow. Pero no; era
constantemente defraudado: no recibí ninguna.
Era necesario que mistress Crupp fuera una mujer
dotada de gran intuición, pues mi enamoramiento
sólo databa de algunas semanas, y ni siquiera hab-
ía tenido todavía valor, al escribir a Agnes, de expli-
carle más claramente pues sólo le había dicho que
estuve en casa de míster Spenlow, cuya familia se
reducía a una sola hija; era necesario, repito, que
mistress Crupp fuera una mujer de gran intuición,
pues desde el primer momento descubrió mi secre-
to. Una noche, que yo estaba sumergido en un pro-
fundo abatimiento, subió para preguntarme si no
podría darle, para aliviarle de sus « espasmos» ,
una cucharada de tintura de cardamomo mezclada
con ruibarbo y con cinco gotas de esencia de clavo,
que era el mejor remedio para su enfermedad. Si no
tenía aquel licor a mano podía reemplazarlo con un
poco de aguardiente, que, aunque no le resultaba
muy agradable, según decía, de no ser la tintura de
cardamomo era lo mejor. Como yo no había oído
nunca hablar de lo primero y tenía siempre una
botella de lo segundo en mi armario, di un vaso a
mistress Crupp, que empezó a beberlo en mi pre-
sencia, para probarme que no era mujer que hiciese
mal uso de ello.
-Vamos, valor, señorito -me dijo mistress Crupp-;
no puedo soportar el verle así; yo también soy ma-
dre.
No comprendía bien cómo podría yo aplicarme
aquel «yo también», lo que no me impidió sonreír a
mistress Crupp con toda la benevolencia de que soy
capaz.
-Vamos, señorito -insistió mistress Crupp-, le pido
que me perdone; pero sé de lo que se trata, señori-
to. Se trata de una señorita.
-Mistress Crupp -respondí yo, enrojecido.
-¡Que Dios le bendiga! No se deje abatir, señorito
-dijo mistress Crupp con un gesto animador, ¡Tenga
valor, señorito! Si esta no le sonríe, no faltarán
otras. Es usted un joven con el que se está desean-
do sonreír, señorito Copperfull; debe usted aprender
lo que vale.
Mistress Crupp siempre me llamaba Copperfull;
en primer lugar, sin duda, porque no era mi nombre,
y en segundo, en recuerdo de algún día de bautizo.
-¿Qué es lo que le hace suponer que se trata de
una señorita, mistress Crupp?
-Míster Copperfull --dijo mistress Crupp en tono
conmovido-, ¡yo también soy madre!
Durante un momento mistress Crupp no pudo
hacer otra cosa que tener apoyada la mano sobre
su seno de nanquín y tomar fuerzas preventivas
contra la vuelta de su enfermedad, sorbiendo su
medicina. Por fin me dijo:
-Cuando su querida tía alquiló para usted estas
habitaciones, míster Copperfull, yo me dije: « Por fin
he encontrado a alguien a quien querer; ¡bendito
sea Dios!; por fin he encontrado alguien a quien
querer». Esas fueron mis palabras... Usted no come
apenas, ni bebe...
-¿Y es en eso en lo que funda sus suposiciones,
mistress Crupp? -pregunté.
-Señorito -dijo mistress Crupp en un tono casi se-
vero-, he cuidado la casa de muchos jóvenes. Un
joven podrá arreglarse mucho, o no arreglarse bas-
tante. Puede peinarse con cuidado, o no hacerse
siquiera la raya. Puede llevar botas demasiado
grandes o demasiado pequeñas; eso depende del
carácter; pero sea cual sea en el extremo que se
lance, en uno a otro caso siempre hay una señorita
por medio.
Mistress Crupp sacudió la cabeza con aire tan de-
cidido, que yo no sabía qué cara poner.
-El caballero que ha muerto aquí antes que usted
viniese --dijo mistress Crupp-, pues bien, se había
enamorado... de una criada, y al momento hizo es-
trechar todos sus chalecos, para que no se notara lo
hinchado que estaba por la bebida.
-Mistress Crupp -le dije-, le ruego que no compare
a la jovencita de que se trata con una criada ni con
ninguna otra criatura de esa especie; hágame el
favor.
-Míster Copperfull -contestó mistress Crupp-, yo
también soy madre, y no lo haré. Le pido perdón por
mi indiscreción. No me gusta mezclarme en lo que
no me incumbe. Pero usted es joven, míster Cop-
perfull, y mi opinión es que tenga usted valor, que
no se deje abatir y que se estime en lo que vale. Si
usted pudiera dedicarse a algo --dijo mistress
Crupp-, por ejemplo, a jugar a los bolos, es una
diversión, le distraería y le sentaría bien.
A estas palabras mistress Crupp me hizo una re-
verencia majestuosa, a manera de gracias por mi
medicina, y se retiró fingiendo cuidar mucho de no
verter el aguardiente, que ya había desaparecido
por completo. Viéndola alejarse en la oscuridad, se
me ocurrió que mistress Crupp se había tomado
una singular libertad dándome consejos; pero, por
otro lado, no me disgustaba. Era una lección para
saber guardar mejor mis secretos en el futuro.
CAPÍTULO VII
TOMMY TRADDLES
Quizá fue a consecuencia del consejo de mistress
Crupp, o quizá también sin mayor razón que la de
recordar algunas partidas que había jugado con
Traddles, por lo que al día siguiente se me ocurrió ir
en busca de mi antigun camarada. El tiempo que
debía pasar fuera de Londres había transcurrido, y
habitaba en una callejuela cercana a la Escuela de
Veterinaria, en Camden Town, barrio principalmente
habitado, según me dijo uno de nuestros emplea-
dos, que vivía cerca, por jóvenes estudiantes de la
Escuela, que compraban burros vivos para hacer
con ellos experimentos en sus habitaciones particu-
lares. Me hice dar por aquel mismo empleado algu-
nos datos sobre la situación de ese retiro académi-
co, y a mediodía me encaminé en busca de mi anti-
gun camarada.
La calle en cuestión dejaba bastante que desear,
y me habría gustado mayor comodidad para mi
amigo Traddles. Parecía que sus habitantes eran
demasiado propensos a lanzar en medio de la calle
todo lo que les estorbaba; de manera que no sola-
mente estaba llena de fango y basura, sino que
además reinaba el mayor desorden y estaba llena
de hojas de coles. Y aquel día no era eso todo,
pues además de las verduras había una zapatilla
vieja, una cacerola sin fondo, un sombrero negro y
un paraguas, todo en mayor o menor estado de
descomposición, según pude apreciar mientras bus-
caba el número deseado.
El aspecto general del lugar me recordó vivamen-
te los tiempos en que yo vivía con los Micawber.
Cierto aspecto indefinible de elegancia venida a
menos, que se observaba en la casa que yo busca-
ba, diferenciándola de las otras (aunque todas esta-
ban construidas sobre el mismo patrón y parecían
esos intentos primitivos de colegial torpe que
aprende a dibujar casas), me recordaba todavía
más a mis antiguos huéspedes. El diálogo a que
asistí al llegar a la puerta, que acababan de abrir al
lechero, no hizo más que avivar mis recuerdos.
-Veamos -decía el lechero a una criada muy jo-
vencita-, ¿han pensado ya en mi cuenta?
-¡Oh! El señor dice que se ocupará de ella ense-
guida -respondió.
-Porque... -repuso el lechero continuando como si
no hubiera recibido respuesta y hablando más bien,
según me pareció (por el tono y las miradas furiosas
que lanzaba hacia el interior), para que le escucha-
se alguien que estaba dentro de la casa, que para la
criadita- porque hace ya tanto tiempo que esta
cuenta va corriendo, que empiezo a creer que va a
seguir corriendo siempre, y luego va a ser difícil
atraparla. ¡Y puede usted comprender que eso no lo
puedo consentir! -gritó cada vez más alto, atrave-
sando con su tono penetrante toda la casa desde el
corredor
Sus modales eran una anomalía nada de acuerdo
con su tranquilo oficio de lechero. Su cólera habría
resultado excesiva en un carnicero y hasta en un
vendedor de aguardiente. La voz de la criadita se
debilitó; pero me pareció, por el movimiento de sus
labios, que murmuraba de nuevo que iban a ocu-
parse enseguida de la cuenta.
-Escucha lo que voy a decirte -repuso el lechero
fijando los ojos en ella por primera vez y cogiéndola
de la barbilla-: ¿te gusta la leche?
-Sí, mucho -replicó.
-Pues bien -continuó el lechero-; mañana no la
traeré, ¿me oyes? Mañana no traeré ni una gota.
La chica pareció tranquilizada al saber que, por lo
menos, hoy sí la tendrían. El lechero, después de
hacer un gesto siniestro, le soltó la barbilla, y
abriendo su cacharra de la peor gana del mundo
llenó la de la familia. Después se marchó gruñendo
y se puso a vocear en la calle la leche en tono fu-
rioso.
-¿Vive aquí míster Traddles? -pregunté.
Una voz misteriosa respondió «sí» desde el fondo
del corredor. Entonces la criadita repitió: «Sí.»
-¿Está en casa?
La voz misteriosa respondió de nuevo afirmativa-
mente, y la criada hizo eco. Entonces entré y, por
las indicaciones de la muchacha, subí, seguido,
según me pareció, por un ojo misterioso, que perte-
necía sin duda a la voz misteriosa, y procedente de
una habitación de la parte de atrás de la casa.
Encontré a Traddles esperándome en el descansi-
llo de la escalera. La casa no tenía más que un
piso, y la habitación en que me introdujo, con gran
cordialidad, estaba situada en la parte de delante.
Estaba muy limpia, aunque pobremente amueblada.
Vi que esa era toda su vivienda, pues tenía un le-
cho-diván, y los cepillos y betunes estaban escondi-
dos entre los libros, detrás de un diccionario, sobre
el estante más alto. Tenía la mesa cubierta de pa-
peles; estaba vestido con un traje muy viejo, y tra-
bajaba con toda su alma. Yo no miraba nada; pero
lo vi todo a la primera ojeada, antes de sentarme:
hasta una iglesia pintada en el tintero de porcelana.
Era también una facultad de observación que había
aprendido a ejercitar en los tiempos de los Micaw-
ber. Diferentes arreglos ingeniosos de su invención,
para disimular la cómoda o para esconder las botas,
el espejo de afeitarse, etc., me recordaban con una
exactitud completamente peculiar las costumbres de
Traddles en los tiempos en que gastaba el tiempo
en tonterías, o cuando se consolaba de sus penas
con las famosas obras de arte de las cuales he
hablado más de una vez.
En un rincón de la habitación vi algo que estaba
cuidadosamente cubierto con un gran paño blanco,
sin poder adivinar lo que era.
-Traddles -le dije estrechándole por segunda vez
la mano cuando estuve sentado-, estoy encantado
de verte.
-Yo sí que estoy encantado, Copperfield -replicó-.
¡Oh, sí! ¡Muy contento! El día que nos encontramos
en casa de míster Waterbrook estaba radiante, y
estaba seguro de que te ocurría lo mismo. Por eso
te di la dirección de mi casa, en lugar de darte la de
mi bufete.
-¡Oh! ¿Tienes bufete? -dije.
-Es decir, la cuarta parte de un bufete y de un pa-
sillo, y también la cuarta parte de un empleado
-repuso Traddles-. Nos hemos reunido cuatro para
alquilar un estudio, y que parezca que tenemos
asuntos, y al empleado también le pagamos entre
los cuatro. Me cuesta media corona por semana.
«Su antigua sencillez y buen humor, y también al-
go de su antigua mala suerte» pensaba yo al verle
sonreírse mientras me daba estas explicaciones.
-Te aseguro que no es por orgullo, Copperfield,
me comprenderás --dijo Traddles-, por lo que no
doy, por lo general, las señas de mi casa; es sola-
mente porque no a todos podría gustarles venir
aquí. En cuanto a mí, tengo bastante que hacer con
tratar de salir a flote en el mundo, y sería ridículo
que me preocupara otra cosa.
-¿Te piensas dedicar a la abogacía, según me ha
dicho míster Waterbrook? -le dije.
-Sí, sí --dijo Traddles restregándose despacio las
manos una con otra-; me preparo para eso. El caso
es que empiezo ahora a estudiar, aunque algo tar-
de, hace ya algún tiempo que estoy inscrito, pero el
pago de esas cien libras es un gran pellizco. ¡Un
gran pellizco! --dijo Traddles con un gesto como si
le sacaran un diente.
-¿Sabes en lo que no puedo por menos de pen-
sar, Traddles, mientras estoy aquí sentado mirándo-
te? -le pregunté.
-No -me dijo. -En el traje azul celeste que llevabas
entonces.
-¡Dios mío, es verdad! -exclamó Traddles riendo-.
Un poco estrecho en los brazos y en las piernas.
¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Aquellos eran tiempos feli-
ces, ¿no te parece?
-Pienso que nuestro maestro podía habernos
hecho más dichosos sin perjudicamos a ninguno, y
se lo habría agradecido -repuse.
-Quizá podía; pero, amigo, nos divertíamos mu-
cho. ¿Te acuerdas de las noches del dormitorio? ¿Y
los banquetes que acostumbrábamos a tener? ¿Y
cuando tú nos contabas historias? ¡Ja, ja, ja! ¿Y te
acuerdas cómo me pegaron por llorar cuando se fue
míster Mell? ¡El viejo Creakle! Me gustaría también
volverle a ver
-Era un bruto contigo, Traddles --dije con indigna-
ción, pues su buen humor me ponía furioso, como si
le hubiera estado viendo pegar la víspera.
-¿De verdad lo piensas? ¿Realmente? Quizá lo
era; pero hace tanto tiempo. ¡Viejo Creakle!
-¿Era un tío el que se ocupaba de ti entonces?
--dije.
-Sí -dijo Traddles-. Aquel a quien siempre iba yo a
escribir y nunca lo hacía. ¡Ja, ja, ja! Sí; entonces
tenía un tío. Murió poco después de salir yo del
colegio.
-¿De verdad?
-Sí. Era ¿cómo se dirá? un comerciante de telas
retirado, y había hecho de mí su heredero. Pero
dejé de gustarle al crecer.
-¿De verdad fue así? -dije.
No podía comprender que hablara con tanta tran-
quilidad de semejante asunto.
-¡Oh sí, querido Copperfield, ha sido así! -replicó
Traddles-. Fue una desgracia; pero no le gusté en
absoluto. Dijo que no era yo lo que se había espe-
rado, y se casó con su ama de llaves.
-¿Y tú qué hiciste? -pregunté.
-Yo no hice nada de particular -dijo Traddles-. Se-
guí viviendo con ellos, esperando poder salir al
mundo; pero a mi tío se le subió la gota al estómago
y murió. Entonces ella se casó con un joven, y yo
me quedé sin posición.
-¿Pero no te dejó nada, Traddles, después de to-
do?
-¡Oh sí, querido, sí! -dijo Traddles-. Me dejó cin-
cuenta libras. Como nunca me habían dedicado a
ninguna profesión, al principio no sabía qué hacer.
Sin embargo, empecé, con la ayuda del hijo de un
profesional, que había estado en Salem House:
Yawler, con su nariz torcida, ¿no le recuerdas?
-No. No debía de estar cuando yo. En mi época
todas las narices estaban derechas.
-Lo mismo da --dijo Traddles-. Empecé, por me-
diación suya, a copiar escrituras legales. Pero esto
no me reportaba mucho; entonces empecé a redac-
tar y a hacer toda clase de trabajos para ellos. Tra-
bajo mucho, tanto más porque lo hago deprisa.
Bien. Entonces se me metió en la cabeza estudiar
yo también leyes, y así desapareció el final de mis
cincuenta libras. Yawler me recomendó a uno o dos
bufetes, entre ellos el de míster Waterbrook; hice
algún negociejo que otro. También he tenido la
suerte de conocer a un editor que trabaja en la pu-
blicación de una enciclopedia, y me ha dado trabajo.
En este momento trabajaba para él, y no soy mal
compilador, Copperfield -dijo Traddles continuando
en el mismo tono de alegre confidencia-; pero no
tengo la menor imaginación, ni un átomo. Yo creo
que no se puede encontrar un muchacho con me-
nos originalidad que yo.
Como Traddles parecía esperar que yo asintiera a
aquello como cosa sabida, asentí; y él continuó con
la misma alegre paciencia (no encuentro mejor ex-
presión) de antes:
-Y así, poco a poco, y viviendo con modestia, por
fin he conseguido reunir las cien libras, y gracias a
Dios las he pagado, aunque el trabajo haya sido...
haya sido verdaderamente... -Traddles hizo de nue-
vo un gesto como si le arrancaran otra muela...-
algo duro. Vivo de todo esto, y espero llegar pronto
a escribir en un periódico. Por el momento sería mi
bastón de mariscal. Pero, ahora que me fijo, Cop-
perfield, has cambiado tan poco y estoy tan conten-
to de volver a ver tu cara de bueno, que no quiero
ocultarte nada. Has de saber que tengo novia. (¡No-
via! ¡Oh Dora!)
-Es la hija de un pastor del Devonshire: son diez
hermanos. Sí -añadió viéndome lanzar una mirada
involuntaria hacia el tintero--; esa es la iglesia: se da
la vuelta por aquí y se sale por esta verja (me lo iba
señalando con el dedo); y aquí donde pongo la plu-
ma está el presbiterio, frente a la iglesia. ¿Te das
cuenta?
Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto
con que me daba aquellos detalles; pues en aquel
momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un
piano figurado de la casa y del jardín de mister
Spenlow.
-¡Es una chica tan buena! -dijo Traddles-. Time al-
gún año más que yo; pero ¡es una chica tan buena!
¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de
Londres? Es que iba a verla. Voy a pie al ir y al ve-
nir; pero ¡qué viaje tan delicioso! Probablemente
seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro
lema es «Paciencia y esperanza». Y es lo que nos
repetimos siempre: «Paciencia y esperanza». Y me
esperará, querido Copperfield; me esperará hasta
los sesenta años y mas si es necesario.
Traddles se levantó y puso la mano con expresión
de triunfo encima del paño blanco que ya he men-
cionado.
-Sin embargo -dijo-, eso no quita que nos estemos
ocupando ya de nuestra casa; no, no. Al contrario,
ya hemos empezado. Iremos poco a poco; pero ya
hemos empezado. Mira -dijo tirando del paño con
mucho orgullo y cuidado-, mira las dos cosas que
hemos comprado ya para la casa: este florero y esta
repisa; eila misma los ha comprado. Esto en la ven-
tana de un salón --dijo Traddles retrocediendo un
poco para mirar mejor- y con una planta en el florero
y... ¡ya está! En cuanto a esta mesita con tablero de
mármol (tiene dos pies y dos pulgadas de circunfe-
rencia), yo soy quien la ha comprado. Se necesita
un sitio donde dejar un libro, o bien viene alguien a
veros, a ti o a tu mujer, y busca un sitio donde dejar
su taza de té; pues, ¡aquí está! -repuso Traddles-.
Es un mueble muy bien trabajado, y sólido como
una roca.
Le alabé las dos cosas, y Traddles volvió a colo-
car el paño con el mismo cuidado que lo había le-
vantado.
-No es todavía mucho mobiliario -dijo Traddles-;
pero siempre es algo. Los manteles, las sábanas y
todo eso es lo que más me desanima, Copperfield,
y la batería de cocina, las cacerolas, los asadores;
es todo tan indispensable, y es caro, sube mucho.
Pero «Paciencia y esperanza», y además, si supie-
ras, ¡es tan... tan buena chica!
-Estoy seguro -le dije.
-Entre tanto --dijo Traddles volviéndose a sentar, y
este es el fin de todos estos pesadísimos detalles
personales-, hago lo que puedo. No gano mucho
dinero, pero gasto poco. En general como con los
habitantes del piso bajo, que son muy amables.
Míster y mistress Micawber conocen bien la vida, y
son compañeros agradables.
-Querido Traddles, ¿qué me dices?
Traddles me miró como si a su vez no supiera lo
que yo decía.
-¡Mister y mistress Micawber! ¡Son íntimos amigos
míos!
Precisamente en aquel momento sonó en la puer-
ta de la calle un doble golpe, en el que reconocí, a
causa de mi larga experiencia de Windsor Terrace,
la mano de míster Micawber; sólo él podía llamar
así. Por lo tanto, cualquier duda que hubiera podido
quedarme en el espíritu sobre la identidad de mis
antiguos amigos se desvaneció, y rogué a Traddles
que pidiera al dueño que subiera. Traddles se
asomó a la escalera para llamar a míster Micawber,
que apareció un momento después. No había cam-
biado; su pantalón ceñido, su bastón, el cuello de la
camisa y su monóculo eran siempre los mismos, y
entró en la habitación de Traddles con cierto aire de
juventud y de elegancia.
-Le pido perdón, míster Traddles --dijo míster Mi-
cawber con la misma inflexión de voz de siempre y
cesando bruscamente de canturrear-: no sabía que
iba a encontrar en su santuario a un caballero ex-
traño a la casa.
Míster Micawber me hizo un ligero saludo y se tiró
del cuello de la camisa.
-¿Cómo está usted, míster Micawber? -le dije.
-Caballero -dijo míster Micawber-, es usted muy
amable. Estoy in statu quo.
-¿Y mistress Micawber? -proseguí.
-Caballero -dijo míster Micawber-, también está,
gracias a Dios, in statu quo.
-¿Y los niños, míster Micawber?
-Caballero -dijo míster Micawber-, tengo la alegría
de poderle contestar que están en el mejor estado
de salud.
Durante todo aquel tiempo, míster Micawber no
me había reconocido lo más mínimo, aunque está-
bamos frente a frente. Pero ahora, viendo mi sonri-
sa, examinó mis rasgos con mayor atención, retro-
cedió y exclamó:
-¿Es posible? ¿Es a Copperfield a quien tengo el
gusto de volver a ver?
Y me estrechó las dos manos con la mayor efu-
sión.
-¡Dios mío, míster Traddles --dijo míster Micaw-
ber-, pensar que encuentro en su compañía al ami-
go de mi juventud, al compañero de días más jóve-
nes! ¡Querida mía! -llamó por la escalera míster
Micawber, mientras Traddles parecía, con razón, no
poco sorprendido de aquellas expresiones-. Hay
aquí un caballero, en la habitación de míster Tradd-
les, que desea tener el gusto de ser presentado a ti,
amor mío.
Míster Micawber reapareció inmediatamente y me
estrechó las manos de nuevo.
-¿Y cómo está nuestro querido amigo el doctor,
Copperfield --dijo mister Micawber-, y todos los co-
nocidos de Canterbury?
-Sólo he tenido buenas noticias de ellos --dije.
-¡Cómo me alegro! -dijo míster Micawber-. Fue en
Canterbury donde nos encontramos por última vez.
A la sombra de aquel edificio religioso, para servir-
me del estilo figurado inmortalizado por Chance; de
ese edificio que ha sido en otras épocas la meta de
peregrinación de tantos viajeros de los lugares más
...; en una palabra --dijo míster Micawber-, al lado
de la catedral.
-Es verdad -le dije.
Míster Micawber continuaba hablando con la ma-
yor volubilidad; pero me parecía observar en su
rostro que escuchaba con interés ciertos ruidos que
provenían de la habitación de al lado, como si mis-
tress Micawber se lavara las manos y abriera y ce-
rrara precipitadamente cajones que no eran fáciles
de abrir.
-Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Mi-
cawber mirando a Traddles de reojo-, establecidos
por el momento en una situación modesta y sin
pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi
carrera he tenido que atravesar tremendas dificulta-
des y muchos obstáculos que vencer. Usted no
ignora que ha habido momentos de mi vida en que
me he visto obligado a hacer un alto en espera de
que algunos sucesos previstos salieran bien; y, en
fin, que algunas veces he tenido que retroceder
para conseguir lo que espero llamar sin presunción
dar mejor el salto. Por el momento estoy en una de
esas épocas decisivas en la vida de un hombre.
Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para
esperar que no tardaré en terminar con un salto
enérgico.
Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas
noticias, cuando entró mistress Micawber. Un poco
más descuidada todavía de indumento que en el
pasado, o quizá consistiera en que había perdido la
costumbre de verla; sin embargo, se había prepara-
do para ver gente, y hasta se había puesto un par
de guantes oscuros.
-Querida mía -dijo mister Micawber acercándola a
mí-; aquí está un caballero que se llama Copperfield
y que querría renovar la amistad contigo.
Habría sido preferible, por lo visto, preparar aque-
lla sorpresa, pues mistress Micawber, que estaba
en un estado de salud precario, se conmovió tanto,
que mister Micawber tuvo que correr en busca de
agua a la bomba del patio y llenar un cacharro para
bañarle las sienes. Se repuso pronto, sin embargo,
y manifestó un verdadero placer al verme. Estuvi-
mos charlando todos juntos todavía cerca de media
hora, y le pregunté por los mellizos, «que estaban
enormes», me dijo; en cuanto al señorito y a la se-
ñorita Micawber, me los describió como «verdade-
ros gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión.
Mister Micawber quería convencerme de que me
quedase a comer, y yo no habría hecho ninguna
objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos
de mistress Micawber un poco de inquietud calcu-
lando la cantidad de fiambre que tendría en la des-
pensa. Declaré que estaba comprometido en otra
parte, y observando que el espíritu de mistress Mi-
cawber parecía libertado de un gran peso, resistí a
todas las insistencias de su esposo.
Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Mi-
cawber que antes de decidirme a dejarlos era nece-
sario que me fijaran el día que les convenía venir a
comer a mi casa. Las ocupaciones que encadena-
ban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bas-
tante lejana; pero por fin se eligió una tarde que
convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos.
Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un
camino más corto que aquel por el que había ido,
me acompañó hasta un rincón de la calle, con in-
tención, añadió, de decir algunas palabras en con-
fianza a su antigun amigo.
-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber-,
no tengo necesidad de repetirle que para nosotros,
en las circunstancias actuales, es un gran consuelo
tener bajo nuestro techo un alma como la que res-
plandece, si puedo expresarme así, en su amigo
Traddles. Con la lavandera que vende galletas, que
es nuestra vecina más cercana, y un guardia que
vive en la casa de enfrente, puede usted compren-
der que la amistad de míster Traddles es una gran
dulzura para mistress Micawber y para mí. Por el
momento estoy dedicado, míster Copperfield, a
comisionista de trigos, lo que no está muy remune-
rado; en otros términos, no se saca nada de ello y
los apuros pecuniarios de una naturaleza transitoria
han sido la consecuencia. Sin embargo, me com-
place el poderle decir que tengo en perspectiva la
esperanza de que surja algo (perdóneme que no le
diga de qué naturaleza, no soy libre de confiar ese
secreto), algo que espero me permitirá salir a flote
como su amigo Traddles, por el cual me intereso
verdaderamente. Usted quizá no se sorprenderá de
saber que mistress Micawber está en un estado de
salud que hace sospechar que los lazos del afecto
que...; en una palabra, que se aumente la tropa
infantil. La familia de mistress Micawber ha expre-
sado su descontento por este estado de cosas.
Todo lo que puedo decirle es que no comprendo
qué tienen ellos que ver con eso y que rechazo esa
manifestación de sus sentimientos con asco y con
desprecio.
Míster Micawber me estrechó de nuevo la mano y
me dejó.
CAPÍTULO VIII
MÍSTER MICAWBER LANZA SU GUANTE
Hasta que llegó el día de recibir a mis antiguos
amigos viví principalmente de Dora y de café. En el
estado de enamoramiento en que me hallaba, mi
apetito languidecía; pero yo me alegraba de ello,
pues me parecía que habría sido un acto de perfidia
hacia Dora el haber podido comer de un modo natu-
ral. La cantidad de ejercicio que hacía no daba en
este caso los resultados de costumbre, pues las
decepciones contrarrestaban los efectos del aire
libre. Tengo también mis Judas (fundadas en la
aguda experiencia adquirida en aquel período de mi
vida) de si el goce del alimento animal podrá expe-
rimentarlo una criatura humana que esté siempre
atormentada por las botas estrechas. Y pienso que
quizá las extremidades requieren estar libres antes
de que el estómago pueda actuar con vigor.
Con ocasión del pequeño convite, no repetí los
extraordinarios preparativos de la otra vez. Única-
mente preparé un par de lenguados, una piema de
cordero y una empanada de ave. Mistress Crupp se
rebeló a mi primera protesta, respecto a que guisara
el pescado y el cordero, y dijo con acento de digni-
dad ofendida:
-No, no señor; usted no me pedirá semejante co-
sa, pues creo que me conoce usted lo bastante para
saber que no soy capaz de hacer lo que va en con-
tra de mis sentimientos.
Pero por fin hicimos un pacto; y mistress Crupp
consintió en condimentar aquello con la condición
de que después comería yo fuera de casa durante
quince días.
Haré observar aquí que la tiranía de mistress
Crupp me causaba sufrimientos indecibles. Nunca
he tenido tanto miedo a nadie. Nos pasábamos la
vida haciendo pactos, y si yo titubeaba en algún
caso, al instante se apoderaba de ella aquella en-
fermedad extraordinaria que estaba emboscada en
un rincón de su temperamento, dispuesta a agarrar-
se al menor pretexto para poner su vida en peligro.
Si llamaba con impaciencia después de media do-
cena de campanillazos modestos y sin efecto,
cuando aparecía (que no era siempre) era con cara
de reproche; caía ahogándose en una silla al lado
de la puerta, apoyaba la mano sobre su seno de
nanquín y se sentía tan indispuesta, que yo me
consideraba muy dichoso desembarazándome de
ella a costa de mi aguardiente o de cualquier otro
sacrificio. Si me parecía mal que no me hubiera
hecho la cama a las cinco de la tarde (lo que persis-
to en considerar como una mala costumbre), un
gesto de su mano hacia la región del nanquín, ex-
presión de sensibilidad herida, me ponía al instante
en la necesidad de balbucir excusas. En una pala-
bra: estaba dispuesto a todas las concesiones que
el honor no reprobase antes que ofender a mistress
Crupp. Era el terror de mi vida.
Tomé una asistenta para el día de la comida, en
lugar de aquel joven «hábil» , contra el que había
concebido algunos prejuicios desde que le encontré
un domingo por la mañana en el Strand engalanado
con un chaleco que se parecía extraordinariamente
a uno de los míos que me había desaparecido aquel
día. En cuanto a la « muchacha», se le dijo que se
limitara a llevar los platos y marcharse al momento
de la antesala a la escalera, donde no se le oiría
resoplar como tenía costumbre. Además era el me-
dio de evitar que pudiera pisotear los platos en su
retirada precipitada.
Preparé los ingredientes necesarios para hacer
ponche, del que contaba con confiar la composición
a míster Micawber; me procuré una botella de agua
de 1avanda, dos velas, un papel de alfileres mez-
clados y un acerico, que puse en mi tocador para la
toilette de mistress Micawber. Y después de poner
yo mismo la mesa, esperé con calma el efecto de
mis preparativos.
A la hora fijada llegaron mis tres invitados juntos.
El cuello de la camisa de míster Micawber era más
grande que de costumbre, y había puesto una cinta
nueva a su monóculo. Mistress Micawber había
envuelto su cofia en un papel gris, formando un
paquete que llevaba Traddles, el cual daba el brazo
a mistress Micawber. Todos quedaron encantados
de mi casa. Cuando conduje a mistress Micawber
delante de mi tocador y vio los preparativos que
había hecho en honor suyo, quedó tan entusiasma-
da que llamó a míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-,
esto es un verdadero lujo. Es una prodigalidad que
me recuerda los tiempos en que vivía en el celibato
y cuando mistress Micawber no había sido solicita-
da todavía para depositar su fe en el altar de Hime-
neo.
-Quiere decir solicitada por él, míster Copperfield
-dijo mistress Micawber en tono picaresco-; no pue-
de hablar de otros.
-Querida mía -repuso Micawber con brusca serie-
dad-, no tengo ningún deseo de hablar de otras
personas. Sé demasiado bien que en los designios
impenetrables del Fatum me estabas destinada; que
estabas reservada a un hombre destinado a llegar a
ser, después de largos combates, la víctima de difi-
cultades pecuniarias complicadas. Comprendo tu
alusión, amiga mía. La siento, pero te la perdono.
-¡Micawber! -exclamó mistress Micawber lloran-
do-. ¿He merecido que me trates así? ¡Yo que nun-
ca te he abandonado, que no te abandonaré jamás!
-Amor mío -dijo su esposo muy conmovido-,
perdóname, y nuestro antiguo amigo Copperfield
también me perdonará, estoy seguro, una suscepti-
bilidad momentánea, causada por las heridas que
acaba de abrir una colisión reciente con un esbirro
del Poder (en otras palabras, con un miserable per-
teneciente al servicio de las aguas), y espero que
perdonarán, sin condenarlos, estos excesos.
Después de esto, míster Micawber abrazó a mis-
tress Micawber, me estrechó la mano, y yo deduje,
de la alusión que acababa de hacer, que le habían
cortado el agua aquella mañana por no haber paga-
do la cuenta a la compañía.
Para alejar sus pensamientos de aquel asunto
melancólico, le dije que contaba con él para hacer el
ponche, y le enseñé los limones. Su abatimiento,
por no decir su desesperación, desapareció al mo-
mento. Yo no he visto jamás a un hombre gozar del
perfume de la corteza del limón, del azúcar, del olor
del ron y del vapor del agua caliente como míster
Micawber aquel día. Daba gusto ver su rostro res-
plandeciente en medio de la nube formada por
aquellas evaporaciones delicadas mientras que
mezclaba, que movía y que probaba; parecía que,
en lugar de preparar el ponche, estaba ocupándose
en hacer una fortuna considerable, que debía enri-
quecer a su familia de generación en generación.
En cuanto a mistress Micawber, yo no sé si fue el
efecto de la cofia, o del agua de lavanda, o de los
alfileres, o del fuego, o de las luces; pero salió de mi
habitación encantadora (comparándola, claro está,
a como había llegado), y sobre todo alegre como un
pájaro.
Supongo, nunca me he atrevido a preguntarlo, pe-
ro supongo que después de haber frito los lengua-
dos mistress Crupp se sintió mala, pues la comida
se interrumpió ahí. El cordero llegó encarnado por el
interior y muy pálido por fuera, sin contar con que
estaba cubierto de una sustancia extraña y polvo-
rienta, que parecía demostrar que había caído en
las cenizas de la cocina. Quizá la salsa hubiera
podido damos algún dato, pero no la tenía; «la mu-
chacha» la había derramado por la escalera, donde
formaba una larga huella, que, sea dicho de pasa-
da, siguió allí mientras quiso sin que nadie la moles-
tara. La empanada de ave no tenía mala cara; pero
era una empanada falaz; el interior se parecía a
esas cabezas, desesperantes para el frenólogo,
llenas de jorobas y eminencias bajo las cuales no
hay nada de particular. En una palabra, el banquete
fue un fiasco, y yo me habría sentido muy desgra-
ciado (de mi poco éxito quiero decir, pues lo era
siempre pensando en Dora) si no hubiera estado
animado por el buen humor de mis huéspedes y por
una idea luminosa de míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-,
ocurren accidentes en las casas mejor cuidadas;
pero en las que no son gobemadas por esa influen-
cia soberana que santifica y realza el... la...; en una
palabra, por la influencia de la mujer, revestida del
santo carácter de esposa, pueden esperarse de
seguro, y hay que soportarlos con filosofía. Si usted
me lo permite, le haré observar que hay pocos ali-
mentos mejores en su género que un asado picante
con especias, y yo creo que repartiéndonos el traba-
jo podemos hacerlo en un momento si la muchacha
nos proporciona unas parrillas. Así podremos repa-
rar fácilmente la desgracia.
En la despensa había unas parrillas sobre las
cuales asaba todas las mañanas mi ración de toci-
no; las trajeron al momento y pusimos en ejecución
la idea de míster Micawber. La división del trabajo
que se le había ocurrido se hizo así: Traddles corta-
ba el cordero en lonchas; míster Micawber, que
tenía mucho talento para todas las cosas de aquel
género, las cubría de mostaza, de sal y de pimienta;
yo las ponía sobre la parrilla y les daba vueltas con
un tenedor; después las quitaba, bajo la dirección
de míster Micawber, mientras que mistress Micaw-
ber hacía hervir y movía constantemente la salsa
con setas en una escudilla. Cuando tuvimos bastan-
tes lonchas para empezar caímos sobre ellas con
las mangas todavía remangadas y una nueva serie
de lonchas ante el fuego, dividiendo nuestra aten-
ción entre el cordero en servicio activo en nuestros
platos y el que se asaba todavía. La novedad de
aquellas operaciones culinarias, su excelencia, la
actividad que exigían, la necesidad de levantarse a
cada momento para mirar lo que estaba en el fuego
y volverse a sentar para devorarlo a medida que
salía de la parrilla, caliente a hirviendo; nuestros
rostros animados por el ardor interior y el del fuego,
todo aquello nos divertía tanto, que en medio de
nuestras risas locas y de nuestros éxtasis gas-
tronómicos, pronto no quedó del cordero más que
los huesos; mi apetito había reaparecido de una
manera maravillosa. Me avergüenza decirlo; pero
de verdad creo que olvidé a Dora por un momento,
un momentito nada más, y estoy convencido de que
míster y mistress Micawber no habrían encontrado
la fiesta más alegre aunque hubieran vendido una
cama para pagarla. Traddles reía, comía y trabajaba
con el mismo afán, y todos hacíamos lo mismo.
Nunca he visto un éxito más completo.
Estábamos en el colmo de la felicidad y trabajá-
bamos cada uno en nuestro departamento respecti-
vo para poner la última tanda en un estado de per-
fección que coronase la fiesta, cuando me percaté
de que había entrado un extraño en la habitación; y
mis ojos encontraron los del grave Littimer, que
permanecía ante mí con el sombrero en la mano.
-¿Qué ocurre? -pregunté involuntariamente.
-Usted me dispense, señorito; me habían dicho
que pasara. ¿No está aquí mi señor?
-No.
-¿Usted no le ha visto?
-No. ¿Es que no estaba usted con él?
-Por el momento no, señor.
-¿Le ha dicho a usted que le encontraría aquí?
-No precisamente; pero vendrá mañana si no ha
venido hoy.
-¿Viene de Oxford?
-Si el señor quisiera hacer el favor de sentarse, yo
le pediría permiso para reemplazarle por el momen-
to.
Diciendo esto, cogió el tenedor sin que yo hiciera
ninguna resistencia y se inclinó sobre la parrilla
como si concentrara toda su atención en aquella
operación delicada.
La llegada de Steerforth no nos habría molestado
mucho; pero al momento nos sentimos completa-
mente humillados y desanimados con la presencia
de su respetable servidor. Míster Micawber se dejó
caer en una silla y se puso a canturrear para de-
mostrar que estaba completamente a sus anchas.
El mango del tenedor, que había ocultado pre-
cipitadamente en su chaleco, asomaba como si
acabara de darse una puñalada. Mistress Micawber
se calzó sus guantes oscuros y tomó un aire de
languidez elegante. Traddles se restregó con sus
manos grasientas los cabellos, que se erizaron
completamente, y miró al mantel, confuso. En cuan-
to a mí, ya no era más que un bebé en mi propia
mesa y apenas me atrevía a lanzar una mirada so-
bre aquel respetable fenómeno, que llegaba no
sabía de dónde para poner mi casa en orden.
Entre tanto, él retiró el cordero de la parrilla y
ofreció gravemente a todo el mundo. Se aceptó,
pero todos habíamos perdido el apetito, y no hici-
mos más que fingir que comíamos. Al vernos recha-
zar nuestros platos, los quitó sin ruido y puso el
queso en la mesa. Cuando terminamos, lo quitó al
momento, amontonó los platos, dándoselos a la
criada, nos puso vasos pequeños, sirvió el vino y
por sí mismo echó de la habitación a la criada. Todo
esto fue ejecutado a la perfección y sin que levanta-
ra siquiera los ojos, únicamente ocupado, al pare-
cer, en lo que hacía. Pero cuando se volvía de es-
paldas a mí me parecía que sus codos expresaban
altamente su firme convicción de que yo era extra-
ordinariamente joven.
-¿Quiere usted que haga algo más, señor?
-Le doy las gracias. Pero usted va a comer tam-
bién.
-No, señor, muchas gracias.
-¿Míster Steerforth viene de Oxford?
-¡Perdón, señor!
-Pregunto si míster Steerforth viene de Oxford.
-Creo que estará aquí mañana, señorito; creía
que iba a encontrarle hoy aquí. Pero sin duda soy
yo quien se ha equivocado.
-Si le ve usted antes que yo...
-Perdón, señorito; pero no pienso verle antes que
usted.
-En el caso de que le viera usted, le dice que sien-
to mucho que no haya venido hoy, porque hubiera
encontrado a uno de sus antiguos compañeros.
-¿De verdad? -y repartió su saludo entre Traddles
y yo, a quien miró.
Tomaba sin ruido el camino de la puerta cuando,
haciendo un esfuerzo desesperado para decirle algo
en un tono sencillo y natural, lo que todavía no hab-
ía conseguido, le dije:
-¡Eh, Littimer!
-¡Señorito!
-¿Permaneció usted mucho tiempo en Yarmouth
aquella vez?
-No mucho, señor.
-¿Ha visto usted acabar el barco?
-Sí señor; me quedé para ver acabar el barco.
-Ya lo sé (levantó los ojos hacia mí respetuosa-
mente). ¿Míster Steerforth no lo habrá visto todav-
ía?
-No puedo decirle, señor. Creo.... pero realmente
no puedo decirle ...; deseo buenas noches al señor.
Incluyó a todos los asistentes en el saludo que si-
guió a estas palabras, y desapareció. Mis huéspe-
des parecieron respirar más libremente después de
su partida, y en cuanto a mí, me sentí de lo más
descansado, pues, además de la reserva que me
inspiraba siempre y de la extraña convicción en que
estaba de que mis aptitudes se paralizaban delante
de aquel hombre, mi conciencia estaba turbada ante
la idea de que ahora yo desconfiaba de su señor y
no podía reprimir cierto temor de que se hubiera
dado cuenta. ¿Cómo era que, teniendo tan pocas
cosas que ocultar, temblaba de que aquel hombre
llegara a descubrir mi secreto?
Míster Micawber me sacó de aquellas reflexiones,
a las cuales se unía cierto temor, mezclado con
remordimientos, de ver aparecer a Steerforth en
persona, haciendo los mayores elogios de Littimer,
ausente, como de un respetable muchacho y un
excelente criado. Hay que hacer observar que
míster Micawber había aceptado su parte del saludo
que hizo Littimer, y que lo había recibido con una
condescendencia infinita.
-Ahora al ponche, mi querido Copperfield --dijo
míster Micawber probándolo-, pues el ponche es
como el viento y la marea, que no espera a nadie.
¡Ah! Está precisamente en su punto. Amor mío,
¿quieres darme tu opinión?
Mistress Micawber declaró que estaba excelente.
-Entonces beberé -dijo míster Micawber-, si mi
amigo Copperfield quiere permitirme esta libertad,
beberé en memoria de los tiempos en que mi amigo
Copperfield y yo éramos más jóvenes y en los que
luchábamos uno al lado de otro contra el mundo
para seguir cada uno nuestro camino. Ahora puedo
decir de mí mismo y de mi amigo Copperfield las
palabras que hemos cantado tantas veces juntos:

Hemos recorrido los campos buscando el oro

en sentido figurado «en varias ocasiones». No sé


exactamente -dijo míster Micawber con su antigua
voz engolada y con su antiguo indescriptible aire de
decir algo elegante-, lo que ese «oro» podrá ser;
pero no me cabe duda de que Copperfield y yo lo
habríamos recogido a menudo si hubiera sido posi-
ble.
Míster Micawber, al hablar así, bebió un trago. Y
todos hicimos lo mismo. Traddles estaba evidente-
mente sorprendidísimo y se preguntaba en qué
época lejana podía míster Micawber haberme tenido
de compañero en aquella gran lucha con el mundo
en que habíamos combatido uno al lado del otro.
-¡Ah! --dijo míster Micawber aclarándose la gar-
ganta y doblemente calentado por el ponche y por el
fuego- Querida mía, ¿otro vasito?
Mistress Micawber dijo que sólo quería una gota;
pero no quisimos oír hablar de ello, y se le llenó el
vaso.
-Como estamos aquí entre nosotros, míster Cop-
perfield --dijo mistress Micawber bebiendo su pon-
che a traguitos-, y puesto que míster Traddles es de
la casa, querría saber su opinión sobre el porvenir
de míster Micawber. El comercio de granos
--continuó con seriedad- puede ser un comercio
distinguido, pero no es productivo. Las comisiones
que dan dos chelines y nueve peniques en cuatro
días no pueden, por modesta que sea nuestra am-
bición, ser consideradas como un buen negocio.
Todos estuvimos de acuerdo en que era verdad.
-Por lo tanto --continuó mistress Micawber, que
presumía de espíritu positivo y de corregir con su
buen sentido la imaginación un poco volandera de
su esposo-, me hago esta pregunta: Si con los gra-
nos no puede contarse, ¿hacia dónde tirar? ¿Al
carbón? Tampoco. Ya pusimos la atención en él, si-
guiendo el consejo de mi familia, y sólo encontra-
mos decepciones.
Míster Micawber, con las dos manos en los bolsi-
llos, se hundía en su sillón y nos miraba de reojo,
moviendo la cabeza como para decir que era impo-
sible exponer más claramente la situación.
-Los artículos trigo y carbón -dijo mistress Micaw-
ber con una seriedad de discusión cada vez más
acentuada- están, por lo tanto, descontados, míster
Copperfield; yo, como es natural, miro a mi alrede-
dor y pienso: ¿Cuál será la situación en que un
hombre de las aptitudes de Micawber tendrá más
probabilidades de éxito? Excluyo en primer lugar
todo lo que sean comisiones; las comisiones no son
cosa segura, y estoy convencida de que una cosa
segura es lo que mejor conviene al carácter de Mi-
cawber.
Traddles y yo expresamos con un murmullo que
aquella apreciación del carácter de míster Micawber
era muy acertada y le hacía el mayor honor.
-No le ocultaré, mi querido míster Copperfield
-continuó mistress Micawber-, que desde hace mu-
cho tiempo pienso que el negocio de elaboración de
cervezas sería una cosa muy adecuada para Mi-
cawber. ¡No hay más que ver Barclay y Perkins, o
Truman, Hambury y Buxton! Es una vasta escala en
la que Micawber (lo sé porque lo conozco) puede
destacarse, y las ganancias, según he oído decir,
son enormes. Pero como no hay medio de que Mi-
cawber pueda penetrar en esos establecimientos,
pues hasta se niegan a contestar a las cartas en
que ofrece sus servicios para ocupar los puestos
más inferiores, ¿para qué pensar en ello? Yo puedo
tener la convicción de que mister Micawber...
-¡Hem! Realmente, querida mía -interrumpió mis-
ter Micawber.
-Amor mío, cállate --dijo mistress Micawber po-
niendo su guante marrón sobre el brazo de su mari-
do-. Yo, mister Copperfield, puedo tener personal-
mente la convicción de que las aptitudes de Micaw-
ber estarían esencialmente adaptadas en una casa
de banca; puedo asegurar que si tuviera dinero
colocado en cualquier casa de banca, el aspecto de
Micawber como representante de la casa me inspi-
raría absoluta confianza y, por lo tanto, podría con-
tribuir a extender las relaciones de la banca. Pero si
todas las casas de banca se niegan a abrir esa
carrera al talento de Micawber y desechan con des-
precio el ofrecimiento de sus servicios, ¿para que
insistir sobre la idea? En cuanto a fundar una casa
de banca, puedo decir que hay miembros de mi
familia que si quisieran poner su dinero entre las
manos de Micawber habrían podido crearle un es-
tablecimiento de ese género. Pero si no les da la
gana poner ese dinero entre las manos de Micaw-
ber, ¿de qué me sirve pensar en ello? Por lo tanto,
no hemos adelantado nada.
Yo sacudí la cabeza y dije:
-Ni un ápice.
Traddles también la sacudió y repitió:
-Ni un ápice.
-¿Qué deduzco de todo esto? -continuó mistress
Micawber con el mismo tono de estar exponiendo
un caso claramente-. ¿Cuál es la conclusión, mister
Copperfield, a que he llegado irremisiblemente? No
sé si estaré equivocada; pero mi conclusión es que
a pesar de todo tenemos que vivir.
-De ninguna manera -respondí-. No está usted
equivocada.
Y Traddles repitió:
-De ninguna manera.
Después añadí yo solo, gravemente:
-Hay que vivir o morir.
-Precisamente -contestó mistress Micawber-; eso
es precisamente. Y en nuestro caso, mi querido
Copperfield, no podemos vivir, a no ser que las cir-
cunstancias actuales cambien por completo. Estoy
convencida, y se lo he hecho observar muchas ve-
ces a Micawber desde hace tiempo, que las cosas
no surgen solas. Hasta cierto punto hay que ayudar-
las un poco a surgir. Puedo equivocarme, pero esa
es mi opinión.
Traddles y yo aplaudimos.
-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Ahora, ¿qué
es lo que yo aconsejo? Tenemos a Micawber con
múltiples facultades y mucho talento...
-Realmente, amor mío -dijo míster Micawber.
-Te lo ruego, querido, déjame acabar. Aquí está
Micawber con gran variedad de facultades y mucho
talento; hasta podría añadir que con genio, pero
podría decirse que soy parcial por ser su mujer..
Traddles y yo murmuramos:
-No.
-Y aquí está Micawber sin posición ni empleo.
¿De quién es la responsabilidad? Evidentemente de
la sociedad. Por eso yo querría divulgar un hecho
tan vergonzoso, para obligar a la sociedad a ser
justa. Me parece, mi querido Copperfield --dijo mis-
tress Micawber con energía-, que lo mejor que pue-
de hacer Micawber es lanzar su guante a la socie-
dad y decir positivamente: «Veamos quién lo reco-
ge. ¿Hay alguno que se presente?».
Me aventuré a preguntar a mistress Micawber
cómo podría hacer eso.
-Poniendo un anuncio en todos los periódicos -dijo
mistress Micawber-. Me parece que Micawber se
debe a sí mismo, a su familia y hasta a la sociedad,
que le ha descuidado durante tanto tiempo, el poner
un anuncio en todos los periódicos y describir cla-
ramente su persona y sus conocimientos diciendo:
«Y ahora a ustedes toca el emplearme de una ma-
nera lucrativa: dirigidse a W. M., lista de correos
Camden Town».
-Esta idea de mistress Micawber, mi querido Cop-
perfield --dijo míster Micawber acercando a los dos
lados de la barbilla las puntas del cuello de su cami-
sa y mirándome de reojo-, en realidad es el salto
maravilloso a que yo aludía la última vez que tuve el
gusto de verle.
-La inserción de los anuncios resulta cara -me
aventuré a decir, titubeando.
-Precisamente -dijo mistress Micawber, siempre
en su tono lógico-. Tiene usted mucha razón, mi
querido Copperfield. La misma observación le hice
yo a Micawber. Pero esa es precisamente la razón
por la que creo que Micawber se debe a sí mismo,
como ya he dicho, a su familia y a la sociedad, el
pedir un préstamo sobre un pagaré.
Míster Micawber se apoyó en el respaldo de su
silla, jugueteó un poco con su monóculo y miró al
techo; pero me pareció que al mismo tiempo obser-
vaba a Traddles, que miraba el fuego.
-Si ningún miembro de mi familia tiene sentimien-
tos bastante humanos para negociar ese pagaré ....
creo que se puede expresar mejor lo que quiero
decir..
Míster Micawber, con los ojos fijos en el techo,
sugirió: «Deducir».
-... Para deducir ese pagaré -continuó mistress
Micawber-, entonces mi opinión es que Micawber
haría bien yendo a la City y llevándolo a Money
Market para sacar lo que pueda. Si los individuos de
Money Market obligan a Micawber a un sacrificio
grande, eso ya es cosa suya y de sus conciencias.
Pero no quita para que me parezca una imposición
segura. Por lo tanto, animo a Micawber, mi querido
Copperfield, para que lo mire, como yo, como una
imposición segura y para que esté dispuesto a cual-
quier sacrificio.
No sé por qué me figuré que mistress Micawber
daba con aquello una prueba de desinterés y que
sólo le guiaba su abnegación por su marido, y mur-
muré algo sobre ello, que Traddles repitió mirando
el fuego.
-No quiero -prosiguió mistress Micawber termi-
nando su ponche y echándose sobre los hombros el
chal, antes de retirarse a mi alcoba para hacer sus
preparativos de marcha-, no quiero prolongar estas
observaciones sobre los asuntos pecuniarios de
Micawber, al lado de su fuego, mi querido Copper-
field, y en presencia de míster Traddles, que no es,
en verdad, amigo nuestro desde hace tanto tiempo
como usted, pero al que ya consideramos como uno
de los nuestros; sin embargo, no he podido por
menos de ponerles al corriente de la conducta que
aconsejo a Micawber. Siento que ha llegado para él
el momento de obrar por sí mismo y de reivindicar
sus derechos, y me parece que es el mejor medio.
Sé que no soy más que una mujer, y el juicio de los
hombres es considerado, en general, como más
competente en semejantes materias; pero no puedo
olvidar que cuando vivía con papá y mamá, papá
solía decir: «Emma es delicada, pero su opinión
sobre cualquier asunto no es inferior a la de nadie».
Papá era demasiado parcial, ya lo sé; pero era un
gran observador de los caracteres, y mi deber y mi
razón me prohíben dudar de ello.
A estas palabras, mistress Micawber, resistiendo
a todos los ruegos, se negó a asistir a la termina-
ción del ponche y se retiró a mi alcoba, y, en reali-
dad, yo pensaba que era una mujer noble, y que
debía haber nacido matrona romana, para ejecutar
toda clase de actos heroicos en tiempos de revolu-
ciones políticas.
En la impresión del momento felicité a míster Mi-
cawber por la posesión de aquel tesoro. Traddles
también. Míster Micawber nos tendió la mano a los
dos, después se cubrió el rostro con el pañuelo, que
al parecer no sabía estuviera tan sucio de tabaco, y
volvió a su ponche en el mayor estado de hilaridad.
Estuvo elocuentísimo. Nos dio a entender que en
nuestros hijos volvemos a vivir y que bajo el peso
de las dificultades pecuniarias todo aumento de
familia era doblemente bien venido. Insinuó que
mistress Micawber había tenido últimamente algu-
nas dudas sobre aquel punto; pero que él las había
disipado tranquilizándola. En cuanto a su familia,
todos eran indignos de ella, y lo que pensaran le era
completamente indiferente; se podían ir al (cito su
propia expresión...) al diablo.
Míster Micawber se lanzó después en un elogio
pomposo de Traddles. Dijo que el carácter de
Traddles era una reunión de virtudes sólidas a las
cuales él (míster Micawber) no podía pretender sin
duda, pero que no podía por menos de admirar,
gracias a Dios. Hizo una alusión conmovedora a la
joven desconocida a quien Traddles había honrado
con su afecto y que también honraba y enriquecía a
Traddles con el suyo. Después míster Micawber
brindó a su salud, y yo también. Traddles nos dio
las gracias a los dos con una sencillez y una fran-
queza que a mí me parecieron encantadoras, di-
ciendo:
-Se lo agradezco mucho, de verdad. ¡Si supieran
ustedes lo buena chica que es!
Un momento después, míster Micawber aludió
con mucha delicadeza y precauciones al estado de
mi corazón. Sólo una afirmación rotunda de lo con-
trario le forzaría a renunciar a la convicción de que
su amigo Copperfield amaba y era amado.
Después de un momento de malestar y de emo-
ción, después de negarlo y de ruborizarme, balbucí,
con mi vaso en la mano: « Pues bien, a la salud de
D...», lo que encantó y excitó tanto a míster Micaw-
ber, que corrió con un vaso de ponche a mi alcoba
para que su esposa pudiera beber a la salud de D...,
lo que hizo con entusiasmo y gritando con voz agu-
da: « ¡Bravo, bravo, mi querido Copperfield; estoy
encantada, bravo!», y daba golpes en la pared a
manera de aplausos.
La conversación tomó después un sesgo más
mundano. Míster Micawber nos dijo que Camden
Town le parecía muy incómodo y que lo primero que
pensaba hacer cuando hubiera conseguido algo con
los anuncios era cambiar de casa.
Hablaba de una casa en el extremo occidental de
Oxford Street, que daba sobre Hyde Park y en la
que tenía puestos los ojos hacía tiempo, pero a la
que de momento no podrían ir porque se necesitaba
mucho dinero. Era probable que durante cierto
tiempo tuvieran que contentarse con el piso alto de
una casa encima de alguna tienda respetable, en
Picaddilly por ejemplo; la situación sería cómoda
para mistress Micawber, y haciendo un balcón o
levantando un piso o, en fin, con cualquier arreglo
de ese estilo sería posible alojarse allí de una ma-
nera cómoda y conveniente durante algunos años, y
ocurriera lo que ocurriera y fuera lo que fuera su
casa, podíamos contar -añadió- con que siempre
habría una habitación para Traddles y un cubierto
para mí. Le expresamos nuestro agradecimiento por
sus bondades, y él nos pidió que le dispensáramos
por haberse lanzado en aquellos detalles económi-
cos. Era un estado de ánimo muy natural y que
había que excusar a un hombre en vísperas de
entrar en una vida nueva.
Mistress Micawber en aquel momento golpeó de
nuevo en la pared para saber si el té estaba prepa-
rado, interrumpiendo así nuestra conversación
amistosa. Nos sirvió el té de la manera más amable,
y siempre que me acercaba a ella para llevarle las
tazas o para hacer circular las pastas me pregunta-
ba bajo si D... era rubia o morena, si era alta o baja,
o algún detalle de ese género, y me parece que
aquello no me disgustaba. Después del té discuti-
mos una enormidad de cuestiones, y mistress Mi-
cawber tuvo la bondad de cantarnos, con su fina
vocecita (que, recuerdo, antes me parecía de lo
más agradable), sus baladas favoritas de El sar-
gento blanco y El pequeño Tafflin. Míster Micawber
nos dijo que cuando le había oído cantar El sargen-
to blanco la primera vez que la había visto en casa
de su padre, le había atraído ya en el más alto gra-
do; pero que cuando llegó a El pequeño Tafflin se
había jurado a sí mismo conquistar a aquella mujer
o morir.
Serían las diez y media cuando mistress Micaw-
ber se levantó para envolver su cofia en el papel
gris y ponerse el sombrero. Míster Micawber
aprovechó el momento en que Traddles se ponía
el gabán para deslizarme una carta en la mano,
rogándome que la leyera cuando tuviera tiempo.
Yo a mi vez aproveché el momento en que sos-
tenía la luz por encima de la barandilla de la es-
calera para alumbrarlos, y que míster Micawber
bajaba el primero, conduciendo del brazo a su
mujer, para retener a Traddles, que les seguía
ya con la cofia de la señora en la mano.
-Traddles -le dije-, míster Micawber no tiene ma-
las intenciones, el pobre hombre; pero si yo estuvie-
ra en tu lugar, no le prestaría nada.
-Mi querido Copperfield -dijo Traddles, sonriendo-,
no tengo nada que poder prestar
-Tienes tu nombre.
-¡Ah! ¿Crees que eso es algo que se puede pre-
star? --dijo Traddles pensativo.
-¡Naturalmente!
-¡Oh! -dijo Traddles-. Sí, seguramente. Te lo agra-
dezco mucho, Copperfield; pero me temo que se lo
he prestado ya.
-¿Para esa imposición tan segura? -pregunté.
-No -dijo Traddles-; para eso no. Es la primera vez
que oigo hablar de ello. Y pensaba que quizá me
propusiera firmarlo al volver a casa. Es para otra
cosa.
-Pero supongo que no habrá ningún peligro.

-Supongo que no -dijo Traddles-; no lo creo, por-


que el otro día me aseguró que estaba solucionado.
Es la expresión de míster Micawber: solucionado.
Míster Micawber levantó los ojos en aquel mo-
mento, y sólo pude repetir mis recomendaciones al
pobre Traddles, que bajó dándome las gracias. Pero
al ver el aspecto de buen humor con que llevaba la
cofia y daba el brazo a mistress Micawber tuve mu-
cho miedo no se fuera a entregar atado de pies y
manos en Money Market.
Volví a sentarme ante la chimenea y reflexionaba,
medio en serio medio en broma, sobre el carácter
de míster Micawber y sobre nuestra antigua amis-
tad, cuando oí que alguien subía rápidamente.
Pensé que sería Traddles, que volvía a por algo
olvidado por mistress Micawber; pero a medida que
se acercaban los pasos los reconocí mejor; el co-
razón me latió y la sangre me subió al rostro. Era
Steerforth.
No olvidaba nunca a Agnes; ella no abandonaba
el santuario de mis pensamientos (si puedo decirlo
así), donde la había colocado desde el primer día.
Pero cuando Steerforth entró y se paró ante mí,
tendiéndome la mano, la nube oscura que le envolv-
ía en mi pensamiento se desgarró para hacer sitio a
una luz brillante, y me sentí avergonzado y confuso
por haber dudado de un amigo tan querido. Mi afec-
to por Agnes no se resentía; pensaba siempre en
ella como en el ángel bienhechor de mi vida; mis
reproches sólo se dirigían a mí mismo; me turbaba
la idea de que había sido injusto con él, y habría
querido expiarlo, si hubiera sabido cómo hacerlo.
-Pues bien, Florecilla, amigo mío, ¿te has vuelto
mudo? -dijo Steerforth con alegría, estrechándome
la mano del modo más cordial-. ¿Es que te sorpren-
do en medio de otro festín? ¡Qué sibarita eres! En
verdad, voy creyendo que los estudiantes del Tribu-
nal de Doctores son los jóvenes más disipados de
Londres; y nos tenéis a distancia a nosotros, jó-
venes inocentes de Oxford.
Paseaba alegremente su mirada alrededor de la
habitación; fue a sentarse en el diván frente a mí, en
el lugar que mistress Micawber acababa de dejar, y
se puso a mover el fuego.
-En el primer momento estaba tan sorprendido -le
dije dándole la bienvenida con toda la cordialidad de
que era capaz-, que no podía ni saludarte, Steer-
forth.
-Pues bien; mi vista consuela a los ojos enfermos,
como decían los escoceses -replicó Steerforth-, y la
tuya produce el mismo efecto; ahora que estás en
pleno florecimiento, Florecilla, ¿cómo estás, Baca-
nal mía?
-Muy bien -contesté-; pero nada de bacanal esta
noche, aunque confieso que han comido aquí tres
personas.
-Acabo de encontrármelos en la calle, elogiándote
en voz alta. ¿Quién es el que lleva pantalón ceñido?
En pocas palabras le hice, lo mejor que pude, el
retrato de míster Micawber, y reía de todo corazón,
declarando que era digno de conocerse, y que no
prescindiría de ser presentado a él.
-Pero el otro, el otro, ¿a que no adivinas quién
es?
-¡Dios sabrá; pero no yo! ¿Supongo que no será
nadie antipático? Me ha parecido que tenía un as-
pecto muy aburrido.
-¡Traddles! -le dije en tono de triunfo. „
-¿Quién? -preguntó Steerforth con despreocupa-
ción.
-¿No te acuerdas de Traddles? Traddles, que se
acostaba en el mismo dormitorio que nosotros en
Salem House.
-¡Ah! ¿Aquel? -dijo Steerforth dando con las tena-
zas sobre el carbón-. ¿Y sigue tan simple como
antes? ¿De dónde le has desenterrado?
Hice de Traddles un elogio de lo más pomposo,
pues me daba cuenta de que Steerforth le desde-
ñaba. Pero él, dejando a un lado aquel asunto con
un movimiento de cabeza y una sonrisa, se limitó a
decir que tampoco le disgustaría ver a nuestro anti-
guo compañero, que había sido siempre muy chus-
co; y después me preguntó si podía darle algo de
comer.
Durante los intervalos de aquel corto diálogo, que
sostenía con vivacidad febril, rompía los carbones
con las tenazas y parecía contrariado. Observé que
continuaba lo mismo mientras yo sacaba del arma-
rio los restos de la empanada de ave y alguna que
otra cosa del festín.
-¡Pero ha sido una comida regia, Florecilla!
--exclamó saliendo de pronto de su ensueño y
sentándose al lado de la mesa-. Y voy a hacerle el
honor, pues vengo de Yarmouth.
-Creía que estabas en Oxford -repliqué.
-No -dijo Steerforth-; vengo de estar haciendo de
marinero, que es mejor.
-Littimer ha venido a preguntar si te había visto, y
por sus palabras he creído que estabas en Oxford,
aunque, en realidad, no me ha dicho nada.
-Littimer es más loco de lo que yo creía, puesto
que se ha tomado la molestia de buscarme -dijo
Steerforth vertiéndose alegremente vino en un vaso
y bebiendo a mi salud-. En cuanto a lograr adivinar
lo que piensa, serías más hábil que todos nosotros,
Florecilla, si lo consiguieras.
-Tienes razón -le dije acercando mi silla a la me-
sa-. Según eso, ¿has estado en Yarmouth, Steer-
forth? -añadí, en mi impaciencia de saber noticias
de nuestros amigos-. Y ¿has estado mucho tiempo?
-No -replicó-; no ha sido más que una escapada
de unos ocho días.
-¿Y cómo están todos allí? ¿La pequeña Emily no
se ha casado todavía?
-No, todavía no; la boda es dentro de no sé cuán-
tas semanas o meses; no sé bien. No les he visto
mucho. A propósito, tengo una carta para ti -añadió
depositando su cuchillo y su tenedor, que manejaba
con apetito y buscando en sus bolsillos.
-¿De quién?
-De tu vieja niñera -replicó sacando algunos pape-
les del bolsillo de su chaleco- «J. Steerforth, esq.»
No es esto; paciencia, ya lo encontraré. El viejo... no
se como se llama... está enfermo. Debe de ser a
propósito de eso por lo que te escribe.
-¿Te refieres a Barkis?
-Sí -respondió, buscando siempre en sus bolsillos
y examinando lo que había en ellos- Todo ha termi-
nado para el pobre Barkis, me temo. He visto al
boticario o lo que sea, no sé, que te trajo al mundo,
que me ha dado los mayores detalles; pero, en re-
sumen, su opinión es que el carretero no tardará en
hacer su último viaje. Mete la mano en el bolsillo de
mi gabán, que está encima de esa silla, a ver si
encuentras la carta. ¿Está ahí?
-Aquí está --dije.
-¡Ah! Vale.
La carta era de Peggotty; era corta y algo menos
legible que de costumbre. Me contaba el estado
desesperado de su marido y aludía a que se había
vuelto algo más agarrado que antes, lo que sentía,
sobre todo porque no podía darle todos los cuida-
dos que querría. No decía una palabra de sus traba-
jos ni de sus vigilias; pero no escaseaba los elogios
a su marido. Y todo lo decía con una ternura senci-
lla, honrada y natural, que yo sabía lo sincera que
era; y la carta terminaba con estas palabras: «Mis
respetos a mi niño querido». Y el niño querido era
yo.
Mientras descifraba aquella epístola, Steerforth
continuaba comiendo y bebiendo.
-Es una pena -dijo cuando hube terminado-; pero
el sol se pone todos los días y mueren seres cada
minuto. No hay que atormentarse, por lo tanto, mu-
cho por una cosa que es el lote común de todo el
mundo. Si nos detenemos cada vez que oímos dar
con el pie en alguna puerta a esa viajera que nunca
se detiene, no haríamos mucho ruido en el mundo.
¡No! ¡Adelante! Por los malos caminos si no hay
otros, por los buenos si se puede; pero ¡adelante!
Saltemos por encima de todos los obstáculos para
llegar a la meta.
-¿A qué meta?
-A aquella por la que se ha puesto uno en camino
-replicó-, y ¡adelante!
Recuerdo que cuando se interrumpió para mirar-
me con el vaso en la mano y su hermoso rostro un
poco inclinado hacia atrás, observé por primera vez
que, aunque estaba tostado y la frescura del viento
del mar había animado su tez, sus rasgos llevaban
las huellas del ardor apasionado que le era habitual
cuando se lanzaba perdidamente en algún nuevo
capricho. Por un momento tuve la idea de repro-
charle la energía desesperada con que perseguía el
objeto que deseaba; por ejemplo, aquella manía de
luchar con la mar bravía y de desafiar las tormentas;
pero el primer asunto de nuestra conversación me
volvió a la memoria, y le dije:
-Veamos, Steerforth. Si eres lo bastante dueño de
ti para escucharme un momento te diré...
-El espíritu que me posee es un espíritu poderoso
y hará lo que tú quieras --contestó levantándose de
la mesa para volver a sentarse al lado del fuego.
-Pues bien. Voy a decirte, Steerforth, que quiero ir
a ver a mi antigua niñera; no porque pueda serle de
ninguna utilidad, ni ayudarla en nada; pero me quie-
re tanto, que mi visita le dará el mismo gusto que si
pudiera ayudarla en algo. Se sentirá dichosa y será
un consuelo y un socorro para ella. Y no es hacer
ningún sacrificio por una amiga tan fiel. ¿No irías tú
a pasar allí un día si estuvieras en mi lugar?
Estaba pensativo, y reflexionó un instante antes
de contestarme en voz baja:
-Sí; debes ir; eso siempre es bueno.
-Como llegas de allí, supongo que será inútil pe-
dirte que me acompañes.
-Completamente inútil -replicó-. Esta misma noche
voy a Highgate. No he visto a mi madre desde hace
mucho tiempo, y me remuerde la conciencia. Pues
es mucho ser amado como ella ama a su hijo pródi-
go. ¡Bah! ¡Qué locura!
Supongo que piensas irte mañana --dijo apoyando
sus manos en mis hombros y reteniéndome a dis-
tancia.
-Sí.
-Pues bien; espera solamente a pasado mañana.
Quería rogarte que pasaras algunos días con noso-
tros; había venido expresamente a invitarte, y te
escapas a Yarmouth.
-Te aconsejo que no hables de las personas que
se escapan, Steerforth, cuando tú partes como un
loco para cualquier expedición desconocida.
Me miró un momento sin hablarme, y después re-
puso teniéndome siempre agarrado de los hombros
y sacudiéndome:
-Vamos, decídete para pasado mañana y pasas el
día de mañana con nosotros. ¡Quién sabe cuándo
nos volveremos a ver! Vamos, pasado mañana. Te
necesito para evitarme un cara a cara con Rosa
Dartle y para separamos.
-¿Temes que os querríais demasiado si no estu-
viera yo allí? -le pregunté.
-Sí, o que nos odiáramos -dijo Steerforth riendo---;
una cosa a otra. Vamos, ¿quedamos en eso? ¿Pa-
sado mañana?
-Bueno, pasado mañana -le dije.
Se puso su gabán, encendió su puro y se dispuso
a irse hacia su casa a pie. Viendo que aquella era
su intención, yo también me puse el gabán (pero sin
encender el puro, había tenido bastante con una
vez) y le acompañé hasta la carretera, que no esta-
ba alegre aquella noche. Fue muy animado todo el
camino, y cuando nos separamos yo le veía andar
con un paso tan ligero y tan firme, que recordé lo
que me había dicho: «Saltemos por encima de to-
dos los obstáculos para conseguir nuestro objetivo»,
y me puse a desear, por primera vez en mi vida,
que el objetivo que perseguía fuera digno de él.
Había vuelto a mi habitación y me desnudaba,
cuando la carta de míster Micawber se cayó al sue-
lo. Hizo bien, pues la había olvidado. Rompí el sello
y leí lo que sigue. La carta estaba fechada hora y
media antes de la comida. No sé si he dicho que
siempre que míster Micawber se encontraba en una
situación desesperada empleaba una especie de
fraseología legal, que parecía considerar como una
manera de liquidar sus asuntos.

«Caballero... pues no me atrevo a decir mi


querido Copperfield:
Es necesario que sepa usted que el firman-
te es un hombre ahogado. Quizá usted podrá
observar hoy que haga débiles esfuerzos para
evitarle un descubrimiento prematuro de su
desgraciada posición; pero toda esperanza se
ha desvanecido del horizonte y el firmante
está hundido.
La presente comunicación está escrita en
presencia (no puedo decir en compañía) de
un individuo sumido en un estado cercano a
la borrachera y que es dependiente de un
prestamista. Este individuo está en posesión
de estos lugares por no haber pagado el al-
quiler. El inventario que ha hecho comprende
no solamente todas las propiedades persona-
les de todo género pertenecientes al firmante,
inquilino por años de esta morada, sino tam-
bién todos los efectos y propiedades de
míster Thomas Traddles, huésped y miembro
de la honorable Sociedad de Inner Temple.
Si una sola gota de amargura podía faltar a
la copa, ya desbordante, que se ofrece ahora
(como dice un escritor inmortal) a los labios
del firmante se encontraría en el hecho dolo-
roso de que un pagaré garantizado en favor
del firmante, por el antes mencionado míster
Thomas Traddles, por la suma de veintitrés li-
bras, cuatro chelines y nueve peniques y me-
dio ha cumplido y no ha sido pagada. Tam-
bién se encontraría en el hecho igualmente
doloroso de que las responsabilidades vivas
que pesan sobre el firmante serán aumenta-
das, según el curso de la naturaleza, por una
nueva a inocente víctima, cuya llegada será
(en números redondos) a la expiración de un
período que no excede de seis meses desde
la presente fecha.
Después de estos detalles, será un oprobio
que añadir a las cenizas y al polvo que cubren
para siempre la cabeza de
WILKINS MICAWBER.»

¡Pobre Traddles! Por entonces conocía lo bas-


tante a míster Micawber para estar seguro de que
se levantaría de aquel golpe; pero aquella noche
turbó mi tranquilidad el recuerdo de Traddles y de la
hija del pastor de Devonshire, con diez hermanos y
¡tan buena chica!, como decía Traddles, y dispuesta
a esperarle (elogio funesto) aunque fueran sesenta
años, o más, si hacía falta.
CAPÍULO IX
VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA
Aquella mañana le dije a míster Spenlow que
quería permiso para ausentarme por poco tiempo; y
como no recibía sueldo ninguno, y, por lo tanto, no
tenía nada que temer del implacable Jorkins, no
hubo dificultad para ello. Aproveché la oportunidad,
aunque la voz se me ahogaba y se me nublaba la
vista, para decir que esperaba que miss Spenlow
estuviera bien; a lo que me contestó, sin más emo-
ción que si. se tratara de cualquier otro ser humano,
que me lo agradecía mucho, y que estaba muy bien.
Los empleados destinados a la aristocrática orden
de procuradores eran tratados con muchas conside-
raciones, lo que hacía que tuviéramos la mayor
libertad. Pero como no quería llegar a Highgate
antes de la una o las dos, y como aquella mañana
teníamos una causa en el tribunal, estuve allí un par
de horas pasando el tiempo muy agradablemente
con míster Spenlow. Era una causa divertida, y
mientras me dirigía a Highgate en la imperial de la
diligencia fui pensando en el Tribunal de Doctores y
en lo que míster Spenlow decía sobre que si se
tocaba el Tribunal se acababa la nación.
Mistress Steerforth se alegró mucho de verme, y
también Rose Dartle. A mí me sorprendió agrada-
blemente el encontrar que Littimer no estaba allí y
que éramos atendidos por una modesta doncella
con cintas azules en la cofia, que era mucho más
agradable de mirar y mucho menos desconcertante
cuando, por casualidad, se encontraba uno sus
ojos, que aquel respetable hombre. Pero lo que
observé particularmente antes de llevar media hora
en la casa fue la constante y atenta mirada que
miss Dartle clavaba en mí y la manera con que pa-
recía comparar mi rostro con el de Steerforth y el de
Steerforth con el mío, como si esperase pillamos en
mentira a alguno de los dos. Siempre que la miraba
estaba seguro de encontrar sus ojos ardientes y
sombríos con aquella mirada fija y penetrante en mi
rostro, para pasar de pronto al de Steerforth, o tra-
tando de mirarnos a los dos a un tiempo. Y lejos de
renunciar a aquella vigilancia cuando vio que yo lo
había notado, me pareció que, por el contrario, su
mirada se hacía más penetrante y su atención más
marcada. A pesar de que me sentía inocente de
todos los pecados que pudieran suponérseme, no
dejaba de huir de aquellos ojos extraños, de los que
no podía soportar el brillo ansioso.
Durante todo el día parecía no estar más que ella
en toda la casa. Si charlaba con Steerforth en su
habitación, oía el ruido del roce de su traje en la
galería. Si hacíamos algún ejercicio en el césped de
la parte de atrás de la casa veía aparecer su rostro
en todas las ventanas sucesivamente, como un
fuego fatuo, hasta que elegía una ventana más
cómoda para vernos mejor. Una vez, mientras nos
paseábamos los cuatro, después de la comida, me
cogió del brazo y lo estrechó en su mano delgada
como en una tenaza, para acapararme dejando a
Steerforth y a su madre pasear unos cuantos pasos
más delante; y cuando ya no pudieron oírnos me
dijo:
-Ha pasado usted mucho tiempo sin venir aquí.
¿Su profesión es realmente tan atractiva a intere-
sante que absorba tan por completo su atención?
Lo pregunto porque siempre me gusta aprender,
porque soy muy ignorante. ¿Es realmente así?
Le repliqué que me gustaba bastante; pero que
no me ocupaba todo mi tiempo.
-¡Oh, cómo me alegro de saberlo! porque me gus-
ta que me corrijan cuando me equivoco -dijo Rose
Dartle-. ¿Quizá quiere usted decir que es un poco
árido?
-Sí -repliqué-; quizá es un poco árido.
-¡Oh! Y por eso necesita usted reposo, cambio,
excitaciones y todo eso; ¿verdad? Pero no es un
poco... ¿eh?... para él; no me refiero a usted.
Una rápida mirada que lanzó hacia donde se es-
taban paseando cogidos del brazo Steerforth y su
madre me demostró a quién se refería; pero fue
cosa perdida pues no comprendí nada, y estoy se-
guro de que se me notaba.
-No parece... no digo que sea... pero me gustaría
saber... ¿no está muy preocupado? ¿No es más
remiso que de costumbre en sus visitas a su madre,
que lo quiere ciegamente, eh? -dijo con otra mirada
rápida, lanzada a ellos, y una a mí, en la que parec-
ía querer leer el fondo de mis pensamientos.
-Miss Dartle -le respondí-, no crea usted, le rue-
go...
-¿Yo creer? ¡Oh querido mío! Pero no vaya usted
a creer que yo creo algo. No soy suspicaz. Sola-
mente hago una pregunta. No tengo ninguna opi-
nión. Querría formarme una opinión por lo que usted
me dijera. Pero, según eso, no es así. ¡Bien! Me
alegro mucho de saberlo.
-No; no es cierto -le dije un poco confuso- que sea
yo responsable de las ausencias de Steerforth, pues
yo mismo no lo sabía. De sus palabras deduzco que
ha estado más tiempo que de costumbre sin venir a
ver a su madre; pero yo tampoco le había vuelto a
ver hasta ayer por la noche desde hacía muchísimo
tiempo.
-¿Es cierto?
-Completamente cierto, miss Dartle.
Mientras me miraba de frente la vi palidecer, y la
cicatriz de la antigua herida se destacó profunda-
mente sobre el labio desfigurado, prolongándose
sobre el otro y bajando oblicuamente hacia la barbi-
lla. Me pareció que había algo verdaderamente
temible en aquello y en el brillo de sus ojos, cuando
me dijo mirándome con fijeza:
-Entonces ¿qué hace?
Repetí sus palabra más para mí mismo que para
ser oído por ella, tanto me sorprendía.
-Entonces ¿qué hace? -repitió con un ardor que
parecía consumirla como el fuego- ¿A qué se dedi-
ca ese hombre que no me mira nunca sin que lea
en sus ojos una falsedad impenetrable? Si usted es
honrado y fiel, yo no le pido que traicione a su ami-
go; solamente le pido que me diga si es la cólera, o
el odio, o el orgullo, o la intranquilidad de su natura-
leza, o algún extraño capricho, o el amor, lo que lo
posee...
-Miss Dartle -respondí-, ¿qué quiere usted que yo
le diga, cuando no sé nada más de Steerforth de lo
que sabía cuando vine aquí por primera vez? Ni
adivino nada. Creo firmemente que no le sucede
nada. No comprendo siquiera lo que me quiere us-
ted decir.
Mientras me miraba todavía fijamente, un estre-
mecimiento convulsivo, que yo no podía separar de
la idea de sufrimiento, apareció en la cruel cicatriz.
Y el extremo de su labio se levantó con aquella
expresión de desdén o de piedad. Se tapó la boca
con la mano apresuradamente (una mano tan fina y
delicada que cuando yo le había visto extenderla
ante su rostro para preservarlo del fuego, la había
comparado en mi imaginación con la más fina por-
celana) y me dijo con viveza en un acento conmovi-
do y apasionado: «Le prometo guardar secreto de
esto»; después no añadió ni una palabra más.
Mistress Steerforth no se había sentido nunca
más dichosa de la compañía de su hijo que aquel
día, pues precisamente Steerforth nunca había es-
tado mas cariñoso y deferente con ella. A mí me
interesaba vivamente verlos juntos, no sólo a causa
de su afecto mutuo, sino también a causa del pare-
cido sorprendente que existía entre ellos, pues la
única diferencia era que la altivez y la ardiente im-
petuosidad del hijo, por la diferencia de edad y de
sexo, se convertían en la madre en una dignidad
llena de gracia. Más de una vez había pensado yo
que era una felicidad tal que nunca hubiera provo-
cado entre ellos una causa seria de disgusto, pues
aquellas dos naturalezas, o mejor dicho aquellos
dos matices de la misma naturaleza, habrían sido
más difíciles de reconciliar que los caracteres más
opuestos. Debo confesar que esta idea no se me
había ocurrido a mí, ni es fruto de mi imaginación,
pues se la debía a Rose Dartle.
Estábamos comiendo cuando nos preguntó:
-¡Oh!, dígame, se lo ruego, a ver si me aclara una
duda que me ha preocupado toda la tarde y que
desearía saber.
-¿Qué es lo que querrías saber, Rose? -preguntó
mistress Steerforth. No seas tan misteriosa, te lo
ruego.
-¡Misteriosa! -exclamó-. ¡Oh! ¿De verdad? ¿Me
encuentra usted misteriosa?
-¿No me paso la vida pidiéndote -dijo mistress
Steerforth- que te expliques abiertamente y con
naturalidad?
-¡Ah! ¿Entonces es que no soy natural? -replicó-.
Pues bien; le ruego que tenga un poco de indulgen-
cia, pues si hago preguntas es sólo por instruirme.
Nunca se conoce uno bien a sí mismo.
-Es una costumbre que se ha convertido en ti en
una segunda naturaleza -dijo mistress Steerforth,
sin dar el menor signo de descontento-; pero yo
recuerdo, y tú también debes recordar, que en otros
tiempos eras muy distinta, Rose, menos disimulada,
más confiada.
-¡Oh! Realmente tiene usted razón; pero las malas
costumbres se hacen inveteradas. ¡De verdad! ¡Me-
nos disimulo y más confianza! ¿Cómo habré cam-
biado poco a poco?, es lo que me pregunto. Es muy
extraordinario; pero es igual, lo esencial es que
vuelva a ser como antes.
-Sí que me gustaría-dijo mistress Steerforth, son-
riendo.
-¡Oh! Lo conseguiré, ¡se lo aseguro! -respondió
ella-. Aprenderé la franqueza, veamos... ¿de
quién?... ¿De James?
-No podrías aprenderla en mejor escuela, Rose
-dijo mistress Steerforth vivamente, pues todo lo
que Rose Dartle decía tenía un matiz de ironía que
aparecía a través de su sencillez afectada-. En
cuanto a eso, estoy bien segura -dijo con un ardor
desacostumbrado-. Si hay algo en el mundo de lo
que estoy segura, sabes que es de eso.
Me pareció que mistress Steerforth se arrepentía
de su pequeño impulso, pues añadió enseguida con
bondad:
-Y bien, querida Rose; con todo esto no nos has
dicho el motivo de tus preocupaciones.
-¿El motivo de mis preocupaciones? -replicó con
una frialdad impacientante-. ¡Oh! Me preguntaba
únicamente si personas cuya constitución moral se
parece... ¿es esa la expresión?
-Es una expresión como otra -dijo Steerforth.
-¡Gracias!... Si personas cuya constitución moral
se asemeja se encontrarían más en peligro que
otras en el caso de que una causa seria de división
surgiera entre ellas, y les separaría un resentimiento
más profundo y duradero.
-Sí, seguramente -dijo Steerforth.
-¿De verdad? -replicó ella-. Pero veamos, por
ejemplo... se pueden suponer las cosas más absur-
das... Suponiendo que tú tuvieras con tu madre una
querella seria...
-Mi querida Rose -dijo mistress Steerforth riendo
alegremente-, debías haber inventado cualquier otra
suposición. Gracias a Dios, James y yo sabemos
demasiado bien lo que nos debemos el uno al otro.
-¡Oh! -dijo miss Dartle bajando la cabeza con aire
pensativo-. Sin duda; eso es suficiente. Pre... ci...
sa... mente. Pues bien; me alegro mucho de haber
hecho esa pregunta; al menos tengo la tranquilidad
de estar ahora segura de que saben ustedes dema-
siado bien lo que se deben el uno al otro para que
nada pudiera suceder jamás. Muchas gracias.
No quiero omitir una pequeña circunstancia relati-
va a miss Dartle, pues más tarde tuve razones para
recordarla, cuando el irreparable pasado me fue
explicado. Todo el día, y sobre todo a partir de
aquel momento, Steerforth desplegó sus cualida-
des, con la naturalidad que no le abandonaba nun-
ca, para atraer a aquella singular criatura, hacerle
que gozara de su compañía y a que fuera amable
con él. No me sorprendió tampoco ver a miss Dartle
luchar al principio contra su seducción, pues sabía
que estaba llena de prejuicios y de terquedad. Vi
sus modales y su fisonomía cambiar poco a poco; vi
que le miraba con una admiración creciente; vi que
hacía esfuerzos cada vez más débiles, pero siem-
pre con cólera, como si se reprochara su debilidad
para resistir a la fascinación que ejercía sobre ella;
por fin vi sus miradas irritadas dulcificarse, su sonri-
sa aflojarse, y el terror que me había inspirado todo
el día se desvaneció. Sentados al lado del fuego,
estábamos todos charlando y riendo juntos, con una
naturalidad de niños.
No sé si fue porque era tarde o porque Steerforth
no quería perder el terreno que había ganado, el
caso es que no permanecimos en el comedor más
de cinco minutos después de su marcha.
-Toca el arpa -dijo Steerforth en voz baja al acer-
camos a la puerta del salón-; creo que hace lo me-
nos tres años que nadie la ha oído más que mi ma-
dre.
Dijo aquellas palabras con una sonrisa extraña,
que desapareció enseguida, y entramos en el salón.
Estaba sola.
-No te levantes --dijo Steerforth deteniéndola-. Va-
mos, mi querida Rose, ¡sé amable una vez y cánta-
nos una canción irlandesa!
-¡Mucho te importan las canciones irlandesas!
-replicó ella.
--Ciertamente -dijo Steerforth-, mucho: son las
que prefiero. Además, a Florecilla le gusta la música
con toda su alma. Cántanos una canción irlandesa,
Rose, y yo me sentaré aquí a escucharte como en
otros tiempos.
Sin tocarla a ella ni a la silla en que estaba senta-
da se sentó al lado del arpa. Ella permaneció de pie
durante un momento, haciendo con la mano movi-
mientos como si tocara, pero sin hacer resonar las
cuerdas. Por fin se sentó, atrajo hacia sí el arpa con
un movimiento rápido y se puso a cantar acom-
pañándose.
No sé si era el instrumento o la voz lo que daba a
aquel canto un carácter sobrenatural, que no sé
describir. La expresión era desgarradora. Parecía
como si aquella canción no se hubiera escrito nunca
ni puesto en música; parecía más bien escapar de
la pasión contenida y que asomaba con una expre-
sión imperfecta en los sonidos de su voz, y después
volvía a ocultarse en la sombra cuando se hacía el
silencio. Yo permanecí mudo mientras ella se apo-
yaba de nuevo en el arpa y hacía vibrar los dedos
de la mano derecha sin sacar ningún sonido.
Al cabo de un momento, he aquí lo que me
arrancó de mi ensueño: Steerforth se había levan-
tado y se había acercado a ella, pasándole alegre-
mente el brazo alrededor del talle.
-Vamos, Rose; de ahora en adelante vamos a
querernos mucho.
Pero entonces ella le había pegado, y rechazán-
dolo con el furor de un gato salvaje, se había esca-
pado de la habitación.
-¿Qué le ocurre a Rose? -dijo mistress Steerforth,
que entraba.
-Ha sido buena como los ángeles durante un mo-
mento, madre -dijo Steerforth-, y ahora de repente
se lanza al otro extremo.
-Debías tener cuidado de no encolerizarla, James.
Recuerda que su carácter está agriado y que no
conviene tentarla.
Rose no volvió ni se habló de ella hasta el mo-
mento en que yo entré con Steerforth en su habita-
ción para despedirme de él. Entonces se puso a
burlarse y me preguntó si había conocido nunca a
una criatura tan violenta y tan incomprensible.
Yo le expresé mi sorpresa, y le pregunté si no
adivinaba lo que habría podido ofenderla tan viva-
mente y tan de repente.
-¡Dios lo sabe! -dijo Steerforth-. Cualquier cosa
quizás, o quizás nada. Ya te he dicho que a todo lo
saca punta, hasta su persona, por afilar afila la hoja,
y es una hoja fina, ten cuidado, ten cuidado; no hay
que acercarse sin precaución. Siempre hay peligro.
¡Buenas noches!
-¡Buenas noches, querido Steerforth! Mañana me
marcharé antes de que te despiertes. ¡Buenas no-
ches!
No me dejaba marchar, y continuaba de pie de-
lante de mí, con las manos apoyadas en mis hom-
bros, como había hecho en mi habitación.
-Florecilla -me dijo con una sonrisa---, aunque ese
no sea el nombre que te han dado tu padrino y tu
madrina, es con el que más me gusta nombrarte. Yo
querría, ¡oh, sí!, yo querría que tú también me pu-
dieras llamar así.
-Pero ¿quién me lo impide si quisiera hacerlo?
-Florecilla, si algún suceso llegara a separamos,
piensa siempre en mí con indulgencia, amigo mío.
Vamos, prométeme que pensarás en mí con indul-
gencia si las circunstancias llegan a separamos.
-¿Qué estás diciendo de indulgencia, Steerforth?
-le dije-. Mi cariño y mi ternura por ti serán siempre
los mismos y no tienen nada que perdonarte.
Me sentí tan arrepentido de haber sido injusto con
él ni aun con pensamientos pasajeros, que estuve a
punto de confesárselo. Sin la repugnancia que me
causaba el traicionar la confianza de Agnes, y en el
temor que sentía de no poder tocar aquel asunto sin
comprometerla, le hubiera confesado todo antes de
oírle decir: «¡Dios lo bendiga, Florecilla, y buenas
noches!». En mi duda, no le dije nada; le estreché la
mano y nos separamos.
Me levanté al despuntar el día, y después de ves-
tirme sin ruido entreabrí su puerta. Dormía profun-
damente, tranquilamente, con la cabeza apoyada en
el brazo, como tantas veces le había visto dormir en
el colegio.
Llegó un tiempo, y no tardó mucho en llegar, en
que me preguntaba cómo no habría turbado nada
su reposo mientras yo le miraba. Pero dormía (me
gusta pensar en él así de nuevo) como le había
visto dormir tan a menudo en el colegio; y así en
aquella hora silenciosa le dejé.
Para nunca más (¡oh, Steerforth, Dios lo perdo-
ne!) volver a tocar tu mano con un sentimiento de
amor y de amistad. ¡Nunca, nunca más!
CAPÍTULO X
UNA DESGRACIA
Llegué por la noche a Yarmouth y me dirigí a la
posada. Sabía que la habitación reservada por
Peggotty, «mi habitación», sería ocupada pronto por
otro, si es que el terrible «visitante» a quien todos
los vivos tienen que dejar el sitio no había llegado
ya a la casa. Me dirigí, por lo tanto, a la posada para
comer y alquilar un cuarto.
Eran las diez de la noche cuando salí. La mayoría
de las tiendas estaban cerradas, y el pueblo estaba
triste. Cuando llegué ante la casa de Omer y Joram
las ventanas estaban cerradas, pero la puerta de la
tienda estaba abierta todavía. Como veía a lo lejos
a míster Omer, que fumaba su pipa cerca de la
puerta de la trastienda, entré y pregunté cómo es-
taba.
-Por mi alma, ¿es usted? --dijo míster Omer-.
¿Cómo está usted? Siéntese. ¿Supongo que el
humo no le molestará.
-Nada de eso; al contrario, me gusta... en la pipa
de otro.
-¿En la suya no? --dijo míster Omer riendo-. Tanto
mejor, caballero; es mala costumbre para los jóve-
nes. Siéntese. Yo si fumo es a causa del asma.
Míster Omer había adelantado una silla para mí, y
se volvió a sentar sin aliento, aspirando el humo de
su pipa como si esperase encontrar en ella el soplo
necesario a su existencia.
-Estoy muy preocupado con las malas noticias
que me han dado de Barkis- le dije.
Míster Omer me miró con aire grave, sacudiendo
la cabeza.
-¿Sabe usted cómo está ahora? -pregunté.
-Esa es precisamente la pregunta que le hubiera
hecho -dijo míster Omer-, si no hubiera sido por un
sentimiento de delicadeza. Es una de las cosas
molestas de nuestro oficio. Cuando hay algún en-
fermo, no podemos preguntar cómo sigue.
Era una dificultad que no había previsto; había
temido, al entrar, oír el antiguo martillo. Sin embar-
go, puesto que míster Omer había tocado aquella
cuerda, yo no podía por menos de aprobar su deli-
cadeza.
-Sí, sí; ¿comprende usted? -dijo míster Omer con
un movimiento de cabeza-. No nos atrevemos. Ser-
ía un golpe del que muchos no se repondrían si
oían decir: «Omer y Joram le saludan y desean
saber cómo se encuentra usted», hoy por la maña-
na, hoy por la tarde, según la ocasión.
Asentí con la cabeza, y Omer tomando aliento con
ayuda de su pipa, continuó:
-Es una de las cosas del oficio que nos impiden
tener muchas atenciones que de buena gana tendr-
íamos a veces -dijo míster Omer-. Vea usted, por
ejemplo: hace cuarenta años que conozco a Barkis.
Si no he salido a hablarle toda las veces que pasa-
ba por aquí, no he salido ninguna; pues bien, ahora
no puedo ir a preguntar cómo sigue.
Convine con míster Omer que era muy desagra-
dable.
-Y que no estoy yo menos cerca de ello que otro,
míreme. La respiración me faltará uno de estos días
y no es probable que esté muy interesado en la
situación en que estoy. Digo que no es probable,
tratándose de un hombre que sabe que cualquier
día puede faltarle la respiración, y más todavía si
ese hombre es abuelo ---lijo míster Omer.
-No es nada probable -dije.
-Tampoco es que me queje de mi oficio -dijo
míster Omer-. Todo tiene sus pros y sus contras;
eso ya se sabe: todo lo que yo pediría es que se
educara a la gente de manera que tuviera el espíritu
un poco más fuerte.
Míster Omer fumó un instante en silencio con aire
de bondad y complacencia; después dijo volviendo
a su primer asunto:
-Estamos obligados a contentamos con saber las
noticias de Barkis por Emily. Ella sabe nuestra ver-
dadera intención y no tiene más escrúpulos ni sos-
pechas que si fuéramos corderitos. Minnie y Joram
acaban de ir a casa de Barkis, donde ella va tam-
bién en cuanto termina su trabajo, para ayudar un
poco a su tía. Han ido a saber del pobre hombre; si
quiere usted esperar su vuelta, traerán noticias.
¿Quiere usted tomar algo? ¿Un ponche con ron?
¿Quiere usted tomarlo conmigo, pues es lo que
bebo siempre mientras fumo? -dijo míster Omer
cogiendo su vaso-. Dicen que es bueno para la
garganta y que facilita esta desgraciada respiración.
Pero, ¿sabe usted? -continuó con voz ronca-, no es
el conducto lo que está en mal estado. Es lo que yo
le digo siempre a Minnie: «Dame el soplo, hija mía,
y yo me encargaré de encontrarle paso, querida».
Verdaderamente tenía el aliento tan corto que
asustaba el verle reír. Cuando recobró la palabra le
di las gracias por el ponche que me había ofrecido,
y que rechacé diciendo que acababa de comer;
pero añadí que, puesto que tenía la amabilidad de
invitarme, esperaría la vuelta de su yerno y de su
hija; después le pedí noticias de la pequeña Emily.
-A decir verdad -dijo míster Omer dejando su pipa
para poder frotarse la barbilla-, yo cstrré más tran-
quilo cuando se haya casado.
-¿Por qué? -pregunté.
-Porque está inquieta -dijo míster Omer-. No es
que no esté tan bonita como antes; al contrario, más
bonita que nunca; ni es que trabaje menos; al con-
trario, valía por seis obreras y sigue valiéndolo; pero
ella quiere alegría. ¿Comprende usted lo que quiero
decir? -continuó míster Omer fumando un poco y
restregándose después la barbilla-. Lo que se en-
tiende en general por la expresión: «Vamos, ¡fuerte,
valiente!, ¡un buen golpe de remo!, ¡otro buen gol-
pe!, ¡hurra! » . A esto es a lo que me refiero que, en
general, le falta a Emily.
El rostro y los ademanes de míster Omer eran tan
expresivos, que pude, en conciencia, hacerle un
gesto expresando que le comprendía. Mi vivacidad
de comprensión pareció gustarle, y siguió:
-Ahora bien; yo considero que la principal causa
de esto es el estado transitorio en que está. He
hablado a menudo de esto con su tío y con su novio
por las noches, después del trabajo, y considero
que es la principal causa de su inquietud. Usted
recordará siempre -prosiguió míster Omer- que Emi-
ly es una criaturita extraordinariamente afectuosa.
El proverbio dice que no se puede hacer una bolsa
de seda con la oreja de una trucha. Yo no sé nada;
pero creo que, en efecto, sí se puede; la cosa es
tener tiempo. Y usted sabe que ha hecho de ese
viejo barco una morada que vale más que un pala-
cio de piedra y mármol.
-Estoy seguro --dije.
-El ver a esa linda chiquilla acercarse a su tío, ver
cómo cada día está más unida a él, es conmovedor.
Y cuando sucede así es porque hay lucha, y ¿para
qué prolongarla inútilmente?
Yo escuchaba atento al buen anciano, aprobando
de todo corazón cuanto decía.
-Y por eso les he dicho --continuó míster Omer en
tono de bondad y condescendencia-: «No consider-
éis el aprendizaje de Emily como un compromiso;
podéis hacer lo que queráis. Sus servicios me han
producido más de lo que me esperaba; Omer y Jo-
ram pueden borrar el resto del tiempo convenido, y
estará la niña libre el día que les convenga a uste-
des. Si después ella quiere arreglarse con nosotros
para hacernos algún trabajo en su casa, muy bien;
si no le conviene, también muy bien». De todas
maneras, no nos perjudica, pues sabe usted --dijo
míster Omer tocándome con su pipa- no hay cuida-
do de que un hombre tan corto de resuello como yo,
y que además tiene nietos, vaya a oprimir a un her-
moso pajarito de ojos azules como ella.
-No, no; no hay cuidado; ya lo sabemos -dije.
-No, no; tiene usted razón -dijo míster Omer-.
Pues bien; su primo... ¿ya sabe usted que es su
primo con quien se va a casar?
-¡Oh, sí! -repliqué-. Le conozco muy bien.
-Naturalmente -repuso míster Omer-; su primo,
que está en buena posición y que tiene mucho tra-
bajo, y después de haberme dado las gracias cor-
dialmente (y debo decir que su conducta en este
asunto me ha dado la mejor opinión de él), su primo
ha alquilado una casita, la más confortable que
pueda imaginarse. Esa casita está amueblada de
arriba abajo y arreglada como si fuera de muñecas;
y creo que si el pobre Barkis no se hubiera puesto
tan malo, a estas horas estarían casados; pero eso
lo ha retrasado.
-Y Emily, míster Omer -pregunté-, ¿está ahora
más tranquila?
-Pues ¿sabe usted? -repuso acariciándose la pa-
pada-. Como es natural, no puede esperarse que se
tranquilice estando a punto de cambiar y de sepa-
rarse, y todo eso. La muerte de Barkis no lo retra-
saría demasiado, pero sí su estado crónico de en-
fermedad. En todo caso, es una situación equívoca,
como puede usted ver
-Sí, lo veo.
-En consecuencia, Emily está un poco preocupa-
da, y hasta inquieta, quizá más que nunca. Parece
amar cada vez más a su tío y sentir más vivamente
el separarse de todos nosotros. Si le digo una pala-
bra bondadosa se le saltan las lágrimas, y si usted
la viera con la niña de Minnie, no podría olvidarlo
jamás. Es extraordinario -dijo míster Omer re-
flexionando- lo que quiero a esa niña.
La ocasión me pareció propicia para preguntarle a
míster Omer, antes de que volvieran Minnie y su
yerno a interrumpimos, si sabía algo de Martha.
-¡Ah! -dijo sacudiendo la cabeza con abatimiento,
Nada bueno. Es una historia triste por cualquier lado
que se mire. Nunca he creído que esa muchacha
esté corrompida; no lo diría delante de mi hija Min-
nie; se enfadaría; pero yo no lo he creído nunca.
Míster Omer percibió los pasos de su hija, que yo
no había sentido todavía, y me tocó con la pipa,
guiñándome un ojo como advertencia. Casi ense-
guida entró Minnie con su marido.
Traían la noticia de que Barkis estaba cada vez
peor; que había perdido el conocimiento, y que
míster Chillip había dicho tristemente en la cocina,
al marcharse no hacía cinco minutos, que toda la
escuela de Medicina, la de Cirugía y la de Farmacia
reunidas no podrían salvarle. En primer lugar, los
médicos y cirujanos no podían ya nada, había dicho
míster Chillip, y todo lo que los farmacéuticos pudie-
ran hacer sería envenenarle.
Al oír esta noticia y saber que mister Peggotty es-
taba en casa de su hermana decidí irme enseguida.
Di las buenas noches a míster Omer y a míster y
mistress Joram y tomé el camino de casa de Peg-
gotty con una seria simpatía por Barkis, que lo
transformaba completamente a mis ojos.
Llamé dulcemente a la puerta y míster Peggotty
vino a abrirme. El verme no los sorprendió tanto
como yo esperaba. Lo mismo observé en Peggotty
cuando apareció, y es una cosa que he recordado
después muy a menudo, pensando que en la espe-
ra de aquel terrible desenlace cualquier otro cambio
o sorpresa no significaban nada.
Estreché la mano a míster Peggotty y entré en la
cocina mientras él cerraba suavemente la puerta. La
pequeña Emily, con la cabeza entre las manos,
estaba sentada delante del fuego. Ham estaba de
pie a su lado.
Hablábamos bajo y escuchábamos de vez en
cuando los ruidos de la habitación de encima. Du-
rante mi última visita no había pensado en ello; pero
ahora ¡qué extraño se me hacía no ver a Barkis en
la cocina!
-Ha sido usted muy bueno viniendo, señorito Davy
-me dijo míster Peggotty.
-¡Oh, sí, muy bueno! --dijo Ham.
-Emily -dijo míster Peggotty-, mira, querida, aquí
está el señorito Davy. Vamos, ¡valor, hija mía! ¿No
dices nada al señorito Davy?
Emily temblaba con todos sus miembros. Todavía
la veo. Su mano estaba helada cuando la toqué;
todavía la siento. No hizo más movimiento que reti-
rarla; después se deslizó de su silla y, acercándose
dulcemente a su tío, se inclinó sobre su pecho sin
decir nada, temblando siempre.
-Tiene un corazoncito tan bueno --dijo míster
Peggotty acariciando sus lindos cabellos con su
mano callosa-, que no puede soportar esta pena. Es
muy natural: los jóvenes, señorito Davy, no están
acostumbrados a esta clase de pruebas y tienen la
timidez de este pajarillo; ¡es natural!
Emily se estrechó contra su pecho sin decir una
palabra ni levantar la cabeza.
-Es tarde, hija mía, y Ham te espera para llevarte
a casa. Anda, vete con él; ¡también él tiene un co-
razón de oro! ¿Qué, Emily? ¿Qué dices, cariño
mío?
El sonido de su voz no llegó a mis oídos; pero él
bajó la cabeza como escuchando, y después dijo:
-¿Quieres quedarte con tu tío? ¡Vamos, de ningu-
na manera! ¿Quedarte con tu tío, chiquilla, cuando
el que va a ser tu marido dentro de unos días está
aquí para llevarte a casa? Vamos; nadie lo creería
al ver a esta chiquilla al lado de un viejo gruñón
como yo -dijo míster Peggotty mirándonos a los dos
con un orgullo infinito-; pero el mar no contiene más
sal que el corazón de la pequeña Emily contiene de
ternura para su tío; ¡locuela!
-Emily tiene razón, señorito Davy -dijo Ham-; y
puesto que Emily lo desea y está un poco inquieta y
asustada, la dejaré aquí hasta mañana por la ma-
ñana. Pero permítanme que me quede también.
-No, no -dijo míster Peggotty-; no puede ser; ya es
casi como si estuvieras casado, y no puedo perder
un día de trabajo, ni tampoco velar esta noche y
trabajar mañana. Vuélvete a casa. ¿Es que temes
que no te cuidemos bien a Emily?
Ham cedió a aquellas razones y cogió su sombre-
ro para marcharse. Hasta en el momento en que la
besó (y yo no le veía nunca acercarse a ella sin
pensar que la naturaleza le había dado un corazón
de caballero), Emily parecía apretarse más contra
su tío, tratando de evitar a su novio. Cerré la puerta
tras de él, para no turbar el silencio que reinaba en
la casa, y al volverme vi que mister Peggotty todav-
ía estaba hablando a su sobrina.
-Ahora -le decía- voy a subir a decir a tu tía que el
señorito Davy está aquí; eso la consolará. Siéntate
al lado del fuego entre tanto, querida mía, y calién-
tate las manos, que las tienes como el hielo. Pero
¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de
ese modo? ¿Qué? ¿Que quieres subir conmigo?
Bueno, ven. Si a su tío le arrojaran de casa y le
obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peg-
gotty con el mismo orgullo de un momento antes-,
creo verdaderamente que querrías acompañarle,
pero pronto me va a suplantar otro, ¿no es verdad,
Emily?
Al subir un momento después, cuando pasé por el
lado de la puerta de mi habitacioncita, que estaba
sumida en la oscuridad, me pareció que Emily yacía
tendida en el suelo; pero aun ahora no sé si era ella
o si fue una ilusión de las sombras que confundían
todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación.
Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la
cocina, en el terror que inspiraba la muerte a la pe-
queña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a
las otras razones que me había dado míster Omer,
la causa del cambio que se había operado en ella.
Tuve tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de
pensar con más indulgencia en aquella debilidad,
mientras contaba los latidos del péndulo del reloj,
percibiendo cada vez más la solemnidad del silencio
que reinaba a mi alrededor. Peggotty me estrechó
en sus brazos y me dio las gracias mil veces por
haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus
propias palabras), y me rogó que subiera con ella,
diciéndome, entre sollozos, que Barkis me aprecia-
ba mucho; que había hablado mucho de mí antes
de perder el conocimiento, y que en el caso en que
lo recobrara estaba segura de que mi presencia le
alegraría si es que todavía podia alegrarse con algo
en el mundo.
Pero esto era cosa absurda, según me pareció
cuando le vi. Estaba acostado con la cabeza y los
hombros fuera del lecho, en una posición muy in-
cómoda, medio apoyado en el cofre que le había
costado tantas preocupaciones. Supe que cuando
ya no había sido capaz de arrastrarse fuera del
lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba
allí por medio del bastón, como yo le había visto
hacer, lo había hecho colocar encima de una silla al
lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos
noche y día. En aquel momento se apoyaba en él;
el tiempo y la vida se le escapaban; pero conserva-
ba su cofre, y las últimas palabras que había pro-
nunciado para desechar sospechas eran: «Trajes
viejos».
-Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que
trataba de hacer alegre inclinándose hacia él, mien-
tras su hermano y yo permanecíamos a los pies de
la cama-, aquí está mi querido niño Davy, que fue
quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio,
con el que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes!
¿Quieres hablar al señorito Davy?
Continuaba mudo y sin conocimiento, como el co-
fre, que era lo único que daba algo de expresión a
su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo es-
trechaba.
-Se va con la marea -me dijo míster Peggotty
tapándose la boca con la mano.
Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peg-
gotty también. Repetí en voz baja:
-¿Con la marea?
-En las costas --dijo mister Peggotty- siempre se
muere con la marea baja, y, por el contrario, siem-
pre se viene al mundo con la marea alta, y no se es
totalmente del mundo más que en plena marea.
Pues bien; él se irá con la marea. Esta baja a las
tres y media y no volverá a subir hasta media hora
después. Si dura hasta que el mar empiece a subir
no entregará su espíritu mientras estemos en plena
marea, y esperará para marcharse a la próxima
marea baja.
Continuábamos allí mirándole. El tiempo trans-
curría; las horas pasaban. No puedo decir qué mis-
terioso influjo ejercía mi presencia sobre él; pero
cuando empezó a murmurar algunas palabras en su
delirio hablaba de llevarme a la pensión.
-Vuelve en sí -dijo Peggotty.
Míster Peggotty me tocó en el brazo, diciéndome
bajo, en tono convencido y respetuoso:
-La marea baja, y se va.
-Barkis, amigo mío -exclamó Peggotty.
-C. P. Barkis --exclamó él con voz débil-: ¡la mejor
mujer que hay en el mundo!
-Mira; aquí está Davy -dijo Peggotty, pues abría
los ojos.
Iba a preguntarle si me reconocía, cuando hizo un
esfuerzo para extender su brazo, y me dijo clara-
mente, con una dulce sonrisa:
-¡Barkis está dispuesto!
Y el mar bajaba, y se fue con la marea.
CAPÍTULO XI
UNA PÉRDIDA MAYOR
No había dificultad para mí en ceder a los ruegos
de Peggotty, que me pedía que permaneciera en
Yarmouth hasta que los restos del pobre carretero
hubieran hecho por última vez el viaje de Bloonders-
tone. Había comprado desde hacía mucho tiempo,
de sus economías, un rinconcito de tierra en nuestro
antiguo cementerio, cerca de la tumba de «su que-
rida niña», como llamaba siempre a mi madre, y allí
reposarían sus restos.
Cuando lo pienso ahora me parece que no podía
ser más dichoso de lo que lo era entonces acompa-
ñando a Peggotty y haciendo por ella lo poco que
podía. Pero temo haber sentido una satisfacción
todavía mayor (satisfacción personal y profesional)
al examinar el testamento de Barkis y al apreciar su
contenido.
Reclamo el honor de haber sugerido la idea de
que el testamento estaría en el cofre. Después de
algunas pesquisas, apareció en el fondo de una
bolsa, en compañia de un poco de paja, de un anti-
guo reloj de oro con cadena y dijes, que Barkis hab-
ía llevado el día de su boda y que nunca se le había
visto ni antes ni después; de una pipa de plata que
parecía una pierna; de una caja que parecía un
limón, llena de tacitas y platitos que Barkis supongo
habría comprado cuando yo era niño para regalár-
melo y que después no había tenido el valor sufi-
ciente para desprenderse de ello; y, por último, en-
contramos ochenta y siete monedas de oro, en gui-
neas y medias guineas; doscientas diez libras en
billetes de banco muy nuevos, algunas acciones del
Banco de Inglaterra y una herradura vieja, un chelín
falso, un trozo de alcanfor y una concha de ostra.
Como el último objeto era evidente que había sido
frotado y mostraba los colores del prisma, estoy
muy inclinado a creer que Barkis tenía una idea
general sobre las perlas que nunca había llegado a
resolver ni a definirse.
Durante años y años Barkis había llevado siempre
consigo el cofre en todos sus viajes, y para despis-
tar mejor a quien pudiera espiarle había pensado en
escribir con mucho cuidado sobre la tapa, en carac-
teres que se habían ido borrando con el tiempo, la
dirección de «Míster Blackboy: que lo conserve
Barkis hasta que sea reclamado».
Pronto me di cuenta de que no había perdido el
tiempo economizando durante tantos años. Su for-
tuna en dinero sumaba cerca de tres mil libras es-
terlinas. Legaba el usufructo de mil a míster Peggot-
ty durante toda su vida; a su muerte, el capital debía
ser repartido, a partes iguales, entre Peggotty, la
pequeña Emily y yo, o aquel de nosotros que so-
breviviera. Dejaba a Peggotty todo lo demás,
nombrándola heredera universal y única ejecutora
de sus últimas voluntades expresadas en el testa-
mento.
Estaba yo orgulloso como un procurador cuando
leí todo el testamento con la mayor ceremonia, ex-
plicando su contenido a todas las partes interesa-
das; empezaba a creer que el Tribunal tenía más
importancia de la que yo había supuesto. Examiné
el testamento con la mayor atención y declaré que
estaba perfectamente en regla sobre todos los pun-
tos, a hice una o dos anotaciones con lápiz al mar-
gen, muy sorprendido de saber tanto.
Pasé la semana que precedió al entierro haciendo
este examen un poco abstracto y levanté inventario
de la fortuna que le tocaba a Peggotty, poniendo en
orden todos los asuntos. En una palabra, fui su
consejero y su oráculo para todo. No volví a ver a
Emily en este intervalo; pero me dijeron que pensa-
ba casarse discretamente quince días después.
No seguí el entierro de modo formal. Me refiero a
que no me revestí de manto negro ni de largo
crespón, para asustar a los pájaros, sino que me fui
a pie, temprano, a Bloonderstone, y ya me encon-
traba en el cementerio cuando llegó el féretro, se-
guido únicamente de Peggotty y de su hermano. El
loco nos miraba desde mi ventana; el niño de míster
Chillip movía su gran cabeza dando vueltas a sus
ojos redondos para mirar al pastor por encima del
hombro de su niñera; míster Omer soplaba en se-
gunda línea, y no había nadie más, y todo se hizo
tranquilamente. Nosotros nos paseamos por el ce-
menterio durante una hora después de terminar la
ceremonia y cogimos algunas hojas tiernas, apenas
entreabiertas, del árbol que daba sombra a la tumba
de mi madre.
Aquí el miedo se apodera de mí; una nube sombr-
ía se extiende por encima del pueblo, que veo a lo
lejos al dirigir hacia allí mis pasos solitarios. Tengo
miedo de acercarme. ¿Cómo podré soportar el re-
cuerdo de lo que nos ocurrió durante aquella noche
memorable, de lo que voy a tratar de recordar, si es
que puedo dominar mi emoción?
Pero el contarlo no aumentará el daño; por lo tan-
to, ¿qué adelantaría con detener aquí mi pluma
temblorosa? Lo hecho, hecho está, y nada podría
deshacerlo, nada puede cambiar la menor cosa.
Peggotty debía venirse conmigo a Londres al día
siguiente para las cuestiones del testamento. La
pequeña Emily había pasado el día en casa de
míster Omer, y debíamos reunirnos todos por la
noche en el viejo barco. Ham debía recoger a Emily
a la hora de costumbre; yo volvería a pie paseán-
dome. El hermano y la hermana harían el viaje de
vuelta como el de ida, y pasaríamos la velada al
lado del fuego.
Nos separamos en la barrera donde un Straps
imaginario había reposado con el saco de Roderick
Random en tiempos pasados; y en lugar de volver
directamente, di algunos pasos por la carretera de
Lowestoft; después volví sobre mis pasos y tomé el
camino de Yarmouth. Me detuve para comer en un
café muy bueno, situado a unas dos millas
[Link]'s del que he hablado; el día acababa, y
llegué a la orilla al atardecer. Llovía mucho; el viento
era fuerte, pero la luna aparecía de vez en cuando a
través de las nubes, y la oscuridad no era completa.
Pronto estuve a la vista de la casa de míster Peg-
gotty y distinguí la luz que brillaba en la ventana. Ya
estoy pateando en la arena húmeda antes de llegar
a la puerta. Ya he entrado.
Todo tenía su aspecto agradable y cómodo.
Míster Peggotty fumaba su pipa de la noche, y los
preparativos de la cena seguían su curso; el fuego
ardía alegremente; habían quitado las cenizas. La
caja en que se sentaba la pequeña Emily la espera-
ba en el rincón de costumbre. Peggotty estaba sen-
tada en el lugar que ocupaba antes de casarse, y si
no fuera por su traje de viuda hubiera podido creer-
se que no lo había abandonado nunca. Había resu-
citado su caja de labor, con la catedral de Saint Paul
en la tapa. El metro dentro de su chocita y el peda-
zo de cera seguían en su puesto como el primer
día. Mistress Gudmige gruñía un poco en su rincón,
como de costumbre, lo que hacía más fuerte la ilu-
sión.
-Llega usted el primero, señorito Davy -dijo míster
Peggotty radiante-. Quítese ese traje si está moja-
do, señorito.
-Gracias, míster Peggotty -le dije dándole mi
gabán para que lo colgara-, el traje está completa-
mente seco.
-Es verdad --dijo míster Peggotty palpándome los
hombros-, completamente seco; siéntese aquí, se-
ñorito; no tengo necesidad de decirle que es usted
bien venido, pero es igual de todos modos: lo es
usted; se lo digo de todo corazón.
-Gracias, míster Peggotty; ya lo sé. Y tú, Peggot-
ty, ¿cómo estás? -le dije dándole un beso.
-¡Ja, ja, ja! ---dijo míster Peggotty riéndose y
sentándose a nuestro lado, mientras se frotaba las
manos como hombre a quien no disgusta encontrar
una distracción honrada a sus penas recientes; y
con toda la cordial franqueza habitual en él-. Es lo
que le digo siempre a mi hermana: no hay una mu-
jer en el mundo, señorito, que pueda tener el espíri-
tu más tranquilo que ella. Ha cumplido con su deber
para con el difunto, y él lo sabía, pues también ha
cumplido su deber para con ella como ella lo había
cumplido para con él; y... y todo ha sucedido bien.
Mistress Gudmige gruñó.
-Vamos, ¡valor, hermosa comadre! -dijo míster
Peggotty; pero sacudió la cabeza mirándonos de
reojo, para darnos a entender que los últimos suce-
sos eran oportunos para recordarle al «viejo»-. No
se deje abatir. ¡Valor! Un pequeño esfuerzo, y ya
verá usted cómo después todo va bien.
-Para mí no, Dan -contesto mistress Gudmige-; lo
único bueno que me puede ocurrir es quedarme
sola y aislada.
-No, no -dijo míster Peggotty en tono consolador.
-Sí, sí, Dan --dijo mistress Gudmige-. Yo no soy
persona para vivir con gentes que han heredado.
He sido demasiado desgraciada, y haríais bien des-
embarazándoos de mí.
-¿Y cómo iba a poder gastarme el dinero sin ti?
-dijo míster Peggotty en tono de seria queja-. ¿Qué
estás diciendo? ¿Acaso no lo necesito más que
nunca?
-Ya sabía yo que antes no me necesitaban
-exclamó mistress Gudmige con el acento más la-
mentable-, y ahora ya no se ocultan para decirlo.
¿Cómo podía yo hacerme ilusiones de que me ne-
cesitaban, una pobre mujer aislada y desolada y
que no hace más que dar la mala suerte?
Míster Peggotty parecía recriminarse a sí mismo
por haber dicho algo que pudiera tener un sentido
tan cruel; pero Peggotty le impidió contestar tirándo-
le de la manga y moviendo la cabeza. Después de
haber mirado un momento a mistress Gudmige, con
profunda ansiedad miró el reloj, se levantó, avivó el
fuego de la vela y la puso en la ventana.
-Aquí-dijo míster Peggotty con aire satisfecho-,
aquí estamos, mistress Gudmige.
Mistress Gudmige lanzó un débil gemido.
-¡Ya tenemos la luz como de costumbre! ¿Me
pregunta usted lo que estoy haciendo, señorito? Es
para nuestra pequeña Emily. ¿Sabe usted? El ca-
mino está oscuro, y no resulta muy alegre en la
oscuridad; por ello cuando estoy en casa a la hora
de su regreso pongo la luz en la ventana, y así sirve
para dos cosas: en primer lugar --dijo míster Peg-
gotty inclinándose hacia mí con alegría-, Emily pien-
sa: «Allí está la casa»; y también: « Mi tío está ya»,
pues si yo no estoy, tampoco está la luz.
-¡Eres un niño! --dijo Peggotty, muy entusiasmada
con aquello.
-Bien -dijo míster Peggotty, con las piernas un po-
co separadas y paseando sus manos por encima,
con expresión de profunda alegría y mirando alter-
nativamente al fuego y a nosotros-. No sé si lo seré;
al menos a la vista no.
-No del todo -observó Peggotty.
-No -dijo míster Peggotty riendo-, a la vista no; pe-
ro, reflexionándolo bien, me tiene sin cuidado, ¿sa-
ben ustedes?
Voy a decirles: Cuando miro a mi alrededor en es-
ta linda casita de nuestra Emily... me siento..., me
siento... -dijo míster Peggotty en un impulso de en-
tusiasmo---. ¡No puedo decir más!; me parece que
los objetos más insignificantes son, por decirlo así,
una parte de ella misma; los cojo, los muevo y los
toco con la misma delicadeza que si fueran nuestra
Emily; lo mismo me ocurre con sus sombreritos y
con todas sus cosas. No podría ver que se tratara
mal cualquier objeto que le perteneciese, por nada
del mundo. He aquí cómo soy un niño, si queréis
bajo la forma de un gran erizo de mar -dijo míster
Peggotty abandonando su seriedad para lanzar una
sonora carcajada.
Peggotty y yo también reímos, pero no tan alto.
-Supongo que esto debe de provenir --continuó
mister Peggotty con el rostro radiante y frotándose
siempre las piernas- de haber jugado tanto con ella
haciendo como que éramos turcos y franceses y
toda clase de extranjeros, y hasta leones y ballenas,
y qué sé yo cuántas cosas, cuando no me llegaba a
las rodillas. De eso debe de provenir. ¿Veis muy
bien esta vela, no? -dijo míster Peggotty, que conti-
nuaba riendo mientras nos la enseñaba-. Pues bien:
estoy seguro de que cuando se haya casado y mar-
chado la seguiré poniendo ahí igual que ahora. Es-
toy seguro de que cuando esté aquí por la noche
(¿y dónde iría a vivir, os pregunto, sea cual sea la
fortuna que me llegue?), cuando ella no esté aquí o
no esté yo en su casa, pondré la luz en la ventana y
me sentaré al lado del fuego haciendo como que la
estoy esperando como ahora. Así soy un niño -dijo
míster Peggotty con una nueva carcajada- bajo la
forma de un erizo de mar. ¿Veis? En este momento,
mientras veo brillar la luz, me digo: «Emily la ve, ya
estará cerca». Y por eso os parezco un niño bajo la
forma de un erizo de mar. Después de todo, no me
equivoco -continuó míster Peggotty, in-
terrumpiéndose en medio de su carcajada y palmo-
teando-, porque aquí está.
Pero no; era Ham, que venía solo. La lluvia debía
de haber arreciado mucho desde que yo había en-
trado, pues Ham llevaba un gran sombrero de hule
encajado hasta los ojos.
-¿Dónde está Emily? --dijo míster Peggotty.
Ham hizo un movimiento de cabeza como indi-
cando que estaba en la puerta. Míster Peggotty
quitó la luz de la ventana, la despabiló, la volvió a
poner encima de la mesa y se puso a atizar el fue-
go, mientras Ham, que no se había movido, me dijo:
-Señorito Davy, ¿quiere usted venir fuera conmigo
un momento para ver lo que Emily y yo tenemos
que enseñarle?
Salimos. Al pasar a su lado por la puerta vi, con
tanta sorpresa como susto, que estaba pálido como
la muerte. Me empujó con precipitación fuera y vol-
vió a cerrar la puerta trás de nosotros. Sólo estába-
mos los dos.
-Ham, ¿qué sucede?
-¡Señorito Davy! ¡Ay! ¡Su pobre corazón roto!
¡Cómo lloraba amargamente!
Yo estaba como petrificado a la vista de aquel do-
lor; no sabía qué pensar ni qué temer; no sabía más
que mirarle.
-Ham, amigo mío; ¡en nombre del cielo, dime lo
que ha ocurrido!
-Mi amor, señorito Davy; el orgullo y la esperanza
de mi vida, por quien hubiera querido morir, por
quien todavía querría morir, ¡se ha marchado!
-¿Se ha marchado?
-Emily ha huido, y piense cómo ha huido, cuando
yo le pido a la bondad de Dios y a su misericordia
que la mate (a ella, a quien quiero por encima de
todo) antes que dejarla perderse y deshonrarse.
El recuerdo de la mirada que dirigió al cielo, car-
gado de nubes; del temblor de sus manos juntas, de
la angustia que expresaba toda su persona, todavía
ahora está unido en mi espíritu al de la vasta sole-
dad de la playa. En la oscuridad de la noche, él era
el único personaje de la escena.
-Usted es un sabio -dijo con precipitación- y sabrá
lo mejor que puede hacerse. ¿,Cómo anunciárselo a
su tío, señorito Davy?
Vi moverse la puerta, a instintivamente hice un
movimiento para sujetar el picaporte desde el exte-
rior, para ganar algún momento. Pero era demasia-
do tarde. Míster Peggotty asomó la cabeza, y no
olvidaré nunca el cambio que se produjo en su ex-
presión al vernos; no, aunque viviera quinientos
años no lo olvidaría.
Recuerdo un gemido y un grito. Las mujeres le
rodean, y estamos todos de pie en la habitación, yo
teniendo en la mano un papel que Ham me acaba
de entregar. Míster Peggotty, con el chaleco entre-
abierto, los cabellos en desorden, el rostro y los
labios muy pálidos, la sangre, que debió salir de su
boca, brillando en su pecho, me mira fijamente.
-Lea usted, señorito -dice lentamente, en voz baja
y temblorosa-; haga el favor, para que trate de com-
prender.
En medio de un silencio de muerte leí una carta,
medio borrada por las lágrimas, que decía:

«Cuando recibas esta carta, tú que


me amas infinitamente, más de lo
que he merecido nunca, incluso
cuando mi corazón era inocente,
estaré ya muy lejos.

-Estaré lejos -repitió míster Peggotty lentamente-.


Espere. Emily estará lejos, ¿y qué más?
» Cuando deje mi querido hogar,
¡oh mi querido hogar!, por la maña-
na -la carta estaba fechada la vís-
pera por la noche- será para no vol-
ver nunca, a menos que me traiga
después de haber hecho de mí una
señora. Encontraréis esta carta la
noche del día de mi marcha, mu-
chas horas después, en el momen-
to en que esperéis verme. ¡Oh, si
supierais cómo tengo el corazón
destrozado! Si tú, Ham, sobre todo;
tú, con quien tan mal me porto y
que no podrás nunca perdonarme,
¡si supieras lo que sufro! Pero soy
demasiado culpable para hablarte
de mí. ¡Oh, sí!, consuélate con el
pensamiento de que soy culpable.
¡Oh! Y, por piedad, dile a mi tío que
no le he amado nunca ni la mitad
que ahora. No recordéis toda la
bondad y el afecto que me habéis
demostrado; no recuerdes que deb-
íamos casarnos; trata de conven-
certe de que llevo muerta desde
que era pequeñita y de que estoy
enterrada en cualquier parte. Que el
cielo, del que no soy digna de im-
plorar la piedad para mí, la tenga al
menos para mi tío. Dile que nunca
le he querido ni la mitad que ahora.
Consuélale. Ama a alguna buena
muchacha que sea para mi tío lo
que yo era antes, que sea digna de
ti y que te sea fiel; bastante tenéis
con mi vergüenza para desespera-
ros. ¡Que Dios os bendiga a todos!
Le rogaré a menudo por todos, de
rodillas. Si no me trae hecha una
señora, aunque no pueda rezar por
mí misma rezaré por todos vo-
sotros. Mi mayor ternura, para mi
tío. Mis lágrimas y mi agradecimien-
to, para mi tío.»

Era todo.
Míster Peggotty continuó largo tiempo mirándome
después de haber terminado. Por fin me aventuré a
cogerle una mano y a rogarle lo mejor que pude que
tratara de recobrar el ánimo.
-¡Gracias, señorito, gracias! -me respondía sin
moverse.
Ham le habló y míster Peggotty no fue impasible a
su dolor, pues le estrechó la mano con todas sus
fuerzas; pero eso era todo: continuaba en la misma
actitud, y nadie se atrevía a molestarle.
Por fin, lentamente, separó los ojos de mi rostro,
como si saliera de un sueño, y los paseó alrededor
de la habitación; después dijo en voz baja:
-¿Quién es él? Quiero saber su nombre.
Ham me miró, y yo me sentí al momento anona-
dado por un golpe que me hizo retroceder.
-¿Sospechas de alguien? -dijo míster Peggotty-.
¿De quién?
-Señorito Davy --dijo Ham en tono suplicante-,
salga usted un momento y déjeme que le diga lo
que le tengo que decir. Usted no puede oírlo.
Sentí de nuevo el mismo golpe, y me dejé caer en
una silla; traté de pronunciar una respuesta, pero mi
lengua estaba helada y mis ojos turbados.
-Quiero saber su nombre -repetía míster Peggotty.
-Desde hace algún tiempo -murmuró Ham- hay un
criado que ha venido algunas veces a rondar por
aquí. Y también un caballero; se entendían.
Míster Peggotty continuaba inmóvil; pero miró a
Ham.
-Al criado -continuó Ham- le han visto ayer tarde
con..., con nuestra pobre niña. Estaba oculto en las
cercanías desde hacía lo menos ocho días. Creían
que se había marchado; pero solamente estaba
oculto. ¡No se quede aquí, señorito Davy, no se
quede!
Sentí que Peggotty me pasaba el brazo alrededor
del cuello para arrastrarme; pero no hubiera podido
moverme aunque la casa se me cayera encima.
-Esta mañana, casi antes de amanecer, se ha vis-
to un coche desconocido con caballos de postas por
la carretera de Norwich -continuó Ham-. El criado
fue allí, volvió aquí y volvió allá. La última vez Emily
iba con él. El otro estaba en el coche. ¡Es él!
-¡En nombre del cielo -dijo míster Peggotty retro-
cediendo y extendiendo la mano para rechazar un
pensamiento que temía confesarse a sí mismo-, no
me digas que se llama Steerforth!
-Señorito Davy -exclamó Ham con la voz rota-, no
es culpa de usted... y estoy muy lejos de acusarle;
pero... su nombre es Steerforth, y ¡es un miserable!
Míster Peggotty no lanzó un grito, no vertió una
lágrima, no hizo un movimiento; pero al cabo de un
rato pareció que se despertaba de pronto y se puso
a descolgar un grueso capote, que estaba suspen-
dido en un rincón del techo.
-Ayudadme un poco; estoy destrozado y no con-
sigo hacer nada. Ayudadme un poco. ¡Bien! -añadió
cuando se le hubo ayudado- Ahora dadme mi som-
brero.
Ham le preguntó dónde iba.
-Voy a buscar a mi sobrina, voy a buscar a mi
Emily. Y antes voy a hundir el barco ese donde he
debido ahogarle; sí, tan verdad como estoy vivo que
lo habría hecho si hubiera podido sospechar lo que
meditaba. Cuando estaba sentado frente a mí -dijo
como un loco, extendiendo el puño cerrado-; cuan-
do estaba sentado frente a mí, que me parta un
rayo si no le hubiera ahogado y si no hubiera estado
convencido de que obraba bien. ¡Voy a buscar a mi
sobrina!
-¿Dónde? -exclamó Ham poniéndose delante de
la puerta.
-¿Qué importa dónde? Voy a buscar a mi sobrina
por el mundo. Voy a buscar a mi pobre niña en su
vergüenza y a traerla conmigo. Que no me deten-
gan. ¡Digo que voy a buscar a mi sobrina!
-No, no --exclamo mistress Gudmige, que vino a
interponerse entre ellos en un acceso de dolor-; no,
no, Daniel. En el estado en que estás, no. Irás a
buscarla pronto, mi pobre Dan, es muy justo; pero
ahora no. Siéntate y perdóname el haberte atormen-
tado tanto, Dan... (¿qué son mis penas al lado de
esta?) y hablemos de los tiempos en que ella se
quedó huérfana y Ham huérfano; cuando yo era una
pobre viuda y tú me habías recogido. Esto calmará
tu pobre corazón, Daniel -dijo apoyando su cabeza
en el hombro de míster Peggotty-, y soportarás me-
jor tu dolor, pues ya conoces la promesa, Daniel:
«Lo que hayas hecho por el menor de tus hermanos
será como si me lo hubieras hecho a mí mismo», y
esto no podrá por menos que cumplirse bajo este
techo que nos ha servido de abrigo durante tantos
años, ¡tantos años!
Parecía que se había vuelto insensible, y cuando
le oí llorar, en lugar de ponerme de rodillas, como
tenía ganas de hacer para pedirles perdón por el
dolor que les había causado y para maldecir a Ste-
erforth, hice más: di a mi corazón oprimido el mismo
desahogo, y lloré con ellos.
CAPÍTULO XII
EL PRINCIPIO DE UN LARGO VIAJE
Supongo que lo que es natural en mí es natural
en todo el mundo, y por eso no temo decir que nun-
ca he querido más a Steerforth que en el momento
en que los lazos que nos unían se habían roto. En
la amarga angustia que me causaba el des-
cubrimiento de su crimen recordaba más claramen-
te que nunca sus brillantes cualidades; apreciaba
más vivamente todo lo que había bueno en él; hacía
más completa justicia a todas las facultades que
hubieran podido hacer de él un hombre de una na-
turaleza noble y excepcional; lo veía todo más claro
que en la época más ardiente de mi abnegación
pasada; me resultaba imposible no sentir profunda-
mente la parte involuntaria que había tenido en la
mancha que caía sobre aquella familia honrada, y,
sin embargo, creo que si me hubiera encontrado
frente a frente con él no habría tenido fuerzas para
dirigirle ni un solo reproche. Le hubiese amado tanto
todavía, aunque mis ojos estuvieran abiertos;
hubiese conservado un recuerdo tan tierno de mi
afecto por él, que me temo habría sido débil como
un niño que no sabe más que llorar y olvidar; pero
claro que no se me ocurrió pensar en una reconci-
liación entre nosotros. Fue un pensamiento que no
abrigué jamás. Sentía, como él mismo lo había sen-
tido, que todo había terminado entre él y yo. Nunca
he sabido qué recuerdo había conservado de mí;
quizá no era más que un recuerdo ligero, fácil de
desechar; pero yo, yo lo recordaba como a un ami-
go muy querido que me hubiera arrebatado la muer-
te.
Sí, Steerforth; desde que has desaparecido de la
escena de este pobre relato, no digo que mi dolor
no presentará involuntariamente testimonio contra ti
ante el trono del Juicio Final; pero no temas que mi
cólera ni mis reproches acusadores lo persigan por
sí mismos.
La noticía de lo que acababa de ocurrir se exten-
dió pronto por el pueblo, y al pasar por las calles al
día siguiente por la mañana oía a los habitantes
hablar de ello delante de sus puertas. Había mu-
chas gentes que se mostraban muy severas con
ella; otras, con él; pero sólo había una opinion res-
pecto a su padre adoptivo o a su novio. Todo el
mundo, de todas condiciones, demostraba por su
dolor un respeto lleno de cuidados y delicadezas.
Los marineros permanecieron alejados cuando los
vieron andar lentamente por la playa muy de ma-
drugada, y formaron grupos donde sólo se hablaba
de ellos para compadecerlos.
Los encontré en la playa a la orilla del mar, y me
habría sido fácil observar que no habían pegado
ojo, aunque Peggotty no me hubiera dicho que la
mañana les había sorprendido sentados todavía
donde los había dejado la víspera. Parecían agota-
dos, y me pareció que aquella sola noche había
inclinado la cabeza de míster Peggotty más que
todos los años transcurridos desde que yo le conoc-
ía. Pero los dos estaban graves y tranquilos como el
mismo mar que se extendía ante nosotros sin una
ola, bajo un cielo sombrío, aunque el oleaje duro
demostrase claramente que respiraba dentro de su
reposo y aunque una banda de luz que iluminaba el
horizonte hiciera adivinar detrás la presencia,del sol,
invisible todavía tras de las nubes.
-Hemos hablado mucho, señorito -me dijo míster
Peggotty, después de que dimos los tres reunidos
algunas vueltas por la arena, en silencio-, de lo que
debíamos y no debíamos hacer. Pero ahora ya está
decidido.
Lancé por casualidad una mirada a Ham. En
aquel momento miraba el resplandor que iluminaba
al mar en la lejanía, y aunque su rostro no estaba
animado por la cólera y, a lo que recuerdo, sólo
podía leer una expresión resuelta y sombría, se me
ocurrió el terrible pensamiento de que si encontraba
alguna vez a Steerforth lo mataría.
-Mi deber aquí está cumplido, señorito -dijo míster
Peggotty-, y voy a buscar a mi... -
Después se detuvo y añadió con voz más segura:
-Voy a buscarla; es mi única misión desde ahora,
Sacudió la cabeza cuando le pregunté dónde la
buscaría, y me preguntó si me marchaba a Londres
al día siguiente. Le dije que si no me había marcha-
do ya era por temor de desperdiciar la ocasión si
podía ayudarle en algo; pero que estaba dispuesto
a partir cuando él quisiera.
-Mañana me iré con usted, señorito -dijo-, si le pa-
rece bien.
Dimos de nuevo algunos paseos en silencio.
-Ham continuará trabajando aquí -añadió después
de un momento-. Se irá a vivir a casa de mi herma-
na. En cuanto al viejo barco...
-¿Es que abandonará usted el viejo barco, míster
Peggotty? -pregunté con dulzura.
-Mi sitio no está ya allí, señorito Davy; y si alguna
vez ha naufragado un barco desde que las tinieblas
existen sobre la superficie del abismo, es este. Pero
no, señorito, no; yo no quiero abandonarlo, ni mu-
cho menos.
Andamos otro rato en silencio, y después conti-
nuó:
-Lo que deseo, señorito, es que esté siempre, día
y noche, invierno como verano, tal como ella lo ha
conocido siempre desde la primera vez que lo vio.
Si alguna vez sus pasos errantes se dirigen hacia
aquí, no quiero que su antigua morada parezca
rechazarla; al contrario, quiero que la invite a acer-
carse a la vieja ventana, como un aparecido, para
mirar, a través del viento y la lluvia, su rinconcito al
lado del fuego. Entonces, señorito Davy, quizá vien-
do a mistress Gudmige sola tenga valor y se deslice
dentro temblando; quizá se deje acostar en su anti-
gua camita y repose su cabeza fatigada allí donde
antes se dormía tan alegremente.
No pude contestar, a pesar de todos mis esfuer-
zos.
-Todas las noches -continuó míster Peggotty-, a la
caída de la tarde, la luz se pondrá como de costum-
bre en la ventana, con el fin de que si algún día
llega a verla crea que se oye llamar con dulzura:
«Vuelve, hija mí; vuelve». Y si alguna vez llaman a
la puerta de tu tía por la noche, Ham, sobre todo si
llaman suavemente, no vayas a abrir tú. ¡Que sea a
mi hermana y no a ti a quien vea primero la pobre
niña!
Dio algunos pasos y anduvo delante de nosotros
unos momentos. Durante aquel intervalo lancé
de nuevo una mirada a Ham, y viendo la misma
expresión en su rostro, con la mirada siempre fija
en el resplandor lejano, le toqué en el brazo. Le
llamé dos veces por su nombre como si hubiera
querido despertar a un hombre dormido, sin que
me hiciera caso. Cuando por fin le pregunté en
qué pensaba, me respondió:
-En lo que tengo delante de mí, señorito Davy, y
en lo de más allá.
-¿En la vida que se abre ante ti, quieres decir?
Me había señalado vagamente el mar.
-Sí, señorito Davy; no sé bien lo que es, pero me
parece... que es de allá abajo de donde vendrá el
fin.
Y me miró como un hombre que se despierta; pe-
ro con la misma resolución.
-¿El fin de qué? -pregunté, sintiendo renacer mis
temores.
-No lo sé -dijo con aire pensativo-; recordaba que
era aquí donde había empezado todo, y... natural-
mente, pensaba que aquí es donde debe terminar.
Pero no hablemos más, señorito Davy -añadió, res-
pondiendo, según pareció, a mi mirada-; no tenga
miedo; estoy tan inquieto, me parece, que no sé...
Y, en efecto, no sabía dónde estaba, y su espíritu
vagaba en la mayor confusión.
Míster Peggotty se detuvo para damos tiempo a
que le alcanzáramos y no continuamos; pero el
recuerdo de mis primeros temores me volvió más de
una vez hasta el día en que el inexorable fin llegó
en el momento fijado.
Nos habíamos acercado sin damos cuenta al bar-
co. Entramos. Mistress Gudmige, en lugar de la-
mentarse en su rincón de costumbre, estaba muy
ocupada preparando el desayuno. Acercó una silla
a míster Peggotty, le cogió el sombrero y habló con
tal dulzura y buen sentido, que no la reconocía.
-Vamos, Daniel, buen hombre --decía-, hay que
comer y beber para conservar las fuerzas; si no no
podrás hacer nada. Vamos, un esfuerzo, y valor,
querido, y si lo molesto con mi charla, me lo dices y
termino.
Cuando nos hubo servido a todos se retiró al lado
de la ventana para repasar las camisas y demás
trapos de míster Peggotty, que dobló después con
cuidado para encerrarlos en un viejo saco de hule
como los que llevan los marineros. Durante aquel
tiempo continuaba hablando con la misma dulzura.
-Siempre, en todas las estaciones del año -decía
mistress Gudmige-, continuaré aquí, y todo seguirá
como deseas. No soy muy instruida, pero te escri-
biré de vez en cuando, cuando te hayas marchado,
y enviaré mis cartas al señorito Davy. Quizá tú tam-
bién me escribas alguna vez, Dan, para decirme
cómo te encuentras mientras viajas solo en tus tris-
tes pesquisas.
-Temo que tu vayas a encontrar muy aislada
---dijo míster Peggotty.
-No, no, Daniel; no hay cuidado; no te preocupes
por mí. ¿Te parece poco entretenimiento tener to-
das las cosas en orden -mistress Gudmige se refer-
ía a la casa- para tu regreso y para el de todos los
que puedan volver, Dan? Cuando haga buen tiempo
me sentaré a la puerta, como hacía siempre. Y si
alguien vuelve, podrá ver desde lejos a la vieja viu-
da, a la fiel guardiana del hogar.
¡Qué cambio había dado mistress Gudmige en tan
poco tiempo! Era otra persona. Tan abnegada, tan
comprensiva, consciente de lo que era bueno decir
y de lo que convenía callar; pensando tan poco en
sí misma y tan preocupada con la pena de los que
la rodeaban, que yo la miraba con una especie de
veneración. ¡Cuánto trabajo aquel día! Había en la
playa muchísimas cosas que convenía guardar en
el cobertizo: velas, redes, remos, cuerdas, palos,
cazuelas para las langostas, sacos de arena para el
lastre, etc. Y aunque la ayuda no faltó, pues no
hubo en la playa un par de manos que no estuvie-
ran dispuestas a trabajar con toda su alma para
míster Peggotty, y demasiado dichosas de poder
ayudarle en algo, sin embargo, mistress Gudmige
continuó todo el día arrastrando fardos muy por
encima de sus fuerzas, y corriendo de acá para allá
ocupada en una multitud de cosas inútiles. Y nada
de sus lamentaciones de costumbre sobre sus des-
gracias; parecía haberlas olvidado por completo.
Estuvo todo el día serena y tranquila, a pesar de su
viva y buena simpatía, lo que no era de lo menos
sorprendente en el cambio que se había operado en
ella. Ni un momento de mal humor. Ni una sola vez
pude observar que su voz temblase o que cayera
una lágrima de sus ojos; únicamente por la noche, a
la caída de la tarde, cuando se quedó sola con
míster Peggotty, que se durmió agotado, se deshizo
en lágrimas y trató en vano de retener sus sollozos.
Después, llevándome hacia la puerta, me dijo:
-¡Que Dios le bendiga, señorito Davy! ¡Sea usted
siempre tan buen amigo para el pobre hombre!
Después salió a lavarse los ojos antes de volver a
sentarse a su lado, para que al despertar la encon-
trara tranquilamente trabajando. En una palabra,
cuando los dejé por la noche era ella el apoyo y el
sostén de míster Peggotty en su tristeza, y yo no me
cansaba de pensar en la lección que mistress Gud-
mige me había dado y en el nuevo aspecto del co-
razón humano que me acababa de descubrir.
Serían las nueve y media cuando, paseándome
tristemente por el pueblo, me detuve a la puerta de
míster Omer. Minnie me dijo que a su padre le hab-
ía afligido tanto lo ocurrido, que había estado todo el
día triste y se había acostado sin fumar su pipa.
-¡Es una muchacha perdida, un mal corazón -dijo
mistress Joram-; nunca ha valido nada, ¡nunca!
-No diga usted eso -repliqué-, porque no lo siente.
-Sí que lo siento -dijo mistress Joram con cólera.
-No, no -le dije yo.
Mistress Joram bajó la cabeza tratando de con-
servar su expresión dura y severa, pero no pudo
triunfar sobre su emoción y se echó a llorar. Yo era
joven, es verdad; pero aquella simpatía me dio muy
buena opinión de ella, y me pareció que, en su cali-
dad de mujer y madre irreprochable, aquello era
todavía más de apreciar.
-¿Qué será de ella? -decía Minnie sollozando-.
¿Dónde irá? ¡Dios mío! ¿Qué será de ella? ¡Oh!
¿Cómo ha podido ser tan cruel consigo misma y
con Ham?
Yo recordaba los tiempos en que Minnie era una
linda muchachita, y me gustaba ver que también
ella los recordaba con tanta emoción.
-Mi pequeña Minnie --dijo mistress Joram- se
acaba de dormir ahora mismo. Hasta en sueños
solloza por Emily. Todo el día ha estado llamándola
y preguntándome a cada momento si Emily era
mala. ¿Qué le voy a contestar? La última noche que
Emily ha pasado aquí se quitó la cinta de su cuello y
se la puso a la nena; después puso su cabeza en la
almohada, al lado de la de Minnie, hasta que se
durmió profundamente. Ahora la cinta continúa alre-
dedor del cuello de mi pequeña Minnie. Quizá no
debía consentirlo; pero ¿qué quiere usted que
haga? Emily es muy mala; pero ¡se querían tanto!
Además, la niña no tiene conocimiento.
Mistress Joram estaba tan triste, que su marido
salió de su habitación para consolarla. Los dejé
juntos y emprendí el camino hacia casa de Peggot-
ty, quizá más melancólico que nunca.
Aquella excelente criatura (me refiero a Peggotty),
sin pensar en su cansancio ni en sus preocupacio-
nes recientes, ni en tantas noches que había pasa-
do sin dormir, se había quedado en casa de su
hermano para no abandonarle hasta el momento de
su partida, y en la casa no había conmigo más que
una mujer vieja, que se encargaba de la limpieza
hacía unas semanas, cuando Peggotty no pudo ya
ocuparse. Como yo no tenía ninguna necesidad de
sus servicios, la mandé acostarse, con gran satis-
facción suya, y me senté delante del fuego de la
cocina, para reflexionar un poco sobre todo lo que
había ocurrido.
Confundía los últimos sucesos con la muerte de
Barkis, y veía al mar, que se retiraba a lo lejos; re-
cordaba la mirada extraña que Ham había fijado en
el horizonte, cuando fui sacado de mis sueños por
un golpe dado en la puerta. La puerta tenía aldaba;
pero el ruido no era de la aldaba: era una mano la
que había llamado, y muy abajo, como si fuera un
niño el que quería que le abrieran.
Me apresuré más que si hubiera sido un lacayo
oyendo un aldabonazo en casa de un personaje de
distinción; abrí, y en el primer momento, con gran
sorpresa, no vi más que un inmenso paraguas, que
parecía andar solo; pero pronto descubrí bajo su
sombra a miss Mowcher.
No hubiese estado muy dispuesto a recibir bien a
aquella criatura si en el momento de retirar su para-
guas, que no conseguía cerrar, hubiera encontrado
en su rostro aquella expresión grotesca que tanta
impresión me causó en nuestro primer encuentro.
Pero cuando me miró fue con una expresión tan
grave, que le quité el paraguas (cuyo volumen
hubiera sido incómodo hasta para el gigante ir-
landés), mientras ella extendía sus manos con una
expresión de dolor tan viva que sentí hasta simpatía
por ella.
-Miss Mowcher -dije después de haber mirado a
derecha a izquierda en la calle desierta sin saber lo
que buscaba-, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le
pasa a usted?
Me hizo señas con su corto brazo derecho de que
cerrara el paraguas, y entrando con precipitación
pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el
paraguas en la mano, encontrándola ya sentada en
un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás y apretándose las rodillas con las manos como
una persona que sufre.
Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y
por ser único espectador de aquellas extrañas ges-
ticulaciones, exclamé de nuevo:
-Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está us-
ted enferma?
-Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus
manos contra su corazón-, estoy enferma, muy en-
ferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en
que hubiese podido saberlo, impedirlo quizá, si no
hubiera estado tan loca y aturdida como estoy.
Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su es-
tatura de enana, se balanceaba siguiendo los mo-
vimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al uní-
sono tras de ella, en la pared, la sombra de un
sombrero gigantesco.
-Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla
tan seriamente preocupada... -Pero me interrumpió:
-Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres
privilegiados que tienen la suerte de llegar a su
pleno desarrollo se sorprenden de encontrar senti-
mientos en una pobre enana como yo. No soy para
ellos más que un juguete, con el que se divierten,
para tirarme a la basura cuando se cansan; se ima-
ginan que no tengo más sensibilidad que un caballo
de cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me
ocurre siempre; no es cosa nueva.
-Yo no puedo hablar más que de mí; pero le ase-
guro que no soy de ese modo. Quizá no hubiera
debido sorprenderme de verla a usted en ese esta-
do, puesto que no la conozco apenas. Dispénseme;
se lo he dicho sin intención.
-¿Qué quiere usted que haga? -replicó la mujerci-
ta, en pie, y levantando los brazos para que la viera
mejor-. Vea usted: mi padre era como yo; mi madre,
lo mismo; mi hermano, también, a igualmente mi
hermana. Trabajo para mi hermano y mi hermana
desde hace muchos años... sin descanso, míster
Copperfield, todo el día. Hay que vivir. Yo no hago
daño a nadie. Si hay personas lo bastante crueles
para burlarse de mí, ¿qué quiere usted que haga
yo? Tengo que hacer lo mismo que ellos; y por eso
he llegado a reírme de mí misma, de los que se ríen
de mí y de todo. Se lo pregunto: ¿quién tiene la
culpa? Por lo menos yo no la tengo.
No, no; veía muy bien que no era la culpa de miss
Mowcher.
-Si hubiera dejado sospechar a su pérfido amigo
que no por ser enana dejaba de tener un corazón
como el de cualquier otro -continuó, moviendo la
cabeza con expresión de reproche-, ¿cree usted
que me habría demostrado nunca el menor interés?
Si la pequeña Mowcher (no tiene la culpa de ser
como es, pues no se ha hecho a sí misma, caballe-
ro) se hubiera dirigido a él o a cualquiera de sus
semejantes en nombre de sus desgracias, ¿cree
usted que habrían escuchado siquiera su vocecita?
Sin embargo, la pequeña Mowcher necesitaba vivir,
aunque hubiera sido la más tonta y la más gruñona
de los pigmeos; pero no hubiese conseguido nada,
¡oh, no! Se habría agotado pidiendo un pedazo de
pan, y la hubiesen dejado morir de hambre; y, sin
embargo, ¡no puede alimentarse del aire!
Miss Mowcher se sentó de nuevo, sacó su pañue-
lo y se enjugó los ojos.
-¡Vamos! Si tiene usted el corazón bueno, como
creo, más bien me debía felicitar por haber tenido el
valor, dentro de lo que soy, de soportarlo todo ale-
gremente. Yo misma me felicito de poder hacer mi
poquito de camino en el mundo sin deber nada a
nadie y sin tener que dar por el pan que me lanzan
al pasar, por tontería o vanidad, más que algunas
bufonadas a cambio. Y si no me paso la vida la-
mentándome por lo que me falta, mejor para mí; con
eso no hago daño a nadie. Y si os tengo que servir
de juguete a vosotros los gigantes, al menos tratad
con dulzura al juguete.
Miss Mowcher volvió a guardarse el pañuelo en el
bolsillo, y mirándome intensamente prosiguió:
-Le he visto hace un momento en la calle. Como
supondrá usted, yo no puedo andar tan deprisa
como usted, con mis piernas cortas y mi débil alien-
to, y no he podido alcanzarle; pero adivinaba dónde
se dirigía usted y lo he seguido. Ya he venido hoy
una vez aquí; pero la buena mujer no estaba en
casa.
-¿Es que la conoce usted? -le pregunté.
-He oído hablar de ella -replicó- en casa de Omer
y Joram. Esta mañana, a las siete, estaba allí. ¿Re-
cuerda usted lo que Steerforth me dijo de esa des-
graciada niña el día en que los vi a los dos en el
hotel?
El gran sombrero que llevaba en la cabeza miss
Mowcher y el más grande todavía que se reflejaba
en la pared empezaron a columpiarse de nuevo
cuando me hizo esta pregunta.
Le contesté que lo recordaba muy bien y que hab-
ía pensado muchas veces en ello durante el día.
-¡Que el padre de la mentira le confunda -dijo la
enanita levantando un dedo ante sus ojos llamean-
tes- y que confunda diez veces más a su miserable
criado! Y yo convencida de que era usted el que
tenía por ella una pasión desde hacía muchos años.
-¿Yo? -repetí.
-¡Qué niño es usted y qué mala suerte tan ciega!
-exclamó miss Mowcher torciéndose las manos con
impaciencia-. ¿Por qué la elogiaba usted tanto, ru-
borizado y confuso?
No podía negar que decía la verdad, aunque hab-
ía interpretado mal mi emoción.
-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher
sacando de nuevo su pañuelo y golpeando con el
pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos
manos-. Yo me daba cuenta de que Steerforth le
atormentaba a usted y le mimaba al mismo tiempo,
y que usted era como cera blanda entre sus manos.
Y no hacía un momento que había dejado la habita-
ción, cuando su criado me dijo que el joven inocente
(así le llamaba; usted puede llamarle el viejo canalla
sin perjudicarle) estaba loco por la chica y la chica
por él; que su señor estaba decidido a que las co-
sas no tuvieran malas consecuencias, más por afec-
to a usted que por ella, y que con ese objeto esta-
ban en Yarmouth. ¿Cómo no creerle? Había visto
que Steerforth le mimaba a usted y le halagaba
haciendo el elogio de la muchacha. Usted fue quien
habló de ella el primero. Usted confesó que hacía
tiempo la había amado. Tenía calor y frío, enrojecía
y palidecía cuando yo hablaba de ella. ¿Qué quiere
usted que pensara sino que era usted un pequeño
libertino en ciernes, a quien no faltaba más que la
experiencia, y que entre las manos en que había
caído la experiencia no le faltaría mucho tiempo si
no se encargaba de dirigirla por el buen camino,
como era su capricho? ¡Oh, oh, oh! Es que tenían
miedo de que descubriese la verdad -exclamó miss
Mowcher levantándose para trotar de arriba abajo
por la cocina y levantando al cielo sus dos bracitos
desesperadamente-; sabían que soy bastante viva,
pues lo necesito para salir adelante en el mundo, y
se pusieron de acuerdo para engañarme; y me
hicieron dar a aquella desgraciada una carta, el
origen, me temo mucho, de sus relaciones con Lit-
timer, que se quedó aquí expresamente para ello.
Quedé confundido ante la revelación de tanta per-
fidia, y miré a miss Mowcher, que seguía paseándo-
se. Cuando estuvo rendida se volvió a sentar y se
enjugó el rostro con el pañuelo, sacudió la cabeza y
no hizo más movimiento ni interrumpió el silencio.
-Mis viajes por provincias me han llevado ayer no-
che a Norwitch, míster Copperfield -añadió por fin-.
Lo que por casualidad he sabido del secreto que
había envuelto su llegada y su partida me extrañó al
saber que usted no formaba parte de ella, y me hizo
sospechar algo. Y ayer noche tomé la diligencia de
Yarmouth en el momento en que pasaba por Nor-
witch, y he llegado aquí esta mañana, demasiado
tarde, ¡ay!, ¡demasiado tarde!
La pobre miss Mowcher se estremecía a fuerza
de llorar y de desesperarse; después se volvió hacia
el fuego para calentar sus piececitos mojados entre
las cenizas, y se quedó allí como una gran muñeca,
con los ojos fijos en el fuego.
Yo estaba sentado en una silla al otro lado de la
chimenea, sumido en mis tristes reflexiones y mi-
rando tan pronto al fuego como a ella.
-Tengo que marcharme -dijo, por último, levantán-
dose-, es tarde. ¿Usted no desconfiará de mí?
Al encontrar su mirada penetrante, más penetran-
te que nunca, cuando me dirigió aquella pregunta,
no pude responder con un «no» franco del todo.
-Vamos -dijo aceptando la mano que le ofrecía
para pasar por encima del guardafuegos y mirán-
dome suplicante-, sabe usted muy bien que si fuera
una mujer de estatura corriente no desconfiaría.
Comprendí que tenía mucha razón, y me aver-
gonce un poco de mí mismo.
-Es usted muy joven -me dijo- Escuche usted un
consejo, aunque sea de una criatura como yo, que
no levanta tres pies del suelo. Trate, amigo mío, de
no confundir las deformidades físicas con las mora-
les, a menos que tenga razones para ello.
Cuando se vio libre del guardafuegos y yo de mis
sospechas, le dije que no dudaba de que me había
explicado fielmente sus sentimientos, y que los dos
habíamos sido instrumentos ciegos en aquellas
pérfidas manos. Miss Mowcher me dio las gracias,
añadiendo que era un buen muchacho.
-Ahora, fíjese -dijo en el momento de llegar a la
puerta, volviéndose a mirarme con el dedo levanta-
do y expresión maliciosa- Tengo razones para su-
poner, por lo que he oído decir (pues siempre tengo
el oído pronto; debo utilizar las facultades que po-
seo), que han partido para el extranjero. Pero si
vuelven, o alguno de los dos vuelve estando yo
viva, tengo más facilidades que otro para saberlo,
pues ando siempre de un lado para otro; todo lo que
yo sepa lo sabrá usted, y si puedo alguna vez ser
útil de cualquier modo a esa pobre niña, lo haré con
toda mi alma, si Dios quiere. En cuanto a Littimer,
más le valdría tener un perro dogo tras de sus hue-
llas que a la pequeña Mowcher.
No pude por menos de dar fe interiormente a
aquella promesa cuando vi la expresión de su mira-
da.
-Sólo le pido que tenga en mí la misma confianza
que tendría en una mujer de estatura corriente, ni
más ni menos -dijo la criaturita cogiéndome, supli-
cante, la mano-. Si usted vuelve a verme de un mo-
do diferente a como me ve ahora; si me ve enloque-
cer, como me ha visto la primera vez, fíjese en la
gente que me rodea. Recuerde que soy una pobre
criatura sin socorro y sin defensa. Figúrese usted a
miss Mowcher volviendo a su casa por la noche,
reuniéndose con su hermano, que es como ella, y
con su hermana, que también lo es, después de
terminar su jornada de trabajo, y quizá entonces sea
usted más indulgente conmigo y no se sorprenda de
mi pena ni de mi gravedad. ¡Buenas noches!
Estreché la mano de miss Mowcher con una opi-
nión muy diferente de la que me había inspirado
hasta entonces, y sostuve la puerta para que salie-
ra. No era poco el abrir el enorme paraguas y po-
nerlo en equilibrio en su mano; sin embargo lo con-
seguí, y la vi bajar por la calle á través de la lluvia
sin que nada indicase que había una persona deba-
jo del paraguas, excepto cuando el agua que rebo-
saba de algunos canalones descargaba sobre él y
le hacía inclinarse a un lado; entonces aparecía
miss Mowcher en peligro, haciendo violentos es-
fuerzos para enderezarle.
Después de salir una o dos veces para socorrerla,
pero sin resultado, pues algunos pasos más lejos el
paraguas empezaba otra vez a saltar ante mí como
un gran pájaro antes de que le alcanzara, entré a
acostarme y me dormí hasta la mañana.
Míster Peggotty y mi niñera vinieron a buscarme
muy temprano, y nos dirigimos a las oficinas de la
diligencia, donde mistress Gudmige nos esperaba
con Ham para decirnos adiós.
-Señorito Davy -me dijo Ham en voz baja y aparte,
mientras míster Peggotty ponía su saco al lado del
equipaje-; su vida está completamente destrozada;
no sabe dónde va; no sabe lo que le espera; empie-
za un viaje que le va a llevar de aquí para allá hasta
el fin de su vida (puede usted contar con ello), si es
que no encuentra lo que busca. ¡Sé que será usted
siempre un amigo para él, señorito Davy!
-Puedes estar seguro -le dije estrechando afec-
tuosamente su mano.
-¡Gracias, gracias! Todavía una palabra. Yo me
gano bien la vida, ¿sabe usted, señorito Davy? Es
más; ahora no sabré en qué gastar lo que gano, ya
no necesito más que lo justo para vivir. Si usted
pudiera gastarlo por él, señorito, trabajaría de mejor
gana. Aunque, en cuanto a eso -continuó en tono
firme y dulce-, puede usted estar seguro de que no
dejaré de trabajar como un hombre y que lo haré lo
mejor que pueda.
Le dije que estaba convencido de ello, y no le
oculté mi esperanza de que llegara un tiempo en
que renunciaría a la vida solitaria a que por momen-
tos se creía condenado para siempre.
-No, señorito -dijo moviendo la cabeza-. Todo eso
ha pasado para mí. Nunca nadie podrá llenar el
vacío que ha dejado. Y no olvide que aquí siempre
habrá dinero de más, señorito Davy.
Le prometí tenerlo en cuenta, al mismo tiempo
que le recordaba que míster Peggotty tenía ya una
renta, modesta, es verdad, pero segura, gracias al
legado de su cuñado. Después nos despedimos uno
del otro. No puedo dejar sin recordar su valor senci-
llo y conmovedor y su pena tan honda.
En cuanto a mistress Gudmige, si tuviera que
describir las carreras que dio por la calle al lado de
la diligencia sin ver otra cosa, a través de las lágri-
mas que trataba de retener, más que a míster Peg-
gotty sentado en la imperial, lo que la hacía tropezar
contra todos los que iban en dirección contraria, me
vería obligado a lanzarme en una empresa muy
difícil. Prefiero dejarla por fin sentada en los escalo-
nes de una panadería, sin aliento, con el sombrero
que ya no tenía forma y uno de los zapatos es-
perándola en medio de la calle, a una distancia
considerable.
Al llegar al término de nuestro viaje, la primera
ocupación fue buscar a Peggotty un alojamiento
donde su hermano pudiera tener una cama; y tuvi-
mos la suerte de encontrar enseguida uno muy lim-
pio y barato, encima de la tienda de un vendedor de
velas, y separado de mi casa solamente por dos
calles. Después de apalabrar la habitación compré
carne y fiambre en una tienda y llevé a mis compa-
ñeros de viaje a tomar el té a mi casa, exponiéndo-
me, siento decirlo, a no obtener la aprobación de
mistress Crupp, sino muy al contrario. Sin embargo,
debo mencionar aquí, para que se conozcan bien
las cualidades contradictorias de aquella estimable
dama, que le sorprendió mucho ver a Peggotty re-
mangarse su traje de viuda, diez minutos después
de llegar, para ponerse a limpiar mi alcoba. Mistress
Crupp miraba esta usurpación de su cargo como
una libertad que se tomaba, y ella no consentía
nunca que nadie se tomara libertades con ella.
Míster Peggotty me había comunicado en el ca-
mino a Londres un proyecto que no me sorprendió.
Tenía la intención de ver a mistress Steerforth en
primer lugar. Yo me sentía obligado a ayudarle en
aquella empresa y a servir de mediador entre ellos,
por lo que, con objeto de cuidar lo más posible de la
sensibilidad de la madre, le escribí aquella misma
noche. Le explicaba, lo más suavemente que podía,
el daño que se le había hecho a míster Peggotty y
el derecho que también yo tenía por mi parte para
quejarme de aquel desgraciado suceso. Le decía
que era un hombre de clase inferior, pero de carác-
ter dulce y elevado, y que me atrevía a esperar que
no se negara a verle en la desgracia que le ago-
biaba. Le pedía que nos recibiera a las dos de la
tarde, y envié yo mismo la carta, con la primera
diligencia de la mañana.
A la hora fijada estábamos delante de la puerta...,
la puerta de aquella casa en que había sido tan
dichoso algunos días antes y donde había entrega-
do con tanta alegría toda mi confianza y todo mi
corazón; aquella puerta que desde ahora me estaba
cerrada y que no miraba yo más que como una
ruina desolada.
Littimer no estaba. La muchacha que le había re-
emplazado, con gran satisfacción mía, desde mi
última visita, fue la que nos abrió y nos condujo a la
sala. Mistress Steerforth estaba allí. Rose Dartle, en
el momento que entramos, dejó la silla que ocupaba
y fue a colocarse de pie detrás del sillón de mistress
Steerforth.
Al momento me di cuenta, por el rostro de la ma-
dre, de que estaba enterada por su mismo hijo de lo
que había hecho. Estaba muy pálida, y sus faccio-
nes tenían la huella de una emoción demasiado
profunda para poderla atribuir únicamente a mi car-
ta, sobre todo teniendo en cuenta las dudas que le
hubiera hecho abrigar su ternura.
En aquel momento la encontré más parecida que
nunca a su hijo, y vi, más con mi corazón que con
mis ojos, que mi compañero no estaba menos sor-
prendido que yo del parecido.
Sentada muy derecha en su butaca, con aire ma-
jestuoso, imperturbable, impasible, parecía que
nada en el mundo sería capaz de turbarla. Miró con
orgullo a míster Peggotty, pero él no la miraba con
menos entereza. Los ojos penetrantes de Rose
Dartle nos abrazaban a todos. Durante un momento
el silencio fue completo. Mistress Steerforth hizo un
signo a míster Peggotty para que se sentara.
-No me parecería natural, señora -dijo en voz ba-
ja-, sentarme en esta casa; prefiero continuar de
pie.
Nuevo silencio, que ella rompió diciendo:
-Sé lo que le trae aquí y lo lamento profundamen-
te. ¿Qué desea usted de mí? ¿Qué quiere usted
que haga?
Míster Peggotty, sosteniendo el sombrero debajo
del brazo, buscó en su pecho la carta de su sobrina,
la sacó, la desdobló y se la entregó.
-Haga usted el favor de leer eso, señora; ¡lo ha
escrito mi sobrina!
Ella lo leyó con la misma impasible gravedad. No
pude percibir en sus rasgos la menor huella de
emoción. Después devolvió la carta.
-«A no ser que me traiga después de haber hecho
de mí una señora» -dijo míster Peggotty siguiendo
con el dedo las palabras- Vengo a saber si cumplirá
su promesa.
-No -replicó ella.
-¿Por qué no? -preguntó míster Peggotty.
-Porque es imposible; sería una deshonra para mi
hijo; no puede usted ignorar que está muy por deba-
jo de él.
-Levántenla hasta ustedes -dijo míster Peggotty.
-Es ignorante y sin educación.
-Quizá sí, quizá no; pero no lo creo, señora -dijo
míster Peggotty-; sin embargo, como no soy juez en
esas cosas, enséñenla lo que no sepa.
-Puesto que me obliga usted a hablar con mayor
claridad (y siento tener que hacerlo), su familia es
demasiado humilde para que una cosa semejante
sea verosímil, aunque no hubiera ningún otro obstá-
culo.
-Escúcheme usted, señora -dijo míster Peggotty
lentamente y muy serio-; usted sabe cómo se quiere
a un hijo; yo también. Si fuera hija mía no la podría
querer más. Pero usted no sabe lo que es perder un
hijo y yo sí lo sé. Todas las riquezas del mundo, si
fueran mías, no me costarían nada para rescatarla.
Arránquela al deshonor, y yo le doy mi palabra de
que no tendrá que temer el oprobio de verse unida a
mi familia. Ninguno de los que han vivido con ella y
la han considerado como su tesoro durante tantos
años volverá a ver nunca su lindo rostro. Renuncia-
remos a ella, nos contentaremos con recordarla,
como si estuviera muy lejos, bajo otro cielo; nos
contentaremos con confiarla a su marido y a sus
hijos, quizá, y esperaremos para volver a verla en el
momento en que todos seremos iguales ante Dios.
La sencilla elocuencia de sus palabras no dejó de
producir efecto. Mistress Steerforth persistía en su
actitud altanera, pero su tono se había dulcificado
un poco al contestarle:
-No justifico nada. No acuso a nadie, y siento te-
ner que repetir que no es posible. Un matrimonio así
destruiría sin esperanza el porvenir de mi hijo. Eso
no puede ser y no será; esté usted seguro. Si hay
alguna otra compensación...
-Estoy viendo un rostro que me recuerda por su
parecido al que he visto frente a mí -interrumpió
míster Peggotty, con mirada firme y brillante- en mi
casa, al lado de mi fuego, en mi barco, en todas
partes, con sonrisa de amigo, en el momento en
que meditaba una traición tan negra, que casi me
vuelvo loco cuando lo recuerdo. Si el rostro que se
parece a aquel no se pone rojo como el fuego ante
la idea de ofrecerme dinero a cambio de la pérdida
y la ruina de mi niña, es que no vale más que el
otro; quizá vale todavía menos, puesto que es el de
una mujer.
Mistress Steerforth cambió de actitud al momento.
Enrojeció de cólera y dijo con altanería, apretando
el brazo de su sillón:
-¿Y usted qué compensación me ofrece por el
abismo que ha abierto entre nosotros? ¿Qué es su
cariño comparado con el mío? ¿Qué es su separa-
ción al lado de la nuestra?
Miss Dartle la tocó suavemente a inclinó la cabe-
za para hablarla en voz baja; pero ella no la es-
cuchó.
-No, Rose; ni una palabra. ¡Quiero que este hom-
bre me oiga hasta el final! Mi hijo, que ha sido el
único objeto de mi vida, a quien estaban consagra-
dos todos mis pensamientos, a quien no he negado
un solo capricho desde su infancia, con el que he
vivido una existencia común desde su nacimiento,
¡enamorarse en un instante de una miserable mu-
chacha y abandonarme! ¡Recompensarme de mi
confianza con una decepción sistemática por amor
a esa chica y dejarme por ella! ¡Sacrificar a ese
odioso capricho el derecho que tiene su madre a su
respeto, a su afecto, a su obediencia, a su gratitud;
los derechos que cada día y cada hora de su vida
debían haberle sido sagrados! ¿No es también ese
un daño irreparable?
De nuevo Rose Dartle trató de tranquilizarla, pero
fue en vano.
-Te lo repito, Rose, ¡cállate! Si ¡ni hijo es capaz de
exponerlo todo por el capricho más frívolo, yo tam-
bién puedo hacerlo por un motivo más digno de mí.
¡Que vaya donde quiera con los recursos que mi
amor le ha proporcionado! ¿Cree que me dominará
con una ausencia larga? ¡Conoce muy poco a su
madre si cuenta con ello! ¡Que renuncie al momento
a ese capricho y será bienvenido! Si no renuncia al
instante, que no intente volver a acercarse a mí, ni
vivo ni moribundo, mientras pueda levantar la mano
para oponerme, hasta que se olvide de ella para
siempre y venga humildemente a pedirme perdón.
¡Ese es mi derecho! ¡Ese es el abismo que han
abierto entre nosotros! Y digan, ¿no es un daño
irreparable? --dijo mirando a su visitante con la
misma expresión altanera de los primeros momen-
tos.
Oyendo y viendo a la madre mientras pronunciaba
aquellas palabras me parecía oír y ver a su hijo
responderle con un desafío. Encontraba en ella todo
lo que había en él de terquedad y obstinación. Todo
lo que había podido apreciar por mí mismo de la
energía mal dirigida de Steerforth me hacía com-
prender mejor el carácter de su madre. Veía clara-
mente que sus almas, en su violencia salvaje, iban
al unísono.
Mistress Steerforth me dijo entonces que le parec-
ía una pérdida de tiempo seguir hablando y que
deseaba poner fin a la entrevista. Se levantó con
dignidad para dejar la habitación, pero míster Peg-
gotty dijo que era inútil.
-No tema usted que le estorbe, señora; no tengo
nada más que decir -añadió dando un paso hacia la
puerta-. He venido aquí sin esperanzas y sin espe-
ranzas me voy. He hecho lo que creía que debía
hacer; pero no esperaba nada de mi visita. Esta
casa maldita ha hecho demasiado daño a los míos
para que pueda razonablemente esperar algo.
Y salimos, dejándola de pie al lado de su butaca,
como si estuviera posando para un retrato de noble
actitud, con un bello rostro.
Para salir teníamos que atravesar una galería de
cristales que servía de vestíbulo; una parra la cubría
por completo con sus hojas; hacía un tiempo her-
moso, y las puertas que daban al jardín estaban
abiertas. Rose Dartle entró por allí sin ruido, en el
momento en que pasábamos, y se dirigió a mí.
-Ha tenido usted una idea feliz -dijo- con traer a
este hombre aquí.
Nunca hubiera creído que ni aun en aquel rostro
se pudiera encontrar una expresión de rabia y de
desprecio como la que oscurecía sus rasgos y res-
plandecía en sus ojos negros. La cicatriz del martillo
estaba, como siempre en esos accesos, muy acu-
sada. El temblor nervioso que yo había observado
ya la agitaba todavía, y trataba de ocultarlo.
-¡Qué bien ha escogido usted a su hombre para
traerle aquí y servirle de campeón!, ¿no es verdad?
¡Qué amigo fiel!
-Miss Dartle -repuse-, seguramente no es usted
tan injusta como para acusarme a mí en este mo-
mento.
-¿Para qué viene usted a separar a estas dos
criaturas insensatas? -replicó ella-. ¿No ve usted
que están locos los dos de terquedad y orgullo?
-¿Es culpa mía acaso? -repliqué.
-Sí; es su culpa. ¿Por qué ha traído usted ese
hombre aquí?
-Es un hombre al que han hecho mucho daño, mis
Dartle -respondí-; quizá no lo sabe usted.
-Sé que James Steerforth -dijo apretando la mano
contra su pecho, como para impedir que estallara la
tormenta que reinaba en él- tiene un corazón pérfido
y corrompido; sé que es un traidor. Pero ¿qué ne-
cesidad tengo de preocuparme ni de saber lo que
concierne a este hombre ni a su miserable sobrina?
-Miss Dartle -repliqué-, envenena usted la llaga, y
demasiado profunda es ya. Solamente le repito, al
dejarla, que no le hace justicia.
-No hago ninguna injusticia; uno de tantos mise-
rables sin honor; en cuanto a ella, querría que la
azotaran.
Míster Peggotty pasó sin decir una palabra y salió.
-¡Oh! Es vergonzoso, miss Dartle; es vergonzoso
-le dije con indignación-. ¿,Cómo tiene usted co-
razón para pisotear así a un hombre destrozado por
un dolor tan poco merecido?
-Querría pisotearlos a todos -replicó-. Querría ver
su casa destruida de arriba abajo. Querría que mar-
caran a su sobrina el rostro con un hierro candente,
que la cubrieran de harapos y la arrojaran a la calle
para morir de hambre. Si tuviera el poder de juzgar-
la, he aquí lo que mandaría que le hicieran; no, no;
he aquí lo que le haría yo misma. ¡La odio, la odio!
Si pudiera echarle en cara su situación infame, iría
al fin del mundo para hacerlo. Si pudiera perseguirla
hasta la tumba, lo haría. Si a la hora de su muerte
hubiera una palabra que pudiera consolarla y no
hubiera nadie en el mundo que la supiera más que
yo, moriría antes que decírsela.
Toda la vehemencia de aquellas palabras sólo
puede dar una idea muy imperfecta de la pasión
que la poseía y que brillaba en toda su persona,
aunque había bajado la voz en lugar de elevarla.
Ninguna descripción podría expresar el recuerdo
que he conservado de ella en aquella embriaguez
de furor. He visto la cólera bajo muchas formas,
pero nunca la he visto bajo aquella.
Cuando alcancé a míster Peggotty bajaba la coli-
na lentamente, con aire pensativo. Me dijo que,
teniendo ya el corazón tranquilo de lo que había
querido intentar en Londres, tenía la intención de
emprender aquella misma noche sus viajes. Le pre-
gunté adónde pensaba ir, y únicamente me res-
pondió:
-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.
Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda
de velas, y allí pude repetir a Peggotty lo que me
había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le
había dicho a ella por la mañana. No sabía más que
yo dónde iría; pero pensaba que debía de tener
algún proyecto en la cabeza.
No quise dejarle en aquellas circunstancias, y
comimos los tres reunidos una empanada de buey,
que era uno de los platos maravillosos que hacían
honor al talento de Peggotty, y cuyo perfume in-
comparable estaba todavía realzado (lo recuerdo
divinamente) por un olor compuesto de té, de café,
de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno,
de madera quemada, de velas y de salsa de setas
que subía de la tienda sin cesar. Después de comer
nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de
una hora, sin hablar apenas; después míster Peg-
gotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantim-
plora y los puso encima de la mesa.
Aceptó como anticipo de su herencia una peque-
ña suma, que su hermana le dio en dinero contante;
apenas lo necesario para vivir un mes me pareció.
Prometió escribirme si llegaba a saber algo, y des-
pués, pasando la correa de su saco por su hombro,
cogió su sombrero y su bastón y nos dijo a los dos:
«Hasta la vista».
-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abra-
zando a Peggotty-. Y a usted también, míster Davy
-añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por
el mundo. Si volviera mientras yo no esté aquí (pe-
ro, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi
intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda
dirigirle el menor reproche; si me sucediera alguna
desgracia, acordaos que las últimas palabras que
he dicho para ella son: « Que dejo a mi querida niña
todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».
Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnu-
da; después, volviendo a ponerse el sombrero, se
alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era
cálida y había mucho polvo. El sol poniente lanzaba
raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante
de pasos se había ensordecido un momento en la
gran calle a que desembocaba nuestra callejuela.
Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró
en la luz deslumbrante y desapareció.
Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara
vez al despertarme de noche y ver la luna y las es-
trellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el vien-
to, dejaba de pensar en el pobre peregrino, que iba
solo por los caminos, y recordaba sus palabras:
«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera
una desgracia, acordaos de que las últimas pala-
bras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña
querida todo mi cariño inquebrantable y mi
perdón".»
CAPÍTULO XIII
FELICIDAD
Durante todo aquel tiempo había seguido amando
a Dora más que nunca. Su recuerdo me servía de
refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta
me consolaba de la pérdida de mi amigo. Cuanta
más compasión tenía de mí mismo más piedad
sentía por los demás y más buscaba el consuelo en
la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el
mundo de decepciones y de penas, más se levan-
taba la estreIla de Dora, pura y brillante, por encima
de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la
patria donde Dora había nacido, ni del sitio encum-
brado que ocupaba en la escala de arcángeles y
serafines; pero sé que hubiera rechazado con in-
dignación y desprecio el pensamiento de que pudie-
ra ser una criatura humana como todas las demás
señoritas.
Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Do-
ra, pues no sólo estaba enamorado de ella hasta
perder la cabeza, sino que era un amor que pene-
traba todo mi ser. Se hubiera podido sacar de mí
(es una comparación) el amor suficiente para aho-
gar en él a un hombre, y todavía hubiera quedado
bastante para inundar mi existencia entera.
Lo primero que hice por mi propia cuenta al volver
a Londres fue ir por la noche a pasearme a Norwo-
od, donde, según los términos de un respetable
enigma que me propusieron en la infancia, «di la
vuelta a la casa sin tocar nunca la casa». Creo que
este difícil problema se aplica a la luna. Sea como
sea, yo, el esclavo fanático de Dora, di vueltas alre-
dedor de la casa y del jardín durante dos horas,
mirando a través de las rendijas de las empalizadas
y llegando con esfuerzos sobrehumanos a pasar la
barbilla por encima de los clavos clavos oxidados
que guarnecían la parte altar enviando besos a las
luces que aparecían en las ventanas, haciendo a la
noche súplicas románticas para que tomara en su
mano la defensa de mi Dora... no sé bien contra
quién: sería contra un incendio; quizá contra los
ratones, que le daban mucho miedo.
Mi amor me preocupaba de tal modo y me parecía
tan natural confiarle todo a Peggotty cuando la volví
a encontrar a mi lado por la noche con todos sus
antiguos enseres de costura, pasando revista a mi
guardarropa, que después de muchos circunloquios
le comuniqué mi secreto. Peggotty se interesó mu-
cho por ello; pero no conseguí que considerase la
cuestión desde el mismo punto de vista que yo.
Tenía prejuicios atrevidísimos en mi favor, y no pod-
ía comprender mis dudas y mi abatimiento.
-La joven podía darse por muy satisfecha con te-
ner semejante adorador -decía-, y en cuanto a su
papá, ¿qué mas podía apetecer aquel señor que se
lo dijeran'?
Observé, sin embargo, que el traje de procurador
y el cuello almidonado de míster Spenlow le impon-
ían un poco, inspirándole algún respeto por el hom-
bre en el que yo veía todos los días y cada vez más
una criatura etérea que me parecía despedir rayos
de luz mientras estaba sentado en el Tribunal, en
medio de sus carpetas, como un faro destinado a
iluminar un océano de papeles. Recuerdo también
otra cosa que me pasaba mientras estaba sentado
entre los señores del Tribunal. Pensaba que todos
aquellos viejos jueces y doctores no se preocupar-
ían siquiera de Dora si la conocieran, y que no se
volverían locos de alegría si les propusiera casarse
con ella; que Dora podría, cantando y tocando
aquella guitarra mágica, empujarme a mí a la locura
sin conmover siquiera ni hacer salir de su paso ni a
uno de aquellos seres.
Los despreciaba a todos sin excepción, ¡a todos!
Me parecían unos viejos helados de corazón y me
inspiraban una repulsión personal. El Tribunal me
parecía tan desprovisto de poesía y de sentimiento
como un gallinero.
Había tomado en mi mano con cierto orgullo el
manejo de los asuntos de Peggotty; había probado
la identidad del testamento; lo había arreglado todo
en la oficina de delegados, y hasta lo había llevado
al banco; en fin, la cosa estaba en buen camino.
Daba alguna variedad a los asuntos legales yendo a
ver con Peggotty las figuras de cera de Fleet Street
(supongo que se habrán fundido desde hace veinte
años que no las he visto) y visitando la exposición
de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo
como un mausoleo de crochet, propicio a los exá-
menes de conciencia y al arrepentimiento, y, en fin,
recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo
alto del cimborrio de Saint Paul. Estas curiosidades
procuraron a Peggotty alguna distracción de la que
podía gozar en sus actuales circunstancias. Sin
embargo, hay que confesar que la catedral de Saint
Paul, gracias al cariño que tenía a su caja de labor,
le pareció bastante digna de rivalizar con la pintura
de su tapa, aunque la comparación, desde algunos
puntos de vista, resultara en ventaja de aquella
pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión
de Peggotty.
Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acos-
tumbrábamos llamar el Tribunal de Negocios ordina-
rios, clase de negocios, entre paréntesis, muy fáci-
les y lucrativos, y cuando terminaron la conduje al
estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow
había salido un momento. Según me dijo el viejo Ti-
fey, había ido a acompañar a un caballero que ven-
ía a prestar juramento para una dispensa de amo-
nestación; pero como yo sabía que volvería ense-
guida, pues nuestro despacho estaba al lado del
vicario general, le dije a Peggotty que esperase.
En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un
testamento, hacíamos un poco el papel de empre-
sarios de pompas fúnebres, y teníamos, por regla
general, la costumbre de componernos una expre-
sión más o menos sentimental cuando tratábamos
con clientes de luto. Por este mismo principio está-
bamos siempre alegres cuando se trataba de clien-
tes que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba
a encontrar a míster Spenlow bastante repuesto de
la impresión que le había causado la muerte de
Barkis y, en efecto, cuando entró parecía que entra-
ba el novio.
Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle
cuando vimos que le acompañaba míster Murdsto-
ne. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran
tan abundantes y tan negros como antes, y su mira-
da no inspiraba más confianza que en el pasado.
-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce us-
ted a este caballero?
Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se
limitó a dejar ver que le reconocía. En el primer
momento pareció un poco desconcertado al encon-
trarnos juntos; pero pronto supo qué hacer y se
acercó a mí.
-¿Supongo que está usted bien?
-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si
quiere usted saberlo, sí.
Nos miramos un momento; después se dirigió a
Peggotty.
-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a
su marido.
-No es la primera pérdida de mi vida, míster
Murdstone -dijo Peggotty temblando de la cabeza a
los pies-. Únicamente me consuela que esta vez no
puedo acusar a nadie; nadie tiene que reprochárse-
lo.
-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido
usted con su deber?
-Gracias a Dios no he amargado la vida a nadie,
míster Murdstone, ni he hecho morir de miedo y de
pena a una criatura llena de bondad y de dulzura.
Míster Murdstone la miró con expresión sombría y
como de remordimiento durante un minuto; después
dijo, volviéndose hacia mí, pero mirándome a los
pies, en lugar de mirarme al rostro:
-No es nada probable que nos volvamos a encon-
trar en mucho tiempo, lo cual debe ser motivo de
satisfacción para los dos, sin duda, pues encuentros
como este no pueden ser agradables nunca, y no
espero que usted, que siempre se ha rebelado con-
tra mi autoridad legítima cuando la empleaba para
su bien, pueda ahora demostrarme la menor buena
voluntad. Hay entre nosotros una antipatía...
-Muy antigua --dije interrumpiéndole.
Sonrió y me lanzó la mirada más venenosa que
podían lanzar sus ojos negros.
-Sí; todavía estaba usted en la cuna cuando ya
alentaba en su pecho --dijo-; y ello envenenó bas-
tante la vida de su pobre madre; tiene usted razón.
Espero, sin embargo, que con el tiempo mejore
usted y se corrija.
Así terminó nuestro diálogo, en voz baja, en un
rincón. Después de esto entró en el despacho de
míster Spenlow, diciendo en voz alta, con su tono
más dulce:
-Los hombres de su profesión, míster Spenlow,
están acostumbrados a las disensiones de familia y
sabe lo amargas y complicadas que son siempre.
Después pagó su dispensa, la recibió de míster
Spenlow cuidadosamente doblada, y después de
estrecharse la mano y de hacer por parte del procu-
rador votos por su felicidad y la de su futura esposa,
abandonó las oficinas.
Quizá me hubiera costado más trabajo guardar si-
lencio después de sus últimas palabras si no hubie-
ra estado preocupado tratando de convencer a
Peggotty (que se había encolerizado a causa mía)
de que no estábamos en un lugar propicio a las
recriminaciones y rogándole que se contuviera.
Estaba en tal estado de exasperación, que me creí
bien librado cuando vi que terminaba con uno de
sus tiernos achuchones. Lo debía sin duda a aque-
lla escena, que acababa de despertar en ella el
recuerdo de las antiguas injurias, y sostuve lo mejor
que pude el ataque, en presencia de míster Spen-
low y de todos sus empleados.
Míster Spenlow no parecía saber cuál era el lazo
que existía entre míster Murdstone y yo, lo que me
complacía. pues no podía soportar ni el tener que
reconocerlo yo mismo, recordando, como recorda-
ba, la historia de mi pobre madre. Míster Spenlow
parecía creer, si es que creía algo, que se trataba
de diferentes opiniones políticas; que mi tía estaba
a la cabeza del partido del Estado en nuestra fami-
lia, y que había algún otro partido de oposición,
dirigido por otra persona; al menos esa fue la con-
clusión que saqué de lo que decía mientras esperá-
bamos la cuenta de Peggotty que redactaba míster
Tifey.
-Miss Trotwood -me dijo- es muy firme y no está
dispuesta a ceder a la oposición, yo creo. Admiro
mucho su carácter y le felicito, Copperfield, de estar
en el lado bueno. Las querellas de familia son muy
de sentir, pero son muy corrientes, y el caso es
estar del lado bueno.
Con aquello quería decir, supongo, del lado del
dinero.
-Según creo, hace un matrimonio bastante conve-
niente -dijo míster Spenlow.
Le dije que no sabía nada.
-¿De verdad? -dijo- Pues por algunas palabras
que míster Murdstone ha dejado escapar, como
ocurre siempre en casos semejantes, y por lo que
miss Murdstone me ha dado a entender, me parece
que se trata de un matrimonio bastante conveniente
para él.
-¿Quiere usted decir que ella tiene dinero?
-pregunté.
-Sí -dijo míster Spenlow-; parece ser que dinero, y
también belleza; al menos eso dicen.
-¿De verdad? ¿Y es joven su nueva mujer?
-Acaba de cumplir su mayoría de edad -dijo míster
Spenlow-, y hace tan poco tiempo, que yo creo que
no esperaban más que a eso.
-¡Dios tenga compasión de ella! -exclamó Peggot-
ty tan bruscamente y en un tono tan inesperado,
que nos quedamos un poco desconcertados hasta
el momento en que Tifey llegó con la cuenta.
Apareció pronto y tendió el papel a míster Spen-
low para que lo verificase. Míster Spenlow metió la
barbilla en la corbata, y después, frotándosela dul-
cemente, releyó todos los artículos de un cabo al
otro, como hombre que quería rebajar algo; pero,
¡qué quiere usted!, era culpa del diablo de míster
Jorkins; después volvió a dar el papel a Tifey con un
suspiro.
-Sí -dijo-, está en regla, perfectamente en regla.
Hubiera deseado reducir los gastos estrictamente a
nuestros desembolsos; pero ya sabe usted que es
una de las contrariedades penosas de mi vida de
negocios el no tener la libertad de obrar según mis
propios deseos. Tengo un asociado, míster Jorkins.
Como al hablar así lo hacía con tan dulce melan-
colía, que casi equivalía a haber hecho nuestros
negocios gratis, le di las gracias en nombre de Peg-
gotty y entregué el dinero a Tifey. Peggotty volvió a
su casa y míster Spenlow y yo nos dirigimos al Tri-
bunal, donde se presentaba una causa de divorcio
en nombre de una pequeña ley muy ingeniosa, que
creo se ha abolido después, pero gracias a la cual
he visto anular muchos matrimonios.
Era esta. El marido, cuyo nombre era Thomas
Benjamin, había sacado la autorización para la pu-
blicación de las amonestaciones bajo el nombre de
Thomas únicamente, suprimiendo el Benjamin por si
acaso no encontraba la situación todo lo agradable
que esperaba. Ahora bien: no encontrando la situa-
ción muy agradable, o quizá un poco cansado de su
mujer, el pobre hombre se presentó ante el Tribunal,
por mediación de un amigo, después de un año o
dos de matrimonio, y declaró que su nombre era
Thomas Benjamin y que, por lo tanto, él no se había
casado nunca, lo que el Tribunal confirmó, para su
gran satisfacción.
Debo decir que tenía algunas dudas sobre la jus-
ticia absoluta de aquel procedimiento, que no justifi-
caba el «árido de trigo» que tapaba todas las ano-
malías.
Pero míster Spenlow discutió la cuestión conmigo.
-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la
legislación eclesiástica: en ella hay bien y mal; pero
todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso
es.
No tuve valor para sugerir al padre de Dora que
quizá no nos resultaría imposible el hacer algunos
cambios beneficiosos en el mundo si, levantándose
temprano, se remangara resuelto a ponerse con
valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que
podrían introducirse algunos cambios beneficiosos
en el Tribunal.
Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba
que desechara de mi espíritu semejante pensamien-
to, que no era digno de mi carácter caballeresco;
pero que le gustaría saber de qué mejoras creía yo
susceptible al sistema del Tribunal.
El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado;
era un asunto concluido; estábamos fuera de la sala
y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogati-
vas; entrando, por lo tanto, en la institución que
estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el
Tribunal de Prerrogativas no era una institución muy
singularmente administrada.
Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspec-
to.
Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su
experiencia (pero me temo que sobre todo con el
respeto que debía al padre de Dora), que quizá era
un poco absurdo que los registradores de aquel
Tribunal, que contenía todos los testamentos origi-
nales de todas las personas que habían dispuesto
desde hacía tres siglos de alguna propiedad asen-
tada en el inmenso distrito de Canterbury, se encon-
trasen colocados en un edificio que no había sido
construido con ese objeto; que había sido alquilado
por los registradores bajo su responsabilidad priva-
da; que no era seguro; que ni siquiera estaba al
abrigo de un fuego, y que estaba tan atestado de
los documentos importantes que contenía que era
todo él, de arriba abajo, una prueba de las sórdidas
especulaciones de los registradores, que recibían
sumas enormes por el registro de todos aquellos
testamentos y se limitaban a meterlos donde pod-
ían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos
con el menor gasto posible. También añadí que
quizá no era razonable que los registradores, que
percibían al año sueldos que ascendían a ocho o
nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordi-
narios, no estuvieran obligados a gastarse parte de
este dinero en procurarse un lugar seguro donde
depositar aquellos documentos preciosos que todo
el mundo, en todas las clases de la sociedad, esta-
ba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que
quizá era algo injusto que todos los grandes emple-
os de aquella administración fuesen magníficas
sinecuras, mientras que los desgraciados emplea-
dos que trabajaban sin descanso en la habitación
sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor
pagados y menos considerados de Londres, en
premio a los importantes servicios que prestaban.
¿Y no era también un poco inconveniente que el
archivero en jefe, cuyo deber era procurar al públi-
co, que llenaba constantemente las oficinas de la
administración, locales convenientes, estuviera, en
virtud de este empleo, en posesión de una enorme
sinecura, lo que no le impedía ocupar al mismo
tiempo un puesto en la Iglesia y poseer muchos
beneficios, ser canónico en la catedral, etc., mien-
tras el público soportaba molestias infinitas, de las
que teníamos una muestra todas las mañanas
cuando los asuntos abundaban en las oficinas? En
fin, me parecía que aquella administración del Tri-
bunal de Prerrogativas del distrito de Canterbury era
una máquina tan podrida y un absurdo tan peligro-
so, que si no se le hubiera metido en un rincón del
cementerio de Saint Paul (que no conoce apenas
nadie), toda aquella organización hubiera tenido que
cambiarse de arriba abajo desde hacía mucho tiem-
po.
Míster Spenlow sonrió al ver cómo me excitaba,
a pesar de mi reserva habitual en aquella cues-
tión; y después discutió conmigo este punto co-
mo los demás. «¿Qué era aquello después de
todo? -me dijo-. Pues una simple cuestión de
opiniones. Si al público le parecía que los testa-
mentos estaban seguros, y admitía que la admi-
nistración no podía cumplir mejor con sus debe-
res, ¿quién sufría con ello? Nadie. ¿A quién be-
neficiaba? A todos los que poseían las sinecu-
ras. Muy bien. Las ventajas, por lo tanto, eran
mayores que los inconvenientes; quizá no era
una organización perfecta, no hay nada perfecto
en este mundo; pero bajo la administración del
Tribunal de Prerrogativas el país se había cu-
bierto de gloria. Si se metiera el hacha en la ad-
ministración de Prerrogativas, el país dejaría de
cubrirse de gloria. Veía como el rasgo distintivo
de un espíritu sensato y elevado el tomar las co-
sas como se encontraban, y no cabía duda que
la organización actual de las Prerrogativas durar-
ía tanto tiempo como nosotros.»
Yo me rendí a su opinion, aunque tuviera, por mi
cuenta, muchas dudas sobre ello. Sin embargo, él
tenía razón, pues no solamente el Tribunal de Pre-
rrogativas continúa existiendo, sino que existió una
grave denuncia presentada de muy mala gana al
Parlamento, hace dieciocho años, donde todas mis
objeciones estaban desarrolladas en detalle y en
una época en que se anunciaba que sería imposible
amontonar los testamentos del distrito de Canterbu-
ry en el local actual durante más de dos años y me-
dio, a partir de aquel momento. Yo no sé lo que se
ha hecho después; no sé si se habrán perdido mu-
chos, o si los venden de vez en cuando a las tien-
das como papel; pero estoy tranquilo porque el mío
no está allí y espero que no lo esté en mucho tiem-
po.
Si he relatado toda nuestra conversación en este
dichoso capítulo no podrá decírseme que no era su
lugar apropiado. Charlábamos paseándonos de
arriba abajo míster Spenlow y yo antes de pasar a
asuntos más generales. Por fin me dijo que el cum-
pleaños de Dora era dentro de una semana, y que
me agradecería mucho que me uniera a ellos para
una excursion que iban a organizar. Al momento
perdí la razón, y al día siguiente mi locura no tenía
límites cuando recibí una cartita con estas palabras:
«Recomendado al cuidado de papá para recordar a
míster Copperfield la excúrsión». Pasé los días que
me separaban de aquel gran suceso en un estado
cercano a la idiotez.
Creo que debí de cometer todos los absurdos po-
sibles como preparación para aquel día afortunado.
Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en
cuanto a mis botas, eran dignas de figurar en una
colección de instrumentos de tortura. Me procuré, y
envié la víspera por la noche, por medio del ómni-
bus de Norwood, una cestita de provisiones que
casi equivalía, a mi parecer, a una declaración.
Contenía, entre otras cosas, almendras envueltas
en las divisas más tiernas que pude encontrar en la
confitería. A las seis de la mañana estaba en el
mercado de Covent Garden para comprar un ramo
de flores a Dora. A las diez montaba a caballo. Ha-
bía alquilado un bonito caballo gris para aquella
ocasión, y tomé al trote el camino de Norwood con
el ramo de flores en el sombrero para que se con-
servara fresco.
Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice
como que no la veía, pasando por delante de la
casa y haciendo como que la buscaba con cuidado,
fui culpable de dos pequeñas locuras que otros
muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situa-
ción; tan naturales me parecen. Pero cuando hube
encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta;
cuando atravesé el césped con las crueles botas
para acercarme a Dora, que estaba sentada en un
banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo
ofrecía en medio de las mariposas con su sombrero
blanco y su traje azul cielo!
Con ella había otra muchacha, que a su lado pa-
recía muchísimo más vieja: tendría veinte años. Se
llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la
amiga íntima de Dora. ¡Dichosa miss Mills!
Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuan-
do la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los dientes de en-
vidia. Tenía razón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea
del ardor con que amaba a su dueña tenía razón.
-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué
flores tan bonitas! -dijo Dora.
Había tenido la intención de decirle que yo tam-
bién las había encontrado encantadoras antes de
verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes
de llegar la mejor manera de soltar la frase, pero no
lo conseguí: estaba demasiado seductora y perdí
toda presencia de espíritu y toda facultad de palabra
cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos
de su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sor-
prende el no haberle dicho:
-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir
aquí!
Después Dora alargó mis flores a Jip para que las
oliera, y Jip se puso a gruñir y no quiso olerlas. En-
tonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y
Jip cogió una rama de geranio entre sus dientes y la
destrozó como si oliera una bandada de gatos ima-
ginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y di-
ciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis hermosas flores! »
, con un tono tan simpático, me pareció, como si
fuera a mí a quien Jip hubiera mordido. ¡Ya lo
hubiera querido!
-Se alegrará usted mucho de saber, míster Cop-
perfield -dijo Dora-, que la fastidiosa miss Murds-
tone no está aquí. Ha ido a la boda de su her-
mano, y se quedará allí por lo menos tres sema-
nas. ¿No es un encanto?
Le dije que, en efecto, debía de estar encantada,
y que todo lo que le encantaba a ella me encantaba
a mí. Miss Mills nos escuchaba sonriendo con una
superioridad de benevolencia y simpatía.
-Es la persona más desagradable que conozco
-dijo Dora-: no puedes figurarte qué gruñona es y
qué mal genio tiene.
-¡Oh!, ya lo creo que puedo, querida mía -dijo Ju-
lia.
-Es verdad. «Tú» puede que sí -respondió Dora
cogiendo la mano de Julia entre las suyas-. Perdó-
name no haberte exceptuado enseguida.
De aquello deduje que miss Mills había sufrido las
vicisitudes de la vida y que era a eso a lo que podía
atribuirse sus maneras llenas de gravedad benigna,
que ya me habían chocado. En el transcurso del día
supe que no me había equivocado; mis Mills había
tenido la desgracia de enamorarse mal, y se decía
que se había retirado del mundo después de aque-
lla terrible experiencia de las cosas humanas; pero
que se tomaba siempre cierto interés por las espe-
ranzas y afectos de los jóvenes que no habían teni-
do todavía desengaños.
En esto míster Spenlow salió de la casa, y Dora
se adelantó a él diciendo:
-¡Mira, papá, qué flores tan hermosas!
Y miss Mills sonrió con aire pensativo, como di-
ciendo:
-¡Pobres flores de un día, gozad de vuestra exis-
tencia pasajera bajo el sol brillante de la mañana de
la vida!
Y todos abandonamos el césped para subir al co-
che, que ya estaba enganchado.
Nunca volveré a hacer una excursión semejante;
nunca la he hecho después. Iban los tres en el fa-
etón. Su cesta de provisiones, la mía y la caja de la
guitarra también iban. El faetón era descubierto, y
yo seguía el coche; Dora iba en la parte de delante,
frente a mí. Llevaba mi ramo a su lado, encima del
asiento, y no permitía a Jip que se subiera allí por
miedo de que aplastara mis flores. De cuando en
cuando las cogía para respirar su perfume; enton-
ces nuestros ojos se encontraban, y yo me pregunto
cómo no salté por encima de la cabeza de mi bonito
caballo gris para caer en el coche.
Había polvo; creo que hasta mucho polvo. Tengo
el vago recuerdo de que míster Spenlow me
aconsejó que no caracoleara en el torbellino de
polvo que dejaba el faetón; pero yo no me daba
cuenta. Yo no veía más que a Dora a través de
una nube de amor y de belleza; no podía ver otra
cosa. Mister Spenlow se levantaba algunas ve-
ces y me preguntaba qué me parecía el paisaje.
Yo le respondía que era un sitio encantador, y es
probable que lo fuera; pero yo sólo veía a Dora.
El sol llevaba a Dora en sus rayos; los pájaros
gorjeaban sus alabanzas. El viento del mediodía
soplaba el nombre de Dora. Todas las flores sal-
vajes, hasta el último capullo, eran otras tantas
Doras. Mi consuelo era que miss Mills me com-
prendía. Miss Mills era la única que podía entrar
del todo en mis sentimientos.
No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tam-
poco dónde fuimos. Quizá fue cerca de Guilford.
Quizá algún mago de Las mil y una noshes había
creado aquel lugar para un solo día y lo destruyó
después de nuestra partida. Era una pradera de
musgo verde y fino, en una colina. Había grandes
árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía ex-
tenderse la mirada, un bonito paisaje.
Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos
esperaba, y mis celos hasta de las mujeres no ten-
ían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un
impostor tres o cuatro años mayor que yo y con
patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable,
era sobre todo mi enemigo mortal.
Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a
preparar la comida. Patillas rojas dijo que él sabía
hacer la ensalada; no lo creo, pero así se atrajo la
atención del público. Las muchachas se pusieron a
lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección;
Dora estaba entre aquellas. Yo sentí que el Destino
me había dado aquel hombre por rival y que uno de
los dos tenía que sucumbir.
Patillas rojas hizo la ensalada, y todavía me pre-
gunto como pudieron comerla. En cuanto a mí, nada
en el mundo me hubiera decidido a probarla. Des-
pués él mismo se nombró encargado del vino, y
construyó una celda, para guardarlo, en el hueco de
un árbol. ¡Vaya una cosa ingeniosa! Al poco tiempo
le vi, con los tres cuartos de una langosta en su
plato, sentado y comiendo a los pies de Dora.
Ya no tengo más que una idea imprecisa de lo
que ocurrió después de que aquel espectáculo se
presentó a mi vista. Estaba muy alegre, no digo que
no, pero era una alegría falsa. Me consagré a una
muchachita vestida de rosa, con ojos chiquitos, y le
hice la corte desesperadamente. Ella recibió mis
atenciones con agrado; pero no sé si era completa-
mente por mí o porque tenía vistas ulteriores sobre
Patillas rojas. Se bebió a la salud de Dora. Yo
afecté interrumpir mi conversación para beber tam-
bién, y después la reanudé enseguida. Encontré los
ojos de Dora al saludarla, y me pareció que me
miraban suplicantes; pero aquella mirada me llega-
ba por encima de la cabeza de Patillas rojas, y fui
inflexible.
La jovencita de rosa tenía una madre de verde
que nos separó; yo creo que con una mira política.
Además hubo revolución general mientras se quita-
ban los restos de la comida, y yo lo aproveché para
meterme solo entre los árboles, animado por una
mezcla de cólera y de remordimientos. Me pregun-
taba si fingiría alguna indisposición para huir... a
cualquier parte... sobre mi bonito caballo gris, cuan-
do me encontré a Dora con miss Mills.
-Míster Copperfield -dijo miss Mills-, ¿está usted
triste?
-Usted dispense; pero no estoy nada triste.
-Y tú, Dora --dijo miss Mills-, también estás triste;
-¡Oh Dios mío, no!
-Míster Copperfield, y tú, Dora --dijo miss Mills con
una expresión casi venerable-, ¡ya es bastante! No
consintáis que un equívoco insignificante marchite
las flores primaverales, que una vez marchitas no
pueden volver a florecer. Me hace hablar así mi
experiencia del pasado --continuó miss Mills-, de un
pasado irrevocable. Los manantiales que brotan al
sol no deben ser tapados por capricho; el oasis del
Sahara no debe ser suprimido a la ligera.
Yo no sabía lo que hacía, pues tenía la cabeza
ardiendo; pero cogí la manita de Dora y la besé; ella
me dejó. Después besé la mano de miss Mills; y me
pareció que subíamos los tres juntos al séptimo
cielo.
Ya no volvimos a bajar. Nos quedamos toda la
tarde paseando entre los árboles con el bracito
tembloroso de Dora reposando en el mío, y Dios
sabe que, aunque fuera una locura, nuestra felici-
dad hubiera sido el poder volvemos inmortales de
pronto con aquella locura en el corazón, para errar
eternamente así entre los árboles.
Demasiado pronto, ¡ay!, oímos a los demás que
reían y charlaban llamando a Dora. Entonces reapa-
recimos, y rogaron a Dora que cantase. Patillas
rojas quiso it por la caja de la guitarra; pero Dora
dijo que yo sólo sabía dónde estaba. Así es que
Patillas rojas estaba derrotado, y yo fui quien en-
contró la caja, yo quien la abrió, yo quien sacó la
guitarra, yo quien se sentó a su lado, yo quien sos-
tuvo su pañuelo y sus guantes y yo quien se em-
briagó en el sonido de su dulce voz mientras ella
cantaba para el que amaba. Los demás podían
aplaudir si querían; pero nada tenían que ver en su
romanza.
Estaba borracho de alegría y me parecía que era
demasiado dichoso para que pudiera ser verdad;
temía despertarme en Buckinghan Street y oír a
mistress Crupp hacer ruido con las tazas mientras
preparaba el desayuno. Pero no, ¡era Dora que
cantaba! Después también cantaron otras; miss
Mills también, y cantó una queja sobre los ecos
dormidos de la caverna de la memoria, como si
tuviera cien años, y llegó la tarde. Tomamos el té,
haciendo hervir el agua en una hoguera al modo
gitano, y yo era más dichoso que nunca.
Todavía me sentí más dichoso cuando nos sepa-
ramos de Patillas rojas y cada uno tomó su camino,
mientras que yo partía con ella en medio de la cal-
ma de la tarde, de la luz moribunda y de los dukes
perfumes que se elevaban a nuestro alrededor.
Míster Spenlow iba un poco dormido gracias al
champán. ¡Bendito sea el sol que ha madurado la
uva, la uva que ha hecho el vino! ¡Bendito el comer-
ciante que lo ha vendido! Y como dormía profunda-
mente en un rincón del coche, yo iba a un lado
hablando con Dora. Dora admiraba mi caballo y lo
acariciaba (¡oh qué mano tan bonita resultaba sobre
la piel del animal!), y su chal no se sostenía bien, y
me veía obligado a arreglárselo a cada momento.
Creo que el mismo Jip empezaba a darse cuenta de
lo que pasaba y a comprender que había que resig-
narse y hacer las paces conmigo.
Aquella penetrante miss Mills, aquella encantado-
ra reclusa que había agotado la existencia, aquel
pequeño patriarca de veinte años apenas, que hab-
ía terminado con el mundo y que no hubiera querido
por nada despertar los ecos adormecidos en las
cavernas de la memoria, ¡qué buena fue para mí!
-Míster Copperfield -me dijo-, venga por este lado
del coche un momento, si es que puede dedicárme-
lo. Necesito hablarle.
Y en mi bonito caballo gris, con la mano en la por-
tezuela, me incliné a escuchar a miss Mills.
-Dora va a venir a verme. Pasado mañana se vie-
ne conmigo y con mi padre a mi casa. Si quisiera
usted venir a vernos, estoy segura de que papá
tendría mucho gusto en recibirle.
¿Qué podía hacer sino pedir todas las bendicio-
nes del mundo sobre la cabeza de miss Mills, y
sobre todo confiar su dirección al rincón más seguro
de mi memoria? ¿Qué podía hacer sino decir a miss
Mills, con palabras ardientes y miradas reconocidas,
todo lo que le agradecía sus bondades y qué precio
infinito daba a su amistad?
Después miss Mills me despidió benignamente:
«Vuelva con Dora». Y volví; y Dora se inclinó fuera
del coche para charlar conmigo; y fuimos hablando
todo el resto del camino; y yo hacía andar tan cerca
de la rueda a mi caballo gris, que se desolló toda la
pierna derecha, tanto que su propietario me dijo al
día siguiente que le debía sesenta y cinco chelines
por el daño, lo que pagué sin regatear, encontrando
que era barato para una alegría tan grande. Durante
el camino miss Mills miraba a la luna, recitando en
voz baja versos y recordando, supongo, los tiempos
lejanos en que la tierra y ella no se habían divorcia-
do por completo.
Norwood estaba demasiado cerca, y llegamos
muy pronto. Míster Spenlow se despertó un momen-
to antes de llegar a su casa y me dijo:
-Entre usted a descansar, Copperfield.
Acepté, y nos sirvieron sándwiches, vino y agua.
En la habitación, iluminada, Dora me parecía tan
encantadora ruborizándose, que no podía arran-
carme de su presencia y continuaba allí mirándola
fijamente como en un sueño, cuando los ronquidos
de míster Spenlow me indicaron que era hora de
retirarme. Me fui, y por el camino sentía todavía la
mano de Dora sobre la mía; recordaba mil y mil
veces cada incidente y cada palabra, y, por fin, me
encontré en mi cama tan embriagado de alegría
como el más loco de los jovenes insensatos a quien
el amor haya perdido la cabeza.
Al despertarme a la mañana siguiente estaba de-
cidido a declararle mi pasión a Dora para saber mi
suerte. Mi felicidad o mi desgracia: esa era ahora la
cuestión. Para mí no había otra en el mundo, y a
aquello sólo Dora podía contestar. Pasé tres días
desesperándome y torturándome, inventando las
explicaciones menos animadas que se podían dar a
todo lo ocurrido entre Dora y yo. Por fin, muy vesti-
do para las circunstancias, me dirigí a casa de miss
Mills con una declaración en los labios.
Es inútil decir la de veces que subí la calle para
volverla a bajar; la de veces que di la vuelta al lugar,
dándome cuenta de que yo era mucho más que la
luna, la palabra del antiguo enigma, antes de deci-
dirme a subir las escaleras de la casa y a llamar a la
puerta. Cuando por fin llamé, mientras esperaba
que me abrieran tuve por un momento la idea de
preguntar si no vivía allí míster Balckboy (imitando
al pobre Barkis) y disculparme y huir. Sin embargo,
no lo hice.
Míster Mills no estaba en casa; ya me lo espera-
ba, ¿para qué le necesitábamos?, y miss Mills sí
estaba en casa, y yo no necesitaba más.
Me hicieron entrar en una habitación del primer
piso, donde encontré a miss Mills y a Dora; también
estaba Jip. Miss Mills copiaba música (recuerdo que
era una romanza nueva, titulada De profundis amo-
ris) y Dora pintaba flores. ¡Juzgad de mis sentimien-
tos cuando reconocí mis flores, el ramo del mercado
de Covent Garden! No puedo decir que se pareciera
mucho, ni que yo hubiera visto nunca flores como
aquellas; pero reconocí la intención en el papel que
las envolvía, que, ese sí, estaba copiado con mucha
exactitud.
Miss Mills estaba encantada de verme; sentía infi-
nitamente que su papá hubiera salido, aunque me
pareció que soportamos su ausencia con bastante
resignación. Miss Mills sostuvo la conversación
durante un momento; después, pasando su pluma
por el De profundis amoris, se levantó y se fue.
Yo empezaba a creer que dejaría la cosa para el
día siguiente.
-Supongo que su pobre caballo no estaría muy
cansado la otra noche cuando volvió usted -me dijo
Dora levantando sus hermosos ojos-; fue una ex-
cursión muy larga para él.
Empecé a creer que sería aquella misma tarde.
-Sí; fue una excursión muy larga para él, pues el
pobre animal no tenía nada que le sostuviera duran-
te el viaje.
-¿No le habían dado de comer? ¡Pobre animal!
Empecé a creer que lo dejaría para el día siguien-
te.
-¡Perdone! Le habían dado de comer; pero quiero
decir que no gozaba tanto como yo de la inefable
felicidad de estar a su lado.
Dora bajó la cabeza sobre su cuaderno y dijo al
cabo de un momento (durante aquel tiempo yo es-
taba en un estado febril y sintiendo mis piernas tie-
sas como palos):
-Durante parte del día no parecía sentir usted esa
felicidad tan vivamente.
Vi que la suerte estaba echada y que había que
terminar allí mismo.
-Parecía interesarle muy poco esa felicidad
--continuó Dora con un ligero movimiento de cejas y
moviendo la cabeza- mientras estaba usted sentado
al lado de miss Kitt.
Debo hacer observar que miss Kitt era la mucha-
cha vestida de rosa, de ojos pequeñitos.
-Además, no sé por qué tenía que haberle impor-
tado -dijo Dora-, ni por qué dice usted que era una
felicidad. Pero probablemente no piensa usted todo
lo que dice. Y es usted muy libre de hacer lo que le
parezca. ¡Jip, malo; ven aquí!
No sé lo que hice; pero todo fue dicho en un
momento. Corté el paso a Jip, cogí a Dora en
mis brazos. Estaba lleno de elocuencia; no ne-
cesitaba buscar las palabras; le dije a Dora todo
lo que la amaba; le dije que me moriría sin ella;
le dije que la idolatraba. Jip ladraba con furia to-
do el tiempo.
Cuando Dora bajó la cabeza y se puso a llorar
temblando, mi elocuencia no conoció límites. Le dije
que no tenía más que decir una palabra y estaba
dispuesto a morir por ella; que a ningún precio quer-
ía la vida sin el amor de Dora; que no quería ni pod-
ía soportarla. La amaba desde el primer día, y había
pensado en ella en todos los minutos del día y de la
noche. En el momento mismo en que estaba
hablando la amaba con locura, la amaría siempre
con locura. Antes que yo había habido amantes y
los habría después; pero nunca ninguno podría ni
querría amar como yo amaba a Dora.
Cuantas más locuras decía, más ladraba Jip. Él y
yo parecía que estábamos a ver cuál de los dos se
mostraba más insensato. Y poco a poco Dora y yo
resultamos sentados en el diván tranquilamente,
con Jip sobre las rodillas de su dueña, mirándome
tranquilizado. Mi espíritu estaba libre de su peso:
era completamente dichoso; Dora y yo estábamos
prometidos.
Supongo que teníamos alguna idea de que aque-
llo debía terminar en matrimonio. Lo pienso, porque
Dora declaró que no nos casaríamos sin el consen-
timiento de su padre; pero en nuestra alegría infantil
creo que no mirábamos adelante ni atrás; el presen-
te, en su ignorancia inocente, nos bastaba. Debía-
mos guardar nuestro compromiso secreto, y ni si-
quiera se me ocurrió la idea de que pudiera haber
en aquel procedimiento algo que no fuera correcto.
Miss Mills estaba más pensativa que de costum-
bre cuando Dora, que había ido a buscarla, la trajo,
supongo que sería porque lo que acababa de suce-
der despertaba los ecos dormidos en las cavernas
de la memoria. Sin embargo, nos dio su bendición y
nos prometió una amistad eterna, y nos habló en
general, como era natural, con una voz que salía del
claustro profético.
¡Qué niñadas! ¡Qué tiempo de locuras, de ilusio-
nes y de felicidad!
Cuando tomé la medida del dedo de Dora para
hacerle un anillo compuesto de « no me olvides», el
joyero a quien lo encargué adivinó de lo que se
trataba y se echó a reír mientras tomaba nota de mi
encargo, y me preguntó todo lo que le convino para
aquella joyita adornada de piedras azules, que se
une de tal modo todavía en mi memoria al recuerdo
de la mano de Dora, que ayer, al ver un anillo seme-
jante en el dedo de mi hija, he sentido mi corazón
estremecerse de dolor por un momento.
Cuando me paseaba exaltado por mi secreto y mi
importancia, pareciéndome que el honor de amar a
Dora y de ser amado por ella me elevaba tan por
encima de los que no estaban admitidos a aquella
felicidad y que se arrastraban por la tierra como si
yo hubiera volado.
Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza y
charlábamos en el pabellón polvoriento, donde éra-
mos tan dichosos que todavía ahora amo los gorrio-
nes de Londres por la sola razón de que veo los
colores del arco iris en sus plumas de humo.
Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión,
ocho días después de empezar nuestro noviazgo, y
Dora me devolvió el anillo encerrado en una carta
triangular con esta terrible frase: «Nuestro amor
empezó con la locura y termina con la desespera-
ción», y al leer aquello yo me arrancaba los cabellos
y pensaba que todo había terminado.
Cuando al oscurecer volé a casa de miss Mills y la
vi, a hurtadillas, en una antecocina, donde había
una lixiviadora, y le supliqué que intercediera con
Dora y que nos salvara de nuestra locura.
Cuando miss Mills consintió en encargarse y vol-
vió con Dora exhortándonos desde lo alto de su
juventud rota para que hiciéramos concesiones
mutual, con objeto de evitar el desierto de Sahara.
Cuando nos echamos a llorar y nos reconciliamos
para gozar de nuevo de una felicidad tan viva en
aquella antecocina con la lixiviadora, que por lo
menos nos parecía el templo del Amor, y cuando
arreglamos un sistema de correspondencia que
debía pasar por manos de miss Mills, y que suponía
por lo menos una carta diaria por ambas partes.
¡Cuántas niñerías! ¡Qué tiempos de felicidad, de
ilusiones y de locuras! De todas las épocas de mi
vida que el tiempo tiene en su mano no hay ninguna
cuyo recuerdo traiga a mil labios tantas sonrisas y a
mi corazón tanta ternura.
CAPÍTULO XIV
MI TÍA ME SORPRENDE
En cuanto fuimos novios Dora y yo, escribí a Ag-
nes. Le escribí una carta muy larga, en la que trata-
ba de hacerle comprender lo dichoso que era y lo
que valía Dora. Le suplicaba que no considerase
aquello como una pasión frívola, que podría ceder
su lugar a otra, ni que lo comparase lo más mínimo
a las fantasías de niño sobre las que acostumbraba
a bromear. Le aseguraba que mi amor era un abis-
mo de una profundidad insondable, y expresaba mi
convicción de que nunca se había visto nada seme-
jante.
No sé cómo fue; pero mientras escribía a Agnes,
en una hermosa tarde, al lado de mi ventana abier-
ta, con el recuerdo, presente en mis pensamientos,
de sus ojos serenos y limpios y de su dulce rostro,
sentí una extraña dulzura que calmaba el estado
febril en que vivía desde hacía algún tiempo y que
se mezclaba en mi felicidad misma haciéndome
llorar. Recuerdo que apoyé mi cabeza en la mano
cuando estaba la carta a medio escribir y que me
puse a soñar pensando que Agnes era naturalmen-
te uno de los elementos necesarios en mi hogar. Me
parecía que en el retiro de aquella casa, que su
presencia hacía para mí sagrada, seríamos Dora y
yo más dichosos que en cualquier otro lado. Me
parecía que en el amor, en la alegría y en la pena,
la esperanza o la decepción en todas sus emocio-
nes, mi corazón se volvía naturalmente hacia ella
como hacia su refugio y su mejor amiga.
No le hablé de Steerforth; nada más le dije que
había tenido muchas penas en Yarmouth a conse-
cuencia de la pérdida de Emily, y que había sufrido
doblemente a causa de las circunstancias que la
habían acompañado. Ella con su intuición adivinaría
la verdad, y sabía que no me hablaría nunca de ello
la primera.
Recibí a vuelta de correo contestación a mi carta.
Al leerla me parecía oírla hablar; creía que su dulce
voz resonaba en mis oídos. ¿Qué más puedo decir?
Durante mis frecuentes ausencias Traddles había
venido a verme dos o tres veces. Había encontrado
a Peggotty: ella no había dejado de decirle, como a
todo el que quería oírla, que era mi antigua niñera, y
él había tenido la bondad de quedarse un momento
para hablar de mí con ella. Al menos eso me había
dicho Peggotty. Pero yo temo que la conversación
no fuera toda de su parte y de una duración desme-
surada, pues era muy difícil atajar a la buena mujer
(que Dios bendiga) cuando había empezado a
hablar de mí.
Esto me recuerda no solamente que estaba espe-
rando a Traddles un día que él me había fijado, sino
que mistress Crupp había renunciado a todas las
particularidades de su oficio (excepto el salario),
mientras Peggotty no dejara de presentarse en mi
casa. Mistress Crupp, después de haberse permiti-
do muchas conversaciones sobre la cuenta de Peg-
gotty, en alta voz, en la escalera, con algún espíritu
familiar que sin duda se le aparecía (pues, a la vis-
ta, estaba completamente sola en aquellos monólo-
gos), decidió dirigirme una carta en la que me des-
arrollaba sus ideas. Empezaba con una aclaración
de aplicación universal, y que se repetía en todos
los sucesos de su vida, a saber: que «ella también
era madre»; después me decía que había visto días
mejores, pero que en todas las épocas de su exis-
tencia había tenido una antipatía invencible por los
espías, los indiscretos y los chismosos. No citaba
nombres; decía que yo podría adivinar a quién se
referían aquellos títulos; pero ella había sentido
siempre el más profundo desprecio por los espías,
los indiscretos y los chismosos, particularmente
cuando esos defectos se encontraban en una per-
sona que llevaba el luto de viuda (esto subrayado).
Si a un caballero le convenía ser víctima de los esp-
ías, de los indiscretos y de los chismosos (siempre
sin citar nombres), era muy dueño. Tenía derecho a
hacer lo que me conviniera; pero ella, mistress
Crupp, lo único que pedía era que no la pusieran en
contacto con semejantes personas. Por esta causa
deseaba ser dispensada de todo servicio en las
habitaciones del segundo hasta que las cosas
hubieran recobrado su antiguo curso, lo que era
muy de desear. Añadía que su cuaderno se encon-
traría todos lo sábados por la mañana en la mesa
del desayuno, y que pedía el pago inmediato con el
objeto caritativo de evitar confusiones y dificultades
a «todas las partes interesadas».
Después de esto mistress Crupp se limitó a poner
trampas en la escalera, especialmente con puche-
ros, para ver si Peggotty se rompía la cabeza. Aquel
estado de sitio me resultaba un poco cansado; pero
tenía demasiado miedo a mistress Crupp para deci-
dirme a salir de él.
-¡Mi querido Copperfield-exclamó Traddles apare-
ciendo puntualmente a pesar de todos aquellos
obstáculos-, ¿cómo estás?
-¡Mi querido Traddles! -le dije- Estoy encantado
de verte por fin, y siento no haber estado en casa
las otras veces; pero he tenido tanto que hacer...
-Sí, sí -dijo Traddles-; es natural. ¿La « tuya» vive
en Londres supongo?
-¿De quién hablas?
-De ella, dispénsame; de miss D..., ya sabes -dijo
Traddles enrojeciendo por un exceso de delicadeza-
Vive en Londres, ¿no es así?
-¡Oh, sí; cerca de Londres!
-La mía... quizá recuerdas -dijo Traddles en tono
grave- que vive en Devonshire... Son diez hijos...
Así es que yo no estoy tan ocupado como tú en ese
asunto.
-Me pregunto -le dije- cómo puedes soportar el
verla tan de tarde en tarde.
-¡Ah! -dijo Traddles pensativo- Yo también me lo
pregunto. Supongo, Copperfield, que es porque no
tengo más remedio.
-Ya comprendo que esa debe de ser la razón
-repliqué sonriendo y ruborizándome un poco-; pero
también es que tienes mucho valor y paciencia,
Traddles.
-¿Tú lo crees? -dijo Traddles reflexionando- ¿Esa
sensación te transmito, Copperfield? No lo creía.
Pero es tan buena chica, que es muy posible que
me haya transmitido alguna de las cualidades que
posee. Ahora que me lo haces observar, Copper-
field, no me extrañaría nada. Te aseguro que se
pasa la vida olvidándose de sí misma para pensar
en los otros nueve.
-¿Es la mayor? -pregunté.
-¡Oh, no! -dijo Traddles-. La mayor es una belleza.
Supongo que se dio cuenta de que no pude por
menos de sonreír de la tontería de su respuesta, y
puso su expresión ingenua y sonriente.
-Claro está que eso no quiere decir que mi Sofía...
Es bonito nombre, ¿verdad, Copperfield?
-Muy bonito -dije.
-Pues no quiere decir que mi Sofía no sea tam-
bién encantadora a mis ojos, y que no le haga a
todo el mundo el mejor efecto; pero cuando digo
que la mayor es una belleza quiero decir, verdade-
ramente... (hizo el gesto de reunir pubes alrededor
de sí con las dos manos) magnífica; te lo aseguro
--dijo Traddles con energía.
-¿De verdad? --dije.
-¡Oh!, te lo aseguro -dijo Traddles-; una cosa ver-
daderamente extraordinaria. Y, como es natural,
está hecha para brillar en el mundo y que la admi-
ren, aunque no tiene ocasión a causa de su poca
fortuna. Por eso a veces es un poco irritable, un
poco exigente. Felizmente, Sofía la pone de buen
humor.
-¿Sofía es la más pequeña? -pregunté.
-¡Oh, no! -dijo Traddles acariciándose la barbilla-.
Las dos más pequeñas tienen nueve y diez años.
Sofía las educa.
-¿Es la segunda por casualidad? -me atreví a pre-
guntar.
-No -dijo Traddles-; Sarah es la segunda; Sarah
tiene algo en la espina dorsal; ¡pobrecilla! Los médi-
cos dicen que se curará; pero entre tanto tiene que
estar siempre acostada boca arriba. Sofía la cuida.
Sofía es la cuarta.
-Y la madre ¿vive? -pregunté.
-¡Oh, sí! -dijo Traddles-. Y es verdaderamente una
mujer superior; pero la humedad del clima no la
conviene; y... el caso es que no puede moverse.
-¡Qué desgracia!
-Sí, es muy triste -repuso Traddles-. Pero desde el
punto de vista de los quehaceres de la casa es me-
nos incómodo de lo que podría suponerse, porque
Sofía la reemplaza. Sirve de madre a su madre
tanto como a los otros nueve.
Yo sentía la mayor admiración por las virtudes de
aquella muchacha, y con objeto de hacer lo posible
para que no abusaran de la buena voluntad de
Traddles en detrimento de su porvenir común, le
pregunté noticias de míster Micawber.
-Está muy bien, gracias, Copperfield --dijo Tradd-
les-; pero de momento no vivo en su casa.
-¿No?
-No. A decir verdad -repuso Traddles hablando
muy bajo-, ahora ha tomado el nombre de Mortimer,
a causa de sus dificultades temporales; y sólo sale
con gafas. Ha habido un embargo. Mistress Micaw-
ber estaba en un estado tan horrible, que yo, verda-
deramente, no he podido por menos de firmar el
segundo pagaré de que hablamos. Y puedes figu-
rarte, Copperfield, mi alegría al ver que aquello de-
volvía la alegría a mistress Micawber.
-¡Hum! -hice.
-Aunque su felicidad no ha durado mucho -añadió
Traddles-, pues, desgraciadamente, al cabo de
ocho días ha habido un nuevo embargo. Entonces
nos hemos dispersado. Yo desde entonces vivo en
una habitación amueblada y los Mortimer viven ab-
solutamente retirados. Espero que no me tacharás
de egoísta, Copperfield, si no puedo por menos de
sentir que el comprador de los muebles se haya
apoderado de mi mesita redonda con tablero de
mármol, y del florero y el estante de Sofía.
-¡Qué crueldad! -exclamé con indignación.
-Eso me ha parecido... un poco duro -dijo Tradd-
les con su gesto peculiar cuando empleaba aquella
frase-. Además, no digo esto acusando a nadie;
pero el caso es, Copperfield, que no he podido res-
catar esos objetos en el momento del embargo;
primero, porque el comerciante, dándose cuenta de
lo que me interesaba, pedía un precio altísimo, y
además, porque... no tenía dinero. Pero desde en-
tonces no he perdido de vista la tienda --dijo Tradd-
les, pareciendo gozar con delicia de aquel misterio-.
Está en lo alto de TottenhamCourt-Road y, por fin,
hoy los he visto en el escaparate. Únicamente he
mirado al pasar desde la otra acera, porque si el
comerciante me ve pedirá un precio ...; pero he
pensado que, puesto que tenía dinero, no te impor-
taría que tu buena niñera viniera conmigo a la tien-
da. Yo le enseñaré los objetos desde una esquina, y
ella podrá comprármelos lo más barato posible,
como si fueran para ella.
La alegría con que Traddles me desarrolló su plan
y el placer que sentía al verse tan astuto están gra-
bados en mi memoria, y es uno de los recuerdos
más claros.
Le dije que Peggotty se encantaría de poder
hacerle aquel pequeño favor y que podríamos entre
los tres resolver el asunto; pero con una condición.
Esta condición era que tomaría una determinación
solemne de no volver a prestar nada a míster Mi-
cawber, ni el nombre ni nada.
-Mi querido Copperfield -me dijo Traddles-, es co-
sa hecha; no únicamente porque me doy cuenta de
que he obrado con precipitación, sino porque es una
verdadera injusticia hacia Sofía, y me la reprocho.
He dado mi palabra, y no hay nada que temer; pero
también te la doy de todo corazón. He firmado ese
desgraciado pagaré. No dudo de que míster Micaw-
ber, si hubiera podido lo hubiese pagado él; pero no
podía. Debo decirte una cosa que me gusta mucho
en míster Micawber, Copperfield, y es con respecto
al segundo pagaré, que todavía no ha vencido. Ya
no me dice que lo ha pagado, sino que lo pagará.
Verdaderamente me parece que su proceder es
muy honrado y muy delicado.
Me repugnaba el destruir la confianza de mi ami-
go, y le hice un signo de asentimiento. Después de
un momento de conversación tomamos el camino
de la tienda de velas para recoger a Peggotty, pues
Traddles se había negado a pasar la tarde conmigo,
en primer lugar porque sentía la mayor inquietud por
sus propiedades, no fuera a ser que cualquier otra
persona las comprase antes de hacerlo él, y
además porque era la tarde que dedicaba siempre a
escribir a la mejor muchacha del mundo.
No olvidaré nunca la mirada que lanzó desde la
esquina de la calle hacia Tottenham-Court-Road,
mientras Peggotty regateaba aquellos objetos pre-
ciosos, ni su agitación cuando volvió lentamente
hacia nosotros después de haber ofrecido inútilmen-
te su precio, hasta que el comerciante la volvió a
llamar y retrocedió. Por fin consiguió los objetos de
Traddles en un precio bastante moderado; y Tradd-
les estaba loco de alegría.
-Estoy agradecidísimo -dijo Traddles, al saber que
le enviarían todo a su casa aquella misma tarde-.
Pero si se atreviera le pediría todavía un favor. Es-
pero que no te parecerá mi deseo demasiado ab-
surdo, Copperfield.
-De verdad que no -respondí de antemano.
-Entonces -dijo Traddles dirigiéndose a Peggotty-,
si tuviera usted la bondad de traenne el florero en-
seguida. Me gustaría llevarlo yo mismo, por ser de
Sofía, Copperfield.
Peggotty fue a buscar el florero de muy buena vo-
luntad. Él le dio las gracias calurosamente, y le vi-
mos subir por Tottenham-Court-Road con el florero
apretado tiernamente en sus brazos y una expre-
sión de júbilo que nunca he visto a nadie.
Enseguida emprendimos el camino de mi casa.
Como los escaparates poseían para Peggotty en-
cantos que no les he visto desplegar jamás sobre
nadie en el mismo grado, andaba lentamente, divir-
tiéndome viéndoselos mirar y esperándola siempre
que le convenía detenerse. Tardamos bastante
antes de llegar a Adelphy.
Mientras subíamos la escalera le hice observar
que las trampas de mistress Crupp habían desapa-
recido de repente y que se veían huellas recientes
de pasos. Los dos nos sorprendimos mucho al se-
guir subiendo y ver abierta la primera puerta, que yo
había dejado cerrada al salir, y oyendo voces en mi
casa.
Nos miramos con asombro, sin saber qué pensar,
y entramos en el gabinete. ¡Cuál sería mi sorpresa
al encontrarme con las personas que menos me
hubiera imaginado: mi tía y mister Dick! Mi tía esta-
ba sentada sobre un montón de maletas, la jaula de
los pájaros ante ella y el gato sobre sus rodillas,
como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una
taza de té. Mister Dick se apoyaba pensativo en una
gran cometa semejante a las que habíamos lanzado
juntos tan a menudo, y estaba rodeado de otra car-
ga de maletas.
-Mi querida tía -exclamé-, ¡qué placer tan inespe-
rado!
Nos abrazamos tiernamente. Estreché con cordia-
lidad la mano a mister Dick, y mistress Crupp, que
estaba haciendo el té y prodigando sus atenciones
a mi tía, dijo con viveza que ya sabía ella la alegría
de mister Copperfield al ver a sus queridos parien-
tes.
-Vamos, vamos -dijo mi tía a Peggotty, que tem-
blaba en su terrible presencia-, ¿cómo está usted?
-¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? -le dije.
-¡En nombre del cielo, hijo mío --exclamó mi tía-,
no llames a esa mujer con ese nombre salvaje!
Puesto que al casarse se ha desembarazado de él,
que era lo mejor que podia hacer, ¿por qué no con-
cederle al menos las ventajas del cambio? ¿Cómo
se llama usted ahora, P...? --dijo mi tía, usando esta
abreviatura para evitar el nombre que tanto la nuo-
lestaba.
-Barkis, señora -dijo Peggotty haciendo una reve-
rencia. -Vamos; eso es más humano --dijo mi tía-;
ese nombre no tiene el aire pagano del otro, que
hay que reparar con el bautismo de un misionero.
¿Cómo está usted, Barkis? ¿Supongo que está
usted bien?
Animada por aquellas graciosas palabras y por la
prisa de mi tía a tenderle la mano, Barkis se ade-
lantó para tomarla con una reverencia de gracias.
-Hemos envejecido desde aquellos tiempos -dijo
mi tía-. No nos hemos visto más que una vez. Buen
trabajo hicimos aquel día. Trot, hijo mío, dame otra
taza de té.
Serví a mi tía el brebaje que me pedía, siempre
tan tiesa como de costumbre, y me aventuré a
hacerle observar que no era un asiento muy cómo-
do una maleta.
-Déjeme que le acerque el diván o el sillón, tía;
está usted muy mal ahí.
-Gracias, Trot -replicó-; prefiero estar sentada en-
cima de mis trastos.
Y mirando a mistress Crupp a la cara le dijo:
-No se tome el trabajo de esperar, señora.
-¿Quiere usted que ponga un poco más de té en
la tetera, señora? -dijo mistress Crupp.
-No, gracias -replicó mi tía.
-¿Quiere usted permitirme que traiga un poco más
de manteca, señora, o un huevo fresco, o que le
ase un trozo de tocino? ¿No puedo hacer nada más
por su querida tía, míster Copperfield?
-Nada, señora; lo haré yo sola, muchas gracias.
Mistress Crupp, que sonreía sin cesar para de-
mostrar una gran dulzura de carácter, y que ponía
siempre la cabeza de medio lado para simular una
gran debilidad de constitución, y que se frotaba a
cada momento las manos para manifestar su deseo
de ser útil a todos los que lo merecían, terminó por
salir de la habitación con la cabeza de medio lado,
frotándose las manos y sonriendo.
-Dick --dijo mi tía---, ya sabe lo que le he dicho de
los cortesanos y los adoradores de la fortuna.
Míster Dick respondió afirmativamente, pero un
poco asustado y como si hubiera olvidado lo que
debía recordar tan bien.
-Pues bien; mistress Crupp es de ellos -dijo mi
tía-. Barkis: ¿quiere usted hacer el favor de cuidarse
del té y de darme otra taza? No quería tomarla de
manos de esa intrigante.
Conocía lo bastante a mi tía para saber que tenía
algo importante que decirme y que su llegada tenía
más importancia de lo que un extraño hubiera podi-
do suponer. Observé que sus miradas estaban
constantemente fijas en mí cuando se creía que yo
no la veía, y que estaba en un estado de indecisión
y de inquietud interior mal disimulado por la calma y
la rectitud que conservaba exteriormente. Empeza-
ba a temer haber hecho algo que pudiera ofenderla,
y mi conciencia me dijo bajito que todavía no le
había hablado de Dora. ¿No sería aquello por ca-
sualidad?
Como sabía que no hablaría hasta que le diera la
gana, me senté a su lado y me puse a hablar con
los pájaros y a jugar con el gato, como si estuviera
muy tranquilo; pero no lo estaba nada, y mi inquie-
tud aumentó al ver que míster Dick, apoyado en su
gran cometa detrás de mi tía, aprovechaba todas
las ocasiones en que no nos observaban para
hacerme señas misteriosas, señalándome a mi tía.
-Trot -me dijo por fin cuando terminó su té y des-
pués de haberse enjugado los labios y arreglado
cuidadosamente los pliegues de la falda---... ¡No
necesita usted marcharse, Barkis! Trot, ¿tienes ya
más confianza en ti mismo?
-Creo que sí, tía.
-Pero, ¿estás bien seguro?
- Creo que sí, tía.
-Entonces, hijo mío -me dijo mirándome fijamen-
te-,¿sabes por qué tengo tanto interés en estar sen-
tada encima de mi equipaje?
Sacudí la cabeza, como hombre que echa su len-
gua a los perros.
-Porque es todo lo que me queda; porque estoy
arruinada, hijo mío.
Si la casa hubiera caído al río con todos nosotros
dentro creo que el golpe no hubiera sido más violen-
to para mí.
-Dick lo sabe --dijo tranquilamente mi tía ponién-
dome una mano en el hombro-; estoy arruinada, mi
querido Trot. Todo lo que me queda en el mundo
está aquí, excepto la casita, que he dejado a Janet
el cuidado de alquilar. Barkis, hay que buscar a este
caballero un sitio donde pasar la noche. Con objeto
de evitar el gasto, quizá podríamos arreglar aquí
algo para mí, no importa cómo. Es para esta noche
solamente; ya hablaremos de ello más despacio.
Me sacó de mi sorpresa y de la pena que sentía
por ella .... por ella, estoy seguro, el verla caer en
mis brazos, exclamando que sólo lo sentía por mí;
pero un minuto le bastó para dominar su emoción, y
me dijo, con más aire de triunfo que de abatimiento.
-Hay que soportar con valor las contrariedades,
sin dejarnos asustar, hijo mío; hay que sostener el
papel hasta el fin. Hay que desafiar a la desgracia
hasta el fin, Trot.

CAPÍTULO XV
DEPRESIÓN
Cuando recobré mi presencia de ánimo, que en el
primer momento me había abandonado por comple-
to bajo el golpe de la noticia de mi tía, propuse a
míster Dick que viniera a la tienda de velas a tomar
posesión de la cama que míster Peggotty había
dejado vacía hacía poco. La tienda de velas se en-
contraba en el mercado de Hungerford, que enton-
ces no se parecía nada a lo que es ahora, y tenía
delante de la puerta un pórtico bajo, compuesto de
columnas de madera, que se parecía bastante al
que se veía antes en la portada de la casa del hom-
brecito y la mujercita de los antiguos barómetros.
Aquella obra de arte de la arquitectura le gustó infi-
nitamente a míster Dick, y el honor de habitar enci-
ma de aquellas columnas yo creo que le hubiera
consolado de muchas molestias; pero como en rea-
lidad no había más objeción que hacer al alojamien-
to que la variedad de perfumes de que he hablado,
y quizá también la falta de espacio en la habitación,
quedó encantado de su alojamiento. Mistress Crupp
le había declarado con indignación que no había
sitio ni para hacer bailar a un gato; pero, como me
decía muy justamente míster Dick sentándose a los
pies de la cama y acariciando una de sus piernas:
-Usted sabe muy bien, Trotwood, que yo no nece-
sito hacer bailar a ningún gato, que nunca he hecho
bailar a ningún gato; por lo tanto, ¿a mí qué me
importa?
Traté de descubrir si míster Dick tenía algún co-
nocimiento de las causas de aquel gran y repentino
cambio en los intereses de mi tía; pero, como me
esperaba, no sabía nada. Todo lo que podía decir-
me es que mi tía le había apostrofado así la ante-
víspera: «Veamos, Dick, ¿es usted verdaderamente
todo lo filósofo que yo creo?». «Sí», había res-
pondido él. Entonces mi tía le había dicho: «Dick,
estoy arruinada», y él había exclamado: «¡Oh! ¿De
verdad?». Después mi tía le había elogiado mucho,
lo que le había causado mucha alegría, y habían
venido a buscarme comiendo sándwiches y bebien-
do cerveza en el camino.
Míster Dick estaba tan radiante a los pies de su
cama acariciándose la pierna mientras me decía
todo esto, con los ojos muy abiertos y una sonrisa
de sorpresa, que siento decir que me impacienté y
que llegué a explicarle que quizá no sabía lo que la
palabra ruina traía tras de sí de desesperación, de
necesidad, de hambre; pero pronto fui cruelmente
castigado por mi dureza al verle ponerse pálido y
alargársele el rostro y correr lágrimas por sus meji-
llas, mientras me lanzaba una mirada tan desespe-
rada, que hubiera ablandado un corazón infinita-
mente más duro que el mío. Me costó mucho más
trabajo animarle de lo que me había costado aba-
tirle, y comprendí enseguida que debía de haber
adivinado desde el primer momento que si él había
demostrado tanta confianza es porque tenía una fe
inquebrantable en mi tía, en su sabiduría maravillo-
sa y en los recursos infinitos de mis facultades inte-
lectuales, pues creo que me creía capaz de luchar
victoriosamente contra todos los infortunios que no
fueran la muerte.
-¿Qué podemos hacer, Trot? -dijo míster Dick-.
Está la Memoria...
-Ciertamente está la Memoria -le dije-; pero de
momento la única cosa que podemos hacer, míster
Dick, es serenamos y que mi tía no vea que nos
preocupan sus asuntos.
Estuvo de acuerdo conmigo al momento y me su-
plicó que, en el caso en que le viera apartarse un
paso del buen camino, que le atrajera a él por algu-
no de los medios ingeniosos que yo siempre tenía a
mano. Pero siento decir que le había asustado de-
masiado para que pudiera ocultar su temor. Toda la
noche estuvo mirando sin cesar a mi tía con una ex-
presión de la más penosa inquietud, como si se
esperase verla adelgazar de repente. Cuando se
daba cuenta hacía esfuerzos inauditos para no mo-
ver la cabeza; pero por muy inmóvil que la tuviera
volvía los ojos, lo que era casi peor. Le vi mirar du-
rante la comida el panecillo que había encima de la
mesa como si no quedara más que aquello entre
nosotros y el hambre. Y cuando mi tía insistió para
que comiera como de costumbre, me di cuenta de
que se guardaba en el bolsillo pedazos de pan y de
queso, sin duda para proporcionarse con aquellas
economías el medio de volvemos a la vida cuando
estuviéramos extenuados por el hambre.
Mi tía, por el contrario, estaba tranquila y podía
servimos de ejemplo a todos, a mí el primero. Esta-
ba amable con Peggotty, excepto cuando la llamaba
así por distracción, y parecía encontrarse comple-
tamente a sus anchas a pesar de su conocida re-
pugnancia por Londres. Ella se acostaría en mi ca-
ma y yo en el gabinete, sirviéndole de cuerpo de
guardia. Insistió mucho sobre las ventajas de estar
tan cerca del río, para caso de incendio, y yo creo
que verdaderamente le producía satisfacción aque-
lla circunstancia.
-No, Trot; no, hijo mío -me dijo mi tía cuando me
vio hacer los preparativos para componer su breba-
je de la noche.
-¿No lo quiere usted, tía?
-Vino no, hijo mío; cerveza.
-Pero tengo vino, y lo que usted toma siempre es
vino.
-Guarda el vino para el caso en que haya algún
enfermo -me dijo-; no hay que malgastarlo. Trot,
dame cerveza; media botella.
Creí que míster Dick iba a desmayarse. Mi tía
persistía en su negativa, y tuve que salir para bus-
car yo mismo la cerveza. Como se hacía tarde,
míster Dick y Peggotty aprovecharon la ocasión
para tomar juntos el camino de la tienda de velas.
Me despedí del pobre hombre en la esquina, y se
alejó con su gran cometa a la espalda y llevando en
su rostro la verdadera imagen de la miseria huma-
na.
A mi regreso encontré a mi tía paseándose de
arriba abajo por la habitación y plegando con sus
dedos los adornos de su cofia de dormir. Le calenté
la cerveza y tosté el pan según los principios esta-
blecidos, y cuando la bebida estuvo preparada, mi
tía también lo estaba con la cofia en la cabeza, la
falda un poco remangada y las manos sobre las
rodillas.
-Querido mío -me dijo después de tomar una cu-
charadita del líquido-, es mucho mejor que el vino, y
además menos bilioso.
Supongo que no debía de parecer muy convenci-
do, pues añadió:
-Ta, ta, ta, hijo mío; si no nos sucede nada peor
que beber cerveza, no nos podremos quejar.
-Le aseguro, tía, que no se trata de mí; estoy muy
lejos de decir lo contrario.
-Pues bien; entonces, ¿por qué no es esa tu opi-
nión?
-Porque usted y yo somos diferentes -contesté.
-Vamos, Trot, qué locura -replicó ella.
Mi tía continuó con una satisfacción tranquila y
nada afectada, lo aseguro, bebiendo su cerveza
caliente a cucharaditas y mojando los picatostes.
-Trot -me dijo-, por lo general no me gustan las
caras nuevas; pero tu Barkis no me disgusta, ¿sa-
bes?
-Si me hubieran dado cien libras, tía, no me hubie-
ra alegrado tanto; y soy feliz viendo que la aprecia
usted.
-Es un mundo muy extraordinario este en que vi-
vimos -repuso mi tía frotándose la nariz-; no puedo
explicarme dónde ha ido esta mujer a buscar un
nombre semejante. Dime si no sería mucho más
fácil nacer Jackson o cualquier cosa menos eso.
-Quizá ella misma piense eso, tía; pero no es su-
ya la culpa.
-Claro que no -contestó mi tía, un poco contraria-
da por tener que confesarlo-; pero no por eso es
menos desesperante. En fin, ahora se llama Barkis,
y es un consuelo. Barkis te quiere con todo su co-
razón, Trot.
-No hay nada en el mundo que no estuviera dis-
puesta a hacer para demostrármelo.
-Nada, es verdad, lo creo -dijo mi tía-. ¿Querrás
creer que la pobre loca estaba hace un momento
pidiéndome con las manos juntas que aceptara
parte de su dinero, porque tenía demasiado? ¡Será
idiota!
Las lágrimas de mi tía caían en su cerveza.
-Nunca he visto a nadie tan ridículo -añadió-.
Desde el primer momento que la vi al lado de tu
madrecita adiviné que debía de ser la criatura más
ridícula del mundo; pero tiene buenas cualidades.
Mi tía hizo como que se reía, y aprovechó la oca-
sión para llevar la mano a sus ojos; después siguió
comiendo sus tostadas y hablando al mismo tiempo.
-¡Ay! ¡Misericordia! --dijo mi tía suspirando- Sé to-
do lo que ha pasado, Trot. He tenido una larga con-
versación con Barkis mientras tú habías salido con
Dick. Sé todo lo que ha pasado. Por mi parte, no
comprendo lo que esas miserables chicas tienen en
la cabeza; y me pregunto cómo no prefieren ir a
rompérsela contra... contra una chimenea --dijo mi
tía mirando a la mía, que fue probablemente la que
le sugirió la idea.
-¡Pobre Emily! --dije.
-¡Oh! No digas pobre Emily -replicó mi tía-; hubie-
ra debido pensar en toda la pena que causaba.
Dame un beso, Trot; siento mucho que tan joven
tengas ya una experiencia tan triste en tu vida.
En el momento en que me inclinaba hacia ella,
dejó su vaso en mis rodillas, para detenerme, y dijo:
-¡Oh! ¡Trot, Trot! ¿Te figuras que estás enamora-
do, no?
-¿Cómo que me figuro, tía? --exclamé enrojecien-
do. La adoro con toda mi alma.
-¿A Dora? ¿De verdad? -replicó mi tía---. Y estoy
segura de que te parece esa criaturita muy seducto-
ra.
-Querida tía -le contesté-, nadie puede hacerse
idea de lo que es.
-¡Ah! ¿No es demasiado tonta? --dijo mi tía.
-¿Tonta, tía mía?
Creo seriamente que nunca se me había ocurrido
preguntarme si lo era o no. Aquella suposición me
ofendió, naturalmente, pero me sorprendió como
una idea completamente nueva.
-Según eso ¿no será un poco frívola? -dijo mi tía.
-¿Frívola, tía? -Me limité a repetir aquella pregun-
ta atrevida con el mismo sentimiento que había
repetido la primera.
-¡Está bien, está bien! --dijo mi tía-. Quería única-
mente saberlo; no hablo mal de ella. ¡Pobres chicos!
Y os creéis hechos el uno para el otro y os véis ya
atravesando una vida llena de dulzuras y de confi-
tes, como las dos figuritas de azúcar que adoman la
tarta de la recién casada en una comida de bodas,
¿no es verdad, Trot?
Hablaba con tal bondad y dulzura, casi de broma,
que me conmovió.
-Ya sé que somos muy jóvenes y sin experiencia,
tía -contesté-, y que no diremos y haremos cosas
nada razonables; pero estoy seguro de que nos
queremos de verdad. Si creyera que Dora podía
querer a otro o dejar de quererme, o que yo pudiera
amar a otra mujer o dejar de quererla, no sé lo que
haría..., creo que me volvería loco.
-¡Ah, Trot! -dijo mi tía sacudiendo la cabeza y son-
riendo tristemente-. ¡Ciego, ciego, ciego! Alguien
que yo conozco, Trot -añadió mi tía después de un
momento de silencio-, a pesar de su dulzura de
carácter posee una viveza de afectos que me re-
cuerda a un bebé. Ese alguien debe buscar un apo-
yo fiel y seguro, que pueda sostenerle y ayudarle;
un carácter serio, sincero, constante.
-¡Si supiera usted la constancia y la sinceridad de
Dora, tía mía! --exclamé.
-¡Ay, Trot! -repitió ella-. ¡Ciego, ciego! -y sin saber
por qué me pareció vagamente que perdía en aquel
momento algo, alguna promesa de felicidad que se
escapaba y escondía a mis ojos tras una nube.
-Sin embargo --dijo mi tía--, no quiero desesperar
ni hacer desgraciados a estos dos niños; así, aun-
que sea una pasión de niño y niña, y aunque esas
pasiones muy a menudo..., fíjate bien, no digo
siempre, pero muy a menudo, no conducen a nada,
sin embargo, no lo tomaremos a broma, hablaremos
seriamente y esperaremos que termine bien cual-
quier día. Tenemos tiempo.
No era una perspectiva muy consoladora para un
amante apasionado, pero estaba encantado de que
mi tía conociera el secreto. Recordando que debía
de estar cansada, le agradecí tiernamente aquella
prueba de su afecto, y después de despedirme de
ella con ternura, mi tía y su cofia de dormir fueron a
tomar posesión de mi alcoba.
¡Qué desgraciado fui aquella noche en mi cama!
Mis pensamientos no podían apartarse del efecto
que haría en míster Spenlow la noticia de mi pobre-
za, pues ya no era lo que creía ser cuando había
pedido la mano de Dora, y además me decía que
honradamente debía decir a Dora mi situación y de-
volverle su palabra si lo quería así. Me preguntaba
cómo me las arreglaría para vivir durante todo el
tiempo que tenía que pasar con míster Spenlow sin
ganar nada; me preguntaba cómo podría sostener a
mi tía, y me rompía la cabeza sin encontrar solución
satisfactoria; además, me decía que pronto no
tendría nada de dinero en el bolsillo; que tendría
que llevar trajes raídos, renunciar a los bonitos ca-
ballos grises, a los regalitos que tanto me gustaba
llevar a Dora; en fin, a todo lo que era serle agrada-
ble. Sabía que era egoísmo y que era una cosa
indigna pensar en mis propias desgracias, y me lo
reprochaba amargamente; pero quería demasiado a
Dora para que pudiera ser de otro modo. Sabia que
era un miserable no preocupándome más por mi tía
que por mí mismo; pero mi egoísmo y Dora eran
inseparables, y no podía dejar a Dora de lado por el
amor de ninguna otra criatura humana. ¡Ah! ¡Qué
desgraciado fui aquella noche!
Mi noche estuvo agitada por mil sueños penosos
sobre mi pobreza; pero me parecía que soñaba sin
haberme dormido de antemano. Tan pronto me veía
vestido de harapos y obligando a Dora a it a vender
cerillas a medio penique la caja, como me encon-
traba en la oficina vestido con la camisa de dormir y
un par de botas, y míster Spenlow me reprochaba la
ligereza del traje en que me presentaba a sus clien-
tes; después comía ávidamente las migas que deja-
ba caer el viejo Tifey al comer su bizcocho de todos
los días en el momento en que el reloj de Saint Paul
daba la una; después hacía una multitud de esfuer-
zos inútiles para obtener la autorización oficial ne-
cesaria para mi matrimonio con Dora, sin tener para
pagarla más que uno de los guantes de Uriah Heep,
que el Tribunal rechazaba por unanimidad; por fin,
no sabiendo demasiado dónde estaba, me revolvía
sin cesar, como un barco en peligro, en un océano
de mantas y sábanas.
Mi tía tampoco descansaba; yo la sentía pasearse
de arriba abajo. Dos o tres veces en el curso de la
noche apareció en mi habitación como un alma en
pena, vestida con un largo camisón de franela, que
la hacía parecer de seis pies de estatura, y se acer-
caba al divan en que yo estaba acostado. La prime-
ra vez di un salto de terror ante la noticia de que
tenía motivos para creer por la luz que se veía en el
cielo que la abadía de Westminster estaba ardien-
do. Quiso saber si las llamas no llegarían a Buc-
kingham Street en el caso de que cambiara el vien-
to. Cuando reapareció más tarde no me moví; pero
se sentó a mi lado, diciendo en voz baja: «¡Pobre
muchacho! », y me sentí todavía más desgraciado
al ver lo poco que se preocupaba de sí misma para
pensar en mí, mientras que yo estaba egoístamente
absorto en mis preocupaciones.
Me costaba trabajo pensar que una noche que a
mí me parecía tan larga pudiera parecer corta a
nadie. Y me puse a imaginar un baile en que los
invitados pasaran la noche bailando; después todo
aquello se convirtió en un sueño, y oía a los músi-
cos siempre tocando la misma pieza, mientras veía
a Dora bailar siempre lo mismo, sin fijarse en mí. El
hombre que había estado tocando el arpa toda la
noche trataba en vano de guardar su instrumento en
un gorro de algodón de medida corriente en el mo-
mento en que me desperté, o mejor dicho, en el
momento en que renuncié a tratar de dormirme al
ver que el sol brillaba en mi ventana.
Había entonces en una de las calles que desem-
bocan en el Strand unos antiguos baños romanos
(quizá están todavía), donde tenía la costumbre de
ir a sumergirme en agua fría. Me vestí lo más silen-
ciosamente que pude y, dejando a Peggotty el en-
cargo de ocuparse de mi tía, fui a precipitarme en el
agua de cabeza, y después tomé el camino de
Hampstead. Esperaba que aquel tratamiento enér-
gico me refrescara un poco el espíritu, y creo que
realmente me sentó muy bien, pues no tardé en
decidir que lo primero que tenía que hacer era ver si
conseguía rescindir mi contrato con míster Spenlow
y recobrar la cantidad entregada. Almorcé en
Hampstead y después tomé el camino del Tribunal,
a través de las carreteras, todavía húmedas de roc-
ío, en medio del dulce perfume de las flores que
crecían en los jardines del camino o que pasaban
en cestas sobre las cabezas de los jardineros; yo
sólo pensaba en intentar aquel primer esfuerzo para
hacer frente al cambio de nuestra situación.
Llegué tan temprano a la oficina que tuve tiempo
de pasearme durante una hora por los patios antes
de que el viejo Tifey, que era siempre el primero en
estar en su puesto, apareciera con la llave. Enton-
ces me senté en un rincón a la sombra, mirando el
reflejo del sol sobre los tubos de la chimenea de
enfrente y pensando en Dora, cuando míster Spen-
low entró, reposado y dispuesto.
-¿Cómo está usted Copperfield? -me dijo-. ¡Qué
mañana tan hermosa!
-Una mañana encantadora -respondí-. ¿Podría
decirle a usted una palabra antes de que entrara en
el Tribunal?
-Sí -dijo-; venga usted a mi despacho.
Le seguí al despacho, donde empezó por ponerse
su traje mirándose en un espejito colgado detrás de
la puerta de un armario.
-Siento mucho decirle -empecé- que he recibido
muy malas noticias de mi tía.
-¿De verdad? ¡Cómo lo siento! Pero ¿no será un
ataque de parálisis, espero?
-No se trata de su salud -repliqué- Es que ha teni-
do grandes pérdidas; mejor dicho, que no le queda
absolutamente nada.
-¡Me sor ...pren...de usted, Copperfield! --exclamó
mister Spenlow.
Moví la cabeza.
-Su situación ha cambiado de tal modo, que quer-
ía pedirle si no sería posible... sacrificando parte de
la suma pagada para mi admisión aquí, claro (no
había meditado aquel ofrecimiento generoso; pero
lo improvisé al ver la expresión de espanto que se
pintó en su fisonomía).--- si no sería posible anular
el contrato que hicimos.
Nadie se puede imaginar lo que me costó hacer
aquella proposición. Era pedir como una gracia que
me separaran de Dora.
-¿Anular nuestro contrato, Copperfield, anularlo?
Le expliqué con cierta firmeza que acudía a todos
los expedientes porque no sabía cómo subsistir si
no ganaba dinero; que no temía nada por el porve-
nir, y apoyé mucho en ello para hacerle ver que
sería un yerno digno de atención, pero que por el
momento me veía en la necesidad de trabajar.
-Siento mucho lo que me dice usted, Copperfield
-respondió míster Spenlow-; lo siento muchísimo.
No hay costumbre de anular un contrato por seme-
jantes razones. No es modo de proceder en los
negocios. Sería un mal precedente...; sin embargo...
-Es usted muy bueno -murmuré, en espera de al-
guna concesión.
-Nada de eso; no se equivoque --continuó míster
Spenlow-; iba a decirle que si tuviera las manos
libres, si no tuviera un asociado, míster Jorkins...
Mis esperanzas se desvanecieron al momento;
sin embargo, hice todavía un esfuerzo.
-¿Y cree usted que si me dirigiera a míster Jor-
kins...?
Míster Spenlow movió la cabeza con abatimiento.
-Dios me libre, Copperfield --dijo-, de ser injusto
con nadie, y menos con míster Jorkins. Pero conoz-
co a mi asociado, Copperfield. Míster Jorkins no es
hombre que acoja bien una proposición tan insólita.
Míster Jorkins sólo conoce las tradiciones recibidas,
y no sale de ellas. ¡Usted le conoce!
Yo no le conocía. Nada más sabía que mister Jor-
kins había sido anteriormente director de todo y que
ahora vivía solo en una casa muy cerca de Monta-
gu-Square, que le hacía horriblemente falta revocar;
que llegaba a la oficina muy tarde y se iba muy
temprano; que nunca parecía que le consultaran
sobre nada; que tenía un gabinete sombrío para él
solo en el primer piso, en el que nunca se hacía
ningún negocio, y que tenía sobre su pupitre una
carpeta vieja de papel secante, amarilla por el tiem-
po, pero sin una mancha de tinta, y que se decía
que estaba allí desde hacía veinte años.
-¿Tendría usted inconveniente en que hablara del
asunto a míster Jorkins? -le pregunté.
-Ninguno -dijo míster Spenlow-; pero tengo expe-
riencia sobre el carácter de míster Jorkins, Copper-
field. Querría que fuese de otra manera y me ale-
graría mucho poder hacer lo que usted desea. No
tengo ningún inconveniente en que hable usted a
míster Jorkins si cree que merece la pena,
Aprovechándome de su permiso, que acompañó
de un apretón de manos, continué en mi rincón,
pensado en Dora y mirando al sol, que abandonaba
los tubos de las chimeneas para iluminar la pared
de la casa de enfrente, hasta la llegada de míster
Jorkins. Entonces subí a su gabinete, y en mi vida
he visto un hombre más sorprendido de recibir una
visita.
-Entre usted, míster Copperfield; pase usted.
Entré, me senté y le expuse mi situación poco
más o menos como se la había expuesto a míster
Spenlow. Míster Jorkins no era tan terrible como
podía uno sospechar. Era un hombre grueso, de
sesenta años, de expresión dulce y benévola, que
tomaba tal cantidad de tabaco, que entre nosotros
se decía que aquel estimulante era su principal ali-
mento, puesto que después no le quedaba sitio en
todo su cuerpo para ninguna otra cosa.
-¿Supongo que habrá usted hablado de ello a
míster Spenlow? -dijo míster Jorkins después de
haberme escuchado hasta el fin con algo de impa-
ciencia.
-Sí, señor; es él quien me ha sugerido su nombre.
-¿Le ha dicho que yo pondría inconvenientes?
-preguntó míster Jorkins.
Tuve que admitir que a míster Spenlow le parecía
muy verosímil.
-Lo siento mucho, míster Copperfield -dijo míster
Jorkins muy confuso-, pero no puedo hacer nada
por usted. El caso es... Pero tengo una cita en el
banco. Si usted me permite.
Y diciendo esto se levantó precipitadamente, a iba
a abandonar la habitación, cuando me atreví a de-
cirle que temía que no hubiera medio de arreglar el
asunto.
-No -dijo míster Jorkins deteniéndose en la puerta
para mover la cabeza-; hay inconvenientes, ¿sabe
usted?
Continuó hablando muy deprisa. Después salió.
-Comprenda usted, míster Copperfield -dijo vol-
viendo a entrar muy inquieto-, que si míster Spen-
low ve inconvenientes...
-Personalmente no, señor.
-¡Oh, personalmente! -repitió míster Jorkins con
impaciencia-. Le aseguro que tiene inconvenientes,
míster Copperfield, insuperables. Lo que usted des-
ea es imposible... Pero tengo una cita en el banco...
Y se escapó corriendo. Según he sabido después,
pasó tres días sin reaparecer por su despacho.
Estaba decidido a mover tierra y cielo si era nece-
sario. Esperé, por lo tanto, el regreso de míster
Spenlow para contarle mi entrevista con su asocia-
do, dándole a entender que tenía algunas esperan-
zas de que fuera posible dulcificar al inflexible Jor-
kins si se proponía hacerlo.
-Copperfield -me contestó míster Spenlow con
una sonrisa sagaz-, usted no conoce a mi asociado
míster Jorkins desde hace tanto tiempo como yo.
Nada más lejos de mi espíritu que suponer a Jorkins
capaz de hipocresía; pero Jorkins tiene una manera
de presentar sus objeciones que muy a menudo
engaña a las gentes. No, Copperfield; créame -dijo
moviendo la cabeza-; no hay manera de conmover
a míster Jorkins.
Yo empezaba a no saber demasiado cuál de los
dos, si míster Spenlow o míster Jorkins, era real-
mente el asociado de quien provenían los inconve-
nientes; pero veía con claridad que en uno o en otro
había una fuerza invencible y que no había que
contar, ni mucho menos, con el reembolso de las
mil libras de mi tía. Dejé las oficinas en un estado
de depresión que no recuerdo sin remordimientos,
pues sé que era el egoísmo (el egoísmo de los dos,
Dora) el que lo formaba, y me volví a casa.
Trataba de familiarizar mi espíritu con lo peor que
pudiera suceder a intentaba imaginar las determina-
ciones que tendríamos que tomar si el porvenir se
nos presentaba bajo los colores más sombríos,
cuando un coche que me seguía se detuvo a mi
lado, haciéndome levantar los ojos. Por la portezue-
la me tendían una mano blanca, y vi la sonrisa del
rostro que nunca había visto sin experimentar un
sentimiento de reposo y de felicidad desde el día
que lo había contemplado en la antigua escalera de
madera y que había asociado en mi espíritu su be-
lleza serena con el suave colorido de la vidriera de
la iglesia.
-¡Agnes! -exclamé con alegría-. ¡Oh mi querida
Agnes, qué alegría verte a ti mejor que a ninguna
otra criatura humana!
-¿De verdad? -dijo en tono cordial.
-¡Tengo tanta necesidad de hablar contigo! -le di-
je-. El corazón se me tranquiliza sólo con mirarte. Si
hubiera tenido una varita mágica, tú eres la persona
que hubiera deseado ver.
-Vamos -dijo Agnes.
-¡Ah! Dora quizá primero -confesé enrojeciendo.
-Ya lo creo que Dora primero -dijo Agnes riendo.
-Pero tú la segunda -le dije-. ¿Dónde ibas?
Iba a mi casa para ver a mi tía, y se alegró mucho
de salir del coche, que olía a cuadra; demasiada
cuenta me di, pues había metido la cabeza por la
portezuela todo el tiempo mientras charlaba. Des-
pedimos al cochero, se agarró de mi brazo y echa-
mos a andar juntos. Ella era la personificación de la
Esperanza; ya no me sentía el mismo con Agnes a
mi lado.
Mi tía le había escrito una de esas extrañas y
cómicas cartitas que no eran mucho más grandes
que un billete de banco. Rara vez llevaba más lejos
su verbo epistolar. Era para anunciarle que había
tenido pérdidas a consecuencia de las cuales deja-
ba definitivamente Dover; pero que ya había tomado
una decisión y que estaba demasiado bien para que
nadie se preocupara por ella, y Agnes había venido
a Londres para ver a mi tía, que la quería y a quien
quería mucho desde hacía años, es decir, desde el
momento en que yo me establecí en casa de míster
Wickfield. No estaba sola, según me dijo. Había
venido con su padre y con Uriah Heep.
-¿Son ya asociados? -pregunté-. ¡Que el Cielo le
confunda!
-Sí -dijo Agnes-; tenían algunos negocios aquí, y
he aprovechado la ocasión para venir yo también a
Londres. No hay que creer que sea por mi parte una
visita completamente desinteresada y amistosa,
Trotwood, pues... temo tener prejuicios injustos...;
pero no me gusta dejar a papá solo con él.
-¿Sigue ejerciendo la misma influencia sobre
míster Wickfield, Agnes?
Agnes movió tristemente la cabeza.
-Ha cambiado todo tanto en nuestra casa, que ya
no reconocerías nuestra querida y vieja morada.
Ahora viven con nosotros.
-¿Quién? -pregunté.
-Uriah y su madre. Él ocupa tu antigua habitación
-dijo Agnes mirándome a la cara.
-¡Lástima no estar encargado de proporcionarle
los sueños! ¡No seguiría durmiendo allí mucho
tiempo!
-Yo continúo en mi antigua habitacioncita -dijo Ag-
nes-;aquella en que aprendía mis lecciones. ¡Cómo
pasa el tiempo! ¿Te acuerdas? La habitación pe-
queña que daba al salón.
-¿Que si me acuerdo, Agnes? Es en la que te vi
por primera vez; estabas de pie en aquella puerta,
con la cestita de las llaves colgada.
-Precisamente --dijo Agnes sonriendo-. Me gusta
que lo recuerdes tan bien. ¡Qué felices éramos en-
tonces! Sí; he conservado aquella habitación para
mí; pero no siempre puedo librarme de mistress
Heep, ¿sabes?, pues a veces tengo que hacerle
compañía, cuando me gustaría más estar sola. Pero
es la única queja que tengo contra ella. Algunas
veces me cansa con tanto elogiar a su hijo. ¿Pero
qué hay más natural en una madre? Es muy buen
hijo.
Miraba a Agnes mientras que me hablaba así, sin
descubrir en su rostro la menor sospecha de las
intenciones de Uriah. Sus hermosos ojos, tan dulces
y tan seguros al mismo tiempo, sostenían mi mirada
con su franqueza de costumbre y sin la menor alte-
ración en el rostro.
-El mayor inconveniente de su presencia en casa
-dijo Agnes- es que no puedo estar con papá todo el
tiempo que quisiera, pues Uriah está constantemen-
te entre nosotros. No puedo velar por él, si es que
no es una expresión demasiado atrevida, tan de
cerca como me gustaría. Pero si emplean con él la
mentira o la traición, espero que mi cariño termine
por triunfar. Espero que el verdadero afecto de una
hija vigilante y abnegada sea más fuerte que todos
los peligros del mundo.
Aquella sonrisa luminosa, que no he visto nunca
en ningún otro rostro, desapareció en el momento
en que yo admiraba su dulzura y en que recordaba
la felicidad que antes tenía viéndolo, y me preguntó
con un cambio marcado en la fisonomía, mientras
nos acercábamos a la calle en que estaba mi casa,
si yo sabía cómo había perdido su fortuna mi tía.
Ante mi respuesta negativa, Agnes se quedó pensa-
tiva, y me pareció sentir temblar el brazo que se
apoyaba en el mío.
Encontramos a mi tía sola y un poco inquieta.
Había surgido entre ella y mistress Crupp una dis-
cusión sobre una cuestión abstracta (la convenien-
cia de residir el bello sexo en unas habitaciones de
soltero), y mi tía, sin preocuparse de los espasmos
de mistress Crupp, había cortado la discusión decla-
rando a aquella señora que olía a coñac, que me
robaba y que se marchara al momento. Mistress
Crupp, considerando aquellas dos expresiones co-
mo injuriosas, había anunciado su intención de ape-
lar al jurado inglés, refiriéndose, a lo que colegí, a
nuestras libertades nacionales.
Sin embargo, mi tía había tenido tiempo de repo-
nerse mientras Peggotty había salido para enseñar-
le a míster Dick los guardias a caballo. Además,
encantada de ver a Agnes, no pensaba ya en su
disputa no siendo para envanecerse de la manera
como había salido de ella. Así es que nos recibió de
muy buen humor. Cuando Agnes hubo dejado su
sombrero encima de la mesa y se sentó a su lado,
no pude por menos que pensar, viendo su frente
radiante y sus ojos serenos, que aquel parecía el
lugar donde debía siempre estar; que mi tía tenía en
ella, a pesar de su juventud a inexperiencia, una
confianza absoluta. ¡Ah! ¡Tenía mucha razón en
contar con su fuerza, con su afecto sencillo, con su
abnegación y fidelidad!
Nos pusimos a hablar de los negocios de mi tía, a
la cual conté lo que había intentado inútilmente
aquella mañana.
-No era juicioso, Trot; pero la intención era buena.
Eres un buen chico, generoso; pero más bien creo
que debía decir un hombre, y estoy orgullosa de ti,
amigo mío. No hay nada que decir hasta ahora.
Ahora, Trot y Agnes, miremos de frente la situación
de Betsey Trotwood y veamos en qué está.
Via Agnes palidecer mirando atentamente a mi
tía, y mi tía no miraba menos atentamente a Agnes
mientras acariciaba a su gato.
-Betsey Trotwood -dijo mi tía-, que nunca había
dado cuentas a nadie de sus asuntos de dinero (no
hablo de tu hermana, Trot, sino de mí), tenía una
fortunita. Poco importa saber lo que tenía; pero era
bastante para vivir; quizá algo más, pues había
ahorrado para aumentar el capital. Betsey tuvo su
dinero en papel del Estado durante cierto tiempo;
pero después, aconsejada por su apoderado, lo
colocó en el Banco Hipotecario. Aquello iba muy
bien y daba una renta considerable. ¿No os parece
que cuando hablo de Betsey estoy contando la his-
toria de un barco de guerra? Como aquello terminó
y devolvieron su dinero a Betsey, se vio obligada a
pensar de nuevo en qué lo colocaba, y creyéndose
más hábil que su hombre de negocios, que no esta-
ba tan listo como antes (me refiero a tu padre, Ag-
nes), se le metió en la cabeza administrarse sola su
fortuna. Llevó, como suele decirse, sus cerdos al
mercado; pero no fue buena vendedora. En primer
lugar, perdió en las minas; después, en las empre-
sas particulares en que se trataba de ir a buscar en
el mar los tesoros perdidos, o alguna otra locura del
mismo género -continuó, a manera de explicación y
frotándose la nariz-; después volvió a perder en las
minas y, por fin, lo perdió todo en un banco. Yo no
sé lo que valían las acciones de aquel banco duran-
te cierto tiempo -dijo mi tía-; creo que el cien por
cien; pero el banco estaba en el otro extremo del
mundo, y se ha desvanecido en el espacio según
creo. En todo caso, ha quebrado, y no pagará nun-
ca ni medio penique. Ahora bien: como todos los
medios peniques de Betsey estaban allí, se han
terminado. Lo mejor que se puede hacer es no vol-
ver a hablar de ello.
Mi tía terminó aquel relato sumario y filosófico mi-
rando con cierto aire de triunfo a Agnes, que poco a
poco recobraba su color natural.
-¿Es esa toda la historia, querida miss Trotwood?
-preguntó Agnes.
-Me parece que es suficiente, hija mía -dijo mi
tía---. Si tuviera más dinero que perder, quizá no
fuera todo, pues Betsey hubiera encontrado el me-
dio de enviarlo a reunirse con el otro, y de dar un
nuevo capítulo a la historia, no lo dudo; pero como
no había más dinero, aquí termina.
Agnes había escuchado al principio sin respirar.
Palidecía y se ruborizaba todavía; pero se había
librado de un gran peso. Yo sospechaba por qué.
Sin duda había tenido miedo de que su desgraciado
padre tuviera algo que ver en aquel cambio de for-
tuna. Mi tía cogió entre sus manos las suyas y se
echó a reír.
-¿Que si es todo? -repitió mi tía-. ¡Claro que sí! Al
menos que no añada, como al fin de un cuento: «Y
desde entonces vivió siempre dichosa». Quizá pue-
dan decir eso de Betsey uno de estos días. Ahora,
Agnes, dime tú que tienes buena cabeza; tú tam-
bién, desde algunos puntos de vista, Trot, aunque
no siempre se te pueda hacer ese elogio.
Y mi tía, sacudiendo la cabeza con su energía
habitual, prosiguió:
-¿Qué haremos? Mi casa viene a dar unas seten-
ta libras al año, y con eso creo que podemos contar
de una manera positiva. Pero es todo lo que po-
seemos --dijo mi tía, que era (con perdón) como
ciertos caballos que se detienen bruscamente en el
momento en que parece que iban a salir al galope.
-Además -dijo después de un momento de silen-
cioestá Dick, que tiene mil libras al año; pero hay
que decir que eso hay que reservarlo para sus gas-
tos personales. Preferiría no conservarlo a mi lado,
a pesar de que sé que soy la única persona que le
aprecia, antes que conservarlo de no ser con la
condición de gastar su dinero en él únicamente
hasta el último céntimo. ¿Qué podemos hacer Trot y
yo para salir del apuro con nuestros recursos?
¿Qué te parece, Agnes?
-Me parece, tía -dije adelantándome a la respues-
ta de Agnes-, que debo hacer algo.
-Alistarte como soldado, ¿no es así?, o entrar en
la marina --contestó mi tía alarmada-. No quiero oír
hablar de ello. Has de ser procurador; no quiero
cabezas rotas en la familia, caballero.
Iba a explicarle que tampoco yo tenía interés en
introducir en la familia aquel procedimiento simplifi-
cado de salir del apuro, cuando Agnes me preguntó
si tenía alquilada la casa por mucho tiempo.
-Tocas en la llaga, querida -dijo mi tía-; tenemos
esta casa encima para seis meses, a menos de
poderla subarrendar, lo que no creo. El último hués-
ped murió aquí, y creo que de cada seis se morirían
cinco, aunque sólo fuera de vivir bajo el mismo te-
cho que esa mujer vestida de nanquín con su falda
de franela. Tengo algo de dinero contante, y creo,
con vosotros, que lo mejor que podemos hacer es
terminar aquí el plazo, alquilando cerca una alcoba
para Dick.
Me pareció un deber decir algo sobre las moles-
tias que tendría que soportar mi tía viviendo en un
estado constante de guerra y emboscadas con mis-
tress Crupp; pero respondió a aquella objeción de
una manera perentoria declarando que a la primera
señal de hostilidades estaba dispuesta a asustar de
tal modo a mistress Crupp, que le iba a durar el
temblor hasta el fin de su vida.
-Pensaba, Trot --dijo Agnes, dudando-, que si tu-
vieras tiempo...
-Tengo mucho tiempo, Agnes; desde las cuatro o
las cinco estoy siempre libre, y por la mañana tem-
prano también. De una manera o de otra -dije,
dándome cuenta de que me ruborizaba al recordar
las horas que había paseado de un lado para otro
por la ciudad y en la carretera de Norwood-, tengo
más tiempo del que me hace falta.
-Pienso que si no te gustaría ---dijo Agnes
acercándose a mí y hablándome en voz baja y con
un acento tan dulce y tan consolador que todavía
me parece oírla-, si no te gustaría un empleo de
secretario.
-¿Por qué no me había de gustar, mi querida Ag-
nes?
-Es que el doctor Strong -repuso Agnes por fin- ha
puesto por obra su proyecto de retirarse y ha venido
a establecerse a Londres, y sé que le ha dicho a
papá si no podría proporcionarle un secretario. ¿No
te parece que más le gustará tener a su lado a su
antiguo discípulo mejor que a otro cualquiera?
-Querida Agnes -exclamé-, ¿qué sería de mí sin
ti? Eres siempre mi ángel bueno; ya te lo he dicho:
siempre pienso en ti como en mi ángel bueno.
Agnes me respondió alegremente que con un
ángel bueno (se refería a Dora) tenía bastante, y
que no hacían falta más; me recordó que el doctor
tenía costumbre de trabajar muy temprano por la
mañana y por la noche, y que probablemente las
horas de que yo podía disponer le convendrían
maravillosamente.
Si me consideraba dichoso al pensar que iba a
ganarme la vida, no lo estaba menos ante la idea de
que trabajaría con mi antiguo maestro; y siguiendo
al momento el consejo de Agnes me senté para
escribir al doctor una carta en la que le expresaba
mi deseo, pídiéndole permiso para presentarme en
su casa al día siguiente a las diez de la mañana.
Dirigí mi epístola a Highgate, pues vivía en aquellos
lugares tan llenos de recuerdos para mí, y yo mismo
fui a echarla al correo sin perder ni un minuto.
Por todas partes donde pasaba Agnes dejaba tras
de sí alguna huella preciosa del bien que hacía sin
ruido al pasar. Cuando volví, la jaula de los pájaros
de mi tía estaba suspendida exactamente, como si
llevara allí mucho tiempo, en la ventana del gabine-
te; mi sillón puesto, como el infinitamente mejor de
mi tía, al lado de la ventana abierta, y el biombo
verde que había traído consigo estaba ya colocado
delante de la ventana. No tenía necesidad de pre-
guntar quién había hecho todo aquello. Sólo con ver
que las cosas parecían haberse hecho solas se
adivinaba que Agnes se había tomado aquel cuida-
do. ¿A qué otra se le hubiera ocurrido coger mis
libros, en desorden por encima de la mesa, y dis-
ponerlos en el orden que yo los tenía antes en el
tiempo de mis estudios? Aunque hubiera creído que
Agnes estaba a cien leguas la hubiera reconocido
enseguida; no necesitaba verla poniéndolo todo en
su sitio y sonriendo del desorden que había en mi
casa.
Mi tía puso toda su buena voluntad en hablar bien
del Támesis, que verdaderamente hacía un efecto
hermoso a la luz del sol, aunque no pudiera compa-
rarse con el mar que veía en Dover; pero conserva-
ba un odio inexorable al humo de Londres, que lo
empolvaba todo, decía. Felizmente, esto cambió por
completo gracias al cuidado minucioso con que
Peggotty hacía la guerra a aquel hollín maldito en
todos los rincones. Únicamente no podía por menos
de pensar, mirándola, que Peggotty misma hacía
mucho ruido y poco trabajo en comparación con
Agnes, que hacía tantas cosas sin el menor apara-
to. Pensaba en ello cuando llamaron a la puerta.
-Debe de ser papá -dijo Agnes poniéndose páli-
da-, me ha prometido venir.
Abrí la puerta y vi entrar no solamente a míster
Wickfield, sino también a Uriah Heep. Hacía ya
algún tiempo que no había visto a míster Wickfield,
y esperaba encontrarle muy cambiado, por lo que
Agnes me había dicho; sin embargo, quedé doloro-
samente sorprendido al verle.
No era tanto porque había envejecido mucho,
aunque siempre iba vestido con la misma pulcritud
escrupulosa; tampoco era por el cutis arrebatado,
que daba idea de no muy buena salud, ni tampoco
porque sus manos se agitaban con un movimiento
nervioso. Yo sabía la causa mejor que nadie, por
haberla visto obrar durante muchos años; no era
que hubiera perdido la elegancia de sus modales ni
la belleza de sus rasgos, siempre igual; lo que sobre
todo me chocaba es que con todos aquellos testi-
monios evidentes de distinción natural pudiera sufrir
la dominación desvergonzada de aquella personifi-
cación de la bajeza: de Uriah Heep. El cambio en
sus relaciones respectivas, de dominación por parte
de Uriah y dependencia por la de Wickfield, era el
espectáculo más penoso que se pueda imaginar. Si
hubiera visto a un mono conduciendo a un hombre
atado a lazo no me habría sentido más humillado
por el hombre.
Además, él era completamente consciente de ello.
Cuando entró se detuvo con la cabeza baja, como si
se diera cuenta. Fue cosa de un momento, pues
Agnes le dijo con dulzura: «Papá, aquí tienes a miss
Trotwood y a Trotwood, que no has visto hace tanto
tiempo»; y entonces se acercó, alargó la mano a mi
tía con confusión y estrechó las mías más cordial-
mente. Durante aquel momento de turbación vi una
sonrisa maligna en los labios de Uriah. Agnes creo
que también la vio, pues hizo un movimiento para
apartarse de él.
En cuanto a mi tía, ¿le vio o no le vio? Hubiera
desafiado a todas las ciencias de los fisonomistas
para que lo adivinaran sin su permiso. No creo que
haya habido nunca otra persona dotada de un rostro
más impenetrable que ella cuando quería. Su cara
no expresaba más de lo que lo hubiera hecho una
pared sus pensamientos, secretos hasta el momen-
to en que rompió el silencio con el tono brusco que
le era habitual.
-Y bien, Wickfield --dijo mi tía (él la miró por pri-
mera vez)-. He estado contándole a su hija lo bien
que he utilizado mi dinero, porque no podía ya con-
fiárselo a usted desde que no está tan listo en los
negocios. Hemos consultado con ella, y, bien consi-
derado, saldremos del aprieto. Agnes sola vale por
los dos asociados, a mi parecer.
-Si se me permite hacer una humilde observación
-dijo Uriah Heep retorciéndose-, estoy completa-
mente de acuerdo con miss Betsey Trotwood y me
consideraría feliz teniendo también a miss Agnes
por asociada.
---Conténtese usted con ser el asociado -repuso
mi tía-; me parece que eso debe bastarle. ¿Cómo
está usted, caballero?
En respuesta a aquella pregunta, que le fue dirigi-
da en el tono más seco, míster Heep, sacudiendo
incómodo la carpeta que llevaba, replicó que estaba
bien, y dio las gracias a mi tía, diciéndole que espe-
raba que ella también se encontrara bien.
-Y usted..., debo decir, míster Copperfield
-continuó Uriah-, espero que esté bien. Me alegro
mucho de verle, míster Copperfield, hasta en las
circunstancias actuales (y, en efecto, las circunstan-
cias actuales parecían ser bastante de su gusto).
No son todo lo que sus amigos podrían desear para
usted, míster Copperfield; pero no es el dinero el
que hace al hombre; es... yo, verdaderamente, no
estoy en condiciones de explicarlo con mis pobre
medios -dijo Uriah haciendo un gesto de oficiosi-
dad-; pero no es el dinero...
Y me estrechó la mano, no como de costumbre,
sino permaneciendo a cierta distancia, como si tu-
viera miedo, y levantando y bajando mi mano como
una bomba.
-¿Y qué dice usted de nuestra salud, Copper-
field?... ¡Perdón!, míster Copperfield -repuso Uriah-.
¿No le encuentra usted buena cara a míster Wick-
field? Los años pasan inadvertidos en casa, míster
Copperfield; si no fuera porque elevan a los humil-
des, es decir, a mi madre y a mí, y que aumentan la
belleza y las gracias de un modo especialísimo en
miss Agnes.
Después de aquel cumplido se retorció de un mo-
do tan intolerable, que mi tía, que le estaba miran-
do, perdió la paciencia.
-¡Que el diablo le lleve! -dijo bruscamente, ¿Qué
le pasa? ¡Nada de movimientos nerviosos, caballe-
ro!
-Usted me dispense, miss Trotwood; ya sé que es
usted muy nerviosa.
-Déjenos en paz -dijo mi tía, a quien no había
apaciguado aquella impertinencia-; le ruego que se
calle. Ha de saber usted que no soy nada nerviosa.
Si es usted una anguila, pase; pero si es usted un
hombre, contenga un poco sus movimientos, caba-
llero. ¡Vive Dios -continuó en un arranque de indig-
nación-, no tengo ganas de marearme viéndole
retorcerse como una culebra o como un sacacor-
chos!
Míster Heep, como puede suponerse, estaba algo
confuso con aquella explosión, que fue reforzada
por la expresión indignada con que mi tía retiró su
silla, sacudiendo la cabeza como si fuera a lanzarse
sobre él para morderle. Pero me dijo aparte con voz
dulce:
-Ya sé, míster Copperfield, que miss Trotwood,
con todas sus excelentes cualidades, es muy viva
de genio. He tenido el gusto de conocerla antes que
usted, en los tiempos en que era todavía un pobre
escribiente, y es natural que las actuales circuns-
tancias no la hayan dulcificado. Me sorprende, por
el contrario, que no sea peor. Había venido aquí
para decirle que si le podíamos servir en algo mi
madre y yo, o Wickfield y Heep, estaríamos encan-
tados. ¿No me excedo? -preguntó con una sonrisa
horrible a su asociado.
-Uriah Heep -dijo míster Wickfield con voz forzada
y monótona- es muy activo en los negocios, Trot-
wood. Y lo que dice lo apruebo plenamente. Ya
sabes que me intereso por ti desde hace mucho
tiempo; pero, aparte de esto, lo que dice lo apruebo
plenamente.
-¡Oh, qué recompensa! -dijo Uriah levantando una
de sus piernas, exponiéndose a atraerse una nueva
brusquedad de mi tía-. ¡Qué feliz me hace esa con-
fianza absoluta! Pero es verdad que espero conse-
guir librarle bastante del peso de los negocios,
míster Copperfield.
-Uriah Heep es un gran descanso para mí -dijo
míster Wickfield con la misma voz sorda y triste- y
me libra de un gran peso, Trotwood, al tenerle de
socio.
Estaba convencido de que era aquel horrible zorro
rojo el que le hacía decir todo aquello, para justificar
lo que me había dicho la noche en que había enve-
nenado mi tranquilidad. Al mismo tiempo vi la sonri-
sa falsa y siniestra sobre sus rasgos mientras que
me miraba fijamente.
-¿No nos dejarás, papá? -dijo Agnes en tono su-
plicante-. ¿No quieres volver a pie con Trotwood y
conmigo?
Creo que hubiera mirado a Uriah antes de res-
ponder si aquel digno personaje no se hubiera anti-
cipado.
-Tengo una cita de negocios -dijo Uriah-, y lo sien-
to, porque me hubiera gustado permanecer con
ustedes. Pero les dejo mi asociado para representar
a la casa. Miss Agnes, ¡su humilde servidor! Le
deseo buenas noches, míster Copperfield, y presen-
to mis humildes respetos a miss Betsey Trotwood.
Al decir esto nos dejó, enviándonos besos con su
gran mano de esqueleto y con una sonrisa de sátiro.
Todavía continuamos una hora o dos charlando
de los buenos tiempos de Canterbury. Míster Wick-
field, solo con Agnes, recobró pronto su alegría,
aunque siempre presa de un abatimiento del que no
podía librarse. Terminó, sin embargo, por animarse,
y le gustaba oírnos recordar los pequeños sucesos
de nuestra vida pasada, de los que se acordaba
muy bien. Nos dijo que todavía le parecía estar en
aquellos tiempos al volver a encontrarse solo con
Agnes y conmigo, y que le gustaría que nada hubie-
ra cambiado. Estoy seguro de que viendo el rostro
sereno de su hija y sintiendo la mano que apoyaba
en su brazo sentía un bienestar infinito.
Mi tía, que había estado casi todo el tiempo ocu-
pada con Peggotty en la habitación de al lado, no
quiso acompañarnos al hotel; pero insistió en que
los acompañara yo, y obedecí. Comimos juntos.
Después de comer, Agnes se sentó a su lado, como
siempre, y le sirvió el vino. Tomó lo que le dio y
nada más, como un niño; y nos quedamos los tres
sentados al lado de la ventana mientras fue de día.
Cuando llegó la noche él se echó en un diván; Ag-
nes arregló los almohadones y permaneció inclina-
da sobre él un momento. Cuando volvió al lado de
la ventana, la oscuridad no era todavía suficiente
para que no viese yo brillar lágrimas en sus ojos.
Pido al cielo no olvidar jamás el amor constante y
fiel de mi querida Agnes en aquella época de mi
vida, pues si lo olvidase sería señal de que estaba
cerca de mi fin, y es el momento en que más querr-
ía acordarme de ella. Llenó mi corazón de tan bue-
nas resoluciones, me fortificó tanto en mi debilidad y
supo dirigir tan bien con su ejemplo, no sé cómo,
pues era demasiado dulce y demasiado modesta
para darme muchos consejos, el ardor sin objeto de
mis vagos proyectos, que si hice algo bien y si no
he hecho algo mal, en conciencia creo que se lo
debo a ella.
Y ¡cómo me habló de Dora mientras estuvimos
sentados al lado de la ventana en la oscuridad!
¡Cómo escuchó mis elogios, añadiendo a ellos los
suyos! ¡Cómo lanzó sobre la pequeña hada que me
había embrujado los rayos de su luz pura, que la
hacía parecer todavía más inocente y más preciosa
a mis ojos! Agnes, hermana de mi adolescencia, ¡si
hubiera sabido entonces lo que supe después!
Cuando bajé había un mendigo en la calle, y en el
momento en que me volvía hacia la ventana pen-
sando en la mirada serena y pura de mi amiga, en
sus ojos angelicales, me hizo estremecer, murmu-
rando como un eco de la mañana:
« ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».
CAPÍTULO XVI
ENTUSIASMO
El día siguiente lo empecé yendo de nuevo a su-
mergirme en los baños romanos; después tomé el
camino de Highgate. Había salido de mi depresión;
ya no me asustaban los trajes raídos ni suspiraba
por los bonitos caballos grises. Toda mi manera de
ver nuestra desgracia había cambiado. Lo que tenía
que hacer era probar a mi tía que sus bondades
pasadas no habían sido prodigadas a un ser ingrato
a insensible. Lo que tenía que hacer era aprovechar
ahora el penoso aprendizaje de mi infancia y po-
nerme al trabajo con valor y voluntad. Lo que tenía
que hacer era tomar resueltamente el hacha del
leñador en la mano para abrirme un camino a través
del bosque de las dificultades en que me encontra-
ba perdido, derribando ante mí los árboles encanta-
dos que me separaban todavía de Dora; andaba a
grandes pasos, como si fuera un medio de llegar
antes a mi objetivo.
Cuando me vi en el camino de Highgate, tan fami-
liar, y que hoy recorría con pensamientos tan dife-
rentes de mis antiguas ideas de diversión, me pare-
ció que un cambio completo se había operado en mi
vida; pero no me desanimaba. Nuevas esperanzas,
un fin nuevo me habían aparecido al mismo tiempo
que aquella vida nueva. El trabajo era grande; pero
la recompensa no tenía precio. Dora era la recom-
pensa, y había que conquistar a Dora.
Era tal mi entusiasmo, que sentía que el traje no
estuviera ya un poco raído; se me hacía largo el
tiempo para empezar a derribar los árboles en el
bosque de las dificultades, y deseaba que fuera con
esfuerzo para probar mis fuerzas. Me dieron ganas
de pedirle a un viejecillo que picaba piedra en el
camino que me prestara un momento su martillo y
me permitiera empezar así a abrirme un camino en
el granito para llegar hasta Dora. Me movía tanto,
estaba tan sin aliento y tenía tanto calor, que me
parecía que había ganado ya no sé cuánto dinero.
En aquel estado entré en una casita desalquilada y
la examiné escrupulosamente, sintiendo que era
necesario hacerme hombre práctico. Era precisa-
mente lo que nos hacía falta a Dora y a mí. Tenía
un jardincito delante para que Jip pudiera correr a
su gusto y ladrar a los que pasasen, a través de la
empalizada, y una habitación arriba para mi tía.
Salí de allí con más calor que nunca y reanudé a
un paso tan precipitado el camino hacia Highgate,
que llegué con una hora de anticipación; además,
aunque no hubiera ido tan pronto me hubiera visto
obligado a pasearme un rato para tranquilizarme
antes de estar algo presentable. Mi primer objetivo
cuando me serené un poco fue buscar la casa del
doctor. Estaba completamente al otro extremo del
pueblo en donde vivía mistress Steerforth. Cuando
estuve seguro de ello volví, por una atracción irre-
sistible, hacia una callejuela que pasaba por el lado
de la casa de mistress Steerforth y la estuve miran-
do por encima de la tapia del jardín. Las ventanas
de la habitación de Steerforth estaban cerradas; las
puertas de la terraza estaban abiertas, y Rose Dar-
tle, con la cabeza desnuda, paseaba de arriba abajo
con paso brusco y precipitado por un paseo de gra-
va a lo largo del prado. Me pareció una fiera que
repite el mismo camino hasta el final de la cadena
que arrastra royéndose el corazón.
Abandoné despacio mi puesto de observación,
sintiendo haberme acercado, y después me paseé
hasta las diez lejos de allí. La iglesia, coronada de
un campanario esbelto, que ahora se ve en la cum-
bre de la colina, no estaba allí en aquella época
para indicarme la hora. En la plaza había una casa
antigua de ladrillo rojo, que servía de escuela. Ver-
daderamente una casa hermosa. ¡Debía dar gusto it
a aquella escuela!
Al acercarme a la morada del doctor, un bonito
hotel algo antiguo y donde debía de haber gastado
mucho dinero, a juzgar por las reparaciones y mejo-
ras, que parecían todavía recientes, le vi paseándo-
se en el jardín con sus polainas, corno siempre, y
parecía que no hubiera dejado nunca de pasearse
desde los tiempos en que yo era su alumno. Tam-
bién estaba rodeado de sus antiguos compañeros,
pues no faltaban a su alrededor grandes árboles, y
vi en el césped dos o tres cuervos que le miraban
como si hubieran recibido carta de sus camaradas
de Canterbury hablándole de él y le vigilasen de
cerca con aquel motivo.
Sabía que sería trabajo perdido tratar de atraer su
atención a aquella distancia, y me tomé la libertad
de abrir la empalizada y salir a su encuentro para
aparecer frente a él en el momento en que diera la
vuelta. En efecto, cuando se volvió y se acercó a mí
me miró con aire pensativo durante un momento,
evidentemente sin verme; después su fisonomía be-
névola expresó la mayor satisfacción y me agarró
las dos manos.
-¡Cómo, mi querido Copperfield; pero si está usted
hecho un hombre! ¿Está usted bien? Estoy encan-
tado de verle. Pero ¡cómo ha ganado, mi querido
Copperfield! ¿Verdaderamente... es posible?
Le pregunté por él y por mistress Strong.
-Muy bien -dijo el doctor-. Annie está muy bien. Y
le encantará verle. Siempre fue usted su favorito.
Todavía ayer por la noche me decía, cuando le en-
señé su carta. Y .. sí, ciertamente..., ¿usted se
acordará de Jack Maldon, Copperfield?
-Perfectamente.
-Ya me lo figuraba -dijo el doctor-, que no le habr-
ía olvidado; también está bien.
-¿Ha vuelto? -pregunté.
-¿De las Indias? -dijo el doctor-. Sí. Jack Maldon
no ha podido soportar el clima, amigo mío. Mistress
Marklenham. ¿Se acuerda usted de mistress Mar-
klenham?
-Sí; recuerdo muy bien al Veterano como si fuera
ayer.
-Pues bien, mistress Marklenham estaba muy
preocupada por él, la pobre, y le hicimos volver,
y le hemos comprado un destino, que le convie-
ne mucho más.
Conocía lo bastante a Jack Maldon para sospe-
char que estaría en un sitio donde no tendría mucho
trabajo y le pagarían bien.
El doctor continuó, siempre con la mano apoyada
en mi hombro y mirándome con expresión animado-
ra:
-Ahora, mi querido Copperfield, hablemos de su
proposición. Me ha gustado mucho y me conviene
por completo; pero ¿cree que no encontrará nada
mejor que hacer? Tuvo usted muchos éxitos en la
escuela, y tiene facultades que pueden llevarle le-
jos. Los cimientos son buenos y se puede levantar
cualquier edificio. ¿No sería una pena consagrar lo
mejor de su vida a una ocupación como la que yo
puedo ofrecerle?
Con mucho afán insistí al doctor, y con muchas
flores retóricas, me temo, para que aceptase mi
demanda, recordándole que además tenía mi profe-
sión.
-Sí, sí -dijo el doctor-; es verdad. Siendo así es
muy distinto, puesto que tiene usted una carrera y
estudia para salir adelante; pero, amigo mío, ¿qué
son setenta libras al año?
-Pues otro tanto de lo que tenemos, doctor
Strong.
-¿De verdad? -dijo el doctor-. ¡Quién lo hubiera
creído! No es que quiera decir que el sueldo será
estrictamente las setenta libras, pues siempre he
tenido la intención de hacer además un regalo al
amigo que ocupara este puesto. Ciertamente ---dijo
el doctor continuando su paseo de arriba abajo, con
la mano en mi hombro---, siempre he contado con
un regalo anual.
-Mi querido maestro -le dije sencillamente y sin
frases aquella vez-, nunca se lo podré agradecer
bastante.
-No, no -dijo el doctor-, perdón.
-Si quiere usted aceptar mis servicios durante el
tiempo que tengo libre, es decir, por la mañana y
por la noche, y si cree usted que eso vale setenta
libras al año, no sabe el favor que me hace.
-¿De verdad -dijo el doctor con ingenuidad-, tan
poca cosa le puede causar tanta alegría? Pero tiene
usted que prometerme que el día que encuentre
usted otra cosa mejor la aceptará, ¿no es así? ¿Me
da usted su palabra? -dijo el doctor en el tono en
que en la escuela apelaba a nuestro honor cuando
éramos muchachos.
-Le doy mi palabra -le respondí también como
hacíamos en clase.
-En ese caso, asunto concluido -dijo el doctor
dándome un golpe en la espalda y apoyándose de
nuevo mientras paseaba.
-Y todavía estaré más contento -le dije tratando
de halagarle inocentemente- porque espero... ocu-
parme del diccionario.
El doctor se detuvo, me dio otro golpe en el hom-
bro, sonriendo, y exclamó triunfante (daba gusto
verle), como si yo fuera un pozo de sagacidad
humana:
-Lo ha adivinado usted, amigo mío. Se trata del
diccionario.
¿Cómo hubiera podido tratarse de otra cosa? Sus
bolsillos estaban llenos de epos, igual que su cabe-
za. El diccionario le salía por todos los poros. Me
dijo después que había renunciado al colegio por-
que su trabajo avanzaba de una manera muy rápi-
da, y las horas que más le convenían eran las que
yo le proponía, teniendo en cuenta que tenía la
costumbre de pasearse hacia el mediodía para me-
ditar a su gusto. Por el momento sus papeles esta-
ban en desorden, gracias a mister Jack Maldon, que
le había ofrecido últimamente sus servicios como
secretario y que no tenía costumbre de aquel traba-
jo; pero pronto pondríamos todo en orden y seguir-
íamos adelante. Más tarde, cuando nos pusimos
manos a la obra, encontré que el desbarajuste de
mister Jack era más difícil de arreglar de lo que
suponía, pues no se había limitado a numerosas
equivocaciones; además había dibujado tantos sol-
dados y cabezas de mujeres sobre los manuscritos
del doctor, que a veces me encontraba en un labe-
rinto de oscuridad.
El doctor estaba encantado con la perspectiva de
tenerme de colaborador en su famosa obra, y fue
convenido que empezaríamos al día siguiente a las
siete de la mañana. Debíamos trabajar dos horas
todas las mañanas y dos o tres horas por las no-
ches, excepto el sábado, que tendría libre. Natural-
mente, también descansaba el domingo; por lo tan-
to, las condiciones no me parecieron muy duras.
Después de arreglar así las cosas a nuestra mu-
tua satisfacción, el doctor me llevó a la casa para
presentarme a mistress Strong, a quien encontra-
mos en el despacho de su marido limpiando el polvo
de los libros (libertad que no permitía a nadie más
que a ella con sus preciosos favoritos).
Habían retrasado el desayuno por mí, y nos pusi-
mos todos a la mesa. Acabábamos de sentamos
cuando adiviné por el rostro de mistress Strong que
llegaba alguien, aun antes de que se hubiera oído el
menor ruido que anunciara una visita. Un señor a
caballo llegó a la verja, hizo entrar a su caballo de la
brida en el patio, como si estuviera en su casa; le
ató a una anilla y entró en el comedor con la fusta
en la mano. Era míster Jack Maldon, y encontré que
no había ganado nada en su viaje a las Indias. Es
verdad que estaba muy intransigente contra todos
los jóvenes que no derribaban los árboles en el
bosque de las dificultades, y hay que tenerlo en
cuenta en aquellas impresiones poco benévolas.
-Míster Jack -dijo el doctor-, le presentó a Copper-
field.
Míster Jack Maldon me estrechó la mano un poco
fríamente, según me pareció, y con un aire de pro-
tección lánguida que me chocó bastante. En reali-
dad su aire de languidez era curioso de ver en todo
momento, excepto, sin embargo, cuando se dirigía a
su prima Annie.
-¿Ha desayunado usted, míster Jack? -preguntó
el doctor.
-No desayuno casi nunca -replicó apoyando la
cabeza en el respaldo del sillón---. Me aburre.
-¿Hay alguna noticia hoy? -preguntó el doctor.
-Nada -repuso Maldon-. Algunas historias de gen-
tes que se mueren de hambre en Escocia y están
descontentos. Pero siempre hay personas que se
mueren de hambre y no están contentas.
El doctor le dijo con gravedad, para cambiar la
conversación:
-¿Entonces no hay ninguna noticia? Pues bien.
No hacer noticias es haberlas buenas, como se
dice.
-En los periódicos hay una historia muy larga a
propósito de un crimen; pero todos los días hay
asesinatos; no lo he leído.
En aquel tiempo todavía no se miraba la indife-
rencia afectada por todo lo de la humanidad como
una gran prueba de elegancia, como se ha hecho
más tarde. Después he visto esas máximas muy de
moda, y se las he visto practicar con tal éxito a mu-
chos caballeros y señoras que, dado el interés que
se tomaban por el género humano, más les valía
hater nacido ranas. Quizá la impresión que me
causó entonces Maldon no fue tan viva porque era
nueva; pero sé que aquello no contribuía a realzarle
en mi estimación ni en mi confianza.
-Venía a saber si Annie quería ir esta noche a la
ópera --dijo Maldon volviéndose hacia eila-. Es la
última representación de la temporada que merezca
la pena y hay una cantante que no puede dejar de
oír. Es una mujer que canta de una manera arreba-
tadora, sin contar con que es de una fealdad deli-
ciosa.
Después de esto recayó en su languidez.
El doctor, siempre encantado de lo que pudiera
gustar a su mujer, se volvió hacia ella y le dijo:
-Debes ir, Annie; debes ir.
-No, te lo ruego -contestó-; prefiero quedarme en
casa; prefiero quedarme en casa.
Y sin mirar a su primo me dirigió la palabra pi-
diéndome noticias de Agnes, preguntándome si no
vendría a verla; si no sería probable que fuera aquel
mismo día, y tan molesta que yo me preguntaba
cómo podría ser que el doctor, ocupado en aquel
momento en untar manteca a su pan tostado, no
viera una cosa que saltaba a la vista.
Pero no veía nada. Le dijo riendo que era joven y
que debía divertirse, en lugar de aburrise con un
vejestorio como él. Además, le dijo que contaba con
que ella le cantara después el repertorio de la nueva
cantante y ¿cómo se las arreglaría si no había ido a
oírla? El doctor insistió en arreglar la velada para
que ella se divirtiera, y Jack Maldon quedó en volver
a Highgate. Después de decidirlo él se volvió a su
sinecura, supongo; pero se fue a caballo y sin apre-
surarse.
Al día siguiente tenía mucha curiosidad por saber
si había ido a la ópera. No había ido; había enviado
recado a Londres para disculparse con su primo, y
había ido a visitar a Agnes. Había convencido al
doctor de que la acompañara, y habían vuelto a pie
por el campo, según me contó él mismo, en una
tarde magnífica. Pensé que quizá no hubiera faltado
al espectáculo si Agnes no hubiera estado en Lon-
dres, pues Agnes era muy capaz de ejercer también
sobre ella una influencia bienhechora.
No se podía decir que fuera muy feliz; pero parec-
ía estar satisfecha, o su fisonomía engañaba mu-
cho. Yo la miraba a menudo, pues estaba sentada
al lado de la ventana mientras trabajábamos y nos
preparó el desayuno, que tomamos sin dejar de
trabajar. Cuando me fui a las nueve, estaba arrodi-
llada a los pies del doctor, poniéndole los zapatos y
las polainas. Las hojas de algunas plantas trepado-
ras que crecían al lado de la ventana ensombrecían
su rostro, y yo pensaba por el camino, mientras me
dirigía al Tribunal, en aquella noche en que la había
visto mirar a su marido mientras leía.
Tenía mucho que hacer. Me levantaba a las cinco
de la mañana y no volvía hasta las nueve o las diez
de la noche. Pero me causaba un placer infinito
encontrarme a la cabeza de tanto trabajo, y nunca
andaba despacio; me parecía que cuanto más me
cansaba más esfuerzos hacía para merecer a Dora.
Ella todavía no me había visto en aquella nueva
fase de mi carácter, porque como ya vendría muy
pronto a casa de miss Mills, yo había retrasado
hasta aquel momento todo lo que tenía que decirle,
limitándome a poner en las cartas (que pasaban
todas por manos de miss Mills) que tenía muchas
cosas que contarle. Entre tanto había reducido mi
consumo de loción para la cara, había renunciado
totalmente al jabón perfumado y al agua de colonia
y había vendido con una pérdida enorme tres chale-
cos que me parecieron demasiado elegantes para
una vida tan austera como la mía.
Pero todavía no estaba satisfecho; ardía en dese-
os de hacer más cosas, y fui a ver a Traddles, que
habitaba por el momento en la parte trasera de una
casa en Castle Street Holborn. Llevé conmigo a
míster Dick, que ya me había acompañado dos
veces a Highgate y que había recobrado su amistad
con el doctor.
Llevé a míster Dick porque era tan sensible al
cambio de fortuna de mi tía y estaba tan profunda-
mente convencido de que no había esclavo ni for-
zado que trabajase tanto como yo, que perdía el
apetito y el buen humor en su desesperación de no
poder hacer nada. Como es natural, se sentía más
incapaz que nunca de acabar su Memoria, y cuanto
más trabajaba en ella más venía a importunarle la
desgraciada cabeza del rey Carlos. Temiendo que
su estado se agravara si no conseguíamos con
cualquier engaño hacerle creer que nos era muy
útil, o si no le encontrábamos, lo que hubiera sido
mejor, un medio de ocuparle verdaderamente, tomé
la decisión de pedir a Traddles si podría ayudarnos.
Antes de ir a verle le había relatado por carta deta-
lladamente lo que había ocurrido, y en contestación
había recibido una carta excelente, donde me ex-
presaba toda su simpatía y toda su amistad.
Le encontramos sumido en su trabajo, con su tin-
tero y sus papeles, ante el florero y el estante, que
estaban en un rincón de la habitación para recrear
sus ojos y animar su valor. Nos acogió del modo
más cordial, y en menos de un momento Dick y él
fueron amigos íntimos. Míster Dick llegó a decir que
estaba seguro de haberle conocido antes, y noso-
tros dijimos que era muy posible.
La primera cuestión que yo había propuesto a
Traddles era esta: Yo había oído decir que muchos
de los hombres distinguidos más tarde en distintas
carreras habían empezado haciendo resúmenes de
los debates del Parlamento. Traddles me había
hablado de los periódicos como de una de sus es-
peranzas. Partiendo de esos dos datos, yo le decía
a Traddles en mi carta que deseaba saber cómo
podría llegar a dar cuenta de las discusiones de las
Cámaras. Traddles me respondió entonces que,
según sus informes, la condición práctica necesaria
para esta ocupación, excepto quizá en casos muy
raros, para garantizar la exactitud de lo que se dice,
era el conocimiento completo del arte misterioso de
la taquigrafía, que ofrecía en sí misma las mismas
dificultades que si se tratara de estudiar seis len-
guas y ni aun con mucha perseverancia se conse-
guía en muchos años. Traddles pensaba, natural-
mente, que esto dejaba de lado la cuestión; pero yo
no veía en ello mas que unos cuantos grandes
árboles que derribar para llegar hasta Dora, y al
instante decidí abrirme un camino a través de ellos
con el hacha en la mano.
-Te lo agradezco mucho, mi querido Traddles; voy
a empezar mañana.
Traddles me miró sorprendido, lo que era natural,
pues no sabía todavía a qué grado de entusiasmo
había llegado yo.
-Compraré un libro que trate a fondo esa ciencia
-le dije- y trabajaré en el Tribunal, pues allí tengo
poco que hacer, y tomaré en taquigrafía los discur-
sos para ejercitarme. Traddles, amigo mío, lo con-
seguiré.
-Nunca -dijo Traddles abriendo los ojos cuanto po-
dia- me hubiera figurado que tuvieras tanta decisión,
Copperfield.
Y no sé cómo hubiera podido tener la menor idea,
pues para mí era todavía un misterio. Cambié la
conversación y puse a míster Dick sobre el tapete.
-¿Sabe usted? -dijo míster Dick-. Yo querría poder
servir para cualquier cosa, míster Traddles; para
tocar el tambor aunque fuera, o para soplar en algo.
¡Pobre hombre! En el fondo de mi corazón creo
que hubiera preferido, en efecto, cualquier ocupa-
ción de esa clase. Pero Traddles, que no hubiera
sonreído por nada del mundo, contestó gravemente:
-Pero tiene usted una escritura muy buena, caba-
llero. Copperfield me lo ha dicho.
-Muy buena -dije yo.
En realidad, la claridad de su escritura era admi-
rable.
-¿No cree usted que podría copiar actas si yo se
las proporcionara?
Míster Dick me miró con expresión de duda:
«¿Qué le parece a usted, Trotwood?».
Yo moví la cabeza. Míster Dick movió la suya y
suspiró.
-Explíquele usted lo que me ocurre con la Memo-
ria --dijo míster Dick.
Le expliqué a Traddles que era muy difícil impedir
al rey Carlos I que se mezclara en los manuscritos
de míster Dick, quien durante aquel tiempo se chu-
paba el dedo, mirando a Traddles con la expresión
más respetuosa y más seria.
-Pero usted sabe que las actas de que hablo
están ya redactadas y terminadas -dijo Traddles
después de un momento de reflexión---. Míster Dick
no tendrá nada que hacer en ellas. ¿No sería esto
distinto, Copperfield? En todo caso, yo creo que
podría probar.
Sobre esto fundamos buenas esperanzas des-
pués de un momento de conferencia secreta entre
Traddles y yo, mientras míster Dick nos miraba con
inquietud desde su silla. En resumen, formamos un
plan en virtud del cual se puso al trabajo al día si-
guiente con el mayor éxito.
Pusimos encima de una mesa, al lado de la ven-
tana de Buckingham Street, el trabajo que Traddles
había proporcionado; había que hacer no sé cuán-
tas copias de un documento cualquiera relativo a un
derecho de paso. Sobre otra mesa extendimos el
último proyecto de Memoria a medio hacer. Dimos
instrucciones a míster Dick para copiar exactamente
lo que tenía delante de él, sin apartarse lo más
mínimo del original, y si sentía la necesidad de
hacer la más ligera alusión al rey Carlos I debía
volar al instante hacia la Memoria. Le exhortamos
para que siguiera con resolución este plan de con-
ducta, y dejamos a mi tía para que le vigilara. Des-
pués nos contó que en el primer momento estaba
como un timbalero entre los dos tambores y que
dividía sin cesar su atención entre las dos mesas;
pero habiéndole parecido después que aquello le
confundía y le cansaba, había terminado por poner-
se sencillamente a copiar el papel que tenía ante la
vista, dejando la Memoria para otra ocasión. En una
palabra, aunque tuvimos mucho cuidado para que
no trabajara más de lo razonable, y aunque no se
había puesto a trabajar al principio de la semana,
para el sábado había ganado diez chelines y nueve
peniques, y no olvidaré nunca sus idas y venidas a
todas las tiendas de la vecindad para cambiar su
tesoro en monedas de seis peniques, que trajo des-
pués a mi tía en una bandeja, donde las había colo-
cado en forma de corazón; sus ojos estaban llenos
de lágrimas de alegría y de orgullo. Desde el mo-
mento en que se vio ocupado de una manera útil,
parecía un hombre que se siente bajo un encanto
propicio, y si hubo una criatura dichosa aquella no-
che en el mundo fue el ser agradecido que miraba a
mi tía como a la mujer más notable y a mí como al
muchacho más extraordinario que hubiera en la
tierra-.
-Ya no hay peligro de que muera de hambre,
Trotwood -me dijo míster Dick dándome un apretón
de manos en un rincón-; yo me encargo de todas
sus necesidades, caballero.
Y movía en el aire sus diez dedos triunfantes, co-
mo si hubieran estado otros tantos bancos a su
disposición.
No sé quién estaba más contento, si Traddles o
yo.
-Verdaderamente -me dijo de pronto sacando una
carta del bolsillo-, ésto me ha hecho olvidar comple-
tamente a míster Micawber.
La carta estaba dirigida a mí (míster Micawber no
desperdiciaba nunca la ocasión de escribir una car-
ta) y ponía: «Confiada a los buenos cuidados de T.
Traddles, esq. du Temple».
«Mi querido Copperfield:
-- No le sorprenderá mucho saber que
me ha surgido una buena cosa, pues, si
lo recuerda, le había prevenido hace ya
algún tiempo que esperaba sin cesar
algo análogo.
Voy a establecerme en una ciudad de
provincias de nuestra isla afortunada.
La sociedad de este lugar puede ser
descrita como una mezcla feliz de los
elementos agrícolas y eclesiásticos, y
estaré en relaciones directas con una
de las profesiones más sabias. Mistress
Micawber y nuestra progenie me si-
guen. Nuestras cenizas se encontrarán
probablemente depositadas un día en el
cementerio dependiente de un venera-
ble santuario que ha llevado la reputa-
ción del lugar de que hablo desde la
China al Perú, si puedo expresarme así.
A1 decir adiós a la moderna Babilonia
hemos tenido que soportar muchas vici-
situdes y ¡con qué valor! mistress Mi-
cawber y yo sabemos que abandona-
mos quizá para muchos años, quizá pa-
ra siempre, a una persona que está
unida a los recuerdos más potentes del
altar de nuestros dioses domésticos.
Si la víspera de nuestra partida quiere
usted acompañar a nuestro común ami-
go míster Thomas Traddles a nuestra
residencia actual para cambiar los votos
naturales en semejantes casos, hará el
mayor honor a un hombre siempre fiel

WILKINS MICAWBER.»
Me alegré mucho de saber que mister Micawber
había por fin sacudido su cilicio y encontrado de
verdad algo. Supe por Traddles que la invitación era
para aquella misma noche, y antes de que fuera
más tarde expresé mi intención de asistir. Tomamos
juntos el camino de la casa que mister Micawber
ocupaba bajo el nombre de míster Mortimer, y que
estaba situada en lo alto de Grayls Inn Road.
Los recursos del mobiliario alquilado a míster Mi-
cawber eran tan limitados, que encontramos a los
mellizos, que tendrían unos ocho o nueve años,
dormidos en una cama-armario en el salón, donde
míster Micawber nos esperaba con una jarra llena
del famoso brebaje que le gustaba hacen Tuve el
gusto en aquella ocasión de volver a ver al hijo ma-
yor, muchacho de doce o trece años, que prometía
mucho si no hubiera estado ya sujeto a esa agita-
ción convulsiva de todos los miembros que no es un
fenómeno sin ejemplo en los chicos de su edad.
También vi a su hermanita miss Micawber, en quien
« su madre resucitaba su juventud pasada», como
el Fénix, según nos dijo míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -me dijo-, míster Traddles
y usted nos encuentran a punto de emigrar y excu-
sarán las pequeñas incomodidades que resultan de
la situación.
Lanzando una mirada a mi alrededor antes de dar
una respuesta conveniente, vi que el ajuar de la
familia estaba ya embalado y que su volumen no
era para asustar. Felicité a mistress Micawber por el
cambio de su situación.
-Mi querido Copperfield -me dijo mistress Micaw-
ber-, sé todo el interés que usted se toma por nues-
tros asuntos. Mi familia puede mirar este alejamien-
to como un destierro, si así le parece; pero yo soy
mujer y madre y no abandonaré nunca a míster
Micawber.
Traddles, al corazón del cual interrogaban los ojos
de mistress Micawber, asintió con tono aquiescente.
-Al menos es mi manera de considerar el com-
promiso que he contraído, mi querido Copperfield, el
día que pronuncié aquellas palabras irrevocables:
«Yo, Emma, tomo por esposo a Wilkins» . La víspe-
ra de aquel gran acto leí de cabo a rabo, a la luz de
una vela, todo el oficio del matrimonio y saqué la
conclusión de que no abandonaría nunca a míster
Micawber. Por lo tanto, podré equivocarme en la
manera de interpretar el sentido de aquella piadosa
ceremonia, pero no le abandonaré nunca.
-Querida mía -dijo míster Micawber con alguna
impaciencia-, ¿quién ha hablado jamás de eso?
-Sé, mi querido míster Copperfield -repuso mis-
tress Micawber-, que ahora tendré que poner mi
tienda entre los extraños; sé que los diferentes
miembros de mi familia, a los que mister Micawber
ha escrito en los términos más corteses para anun-
ciarles esto, ni siquiera han contestado a su comu-
nicación. A decir verdad, quizá sea superstición por
mi parte; pero creo que mister Micawber está pre-
destinado a no recibir respuesta de la mayoría de
las cartas que escribe. Supongo, por el silencio de
mi familia, que ve inconvenientes en la resolución
que he tomado; pero yo no me dejaré apartar del
camino del deber ni por papá y mamá si vivieran to-
davía, míster Copperfield.
Expresé mi opinión de que aquello era ir por el
buen camino.
-Me dirán que es sacrificarse el it a encerrarse en
un pueblo casi eclesiástico. Pero, míster Copper-
field, ¿por qué no he de sacrificarme si veo que un
hombre dotado de las facultades que posee míster
Micawber consume un sacrificio más grande todav-
ía?
-¡Oh! ¿Van ustedes a vivir en una ciudad eclesiás-
tica? -pregunté.
Míster Micawber, que acababa de servirnos a to-
dos el ponche, contestó:
-A Canterbury. El caso es, mi querido Copperfield,
que estoy unido por un contrato a nuestro amigo
Heep para ayudarle y servirle en calidad de... em-
pleado de confianza.
Miré con asombro a míster Micawber, que gozaba
mucho con mi sorpresa.
-Debo decirle -repuso con aire solemne- que las
costumbres prácticas y los prudentes consejos de
mistress Micawber han contribuido mucho a este
resultado. El guante de que mistress Micawber le
habló hace tiempo ha sido lanzado a la sociedad
bajo la forma de un anuncio, y nuestro amigo Heep
lo ha recogido, resultando de ello un agradecimiento
mutuo. Quiero hablar con todo el respeto posible de
nuestro amigo Heep, bondad notable. Mi amigo
Heep -continuó míster Micawber- no ha fijado el
sueldo en una suma muy considerable; pero me ha
hecho muchos favores para librarme de las dificul-
tades pecuniarias que pesaban sobre mí, contando
de antemano con mis servicios, y tiene razón; yo
pondré mi honor en hacerle serios servicios. La inte-
ligencia y la habilidad que pueda poseer -dijo mister
Micawber con expresión de modesto orgullo y en su
antiguo tono de elegancia- las consagraré por com-
pleto al servicio de mi amigo Heep. Ya tengo algún
conocimiento del Derecho, pues he tenido que sos-
tener por mi cuenta muchos procesos civiles, y voy
a dedicarme inmediatamente a estudiar los comen-
tarios de uno de los más eminentes jurisconsultos
ingleses. Creo que es inútil añadir que me refiero al
juez de paz Blackstone.
Aquellas observaciones fueron interrumpidas a
menudo por mistress Micawber regañando a su hijo
mayor porque estaba sentado sobre los talones o
porque se sostenía la cabeza con las dos manos,
como si tuviera miedo a perderla, o bien porque
daba puntapiés a Traddles por debajo de la mesa;
otras veces ponía un pie encima de otro, o separa-
ba las piernas a distancias absurdas, o se tumbaba
en la mesa, metiendo los pelos en los vasos; en fin,
que manifestaba la inquietud de todos sus miem-
bros con una multitud de movimientos incompatibles
con los intereses generales de la sociedad, en-
fadándose además por las observaciones que su
madre le hacía. Durante aquel tiempo yo pensaba
qué significaría la revelación de mister Micawber, de
la que no me había repuesto todavía hasta que
mistress Micawber reanudó el hilo de su discurso
reclamando toda mi atención.
-Lo que yo pido sobre todo a Micawber es que
evite, aunque se sacrifique a esta rama secundaria
del Derecho, que evite el quedarse sin medios de
poder elevarse un día hasta la cumbre. Estoy con-
vencida que mister Micawber, dedicándose a una
profesión que dé libre camera a la fertilidad de sus
recursos y a su facilidad de elocución, no podrá por
menos de distinguirse. Veamos, mister Traddles: si
se tratara, por ejemplo, de llegar a ser un día juez o
canciller -añadió con expresión profunda-, ¿no se
colocará uno completamente fuera de esos puestos
importantes aceptando un empleo como ese que
mister Micawber acaba de aceptar?
-Querida mía -dijo también Micawber mirando a
Traddles con interrogación-, tenemos delante de
nosotros tiempo para reflexionar sobre ello.
-¡No, Micawber! -replicó ella-. Tu equivocación en
la vida es no mirar nunca lo bastante al porvenir.
Estás obligado, aunque sólo sea por un sentimiento
de justicia hacia tu familia y hacia ti mismo, a abra-
zar con la mirada los puntos más alejados del hori-
zonte a que pueden llevarte tus facultades.
Mister Micawber tosió y bebió su ponche muy sa-
tisfecho, y continuó mirando a Traddles como si
esperase su opinión.
-Usted sabe la verdadera situación, mistress Mi-
cawber -dijo Traddles, revelándole suavemente la
verdad-; quiero decir el caso en toda su desnudez
más prosaica...
-Precisamente, mi querido mister Traddles -dijo
mistress Micawber-, deseo ser lo más prosaica po-
sible en un asunto de esta importancia.
-Es que --dijo Traddles- esta rama de la carrera,
aun cuando mister Micawber fuera abogado en toda
regla...
-Precisamente -replicó mistress Micawber-. Wil-
kins, no te pongas bizco; después ya no sabrás
mirar derecho.
-Esta parte de la carrera no tiene nada que ver
con la magistratura. únicamente los abogados pue-
den pretender esos puestos importantes, y míster
Micawber no puede ser abogado sin haber estudia-
do cinco años en alguna escuela de Derecho.
-¿Le he comprendido bien? -dijo mistress Micaw-
ber con su expresión más comprensiva y más ama-
ble-. ¿Dice usted, mi querido míster Traddles, que a
la expiración de ese plazo míster Micawber podría
entonces ser juez o canciller?
-En rigor sí «podría» -repuso Traddles remarcan-
do la última palabra.
-Gracias --dijo mistress Micawber-; es todo lo que
quería saber. Si esa es la situación y si mister Mi-
cawber no renuncia a ningún privilegio encargándo-
se de esos deberes, se acabaron mis inquietudes.
Me dirán ustedes que hablo como una mujer -dijo
mistress Micawber-; pero siempre he creído que
míster Micawber poseía lo que papá llamaba espíri-
tu judicial, y me parece que ahora entra en una
carrera donde sus facultades podrán desarrollarse y
elevarle a un puesto importante.
No dudo de que mister Micawber no se viera ya
con los ojos del espíritu judicial sentado en la silla
del tribunal. Se pasó la mano con satisfacción por
su cabeza calva y dijo con una resignación orgullo-
sa:
-No anticipemos los secretos de la fortuna, queri-
da. Si estoy destinado a llevar peluca, estoy dis-
puesto, exteriormente al menos -añadió haciendo
alusión a su calvicie-, a recibir esa distinción. No
siento haber perdido mis cabellos, y quién sabe si
no los he perdido con un objeto determinado. Mi
intención, mi querido Copperfield, es educar a mi
hijo para la Iglesia, y, lo confieso, es sobre todo por
él por lo que me gustaría llegar a la grandeza.
-¿Por la Iglesia? -pregunté maquinalmente, pues
seguía pensando en Uriah Heep.
-Sí -dijo mister Micawber-;tiene una hermosa voz,
y empezará en los coros. Nuestra residencia en
Canterbury y las relaciones que ya poseemos nos
permitirán sin duda aprovechar las vacantes que se
presenten entre los cantores de la catedral.
Mirando de nuevo a su hijo me pareció que tenía
cierta expresión que hacía que pareciese que le
salía la voz de las cejas, lo que se afirmó al oírle
cantar (le dieron a escoger entre cantar o irse a la
cama, y cantó) The wood-Pecker tapping. Después
de muchos cumplidos sobre la ejecución del trozo
se volvió a la conversación general, y como yo es-
taba demasiado preocupado con mis intentos des-
esperados para callarme el cambio de mi situación,
les conté todo a los Micawber. No puedo expresar lo
encantados que se quedaron al saber los apuros de
mi tía y cómo aquello redobló su cordialidad y la
naturalidad de sus modales.
Cuando habíamos llegado casi al fondo de la jarra
me dirigí a Traddles y le recordé que no podíamos
separarnos sin desear a nuestros amigos una salud
perfecta y mucha felicidad y éxito en su nueva ca-
rrera. Rogué a mister Micawber que llenara los va-
sos, y brindé a su salud con todos los requisitos;
estreché la mano de, míster Micawber a través de la
mesa, besé a mistress Micawber en conmemora-
ción de aquella gran solemnidad. Traddles me imitó
en cuanto a lo primero; pero no se creyó bastante
íntimo en la casa para seguir más lejos.
-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber
levantándose, con los dedos pulgares en los bolsi-
llos del chaleco-, compañero de mi juventud, si me
está permitida esta expresión, y usted, mi estimado
amigo Traddles, si puedo llamarle así, permítanme,
en nombre de mistress Micawber y en el mío y en el
de nuestros hijos, darles las gracias por sus buenos
deseos en los términos más calurosos y espontáne-
os. Podia esperarse que en vísperas de una emi-
gración que abre ante nosotros una existencia com-
pletamente nueva (míster Micawber hablaba como
si fuera a establecerse a quinientas mil millas de
Londres) deseara dirigir algunas palabras de des-
pedida a dos amigos como los presentes; pero ya
he dicho todo lo que tenía que decir. Sea cual fuere
la situación social a que pueda llegar siguiendo la
profesión sabia de que voy a ser un miembro indig-
no, trataré de no desmerecer y de hacer honor a
mistress Micawber. Bajo el peso de las dificultades
pecuniarias temporales, provenientes de compromi-
sos contraídos con intención de responder a ellos
inmediatamente, pero de los que no he podido li-
brarme a consecuencia de circunstancias diversas,
me he visto en la necesidad de ponerme un traje
que repugna a mis instintos naturales, quiero decir
gafas, y de tomar posesión de un nombre sobre el
que no puedo establecer ninguna pretensión legíti-
ma. Todo lo que puedo decir de ello es que las nu-
bes han desaparecido del horizonte sombrío y que
el ángel de la guarda reina de nuevo sobre la cum-
bre de las montañas. El lunes a las cuatro, a la lle-
gada de la diligencia a Canterbury, mi pie hollará su
tierra natal y mi nombre será ¡Micawber!
Míster Micawber volvió a sentarse después de
aquellas observaciones y bebió dos vasos seguidos
de ponche con la mayor gravedad; después añadió
en tono solemne:
-Me queda todavía algo que hacer antes de sepa-
ramos; me queda cumplir un acto de justicia. Mi
amigo míster Thomas Traddles, en dos ocasiones
diferentes ha puesto su firma, si puedo emplear esta
expresión vulgar, en pagarés para mi uso. En la
primera ocasión míster Thomas Traddles ha sido...
debo decir que ha sido cogido en el lazo. El término
del segundo todavía no ha llegado. El primero as-
cendía a (en esto míster Micawber examinó cuida-
dosamente sus papeles), creo que ascendía a vein-
titrés libras, cuatro chelines y nueve peniques y
medio; el segundo, según mis notas, era de diecio-
cho libras, seis chelines y dos peniques; estas dos
sumas hacen un conjunto total de cuarenta y una
libras, diez chelines y once peniques y medio, si mis
cálculos son exactos. ¿Mi amigo Copperfield quiere
tener la bondad de comprobar la suma?
Lo hice, y encontré la cuenta exacta.
-Sería un peso insoportable para mí -dijo míster
Micawber- dejar esta metrópoli y a mi amigo míster
Thomas Traddles sin pagar la parte pecuniaria de
mis obligaciones con él. He preparado, y lo tengo en
la mano, un documento que responde a mis deseos
sobre este punto. Pido permiso a mi amigo míster
Traddles para entregarle mi pagaré por la suma de
cuarenta y una libras, diez chelines y once peniques
y medio, y hecho esto recobro toda mi dignidad
moral y siento que puedo andar con la cabeza le-
vantada ante mis semejantes.
Después de haber soltado este prefacio con viva
emoción, míster Micawber puso su pagaré entre las
manos de Traddles y le aseguró sus buenos deseos
para todas las circunstancias de su vida. Estoy per-
suadido de que no solamente esta transacción hac-
ía en míster Micawber el mismo efecto que si hubie-
ra pagado el dinero, sino que Traddles mismo no se
dio bien cuenta de la diferencia hasta que tuvo
tiempo para pensarlo.
Fortificado por aquel acto de virtud, míster Micaw-
ber andaba con la cabeza tan alta delante de sus
semejantes, los hombres, que su pecho parecía
haberse ensanchado una mitad más cuando nos
alumbraba para bajar la escalera. Nos separamos
muy cordialmente y, después de acompañar a
Traddles hasta su puerta y mientras volvía solo a
casa, entre otros pensamientos extraños y contra-
dictorios que me vinieron a la imaginación, pensé
que probablemente era a causa del recuerdo de
compasión por mi infancia abandonada por lo que
míster Micawber, con todas sus excentricidades, no
me había pedido nunca dinero. Seguramente no
hubiera tenido valor para negárselo, y no me cabe
duda, dicho sea en honor suyo, que él lo sabía tan
bien como yo.
CAPÍTULO XVII
UN POCO DE AGUA FRÍA
Mi nueva vida duraba ya más de una semana y
estaba más fuerte que nunca en aquellas terribles
resoluciones prácticas que consideraba como exigi-
das imperiosamente por las circunstancias. Conti-
nuaba andando muy deprisa, con una vaga idea de
que seguía mi camino. Me aplicaba a gastar mis
fuerzas todo lo que podía en el ardor con que
cumplía todo lo emprendido. Era, en una palabra,
una verdadera víctima de mí mismo. Llegué incluso
a preguntarme si no debería hacerme vegetariano,
con la vaga idea de que volviéndome un animal
herbívoro sería un sacrificio más que ofrecer en el
altar de Dora.
Hasta entonces mi pequeña Dora ignoraba por
completo mis esfuerzos desesperados y no sabía lo
que mis cartas hubieran podido confusamente de-
jarla percibir. Pero llegó el sábado. Era el día que
debía visitar a miss Mills, y yo también debía ir allí a
tomar el té cuando míster Mills se hubiera marchado
a su Círculo para jugar al whist, suceso de que me
advertía la aparición de una jaula de pájaro en la
ventana de en medio del salón.
Entonces estábamos establecidos del todo en
Buckinghan Street. Míster Dick continuaba sus co-
pias con una alegría sin igual. Mi tía había conse-
guido una victoria señalada sobre mistress Crupp
tirando por la ventana la primera cazuela que en-
contró emboscada en la escalera y protegiendo su
persona a la llegada y a la salida con una asistenta
que había tomado para la limpieza. Estas medidas
de rigor habían causado tal impresión en mistress
Crupp, que se había retirado a su cocina, convenci-
da de que mi tía estaba rabiosa. A mi tía, a quien la
opinión de mistress Crupp, como la del mundo ente-
ro, tenía completamente sin cuidado, le divertía
confir mar aquella idea, y mistress Crupp, antes tan
valiente, pront perdió todo su valor; tanto, que para
evitar encontrarse con mí tía en la escalera trataba
de eclipsar su voluminosa persona detrás de las
puertas o esconderse en los rincones oscu ros,
dejando, sin embargo, aparecer, sin darse cuenta,
uno dos volantes de la falda de franela. Miss Betsey
encontrab tal satisfacción en asustarla, que yo creo
que se divertía su biendo y bajando expresamente
la escalera con el sombrer plantado con descaro en
lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas
de encontrar a mistress Crupp en su camino.
Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu
inven tivo, introdujo tantas mejoras en nuestros
arreglos interiores que se hubiera dicho que había-
mos heredado en lugar d arruinamos. Entre otras
cosas convirtió la despensa en u tocador para mi
uso, y me compró una cama de madera que se
convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto
de s solicitud, y mi pobre madre misma no me
hubiera podid querer más ni preocuparse más por
hacerme dichoso.
Peggotty había considerado como un gran favor el
privilegio de participar en todos aquellos trabajos, y
aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo
terror, había recibid de ella últimamente tantas
pruebas de confianza y estima ción, que eran las
mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el
momento (hablo del sábado, en que yo tenía que
tomar el té en casa de miss Mills) en que tenía que
volver su casa para cuidar de Ham.
-Adiós, Barkis -dijo mi tía-. Cuídese mucho. Nunc
hubiera creído que pudiera sentir tanto verla mar-
char.
Acompañé a Peggotty a las oficinas de la diligen-
cia y dejé en el coche. Lloraba al despedirse y con-
fió a su hermano a mi amistad, como había hecho
Ham. No habíamos vuelto a oír hablar de él desde
la tarde que se marchó.
-Y ahora, mi querido Davy -dijo Peggotty-, si du-
rante tu aprendizaje necesitas dinero para tus gas-
tos, o si el plazo expira, querido niño, y necesitas
algo para establecerte, en uno a otro caso, o en los
dos, ¿quién tendría más derecho para prestártelo
que la vieja niñera de mi pobre niña?
No estaba poseído por una pasión de indepen-
dencia tan salvaje que no quisiera al menos agra-
decer sus ofrecimientos generosos, asegurándole
que si pedía alguna vez dinero a alguien sería a ella
a quien me dirigiría, y creo que, de no haberle pedi-
do en el momento una gran suma, aquella segu-
ridad era lo que más podía complacerla.
-Y además, querido --dijo Peggotty bajito-, dile a
tu lindo angelito que me hubiera gustado conocerla
aunque sólo hubiera sido un minuto; dile también
que antes de casarse con mi niño vendré a arregla-
ros la casa, si me lo permitís.
Le prometí que nadie la tocaría más que ella, y
quedó tan encantada, que se marchó radiante.
Me cansé aquel día en el Tribunal más que de
costumbre por una multitud de procedimientos para
que se me hiciera el tiempo menos largo, y por la
tarde, a la hora fijada, fui a la calle en que vivía miss
Mills. Míster Mills era un hombre terrible para dormir
siempre después de comer y no había salido todav-
ía. La jaula no estaba en la ventana.
Me hizo esperar tanto tiempo, que empecé a de-
sear, a modo de consuelo, que los jugadores de
whist que hacían la partida le pusieran multa para
enseñarle a no retrasarse. Por fin salió y vi a mi
pequeña Dora colgar ella misma la jaula y dar un
paso en el balcón para ver si estaba yo allí. A1 ver-
me se entró corriendo, mientras Jip ladraba con
todas sus fuerzas contra un enorme perro que esta-
ba en la calle y que le hubiera podido tragar como
una píldora.
Dora salió a la puerta del salón para recibirme; Jip
llegó también, gruñendo, convencido de que yo era
un bandido, y entramos los tres en la habitación con
ternura y muy dichosos. Pero pronto lancé yo la
desesperación en medio de nuestra alegría (¡ay! fue
sin querer; pero estaba tan preocupado por mi
asunto) preguntando a Dora sin preámbulos si podr-
ía decidirse a querer a un mendigo.
¡Mi querida y pequeña Dora! ¡Pensad en su terror!
La idea que aquella palabra despertaba en su espí-
ritu era la de un rostro lleno de arrugas, con un go-
rro de algodón, con acompañamiento de muletas,
de una pierna de palo y de un perro con una cestita
en la boca. Así es que me miró toda asustada y con
la sorpresa más cómica del mundo.
-¿Cómo puedes hacerme esa pregunta tan loca?
--dijo haciendo una mueca-. ¡Querer a un mendigo!
-Dora, amor mío -le dije-. Yo soy un mendigo.
-¿Cómo puedes ser tan loco para venir a contar-
me semejantes cosas? ---dijo, dándome un golpeci-
to en la mano-. Voy a decirle a Jip que te muerda.
Su infantilidad era lo que más me gustaba del
mundo; pero tenía que explicarme, y repetí en tono
solemne:
-Dora, vida mía, amor mío, ¡tu David se ha arrui-
nado!
-Te aseguro que le diré a Jip que te muerda si
continúas con tus locuras -repuso Dora sacudiendo
sus bucles.
Pero me vio tan serio, que dejó de sacudir sus
bucles, puso su manita temblorosa en mi hombro,
me miró primero confusa y con temor, y después se
echó a llorar. ¡Era una cosa terrible! Caí de rodillas
al lado del diván, acariciándola y rogándole que no
me desgarrara el corazón; pero durante un rato mi
pobre Dora sólo sabía repetir:
-¡Dios mío, Dios mío! Tengo miedo. ¿Dónde está
Julia? Llévame con Julia, y vete, te lo ruego.
Yo no sabía lo que era de mí.
Por fin, a fuerza de ruegos y de protestas, con-
vencí a Dora de que me mirase. Parecía muy asus-
tada; pero poco a poco, con mis caricias, conseguí
que me mirase tiernamente, y apoyó su suave meji-
llita contra la mía. Entonces, teniéndola abrazada, le
dije que la quería con todo mi corazón, pero que, en
conciencia, me creía obligado a ofrecerle si quería
romper nuestro compromiso, porque me había que-
dado muy pobre; que nunca me consolaría ni podría
soportar la idea de perderla; que yo no temía la
pobreza si ella tampoco la temía; que mi corazón y
mis brazos sacarían las fuerzas de mi amor por ella;
que ya trabajaba con un valor de que solo los aman-
tes son capaces; que había empezado a entrar en
la vida práctica y a pensar en el porvenir-, que una
miga de pan ganada con el sudor de nuestra frente
era más dulce al corazón que un festín debido a una
herencia; y muchas más cosas bonitas como aque-
lla, pronunciadas con una elocuencia apasionada
que me sorprendió a mí mismo, aunque me había
preparado para aquel momento desde que mi tía
me sorprendió con su llegada imprevista.
-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía?
-le dije con entusiasmo, sabiendo que me pertenec-
ía, pues se estrechaba contra mí.
-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan te-
rrible!
-¿Yo terrible, pobre Dora?
-No me hables de volverme pobre y de trabajar
como un negro -me dijo abrazándome-; te lo ruego,
te lo ruego.
-Amor mío -le dije-, una miga de pan... ganada
con el sudor...
-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan.
.Jip necesita todos los días su chuleta de cordero a
mediodía; si no se morirá.
Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le
expliqué tiernamente que Jip tendría su chuleta de
cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le
describí nuestra vida modesta, independiente, gra-
cias a mi trabajo; le hablé de la casita que había
visto en Highgate, con la habitación en el primer
piso para mi tía.
-¿Soy todavía muy terrible, Dora? -le dije con ter-
nura.
-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu
tía esté mucho tiempo en su habitación, y
además que no sea una vieja gruñona.
Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo
hubiera hecho entonces. Sin embargo, me daba
cuenta de que no servía para mucho en el caso
actual. Mi nuevo ardor se enfriaba viendo que era
tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo esfuerzo.
Cuando se hubo repuesto por completo y cogió a
Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas alre-
dedor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.
-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?
-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica
-me dijo en tono suave-; ¡si supieras el miedo que
me da!
-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte
en todo esto. Yo querría hacerte ver las cosas de
otro modo. Por el contrario, querría que esto te ins-
pirase valor.
-¡Es precisamente lo que me asusta! --exclamó
Dora.
-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de
voluntad se soportan cosas mucho peores.
-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacu-
diendo sus bucles-. ¿No es verdad, Jip? ¡Vamos,
besa a Jip y sé cariñoso!
Era imposible negarme a besar a Jip cuando me
lo tendía expresamente, redondeando ella también
para besarle su boquita rosa, dirigiendo la opera-
ción, que debía cumplirse, con una precision ma-
temática, en medio de la nariz del animalito. Hice lo
que quería, y después reclamé la recompensa por
mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante
tiempo hacer que fracasara mi gravedad.
-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi so-
lemnidad-, ¡todavía tengo algo que decirte!
Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se
hubiera enamorado al verla juntar sus manitas y
tendérmelas suplicante para que no la asustara.
-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía
yo-; únicamente, Dora, querida mía, si quisieras
pensar sin temor, si quisieras pensar alguna vez,
para darte valor, en que eres la novia de un hombre
pobre.
-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!
-Nada de eso, chiquilla -le dije alegremente-; si
quisieras nada más pensarlo alguna vez y ocuparte
de vez en cuando de las cosas de la casa de tu
papá, para tratar de acostumbrarte...; las cuentas,
por ejemplo...
Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito
que parecía un sollozo.
-... Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si
me prometieras leer... un librito de cocina que yo te
mande, sería una cosa bonísima para ti y para mí.
Pues nuestro camino en la vida va a ser duro en el
primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a
nosotros toca el mejorarlo. Tenemos que luchar
para conseguirlo, y necesitamos valor. Tenemos
muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontar-
los sin temor, aplastarlos bajo nuestros pies.
Seguí hablando con el puño cerrado y con resolu-
ción; pero era inútil llegar más lejos; había dicho
bastante, y había conseguido... volver a asustarla.
-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia
Mills, y vete; ¡haz el favor!
En una palabra, estaba medio loco y recorría el
salón en todas las direcciones.
Aquella vez creí que la había matado. Le eché
agua por la cara. Caí de rodillas, me arranqué los
pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin
conciencia y sin piedad. Le pedí perdón. Le suplica-
ba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de
miss Mills para encontrar un frasco de sales, y, en
mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil cre-
yendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de
Dora. Amenacé con el puño a Jip, que estaba tan
desesperado como yo, y me entregué a todas las
extravagancias imaginables. Hacía mucho tiempo
que había perdido la cabeza cuando miss Mills
entró en la habitación.
-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó
miss Mills acudiendo en. socorro de su amiga.
Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo
soy el criminal, y una multitud de cosas del mismo
estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de
la luz, la oculté contra los almohadones del diván.
Miss Mills creyó al principio que era una pelea y
que nos habíamos perdido en el desierto de Sahara;
pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre,
pues mi pequeña y querida Dora exclamó, abrazán-
dola, que yo era un pobre obrero; después se echó
a llorar por mí, preguntándome si quería aceptarle
todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó por
echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si
su corazoncito fuera a romperse.
Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para
ser nuestra bendición. Se enteró en pocas palabras
de la situación, consoló a Dora, la convenció poco a
poco de que yo no era un obrero. Por la manera de
contar las cosas creo que Dora había supuesto que
me había hecho marinero y que me pasaba el día
balanceándome sobre una plancha. Miss Mills, me-
jor enterada, terminó por restablecer la paz entre
nosotros. Cuando todo volvió a estar en orden, Dora
subió a lavarse los ojos con agua de rosas y miss
Mills pidió el té. Entre tanto, yo declaré a aquella
señorita que siempre sería su amigo y que mi co-
razón cesaría de latir antes que olvidar su simpatía.
Le desarrollé entonces el plan que había tratado
de hacer comprender con tan poco éxito a Dora.
Miss Mills me contestó, según sus principios gene-
rales, que la cabaña de la alegría valía más que el
palacio del frío esplendor, y que donde había amor
lo había todo.
Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo
sabía mejor que yo, que amaba a Dora como
ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante
la melancólica observación de miss Mills de que
sería dichoso para algunos corazones el no haber
amado tanto como yo, le dije que mi observación se
refería al sexo masculino únicamente.
Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no
tendría alguna ventaja práctica la proposición que
había querido hacer respecto a las cuentas, al cui-
dado de la casa y a los libros de cocina.
Después de un momento de reflexión, he aquí lo
que miss Mills me contestó:
-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted.
Los sufrimientos y las pruebas morales suplen a los
años en ciertas naturalezas, y voy a hablarle tan
francamente como una madre abadesa. No; su pro-
posición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra
querida Dora es la niña mimada de la Naturaleza.
Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad. No
le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy
bien, sin duda; pero...
Miss Mills movió la cabeza.
Aquella muda concesión de miss Mills me animó a
preguntárle si en el caso de que se presentara la
ocasión de atraer la atención de Dora hacia las
condiciones de ese género necesarias a la vida
práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss
Mills consintió con tan buena voluntad, que le pedí
también si no querría encargarse del libro de cocina
y hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora
sin asustarla demasiado. Miss Mills se encargó de
la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.
Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me
pregunté si verdaderamente había derecho de ocu-
parse en detalles tan vulgares. Y además, me ama-
ba tanto, estaba tan encantadora, sobre todo cuan-
do hacía a Jip tenerse en dos patas para pedirle su
tostada y ella hacía como que le iba a quemar la
nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla,
que terminé considerándome como un monstruo
que hubiera venido a asustar al hada en su bosque,
cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en
las lágrimas que había derramado.
Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus
canciones francesas sobre la imposibilidad absoluta
de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que
nunca que era un monstruo.
Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un mo-
mento antes de retirarme miss Mills aludió por ca-
sualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la
desgracia de decir que tenía que trabajar y que me
levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era
sereno en algún establecimiento particular; pero
aquella noticia causó una gran impresión en su
espíritu, y dejó de tocar y de cantar.
Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y
me dijo con su aire mimoso, como podía habérselo
dicho, según me pareció, a su muñeca.
-¡Malo! No te levantes a las cinco; eso no tiene
sentido común.
-Tengo que trabajar, querida.
-Pues no trabajes; ¿para qué?
Era imposible decir de otra manera queriendo a
aquel lindo rostro, sorprendido, que había que tra-
bajar para vivir.
-¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora.
-¿Y cómo viviremos si no, Dora?
-¡Cómo! ¡No importa cómo! --dijo Dora.
Estaba convencida de que había solucionado la
cuestión y me dio un beso de triunfo, que brotaba
tan espontáneamente de su corazón inocente, que
por todo el oro del mundo no hubiera querido discu-
tirle la respuesta, pues la amaba y continuaba
amándola con toda mi alma, con todas mis fuerzas.
Pero al mismo tiempo que trabajaba mucho, que
batía el hierro mientras estaba caliente, aquello no
me impedía que a veces, por la noche, cuando me
encontraba frente a mi tía reflexionando en el susto
que había dado a Dora, me preguntase qué haría
para pasar a través del bosque de las dificultades
con una guitarra en la mano; y a fuerza de pensar
en ello me parecía que mis cabellos se volvían
blancos.
CAPÍTULO XVIII
DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD
Me apresaré a poner inmediatamente en ejecu-
ción el plan que había formado relativo a los deba-
tes parlamentarios. Era uno de los hierros de mi
forja que había que golpear mientras estuviera ca-
liente, y me puse a ello con una perseverancia que
me atrevo a admirar. Compré un célebre tratado so-
bre el arte de la taquigrafía (que me costó diez che-
lines) y me sumergí en un océano de dificultades, y
al cabo de algunas semanas casi me habían vuelto
loco todos los cambios que podia tener uno de esos
acentos que colocados de una manera significaban
una cosa y otra en tal otra posición; los caprichos
maravillosos figurados por círculos indescifrables;
las consecuencias enormes de un signo tan grande
como una pata de mosca; los terribles efectos de
una curva mal colocada, y no me preocupaban úni-
camente durante mis horas de estudio: me persegu-
ían hasta durante mis horas de sueño. Cuando por
fin llegué a orientarme más o menos a tientas, en
medio de aquel laberinto y a dominar casi el alfa-
beto, que por sí solo era todo un templo de jeroglífi-
cos egipcios, fui asaltado por una procesión de nue-
vos horrores, llamados signos arbitrarios. Nunca he
visto signos tan despóticos; por ejemplo, querían
absolutamente que una línea más fina que una tela
de araña significara espera, y que una especie de
candil romano se tradujera por perjudicial. A medida
que conseguía meterme en la cabeza todo aquello
me daba cuenta de que se me había olvidado el
principio. Lo volvía a aprender, y entonces olvidaba
lo demás. Si trataba de recordarlo, era alguna otra
parte del sistema la que se me escapaba.
En una palabra, era desolador; es decir, me habr-
ía parecido desolador si no hubiera sido por el re-
cuerdo de Dora, que me animaba. ¡Dora, áncora fiel
de mi barca, agitada por la tempestad! Cada ade-
lanto en el sistema me parecía una encina nudosa
que había derribado en el bosque de las difi-
cultades, y me proponía derribarlas una tras otra
con un redoblamiento de energía; tanto, que al cabo
de cuatro meses me creí en estado de intentar una
prueba con uno de nuestros oradores del Tribunal.
Nunca olvidaré que mi orador se había ya vuelto a
sentar antes de que yo hubiera empezado siquiera y
que mi lápiz se retorcía encima del papel como si
tuviera convulsiones.
Aquello no podía ser; era evidente que había aspi-
rado a demasiado; había que conformarse con me-
nos. Corrí a ver a Traddles para que me aconsejara,
y me propuso dictarme discursos despacio, dete-
niéndose de vez en cuando para facilitarme la cosa.
Acepté su ofrecimiento con la mayor gratitud, y to-
das las noches, durante mucho tiempo, tuvimos en
Buckingham Street una especie de Parlamento pri-
vado cuando volvía de casa del doctor.
Me gustaría ver en algún sitio un Parlamento se-
mejante. Mi tía y míster Dick representaban el Go-
bierno o la oposición (según las circunstancias), y
Traddles, con ayuda del Orador de Enfielfi o de un
tomo de Los debates parlamentarios, los aplastaba
con las más tremendas invectivas. De pie al lado de
la mesa, con una mano encima del libro, para no
perder la página, el brazo derecho levantado por
encima de su cabeza, Traddles representaba alter-
nativamente a míster Pitt, a mister Fox, a mister
Sheridan, a mister Burke, a lord Castlereadh, al
vizconde Sidmouth, o a míster Canning, y entregán-
dose a la cólera más violenta acusaba a mi tía y a
mister Dick de inmoralidad y de corrupción. Yo,
sentado cerca, con mi cuaderno de notas en la ma-
no, hacía volar mi pluma, queriendo seguirle en su
declamación. La inconstancia y la ligereza de
Traddles no podrían ser sobrepasadas por ningún
político del mundo. En ocho días había abrazado to-
das las ideas y había enarbolado veinte banderas.
Mi tía, inmóvil como un canciller del Exchequer,
lanzaba a veces una interrupción: «Muy bien» o
«No» a «¡Oh!» cuando el texto parecía exigirlo, y
míster Dick (verdadero ejemplo del gentilhombre
campesino) le servía inmediatamente de eco. Pero
míster Dick fue acusado durante su carrera parla-
mentaria de cosas tan odiosas y le predijeron para
el porvenir consecuencias tan terribles, que terminó
por asustarse. Yo creo que hasta acabó por per-
suadirse de que efectivamente había hecho algo
que debía acarrear la ruina de la Constitución de la
Gran Bretaña y la decadencia inevitable del país.
Muy a menudo continuábamos nuestros debates
hasta que el reloj daba las doce y las velas se hab-
ían quemado hasta el final. El resultado de tanto
trabajo fue que terminé por seguir bastante bien a
Traddles. No faltaba más que una cosa a mi triunfo,
y era saber leer después lo que ponía en mis notas;
pero no tenía ni la menor idea. Una vez escritas,
lejos de poder restablecer el sentido, era como si
hubiera copiado inscripciones chinas de las cajas de
té o las letras de oro que se pueden leer en los
enormes frascos rojos de las farmacias.
No tenía otra cosa que hacer que volver a poner-
me valientemente a la tarea. Era duro, pero em-
pecé, a pesar de mi fastidio, a recorrer de nuevo
laboriosa y metódicamente el camino que ya había
andado, marchando a pasos de tortuga, detenién-
dome para examinar minuciosamente el menor sig-
no, y haciendo esfuerzos desesperados para desci-
frar aquellos caracteres pérfidos en cualquier parte
que los encontrase. Era muy exacto en mi oficina,
muy exacto con el doctor; en fin, trabajaba como un
verdadero caballo de alquiler.
Un día que me dirigía al Tribunal de Doctores,
como de costumbre, me encontré en el umbral de la
puerta a míster Spenlow muy serio y hablando solo.
Como se quejaba a menudo de dolores de cabeza y
tenía el cuello muy corto y los cuellos de las cami-
sas muy tiesos, en el primer momento creí que le
habría atacado un poco al cerebro; pero pronto me
tranquilicé sobre aquel punto.
En lugar de contestarme a mi «Buenos días, ca-
ballero» con su amabilidad acostumbrada, me miró
de un modo altanero y ceremonioso y me indicó
fríamente que le siguiera a cierto café que en aquel
tiempo daba al Tribunal por el pequeño arco al lado
del cementerio de Saint Paul. Yo le obedecí muy
turbado; me sentía cubierto de un sudor frío, como
si todos mis temores fueran a parar a la piel. Anda-
ba delante de mí, pues el sitio era muy estrecho, y
la manera de llevar la cabeza no me presagiaba
nada bueno. Sospeché que había descubierto mis
sentimientos por mi querida pequeña Dora.
Si no lo hubiera adivinado mientras le seguía
hacia el café de que he hablado no habría podido
dudar mucho tiempo de lo que se trataba cuando,
después de subir a una habitación del primer piso,
me encontré con miss Murdstone, apoyada en una
especie de mostrador, donde estaban alineadas
varias garrafas conteniendo limones y dos de esas
cajas extraordinarias completamente llenas de hen-
deduras donde antiguamente se clavaban los cuchi-
llos y los tenedores, pero que, felizmente para la
Humanidad, ahora están obsoletas.
Miss Murdstone me tendió sus uñas glaciales y se
volvió a sentar con la expresión más austera. Míster
Spenlow cerró la puerta, me indicó que me sentara
y se puso de pie delante de la chimenea.
-Tenga la bondad, miss Murdstone --dijo míster
Spenlow-, de enseñar a míster Copperfield lo que
lleva usted en el portamonedas.
Creo verdaderamente que era el mismo bolso con
cierre de acero que le conocía desde mi infancia.
Con los labios tan apretados como el cierre, miss
Murdstone empujó el resorte, entreabrió un poco la
boca al mismo tiempo y sacó de su bolso mi última
carta a Dora, toda llena de las expresiones más
tiernas de afecto.
-Creo que es su letra, míster Copperfield --dijo
míster Spenlow.
Tenía la frente ardiendo, y la voz que sonaba en
mis oídos no se parecía siquiera a la mía cuando
respondí:
-Sí, señor.
-Si no me equivoco -dijo míster Spenlow mientras
miss Murdstone sacaba de su bolso un paquete de
cartas atado con una preciosa cintita azul-, ¿estas
cartas también son de su mano, míster Copperfield?
Cogí el paquete con un sentimiento de desola-
ción; y viendo con una ojeada en el encabezamiento
de las páginas: «Mi adorada Dora, mi ángel querido,
mi querida pequeña», enrojecí profundamente y
bajé la cabeza.
-No, gracias -me dijo fríamente míster Spenlow,
pues le alargaba maquinalmente el paquete de car-
tas-. No quiero privarle de ellas. Miss Murdstone,
tenga la bondad de continuar.
Aquella amable criatura, después de reflexionar
un momento con los ojos fijos en la alfombra, contó
lo siguiente muy secamente:
-Debo confesar que desde hace algún tiempo ten-
ía mis sospechas respecto a miss Spenlow en lo
concerniente a míster Copperfield, y no perdía de
vista a miss Spenlow ni a David Copperfield. La
primera vez que se vieron, la impresión que saqué
ya no fue agradable. La depravación del corazón
humano es tal...
-Le agradeceré, señora -interrumpió míster Spen-
low-, que se limite a relatar los hechos.
Miss Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza
como para protestar contra aquella interrupción
inconveniente, y después repuso, con aire de digni-
dad ofendida:
-Puesto que debo limitarme a relatar los hechos,
lo haré con la mayor brevedad posible. Decía, caba-
llero, que desde hacía algún tiempo tenía mis sos-
pechas sobre miss Spenlow y sobre David Copper-
field. He tratado a menudo, pero en vano, de encon-
trar la prueba decisiva. Es lo que me ha impedido
confiárselo al padre de miss Spenlow (y lo miró con
severidad). Sabía que en semejantes casos se está
muy poco dispuesto a creer con benevolencia a los
que cumplen fielmente su deber.
Míster Spenlow parecía aplastado por la noble
severidad del tono de miss Murdstone a hizo con la
mano un gesto conciliador.
-A mi regreso a Norwood después de haberme
ausentado para el matrimonio de mi hermano
-prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí
observar que la conducta de miss Spenlow, igual-
mente de regreso de una visita su amiga miss Mills,
que su conducta, repito, daba más fundamento a
mis sospechas, y la vigilé más de cerca.
Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de
sospechar que aquellos ojos de dragón estaban
fijos en ella!
-Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, única-
mente ayer por la noche adquirí la prueba decisiva.
Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas
cartas de su amiga miss Mills; pero como era con el
pleno consentimiento de su padre (una nueva mira-
da muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada
que decir. Puesto que no se me permite aludir a la
depravación natural del corazón humano al menos
se me permitirá hablar de una confianza excesiva
mal colocada.
-Está bien -murmuró míster Spenlow como apo-
logía
-Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone-
acabábamos de tornar el té, cuando observé que el
perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordien-
do algo. Le dije a mi Spenlow: «Dora, ¿qué es ese
papel que tiene el perro en boca?». Miss Spenlow
palpó inmediatamente su cinturó lanzó un grito y
corrió hacia el perro. Yo la detuve diciendo «Dora,
querida mía, permíteme... ». « ¡Oh, Jip, miserable
perrillo, tú eres el autor de tanto infortunio! »
-Miss Spenlow --continuó miss Murdstone- trató
corromperme a fuerza de besos, de cestitas de la-
bor, de alhajitas, de regalos de todas clases. Yo no
le hice caso. El perro corrió a refugiarse debajo del
diván, y me costó mucho trabajo hacerle salir con
ayuda de las tenazas. Una vez fuera seguía con la
carta en la boca, y cuando traté de arrancársela,
con peligro de que me mordiera, tenía el papel tan
apretado entre los dientes, que todo lo que pude
hacer fue levantar al perro en el aire detrás de aquel
precioso documento. Sin embargo, terminé por
apoderarme de él. Después de haberlo leído le dije
a miss Spenlow que debía de tener en su poder
otras cartas de la misma naturaleza, y por fin obtuve
de ella el paquete que está ahora entre las manos
de David Copperfield.
Se calló, y después de haber cerrado su bolso,
cerró la boca, como una persona resuelta a dejarse
despedazar antes que doblegarse.
-Acaba usted de oír a miss Murdstone -dijo míster
Spenlow volviéndose hacia mí-. Deseo saber,
míster Copperfield, si tiene usted algo que decir.
El cuadro presente ante mí del hermoso tesoro de
mi corazón llorando y sollozando toda la noche; la
idea de que estaba sola, asustada, desgraciada, o
de que había suplicado en vano a aquella mujer de
piedra que la perdonara, y ofreciéndole en vano sus
besos, sus estudios de labor y sus joyas, y, en fin,
que todo aquello era por mi culpa, me hacía perder
la poca dignidad que hubiera podido demostrar, y
temblaba de tal modo de emoción que dudo si con-
seguí ocultarlo.
-No tengo nada que decir, caballero, a no ser que
soy el único culpable... Dora...
-Miss Spenlow, si hace el favor -repuso su padre
con majestad...
-... ha sido arrastrada por mí -continué, sin repetir
después de míster Spenlow aquel nombre frío y
ceremonioso para prometerme ocultarle nuestro
afecto, y lo siento amargamente.
-Ha hecho usted muy mal, caballero -me dijo
míster Spenlow paseándose de arriba abajo por el
tapiz y gesticulando con todo el cuerpo, en lugar de
mover únicamente la cabeza, a causa de la tiesura
combinada de su corbata y de su espina dorsal-. Ha
cometido usted un acto fraudulento e inmoral,
míster Copperfield. Cuando yo recibo en mi casa a
un «caballero», tenga diecinueve, veinte a ochenta
años, le recibo con plena confianza. Si abusa de mi
confianza, comete un acto innoble, míster Copper-
field.
-Demasiado lo veo ahora, caballero; puede usted
estar seguro; pero antes no me lo parecía. En reali-
dad, míster Spenlow, con toda la sinceridad de mi
corazón, antes no me lo parecía, ¡la quiero de tal
modo, míster Spenlow...!
-Vamos, ¡qué tontería! -dijo míster Spenlow enro-
jeciendo-. ¿Va ahora a decirme en mi cara lo que
quiere a mi hija, míster Copperfield?
-Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no
fuera así? -respondí en tono humilde.
-¿Y cómo puede usted defender su conducta
siendo así? -dijo míster Spenlow deteniéndose
bruscamente- ¿Ha reflexionado usted en su edad y
en la edad de mi hija, míster Copperfield? ¿Sabe
usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que
debía existir entre mi hija y yo? ¿Ha pensado usted
en la posición que mi hija ocupa en el mundo, en los
proyectos que puedo yo haber formado para su
porvenir, en las intenciones que pueda expresar en
su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en
todo esto, míster Copperfield?
-Muy poco, caballero, lo siento -respondí en tono
humilde y triste-; pero le ruego que crea que no ha
desconocido mi propia situación en el mundo.
Cuando le he hablado el otro día ya estábamos
prometidos.
-Le ruego que no pronuncie esa palabra delante
de mí, míster Copperfield.
Y, en medio de mi desesperación, no pude por
menos observar que era completamente polichinela
por el modo con que se golpeaba las manos una
contra otra con la mayor energía.
La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca
y desdeñosa.
-Cuando le he explicado el cambio de mi situa-
ción, caballero -repuse queriendo cambiar la pala-
bra que le había molestado-, había ya, por mi culpa,
un secreto entre miss Spenlow y yo. Desde que me
situación ha cambiado he luchado, he luchado todo
lo posible por mejorar, y estoy seguro de conseguir-
lo un día. ¿Quiere usted darme tiempo? ¡Somos tan
jóvenes los dos, caballero!
-Tiene usted razón -dijo míster Spenlow bajando
muchas veces la cabeza y frunciendo las cejas-,son
ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que
tonterías, que tienen que terminar. Coja usted esas
cartas y quémelas. Devuélvame las de miss Spen-
low, y yo las quemaré por mi parte. Y como en el
futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal,
es cosa convenida que no volveremos a hablar de
ello. Veamos, míster Copperfield; no le falta a usted
inteligencia, y comprenderá que es la única cosa
razonable que puede hacer.
No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía
mucho; pero había una consideración que era más
fuerte que la razón. El amor pasa por encima de
todo, y yo quería a Dora con locura, y ella a mí tam-
bién. No se lo dije precisamente en esos términos;
pero se lo di a entender, y estaba muy decidido. No
me importaba saber si estaría haciendo en todo
aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido.
-Muy bien, míster Copperfield -dijo míster Spen-
low-, utilizaré mi influencia con mi hija.
Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una
larga aspiración, que no era un suspiro ni un gemi-
do, pero que participaba de las dos cosas, como
para hacer comprender a míster Spenlow que por
ahí debía haber empezado.
-Utilizaré toda mi influencia con mi hija -dijo Spen-
low envalentonado por aquella aprobación-. ¿Se
niega usted a coger esas cartas, míster Copper-
field?
Yo había puesto el paquete encima de la mesa.
Sí me negaba, y esperaba que me dispensara;
pero me resultaba imposible recibir aquellas cartas
de las manos de miss Murdstone.
-¿Ni de las mías? -dijo míster Spenlow.
-Tampoco -respondí con el más profundo respeto.
-Muy bien --dijo míster Spenlow.
Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si deb-
ía continuar allí o marcharme. Por fin me dirigí tran-
quilamente hacia la puerta, con intención de decirle
que creía responder a sus sentimientos retirándo-
me; pero me detuvo para decirme con expresión
grave, hundiendo las manos en los bolsillos de su
gabán, aunque apenas si las podía hacer entrar:
-¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield,
que no estoy absolutamente desprovisto de bienes
materiales y que mi hija es mi pariente más cercana
y querida?
Le respondí con precipitación que esperaba que si
un amor apasionado me había hecho cometer un
error, no me supondría por ello un alma vil a intere-
sada.
-No me refiero a eso -dijo míster Spenlow-. Más
valdría, por usted y por nosotros, míster Copper-
field, que fuera usted un poco más interesado, quie-
ro decir más prudente y menos fácil de arrastrar a
las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde
otro punto de vista, usted sabe que tengo algo que
dejar a mi hija.
Respondí que lo suponía.
-¿Y no creerá usted que en presencia de los
ejemplos que se ven aquí todos los días en este
Tribunal de la extraña negligencia de los hombres
para sus decisiones testamentarias, pues es quizá
el caso en que se encuentran más extrañas revela-
ciones de la ligereza humana, no creerá que no he
tomado ya mis medidas?
Incliné la cabeza en señal de asentimiento.
-No consentiré -dijo míster Spenlow balanceándo-
se alternativamente en la punta de los pies y en los
talones, mientras movía lentamente la cabeza como
para dar más fuerza a sus piadosas observaciones-,
no consentiré que las disposiciones que he creído
deber tomar respecto a mi hija sean modificadas en
nada por una locura de juventud, pues es una ver-
dadera locura; digamos la palabra, una tontería.
Dentro de algún tiempo eso pesará menos que una
pluma. Pero será posible, sin embargo..., podría
suceder... que si esta tontería no fuese abandonada
por completo me viera obligado, en un momento de
ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las
consecuencias de un matrimonio imprudente. Espe-
ro, míster Copperfield, que usted no me obligará a
abrir ni por un cuarto de hora esta página cerrada
en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuar-
to de hora graves asuntos que están en regla desde
hace mucho tiempo.
Había en todas sus maneras una serenidad, una
tranquilidad, una calma que me afectaban profun-
damente. Estaba tan tranquilo y tan resignado des-
pués de haber puesto en orden sus asuntos y arre-
glado sus últimas disposiciones como si fueran un
papel de música, que se veía que él mismo no po-
día pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo
haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad,
a este pensamiento, algunas lágrimas involuntarias
a sus ojos.
Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a
mi propio corazón. Me dijo que me daba una sema-
na para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no
quería reflexionar durante una semana? Pero tam-
bién ¿no debía yo estar convencido de que todas
las semanas del mundo no cambiarían en nada la
violencia de mi amor?
-Hará usted bien hablando de ello con miss Trot-
wood o con alguna otra persona que conozca la
vida -me dijo mister Spenlow enderezando su cor-
bata-. Le doy a usted una semana, míster Copper-
field.
Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una
expresión de abatimiento desesperado, que demos-
traba no podía cambiar nada mi inquebrantable
constancia. Las cejas de miss Murdstone me acom-
pañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que
sus ojos, porque ocupaban mucho más sitio en su
rostro. Tenía exactamente la misma cara de antes,
cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone reci-
taba mis lecciones en su presencia. Con un poco de
buena voluntad hubiera podido creer que el peso
que me oprimía el corazón era todavía aquel abo-
minable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo
comparaba en mi infancia a los cristales de los len-
tes.
Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre
las manos, y allí, delante de mi pupitre, sentado en
mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros cama-
radas, me puse a reflexionar en el terremoto que
acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amar-
gura de mi alma maldecía a Jip, y estaba tan pre-
ocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo
no cogí el sombrero para dirigirme como un loco
hacia Norwood. La idea de que la harían sufrir, de
que la harían llorar y de que yo no estaba allí para
consolarla se me hizo tan odiosa, que me puse a
escribir una carta insensata a míster Spenlow, don-
de le suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las
consecuencias de mi cruel destino. Le suplicaba
que evitara los sufrimientos a aquella dulce natura-
leza; que no rompiera una flor tan frágil. En resu-
men, si no recuerdo mal, le hablaba como si en
lugar de ser el padre de Dora fuera un ogro. La
cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de
que volviera. Cuando entró, le vi por la puerta en-
treabierta de su despacho coger la carta y abrirla.
Aquella mañana no me habló de ella; pero por la
tarde, antes de marcharse, me llamó y me dijo que
no necesitaba preocuparme por la felicidad de su
hija. Le había dicho sencillamente que era una ton-
tería, y no pensaba volverle a hablar de ello. Se
creía un padre indulgente (y tenía razón) y no tenía
ninguna necesidad de preocuparme por aquello.
-Podría usted obligarme con su locura o su obsti-
nación, míster Copperfield -añadió-, a alejar durante
algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de
usted mejor opinión. Espero que dentro de unos
días sea más razonable. En cuanto a miss Murdsto-
ne (pues había hablado de ella en mi carta), respeto
la vigilancia de esa señora y se la agradezco; pero
le he recomendado expresamente que evite ese
asunto. La única cosa que deseo, míster Copper-
field, es no volver a ocuparme de él. Lo único que
tiene usted que hacer es olvidarlo.
¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que
escribí a miss Mills subrayaba esta palabra con
amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con
sombrío sarcasmo, era olvidar a Dora! ¡Aquello era
lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss
Mills que me recibiera aquella misma tarde. Si no
podía consentirlo, le pedía que me recibiera a hur-
tadillas en la habitación de detrás, donde se plan-
chaba. Le decía que mi razón peligraba y que ella
era la única que podía hacerme volver en sí. Termi-
naba, en mi locura, por decirme suyo para siempre,
con mi firma al final. Releyendo mi carta antes de
confiársela a un muchacho, no pude por menos de
encontrarle mucho parecido con el estilo de míster
Micawber.
A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí
hacia casa de miss Mills y paseé en todos los senti-
dos la calle hasta que una criada vino a avisarme
que la siguiera por un camino disimulado. Después
he tenido razones para creer que no había ningún
motivo para que no entrara por la puerta principal, y
hasta para que me recibiera en el salón, si no fuera
porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía as-
pecto de misterio.
Una vez en la antecocina, me abandoné a mi de-
sesperación. Si había ido con la intención de po-
nerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conse-
guido. Miss Mills había recibido de Dora cuatro le-
tras escritas deprisa, donde le decía que todo se
había descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo,
Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había podi-
do todavía ir a verla, ante el temor de que su visita
no fuera del gusto de las autoridades superiores;
estábamos todos como viajeros perdidos en el de-
sierto de Sahara.
Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se
complacía en ella. Yo no podía por menos de darme
cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las
mías, que nuestras aflicciones eran para ella una
diversión. Las mimaba, si puedo decirlo así, para su
propio bien. Me hacía observar que un abismo in-
menso se acababa de abrir entre Dora y yo y que
sólo el amor podía atravesarlo con su arco iris. El
amor existía para sufrir en este bajo mundo; esto
había sido siempre y continuaría siendo. « ¡No im-
porta -añadía-. Los corazones no se dejan encade-
nar largo tiempo por esas telas de araña; sabrán
romperlas, y el amor será vengado! »
Todo esto no era muy consolador; pero miss Mills
no quería animar esperanzas engañosas. Me dejó
más desconsolado de lo que había ido, lo que no
me impidió decirle (y, lo que es más fuerte, lo pen-
saba) que le estaba profundamente agradecido y
que estaba convencido de que era verdaderamente
nuestra amiga. Decidió que al día siguiente por la
mañana iría a ver a Dora y que intentaría algún
medio de asegurarle, fuera por una palabra o por
una mirada, todo mi afecto y toda mi desesperación.
Nos separamos destrozados de dolor. ¡Qué conten-
ta debía de estar miss Mills!
Al llegar a casa de mi tía se lo conté todo, y a pe-
sar de todo lo que me dijo me acosté desesperado,
me levanté desesperado y salí desesperado.
Era sábado por la mañana; me dirigí inmediata-
mente a mi oficina, y me sorprendió mucho al llegar
ver a los empleados de caja delante de la puerta y
charlando entre sí. Algunos transeúntes miraban por
las ventanas, que estaban todas cerradas. Yo avivé
el paso y, sorprendido de lo que veía, entré presu-
roso.
Los empleados estaban en su puesto, pero nadie
trabajaba. El viejo Tiffey estaba sentado, quizá por
primera vez en su vida, en la silla de uno de sus
colegas, y ni siquiera había colgado su sombrero.
-¡Qué horrible desgracia, míster Copperfield! -me
dijo en el momento en que entraba.
-¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? -exclamé.
-¿No lo sabe usted? --exclamó Tiffey, y todo el
mundo me rodeó.
-No --dije mirándolos a todos uno después de
otro.
-Míster Spenlow... -dijo Tiffey.
-¿Y bien?
-¡Ha muerto!
Creí que la tierra se abría bajo mis pies; temblé;
uno de los empleados me sostuvo en sus brazos.
Me hicieron sentarme, desataron la corbata, me
dieron un vaso de agua. No tengo idea del tiempo
que duró todo aquello.
-¿Muerto? -repetí.
-Ayer comió en Londres y condujo él mismo el fa-
etón -dijo Tiffey-. Había enviado al lacayo en la dili-
gencia, como hacía algunas veces, ¿sabe usted?
-¿Y bien?
-El faetón llegó vacío. Los caballos se detuvieron
a la puerta de la cuadra. El palafrenero acudió con
una linterna. Y no había nadie en el coche.
-¿Es que se habían desbocado los caballos?
-No; no estaban calientes ni más fatigados que de
costumbre. Las bridas estaban rotas y era evidente
que se habían arrastrado por el suelo. Toda la casa
se revolvió al momento; tres criados recorrieron el
camino, y le encontraron a una milla de la casa.
-A más de una milla, míster Tiffey -insinuó un jo-
ven empleado.
-¿Cree usted? Quizá tenga usted razón --dijo Tif-
fey-, a más de una milla, no lejos de la iglesia. Esta-
ba tendido boca abajo. Una parte de su cuerpo yac-
ía en la carretera, y el resto en la cuneta. Nadie
sabe si le ha dado un ataque que le ha hecho caer
del coche, o si se ha bajado porque se sentía indis-
puesto; ni siquiera se sabe si estaba completamente
muerto cuando le han encontrado; lo que es seguro
es que estaba completamente insensible. Quizá
respiraba todavía; pero no pronunció una sola pala-
bra. Han acudido médicos en cuanto se ha podido;
pero todo ha sido inútil.
¡Cómo describir mi estado de ánimo ante aquella
noticia! Todo el mundo comprenderá mi turbación al
enterarme de aquel suceso, y tan súbito, cuya
víctima era precisamente el hombre con quien aca-
baba de tener una discusión. Aquel vacío repentino
que dejaba en su despacho, ocupado todavía la
víspera, donde su silla y su mesa parecían esperar-
lo; aqueIlas líneas trazadas de su mano y dejadas
encima del pupitre como últimas huellas del espec-
tro desaparecido; la imposibilidad de separarlo en
nuestro pensamiento del lugar en que estábamos,
hasta el punto de que cuando la puerta se abría
esperábamos verle entrar; el silencio triste y el vacío
de las oficinas; la insaciable avidez de nuestras
gentes para hablar, y la de las gentes de fuera, que
no hacían más que entrar y salir todo el día para
enterarse de nuevos detalles. ¡Qué espectáculo
desolador! Pero lo que no sabré describir es cómo
en los pliegues ocultos de mi corazón sentía una
secreta envidia de la muerte; cómo le reprochaba el
dejarme en segundo plano en los pensamientos de
Dora; cómo el humor injusto y tiránico que me pose-
ía me hacía celoso hasta de su pena; cómo sufría al
pensar que otros la podrían consolar, que lloraría
lejos de mí; en fin, cómo estaba dominado por un
deseo avaro y egoísta de separarla del mundo ente-
ro en mi provecho, para ser yo solo todo para ella,
en aquel momento tan mal escogido para no pensar
más que en mí.
En la confusión de aquel estado de ánimo (espero
no haber sido el único que lo ha sentido así y que
otros podrán comprenderlo) fui aquella misma tarde
a Norwood. Supe por un criado que miss Mills había
llegado; le escribí una carta haciendo poner la di-
rección a mi tía. Deploraba de todo corazón la
muerte tan inesperada de míster Spenlow, y al es-
cribirla vertía lágrimas. Le suplicaba que dijera a
Dora, si estaba en estado de oírla, que me había
tratado con bondad, con una benevolencia infinita, y
que el nombre de su hija lo había pronunciado con
la mayor ternura, sin la sombra de un reproche. Sé
que también aquello era puro egoísmo por nú parte.
Era un medio de hacer llegar mi nombre a ella; pero
yo trataba de convencerme de que era un acto de
justicia hacia su memoria. Y quizá lo creía.
Mi tía recibió al día siguiente algunas líneas en
respuesta; estaba dirigida a ella, pero la carta era
para mí. Dora estaba agobiada de dolor, y cuando
su amiga le había preguntado si seguía amándome,
había exclamado llorando, pues lloraba sin interrup-
ción: «¡Oh, mi querido papá, mi pobre papá! »; pero
no había dicho que no, lo que me causó el mayor
placer.
Míster Jorkins vino a las oficinas algunos días
después. Había permanecido en Norwood desde el
suceso. Tiffey y él estuvieron encerrados juntos
durante algún tiempo; después Tiffey abrió la puerta
y me hizo seña de que entrara.
-¡Oh míster Copperfield! --dijo míster Jorkins-.
Míster Tiffey y yo vamos a examinar el pupitre, los
cajones y todos los papeles del difunto, para poner
el sello sobre sus papeles personales y buscar su
testamento. No encontrarnos huellas en ninguna
parte. ¿Quiere tener la bondad de ayudarnos?
Desde el suceso estaba muy preocupado, pen-
sando en qué situación se quedaría mi Dora, quién
sería su tutor, etc., y la proposición de míster Jor-
kins me daba ocasión de disipar mis dudas. Nos
pusimos todos a ello. Míster Jorkins abría los pupi-
tres y los cajones, y nosotros sacábamos todos los
papeles. Pusimos a un lado los de la oficina y a otro
los que eran personales del difunto, que no eran
numerosos. Todo se hizo con la mayor gravedad; y
cuando nos encontrábamos un sello o un guarda-
puntas, o una sortija o cualquier otro objeto menudo
de use personal, bajábamos instintivamente la voz.
Habíamos sellado ya muchos paquetes, y conti-
nuábamos, en medio del silencio y del polvo, cuan-
do míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente
de los términos en que su asociado, míster Spen-
low, nos había hablado de él:
-Míster Spenlow no era hombre que se dejara
fácilmente desviar de las tradiciones y de los cami-
nos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo
creo que no ha hecho testamento.
-¡Oh, estoy seguro de lo contrario! --dije.
Los dos se detuvieron para mirarme.
-El día que le vi por última vez -repuse- me dijo
que había hecho un testamento y que tenía ordena-
dos sus asuntos desde hace mucho tiempo.
Míster Jorkins y el viejo Tiffey movieron la cabeza
de común acuerdo.
-Eso no promete nada bueno -dijo Tiffey.
-Nada bueno -dijo míster Jorkins.
-Sin embargo, no dudarán ustedes --dije.
-Mi querido míster Copperfield -me dijo Tiffey, y
puso la mano encima de mi brazo, mientras cerraba
los ojos y movía la cabeza-, si llevara usted tanto
tiempo como yo en este estudio sabría usted que no
hay asunto sobre el cual los hombres sean menos
previsores y en el que se les debe creer menos por
sus palabras.
-Pero si en realidad esas son sus propias expre-
siones -repliqué, insistiendo.
-Entonces es decisivo -repuso Tiffey-. Mi opinión
entonces es... que no hay testamento.
Esto me pareció al principio la cosa más extraña
del mundo; pero el caso es que no había testamen-
to. Los papeles no proporcionaban el menor indicio
de que hubiera podido haber nunca ninguno; no se
encontró el menor proyecto ni el menor memorán-
dum que anunciara que hubiese tenido nunca la
intención de hacerlo. Lo que casi me sorprendió
tanto es que sus negocios estaban en el mayor
desorden. No se podía uno dar cuenta ni de lo que
debía, ni de lo que había pagado, ni de lo que pose-
ía. Es muy probable que desde hacía años él mismo
no tuviera ni la menor idea. Poco a poco se descu-
brió que, empujado por el deseo de brillar entre los
procuradores del Tribunal de Doctores, había gas-
tado más de lo que ganaba en el estudio, que no
era demasiado, y que había hecho una brecha im-
portante en sus recursos personales, que proba-
blemente tampoco habían sido nunca muy conside-
rables. El mobiliario de Norwood se puso a la venta,
se alquiló la casa, y Tiffey me dijo, sin saber todo el
interés que yo tomaba en ello, que una vez pagadas
las deudas y deducida la parte de sus asociados en
el estudio él no daría por todo el resto ni mil libras.
Todo esto lo supe después de seis semanas. Había
estado sufriendo todo aquel tiempo, y estaba a pun-
to de poner fin a mi vida cada vez que miss Mills me
decía que mi pobre Dorita no contestaba cuando le
hablaban de mí más que gritando: «¡Oh mi pobre
papá, mi querido papá! ». Me dijo también que Dora
no tenía más parientes que dos tías, hermanas de
míster Spenlow, solteras, y que vivían en Putney.
Desde hacía muchos años tenían muy rara comuni-
cación con su hermano. Sin embargo, no se habían
peleado nunca; pero míster Spenlow no las invitó
más que a tomar el té el día del bautizo de Dora, en
lugar de invitarlas a comer, como ellas tenían la
pretensión, y le habían contestado por escrito que,
por el interés de ambas partes, creían más prudente
no moverse de su casa. Desde aquel día su her-
mano y ellas habían vivido cada uno por su lado.
Aquellas dos damas salieron, sin embargo, de su
retiro para ir a proponer a Dora que se fuera a vivir
con ellas en Putney. Dora se arrojó a sus cuellos
llorando y sonriendo: «¡Oh, sí, tías; os lo ruego;
llevadme a Putney con Julia Mills y Jip!». Y se vol-
vieron todas juntas poco después del entierro.
Yo no sé cómo encontré tiempo para ir a rondar
alrededor de Putney; pero el caso es que, de una
manera o de otra, me escapaba muy a menudo por
sus alrededores. Miss Mills, para mejor llenar todos
los deberes de la amistad, escribía un diario de lo
que sucedía cada día. Muchas veces salía a mi
encuentro en el campo para leérmelo, o prestármelo
cuando no tenía tiempo de leérmelo. ¡Con qué feli-
cidad recorría yo los diversos artículos de aquel
registro concienzudo! He aquí una muestra:
«Lunes.- Mi querida Dora continúa muy abatida.-
Violento dolor de cabeza- Llamo su atención sobre
la belleza del pelo de Jip- D. Acaricia a
J.-Asociación de ideas que abren las esclusas del
dolor.- Torrente de lágrimas.- (Las lágrimas ¿no son
el rocío del corazón?- J. M.)
»Martes.- Dora, débil a inquieta- Bella en su pali-
dez (misma observación para el lunes..J. M.). D., J.
M. y J. salen en coche- J. saca la nariz fuera de la
portezuela y ladra violentamente contra un barren-
dero.- Una ligera sonrisa aparece en los labios de
D.- (He aquí los débiles anillos de que se compone
la cadena de la vida.- J. M.)
»Miércoles.- D., alegre en comparación de los
días precedentes.- Le he cantado una melodía
conmovedora: Las campanas de la tarde, que no la
ha tranquilizado, ni mucho menos- D., conmovida
hasta el summum.- La he encontrado más tarde
llorando en su habitación; le he recitado versos
donde la comparaba con una joven gacela- Resul-
tado mediocre.- Alusión a la imagen de la paciencia
sobre una tumba- (Pregunta: ¿,Por qué sobre una
tumba?- J. M.)
»Jueves.- D. bastante mejor.- Mejor noche- Ligero
matiz rosado en las mejillas.- Me he decidido a pro-
nunciar el nombre de D. C.- Este nombre lo vuelvo a
insinuar con precaución durante el paseo- D., inme-
diatamente trastornada. «¡Oh querida Julia, oh! He
sido una niña desobediente.»- La tranquilizo con
mis caricias.- Hago un cuadro ideal de D. C. a las
puertas de la muerte.- D., de nuevo trastornada.
«¡Oh, qué hacer, qué hacer! ¡Llévame a alguna
parte!» - Gran alarma.- Desvanecimiento de D.-
Vaso de agua traído de un café.- (Comparación
poética. Una muestra extravagante sobre la puerta
del café. La vida humana también es abigarrada,
¡ay!-J. M.)
Viernes.- Día lleno de sucesos.- Un hombre se ha
presentado en la cocina con un saco azul; ha pedi-
do las botas de una señora dejadas para arreglar.
La cocinera responde que no ha recibido órdenes.
El hombre insiste. La cocinera se retira para pregun-
tar lo que hay de ello. Deja al hombre solo con Jip.
A la vuelta de la cocinera el hombre insiste todavía;
después se retira. J. ha desaparecido; D. está des-
esperada. Se ha avisado a la policía. El hombre
tiene la nariz curva y las piernas torcidas como las
balaustradas de un puente. Se busca por todas
partes. J. no aparece.- D. llora amargamente, está
inconsolable- Nueva alusión a una joven gacela, a
propósito, pero sin efecto.- Por la tarde un mucha-
cho desconocido se presenta. Le hacen entrar al
salón. Tiene la nariz grande, pero las piernas dere-
chas. Pide una guinea por un perro que ha encon-
trado. Se niega a explicarse más claramente. D. le
da la guinea; lleva a la cocinera a una casita donde
se encuentra el perro atado al pie de un mesa.- Ale-
gría de D., que baila alrededor de J. mientras co-
me.-Animada por este dichoso cambio, hablo de D.
C. cuando estamos en el primer piso.- D. vuelve a
ponerse a sollozar: « ¡Oh, no, no; no debo pensar
más que en mi papá! ».- Abraza a J. y se duerme
llorando.- (¿No debe confiar D. C. en las vastas alas
del tiempo?-J. M.)»
Miss Mills y su diario eran entonces mi único
consuelo. En mi pena, el único recurso era verla
(ella acababa de estar con Dora) y encontrar la ini-
cial de Dora en cada línea de aquellas páginas lle-
nas de simpatía, aumentando así mi dolor. Me pa-
recía que hasta entonces había vivido en un castillo
de naipes que acababa de derribarse, dejándonos a
miss Mills y a mí en medio de sus ruinas. Me parec-
ía que un horrible mago había rodeado a la divini-
dad de mi corazón de un círculo mágico, y que las
alas del tiempo, aquellas alas que llevan tan lejos a
tantas criaturas humanas, podrían únicamente ayu-
darme a franquearlo.
CAPÍTULO XIX
WICKFIELD Y HEEP
Mi tía supongo que empezó a preocuparse seria-
mente por mi abatimiento prolongado, a ideó en-
viarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba
bien en su casita, que había alquilado, y con objeto
de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet
había entrado al servicio de mistress Strong, donde
la veía todos los días. Había estado indecisa, al
dejar Dover, respecto a si confirmaría o denegaría
de una vez el renunciamiento desdeñoso por el
sexo masculino que había sido el fundamento de su
educación. Se trataba de casarse con un piloto.
Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en
honor del principio en sí mismo que porque el piloto
no la acabara de gustar.
Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me
parecieron bastante bien las intenciones de mi tía;
aquello me proporcionaría el placer de pasar unas
cuantas horas tranquilas al lado de Agnes. Consulté
al doctor para saber si podría ausentarme tres días,
y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero
me interesaba demasiado mi trabajo para tomarme
unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a
partir.
En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores,
no tenía por qué preocuparme del trabajo. A decir
verdad, no estábamos en olor de santidad entre los
procuradores de primer vuelo; es más, habíamos
caído casi en una situación equívoca. Los negocios
en tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spen-
low, no habían sido muy brillantes. Después el di-
fundo socio los había animado renovando con una
infusión de sangre joven la vieja rutina del estudio y
les había dado algo de brillo con su tren de vida;
pero aquello no reposaba sobre bases bastante
sólidas para que la muerte repentina de su principal
director no lo quebrantara. Los negocios disminuye-
ron sensiblemente. Míster Jorkins, a pesar de la
reputación que tenía entre nosotros, era un hombre
débil e incapaz, y su reputación, de puertas a fuera,
no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster
Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez
que le veía tomar tabaco e interrumpir el trabajo
sentía más las mil libras de mi tía.
Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal
de Doctores una cantidad de desocupados que, sin
ser procuradores, se apoderaban de gran parte de
los negocios, para hacerlos ejecutar enseguida por
verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus
nombres a cambio de una parte del dinero. Como
necesitábamos negocios a toda costa, nosotros nos
asociamos a aquella noble corporación y tratamos
de atraerlos. Lo que pedían sobre todo, por ser lo
que más producía, eran las autorizaciones de ma-
trimonio o las actas probatorias para validez de
testamento; pero todos querían obtenerlos, y la
competencia era tanta, que se ponían de plantón a
la entrada de las galerías que conducían al Tribunal
enviados encargados de atraerse a los despachos
respectivos a todas las personas de luto y a todos
los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan
fielmente ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo
conocido que era, fui « raptado» para el estudio de
nuestro más temible rival. Los intereses contrarios
de aquellos reclutadores modernos solían terminar
en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal
agente, que había empezado por el comercio de
vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el es-
candaloso espectáculo, durante algunos días, de
tener un ojo negro. Estos virtuosos personajes no
tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano
para que bajara del coche a alguna anciana señora
de luto, de matar de golpe al procurador por quien
preguntaba, presentando a su patrón como legítimo
sucesor del difunto y llevando en triunfo a la ancia-
na, a veces todavía conmovida por la noticia que
acababan de darle. Así me llevaron a mí muchos
prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de ma-
trimonio, la competencia era tan formidable, que un
pobre señor tímido que venía con ese objeto hacia
nosotros no tenía mejor cosa que hacer que aban-
donarse al primer agente que se le presentase si no
quería ser causa de guerra y presa del vencedor.
Uno de estos empleados en esta especialidad no
abandonaba nunca su sombrero cuando estaba
sentado, con objeto de estar siempre dispuesto a
lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el
horizonte. Aquel sistema de persecución todavía
está en vigor, según creo. La última vez que yo fui a
«Doctors Commons» , un hombre muy educado,
revestido de un delantal blanco, me saltó encima
bruscamente, murmurando a mi oído las palabras
sacramentales: « ¿Una autorización de matrimo-
nio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara
en brazos al estudio de un procurador.
Pero después de estas digresiones pasemos a
Dover.
Encontré todo en un estado muy satisfactorio y
pude halagar la pasión de mi tía contándole que su
inquilino había heredado sus antipatías y hacía una
guerra encarnizada a los asnos. Pasé una noche en
Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día si-
guiente muy temprano me dirigí a Canterbury. Está-
bamos en invierno; el tiempo fresco y el viento fuer-
te reanimaron un poco mi espíritu.
Erraba lentamente a través de las antiguas calles
de Canterbury con una alegría tranquila, que me
serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las
tiendas, los nombres, las caras conocidas. Me pa-
recía que hacía tanto tiempo que había estado en el
colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido
comprender cómo había cambiado tan poco, si no
hubiera pensado en lo poco que también había
cambiado yo. Lo que es extraño es que la influencia
dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamien-
to de Agnes parecía extenderse sobre el lugar en
que habitaba. Encontraba en todo una serenidad,
una apariencia tan tranquila y pensativa en las to-
rres de la venerable catedral como en los viejos
cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los
edificios antiguos una sensación de soledad mayor
de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absolu-
to; también la había en las puertas en ruinas, antes
decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo.
Tanto en los peregrinos respetuosos que les rend-
ían homenaje, como en los nichos silenciosos don-
de la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo
largo de los muros de las casas viejas; y como el
paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como
Agnes, el espíritu de tranquila inocencia, bálsamo
soberano para un alma inquieta.
Llegado a la puerta de míster Wickfield me en-
contré a míster Micawber, que dejaba correr su
pluma con la mayor actividad en la habitacioncita
del primer piso, donde antes solía estar Uriah Heep.
Estaba todo vestido de negro y su maciza persona
llenaba por completo el pequeño despacho donde
trabajaba.
Míster Micawber parecía a la vez encantado y
confuso de verme. Quería llevarme inmediatamente
a ver a Uriah; pero yo me negué.
-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y
sabré encontrar mi camino. ¡Y bien! ¿Qué dice us-
ted del Derecho, míster Micawber?
-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un
hombre dotado de una imaginación trascendental,
los estudios del Derecho tienen un lado muy malo;
le ahogan en los detalles. Hasta en nuestra corres-
pondencia de negocios --dijo míster Micawber lan-
zando una mirada sobre las cartas que escribía-, el
espíritu no tiene la libertad de tomar la expresión
sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un
gran trabajo, ¡un gran trabajo!
Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua
casa de Uriah Heep, y que mistress Micawber estar-
ía encantada de recibirme una vez más bajo su
techo.
-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para
servirme de la expresión favorita de mi amigo Heep;
pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a
otras más ambiciosas.
Le pregunté si estaba satisfecho del trato de su
amigo Heep. Empezó por cerciorarse de si la puerta
estaba bien cerrada, y después me respondió en
voz baja:
-Mi querido Copperfield, cuando se está bajo el
golpe de las dificultades pecuniarias se pone uno
bis a bis con la mayor parte de la gente en una si-
tuación muy violenta, y lo que no mejora nada esta
situación es el que las dificultades pecuniarias obli-
guen a pedir el sueldo antes de su término legal.
Todo lo que puedo decirle es que mi amigo Heep
responde a llamadas a las que no quiero hacer más
amplia alusión de una manera que hace igualmente
honor a su cabeza y a su corazón.
-¡Nunca le hubiera visto tan pródigo de su dinero!
-observé.
-¡Perdón! -dijo Micawber con reserva-. Hablo por
experiencia.
-Estoy encantado de que la experiencia le haya
resultado tan bien -le respondí.
-Es usted muy bueno, mi querido Copperfield -dijo
míster Micawber; y se puso a tararear una canción.
-¿Ve usted a menudo a míster Wickfield? -le pre-
gunté para cambiar la conversación.
-No muy a menudo --dijo míster Micawber con ai-
re de desprecio-; míster Wickfield seguramente
tiene las mejores intenciones; pero..., pero... No
sirve ya para nada.
-Temo que su asociado haga todo lo posible para
ello.
-Mi querido Copperfield -repuso míster Micawber
después de ejecutar muchas evoluciones sobre su
escabel-, permítame que le haga una observación.
Yo estoy como persona de confianza, ocupo un
puesto de confianza y mis funciones no me permi-
ten discutir ciertos asuntos, ni siquiera con mistress
Micawber (ella, que ha sido tanto tiempo la compa-
ñera en las vicisitudes de mi vida y que es una mu-
jer de una inteligencia notable). Me tomaré, por lo
tanto, la libertad de hacerle observar que en nuestro
trato amistoso, que espero no será turbado nunca,
deseo hacer dos partes: A un lado -dijo míster Mi-
cawber trazando una línea encima de su pupitre-, a
un lado colocaremos todo aquello a que puede lle-
gar la inteligencia humana con una sola y pequeña
excepción, es decir, los asuntos de míster Wickfield
y Heep y todo lo que a ellos se refiere. Tengo la
seguridad de que no ofendo al compañero de mi
juventud haciendo a su juicio claro y discreto seme-
jante proposición.
Veía muy bien que míster Micawber había cam-
biado mucho; parecía que sus nuevos deberes le
imponían una reserva penosa; sin embargo, yo no
tenía derecho para sentirme ofendido. Pareció más
tranquilo y me tendió la mano.
-Estoy encantado de miss Wickfield, Copperfield,
se lo juro --dijo míster Micawber-. Es una criatura
encantadora, llena de encantos, de gracia y de vir-
tudes. Por mi honor -dijo míster Micawber haciendo
el saludo más galante, como para enviar un beso-,
rindo homenaje a miss Wickfield.
-Estoy encantado -le dije.
-Si usted no me hubiera asegurado, mi querido
Copperfield, el día en que tuvimos el gusto de pasar
la tarde con usted, que la D era su letra preferida,
hubiera estado convencido de que era la A.
Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en
que lo que decimos o hacemos creemos haberlo
hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo re-
cordamos como si hubiéramos estado hace siglos
rodeados de las mismas personas, de los mismos
objetos, de los mismos incidentes; y sabemos per-
fectamente de antemano lo que nos van a decir
después, como si nos volviese la memoria de pron-
to. Nunca había experimentado más vivamente
aquel sentimiento misterioso que antes de oír las
palabras de míster Micawber.
Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis re-
cuerdos a su familia. Él volvió a coger la pluma y se
frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me
daba cuenta de que había algo en sus nuevas fun-
ciones que enfriaban nuestra intimidad.
No había nadie en el viejo salón; pero mistress
Heep había dejado las huellas de su paso. Abrí la
puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al
lado del fuego y escribía ante su pupitre de madera
tallada.
Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué pla-
cer para mí observar la alegría que expresó al ver-
me aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto
cariño y bondad.
-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de
otro- ¡Cuánta falta me has hecho, Agnes, desde
hace cierto tiempo!
-¿De verdad? -me respondió- Pues no hace tanto
que nos hemos separado.
Moví la cabeza.
-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente
que me falta alguna facultad que necesito. Me hab-
ías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en
los buenos tiempos; venía con tanta naturalidad a
inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que
verdaderamente temo haber perdido el use de una
facultad de la que no tenía necesidad a tu lado.
-¿Y cuál es? ---dijo alegremente Agnes.
-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo
que soy formal y perseverante.
-Estoy segura --dijo Agnes.
-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.
-Sí --dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.
-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgra-
ciado y estoy tan inquieto, tan indeciso, tan incapaz
de tomar una decisión, que evidentemente me falta,
¿cómo diríamos?..., me falta un punto de apoyo.
-Puede que sí -dijo Agnes.
-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti mis-
ma. Vienes a Londres, me dejo guiar por ti: al mo-
mento encuentro un objeto y una dirección. Se me
escapa ese objeto, y vengo aquí: pues enseguida
soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían
no han cambiado desde que he entrado en esta
habitación; sin embargo, he sufrido ya una in-
fluencia que me transforma, que me hace mejor.
¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu secreto?
Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el
fuego.
-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías
porque te diga ahora, para las grandes cosas, las
mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis
antiguas penas eran chiquilladas, y hoy son cosas
serias; pero todas las veces que he abandonado a
mi hermana adoptiva...
Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y
me tendió su mano. Yo la besé.
-Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi
lado para empezar las cosas con tu aprobación, me
he perdido y me he metido en una multitud de difi-
cultades. Cuando por fin he venido a buscarte (co-
mo he hecho siempre) he encontrado al mismo
tiempo la paz y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al
hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes figurarte
la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado.
Sentía tan profundamente lo que decía y estaba
tan verdaderamente conmovido, que me faltaba la
voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a
llorar. No escribo aquí más que la verdad. No pen-
saba en las contradicciones ni en las consecuencias
que había en mi corazón, como en el de la mayoría
de los hombres; no se me ocurría pensar que podía
haber obrado de otro modo y mejor de lo que había
hecho hasta entonces. Ni que había sido una equi-
vocación el cerrar voluntariamente los oídos al grito
de mi conciencia, no; todo lo que sabía es que era
de buena fe cuando le decía con tanto fervor que a
su lado encontraba el reposo y la paz.
Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad
con la expresión de su dulce y fraternal afecto, con
sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y
con la calma encantadora que siempre me había
hecho considerar su morada como un lugar bendito.
Animó mi valor y me hizo, naturalmente, contarle
todo lo que había sucedido desde nuestra última
entrevista.
-Y no tengo nada más que decirte, Agnes -añadí
cuando terminé mi confidencia-, si no es que cuento
contigo.
-Pero no es conmigo con quien tienes que contar,
Trotwood -repuso Agnes con una dulce sonrisa-; es
con otra.
-¿Con Dora? --dije yo.
-¡Naturalmente!
-Pero, Agnes, ¿no te he dicho -respondí algo con-
fuso- que es difícil, no digo el contar con Dora, pues
es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que
es difícil, no sé cómo expresarme, Agnes...? Es
tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo
antes de la muerte de su padre creí que debía
hablarle... Pero si tienes la paciencia de escu-
charme, te lo contaré todo.
En consecuencia, le conté a Agnes lo que le hab-
ía dicho a Dora de mi pobreza, del libro de cocina,
de las cuentas, etc.
-¡Oh Trotwood! -repuso ella con una sonrisa-, eres
siempre el mismo. Tenías razón al querer salir ade-
lante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas
tan bruscamente con una niña tímida, amante y sin
experiencia? ¡Pobre Dora!
Nunca voz humana podía hablar con más bondad
y dulzura que la suya al darme aquella respuesta.
Me parecía que la veía coger con amor a Dora en
sus brazos para besarla tiernamente; me parecía
que me reprochaba tácitamente con su generosa
protección el haberme apresurado demasiado a
turbar su corazoncito; me parecía que veía a Dora,
con toda su gracia ingenua, acariciar a Agnes, darle
las gracias y apelar dulcemente a su justicia para
hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme
con toda la fuerza de su inocencia infantil.
¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admi-
raba! Las veía a las dos en una encantadora pers-
pectiva, unidas íntimamente, más encantadoras
todavía una al lado de otra.
-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después
de haber contemplado el fuego-. ¿Qué me aconse-
jas que haga?
-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que
escribieras a esas señoras. ¿Crees que los secretos
merecen la pena?
-No, puesto que tú no lo crees -le dije.
-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Ag-
nes con un modesto titubeo-; pero me parece .... en
una palabra, me parece que no sería digno de ti...
recurrir a medios clandestinos.
-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes,
me temo.
-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-.
Yo escribiría a esas dos señoras; les contaría todo
lo más sencilla y francamente que me fuera posible
y les pediría permiso para it alguna vez a su casa.
Como eres joven y todavía no tienes una posición
en el mundo, creo que harías bien en decirles que
te someterás con gusto a todas las condiciones que
te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran
mi petición sin hablar de ella a Dora, cuando les
pareciera oportuno. No me presentaría demasiado
ardiente -dijo Agnes con dulzura- ni demasiado exi-
gente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y
en Dora.
-¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si
vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí?
-¿Es posible? -preguntó Agnes con el más afec-
tuoso interés.
-¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a
las señoritas Spenlow no les parece correcto que
me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan
extravagantes ...)
-No creo, Trotwood -dijo Agnes levantando con
dulzura los ojos hacia mí-, que debas preocuparte
demasiado por eso. Según mi opinión, vale más
preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no
titubear.
No dudé más tiempo; me sentía el corazón más
ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda
importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la
tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre
para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a
míster Wickfield y a Uriah Heep.
Encontré a Uriah instalado en un nuevo despa-
cho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había
construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan
innoble entre una cantidad tan grande de libros y
papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre,
haciendo como que no había sabido por mister Mi-
cawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me
condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor
dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo
habían despojado de una multitud de comodidades
en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y
yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah
permanecía de pie delante del fuego frotándose la
barbilla con su mano huesuda.
-¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el
tiempo que piense pasar en Canterbury? -dijo
míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada
con que parecía pedir su aprobación.
-¿Tiene usted sitio para mí? -le pregunté.
-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir
míster, pero el tratamiento de camarada se me vie-
ne a la boca ---dijo Uriah-; estoy dispuesto a devol-
verle su antigua habitación si ello le resulta agrada-
ble.
-No, no -dijo míster Wickfield-; ¿para qué se va
usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra
habitación.
-¡Oh! -repuso Uriah haciendo un gesto bastante
feo-; pero si es que yo estaré encantado.
Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y
que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello
se decidieron por la otra habitación. Me despedí de
ellos y volví a subir.
Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como an-
tes; pero mistress Heep le había pedido permiso
para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea,
con el pretexto de que la habitación de Agnes esta-
ba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría
horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el
menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la
furia del viento en el campanario de la catedral; pero
había que hacer virtud de necesidad y le di los bue-
nos días en tono amistoso.
-Le doy las gracias humildemente, caballero --dijo
mistress Heep cuando le hube preguntado por su
salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecer-
me. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no
pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encon-
trado usted a mi Uriah, caballero?
Le había encontrado tan horrible como de cos-
tumbre, y contesté que no le había encontrado
cambiado.
-¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? -dijo mis-
tress Heep-. Le pido humildemente permiso para no
ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más del-
gado?
-Más que de costumbre, no -respondí.
-¿De verdad? -dijo mistress Heep-. Es porque us-
ted no le ve con los ojos de una madre.
Los ojos de una madre me parecieron muy malos
ojos para el resto de la humanidad cuando los dirig-
ía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo.
Creo que ella y su hijo se pertenecían exclusiva-
mente el uno al otro.
Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a
mí, se fijaron en Agnes.
-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha
cambiado mucho? -preguntó mistress Heep.
-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su
trabajo-. Se preocupa usted demasiado; está muy
bien.
Mistress Heep resopló con toda su fuerza y conti-
nuó su labor.
No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su
labor de punto. Yo había llegado a las doce y todav-
ía faltaban muchas horas para la comida; pero no
se movió. Estaba sentada a un lado de la chimenea
y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al
otro lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la
vista mientras escribía lentamente mi carta, veía
delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me
inspiraba valor con su dulce y angelical expresión;
pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me
miraban para clavarse después en Agnes y volver
enseguida a mí, bajándose después hacia la media.
No estoy muy versado en el arte de hacer media
para poder decir lo que fabricaba; pero sentada allí
al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mis-
tress Heep me parecía una bruja mo-
mentáneamente detenida en sus malos designios
por el ángel sentado frente a ella; pero dispuesta a
aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su
presa en sus odiosas redes.
Durante la comida continuó vigilándonos con la
misma mirada. Después de la comida su hijo tomó
su lugar, y una vez solos para los postres míster
Wickfield, él y yo, se puso a observarme de reojo,
haciendo al mismo tiempo las más odiosas contor-
siones. En el salón volvimos a encontrar a su ma-
dre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes
cantó y tocó el piano, la madre estaba instalada a
su lado. En una ocasión pidió a Agnes que cantara
una balada que a su Uriah le gustaba con locura
(durante aquel tiempo el dicho Uriah bostezaba en
su sillón y después le dijo que estaba en-
tusiasmado). No abría nunca la boca sin pronunciar
el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de
una consigna que le habían dado.
Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sent-
ía tan poco a mis anchas a fuerza de ver a la madre
y al hijo oscureciendo aquella morada con su horri-
ble presencia, como dos grandes murciélagos, que
hubiera preferido permanecer toda la noche con el
punto y lo demás, mejor que it a acostarme. Apenas
cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición del
punto de media y de la vigilancia, que duró todo el
día.
No pude lograr ni diez minutos para hablar a Ag-
nes: apenas si tuve tiempo para enseñarle mi carta.
Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero
mistress Heep repitió tantas veces que se encontra-
ba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse
para hacerle compañía. Por la tarde salí solo para
reflexionar en lo que debía hacer, pues no sabía si
tenía derecho para callar durante más tiempo a
Agnes lo que Uriah Heep me había dicho en Lon-
dres, pues empezaba a inquietarme extraordinaria-
mente.
No había salido todavía del pueblo, por la carrete-
ra de Ramsgate, que estaba muy hermosa para
pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por
alguien que venía tras de mí. Era imposible confun-
dir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar
desgarbado. Me detuve a esperar a Uriah Heep.
-¿Y bien? -le dije.
-¡Qué deprisa anda usted! --dijo-. Tengo las pier-
nas bastante largas; pero usted les da bastante
trabajo.
-¿Dónde va usted?
-Vengo a hacerle compañía, Copperfield, si quiere
usted permitírselo a un antiguo camarada.
Y al decir esto, con un movimiento que podía to-
marse por una burla se puso a andar a mi lado.
-¡Uriah! -le dije lo más cortésmente que pude,
después de un momento de silencio.
-¡Míster Copperfield! -me respondió.
-Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he
salido porque estaba un poco cansado de estar
tanto tiempo en compañía.
Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto:
-¿Se refiere usted a mi madre?
-Naturalmente.
-¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes
-repuso-; y como reconocemos nuestra humilde
condición. estamos obligados a vigilar a los que no
son humildes coma nosotros para que no nos piso-
teen. En amor todas las estratagemas son buenas,
Copperfield.
Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos
enormes manos, dejó oír un gruñido suave. Nunca
había visto una criatura humana que se pareciera
tanto a un mandril maligno.
-Porque usted -dijo, continuando acariciándose el
rostro y moviendo la cabeza- es un rival peligroso,
Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo.
-¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta us-
ted la guardia en tomo a miss Wickfield y por lo que
le quita toda libertad en su propia casa? -le dije.
-¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy
duras -replicó.
-Puede usted tomar mis palabras como le parez-
ca; pero sabe usted mejor que yo lo que quiero
decirle, Uriah.
-¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no
lo comprendo.
-¿Supone usted -le dije esforzándome, a causa de
Agnes, en permanecer tranquilo-, supone usted que
miss Wickfield es para mí otra cosa que una herma-
na tiernamente amada?
-Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contes-
tar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no.
Nunca he visto nada comparable a la innoble ex-
presión de aquel rostro, a aquellos ojos desguarne-
cidos, sin la sombra de una pestaña.
-Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield...
-¡Mi Agnes! -exclamó en una contorsión angulosa
y repugnante-. ¡Tenga la bondad de llamarla Agnes,
míster Copperfield!
-Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendi-
ga...
-Le doy las gracias por ese deseo, míster Copper-
field.
-Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstan-
cia antes se me hubiera ocurrido decírselo a... Jack
Ketch.
-¿A quién, caballero? --dijo Uriah alargando el
cuello y abrigando su oreja con la mano para oír
mejor.
-Al verdugo -repuse-; es decir, a la última persona
en quien se puede pensar... -y, sin embargo, hay
que ser franco, era el rostro de Uriah el que me
había sugerido aquella alusión-. Tengo novia. ¿Es-
pero que eso le dejará satisfecho?
-¿Palabra de honor? -preguntó Uriah.
Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación,
cuando se apoderó de mi mano y la estrechó con
fuerza.
-¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted de-
mostrado esta confianza cuando le revelé el estado
de mi corazón, el día en que tanto le molesté dur-
miendo en su gabinete, nunca se me hubiera ocu-
rrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a des-
pedir inmediatamente a mi madre, demasiado di-
choso de poder darle esa prueba de confianza.
Usted espero que dispensará las precauciones ins-
piradas por el afecto. ¡Qué lástima, míster Copper-
field, que no se dignara usted devolverme confiden-
cia por confidencia! Sin embargo, le he proporcio-
nado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha teni-
do por mí toda la benevolencia que yo hubiera de-
seado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido
nunca como yo le quiero.
Mientras decía esto me estrechaba la mano entre
sus dedos húmedos y viscosos. En vano me esfor-
zaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la
manga de su gabán, color chocolate, y me vi obli-
gado a acompañarle.
-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el cami-
no de la ciudad.
La luna empezaba a iluminar las ventanas con
sus rayos plateados.
-Antes de dejar de hablar de esto -le dije, después
de un largo silencio- tiene usted que saber que a
mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de
usted y tan lejos de todas sus pretensiones como la
luna que nos ilumina.
-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pe-
ro confiese usted que nunca me ha querido como yo
a usted. Me encontraba usted demasiado humilde,
estoy seguro.
-No me gusta que se haga tanta profesión de
humildad ni de otra cosa -respondí.
-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso
todavía que de costumbre-; estaba seguro. Pero
usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto
conviene la humildad a una persona en mi situación.
Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de
caridad; mi madre también ha sido educada en un
establecimiento de la misma naturaleza De la noche
a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada
más. Debíamos ser humildes con estos, humildes
con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la go-
rra; allí teníamos que hacer una reverencia y no
olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos
delante de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos
superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la me-
dalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y
yo lo mismo. Si mi padre ha llegado a sacristán ha
sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gen-
te bien educada de saber estar en su sitio, y por eso
todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde,
Uriah, me decía mi padre, y te abrirás camino. Nos
han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo
que mejor resultado da. Sé humilde decía, y lle-
garás.» Y realmente parece que tenía razón.
Por primera vez sabía que aquella odiosa come-
dia de humildad era hereditaria en la familia Heep;
había visto la cosecha, pero no se me había ocurri-
do pensar en la siembra.
-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando
aprendí a apreciar la humildad y a aprovecharla.
Comía mis humildes patatas con buen apetito. No
he querido llevar demasiado lejos mis humildes
estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofre-
ció enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre
me decía siempre: «A las gentes les gusta dominar;
baja la cabeza y déjales hacer». En este momento,
por ejemplo, yo soy muy humilde, míster Copper-
field; pero eso no impide que haya conseguido ya
algún poder.
Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la cla-
ridad de la luna) era sencillamente para hacerme
comprender que estaba decidido a servirse del po-
der aquel. Yo no había dudado nunca de su bajeza,
su astucia y su malicia; pero únicamente entonces
empecé a comprender todo lo que la larga violencia
de su juventud había amontonado en venganza sin
piedad en aquel alma vil y baja.
Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato
repugnante que me acababa de hacer es que me
soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbi-
lla con las dos manos. Una vez separado de él es-
taba decidido a seguir en aquella posición. Andá-
bamos a cierta distancia uno del otro, cambiando
únicamente algunas palabras.
No sé lo que le había puesto contento, si era lo
que yo le había comunicado o el relato que él me
había hecho de su pasado; pero estaba mucho más
animado que de costumbre. En la comida habló
mucho; preguntó a su madre (a la que había releva-
do de su guardia cuando volvimos de nuestro pa-
seo) si no era hora de que él se casara; y en una
ocasión lanzó tal mirada sobre Agnes, que hubiera
dado todo lo que tengo por poder aplastarle.
Cuando después de la comida nos quedamos so-
los míster Wickfield, él y yo, Uriah se lanzó más
todavía. Había bebido muy poco vino; por lo tanto,
no era eso lo que podia excitarle; debía de ser la
embriaguez de su triunfo insolente y el deseo de
demostrarlo en mi presencia.
La víspera ya había observado que trataba de
hacer beber a míster Wickfield; pero Agnes me hab-
ía lanzado tal mirada al dejar la habitación, que al
cabo de cinco minutos propuse ir a reunimos con
ella al salón. Estaba a punto de hacer otro tanto
cuando Urialh se me adelantó.
-Vemos muy rara vez a nuestro visitante de hoy
-dijo dirigiéndose a míster Wickfield, sentado al otro
lado de la mesa (qué contraste entre las dos cabe-
ceras)-, y si usted no tiene inconveniente podríamos
beber uno o dos vasos de vino a su salud. ¡Míster
Copperfield, bebo a su salud y por su prosperidad!
Me vi obligado a tocar, por fórmula, la mano que
me tendía a través de la mesa; después cogí, con
una emoción muy diferente, la mano de su pobre
víctima.
-Vamos, mi querido socio -dijo Uriah-, permítame
que le dé el ejemplo bebiendo también a la salud de
algún amigo de Copperfield.
Pasé rápidamente sobre los diversos brindis pro-
puestos por mister Wickfield: a mi tía, a míster Dick,
al Tribunal de Doctores, a Uriah. Cada vez se bebía
dos veces su vaso, aunque se daba cuenta de su
debilidad, y luchaba vanamente contra aquella mi-
serable pasión. ¡Pobre hombre! ¡Cómo sufría con la
conducta de Uriah y, sin embargo, cómo trataba de
agradarle! Heep, triunfante, se retorcía de gusto,
hacía gala del vencido, del que desplegaba la ver-
güenza a mis ojos. Yo tenía el corazón oprimido;
ahora todavía mi mano se niega a escribirlo.
-Vamos, mi querido socio; yo también voy a pro-
poner otro brindis; pero pido humildemente que nos
den vasos grandes. ¡Bebamos por la más divina de
su sexo!
El padre de Agnes tenía las manos sobre su vaso
vacío. Lo dejó en la mesa, y sus ojos se fijaron en el
retrato de su hija; después se llevó la mano a la
frente y se dejó caer en un sillón.
-Sé que soy un personaje demasiado humilde pa-
ra atrevenne a brindar a su salud -repuso Uriah-;
pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro!
¡Qué angustia la del padre, que apretaba convul-
sivamente su cabeza gris entre las manos para
contener su sufrimiento interior mil veces más cruel
de contemplar que todos los dolores físicos que
pudiera sufrir nunca!
-Agnes -dijo Uriah, sin fijarse en el estado de
míster Wickfield, o sin querer fijarse-, Agnes Wick-
field, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres.
Es más, puedo hablar libremente entre amigos; se
puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su
marido...!
Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito
como el que lanzó míster Wickfield levantándose
bruscamente.
-¿Qué ocurre? -dijo Uriah, que se puso pálido
como la muerte-. ¡Ah, vamos! Debe de ser un ata-
que de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto
derecho como cualquier otro a decir que un día su
Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más
derecho que nadie.
Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster
Wickfield y le rogué, por todo lo que pude imaginar,
que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en
nombre de su afecto por Agnes. Estaba fuera de sí
y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y
trataba de rechazarme lejos de sí, sin contestar una
sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su
desesperación ciega, lo que quería, con la mirada
fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan terrible!
Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a
aquella angustia y que me escuchara. Le suplicaba
que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que re-
cordara cómo Agnes y yo habíamos crecido juntos;
ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su
orgullo y su alegría. Me esforzaba en poner a su hija
ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante
firmeza para evitarle el que se enterase de seme-
jante escena. No sé si mis palabras surtieron algún
efecto, o si la violencia de su cólera terminó por
gastarse; pero poco a poco se tranquilizó y empezó
a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo
de razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi
hija querida y tú..., ya lo sé; pero él, ¡mírale!».
Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un
rincón. Evidentemente se había precipitado, y espe-
raba una cosa muy distinta.
-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield-; al
hombre que me ha hecho perder poco a poco mi
nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad
de mi hogar.
-Decid más bien el que le ha conservado su nom-
bre, su reputación, su tranquilidad y la felicidad de
su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas
con una expresión de enfado y desconcierto-. No se
enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de
lo que esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después
de todo, ¿dónde está el daño?
-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida --dijo
míster Wickfield- y creía que estaba unido a mí por
motivos de intereses; pero... ¡oh, lo que es este
hombre!
-Haría usted bien obligándole a callar, Copper-
field, si puede -exclamó Uriah volviendo hacia mí
sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a
decir cosas que después sentirá haber dicho y que
usted mismo sentirá haber oído.
-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acen-
to desesperado-. Puesto que estoy en tus manos
¿por qué no he de ponerme en las del mundo ente-
ro?
-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah diri-
giéndose a mí-; si no le hace callar es que no es
usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se
pondrá en manos del mundo entero? Míster Wick-
field, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabe-
mos lo que sabemos, ¿no es cierto? No desperte-
mos al perro que duerme. No soy yo quien come-
terá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo
más humilde posible, y le digo que si he ido dema-
siado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caba-
llero?
-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wick-
field retorciéndose las manos-. ¡He caído tan bajo
desde que lo vi por primera vez en esta casa! Esta-
ba ya en esta pendiente fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto
camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde en-
tonces! Me ha perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera
tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de
olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdi-
do al perder a la madre de mi hija se ha vuelto una
enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el
olvido de todo lo demás, me ha dado el último gol-
pe. Una vez con esta enfermedad incurable he in-
fectado a mi vez cuanto he tocado. He causado la
desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la
quiero! He creído posible amar a una criatura del
mundo excluyendo a todas las demás. He creído
posible llorar a una que había dejado el mundo sin
llorar con los que lloran. Así he perdido mi vida. Me
he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él
se venga devorándome a su vez. He sido sórdido
en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el modo
en que he escapado del lado oscuro del dolor y del
afecto. Y ahora sólo soy una ruina. ¡Oh, mira, mira
mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!
Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le
sostenía la exaltación de su pena. Uriah salió de su
rincón.
-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locu-
ra --dijo míster Wickfield extendiendo la mano como
para suplicarme que no le condenase todavía-; pero
él lo sabe; él, que ha estado siempre a mi lado para
apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena
que me ha puesto al cuello; le encuentras instalado
en mi casa; le encuentras metido en todos mis
asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué
más puedo decirte?
-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor
hubiera hecho usted no diciendo nada -repuso
Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-. No se
hubiera puesto usted en ese estado si no hubiera
bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caba-
llero. Si yo también he dicho algo más de lo que
debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no
me he obstinado.
La puerta se abrió y Agnes entró suavemente,
pálida como una muerta; pasó su brazo alrededor
del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá,
no te encuentras bien, vente conmigo! ».
Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija,
como si estuviera agobiado de vergüenza, y salie-
ron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con
los míos, y vi que sabía todo lo que había pasado.
-No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster
Copperfield -dijo Uriah-; pero esto no es nada; ma-
ñana nos habremos reconciliado. Es por su bien. Yo
deseo humildemente su bien.
No le contesté una palabra y subí a la tranquila
habitación donde Agnes había venido tan a menudo
a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí
permanecí hasta bastante tarde, sin que nadie vinie-
ra a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de
leer; esperé a que dieran las doce en los relojes, y
leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me
tocó suavemente en el hombro.
-¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a
decirte adiós.
Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y
tranquilo.
-¡Que Dios te bendiga! -me dijo tendiéndome la
mano.
-Mi querida Agnes -respondí-; veo que no quieres
que te hable esta noche de ello-, pero ¿no podría-
mos hacer nada?
-Confiar en Dios -contestó.
-¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte
con mis pobres penas?
-Tú haces las mías menos amargas, mi querido
Trotwood.
-Agnes, querida mía; es una gran pretensión por
mi parte el pensar darte un consejo, yo que tengo
tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor,
nobleza; pero ya sabes cuánto te quiero y todo lo
que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un
deber mal comprendido?
Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la
había visto tan inquieta.
-Dime que no has tenido semejante pensamiento,
querida Agnes; tú que eres para mí más que una
hermana, piensa en lo que vale un corazón como el
tuyo, un amor como el tuyo.
¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después
aquel dulce rostro y aquella mirada de un instante,
aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche
ni resentimiento! ¡Cuántas veces he visto después
la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba
segura de ella misma y que no había nada que te-
mer; después me llamó su hermano y desapareció!
Todavía era de noche cuando al día siguiente
subí a la diligencia en la puerta de la posada. El
día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir,
cuando en el momento en que mi pensamiento
se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que
se encaramaba a mi lado.
-Copperfield -me dijo en voz baja agarrándose al
coche-, he pensado que le gustaría saber antes de
su partida que todo está arreglado. Ya he estado en
su habitación y está dulce como un cordero. ¿Ve
usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de
algo; y cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué
hombre tan amable después de todo! ¿No es ver-
dad, míster Copperfield?
Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de
que se hubiera disculpado.
-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir
excusas? ¡Cuando se es humilde es tan fácil! A
propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió
con una ligera contorsión-, que le habrá ocurrido
alguna vez el coger una pera antes de que estuviera
madura?
-Es probable -respondí.
-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la
pera madurará; no hay más que estar al cuidado.
Puedo esperar.
Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el
momento en que el conductor subía al pescante.
Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de
la mañana; al menos, por el movimiento de su boca
se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y
que la saboreaba haciendo chasquear los labios.
CAPÍTULO XX
EL VAGABUNDO
Aquella noche tuvimos una conversación muy se-
ria en Buckingham Street sobre los sucesos que he
detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el
mayor interés y estuvo paseando de arriba abajo
por la habitación, con los brazos cruzados, durante
más de dos horas. Siempre que tenía algún disgus-
to ejecutaba una proeza semejante, y se podia sa-
ber la importancia de su disgusto por lo que duraba
el paseo. En aquella ocasión estaba tan afectada,
que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener
más sitio, y recorría las dos habitaciones de un ex-
tremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados
inmóviles al lado del fuego, la veíamos pasar por
nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de
un péndulo de reloj.
Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí,
para irse a la cama, yo me puse a escribir mi carta a
las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su
paseo, se había sentado ante la chimenea, con la
falda un poco remangada, como de costumbre; pero
en lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó
encima de la chimenea y se quedó con el codo de-
recho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en
la mano derecha, mirándome pensativa. Siempre
que yo levantaba los ojos estaba seguro de encon-
trar los suyos.
-Te quiero más que nunca, hijo mío -me dijo-; pe-
ro estoy preocupada y triste.
Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no
me fijé, hasta después de que se hubiera acostado,
de que había dejado intacta encima de la chimenea
su «poción de la noche», como ella la llamaba.
Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puer-
ta, y con más cariño que de costumbre me dijo:
-No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot
-y movió la cabeza y se encerró de nuevo.
A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías
de Dora, y la aprobó.
La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer
más que esperar con paciencia la contestación.
Hacía una semana que estaba en aquel estado de
expectación.
Una noche volvía de casa del doctor Strong.
Había sido un día muy crudo, con un viento norte
que cortaba la cara. El viento había desaparecido al
anochecer y empezaba a nevar; caían gruesos co-
pos, que cubrían ya todo el suelo, y los ruidos se
habían apagado como si las calles estuvieran cu-
biertas de pluma.
El camino más corto para volver a casa (y natu-
ralmente el que tomé en semejante noche) fue el de
la travesía de San Martín. La iglesia que da nombre
a la calle está ahora aislada; pero antes sólo tenía
espacio libre por la parte de delante, y la calleja
torcía hacia el Strand. Cuando pasaba por delante
del pórtico vi en la rinconada el rostro de una mujer.
Me miró, cruzó la calle y desapareció. Yo la conoc-
ía, la había visto en alguna parte; pero no recordaba
dónde. Algo que interesaba a mi corazón se asocia-
ba con ella; pero como iba pensando en otra cosa
cuando me la encontré, sólo tuve una idea confusa.
En los escalones de la iglesia había un hombre
poniendo algo sobre la nieve y arreglándolo des-
pués; le vi al mismo tiempo que a la mujer. No había
salido de mi sorpresa cuando el hombre se volvió y
se encontro conmigo: estaba cara a cara con míster
Peggotty.
Entonces recordé quién era la mujer. Era Martha,
a quien Emily había dado dinero la noche aquella en
la cocina. Martha Endell, al lado de la cual él no
hubiera querido ver a su querida sobrina según me
dijo Ham, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.
Nos estrechamos la mano cordialmente; al princi-
pio ninguno de los dos podíamos decir una palabra.
-Míster Davy, ¡cómo me alegro de verle! ¡Qué feliz
encuentro!
-Muy feliz, querido y viejo amigo -le dije.
-Había estado pensando ir a verle esta noche -re-
puso-; pero al saber que su tía está viviendo con
usted (pues he estado por el lado de Yarmouth) he
temido que fuera demasiado tarde, y pensaba ir por
la mañana temprano, antes de volver a marcharme.
-¿Otra vez? ---dije.
-Sí señor -replicó moviendo la cabeza con resig-
nación-; me marcho mañana.
-¿Y dónde va usted ahora? -pregunté.
-¡Pchs! -replicó, sacudiendo la nieve de sus largos
cabellos-. Voy por ahí...
En aquella época el establecimiento de La Cruz
de Oro (tan memorable para mí en relación con su
desgracia) tenía una puerta cerca de donde está-
bamos parados. Le señalé la verja, me agarré de su
brazo, y nos dirigimos allí. Dos o tres de las salas
del café daban al patio, y viendo una completa-
mente vacía y con buen fuego, nos dirigimos a ella.
Cuando le vi a la luz observé que tenía los cabe-
llos largos y revueltos y el rostro quemado por el
sol; las arrugas de su rostro eran más profundas, y
tenía todo el aspecto de haber vagado a través de
los climas más distintos; pero todavía parecía muy
fuerte y decidido a cumplir su propósito sin que na-
da pudiera cansarle. Se sacudió la nieve que cubría
su ellas casi como si fueran los niños de Emily. ¡Oh
mi querida pequeña Emily!
Se puso a sollozar en un repentino acceso de de-
sesperación. Yo pasaba temblando mi mano por
encima de la suya, con la que intentaba taparse el
rostro.
-Gracias -me dijo-, no se preocupe usted.
Al cabo de un momento se descubrió los ojos y
continuó su relato.
-A menudo por la mañana me acompañaban un
momento por el camino, y cuando nos separábamos
y yo les decía en mi lengua: «Muchas gracias, que
Dios os bendiga», ellas siempre parecían compren-
derme y me respondían con cariño. Por fin llegué a
la costa. No era difícil para un marino como yo ga-
nar su pasaje hasta Italia. Cuando llegué allí seguí
errando de un lado a otro. Todo el mundo era bueno
conmigo, y quizá hubiera viajado de ciudad en ciu-
dad o a través de los campos si no hubiera oído
decir que la habían visto en las montañas de Suiza.
Alguien que conocía al criado los había visto a los
tres; hasta me dijeron cómo viajaban y dónde esta-
ban. Anduve día y noche, míster Davy, para encon-
trar aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más
parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y las atra-
vesé. Cuando llegué al lugar de que me habían
hablado empecé a preguntarme: ¿Y qué vas a
hacer cuando la veas?
El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de
la noche, se bajaba, y vi a aquella mujer de rodillas
delante de la puerta, con las manos juntas como
para rezar, suplicándome que no la despidiera.
-Nunca he dudado de ella -dijo míster Peggotty-,
nunca, ni un minuto. Sólo con que hubiera podido
hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle
la casa de que había huido, su infancia, sabía que,
aunque hubiera llegado a princesa de sangre real,
caería a mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi
sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!» y la
he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces
en mi sueño la he levantado diciéndole muy bajito:
«Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte
conmigo! ».
Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió
con un suspiro:
-Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo.
Compré un traje de campesina para ella; sabía que
una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo
por las carreteras rocosas; que iría donde yo quisie-
ra, y que no me abandonaría jamás, no, jamás.
Todo lo que quería era hacerle poner aquel traje y
pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en
mis brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos
a veces en el camino para que descansaran sus
pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía.
Respecto a él, creo que ni siquiera le hubiera mira-
do. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister
Davy, no, todavía no. Llegué demasiado tarde: hab-
ían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban.
Unos decían que por aquí, otros que por allá, y he
viajado por aquí y por allá; pero no la he encontra-
do. Entonces he vuelto.
-¿Hace mucho tiempo? -pregunté.
-Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco
y la luz que brillaba en la ventana, acercándome vi a
la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del
fuego. Le grité: « No tengas miedo; es Daniel», y
entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorpren-
derme tanto verme en mi viejo barco.
Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chale-
co un paquete de papeles que contenía dos o tres
camas y las puso encima de la mesa.
-Esta primera carta ha llegado -dijo separándola
de las otras- a los ocho días escasos de mi partida.
Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de
cincuenta libras. Lo habían echado una noche por
debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la
letra, pero conmigo no le valía.
Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó en-
cima de la mesa.
-Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha
llegado hace dos o tres meses.
Después de haberla contemplado un momento
me la entregó, añadiendo en voz baja: «Tenga la
bondad de leerla».
Leí lo siguiente:

« ¡Oh, qué pensará usted cuando


vea esta carta y sepa que es mi
mano culpable la que traza estas lí-
neas! Pero trate, trate, no por amor
mío, sino por amor a mi tío, trate de
dulcificar un momento su corazón
hacia mí. Trate, se lo ruego, de te-
ner piedad de una desgraciada, y
escríbame en un pedacito de papel
si está bien y lo que ha dicho de mí
antes de que haya sido prohibido
pronunciar mi nombre entre uste-
des. Dígame si por la noche, a la
hora en que yo volvía siempre,
piensa todavía en la que amaba
tanto. ¡Oh, mi corazón se rompe
cuando pienso en todo esto! Caigo
de rodillas y le suplico que no sea
conmigo todo lo severa que merez-
co...; sé que lo merezco; pero sea
usted buena y transigente; escri-
bame una palabra y envíemela. No
me llame ya « mi pequeña», no me
den ya más el hombre que he des-
honrado; pero tenga piedad de mi
angustia y sea lo bastante miseri-
cordiosa para hablarme un poco de
mi tío, puesto que jamás, jamás en
este mundo le volverán a ver mis
ojos.
Querida mistress Gudmige: si no
tiene usted compasión de mí, pues
tiene derecho a ello, ¡oh!, entonces
pregúntele a aquel para el que soy
más culpable, a aquel de quien
debía ser la mujer, si debe usted
negarse a mi ruego. Si es lo bastan-
te generoso para aconsejarle lo
contrario (y yo creo que lo hará,
pues es todo bondad a indulgen-
cia), entonces, entonces única-
mente dígale que cuando oigo por
la noche la brisa me parece que
acaba de pasar por su lado y el de
mi tío y que sube a Dios para llevar-
le el mal que hayan dicho de mí.
Decidles que si muriera mañana
(¡oh, cómo querría morir si me sin-
tiera preparada!) mis últimas pala-
bras serían para bendecirle a él y a
mi tío y mi última oración por su fe-
licidad.»

También en esta carta había dinero: cinco libras.


Míster Peggotty había dejado intacta aquella suma,
lo mismo que la otra, y volvió a doblar también el
billete. Había también instrucciones detalladas so-
bre la manera de hacerle llegar una respuesta; se
veía que varias personas habían intervenido para
disimular mejor el sitio en que estaba oculta; sin em-
bargo, parecía bastante probable que hubiera escri-
to desde el sitio donde le habían dicho a míster
Peggotty que la habían visto.
-¿Y qué le han contestado?
-Como mistress Gudmige no está muy fuerte en
escritura, Ham se ha encargado de contestar por
ella. Le han dicho que yo había salido en busca
suya y lo que dije al despedirme.
-¿Y eso es otra carta?
-No; es dinero -dijo míster Peggotty desplegando
a medias diez libras-; como puede usted ver, hay
escrito por dentro del envoltorio: « De parte de una
amiga verdadera» . Pero la primera carta la habían
echado por debajo de la puerta y esa ha venido por
correo anteayer. Voy a buscar a Emily en la ciudad
que pone en el sello.
Me lo enseñó. Era una ciudad a orillas del Rhin.
Había encontrado en Yarmouth algunos comercian-
tes extranjeros que conocían aquel país, y le habían
dibujado una especie de mapa para que compren-
diera mejor las cosas. Lo puso encima de la mesa y
me señaló su camino con una mano, mientras apo-
yaba la barbilla en la otra.
Le pregunté cómo estaba Ham. Sacudió la cabe-
za.
-Trabaja mucho -me dijo-. Su nombre es ya cono-
cido y respetado en todo el país; todo lo que puede
ser un hombre en este mundo. Todos están dis-
puestos a ayudarle, y lo comprenderá usted, porque
¡es tan bueno con todo el mundo! Nunca se le ha
oído quejarse. Entre nosotros, mi hermana cree que
ha sido un golpe muy fuerte para él.
-¡Pobre muchacho! Yo también lo creo.
-Míster Davy -repuso míster Peggotty en voz baja
y en tono solemne-, Ham ahora desprecia la vida.
Siempre que se necesita un hombre para afrontar
algún peligro en el mar, allí está él; siempre que hay
un puesto peligroso que cubrir, allá va el primero. Y,
sin embargo, es dulce como un niño; no hay ni un
niño en todo Yarmouth que no le conozca.
Reunió las cartas con expresión pensativa, las
dobló lentamente y volvió a meterse el paquetito en
el bolsillo. Ya no había nadie en la puerta. La nieve
continuaba cayendo; eso era todo.
-Y bien -me dijo mirando su saco-, puesto que le
he visto esta noche, míster Davy, y eso me ha con-
solado, partiré mañana temprano. Ya ha visto usted
lo que tengo aquí -y ponía la mano encima del pa-
quetito-; lo que me preocupa es que pueda ocurrir-
me una desgracia antes de haber devuelto este
dinero. Si me muriera y este dinero se perdiera o
me lo robaran y él pudiera creer que lo he guarda-
do, creo que el otro mundo no podría retenerme; sí;
verdaderamente creo que volvería.
Se levantó, y yo me levanté también, y nos estre-
chamos de nuevo la mano.
-Andaría diez mil millas, andaría hasta el día en
que cayera muerto de cansancio, por poderle tirar
este dinero a la cara. Sólo cuando pueda hacerlo y
recobre a mi Emily estaré contento. Si no la encuen-
tro, quizá un día sabrá que su tío, que la quería
tanto, no ha cesado de buscarla más que cuando ha
dejado de vivir; y si la conozco bien, no hará falta
más para atraerla al antiguo hogar.
Cuando salimos a la frialdad de la noche vi huir
delante de nosotros a la figura misteriosa. Retuve
un momento a míster Peggotty para darla tiempo a
que desapareciera.
Me dijo que iba a pasar la noche en una posada
en el camino de Dover, donde encontraría buena
habitación. Yo le acompañé hasta el puente de
Westminster. Después nos separamos. Me pareció
que todo en la naturaleza guardaba un silencio reli-
gioso por respeto hacia el piadoso peregrino que
volvía a emprender lentamente su marcha solitaria a
través de la nieve.
Volví al patio de la posada buscando con los ojos
a aquella cuyo rostro me había impresionado tan
profundamente; pero no estaba. La nieve había
borrado la huella de nuestros pasos, y sólo se veían
los que yo acababa de imprimir, y era tan fuerte la
nevada, que también empezaban a desaparecer.
Solamente daba tiempo a volver la cabeza para
mirarlos por encima de mi hombro.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LAS TÍAS DE DORA
Por fin recibí contestación de las dos ancianas.
Saludaban a míster Copperfield y le informaban de
haber leído con la mayor atención su carta, «tenien-
do en cuenta el interés de ambas partes». Aquella
frase me alarmó bastante, no sólo porque sabía que
la habían empleado en la ocasión del disgusto de
familia antes mencionado, sino porque siempre he
observado que las frases convencionales son una
especie de fuegos de artificio, de los que al empe-
zar no se puede prever la variedad de formas ni de
colores que los hacen cambiar en absoluto de su
forma primitiva. Mistres Spenlow añadían que era
difícil dar por escrito una opinión sobre el asunto de
que trataba míster Copperfield; pero que si míster
Copperfield les hacía el honor de visitarlas en un día
que señalaban de antemano, acompañado, si le
parecía bien, de un amigo de confianza, tendrían
mucho gusto en discutir con él el asunto.
Ante semejante favor, míster Copperfield contestó
inmediatamente a misses Spenlow que las saludaba
respetuosamente y que tendría el honor de visitarlas
el día designado, en compañía, como le indicaban,
de su amigo míster Thomas Traddles, del Templo
Inner. Una vez enviada aquella carta, míster Cop-
perfield cayó en un estado de agitación nerviosa
que duró hasta el día indicado.
Lo que aumentaba mucho mi inquietud era no po-
der, en una crisis tan importante, recurrir a los ines-
timables servicios de miss Mills. Pero míster Mills,
que se dedicaba a llevarme la contraria (al menos a
mí me lo parecía, lo que es lo mismo), míster Mills,
repito, había decidido marcharse a la India. Y
díganme ustedes: ¿para qué se iba a la India si no
era para fastidiarme? Claro que podrán contestar-
me: ¿Y por qué no a la India mejor que a otra parte
cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que la
India le podia interesar más porque comerciaba con
ella? Yo no estaba muy enterado de sobre qué co-
merciaba; pero tengo idea de que se trataba de
chales de tisú de oro y colmillos de elefante. Había
estado en Calcuta en su juventud, y quería volver
allí a establecerse como asociado residente. Pero
todo aquello me era indiferente; lo importante era
que al partir se llevaba a Julia y que Julia se había
tenido que it al campo a despedirse de su familia; su
casa estaba en venta o en alquiler, y el mobiliario
(con lixiviadora y todo) se subastaba. Era, por lo
tanto, un nuevo terremoto bajo mis pies antes de
que estuviera repuesto del anterior.
Me preocupaba mucho el pensar cómo me vestir-
ía el día solemne; pues por un lado quería ir lo me-
jor posible y por otro temía que cualquier detalle de
mi ropa pudiera perjudicar mi reputación de serie-
dad a los ojos de misses Spenlow. Intenté un feliz
término medio, que mi tía aprobó, y mister Dick,
para asegurar el éxito de nuestra empresa, arrojó
un zapato tras de nosotros mientras bajábamos la
escalera.
A pesar del cariño y el afecto que sentía por
Traddles no pude por menos desear en aquella
ocasión tan delicada que nunca hubiera tenido la
costumbre de peinarse con cepillo, pues sus cabe-
llos tiesos le daban una expresión como asustada;
hasta podría decir que parecía una escoba de crin,
y mis aprensiones me hacían temer que aquello nos
fuera fatal.
En el camino me tomé la libertad de decírselo y
de insinuarle que tratara de aplastárselos un poco...
-Me querido Copperfield --dijo Traddles quitándo-
se el sombrero y alisándose los cabellos en todas
las direcciones-, nada podría serme más agradable;
pero no quieren.
-¿No quieren quedarse aplastados?
-No -dijo Traddles-, nada puede convencerlos.
Aunque me pusiera encima de la cabeza un peso
de cincuenta libras y fuera con él hasta Putney no lo
conseguiría: volverían a ponerse de puma en cuan-
to quitase- el peso. No puedes hacerte idea de su
terquedad, Copperfield. Parezco un puercoespín
constantemente encolerizado.
Debo confesar que me quedé un poco desconcer-
tado, aunque al mismo tiempo me encantaba su
sencillez. Le dije todo lo que estimaba su buen
carácter y que pensaba que toda la terquedad se le
había ido a los cabellos y que por eso a él no te
quedaba ni rastro.
-¡Oh! -repuso Traddles riéndose-. Es ya antigua la
historia de mis desgraciados cabellos. La mujer de
mi tío no los podia resistir; decía que la exaspera-
ban. Y también me han perjudicado mucho al prin-
cipio, cuando me enamoré de Sofia. ¡Oh, sí, mucho!
-¿No le gustaban tus cabellos?
-A ella sí -repuso Traddles-; pero su hermana ma-
yor (la que es una belleza) no los podia tomar en
serio. ¡Y todas las hermanas se han reído con ga-
nas de ellos!
-¡Qué agradable!
-¡Oh, sí! -repuso Traddles con perfecta inocencia-.
Es una diversión para nosotros. Dicen que Sofia
tiene un mechón de mis cabellos en su cajón, y que
para tenerlos aplastados se ve obligada a meterlos
en un libro con broches. ¡Nos reímos mucho, ya lo
creo!
-A propósito, mi querido Traddles, tu experiencia
podrá serme muy útil. Cuando te comprometiste con
la muchacha de que me hablas, ¿tuviste que hacer
a la familia una proposición formal? Por ejemplo:
¿has tenido que cumplir la ceremonia por que va-
mos a pasar hoy nosotros? -añadí nerviosamente.
-¿Sabes? --dijo Traddles poniéndose serio-. Mi
caso ha sido muy complicado, Copperfield, y que
me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su
casa, que no podían hacerse a la idea de que se
casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se
casaría nunca, y la llamaban siempre la «sol-
terona». Así es que cuando empecé a hablar a mis-
tress Crewler, con todas las precauciones imagina-
bles...
-¿La mamá?
-Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de
quien ya te he hablado. Cuando empecé a hablar a
mistress Crewler, a pesar de todas mis precaucio-
nes para prepararla, lanzó un grito y se desvaneció.
Tuve que esperar meses antes de poder abordar el
mismo asunto.
-¿Pero por fin lo hiciste?
-Fue el reverendo Horace quien lo hizo --dijo
Traddles-, que es el hombre más excelente y ejem-
plar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cris-
tiana, debía aceptar aquel sacrificio, tanto más por-
que no lo era, y desechar todo sentimiento contrario
a la caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de
honor, Copperfield, me daba horror a mí mismo; me
parecía un pájaro de presa que había caído sobre
aquella familia.
-¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor,
Traddles?
-No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se
había hecho un poco a la idea tuvimos que anun-
ciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de
Sarah? Es la que tiene algo en la espina dorsal.
-¡Ah, sí, perfectamente!
-Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con
angustia; después cerró los ojos y se puso verde; su
cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos
días no pudo comer más que agua con pan, a cu-
charaditas.
-¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles?
-Perdona, Copperfield; pero es una chica encan-
tadora. ¡únicamente tiene tanta sensibilidad! Todas
son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía
figurarme los remordimientos que tenía, mientras
cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de
sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo
me consideraba como un verdadero criminal. Cuan-
do Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las
otras ocho, y en todas se produjo el efecto más
conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía
educa, empiezan ahora a no odiarme tanto.
-¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea?
-Sí..., sí; al menos creo que están resignadas -dijo
Traddles en tono de duda---. A decir verdad, evita-
mos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es
la incertidumbre de mi porvenir y mis escasos me-
dios. Pero si nos casamos será una escena deplo-
rable y más parecerá un funeral que una boda;
además me odiarán a muerte por habérsela arreba-
tado.
Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y
cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me impresiona
ahora más que entonces, pues estaba en un estado
tal de ansiedad a inquietud, que era incapaz de
fijarme en nada. A medida que nos acercábamos a
la casa de misses Spenlow me sentía más intran-
quilo respecto a mi aspecto externo y a mi presen-
cia de ánimo; tanto es así, que Traddles me propu-
so, para animarme, beber algo que me repusiera un
poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo
a un café cercano, y al salir de allí me dirigí con
paso tembloroso hacia la puerta de aquellas muje-
res.
Tuve como una vaga sensación de que habíamos
llegado cuando vi a una doncella que nos abría la
puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en
un vestíbulo donde había un barómetro y que daba
a un saloncito en el primer piso. El salón se abría
sobre un bonito y pequeño jardín. Después creo que
me senté en un diván, que Traddles se quitó el
sombrero, y que sus cabellos se enderezaron,
haciéndole parecer una de esas figuritas con sor-
presa que salen de una caja cuando se levanta la
tapa. Creo haber oído el tic tac de un viejo reloj
rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner
mi corazón al unísono; pero ¡latía demasiado! Creo
que buscaba con los ojos algo que me recordase a
Dora; pero no vi nada. Creo también que oí ladrar a
Jip a lo lejos, y que al momento ahogaron sus ladri-
dos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a
la chimenea al hacer una reverencia, muy confuso,
a dos diminutas señoras vestidas de negro que
parecían dos miniaturas del difunto míster Spenlow.
-Siéntese, se lo ruego -dijo una de las dos seño-
ras.
Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí
sentarme, por fin, en una silla (primero me había
sentado encima de un gato), recobré el suficiente
aplomo para darme cuenta de que mister Spenlow
debía de ser seguramente el más joven de la fami-
lia: debía de haber seis a ocho años de diferencia
entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la
que llevaba la voz cantante, pues tenía mi carta en
la mano (con qué temor la reconocí) y la consultaba
de vez en cuando con sus lentes. Las dos herma-
nas iban vestidas igual; pero la más joven llevaba
algo que le daba un aire más coquetón; no sé si
alguna puntilla más en el cuello, o un broche, o un
brazalete, pero algo así, que le daba un aspecto
más juvenil. Las dos eran tiesas, tranquilas y acom-
pasadas. La que no tenía mi carta llevaba los bra-
zos cruzados sobre el pecho, como un ídolo.
-¿Mister Copperfield, supongo? -dijo la que tenía
mi carta en la mano dirigiéndose a Traddles.
Era un modo de empezar terrible. ¡Traddles te-
niendo que explicar que mister Copperfield era yo, y
yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras
ellas a su vez se veían obligadas a deshacerse de
la opinión preconcebida de que Traddles era míster
Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oír-
nos claramente los ladridos de Jip y que de nuevo le
hacían callar.
-¡Mister Copperfield! -dijo la hermana que tenía la
carta.
No sé lo que hice; probablemente saludé; des-
pués presté la atención más sostenida a lo que me
dijo la otra hermana.
-Como mi hermana Lavinia es más competente
que yo en semejantes materias, ella le dirá lo
que nos parece más oportuno, teniendo en cuen-
ta el interés de ambas partes.
Más adelante supe que miss Lavinia era una auto-
ridad en los asuntos del corazón porque hacía mu-
cho tiempo había existido un tal míster Pidger que
jugaba al whist y que, según creían, había estado
enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era
una suposición completamente gratuita y que mister
Pidger había sido inocente de semejante senti-
miento; el caso es que nunca lo había demostrado.
Pero miss Lavinia y miss Clarissa creían como artí-
culo de fe que le hubiera declarado su pasión si la
muerte no se le hubiera llevado en la flor de la edad
(a los sesenta años), a consecuencia del abuso del
alcohol, corregido con poca oportunidad con el abu-
so de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban las
dos hermanas que su secreto amor era la causa de
su muerte. Debo decir que en el retrato que conser-
vaban de él tenía una nariz roja que no hubiera
hecho sospechar semejante cosa.
-No haremos historia del pasado -dijo miss Lavi-
nia-; la muerte de nuestro pobre hermano Francis lo
ha borrado todo.
-No nos tratábamos mucho con nuestro hermano
-dijo miss Clarissa-; pero no había ninguna querella
entre nosotros; Francis seguía su camino y nosotras
el nuestro, porque nos pareció que era lo mejor que
se podía hacer en interés de ambas partes, y era
verdad.
Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo
hacia adelante para hablar; después sacudían la
cabeza y se erguían cuando habían terminado. Miss
Clarissa no movía nunca los brazos. Tocaba encima
de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero
sus brazos permanecían inmóviles.
-La posición de nuestra sobrina, al menos la posi-
ción que se le suponía, ha cambiado mucho desde
la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto,
debemos creer -dijo miss Lavinia- que la opinión de
nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no
tiene la misma importancia. No tenemos motivos
para dudar, míster Copperfield, de que usted tenga
una reputación honorable y un carácter excelente, ni
de que quiera usted a nuestra sobrina, o al menos
de que lo cree usted firmemente.
Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar
la ocasión, que nunca se había amado a nadie co-
mo yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda
con un murmullo de afirmación.
Miss Lavinia iba a hacer alguna observación,
cuando miss Clarissa, que parecía perseguida por
la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó
la palabra.
Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que
se casó con nuestro hermano Francis, que no había
sitio para nosotras en su mesa, hubiera sido mejor
para ambas partes.
-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, quizá sería
mejor no ocuparse de eso.
-Hermana Lavinia --dijo miss Clarissa-, esto se re-
fiere al asunto. Yo no me atrevería a mezclarme en
la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú
eres competente para tratarla. Pero en esta otra
parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y
hubiera valido más, en interés de ambas partes, que
la mamá de Dora nos hubiera expresado cla-
ramente sus intenciones el día en que se casó con
nuestro hermano Francis. Hubiéramos sabido a qué
atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se mo-
lestase en invitarnos nunca a nada». Así no hubiera
habido equívocos.
Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabe-
za, miss Lavinia tomó la palabra, consultando mi
carta a través de sus lentes. Las dos hermanas
tenían los ojitos pequeños, redondos y brillantes;
parecían ojos de pájaro. En general tenían mucho
de pajaritos. En su tono breve, pronto y brusco y en
la limpieza y cuidado de su ropa había algo que
hacía recordar a los canarios.
Miss Lavinia tomó la palabra:
-¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster
Copperfield, autorización para venir a visitarnos
como novio de nuestra sobrina?
-Si le ha convenido a nuestro hermano Francis
-dijo miss Clarissa estallando de nuevo (si es que se
puede llamar estallar a una interrupción hecha con
la mayor tranquilidad)-; si ha querido rodearse de la
atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos aca-
so nosotras el derecho ni el deseo de oponernos?
No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos
a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano
Francis y su mujer eran muy dueños de elegir sus
amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir
las nuestras. ¡Tenemos edad para poder hacerlo,
me parece!
Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí,
nos creímos obligados a contestar algo. Traddles
habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo
que dije que aquello hacía mucho honor a todos;
pero no sé lo que quería decir con aquello.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa después de
desahogarse-, continúa.
Miss Lavinia continuó:
-Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo
hemos reflexionado mucho sobre su carta, y antes
de reflexionar hemos empezado por enseñársela a
nuestra sobrina y por discutirla con ella. No duda-
mos de que usted está convencido de quererla mu-
cho.
-¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!...
Iba a extasiarme; pero miss Clarissa me lanzó tal
mirada (exactamente la de un canario) como para
rogarme que no interrumpiera al oráculo, que me
callé pidiendo que me dispensaran.
-El afecto -dijo miss Lavinia mirando a su herma-
na como pidiéndole una aprobación, que miss Cla-
rissa no dejaba de darle al fin de cada frase con un
ligero movimiento-, el afecto, verdad, el respeto, la
abnegación, ¡cuesta tanto trabajo expresarlo! Su
voz es débil. Modesto y reservado, el amor se ocul-
ta y espera, espera siempre. Es como un fruto que
espera estar maduro. A veces pasa la vida mientras
él continúa madurando en la sombra.
Naturalmente, yo entonces no comprendí que era
una alusión a los presuntos sufrimientos del desgra-
ciado Pidger; únicamente me daba cuenta, al ver la
gravedad con que miss Clarissa movía la cabeza,
de que había un gran sentido encerrado en aquellas
palabras.
-Las inclinaciones ligeras (pues no podría compa-
rarlas con los sentimientos profundos de que hablo)
-continuó miss Lavinia-, las inclinaciones ligeras de
los jovencitos no son, al lado de eso, más de lo que
el polvo es al lado de la roca. Y es tan difícil saber si
tienen un fundamento sólido, que mi hermana Cla-
rissa y yo verdaderamente no sabíamos qué hacer,
míster Copperfield y usted, caballero...
-Traddles --dijo mi amigo viendo que le miraban.
-Usted me dispense, ¿Traddles del Templo Inner,
según creo? -dijo miss Clarissa volviendo a mirar la
carta.
-Sí -dijo Traddles poniéndose rojo.
No era que me hubieran animado positivamente;
pero me parecía observar que las dos hermanitas, y
sobre todo miss Lavinia, se complacían con aquella
cuestión de interés doméstico y que trataban de
sacar el mayor partido posible de ella y de hacerlo
durar cuanto pudieran, lo que me daba buenas es-
peranzas. Me parecía que a miss Lavinia le entu-
siasmaba la idea de manejar a dos jóvenes enamo-
rados como Dora y yo, y que a su hermana casi le
complacía tanto el verla manejarnos, permitiéndose
de vez en cuando disertar sobre la parte de la cues-
tión que se había reservado. Esto me animó a de-
clarar con el mayor calor que amaba a Dora más de
lo que podía expresarse ni creerse; que todos mis
amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes,
Traddles, todos los que me conocían sabían cómo
me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al
testimonio de Traddles. Y Traddles se lanzó en un
verdadero debate parlamentario, viniendo noble-
mente en mi ayuda; es evidente que sus palabras
sencillas y sensatas produjeron una impresión favo-
rable.
-Si me permiten decirlo, tengo alguna experiencia
en esta materia --dijo Traddles-, pues estoy prome-
tido a una joven (la mayor de diez hermanas, en
Devonshire); y es más, no hay ninguna probabilidad
de que podamos realizar nuestras esperanzas en
mucho tiempo.
-Entonces estará usted de acuerdo con lo que yo
he dicho -replicó miss Lavinia (a quien evidente-
mente inspiró desde aquel momento un interés nue-
vo)- sobre el afecto, modesto y silencioso, que sabe
esperar, esperar siempre.
-Por completo, señora -dijo Traddles.
Miss Clarissa miró a miss Lavinia con un movi-
miento de cabeza lleno de gravedad. Miss Lavinia
miró a miss Clarissa con una expresión sentimental
y lanzando un ligero suspiro.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa-, toma mi
frasco de sales.
Miss Lavinia se reconfortó con las sales de su
hermana y después continuó, con voz más débil,
mientras Traddles y yo la mirábamos solícitos.
-Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo,
míster Traddles, sobre lo que convendría hacer
respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto,
de dos niños como su amigo Copperfield y nuestra
sobrina.
-La hija de nuestro hermano Francis -hizo obser-
var miss Clarissa-. Si la mujer de nuestro hermano
Francis hubiera juzgado conveniente (aunque tenía
derecho para obrar como quisiera) el invitar a la
familia a comer a su casa, hoy conoceríamos mejor
a la hija de nuestro hermano Francis. Hermana La-
vinia, continúa.
Miss Lavinia dio la vuelta a mi carta para mirar la
dirección, y después recorrió con sus lentes algunas
notas bien alineadas que había escrito allí.
-Nos parece prudente, míster Traddles --dijo-, el
juzgar por nosotras mismas la profundidad de estos
sentimientos. De momento no sabemos ni podemos
saber cómo son realmente, y todo lo que creemos
poder hacer es autorizar a míster Copperfield para
que venga a vernos.
-¡Nunca podré olvidar su bondad! -exclamé entu-
siasmado, con el corazón libre de un gran peso.
-Pero por ahora -repuso miss Lavinia- deseamos
que estas visitas sean para nosotras, míster Tradd-
les. No queremos sancionar ningún compromiso
serio entre míster Copperfield y nuestra sobrina
antes de haber tenido la ocasión...
-Antes de que tú hayas tenido la ocasión, herma-
na Lavinia -dijo miss Clarissa.
-Está bien --dijo miss Lavinia con un suspiro--; an-
tes de haber tenido yo ocasión de juzgar.
-Copperfield -dijo Traddles volviéndose hacia mí-,
te darás cuenta de que no podría decirse nada más
razonable y más sensato.
-No, de verdad --exclamé-, y lo agradezco muchí-
simo.
-En el estado actual de las cosas -dijo miss Lavi-
nia, que recurrió de nuevo a sus notas-, y una vez
decidido en el plan que autorizamos las visitas de
míster Copperfield, le pedimos que nos dé su pala-
bra de honor de que no tendrá con nuestra sobrina
ninguna comunicación de ninguna especie sin pre-
venirnos antes, y que no formará ningún proyecto
respecto a nuestra sobrina sin comentárnoslo de
antemano...
-Sin comentártelo, hermana Lavinia-interrumpió
miss Clarissa.
-Está bien, Clarissa -respondió miss Lavinia en
tono resignado-, a mí personalmente... y sin haber
obtenido nuestra aprobación. Hacemos de ello una
condición expresa y absoluta, que no debe ser atro-
pellada bajo ningún pretexto. Hemos rogado a
míster Copperfield que viniera hoy acompañado de
una persona de confianza -se volvió hacia Traddles,
al que saludó- con objeto de que no pueda haber
dudas ni equívocos sobre este punto. Míster Cop-
perfield, si usted o míster Traddles tiene el menor
escrúpulo para hacer esa promesa, le ruego que se
tome el tiempo que quiera para reflexionar.
En mi entusiasmo, exclamé que no tenía necesi-
dad de reflexionar ni un solo instante. Juré solem-
nemente y, en el tono más apasionado, apelé al
testimonio de Traddles y declaré de antemano que
sería el más perverso de los hombres si faltaba en
la menor cosa a aquella promesa.
-Espere -dijo miss Lavinia levantando la mano-;
antes de tener el gusto de recibirlos habíamos re-
suelto dejarlos solos un cuarto de hora para que
reflexionaran sobre este punto. Permítannos que
nos retiremos.
En vano repetí que no necesitaba reflexionar;
ellas insistieron en retirarse durante un cuarto de
hora. Los dos pajaritos se fueron saltando con dig-
nidad y nos quedamos solos: yo, transportado a las
regiones más deliciosas, y Traddles sin dejar de
felicitarme. Al cabo de un cuarto de hora, ni más ni
menos, reaparecieron, siempre con la misma digni-
dad. A su salida, el roce de sus trajes había hecho
un ligero ruido, como si estuvieran hechos de hojas
secas, y cuando volvieron se oyó el mismo rumor.
Prometí de nuevo observar fielmente la prescrip-
ción.
-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, el resto es
cosa tuya.
Miss Clarissa dejó por primera vez de tener los
brazos cruzados, para coger sus notas y mirarlas.
-Tendremos mucho gusto --dijo miss Clarissa- en
que míster Copperfield venga a comer con nosotros
todos los domingos, si le parece bien. Nuestra hora
es las tres.
Yo saludé.
-Y en el transcurso de la semana -continuó miss
Clarissa- estaremos encantadas si míster Copper-
field viene a tomar el té con nosotras. Nuestra hora
es las seis y media.
Saludé de nuevo.
-Dos veces por semana es la regla; más a menu-
do, no.
Saludé de nuevo.
-Miss Trotwood, a quien míster Copperfield men-
ciona en su carta --dijo miss Clarissa-, quizá venga
a vernos. Cuando las visitas son útiles en interés de
ambas partes estamos encantadas de recibirlas y
de devolverlas. Pero cuando en interés de las dife-
rentes partes vale más que no se hagan (como nos
ha ocurrido con mi hermano Francis y su familia),
entonces es completamente distinto.
Aseguré que mi tía estaría encantada de conocer-
las, aunque debo confesar que no estaba muy se-
guro de que estuvieran siempre en buena armonía.
Como ya estaban todas las condiciones bien claras,
expresé con calor mi agradecimiento, y cogiendo la
mano primero a miss Clarissa y después a miss
Lavinia las llevé a mis labios.
Miss Lavinia se levantó entonces, y rogando a
míster Traddles que nos esperase un momento, me
rogó que la siguiera. Obedecí temblando y me con-
dujo a otra habitación. Allí encontré a mi adorada
Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pa-
red, y a Jip encerrado en el aparador, con la cabeza
envuelta en una servilleta.
¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto! ¡Cómo
lloraba y qué trabajo me costó sacarla de su rincón!
¡Y qué dichosos nos sentimos cuando se decidió!
¡Qué alegría sacar a Jip de su encierro y encontra-
mos los tres reunidos!
-Mi querida Dora, ¡ahora eres mía para siempre!
-Déjame --dijo Dora en tono suplicante-, te lo rue-
go.
-¿No eres ya mía para siempre?
-Sí, ya lo creo -exclamó Dora- ¡Pero tengo tanto
miedo!
-¿Miedo, querida mía?
-Sí, no me gusta -dijo Dora- ¿Por qué no se va?
-¿Pero quién, tesoro mío?
-Tu amigo -dijo Dora- ¿A él qué le importa? ¡Qué
estúpido es!
-Amor mío (nunca la he visto más seductora en
sus movimientos infantiles), ¡si es el mejor mucha-
cho del mundo!
-¡Pero no necesitamos para nada a un buen mu-
chacho! -dijo con un mohín.
-Querida mía -repliqué-, pronto le conocerás y le
querrás mucho. Mi tía también va a venir a verte, y
estoy seguro de que la querrás con todo tu corazón.
-¡Oh, no; no la traigas! -dijo Dora dándome un be-
sito muy asustada y juntando las manos-. ¡Sé que
es una viejecilla mala! No me la traigas, mi querido
Doady. (Era un diminutivo cariñoso de David.)
El predicarle no hubiera servido de nada, y me
eché a reír, contemplándola con amor. ¡Qué felici-
dad! Me enseñó lo bien que sabía Jip estarse en un
rincón en dos patas; es verdad que permanecía lo
que dura un relámpago y volvía a caer. En fin, no sé
el tiempo que hubiera podido pasar así, sin acor-
darme lo más mínimo de Traddles, si miss Lavinia
no hubiera venido a buscarme. Miss Lavinia adora-
ba a Dora (me dijo que Dora era su vivo retrato de
cuando era joven. ¡Cómo debía haber cambiado!) y
la trataba como un juguete. Quise convencer a Dora
de que saliera a ver a Traddles; pero en cuanto se
lo propuse corrió a encerrarse en su habitación; por
lo tanto, fui sin ella a reunirme con Traddles, y nos
marchamos juntos.
-No podía haberte salido mejor -dijo Traddles-, y
estas dos señoras son muy amables. No me extra-
ñaría nada que te casaras muchos años antes que
yo, Copperfield.
-¿Tu Sofía toca algún instrumento, Traddles?
-pregunté con orgullo en mi corazón.
-El piano lo sabe tocar lo bastante para enseñar a
sus hermanitas --dijo Traddles.
-¿Y canta?
-Algunas veces canta baladas para divertir a las
otras cuando no están de buen humor -dijo Tradd-
les-; pero nada extraordinario.
-¿Y no canta acompañándose de la guitarra?
-¡No, Dios mío!
-¿Y pinta? .
-No -dijo Traddles.
Le prometí que oiría cantar a Dora y que le ense-
ñaría las flores que pintaba. Me dijo que le encan-
taría, y volvimos del brazo muy felices. Yo le anima-
ba a que me hablara de Sofía, y lo hacía con tanta
ternura y confianza en ella, que me conmovía. La
comparaba con Dora en el fondo de mi corazón, con
gran satisfacción para mi amor propio; pero recono-
ciendo que sería una excelente mujer para Tradd-
les.
Como es natural, le conté inmediatamente a mi tía
el dichoso resultado de nuestra charla y la puse al
corriente de todos los detalles. Se sentía feliz al
verme tan dichoso, y me prometió ir cuanto antes a
ver a las tías de Dora. Pero aquella noche, mientras
yo escribía a Agnes, se estuvo paseando tanto rato
de arriba abajo por la habitación, que estuve a pun-
to de creer que pensaba seguir así hasta la mañana
siguiente.
Mi carta a Agnes, llena de afecto y reconocimien-
to, le detallaba todos los buenos resultados de los
consejos que me había dado. Me contestó a vuelta
de correo con una carta llena de confianza, razona-
ble y contenta; desde aquel día siempre me de-
mostró la misma alegría.
Tenía más trabajo que nunca; pero aunque Put-
ney estaba lejos de Highgate, donde tenía que ir
todos los días, iba todo lo que podía. Como no me
era posible ir a casa de Dora a la hora del té, obtuve
por medio de miss Lavinia el permiso para ir todos
los sábados después de comer, sin que eso im-
pidiera mi visita del domingo. Por lo tanto, cada
semana terminaba con dos días dichosos, y los
demás se pasaban dulcemente en espera de aque-
llos.
Me tranquilizó mucho que mi tía y las tías de Dora
se entendieron mutuamente mucho mejor de lo que
yo había esperado. Mi tía hizo su visita pocos días
después de la charla, y unos días más tarde las tías
de Dora se la devolvieron en toda regla y con gran
ceremonia. Aquellas visitas se renovaron, pero de
un modo más amistoso, cada tres semanas. Mi tía
revolucionaba todas las ideas de las tías de Dora
con su desdén por los coches de alquiler, que no
utilizaba nunca, prefiriendo ir a pie hasta Putney, y
por su modo despreocupado de juzgar los prejuicios
de la civilización, llegando a horas intempestivas, un
momento después del desayuno, o un momento
antes del té, o porque se ponía el sombrero del
modo más extraño, con el pretexto de que le resul-
taba más cómodo. Pero pronto se acostumbraron
las tías de Dora a considerar a mi tía como una
persona extravagante, algo hombruna, pero dotada
de gran inteligencia; y aunque mi tía expresaba a
veces sobre ciertos convencional ismos sociales
opiniones heréticas, que aturdían a las tías de Dora,
sin embargo, me quería demasiado para no sacrifi-
car por la tranquilidad general algunas de sus singu-
laridades.
El único miembro de nuestra pequeña sociedad
que se negó positivamente a adaptarse a las cir-
cunstancias fue Jip. No podía ver a mi tía sin meter-
se debajo de una silla, rechinando los dientes y
gruñendo sin descanso. De vez en cuando dejaba
oír un aullido lamentable, como si le pusiera verda-
deramente nervioso. Se intentó por todos los me-
dios, acariciándole, regañándole, pegándole,
llevándole a Buckingham Street, donde se lanzó
inmediatamente contra los dos gatos; pero no se
logró que soportara la presencia de mi tía. A veces
creíamos que había terminado por vencer su anti-
patía y llegaba a estar amable un momento; pero
pronto encogía su naricilla y aullaba tan fuerte, que
había que meterle en el aparador para que no pu-
diera verla. Por fin Dora decidió tener preparado un
paño donde envolverle para meterle en el aparador
en el momento en que llegaba mi tía.
Una cosa me inquietaba mucho, aun en medio de
aquella vida tan dulce, y era que Dora parecía pasar
a los ojos de todo el mundo por un juguete encanta-
dor. Mi tía, con la que se había familiarizado poco a
poco, la llamaba su «Capullito», y miss Lavinia no
sabía qué hacer más que cuidarla, hacerle los bu-
cles, adornarla y la tratarla como a una niña mima-
da. Todo lo que miss Lavinia hacía lo hacía también
por su parte su hermana. Y aquello me parecía sin-
gular, pues todo el mundo, hasta cierto punto, pa-
recía tratar a Dora casi como Dora trataba a Jip.
Un día que estábamos solos (pues miss Lavinia,
al poco tiempo, nos dejaba pasear solos) me decidí
a hablarle de ello, y le dije que me gustaría que
convenciese a todos de que la trataran de otro mo-
do.
-Porque, querida mía, ya no eres una niña.
-Vamos -dijo Dora-, ¿es que vas a volverte
gruñón?
-¿Gruñón, amor mío?
-A mí me parece que todos son muy buenos para
mí -dijo Dora-, y soy muy dichosa.
-Está muy bien; pero, querida mía, no serías me-
nos dichosa si te trataran como persona razonable.
Dora me lanzó una mirada de reproche. ¡Qué mi-
rada tan encantadora! Y se puso a sollozar, dicien-
do que «puesto que no la quería, no sabía por qué
había deseado tanto ser su novio, y que puesto que
no podía soportarla, lo mejor que podía hacer era
marcharme».
¡Qué otra cosa podía hacer sino besar sus her-
mosos ojos, llenos de lágrimas, y repetirle que la
quería!
-¡Ser así conmigo, que te quiero tanto! -dijo Dora-.
¡No debías de ser así de cruel conmigo, Doady!
-¿Cruel, amor mío? ¡Como si yo pudiera ser cruel
contigo! -Entonces no me regañes -dijo Dora con
aquel mohín que hacía de su boca un capullo- y
seré buena.
Un instante después estaba encantado al ver que
ella misma me pedía el libro de cocina de que le
había hablado una vez, y que deseaba te enseñara
a llevar las cuentas, como también le había prome-
tido. A la próxima visita le llevé el libro, muy bien
encuadernado, para que lo encontrara más simpáti-
co, y mientras nos paseábamos por el campo le en-
señé también un antiguo cuaderno de cuentas de mi
tía, y le di un carné y un lápiz muy bonito, con su
caja de minas de plomo, para que fuera ensayándo-
se en las cuentas.
Pero el libro de cocina le daba dolor de cabeza y
las cifras te hicieron llorar. No querían sumarse,
según decía, por lo que las borró todas, y dibujó en
su lugar en el cuadernito ramos de fores y el retrato
de Jip y el mío.
Después traté de darle algunos consejos, en
nuestros paseos del sábado, sobre las cosas de la
casa. Por ejemplo: si pasábamos por delante de la
carnicería le decía:
-Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tu-
vieras que comprar una pierna de cordero para
nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla?
El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba
los labios como si prefiriera cerrar los míos con uno
de sus besos.
-¿Sabrías comprarla, pequeña? -repetía yo, in-
flexible.
Dora reflexionaba un momento y después me
contestaba triunfante:
-Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué
más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres!
En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el
libro de cocina, lo que haría si estuviéramos casa-
dos y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos
asados a la irlandesa. Y ella me respondió que le
diría a la cocinera: « Haga usted un asado». Des-
pués palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más
encantadora que nunca.
En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió pa-
ra ponerlo en un rincón y que Jip se subiera en dos
patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día
que consiguió que Jip permaneciera allí un momen-
to con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí
de haberlo comprado.
Volvimos a la guitarra, a los ramos de flores, a
las canciones sobre el placer de bailar siempre,
tralalá, y toda la semana se pasaba en regocijos. De
vez en cuando, me hubiera gustado poder insinuar
a miss Lavinia que trataba, demasiado, como un
juguete a mi querida Dora; pero terminé por confe-
sarme que también a veces yo caía en falta y la
trataba como los demás, aunque no era muy a me-
nudo.
CAPÍTULO II
UNA DESGRACIA
Comprendo que no debía ser yo quien contara,
aunque este manuscrito sólo sea para mí, el ardor
con que traté de progresar en mi trabajo para co-
rresponder a las esperanzas de Dora y a la confian-
za de sus tías. Únicamente añadiré a lo que ya he
dicho que mi perseverancia en aquella época y la
paciente energía que empezaba a formar el fondo
de mi carácter son las cualidades a que sobre todo
he debido más adelante la felicidad del éxito. He
tenido mucha suerte en los asuntos de esta vida;
muchas personas han trabajado más que yo sin
tanto resultado; pero creo que nunca hubiera podido
hacer lo que he hecho sin las costumbres de pun-
tualidad y orden que empezaba a contraer y sobre
todo sin la facultad que adquirí de concentrar toda la
atención en un solo objeto, sin preocuparme por lo
que tendría que hacer quizá al momento siguiente.
¡Dios sabe que no lo escribo para vanagloriarme!
Verdaderamente habría que ser un santo para no
sentir, al repasar la vida como lo hago aquí página a
página, muchas facultades descuidadas y muchas
ocasiones favorables desperdiciadas, muchos erro-
res y muchas faltas. Es probable que, como cual-
quier otro, haya aprovechado mal los dones recibi-
dos. Lo que quiero decir sencillamente es que des-
de entonces todo lo que he tenido que hacer en
este mundo he tratado de hacerlo bien; que me he
dedicado por completo a lo que he emprendido, y
que tanto en las cosas pequeñas como en las gran-
des he perseguido siempre seriamente mi objetivo.
No creo que sea posible, ni aun a aquellos que tie-
nen familias numerosas, conseguir el éxito si no
unen a su talento natural cualidades sencillas, sóli-
das, laboriosas, y sobre todo una legítima confianza
en sí mismos. No hay nada en el mundo como
«querer». Facultades excepcionales y ocasiones
propicias forman, por decirlo así, los dos escalones
de la escala que hay que subir; pero, ante todo, es
necesario que los barrotes sean de una madera
dura resistente; nada podrá reemplazar, para con-
seguir el éxito, a una voluntad seria y sincera. En
lugar de tocar las cosas con la punta del dedo, yo
me entregaba en cuerpo y alma, y fuera cual fuera
mi obra, nunca intentaba despreciarla. Estas son
reglas con las que me ha ido bien.
No quiero repetir aquí todo el reconocimiento que
debo a Agnes en la práctica de estos preceptos. Mi
relato me arrastra hacia ella lo mismo que mi reco-
nocimiento y mi amor.
Vino Agnes a hacer al doctor una visita de quince
días. Míster Wickfield era un antiguo amigo de aquel
hombre excelente, que deseaba verle para tratar de
hacerle algún bien. Agnes le había hablado de su
padre en su última visita a Londres, y aquel viaje
era el resultado de su conversación. Agnes acom-
pañaba a míster Wickfield. No me sorprendió saber
que había prometido a mistress Heep encontrarle
alojamiento en las cercanías, pues su reúma exigía,
según ella, un cambio de aire, y estaría encantada
de encontrarse en tan buena compañía. Tampoco
me sorprendió ver al día siguiente a Uriah, que lle-
gaba, como un buen hijo, para instalar a su respe-
table madre.
-¿Ve usted, míster Copperfield? --dijo, imponién-
dome su compañía, mientras me paseaba por el
jardín del doctor-. Cuando se ama se está siempre
un poco celoso, o por lo menos se desea poder
vigilar al objeto amado.
-¿Y de quién está usted celoso ahora? -le dije.
-Gracias a usted, míster Copperfield -repuso-, de
nadie en particular, por lo menos, de ningún hom-
bre.
-¿Entonces será por casualidad de una mujer?
Me lanzó una mirada de soslayo con sus sinies-
tros ojos encarnados y se echó a reír.
-Verdaderamente, señorito Copperfield --dijo-, us-
ted... (debía decir míster Copperfield; pero me per-
donará esta costumbre inveterada), es usted tan
hábil, que me saca todo lo que quiere. Pues bien,
no titubeo en decírselo (y puso sobre mí su mano
pegajosa): nunca he sido el niño mimado de las
mujeres y nunca he gustado a mistress Strong.
Sus ojos se ponían verdes mientras me miraba
con su infernal astucia.
-¿Qué quiere usted decir? -le pregunté.
-Aunque soy procurador, míster Copperfield
-repuso con una risita seca-, por el momento quiero
decir exactamente lo que digo.
-¿Y qué quiere decir su mirada? --continué con
calma.
-Mi mirada; pero, querido Copperfield, ¡qué exi-
gencias! ¿Mi mirada?
-Sí, sí, su mirada.
Pareció encantado, y reía con todas las ganas
que podia. Después de rascarse la barbilla repuso
lentamente, con los ojos bajos:
-Cuando yo no era más que un empleadillo me
despreciaba. Siempre quería que Agnes fuera a su
casa, y también le quería a usted, míster Copper-
field. Pero yo estaba muy por debajo de ella para
que se fijara en mí.
-Y bien ---dije-, aunque así fuera.
-Y por debajo de él también -prosiguió Uriah muy
claramente y en tono reflexivo, mientras continuaba
rascándose la barbilla.
-Debía conocer usted lo bastante al doctor para
saber que, con su espíritu distraído, no pensaba en
usted más que cuando le tenía delante de los ojos.
Me miró de nuevo de soslayo, alargando su del-
gado rostro para rascarse con más comodidad, y
me respondió:
-¡Oh, querido, no me refiero al doctor; pobre hom-
bre! Hablo de mister Maldon.
Se me apretó el corazón. Todas mis dudas, todas
mis aprensiones sobre aquel asunto, toda la paz y
la felicidad de la vida del doctor, aquella mezcla de
inocencia y de compromiso que no había podido
desvelar; vi en un momento que estaba a merced
de aquel miserable.
-Nunca entraba en el despacho sin mandarme sa-
lir y empujarme fuera -continuó Uriah- un lindo ca-
ballero. Yo era dulce y humilde como lo soy siem-
pre. Pero eso no impide que en aquel tiempo no me
gustara aquello, como tampoco me gusta ahora.
Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse
las mejillas de tal modo, que debían tocarse en el
interior, mientras continuaba mirándome con la
misma mirada oblicua y falsa.
-Es lo que se llama una mujer bonita --continuó
cuando su rostro recobró la forma natural-, y com-
prendo que no mire con buenos ojos a un hombre
como yo. Por eso estoy seguro de que enseguida
hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más;
pero si no soy del gusto de las señoras, mister Cop-
perfield, eso no impide que tenga ojos y que vea. En
general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos
ojos y sabemos servirnos de ellos.
Traté de goner una expresión despreocupada; pe-
ro adivinaba en su rostro que no le engañaba.
-No quiero dejarme pegar, Copperfield --continuó,
frunciendo con expresión diabólica el sitio en que
deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera
tenido-, y haré lo posible para poner término a esta
amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que
mi naturaleza no es la de un marido cómodo, y quie-
ro alejar a los intrusos. No tengo ganas de expo-
nerme a que conspiren contra mí.
-Como usted está siempre conspirando, se figura
que todo el mundo hace lo mismo -le dije.
-Es posible, míster Copperfield -respondió--; pero
yo tengo un objetivo, como solía decir mi asociado,
y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha
que sea mi humildad, no me dejo pisar. No quiero
que nadie se interponga en mi camino. Y realmente
les haré volver la espalda, míster Copperfield.
-No le comprendo --dije.
-¿De verdad? -respondió con uno de sus estre-
mecimientos habituales-. Me sorprende mucho,
míster Copperfield. ¿Usted, de tan rápida compren-
sión? Otra vez trataré de ser más explícito. Pero
¿no es precisamente míster Maldon el que llega por
allí a caballo? Me parece que llama en la verja.
-Sí; parece que es él -respondí con toda la indife-
rencia que pude.
Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos
entre sus rodillas y se dobló en dos a fuerza de reír.
Era una risa silenciosa; no se le oía. Yo estaba tan
indignado por su conducta odiosa, y sobre todo por
sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más
ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el
jardín, donde parecía un espantapájaros para los
gorriones.
No fue aquella tarde, sino dos días después, un
sábado, lo recuerdo muy bien, cuando llevé a Agnes
a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la
visita con miss Lavima y habían invitado a Agnes a
que tomara el té.
Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; or-
gulloso de mi querida y pequeña Dora; inquieto por
ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino
de Putney (Agnes iba en el ómnibus y yo en la im-
perial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus
aspectos encantadores que yo conocía tan bien, y
tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla
exactamente como en tal momento, como pensaba
que quizá sería mejor como en tal otro. Tenía fiebre.
De todos modos tenía la seguridad de que estaría
muy bonita; pero sucedió que nunca me había pa-
recido tan encantadora. No estaba en el salón
cuando presenté a Agnes a sus dos tías; había
huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había
que it a buscarla, y la encontré tapándose los oídos
con las manos y la cabeza apoyada contra la misma
pared del primer día.
En el primer momento me dijo que no quería ir;
después me pidió que le concediera cinco minutos
de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo
rostro estaba cubierto de un modesto rubor: nunca
había estado tan bonita; pero cuando entramos en
el salón se puso completamente pálida, lo que la
ponía cien veces más bonita todavía.
Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era
«tan inteligente». Pero cuando la vio mirándola con
sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y
tan buenos, lanzó un ligero grito de sorpresa, se
lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente
su mejilla inocente contra la de aquella.
Nunca había sido tan feliz; nunca había estado
tan contento como cuando las vi sentarse una al
lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora
mirando con afecto los ojos cariñosos de Agnes!
¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que
Agnes la miraba!
Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi
alegría a su manera. Nunca había visto un té tan
alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía
circular el pudding, helado, con pasas de Corinto. A
las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros,
picotear los granos y el azúcar. Miss Lavinia nos
miraba con benévola protección, como si nuestro
amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos
estábamos contentos unos de otros.
La dulce serenidad de Agnes había conquistado a
todos. Parecía haber venido a completar nuestro
feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba
de todo lo que interesaba a Dora! ¡Cómo había
sabido hacerse enseguida amiga [Link]! ¡Con qué
amable alegría bromeaba con Dora, que no se atre-
vía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué gracia
modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada,
una multitud de pequeñas confidencias que la hac-
ían enrojecer hasta el blanco de los ojos!
-¡Estoy tan contenta de que me quieras! -dijo Dora
cuando terminamos de tomar el té-. No estaba muy
segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado,
todavía necesito más que me quieran.
Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho
importante de que miss Mills se había embarcado
para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitar-
la a bordo del barco en el puerto de Gravesend. Nos
habían dado para merendar jengibre, guayaba y
otras golosinas del mismo género, y habíamos de-
jado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a
bordo con un grueso cuaderno debajo del brazo,
donde se proponía escribir todos los días, y guardar
cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le
inspirase el espectáculo del océano.
Agnes dijo que temía no haber hecho de ella un
retrato demasiado agradable; pero Dora le aseguró
enseguida lo contrario.
-¡Oh, no! --dijo sacudiendo sus bucles- Al contra-
rio, sus alabanzas no terminaban y tiene tanto en
cuenta tu opinión, que yo casi la temía.
-Mi opinión no puede añadir ni quitar nada de su
afecto por ciertas personas -dijo Agnes sonriendo.
-¡Oh!, repítemelo enseguida -repuso Dora con su
voz más acariciadora.
Nos divertimos mucho viendo que Dora quería a
toda costa que la quisieran.
Después, para vengarse, me dijo tonterías, decla-
rando que no me quería nada, y con aquellas chi-
quilladas la tarde nos pareció muy corta. El ómnibus
iba a pasar y había que marcharse. Estaba solo
ante el fuego, cuando Dora entró despacito para
besarme antes de mi partida, según su costumbre.
-Doady, ¿no crees que si hubiera tenido una ami-
ga así desde hace mucho tiempo -me dijo con los
ojos brillantes y su manita jugando con uno de mis
botones- qu iza seria más inteligente de lo que soy?
-Querida mía -le dije-, ¡qué locura!
-¿Crees que es una tontería? -repuso Dora sin mi-
rarme-. ¿Estás seguro?
-Completamente seguro.
-He olvidado -continuó Dora dando vueltas a mi
botón- cuál es tu grado de parentesco con Agnes,
¡malo!
-No es parienta mía; pero nos hemos educado
juntos, como hermano y hermana.
-No comprendo cómo has podido enamorarte de
mí -dijo Dora dedicándose a otro botón de mi cha-
queta.
-¡Quizá porque no es posible verte sin quererte,
Dora!
-¿Pero, y si no me hubieras visto nunca? --dijo
Dora pasando a otro botón.
-¿Y suponiendo que no hubiéramos nacido? -dije
alegremente.
Me preguntaba en qué pensaría mientras admira-
ba en silencio la mano dulce que pasaba revista
sucesivamente a todos los botones de mi chaqueta,
los bucles ondulantes que caían sobre mi hombro y
las largas pestañas que cubrían sus ojos bajos. Por
fin los levantó hacia mí, irguiéndose en la punta de
los pies para darme, con expresión más pensativa
que de costumbre, su precioso besito, una vez, dos,
tres; después salió de la habitación.
Todo el mundo volvió cinco minutos después. Do-
ra había recobrado su alegría habitual. Estaba deci-
dida a hacer ejecutar a Jip todos sus ejercicios an-
tes de la llegada del ómnibus. Aquello fue muy lar-
go, no por la variedad de ejercicios, sino por la mala
voluntad de Jip, y cuando el coche llegó ante la
puerta todavía no habíamos visto más que la mitad.
Agnes y Dora se despidieron apresuradamente,
pero con mucha ternura, y quedaron en que Dora
escribiría a Agnes (a condición de que no le pare-
cieran sus cartas demasiado tontas) y que Agnes le
contestaría. A la puerta del coche se despidieron de
nuevo, y todavía otra vez después, cuando Dora, a
pesar de miss Lavinia, que la detenía, corrió a la
portezuela del coche para recordar a Agnes su
promesa y hacer revolotear ante mí una vez más
sus encantadores bucles.
El coche nos dejaba cerca de Covent Garden, y
desde allí teníamos que tomar otro para llegar a
Highgate. Yo esperaba con impaciencia el momento
de estar solo con Agnes para saber lo que le había
parecido Dora. ¡Oh, qué de elogios me hizo! ¡Con
qué ternura y bondad me felicitó por haber con-
quistado el corazón dé aquella encantadora criatura,
que había desplegado ante ella toda su gracia ino-
cente! ¡Con qué seriedad me recordó, sin darle im-
portancia, la responsabilidad que pesaba sobre mí!
Nunca, nunca había querido a Dora tan profunda
ni tan sinceramente como aquel día. Cuando nos
bajamos del coche y entramos en el tranquilo sen-
dero que conducía a casa del doctor le dije a Agnes
que a ella le debía mi felicidad.
-Cuando estabas sentada a su lado -le dije- me
parecías también su ángel guardián, igual que el
mío, Agnes.
-Un pobre ángel -repuso ella-, pero fiel.
La dulzura de su voz me llegó al corazón y le con-
testé con naturalidad:
-Me parece que has recobrado toda esa sereni-
dad que sólo es tuya, Agnes, y eso me hace espe-
rar que seáis más dichosos en tu casa.
-Soy muy dichosa en mi interior, pues tengo el co-
razón tranquilo y alegre.
Yo miraba su dulce rostro a la luz de las estrellas,
¡y me parecía tan noble!
-En casa todo sigue igual -continuó Agnes des-
pués de un momento de silencio.
-Yo no querría aludir de nuevo .... no querría
atormentarte, Agnes; pero no puedo por menos de
preguntarte..., ya sabes de lo que hablamos la últi-
ma vez que nos vimos.
-No, no hay nada nuevo -me contestó.
-¡He pensado tanto en ello!
-Piensa menos. Recuerda que yo tengo plena
confianza en el afecto sencillo y fiel; no temas nada
por mí, Trotwood -añadió al cabo de un momento-;
no haré nunca lo que temes que haga.
En los momentos de tranquila reflexión nunca lo
había temido, y, sin embargo, fue para mí un des-
canso inexplicable recibir la seguridad de aquella
boca cándida y sincera. Se lo dije vivamente.
-Ahora ya -le dije- no podemos estar seguros de
poder hablar a solas otra vez. ¿Tardarás mucho en
volver a Londres cuando te marches, mi querida
Agnes?
-Probablemente sí -respondió-. Creo que para mi
padre vale más que permanezcamos en nuestra
casa. Así es que no nos veremos a menudo durante
mucho tiempo; pero escribiré a Dora, y por ella
sabré noticias tuyas.
Llegamos al patio de la casa del doctor. Empeza-
ba a ser tarde. En la habitación de mistress Strong
brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las
buenas noches.
-No te preocupes -me dijo al estrecharme la ma-
nopensando en nuestras inquietudes. Nada me
hace tan dichosa como tu felicidad. Si alguna vez
puedes ayudarme, ten la seguridad de que te lo
pediré. ¡Que Dios siga bendiciéndote!
Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que
todavía me parecía ver y oír a su lado a mi pequeña
Dora. Permanecí un momento en la puerta con los
ojos fijos en las estrellas y el corazón lleno de amor
y agradecimiento; después eché a andar lentamen-
te. Había alquilado una habitación cerca de allí a iba
a atravesar la verja, cuando, volviendo casualmente
la cabeza, vi luz en el despacho del doctor, y me
entró el remordimiento de que quizá había trabajado
en el diccionario sin mi ayuda. Quise saberlo y darle
las buenas noches, si estaba todavía entre sus li-
bros, y atravesando suavemente el vestíbulo entré
en su despacho.
La primera persona a quien vi a la débil luz de la
lámpara fue a Uriah. Me sorprendió mucho. Estaba
de pie al lado de la mesa del doctor, con una de sus
manos de esqueleto cubriéndose la boca. El doctor,
sentado en su sillón, tenía la cabeza oculta entre las
manos. Míster Wickfield, con expresión cruelmente
preocupada y afligida, se inclinaba hacia adelante,
sin atreverse apenas a tocar el brazo de su amigo.
Por un momento pensé que el doctor se había
puesto enfermo. Me acerqué a él apresuradamente;
pero encontrándome con la mirada de Uriah, com-
prendí al momento de lo que se trataba. Quise reti-
rarme; mas el doctor hizo un gesto para detenerme,
y me quedé.
-De todos modos -dijo Uriah retorciéndose de un
modo horrible- haríamos bien cerrando la puerta: no
hay necesidad de que se entere todo el mundo.
Al mismo tiempo se acercó a la puerta de puntillas
y la cerró con cuidado. Después volvió al sitio que
ocupaba. Había en su voz y en todos sus movimien-
tos un celo, una compasión hipócrita que me resul-
taban más intolerables que el mayor cinismo.
-Me ha parecido mi deber, míster Copperfield -dijo
Uriah-, poner en conocimiento del doctor Strong
aquello de que ya hemos hablado usted y yo el día
en que usted no acabó de comprenderme por com-
pleto.
Le lancé una mirada sin contestarle y me acerqué
a mi anciano maestro, murmurándole algunas pala-
bras de consuelo y de ánimo. Él puso su mano en
mi hombro, como acostumbraba a hacerlo cuando
era yo un chiquillo; pero no levantó su cabeza gris.
-Como no me comprendió usted, míster Copper-
field -repuso Uriah en el mismo tono oficioso-, me
tomaré la libertad de decir humildemente aquí, don-
de estamos entre amigos, que he llamado la aten-
ción del doctor Strong sobre la conducta de mistress
Strong. Ha sido muy a pesar mío, se lo aseguro,
Copperfield, si me encuentro mezclado en una cosa
tan desagradable; pero el caso es que siempre se
encuentra uno mezclado en lo que más desearía
evitar. He aquí lo que quería decir, caballero, el día
en que usted no me comprendió.
No sé cómo pude resistir la tentación de estrangu-
larle.
-Yo no debí explicarme bien ni usted tampoco
-continuó-. Naturalmente, no teníamos muchos de-
seos de extendernos sobre semejante asunto. Sin
embargo, por fin me he decidido a hablar con clari-
dad y le he dicho al doctor Strong que... ¿Decía
usted algo, caballero?
Esto último se dirigía al doctor, que había dejado
oír un gemido. Ningún corazón hubiera podido por
lo menos conmoverse, excepto el de Uriah.
-Decía al doctor Strong -prosiguió- que todo el
mundo podía ver que entre míster Maldon y su en-
cantadora prima había demasiada intimidad. Y en
realidad ha llegado el momento (puesto que nos
encontramos mezclados en cosas que no debían
ser) de que el doctor Strong sepa lo que estaba ya
claro como el día para todo el mundo antes de la
partida de míster Maldon para la India: que míster
Maldon no ha vuelto por otra cosa, y que por eso
mismo se pasa aquí la vida. Cuando usted ha en-
trado, caballero, rogaba a míster Wickfield, mi aso-
ciado, que dijera, bajo su palabra de honor, al doc-
tor Strong si desde hace mucho tiempo no pensaba
lo mismo. Míster Wickfield, ¿quiere usted tener la
bondad de decírnoslo? ¿Sí o no, caballero? ¡Va-
mos, asociado!
-¡Por amor de Dios, amigo mío --dijo míster Wick-
field poniendo de nuevo su mano indecisa sobre el
brazo del doctor-, no dé demasiada importancia a
las sospechas que yo haya podido abrigar!
-¡Ah! -exclamó Uriah sacudiendo la cabeza-. ¡Qué
triste confirmación a mis palabras! ¡Un amigo tan
antiguo! Pero, Copperfield, ¡yo no era todavía más
que un empleadillo en su despacho cuando ya le
veía yo, no una vez, sino veinte, muy disgustado
(con razón, en su calidad de padre, y no seré yo
quien le critique) al ver a miss Agnes mezclada en
cosas que no debían ser!
-Mi querido Strong -dijo míster Wickfield con voz
temblorosa-, amigo mío, no necesito decirte que
siempre he tenido el defecto de buscar en todo el
mundo un móvil dominante y de juzgar todos los
actos de los hombres con esa medida estrecha.
Quizá es eso lo que también me ha engañado en
estas circunstancias, haciéndome tener dudas te-
merarias.
-¿Ha tenido usted dudas, Wickfield? ¿Ha tenido
usted dudas? ---dijo el doctor sin levantar la cabeza.
-Hable usted, Wickfield --dijo Uriah.
-Sí; las he tenido alguna vez --dijo míster Wick-
field-; pero .... ¡que Dios me perdone!, creía que
usted también las tenía.
-No, no, no -respondió el doctor en tono patético.
-Creí -continuó Wickfield- que cuando deseaba
usted enviar a Maldon al extranjero era con objeto
de conseguir una separación deseable.
-No, no, no -respondió el doctor-;era para dar gus-
to a Annie, buscando un porvenir a su compañero
de infancia. Nada más.
-Ya lo he visto después -contestó míster Wick-
field- y no podía dudarlo; pero creía .... recuerde
usted, se lo repito, que siempre he tenido la desgra-
cia de juzgar desde un punto de vista demasiado
estrecho .... creía que en un caso donde había una
diferencia tan grande de edad...
-Así es como hay que considerar la cosa, ¿no es
verdad, míster Copperfield? -observó Uriah con una
hipócrita a insolente piedad.
-No me parecía imposible que una persona tan jo-
ven y tan bella pudiera, a pesar de todo su respeto
por usted, haberse dejado llevar, al casarse, por
consideraciones exclusivamente mundanas. No
pensaba en otra multitud de razones y sentimientos
que podían haberla decidido. ¡Por amor de Dios, no
olvide eso!
-¡Qué interpretación caritativa! -exclamó Uriah
moviendo la cabeza.
-Es que yo sólo lo consideraba desde mi punto de
vista -continuó míster Wickfield-. Por todo lo que le
es querido, amigo mío, le suplico que reflexione por
sí mismo; me veo obligado a confesarle que no
puedo por menos...
-No; es imposible, míster Wickfield. Una vez que
ha llegado usted ahí...
-Me veo obligado a confesar -dijo míster Wickfield
mirando a su asociado con expresión lastimosa y
desolada- que he dudado de ella, que he creído que
faltaba a sus deberes con usted, y si es necesario
decirlo todo, a veces me ha preocupado mucho la
idea de que Agnes le tenía cariño al ver lo que veía,
o al menos lo que creía ver mi imaginación. Nunca
se lo he dicho a nadie. Me hubiera guardado muy
bien de insinuar siquiera la idea. Y por terrible que
le resulte a usted oírlo -terminó míster Wickfield,
vencido por la emoción-, si supiera lo que me duele
decírselo tendría lástima de mí.
El doctor, en su gran bondad, te tendió la mano.
Míster Wickfield la retuvo un momento entre las
suyas y bajó tristemente la cabeza.
-Lo que es seguro -dijo Uriah, que durante aquel
tiempo se retorcía en silencio como una anguila- es
que para todo el mundo es un asunto muy penoso.
Pero puesto que hemos llegado tan lejos, me to-
maré la libertad de hacer observar que Copperfield
también se había percatado.
Me volví hacia él preguntándole cómo se atrevía a
mezclarme en ello.
-¡Oh!; es muy suyo, Copperfield; reconocemos to-
da su bondad; pero usted sabe que la otra tarde,
cuando le he hablado de ello, me ha comprendido
enseguida. Lo sabe usted, Copperfield, no lo nie-
gue. Si lo niega usted, es con las mejores intencio-
nes del mundo; pero no lo niegue; Copperfield.
Vi detenerse un momento en mi rostro la duke mi-
rada del buen anciano y me di cuenta de que leería
muy claramente en mis ojos la confesión de mis
sospechas y de mis dudas. Era inútil decir lo contra-
rio; no podia hacer nada, no podia contradecirme a
mí mismo.
Todo el mundo se había callado. El doctor recorrió
dos o tres veces la habitación; después se acercó al
sitio donde estaba su butaca, y apoyándose en el
respaldo y enjugándose de vez en cuando las
lágrimas, nos dijo, con una rectitud y sencillez que
le hacían mucho más honor que si hubiera tratado
de ocultar su emoción:
-Tengo mucho que reprocharme. Creo sincera-
mente que tengo mucho que reprocharme. He ex-
puesto a la persona que más quiero a dificultades y
sospechas de que sin mí no hubiera sido nunca
objeto.
Uriah Heep dejó oír una especie de relincho. Su-
pongo que era para expresar su simpatía.
-Sin mí nunca hubiera estado mi Annie expuesta a
semejantes sospechas. Soy viejo, caballeros, lo
saben ustedes, y esta noche siento que ya no tengo
lazos que me aten a la vida. Pero por mi vida res-
pondo, sí, por mi vida, de la felicidad y del honor de
la querida mujer que ha sido el objeto de esta con-
versación.
No creo que entre los más nobles caballeros ni
entre los tipos más bellos y románticos inventados
por la imaginación de los pintores pudiera encon-
trarse un anciano capaz de hablar con una dignidad
más conmovedova que el buen doctor.
-Pero -continuo- si antes he podido hacerme ilu-
siones sobre ello, ahora no puedo disimular que yo
soy el único culpable de que haya caído Annie en
los peligros de un matrimonio imprudente y funesto.
No tengo la costumbre de observar lo que pasa a mi
alrededor, y me veo obligado a creer que las obser-
vaciones de personas distintas en edad y posición,
cuando todas han creído ver lo mismo, valen, na-
turalmente, más que mi ciega confianza.
Yo había admirado a menudo, ya lo he dicho, el
cariño con que trataba a su joven esposa; pero a
mis ojos nada podia ser más conmovedor que la
ternura respetuosa con que hablaba de eila en
aquellas circunstancias, la noble seguridad con que
arrojaba lejos de sí la más ligera duda sobre su
fidelidad.
-Me he casado con esa mujer -continuó el doctor
cuando casi era una niña, antes de que su carácter
estuviera formado siquiera. Yo había contribuido a
su educación. Conocía mucho a su padre y también
a ella. Le había enseñado todo lo posible, por cariño
a sus grandes dotes. Si la he hecho daño, como
creo, abusando sin darme cuenta de su agra-
decimiento y de su afecto, le pido que me perdone
desde el tondo de mi corazón.
Recorrió de nuevo la habitación y después volvió
al mismo lugar; su mano temblorosa oprimía el
sillón; su voz vibraba con una emoción contenida.
-Me consideraba respecto a ella como un refugio
contra los peligros de la vida; me figuraba que a
pesar de la desigualdad de nuestras edades podría
vivir tranquila y dichosa a mi lado. Pero no crean
que he dejado de pensar en que un día la dejaría
fibre, todavía bella y joven. únicamente esperaba
que para entonces la dejaría con un criterio más
formado para hacer su elección. Sí, señores, esta
es la verdad, ¡por mi honor!
Su honrado rostro se animaba y rejuvenecía bajo
la inspiración de tanta nobleza y generosidad. Había
en cada una de sus palabras una fuerza y una
grandeza que sólo la altura de aquellos sentimien-
tos podía dar.
-Mi vida con ella ha sido muy dichosa. Hasta esta
tarde, había bendecido constantemente el día en
que había cometido con ella, sin darme cuenta, una
injusticia tan grande.
So voz temblaba cada vez más. Se detuvo un
momento, y después prosiguió:
-Una vez despierto de mi sueño (he sido siempre
un pobre soñador, de una manera o de otra, toda mi
vida), comprendo que quizá sea natural que piense
con sentimiento en su antiguo amigo, en su cama-
rada de la infancia. Quizá sea demasiado verdad
que piensa en él con algo de tristeza, que piensa en
lo que hubiera podido ser si yo nó me hubiera in-
terpuesto. Durante esta hora dolorosa que acabo de
pasar con ustedes he recordado y comprendido
muchas cosas en las que no me había fijado antes.
Pero, caballeros, recuerden que ni una palabra ni un
soplo de duda debe manchar el nombre de esta
mujen
Por un instante su mirada se encendió y su voz se
aseguró. Después se calló de nuevo, y por último
prosiguió:
-Sólo me queda soportar con la mayor resignación
que pueda el sentimiento de desgracia de que soy
culpable. Ella es quien debía acusarme, y no yo a
ella. Mi deber ahora es protegerla contra todo juicio
temerario, juicio cruel del que ni mis amigos han
estado libres. Cuanto más lejos vivamos del mundo
más fácil me resultará esto. Y cuando llegue el día
(que Dios, con su gran misericordia, hará que no
tarde demasiado) en que la muerte la deje libre,
cerraré los ojos después de haber contemplado su
querido rostro con una confianza y un amor sin lími-
tes. Entonces la dejaré sin tristeza libre para que
viva más dichosa.
Las lágrimas me impedían verle; tanta bondad,
tanta sencillez y fortaleza me conmovían hasta el
fondo del corazón. Se dirigía hacia la puerta cuando
añadió:
-Caballeros, les he enseñado mi corazón. Estoy
seguro de que lo respetarán. Lo que hemos hablado
esta noche no debe repetirse nunca. Wickfield, ami-
go mío, dame el brazo para subir.
Míster Wickfield acudió presuroso, y salieron len-
tamente sin cambiar una sola palabra. Uriah los
seguía con los ojos.
-Y bien, míster Copperfield -dijo volviéndose hacia
mí con benevolencia-. La cosa no ha resultado del
todo como yo esperaba, pues el viejo sabio (¡qué
hombre tan excelente!) es más ciego que un mur-
ciélago; pero, lo mismo da: a esta familia ya la he
echado fuera del carro.
El sonido de su voz me hizo sentir tal acceso de
rabia, que nunca lo he tenido igual antes ni des-
pués.
-¡Miserable! -exclamé- ¿Por qué pretende usted
mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se ha atrevido
hace un momento a acudir a mi testimonio? ¡Vil
embustero! ¡Como si hubiéramos discutido juntos
semejante cuestión!
Estábamos uno frente a otro. Leía claramente en
su rostro su secreto triunfo; sabía que me había
obligado a oírle únicamente para desesperarme y
que me había tendido expresamente un lazo. Era ya
demasiado. Su flaca mejilla estaba a mi alcance, y
le di tal bofetada, que mis dedos se estremecieron
como si los hubiera metido en el fuego.
Él cogió la mano que le había golpeado, y perma-
necimos mucho rato mirándonos en silencio, lo bas-
tante para que las huellas blancas que mis dedos
habían impreso en su mejilla se transformaran en
rojo violeta.
-Copperfield --dijo, por fin, con voz ahogada-, ¿se
ha vuelto usted loco?
-¡Déjeme en paz! -dije arrancando mi mano de la
suya- Déjeme en paz, perro; no le conozco.
-Verdaderamente -dijo poniéndose la mano sobre
la mejilla dolorida-, por mucho que haga usted no
podría por menos de reconocerme. ¿Sabe que es
usted muy ingrato?
-Le he demostrado ya muchas veces todo lo que
le desprecio, y acabo de probárselo más claramente
que nunca. ¿Por qué temer tratarle como se merece
por miedo a que perjudique a los que le rodean?
¿No les hace ya todo el daño que puede?
Comprendió perfectamente esta alusión a los mo-
tivos que hasta entonces me habían obligado a
moderarme. Pero creo que no hubiera llegado a
hablarle así ni a castigarle con mi propia mano si no
hubiera recibido aquella misma noche la seguridad
de Agnes de que nunca sería suya.
Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me mi-
raba, sus ojos parecían tomar los matices más re-
pugnantes.
-Copperfield -me dijo separando la mano de su
mejilla-,siempre me ha hecho usted la contra. Sé
que en casa de míster Wickfield siempre estaba
usted en contra mía.,
-Puede usted creer lo que le parezca -le dije con
cólera-. Si no es verdad, peor para usted.
-Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Cop-
perfield -añadió.
No me digné a responderle y cogí mi sombrero
para salir de la habitación; pero él vino a interponer-
se ante la puerta.
-Copperfield -me dijo-, para querellarse hay que
ser dos, y yo no quiero ser uno de -ellos.
-¡Váyase al diablo!
-¡No diga eso! -contestó-. ¡Después lo sentirá!
¿Cómo puede ponerse tan por debajo de mí de-
mostrándome un carácter tan malo? Pero le perdo-
no.
-¡Me perdona! -repetí con desdén.
-Sí, y no puede usted impedírmelo -respondió
Uriah-. ¡Cuando pienso que me ha atacado usted a
mí, que siempre he sido para usted un amigo ver-
dadero! Pero cuando uno no quiere dos no regañan,
y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo.
Ahora ya sabe usted mis sentimientos y lo que debe
esperar de ellos.
Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar
el silencio de la casa a aquella hora avanzada, y su
voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de
contenerme no me ayuda nada a mejorar de humor;
sin embargo, mi cólera empezaba a calmarse. Le
dije sencillamente que esperaba de él lo que había
esperado siempre y que nunca me había engañado.
Después abrí la puerta por encima de su hombro,
como si hubiera querido aplastarlo contra la pared, y
salí de la casa. Pero él también dormía fuera, en las
habitaciones de su madre, y no había dado cien
pasos cuando le oí andar detrás de mí.
-Sabe usted muy bien, Copperfield -me dijo in-
clinándose hacia mí, pues yo ni siquiera volví la
cabeza-, sabe usted muy bien que se ha puesto en
mala situación.
Era verdad, y eso me irritaba todavía más.
-Por mucho que haga, nunca será una acción
honrosa, y usted no me puede impedir que le per-
done. No pienso hablar de ello a mi madre ni a na-
die en el mundo. Estoy decidido a perdonarle; pero
me sorprende que haya podido levantar usted la
mano contra una persona a quien sabe tan humilde.
Me parecía que yo era casi tan despreciable como
él. Me conocía mejor que yo mismo. Si se hubiera
quejado amargamente o si hubiera tratado de exas-
perarme, me hubiera tranquilizado y justificado a
mis propios ojos; pero me quemaba a fuego lento, y
estuve así en el asador más de la mitad de la no-
che.
Al día siguiente, cuando salí, la campana llamaba
a la iglesia; Uriah se paseaba de arriba abajo con su
madre. Me habló como si no hubiera sucedido nada,
y no tuve más remedio que contestarle. Le había
pegado tan fuerte que, según creo, tenía un buen
dolor de muelas. El caso es que llevaba el rostro
envuelto en un pañuelo de seda negra y el sombre-
ro encaramado encima, lo que no le embellecía mu-
cho que digamos. Al día siguiente por la mañana
supe que había tenido que it a Londres a sacarse
una muela. Espero que fuese una de las mayores.
El doctor nos había mandado decir que no se en-
contraba bien, y permaneció solo durante la mayor
parte del tiempo que duró nuestra estancia. Hacía
ya una semana que habían partido Agnes y su pa-
dre cuando reanudamos nuestro trabajo de costum-
bre. La víspera del día en que volvimos a ponernos
manos a la obra, el doctor me entregó él mismo una
cartita sin cerrar, donde me suplicaba, en los térmi-
nos más afectuosos, que nunca hiciera la menor
alusión a la conversación que había tenido lugar
unos días antes. Yo se lo había contado a mi tía,
pero a nadie más. Era una cuestión que no podía
discutir con Agnes; y ella seguramente no tenía ni la
más ligera sospecha de lo que había sucedido.
Mistress Strong tampoco sospechaba nada, estoy
convencido. Muchas semanas transcurrieron antes
de que yo viera en ella el menor cambio. Fue vi-
niendo lentamente, como una nube cuando no hace
viento. En primer lugar pareció sorprenderse de la
tierna compasión con que el doctor le hablaba y del
deseo que expresó de que viniera su madre a
acompañarla, para romper así un poco la monotonía
de su vida. A menudo, cuando estábamos trabajan-
do y ella se sentaba a nuestro lado, la veía detener
su mirada en el doctor con aquella expresión inolvi-
dable. Y algunas veces la veía levantarse y salir de
la habitación con los ojos llenos de lágrimas. Poco a
poco una sombra de tristeza se extendió sobre su
bello rostro, y aquella tristeza aumentaba cada día.
Mistress Markleham se había instalado en casa;
pero hablaba tanto, que no tenía tiempo de observar
nada.
A medida que Annie cambiaba (ella, que era an-
tes como un rayo de sol en casa del doctor) el doc-
tor parecía cada vez más viejo y más grave; pero la
dulzura de su carácter, la tranquila bondad de sus
modales y su cariñosa solicitud con ella habían au-
mentado, si es que era posible. Una vez, la mañana
del día de cumpleaños de su mujer, acercándose a
la ventana donde ella estaba sentada mientras tra-
bajábamos (antes tenía siempre la costumbre de
ponerse allí; pero ahora, cuando lo hacía, era con
una timidez a indecisión que me apretaba el co-
razón), cogió la cabeza de Annie con las dos ma-
nos, la besó y se alejó rápidamente para ocultar su
emoción. La vi quedarse inmóvil como una estatua
en el sitio en que la había dejado; después, cruzan-
do las manos, bajó la cabeza y se puso a llorar con
angustia.
Algunos días más tarde me parecía que deseaba
hablarme en los momentos en que estábamos so-
los; pero nunca me dijo una palabra. El doctor in-
ventaba siempre alguna nueva diversión para alejar-
la de casa, y su madre, a quien le gustaba mucho
divertirse, mejor dicho, era lo único que le gustaba
en el mundo, se unía a él de todo corazón y no es-
catimaba los elogios a su yerno. En cuanto a Annie,
se dejaba llevar donde querían, con expresión triste
y abatida; pero no parecía disfrutar con nada.
Yo no sabía qué pensar. Mi tía, tampoco, y estoy
seguro de que aquella incertidumbre la hizo andar
más de treinta leguas en su habitación. Lo más
extraño es que la única persona a quien parecía
tranquilizar un poco aquella pena interior y misterio-
sa era míster Dick.
Me hubiera sido completamente imposible, y
quizá también a él mismo, el explicar lo que pensa-
ba de todo aquello; pero, como ya he dicho al contar
mi vida de colegial, su veneración por el doctor no
tenía límites; y hay en un afecto verdadero, aunque
sea por parte de un animal, un instinto sublime y
delicado que supera a la inteligencia más elevada.
Míster Dick tenía lo que podríamos llamar inteligen-
cia del corazón, y con ella percibía algunos rayos de
la verdad.
Había recobrado la costumbre, en sus horas de
descanso, de recorrer el jardincillo con el doctor, lo
mismo que años antes recorría con él la larga ave-
nida del jardín de Canterbury. Pero cuando las co-
sas llegaron a aquel estado, no sólo dedicó sus
horas de descanso completas a los paseos, sino
que hasta las aumentó levantándose más temprano.
Antes nunca se consideraba tan dichoso como
cuando el doctor le leía su maravillosa obra, el dic-
cionario; ahora era verdaderamente desgraciado
hasta que el doctor no lo sacaba de su bolsillo para
reanudar la lectura. Mientras el doctor y yo tra-
bajábamos había tomado la costumbre de pasearse
con mistress Strong, le ayudaba a cuidar sus flores
predilectas y a limpiar sus macizos. Estoy seguro de
que no cruzaban más de doce palabras por hora;
pero su sereno interés, su afectuosa mirada, encon-
traban un eco dispuesto en los dos corazones; cada
uno de ellos sabía que el otro quería a míster Dick y
que él los quería a los dos; y así llegó a ser lo que
nadie podia ser...: un motivo de unión entre ellos.
Cuando lo recuerdo y lo veo con su rostro inteli-
gente, pero impenetrable, arriba y abajo al lado del
doctor, radiante, oyendo las palabras incomprensi-
bles del diccionario, o llevándole a Annie inmensas
regaderas, o a cuatro patas y con guantes fabulosos
para limpiar, con una paciencia de ángel, las planti-
tas microscópicas, haciendo comprender delicada-
mente a mistress Strong con cada uno de sus actos
el deseo de serie agradable, con una bondad que
ningún filósofo hubiera podido igualar; haciendo
salir por cada agujerito de su regadera su simpatía,
su fidelidad y su afecto; cuando pienso que en
aquellos momentos su alma estaba entregada a la
pena de sus amigos y no se extraviaba en sus anti-
guas locuras, y que no introdujo ni una sola vez en
el jardín al desgraciado rey Carlos; que no desfalle-
ció un momento en su buena voluntad agradecida;
que no olvidaba ni un momento que allí debía de
haber un equívoco que reparar, me siento casi
avergonzado de haber podido creer que no tenía
siempre toda la razón, sobre todo si pienso en el
use que yo hacía de la mía, yo, que presumo de no
haberla perdido.
-¡Nadie más que yo sabe lo que vale este hombre,
Trot! -me decía con orgullo mi tía cuando hablába-
mos de él-. ¡Dick se distinguirá algún día!
Es necesario que antes de terminar este capítulo
pase a otro asunto. Mientras el doctor tenía todavía
a sus huéspedes en su casa, pude observar que el
cartero traía todos los días dos o tres cartas a Uriah
Heep, que permaneció en Highgate tanto tiempo
como los demás, bajo pretexto de que era época de
vacaciones; cartas de negocios firmadas por mister
Micawber, que había adoptado la redondilla para los
negocios. Y yo había deducido con gusto, por aque-
llos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por
lo tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta
siguiente, de su amable esposa:

«Canterbury, lunes por la noche.


Le sorprenderá mucho, mi queri-
do Copperfield, recibir esta carta.
Quizá le sorprenda todavía más su
contenido, y quizá más todavía la
súplica de secreto absoluto que le
dirijo; pero, en mi doble calidad de
esposa y madre, tengo necesidad
de desahogar mi corazón, y como
no quiero consultar a mi familia
(siempre poco favorable a míster
Micawber), no conozco a nadie a
quien poder dirigirme con mayor
confianza que a mi amigo y antiguo
huésped.
Quizá sepa usted, mi querido
míster Copperfield, que había exis-
tido siempre una completa confian-
za entre míster Micawber y yo (a
quien no abandonaré jamás). No
digo que mister Micawber no haya
firmado a veces una letra sin con-
sultarme ni me haya engañado so-
bre la fecha de su cumplimiento. Es
posible; pero, en general, míster
Micawber no ha tenido nada oculto
para el jirón de su afecto (hablo de
su mujer), y siempre a la hora de
nuestro reposo ha recapitulado ante
ella los sucesos de la jornada.
Puede usted figurarse, mi querido
míster Copperfield, toda la amargu-
ra de mi corazón cuando le diga
que mister Micawber ha cambiado
por completo. Se hace el reservado,
el discreto. Su vida es un misterio
para la compañera de sus alegrías
y de sus penas (es también a su
mujer a quien me refiero), y puedo
asegurarle que estoy tan poco al
corriente de lo que hace durante el
día en su oficina como de la exis-
tencia de ese hombre milagroso del
que se cuenta a los niños que vivía
de chupar las paredes. Es más, de
ese se sabe que es una fábula po-
pular, mientras que lo que yo cuen-
to de míster Micawber es demasia-
do verdad, desgraciadamente.
Y no es eso todo: míster Micaw-
ber está triste, severo; vive alejado
de nuestro hijo mayor, de nuestra
hija; ya no habla con orgullo de los
mellizos, y hasta lanza una mirada
glacial sobre el inocente extraño
que ha venido últimamente a au-
mentar el círculo de familia. Sólo
obtengo de él, a costa de las mayo-
res dificultades, los recursos pecu-
niarios indispensables para mis
gastos, muy reducidos, se lo asegu-
ro; sin cesar me amenaza con
hacerse despedir (es su expresión)
y rechaza con barbarie el darme la
menor explicación de una conducta
que me desespera.
Es muy duro de soportar; mi co-
razón se rompe. Si usted quisiera
darme su opinión añadiría un agra-
decimiento más a todos los que ya
le debo. Usted conoce mis débiles
recursos; dígame cómo puedo em-
plearlos en una situación tan equí-
voca. Mis niños me encargan mil
ternuras; el pequeño extraño, que
tiene la felicidad, ¡ay!, de ignorarlo
todavía todo, le sonríe, y yo, mi
querido míster Copperfield, soy
Su afligida amiga,

EMMA MICAWBER.»
Yo no me creía con derecho para dar a una mu-
jer tan llena de experiencia como mistress Micawber
otro consejo que el de tratar de reconquistar la con-
fianza de mister Micawber a fuerza de paciencia y
de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo);
sin embargo, aquella carta me dio que pensar.
CAPÍTULO III
OTRA MIRADA RETROSPECTIVA
Dejadme detenerme de nuevo en un momento tan
memorable de mi vida. Dejadme detenerme para
ver desfilar ante mí, en una procesión fantástica, la
sombra de lo que fui, escoltado por los fantasmas
de los días que pasaron.
Las semanas, los meses, las estaciones transcu-
rren, y ya no me aparecen más que como un día de
verano y una tarde de invierno. Tan pronto el prado
que piso con Dora está todo en flor y es un tapiz
estrellado de oro, como estarnos en una bruma
árida, envuelta bajo montes de nieve. Tan pronto el
río que corre a lo largo de nuestro paseo de domin-
go deslumbra con los rayos del sol de verano, como
se estremece bajo el soplo del viento de invierno y
se endurece al contacto de los bosques de hielo
que invaden su curso, y se lama y se precipita al
mar más deprisa que podría hacerlo ningún otro río
del mundo.
En la casa de las dos ancianas no ha cambiado
nada. El reloj hace tictac encima de la chimenea y el
barómetro está colgado en el vestíbulo. Ni el reloj ni
el barómetro van bien nunca; pero la fe nos salva.
¡Llego a mi mayoría de edad! ¡Tengo veintiún
años! Pero es esa una dignidad que está al alcance
de todo el mundo. Veamos antes lo que he hecho
por mí mismo. He apresado el ante salvaje que
llaman taquigrafía y saco de ello bastante dinero;
hasta he adquirido una gran reputación en esa es-
pecialidad y pertenezco a los dote taquígrafos que
recogen los debates del Parlamento para un perió-
dico de la mañana. Todas las noches tomo nota de
predicciones que no se cumplirán nunca; de profe-
siones de fe a las que nadie es fiel; de explicaciones
que no tienen otro objeto que engañar al público.
Ya sólo veo fuego. Gran Bretaña, esa desgracia-
da virgen que se pone en tantas salsas, la veo
siempre ante mí como un ave guisada bien desplu-
mada y bien cocida, atravesada de parte a parte
con los hierros y atada con un cordón rojo. Por todo
esto soy un incrédulo, y nadie podrá convertirme.
Mi buen amigo Traddles ha intentado el mismo
trabajo; pero no sirve para él. Y toma su fracaso con
el mejor humor del mundo, diciéndome que siempre
ha tenido la cabeza dura. Los editores de mi perió-
dico lo emplean a veces para recoger hechos, que
dan después a otros para que sean reescritos de un
modo más hábil. Entra en el foro, y a fuerza de pa-
ciencia y de trabajo llega a reunir las cien libras
esterlinas para ofrecerlas a un procurador cuyo
estudio frecuenta. Y se consume buena cantidad de
vino de Oporto el día de su entrada. Creo que los
estudiantes del Templo se premiaron bien a su cos-
ta aquel día.
He hecho otra tentativa: he intentado el oficio de
escritor. He enviado mi primer ensayo a una revista,
que lo ha publicado. Esto me ha dado valor y he
publicado algunos otros trabajos, que ya empiezan
a darme dinero. En todo mis negocios marchan
bien, y si cuento lo que gano con los dedos de mi
mano, paso del tercero, deteniéndome a la mitad
del cuarto. Trescientas cincuenta libras esterlinas no
son grano de anís.
Hemos abandonado Buckingham Street para ins-
talarnos en una linda casa cercana a la que me
gustaba tanto. Mi tía ha vendido su casa de Dover;
pero no piensa vivir con nosotros; quiere instalarse
en una casa de la vecindad más modesta que la
nuestra. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se tratará de mi
matrimonio? ¡Sí, seguro!
¡Sí! ¡Me caso con Dora! Miss Lavinia y miss Cla-
rissa han dado su consentimiento, y no he visto en
mi vida canarios más inquietos que ellas. Miss Lavi-
nia es la encargada del trousseau de mi querida
pequeña Dora, y no para de abrir una multitud de
paquetes grises. Hay en la casa a todas horas una
costurera que siempre está con el pecho atravesado
por una aguja, come y duerme en la casa, y verda-
deramente creo que estará con el dedal puesto
hasta para comer, beber y dormir. Tienen a mi pe-
queña Dora como un verdadero maniquí. Siempre la
están llamando para probarse algo. Por la tarde no
podemos estar juntos cinco minutos sin que alguna
mujer inoportuna venga a llamar a la puerta:
-Miss Dora, ¿podría usted hacer el favor de subir
un momento?
Miss Clarissa y mi tía se dedican a recorrer todas
las tiendas de Londres para nuestro mobiliario, y
después nos llevan a verlo. Pero mejor sería que lo
eligieran solas, sin obligarnos a Dora y a mí a que lo
inspeccionemos, pues al it a ver las cacerolas para
la cocina, Dora ve un pabelloncito chino para Jip,
con sus campanitas en lo lato, y prefiere comprarlo.
Después Jip no consigue acostumbrarse a su nueva
residencia, pues no puede entrar ni salir en ella sin
que las campanitas suenen, lo que le asusta de un
modo horrible.
Peggotty llega también para ayudar, y enseguida
pone manos a la obra. Frota todo lo frotable hasta
que lo ve relucir, quieras que no, como su frente
lustrosa. Y de vez en cuando me encuentro a su
hermano vagando solo por las noches a través de
las calles sombrías, deteniéndose a mirar todas las
mujeres que pawn. Nunca le hablo cuando me le
encuentro a esas horas, porque sé demasiado,
cuando le veo grave y solitario, lo que busca y lo
que teme encontrar.
¿Por qué Traddles se da tanta importancia esta
mañana al venir a buscarme al Tribunal de Docto-
res, donde voy todavía alguna vez cuando tengo
tiempo? Es que mis sueños van a realizarse; hoy
voy a sacar mi licencia de matrimonio.
Nunca un documento tan pequeño ha representa-
do tantas cosas, y Traddles lo contempla encima de
mi pupitre con admiración y con espanto. Los nom-
bres están dulcemente mezclados: David Copper-
field y Dora Spenlow; y en un rincón, el timbre de
aquella paternal institución que se interesa con tan-
ta benevolencia en las ceremonias de la vida huma-
na, y el arzobispo de Canterbury que nos da su
bendición, también impresa, al precio más barato
posible.
Pero todo esto es un sueño para mí, un sueño
agitado, dichoso, rápido. No puedo creer que sea
verdad; sin embargo, me parece que todos los que
encuentro en la calle deben darse cuenta de que
me caso pasado mañana. El delegado del arzobispo
me reconoce cuando voy a prestar juramento y me
trata con tanta familiaridad como si hubiera entre
nosotros algún lazo de masonería. Traddles no me
hace ninguna falta; sin embargo, me acompaña a
todas partes como mi sombra.
-Espero, amigo mío -le dije a Traddles-, que la
próxima vez vengas aquí por tu propia cuenta, y que
sea muy pronto.
-Gracias por tus buenos deseos, mi querido Cop-
perfield -respondió-; yo también lo espero. Y por lo
menos es una satisfacción el saber que me espe-
rará todo lo que sea necesario y que es la criatura
más encantadora del mundo.
-¿A qué hora vas a esperarla en la diligencia esta
tarde?
-Alas siete -dijo Traddles mirando su viejo reloj de
plata, aquel reloj al que en la pensión había quitado
una rueda para hacer un molino-. Miss Wickfield
llega casi a la misma hora, ¿no?
-Un poco más tarde: a las ocho y media.
-Te aseguro, querido mío -me dijo Traddles-, que
estoy casi tan contento como si me fuera a casar
yo, y además no sé cómo darte las gracias por la
bondad con que has asociado personalmente a
Sofía a esta fiesta invitándola a ser dama de honor
con miss Wickfield. ¡Te lo agradezco más!...
Le escucho y le estrecho la mano. Charlamos,
nos paseamos y comemos. Pero yo no creo una
palabra de nada; estoy seguro de que es un sueño.
Sofía llega a casa de las tías de Dora a la hora fi-
jada. Tiene un rostro encantador; no es una belleza,
pero es extraordinariamente atractiva; nunca he
visto una persona más natural, más franca, más
atrayente. Traddles nos la presenta con orgullo, y
durante diez minutos se restriega las manos delante
del reloj, con los cabellos erizados en su cabeza de
lobo, mientras le felicito por su elección.
También Agnes ha llegado de Canterbury, y vol-
vemos a ver entre nosotros su bello y dulce rostro.
Agnes siente mucha simpatía por Traddles, y me da
gusto verlos encontrarse y observar cómo Traddles
está orgulloso de presentársela a la chica más en-
cantadora del mundo.
Pero sigo sin creer una palabra de todo esto.
¡Siempre un sueño! Pasamos una velada deliciosa;
somos dichosos; no me falta más que creer en ello.
Ya no sé dónde estoy; no puedo contener mi alegr-
ía. Me encuentro en una especie de somnolencia
nebulosa, como si me hubiera levantado muy tem-
prano hace quince días y no hubiera vuelto a acos-
tarme. No puedo recordar si hace mucho tiempo
que era ayer. Me parece que hace ya meses y que
he dado la vuelta al mundo con una licencia de ma-
trimonio en el bolsillo.
Al día siguiente, cuando vamos todos juntos a ver
la casa, la nuestra, la de Dora y mía, no sé hacerme
a la idea de que yo soy el propietario. Me parece
que estoy con permiso de alguien, y espero al ver-
dadero dueño de la casa, que aparecerá dentro de
un momento diciéndome que tiene mucho gusto en
recibirme. ¡Una casa tan bonita! ¡Todo tan alegre y
tan nuevo! Las flores del tapiz parece que se abren,
y las hojas del papel parece que acaban de brotar
en las ramas. ¡Y las coronas de muselina blanca y
los muebles rosa! ¡Y el sombrero de jardín de Dora,
con lazos azules, ya colgado en la percha! ¡Tenía
uno exactamente igual cuando la vi por primera vez!
La guitarra está ya colocada en su sitio, en un
rincón, y todo el mundo tropieza con la pagoda de
Jip, que es demasiado grande para la casa.
Otra velada dichosa, un sueño más, como todo.
Me deslizo en el comedor antes de marcharme,
como siempre. Dora no está. Supongo que estará
ahora también probándose algo. Miss Lavinia aso-
ma la cabeza por la puerta y me anuncia con miste-
rio que no tardará mucho. Sin embargo, tarda; por
fin oigo el ruido de una falda en la puerta; llaman.
Digo: «Entre». Vuelven a llamar. Voy a abrir la
puerta, sorprendido de que no entren, y veo dos
ojos muy brillantes y una carita ruborosa: es Dora.
Miss Lavinia le ha puesto el traje de novia, con cofia
y todo, para que yo lo vea. Estrecho a mi mujercita
contra mi corazón, y miss Lavinia lanza un grito
porque lo arrugo. Y Dora ríe y llora a la vez al verme
tan contento; pero cada vez creo menos en todo.
-¿Te parece bonito, mi querido Doady? -me dice
Dora.
-¿Bonito? ¡Ya lo creo que me parece bonito!
-¿Y estás seguro de quererme mucho? -dice Do-
ra.
Esta pregunta pone en tal peligro la cofia, que
miss Lavinia lanza otro gritito y me advierte que
Dora está allí únicamente para que la mire; pero
que bajo ningún pretexto puedo tocarla. Dora per-
manece ante mí encantadora y confusa, mientras la
admiro. Después se quita la cofia (¡qué natural y
qué bien está sin ella!) y se escapa; luego vuelve
saltando con su traje de todos los días y le pregunta
a Jip si tengo yo una mujercita guapa y si perdona a
su amita el que se case, y por última vez en su vida
de muchacha se arrodilla para hacerle sostenerse
en dos patas encima del libro de cocina.
Me voy a acostar, más incrédulo que nunca, en
una habitación que tengo allí cerca. Y al día siguien-
te, muy temprano, me levanto para it a Highgate a
buscar a mi tía.
Nunca la he visto así. Con un traje de seda gris y
con un sombrero blanco. Está soberbia. La ha ves-
tido Janet, y está allí mirándome. Peggotty está ya
preparada para la iglesia y cuenta con verlo todo
desde lo alto de las tribunas. Míster Dick, que hará
las veces de padre de Dora y me la dará por mujer
al pie del altar, se ha hecho rizar el cabello. Tradd-
les, que ha venido a buscarme, me deslumbra por la
brillante mezcla de color crema y azul cielo; míster
Dick y él me hacen el efecto de estar enguantados
de la cabeza a los pies.
Sin duda, veo así las cosas porque sé que son
siempre así; pero no deja de parecerme un sueño, y
todo lo que veo no tiene nada de real. Sin embargo,
mientras nos dirigimos a la iglesia, en calesa des-
cubierta, este matrimonio fantástico es lo bastante
real para llenarme de una especie de compasión
por los desgraciados que no se casan como yo, y
que siguen barriendo delante de sus tiendas o yen-
do hacia su trabajo habitual.
Mi tía, durante todo el camino, tiene mi mano en-
tre las suyas. Cuando nos detenemos a cierta dis-
tancia de la iglesia para que baje Peggotty, que ha
venido en el pescante, me abraza muy fuerte.
-¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría querer más
a mi propio hijo, y hoy por la mañana estoy recor-
dando mucho a tu madre, la pobrecilla.
-Y yo también, y todo lo que te debo, querida tía.
-¡Bah!, ¡bah! -dijo mi tía.
Y en el exceso de su cariño tendió la mano a
Traddles; Traddles se la tendió a míster Dick, que
me la tendió a mí, y yo a mi vez a Traddles; por fin,
ya estamos en la puerta de la iglesia.
La iglesia está muy tranquila; pero para tranquili-
zarme a mí sería necesaria una máquina de fuerte
presión; estoy demasiado emocionado. Todo lo
demás me parece un sueño más o menos inco-
herente.
Y sigo soñando que entran con Dora; que la mujer
de los bancos nos alinea delante del altar como un
sargento; sueño que me pregunto por qué esas
mujeres serán siempre tan agrias. El buen humor
será un peligro tan grande para el sentimiento reli-
gioso que serán necesarias esas copas de hiel y de
vinagre en el camino del paraíso.
Sueño que el pastor y su ayudante aparecen, que
algunos marineros y otras personas vienen a vagar
por allí, que tengo tras de mí a un marino viejo que
perfuma toda la iglesia con un fuerte olor a ron, que
empiezan el servicio con una voz profunda y que
todos estamos muy atentos.
Que miss Lavinia, que hace de dama de honor
suplementaria, es la primera que se echa a llorar,
haciendo homenaje con sus sollozos, según pienso,
a la memoria de míster Pidger; que miss Clarissa le
acerca a la nariz su frasco de sales; que Agnes
cuida de Dora; que mi tía hace todo lo que puede
para tener un aspecto imponente, mientras las
lágrimas corren a lo largo de sus mejillas; que mi
pequeña Dora tiembla con todos sus miembros y
que se le oye murmurar muy débilmente sus res-
puestas.
Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Do-
ra tiembla un poco menos, pero que no suelta la
mano de Agnes; que el oficio continúa severo y
tranquilo; que cuando ha terminado nos miramos a
través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la
sacristía mi querida mujercita solloza, llamando a su
querido papá, a su pobre papá.
Que pronto se repone y firmamos en el gran libro
uno después de otro; que voy a buscar a Peggotty a
las tribunas para que venga también a firmar, y que
me abraza en un rincón, diciéndome que también
vio casarse a mi pobre madre; que todo ha termina-
do, y que nos marchamos.
Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando
el brazo a mi encantadora esposa; que veo a través
de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas
y los bancos, el órgano y las vidrieras de la iglesia, y
que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la
iglesia donde iba con mi madre cuando era niño,
¡ay!, hace ya tanto tiempo.
Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pa-
sar: «¡Vaya una parejita joven!». «¡Qué casadita tan
linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos
mientras volvemos a Putney; que Sofía nos cuenta
cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando
han pedido a Traddles la licencia que yo le había
confiado, pues estaba convencida de que la habría
perdido o se la habrían robado del bolsillo; que Ag-
nes reía con todo su corazón, y que Dora la quiere
tanto, que no puede separarse de ella y la tiene
cogida de la mano.
Que hay preparado un almuerzo apetitoso con
una multitud de cosas bonitas y buenas, que como
sin darme cuenta de a qué saben (es natural cuan-
do se sueña); que sólo como y bebo matrimonio,
pues no creo en la realidad de los comestibles más
que en la de lo demás.
Que suelto un discurso en el género de los sue-
ños, sin tener la menor idea de lo que quiero decir, y
hasta estoy convencido de que no he dicho nada;
que somos sencilla y naturalmente todo lo dichosos
que se puede ser, en sueños, claro está; que Jip
come del pastel de bodas, lo que al cabo de un rato
no le sienta muy bien.
Que la silla de postas nos espera; que Dora va a
cambiar de traje; que mi tía y miss Clarissa se
quedan con nosotros; que nos paseamos por el
jardín; que mi tía, en el almuerzo, ha hecho un
verdadero discurso sobre las tías de Dora, y que
está encantada y hasta un poco orgullosa de su
hazaña.
Que Dora está dispuesta; que miss Lavinia revolo-
tea a su alrededor con sentimiento de perder el
encantador juguete que le ha proporcionado durante
algún tiempo una ocupación tan agradable; que, con
gran sorpresa, Dora descubre a cada momento que
se le olvidan una cantidad de pequeñas cosas, y
que todo el mundo corre de un lado a otro para bus-
cárselas.
Que rodean a Dora y ella empieza a despedirse;
que parecen todas reunidas una cesta de flores con
sus cintas nuevas y sus colores alegres; que casi
ahogan a mi querida esposa en medio de todas
aquellas flores que la abrazan, y que, al fin, viene a
lanzarse en mis brazos celosos riendo y llorando a
la vez.
Que yo quiero llevar a Jip, que nos tiene que
acompañar, y que Dora dice que no, que tiene que
ser ella quien lo lleve, sin lo cual creerá que ya no le
quiere porque está casada, lo que le rompería el
corazón; que salimos del brazo; que Dora se vuelve
para decir: «¡Si alguna vez he sido antipática o in-
grata con vosotros, no lo recordéis, os los ruego! »,
y que se echa a llorar.
Que dice adiós con la manita, y que por enésima
vez vamos a partir; que se detiene de nuevo, se
vuelve y corre hacia Agnes, pues quiere darle sus
últimos besos y dirigirle su última despedida.
Por fin estamos en el coche uno al lado del otro.
Ya hemos partido. Salgo de un sueño; ahora ya
creo en ello. Sí; es mi querida, mi querida mujercita
la que está a mi lado, ¡y la quiero tanto!
-¿Eres dichoso ahora, malo -me dice Dora-, y
estás seguro de que no te arrepentirás?
Me he retirado a un lado para ver desfilar ante mí
los fantasmas de aquellos días que pasaron. Ahora
que han desaparecido, reanudo el viaje de mi vida.
CAPÍTULO IV
NUESTRA CASA
Me parecía una cosa extraña una vez pasada la
luna de mil y cuando nos quedamos solos en nues-
tra casita Dora y yo, libres ya de la deliciosa ocupa-
ción del amor.
¡Me parecía tan extraordinario el tener siempre a
Dora a mi lado; me parecía tan extraño no tener que
salir de casa para it a verla, no tener que preocu-
parme por su causa ni que escribirle, no tener que
devanarme los sesos para encontrar ocasión de
estar solo con ella! A veces, por la noche, cuando
dejaba un momento mi trabajo y la veía sentada
frente a mí, me apoyaba en el respaldo de mi silla y
empezaba a pensar en lo raro que era que estuvié-
ramos allí solos, juntos, como si fuera la cosa más
natural el que ya nadie tuviera que mezclarse en
nuestros asuntos; que toda la novela de nuestro no-
viazgo estaría pronto lejana; que ya no teníamos
más que tratar de hacernos felices mutuamente,
gustarnos toda la vida.
Cuando había en la Cámara de los Comunes
algún debate que me retrasaba, me parecía tan
extraordinario, al tomar el camino de casa, pensar
que Dora me esperaba; me parecía tan maravilloso
verla sentarse con dulzura a mi lado para hacerme
compañía mientras comía. Y saber que se cogía
todo el pelo con papelitos, es más, vérselos poner
todas las noches, ¿no era una cosa extraordinaria?
Creo que dos pajarillos hubieran sabido tanto co-
mo nosotros sobre cómo llevar una casa, ¡mi pe-
queña Dora y yo! Teníamos una criada y, como es
natural, ella lo manejaba todo. Todavía estoy con-
vencido interionnente de que debía de ser alguna
hija disfrazada de mistress Crupp. ¡Cómo nos amar-
gaba la vida Mary Anne!
Se llamaba Paragon. Cuando la tomamos a nues-
tro servicio nos aseguraron que aquel nombre sólo
expresaba débilmente todas sus cualidades; era el
parangón de todas las virtudes. Tenía un certificado
escrito más grande que un cartel, y a dar crédito a
aquel documento sabía hacer todo lo del mundo, y
todavía más. Era una mujer en la fuerza de la edad,
de fisonomía repulsiva. Tenía un primo en el regi-
miento de la Guardia, de tan largas piernas, que
parecía ser la sombra de algún otro visto al sol a las
doce del día. Su traje era tan pequeño para él como
él era grande para nuestra casita, y la hacía parecer
diez veces más pequeña de lo que era en realidad.
Además, los tabiques eran sencillos, y siempre que
pasaba la tarde en casa lo sabíamos por una espe-
cie de gruñido continuo que oíamos en la cocina.
Nos habían garantizado que nuestro tesoro era
sobrio y honrado. Por lo tanto, supongo que tendría
un ataque de nervios el día que la encontré tirada
delante del fogón y que sería el trapero el que no se
había apresurado a devolver las cucharillas de té
que nos faltaban.
Además le teníamos un miedo horrible. Sentía-
mos nuestra inexperiencia y no estábamos en esta-
do de salir adelante; diría que estábamos a su mer-
ced si la palabra merced no diera la sensación de
indulgencia, pues era una mujer sin piedad. Ella fue
la causa de la primera disputa que tuve con Dora.
-Querida mía -le dije un día-, ¿crees que Mary
Anne entiende el reloj?
-¿Por qué, Doady? -me preguntó Dora levantando
inocentemente la cabeza.
-Amor mío, porque son las cinco, y debíamos co-
mer a las cuatro.
Dora miró al reloj con un airecito de inquietud a
insinuó que creía que aquel reloj se adelantaba.
-Al contrario, querida -le dije mirando mi reloj-, se
retrasa unos minutos.
Mi mujercita vino a sentarse encima de mis rodi-
llas para tratar de contentarme y me hizo una rays
con el lápiz en medio de la nariz: era encantador,
pero aquello no me daba de comer.
-¿No crees, vida mía, que debías decirle algo a
Mary Anne?
-¡Oh, no!; te lo ruego, Doady -exclamó Dora..
-¿Por qué no, amor mío? -le pregunté con dulzu-
ra.
-¡Oh!, porque yo sólo soy una tontuela, y ella lo
sabe muy bien.
Como aquellos sentimientos me parecían incom-
patibles con la necesidad de regañar a Mary Anne,
fruncí las cejas.
-¡Oh, qué arruga tan horrible en la frente, malo!
-dijo Dora, todavía sentada en mis rodillas.
Y señaló aquellas odiosas arrugas con su lápiz,
que llevaba a sus labios rosas para que marcara
más negro; después hacía como que trabajaba tan
seriamente en mi frente, con una expresión tan
cómica, que me eché a reír, a pesar de todos mis
esfuerzos.
-¡Así me gusta, eres un buen muchacho! -dijo Do-
ra-. Estás mucho más guapo cuando te ríes.
-Pero, amor mío...
-¡Oh, no, no, te lo ruego! -exclamó Dora abrazán-
dome-. No hagas el Barba Azul, no pongas esa
expresión seria.
-Pero, mi querida mujercita -le dije-sin embargo,
es necesario ponerse serio alguna vez. Ven a sen-
tarte en esta silla a mi lado. Dame el lápiz. Vamos a
hablar de un modo razonable. ¿Sabes, querida mía
(¡qué manita tan dulce para tener entre las mías y
qué precioso anillo para ver en el dedo de mi recién
casada!), sabes, querida: te parece muy agradable
verse obligado a marcharse sin comer? Vamos,
¿qué piensas?
-No -respondió débilmente Dora.
-Pero, querida mía, ¡cómo tiemblas!
-Porque sé que vas a regañarme -exclamó Dora
en un tono lamentable.
-Querida mía, sólo voy a tratar de hablarte de un
modo razonable.
-¡Oh!, pero eso es peor que regañar-exclamó Do-
ra, desesperada-. Yo no me he casado para que me
hablen razonablemente. Si quieres razonar con una
pobre cosita como yo, hubieras debido avisármelo.
¡Eres malo!
Traté de calmarla; pero se ocultó el rostro, y sa-
cudía de vez en cuando sus bucles diciendo: «¡Oh,
eres malo!». Yo no sabía qué hacer; me puse a
recorrer la habitación, y después me acerqué a ella.
-¡Dora, querida mía!
-No, no me quieres, y estoy segura de que te
arrepientes de haberte casado; si no, no me hablar-
ías así.
Aquel reproche me pareció tan inconsecuente,
que tuve valor para decirle:
-Vamos, Dora mía, no seas niña; estás diciendo
cosas que no tienen sentido. Seguramente recor-
darás que ayer me tuve que marchar a medio co-
mer, y que la víspera el cordero me hizo daño por-
que estaba crudo y lo tuve que tomar corriendo; hoy
no puedo comer, en absoluto, y no digo nada del
tiempo que hemos esperado el desayuno; y des-
pués, el agua para el té ni siquiera hervía. No es
que te haga reproches, querida mía; pero todo eso
no es muy agradable.
-¡Oh, qué malo, qué malo eres! ¿Cómo puedes
decirme que soy una mujer desagradable?
-Querida Dora, ¡sabes que nunca he dicho eso!
-Has dicho que todo esto no era muy agradable.
-He dicho que la manera con que llevábamos la
casa no era agradable.
-¡Pues es lo mismo! --exclamó Dora.
Y evidentemente lo creía, pues lloraba con amar-
gura.
Di de nuevo algunos pasos por la habitación, lleno
de amor por mi linda mujercita y dispuesto a rom-
perme la cabeza contra las puertas, tantos remor-
dimientos sentía. Me volví a sentar y le dije:
-No te acuso, Dora; los dos tenemos mucho que
aprender. únicamente quería demostrarte que es
necesario, verdaderamente necesario (estaba deci-
dido a no ceder en aquel punto), que te acostum-
bres a vigilar a Mary Anne y también un poco a
obrar por ti misma, en interés tuyo y mío.
-Estoy verdaderamente sorprendida de tu ingrati-
tud -dijo Dora sollozando-. Sabes muy bien que el
otro día dijiste que te gustaría tomar un poco de
pescado, y fui yo misma muy lejos para encargarlo y
darte una sorpresa.
-Y fue muy amable por tu parte, querida mía, y te
lo he agradecido tanto, que me he librado muy bien
de decirte que habías hecho muy mal comprando
un salmón, porque es demasiado grande para dos
personas y porque había costado una libra y seis
chelines, y que es demasiado caro para nosotros.
-Pues te gustó mucho --dijo Dora llorando todav-
ía-, y estabas tan contento que me llamaste tu ratita.
-Y te lo volveré a llamar cien veces, amor mío
--contesté.
Pero había herido su corazoncito, y no había ma-
nera de consolarla. Lloraba tanto y tenía el corazón
tan apretado, que me parecía que le había dicho
algo horrible que le había causado mucha pena.
Tuve que marcharme corriendo, y volví muy tarde, y
durante toda la noche estuve agobiado por los re-
mordimientos. Tenía la conciencia inquieta como un
asesino, y estaba perseguido por el sentimiento
vago de un crimen enorme del que fuera culpable.
Eran más de las dos de la mañana cuando volví, y
encontré en mi casa a mi tía esperándome.
-¿Ha ocurrido algo, tía? -le pregunté con inquie-
tud.
-No, Trot -respondió-. Siéntate, siéntate. única-
mente mi Capullito estaba un poco triste, y me he
quedado para hacerle compañía; eso es todo.
Apoyé la cabeza en mis manos y permanecí con
los ojos fijos en el fuego; me sentía más triste y más
abatido de lo que hubiera podido creer; tan pronto,
casi en el momento en que acababan de cumplirse
mis más dulces sueños. Por último encontré los ojos
de mi tía fijos en mí. Parecía preocupada; pero su
rostro se serenó enseguida.
-Te aseguro, tía -le dije-, que toda la noche me he
sentido desgraciado pensando que Dora tenía pena.
Pero mi única intención era hablarle dulce y tierna-
mente de nuestros asuntos.
Mi tía movió la cabeza animándome.
-Hay que tener paciencia, Trot --dijo.
-Sí, y Dios sabe que no quiero ser exigente, tía.
-No, no --dijo mi tía-; mi Capullito es muy delicado
y es necesario que el viento sople dulcemente sobre
ella.
Di las gracias en el fondo del corazón a mi buena
tía por su ternura con mi mujer, y estoy seguro de
que se dio cuenta.
-¿No crees, tía -le dije después de haber contem-
plado de nuevo el fuego-, que tú podrías dar de vez
en cuando algún consejo a Dora? Eso nos sería
muy útil.
-Trot -repuso mi tía con emoción-, no; no me pi-
das eso nunca.
Hablaba en un tono tan serio que levanté los ojos
con sorpresa.
-¿Sabes, hijo mío? -prosiguió-. Cuando miro mi
vida pasada y veo en la tumba personas con las
que hubiera podido vivir en mejores relaciones... Si
he juzgado severamente los errores de otro en
cuestiones de matrimonio es quizá porque tenía
tristes razones para juzgarlo así por mi cuenta. No
hablemos de ello. He sido durante muchos años
una vieja gruñona a insoportable; todavía lo soy y lo
seré siempre. Pero nosotros nos hemos hecho mu-
tuamente bien, Trot; al menos tú me lo has hecho a
mí, y no quiero que ahora nos pueda separar nada.
-¿Qué nos va a separar? -exclamé.
-Hijo mío, hijo mío --dijo mi tía estirándose el traje
con la mano-, no hay que ser profeta para darse
cuenta de lo fácil que sería y de lo desgraciada que
podría yo hacer a mi Capullito si me mezclara en
vuestros asuntos; deseo que me quiera y que sea
alegre como una mariposa. Acuérdate de tu madre
y de su segundo matrimonio, y no me hagas una
proposición que me trae a la memoria, para ella y
para mí, crueles recuerdos.
Comprendí enseguida que mi tía tenía razón, y no
comprendí menós toda la extensión de sus escrúpu-
los generosos con mi querida esposa.
-Estás muy al principio, Trot -continuó-, y Roma
no se construyó en un día ni en un año. Has elegido
tú mismo con toda libertad -aquí me pareció que
una nube se extendía un momento sobre su rostro-
y has escogido una criatura encantadora y que te
quiere mucho. Ella es tu deber, y también será tu
felicidad, no lo dudo, pues no quiero que parezca
que te estoy sermoneando; será tu deber y tu felici-
dad el apreciarla tal como la has escogido, por las
cualidades que tiene y no por las que no tiene. Trata
de desarrollar en ella las que le faltan. Y si no lo
consigues, hijo mío -y mi tía se frotó la nariz-,
tendrás que acostumbrarte a pasarte sin ellas. Pero
recuerda que vuestro porvenir es un asunto comple-
tamente vuestro. Nadie puede ayudaros; tenéis que
ayudaros solos. Es el matrimonio, Trot, y que Dios
os bendiga a uno y a otro, pues sois como dos
bebés perdidos en medio de los bosques.
Mi tía me dijo todo esto en tono alegre, y terminó
su bendición con un beso.
-Ahora -dijo- enciende la linterna y acompáñame
hasta mi nido por el sendero del jardín -pues las dos
casas comunicaban por allí-. Y dale a Capullito todo
el cariño de Betsey Trotwood, y, suceda lo que su-
ceda, Trot, que no vuelva a pasársete por la imagi-
nación hacer de Betsey un espantapájaros, pues la
he visto muy a menudo en el espejo para estar se-
gura de que ya lo es bastante por naturaleza y bas-
tante antipática sin eso.
Entonces mi tía se anudó el pañuelo alrededor de
la cabeza, como tenía costumbre, y la escolté hasta
su casa. Cuando se detuvo en el jardín para alum-
brarme a la vuelta con su linterna pude observar
que me miraba de nuevo con preocupación; pero no
le di importancia; estaba demasiado ocupado re-
flexionando sobre lo que me había dicho, dema-
siado impresionado, por primera vez, por la idea de
que teníamos que hacemos nosotros solos nuestro
porvenir, Dora y yo, y que nadie podría ayudarnos.
Dora descendió dulcemente en camisón a mi en-
cuentro, ahora que estaba solo. Se echó a llorar en
mi hombro y me dijo que había sido muy duro con
ella y que ella también había sido muy mala. Yo le
dije, poco más o menos, lo mismo, y todo terminó.
Decidimos que aquella pelea sería la última y que
nunca más, nunca más, sucedería, aunque viviéra-
mos cien años.
¡Qué horror de criadas! De nuevo fueron el origen
del disgusto que tuvimos después. El primo de Mary
Anne desertó y se ocultó en nuestra carbonera; de
allí le sacó, con gran sorpresa nuestra, un piquete
de compañeros, que le esposaron y se lo llevaron,
dejando nuestro jardín cubierto de oprobio. Esto me
dio valor para deshacerme de Mary Anne, quien se
resignó tan dulcemente, que me sorprendió; pero
pronto descubrí dónde habían ido a parar nuestras
cucharillas, y además me revelaron que tenía la
costumbre de pedir dinero prestado a mi nombre a
nuestros tenderos sin nuestra autorización. Mo-
mentáneamente fue reemplazada por mistress Kid-
gerbury, una vieja de Kentishtown, que asistía, pero
que era demasiado débil para hacer nada; después
encontramos otro tesoro, de un carácter encanta-
dor; pero, desgraciadamente, aquel tesoro no hacía
más que rodar las escaleras con las fuentes en las
manos o lanzarse de cabeza en el salón con todo el
servicio de té, como quien se mete en un baño. Los
desastres cometidos por aquella desgraciada nos
obligaron a despedirla; fue seguida, con numerosos
intermedios de mistress Kidgerbury, por toda una
serie de seres incapaces. Por fin caímos sobre una
chica de muy buen aspecto, que se fue a la feria de
Greenwich con el sombrero de Dora. Después ya
sólo recuerdo una multitud de fracasos sucesivos.
Parecíamos destinados a que todo el mundo nos
engañara. En cuanto aparecíamos en una tienda
nos ofrecían la mercancía averiada. Si comprába-
mos una langosta estaba llena de agua; la carne
estaba pasada; nuestros panecillos sólo tenían mi-
ga. Con objeto de estudiar el principio de la cocción
de un rosbif para que esté en su punto, tuve yo
mismo que acudir al libro de cocina; pero debíamos
ser víctimas de una extraña fatalidad, pues nunca
conseguíamos el justo medio entre la carne san-
grando y la carne quemada.
Estaba convencido de que todos aquellos desas-
tres nos costaban mucho más caro que si hubiéra-
mos ejecutado una serie de triunfos, y estudiando
nuestras cuentas veía que habíamos gastado man-
teca suficiente para embadurnar el piso bajo de
nuestra casa. ¡Qué consumo! Yo no se si seria que
las contribuciones indirectas habían hecho aquel
año encarecer la mostaza; pero al paso que íba-
mos, iba a ser necesario, para que nosotros tuvié-
ramos mostaza suficiente, que muchas familias se
privaran de ella, cediéndonos su parte. Y lo más
sorprendente de todo aquello es que en casa nunca
se encontraba.
También nos sucedió que la lavandera empeñó
nuestra ropa, y vino después en un estado de em-
briaguez, arrepentida, a implorar nuestro perdón;
pero supongo que estas cosas le habrán ocurrido a
todo el mundo. También tuvimos que soportar un
fuego que se armó en la chimenea; pero todo esto
son desgracias corrientes. Lo que nos era personal
era la cuestión de las criadas. Una de ellas tenía
pasión por los licores fuertes, lo que aumentaba
nuestra cuenta de cerveza y de licores en el café
que nos los suministraban. Encontramos en la cuen-
ta artículos inexplicables, como: «Un cuarto de litro
de ron (mistress C.) y medio cuarto de ginebra (mis-
tress C.); un vaso de ron y de menta (mistress C.).»
Los paréntesis se referían siempre a Dora, que pa-
saba, según supimos después, por haber ingerido
todos aquellos licores.
Una de nuestras primeras hazañas fue dar de
comer a Traddles. Le encontré una mañana y le dije
que viniera a vemos por la tarde. Él consintió, y
escribí dos letras a Dora diciéndole que llevaría a
nuestro amigo. Era un día muy hermoso, y en el
camino charlarnos todo el tiempo de mi felicidad.
Traddles estaba convencido, y me decía que el día
en que él supiera que Sofía le esperaba por la tarde
en una casita como la nuestra no faltaría nada a su
dicha.
Yo no podía desear una mujercita más encanta-
dora que la que se sentó aquella tarde frente a mí;
pero lo que sí hubiera deseado es que la habitación
fuese un poco menos pequeña. Yo no sé en qué
consistía, pero, aunque no éramos más que los dos,
nunca había sitio, y, sin embargo, la habitación era
bastante grande para que nuestros muebles se
perdieran en ella. Sospecho que era porque nada
tenía sitio fijo, excepto la pagoda de Jip, que siem-
pre impedía el paso. Aquella tarde Traddles estaba
tan encerrado entre la pagoda, la caja de la guitara,
el caballete de Dora y mi mesa, que yo temía no tu-
viera bastante sitio para manejar su cuchillo y su
tenedor; pero él protestaba con su buen humor
habitual diciendo: «Tengo un océano de sitio, Cop-
perfield; un océano, te lo aseguro».
También había otra cosa que me hubiera gustado
impedir; me hubiera gustado que no se animara la
presencia de Jip encima del mantel durante la co-
mida. Me hubiese parecido molesto que estuviera
allí aunque no hubiera tenido la mala costumbre de
meter la pata en la sal y en la manteca. Aquella vez
yo no sé si es que se creía especialmente encarga-
do de dar caza a Traddles; pero no cesó de ladrarle
y de saltar encima de su plato, poniendo en aque-
llas maniobras tal obstinación, que no podía hablar-
se de otra cosa.
Pero como yo sabía lo tierno que tenía Dora el co-
razón y lo sensible que era en lo que se refiere a su
favorito, no hice ninguna objeción; ni siquiera me
permití una alusión a los platos que Jip destrozaba
en el suelo, ni a la falta de simetría en el arreglo de
los cacharros, que parecían estar como habían caí-
do; tampoco quise hacer observar que Traddles es-
taba bloqueado por platos de verdura y por jarras.
Únicamente no podía por menos de preguntarme a
mí mismo, mientras contemplaba el aspecto del
cordero que iba a partir, cómo sería que nuestros
corderos tenían siempre unas formas tan extraordi-
narias como si nuestro carnicero nos sirviera corde-
ros contrahechos; pero me guardé para mí aquellas
reflexiones.
-Amor mío -le dije a Dora-, ¿qué tienes en ese
plato?
No podía comprender por qué Dora estaba
haciendo desde hacía un momento aquellos mohi-
nes, como si quisiera besarme.
-Son ostras, amigo mío -me dijo tímidamente.
-¿Y se te ha ocurrido a ti? --dije encantado.
-Sí, Doady -dijo Dora.
-¡Qué buena idea! --exclamé dejando el gran cu-
chillo y el tenedor de partir el cordero-. No hay nada
que le guste tanto a Traddles.
-Sí, sí, Doady --dijo Dora-. He comprado un barrili-
to entero, y el hombre me ha dicho que eran muy
buenas. Pero.... pero temo que les ocurra algo ex-
traordinario.
Y Dora sacudió la cabeza, saltándosele las lágri-
mas.
-Sólo están abiertas a medias -le dije-; quita la
concha de encima, querida.
-No quiere marcharse de ningún modo -dijo Dora,
que lo intentaba con todas sus fuerzas, con expre-
sión desolada.
-¿Sabes, Copperfield? ---dijo Traddles examinan-
do alegremente el plato-. Yo creo que es porque...
estas ostras son perfectas..., pero no las han abierto
nunca.
En efecto, no las habían abierto nunca; y nosotros
no teníamos cuchillo para ostras; además no hubié-
ramos sabido utilizarlo; por lo tanto, miramos las
ostras mientras nos comíamos el cordero; al menos
nos comimos todo lo que estaba cocido. Si se lo
hubiera permitido, creo que Traddles, pasando al
estado salvaje, se hubiera hecho canibal y ali-
mentado de carne casi cruda para demostrar lo
satisfecho que estaba de la comida; pero yo estaba
decidido a no consentirle que se inmolara así en el
altar de la amistad, y en lugar de aquello comimos
un trozo de jamón; afortunadamente había jamón
curado en la despensa.
Mi pobre mujercita estaba tan desesperada al
pensar que aquello me iba a contrariar, y fue tan
grande su alegría cuando vio que no ocurría nada,
que olvidé enseguida mi fastidio al momento. La
tarde pasó muy bien. Dora estaba sentada a mi lado
con su brazo apoyado en mi sillón, mientras Tradd-
les y yo discutíamos sobre la calidad de mi vino, y a
cada instante se inclinaba hacia mí para darme las
gracias por no haber sido gruñón ni malo. Después
nos hizo el té, y yo estaba tan encantado viéndoselo
hacer, como si hiciera las comiditas de la muñeca,
que no me hice el difícil sobre la calidad dudosa del
brebaje. Después Traddles y yo estuvimos un rato
jugando a las cartas, mientras Dora cantaba acom-
pañándose con la guitarra, y me pareció que nues-
tro matrimonio sólo era un hermoso sueño y que
todavía estábamos en la primera tarde en que había
oído su dulce voz.
Cuando Traddles se fue lo acompañé hasta la
puerta, y después volví al salón; mi mujer vino a
poner su silla al ladito de la mía.
-¡Estoy tan triste! ¿Quieres enseñarme a hacer
algo, Doady?
-Pero en primer lugar tendría que aprenderlo yo,
Dora -le dije yo-; no sé más que tú, pequeña.
-¡Oh, pero tú puedes aprenderlo! -repuso-. ¡Tú
tienes tanto talento!
-¡Qué locura, ratita!
-Yo hubiera debido -añadió después de un largo
silencio-, yo hubiera debido ir a establecerme al
campo y pasar un año con Agnes.
Tenía las manos juntas, apoyadas en mi hombro;
reclinó también la cabeza, y me miraba dulcemente
con sus grandes ojos azules.
-¿Por qué? -pregunté.
-Creo que su trato me hubiera beneficiado y que
con ella hubiera podido aprender muchas cosas.
-Todo llega a su tiempo, amor mío. Desde hace
muchos años Agnes ha tenido que cuidar a su pa-
dre: hasta cuando sólo era una niña pequeña, ya
era la Agnes que tú conoces.
-¿Quieres llamarme como yo lo diga? -preguntó
Dora sin moverse.
-¿Cómo? -le dije sonriendo.
-Es un nombre estúpido --dijo sacudiendo sus bu-
cles-. Pero lo mismo da; llámame tu « mujer-niña» .
Pregunté riendo a mi «mujer-niña» que por qué
quería que la llamase así, y me respondió sin mo-
verse; sólo mi brazo, pasado alrededor de su cintu-
ra, me acercaba todavía más sus hermosos ojos
azules.
-Pero ¡qué tonto eres! No te pido que me llames
siempre así en lugar de Dora; únicamente quiero
que cuando pienses en mí te digas que soy tu «
mujer-niña» . Cuando tengas ganas de enfadarte
conmigo no tienes más que pensar: « ¡Bah, es mi
"mujer-niña"! ». Cuando te ponga la cabeza loca,
vuélvete a decir: «¿Pero no sabía yo hace mucho
tiempo que nunca sería más que una "mu-
jer-niña"?». Cuando no sea para ti todo lo que
querría ser, y que no lo seré quizá nunca, piensa
siempre: «Esto no impide que esta tontuela de "mu-
jer-niña" me quiera mucho». Pues es la verdad,
Doady; ¡te quiero tanto!
Yo no había contestado en serio; hasta entonces
tampoco se me había ocurrido que hablara ella se-
riamente. Pero se quedó tan contenta con lo que le
contesté, que sus ojos no estaban secos todavía
cuando ya estaba riendo. Y pronto vi a mi «mu-
jer-niña» sentada en el suelo al lado de la pagoda
china haciendo sonar todas las campanitas, unas
después de otras, para castigarle, por su mala con-
ducta, a Jip; pero él continuaba perezosamente
tendido en el suelo de su nicho mirándola de reojo
como para decirle: « Haz todo lo que quieras; no
conseguirás que me mueva con todas tus cosas;
soy demasiado perezoso y no me molesto por tan
poco».
Aquella llamada de Dora me causó una profunda
impresión. Vuelvo a aquellos tiempos lejanos, y me
imagino a aquella dulce criatura, a quien amaba
tanto, y la invoco para que salga una vez más de la
sombra del pasado, para que vuelva hacia mí su
rostro encantador, y puedo asegurar que su peque-
ño discurso resuena sin cesar en mi corazón; quizá
no haya sacado de él el mayor partido posible: era
joven y sin experiencia; pero nunca su inocente
súplica ha venido en vano a llamar a mis oídos.
Dora me dijo unos días después que iba a hacer-
se una excelente ama de casa. En consecuencia,
sacó del cajón su bloc, afiló el lápiz, compró un
enorme libro de cuentas, volvió a pegar cuidadosa-
mente todas las hojas del libro de cocina, que Jip
había roto, a hizo un esfuerzo desesperado para
«ser buena», como ella decía. Pero los números
continuaban con el defecto de siempre: no querían
dejarse sumar. Cuando había llenado ya dos o tres
columnas de su libro de cuentas, lo que no sucedía
sin trabajo, Jip iba a pasearse sobre la página, em-
borronándolo todo con su cola, y además Dora se
empapaba de tinta sus lindos deditos; esto era lo
más claro de todo.
Algunas tardes, cuando había vuelto y estaba tra-
bajando (pues escribía mucho y empezaba a ser
reconocido como escritor), dejaba la pluma y obser-
vaba a mi «mujer-niña», que trataba de «ser buena»
. En primer lugar ponía encima de la mesa su in-
menso libro de cuentas y lanzaba un profundo sus-
piro; después lo abría en el sitio emborronado por
Jip la tarde anterior y llamaba a Jip para enseñarle
las huellas de su crimen: era la señal de una diver-
sión en favor de Jip. Le ponía tinta en la punta de la
nariz como castigo. Después ella decía a Jip que se
echara encima de la mesa « como un león» (era
una de sus hazañas, aunque a mis ojos la analogía
no era extraordinaria). Si estaba de buen humor, Jip
obedecía. Entonces ella cogía una pluma y empe-
zaba a escribir; pero había un pelo en la pluma;
cogía otra y empezaba a escribir, pero aquella hacía
borrones; cogía la tercera y empezaba de nuevo,
diciendo en voz baja: « ¡Oh!, esta mete ruido y va a
distraer a Doady! ». En una palabra, terminaba por
desistir y volvía a colocar el libro de cuentas en su
sitio, después de hacer como que lo lanzaba a la
cabeza del león.
Otras veces, cuando se sentía de humor más se-
rio, cogía su bloc y una cestita llena de cuentas y
otros documentos, que parecían más que nada los
papelitos con que recogía sus bucles por la noche, y
trataba de sacar algún resultado de ellas. Las com-
paraba muy seriamente, escribía cifras, las borraba,
contaba en todos sentidos los dedos de su mano iz-
quierda, y después de esto tenía una expresión tan
contrariada, tan desanimada, tan triste que me daba
pena ver ensombrecerse así, por darme gusto,
aquella carita encantadora, y me acercaba a ella
con dulzura, diciéndole:
-¿Qué te ocurre, Dora?
Me miraba desolada, contestando:
-Son estas cuentas tan antipáticas, que no quie-
ren salir bien; me duele la cabeza; se empeñan en
no hacer lo que yo quiero.
Entonces yo le decía:
-Vamos a probar juntos; voy a enseñarte, Dora
mía.
Y empezaba una demostración práctica; Dora me
escuchaba durante cinco minutos con la más pro-
funda atención; después de lo cual empezaba a
sentirse horriblemente cansada y trataba de divertir-
se enrollando mis cabellos alrededor de sus dedos
o bajándome el cuello de la camisa para ver si me
sentaba bien. Si quería reprimir su alegría y conti-
nuar mis razonamientos ponía una expresión tan
triste y tan desconsolada, que yo recordaba al verla,
como un reproche, su alegría natural el día en que
la conocí, y dejaba caer el lápiz, repitiéndome que
era una «mujer-niña» , y le suplicaba que cogiera la
guitarra.
Tenía mucho trabajo y muchas preocupaciones;
pero todo lo guardaba para mí solo. Estoy ahora
muy lejos de creer que obrara bien así; pero lo hac-
ía por ternura para mi «mujer-niña». Examino mi
corazón y veo que, sin la menor reserva, confío a
estas páginas mis más secretos pensamientos.
Sentía que me faltaba algo; pero aquello no llegaba
a alterar la felicidad de mi vida. Cuando me pasea-
ba solo, con un sol hermoso, y pensaba en los días
de verano en que la tierra entera parecía llena de mi
joven pasión, sentía que mis sueños no se habían
realizado del todo; pero creía que aquello era una
sombra disminuida por la dulce gloria del pasado. A
veces pensaba que me hubiera gustado encontrar
en mi mujer un consejero más seguro, más razona-
ble y con más firmeza de carácter; hubiera deseado
que pudiera sostenerme y ayudarme, que poseyera
el poder de llenar los vacíos que sentía en mí; pero
también pensaba que semejante felicidad no es de
este mundo y que no debía ni podía existir.
Por la edad era todavía un muchacho más que un
marido, y no había conocido, para formarme con su
saludable influencia, más penas que las que se han
podido leer en este relato. Si me equivocaba, lo que
podía ocurrirme muy a menudo, eran mi amor y mi
poca experiencia lo que me extraviaban. Digo la
pura verdad. ¿De qué me serviría ahora el disimu-
lo?
Por lo tanto, sobre mí recaían todas las dificulta-
des y preocupaciones de nuestra vida; ella no to-
maba su parte. Nuestra casa seguía en el mismo
desbarajuste que al principio; únicamente yo me
había acostumbrado, y al menos tenía la alegría de
ver que Dora no estaba casi nunca triste. Había re-
cobrado toda su alegría infantil; me quería con todo
su corazón y se divertía como antes, es decir, como
una niña.
Cuando los debates del Parlamento habían sido
muy cansados (sólo hablo de su duración, pues en
cuanto a su calidad siempre lo eran) y volvía muy
tarde, Dora nunca se acostaba antes de que yo
volviera, y bajaba a recibirme. Cuando no tenía que
ocuparme del trabajo que me había costado tanta
labor de taquigrafía y podía escribir por mi cuenta,
venía a sentarse tranquilamente a mi lado, por tarde
que fuera, y permanecía tan silenciosa que yo a
veces la creía dormida. Pero, en general, cuando
levantaba la cabeza veía sus ojos azules fijos en mí
con la atención tranquila de que ya he hablado.
-Este pobre chico, ¡lo cansado que debe de estar!
-dijo una noche, en el momento en que cerraba mi
pupitre.
-Esta pobre chiquilla, ¡lo cansada que debe de es-
tar! -respondí [Link] soy el que debo decírtelo, Do-
ra. Otro día te acuestas, querida mía. Es demasiado
tarde para ti.
-¡Oh, no! No me mandes acostar -dijo Dora en to-
no suplicante-. Te lo ruego, no hagas eso.
-¡Dora!
Con gran sorpresa mía estaba llorando en mi
hombro.
-¿No te encuentras bien, pequeña mía? ¿No eres
dichosa?
-Sí; muy bien y muy dichosa -dijo Dora-. Pero
prométeme que me dejarás quedarme a tu lado
viéndote escribir
-Bonita cosa para verla esos preciosos ojos, ¡y a
media noche! -respondí.
-¿De verdad? ¿De verdad te parecen preciosos?
-repuso Dora riendo-. ¡Qué contenta estoy de que
sean preciosos!
-¡Vanidosilla! -le dije.
Pero no, no era vanidad; era una alegría ingenua
al sentirse admirada por mí. Ya lo sabía antes de
que me lo dijera.
-Pues si te parece que son bonitos tienes que de-
cirme que me dejarás siempre verte escribir --dijo
Dora-. ¿Te parecen bonitos?
-¡Muy bonitos!
-Entonces me dejas que te mire escribir
-Temo que eso no los embellezca mucho, Dora.
-Sí, ya lo creo. Porque has de saber, señor sabio,
que eso te impedirá olvidarme mientras estás su-
mergido en tus meditaciones silenciosas. ¿Te enfa-
darías si te dijera una cosa muy necia, todavía más
necia que de costumbre?
-Veamos esa maravilla.
-Déjame que vaya dándote las plumas a medida
que las necesites -me dijo Dora-. Tengo ganas de
poder ayudarte en algo durante esas horas en que
tanto trabajas. ¿Me dejas que las coja para dárte-
las?
El recuerdo de su alegría cuando le dije que sí,
hace que se me salten las lágrimas. Cuando al día
siguiente me puse a escribir, ella se había instalado
al lado mío con un gran paquete de plumas, y así
fue siempre. El gusto con que se asociaba de aquel
modo a mi trabajo y su alegría cada vez que necesi-
taba una pluma, lo que me sucedía sin cesar, me
dio la idea de proporcionarle una satisfacción mayor
todavía, y de vez en cuando hacía como que la
necesitaba para copiarme una o dos páginas de mi
manuscrito. Entonces se ponía radiante. Había que
verla prepararse para aquella gran empresa, poner-
se el delantal, coger trapos de la cocina para limpiar
la pluma, y lo que tardaba, y las veces que leía las
páginas a Jip, como si pudiera comprenderlo; y
después firmaba su página, como si la obra hubiera
quedado incompleta sin el nombre del copista, y me
la traía, muy alegre de haber acabado su deber,
echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encan-
tador para mí, aunque los demás no vean en ello
más que niñerías!
Poco tiempo después tomó posesión de las lla-
ves, que paseaba por toda la casa en un cestito
atado a su cintura. En general, los armarios a que
pertenecían no estaban cerrados, y las haves termi-
naron por no servir más que para divertir a Jip; pero
Dora estaba contenta, y eso era suficiente para mí.
Estaba convencida de que aquella determinación
debía de producir el mejor efecto, y estábamos con-
tentos como dos niños que juegan a las casas de
muñecas para divertirse.
Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi
tanta ternura a mi tía como a mí, y le hablaba a
menudo de los tiempos en que pensaba en ella
como en «una vieja gruñona». Nunca se había pre-
ocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip,
que no le correspondía; oía tocar todos los días la
guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la música;
no nombraba nunca a nuestra serie de «incapa-
ces», y, sin embargo, la tentación debía ser muy
grande para ella; hacía a pie caminatas enormes
para traer a Dora toda clase de cosillas de que tenía
gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no
estaba abajo se la oía decir en la escalera, con una
voz que resonaba alegremente en toda la casa:
-Pero ¿dónde está Capullito?
CAPÍTULO V
MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI
TÍA
Hacía ya algún tiempo que había dejado de traba-
jar con el doctor. Vivíamos muy cerca de él, y le
veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos
ido a comer y a tomar el té a su casa. El Veterano
vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con
sus mariposas inmortales revoloteando alrededor de
su cofia.
Como a tantas otras madres que he conocido en
mi vida, a mistress Markleham le gustaba mucho
más divertirse que a su hija. Necesitaba divertir-
se, y como un hábil «veterano» que era, quería
hacer creer, al consultar sus propias inclina-
ciones, que se sacrificaba por su hija. Esta exce-
lente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta
a favorecer los deseos del doctor, que quería
que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar la
discreción de su yerno.
No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor
sin saberlo; y sin poner en ello más que cierta canti-
dad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a
veces hasta en personas de edad madura, le con-
firmaba, yo creo, en la idea de que era imponente
para la juventud de su mujer y de que no podia
hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de feli-
citarle porque trataba de endulzar a Annie el peso
de la vida.
-Amigo mío -le decía un día en mi presencia-, us-
ted sabe muy bien, sin duda, que es un poco triste
para Annie el estar encerrada siempre aquí.
El doctor movió la cabeza con benevolencia.
-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió
mistress Markleham, moviendo su abanico- será
otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda;
con tal de estar bien acompañada, no desearía
nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y
Annie no es su madre.
-Ya, ya --dijo el doctor.
-Usted es el hombre mejor del mundo. No;
dispénseme usted -continuo, viendo que el doctor le
hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de
usted como lo digo siempre por detrás: es usted el
hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted
no puede, ¿no es verdad?, tener los mismos gustos
y preocupaciones que Annie.
-¡No! --dijo el doctor con voz triste.
-Es completamente natural -repuso El Veterano-.
Vea usted, por ejemplo, su diccionario. ¿Hay algo
más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El
sentido de las palabras! Sin el doctor Johnson y
hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no
daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un
palo de escoba! Pero no podemos pedirle a Annie
que se interese por un diccionario cuando ni siquie-
ra está terminado, ¿no es cierto?
El doctor sacudió la cabeza.
-Y por eso apruebo tanto sus atenciones delica-
das --dijo mistress Markleham, dándole en el hom-
bro un golpecito con el abanico---. Eso prueba que
usted no es como tantos ancianos que querrían
encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes.
Usted ha estudiado el carácter de Annie y lo ha
comprendido. Y eso es lo que me parece encanta-
dor.
El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y
paciencia habitual, soportar con trabajo todos aque-
llos cumplidos.
-Y ya sabe, mi querido doctor --continuo El Vete-
rano, dándole muchos golpecitos amistosos-, que
puede usted disponer de mí en todo momento. Se-
pa que estoy enteramente a su disposición. Estoy
dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los concier-
tos, a las exposiciones, a todas partes; y ya verá
usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El
deber, mi querido doctor, el deber ante todo!
Cumplía su palabra. Era de esas personas que
pueden soportar una cantidad enorme de diversio-
nes sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y
lo leía todos los días durante dos horas, sentada en
un cómodo sillón) descubría que había que ver algo
que divertiría mucho a Annie. En vano protestaba
Annie, que estaba cansada de todo aquello; su ma-
dre le contestaba invariablemente:
-Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo
decirte, amor mío, que es agradecer muy mal la
bondad del doctor Strong.
Este reproche se lo dirigía por lo general en pre-
sencia del doctor, y me parecía que aquello era lo
que principalmente decidía a Annie a acceder, y se
resignaba casi siempre a it a donde la quería llevar
El Veterano.
Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Al-
gunas veces animaban a mi tía para que se uniera a
ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes
hubiera dudado en dejarla; pero recordando lo que
había sucedido aquella noche en el gabinete del
doctor, ya no tenía la misma desconfianza. Creía
que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que
él.
Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando
estábamos solos, y me decía que no lo comprendía,
pero que querría verlos más dichosos, y que no
creía que su marcial amiga (así llamaba siempre al
Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía
también que el primer acto de sensatez de nuestra
marcial amiga debía ser el arrancar todas las ma-
riposas de su cofia y regalárselas a algún desholli-
nador para que se disfrazara en Carnaval.
Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick.
«Era evidente que aquel hombre tenía una idea
-decía-; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos
días, encerrarla en un rincón de su cerebro, lo que
era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse
de una manera extraordinaria. »
Ignorante de aquella predicción, míster Dick con-
tinuaba siempre en la misma posición, bis a bis
del doctor y de mistress Strong. Parecía no
avanzar ni retroceder una pulgada, inmóvil en su
base, como un edificio sólido; y confieso que, en
efecto, me hubiera sorprendido tanto verla avan-
zar un peso como ver andar una casa.
Pero una noche, algunos meses después de mi
matrimonio, mister Dick entreabrió la puerta de
nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi
tía habían ido a tomar el té a casa de los dos pajari-
tos), y me dijo, con una tos significativa:
-Temo que te moleste charlar un rato conmigo,
Trotwood.
-De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor
de entrar.
-Trotwood -me dijo, apoyándose el dedo en la na-
riz, después de estrecharme la mano-, antes de
sentarme querria hacerte una observación. ¿Cono-
ces a tu tía?
-Un poco --contesté.
-¡Es la mujer más extraordinaria del mundo, caba-
llero!
Y después de decir esta frase, que lanzó como
una bale de cañón, míster Dick se sentó, con una
expresión más grave que de costumbre, y me miró.
-Ahora, hijo mío -añadió-, voy a hacerte una pre-
gunta.
-Puede usted hacerme todas las que quiera.
-¿Qué piensas de mí, caballero? -me preguntó
cruzando los brazos.
-Que es usted mi antiguo y buen amigo.
-Gracias, Trotwood -respondió mister Dick riendo
y estrechándome la mano con una alegría expansi-
ve-. Pero no es eso lo que quiero decir, hijo mío
--continuó en tono más serio- ¿Qué piensas de mí
desde este punto de vista? (y se tocaba la frente).
Yo no sabía cómo contestar; pero vino en mi ayu-
da.
-Que tengo la inteligencia débil, ¿no es eso? Y
-Pero... -le dije en tono indeciso- quizá un poco.
-¡Precisamente! -exclamó mister Dick, que parec-
ía encantado de mi respuesta-. Y es que, ¿sabes,
Trotwood?, cuando quitaron un poco del desorden
que había en la cabeza de... ya sabes de quién...
pare meterlo ya sabes dónde... sucedió...
Y mister Dick hizo muchas veces con las manos
el molinete, y después golpeó una con otra, y volvió
al ejercicio del molinete pare expresar una gran
confusión. Esto es lo que me hen hecho; esto es.
Yo le hice un gesto de aprobación, que él me de-
volvió.
-En una palabra, hijo mío -dijo mister Dick bajando
la voz de pronto-, que soy un poco simple.
Iba a negarlo, pero me detuvo.
-Sí, sí. Ella pretende que no. No quiere que se lo
digan; pero es así. Lo sé. Si no la hubiera tenido de
amiga desde hace tantos años, me hubieran ence-
rrado y llevaría la vida más triste. Pero sabré co-
rresponderla, no temas. Nunca gasto lo que gano
haciendo las copias. Lo meto en una hucha. He
hecho mi testamento; ¡y se lo dejo todo! Será rica...
noble.
Mister Dick sacó el pañuelo del bolsillo y se en-
jugó los ojos. Pero lo volvió a doblar cuidadosamen-
te y volvió a guardárselo, y pareció que al mismo
tiempo hacía desaparecer a mi tía.
-Tú eres muy instruido, Trotwood -dijo mister
Dick-, tú eres muy instruido. Tú sabes lo sabio que
es el doctor; tú sabes el honor que me ha hecho
siempre. La ciencia no le ha vuelto orgulloso. Es
humilde, humilde y lleno de transigencia hasta para
el pobre Dick, que tiene una inteligencia tan limitada
y que es tan ignorante. He hecho subir su nombre
en un pedacito de papel, a lo largo de la cuerda de
la cometa, y ha llegado hasta el cielo, entre las go-
londrinas. La cometa ha estado encantada de reci-
birle, y el cielo se ha iluminado más.
Yo le encantaba diciéndole con efusión que el
doctor merecía todo nuestro respeto y toda nuestra
estima.
-Y su mujer es como una estrella -dijo míster
Dick-, una estrella brillante; yo la he visto en todo su
esplendor, caballero. Pero (se acercó y me puso
una mano en la rodilla) hay nubes, caballero, hay
nubes.
Yo respondí a la solicitud que expresaba su fiso-
nomía dando a la mía la misma expresión y mo-
viendo la cabeza.
-¡Y qué nubes! --dijo míster Dick.
Me miraba con una expresión tan preocupada, y
parecía tan deseoso de saber o que serían aquellas
nubes, que me tomé el trabajo de contestarle len-
tamente y claramente, como si se lo explicara a un
niño:
-Hay entre ellos un desgraciado motivo de división
-respondí-, alguna triste causa de desunión. Es un
secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la
diferencia de edad que existe entre ellos. Quizá es
la cosa más insignificante del mundo.
Míster Dick acompañaba cada una de mis frases
con un movimiento de atención. Cuando terminé, se
detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos
en mí y la mano en mis rodillas.
-Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trot-
wood? --dijo al cabo de un momento.
-No; la quiere con ternura.
-Entonces ya sé lo que es, hijo mío -dijo míster
Dick.
En un acceso repentino de alegría me golpeó las
rodillas y se echó hacia atrás en su silla, con las
cejas muy levantadas. Le creí completamente loco.
Pero pronto recobró su gravedad, a inclinándose
hacia adelante, me dijo, después de haber sacado
su pañuelo, con expresión respetuosa, como si re-
almente representara a mi tía:
-Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trot-
wood. ¿Cómo no habrá hecho nada para que re-
nazca el orden en esta casa?
-Es un asunto demasiado delicado y demasiado
difícil para que pueda nadie mezclarse en él -dije.
-Y tú, que eres tan instruido -continuó míster Dick,
tocándome con la punta del dedo-, ¿por qué no has
hecho nada?
-Por la misma razón -respondí.
-Entonces estoy en ello, hijo mío -repuso míster
Dick.
Y se enderezó ante mí todavía más triunfante,
moviendo la cabeza y dándose golpes en el pecho.
Parecía que había jurado arrancarse el alma del
cuerpo.
-Un pobre hombre, ligeramente tocado -continuó
mister Dick-, un idiota, una inteligencia débil, hablo
de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden
intentar siquiera las personas más distinguidas del
mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello,
y no me guardarán rencor. No podré parecerles
indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo puedo
decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick.
¿Y quién se fija en Dick? Dick no es nadie. ¡Bah!
Y sopló con desprecio hacia su insignificante per-
sonalidad, como si lanzara una paja al viento.
Felizmente, avanzaba en sus explicaciones,
cuando oímos detenerse el coche a la puerta del
jardín. Dora y mi tía volvían.
-Ni una palabra, muchacho -continuó en voz baja-;
deja toda la responsabilidad a Dick, a este infeliz de
Dick..., ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que
lo pensaba; ahora es el momento. Después de lo
que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va
bien.
Míster Dick no pronunció ni una palabra más so-
bre aquel asunto; pero durante media hora me hizo
signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué
pensar, para pedirme que guardara el más profundo
secreto.
Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de
nada durante tres semanas, y, sin embargo, me
tomaba un verdadero interés por el resultado de sus
esfuerzos; percibía un extraño resplandor de buen
sentido en la conclusión a que había llegado; en
cuanto a su buen corazón, nunca había dudado de
él. Pero terminé por creer que, como era inconstan-
te y ligero, había olvidado o desistido de su proyec-
to.
Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi
tía y yo nos fuimos a la casa del doctor. Era en oto-
ño, y no había debates en el Parlamento que me
estropearan la fresca brisa de la tarde y el olor de
las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hac-
ía tanto tiempo en nuestro jardincito de Bloonders-
tone, el viento, al gemir, parecía traerme también
una vaga tristeza, como entonces.
Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a ca-
sa del doctor. Mistress Strong dejaba el jardín en
que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardi-
nero en algunas cosas. El doctor tenía una visita en
su despacho; pero mistress Strong nos dijo que
pronto quedaría libre, y nos rogó que le esperáse-
mos. La seguimos al salón y nos sentamos en la
oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin
ningún cumplido. Vivíamos libremente juntos, como
antiguos amigos y buenos vecinos.
Estábamos así desde hacía un momento, cuando
mistress Markleham, que siempre tenía que compli-
carlo todo, entró bruscamente, con su periódico en
la mano, diciendo con voz entrecortada:
-Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que
había alguien en el despacho?
-Pero, mamá -repuso ella tranquilamente-, no
podía adivinar que querías saberlo.
-¡Que quería saberlo! --dijo mistress Markleham
dejándose caer en el diván-. En mi vida me he lle-
vado un susto semejante.
-Según eso, ¿has entrado en el despacho,
mamá? -preguntó Annie.
-¿Que si he entrado en el despacho, querida mía?
-repuso con nueva energía---. ¡Ya lo creo! Y he
caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted
mi emoción, miss Trotwood, y usted también, míster
David! Precisamente en el momento en que estaba
haciendo testamento.
Su hija se volvió vivamente.
-Precisamente en el momento, mi querida Annie,
en que estaba haciendo testamento, redactando sus
últimas voluntades -repitió mistress Markleham ex-
tendiendo el periódico sobre sus rodillas, como una
servilleta-. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que
contarles cómo ha sucedido. De verdad, sí debo
contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este
encanto de hombre, pues es un verdadero encanto
este doctor. Quizá sabe usted, miss Trotwood, que
en esta casa tienen la costumbre de no encender
las luces hasta que materialmente se ha destrozado
una los ojos leyendo el periódico, y también que
únicamente en el despacho del doctor se encuentra
una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por
eso iba al despacho del doctor, donde había visto
luz. Abro la puerta, y al lado del querido doctor veo
a dos señores vestidos de negro, evidentemente
procuradores, los tres de pie delante de la mesa. El
querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es úni-
camente para expresar...», decía. Annie, amor mío,
escucha bien... «Es únicamente para expresar toda
la confianza que tengo en mistress Strong por lo
que le dejo mi fortuna entera, sin condiciones.» Uno
de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condi-
ciones». Yo, conmovida, como pueden ustedes
suponer que lo está una madre en semejantes cir-
cunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a
punto de caerme en la puerta, corro por el pasillo
que da a la antecocina.
Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él;
allí estuvo apoyada contra la balaustrada.
-¿No les parece un espectáculo edificante, miss
Trotwood, y usted, míster Copperfield -continuó
mistress Markleham-, el ver a un hombre de la edad
del doctor Strong con la fuerza de voluntad necesa-
ria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón
que yo tenía. Cuando el doctor Strong me hizo una
visita de las más halagadoras y me pidió la mano de
Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el
doctor Strong te asegurará el porvenir todavía más
de lo que ahora dice y promete».
En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes
salieron del despacho del doctor.
-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano
después de escuchar, El buen hombre ha firmado,
sellado y entregado el testamento, y tiene la con-
ciencia tranquila, tiene derecho. ¡Qué hombre! An-
nie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho,
pues no sé prescindir de las noticias del día. Miss
Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al
doctor, se lo ruego.
Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su
cortaplumas, cuando seguimos a mistress Strong al
despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente
la nariz, como para distraer un poco su furor contra
nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir,
lo he olvidado sin duda, es quién fue el que entró
primero en el despacho, ni cómo mistress Markle-
ham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco
podría decir cómo fue que mi tía y yo nos encon-
tramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron
más listos que los míos y me retuvo expresamente;
no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al
doctor antes de que nos viera; estaba en medio de
los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza
tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo
instante vimos entrar a mistress Strong, pálida y
temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una
mano encima del brazo del doctor, que levantó la
cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de
rodillas a sus pies, con las manos juntas, suplicante,
fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al
ver aquello, mistress Mark1eham dejó caer el perió-
dico, con una expresión de asombro tal, que se
hubiera podido coger su rostro para ponerle en la
proa, a la cabeza, de un navío llamado La Sorpresa.
En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en
su extrañeza, y a la dignidad de su mujer en su
actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster
Dick y a la seriedad con que mi tía se repetía a sí
misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! »
(pues triunfaba en aquel momento de la posición mi-
serable de que le había sacado), me parece que lo
estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en
que lo estoy contando.
-Doctor -dijo mister Dick-, pero ¿qué es esto? ¡Mi-
re usted a sus pies!
-¡Annie! -exclamó el doctor-. Levántate, querida
mía.
-No -dijo ella-, y suplico a todos que no salgan de
la habitación. Esposo mío, padre mío, rompamos
por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y
otro lo que nos separa.
Mistress Markleham había recobrado el use de la
palabra, y, llena de orgullo por su hija y de indigna-
ción maternal, exclamó:
-Annie, levántate al momento y no avergüences a
todos tus amigos humillándote así, si no quieres que
me vuelva loca.
-Mamá -contestó Annie-, haz el favor de no inte-
rrumpirme. Me dirijo a mi marido; para mí sólo él
está aquí; es todo para mí.
-¿Es decir -exclamó mistress Markleham-, que yo
no soy nada? ¡Esta chica ha perdido la cabeza!
Haced el favor de traerme un vaso de agua.
Estaba demasiado ocupado con el doctor y su
mujer para atender a aquel ruego, y como nadie le
prestó la menor atención, mistress Mark1eham se
vio obligada a continuar suspirando, a abanicarse y
a abrir mucho los ojos.
-Annie --dijo el doctor, cogiéndola dulcemente en
sus brazos-, querida mía; si ha sucedido en nuestra
vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo
sólo la tengo. Mi afecto, mi admiración, mi respeto
no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te
amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego!
Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y
después, apretándose todavía más contra él, puso
su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando
encima la cabeza, dijo:
-Si tengo aquí un amigo que pueda decir una pa-
labra sobre esto, por mi marido o por mí; si tengo un
amigo que pueda decir una sospecha que mi co-
razón me ha murmurado a veces; si tengo aquí un
amigo que respete a mi marido y que me quiera; si
este amigo sabe algo que pueda sernos una ayuda,
le suplico que hable.
Hubo un profundo silencio. Después de unos ins-
tantes de penosa indecisión, me decidí por fm.
-Mistress Strong, yo sé algo que el doctor Strong
me había suplicado que callara, y he guardado si-
lencio hasta ahora. Pero creo que ha llegado el
momento en que sería una falsa delicadeza el con-
tinuar ocultándolo; su súplica me libra de la prome-
sa.
Volvió sus ojos hacia mí y vi que hacía bien. No
hubiera podido resistir aquella mirada suplicante,
aun cuando mi confianza no hubiese sido inque-
brantable.
-Nuestra tranquilidad futura --dijo ella- está quizá
en sus manos. Tengo la certeza de que no se ca-
llará nada, y sé de antemano que ni usted ni nadie
en el mundo podrá decir nunca lo más mínimo que
perjudique al noble corazón de mi marido. Diga lo
que diga, que me concierna, hable valientemente.
Yo también después hablaré delante de él a mi vez,
como tendré que hacerlo ante Dios.
Sin pedirle al doctor su autorización, me puse a
contar lo que había ocurrido una noche en aquel
mismo despacho, permitiéndome únicamente dulci-
ficar un poco las groseras frases de Uriah Heep.
Imposible describir los ojos asustados de mistress
Markleham durante todo mi relato ni las inter-
jecciones agudas que se le escapaban.
Cuando hube terminado, Annie permaneció todav-
ía un momento silenciosa, con la cabeza baja, como
ya la he descrito; después cogió la mano del doctor,
quien no había cambiado de actitud desde que hab-
íamos entrado en la habitación; la estrechó contra
su corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie
con dulzura, y ella continuó apoyada en él y con los
ojos fijos en su marido.
-Voy a poner al desnudo ante vosotros -dijo con
voz modesta, sumisa y tierna- todo lo que ha llena-
do mi corazón desde que me casé. No podría vivir
en paz, ahora que lo sé todo, si quedara la menor
oscuridad sobre este punto.
-No, Annie -dijo el doctor con dulzura-; nunca he
dudado de ti, hija mía; no es necesario, querida mía;
de verdad no es necesario.
-Es necesario que abra mi corazón ante ti, que
eres la verdad, la generosidad misma; ante ti, que lo
he amado y respetado siempre, cada vez más, des-
de que lo he conocido. Dios lo sabe.
-En realidad -dijo mistress Markleham-, si tengo
toda mi razón...
-Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local
---murmuró mi tía con indignación.
- ... debe permitírseme decir que es inútil entrar en
todos esos detalles.
-Mi marido es el único que puede ser juez --dijo
Annie sin cesar un instante de mirar al doctor-, y él
quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste,
perdónamelo. Yo también he sufrido mucho, y largo
tiempo.
-¡Palabra de honor! -murmuró mistress Markle-
ham.
-Cuando yo era muy joven -dijo Annie-, pequeñita,
sólo una niña, las primeras nociones sobre todas las
cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente.
El amigo de mi padre, que había muerto, me ha sido
siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada
sin que se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien
ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los
grabó con su sello; enseñada por otros, creo que
hubiera recibido una influencia menos saludable.
-No habla de su madre para nada -murmuró mis-
tress Markleham.
-No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es ne-
cesario, A medida que crecía, él continuaba siendo
el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés
que me demostraba, y le tenía un afecto profundo y
sincero. Le consideraba como un padre, como un
guía, cuyos elogios me eran más preciosos que
cualquier otro elogio del mundo, como a alguien a
quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado
del mundo entero. Tú sabes, mamá, lo joven a inex-
perta que era cuando de pronto me lo presentaste
como marido.
-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a to-
dos los que están aquí --dijo mistress Markleham.
(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable
más -murmuró mi tía.)
-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida
tan grande, según me parecía -dijo Annie, conti-
nuando en el mismo tono-, que en el primer momen-
to me sentí inquieta y desgraciada. Era una chiquilla
todavía, y creo que me entristeció pensar en el
cambio que traería el matrimonio a la naturaleza de
los sentimientos que le había profesado hasta en-
tonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a
mis ojos tal como le había conocido cuando sólo era
su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera
digna de él, y nos casamos.
-En la iglesia de San Alphage Canterbury
-observó mistress Markleham.
(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía---.
¿Es que no quiere callarse?)
-No pensé ni un momento --continuó Annie, enro-
jeciendo- en los bienes materiales que mi marido
poseía. A mi joven corazón no le preocupaban se-
mejantes cosas. Mamá, perdóname si lo digo que tú
fuiste la primera que me hiciste comprender que en
el mundo podría haber personas bastante injustas
hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel sospe-
cha.
-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.
(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted --observó mi
tía-; y esta vez, por mucho juego que des al abani-
co, no te puedes negar, marcial amiga.)
-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida
--dijo Annie-. Fue la primera de mis penas; pero
últimamente han sido tan numerosas, que no podría
contarlas; pero no por la razón que tú supones,
amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pen-
samiento, ni un recuerdo, ni una esperanza que no
esté unida a ti.
Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que
parecía el espíritu de la belleza y de la verdad. El
doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie
sostuvo su mirada.
-No le reprocho a mamá que te haya pedido nun-
ca nada para sí misma; sus intenciones han sido
siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo
decir lo que he sufrido al ver las llamadas indirectas
que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía
de mi nombre respecto a ti, cuando he sido testigo
de tu generosidad y de la pena que sentía míster
Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos.
¡Cómo decirte lo que sentí la primera vez que me vi
expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido
mi amor, a ti, el hombre que más estimaba en el
mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de
una vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu
parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he sufrido;
mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener
siempre sobre el corazón ese temor, esa angustia, y
saber en conciencia que el día de mi matrimonio no
había hecho más que coronar el amor y el honor de
mi vida.
-¡Y esto es lo que se gana --exclamó mistress
Markleham llorando- sacrificándose por los hijos!
¡Querría ser turca!
(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras
quedado en tu país natal --dijo mi tía.)
-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto
de mi primo Maldon. Yo había tenido -dijo en voz
baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con
él. En nuestra infancia éramos pequeños enamora-
dos. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado
de otro modo, quizá hubiera terminado por persua-
dirme de que realmente le quería, y quizá me hubie-
ra casado con él, para desgracia mía. No hay matri-
monio peor proporcionado que aquel en que hay tan
poca semejanza de ideas y de carácter.
Yo reflexioné sobre aquellas palabras mientras
continuaba escuchando atentamente, como si les
encontrara un interés particular, o alguna aplicación
secreta que no pudiera adivinar todavía: «No hay
matrimonio peor proporcionado que aquel en que
hay tan poca semejanza de ideas y de carácter».
-No tenemos nada común -dijo Annie-; hace mu-
cho tiempo que lo he visto. Y aunque no tuviera más
razones para amar a mi marido que el reconoci-
miento, le daría las gracias con toda mi alma por
haberme salvado del primer impulso de un corazón
indisciplinado que iba a extraviarse.
Permanecía inmóvil ante el doctor; su voz vibraba
con una emoción que me hizo estremecer, al mismo
tiempo que continuaba completamente firme y tran-
quila, como antes.
---Cuando él solicitaba cosas de tu generosidad,
que tú le concedías tan generosamente a causa
mía, yo sufría por el aspecto interesado que daban
a mi ternura; encontraba que hubiera sido más hon-
roso para él hacer sólo su camera, y pensaba que si
yo hubiera estado en su lugar, nada me hubiera
parecido duro con tal de tener éxito. Pero, en fin, le
perdonaba todavía antes de la noche en que nos
dijo adiós, al partir para la India. Aquella noche tuve
la prueba de que era un ingrato y un pérfido; tam-
bién me di cuenta de que míster Wickfield me ob-
servaba con desconfianza, y por primera vez me
percaté de la cruel sospecha que había venido a
ensombrecer mi vida.
-¿Una sospecha, Annie? --dijo el doctor-. ¡No, no,
no!
-En tu corazón no existía, amigo mío, ya lo sé. Y
aquella noche fui a buscarte para verter a tus pies
aquella copa de tristeza y de vergüenza, para decir-
te que habías tenido bajo tu techo un hombre de mi
sangre, a quien habías colmado de beneficios por
amor mío, y que ese hombre se había atrevido a
decirme cosas que nunca debía haber dejado oír,
aunque yo hubiera sido, como él creía, un ser débil
a interesado; pero mi corazón se negó a manchar
tus oídos con tal infamia; mis labios se negaron a
contártela, entonces y después.
Mistress Markleham se desplomó en su sillón, con
un sordo gemido, y se ocultó detrás de su abanico.
-No he vuelto a cambiar una palabra con él desde
aquel día, más que en tu presencia y cuando era
necesario para evitar una explicación. Han pasado
años desde que él ha sabido por mí cuál era aquí su
situación. El cuidado que tú ponías en hacerle as-
cender, la alegría con que me lo anunciabas cuando
lo habías conseguido, toda tu bondad con él, eran
para mí mayor causa de dolor, y cada vez se me
hacía mi secreto más pesado.
Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor,
aunque él se esforzaba en impedírselo; y con los
ojos llenos de lágrimas continuó:
-No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que
haya tenido razón o no, creo que si volviera a em-
pezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo
que era quererte y saber que antiguos recuerdos
podían hacerte creer lo contrario; saber que me
habían podido suponer infiel y estar rodeada de
apariencias que confirmaban semejante sospecha.
Yo era muy joven y no tenía a nadie que me acon-
sejara; entre mamá y yo siempre ha habido un
abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí
misma, si he ocultado el insulto que me habían
hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma,
porque deseaba ardientemente que tú también pu-
dieses respetarme.
-¡Annie, corazón mío! -dijo el doctor-. ¡Hija mía
querida!
-¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía
a menudo que tú hubieras podido casarte con una
mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y
preocupaciones, una mujer que hubiera sabido es-
tar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubie-
se hecho mucho mejor continuando siendo tu discí-
pula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la altura
de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía
guardar silencio; pero era porque te respetaba, por-
que esperaba que un día también tú podrías respe-
tarme.
-Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no
terminará nunca.
-Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo so-
la mi carga, no revelar nunca a nadie la indignidad
de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una pala-
bra más, ¡oh, el mejor de los amigos! Hoy he sabido
la causa del cambio que había observado en ti y por
el que tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis
antiguos temores como estaba a punto de com-
prender la verdad; en fin, una casualidad me ha
revelado esta noche toda la grandeza de tu confian-
za en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No
creo que todo mi amor ni todo mi respeto puedan
jamás hacerme digna de esa confianza inestimable;
pero al menos puedo levantar los ojos sobre el no-
ble rostro del que he venerado como un padre,
amado como un marido, respetado desde mi infan-
cia como un amigo, y declarar solemnemente que
nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he
faltado; que nunca he variado en el amor y la fideli-
dad que te debo.
Había echado los brazos alrededor del cuello del
doctor; la cabeza del anciano reposaba en la de su
mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las
trenzas oscuras de Annie.
-Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío;
no me alejes nunca de ti; no pienses, no digas que
hay demasiada distancia entre nosotros; lo único
que nos separa son mis imperfecciones; cada día
estoy más convencida y cada día también te quiero
más. ¡Oh, recógeme en tu corazón, esposo mío,
pues mi amor está tallado en la roca y durará eter-
namente!
Hubo un largo silencio. Mi tía se levantó con gra-
vedad, se acercó lentamente a míster Dick y le besó
en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él,
pues iba a comprometerse; estaba viendo el mo-
mento en que, en el exceso de su alegría ante
aquella escena, iba a saltar a la pata coja o a pie
juntillas.
-Eres un hombre muy notable, Dick -le dijo mi tía,
en tono muy decidido de aprobación-, y no finjas
nunca lo contrario, pues te conozco bien.
Después mi tía le agarró de una manga, me hizo
una seña y nos deslizamos suavemente fuera de la
habitación.
-He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial
amiga -dijo mi tía-, y esto me va a proporcionar una
buena noche, aunque no tuviera además otros mo-
tivos de satisfacción.
-Estaba completamente trastornada, mucho me
temo -dijo míster Dick en tono de gran conmisera-
ción.
-¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo
trastornado`? -exclamó mi tía.
-No creo haber visto nunca un cocodrilo --contestó
con dulzura míster Dick.
-No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal
-dijo mi tía en tono conmovido- ¡Si las madres pu-
dieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya
están casadas, en lugar de hacer tanto ruido con su
pretendida ternura! Parece que el único auxilio que
pueden prestar a las desgraciadas muchachas que
han traído al mundo (y Dios sabe si las des-
graciadas han demostrado nunca ganas de venir)
es el hacerlas volver a marcharse cuanto antes a
fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas,
Trot?
Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas
de las frases que había empleado mistress Strong
me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay ma-
trimonio más desacertado que aquel en que hay tan
pocas semejanzas de ideas y de carácter...» . « El
primer movimiento de un corazón indisciplinado ...»
«Mi amor está tallado en la roca ...» Pero llegaba a
casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el
viento de otoño silbaba.
CAPÍTULO VI
INTELIGENCIA
Si creo a mi memoria, bastante insegura en cues-
tión de fechas, hacía un año que me había casado,
cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando
en el libro que escribía (pues mi éxito había seguido
el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarca-
do en mi primer trabajo de ficción), detuve el paso al
pasar por delante de la casa de mistress Steerforth.
Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que
vivía en la vecindad, aunque cuando podía elegía
siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un
gran rodeo, y terminé por pasar por allí muy a me-
nudo.
Nunca había hecho más que mirar rápidamente a
la casa. Ninguna de las habitaciones principales
daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticua-
das, no resultaban muy alegres de mirar, tan cerra-
das. Había un caminito cubierto que cruzaba un
patio embaldosado que llegaba a la puerta de en-
trada y a una ventana en arco de la escalera, muy
en armonía con lo demás, que, aunque era la única
que no estaba cerrada con persianas, no dejaba de
resultar tan triste y abandonada como las otras. No
recuerdo haber visto nunca una luz en la casa. Si
hubiera pasado por allí como cualquier otro indife-
rente, hubiera creído que el dueño había muerto sin
dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad de que me
interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en
su inmovilidad, mi imaginación es probable que
hubiera forjado sobre ella las más ingeniosas supo-
siciones.
A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo me-
nos posible; pero mi espíritu no podía pasar por allí,
como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substra-
erme a los pensamientos que me asaltaban. Aquella
tarde en particular, mientras proseguía mi camino,
evocaba sin querer las sombras de mis recuerdos
de infancia, sueños más recientes, esperanzas va-
gas, penas demasiado reales y demasiado profun-
das; había en mi a