David Copperfield
David Copperfield
Charles Dickens
David Copperfield
Advertencia de Luarna Ediciones
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han caducado.
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PREFACIO
Difícilmente podré alejarme lo bastante de este li-
bro, todavía en las primeras emociones de haberlo
terminado, para considerarlo con la frialdad que un
encabezamiento así requiere. Mi interés está en él
tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divi-
didos entre la alegría y la pena (alegría por haber
dado fin a mi tarea, pena por separarme de tantos
compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector,
a quien ya quiero, con confidencias personales y
emociones íntimas.
Además, todo lo que pudiera decir sobre esta his-
toria, con cualquier propósito, ya he tratado de de-
cirlo en ella.
Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza
con que se abandona la pluma al terminar una labor
creadora de dos años, ni la emoción que siente el
autor al enviar a ese mundo sombrío parte de sí
mismo, cuando algunas de las criaturas de su ima-
ginación se separan de él para siempre.
A pesar de todo, no tengo nada más que decir
aquí, a menos de confesar (lo que sería todavía
menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie,
al leer esta historia, podrá parecerle más real de lo
que a mí me ha parecido al escribirla.
Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al
porvenir. No puedo cerrar estos volúmenes de un
modo más agradable para mí que lanzando una
mirada llena de esperanza hacia los tiempos en que
vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensua-
les, y dedicando un pensamiento agradecido al sol y
a la lluvia que hayan caído sobre estas páginas de
DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
NAZCO
Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cual-
quiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para
empezar mi historia desde el principio, diré que nací
(según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las
doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj
empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.
Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimien-
to, la enfermera y algunas comadronas del barrio
(que tenían puesto un interés vital en mí bastantes
meses antes de que pudiéramos conocernos perso-
nalmente) declararon: primero, que estaba predesti-
nado a ser desgraciado en esta vida, y segundo,
que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíri-
tus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente
otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que
tuviera la desgracia de nacer en viernes y a media-
noche.
No hablaré ahora de la primera de las prediccio-
nes, pues esta historia demostrará si es cierta o
falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar
que, a no ser que tuviera este don en mi primera
infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que
me queje por haber sido defraudado, pues si al-
guien está disfrutando de él por equivocación, le
agradeceré que lo conserve a su lado.
Nací envuelto en una membrana que se trató de
vender, anunciándola en los periódicos, al módico
precio de quince guineas. No sé si los marineros en
aquella época tendrían poco dinero o si lo que ten-
ían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo
que sí sé es que sólo se presentó un comprador,
comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata
y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo
más por la seguridad de no morir ahogado. Como la
adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre
madre, pues acababa de vender los suyos, desistió
de la venta, después de retirar los anuncios, que
tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana
fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de
media corona la papeleta y con la condición de que
el agraciado con ella pagaría además cinco cheli-
nes. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo
que me sentía humillado y confuso de que dispusie-
ran así de una parte de mi persona. Le tocó a una
señora que llevaba un gran bolso de mano, del que
sacó de muy mala gana los estipulados cinco cheli-
nes, todos en medios peniques, y además dio un
penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo
que se perdió en explicaciones y demostraciones
aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y
es un hecho, que todos recuerdan como sorpren-
dente, que la señora no murió ahogada, sino triun-
falmente en su lecho a los noventa y dos años de
edad.
Tengo entendido que dicha señora, mientras to-
maba el té, que era su ocupación favorita, solía
vanagloriarse de no haber estado encima del agua
mas que una vez en su vida, y eso pasando un
puente, y que se indignaba mucho contra los mari-
nos y demás personas que tienen el atrevimiento de
vagabundear por esos mundos. En vano se le de-
mostraba que muchas cosas buenas (el té entre
ellas) se disfrutaban gracias a aquellas aficiones
refutables. Ella replicaba cada vez con mayor
energía y confianza en la fuerza de su razona-
miento:
-No, no; nada de vagabundear.
Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al
punto de mi nacimiento.
Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí»,
como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los
ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo
seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún
ahora supone algo extraño para mí el hecho de que
nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el
oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuen-
tro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tum-
ba en el cementerio; la indefinible compasión que
sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche
oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a
iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de
la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parec-
ía entonces) cerradas.
Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela
mía, de quien hablaré más adelante, era el magnate
de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey,
como mi pobre madre la llamaba siempre cuando se
atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo
que ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado
con un hombre más joven que ella y muy elegante,
aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo
que el elegante hace», pues se sospechaba que
pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una
vez, discutiendo a propósito de cuestiones econó-
micas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un
segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompa-
tibilidad de caracteres indujeron a miss Betsey a
darle dinero para que se marchara y consintiera en
una separación amistosa. Él se marchó a la India
con su capital, y allí, según una leyenda de familia,
se le vio montado en un elefante y acompañado de
un Baboon, aunque yo creo que más bien sería de
un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez
años después, desde la India llegó a su casa la
noticia de su muerte. El efecto que esta noticia
causó en mi tía nadie lo supo. A raíz de la separa-
ción había vuelto a usar su nombre de soltera y,
comprando una casita muy alejada en la costa, se
había establecido allí con su criada, como una sol-
terona, viviendo siempre recluida en un aislamiento
inflexible.
Según creo, mi padre había sido el sobrino favori-
to de miss Betsey; pero mi tía se ofendió mortal-
mente con su boda, bajo el pretexto de que mi ma-
dre era «una muñeca», pues, aunque no la había
visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años.
Miss Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi
padre tenía el doble de edad que mi madre cuando
se casaron, y era de constitución delicada. Un año
después de su boda, y, como ya he dicho, seis me-
ses antes de mi nacimiento, murió.
Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel
memorable (puede excusárseme el llamarlo así) a
importante viernes. No puedo vanagloriarme de
haber sabido en aquella época lo que estoy contan-
do, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la
evidencia de mis propios sentidos) de lo que sigue.
Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal
de salud y muy abatida, y miraba el fuego a través
de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia
vida y en el huerfanito a quien sólo esperaba un
mundo no muy contento de su llegada y algunos
proféticos paquetes de alfileres preparados de an-
temano en el cajón de una cómoda del primer piso.
Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego,
en una tarde clara y fría de marzo, muy triste y de-
primida, y temerosa de no salir con vida de la prue-
ba que le esperaba, cuando, levantando sus ojos
para enjugarlos, vio por la ventana a una señora
desconocida que entraba en el jardín.
La segunda vez que la miró mi madre tuvo la cer-
teza de que aquella señora era miss Betsey. Los
rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida
junto a la verja, y esta tenía un paso tan firme, un
aire tan decidido, que no podía ser otra.
Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba
mayor de su identidad. Mi padre había contado a
menudo que la conducta de mi tía nunca era seme-
jante a la del resto de los mortales; y, en efecto,
aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y
llamar a la campanilla, se detuvo delante de la ven-
tana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la
nariz contra el cristal que mi madre solía decirme
que se le había puesto en un momento completa-
mente blanca y aplastada.
Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre
que yo siempre he estado convencido de que es a
miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber
nacido en viernes.
Mi madre se levantó precipitadamente y fue a es-
conderse en un rincón detrás de una silla. Miss Bet-
sey recorrió lentamente la habitación con su mirada,
de un modo inquisitivo y moviendo los ojos como los
de las cabezas de sarracenos que hay en los relojes
de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces,
frunciendo las cejas como quien está acostumbrada
a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a
abrir la puerta. Mi madre obedeció.
-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo
miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última
palabra, sin duda para hacer comprender que lo
suponía al ver a mi madre de luto riguroso y en
aquel estado.
-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.
-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que
habrá oído usted hablar de ella?
Mi madre contestó que había tenido ese gusto,
pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demos-
traba que el gusto no había sido muy grande.
-Pues aquí la tiene usted ---dijo miss Betsey.
Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó
que pasara, y se dirigieron a la habitación que aca-
baba de dejar. Desde la muerte de mi padre no
habían vuelto a encender fuego en la sala.
Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi
madre, después de vanos esfuerzos para contener-
se, prorrumpió en llanto.
-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente,
Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!
Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin
lágrimas.
-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss
Betsey-, que quiero verla bien.
Mi madre estaba demasiado asustada para ne-
garse a la extravagante petición aunque no tenía
ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero
sus manos temblaban de tal modo que se enreda-
ron en sus cabellos (abundantes y magníficos),
esparciéndose alrededor de su rostro.
-Pero ¡Dios mío! --exclamó miss Betsey-. ¡Si es
usted una niña!
Indudablemente, mi madre parecía todavía más
joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como
si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas
que lo que de verdad temía era ser demasiado niña
para verse ya viuda y madre, si es que vivía.
Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre
le pareció sentir que miss Betsey acariciaba sus
cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y
mirarla con aquella tímida esperanza, vio que conti-
nuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda
un poco remangada, los pies en el guardafuegos y
las manos cruzadas sobre las rodillas.
-En nombre de Dios --dijo de pronto mi tía-, ¿por
qué llamarla Rookery?
-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.
-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si
cualquiera de los dos hubierais tenido un poco de
sentido práctico la habríais llamado Cookery.
-Es el nombre que eligió míster Copperfield
-respondió mi madre-. Cuando compró la casa le
gustaba pensar que habría cuervos en sus alrede-
dores.
En ese momento, el viento del atardecer empezó
a silbar entre los olmos viejos y altos del jardín con
tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no
pudieron por menos que mirar con inquietud hacia
la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros
corno gigantes que quisieran confiarse algún terrible
secreto, y después de permanecer inclinados unos
segundos se erguían violentamente, sacudiendo
sus enormes brazos, como si aquellas confidencias,
intranquilizando a su conciencia, les hubieran arre-
batado para siempre el reposo.
Algunos nidos bastante viejos de cuervos se
bamboleaban destrozados por la intemperie en sus
ramas más altas, como náufragos en un mar tor-
mentoso.
-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Bet-
sey.
-¿Los que ...?
Mi madre estaba pensando en otra cosa.
-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó
mi tía.
-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno
-dijo mi madre-. Pensábamos... Míster Copperfield
creía... que esto era una gran rookery; pero los ni-
dos son ya muy antiguos y deben de estar abando-
nados hace mucho tiempo.
-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss
Betsey-. ¡David Copperfield de la cabeza a los pies!
Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuer-
vo en los alrededores, y cree que ha de haber for-
zosamente pájaros porque ve nidos.
-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi ma-
dre-, y si se atreve usted a hablarme mal de él...
Sospecho que mi pobre madre tuvo por un mo-
mento la intención de arrojarse sobre mi tía; pero ni
aun estando en mejor estado de salud y con sufi-
ciente entrenamiento hubiera podido hacer frente a
semejante adversario; así es que después de levan-
tarse se volvió a sentar humildemente y cayó des-
vanecida.
Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey
la hizo volver en sí, encontró a mi tía de pie ante la
ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a
no ser por el resplandor del fuego no hubieran podi-
do distinguirse una a otra.
-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar,
como si sólo hubiera estado mirando por casualidad
el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted...?
-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que
me pasa; pero estoy segura de que me muero.
-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un po-
co de té.
-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que
eso me aliviará algo? -exclamó mi madre desespe-
radamente.
-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervio-
so... Pero ¿cómo llama usted a la chica?
-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con
inocencia.
-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ig-
norando que repetía la segunda frase inscrita con
alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándo-
sela a mi madre en lugar de a mí-. No se trataba de
eso. Me refería a su criada.
-Peggotty -dijo mi madre.
-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-.
¿Querrá usted hacerme creer que un ser humano
ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de
Peggotty?
-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster
Copperfield la llamaba así porque como tiene el
mismo nombre de pila que yo...
-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la
puerta- Traiga usted té; su señora no se encuentra
bien; conque ¡a no perder tiempo!
Habiendo dado esta orden con tanta energía co-
mo si su autoridad estuviese reconocida en la casa
desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a
sentarse, no sin antes haberse cerciorado de que
acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al
sonido de aquella voz extraña.
-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando
estuvo de nuevo con los pies sobre el guardafuego,
la falda un poco remangada y las manos cruzadas
encima de las rodillas-. No hay duda, será una niña;
tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora
bien, hija mía: desde el momento en que nazca esa
niña...
-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de inte-
rrumpir mi madre.
-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de
que será niña! -insistió miss Betsey-. No me contra-
diga. Desde el momento en que nazca esa niña
quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y le
ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood
Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood
no habrá equivocaciones. Pondremos todos los
medios para que nadie se burle de los afectos de la
pobre niña. La educaremos muy bien, evitando cui-
dadosamente que deposite su ingenua confianza en
quien no lo merezca. Yo cuidaré de ello.
A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza,
como si los recuerdos la persiguieran y el no expla-
yarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al
menos así le pareció a mi madre, que la observaba
al débil resplandor del fuego, aunque en realidad
estaba demasiado asustada, demasiado intimidada
y confusa para poder observar nada con claridad ni
saber qué decir.
-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía?
-preguntó miss Betsey después de un rato de silen-
cio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron
gradualmente-. ¿Erais felices?
-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan
bueno conmigo míster Copperfield.
-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss
Betsey.
-Considerando que ahora tengo que verme sola y
abandonada en este mundo, me temo que sí
-sollozó mi madre.
-¡Bien! Pero no llore más --dijo mi tía-. No esta-
bais compensados, hija mía. ¿Habrá alguna pareja
que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era
huérfana, ¿no es así?
-Sí.
-¿Y era institutriz?
-Estaba al cuidado de los niños en una familia que
míster Copperfield visitaba. Y era muy bueno con-
migo míster Copperfield: se preocupaba mucho de
mí y me demostraba un gran interés. Por último, me
pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos
--dijo mi madre con sencillez.
-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que conti-
nuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y sabe usted
hacer algo?
-No sé .... señora -balbució mi madre.
-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss
Betsey.
-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mu-
cho menos de lo que desearía. Pero míster Copper-
field me estaba enseñando...
-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un parénte-
sis.
-Y estoy segura de que hubiera adelantado mu-
cho, pues estaba ansiosa de aprender, y él era un
maestro tan paciente... Sin la gran desgracia de su
muerte...
Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no
pudo seguir.
-Bien, bien --dijo miss Betsey.
-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las no-
ches hacíamos el balance juntos... --continuó mi
madre, sollozando desesperadamente.
-Bien, bien -exclamó mi tía---. No llore usted más.
-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto
cuando le parecía que mis treses y mis cincos se
confundían o que alargaba demasiado el rabo de
los sietes y los nueves -terminó mi madre en una
nueva explosión de llanto.
-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo
que no será muy beneficioso para usted ni para mi
ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!
Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar
a mi madre, aunque su malestar era creciente.
Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas
exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba
calentándose los pies en el guardafuegos.
-David se había asegurado una renta anual com-
prando papel del Estado, lo sé --dijo poco a poco,
A1 morir ¿ha hecho algo por usted?
-Míster Copperfield -constestó mi madre titubean-
dofue tan cariñoso y tan bueno conmigo que ase-
guró parte de esa renta a mi nombre.
-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.
---Ciento cincuenta libras al año --dijo mi madre.
-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.
La palabra no podía ser más apropiada para el
momento, pues mi madre se encontraba cada vez
peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las
velas, se dio cuenta de ello al instante (como se
hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y
la condujo apresuradamente a su habitación del
piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham Peg-
gotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la
casa hacía unos días para utilizarle como mensaje-
ro especial en caso de urgencia- a buscar al médico
y a la comadrona.
Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron
sobremanera cuando a su llegada (pocos minutos
después uno de otro) se encontraron con una seño-
ra desconocida y de aspecto imponente, sentada
ante el fuego, con la toca colgando del brazo iz-
quierdo y taponándose los oídos con algodón. Peg-
gotty no sabía quién era y mi madre tampoco decía
nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y,
cosa curiosa, el hecho de estar sacando aquella
cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en
los oídos no hacía disminuir en nada lo imponente
de su aspecto.
El doctor, después de subir al cuarto de mi madre
y volver a bajar, pensando sin duda que había
grandes probabilidades de que aquella señora y él
tuvieran que permanecer sentados frente a frente
durante varias horas, se propuso estar amable y
cariñoso con ella. Este hombre era el ser más afa-
ble de su sexo, el más pequeño y dulce. Se desliza-
ba de medio lado por las habitaciones para ocupar
el menor sitio posible, y andaba con tanta suavidad
como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio.
Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado,
en parte por un modesto sentimiento de su humil-
dad y en parte por el deseo de agradar a todos. No
necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra
dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabio-
so. Todo lo más le murmuraría dulcemente una
palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la
misma suavidad que andaba y no sabía ser rígido ni
impaciente.
Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente
a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y hacién-
dole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y
tocándose la oreja izquierda:
-¿Alguna molestia, señora?
-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del
oído como si fuera un corcho.
A míster Chillip le alarmó bastante aquella brus-
quedad (según contó después a mi madre), tanto
que fue milagroso que conservara su presencia de
ánimo. Insistió dulcemente.
-¿Alguna molestia, señora?
-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a ta-
ponar el oído.
Después de esto, míster Chillip nada podía hacer
y se sentó, y estuvo contemplando tímidamente a
mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que vol-
vieron a llamarle al dormitorio de mi madre. Des-
pués de un cuarto de hora de ausencia volvió.
-¿Y bien? --dijo mi tía, sacándose el algodón del
lado más cercano a míster Chillip.
-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos....
vamos... avanzando... despacito, señora.
-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! --dijo mi tía, interrumpiéndole
con desprecio.
Y volvió a taponarse el oído.
Verdaderamente (según contaba después míster
Chillip) era para indignarse, y él estaba casi indig-
nado; claro que sólo hablando desde un punto de
vista profesional, pero estaba casi indignado. Sin
embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando
cerca de dos horas, mientras ella continuaba con-
templando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo.
Cuando después de esta ausencia apareció:
-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del
mismo lado.
-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Va-
mos..., vamos avanzando despacito, señora.
-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal des-
precio hacia el pobre míster Chillip, que este ya no
pudo soportarlo.
Aquello era para hacerle perder la cabeza, según
dijo después, y prefirió ir a sentarse solo en la oscu-
ridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire
hasta que le llamasen de nuevo.
Ham Peggotty, a quien se puede considerar como
testigo digno de fe, pues iba a la escuela nacional y
era una verdadera fiera para el catecismo, contó al
día siguiente que, habiendo tenido la desgracia de
entreabrir la puerta del gabinete una hora después
de aquello, miss Betsey, que recorría la habitación
agitadísima, le descubrió al momento y se lanzó
sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo
el algodón que había metido en sus oídos no debía
de estar aislada por completo de los ruidos, pues
cuando los pasos y las voces aumentaban en el
piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el ex-
ceso de su intranquilidad. Le tenía agarrado por el
cuello y le obligaba a andar constantemente de
arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera
tomado algún narcótico), enmarañándole los cabe-
llos, arrugándole el cuello de la camisa y taponán-
dole con algodón los oídos, confundiéndolos, sin
duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda clase
de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte
confirmado por su tía, que lo vio a las doce y media,
cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan
rojo como yo en aquel mismo momento.
El apacible míster Chillip no podía guardar rencor
mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas cir-
cunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un mo-
mento libre se deslizó al gabinete y le dijo a mi tía
con su amable sonrisa:
-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la
enhorabuena.
-¿Por qué? --dijo secamente mi tía.
Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella ex-
tremada severidad, pero le hizo un ligero saludo y
trató de sonreírle para apaciguarla.
-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre?
-gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que no puede
hablar?
-Tranquilícese usted, mí querida señora --dijo el
doctor con su voz melosa, No hay ya el menor moti-
vo de inquietud, tranquilícese usted.
Siempre he considerado como un milagro el que
mi tía no le sacudiera hasta hacerlo soltar lo que
tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero mo-
viendo la cabeza de una manera que le estremeció.
-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan
pronto como pudo recobrar el valor-. Estoy contento
de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, seño-
ra, todo ha terminado.
Durante los cinco minutos, poco más o menos,
que míster Chillip empleó en pronunciar esta frase,
mi tía lo contemplaba con curiosidad.
-Y ella ¿cómo está? --dijo cruzándose de brazos,
con el sombrero siempre colgando de uno de ellos.
-Bien, señora, y espero que pronto estará comple-
tamente restablecida -respondió míster Chillip-. Está
todo lo bien que puede esperarse de una madre tan
joven y que se encuentra en unas circunstancias tan
tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la
vea, señora; puede que le haga bien.
-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamen-
te mi tía.
Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un
lado y miró a mi tía como un pajarillo asustado.
-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.
---Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo
sabía usted: es un niño.
Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las
cintas la lanzó a la cabeza de míster Chillip; des-
pués se la encasquetó en la suya descuidadamente
y se marchó para siempre. Se desvaneció como un
hada descontenta, o como uno de esos seres so-
brenaturales que la superstición popular aseguraba
que tendrían que aparecérseme. Y nunca más vol-
vió.
No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su le-
cho, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto
para siempre a la región de sueños y sombras, a la
terrible región de donde yo acababa de llegar. Y la
luna que entraba por la ventana de nuestra habita-
ción se reflejaba también sobre la morada terrestre
de todos los que nacían y sobre la sepultura en que
reposaban los restos mortales del que fue mi padre
y sin el cual yo nunca hubiera existido.
CAPÍTULO II
OBSERVO
Lo primero que veo de forma clara cuando quiero
recordar la lejanía de mi primera infancia es a mi
madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil,
y a Peggotty, sin edad definida, con unos ojos tan
negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con
unas mejillas y unos brazos tan duros y rojos que
me sorprende que los pájaros no los prefirieran a
las manzanas.
Y siempre me parece recordarlas arrodilladas an-
te mí, frente a frente en el suelo, mientras yo voy
con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuer-
do en mi mente, que se mezcla con los recuerdos
actuales, del contacto del dedo que Peggotty me
tendía para ayudarme a andar: un dedo acribillado
por la aguja y áspero como un rallador.
Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo
que la memoria de la mayor parte de los hombres
puede conservar una impresión de la infancia más
amplia de lo que generalmente se supone; también
creo que la capacidad de observación está exage-
radamente desarrollada en muchos niños y además
es muy exacta. Esto me hace pensar que los hom-
bres que destacan por dicha facultad es, con toda
seguridad, porque no la han perdido más que por-
que la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por
lo general, esos hombres conservan cierta frescura
y espontaneidad y una gran capacidad de agradar,
que también es herencia procedente de la infancia.
Podrá tachárseme de divagador por detenerme a
decir estas cosas, pero ello me obliga a hacer cons-
tar que todas estas conclusiones las saco en parte
de mi propia experiencia. Así, si alguien piensa que
en esta narración me presento como un niño de
observación aguda, o como un hombre que conser-
va un intenso recuerdo de su infancia, puede estar
seguro de que tengo derecho a ambas característi-
cas.
Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de
mis años infantiles, lo primero que recuerdo, emer-
giendo por sí mismo de la confusión de las cosas,
es a mi madre y a Peggotty. ¿,Qué más recuerdo?
Veamos.
También sale de la bruma nuestra casa, tan unida
a mis primeros recuerdos. En el piso bajo, la cocina
de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay
un palomar vacío y en un rincón una gran caseta de
perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad
de pollos, que a mí me parecen gigantescos y que
corretean por allí de una manera feroz y amenaza-
dora. Hay un gallo que se sube a un palo y que
cuando yo le observo desde la ventana de la cocina
parece mirarme con tanta atención que me hace
estremecer: ¡es tan arrogante! Hay también unas
ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cue-
llos por la reja cuando me acerco. Por la noche
sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,
rodeado de fieras, se duerme pensando en los leo-
nes.
Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conser-
vo de él!) conduce desde la cocina de Peggotty
hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa
abre su puerta al pasillo, y ese es un sitio por el que
de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién
sabe lo que puede suceder entre todas aquellas
ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y
sólo un quinqué lo alumbra débilmente, dejando
salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a velas y
a café, todo mezclado? Después hay otras dos
habitaciones: el gabinete, donde pasamos todas las
tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está
siempre con nosotros cuando no hay visita y ha
terminado sus quehaceres), y la sala, donde única-
mente estamos los domingos. La sala es mucho
mejor que el gabinete, pero no se está en ella tan a
gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza,
pues Peggotty me contó (no sé cuándo, pero me
parece que hace siglos) que allí habían sido los
funerales de mi padre, rodeado de los parientes y
amigos, cubiertos todos con mantos negros.
Además, un domingo por la noche mi madre nos
leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección
de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobre-
cogió de tal modo que después, cuando ya estaba
acostado, tuvieron que sacarme de la cama y ense-
ñarme desde la ventana de mi alcoba el cementerio,
completamente tranquilo, con sus muertos durmien-
do en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la
luna.
No hay nada tan verde en ninguna parte como el
musgo de aquel cementerio, nada tan frondoso
como sus árboles, nada tan tranquilo como sus
tumbas. Cuando por la mañana temprano me arro-
dillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habita-
ción de mi madre, y miro por la ventana y veo a los
corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja
reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre
es el reloj de sol!», y me maravilla que también hoy
siga marcando el tiempo.
Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su al-
to respaldo al lado de una ventana, por la que po-
demos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mi-
rarla ni un momento: se conoce que le gusta cercio-
rarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en
ella. Pero aunque los ojos de Peggotty vaga-
bundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo
hago lo mismo, y me hace señas de que me esté
quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo no
puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene
puesta esa cosa blanca sí es muy amigo mío, pero
allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso
que a lo mejor interrumpirá el oficio para preguntar-
me la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?
Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Mi-
ro a mi madre y noto que hace como que no me ve.
Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a
hacerme muecas. Miro un rayo de sol que entra por
la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también
veo una oveja extraviada (y no quiero decir un pe-
cador, sino un cordero) que está a punto de colarse
en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola
terminaré por gritarle que se marche, y ¿qué sería
de mí entonces? Miro las monumentales inscripcio-
nes de las tumbas y trato de pensar en el difunto
míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la
pena que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte
de su marido, después de una larga enfermedad,
para la cual la ciencia de los médicos ha sido inefi-
caz, y me pregunto si habrán consultado también a
míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá
venir y estarlo recordando una vez por semana?
Miro a míster Chillip, que está con su corbata de
domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien
que se podría jugar allí. El púlpito sería la fortaleza;
otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le
arrojaríamos el almohadón de terciopelo, con sus
borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cie-
rran los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace
mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el momento en
que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me
saca de la iglesia más muerto que vivo.
Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las
ventanas de los dormitorios abiertas, por las que
penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de
cuervos que se balancean todavía en lo alto de las
ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de
atrás, delante del patio donde está el palomar y la
caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo
recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra
con una cadena: allí los frutos maduran en los árbo-
les más ricos y abundantes que en ninguna otra
parte; y mientras mi madre los recoge en su cesta,
yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grose-
llas, haciendo como que no me muevo. Se levanta
un gran viento y el verano huye de nosotros. En las
tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando
mi madre está cansada se sienta en su butaca, se
enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla
su talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le
gusta mirarse y lo contenta que está de ser tan be-
lla.
Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa
y la sensación de que los dos (mi madre y yo) ten-
íamos un poco de miedo de Peggotty, y nos somet-
íamos en casi todo a sus órdenes; de aquí dimana-
ban siempre las primeras opiniones (si se pueden
llamar así), a lo que yo veía.
Una noche estábamos Peggotty y yo solos senta-
dos junto al fuego. Yo había estado leyéndole a
Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí
de leer muy mal o a la pobre mujer le interesaba
muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga im-
presión que le quedó de mi lectura fue que se trata-
ba de una especie de legumbres. Me había cansado
de leer y me caía de sueño; pero como tenía permi-
so (como una gran cosa) para permanecer levanta-
do hasta que volviera mi madre (que pasaba la ve-
lada en casa de unos vecinos) como es natural,
hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme
a la cama.
Había llegado a ese estado de sueño en que me
parecía que Peggotty se inflaba y crecía de un mo-
do gigantesco. Me sostenía con los dedos los
párpados para que no se me cerrasen y la miraba
con insistencia, mientras ella seguía trabajando;
también miraba el pedacito de cera que tenía para
el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos
lados! y la casita donde vivía el metro, y la caja de
labor, con su tapa de corredera que tenía pintada
una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula
color de rosa, y el dedal de cobre puesto en su de-
do, y a ella misma, que realmente me parecía en-
cantadora.
Tenía tanto sueño que estaba convencido de que
en el momento en que perdiera de vista cualquiera
de aquellas cosas ya no tendría remedio.
-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada
alguna vez?
-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te
ha ocurrido pensar en eso?
Me contestó tan sorprendida que casi me despa-
biló, y dejando de coser me miró con la aguja todo
lo estirada que le permitía el hilo.
-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty?
-le dije- Tú eres una mujer muy guapa, ¿no?
La encontraba de un estilo muy diferente al de mi
madre; pero, dentro de otro género de belleza, me
parecía un ejemplar perfecto.
Había en el gabinete un taburete de terciopelo ro-
jo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el
fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran
para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete
era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso
era lo de menos.
-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por
Dios, querido. Pero ¿quién te ha metido en la cabe-
za esas cosas?
-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de
una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?
-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.
-Y si uno se casa con una persona y esa persona
se muere, ¿entonces sí puede uno casarse con
otra? Di, Peggotty.
-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cues-
tión de gustos --dijo Peggotty.
-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?
Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque
me daba cuenta de que ella me observaba con una
curiosidad enorme.
-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme
y poniéndose a coser después de un momento de
vacilación que yo nunca he estado casada, ni pien-
so estarlo, Davy. Eso es todo lo que sé sobre el
asunto.
-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad,
Peggotty? --dije después de un minuto de silencio.
De verdad creía que se había enfadado, me había
contestado tan lacónicamente; pero me equivocaba
por completo, pues dejando a un lado su labor (que
era una media suya) y abriendo mucho los brazos
cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza.
Estoy seguro de que fue con fuerza, porque, como
estaba tan gordita, en cuanto hacía un movimiento
algo brusco los botones de su traje saltaban arran-
cados. Y recuerdo que en aquella ocasión salieron
dos disparados hasta el otro extremo de la habita-
ción.
-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodi-
los» -me dijo Peggotty, que todavía no había con-
seguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he
enterado ni de la mitad.
Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni
por qué tenía aquel afán en volver a ocuparnos de
los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los mons-
truos, con un nuevo interés por mi parte, y tan pron-
to dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol
como corríamos hacia ellos hostigándolos con insis-
tentes vueltas a su alrededor, tan rápidas, que ellos,
a causa de su extraña forma, no podían seguir.
Después los perseguíamos en el agua como los
indígenas, y les introducíamos largos pinchos por
las fauces. En resumen, que llegamos a sabernos
de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo me-
nos yo. De Peggotty no respondo, pues estaba tan
distraída, que no hacía más que pincharse con la
aguja en la cara y en los brazos.
Habiendo agotado todo lo referente a los cocodri-
los, íbamos a empezar con sus semejantes, cuando
sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi
madre. Me pareció que estaba más bonita que nun-
ca, y con ella llegaba un caballero de hermosas
patillas y cabello negros, a quien ya conocía por
habernos acompañado a casa desde la iglesia el
domingo anterior.
Cuando mi madre se detuvo en la puerta para co-
germe en sus brazos y besarme, el caballero dijo
que yo tenía más suerte que un rey (o algo pareci-
do) pues me temo que mis reflexiones ulteriores me
ayuden en esto.
-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del
hombro de mi madre.
El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por
qué no me gustaban ni él ni su voz profunda, y tenía
como celos de que su mano tocara la de mi madre
mientras me acariciaba. Le rechacé lo más fuerte
que pude.
-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.
-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sor-
prende su adoración!
Nunca había visto un color tan hermoso en el ros-
tro de mi madre.
Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y es-
trechándome entre sus brazos, daba las gracias al
caballero por haberse molestado en acompañarla.
Mientras hablaba le tendió la mano, y mientras se la
estrechaba me miraba.
-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caba-
llero, después de inclinarse (¡yo lo vi!) a besar la
mano de mi madre.
-¡Buenas noches! --dije.
-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos
del mundo -insistió riendo-; dame la mano.
Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha
y yo le tendí la otra.
-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él
riendo.
Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo hab-
ía resuelto no dársela, y no se la di. Le alargué la
otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que
era un buen chico, se marchó.
Un momento después le vi volverse en la puerta
del jardín y lanzarnos una última mirada (antes de
que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de
mal agüero.
Peggotty, que no había dicho una palabra ni mo-
vido un dedo, cerró instantáneamente los cerrojos, y
entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su
costumbre, en lugar de sentarse en la butaca junto
al fuego, permaneció en el otro extremo de la habi-
tación canturreando para sí.
-Espero que haya pasado usted una velada agra-
dable -dijo Peggotty, tiesa como un palo en el centro
de la habitación y con un palmatoria en la mano.
-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi ma-
dre con voz alegre-. He pasado una velada muy
agradable.
-Una persona nueva es siempre un cambio muy
agradable -insistió Peggotty.
-Naturalmente, es un cambio muy agradable
-contestó mi madre.
Peggotty continuó inmóvil en medio de la habita-
ción, y mi madre reanudó su canto. Yo me dormí,
aunque no con un sueño profundo, pues me parcer-
ía oír sus voces, pero sin entender lo que decían.
Cuando me desperté de aquella desagradable mo-
dorra, me encontré a Peggotty y a mamá hablando
y llorando.
-No es una persona así la que le hubiera gustado
a mister Copperfield -decía Peggotty-; se lo repito y
se lo juro.
-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres vol-
verme loca? En mi vida he visto a nadie ser tratado
con tanta crueldad por sus criados. Además, hago
una injusticia si me considero una niña. ¿No he
estado casada, Peggotty?
-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.
-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-,
cómo tienes corazón para hacerme tan desgracia-
da, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que
fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?
-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle
que eso no le conviene. No, no puede ser. De nin-
guna manera debe usted hacerlo. ¡No!
Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al
aire del énfasis con que la movía.
-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una
manera tan injusta? -gritó mi madre llorando más
que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo
como cosa decidida, Peggotty, cuando te repito una
vez y otra que no ha pasado nada de la más co-
rriente cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy
yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la siente,
¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pre-
gunto? Tú querrías que me afeitase la cabeza y me
ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con
una quemadura, un cuchillo o algo parecido. Estoy
segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura
de que te daría una gran alegría.
Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la
reprimenda.
-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre,
acercándose a la butaca en que yo estaba tendido y
acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que
no quiero a mi mayor tesoro! El mejor compañero
que haya existido jamás.
-Nadie ha insinuado semejante cosa ---dijo Peg-
gotty.
-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy
bien. Es lo que has querido decirme con tus malas
palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien
como yo que únicamente por él no me he comprado
el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que
la verde está completamente destrozada y se va por
momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes negarlo!
Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando
su mejilla contra la mía:
-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una
madre mala, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío;
di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peg-
gotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te
quiero nada, ¿verdad?
Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que
yo era el que lloraba más fuerte; pero estoy seguro
de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba
verdaderamente destrozado, y temo que en los
primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a
Peggotty bestia. Aquella excelente criatura estaba
en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y estoy
casi seguro de que en aquella ocasión su vestido
debió de quedarse sin un solo botón, pues saltaron
por los aires cuando después de reconciliarse con
mi madre se arrodilló al lado del sillón para reconci-
liarse conmigo.
Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollo-
zos me desvelaron durante mucho tiempo; y cuando
un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la
cama, me encontré a mi madre sentada a los pies a
inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me
dormí profundamente.
No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a
ver al caballero aquel, o si pasó más tiempo antes
de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no
pretendo determinar fechas; pero sé que volví a
verlo en la iglesia y que después nos acompañó a
casa. Además, entró para ver un hermoso geranio
que teníamos en la ventana del gabinete. No me
pareció que se fijaba mucho en el geranio; pero
antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi
madre le dijo que cortara él mismo la que más le
gustase; pero él se negó, no comprendí por qué, y
entonces mi madre, arrancando una florecita, se la
dio. Él dijo que nunca, nunca, se separaría de ella; y
yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que
no sabía que al día siguiente estaría marchita.
Por aquella época, Peggotty empezó a estar me-
nos con nosotros por las noches. Mi madre la trata-
ba con mucha deferencia (más que de costumbre
me parecía a mí), y los tres estábamos muy amigos,
pero había algo distinto que nos hacía sentir violen-
tos cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pen-
saba que a Peggotty no le gustaba que mi madre
luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía
guardados, ni que fuera tan a menudo a casa de la
misma vecina; pero no lograba comprender por qué.
Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al ca-
ballero de las patillas negras. Seguía sin gustarme
más que al principio y continuaba sintiendo los
mismos celos, aunque sin más razón para ello que
una instintiva antipatía de niño y un vago sentimien-
to de que Peggotty y yo debíamos bastar a mi ma-
dre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de haber
sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni
siquiera nada semejante. Podía observar pequeñas
cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo
que estaba por encima de mis fuerzas.
Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en
el jardín, cuando míster Murdstone (entonces ya
sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo
un momento a saludar a mi madre, y dijo que iba a
Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un
yate, y me propuso muy alegremente llevarme con
él montado en la silla si me gustaba el paseo.
Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mien-
tras piafaba y relinchaba a la puerta del jardín, pa-
recía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí
grandes deseos de acompañarlos.
Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre
tanto, míster Murdstone desmontó, y con las bridas
del caballo debajo del brazo se puso a pasear len-
tamente por el otro lado del seto, mientras mi madre
le acompañaba, paseando también lentamente, por
dentro del jardín. Me reuní con Peggotty y los dos
nos pusimos a mirar desde la ventana de mi cuarto.
Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar
el seto que había entre ellos mientras andaban; y
también que Peggotty, que estaba de muy buen
humor, pasó en un momento a todo lo contrario, y
comenzó a peinarme de un modo violento.
Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando
a lo largo del verde seto por el lado del camino. Me
sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no
podía estarme tan quieto como de costumbre, y no
dejaba de pensar a cada momento en volver la ca-
beza para mirarle. Míster Murdstone tenía una clase
de ojos negros «vacíos». No encuentro otra palabra
para definir esos ojos que no son profundos, en los
que no se puede sumergir la mirada y que cuando
se abstraen parece, por una peculiaridad de luz,
que se desfiguran por un momento como una
máscara. Varias de las veces que le miré le en-
contré con aquella expresión, y me preguntaba a mí
mismo, con una especie de terror, en qué estaría
pensando tan abstraído.
Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me pa-
recieron más negros y más abundantes;.nunca
hubiera creído que fueran así. La parte inferior de
su rostro era cuadrada; esto y la sombra de su bar-
ba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente
todos los días, me recordaba una figura de cera que
habían recibido haría unos seis meses en nuestra
vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el bri-
llante colorido de su cutis (al diablo su cutis y al
diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de
mis sentimientos, que era un hombre muy guapo.
No me extraña que mi pobre y querida madre pen-
sara lo mismo.
Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde en-
contramos a dos caballeros fumando en una habita-
ción. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro
sillas, y tenían puestas unas chaquetas muy am-
plias. En un rincón había un montón de abrigos,
capas para embarcarse y una bandera, todo em-
paquetado junto.
Cuando entramos, los dos se levantaron perezo-
samente y dijeron:
-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías
muerto!
-Todavía no --dijo Murdstone.
-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno
de los caballeros.
-Es Davy ---contestó Murdstone.
-Davy, ¿qué? --dijo el caballero-. ¿Jones?
-Copperfield -dijo Murdstone.
-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress
Copperfield, la viudita bonita! -exclamó el caballero.
-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado.
Hay gente muy avispada.
-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.
Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha cu-
riosidad por saber de quién hablaban.
-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murds-
tone.
Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de
Brooks de Shefield, porque en el primer momento
había creído que hablaban de mí.
Debía de haber algo muy cómico en la fama de
míster Brooks de Shefield, pues los otros dos caba-
lleros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster
Murdstone también pareció divertirle mucho. Des-
pués que hubieron reído un rato, el caballero a
quien habían llamado Quinion dijo:
-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo
que se refiere al asunto?
-No creo que Brooks entienda todavía mucho de
ello -replicó míster Murdstone-; pero en general no
me parece favorable.
De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo
que iba a mandar traer una botella de sherry para
brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio
también a mí un poco con un bizcocho, y antes de
que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:
-¡A la confusión de Brooks de Shefield!
El brindis fue recibido con aplausos y grandes ri-
sas, lo que me hizo reír a mí también. Entonces
ellos rieron todavía más. En resumen, nos diverti-
mos mucho.
Luego estuvimos paseando; después nos fuimos
a sentar en la hierba, y más tarde lo estuvimos mi-
rando todo a través de un telescopio. Yo no podía
ver nada cuando lo ponían ante mis ojos, pero decía
que veía muy bien. Después volvimos al hotel para
almorzar. Todo el tiempo que estuvimos en la calle
los amigos de míster Murdstone fumaron sin cesar,
lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de
estar haciendo desde que habían salido los trajes
de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a
visitar el yate. Allí ellos tres bajaron a una cabina
donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía
completamente entregados a su trabajo cuando se
me ocurría mirar por la claraboya entreabierta. Du-
rante aquel tiempo me dejaron con un hombre en-
cantador, con abundantes cabellos rojos y un som-
brero pequeño y barnizado encima. También lleva-
ba una camisa o un jersey rayado, sobre la que se
veía escrito en letras mayúsculas Alondra. Yo pensé
que sería su nombre, y que, como vivía en un barco
y no tenía puerta donde ponerlo, se lo ponía en-
cima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo
que aquel no era su nombre, sino el del barco.
Durante todo el día pude observar que míster
Murdstone estaba más serio y silencioso que los
otros dos caballeros, los cuales parecían muy ale-
gres y despreocupados, bromeando de continuo
entre ellos, pero muy rara vez con él. También me
pareció que era más inteligente y más frío y que lo
miraban con algo del mismo sentimiento que yo
experimentaba. Pude observar que una o dos ve-
ces, cuando míster Quinion hablaba, miraba de
reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de
que no le estaba desagradando; y en otra ocasión,
cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba
más entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le
hizo señas con los ojos para que mirase a míster
Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso.
No recuerdo que míster Murdstone se riera en todo
el día, excepto en el momento del brindis por She-
feld, y eso porque había sido cosa suya.
Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy
hermosa, y mi madre y él se pasearon de nuevo a lo
largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando
míster Murdstone se marchó, mi madre me estuvo
preguntando qué había hecho durante el día y lo
que habían dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que
habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo
que eran unos impertinentes y que decían tonterías;
pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía con la mis-
ma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión
para preguntarle si conocía a míster Brooks de She-
field; pero me contestó que no, y que suponía que
se trataría de algún fabricante de cuchillos.
¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha
cambiado y que no existe) ha desaparecido para
siempre, cuando todavía en este momento le estoy
viendo ante mí tan claro como el de una persona a
quien se reconocería en medio de la multitud?
¿Cómo decir que su inocencia y de su belleza infan-
til, han desaparecido, cuando todavía siento su
aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche?
¿Es posible que haya cambiado, cuando mi imagi-
nación me la trae todavía viva, y aquel verdadero
cariño que sentía y que sigo sintiendo, recuerda aún
lo que más quería entonces?
Al referirme a ella la describo como era: cuando
me fui aquella noche a la cama después de charlar
y cuando después vino ella a mi lecho a besarme,
se arrodilló alegremente al lado de mi camita y con
la barbilla apoyada en sus manos y riendo me dijo:
-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo;
¡no lo puedo creer!
-La seductora... -empecé.
Mi madre puso sus manos sobre mis labios para
interrumpirme.
-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber
sido seductora, Davy. ¡Estoy segura de que no era
eso!
-Sí era: «la seductora mistress Copperfield»
-repetí con fuerza-. Y «la bonita» .
-No, no; tampoco era bonita; no era bonita
-interrumpió mi madre, volviendo a poner sus dedos
sobre mis labios.
-Sí era, sí: « la bonita viudita».
-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi ma-
dre riendo y cubriéndose el rostro con las manos.
¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido...
-¿Qué, mamá?
-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos.
Yo también estoy muy enfadada; pero prefiero que
Peggotty no lo sepa.
Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos to-
davía muchas veces, y pronto caí en un profundo
sueño.
Ahora, desde la distancia, me parece como si
hubiera sido al día siguiente cuando Peggotty me
hizo la extravagante y aventurada proposición que
voy a relatar, aunque es muy probable que fuese
dos meses después.
Una noche estábamos (como siempre cuando mi
madre había salido) sentados, en compañía del
metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la
catedral de Saint Paul en la tapa y del libro del co-
codrilo, cuando Peggotty, después de mirarme va-
rias veces y abrir la boca como si fuera a hablar, sin
hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba; de
no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo
cariñosamente:
-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince
días en casa de mi hermano, en Yarmouth? ¿Te
divertiría?
-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty?
-pregunté con precaución.
-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático!
-exclamó Peggotty levantando las manos-. Y
además allí tendrás el mar, y los barcos, y los bu-
ques grandes, y los pescadores, y la playa, y a Ham
para jugar.
Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencio-
nado en el primer capítulo; pero hablaba de él como
de una parte de la gramática inglesa.
Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté
que ya lo creo que me divertiría; pero ¿qué diría mi
madre?
-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome in-
tensamente- a que nos deja. Si quieres, se lo pre-
gunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!
-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije,
apoyando mis codos pequeños en la mesa como
para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a que-
darse sola!
Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media
era el roto que cosía, verdaderamente debía de ser
tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.
-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podr-
ía vivir sola.
-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirán-
dome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu madre va a
pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress
Grayper va a tener en su casa mucha gente.
¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto
a ir. Esperé con la más viva impaciencia a que mi
madre volviera de casa de mistress Grayper (pues
estaba en casa de aquella misma vecina) para estar
seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea.
Sin ni mucho menos sorprenderse, como yo espe-
raba, mi madre consintió enseguida en ello; y todo
quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que
pagarían por mi alojamiento y manutención durante
la visita.
El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían
fijado tan cercano, que llegó pronto hasta para mí,
que lo esperaba con febril impaciencia y que temía
que un temblor de tierra, una erupción volcánica o
cualquier otra gran convulsión de la naturaleza vi-
niera a interponerse interrumpiendo la expedición.
Debíamos ir en el coche de un carretero que partía
por la mañana después del desayuno. Hubiera dado
dinero por haber podido vestirme la noche anterior y
dormir ya con sombrero y botas.
¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parez-
ca que lo digo como algo sin importancia, la alegría
con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar
siquiera lo que dejaba para siempre!
Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a
la puerta y mi madre me besaba, una gran ternura
por ella y por el viejo lugar que nunca había aban-
donado me hizo llorar. Y me gusta saber que mi
madre también lloraba y que yo sentía latir su co-
razón contra el mío.
Me gusta recordar que cuando el carro empezó a
alejarse, mi madre corrió tras él por el camino,
mandándole parar, para darme más besos, y me
gusta saber la gravedad y el cariño con que apreta-
ba su cara contra la mía, y yo también.
Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya
partimos, míster Murdstone apareció a su lado. Me
pareció que le reprochaba el estar tan conmovida.
Yo los miraba a través de los barrotes del carro,
preocupado con la idea de por qué ese señor se
metería en aquello.
Peggotty, que también estaba mirando, no parec-
ía nada satisfecha; se lo noté en cuanto le miré a la
cara.
Durante algún tiempo permanecí mirando a Peg-
gotty y pensando que si ella quisiera abandonarme,
como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería
capaz de volver a encontrar el camino de casa
guiándome sólo por los botones que, seguramente,
se le irían cayendo.
CAPÍTULO III
UN CAMBIO
Quiero suponer que el caballo del carretero era el
más perezoso del mundo, pues caminaba muy des-
pacio y con la cabeza baja, como si le gustase
hacer esperar a la gente a quien llevaba los encar-
gos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se
reía para sí al pensar en ello. Sin embargo, el carre-
tero me dijo que era tos porque había cogido un
constipado.
También él tenía la costumbre de llevar la cabeza
baja, como su caballo, y mientras conducía iba me-
dio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y
digo «conducía» aunque a mí me pareció que el
carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente
igual sin él; era evidente que el caballo no lo necesi-
taba; y en cuanto a dar conversación, no tenía ni
idea; sólo silbaba.
Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa
cesta de provisiones, que hubiera podido durarnos
hasta Londres aunque hubiéramos continuado el
viaje con el mismo medio de transporte. Comíamos
y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la
barbilla apoyada en el asa de la cesta, postura de la
que ni por un momento se cansaba; y yo nunca
hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis
propios oídos, que una mujer tan débil roncase de
aquel modo.
Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estu-
vimos tanto tiempo descargando la armadura de
una cama en una posada y llamando en otros mu-
chos sitios, que estaba ya cansadísimo, y me puse
muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.
Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo
largo del río me pareció que estaba todo muy es-
ponjoso y empapado, y no acertaba a comprender
cómo si el mundo es realmente redondo (según mi
libro de geografía) una parte de él puede ser tan
sumamente plana. Imaginando que Yarmouth podía
estar situada en uno de los polos, ya era más expli-
cable. Conforme nos acercábamos veíamos exten-
derse cada vez más el horizonte como una línea
recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna
colina, o cosa semejante, de vez en cuando, mejo-
raría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un
poco más separada del mar y la ciudad menos su-
mergida en él, como un trozo de pan en el caldo,
sería mucho más bonito. Pero Peggotty me con-
testó, con más énfasis que de costumbre, que había
que tomar las cosas como eran, y que, por su parte,
estaba orgullosa de poder decir que era un «aren-
que» de Yarmouth.
Cuando salimos a la calle (que era completamen-
te extraña y nueva para mí); cuando sentí el olor del
pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a
los pescadores paseando y las carretas de un lado
para otro, comprendí que había sido injusto con un
pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peg-
gotty, que escuchó mis expresiones de entusiasmo
con gran complacencia y me contestó que era cosa
reconocida (supongo que por todos aquellos que
habían tenido la suerte de nacer « arenques») que
Yarmouth era, por encima de todo, el sitio más her-
moso del universo.
-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de
lo que ha crecido -gritó Peggotty.
En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta
de la posada, y me preguntó por mi salud como a
un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de
que no le conocía tanto como él a mí, pues el haber
estado en casa la noche de mi nacimiento le daba,
como es natural, gran ventaja. Sin embargo, empe-
zamos a intimar desde el momento en que me cogió
a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa.
Ham era entonces un muchacho grandón y fuerte,
de seis pies de alto y bien proporcionado, con
enormes espaldas redondas; pero con una cara de
expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados
que le daban todo el aspecto de un cordero. Iba
vestido con una chaqueta de lona y unos pantalo-
nes tan tiesos, que se hubieran sostenido solos
incluso sin piernas dentro. Sombrero, en realidad,
no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con
una especie de tejadillo algo embreado como un
barco viejo.
Ham me llevaba a caballo encima de sus hom-
bros, y con una de nuestras maletas debajo del
brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por
senderos cubiertos con montones de viruta y de
montañitas de arena; después cerca de una fábrica
de gas, por delante de cordelerías, arsenales de
construcción y de demolición, arsenales de calafa-
teo, de herrerías en movimiento y de muchos sitios
análogos. Y por fin llegamos ante la vaga extensión
que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:
-Esta es nuestra casa, señorito Davy.
Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar
en aquel desierto, por encima del mar y por la orilla;
pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había
una barcaza negra o algo parecido a una barca
viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de
hierro asomando como una chimenea, del que salía
un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera
parecer una casa.
-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una bar-
ca?
-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.
Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas
sus maravillas, creo que no me hubiera seducido
más la romántica idea de vivir en él. Tenía una
puerta bellísima, abierta en un lado, y tenía techo y
ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consis-
tía en que era un barco de verdad, que no cabía
duda que había estado sobre las olas cientos de
veces y que no había sido hecho para servir de
morada en tierra firme. Eso era lo que más me cau-
tivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera
parecido pequeña o incómoda o demasiado aislada;
pero no habiendo sido destinada a ese uso, resulta-
ba una morada perfecta.
Por dentro estaba limpia como los chorros del oro
y lo más ordenada posible. Había una mesa y un
reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda
una bandeja de té, en la que había pintada una
señora con una sombrilla paseándose con un niño
de aspecto marcial que jugaba al aro. La bandeja
estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se
hubiese escurrido habría arrastrado en su caída
gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que
estaban agrupados su alrededor. En las paredes
había algunas láminas con marcos y cristal: eran
imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he
podido verlas en manos de los vendedores ambu-
lantes sin contemplar al mismo tiempo el interior
completo de la casa del hermano de Peggotty.
Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac,
de azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de
leones, verdes, eran los más notables. Sobre la
repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgu-
bre Shara Jane, comprado en Sunderland, que ten-
ía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de
composición y de carpintería que yo consideraba
como una de las cosas más deseables que podía
ofrecer el mundo. En las vigas del techo había va-
rios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces; algu-
nos baúles y cajones servían de asiento, aumen-
tando así el número de sillas.
Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de
un primer vistazo, de acuerdo con mi teoría de ob-
servación infantil. Después, Peggotty, abriendo una
puertecita, me enseñó mi habitación. Era la habita-
ción más completa y deseable que he visto en mi
vida. Estaba en la popa del barco y tenía una ven-
tanita, que era el sitio por donde antes pasaban el ti-
món; un espejito estaba colgado en la pared, preci-
samente a mi altura, con su marco de conchas;
también había un ramo de plantas marinas en un
cacharro azul, encima de la mesilla, y una cainita
con el sitio suficiente para meterse en ella. Las pa-
redes eran blancas como la leche, y la colcha,
hecha de retales, me cegaba con la brillantez de
sus colores.
Una cosa que observé con interés en aquella deli-
ciosa casita fue el olor a pescado; tan penetrante,
que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía
como si hubiera servido para envolver una langosta.
Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me
dijo que su hermano se dedicaba a la venta de can-
grejos y langostas, y, en efecto, después encontré
gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No
sabían estar un momento sin pinchar todo lo que
encontraban en un pequeño pilón de madera que
había fuera de la casa, y en el que también se met-
ían los pucheros y cacerolas.
Fuimos recibidos por una mujer muy bien educa-
da, que tenía un delantal blanco y a quien yo había
visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo
reverencias en la puerta cuando llegaba montado
en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora
del mundo (así me lo pareció), con un collar de per-
las azules alrededor del cuello, pero que no me dejó
besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo.
Después que hubimos comido de una manera opí-
para pescado cocido, mantequilla y patatas, con
una chuleta para mí, un hombre de largos cabellos y
cara de buena persona entró en la casa. Como
llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en
la mejilla, no tuve la menor duda de que era su her-
mano. En efecto, así me le presentaron: míster
Peggotty, señor de la casa.
-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos
encontrará usted muy rudos, señorito, pero siempre
dispuestos a servirle.
Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de
que sería feliz en un sitio tan delicioso.
-¿Y cómo está su mamá? --dijo míster Peggotty-.
¿La ha dejado usted en buena salud?
Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien
que podía desearse, y añadí que me había dado
muchos recuerdos para él, lo que era una mentira
amable por mi parte.
-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo
míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si puede usted
estarse quince días contento entre nosotros --dijo
mirando a su hermana, a Ham y a la pequeña Emi-
ly-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.
Después de hacerme los honores de su casa de
la manera más hospitalaria, míster Peggotty fue a
lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el
agua fría no era suficiente para limpiarle». Pronto
volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado
que no pude por menos que pensar que su rostro
era semejante a las langostas y cangrejos que
vendía, que entraban en el agua caliente muy ne-
gros y salían rojos.
Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerra-
da y la habitación confortable (las noches eran frías
y brumosas entonces), me pareció que aquel era el
retiro más delicioso que la imaginación del hombre
podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber
que la niebla invadía poco a poco aquella desolada
planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y pensar
que en los alrededores no había más casa que
aquella y que, además, era un barco, me parecía
cosa de encantamiento.
La pequeña Emily ya había vencido su timidez y
estaba sentada a mi lado en el más bajo de los
cajones, que era precisamente del ancho suficiente
para nosotros dos y parecía estar a propósito es-
perándonos en un rincón al lado del fuego.
Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía
media al otro lado del hogar. Peggotty y su labor,
con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encon-
traban tan completamente a sus anchas como si
nunca hubieran conocido otra casa. Ham había
estado dándome una primera lección a cuatro patas
con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de
recordar cómo se decía la buenaventura, a iba de-
jando impresa la marca de su pulgar en cada una
de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí
que era un momento propicio para la conversación y
las confidencias:
-Mister Peggotty -dije.
-Señorito --dijo él.
-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham
porque vive usted en una especie de arca?
Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta
como una idea profunda; pero me contestó:
-Yo nunca le he puesto ningún nombre.
-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo
a míster Peggotty la pregunta número dos del cate-
cismo.
-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.
-¡Yo creía que era usted su padre!
-Mi hermano Joe era su padre --dijo.
-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, des-
pués de una pausa respetuosa.
-Ahogado -dijo míster Peggotty.
Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggot-
ty no fuese el padre de Ham, y empecé a temer si
no estaría también equivocado sobre el parentesco
de todos los demás. Tenía tanta curiosidad por sa-
berlo, que me decidí a seguir preguntando:
-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí
es su hija? ¿No es así, míster Peggotty?
-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.
No pude resistirlo a insinué, después de otro si-
lencio respetuoso:
-¿Ha muerto, míster Peggotty?
-Ahogado --dijo mister Peggotty.
Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo
asunto; pero me interesaba llegar al fondo del asun-
to y dije:
-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster
Peggotty?
-No, señorito -me contestó con una risa corta---,
soy soltero.
-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es
esa, míster Peggotty? -dije apuntando a la mujer del
delantal blanco, que estaba haciendo media.
-Esa es mistress Gudmige --dijo míster Peggotty.
-¿Gudmige, míster Peggotty?
Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi
Peggotty particular) empezó a hacerme gestos tan
expresivos para que no siguiera preguntando, que
no tuve más remedio que sentarme y mirar a toda la
silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de
acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito,
Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un so-
brino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped
había adoptado en diferentes épocas, cuando que-
daron sin recursos, y que mistress Gudmige era la
viuda de un socio suyo que había muerto muy po-
bre.
-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo
Peggotty-, pero tan bueno como el oro y fuerte co-
mo el acero.
Estos eran sus símiles.
Y el único asunto, según me dijo, que le encoleri-
zaba y sacaba de sus casillas era que se hablase
de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la
conversación daba con su mano derecha un violen-
to puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la
rompió) y juraba con una horrible blasfemia que
tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si
volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que
hice nadie pudo darme la menor explicación grama-
tical sobre aquella terrible frase «tomar el portante»,
que todos ellos consideraban como si constituyese
la más solemne imprecación.
Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped
mientras oía a las mujeres, que se acostaban en
otra cama como la mía en el extremo opuesto del
barco, y a él y a Ham colgando dos hamacas, don-
de dormían, en los ganchos que había visto en el
techo; y en el más eufórico estado de ánimo me iba
quedando dormido. Conforme el sueño se apodera-
ba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y
por la llanura con tal fiereza, que sentí un cobarde
temor de la gran oscuridad creciente de la noche.
Pero me convencí a mí mismo de que después de
todo estábamos en un barco, y que un hombre co-
mo míster Peggotty no era grano de anís a bordo,
en caso de que ocurriera algo.
Sin embargo, nada sucedió hasta que me des-
perté por la mañana. En cuanto el sol se reflejó en
el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama
y corrí con la pequeña Emily a coger caracoles en la
playa.
-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a
Emily.
No es que supusiera nada; pero sentía que era un
deber de galantería decirle algo; y viendo en aquel
momento reflejarse la blancura deslumbrante de
una vela en sus ojos claros, se me ocurrió aquello.
-No --dijo Emily, sacudiendo su cabecita---, me da
mucho miedo el mar.
-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy
fijo al océano inmenso- A mí no me da miedo.
-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le
he visto ser muy cruel con algunos de nuestros
hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco
tan grande como nuestra casa.
-Espero que no fuera el barco en que...
-¿En el que mi padre murió ahogado? --dijo Emily.
No, no era aquel. Yo no he visto nunca aquel barco.
-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.
Emily sacudió la cabecita.
-Que yo recuerde, no.
¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a
explicar cómo yo tampoco había visto nunca a mi
padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre
solos en el estado de mayor felicidad imaginable, y
así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre.
También le conté que la tumba de mi padre estaba
en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la som-
bra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme mu-
chas mañanas para oír cantar a los pájaros. Sin
embargo, parece ser que había algunas diferencias
entre la orfandad de Emily y la mía. Ella había per-
dido a su madre antes que a su padre, y nadie sab-
ía dónde estaba la tumba de este último, aunque
era de suponer que estaba en cualquier sitio de las
profundidades del mar.
-Y además --dijo Emily mientras buscaba conchas
y piedras- tu padre era un caballero y tu madre una
señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de
un pescador, y mi tío Dan también es pescador.
-¿Dan es míster Peggotty? --dije yo.
-El tío Dan -contestó Emily, señalando el bar-
co-casa.
-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno,
verdad?
-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría
una chaqueta azul cielo con botones de diamantes,
un pantalón con su espada, un chaleco de terciope-
lo rojo, un sombrero de tres picos, un gran reloj de
oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.
Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno
de todos aquellos tesoros; pero debo confesar que
me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la
indumentaria propuesta por su agradecida sobrina
y, principalmente, de lo que más dudaba era de la
utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo,
guardé aquellos pensamientos para mí.
La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas
maravillas, se había parado y miraba al cielo como
si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos
pusimos a buscar guijarros y conchas.
-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.
Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que
sí.
-Me gustaría mucho, porque entonces todos ser-
íamos damas y caballeros: yo, mi tío, Ham y mis-
tress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos
cuando hubiese tormenta. Quiero decir por nosotros
mismos, pues estoy segura de que nos preocupar-
íamos mucho por los pobres pescadores y los ayu-
daríamos con dinero cuando les sucediera algún
percance.
Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo en-
contré bastante probable, y expresé la alegría que
me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo
entonces el valor de decirme, tímidamente:
-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?
En aquel momento el mar estaba lo bastante en
calma como para no asustarme; pero no dudo de
que si hubiera visto una ola moderadamente grande
avanzar hacia mí hubiese huido ante el pavoroso
recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin
embargo, le contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco
me parece que le temas como dices», pues en
aquel momento andaba por el borde de una especie
de antiguo rompeolas de madera, por el que nos
habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera
a caer.
-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo
cuando ruge, y tiemblo pensando en el tío Dan y en
Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso
es por lo que me gustaría ser una dama. Pero de
esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!
Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr
por un madero que, saliendo del sitio en que está-
bamos, dominaba el agua profunda desde bastante
altura y sin la menor protección.
El incidente está tan grabado en mi memoria, que
si fuera pintor podría dibujarlo ahora tan claramente
como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo
hacia su muerte (como entonces me pareció), con
una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo
lejos, hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil,
volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo me reí de
mis temores y del grito inútil que había dado, pues
además no había nadie cerca. Pero ha habido ve-
ces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que
he pensado que era posible (entre las posibilidades
de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita teme-
ridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejan-
ía cierto instintivo placer por el peligro, como una
atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de
que su vida podía terminar ese mismo día. Hubo un
tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pen-
saba que si la vida que esperaba a la niña me
hubiera sido revelada en un momento, y de tal mo-
do que mi inteligencia infantil hubiera podido com-
prendería por completo, y si su conservación hubie-
se dependido de un movimiento de mi mano, ¿de-
bería haberío hecho? Y durante cierto tiempo (no
digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurri-
do) he llegado a preguntarme si no habría sido me-
jor para ella que las aguas se hubiesen cerrado
sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he
contestado: «Sí; más habría valido». Pero esto es
quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin
embargo, no importa: dicho está.
Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas
que nos parecían muy curiosas, y volvimos a poner
cuidadosamente en el agua algunas estrellas de
mar (yo en aquel tiempo no conocía lo bastante la
especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y
por fin emprendimos el camino a la morada de
míster Peggotty. Nos detuvimos un momento debajo
del pilón de las langostas para cambiar un inocente
beso y entramos a desayunar resplandecientes de
salud y de alegría.
-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.
No hay que decir que estaba enamorado de la
pequeña Emily. Estoy seguro de que la amaba con
mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor
pureza y desinterés del que pueda haber en el me-
jor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantas-
ía creaba alrededor de aquella niña de ojos azules
algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero
ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante
la hubiera visto desplegar sus alas y desaparecer
volando ante mis ojos, no me habría parecido extra-
ño ni imposible.
Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas
y horas por la monótona llanura de Yarmouth. Y los
días discurrían por nosotros como si el tiempo tam-
poco pasara y, convertido en niño, estuviera siem-
pre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a
Emily que la adoraba, y que si ella no confesaba
adorarme también me vería obligado a atravesarme
con una espada. Y ella me respondía que sí con
cariño, y estoy seguro de que era así.
En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras
condiciones, o en nuestra juventud, o en cualquier
otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos
preocupábamos, porque no se nos ocurría pensar
en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos
hacer más adelante, como tampoco lo que ha-
bíamos hecho anteriormente.
Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de ad-
mirarnos, y cuchicheaban por la noche, cuando
estábamos tiernamente sentados uno al lado del
otro en nuestro cajoncito: «Dios mío, ¿pero no es un
encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su
pipa, y Ham se pasaba la noche haciendo gestos de
satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que encon-
traban en nosotros la misma satisfacción que en-
contrarían en un juguete bonito o en un modelo de
bolsillo del Coliseo.
Pronto me pareció que mistress Gudmige no era
siempre todo lo agradable que podía esperarse,
dadas las circunstancias de su residencia en aque-
lla casa. Mistress Gudmige estaba casi siempre de
mal humor y se quejaba más de lo debido, para no
incomodar a los demás en un sitio tan chico. Lo
sentí mucho por ella; pero había momentos en que
habría sido más agradable (yo creo) si mistress
Gudmige hubiera tenido una habitación para ella
sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su
buen humor.
Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una
taberna llamada «La Afición». Lo descubrí porque la
segunda o tercera noche después de nuestra llega-
da, antes de que él volviera, mistress Gudmige mi-
raba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo
que míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que
es más, que desde por la mañana sabía que iría.
Había estado todo el día muy abatida, y por la
tarde se había deshecho en llanto porque salía
humo de la lumbre.
-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las
palabras de mistress Gudmige cuando ocurrió aque-
lla desgracia-, todo va contra mí.
-Eso pasa pronto --dijo Peggotty (me refiero de
nuevo a nuestra Peggotty)-, y además, como usted
puede comprender, no es menos desagradable para
nosotros que para usted.
-¡Yo lo siento más! --exclamó mistress Gudmige.
Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío.
Mistress Gudmige estaba en su rincón de costum-
bre al lado del fuego, que a mí me parecía el más
calentito y confortable, y su silla era sin duda la más
cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía
bien. Se quejaba constantemente del frío, diciendo
que le producía un dolor en la espalda, que llamaba
« hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llo-
rar, repitiendo que « era una criatura sola y sin re-
cursos, y que todo iba contra ella».
-Es verdad que hace mucho frío --dijo Peggotty-;
pero todos lo sentimos igual.
-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gud-
mige.
Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella
se la servía inmediatamente después que a mí, que
se me daba preferencia como si fuera un invitado de
distinción. El pescado le pareció pequeño y las pa-
tatas se habían quemado un poco. Todos recono-
cimos que aquello nos decepcionaba; pero ella dijo
que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de
nuevo, haciendo aquella formal declaración con
gran amargura.
Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso
de las nueve, la desgraciada mistress Gudmige
hacía media en su rincón con el aspecto más mise-
rable del mundo. Peggotty trabajaba alegremente;
Ham estaba arreglando un gran par de botas de
agua, y yo y Emily, sentados uno al lado del otro,
leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que
tomamos el té, no había hecho más observación
que lanzar un suspiro desolado, y después no volvió
a levantar los ojos.
-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentán-
dose-: ¿cómo vamos?
Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la
bienvenida, excepto mistress Gudmige, que única-
mente inclinó más su cabeza sobre la labor.
-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una
palmada-. ¡Vamos, valor, vieja comadre!
Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a te-
ner valor. Sacó un viejo pañuelo negro de seda para
enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárse-
los y de nuevo volvió a dejarlo fuera preparado para
otra ocasión.
-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.
-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene us-
ted de «La Afición», Dan?
-Sí; esta noche le he hecho una visita --dijo míster
Peggotty.
-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mis-
tress Gudmige.
-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen
-respondió míster Peggotty con una risa franca-.
Estoy siempre dispuesto a ir.
-Muy dispuesto --dijo mistress Gudmige, sacu-
diendo la cabeza y enjugándose los ojos de nuevo,
Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me
entristece, que sea por mi culpa por lo que está
usted tan dispuesto.
-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster
Peggotty-, no lo crea.
-Sí, sí lo es --exclamó ella-. Yo sé lo que me digo.
Yo sé que soy una criatura sola y sin recursos, y
que no solamente todo va contra mí, sino que yo
contrarío a todo el mundo. Sí, sí, yo siento más que
los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgra-
cia!
Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía
todo aquello, que la desgracia se extendía a algu-
nos otros miembros de la familia además de a ella.
Pero a míster Peggotty no se le ocurrió hacer seme-
jante observación, limitándose a contestarla con
otro ruego para que tuviera valor.
-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo
que soy. Mis desgracias me han agriado. Las sien-
to, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir,
pero siento. Quisiera poder ser dura de corazón;
pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me
sorprende. Hoy mismo he estado todo el día moles-
tando a su hermana y al señorito Davy.
Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran
turbación:
-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gud-
mige!
-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría
ir al asilo y morir allí. Soy una criatura sola y sin
recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fasti-
diando. Sí, las cosas van contra mí, y yo también
voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la con-
traria en el asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y
le libre de esta pejiguera.
Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y
se metió en la cama. Cuando se hubo marchado,
míster Peggotty, que sólo había demostrado un
sentimiento de profunda simpatía, nos miró a todos,
y moviendo la cabeza todavía con una marcada
expresión del mismo sentimiento, dijo en un mur-
mullo:
-Es que ha estado pensando en el «viejo» .
Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien
suponían que tenía puesto el pensamiento mistress
Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me
explicó que se trataba del difunto míster Gudmige, y
que su hermano siempre la compadecía muy since-
ramente en aquellas ocasiones y hasta se conmov-
ía. Un rato después, cuando ya se había acostado
en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha
estado pensando en el viejo». Y siempre que mis-
tress Gudmige estuvo de aquel humor, durante
nuestra estancia allí (lo que sucedía muy a menu-
do), él repetía la misma disculpa, siempre con igual
conmiseración.
Así pasaron los quince días, sin más variación
que las de las mareas, que alteraban las horas de ir
y venir de míster Peggotty, y también las ocupacio-
nes de Ham. Este último, cuando no tenía trabajo,
se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los
barcos y los buques, y una o dos veces nos em-
barcó con él. No sé por qué a veces una ligera im-
presión se asocia más particularmente con un sitio
que otras, aunque creo que esto le sucede a la ma-
yoría de la gente; sobre todo me refiero a las aso-
ciaciones de la infancia. Nunca he oído o leído el
nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto
domingo por la mañana en la playa: las campanas
sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se apoyaba
en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras
al agua; y el sol, a lo lejos, en el mar, salía de la
niebla como su propio espectro.
Por último llegó el día de volver a casa. Tenía va-
lor para separarme de míster Peggotty y de mistress
Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a
la pequeña Emily era agudísima. Fuimos del brazo
hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en
el camino, le prometí escribirle (más adelante
cumplí mi promesa con letras más grandes que las
de los anuncios que se ponen en los pisos para
alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue enorme, y si
alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío
en mi corazón, fue aquel día.
Durante el tiempo de mi visita me había despre-
ocupado de mi casa, y había pensado poco o nada
en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi
infantil conciencia parecía reprochármelo, señalán-
dome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido
estaba mi espíritu, más sentía que aquél era mi
refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.
Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez
con mayor fuerza a medida que avanzábamos y que
las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y
me sentía cada vez más excitado por el deseo de
encontrarme en sus brazos.
Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba
de calmarla (aunque muy tiernamente) y parecía
confusa y descontenta.
A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a
nuestro encuentro en cuanto quisiera el caballo
del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en
aquella tarde fría y gris, con el cielo nublado
amenazando lluvia!
La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad
llorando, con la agitación de mi alegría. Pero ¡no era
mamá!; era una criada extraña.
-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que
mamá no ha vuelto todavía a casa?
-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un
momento y te... diré una cosa.
Entre su nerviosismo y su natural torpeza al ba-
jarse del carro, Peggotty estaba haciendo las con-
torsiones más extravagantes; pero yo estaba dema-
siado desconcertado para decirle nada. Cuando
bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para
mí, me metió en la cocina y cerró la puerta.
-¡Peggotty! -dije completamente asustado---.
¿Qué sucede?
-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Da-
vy! -contestó fingiendo alegría.
-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está
mamá?
-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó
Peggotty.
-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué
hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!
Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como
si fuera a caerme.
-¡Dios te bendiga, niño querido! --exclamó Peggot-
ty sosteniéndome-. Pero ¿qué te pasa? ¡Habla,
pequeño!
-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto,
Peggotty?
-No -gritó Peggotty con una energía de voz atro-
nadora.
Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aque-
llo había sido un golpe tremendo.
Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para
darle otro más directo, y después permanecí en pie
ante ella, mirándola ansiosamente.
-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes
-dijo Peggotty-; pero no he encontrado oportunidad.
Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.
Estas fueron, exactamente, las palabras de Peg-
gotty.
-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que
antes.
-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su co-
fia de un manotazo y hablando de una manera en-
trecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente
que tienes de nuevo un papá.
Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni
cómo) unido con la tumba del cementerio y la resu-
rrección de los muertos pareció rozarme como un
viento mortal.
-Otro nuevo -añadió Peggotty.
-¿Otro nuevo? -repetí yo.
Peggotty tosió un poco, como si se hubiera traga-
do algo demasiado duro, y agarrándome de la man-
ga dijo:
-Ven a verle.
-No lo quiero ver.
-Y a tu mamá -dijo Peggotty.
Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón,
donde ella me dejó.
A un lado de la chimenea estaba sentada mi ma-
dre; al otro, míster Murdstone. Mi madre dejó caer
su labor y se levantó precipitadamente; pero me
pareció que con timidez.
-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-,
¡acuérdate! ¡Hay que dominarse siempre! ¡Domi-
narse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?
Le di la mano. Después de un momento de duda
fui y besé a mi madre; ella me besó y me acarició
dulcemente en el hombro. Después se volvió a sen-
tar con su labor. Yo no podía mirarla; tampoco pod-
ía mirarle a él. Estaba convencido de que nos ob-
servaba, y me volví hacia la ventana y miré los ar-
bustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude
escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y que-
rida alcoba no existía; tenía que habitar mucho más
lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza
de encontrar algo que no hubiera cambiado. Todo
estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento
tuve que salir huyendo, pues de la caseta de perro,
antes abandonada, salió un perrazo (de profundas
fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia
hacia mí, como para morderme.
CAPÍTULO IV
CAIGO EN DESGRACIA
Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la
habitación donde me habían trasladado (¿quién
dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría
decir con qué tristeza en el corazón entré en ella.
Subí la escalera oyendo al perro, que seguía
ladrándome desde el patio. La habitación me pa-
reció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo.
Sentado con las manos cruzadas pensaba..., pen-
saba en las cosas más raras: en la forma de la habi-
tación, en las grietas del techo, en el papel de las
paredes, en los defectos de los cristales de la ven-
tana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en
el lavabo con sus tres patas, que debía de tener
aspecto de descontento o algo así, porque no sé
por qué me recordaba a mistress Gudmige los días
en que estaba bajo la influencia del recuerdo del
«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque
me sentía muy desgraciado y muerto de frío, no
sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación,
empecé a darme cuenta de que estaba apasiona-
damente enamorado de la pequeña Emily y de que
me habían separado de ella para traerme aquí,
donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que
más me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por
hacerme un ovillo debajo de las mantas y dormirme
llorando.
Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al
mismo tiempo destapaban mi cabeza ardiente. Mi
madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas
la que había hablado.
-Davy --dijo mi madre-, ¿qué te pasa?
Pensé que era muy extraño que me preguntara
aquello, y contesté:
-Nada.
Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor
de mis labios le hubiera contestado con mayor clari-
dad.
-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!
No hubiera podido pronunciar otras palabras que
me emocionaran más en aquel momento que de-
cirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almo-
hada, y la rechacé con la mano cuando quiso atra-
erme a ella.
-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi
madre-. Estoy segura de que tienes la culpa, y me
sorprende que tengas conciencia para poner a mi
hijo contra mí o contra cualquiera de los que yo
quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?
La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos
al cielo, contestó con una especie de oración de
gracias que yo solía repetir después de comer:
-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo
que ha dicho, y que nunca tenga que arrepentirse
de ello.
-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en
mi luna de miel, cuando mi más cruel enemigo no
sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y
de felicidad! Davy, eres un niño muy malo. Peggot-
ty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba
mi madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en
su irritación caprichosa---. ¡Qué triste es la vida
hasta cuando uno se cree con el mayor derecho
para esperar que sea lo más agradable posible!
Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no
era la suya ni la de Peggotty, y me deslicé al suelo,
al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me
cogía de un brazo, diciendo:
-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvida-
do? Firmeza, querida.
-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me pro-
ponía ser buena; pero ¡estoy tan desesperada ...!
-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte
decir eso tan pronto, Clara.
-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora
-insistió mi madre a punto de llorar-. ¿No te parece
que es cruel?
Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la
besó. Y yo supe para siempre, cuando vi la cabeza
de mi madre apoyada en su hombro y su brazo
rodeándole el cuello, supe perfectamente que la
naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como
él quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.
-Vete, amor mío --dijo míster Murdstone-. David y
yo bajaremos juntos. Amiga mía --dijo, volviéndose
hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió
mi madre, despidiéndose de ella con una sonrisa-.
¿Sabe usted el nombre de su señora?
-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó
Peggotty-; debo saberlo.
-Es verdad -contestó él-; pero me parece que
cuando subía las escaleras le oí a usted dirigirse a
ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe us-
ted que ha tomado el mío. ¡Acuérdese!
Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una
reverencia y salió sin replicar, dándose cuenta de
que era lo que él esperaba y de que no tenía excu-
sa para continuar allí.
Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone
cerró la puerta y se sentó en una silla ante mí,
mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos
clavados no menos intensamente en los suyos.
¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo está-
bamos así, cara a cara, me parece oír de nuevo latir
mi corazón.
-David -me dijo con sus labios (delgados de apre-
tarse tanto uno con otro)-: si tengo que domar a un
caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que
hago?
-No lo sé.
-Lo azoto.
Le había contestado débilmente, casi en un susu-
rro; pero ahora en mi silencio sentía que la respira-
ción me faltaba por completo.
-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de
dominarlo, y aunque le haga derramar toda la san-
gre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que
tienes en la cara?
-Barro -dije.
Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis
lágrimas; pero aunque me hubiera hecho la pregun-
ta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo
que mi corazón de niño se hubiese roto antes que
confesárselo.
-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia
-me dijo con su grave sonrisa habitual-, y veo que
me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja
conmigo.
Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a
mistress Gudmige, y me hacía gestos de que le
obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un
poco; ahora no tengo la menor duda de que me
habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no
le hubiera obedecido.
-Clara, querida mía -dijo cuando, después de
haber hecho lo que me ordenaba, me condujo al
gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no
vuelvan a atormentarte. Pronto corregiremos este
joven carácter.
Dios es testigo de que podían haberme corregido
para toda la vida, y hasta quizá habría sido otra
persona distinta si en aquella ocasión me hubieran
dicho una palabra de cariño: una palabra de ánimo,
de explicación, de piedad, para mi infantil ignoran-
cia, de bienvenida a la casa; tranquilizándome, con-
venciéndome de que aquella sería siempre mi casa;
así podían haberme hecho obedecer de corazón en
lugar de asegurarse una obediencia hipócrita; pod-
ían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio.
Creo que a mi madre la entristeció verme de pie en
medio de la habitación, tan tímido y extraño, y que
cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más
tristes todavía, prefiriendo quizá el antiguo atrevi-
miento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no
fue dicha, y el tiempo oportuno para ello pasó.
Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamo-
rado de mi madre; pero no por eso le juzgué mejor,
y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por
lo que decían, que una hermana mayor de míster
Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría
aquella misma noche. No estoy seguro de si fue
entonces o después cuando supe que, sin estar
activamente en ningún negocio, tenía parte, o co-
braba una renta anual, en el beneficio de una casa
comercial de vinos de Londres, con la que su familia
contaba siempre desde los tiempos de su abuelo y
en la que su hermana tenía un interés igual al suyo;
pero lo mencionó por casualidad.
Después de comer, cuando estábamos sentados
ante la chimenea y yo meditaba el modo de esca-
parme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo
por temor a ofender al dueño de la casa, se oyó el
ruido de un coche que se paraba delante de la ver-
ja, y míster Murdstone salió a recibir al visitante. Mi
madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.
Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras,
mamá se volvió, y cogiéndome en sus brazos, como
acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que
amara a mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto
apresurada y furtivamente, como si fuera un peca-
do, pero con mucha ternura, y después, dejando
colgar un brazo, conservó en su mano la mía hasta
que llegamos cerca de donde él estaba esperando.
Allí mamá soltó mi mano y se agarró a su brazo.
Miss Murdstone había llegado. Era una señora de
aspecto sombrío, morena como su hermano, a
quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en
la voz; con las cejas muy espesas y casi juntas so-
bre una gran nariz, como si, al serle imposible a su
sexo el llevar patillas a los lados, se las hubiera
cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros
y duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la
tapa por medio de clavos de cobre. Cuando pagó al
cochero sacó el dinero de un portamonedas de
acero, que luego metió en un saco que era una
verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una
cadena, y chasqueaba al cerrarse. En mi vida he
visto una persona tan metálica como miss Murdsto-
ne.
La llevaron al salón con muchos aspavientos de
bienvenida, y ella, solemnemente, saludó a mi ma-
dre como a una nueva y cercana parienta. Después,
mirándome, dijo:
-¿Es este su hijo, cuñada mía?
Mi madre me presentó.
-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss
Murdstone-. ¿Cómo estás, muchacho?
Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté
que estaba muy bien, y que esperaba que a ella le
sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca
gracia, que miss Murdstone me juzgó en tres pala-
bras:
-¡Qué mal educado!
Después de decir esto con mucha claridad, pidió
que hicieran el favor de enseñarle su cuarto, que se
convirtió desde entonces para mí en lugar de temor
y de odio, donde nunca se veían abiertos los dos
baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la
cabeza una o dos veces cuando ella no estaba) y
donde una serie de cadenas con cuentas de acero,
con las que miss Murdstone se embellecía, estaban
por lo general colgadas alrededor del espejo con
mucho esmero.
Según pude observar, había venido para siempre
y no tenía la menor intención de marcharse.
A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi
madre y se pasó todo el día poniendo las cosas en
«orden» y cambiando todas las antiguas costum-
bres. La primera cosa rara que observé en ella fue
que estaba constantemente preocupada con la sos-
pecha de que las criadas tenían escondido un hom-
bre en la casa. Bajo la influencia de aquella convic-
ción inspeccionaba la carbonera a las horas más
intempestivas, y casi nunca abría la puerta de un
ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar
precipitadamente, en la creencia de que le había
encontrado.
Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo,
era una verdadera alondra tratándose de madrugar.
Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya
buscaba al hombre) antes que nadie hubiese dado
señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que
debía de dormir con un ojo abierto; pero yo no lo
creía, pues había intentado hacerlo y me convencí
de que era imposible.
La primera mañana después de su llegada llamó
antes de que cantara el gallo, y cuando mi madre
bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss
Murdstone, dándole un cariñoso picotazo en la meji-
lla (era su manera de besar), le dijo:
-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí,
como sabes, para evitarte todas las preocupaciones
que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado
niña (mi madre enrojeció, sonriendo, y no parecie-
ron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre
ti tantos deberes penosos que puedo resolver yo.
Por lo tanto, si te parece bien, dame las llaves, que-
rida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas
esas cosas.
Desde aquel momento miss Murdstone no se se-
paró de las llaves; durante el día las llevaba en su
saquito de acero, y por la noche las metía debajo de
la almohada, y mi madre no tuvo que volver a ocu-
parse de ellas más que yo lo hacia.
Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una
sombra de protesta. Una noche en que miss Murds-
tone había estado explicando ciertos proyectos
domésticos a su hermano, que los aprobaba, mi
madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo
menos podían haberle consultado.
-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Cla-
ra! ¡Me sorprendes!
-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende,
Edward --exclamó mi madre-, y está muy bien
hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gus-
tado.
«Firmeza», según pude observar, era la gran cua-
lidad de que los hermanos Murdstone presumían.
No sé si en aquella época habría sabido expresar
qué entendía yo si me hubieran obligado a hacerlo;
pero desde luego comprendía claramente que aque-
lla palabra quería decir tiranía, y expresaba el terco,
arrogante y diabólico carácter de los dos. Su credo,
como puedo establecerlo ahora, era este: míster
Murdstone tenía gran firmeza; nadie a su alrededor
era tan fume como míster Murdstone; nadie de los
que le rodeaban debía ser firme en absoluto, pues
todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss
Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero
sólo relativamente y en un grado inferior y tributario.
Mi madre era otra excepción; podía ser firme y deb-
ía serlo, pero solamente sometiéndose a su firmeza
y creyendo firmemente que no había otra firmeza
sobre la tierra.
-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia
casa...
-¿Mi propia casa? -repitió míster Murdstone-.
¡Clara!
-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi
madre con miedo evidente-. Espero que sepas lo
que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu
propia casa yo no pueda decir una palabra sobre
los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo
hacía bien, estoy segura. Hay quien puede ates-
tiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a
Peggotty si no lo hacía bien cuando nadie se
metía en ello.
-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a
esto. Me marcho mañana.
-Jane --dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no co-
noces mi carácter mejor de lo que tus palabras indi-
can?
-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía
terreno, deshecha en lágrimas- que no quiero que
se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fue-
ses. No pido mucho. Soy bastante razonable. Sólo
quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy
muy agradecida a todos los que me ayudan, y sólo
deseo que se me consulte, aunque no sea más que
por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que
me querías precisamente por ser una chiquilla sin
experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora
parece que me odias por ello. ¡Eres tan severo!
-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido
que me dejes poner fin a todo esto. Me voy maña-
na.
-Jane -tronó su hermano---, ¿te quieres callar?
¿Cómo te atreves?
Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el
pañuelo y lo puso delante de sus ojos.
-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sor-
prendes, me dejas atónito. En efecto; para mí era
una satisfacción el pensar que me casaba con una
persona sencilla y sin experiencia, y que yo formaría
su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y
decisión de la cual estaba tan necesitada. Pero
cuando a Jane, que ha sido tan buena que por ca-
riño a mí quiere ayudarme en esta empresa y para
ello está casi haciendo el oficio de un ama de llaves;
cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le co-
rrespondes de una manera tan baja...
-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi
madre-; no me acuses de ingrata. Estoy segura de
que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera.
Tengo muchos defectos, pero ese no. ¡Oh, no! Te lo
aseguro, querido.
-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió
cuando mi madre dejó de hablar-, una recompensa
tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y
alteran.
-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-.
¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el oírtelo. A
pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si
no estuviera segura de que lo soy, no lo diría.
Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que
soy muy cariñosa.
-No hay ninguna debilidad, Clara --dijo míster
Murdstone a modo de réplica---, por grande que
sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.
-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo
no podría vivir entre la frialdad o la dureza. ¡Estoy
tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mu-
cha tu bondad, Edward, que con tu entereza trates
de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones
a nada, me desesperaría que quisieras dejarnos...
Aquello era ya demasiado.
-Jane --dijo míster Murdstone a su hermana-, es
muy raro que entre nosotros se crucen palabras
duras como estas, y espero que así siga siendo; y
no ha sido culpa mía si por rara casualidad ha su-
cedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los
demás. Tampoco ha sido tu culpa, pues también
has sido arrastrada por los demás. Tratemos los
dos de olvidarlo. Y como esto -añadió después de
aquellas magnánimas palabras- no es una escena
edificante para un niño, David, vete a la cama.
Difícilmente pude encontrar la puerta a través de
las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba tan triste por
la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y
subí a mi habitación a oscuras, pues no tuve valor ni
para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle
una vela. Cuando ella subió, buscándome, una hora
después, me despertó y me dijo que mi madre se
había acostado bastante indispuesta y que míster
Murdstone y su hermana seguían sentados en el
gabinete.
A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más
temprano que de costumbre, la voz de mi madre me
detuvo en la puerta del comedor. Grave y humilde-
mente pedía perdón a miss Murdstone, que se lo
concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde
aquel día no he visto a mi madre dar ninguna opi-
nion sobre nada sin consultar primero con miss
Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios
seguros cuál era su opinion. Y nunca he visto a
miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa
debilidad), hacer ademán de sacar las llaves para
devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo,
a mamá atemorizada. El matiz sombrío que había
en la sangre de los Murdstone ennegrecía también
su religión, que era austera y terrible. Después he
pensado que aquello resumía su carácter y era una
consecuencia necesaria de la firmeza de míster
Murdstone, que no podía consentir que nadie se
librase de los más severos castigos imaginables.
Sea como sea, recuerdo muy bien los tremendos
rostros con que solían it a la iglesia y cómo había
cambiado también aquello. De nuevo llega a mi
memoria el terrible domingo. Yo entro el primero en
nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien
condujesen al oficio de condenados. Miss Murdsto-
ne me sigue con su traje de terciopelo negro, que
parece hecho de un paño mortuorio; después entra
mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no
está con nosotros, como en los buenos tiempos.
Miss Murdstone murmura las respuestas y acentúa
todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y
cuando dice «miserables pecadores» sus ojos oscu-
ros recorren la iglesia como si se refiriera a todos
los presentes. Mi madre mueve tímidamente los la-
bios entre los dos hermanos, cuyas oraciones sue-
nan en sus oídos como un trueno lejano. Yo me
pregunto con temor si no será posible que nuestro
anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán
razón míster Murdstone y su hermana, y todos los
ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si
muevo un dedo o el menor músculo de la cara, miss
Murdstone me da tal golpe con su libro de oracio-
nes, que me hace daño en el costado.
Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso
a casa, en que observo que algunos vecinos nos
miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras
ellos tres van delante, sigo aquellas miradas y pien-
so si será realmente verdad que el paso de mi ma-
dre es menos ligero y que la alegría de su belleza
ha desaparecido. También me pregunto si los veci-
nos recordarán, como yo, los tiempos en que ven-
íamos los dos juntos de la iglesia .... y pensando
estúpidamente en estas cosas me paso triste todo
el día.
En varias ocasiones se había hablado de enviar-
me a un colegio. Míster Murdstone y su hermana lo
habían propuesto y, como es natural, mi madre
había estado de acuerdo. Sin embargo, no habían
decidido nada todavía, y entre tanto me hacían es-
tudiar en casa.
¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones?
Nominalmente era mi madre quien las presidía, pero
en realidad eran míster Murdstone y su hermana,
quienes estaban siempre presentes y encontraban
en ello ocasión favorable para dar a mi madre lec-
ciones de aquella mal llamada firmeza, que era el
tormento de nuestras existencias. Yo creo que me
retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que
vinieran ellos yo tenía bastante facilidad para
aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vaga-
mente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas
de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes
letras negras de la cartilla, la novedad complicada
de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y
de la S, parece presentarse ante mí como entonces,
y ese recuerdo no suscita en mí ningún sentimiento
de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me pa-
rece haber paseado a lo largo de un sendero de
flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido
ayudado todo el camino por el cariño y la dulce voz
de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que
siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a
in¡ tranquilidad, como una tarea diaria, penosa y
miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy
numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente
ininteligibles para mí), y además me tenían siempre
asustado, me parece que casi tanto como a mi po-
bre madre.
Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las
mañanas. Después del desayuno me dirijo al gabi-
nete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi
madre está esperándome sentada en su escritorio;
sin embargo, no está tan preparada a oírme como
su marido, sentado en la butaca al lado de la venta-
na y fingiendo que lee un libro, o como miss
Murdstone, sentada a su lado engarzando sus
eternas cuentas de acero. La vista de estos dos
personajes ejerce tal influencia sobre mí, que em-
piezo a sentir que se me escapan las palabras,
después de que me había costado tanto trabajo
metérmelas en la cabeza; se escapan todas para it
no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a
una.
Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una
gramática, quizá una historia o una geografía. A1
ponerlo en sus manos lanzo una última y desespe-
rada mirada a la página, y me lanzo como un alud
para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todav-
ía lo recuerdo fresco. A1 poco rato me salto una
palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su
libro. Me salto otra palabra. Miss Murdstone la le-
vanta también. Enrojezco y me salto lo menos doce
palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta
de que mi madre querría enseñarme el libro si se
atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dul-
zura:
-¡Oh Davy, Davy!
-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico
-dice míster Murdstone-. No digas «Davy, Davy> ;
es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?
-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con
voz terrible.
-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi
madre.
-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo me-
jor que puedes hacer es obligarle a que vuelva a
estudiarla.
-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi
madre-. Vamos, Davy; empiézala otra vez y no seas
torpe.
Obedezco a la primera cláusula del mandato y
empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la
segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me de-
tengo mucho antes de llegar donde la vez anterior,
en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me
paro a pensar. Pero no puedo pensar en la lección.
Pienso en el número de metros de tul que habrá
empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que
habrá costado el batín de su hermano, o en algún
otro problema igual de ridículo, que no me importa
nada y del que nada puedo sacar. Míster Murdstone
hace un movimiento de impaciencia, que yo espe-
raba desde hacía bastante rato. Miss Murdstone lo
repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el li-
bro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que
habrá que repetir cuando haya terminado las de-
más.
Los libros que hay que repetir van aumentando
como una bola de nieve, y cuanto más aumentan
más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y
me parece que quieren llenarme la cabeza de tan-
tas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien
de ello y me dejo llevar por la suerte.
La desesperación con que mamá y yo nos mira-
mos a cada equivocación mía es profundamente
melancólica. Pero lo más horrible de esas desgra-
ciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que
nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento
de sus labios. Al momento miss Murdstone, que
está espiando para no dejar pasar nada, dice con
voz de profunda agresividad:
-¡Clara!
Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe
débilmente. Míster Murdstone se levanta de su silla,
coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con
él en las orejas; después me saca de la habitación
agarrándome por los hombros.
Si, por casualidad, las lecciones no han estado
tan mal todavía me falta lo peor, bajo la forma de un
problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha
inventado para mí y lo expone oralmente. Empieza:
«Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil
quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio
cada uno ...». Entre tanto yo veo la secreta alegría
de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el
menor resultado, sin el menor rayo de luz hasta la
hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato
a fuerza de restregar en la pizarra. Entonces miss
Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayu-
darme a resolver el problema, y se me considera
castigado para toda la tarde.
Desde la distancia que da el tiempo, me parece
que mis lecciones terminaban por lo general de esta
manera... Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran
estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era
como la fascinación de dos serpientes sobre un
pajarillo. Y aun cuando pasara la mañana con un
crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;
pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin
tarea y, en cuanto se percataba de que no hacía
nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí
diciendo: «Clara, querida mía, no hay nada como el
trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me
proporcionaba nueva tarea. En cuanto a jugar y
divertirme como los demás niños, no me lo consent-
ían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los
chiquillos como una raza de pequeñas víboras (a
pesar de que había habido un niño entre los discí-
pulos) y decían que se corrompían unos a otros.
El resultado natural de un tratamiento semejante y
continuado durante unos seis meses o más fue el
de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho
influía en ello el que cada vez trataban de separan-
ne más y más de mi madre. Estoy seguro de que
me hubiera embrutecido por completo de no ser por
una circunstancia.
Voy a contarla. En una habitación pequeña del
último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo
al lado de la mía, había dejado mi padre una pe-
queña colección de libros de los que nadie se había
preocupado. De aquella bendita habitación salieron,
como gloriosa hueste, a hacerme compañía, Rode-
rich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,
Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil
Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se con-
servó despierta mi imaginación y mi esperanza en
algo mejor que aquella vida mía. Ni ellos, ni Las mil
y una noches, ni los cuentos de hadas, podían
hacerme daño, pues lo que hubieran podido tener
de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me
sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de
mis sombrías preocupaciones, para leer aquello. Y
es curioso cómo me consolaban siempre en mis
pequeñas pruebas (que a mí me parecían enormes)
al identificarme con los caracteres favoritos de ellas
y al poner a míster Murdstone y a su hermana entre
todos los personajes malos.
Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un
infantil Tom Jones inocente o ingenuo. Durante un
mes y pico estuve convencido de que era Roderich
Ramdom; lo creía, por completo. También me entu-
siasmaron los relatos de viajes y aventuras (no re-
cuerdo ahora cuáles) que había en aquella bibliote-
ca, y durante días y días recuerdo haber recorrido
mis regiones armado con un trozo de horma de
zapatos y creyéndome la más perfecta encarnación
del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en
peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a
vender cara su vida. El capitán nunca perdía su
dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la
gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era
un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáti-
cas y de todas las lenguas, fueran muertas o vivas.
Este era mi único y constante consuelo. Cuando
pienso en ello veo siempre ante mi espíritu una
tarde de verano: los chicos jugaban en el cemente-
rio, y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello
me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad,
todas las piedras de la iglesia y todos los rincones
del cementerio, en mi espíritu se asociaban con
aquellos libros y representaban alguno de los sitios
hechos célebres en ellos. Yo he visto a Tom Pipes
escalar al campanario de la iglesia, y he visto a
Strap con su mochila al hombro descansando sen-
tado encima de la tapia, y sabía que el comodoro
Trunnion presidía un club con míster Pickle en la
salita de la taberna de nuestra aldea.
El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que
era al llegar a este punto de mi infantil historia. Voy
a reanudarla.
Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con
mis libros, encontré a mi madre con rostro preocu-
pado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a
su hermano trenzando algo alrededor de la contera
de su bastón, un bastón flexible de junco, que
cuando yo entré empezó a cimbrear en el aire.
-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado
muchas veces.
-Es la pura verdad ---dijo miss Murdstone.
-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timi-
dez mi madre-; pero ¿crees que eso le ha hecho a
Edward mucho bien?
-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho
mal, Clara? -preguntó míster Murdstone gravemen-
te.
-Esa es la cuestión --dijo su hermana.
A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi que-
rida Jane», y no dijo más.
Sentí que estaba interesado personalmente en
aquel diálogo, y traté de indagar en los ojos de
míster Murdstone, en el momento en que se fijaban
en los míos.
-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada
hipócrita-, tienes que prestar más atención que nun-
ca.
Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habien-
do terminado sus preparativos, lo colocó a su lado
con una expresiva mirada y cogió un libro.
Era una buena manera de darme presencia de
ánimo para empezar. Sentí que las palabras de mi
lección huían, no una por una, como otras veces, ni
línea por línea, sino por páginas enteras. Traté de
atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así,
que se habían puesto patines y se deslizaban a una
velocidad vertiginosa.
Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día hab-
ía llegado casi con la seguridad de que iba a desta-
car convencido de que estaba muy bien preparado;
pero resultó que era una equivocación mía. Libro
tras libro fueron desfilando todos hacia el contingen-
te de los que había que volver a estudiar. Miss
Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin,
llegamos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel
día me hicieron contar a golpes), mi madre se echó
a llorar.
-¡Clara! ---dijo miss Murdstone con su voz de re-
proche.
-Creo que no me encuentro bien, querida Jane
-dijo mi madre.
Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras
se levantaba y decía cogiendo su bastón:
-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte
con perfecta firmeza la pena y el tormento que Davy
le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Cla-
ra va siendo cada vez más fuerte; pero eso sería
pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.
Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi
madre corrió tras de nosotros. Miss Murdstone, dijo:
«¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi
detenerse tapándose los oídos y escuché sus sollo-
zos.
Murdstone me acompañó a mi habitación despa-
cio y gravemente (estoy seguro de que le deleitaba
toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y
cuando llegamos cogió de pronto mi cabeza debajo
de su brazo.
-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo su-
plico, ¡no me pegue! Le aseguro que hago lo posible
por aprender; pero con usted y su hermana delante
no puedo recitar. ¡Verdaderamente es que no pue-
do!
-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo
veremos!
Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo
me retorcía a su alrededor rogándole que no me
pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un mo-
mento, pues un instante después me pegaba del
modo más odioso. En el momento en que empezó a
azotarme yo acerqué la boca a la mano que me
sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento re-
chinar mis dientes al pensarlo.
Entonces él me pegó como si hubiera querido ma-
tarme a golpes. A pesar del ruido que hacíamos, oí
correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá
y a Peggotty. Después se marchó, cerrándome la
puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo,
ardiendo de fiebre, desgarrado y furioso.
¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquili-
zarme, la extraña quietud que parecía reinar en la
casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a
sentirme cuando la cólera y el dolor fueron pasando!
Estuve escuchando largo rato; pero no se oía na-
da. Me levanté con trabajo del suelo y me miré al
espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que
casi me asusté. Me dolían los huesos, y cada mo-
vimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada
al lado de mi sentimiento de culpa. Estoy seguro de
que me sentía más culpable que el más temible cri-
minal.
Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Duran-
te mucho rato había estado con la cabeza apoyada
en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y
mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave
y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne
y una taza de leche. Lo puso todo encima de la
mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar
firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la
puerta tras de sí.
Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el
mismo sitio, con la esperanza de que viniera alguna
otra persona. Cuando me convencí de que ya aque-
lla noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama
empecé a meditar con temor en lo que sería de mí
en lo sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen?
¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría peligro de
que me ahorcasen?
No olvidaré nunca mi despertar a la mañana si-
guiente: el sentimiento de alegría y descanso en el
primer momento, y después la opresión de los re-
cuerdos. Miss Murdstone reapareció antes de que
me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras
que si quería podía pasearme por el jardín durante
media hora, pero nada más. Después se retiró, de-
jando la puerta abierta para que disfrutara, si quería,
del permiso.
Así continuaron las cosas durante los cinco días
que duró mi cautiverio. Si hubiera podido ver a mi
madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella
pidiéndole perdón; pero sólo veía a miss Murdstone,
pues, aunque para las oraciones de la tarde me
sacaban del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba
cuando ya todos estaban colocados. Después me
dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un
criminal; y en cuanto terminaban, mi carcelera me
devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera
levantado. Pude observar que mi madre estaba lo
más lejos posible de mí y que además volvía la
cabeza hacia otro lado. Así es que nunca pude ver-
la. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta en un
pañuelo de hilo.
De lo largos que se me hicieron aquellos cinco
días no sé ni dar idea. En mis recuerdos los cuento
como años. Los ratos que pasaba escuchando to-
dos los incidentes de la casa que podían llegar a
mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y
cerrar de las puertas, el murmullo de voces, los pa-
sos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente
cantando fuera, y todo me parecía horriblemente
triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El
incierto paso de las horas, principalmente por la
noche, cuando me despertaba creyendo que ya era
la mañana y me percataba de que todavía no se
habían acostado en casa. Los sueños y pesadillas
deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en la
hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el
cementerio, los miraba desde muy dentro de la
habitación, avergonzado de que pudieran verme en
la ventana y supieran que estaba prisionero. La
extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los
ligeros intervalos de algo corno alegría que llegaba
con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una
tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a
tierra fresca; caía entre la iglesia y yo, cada vez más
deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que
me envolvía en sus sombras con mis remordimien-
tos. Todo esto se conserva tan grabado en mis re-
cuerdos, que juraría que habría durado años.
La última noche de mi encierro me desperté al oír
mi nombre pronunciado en un soplo. Me senté en la
cama y extendí los brazos en la oscuridad, diciendo:
-¿Eres tú, Peggotty?
No obtuve contestación inmediata; pero ensegui-
da volví a oír mi nombre en un tono tan misterioso,
que si no se me hubiera ocurrido que la voz salía de
la cerradura me habría dado un ataque.
Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradu-
ra, murmurando:
-¿Eres tú, Peggotty?
-Sí, Davy querido --contestó ella-; pero trata de
hacer menos ruido que un ratón, porque si no el
gato lo oirá.
Comprendí que se refería a miss Murdstone y me
di cuenta de la urgencia del caso, pues su habita-
ción estaba pared por medio de la mía.
-¿Cómo está mamá, querida Peggotty? ¿Se ha
enfadado mucho conmigo?
Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su
lado, como yo por el mío; después me contestó:
-No; no mucho.
-¿Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sa-
bes tú?
-Un colegio, cerca de Londres -fue la contestación
de Peggotty.
Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvi-
dado de quitar la boca del ojo de la llave, y sus pa-
labras me cosquillearon, pero no entendí nada.
-¿Cuándo, Peggotty?
-Mañana.
-¡Ah! ¿Es por eso por lo que miss Murdstone ha
sacado toda la ropa de mis cajones? (Pues lo había
hecho, aunque yo he olvidado mencionarlo.)
-Sí -dijo Peggotty-La maleta.
-¿Y no veré a mamá?
-Sí -dijo Peggotty-, por la mañana.
Y entonces Peggotty pegó su boca contra la ce-
rradura y pronunció las siguientes palabras, con tal
emoción y gravedad, que nunca ninguna cerradura
en el mundo habrá oído otras semejantes. Y dejaba
escapar cada fragmento de frase como una convul-
sive explosión de sí misma:
-Davy querido: ya sabes que si últimamente no he
estado tan unida a ti como de costumbre no es que
haya dejado de quererte sino todo lo contrario. Es
que me parecía lo mejor para ti y para otra persona.
Davy querido, ¿me oyes? ¿Quieres oírme?
-Sí, sí, sí, sí, Peggotty -sollocé.
-¡Hijo mío! -dijo Peggotty con infinita compasión-.
Lo que quiero decirte es que no debes olvidarme
nunca, pues yo nunca te olvidaré a ti y cuidaré mu-
cho de tu madre, Davy, como nunca te he cuidado a
ti, y no la abandonaré. Puede llegar un día en que le
guste apoyar su pobre cabecita en el brazo de la
estúpida y loca Peggotty. Y te escribiré, querido
mío, aunque no lo haga bien. Y yo, yo, yo.
Peggotty se puso a besar la cerradura, como no
podía besarme a mí.
-¡Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias!
¿Quieres prometerme también otra cosa, Peggotty?
¿Quieres escribir a míster Peggotty, a la pequeña
Emily y a mistress Gudmige y a Ham, diciéndoles
que no soy tan malo como podrían suponer, y que
les envío todo mi cariño, sobre todo a Emily? ¿Quie-
res hacerlo, por favor, Peggotty?
Me lo prometió con toda su alma, y ambos besa-
mos la cerradura con mucho cariño. Yo además la
acaricié con la mano (lo recuerdo) como si hubiera
sido su rostro honrado. Desde aquella noche siento
por Peggotty algo que no sabría definir. No era que
reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido
hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se
cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a
sentir nunca por nadie; un afecto que podría ser
cómico, pero que pienso que si se hubiera muerto
no sé lo que habría sido de mí, ni cómo hubiera
salido de aquella tragedia.
Por la mañana, miss Murdstone apareció como de
costumbre y me dio la noticia de mi partida, lo que
no me sorprendió, como ella suponía. También me
informó de que cuando estuviera vestido bajase al
comedor a tomar el desayuno. Allí encontré a mi
madre, muy pálida y con los ojos rojos. Corrí a su
brazos y le pedí perdón desde el fondo de mi alma.
-¡Oh Davy! -exclamó ella-. ¿Cómo has sido capaz
de hacer daño a una persona a la que yo quiero?
Trata de ser mejor. Ruega a Dios que te cambie. Te
perdono; pero soy desgraciada, Davy, cuando pien-
so que tienes esas malas pasiones.
La habían convencido de que yo era muy malo, y
eso la entristecía más que mi partida. Lo sentí vi-
vamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis
lágrimas caían en el pan con manteca y rociaban el
té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba
una ojeada a miss Murdstone, que estaba allí de
plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a
lo lejos.
-¡La maleta del señorito, aquí! -dijo miss Murdsto-
ne cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.
Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tam-
poco apareció míster Murdstone. Mi antiguo amigo
el cochero me esperaba en la puerta. Metieron la
maleta en el carro.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone en su tono de repro-
che.
-Estoy dispuesta, Jane mía -contestó mi madre-.
Adiós, Davy; si vas, es por tu bien. ¡Adiós, hijo mío!
Volverás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bue-
no.
-¡Clara! -repitió miss Murdstone.
-Vale, mi querida Jane ---dijo mi madre, que me
tenía en sus brazos-. Te perdono, hijo mío, y ¡que
Dios te bendiga!
-¡Clara! -repitió miss Murdstone, y fue tan buena,
que me acompañó al carro.
Por el camino me dijo que esperaba que me arre-
pentiría antes de tener un mal fin.
Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.
CAPÍTULO V
ME ALEJAN DEL HOGAR
Habíamos andado como una media milla y mi pa-
ñuelo estaba completamente empapado cuando el
carro se paró bruscamente.
Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro
vi a Peggotty surgiendo de un arbusto y enca-
ramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y
me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi
me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de
ello hasta después de un rato, al ver que me dolía.
Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con
uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta
el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que
introdujo en los míos, y puso entre mis manos una
bolsa, todo sin desplegar los labios. Después,
dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y
se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin
un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios
que habían caído a mi alrededor, y lo guardé duran-
te mucho tiempo como un tesoro.
El carretero me miró, como preguntándome si ya
no volvería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que
no.
-Entonces ¡en marcha! -le dijo a su caballo.
Y, efectivamente, este se puso en marcha.
Después de llorar cuanto me fue posible empecé
a comprender que no conducía a nada el llorar de
aquel modo, principalmente porque ni Roderich
Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa hab-
ían llorado nunca, ni aun en las situaciones más
críticas. El carretero, viéndome con aquella resolu-
ción---me propuso poner a secar el pañuelo en el
lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo,
y el pañuelo me parecía ridículamente pequeño
colocado allí.
No tardé en examinar la bolsa. Era un portamo-
nedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines
muy brillantes, evidentemente pulidos con esmero
por Peggotty para mi mayor satisfacción; pero, su
más precioso tesoro eran dos medias coronas, que
encontré envueltas en un papelito, en el que se leía,
de letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».
Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Bar-
kis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bon-
dad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó
que le parecía más prudente que siguiera sin él, y
comprendiendo que tenía razón, me sequé los ojos
con la manga y dejé de llorar.
Había dejado de llorar del todo; pero a conse-
cuencia de mis emociones, todavía me sacudía de
vez en cuando un profundo sollozo.
Después de haber viajado así durante un rato
pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el cami-
no.
-¿Todo el camino a dónde? -me preguntó.
-Allí -dije.
-¿Y dónde es allí? -insistió el hombre.
-Cerca de Londres --dije.
-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las
riendas para que le mirase- estaría más muerto que
un cochinillo asado antes de la mitad del camino.
-¿Entonces no va usted más que a Yarmouth?
-pregunté.
-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la dili-
gencia, y la diligencia te llevará hasta... donde vas.
Como esto era mucho hablar para él, pues ya ob-
servé en un capítulo precedente que era hombre
flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en
agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exac-
tamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su
rostro no se observó más impresión de la que se
hubiera observado en el del elefante.
-¿Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclina-
do, como siempre, hacia delante y con un brazo
sobre cada rodilla.
-¿Se refiere usted a Peggotty?
-Sí --contestó Barkis.
-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda
la cocina.
-Según eso, ¿lo hace ella?
Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero
no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo,
como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó
durante mucho tiempo.
-¿Y amorcillos no habrá, supongo?
-¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce,
míster Barkis? -pregunté, creyendo que le apetec-
ían.
-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ¿No habla nadie
con ella?
-¿Con Peggotty?
-Sí.
-¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.
-¿Nunca lo ha tenido?
Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a
silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las
orejas de su caballo.
-Según eso -dijo después de un largo rato de re-
flexión- ¿ella es quien hace todas las tartas de
manzana y toda la cocina?
Respondí que así era.
-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Bar-
kis-. ¿Tú piensas escribirle?
-Sí que pienso -respondí.
-¡Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente---.
¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Bar-
kis está dispuesto?
-¿Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocen-
cia---. ¿Nada más?
-Sí --dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».
-Pero usted volverá mañana a Bloonderstone,
míster Barkis -dije algo emocionado, al pensar que
yo, en cambio, estaría muy lejos-. ¿No podría decír-
selo usted mismo?
Rechazó aquella sugerencia con un movimiento
de cabeza a insistió en su encargo, diciendo con
profunda gravedad: «Barkis está dispuesto». Ese
era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo;
y aquella misma tarde, mientras esperaba a la dili-
gencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma
y escribí a Peggotty:
«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Bar-
kis está dispuesto." Mis cariños a mamá. Tu afec-
tuoso, DAVY.
» P. D. Dice que quiere que sepas muy particu-
larmente que "Barkis está dispuesto".»
Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis
volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome
agotado por todo lo sucedido en los últimos días,
caí encima de un saco y me quedé dormido.
Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por
cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció
un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que
perdí la esperanza que había acariciado de encon-
trarme con alguien de la familia Peggotty. ¡Quién
sabe! ¡Quizá hasta con Emily!
La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y
reluciente, pero sin los caballos, y al verla así parec-
ía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres.
Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de
mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del
patio, marchándose después con su carro), y tam-
bién meditaba en mi suerte futura cuando por una
ventana en la que había colgadas aves y algunos
embutidos se asomó una señora y dijo:
-¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?
-Sí, señora -le dije.
-¿Cómo se llama usted? -insistió la señora.
-Copperfield.
-No, no es eso -replicó la señora-; la comida está
encargada a otro nombre.
-¿Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.
-Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho
otro nombre primero? -preguntó la mujer.
Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una
campanilla y ordenó:
-William, conduce a este caballero al comedor.
Al oír esto, un camarero que salía corriendo del
lado opuesto del patio me miró y pareció muy sor-
prendido al ver que sólo se trataba de mí.
El comedor era una habitación enorme, rodeada
de mapas. Dudo que me hubiera sentido más con-
fuso si los mapas hubieran sido verdaderos países
extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me
parecía que era un atrevimiento enorme el de sen-
tarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la
silla más cercana a la puerta. Y cuando el camarero
extendió un mantel para mí y puso el salero encima,
sentí que me ponía rojo de vergüenza.
Después trajo unas fuentes con chuletas y legum-
bres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brus-
co, que yo estaba asustado y con temor de haberle
ofendido. Me tranquilicé mucho cuando, poniendo
una silla para mí delante de la mesa, me dijo cor-
dialmente:
-Vamos, gigante, siéntate.
Le di las gracias y me senté; pero me parecía difi-
cilísimo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de
soltura y no mancharme con la salsa mientras él
continuara enfrente sin dejar de mirarme y hacién-
dome ruborizar de la manera más horrible cada vez
que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando
me vio empezar la segunda chuleta me dijo:
-Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere us-
ted ahora?
Le di las gracias y le dije que sí.
Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la
luz para enseñarme el hermoso color que tenía.
-¡Pardiez! -dijo-, es buena cantidad.
-Sí es buena cantidad -le contesté con una sonri-
sa, pues estaba encantado de verle tan amable.
Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy colo-
radas y los cabellos tiesos. Y en aquel momento,
con un puño en la cadera y en la otra mano el vaso
lleno de cerveza, tenía un aspecto de lo más cam-
pechano.
-Ayer llegó aquí un caballero -dijo-, un caballero
muy grueso, que se llamaba Topsawyer; quizá le
conoce usted.
-No, no creo...
-Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero
de ala ancha, un traje gris y tapabocas -dijo el ca-
marero.
-No --dije confuso-, no tengo ese gusto...
-Pues vino aquí -continuó el mozo mirando la luz
a través del vaso- y pidió un vaso de esta misma
cerveza y se empeñó en beberla. Yo le dije que no
debía hacerlo; pero se la bebió y cayó muerto ins-
tantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No
debían volver a servirla.
Me impresionó muchísimo aquel triste accidente,
y dije que en vez de cerveza pensaba tomar un
poco de agua.
-Pero lo malo -dijo el camarero, mirando todavía
la luz a través del líquido y guiñándome un ojo- es
que los amos se disgustan si se dejan las cosas
después de pedidas. Se ofenden. Lo que sí se pue-
de hacer, si le parece bien, es que yo me la beba;
estoy acostumbrado, y la costumbre es todo. No
creo que pueda hacerme daño, sobre todo si echo
bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Quie-
re usted?
Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el
caso de que pudiera hacerlo sin el menor peligro; de
no ser así, de ninguna manera. Cuando le vi echar
la cabeza hacia atrás y beberla deprisa, confieso
que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto
como a míster Topsawyer. Pero no le hizo daño; por
el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.
-¿,Qué estábamos comiendo? -dijo después, me-
tiendo un tenedor en mi plato- ¡Ah! ¿Chuletas?
-Sí, chuletas --dije.
-¡Dios me bendiga! -exclamó-. No sabía que fue-
ran chuletas. Precisamente es lo único para evitar
los malos efectos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte
tenemos!
Con una mano me cogió una chuleta, con la otra,
una patata, y lo comió con el mayor apetito. Yo es-
taba radiante. Después cogió otra chuleta y otra
patata; después otra patata y otra chuleta. Cuando
terminó, me trajo un pudding, y sentándose enfrente
de mí rumió algo entre dientes, como si estuviera
pensando en otra cosa durante unos minutos.
-Qué, ¿cómo está ese bizcocho? --dijo de pronto.
-Es un pudding -le contesté.
-¡Pudding! -exclamó-. ¡Dios me bendiga! ¿De ver-
dad es pudding? ¡Cómo! -dijo mirándolo más de
cerca---. ¿Pero no será un pudding de frutas?
-Sí, precisamente.
-Es que el pudding de frutas -dijo cogiendo una
gran cuchara- es lo que más me gusta. ¿No es una
suerte? Vamos, pequeño, ¡a ver cuál de los dos lo
come más deprisa!
Como es natural, él era quien comía más deprisa.
De vez en cuando me animaba para que intentara
adelantarle; pero no había competencia posible
entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café,
entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío;
tanto es así, que desde el primer momento perdí las
esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto a
nadie saborear un pudding de aquel modo, y des-
pués de terminar, todavía se reía como si lo estuvie-
ra saboreando.
Le encontré tan amable que me atreví a pedirle
pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No
sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo miran-
do por cncima do mi hombro mientras escribía la
carta. Cuando terminé me preguntó que a qué es-
cuela me mandaban. Yo dije:
-A una cerca de Londres --que era lo que sabía.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compa-
sión-. ¡Cuánto lo siento!
-¿Por qué? -le pregunté.
-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la es-
cuela donde han roto a un muchacho dos costillas,
a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años
tienes?
Le dije que ocho y medio.
-¡Precisamente su edad! -dijo-. Ocho años y seis
meses tenía cuando le rompieron la primera costilla,
y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la
segunda, y murió a consecuencia de ello.
No pude disimular ante mí mismo ni ante el cama-
rero la impresión que me hacía aquella desgraciada
coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su
contestación no fue para animarme, pues consistió
en estas terribles palabras:
-De una paliza.
El ruido de la diligencia en el patio fue una dis-
tracción oportuna, que me hizo preguntar algo con-
fuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le
debía algo.
-Un pliego de papel -me contestó---. ¿Has com-
prado alguna vez papel de cartas?
No recordaba haberlo comprado nunca.
-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peni-
ques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo
tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se
cuenta; soy yo quien pierde en ello.
-¿Y qué sería.... cuánto sería..., cuánto daré...,
cuánto será razonable para pagar al camarero?
Dígame -balbucí enrojeciendo.
-Si no tuviera una familia y esta familia no estuvie-
ra ahora enferma -dijo el camarero- no aceptaría
seis peniques. Si no tuviera que sostener a una
madre anciana y a una encantadora hermanita (al
llegar aquí pareció muy conmovido), no aceptaría ni
un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y
me trataran bien, sería yo el que de buena gana
ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de
los desperdicios y duermo en la carbonera... (Al
llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)
Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí
que una propina menor de nueve peniques demos-
traría un corazón muy duro. Así es que le di uno de
mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas
bendiciones, y un momento después lo hacía sonar
con la uña, para estar seguro de que no era malo.
Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al
coche fue observar que todos suponían que me
había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo
descubrí porque oí a la señora de la ventana, que le
decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño,
no vaya a reventar». Y también al ver que todas las
criadas de la casa se acercaban a contemplarme
como a un fenómeno.
Mi desgraciado amigo el camarero, que había re-
cobrado todo su buen humor, no parecía turbado lo
más mínimo, y se unía a la admiración general sin
la menor vergüenza. Aun no teniendo la menor du-
da de él, esto podia haberme hecho dudar; pero
creo que, con la sencilla confianza de los niños y el
natural respeto que se tiene a esa edad por los que
son mayores (cualidad que me entristece mucho ver
que los niños pierden tan prematuramente), no se
me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.
Sin embargo, debo confesar que me molestaba
mucho ser el objeto de las bromas entre el cochero
y el conductor, y estar oyéndoles, sin poder protes-
tar, decir cosas como que el coche se inclinaba por
el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho
mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi
supuesto apetito se extendió pronto entre los viaje-
ros, a los que también divirtió mucho, y me pregun-
taban si en la escuela iba a pagar como si fuésemos
dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían
hecho en las mismas condiciones que para los de-
más, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo
peor de todo era que estaba convencido de que no
me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y
que, después de haber comido poco, tendría que
aguantar toda la noche el hambre, pues en mi prisa
había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en
el hotel. En efecto, mis temores se confirmaron;
pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve
valor para tomar nada, aunque tenía hambre, y me
senté al lado de la chimenea, diciendo que no quer-
ía nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues
un caballero de voz ronca y rostro rojizo, que había
estado comiendo sandwiches todo el camino, ex-
cepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser
como las boas, que en una comida tornan lo sufi-
ciente para unos cuantos días; después de lo cual
se sirvió un trozo enorme de carne cocida.
Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tar-
de y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho
de la mañana si: Terminaba el verano y la noche
era hermosa.
Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de
figurarme cómo sería el interior de sus casas y los
que las habitaban; y cuando los chicos se encara-
maban en el estribo de la diligencia, pensaba si
tendrían padres y si serían felices en sus casas.
Como se ve, no dejaba de pensar un momento,
aunque lo que más me preocupaba era el sitio don-
de me dirigía, horrible motivo de reflexión. A veces
recuerdo que me ponía a pensar en mi casa y en
Peggotty, y trataba confusamente de recordar cómo
sentía y qué clase de niño era antes de haber mor-
dido a míster Murdstone; pero no lo conseguía. Me
parecía que aquello databa de la más remota anti-
güedad.
La noche fue menos alegre que la tarde, porque
hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros
(el de la cara roja y otro), por precaución no me
fuera a caer. Y aquellos dos señores, a cada cabe-
zada que daban al dormir casi me despachurraban.
Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por
menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les moles-
taba extraordinariamente.
Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en
una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía
un almiar que una señora, de tal modo iba empa-
quetada. Dicha señora llevaba consigo una cesta
que durante mucho tiempo estuvo sin saber dónde
ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de
mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era
un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues
no dejaba de rozarme un instante. Al menor movi-
miento la loza que contenía la cesta chocaba contra
alguna otra cosa, y entonces la señora me daba un
golpe terrible con el pie y me decía:
-¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquie-
to!
Por último, empezó a amanecer, y entonces me
pareció que mis compañeros dormían más tranqui-
los, desapareciendo las dificultades con que lucha-
ban durante la noche y que habían encontrado ex-
presión en los más horribles ronquidos y resoplidos
concebibles. Conforme el sol subía, su sueño era
más ligero, y poco a poco se iban despertando.
Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la come-
dia de todos asegurando que no habían dormido en
absoluto, y la extraña indignación con que lo asegu-
raban. Todavía persiste en mí el sentimiento de
asombro de aquel día, pues he observado invaria-
blemente que, de todas las debilidades humanas, la
que menos dispuesto se está a reconocer es la de
haber dormido yendo en coche.
Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a
distancia, el convencimiento que tenía de que todas
las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban
allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella esta-
ba más llena de maravillas y de crímenes que todas
las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fui-
mos acercándonos poco a poco, y por fin llegamos
al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia.
He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o
«El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese
estaba pintado en la portezuela del coche.
El conductor me miró fijamente mientras bajaba y
preguntó asomándose a la puerta de las oficinas:
-Si hay alguien que pregunte por un muchacho
llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone
Sooffolk, que se acerque a reclamarle.
Nadie contestó.
-Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer
el favor? --dije bajando con temor los ojos.
-Si hay alguien que busque a un muchacho inscri-
to con el nombre de Murdstone, procedente de Blo-
onderstone Sooffolk, pero que responde al nombre
de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le
reclamen -dijo el conductor-, que venga. ¿No hay
nadie?
No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alre-
dedor; pero la pregunta no había impresionado a
ninguno de los presentes; sólo un hombre con po-
lainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería
ponerme un collar y atarme en el establo como a un
perro sin dueño.
Pusieron una escala y bajé detrás de la señora
que parecía un almiar, pues no me había atrevido a
moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre
tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche;
también habían sacado los equipajes, des-
enganchado los caballos, y hasta la diligencia había
sido conducida entre varios empleados fuera del
camino, cuando todavía no se había presentado
nadie a reclamar al polvoriento niño que venía de
Bloonderstone.
Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel,
por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mien-
tras estaba solitario, entré en las oficinas de la dili-
gencia, y por invitación de un empleado pasé a
sentarme detrás del mostrador, en la báscula de
pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los
montones de maletas y libros y percibiendo el olor
de las cuadras (que para siempre estará asociado
en mi memoria con aquella mañana), una procesión
de los más terribles pensamientos empezó a desfi-
lar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se pre-
sentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían
estar allí? ¿Podría estar hasta que se me termina-
ran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en
uno de aquellos departamentos de madera con los
equipajes? Y por las mañanas, ¿tendría que lavar-
me en la bomba del patio? ¿O tendría que mar-
charme todas las noches y esperar a que fuese de
día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me
habían reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido
una invención de míster Murdstone para deshacer-
se de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me deja-
ran permanecer allí hasta que se me terminaran los
chelines; lo que no podía esperar ni remotamente
era que me dejasen continuar cuando empezase a
morirme de hambre. Sería muy molesto para los
empleados, y además se exponía «El yo no sé qué
azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara
volver a mi casa, ¿conseguiría encontrar el camino?
¿Sería posible que pudiera ir andando hasta tan
lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa
quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de
Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y
me ofreciera como soldado o marino? Era un niño
tan chico, que seguro no querrían tomarme. Estos
pensamientos y otros mil semejantes me tenían
febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuer-
te de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cu-
chicheó con el empleado, y este, levantándome de
la báscula, me presentó como si fuera un paquete
vendido, pagado y pesado.
Mientras salía de la oficina con mi mano en la de
aquel señor, le lancé una mirada. Era un joven páli-
do y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra
como la de míster Murdstone. Pero esa era la única
semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus
cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un
traje negro, también viejo y raído y que le estaba
corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba
muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero supo-
nerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de
ropa blanca que llevase el joven; pero desde luego
era lo único que se veía de ella.
-¿Es usted el nuevo alumno? -me preguntó.
-Sí, señor -dije.
Suponía que lo era, aunque no lo sabía.
-Yo soy un profesor de Salem House -me dijo.
Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a
una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel
profesor de Salem House; tanto, que hasta que no
estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo.
Ante mi humilde insinuación de que quizá después
podría serme útil, volvimos atrás, y dijo al empleado
que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla a
mediodía.
-Si hiciera usted el favor -dije cuando estuvimos,
poco más o menos, a la distancia de antes-. ¿,Es
muy lejos?
-Por Blackheath -me dijo.
-¿Y eso está muy lejos, caballero? -pregunté tími-
do.
-Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia.
Habrá unas seis millas.
Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer
otras seis millas sin restaurar mis fuerzas me pare-
ció imposible, y me atreví a decir que no había ce-
nado aquella noche y que si me permitía comprar
algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió
bastante (le veo todavía detenerse a mirarme), y
después de unos segundos me dijo que sí; que él
tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y
que lo mejor sería que comprase algo de pan y
cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y
que en casa de la anciana me lo comería. Además,
allí podrían darme leche.
Entramos en una panadería, y después de propo-
ner yo la compra de varios pasteles, que él rechazó
una a una, nos decidimos en favor de un apetitoso
panecillito integral que costó tres peniques. Además
compramos un huevo y un trozo de tocino ahuma-
do. Al pagar me devolvieron tanta calderilla del se-
gundo chelín, que Londres me pareció un sitio muy
barato. Con estas provisiones atravesamos, en me-
dio de un ruido y un movimiento horribles, un puente
que debía de ser el puente de Londres (hasta creo
que el profesor me lo dijo, pero yo iba dormido), y
llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asi-
lo, como me figuré por su aspecto y supe por una
inscripción que había sobre la piedra del dintel,
donde decía que había sido fundado para veinticin-
co ancianas pobres.
El profesor de Salem House abrió una de aquellas
puertecitas negras, que eran todas iguales y que
tenía una ventanita de cristales a un lado y otra
encima, y entramos en la casita de una de aquellas
pobres ancianas. Su dueña estaba atizando el fue-
go, sobre el que había colocado un puchero. Al ver
entrar a mi acompañante se dio un golpe con el
soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Char-
les»; pero al verme a mí se levantó frotándose las
manos y haciendo una confusa reverencia.
-¿Podría usted hacer el favor de preparar el des-
ayuno de este niño? --dijo el profesor.
-¿Que si puedo? ¡Ya lo creo! -dijo la anciana.
-¿Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson?
-dijo ¡ni acompañante, mirando a otra anciana que
había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y
que parecía un montón de harapos, que todavía
ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no
haberme sentado, por distracción, encima.
-No está muy bien la pobre -dijo la primera ancia-
na-. Está en uno de sus peores días. Si se apagase
el fuego, se apagaba con él.
Y como la miraban, la miré también yo. Aunque
en realidad era un día bastante caluroso, la anciana
no parecía poder pensar en nada que no fuese
aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había
puesta encima, y tengo motivos para sospechar que
la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues
vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con
el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella,
sentada en su sillón, le volvía la espalda y contem-
plaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente
en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos
de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le
dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir
que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi
panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además,
me pusieron una taza de leche; me parecía un des-
ayuno delicioso. Todavía estaba gozando de ello,
cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:
-¿Llevas ahí la flauta?
-Sí ---contestó él.
-Pues anda, toca algo --dijo suplicante la anciana.
El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó
las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a
tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años,
es que no puede haber en el mundo nadie que to-
que peor. Sacaba los ruidos más disparatados que
puedan producirse por ningún medio natural o artifi-
cial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo
dudo; pero la impresión que aquella melodía me
produjo fue: primero, hacerme pensar en todas mis
desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segun-
do, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal
sueño, que no podía seguir con los ojos abiertos.
Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me
causó la música en aquella ocasión. Aún me parece
ver la habitación aquella, con su armario entreabier-
to en un rincón y las sillas con los respaldos per-
pendiculares, y la pequeña y angulosa escalera que
conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de
pavo real extendidas encima de la chimenea. Re-
cuerdo que en el primer momento me preocupó lo
que el pavo pensaría si supiese para lo que servían
sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra,
inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de
oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia,
y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me des-
pierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el
profesor de Salem House está sentado, con las
piernas cruzadas, tocándola tristemente, mientras la
dueña de la casa le escucha deleitada. Pero tam-
bién esto desaparece, todo desaparece; ya no hay
flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Cop-
perfield; sólo hay un profundo sueño.
Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que
oía aquella horrible música, me pareció ver a la
anciana que se acercaba poquito a poco, en su
estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo
de la silla y dabs al músico un beso cariñoso, inte-
rrumpiendo la música un momento. Estaba en ese
estado, entre la vigilia y el sueño, pues cuando con-
tinuó (el que se interrumpió la música es seguro) vi
y oí a la misma anciana preguntar a mistress Fibit-
son si no le parecía delicioso, refiriéndose a la flau-
ta. A lo que mistress Fibitson replicó: « ¡Ah, sí! ¡Ah,
sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro
que atribuía todo el mérito de la música.
Me pareció que había pasado mucho tiempo
cuando el profesor de Salem House, desmontando
su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y
partimos. Encontramos la diligencia muy cerca de
allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sue-
ño tan terrible, que cuando nos paramos para coger
más gente me metieron dentro, donde no iba nadie,
y pude dormir profundamente hasta que el coche
llegó ante una gran pendiente, que tuvo que subir al
paso, entre dos hileras de árboles. Pronto se detu-
vo. Habíamos llegado a nuestro destino.
A los pocos pasos el profesor y yo nos encontra-
mos delante de Salem House. El edificio estaba
rodeado de una tapia muy alts de ladrillo y tenía un
aspecto muy triste. Encima de una puerta practica-
da en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y
a través de un ventanillo de la puerta nos contempló
un rostro antipático, que pertenecía, según vi cuan-
do se abrió la puerta, a un hombre grueso con cue-
llo de toro, una pierna de palo, frente muy abultada
y cabellos cortados al rape.
-El nuevo alumno --dijo el profesor.
El hombre de la pierna de palo me miró de arriba
abajo; no tardó mucho en ello, ¡era yo, tan pequeño!
Después cerró la puerta, guardándose la llave en el
bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por de-
bajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuan-
do llamó a mi guía:
-¡Eh!
Nos volvimos. Estaba parado ante su portería,
con un par de botas en la mano.
-¡Oiga! El zapatero ha venido -dijo-cuando usted
no estaba, míster Mell, y dice que esas botas ya no
se pueden volver a remendar; que no queda ni un
átomo de la primera piel, y que le asombra que
pueda usted esperarlo.
Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell,
que volvió atrás para cogerlas y las miró muy des-
consoladamente mientras se acercaba a mí. Enton-
ces observé por primera vez que las botas que lle-
vaba debían de haber trabajado mucho, y que hasta
por un sitio asomaba el calcetín.
Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo,
con pabellones, de aspecto desnudo y desolado.
Todo a su alrededor estaba tan tranquilo, que pre-
gunté a mi guía si era que los niños estaban de
paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera
que era época de vacaciones. Todos los chicos es-
taban en sus casas. Míster Creakle, el director, es-
taba en una playa con mistress Creakle y miss
Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por mi
mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo
del camino.
La clase donde me llevó me pareció el lugar más
triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy vien-
do: una habitación larga, con tres hileras de pupitres
y seis de bancos, y todo alrededor perchas para
sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de
ejercicios ensucian el suelo. Algunas cajas de gu-
sanos de seda ruedan por encima de los pupitres.
Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por
su dueño, recorren de arriba abajo un castillo muy
sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos
rojos buscan por todas partes algo que comer. Un
pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él,
hace un ruido monótono saltando desde el palito al
suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En
la habitación reina un olor extraño a insano a cuero
podrido, a manzanas guardadas y a libros apolilla-
dos. Y no podría haber más tinta vertida por toda
ella si al construir la casa hubieran olvidado poner
techo y hubiera estado lloviendo, nevando o grani-
zando tinta durante todas las estaciones del año.
Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas
irreparables.
Yo avanzaba despacio por la habitación ob-
servándolo todo. De pronto, encima de un pupitre
me encontré con un cartel escrito en letra grande y
que decía: «¡Cuidado con él! ¡Muerde! ».
Me encaramé inmediatamente encima del pupitre,
convencido de que por lo menos había un perro
debajo. Pero por más que miraba con ojos asusta-
dos en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba
todavía así, cuando volvió míster Mell y me pre-
guntó qué hacía allí subido.
-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.
-¿Al perro? --dijo él- ¿A qué perro?
-¿No es un perro?
-¿Que si no es un perro?
-Del que hay que tener cuidado porque muerde.
-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un
perro; es un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de
poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener
que empezar con usted de este modo; pero no ten-
go otro remedio.
Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que
estaba hecho a propósito para ello) en la espalda
como una mochila, y desde entonces tuve el con-
suelo de llevarlo a todas partes conmigo.
Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede
imaginar. Tanto si era posible vérmelo como si no,
yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me
tranquilizaba el volverme a mirar, pues siempre
seguía pareciéndome que alguien lo estaba viendo.
El hombre de la pierna de palo, con su crueldad,
agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si
alguna vez me veía apoyado en un árbol, o en la
tapia, o en la fachada de la casa, se asomaba a su
puerta y me gritaba con voz estentórea:
-¡Eh! Míster Copperfield, enseñe su letrero si no
quiere que se lo haga enseñar yo.
El patio de recreo estaba abierto, por la parte de
atrás, a las dependencias de la casa, y yo sabía que
todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el
carbonero; en una palabra, todo el mundo que iba
por la mañana a la hora en que yo tenía orden de
pasear por allí; todos leían que había que tener
cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que
positivamente empecé a tener miedo de mí mismo
como de un niño salvaje que mordiese.
En aquel patio había una puerta muy vieja, donde
los chicos acostumbraban a grabar sus nombres, y
que estaba cubierta por completo de inscripciones.
En mi miedo a la llegada de los otros niños, no pod-
ía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con
que leerían: « ¡Cuidado con él! ¡Muerde! ». Había
uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre
muy a menudo y muy profundamente y a quien me
figuraba leyéndolo a gritos y después tirándome del
pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien
temía que se acercara como distraído y después
hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi
lado. A otro, George Demple, me le figuraba leyén-
dolo cantando. Y me pasaba el tiempo mirando
aquella puerta (pequeña y temblorosa criatura) has-
ta que todos aquellos propietarios de los nombres
(eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell)
quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y
gritaran cada uno a su manera: «¡Cuidado con él!
¡Muerde!» .
Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los
bancos; lo mismo con las camas del dormitorio de-
sierto, a las que miraba cuando estaba acostado.
Todas las noches soñaba: unas, que estaba con mi
madre, como de costumbre; otras, que estaba en
casa de míster Peggotty, o viajando en la diligencia,
o almorzando con mi desgraciado amigo el cama-
rero, y en todas aquellas circunstancias, la gente
terminaba asustándose al darse cuenta de que sólo
llevaba la ligera camisa de dormir y el letrero.
La monotonía de mi vida y la constante aprensión
de la reapertura de la escuela me tenían en una
insoportable aflicción. Todos los días tenía que
hacer muchos deberes para míster Mell; pero lo
hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos
Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me pa-
seaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de
la pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la
tierra alrededor de la casa, las piedras cubiertas de
musgo en el patio, una fuente muy vieja y destroza-
da, y los descoloridos troncos de algunos árboles
raquíticos, que parecía que no podía haber en el
mundo otros que hubieran recibido más lluvia y
menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en
una esquina del largo comedor, lleno de mesas
desnudas. Después nos poníamos a trabajar hasta
la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una
taza azul y yo en una de estaño. Todo el día y hasta
las siete o las ocho de la noche míster Mell per-
manecía en su pupitre trabajando sin descanso con
plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas,
según supe después, del último semestre. Cuando,
ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta
y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo
de que de un soplido fuera a entrar por el gran agu-
jero del instrumento y después saliera por algún
agujerillo de las teclas.
Todavía me parece ver a mi pequeña personilla
en la habitación apenas iluminada, sentado, con la
cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa
melodía de míster Mell y estudiando. Me veo tam-
bién con los libros cerrados a mi lado y oyendo a
través de aquella música los ruidos habituales de mi
casa, o el soplar del viento en la llanura de Yar-
mouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo
metiéndome en la cama, entre todos aquellos le-
chos solitarios, y sentándome en ella a llorar de
deseo por una palabra cariñosa de Peggotty. Y
luego, a la mañana, me veo bajando la escalera y
mirando a través de un tragaluz, que la ilumina, la
campana de la escuela, suspendida en lo alto, con
la veleta encima, y pienso en cuándo sonará lla-
mando a J. Steerforth y a todos los demás al traba-
jo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor
secundario, pues lo que me horroriza es el momen-
to en que el hombre de la pierna de palo abra la
puerta para dejar pasar al terrible míster Creakle.
Y aunque creo que no soy un chico malo .... como
sigo llevando el cartel en la espalda...
Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era
malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente
compañía, aunque no nos habláramos. He olvidado
mencionar que él, algunas veces, hablaba solo;
entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños
y se tiraba de los pelos de una manera extraña;
pero debía de ser costumbre, y aunque al principio
me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.
CAPÍTULO VI
ENSANCHO MI CÍRCULO DE AMISTADES
Llevaba un mes, poco más o menos, haciendo es-
ta vida, cuando el hombre de la pierna de palo apa-
reció, limpiándolo todo con una escoba y un cubo, lo
que deduje eran preparativos para el recibimiento
de míster Creakle y sus alumnos. No me había
equivocado; y por fin llegó la escoba a la sala de
estudio, arrojándonos a míster Mell y a mí, que tu-
vimos que vivir durante aquellos días donde pudi-
mos y como pudimos, encontrándonos por todas
partes con las criadas (que yo antes apenas había
visto) constantemente ocupadas en hacernos tragar
polvo en tal cantidad que yo no dejaba de estornu-
dar, como si Salem House fuera una enorme taba-
quera.
Un día míster Mell me anuncio que míster Creakle
llegaba aquella noche. Y por la tarde, después del
té, le oí decir que ya había llegado. Un rato antes de
la hora de acostarme, el hombre de la pierna de
palo se presentó a buscarme para conducirme ante
míster Creakle.
La parte de la casa dedicada a vivienda del señor
director era mucho mejor y confortable que la nues-
tra, y tenía un trozo de jardín que era como un edén
al lado de nuestro horrible patio de recreo, pues
nuestro patio se parecía de tal modo a un desierto
en miniatura, que yo pensaba siempre que sólo un
camello o un dromedario se sentirían allí como en
su casa. Me pareció de un atrevimiento inaudito el
darme cuenta de que hasta el pasillo tenía aspecto
confortable, mientras me dirigía, temblando, a su
presencia. Estaba tan turbado, que al entrar apenas
vi a mistress Creakle ni a su hija, que estaban en la
habitación. Sólo vi al director. Míster Creakle era un
hombre muy grueso, que llevaba un montón de diles
en la cadena del reloj. Estaba sentado en un sillón,
con un vaso y una botella al lado.
-Así -dijo míster Creakle-, ¿este es el caballerito a
quien tendremos que limar los dientes? ¿A ver? Dé
usted la vuelta.
El hombre de la pierna de palo me hizo girar para
que pudieran contemplar mi letrero-, y después de
tenerme el tiempo suficiente para que lo leyeran,
volvió a ponerme frente a míster Creakle, y él se
colocó a su lado. El rostro de míster Creakle era
verdaderamente feroz: los ojos, muy pequeños y
hundidos en la cabeza; las venas de la frente, muy
hinchadas; la nariz, pequeña, y la barbilla, grande.
Estaba calvo; sólo tenía unos cuantos pelitos grises,
que peinaba hacia arriba, uniéndolos en lo alto.
Pero lo que más me impresionó entonces fue que
no tenía voz; hablaba como en un cuchicheo, y no
sé si el trabajo que le costaba hablar o la conciencia
de su debilidad le hacía tener más expresión de
malo cuando hablaba, y quizá también eso fuese
causa de que sus abultadas venas se hincharan
todavía más. Ahora no me extraña que al verlo de
primeras fuera esta peculiaridad la que más me
chocase.
-Y bien -dijo míster Creakle-, ¿tiene usted algo
que decirme del chico?
-Todavía no ha hecho nada -dijo el hombre de la
pierna de palo---, no ha tenido ocasión.
Me dio la impresión de que a míster Creakle le
había defraudado, y que, en cambio, no había de-
fraudado a miss y a mistress Creakle (a quienes por
primera vez lanzaba una ojeada).
-Acérquese usted más -me dijo míster Creakle.
-Acérquese usted más --dijo el hombre de la pier-
na de palo, repitiendo su gesto.
-Tengo el honor de conocer bastante a su padras-
tro -cuchicheó míster Creakle agarrándome de una
oreja-: es un hombre muy digno, un hombre de
carácter. Los dos nos conocemos mucho... Pero tú
no me conoces, ¿verdad? -repitió míster Creakle,
pellizcándome la oreja con feroz complacencia.
-Todavía no, señor -dije con verdadero pánico.
-¿Todavía no?, ¿eh? Pero pronto será.
-Pero pronto será -repitió el hombre de la pierna
de palo.
Después he sabido que, por lo general, actuaba,
con su voz de trueno, de intérprete de míster Crea-
kle para con sus alumnos.
Estaba muy asustado, y le dije que así lo suponía.
Entre tanto, sentía que me ardía la oreja, pues me
la pellizcaba cada vez con más fuerza.
-Te voy a decir quién soy -cuchicheó míster Crea-
kle, soltándome por fin, aunque no sin antes retor-
cerme el pellizco, haciendo que se me saltaran las
lágrimas-. Soy un tártaro.
-Un tártaro -dijo el hombre de la pierna de palo.
-Y si digo que haré una cosa, la hago, y si digo
que ha de hacerse una cosa, también se hace.
-Si digo que ha de hacerse una cosa, se hace
-repitió como un eco el intérprete.
-Soy un carácter decidido -continuó míster Crea-
kle-; eso soy. Cumplo con mi deber; eso es lo único
que hago. Y si mi carne y mi sangre se revelan con-
tra mí (y miró a mistress Creakle al decir esto), ya
no son mi carne ni mi sangre y reniego de ellos.
Y dirigiéndose al hombre de la pierna de palo
añadió:
-Aquel individuo, ¿no ha vuelto por aquí?
-No, señor -fue la contestación.
-No --dijo míster Creakle-, ya sabe él que más le
vale así. Me conoce, y hace bien. Digo que es mejor
que no vuelva -repitió míster Creakle, dando un
puñetazo encima de la mesa y mirando a su mujer-
Ese ya me conoce. Y ahora tú también vas a cono-
cerme, amiguito; puedes marcharte. ¡Llévatelo!
Estaba muy contento de poderme marchar, pues
mistress Creakle y su hija se secaban los ojos, y yo
estaba sufriendo por ellas y por mí. Sin embargo,
como tenía en el pensamiento una petición que le
quería hacer y que me interesaba muchísimo, no
pude por menos de expresarla, aunque asombrado
de mi propia audacia.
-Señor, si usted quisiera...
Míster Creakle murmuró:
-¡Cómo! ¿Qué quiere decir esto?
Y me lanzó un mirada como si quisiera aniquilar-
me con ella.
-Señor, si usted quisiera... -balbucí-, si usted pu-
diera perdonarme... Estoy tan arrepentido de lo que
hice. Si pudieran quitarme este letrero antes de que
lleguen mis compañeros...
No sé si míster Creakle lo hacía por asustarme;
pero saltó de la silla con cólera. Yo, al verle así,
eché a correr, sin esperar la escolta del hombre de
la pierna de palo, y no paré hasta llegar al dormito-
rio. Allí, al darme cuenta de que no me seguían, me
desnudé y acurruqué en la cama, donde estuve
temblando durante un par de horas.
A la mañana siguiente llegó míster Sharp. Míster
Sharp era el profesor de más categoría, superior a
míster Mell. Míster Mell comía con los niños, mien-
tras que míster Sharp comía y cenaba en la mesa
del señor director. Era menudo, y me pareció de
aspecto delicado; tenía un nariz muy grande, y lle-
vaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado,
como si fuera demasiado pesada para él. Tenía el
pelo abundante y rizado; pero, según me dijo el
primer niño que volvió, aquello era peluca (compra-
da de segunda mano, según decía); también me
dijo que todos los sábados por la tarde salía para
que se la rizaran.
Todos aquellos datos me los dio Tommy Traddles.
Fue el primero en volver, y se me presentó diciendo
que su nombre lo podía encontrar grabado en el
rincón derecho de la puerta, encima del cerrojo;
entonces yo le dije: «¿Traddles?», y él me contestó:
« El mismo.» Después me estuvo preguntando mu-
chas cosas más y sobre mi familia.
Fue una suerte muy grande para mí el que Tradd-
les regresara el primero, pues le divirtió tanto mi
letrero, que me libró del problema de enseñarlo o de
ocultarlo, presentándome a todos los niños que
llegaban, fueran grandes o chicos, en la siguiente
forma: «¡Eh! ¡Venid aquí y veréis qué comedia! » .
Felizmente también, la mayor parte de los niños
volvían tristes y no estaban propicios a divertirse a
costa mía, como yo me esperaba.
Claro que algunos gesticularon a mi alrededor
como salvajes, y que la mayoría no podía resistir a
la tentación de hacer como si me tomasen por un
perro, y me acariciaban y mimaban como si tuvieran
miedo, diciendo: « ¡Abajo, chucho!» , y me llamaban
Towser.
Esto, naturalmente, me molestaba mucho y me
costaba lágrimas; pero en conjunto fueron menos
crueles de lo que me imaginaba.
Así y todo, no me consideraron formalmente ad-
mitido en la escuela hasta que hubo llegado James
Steerforth. Me condujeron ante aquel muchacho
(que tenía fama de saber mucho, y que era muy
guapo y, por último, por lo menos seis años mayor
que yo) como ante un juez. Debajo de un cobertizo
del patio de recreo él inquirió la causa y los detalles
de mi cruel castigo, y después tuvo la amabilidad de
expresar su opinión diciendo que aquello era < una
famosa infamia», lo que le agradecí ya para siem-
pre.
-¿Cuánto dinero tienes, pequeño Copperfield?
-me dijo paseando conmigo después de juzgar el
asunto en aquel tono.
Le dije que siete chelines.
-Te convendría más que lo guardara yo --dijo,
Eso si te parece bien.
Me apresuré a entregárselos, vaciando la bolsa
de Peggotty en su mano.
-¿Y no te gustaría gastar en nada ahora? -me
preguntó.
-No, gracias -repliqué.
-Si quieres, puedes -insistió Steerforth-; me lo di-
ces a mí...
-No, gracias -repetí.
-Quizá te gustaría gastarte dos chelines en una
botella de licor de grosella; podríamos beberla poco
a poco en el dormitorio -insistió Steerforth-. Creo
que duermes en el mismo que yo.
A mí nunca se me hubiera ocurrido una cosa se-
mejante; pero dije que sí, que me gustaba mucho.
-Muy bien --contestó Steerforth-, y estoy casi se-
guro de que también te gustaría gastar otro chelín
en bizcochos de almendra, ¿eh?
También dije que sí, que me gustaba mucho.
-Y otro chelín, o así, en dulces, y otro en frutas,
¿qué te parece? ¿Quieres, pequeño Copperfield?
Sonreí porque él también sonreía; pero un poco
confuso.
-Bien -dijo Steerforth-, haremos que dure lo más
posible. Para ti, lo mejor es que esté en mi poder,
pues salgo cuando quiero y puedo pasar bien el
contrabando. Al decir esto se guardó el dinero y me
dijo con mucho cariño que no me preocupase, que
él tendría cuidado de que todo saliera a pedir de
boca.
Y cumplió su palabra: todo salió muy bien, si se
puede decir eso de aquello que en el fondo de mi
alma me parecía mal. Sentía que no había hecho
buen use de las medias coronas de mi madre; sin
embargo, conservé el papelito en que estaban en-
vueltas (¡preciosa economía!). Cuando estuvimos
en el dormitorio, Steerforth sacó el producto íntegro
de los siete chelines y lo extendió encima de mi
cama, diciendo:
-Aquí está, joven Copperfield; ¡es un banquete re-
gio!
Sólo la idea de tener que hacer los honores del
festín a mi edad y estando allí Steerforth hacía tem-
blar mi mano. Por lo tanto, le rogué que me hiciera
el favor de presidir la mesa, y mi petición fue secun-
dada por los otros muchachos del mismo dormitorio.
Steerforth accedió, y sentándose encima de mi
almohada, repartió los manjares con perfecta equi-
dad, debo reconocerlo. El licor de grosella lo fue
dando uno a uno en una copa rota que era propie-
dad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los de-
más, agrupados a nuestro alrededor, unos en las
camas más próximas y otros en el suelo.
¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados,
¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor dicho,
charlaban: yo escuchaba en silencio. La luna entra-
ba en la habitación por la ventana, dibujando otra
pálida ventana en el suelo, y la mayoría de nosotros
estábamos en la oscuridad, excepto cuando Steer-
forth encendía un fósforo de su caja para buscar
algo en la mesa, y era un instante de luz azul sobre
todos nosotros. Un misterioso sentimiento, conse-
cuencia de la oscuridad, del secreto del festín y del
cuchichear de todos a mi alrededor, se apodera
nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que
dicen con un sentimiento vago de solemnidad y
temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y
asustándome, aunque finjo reír, cuando Traddles
dice que ve a un fantasma.
Les oí las cosas más diversas sobre toda la es-
cuela y los que la habitaban. Oí decir que míster
Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo
tártaro; que era el maestro más cruel y severo, y
que todos los días golpeaba a los niños a diestro y
siniestro, lo mismo que a un rebaño, y sin compa-
sión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo
más ignorante (lo decía J. Steerforth) que el chico
más obtuso de la escuela; que hacía muchos años
había sido comerciante en vinos en Boroug; que
había emprendido el negocio de la escuela después
de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin hab-
ía conseguido salir adelante era gracias al dinero de
mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas
más de este calibre, que yo no comprendía cómo
habían sabido.
Supe también que el hombre de la pierna de palo
se llamaba Tungay; que era bruto y tozudo-, que
había trabajado con Creakle en el negocio de vinos,
y que si luego le había conservado en este otro
negocio era porque se había roto la pierna a su
servicio, le había ayudado en muchas cosas sucias
y estaba enterado de todos sus secretos. Supe
también que, exceptuando a Creakle, Tungay con-
sideraba a todos, profesores y discípulos, como sus
naturales enemigos, y que el único goce de su vida
era hacer daño. Oí que mister Creakle había tenido
un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho
había ayudado a su padre en la escuela, pero que
habiéndole hecho en una ocasión observaciones
sobre la disciplina del colegio, tachándola de cruel,
y habiendo protestado también, según se suponía,
del mal trato que daba a su madre, míster Creakle
le había repudiado, y desde entonces su mujer y su
hija estaban siempre tristes.
Pero lo que más estupor me produjo de todo fue
saber que existía en la escuela un muchacho sobre
el que míster Creakle no se había atrevido a poner
aún la mano, y este muchacho era Steerforth. Él
mismo confirmó tal rumor cuando otros lo dijeron,
asegurando que le gustaría que se atreviera a
hacerlo. Y al preguntarle un chico muy pacífico (no
era yo) qué haría si algún día le llegara a pegar,
Steerforth encendió una cerilla para dar mayor fuer-
za a su respuesta y dijo que como primera provi-
dencia le tiraría a la cabeza el frasco de tinta que
estaba siempre encima de la chimenea. Durante
unos segundos permanecimos en la oscuridad sin
atrevemos a respirar siquiera.
Supe que a los dos profesores, míster Sharp y
míster Mell, les daban una paga miserable; y que
cuando había carne caliente y fría en la mesa de
míster Creakle habían acordado que mister Sharp
tenía que preferir siempre la fría. Esto fue también
corroborado por Steerforth, que era el único admi-
tido a aquella mesa. Me enteré de que la peluca de
míster Sharp no le sentaba bien, y que más le valie-
ra no presumir tanto, porque su pelo rojo asomaba
por debajo.
También oí decir que a un niño, hijo de un carbo-
nero, le habían admitido a cambio de la cuenta del
carbón, por lo que le apodaban míster Cambio,
nombre elegido del libro de aritmética y alusivo al
arreglo. Oí que la cerveza era un robo a los padres,
y el pudding, una imposición. Supe que todos los
alumnos consideraban a la hija de Creakle como
enamorada de Steerforth. Y pensando, mientras
estábamos en la oscuridad, en su dulce voz, en su
hermoso rostro, en sus modales elegantes y en sus
cabellos rizados, estaba convencido de que era
verdad. También supe que mister Mell no era mala
persona; pero que no tenía dónde caerse muerto, y
que su anciana madre debía de ser tan pobre como
Job. Al momento recordé mi desayuno en el asilo, y
lo que me había parecido oír decir a la anciana: «Mi
Charles»; pero, gracias a Dios, no se lo dije a nadie
porque estuve más callado que en misa.
La mayoría de los compañeros se habían metido
en la cama nada más terminar de comer y beber;
pero la charla aquella duró bastante tiempo, y noso-
tros habíamos permanecido cuchicheando y escu-
chando sin desnudarnos del todo. Por fin también
nos acostamos.
-Muy buenas noches, pequeño Copperfield -dijo
Steerforth-; yo cuidaré de ti.
-Es usted muy bueno -contesté agradecido-; se lo
agradezco mucho.
-¿No tienes una hermana? -dijo Steerforth boste-
zando.
-No -contesté.
-¡Qué lástima! -dijo Steerforth-. Habría sido una
linda chiquilla, pequeña y tímida, con los ojos bri-
llantes. Me habría gustado conocerla. Hasta maña-
na, Copperfield.
-Buenas noches, Steerforth.
Seguí pensando en él durante mucho rato, y re-
cuerdo que me senté en la cama para mirarle. Esta-
ba dormido a la luz de la luna, con su hermoso ros-
tro hacia mi lado y la cabeza cómodamente reclina-
da en el brazo. Era un gran personaje a mis ojos, y
esto era, como es natural, lo que más me atraía.
Los sombríos misterios de su porvenir no se revela-
ban todavía en su rostro a la luz de la luna. Ni una
sombra iba unida a sus pasos mientras me paseaba
en sueños con él por el jardín.
CAPÍTULO VII
MI PRIMER SEMESTRE EN SALEM HOUSE
Las clases empezaron en serio al día siguiente.
Recuerdo cómo me impresionó el ruido de las voces
en la sala de estudio, trocada de pronto en un silen-
cio de muerte cuando míster Creakle entró, después
del desayuno, y desde la puerta nos miró a todos
como el gigante de los cuentos de hadas contempla
a sus cautivos.
Tungay entró con él, y a mí me pareció que no
había motivo para gritar de aquel modo:
«¡Silencio!», pues estábamos todos petrificados,
mudos é inmóviles.
-Se le vio a míster Creakle mover los labios y se
oyó a Tungay.
-Muchachos: empezamos el curso; cuidado con lo
que se hace, y tomad con afán vuestros estudios,
os lo aconsejo, porque yo también vengo decidido a
tomar con afán los castigos. Y no tendré piedad. Y
os prometo que por mucho que os restreguéis des-
pués no lograréis quitaros las huellas de mis golpes.
Ahora ¡al trabajo todos!
Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se
marchó, mister Creakle se acercó a mi pupitre y me
dijo que si yo era célebre por morder, también él era
una especialidad en aquel arte. Y enseñándome su
bastón, me preguntó qué me parecía aquel diente.
¿Era bastante duro? ¿Era fuerte? ¿Tenía las puntas
afiladas? ¿Mordía bien? ¿Mordía? Y a cada pregun-
ta me daba tal palo, que me hacía retorcerme.
Aquella fue mi confirmación en Salem House, según
decía Steerforth; había sido confirmado pronto; igual
de pronto estuve deshecho en lágrimas.
Y no vaya a creerse que aquellas demostraciones
de atención las recibía yo solo. Al contrario, casi
todos los niños (sobre todo los que eran pequeños)
se veían favorecidos con igual suerte cada vez que
míster Creakle recorría la clase. La mitad del cole-
gio ya estaba retorciéndose antes de que em-
pezasen las tareas del día, y ¡cuántos se retorcían y
gritaban antes de que el trabajo del día terminase!
Realmente lo recuerdo asustado; pero si contara
mas detalles, no querrían creerme.
Pienso que no he visto en mi vida un hombre a
quien gustase más su oficio que mister Creakle. Se
veía que gozaba pegándonos, como si satisficiera
un apetito imperioso. Estoy convencido de que no
podía resistir el deseo de azotarnos; sobre todo los
que éramos gorditos ejercíamos una especie de
fascinación sobre él, que no le dejaba descansar
hasta que nos marcaba para todo el día. Yo era
gordito entonces, y lo he experimentado. Estoy se-
guro de que ahora, cuando pienso en aquel hombre,
la sangre hierve en mis venas con la misma desinte-
resada indignación que sentiría si hubiera visto sus
cosas sin haberlas sufrido, y me indigna porque es-
toy convencido de que era un malvado sin ningún
derecho a cuidar del tesoro que se le confiaba, me-
nos derecho que a see gran mariscal o general en
jefe... Es más, quizá en cualquiera de esos otros
dos casos habría hecho infinitamente menos daño.
Miserables, pequeñas víctimas de un ídolo sin
piedad, ¡qué abyectos éramos! ¡Qué comienzo en la
vida (pienso ahora) el aprender a arrastrarse de
aquel modo ante un hombre así!
Todavía me parece estar sentado en mi pupitre y
espiando sus ojos, observándolos humildemente,
mientras él raya el cuaderno de otra de sus víctimas
a quien acaba de cruzar las manos con la regla y
que trata de aliviar sus heridas envolviéndoselas en
el pañuelo. Tengo mucho que hacer, y si observo
sus ojos no es por holgazanería: es una especie de
atracción morbosa, un deseo imperioso de saber
qué va a hacer, y si me tocará el turno de sufrir o le
tocará a otro. Delante de mí hay una fila de los más
pequeños, que también está pendiente de sus ojos
con el mismo interés. Yo creo que él lo sabe; pero
finge no verlo, y gesticula de un modo terrorífico
mientras raya el cuaderno; después nos mira de
soslayo, y todos nos inclinamos temblorosos sobre
los libros; pero al momento volvemos a fijar los ojos
en él. Un desgraciado, culpable de haber hecho mal
un ejercicio, se acerca a su llamada, balbuciendo
excusas y propósitos de hacerlo bien mañana.
Míster Creakle hace un chiste cuando le va a pegar.
Todos se lo reírnos, ¡miserables perrillos!, se lo reí-
mos, con los rostros más blancos que la muerte y el
corazón encogido de miedo.
Todavía me veo sentado en el pupitre en una ca-
lurosa tarde de verano. Un rumor sordo me rodea,
como si los chicos fueran moscones. Tengo una
desagradable sensación de lo que hemos comido
(comimos hace una hora o dos) y me siento la ca-
beza pesada, como si fuera de plomo. Daría el
mundo entero por poderme dormir. Tengo los ojos
fijos en míster Creakle y abiertos como los de una
lechuza. Cuando el sueño me vence demasiado,
sigo viéndole a través de una bruma, siempre ra-
yando los cuadernos .... hasta que suavemente
llega detrás de mí y me hace tener una percepción
más clara de su existencia dándome un bastonazo
en la espalda.
Estamos en el patio de recreo, y yo sigo con los
ojos fascinados por él, aunque no puedo verle. Allí
está la ventana de la habitación donde debe de
estar comiendo. Sé que está allí y miro a la ventana.
Si pasa por ella su sombra, al instante mi cara
adopta una expresión sumisa y resignada. ¡Y si nos
mira a través del cristal, hasta los más traviesos
(exceptuando Steerforth), se interrumpen en medio
de sus gritos para tomar una actitud contemplativa!
Un día, Traddles (el chico más desgraciado del co-
legio) rompió accidentalmente el cristal con su pelo-
ta. Aún hoy me estremezco al recordar la tremenda
impresión del momento, cuando pensábamos que la
pelota habría rebotado en la sagrada cabeza de
míster Creakle.
¡Pobre Traddles! Con su traje azul celeste, que le
estaba pequeño y hacía que sus brazos y piernas
parecieran salchichas alemanas, era el más alegre
y el más desgraciado del colegio. Ni un día dejaban
de pegarle, creo que ni un solo día, exceptuando un
lunes, que fue fiesta, y nada más le dio con la regla
en las manos. Siempre estaba diciendo que iba a
escribir a su tío quejándose de ello; pero nunca lo
hacía. Cuando le habían pegado tenía la costumbre
de inclinar la cabeza encima del pupitre durante
unos minutos; después se enderezaba alegre y
empezaba a reírse, cubriendo la pizarra de esquele-
tos antes de que sus ojos estuvieran secos. Al prin-
cipio me extrañaba bastante el consuelo que encon-
traba dibujando esqueletos, y durante cierto tiempo
le consideré como una especie de asceta que trata-
ba de recordar por medio de aquel símbolo de mor-
talidad lo limitado de todas las cosas, consolándole
el pensar que tampoco los palos podían durar siem-
pre. Después supe que si lo hacía así era por ser
más fácil, pues no tenía que ponerlos cara.
Traddles era un chico muy bueno y de gran co-
razón. Consideraba como un deber sagrado para
todos los niños el sostenerse unos a otros, y sufrió
en muchas ocasiones por este motivo. Una vez
Steerforth se echó a reír en la iglesia, y el bedel,
creyendo que había sido Traddles, lo arrojó a la
calle. Le veo todavía saliendo custodiado bajo las
indignadas miradas de los fieles. Nunca dijo quién
había sido el verdadero culpable, aunque le castiga-
ron duramente y lo tuvieron preso tantas horas, que
al salir del encierro traía un cementerio completo de
esqueletos dibujados en su diccionario de latín. En
verdad sea dicho que tuvo su compensación. Steer-
forth dijo de él que era un chico valiente, y a nues-
tros ojos aquel elogio valía más que nada. Por mi
parte, habría sido capaz de soportarlo todo (aunque
no era tan bravo como Traddles y además más
pequeño) por una recompensa semejante.
Una de las mayores felicidades de mi vida era ver
a Steerforth dirigirse a la iglesia delante de nosotros
dando el brazo a miss Creakle.
Miss Creakle no me parecía tan bonita como Emi-
ly ni estaba enamorado de ella, no me hubiera atre-
vido; pero la encontraba extraordinariamente atrac-
tiva, y en cuanto a gentileza, me parecía que nadie
podía comparársela. Cuando Steerforth, con sus
pantalones blancos, llevaba su sombrilla, me sentía
orgulloso de ser amigo suyo y pensaba que miss
Creakle no podía por menos que adorarle. Míster
Sharp y míster Mell eran dos personajes muy impor-
tantes a mis ojos; pero Steerforth los eclipsaba co-
mo el sol eclipsa a las estrellas.
Steerforth continuaba protegiéndome y su amistad
me ayudaba mucho, pues nadie se atrevía a meter-
se con los que él protegía. No podía, ni lo intentó
siquiera, defenderme de míster Creakle, que era
muy severo conmigo; pero cuando me había tratado
con dureza, Steerforth me decía que yo necesitaba
algo de su valor; que él no hubiera consentido nun-
ca que le trataran mal, y aquello me animaba y me
hacía quererle. Una ventaja saqué, la única que yo
sepa, de la severidad con que me trataba míster
Creakle, pues pareciéndole que mi letrero le estor-
baba al pasar entre los bancos, cuando tenía ganas
de pegarme, me lo mandó quitar, y no lo volví a ver.
Una circunstancia fortuita aumentó más aún la in-
timidad entre Steerforth y yo, de una manera que
me causó mucho orgullo y satisfacción, aunque no
dejaba de tener sus inconvenientes. En una ocasión
en que me hacía el honor de charlar conmigo en el
patio de recreo me atreví a hacerle observar que
algo o alguien se parecía a algo o a alguien de Pe-
regrine Pickle. Él no me dijo nada entonces; pero
cuando nos fuimos a la cama me preguntó si tenía
aquel libro.
Le contesté que no, y le expliqué cómo lo había
leído, igual que los demás de que ya he hablado.
-¿Y los recuerdas bien? -me preguntó Steerforth.
-¡Oh, sí, perfectamente! -repliqué- Tengo buena
memoria, y creo que los recuerdo muy bien todos.
-Entonces ¿quieres que hagamos una cosa, pe-
queño Copperfield? Me los vas a contar. Yo no
puedo dormirme tan temprano, y por lo general me
despierto casi de madrugada. Me irás contando uno
después de otro y será lo mismo que Las mil y una
noches.
La proposición me halagó de un modo extraordi-
nario, y aquella misma noche la pusimos en prácti-
ca. ¿Qué mutilaciones cometería yo con mis auto-
res favoritos en el curso de mi interpretación? No
estoy en condiciones de decirlo, y además prefiero
no saberlo; pero tenía fe profunda en ellos, y,
además, lo mejor que creo que tenía era el modo
sencillo y grave de contarlos. Con esas cualidades
se va lejos.
El reverso de la medalla era que muchas noches
tenía un sueño horrible o estaba triste y sin ganas
de reanudar la historia. En esas ocasiones era un
trabajo duro; pero hubiera sido incapaz de defraudar
a Steerforth. También había días en que por la ma-
ñana me sentía cansado y me habría gustado una
hora más de sueño, y en aquellos momentos no era
muy agradable el ser despabilado igual que la sul-
tana Sheerezade y forzado a contar durante largo
rato antes de que sonara la campana. Pero Steer-
forth estaba decidido, y como él me explicaba mis
problemas y todo aquello de mis deberes que yo no
entendía, no perdía en el cambio. Sin embargo,
debo hacerme justicia: ni por un momento me movió
el interés ni el egoísmo, ni tampoco el temor. Admi-
raba a Steerforth y le amaba, y su aprobación lo
compensaba todo. Y el sentimiento aquel era tan
precioso a mis ojos, que aun ahora, al pensar en
aquellas chiquilladas, me duele el corazón.
Steerforth era también muy considerado conmigo
y me demostraba mucho interés; sobre todo en una
ocasión lo demostró de un modo inflexible. Sospe-
cho que en aquella ocasión debió de ser un poco de
suplicio de Tántalo para el pobre Traddles y todos
los demás. La prometida carta de Peggotty (¡qué
carta tan alegre y animadora era!) llegó en las pri-
meras semanas del semestre, y con ella un bizco-
cho perfectamente rodeado de naranjas y con dos
botellas de vellorita. Este tesoro, como es natural,
me apresuré a ponerlo a los pies de Steerforth,
rogándole que lo distribuyese.
-Bueno; pero has de saber, pequeño Copperfield,
que el vino lo guardaremos para remojarte el gazna-
te cuando cuentes historias.
Enrojecí ante aquel interés, y, en mi modestia, le
supliqué que no pensara semejante cosa. Pero él
insistió, diciendo que había observado que algunas
veces me ponía ronco, y que, por lo tanto, aquel
vino se emplearía desde la primera hasta la última
gota en lo que había dicho. En consecuencia, lo
guardó en su caja y echó un poco en un frasco, y
me lo administraba gota a gota por medio de un
palito cuando le parecía que lo necesitaba. A veces
lo hacía exprimiendo en el vino jugo de naranja y
echándole ginebra. No estoy muy seguro de que el
sabor mejorase con aquello ni de que resultara un
licor muy estomacal para tomar a las altas horas de
la noche y de madrugada; pero yo lo bebía con
agradecimiento y era muy sensible a aquellas aten-
ciones.
Me parece que tardé varios meses en contarle la
historia de Peregrine Pickle, y más tiempo todavía
en las otras novelas. La institución nunca flaqueó
por falta de una historia, y el vino duró casi tanto
como los relatos. ¡Pobre Traddles! No puedo pensar
en él sin una extraña predisposición a reír y a llorar.
Por las noches coreaba las historias y afectaba
convulsiones de risa en los pasajes cómicos y un
miedo mortal en los más peligrosos. A veces casi
me cortaba el hilo. Recuerdo que uno de sus gran-
des gestos era hacer como que no podía por menos
de castañetear los dientes cuando mencionaba a
los alguaciles en las aventuras de Gil Blas; y re-
cuerdo que cuando Gil Blas se encuentra en Madrid
con el capitán de los ladrones, el desgraciado
Traddles lanzó tales alaridos de terror, que lo oyó
mister Creakle y le dio una soberana paliza.
Yo tenía ya espontáneamente una imaginación
romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día
más con aquellas historias contadas en la oscuri-
dad, por lo que dudo de que aquella práctica me
haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado
por todos, como un juguete, en el dormitorio, y el
darme cuenta de la importancia y el atractivo que te-
nía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más
pequeño) me estimulaba mucho. En una escuela
regida con la crueldad de aquella, por grande que
sea el mérito del que la preside no hay cuidado de
que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éra-
mos los colegiales más ignorantes que pueden exis-
tir; estábamos demasiado atormentados y preocu-
pados para poder estudiar, pues nada se consigue
hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tris-
teza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, esti-
mulada por Steerforth, me hacía trabajar, y aunque
no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve
allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo
asimilar de aquí y de allá algunas briznas de cono-
cimientos.
En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía
cariño, lo recuerdo con agradecimiento. Observaba
con pena cómo Steerforth le trataba con un despre-
cio sistemático, y no perdía ninguna ocasión de
herirle ni de inducir a los demás a hacerlo. Esto me
preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le
había contado (no hubiera podido dejarle sin parti-
cipar de un secreto, como de ninguna otra posesión
material) lo de las dos ancianas del hospicio que
mister Mell había visitado, y temía que Steerforth se
aprovechara de ello para hacerle sufrir.
¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo,
cuando estuve desayunando y durmiendo, escu-
chando su flauta, las consecuencias que traería la
visita al hospicio de mi insignificante personilla! Tu-
vo las más inesperadas y graves consecuencias.
Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus
habitaciones por estar indispuesto; esto, natural-
mente, nos puso tan contentos, que armamos la
mayor algarabía. La enorme satisfacción que expe-
rimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y
aunque Tungay apareció dos o tres veces con su
pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de
los más revoltosos, no causó la menor impresión en
los niños. Estaban tan seguros de que hicieran lo
que hicieran al día siguiente los castigaban, que
preferían divertirse y aprovechar el día.
Era sábado y, por consiguiente, medio día de fies-
ta; pero el tiempo no estaba para ir de paseo, y para
que el ruido en el patio no molestara a míster Crea-
kle, se nos ordenó continuar en clase por la tarde
haciendo unos deberes más ligeros, que había pre-
parados para estas ocasiones. Era el día de la se-
mana en que míster Sharp salía siempre a rizar su
peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siem-
pre tocaban las cosas más difíciles, quien tuvo que
quedarse a pelear con todos aquel día.
Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un
oso o de algo semejante a la de míster Mell, yo la
compararía con alguno de aquellos animales aco-
sados por un millar de perros, aquella tarde, cuando
el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la
cabeza en sus delgadas manos, sentado en su
pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en
proseguir su cansada labor a través de aquel ruido
que habría vuelto loco hasta al presidente de la
Cámara de los Comunes. Había chicos que se hab-
ían levantado de sus sitios y jugaban a la gallina
ciega en un rincón; los había que se reían, que can-
taban, que hablaban, que bailaban, que rugían; los
había que patinaban; otros saltaban formando corro
alrededor del maestro y gesticulaban, le hacían
burla por detrás y hasta delante de sus ojos, paro-
diando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su
madre; se burlaban de todo, hasta de lo que más
hubieran debido respetar.
-¡Silencio! -gritó de pronto míster Mell, levantán-
dose y dando un golpe en el pupitre con el libro-
¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es
para volverse loco! ¿Por qué se portan así conmigo,
señores?
El libro con que había dado en el pupitre era el
mío, y como yo estaba de pie a su lado, siguiendo
su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de
pronto, quizá algo asustados y también un poco
arrepentidos.
El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y
estaba al final de la habitación, en el lado opuesto al
del maestro. En aquel momento estaba Steerforth
recostado en la pared, con las manos en los bolsi-
llos, y cada vez que míster Mell le miraba adelanta-
ba los labios como para silbar.
-¡Silencio, míster Steerforth! -dijo míster Mell.
-Cállese usted primero! -replicó Steerforth, po-
niéndose muy rojo- ¿Con quién cree usted que está
hablando?
-¡Siéntese usted! -replicó míster Mell.
-¡Siéntese usted si quiere! --dijo Steerforth-, y
métase donde le llamen.
Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero
míster Mell estaba tan pálido, que el silencio se
restableció inmediatamente, y un chico que se hab-
ía puesto detrás de él a imitar a su madre cambió
de parecer a hizo como que había ido a preguntarle
algo.
-Si piensa usted, Steerforth -continuó míster Mell
que no sé la influencia que tiene aquí sobre algunos
espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano
sobre mi cabeza) o que no le he observado hace
pocos minutos provocando a los pequeños para que
me insultasen de todas las maneras imaginables, se
equivoca.
-No me tomo la molestia de pensar en usted -dijo
Steerforth fríamente-; por lo tanto, no puedo equivo-
carme.
-Y cuando abusa usted de su situación de favorito
aquí para insultar a un caballero...
-¿A quién? ¿Dónde está? -dijo Steerforth.
En esto alguien gritó:
-¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!
Era Traddles, a quien míster Mell ordeno inmedia-
tamente silencio.
-Cuando insulta usted así a alguien que es des-
graciado y que nunca le ha hecho el menor daño; a
quien tendría usted muchas razones para respetar
ya que tiene usted edad suficiente, tanto como inte-
ligencia, para comprender -dijo mister Mell con los
labios cada vez más temblorosos-; cuando hace
usted eso, mister Steerforth, comete usted una co-
bardía y una bajeza. Puede usted sentarse o conti-
nuar de pie, como guste. Copperfield, continúe.
-Pequeño Copperfield --dijo Steerforth, avanzando
hacia el centro de la habitación-, espérate un mo-
mento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez
para siempre, que cuando se torna usted la libertad
de llamarme cobarde o miserable o algo semejante,
es usted un mendigo desvergonzado. Usted sabe
que siempre es un mendigo; pero cuando hace eso
es un mendigo desvergonzado.
No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si
mister Mell iba a pegar a Steerforth, ni cuáles eran
sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que
una rigidez mortal caía sobre la clase entera, como
si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a
míster Creakle en medio de nosotros, con Tungay a
su lado. Miss y mistress Creakle se asomaban a la
puerta con caras asustadas.
Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el
rostro entre las manos, continuaba en silencio.
-Mister Mell -dijo míster Creakle, sacudiéndole un
brazo, y su cuchicheo era ahora tan claro que Tun-
gay no juzgó necesario repetir sus palabras-. ¿Es-
pero que no se habrá usted olvidado?
-No, señor, no -contestó míster Mell levantando su
rostro, sacudiendo la cabeza y restregándose las
manos con mucha agitación-; no, señor, no; me he
acordado..., no, mister Creakle; no me he olvidado...
Yo... he recordado.... yo... desearía que usted me
recordase a mí un poco más, mister Creakle... Sería
más generoso, más justo, y me evitaría ciertas alu-
siones.
Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell,
apoyó su mano en el hombro de Tungay, subió al
estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar
mucho tiempo a mister Mell desde su trono, mien-
tras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándo-
se las manos, en el mismo estado de agitación,
mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:
-Steerforth, puesto que mister Mell no se digna
explicarse, ¿quiere usted decirme qué sucede?
Steerforth eludió durante unos minutos la pregun-
ta, mirando con desprecio y cólera a su contrario.
Recuerdo que en aquel intervalo no pude por me-
nos de pensar en lo noble y lo hermoso del aspecto
de Steerforth comparado con mister Mell.
-¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de
favoritos -dijo por fin Steerforth.
-¿Favoritos? -repitió mister Creakle con las venas
de la frente a punto de estallar- ¿Quién se ha atre-
vido a hablar de favoritos?
-Él -dijo Steerforth.
-¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga
el favor -pregunto mister Creakle volviéndose furio-
so hacia el profesor.
-Me refería, mister Creakle -respondió en voz muy
baja-, quería decir que ninguno de los alumnos ten-
ía derecho a abusar de su situación de favorito de-
gradándome.
-¿Degradándole? -repitió mister Creakle-. ¡Dios
mío! Pero bueno, mister no sé cuántos (y aquí mis-
ter Creakle cruzó los brazos, con bastón y todo,
sobre el pecho, y frunció tanto las cejas, que sus
ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si
al hablar de favoritos me demuestra el respeto que
me debe? Que me debe -repitió mister Creakle ade-
lantando la cabeza y retirándola enseguida-, a mí,
que soy el director de este establecimiento, del que
usted no es más que un empleado.
-En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a
reconocerlo --contestó míster Mell-; y no lo habría
hecho si no me hubieran empujado a ello.
Aquí Steerforth intervino.
-Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces
yo le he dicho que él era un mendigo. Si no hubiera
estado encolerizado no le habría llamado mendigo;
pero lo he hecho, y estoy dispuesto a soportar las
consecuencias de ello.
Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener
o no consecuencias para Steerforth, me sentí orgu-
lloso de aquellas nobles palabras, y en todos los
niños produjo la misma impresión, pues hubo un
murmullo; pero nadie pronunció una palabra.
-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad
le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito
que me sorprende, Steerforth, que usted haya podi-
do calificar así a un profesor empleado y pagado en
Salem House.
Steerforth soltó una carcajada.
-Eso no es contestar a mi observación, caballero
-dijo míster Creakle-; espero más de usted, Steer-
forth.
Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de
Steerforth, sería imposible decir lo que me parecía
míster Creakle.
---Que lo niegue --dijo Steerforth.
-¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? -ex-
clamó míster Creakle-. ¿Acaso va pidiendo por las
calles?
-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más
cercana --dijo Steerforth-. Por lo tanto, es lo mismo.
Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell
me acarició cariñosamente el hombro. Le miré con
rubor en mi rostro y remordimiento en el corazón;
pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steer-
forth. Continuaba acariciándome con dulzura en el
hombro; pero le miraba a él.
-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle,
que me justifique -dijo Steerforth- y que diga a lo
que me refiero, lo que tengo que decir es que su
madre vive de caridad en un asilo.
Míster Mell seguía mirándole y seguía acaricián-
dome con dulzura en el hombro. Me pareció que se
decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me
temía».
Míster Creakle se volvió hacia el profesor con ca-
ra severa y una amabilidad forzada:
-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice
este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el
favor, de rectificar ante la escuela entera?
-Tiene razón, señor; no hay que rectificar
-contestó míster Mell en medio de un profundo si-
lencio-; lo que ha dicho es verdad.
-Entonces tenga la bondad de declarar pública-
mente, se lo ruego -contestó míster Creakle, po-
niendo la cabeza de lado y paseando la mirada
sobre todos nosotros-, si he sabido yo nunca seme-
jante cosa antes de este momento.
-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.
-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir
eso?
-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi
posición era ni siquiera un poquito desahogada -dijo
el profesor-, puesto que sabe usted cuál ha sido
siempre mi situación aquí.
-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó
míster Creakle con las venas más hinchadas que
nunca- que ha estado usted aquí en una situación
falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o
algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos
cuanto antes.
-No habrá mejor momento que ahora mismo --dijo
míster Mell levantándose.
-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.
-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos
ustedes -pronunció míster Mell mirándonos a todos
y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steer-
forth, lo mejor que puedo desearle es que algún día
se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el mo-
mento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por
quien yo me interese.
Una vez más apoyó su mano en mi hombro con
dulzura y, después, cogiendo la flauta y algunos
libros de su pupitre y dejando la llave en él para su
sucesor, salió de la escuela. Míster Creakle hizo
entonces una alocución por medio de Tungay, en
que daba las gracias a Steerforth por haber de-
fendido (aunque quizá con demasiado calor) la in-
dependencia y respetabilidad de Salem House;
después le estrecho la mano, mientras nosotros
lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero
suponiendo que eran para Steerforth, me uní a ellos
con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía tris-
te. Al salir, míster Creakle le pegó un bastonazo a
Tommy Traddles porque estaba llorando en lugar de
adherirse a nuestros vivas, y después se volvió a su
diván o a su cama; en fin, adonde fuera.
Cuando nos quedamos solos estábamos todos
muy desconcertados y no sabíamos qué decir. Por
mi parte, sentía mucho y me reprochaba, arrepenti-
do, la parte que había tenido en lo sucedido; pero
no hubiera sido capaz de dejar ver mis lágrimas, por
temor a que Steerforth, que me estaba mirando, se
pudiera enfadar o le pareciese poco respetuoso, te-
niendo en cuenta nuestras respectivas edades y el
sentimiento de admiración con que yo le miraba.
Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y
decía que habían hecho muy bien en pegarle.
El pobre Traddles, pasado ya su primer momento
de desesperación, con la cabeza encima del pupi-
tre, se consolaba, como de costumbre, pintando un
regimiento de esqueletos, y dijo que le tenía sin
cuidado lo que a él le pareciera, y que se habían
portado muy mal con míster Mell.
-¿Y quién se ha portado mal con él, señorita? -dijo
Steerforth.
-Tú -dijo Traddles.
-¿Pues qué le he hecho? -insistió Steerforth.
-¿Cómo que qué le has hecho? -replicó Traddles-.
Herir todos sus sentimientos y hacerle perder la
colocación que tenía.
-¡Sus sentimientos! -repitió Steerforth desdeñosa-
mente-. Sus sentimientos se repondrán pronto. ¿O
es que crees que son como los tuyos, señorita
Traddles? En cuanto a su colocación, ¡era tan estu-
penda! ¿Pensáis que no voy a escribir a mi madre
diciéndole que le mande dinero?
Todos admiramos las nobles intenciones de Ste-
erforth, cuya madre era una viuda rica y dispuesta
según decía él, a hacer todo lo que su hijo quisiera.
Estábamos encantados de ver cómo había puesto a
Traddles en su puesto, y le exaltamos hasta las
estrellas, especialmente cuando nos dijo que se
había decidido a hacerlo y lo había hecho exclusi-
vamente por nosotros y por nuestra causa, y que no
había tenido en ello ni el menor pensamiento de
egoísmo.
Pero debo decir que aquella noche, mientras es-
taba contando mi novela en la oscuridad del dormi-
torio, me parecía oír en mi oído tristemente la flauta
de míster Mell; y cuando, por último, Steerforth se
durmió y yo me dejé caer en la cama, al pensar que
quizá en aquel momento aquella flauta estaría so-
nando dolorosamente, me sentí desgraciado por
completo.
Pronto lo olvidé todo, en mi constante admiración
por Steerforth, que como interesado y sin abrir un
libro (a mí me parecía que los sabía todos de me-
moria) repasaba sus clases mientras venía un nue-
vo profesor. El que vino salía de una escuela ele-
mental, y antes de entrar en funciones fue invitado a
comer por míster Creakle un día, para serle presen-
tado a Steerforth. Steerforth lo aprobó y nos dijo que
era un Brick, y aunque yo no entendía exactamente
lo que quería decir aquello, le respeté al momento, y
no se me ocurrió dudar de su saber, aunque nunca
se tomó por mí el interés que se había tomado
míster Mell.
Sólo hubo otro acontecimiento en aquel semestre
de la vida escolar que me impresionara de un modo
persistente. Fue por varias razones.
Una tarde en que estábamos en la mayor confu-
sión, y míster Creakle pegándonos sin descansar,
se asomó Tungay gritando con su terrible voz de
trueno:
-Visita para Copperfield.
Cambió unas breves palabras con míster Creakle
sobre la habitación a que los pasaría y diciéndole
quiénes eran. Entre tanto, yo estaba de pie y a pun-
to de ponerme malo por la sorpresa. Me dijeron que
subiera a ponerme un cuello limpio antes de apare-
cer en el salón. Obedecí estas órdenes en un esta-
do de emoción distinta a todo lo que había sentido
hasta entonces, y al llegar a la puerta, pensando
que quizá fuese mi madre (hasta aquel momento
sólo había pensado en miss o míster Murdstone),
me detuve un momento sollozando.
Al entrar no vi a nadie, pero sentí que estaban
detrás de la puerta. Miré y con gran sorpresa me
encontré con míster Peggotty y con Ham, que se
quitaban ante mí el sombrero y se inclinaban para
saludarme. No pude por menos de echarme a reír;
pero era más por la alegría de verlos que por sus
reverencias.
Nos estrechamos las manos con gran cordialidad,
y yo me reía, me reía, hasta que tuve que sacar el
pañuelo para secar mis lágrimas.
Míster Peggotty (recuerdo que no cerró la boca
durante todo el tiempo que duró la visita) pareció
conmoverse cuando me vio llorar, y le hizo señas a
Ham de que dijera algo.
-Vamos, más alegría, señorito Davy --dijo Ham en
su tono cariñoso-. Pero ¡cómo ha crecido!
-¿He crecido? -dije enjugándome los ojos.
No sé por qué lloraba. Debía de ser la alegría de
verlos.
-¿Que si ha crecido el señorito Davy? ¡Ya lo creo
que ha crecido! -dijo Ham.
-¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo míster Peggotty.
Empezaron a reírse de nuevo uno y otro, y los
tres terminamos riendo hasta que estuve a punto de
volver a llorar.
-¿Y sabe usted cómo está mamá, míster Peggot-
ty? -dije- ¿Y cómo mi querida Peggotty?
-Están divinamente -dijo míster Peggotty.
-¿Y la pequeña Emily y mistress Gudmige?
-Divinamente están -dijo míster Peggotty.
Hubo un silencio. Para romperlo, míster Peggotty
sacó dos prodigiosas langostas y un enorme can-
grejo; además, una bolsa repleta de gambas, y lo
fue amontonando en los brazos de Ham.
-¿Sabe usted, señorito? Nos hemos tomado la li-
bertad de traerle estas pequeñeces acordándonos
de lo que le gustaban cuando estuvo usted en Yar-
mouth. La vieja comadre es quien las ha cocido. Sí,
las ha cocido ella, mistress Gudmige -dijo míster
Peggotty muy despacio; parecía que se agarraba a
aquel asunto, no encontrando otro a mano- Se lo
aseguro; las ha cocido ella.
Les dije cómo lo agradecía, y míster Peggotty,
después de mirar a Ham, que no sabía qué hacer
con los crustáceos, y sin tener la menor intención de
ayudarle, añadió:
-Hemos venido, con el viento y la marea a nuestro
favor, en uno de los barcos desde Yarmouth a Gra-
vesen. Mi hermana me había escrito el nombre de
este sitio, diciéndome que si la casualidad me traía
hacia Gravesen no dejara de ver al señorito Davy
para darle recuerdos y decirle que toda la familia
está divinamente. Ve usted. Cuando volvamos, Emi-
ly escribirá a mi hermana contándole que le hemos
visto a usted y que le hemos encontrado también
divinamente. Resultará un gracioso tiovivo.
Tuve que reflexionar un rato antes de comprender
lo que míster Peggotty quería decir con su metáfora
expresiva respecto a la vuelta que darían así las
noticias. Le di las gracias de todo corazón, y dije,
consciente de que me ruborizaba, que suponía que
la pequeña Emily también habría crecido desde la
época en que corríamos juntos por la playa.
-Está haciéndose una mujer; eso es lo que está
haciéndose -dijo míster Peggotty-. Pregúnteselo a
él.
Me señalaba a Ham, que me hizo un alegre signo
de afirmación por encima de la bolsa de gambas.
-¡Y qué cara tan bonita tiene! -dijo míster Peggotty
con la suya resplandeciente de felicidad.
-¡Y es tan estudiosa! -dijo Ham.
-Pues ¿y la escritura? Negra como la tinta, y tan
grande que podrá leerse desde cualquier distancia.
Era un espectáculo encantador el entusiasmo de
míster Peggotty por su pequeña favorita.
Le veo todavía ante mí con su rostro radiante de
cariño y de orgullo, para el que no encuentro des-
cripción. Sus honrados ojos se encienden y se ani-
man, lanzando chispas. Su ancho pecho respira con
placer. Sus manos se juntan y estrechan en la emo-
ción, y el enorme brazo con que acciona ante mi
vista de pigmeo me parece el martillo de una fragua.
Ham estaba tan emocionado como él. Y creo que
habrían seguido hablando mucho de Emily si no se
hubieran cortado con la inesperada aparición de
Steerforth, quien al verme en un rincón hablando
con extraños detuvo la canción que tarareaba y dijo.
-No sabía que estuvieras aquí, pequeño Copper-
field (no estaba en la sala de visitas), y cruzó ante
nosotros.
No estoy muy seguro de si era que estaba orgu-
lloso de tener un amigo como Steerforth, o si sólo
deseaba explicarle cómo era que estaba con un
amigo como míster Peggotty, el caso es que le
llamé y le dije con modestia (¡Dios mío qué presente
tengo todo esto después de tanto tiempo!):
-No te vayas, Steerforth, hazme el favor. Son dos
pescadores de Yarmouth, muy buenas gentes, pa-
rientes de mi niñera, que han venido de Gravesen a
verme.
-¡Ah, ah! -dijo Steerforth acercándose- Encantado
de verles. ¿Cómo están ustedes?
Tenía una soltura en los modales, una gracia es-
pontánea y clara, que atraía. Todavía recuerdo su
manera de andar, su alegría, su dulce voz, su rostro
y su figura, y sé que tenía un poder de atracción
que muy pocos poseen, que le hacía doblegar a
todo lo que era más débil, y que había muy pocos
que se le resistieran. También a ellos les conquistó
al momento, y estuvieron dispuestos a abrir su co-
razón desde el primer instante.
-Haga usted el favor de decir en mi casa, míster
Peggotty, cuando escriba, que míster Steerforth es
muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido
de mí aquí sin él.
-¡Qué tontería! -dijo Steerforth-. ¡Haga el favor de
no decir nada de eso!
-Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk
o Sooffolk mientras esté yo allí, puede usted estar
seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yar-
mouth a enseñarle su casa. Nunca habrás visto
nada semejante, Steerforth. Está hecha en un bar-
co.
-¿Está hecha en un barco? -dijo Steerforth-. En-
tonces es la casa más a propósito para un marino
de pura raza.
-Eso es, señorito, eso es -exclamó Ham riendo-.
Este caballero tiene mucha razón, señorito Davy.
De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah!
¡Ah!
Míster Peggotty no estaba menos halagado que
su sobrino; pero su modestia no le permitía aceptar
un cumplido personal de un modo tan ruidoso,
-Bien, señorito -dijo inclinándose y metiéndose las
puntas de la corbata en el chaleco-; se lo agradezco
mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en
mi oficio, señorito.
-¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? -le
contestó Steerforth. (Ya sabía su nombre.)
-Estoy seguro de que usted hará lo mismo --dijo
míster Peggotty moviendo la cabeza- Y hará usted
bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogi-
da; soy rudo, señorito, pero soy franco; al menos
me creo que lo soy, ¿comprende usted? Mi casa no
tiene nada que merezca la pena, señorito; pero está
a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a verla
con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un
caracol -dijo míster Peggotty, refiriéndose a que
tardaba en irse, pues lo había intentado después de
cada frase sin conseguirlo-. ¡Vamos, les deseo que
sigan con tan buena salud y que sean felices!
Ham se unió a sus votos y nos separamos con
mucho cariño. Aquella noche estuve casi a punto de
hablarle a Steerforth de la pequeña Emily; pero era
tan tímido, que no me atrevía ni a nombrarla;
además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo
que me preocupaba mucho y de un modo molesto
lo que me habían dicho de que se estaba haciendo
una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.
Transportamos aquellas «porquerías», como las
había llamado modestamente míster Peggotty, al
dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banque-
te aquella noche. Pero Traddles no podía salir fe-
lizmente de nada. Tenía la desgracia de no poder
soportar ni una comida extraordinaria como otro
cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a conse-
cuencia de la langosta, que le hicieron beber cosas
negras y tragar unas píldoras azules, lo que, según
Demple, cuyo padre era médico, habría sido sufi-
ciente para matar a un caballo. Además, recibió una
paliza y seis capítulos del Testamento griego por
negarse en rotundo a confesar la causa.
El resto del semestre confunde en mi memoria la
monotonía diaria y triste de nuestras vidas: la huida
del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama
y el frío más frío todavía de la noche cuando volv-
íamos a ella. Por la tarde la clase estaba mal alum-
brada y peor calentada, y por la mañana, igual que
una nevera; la alternativa entre la carne de vaca
cocida y asada y del cordero cocido y del cordero
asado; el pan con mantequilla; el jaleo de libros y de
pizarras rotas, de cuadernos manchados de lágri-
mas, de bastonazos, de golpes dados con la regla,
del corte de cabellos, de domingos lluviosos y de los
puddings agrios; el todo rodeado de una atmósfera
sucia, impregnada de tinta.
Recuerdo cómo la lejanía de las vacaciones, des-
pués de parecer que había estado detenida durante
tanto tiempo, empezaba a acercarse a nosotros
poco a poco. Y cómo de contar por meses el tiempo
que faltaba llegamos a contarlo por semanas y des-
pués ya por días. El miedo que pasé pensando que
quizá no fueran a buscarme, y después, cuando
supe por Steerforth que me habían llamado, el te-
mor de romperme alguna pierna o que ocurriera
algo. Y ¡cómo iba cambiando de sitio el bendito día
señalado! Después de ser dentro de quince días,
era a la otra semana; después, ya en esta misma;
luego, pasado mañana; luego, mañana, y, por fin,
hoy, esta noche, subo a la diligencia de Yarmouth y
ya estoy camino de mi casa.
Dormí, con varias interrupciones, en el co-
che de Yarmouth, y tuve muchos sueños incoheren-
tes sobre aquellos recuerdos. Me despertaba a in-
tervalos, y el musgo que veía al asomarme no era
ya el del patio de recreo de Salem House, y los
golpes que oían mis oídos no eran los de míster
Creakle castigando al buen Traddles, sino los lati-
gazos que el cochero arreaba a los caballos.
CAPÍTULO VIII
MIS VACACIONES, Y EN ESPECIAL UNA
TARDE DICHOSA
Al amanecer llegamos a la fonda en que el coche
paraba (no era la misma en que había almorzado a
la ida y donde vivía mi amigo el camarero), y allí me
condujeron a una alcoba muy limpia, en cuya puerta
se leía: «Dolphin». Tenía mucho frío, a pesar del té
caliente que acababan de darme ante la chimenea,
y muy contento me acosté en la cama de dolphin,
me arrebujé en las sábanas y me quedé dormido.
Míster Barkis, el cochero de Bloonderstone, debía
venir a recogerme a las nueve de la mañana si-
guiente. Me levanté a las ocho algo cansado por
haber dormido poco, y antes de la hora ya le estaba
esperando. Barkis me recibió exactamente como si
acabara de verme cinco minutos antes y solo nos
hubiéramos separado para entrar yo al hotel a cam-
biar un billete.
Tan pronto como estuvimos instalados en el carro
mi maleta y yo, el caballo echó a andar, a su paso
de siempre.
-Tiene usted buen aspecto, míster Barkis -dije,
pensando que le halagaría.
Barkis se restregó la mejilla con la manga y des-
pués la miró, esperando sin duda encontrar algún
rastro de su salud en ella; pero esa fue la única
contestación que obtuvo mi cumplido.
-Ya ejecuté su encargo, míster Barkis -dije-, escri-
biendo a Peggotty.
-¡Ah! -dijo Barkis.
Estaba de mal humor y respondía secamente.
-¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? -pregunté
después de un momento de duda.
-¡No! -dijo Barkis.
-¿No era aquel su encargo?
-Quizá usted hizo bien el encargo -contestó Bar-
kis-;, pero no ha pasado de ahí.
No comprendiendo a qué se refería, repetí sus pa-
labras, sólo que interrogando:
-¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?
-¡Claro! --explicó, mirándome de lado-. ¡No me ha
contestado!
-¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? -dije
abriendo los ojos.
Aquello daba una luz nueva al asunto.
-Cuando un hombre le dice a una mujer «que está
dispuesto» -dijo Barkis, volviéndose muy despacio a
mirarme- es como si se dijera que ese hombre es-
pera una contestación.
-¿Y bien, míster Barkis?
-Pues bien -dijo, volviéndose a mirar las orejas del
caballo-. ¡Este hombre está esperando una contes-
tación desde entonces!
-¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?
-No -gruñó Barkis mientras reflexionaba- No tenía
por qué ir a hablarle. No le he dicho nunca seis pa-
labras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?
-¿Quiere usted que me encargue yo de ello? -dije
titubeando.
-Puede usted decirle, si quiere -prosiguió Barkis
dirigiéndome otra mirada lenta-, que Barkis está
esperando una contestación. ¿Dice usted que se
llama?
-¿Su nombre?
-Sí -dijo Barkis moviendo la cabeza.
-Peggotty.
-¿Nombre de pila o apellido? -preguntó Barkis.
-¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Cla-
ra.
-¿Es posible? -preguntó Barkis.
Y pareció encontrar abundante materia de re-
flexión en ello, pues permaneció inmóvil meditando
durante mucho tiempo.
-Bien -repuso por último-; le dice usted: «Peggot-
ty: Barkis está esperando una contestación». Ella
quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le
dice entonces: « A lo que ya te he dicho». «¿A
qué?», insistirá ella. «A lo de que Barkis está dis-
puesto», le dice usted.
Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la
acompañó Barkis con un codazo, que me dolió bas-
tante. Después siguió mirando a su caballo como
siempre, sin hacer la menor alusión al asunto hasta
media hora después, que, sacando un trozo de tiza
de su bolsillo, escribió en el interior del carro: «Clara
Peggotty», supongo que para no olvidarlo.
¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al
volver a mi casa, convencido de que ya no era mi
casa, y encontrando en todo lo que miraba el re-
cuerdo de mi antigua felicidad, que me parecía co-
mo un sueño que nunca podría volver a realizarse!
Aquellos días en que mi madre, yo y Peggotty éra-
mos por completo y en todo el uno para el otro,
cuando nadie había venido todavía a ponerse por
medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos
recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de
volver, y hubiera preferido seguir viviendo lejos para
olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba
allí, y enseguida llegamos a casa, donde las ramas
de los viejos olmos retorcían sus innumerables bra-
zos a los golpes del viento de invierno, columpiando
los restos de los antiguos nidos de cuervos.
Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja
del jardín y se fue. Yo torné el sendero de la casa,
mirando a las ventanas con el temor de ver apare-
cer en alguna de ellas a míster Murdstone o a su
hermana. Nadie se asomó, y al llegar a la puerta,
como yo sabía el modo de abrirla desde fuera mien-
tras era de día, entré sin que me oyeran, ligero y
tímido.
Dios sabe cómo se despertó mi infantil memoria al
entrar en el vestíbulo y oír a mi madre desde su
gabinete cantando a media voz. Sentí que estaba
en sus brazos como de pequeñito. La canción era
nueva para mí; sin embargo, me llenaba el corazón
hasta los bordes, como un amigo que vuelve des-
pués de larga ausencia. Por el tono pensativo y
serio con que mi madre tarareaba su canción me
figuré que estaba sola y entré sin hacer ruido. Esta-
ba sentada delante de la chimenea, dando de ma-
mar a un niño, de quien estrechaba la manita contra
su cuello. Sus ojos estaban fijos en el rostro del
nene y lo dormía cantándole. Había acertado, pues
estaba sola.
La llamé, y ella se estremeció, lanzando un grito
llamándome su Davy, su hijito querido, y saliendo a
mi encuentro se arrodilló en el suelo para besarme,
estrechando mi cabeza contra su pecho al lado de
la cabecita dormida, y puso la manita del nene so-
bre mis labios. Hubiera deseado morir; hubiera de-
seado morir con aquellos sentimientos en mi cora-
zón. En aquellos momentos estaba más cerca del
cielo de lo que nunca he vuelto a estarlo.
-Es tu hermanito -dijo mi madre acariciándome-.
¡Davy, niño mío, pobrecito!
Y me besaba más y más y me estrechaba en sus
brazos. Así estábamos cuando llegó Peggotty co-
rriendo, y tirándose al suelo a nuestro lado estuvo
como loca durante un cuarto de hora.
No me esperaban tan pronto. Al parecer, Barkis
había adelantado la hora de costumbre. Míster
Murdstone y su hermana habían ido a una visita en
los alrededores y no volverían antes de la noche.
Nunca me hubiera esperado tanta felicidad. Nunca
me hubiera parecido posible volver a encontrarnos
los tres solos, tranquilos, y en aquel momento me
parecía haber vuelto a los antiguos días.
Comimos juntos ante la chimenea. Peggotty nos
quería servir; pero mamá no le dejó y le hizo sentar-
se a nuestro lado. A mí me pusieron mi antiguo
plato con su fondo oscuro, en el que había pintado
un barco con un marino bogando a toda vela. Peg-
gotty lo había tenido escondido durante mi ausen-
cia, pues decía que ni por cien mil libras hubiera
querido que se rompiese. También me puso el vaso
de cuando era pequeño, con mi nombre grabado en
él, mi tenedorcito y mi cuchillo, que no cortaba na-
da.
Mientras comíamos pensé que era la mejor oca-
sión para hablar a Peggotty de Barkis; pero no hab-
ía terminado de explicarle su encargo cuando em-
pezó a reírse, tapándose la cara con el delantal.
-Peggotty --dijo mi madre-, ¿qué te pasa?
Peggotty se reía cada vez más fuerte, apretándo-
se el delantal contra la cara cuando mi madre trata-
ba de quitárselo, y parecía que había metido la ca-
beza en un saco.
-Pero ¿qué haces, tonta? -insistió mi madre rien-
do.
-¡Oh, el necio del hombre! -exclamó Peggotty-.
¿Pues no quiere casarse conmigo?
-Sería un buen partido para ti, Peggotty ---dijo
mamá.
-¡Oh, no lo sé! -dijo Peggotty-. No me hable usted
de ellos. No le aceptaría aunque fuera de oro. Ni a
él ni a ningún otro.
-Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula?
-preguntó mi madre.
-¿Decírselo? -replicó Peggotty, sacando la cara
del delantal-. Pero si nunca me ha dicho una pala-
bra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a
decirme cualquier cosa le daría un bofetón.
Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni
a nadie, y volvió a taparse la cara durante unos
momentos, atacada otra vez por una risa violenta.
Después de dos o tres de aquellos ataques continuó
comiendo.
Observé que mi madre, aunque se sonreía al mi-
rar a Peggotty, se había quedado más seria y pen-
sativa. Desde el primer momento ya la había notado
muy cambiada. Su rostro era muy bello todavía,
pero parecía preocupado y demasiado transparente.
Sus manos también, tan delgadas y pálidas, casi se
clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me
parece que estaba más cambiada era en que parec-
ía que estaba siempre inquieta y asustada. Por últi-
mo, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su
antigua criada:
-Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?
-¿Yo, señora? -preguntó Peggotty estupefacta,
¡Dios la bendiga! ¡No!
-Al menos no muy pronto -dijo mi madre con ter-
nura.
-¡Nunca! -gritó Peggotty.
Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:
-No me dejes, Peggotty; no te separes de mí.
Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué sería de
mí si no estuvieras tú?
-¿Dejarla yo, hija mía? -exclamó Peggotty-. No. Ni
por todos los tesoros del mundo. Pero ¿quién me-
terá esas cosas en esa cabecita?
Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si
fuera un niño.
Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y
Peggotty continuó a su modo:
-¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello!
¿Marcharse Peggotty de su lado? ¡Me gustaría ver-
lo! No, no -dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y
cruzando los brazos-, no hay cuidado, hija mía. No
es que no haya personas que lo estén deseando;
pero que se fastidien. Yo sigo con usted hasta que
sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y
demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta inca-
paz de hablar por no tener un diente; cuando ya no
sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que
me regañen, entonces iré a buscar a Davy y le diré
si quiere recogerme.
-Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te reci-
biré lo mismo que a una reina.
-¡Dios bendiga tu buen corazón! -exclamó Peg-
gotty-. ¡Estaba tan segura! -Y me besó, anticipada-
mente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió
a taparse la cara con el delantal y a reírse de Bar-
kis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo
arreglando; luego se llevó las cosas de la comida, y
por fin volvió con otra cofia y su caja de labor, con
su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en
los antiguos días.
Estábamos sentados alrededor del fuego, y
charlábamos alegremente. Yo les contaba la cruel-
dad de Míster Creakle, y me compadecían. Les
decía lo bueno que era Steerforth, cómo me proteg-
ía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a
pie unas millas por verle. Cuando se despertó cogí
al niño en mis brazos y le dormí cantando dulce-
mente. Después me fui al lado de mi madre, y pa-
sando mis brazos alrededor de su talle, como me
había gustado siempre tanto hacer, apoyé mi mejilla
en su hombro, y una vez mas sus hermosos cabe-
llos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»;
me gusta pensar cuando me acuerdo de ello. ¡Qué
feliz era!
Mientras estábamos sentados así mirando el fue-
go y viendo las extrañas figuras que formaban las
llamas, casi me parecía que nunca había estado
lejos, y que míster Murdstone y su hermana eran
figuras como aquellas, que se desvanecerían al
apagar el fuego, y que de todos mis recuerdos los
únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.
Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una me-
dia, y después continuó con ella metida en una ma-
no, como si fuera un guante, y la aguja en la otra
dispuesta a dar una puntada cuando el fuego lanza-
se un resplandor. No puedo comprender de quién
eran las medias que Peggotty estaba remendando
siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad
inagotable de medias que coser. Desde mi más
tierna infancia siempre la había visto con aquella
costura, y ni una vez con otra.
-Pienso -dijo Peggotty, a quien a veces preocupa-
ban las cosas más inesperadas- qué habrá sido de
la tía de Davy.
-¡Dios mío, Peggotty! -contestó mi madre saliendo
de su ensueño-. ¡Qué tonterías dices!
-Sí; pero realmente me preocupa,
-¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante
persona? -preguntó mi madre-, ¿No hay en el mun-
do otras de quienes ocuparse?
-No sé por qué será -dijo Peggotty-; puede que
sólo sea a causa de mi estupidez; pero mi cabeza
nunca puede escoger mis pensamientos. Van y
vienen por ella como quieren, y ahora he pensado
qué habrá sido de ella.
-¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que dese-
as otra visita suya.
-¡Dios nos libre! -gritó Peggotty.
-Entonces no hables de cosas tristes -dijo mamá-.
Miss Betsey continuará encerrada en su casita a la
orilla del mar y no será probable que venga a mo-
lestarnos.
-No -murmuró Peggotty-, no es probable. Pero lo
que pensaba era si en caso de morirse dejaría algo
a Davy.
-¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer
sin sentido! ¡Sabiendo lo que le ofendió que naciera
el pobre chico!
-Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonar-
le ahora -murmuró Peggotty.
-¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle aho-
ra? --dijo mi madre casi con dureza.
-¡Como tiene un hermano!... --dijo Peggotty.
Mi madre inmediatamente empezó a llorar dicien-
do que parecía mentira que Peggotty se atreviera a
decirle aquellas cosas.
-Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te
hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie. Eres una
envidiosa-, mucho mejor harías casándote con
míster Barkis y marchándote lejos. ¿Por qué no?
-Porque miss Murdstone se pondría demasiado
contenta --dijo Peggotty.
-¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! --contestó mi
madre-. Tienes celos de miss Murdstone, unos ce-
los absurdos. Querrías ser tú quien guardara las
llaves y manejara todo, estoy segura. No me sor-
prendería. Cuando debes estar convencida de que
si lo hace es sólo por bondad y con las mejores
intenciones del mundo. ¡Lo sabes, Peggotty, lo sa-
bes muy bien!
Peggotty murmuró algo como: «Estoy harta de
buenas intenciones», y también algo como: «Que ya
resultaban demasiadas buenas intenciones».
-Ya sé a qué te refieres -dijo mi madre-; lo com-
prendo perfectamente, Peggotty, y sabes que lo sé;
no necesitas ponerte más roja que el fuego. Pero
punto por punto. Y ahora el punto es miss Murdsto-
ne, y no tienes escape. No le has oído decir una vez
y otra vez que la parece que soy demasiado niña y
demasiado...
-Bonita -sugirió Peggotty.
-Bien -contestó mi madre medio riendo-; si es tan
loca para pensar así, ¿acaso tengo yo la culpa?
-Nadie la ha acusado a usted --dijo Peggotty.
-Claro que no -contestó mi madre, ¿No le has oí-
do decir una vez y otra que ella lo único que desea
es evitarme trabajos, para los que le parece que no
estoy hecha, y que realmente yo misma no sé si
sirvo para ellos? ¿No ves que se está en pie de la
mañana a la noche, yendo de un lado a otro,
haciéndolo todo y mirando en todas partes, hasta en
la carbonera, todos los sitios nada agradables? Y
viendo todo esto, ¿quieres insinuar que no hay una
especie de abnegación en ello?
-Yo no insinúo nada ---dijo Peggotty.
-Sí lo haces, Peggotty -contestó mi madre-. Nunca
haces otra cosa, excepto tu trabajo. Siempre estás
insinuando. Gozas con ello. Y cuando hablas de las
buenas intenciones de míster Murdstone...
-Nunca hablo de ellas -dijo Peggotty.
-No, Peggotty -contestó mama-; pero insinúas,
que es lo que te decía precisamente ahora. Es tu
lado malo. Insinúas. Hace un momento te he dicho
que te comprendía, y ya lo ves. Cuando te refieres a
las buenas intenciones de míster Murdstone, pre-
tendiendo despreciarlas (pues dentro de tu corazón
realmente no lo sientes), estás tan convencida co-
mo yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y
si te parece que es algo severo con cierta persona
(tú comprendes, y Davy también que no hablo de
nadie presente), es únicamente porque está con-
vencido de que es beneficioso para ella. Él, como
es natural, quiere mucho a esa persona por cariño a
mí y obra únicamente por su bien. Él es más capaz
de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una
criatura joven, débil y delicada, mientras que él es
un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se
toma -dijo mi madre, con el rostro inundado de
lágrimas afectuosas-, que se toma muchos trabajos
por mí. Yo debo estarle muy agradecida y someter-
me a él aun en mis pensamientos; y cuando no lo
hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y has-
ta dudo de mi corazón, y no se ya que hacer.
Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la
media, miraba al fuego en silencio.
-Vamos, Peggotty -dijo mi madre cambiando de
tono-, no nos enfademos, no lo podría soportar.
Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el
mundo. Y cuando te llamo criatura ridícula o inso-
portable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo
quiero decirte que eres mi verdadera amiga, que
siempre lo has sido, siempre, desde la noche en
que míster Copperfield me trajo por primera vez a
esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.
Peggotty no tardó en responder y ratificar el trata-
do de amistad dándome su más fuerte abrazo.
Pienso que ya entonces comprendía yo algo del
verdadero sentido de aquella conversación; pero
ahora estoy seguro de que esa excelente criatura la
había provocado y sostenido únicamente para dar
motivo a mi madre de consolarse contradiciéndola.
Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo
que mi madre pareció más tranquila durante el resto
de la velada, y Peggotty la miraba menos.
Después de tomar el té, cuando se reanimó el
fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty un capítu-
lo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los
antiguos tiempos. Peggotty sacó el libro del bolsillo;
no sé si lo tendría allí desde que me marché. Des-
pués estuvimos hablando otra vez de Salem House,
lo que me llevó a hablar también de Steerforth de
nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy di-
chosos, y aquella noche, la última en su género y
destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi
vida, nunca se borrará de mi memoria.
Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las
ruedas del coche. Todos nos levantamos precipita-
damente, y mi madre nos dijo que, como era muy
tarde y a míster y miss Murdstone les gustaba que
los niños se acostasen temprano, lo mejor era que
me fuese a la cama. La besé y subí con la luz a mi
cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi
infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que
había estado prisionero, que traían consigo un soplo
de aire helado, que se llevaba la felicidad y la inti-
midad de nuestro cariño lo mismo que una pluma.
A la mañana siguiente estaba muy preocupado
con la idea de bajar a desayunar, pues desde el día
de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster
Murdstone. Sin embargo, no tenía más remedio que
hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y vol-
verme a meter corriendo en mi alcoba, me decidí y
entré en el comedor.
Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea
y de espaldas a ella. Miss Murdstone estaba
haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como
si no me conociera.
Después de un momento de confusión y dudas
me acerqué a él diciendo:
-Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo
que hice, y espero que me perdone.
-Me alegro de que te disculpes, Davy -me dijo.
La mano que me tendía era la del mordisco, y no
pude por menos de lanzar una mirada a la marquita
roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver
después la siniestra expresión de su mirada.
-¿Cómo está usted? --dije a miss Murdstone.
-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pin-
zas del azúcar en lugar de sus dedos-. ¿Cuánto
duran las vacaciones?
-Un mes, señora.
-¿A contar desde cuándo?
-Desde hoy mismo, señora.
-¡Ah! --exclamó miss Murdstone-, entonces ya es
un día menos.
Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y
cada mañana tachaba un día exactamente de la
misma manera.
Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez;
desde entonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la
esperanza, y al final estaba casi alegre.
Desde el primer momento tuve la desgracia de
ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta
a esas debilidades) en un estado de violenta cons-
ternación. La cosa fue que entré en la habitación en
que estaba con mi madre y el niño. El niño solamen-
te tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en
sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos.
De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espan-
to, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.
-Jane, ¿qué tienes? --exclamó mi madre.
-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss
Murdstone.
-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-.
¿Dónde?
-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!
Estaba lívida de horror; pero se reanimó para pre-
cipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los bra-
zos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que
tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel
momento me fue solemnemente prohibido por ella
el tocar a mi hermano bajo ningún pretexto; y mi
pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su
opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:
-Sin duda tienes razón, Jane.
En otra ocasión, estando los tres juntos, también
el pobre nene, que me era tan querido a causa de
mi mamá, fue la inocente causa de la cólera de miss
Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos
de su niño teniéndole en sus brazos, y después me
llamó.
-Ven, Davy -y me miró a los ojos.
Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que en-
garzaba.
-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son
exactamente iguales. Deben de ser los míos; creo
que son del color de los míos, porque son exacta-
mente iguales.
-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss
Murdstone.
-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada
de la dureza del tono con que le preguntaba-. En-
cuentro que los ojos del nene y los de Davy son
absolutamente iguales.
-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con
cólera-. ¡Algunas veces parece que estás loca!
-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.
-Verdaderamente loca --dijo miss Murdstone-. Si
no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de
mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada.
Son completamente distintos, diferentes en todo, y
espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de
aquí. No quiero seguir oyéndote hacer semejantes
comparaciones.
Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un
portazo.
En una palabra, a miss Murdstone no le caía en
gracia, mejor dicho, no le caía a nadie, ni aun a mí
mismo, pues los que me querían no podían de-
mostrármelo, y los que no me querían me lo demos-
traban tan claramente, que me hacían tener la dolo-
rosa conciencia de que era siempre torpe, antipático
y necio.
Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo
malestar que me hacían sentir. Si entraba en la
habitación donde estaban hablando y mi madre
parecía contenta, un velo de tristeza cubría su ros-
tro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba
de buen humor, se le cambiaba. Si miss Murdstone
estaba en el suyo, malo de costumbre, se le acre-
centaba.
Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era
siempre la víctima y de que no se atrevía ni a
hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofen-
dieran y después le riñesen. Constantemente le
preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los
ofendiera, y en cuanto me movía sus miradas in-
terrogaban con temor. En vista de ello, resolví sepa-
rarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas
horas de invierno he oído sonar la campana de la
iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en
mi batín de casa, inclinado sobre un libro!
Por la noche algunas veces iba a sentarme a la
cocina con Peggotty. Allí estaba en mi casa, sin
miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero nin-
guno de estos dos recursos fue aprobado por los
hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que do-
minaba allí le molestaba todo, y al parecer todavía
creían que era yo necesario para la educación de mi
pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir
mi ausencia.
-David -me dijo un día míster Murdstone después
de la comida, cuando yo me marchaba como de
costumbre-, me apena el observar que seas tan
huraño.
-Huraño como un oso -dijo miss Murdstone.
Yo me detuve y bajé la cabeza.
-Y has de saber, David, que esa es una de las
peores condiciones que puede tener nadie.
-Y este chico la tiene de lo más acentuado que he
visto nunca -observó su hermana-; es terco y volun-
tarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo
habrás observado.
-Perdóname, Jane -dijo mi madre-; pero ¿estás
segura (y me dispensarás lo que voy a decirte),
estás segura de que entiendes a Davy?
-Me avergonzaría de mí misma, Clara -repuso mi
Murdstone-, si no comprendiera a este niño, o a
cualquier otro. No presumo de profundidad; pero
creo que tengo sentido común.
-Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es
grande.
-¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Cla-
ra- dijo miss Murdstone con cólera.
-Pero si estoy segura de ello -repuso mi madre-;
todo el mundo lo sabe, y yo misma me aprovecho
de ella a todas horas; así que nadie puede estar
más convencida, y cuando estás delante sólo hablo
con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.
-Bien; supongamos que yo no entiendo al chico,
Clara -repuso miss Murdstone, arreglándose las
cadenas que adornaban sus puños-. De acuerdo, si
te parece, en que no lo comprendo. Es demasiado
profundo para mí; pero quizá la inteligencia pene-
trante de mi hermano haya sido capaz de formarse
alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba
hablando de ello cuando nosotras, muy descortés-
mente, le hemos interrumpido.
-Creo, Clara -dijo mister Murdstone en voz baja
grave-, que en este asunto puede haber jueces
mejor y más desapasionados que tú.
-Edward -replicó mi madre tímidamente-, tú en to-
das las cuestiones juzgas mejor que yo, y tu herma-
na también; solamente decía...
-Solamente decías algo inútil a irrefexivo -repuso
él-. Trata de no volver a hacerlo, querida Clara, y de
dominate mejor.
Los labios de mi madre se movieron como si con-
testaran «Sí, mi querido Edward»; pero no llegaron
a pronunciar palabra.
-Me apena, David, el observar -repitió mister
Murdstone, volviéndose hacia mí- que seas tan
huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así
se desarrolle delante de mis ojos sin hacer un es-
fuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cam-
biar, si no quieres que tratemos nosotros de cam-
biarte.
-Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le
aseguro que ni por un momento he tenido la inten-
ción de ser, desde mi llegada, como usted dice.
-No te refugies en la mentira -me contestó tan irri-
tado, que vi a mi madre extender involuntariamente
su mano como interponiéndose-. Tu mal humor te
ha hecho retirarte a tu habitación, y allí te has pasa-
do horas enteras, cuando debías haber estado aquí.
Ya sabes de una vez para siempre, te lo ordeno,
que tienes que estar aquí. Además, exijo que seas
obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando
quiero una cosa, esa cosa ha de hacerse.
Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.
-Y además exijo respeto y prontitud en obedecer-
me, y lo mismo respecto a mi hermana y respecto a
tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nues-
tro lado como si hubiera peste. Siéntate.
Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía
como un perro.
-Además, otra cosa -prosiguió-. He observado que
te atraen las compañías vulgares. No quiero que te
juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en
nada tus defectos. De la mujer que te sostiene allí
no digo nada; hasta tú, Clara -dijo dirigiéndose a mi
madre en voz más baja-,tienes una debilidad por
ella, formada por antiguas costumbres e ideas que
todavía no has abandonado.
-¡La más incomprensible de las aberraciones!-ex-
clamó miss Jane.
-Solamente digo -resumió él, dirigiéndose a mí de
nuevo- que desapruebo tu afición a la compañía de
Peggotty y que debes desistir de ella. Ahora, David,
creo que me has comprendido y que sabes las con-
secuencias si no me obedeces al pie de la letra.
Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que
él pensaba, sobre todo en lo que se refería a mi
madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a
quedarme solo en mi habitación, ni a buscar con-
suelo en Peggotty; permanecía sentado tristemente
con ellos un día tras otro, deseando que llegara la
noche para irme a la cama.
¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado
en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a
mover un brazo ni una pierna, para que miss Murds-
tone no pudiera quejarse, como lo hacía con cual-
quier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrev-
ía a levantar la vista, por temor de encontrarme con
alguna mirada de desagrado o escudriñadora que
buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué
intolerable aburrimiento era el estar sentado escu-
chando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murds-
tone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en
si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su
desdichado marido; dedicado a contar las molduras
de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por
los dibujos del papel de la pared!
¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en
medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre
mis hombros el gabinete entero, con miss Murdsto-
ne y todo, monstruosa carga que me obligaban a
llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible
despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligen-
cia y me embrutecía!
¡Qué de comidas en un silencio embarazoso,
siempre sintiendo que allí había un cubierto de so-
bra, que era el mío; un apetito de más, que era el
mío; un plato y una silla de más, que eran los míos,
y una persona que estorbaba, y que era yo!
¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban
a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún
libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto
tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos
y medidas se transformaban en canciones como
Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones
se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a
través de mi desdichada cabeza, entrándome por
un oído y saliéndome por otro.
¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de
todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arro-
jar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casua-
lidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba.
Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y
que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con
qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la
cama cuando daban las nueve.
Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la
mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo:
«Hoy es el último día», y me dio la taza de té de
despedida.
No me entristecía el marcharme. Había caído en
un estado de embrutecimiento del que sólo salía
pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él
veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en
la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz
severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a
besarme.
La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos
sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el
abismo abierto entre nosotros continuaba y la sepa-
ración era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu
como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a
pesar de lo ferviente que era, sino lo que siguió al
abrazo aquel.
Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré
y estaba sola en medio del camino, levantando a su
niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío,
pero era un frío helado, y ni un solo cabello ni un
pliegue de su ropa se movía, mientras que me mi-
raba intensamente, levantando en sus brazos al
pequeño para que yo le viera.
¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos
ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado
de mi lecho, mirándome con la misma intensidad de
entonces, levantando a su nene para que yo le vie-
ra.
CAPÍTULO IX
UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE
Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela
desde mi llegada hasta el día de mi cumpleaños,
que era en marzo. Lo único que recuerdo de enton-
ces es que admirábamos a Steerforth más que nun-
ca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semes-
tre o antes, y cada vez me parecía más espiritual y
más independiente, y también más amable. Pero
aparte de esto, no me viene a la imaginación otra
cosa.
El inmenso recuerdo que ha marcado aquella
época parece haberlo absorbido todo para subsistir
único.
¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurri-
do dos meses entre mi vuelta a Salem House y el
día de mi cumpleaños! Si lo creo es porque lo sé; de
otro modo estaría convencido de que no había pa-
sado apenas tiempo entre una cosa y otra.
Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que
rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y
siento mis cabellos húmedos pegarse a mis mejillas,
y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos
alumbrando la mañana brumosa, y el humear del
aliento de los niños en el ambiente frío, mientras
soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.
Fue después del desayuno. Acabábamos de subir
del recreo cuando míster Sharp apareció y me dijo:
-David Copperfield, le están esperando en el
salón.
Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me ilu-
minó la cara al oír esta orden. Al salir de la clase,
algunos de los chicos me dijeron que no les olvida-
se para las golosinas. Y salí de mi sitio presuroso.
-No se apresure, Davy -me dijo míster Sharp-.
Tiene tiempo de sobra; no corra usted, hijo mío.
Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su
tono cariñoso. Pero no me di cuenta hasta mucho
después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a
míster Creakle sentado ante su desayuno, con el
bastón y un periódico en la mano, y a mistress
Creakle con una carta abierta. Pero carta de envío
no había ninguna.
-David Copperfield -me dijo mistress Creakle,
llevándome a un sofá y sentándose a mi lado-: ten-
go que hablarle de algo muy personal; he de darle
una noticia, hijo mío.
Míster Creakle, a quien miré, como era natural,
bajó la cabeza y ahogó un suspiro con un enorme
pedazo de pan untado de manteca.
-Eres demasiado pequeño para saber cómo cam-
bian las cosas todos los días, Davy -me dijo mis-
tress Creakle- y cómo aparecen y se van los seres.
Pero todos tenemos que aprenderlo, hijo mío: algu-
nos, de muy jóvenes; otros, cuando son viejos, y
otros, a todas horas.
La miré gravemente.
-Cuando volviste aquí, después de las vacaciones
--continuó mistress Creakle, después de un momen-
to de silencio-, ¿todos los de tu casa estaban bien?
-y después de otra pausa-: ¿Tu madre estaba bien?
Sin saber por qué temblé y continué mirándola
gravemente, sin fuerzas para contestar nada.
-Porque -continuó- siento mucho tenerte que decir
que he recibido noticias en las que se me informa
que ahora está bastante mala.
Una especie de niebla se levantó entre mistress
Creakle y yo, y su figura se movió en ella un mo-
mento. Después sentí que lágrimas ardientes corr-
ían por mi rostro, y volví a verla bien.
-Está enferma de mucha gravedad -añadió.
Ya lo sabía todo.
-Ha muerto.
No era necesario decírmelo. Ya había lanzado un
grito, y me sentía huérfano en el mundo vacío.
Mistress Creakle fue muy buena conmigo. Me re-
tuvo a su lado todo el día y me dejaba solo algunos
ratos; yo lloraba, y después me dormía de cansan-
cio y me volvía a despertar llorando. Cuando ya no
podía llorar empecé a meditar; pero el peso de mi
pena me ahogaba y no tenía consuelo. Y eso que
todavía no me daba cuenta totalmente de la des-
gracia. Pensaba en nuestra casa cerrada y silencio-
sa. Pensaba en mi hermanito, de quien mistress
Creakle me había dicho que iba debilitándose desde
hacía ya tiempo y temían que también se muriese.
Pensaba en el sepulcro de mi padre y en el ce-
menterio, tan cerca de casa, y veía a mi madre ten-
dida allí, debajo de los árboles, que tan bien conoc-
ía. Cuando me encontré solo me subí en una silla y
me miré al espejo, para ver cómo estaban de en-
carnados mis ojos y de triste mi rostro. Después,
cuando hubieron pasado algunas horas, pensaba si
mis lágrimas se habrían terminado para siempre y
ya no lloraría cuando volviera a casa, pues me lla-
maban para asistir al funeral. Al mismo tiempo pen-
saba que tenía que demostrar cierta dignidad ante
mis compañeros, de acuerdo con la importancia de
mi pena.
Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo;
sin embargo, recuerdo que la importancia de mi
desgracia me causaba cierta satisfacción mientras
me paseaba por el patio mientras los otros niños
continuaban en clase. Cuando les veía asomarse
furtivamente a las ventanas, sentía una especie de
orgullo, y andaba más despacio y más triste, y
cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme
estaba satisfecho de mí mismo por no ser orgulloso
con ellos y acogerlos exactamente como antes.
Debía partir al día siguiente por la noche; pero no
en la diligencia, sino en un coche llamado El Labra-
dor», que estaba destinado principalmente para los
campesinos que hacían sólo pequeñas distancias.
Aquella noche no contamos historias, y Traddles se
empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien
pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una;
pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto
un papel lleno de esqueletos que me entregó al
partir como consuelo de mis penas y para que con-
tribuyera a la paz de mi espíritu.
Dejé Salem House al día siguiente por la tarde.
¡Qué poco me imaginaba que era para no volver
nunca! Viajamos muy despacio por la noche y lle-
gamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la ma-
ñana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré.
En su lugar estaba un hombrecito grueso y de as-
pecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en
las rodillas de sus pantalones cortos, medias negras
y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla
del coche y dijo:
-¿Mister Copperfield?
-Sí, señor.
-¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo
--dijo abriendo la portezuela- y tendré el gusto de
llevarle a su casa?
Me agarré de su mano preguntándome quién ser-
ía, y llegamos por una calle estrecha delante de una
tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero,
sastre, novedades, funeraria, etc.». Era una tienda
ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vesti-
dos, hechos y sin hacer, con un escaparate repleto
de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación
que había detrás de la tienda, donde se encontra-
ban tres muchachas cosiendo ropa negra, color del
que estaba también cubierta la mesa; asimismo el
suelo estaba lleno de trocitos pequeños. Había un
buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón
tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces;
pero ahora lo reconocería siempre.
Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y
alegres, levantaron la cabeza para mirarme y des-
pués siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al
mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del
patio llegaba un martillar monótono: rat-tat-tat,
rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-.
¿Cómo va eso Minnie?
-Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y
sin levantar la vista-; descuide, papá.
Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y re-
sopló. Estaba tan grueso, que se vio obligado a
resoplar muchas veces antes de poder decir:
-Está bien.
-Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engor-
dando como un cerdo!
-Tienes razón, querida. No comprendo el porqué
---dijo reflexionando-; pero es así.
-Es que es usted un hombre muy tranquilo --dijo
Minnie- y que toma las cosas con calma.
-¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida?
-dijo míster Omer.
-No, naturalmente -replicó su hija---. Aquí todos
somos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá?
-Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he des-
cansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere
hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copper-
field?
Precedí a míster Omer, quien después de ense-
ñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y
demasiado buena, no siendo para luto de parientes
muy cercanos, me tomó medida y lo escribió en un
libro. Mientras escribía me hacía observar todos los
objetos que llenaban su tienda; fijarme en ciertas
modas que acababan de llegar y en otras que aca-
baban de pasar.
-Estas cosas son las que nos hacen perder dinero
-dijo míster Omer-; pero las modas son como los
hombres, llegan nadie sabe por qué, cuándo ni
cómo, y se marchan lo mismo; todo es igual en la
vida, según mi opinión, si se mira desde un punto
de vista.
Estaba demasiado triste para discutirle la cues-
tión; además, es posible que en cualquier circuns-
tancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego
míster Omer me llevó al gabinete, respirando con
dificultad en el camino, y asomándose a una escale-
rita llamó:
-¡Traigan el té con pan y manteca!
Al cabo de un momento, durante el cual yo había
estado mirando a mi alrededor y pensando y escu-
chando el ruido de las agujas en la habitación y el
del martillo al otro lado del patio, apareció el té, que
era para mí.
-Hace mucho tiempo que le conozco -me dijo
Omer, después de mirarme unos minutos, durante
los cuales yo no había hecho honor al desayuno,
pues los crespones negros me quitaban el apetito-
Hace mucho tiempo que te conozco, amiguito.
-¿De verdad?
-Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya co-
nocía a tu padre; era un hombre que medía cinco
pies y nueve pulgadas, y su tumba tiene veinticinco
pies de larga. (Rat-tattat, rat-tat-tat, rat-tat-tat, se oía
por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de
terreno, ni una pulgada menos -dijo míster Omer
alegremente- He olvidado si fue ella o él quien lo
quiso.
-¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero?
-pregunté.
Míster Omer sacudió la cabeza.
Rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.
-Está en los brazos de su madre --dijo.
-¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?
-No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño
ha muerto.
Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el
desayuno, que apenas había tocado, y fui a ocultar
mi cabeza encima de una mesa que había en un
rincón. Minnie quitó al momento lo que había allí
encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas.
Era una muchacha buena y bonita, que me retiró el
pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan alegre
de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba
tan triste!
El ruido del martillo cesó, y un muchacho de as-
pecto simpático atravesó el patio y entró en la habi-
tación. Llevaba un martillo en la mano y la boca
llena de clavitos, que tuvo que sacarse para poder
hablar.
-Y bien, Joram, ¿cómo va eso? -dijo míster Omer.
-Muy bien. Ya está terminado --dijo Joram.
Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas
se sonrieron una a otra.
-Entonces has trabajado mucho. Anoche, mien-
tras yo estaba en el Club, ¡hay que ver! -dijo míster
Omer guiñando un ojo.
-Sí -dijo Joram-; como me había prometido usted
que si lo terminaba podríamos hacer esa pequeña
excursión juntos Minnie y yo... con usted.
-¡Oh! Creía que ibais a olvidarme -dijo míster
Omer riendo.
-Como me había prometido eso --contestó el jo-
ven he hecho todo lo posible. ¿Quiere venir a verlo
y darme su opinión?
-Sí -dijo míster Omer levantándose-. Querido -dijo
volviéndose hacia mí-, ¿te gustaría ver ..?
-No, padre -interrumpió Minnie.
-Pensaba que podía gustarle, querida -dijo míster
Omer-; pero quizá tienes razón.
No puedo decir por qué; pero sabía que lo que
iban a ver era el féretro de mi querida madre. Nunca
había oído contar cómo se hacían, ni había visto
uno; pero se me ocurrió mientras oía los martillazos,
y cuando entró el muchacho estoy seguro de que ya
sabía lo que estaba haciendo.
Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas,
cuyos nombres no había oído, se cepillaron y arre-
glaron un poco y entraron en la tienda para ponerla
en orden y esperar a la parroquia. Minnie continuó
allí doblando lo hecho y colocándolo en dos cestas.
Lo hacía arrodillada, murmurando entretanto una
canción ligera. Joram, que sin duda era su enamo-
rado, entró de puntillas y le robó un beso sin pre-
ocuparse de mi presencia. Después le dijo que su
padre había ido a buscar el coche y que él iba a
prepararse en un momento. Se fue; ella se guardó
el dedal y las tijeras en el bolsillo, prendió cuidado-
samente en su pecho una aguja enhebrada con hilo
negro y se arregló con coquetería ante un espejito
que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse
su rostro satisfecho.
Yo lo observaba todo sentado en una esquina de
la mesa, con la cabeza apoyada en mis manos, y
mis pensamientos versaban sobre las cosas más
dispares. El coche llegó pronto, y lo primero que
colocaron en él fue las dos cestas; después me
metieron a mí, y ellos tres me siguieron. Recuerdo
que era una especie de carro como los que utilizan
para llevar pianos. Estaba pintado de un color oscu-
ro y lo arrastraba un caballo negro con la cola muy
larga. Había sitio de sobra para todos nosotros.
Ahora me parece que nunca he experimentado un
sentimiento más extraño en mi vida (quizá es que
ya soy viejo) que el que sentía entonces observan-
do lo contenta que estaba aquella gente después
del trabajo que habían terminado. No estaba enfa-
dado con ellos, pero me producían una especie de
miedo, como si fueran seres de otra casta que no
tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy
alegres. El anciano, sentado delante, conducía, y
los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba
cada uno por un lado de su alegre rostro prestándo-
le mucha atención. También hubieran querido
hablar conmigo; pero yo continuaba de espaldas en
mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aun-
que no eran demasiado ruidosos, y casi me admira-
ba de que Dios no castigara su dureza de corazón.
Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo,
también comieron y bebieron alegremente ellos; yo
no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando
ya estuvimos cerca de mi casa me bajé apresura-
damente del coche por detrás, para no llegar en
semejante compañía ante aquellas ventanas que
ahora me parecían ciegas como ojo,,, cerrados y
antes luminosos.
¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran
las lágrimas al mirar la ventana del cuarto de mi
madre, y a su lado aquella otra que en mejores
tiempos había sido mía?
Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de
Peggotty. Su pena estalló al verme, pero se dominó.
Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, co-
mo si temiera molestar a los muertos. No se había
acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela
por las noches, pues mientras estuviera su niña
querida en la casa decía que no era capaz de
abandonarla.
Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi lle-
gada cuando entré en la habitación en la que estaba
sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss
Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que tenía
cubierto de cartas y papeles, me tendió la punta de
sus dedos, preguntándome en tono glacial si me
habían tomado medida para el luto.
-Sí -le dije.
-Y tu ropa -dijo-, ¿la has traído?
-Sí, señora; lo he traído todo.
Este fue el único consuelo que su firmeza me ad-
ministró. Estoy seguro de que sentía un verdadero
placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella
llamaba su presencia de espíritu y su firmeza y su
fuerza de voluntad y su sentido común y todo el
diabólico catálogo de sus antipáticas cualidades.
Estaba particularmente orgullosa de su disposición
para los negocios, y ahora lo demostraba reducién-
dolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse conmover
por nada. El resto del día, y desde la mañana a la
noche de los que siguieron, estuvo en su pupitre sin
dejar de escribir con una pluma dura, hablando en
el mismo tono imperturbable a todo el mundo, y sin
que un solo músculo de su cara se inmutara, una
suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo
de su indumento se desarreglara.
Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy
convencido de que no lo leía. Lo abría y miraba las
letras como si lo leyera; pero permanecía durante
horas enteras sin volver una hoja; después lo deja-
ba y se paseaba de arriba abajo por la habitación.
Yo permanecía sentado con las manos cruzadas,
mirándole y contando sus pasos hora tras hora.
Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nun-
ca. Era lo único que se movía (él y el reloj) en la
absoluta inmovilidad de la casa.
En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a
Peggotty, excepto cuando subía al otro piso, que
me la encontraba en la habitación donde mamá y su
nene reposaban, y por las noches, que venía a mi
cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un
día o dos antes del funeral (presumo que era un día
o dos antes, pero creo que los días se confundían
en mi memoria en aquella triste época, cuando nada
marcaba el progreso del tiempo) me hizo entrar con
ella en la habitación en que estaba mi madre, y
ahora sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que
cubría su lecho, de una blancura deslumbrante,
como todo lo que le rodeaba, parecía estar allí ten-
dido y personificado el solemne silencio que reinaba
en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar
suavemente aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!»,
deteniendo su mano.
Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría
mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré;
lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las ja-
rras, la forma de los vasos, de los platos; el dulce
perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss
Murdstone y de nuestros trajes de luto.
Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.
-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.
Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué
mi mano, que retuvo entre las suyas.
-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con
los ojos húmedos- Nuestros amiguitos crecen a
nuestro alrededor; pronto no los reconoceremos.
¿Verdad, señora? -dijo dirigiéndose a miss Murds-
tone, que no le contestó.
-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no
es así, señora? -insistió míster Chillip.
Miss Murdstone sólo le contestó con un frío salu-
do, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un
rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar
los labios.
Observo esto porque lo observo todo; pero no me
interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa.
Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster
Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo
todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peg-
gotty me lo había contado) se llevaron a mi padre a
aquella misma tumba, después de prepararle en la
misma habitación.
Somos pocos: nada más míster Murdstone, nues-
tro vecino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando
llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con
su carga en el jardín y van delante de nosotros por
el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y
entran en el cementerio, donde tan a menudo he
oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.
Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de
todos los demás días y la luz de otro color, de un
color más triste, y hay allí un silencio solemne, que
a mí me parece que lo hemos traído de casa con el
féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos,
oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire
libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y
la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada
entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la
persona para mí más querida de todos los que que-
dan en la tierra y a la que en mi infantil corazón
estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho
bien»
Hay muchos rostros conocidos entre la gente
aquella, rostros que recordaba de la iglesia cuando
sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido
los primeros en ver a mi madre cuando llegó a la
aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No
me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin
embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el
fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a
su enamorado, que está cerca de mí.
Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se al-
za ante nosotros tan bonita como siempre, no ha
cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento
con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena
no es nada en comparación a lo que siento ahora.
Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber
un poco de agua, y cuando le pido permiso para
retirarme se despide de mí con dulzura de mujer.
Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera
sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han
huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que
más tarde quizá reaparecerán; pero esto continúa
inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.
Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quie-
tud del momento (el día debía de ser domingo, pero
lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi
lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que
de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces
acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer
para consolar a mi hermanito, me contó a su mane-
ra todo lo que tenía que contarme concerniente a
los últimos sucesos.
-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien
--dijo Peggotty-; su espíritu estaba atormentado y no
era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le
curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más
triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba
quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró
a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que
más de una vez, al escucharla. pensaba que era
como una voz en el aire que subía hacia el cielo.
Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y
al final una palabra dura era como un golpe para
ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca
cambió con su loca Peggotty la dulce niña!
Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi
mano durante un momento.
-La última vez que la he visto como en sus bue-
nos tiempos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El
día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi
niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo
sé». Hacía lo posible por sostenerse, y en muchas
ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y
su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya
hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le
había dicho a su marido lo que me había dicho a mí;
le asustaba hablar de ello; por fin, una noche, una
semana antes, le dijo: «Querido, creo que me mue-
ro». « Ahora tengo el espíritu en reposo, Peggotty
-me dijo al acostarla aquella noche-. El pobre hom-
bre se irá haciendo a la idea durante varios días y
después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si
es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no
me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y
proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después
ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-.
Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los
quería: no podía vivir sin amar a los que la rodea-
ban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía
hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde
Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo.
La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: «
Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que
le pongas en mis brazos y nos entierren juntos». Y
es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo
vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy
nos acompañe al lugar de reposo --dijo-, y dile que
su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y
no una vez, mil veces.»
Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty
acarició dulcemente mi mano.
-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguió-
cuando pidió de beber, y después me dirigió una
sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!... Amanec-
ía, y el sol se levantaba cuando me dijo lo cariñoso
y bueno que mister Copperfield había sido siempre
para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía,
cuando dudaba de sí misma, que un corazón aman-
te valía más que la sabiduría y que él era el hombre
más feliz a su lado... « Peggotty, querida mía -dijo
después-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu
brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro
parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo
que pedía, y, ¡oh Davy!, se cumplía lo que yo había
dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo
de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que
se duerme.
Así terminó el relato de Peggotty. Desde el mo-
mento en que supe la muerte de mi madre, la idea
de lo que había sido últimamente desapareció por
completo para mí, y desde aquel instante la recuer-
do como la madre joven de mis primeros años, la
que enrollaba sus bucles en los dedos y bailaba
conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty
me contaba, en lugar de recordarme el último perío-
do, confirmaba en mi espíritu la primera imagen;
podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante
había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, bo-
rrando todo el resto.
La madre que descansaba en la tumba era la
madre de mis primeros años, y la criaturita que
tenía en sus brazos era yo como estaba en mi
infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en
ellos para siempre.
CAPÍTULO X
EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME
COLOCAN
El primer acto de autoridad de miss Murdstone
cuando pasó el día solemne y se abrieron de nuevo
las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo
de un mes tenía que marcharse. Por mucho que a
Peggotty le hubiera molestado tener que soportar-
los, estoy seguro de que lo hubiera hecho por cariño
hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor del
mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos
de todo corazón.
Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el
menor paso. Yo creo que su mayor felicidad hubiera
sido poderme despedir también con otro mes de
plazo. Un día me atreví a preguntar a miss Murds-
tone cuándo iba a volver a Salem House; pero me
contestó muy secamente que era probable que no
volviera nunca. Mi porvenir me preocupaba mucho y
a Peggotty también.
Mi situación había cambiado por completo, y aun-
que me libraba de muchas molestias, si hubiera sido
capaz de apreciarlo seriamente me habría preocu-
pado mucho sobre mi porvenir. La tiranía que hab-
ían ejercido sobre mí había desaparecido por com-
pleto; lo único que deseaban era no tenerme ante
su vista; tan es así, que en varias ocasiones, cuan-
do acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone,
frunciendo el ceño, me hacía señas para que me
marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera
siempre con Peggotty; con tal de que no los moles-
tase les importaba poco dónde pudiera estar. Al
principio me asustaba la idea de que míster Murds-
tone volviera a tomar en su mano mis lecciones o
que su hermana, en su abnegación, se dedicara a
ello; pero pronto me percaté de que aquellos temo-
res eran vanos y que todo se reduciría a verme
abandonado.
No recuerdo si aquel descubrimiento me causó
mucha pena. Estaba todavía en el dolor de la muer-
te de mi madre y en un estado de ánimo en que
todo me daba lo mismo. Lo que sí recuerdo es que
algunas veces pensaba en la posibilidad de que no
se ocuparan de instruirme, y pensaba que entonces
sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida
vagando de una aldea a otra. También recuerdo
que, pensando en aquello, me preguntaba si no
sería mejor marcharme como el héroe de una histo-
ria para buscar fortuna; pero estas eran visiones
transitorias, sueños que hacía despierto, sombras
que veía débilmente dibujadas o escritas en la pa-
red de mi habitación y que después se desvanecían
dejando la pared vacía.
-Peggotty --dije una noche en tono pensativo,
mientras me calentaba las manos en el fuego de la
cocina-, míster Murdstone me quiere cada vez me-
nos; nunca me ha querido mucho, Peggotty; pero
ahora, si pudiera, le gustaría no volver a verme.
-Quizá sea a causa de su pena -dijo Peggotty,
acariciándome los cabellos.
-No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy
triste. Si pudiera creer que era tristeza no pensaría
en ello; pero no es eso, no, no es eso.
-¿Y cómo sabes que no es eso? -dijo Peggotty
después de un silencio.
-¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora,
por ejemplo, está triste sentado ante la chimenea
con su hermana; pero si entro yo, Peggotty, cambia
completamente.
-¿Por qué? --dijo Peggotty.
-Porque se encoleriza -le contesté imitando invo-
luntariamente su ceño- Si estuviera solamente triste,
no me miraría como me mira. Yo, que sólo estoy
triste, tengo más ansia que nunca de cariño.
Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté
las manos también en silencio.
-Davy -dijo por último.
-¿Qué, Peggotty?
-He tratado, querido mío, he tratado por todos los
medios de encontrar colocación aquí en Bloonders-
tone; pero no la he encontrado, hijo mío.
-¿Y qué piensas hacer, Peggotty? -dije tristemen-
te-. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?
-Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth
para vivir allí.
-Podías ir un poco más lejos --dije, medio en bro-
ma-, y sería perderte para siempre. Pero allí podré
verte a menudo, mi querida Peggotty; aquello no es
del todo el fin del mundo.
-Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí,
querido mío, yo vendré por lo menos a verte una
vez por semana.
Esta promesa me quitó un gran peso de encima;
pero no era todo, pues Peggotty continuó:
-Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano
a pasar quince días, el tiempo necesario para tran-
quilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pen-
sando que quizá lo dejaran, como no lo necesitan
mucho, venir allí conmigo.
Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a
Peggotty, y podía causarme una alegría en aquellos
momentos, era un proyecto así. La idea de verme
rodeado, de nuevo, por aquellos rostros honrados,
alegres de mi llegada; de volver a sentir la dulzura y
la tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando
las campanas suenan, las piedras caen en el agua y
los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme pa-
seando en la playa con Emily, contándole mis penas
y buscando de nuevo conchas y caracoles. Todo
esto tranquilizaba mi corazón.
Un momento después me preocupó la idea de
que quizá miss Murdstone no lo consintiera; sin
embargo, esta preocupación no duró mucho, pues
en aquel momento apareció ella misma, haciendo
su ronda de noche, en la antecocina donde estába-
mos hablando, y Peggotty abordó el asunto con un
atrevimiento que me sobrecogió.
-El chico perderá el tiempo allí -dijo miss Murdsto-
ne mirando en una olla de escabeche-, y la ociosi-
dad es la madre de todos los vicios. Pero estoy
segura de que aquí lo perderá también; es mi opi-
nión.
Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero
se contuvo por cariño a mí, y permaneció silenciosa.
-¡Hem! -dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos to-
davía en el escabeche-. Lo más importante de todo,
de la mayor importancia, es que a mi hermano no
se le moleste y pueda estar tranquilo. Supongo que
lo mejor será decir que sí.
Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación
de alegría, no fuera eso a inducirle a retirar su con-
sentimiento. No pude por menos de pensar que
había obrado con prudencia, cuando vi la mirada
que me lanzó por encima del tarro de escabeche.
Parecía como si sus ojos negros hubieran absorbido
todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el
consentimiento estaba dado y no fue negado, pues
cuando cumplió el mes de Peggotty ya estábamos
dispuestos a partir.
Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty.
Yo nunca le había visto antes atravesar la verja;
pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar
con la pesada maleta de Peggotty me lanzó una
mirada en la que me pareció que me quería decir
algo, si era posible que pudiese expresar algo el
rostro de Barkis.
Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que
había sido su casa durante tantos años y donde los
dos grandes cariños de su vida, mi madre y yo, se
habían formado. Se había levantado muy temprano
para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó
en él sin quitarse el pañuelo de los ojos.
Todo el tiempo que permaneció en esta actitud,
Barkis no dio señales de vida; sentado como de
costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peg-
gotty miró a su alrededor y empezó a hablarme,
sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido
de satisfacción. No pude comprender a qué se re-
fería.
-Hace un día muy hermoso, míster Barkis --dije.
-No es malo -contestó Barkis, que por lo general
era muy reservado y rara vez se comprometía.
-Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster
Barkis-le dije para su satisfacción.
-¿De verdad? -dijo Barkis.
Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire
malicioso: -¿Está usted completamente a gusto?
Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamen-
te.
-¿Pero verdaderamente está usted segura?
-gruñó Barkis acercándose a ella y dándole un co-
dazo-. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a
gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?
Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se
acercaba más a ella y le daba otro codazo. Por últi-
mo, se acercó tanto ya, que estábamos los tres
amontonados en un rincón del carro, y yo tan opri-
mido, que apenas podía respirar.
Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimien-
tos, y Barkis se retiró un poquito; después, poco a
poco, se fue alejando más; pero no pude por menos
de observar que a sus ojos aquello era una forma
maravillosa de expresar sus sentimientos de una
manera clara y agradable sin el inconveniente de la
conversación. No tenía duda que estaba contento
de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez
hacia Peggotty, preguntando:
-¿Supongo que estará usted verdaderamente a
gusto?
Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me
faltó la respiración. Al poco rato le repitió su pregun-
ta con la misma maniobra, hasta que decidí poner-
me de pie en cuanto le veía acercarse con el pretex-
to de mirar el paisaje. Fue una gran idea.
Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante
una taberna expresamente por nosotros y nos con-
vidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggot-
ty bebía él fue presa de un nuevo acceso de galan-
tería, y casi la atragantó del encontronazo. Pero
conforme nos acercábamos al fin de nuestro viaje,
cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para
galantear, y cuando pisamos el empedrado de Yar-
mouth nos preocupaban demasiado las sacudidas
para poder pensar en otra cosa.
Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio
de siempre y nos recibieron con la mayor cordiali-
dad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el
sombrero en la coronilla, la cara avergonzada y una
confusión que parecía comunicarse a sus piernas.
Cada uno de los Peggotty cargó con una de las
maletas, y ya nos marchábamos cuando Barkis me
hizo un signo misterioso con su mano para que me
acercase.
-Digo -murmuró Barkis- que todo va bien.
Yo le miré a la cara y contesté en un tono que
quiso ser profundo:
-¡Ah!
-No es eso todo. Va muy bien.
De nuevo le contesté:
-¡Ah!
-Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba
dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.
Hice un signo de afirmación.
-Todo va bien --dijo Barkis estrechándome la ma-
no---. Soy su amigo; lo ha hecho usted todo muy
bien, y todo va bien.
En su deseo de explicarse con particular lucidez,
Barkis se puso tan extraordinariamente misterioso,
que hubiera podido permanecer mirándole a la cara
durante una hora sin sacar más provecho que del
cuadrante de un reloj parado. Pero Peggotty me
llamó, y me alejé.
Mientras andábamos, me preguntó lo que me
había dicho Barkis, y yo le contesté «que todo iba
bien».
-¡Qué atrevimiento! --dijo Peggotty-. Pero me tiene
sin cuidado. Davy querido, ¿qué te parecería si
pensara en casarme?
-¿Me seguirías queriendo igual? -dije después de
un momento de reflexión.
Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su
hermano y sobrino, que iban delante, la buena mu-
jer no pudo por menos de abrazarme asegurándo-
me que su cariño era inalterable.
WILKINS MICAWBER
CAPÍTULO IV
MI PRIMER EXCESO
Era una cosa deliciosa el tener aquel distinguido
castillo para mí solo y sentirme, cuando cerraba la
puerta, como Robinson Crusoe cuando, después de
encerrarse en sus fortificaciones, retiraba la escala
tras de sí. Era una cosa deliciosa el pasear por la
ciudad con la llave de mi casa en el bolsillo y saber
que podía invitar a quien me pareciese, completa-
mente seguro de que no molestaba a nadie, de no
ser a mí mismo. Era una cosa deliciosa el salir y
entrar cuando me parecía, sin tener que dar cuentas
a nadie, y el tocar la campanilla para que mistress
Crupp subiera, toda sofocada, de las profundidades
de la tierra cuando la necesitaba (y cuando le daba
la gana subir). Todo esto, digo, me parecía la cosa
más encantadora; pero, debo decirlo también, había
veces en que me parecía triste.
Por las mañanas era delicioso, y sobre todo en las
mañanas hermosas. Con la luz del día me parecía
aquella una vida joven, libre y agradable, y todavía
más libre y mas joven si hacía sol; pero al declinar
la tarde la vida parecía bajar también. Yo no sé en
qué consistiría; pero perdía mucho de su belleza a
la luz de las velas. Entonces deseaba alguien con
quien hablar, echaba de menos a Agnes. Encontra-
ba un enorme vacío en la falta de la tranquila sonri-
sa de mi confidente. Mistress Crupp parecía que
estaba muy lejos. Pensaba en mi predecesor, que
había muerto de beber y fumar, y deseaba que
hubiese sido lo bastante consecuente como para
seguir viviendo en lugar de fastidiarme con su muer-
te.
Después de dos días con sus noches me parecía
como si hubiese vivido allí un año, y todavía no era
ni una hora más viejo, y seguía tan atormentado
como siempre por mi juventud.
Steerforth no aparecía, haciéndome temer que es-
taría enfermo, por lo que al tercer día abandoné el
Tribunal de Doctores más temprano para tomar el
camino de Hyghgate. Mistress Steerforth me recibió
con mucha bondad y me dijo que su hijo había ido
con un amigo de Oxford a visitar a otro amigo de los
dos que vivía cerca de Saint Albans, pero que le
esperaban al día siguiente. Le quería tanto, que me
sentí celoso de sus amigos de Oxford.
Me instó para que me quedara a comer; acepté, y
creo que no hablamos más que de él en todo el día.
Yo le contaba sus éxitos de Yarmouth, felicitándome
de lo buen compañero que había sido para mí. Miss
Dartle no escatimó las insinuaciones ni las pregun-
tas misteriosas; pero se tomaba el mayor interés por
todos nuestros hechos y gestos, y repetía tan a
menudo: «¿de verdad?»... «¿es posible?», que me
hizo contar todo lo que ella quería saber. No había
cambiado nada desde el día en que la conocí; sin
embargo, la reunión con aquellas dos señoras me
pareció tan agradable, encontré tanta amabilidad en
ellas, que vi el momento en que me iba a enamorar
un poco de miss Dartle. No pude por menos que
pensar muchas veces durante la velada, y sobre
todo al volver a casa por la noche, que sería una
compañera encantadora para llevarme a Bucking-
han Street.
Al día siguiente por la mañana estaba a punto de
tomar mi café antes de it al Tribunal de Doctores (y
puedo observar aquí que estaba pensando lo extra-
ordinaria que era la cantidad de café que mistress
Crupp compraba y lo claro que me lo hacía), cuando
Steerforth en persona entró, causándome la mayor
alegría.
-Mi querido Steerforth -exclamé-, empezaba a
creer que no iba a volver a verte nunca.
-Me arrebataron a la fuerza al día siguiente de mi
llegada a casa... Pero dime, Florecilla, ¡estás insta-
lado aquí como un viejo solterón!
Le enseñé toda la casa, sin olvidar la despensa,
con cierto orgullo, y no fue parco en alabanzas.
-¿Sabes lo que te digo, muchacho? -añadió- Que
voy a hacer de la tuya mi casa de la ciudad, a me-
nos que me pongas de patitas en la calle.
¡Qué agradable de oír era aquello! Le dije que si
esperaba eso podía esperar hasta el día del Juicio.
-Pero vas a tomar algo -añadí, alargando la mano
hacia la campanilla-. Mistress Crupp te hará café, y
yo te asaré unas tajadas de magro en un hornito de
Dutch que tengo aquí.
-No, no --dijo Steerforth-; no llames; no puedo,
tengo que almorzar con uno de esos muchachos
que está en el Hotel Piazza, en Covent Garden.
-Pero ¿vendrás a comer? -le dije.
-Por mi vida que no puedo. No hay nada que pu-
diera gustarme más; pero estoy comprometido con
esos dos muchachos, y mañana por la mañana
partimos los tres juntos.
-Entonces tráelos también a ellos a comer aquí
-repuse-. ¿Crees que no querrán venir?
-¡Oh! Ya lo creo que querrán, en cuanto se lo diga
-dijo Steerforth-; pero es mejor que vengas tú a
comer con nosotros a cualquier parte.
No quise consentir en ello de ninguna manera,
pues se me había metido en la cabeza que debía
celebrar la inauguración de mi casa, y me parecía
que no podía encontrar mejor oportunidad. Estaba
más orgulloso que nunca de mis habitaciones, des-
pués de la aprobación de Steerforth, y ardía en
deseos de demostrarle todos sus recursos. Por lo
tanto, le hice prometerme formalmente, en nombre
de sus dos amigos, que vendrían, y fijamos la hora
de la comida para las seis.
Cuando se marchó llamé a mistress Crupp y le
anuncié mi atrevido proyecto. Mistress Crupp me
dijo, en primer lugar, que, naturalmente, no esperar-
ía que ella nos sirviera la mesa, pero que conocía
un joven muy hábil, que quizá consintiera en servir
por cinco chelines y una pequeña gratificación ade-
más. Le respondí que, en efecto, necesitábamos a
aquel hombre. Después mistress Crupp añadió que
era evidente que ella no podía estar en dos sitios a
la vez (lo que me pareció razonable) y que una mu-
chacha, instalada en la despensa con una luz, era
indispensable para lavar sin parar los platos. Le
pregunté cuál podía ser el coste de los servicios de
aquella muchacha. Mistress Crupp suponía que
dieciocho peniques no me arruinarían. Yo también
lo suponía así, y fue otro punto decidido. Entonces
mistress Crupp dijo:
-Bueno; ahora vamos a ocuparnos del menú.
El albañil que había construido la chimenea de la
cocina de mistress Crupp había sido muy poco pre-
cavido y la había hecho de tal modo que no se pod-
ían guisar en ella más que chuletas y patatas.
En cuanto a una cazuela para el pescado, mis-
tress Crupp dijo que no tenía más que ir a mirar su
batería de cocina: no podía decirme más; ¡si quería,
no tenía más que ir a verla! Como no me habría
servido de nada el ir a verla, me negué diciendo:
-Nos podemos pasar sin pescado.
Pero mistress Crupp protestó:
-No diga usted eso; ahora hay ostras, y no hay
mas remedio que ponerlas.
-¡Vaya por las ostras!
Mistress Crupp me dijo entonces que su opinión
era hacer el menú del modo que sigue: Un par de
pollos asados .... que se traerían del mesón. Un
plato de carne con legumbres .... del mesón; dos
cosas ligeras, como una empanada caliente y una
fuente de riñones..., del mesón, y una tarta (si yo
quería) y un helado..., del mesón. Esto la dejaría en
completa libertad para concentrar su atención en las
patatas y para servir a punto, como deseaba, el
queso y el apio.
Acepté lo decidido por mistress Crupp, y yo mis-
mo di el encargo en el mesón. Después, bajando
por el Strand, observé en el escaparate de una car-
nicería un bloque de una sustancia dura que parec-
ía mármol, pero que se llamaba « falsa tortuga»;
entré y compré un trozo de ella, que después he
tenido razones para creer que era suficiente para
quince personas. Esto, mistress Crupp, al cabo de
muchas dificultades, consintió en calentarlo; pero
disminuyó tanto al hacerse líquido, que nos pareció,
como decía Steerforth, bastante escasito para noso-
tros cuatro. Terminados estos preparativos feliz-
mente compré un postrecito en el mercado de Co-
vent Garden a hice un encargo bastante considera-
ble en una tienda de vinos de la vecindad. Cuando
volví a casa por la tarde y vi las botellas alineadas
en escuadra en el suelo de la despensa, me pare-
cieron tantas (aunque se habían perdido dos, con
gran descontento de mistress Crupp) que me
asusté.
Uno de los amigos de Steerforth se llamaba
Grainger, y el otro, Markhan. Eran ambos muy ale-
gres y joviales; Grainger, algo mayor que Steerforth;
Markhan parecía más joven, no representaba más
de veinte años. Observé que este último hablaba
siempre de sí mismo como de «un hombre», y no
empleaba casi nunca la primera persona del singu-
lar.
-Uno podría vivir aquí muy bien, míster Copper-
field -dijo Markhan refiriéndose a sí mismo.
-No está mal situada -contesté-, y las habitaciones
son realmente cómodas.
-Espero que los dos traigáis apetito -dijo Steer-
forth.
-Por mi honor -replicó Markhan- debe de ser la
ciudad te que abre de este modo el apetito; se tiene
hambre todo el día, aunque se esté comiendo conti-
nuamente.
Sintiéndome algo intimidado y demasiado joven
para presidir, hice a Steerforth ponerse a la cabece-
ra de la mesa, cuando subieron la comida, y yo me
senté frente a él. Todo estaba muy bueno; no eco-
nomizamos el vino, y Steerforth estuvo tan brillante
para hacer que la cosa resultara bien, que nuestras
risas no tenían descanso, y fue una verdadera fies-
ta. Yo, durante la comida, no estuve todo lo agrada-
ble que habría deseado; pero mi silla estaba frente
a la puerta y me distraía viendo que el joven «hábil»
salía de la habitación muy a menudo, y un momento
después se proyectaba su sombra en la pared de la
antesala con una botella en la boca. También la
muchacha me ocasionó alguna inquietud; no tanto
porque se descuidara en el fregado de los platos,
sino porque los rompía. Se conoce que era muy
curiosa, y en lugar de encerrarse (como se le había
indicado expresamente) en la despensa, estaba
asomándose constantemente a vernos, y creyéndo-
se siempre descubierta, salía corriendo por encima
de los platos que iba dejando limpios en el suelo, y
aquellas retiradas eran desastrosas.
Esto, sin embargo, eran pequeñeces, que olvidé
fácilmente cuando, después de limpiar el mantel,
trajeron el postre; en aquel momento de la fiesta
nos dimos cuenta de que el joven « hábil» había
perdido el use de la palabra. Y dándole en secreto
el consejo de que fuera a buscar a mistress Crupp y
de que se llevara consigo a la muchacha, me aban-
doné por completo a la alegría.
Empecé por sentirme extrañamente alegre y de
buen humor; toda clase de cosas medio olvidadas
me vinieron a la imaginación, y hablé de ellas con
una verbosidad desacostumbrada. Reí con toda mi
alma de mis propios chistes y de los de los demás;
llamé a Steerforth al orden porque no hacía circular
el vino, y me comprometí a ir a Oxford; anuncié que
pensaba dar una comida exactamente como aquella
una vez por semana, y tomé tanto tabaco de la ta-
baquera de Grainger, que me vi obligado a retirarme
a la antesala para estornudar a mi gusto durante
diez minutos.
Continuaba haciendo circular el vino cada vez
más deprisa, descorchando botellas continuamente
y antes de que fuera necesario. Propuse brindar a la
salud de Steerforth. Dije que era mi más querido
amigo, el protector de mi infancia y el compañero de
mi juventud. Dije que estaba encantado de poder
brindar por su salud; dije que tenía con él más obli-
gaciones de las que podría nunca cumplir, y que
sentía una admiración que no podría expresar, y
terminé diciendo:
-A la salud de Steerforth, y que Dios le bendiga.
¡Viva!
Bebimos tres veces tres vasos, y después otra
vez, y después otra para terminar. Al dar la vuelta a
la mesa para it a estrecharle la mano, rompí mi vaso
y le dije (en dos palabras):
-Steerforth, tú eres la estrella que guías mi exis-
tencia.
Seguimos bebiendo, y de pronto me di cuenta de
que alguien estaba a la mitad de una canción: era
Markhan, que cantaba «cuando el corazón de un
hombre está deprimido por las preocupaciones » .
Cuando terminó de cantar, les propuso brindar por «
la mujer». No me gustó y no quise consentirlo; le
dije que no era respetuoso el brindis propuesto, y
que en mi casa yo no permitía que se brindara y
bebiera si no era «por las señoras». Estuve muy
arrogante con él, principalmente porque me pareció
que Steerforth y Grainger se reían de mí (o de él, o
de los dos). Él me contestó que un hombre no se
dejaba dar lecciones. Yo le dije que, en efecto, así
debía ser. Él repuso que un hombre no se dejaba
insultar, y yo le contesté que tenía razón, y que
nunca bajo mi techo podría temer semejante cosa,
pues allí los lares eran sagrados y las leyes de la
hospitalidad omnipotentes. Grainger contestó que
no era claudicación para la dignidad de su honor el
reconocer que yo era un muchacho encantador. Al
momento propuse beber a su salud.
Alguien fumaba, y todos nos pusimos a fumar; yo
también, a pesar de lo que me repugnaba. Steer-
forth había pronunciado un discurso en mi honor,
durante el cual me había conmovido casi hasta llo-
rar. Le respondí expresando el deseo de que la
presente sociedad comiera conmigo al día si-
guiente, y al otro, y todos los demás, a las cinco,
con objeto de gozar de su compañía y de su con-
versación toda la velada. Me sentí obligado a un
brindis individual, y propuse beber a la salud de mi
tía «miss Betsey Trotwood, el honor de su sexo».
Después, alguien se inclinaba por la ventana de
mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa contra las
piedras de la balaustrada, recibiendo el viento en el
rostro: era yo. Me dirigía a mí mismo, llamándome
Copperfield y me decía: « ¿Por qué has fumado?
Ya sabes que no puedes hacerlo». Después alguien
que no está muy seguro sobre sus piernas se mira
al espejo. También soy yo. Me encuentro muy páli-
do; con la mirada vaga y los cabellos (sólo los cabe-
llos) que parecen borrachos.
Alguien me dice: «Vamos al teatro, Copperfield».
Ya no veo la alcoba, sólo veo la mesa cubierta de
vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markhan
a mi izquierda, y Steerforth enfrente, todos sentados
como en una niebla lejana. « ¿Al teatro? ¡Sin duda!
¡Eso es! ¡Vamos! Dispensadme si salgo el último
para apagar la luz; no sea que cause un incendio.»
Sin duda a causa de alguna confusión en la oscu-
ridad, la puerta había desaparecido y yo la buscaba
en las cortinas de la ventana, cuando Steerforth,
riendo, me agarró de un brazo y me sacó fuera.
Bajamos las escaleras uno tras otro. Cerca del final,
alguien se cayó y rodó hasta el portal. Alguien dijo
que había sido Copperfield. Yo estaba indignado de
aquella falsa noticia, hasta el momento en que,
encontrándome en el suelo, empecé a creer que
quizá tenía algún fundamento aquella suposición.
Era una noche de niebla espesa, con grandes au-
reolas alrededor de los faroles de la calle. Oí decir
vagamente que llovía; pero a mí me parecía que
helaba. Steerforth me sacudió un poco debajo de un
farol, me puso el sombrero, que alguien había sa-
cado de no sé dónde ni cómo, pues antes no lo
tenía, y me preguntó: « ¿Cómo lo encuentras, Cop-
perfield?», y yo le respondí: « Mejor que nunca».
Un hombre embutido en una taquilla apareció tras
la niebla y recibió dinero de alguien, al mismo tiem-
po que preguntaba si habían pagado por mí; pareció
dudar (a lo que puedo recordar de aquel instante
rápido como un relámpago) si dejarme entrar o no, y
un momento después estábamos sentados en lo
alto de un teatro asfixiante. Nos asomamos al patio
de butacas, que parecía echar humo; la gente
amontonada allí se confundía a mis ojos. Había
también un gran escenario, que parecía muy limpio
y muy brillante cuando se venía de la calle, y
además había gente que se paseaba y hablaba en
él de algo, pero de una manera confusa. Había mu-
cha luz, música, señoras en los palcos, y no sé qué
más. Me parecía que todo el edificio tomaba una
lección de natación al ver las oscilaciones extrañas
con que todo se me escapaba cuando trataba de
fijar la vista.
Ante la proposición de alguien, decidimos bajar a
los primeros palcos, donde estaban las señoras. Vi
a un señor vestido de etiqueta echado en un diván
con los gemelos en la mano, y me vi también a mí
mismo de pie ante un espejo.
Me introdujeron en un palco, donde me di cuenta
de que hablaba mientras me sentaba, y que a mi
alrededor gritaban: «¡Silencio!» a alguien; vi que las
señoras me lanzaban miradas de indignación y...
¿qué?... ¡Sí!... Agnes, sentada delante de mí en el
mismo palco, al lado de un señor y de una señora
que yo no conocía. Ahora veo su rostro seguramen-
te mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse
hacia mí con una expresión inolvidable de asombro
y pena.
-¡Agnes! -dije temblando-. ¡Dios mío, Agnes!
-¡Chsss!, te lo ruego -me respondió sin que yo
pudiera comprender por qué- Molestas a la gente;
mira a la escena.
Traté, según me ordenaban, de ver y oír algo de
lo que sucedía; pero fue inútil. La miré de nuevo y la
vi ocultarse en un rincón y apoyar la frente en su
mano enguantada.
-Agnes -le dije-, me parece que no estás bien.
-Sí, sí; no te preocupes por mí, Trotwood -replicó
ella-; escúchame: ¿te vas a marchar pronto?
-¿Si me marcho pronto? -repetí.
-Sí.
Tuve la estúpida intención de contestar que la es-
peraría para darle el brazo en las escaleras, y su-
pongo que debí decirle algo, pues después de mi-
rarme atentamente un momento pareció compren-
der y replicó en voz baja:
-Sé que harás lo que te pida, si te digo que me in-
teresa mucho. Vete ahora mismo, Trotwood, por
cariño a mí; ruega a tus amigos que te acompañen
a tu casa.
Su presencia había producido ya bastante efecto
sobre mí para que me sintiera avergonzado a pesar
de mi cólera, y con un corto «buesches» (que quer-
ía decir buenas noches) me levanté y salí. Steer-
forth me siguió, y me pareció que no había dado
más que un paso desde la puerta del palco a la de
mi habitación, donde me encontré solo con él. Me
ayudó a desnudarme, mientras yo le decía, alterna-
tivamente, que Agnes era mi hermana y que le ro-
gaba que me trajera el sacacorchos para abrir otra
botella.
Alguien pasó la noche en mi cama diciendo y
haciendo sin cesar las mismas cosas, en un sueño
febril; la cama parecía un mar agitado, que no se
calmaba nunca. Después, cuando poco a poco fui
encontrándome a mí mismo, empecé a sentirme la
garganta seca, la piel ardorosa, y me parecía que
mi lengua era el fondo de un puchero vacío que se
estuviese calentando a fuego lento y que las palmas
de mis manos eran dos planchas de metal ardiendo
que ni el hielo podrían refrescar.
¡Qué agonía de espanto, qué remordimiento, qué
vergüenza sentí cuando recobré conciencia al día
siguiente! ¡Qué horror pensar las mil tonterías que
habría cometido sin darme cuenta y que ya no podr-
ía reparar nunca! ¡El recuerdo de aquella inolvidable
mirada de Agnes; la imposibilidad en que me en-
contraba de tener una explicación con ella, puesto
que ni siquiera sabía (era un animal) ni por qué
había venido a Londres ni dónde paraba; el asco
que me causaba la vista de la habitación en que
había tenido lugar el festín; el olor del tabaco; los
vasos todavía sucios; el dolor de cabeza que tenía,
que me impedía salir y casi levantarme! ¡Qué día!
Y ¡qué noche cuando, sentado al lado del fuego,
saboreando lentamente una taza de caldo de corde-
ro cubierta de grasa, pensaba que tomaba el mismo
camino que mi predecesor y que le sucedería en su
triste suerte igual que en su habitación! ¡Tenía mu-
chas ganas de irme corriendo a Dover con mi tía
para hacer confesión general!
¡Qué noche cuando mistress Crupp vino a llevar-
se la taza de caldo y me trajo, en un plato, un riñón,
un solo riñón, como único resto (según decía) del
festín de la víspera. Estuve a punto de caer sobre
su seno de nanquín y de exclamar en mi arrepenti-
miento sincero: «¡Oh mistress Crupp, mistress
Crupp; no me hable de los restos, que soy muy
desgraciado!».
Lo que únicamente me detuvo en aquel impulso
del corazón fue que no estaba muy seguro de que
mistress Crupp fuera precisamente la mujer en
quien poder depositar la confianza.
CAPÍTULO V
EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO
A la mañana siguiente de aquel deplorable día de
dolor de cabeza, de mareos y de arrepentimiento,
iba a salir, sin acordarme ya bien de la fecha del
festín, como si un escuadrón de titanes hubiera
lanzado la antevíspera en un pasado de muchos
meses, cuando vi a un muchacho que subía con
una carta en la mano. No se daba mucha prisa para
ejecutar su misión; pero cuando me vio mirarle des-
de lo alto de la escalera por encima de la barandilla
echó a correr y llegó a mi lado tan sofocado como si
llevara muchas horas sin parar.
-¿Míster T. Copperfield? -dijo tocándose el som-
brero.
Estaba tan emocionado por la convicción de que
aquella carta era de Agnes, que apenas podía con-
testar que era yo. Terminé, sin embargo, por decide
que yo era míster T. Copperfield, y no puso ninguna
dificultad en creerme.
-Aquí está la carta, y espero contestación.
Lo dejé en el descansillo de la escalera y cerré la
puerta al volver a entrar en casa; estaba tan con-
movido, que me vi obligado a dejar la carta encima
de la mesa al lado del desayuno para familiarizarme
un poco con la letra antes de decidirme a romper el
sobre.
A1 leerla vi que era una carta muy cariñosa y que
no hacía ninguna alusión al estado en que me había
encontrado la antevíspera en el teatro. Decía úni-
camente:
Era todo.
Míster Peggotty continuó largo tiempo mirándome
después de haber terminado. Por fin me aventuré a
cogerle una mano y a rogarle lo mejor que pude que
tratara de recobrar el ánimo.
-¡Gracias, señorito, gracias! -me respondía sin
moverse.
Ham le habló y míster Peggotty no fue impasible a
su dolor, pues le estrechó la mano con todas sus
fuerzas; pero eso era todo: continuaba en la misma
actitud, y nadie se atrevía a molestarle.
Por fin, lentamente, separó los ojos de mi rostro,
como si saliera de un sueño, y los paseó alrededor
de la habitación; después dijo en voz baja:
-¿Quién es él? Quiero saber su nombre.
Ham me miró, y yo me sentí al momento anona-
dado por un golpe que me hizo retroceder.
-¿Sospechas de alguien? -dijo míster Peggotty-.
¿De quién?
-Señorito Davy --dijo Ham en tono suplicante-,
salga usted un momento y déjeme que le diga lo
que le tengo que decir. Usted no puede oírlo.
Sentí de nuevo el mismo golpe, y me dejé caer en
una silla; traté de pronunciar una respuesta, pero mi
lengua estaba helada y mis ojos turbados.
-Quiero saber su nombre -repetía míster Peggotty.
-Desde hace algún tiempo -murmuró Ham- hay un
criado que ha venido algunas veces a rondar por
aquí. Y también un caballero; se entendían.
Míster Peggotty continuaba inmóvil; pero miró a
Ham.
-Al criado -continuó Ham- le han visto ayer tarde
con..., con nuestra pobre niña. Estaba oculto en las
cercanías desde hacía lo menos ocho días. Creían
que se había marchado; pero solamente estaba
oculto. ¡No se quede aquí, señorito Davy, no se
quede!
Sentí que Peggotty me pasaba el brazo alrededor
del cuello para arrastrarme; pero no hubiera podido
moverme aunque la casa se me cayera encima.
-Esta mañana, casi antes de amanecer, se ha vis-
to un coche desconocido con caballos de postas por
la carretera de Norwich -continuó Ham-. El criado
fue allí, volvió aquí y volvió allá. La última vez Emily
iba con él. El otro estaba en el coche. ¡Es él!
-¡En nombre del cielo -dijo míster Peggotty retro-
cediendo y extendiendo la mano para rechazar un
pensamiento que temía confesarse a sí mismo-, no
me digas que se llama Steerforth!
-Señorito Davy -exclamó Ham con la voz rota-, no
es culpa de usted... y estoy muy lejos de acusarle;
pero... su nombre es Steerforth, y ¡es un miserable!
Míster Peggotty no lanzó un grito, no vertió una
lágrima, no hizo un movimiento; pero al cabo de un
rato pareció que se despertaba de pronto y se puso
a descolgar un grueso capote, que estaba suspen-
dido en un rincón del techo.
-Ayudadme un poco; estoy destrozado y no con-
sigo hacer nada. Ayudadme un poco. ¡Bien! -añadió
cuando se le hubo ayudado- Ahora dadme mi som-
brero.
Ham le preguntó dónde iba.
-Voy a buscar a mi sobrina, voy a buscar a mi
Emily. Y antes voy a hundir el barco ese donde he
debido ahogarle; sí, tan verdad como estoy vivo que
lo habría hecho si hubiera podido sospechar lo que
meditaba. Cuando estaba sentado frente a mí -dijo
como un loco, extendiendo el puño cerrado-; cuan-
do estaba sentado frente a mí, que me parta un
rayo si no le hubiera ahogado y si no hubiera estado
convencido de que obraba bien. ¡Voy a buscar a mi
sobrina!
-¿Dónde? -exclamó Ham poniéndose delante de
la puerta.
-¿Qué importa dónde? Voy a buscar a mi sobrina
por el mundo. Voy a buscar a mi pobre niña en su
vergüenza y a traerla conmigo. Que no me deten-
gan. ¡Digo que voy a buscar a mi sobrina!
-No, no --exclamo mistress Gudmige, que vino a
interponerse entre ellos en un acceso de dolor-; no,
no, Daniel. En el estado en que estás, no. Irás a
buscarla pronto, mi pobre Dan, es muy justo; pero
ahora no. Siéntate y perdóname el haberte atormen-
tado tanto, Dan... (¿qué son mis penas al lado de
esta?) y hablemos de los tiempos en que ella se
quedó huérfana y Ham huérfano; cuando yo era una
pobre viuda y tú me habías recogido. Esto calmará
tu pobre corazón, Daniel -dijo apoyando su cabeza
en el hombro de míster Peggotty-, y soportarás me-
jor tu dolor, pues ya conoces la promesa, Daniel:
«Lo que hayas hecho por el menor de tus hermanos
será como si me lo hubieras hecho a mí mismo», y
esto no podrá por menos que cumplirse bajo este
techo que nos ha servido de abrigo durante tantos
años, ¡tantos años!
Parecía que se había vuelto insensible, y cuando
le oí llorar, en lugar de ponerme de rodillas, como
tenía ganas de hacer para pedirles perdón por el
dolor que les había causado y para maldecir a Ste-
erforth, hice más: di a mi corazón oprimido el mismo
desahogo, y lloré con ellos.
CAPÍTULO XII
EL PRINCIPIO DE UN LARGO VIAJE
Supongo que lo que es natural en mí es natural
en todo el mundo, y por eso no temo decir que nun-
ca he querido más a Steerforth que en el momento
en que los lazos que nos unían se habían roto. En
la amarga angustia que me causaba el des-
cubrimiento de su crimen recordaba más claramen-
te que nunca sus brillantes cualidades; apreciaba
más vivamente todo lo que había bueno en él; hacía
más completa justicia a todas las facultades que
hubieran podido hacer de él un hombre de una na-
turaleza noble y excepcional; lo veía todo más claro
que en la época más ardiente de mi abnegación
pasada; me resultaba imposible no sentir profunda-
mente la parte involuntaria que había tenido en la
mancha que caía sobre aquella familia honrada, y,
sin embargo, creo que si me hubiera encontrado
frente a frente con él no habría tenido fuerzas para
dirigirle ni un solo reproche. Le hubiese amado tanto
todavía, aunque mis ojos estuvieran abiertos;
hubiese conservado un recuerdo tan tierno de mi
afecto por él, que me temo habría sido débil como
un niño que no sabe más que llorar y olvidar; pero
claro que no se me ocurrió pensar en una reconci-
liación entre nosotros. Fue un pensamiento que no
abrigué jamás. Sentía, como él mismo lo había sen-
tido, que todo había terminado entre él y yo. Nunca
he sabido qué recuerdo había conservado de mí;
quizá no era más que un recuerdo ligero, fácil de
desechar; pero yo, yo lo recordaba como a un ami-
go muy querido que me hubiera arrebatado la muer-
te.
Sí, Steerforth; desde que has desaparecido de la
escena de este pobre relato, no digo que mi dolor
no presentará involuntariamente testimonio contra ti
ante el trono del Juicio Final; pero no temas que mi
cólera ni mis reproches acusadores lo persigan por
sí mismos.
La noticía de lo que acababa de ocurrir se exten-
dió pronto por el pueblo, y al pasar por las calles al
día siguiente por la mañana oía a los habitantes
hablar de ello delante de sus puertas. Había mu-
chas gentes que se mostraban muy severas con
ella; otras, con él; pero sólo había una opinion res-
pecto a su padre adoptivo o a su novio. Todo el
mundo, de todas condiciones, demostraba por su
dolor un respeto lleno de cuidados y delicadezas.
Los marineros permanecieron alejados cuando los
vieron andar lentamente por la playa muy de ma-
drugada, y formaron grupos donde sólo se hablaba
de ellos para compadecerlos.
Los encontré en la playa a la orilla del mar, y me
habría sido fácil observar que no habían pegado
ojo, aunque Peggotty no me hubiera dicho que la
mañana les había sorprendido sentados todavía
donde los había dejado la víspera. Parecían agota-
dos, y me pareció que aquella sola noche había
inclinado la cabeza de míster Peggotty más que
todos los años transcurridos desde que yo le conoc-
ía. Pero los dos estaban graves y tranquilos como el
mismo mar que se extendía ante nosotros sin una
ola, bajo un cielo sombrío, aunque el oleaje duro
demostrase claramente que respiraba dentro de su
reposo y aunque una banda de luz que iluminaba el
horizonte hiciera adivinar detrás la presencia,del sol,
invisible todavía tras de las nubes.
-Hemos hablado mucho, señorito -me dijo míster
Peggotty, después de que dimos los tres reunidos
algunas vueltas por la arena, en silencio-, de lo que
debíamos y no debíamos hacer. Pero ahora ya está
decidido.
Lancé por casualidad una mirada a Ham. En
aquel momento miraba el resplandor que iluminaba
al mar en la lejanía, y aunque su rostro no estaba
animado por la cólera y, a lo que recuerdo, sólo
podía leer una expresión resuelta y sombría, se me
ocurrió el terrible pensamiento de que si encontraba
alguna vez a Steerforth lo mataría.
-Mi deber aquí está cumplido, señorito -dijo míster
Peggotty-, y voy a buscar a mi... -
Después se detuvo y añadió con voz más segura:
-Voy a buscarla; es mi única misión desde ahora,
Sacudió la cabeza cuando le pregunté dónde la
buscaría, y me preguntó si me marchaba a Londres
al día siguiente. Le dije que si no me había marcha-
do ya era por temor de desperdiciar la ocasión si
podía ayudarle en algo; pero que estaba dispuesto
a partir cuando él quisiera.
-Mañana me iré con usted, señorito -dijo-, si le pa-
rece bien.
Dimos de nuevo algunos paseos en silencio.
-Ham continuará trabajando aquí -añadió después
de un momento-. Se irá a vivir a casa de mi herma-
na. En cuanto al viejo barco...
-¿Es que abandonará usted el viejo barco, míster
Peggotty? -pregunté con dulzura.
-Mi sitio no está ya allí, señorito Davy; y si alguna
vez ha naufragado un barco desde que las tinieblas
existen sobre la superficie del abismo, es este. Pero
no, señorito, no; yo no quiero abandonarlo, ni mu-
cho menos.
Andamos otro rato en silencio, y después conti-
nuó:
-Lo que deseo, señorito, es que esté siempre, día
y noche, invierno como verano, tal como ella lo ha
conocido siempre desde la primera vez que lo vio.
Si alguna vez sus pasos errantes se dirigen hacia
aquí, no quiero que su antigua morada parezca
rechazarla; al contrario, quiero que la invite a acer-
carse a la vieja ventana, como un aparecido, para
mirar, a través del viento y la lluvia, su rinconcito al
lado del fuego. Entonces, señorito Davy, quizá vien-
do a mistress Gudmige sola tenga valor y se deslice
dentro temblando; quizá se deje acostar en su anti-
gua camita y repose su cabeza fatigada allí donde
antes se dormía tan alegremente.
No pude contestar, a pesar de todos mis esfuer-
zos.
-Todas las noches -continuó míster Peggotty-, a la
caída de la tarde, la luz se pondrá como de costum-
bre en la ventana, con el fin de que si algún día
llega a verla crea que se oye llamar con dulzura:
«Vuelve, hija mí; vuelve». Y si alguna vez llaman a
la puerta de tu tía por la noche, Ham, sobre todo si
llaman suavemente, no vayas a abrir tú. ¡Que sea a
mi hermana y no a ti a quien vea primero la pobre
niña!
Dio algunos pasos y anduvo delante de nosotros
unos momentos. Durante aquel intervalo lancé
de nuevo una mirada a Ham, y viendo la misma
expresión en su rostro, con la mirada siempre fija
en el resplandor lejano, le toqué en el brazo. Le
llamé dos veces por su nombre como si hubiera
querido despertar a un hombre dormido, sin que
me hiciera caso. Cuando por fin le pregunté en
qué pensaba, me respondió:
-En lo que tengo delante de mí, señorito Davy, y
en lo de más allá.
-¿En la vida que se abre ante ti, quieres decir?
Me había señalado vagamente el mar.
-Sí, señorito Davy; no sé bien lo que es, pero me
parece... que es de allá abajo de donde vendrá el
fin.
Y me miró como un hombre que se despierta; pe-
ro con la misma resolución.
-¿El fin de qué? -pregunté, sintiendo renacer mis
temores.
-No lo sé -dijo con aire pensativo-; recordaba que
era aquí donde había empezado todo, y... natural-
mente, pensaba que aquí es donde debe terminar.
Pero no hablemos más, señorito Davy -añadió, res-
pondiendo, según pareció, a mi mirada-; no tenga
miedo; estoy tan inquieto, me parece, que no sé...
Y, en efecto, no sabía dónde estaba, y su espíritu
vagaba en la mayor confusión.
Míster Peggotty se detuvo para damos tiempo a
que le alcanzáramos y no continuamos; pero el
recuerdo de mis primeros temores me volvió más de
una vez hasta el día en que el inexorable fin llegó
en el momento fijado.
Nos habíamos acercado sin damos cuenta al bar-
co. Entramos. Mistress Gudmige, en lugar de la-
mentarse en su rincón de costumbre, estaba muy
ocupada preparando el desayuno. Acercó una silla
a míster Peggotty, le cogió el sombrero y habló con
tal dulzura y buen sentido, que no la reconocía.
-Vamos, Daniel, buen hombre --decía-, hay que
comer y beber para conservar las fuerzas; si no no
podrás hacer nada. Vamos, un esfuerzo, y valor,
querido, y si lo molesto con mi charla, me lo dices y
termino.
Cuando nos hubo servido a todos se retiró al lado
de la ventana para repasar las camisas y demás
trapos de míster Peggotty, que dobló después con
cuidado para encerrarlos en un viejo saco de hule
como los que llevan los marineros. Durante aquel
tiempo continuaba hablando con la misma dulzura.
-Siempre, en todas las estaciones del año -decía
mistress Gudmige-, continuaré aquí, y todo seguirá
como deseas. No soy muy instruida, pero te escri-
biré de vez en cuando, cuando te hayas marchado,
y enviaré mis cartas al señorito Davy. Quizá tú tam-
bién me escribas alguna vez, Dan, para decirme
cómo te encuentras mientras viajas solo en tus tris-
tes pesquisas.
-Temo que tu vayas a encontrar muy aislada
---dijo míster Peggotty.
-No, no, Daniel; no hay cuidado; no te preocupes
por mí. ¿Te parece poco entretenimiento tener to-
das las cosas en orden -mistress Gudmige se refer-
ía a la casa- para tu regreso y para el de todos los
que puedan volver, Dan? Cuando haga buen tiempo
me sentaré a la puerta, como hacía siempre. Y si
alguien vuelve, podrá ver desde lejos a la vieja viu-
da, a la fiel guardiana del hogar.
¡Qué cambio había dado mistress Gudmige en tan
poco tiempo! Era otra persona. Tan abnegada, tan
comprensiva, consciente de lo que era bueno decir
y de lo que convenía callar; pensando tan poco en
sí misma y tan preocupada con la pena de los que
la rodeaban, que yo la miraba con una especie de
veneración. ¡Cuánto trabajo aquel día! Había en la
playa muchísimas cosas que convenía guardar en
el cobertizo: velas, redes, remos, cuerdas, palos,
cazuelas para las langostas, sacos de arena para el
lastre, etc. Y aunque la ayuda no faltó, pues no
hubo en la playa un par de manos que no estuvie-
ran dispuestas a trabajar con toda su alma para
míster Peggotty, y demasiado dichosas de poder
ayudarle en algo, sin embargo, mistress Gudmige
continuó todo el día arrastrando fardos muy por
encima de sus fuerzas, y corriendo de acá para allá
ocupada en una multitud de cosas inútiles. Y nada
de sus lamentaciones de costumbre sobre sus des-
gracias; parecía haberlas olvidado por completo.
Estuvo todo el día serena y tranquila, a pesar de su
viva y buena simpatía, lo que no era de lo menos
sorprendente en el cambio que se había operado en
ella. Ni un momento de mal humor. Ni una sola vez
pude observar que su voz temblase o que cayera
una lágrima de sus ojos; únicamente por la noche, a
la caída de la tarde, cuando se quedó sola con
míster Peggotty, que se durmió agotado, se deshizo
en lágrimas y trató en vano de retener sus sollozos.
Después, llevándome hacia la puerta, me dijo:
-¡Que Dios le bendiga, señorito Davy! ¡Sea usted
siempre tan buen amigo para el pobre hombre!
Después salió a lavarse los ojos antes de volver a
sentarse a su lado, para que al despertar la encon-
trara tranquilamente trabajando. En una palabra,
cuando los dejé por la noche era ella el apoyo y el
sostén de míster Peggotty en su tristeza, y yo no me
cansaba de pensar en la lección que mistress Gud-
mige me había dado y en el nuevo aspecto del co-
razón humano que me acababa de descubrir.
Serían las nueve y media cuando, paseándome
tristemente por el pueblo, me detuve a la puerta de
míster Omer. Minnie me dijo que a su padre le hab-
ía afligido tanto lo ocurrido, que había estado todo el
día triste y se había acostado sin fumar su pipa.
-¡Es una muchacha perdida, un mal corazón -dijo
mistress Joram-; nunca ha valido nada, ¡nunca!
-No diga usted eso -repliqué-, porque no lo siente.
-Sí que lo siento -dijo mistress Joram con cólera.
-No, no -le dije yo.
Mistress Joram bajó la cabeza tratando de con-
servar su expresión dura y severa, pero no pudo
triunfar sobre su emoción y se echó a llorar. Yo era
joven, es verdad; pero aquella simpatía me dio muy
buena opinión de ella, y me pareció que, en su cali-
dad de mujer y madre irreprochable, aquello era
todavía más de apreciar.
-¿Qué será de ella? -decía Minnie sollozando-.
¿Dónde irá? ¡Dios mío! ¿Qué será de ella? ¡Oh!
¿Cómo ha podido ser tan cruel consigo misma y
con Ham?
Yo recordaba los tiempos en que Minnie era una
linda muchachita, y me gustaba ver que también
ella los recordaba con tanta emoción.
-Mi pequeña Minnie --dijo mistress Joram- se
acaba de dormir ahora mismo. Hasta en sueños
solloza por Emily. Todo el día ha estado llamándola
y preguntándome a cada momento si Emily era
mala. ¿Qué le voy a contestar? La última noche que
Emily ha pasado aquí se quitó la cinta de su cuello y
se la puso a la nena; después puso su cabeza en la
almohada, al lado de la de Minnie, hasta que se
durmió profundamente. Ahora la cinta continúa alre-
dedor del cuello de mi pequeña Minnie. Quizá no
debía consentirlo; pero ¿qué quiere usted que
haga? Emily es muy mala; pero ¡se querían tanto!
Además, la niña no tiene conocimiento.
Mistress Joram estaba tan triste, que su marido
salió de su habitación para consolarla. Los dejé
juntos y emprendí el camino hacia casa de Peggot-
ty, quizá más melancólico que nunca.
Aquella excelente criatura (me refiero a Peggotty),
sin pensar en su cansancio ni en sus preocupacio-
nes recientes, ni en tantas noches que había pasa-
do sin dormir, se había quedado en casa de su
hermano para no abandonarle hasta el momento de
su partida, y en la casa no había conmigo más que
una mujer vieja, que se encargaba de la limpieza
hacía unas semanas, cuando Peggotty no pudo ya
ocuparse. Como yo no tenía ninguna necesidad de
sus servicios, la mandé acostarse, con gran satis-
facción suya, y me senté delante del fuego de la
cocina, para reflexionar un poco sobre todo lo que
había ocurrido.
Confundía los últimos sucesos con la muerte de
Barkis, y veía al mar, que se retiraba a lo lejos; re-
cordaba la mirada extraña que Ham había fijado en
el horizonte, cuando fui sacado de mis sueños por
un golpe dado en la puerta. La puerta tenía aldaba;
pero el ruido no era de la aldaba: era una mano la
que había llamado, y muy abajo, como si fuera un
niño el que quería que le abrieran.
Me apresuré más que si hubiera sido un lacayo
oyendo un aldabonazo en casa de un personaje de
distinción; abrí, y en el primer momento, con gran
sorpresa, no vi más que un inmenso paraguas, que
parecía andar solo; pero pronto descubrí bajo su
sombra a miss Mowcher.
No hubiese estado muy dispuesto a recibir bien a
aquella criatura si en el momento de retirar su para-
guas, que no conseguía cerrar, hubiera encontrado
en su rostro aquella expresión grotesca que tanta
impresión me causó en nuestro primer encuentro.
Pero cuando me miró fue con una expresión tan
grave, que le quité el paraguas (cuyo volumen
hubiera sido incómodo hasta para el gigante ir-
landés), mientras ella extendía sus manos con una
expresión de dolor tan viva que sentí hasta simpatía
por ella.
-Miss Mowcher -dije después de haber mirado a
derecha a izquierda en la calle desierta sin saber lo
que buscaba-, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le
pasa a usted?
Me hizo señas con su corto brazo derecho de que
cerrara el paraguas, y entrando con precipitación
pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el
paraguas en la mano, encontrándola ya sentada en
un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás y apretándose las rodillas con las manos como
una persona que sufre.
Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y
por ser único espectador de aquellas extrañas ges-
ticulaciones, exclamé de nuevo:
-Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está us-
ted enferma?
-Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus
manos contra su corazón-, estoy enferma, muy en-
ferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en
que hubiese podido saberlo, impedirlo quizá, si no
hubiera estado tan loca y aturdida como estoy.
Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su es-
tatura de enana, se balanceaba siguiendo los mo-
vimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al uní-
sono tras de ella, en la pared, la sombra de un
sombrero gigantesco.
-Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla
tan seriamente preocupada... -Pero me interrumpió:
-Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres
privilegiados que tienen la suerte de llegar a su
pleno desarrollo se sorprenden de encontrar senti-
mientos en una pobre enana como yo. No soy para
ellos más que un juguete, con el que se divierten,
para tirarme a la basura cuando se cansan; se ima-
ginan que no tengo más sensibilidad que un caballo
de cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me
ocurre siempre; no es cosa nueva.
-Yo no puedo hablar más que de mí; pero le ase-
guro que no soy de ese modo. Quizá no hubiera
debido sorprenderme de verla a usted en ese esta-
do, puesto que no la conozco apenas. Dispénseme;
se lo he dicho sin intención.
-¿Qué quiere usted que haga? -replicó la mujerci-
ta, en pie, y levantando los brazos para que la viera
mejor-. Vea usted: mi padre era como yo; mi madre,
lo mismo; mi hermano, también, a igualmente mi
hermana. Trabajo para mi hermano y mi hermana
desde hace muchos años... sin descanso, míster
Copperfield, todo el día. Hay que vivir. Yo no hago
daño a nadie. Si hay personas lo bastante crueles
para burlarse de mí, ¿qué quiere usted que haga
yo? Tengo que hacer lo mismo que ellos; y por eso
he llegado a reírme de mí misma, de los que se ríen
de mí y de todo. Se lo pregunto: ¿quién tiene la
culpa? Por lo menos yo no la tengo.
No, no; veía muy bien que no era la culpa de miss
Mowcher.
-Si hubiera dejado sospechar a su pérfido amigo
que no por ser enana dejaba de tener un corazón
como el de cualquier otro -continuó, moviendo la
cabeza con expresión de reproche-, ¿cree usted
que me habría demostrado nunca el menor interés?
Si la pequeña Mowcher (no tiene la culpa de ser
como es, pues no se ha hecho a sí misma, caballe-
ro) se hubiera dirigido a él o a cualquiera de sus
semejantes en nombre de sus desgracias, ¿cree
usted que habrían escuchado siquiera su vocecita?
Sin embargo, la pequeña Mowcher necesitaba vivir,
aunque hubiera sido la más tonta y la más gruñona
de los pigmeos; pero no hubiese conseguido nada,
¡oh, no! Se habría agotado pidiendo un pedazo de
pan, y la hubiesen dejado morir de hambre; y, sin
embargo, ¡no puede alimentarse del aire!
Miss Mowcher se sentó de nuevo, sacó su pañue-
lo y se enjugó los ojos.
-¡Vamos! Si tiene usted el corazón bueno, como
creo, más bien me debía felicitar por haber tenido el
valor, dentro de lo que soy, de soportarlo todo ale-
gremente. Yo misma me felicito de poder hacer mi
poquito de camino en el mundo sin deber nada a
nadie y sin tener que dar por el pan que me lanzan
al pasar, por tontería o vanidad, más que algunas
bufonadas a cambio. Y si no me paso la vida la-
mentándome por lo que me falta, mejor para mí; con
eso no hago daño a nadie. Y si os tengo que servir
de juguete a vosotros los gigantes, al menos tratad
con dulzura al juguete.
Miss Mowcher volvió a guardarse el pañuelo en el
bolsillo, y mirándome intensamente prosiguió:
-Le he visto hace un momento en la calle. Como
supondrá usted, yo no puedo andar tan deprisa
como usted, con mis piernas cortas y mi débil alien-
to, y no he podido alcanzarle; pero adivinaba dónde
se dirigía usted y lo he seguido. Ya he venido hoy
una vez aquí; pero la buena mujer no estaba en
casa.
-¿Es que la conoce usted? -le pregunté.
-He oído hablar de ella -replicó- en casa de Omer
y Joram. Esta mañana, a las siete, estaba allí. ¿Re-
cuerda usted lo que Steerforth me dijo de esa des-
graciada niña el día en que los vi a los dos en el
hotel?
El gran sombrero que llevaba en la cabeza miss
Mowcher y el más grande todavía que se reflejaba
en la pared empezaron a columpiarse de nuevo
cuando me hizo esta pregunta.
Le contesté que lo recordaba muy bien y que hab-
ía pensado muchas veces en ello durante el día.
-¡Que el padre de la mentira le confunda -dijo la
enanita levantando un dedo ante sus ojos llamean-
tes- y que confunda diez veces más a su miserable
criado! Y yo convencida de que era usted el que
tenía por ella una pasión desde hacía muchos años.
-¿Yo? -repetí.
-¡Qué niño es usted y qué mala suerte tan ciega!
-exclamó miss Mowcher torciéndose las manos con
impaciencia-. ¿Por qué la elogiaba usted tanto, ru-
borizado y confuso?
No podía negar que decía la verdad, aunque hab-
ía interpretado mal mi emoción.
-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher
sacando de nuevo su pañuelo y golpeando con el
pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos
manos-. Yo me daba cuenta de que Steerforth le
atormentaba a usted y le mimaba al mismo tiempo,
y que usted era como cera blanda entre sus manos.
Y no hacía un momento que había dejado la habita-
ción, cuando su criado me dijo que el joven inocente
(así le llamaba; usted puede llamarle el viejo canalla
sin perjudicarle) estaba loco por la chica y la chica
por él; que su señor estaba decidido a que las co-
sas no tuvieran malas consecuencias, más por afec-
to a usted que por ella, y que con ese objeto esta-
ban en Yarmouth. ¿Cómo no creerle? Había visto
que Steerforth le mimaba a usted y le halagaba
haciendo el elogio de la muchacha. Usted fue quien
habló de ella el primero. Usted confesó que hacía
tiempo la había amado. Tenía calor y frío, enrojecía
y palidecía cuando yo hablaba de ella. ¿Qué quiere
usted que pensara sino que era usted un pequeño
libertino en ciernes, a quien no faltaba más que la
experiencia, y que entre las manos en que había
caído la experiencia no le faltaría mucho tiempo si
no se encargaba de dirigirla por el buen camino,
como era su capricho? ¡Oh, oh, oh! Es que tenían
miedo de que descubriese la verdad -exclamó miss
Mowcher levantándose para trotar de arriba abajo
por la cocina y levantando al cielo sus dos bracitos
desesperadamente-; sabían que soy bastante viva,
pues lo necesito para salir adelante en el mundo, y
se pusieron de acuerdo para engañarme; y me
hicieron dar a aquella desgraciada una carta, el
origen, me temo mucho, de sus relaciones con Lit-
timer, que se quedó aquí expresamente para ello.
Quedé confundido ante la revelación de tanta per-
fidia, y miré a miss Mowcher, que seguía paseándo-
se. Cuando estuvo rendida se volvió a sentar y se
enjugó el rostro con el pañuelo, sacudió la cabeza y
no hizo más movimiento ni interrumpió el silencio.
-Mis viajes por provincias me han llevado ayer no-
che a Norwitch, míster Copperfield -añadió por fin-.
Lo que por casualidad he sabido del secreto que
había envuelto su llegada y su partida me extrañó al
saber que usted no formaba parte de ella, y me hizo
sospechar algo. Y ayer noche tomé la diligencia de
Yarmouth en el momento en que pasaba por Nor-
witch, y he llegado aquí esta mañana, demasiado
tarde, ¡ay!, ¡demasiado tarde!
La pobre miss Mowcher se estremecía a fuerza
de llorar y de desesperarse; después se volvió hacia
el fuego para calentar sus piececitos mojados entre
las cenizas, y se quedó allí como una gran muñeca,
con los ojos fijos en el fuego.
Yo estaba sentado en una silla al otro lado de la
chimenea, sumido en mis tristes reflexiones y mi-
rando tan pronto al fuego como a ella.
-Tengo que marcharme -dijo, por último, levantán-
dose-, es tarde. ¿Usted no desconfiará de mí?
Al encontrar su mirada penetrante, más penetran-
te que nunca, cuando me dirigió aquella pregunta,
no pude responder con un «no» franco del todo.
-Vamos -dijo aceptando la mano que le ofrecía
para pasar por encima del guardafuegos y mirán-
dome suplicante-, sabe usted muy bien que si fuera
una mujer de estatura corriente no desconfiaría.
Comprendí que tenía mucha razón, y me aver-
gonce un poco de mí mismo.
-Es usted muy joven -me dijo- Escuche usted un
consejo, aunque sea de una criatura como yo, que
no levanta tres pies del suelo. Trate, amigo mío, de
no confundir las deformidades físicas con las mora-
les, a menos que tenga razones para ello.
Cuando se vio libre del guardafuegos y yo de mis
sospechas, le dije que no dudaba de que me había
explicado fielmente sus sentimientos, y que los dos
habíamos sido instrumentos ciegos en aquellas
pérfidas manos. Miss Mowcher me dio las gracias,
añadiendo que era un buen muchacho.
-Ahora, fíjese -dijo en el momento de llegar a la
puerta, volviéndose a mirarme con el dedo levanta-
do y expresión maliciosa- Tengo razones para su-
poner, por lo que he oído decir (pues siempre tengo
el oído pronto; debo utilizar las facultades que po-
seo), que han partido para el extranjero. Pero si
vuelven, o alguno de los dos vuelve estando yo
viva, tengo más facilidades que otro para saberlo,
pues ando siempre de un lado para otro; todo lo que
yo sepa lo sabrá usted, y si puedo alguna vez ser
útil de cualquier modo a esa pobre niña, lo haré con
toda mi alma, si Dios quiere. En cuanto a Littimer,
más le valdría tener un perro dogo tras de sus hue-
llas que a la pequeña Mowcher.
No pude por menos de dar fe interiormente a
aquella promesa cuando vi la expresión de su mira-
da.
-Sólo le pido que tenga en mí la misma confianza
que tendría en una mujer de estatura corriente, ni
más ni menos -dijo la criaturita cogiéndome, supli-
cante, la mano-. Si usted vuelve a verme de un mo-
do diferente a como me ve ahora; si me ve enloque-
cer, como me ha visto la primera vez, fíjese en la
gente que me rodea. Recuerde que soy una pobre
criatura sin socorro y sin defensa. Figúrese usted a
miss Mowcher volviendo a su casa por la noche,
reuniéndose con su hermano, que es como ella, y
con su hermana, que también lo es, después de
terminar su jornada de trabajo, y quizá entonces sea
usted más indulgente conmigo y no se sorprenda de
mi pena ni de mi gravedad. ¡Buenas noches!
Estreché la mano de miss Mowcher con una opi-
nión muy diferente de la que me había inspirado
hasta entonces, y sostuve la puerta para que salie-
ra. No era poco el abrir el enorme paraguas y po-
nerlo en equilibrio en su mano; sin embargo lo con-
seguí, y la vi bajar por la calle á través de la lluvia
sin que nada indicase que había una persona deba-
jo del paraguas, excepto cuando el agua que rebo-
saba de algunos canalones descargaba sobre él y
le hacía inclinarse a un lado; entonces aparecía
miss Mowcher en peligro, haciendo violentos es-
fuerzos para enderezarle.
Después de salir una o dos veces para socorrerla,
pero sin resultado, pues algunos pasos más lejos el
paraguas empezaba otra vez a saltar ante mí como
un gran pájaro antes de que le alcanzara, entré a
acostarme y me dormí hasta la mañana.
Míster Peggotty y mi niñera vinieron a buscarme
muy temprano, y nos dirigimos a las oficinas de la
diligencia, donde mistress Gudmige nos esperaba
con Ham para decirnos adiós.
-Señorito Davy -me dijo Ham en voz baja y aparte,
mientras míster Peggotty ponía su saco al lado del
equipaje-; su vida está completamente destrozada;
no sabe dónde va; no sabe lo que le espera; empie-
za un viaje que le va a llevar de aquí para allá hasta
el fin de su vida (puede usted contar con ello), si es
que no encuentra lo que busca. ¡Sé que será usted
siempre un amigo para él, señorito Davy!
-Puedes estar seguro -le dije estrechando afec-
tuosamente su mano.
-¡Gracias, gracias! Todavía una palabra. Yo me
gano bien la vida, ¿sabe usted, señorito Davy? Es
más; ahora no sabré en qué gastar lo que gano, ya
no necesito más que lo justo para vivir. Si usted
pudiera gastarlo por él, señorito, trabajaría de mejor
gana. Aunque, en cuanto a eso -continuó en tono
firme y dulce-, puede usted estar seguro de que no
dejaré de trabajar como un hombre y que lo haré lo
mejor que pueda.
Le dije que estaba convencido de ello, y no le
oculté mi esperanza de que llegara un tiempo en
que renunciaría a la vida solitaria a que por momen-
tos se creía condenado para siempre.
-No, señorito -dijo moviendo la cabeza-. Todo eso
ha pasado para mí. Nunca nadie podrá llenar el
vacío que ha dejado. Y no olvide que aquí siempre
habrá dinero de más, señorito Davy.
Le prometí tenerlo en cuenta, al mismo tiempo
que le recordaba que míster Peggotty tenía ya una
renta, modesta, es verdad, pero segura, gracias al
legado de su cuñado. Después nos despedimos uno
del otro. No puedo dejar sin recordar su valor senci-
llo y conmovedor y su pena tan honda.
En cuanto a mistress Gudmige, si tuviera que
describir las carreras que dio por la calle al lado de
la diligencia sin ver otra cosa, a través de las lágri-
mas que trataba de retener, más que a míster Peg-
gotty sentado en la imperial, lo que la hacía tropezar
contra todos los que iban en dirección contraria, me
vería obligado a lanzarme en una empresa muy
difícil. Prefiero dejarla por fin sentada en los escalo-
nes de una panadería, sin aliento, con el sombrero
que ya no tenía forma y uno de los zapatos es-
perándola en medio de la calle, a una distancia
considerable.
Al llegar al término de nuestro viaje, la primera
ocupación fue buscar a Peggotty un alojamiento
donde su hermano pudiera tener una cama; y tuvi-
mos la suerte de encontrar enseguida uno muy lim-
pio y barato, encima de la tienda de un vendedor de
velas, y separado de mi casa solamente por dos
calles. Después de apalabrar la habitación compré
carne y fiambre en una tienda y llevé a mis compa-
ñeros de viaje a tomar el té a mi casa, exponiéndo-
me, siento decirlo, a no obtener la aprobación de
mistress Crupp, sino muy al contrario. Sin embargo,
debo mencionar aquí, para que se conozcan bien
las cualidades contradictorias de aquella estimable
dama, que le sorprendió mucho ver a Peggotty re-
mangarse su traje de viuda, diez minutos después
de llegar, para ponerse a limpiar mi alcoba. Mistress
Crupp miraba esta usurpación de su cargo como
una libertad que se tomaba, y ella no consentía
nunca que nadie se tomara libertades con ella.
Míster Peggotty me había comunicado en el ca-
mino a Londres un proyecto que no me sorprendió.
Tenía la intención de ver a mistress Steerforth en
primer lugar. Yo me sentía obligado a ayudarle en
aquella empresa y a servir de mediador entre ellos,
por lo que, con objeto de cuidar lo más posible de la
sensibilidad de la madre, le escribí aquella misma
noche. Le explicaba, lo más suavemente que podía,
el daño que se le había hecho a míster Peggotty y
el derecho que también yo tenía por mi parte para
quejarme de aquel desgraciado suceso. Le decía
que era un hombre de clase inferior, pero de carác-
ter dulce y elevado, y que me atrevía a esperar que
no se negara a verle en la desgracia que le ago-
biaba. Le pedía que nos recibiera a las dos de la
tarde, y envié yo mismo la carta, con la primera
diligencia de la mañana.
A la hora fijada estábamos delante de la puerta...,
la puerta de aquella casa en que había sido tan
dichoso algunos días antes y donde había entrega-
do con tanta alegría toda mi confianza y todo mi
corazón; aquella puerta que desde ahora me estaba
cerrada y que no miraba yo más que como una
ruina desolada.
Littimer no estaba. La muchacha que le había re-
emplazado, con gran satisfacción mía, desde mi
última visita, fue la que nos abrió y nos condujo a la
sala. Mistress Steerforth estaba allí. Rose Dartle, en
el momento que entramos, dejó la silla que ocupaba
y fue a colocarse de pie detrás del sillón de mistress
Steerforth.
Al momento me di cuenta, por el rostro de la ma-
dre, de que estaba enterada por su mismo hijo de lo
que había hecho. Estaba muy pálida, y sus faccio-
nes tenían la huella de una emoción demasiado
profunda para poderla atribuir únicamente a mi car-
ta, sobre todo teniendo en cuenta las dudas que le
hubiera hecho abrigar su ternura.
En aquel momento la encontré más parecida que
nunca a su hijo, y vi, más con mi corazón que con
mis ojos, que mi compañero no estaba menos sor-
prendido que yo del parecido.
Sentada muy derecha en su butaca, con aire ma-
jestuoso, imperturbable, impasible, parecía que
nada en el mundo sería capaz de turbarla. Miró con
orgullo a míster Peggotty, pero él no la miraba con
menos entereza. Los ojos penetrantes de Rose
Dartle nos abrazaban a todos. Durante un momento
el silencio fue completo. Mistress Steerforth hizo un
signo a míster Peggotty para que se sentara.
-No me parecería natural, señora -dijo en voz ba-
ja-, sentarme en esta casa; prefiero continuar de
pie.
Nuevo silencio, que ella rompió diciendo:
-Sé lo que le trae aquí y lo lamento profundamen-
te. ¿Qué desea usted de mí? ¿Qué quiere usted
que haga?
Míster Peggotty, sosteniendo el sombrero debajo
del brazo, buscó en su pecho la carta de su sobrina,
la sacó, la desdobló y se la entregó.
-Haga usted el favor de leer eso, señora; ¡lo ha
escrito mi sobrina!
Ella lo leyó con la misma impasible gravedad. No
pude percibir en sus rasgos la menor huella de
emoción. Después devolvió la carta.
-«A no ser que me traiga después de haber hecho
de mí una señora» -dijo míster Peggotty siguiendo
con el dedo las palabras- Vengo a saber si cumplirá
su promesa.
-No -replicó ella.
-¿Por qué no? -preguntó míster Peggotty.
-Porque es imposible; sería una deshonra para mi
hijo; no puede usted ignorar que está muy por deba-
jo de él.
-Levántenla hasta ustedes -dijo míster Peggotty.
-Es ignorante y sin educación.
-Quizá sí, quizá no; pero no lo creo, señora -dijo
míster Peggotty-; sin embargo, como no soy juez en
esas cosas, enséñenla lo que no sepa.
-Puesto que me obliga usted a hablar con mayor
claridad (y siento tener que hacerlo), su familia es
demasiado humilde para que una cosa semejante
sea verosímil, aunque no hubiera ningún otro obstá-
culo.
-Escúcheme usted, señora -dijo míster Peggotty
lentamente y muy serio-; usted sabe cómo se quiere
a un hijo; yo también. Si fuera hija mía no la podría
querer más. Pero usted no sabe lo que es perder un
hijo y yo sí lo sé. Todas las riquezas del mundo, si
fueran mías, no me costarían nada para rescatarla.
Arránquela al deshonor, y yo le doy mi palabra de
que no tendrá que temer el oprobio de verse unida a
mi familia. Ninguno de los que han vivido con ella y
la han considerado como su tesoro durante tantos
años volverá a ver nunca su lindo rostro. Renuncia-
remos a ella, nos contentaremos con recordarla,
como si estuviera muy lejos, bajo otro cielo; nos
contentaremos con confiarla a su marido y a sus
hijos, quizá, y esperaremos para volver a verla en el
momento en que todos seremos iguales ante Dios.
La sencilla elocuencia de sus palabras no dejó de
producir efecto. Mistress Steerforth persistía en su
actitud altanera, pero su tono se había dulcificado
un poco al contestarle:
-No justifico nada. No acuso a nadie, y siento te-
ner que repetir que no es posible. Un matrimonio así
destruiría sin esperanza el porvenir de mi hijo. Eso
no puede ser y no será; esté usted seguro. Si hay
alguna otra compensación...
-Estoy viendo un rostro que me recuerda por su
parecido al que he visto frente a mí -interrumpió
míster Peggotty, con mirada firme y brillante- en mi
casa, al lado de mi fuego, en mi barco, en todas
partes, con sonrisa de amigo, en el momento en
que meditaba una traición tan negra, que casi me
vuelvo loco cuando lo recuerdo. Si el rostro que se
parece a aquel no se pone rojo como el fuego ante
la idea de ofrecerme dinero a cambio de la pérdida
y la ruina de mi niña, es que no vale más que el
otro; quizá vale todavía menos, puesto que es el de
una mujer.
Mistress Steerforth cambió de actitud al momento.
Enrojeció de cólera y dijo con altanería, apretando
el brazo de su sillón:
-¿Y usted qué compensación me ofrece por el
abismo que ha abierto entre nosotros? ¿Qué es su
cariño comparado con el mío? ¿Qué es su separa-
ción al lado de la nuestra?
Miss Dartle la tocó suavemente a inclinó la cabe-
za para hablarla en voz baja; pero ella no la es-
cuchó.
-No, Rose; ni una palabra. ¡Quiero que este hom-
bre me oiga hasta el final! Mi hijo, que ha sido el
único objeto de mi vida, a quien estaban consagra-
dos todos mis pensamientos, a quien no he negado
un solo capricho desde su infancia, con el que he
vivido una existencia común desde su nacimiento,
¡enamorarse en un instante de una miserable mu-
chacha y abandonarme! ¡Recompensarme de mi
confianza con una decepción sistemática por amor
a esa chica y dejarme por ella! ¡Sacrificar a ese
odioso capricho el derecho que tiene su madre a su
respeto, a su afecto, a su obediencia, a su gratitud;
los derechos que cada día y cada hora de su vida
debían haberle sido sagrados! ¿No es también ese
un daño irreparable?
De nuevo Rose Dartle trató de tranquilizarla, pero
fue en vano.
-Te lo repito, Rose, ¡cállate! Si ¡ni hijo es capaz de
exponerlo todo por el capricho más frívolo, yo tam-
bién puedo hacerlo por un motivo más digno de mí.
¡Que vaya donde quiera con los recursos que mi
amor le ha proporcionado! ¿Cree que me dominará
con una ausencia larga? ¡Conoce muy poco a su
madre si cuenta con ello! ¡Que renuncie al momento
a ese capricho y será bienvenido! Si no renuncia al
instante, que no intente volver a acercarse a mí, ni
vivo ni moribundo, mientras pueda levantar la mano
para oponerme, hasta que se olvide de ella para
siempre y venga humildemente a pedirme perdón.
¡Ese es mi derecho! ¡Ese es el abismo que han
abierto entre nosotros! Y digan, ¿no es un daño
irreparable? --dijo mirando a su visitante con la
misma expresión altanera de los primeros momen-
tos.
Oyendo y viendo a la madre mientras pronunciaba
aquellas palabras me parecía oír y ver a su hijo
responderle con un desafío. Encontraba en ella todo
lo que había en él de terquedad y obstinación. Todo
lo que había podido apreciar por mí mismo de la
energía mal dirigida de Steerforth me hacía com-
prender mejor el carácter de su madre. Veía clara-
mente que sus almas, en su violencia salvaje, iban
al unísono.
Mistress Steerforth me dijo entonces que le parec-
ía una pérdida de tiempo seguir hablando y que
deseaba poner fin a la entrevista. Se levantó con
dignidad para dejar la habitación, pero míster Peg-
gotty dijo que era inútil.
-No tema usted que le estorbe, señora; no tengo
nada más que decir -añadió dando un paso hacia la
puerta-. He venido aquí sin esperanzas y sin espe-
ranzas me voy. He hecho lo que creía que debía
hacer; pero no esperaba nada de mi visita. Esta
casa maldita ha hecho demasiado daño a los míos
para que pueda razonablemente esperar algo.
Y salimos, dejándola de pie al lado de su butaca,
como si estuviera posando para un retrato de noble
actitud, con un bello rostro.
Para salir teníamos que atravesar una galería de
cristales que servía de vestíbulo; una parra la cubría
por completo con sus hojas; hacía un tiempo her-
moso, y las puertas que daban al jardín estaban
abiertas. Rose Dartle entró por allí sin ruido, en el
momento en que pasábamos, y se dirigió a mí.
-Ha tenido usted una idea feliz -dijo- con traer a
este hombre aquí.
Nunca hubiera creído que ni aun en aquel rostro
se pudiera encontrar una expresión de rabia y de
desprecio como la que oscurecía sus rasgos y res-
plandecía en sus ojos negros. La cicatriz del martillo
estaba, como siempre en esos accesos, muy acu-
sada. El temblor nervioso que yo había observado
ya la agitaba todavía, y trataba de ocultarlo.
-¡Qué bien ha escogido usted a su hombre para
traerle aquí y servirle de campeón!, ¿no es verdad?
¡Qué amigo fiel!
-Miss Dartle -repuse-, seguramente no es usted
tan injusta como para acusarme a mí en este mo-
mento.
-¿Para qué viene usted a separar a estas dos
criaturas insensatas? -replicó ella-. ¿No ve usted
que están locos los dos de terquedad y orgullo?
-¿Es culpa mía acaso? -repliqué.
-Sí; es su culpa. ¿Por qué ha traído usted ese
hombre aquí?
-Es un hombre al que han hecho mucho daño, mis
Dartle -respondí-; quizá no lo sabe usted.
-Sé que James Steerforth -dijo apretando la mano
contra su pecho, como para impedir que estallara la
tormenta que reinaba en él- tiene un corazón pérfido
y corrompido; sé que es un traidor. Pero ¿qué ne-
cesidad tengo de preocuparme ni de saber lo que
concierne a este hombre ni a su miserable sobrina?
-Miss Dartle -repliqué-, envenena usted la llaga, y
demasiado profunda es ya. Solamente le repito, al
dejarla, que no le hace justicia.
-No hago ninguna injusticia; uno de tantos mise-
rables sin honor; en cuanto a ella, querría que la
azotaran.
Míster Peggotty pasó sin decir una palabra y salió.
-¡Oh! Es vergonzoso, miss Dartle; es vergonzoso
-le dije con indignación-. ¿,Cómo tiene usted co-
razón para pisotear así a un hombre destrozado por
un dolor tan poco merecido?
-Querría pisotearlos a todos -replicó-. Querría ver
su casa destruida de arriba abajo. Querría que mar-
caran a su sobrina el rostro con un hierro candente,
que la cubrieran de harapos y la arrojaran a la calle
para morir de hambre. Si tuviera el poder de juzgar-
la, he aquí lo que mandaría que le hicieran; no, no;
he aquí lo que le haría yo misma. ¡La odio, la odio!
Si pudiera echarle en cara su situación infame, iría
al fin del mundo para hacerlo. Si pudiera perseguirla
hasta la tumba, lo haría. Si a la hora de su muerte
hubiera una palabra que pudiera consolarla y no
hubiera nadie en el mundo que la supiera más que
yo, moriría antes que decírsela.
Toda la vehemencia de aquellas palabras sólo
puede dar una idea muy imperfecta de la pasión
que la poseía y que brillaba en toda su persona,
aunque había bajado la voz en lugar de elevarla.
Ninguna descripción podría expresar el recuerdo
que he conservado de ella en aquella embriaguez
de furor. He visto la cólera bajo muchas formas,
pero nunca la he visto bajo aquella.
Cuando alcancé a míster Peggotty bajaba la coli-
na lentamente, con aire pensativo. Me dijo que,
teniendo ya el corazón tranquilo de lo que había
querido intentar en Londres, tenía la intención de
emprender aquella misma noche sus viajes. Le pre-
gunté adónde pensaba ir, y únicamente me res-
pondió:
-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.
Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda
de velas, y allí pude repetir a Peggotty lo que me
había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le
había dicho a ella por la mañana. No sabía más que
yo dónde iría; pero pensaba que debía de tener
algún proyecto en la cabeza.
No quise dejarle en aquellas circunstancias, y
comimos los tres reunidos una empanada de buey,
que era uno de los platos maravillosos que hacían
honor al talento de Peggotty, y cuyo perfume in-
comparable estaba todavía realzado (lo recuerdo
divinamente) por un olor compuesto de té, de café,
de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno,
de madera quemada, de velas y de salsa de setas
que subía de la tienda sin cesar. Después de comer
nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de
una hora, sin hablar apenas; después míster Peg-
gotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantim-
plora y los puso encima de la mesa.
Aceptó como anticipo de su herencia una peque-
ña suma, que su hermana le dio en dinero contante;
apenas lo necesario para vivir un mes me pareció.
Prometió escribirme si llegaba a saber algo, y des-
pués, pasando la correa de su saco por su hombro,
cogió su sombrero y su bastón y nos dijo a los dos:
«Hasta la vista».
-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abra-
zando a Peggotty-. Y a usted también, míster Davy
-añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por
el mundo. Si volviera mientras yo no esté aquí (pe-
ro, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi
intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda
dirigirle el menor reproche; si me sucediera alguna
desgracia, acordaos que las últimas palabras que
he dicho para ella son: « Que dejo a mi querida niña
todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».
Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnu-
da; después, volviendo a ponerse el sombrero, se
alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era
cálida y había mucho polvo. El sol poniente lanzaba
raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante
de pasos se había ensordecido un momento en la
gran calle a que desembocaba nuestra callejuela.
Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró
en la luz deslumbrante y desapareció.
Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara
vez al despertarme de noche y ver la luna y las es-
trellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el vien-
to, dejaba de pensar en el pobre peregrino, que iba
solo por los caminos, y recordaba sus palabras:
«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera
una desgracia, acordaos de que las últimas pala-
bras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña
querida todo mi cariño inquebrantable y mi
perdón".»
CAPÍTULO XIII
FELICIDAD
Durante todo aquel tiempo había seguido amando
a Dora más que nunca. Su recuerdo me servía de
refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta
me consolaba de la pérdida de mi amigo. Cuanta
más compasión tenía de mí mismo más piedad
sentía por los demás y más buscaba el consuelo en
la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el
mundo de decepciones y de penas, más se levan-
taba la estreIla de Dora, pura y brillante, por encima
de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la
patria donde Dora había nacido, ni del sitio encum-
brado que ocupaba en la escala de arcángeles y
serafines; pero sé que hubiera rechazado con in-
dignación y desprecio el pensamiento de que pudie-
ra ser una criatura humana como todas las demás
señoritas.
Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Do-
ra, pues no sólo estaba enamorado de ella hasta
perder la cabeza, sino que era un amor que pene-
traba todo mi ser. Se hubiera podido sacar de mí
(es una comparación) el amor suficiente para aho-
gar en él a un hombre, y todavía hubiera quedado
bastante para inundar mi existencia entera.
Lo primero que hice por mi propia cuenta al volver
a Londres fue ir por la noche a pasearme a Norwo-
od, donde, según los términos de un respetable
enigma que me propusieron en la infancia, «di la
vuelta a la casa sin tocar nunca la casa». Creo que
este difícil problema se aplica a la luna. Sea como
sea, yo, el esclavo fanático de Dora, di vueltas alre-
dedor de la casa y del jardín durante dos horas,
mirando a través de las rendijas de las empalizadas
y llegando con esfuerzos sobrehumanos a pasar la
barbilla por encima de los clavos clavos oxidados
que guarnecían la parte altar enviando besos a las
luces que aparecían en las ventanas, haciendo a la
noche súplicas románticas para que tomara en su
mano la defensa de mi Dora... no sé bien contra
quién: sería contra un incendio; quizá contra los
ratones, que le daban mucho miedo.
Mi amor me preocupaba de tal modo y me parecía
tan natural confiarle todo a Peggotty cuando la volví
a encontrar a mi lado por la noche con todos sus
antiguos enseres de costura, pasando revista a mi
guardarropa, que después de muchos circunloquios
le comuniqué mi secreto. Peggotty se interesó mu-
cho por ello; pero no conseguí que considerase la
cuestión desde el mismo punto de vista que yo.
Tenía prejuicios atrevidísimos en mi favor, y no pod-
ía comprender mis dudas y mi abatimiento.
-La joven podía darse por muy satisfecha con te-
ner semejante adorador -decía-, y en cuanto a su
papá, ¿qué mas podía apetecer aquel señor que se
lo dijeran'?
Observé, sin embargo, que el traje de procurador
y el cuello almidonado de míster Spenlow le impon-
ían un poco, inspirándole algún respeto por el hom-
bre en el que yo veía todos los días y cada vez más
una criatura etérea que me parecía despedir rayos
de luz mientras estaba sentado en el Tribunal, en
medio de sus carpetas, como un faro destinado a
iluminar un océano de papeles. Recuerdo también
otra cosa que me pasaba mientras estaba sentado
entre los señores del Tribunal. Pensaba que todos
aquellos viejos jueces y doctores no se preocupar-
ían siquiera de Dora si la conocieran, y que no se
volverían locos de alegría si les propusiera casarse
con ella; que Dora podría, cantando y tocando
aquella guitarra mágica, empujarme a mí a la locura
sin conmover siquiera ni hacer salir de su paso ni a
uno de aquellos seres.
Los despreciaba a todos sin excepción, ¡a todos!
Me parecían unos viejos helados de corazón y me
inspiraban una repulsión personal. El Tribunal me
parecía tan desprovisto de poesía y de sentimiento
como un gallinero.
Había tomado en mi mano con cierto orgullo el
manejo de los asuntos de Peggotty; había probado
la identidad del testamento; lo había arreglado todo
en la oficina de delegados, y hasta lo había llevado
al banco; en fin, la cosa estaba en buen camino.
Daba alguna variedad a los asuntos legales yendo a
ver con Peggotty las figuras de cera de Fleet Street
(supongo que se habrán fundido desde hace veinte
años que no las he visto) y visitando la exposición
de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo
como un mausoleo de crochet, propicio a los exá-
menes de conciencia y al arrepentimiento, y, en fin,
recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo
alto del cimborrio de Saint Paul. Estas curiosidades
procuraron a Peggotty alguna distracción de la que
podía gozar en sus actuales circunstancias. Sin
embargo, hay que confesar que la catedral de Saint
Paul, gracias al cariño que tenía a su caja de labor,
le pareció bastante digna de rivalizar con la pintura
de su tapa, aunque la comparación, desde algunos
puntos de vista, resultara en ventaja de aquella
pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión
de Peggotty.
Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acos-
tumbrábamos llamar el Tribunal de Negocios ordina-
rios, clase de negocios, entre paréntesis, muy fáci-
les y lucrativos, y cuando terminaron la conduje al
estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow
había salido un momento. Según me dijo el viejo Ti-
fey, había ido a acompañar a un caballero que ven-
ía a prestar juramento para una dispensa de amo-
nestación; pero como yo sabía que volvería ense-
guida, pues nuestro despacho estaba al lado del
vicario general, le dije a Peggotty que esperase.
En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un
testamento, hacíamos un poco el papel de empre-
sarios de pompas fúnebres, y teníamos, por regla
general, la costumbre de componernos una expre-
sión más o menos sentimental cuando tratábamos
con clientes de luto. Por este mismo principio está-
bamos siempre alegres cuando se trataba de clien-
tes que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba
a encontrar a míster Spenlow bastante repuesto de
la impresión que le había causado la muerte de
Barkis y, en efecto, cuando entró parecía que entra-
ba el novio.
Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle
cuando vimos que le acompañaba míster Murdsto-
ne. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran
tan abundantes y tan negros como antes, y su mira-
da no inspiraba más confianza que en el pasado.
-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce us-
ted a este caballero?
Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se
limitó a dejar ver que le reconocía. En el primer
momento pareció un poco desconcertado al encon-
trarnos juntos; pero pronto supo qué hacer y se
acercó a mí.
-¿Supongo que está usted bien?
-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si
quiere usted saberlo, sí.
Nos miramos un momento; después se dirigió a
Peggotty.
-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a
su marido.
-No es la primera pérdida de mi vida, míster
Murdstone -dijo Peggotty temblando de la cabeza a
los pies-. Únicamente me consuela que esta vez no
puedo acusar a nadie; nadie tiene que reprochárse-
lo.
-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido
usted con su deber?
-Gracias a Dios no he amargado la vida a nadie,
míster Murdstone, ni he hecho morir de miedo y de
pena a una criatura llena de bondad y de dulzura.
Míster Murdstone la miró con expresión sombría y
como de remordimiento durante un minuto; después
dijo, volviéndose hacia mí, pero mirándome a los
pies, en lugar de mirarme al rostro:
-No es nada probable que nos volvamos a encon-
trar en mucho tiempo, lo cual debe ser motivo de
satisfacción para los dos, sin duda, pues encuentros
como este no pueden ser agradables nunca, y no
espero que usted, que siempre se ha rebelado con-
tra mi autoridad legítima cuando la empleaba para
su bien, pueda ahora demostrarme la menor buena
voluntad. Hay entre nosotros una antipatía...
-Muy antigua --dije interrumpiéndole.
Sonrió y me lanzó la mirada más venenosa que
podían lanzar sus ojos negros.
-Sí; todavía estaba usted en la cuna cuando ya
alentaba en su pecho --dijo-; y ello envenenó bas-
tante la vida de su pobre madre; tiene usted razón.
Espero, sin embargo, que con el tiempo mejore
usted y se corrija.
Así terminó nuestro diálogo, en voz baja, en un
rincón. Después de esto entró en el despacho de
míster Spenlow, diciendo en voz alta, con su tono
más dulce:
-Los hombres de su profesión, míster Spenlow,
están acostumbrados a las disensiones de familia y
sabe lo amargas y complicadas que son siempre.
Después pagó su dispensa, la recibió de míster
Spenlow cuidadosamente doblada, y después de
estrecharse la mano y de hacer por parte del procu-
rador votos por su felicidad y la de su futura esposa,
abandonó las oficinas.
Quizá me hubiera costado más trabajo guardar si-
lencio después de sus últimas palabras si no hubie-
ra estado preocupado tratando de convencer a
Peggotty (que se había encolerizado a causa mía)
de que no estábamos en un lugar propicio a las
recriminaciones y rogándole que se contuviera.
Estaba en tal estado de exasperación, que me creí
bien librado cuando vi que terminaba con uno de
sus tiernos achuchones. Lo debía sin duda a aque-
lla escena, que acababa de despertar en ella el
recuerdo de las antiguas injurias, y sostuve lo mejor
que pude el ataque, en presencia de míster Spen-
low y de todos sus empleados.
Míster Spenlow no parecía saber cuál era el lazo
que existía entre míster Murdstone y yo, lo que me
complacía. pues no podía soportar ni el tener que
reconocerlo yo mismo, recordando, como recorda-
ba, la historia de mi pobre madre. Míster Spenlow
parecía creer, si es que creía algo, que se trataba
de diferentes opiniones políticas; que mi tía estaba
a la cabeza del partido del Estado en nuestra fami-
lia, y que había algún otro partido de oposición,
dirigido por otra persona; al menos esa fue la con-
clusión que saqué de lo que decía mientras esperá-
bamos la cuenta de Peggotty que redactaba míster
Tifey.
-Miss Trotwood -me dijo- es muy firme y no está
dispuesta a ceder a la oposición, yo creo. Admiro
mucho su carácter y le felicito, Copperfield, de estar
en el lado bueno. Las querellas de familia son muy
de sentir, pero son muy corrientes, y el caso es
estar del lado bueno.
Con aquello quería decir, supongo, del lado del
dinero.
-Según creo, hace un matrimonio bastante conve-
niente -dijo míster Spenlow.
Le dije que no sabía nada.
-¿De verdad? -dijo- Pues por algunas palabras
que míster Murdstone ha dejado escapar, como
ocurre siempre en casos semejantes, y por lo que
miss Murdstone me ha dado a entender, me parece
que se trata de un matrimonio bastante conveniente
para él.
-¿Quiere usted decir que ella tiene dinero?
-pregunté.
-Sí -dijo míster Spenlow-; parece ser que dinero, y
también belleza; al menos eso dicen.
-¿De verdad? ¿Y es joven su nueva mujer?
-Acaba de cumplir su mayoría de edad -dijo míster
Spenlow-, y hace tan poco tiempo, que yo creo que
no esperaban más que a eso.
-¡Dios tenga compasión de ella! -exclamó Peggot-
ty tan bruscamente y en un tono tan inesperado,
que nos quedamos un poco desconcertados hasta
el momento en que Tifey llegó con la cuenta.
Apareció pronto y tendió el papel a míster Spen-
low para que lo verificase. Míster Spenlow metió la
barbilla en la corbata, y después, frotándosela dul-
cemente, releyó todos los artículos de un cabo al
otro, como hombre que quería rebajar algo; pero,
¡qué quiere usted!, era culpa del diablo de míster
Jorkins; después volvió a dar el papel a Tifey con un
suspiro.
-Sí -dijo-, está en regla, perfectamente en regla.
Hubiera deseado reducir los gastos estrictamente a
nuestros desembolsos; pero ya sabe usted que es
una de las contrariedades penosas de mi vida de
negocios el no tener la libertad de obrar según mis
propios deseos. Tengo un asociado, míster Jorkins.
Como al hablar así lo hacía con tan dulce melan-
colía, que casi equivalía a haber hecho nuestros
negocios gratis, le di las gracias en nombre de Peg-
gotty y entregué el dinero a Tifey. Peggotty volvió a
su casa y míster Spenlow y yo nos dirigimos al Tri-
bunal, donde se presentaba una causa de divorcio
en nombre de una pequeña ley muy ingeniosa, que
creo se ha abolido después, pero gracias a la cual
he visto anular muchos matrimonios.
Era esta. El marido, cuyo nombre era Thomas
Benjamin, había sacado la autorización para la pu-
blicación de las amonestaciones bajo el nombre de
Thomas únicamente, suprimiendo el Benjamin por si
acaso no encontraba la situación todo lo agradable
que esperaba. Ahora bien: no encontrando la situa-
ción muy agradable, o quizá un poco cansado de su
mujer, el pobre hombre se presentó ante el Tribunal,
por mediación de un amigo, después de un año o
dos de matrimonio, y declaró que su nombre era
Thomas Benjamin y que, por lo tanto, él no se había
casado nunca, lo que el Tribunal confirmó, para su
gran satisfacción.
Debo decir que tenía algunas dudas sobre la jus-
ticia absoluta de aquel procedimiento, que no justifi-
caba el «árido de trigo» que tapaba todas las ano-
malías.
Pero míster Spenlow discutió la cuestión conmigo.
-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la
legislación eclesiástica: en ella hay bien y mal; pero
todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso
es.
No tuve valor para sugerir al padre de Dora que
quizá no nos resultaría imposible el hacer algunos
cambios beneficiosos en el mundo si, levantándose
temprano, se remangara resuelto a ponerse con
valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que
podrían introducirse algunos cambios beneficiosos
en el Tribunal.
Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba
que desechara de mi espíritu semejante pensamien-
to, que no era digno de mi carácter caballeresco;
pero que le gustaría saber de qué mejoras creía yo
susceptible al sistema del Tribunal.
El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado;
era un asunto concluido; estábamos fuera de la sala
y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogati-
vas; entrando, por lo tanto, en la institución que
estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el
Tribunal de Prerrogativas no era una institución muy
singularmente administrada.
Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspec-
to.
Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su
experiencia (pero me temo que sobre todo con el
respeto que debía al padre de Dora), que quizá era
un poco absurdo que los registradores de aquel
Tribunal, que contenía todos los testamentos origi-
nales de todas las personas que habían dispuesto
desde hacía tres siglos de alguna propiedad asen-
tada en el inmenso distrito de Canterbury, se encon-
trasen colocados en un edificio que no había sido
construido con ese objeto; que había sido alquilado
por los registradores bajo su responsabilidad priva-
da; que no era seguro; que ni siquiera estaba al
abrigo de un fuego, y que estaba tan atestado de
los documentos importantes que contenía que era
todo él, de arriba abajo, una prueba de las sórdidas
especulaciones de los registradores, que recibían
sumas enormes por el registro de todos aquellos
testamentos y se limitaban a meterlos donde pod-
ían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos
con el menor gasto posible. También añadí que
quizá no era razonable que los registradores, que
percibían al año sueldos que ascendían a ocho o
nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordi-
narios, no estuvieran obligados a gastarse parte de
este dinero en procurarse un lugar seguro donde
depositar aquellos documentos preciosos que todo
el mundo, en todas las clases de la sociedad, esta-
ba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que
quizá era algo injusto que todos los grandes emple-
os de aquella administración fuesen magníficas
sinecuras, mientras que los desgraciados emplea-
dos que trabajaban sin descanso en la habitación
sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor
pagados y menos considerados de Londres, en
premio a los importantes servicios que prestaban.
¿Y no era también un poco inconveniente que el
archivero en jefe, cuyo deber era procurar al públi-
co, que llenaba constantemente las oficinas de la
administración, locales convenientes, estuviera, en
virtud de este empleo, en posesión de una enorme
sinecura, lo que no le impedía ocupar al mismo
tiempo un puesto en la Iglesia y poseer muchos
beneficios, ser canónico en la catedral, etc., mien-
tras el público soportaba molestias infinitas, de las
que teníamos una muestra todas las mañanas
cuando los asuntos abundaban en las oficinas? En
fin, me parecía que aquella administración del Tri-
bunal de Prerrogativas del distrito de Canterbury era
una máquina tan podrida y un absurdo tan peligro-
so, que si no se le hubiera metido en un rincón del
cementerio de Saint Paul (que no conoce apenas
nadie), toda aquella organización hubiera tenido que
cambiarse de arriba abajo desde hacía mucho tiem-
po.
Míster Spenlow sonrió al ver cómo me excitaba,
a pesar de mi reserva habitual en aquella cues-
tión; y después discutió conmigo este punto co-
mo los demás. «¿Qué era aquello después de
todo? -me dijo-. Pues una simple cuestión de
opiniones. Si al público le parecía que los testa-
mentos estaban seguros, y admitía que la admi-
nistración no podía cumplir mejor con sus debe-
res, ¿quién sufría con ello? Nadie. ¿A quién be-
neficiaba? A todos los que poseían las sinecu-
ras. Muy bien. Las ventajas, por lo tanto, eran
mayores que los inconvenientes; quizá no era
una organización perfecta, no hay nada perfecto
en este mundo; pero bajo la administración del
Tribunal de Prerrogativas el país se había cu-
bierto de gloria. Si se metiera el hacha en la ad-
ministración de Prerrogativas, el país dejaría de
cubrirse de gloria. Veía como el rasgo distintivo
de un espíritu sensato y elevado el tomar las co-
sas como se encontraban, y no cabía duda que
la organización actual de las Prerrogativas durar-
ía tanto tiempo como nosotros.»
Yo me rendí a su opinion, aunque tuviera, por mi
cuenta, muchas dudas sobre ello. Sin embargo, él
tenía razón, pues no solamente el Tribunal de Pre-
rrogativas continúa existiendo, sino que existió una
grave denuncia presentada de muy mala gana al
Parlamento, hace dieciocho años, donde todas mis
objeciones estaban desarrolladas en detalle y en
una época en que se anunciaba que sería imposible
amontonar los testamentos del distrito de Canterbu-
ry en el local actual durante más de dos años y me-
dio, a partir de aquel momento. Yo no sé lo que se
ha hecho después; no sé si se habrán perdido mu-
chos, o si los venden de vez en cuando a las tien-
das como papel; pero estoy tranquilo porque el mío
no está allí y espero que no lo esté en mucho tiem-
po.
Si he relatado toda nuestra conversación en este
dichoso capítulo no podrá decírseme que no era su
lugar apropiado. Charlábamos paseándonos de
arriba abajo míster Spenlow y yo antes de pasar a
asuntos más generales. Por fin me dijo que el cum-
pleaños de Dora era dentro de una semana, y que
me agradecería mucho que me uniera a ellos para
una excursion que iban a organizar. Al momento
perdí la razón, y al día siguiente mi locura no tenía
límites cuando recibí una cartita con estas palabras:
«Recomendado al cuidado de papá para recordar a
míster Copperfield la excúrsión». Pasé los días que
me separaban de aquel gran suceso en un estado
cercano a la idiotez.
Creo que debí de cometer todos los absurdos po-
sibles como preparación para aquel día afortunado.
Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en
cuanto a mis botas, eran dignas de figurar en una
colección de instrumentos de tortura. Me procuré, y
envié la víspera por la noche, por medio del ómni-
bus de Norwood, una cestita de provisiones que
casi equivalía, a mi parecer, a una declaración.
Contenía, entre otras cosas, almendras envueltas
en las divisas más tiernas que pude encontrar en la
confitería. A las seis de la mañana estaba en el
mercado de Covent Garden para comprar un ramo
de flores a Dora. A las diez montaba a caballo. Ha-
bía alquilado un bonito caballo gris para aquella
ocasión, y tomé al trote el camino de Norwood con
el ramo de flores en el sombrero para que se con-
servara fresco.
Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice
como que no la veía, pasando por delante de la
casa y haciendo como que la buscaba con cuidado,
fui culpable de dos pequeñas locuras que otros
muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situa-
ción; tan naturales me parecen. Pero cuando hube
encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta;
cuando atravesé el césped con las crueles botas
para acercarme a Dora, que estaba sentada en un
banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo
ofrecía en medio de las mariposas con su sombrero
blanco y su traje azul cielo!
Con ella había otra muchacha, que a su lado pa-
recía muchísimo más vieja: tendría veinte años. Se
llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la
amiga íntima de Dora. ¡Dichosa miss Mills!
Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuan-
do la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los dientes de en-
vidia. Tenía razón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea
del ardor con que amaba a su dueña tenía razón.
-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué
flores tan bonitas! -dijo Dora.
Había tenido la intención de decirle que yo tam-
bién las había encontrado encantadoras antes de
verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes
de llegar la mejor manera de soltar la frase, pero no
lo conseguí: estaba demasiado seductora y perdí
toda presencia de espíritu y toda facultad de palabra
cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos
de su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sor-
prende el no haberle dicho:
-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir
aquí!
Después Dora alargó mis flores a Jip para que las
oliera, y Jip se puso a gruñir y no quiso olerlas. En-
tonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y
Jip cogió una rama de geranio entre sus dientes y la
destrozó como si oliera una bandada de gatos ima-
ginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y di-
ciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis hermosas flores! »
, con un tono tan simpático, me pareció, como si
fuera a mí a quien Jip hubiera mordido. ¡Ya lo
hubiera querido!
-Se alegrará usted mucho de saber, míster Cop-
perfield -dijo Dora-, que la fastidiosa miss Murds-
tone no está aquí. Ha ido a la boda de su her-
mano, y se quedará allí por lo menos tres sema-
nas. ¿No es un encanto?
Le dije que, en efecto, debía de estar encantada,
y que todo lo que le encantaba a ella me encantaba
a mí. Miss Mills nos escuchaba sonriendo con una
superioridad de benevolencia y simpatía.
-Es la persona más desagradable que conozco
-dijo Dora-: no puedes figurarte qué gruñona es y
qué mal genio tiene.
-¡Oh!, ya lo creo que puedo, querida mía -dijo Ju-
lia.
-Es verdad. «Tú» puede que sí -respondió Dora
cogiendo la mano de Julia entre las suyas-. Perdó-
name no haberte exceptuado enseguida.
De aquello deduje que miss Mills había sufrido las
vicisitudes de la vida y que era a eso a lo que podía
atribuirse sus maneras llenas de gravedad benigna,
que ya me habían chocado. En el transcurso del día
supe que no me había equivocado; mis Mills había
tenido la desgracia de enamorarse mal, y se decía
que se había retirado del mundo después de aque-
lla terrible experiencia de las cosas humanas; pero
que se tomaba siempre cierto interés por las espe-
ranzas y afectos de los jóvenes que no habían teni-
do todavía desengaños.
En esto míster Spenlow salió de la casa, y Dora
se adelantó a él diciendo:
-¡Mira, papá, qué flores tan hermosas!
Y miss Mills sonrió con aire pensativo, como di-
ciendo:
-¡Pobres flores de un día, gozad de vuestra exis-
tencia pasajera bajo el sol brillante de la mañana de
la vida!
Y todos abandonamos el césped para subir al co-
che, que ya estaba enganchado.
Nunca volveré a hacer una excursión semejante;
nunca la he hecho después. Iban los tres en el fa-
etón. Su cesta de provisiones, la mía y la caja de la
guitarra también iban. El faetón era descubierto, y
yo seguía el coche; Dora iba en la parte de delante,
frente a mí. Llevaba mi ramo a su lado, encima del
asiento, y no permitía a Jip que se subiera allí por
miedo de que aplastara mis flores. De cuando en
cuando las cogía para respirar su perfume; enton-
ces nuestros ojos se encontraban, y yo me pregunto
cómo no salté por encima de la cabeza de mi bonito
caballo gris para caer en el coche.
Había polvo; creo que hasta mucho polvo. Tengo
el vago recuerdo de que míster Spenlow me
aconsejó que no caracoleara en el torbellino de
polvo que dejaba el faetón; pero yo no me daba
cuenta. Yo no veía más que a Dora a través de
una nube de amor y de belleza; no podía ver otra
cosa. Mister Spenlow se levantaba algunas ve-
ces y me preguntaba qué me parecía el paisaje.
Yo le respondía que era un sitio encantador, y es
probable que lo fuera; pero yo sólo veía a Dora.
El sol llevaba a Dora en sus rayos; los pájaros
gorjeaban sus alabanzas. El viento del mediodía
soplaba el nombre de Dora. Todas las flores sal-
vajes, hasta el último capullo, eran otras tantas
Doras. Mi consuelo era que miss Mills me com-
prendía. Miss Mills era la única que podía entrar
del todo en mis sentimientos.
No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tam-
poco dónde fuimos. Quizá fue cerca de Guilford.
Quizá algún mago de Las mil y una noshes había
creado aquel lugar para un solo día y lo destruyó
después de nuestra partida. Era una pradera de
musgo verde y fino, en una colina. Había grandes
árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía ex-
tenderse la mirada, un bonito paisaje.
Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos
esperaba, y mis celos hasta de las mujeres no ten-
ían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un
impostor tres o cuatro años mayor que yo y con
patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable,
era sobre todo mi enemigo mortal.
Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a
preparar la comida. Patillas rojas dijo que él sabía
hacer la ensalada; no lo creo, pero así se atrajo la
atención del público. Las muchachas se pusieron a
lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección;
Dora estaba entre aquellas. Yo sentí que el Destino
me había dado aquel hombre por rival y que uno de
los dos tenía que sucumbir.
Patillas rojas hizo la ensalada, y todavía me pre-
gunto como pudieron comerla. En cuanto a mí, nada
en el mundo me hubiera decidido a probarla. Des-
pués él mismo se nombró encargado del vino, y
construyó una celda, para guardarlo, en el hueco de
un árbol. ¡Vaya una cosa ingeniosa! Al poco tiempo
le vi, con los tres cuartos de una langosta en su
plato, sentado y comiendo a los pies de Dora.
Ya no tengo más que una idea imprecisa de lo
que ocurrió después de que aquel espectáculo se
presentó a mi vista. Estaba muy alegre, no digo que
no, pero era una alegría falsa. Me consagré a una
muchachita vestida de rosa, con ojos chiquitos, y le
hice la corte desesperadamente. Ella recibió mis
atenciones con agrado; pero no sé si era completa-
mente por mí o porque tenía vistas ulteriores sobre
Patillas rojas. Se bebió a la salud de Dora. Yo
afecté interrumpir mi conversación para beber tam-
bién, y después la reanudé enseguida. Encontré los
ojos de Dora al saludarla, y me pareció que me
miraban suplicantes; pero aquella mirada me llega-
ba por encima de la cabeza de Patillas rojas, y fui
inflexible.
La jovencita de rosa tenía una madre de verde
que nos separó; yo creo que con una mira política.
Además hubo revolución general mientras se quita-
ban los restos de la comida, y yo lo aproveché para
meterme solo entre los árboles, animado por una
mezcla de cólera y de remordimientos. Me pregun-
taba si fingiría alguna indisposición para huir... a
cualquier parte... sobre mi bonito caballo gris, cuan-
do me encontré a Dora con miss Mills.
-Míster Copperfield -dijo miss Mills-, ¿está usted
triste?
-Usted dispense; pero no estoy nada triste.
-Y tú, Dora --dijo miss Mills-, también estás triste;
-¡Oh Dios mío, no!
-Míster Copperfield, y tú, Dora --dijo miss Mills con
una expresión casi venerable-, ¡ya es bastante! No
consintáis que un equívoco insignificante marchite
las flores primaverales, que una vez marchitas no
pueden volver a florecer. Me hace hablar así mi
experiencia del pasado --continuó miss Mills-, de un
pasado irrevocable. Los manantiales que brotan al
sol no deben ser tapados por capricho; el oasis del
Sahara no debe ser suprimido a la ligera.
Yo no sabía lo que hacía, pues tenía la cabeza
ardiendo; pero cogí la manita de Dora y la besé; ella
me dejó. Después besé la mano de miss Mills; y me
pareció que subíamos los tres juntos al séptimo
cielo.
Ya no volvimos a bajar. Nos quedamos toda la
tarde paseando entre los árboles con el bracito
tembloroso de Dora reposando en el mío, y Dios
sabe que, aunque fuera una locura, nuestra felici-
dad hubiera sido el poder volvemos inmortales de
pronto con aquella locura en el corazón, para errar
eternamente así entre los árboles.
Demasiado pronto, ¡ay!, oímos a los demás que
reían y charlaban llamando a Dora. Entonces reapa-
recimos, y rogaron a Dora que cantase. Patillas
rojas quiso it por la caja de la guitarra; pero Dora
dijo que yo sólo sabía dónde estaba. Así es que
Patillas rojas estaba derrotado, y yo fui quien en-
contró la caja, yo quien la abrió, yo quien sacó la
guitarra, yo quien se sentó a su lado, yo quien sos-
tuvo su pañuelo y sus guantes y yo quien se em-
briagó en el sonido de su dulce voz mientras ella
cantaba para el que amaba. Los demás podían
aplaudir si querían; pero nada tenían que ver en su
romanza.
Estaba borracho de alegría y me parecía que era
demasiado dichoso para que pudiera ser verdad;
temía despertarme en Buckinghan Street y oír a
mistress Crupp hacer ruido con las tazas mientras
preparaba el desayuno. Pero no, ¡era Dora que
cantaba! Después también cantaron otras; miss
Mills también, y cantó una queja sobre los ecos
dormidos de la caverna de la memoria, como si
tuviera cien años, y llegó la tarde. Tomamos el té,
haciendo hervir el agua en una hoguera al modo
gitano, y yo era más dichoso que nunca.
Todavía me sentí más dichoso cuando nos sepa-
ramos de Patillas rojas y cada uno tomó su camino,
mientras que yo partía con ella en medio de la cal-
ma de la tarde, de la luz moribunda y de los dukes
perfumes que se elevaban a nuestro alrededor.
Míster Spenlow iba un poco dormido gracias al
champán. ¡Bendito sea el sol que ha madurado la
uva, la uva que ha hecho el vino! ¡Bendito el comer-
ciante que lo ha vendido! Y como dormía profunda-
mente en un rincón del coche, yo iba a un lado
hablando con Dora. Dora admiraba mi caballo y lo
acariciaba (¡oh qué mano tan bonita resultaba sobre
la piel del animal!), y su chal no se sostenía bien, y
me veía obligado a arreglárselo a cada momento.
Creo que el mismo Jip empezaba a darse cuenta de
lo que pasaba y a comprender que había que resig-
narse y hacer las paces conmigo.
Aquella penetrante miss Mills, aquella encantado-
ra reclusa que había agotado la existencia, aquel
pequeño patriarca de veinte años apenas, que hab-
ía terminado con el mundo y que no hubiera querido
por nada despertar los ecos adormecidos en las
cavernas de la memoria, ¡qué buena fue para mí!
-Míster Copperfield -me dijo-, venga por este lado
del coche un momento, si es que puede dedicárme-
lo. Necesito hablarle.
Y en mi bonito caballo gris, con la mano en la por-
tezuela, me incliné a escuchar a miss Mills.
-Dora va a venir a verme. Pasado mañana se vie-
ne conmigo y con mi padre a mi casa. Si quisiera
usted venir a vernos, estoy segura de que papá
tendría mucho gusto en recibirle.
¿Qué podía hacer sino pedir todas las bendicio-
nes del mundo sobre la cabeza de miss Mills, y
sobre todo confiar su dirección al rincón más seguro
de mi memoria? ¿Qué podía hacer sino decir a miss
Mills, con palabras ardientes y miradas reconocidas,
todo lo que le agradecía sus bondades y qué precio
infinito daba a su amistad?
Después miss Mills me despidió benignamente:
«Vuelva con Dora». Y volví; y Dora se inclinó fuera
del coche para charlar conmigo; y fuimos hablando
todo el resto del camino; y yo hacía andar tan cerca
de la rueda a mi caballo gris, que se desolló toda la
pierna derecha, tanto que su propietario me dijo al
día siguiente que le debía sesenta y cinco chelines
por el daño, lo que pagué sin regatear, encontrando
que era barato para una alegría tan grande. Durante
el camino miss Mills miraba a la luna, recitando en
voz baja versos y recordando, supongo, los tiempos
lejanos en que la tierra y ella no se habían divorcia-
do por completo.
Norwood estaba demasiado cerca, y llegamos
muy pronto. Míster Spenlow se despertó un momen-
to antes de llegar a su casa y me dijo:
-Entre usted a descansar, Copperfield.
Acepté, y nos sirvieron sándwiches, vino y agua.
En la habitación, iluminada, Dora me parecía tan
encantadora ruborizándose, que no podía arran-
carme de su presencia y continuaba allí mirándola
fijamente como en un sueño, cuando los ronquidos
de míster Spenlow me indicaron que era hora de
retirarme. Me fui, y por el camino sentía todavía la
mano de Dora sobre la mía; recordaba mil y mil
veces cada incidente y cada palabra, y, por fin, me
encontré en mi cama tan embriagado de alegría
como el más loco de los jovenes insensatos a quien
el amor haya perdido la cabeza.
Al despertarme a la mañana siguiente estaba de-
cidido a declararle mi pasión a Dora para saber mi
suerte. Mi felicidad o mi desgracia: esa era ahora la
cuestión. Para mí no había otra en el mundo, y a
aquello sólo Dora podía contestar. Pasé tres días
desesperándome y torturándome, inventando las
explicaciones menos animadas que se podían dar a
todo lo ocurrido entre Dora y yo. Por fin, muy vesti-
do para las circunstancias, me dirigí a casa de miss
Mills con una declaración en los labios.
Es inútil decir la de veces que subí la calle para
volverla a bajar; la de veces que di la vuelta al lugar,
dándome cuenta de que yo era mucho más que la
luna, la palabra del antiguo enigma, antes de deci-
dirme a subir las escaleras de la casa y a llamar a la
puerta. Cuando por fin llamé, mientras esperaba
que me abrieran tuve por un momento la idea de
preguntar si no vivía allí míster Balckboy (imitando
al pobre Barkis) y disculparme y huir. Sin embargo,
no lo hice.
Míster Mills no estaba en casa; ya me lo espera-
ba, ¿para qué le necesitábamos?, y miss Mills sí
estaba en casa, y yo no necesitaba más.
Me hicieron entrar en una habitación del primer
piso, donde encontré a miss Mills y a Dora; también
estaba Jip. Miss Mills copiaba música (recuerdo que
era una romanza nueva, titulada De profundis amo-
ris) y Dora pintaba flores. ¡Juzgad de mis sentimien-
tos cuando reconocí mis flores, el ramo del mercado
de Covent Garden! No puedo decir que se pareciera
mucho, ni que yo hubiera visto nunca flores como
aquellas; pero reconocí la intención en el papel que
las envolvía, que, ese sí, estaba copiado con mucha
exactitud.
Miss Mills estaba encantada de verme; sentía infi-
nitamente que su papá hubiera salido, aunque me
pareció que soportamos su ausencia con bastante
resignación. Miss Mills sostuvo la conversación
durante un momento; después, pasando su pluma
por el De profundis amoris, se levantó y se fue.
Yo empezaba a creer que dejaría la cosa para el
día siguiente.
-Supongo que su pobre caballo no estaría muy
cansado la otra noche cuando volvió usted -me dijo
Dora levantando sus hermosos ojos-; fue una ex-
cursión muy larga para él.
Empecé a creer que sería aquella misma tarde.
-Sí; fue una excursión muy larga para él, pues el
pobre animal no tenía nada que le sostuviera duran-
te el viaje.
-¿No le habían dado de comer? ¡Pobre animal!
Empecé a creer que lo dejaría para el día siguien-
te.
-¡Perdone! Le habían dado de comer; pero quiero
decir que no gozaba tanto como yo de la inefable
felicidad de estar a su lado.
Dora bajó la cabeza sobre su cuaderno y dijo al
cabo de un momento (durante aquel tiempo yo es-
taba en un estado febril y sintiendo mis piernas tie-
sas como palos):
-Durante parte del día no parecía sentir usted esa
felicidad tan vivamente.
Vi que la suerte estaba echada y que había que
terminar allí mismo.
-Parecía interesarle muy poco esa felicidad
--continuó Dora con un ligero movimiento de cejas y
moviendo la cabeza- mientras estaba usted sentado
al lado de miss Kitt.
Debo hacer observar que miss Kitt era la mucha-
cha vestida de rosa, de ojos pequeñitos.
-Además, no sé por qué tenía que haberle impor-
tado -dijo Dora-, ni por qué dice usted que era una
felicidad. Pero probablemente no piensa usted todo
lo que dice. Y es usted muy libre de hacer lo que le
parezca. ¡Jip, malo; ven aquí!
No sé lo que hice; pero todo fue dicho en un
momento. Corté el paso a Jip, cogí a Dora en
mis brazos. Estaba lleno de elocuencia; no ne-
cesitaba buscar las palabras; le dije a Dora todo
lo que la amaba; le dije que me moriría sin ella;
le dije que la idolatraba. Jip ladraba con furia to-
do el tiempo.
Cuando Dora bajó la cabeza y se puso a llorar
temblando, mi elocuencia no conoció límites. Le dije
que no tenía más que decir una palabra y estaba
dispuesto a morir por ella; que a ningún precio quer-
ía la vida sin el amor de Dora; que no quería ni pod-
ía soportarla. La amaba desde el primer día, y había
pensado en ella en todos los minutos del día y de la
noche. En el momento mismo en que estaba
hablando la amaba con locura, la amaría siempre
con locura. Antes que yo había habido amantes y
los habría después; pero nunca ninguno podría ni
querría amar como yo amaba a Dora.
Cuantas más locuras decía, más ladraba Jip. Él y
yo parecía que estábamos a ver cuál de los dos se
mostraba más insensato. Y poco a poco Dora y yo
resultamos sentados en el diván tranquilamente,
con Jip sobre las rodillas de su dueña, mirándome
tranquilizado. Mi espíritu estaba libre de su peso:
era completamente dichoso; Dora y yo estábamos
prometidos.
Supongo que teníamos alguna idea de que aque-
llo debía terminar en matrimonio. Lo pienso, porque
Dora declaró que no nos casaríamos sin el consen-
timiento de su padre; pero en nuestra alegría infantil
creo que no mirábamos adelante ni atrás; el presen-
te, en su ignorancia inocente, nos bastaba. Debía-
mos guardar nuestro compromiso secreto, y ni si-
quiera se me ocurrió la idea de que pudiera haber
en aquel procedimiento algo que no fuera correcto.
Miss Mills estaba más pensativa que de costum-
bre cuando Dora, que había ido a buscarla, la trajo,
supongo que sería porque lo que acababa de suce-
der despertaba los ecos dormidos en las cavernas
de la memoria. Sin embargo, nos dio su bendición y
nos prometió una amistad eterna, y nos habló en
general, como era natural, con una voz que salía del
claustro profético.
¡Qué niñadas! ¡Qué tiempo de locuras, de ilusio-
nes y de felicidad!
Cuando tomé la medida del dedo de Dora para
hacerle un anillo compuesto de « no me olvides», el
joyero a quien lo encargué adivinó de lo que se
trataba y se echó a reír mientras tomaba nota de mi
encargo, y me preguntó todo lo que le convino para
aquella joyita adornada de piedras azules, que se
une de tal modo todavía en mi memoria al recuerdo
de la mano de Dora, que ayer, al ver un anillo seme-
jante en el dedo de mi hija, he sentido mi corazón
estremecerse de dolor por un momento.
Cuando me paseaba exaltado por mi secreto y mi
importancia, pareciéndome que el honor de amar a
Dora y de ser amado por ella me elevaba tan por
encima de los que no estaban admitidos a aquella
felicidad y que se arrastraban por la tierra como si
yo hubiera volado.
Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza y
charlábamos en el pabellón polvoriento, donde éra-
mos tan dichosos que todavía ahora amo los gorrio-
nes de Londres por la sola razón de que veo los
colores del arco iris en sus plumas de humo.
Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión,
ocho días después de empezar nuestro noviazgo, y
Dora me devolvió el anillo encerrado en una carta
triangular con esta terrible frase: «Nuestro amor
empezó con la locura y termina con la desespera-
ción», y al leer aquello yo me arrancaba los cabellos
y pensaba que todo había terminado.
Cuando al oscurecer volé a casa de miss Mills y la
vi, a hurtadillas, en una antecocina, donde había
una lixiviadora, y le supliqué que intercediera con
Dora y que nos salvara de nuestra locura.
Cuando miss Mills consintió en encargarse y vol-
vió con Dora exhortándonos desde lo alto de su
juventud rota para que hiciéramos concesiones
mutual, con objeto de evitar el desierto de Sahara.
Cuando nos echamos a llorar y nos reconciliamos
para gozar de nuevo de una felicidad tan viva en
aquella antecocina con la lixiviadora, que por lo
menos nos parecía el templo del Amor, y cuando
arreglamos un sistema de correspondencia que
debía pasar por manos de miss Mills, y que suponía
por lo menos una carta diaria por ambas partes.
¡Cuántas niñerías! ¡Qué tiempos de felicidad, de
ilusiones y de locuras! De todas las épocas de mi
vida que el tiempo tiene en su mano no hay ninguna
cuyo recuerdo traiga a mil labios tantas sonrisas y a
mi corazón tanta ternura.
CAPÍTULO XIV
MI TÍA ME SORPRENDE
En cuanto fuimos novios Dora y yo, escribí a Ag-
nes. Le escribí una carta muy larga, en la que trata-
ba de hacerle comprender lo dichoso que era y lo
que valía Dora. Le suplicaba que no considerase
aquello como una pasión frívola, que podría ceder
su lugar a otra, ni que lo comparase lo más mínimo
a las fantasías de niño sobre las que acostumbraba
a bromear. Le aseguraba que mi amor era un abis-
mo de una profundidad insondable, y expresaba mi
convicción de que nunca se había visto nada seme-
jante.
No sé cómo fue; pero mientras escribía a Agnes,
en una hermosa tarde, al lado de mi ventana abier-
ta, con el recuerdo, presente en mis pensamientos,
de sus ojos serenos y limpios y de su dulce rostro,
sentí una extraña dulzura que calmaba el estado
febril en que vivía desde hacía algún tiempo y que
se mezclaba en mi felicidad misma haciéndome
llorar. Recuerdo que apoyé mi cabeza en la mano
cuando estaba la carta a medio escribir y que me
puse a soñar pensando que Agnes era naturalmen-
te uno de los elementos necesarios en mi hogar. Me
parecía que en el retiro de aquella casa, que su
presencia hacía para mí sagrada, seríamos Dora y
yo más dichosos que en cualquier otro lado. Me
parecía que en el amor, en la alegría y en la pena,
la esperanza o la decepción en todas sus emocio-
nes, mi corazón se volvía naturalmente hacia ella
como hacia su refugio y su mejor amiga.
No le hablé de Steerforth; nada más le dije que
había tenido muchas penas en Yarmouth a conse-
cuencia de la pérdida de Emily, y que había sufrido
doblemente a causa de las circunstancias que la
habían acompañado. Ella con su intuición adivinaría
la verdad, y sabía que no me hablaría nunca de ello
la primera.
Recibí a vuelta de correo contestación a mi carta.
Al leerla me parecía oírla hablar; creía que su dulce
voz resonaba en mis oídos. ¿Qué más puedo decir?
Durante mis frecuentes ausencias Traddles había
venido a verme dos o tres veces. Había encontrado
a Peggotty: ella no había dejado de decirle, como a
todo el que quería oírla, que era mi antigua niñera, y
él había tenido la bondad de quedarse un momento
para hablar de mí con ella. Al menos eso me había
dicho Peggotty. Pero yo temo que la conversación
no fuera toda de su parte y de una duración desme-
surada, pues era muy difícil atajar a la buena mujer
(que Dios bendiga) cuando había empezado a
hablar de mí.
Esto me recuerda no solamente que estaba espe-
rando a Traddles un día que él me había fijado, sino
que mistress Crupp había renunciado a todas las
particularidades de su oficio (excepto el salario),
mientras Peggotty no dejara de presentarse en mi
casa. Mistress Crupp, después de haberse permiti-
do muchas conversaciones sobre la cuenta de Peg-
gotty, en alta voz, en la escalera, con algún espíritu
familiar que sin duda se le aparecía (pues, a la vis-
ta, estaba completamente sola en aquellos monólo-
gos), decidió dirigirme una carta en la que me des-
arrollaba sus ideas. Empezaba con una aclaración
de aplicación universal, y que se repetía en todos
los sucesos de su vida, a saber: que «ella también
era madre»; después me decía que había visto días
mejores, pero que en todas las épocas de su exis-
tencia había tenido una antipatía invencible por los
espías, los indiscretos y los chismosos. No citaba
nombres; decía que yo podría adivinar a quién se
referían aquellos títulos; pero ella había sentido
siempre el más profundo desprecio por los espías,
los indiscretos y los chismosos, particularmente
cuando esos defectos se encontraban en una per-
sona que llevaba el luto de viuda (esto subrayado).
Si a un caballero le convenía ser víctima de los esp-
ías, de los indiscretos y de los chismosos (siempre
sin citar nombres), era muy dueño. Tenía derecho a
hacer lo que me conviniera; pero ella, mistress
Crupp, lo único que pedía era que no la pusieran en
contacto con semejantes personas. Por esta causa
deseaba ser dispensada de todo servicio en las
habitaciones del segundo hasta que las cosas
hubieran recobrado su antiguo curso, lo que era
muy de desear. Añadía que su cuaderno se encon-
traría todos lo sábados por la mañana en la mesa
del desayuno, y que pedía el pago inmediato con el
objeto caritativo de evitar confusiones y dificultades
a «todas las partes interesadas».
Después de esto mistress Crupp se limitó a poner
trampas en la escalera, especialmente con puche-
ros, para ver si Peggotty se rompía la cabeza. Aquel
estado de sitio me resultaba un poco cansado; pero
tenía demasiado miedo a mistress Crupp para deci-
dirme a salir de él.
-¡Mi querido Copperfield-exclamó Traddles apare-
ciendo puntualmente a pesar de todos aquellos
obstáculos-, ¿cómo estás?
-¡Mi querido Traddles! -le dije- Estoy encantado
de verte por fin, y siento no haber estado en casa
las otras veces; pero he tenido tanto que hacer...
-Sí, sí -dijo Traddles-; es natural. ¿La « tuya» vive
en Londres supongo?
-¿De quién hablas?
-De ella, dispénsame; de miss D..., ya sabes -dijo
Traddles enrojeciendo por un exceso de delicadeza-
Vive en Londres, ¿no es así?
-¡Oh, sí; cerca de Londres!
-La mía... quizá recuerdas -dijo Traddles en tono
grave- que vive en Devonshire... Son diez hijos...
Así es que yo no estoy tan ocupado como tú en ese
asunto.
-Me pregunto -le dije- cómo puedes soportar el
verla tan de tarde en tarde.
-¡Ah! -dijo Traddles pensativo- Yo también me lo
pregunto. Supongo, Copperfield, que es porque no
tengo más remedio.
-Ya comprendo que esa debe de ser la razón
-repliqué sonriendo y ruborizándome un poco-; pero
también es que tienes mucho valor y paciencia,
Traddles.
-¿Tú lo crees? -dijo Traddles reflexionando- ¿Esa
sensación te transmito, Copperfield? No lo creía.
Pero es tan buena chica, que es muy posible que
me haya transmitido alguna de las cualidades que
posee. Ahora que me lo haces observar, Copper-
field, no me extrañaría nada. Te aseguro que se
pasa la vida olvidándose de sí misma para pensar
en los otros nueve.
-¿Es la mayor? -pregunté.
-¡Oh, no! -dijo Traddles-. La mayor es una belleza.
Supongo que se dio cuenta de que no pude por
menos de sonreír de la tontería de su respuesta, y
puso su expresión ingenua y sonriente.
-Claro está que eso no quiere decir que mi Sofía...
Es bonito nombre, ¿verdad, Copperfield?
-Muy bonito -dije.
-Pues no quiere decir que mi Sofía no sea tam-
bién encantadora a mis ojos, y que no le haga a
todo el mundo el mejor efecto; pero cuando digo
que la mayor es una belleza quiero decir, verdade-
ramente... (hizo el gesto de reunir pubes alrededor
de sí con las dos manos) magnífica; te lo aseguro
--dijo Traddles con energía.
-¿De verdad? --dije.
-¡Oh!, te lo aseguro -dijo Traddles-; una cosa ver-
daderamente extraordinaria. Y, como es natural,
está hecha para brillar en el mundo y que la admi-
ren, aunque no tiene ocasión a causa de su poca
fortuna. Por eso a veces es un poco irritable, un
poco exigente. Felizmente, Sofía la pone de buen
humor.
-¿Sofía es la más pequeña? -pregunté.
-¡Oh, no! -dijo Traddles acariciándose la barbilla-.
Las dos más pequeñas tienen nueve y diez años.
Sofía las educa.
-¿Es la segunda por casualidad? -me atreví a pre-
guntar.
-No -dijo Traddles-; Sarah es la segunda; Sarah
tiene algo en la espina dorsal; ¡pobrecilla! Los médi-
cos dicen que se curará; pero entre tanto tiene que
estar siempre acostada boca arriba. Sofía la cuida.
Sofía es la cuarta.
-Y la madre ¿vive? -pregunté.
-¡Oh, sí! -dijo Traddles-. Y es verdaderamente una
mujer superior; pero la humedad del clima no la
conviene; y... el caso es que no puede moverse.
-¡Qué desgracia!
-Sí, es muy triste -repuso Traddles-. Pero desde el
punto de vista de los quehaceres de la casa es me-
nos incómodo de lo que podría suponerse, porque
Sofía la reemplaza. Sirve de madre a su madre
tanto como a los otros nueve.
Yo sentía la mayor admiración por las virtudes de
aquella muchacha, y con objeto de hacer lo posible
para que no abusaran de la buena voluntad de
Traddles en detrimento de su porvenir común, le
pregunté noticias de míster Micawber.
-Está muy bien, gracias, Copperfield --dijo Tradd-
les-; pero de momento no vivo en su casa.
-¿No?
-No. A decir verdad -repuso Traddles hablando
muy bajo-, ahora ha tomado el nombre de Mortimer,
a causa de sus dificultades temporales; y sólo sale
con gafas. Ha habido un embargo. Mistress Micaw-
ber estaba en un estado tan horrible, que yo, verda-
deramente, no he podido por menos de firmar el
segundo pagaré de que hablamos. Y puedes figu-
rarte, Copperfield, mi alegría al ver que aquello de-
volvía la alegría a mistress Micawber.
-¡Hum! -hice.
-Aunque su felicidad no ha durado mucho -añadió
Traddles-, pues, desgraciadamente, al cabo de
ocho días ha habido un nuevo embargo. Entonces
nos hemos dispersado. Yo desde entonces vivo en
una habitación amueblada y los Mortimer viven ab-
solutamente retirados. Espero que no me tacharás
de egoísta, Copperfield, si no puedo por menos de
sentir que el comprador de los muebles se haya
apoderado de mi mesita redonda con tablero de
mármol, y del florero y el estante de Sofía.
-¡Qué crueldad! -exclamé con indignación.
-Eso me ha parecido... un poco duro -dijo Tradd-
les con su gesto peculiar cuando empleaba aquella
frase-. Además, no digo esto acusando a nadie;
pero el caso es, Copperfield, que no he podido res-
catar esos objetos en el momento del embargo;
primero, porque el comerciante, dándose cuenta de
lo que me interesaba, pedía un precio altísimo, y
además, porque... no tenía dinero. Pero desde en-
tonces no he perdido de vista la tienda --dijo Tradd-
les, pareciendo gozar con delicia de aquel misterio-.
Está en lo alto de TottenhamCourt-Road y, por fin,
hoy los he visto en el escaparate. Únicamente he
mirado al pasar desde la otra acera, porque si el
comerciante me ve pedirá un precio ...; pero he
pensado que, puesto que tenía dinero, no te impor-
taría que tu buena niñera viniera conmigo a la tien-
da. Yo le enseñaré los objetos desde una esquina, y
ella podrá comprármelos lo más barato posible,
como si fueran para ella.
La alegría con que Traddles me desarrolló su plan
y el placer que sentía al verse tan astuto están gra-
bados en mi memoria, y es uno de los recuerdos
más claros.
Le dije que Peggotty se encantaría de poder
hacerle aquel pequeño favor y que podríamos entre
los tres resolver el asunto; pero con una condición.
Esta condición era que tomaría una determinación
solemne de no volver a prestar nada a míster Mi-
cawber, ni el nombre ni nada.
-Mi querido Copperfield -me dijo Traddles-, es co-
sa hecha; no únicamente porque me doy cuenta de
que he obrado con precipitación, sino porque es una
verdadera injusticia hacia Sofía, y me la reprocho.
He dado mi palabra, y no hay nada que temer; pero
también te la doy de todo corazón. He firmado ese
desgraciado pagaré. No dudo de que míster Micaw-
ber, si hubiera podido lo hubiese pagado él; pero no
podía. Debo decirte una cosa que me gusta mucho
en míster Micawber, Copperfield, y es con respecto
al segundo pagaré, que todavía no ha vencido. Ya
no me dice que lo ha pagado, sino que lo pagará.
Verdaderamente me parece que su proceder es
muy honrado y muy delicado.
Me repugnaba el destruir la confianza de mi ami-
go, y le hice un signo de asentimiento. Después de
un momento de conversación tomamos el camino
de la tienda de velas para recoger a Peggotty, pues
Traddles se había negado a pasar la tarde conmigo,
en primer lugar porque sentía la mayor inquietud por
sus propiedades, no fuera a ser que cualquier otra
persona las comprase antes de hacerlo él, y
además porque era la tarde que dedicaba siempre a
escribir a la mejor muchacha del mundo.
No olvidaré nunca la mirada que lanzó desde la
esquina de la calle hacia Tottenham-Court-Road,
mientras Peggotty regateaba aquellos objetos pre-
ciosos, ni su agitación cuando volvió lentamente
hacia nosotros después de haber ofrecido inútilmen-
te su precio, hasta que el comerciante la volvió a
llamar y retrocedió. Por fin consiguió los objetos de
Traddles en un precio bastante moderado; y Tradd-
les estaba loco de alegría.
-Estoy agradecidísimo -dijo Traddles, al saber que
le enviarían todo a su casa aquella misma tarde-.
Pero si se atreviera le pediría todavía un favor. Es-
pero que no te parecerá mi deseo demasiado ab-
surdo, Copperfield.
-De verdad que no -respondí de antemano.
-Entonces -dijo Traddles dirigiéndose a Peggotty-,
si tuviera usted la bondad de traenne el florero en-
seguida. Me gustaría llevarlo yo mismo, por ser de
Sofía, Copperfield.
Peggotty fue a buscar el florero de muy buena vo-
luntad. Él le dio las gracias calurosamente, y le vi-
mos subir por Tottenham-Court-Road con el florero
apretado tiernamente en sus brazos y una expre-
sión de júbilo que nunca he visto a nadie.
Enseguida emprendimos el camino de mi casa.
Como los escaparates poseían para Peggotty en-
cantos que no les he visto desplegar jamás sobre
nadie en el mismo grado, andaba lentamente, divir-
tiéndome viéndoselos mirar y esperándola siempre
que le convenía detenerse. Tardamos bastante
antes de llegar a Adelphy.
Mientras subíamos la escalera le hice observar
que las trampas de mistress Crupp habían desapa-
recido de repente y que se veían huellas recientes
de pasos. Los dos nos sorprendimos mucho al se-
guir subiendo y ver abierta la primera puerta, que yo
había dejado cerrada al salir, y oyendo voces en mi
casa.
Nos miramos con asombro, sin saber qué pensar,
y entramos en el gabinete. ¡Cuál sería mi sorpresa
al encontrarme con las personas que menos me
hubiera imaginado: mi tía y mister Dick! Mi tía esta-
ba sentada sobre un montón de maletas, la jaula de
los pájaros ante ella y el gato sobre sus rodillas,
como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una
taza de té. Mister Dick se apoyaba pensativo en una
gran cometa semejante a las que habíamos lanzado
juntos tan a menudo, y estaba rodeado de otra car-
ga de maletas.
-Mi querida tía -exclamé-, ¡qué placer tan inespe-
rado!
Nos abrazamos tiernamente. Estreché con cordia-
lidad la mano a mister Dick, y mistress Crupp, que
estaba haciendo el té y prodigando sus atenciones
a mi tía, dijo con viveza que ya sabía ella la alegría
de mister Copperfield al ver a sus queridos parien-
tes.
-Vamos, vamos -dijo mi tía a Peggotty, que tem-
blaba en su terrible presencia-, ¿cómo está usted?
-¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? -le dije.
-¡En nombre del cielo, hijo mío --exclamó mi tía-,
no llames a esa mujer con ese nombre salvaje!
Puesto que al casarse se ha desembarazado de él,
que era lo mejor que podia hacer, ¿por qué no con-
cederle al menos las ventajas del cambio? ¿Cómo
se llama usted ahora, P...? --dijo mi tía, usando esta
abreviatura para evitar el nombre que tanto la nuo-
lestaba.
-Barkis, señora -dijo Peggotty haciendo una reve-
rencia. -Vamos; eso es más humano --dijo mi tía-;
ese nombre no tiene el aire pagano del otro, que
hay que reparar con el bautismo de un misionero.
¿Cómo está usted, Barkis? ¿Supongo que está
usted bien?
Animada por aquellas graciosas palabras y por la
prisa de mi tía a tenderle la mano, Barkis se ade-
lantó para tomarla con una reverencia de gracias.
-Hemos envejecido desde aquellos tiempos -dijo
mi tía-. No nos hemos visto más que una vez. Buen
trabajo hicimos aquel día. Trot, hijo mío, dame otra
taza de té.
Serví a mi tía el brebaje que me pedía, siempre
tan tiesa como de costumbre, y me aventuré a
hacerle observar que no era un asiento muy cómo-
do una maleta.
-Déjeme que le acerque el diván o el sillón, tía;
está usted muy mal ahí.
-Gracias, Trot -replicó-; prefiero estar sentada en-
cima de mis trastos.
Y mirando a mistress Crupp a la cara le dijo:
-No se tome el trabajo de esperar, señora.
-¿Quiere usted que ponga un poco más de té en
la tetera, señora? -dijo mistress Crupp.
-No, gracias -replicó mi tía.
-¿Quiere usted permitirme que traiga un poco más
de manteca, señora, o un huevo fresco, o que le
ase un trozo de tocino? ¿No puedo hacer nada más
por su querida tía, míster Copperfield?
-Nada, señora; lo haré yo sola, muchas gracias.
Mistress Crupp, que sonreía sin cesar para de-
mostrar una gran dulzura de carácter, y que ponía
siempre la cabeza de medio lado para simular una
gran debilidad de constitución, y que se frotaba a
cada momento las manos para manifestar su deseo
de ser útil a todos los que lo merecían, terminó por
salir de la habitación con la cabeza de medio lado,
frotándose las manos y sonriendo.
-Dick --dijo mi tía---, ya sabe lo que le he dicho de
los cortesanos y los adoradores de la fortuna.
Míster Dick respondió afirmativamente, pero un
poco asustado y como si hubiera olvidado lo que
debía recordar tan bien.
-Pues bien; mistress Crupp es de ellos -dijo mi
tía-. Barkis: ¿quiere usted hacer el favor de cuidarse
del té y de darme otra taza? No quería tomarla de
manos de esa intrigante.
Conocía lo bastante a mi tía para saber que tenía
algo importante que decirme y que su llegada tenía
más importancia de lo que un extraño hubiera podi-
do suponer. Observé que sus miradas estaban
constantemente fijas en mí cuando se creía que yo
no la veía, y que estaba en un estado de indecisión
y de inquietud interior mal disimulado por la calma y
la rectitud que conservaba exteriormente. Empeza-
ba a temer haber hecho algo que pudiera ofenderla,
y mi conciencia me dijo bajito que todavía no le
había hablado de Dora. ¿No sería aquello por ca-
sualidad?
Como sabía que no hablaría hasta que le diera la
gana, me senté a su lado y me puse a hablar con
los pájaros y a jugar con el gato, como si estuviera
muy tranquilo; pero no lo estaba nada, y mi inquie-
tud aumentó al ver que míster Dick, apoyado en su
gran cometa detrás de mi tía, aprovechaba todas
las ocasiones en que no nos observaban para
hacerme señas misteriosas, señalándome a mi tía.
-Trot -me dijo por fin cuando terminó su té y des-
pués de haberse enjugado los labios y arreglado
cuidadosamente los pliegues de la falda---... ¡No
necesita usted marcharse, Barkis! Trot, ¿tienes ya
más confianza en ti mismo?
-Creo que sí, tía.
-Pero, ¿estás bien seguro?
- Creo que sí, tía.
-Entonces, hijo mío -me dijo mirándome fijamen-
te-,¿sabes por qué tengo tanto interés en estar sen-
tada encima de mi equipaje?
Sacudí la cabeza, como hombre que echa su len-
gua a los perros.
-Porque es todo lo que me queda; porque estoy
arruinada, hijo mío.
Si la casa hubiera caído al río con todos nosotros
dentro creo que el golpe no hubiera sido más violen-
to para mí.
-Dick lo sabe --dijo tranquilamente mi tía ponién-
dome una mano en el hombro-; estoy arruinada, mi
querido Trot. Todo lo que me queda en el mundo
está aquí, excepto la casita, que he dejado a Janet
el cuidado de alquilar. Barkis, hay que buscar a este
caballero un sitio donde pasar la noche. Con objeto
de evitar el gasto, quizá podríamos arreglar aquí
algo para mí, no importa cómo. Es para esta noche
solamente; ya hablaremos de ello más despacio.
Me sacó de mi sorpresa y de la pena que sentía
por ella .... por ella, estoy seguro, el verla caer en
mis brazos, exclamando que sólo lo sentía por mí;
pero un minuto le bastó para dominar su emoción, y
me dijo, con más aire de triunfo que de abatimiento.
-Hay que soportar con valor las contrariedades,
sin dejarnos asustar, hijo mío; hay que sostener el
papel hasta el fin. Hay que desafiar a la desgracia
hasta el fin, Trot.
CAPÍTULO XV
DEPRESIÓN
Cuando recobré mi presencia de ánimo, que en el
primer momento me había abandonado por comple-
to bajo el golpe de la noticia de mi tía, propuse a
míster Dick que viniera a la tienda de velas a tomar
posesión de la cama que míster Peggotty había
dejado vacía hacía poco. La tienda de velas se en-
contraba en el mercado de Hungerford, que enton-
ces no se parecía nada a lo que es ahora, y tenía
delante de la puerta un pórtico bajo, compuesto de
columnas de madera, que se parecía bastante al
que se veía antes en la portada de la casa del hom-
brecito y la mujercita de los antiguos barómetros.
Aquella obra de arte de la arquitectura le gustó infi-
nitamente a míster Dick, y el honor de habitar enci-
ma de aquellas columnas yo creo que le hubiera
consolado de muchas molestias; pero como en rea-
lidad no había más objeción que hacer al alojamien-
to que la variedad de perfumes de que he hablado,
y quizá también la falta de espacio en la habitación,
quedó encantado de su alojamiento. Mistress Crupp
le había declarado con indignación que no había
sitio ni para hacer bailar a un gato; pero, como me
decía muy justamente míster Dick sentándose a los
pies de la cama y acariciando una de sus piernas:
-Usted sabe muy bien, Trotwood, que yo no nece-
sito hacer bailar a ningún gato, que nunca he hecho
bailar a ningún gato; por lo tanto, ¿a mí qué me
importa?
Traté de descubrir si míster Dick tenía algún co-
nocimiento de las causas de aquel gran y repentino
cambio en los intereses de mi tía; pero, como me
esperaba, no sabía nada. Todo lo que podía decir-
me es que mi tía le había apostrofado así la ante-
víspera: «Veamos, Dick, ¿es usted verdaderamente
todo lo filósofo que yo creo?». «Sí», había res-
pondido él. Entonces mi tía le había dicho: «Dick,
estoy arruinada», y él había exclamado: «¡Oh! ¿De
verdad?». Después mi tía le había elogiado mucho,
lo que le había causado mucha alegría, y habían
venido a buscarme comiendo sándwiches y bebien-
do cerveza en el camino.
Míster Dick estaba tan radiante a los pies de su
cama acariciándose la pierna mientras me decía
todo esto, con los ojos muy abiertos y una sonrisa
de sorpresa, que siento decir que me impacienté y
que llegué a explicarle que quizá no sabía lo que la
palabra ruina traía tras de sí de desesperación, de
necesidad, de hambre; pero pronto fui cruelmente
castigado por mi dureza al verle ponerse pálido y
alargársele el rostro y correr lágrimas por sus meji-
llas, mientras me lanzaba una mirada tan desespe-
rada, que hubiera ablandado un corazón infinita-
mente más duro que el mío. Me costó mucho más
trabajo animarle de lo que me había costado aba-
tirle, y comprendí enseguida que debía de haber
adivinado desde el primer momento que si él había
demostrado tanta confianza es porque tenía una fe
inquebrantable en mi tía, en su sabiduría maravillo-
sa y en los recursos infinitos de mis facultades inte-
lectuales, pues creo que me creía capaz de luchar
victoriosamente contra todos los infortunios que no
fueran la muerte.
-¿Qué podemos hacer, Trot? -dijo míster Dick-.
Está la Memoria...
-Ciertamente está la Memoria -le dije-; pero de
momento la única cosa que podemos hacer, míster
Dick, es serenamos y que mi tía no vea que nos
preocupan sus asuntos.
Estuvo de acuerdo conmigo al momento y me su-
plicó que, en el caso en que le viera apartarse un
paso del buen camino, que le atrajera a él por algu-
no de los medios ingeniosos que yo siempre tenía a
mano. Pero siento decir que le había asustado de-
masiado para que pudiera ocultar su temor. Toda la
noche estuvo mirando sin cesar a mi tía con una ex-
presión de la más penosa inquietud, como si se
esperase verla adelgazar de repente. Cuando se
daba cuenta hacía esfuerzos inauditos para no mo-
ver la cabeza; pero por muy inmóvil que la tuviera
volvía los ojos, lo que era casi peor. Le vi mirar du-
rante la comida el panecillo que había encima de la
mesa como si no quedara más que aquello entre
nosotros y el hambre. Y cuando mi tía insistió para
que comiera como de costumbre, me di cuenta de
que se guardaba en el bolsillo pedazos de pan y de
queso, sin duda para proporcionarse con aquellas
economías el medio de volvemos a la vida cuando
estuviéramos extenuados por el hambre.
Mi tía, por el contrario, estaba tranquila y podía
servimos de ejemplo a todos, a mí el primero. Esta-
ba amable con Peggotty, excepto cuando la llamaba
así por distracción, y parecía encontrarse comple-
tamente a sus anchas a pesar de su conocida re-
pugnancia por Londres. Ella se acostaría en mi ca-
ma y yo en el gabinete, sirviéndole de cuerpo de
guardia. Insistió mucho sobre las ventajas de estar
tan cerca del río, para caso de incendio, y yo creo
que verdaderamente le producía satisfacción aque-
lla circunstancia.
-No, Trot; no, hijo mío -me dijo mi tía cuando me
vio hacer los preparativos para componer su breba-
je de la noche.
-¿No lo quiere usted, tía?
-Vino no, hijo mío; cerveza.
-Pero tengo vino, y lo que usted toma siempre es
vino.
-Guarda el vino para el caso en que haya algún
enfermo -me dijo-; no hay que malgastarlo. Trot,
dame cerveza; media botella.
Creí que míster Dick iba a desmayarse. Mi tía
persistía en su negativa, y tuve que salir para bus-
car yo mismo la cerveza. Como se hacía tarde,
míster Dick y Peggotty aprovecharon la ocasión
para tomar juntos el camino de la tienda de velas.
Me despedí del pobre hombre en la esquina, y se
alejó con su gran cometa a la espalda y llevando en
su rostro la verdadera imagen de la miseria huma-
na.
A mi regreso encontré a mi tía paseándose de
arriba abajo por la habitación y plegando con sus
dedos los adornos de su cofia de dormir. Le calenté
la cerveza y tosté el pan según los principios esta-
blecidos, y cuando la bebida estuvo preparada, mi
tía también lo estaba con la cofia en la cabeza, la
falda un poco remangada y las manos sobre las
rodillas.
-Querido mío -me dijo después de tomar una cu-
charadita del líquido-, es mucho mejor que el vino, y
además menos bilioso.
Supongo que no debía de parecer muy convenci-
do, pues añadió:
-Ta, ta, ta, hijo mío; si no nos sucede nada peor
que beber cerveza, no nos podremos quejar.
-Le aseguro, tía, que no se trata de mí; estoy muy
lejos de decir lo contrario.
-Pues bien; entonces, ¿por qué no es esa tu opi-
nión?
-Porque usted y yo somos diferentes -contesté.
-Vamos, Trot, qué locura -replicó ella.
Mi tía continuó con una satisfacción tranquila y
nada afectada, lo aseguro, bebiendo su cerveza
caliente a cucharaditas y mojando los picatostes.
-Trot -me dijo-, por lo general no me gustan las
caras nuevas; pero tu Barkis no me disgusta, ¿sa-
bes?
-Si me hubieran dado cien libras, tía, no me hubie-
ra alegrado tanto; y soy feliz viendo que la aprecia
usted.
-Es un mundo muy extraordinario este en que vi-
vimos -repuso mi tía frotándose la nariz-; no puedo
explicarme dónde ha ido esta mujer a buscar un
nombre semejante. Dime si no sería mucho más
fácil nacer Jackson o cualquier cosa menos eso.
-Quizá ella misma piense eso, tía; pero no es su-
ya la culpa.
-Claro que no -contestó mi tía, un poco contraria-
da por tener que confesarlo-; pero no por eso es
menos desesperante. En fin, ahora se llama Barkis,
y es un consuelo. Barkis te quiere con todo su co-
razón, Trot.
-No hay nada en el mundo que no estuviera dis-
puesta a hacer para demostrármelo.
-Nada, es verdad, lo creo -dijo mi tía-. ¿Querrás
creer que la pobre loca estaba hace un momento
pidiéndome con las manos juntas que aceptara
parte de su dinero, porque tenía demasiado? ¡Será
idiota!
Las lágrimas de mi tía caían en su cerveza.
-Nunca he visto a nadie tan ridículo -añadió-.
Desde el primer momento que la vi al lado de tu
madrecita adiviné que debía de ser la criatura más
ridícula del mundo; pero tiene buenas cualidades.
Mi tía hizo como que se reía, y aprovechó la oca-
sión para llevar la mano a sus ojos; después siguió
comiendo sus tostadas y hablando al mismo tiempo.
-¡Ay! ¡Misericordia! --dijo mi tía suspirando- Sé to-
do lo que ha pasado, Trot. He tenido una larga con-
versación con Barkis mientras tú habías salido con
Dick. Sé todo lo que ha pasado. Por mi parte, no
comprendo lo que esas miserables chicas tienen en
la cabeza; y me pregunto cómo no prefieren ir a
rompérsela contra... contra una chimenea --dijo mi
tía mirando a la mía, que fue probablemente la que
le sugirió la idea.
-¡Pobre Emily! --dije.
-¡Oh! No digas pobre Emily -replicó mi tía-; hubie-
ra debido pensar en toda la pena que causaba.
Dame un beso, Trot; siento mucho que tan joven
tengas ya una experiencia tan triste en tu vida.
En el momento en que me inclinaba hacia ella,
dejó su vaso en mis rodillas, para detenerme, y dijo:
-¡Oh! ¡Trot, Trot! ¿Te figuras que estás enamora-
do, no?
-¿Cómo que me figuro, tía? --exclamé enrojecien-
do. La adoro con toda mi alma.
-¿A Dora? ¿De verdad? -replicó mi tía---. Y estoy
segura de que te parece esa criaturita muy seducto-
ra.
-Querida tía -le contesté-, nadie puede hacerse
idea de lo que es.
-¡Ah! ¿No es demasiado tonta? --dijo mi tía.
-¿Tonta, tía mía?
Creo seriamente que nunca se me había ocurrido
preguntarme si lo era o no. Aquella suposición me
ofendió, naturalmente, pero me sorprendió como
una idea completamente nueva.
-Según eso ¿no será un poco frívola? -dijo mi tía.
-¿Frívola, tía? -Me limité a repetir aquella pregun-
ta atrevida con el mismo sentimiento que había
repetido la primera.
-¡Está bien, está bien! --dijo mi tía-. Quería única-
mente saberlo; no hablo mal de ella. ¡Pobres chicos!
Y os creéis hechos el uno para el otro y os véis ya
atravesando una vida llena de dulzuras y de confi-
tes, como las dos figuritas de azúcar que adoman la
tarta de la recién casada en una comida de bodas,
¿no es verdad, Trot?
Hablaba con tal bondad y dulzura, casi de broma,
que me conmovió.
-Ya sé que somos muy jóvenes y sin experiencia,
tía -contesté-, y que no diremos y haremos cosas
nada razonables; pero estoy seguro de que nos
queremos de verdad. Si creyera que Dora podía
querer a otro o dejar de quererme, o que yo pudiera
amar a otra mujer o dejar de quererla, no sé lo que
haría..., creo que me volvería loco.
-¡Ah, Trot! -dijo mi tía sacudiendo la cabeza y son-
riendo tristemente-. ¡Ciego, ciego, ciego! Alguien
que yo conozco, Trot -añadió mi tía después de un
momento de silencio-, a pesar de su dulzura de
carácter posee una viveza de afectos que me re-
cuerda a un bebé. Ese alguien debe buscar un apo-
yo fiel y seguro, que pueda sostenerle y ayudarle;
un carácter serio, sincero, constante.
-¡Si supiera usted la constancia y la sinceridad de
Dora, tía mía! --exclamé.
-¡Ay, Trot! -repitió ella-. ¡Ciego, ciego! -y sin saber
por qué me pareció vagamente que perdía en aquel
momento algo, alguna promesa de felicidad que se
escapaba y escondía a mis ojos tras una nube.
-Sin embargo --dijo mi tía--, no quiero desesperar
ni hacer desgraciados a estos dos niños; así, aun-
que sea una pasión de niño y niña, y aunque esas
pasiones muy a menudo..., fíjate bien, no digo
siempre, pero muy a menudo, no conducen a nada,
sin embargo, no lo tomaremos a broma, hablaremos
seriamente y esperaremos que termine bien cual-
quier día. Tenemos tiempo.
No era una perspectiva muy consoladora para un
amante apasionado, pero estaba encantado de que
mi tía conociera el secreto. Recordando que debía
de estar cansada, le agradecí tiernamente aquella
prueba de su afecto, y después de despedirme de
ella con ternura, mi tía y su cofia de dormir fueron a
tomar posesión de mi alcoba.
¡Qué desgraciado fui aquella noche en mi cama!
Mis pensamientos no podían apartarse del efecto
que haría en míster Spenlow la noticia de mi pobre-
za, pues ya no era lo que creía ser cuando había
pedido la mano de Dora, y además me decía que
honradamente debía decir a Dora mi situación y de-
volverle su palabra si lo quería así. Me preguntaba
cómo me las arreglaría para vivir durante todo el
tiempo que tenía que pasar con míster Spenlow sin
ganar nada; me preguntaba cómo podría sostener a
mi tía, y me rompía la cabeza sin encontrar solución
satisfactoria; además, me decía que pronto no
tendría nada de dinero en el bolsillo; que tendría
que llevar trajes raídos, renunciar a los bonitos ca-
ballos grises, a los regalitos que tanto me gustaba
llevar a Dora; en fin, a todo lo que era serle agrada-
ble. Sabía que era egoísmo y que era una cosa
indigna pensar en mis propias desgracias, y me lo
reprochaba amargamente; pero quería demasiado a
Dora para que pudiera ser de otro modo. Sabia que
era un miserable no preocupándome más por mi tía
que por mí mismo; pero mi egoísmo y Dora eran
inseparables, y no podía dejar a Dora de lado por el
amor de ninguna otra criatura humana. ¡Ah! ¡Qué
desgraciado fui aquella noche!
Mi noche estuvo agitada por mil sueños penosos
sobre mi pobreza; pero me parecía que soñaba sin
haberme dormido de antemano. Tan pronto me veía
vestido de harapos y obligando a Dora a it a vender
cerillas a medio penique la caja, como me encon-
traba en la oficina vestido con la camisa de dormir y
un par de botas, y míster Spenlow me reprochaba la
ligereza del traje en que me presentaba a sus clien-
tes; después comía ávidamente las migas que deja-
ba caer el viejo Tifey al comer su bizcocho de todos
los días en el momento en que el reloj de Saint Paul
daba la una; después hacía una multitud de esfuer-
zos inútiles para obtener la autorización oficial ne-
cesaria para mi matrimonio con Dora, sin tener para
pagarla más que uno de los guantes de Uriah Heep,
que el Tribunal rechazaba por unanimidad; por fin,
no sabiendo demasiado dónde estaba, me revolvía
sin cesar, como un barco en peligro, en un océano
de mantas y sábanas.
Mi tía tampoco descansaba; yo la sentía pasearse
de arriba abajo. Dos o tres veces en el curso de la
noche apareció en mi habitación como un alma en
pena, vestida con un largo camisón de franela, que
la hacía parecer de seis pies de estatura, y se acer-
caba al divan en que yo estaba acostado. La prime-
ra vez di un salto de terror ante la noticia de que
tenía motivos para creer por la luz que se veía en el
cielo que la abadía de Westminster estaba ardien-
do. Quiso saber si las llamas no llegarían a Buc-
kingham Street en el caso de que cambiara el vien-
to. Cuando reapareció más tarde no me moví; pero
se sentó a mi lado, diciendo en voz baja: «¡Pobre
muchacho! », y me sentí todavía más desgraciado
al ver lo poco que se preocupaba de sí misma para
pensar en mí, mientras que yo estaba egoístamente
absorto en mis preocupaciones.
Me costaba trabajo pensar que una noche que a
mí me parecía tan larga pudiera parecer corta a
nadie. Y me puse a imaginar un baile en que los
invitados pasaran la noche bailando; después todo
aquello se convirtió en un sueño, y oía a los músi-
cos siempre tocando la misma pieza, mientras veía
a Dora bailar siempre lo mismo, sin fijarse en mí. El
hombre que había estado tocando el arpa toda la
noche trataba en vano de guardar su instrumento en
un gorro de algodón de medida corriente en el mo-
mento en que me desperté, o mejor dicho, en el
momento en que renuncié a tratar de dormirme al
ver que el sol brillaba en mi ventana.
Había entonces en una de las calles que desem-
bocan en el Strand unos antiguos baños romanos
(quizá están todavía), donde tenía la costumbre de
ir a sumergirme en agua fría. Me vestí lo más silen-
ciosamente que pude y, dejando a Peggotty el en-
cargo de ocuparse de mi tía, fui a precipitarme en el
agua de cabeza, y después tomé el camino de
Hampstead. Esperaba que aquel tratamiento enér-
gico me refrescara un poco el espíritu, y creo que
realmente me sentó muy bien, pues no tardé en
decidir que lo primero que tenía que hacer era ver si
conseguía rescindir mi contrato con míster Spenlow
y recobrar la cantidad entregada. Almorcé en
Hampstead y después tomé el camino del Tribunal,
a través de las carreteras, todavía húmedas de roc-
ío, en medio del dulce perfume de las flores que
crecían en los jardines del camino o que pasaban
en cestas sobre las cabezas de los jardineros; yo
sólo pensaba en intentar aquel primer esfuerzo para
hacer frente al cambio de nuestra situación.
Llegué tan temprano a la oficina que tuve tiempo
de pasearme durante una hora por los patios antes
de que el viejo Tifey, que era siempre el primero en
estar en su puesto, apareciera con la llave. Enton-
ces me senté en un rincón a la sombra, mirando el
reflejo del sol sobre los tubos de la chimenea de
enfrente y pensando en Dora, cuando míster Spen-
low entró, reposado y dispuesto.
-¿Cómo está usted Copperfield? -me dijo-. ¡Qué
mañana tan hermosa!
-Una mañana encantadora -respondí-. ¿Podría
decirle a usted una palabra antes de que entrara en
el Tribunal?
-Sí -dijo-; venga usted a mi despacho.
Le seguí al despacho, donde empezó por ponerse
su traje mirándose en un espejito colgado detrás de
la puerta de un armario.
-Siento mucho decirle -empecé- que he recibido
muy malas noticias de mi tía.
-¿De verdad? ¡Cómo lo siento! Pero ¿no será un
ataque de parálisis, espero?
-No se trata de su salud -repliqué- Es que ha teni-
do grandes pérdidas; mejor dicho, que no le queda
absolutamente nada.
-¡Me sor ...pren...de usted, Copperfield! --exclamó
mister Spenlow.
Moví la cabeza.
-Su situación ha cambiado de tal modo, que quer-
ía pedirle si no sería posible... sacrificando parte de
la suma pagada para mi admisión aquí, claro (no
había meditado aquel ofrecimiento generoso; pero
lo improvisé al ver la expresión de espanto que se
pintó en su fisonomía).--- si no sería posible anular
el contrato que hicimos.
Nadie se puede imaginar lo que me costó hacer
aquella proposición. Era pedir como una gracia que
me separaran de Dora.
-¿Anular nuestro contrato, Copperfield, anularlo?
Le expliqué con cierta firmeza que acudía a todos
los expedientes porque no sabía cómo subsistir si
no ganaba dinero; que no temía nada por el porve-
nir, y apoyé mucho en ello para hacerle ver que
sería un yerno digno de atención, pero que por el
momento me veía en la necesidad de trabajar.
-Siento mucho lo que me dice usted, Copperfield
-respondió míster Spenlow-; lo siento muchísimo.
No hay costumbre de anular un contrato por seme-
jantes razones. No es modo de proceder en los
negocios. Sería un mal precedente...; sin embargo...
-Es usted muy bueno -murmuré, en espera de al-
guna concesión.
-Nada de eso; no se equivoque --continuó míster
Spenlow-; iba a decirle que si tuviera las manos
libres, si no tuviera un asociado, míster Jorkins...
Mis esperanzas se desvanecieron al momento;
sin embargo, hice todavía un esfuerzo.
-¿Y cree usted que si me dirigiera a míster Jor-
kins...?
Míster Spenlow movió la cabeza con abatimiento.
-Dios me libre, Copperfield --dijo-, de ser injusto
con nadie, y menos con míster Jorkins. Pero conoz-
co a mi asociado, Copperfield. Míster Jorkins no es
hombre que acoja bien una proposición tan insólita.
Míster Jorkins sólo conoce las tradiciones recibidas,
y no sale de ellas. ¡Usted le conoce!
Yo no le conocía. Nada más sabía que mister Jor-
kins había sido anteriormente director de todo y que
ahora vivía solo en una casa muy cerca de Monta-
gu-Square, que le hacía horriblemente falta revocar;
que llegaba a la oficina muy tarde y se iba muy
temprano; que nunca parecía que le consultaran
sobre nada; que tenía un gabinete sombrío para él
solo en el primer piso, en el que nunca se hacía
ningún negocio, y que tenía sobre su pupitre una
carpeta vieja de papel secante, amarilla por el tiem-
po, pero sin una mancha de tinta, y que se decía
que estaba allí desde hacía veinte años.
-¿Tendría usted inconveniente en que hablara del
asunto a míster Jorkins? -le pregunté.
-Ninguno -dijo míster Spenlow-; pero tengo expe-
riencia sobre el carácter de míster Jorkins, Copper-
field. Querría que fuese de otra manera y me ale-
graría mucho poder hacer lo que usted desea. No
tengo ningún inconveniente en que hable usted a
míster Jorkins si cree que merece la pena,
Aprovechándome de su permiso, que acompañó
de un apretón de manos, continué en mi rincón,
pensado en Dora y mirando al sol, que abandonaba
los tubos de las chimeneas para iluminar la pared
de la casa de enfrente, hasta la llegada de míster
Jorkins. Entonces subí a su gabinete, y en mi vida
he visto un hombre más sorprendido de recibir una
visita.
-Entre usted, míster Copperfield; pase usted.
Entré, me senté y le expuse mi situación poco
más o menos como se la había expuesto a míster
Spenlow. Míster Jorkins no era tan terrible como
podía uno sospechar. Era un hombre grueso, de
sesenta años, de expresión dulce y benévola, que
tomaba tal cantidad de tabaco, que entre nosotros
se decía que aquel estimulante era su principal ali-
mento, puesto que después no le quedaba sitio en
todo su cuerpo para ninguna otra cosa.
-¿Supongo que habrá usted hablado de ello a
míster Spenlow? -dijo míster Jorkins después de
haberme escuchado hasta el fin con algo de impa-
ciencia.
-Sí, señor; es él quien me ha sugerido su nombre.
-¿Le ha dicho que yo pondría inconvenientes?
-preguntó míster Jorkins.
Tuve que admitir que a míster Spenlow le parecía
muy verosímil.
-Lo siento mucho, míster Copperfield -dijo míster
Jorkins muy confuso-, pero no puedo hacer nada
por usted. El caso es... Pero tengo una cita en el
banco. Si usted me permite.
Y diciendo esto se levantó precipitadamente, a iba
a abandonar la habitación, cuando me atreví a de-
cirle que temía que no hubiera medio de arreglar el
asunto.
-No -dijo míster Jorkins deteniéndose en la puerta
para mover la cabeza-; hay inconvenientes, ¿sabe
usted?
Continuó hablando muy deprisa. Después salió.
-Comprenda usted, míster Copperfield -dijo vol-
viendo a entrar muy inquieto-, que si míster Spen-
low ve inconvenientes...
-Personalmente no, señor.
-¡Oh, personalmente! -repitió míster Jorkins con
impaciencia-. Le aseguro que tiene inconvenientes,
míster Copperfield, insuperables. Lo que usted des-
ea es imposible... Pero tengo una cita en el banco...
Y se escapó corriendo. Según he sabido después,
pasó tres días sin reaparecer por su despacho.
Estaba decidido a mover tierra y cielo si era nece-
sario. Esperé, por lo tanto, el regreso de míster
Spenlow para contarle mi entrevista con su asocia-
do, dándole a entender que tenía algunas esperan-
zas de que fuera posible dulcificar al inflexible Jor-
kins si se proponía hacerlo.
-Copperfield -me contestó míster Spenlow con
una sonrisa sagaz-, usted no conoce a mi asociado
míster Jorkins desde hace tanto tiempo como yo.
Nada más lejos de mi espíritu que suponer a Jorkins
capaz de hipocresía; pero Jorkins tiene una manera
de presentar sus objeciones que muy a menudo
engaña a las gentes. No, Copperfield; créame -dijo
moviendo la cabeza-; no hay manera de conmover
a míster Jorkins.
Yo empezaba a no saber demasiado cuál de los
dos, si míster Spenlow o míster Jorkins, era real-
mente el asociado de quien provenían los inconve-
nientes; pero veía con claridad que en uno o en otro
había una fuerza invencible y que no había que
contar, ni mucho menos, con el reembolso de las
mil libras de mi tía. Dejé las oficinas en un estado
de depresión que no recuerdo sin remordimientos,
pues sé que era el egoísmo (el egoísmo de los dos,
Dora) el que lo formaba, y me volví a casa.
Trataba de familiarizar mi espíritu con lo peor que
pudiera suceder a intentaba imaginar las determina-
ciones que tendríamos que tomar si el porvenir se
nos presentaba bajo los colores más sombríos,
cuando un coche que me seguía se detuvo a mi
lado, haciéndome levantar los ojos. Por la portezue-
la me tendían una mano blanca, y vi la sonrisa del
rostro que nunca había visto sin experimentar un
sentimiento de reposo y de felicidad desde el día
que lo había contemplado en la antigua escalera de
madera y que había asociado en mi espíritu su be-
lleza serena con el suave colorido de la vidriera de
la iglesia.
-¡Agnes! -exclamé con alegría-. ¡Oh mi querida
Agnes, qué alegría verte a ti mejor que a ninguna
otra criatura humana!
-¿De verdad? -dijo en tono cordial.
-¡Tengo tanta necesidad de hablar contigo! -le di-
je-. El corazón se me tranquiliza sólo con mirarte. Si
hubiera tenido una varita mágica, tú eres la persona
que hubiera deseado ver.
-Vamos -dijo Agnes.
-¡Ah! Dora quizá primero -confesé enrojeciendo.
-Ya lo creo que Dora primero -dijo Agnes riendo.
-Pero tú la segunda -le dije-. ¿Dónde ibas?
Iba a mi casa para ver a mi tía, y se alegró mucho
de salir del coche, que olía a cuadra; demasiada
cuenta me di, pues había metido la cabeza por la
portezuela todo el tiempo mientras charlaba. Des-
pedimos al cochero, se agarró de mi brazo y echa-
mos a andar juntos. Ella era la personificación de la
Esperanza; ya no me sentía el mismo con Agnes a
mi lado.
Mi tía le había escrito una de esas extrañas y
cómicas cartitas que no eran mucho más grandes
que un billete de banco. Rara vez llevaba más lejos
su verbo epistolar. Era para anunciarle que había
tenido pérdidas a consecuencia de las cuales deja-
ba definitivamente Dover; pero que ya había tomado
una decisión y que estaba demasiado bien para que
nadie se preocupara por ella, y Agnes había venido
a Londres para ver a mi tía, que la quería y a quien
quería mucho desde hacía años, es decir, desde el
momento en que yo me establecí en casa de míster
Wickfield. No estaba sola, según me dijo. Había
venido con su padre y con Uriah Heep.
-¿Son ya asociados? -pregunté-. ¡Que el Cielo le
confunda!
-Sí -dijo Agnes-; tenían algunos negocios aquí, y
he aprovechado la ocasión para venir yo también a
Londres. No hay que creer que sea por mi parte una
visita completamente desinteresada y amistosa,
Trotwood, pues... temo tener prejuicios injustos...;
pero no me gusta dejar a papá solo con él.
-¿Sigue ejerciendo la misma influencia sobre
míster Wickfield, Agnes?
Agnes movió tristemente la cabeza.
-Ha cambiado todo tanto en nuestra casa, que ya
no reconocerías nuestra querida y vieja morada.
Ahora viven con nosotros.
-¿Quién? -pregunté.
-Uriah y su madre. Él ocupa tu antigua habitación
-dijo Agnes mirándome a la cara.
-¡Lástima no estar encargado de proporcionarle
los sueños! ¡No seguiría durmiendo allí mucho
tiempo!
-Yo continúo en mi antigua habitacioncita -dijo Ag-
nes-;aquella en que aprendía mis lecciones. ¡Cómo
pasa el tiempo! ¿Te acuerdas? La habitación pe-
queña que daba al salón.
-¿Que si me acuerdo, Agnes? Es en la que te vi
por primera vez; estabas de pie en aquella puerta,
con la cestita de las llaves colgada.
-Precisamente --dijo Agnes sonriendo-. Me gusta
que lo recuerdes tan bien. ¡Qué felices éramos en-
tonces! Sí; he conservado aquella habitación para
mí; pero no siempre puedo librarme de mistress
Heep, ¿sabes?, pues a veces tengo que hacerle
compañía, cuando me gustaría más estar sola. Pero
es la única queja que tengo contra ella. Algunas
veces me cansa con tanto elogiar a su hijo. ¿Pero
qué hay más natural en una madre? Es muy buen
hijo.
Miraba a Agnes mientras que me hablaba así, sin
descubrir en su rostro la menor sospecha de las
intenciones de Uriah. Sus hermosos ojos, tan dulces
y tan seguros al mismo tiempo, sostenían mi mirada
con su franqueza de costumbre y sin la menor alte-
ración en el rostro.
-El mayor inconveniente de su presencia en casa
-dijo Agnes- es que no puedo estar con papá todo el
tiempo que quisiera, pues Uriah está constantemen-
te entre nosotros. No puedo velar por él, si es que
no es una expresión demasiado atrevida, tan de
cerca como me gustaría. Pero si emplean con él la
mentira o la traición, espero que mi cariño termine
por triunfar. Espero que el verdadero afecto de una
hija vigilante y abnegada sea más fuerte que todos
los peligros del mundo.
Aquella sonrisa luminosa, que no he visto nunca
en ningún otro rostro, desapareció en el momento
en que yo admiraba su dulzura y en que recordaba
la felicidad que antes tenía viéndolo, y me preguntó
con un cambio marcado en la fisonomía, mientras
nos acercábamos a la calle en que estaba mi casa,
si yo sabía cómo había perdido su fortuna mi tía.
Ante mi respuesta negativa, Agnes se quedó pensa-
tiva, y me pareció sentir temblar el brazo que se
apoyaba en el mío.
Encontramos a mi tía sola y un poco inquieta.
Había surgido entre ella y mistress Crupp una dis-
cusión sobre una cuestión abstracta (la convenien-
cia de residir el bello sexo en unas habitaciones de
soltero), y mi tía, sin preocuparse de los espasmos
de mistress Crupp, había cortado la discusión decla-
rando a aquella señora que olía a coñac, que me
robaba y que se marchara al momento. Mistress
Crupp, considerando aquellas dos expresiones co-
mo injuriosas, había anunciado su intención de ape-
lar al jurado inglés, refiriéndose, a lo que colegí, a
nuestras libertades nacionales.
Sin embargo, mi tía había tenido tiempo de repo-
nerse mientras Peggotty había salido para enseñar-
le a míster Dick los guardias a caballo. Además,
encantada de ver a Agnes, no pensaba ya en su
disputa no siendo para envanecerse de la manera
como había salido de ella. Así es que nos recibió de
muy buen humor. Cuando Agnes hubo dejado su
sombrero encima de la mesa y se sentó a su lado,
no pude por menos que pensar, viendo su frente
radiante y sus ojos serenos, que aquel parecía el
lugar donde debía siempre estar; que mi tía tenía en
ella, a pesar de su juventud a inexperiencia, una
confianza absoluta. ¡Ah! ¡Tenía mucha razón en
contar con su fuerza, con su afecto sencillo, con su
abnegación y fidelidad!
Nos pusimos a hablar de los negocios de mi tía, a
la cual conté lo que había intentado inútilmente
aquella mañana.
-No era juicioso, Trot; pero la intención era buena.
Eres un buen chico, generoso; pero más bien creo
que debía decir un hombre, y estoy orgullosa de ti,
amigo mío. No hay nada que decir hasta ahora.
Ahora, Trot y Agnes, miremos de frente la situación
de Betsey Trotwood y veamos en qué está.
Via Agnes palidecer mirando atentamente a mi
tía, y mi tía no miraba menos atentamente a Agnes
mientras acariciaba a su gato.
-Betsey Trotwood -dijo mi tía-, que nunca había
dado cuentas a nadie de sus asuntos de dinero (no
hablo de tu hermana, Trot, sino de mí), tenía una
fortunita. Poco importa saber lo que tenía; pero era
bastante para vivir; quizá algo más, pues había
ahorrado para aumentar el capital. Betsey tuvo su
dinero en papel del Estado durante cierto tiempo;
pero después, aconsejada por su apoderado, lo
colocó en el Banco Hipotecario. Aquello iba muy
bien y daba una renta considerable. ¿No os parece
que cuando hablo de Betsey estoy contando la his-
toria de un barco de guerra? Como aquello terminó
y devolvieron su dinero a Betsey, se vio obligada a
pensar de nuevo en qué lo colocaba, y creyéndose
más hábil que su hombre de negocios, que no esta-
ba tan listo como antes (me refiero a tu padre, Ag-
nes), se le metió en la cabeza administrarse sola su
fortuna. Llevó, como suele decirse, sus cerdos al
mercado; pero no fue buena vendedora. En primer
lugar, perdió en las minas; después, en las empre-
sas particulares en que se trataba de ir a buscar en
el mar los tesoros perdidos, o alguna otra locura del
mismo género -continuó, a manera de explicación y
frotándose la nariz-; después volvió a perder en las
minas y, por fin, lo perdió todo en un banco. Yo no
sé lo que valían las acciones de aquel banco duran-
te cierto tiempo -dijo mi tía-; creo que el cien por
cien; pero el banco estaba en el otro extremo del
mundo, y se ha desvanecido en el espacio según
creo. En todo caso, ha quebrado, y no pagará nun-
ca ni medio penique. Ahora bien: como todos los
medios peniques de Betsey estaban allí, se han
terminado. Lo mejor que se puede hacer es no vol-
ver a hablar de ello.
Mi tía terminó aquel relato sumario y filosófico mi-
rando con cierto aire de triunfo a Agnes, que poco a
poco recobraba su color natural.
-¿Es esa toda la historia, querida miss Trotwood?
-preguntó Agnes.
-Me parece que es suficiente, hija mía -dijo mi
tía---. Si tuviera más dinero que perder, quizá no
fuera todo, pues Betsey hubiera encontrado el me-
dio de enviarlo a reunirse con el otro, y de dar un
nuevo capítulo a la historia, no lo dudo; pero como
no había más dinero, aquí termina.
Agnes había escuchado al principio sin respirar.
Palidecía y se ruborizaba todavía; pero se había
librado de un gran peso. Yo sospechaba por qué.
Sin duda había tenido miedo de que su desgraciado
padre tuviera algo que ver en aquel cambio de for-
tuna. Mi tía cogió entre sus manos las suyas y se
echó a reír.
-¿Que si es todo? -repitió mi tía-. ¡Claro que sí! Al
menos que no añada, como al fin de un cuento: «Y
desde entonces vivió siempre dichosa». Quizá pue-
dan decir eso de Betsey uno de estos días. Ahora,
Agnes, dime tú que tienes buena cabeza; tú tam-
bién, desde algunos puntos de vista, Trot, aunque
no siempre se te pueda hacer ese elogio.
Y mi tía, sacudiendo la cabeza con su energía
habitual, prosiguió:
-¿Qué haremos? Mi casa viene a dar unas seten-
ta libras al año, y con eso creo que podemos contar
de una manera positiva. Pero es todo lo que po-
seemos --dijo mi tía, que era (con perdón) como
ciertos caballos que se detienen bruscamente en el
momento en que parece que iban a salir al galope.
-Además -dijo después de un momento de silen-
cioestá Dick, que tiene mil libras al año; pero hay
que decir que eso hay que reservarlo para sus gas-
tos personales. Preferiría no conservarlo a mi lado,
a pesar de que sé que soy la única persona que le
aprecia, antes que conservarlo de no ser con la
condición de gastar su dinero en él únicamente
hasta el último céntimo. ¿Qué podemos hacer Trot y
yo para salir del apuro con nuestros recursos?
¿Qué te parece, Agnes?
-Me parece, tía -dije adelantándome a la respues-
ta de Agnes-, que debo hacer algo.
-Alistarte como soldado, ¿no es así?, o entrar en
la marina --contestó mi tía alarmada-. No quiero oír
hablar de ello. Has de ser procurador; no quiero
cabezas rotas en la familia, caballero.
Iba a explicarle que tampoco yo tenía interés en
introducir en la familia aquel procedimiento simplifi-
cado de salir del apuro, cuando Agnes me preguntó
si tenía alquilada la casa por mucho tiempo.
-Tocas en la llaga, querida -dijo mi tía-; tenemos
esta casa encima para seis meses, a menos de
poderla subarrendar, lo que no creo. El último hués-
ped murió aquí, y creo que de cada seis se morirían
cinco, aunque sólo fuera de vivir bajo el mismo te-
cho que esa mujer vestida de nanquín con su falda
de franela. Tengo algo de dinero contante, y creo,
con vosotros, que lo mejor que podemos hacer es
terminar aquí el plazo, alquilando cerca una alcoba
para Dick.
Me pareció un deber decir algo sobre las moles-
tias que tendría que soportar mi tía viviendo en un
estado constante de guerra y emboscadas con mis-
tress Crupp; pero respondió a aquella objeción de
una manera perentoria declarando que a la primera
señal de hostilidades estaba dispuesta a asustar de
tal modo a mistress Crupp, que le iba a durar el
temblor hasta el fin de su vida.
-Pensaba, Trot --dijo Agnes, dudando-, que si tu-
vieras tiempo...
-Tengo mucho tiempo, Agnes; desde las cuatro o
las cinco estoy siempre libre, y por la mañana tem-
prano también. De una manera o de otra -dije,
dándome cuenta de que me ruborizaba al recordar
las horas que había paseado de un lado para otro
por la ciudad y en la carretera de Norwood-, tengo
más tiempo del que me hace falta.
-Pienso que si no te gustaría ---dijo Agnes
acercándose a mí y hablándome en voz baja y con
un acento tan dulce y tan consolador que todavía
me parece oírla-, si no te gustaría un empleo de
secretario.
-¿Por qué no me había de gustar, mi querida Ag-
nes?
-Es que el doctor Strong -repuso Agnes por fin- ha
puesto por obra su proyecto de retirarse y ha venido
a establecerse a Londres, y sé que le ha dicho a
papá si no podría proporcionarle un secretario. ¿No
te parece que más le gustará tener a su lado a su
antiguo discípulo mejor que a otro cualquiera?
-Querida Agnes -exclamé-, ¿qué sería de mí sin
ti? Eres siempre mi ángel bueno; ya te lo he dicho:
siempre pienso en ti como en mi ángel bueno.
Agnes me respondió alegremente que con un
ángel bueno (se refería a Dora) tenía bastante, y
que no hacían falta más; me recordó que el doctor
tenía costumbre de trabajar muy temprano por la
mañana y por la noche, y que probablemente las
horas de que yo podía disponer le convendrían
maravillosamente.
Si me consideraba dichoso al pensar que iba a
ganarme la vida, no lo estaba menos ante la idea de
que trabajaría con mi antiguo maestro; y siguiendo
al momento el consejo de Agnes me senté para
escribir al doctor una carta en la que le expresaba
mi deseo, pídiéndole permiso para presentarme en
su casa al día siguiente a las diez de la mañana.
Dirigí mi epístola a Highgate, pues vivía en aquellos
lugares tan llenos de recuerdos para mí, y yo mismo
fui a echarla al correo sin perder ni un minuto.
Por todas partes donde pasaba Agnes dejaba tras
de sí alguna huella preciosa del bien que hacía sin
ruido al pasar. Cuando volví, la jaula de los pájaros
de mi tía estaba suspendida exactamente, como si
llevara allí mucho tiempo, en la ventana del gabine-
te; mi sillón puesto, como el infinitamente mejor de
mi tía, al lado de la ventana abierta, y el biombo
verde que había traído consigo estaba ya colocado
delante de la ventana. No tenía necesidad de pre-
guntar quién había hecho todo aquello. Sólo con ver
que las cosas parecían haberse hecho solas se
adivinaba que Agnes se había tomado aquel cuida-
do. ¿A qué otra se le hubiera ocurrido coger mis
libros, en desorden por encima de la mesa, y dis-
ponerlos en el orden que yo los tenía antes en el
tiempo de mis estudios? Aunque hubiera creído que
Agnes estaba a cien leguas la hubiera reconocido
enseguida; no necesitaba verla poniéndolo todo en
su sitio y sonriendo del desorden que había en mi
casa.
Mi tía puso toda su buena voluntad en hablar bien
del Támesis, que verdaderamente hacía un efecto
hermoso a la luz del sol, aunque no pudiera compa-
rarse con el mar que veía en Dover; pero conserva-
ba un odio inexorable al humo de Londres, que lo
empolvaba todo, decía. Felizmente, esto cambió por
completo gracias al cuidado minucioso con que
Peggotty hacía la guerra a aquel hollín maldito en
todos los rincones. Únicamente no podía por menos
de pensar, mirándola, que Peggotty misma hacía
mucho ruido y poco trabajo en comparación con
Agnes, que hacía tantas cosas sin el menor apara-
to. Pensaba en ello cuando llamaron a la puerta.
-Debe de ser papá -dijo Agnes poniéndose páli-
da-, me ha prometido venir.
Abrí la puerta y vi entrar no solamente a míster
Wickfield, sino también a Uriah Heep. Hacía ya
algún tiempo que no había visto a míster Wickfield,
y esperaba encontrarle muy cambiado, por lo que
Agnes me había dicho; sin embargo, quedé doloro-
samente sorprendido al verle.
No era tanto porque había envejecido mucho,
aunque siempre iba vestido con la misma pulcritud
escrupulosa; tampoco era por el cutis arrebatado,
que daba idea de no muy buena salud, ni tampoco
porque sus manos se agitaban con un movimiento
nervioso. Yo sabía la causa mejor que nadie, por
haberla visto obrar durante muchos años; no era
que hubiera perdido la elegancia de sus modales ni
la belleza de sus rasgos, siempre igual; lo que sobre
todo me chocaba es que con todos aquellos testi-
monios evidentes de distinción natural pudiera sufrir
la dominación desvergonzada de aquella personifi-
cación de la bajeza: de Uriah Heep. El cambio en
sus relaciones respectivas, de dominación por parte
de Uriah y dependencia por la de Wickfield, era el
espectáculo más penoso que se pueda imaginar. Si
hubiera visto a un mono conduciendo a un hombre
atado a lazo no me habría sentido más humillado
por el hombre.
Además, él era completamente consciente de ello.
Cuando entró se detuvo con la cabeza baja, como si
se diera cuenta. Fue cosa de un momento, pues
Agnes le dijo con dulzura: «Papá, aquí tienes a miss
Trotwood y a Trotwood, que no has visto hace tanto
tiempo»; y entonces se acercó, alargó la mano a mi
tía con confusión y estrechó las mías más cordial-
mente. Durante aquel momento de turbación vi una
sonrisa maligna en los labios de Uriah. Agnes creo
que también la vio, pues hizo un movimiento para
apartarse de él.
En cuanto a mi tía, ¿le vio o no le vio? Hubiera
desafiado a todas las ciencias de los fisonomistas
para que lo adivinaran sin su permiso. No creo que
haya habido nunca otra persona dotada de un rostro
más impenetrable que ella cuando quería. Su cara
no expresaba más de lo que lo hubiera hecho una
pared sus pensamientos, secretos hasta el momen-
to en que rompió el silencio con el tono brusco que
le era habitual.
-Y bien, Wickfield --dijo mi tía (él la miró por pri-
mera vez)-. He estado contándole a su hija lo bien
que he utilizado mi dinero, porque no podía ya con-
fiárselo a usted desde que no está tan listo en los
negocios. Hemos consultado con ella, y, bien consi-
derado, saldremos del aprieto. Agnes sola vale por
los dos asociados, a mi parecer.
-Si se me permite hacer una humilde observación
-dijo Uriah Heep retorciéndose-, estoy completa-
mente de acuerdo con miss Betsey Trotwood y me
consideraría feliz teniendo también a miss Agnes
por asociada.
---Conténtese usted con ser el asociado -repuso
mi tía-; me parece que eso debe bastarle. ¿Cómo
está usted, caballero?
En respuesta a aquella pregunta, que le fue dirigi-
da en el tono más seco, míster Heep, sacudiendo
incómodo la carpeta que llevaba, replicó que estaba
bien, y dio las gracias a mi tía, diciéndole que espe-
raba que ella también se encontrara bien.
-Y usted..., debo decir, míster Copperfield
-continuó Uriah-, espero que esté bien. Me alegro
mucho de verle, míster Copperfield, hasta en las
circunstancias actuales (y, en efecto, las circunstan-
cias actuales parecían ser bastante de su gusto).
No son todo lo que sus amigos podrían desear para
usted, míster Copperfield; pero no es el dinero el
que hace al hombre; es... yo, verdaderamente, no
estoy en condiciones de explicarlo con mis pobre
medios -dijo Uriah haciendo un gesto de oficiosi-
dad-; pero no es el dinero...
Y me estrechó la mano, no como de costumbre,
sino permaneciendo a cierta distancia, como si tu-
viera miedo, y levantando y bajando mi mano como
una bomba.
-¿Y qué dice usted de nuestra salud, Copper-
field?... ¡Perdón!, míster Copperfield -repuso Uriah-.
¿No le encuentra usted buena cara a míster Wick-
field? Los años pasan inadvertidos en casa, míster
Copperfield; si no fuera porque elevan a los humil-
des, es decir, a mi madre y a mí, y que aumentan la
belleza y las gracias de un modo especialísimo en
miss Agnes.
Después de aquel cumplido se retorció de un mo-
do tan intolerable, que mi tía, que le estaba miran-
do, perdió la paciencia.
-¡Que el diablo le lleve! -dijo bruscamente, ¿Qué
le pasa? ¡Nada de movimientos nerviosos, caballe-
ro!
-Usted me dispense, miss Trotwood; ya sé que es
usted muy nerviosa.
-Déjenos en paz -dijo mi tía, a quien no había
apaciguado aquella impertinencia-; le ruego que se
calle. Ha de saber usted que no soy nada nerviosa.
Si es usted una anguila, pase; pero si es usted un
hombre, contenga un poco sus movimientos, caba-
llero. ¡Vive Dios -continuó en un arranque de indig-
nación-, no tengo ganas de marearme viéndole
retorcerse como una culebra o como un sacacor-
chos!
Míster Heep, como puede suponerse, estaba algo
confuso con aquella explosión, que fue reforzada
por la expresión indignada con que mi tía retiró su
silla, sacudiendo la cabeza como si fuera a lanzarse
sobre él para morderle. Pero me dijo aparte con voz
dulce:
-Ya sé, míster Copperfield, que miss Trotwood,
con todas sus excelentes cualidades, es muy viva
de genio. He tenido el gusto de conocerla antes que
usted, en los tiempos en que era todavía un pobre
escribiente, y es natural que las actuales circuns-
tancias no la hayan dulcificado. Me sorprende, por
el contrario, que no sea peor. Había venido aquí
para decirle que si le podíamos servir en algo mi
madre y yo, o Wickfield y Heep, estaríamos encan-
tados. ¿No me excedo? -preguntó con una sonrisa
horrible a su asociado.
-Uriah Heep -dijo míster Wickfield con voz forzada
y monótona- es muy activo en los negocios, Trot-
wood. Y lo que dice lo apruebo plenamente. Ya
sabes que me intereso por ti desde hace mucho
tiempo; pero, aparte de esto, lo que dice lo apruebo
plenamente.
-¡Oh, qué recompensa! -dijo Uriah levantando una
de sus piernas, exponiéndose a atraerse una nueva
brusquedad de mi tía-. ¡Qué feliz me hace esa con-
fianza absoluta! Pero es verdad que espero conse-
guir librarle bastante del peso de los negocios,
míster Copperfield.
-Uriah Heep es un gran descanso para mí -dijo
míster Wickfield con la misma voz sorda y triste- y
me libra de un gran peso, Trotwood, al tenerle de
socio.
Estaba convencido de que era aquel horrible zorro
rojo el que le hacía decir todo aquello, para justificar
lo que me había dicho la noche en que había enve-
nenado mi tranquilidad. Al mismo tiempo vi la sonri-
sa falsa y siniestra sobre sus rasgos mientras que
me miraba fijamente.
-¿No nos dejarás, papá? -dijo Agnes en tono su-
plicante-. ¿No quieres volver a pie con Trotwood y
conmigo?
Creo que hubiera mirado a Uriah antes de res-
ponder si aquel digno personaje no se hubiera anti-
cipado.
-Tengo una cita de negocios -dijo Uriah-, y lo sien-
to, porque me hubiera gustado permanecer con
ustedes. Pero les dejo mi asociado para representar
a la casa. Miss Agnes, ¡su humilde servidor! Le
deseo buenas noches, míster Copperfield, y presen-
to mis humildes respetos a miss Betsey Trotwood.
Al decir esto nos dejó, enviándonos besos con su
gran mano de esqueleto y con una sonrisa de sátiro.
Todavía continuamos una hora o dos charlando
de los buenos tiempos de Canterbury. Míster Wick-
field, solo con Agnes, recobró pronto su alegría,
aunque siempre presa de un abatimiento del que no
podía librarse. Terminó, sin embargo, por animarse,
y le gustaba oírnos recordar los pequeños sucesos
de nuestra vida pasada, de los que se acordaba
muy bien. Nos dijo que todavía le parecía estar en
aquellos tiempos al volver a encontrarse solo con
Agnes y conmigo, y que le gustaría que nada hubie-
ra cambiado. Estoy seguro de que viendo el rostro
sereno de su hija y sintiendo la mano que apoyaba
en su brazo sentía un bienestar infinito.
Mi tía, que había estado casi todo el tiempo ocu-
pada con Peggotty en la habitación de al lado, no
quiso acompañarnos al hotel; pero insistió en que
los acompañara yo, y obedecí. Comimos juntos.
Después de comer, Agnes se sentó a su lado, como
siempre, y le sirvió el vino. Tomó lo que le dio y
nada más, como un niño; y nos quedamos los tres
sentados al lado de la ventana mientras fue de día.
Cuando llegó la noche él se echó en un diván; Ag-
nes arregló los almohadones y permaneció inclina-
da sobre él un momento. Cuando volvió al lado de
la ventana, la oscuridad no era todavía suficiente
para que no viese yo brillar lágrimas en sus ojos.
Pido al cielo no olvidar jamás el amor constante y
fiel de mi querida Agnes en aquella época de mi
vida, pues si lo olvidase sería señal de que estaba
cerca de mi fin, y es el momento en que más querr-
ía acordarme de ella. Llenó mi corazón de tan bue-
nas resoluciones, me fortificó tanto en mi debilidad y
supo dirigir tan bien con su ejemplo, no sé cómo,
pues era demasiado dulce y demasiado modesta
para darme muchos consejos, el ardor sin objeto de
mis vagos proyectos, que si hice algo bien y si no
he hecho algo mal, en conciencia creo que se lo
debo a ella.
Y ¡cómo me habló de Dora mientras estuvimos
sentados al lado de la ventana en la oscuridad!
¡Cómo escuchó mis elogios, añadiendo a ellos los
suyos! ¡Cómo lanzó sobre la pequeña hada que me
había embrujado los rayos de su luz pura, que la
hacía parecer todavía más inocente y más preciosa
a mis ojos! Agnes, hermana de mi adolescencia, ¡si
hubiera sabido entonces lo que supe después!
Cuando bajé había un mendigo en la calle, y en el
momento en que me volvía hacia la ventana pen-
sando en la mirada serena y pura de mi amiga, en
sus ojos angelicales, me hizo estremecer, murmu-
rando como un eco de la mañana:
« ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».
CAPÍTULO XVI
ENTUSIASMO
El día siguiente lo empecé yendo de nuevo a su-
mergirme en los baños romanos; después tomé el
camino de Highgate. Había salido de mi depresión;
ya no me asustaban los trajes raídos ni suspiraba
por los bonitos caballos grises. Toda mi manera de
ver nuestra desgracia había cambiado. Lo que tenía
que hacer era probar a mi tía que sus bondades
pasadas no habían sido prodigadas a un ser ingrato
a insensible. Lo que tenía que hacer era aprovechar
ahora el penoso aprendizaje de mi infancia y po-
nerme al trabajo con valor y voluntad. Lo que tenía
que hacer era tomar resueltamente el hacha del
leñador en la mano para abrirme un camino a través
del bosque de las dificultades en que me encontra-
ba perdido, derribando ante mí los árboles encanta-
dos que me separaban todavía de Dora; andaba a
grandes pasos, como si fuera un medio de llegar
antes a mi objetivo.
Cuando me vi en el camino de Highgate, tan fami-
liar, y que hoy recorría con pensamientos tan dife-
rentes de mis antiguas ideas de diversión, me pare-
ció que un cambio completo se había operado en mi
vida; pero no me desanimaba. Nuevas esperanzas,
un fin nuevo me habían aparecido al mismo tiempo
que aquella vida nueva. El trabajo era grande; pero
la recompensa no tenía precio. Dora era la recom-
pensa, y había que conquistar a Dora.
Era tal mi entusiasmo, que sentía que el traje no
estuviera ya un poco raído; se me hacía largo el
tiempo para empezar a derribar los árboles en el
bosque de las dificultades, y deseaba que fuera con
esfuerzo para probar mis fuerzas. Me dieron ganas
de pedirle a un viejecillo que picaba piedra en el
camino que me prestara un momento su martillo y
me permitiera empezar así a abrirme un camino en
el granito para llegar hasta Dora. Me movía tanto,
estaba tan sin aliento y tenía tanto calor, que me
parecía que había ganado ya no sé cuánto dinero.
En aquel estado entré en una casita desalquilada y
la examiné escrupulosamente, sintiendo que era
necesario hacerme hombre práctico. Era precisa-
mente lo que nos hacía falta a Dora y a mí. Tenía
un jardincito delante para que Jip pudiera correr a
su gusto y ladrar a los que pasasen, a través de la
empalizada, y una habitación arriba para mi tía.
Salí de allí con más calor que nunca y reanudé a
un paso tan precipitado el camino hacia Highgate,
que llegué con una hora de anticipación; además,
aunque no hubiera ido tan pronto me hubiera visto
obligado a pasearme un rato para tranquilizarme
antes de estar algo presentable. Mi primer objetivo
cuando me serené un poco fue buscar la casa del
doctor. Estaba completamente al otro extremo del
pueblo en donde vivía mistress Steerforth. Cuando
estuve seguro de ello volví, por una atracción irre-
sistible, hacia una callejuela que pasaba por el lado
de la casa de mistress Steerforth y la estuve miran-
do por encima de la tapia del jardín. Las ventanas
de la habitación de Steerforth estaban cerradas; las
puertas de la terraza estaban abiertas, y Rose Dar-
tle, con la cabeza desnuda, paseaba de arriba abajo
con paso brusco y precipitado por un paseo de gra-
va a lo largo del prado. Me pareció una fiera que
repite el mismo camino hasta el final de la cadena
que arrastra royéndose el corazón.
Abandoné despacio mi puesto de observación,
sintiendo haberme acercado, y después me paseé
hasta las diez lejos de allí. La iglesia, coronada de
un campanario esbelto, que ahora se ve en la cum-
bre de la colina, no estaba allí en aquella época
para indicarme la hora. En la plaza había una casa
antigua de ladrillo rojo, que servía de escuela. Ver-
daderamente una casa hermosa. ¡Debía dar gusto it
a aquella escuela!
Al acercarme a la morada del doctor, un bonito
hotel algo antiguo y donde debía de haber gastado
mucho dinero, a juzgar por las reparaciones y mejo-
ras, que parecían todavía recientes, le vi paseándo-
se en el jardín con sus polainas, corno siempre, y
parecía que no hubiera dejado nunca de pasearse
desde los tiempos en que yo era su alumno. Tam-
bién estaba rodeado de sus antiguos compañeros,
pues no faltaban a su alrededor grandes árboles, y
vi en el césped dos o tres cuervos que le miraban
como si hubieran recibido carta de sus camaradas
de Canterbury hablándole de él y le vigilasen de
cerca con aquel motivo.
Sabía que sería trabajo perdido tratar de atraer su
atención a aquella distancia, y me tomé la libertad
de abrir la empalizada y salir a su encuentro para
aparecer frente a él en el momento en que diera la
vuelta. En efecto, cuando se volvió y se acercó a mí
me miró con aire pensativo durante un momento,
evidentemente sin verme; después su fisonomía be-
névola expresó la mayor satisfacción y me agarró
las dos manos.
-¡Cómo, mi querido Copperfield; pero si está usted
hecho un hombre! ¿Está usted bien? Estoy encan-
tado de verle. Pero ¡cómo ha ganado, mi querido
Copperfield! ¿Verdaderamente... es posible?
Le pregunté por él y por mistress Strong.
-Muy bien -dijo el doctor-. Annie está muy bien. Y
le encantará verle. Siempre fue usted su favorito.
Todavía ayer por la noche me decía, cuando le en-
señé su carta. Y .. sí, ciertamente..., ¿usted se
acordará de Jack Maldon, Copperfield?
-Perfectamente.
-Ya me lo figuraba -dijo el doctor-, que no le habr-
ía olvidado; también está bien.
-¿Ha vuelto? -pregunté.
-¿De las Indias? -dijo el doctor-. Sí. Jack Maldon
no ha podido soportar el clima, amigo mío. Mistress
Marklenham. ¿Se acuerda usted de mistress Mar-
klenham?
-Sí; recuerdo muy bien al Veterano como si fuera
ayer.
-Pues bien, mistress Marklenham estaba muy
preocupada por él, la pobre, y le hicimos volver,
y le hemos comprado un destino, que le convie-
ne mucho más.
Conocía lo bastante a Jack Maldon para sospe-
char que estaría en un sitio donde no tendría mucho
trabajo y le pagarían bien.
El doctor continuó, siempre con la mano apoyada
en mi hombro y mirándome con expresión animado-
ra:
-Ahora, mi querido Copperfield, hablemos de su
proposición. Me ha gustado mucho y me conviene
por completo; pero ¿cree que no encontrará nada
mejor que hacer? Tuvo usted muchos éxitos en la
escuela, y tiene facultades que pueden llevarle le-
jos. Los cimientos son buenos y se puede levantar
cualquier edificio. ¿No sería una pena consagrar lo
mejor de su vida a una ocupación como la que yo
puedo ofrecerle?
Con mucho afán insistí al doctor, y con muchas
flores retóricas, me temo, para que aceptase mi
demanda, recordándole que además tenía mi profe-
sión.
-Sí, sí -dijo el doctor-; es verdad. Siendo así es
muy distinto, puesto que tiene usted una carrera y
estudia para salir adelante; pero, amigo mío, ¿qué
son setenta libras al año?
-Pues otro tanto de lo que tenemos, doctor
Strong.
-¿De verdad? -dijo el doctor-. ¡Quién lo hubiera
creído! No es que quiera decir que el sueldo será
estrictamente las setenta libras, pues siempre he
tenido la intención de hacer además un regalo al
amigo que ocupara este puesto. Ciertamente ---dijo
el doctor continuando su paseo de arriba abajo, con
la mano en mi hombro---, siempre he contado con
un regalo anual.
-Mi querido maestro -le dije sencillamente y sin
frases aquella vez-, nunca se lo podré agradecer
bastante.
-No, no -dijo el doctor-, perdón.
-Si quiere usted aceptar mis servicios durante el
tiempo que tengo libre, es decir, por la mañana y
por la noche, y si cree usted que eso vale setenta
libras al año, no sabe el favor que me hace.
-¿De verdad -dijo el doctor con ingenuidad-, tan
poca cosa le puede causar tanta alegría? Pero tiene
usted que prometerme que el día que encuentre
usted otra cosa mejor la aceptará, ¿no es así? ¿Me
da usted su palabra? -dijo el doctor en el tono en
que en la escuela apelaba a nuestro honor cuando
éramos muchachos.
-Le doy mi palabra -le respondí también como
hacíamos en clase.
-En ese caso, asunto concluido -dijo el doctor
dándome un golpe en la espalda y apoyándose de
nuevo mientras paseaba.
-Y todavía estaré más contento -le dije tratando
de halagarle inocentemente- porque espero... ocu-
parme del diccionario.
El doctor se detuvo, me dio otro golpe en el hom-
bro, sonriendo, y exclamó triunfante (daba gusto
verle), como si yo fuera un pozo de sagacidad
humana:
-Lo ha adivinado usted, amigo mío. Se trata del
diccionario.
¿Cómo hubiera podido tratarse de otra cosa? Sus
bolsillos estaban llenos de epos, igual que su cabe-
za. El diccionario le salía por todos los poros. Me
dijo después que había renunciado al colegio por-
que su trabajo avanzaba de una manera muy rápi-
da, y las horas que más le convenían eran las que
yo le proponía, teniendo en cuenta que tenía la
costumbre de pasearse hacia el mediodía para me-
ditar a su gusto. Por el momento sus papeles esta-
ban en desorden, gracias a mister Jack Maldon, que
le había ofrecido últimamente sus servicios como
secretario y que no tenía costumbre de aquel traba-
jo; pero pronto pondríamos todo en orden y seguir-
íamos adelante. Más tarde, cuando nos pusimos
manos a la obra, encontré que el desbarajuste de
mister Jack era más difícil de arreglar de lo que
suponía, pues no se había limitado a numerosas
equivocaciones; además había dibujado tantos sol-
dados y cabezas de mujeres sobre los manuscritos
del doctor, que a veces me encontraba en un labe-
rinto de oscuridad.
El doctor estaba encantado con la perspectiva de
tenerme de colaborador en su famosa obra, y fue
convenido que empezaríamos al día siguiente a las
siete de la mañana. Debíamos trabajar dos horas
todas las mañanas y dos o tres horas por las no-
ches, excepto el sábado, que tendría libre. Natural-
mente, también descansaba el domingo; por lo tan-
to, las condiciones no me parecieron muy duras.
Después de arreglar así las cosas a nuestra mu-
tua satisfacción, el doctor me llevó a la casa para
presentarme a mistress Strong, a quien encontra-
mos en el despacho de su marido limpiando el polvo
de los libros (libertad que no permitía a nadie más
que a ella con sus preciosos favoritos).
Habían retrasado el desayuno por mí, y nos pusi-
mos todos a la mesa. Acabábamos de sentamos
cuando adiviné por el rostro de mistress Strong que
llegaba alguien, aun antes de que se hubiera oído el
menor ruido que anunciara una visita. Un señor a
caballo llegó a la verja, hizo entrar a su caballo de la
brida en el patio, como si estuviera en su casa; le
ató a una anilla y entró en el comedor con la fusta
en la mano. Era míster Jack Maldon, y encontré que
no había ganado nada en su viaje a las Indias. Es
verdad que estaba muy intransigente contra todos
los jóvenes que no derribaban los árboles en el
bosque de las dificultades, y hay que tenerlo en
cuenta en aquellas impresiones poco benévolas.
-Míster Jack -dijo el doctor-, le presentó a Copper-
field.
Míster Jack Maldon me estrechó la mano un poco
fríamente, según me pareció, y con un aire de pro-
tección lánguida que me chocó bastante. En reali-
dad su aire de languidez era curioso de ver en todo
momento, excepto, sin embargo, cuando se dirigía a
su prima Annie.
-¿Ha desayunado usted, míster Jack? -preguntó
el doctor.
-No desayuno casi nunca -replicó apoyando la
cabeza en el respaldo del sillón---. Me aburre.
-¿Hay alguna noticia hoy? -preguntó el doctor.
-Nada -repuso Maldon-. Algunas historias de gen-
tes que se mueren de hambre en Escocia y están
descontentos. Pero siempre hay personas que se
mueren de hambre y no están contentas.
El doctor le dijo con gravedad, para cambiar la
conversación:
-¿Entonces no hay ninguna noticia? Pues bien.
No hacer noticias es haberlas buenas, como se
dice.
-En los periódicos hay una historia muy larga a
propósito de un crimen; pero todos los días hay
asesinatos; no lo he leído.
En aquel tiempo todavía no se miraba la indife-
rencia afectada por todo lo de la humanidad como
una gran prueba de elegancia, como se ha hecho
más tarde. Después he visto esas máximas muy de
moda, y se las he visto practicar con tal éxito a mu-
chos caballeros y señoras que, dado el interés que
se tomaban por el género humano, más les valía
hater nacido ranas. Quizá la impresión que me
causó entonces Maldon no fue tan viva porque era
nueva; pero sé que aquello no contribuía a realzarle
en mi estimación ni en mi confianza.
-Venía a saber si Annie quería ir esta noche a la
ópera --dijo Maldon volviéndose hacia eila-. Es la
última representación de la temporada que merezca
la pena y hay una cantante que no puede dejar de
oír. Es una mujer que canta de una manera arreba-
tadora, sin contar con que es de una fealdad deli-
ciosa.
Después de esto recayó en su languidez.
El doctor, siempre encantado de lo que pudiera
gustar a su mujer, se volvió hacia ella y le dijo:
-Debes ir, Annie; debes ir.
-No, te lo ruego -contestó-; prefiero quedarme en
casa; prefiero quedarme en casa.
Y sin mirar a su primo me dirigió la palabra pi-
diéndome noticias de Agnes, preguntándome si no
vendría a verla; si no sería probable que fuera aquel
mismo día, y tan molesta que yo me preguntaba
cómo podría ser que el doctor, ocupado en aquel
momento en untar manteca a su pan tostado, no
viera una cosa que saltaba a la vista.
Pero no veía nada. Le dijo riendo que era joven y
que debía divertirse, en lugar de aburrise con un
vejestorio como él. Además, le dijo que contaba con
que ella le cantara después el repertorio de la nueva
cantante y ¿cómo se las arreglaría si no había ido a
oírla? El doctor insistió en arreglar la velada para
que ella se divirtiera, y Jack Maldon quedó en volver
a Highgate. Después de decidirlo él se volvió a su
sinecura, supongo; pero se fue a caballo y sin apre-
surarse.
Al día siguiente tenía mucha curiosidad por saber
si había ido a la ópera. No había ido; había enviado
recado a Londres para disculparse con su primo, y
había ido a visitar a Agnes. Había convencido al
doctor de que la acompañara, y habían vuelto a pie
por el campo, según me contó él mismo, en una
tarde magnífica. Pensé que quizá no hubiera faltado
al espectáculo si Agnes no hubiera estado en Lon-
dres, pues Agnes era muy capaz de ejercer también
sobre ella una influencia bienhechora.
No se podía decir que fuera muy feliz; pero parec-
ía estar satisfecha, o su fisonomía engañaba mu-
cho. Yo la miraba a menudo, pues estaba sentada
al lado de la ventana mientras trabajábamos y nos
preparó el desayuno, que tomamos sin dejar de
trabajar. Cuando me fui a las nueve, estaba arrodi-
llada a los pies del doctor, poniéndole los zapatos y
las polainas. Las hojas de algunas plantas trepado-
ras que crecían al lado de la ventana ensombrecían
su rostro, y yo pensaba por el camino, mientras me
dirigía al Tribunal, en aquella noche en que la había
visto mirar a su marido mientras leía.
Tenía mucho que hacer. Me levantaba a las cinco
de la mañana y no volvía hasta las nueve o las diez
de la noche. Pero me causaba un placer infinito
encontrarme a la cabeza de tanto trabajo, y nunca
andaba despacio; me parecía que cuanto más me
cansaba más esfuerzos hacía para merecer a Dora.
Ella todavía no me había visto en aquella nueva
fase de mi carácter, porque como ya vendría muy
pronto a casa de miss Mills, yo había retrasado
hasta aquel momento todo lo que tenía que decirle,
limitándome a poner en las cartas (que pasaban
todas por manos de miss Mills) que tenía muchas
cosas que contarle. Entre tanto había reducido mi
consumo de loción para la cara, había renunciado
totalmente al jabón perfumado y al agua de colonia
y había vendido con una pérdida enorme tres chale-
cos que me parecieron demasiado elegantes para
una vida tan austera como la mía.
Pero todavía no estaba satisfecho; ardía en dese-
os de hacer más cosas, y fui a ver a Traddles, que
habitaba por el momento en la parte trasera de una
casa en Castle Street Holborn. Llevé conmigo a
míster Dick, que ya me había acompañado dos
veces a Highgate y que había recobrado su amistad
con el doctor.
Llevé a míster Dick porque era tan sensible al
cambio de fortuna de mi tía y estaba tan profunda-
mente convencido de que no había esclavo ni for-
zado que trabajase tanto como yo, que perdía el
apetito y el buen humor en su desesperación de no
poder hacer nada. Como es natural, se sentía más
incapaz que nunca de acabar su Memoria, y cuanto
más trabajaba en ella más venía a importunarle la
desgraciada cabeza del rey Carlos. Temiendo que
su estado se agravara si no conseguíamos con
cualquier engaño hacerle creer que nos era muy
útil, o si no le encontrábamos, lo que hubiera sido
mejor, un medio de ocuparle verdaderamente, tomé
la decisión de pedir a Traddles si podría ayudarnos.
Antes de ir a verle le había relatado por carta deta-
lladamente lo que había ocurrido, y en contestación
había recibido una carta excelente, donde me ex-
presaba toda su simpatía y toda su amistad.
Le encontramos sumido en su trabajo, con su tin-
tero y sus papeles, ante el florero y el estante, que
estaban en un rincón de la habitación para recrear
sus ojos y animar su valor. Nos acogió del modo
más cordial, y en menos de un momento Dick y él
fueron amigos íntimos. Míster Dick llegó a decir que
estaba seguro de haberle conocido antes, y noso-
tros dijimos que era muy posible.
La primera cuestión que yo había propuesto a
Traddles era esta: Yo había oído decir que muchos
de los hombres distinguidos más tarde en distintas
carreras habían empezado haciendo resúmenes de
los debates del Parlamento. Traddles me había
hablado de los periódicos como de una de sus es-
peranzas. Partiendo de esos dos datos, yo le decía
a Traddles en mi carta que deseaba saber cómo
podría llegar a dar cuenta de las discusiones de las
Cámaras. Traddles me respondió entonces que,
según sus informes, la condición práctica necesaria
para esta ocupación, excepto quizá en casos muy
raros, para garantizar la exactitud de lo que se dice,
era el conocimiento completo del arte misterioso de
la taquigrafía, que ofrecía en sí misma las mismas
dificultades que si se tratara de estudiar seis len-
guas y ni aun con mucha perseverancia se conse-
guía en muchos años. Traddles pensaba, natural-
mente, que esto dejaba de lado la cuestión; pero yo
no veía en ello mas que unos cuantos grandes
árboles que derribar para llegar hasta Dora, y al
instante decidí abrirme un camino a través de ellos
con el hacha en la mano.
-Te lo agradezco mucho, mi querido Traddles; voy
a empezar mañana.
Traddles me miró sorprendido, lo que era natural,
pues no sabía todavía a qué grado de entusiasmo
había llegado yo.
-Compraré un libro que trate a fondo esa ciencia
-le dije- y trabajaré en el Tribunal, pues allí tengo
poco que hacer, y tomaré en taquigrafía los discur-
sos para ejercitarme. Traddles, amigo mío, lo con-
seguiré.
-Nunca -dijo Traddles abriendo los ojos cuanto po-
dia- me hubiera figurado que tuvieras tanta decisión,
Copperfield.
Y no sé cómo hubiera podido tener la menor idea,
pues para mí era todavía un misterio. Cambié la
conversación y puse a míster Dick sobre el tapete.
-¿Sabe usted? -dijo míster Dick-. Yo querría poder
servir para cualquier cosa, míster Traddles; para
tocar el tambor aunque fuera, o para soplar en algo.
¡Pobre hombre! En el fondo de mi corazón creo
que hubiera preferido, en efecto, cualquier ocupa-
ción de esa clase. Pero Traddles, que no hubiera
sonreído por nada del mundo, contestó gravemente:
-Pero tiene usted una escritura muy buena, caba-
llero. Copperfield me lo ha dicho.
-Muy buena -dije yo.
En realidad, la claridad de su escritura era admi-
rable.
-¿No cree usted que podría copiar actas si yo se
las proporcionara?
Míster Dick me miró con expresión de duda:
«¿Qué le parece a usted, Trotwood?».
Yo moví la cabeza. Míster Dick movió la suya y
suspiró.
-Explíquele usted lo que me ocurre con la Memo-
ria --dijo míster Dick.
Le expliqué a Traddles que era muy difícil impedir
al rey Carlos I que se mezclara en los manuscritos
de míster Dick, quien durante aquel tiempo se chu-
paba el dedo, mirando a Traddles con la expresión
más respetuosa y más seria.
-Pero usted sabe que las actas de que hablo
están ya redactadas y terminadas -dijo Traddles
después de un momento de reflexión---. Míster Dick
no tendrá nada que hacer en ellas. ¿No sería esto
distinto, Copperfield? En todo caso, yo creo que
podría probar.
Sobre esto fundamos buenas esperanzas des-
pués de un momento de conferencia secreta entre
Traddles y yo, mientras míster Dick nos miraba con
inquietud desde su silla. En resumen, formamos un
plan en virtud del cual se puso al trabajo al día si-
guiente con el mayor éxito.
Pusimos encima de una mesa, al lado de la ven-
tana de Buckingham Street, el trabajo que Traddles
había proporcionado; había que hacer no sé cuán-
tas copias de un documento cualquiera relativo a un
derecho de paso. Sobre otra mesa extendimos el
último proyecto de Memoria a medio hacer. Dimos
instrucciones a míster Dick para copiar exactamente
lo que tenía delante de él, sin apartarse lo más
mínimo del original, y si sentía la necesidad de
hacer la más ligera alusión al rey Carlos I debía
volar al instante hacia la Memoria. Le exhortamos
para que siguiera con resolución este plan de con-
ducta, y dejamos a mi tía para que le vigilara. Des-
pués nos contó que en el primer momento estaba
como un timbalero entre los dos tambores y que
dividía sin cesar su atención entre las dos mesas;
pero habiéndole parecido después que aquello le
confundía y le cansaba, había terminado por poner-
se sencillamente a copiar el papel que tenía ante la
vista, dejando la Memoria para otra ocasión. En una
palabra, aunque tuvimos mucho cuidado para que
no trabajara más de lo razonable, y aunque no se
había puesto a trabajar al principio de la semana,
para el sábado había ganado diez chelines y nueve
peniques, y no olvidaré nunca sus idas y venidas a
todas las tiendas de la vecindad para cambiar su
tesoro en monedas de seis peniques, que trajo des-
pués a mi tía en una bandeja, donde las había colo-
cado en forma de corazón; sus ojos estaban llenos
de lágrimas de alegría y de orgullo. Desde el mo-
mento en que se vio ocupado de una manera útil,
parecía un hombre que se siente bajo un encanto
propicio, y si hubo una criatura dichosa aquella no-
che en el mundo fue el ser agradecido que miraba a
mi tía como a la mujer más notable y a mí como al
muchacho más extraordinario que hubiera en la
tierra-.
-Ya no hay peligro de que muera de hambre,
Trotwood -me dijo míster Dick dándome un apretón
de manos en un rincón-; yo me encargo de todas
sus necesidades, caballero.
Y movía en el aire sus diez dedos triunfantes, co-
mo si hubieran estado otros tantos bancos a su
disposición.
No sé quién estaba más contento, si Traddles o
yo.
-Verdaderamente -me dijo de pronto sacando una
carta del bolsillo-, ésto me ha hecho olvidar comple-
tamente a míster Micawber.
La carta estaba dirigida a mí (míster Micawber no
desperdiciaba nunca la ocasión de escribir una car-
ta) y ponía: «Confiada a los buenos cuidados de T.
Traddles, esq. du Temple».
«Mi querido Copperfield:
-- No le sorprenderá mucho saber que
me ha surgido una buena cosa, pues, si
lo recuerda, le había prevenido hace ya
algún tiempo que esperaba sin cesar
algo análogo.
Voy a establecerme en una ciudad de
provincias de nuestra isla afortunada.
La sociedad de este lugar puede ser
descrita como una mezcla feliz de los
elementos agrícolas y eclesiásticos, y
estaré en relaciones directas con una
de las profesiones más sabias. Mistress
Micawber y nuestra progenie me si-
guen. Nuestras cenizas se encontrarán
probablemente depositadas un día en el
cementerio dependiente de un venera-
ble santuario que ha llevado la reputa-
ción del lugar de que hablo desde la
China al Perú, si puedo expresarme así.
A1 decir adiós a la moderna Babilonia
hemos tenido que soportar muchas vici-
situdes y ¡con qué valor! mistress Mi-
cawber y yo sabemos que abandona-
mos quizá para muchos años, quizá pa-
ra siempre, a una persona que está
unida a los recuerdos más potentes del
altar de nuestros dioses domésticos.
Si la víspera de nuestra partida quiere
usted acompañar a nuestro común ami-
go míster Thomas Traddles a nuestra
residencia actual para cambiar los votos
naturales en semejantes casos, hará el
mayor honor a un hombre siempre fiel
WILKINS MICAWBER.»
Me alegré mucho de saber que mister Micawber
había por fin sacudido su cilicio y encontrado de
verdad algo. Supe por Traddles que la invitación era
para aquella misma noche, y antes de que fuera
más tarde expresé mi intención de asistir. Tomamos
juntos el camino de la casa que mister Micawber
ocupaba bajo el nombre de míster Mortimer, y que
estaba situada en lo alto de Grayls Inn Road.
Los recursos del mobiliario alquilado a míster Mi-
cawber eran tan limitados, que encontramos a los
mellizos, que tendrían unos ocho o nueve años,
dormidos en una cama-armario en el salón, donde
míster Micawber nos esperaba con una jarra llena
del famoso brebaje que le gustaba hacen Tuve el
gusto en aquella ocasión de volver a ver al hijo ma-
yor, muchacho de doce o trece años, que prometía
mucho si no hubiera estado ya sujeto a esa agita-
ción convulsiva de todos los miembros que no es un
fenómeno sin ejemplo en los chicos de su edad.
También vi a su hermanita miss Micawber, en quien
« su madre resucitaba su juventud pasada», como
el Fénix, según nos dijo míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -me dijo-, míster Traddles
y usted nos encuentran a punto de emigrar y excu-
sarán las pequeñas incomodidades que resultan de
la situación.
Lanzando una mirada a mi alrededor antes de dar
una respuesta conveniente, vi que el ajuar de la
familia estaba ya embalado y que su volumen no
era para asustar. Felicité a mistress Micawber por el
cambio de su situación.
-Mi querido Copperfield -me dijo mistress Micaw-
ber-, sé todo el interés que usted se toma por nues-
tros asuntos. Mi familia puede mirar este alejamien-
to como un destierro, si así le parece; pero yo soy
mujer y madre y no abandonaré nunca a míster
Micawber.
Traddles, al corazón del cual interrogaban los ojos
de mistress Micawber, asintió con tono aquiescente.
-Al menos es mi manera de considerar el com-
promiso que he contraído, mi querido Copperfield, el
día que pronuncié aquellas palabras irrevocables:
«Yo, Emma, tomo por esposo a Wilkins» . La víspe-
ra de aquel gran acto leí de cabo a rabo, a la luz de
una vela, todo el oficio del matrimonio y saqué la
conclusión de que no abandonaría nunca a míster
Micawber. Por lo tanto, podré equivocarme en la
manera de interpretar el sentido de aquella piadosa
ceremonia, pero no le abandonaré nunca.
-Querida mía -dijo míster Micawber con alguna
impaciencia-, ¿quién ha hablado jamás de eso?
-Sé, mi querido míster Copperfield -repuso mis-
tress Micawber-, que ahora tendré que poner mi
tienda entre los extraños; sé que los diferentes
miembros de mi familia, a los que mister Micawber
ha escrito en los términos más corteses para anun-
ciarles esto, ni siquiera han contestado a su comu-
nicación. A decir verdad, quizá sea superstición por
mi parte; pero creo que mister Micawber está pre-
destinado a no recibir respuesta de la mayoría de
las cartas que escribe. Supongo, por el silencio de
mi familia, que ve inconvenientes en la resolución
que he tomado; pero yo no me dejaré apartar del
camino del deber ni por papá y mamá si vivieran to-
davía, míster Copperfield.
Expresé mi opinión de que aquello era ir por el
buen camino.
-Me dirán que es sacrificarse el it a encerrarse en
un pueblo casi eclesiástico. Pero, míster Copper-
field, ¿por qué no he de sacrificarme si veo que un
hombre dotado de las facultades que posee míster
Micawber consume un sacrificio más grande todav-
ía?
-¡Oh! ¿Van ustedes a vivir en una ciudad eclesiás-
tica? -pregunté.
Míster Micawber, que acababa de servirnos a to-
dos el ponche, contestó:
-A Canterbury. El caso es, mi querido Copperfield,
que estoy unido por un contrato a nuestro amigo
Heep para ayudarle y servirle en calidad de... em-
pleado de confianza.
Miré con asombro a míster Micawber, que gozaba
mucho con mi sorpresa.
-Debo decirle -repuso con aire solemne- que las
costumbres prácticas y los prudentes consejos de
mistress Micawber han contribuido mucho a este
resultado. El guante de que mistress Micawber le
habló hace tiempo ha sido lanzado a la sociedad
bajo la forma de un anuncio, y nuestro amigo Heep
lo ha recogido, resultando de ello un agradecimiento
mutuo. Quiero hablar con todo el respeto posible de
nuestro amigo Heep, bondad notable. Mi amigo
Heep -continuó míster Micawber- no ha fijado el
sueldo en una suma muy considerable; pero me ha
hecho muchos favores para librarme de las dificul-
tades pecuniarias que pesaban sobre mí, contando
de antemano con mis servicios, y tiene razón; yo
pondré mi honor en hacerle serios servicios. La inte-
ligencia y la habilidad que pueda poseer -dijo mister
Micawber con expresión de modesto orgullo y en su
antiguo tono de elegancia- las consagraré por com-
pleto al servicio de mi amigo Heep. Ya tengo algún
conocimiento del Derecho, pues he tenido que sos-
tener por mi cuenta muchos procesos civiles, y voy
a dedicarme inmediatamente a estudiar los comen-
tarios de uno de los más eminentes jurisconsultos
ingleses. Creo que es inútil añadir que me refiero al
juez de paz Blackstone.
Aquellas observaciones fueron interrumpidas a
menudo por mistress Micawber regañando a su hijo
mayor porque estaba sentado sobre los talones o
porque se sostenía la cabeza con las dos manos,
como si tuviera miedo a perderla, o bien porque
daba puntapiés a Traddles por debajo de la mesa;
otras veces ponía un pie encima de otro, o separa-
ba las piernas a distancias absurdas, o se tumbaba
en la mesa, metiendo los pelos en los vasos; en fin,
que manifestaba la inquietud de todos sus miem-
bros con una multitud de movimientos incompatibles
con los intereses generales de la sociedad, en-
fadándose además por las observaciones que su
madre le hacía. Durante aquel tiempo yo pensaba
qué significaría la revelación de mister Micawber, de
la que no me había repuesto todavía hasta que
mistress Micawber reanudó el hilo de su discurso
reclamando toda mi atención.
-Lo que yo pido sobre todo a Micawber es que
evite, aunque se sacrifique a esta rama secundaria
del Derecho, que evite el quedarse sin medios de
poder elevarse un día hasta la cumbre. Estoy con-
vencida que mister Micawber, dedicándose a una
profesión que dé libre camera a la fertilidad de sus
recursos y a su facilidad de elocución, no podrá por
menos de distinguirse. Veamos, mister Traddles: si
se tratara, por ejemplo, de llegar a ser un día juez o
canciller -añadió con expresión profunda-, ¿no se
colocará uno completamente fuera de esos puestos
importantes aceptando un empleo como ese que
mister Micawber acaba de aceptar?
-Querida mía -dijo también Micawber mirando a
Traddles con interrogación-, tenemos delante de
nosotros tiempo para reflexionar sobre ello.
-¡No, Micawber! -replicó ella-. Tu equivocación en
la vida es no mirar nunca lo bastante al porvenir.
Estás obligado, aunque sólo sea por un sentimiento
de justicia hacia tu familia y hacia ti mismo, a abra-
zar con la mirada los puntos más alejados del hori-
zonte a que pueden llevarte tus facultades.
Mister Micawber tosió y bebió su ponche muy sa-
tisfecho, y continuó mirando a Traddles como si
esperase su opinión.
-Usted sabe la verdadera situación, mistress Mi-
cawber -dijo Traddles, revelándole suavemente la
verdad-; quiero decir el caso en toda su desnudez
más prosaica...
-Precisamente, mi querido mister Traddles -dijo
mistress Micawber-, deseo ser lo más prosaica po-
sible en un asunto de esta importancia.
-Es que --dijo Traddles- esta rama de la carrera,
aun cuando mister Micawber fuera abogado en toda
regla...
-Precisamente -replicó mistress Micawber-. Wil-
kins, no te pongas bizco; después ya no sabrás
mirar derecho.
-Esta parte de la carrera no tiene nada que ver
con la magistratura. únicamente los abogados pue-
den pretender esos puestos importantes, y míster
Micawber no puede ser abogado sin haber estudia-
do cinco años en alguna escuela de Derecho.
-¿Le he comprendido bien? -dijo mistress Micaw-
ber con su expresión más comprensiva y más ama-
ble-. ¿Dice usted, mi querido míster Traddles, que a
la expiración de ese plazo míster Micawber podría
entonces ser juez o canciller?
-En rigor sí «podría» -repuso Traddles remarcan-
do la última palabra.
-Gracias --dijo mistress Micawber-; es todo lo que
quería saber. Si esa es la situación y si mister Mi-
cawber no renuncia a ningún privilegio encargándo-
se de esos deberes, se acabaron mis inquietudes.
Me dirán ustedes que hablo como una mujer -dijo
mistress Micawber-; pero siempre he creído que
míster Micawber poseía lo que papá llamaba espíri-
tu judicial, y me parece que ahora entra en una
carrera donde sus facultades podrán desarrollarse y
elevarle a un puesto importante.
No dudo de que mister Micawber no se viera ya
con los ojos del espíritu judicial sentado en la silla
del tribunal. Se pasó la mano con satisfacción por
su cabeza calva y dijo con una resignación orgullo-
sa:
-No anticipemos los secretos de la fortuna, queri-
da. Si estoy destinado a llevar peluca, estoy dis-
puesto, exteriormente al menos -añadió haciendo
alusión a su calvicie-, a recibir esa distinción. No
siento haber perdido mis cabellos, y quién sabe si
no los he perdido con un objeto determinado. Mi
intención, mi querido Copperfield, es educar a mi
hijo para la Iglesia, y, lo confieso, es sobre todo por
él por lo que me gustaría llegar a la grandeza.
-¿Por la Iglesia? -pregunté maquinalmente, pues
seguía pensando en Uriah Heep.
-Sí -dijo mister Micawber-;tiene una hermosa voz,
y empezará en los coros. Nuestra residencia en
Canterbury y las relaciones que ya poseemos nos
permitirán sin duda aprovechar las vacantes que se
presenten entre los cantores de la catedral.
Mirando de nuevo a su hijo me pareció que tenía
cierta expresión que hacía que pareciese que le
salía la voz de las cejas, lo que se afirmó al oírle
cantar (le dieron a escoger entre cantar o irse a la
cama, y cantó) The wood-Pecker tapping. Después
de muchos cumplidos sobre la ejecución del trozo
se volvió a la conversación general, y como yo es-
taba demasiado preocupado con mis intentos des-
esperados para callarme el cambio de mi situación,
les conté todo a los Micawber. No puedo expresar lo
encantados que se quedaron al saber los apuros de
mi tía y cómo aquello redobló su cordialidad y la
naturalidad de sus modales.
Cuando habíamos llegado casi al fondo de la jarra
me dirigí a Traddles y le recordé que no podíamos
separarnos sin desear a nuestros amigos una salud
perfecta y mucha felicidad y éxito en su nueva ca-
rrera. Rogué a mister Micawber que llenara los va-
sos, y brindé a su salud con todos los requisitos;
estreché la mano de, míster Micawber a través de la
mesa, besé a mistress Micawber en conmemora-
ción de aquella gran solemnidad. Traddles me imitó
en cuanto a lo primero; pero no se creyó bastante
íntimo en la casa para seguir más lejos.
-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber
levantándose, con los dedos pulgares en los bolsi-
llos del chaleco-, compañero de mi juventud, si me
está permitida esta expresión, y usted, mi estimado
amigo Traddles, si puedo llamarle así, permítanme,
en nombre de mistress Micawber y en el mío y en el
de nuestros hijos, darles las gracias por sus buenos
deseos en los términos más calurosos y espontáne-
os. Podia esperarse que en vísperas de una emi-
gración que abre ante nosotros una existencia com-
pletamente nueva (míster Micawber hablaba como
si fuera a establecerse a quinientas mil millas de
Londres) deseara dirigir algunas palabras de des-
pedida a dos amigos como los presentes; pero ya
he dicho todo lo que tenía que decir. Sea cual fuere
la situación social a que pueda llegar siguiendo la
profesión sabia de que voy a ser un miembro indig-
no, trataré de no desmerecer y de hacer honor a
mistress Micawber. Bajo el peso de las dificultades
pecuniarias temporales, provenientes de compromi-
sos contraídos con intención de responder a ellos
inmediatamente, pero de los que no he podido li-
brarme a consecuencia de circunstancias diversas,
me he visto en la necesidad de ponerme un traje
que repugna a mis instintos naturales, quiero decir
gafas, y de tomar posesión de un nombre sobre el
que no puedo establecer ninguna pretensión legíti-
ma. Todo lo que puedo decir de ello es que las nu-
bes han desaparecido del horizonte sombrío y que
el ángel de la guarda reina de nuevo sobre la cum-
bre de las montañas. El lunes a las cuatro, a la lle-
gada de la diligencia a Canterbury, mi pie hollará su
tierra natal y mi nombre será ¡Micawber!
Míster Micawber volvió a sentarse después de
aquellas observaciones y bebió dos vasos seguidos
de ponche con la mayor gravedad; después añadió
en tono solemne:
-Me queda todavía algo que hacer antes de sepa-
ramos; me queda cumplir un acto de justicia. Mi
amigo míster Thomas Traddles, en dos ocasiones
diferentes ha puesto su firma, si puedo emplear esta
expresión vulgar, en pagarés para mi uso. En la
primera ocasión míster Thomas Traddles ha sido...
debo decir que ha sido cogido en el lazo. El término
del segundo todavía no ha llegado. El primero as-
cendía a (en esto míster Micawber examinó cuida-
dosamente sus papeles), creo que ascendía a vein-
titrés libras, cuatro chelines y nueve peniques y
medio; el segundo, según mis notas, era de diecio-
cho libras, seis chelines y dos peniques; estas dos
sumas hacen un conjunto total de cuarenta y una
libras, diez chelines y once peniques y medio, si mis
cálculos son exactos. ¿Mi amigo Copperfield quiere
tener la bondad de comprobar la suma?
Lo hice, y encontré la cuenta exacta.
-Sería un peso insoportable para mí -dijo míster
Micawber- dejar esta metrópoli y a mi amigo míster
Thomas Traddles sin pagar la parte pecuniaria de
mis obligaciones con él. He preparado, y lo tengo en
la mano, un documento que responde a mis deseos
sobre este punto. Pido permiso a mi amigo míster
Traddles para entregarle mi pagaré por la suma de
cuarenta y una libras, diez chelines y once peniques
y medio, y hecho esto recobro toda mi dignidad
moral y siento que puedo andar con la cabeza le-
vantada ante mis semejantes.
Después de haber soltado este prefacio con viva
emoción, míster Micawber puso su pagaré entre las
manos de Traddles y le aseguró sus buenos deseos
para todas las circunstancias de su vida. Estoy per-
suadido de que no solamente esta transacción hac-
ía en míster Micawber el mismo efecto que si hubie-
ra pagado el dinero, sino que Traddles mismo no se
dio bien cuenta de la diferencia hasta que tuvo
tiempo para pensarlo.
Fortificado por aquel acto de virtud, míster Micaw-
ber andaba con la cabeza tan alta delante de sus
semejantes, los hombres, que su pecho parecía
haberse ensanchado una mitad más cuando nos
alumbraba para bajar la escalera. Nos separamos
muy cordialmente y, después de acompañar a
Traddles hasta su puerta y mientras volvía solo a
casa, entre otros pensamientos extraños y contra-
dictorios que me vinieron a la imaginación, pensé
que probablemente era a causa del recuerdo de
compasión por mi infancia abandonada por lo que
míster Micawber, con todas sus excentricidades, no
me había pedido nunca dinero. Seguramente no
hubiera tenido valor para negárselo, y no me cabe
duda, dicho sea en honor suyo, que él lo sabía tan
bien como yo.
CAPÍTULO XVII
UN POCO DE AGUA FRÍA
Mi nueva vida duraba ya más de una semana y
estaba más fuerte que nunca en aquellas terribles
resoluciones prácticas que consideraba como exigi-
das imperiosamente por las circunstancias. Conti-
nuaba andando muy deprisa, con una vaga idea de
que seguía mi camino. Me aplicaba a gastar mis
fuerzas todo lo que podía en el ardor con que
cumplía todo lo emprendido. Era, en una palabra,
una verdadera víctima de mí mismo. Llegué incluso
a preguntarme si no debería hacerme vegetariano,
con la vaga idea de que volviéndome un animal
herbívoro sería un sacrificio más que ofrecer en el
altar de Dora.
Hasta entonces mi pequeña Dora ignoraba por
completo mis esfuerzos desesperados y no sabía lo
que mis cartas hubieran podido confusamente de-
jarla percibir. Pero llegó el sábado. Era el día que
debía visitar a miss Mills, y yo también debía ir allí a
tomar el té cuando míster Mills se hubiera marchado
a su Círculo para jugar al whist, suceso de que me
advertía la aparición de una jaula de pájaro en la
ventana de en medio del salón.
Entonces estábamos establecidos del todo en
Buckinghan Street. Míster Dick continuaba sus co-
pias con una alegría sin igual. Mi tía había conse-
guido una victoria señalada sobre mistress Crupp
tirando por la ventana la primera cazuela que en-
contró emboscada en la escalera y protegiendo su
persona a la llegada y a la salida con una asistenta
que había tomado para la limpieza. Estas medidas
de rigor habían causado tal impresión en mistress
Crupp, que se había retirado a su cocina, convenci-
da de que mi tía estaba rabiosa. A mi tía, a quien la
opinión de mistress Crupp, como la del mundo ente-
ro, tenía completamente sin cuidado, le divertía
confir mar aquella idea, y mistress Crupp, antes tan
valiente, pront perdió todo su valor; tanto, que para
evitar encontrarse con mí tía en la escalera trataba
de eclipsar su voluminosa persona detrás de las
puertas o esconderse en los rincones oscu ros,
dejando, sin embargo, aparecer, sin darse cuenta,
uno dos volantes de la falda de franela. Miss Betsey
encontrab tal satisfacción en asustarla, que yo creo
que se divertía su biendo y bajando expresamente
la escalera con el sombrer plantado con descaro en
lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas
de encontrar a mistress Crupp en su camino.
Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu
inven tivo, introdujo tantas mejoras en nuestros
arreglos interiores que se hubiera dicho que había-
mos heredado en lugar d arruinamos. Entre otras
cosas convirtió la despensa en u tocador para mi
uso, y me compró una cama de madera que se
convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto
de s solicitud, y mi pobre madre misma no me
hubiera podid querer más ni preocuparse más por
hacerme dichoso.
Peggotty había considerado como un gran favor el
privilegio de participar en todos aquellos trabajos, y
aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo
terror, había recibid de ella últimamente tantas
pruebas de confianza y estima ción, que eran las
mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el
momento (hablo del sábado, en que yo tenía que
tomar el té en casa de miss Mills) en que tenía que
volver su casa para cuidar de Ham.
-Adiós, Barkis -dijo mi tía-. Cuídese mucho. Nunc
hubiera creído que pudiera sentir tanto verla mar-
char.
Acompañé a Peggotty a las oficinas de la diligen-
cia y dejé en el coche. Lloraba al despedirse y con-
fió a su hermano a mi amistad, como había hecho
Ham. No habíamos vuelto a oír hablar de él desde
la tarde que se marchó.
-Y ahora, mi querido Davy -dijo Peggotty-, si du-
rante tu aprendizaje necesitas dinero para tus gas-
tos, o si el plazo expira, querido niño, y necesitas
algo para establecerte, en uno a otro caso, o en los
dos, ¿quién tendría más derecho para prestártelo
que la vieja niñera de mi pobre niña?
No estaba poseído por una pasión de indepen-
dencia tan salvaje que no quisiera al menos agra-
decer sus ofrecimientos generosos, asegurándole
que si pedía alguna vez dinero a alguien sería a ella
a quien me dirigiría, y creo que, de no haberle pedi-
do en el momento una gran suma, aquella segu-
ridad era lo que más podía complacerla.
-Y además, querido --dijo Peggotty bajito-, dile a
tu lindo angelito que me hubiera gustado conocerla
aunque sólo hubiera sido un minuto; dile también
que antes de casarse con mi niño vendré a arregla-
ros la casa, si me lo permitís.
Le prometí que nadie la tocaría más que ella, y
quedó tan encantada, que se marchó radiante.
Me cansé aquel día en el Tribunal más que de
costumbre por una multitud de procedimientos para
que se me hiciera el tiempo menos largo, y por la
tarde, a la hora fijada, fui a la calle en que vivía miss
Mills. Míster Mills era un hombre terrible para dormir
siempre después de comer y no había salido todav-
ía. La jaula no estaba en la ventana.
Me hizo esperar tanto tiempo, que empecé a de-
sear, a modo de consuelo, que los jugadores de
whist que hacían la partida le pusieran multa para
enseñarle a no retrasarse. Por fin salió y vi a mi
pequeña Dora colgar ella misma la jaula y dar un
paso en el balcón para ver si estaba yo allí. A1 ver-
me se entró corriendo, mientras Jip ladraba con
todas sus fuerzas contra un enorme perro que esta-
ba en la calle y que le hubiera podido tragar como
una píldora.
Dora salió a la puerta del salón para recibirme; Jip
llegó también, gruñendo, convencido de que yo era
un bandido, y entramos los tres en la habitación con
ternura y muy dichosos. Pero pronto lancé yo la
desesperación en medio de nuestra alegría (¡ay! fue
sin querer; pero estaba tan preocupado por mi
asunto) preguntando a Dora sin preámbulos si podr-
ía decidirse a querer a un mendigo.
¡Mi querida y pequeña Dora! ¡Pensad en su terror!
La idea que aquella palabra despertaba en su espí-
ritu era la de un rostro lleno de arrugas, con un go-
rro de algodón, con acompañamiento de muletas,
de una pierna de palo y de un perro con una cestita
en la boca. Así es que me miró toda asustada y con
la sorpresa más cómica del mundo.
-¿Cómo puedes hacerme esa pregunta tan loca?
--dijo haciendo una mueca-. ¡Querer a un mendigo!
-Dora, amor mío -le dije-. Yo soy un mendigo.
-¿Cómo puedes ser tan loco para venir a contar-
me semejantes cosas? ---dijo, dándome un golpeci-
to en la mano-. Voy a decirle a Jip que te muerda.
Su infantilidad era lo que más me gustaba del
mundo; pero tenía que explicarme, y repetí en tono
solemne:
-Dora, vida mía, amor mío, ¡tu David se ha arrui-
nado!
-Te aseguro que le diré a Jip que te muerda si
continúas con tus locuras -repuso Dora sacudiendo
sus bucles.
Pero me vio tan serio, que dejó de sacudir sus
bucles, puso su manita temblorosa en mi hombro,
me miró primero confusa y con temor, y después se
echó a llorar. ¡Era una cosa terrible! Caí de rodillas
al lado del diván, acariciándola y rogándole que no
me desgarrara el corazón; pero durante un rato mi
pobre Dora sólo sabía repetir:
-¡Dios mío, Dios mío! Tengo miedo. ¿Dónde está
Julia? Llévame con Julia, y vete, te lo ruego.
Yo no sabía lo que era de mí.
Por fin, a fuerza de ruegos y de protestas, con-
vencí a Dora de que me mirase. Parecía muy asus-
tada; pero poco a poco, con mis caricias, conseguí
que me mirase tiernamente, y apoyó su suave meji-
llita contra la mía. Entonces, teniéndola abrazada, le
dije que la quería con todo mi corazón, pero que, en
conciencia, me creía obligado a ofrecerle si quería
romper nuestro compromiso, porque me había que-
dado muy pobre; que nunca me consolaría ni podría
soportar la idea de perderla; que yo no temía la
pobreza si ella tampoco la temía; que mi corazón y
mis brazos sacarían las fuerzas de mi amor por ella;
que ya trabajaba con un valor de que solo los aman-
tes son capaces; que había empezado a entrar en
la vida práctica y a pensar en el porvenir-, que una
miga de pan ganada con el sudor de nuestra frente
era más dulce al corazón que un festín debido a una
herencia; y muchas más cosas bonitas como aque-
lla, pronunciadas con una elocuencia apasionada
que me sorprendió a mí mismo, aunque me había
preparado para aquel momento desde que mi tía
me sorprendió con su llegada imprevista.
-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía?
-le dije con entusiasmo, sabiendo que me pertenec-
ía, pues se estrechaba contra mí.
-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan te-
rrible!
-¿Yo terrible, pobre Dora?
-No me hables de volverme pobre y de trabajar
como un negro -me dijo abrazándome-; te lo ruego,
te lo ruego.
-Amor mío -le dije-, una miga de pan... ganada
con el sudor...
-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan.
.Jip necesita todos los días su chuleta de cordero a
mediodía; si no se morirá.
Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le
expliqué tiernamente que Jip tendría su chuleta de
cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le
describí nuestra vida modesta, independiente, gra-
cias a mi trabajo; le hablé de la casita que había
visto en Highgate, con la habitación en el primer
piso para mi tía.
-¿Soy todavía muy terrible, Dora? -le dije con ter-
nura.
-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu
tía esté mucho tiempo en su habitación, y
además que no sea una vieja gruñona.
Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo
hubiera hecho entonces. Sin embargo, me daba
cuenta de que no servía para mucho en el caso
actual. Mi nuevo ardor se enfriaba viendo que era
tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo esfuerzo.
Cuando se hubo repuesto por completo y cogió a
Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas alre-
dedor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.
-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?
-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica
-me dijo en tono suave-; ¡si supieras el miedo que
me da!
-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte
en todo esto. Yo querría hacerte ver las cosas de
otro modo. Por el contrario, querría que esto te ins-
pirase valor.
-¡Es precisamente lo que me asusta! --exclamó
Dora.
-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de
voluntad se soportan cosas mucho peores.
-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacu-
diendo sus bucles-. ¿No es verdad, Jip? ¡Vamos,
besa a Jip y sé cariñoso!
Era imposible negarme a besar a Jip cuando me
lo tendía expresamente, redondeando ella también
para besarle su boquita rosa, dirigiendo la opera-
ción, que debía cumplirse, con una precision ma-
temática, en medio de la nariz del animalito. Hice lo
que quería, y después reclamé la recompensa por
mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante
tiempo hacer que fracasara mi gravedad.
-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi so-
lemnidad-, ¡todavía tengo algo que decirte!
Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se
hubiera enamorado al verla juntar sus manitas y
tendérmelas suplicante para que no la asustara.
-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía
yo-; únicamente, Dora, querida mía, si quisieras
pensar sin temor, si quisieras pensar alguna vez,
para darte valor, en que eres la novia de un hombre
pobre.
-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!
-Nada de eso, chiquilla -le dije alegremente-; si
quisieras nada más pensarlo alguna vez y ocuparte
de vez en cuando de las cosas de la casa de tu
papá, para tratar de acostumbrarte...; las cuentas,
por ejemplo...
Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito
que parecía un sollozo.
-... Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si
me prometieras leer... un librito de cocina que yo te
mande, sería una cosa bonísima para ti y para mí.
Pues nuestro camino en la vida va a ser duro en el
primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a
nosotros toca el mejorarlo. Tenemos que luchar
para conseguirlo, y necesitamos valor. Tenemos
muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontar-
los sin temor, aplastarlos bajo nuestros pies.
Seguí hablando con el puño cerrado y con resolu-
ción; pero era inútil llegar más lejos; había dicho
bastante, y había conseguido... volver a asustarla.
-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia
Mills, y vete; ¡haz el favor!
En una palabra, estaba medio loco y recorría el
salón en todas las direcciones.
Aquella vez creí que la había matado. Le eché
agua por la cara. Caí de rodillas, me arranqué los
pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin
conciencia y sin piedad. Le pedí perdón. Le suplica-
ba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de
miss Mills para encontrar un frasco de sales, y, en
mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil cre-
yendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de
Dora. Amenacé con el puño a Jip, que estaba tan
desesperado como yo, y me entregué a todas las
extravagancias imaginables. Hacía mucho tiempo
que había perdido la cabeza cuando miss Mills
entró en la habitación.
-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó
miss Mills acudiendo en. socorro de su amiga.
Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo
soy el criminal, y una multitud de cosas del mismo
estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de
la luz, la oculté contra los almohadones del diván.
Miss Mills creyó al principio que era una pelea y
que nos habíamos perdido en el desierto de Sahara;
pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre,
pues mi pequeña y querida Dora exclamó, abrazán-
dola, que yo era un pobre obrero; después se echó
a llorar por mí, preguntándome si quería aceptarle
todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó por
echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si
su corazoncito fuera a romperse.
Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para
ser nuestra bendición. Se enteró en pocas palabras
de la situación, consoló a Dora, la convenció poco a
poco de que yo no era un obrero. Por la manera de
contar las cosas creo que Dora había supuesto que
me había hecho marinero y que me pasaba el día
balanceándome sobre una plancha. Miss Mills, me-
jor enterada, terminó por restablecer la paz entre
nosotros. Cuando todo volvió a estar en orden, Dora
subió a lavarse los ojos con agua de rosas y miss
Mills pidió el té. Entre tanto, yo declaré a aquella
señorita que siempre sería su amigo y que mi co-
razón cesaría de latir antes que olvidar su simpatía.
Le desarrollé entonces el plan que había tratado
de hacer comprender con tan poco éxito a Dora.
Miss Mills me contestó, según sus principios gene-
rales, que la cabaña de la alegría valía más que el
palacio del frío esplendor, y que donde había amor
lo había todo.
Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo
sabía mejor que yo, que amaba a Dora como
ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante
la melancólica observación de miss Mills de que
sería dichoso para algunos corazones el no haber
amado tanto como yo, le dije que mi observación se
refería al sexo masculino únicamente.
Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no
tendría alguna ventaja práctica la proposición que
había querido hacer respecto a las cuentas, al cui-
dado de la casa y a los libros de cocina.
Después de un momento de reflexión, he aquí lo
que miss Mills me contestó:
-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted.
Los sufrimientos y las pruebas morales suplen a los
años en ciertas naturalezas, y voy a hablarle tan
francamente como una madre abadesa. No; su pro-
posición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra
querida Dora es la niña mimada de la Naturaleza.
Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad. No
le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy
bien, sin duda; pero...
Miss Mills movió la cabeza.
Aquella muda concesión de miss Mills me animó a
preguntárle si en el caso de que se presentara la
ocasión de atraer la atención de Dora hacia las
condiciones de ese género necesarias a la vida
práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss
Mills consintió con tan buena voluntad, que le pedí
también si no querría encargarse del libro de cocina
y hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora
sin asustarla demasiado. Miss Mills se encargó de
la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.
Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me
pregunté si verdaderamente había derecho de ocu-
parse en detalles tan vulgares. Y además, me ama-
ba tanto, estaba tan encantadora, sobre todo cuan-
do hacía a Jip tenerse en dos patas para pedirle su
tostada y ella hacía como que le iba a quemar la
nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla,
que terminé considerándome como un monstruo
que hubiera venido a asustar al hada en su bosque,
cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en
las lágrimas que había derramado.
Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus
canciones francesas sobre la imposibilidad absoluta
de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que
nunca que era un monstruo.
Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un mo-
mento antes de retirarme miss Mills aludió por ca-
sualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la
desgracia de decir que tenía que trabajar y que me
levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era
sereno en algún establecimiento particular; pero
aquella noticia causó una gran impresión en su
espíritu, y dejó de tocar y de cantar.
Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y
me dijo con su aire mimoso, como podía habérselo
dicho, según me pareció, a su muñeca.
-¡Malo! No te levantes a las cinco; eso no tiene
sentido común.
-Tengo que trabajar, querida.
-Pues no trabajes; ¿para qué?
Era imposible decir de otra manera queriendo a
aquel lindo rostro, sorprendido, que había que tra-
bajar para vivir.
-¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora.
-¿Y cómo viviremos si no, Dora?
-¡Cómo! ¡No importa cómo! --dijo Dora.
Estaba convencida de que había solucionado la
cuestión y me dio un beso de triunfo, que brotaba
tan espontáneamente de su corazón inocente, que
por todo el oro del mundo no hubiera querido discu-
tirle la respuesta, pues la amaba y continuaba
amándola con toda mi alma, con todas mis fuerzas.
Pero al mismo tiempo que trabajaba mucho, que
batía el hierro mientras estaba caliente, aquello no
me impedía que a veces, por la noche, cuando me
encontraba frente a mi tía reflexionando en el susto
que había dado a Dora, me preguntase qué haría
para pasar a través del bosque de las dificultades
con una guitarra en la mano; y a fuerza de pensar
en ello me parecía que mis cabellos se volvían
blancos.
CAPÍTULO XVIII
DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD
Me apresaré a poner inmediatamente en ejecu-
ción el plan que había formado relativo a los deba-
tes parlamentarios. Era uno de los hierros de mi
forja que había que golpear mientras estuviera ca-
liente, y me puse a ello con una perseverancia que
me atrevo a admirar. Compré un célebre tratado so-
bre el arte de la taquigrafía (que me costó diez che-
lines) y me sumergí en un océano de dificultades, y
al cabo de algunas semanas casi me habían vuelto
loco todos los cambios que podia tener uno de esos
acentos que colocados de una manera significaban
una cosa y otra en tal otra posición; los caprichos
maravillosos figurados por círculos indescifrables;
las consecuencias enormes de un signo tan grande
como una pata de mosca; los terribles efectos de
una curva mal colocada, y no me preocupaban úni-
camente durante mis horas de estudio: me persegu-
ían hasta durante mis horas de sueño. Cuando por
fin llegué a orientarme más o menos a tientas, en
medio de aquel laberinto y a dominar casi el alfa-
beto, que por sí solo era todo un templo de jeroglífi-
cos egipcios, fui asaltado por una procesión de nue-
vos horrores, llamados signos arbitrarios. Nunca he
visto signos tan despóticos; por ejemplo, querían
absolutamente que una línea más fina que una tela
de araña significara espera, y que una especie de
candil romano se tradujera por perjudicial. A medida
que conseguía meterme en la cabeza todo aquello
me daba cuenta de que se me había olvidado el
principio. Lo volvía a aprender, y entonces olvidaba
lo demás. Si trataba de recordarlo, era alguna otra
parte del sistema la que se me escapaba.
En una palabra, era desolador; es decir, me habr-
ía parecido desolador si no hubiera sido por el re-
cuerdo de Dora, que me animaba. ¡Dora, áncora fiel
de mi barca, agitada por la tempestad! Cada ade-
lanto en el sistema me parecía una encina nudosa
que había derribado en el bosque de las difi-
cultades, y me proponía derribarlas una tras otra
con un redoblamiento de energía; tanto, que al cabo
de cuatro meses me creí en estado de intentar una
prueba con uno de nuestros oradores del Tribunal.
Nunca olvidaré que mi orador se había ya vuelto a
sentar antes de que yo hubiera empezado siquiera y
que mi lápiz se retorcía encima del papel como si
tuviera convulsiones.
Aquello no podía ser; era evidente que había aspi-
rado a demasiado; había que conformarse con me-
nos. Corrí a ver a Traddles para que me aconsejara,
y me propuso dictarme discursos despacio, dete-
niéndose de vez en cuando para facilitarme la cosa.
Acepté su ofrecimiento con la mayor gratitud, y to-
das las noches, durante mucho tiempo, tuvimos en
Buckingham Street una especie de Parlamento pri-
vado cuando volvía de casa del doctor.
Me gustaría ver en algún sitio un Parlamento se-
mejante. Mi tía y míster Dick representaban el Go-
bierno o la oposición (según las circunstancias), y
Traddles, con ayuda del Orador de Enfielfi o de un
tomo de Los debates parlamentarios, los aplastaba
con las más tremendas invectivas. De pie al lado de
la mesa, con una mano encima del libro, para no
perder la página, el brazo derecho levantado por
encima de su cabeza, Traddles representaba alter-
nativamente a míster Pitt, a mister Fox, a mister
Sheridan, a mister Burke, a lord Castlereadh, al
vizconde Sidmouth, o a míster Canning, y entregán-
dose a la cólera más violenta acusaba a mi tía y a
mister Dick de inmoralidad y de corrupción. Yo,
sentado cerca, con mi cuaderno de notas en la ma-
no, hacía volar mi pluma, queriendo seguirle en su
declamación. La inconstancia y la ligereza de
Traddles no podrían ser sobrepasadas por ningún
político del mundo. En ocho días había abrazado to-
das las ideas y había enarbolado veinte banderas.
Mi tía, inmóvil como un canciller del Exchequer,
lanzaba a veces una interrupción: «Muy bien» o
«No» a «¡Oh!» cuando el texto parecía exigirlo, y
míster Dick (verdadero ejemplo del gentilhombre
campesino) le servía inmediatamente de eco. Pero
míster Dick fue acusado durante su carrera parla-
mentaria de cosas tan odiosas y le predijeron para
el porvenir consecuencias tan terribles, que terminó
por asustarse. Yo creo que hasta acabó por per-
suadirse de que efectivamente había hecho algo
que debía acarrear la ruina de la Constitución de la
Gran Bretaña y la decadencia inevitable del país.
Muy a menudo continuábamos nuestros debates
hasta que el reloj daba las doce y las velas se hab-
ían quemado hasta el final. El resultado de tanto
trabajo fue que terminé por seguir bastante bien a
Traddles. No faltaba más que una cosa a mi triunfo,
y era saber leer después lo que ponía en mis notas;
pero no tenía ni la menor idea. Una vez escritas,
lejos de poder restablecer el sentido, era como si
hubiera copiado inscripciones chinas de las cajas de
té o las letras de oro que se pueden leer en los
enormes frascos rojos de las farmacias.
No tenía otra cosa que hacer que volver a poner-
me valientemente a la tarea. Era duro, pero em-
pecé, a pesar de mi fastidio, a recorrer de nuevo
laboriosa y metódicamente el camino que ya había
andado, marchando a pasos de tortuga, detenién-
dome para examinar minuciosamente el menor sig-
no, y haciendo esfuerzos desesperados para desci-
frar aquellos caracteres pérfidos en cualquier parte
que los encontrase. Era muy exacto en mi oficina,
muy exacto con el doctor; en fin, trabajaba como un
verdadero caballo de alquiler.
Un día que me dirigía al Tribunal de Doctores,
como de costumbre, me encontré en el umbral de la
puerta a míster Spenlow muy serio y hablando solo.
Como se quejaba a menudo de dolores de cabeza y
tenía el cuello muy corto y los cuellos de las cami-
sas muy tiesos, en el primer momento creí que le
habría atacado un poco al cerebro; pero pronto me
tranquilicé sobre aquel punto.
En lugar de contestarme a mi «Buenos días, ca-
ballero» con su amabilidad acostumbrada, me miró
de un modo altanero y ceremonioso y me indicó
fríamente que le siguiera a cierto café que en aquel
tiempo daba al Tribunal por el pequeño arco al lado
del cementerio de Saint Paul. Yo le obedecí muy
turbado; me sentía cubierto de un sudor frío, como
si todos mis temores fueran a parar a la piel. Anda-
ba delante de mí, pues el sitio era muy estrecho, y
la manera de llevar la cabeza no me presagiaba
nada bueno. Sospeché que había descubierto mis
sentimientos por mi querida pequeña Dora.
Si no lo hubiera adivinado mientras le seguía
hacia el café de que he hablado no habría podido
dudar mucho tiempo de lo que se trataba cuando,
después de subir a una habitación del primer piso,
me encontré con miss Murdstone, apoyada en una
especie de mostrador, donde estaban alineadas
varias garrafas conteniendo limones y dos de esas
cajas extraordinarias completamente llenas de hen-
deduras donde antiguamente se clavaban los cuchi-
llos y los tenedores, pero que, felizmente para la
Humanidad, ahora están obsoletas.
Miss Murdstone me tendió sus uñas glaciales y se
volvió a sentar con la expresión más austera. Míster
Spenlow cerró la puerta, me indicó que me sentara
y se puso de pie delante de la chimenea.
-Tenga la bondad, miss Murdstone --dijo míster
Spenlow-, de enseñar a míster Copperfield lo que
lleva usted en el portamonedas.
Creo verdaderamente que era el mismo bolso con
cierre de acero que le conocía desde mi infancia.
Con los labios tan apretados como el cierre, miss
Murdstone empujó el resorte, entreabrió un poco la
boca al mismo tiempo y sacó de su bolso mi última
carta a Dora, toda llena de las expresiones más
tiernas de afecto.
-Creo que es su letra, míster Copperfield --dijo
míster Spenlow.
Tenía la frente ardiendo, y la voz que sonaba en
mis oídos no se parecía siquiera a la mía cuando
respondí:
-Sí, señor.
-Si no me equivoco -dijo míster Spenlow mientras
miss Murdstone sacaba de su bolso un paquete de
cartas atado con una preciosa cintita azul-, ¿estas
cartas también son de su mano, míster Copperfield?
Cogí el paquete con un sentimiento de desola-
ción; y viendo con una ojeada en el encabezamiento
de las páginas: «Mi adorada Dora, mi ángel querido,
mi querida pequeña», enrojecí profundamente y
bajé la cabeza.
-No, gracias -me dijo fríamente míster Spenlow,
pues le alargaba maquinalmente el paquete de car-
tas-. No quiero privarle de ellas. Miss Murdstone,
tenga la bondad de continuar.
Aquella amable criatura, después de reflexionar
un momento con los ojos fijos en la alfombra, contó
lo siguiente muy secamente:
-Debo confesar que desde hace algún tiempo ten-
ía mis sospechas respecto a miss Spenlow en lo
concerniente a míster Copperfield, y no perdía de
vista a miss Spenlow ni a David Copperfield. La
primera vez que se vieron, la impresión que saqué
ya no fue agradable. La depravación del corazón
humano es tal...
-Le agradeceré, señora -interrumpió míster Spen-
low-, que se limite a relatar los hechos.
Miss Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza
como para protestar contra aquella interrupción
inconveniente, y después repuso, con aire de digni-
dad ofendida:
-Puesto que debo limitarme a relatar los hechos,
lo haré con la mayor brevedad posible. Decía, caba-
llero, que desde hacía algún tiempo tenía mis sos-
pechas sobre miss Spenlow y sobre David Copper-
field. He tratado a menudo, pero en vano, de encon-
trar la prueba decisiva. Es lo que me ha impedido
confiárselo al padre de miss Spenlow (y lo miró con
severidad). Sabía que en semejantes casos se está
muy poco dispuesto a creer con benevolencia a los
que cumplen fielmente su deber.
Míster Spenlow parecía aplastado por la noble
severidad del tono de miss Murdstone a hizo con la
mano un gesto conciliador.
-A mi regreso a Norwood después de haberme
ausentado para el matrimonio de mi hermano
-prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí
observar que la conducta de miss Spenlow, igual-
mente de regreso de una visita su amiga miss Mills,
que su conducta, repito, daba más fundamento a
mis sospechas, y la vigilé más de cerca.
Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de
sospechar que aquellos ojos de dragón estaban
fijos en ella!
-Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, única-
mente ayer por la noche adquirí la prueba decisiva.
Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas
cartas de su amiga miss Mills; pero como era con el
pleno consentimiento de su padre (una nueva mira-
da muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada
que decir. Puesto que no se me permite aludir a la
depravación natural del corazón humano al menos
se me permitirá hablar de una confianza excesiva
mal colocada.
-Está bien -murmuró míster Spenlow como apo-
logía
-Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone-
acabábamos de tornar el té, cuando observé que el
perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordien-
do algo. Le dije a mi Spenlow: «Dora, ¿qué es ese
papel que tiene el perro en boca?». Miss Spenlow
palpó inmediatamente su cinturó lanzó un grito y
corrió hacia el perro. Yo la detuve diciendo «Dora,
querida mía, permíteme... ». « ¡Oh, Jip, miserable
perrillo, tú eres el autor de tanto infortunio! »
-Miss Spenlow --continuó miss Murdstone- trató
corromperme a fuerza de besos, de cestitas de la-
bor, de alhajitas, de regalos de todas clases. Yo no
le hice caso. El perro corrió a refugiarse debajo del
diván, y me costó mucho trabajo hacerle salir con
ayuda de las tenazas. Una vez fuera seguía con la
carta en la boca, y cuando traté de arrancársela,
con peligro de que me mordiera, tenía el papel tan
apretado entre los dientes, que todo lo que pude
hacer fue levantar al perro en el aire detrás de aquel
precioso documento. Sin embargo, terminé por
apoderarme de él. Después de haberlo leído le dije
a miss Spenlow que debía de tener en su poder
otras cartas de la misma naturaleza, y por fin obtuve
de ella el paquete que está ahora entre las manos
de David Copperfield.
Se calló, y después de haber cerrado su bolso,
cerró la boca, como una persona resuelta a dejarse
despedazar antes que doblegarse.
-Acaba usted de oír a miss Murdstone -dijo míster
Spenlow volviéndose hacia mí-. Deseo saber,
míster Copperfield, si tiene usted algo que decir.
El cuadro presente ante mí del hermoso tesoro de
mi corazón llorando y sollozando toda la noche; la
idea de que estaba sola, asustada, desgraciada, o
de que había suplicado en vano a aquella mujer de
piedra que la perdonara, y ofreciéndole en vano sus
besos, sus estudios de labor y sus joyas, y, en fin,
que todo aquello era por mi culpa, me hacía perder
la poca dignidad que hubiera podido demostrar, y
temblaba de tal modo de emoción que dudo si con-
seguí ocultarlo.
-No tengo nada que decir, caballero, a no ser que
soy el único culpable... Dora...
-Miss Spenlow, si hace el favor -repuso su padre
con majestad...
-... ha sido arrastrada por mí -continué, sin repetir
después de míster Spenlow aquel nombre frío y
ceremonioso para prometerme ocultarle nuestro
afecto, y lo siento amargamente.
-Ha hecho usted muy mal, caballero -me dijo
míster Spenlow paseándose de arriba abajo por el
tapiz y gesticulando con todo el cuerpo, en lugar de
mover únicamente la cabeza, a causa de la tiesura
combinada de su corbata y de su espina dorsal-. Ha
cometido usted un acto fraudulento e inmoral,
míster Copperfield. Cuando yo recibo en mi casa a
un «caballero», tenga diecinueve, veinte a ochenta
años, le recibo con plena confianza. Si abusa de mi
confianza, comete un acto innoble, míster Copper-
field.
-Demasiado lo veo ahora, caballero; puede usted
estar seguro; pero antes no me lo parecía. En reali-
dad, míster Spenlow, con toda la sinceridad de mi
corazón, antes no me lo parecía, ¡la quiero de tal
modo, míster Spenlow...!
-Vamos, ¡qué tontería! -dijo míster Spenlow enro-
jeciendo-. ¿Va ahora a decirme en mi cara lo que
quiere a mi hija, míster Copperfield?
-Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no
fuera así? -respondí en tono humilde.
-¿Y cómo puede usted defender su conducta
siendo así? -dijo míster Spenlow deteniéndose
bruscamente- ¿Ha reflexionado usted en su edad y
en la edad de mi hija, míster Copperfield? ¿Sabe
usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que
debía existir entre mi hija y yo? ¿Ha pensado usted
en la posición que mi hija ocupa en el mundo, en los
proyectos que puedo yo haber formado para su
porvenir, en las intenciones que pueda expresar en
su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en
todo esto, míster Copperfield?
-Muy poco, caballero, lo siento -respondí en tono
humilde y triste-; pero le ruego que crea que no ha
desconocido mi propia situación en el mundo.
Cuando le he hablado el otro día ya estábamos
prometidos.
-Le ruego que no pronuncie esa palabra delante
de mí, míster Copperfield.
Y, en medio de mi desesperación, no pude por
menos observar que era completamente polichinela
por el modo con que se golpeaba las manos una
contra otra con la mayor energía.
La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca
y desdeñosa.
-Cuando le he explicado el cambio de mi situa-
ción, caballero -repuse queriendo cambiar la pala-
bra que le había molestado-, había ya, por mi culpa,
un secreto entre miss Spenlow y yo. Desde que me
situación ha cambiado he luchado, he luchado todo
lo posible por mejorar, y estoy seguro de conseguir-
lo un día. ¿Quiere usted darme tiempo? ¡Somos tan
jóvenes los dos, caballero!
-Tiene usted razón -dijo míster Spenlow bajando
muchas veces la cabeza y frunciendo las cejas-,son
ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que
tonterías, que tienen que terminar. Coja usted esas
cartas y quémelas. Devuélvame las de miss Spen-
low, y yo las quemaré por mi parte. Y como en el
futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal,
es cosa convenida que no volveremos a hablar de
ello. Veamos, míster Copperfield; no le falta a usted
inteligencia, y comprenderá que es la única cosa
razonable que puede hacer.
No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía
mucho; pero había una consideración que era más
fuerte que la razón. El amor pasa por encima de
todo, y yo quería a Dora con locura, y ella a mí tam-
bién. No se lo dije precisamente en esos términos;
pero se lo di a entender, y estaba muy decidido. No
me importaba saber si estaría haciendo en todo
aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido.
-Muy bien, míster Copperfield -dijo míster Spen-
low-, utilizaré mi influencia con mi hija.
Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una
larga aspiración, que no era un suspiro ni un gemi-
do, pero que participaba de las dos cosas, como
para hacer comprender a míster Spenlow que por
ahí debía haber empezado.
-Utilizaré toda mi influencia con mi hija -dijo Spen-
low envalentonado por aquella aprobación-. ¿Se
niega usted a coger esas cartas, míster Copper-
field?
Yo había puesto el paquete encima de la mesa.
Sí me negaba, y esperaba que me dispensara;
pero me resultaba imposible recibir aquellas cartas
de las manos de miss Murdstone.
-¿Ni de las mías? -dijo míster Spenlow.
-Tampoco -respondí con el más profundo respeto.
-Muy bien --dijo míster Spenlow.
Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si deb-
ía continuar allí o marcharme. Por fin me dirigí tran-
quilamente hacia la puerta, con intención de decirle
que creía responder a sus sentimientos retirándo-
me; pero me detuvo para decirme con expresión
grave, hundiendo las manos en los bolsillos de su
gabán, aunque apenas si las podía hacer entrar:
-¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield,
que no estoy absolutamente desprovisto de bienes
materiales y que mi hija es mi pariente más cercana
y querida?
Le respondí con precipitación que esperaba que si
un amor apasionado me había hecho cometer un
error, no me supondría por ello un alma vil a intere-
sada.
-No me refiero a eso -dijo míster Spenlow-. Más
valdría, por usted y por nosotros, míster Copper-
field, que fuera usted un poco más interesado, quie-
ro decir más prudente y menos fácil de arrastrar a
las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde
otro punto de vista, usted sabe que tengo algo que
dejar a mi hija.
Respondí que lo suponía.
-¿Y no creerá usted que en presencia de los
ejemplos que se ven aquí todos los días en este
Tribunal de la extraña negligencia de los hombres
para sus decisiones testamentarias, pues es quizá
el caso en que se encuentran más extrañas revela-
ciones de la ligereza humana, no creerá que no he
tomado ya mis medidas?
Incliné la cabeza en señal de asentimiento.
-No consentiré -dijo míster Spenlow balanceándo-
se alternativamente en la punta de los pies y en los
talones, mientras movía lentamente la cabeza como
para dar más fuerza a sus piadosas observaciones-,
no consentiré que las disposiciones que he creído
deber tomar respecto a mi hija sean modificadas en
nada por una locura de juventud, pues es una ver-
dadera locura; digamos la palabra, una tontería.
Dentro de algún tiempo eso pesará menos que una
pluma. Pero será posible, sin embargo..., podría
suceder... que si esta tontería no fuese abandonada
por completo me viera obligado, en un momento de
ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las
consecuencias de un matrimonio imprudente. Espe-
ro, míster Copperfield, que usted no me obligará a
abrir ni por un cuarto de hora esta página cerrada
en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuar-
to de hora graves asuntos que están en regla desde
hace mucho tiempo.
Había en todas sus maneras una serenidad, una
tranquilidad, una calma que me afectaban profun-
damente. Estaba tan tranquilo y tan resignado des-
pués de haber puesto en orden sus asuntos y arre-
glado sus últimas disposiciones como si fueran un
papel de música, que se veía que él mismo no po-
día pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo
haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad,
a este pensamiento, algunas lágrimas involuntarias
a sus ojos.
Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a
mi propio corazón. Me dijo que me daba una sema-
na para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no
quería reflexionar durante una semana? Pero tam-
bién ¿no debía yo estar convencido de que todas
las semanas del mundo no cambiarían en nada la
violencia de mi amor?
-Hará usted bien hablando de ello con miss Trot-
wood o con alguna otra persona que conozca la
vida -me dijo mister Spenlow enderezando su cor-
bata-. Le doy a usted una semana, míster Copper-
field.
Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una
expresión de abatimiento desesperado, que demos-
traba no podía cambiar nada mi inquebrantable
constancia. Las cejas de miss Murdstone me acom-
pañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que
sus ojos, porque ocupaban mucho más sitio en su
rostro. Tenía exactamente la misma cara de antes,
cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone reci-
taba mis lecciones en su presencia. Con un poco de
buena voluntad hubiera podido creer que el peso
que me oprimía el corazón era todavía aquel abo-
minable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo
comparaba en mi infancia a los cristales de los len-
tes.
Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre
las manos, y allí, delante de mi pupitre, sentado en
mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros cama-
radas, me puse a reflexionar en el terremoto que
acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amar-
gura de mi alma maldecía a Jip, y estaba tan pre-
ocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo
no cogí el sombrero para dirigirme como un loco
hacia Norwood. La idea de que la harían sufrir, de
que la harían llorar y de que yo no estaba allí para
consolarla se me hizo tan odiosa, que me puse a
escribir una carta insensata a míster Spenlow, don-
de le suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las
consecuencias de mi cruel destino. Le suplicaba
que evitara los sufrimientos a aquella dulce natura-
leza; que no rompiera una flor tan frágil. En resu-
men, si no recuerdo mal, le hablaba como si en
lugar de ser el padre de Dora fuera un ogro. La
cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de
que volviera. Cuando entró, le vi por la puerta en-
treabierta de su despacho coger la carta y abrirla.
Aquella mañana no me habló de ella; pero por la
tarde, antes de marcharse, me llamó y me dijo que
no necesitaba preocuparme por la felicidad de su
hija. Le había dicho sencillamente que era una ton-
tería, y no pensaba volverle a hablar de ello. Se
creía un padre indulgente (y tenía razón) y no tenía
ninguna necesidad de preocuparme por aquello.
-Podría usted obligarme con su locura o su obsti-
nación, míster Copperfield -añadió-, a alejar durante
algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de
usted mejor opinión. Espero que dentro de unos
días sea más razonable. En cuanto a miss Murdsto-
ne (pues había hablado de ella en mi carta), respeto
la vigilancia de esa señora y se la agradezco; pero
le he recomendado expresamente que evite ese
asunto. La única cosa que deseo, míster Copper-
field, es no volver a ocuparme de él. Lo único que
tiene usted que hacer es olvidarlo.
¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que
escribí a miss Mills subrayaba esta palabra con
amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con
sombrío sarcasmo, era olvidar a Dora! ¡Aquello era
lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss
Mills que me recibiera aquella misma tarde. Si no
podía consentirlo, le pedía que me recibiera a hur-
tadillas en la habitación de detrás, donde se plan-
chaba. Le decía que mi razón peligraba y que ella
era la única que podía hacerme volver en sí. Termi-
naba, en mi locura, por decirme suyo para siempre,
con mi firma al final. Releyendo mi carta antes de
confiársela a un muchacho, no pude por menos de
encontrarle mucho parecido con el estilo de míster
Micawber.
A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí
hacia casa de miss Mills y paseé en todos los senti-
dos la calle hasta que una criada vino a avisarme
que la siguiera por un camino disimulado. Después
he tenido razones para creer que no había ningún
motivo para que no entrara por la puerta principal, y
hasta para que me recibiera en el salón, si no fuera
porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía as-
pecto de misterio.
Una vez en la antecocina, me abandoné a mi de-
sesperación. Si había ido con la intención de po-
nerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conse-
guido. Miss Mills había recibido de Dora cuatro le-
tras escritas deprisa, donde le decía que todo se
había descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo,
Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había podi-
do todavía ir a verla, ante el temor de que su visita
no fuera del gusto de las autoridades superiores;
estábamos todos como viajeros perdidos en el de-
sierto de Sahara.
Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se
complacía en ella. Yo no podía por menos de darme
cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las
mías, que nuestras aflicciones eran para ella una
diversión. Las mimaba, si puedo decirlo así, para su
propio bien. Me hacía observar que un abismo in-
menso se acababa de abrir entre Dora y yo y que
sólo el amor podía atravesarlo con su arco iris. El
amor existía para sufrir en este bajo mundo; esto
había sido siempre y continuaría siendo. « ¡No im-
porta -añadía-. Los corazones no se dejan encade-
nar largo tiempo por esas telas de araña; sabrán
romperlas, y el amor será vengado! »
Todo esto no era muy consolador; pero miss Mills
no quería animar esperanzas engañosas. Me dejó
más desconsolado de lo que había ido, lo que no
me impidió decirle (y, lo que es más fuerte, lo pen-
saba) que le estaba profundamente agradecido y
que estaba convencido de que era verdaderamente
nuestra amiga. Decidió que al día siguiente por la
mañana iría a ver a Dora y que intentaría algún
medio de asegurarle, fuera por una palabra o por
una mirada, todo mi afecto y toda mi desesperación.
Nos separamos destrozados de dolor. ¡Qué conten-
ta debía de estar miss Mills!
Al llegar a casa de mi tía se lo conté todo, y a pe-
sar de todo lo que me dijo me acosté desesperado,
me levanté desesperado y salí desesperado.
Era sábado por la mañana; me dirigí inmediata-
mente a mi oficina, y me sorprendió mucho al llegar
ver a los empleados de caja delante de la puerta y
charlando entre sí. Algunos transeúntes miraban por
las ventanas, que estaban todas cerradas. Yo avivé
el paso y, sorprendido de lo que veía, entré presu-
roso.
Los empleados estaban en su puesto, pero nadie
trabajaba. El viejo Tiffey estaba sentado, quizá por
primera vez en su vida, en la silla de uno de sus
colegas, y ni siquiera había colgado su sombrero.
-¡Qué horrible desgracia, míster Copperfield! -me
dijo en el momento en que entraba.
-¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? -exclamé.
-¿No lo sabe usted? --exclamó Tiffey, y todo el
mundo me rodeó.
-No --dije mirándolos a todos uno después de
otro.
-Míster Spenlow... -dijo Tiffey.
-¿Y bien?
-¡Ha muerto!
Creí que la tierra se abría bajo mis pies; temblé;
uno de los empleados me sostuvo en sus brazos.
Me hicieron sentarme, desataron la corbata, me
dieron un vaso de agua. No tengo idea del tiempo
que duró todo aquello.
-¿Muerto? -repetí.
-Ayer comió en Londres y condujo él mismo el fa-
etón -dijo Tiffey-. Había enviado al lacayo en la dili-
gencia, como hacía algunas veces, ¿sabe usted?
-¿Y bien?
-El faetón llegó vacío. Los caballos se detuvieron
a la puerta de la cuadra. El palafrenero acudió con
una linterna. Y no había nadie en el coche.
-¿Es que se habían desbocado los caballos?
-No; no estaban calientes ni más fatigados que de
costumbre. Las bridas estaban rotas y era evidente
que se habían arrastrado por el suelo. Toda la casa
se revolvió al momento; tres criados recorrieron el
camino, y le encontraron a una milla de la casa.
-A más de una milla, míster Tiffey -insinuó un jo-
ven empleado.
-¿Cree usted? Quizá tenga usted razón --dijo Tif-
fey-, a más de una milla, no lejos de la iglesia. Esta-
ba tendido boca abajo. Una parte de su cuerpo yac-
ía en la carretera, y el resto en la cuneta. Nadie
sabe si le ha dado un ataque que le ha hecho caer
del coche, o si se ha bajado porque se sentía indis-
puesto; ni siquiera se sabe si estaba completamente
muerto cuando le han encontrado; lo que es seguro
es que estaba completamente insensible. Quizá
respiraba todavía; pero no pronunció una sola pala-
bra. Han acudido médicos en cuanto se ha podido;
pero todo ha sido inútil.
¡Cómo describir mi estado de ánimo ante aquella
noticia! Todo el mundo comprenderá mi turbación al
enterarme de aquel suceso, y tan súbito, cuya
víctima era precisamente el hombre con quien aca-
baba de tener una discusión. Aquel vacío repentino
que dejaba en su despacho, ocupado todavía la
víspera, donde su silla y su mesa parecían esperar-
lo; aqueIlas líneas trazadas de su mano y dejadas
encima del pupitre como últimas huellas del espec-
tro desaparecido; la imposibilidad de separarlo en
nuestro pensamiento del lugar en que estábamos,
hasta el punto de que cuando la puerta se abría
esperábamos verle entrar; el silencio triste y el vacío
de las oficinas; la insaciable avidez de nuestras
gentes para hablar, y la de las gentes de fuera, que
no hacían más que entrar y salir todo el día para
enterarse de nuevos detalles. ¡Qué espectáculo
desolador! Pero lo que no sabré describir es cómo
en los pliegues ocultos de mi corazón sentía una
secreta envidia de la muerte; cómo le reprochaba el
dejarme en segundo plano en los pensamientos de
Dora; cómo el humor injusto y tiránico que me pose-
ía me hacía celoso hasta de su pena; cómo sufría al
pensar que otros la podrían consolar, que lloraría
lejos de mí; en fin, cómo estaba dominado por un
deseo avaro y egoísta de separarla del mundo ente-
ro en mi provecho, para ser yo solo todo para ella,
en aquel momento tan mal escogido para no pensar
más que en mí.
En la confusión de aquel estado de ánimo (espero
no haber sido el único que lo ha sentido así y que
otros podrán comprenderlo) fui aquella misma tarde
a Norwood. Supe por un criado que miss Mills había
llegado; le escribí una carta haciendo poner la di-
rección a mi tía. Deploraba de todo corazón la
muerte tan inesperada de míster Spenlow, y al es-
cribirla vertía lágrimas. Le suplicaba que dijera a
Dora, si estaba en estado de oírla, que me había
tratado con bondad, con una benevolencia infinita, y
que el nombre de su hija lo había pronunciado con
la mayor ternura, sin la sombra de un reproche. Sé
que también aquello era puro egoísmo por nú parte.
Era un medio de hacer llegar mi nombre a ella; pero
yo trataba de convencerme de que era un acto de
justicia hacia su memoria. Y quizá lo creía.
Mi tía recibió al día siguiente algunas líneas en
respuesta; estaba dirigida a ella, pero la carta era
para mí. Dora estaba agobiada de dolor, y cuando
su amiga le había preguntado si seguía amándome,
había exclamado llorando, pues lloraba sin interrup-
ción: «¡Oh, mi querido papá, mi pobre papá! »; pero
no había dicho que no, lo que me causó el mayor
placer.
Míster Jorkins vino a las oficinas algunos días
después. Había permanecido en Norwood desde el
suceso. Tiffey y él estuvieron encerrados juntos
durante algún tiempo; después Tiffey abrió la puerta
y me hizo seña de que entrara.
-¡Oh míster Copperfield! --dijo míster Jorkins-.
Míster Tiffey y yo vamos a examinar el pupitre, los
cajones y todos los papeles del difunto, para poner
el sello sobre sus papeles personales y buscar su
testamento. No encontrarnos huellas en ninguna
parte. ¿Quiere tener la bondad de ayudarnos?
Desde el suceso estaba muy preocupado, pen-
sando en qué situación se quedaría mi Dora, quién
sería su tutor, etc., y la proposición de míster Jor-
kins me daba ocasión de disipar mis dudas. Nos
pusimos todos a ello. Míster Jorkins abría los pupi-
tres y los cajones, y nosotros sacábamos todos los
papeles. Pusimos a un lado los de la oficina y a otro
los que eran personales del difunto, que no eran
numerosos. Todo se hizo con la mayor gravedad; y
cuando nos encontrábamos un sello o un guarda-
puntas, o una sortija o cualquier otro objeto menudo
de use personal, bajábamos instintivamente la voz.
Habíamos sellado ya muchos paquetes, y conti-
nuábamos, en medio del silencio y del polvo, cuan-
do míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente
de los términos en que su asociado, míster Spen-
low, nos había hablado de él:
-Míster Spenlow no era hombre que se dejara
fácilmente desviar de las tradiciones y de los cami-
nos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo
creo que no ha hecho testamento.
-¡Oh, estoy seguro de lo contrario! --dije.
Los dos se detuvieron para mirarme.
-El día que le vi por última vez -repuse- me dijo
que había hecho un testamento y que tenía ordena-
dos sus asuntos desde hace mucho tiempo.
Míster Jorkins y el viejo Tiffey movieron la cabeza
de común acuerdo.
-Eso no promete nada bueno -dijo Tiffey.
-Nada bueno -dijo míster Jorkins.
-Sin embargo, no dudarán ustedes --dije.
-Mi querido míster Copperfield -me dijo Tiffey, y
puso la mano encima de mi brazo, mientras cerraba
los ojos y movía la cabeza-, si llevara usted tanto
tiempo como yo en este estudio sabría usted que no
hay asunto sobre el cual los hombres sean menos
previsores y en el que se les debe creer menos por
sus palabras.
-Pero si en realidad esas son sus propias expre-
siones -repliqué, insistiendo.
-Entonces es decisivo -repuso Tiffey-. Mi opinión
entonces es... que no hay testamento.
Esto me pareció al principio la cosa más extraña
del mundo; pero el caso es que no había testamen-
to. Los papeles no proporcionaban el menor indicio
de que hubiera podido haber nunca ninguno; no se
encontró el menor proyecto ni el menor memorán-
dum que anunciara que hubiese tenido nunca la
intención de hacerlo. Lo que casi me sorprendió
tanto es que sus negocios estaban en el mayor
desorden. No se podía uno dar cuenta ni de lo que
debía, ni de lo que había pagado, ni de lo que pose-
ía. Es muy probable que desde hacía años él mismo
no tuviera ni la menor idea. Poco a poco se descu-
brió que, empujado por el deseo de brillar entre los
procuradores del Tribunal de Doctores, había gas-
tado más de lo que ganaba en el estudio, que no
era demasiado, y que había hecho una brecha im-
portante en sus recursos personales, que proba-
blemente tampoco habían sido nunca muy conside-
rables. El mobiliario de Norwood se puso a la venta,
se alquiló la casa, y Tiffey me dijo, sin saber todo el
interés que yo tomaba en ello, que una vez pagadas
las deudas y deducida la parte de sus asociados en
el estudio él no daría por todo el resto ni mil libras.
Todo esto lo supe después de seis semanas. Había
estado sufriendo todo aquel tiempo, y estaba a pun-
to de poner fin a mi vida cada vez que miss Mills me
decía que mi pobre Dorita no contestaba cuando le
hablaban de mí más que gritando: «¡Oh mi pobre
papá, mi querido papá! ». Me dijo también que Dora
no tenía más parientes que dos tías, hermanas de
míster Spenlow, solteras, y que vivían en Putney.
Desde hacía muchos años tenían muy rara comuni-
cación con su hermano. Sin embargo, no se habían
peleado nunca; pero míster Spenlow no las invitó
más que a tomar el té el día del bautizo de Dora, en
lugar de invitarlas a comer, como ellas tenían la
pretensión, y le habían contestado por escrito que,
por el interés de ambas partes, creían más prudente
no moverse de su casa. Desde aquel día su her-
mano y ellas habían vivido cada uno por su lado.
Aquellas dos damas salieron, sin embargo, de su
retiro para ir a proponer a Dora que se fuera a vivir
con ellas en Putney. Dora se arrojó a sus cuellos
llorando y sonriendo: «¡Oh, sí, tías; os lo ruego;
llevadme a Putney con Julia Mills y Jip!». Y se vol-
vieron todas juntas poco después del entierro.
Yo no sé cómo encontré tiempo para ir a rondar
alrededor de Putney; pero el caso es que, de una
manera o de otra, me escapaba muy a menudo por
sus alrededores. Miss Mills, para mejor llenar todos
los deberes de la amistad, escribía un diario de lo
que sucedía cada día. Muchas veces salía a mi
encuentro en el campo para leérmelo, o prestármelo
cuando no tenía tiempo de leérmelo. ¡Con qué feli-
cidad recorría yo los diversos artículos de aquel
registro concienzudo! He aquí una muestra:
«Lunes.- Mi querida Dora continúa muy abatida.-
Violento dolor de cabeza- Llamo su atención sobre
la belleza del pelo de Jip- D. Acaricia a
J.-Asociación de ideas que abren las esclusas del
dolor.- Torrente de lágrimas.- (Las lágrimas ¿no son
el rocío del corazón?- J. M.)
»Martes.- Dora, débil a inquieta- Bella en su pali-
dez (misma observación para el lunes..J. M.). D., J.
M. y J. salen en coche- J. saca la nariz fuera de la
portezuela y ladra violentamente contra un barren-
dero.- Una ligera sonrisa aparece en los labios de
D.- (He aquí los débiles anillos de que se compone
la cadena de la vida.- J. M.)
»Miércoles.- D., alegre en comparación de los
días precedentes.- Le he cantado una melodía
conmovedora: Las campanas de la tarde, que no la
ha tranquilizado, ni mucho menos- D., conmovida
hasta el summum.- La he encontrado más tarde
llorando en su habitación; le he recitado versos
donde la comparaba con una joven gacela- Resul-
tado mediocre.- Alusión a la imagen de la paciencia
sobre una tumba- (Pregunta: ¿,Por qué sobre una
tumba?- J. M.)
»Jueves.- D. bastante mejor.- Mejor noche- Ligero
matiz rosado en las mejillas.- Me he decidido a pro-
nunciar el nombre de D. C.- Este nombre lo vuelvo a
insinuar con precaución durante el paseo- D., inme-
diatamente trastornada. «¡Oh querida Julia, oh! He
sido una niña desobediente.»- La tranquilizo con
mis caricias.- Hago un cuadro ideal de D. C. a las
puertas de la muerte.- D., de nuevo trastornada.
«¡Oh, qué hacer, qué hacer! ¡Llévame a alguna
parte!» - Gran alarma.- Desvanecimiento de D.-
Vaso de agua traído de un café.- (Comparación
poética. Una muestra extravagante sobre la puerta
del café. La vida humana también es abigarrada,
¡ay!-J. M.)
Viernes.- Día lleno de sucesos.- Un hombre se ha
presentado en la cocina con un saco azul; ha pedi-
do las botas de una señora dejadas para arreglar.
La cocinera responde que no ha recibido órdenes.
El hombre insiste. La cocinera se retira para pregun-
tar lo que hay de ello. Deja al hombre solo con Jip.
A la vuelta de la cocinera el hombre insiste todavía;
después se retira. J. ha desaparecido; D. está des-
esperada. Se ha avisado a la policía. El hombre
tiene la nariz curva y las piernas torcidas como las
balaustradas de un puente. Se busca por todas
partes. J. no aparece.- D. llora amargamente, está
inconsolable- Nueva alusión a una joven gacela, a
propósito, pero sin efecto.- Por la tarde un mucha-
cho desconocido se presenta. Le hacen entrar al
salón. Tiene la nariz grande, pero las piernas dere-
chas. Pide una guinea por un perro que ha encon-
trado. Se niega a explicarse más claramente. D. le
da la guinea; lleva a la cocinera a una casita donde
se encuentra el perro atado al pie de un mesa.- Ale-
gría de D., que baila alrededor de J. mientras co-
me.-Animada por este dichoso cambio, hablo de D.
C. cuando estamos en el primer piso.- D. vuelve a
ponerse a sollozar: « ¡Oh, no, no; no debo pensar
más que en mi papá! ».- Abraza a J. y se duerme
llorando.- (¿No debe confiar D. C. en las vastas alas
del tiempo?-J. M.)»
Miss Mills y su diario eran entonces mi único
consuelo. En mi pena, el único recurso era verla
(ella acababa de estar con Dora) y encontrar la ini-
cial de Dora en cada línea de aquellas páginas lle-
nas de simpatía, aumentando así mi dolor. Me pa-
recía que hasta entonces había vivido en un castillo
de naipes que acababa de derribarse, dejándonos a
miss Mills y a mí en medio de sus ruinas. Me parec-
ía que un horrible mago había rodeado a la divini-
dad de mi corazón de un círculo mágico, y que las
alas del tiempo, aquellas alas que llevan tan lejos a
tantas criaturas humanas, podrían únicamente ayu-
darme a franquearlo.
CAPÍTULO XIX
WICKFIELD Y HEEP
Mi tía supongo que empezó a preocuparse seria-
mente por mi abatimiento prolongado, a ideó en-
viarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba
bien en su casita, que había alquilado, y con objeto
de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet
había entrado al servicio de mistress Strong, donde
la veía todos los días. Había estado indecisa, al
dejar Dover, respecto a si confirmaría o denegaría
de una vez el renunciamiento desdeñoso por el
sexo masculino que había sido el fundamento de su
educación. Se trataba de casarse con un piloto.
Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en
honor del principio en sí mismo que porque el piloto
no la acabara de gustar.
Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me
parecieron bastante bien las intenciones de mi tía;
aquello me proporcionaría el placer de pasar unas
cuantas horas tranquilas al lado de Agnes. Consulté
al doctor para saber si podría ausentarme tres días,
y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero
me interesaba demasiado mi trabajo para tomarme
unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a
partir.
En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores,
no tenía por qué preocuparme del trabajo. A decir
verdad, no estábamos en olor de santidad entre los
procuradores de primer vuelo; es más, habíamos
caído casi en una situación equívoca. Los negocios
en tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spen-
low, no habían sido muy brillantes. Después el di-
fundo socio los había animado renovando con una
infusión de sangre joven la vieja rutina del estudio y
les había dado algo de brillo con su tren de vida;
pero aquello no reposaba sobre bases bastante
sólidas para que la muerte repentina de su principal
director no lo quebrantara. Los negocios disminuye-
ron sensiblemente. Míster Jorkins, a pesar de la
reputación que tenía entre nosotros, era un hombre
débil e incapaz, y su reputación, de puertas a fuera,
no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster
Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez
que le veía tomar tabaco e interrumpir el trabajo
sentía más las mil libras de mi tía.
Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal
de Doctores una cantidad de desocupados que, sin
ser procuradores, se apoderaban de gran parte de
los negocios, para hacerlos ejecutar enseguida por
verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus
nombres a cambio de una parte del dinero. Como
necesitábamos negocios a toda costa, nosotros nos
asociamos a aquella noble corporación y tratamos
de atraerlos. Lo que pedían sobre todo, por ser lo
que más producía, eran las autorizaciones de ma-
trimonio o las actas probatorias para validez de
testamento; pero todos querían obtenerlos, y la
competencia era tanta, que se ponían de plantón a
la entrada de las galerías que conducían al Tribunal
enviados encargados de atraerse a los despachos
respectivos a todas las personas de luto y a todos
los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan
fielmente ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo
conocido que era, fui « raptado» para el estudio de
nuestro más temible rival. Los intereses contrarios
de aquellos reclutadores modernos solían terminar
en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal
agente, que había empezado por el comercio de
vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el es-
candaloso espectáculo, durante algunos días, de
tener un ojo negro. Estos virtuosos personajes no
tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano
para que bajara del coche a alguna anciana señora
de luto, de matar de golpe al procurador por quien
preguntaba, presentando a su patrón como legítimo
sucesor del difunto y llevando en triunfo a la ancia-
na, a veces todavía conmovida por la noticia que
acababan de darle. Así me llevaron a mí muchos
prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de ma-
trimonio, la competencia era tan formidable, que un
pobre señor tímido que venía con ese objeto hacia
nosotros no tenía mejor cosa que hacer que aban-
donarse al primer agente que se le presentase si no
quería ser causa de guerra y presa del vencedor.
Uno de estos empleados en esta especialidad no
abandonaba nunca su sombrero cuando estaba
sentado, con objeto de estar siempre dispuesto a
lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el
horizonte. Aquel sistema de persecución todavía
está en vigor, según creo. La última vez que yo fui a
«Doctors Commons» , un hombre muy educado,
revestido de un delantal blanco, me saltó encima
bruscamente, murmurando a mi oído las palabras
sacramentales: « ¿Una autorización de matrimo-
nio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara
en brazos al estudio de un procurador.
Pero después de estas digresiones pasemos a
Dover.
Encontré todo en un estado muy satisfactorio y
pude halagar la pasión de mi tía contándole que su
inquilino había heredado sus antipatías y hacía una
guerra encarnizada a los asnos. Pasé una noche en
Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día si-
guiente muy temprano me dirigí a Canterbury. Está-
bamos en invierno; el tiempo fresco y el viento fuer-
te reanimaron un poco mi espíritu.
Erraba lentamente a través de las antiguas calles
de Canterbury con una alegría tranquila, que me
serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las
tiendas, los nombres, las caras conocidas. Me pa-
recía que hacía tanto tiempo que había estado en el
colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido
comprender cómo había cambiado tan poco, si no
hubiera pensado en lo poco que también había
cambiado yo. Lo que es extraño es que la influencia
dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamien-
to de Agnes parecía extenderse sobre el lugar en
que habitaba. Encontraba en todo una serenidad,
una apariencia tan tranquila y pensativa en las to-
rres de la venerable catedral como en los viejos
cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los
edificios antiguos una sensación de soledad mayor
de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absolu-
to; también la había en las puertas en ruinas, antes
decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo.
Tanto en los peregrinos respetuosos que les rend-
ían homenaje, como en los nichos silenciosos don-
de la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo
largo de los muros de las casas viejas; y como el
paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como
Agnes, el espíritu de tranquila inocencia, bálsamo
soberano para un alma inquieta.
Llegado a la puerta de míster Wickfield me en-
contré a míster Micawber, que dejaba correr su
pluma con la mayor actividad en la habitacioncita
del primer piso, donde antes solía estar Uriah Heep.
Estaba todo vestido de negro y su maciza persona
llenaba por completo el pequeño despacho donde
trabajaba.
Míster Micawber parecía a la vez encantado y
confuso de verme. Quería llevarme inmediatamente
a ver a Uriah; pero yo me negué.
-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y
sabré encontrar mi camino. ¡Y bien! ¿Qué dice us-
ted del Derecho, míster Micawber?
-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un
hombre dotado de una imaginación trascendental,
los estudios del Derecho tienen un lado muy malo;
le ahogan en los detalles. Hasta en nuestra corres-
pondencia de negocios --dijo míster Micawber lan-
zando una mirada sobre las cartas que escribía-, el
espíritu no tiene la libertad de tomar la expresión
sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un
gran trabajo, ¡un gran trabajo!
Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua
casa de Uriah Heep, y que mistress Micawber estar-
ía encantada de recibirme una vez más bajo su
techo.
-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para
servirme de la expresión favorita de mi amigo Heep;
pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a
otras más ambiciosas.
Le pregunté si estaba satisfecho del trato de su
amigo Heep. Empezó por cerciorarse de si la puerta
estaba bien cerrada, y después me respondió en
voz baja:
-Mi querido Copperfield, cuando se está bajo el
golpe de las dificultades pecuniarias se pone uno
bis a bis con la mayor parte de la gente en una si-
tuación muy violenta, y lo que no mejora nada esta
situación es el que las dificultades pecuniarias obli-
guen a pedir el sueldo antes de su término legal.
Todo lo que puedo decirle es que mi amigo Heep
responde a llamadas a las que no quiero hacer más
amplia alusión de una manera que hace igualmente
honor a su cabeza y a su corazón.
-¡Nunca le hubiera visto tan pródigo de su dinero!
-observé.
-¡Perdón! -dijo Micawber con reserva-. Hablo por
experiencia.
-Estoy encantado de que la experiencia le haya
resultado tan bien -le respondí.
-Es usted muy bueno, mi querido Copperfield -dijo
míster Micawber; y se puso a tararear una canción.
-¿Ve usted a menudo a míster Wickfield? -le pre-
gunté para cambiar la conversación.
-No muy a menudo --dijo míster Micawber con ai-
re de desprecio-; míster Wickfield seguramente
tiene las mejores intenciones; pero..., pero... No
sirve ya para nada.
-Temo que su asociado haga todo lo posible para
ello.
-Mi querido Copperfield -repuso míster Micawber
después de ejecutar muchas evoluciones sobre su
escabel-, permítame que le haga una observación.
Yo estoy como persona de confianza, ocupo un
puesto de confianza y mis funciones no me permi-
ten discutir ciertos asuntos, ni siquiera con mistress
Micawber (ella, que ha sido tanto tiempo la compa-
ñera en las vicisitudes de mi vida y que es una mu-
jer de una inteligencia notable). Me tomaré, por lo
tanto, la libertad de hacerle observar que en nuestro
trato amistoso, que espero no será turbado nunca,
deseo hacer dos partes: A un lado -dijo míster Mi-
cawber trazando una línea encima de su pupitre-, a
un lado colocaremos todo aquello a que puede lle-
gar la inteligencia humana con una sola y pequeña
excepción, es decir, los asuntos de míster Wickfield
y Heep y todo lo que a ellos se refiere. Tengo la
seguridad de que no ofendo al compañero de mi
juventud haciendo a su juicio claro y discreto seme-
jante proposición.
Veía muy bien que míster Micawber había cam-
biado mucho; parecía que sus nuevos deberes le
imponían una reserva penosa; sin embargo, yo no
tenía derecho para sentirme ofendido. Pareció más
tranquilo y me tendió la mano.
-Estoy encantado de miss Wickfield, Copperfield,
se lo juro --dijo míster Micawber-. Es una criatura
encantadora, llena de encantos, de gracia y de vir-
tudes. Por mi honor -dijo míster Micawber haciendo
el saludo más galante, como para enviar un beso-,
rindo homenaje a miss Wickfield.
-Estoy encantado -le dije.
-Si usted no me hubiera asegurado, mi querido
Copperfield, el día en que tuvimos el gusto de pasar
la tarde con usted, que la D era su letra preferida,
hubiera estado convencido de que era la A.
Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en
que lo que decimos o hacemos creemos haberlo
hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo re-
cordamos como si hubiéramos estado hace siglos
rodeados de las mismas personas, de los mismos
objetos, de los mismos incidentes; y sabemos per-
fectamente de antemano lo que nos van a decir
después, como si nos volviese la memoria de pron-
to. Nunca había experimentado más vivamente
aquel sentimiento misterioso que antes de oír las
palabras de míster Micawber.
Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis re-
cuerdos a su familia. Él volvió a coger la pluma y se
frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me
daba cuenta de que había algo en sus nuevas fun-
ciones que enfriaban nuestra intimidad.
No había nadie en el viejo salón; pero mistress
Heep había dejado las huellas de su paso. Abrí la
puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al
lado del fuego y escribía ante su pupitre de madera
tallada.
Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué pla-
cer para mí observar la alegría que expresó al ver-
me aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto
cariño y bondad.
-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de
otro- ¡Cuánta falta me has hecho, Agnes, desde
hace cierto tiempo!
-¿De verdad? -me respondió- Pues no hace tanto
que nos hemos separado.
Moví la cabeza.
-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente
que me falta alguna facultad que necesito. Me hab-
ías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en
los buenos tiempos; venía con tanta naturalidad a
inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que
verdaderamente temo haber perdido el use de una
facultad de la que no tenía necesidad a tu lado.
-¿Y cuál es? ---dijo alegremente Agnes.
-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo
que soy formal y perseverante.
-Estoy segura --dijo Agnes.
-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.
-Sí --dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.
-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgra-
ciado y estoy tan inquieto, tan indeciso, tan incapaz
de tomar una decisión, que evidentemente me falta,
¿cómo diríamos?..., me falta un punto de apoyo.
-Puede que sí -dijo Agnes.
-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti mis-
ma. Vienes a Londres, me dejo guiar por ti: al mo-
mento encuentro un objeto y una dirección. Se me
escapa ese objeto, y vengo aquí: pues enseguida
soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían
no han cambiado desde que he entrado en esta
habitación; sin embargo, he sufrido ya una in-
fluencia que me transforma, que me hace mejor.
¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu secreto?
Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el
fuego.
-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías
porque te diga ahora, para las grandes cosas, las
mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis
antiguas penas eran chiquilladas, y hoy son cosas
serias; pero todas las veces que he abandonado a
mi hermana adoptiva...
Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y
me tendió su mano. Yo la besé.
-Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi
lado para empezar las cosas con tu aprobación, me
he perdido y me he metido en una multitud de difi-
cultades. Cuando por fin he venido a buscarte (co-
mo he hecho siempre) he encontrado al mismo
tiempo la paz y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al
hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes figurarte
la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado.
Sentía tan profundamente lo que decía y estaba
tan verdaderamente conmovido, que me faltaba la
voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a
llorar. No escribo aquí más que la verdad. No pen-
saba en las contradicciones ni en las consecuencias
que había en mi corazón, como en el de la mayoría
de los hombres; no se me ocurría pensar que podía
haber obrado de otro modo y mejor de lo que había
hecho hasta entonces. Ni que había sido una equi-
vocación el cerrar voluntariamente los oídos al grito
de mi conciencia, no; todo lo que sabía es que era
de buena fe cuando le decía con tanto fervor que a
su lado encontraba el reposo y la paz.
Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad
con la expresión de su dulce y fraternal afecto, con
sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y
con la calma encantadora que siempre me había
hecho considerar su morada como un lugar bendito.
Animó mi valor y me hizo, naturalmente, contarle
todo lo que había sucedido desde nuestra última
entrevista.
-Y no tengo nada más que decirte, Agnes -añadí
cuando terminé mi confidencia-, si no es que cuento
contigo.
-Pero no es conmigo con quien tienes que contar,
Trotwood -repuso Agnes con una dulce sonrisa-; es
con otra.
-¿Con Dora? --dije yo.
-¡Naturalmente!
-Pero, Agnes, ¿no te he dicho -respondí algo con-
fuso- que es difícil, no digo el contar con Dora, pues
es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que
es difícil, no sé cómo expresarme, Agnes...? Es
tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo
antes de la muerte de su padre creí que debía
hablarle... Pero si tienes la paciencia de escu-
charme, te lo contaré todo.
En consecuencia, le conté a Agnes lo que le hab-
ía dicho a Dora de mi pobreza, del libro de cocina,
de las cuentas, etc.
-¡Oh Trotwood! -repuso ella con una sonrisa-, eres
siempre el mismo. Tenías razón al querer salir ade-
lante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas
tan bruscamente con una niña tímida, amante y sin
experiencia? ¡Pobre Dora!
Nunca voz humana podía hablar con más bondad
y dulzura que la suya al darme aquella respuesta.
Me parecía que la veía coger con amor a Dora en
sus brazos para besarla tiernamente; me parecía
que me reprochaba tácitamente con su generosa
protección el haberme apresurado demasiado a
turbar su corazoncito; me parecía que veía a Dora,
con toda su gracia ingenua, acariciar a Agnes, darle
las gracias y apelar dulcemente a su justicia para
hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme
con toda la fuerza de su inocencia infantil.
¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admi-
raba! Las veía a las dos en una encantadora pers-
pectiva, unidas íntimamente, más encantadoras
todavía una al lado de otra.
-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después
de haber contemplado el fuego-. ¿Qué me aconse-
jas que haga?
-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que
escribieras a esas señoras. ¿Crees que los secretos
merecen la pena?
-No, puesto que tú no lo crees -le dije.
-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Ag-
nes con un modesto titubeo-; pero me parece .... en
una palabra, me parece que no sería digno de ti...
recurrir a medios clandestinos.
-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes,
me temo.
-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-.
Yo escribiría a esas dos señoras; les contaría todo
lo más sencilla y francamente que me fuera posible
y les pediría permiso para it alguna vez a su casa.
Como eres joven y todavía no tienes una posición
en el mundo, creo que harías bien en decirles que
te someterás con gusto a todas las condiciones que
te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran
mi petición sin hablar de ella a Dora, cuando les
pareciera oportuno. No me presentaría demasiado
ardiente -dijo Agnes con dulzura- ni demasiado exi-
gente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y
en Dora.
-¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si
vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí?
-¿Es posible? -preguntó Agnes con el más afec-
tuoso interés.
-¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a
las señoritas Spenlow no les parece correcto que
me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan
extravagantes ...)
-No creo, Trotwood -dijo Agnes levantando con
dulzura los ojos hacia mí-, que debas preocuparte
demasiado por eso. Según mi opinión, vale más
preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no
titubear.
No dudé más tiempo; me sentía el corazón más
ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda
importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la
tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre
para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a
míster Wickfield y a Uriah Heep.
Encontré a Uriah instalado en un nuevo despa-
cho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había
construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan
innoble entre una cantidad tan grande de libros y
papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre,
haciendo como que no había sabido por mister Mi-
cawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me
condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor
dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo
habían despojado de una multitud de comodidades
en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y
yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah
permanecía de pie delante del fuego frotándose la
barbilla con su mano huesuda.
-¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el
tiempo que piense pasar en Canterbury? -dijo
míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada
con que parecía pedir su aprobación.
-¿Tiene usted sitio para mí? -le pregunté.
-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir
míster, pero el tratamiento de camarada se me vie-
ne a la boca ---dijo Uriah-; estoy dispuesto a devol-
verle su antigua habitación si ello le resulta agrada-
ble.
-No, no -dijo míster Wickfield-; ¿para qué se va
usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra
habitación.
-¡Oh! -repuso Uriah haciendo un gesto bastante
feo-; pero si es que yo estaré encantado.
Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y
que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello
se decidieron por la otra habitación. Me despedí de
ellos y volví a subir.
Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como an-
tes; pero mistress Heep le había pedido permiso
para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea,
con el pretexto de que la habitación de Agnes esta-
ba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría
horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el
menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la
furia del viento en el campanario de la catedral; pero
había que hacer virtud de necesidad y le di los bue-
nos días en tono amistoso.
-Le doy las gracias humildemente, caballero --dijo
mistress Heep cuando le hube preguntado por su
salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecer-
me. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no
pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encon-
trado usted a mi Uriah, caballero?
Le había encontrado tan horrible como de cos-
tumbre, y contesté que no le había encontrado
cambiado.
-¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? -dijo mis-
tress Heep-. Le pido humildemente permiso para no
ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más del-
gado?
-Más que de costumbre, no -respondí.
-¿De verdad? -dijo mistress Heep-. Es porque us-
ted no le ve con los ojos de una madre.
Los ojos de una madre me parecieron muy malos
ojos para el resto de la humanidad cuando los dirig-
ía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo.
Creo que ella y su hijo se pertenecían exclusiva-
mente el uno al otro.
Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a
mí, se fijaron en Agnes.
-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha
cambiado mucho? -preguntó mistress Heep.
-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su
trabajo-. Se preocupa usted demasiado; está muy
bien.
Mistress Heep resopló con toda su fuerza y conti-
nuó su labor.
No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su
labor de punto. Yo había llegado a las doce y todav-
ía faltaban muchas horas para la comida; pero no
se movió. Estaba sentada a un lado de la chimenea
y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al
otro lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la
vista mientras escribía lentamente mi carta, veía
delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me
inspiraba valor con su dulce y angelical expresión;
pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me
miraban para clavarse después en Agnes y volver
enseguida a mí, bajándose después hacia la media.
No estoy muy versado en el arte de hacer media
para poder decir lo que fabricaba; pero sentada allí
al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mis-
tress Heep me parecía una bruja mo-
mentáneamente detenida en sus malos designios
por el ángel sentado frente a ella; pero dispuesta a
aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su
presa en sus odiosas redes.
Durante la comida continuó vigilándonos con la
misma mirada. Después de la comida su hijo tomó
su lugar, y una vez solos para los postres míster
Wickfield, él y yo, se puso a observarme de reojo,
haciendo al mismo tiempo las más odiosas contor-
siones. En el salón volvimos a encontrar a su ma-
dre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes
cantó y tocó el piano, la madre estaba instalada a
su lado. En una ocasión pidió a Agnes que cantara
una balada que a su Uriah le gustaba con locura
(durante aquel tiempo el dicho Uriah bostezaba en
su sillón y después le dijo que estaba en-
tusiasmado). No abría nunca la boca sin pronunciar
el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de
una consigna que le habían dado.
Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sent-
ía tan poco a mis anchas a fuerza de ver a la madre
y al hijo oscureciendo aquella morada con su horri-
ble presencia, como dos grandes murciélagos, que
hubiera preferido permanecer toda la noche con el
punto y lo demás, mejor que it a acostarme. Apenas
cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición del
punto de media y de la vigilancia, que duró todo el
día.
No pude lograr ni diez minutos para hablar a Ag-
nes: apenas si tuve tiempo para enseñarle mi carta.
Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero
mistress Heep repitió tantas veces que se encontra-
ba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse
para hacerle compañía. Por la tarde salí solo para
reflexionar en lo que debía hacer, pues no sabía si
tenía derecho para callar durante más tiempo a
Agnes lo que Uriah Heep me había dicho en Lon-
dres, pues empezaba a inquietarme extraordinaria-
mente.
No había salido todavía del pueblo, por la carrete-
ra de Ramsgate, que estaba muy hermosa para
pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por
alguien que venía tras de mí. Era imposible confun-
dir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar
desgarbado. Me detuve a esperar a Uriah Heep.
-¿Y bien? -le dije.
-¡Qué deprisa anda usted! --dijo-. Tengo las pier-
nas bastante largas; pero usted les da bastante
trabajo.
-¿Dónde va usted?
-Vengo a hacerle compañía, Copperfield, si quiere
usted permitírselo a un antiguo camarada.
Y al decir esto, con un movimiento que podía to-
marse por una burla se puso a andar a mi lado.
-¡Uriah! -le dije lo más cortésmente que pude,
después de un momento de silencio.
-¡Míster Copperfield! -me respondió.
-Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he
salido porque estaba un poco cansado de estar
tanto tiempo en compañía.
Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto:
-¿Se refiere usted a mi madre?
-Naturalmente.
-¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes
-repuso-; y como reconocemos nuestra humilde
condición. estamos obligados a vigilar a los que no
son humildes coma nosotros para que no nos piso-
teen. En amor todas las estratagemas son buenas,
Copperfield.
Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos
enormes manos, dejó oír un gruñido suave. Nunca
había visto una criatura humana que se pareciera
tanto a un mandril maligno.
-Porque usted -dijo, continuando acariciándose el
rostro y moviendo la cabeza- es un rival peligroso,
Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo.
-¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta us-
ted la guardia en tomo a miss Wickfield y por lo que
le quita toda libertad en su propia casa? -le dije.
-¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy
duras -replicó.
-Puede usted tomar mis palabras como le parez-
ca; pero sabe usted mejor que yo lo que quiero
decirle, Uriah.
-¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no
lo comprendo.
-¿Supone usted -le dije esforzándome, a causa de
Agnes, en permanecer tranquilo-, supone usted que
miss Wickfield es para mí otra cosa que una herma-
na tiernamente amada?
-Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contes-
tar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no.
Nunca he visto nada comparable a la innoble ex-
presión de aquel rostro, a aquellos ojos desguarne-
cidos, sin la sombra de una pestaña.
-Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield...
-¡Mi Agnes! -exclamó en una contorsión angulosa
y repugnante-. ¡Tenga la bondad de llamarla Agnes,
míster Copperfield!
-Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendi-
ga...
-Le doy las gracias por ese deseo, míster Copper-
field.
-Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstan-
cia antes se me hubiera ocurrido decírselo a... Jack
Ketch.
-¿A quién, caballero? --dijo Uriah alargando el
cuello y abrigando su oreja con la mano para oír
mejor.
-Al verdugo -repuse-; es decir, a la última persona
en quien se puede pensar... -y, sin embargo, hay
que ser franco, era el rostro de Uriah el que me
había sugerido aquella alusión-. Tengo novia. ¿Es-
pero que eso le dejará satisfecho?
-¿Palabra de honor? -preguntó Uriah.
Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación,
cuando se apoderó de mi mano y la estrechó con
fuerza.
-¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted de-
mostrado esta confianza cuando le revelé el estado
de mi corazón, el día en que tanto le molesté dur-
miendo en su gabinete, nunca se me hubiera ocu-
rrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a des-
pedir inmediatamente a mi madre, demasiado di-
choso de poder darle esa prueba de confianza.
Usted espero que dispensará las precauciones ins-
piradas por el afecto. ¡Qué lástima, míster Copper-
field, que no se dignara usted devolverme confiden-
cia por confidencia! Sin embargo, le he proporcio-
nado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha teni-
do por mí toda la benevolencia que yo hubiera de-
seado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido
nunca como yo le quiero.
Mientras decía esto me estrechaba la mano entre
sus dedos húmedos y viscosos. En vano me esfor-
zaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la
manga de su gabán, color chocolate, y me vi obli-
gado a acompañarle.
-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el cami-
no de la ciudad.
La luna empezaba a iluminar las ventanas con
sus rayos plateados.
-Antes de dejar de hablar de esto -le dije, después
de un largo silencio- tiene usted que saber que a
mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de
usted y tan lejos de todas sus pretensiones como la
luna que nos ilumina.
-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pe-
ro confiese usted que nunca me ha querido como yo
a usted. Me encontraba usted demasiado humilde,
estoy seguro.
-No me gusta que se haga tanta profesión de
humildad ni de otra cosa -respondí.
-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso
todavía que de costumbre-; estaba seguro. Pero
usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto
conviene la humildad a una persona en mi situación.
Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de
caridad; mi madre también ha sido educada en un
establecimiento de la misma naturaleza De la noche
a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada
más. Debíamos ser humildes con estos, humildes
con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la go-
rra; allí teníamos que hacer una reverencia y no
olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos
delante de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos
superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la me-
dalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y
yo lo mismo. Si mi padre ha llegado a sacristán ha
sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gen-
te bien educada de saber estar en su sitio, y por eso
todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde,
Uriah, me decía mi padre, y te abrirás camino. Nos
han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo
que mejor resultado da. Sé humilde decía, y lle-
garás.» Y realmente parece que tenía razón.
Por primera vez sabía que aquella odiosa come-
dia de humildad era hereditaria en la familia Heep;
había visto la cosecha, pero no se me había ocurri-
do pensar en la siembra.
-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando
aprendí a apreciar la humildad y a aprovecharla.
Comía mis humildes patatas con buen apetito. No
he querido llevar demasiado lejos mis humildes
estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofre-
ció enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre
me decía siempre: «A las gentes les gusta dominar;
baja la cabeza y déjales hacer». En este momento,
por ejemplo, yo soy muy humilde, míster Copper-
field; pero eso no impide que haya conseguido ya
algún poder.
Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la cla-
ridad de la luna) era sencillamente para hacerme
comprender que estaba decidido a servirse del po-
der aquel. Yo no había dudado nunca de su bajeza,
su astucia y su malicia; pero únicamente entonces
empecé a comprender todo lo que la larga violencia
de su juventud había amontonado en venganza sin
piedad en aquel alma vil y baja.
Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato
repugnante que me acababa de hacer es que me
soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbi-
lla con las dos manos. Una vez separado de él es-
taba decidido a seguir en aquella posición. Andá-
bamos a cierta distancia uno del otro, cambiando
únicamente algunas palabras.
No sé lo que le había puesto contento, si era lo
que yo le había comunicado o el relato que él me
había hecho de su pasado; pero estaba mucho más
animado que de costumbre. En la comida habló
mucho; preguntó a su madre (a la que había releva-
do de su guardia cuando volvimos de nuestro pa-
seo) si no era hora de que él se casara; y en una
ocasión lanzó tal mirada sobre Agnes, que hubiera
dado todo lo que tengo por poder aplastarle.
Cuando después de la comida nos quedamos so-
los míster Wickfield, él y yo, Uriah se lanzó más
todavía. Había bebido muy poco vino; por lo tanto,
no era eso lo que podia excitarle; debía de ser la
embriaguez de su triunfo insolente y el deseo de
demostrarlo en mi presencia.
La víspera ya había observado que trataba de
hacer beber a míster Wickfield; pero Agnes me hab-
ía lanzado tal mirada al dejar la habitación, que al
cabo de cinco minutos propuse ir a reunimos con
ella al salón. Estaba a punto de hacer otro tanto
cuando Urialh se me adelantó.
-Vemos muy rara vez a nuestro visitante de hoy
-dijo dirigiéndose a míster Wickfield, sentado al otro
lado de la mesa (qué contraste entre las dos cabe-
ceras)-, y si usted no tiene inconveniente podríamos
beber uno o dos vasos de vino a su salud. ¡Míster
Copperfield, bebo a su salud y por su prosperidad!
Me vi obligado a tocar, por fórmula, la mano que
me tendía a través de la mesa; después cogí, con
una emoción muy diferente, la mano de su pobre
víctima.
-Vamos, mi querido socio -dijo Uriah-, permítame
que le dé el ejemplo bebiendo también a la salud de
algún amigo de Copperfield.
Pasé rápidamente sobre los diversos brindis pro-
puestos por mister Wickfield: a mi tía, a míster Dick,
al Tribunal de Doctores, a Uriah. Cada vez se bebía
dos veces su vaso, aunque se daba cuenta de su
debilidad, y luchaba vanamente contra aquella mi-
serable pasión. ¡Pobre hombre! ¡Cómo sufría con la
conducta de Uriah y, sin embargo, cómo trataba de
agradarle! Heep, triunfante, se retorcía de gusto,
hacía gala del vencido, del que desplegaba la ver-
güenza a mis ojos. Yo tenía el corazón oprimido;
ahora todavía mi mano se niega a escribirlo.
-Vamos, mi querido socio; yo también voy a pro-
poner otro brindis; pero pido humildemente que nos
den vasos grandes. ¡Bebamos por la más divina de
su sexo!
El padre de Agnes tenía las manos sobre su vaso
vacío. Lo dejó en la mesa, y sus ojos se fijaron en el
retrato de su hija; después se llevó la mano a la
frente y se dejó caer en un sillón.
-Sé que soy un personaje demasiado humilde pa-
ra atrevenne a brindar a su salud -repuso Uriah-;
pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro!
¡Qué angustia la del padre, que apretaba convul-
sivamente su cabeza gris entre las manos para
contener su sufrimiento interior mil veces más cruel
de contemplar que todos los dolores físicos que
pudiera sufrir nunca!
-Agnes -dijo Uriah, sin fijarse en el estado de
míster Wickfield, o sin querer fijarse-, Agnes Wick-
field, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres.
Es más, puedo hablar libremente entre amigos; se
puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su
marido...!
Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito
como el que lanzó míster Wickfield levantándose
bruscamente.
-¿Qué ocurre? -dijo Uriah, que se puso pálido
como la muerte-. ¡Ah, vamos! Debe de ser un ata-
que de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto
derecho como cualquier otro a decir que un día su
Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más
derecho que nadie.
Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster
Wickfield y le rogué, por todo lo que pude imaginar,
que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en
nombre de su afecto por Agnes. Estaba fuera de sí
y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y
trataba de rechazarme lejos de sí, sin contestar una
sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su
desesperación ciega, lo que quería, con la mirada
fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan terrible!
Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a
aquella angustia y que me escuchara. Le suplicaba
que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que re-
cordara cómo Agnes y yo habíamos crecido juntos;
ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su
orgullo y su alegría. Me esforzaba en poner a su hija
ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante
firmeza para evitarle el que se enterase de seme-
jante escena. No sé si mis palabras surtieron algún
efecto, o si la violencia de su cólera terminó por
gastarse; pero poco a poco se tranquilizó y empezó
a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo
de razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi
hija querida y tú..., ya lo sé; pero él, ¡mírale!».
Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un
rincón. Evidentemente se había precipitado, y espe-
raba una cosa muy distinta.
-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield-; al
hombre que me ha hecho perder poco a poco mi
nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad
de mi hogar.
-Decid más bien el que le ha conservado su nom-
bre, su reputación, su tranquilidad y la felicidad de
su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas
con una expresión de enfado y desconcierto-. No se
enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de
lo que esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después
de todo, ¿dónde está el daño?
-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida --dijo
míster Wickfield- y creía que estaba unido a mí por
motivos de intereses; pero... ¡oh, lo que es este
hombre!
-Haría usted bien obligándole a callar, Copper-
field, si puede -exclamó Uriah volviendo hacia mí
sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a
decir cosas que después sentirá haber dicho y que
usted mismo sentirá haber oído.
-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acen-
to desesperado-. Puesto que estoy en tus manos
¿por qué no he de ponerme en las del mundo ente-
ro?
-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah diri-
giéndose a mí-; si no le hace callar es que no es
usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se
pondrá en manos del mundo entero? Míster Wick-
field, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabe-
mos lo que sabemos, ¿no es cierto? No desperte-
mos al perro que duerme. No soy yo quien come-
terá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo
más humilde posible, y le digo que si he ido dema-
siado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caba-
llero?
-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wick-
field retorciéndose las manos-. ¡He caído tan bajo
desde que lo vi por primera vez en esta casa! Esta-
ba ya en esta pendiente fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto
camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde en-
tonces! Me ha perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera
tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de
olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdi-
do al perder a la madre de mi hija se ha vuelto una
enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el
olvido de todo lo demás, me ha dado el último gol-
pe. Una vez con esta enfermedad incurable he in-
fectado a mi vez cuanto he tocado. He causado la
desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la
quiero! He creído posible amar a una criatura del
mundo excluyendo a todas las demás. He creído
posible llorar a una que había dejado el mundo sin
llorar con los que lloran. Así he perdido mi vida. Me
he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él
se venga devorándome a su vez. He sido sórdido
en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el modo
en que he escapado del lado oscuro del dolor y del
afecto. Y ahora sólo soy una ruina. ¡Oh, mira, mira
mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!
Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le
sostenía la exaltación de su pena. Uriah salió de su
rincón.
-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locu-
ra --dijo míster Wickfield extendiendo la mano como
para suplicarme que no le condenase todavía-; pero
él lo sabe; él, que ha estado siempre a mi lado para
apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena
que me ha puesto al cuello; le encuentras instalado
en mi casa; le encuentras metido en todos mis
asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué
más puedo decirte?
-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor
hubiera hecho usted no diciendo nada -repuso
Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-. No se
hubiera puesto usted en ese estado si no hubiera
bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caba-
llero. Si yo también he dicho algo más de lo que
debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no
me he obstinado.
La puerta se abrió y Agnes entró suavemente,
pálida como una muerta; pasó su brazo alrededor
del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá,
no te encuentras bien, vente conmigo! ».
Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija,
como si estuviera agobiado de vergüenza, y salie-
ron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con
los míos, y vi que sabía todo lo que había pasado.
-No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster
Copperfield -dijo Uriah-; pero esto no es nada; ma-
ñana nos habremos reconciliado. Es por su bien. Yo
deseo humildemente su bien.
No le contesté una palabra y subí a la tranquila
habitación donde Agnes había venido tan a menudo
a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí
permanecí hasta bastante tarde, sin que nadie vinie-
ra a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de
leer; esperé a que dieran las doce en los relojes, y
leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me
tocó suavemente en el hombro.
-¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a
decirte adiós.
Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y
tranquilo.
-¡Que Dios te bendiga! -me dijo tendiéndome la
mano.
-Mi querida Agnes -respondí-; veo que no quieres
que te hable esta noche de ello-, pero ¿no podría-
mos hacer nada?
-Confiar en Dios -contestó.
-¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte
con mis pobres penas?
-Tú haces las mías menos amargas, mi querido
Trotwood.
-Agnes, querida mía; es una gran pretensión por
mi parte el pensar darte un consejo, yo que tengo
tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor,
nobleza; pero ya sabes cuánto te quiero y todo lo
que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un
deber mal comprendido?
Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la
había visto tan inquieta.
-Dime que no has tenido semejante pensamiento,
querida Agnes; tú que eres para mí más que una
hermana, piensa en lo que vale un corazón como el
tuyo, un amor como el tuyo.
¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después
aquel dulce rostro y aquella mirada de un instante,
aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche
ni resentimiento! ¡Cuántas veces he visto después
la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba
segura de ella misma y que no había nada que te-
mer; después me llamó su hermano y desapareció!
Todavía era de noche cuando al día siguiente
subí a la diligencia en la puerta de la posada. El
día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir,
cuando en el momento en que mi pensamiento
se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que
se encaramaba a mi lado.
-Copperfield -me dijo en voz baja agarrándose al
coche-, he pensado que le gustaría saber antes de
su partida que todo está arreglado. Ya he estado en
su habitación y está dulce como un cordero. ¿Ve
usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de
algo; y cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué
hombre tan amable después de todo! ¿No es ver-
dad, míster Copperfield?
Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de
que se hubiera disculpado.
-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir
excusas? ¡Cuando se es humilde es tan fácil! A
propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió
con una ligera contorsión-, que le habrá ocurrido
alguna vez el coger una pera antes de que estuviera
madura?
-Es probable -respondí.
-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la
pera madurará; no hay más que estar al cuidado.
Puedo esperar.
Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el
momento en que el conductor subía al pescante.
Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de
la mañana; al menos, por el movimiento de su boca
se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y
que la saboreaba haciendo chasquear los labios.
CAPÍTULO XX
EL VAGABUNDO
Aquella noche tuvimos una conversación muy se-
ria en Buckingham Street sobre los sucesos que he
detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el
mayor interés y estuvo paseando de arriba abajo
por la habitación, con los brazos cruzados, durante
más de dos horas. Siempre que tenía algún disgus-
to ejecutaba una proeza semejante, y se podia sa-
ber la importancia de su disgusto por lo que duraba
el paseo. En aquella ocasión estaba tan afectada,
que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener
más sitio, y recorría las dos habitaciones de un ex-
tremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados
inmóviles al lado del fuego, la veíamos pasar por
nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de
un péndulo de reloj.
Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí,
para irse a la cama, yo me puse a escribir mi carta a
las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su
paseo, se había sentado ante la chimenea, con la
falda un poco remangada, como de costumbre; pero
en lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó
encima de la chimenea y se quedó con el codo de-
recho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en
la mano derecha, mirándome pensativa. Siempre
que yo levantaba los ojos estaba seguro de encon-
trar los suyos.
-Te quiero más que nunca, hijo mío -me dijo-; pe-
ro estoy preocupada y triste.
Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no
me fijé, hasta después de que se hubiera acostado,
de que había dejado intacta encima de la chimenea
su «poción de la noche», como ella la llamaba.
Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puer-
ta, y con más cariño que de costumbre me dijo:
-No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot
-y movió la cabeza y se encerró de nuevo.
A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías
de Dora, y la aprobó.
La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer
más que esperar con paciencia la contestación.
Hacía una semana que estaba en aquel estado de
expectación.
Una noche volvía de casa del doctor Strong.
Había sido un día muy crudo, con un viento norte
que cortaba la cara. El viento había desaparecido al
anochecer y empezaba a nevar; caían gruesos co-
pos, que cubrían ya todo el suelo, y los ruidos se
habían apagado como si las calles estuvieran cu-
biertas de pluma.
El camino más corto para volver a casa (y natu-
ralmente el que tomé en semejante noche) fue el de
la travesía de San Martín. La iglesia que da nombre
a la calle está ahora aislada; pero antes sólo tenía
espacio libre por la parte de delante, y la calleja
torcía hacia el Strand. Cuando pasaba por delante
del pórtico vi en la rinconada el rostro de una mujer.
Me miró, cruzó la calle y desapareció. Yo la conoc-
ía, la había visto en alguna parte; pero no recordaba
dónde. Algo que interesaba a mi corazón se asocia-
ba con ella; pero como iba pensando en otra cosa
cuando me la encontré, sólo tuve una idea confusa.
En los escalones de la iglesia había un hombre
poniendo algo sobre la nieve y arreglándolo des-
pués; le vi al mismo tiempo que a la mujer. No había
salido de mi sorpresa cuando el hombre se volvió y
se encontro conmigo: estaba cara a cara con míster
Peggotty.
Entonces recordé quién era la mujer. Era Martha,
a quien Emily había dado dinero la noche aquella en
la cocina. Martha Endell, al lado de la cual él no
hubiera querido ver a su querida sobrina según me
dijo Ham, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.
Nos estrechamos la mano cordialmente; al princi-
pio ninguno de los dos podíamos decir una palabra.
-Míster Davy, ¡cómo me alegro de verle! ¡Qué feliz
encuentro!
-Muy feliz, querido y viejo amigo -le dije.
-Había estado pensando ir a verle esta noche -re-
puso-; pero al saber que su tía está viviendo con
usted (pues he estado por el lado de Yarmouth) he
temido que fuera demasiado tarde, y pensaba ir por
la mañana temprano, antes de volver a marcharme.
-¿Otra vez? ---dije.
-Sí señor -replicó moviendo la cabeza con resig-
nación-; me marcho mañana.
-¿Y dónde va usted ahora? -pregunté.
-¡Pchs! -replicó, sacudiendo la nieve de sus largos
cabellos-. Voy por ahí...
En aquella época el establecimiento de La Cruz
de Oro (tan memorable para mí en relación con su
desgracia) tenía una puerta cerca de donde está-
bamos parados. Le señalé la verja, me agarré de su
brazo, y nos dirigimos allí. Dos o tres de las salas
del café daban al patio, y viendo una completa-
mente vacía y con buen fuego, nos dirigimos a ella.
Cuando le vi a la luz observé que tenía los cabe-
llos largos y revueltos y el rostro quemado por el
sol; las arrugas de su rostro eran más profundas, y
tenía todo el aspecto de haber vagado a través de
los climas más distintos; pero todavía parecía muy
fuerte y decidido a cumplir su propósito sin que na-
da pudiera cansarle. Se sacudió la nieve que cubría
su ellas casi como si fueran los niños de Emily. ¡Oh
mi querida pequeña Emily!
Se puso a sollozar en un repentino acceso de de-
sesperación. Yo pasaba temblando mi mano por
encima de la suya, con la que intentaba taparse el
rostro.
-Gracias -me dijo-, no se preocupe usted.
Al cabo de un momento se descubrió los ojos y
continuó su relato.
-A menudo por la mañana me acompañaban un
momento por el camino, y cuando nos separábamos
y yo les decía en mi lengua: «Muchas gracias, que
Dios os bendiga», ellas siempre parecían compren-
derme y me respondían con cariño. Por fin llegué a
la costa. No era difícil para un marino como yo ga-
nar su pasaje hasta Italia. Cuando llegué allí seguí
errando de un lado a otro. Todo el mundo era bueno
conmigo, y quizá hubiera viajado de ciudad en ciu-
dad o a través de los campos si no hubiera oído
decir que la habían visto en las montañas de Suiza.
Alguien que conocía al criado los había visto a los
tres; hasta me dijeron cómo viajaban y dónde esta-
ban. Anduve día y noche, míster Davy, para encon-
trar aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más
parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y las atra-
vesé. Cuando llegué al lugar de que me habían
hablado empecé a preguntarme: ¿Y qué vas a
hacer cuando la veas?
El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de
la noche, se bajaba, y vi a aquella mujer de rodillas
delante de la puerta, con las manos juntas como
para rezar, suplicándome que no la despidiera.
-Nunca he dudado de ella -dijo míster Peggotty-,
nunca, ni un minuto. Sólo con que hubiera podido
hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle
la casa de que había huido, su infancia, sabía que,
aunque hubiera llegado a princesa de sangre real,
caería a mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi
sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!» y la
he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces
en mi sueño la he levantado diciéndole muy bajito:
«Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte
conmigo! ».
Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió
con un suspiro:
-Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo.
Compré un traje de campesina para ella; sabía que
una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo
por las carreteras rocosas; que iría donde yo quisie-
ra, y que no me abandonaría jamás, no, jamás.
Todo lo que quería era hacerle poner aquel traje y
pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en
mis brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos
a veces en el camino para que descansaran sus
pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía.
Respecto a él, creo que ni siquiera le hubiera mira-
do. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister
Davy, no, todavía no. Llegué demasiado tarde: hab-
ían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban.
Unos decían que por aquí, otros que por allá, y he
viajado por aquí y por allá; pero no la he encontra-
do. Entonces he vuelto.
-¿Hace mucho tiempo? -pregunté.
-Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco
y la luz que brillaba en la ventana, acercándome vi a
la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del
fuego. Le grité: « No tengas miedo; es Daniel», y
entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorpren-
derme tanto verme en mi viejo barco.
Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chale-
co un paquete de papeles que contenía dos o tres
camas y las puso encima de la mesa.
-Esta primera carta ha llegado -dijo separándola
de las otras- a los ocho días escasos de mi partida.
Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de
cincuenta libras. Lo habían echado una noche por
debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la
letra, pero conmigo no le valía.
Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó en-
cima de la mesa.
-Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha
llegado hace dos o tres meses.
Después de haberla contemplado un momento
me la entregó, añadiendo en voz baja: «Tenga la
bondad de leerla».
Leí lo siguiente:
EMMA MICAWBER.»
Yo no me creía con derecho para dar a una mu-
jer tan llena de experiencia como mistress Micawber
otro consejo que el de tratar de reconquistar la con-
fianza de mister Micawber a fuerza de paciencia y
de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo);
sin embargo, aquella carta me dio que pensar.
CAPÍTULO III
OTRA MIRADA RETROSPECTIVA
Dejadme detenerme de nuevo en un momento tan
memorable de mi vida. Dejadme detenerme para
ver desfilar ante mí, en una procesión fantástica, la
sombra de lo que fui, escoltado por los fantasmas
de los días que pasaron.
Las semanas, los meses, las estaciones transcu-
rren, y ya no me aparecen más que como un día de
verano y una tarde de invierno. Tan pronto el prado
que piso con Dora está todo en flor y es un tapiz
estrellado de oro, como estarnos en una bruma
árida, envuelta bajo montes de nieve. Tan pronto el
río que corre a lo largo de nuestro paseo de domin-
go deslumbra con los rayos del sol de verano, como
se estremece bajo el soplo del viento de invierno y
se endurece al contacto de los bosques de hielo
que invaden su curso, y se lama y se precipita al
mar más deprisa que podría hacerlo ningún otro río
del mundo.
En la casa de las dos ancianas no ha cambiado
nada. El reloj hace tictac encima de la chimenea y el
barómetro está colgado en el vestíbulo. Ni el reloj ni
el barómetro van bien nunca; pero la fe nos salva.
¡Llego a mi mayoría de edad! ¡Tengo veintiún
años! Pero es esa una dignidad que está al alcance
de todo el mundo. Veamos antes lo que he hecho
por mí mismo. He apresado el ante salvaje que
llaman taquigrafía y saco de ello bastante dinero;
hasta he adquirido una gran reputación en esa es-
pecialidad y pertenezco a los dote taquígrafos que
recogen los debates del Parlamento para un perió-
dico de la mañana. Todas las noches tomo nota de
predicciones que no se cumplirán nunca; de profe-
siones de fe a las que nadie es fiel; de explicaciones
que no tienen otro objeto que engañar al público.
Ya sólo veo fuego. Gran Bretaña, esa desgracia-
da virgen que se pone en tantas salsas, la veo
siempre ante mí como un ave guisada bien desplu-
mada y bien cocida, atravesada de parte a parte
con los hierros y atada con un cordón rojo. Por todo
esto soy un incrédulo, y nadie podrá convertirme.
Mi buen amigo Traddles ha intentado el mismo
trabajo; pero no sirve para él. Y toma su fracaso con
el mejor humor del mundo, diciéndome que siempre
ha tenido la cabeza dura. Los editores de mi perió-
dico lo emplean a veces para recoger hechos, que
dan después a otros para que sean reescritos de un
modo más hábil. Entra en el foro, y a fuerza de pa-
ciencia y de trabajo llega a reunir las cien libras
esterlinas para ofrecerlas a un procurador cuyo
estudio frecuenta. Y se consume buena cantidad de
vino de Oporto el día de su entrada. Creo que los
estudiantes del Templo se premiaron bien a su cos-
ta aquel día.
He hecho otra tentativa: he intentado el oficio de
escritor. He enviado mi primer ensayo a una revista,
que lo ha publicado. Esto me ha dado valor y he
publicado algunos otros trabajos, que ya empiezan
a darme dinero. En todo mis negocios marchan
bien, y si cuento lo que gano con los dedos de mi
mano, paso del tercero, deteniéndome a la mitad
del cuarto. Trescientas cincuenta libras esterlinas no
son grano de anís.
Hemos abandonado Buckingham Street para ins-
talarnos en una linda casa cercana a la que me
gustaba tanto. Mi tía ha vendido su casa de Dover;
pero no piensa vivir con nosotros; quiere instalarse
en una casa de la vecindad más modesta que la
nuestra. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se tratará de mi
matrimonio? ¡Sí, seguro!
¡Sí! ¡Me caso con Dora! Miss Lavinia y miss Cla-
rissa han dado su consentimiento, y no he visto en
mi vida canarios más inquietos que ellas. Miss Lavi-
nia es la encargada del trousseau de mi querida
pequeña Dora, y no para de abrir una multitud de
paquetes grises. Hay en la casa a todas horas una
costurera que siempre está con el pecho atravesado
por una aguja, come y duerme en la casa, y verda-
deramente creo que estará con el dedal puesto
hasta para comer, beber y dormir. Tienen a mi pe-
queña Dora como un verdadero maniquí. Siempre la
están llamando para probarse algo. Por la tarde no
podemos estar juntos cinco minutos sin que alguna
mujer inoportuna venga a llamar a la puerta:
-Miss Dora, ¿podría usted hacer el favor de subir
un momento?
Miss Clarissa y mi tía se dedican a recorrer todas
las tiendas de Londres para nuestro mobiliario, y
después nos llevan a verlo. Pero mejor sería que lo
eligieran solas, sin obligarnos a Dora y a mí a que lo
inspeccionemos, pues al it a ver las cacerolas para
la cocina, Dora ve un pabelloncito chino para Jip,
con sus campanitas en lo lato, y prefiere comprarlo.
Después Jip no consigue acostumbrarse a su nueva
residencia, pues no puede entrar ni salir en ella sin
que las campanitas suenen, lo que le asusta de un
modo horrible.
Peggotty llega también para ayudar, y enseguida
pone manos a la obra. Frota todo lo frotable hasta
que lo ve relucir, quieras que no, como su frente
lustrosa. Y de vez en cuando me encuentro a su
hermano vagando solo por las noches a través de
las calles sombrías, deteniéndose a mirar todas las
mujeres que pawn. Nunca le hablo cuando me le
encuentro a esas horas, porque sé demasiado,
cuando le veo grave y solitario, lo que busca y lo
que teme encontrar.
¿Por qué Traddles se da tanta importancia esta
mañana al venir a buscarme al Tribunal de Docto-
res, donde voy todavía alguna vez cuando tengo
tiempo? Es que mis sueños van a realizarse; hoy
voy a sacar mi licencia de matrimonio.
Nunca un documento tan pequeño ha representa-
do tantas cosas, y Traddles lo contempla encima de
mi pupitre con admiración y con espanto. Los nom-
bres están dulcemente mezclados: David Copper-
field y Dora Spenlow; y en un rincón, el timbre de
aquella paternal institución que se interesa con tan-
ta benevolencia en las ceremonias de la vida huma-
na, y el arzobispo de Canterbury que nos da su
bendición, también impresa, al precio más barato
posible.
Pero todo esto es un sueño para mí, un sueño
agitado, dichoso, rápido. No puedo creer que sea
verdad; sin embargo, me parece que todos los que
encuentro en la calle deben darse cuenta de que
me caso pasado mañana. El delegado del arzobispo
me reconoce cuando voy a prestar juramento y me
trata con tanta familiaridad como si hubiera entre
nosotros algún lazo de masonería. Traddles no me
hace ninguna falta; sin embargo, me acompaña a
todas partes como mi sombra.
-Espero, amigo mío -le dije a Traddles-, que la
próxima vez vengas aquí por tu propia cuenta, y que
sea muy pronto.
-Gracias por tus buenos deseos, mi querido Cop-
perfield -respondió-; yo también lo espero. Y por lo
menos es una satisfacción el saber que me espe-
rará todo lo que sea necesario y que es la criatura
más encantadora del mundo.
-¿A qué hora vas a esperarla en la diligencia esta
tarde?
-Alas siete -dijo Traddles mirando su viejo reloj de
plata, aquel reloj al que en la pensión había quitado
una rueda para hacer un molino-. Miss Wickfield
llega casi a la misma hora, ¿no?
-Un poco más tarde: a las ocho y media.
-Te aseguro, querido mío -me dijo Traddles-, que
estoy casi tan contento como si me fuera a casar
yo, y además no sé cómo darte las gracias por la
bondad con que has asociado personalmente a
Sofía a esta fiesta invitándola a ser dama de honor
con miss Wickfield. ¡Te lo agradezco más!...
Le escucho y le estrecho la mano. Charlamos,
nos paseamos y comemos. Pero yo no creo una
palabra de nada; estoy seguro de que es un sueño.
Sofía llega a casa de las tías de Dora a la hora fi-
jada. Tiene un rostro encantador; no es una belleza,
pero es extraordinariamente atractiva; nunca he
visto una persona más natural, más franca, más
atrayente. Traddles nos la presenta con orgullo, y
durante diez minutos se restriega las manos delante
del reloj, con los cabellos erizados en su cabeza de
lobo, mientras le felicito por su elección.
También Agnes ha llegado de Canterbury, y vol-
vemos a ver entre nosotros su bello y dulce rostro.
Agnes siente mucha simpatía por Traddles, y me da
gusto verlos encontrarse y observar cómo Traddles
está orgulloso de presentársela a la chica más en-
cantadora del mundo.
Pero sigo sin creer una palabra de todo esto.
¡Siempre un sueño! Pasamos una velada deliciosa;
somos dichosos; no me falta más que creer en ello.
Ya no sé dónde estoy; no puedo contener mi alegr-
ía. Me encuentro en una especie de somnolencia
nebulosa, como si me hubiera levantado muy tem-
prano hace quince días y no hubiera vuelto a acos-
tarme. No puedo recordar si hace mucho tiempo
que era ayer. Me parece que hace ya meses y que
he dado la vuelta al mundo con una licencia de ma-
trimonio en el bolsillo.
Al día siguiente, cuando vamos todos juntos a ver
la casa, la nuestra, la de Dora y mía, no sé hacerme
a la idea de que yo soy el propietario. Me parece
que estoy con permiso de alguien, y espero al ver-
dadero dueño de la casa, que aparecerá dentro de
un momento diciéndome que tiene mucho gusto en
recibirme. ¡Una casa tan bonita! ¡Todo tan alegre y
tan nuevo! Las flores del tapiz parece que se abren,
y las hojas del papel parece que acaban de brotar
en las ramas. ¡Y las coronas de muselina blanca y
los muebles rosa! ¡Y el sombrero de jardín de Dora,
con lazos azules, ya colgado en la percha! ¡Tenía
uno exactamente igual cuando la vi por primera vez!
La guitarra está ya colocada en su sitio, en un
rincón, y todo el mundo tropieza con la pagoda de
Jip, que es demasiado grande para la casa.
Otra velada dichosa, un sueño más, como todo.
Me deslizo en el comedor antes de marcharme,
como siempre. Dora no está. Supongo que estará
ahora también probándose algo. Miss Lavinia aso-
ma la cabeza por la puerta y me anuncia con miste-
rio que no tardará mucho. Sin embargo, tarda; por
fin oigo el ruido de una falda en la puerta; llaman.
Digo: «Entre». Vuelven a llamar. Voy a abrir la
puerta, sorprendido de que no entren, y veo dos
ojos muy brillantes y una carita ruborosa: es Dora.
Miss Lavinia le ha puesto el traje de novia, con cofia
y todo, para que yo lo vea. Estrecho a mi mujercita
contra mi corazón, y miss Lavinia lanza un grito
porque lo arrugo. Y Dora ríe y llora a la vez al verme
tan contento; pero cada vez creo menos en todo.
-¿Te parece bonito, mi querido Doady? -me dice
Dora.
-¿Bonito? ¡Ya lo creo que me parece bonito!
-¿Y estás seguro de quererme mucho? -dice Do-
ra.
Esta pregunta pone en tal peligro la cofia, que
miss Lavinia lanza otro gritito y me advierte que
Dora está allí únicamente para que la mire; pero
que bajo ningún pretexto puedo tocarla. Dora per-
manece ante mí encantadora y confusa, mientras la
admiro. Después se quita la cofia (¡qué natural y
qué bien está sin ella!) y se escapa; luego vuelve
saltando con su traje de todos los días y le pregunta
a Jip si tengo yo una mujercita guapa y si perdona a
su amita el que se case, y por última vez en su vida
de muchacha se arrodilla para hacerle sostenerse
en dos patas encima del libro de cocina.
Me voy a acostar, más incrédulo que nunca, en
una habitación que tengo allí cerca. Y al día siguien-
te, muy temprano, me levanto para it a Highgate a
buscar a mi tía.
Nunca la he visto así. Con un traje de seda gris y
con un sombrero blanco. Está soberbia. La ha ves-
tido Janet, y está allí mirándome. Peggotty está ya
preparada para la iglesia y cuenta con verlo todo
desde lo alto de las tribunas. Míster Dick, que hará
las veces de padre de Dora y me la dará por mujer
al pie del altar, se ha hecho rizar el cabello. Tradd-
les, que ha venido a buscarme, me deslumbra por la
brillante mezcla de color crema y azul cielo; míster
Dick y él me hacen el efecto de estar enguantados
de la cabeza a los pies.
Sin duda, veo así las cosas porque sé que son
siempre así; pero no deja de parecerme un sueño, y
todo lo que veo no tiene nada de real. Sin embargo,
mientras nos dirigimos a la iglesia, en calesa des-
cubierta, este matrimonio fantástico es lo bastante
real para llenarme de una especie de compasión
por los desgraciados que no se casan como yo, y
que siguen barriendo delante de sus tiendas o yen-
do hacia su trabajo habitual.
Mi tía, durante todo el camino, tiene mi mano en-
tre las suyas. Cuando nos detenemos a cierta dis-
tancia de la iglesia para que baje Peggotty, que ha
venido en el pescante, me abraza muy fuerte.
-¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría querer más
a mi propio hijo, y hoy por la mañana estoy recor-
dando mucho a tu madre, la pobrecilla.
-Y yo también, y todo lo que te debo, querida tía.
-¡Bah!, ¡bah! -dijo mi tía.
Y en el exceso de su cariño tendió la mano a
Traddles; Traddles se la tendió a míster Dick, que
me la tendió a mí, y yo a mi vez a Traddles; por fin,
ya estamos en la puerta de la iglesia.
La iglesia está muy tranquila; pero para tranquili-
zarme a mí sería necesaria una máquina de fuerte
presión; estoy demasiado emocionado. Todo lo
demás me parece un sueño más o menos inco-
herente.
Y sigo soñando que entran con Dora; que la mujer
de los bancos nos alinea delante del altar como un
sargento; sueño que me pregunto por qué esas
mujeres serán siempre tan agrias. El buen humor
será un peligro tan grande para el sentimiento reli-
gioso que serán necesarias esas copas de hiel y de
vinagre en el camino del paraíso.
Sueño que el pastor y su ayudante aparecen, que
algunos marineros y otras personas vienen a vagar
por allí, que tengo tras de mí a un marino viejo que
perfuma toda la iglesia con un fuerte olor a ron, que
empiezan el servicio con una voz profunda y que
todos estamos muy atentos.
Que miss Lavinia, que hace de dama de honor
suplementaria, es la primera que se echa a llorar,
haciendo homenaje con sus sollozos, según pienso,
a la memoria de míster Pidger; que miss Clarissa le
acerca a la nariz su frasco de sales; que Agnes
cuida de Dora; que mi tía hace todo lo que puede
para tener un aspecto imponente, mientras las
lágrimas corren a lo largo de sus mejillas; que mi
pequeña Dora tiembla con todos sus miembros y
que se le oye murmurar muy débilmente sus res-
puestas.
Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Do-
ra tiembla un poco menos, pero que no suelta la
mano de Agnes; que el oficio continúa severo y
tranquilo; que cuando ha terminado nos miramos a
través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la
sacristía mi querida mujercita solloza, llamando a su
querido papá, a su pobre papá.
Que pronto se repone y firmamos en el gran libro
uno después de otro; que voy a buscar a Peggotty a
las tribunas para que venga también a firmar, y que
me abraza en un rincón, diciéndome que también
vio casarse a mi pobre madre; que todo ha termina-
do, y que nos marchamos.
Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando
el brazo a mi encantadora esposa; que veo a través
de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas
y los bancos, el órgano y las vidrieras de la iglesia, y
que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la
iglesia donde iba con mi madre cuando era niño,
¡ay!, hace ya tanto tiempo.
Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pa-
sar: «¡Vaya una parejita joven!». «¡Qué casadita tan
linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos
mientras volvemos a Putney; que Sofía nos cuenta
cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando
han pedido a Traddles la licencia que yo le había
confiado, pues estaba convencida de que la habría
perdido o se la habrían robado del bolsillo; que Ag-
nes reía con todo su corazón, y que Dora la quiere
tanto, que no puede separarse de ella y la tiene
cogida de la mano.
Que hay preparado un almuerzo apetitoso con
una multitud de cosas bonitas y buenas, que como
sin darme cuenta de a qué saben (es natural cuan-
do se sueña); que sólo como y bebo matrimonio,
pues no creo en la realidad de los comestibles más
que en la de lo demás.
Que suelto un discurso en el género de los sue-
ños, sin tener la menor idea de lo que quiero decir, y
hasta estoy convencido de que no he dicho nada;
que somos sencilla y naturalmente todo lo dichosos
que se puede ser, en sueños, claro está; que Jip
come del pastel de bodas, lo que al cabo de un rato
no le sienta muy bien.
Que la silla de postas nos espera; que Dora va a
cambiar de traje; que mi tía y miss Clarissa se
quedan con nosotros; que nos paseamos por el
jardín; que mi tía, en el almuerzo, ha hecho un
verdadero discurso sobre las tías de Dora, y que
está encantada y hasta un poco orgullosa de su
hazaña.
Que Dora está dispuesta; que miss Lavinia revolo-
tea a su alrededor con sentimiento de perder el
encantador juguete que le ha proporcionado durante
algún tiempo una ocupación tan agradable; que, con
gran sorpresa, Dora descubre a cada momento que
se le olvidan una cantidad de pequeñas cosas, y
que todo el mundo corre de un lado a otro para bus-
cárselas.
Que rodean a Dora y ella empieza a despedirse;
que parecen todas reunidas una cesta de flores con
sus cintas nuevas y sus colores alegres; que casi
ahogan a mi querida esposa en medio de todas
aquellas flores que la abrazan, y que, al fin, viene a
lanzarse en mis brazos celosos riendo y llorando a
la vez.
Que yo quiero llevar a Jip, que nos tiene que
acompañar, y que Dora dice que no, que tiene que
ser ella quien lo lleve, sin lo cual creerá que ya no le
quiere porque está casada, lo que le rompería el
corazón; que salimos del brazo; que Dora se vuelve
para decir: «¡Si alguna vez he sido antipática o in-
grata con vosotros, no lo recordéis, os los ruego! »,
y que se echa a llorar.
Que dice adiós con la manita, y que por enésima
vez vamos a partir; que se detiene de nuevo, se
vuelve y corre hacia Agnes, pues quiere darle sus
últimos besos y dirigirle su última despedida.
Por fin estamos en el coche uno al lado del otro.
Ya hemos partido. Salgo de un sueño; ahora ya
creo en ello. Sí; es mi querida, mi querida mujercita
la que está a mi lado, ¡y la quiero tanto!
-¿Eres dichoso ahora, malo -me dice Dora-, y
estás seguro de que no te arrepentirás?
Me he retirado a un lado para ver desfilar ante mí
los fantasmas de aquellos días que pasaron. Ahora
que han desaparecido, reanudo el viaje de mi vida.
CAPÍTULO IV
NUESTRA CASA
Me parecía una cosa extraña una vez pasada la
luna de mil y cuando nos quedamos solos en nues-
tra casita Dora y yo, libres ya de la deliciosa ocupa-
ción del amor.
¡Me parecía tan extraordinario el tener siempre a
Dora a mi lado; me parecía tan extraño no tener que
salir de casa para it a verla, no tener que preocu-
parme por su causa ni que escribirle, no tener que
devanarme los sesos para encontrar ocasión de
estar solo con ella! A veces, por la noche, cuando
dejaba un momento mi trabajo y la veía sentada
frente a mí, me apoyaba en el respaldo de mi silla y
empezaba a pensar en lo raro que era que estuvié-
ramos allí solos, juntos, como si fuera la cosa más
natural el que ya nadie tuviera que mezclarse en
nuestros asuntos; que toda la novela de nuestro no-
viazgo estaría pronto lejana; que ya no teníamos
más que tratar de hacernos felices mutuamente,
gustarnos toda la vida.
Cuando había en la Cámara de los Comunes
algún debate que me retrasaba, me parecía tan
extraordinario, al tomar el camino de casa, pensar
que Dora me esperaba; me parecía tan maravilloso
verla sentarse con dulzura a mi lado para hacerme
compañía mientras comía. Y saber que se cogía
todo el pelo con papelitos, es más, vérselos poner
todas las noches, ¿no era una cosa extraordinaria?
Creo que dos pajarillos hubieran sabido tanto co-
mo nosotros sobre cómo llevar una casa, ¡mi pe-
queña Dora y yo! Teníamos una criada y, como es
natural, ella lo manejaba todo. Todavía estoy con-
vencido interionnente de que debía de ser alguna
hija disfrazada de mistress Crupp. ¡Cómo nos amar-
gaba la vida Mary Anne!
Se llamaba Paragon. Cuando la tomamos a nues-
tro servicio nos aseguraron que aquel nombre sólo
expresaba débilmente todas sus cualidades; era el
parangón de todas las virtudes. Tenía un certificado
escrito más grande que un cartel, y a dar crédito a
aquel documento sabía hacer todo lo del mundo, y
todavía más. Era una mujer en la fuerza de la edad,
de fisonomía repulsiva. Tenía un primo en el regi-
miento de la Guardia, de tan largas piernas, que
parecía ser la sombra de algún otro visto al sol a las
doce del día. Su traje era tan pequeño para él como
él era grande para nuestra casita, y la hacía parecer
diez veces más pequeña de lo que era en realidad.
Además, los tabiques eran sencillos, y siempre que
pasaba la tarde en casa lo sabíamos por una espe-
cie de gruñido continuo que oíamos en la cocina.
Nos habían garantizado que nuestro tesoro era
sobrio y honrado. Por lo tanto, supongo que tendría
un ataque de nervios el día que la encontré tirada
delante del fogón y que sería el trapero el que no se
había apresurado a devolver las cucharillas de té
que nos faltaban.
Además le teníamos un miedo horrible. Sentía-
mos nuestra inexperiencia y no estábamos en esta-
do de salir adelante; diría que estábamos a su mer-
ced si la palabra merced no diera la sensación de
indulgencia, pues era una mujer sin piedad. Ella fue
la causa de la primera disputa que tuve con Dora.
-Querida mía -le dije un día-, ¿crees que Mary
Anne entiende el reloj?
-¿Por qué, Doady? -me preguntó Dora levantando
inocentemente la cabeza.
-Amor mío, porque son las cinco, y debíamos co-
mer a las cuatro.
Dora miró al reloj con un airecito de inquietud a
insinuó que creía que aquel reloj se adelantaba.
-Al contrario, querida -le dije mirando mi reloj-, se
retrasa unos minutos.
Mi mujercita vino a sentarse encima de mis rodi-
llas para tratar de contentarme y me hizo una rays
con el lápiz en medio de la nariz: era encantador,
pero aquello no me daba de comer.
-¿No crees, vida mía, que debías decirle algo a
Mary Anne?
-¡Oh, no!; te lo ruego, Doady -exclamó Dora..
-¿Por qué no, amor mío? -le pregunté con dulzu-
ra.
-¡Oh!, porque yo sólo soy una tontuela, y ella lo
sabe muy bien.
Como aquellos sentimientos me parecían incom-
patibles con la necesidad de regañar a Mary Anne,
fruncí las cejas.
-¡Oh, qué arruga tan horrible en la frente, malo!
-dijo Dora, todavía sentada en mis rodillas.
Y señaló aquellas odiosas arrugas con su lápiz,
que llevaba a sus labios rosas para que marcara
más negro; después hacía como que trabajaba tan
seriamente en mi frente, con una expresión tan
cómica, que me eché a reír, a pesar de todos mis
esfuerzos.
-¡Así me gusta, eres un buen muchacho! -dijo Do-
ra-. Estás mucho más guapo cuando te ríes.
-Pero, amor mío...
-¡Oh, no, no, te lo ruego! -exclamó Dora abrazán-
dome-. No hagas el Barba Azul, no pongas esa
expresión seria.
-Pero, mi querida mujercita -le dije-sin embargo,
es necesario ponerse serio alguna vez. Ven a sen-
tarte en esta silla a mi lado. Dame el lápiz. Vamos a
hablar de un modo razonable. ¿Sabes, querida mía
(¡qué manita tan dulce para tener entre las mías y
qué precioso anillo para ver en el dedo de mi recién
casada!), sabes, querida: te parece muy agradable
verse obligado a marcharse sin comer? Vamos,
¿qué piensas?
-No -respondió débilmente Dora.
-Pero, querida mía, ¡cómo tiemblas!
-Porque sé que vas a regañarme -exclamó Dora
en un tono lamentable.
-Querida mía, sólo voy a tratar de hablarte de un
modo razonable.
-¡Oh!, pero eso es peor que regañar-exclamó Do-
ra, desesperada-. Yo no me he casado para que me
hablen razonablemente. Si quieres razonar con una
pobre cosita como yo, hubieras debido avisármelo.
¡Eres malo!
Traté de calmarla; pero se ocultó el rostro, y sa-
cudía de vez en cuando sus bucles diciendo: «¡Oh,
eres malo!». Yo no sabía qué hacer; me puse a
recorrer la habitación, y después me acerqué a ella.
-¡Dora, querida mía!
-No, no me quieres, y estoy segura de que te
arrepientes de haberte casado; si no, no me hablar-
ías así.
Aquel reproche me pareció tan inconsecuente,
que tuve valor para decirle:
-Vamos, Dora mía, no seas niña; estás diciendo
cosas que no tienen sentido. Seguramente recor-
darás que ayer me tuve que marchar a medio co-
mer, y que la víspera el cordero me hizo daño por-
que estaba crudo y lo tuve que tomar corriendo; hoy
no puedo comer, en absoluto, y no digo nada del
tiempo que hemos esperado el desayuno; y des-
pués, el agua para el té ni siquiera hervía. No es
que te haga reproches, querida mía; pero todo eso
no es muy agradable.
-¡Oh, qué malo, qué malo eres! ¿Cómo puedes
decirme que soy una mujer desagradable?
-Querida Dora, ¡sabes que nunca he dicho eso!
-Has dicho que todo esto no era muy agradable.
-He dicho que la manera con que llevábamos la
casa no era agradable.
-¡Pues es lo mismo! --exclamó Dora.
Y evidentemente lo creía, pues lloraba con amar-
gura.
Di de nuevo algunos pasos por la habitación, lleno
de amor por mi linda mujercita y dispuesto a rom-
perme la cabeza contra las puertas, tantos remor-
dimientos sentía. Me volví a sentar y le dije:
-No te acuso, Dora; los dos tenemos mucho que
aprender. únicamente quería demostrarte que es
necesario, verdaderamente necesario (estaba deci-
dido a no ceder en aquel punto), que te acostum-
bres a vigilar a Mary Anne y también un poco a
obrar por ti misma, en interés tuyo y mío.
-Estoy verdaderamente sorprendida de tu ingrati-
tud -dijo Dora sollozando-. Sabes muy bien que el
otro día dijiste que te gustaría tomar un poco de
pescado, y fui yo misma muy lejos para encargarlo y
darte una sorpresa.
-Y fue muy amable por tu parte, querida mía, y te
lo he agradecido tanto, que me he librado muy bien
de decirte que habías hecho muy mal comprando
un salmón, porque es demasiado grande para dos
personas y porque había costado una libra y seis
chelines, y que es demasiado caro para nosotros.
-Pues te gustó mucho --dijo Dora llorando todav-
ía-, y estabas tan contento que me llamaste tu ratita.
-Y te lo volveré a llamar cien veces, amor mío
--contesté.
Pero había herido su corazoncito, y no había ma-
nera de consolarla. Lloraba tanto y tenía el corazón
tan apretado, que me parecía que le había dicho
algo horrible que le había causado mucha pena.
Tuve que marcharme corriendo, y volví muy tarde, y
durante toda la noche estuve agobiado por los re-
mordimientos. Tenía la conciencia inquieta como un
asesino, y estaba perseguido por el sentimiento
vago de un crimen enorme del que fuera culpable.
Eran más de las dos de la mañana cuando volví, y
encontré en mi casa a mi tía esperándome.
-¿Ha ocurrido algo, tía? -le pregunté con inquie-
tud.
-No, Trot -respondió-. Siéntate, siéntate. única-
mente mi Capullito estaba un poco triste, y me he
quedado para hacerle compañía; eso es todo.
Apoyé la cabeza en mis manos y permanecí con
los ojos fijos en el fuego; me sentía más triste y más
abatido de lo que hubiera podido creer; tan pronto,
casi en el momento en que acababan de cumplirse
mis más dulces sueños. Por último encontré los ojos
de mi tía fijos en mí. Parecía preocupada; pero su
rostro se serenó enseguida.
-Te aseguro, tía -le dije-, que toda la noche me he
sentido desgraciado pensando que Dora tenía pena.
Pero mi única intención era hablarle dulce y tierna-
mente de nuestros asuntos.
Mi tía movió la cabeza animándome.
-Hay que tener paciencia, Trot --dijo.
-Sí, y Dios sabe que no quiero ser exigente, tía.
-No, no --dijo mi tía-; mi Capullito es muy delicado
y es necesario que el viento sople dulcemente sobre
ella.
Di las gracias en el fondo del corazón a mi buena
tía por su ternura con mi mujer, y estoy seguro de
que se dio cuenta.
-¿No crees, tía -le dije después de haber contem-
plado de nuevo el fuego-, que tú podrías dar de vez
en cuando algún consejo a Dora? Eso nos sería
muy útil.
-Trot -repuso mi tía con emoción-, no; no me pi-
das eso nunca.
Hablaba en un tono tan serio que levanté los ojos
con sorpresa.
-¿Sabes, hijo mío? -prosiguió-. Cuando miro mi
vida pasada y veo en la tumba personas con las
que hubiera podido vivir en mejores relaciones... Si
he juzgado severamente los errores de otro en
cuestiones de matrimonio es quizá porque tenía
tristes razones para juzgarlo así por mi cuenta. No
hablemos de ello. He sido durante muchos años
una vieja gruñona a insoportable; todavía lo soy y lo
seré siempre. Pero nosotros nos hemos hecho mu-
tuamente bien, Trot; al menos tú me lo has hecho a
mí, y no quiero que ahora nos pueda separar nada.
-¿Qué nos va a separar? -exclamé.
-Hijo mío, hijo mío --dijo mi tía estirándose el traje
con la mano-, no hay que ser profeta para darse
cuenta de lo fácil que sería y de lo desgraciada que
podría yo hacer a mi Capullito si me mezclara en
vuestros asuntos; deseo que me quiera y que sea
alegre como una mariposa. Acuérdate de tu madre
y de su segundo matrimonio, y no me hagas una
proposición que me trae a la memoria, para ella y
para mí, crueles recuerdos.
Comprendí enseguida que mi tía tenía razón, y no
comprendí menós toda la extensión de sus escrúpu-
los generosos con mi querida esposa.
-Estás muy al principio, Trot -continuó-, y Roma
no se construyó en un día ni en un año. Has elegido
tú mismo con toda libertad -aquí me pareció que
una nube se extendía un momento sobre su rostro-
y has escogido una criatura encantadora y que te
quiere mucho. Ella es tu deber, y también será tu
felicidad, no lo dudo, pues no quiero que parezca
que te estoy sermoneando; será tu deber y tu felici-
dad el apreciarla tal como la has escogido, por las
cualidades que tiene y no por las que no tiene. Trata
de desarrollar en ella las que le faltan. Y si no lo
consigues, hijo mío -y mi tía se frotó la nariz-,
tendrás que acostumbrarte a pasarte sin ellas. Pero
recuerda que vuestro porvenir es un asunto comple-
tamente vuestro. Nadie puede ayudaros; tenéis que
ayudaros solos. Es el matrimonio, Trot, y que Dios
os bendiga a uno y a otro, pues sois como dos
bebés perdidos en medio de los bosques.
Mi tía me dijo todo esto en tono alegre, y terminó
su bendición con un beso.
-Ahora -dijo- enciende la linterna y acompáñame
hasta mi nido por el sendero del jardín -pues las dos
casas comunicaban por allí-. Y dale a Capullito todo
el cariño de Betsey Trotwood, y, suceda lo que su-
ceda, Trot, que no vuelva a pasársete por la imagi-
nación hacer de Betsey un espantapájaros, pues la
he visto muy a menudo en el espejo para estar se-
gura de que ya lo es bastante por naturaleza y bas-
tante antipática sin eso.
Entonces mi tía se anudó el pañuelo alrededor de
la cabeza, como tenía costumbre, y la escolté hasta
su casa. Cuando se detuvo en el jardín para alum-
brarme a la vuelta con su linterna pude observar
que me miraba de nuevo con preocupación; pero no
le di importancia; estaba demasiado ocupado re-
flexionando sobre lo que me había dicho, dema-
siado impresionado, por primera vez, por la idea de
que teníamos que hacemos nosotros solos nuestro
porvenir, Dora y yo, y que nadie podría ayudarnos.
Dora descendió dulcemente en camisón a mi en-
cuentro, ahora que estaba solo. Se echó a llorar en
mi hombro y me dijo que había sido muy duro con
ella y que ella también había sido muy mala. Yo le
dije, poco más o menos, lo mismo, y todo terminó.
Decidimos que aquella pelea sería la última y que
nunca más, nunca más, sucedería, aunque viviéra-
mos cien años.
¡Qué horror de criadas! De nuevo fueron el origen
del disgusto que tuvimos después. El primo de Mary
Anne desertó y se ocultó en nuestra carbonera; de
allí le sacó, con gran sorpresa nuestra, un piquete
de compañeros, que le esposaron y se lo llevaron,
dejando nuestro jardín cubierto de oprobio. Esto me
dio valor para deshacerme de Mary Anne, quien se
resignó tan dulcemente, que me sorprendió; pero
pronto descubrí dónde habían ido a parar nuestras
cucharillas, y además me revelaron que tenía la
costumbre de pedir dinero prestado a mi nombre a
nuestros tenderos sin nuestra autorización. Mo-
mentáneamente fue reemplazada por mistress Kid-
gerbury, una vieja de Kentishtown, que asistía, pero
que era demasiado débil para hacer nada; después
encontramos otro tesoro, de un carácter encanta-
dor; pero, desgraciadamente, aquel tesoro no hacía
más que rodar las escaleras con las fuentes en las
manos o lanzarse de cabeza en el salón con todo el
servicio de té, como quien se mete en un baño. Los
desastres cometidos por aquella desgraciada nos
obligaron a despedirla; fue seguida, con numerosos
intermedios de mistress Kidgerbury, por toda una
serie de seres incapaces. Por fin caímos sobre una
chica de muy buen aspecto, que se fue a la feria de
Greenwich con el sombrero de Dora. Después ya
sólo recuerdo una multitud de fracasos sucesivos.
Parecíamos destinados a que todo el mundo nos
engañara. En cuanto aparecíamos en una tienda
nos ofrecían la mercancía averiada. Si comprába-
mos una langosta estaba llena de agua; la carne
estaba pasada; nuestros panecillos sólo tenían mi-
ga. Con objeto de estudiar el principio de la cocción
de un rosbif para que esté en su punto, tuve yo
mismo que acudir al libro de cocina; pero debíamos
ser víctimas de una extraña fatalidad, pues nunca
conseguíamos el justo medio entre la carne san-
grando y la carne quemada.
Estaba convencido de que todos aquellos desas-
tres nos costaban mucho más caro que si hubiéra-
mos ejecutado una serie de triunfos, y estudiando
nuestras cuentas veía que habíamos gastado man-
teca suficiente para embadurnar el piso bajo de
nuestra casa. ¡Qué consumo! Yo no se si seria que
las contribuciones indirectas habían hecho aquel
año encarecer la mostaza; pero al paso que íba-
mos, iba a ser necesario, para que nosotros tuvié-
ramos mostaza suficiente, que muchas familias se
privaran de ella, cediéndonos su parte. Y lo más
sorprendente de todo aquello es que en casa nunca
se encontraba.
También nos sucedió que la lavandera empeñó
nuestra ropa, y vino después en un estado de em-
briaguez, arrepentida, a implorar nuestro perdón;
pero supongo que estas cosas le habrán ocurrido a
todo el mundo. También tuvimos que soportar un
fuego que se armó en la chimenea; pero todo esto
son desgracias corrientes. Lo que nos era personal
era la cuestión de las criadas. Una de ellas tenía
pasión por los licores fuertes, lo que aumentaba
nuestra cuenta de cerveza y de licores en el café
que nos los suministraban. Encontramos en la cuen-
ta artículos inexplicables, como: «Un cuarto de litro
de ron (mistress C.) y medio cuarto de ginebra (mis-
tress C.); un vaso de ron y de menta (mistress C.).»
Los paréntesis se referían siempre a Dora, que pa-
saba, según supimos después, por haber ingerido
todos aquellos licores.
Una de nuestras primeras hazañas fue dar de
comer a Traddles. Le encontré una mañana y le dije
que viniera a vemos por la tarde. Él consintió, y
escribí dos letras a Dora diciéndole que llevaría a
nuestro amigo. Era un día muy hermoso, y en el
camino charlarnos todo el tiempo de mi felicidad.
Traddles estaba convencido, y me decía que el día
en que él supiera que Sofía le esperaba por la tarde
en una casita como la nuestra no faltaría nada a su
dicha.
Yo no podía desear una mujercita más encanta-
dora que la que se sentó aquella tarde frente a mí;
pero lo que sí hubiera deseado es que la habitación
fuese un poco menos pequeña. Yo no sé en qué
consistía, pero, aunque no éramos más que los dos,
nunca había sitio, y, sin embargo, la habitación era
bastante grande para que nuestros muebles se
perdieran en ella. Sospecho que era porque nada
tenía sitio fijo, excepto la pagoda de Jip, que siem-
pre impedía el paso. Aquella tarde Traddles estaba
tan encerrado entre la pagoda, la caja de la guitara,
el caballete de Dora y mi mesa, que yo temía no tu-
viera bastante sitio para manejar su cuchillo y su
tenedor; pero él protestaba con su buen humor
habitual diciendo: «Tengo un océano de sitio, Cop-
perfield; un océano, te lo aseguro».
También había otra cosa que me hubiera gustado
impedir; me hubiera gustado que no se animara la
presencia de Jip encima del mantel durante la co-
mida. Me hubiese parecido molesto que estuviera
allí aunque no hubiera tenido la mala costumbre de
meter la pata en la sal y en la manteca. Aquella vez
yo no sé si es que se creía especialmente encarga-
do de dar caza a Traddles; pero no cesó de ladrarle
y de saltar encima de su plato, poniendo en aque-
llas maniobras tal obstinación, que no podía hablar-
se de otra cosa.
Pero como yo sabía lo tierno que tenía Dora el co-
razón y lo sensible que era en lo que se refiere a su
favorito, no hice ninguna objeción; ni siquiera me
permití una alusión a los platos que Jip destrozaba
en el suelo, ni a la falta de simetría en el arreglo de
los cacharros, que parecían estar como habían caí-
do; tampoco quise hacer observar que Traddles es-
taba bloqueado por platos de verdura y por jarras.
Únicamente no podía por menos de preguntarme a
mí mismo, mientras contemplaba el aspecto del
cordero que iba a partir, cómo sería que nuestros
corderos tenían siempre unas formas tan extraordi-
narias como si nuestro carnicero nos sirviera corde-
ros contrahechos; pero me guardé para mí aquellas
reflexiones.
-Amor mío -le dije a Dora-, ¿qué tienes en ese
plato?
No podía comprender por qué Dora estaba
haciendo desde hacía un momento aquellos mohi-
nes, como si quisiera besarme.
-Son ostras, amigo mío -me dijo tímidamente.
-¿Y se te ha ocurrido a ti? --dije encantado.
-Sí, Doady -dijo Dora.
-¡Qué buena idea! --exclamé dejando el gran cu-
chillo y el tenedor de partir el cordero-. No hay nada
que le guste tanto a Traddles.
-Sí, sí, Doady --dijo Dora-. He comprado un barrili-
to entero, y el hombre me ha dicho que eran muy
buenas. Pero.... pero temo que les ocurra algo ex-
traordinario.
Y Dora sacudió la cabeza, saltándosele las lágri-
mas.
-Sólo están abiertas a medias -le dije-; quita la
concha de encima, querida.
-No quiere marcharse de ningún modo -dijo Dora,
que lo intentaba con todas sus fuerzas, con expre-
sión desolada.
-¿Sabes, Copperfield? ---dijo Traddles examinan-
do alegremente el plato-. Yo creo que es porque...
estas ostras son perfectas..., pero no las han abierto
nunca.
En efecto, no las habían abierto nunca; y nosotros
no teníamos cuchillo para ostras; además no hubié-
ramos sabido utilizarlo; por lo tanto, miramos las
ostras mientras nos comíamos el cordero; al menos
nos comimos todo lo que estaba cocido. Si se lo
hubiera permitido, creo que Traddles, pasando al
estado salvaje, se hubiera hecho canibal y ali-
mentado de carne casi cruda para demostrar lo
satisfecho que estaba de la comida; pero yo estaba
decidido a no consentirle que se inmolara así en el
altar de la amistad, y en lugar de aquello comimos
un trozo de jamón; afortunadamente había jamón
curado en la despensa.
Mi pobre mujercita estaba tan desesperada al
pensar que aquello me iba a contrariar, y fue tan
grande su alegría cuando vio que no ocurría nada,
que olvidé enseguida mi fastidio al momento. La
tarde pasó muy bien. Dora estaba sentada a mi lado
con su brazo apoyado en mi sillón, mientras Tradd-
les y yo discutíamos sobre la calidad de mi vino, y a
cada instante se inclinaba hacia mí para darme las
gracias por no haber sido gruñón ni malo. Después
nos hizo el té, y yo estaba tan encantado viéndoselo
hacer, como si hiciera las comiditas de la muñeca,
que no me hice el difícil sobre la calidad dudosa del
brebaje. Después Traddles y yo estuvimos un rato
jugando a las cartas, mientras Dora cantaba acom-
pañándose con la guitarra, y me pareció que nues-
tro matrimonio sólo era un hermoso sueño y que
todavía estábamos en la primera tarde en que había
oído su dulce voz.
Cuando Traddles se fue lo acompañé hasta la
puerta, y después volví al salón; mi mujer vino a
poner su silla al ladito de la mía.
-¡Estoy tan triste! ¿Quieres enseñarme a hacer
algo, Doady?
-Pero en primer lugar tendría que aprenderlo yo,
Dora -le dije yo-; no sé más que tú, pequeña.
-¡Oh, pero tú puedes aprenderlo! -repuso-. ¡Tú
tienes tanto talento!
-¡Qué locura, ratita!
-Yo hubiera debido -añadió después de un largo
silencio-, yo hubiera debido ir a establecerme al
campo y pasar un año con Agnes.
Tenía las manos juntas, apoyadas en mi hombro;
reclinó también la cabeza, y me miraba dulcemente
con sus grandes ojos azules.
-¿Por qué? -pregunté.
-Creo que su trato me hubiera beneficiado y que
con ella hubiera podido aprender muchas cosas.
-Todo llega a su tiempo, amor mío. Desde hace
muchos años Agnes ha tenido que cuidar a su pa-
dre: hasta cuando sólo era una niña pequeña, ya
era la Agnes que tú conoces.
-¿Quieres llamarme como yo lo diga? -preguntó
Dora sin moverse.
-¿Cómo? -le dije sonriendo.
-Es un nombre estúpido --dijo sacudiendo sus bu-
cles-. Pero lo mismo da; llámame tu « mujer-niña» .
Pregunté riendo a mi «mujer-niña» que por qué
quería que la llamase así, y me respondió sin mo-
verse; sólo mi brazo, pasado alrededor de su cintu-
ra, me acercaba todavía más sus hermosos ojos
azules.
-Pero ¡qué tonto eres! No te pido que me llames
siempre así en lugar de Dora; únicamente quiero
que cuando pienses en mí te digas que soy tu «
mujer-niña» . Cuando tengas ganas de enfadarte
conmigo no tienes más que pensar: « ¡Bah, es mi
"mujer-niña"! ». Cuando te ponga la cabeza loca,
vuélvete a decir: «¿Pero no sabía yo hace mucho
tiempo que nunca sería más que una "mu-
jer-niña"?». Cuando no sea para ti todo lo que
querría ser, y que no lo seré quizá nunca, piensa
siempre: «Esto no impide que esta tontuela de "mu-
jer-niña" me quiera mucho». Pues es la verdad,
Doady; ¡te quiero tanto!
Yo no había contestado en serio; hasta entonces
tampoco se me había ocurrido que hablara ella se-
riamente. Pero se quedó tan contenta con lo que le
contesté, que sus ojos no estaban secos todavía
cuando ya estaba riendo. Y pronto vi a mi «mu-
jer-niña» sentada en el suelo al lado de la pagoda
china haciendo sonar todas las campanitas, unas
después de otras, para castigarle, por su mala con-
ducta, a Jip; pero él continuaba perezosamente
tendido en el suelo de su nicho mirándola de reojo
como para decirle: « Haz todo lo que quieras; no
conseguirás que me mueva con todas tus cosas;
soy demasiado perezoso y no me molesto por tan
poco».
Aquella llamada de Dora me causó una profunda
impresión. Vuelvo a aquellos tiempos lejanos, y me
imagino a aquella dulce criatura, a quien amaba
tanto, y la invoco para que salga una vez más de la
sombra del pasado, para que vuelva hacia mí su
rostro encantador, y puedo asegurar que su peque-
ño discurso resuena sin cesar en mi corazón; quizá
no haya sacado de él el mayor partido posible: era
joven y sin experiencia; pero nunca su inocente
súplica ha venido en vano a llamar a mis oídos.
Dora me dijo unos días después que iba a hacer-
se una excelente ama de casa. En consecuencia,
sacó del cajón su bloc, afiló el lápiz, compró un
enorme libro de cuentas, volvió a pegar cuidadosa-
mente todas las hojas del libro de cocina, que Jip
había roto, a hizo un esfuerzo desesperado para
«ser buena», como ella decía. Pero los números
continuaban con el defecto de siempre: no querían
dejarse sumar. Cuando había llenado ya dos o tres
columnas de su libro de cuentas, lo que no sucedía
sin trabajo, Jip iba a pasearse sobre la página, em-
borronándolo todo con su cola, y además Dora se
empapaba de tinta sus lindos deditos; esto era lo
más claro de todo.
Algunas tardes, cuando había vuelto y estaba tra-
bajando (pues escribía mucho y empezaba a ser
reconocido como escritor), dejaba la pluma y obser-
vaba a mi «mujer-niña», que trataba de «ser buena»
. En primer lugar ponía encima de la mesa su in-
menso libro de cuentas y lanzaba un profundo sus-
piro; después lo abría en el sitio emborronado por
Jip la tarde anterior y llamaba a Jip para enseñarle
las huellas de su crimen: era la señal de una diver-
sión en favor de Jip. Le ponía tinta en la punta de la
nariz como castigo. Después ella decía a Jip que se
echara encima de la mesa « como un león» (era
una de sus hazañas, aunque a mis ojos la analogía
no era extraordinaria). Si estaba de buen humor, Jip
obedecía. Entonces ella cogía una pluma y empe-
zaba a escribir; pero había un pelo en la pluma;
cogía otra y empezaba a escribir, pero aquella hacía
borrones; cogía la tercera y empezaba de nuevo,
diciendo en voz baja: « ¡Oh!, esta mete ruido y va a
distraer a Doady! ». En una palabra, terminaba por
desistir y volvía a colocar el libro de cuentas en su
sitio, después de hacer como que lo lanzaba a la
cabeza del león.
Otras veces, cuando se sentía de humor más se-
rio, cogía su bloc y una cestita llena de cuentas y
otros documentos, que parecían más que nada los
papelitos con que recogía sus bucles por la noche, y
trataba de sacar algún resultado de ellas. Las com-
paraba muy seriamente, escribía cifras, las borraba,
contaba en todos sentidos los dedos de su mano iz-
quierda, y después de esto tenía una expresión tan
contrariada, tan desanimada, tan triste que me daba
pena ver ensombrecerse así, por darme gusto,
aquella carita encantadora, y me acercaba a ella
con dulzura, diciéndole:
-¿Qué te ocurre, Dora?
Me miraba desolada, contestando:
-Son estas cuentas tan antipáticas, que no quie-
ren salir bien; me duele la cabeza; se empeñan en
no hacer lo que yo quiero.
Entonces yo le decía:
-Vamos a probar juntos; voy a enseñarte, Dora
mía.
Y empezaba una demostración práctica; Dora me
escuchaba durante cinco minutos con la más pro-
funda atención; después de lo cual empezaba a
sentirse horriblemente cansada y trataba de divertir-
se enrollando mis cabellos alrededor de sus dedos
o bajándome el cuello de la camisa para ver si me
sentaba bien. Si quería reprimir su alegría y conti-
nuar mis razonamientos ponía una expresión tan
triste y tan desconsolada, que yo recordaba al verla,
como un reproche, su alegría natural el día en que
la conocí, y dejaba caer el lápiz, repitiéndome que
era una «mujer-niña» , y le suplicaba que cogiera la
guitarra.
Tenía mucho trabajo y muchas preocupaciones;
pero todo lo guardaba para mí solo. Estoy ahora
muy lejos de creer que obrara bien así; pero lo hac-
ía por ternura para mi «mujer-niña». Examino mi
corazón y veo que, sin la menor reserva, confío a
estas páginas mis más secretos pensamientos.
Sentía que me faltaba algo; pero aquello no llegaba
a alterar la felicidad de mi vida. Cuando me pasea-
ba solo, con un sol hermoso, y pensaba en los días
de verano en que la tierra entera parecía llena de mi
joven pasión, sentía que mis sueños no se habían
realizado del todo; pero creía que aquello era una
sombra disminuida por la dulce gloria del pasado. A
veces pensaba que me hubiera gustado encontrar
en mi mujer un consejero más seguro, más razona-
ble y con más firmeza de carácter; hubiera deseado
que pudiera sostenerme y ayudarme, que poseyera
el poder de llenar los vacíos que sentía en mí; pero
también pensaba que semejante felicidad no es de
este mundo y que no debía ni podía existir.
Por la edad era todavía un muchacho más que un
marido, y no había conocido, para formarme con su
saludable influencia, más penas que las que se han
podido leer en este relato. Si me equivocaba, lo que
podía ocurrirme muy a menudo, eran mi amor y mi
poca experiencia lo que me extraviaban. Digo la
pura verdad. ¿De qué me serviría ahora el disimu-
lo?
Por lo tanto, sobre mí recaían todas las dificulta-
des y preocupaciones de nuestra vida; ella no to-
maba su parte. Nuestra casa seguía en el mismo
desbarajuste que al principio; únicamente yo me
había acostumbrado, y al menos tenía la alegría de
ver que Dora no estaba casi nunca triste. Había re-
cobrado toda su alegría infantil; me quería con todo
su corazón y se divertía como antes, es decir, como
una niña.
Cuando los debates del Parlamento habían sido
muy cansados (sólo hablo de su duración, pues en
cuanto a su calidad siempre lo eran) y volvía muy
tarde, Dora nunca se acostaba antes de que yo
volviera, y bajaba a recibirme. Cuando no tenía que
ocuparme del trabajo que me había costado tanta
labor de taquigrafía y podía escribir por mi cuenta,
venía a sentarse tranquilamente a mi lado, por tarde
que fuera, y permanecía tan silenciosa que yo a
veces la creía dormida. Pero, en general, cuando
levantaba la cabeza veía sus ojos azules fijos en mí
con la atención tranquila de que ya he hablado.
-Este pobre chico, ¡lo cansado que debe de estar!
-dijo una noche, en el momento en que cerraba mi
pupitre.
-Esta pobre chiquilla, ¡lo cansada que debe de es-
tar! -respondí [Link] soy el que debo decírtelo, Do-
ra. Otro día te acuestas, querida mía. Es demasiado
tarde para ti.
-¡Oh, no! No me mandes acostar -dijo Dora en to-
no suplicante-. Te lo ruego, no hagas eso.
-¡Dora!
Con gran sorpresa mía estaba llorando en mi
hombro.
-¿No te encuentras bien, pequeña mía? ¿No eres
dichosa?
-Sí; muy bien y muy dichosa -dijo Dora-. Pero
prométeme que me dejarás quedarme a tu lado
viéndote escribir
-Bonita cosa para verla esos preciosos ojos, ¡y a
media noche! -respondí.
-¿De verdad? ¿De verdad te parecen preciosos?
-repuso Dora riendo-. ¡Qué contenta estoy de que
sean preciosos!
-¡Vanidosilla! -le dije.
Pero no, no era vanidad; era una alegría ingenua
al sentirse admirada por mí. Ya lo sabía antes de
que me lo dijera.
-Pues si te parece que son bonitos tienes que de-
cirme que me dejarás siempre verte escribir --dijo
Dora-. ¿Te parecen bonitos?
-¡Muy bonitos!
-Entonces me dejas que te mire escribir
-Temo que eso no los embellezca mucho, Dora.
-Sí, ya lo creo. Porque has de saber, señor sabio,
que eso te impedirá olvidarme mientras estás su-
mergido en tus meditaciones silenciosas. ¿Te enfa-
darías si te dijera una cosa muy necia, todavía más
necia que de costumbre?
-Veamos esa maravilla.
-Déjame que vaya dándote las plumas a medida
que las necesites -me dijo Dora-. Tengo ganas de
poder ayudarte en algo durante esas horas en que
tanto trabajas. ¿Me dejas que las coja para dárte-
las?
El recuerdo de su alegría cuando le dije que sí,
hace que se me salten las lágrimas. Cuando al día
siguiente me puse a escribir, ella se había instalado
al lado mío con un gran paquete de plumas, y así
fue siempre. El gusto con que se asociaba de aquel
modo a mi trabajo y su alegría cada vez que necesi-
taba una pluma, lo que me sucedía sin cesar, me
dio la idea de proporcionarle una satisfacción mayor
todavía, y de vez en cuando hacía como que la
necesitaba para copiarme una o dos páginas de mi
manuscrito. Entonces se ponía radiante. Había que
verla prepararse para aquella gran empresa, poner-
se el delantal, coger trapos de la cocina para limpiar
la pluma, y lo que tardaba, y las veces que leía las
páginas a Jip, como si pudiera comprenderlo; y
después firmaba su página, como si la obra hubiera
quedado incompleta sin el nombre del copista, y me
la traía, muy alegre de haber acabado su deber,
echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encan-
tador para mí, aunque los demás no vean en ello
más que niñerías!
Poco tiempo después tomó posesión de las lla-
ves, que paseaba por toda la casa en un cestito
atado a su cintura. En general, los armarios a que
pertenecían no estaban cerrados, y las haves termi-
naron por no servir más que para divertir a Jip; pero
Dora estaba contenta, y eso era suficiente para mí.
Estaba convencida de que aquella determinación
debía de producir el mejor efecto, y estábamos con-
tentos como dos niños que juegan a las casas de
muñecas para divertirse.
Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi
tanta ternura a mi tía como a mí, y le hablaba a
menudo de los tiempos en que pensaba en ella
como en «una vieja gruñona». Nunca se había pre-
ocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip,
que no le correspondía; oía tocar todos los días la
guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la música;
no nombraba nunca a nuestra serie de «incapa-
ces», y, sin embargo, la tentación debía ser muy
grande para ella; hacía a pie caminatas enormes
para traer a Dora toda clase de cosillas de que tenía
gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no
estaba abajo se la oía decir en la escalera, con una
voz que resonaba alegremente en toda la casa:
-Pero ¿dónde está Capullito?
CAPÍTULO V
MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI
TÍA
Hacía ya algún tiempo que había dejado de traba-
jar con el doctor. Vivíamos muy cerca de él, y le
veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos
ido a comer y a tomar el té a su casa. El Veterano
vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con
sus mariposas inmortales revoloteando alrededor de
su cofia.
Como a tantas otras madres que he conocido en
mi vida, a mistress Markleham le gustaba mucho
más divertirse que a su hija. Necesitaba divertir-
se, y como un hábil «veterano» que era, quería
hacer creer, al consultar sus propias inclina-
ciones, que se sacrificaba por su hija. Esta exce-
lente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta
a favorecer los deseos del doctor, que quería
que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar la
discreción de su yerno.
No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor
sin saberlo; y sin poner en ello más que cierta canti-
dad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a
veces hasta en personas de edad madura, le con-
firmaba, yo creo, en la idea de que era imponente
para la juventud de su mujer y de que no podia
hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de feli-
citarle porque trataba de endulzar a Annie el peso
de la vida.
-Amigo mío -le decía un día en mi presencia-, us-
ted sabe muy bien, sin duda, que es un poco triste
para Annie el estar encerrada siempre aquí.
El doctor movió la cabeza con benevolencia.
-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió
mistress Markleham, moviendo su abanico- será
otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda;
con tal de estar bien acompañada, no desearía
nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y
Annie no es su madre.
-Ya, ya --dijo el doctor.
-Usted es el hombre mejor del mundo. No;
dispénseme usted -continuo, viendo que el doctor le
hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de
usted como lo digo siempre por detrás: es usted el
hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted
no puede, ¿no es verdad?, tener los mismos gustos
y preocupaciones que Annie.
-¡No! --dijo el doctor con voz triste.
-Es completamente natural -repuso El Veterano-.
Vea usted, por ejemplo, su diccionario. ¿Hay algo
más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El
sentido de las palabras! Sin el doctor Johnson y
hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no
daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un
palo de escoba! Pero no podemos pedirle a Annie
que se interese por un diccionario cuando ni siquie-
ra está terminado, ¿no es cierto?
El doctor sacudió la cabeza.
-Y por eso apruebo tanto sus atenciones delica-
das --dijo mistress Markleham, dándole en el hom-
bro un golpecito con el abanico---. Eso prueba que
usted no es como tantos ancianos que querrían
encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes.
Usted ha estudiado el carácter de Annie y lo ha
comprendido. Y eso es lo que me parece encanta-
dor.
El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y
paciencia habitual, soportar con trabajo todos aque-
llos cumplidos.
-Y ya sabe, mi querido doctor --continuo El Vete-
rano, dándole muchos golpecitos amistosos-, que
puede usted disponer de mí en todo momento. Se-
pa que estoy enteramente a su disposición. Estoy
dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los concier-
tos, a las exposiciones, a todas partes; y ya verá
usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El
deber, mi querido doctor, el deber ante todo!
Cumplía su palabra. Era de esas personas que
pueden soportar una cantidad enorme de diversio-
nes sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y
lo leía todos los días durante dos horas, sentada en
un cómodo sillón) descubría que había que ver algo
que divertiría mucho a Annie. En vano protestaba
Annie, que estaba cansada de todo aquello; su ma-
dre le contestaba invariablemente:
-Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo
decirte, amor mío, que es agradecer muy mal la
bondad del doctor Strong.
Este reproche se lo dirigía por lo general en pre-
sencia del doctor, y me parecía que aquello era lo
que principalmente decidía a Annie a acceder, y se
resignaba casi siempre a it a donde la quería llevar
El Veterano.
Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Al-
gunas veces animaban a mi tía para que se uniera a
ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes
hubiera dudado en dejarla; pero recordando lo que
había sucedido aquella noche en el gabinete del
doctor, ya no tenía la misma desconfianza. Creía
que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que
él.
Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando
estábamos solos, y me decía que no lo comprendía,
pero que querría verlos más dichosos, y que no
creía que su marcial amiga (así llamaba siempre al
Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía
también que el primer acto de sensatez de nuestra
marcial amiga debía ser el arrancar todas las ma-
riposas de su cofia y regalárselas a algún desholli-
nador para que se disfrazara en Carnaval.
Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick.
«Era evidente que aquel hombre tenía una idea
-decía-; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos
días, encerrarla en un rincón de su cerebro, lo que
era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse
de una manera extraordinaria. »
Ignorante de aquella predicción, míster Dick con-
tinuaba siempre en la misma posición, bis a bis
del doctor y de mistress Strong. Parecía no
avanzar ni retroceder una pulgada, inmóvil en su
base, como un edificio sólido; y confieso que, en
efecto, me hubiera sorprendido tanto verla avan-
zar un peso como ver andar una casa.
Pero una noche, algunos meses después de mi
matrimonio, mister Dick entreabrió la puerta de
nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi
tía habían ido a tomar el té a casa de los dos pajari-
tos), y me dijo, con una tos significativa:
-Temo que te moleste charlar un rato conmigo,
Trotwood.
-De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor
de entrar.
-Trotwood -me dijo, apoyándose el dedo en la na-
riz, después de estrecharme la mano-, antes de
sentarme querria hacerte una observación. ¿Cono-
ces a tu tía?
-Un poco --contesté.
-¡Es la mujer más extraordinaria del mundo, caba-
llero!
Y después de decir esta frase, que lanzó como
una bale de cañón, míster Dick se sentó, con una
expresión más grave que de costumbre, y me miró.
-Ahora, hijo mío -añadió-, voy a hacerte una pre-
gunta.
-Puede usted hacerme todas las que quiera.
-¿Qué piensas de mí, caballero? -me preguntó
cruzando los brazos.
-Que es usted mi antiguo y buen amigo.
-Gracias, Trotwood -respondió mister Dick riendo
y estrechándome la mano con una alegría expansi-
ve-. Pero no es eso lo que quiero decir, hijo mío
--continuó en tono más serio- ¿Qué piensas de mí
desde este punto de vista? (y se tocaba la frente).
Yo no sabía cómo contestar; pero vino en mi ayu-
da.
-Que tengo la inteligencia débil, ¿no es eso? Y
-Pero... -le dije en tono indeciso- quizá un poco.
-¡Precisamente! -exclamó mister Dick, que parec-
ía encantado de mi respuesta-. Y es que, ¿sabes,
Trotwood?, cuando quitaron un poco del desorden
que había en la cabeza de... ya sabes de quién...
pare meterlo ya sabes dónde... sucedió...
Y mister Dick hizo muchas veces con las manos
el molinete, y después golpeó una con otra, y volvió
al ejercicio del molinete pare expresar una gran
confusión. Esto es lo que me hen hecho; esto es.
Yo le hice un gesto de aprobación, que él me de-
volvió.
-En una palabra, hijo mío -dijo mister Dick bajando
la voz de pronto-, que soy un poco simple.
Iba a negarlo, pero me detuvo.
-Sí, sí. Ella pretende que no. No quiere que se lo
digan; pero es así. Lo sé. Si no la hubiera tenido de
amiga desde hace tantos años, me hubieran ence-
rrado y llevaría la vida más triste. Pero sabré co-
rresponderla, no temas. Nunca gasto lo que gano
haciendo las copias. Lo meto en una hucha. He
hecho mi testamento; ¡y se lo dejo todo! Será rica...
noble.
Mister Dick sacó el pañuelo del bolsillo y se en-
jugó los ojos. Pero lo volvió a doblar cuidadosamen-
te y volvió a guardárselo, y pareció que al mismo
tiempo hacía desaparecer a mi tía.
-Tú eres muy instruido, Trotwood -dijo mister
Dick-, tú eres muy instruido. Tú sabes lo sabio que
es el doctor; tú sabes el honor que me ha hecho
siempre. La ciencia no le ha vuelto orgulloso. Es
humilde, humilde y lleno de transigencia hasta para
el pobre Dick, que tiene una inteligencia tan limitada
y que es tan ignorante. He hecho subir su nombre
en un pedacito de papel, a lo largo de la cuerda de
la cometa, y ha llegado hasta el cielo, entre las go-
londrinas. La cometa ha estado encantada de reci-
birle, y el cielo se ha iluminado más.
Yo le encantaba diciéndole con efusión que el
doctor merecía todo nuestro respeto y toda nuestra
estima.
-Y su mujer es como una estrella -dijo míster
Dick-, una estrella brillante; yo la he visto en todo su
esplendor, caballero. Pero (se acercó y me puso
una mano en la rodilla) hay nubes, caballero, hay
nubes.
Yo respondí a la solicitud que expresaba su fiso-
nomía dando a la mía la misma expresión y mo-
viendo la cabeza.
-¡Y qué nubes! --dijo míster Dick.
Me miraba con una expresión tan preocupada, y
parecía tan deseoso de saber o que serían aquellas
nubes, que me tomé el trabajo de contestarle len-
tamente y claramente, como si se lo explicara a un
niño:
-Hay entre ellos un desgraciado motivo de división
-respondí-, alguna triste causa de desunión. Es un
secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la
diferencia de edad que existe entre ellos. Quizá es
la cosa más insignificante del mundo.
Míster Dick acompañaba cada una de mis frases
con un movimiento de atención. Cuando terminé, se
detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos
en mí y la mano en mis rodillas.
-Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trot-
wood? --dijo al cabo de un momento.
-No; la quiere con ternura.
-Entonces ya sé lo que es, hijo mío -dijo míster
Dick.
En un acceso repentino de alegría me golpeó las
rodillas y se echó hacia atrás en su silla, con las
cejas muy levantadas. Le creí completamente loco.
Pero pronto recobró su gravedad, a inclinándose
hacia adelante, me dijo, después de haber sacado
su pañuelo, con expresión respetuosa, como si re-
almente representara a mi tía:
-Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trot-
wood. ¿Cómo no habrá hecho nada para que re-
nazca el orden en esta casa?
-Es un asunto demasiado delicado y demasiado
difícil para que pueda nadie mezclarse en él -dije.
-Y tú, que eres tan instruido -continuó míster Dick,
tocándome con la punta del dedo-, ¿por qué no has
hecho nada?
-Por la misma razón -respondí.
-Entonces estoy en ello, hijo mío -repuso míster
Dick.
Y se enderezó ante mí todavía más triunfante,
moviendo la cabeza y dándose golpes en el pecho.
Parecía que había jurado arrancarse el alma del
cuerpo.
-Un pobre hombre, ligeramente tocado -continuó
mister Dick-, un idiota, una inteligencia débil, hablo
de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden
intentar siquiera las personas más distinguidas del
mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello,
y no me guardarán rencor. No podré parecerles
indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo puedo
decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick.
¿Y quién se fija en Dick? Dick no es nadie. ¡Bah!
Y sopló con desprecio hacia su insignificante per-
sonalidad, como si lanzara una paja al viento.
Felizmente, avanzaba en sus explicaciones,
cuando oímos detenerse el coche a la puerta del
jardín. Dora y mi tía volvían.
-Ni una palabra, muchacho -continuó en voz baja-;
deja toda la responsabilidad a Dick, a este infeliz de
Dick..., ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que
lo pensaba; ahora es el momento. Después de lo
que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va
bien.
Míster Dick no pronunció ni una palabra más so-
bre aquel asunto; pero durante media hora me hizo
signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué
pensar, para pedirme que guardara el más profundo
secreto.
Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de
nada durante tres semanas, y, sin embargo, me
tomaba un verdadero interés por el resultado de sus
esfuerzos; percibía un extraño resplandor de buen
sentido en la conclusión a que había llegado; en
cuanto a su buen corazón, nunca había dudado de
él. Pero terminé por creer que, como era inconstan-
te y ligero, había olvidado o desistido de su proyec-
to.
Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi
tía y yo nos fuimos a la casa del doctor. Era en oto-
ño, y no había debates en el Parlamento que me
estropearan la fresca brisa de la tarde y el olor de
las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hac-
ía tanto tiempo en nuestro jardincito de Bloonders-
tone, el viento, al gemir, parecía traerme también
una vaga tristeza, como entonces.
Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a ca-
sa del doctor. Mistress Strong dejaba el jardín en
que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardi-
nero en algunas cosas. El doctor tenía una visita en
su despacho; pero mistress Strong nos dijo que
pronto quedaría libre, y nos rogó que le esperáse-
mos. La seguimos al salón y nos sentamos en la
oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin
ningún cumplido. Vivíamos libremente juntos, como
antiguos amigos y buenos vecinos.
Estábamos así desde hacía un momento, cuando
mistress Markleham, que siempre tenía que compli-
carlo todo, entró bruscamente, con su periódico en
la mano, diciendo con voz entrecortada:
-Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que
había alguien en el despacho?
-Pero, mamá -repuso ella tranquilamente-, no
podía adivinar que querías saberlo.
-¡Que quería saberlo! --dijo mistress Markleham
dejándose caer en el diván-. En mi vida me he lle-
vado un susto semejante.
-Según eso, ¿has entrado en el despacho,
mamá? -preguntó Annie.
-¿Que si he entrado en el despacho, querida mía?
-repuso con nueva energía---. ¡Ya lo creo! Y he
caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted
mi emoción, miss Trotwood, y usted también, míster
David! Precisamente en el momento en que estaba
haciendo testamento.
Su hija se volvió vivamente.
-Precisamente en el momento, mi querida Annie,
en que estaba haciendo testamento, redactando sus
últimas voluntades -repitió mistress Markleham ex-
tendiendo el periódico sobre sus rodillas, como una
servilleta-. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que
contarles cómo ha sucedido. De verdad, sí debo
contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este
encanto de hombre, pues es un verdadero encanto
este doctor. Quizá sabe usted, miss Trotwood, que
en esta casa tienen la costumbre de no encender
las luces hasta que materialmente se ha destrozado
una los ojos leyendo el periódico, y también que
únicamente en el despacho del doctor se encuentra
una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por
eso iba al despacho del doctor, donde había visto
luz. Abro la puerta, y al lado del querido doctor veo
a dos señores vestidos de negro, evidentemente
procuradores, los tres de pie delante de la mesa. El
querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es úni-
camente para expresar...», decía. Annie, amor mío,
escucha bien... «Es únicamente para expresar toda
la confianza que tengo en mistress Strong por lo
que le dejo mi fortuna entera, sin condiciones.» Uno
de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condi-
ciones». Yo, conmovida, como pueden ustedes
suponer que lo está una madre en semejantes cir-
cunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a
punto de caerme en la puerta, corro por el pasillo
que da a la antecocina.
Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él;
allí estuvo apoyada contra la balaustrada.
-¿No les parece un espectáculo edificante, miss
Trotwood, y usted, míster Copperfield -continuó
mistress Markleham-, el ver a un hombre de la edad
del doctor Strong con la fuerza de voluntad necesa-
ria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón
que yo tenía. Cuando el doctor Strong me hizo una
visita de las más halagadoras y me pidió la mano de
Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el
doctor Strong te asegurará el porvenir todavía más
de lo que ahora dice y promete».
En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes
salieron del despacho del doctor.
-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano
después de escuchar, El buen hombre ha firmado,
sellado y entregado el testamento, y tiene la con-
ciencia tranquila, tiene derecho. ¡Qué hombre! An-
nie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho,
pues no sé prescindir de las noticias del día. Miss
Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al
doctor, se lo ruego.
Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su
cortaplumas, cuando seguimos a mistress Strong al
despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente
la nariz, como para distraer un poco su furor contra
nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir,
lo he olvidado sin duda, es quién fue el que entró
primero en el despacho, ni cómo mistress Markle-
ham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco
podría decir cómo fue que mi tía y yo nos encon-
tramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron
más listos que los míos y me retuvo expresamente;
no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al
doctor antes de que nos viera; estaba en medio de
los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza
tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo
instante vimos entrar a mistress Strong, pálida y
temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una
mano encima del brazo del doctor, que levantó la
cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de
rodillas a sus pies, con las manos juntas, suplicante,
fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al
ver aquello, mistress Mark1eham dejó caer el perió-
dico, con una expresión de asombro tal, que se
hubiera podido coger su rostro para ponerle en la
proa, a la cabeza, de un navío llamado La Sorpresa.
En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en
su extrañeza, y a la dignidad de su mujer en su
actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster
Dick y a la seriedad con que mi tía se repetía a sí
misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! »
(pues triunfaba en aquel momento de la posición mi-
serable de que le había sacado), me parece que lo
estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en
que lo estoy contando.
-Doctor -dijo mister Dick-, pero ¿qué es esto? ¡Mi-
re usted a sus pies!
-¡Annie! -exclamó el doctor-. Levántate, querida
mía.
-No -dijo ella-, y suplico a todos que no salgan de
la habitación. Esposo mío, padre mío, rompamos
por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y
otro lo que nos separa.
Mistress Markleham había recobrado el use de la
palabra, y, llena de orgullo por su hija y de indigna-
ción maternal, exclamó:
-Annie, levántate al momento y no avergüences a
todos tus amigos humillándote así, si no quieres que
me vuelva loca.
-Mamá -contestó Annie-, haz el favor de no inte-
rrumpirme. Me dirijo a mi marido; para mí sólo él
está aquí; es todo para mí.
-¿Es decir -exclamó mistress Markleham-, que yo
no soy nada? ¡Esta chica ha perdido la cabeza!
Haced el favor de traerme un vaso de agua.
Estaba demasiado ocupado con el doctor y su
mujer para atender a aquel ruego, y como nadie le
prestó la menor atención, mistress Mark1eham se
vio obligada a continuar suspirando, a abanicarse y
a abrir mucho los ojos.
-Annie --dijo el doctor, cogiéndola dulcemente en
sus brazos-, querida mía; si ha sucedido en nuestra
vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo
sólo la tengo. Mi afecto, mi admiración, mi respeto
no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te
amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego!
Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y
después, apretándose todavía más contra él, puso
su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando
encima la cabeza, dijo:
-Si tengo aquí un amigo que pueda decir una pa-
labra sobre esto, por mi marido o por mí; si tengo un
amigo que pueda decir una sospecha que mi co-
razón me ha murmurado a veces; si tengo aquí un
amigo que respete a mi marido y que me quiera; si
este amigo sabe algo que pueda sernos una ayuda,
le suplico que hable.
Hubo un profundo silencio. Después de unos ins-
tantes de penosa indecisión, me decidí por fm.
-Mistress Strong, yo sé algo que el doctor Strong
me había suplicado que callara, y he guardado si-
lencio hasta ahora. Pero creo que ha llegado el
momento en que sería una falsa delicadeza el con-
tinuar ocultándolo; su súplica me libra de la prome-
sa.
Volvió sus ojos hacia mí y vi que hacía bien. No
hubiera podido resistir aquella mirada suplicante,
aun cuando mi confianza no hubiese sido inque-
brantable.
-Nuestra tranquilidad futura --dijo ella- está quizá
en sus manos. Tengo la certeza de que no se ca-
llará nada, y sé de antemano que ni usted ni nadie
en el mundo podrá decir nunca lo más mínimo que
perjudique al noble corazón de mi marido. Diga lo
que diga, que me concierna, hable valientemente.
Yo también después hablaré delante de él a mi vez,
como tendré que hacerlo ante Dios.
Sin pedirle al doctor su autorización, me puse a
contar lo que había ocurrido una noche en aquel
mismo despacho, permitiéndome únicamente dulci-
ficar un poco las groseras frases de Uriah Heep.
Imposible describir los ojos asustados de mistress
Markleham durante todo mi relato ni las inter-
jecciones agudas que se le escapaban.
Cuando hube terminado, Annie permaneció todav-
ía un momento silenciosa, con la cabeza baja, como
ya la he descrito; después cogió la mano del doctor,
quien no había cambiado de actitud desde que hab-
íamos entrado en la habitación; la estrechó contra
su corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie
con dulzura, y ella continuó apoyada en él y con los
ojos fijos en su marido.
-Voy a poner al desnudo ante vosotros -dijo con
voz modesta, sumisa y tierna- todo lo que ha llena-
do mi corazón desde que me casé. No podría vivir
en paz, ahora que lo sé todo, si quedara la menor
oscuridad sobre este punto.
-No, Annie -dijo el doctor con dulzura-; nunca he
dudado de ti, hija mía; no es necesario, querida mía;
de verdad no es necesario.
-Es necesario que abra mi corazón ante ti, que
eres la verdad, la generosidad misma; ante ti, que lo
he amado y respetado siempre, cada vez más, des-
de que lo he conocido. Dios lo sabe.
-En realidad -dijo mistress Markleham-, si tengo
toda mi razón...
-Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local
---murmuró mi tía con indignación.
- ... debe permitírseme decir que es inútil entrar en
todos esos detalles.
-Mi marido es el único que puede ser juez --dijo
Annie sin cesar un instante de mirar al doctor-, y él
quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste,
perdónamelo. Yo también he sufrido mucho, y largo
tiempo.
-¡Palabra de honor! -murmuró mistress Markle-
ham.
-Cuando yo era muy joven -dijo Annie-, pequeñita,
sólo una niña, las primeras nociones sobre todas las
cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente.
El amigo de mi padre, que había muerto, me ha sido
siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada
sin que se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien
ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los
grabó con su sello; enseñada por otros, creo que
hubiera recibido una influencia menos saludable.
-No habla de su madre para nada -murmuró mis-
tress Markleham.
-No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es ne-
cesario, A medida que crecía, él continuaba siendo
el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés
que me demostraba, y le tenía un afecto profundo y
sincero. Le consideraba como un padre, como un
guía, cuyos elogios me eran más preciosos que
cualquier otro elogio del mundo, como a alguien a
quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado
del mundo entero. Tú sabes, mamá, lo joven a inex-
perta que era cuando de pronto me lo presentaste
como marido.
-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a to-
dos los que están aquí --dijo mistress Markleham.
(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable
más -murmuró mi tía.)
-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida
tan grande, según me parecía -dijo Annie, conti-
nuando en el mismo tono-, que en el primer momen-
to me sentí inquieta y desgraciada. Era una chiquilla
todavía, y creo que me entristeció pensar en el
cambio que traería el matrimonio a la naturaleza de
los sentimientos que le había profesado hasta en-
tonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a
mis ojos tal como le había conocido cuando sólo era
su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera
digna de él, y nos casamos.
-En la iglesia de San Alphage Canterbury
-observó mistress Markleham.
(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía---.
¿Es que no quiere callarse?)
-No pensé ni un momento --continuó Annie, enro-
jeciendo- en los bienes materiales que mi marido
poseía. A mi joven corazón no le preocupaban se-
mejantes cosas. Mamá, perdóname si lo digo que tú
fuiste la primera que me hiciste comprender que en
el mundo podría haber personas bastante injustas
hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel sospe-
cha.
-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.
(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted --observó mi
tía-; y esta vez, por mucho juego que des al abani-
co, no te puedes negar, marcial amiga.)
-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida
--dijo Annie-. Fue la primera de mis penas; pero
últimamente han sido tan numerosas, que no podría
contarlas; pero no por la razón que tú supones,
amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pen-
samiento, ni un recuerdo, ni una esperanza que no
esté unida a ti.
Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que
parecía el espíritu de la belleza y de la verdad. El
doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie
sostuvo su mirada.
-No le reprocho a mamá que te haya pedido nun-
ca nada para sí misma; sus intenciones han sido
siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo
decir lo que he sufrido al ver las llamadas indirectas
que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía
de mi nombre respecto a ti, cuando he sido testigo
de tu generosidad y de la pena que sentía míster
Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos.
¡Cómo decirte lo que sentí la primera vez que me vi
expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido
mi amor, a ti, el hombre que más estimaba en el
mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de
una vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu
parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he sufrido;
mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener
siempre sobre el corazón ese temor, esa angustia, y
saber en conciencia que el día de mi matrimonio no
había hecho más que coronar el amor y el honor de
mi vida.
-¡Y esto es lo que se gana --exclamó mistress
Markleham llorando- sacrificándose por los hijos!
¡Querría ser turca!
(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras
quedado en tu país natal --dijo mi tía.)
-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto
de mi primo Maldon. Yo había tenido -dijo en voz
baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con
él. En nuestra infancia éramos pequeños enamora-
dos. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado
de otro modo, quizá hubiera terminado por persua-
dirme de que realmente le quería, y quizá me hubie-
ra casado con él, para desgracia mía. No hay matri-
monio peor proporcionado que aquel en que hay tan
poca semejanza de ideas y de carácter.
Yo reflexioné sobre aquellas palabras mientras
continuaba escuchando atentamente, como si les
encontrara un interés particular, o alguna aplicación
secreta que no pudiera adivinar todavía: «No hay
matrimonio peor proporcionado que aquel en que
hay tan poca semejanza de ideas y de carácter».
-No tenemos nada común -dijo Annie-; hace mu-
cho tiempo que lo he visto. Y aunque no tuviera más
razones para amar a mi marido que el reconoci-
miento, le daría las gracias con toda mi alma por
haberme salvado del primer impulso de un corazón
indisciplinado que iba a extraviarse.
Permanecía inmóvil ante el doctor; su voz vibraba
con una emoción que me hizo estremecer, al mismo
tiempo que continuaba completamente firme y tran-
quila, como antes.
---Cuando él solicitaba cosas de tu generosidad,
que tú le concedías tan generosamente a causa
mía, yo sufría por el aspecto interesado que daban
a mi ternura; encontraba que hubiera sido más hon-
roso para él hacer sólo su camera, y pensaba que si
yo hubiera estado en su lugar, nada me hubiera
parecido duro con tal de tener éxito. Pero, en fin, le
perdonaba todavía antes de la noche en que nos
dijo adiós, al partir para la India. Aquella noche tuve
la prueba de que era un ingrato y un pérfido; tam-
bién me di cuenta de que míster Wickfield me ob-
servaba con desconfianza, y por primera vez me
percaté de la cruel sospecha que había venido a
ensombrecer mi vida.
-¿Una sospecha, Annie? --dijo el doctor-. ¡No, no,
no!
-En tu corazón no existía, amigo mío, ya lo sé. Y
aquella noche fui a buscarte para verter a tus pies
aquella copa de tristeza y de vergüenza, para decir-
te que habías tenido bajo tu techo un hombre de mi
sangre, a quien habías colmado de beneficios por
amor mío, y que ese hombre se había atrevido a
decirme cosas que nunca debía haber dejado oír,
aunque yo hubiera sido, como él creía, un ser débil
a interesado; pero mi corazón se negó a manchar
tus oídos con tal infamia; mis labios se negaron a
contártela, entonces y después.
Mistress Markleham se desplomó en su sillón, con
un sordo gemido, y se ocultó detrás de su abanico.
-No he vuelto a cambiar una palabra con él desde
aquel día, más que en tu presencia y cuando era
necesario para evitar una explicación. Han pasado
años desde que él ha sabido por mí cuál era aquí su
situación. El cuidado que tú ponías en hacerle as-
cender, la alegría con que me lo anunciabas cuando
lo habías conseguido, toda tu bondad con él, eran
para mí mayor causa de dolor, y cada vez se me
hacía mi secreto más pesado.
Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor,
aunque él se esforzaba en impedírselo; y con los
ojos llenos de lágrimas continuó:
-No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que
haya tenido razón o no, creo que si volviera a em-
pezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo
que era quererte y saber que antiguos recuerdos
podían hacerte creer lo contrario; saber que me
habían podido suponer infiel y estar rodeada de
apariencias que confirmaban semejante sospecha.
Yo era muy joven y no tenía a nadie que me acon-
sejara; entre mamá y yo siempre ha habido un
abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí
misma, si he ocultado el insulto que me habían
hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma,
porque deseaba ardientemente que tú también pu-
dieses respetarme.
-¡Annie, corazón mío! -dijo el doctor-. ¡Hija mía
querida!
-¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía
a menudo que tú hubieras podido casarte con una
mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y
preocupaciones, una mujer que hubiera sabido es-
tar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubie-
se hecho mucho mejor continuando siendo tu discí-
pula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la altura
de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía
guardar silencio; pero era porque te respetaba, por-
que esperaba que un día también tú podrías respe-
tarme.
-Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no
terminará nunca.
-Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo so-
la mi carga, no revelar nunca a nadie la indignidad
de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una pala-
bra más, ¡oh, el mejor de los amigos! Hoy he sabido
la causa del cambio que había observado en ti y por
el que tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis
antiguos temores como estaba a punto de com-
prender la verdad; en fin, una casualidad me ha
revelado esta noche toda la grandeza de tu confian-
za en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No
creo que todo mi amor ni todo mi respeto puedan
jamás hacerme digna de esa confianza inestimable;
pero al menos puedo levantar los ojos sobre el no-
ble rostro del que he venerado como un padre,
amado como un marido, respetado desde mi infan-
cia como un amigo, y declarar solemnemente que
nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he
faltado; que nunca he variado en el amor y la fideli-
dad que te debo.
Había echado los brazos alrededor del cuello del
doctor; la cabeza del anciano reposaba en la de su
mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las
trenzas oscuras de Annie.
-Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío;
no me alejes nunca de ti; no pienses, no digas que
hay demasiada distancia entre nosotros; lo único
que nos separa son mis imperfecciones; cada día
estoy más convencida y cada día también te quiero
más. ¡Oh, recógeme en tu corazón, esposo mío,
pues mi amor está tallado en la roca y durará eter-
namente!
Hubo un largo silencio. Mi tía se levantó con gra-
vedad, se acercó lentamente a míster Dick y le besó
en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él,
pues iba a comprometerse; estaba viendo el mo-
mento en que, en el exceso de su alegría ante
aquella escena, iba a saltar a la pata coja o a pie
juntillas.
-Eres un hombre muy notable, Dick -le dijo mi tía,
en tono muy decidido de aprobación-, y no finjas
nunca lo contrario, pues te conozco bien.
Después mi tía le agarró de una manga, me hizo
una seña y nos deslizamos suavemente fuera de la
habitación.
-He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial
amiga -dijo mi tía-, y esto me va a proporcionar una
buena noche, aunque no tuviera además otros mo-
tivos de satisfacción.
-Estaba completamente trastornada, mucho me
temo -dijo míster Dick en tono de gran conmisera-
ción.
-¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo
trastornado`? -exclamó mi tía.
-No creo haber visto nunca un cocodrilo --contestó
con dulzura míster Dick.
-No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal
-dijo mi tía en tono conmovido- ¡Si las madres pu-
dieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya
están casadas, en lugar de hacer tanto ruido con su
pretendida ternura! Parece que el único auxilio que
pueden prestar a las desgraciadas muchachas que
han traído al mundo (y Dios sabe si las des-
graciadas han demostrado nunca ganas de venir)
es el hacerlas volver a marcharse cuanto antes a
fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas,
Trot?
Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas
de las frases que había empleado mistress Strong
me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay ma-
trimonio más desacertado que aquel en que hay tan
pocas semejanzas de ideas y de carácter...» . « El
primer movimiento de un corazón indisciplinado ...»
«Mi amor está tallado en la roca ...» Pero llegaba a
casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el
viento de otoño silbaba.
CAPÍTULO VI
INTELIGENCIA
Si creo a mi memoria, bastante insegura en cues-
tión de fechas, hacía un año que me había casado,
cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando
en el libro que escribía (pues mi éxito había seguido
el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarca-
do en mi primer trabajo de ficción), detuve el paso al
pasar por delante de la casa de mistress Steerforth.
Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que
vivía en la vecindad, aunque cuando podía elegía
siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un
gran rodeo, y terminé por pasar por allí muy a me-
nudo.
Nunca había hecho más que mirar rápidamente a
la casa. Ninguna de las habitaciones principales
daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticua-
das, no resultaban muy alegres de mirar, tan cerra-
das. Había un caminito cubierto que cruzaba un
patio embaldosado que llegaba a la puerta de en-
trada y a una ventana en arco de la escalera, muy
en armonía con lo demás, que, aunque era la única
que no estaba cerrada con persianas, no dejaba de
resultar tan triste y abandonada como las otras. No
recuerdo haber visto nunca una luz en la casa. Si
hubiera pasado por allí como cualquier otro indife-
rente, hubiera creído que el dueño había muerto sin
dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad de que me
interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en
su inmovilidad, mi imaginación es probable que
hubiera forjado sobre ella las más ingeniosas supo-
siciones.
A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo me-
nos posible; pero mi espíritu no podía pasar por allí,
como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substra-
erme a los pensamientos que me asaltaban. Aquella
tarde en particular, mientras proseguía mi camino,
evocaba sin querer las sombras de mis recuerdos
de infancia, sueños más recientes, esperanzas va-
gas, penas demasiado reales y demasiado profun-
das; había en mi a