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Johann Friedrich Herbart (1776-1841)
Fue profesor universitario,
filósofo, dedicado más a lo teórico que a lo práctico, considerado
uno de los pioneros de la psicología científica.
Estudió en la universidad de Lena donde fue discípulo de Fitche. En 1797 estuvo
en Suiza y visitó la escuela de Yverdon dirigida por Pestalozzi.
A partir de 1809 se dedicó a la enseñanza de filosofía y pedagogía en la universidad
de Kónigsberg en sustitución de Kant, quien había fallecido cinco años antes.
En esta época, pleno siglo XIX se implementó un tipo de educación que estaba al
servicio de la revolución industrial. Las fábricas que comenzaban a proliferar, requerían
trabajadores que se supieran adaptar a la carga de trabajo constante y sistemático que
los procesos de producción exigían.
Es por eso que la manera en que el profesor se dirigía a los alumnos era
exigente, disciplinada y repetitiva, a fin de que los alumnos asumieran su papel como
futura mano de obra del sistema laboral; trabajadores eficaces, obedientes, con
horarios estrictos y una predisposición a exigentes rutinas de trabajo.
Podemos resumir el perfil educativo de un alumno del siglo XIX en tres
características:
1.Un trabajador infalible
El hecho de que la escuela moldeara en los alumnos a través de exámenes,
tareas, clases repetitivas y conceptos estrictos que no permitían el cuestionamiento,
favorecía un carácter de concentración bajo un nivel alto de demandas por parte del
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profesor, que en el futuro sería reemplazado por un jefe. Los errores dentro del aula
eran reprendidos, pues dentro de las fábricas estos errores no serían tolerados.
2. Un trabajador adaptado
Las rutinas dentro de la escuela imitaban a los horarios que se debían cumplir
dentro de las fábricas. Un alumno adaptado a estas rutinas de trabajo no encontraría
mayor dificultad en seguir con este ritmo de vida, uno donde cada quién está enfocado
en sus tareas, resaltando así el trabajo individualista.
3.Un trabajador obediente
Quizá esta característica engloba todo lo dicho hasta ahora, pues un trabajador que
estuviera dispuesto a acatar las órdenes sería una mano de obra invaluable. Por esto
dentro de la escuela no se les enseñaba a cuestionar ideas o a rescatar sus talentos. El
profesor era quién disponía del saber y a él se le debía obedecer.
Como teórico de la educación, y en este contexto, Herbart defendió la idea de que
el objetivo de la pedagogía es el desarrollo del carácter moral. La enseñanza debe
fundamentarse en la aplicación de los conocimientos de la psicología. Creó un sistema
que denominó “instrucción educativa”.
Ese sistema propone una enseñanza que, a través de situaciones sucesivas y
bien reguladas por el docente, fortalece la inteligencia y, por el cultivo de ésta, forma la
voluntad y el carácter.
Para él, el proceso de enseñanza debería seguir cuatro pasos formales que el
docente -clave de dicho proceso- debería tener en cuenta:
● Presentación clara y firme del contenido (etapa de presentación).
● Comparación de un contenido con otro asimilado anteriormente
por el alumno asociándolos entre sí (etapa de comparación o
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● Generalización de los contenidos nuevos, ordenándolos y
sistematizándolos (etapa de generalización).
● Aplicación de conocimientos adquiridos a situaciones concretas y prácticas
(etapa de aplicación).
Si bien la instrucción educativa debería pensarse teniendo como
meta al niño o niña, el artífice es el docente, por eso Herbart piensa en él cuando
propone el método que, por otra parte, no es propiamente para aprender sino para
enseñar o instruir.
En el sistema de Herbart se estabiliza y sistematiza buena parte del pensamiento
pedagógico fragmentado del siglo XIX, por primera vez se construye una pedagogía
que responde a un plan
general, dándole unidad a diversos elementos que le llegan.
Para la pedagogía tradicional -que se fundamenta en estas ideas y adopta este
método- el rol central recae en el maestro y el alumno es un mero receptor pasivo (para
Herbart el espíritu en
su origen es como una tabla rasa).
De ahí, entonces la importancia de un docente bien preparado y de un método
que diera garantías para moldear a los educandos.
El esquema para comprender este proceso, puede ser el que
sigue. En el siglo XIX se estaban implementando las primeras
escuelas públicas, obligatorias, laicas y gratuitas. Eso significa
que las primeras generaciones de niños y niñas que concurrían a
ella recibían instrucción que superaba ampliamente la que disponían sus padres en la
familia (esto era especialmente fuerte en
las clases populares). En aquella época se había gestado -a im
pulso de la inspiración ilustrada- una especie de obsesión contra
la ignorancia considerándola como la fuente de todos los males,
inclusive de las desigualdades sociales. Se creía que el proble
ma de la marginalidad se podría resolver eliminando el azote de
la ignorancia.
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Al considerarse que la naturaleza de la realidad social es la integración armónica
de todos sus miembros, la marginalidad constituía una especie de “enfermedad” social
que había que curar.
Ahora bien, ¿cómo curar dicha enfermedad? En primer lugar, se impone saber
cuál es su causa. En aquella época se consideraba que la causa fundamental de la
marginalidad era la ignorancia. Hecho el diagnóstico, entonces, ¿cómo atacar dicha
causa?
Era ocioso suponer que la ignorancia se combate con un único antídoto: el
conocimiento, el saber y la cultura acumulada por la
civilización: o sea, por medio de la instrucción.
Pues bien, hecho el diagnóstico y sabido cuál es el antídoto, queda por saber
dónde encontrarlo y cómo suministrarlo a aquellos sectores que padecen de
ignorancia. Se podría suponer que el conocimiento, la cultura, los valores, tan
necesarios para la erradicación de la ignorancia, se encontraban objetivados en libros
en las bibliotecas.
Pero en aquella sociedad muy pocos accedían a tales beneficios y, además, la
abrumadora mayoría no sabía leer. ¿Dónde objetivar entonces el saber para hacerlo
accesible a las masas ignorantes?
La respuesta resultó obvia: en el docente bien formado, poseedor de la cultura,
quien sintetiza el
saber universal y además podía trasladarse a lugares remotos y
hacerlo accesible a todos. Era necesario, entonces, una pedagogía que se centrara en
el docente. He ahí la justificación de la pedagogía tradicional.
En Herbart se aprecia ya con claridad la transición del idealismo alemán al realismo
del siglo XIX. Se designa a si mismo como kantiano.
La finalidad que Herbart procura al superar el idealismo por el realismo se conecta
con la crítica que realizan los pensadores realistas a los idealistas y se fundamenta en
que el mundo de las ideas deja de ser un depósito universal que permita conocer al
estudiante por capacidades innatas sino que el educando llega a conocer por medio de
la experiencia material desde sus sentidos que le informan de la realidad en un proceso
al cual quiere formalizar estructurando por medio de sus postulados, anclando esta
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noción Herbart desarrolla su modelo pedagógico fundamentando la psicología para ser
la ciencia que apuntale sus teorías
Herbart sostiene que si un ser real entra en contacto con otro de cualidad esencial
distinta, produce en él una perturbación y éste reacciona con un acto de
autoconservación. Estas acciones y reacciones forman el tejido del acontecer universal.
En este sentido dio estatus de concepto fundamental a una vieja categoría de la
pedagogía: La educabilidad. Concepto que se asocia a las posibilidades de ser
educado, al de ductilidad y plasticidad guardando marcas distintivas con las
posibilidades de aprender de otras especies.
También el alma es uno de los entes reales simples e inmutables. Por si misma no
es activa ni contiene ninguna determinación originaria.
Cuando entra en reacción con otros entes reales, ante su acción perturbadora
reacciona con actos de auto conservación que son las representaciones. De este modo
Herbart explica como hace en el alma la representación. (Soto & Bernardini, 1984, pág.
61).
Principalmente buscó dar a la pedagogía una base científica por medio de la
psicología y de la ética.