Corona de luz
(Fragmento)
Rodolfo Usigli
Fray Juan.- Os he llamado a todos, hermanos –especialmente a vos, Fray Pedro-
para preguntaros quién soy. (Todos se miran extrañados.) ¿Quién soy, os pregunto?
¿Soy el primer Obispo de la Nueva España por la gracia de Dios y del Papa? ¿O
soy el último lacayo adulador de mi rey? ¿Soy el pastor sobre quien pesa el deber
de salvar a las almas de este hemisferio? ¿Soy, a la manera de San Pedro, la piedra
angular de esta Iglesia? ¿O soy un mercenario? ¿Soy un hombre de fe o un
descreído?
Después de otra pausa llena de extrañeza, todos contestan como en una
letanía, reflejo de la disciplina eclesiástica, con un poco de deformación
profesional.
Motolinía.- Sois Fray Juan de Zumárraga.
Fray Martín de Valencia.- Sois un hombre de fe.
Las Casas.- Sois el Obispo de la Nueva España.
Don Vasco.- Sois la piedra angular de esta nueva Iglesia.
Pedro de Gante.- Sois el Pastor de almas de este hemisferio.
Las Casas.- Sois nuestro jefe.
Fray Martín de Valencia.- Sois nuestro apoyo.
Motolinía.- Sois nuestra esperanza.
Pedro de Gante.- Sois nuestro inspirador.
Don Vasco.- Sois nuestro guía.
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Fray Bernardino de Sahagún.- (Muy dulcemente.) Sois un obispo que quiere
decirnos algo, y todos esperamos que lo digáis, hermano.
Al escuchar su voz, todos los demás se vuelven. Abrazos presurosos en
silencio.
Fray Juan.- Gracias, Fray Bernardino. Quiero deciros que ha llegado para mí el
gran momento de prueba, hermanos. Voy a pedir dispensa al Papa nuestro señor
para renunciar a esta diócesis y retirarme a un convento de reformados en Italia o
de recoletos en Francia.
Fray Martín de Valencia.- ¿Qué decís, Fray Juan?
Don Vasco.- ¡Alabado sea Dios!
Motolinía.- ¡San Francisco nos valga!
Pedro de Gante.- ¿Habéis perdido la cabeza?
Las Casas.- ¿Qué diantres significa esto?
Sahagún.- Hacéis historia, estoy seguro, pero la historia hay que contarla con
claridad, con sencillez y con detalle. Os escuchamos.
Fray Juan.- Voy a explicároslo todo, hermanos, pero antes debo pediros vuestra
promesa más solemne, vuestro juramento por la fe incluso, de que nunca diréis una
palabra de lo que aquí hemos de tratar, y de guardar silencio para el mundo y para
la historia toda la vida y toda la muerte. (La extrañeza de todos llega a un nivel
culminante. Juran, después de mirarse, haciendo la señal de la cruz y musitando la
palabra: “Juro”.) Gracias, hermanos. Ahora venid conmigo. (Se dirigen a la
ventana.) Asomad y decidme qué veis en ese patio.
Las Casas.- (El primero en la acción.) Veo un hombre vestido de marrón.
Motolinía.- Un seglar.
Fray Martín de Valencia.- Se inclina sobre un macizo de verdura.
Pedro de Gante.- A fe mía, parece un jardinero.
Fray Juan.- Es un jardinero venido de Murcia. Pero, os digo, ved más lejos, allá, al
fondo.
Don Vasco.- (Después de esforzar la vista.) No puedo creerlo.
Las Casas.- ¿Una monja?
Fray Juan.- Una monja de la Segunda Orden. Una monja de Santa Clara.
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Motolinía.- La primera que viene a Nueva España.
Fray Juan.- La primera.
Fray Martín de Valencia.- Las hermanas clarisas podrían ayudarnos mucho en
efecto, pero…
Las Casas.- ¡Ah, no! Medrados estaremos si las mujeres empiezan a meter mano
en el calvario de la evangelización. ¡Ah, no!
Pedro de Gante.- Creo que sí podrían servir de mucho.
Fray Juan .- No ésta.
Sahagún .- ¿Para qué ha venido entonces? ¿Quién la envía?
Fray Juan se aparta de la ventana.
Fray Juan.- Sentaos, hermanos. Debo informaros de lo que ocurre.
Mientras todos se sientan, Fray Juan va a las dos puertas para cerciorarse
de que nadie escucha. Permanece de pie y se concentra antes de hablar. Todos
esperan en un silencio que empieza a hacerse inquietante.
Fray Juan.- Extraños tiempos vivimos en verdad, hermanos. Extraños y
maravillosos tiempos de mundos nuevos, de almas que conquistar para Dios
mientras los guerreros conquistan nuevas tierras para los monarcas. ¿Hubieran
podido creerlo acaso nuestros abuelos, aunque fieles creyentes? Yo mismo creo
apenas, aun palpándolo a diario como Santo Tomás, este fausto destino que nos ha
tocado en suerte. Pensad en la situación de la Iglesia en Europa: dura, la lucha
contra Lutero, una lucha cruenta en la que el enemigo malo suma victorias y
arrebata almas a la fe verdadera. ¿Qué podíamos hacer allí nosotros más que
nuestro deber de soldados de Cristo y luchar contra la impiedad de los hombres de
nuestra propia raza? Y he aquí que el milagro se hizo de pronto como la luz y que
nos fue ofrecido un mundo nuevo que conducir a Dios. Y así vinimos, en cierto
modo, a disfrutar del paraíso en la tierra, que es tierra de promisión; del mejor
paraíso concebible, que es el goce de sufrir sirviendo a nuestro Creador y a sus
criaturas. No hablemos de la lucha cotidiana y sin fin contra el soldado de España;
es parte de nuestra tarea de todos los días. La realicé con santa, encendida pasión,
mientras pensé que el Emperador y Rey, príncipe cristiano por excelencia, estaba
con nosotros. Sobre todo, con aquellos de nosotros que entendemos la fe de un
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mundo nuevo y racional –porque la razón es también miga del espíritu- fuera, de
las supersticiones de otros tiempos que tanto daño hicieron a nuestra Iglesia y que
fueron parte no menor en fomentar la apostasía del agustino renegado y la
blasfemia de sus noventa y cinco tesis. Ay, es amargo el pan de la desilusión –
hostia del Enemigo. Pasando por sobre la suprema autoridad de Roma, haciendo
befa indigna de la Santidad del Papa y de sus dictados, el Rey y Emperador me ha
ordenado… (pensé que mi lengua se paralizaría y enmudecería antes que dejar salir
las atroces, increíbles palabras) me ha ordenado que prepare un milagro.
(Movimientos y exclamaciones, ad líbitum, in crescendo por un instante.) Os ruego
que me dejéis terminar, hermanos: un falso milagro, un acto de herejía como
ningún otro, un fraude contra la fe. Así, ese seglar, jardinero venido de Murcia,
tiene órdenes de hacer florecer rosales en un lugar yermo. Así, esa infeliz hermana
clarisa, que oye voces y que tiene visiones y que está enferma o loca –Dios la
ampare-, debe representar el papel de una virgen, de una virgen mexicana, morena
de tez como el indio, y aparecerse en un día solemne a uno de estos pobres
naturales y hacerle creer que es la Madre de Dios y de los indios para que se
consume al fin la conquista material de estas tierras y sus hombres, y quede bien
establecida la superioridad del español. Para que, como yo lo veo, el español siga
siendo un dios para el indio y lo aparte de nuestra Iglesia.
Sahagún.- No es posible. ¡Una Tonantzin, ay! El retroceso de la historia.
Las Casas.- La resurrección de toda la idolatría indígena.
Fray Juan.- La anulación de todos nuestros esfuerzos por preservar al ser de razón
entre los indios.
Pedro de Gante.- ¡La recaída en una Edad periclitada, bárbara a su manera! Yo
solía pensar en Carlos como en un monarca moderno –iluminado por la Razón
Divina.