La Evolución del Pensamiento Económico
La Evolución del Pensamiento Económico
Clase 1
Introducción.
Cuando Adam Smith publicó The Wealth of Nations en 1776 provocó un impacto de tal
magnitud que se lo terminó considerando como el padre de la economía. Si bien es
cierto que este texto tuvo una influencia que no había tenido previamente ningún
libro de economía, hubo muchos escritos de economía previos a The Wealth of Nations.
1. Justicia económica
2. Política económica
3. Teoría económica
Los griegos fueron los primeros en dar respuestas más o menos elaboradas a estas
preguntas, en especial Aristóteles (384-322 AC). Según Aristóteles para que un
intercambio sea justo lo que se entrega tiene que ser igual a lo que se recibe. Ver Ética
a Nicómaco, 5,V
Por el contrario si se valora igual lo que se recibe que lo que se entrega, no hay
incentivo para el intercambio.
Aristóteles también consideraba injusto el cobro de intereses. Según el pensador
griego el dinero es un bien de intercambio y no un bien de producción, por lo tanto,
una cierta cantidad de dinero no puede “producir” más dinero. En consecuencia
cobrar intereses era para Aristóteles injusto. Ver Política. I.X
El filósofo griego consideraba al primer tipo de comercio justo pero el segundo era
en su opinión injusto.
Las obras de Aristóteles estuvieron perdidas durante muchos años. Con la conquista
de los romanos fueron llevadas a Roma. Unos dos mil años después Santo Tomás
(1225-1274) fue el que reconstruyó los papiros de Aristóteles destruidos en varias
partes. Las obras de Aristóteles estaban condenadas por la Iglesia por ir en contra de
algunos puntos del dogma de la religión. A excepción del libro Lógica todos los demás
fueron quemados en la plaza pública de París en 1210 y hubo intentos de prohibir el
estudio de Aristóteles en la Universidad de París. Con Santo Tomás el pensamiento
aristotélico vuelve a renacer y se va hacia el otro extremo, tal es así que en 1629 el
Parlamento de París impuso pena de vida al que atacara el sistema filosófico de
Aristóteles.
Santo Tomás sostuvo que la ganancia del comercio crematístico de Aristóteles era
justa si esa ganancia era aplicada a un fin noble, como vivir, hacer donaciones,
mantener una familia, etc. Para Santo Tomás la ganancia en sí misma no es ni buena
ni mala. Lo que es bueno o malo es el fin para el cuál esa ganancia es utilizada.
Uno de los pesadores más importantes en esta línea escolástica fue Tomás de
Mercado (1530-1576). Ver Tomás de Mercado, Trato y contrato de mercaderes. Otro
pensador de importancia fue Luis de Molina (1535-1600). Ver Luis de Molina De
Justitia et Jure.
En resumen, se puede decir que desde la incógnita dejada por Aristóteles sobre la
justicia en los precios, interés y comercio se fueron generando lentamente en la
discusión teorías sobre estos tres puntos.
Si bien las ideas socialistas recién cobran fuerza a partir de fines del siglo XIV, Platón
(427-347 AC) en su libro Leyes explica con bastante detalle el funcionamiento de una
economía sin propiedad privada. Algunas ideas marginales también se desarrollaron
durante ese período.
Luego de la caída del Imperio Romano en el año 476, Europa no tenía países. A
mediados del siglo XV había guerra entre señores feudales, guerras civiles y religiosas.
Algunos trataron de imponer la paz y fueron llamados los Nuevos Monarcas. Estos
monarcas establecieron las bases de los estados nacionales o al menos territoriales.
Los Nuevos Monarcas ofrecieron a la institución de la monarquía como garantía de
ley y orden.
Este era un fenómeno social similar al que se da en la actualidad en algunos países del
globo cuando la gente reclama gobiernos militares para terminar con el desorden y la
corrupción que no logran controlar los políticos.
Los reyes comenzaron a ser los que hacían la ley, desplazando la creación de ley del
parlamento de los señores feudales y el Common Law o derecho romano. Fue en esta
época cuando se comenzó a referirse a los reyes como “su majestad”.
Los reyes comienzan a consultar a los comerciantes exitosos acerca de cómo se podía
hacer para enriquecer a las naciones. De esto surge una colección de libros y escritos
conocidos como Mercantilismo.
Los escritores mercantilistas aplicaron a un país los principios que enriquecían a los
comerciantes. Los ingresos debían que ser superiores a los gastos. Esto traducido a
escala nacional significaba que las exportaciones tenían que superar a las
importaciones. Como consecuencia de este pensamiento surgieron propuestas de
políticas económicas que tenían como finalidad estimular a las exportaciones y
desalentar las importaciones.
La tercera etapa de la ciencia económica, que llamamos Teoría Económica nace con
Adam Smith reaccionando contra la política intervencionista de los mercantilistas.
Para los clásicos, la riqueza no se origina en un comercio internacional positivo, sino
en la producción de bienes.
La riqueza no se produce por exportar más de lo que se importa sino por producir
cada año más bienes (los economistas clásicos no consideraban a los servicios como
riqueza).
A diferencia de los mercantilistas los clásicos creían que la manera de generar riqueza
era dejando que el mercado, operando libremente, produjera cada vez más bienes. El
nombre del libro de Adam Smith todavía conservaba un sesgo mercantilista An
Inquiry Into the Nature and Causes of the Wealth of Nations.
En estos cien años los conceptos de Adam Smith fueron ampliados, pero
fundamentalmente sistematizados, ya que The Wealth of Nations es un libro bastante
desordenado.
Se puede decir que John Stuart Mill (1806-1873) es el último de los grandes
economistas clásicos. Su libro, Principles of Political Economy: with some of their applications
to social philosophy fue publicado por primera vez en 1848 pero su claridad y orden era
tan impactante que tuvo varias ediciones, e inclusive fue libro de texto hasta
principios del siglo XX.
David Ricardo (1772-1823) no era tan drástico como Malthus pero creía que en el
largo plazo la economía tendía a un punto de estancamiento, que los salarios tendían
naturalmente a un nivel de subsistencia y que las ganancias tendían a anularse.
Por el contrario Adam Smith y el economista francés Jean-Baptiste Say (17671832)
creían que la libertad de mercado conducía a un bienestar creciente para todas las
personas de la sociedad.
El cuerpo teórico de los clásicos mostraba por qué el mercado, operando libremente
genera estímulos en todas las personas de la sociedad para coordinar y repartir la
producción de la manera más eficiente posible.
La línea de argumentación de los clásicos era muy convincente pero tenía un grave
problema: había caído en un razonamiento circular. Por una parte los clásicos
sostenían que los precios de los bienes estaban determinados en el largo plazo por los
costos de producción. Las fuerzas competitivas del mercado hacían que las ganancias
tendieran a ser “normales” es decir la ganancia apenas recuperaba el costo del capital
invertido en la empresa. Pero luego, en la segunda parte de sus libros, sostenían que
los costos estaban determinados por los precios.
Por ejemplo, por una parte se sostenía que el precio del trigo estaba determinado en
parte por la renta de la tierra pero luego se sostenía que la renta de la tierra estaba
determinada por el precio del trigo.
Por último hay que mencionar que en esta época nace y toma una fuerza
relativamente importante pero no muy importante el pensamiento comunista.
Según el mismo Karl Marx (1818-1883) y su amigo Friedrich Engels (1820-1895) hay
dos tipos de socialismos: (1) el socialismo utópico y (2) el socialismo científico. Para
una exposición amplia ver Friedrich Engels Socialism: Utopian and Scientific. Los
socialistas utópicos son según Marx y Engels aquellos que creen que se puede
establecer el socialismo en forma pacífica y educando a la población.
Para demostrar esto Karl Marx también hizo un verdadero esfuerzo teórico más allá
de aciertos o errores que haya cometido al igual que los clásicos. El punto central de
Marx y Engels era que las leyes naturales de la historia llevaban a una concentración
creciente de la propiedad privada de los medios de producción y a un aumento
constante de la cantidad de proletarios. Finalmente unos pocos propietarios iban a ser
expropiados por la revolución proletaria.
Una confusión muy generalizada es que Marx sostenía que la economía debía ser
planificada centralmente, pero en realidad él no describió en qué consistiría una
sociedad comunista.
Marx no creía que esto pudiese hacerse. Su punto teórico era mostrar que el
capitalismo tenía fuerzas internas que lo llevaban a la autodestrucción. Sin embargo
toda su larga obra Das Kapital está basada en el mismo marco teórico de los
economistas clásicos y, por lo tanto Kart Marx, también fue víctima del razonamiento
circular.
Los tres economistas que se conocen como los descubridores de esta teoría fueron en
Inglaterra William Stanley Jevons (1835-1882), en Austria Carl Menger (1841-1921) y
en Suiza Leon Walras (1834-1910). La teoría de la utilidad marginal desvinculó
total o parcialmente a los precios de los costos de producción.
Incluyó en la formación de los precios las valoraciones subjetivas de las personas y de
esta manera la circularidad de los clásicos se solucionó, aunque, como veremos, sólo
la Escuela Austriaca de Economía logró resolver el tema plenamente.
La popularidad y prestigio de los economistas clásicos era muy fuerte, por lo tanto los
libros de estos tres economistas no tuvieron efectos inmediatos.
Por su parte la Escuela Austriaca mantuvo el legado de los economistas clásicos del
vínculo estrecho que hay entre el derecho y la economía. Tal vez por ser abogados los
economistas de la Escuela Austriaca visualizaron mejor que sus colegas matemáticos
la importancia de esta relación.
Hacia fines del siglo XX hubo un retorno por esta senda conocido con el nombre de
Law and Economics. El juez de la Corte de Apelaciones los Estados Unidos Richard A.
Posner fue uno de los más importantes impulsores de esta corriente de pensamiento.
Otro pensador importante en esta escuela es el Premio Nobel de Economía Ronald
Coase.
Tal como hemos visto, entre 1880 y 1930 la teoría económica se afianza con una
corriente matemática por un lado y otra que conservaba la tradición de los clásicos de
mantener la relación entre la economía y el derecho usando el método deductivo en
prosa.
Estos modelos sirvieron de base tanto para justificar la libre competencia como el
intervencionismo del Estado. Unos señalan que el libre mercado logra el óptimo y
otros señalan que como la competencia perfecta no existe es el Estado quién debe
regular al mercado.
La Crisis del Treinta nunca fue solucionada mediante la receta keynesiana. En 1939
estalla la Segunda Guerra Mundial donde murieron entre 40 y 50 millones de
personas.
En resumen podemos decir que los keynesianos no creen que el mercado sea capaz
de solucionar el problema de la desocupación, la recesión y la distribución del ingreso.
El Estado debe intervenir para solucionar estos problemas.
Grecia:
1. Platón (427 - 347 AC)
2. Aristóteles (384 - 322 AC)
Escolásticos:
1. San Agustín (345 - 430)
2. San Alberto Magno (1193 - 1280)
3. Santo Tomás de Aquino (1225 - 1274)
4. John Duns Scoto (1265 - 1308)
5. Johannes Buridanus: (1300 - 1358)
6. San Bernardino de Siena (1380 - 1444)
7. San Antonino de Florencia (1389 - 1459)
8. Francisco de Vitoria (1483 - 1546)
9. Martín de Azpilcueta (1493 - 1586)
10. Tomás de Mercado (1500 - 1575)
11. Luis de Molina (1535 - 1601)
12. Luis Saravia de la Calle (1544 -?)
13. Domingo de Soto (1495 - 1546)
Mercantilismo
1. Thomas Milles (1550 - 1627)
2. Gerard de Malynes (1586 - 1641)
3. Edward Misselden (1608 - 1654)
4. Thomas Mun (1571 - 1541)
5. William Petty (1623 - 1687)
6. Jean-Baptiste Colbert (1619 -1683)
7. John Graunt (1620 - 1674)
8. Josiah Child (1630 - 1699)
9. Charles Devenant (1656 - 1714)
10. John Locke (1632 - 1704)
11. John Law (1671 - 1729)
Socialistas utópicos:
1. Robert Owen (1771 - 1858)
2. Charles Hall (1740 - 1820)
3. Auguste Blanqui (1805 - 1881)
4. Saint-Simon (1760 - 1825)
5. Charles Fourier (1772 - 1837)
6. Joseph Proudhon (1809 - 1865)
7. Feredinand Lasalle (1825 - 1864)
8. Karl Rodbertus (1805 – 1875)
Fisiócratas:
François Quesnay (1694 - 1774)
Anne-Robert-Jacques Turgot (1727 – 1781)
Escuela Clásica:
1. Adam Smith (1723 - 1790)
2. David Ricardo (1772 - 1823)
3. Robert Malthus (1766 - 1834)
4. Jean-Baptiste Say (1767 - 1832)
5. Henry Thornton (1760 - 1815)
6. James Mill (1773 - 1836)
7. Thomas Tooke (1774 - 1858)
8. John M. McCulloch (1789 - 1864)
9. Robert Torrens (1780 - 1864)
10. William N. Senior (1790 - 1864)
11. Frédéric Bastiat (1801 - 1850)
12. John Stuart Mill (1806 - 1873)
Marxismo:
1. Karl Marx (1818 - 1883)
2. Friedrich Engels (1820 - 1895)
Escuelas Marginalistas
Precursores del marginalismo:
1. Antoine A. Cournot (1801 - 1877)
2. Johann H. von Thünen (1783 - 1850)
3. Herman H. Gossen (1810 - 1858)
Inglaterra:
1. William S. Jevons (1835 - 1882)
2. Alfred Marshall (1842 - 1924)
3. Arthur C. Pigou (1877 - 1959)
4. Philip H. Wicksteed (1844 - 1927)
5. Edward H. Chamberlin (1899 - 1967)
Escuela de Lausana
1. Leon Walras (1834 - 1910)
2. Wilfredo Pareto (1848 - 1923)
3. Abraham Wald (1902-1950)
Escuela Austriaca:
1. Carl Menger (1840 - 1921)
2. Eugen von Böhm-Bawerk (1851 - 1914)
3. Friedrich von Wieser (1851 - 1926)
4. Ludwig von Mises (1881 - 1973)
5. Friedrich A. von Hayek (1899 – 1992)
Keynesianismo:
John Maynard Keynes (1883 - 1946)
Paul A. Samuelson (1915 - 2009)
Monetarismo:
Irving Fisher (1867 - 1947)
Frank H. Knight (1885 - 1972)
Jacob Viner (1892 - 1970)
Henry Simons (1899 - 1946)
George Stigler (1911 - 1991)
Milton Friedman (1912 - 2006)
Toda política económica puede dividirse en dos grandes partes: (1) objetivos y (2)
medios. Por suerte, podría decirse que no hay mayores diferencias entre las distintas
posiciones políticas e ideológicas acerca del objetivo de la política económica.
El objetivo parece ser uno y no hay lugar para otro: aumentar el bienestar de las personas.
Tanto un partidario del mercado libre, como un planificador, como un
intervencionista deberían coincidir en este punto. Las grandes diferencias entre ellos
no están en los “objetivos” sino en los “medios”; i.e. en cómo se hace para alcanzar
dicho objetivo. Así, un liberal piensa que el mercado libre es el mejor medio mientras
que un planificador cree en la propiedad estatal de los medios de producción y un
intervencionista cree que el gobierno debe introducir regulaciones para solucionar
fallas del mercado.
Por el contrario, un liberal piensa que las diferencias de ingresos son las que empujan
los ingresos de todos hacia arriba y que intentar igualar los ingresos mediante la
intervención del Estado bajaría el ingreso de todos y no solamente los del
expropiado.
Si bien es cierto que lo que se observa más comúnmente en el mundo es que unos
obtienen grandes ingresos a costa de otros, esto se debe a privilegios que los
gobiernos otorgan y no a la existencia de un mercado competitivo.
Vale la pena repetir que el error proviene de identificar mercado libre con leyes
que protegen a los grandes capitales. Cuando, en realidad, mercado libre (o
sociedad libre) significa que toda persona puede hacer lo que quiera siempre y
cuando no atente contra derechos de otros. Las leyes que impiden la libre
competencia hacen que unos (los protegidos) ganen a costa del resto. Pero la
solución no pasa por redistribuir los ingresos con impuestos sino que pasa por
eliminar los privilegios.
Muchas veces se suele confundir objetivos con medios. Los que predican, por
ejemplo, a favor de una redistribución de los ingresos o de una reforma agraria, lo
hacen porque creen que de esta manera aumentan los ingresos de unos y bajan los de
otros logrando, de esta manera, una distribución más justa de los ingresos.
Pero si se les demuestra que con esta política se termina bajando los ingresos de
todos, se verían obligados a desistir de la propuesta redistributiva.
Aunque muchas veces no se den cuenta, los que proponen una redistribución del
ingreso, lo hacen porque creen que este es un buen medio para aumentar el bienestar
de algún grupo de personas. La redistribución es para ellos un “medio” no un “fin”.
Por lo tanto si el “medio” no logra el “fin” (aumentar el bienestar de las personas)
tiene que ser abandonado. Si la redistribución del ingreso fuese el fin, entonces no
importarían las consecuencias.
Obviamente no se puede decir que el objetivo de estos grupos de poder sea aumentar
el bienestar de las personas.
Por el contrario, el objetivo es aumentar su propio bienestar “a costa” del resto de las
personas. De todas maneras siempre disfrazan a las medidas económicas que
defienden con argumentos populistas que sostienen que las medidas provocarán
beneficios para todas las personas.
Así, por ejemplo, los empresarios que piden protección arancelaria no están diciendo
que lo hacen para ganar más dinero sino porque se crean puestos de trabajo, el país se
ahorra divisas, se defiende a la industria nacional, etc.
Ahora bien, hablar de aumentar el bienestar de las personas puede lucir como un
problema de difícil solución debido a que cada persona aumenta su bienestar de
distintas maneras.
Los bienes y servicios que provocan placer a unos no necesariamente provocan placer
a otros. Pero, como veremos en el próximo punto, existe una manera de “objetivar”
el análisis que al mismo tiempo permite visualizar el problema que tiene que resolver
la teoría económica.
Sin embargo la naturaleza humana parece impulsar al hombre a querer algo, o mucho
más que simplemente “vivir” como un mono más inteligente (vestido y con vivienda).
Es este incentivo de querer estar mejor lo que impulsa a los hombres a producir
bienes “no-vitales”. Y mientras no perjudique a terceros no hay motivos para impedir
que así lo haga. Inclusive en la alimentación se podría considerar que ciertas comidas
son verdaderos lujos “innecesarios”.
En una gran medida la mayor parte de los bienes que consumimos simplemente
aumentan nuestra “calidad” de vida. Pero muy bien podríamos dejar de consumir sal
o azúcar, dejar de usar cubiertos, sillas, mesas, espejos y muchas otras cosas
“superfluas” y no por ellos vamos a morir. Pero sin lugar a dudas nuestro bienestar
disminuiría notablemente.
El problema es distinto, ellos pretenden que la gente deje de consumir cosas que ellos
consideran “no tan importantes” o “intrascendentes”. En otras palabras lo que
caracteriza a estas personas es una mentalidad totalitaria que cree tener una sabiduría
superior acerca de lo que hace feliz a los demás. Y esta actitud es una de las que da
lugar a que surjan leyes que regulan los mercados y las vidas de las personas.
Se puede concluir entonces que el bienestar de las personas crece cuando satisfacen
más necesidades. Lo que provoca malestar físico o psíquico es la insatisfacción de una
necesidad.
Dado que el hombre no puede satisfacer todas las necesidades al mismo tiempo, se ve
obligado a ordenarlas de manera de satisfacer primero las que considera más urgentes
y luego las que va considerando de menor importancia.
Las líneas punteadas superiores representan las necesidades más importantes para el
individuo “A”, muy posiblemente las “vitales” (aunque no cabe descartar morir por
un ser querido o inclusive por un ideal). Hacia abajo se ubican las necesidades que el
individuo “A” considera menos importantes, o las creadas por la mente.
Las escalas de “necesidades” de las personas no tienen límite: son indefinidas, tienden
a infinito.
El hecho de que las necesidades sean infinitas se debe a la propia naturaleza del
hombre respecto de su racionalidad.
El hombre siempre tiene que estar satisfaciendo necesidades, del tipo que sea, de lo
contrario se “aburre”. No podría estar contemplando sus alrededores como una vaca,
esperando a que le llegue la muerte.
Para aumentar su bienestar esta persona tiene que ser capaz de producir más bienes,
pero para ello tiene que aumentar la velocidad de producción por unidad de tiempo.
Si no produce más bienes en menos tiempo no puede satisfacer “más” necesidades,
sólo podrá satisfacer otra necesidad si renuncia a una que ya viene satisfaciendo.
Podríamos concluir entonces que el bienestar de una persona crece cuando puede
satisfacer más necesidades, y disminuye cuando puede satisfacer menos.
Como corolario, podemos decir que la definición de “bienestar” tiene un lado
subjetivo y uno objetivo. El lado subjetivo es que el “contenido” de las escalas de
preferencias lo decide cada persona.
Lo que es agradable o necesario para unos puede ser un disgusto para otros. Así, hay
personas a las que les gusta beber o fumar, y otras que detestan hacerlo. Hay personas
a las que les gusta leer historia y otras a las que les gusta leer novelas de suspenso o
románticas. Hay personas a las que les gusta hacer deportes y otras a las que les
molesta realizar esa actividad. Nadie está en condiciones de demostrar que su escala
de necesidades es mejor que la de otros. En esto consiste el lado “subjetivo” de la
definición de necesidad.
El lado objetivo de la definición es que una persona está mejor cuantas más
necesidades pueda satisfacer, independientemente de cuales sean ellas.
Una persona aislada puede “comprar” los bienes que satisfacen sus necesidades con
su trabajo. Tiene que producir directamente los bienes que necesita.
Supongamos que esta persona aislada es capaz de producir los bienes que se marcan
con la línea roja a la izquierda en el siguiente dibujo. Las necesidades son infinitas y
están representadas por la flecha negra a la derecha.
Señor A
--------- D N
---------
--------- E E
--------- M C
--------- A E
---------
--------- N S
--------- D D
--------- A A
---------
D
E
S
---------
---------
---------
---------
Como veremos a lo largo del curso estos cuatro principios básicos que se pueden ver
claramente en el caso de una persona, también se van a mantener en el caso de una
sociedad con millones de habitantes. Los cuatro principios aplican tanto para un
individuo, como para una sociedad de individuos.
Del esquema anterior también podemos deducir que para que una persona logre el
máximo de bienestar se necesitan dos condiciones: (1) máximo nivel de producción y
(2) orden.
Sin embargo, la división del trabajo permite aumentar el total de producción gracias a
la especialización que permite el ahorro de tiempo, el perfeccionamiento de las
rutinas y el desarrollo de maquinaria sofisticada.
En el caso de una sociedad con dos personas la división del trabajo provocaría que el
total de producción de las dos fuera más alto que si cada uno se dedicara a
autoabastecerse.
Sin embargo estas dos personas tendrían que ponerse de acuerdo acerca de qué
producir, cuánto producir y cómo repartirlo. En esta sociedad de dos personas
también es fácil ver que lo que los dos pueden demandar depende de lo que los dos
puedan producir. Y el ingreso de los dos también depende de lo que los dos puedan
producir. Producción, demanda e ingreso son distintas visiones o posiciones de una
misma cosa.
En una sociedad con dos, tres, cuatro personas no existe un problema importante de
asignación de recursos ya que “toda” la información necesaria para producir en forma
óptima está “concentrada”.
Todos saben qué producir, cuanto producir y cómo lo van a repartir. En una
sociedad con muy pocas personas siempre se asignarán los recursos productivos en
forma óptima. En esta sociedad no hace falta ni dinero ni precios monetarios. Es
posible el trueque.
Ahora bien, cuando pasamos a una sociedad con millones de personas aparece un
problema que no existe en una sociedad pequeña: la información necesaria para
asignar los recursos en forma óptima está dispersa y es asimétrica.
A este problema es al que Adam Smith intentó dar respuesta en The Wealth of Nations.
Adam Smith explicó que los mecanismos del mercado libre logran asignar los
recursos productivos de la manera más eficiente posible. Esto fue resumido en su
famosa frase de la mano invisible, que estudiaremos más adelante.