SELLO ELISABETH KÜBLER-ROSS
COLECCIÓN
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Rústica Solap
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TÍTULOS DE LA COLECCIÓN CORRECCIÓN: PRIMERAS
ELISABETH KÜBLER-ROSS
La muerte: un amanecer ELISABETH KÜBLER-ROSS
El trabajo de la doctora Elisabeth Kübler-Ross nos confirma DISEÑO ADRIÀ
Tomando un té con Elisabeth Kübler-Ross que la muerte es un pasaje hacia otra forma de vida, y nos hace
Fern Stewart Welch, Rose Winters y Ken Ross comprender que la experiencia de la muerte es casi idéntica Elizabeth Kübler-Ross (Zúrich, 1926 - Sco- REALIZACIÓN
a la del nacimiento, puesto que se trata del inicio de otra existencia, ttsdale, Arizona, 2004). Estudió medicina y
Carta para un niño con cáncer el paso a un nuevo estado de conciencia en el que también psiquiatría. Se especializó en estudios sobre la EDICIÓN
se experimenta, se ve y se oye, se comprende y se ríe, y en el que muerte y los cuidados paliativos. La necesidad
Lecciones de vida existe la posibilidad de continuar el crecimiento espiritual. de estudiar científicamente qué experimen-
Elisabeth
CORRECCIÓN: SEGUNDAS
taban los moribundos surgió en su juventud
Vivir hasta despedirnos Gracias a ella sabemos que una luz brilla al final del camino, cuando tomó la decisión de participar como
voluntaria en la recuperación del campo de DISEÑO
y que a medida que nos aproximamos a esa luz blanca, de una
Sobre el duelo y el dolor
claridad absoluta, nos sentimos llenos del amor más grande, concentración de Meidaneck (Polonia). Este
KÜBLER-
Elisabeth Kübler-Ross y David Kessler REALIZACIÓN
indescriptible e incondicional que podamos imaginar. aprendizaje la llevó a investigar la experiencia
Los niños y la muerte final de la vida. Escribió veintidós libros que
han sido traducidos a más de veinticinco idio- CARACTERÍSTICAS
Recuerda el secreto mas. Su infatigable labor ha sido reconocida y
ROSS
aclamada en el mundo entero, con el beneplá- IMPRESIÓN CMYK
Conferencias. Morir es de vital importancia cito de millones de lectores.
La muerte: Un amanecer Encontrarás más información sobre la autora
y su obra en: [Link] PAPEL Estucado
La muerte: PLASTIFÍCADO Mate
un amanecer UVI no
RELIEVE no
BAJORRELIEVE no
STAMPING no
Ediciones
Luciérnaga PVP 18,00 € 10258509 FORRO TAPA no
Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
Imagen de cubierta: © Shutterstock [Link]
Fotografía de la autora: © Courtesy of Kenneth L. Ross/ [Link]/quierovivirBIEN
9 788418 015205
The New York Times/Contacto @QuierovivirBIEN Luciérnaga
GUARDAS no
INSTRUCCIONES ESPECIALES: No
La muerte:
un amanecer
Elisabeth
KÜBLER-
ROSS
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No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un
sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea
este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos
mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual
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través de la web [Link] o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
Título original: Uben den Tod und das Lebensch
© del texto: Elisabeth Kübler-Ross, 1983
© de la traducción: Paz Jáuregui
© de la imagen de cubierta: Shutterstock
Diseño de la portada: Planeta Arte & Diseño
Primera edición: octubre de 1989
Cuadragésima edición: abril de 2008
Primera edición en nueva presentación: septiembre de 2014
Cuarta impresión: febrero de 2017
Primera edición en esta presentación: junio de 2020
© Edicions 62, S.A., 2020
Ediciones Luciérnaga
Av. Diagonal 662-664
08034 Barcelona
[Link]
ISBN: 978-84-18015-20-5
Depósito legal: B. 7.513-2020
Impreso en España – Printed in Spain
El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como papel ecológico
y procede de bosques gestionados de manera sostenible.
La muerte un nevo [Link] 1 26/02/2019 [Link]
Vivir y morir
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H
ay mucha gente que dice: «La doctora
Ross ha visto demasiados moribundos.
Ahora empieza a volverse rara.» La opi-
nión que las personas tienen de ti es un problema
suyo no tuyo. Saber esto es muy importante. Si te-
néis buena conciencia y hacéis vuestro trabajo con
amor, se os denigrará, se os hará la vida imposible
y diez años más tarde os darán dieciocho títulos de
doctor honoris causa por ese mismo trabajo. Así
transcurre ahora mi vida.
Cuando ocurre que se ha pasado largo tiempo,
durante muchos años, sentada junto a la cama de
niños y ancianos que mueren, cuando se les escu-
cha de verdad, uno percibe que ellos saben que la
muerte está próxima. Súbitamente alguno se des-
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pide, dice adiós, mientras que en ese momento uno
está lejos de pensar que la muerte podría interve-
nir tan pronto. Si se aceptan esas declaraciones, si
se permanece junto al moribundo, se comprobará
que la comunicación continúa y el enfermo expre-
sa lo que desea hacer saber. Después de su muerte,
se experimenta el emocionado sentimiento de ser
quizá la única persona que ha atendido con la de-
bida seriedad sus palabras.
Hemos estudiado veinte mil casos, a través del
mundo entero, de personas que habían sido decla-
radas clínicamente muertas y que fueron llamadas
de nuevo a la vida. Algunas se despertaron natu-
ralmente, otras sólo después de una reanimación.
Quisiera explicaros muy someramente lo que
cada ser humano va a vivir en el momento de su
muerte. Esta experiencia es general, independien-
te del hecho de que se sea aborigen de Australia,
hindú, musulmán, creyente o ateo. Es indepen-
diente también de la edad o del nivel socioeconó-
mico, puesto que se trata de un acontecimiento
puramente humano, de la misma manera que lo es
el proceso natural de un nacimiento.
La experiencia de la muerte es casi idéntica a la
del nacimiento. Es un nacimiento a otra existencia
que puede ser probada de manera muy sencilla.
Durante dos mil años se ha invitado a la gente a
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«creer» en las cosas del más allá. Para mí esto no es
un asunto más de creencias, sino un asunto del co-
nocimiento. Os diré con gusto cómo se obtiene
ese conocimiento siempre que queráis saberlo.
Pero el no querer saberlo no tiene ninguna impor-
tancia porque cuando hayáis muerto lo sabréis de
todas maneras, y yo estaré allí y me alegraré muy
particularmente por los que hoy dicen: «Ay, la
pobre doctora Ross.»
En el momento de la muerte hay tres etapas.
Con el lenguaje que utilizo en el caso de los niños
moribundos de muy corta edad (por ejemplo, el
que empleo en la carta Dougy), digo que la muerte
física del hombre es idéntica al abandono del capu-
llo de seda por la mariposa. La observación que
hacemos es que el capullo de seda y su larva pue-
den compararse con el cuerpo humano. Un cuer-
po humano transitorio. De todos modos, no son
idénticos a vosotros. Son, digámoslo así, como una
casa ocupada de modo provisional. Morir signifi-
ca, simplemente, mudarse a una casa más bella, ha-
blando simbólicamente, se sobreentiende.
Desde el momento en que el capullo de seda se
deteriora irreversiblemente, ya sea como conse-
cuencia de un suicidio, de homicidio, infarto o
enfermedades crónicas (no importa la forma), va
a liberar a la mariposa, es decir, a vuestra alma.
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En esta segunda etapa, cuando vuestra mariposa
—siempre en lenguaje simbólico— ha abandonado
su cuerpo, vosotros viviréis importantes aconteci-
mientos que es útil que conozcáis anticipadamen-
te para no sentiros jamás atemorizados frente a la
muerte.
En la segunda etapa estaréis provistos de energía
psíquica, así como en la primera lo estuvisteis de
energía física. En esta última vosotros tenéis ne-
cesidad de un cerebro que funcione, es decir, de una
conciencia despierta para poder comunicar con los
demás. Desde el momento en que este cerebro
—este capullo de seda— tarde o temprano presen-
te daños importantes, la conciencia dejará de estar
alerta, apagándose. Desde el instante en que ésta
falte, cuando el capullo de seda esté deteriorado al
extremo de que vosotros ya no podáis respirar y
que vuestras pulsaciones cardíacas y ondas cere-
brales no admitan más mediciones, la mariposa se
encontrará fuera del capullo que la contenía. Esto
no significa que ya se esté muerto, sino que el capu-
llo de seda ha dejado de cumplir sus funciones. Al
liberarse de ese capullo de seda, se llega a la segun-
da etapa, la de la energía psíquica. La energía físi-
ca y la energía psíquica son las dos únicas energías
que al hombre le es posible manipular.
El mayor regalo que Dios haya hecho a los hom-
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bres es el del libre albedrío. Y de todos los seres vi-
vientes el único que goza de este libre albedrío es
el hombre. Vosotros tenéis, por tanto, la posibili-
dad de elegir la forma de utilizar esas energías, sea
de modo positivo o negativo.
Desde el momento en que sois una mariposa li-
berada, es decir, desde que vuestra alma abandona
el cuerpo, advertiréis enseguida que estáis dotados
de capacidad para ver todo lo que ocurre en el lu-
gar de la muerte, en la habitación del enfermo, en
el lugar del accidente o allí donde hayáis dejado
vuestro cuerpo.
Estos acontecimientos no se perciben ya con la
conciencia mortal, sino con una nueva percepción.
Todo se graba en el momento en que no se registra
ya tensión arterial, ni pulso, ni respiración; algunas
veces incluso en ausencia de ondas cerebrales. En-
tonces sabréis exactamente lo que cada uno diga
y piense y la forma en que se comporte. Después
podréis explicar con precisión cómo sacaron el
cuerpo del coche accidentado con tres sopletes.
También ha habido personas que incluso nos han
precisado el número de la matrícula del coche que
los atropelló y continuó su ruta sin detenerse. No
se puede explicar científicamente que alguien que
ya no presenta ondas cerebrales pueda leer una
matrícula. Los sabios deben ser humildes. Debe-
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mos aceptar con humildad que haya millones de
cosas que no entendemos todavía, pero esto no
quiere decir que sólo por el hecho de no compren-
derlas no existan o no sean realidades.
Si yo utilizara en este momento un silbato de
perros, vosotros no podríais oírlo y, sin embargo,
todos los perros lo oirían. La razón es que el oído
humano no está concebido para la percepción de
estas altas frecuencias. De la misma manera, no
podemos percibir el alma que ha abandonado el
cuerpo, aunque ésta pueda todavía grabar las lon-
gitudes de ondas terrestres para comprender lo
que ocurre en el lugar del accidente o en otro lugar.
Mucha gente abandona su cuerpo en el trans-
curso de una intervención quirúrgica y observa,
efectivamente, dicha intervención. Todos los mé-
dicos y enfermeras deben tener conciencia de este
hecho. Eso quiere decir que en la proximidad de
una persona inconsciente no se debe hablar más
que de cosas que esta persona pueda escuchar, sea
cual fuere su estado. Es triste lo que a veces se dice
en presencia de enfermos inconscientes, cuando
éstos pueden oírlo todo.
También es necesario que sepáis que si os acer-
cáis al lecho de vuestro padre o madre moribun-
dos, aunque estén ya en coma profundo, os oyen
todo lo que les decís, y en ningún caso es tarde para
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expresar «lo siento», «te amo», o alguna otra cosa
que queráis decirles. Nunca es demasiado tarde
para pronunciar estas palabras, aunque sea des-
pués de la muerte, ya que las personas fallecidas si-
guen oyendo. Incluso en ese mismo momento po-
déis arreglar «asuntos pendientes», aunque éstos
se remonten a diez o veinte años atrás. Podréis li-
beraros de vuestra culpabilidad para poder volver
a vivir vosotros mismos.
En esta segunda etapa, «el muerto» —si puedo
expresarme así— se dará cuenta también de que él
se encuentra intacto nuevamente. Los ciegos pue-
den ver, los sordos o los mudos oyen y hablan otra
vez. Una de mis enfermas que tenía esclerosis en
placas, dificultades para hablar, y que sólo podía
desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo pri-
mero que me dijo al volver de una experiencia en el
umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡yo po-
día bailar de nuevo!», y son miles los que estando
hoy en sillas de ruedas, podrían al fin bailar otra
vez, aunque cuando vuelvan a su cuerpo físico se
encontrarán, evidentemente, otra vez en su viejo
cuerpo enfermo.
Podréis comprender, pues, que esta experien-
cia extracorporal es un acontecimiento maravi-
lloso, que nos hace sentirnos felices.
Las niñas que a consecuencia de una quimiote-
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rapia han perdido el pelo, me dicen después de una
experiencia semejante: «Tenía de nuevo mis ri-
zos.» Las mujeres que han padecido la extirpación
de un seno recobran su habitual normalidad. To-
dos están intactos de nuevo. Son perfectos.
Mis colegas escépticos son muy numerosos y
dicen: «Se trata de una proyección del deseo.» En
el cincuenta y uno por ciento de todos mis casos se
trata de muertes repentinas y no creo que nadie
vaya a su trabajo soñando que seguirá disponien-
do de sus dos piernas para atravesar una calle. Y de
pronto, después de un accidente grave, ve en la ca-
lle una pierna separada de su cuerpo, sintiéndose,
sin embargo, en posesión de dos piernas.
Todo esto, evidentemente, no es una prueba pa-
ra un escéptico, y con el fin de tranquilizarlos he-
mos realizado un proyecto de investigación im-
poniéndonos como condición el no tomar en cuenta
más que a los ciegos que no habían tenido ni si-
quiera percepción luminosa desde diez años an-
tes, por lo menos. Y estos ciegos, que tuvieron una
experiencia extracorporal y volvieron, pueden de-
cirnos con detalle los colores y las joyas que lleva-
ban los que los rodeaban en aquel momento, así
como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas.
Es obvio que ahí no podía tratarse de visiones.
Podríais también interpretar muy bien estos he-
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chos si la respuesta no os diera miedo. Pero, si os da
miedo, seréis como esos escépticos que me han di-
cho que estas experiencias extracorporales serían
el resultado de una falta de oxígeno. Pues bien, si
aquí se tratara solamente de esa carencia de oxíge-
no, yo se la recetaría a todos mis ciegos. ¿Com-
prendéis? Si alguien no quiere admitir un hecho,
encuentra mil argumentos para negarlo. Esto, de
nuevo, es su problema. No intentéis convertir a
los demás. En el instante mismo en que mueran, lo
sabrán de todas maneras.
En esta segunda etapa os dais cuenta también
de que nadie puede morir solo. Cuando se aban-
dona el cuerpo se encuentra en una existencia en la
cual el tiempo ya no cuenta, o simplemente ya no
hay más tiempo, del mismo modo en que tampoco
podría hablarse de espacio y de distancia tal como
los entendemos, puesto que en ese caso se trata de
nociones terrenales. Por ejemplo, si un joven nor-
teamericano muere en Vietnam y piensa en su ma-
dre que reside en Washington, la fuerza de su pen-
samiento atraviesa esos miles de kilómetros y se
encuentra instantáneamente junto a su madre. En
esta segunda etapa ha dejado de existir, pues, la
distancia. Son muchos los seres vivientes que han
experimentado tal fenómeno, que se manifesta-
ba de improviso cuando ellos tomaban conciencia
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de que alguien que vivía lejísimos se encontraba,
sin embargo, muy cerca, junto a ellos. Y al día si-
guiente de ese hecho recibían una llamada telefó-
nica o un telegrama informándoles que la persona
en cuestión había fallecido en un lugar a cientos o
miles de kilómetros de donde ellos se encontra-
ban. Es obvio que estas personas poseen una gran
intuición, pues normalmente no se tiene concien-
cia de tales visitas.
En esta segunda etapa también os dais cuenta
de que ningún ser humano puede morir solo, y
no únicamente porque el muerto pueda visitar a
cualquiera, sino también porque la gente que ha
muerto antes que vosotros y a la que amasteis os
espera siempre. Y puesto que el tiempo no exis-
te, puede ocurrir que alguien que a los veinte
años perdió a su hijo, al morir a los noventa y
nueve puede volver a encontrarlo, aún como un
niño, puesto que para los del otro lado un minu-
to puede tener una duración equiparable a cien
años de nuestro tiempo.
Lo que la Iglesia enseña a los niños pequeños so-
bre su ángel guardián está basado en estos hechos,
ya que está probado que cada ser viene acompa-
ñado por seres espirituales desde su nacimiento
hasta su muerte. Cada hombre tiene tales guías, lo
creáis o no, y el que seáis judío, católico o no ten-
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gáis religión no tiene ninguna importancia. Pues
este amor es incondicional y es por eso que cada
hombre recibe el regalo de un guía. Mis niños pe-
queños los llaman «compañeros de juego» y desde
muy temprano hablan con ellos y son perfecta-
mente conscientes de su presencia. Luego van al
colegio y sus padres les dicen: «Ahora ya eres ma-
yor, ya vas al colegio. No hay que jugar más a esas
chiquilladas.» Así olvida uno que tiene «compa-
ñeros de juego» hasta que llega al lecho de muerte.
De este modo ocurrió con una anciana que al mo-
rir me dijo: «Ahí está de nuevo.» Y sabiendo yo de
lo que ella hablaba, le pedí que me participara lo
que acababa de vivir: «¿Sabe usted?, cuando yo era
pequeña, él siempre estaba conmigo, pero lo había
olvidado completamente.» Al día siguiente moría
contenta de saber que alguien que la había querido
mucho la esperaba de nuevo.
En general sois esperados por la persona a la
que más amáis. Siempre la encontraréis en primer
lugar. En el caso de los niños pequeños, de dos o
tres años por ejemplo, cuyos abuelos, padres y
otros miembros de la familia aún están con vida,
es su ángel de la guarda personal quien general-
mente los acoge; o bien son recibidos por Jesús u
otro personaje religioso. Yo nunca he tenido la ex-
periencia de que un niño protestante, en el mo-
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mento de su muerte, haya visto a María, mientras
que ella es percibida por numerosos niños católi-
cos. Aquí no se trata de una discriminación, sino
de que son esperados en el otro lado por aquellos
que tuvieron para ellos la mayor importancia.
Después de realizar en esta segunda etapa la
integridad del cuerpo y después de haber reen-
contrado a aquellos a los que más se ama, se toma
conciencia de que la muerte no es más que un pa-
saje hacia otra forma de vida. Se han abandonado
las formas físicas terrenales porque ya no se las ne-
cesita, y antes de dejar nuestro cuerpo para tomar
la forma que se tendrá en la eternidad, se pasa por
una fase de transición totalmente marcada por fac-
tores culturales terrestres. Puede tratarse de un
pasaje de un túnel o de un pórtico o de la travesía
de un puente. Como yo soy de origen suizo pude
atravesar una cima alpina llena de flores silvestres.
Cada uno tiene el espacio celestial que se imagina,
y para mí evidentemente, el cielo es Suiza, con sus
montañas y flores silvestres. Pude vivir esta tran-
sición como si estuviese en la cima de los Alpes,
con su gran belleza, cuyas praderas tenían flores
de tantos colores que me hacían el efecto de una
alfombra persa.
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Después, cuando habéis realizado este pasaje,
una luz brilla al final. Y esa luz es más blanca, es
de una claridad absoluta, y a medida que os aproxi-
máis a esta luz, os sentís llenos del amor más
grande, indescriptible e incondicional que os po-
dáis imaginar. No hay palabras para describirlo.
Cuando alguien tiene una experiencia del um-
bral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy
brevemente. Es necesario que vuelva rápidamente
a la tierra, pero cuando uno muere —quiero decir,
morir definitivamente— este contacto entre el ca-
pullo de seda y la mariposa podría compararse al
cordón umbilical («cordón de plata»)* que se rom-
pe. Después ya no es posible volver al cuerpo te-
rrestre, pero de cualquier manera, cuando se ha vis-
to la luz, ya no se quiere volver. Frente a esta luz, os
dais cuenta por primera vez de lo que el hombre
hubiera podido ser. Vivís la comprensión sin jui-
cio, vivís un amor incondicional, indescriptible.
Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o
Dios, Amor o Luz, os dais cuenta de que toda vues-
tra vida aquí abajo no es más que una escuela en la
que debéis aprender ciertas cosas y pasar ciertos
exámenes. Cuando habéis terminado el programa
y lo habéis aprobado, entonces podéis entrar.
* Es también el nombre de la editorial alemana Die Silberschnur.
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Muchos preguntan: «¿Por qué niños tan buenos
deben morir?» La respuesta es sencillamente que
esos niños han aprendido en poco tiempo aquello
que debían aprender. Y según las personas se trata-
rá de cosas diferentes, pero hay algo que cada uno
debe aprender antes de poder volver al lugar de
donde vino, y es el amor incondicional. Cuando lo
aprendáis y lo practiquéis, habréis aprobado el más
importante de los exámenes.
En esta Luz, en presencia de Dios, de Cristo, o
cualquiera que sea el nombre con que se le de-
nomine, debéis mirar toda vuestra vida terrestre,
desde el primero al último día de la muerte.
Volviendo a ver como en una revisión vuestra
propia vida, ya estáis en la tercera etapa. En ella no
disponéis ya de la conciencia presente en la pri-
mera etapa o de esa posibilidad de percepción de
la segunda. Ahora poseéis el conocimiento. Co-
nocéis exactamente cada pensamiento que tuvis-
teis en cada momento de vuestra vida, conocéis
cada acto que hicisteis y cada palabra que pronun-
ciasteis.
Esta posibilidad de recordar no es más que una
ínfima parte de vuestro saber total. Pues en el mo-
mento en que contempléis una vez más toda vues-
tra vida, interpretaréis todas las consecuencias que
han resultado de cada uno de vuestros pensamien-
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tos, de cada una de vuestras palabras y de cada uno
de vuestros actos.
Dios es el amor incondicional. Después de esta
«revisión» de vuestra vida no será a Él a quien vo-
sotros haréis responsable de vuestro destino. Os
daréis cuenta de que erais vosotros mismos vues-
tros peores enemigos, puesto que ahora debéis de
reprocharos el haber dejado pasar tantas ocasio-
nes para crecer. Ahora sabéis que cuando vuestra
casa ardió, que cuando vuestro hijo murió, que
cuando vuestro marido fue herido, o cuando tu-
visteis un ataque de apoplejía, todos estos golpes
de la suerte representaron posibilidades para enri-
quecerse, para crecer. Crecer en comprensión, en
amor, en todo aquello que aún debemos aprender.
Ahora lo lamentáis: «En lugar de haber utilizado
la oportunidad que se me ofrecía, me volví cada
vez más amargo. Mi cólera y también mi negativi-
dad han aumentado...»
Hemos sido creados para una vida sencilla, be-
lla, maravillosa. Y quiero destacar que no sólo en
América hay niños apaleados, maltratados y aban-
donados, sino también en la bella Suiza. Mi mayor
deseo es que veáis la vida de una forma diferente.
Si considerarais la vida desde el punto de vista de la
manera en que hemos sido creados, vosotros no
plantearíais más la cuestión de saber qué vidas se
LA MUERTE UN AMANECER-PM 39 4/6/02, 12:53
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tendría el derecho de prolongar. Nadie pregunta-
ría más si es necesario administrar o no un cóctel
de litio para abreviar el sufrimiento. Morir no debe
significar nunca padecer el dolor. En la actualidad
la medicina cuenta con medios adecuados para
impedir el sufrimiento de los enfermos moribun-
dos. Si ellos no sufren, si están instalados cómoda-
mente, si son cuidados con cariño y si se tiene el
coraje de llevarlos a sus casas —a todos, en la me-
dida de lo posible—, entonces nadie protestará
frente a la muerte.
En el transcurso de los últimos veinte años sola-
mente una persona me ha pedido terminar. Es lo
que nunca he comprendido. Me senté a su lado y
le pregunté: «¿Por qué quiere hacerlo?» Y me ex-
plicó: «Yo no lo quiero, pero mi madre no puede
soportar todo esto; por eso le he prometido pedir
una inyección.» Claro está que hablamos con
la madre y la ayudamos. Se vio que no era la ira la
que le hacía expresar esta petición desesperada,
sino que todo se había vuelto demasiado duro
para ella. Ningún moribundo os pedirá una inyec-
ción si lo cuidáis con amor y si le ayudáis a arreglar
sus problemas pendientes.
Querría subrayar que a menudo el hecho de te-
ner un cáncer es una bendición. No voy a minimi-
zar los males del cáncer, pero quisiera señalar que
LA MUERTE UN AMANECER-PM 40 4/6/02, 12:53 LA MUER
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hay cosas mil veces peores. Tengo enfermos que
sufren esclerosis lateral amiotrófica, es decir, una
enfermedad neurológica en la que la parálisis se
instala progresivamente hasta la nuca. Estos enfer-
mos no pueden ni respirar ni hablar. No sé si os
podéis imaginar lo que significa el estar totalmen-
te paralizado hasta la cabeza. No se puede ni escri-
bir ni hablar ni nada. Si alguien entre vosotros co-
noce a personas afectadas de ese mal, hágamelo
saber, pues tenemos un tablero de palabras que
permite al enfermo comunicarse con vosotros.
Mi deseo es que demostréis a los seres un poco
más de amor. Meditad sobre el hecho de que a las
personas a las que cada año ofrecéis el mejor rega-
lo de Navidad son a menudo aquellas a las que más
teméis o por las que tenéis sentimientos negativos.
¿Os dais cuenta? Yo dudo de que sea útil hacer un
gran regalo a alguien si se le ama incondicional-
mente. Hay veinte millones de niños que mueren
de hambre. Adoptad uno de esos niños y haced re-
galos más pequeños. No olvidéis que hay mucha
pobreza en Europa occidental. Compartid vuestra
riqueza, y cuando vengan las tempestades serán un
regalo que reconoceréis como tal, quizá no ahora,
sino dentro de diez o veinte años, puesto que se os
dará fuerza y se os enseñará cosas que no habríais
aprendido de otra manera. Si, hablando simbólica-
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mente, llegáis a la vida como una piedra sin tallar,
depende de vosotros el que quede completamente
deshecha y destruida o que resulte un reluciente
diamante.
Para terminar quisiera aseguraros que estar senta-
do junto a la cabecera de la cama de los moribundos
es un regalo, y que el morir no es necesariamente un
asunto triste y terrible. Por el contrario, se pueden
vivir cosas maravillosas y encontrar muchísima ter-
nura. Si transmitís a vuestros hijos y a vuestros nie-
tos, así como a los vecinos, lo que habéis aprendi-
do de los moribundos, este mundo será pronto un
nuevo paraíso. Yo pienso que ya es hora de poner
manos a la obra.
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