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Democracia y Virtudes de Atenas

Este documento describe las características de la democracia ateniense, incluyendo que gobierna en favor de la mayoría, que todos tienen iguales derechos y pueden acceder a cargos públicos, y que respetan la libertad de los ciudadanos.

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Este documento describe las características de la democracia ateniense, incluyendo que gobierna en favor de la mayoría, que todos tienen iguales derechos y pueden acceder a cargos públicos, y que respetan la libertad de los ciudadanos.

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4 ESTUDIOS PÚBLICOS

III

Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los


vecinos2; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servi-
mos de modelo para algunos3. En cuanto al nombre, puesto que la adminis-
tración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen
se lo ha llamado democracia4; respecto a las leyes, todos gozan de iguales
derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los
honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los
cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría
social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le
impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de
hacerlo.
Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públi-
cos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con
nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra
molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los
asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo
por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos
a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las
dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que,
aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.

2 Alusión a Esparta, cuya constitución –se decía– era imitación de la de Creta.

El tema de la oposición entre el espíritu espartano y el ateniense reaparecerá, implícita


o explícitamente, en muchos pasajes de este retrato ideal de Atenas que aquí comienza y
que ocupa los cinco capítulos centrales del discurso, desde el III al VII.
3 Probablemente alude a Roma, que algunos años antes había enviado emisarios

a Atenas con el propósito de aprender de su desenvolvimiento cívico.


4 Desde antiguo, al parecer, llamó la atención esta definición de democracia, y

ya un par de manuscritos medievales corrigieron el texto griego tradicionalmente trans-


mitido, cambiando oikeîn por hékein, de modo de hacerlo decir: “...puesto que la admi-
nistración está en manos de (en vez de: se ejerce en favor de) la mayoría y no de unos
pocos...”. La corrección satisface también, ciertamente, las expectativas del lector de
hoy, y muchos traductores modernos la han acogido. Me parece claro, sin embargo, que
no se trata sino de una fácil y hasta anacrónica acomodación del original, desautorizada
por la lectura de los principales manuscritos. Al caracterizar el régimen democrático
como aquel en que se gobierna en el interés de la mayoría y no de unos pocos, Pericles
(o Tucídides) no hace sino –con cierta ingenuidad, es cierto– afirmar que los gobiernos
favorecen básicamente a quienes lo ejercen. Y en esto, la propia historia de Atenas lo
respaldaba. No debemos olvidar, además, que estamos ante un texto constituyente,
instaurador, donde la reflexión política está recién dando sus primeros pasos. ¡Si hasta la
palabra misma democracia no tenía entonces medio siglo de vida todavía!
TUCIDIDES 5

IV

Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos procu-


rado a nuestro espíritu una serie de recreaciones. No sólo tenemos, en
efecto, certámenes públicos y celebraciones religiosas repartidos a lo largo
de todo el año, sino que también gozamos individualmente de un digno y
satisfactorio bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la melan-
colía. Y gracias al elevado número de sus habitantes, nuestra ciudad impor-
ta desde todo el mundo toda clase de bienes, de manera que los que ella
produce para nuestro provecho no son, en rigor, más nuestros que los
foráneos5.

A nuestros enemigos les llevamos ventaja también en cuanto al


adiestramiento en las artes de la guerra, ya que mantenemos siempre abier-
tas las puertas de nuestra ciudad y jamás recurrimos a la expulsión de los
extranjeros para impedir que se conozca o se presencie algo que, por no
hallarse oculto, bien podría a un enemigo resultarle de provecho observar-
lo6. Y es que, más que en los armamentos y estratagemas, confiamos en la
fortaleza de alma con que naturalmente acometemos nuestras empresas. Y
en cuanto a la educación, mientras ellos procuran adquirir coraje realizando
desde muy jóvenes una ardua ejercitación, nosotros, aunque vivimos más
regaladamente, podemos afrontar peligros no menores que ellos7.
Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la compañía de
otros sus expediciones militares contra nuestro territorio, sino junto a todos
sus aliados; nosotros, en cambio, aun invadiendo solos tierra enemiga y
combatiendo en suelo extraño contra quienes defienden lo suyo, la mayor
parte de las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Además, ninguno
de nuestros enemigos se ha topado jamás en el campo de batalla con todas
nuestras fuerzas reunidas, pues simultáneamente debemos atender la man-
tención de nuestra flota y, en tierra, el envío de nuestra gente a diversos
lugares. Sin embargo, cada vez que en algún lugar ellos se trenzan en lucha
con una facción de los nuestros y resultan vencedores, se ufanan de haber-

5 En Esparta, por el contrario, la posesión de riquezas estaba oficialmente


prohibida.
6 Alusión a Esparta, que no tenía metecos, esto es, colonos o extranjeros

naturalizados. En Esparta, tradicionalmente xenófoba, los extranjeros permanecían


como tales, y podían ser desterrados al arbitrio de los éforos.
7 La disciplina espartana en la educación de los jóvenes era proverbial.
6 ESTUDIOS PÚBLICOS

nos rechazado a todos, aunque sólo han vencido a algunos; y si salen


derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo cierto
es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con serenidad
antes que habiéndonos preparado con arduos ejercicios, ayudados más por
la valentía de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas, les llevamos
la ventaja de que no nos angustiamos de antemano por las penurias futuras,
y, cuando nos toca enfrentarlas, no demostramos menos valor que ellos
viven en permanente fatiga.
Pero no sólo por éstas, sino también por otras cualidades nuestra
ciudad merece ser admirada.

VI

En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos


el saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportuni-
dad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a
la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no
esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simul-
táneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de
que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias
políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que
por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad.
Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a dere-
cho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción
sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes
de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque también nos diferen-
ciamos de los demás en que podemos ser muy osados y, al mismo tiempo,
examinar cuidadosamente las acciones que estamos por emprender; en este
aspecto, en cambio, para los otros la audacia es producto de su ignorancia,
y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia pueden ser reputados como
los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padeci-
mientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros.
También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayoría
de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prestándolos, que
nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad
más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda
de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues
sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará mere-
cedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda. Somos
TUCIDIDES 7

los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nues-
tra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera8.

VII

Para abreviar, diré que nuestra ciudad, tomada en su conjunto, es


norma para toda Grecia, y que, individualmente, un mismo hombre de los
nuestros se basta para enfrentar las más diversas situaciones, y lo hace con
gracia y con la mayor destreza. Y que estas palabras no son un ocasional
alarde retórico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío mismo
que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a estas cualidades. Ella, en efecto,
es la única de las actuales que, puesta a prueba, supera su propia reputa-
ción; es la única cuya victoria, el agresor vencido, dada la superioridad de
los causantes de su desgracia, acepta con resignación; es la única, en fin,
que no les da motivo a sus súbditos para alegar que están inmerecidamente
bajo su yugo.
Nuestro poderío, pues, es manifiesto para todos, y está ciertamente
más que probado. No sólo somos motivo de admiración para nuestros con-
temporáneos, sino que lo seremos también para los que han de venir des-
pués. No necesitamos ni a un Homero que haga nuestro panegírico, ni a
ningún otro que venga a darnos momentáneamente en el gusto con sus
versos, y cuyas ficciones resulten luego desbaratadas por la verdad de los
hechos. Por todos los mares y por todas las tierras se ha abierto camino
nuestro coraje, dejando aquí y allá, para bien o para mal, imperecederos
recuerdos.
Combatiendo por tal ciudad y resistiéndose a perderla es que estos
hombres entregamos notablemente sus vidas; justo es, por tanto, que cada
uno de quienes les hemos sobrevivido anhele también bregar por ella.

VIII

La razón por la que me he referido con tanto detalle a asuntos con-


cernientes a la ciudad, no ha sido otra que para haceros ver que no estamos
luchando por algo equivalente a aquello por lo que luchan quienes en modo
alguno gozan de bienes semejantes a los nuestros y, asimismo, para darle
un claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor hablo en esta
ocasión.

8 Un bello capítulo sobre esta materia nos ofrece Arístóteles en su Etica a

Nicómaco, IX, 7.

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