Libro II
Este libro empieza con la retirada de Trasímaco de la discusión ya que no soporta verse humillado en público por los juegos dialécticos
de Sócrates. Glaucón pide a Sócrates que haga un análisis serio de si la vida del justo es más o menos feliz que la del injusto. También le
exige que deje a un lado las trampas sofistas para irritar a jóvenes soberbios como Trasímaco. Glaucón quería seguir explorando el
termino de justicia para tenerlo bien claro.
Glaucón empieza a dar las preguntas y Sócrates responde:
¿Crees que existe una clase de bienes a los que aspiramos no por los efectos que se producen, sino que por sí mismos? Sí.
Lo que quiere decir Glaucón, es que hay bienes que producen un efecto de goce al experimentarlos; por ejemplo, la alegría.
Sigue:
¿Crees que existen bienes que gozamos por lo que son en sí mismos y por sus resultados? Sí.
Glaucón se refiere al buen discernimiento, a la vista o a la salud. Existen una tercera clase de bienes que son penosos, pero necesario de
hacerlo. Solo queremos estos bienes por sus resultados. Glaucón se refiere a la gimnasia, los cuidados del médico y el ejercicio de la
medicina. Glaucón le pregunta a Sócrates en cuál de estos bienes se encuentra la justicia. Sócrates responde que en la segunda clase de
bienes; los que aspiramos por lo que son en sí mismos y también por sus beneficios.
Sin embargo, Glaucón dice que esa no es precisamente la opinión del vulgo; en cambio, dice que el vulgo considera a la justicia en la
tercera clase de bienes es decir, esos bienes que son penosos pero que nos reportan beneficios. Además, dice que debido a la dificultad
de lograr la justicia, el vulgo no prefiere este tipo de bienes.
Sócrates sabe muy bien que ésta es la opinión del vulgo y además es la opinión de Trasímaco; sin embargo, no quiere dejarse convencer
por esos argumentos.
Glaucón manifiesta que no se vio convencido después de la discusión con Trasímaco y decide llevar a cabo el tema de la naturaleza de la
justicia. Estas son las intenciones de Glaucón.
Volver a soportar el argumento de Trasímaco en cuanto a la injusticia.
Los que practican la justicia lo hacen en contra de su voluntad (como algo necesario y no como un bien).
La vida del hombre injusto es mejor que la del justo.
Glaucón expresa que quisiera creer en la justicia, pero no puede verse convencido con esos argumentos. Sócrates acepta el tema y
plantean resolver las dudas. Glaucón comienza a redactar sus primeras premisas.
Incurrir en injusticias se considera un bien y sufrirla un mal.
La injusticia se encuentra en el medio del mayor bien que es la injusticia, y el mayor mal que consiste en sufrir la injusticia.
De este modo, la justicia no sería apreciada como un bien, sino más bien la incapacidad del hombre para hacer actos injustos.
Posteriormente Glaucón comienza a relatar la leyenda de Giges:
Tras este relato, dice que si existieran dos anillos, y cada uno se pusiera el anillo, ninguno de los dos podría perseverar en la justicia y
caería en la misma ambición que en el relato. Según Glaucón, nadie podría resistir la tentación de la injusticia ni siquiera el hombre más
justo, así, la justicia no podría ser una virtud personal debido a que si se presenta una oportunidad de cometer injusticia, el hombre la
aprovechará.
Glaucón plantea examinar las diferencias del hombre justo y del injusto. Para esto, se establece que cada uno de estos hombres
representa su característica perfectamente, es decir, el injusto es perfectamente injusto mientras que el hombre justo es
perfectamente justo.
El hombre injusto:
Debe cometer las más perfectas injusticias pasando inadvertido y parecer justo cuando no lo es. Debe poder persuadir a todo el mundo
con sus palabras y que tenga una intachable reputación de bondad ya que puede simularla perfectamente.
El hombre justo:
A este hombre debemos quitarle todo lo que vimos en el hombre injusto y solo dejarle con la justicia. Tampoco con la bondad y demás
cosas para no pensar que es justo solo por interés. Solo tener la justicia y que además, sin haber cometido la menor falta, se le trate
como el peor de los criminales y así hasta el final de sus tiempos.
De esta forma, el hombre injusto sería más beneficiado que el justo quien sufriría toda su vida. Glaucón asegura que solo el hombre
debe parecer ser justo y no serlo porque si es así, se verá encerrado en una vida desdichada.
Cuando Glaucón termina con su argumento, Sócrates se dispone a contestar pero Adimanto, hermano de Glaucón, interviene para
formar parte de la conversación.
Adimanto toma parte de la conversación y defiende a Sócrates. El argumento está basado en la religión griega de la epoca. Adimanto
dice que a los hombres injustos una vez muertos, van a parar al Hades mientras que los que practican la justicia y la bondad tendrán la
recompensa divina y además tendrán una gran descendencia a partir de los hijos de sus hijos.
Además dice que lo que está en favor de la justicia, es mucho más difícil y penosa de practicar mientras que la injusticia, que refiere a la
licencia y la injusticia, es mucho más agradable y fácil de practicar y son vergonzosas solo porque la opinión pública lo establece así.
Adimanto sigue añadiendo el argumento de los dioses. Se argumenta que la apariencia del hombre injusto vence la realidad en la que
todos lo ven, puesto que todos creen que el hombre injusto puede ser bondadoso si simula esa apariencia. Es verdad en todo caso, que
a la furia de los dioses se puede clamar a través de los sacrificios, en realidad si los dioses existieran, poco interés tendrían de
preocuparse de las cosas humanas y de su existencia solo nos la dan los relatos de Homero y Hesíodo. Nada sabemos hasta que
hayamos muerto. Sigue tratando de convencer a Sócrates de que la justicia es menos provechosa que la injusticia y que ésta es buena
en casi todos los aspectos.
Sócrates queda impresionado por los argumentos de los hermanos y les da las gracias por sus defensas; pero, afirma que será un difícil
defender la justicia, ya que ambos dos se empeñan en afirmar el argumento de Trasímaco. Sin importar, Sócrates prefiere la justicia y
no se rendirá en defenderla.
Entonces, Sócrates, para hacerlo quiere ampliar el concepto de justicia a la ciudad, es decir, defender el concepto de justicia que fue
abollada por los hermanos, a través de la descripción de la ciudad.
Adimanto y Glaucón acceden al planteamiento de Sócrates.
Socrates dice que la ciudad nace de la necesidad de establecer relaciones humanas y de la incapacidad de ser autosuficiente. Además,
el cambio que surge en una ciudad, también es en beneficio de los hombres. Los elementos más importantes para la ciudad en orden
de prioridad son:
La provisión de alimentos - La habitación - Los vestidos y cosas similares
Sócrates les dice que estos recursos tendrán que ser distribuidos por hombres con ciertas profesiones. Así, cada hombre está ocupado
en una de estas profesiones. Cada hombre cumple una función específica en la ciudad, ya que todos los hombres tienen diferencias
innatas.
Adimanto y Glaucón aceptan ésta propuesta acordada por Sócrates. Continúa Sócrates preguntando y Adimanto y Glaucón contestan:
¿Trabajaría mejor una persona dedicándose a varios trabajos o solamente a uno? A uno solo.
Por supuesto, dice Sócrates, de esta manera las cosas producidas serán de mucha mayor calidad al dedicarse cada hombre a
componerla.
Ahora, si un labriego quisiera calidad al construir un arado, necesitaría de algunos hombres más.
De este modo, la ciudad crece y se establecen asociaciones entre los hombres para emprender un proyecto. Así, se forma la ciudad.
Si hubiera algo que faltara en la ciudad, se tendría que recurrir a los pueblos vecinos e intercambiar objetos.
Será necesario no solamente hacer bienes que convengan a los ciudadanos, sino también hacer bienes para ocupar estos en el
intercambio con otras ciudades.
En éste momento empieza el análisis de la ciudad en cuanto a sus integrantes y la labor de cada uno de ellos, pero antes, Sócrates hace
preguntas para introducir el tema mientras que Adimanto responde.
¿Cómo intercambiaran entre sí las cosas que cada uno produzca? Por medio de la compra y la venta.
Entonces se tendrá que crear un mercado (ágora) y una moneda que sea un símbolo que permita los intercambios.
Adimanto responde afirmativamente a Sócrates por el momento.
Existe otro tipo de comerciante quien se caracteriza por su vigor y fuerza, y es quien intercambia su fuerza de trabajo por dinero. Estos
son los asalariados.
Sócrates comenta que los hombres que vivan en esta ciudad tendrán que hacer actividades para tener un sueldo y luego para utilizarlo.
Estos ciudadanos no harán más que trabajar y descansar dándose banquetes y todo tipo de alimentos para seguir viviendo.
Glaucón dice que los ciudadanos no solo necesitan de alimentos para esta mejor, sino que también necesitan un lugar donde comerlos.
Sócrates contesta que el mobiliario también está entre las necesidades de una ciudad. Pero que sin embargo, existen también otras
necesidades y es por esto que Sócrates plantea la idea que una enfermedad ataque la ciudad.
En cuanto la ciudad se agrande más, se necesitaran nuevas profesiones para ocupar el territorio. Necesitaran más médicos,
empresarios, músicos, poetas, preceptores o nodrizas, además de los que ya tenían.
Ya que aparecerian más ciudadanos, la capacidad de este para la población será insuficiente.
Sócrates pregunta y Glaucón responde.
Si no tenemos ese espacio ¿Deberemos tratar de obtener el del enemigo y el hará lo mismo en la misma situación? Sí.
¿Tendremos que librar una guerra entonces con ellos? Necesariamente.
Sócrates le dice que la ciudad necesitará de un espacio para formar tal ejercito e ir al combate por ese territorio necesitado. Pregunta y
Glaucón responde:
El hecho de ganar una guerra ¿Estaría relacionado con el arte? Desde luego.
¿Merece más atención el oficio de zapatero que el de militar? No.
Se advierte que no debe ser posible que un zapatero desempeñe múltiples cargos, sino solamente los que él pueda desempeñar según
su profesión. Es por esto que se necesitan ejércitos y que estos solo hagan lo que es concerniente a ellos.
Estos ejércitos constan de guardianes y estos guardianes deben estar absolutamente dedicados al oficio de la guerra y no en otro.
¿Pero, no habrá de tener este guardián un modo de ser para ésta ocupación? Sí.
Los atributos apropiados del guardián serían:
Sentidos agudos - Velocidad - Vigor a la hora de pelear - Fogosidad en el alma
No obstante, Sócrates dice que esto sería un problema. Ya que si los guardianes tuvieran todas estas características, se pelarían entre
ellos y además con los ciudadanos. Entonces afirma que los guardianes deben ser también amables con el amigo, pero fieros con el
enemigo.
Sócrates se encuentra en un problema, pero al poco pensarlo da un ejemplo sobre los perros.
Los perros se muestran hostiles contra el enemigo y amables con la familia y el amo; por lo tanto, lo que se persigue puede
ser posible en los hombres también.
Sócrates considera que el guardián además de ser fogoso, debe ser un filósofo por naturaleza. Glaucón se encuentra confundido ante la
afirmación. Entonces, Sócrates le dice y el responde
¿No es verdad que los perros al ver al enemigo se muestran fieros incluso sin haber sufrido daño alguno de éste? Sí.
Es aquí donde se ve el verdadero sentido natural y filosófico que tienen los perros.
Los perros no solo distinguen a un enemigo o un amigo por ser conocidos o no. Se muestran como verdaderos amigos de la
filosofía, ya que pueden delimitar lo ajeno y lo familiar por sus sentidos.
Es decir, el guardián debe reconocer quien es el enemigo y quien es el amigo, para eso, tiene que ser un filósofo. Entonces, además de
todos los atributos anteriormente mencionados, se les debe adjudicar el de filósofos.
Continuando, Sócrates, comienza a realizar las preguntas sobre la educación de los guardianes.
¿Sera buena forma empezar por la gimnasia y la música? Sí.
¿Empezaremos a educarlos por la música o por la gimnasia? Por la música.
¿Deben incluirse las fábulas en la música? Sí
¿Debemos empezar por las verdaderas o por las falsas? Si son niños por las falsas.
Sócrates no tenía una buena opinión de relatos como ''la Ilíada'' o ''Teogonía'' llamándoles de falsas narraciones. Sócrates advierte a
Adimanto que sería peligroso enseñar este tipo de cuentos a la juventud, ya que sería terrible que los jóvenes se enteraran que hasta
los dioses tienen disensiones y conspiran entre sí para lograr sus fines. Las fábulas deben llevar al joven hacia la virtud.
Adimanto acepta todo esto de buena forma, pero se pregunta cuáles serían las fábulas adecuadas de las que habla Sócrates. Y Sócrates
le contesta, que serían adecuadas ellas donde muestren a los dioses tal cuales son: como divinidades; es decir, sin maldad ni vicio.
Entonces Sócrates y Adimanto están de acuerdo en censurar estas leyendas y mitos poéticos que alientan a ver a los dioses con vicios y
defectos siendo que son divinidades. En esta ciudad no se deben promover esta clase de mitos; nadie debe escucharlos por ningún
motivo.Por otro lado, tampoco se debe mostrar a la divinidad como alguien que cambia constantemente y se confunde con los seres
humanos. El alma siempre es la misma y nunca cambia, es por esto que es divina, todo lo que no cambie de su forma prístina, será un
alma divina y buena.
Siguiendo, Sócrates pregunta y Adimanto contesta:
¿Se deberán estas transformaciones divinas a su propia voluntad? Sí.
¿Se transformarían para embellecerse o empeorar? Para empeorar, ya que la divinidad es perfecta y el humano no lo es.
¿Y el hombre en su condición querrá empeorar en alguna ocasión? Imposible.
Entonces, imposible es que la divinidad quiera empeorar también. No necesitan empeorar para ayudar a los humanos debido a que
ellos ya son perfectos.
Con ésta conclusión, Sócrates le pide no dejarse engañar por estos poetas que dicen que las divinidades se transforman en humanos;
por ejemplo, la diosa Hera cuando se transforma en Sacerdotisa para ayudar a unos indigentes.
Podríamos pensar que los dioses nos engañan y en realidad se transforman tan solo pro engañarnos, pero el engaño es aliado de la
mentira y los dioses y los hombres aborrecen la mentira.
Finalmente, una vez acordado que las mentiras son aborrecidas por el hombre y por los dioses, se comienza a examinar la mentira.
La mentira puede llegar a ser útil para engañar al enemigo sobre alguna estrategia que tomara su contrincante.
¿Necesitará la divinidad recurrir a la mentira para engañar a sus enemigos? En absoluto.