TF Ficha 2-1
TF Ficha 2-1
3. LA REVELACION EN LA HISTORIA
La cualidad fundamental de la autocomunicación divina es la libertad.
Concepción de Historia: Griega. La naturaleza está regida por leyes inmanentes que establecen
una necesidad en lo que acaece, se mueve en un tiempo ordenado en ciclos: lo que ha sucedido,
volverá a suceder, la novedad no es posible. A este nivel no es posible el viraje de una voluntad
que ama. Ese destino reduce a los individuos a momentos pasajeros de un todo que permanece.
Concepción judeo-cristiana: está regida por la libertad y el amor de Dios. El tiempo en el que la
revelación tiene lugar, no es un tiempo mítico ni el instante intemporal en el que el sujeto logra
abstraer de todo lo que le rodea, sino el tiempo real que hace posible la libertad; no es cíclica,
sino lineal: el tiempo tuvo un origen y se dirige hacia su culminación. El verdadero cambio, sólo
se dan cuando hay libertad. En esa historia se inserta la autocomunicación de Dios a los hombres.
Dios interviene en la historia como actor, dando lugar a una historia de la revelación que se
inserta en la historia humana pero no se confunde con ella.
Dios ha intervenido en la historia, en lugares y tiempos determinados. Algunos oponen que de
ser así, la salvación sería ofrecida a algunos hombres solamente, proponen como algo necesario
para poder mantener la voluntad salvífica universal de Dios que se reconozca a toda la historia un
valor salvífico de orden transcendental. En Dei Verbum esta propuesta no encuentra apoyo. El
concilio se refiere en primer lugar al “testimonio perenne de sí mismo en las cosas creadas” que
Dios da en la creación y conservación (DV 3). Dios se manifestó personalmente desde el
principio a los primeros padres. Después de la caída, alentó en ellos la esperanza de la salvación.
La acción de Dios es doble: respecto al género humano: “un cuidado incesante…para dar la vida
eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr. Rom 2,6-
7)” (DV 3); en cuanto a la “promesa de redención”, comienza a ser una realidad que se va
realizando por medio del pueblo de Israel, al que Dios elige y mediante el cual actúa en la
historia y da a conocer su plan de salvación.
3.1. Revelación primitiva
La revelación histórica comienza propiamente con la vocación de Abraham (Gen 12). Los relatos
anteriores (Gen 1-11) forman la revelación de los orígenes, una “protología”.
Revelación primitiva: aparece en el lenguaje teológico del siglo XIX. Se trataba de responder a
cuestiones diversas: (1) la situación del hombre ante legem, en el tiempo anterior a la revelación
histórica al pueblo de Israel. La respuesta era que el hombre había recibido desde el principio una
revelación que le introducía en el horizonte de la salvación. Revelación primitiva que estaría en
el origen de todas las religiones. El tradicionalismo utilizó el concepto de revelación primitiva:
medio de conocer a Dios una vez que se negaba a la razón la capacidad del conocimiento natural
de Dios. La revelación primitiva transmitida por tradición sería el origen de todo conocimiento
posible de Dios: un saber de Dios a través de Dios.
El magisterio de la Iglesia no se ha pronunciado nunca sobre la revelación primitiva como tal.
Ha reprobado la doctrina tradicionalista (D.2751/1622, contra Bautain). A partir de Dei Verbum
3 se podría admitir el concepto de revelación primitiva como una descripción fenomenológica de
la revelación proto-histórica.
3.2. La revelación en Israel.
Comienza con Abraham. A partir de él, todo el Antiguo Testamento recoge las relaciones de
Dios con el pueblo que se origina en el patriarca, las palabras y los hechos que enseñan y salvan
al pueblo.
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3.2.1. Abraham
Abram, como se llamaba originariamente, habitaba en Ur de Caldea. A Abram se dirige Dios de
un modo insospechado para encomendarle una misión. “Yahvé dijo a Abram: 'Sal de tu tierra y
de tu patria y de la casa de tu padre y vete a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación
grande y te bendeciré” (Gen 12,1-2).
La revelación a Abram comienza de una forma apelativa, como una vocación acompañada de una
promesa. Yahvé pide algo, pero sobre todo pide que se confíe en El, que se crea que El cumplirá
sus promesas, por irrealizables que parezcan (la descendencia de un hombre anciano y una mujer
estéril). Abram responde con fe: marcha de su tierra (Gen 12,4), y cree la promesa recibida de
Dios (Gen 15,6).
No es una mera revelación de conocimientos, sino que se revela una promesa cuyo correlato es la
obediencia de la fe. De la revelación a Abraham nace el Pueblo de Israel, el Pueblo de Dios. Dios
sella la constitución del Pueblo con una Alianza cuyo contenido es una relación de fidelidad:
Dios será siempre fiel a su promesa, y a cambio exige que el Pueblo le reconozca como único
Dios (Gen 17,3-8). La revelación de Dios se muestra inseparablemente unida a la salvación: el
Dios que se revela es un Dios salvador (Gen 15,14-16).
“Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gen 12,3). La elección de Israel es, de esta
manera, el comienzo de un cuidado más intenso de todas las naciones. Destino universal de la
bendición de Dios.
3.2.2. Moisés
La llamada de Moisés en Egipto, en la época del faraón Ramsés II (1298-1225 a.C.). Dios se
manifiesta a Moisés para cumplir la Alianza hecha con el Pueblo. La ocasión es la esclavitud y
el aniquilamiento a que están siendo sometidos los israelitas en Egipto.
En la teofanía de la zarza ardiendo (Ex 3), Dios se revela a Moisés como el Dios vivo de la
historia: el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (Ex 3,6; 6,3), el Dios de la Alianza que va a
cumplirla con su brazo poderoso; y al mismo tiempo se revela por primera vez como Yahwé,
como El que es, sin restricción alguna (“Yo soy el que soy”; “Yo soy” me ha enviado a
vosotros»: Ex 3,14, Cfr. Ex 6,3). A la revelación de Dios le acompaña la llamada a Moisés, el
envío para cumplir una misión: “Yo te envío a Faraón para que saques a mi pueblo” (Ex 3,10).
La acción salvadora y reveladora de Dios se muestra con las palabras y las acciones. Estos
hechos son, por un lado, cumplimiento de la promesa inicial, pero por otro, no son el
cumplimiento definitivo, sino sólo su figura.
En el Sinaí, Dios confirma solemnemente la Alianza con Israel y determina los contenidos en los
que la fidelidad del Pueblo se debe expresar: “las diez palabras”, la Torah (Ex 20-24). A partir de
ese momento, Dios quiere habitar en medio de su Pueblo (el Arca de la Alianza).
Respuesta del Pueblo: a la Alianza no está exenta de vaivenes (Ex 32). Las acciones prodigiosas
y positivas de Dios junto con sus palabras actúan haciendo superar al pueblo la tensión que
experimentaba entre la llamada de Dios y la tendencia a asimilarse con otros pueblos con los que
se mezcló. Esa asimilación no es siempre condenada por Yahwé.
3.2.3. El profetismo
Monarquía: Yahwé sigue siendo el único Dios y Señor de Israel, pero su gobierno se realiza a
través de un mediador —el rey— que dirige al Pueblo de parte de Dios. El rey tiene una
particular relación con Dios. Tiene lugar la construcción del Templo, fenómeno histórico del que
se sirve Yahwé para conducir al Pueblo hacia un sentido más pleno de su presencia y del culto
que se le debe.
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Las tentaciones de los reyes de Israel son el olvido, la apostasía y la infidelidad a la Alianza.
Dios decide poner fin a Israel como pueblo. Hacia el año 600 a.C. Israel es deportado a
Babilonia. Es en este momento cuando el profetismo adquiere toda su importancia.
La revelación de Dios por los profetas comienza con la llamada de los mismos profetas por parte
de Yahvé: El le ha hablado y confiado su palabra, para que la transmita e interprete ante los
hombres. Experimenta la acción de la palabra de Dios, que tiene eficacia exterior. Es la boca de
Yahvé (Jer 15,19), a través de la cual Dios proclama su mensaje a los hombres. El profeta es
también alguien que ve (“vidente”). Interpreta la historia reclamando al pueblo la fidelidad a la
Alianza.
Época del destierro: la voz de los profetas se hace clamor, desvelan el sentido de los
acontecimientos (su infidelidad). Sin embargo, Dios sigue siendo fiel a la Alianza también en el
destierro, de forma que existe una continuidad misteriosa entre las promesas hechas a Abraham y
la situación de opresión, porque Yahvé no ha retirado su promesa. El pueblo debe prepararse para
la venida del Mesías, Yahvé hará una nueva alianza en el interior del hombre y alcanzará a todos
los pueblos. (Is 19,19 ss; 55,3; sobre todo Jer 31,31-34).
Profetas falsos: dicen hablar en nombre de Yahvé, pero hablan en realidad en nombre propio
porque no poseen la palabra de Dios, que no se ha dirigido a ellos. El profeta verdadero es el que
ha tenido la experiencia de la vocación y ha recibido la obligación de hablar y actuar en nombre
de Dios, que se ha cumplido lo anunciado (Jer 28,9-15), la coherencia entre su vida y su palabra,
la obediencia a las experiencias de Dios.
3.2.4. La revelación del Antiguo Testamento.
Características:
a) La revelación del Antiguo Testamento la revelación de la promesa. La revelación-promesa
hace que lo pasado sea signo de lo que va a venir, de lo que llegará con el Nuevo Testamento,
en la plenitud de los tiempos, se dará la culminación y plenitud de la revelación
veterotestamentaria. Lo que en el Antiguo Testamento se anuncia, promete y prepara es la
manifestación y salvación definitiva de Dios a los hombres. Las realidades más significativas
de Israel (la Alianza, la Pascua, los reyes, el Templo, el Libertador, etc.) son figuras de una
novedad definitiva que encerrará el contenido de todas ellas. De esta manera, se declara
también el carácter progresivo de la revelación. Dios nos comunica su verdad y salvación
progresivamente.
b) Aunque la revelación a Israel sea revelación de la promesa, es verdadera revelación de Dios.
Dios se da a conocer como Señor (El Sadday), único Dios, ser vivo que escucha, Creador de
cielo y tierra, Santo de Israel, Señor de la Historia y Salvador. Particularmente, Dios se da a
conocer como Dios glorioso.
c) La revelación es histórica. Dios interviene en la historia a través de los hechos. El crea la
historia, actúa en ella y se sirve de los hechos de los hombres para su plan de revelación. Es en
la historia donde se dan las realizaciones parciales, o un cierto cumplimiento de las promesas,
que son así confirmadas. Pero al mismo tiempo, introduce un nuevo elemento de tensión hacia
el futuro. Cumplimiento y al mismo tiempo expectación son los elementos de la experiencia
reveladora y salvadora de Israel.
d) La revelación de Dios en el Antiguo Testamento llega al Pueblo a través de mediadores
(profetas), que hablan las palabras de Dios a los hombres, son también los abogados de los
hombres ante Dios.
e) El Antiguo Testamento conoce una revelación de Dios que se da a conocer a todo hombre a
través de la creación y del sentido moral.
3.3. Cristo, plenitud de la revelación
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Cristo completa la revelación y confirma la salvación del pecado y de la muerte.
Dei Verbum habla de un re-centramiento teologal de la revelación (es trinitario). La revelación es
el encuentro con el misterio de Dios vivo que se entrega y se da a conocer a los hombres. Es el
Padre que en el Espíritu se revela por el Hijo: “Por Cristo, la Palabra hecha carne, en el Espíritu
Santo, tiene acceso al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina” (Dei Verbum 2). La
autocomunicación de Dios acaba abriendo el misterio íntimo de Dios (intima Dei: DV 4).
3.3.1. Cristo revelador y plenitud de la revelación
Según R. Bultmann, Jesús es el revelador de Dios, pero no la revelación. Esa afirmación se
enlaza con la propuesta de que es posible conocer sólo el hecho de que hay revelación (dass)
pero no el contenido de la misma revelación (was).
Concilio: Cristo es “al mismo tiempo mediador y plenitud de toda la revelación” (Dei Verbum
2), es decir revelador y revelación de Dios al mismo tiempo y necesariamente. Partiendo de que
Jesucristo pertenece a Dios y a los hombres, es posible abordar la revelación de Dios que Él es
tomando en cuenta tanto su carácter de mediador (forma de la revelación) como de plenitud de la
revelación (contenido de la revelación).
[Link]. Cristo mediador
Afirmación fundamental: Cristo es el revelador de Dios, mediador prefecto de la revelación
puesto que como Verbo de Dios que se ha encarnado es Dios eterno y hombre perfecto; realiza
las obras de Dios; habla de lo que ha visto; conoce a Dios y sabe lo que hay en el hombre.
Revelación veterotestamentaria: parece excluir en principio una revelación del Dios Trino ya
que afirma que Yahvé es único y uno. La respuesta la da el Nuevo Testamento: Cristo, el Hijo de
Dios, es el “Tú” eterno del Padre, los hombres son en Cristo “tú” de Dios. La revelación cuyo
Mediador es Jesucristo presenta una forma trinitaria, tiene lugar como revelación de tal modo
que aparece claro que la Trinidad, además de contenido, es principio formal de la misma
revelación.
Principio formal de la revelación: expresa su condición de inteligibilidad y exige, al mismo
tiempo, una cierta analogía entre la estructura de la revelación y la estructura del espíritu
humano. Cristo, revelador de Dios, mediador de la revelación, es la síntesis en la que confluyen
el misterio y la inteligibilidad de Dios. Él es Palabra significativa para los hombres porque siendo
“hombre enviado a los hombres” (Dei Verbum 4).
La analogía entre la estructura de la revelación y la estructura del espíritu humano ha dado
lugar a algunos intentos de deducción racional de la revelación:
Hegel: La revelación —manifestarse de Sí mismo a Sí mismo— es un momento necesario de la
vida de Dios en cuanto Espíritu. Es el proceder necesario del Espíritu conocido a partir del
Espíritu cognoscente, es decir, del Hijo a partir del Padre que se conoce a Sí mismo al dar su
ser al Hijo, en una asunción dialéctica de dos momentos: del Espíritu en Sí y el Espíritu para
Sí. La revelación, en consecuencia, anula el misterio.
La mediación reveladora de Cristo exige mantener la transcendencia de Dios sobre el mundo,
incluida, por tanto, la transcendencia de Cristo. El misterio de Dios es la fuente inagotable de
revelación, su condición de manifestación en la historia y la garantía de su culminación
escatológica; es el misterio del Padre que excede siempre a su revelación; nunca puede anularse
como Deus absconditus para ser Deus revelatus.
Desde fuera de Dios no hay acceso a la profundidad de su misterio, sólo se abren desde dentro,
por su Hijo. Por Cristo la invisibilidad del Padre se hace visible. La Palabra de Dios no es una
palabra que simplemente sale de Dios sino que sale y retorna a Dios, entrando en la historia. En
Cristo, el misterio se abre y se comunica pero sin dejar de ser misterio.
[Link]. Cristo, revelación plena de Dios
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Punto de vista formal: Entre revelación y misterio existen tensión dialéctica. Punto de vista del
contenido: la revelación es revelación del misterio, autocomunicación que el Padre hace del
misterio del propio ser.
El misterio que Dios da a conocer: “misterio de su voluntad” (Ef 1,9), designio salvador de Dios
que nos predestina a ser sus hijos por Jesucristo (Cfr. Ef 1,14). No es otro que el “misterio de
Cristo” (Ef 3,4). En Cristo, Dios se da a conocer como Padre y salvador. La revelación del amor
de Dios en Cristo es ya salvadora, su verdad es verdad salvífica. La respuesta a esa revelación es
la aceptación de Cristo, no sólo de una doctrina, sino del misterio de Dios que llama a participar
en su propia vida divina.
Cristo revela al Padre en cuanto que es el Hijo y el Verbo eterno. Es auténtica revelación de Dios:
en cuanto Hijo, Cristo es la gloria de Dios; en cuanto Verbo, su verdad.
Cristo-Hijo: En S. Juan se expone el modo como el Hijo es la revelación del Padre: “Si me
conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre” (Jn 8,25); o “el Padre y yo somos una misma
cosa” (Jn 10,30); o finalmente, “quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14,9). El texto más claro es Jn
17.
Jn 17: Jesús ha dado a conocer a sus discípulos el Nombre del Padre (Jn 17,6), y lo ha dado a
conocer a través de Sí mismo. La manifestación del Nombre del Padre es la misma persona de
Cristo que equivale a glorificar al Padre. La revelación de Cristo como Hijo consiste en hacer
visible al Padre, dar a conocer su Nombre y comunicar la salvación.
Cristo-Verbo: El término Logos aparece solamente tres veces en el Nuevo Testamento (Jn 1,1;
1Jn 1,1-2; Apoc 19,13). En el seno de Dios hay ya un hablar eterno. Desde la eternidad el Padre
dice su Palabra, que es su Hijo; habla de una forma única, estableciendo a la vez unidad y
distinción eternas, comunicación mutua absoluta en el espíritu Santo. Conceptos joánicos
fundamentales: vida (Jn 1,4), luz (Jn 1,4.9), gloria (Jn 1,14), gracia (Jn 1,14.16.17) y verdad (Jn
1,14.17). El que encierra un significado más próximo al de “verbo” es el de “verdad”. El Logos
es la ver dad, el que nos da a conocer la misma verdad porque es la Palabra del Padre, el Hijo
único que vive en el seno del Padre y, al mismo tiempo, la síntesis de la revelación “Verbo
viviente de la verdad divina” En cuanto Verbo apunta a la interioridad del Padre, a su misterio y
a la libertad de su manifestación. Por eso, la verdad que el Verbo comunica es siempre la verdad
del amor de Dios.
3.3.2. Revelación y encarnación.
“El Verbo se hizo carne” significa que el Verbo eterno ha entrado en la historia, se ha hecho
palabra histórica, cercana a los hombres. En Cristo, la revelación de Dios que tiene lugar “por la
palabra y hechos intrínsecamente unidos” (Dei Verbum 2) , es Palabra hecha carne, es más que
mensaje, es un hecho, cargado de significación.
La autocomunicación de Dios culmina en la encarnación del Hijo-Logos. Es la suprema
comunicación de Dios a la criatura intelectual, por eso, la función reveladora está necesariamente
incluida en la misma constitución de Cristo, y se comprende a la luz de algunos datos
fundamentales:
realismo del ser humano de Cristo
carácter personal de Cristo como Hijo de Dios, imagen de su ser divino, palabra eterna del
Padre
la encarnación como apropiación de nuestro ser humano por el Hijo de Dios
experiencia religiosa propia del hombre Jesús como Hijo de Dios: en ella vive el misterio de su
filiación divina.
el testimonio de Cristo como autorrevelación personal de Dios a los hombres.
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La encarnación es el punto crucial donde lo divino y lo humano se articulan de acuerdo con una
estructura sacramental que regula no sólo la comunicación de la gracia, sino la misma revelación
de Cristo. La revelación de Cristo tiene lugar por la tensión creadora a que da lugar la
inseparabilidad entre la humanidad y la Persona del Verbo.
En Jesucristo, Dios se ha hecho máximamente cercano y comprensible para el hombre a quien
revela no sólo el misterio de Dios, sino el misterio del propio hombre. La revelación en Cristo se
presenta no sólo como la “respuesta esperada” sino también como la iluminación de lo que en el
hombre quedaría sin ella ignorado. Este hombre que Cristo revela al mismo hombre es el
destinatario de la revelación, el que permite que se pueda hablar de “carácter antropológico, e
incluso antropocéntrico, de la revelación ofrecida a los hombres en Cristo”.
3.3.3. La revelación en la Cruz y resurrección
El modo como Cristo lleva a cabo la revelación lo explica Dei Verbum 4: Evoca el gestis
verbisque del n. 2 que se repite por tres veces: (1) el Hijo-Verbo ha sido enviado para manifestar
la profundidad de Dios y para habitar entre los hombres; (2) Jesucristo habla palabras de Dios y
lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió; (3) tras exponer el modo de la
revelación, se afirma que Dios vive entre nosotros para liberarnos del pecado y de la muerte. La
revelación salvífica de Dios tiene su momento culminante en la muerte y resurrección de
Jesucristo.
Lutero destaca hasta tal punto la revelación de la Cruz —la theologia crucis— que piensa que
ahí se encierra el auténtico conocimiento de Dios: “el ser de Dios se hace visible y presente en el
mundo como representado en el sufrimiento y la cruz”. La Cruz es pues, según Lutero, el origen
del verdadero conocimiento de Dios.
La teología católica: no admite el planteamiento dualista luterano de la theologia crucis opuesta
al conocimiento natural de Dios (theologia gloriae). La revelación en la Cruz se constituye junto
con la resurrección como el momento cumbre de la revelación divina. Dios ya se ha manifestado
abundantemente antes de la Cruz. Pero la muerte de Jesús en la Cruz es la síntesis y el núcleo de
su mensaje.
En la Cruz, Dios revela que asume el destino del hombre hasta las últimas consecuencias: Dios es
amor, amor más fuerte que el pecado y que la muerte, amor que ante el mal se convierte en
misericordia. La Cruz es el extremo al que puede llegar Dios en su amor difusivo. Es “el id quo
maius cogitari nequit, la autodefinición insuperable de Dios”.
La Cruz revela, junto con el amor del Padre a los hombres, la actuación plena de la filiación
divina de Jesús. La respuesta del Padre a la entrega de Cristo es la resurrección en la que recibe
la glorificación que le constituye como “Señor”. En cuanto “Señor”, Cristo envía al Espíritu
Santo a los hombres. El Espíritu Santo es el perpetuo dador de sentido, de la verdad del misterio
de Cristo para su Iglesia.
3.3. La acción del Espíritu Santo: la revelación cristiana como revelación definitiva
A partir del envío del Espíritu Santo, la economía cristiana es definitiva: se ha completado la
revelación y salvación, las cuales, desde ahora, se anuncian y realizan en la historia con la
actualidad que le da el mismo Espíritu Santo que preside el hoy de la gracia y en la
comprensión. No se debe esperar ninguna revelación pública que complete o perfeccione a la
recibida de Cristo en el Espíritu Santo.
Los intentos de superar al Espíritu Santo de Cristo, con la consiguiente apelación a una nueva
economía reveladora, responden a planteamientos defectuosos desde el punto de vista de la
teología trinitaria y de la eclesiología, y establecen un dualismo destructor de la unidad de la
historia. Condenación de las tesis de Joaquín de Fiore (D.803/431).
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PARTE II:
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El testimonio apostólico parte de un conocimiento de Cristo único. “Su conocimiento de Cristo
de la Revelación pudo superar cualquier otro conocimiento actual o venidero por su intensidad,
profundidad, riqueza de intuición y por su carácter de totalidad”.
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Los Apóstoles pusieron por escrito, en un segundo momento, el mensaje de la salvación. En
ellos, bajo la inspiración del Espíritu Santo se fija por escrito la misma predicación apostólica, la
memoria Christi de los Doce que ellos habían entregado, y continuaban haciéndolo, a la Iglesia.
Al poner por escrito la predicación oral, los Apóstoles actuaban en línea de continuidad con el
Antiguo Testamento. Los Apóstoles primero predicaron y después dejaron la predicación por
escrito.
4.1.6. Clausura de la Revelación
Mientras ellos vivían en este mundo, el tiempo de la Revelación permanecía abierto porque
podían seguir dando su palabra y mostrando la vida de testigos únicos, en el sentido ya señalado,
de Cristo. Esta misión fundante de la revelación y de la Iglesia tiene su término cuando el último
Apóstol desaparece de la historia. Por eso la revelación pública quedó clausurada con la muerte
del último Apóstol (D. 3421).
La clausura de la Revelación con la muerte del último Apóstol deriva, de la estrecha unión de los
Apóstoles con Cristo y del carácter definitivo de la economía cristiana, y concretamente de la
plenitud de revelación que es Cristo mismo.
Si la Revelación acabó con los Apóstoles esto quiere decir que a partir de ese momento, la fe en
Cristo pasa esencialmente por la mediación apostólica. Se ha podido hablar por eso de una
transmisión vertical de la revelación (de Cristo y del Espíritu Santo a los Apóstoles) y de una
transmisión horizontal (de los Apóstoles a sus sucesores, o a la Iglesia). La traditio apostolica es
la norma de cualquier otra tradición eclesiástica y el criterio de cualquier ulterior desarrollo de la
fe.
4.1.7. El depósito de la fe
Depósito: (1Tim 6, 20) Contenido de la predicación apostólica que ha sido recibido de una vez
para siempre y ha de ser transmitido fielmente, siendo así medida de la fe ortodoxa.
Una vez terminada la predicación apostólica, ésta adquiere el carácter de un depósito, el
depositum fidei: “La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un sólo depósito
sagrado de la palabra de Dios confiado a la Iglesia” (DV 10). El depósito de la fe, implica
exclusividad en cuanto contiene todo y sólo aquello que los Doce recibieron y transmitieron. En
este sentido la alteración del depósito, las novitates de que hablan los Padres, supone una falta de
fidelidad que sitúa a quien lo pretenda fuera de la communio fidelium.
La custodia y la fidelidad al depósito de la fe no excluye un auténtico progreso, no en la
extensión del contenido, sino en la inteligencia del inagotable misterio de Cristo.
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4.2.2. La revelación confiada a la Iglesia
La revelación ha sido confiada a la Iglesia, con la misión de serle fiel (conservarla) y anunciarla
(transmitir). Por eso, la Iglesia se halla en la misma línea de la mediación de Cristo participada
por los Apóstoles. Ella continúa esa mediación que hace accesible a los hombres el mensaje de la
Salvación, y los introduce en el misterio de Dios revelado en Cristo.
Se oponen a que la Iglesia sea la depositaria y transmisora de la revelación todos los que
entienden la fe como una relación privada entre Dios y el sujeto, sin referencia a una comunidad
(Harnack).
La relación entre revelación e Iglesia no se debe entender como una relación extrínseca, sino
como una dependencia mutua, de forma que la Iglesia implica la revelación, y la revelación
implica la existencia de la Iglesia. Es la “creatura evangelii” (S. Agustín) y “creatura Verbi”.
Por su parte, la revelación cristiana sólo existe como tal en cuanto se constituye en una
comunidad, y es recibida también en una comunidad de fe.
Conclusión: es necesario tener fe en la Iglesia, en un doble sentido: como ámbito y lugar de la
revelación: tener fe en la Iglesia es llegar a Jesucristo y encontrarle en la Iglesia. El sentido de
“lugar” o ámbito de la fe que corresponde a la fe en la Iglesia, debe ir más allá, hasta confesar a
la Iglesia como objeto mismo de fe. Tener fe en le Iglesia significa también reconocer su
relación esencial con la revelación y su carácter divino, en cuanto realidad querida por Dios, y
que tiene su origen en la Santísima Trinidad.
4.2.3. Modo divino-humano de la transmisión de la revelación
El “depósito” no es propiedad de la Iglesia, sino que ella está a su servicio. El depósito de la fe
está completo con los Apóstoles, pero ese depósito encierra la totalidad de la salvación de Dios
que se manifiesta en Cristo. El sentido de la Iglesia depositaria es esencialmente dinámico,
porque el depósito es la revelación viviente y actuante que sólo se conserva realmente en la
medida en que es vivido y transmitido.
La Iglesia transmite cuanto le fue entregado por los Apóstoles a través de su palabra, de su vida y
de su culto (DV 8)
La Iglesia no transmite un objeto, sino su propio ser, su esencial relación con Cristo y el Espíritu
Santo que son los que la hacen existir; transmite su fe y su entrega a la Santísima Trinidad.
La doctrina y la vida como medios de transmisión prolongan las palabras y los hechos por medio
de los cuales tiene lugar la revelación (DV2). Una transmisión que se redujera a doctrina —
palabra humana dotada de autoridad divina, pero sin ser formalmente palabra de Dios— sería
incapaz de entregar el misterio de Cristo en su totalidad; por lo mismo, una transmisión que sólo
comprendiera hechos, vida, no lograría transmitir la enseñanza contenida en la palabra de Dios.
Doctrina y vida, pues, deben ir plenamente unidas.
Culto, de la liturgia, la cual “contribuye un sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y
manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia”
(SC 2) El culto está constituido por una “palabra-acción”, como se ha afirmado, y por su
naturaleza sacramental, es la representación más clara del carácter divino-humano de la
transmisión de la revelación.
La conservación y transmisión de la revelación ha sido confiada a la Iglesia en su totalidad: toda
la Iglesia está llamada a “presencializar” la revelación de Dios, a dar contenido a la misión de
mantener íntegra, defender y predicar la palabra de Dios. El servicio a la revelación de Dios se
realiza en la Iglesia de acuerdo con la igualdad radical que proviene del bautismo, y la diferencia
ministerial.
La Iglesia no es una mera comunidad de creyentes, sino una realidad animada por el Espíritu
Santo, “communio fidei et sacramentorum”.
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4.2.4. La “inteligencia de la fe” de la Iglesia: “sensus fidei” y magisterio
La inteligencia de la revelación se realiza en la Iglesia a través del “sentido sobrenatural de la fe”
(o simplemente “sensus fidei” ) y del magisterio de la Iglesia.
[Link]. El “sentido de la fe” como intérprete de la revelación
“Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios bajo la
dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres,
sino la verdadera palabra de Dios; se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para
siempre a los santos (cfr. Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más
íntegramente en la vida” (LG 12).
El sentido de la fe es una disposición cuasi innata al creyente por la que juzga de modo
connatural, instintiva y experimentalmente sobre lo que Dios ha revelado.
Concilio Vaticano II: Los fieles, cuando unánimemente creen una verdad como perteneciente al
depósito de la fe, no se pueden equivocar, sino que en ellos actúa el Espíritu Santo, y por eso son
infalibles en su fe (infalibilidad in credendo). Se puede hablar de una función activa en el orden
de la vida de fe y caridad, que encuentra su expresión en el consentimiento universal de todo el
Pueblo de Dios en una verdad revelada. Para que ese consentimiento sea infalible es preciso que
haya unanimidad, al menos moral, en la verdad creída.
[Link] El magisterio de la Iglesia, intérprete auténtico de la revelación
“Munus docendi”: transmitido por los apóstoles a sus sucesores, los Obispos, junto con el
“munus regendi” y el “munus santificandi”
Las relaciones entre revelación y magisterio aparecen descritas en la Constitución Dogmática Dei
Verbum número. 10. La enseñanza del concilio se puede resumir en los siguientes puntos:
1) El depósito sagrado de la palabra de Dios (Tradición y Sagrada Escritura) ha sido confiado a la
Iglesia —pastores y fieles— la cual se mantiene unida en la fidelidad a la doctrina apostólica,
a través de la conservación, práctica y profesión de la fe recibida.
2) Sólo el magisterio interpreta auténticamente la palabra de Dios.
3) El magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio Los pastores no
gozan del carisma de la inspiración, y en ese sentido su enseñanza no es formalmente palabra
de Dios, si bien gozan de la misma autoridad de Cristo. El magisterio “no es norma
constitutiva de la fe sino directiva”.
4) El Espíritu Santo garantiza con su asistencia el cumplimiento del mandato divino sobre el
magisterio. Los actos del Magisterio son escuchar devotamente lo transmitido (el depósito),
custodiarlo celosamente, explicarlo fielmente, y extraer de él todo lo que propone como
revelado por Dios para ser creído.
5) Por último, el Concilio enseña la íntima relación entre Tradición, Escritura y Magisterio, de
modo que no puedan darse ninguno de ellos sin los demás sin que quede esencialmente
afectado el depósito, y pérdida la garantía eficaz de la salvación de las almas.
4.2.5. La indefectibilidad de la Iglesia
Sólo si la Iglesia es indefectible tiene auténtico sentido su fidelidad a la misión de conservar y
transmitir la revelación así como la adhesión que pide a los fieles.
La indefectibilidad: si se aplica a su conocimiento y expresión de la verdad de la revelación, se
llama infalibilidad, posee un carisma recibido de Dios mediante el cual en su acto esencial de
conocimiento, de expresión y de predicación del don de la revelación divina que le ha sido
confiada, no puede equivocarse.
H. Küng: interpreta la infalibilidad de la Iglesia, y más concretamente del magisterio, en un
sentido reductivo. La infalibilidad se debe entender como indefectibilidad. Sólo Dios es infalible
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y no hay otra realidad fuera de Dios que pueda atribuirse la infalibilidad. Niega la infalibilidad de
la Iglesia en el orden de la captación de la verdad y la proposición de la doctrina.
Una exposición sistemática sobre la indefectibilidad de la Iglesia y su concreción en la
infalibilidad comprende los siguientes puntos:
1. La indefectibilidad en cuanto perduración a través del tiempo, en identidad consigo misma es
una propiedad de la Iglesia que le asegura que llegará a la vida eterna. La Eucaristía es signo y
fuente de indefectibilidad para la Iglesia.
2. La indefectibilidad no sólo afecta al ser de la Iglesia, sino también a su obrar. El obrar de la
Iglesia es: a) comunicación de la gracia a través de los sacramentos, en los que el opus
operatum expresa el carácter indefectible; y b) la proclamación de la palabra, en la que la
indefectibilidad se muestra como infalibilidad. La infalibilidad, en consecuencia, es una
precisión de la indefectibilidad.
3. La infalibilidad de la iglesia es participada y relativa. El único infalible es Dios: la Iglesia
participa de esa infalibilidad.
4. La Iglesia es infalible porque goza de la asistencia infalible, carisma que podríamos llamar
negativo, en cuanto que consiste en una praeservatio ab errore.
5. La proposición de la enseñanza infalible es signo de la “veritas intellectus Ecclesiae” La
infalibilidad va necesariamente acompañada de perfectibilidad.
6. Sólo la Iglesia es, estrictamente hablando, infalible. Esa realidad se realiza tanto en el creer ( in
credendo: sentido de la fe) como en la enseñanza (in docendo: magisterio). La infalibilidad
del sucesor de Pedro, del Concilio Ecuménico y del magisterio ordinario universal son los
modos concretos como el Espíritu Santo asiste a los Pastores.
CARACTERISTICAS DE LA REVELACION EN EL AT
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