LA ALIANZA DE DIOS CON EL PUEBLO DE ISRAEL
-Oración
-Experiencia personal
Hermanos y hermanas ¡¡buenas tardes!!
Hoy, en esta catequesis vamos a hablar acerca de la Alianza de Dios con su
pueblo Israel. Quisiera para ello partir del libro del Deuteronomio, en el que Moisés,
que había sido elegido para sacar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, se
encuentra ya a las puertas de la Tierra Prometida y, a través de varios discursos,
recuerda a su pueblo aquello que han vivido y cuáles han sido las palabras y hechos con
los que Dios se les ha manifestado, de manera que guarden estas palabras y hechos en la
memoria y lo trasmitan a sus hijos de generación en generación.
Uno de los acontecimientos y palabras más determinantes para los israelitas se
produce en el monte Horeb, cuando Dios desciende y establece la Alianza con su
pueblo, grabando en unas tablas el Decálogo, las diez palabras de vida. De tal forma que
en cuanto que el pueblo cumpla estas palabras Dios será su Dios e Israel será Su pueblo,
estableciendo una relación estrecha, como dice el Catecismo: “La alianza y el diálogo
entre Dios y el hombre están también confirmados por el hecho de que todas las
obligaciones se enuncian en primera persona ( “Yo soy el Señor…”) y están dirigidas a
otro sujeto (“tú”). En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre personal en
singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que a todo el pueblo, Dios da a
conocer su voluntad a cada uno en particular. ´El Señor prescribió el amor a Dios y
enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni
indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y
tener un solo corazón con su prójimo…´(S. Ireneo).”(CEC2063).
Esto, queridos hermanos, no está lejos de nosotros, de lo que tú y yo vivimos en
nuestra existencia ahora. También el Señor ha hecho una alianza contigo, ¡es más! la
Alianza hecha en el Horeb era también para ti que estás esta tarde escuchando esta
catequesis. Escucha lo que dice Yahveh en el libro del Deuteronomio a su pueblo: “No
solamente con vosotros hago yo hoy esta alianza y esta imprecación, sino que la hago
tanto con quien está hoy aquí con nosotros en presencia de Yahveh nuestro Dios como
con quien no está hoy aquí con nosotros” (Dt 29, 13-14). Es decir, también contigo Dios
estableció la Alianza. Dios omnipotente que te creó, que hizo todo lo imposible para que
formases parte de Su pueblo, a través de la fe que te han transmitido tus padres, o de
alguien que te ha ayudado a que entres en la Iglesia, o que se yo…ha establecido la
Alianza por la que Él es tu Dios y tú eres suyo. Quiero decirte hermano esta tarde que tú
eres del Señor, que a Dios le ha parecido bien que formes parte de su pueblo para que tú
también seas testigo de maravillas, para que tú también pases a la Tierra Prometida, para
que tú también recibas la Vida solamente de Él. ¡Alégrate! Porque has sido escogido
entre muchos pueblos para ser propiedad de Dios.
Sin embargo, muy pronto el pueblo de Israel se dará cuenta de que es incapaz de
mantenerse fiel a este pacto de amor y fidelidad recíproco con Dios. Desde el becerro de
oro en el monte Horeb, pasando por la murmuración en el desierto y olvidándose de
Dios una vez ya establecidos en la Tierra Prometida, la Alianza viene continuamente,
por parte del pueblo, atacada y violada. Esto, por supuesto, también nos pasa a ti y a mí.
Cuántas veces te has fabricado un becerro al que adoras, un dios que se puede ver y
tocar, como tu carrera, tu trabajo, tu hijo, el dinero, etc. Y le has dicho a Moisés, que es
figura de Jesucristo, y a Yahveh que se queden en el monte, allá arriba, que tú sabes qué
es lo que tienes que hacer aquí abajo en la tierra; que los problemas te los solucionas tú,
que a Misa irás cuando tengas tiempo que lo importante es el trabajo y solucionar que
no tienes plata para pagarle la universidad a tu hijo, que eso de casarte por la Iglesia es
un lío y un gasto que no te puedes permitir…y así pasamos la vida murmurando por las
cosas que no nos van bien y adorando otros dioses, hechos por hombres. Esta es tú
realidad y la mía. Pero ¡atentos! Porque después llega tu hija por la que te has sacado la
mugre trabajando para que estudie en la universidad y sea profesional y te dice que está
embarazada y todo por lo que te has afanado se te cae al piso. Y por más que le pidas
explicaciones a tu becerro de oro, él no te contesta porque no tiene voz.
Es por ello, que frente a la realidad de Su pueblo, frente a tú realidad y la mía,
ésta de no tener la Vida que hubiéramos obtenido siguiendo la Alianza, Dios envía a un
nuevo Moisés, un nuevo mediador, a su Hijo Jesucristo. El pueblo es infiel a Dios y su
Alianza pero Dios no puede, Dios ama tanto a Su pueblo que no puede echarse para
atrás, es Él el que permanece fiel a Su pueblo y la Alianza que ha hecho con él.
Hermano, Dios no puede dejar de amarte y ha enviado a su Hijo Jesucristo para
recomponer la Alianza que tú has violado. Porque Dios no puede verte así, con esa vida
miserable que llevas, con ese matrimonio destruido, con ese vicio que te tiene esclavo,
no puede ver que te hundes y que no haces nada. El Señor te ama y ha enviado a su
propio Hijo, su único, para que de la vida por ti. De manera que hay una nueva alianza,
como el sacerdote en la Eucaristía, en la persona de Cristo dice: “Tomad y bebed todos
de él porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la NUEVA Y ETERNA
ALIANZA”. Jesucristo ha sido aquel que tomando nuestra condición ha cumplido esta
Alianza hasta el punto de dar su sangre, su vida, obedeciendo la voluntad del Padre. Y
en él nosotros también podemos entrar de nuevo en esta relación estrecha con el Padre,
en una relación de hijos. Hijos en el Hijo. Cristo nos da la posibilidad de que esta
elección llegue en nosotros a su plenitud, de tal forma que aquel que esta noche se acoja
a Jesucristo, sea uno con él, esta Alianza se renueva y Dios será su Dios y tú serás su
pueblo. Por eso yo quisiera terminar esta catequesis haciéndote una llamada a unirte a
Jesucristo a creer en él, a invocar su nombre, a pedirle su ayuda, para que recibas la
Vida, el ser Hijo de Dios.
Samuel Ríos