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Marx en el Siglo XXI

Este documento analiza qué partes de la obra de Marx serán más leídas en el siglo XXI. Discutirá que aunque Marx tenía contenidos científicos, su obra también incluía especulación filosófica y era principalmente un saber político. También considera cómo el desarrollo de las fuerzas productivas plantea nuevos desafíos para la concepción marxiana de la revolución.
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Marx en el Siglo XXI

Este documento analiza qué partes de la obra de Marx serán más leídas en el siglo XXI. Discutirá que aunque Marx tenía contenidos científicos, su obra también incluía especulación filosófica y era principalmente un saber político. También considera cómo el desarrollo de las fuerzas productivas plantea nuevos desafíos para la concepción marxiana de la revolución.
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1

"Sociológicas

¿QUÉ M ARX SE LEERÁ EN EL SIGLO XXI?

El presente trabajo fue escrito por Manuel Sacristán Luzón


durante su estancia en México, en febrero de 1983, y publi­
cado en el periódico español El País el 14 de marzo de 1983,
así como en la revista Mientras tanto en los números 16
y 17 de agosto y noviembre del mismo año.
Además de abordar el tema directamente, el texto desa­
rrolla algunos aspectos de la problemática mundial bajo una
óptica socialista. Este trabajo expresa una de las últimas
preocupaciones del autor quien, junto con el colectivo de
la revista Míen tras tanto, ha intentado plantearse problemas
inusuales para la tradición marxista.
En el siglo XXI se seguirá leyendo a Marx. Para entonces
estará claro que el desprecio por el Marx de los años setenta
y ochenta, nacido del hipermarxismo de 1968, fue sólo
como éste, otro despiste de la misma labilidad pequeñobur-
guesa. Estará claro, como lo está hoy, que Marx es un clási­
co. Se seguirá leyendo, si es que algo se lee: si no se produce
antes la catástrofe cuyo presentimiento anda reprimiendo
tanta gente, con la ayuda del angelical Tofler o con la del
siniestro obeso Kahn. De todos modos, ni la catástrofe
arrinconaría definitivamente a Marx, sino que algún marxó-
logo extraterrestre que asistiera al espectáculo podría sos­
tener que el desenlace estaba previsto en la “ruina común
de las clases en lucha” del Manifiesto Comunista.
Pero no es nada fácil prever qué Marx se leerá en el siglo
XXI. Hermann Grimm lo tuvo mucho más llano al pregun­
tarse qué Goethe leeríamos con más gusto en el siglo XX:
predijo que no sería el de Werther, ni, menos, el de la
Teoría de los colores, que ni siquiera consideró, sino el
de Fausto, y acertó. La cuestión no se puede plantear así

JLL

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^ Sociológicas

para Marx, aunque los dos casos tienen parecidos, también


en la obra de Marx hay ciencia y hay otras cosas, como en
la de Goethe, pero las otras cosas son diferentes y, además,
están organizadas de otro modo; no es la misma para los
dos la relación entre poesía y verdad. Las páginas de Marx
que pueden sobrevivir como clásicas ofrecen textos de va­
rias clases: científicos sistemáticos, históricos, de análisis
sociológico y político, de programa. Por otra parte, ninguno
de esos textos —tal vez con la excepción del Manifiesto
Comunista y de algunos trozos del Capital— es tan bueno
literariamente como para perdurar por su sola perfección.
Dentro de veinte años no habrá dificultad en reconocer
la dimensión y los límites del núcleo formalmente teórico
(de “economía pura”, como decía Marx, y también de
sociología y de historia) de la obra marxiana; pero se habrá
disipado la ilusión de dellavolpianos y althusserianos que
hacía de la obra de Marx teoría pura sin mezcla de especu­
lación hegeliana alguna. El periodo en que Marx se ha
considerado y ha sido menos hegeliano se sitúa entre 1845
y 1855, es decir, en el umbral de su madurez de autor, que
empieza con la recuperación de Hegel. Esa es precisamente
la circunstancia que hace tan complicada y oscura la cues­
tión del elemento científico de la obra de Marx: por un
lado, la inspiración hegeliana ignora la naturaleza de la
ciencia moderna, pese a la magnitud de las lecturas cientí­
ficas de Hegel (y pese a los entusiastas esfuerzos de los
hegelianos por convencer y convencerse de lo contrario,
con la misma tenacidad con que el Vaticano mantuvo hasta
bien entrado el pontificado de Pío XII la pretensión de
cientificidad del geocentrismo hoy, en forma de premio a
quien lo justificara); por otro lado, la inspiración hegeliana
ha permitido a Marx reconciliarse con la idea de teoría (a
través de la de sistema), y rebasar su anterior programa inte­
lectual de mera crítica de la teoría.
Pero la herencia especulativa de Marx, que ha nacido

V.

172
Sociológicas'

intelectualmente como filósofo romántico y ha tardado


unos veinte años en abrirse camino hasta una noción clara
de lo que es trabajo científico en el sentido moderno del
término y que, además, se ha puesto a practicar ese trabajo
sin abandonar la especulación, no es la única causa de que
su obra no sea teoría pura, aún contando con un núcleo
que sí lo es. Hay otra causa, y más interesante, que es el
proyecto intelectual de Marx, su ideal de conocimiento,
por así decirlo, la idea que se hace de su obra. El cono­
cimiento que busca Marx ha de ser muy abarcante, con­
tener lo que en nuestra academia llamamos economía,
sociología, política e historia (la historia es para Marx el
conocimiento más digno de ese nombre). Pero, además,
el ideal de conocimiento marxiano incluye una proyección
no solamente tecnológica, sino globalmente social, hacia
la práctica. Un producto intelectual con esos dos rasgos
no puede ser teoría científica positiva en sentido estricto,
sino que ha de parecerse bastante al conocimiento común,
o incluso al artístico, e integrarse en un discurso ético, más
precisamente político. Es principalmente saber político.
Permítaseme repetir -porque cuando uno habla de Marx
siempre corre el riesgo de levantar ronchas— que esto no
excluye la presencia central de contenidos estrictamente
científico-positivos en la obra de Marx. Ellos son impres­
cindibles en su concepción y la diferencian de las otras
épocas de la tradición revolucionaria.
Palabra tan camp como “revolucionario”, que acaso se
vea como un churrete en esta página (sobre todo en esta
época de apoteosis del jerez aguado con gaseosa), es la
que describe más adecuadamente la personalidad de Marx
y el asunto central de su obra y de su práctica. Atengámo­
nos a su obra, puesto que nos preguntamos qué Marx
será el más leído en el siglo XXI.
Lo más importante y lo más problemático que ha sem­
brado en la obra de Marx el “Hegel enderezado” es el

173
"Sociológicas1

objetivismo de las “leyes de la historia” que aparece en su


idea de la revolución social. Sin duda es una mala lectura
la que ve en esa idea un determinismo fatalista; pero ya
tiene más justificación la que considera irresuelta la tensión,
que está en el centro de la concepción marxiana, entre la
acción de los factores objetivos u objetivados y la del
subjetivo, entre la eficacia transformadora que tiene el
“desarrollo de las fuerzas productivas” en su tendencial
choque con las “relaciones de producción” y la afirmada
necesidad del desarrollo subjetivamente revolucionario de la
clase explotada. Para apreciar lo complicada que es esa con­
cepción —o “teoría”—de la revolución social, hay que tener
en cuenta que el factor subjetivo está ya presente, antes
de que sobrevenga en forma política, entre los factores
subjetivos, en las fuerzas productivas que son la fuerza de
trabajo y el conocimiento científico.
Precisamente el desarrollo de las fuerzas productivas
mucho más allá de lo que Marx podía imaginar permite
hoy plantear la cuestión de un modo más preciso que en
los viejos debates entre marxistas “economicistas” y mar-
xistas “dialécticos”. No sólo lo permite, sino que, desgra­
ciadamente, también obliga a ello. El desarrollo de las
fuerzas productivas, señaladamente el de ciertas técnicas
militares (armamento atómico, biológico y químico), pero
también, y no menos profundamente, el de técnicas para la
vida civil (desde la producción de energía en gran esca­
la, con fuerte efecto centralizador, hasta la ingeniería gené­
tica), se puede integrar perfectamente en una perspectiva
política que tiende a eternizar la explotación y la opresión,
dando una vuelta más a la triste noria de la historia univer­
sal. Esas perspectivas existen ya, y alguna está traducida al
castellano, por ejemplo, Los próximos diez mil años de
A. Berry. Si se combina la perspectiva de conquista del
cosmos de A. Berry -basada en la energía nuclear, en la
unificación autoritaria de la humanidad (previsiblemente

JL íá

174
"Sociológicas

mediante una o varias guerras atómicas para la destrucción


de la URSS y el sometimiento de los pueblos no blancos) y
en la aceptación de la devastación y el abandono de la
Tierra— con la que abre la “fuerza productiva”, hoy ya
casi existente, que fabuló Aldous Huxley en Un mundo
feliz, se obtiene un cuadro en el cual el triunfo del progre­
so consiste en que billones de esclavitos épsilon trabajan
servilmente en la Luna, en pedazos de Júpiter y mucho
más lejos, sin que sus amos (que seguramente hablarán un
inglés simplificado en el Hudson Instituíe) tengan siquiera
que azotarlos. La “síntesis dialéctica”, la emancipadora
“negación de la negación”, esperaría en vano, sentada en la
Lógica de Hegel, a que el movimiento de la historia (ya que
no el de la idea) realizara todos sus desastres previos supes-
tamente necesarios. No todo lo real es racional; más bien
casi nada.
No me propongo discutir ahora la bondad de la concep­
ción marxiana del papel del desarrollo de las fuerzas pro­
ductivas; en primer lugar, porque creo que es consistente
teóricamente y plausible desde el punto de vista empírico;
y, además, porque me apartaría de la cuestión planteada.
Lo que interesa para saber cómo se leerá a Marx en el siglo
XXI es lo que ha escrito acerca del cambio social que más
le importaba: el paso al socialismo. Al plantear así las cosas
puede parecer que divido la historia en dos reinos —el
pasado y el presente- de frontera muy arbitraria, como
hizo en otro tiempo Croce, y precisamente en su crítica
del marxismo. Pero no es éste el caso. Admitiendo que el
esquema dinámico marxiano no es determinista —ni para
el presente ni para el pasado—, la novedad de hoy no afecta
a la cuestión teórica de cuál es el modo de validez del
esquema, sino a la cuestión política de cómo hay que actuar
sobre los datos que satisfacen hoy el esquema para promo­
ver la realización de los valores socialistas. Y para contestar
a esa pregunta hay que tener en cuenta la peculiaridad y

1L

175
novedad de una fuerza productiva apenas naciente en tiem­
pos de Marx: la tecnociencia contemporánea.
Se encuentra en la obra de Marx, sobre todo a partir de
los manuscritos de 1857-1858 -co m o lo señaló Ernest
M andel-, consideraciones bastante sistemáticas y completas
acerca de la influencia de la ciencia de la naturaleza en el
cambio social moderno. Es posible catalogarlas en tres gru­
pos: hay reflexiones visiblemente animadas por una pecu­
liar mezcla de infalibilismo de la dialéctica hegeliana con el
optimismo ilustrado dieciochesco que implantaron en Marx
su padre y su suegro: éstas se encuentran sobre todo desde
los citados Grundrisse hasta finales de los años setenta. Hay
otras contrapuestas a las anteriores, en las que Marx estu­
dia y expone los efectos opresivos y destructores del pro­
greso técnico no sólo en la clase obrera, sino también en la
naturaleza; estas exposiciones se encuentran dispersas por
toda la obra de Marx, pero principalmente en el libro I de
El Capital y en los manuscritos de la época en que más quí­
mica y agronomía leyó (preparación del libro III de El Ca­
pital)i; se puede añadir a este grupo algunas reflexiones me­
lancólicas y dubitativas de sus últimos años, por ejemplo, a
propósito de la disolución de la comunidad aldeana rusa o
de la penetración del ferrocarril por los valles de los afluen­
tes del Rhin. Por último, hay un tercer registro, caracterís­
ticamente “dialéctico”, que apunta en el Manifiesto Comu­
nista (1848) y se encuentra plenamente formulado en el
manuscrito de 1857-1858, en un paso, bastante citado
estos últimos años, que describe la pugna entre progresismo
maquinista y reacción medievalizante y afirma que la lucha
entre esas dos concepciones igualmente parciales no se
resolverá sino con la superación del capitalismo. También
la repetida observación marxiana de que en el capitalismo
toda fuerza productiva es al mismo tiempo una fuerza
destructiva pertenece a esta línea “dialéctica”.
Ha habido siempre lecturas de Marx —respecto de esta

V.
z Sociiológicas" 1

cuestión crucial de la relación entre revolución y progreso—


que acentúan, con mayor o menor consistencia y unilatera-
lidad, el Marx dieciochesco de los momentos o las expre­
siones más confiadamente progresistas. Esa interpretación
dominó en la II Internacional y domina en la cultura polí­
tica de la sociedad soviética, en la medida en que ésta vive
con la aspiración de “alcanzar y superar a los USA”, según
la consigna de Jruschov. Si se sigue avanzando por el
camino de devastación de la Tierra que los futurólogos de
derecha contemplan con mucha más lucidez y coherencia
que los soviéticos, se puede pensar que los epsilones del
siglo XXI oirán en el refectorio, a la hora de tragarse sus
píldoras alimenticias, versículos del Marx que ensalza la
ricardiana “producción por la producción”.
Es poco probable que se impongan nunca en la lectura
de la obra de Marx —a pesar de que son lo mejor, literaria­
mente hablando— las páginas de condena profètica del
progreso capitalista. Ningún profesor de economía o de
sociología que no sea un poco raro gustará de exponer
textos que se parecen más a Isaías que a Durkheim o Walras.
Puro moralismo, como dicen.
Queda la lectura más fiel al sistema de Marx y a su estilo
intelectual, la que se orienta por la perspectiva dialéctica
articulada por primera vez en el manuscrito de 1857-1858,
aunque anticipada en el Manifiesto Comunista: la tensión
entre la creación y la destrucción, causadas ambas por el
desarrollo capitalista de las fuerzas productivas-destructivas,
así como la tensión entre ideologías correspondientes, no
puede resolverse más que con el socialismo. En lo que se
refiere a las sociedades conocidas, o en la medida en que
niega, la tesis suena realista y los hechos parecen concordar
con ella. Pero no da ni una tenue pista para hacerse una idea
de por qué y cómo se van a superar esas tensiones en el
socialismo. Se puede sospechar que el logicismo de origen
hegeliano “enderzado” y convertido en confianza en las

V.

177
jo c io iu g ic a s

••leyes ile la historia” y en la “racionalidad do lo real” es


la causa de esa laguna. (Hasta después de muerto Marx no
empezará a sospechar [Link], cuando contesta a preocupa­
ciones de Kautsky, que a lo mejor Malthus tenía un poco
de razón; y sólo entonces deja de conliar en la dialéctica
de las leyes históricas y se pone a investigar y argumentar
por qué el problema demográfico, "si se presenta”, será
más fácil de resolveren el socialismo que en el capitalismo).
Id que este Marx más completo aún con su importante
laguna sea el leído en el siglo XXI presupone que sus
lectores hayan abandonado la fe progresista en la bondad
supuestamente necesaria de toda reproducción ampliada
y hasta del mismo paso del tiempo.

Manuel Sacristán Luzón

JUAN RULFO: MERA ESENCIA


EN LA NOVELA DE LA REVOLUCION

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno


nace en Sayula, Jalisco, el 16 Je mayo de 1918.
Antes de dedicarse a la literatura fue archivista,
agente de migración y vendedor de llantas. Solo
“en una ciudad pequeña, miserable, una ciudad
burócrata" donde no conocía a nadie, después
de las horas de trabajo -en el archivo de la
Secretaría de Gobernación- se quedaba a escri­
bir, a entablar una especie de diálogo consigo
mismo. l;n 1948, a instancias de Hfrén Hernán­
dez también escritor da a conocer sus pri­
meros relatos en la revista América. lin 195.1
publica !:'l llano en llamas cuentos , y en 1955
la novela Pedro Páramo.

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