MÓDULO 1
1.1. AL-ANDALUS Y GRANADA
Por José Miguel Puerta Vílchez
Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Granada
La ciudad de Granada formó parte de al-Andalus a lo largo de los casi ochocientos años que abarcó
este extenso período de la historia de la península ibérica (711-1492), y fue por dos veces capital de un
reino andalusí, en el siglo XI con los ziríes y entre los siglos XIII y XV con los nazaríes. Este hecho
confiere a la ciudad de Granada una fisonomía urbana, artística y cultural excepcional en España y de
enorme proyección internacional, cuyos hitos más representativos son el conjunto monumental de la
Alhambra y el casco histórico del Albaicín, ambos Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1984.
Durante los tres primeros siglos de al-Andalus la capitalidad del islam peninsular correspondió a la
Córdoba emiral y califal (siglos VIII al X) y Granada parece haber quedado prácticamente despoblada
en favor de Madinat Ilbira, ciudad de la que quedan algunas ruinas en la Vega de Granada, además de
objetos en los museos y de referencias en las fuentes escritas. No obstante, a comienzos del siglo X
Granada contaba ya al menos con una pequeña fortificación llamada Hisn al-Hamra’, El Castillo de la
Alhambra (La Roja), núcleo desde el que se desarrollará siglos después la gran ciudad palatina que ha
llegado hasta nosotros. La definitiva irrupción de Garnata (Granada) en la historia de al-Andalus se
produce tras el desmembramiento del califato de Córdoba, cuando los ziríes la convierten en capital de
una taifa (1013-1090) que rivalizó en pujanza artística, intelectual y militar con las de Sevilla, Almería,
Toledo o Zaragoza. Durante el siglo XI, Granada se dota de las infraestructuras de una activa y
completa ciudad andalusí, cuyas principales construcciones son todavía visibles en la ciudad: las
murallas y puertas de la Alcazaba Cadima, el complejo sistema hidráulico formado por acequias, aljibes
y baños, una remozada Alcazaba de la Alhambra, y diversos vestigios de la expansión de la ciudad hacia
el río Darro y la llanura, donde los ziríes erigieron la Mezquita Mayor de Granada en el solar que en el
que más tarde se construiría la catedral renacentista. En la Granada del siglo XI la cultura hebrea vivió
una de las etapas de máximo esplendor en al-Andalus, que arranca con la incorporación del erudito y
político judío Samuel Ibn Nagrila a la secretaría y luego al visirato del gobierno zirí. La culta familia
granadina de los Ben Ezra o la llegada a la corte del filósofo y poeta malagueño Ibn Gabirol, tutor de
Yosef Ibn al-Nagrila, sucesor de su padre Samuel al frente del visirato al servicio del rey Badis, son
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buen ejemplo de ello. Por su parte, el último rey zirí de Granada, Abd Allah Ibn Bullugin, ofrece a la
historiografía árabe andalusí una obra crucial, el Kitab al-tibyan (El libro de la aclaración), en la que
narra con estilo autobiográfico la historia de su reino, incluyendo valiosas observaciones sobre las
edificaciones y las costumbres de la ciudad.
Con la llegada de los almorávides en 1090, y después de los almohades en 1157, Granada pasa a ser una
provincia de la metrópoli que ambas dinastías bereberes establecieron en Marrakech. Los primeros
hicieron una importante reforma de la Mezquita Mayor de Granada y de algunas murallas y
construcciones militares, y los segundos ampliaron barrios e industrias de la ciudad, edificaron
mezquitas y casas señoriales y de recreo, y rehabilitaron la Alcazaba de la Alhambra. En esta etapa llega
a Granada Avempace de Zaragoza, uno de los más importantes filósofos andalusíes, además de poeta,
músico y científico, y en Granada inicia su carrera de médico y filósofo Ibn Tufayl, autor de El filósofo
autodidacto, una de las joyas de la literatura y la filosofía andalusíes, y la obra árabe en prosa más
difundida después de las Mil y una noches. El siglo XII granadino contribuye asimismo a la cultura
andalusí con el espléndido tratado de agroponia Zahrat al-bustán (La flor del jardín) de al-Tignari, y con
algunas de las más célebres composiciones poéticas que han hecho célebre a al-Andalus, las cuales,
caracterizadas por un elegante hedonismo y por el amor a la naturaleza, se deben a las autoras Nazhun,
Hafsa y Hamda, la llamada “poetisa de al-Andalus”, al poeta Abu Ya`far Ibn Sa`id, y a otros grandes
nombres de la literatura andalusí, como Ibn Quzmán, al-Kutandi y el Ciego de Almodóvar, que se
acercaban a Granada para participar en las tertulias literarias de la ciudad.
Tras el derrumbe del gobierno almohade en la península ibérica, al-Andalus queda reducida al reino
nazarí y Granada vuelve a ser capital de Estado (1238-1492), a la cabeza ahora de todo el territorio del
islam peninsular, que incluía las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, y, en su etapa de
máximo apogeo, en el siglo XIV, parte también de las provincias limítrofes de Jaén, Murcia y Cádiz. En
contraste con su pequeño territorio, el último reino de al-Andalus perduró 260 años, más que la
mayoría de los reinos islámicos o cristianos habidos en la península ibérica, y en él se prolongó lo mejor
de las ciencias, la literatura, el pensamiento y las artes andalusíes. Las familias de literatos de los Banu
Yuzayy, los Banu Hudayl y los Banu Asim, los poetas de la Alhambra, a los que perteneció el
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historiador, literato, médico y visir Ibn al-Jatib, el último de los grandes polígrafos andalusíes y autor de
al-Ihata fi ajbar Garnata, la mayor enciclopedia biobibliográfica e histórica sobre la Granada andalusí,
además de los científicos Banu Baso, los médicos al-Shaquri e Ibn Shaqrà, o el matemático al-Qalsadi,
enriquecieron de manera notable la producción intelectual andalusí hasta finales del siglo XV. En la
Granada nazarí se mejoraron y multiplicaron de nuevo las obras civiles, principalmente en el siglo XIV,
entre las que destaca al-Funduq al-Yadid (la Alhóndiga Nueva, hoy conocida como el Corral del
Carbón), todavía en pie frente a la Alcaicería, además de la Madrasa (escuela islámica superior) y el
Maristán (hospital), estos dos los únicos edificios en su género que llegaron a construirse en al-Andalus.
Mas, la decisión por parte del fundador del último Estado de al-Andalus, Muhammad Ibn al-Ahmar, de
trasladar la sede de gobierno del Albaicín a la colina de la Alhambra, separada y conectada a la vez con
la ciudad, fue transcendental, puesto que sus sucesores fueron añadiendo torres, palacios, jardines,
almunias, y hasta una Mezquita Mayor y una pequeña medina, en lo que es la ciudad palatina mejor
conservada del islam árabe clásico, y en la que lo más granado del pensamiento, la teología, la ciencia y
la poesía andalusíes se pusieron al servicio de una magnífica arquitectura, una ingeniosa jardinería y
unos refinados diseños artísticos que no dejan de subyugar a quienes los contemplan.
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MÓDULO 1
1.2. GRANADA, CAPITAL DE LA TAIFA ZIRÍ (S.XI)
Por Bilal Sarr
Departamento Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Granada
Con la crisis y caída del Imperio romano, muchas ciudades desaparecen o se ven reducidas a
asentamientos rurales. Granada es una de ellas. La ciudad se retrae, pierde población y su aspecto urbano.
Así, a partir del periodo visigodo, el principal núcleo, Ilíberis, pasa a estar en Sierra Elvira (Atarfe). Es
por ello por lo que, cuando se produce la conquista arabo-beréber, se instala allí la capital y no en la
actual Granada. Y allí continuará hasta el siglo XI. Hasta entonces, Granada seguirá contando con un
reducto poblacional en torno a un castillo (hisn) situado en el actual barrio del Albayzín e inmediaciones.
Todo cambia a partir del 1013 cuando, en plena guerras internas entre diferentes bandos califales de al-
Andalus (fitna) y en una situación de caos generalizado, los ziríes, un grupo de amaziges (beréberes)
ṣinhaŷa que pocos años antes habían llegado a Córdoba procedentes del Magreb Central, deciden
instalarse en la cora o provincia de Elvira. Allí llegan a un acuerdo con los representantes locales,
ofreciéndoles protección militar y estabilidad política a cambio de fidelidad y el pago de tributos. Este
acuerdo constituye el pacto fundacional del Reino zirí de Granada.
El siguiente paso será elegir una nueva ubicación para la capital. Es entonces cuando proponen
trasladarse de Medina Elvira a Granada, fundándose una nueva ciudad islámica. En efecto, Granada, por
estar situada en una colina y rodeada de fosos naturales, ofrecía mejores condiciones defensivas,
estratégicas, al encontrarse en el centro de la vega, e hidráulicas al ubicarse entre varios ríos,
principalmente el Darro y el Genil. A partir de ahí, Madīnat Garnāṭa, capital y principal destino de los
impuestos del reino, experimentará una expansión urbana sin precedentes.
En los 77 años de historia de la taifa zirí (1013-1090), se sucederán cuatro sultanes. Zāwī, el jeque que
encabeza la migración a al-Andalus y promueve la fundación de Granada y su reino. Ḥabūs, quien
completa la construcción de la alcazaba antigua (qadīma) e inicia la de la mezquita mayor. Bādīs que es el
sultán que gobierna más tiempo y lleva la taifa a su máxima expansión geográfica con la ocupación de
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Málaga (1057). Y, finalmente, ‘Abd Allāh, célebre por construir un castillo en la colina de la Alhambra,
pero sobre todo por escribir sus Memorias, la gran fuente que poseemos para conocer este periodo.
Una de las características del reino zirí es su pluralidad étnico-religiosa. Además de los sultanes, militares
y políticos amaziges ṣinhāŷa, que ciertamente eran una minoría, cabe destacar un importante componente
de población muladí (cristianos conversos y sus descendientes), mozárabes (cristianos ya arabizados) y
especialmente una populosa y relevante comunidad judía. Dentro de esta comunidad, que vive el periodo
de máximo esplendor hasta el pogromo del 1066, sobresale una figura política e intelectual, Šemu’el o
Ismā‘īl ben Nagrela, que fue visir y secretario del reino en los años decisivos de la taifa zirí.
Madīnat Garnāṭa
Todo parece indicar que la primera zona que se ocupa sería la de la antigua fortaleza altomedieval (ḥiṣn)
que pasaría a integrarse en la configuración de la alcazaba o ciudadela amurallada. Las intervenciones
arqueológicas, los restos conservados y la documentación escrita nos permiten reconstruir cómo sería esa
ciudad zirí. Su parte más y mejor protegida sería la alcazaba que coincidiría aproximadamente con el
barrio del Albayzín y poseería una extensión considerable de unas 15 hectáreas. A esta alcazaba, conocida
como antigua (qadīma, por contraposición a la de la Alhambra que sería la nueva) pertenecen los tramos
de una muralla anterior a la actual de la cuesta de la Alhacaba, los de Callejón de San Cecilio, donde se
ubicaría la Puerta del Castro (Bāb Qaštar) y los lienzos que atraviesan la calle Espaldas de San Nicolás y
van descendiendo hasta San Juan de los Reyes. La muralla se construye con la técnica de tapial de
calicanto (es decir, con un encofrado que permitía levantar muros de tierra apisonada, en este caso con
numerosos cantos de río para darle consistencia) e iría jalonada por una serie de torreones, muchos de
ellos aún en pie, como el del Centro de Salud Albayzín, el de la calle Charca, Carmen Aben Humeya, calle
Guinea y la Placeta de las Escuelas.
Posteriormente, la muralla zirí prosigue su trayecto por la calle San Juan de los Reyes, donde todos los
números impares se apoyan o integran parte de esta para luego volver a ascender para enlazar con la
Puerta de Monaita.
A partir de ahí, la ciudad se extendería desde el Albayzín hacia dos direcciones: hacia el este y hacia el
suroeste, hacia lo que constituiría la zona llana. Hacia el este, englobaría el actual barrio de San Pedro,
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conocido como arrabal de Axares. Mientras que hacia el llano, el área que va desde la Puerta de Monaita,
pasando por Puerta Elvira, San Juan de Dios hasta llegar a la plaza de Bib-Rambla (= Puerta de la
Rambla).
Puerta de Elvira (Bāb Ilbīra) es uno de los restos más relevantes de este siglo XI. Si bien, entonces
tendría otra configuración diferente a la actual, siendo de inferiores dimensiones, esta presentaría ya,
como la Puerta de Monaita, el acceso en recodo, una gran innovación para la época. El paso decisivo en
la consolidación del poblamiento en el llano se daría con la construcción de la mezquita mayor cuyos
restos ocuparían aproximadamente la actual iglesia del Sagrario de la Catedral. Ello marca un hito
fundamental en el urbanismo granadino, pues genera un nuevo núcleo político-religioso y
socioeconómico que continúa durante todo el periodo andalusí e incluso hasta la actualidad.
Un elemento imprescindible para la existencia y el mantenimiento de la ciudad es el agua. Para convertir
a Granada en una ciudad, los ziríes deben construir y perfeccionar une serie de infraestructuras
hidráulicas. La más importante es la acequia de ‘Aynadamar, que aprovecha las aguas de Fuente Grande
en Alfacar para llevarlas al mismo corazón de la alcazaba qadīma , distribuyéndolas por los aljibes o
cisternas estratégicamente construidos, como el Aljibe del Rey, de 300 m3, el de la mezquita de los al-
Murābiṭīn (hoy perteneciente a la iglesia de San José) y muy probablemente el de las Tomasas.
Otras dos acequias toman sus aguas del Darro: la de Axares, que discurría por San Juan de los Reyes,
nutría al Bañuelo (baños árabes del XI) y al aljibe de la mezquita mayor. Y la de Romayla que regaba la
orilla izquierda de la madīna en la que se hallaba el área artesanal (complejo alfarero, textil...). Por último,
ya en tiempos de ‘Abd Allāh, se crea una nueva acequia derivada del Genil, la Acequia Gorda (la mayor)
que serviría para regar la zona periurbana del sur de la madīna, un espacio de jardines y huertos.
Además de estas acequias, Granada contaba con una coracha, complejo constructivo que le permitía
subir aguas del Darro a un pequeño castillo que se construye en la actual Alhambra. Una coracha es un
paño de muralla que parte de un recinto para acceder a un punto de aprovisionamiento de agua y
protegerlo. La coracha de Granada arrancaba del castillo de la Alhambra atravesaba el río y llegaba al
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Albayzín. De ella, solo nos queda los restos de la Puerta de los Tableros (Bāb al-Difāf) que se observan
en el Paseo de los Tristes.
Como hemos mencionado, la Granada zirí contaba con dos mezquitas importantes. Una era la de los
morabitos, situada en el Albayzín donde hoy se ubica la Iglesia de San José, cuya torre-campanario se
corresponde con el alminar original del s. XI y constituye uno de los legados patrimoniales de mayor
valor del periodo zirí. Esta torre conserva el arco de herradura de tradición cordobesa y el aparejo típico
de sillería a soga y varios tizones con resalto y falso desglose. La otra mezquita es la mezquita mayor
situada en el llano, en la actual iglesia del Sagrario. Esta solo la conocemos a través de planos,
descripciones y grabados posteriores a la conquista castellana, y sabemos que presentaba un alminar de
similares características.
En suma, hemos de señalar que, el periodo zirí es el más relevante de la historia de Granada. En él se
funda la ciudad que alcanza una extensión similar a su máximo histórico hasta la etapa moderna. Se le
dota de las infraestructuras hidráulicas necesarias, las cuales siguen en vigor hasta bien entrado el siglo
XX, e incluso se establece un primer castillo en la Sabika, marcando el camino de lo que dos siglos más
tarde sería la alcazaba de la Alhambra.
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MÓDULO 1
1.3. EL REINO NAZARÍ
Por Bárbara Boloix
Departamento de Estudios Semíticos de la Universidad de Granada
La fundación del Reino Nazarí de Granada en el siglo XIII fue consecuencia directa de la crisis del
poder de los Almohades tras su derrota contra los cristianos en la batalla de Las Navas de Tolosa
(1212), lo que abriría la transicional “época de las terceras taifas” (1228-1238). Una de estas taifas o
reinos surgidos en dicha década fue el creado por el fundador de la dinastía nazarí o los Banū Naṣr, el
emir Muḥammad I (1232-1273), principal rival del emir murciano Ibn Hūd al-Mutawwakil, a quien
Muḥammad I fue conquistando los territorios andalusíes que este había reunificado.
Respecto a los inicios de su poder, tras varios éxitos militares Muḥammad I fue proclamado emir por
los habitantes de su localidad natal, Arjona (actual provincia de Jaén) en la mezquita mayor tras la
oración comunitaria de un viernes de mediados de julio de 1232. Poco a poco, distintas localidades se
sumaron a sus dominios y, principalmente, Málaga, Almería y Granada en 1238, eligiendo esta última
ciudad como capital definitiva de su reino por su marcada orografía y su mayor alejamiento de la
frontera cristiana con respecto a Jaén.
Una vez asentado en Granada, Muḥammad I tomaría las primeras medidas sobre las que asentaría la
legitimidad de su dinastía: primero, la elección y el acondicionamiento de las precarias construcciones
defensivas que, desde el siglo IX, eran ya conocidas como “la Alhambra” (al-Ḥamrā’, “la [fortaleza]
roja), como nueva sede del poder y posterior residencia real; el empleo del color rojo que, al igual que el
nombre de la Alhambra, se vinculaba con su apelativo de Ibn al-Aḥmar como tono representativo de
los símbolos del poder nazarí; y, por último –y como cualquier dinastía islámica medieval-, la creación
de una genealogía de prestigio para legitimar el poder político y religioso de su nueva estirpe, recurso
que hundió sus raíces en este siglo XIII. Para ello, los cortesanos nazaríes recurrieron a un hábil juego
de palabras a partir de la raíz etimológica árabe na-ṣa-ra (“ayudar a vencer”), común a las
denominaciones de los Banū Naṣr y de los Anṣār al-Nabī (“los auxiliadores del Profeta”), para
entroncarse con estos, una confederación tribal árabe de prestigio habitante de Medina que fue así
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denominada en el siglo VII gracias a la ayuda que prestaron al profeta Mahoma en su hégira o huida
hacia dicha ciudad desde La Meca.
A finales del siglo XIII y a principios del XIV, el reino nazarí se fue consolidando, un proceso visible ya
en el reinado bisagra de Muḥammad II (1273-1302). No solo los Nazaríes fueron tomando una mayor
consciencia de dinastía y sus cuadros administrativos se fueron oficializando, sino que también se
fueron ampliando paulatinamente los horizontes constructivos en la propia Alhambra, como el palacio
del Generalife. A pesar de ello, los denominadores comunes que marcaron el desarrollo de la política
nazarí en el siglo XIV fueron, por un lado, la propia inestabilidad interna de la dinastía nazarí –debido a
los continuos destronamientos y crímenes políticos de sus sultanes a manos de rivales de la propia
familia- y el mantenimiento de un difícil equilibrio de fuerzas con los reinos de Castilla y meriní de Fez
para poder sobrevivir y mantener el control del Estrecho de Gibraltar.
La red agnática de parentescos desarrollada en el seno de los Banū Naṣr explica claramente muchos de
los virajes internos en el poder nazarí, al que, a las causas aparentemente políticas, hay que sumar como
determinantes la existencia de varios candidatos a la sucesión de los emires, al tener estos distintos hijos
como consecuencia de la práctica de la poligamia con esposas legítimas y concubinas. El ascenso al
poder de Ismā‛īl I (1314-1325), ante la falta de descendientes varones de Muḥammad III y Naṣr, solo
puede explicarse por estas razones; aunque siempre se ha interpretado su entronización como un
“cambio de rama” reinante dentro de la familia nazarí, por no descender directamente de Muḥammad I,
Muḥammad II y Naṣr, sino de una rama paralela - al ser hijo de Fāṭima bint al-Aḥmar (hermana de
estos) y de un miembro de la familia nazarí-, en realidad su derecho a reinar se sustentaba en la sangre
real de su madre, que sí era descendiente directa de la línea legítima reinante. Este fenómeno, de
transmisión del poder por vía materna, se dio en varias ocasiones en el seno de la familia nazarí, lo que
nos llevaría a reflexionar sobre si las mujeres de esta dinastía fueron legítimas continuadoras de las
líneas sucesorias sin desviarlas ante ausencia de descendencia por parte de los emires del momento.
La dinastía de Ismā‛īl (o de Fāṭima) condujo paulatinamente al reino a su esplendor, alcanzado -aunque
no sin dificultades y asesinatos políticos, victorias y derrotas militares- durante los reinados de Yūsuf I y
de Muḥammad V. Ambos se caracterizaron por la firma de pacíficos tratados tanto con los reinos de
Castilla y Aragón como con el meriní de Fez, por la actividad cortesana e intelectual de grandes figuras
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como Ibn al-Ŷayyāb (m. 1349), Ibn al-Jaṭīb (m. 1374) e Ibn Zamrak (m. 1394), autores de muchos de
los poemas inscritos en la Alhambra; y, sobre todo, por sus intensas políticas edilicias tanto en Granada
–donde se construyeron el palacio de Bibataubín, la puerta de Bibrambla (“del Arenal”), la Madraza, la
Alhóndiga Nueva del Corral del Carbón o el Maristán u hospital- como en la propia Alhambra –la
puerta de la Justicia, la Calahorra de Yūsuf I, el oratorio del Partal y los palacios de Comares y de los
Leones-. Tras haber sido exiliado a Fez en 1359 ante el golpe de estado perpetrado por su medio
hermano Ismā‛īl II a instancias de la madre de este (la concubina Rīm) y recuperado el poder en 1362,
Muḥammad V fallecía finalmente en 1391, legando un reino próspero que pronto entraría en una gran
crisis dinástica interna que lo abocaría a su final.
El paso del reino nazarí hacia el siglo XV fue protagonizado por dos emires, Muḥammad VII (1392-
1408) y el rey poeta Yūsuf III (m. 1409-1417), bajo los cuales se inició su decadencia política y
territorial; a ello contribuyó no sólo una activa dinámica de derrocamientos -aprovechada por familias
cortesanas como los Abencerrajes para aumentar su influencia política-, sino que en el plano exterior
una Corona de Castilla mucho más consolidada aumentó su presión sobre el reino de Granada,
causándole diversos ataques fronterizos e importantes pérdidas territoriales, como la de Antequera
(1410). Reinados, continuamente interrumpidos por otros candidatos, como el de Muḥammad IX “el
Zurdo” (1419-1427; 1430-1431; 1432-1445; 1447-1453) agravaron aún más si cabe la situación
dinástica, a pesar de la firma de distintos tratados con los reinos cristianos peninsulares y de la intensa
actividad diplomática desarrollada, en la que además participaron personalmente mujeres de su entorno
familiar, como su hermana Fāṭima o su esposa Zahr al-Riyāḍ.
Esta situación llevaría, con el tiempo, al triángulo de poder representado por Muley Hacén, el Zagal y
Boabdil, los grandes protagonistas de la llamada "Guerra de Granada" (1482-1492); un periodo en el
que el reino nazarí se debatía entre hacer frente a sus propias guerras civiles y familiares, por un lado, y
el reforzamiento de la cristiandad peninsular e impulso de la “Reconquista”, por otro, sobre todo a
partir del matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 y la consecuente unificación de sus reinos. Este
triángulo de poder -visible también en el férreo antagonismo de Ā’iša (la esposa de Muley Hacén y
madre de Boabdil) y su concubina Soraya por asegurar a sus propios primogénitos en la sucesión de
aquel- mermó aún más si cabe a la dinastía, hasta que el fallecimiento de Muley Hacén en 1485 y el
exilio del Zagal a Tremecén en 1489 acabarían dejando a Boabdil como único emir de Granada. La
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debilidad de Boabdil, que había quedado patente en su cautiverio en la batalla de Lucena (1483) por los
Reyes Católicos, fue aprovechada por estos para hacerse con el reino nazarí, asolado por las luchas de
poder, las guerras civiles y la devastación del territorio de los cristianos. Una vez conquistado todo el
emirato y con Granada cercada, la capital nazarí tuvo que capitular el 2 de enero de 1492. Boabdil, a
quien primeramente le fue concedido un señorío en la Alpujarra, se dirigió finalmente a Fez junto a su
madre, Ā’iša, dejando atrás a una población mudéjar que se enfrentaba a sobrevivir en una tierra ya
cristiana en la que no serían respetados los términos de las Capitulaciones. Un triste final para un reino
próspero que, contra todo pronóstico, consiguió prolongar la historia de al-Andalus.
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MÓDULO 1
BIBLIOGRAFÍA
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