Dilemas Jurídicos: Casos Difíciles
Dilemas Jurídicos: Casos Difíciles
24215/25916386e103
Resumen: este trabajo repasa la diferencia que, según algunos, se puede hacer
entre los casos que un juez puede resolver fácilmente y aquellos que presentan
obstáculos de progresiva importancia y requieren una actividad más laboriosa
y comprometida. El punto a partir del cual se reelaboran y profundizan algunos
aspectos de la cuestión es la ya clásica postura de Neil MacCormick. Esta
reelaboración apunta a otras condiciones que, a pesar de no ser estrictamente
inherentes a los casos, aumentan su gravedad y hacen que la distinción entre casos
fáciles y difíciles sea imprecisa, tenga un carácter dinámico, variable y —en buena
medida— esté sujeta a concepciones teóricas respecto del derecho, su naturaleza,
creación y aplicación.
Abstract: this paper reviews the difference that, according to some, can be made
between cases a judge can easily solve and those presenting obstacles of progressive
importance, which require more arduous and committed work. The point from
which some aspects of the issue are re-elaborated and deepened is Neil MacCormick’s
already classic stance. This re-elaboration highlights other conditions which, in spite
of not being strictly inherent to the cases, aggravate them, and make the distinction
between easy and hard cases inaccurate, with a dynamic and variable character,
and—to an extent—tied to theoretical conceptions regarding Law, its nature, creation
and application.
(*) Abogado. Prof. Titular ordinario de Introducción al Derecho, Cátedra I, Facultad de Ciencias
Jurídicas y Sociales, Universidad Nacional de La Plata.
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I. Objeto
Creo que Neil MacCormick ha señalado con justeza las condiciones que hacen
que un caso sea difícil y sobre sus enseñanzas me apoyaré para verificar si esta es
una clasificación capaz de agotar el universo de situaciones posibles, estudiar las
características tanto de unos (los casos fáciles, comunes o rutinarios) como otros
(los más difíciles, oscuros o comprometidos), y anticipar algunas condiciones y
factores que coadyuvan para agregar complejidades y obstáculos a la decisión fi-
nal del juez.
(1) Las críticas de Dworkin a Hart se hallan en una de las obras más conocidas del primero (Los
derechos en serio), donde se reproduce una serie de artículos que Dworkin había publicado, y res-
pecto de los cuales Hart había empezado a diseñar una réplica que fue interrumpida por su muerte.
De tal réplica solo conocemos lo esencial gracias a la edición que de los originales hicieron Penélope
Bulloch y Joseph Raz, que se conoce como Post Scríptum al concepto de derecho.
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II. Introducción
En cambio, sigue Dworkin, una concepción del derecho que reconozca que un
sistema jurídico evolucionado, además de las típicas normas y reglas de conducta,
contiene otros enunciados (directrices, estándares y principios), y que también
acepte la existencia de una relación relevante entre el derecho —por un lado— y la
moral y la política —por el otro—, es un modelo que permite descartar el ejercicio
de la discrecionalidad judicial por innecesaria, ya que ofrece al juez atento (al juez
Hércules, en la terminología de Dworkin, que conoce no solo las leyes, sino tam-
bién los principios y valores en los que aquellas se respaldan) una única respuesta
correcta para cualquiera sea el caso que se presente, y por dificultoso o complejo
que parezca.
(2) Rolando Tamayo y Salmorán, en el estudio preliminar que aparece en Post Scríptum al con-
cepto de derecho, considera que Dworkin es el continuador de la polémica mantenida entre Lon
Fuller y Hart, y que la posición final de este último quedó asentada en el capítulo IX (Las normas
jurídicas y la moral) de El concepto de derecho. En este sentido, también es de interés la consulta de
una obra precedente de Hart, Derecho y Moral. Contribuciones a su análisis.
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Como se anticipó en una nota anterior, Hart tenía pensado dar respuesta a las
críticas y equívocos que había generado su obra, agregando un nuevo capítulo a la
misma. Su fallecimiento le impidió concluir esta tarea, pero Penélope A. Bulloch
y Joseph Raz, realizando lo que se reconoce como un muy cuidadoso trabajo de
recopilación de sus notas, apuntes y borradores, editaron posteriormente el Post
scríptum al concepto del derecho (3), que contiene la respuesta (que, en todo caso,
podemos considerar provisoria) de Hart a las principales objeciones que le fueron
dirigidas y la aclaración de muchas de las ideas seminales de su teoría.
Allí, entre otras cosas, Hart declara que su positivismo es un positivismo inclu-
yente, o suave (soft), y no el positivismo excluyente que Dworkin le había imputa-
do (según me he permitido esbozar en párrafos anteriores). Tal positivismo inclu-
yente le permite a Hart ocuparse de cuestiones valorativas (entre las que queda
incluida el tratamiento de la relación entre el derecho y la moral) sin tener que
ceder posiciones fundamentales o renunciar a la elaboración de una teoría del
derecho cuya naturaleza fuera puramente descriptiva (4).
Por otra parte, y en lo que concierne a este trabajo, Hart mantuvo su idea de que
existen ciertos casos o supuestos para los que un orden jurídico no trae una res-
puesta clara o unívoca. En esos casos o supuestos, sea porque quedan instalados
en el área de penumbra del significado de la regla, sea porque son contradictoria-
mente resueltos por más de una norma, o sea por otras razones, lo cierto es que
quien debe resolverlos no cuenta con una respuesta previa, prevista por el sistema
y claramente aplicable; de ahí que, al pronunciar su sentencia, el juez debe hacer-
lo proyectando sobre parte de ella su prudencial discreción.
(3) La versión en español, con un estudio preliminar y traducción de Rolando Tamayo y Salmorán
puede ser encontrada en el sitio www.biblio.juridicas.unam.mx/libros/1/38/tc.pdf
(4) Por supuesto, también se dedicó a defender su regla de reconocimiento, dando una vuelta de
tuerca más a la distinción entre normas y principios (distinción con la que su antagonista pretendía
criticarlo) de manera tal que, aceptando la novedosa categoría de los principios, la mostraba como
una ratificación de la necesaria existencia de una regla que permitiera reconocerlos y diferenciarlos
de los preceptos de otros sistemas.
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índole de estas páginas (5). Otras, por coloquiales, parecieran mucho más acce-
sibles, como la que esboza Genaro Carrió (1987, p. 22) (6). Por mi parte, me con-
formo con propiciar un acuerdo mínimo sobre el tema, a los exclusivos fines de
este trabajo. Llamaré “caso” (caso jurídico, o caso judicial, para evitar cualquier
confusión) a una cierta situación fáctica, donde distintas partes (no importa quié-
nes: particulares, personas jurídicas, el propio estado, etc.) aparecen con intereses
encontrados, en razón de los cuales se ha generado un conflicto; este conflicto es
presentado ante una autoridad que debe (tiene la facultad y también la obligación)
resolverlo mediante algún tipo de pronunciamiento (por ejemplo, una sentencia),
pronunciamiento que ha de estar —por una parte— dotado de un mínimo de ra-
cionalidad y —por otra— respaldado por la amenaza de emplearse la coacción en
caso de que fuera necesaria para hacer efectivo lo resuelto (7).
Tal vez sea bueno, antes de continuar adelante, advertir que —a pesar de ad-
vertir que puede haber casos presentados ante mediadores, conciliadores, árbitros
o mediadores— me voy a ocupar de aquellos en los que interviene un órgano ofi-
cialmente facultado a dar solución al conflicto, a quien se atribuye imparcialidad,
objetividad, razonabilidad y competencia para imponer su decisión, y que puede
hacerlo aun empleando la fuerza. Ese alguien no necesariamente, pero sí común-
mente, es un juez o un tribunal. Por eso, y porque la presentación del conflicto se
desarrollará con ajuste a ciertos procedimientos, me restringiré a los casos que
llamaré —a pesar de alguna impropiedad— “casos judiciales”.
Con lo anterior también queda dicho que el concepto de caso que he de mane-
jar estará siempre asociado a la idea de conflicto (8). No importa que ese conflicto
se produzca entre partes que obran en un pie de aproximada igualdad (particu-
lares), o se trate del generado por un súbdito que se alza contra algún organismo
público, o el que el Estado provoca al imputar a un ciudadano la comisión de un
(5) El título original de la obra que cito era Introducción a la metodología de las ciencias jurídicas
y sociales. Desde una segunda edición revisada (publicada en Argentina en el año 2017) figura con el
título Sistemas normativos. Introducción a la metodología de las ciencias jurídicas.
(6) Al promediar el delicioso opúsculo que dedica a los abogados jóvenes, Carrió intenta una ca-
racterización de los casos jurídicos asemejándolos a los problemas de ajedrez: dar el mate en cierto
número de jugadas equivale a que el novel profesional logre lo que el cliente quiere o desea.
(7) Luis María Bandieri, en “Argumentación y composición de conflictos jurídicos” (Bandieri,
2004, p. 32), en “La argumentación jurídica: problemas de concepto, método y aplicación”, sostiene
que, en vez de decir que los conflictos “se resuelven”, sería más correcto declarar que “se compo-
nen”. Probablemente tal expresión sea más acertada técnicamente; sin embargo, prefiero recurrir a
lo usual y hablar, a lo largo de este trabajo, de “solución” o “resolución” de conflictos.
(8) Con especial consideración de las propuestas de Remo Entelman, entiendo, en este contexto,
que “conflicto” es una interacción social donde los actores se hallan en pugna por la satisfacción de
intereses, necesidades o valores que no puede ser lograda sino por uno de los sectores antagónicos,
al menos parcialmente.
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ilícito, o del que se suscita cuando un grupo (un colectivo de intereses) reclama en
contra de lo establecido por el sistema, etc. Lo fundamental es que se trate de un
conflicto, reconocido y establecido como tal, que necesite de una solución. Con-
secuencia de ello, la presencia de un juez, encargado de resolverlo autoritativa-
mente resultará connatural.
Es más: el juez (ese tercero en discordia como lo llama Andrés Ibáñez —2015—)
no solo tendrá la potestad de decidir el conflicto, sino que también tendrá la obli-
gación de hacerlo (9), y de hacerlo de una forma que su resolución esté razona-
blemente justificada, motivada o respaldada por argumentos realmente convin-
centes. Así ocurrirá que algunas veces deberá el juez enfrentarse con situaciones
críticas, complejas y hasta dolorosas, cuya solución ha de requerir, de su parte, de
un esfuerzo intelectual y de voluntad significativamente mayor.
Esta discrepancia basal sobre la existencia de los casos difíciles y sobre cómo
deberían ser resueltos, nos impone la necesidad de llevar a cabo una fina concep-
tualización de estas categorías.
(9) Esto, que antes era una exigencia doctrinaria o establecida en los códigos de procedimientos,
en nuestro país, a partir de la vigencia del nuevo Código Civil y Comercial es una obligación legal-
mente impuesta en el artículo 3 del mismo.
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Una inmensa mayoría de las cuestiones litigiosas que llegan a los tribunales
civiles son de los llamados casos simples, fáciles, rutinarios, claros o típicos, es
decir, se resuelven con un esfuerzo mínimo, no requieren de grandes andamiajes
argumentativos y la resolución que pueda recaer no corre grandes riesgos de ser
revisada (por vía recursiva o en una instancia superior, por ejemplo).
Existe, además de las anteriores, una cantidad de causas (el hecho de que su
número sea minoritario no hace que la cuestión sea desdeñable) que exigen de
una actividad, estudio y preocupación mayores por parte del juez, y que, aún a
pesar de tal actividad, no se llega a la solución sin antes sortear dudas razonables
y perplejidades crecientes sobre los hechos que se juzgan o la normativa aplicable,
y la suerte final del litigio —sobre todo en los casos más arduos— no queda exenta
de objeciones, controversias y desacuerdos que se canalizan mediante recursos a
tribunales revisores o críticas académicas (que no deben desconsiderarse).
Uno de los autores que con mayor precisión ha calado en el estudio de las con-
diciones que hacen que un caso deje de ser un caso fácil es, sin duda, el escocés
Neil MacCormick. Sus tesis (expuestas fundamentalmente en Legal Reasoning and
Legal Theory, de 1978) son, al decir de Manuel Atienza, expresadas con elegancia,
sencillez y claridad, y en ellas:
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Previo a ello, una última advertencia debe ser hecha. No es lo menos impor-
tante que aquello que transforme en difícil a un caso, al menos en principio, sea
un obstáculo o una dificultad de naturaleza objetiva. Esto tiene que ver con la
posibilidad de que un caso resulte difícil para alguien en particular (para cierto
juez) porque —por ejemplo— afecta áreas sensibles de su historia personal; tal
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Como anticipo (y, sin duda, bajo la influencia de MacCormick, pero intentando
ir más allá) he de adelantar que lo que hace que un caso sea difícil (dificultad que
puede presentar diversos grados) es un cúmulo de circunstancias de distinta índo-
le que presionan, cada una a su manera, al juez en el momento en que debe dictar
la sentencia que resuelva el conflicto que le ha sido planteado. Por supuesto, no
todas ellas agravan un caso de la misma manera o en el mismo grado, cuestión que
depende de muy diversos factores. Algunas de tales circunstancias son circunstan-
cias específicas del caso (inherentes al mismo), y en este renglón agrupamos tanto
a las que están referidas a los hechos como a las que provienen de las normas que
podrían aplicarse.
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Los casos difíciles más complicados son llamados “casos trágicos”. Manuel
Atienza define los casos trágicos como aquellos en los que no es posible encontrar
una solución jurídica que no implique el sacrificio de algo considerado moral-
mente valioso (Atienza, 2005, p. 219). En otras palabras, quien debe decidir se halla
ante un dilema por el cual, cualquiera sea la decisión que tome, alguna cosa será
destruida, o un bien será degradado, o alguien va a resultar gravemente afectado.
(11) SCBA; Causa Ac. 95.464; sent. del 27/6/2005. Una mujer, por sí y en representación de sus hi-
jos (¿?) solicitó autorización para abortar por padecer miocardiopatía dilatada con deterioro severo
de la función ventricular, episodios de insuficiencia cardíaca descompensada, endocarditis bacte-
riana, arritmia crónica, limitaciones de la capacidad funcional, obesidad y tabaquismo, todo lo que
acarreaba gran peligro de morbilidad materno fetal.
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(un mal en sentido objetivo, y no una mera apreciación personal de lo malo) sería
provocado; eso es lo que hizo del caso un caso trágico.
En este tipo de caso ocurre una competencia no solo entre reglas de la más alta
grada sino también entre los principios que defienden distintos valores. Esta com-
petencia o conflicto, según autores como Robert Alexy, puede disolverse mediante
la ponderación (12), ingenio que, bien implementado, autorizaría la elección co-
rrecta del valor a respaldar con mínimo daño del valor postergado.
(12) La ponderación es un mecanismo por el cual, ante un conflicto que involucra derechos fun-
damentales, y teniendo especialmente en cuenta las circunstancias particulares del caso, se han de
sopesar cada uno de los valores en juego para declarar cuál, en esa situación, ha de prevalecer (ver
nota 23).
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Este conjunto puede ser mejor esclarecido formulando una nueva distinción,
bastante obvia: existen factores tanto de naturaleza fáctica como factores de natu-
raleza normativa (referidos a los preceptos aparentemente aplicables) que deben
diferenciarse.
a) Por empezar, ningún juez (sin que importe su jerarquía, su fuero o su com-
petencia) puede llevar adelante su tarea de juzgamiento y resolución sin tener un
cabal conocimiento de los hechos que dieron origen a la causa que lo ocupa. Sin
embargo, como esos sucesos han acaecido en el pasado, deben ser investigados,
reconstruidos e historiados. Para ello, en primer lugar, lo ocurrido debe ser cla-
ramente relatado por quienes son los interesados; esto es, cada parte debe expo-
ner la propia versión de los hechos considerados relevantes mediante un discurso
bien hilado, consistente, económico, preciso, etc. De no ser así, se le exige al juez
una tarea impropia, como es la de desentrañar (cuando no imaginar), a partir de
un texto oscuro, anárquico o confuso, las circunstancias fácticas realmente esen-
ciales para comprender la naturaleza del litigio. Se incumple así la primera parte
del viejo adagio Da mihi factum (...), y eso es lo que hace que un caso que pudo ser
simple empiece a complicarse.
(13) La cuestión del razonamiento probatorio y sus entresijos ha tomado cuerpo en las discusio-
nes académicas con inevitable repercusión en los estrados judiciales. Los trabajos de Michele Tarufo
o Jordi Ferrer Beltrán pueden considerarse hitos en este sentido. En lo que aquí importa, rescato, sin
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existan razonables dudas sobre cómo ocurrieron los hechos esenciales, y con la
misma frecuencia aparecen dificultades para verificar cuál de las versiones mejor
se acomoda a lo que pasó en realidad porque la prueba propuesta y producida no
arroja elementos de convicción suficientes. Si lo entregado al juez por las partes (al
menos en el proceso civil) no revela cómo ocurrieron aquellos hechos o, más pre-
cisamente, la concurrencia de las propiedades esenciales del caso para que este
quede atrapado en la hipótesis normativa, o si solo hay un relato deshilachado e
inorgánico y las pruebas aportadas a su respecto resultan inapropiadas o insufi-
cientes, lo que pudo ser un caso claro se torna enrevesado.
Estos problemas, aunque dificultan la solución del caso, no son los más gra-
ves y es posible anticiparse a ellos. Así, el juez puede exigir a las partes que los
respectivos discursos expliquen los hechos relevantes de la causa en forma clara
y completa, que sea denunciado con exactitud aquello que se peticiona y el de-
recho en que se funda, y —dentro de ciertos límites— puede disponer la produc-
ción de las pruebas que considere indispensables para esclarecer la verdad de los
hechos controvertidos. Los sistemas jurídicos contemporáneos suelen ofrecer un
conjunto de herramientas que permiten evitar, corregir y, en su caso, solucionar
estos problemas. Los casos difíciles que tienen su origen en las imprecisiones del
discurso en que los sucesos son expresados, o en la dificultad para reconstruir los
hechos relevantes, con su corolario de un proceso de subsunción artificioso, resul-
tan entonces los menos dificultosos.
b) Otros factores que, siendo propios del caso, contribuyen a dificultar su tra-
tamiento y resolución, son de naturaleza normativa. Ahora son los preceptos que,
a primera vista, debieran ser aplicados al caso, los que provocan confusiones o
dudas.
embargo, un paper de Marina Gascón Abellán titulado Conocimientos expertos y deferencia del juez
(Apunte para la superación de un problema).
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Hay más problemas con las normas: puede ocurrir que haya una sobreabun-
dancia normativa; esto es, que exista más de una regla prima facie aplicable al caso,
sea que se repitan (redundancia, problema menor) o que se contradigan (antino-
mia, lo que es mucho más grave), supuesto que acrecienta la labor interpretativa
del juez, genera dudas en las partes, provoca nuevas disputas de los involucrados,
etc. Por supuesto que hay reglas y principios que permiten salvar las contradiccio-
nes normativas (14); no es este, sin embargo, un remedio seguro porque muchas
veces el uso de tales reglas puede suscitar nuevas dudas y las soluciones a las que
se arriba, lejos de ser unívocas, resultan muchas veces contradictorias.
Más grave aún es el caso opuesto, es decir, cuando en lugar de una sobreabun-
dancia de normas hay una ausencia de ellas (la llamada laguna del derecho). Ante
ello, el juez se encuentra ante un problema mucho mayor: no tiene ninguna regla,
norma o principio al cual acudir, por lo que no puede cumplir con su obligación
de fundar todo pronunciamiento en una norma válida del ordenamiento; al mis-
mo tiempo, resulta que existe otra regla del mismo sistema que le impide excusar-
se de pronunciar su sentencia (15). Está, pues, ante un auténtico dilema: o bien
dicta una sentencia sin fundamento legal, en violación a, por lo menos, los princi-
pios del debido proceso, o bien declara un non liquet, infringiendo el principio de
inexcusabilidad.
(14) Los criterios universalmente aceptados (Guarignoni, 2006, p. 165) para establecer la norma
que, en caso de antinomia, será preferentemente aplicada son lex superior, lex posterior y lex specia-
lis. Hay algunos otros, como el de competencia.
(15) El artículo 16 del antiguo Código Civil de la Nación Argentina, con meridiana claridad, dis-
ponía Los jueces no pueden dejar de juzgar bajo el pretexto de silencio, oscuridad o insuficiencia de
las leyes.
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Por otro lado (un último reparo: last, but not least): el cuestionamiento de la va-
lidez material de un precepto que, aunque correctamente enunciado, se considere
lesivo a las normas fundacionales del sistema, solicitándose la declaración de su
inconstitucionalidad. Esto se coloca como un prius en la resolución, complicando,
también por este lado, la sentencia.
Una inferencia es una puesta en relación de distintos datos o juicios que nos
son dados (en nuestro caso, los concernientes a hechos y normas) de manera tal
que produzcan uno nuevo. Ello puede hacerse debido a una facultad de la mente
humana según la cual es posible establecer conexiones causales y lógicas entre
diversos hechos y, a partir de eso, derivar nuevos conocimientos.
(16) Es decir, aquellas concepciones que sostienen que la guía para la interpretación es la consi-
deración de las consecuencias que han de seguir, más o menos causalmente, a su decisión a la luz
del conjunto de valores y principios reconocidos por el grupo social. Ver el artículo 2 del Código Civil
y Comercial de la Nación (ley 26.994).
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Por otra parte, la necesidad de construir las premisas fáctica y jurídica con un
mínimo de precisión y solvencia hace que, la mayoría de las veces, se requieran
argumentos adicionales, que sirvan de soporte para resguardar la verdad, la co-
rrección o la utilidad de aquellas. Eso hace que la pretendida simpleza del razo-
namiento judicial quede al desnudo, al menos en estos casos, mostrando su in-
suficiencia. El derrotero mental del juez, en instancias como esta, sigue caminos
mucho más complejos porque sus argumentos necesitan, a su vez, de otros argu-
mentos que los asistan y que le permitan justificar las decisiones parciales que
deba tomar. El discurso argumentativo se ve como un encadenamiento de razones
que se enlazan unas con otras, que se apoyan mutuamente y que llevan a una
(17) Es discutible que el proceso racional del juez al momento de pronunciar su sentencia pueda
equipararse a un silogismo, y más precisamente a un silogismo categórico. En contra están quie-
nes consideran a la sentencia un discurso argumentativo abierto, propio de análisis por la lógica
informal, y también quienes piensan que el juez, ante un caso, primero toma una decisión y luego
busca o crea razones y argumentos que la justifiquen. Ninguna de estas posturas es decididamente
convincente.
(18) “Subsumir”, en general, es incluir a un objeto o concepto en la extensión o comprensión de
otro, o considerar a algo como parte de un conjunto más amplio. En el contexto del derecho, equivale
a declarar que un cierto hecho particular se halla contenido en una categoría más general que es, a
la vez, la que recibe una determinada calificación jurídica.
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conclusión que no es más que una parte del discurso mayor de la sentencia (19).
Ese proceso, además de largo y complejo, puede resultar artificioso, rebuscado o
poco convincente, en desmedro de la espontánea naturalidad de la que debiera
estar dotada la justificación interna del pronunciamiento en un caso sencillo.
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En cualquier litigio cada una de las partes defiende lo que es su interés (aun-
que lo llame su derecho). Lo visible del caso es la deuda impaga, el delito acusado,
la negligencia profesional, la pelea entre herederos, la pensión mal liquidada, el
reconocimiento del vínculo familiar, el incumplimiento contractual, etc. Un caso
es fácil cuando se resuelve sobre los intereses y valores que a simple vista son ad-
vertidos, y cuando nadie (ni las partes ni el juez) tiene la intención o considera
necesario profundizar sobre otras cuestiones. O cuando, con un encogimiento de
hombros, los involucrados apartan la vista de aquello que es la causa profunda del
conflicto porque la juzgan nimia, lejana en la relación causal o tan excesiva para
abordar, que, según sus cálculos, la relación costo beneficio arrojaría pérdidas.
Esto no debe engañarnos. Muchas veces hay una pugna de intereses y valores
que se halla oculta, disimulada o soterrada y solo aparece como ominoso trasfon-
do del conflicto manifiesto. Hay, por ejemplo, una causa por la que un sujeto pide
el cambio de su nombre (cuestión que podría ser anodina); sin embargo, a poco
de investigar se topa uno con la cuestión de la transexualidad. En casos como ese,
lo que parecía casi un tema administrativo, con un proceso más largo que com-
plicado, y que bien podía confiarse a un funcionario auxiliar para que lo lleve, se
convierte de pronto en un caso donde están sobre el tapete temas de orden públi-
co, que afectan a la dignidad humana, que involucran derechos fundamentales,
etc. El caso, de ser trivial, pasó a ser un caso difícil (22).
(22) Dan cuenta de ello los medulosos votos de los ministros de la Suprema Corte de la provincia
de Buenos Aires en la causa Ac. 86.197, del 21/3/2007, mucho antes de que existiera legislación al
respecto.
(23) Resumidamente, tal formula sostiene que, para un cierto caso, el peso de cierto principio (1)
en relación con cierto principio (2), equivale a la multiplicación de la afectación del principio (1) en
concreto, por su peso en abstracto y por la certeza sobre la verdad de las premisas empíricas que se
refieren a su afectación, todo ello dividido por el producto de una nueva multiplicación: la afectación
del principio (2) en concreto, por su peso en abstracto y por la certeza sobre la verdad de las premi-
sas relativas a su afectación. Este algoritmo no ha convencido a muchos autores ni es conocido por
muchos jueces.
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Otro ejemplo, ahora del derecho laboral: una trabajadora es despedida invo-
cándose por la patronal, como justa causa, sus reiteradas ausencias los días sá-
bado de cada semana; la trabajadora aduce que, según su religión (adventista),
tal día debe ser santificado y los fieles deben abstenerse durante él de actividades
laborales y que ello justifica sus ausencias. Querer resolver este conflicto recu-
rriendo solo a los preceptos del derecho laboral es notoriamente insuficiente, es
quedarse con la corteza del problema y preterir lo nuclear del mismo. Lo esencial
está apenas manifestado, pero, en cuanto se lo advierte, se advierte también el eje
central de la controversia: es un conflicto que tiene que ver con reglas de raigam-
bre constitucional, con principios sustantivos del sistema y con un claro enfrenta-
miento entre valores, y eso es sobre lo que el juez deberá, auténticamente, decidir.
Bajo este epígrafe me ocupo de la influencia que puede ejercerse sobre el juez
por parte del grupo social en general (o por un subgrupo específico: pares, cole-
gas, consocios o cofrades) para que dirija su comportamiento en un sentido deter-
minado y, con ello, modifique su percepción jurídica de algún caso en particular,
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- Guillermo G. Peñalva (pp. 785-812)
El juez es un miembro del grupo social, y como parte integrante del mismo, está
sometido a las mismas presiones que cualquiera de los otros miembros. Su lugar
dentro del grupo lo coloca en una posición que es a la vez de privilegio y de debi-
lidad. De privilegio, porque tiene la posibilidad —por formación y por experiencia
profesionales— de saber de las pasiones y debilidades de los hombres, enterarse
de parte de los entresijos del poder, y de alterar, con sus decisiones, el destino, la
fortuna o el honor de sus conciudadanos. Y de debilidad, porque es una figura pú-
blica reconocible y atacable con cierta facilidad, porque —más allá de las formas
institucionalizadas de control de su actividad— sus pareceres, interpretaciones y
decisiones son expuestos (mayormente, por legos) a partir de sesgos ideológicos
y evidentes insolvencias técnicas, y la posibilidad de defender sus ideas se halla
limitada a la faz académica, generalmente despreciada por los medios de masas.
Cuando un caso —más allá de que, en sus orígenes, pueda ser considerado
simple— transciende la esfera del tribunal y ocupa las portadas de los diarios o
largos minutos de tiempo televisivo, los llamados formadores de opinión, al ex-
presar sus pareceres (no siempre de mala fe), hacen que sus propios y personales
(24) No me ocupo acá de las presiones que un juez en particular pudiera sufrir en virtud de algu-
na circunstancia privada. Ello no hace a la dificultad del caso, sino a su conducta personal.
(25) Nada de lo que digo es excesivamente original. Pierre Bourdieu denunció (Sobre la televisión;
Bourdieu, 1997) que el universo del periodismo es un campo sometido a los constreñimientos del
campo económico, y Perfecto Andrés Ibáñez apuntó a la existencia de todo un poder de información
y formación de la opinión pública dotado de su propia lógica político-empresarial, sobre el que exis-
ten limitadísimas posibilidades de control por parte de la ciudadanía (Andrés Ibáñez, 2015, p. 522).
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806 Filosofía del Derecho
En definitiva, tanto los referentes del grupo social como los propios entendi-
dos en cuestiones judiciales, conforman muchas veces un factor que convierte a
una situación que presentaba algunas dificultades, en un caso polémico, dudoso
o controversial, y las soluciones que se ofrecen al juez vienen preñadas de senti-
mientos, pasiones e intereses, de manera tal que la sentencia que se dicte correrá
riesgo de transformarse en una solución solo provisoria, sujeta a vaivenes ajenos
al caso. Y lo peor: el juez sentirá la frustración de que un trabajo honrado y es-
forzado sea visto luego como si se tratara de una mera solución de compromiso,
pergeñada a las apuradas o dictada a la sombra de influencias poderosas.
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A pesar de todo ello, el tiempo (el tiempo; no los plazos procesales) es otro fac-
tor que contribuye a dificultar la tarea del juez. Supongamos un pedido para que
un tribunal supla la negativa de los padres (fundada en razones religiosas) a que
su hijo menor, gravemente accidentado, reciba una transfusión sanguínea consi-
derada de toda necesidad y urgencia por el equipo médico que lo atiende. Ante tal
pretensión, la premura desplaza a las demás consideraciones: su respuesta ha de
ser inmediata, con los elementos que le hayan sido entregados y confiando en su
experiencia, su buena fe y su sentido común de lo jurídico como guías. Eso implica
afrontar las dudas y las perplejidades que aparezcan en el derrotero de su pensa-
miento, combatir los propios sesgos cognitivos y valorativos que surjan, recurrir
a recuerdos inciertos de pronunciamientos similares o de artículos doctrinarios
donde se analizaban situaciones análogas, etc., todo en un corto y angustiante
lapso. Tal cosa significa no solo un trabajo mental sumamente dificultoso y sin
certezas, sino también el temor a caer en el error insubsanable.
V.3.4. La insatisfacción
El carácter terrible del poder que, según Montesquieu, tienen los jueces, y su
natural arrogancia (Andrés Ibáñez, 2015, p. 346) (26), solo pueden ser mitigados
(26) Según DRAE, “arrogante” no solo significa “altanero” o “soberbio”, sino también “valiente”,
“alentado”, “brioso”, “gallardo” o “airoso”, sentidos que afeblecen la carga peyorativa que tienen los
primeros.
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808 Filosofía del Derecho
A tales jueces no les es extraño tener ante sí una causa donde la reconstruc-
ción de los hechos es relativamente precisa, donde las normas aplicables al caso
son claras y unívocas, donde el proceso argumental no resulta ficticio, ni rebus-
cado o artificioso, donde no hay dificultades en la expresión y donde el resultado
al que debieran arribar es formalmente inobjetable. A tales jueces tampoco les es
extraño que la solución así lograda les resulte, sin embargo, materialmente inad-
misible. Y ello porque, como dice Zagrebelsky, la justicia no es solo cuestión de
códigos y de procedimientos; es también, antes y, sobre todo, cuestión de ethos de
los jueces (28).
Más arriba transcribí un párrafo donde Alf Ross refiere la tensión que existe, en
la conciencia del juez, entre el acatamiento a la legalidad que le ha sido inculcado
y la influencia que sobre él ejercen los ideales, las actitudes, los estándares y las
valoraciones de la sociedad a la que pertenece y con la que se identifica. Pues bien:
así ocurre que quien debe aplicar la solución normativamente prevista a un caso
que le ha sido presentado, encuentra que tal solución no lo satisface; es más, sien-
te que tampoco podría conformar a las partes o a la comunidad. Y lo que parecía
un caso sencillo, claro o fácil, se torna un caso difícil.
Probablemente este sea el factor más difuso de todos los que concurren para
hacer dificultoso a un caso. Tal vez sea el más subjetivo de todos, porque depende,
indudablemente, de la sensibilidad de cada juez, del momento vital por el que esté
atravesando, de sus experiencias y sus vivencias. Tal vez tenga que ver con una
conciencia innata, como quería Kant, con el místico espíritu del pueblo de Savigny,
con logos de lo razonable de Recasens, con la dichosa rectificación del justo legal
de Aristóteles, o simplemente con una sensación tan indefinible como innegable
de que actuando de cierta manera se está haciendo lo correcto.
(27) Al respecto, el prólogo de Luigi Ferrajioli a la obra de P. Andrés Ibáñez, Tercero en discordia,
es mucho más elocuente y preciso.
(28) Citado por Andrés Ibáñez (2015, p. 345).
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Los ejemplos de jueces insatisfechos abundan. Optaré por uno (29), tal vez no
tan llamativo y sin dudas antiguo, pero ilustrativo en sí y por sus consecuencias.
(29) Por un momento pensé en exponer el caso Serena, resumiendo los apuntes con los que glosa
su revisión Zagrebelsky. Una de las razones que me detuvo fue que en nuestro país hay casos bastan-
te similares, que han provocado arduas discusiones y que no están aún resueltos, y no quiero caer
en lo que he criticado.
(30) Causa CCCVIII, del 11/10/1877; Ac. y Sent., Tomo II, Serie 1º; p. 16, suscripta por los inte-
grantes originarios de la SCBA.
(31) Causa CXVII, del 16/1/1889; Ac. y Sent., Tercera Serie, Tomo III, p. 401. Jueces firmantes:
Sáenz, Varela, Capdevilla, Urdapilleta y French.
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El grado al que pueda llegar tal tensión muestra a las claras las dificultades que
un juez debe afrontar cuando está insatisfecho por el resultado que ve por delante,
cuando está frustrado por su propia incapacidad para hallar otras respuestas, o
cuando un torbellino de circunstancias de todo tipo lo avasallan e interpelan a su
propio bagaje de valores. Dictar una sentencia contra las propias convicciones es
de las dificultades más graves que pueda acarrear un caso.
La distinción entre casos fáciles y casos difíciles (incluyendo también a ese ter-
tium genus, que son los casos trágicos) es una exteriorización de otras cuestiones
iusfilosóficas: la que tiene que ver con el reconocimiento de los principios, en tan-
to mandatos para que algo considerado valioso sea llevado a cabo en la mayor
medida posible (Alexy, 1988, p. 143), como un tipo particular de norma jurídica
(Bobbio, 1987, p. 239); la referida —ya en el terreno de la metaética— a la objetivi-
dad de los valores y la posibilidad de hallar siempre una única respuesta correcta
para cualquiera sea la cuestión que se presente (Dworkin, 1993, p. 146); la de si es
consistente con los ideales republicanos y democráticos la postura según la cual
los jueces pueden crear derecho, etc.
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para conformar el razonamiento pueden ser obtenidos sin mayores esfuerzos (el
discurso sobre los hechos es inteligible, la evidencia aportada al respecto es de-
terminante y las reglas a aplicar son claras). Hay certeza, hay tranquilidad, hay
determinación y hay rapidez en la actividad del juez.
Los casos se hacen dificultosos por una acumulación de factores, con distintos
pesos propios, pero todos ellos con algún grado de incidencia: la oscuridad en que
los hechos fueron expuestos y las imprecisiones del lenguaje en que las normas
han sido creadas, los inconvenientes (a veces, la imposibilidad) de reconstruir
acabadamente los sucesos que deben ser juzgados, los obstáculos y complicacio-
nes que surgen en el proceso inferencial, son otros tantos agentes de perturbación
de la labor judicial. A ellos se agregan —y en esto he querido poner el acento—
otros factores que, sin ser propios del caso que se resuelve, están sin duda presen-
tes en la mente del juez, y pesan sobre él. A veces un caso no es tan difícil por sus
dificultades congénitas como por la intromisión en su juzgamiento de cuestiones
no estrictamente jurídicas (aunque sí sean cuestiones sociales, culturales o políti-
cas). A veces un caso no es tan difícil como son difíciles las circunstancias externas
bajo las cuales debe ser considerado y resuelto.
VII. Bibliografía
Atienza, M. (2005). Las razones del derecho. México: Universidad Nacional Au-
tónoma de México.
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812 Filosofía del Derecho
Carrió, G. (1986). Sobre los límites del lenguaje normativo (en Notas sobre dere-
cho y lenguaje) 3ª Edición aumentada. Buenos Aires: Abeledo-Perrot.
Nino, C. S. (1980). Introducción al análisis del derecho. Buenos Aires: Ed. Astrea.
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