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Dialnet EncuestaSobreElLenguajeInclusivo 8117893

El documento presenta las respuestas de lingüistas a una encuesta sobre el lenguaje inclusivo. Los especialistas ofrecen puntos de vista sobre la relación entre lenguaje y realidad, la posibilidad de una morfología no binaria en español, y si el lenguaje inclusivo puede regularse sin afectar la inteligibilidad.

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Dialnet EncuestaSobreElLenguajeInclusivo 8117893

El documento presenta las respuestas de lingüistas a una encuesta sobre el lenguaje inclusivo. Los especialistas ofrecen puntos de vista sobre la relación entre lenguaje y realidad, la posibilidad de una morfología no binaria en español, y si el lenguaje inclusivo puede regularse sin afectar la inteligibilidad.

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DOSSIER

ISSN 2314-2189
doi: 10.34096/sys.n38.10617 1
Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [1-1]

Encuesta sobre el lenguaje


inclusivo

En este número de Signo y Seña presentamos las respuestas a una encues-


ta que, a propósito del lenguaje inclusivo, realizamos entre lingüistas de
nuestro país. La idea de la consulta no fue la de añadir aprobaciones o
reprobaciones sobre la cuestión, una polémica instalada hace unos pocos
años en los medios de comunicación y redes sociales, pero con anteceden-
tes de interés en diferentes culturas académicas, grupos sociales y pobla-
ciones jóvenes. En el contexto de la polémica, la encuesta buscó obtener
reflexiones alrededor de algunos ejes conceptuales que sirvan para ampliar
el horizonte obvio que media entre la apología y el rechazo.

Los ejes elegidos, organizados a partir de preguntas que servirían de orien-


taciones para la reflexión, son los siguientes:

» Eje A: Lenguaje y realidad. ¿Cuál es el vínculo entre lenguaje y realidad?


¿Al modificarse el lenguaje se modifica la realidad? ¿Al modificarse la
realidad se modifica el lenguaje? ¿El lenguaje crea la realidad?
» Eje B: Lenguaje y morfología. ¿Lenguaje inclusivo o una variante mor-
fológica? ¿El castellano puede desarrollar una morfología nominal no
binaria (por ejemplo, femenino, inclusivo y masculino)?
» Eje C: Lenguaje y regulación lingüística. ¿Qué tanto nos pertenece la
propia lengua, la manera de expresarnos? ¿Puede regularse el uso de
la lengua? ¿El inclusivo pone en riesgo la inteligibilidad del castellano?

El valor que encontramos en este formato de encuesta, cuestionable 0desde


cierto punto de vista (el por qué se eligieron esos ejes de reflexión y no
otros, o más sencillamente, el por qué se propusieron ejes), es que diferen-
tes especialistas en ciencias del lenguaje ofrecen puntos de vista convergen-
tes y divergentes sobre algunos tópicos vinculados con el llamado lenguaje
inclusivo. De esta manera, desde el ámbito académico se brindan algunas
reflexiones conceptuales más amplias que tal vez resulten apropiadas para
enmarcar las respuestas que, con mayor y menor entusiasmo, se vienen
ensayando en el debate público argentino.

A continuación, entonces, las respuestas de las personas que aceptaron


participar de la encuesta, ordenadas alfabéticamente por sus apellidos

Los editores
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Alicia Eugenia Carrizo


Profesora en la UBA. Doctora en Lingüística. Se dedica al análisis del discurso argumen-
tativo, actualmente estudia la violencia verbal.

Lenguaje y realidad

El lenguaje crea la realidad mediante el uso de múltiples de recursos que


nos provee la lengua y el universo semiótico que nos rodea. Pero la diná-
mica creativa del lenguaje no tiene consecuencias en términos concretos
del mundo físico. La realidad y el lenguaje se interrelacionan permanente-
mente de manera dialéctica. Interpretamos el mundo de acuerdo con nues-
tra estructura cognitiva previamente desarrollada pero, al mismo tiempo,
muchas veces, la realidad se nos impone de distintas maneras, a veces
crueles e inentendibles -tanto que nos quedamos sin palabras para (re)pre-
sentarla. La dimensión de lo que podemos ver, decir y encuadrar en el len-
guaje tiene siempre una lectura histórica específica que no debemos dejar
de lado. Sostener que el lenguaje modifica la realidad o es modificada por él
simplifica enormemente lo que sucede. Muchas veces, una palabra amable
nos calma y reconforta, pero lograr una transformación significativa de lo
que nos da dolor o angustia internamente, implica distintas dimensiones
que van más allá de lo personal e involucra aspectos sociales, económicos,
políticos e ideológicos, además de cognitivos. Por otro lado, la reflexión
sobre el alcance y efectos de la relación del lenguaje con la realidad está
presente no solo en los científicos, sino sobre todo en los hablantes. Basta
enfocar el uso del lenguaje en contexto.

Lenguaje y morfología

El lenguaje inclusivo es el modo que en la actualidad se refiere al uso no


sexista del lenguaje. Si bien la reflexión académica de la relación de hom-
bres y mujeres en el uso del lenguaje tiene relativa tradición en la socio-
lingüística, actualmente ha dado lugar a posicionamientos enfrentados a
favor y en contra que trascienden la academia y afecta la vida cotidiana de
las personas. Los que defienden el lenguaje inclusivo se proponen cambiar
ciertos recursos gramaticales de la lengua que, en el caso del español afec-
tan la morfología, en especial, el uso del género masculino como genérico.
Cambiar la gramática es cambiar la estructura de la lengua y por ende,
el modo en que conceptualizamos a la mujer. Los que se oponen también
sostienen esta misma idea, pero difieren en el origen y dinámica de esos
cambios, que claramente excede la sustitución de una forma por otra.
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Si, en el futuro, se consolida una morfología nominal no binaria en el sis-


tema del español, estaríamos ante un hecho sin precedentes, porque no
solo significaría el triunfo de los movimientos sociales de ampliación de
derechos sino porque tendríamos la posibilidad de estudiar el cambio de
la lengua mediante herramientas teóricas y metodológicas innovadoras. En
estos términos, sería un extraordinario desafío para lingüistas y científicos
en su conjunto.

Lenguaje y regulación lingüística

En principio la lengua no nos pertenece como no nos pertenecen tampoco


nuestros pensamientos ni nuestros sueños ni nuestra memoria. La relación
no es de pertenencia, como algo que se compra y pasa a ser de uno indivi-
dualmente como un derecho de propiedad. El vínculo es de convivencia, la
lengua vive (y muere) internamente en nosotros.

Por otra parte, el uso no puede regularse porque ya está regulado de antes.
Las convenciones nos preceden, siempre. Es decir, un cambio o modifica-
ción en la regulación de la lengua (entendida como normativa o conjunto
de reglas convencionalizadas) da lugar a una lucha entre las posiciones a
favor o en contra. Instalar una nueva regla implica la movilización de un
grupo importante de usuarios en pos del mismo o similar objetivo. Es posible
que, en la actualidad, la confluencia de los medios de comunicación, las
redes sociales y las instituciones estatales encaminadas a ese fin, puedan
generar una modificación de uso del lenguaje; pero el resultado de esta
lucha se podrá visualizar en el futuro, en nuevas las generaciones que la
reciban como dado.

No creo que el inclusivo ponga en riesgo la inteligibilidad del castellano,


en tanto es un ejemplo (como cualquier otro) de la convencionalidad del
lenguaje.
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Juan Antonio Ennis


Profesor en Letras por la UNLP. Doctor en Filología Románica por la Universidad de
Halle-Wittenberg. Profesor adjunto de la cátedra de Filología Hispánica en la FaHCE-
UNLP. Investigador de CONICET con lugar de trabajo en el IdIHCS (UNLP-CONICET).

Lenguaje y realidad

Creo que en sí la pregunta puede resultar un poco engañosa. Quiero decir


con esto que para poder ofrecer una respuesta clara y concluyente a la
primera pregunta deberíamos saber también de manera clara y concluyente
qué es el lenguaje y qué la realidad, y ese no parece ser siempre el caso.
Aunque parezca paradójico, creo que la segunda pregunta es más sencilla
de responder. Sin caer en los extremos de ciertas vertientes del llamado giro
lingüístico, creo sí que la codificación lingüística incide sobre el designatum,
y esto en varios niveles. No se trata solo de los límites que se imponen a la
materia o a lo social a través de la designación, sino también de las posi-
bilidades que ofrece la sintaxis. En muchas formas, también, creo que es
en muchos casos evidente que la realidad se impone al lenguaje. Decir que
el lenguaje crea la realidad me resulta al menos exagerado. Sin embargo,
eso no quita que no puedan hacerse cosas, muchas cosas, con palabras.

Lenguaje y morfología

Creo que en este plano todo es posible. No es sencillo, no va a resolverse


ni a imponerse de un momento a otro, pero creo que la morfología puede
ser sensiblemente modificada en respuesta a la política. No conocemos
aún todas las posibilidades del lenguaje como dispositivo fundamental de
la construcción política de la comunidad, y probablemente el solo hecho de
constituirse en espacio posible de esa controversia, de esa tensión, nos esté
hablando de esas posibilidades aún no vislumbradas. Creo que si podemos
concebir un modo de vivir el género que exceda el binarismo, podremos
también necesitar una codificación lingüística para eso. Y a medida que se
internalice, también puede gramaticalizarse.

Lenguaje y regulación lingüística

El uso de la lengua puede regularse del mismo modo que pueden regularse
múltiples conductas, y con los mismos límites y alcances que ese tipo de
regulaciones alcanza en otros aspectos. La posibilidad de regimentar una
lengua, de someterla a un régimen de propiedad, es en mi opinión uno de
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los sedimentos del modo de organizarse la experiencia lingüística tal y


como la conocemos, al menos en nuestra modernidad. El fantasma de la
ininteligibilidad es un reflejo arcaico, empleado cada vez que un determina-
do orden glotopolítico se ve amenazado, interpelado o siquiera molestado.
Hay infinidad de rasgos que pueden hacer más o menos ininteligible una
variedad del español frente a otras variedades, y eso no despierta tanta
inquietud como el inclusivo. El problema del inclusivo, en mi opinión, no
es la lengua, sino lo que dice de su régimen.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [6-10]

Mabel Giammatteo
Doctora en Letras, especializada en Lingüística por la Facultad de Filosofía y Letras de
la UBA. Profesora titular de Gramática (FFyL, UBA). Coordinadora de la Diplomatura
Superior en Ciencias del Lenguaje del ISP “Dr. Joaquín V. González”.

Lenguaje y realidad

El vínculo entre lenguaje y realidad no es directo ni sencillo. No se trata de


una relación biunívoca en la que cada palabra se corresponda con algún
correlato extralingüístico, como planteaban las teorías referencialistas.
Asimismo, como es bien sabido, tampoco las lenguas designan las mismas
entidades de la misma manera. Por ejemplo, aunque los “apéndices articu-
lados” en que culminan las extremidades superiores e inferiores de nuestro
cuerpo sean los mismos para todos los seres humanos, en inglés se refieren
a ellos como finger si se encuentran en la mano, pero usan toe cuando se
trata de los del pie; en español, en cambio, en ambos casos usamos dedo.
Ejemplos de este tipo podrían multiplicarse, incluso en sentido contra-
rio: mientras en español distinguimos entre pez (animal vivo) y pescado
(animal muerto), en inglés usan fish en ambos casos. Pero, ¿qué pasa en
una misma lengua cuando cambia la realidad? ¿Cada vez que surge algún
elemento nuevo creamos una nueva palabra? No necesariamente, muchas
veces extendemos “metafóricamente” alguna palabra ya existente, como
cuando utilizamos virus para referirnos a un programa que afecta al fun-
cionamiento de nuestras computadoras o cuando “navegamos” por Internet
sin subirnos a ningún vehículo ni realizar ningún desplazamiento a través
del mar. Y si la realidad preexistía, pero cambia, ¿el lenguaje se adapta y
también cambia? Las primeras maestras normales que trajo Sarmiento al
país desde los EEUU tenían por contrato que no podían casarse mientras
desempeñaran su función. Ahora ya no sucede eso, pero los niños en las
escuelas siguen llamando “señorita” a sus maestras, aunque estas ya no tie-
nen la prohibición de contraer matrimonio. Todos estos ejemplos provienen
del léxico, el área más dinámica de las lenguas. Los sistemas gramaticales,
a los que pertenecen los subsistemas de género, por ser los que garantizan
la inteligibilidad de las lenguas, son aún menos permeables al cambio, ya
que muchos de los significados que transmiten se remontan a los oríge-
nes de la lengua y son opacos para los hablantes actuales, que entonces
tampoco están interesados en modificarlos. Excepto claro está, que esos
contenidos transmitidos se vuelvan significativos por alguna circunstancia,
como parece ser que está sucediendo con el género.

Ahora bien, ¿cómo se organizan en las lenguas los sistemas de género y


qué aspecto o aspectos de la realidad manifiestan? Las lenguas organizan
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la partición en géneros (o clases, que es lo que significa en latín la palabra


genus, de donde viene género) de diversas maneras; así, encontramos desde
las que no tienen manifestación explícita de la categoría hasta las que reco-
nocen dos, tres o más subclases. Las lenguas bantúes, por ejemplo, tienen
hasta seis géneros. Sin embargo, no en todas las lenguas las distinciones
de género tienen que ver con el sexo. Según explica Lyons (Introduction
to theoretical linguistics; London: Cambridge University Press, 1968), las
clasificaciones pueden estar vinculadas con otras particularidades de los
objetos, como la forma, la textura, el color o incluso con alguna caracte-
rística más específica como la comestibilidad; es decir, cualquier conjunto
de propiedades naturales que pueda variar de una lengua a otra puede
incidir en la clasificación. Pero también, en muchas lenguas que disponen
del género como categoría de clasificación de los nombres, existe una base
semántica “natural” para esta clasificación. En las lenguas que provienen
del antiguo indoeuropeo (lengua de la que deriva la mayoría de las lenguas
actuales de Europa y Asia meridional), se reconoce que existe una correla-
ción del género con la distinción entre objetos inanimados, por un lado, y
seres animados, entre los que luego se distinguió entre machos y hembras,
por el otro, lo que dio origen a la distinción gramatical entre femenino,
masculino y neutro.

En cuanto al género como manifestación de la discriminación social entre


varones y mujeres, la realidad es que en la mayoría de las lenguas en las
que se establecen distinciones de género, entre femenino y masculino,
el que se toma como genérico, por lo general, es el masculino y esto, no
podemos pensar que sea debido al azar o a la casualidad, sino que tiene
que ver con que en muchas de esas sociedades han sido los varones los
que han ejercido el dominio sobre las mujeres. Sin embargo, la situación
de las lenguas en las que no existe distinción marcada de género, como el
japonés o el turco, entre muchas otras, no ha sido garantía de que en esas
sociedades no exista discriminación. La lingüista Ana Costa Pérez, en su
tesis doctoral (“El género en las palabras y el género de las palabras: un
acercamiento a la variable ideológica género a partir del fenómeno semán-
tico de la heteronimia”, Universidad Carlos III de Madrid, 2017 ), recoge el
caso de lenguas como el guajiro, hablado en Colombia y Venezuela, en la
que el femenino actúa como género no marcado, pero esto tampoco implica
que en esa sociedad la situación de la mujer sea más favorable.

Por otra parte, un reciente informe de la Academia Argentina de Letras


(2018) pone el acento en que más que debatir si un uso es o no discrimina-
torio, lo que importa es qué percepciones asocian con él los hablantes. Por
tanto, lo que se puede plantear respecto de lo que está sucediendo en la
actualidad con una categoría como la de género, es que muchos hablantes
“sienten” que el masculino genérico no evidencia su verdadera situación
y, en ese sentido, permitir el surgimiento de formas con las que se puedan
sentir más representados, puede ser una buena manera de ejercer presión
sobre la sociedad para que las cosas cambien. Por tanto, no basta con modi-
ficar el lenguaje para que la realidad de sometimiento y desventaja a la que
todavía se enfrentan, en la sociedad actual, muchas mujeres y otras minorías
sexuales cambie. Pero el desterrar del lenguaje formas que “naturalizan”
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esa discriminación, sin duda puede colaborar para ir creando consciencia


respecto de esa realidad y que se generen acciones para modificarla.

Lenguaje y morfología

El español es una lengua “bifronte”, es decir que considera solo dos varian-
tes dentro de la categoría de género: masculino y femenino. La mayoría de
los sustantivos tienen lo que se conoce como género inherente o inmotivado
‒casa (fem.), libro (masc.)‒, lo que significa que es una propiedad de la raíz
de la palabra, que solo se manifiesta en la concordancia con el artículo o
con el adjetivo: la casa nueva / el árbol frondoso. Pero además del género
inmotivado, una parte relativamente pequeña de los sustantivos, la que se
refiere a seres animados, tiene “género motivado”, en el que la distinción
en masculino y femenino refleja la diferenciación entre seres sexuados, ya
sea mediante el cambio en la desinencia: niña/niño, perro/perra, maestro/
maestra, ya sea mediante el cambio de palabra: hombre/mujer, vaca/toro.

En relación con esa oposición, tradicionalmente se ha considerado al mas-


culino como el género no marcado o extensivo, que sirve para referirse
a todos los individuos de una especie, sin distinción de sexos: el hombre
contemporáneo, el león es el rey de la selva. Este empleo es el que se cono-
ce como uso genérico del masculino y es habitual no solo en español sino
también en otras lenguas que distinguen dos géneros.

Sin embargo, dado el avance de las mujeres en la sociedad, este valor


de categoría no marcada del masculino está siendo cuestionado tanto en
España como en varios países de Latinoamérica y, en todas partes, el recla-
mo ha originado numerosos y muchas veces encendidos debates en pro
y en contra del uso genérico del masculino. Para contrarrestar el sesgo
masculino en el lenguaje, en ciertos ámbitos primero se comenzó a adop-
tar lo que se conoce como doble mención: las niñas y los niños, a todos los
vecinos y vecinas, la voluntad de los argentinos y las argentinas. La RAE,
sin embargo, no recomienda este uso al que ha tildado de “artificioso e
innecesario” desde el punto de vista lingüístico. En la comunicación coti-
diana, la reiteración del nombre en ambos géneros no solo atenta contra
la economía del lenguaje, sino que también se vuelve fastidiosa para los
oyentes. Para evitar esta incomodidad, se han ensayado distintas propues-
tas. Dos de ellas, el reemplazo de la desinencia masculina por la letra x o
por la arroba ‒todxs nosotrxs o tod@s nosotr@s‒, tienen la dificultad de la
inviabilidad de su pronunciación, lo que confina su uso al ámbito exclusivo
de la escritura. Una tercera solución que se ha propuesto es usar la desi-
nencia femenina como genérica, pero esta posibilidad tiene el inconveniente
de inducir interpretaciones excluyentes de los varones.

La cuarta propuesta, que está ganando adeptos, especialmente entre los


jóvenes, es el uso de la -e como desinencia genérica que permite abarcar
a todas las minorías de género sin distinción. Este planteo desestima que,
desde el punto de vista del sistema gramatical del español, la -e es marca
de masculino tanto como la -o, tal como se puede ejemplificar con la serie
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de los demostrativos: este (masc.), esta (fem.), esto (neut.), o con oposi-
ciones del tipo de elefante/elefanta, grandote/grandota. No obstante, para
el uso inclusivo de la -e los hablantes (sin duda de modo no consciente)
tienen en cuenta que la -e tiene usos con valor neutro, por ejemplo, en los
adjetivos de una sola terminación, que sirven tanto para femenino como
para masculino ‒hombre/mujer inteligente y tolerante‒. La -e también actúa
como vocal por defecto en español y es la que se agrega, por ejemplo, para
enlazar la -es del plural cuando la palabra termina con consonante ‒árbol/
árbol-e-s‒ o delante de palabras provenientes del latín iniciadas por grupos
consonánticos no aceptables en español ‒schola (lat.) > e-scuela (esp.)‒.
En síntesis, en el imaginario de los hablantes de español la -e es sentida
como menos emblemática que la -o como marca de masculino, de modo
que se permiten reinterpretarla como desinencia genérica que engloba,
como se dijo anteriormente, a todos los colectivos de género posibles sin
establecer diferencias entre ellos. Estos datos, sin embargo, no conducen
necesariamente a la incorporación de un “tercer género” en la gramática,
sino más bien, al menos por el momento, parece tratarse de formas dispo-
nibles para ser usadas en determinadas circunstancias de la vida social.
Así como en español actual no tenemos género neutro, como sucedía en
latín, pero persisten algunas formas de este género en el artículos ‒lo‒ y
los demostrativos ‒esto, eso, aquello‒ y cuantificadores ‒alguno‒; o así
como sucedía en algunas lenguas como el griego, el latín o el egipcio, que
tenían para la categoría de número, junto al singular y al plural, también un
valor dual, que no se aplicaba a todos los nombres, sino que se reservaba
para los casos de entidades que se dan en pares, como los ojos, las piernas
o la yunta de bueyes; también las lenguas actuales podrían incluir formas
de género inclusivo reservadas para aquellos casos en que fuera necesario
hacer referencia común a individuos de distintos colectivos de género.

Lenguaje y regulación lingüística

La lengua es colectiva, porque nos permite comunicarnos con un grupo


social del que formamos parte, que obviamente comprende variados sub-
grupos que se corresponden con diferentes lectos de referencia, y a la vez
es la manifestación de nuestra máxima individualidad. En ambos sentidos,
la lengua nos expresa. No obstante, también nos desborda y la regulación
de su uso ha de ser siempre supraindividual, no porque dependa de auto-
ridades externas, sino porque está sometida a la aceptación del colectivo
social. Si la única vía de cualquier uso es la imposición, el intento estará
destinado al fracaso, como cuando en la escuela del siglo pasado se quiso
instalar el tuteo como reemplazo del voseo y los hablantes de todos los
estratos socioculturales del dialecto porteño se mantuvieron fieles a la
forma que sentían que los representaba genuinamente.

En cuanto a la inteligibilidad, he escuchado varios audios con el uso gené-


rico de la -e y no he tenido ninguna dificultad en comprender lo que dicen.
Algunos hablantes, sobre todo jóvenes, se muestran bastante habituados a
expresarse de este modo y lo hacen sin dificultades. Como toda novedad en
la lengua, si su uso se extiende y pasa de la esfera pública, donde parece
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estar más arraigado, al ámbito familiar, habrá que habituarse, y siempre


habrá algunos colectivos que, por cuestiones generacionales o de interés,
se involucren primero y con más facilidad en el cambio. Por lo pronto, este
empleo ya se ha venido imponiendo en la lengua actual en algunas clases
textuales, como el manual escolar, los textos periodísticos o administrati-
vos, donde encontramos formas coordinadas que hacen mención explícita
a ambos géneros.

Por otra parte, si bien esta propuesta ha recibido el rechazo de muchos


lingüistas destacados que encuentran su uso artificioso, otros expertos
rescatan que, frente a otros símbolos gráficos como la x o la @, la -e gené-
rica presenta la ventaja de su pronunciabilidad. Asimismo, muchos de los
que aceptan su empleo sostienen que, por el momento, estaría reservado
a lo que podemos denominar uso público, sin embargo, dada la naturale-
za dinámica y cambiante de la lengua, es todavía demasiado pronto para
determinar tanto los alcances como la perdurabilidad de este cambio. No
sabemos si se extinguirá, si quedará restringido al ámbito público, como un
estilo particular, o si logrará extenderse a todas las funciones de la lengua,
aún las familiares y coloquiales, y tampoco podemos aún definir si se trata
de un rasgo exclusivamente cronolectal que dejará afuera a los mayores
o si terminará imponiéndose a toda la comunidad. No obstante, debemos
recordar que toda aceptación de una nueva forma no surge de la imposición,
sino del hecho de que responde a una necesidad de los usuarios y por eso
es aceptada y adoptada por la comunidad.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [11-11]

Andrea Menegotto
Profesora titular de Gramática en la Facultad de Humanidades (UNMDP). Investigadora
independiente, INHUS (Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales, UNMDP),
CONICET. Vicepresidenta de SAEL (Sociedad Argentina de Estudios Lingüísticos).

Lenguaje y realidad

Sin duda, la lengua tiene un efecto muy poderoso en nuestra manera


de entender y construir el mundo, pero no la determina. Si así fuera, no
surgirían visiones del mundo diferentes dentro de la misma comunidad
lingüística.

¿Es la cultura que nos rodea la que determina por completo la lengua que
hablamos, o son las propiedades de nuestro cerebro las que la determinan?
En el área de investigación a la que yo pertenezco asumimos que ninguna
determina a la otra e intentamos discriminar cuánto aporta el cerebro y
cuánto aporta la experiencia. El lenguaje crea realidades alternativas.

Lenguaje y morfología

Sí, sin duda. Hay que esperar que les chiques tengan hijes. Lo más difícil
será que los presidentos, los gerentos y los agentos acepten el masculino
morfológico. Veremos qué pasa.

Lenguaje y regulación lingüística

Ningún proceso de cambio pone en riesgo la inteligibilidad de una lengua


en la sincronía, a menos que les hablantes decidan utilizar una lengua para
que les otres no les entiendan. Todos los hablantos que coexistamos vamos
a seguir entendiéndonos, y siempre les jóvenes crearán formas novedosas
para diferenciarse de las generaciones anteriores. A lo sumo se podrán
generar algunos malentendidos nuevos entre generaciones y grupos socia-
les diferentes (lo que ya existe sin necesidad del inclusivo).

Sí, las normas lingüísticas son parte del sistema y contribuyen fuertemente
a construir la comunidad. Las reglas regulativas son inevitables, pero como
tales pueden cambiar.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [12-14]

Salvio Martín Menéndez


Profesor de Lingüística y Gramática Textual en la carrera de Letras (FFyL-UBA). Profesor
de Lingüística I y II en la carrera de Letras (UNMDP). Investigador del CONICET.

Lenguaje y realidad

El vínculo entre lenguaje y realidad es constitutivo. El concepto de realidad


está conformado, moldeado, por el lenguaje que usamos para hablar y escri-
bir; para interactuar, en definitiva. Su propiedad básica y específica es la
instrumentalidad. Hjelmslev lo afirmaba con precisión al decir que se solía
pasar por alto que estaba en la naturaleza del lenguaje en ser un medio y no
un fin. De ahí podría derivarse la concepción de Halliday, que es el primero
que utiliza la expresión “lenguaje como recurso” (language as resource).
Recurso, precisamos, para intercambiar y negociar significados. Si la espe-
cificidad del lenguaje pasa por ser el conjunto de los recursos necesarios
que los miembros de una comunidad utilizamos para obtener determinados
fines, es simple: los fines están creados por el propio lenguaje. Esto nos
permite alejarnos del idealismo absolutista cartesiano, que consagra la
pureza de la razón y una de sus derivaciones prácticas, la normatividad, y
aproximarnos a un idealismo socio-cultural que nos acerca a la postura de
Whorf: lo ideal en una comunidad depende, en última instancia, de la deci-
sión de esa comunidad. Y esto no debe ser tomado simplemente como un
relativismo cultural vacío y oportunista (esa sería la manera fácil y errada
de considerarlo), sino como un relativismo cultural que depende de ese
contrato social que una sociedad acepta para funcionar como tal y que es,
tal vez, la mejor metáfora de lo que es la construcción de realidad. Contrato
que tiene como condición de posibilidad para establecerse al lenguaje.
Podríamos afirmar que el universo físico puede ser independiente de los
seres humanos, pero, cuando damos cuenta de él (podemos decir: cuando
le asignamos el nombre de “universo físico” y lo distinguimos, por ejemplo,
del “universo cultural”) estamos usando el lenguaje como un artefacto, como
una construcción, como una obra de ficción. Que la realidad es una obra
de ficción construida a partir del uso del lenguaje, es lo que los que traba-
jamos sobre él deberíamos aceptar. Parafraseo acá una frase de Ferdinand
de Saussure en “De la doble esencia del lenguaje” cuando, en relación con
las identidades lingüísticas afirma: “que se encuentra inmediatamente ante
esa tarea absurda, es lo que el lingüista debe comprender de entrada”
Aquí aparece la hipótesis que propone Hasan, con la que acuerdo y cuya
argumentación trato de seguir, sobre esta relación: decir que el lenguaje
es un conformador de la realidad es decir que el lenguaje es instrumental
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Salvio Martín Menéndez doi: 10.34096/sys.n38.10617 13
 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [12-14]

en sostener esta suspensión de descreimiento. El lenguaje es, entonces, el


instrumento que lo permite en relación con la construcción de la realidad.

Lenguaje y morfología

Si entendemos, como he señalado en el Lenguaje y realidadnterior, que el


lenguaje es un sistema de recursos que permiten su realización instrumental
efectiva, podemos decir que la variante morfológica dentro del paradigma
de género -e es una posibilidad ya existente que se está, simplemente,
tratando de refuncionalizar a partir de un uso concreto y efectivo, que se
ha denominado popularmente lenguaje inclusivo. Este nombre provee una
interpretación de un fenómeno que la lengua española habilita y que sus
usuarios (algunos de ellos) deciden poner en funcionamiento. El lenguaje
siempre es inclusivo, en sentido amplio, ya que construye la realidad en
función de las necesidades que las comunidades que lo usan. Las únicas
restricciones válidas son las que impiden que sus usuarios no puedan inte-
ractuar de manera efectiva. Potencialmente, podríamos afirmar, todos los
paradigmas están abiertos. Que se pongan en funcionamiento estas posibi-
lidades dependerá, como siempre, de quienes lo usan, de sus necesidades
y de la productividad que ese uso tenga. No creo que haya problemas en ir
más allá del binarismo, ya sea en la morfología u otras dimensiones en las
que sea necesario. Cito una frase de Lavandera, en el último artículo que
escribió parcialmente, llamado “Los nuevos axiomas de la lingüística” que,
creo, puede leerse como una respuesta clara a si se puede ir más allá del
binarismo: “La consecuencia más fácil de esta atadura creada por la per-
manencia de axiomas que pasan incuestionados es que se puede sostener
con responsabilidad que en la lingüística contemporánea, pese a la aparente
variedad de teorías y rupturas tajantes como la que parecería darse entre
Formalismo y Funcionalismo, no logramos salir de un estructuralismo, es
más, del estructuralismo estático”.

Lenguaje y regulación lingüística

El alcance del significado del verbo “pertenecer” es, al menos para mí,
problemático (será por recuerdos de publicidades que siguen vigentes y
alientan la exclusión a partir de la pertenencia). Prefiero utilizar constituir;
si entendemos que una lengua construye lo que nosotros aceptamos, más
allá del grado de conciencia que tengamos al respecto, como “la” realidad,
somos sus agentes conformadores porque la usamos y es ese uso el que le
da su marca interaccional, social, cultural, histórica e ideológica. Lo que
ahora se ha popularizado con el sintagma “lenguaje inclusivo” no es sino
una muestra más de ese dinamismo. Y no creo que ningún dinamismo, que
se expresa en variaciones en un momento determinado, que pueden o no
transformarse en cambios de lo que la historia de la lengua da testimonio,
puedan poner en riesgo la comprensión de una lengua; la razón es simple:
si no se entiende, no se usa y si no se usa, se descarta. A partir de esto uno
podría preguntarse ¿no será el “inclusivo” una moda? Sólo los hablantes y
el tiempo tienen la respuesta. Los lingüistas podemos y debemos analizar
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 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [12-14]

el fenómeno. Podemos hacer una buena descripción, que lo explique y lo


interprete. Podemos, con las debidas y explícitas aclaraciones, evaluarlo.
Que pueda o no gustarme es algo que el lingüista dice como un juicio de
valor como un hablante (porque, más allá de muchos reparos que se nos
pueda hacer, lo somos) de la lengua; por eso debo siempre hacerlo explícito
y precisarlo, para evitar confusiones. No debe hacer un uso indebido de su
lugar profesional para intentar transformar un mero gusto en una supuesta
norma. Nuestra tarea no pasa ni por la imposición ni por la prohibición. No
somos policías de la lengua. No es nuestro papel.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [15-16]

Cristian Palacios
Doctor en lingüística por la Universidad de Buenos Aires con especialización en los
discursos cómicos y humorísticos, el teatro, la cultura para niños y el arte en general.

Lenguaje y realidad

Empezaría por diferenciar entre la realidad, que es un constructo sociocul-


tural, semiótico y por supuesto también lingüístico, de lo real, que es aque-
llo que nunca se deja asir del todo ni por el lenguaje ni por los diferentes
modos semióticos que tenemos a nuestro alcance. Es verdad que el lenguaje
construye la realidad y que a su vez se convierte en uno de los modos de
accesos privilegiados a dicha realidad, pero ni es el único (hay otros modos
de acceso y construcción de la realidad) ni es absolutamente determinan-
te en este sentido. Entiendo que podemos tomar decisiones respecto del
lenguaje que modifiquen la realidad lingüística, pero este proceso lejos de
ser determinista es sumamente complejo, ya que dependerá de una multi-
plicidad de factores, entre los cuales se encontrará la resistencia propia de
aquellos y aquellas que no deseen que la realidad lingüística se modifique.

Lenguaje y morfología

A priori no me parece que exista ninguna causa propiamente lingüística


por la que el castellano no pueda desarrollar una morfología nominal no
binaria; dependerá, claro está, de la resistencia de sus hablantes, de la
resistencia social y de múltiples factores históricos y culturales. Creo que
es más interesante la pregunta por el alcance político de una variante tal.
Es decir, si la variante morfológica alcanza un grado de normalización que
le permita ser incluida en la lengua al punto de que ya no sea percibida por
los hablantes como una rareza, ¿seguirá conservando su potencial político?
¿cambiará eso las condiciones de existencia de las personas no binarias?
Existen sociedades patriarcales que no flexionan en términos de masculino,
femenino o neutro y no por ello dejan de ser menos patriarcales. Incluso
podría pensarse que al revés, la normalización del lenguaje inclusivo silen-
ciaría las tensiones sociales todavía existentes y al revés, el hecho de que lo
inclusivo sea percibido como una rareza es lo que permite visibilizar dichas
tensiones y darles un lugar en la lucha política.

Lenguaje y regulación lingüística


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 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [15-16]

Respondo de atrás para delante. A la tercera pregunta absolutamente no.


En principio porque pienso que la falta de inteligibilidad es la norma. Es
parte del funcionamiento estructural del lenguaje el hecho de que sea poco
inteligible o no-del-todo-inteligible. En este sentido, el uso de la lengua se
puede regular y de hecho se regula, pero los patrones de regulación siempre
fallan porque el lenguaje es cambiante, porque es propio de su naturaleza
admitir la poesía, la metáfora, la reflexión filosófica, el humor, la política.
Soy de la idea (un poco poética si se quiere) de que la lengua nos pertenece
siempre y cuando nos dejemos habitar por ella. La lengua está en el mundo
antes que nosotros y seguirá estando allí cuando nosotros no estemos en
él. Por mi propia formación, debería argumentar que los sujetos no pre-
existen a la lengua en la que habitan, de modo que no nos expresamos con
la lengua sino que es ella la que se expresa a través de nosotros; pero diré
que existe un punto intermedio entre este uso que podemos hacer de la
lengua, una decisión, y entre aquellas propiedades que esta posee y por las
cuales solo podemos decidir en base a categorías ya definidas.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [17-18]

María Laura Pardo


Investigadora principal del CONICET. Profesora de Análisis de los lenguajes de los medios
masivos de comunicación social (FFyL-UBA). Presidenta de la Asociación Latinoamericana
de Análisis del Discurso.

Lenguaje y realidad

En primer lugar, desde mi posición, no creo que exista una realidad real,
a excepción de la realidad física (montañas, ríos, planetas, etcétera), que
de cualquier manera también necesita de una construcción colectiva del
mundo. Por lo que construimos colectivamente representaciones (concep-
tualizaciones) sobre el mundo que varían con el tiempo, según los grupos,
creando y retroalimentando prácticas que conforman distintas culturas. El
lenguaje como sistema biológico innato del hombre nos permite razonar
y por ende clasificar las experiencias que tenemos de nuestro entorno
y de ese modo construimos dichas representaciones a las que llamamos
“realidad”. Estas pueden ser modificadas a partir de nuevas experiencias
(verbales ‒que se dan en el plano de la lengua‒ o no) que son clasificadas,
categorizadas, valoradas por nuestro sistema lingüístico posibilitando un
cambio en nuestras creencias sobre la “realidad”. Es fundamental entender:
(1) que sistema lingüístico no es la lengua, (2) que el sistema lingüístico
trabaja de modo continuo, ya que es el que nos permite pensar, construir
nuestra psiquis y nuestra identidad y, además, nos permite comunicarnos
a partir de la lengua, (3) que la lengua es la puesta en uso de una de las
funciones de este sistema, la comunicativa, (4) que la relación entre “reali-
dad” y “lengua” es una relación que no es de uno a uno y (5) que la relación
entre “realidad” y el sistema lingüístico tampoco lo es.

Lenguaje y morfología

Creo que el lenguaje inclusivo es una posición ideológica frente al uso de


la lengua en relación a los géneros. Si pensamos que el lenguaje o siste-
ma lingüístico crea realidades, podemos pensar que el uso del femenino,
masculino y el neutro está condicionado por una visión determinada de la
cultura. Toda visión sobre el mundo, está impregnada de subjetividad y de
co-construcción social. Entonces, ¿por qué no intentar que se cambie la
visión que sobre el género se tiene en la cultura? Qué mejor camino que
tratar que el discurso (la lengua) construya una visión inclusiva del mundo
que, a la vez, pueda cambiar la “realidad”. El camino no será uno a uno,
pero todos los cambios surgen a partir del uso. ¿Puede este uso forzarse?
¿Por qué no? O acaso cuando aprendemos a usar verbos irregulares como
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 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [17-18]

“caber”, la gramática no nos fuerza a conjugarlo a contrapelo de lo que


naturalmente sería “cabo” en vez de “quepo”. La norma culta oculta (y
vaya la cacofonía) una ideología, el uso del lenguaje inclusivo, para no ser
autoritario, la hace explícita. Usemos la “e” como una forma no binaria y
liberadora.

Lenguaje y regulación lingüística

La lengua es una cosa, la manera de expresarnos otra. La lengua es una


construcción teórica, la manera de expresarnos es el uso concreto de eso
que llamamos lengua, pero la lengua solo vive en el uso. Ese uso, como casi
todos los bienes no tangibles de este mundo, nos pertenecen en tanto los
poseemos, pero son obra de una construcción colectiva y, por lo tanto, social.
El uso de la lengua lo regula la Real Academia, porque es un constructo
teórico, al que cada tanto se le incorporan términos, pero el uso es libre.
Puedo inventar palabras, puedo repetir parte de ellas como en el jeringozo,
puedo hacer uso poético de ellas, el uso es eso: uso. Creo que el lenguaje
inclusivo no pone en riesgo el buen uso del castellano, así como tampoco
lo hace el uso de los adolescentes, ni de quienes dicen “de que” cuando no
corresponde, ni la jerga atribulada de los abogados, ni el “si tendría” de
los comunicadores, entre muchos otros usos, que aunque “incorrectos”,
“irreverentes”, “osados” o “revolucionarios”, narran los cambios que vivi-
mos como sociedad.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [19-20]

Luis París
Investigador del CONICET. Coordinador del Grupo de Lingüística y Neurobiología
Experimental del Lenguaje (INCIHUSA-CONICET). Profesor titular de la UNCuyo. Ph.D.
University of New York at Buffalo.

Lenguaje y realidad

Claramente sí se modifica la realidad. La realidad más radicalmente modi-


ficada es la subjetividad porque el lenguaje le permite al niño vincularse
con el otro en el espacio del mundo del sentido. En ese mundo esa subjeti-
vidad puede, primero, absorber las innumerables narrativas de su entorno
(principalmente materno) que van a mediar su relación con las cosas, los
otros y los discursos de su entorno y, segundo, expresar sus deseos, miedos,
necesidades y planes, es decir, ser un sujeto productor de sentido. Está
implicado en lo dicho que las narrativas son las que despliegan y cons-
truyen el sentido de las cosas; el sujeto no se enfrenta a las cosas crudas
sino a las cosas narradas, cosas con sentido, es decir, cosas incorporadas
e integradas a la esfera de lo humano.

Lenguaje y morfología

Me parece que sí porque se trata de una especie de tercer género que ya


existe en otras lenguas: el neutro. No digo que sea equivalente, digo que
sistemas morfológicos con tres géneros funcionan. En este caso, además, la
semántica de este tercer género morfológico es bastante clara: se trata de
un uso genérico por defecto (para referirse a un grupo con distintos sexos o
potencialmente de cualquier sexo) y para referirse a grupos o un individuo
cuya identidad sexual de género (cultural) no es necesariamente binaria o
que eligió una identidad de género diferente a la genital.

Lenguaje y regulación lingüística

La lengua es absolutamente nuestra ‒a nivel comunitario e individual‒ y


no considero que deba regularse en absoluto en los términos en que se
regula algo socialmente, es decir, por leyes coercitivas. La lengua es un
espacio de libertad y tiene su regulación propia asociada a factores como
la consistencia de la forma con el sistema simbólico en cuestión, la eficacia
comunicativa, la valoración del oyente respecto del hablante, la estética
misma de la forma, el contexto sociocultural, etcétera. La regulación por
parte de una academia es una aberración, un contrasentido, un oxímoron.
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Luis París doi: 10.34096/sys.n38.10617 20
 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [19-20]

Peor aún es si se la intenta regular por el estado. Sin embargo, la escuela


tiene que enseñar una lengua. ¿Cuál? Difícil pregunta, pero la idea básica
es que debe enseñar la lengua que facilite la adquisición de conocimiento
formal (matemáticas, lengua, historia, geografía, etcétera) y que fomente
interacciones sociales valoradas como positivas. Al mismo tiempo, yo no
vería mal que la escuela abordara la temática de los insultos y expusiera
la temática del abuso verbal, qué efecto tiene en un niño el insulto, cómo
lo daña, y qué hace el insulto con el insultador, en qué lo convierte. Yo me
crié en una época en que poner sobrenombres era la norma (de hecho, los
sobrenombres nos eran dados por adultos en el club, los entrenadores) y
hoy al recordarlos no puedo creer lo brutalmente agresivos que eran y sin
embargo los usábamos con normalidad. Hubiera sido fantástico que alguna
maestra hubiese intentado hacernos ver el daño que hacíamos diciéndolo
“monstruo” ‒por lo feo‒ a un tal Pérez, del que nunca supe cómo se llamaba
en realidad, al punto de que si tengo que preguntar qué es de la vida de él
a alguien tendría que usar ese espantoso apodo.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [21-22]

Alejandro Raiter
Profesor, licenciado y doctor en Letras. Profesor consulto de la Facultad de Filosofía y
Letras (UBA). Estuve a cargo de Sociolingüística, de Psicolingüística I y de Psicolingüística II.

Lenguaje y realidad

Es una pregunta difícil, el tema se viene discutiendo desde hace mucho


tiempo. Mi opinión es que sí hay vínculo y que este es estrecho. Dialecto y
sociolecto ‒no lengua ni, desde luego, lenguaje‒ están íntimamente rela-
cionados con la cultura, la historia, el sentido común de una comunidad. Si
algún hablante cambiara de dialecto ‒por adición o sustracción‒, cambiaría
también su visión del mundo, sin duda.

La realidad social y el dialecto forman una unidad indivisible. No cambia uno


sin que cambie la otra; tampoco cambia la realidad social sin que las huellas
del cambio estén en el dialecto. Ninguna de las dos cambia por decreto,
la realidad social puede cambiar abruptamente (por catástrofes, guerras).

Si entendemos crear como algo mágico, como la acción de Dios, la


Pachamama o la Naturaleza, no: el lenguaje no crea la realidad.

Lenguaje y morfología

Mi opinión personal es que el llamado lenguaje inclusivo consiste en el uso


de variantes fonológicas y ortográficas, al menos por ahora. Tal vez implique
cambios en el sistema pronominal en el futuro.

Creo que un eventual dialecto inclusivo del español evitará marcar género
cuando pueda.

Lenguaje y regulación lingüística

Totalmente; el dialecto hablado en la comunidad constituye el ser indivi-


dual quien, en ese acto se apropia de ella para trascender y adueñarse de
la relación.

La regulación es posible, al menos es posible intentarlo. Toda comunidad


tiene una organización. Algunas ‒muchas‒ tienen autoridades, incluso
autoridades lingüísticas, a veces por ser simplemente autoridad educativa
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 Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [21-22]

o religiosa. Esta autoridad forma parte de la comunidad, de modo que si


intenta un cambio es porque está autorizada para ello. Muchas veces, no
obstante, encuentra resistencia activa y/o pasiva para ese intento. Pensemos
en la RAE, en la autoridad ‒no recuerdo ahora su jerarquía‒ de la franco-
fonía, en el hebreo moderno, en la BBC, etcétera.

Pensar que el inclusivo pondría en riesgo la inteligibilidad de algo así como


el castellano equivale a pensar que la conquista de la Galia es culpable del
reemplazo del latín por las lenguas romances.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [23-26]

Yamila Sevilla
Doctora en lingüística por la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora adjunta
del CONICET y jefa de trabajos prácticos de la materia Neurolingüística de la Facultad
de Filosofía y Letras (UBA). Se ocupa de investigar experimentalmente los procesos de
comprensión y producción de lenguaje en adultos sin alteraciones del lenguaje y en
personas con afasia.

Lenguaje y realidad

En las relaciones sociales, la dimensión simbólica es constitutiva tanto como


la dimensión material, de modo que cualquier transformación en una de
ellas, se trate de un cambio abrupto o de un desplazamiento paulatino, ha
de tender a producir modificaciones sobre la otra. Eso no significa que el
lenguaje se modifique en consecuencia. La tradición lingüística nos ha mos-
trado que las lenguas ofrecen a los hablantes todos los recursos necesarios
para decir lo que necesitan decir; también, de hecho, que los mensajes que
los hablantes desean transmitir pueden variar entre grupos y con el tiem-
po. Los fenómenos que impulsan el cambio lingüístico son, sin embargo,
mucho más intrincados que la percepción de un grupo de hablantes sobre
la naturaleza de sus intercambios o que la reflexión expresa sobre las for-
mas de decir. Mucho se ha investigado sobre estas cuestiones, que exceden
largamente el campo de mi especialidad, y cuyo escrutinio merece poner
sobre la mesa variables que no habilitan vinculaciones causales directas.

Más próximo a mi área de estudio, la cuestión puede enfocarse a partir de


la relación entre lenguaje y cognición. Aunque tiene una historia mucho
más antigua, la reflexión sobre las relaciones entre lenguaje y pensamiento
tienen su formulación más definida en la hipótesis Sapir-Whorf. Hasta el
día de hoy, la investigación empírica más comprometida con la exploración
sistemática de esta hipótesis ha producido un cuerpo de evidencia com-
patible con una versión débil, que sostendría que los hablantes tienden a
prestar mayor atención a ciertas distinciones conceptuales cuando estas
se hallan presentes en su lengua.

Contemporáneamente, el modo en el que se han estudiado los vínculos


entre el lenguaje y la cognición sigue a la propuesta de Dan Slobin, a la que
se conoce como “pensar para hablar”. Tal como lo plantea Slobin (“From
‘thought and language’ to ‘thinking for speaking’”, en Rethinking linguis-
tic relativity, Cambridge: Cambridge University Press, 1996), cuando uno
adquiere una lengua, aprende también ciertas maneras de pensar sobre
la realidad. Siguiendo un programa en esta línea, muchos experimentos
translingüísticos han intentado comprobar la influencia de los sistemas de
categorización de las lenguas sobre la conceptualización y sobre la per-
cepción de sus hablantes.
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Si cierta correlación entre habilidades cognitivas diversas (vale para la orienta-


ción espacial o el razonamiento aritmético) y propiedades de las lenguas parece
estar documentada hasta cierto punto, no obstante, demostrar la relación de
causalidad requiere pruebas diferentes. Incluso, la dirección de las influencias
también puede ser bastante difícil de probar. Y, en cualquier caso, los límites
de las experiencias humanas de la percepción, la conceptualización y la codi-
ficación lingüística no van nunca más allá de lo que los sistemas humanos
de percepción, categorización y codificación permiten y muestran un grado
de variabilidad que, aunque puede estar definido por muy diversos factores,
incluida la historia cultural, parece ser relativamente acotado.

Para citar un ejemplo vinculado a la cuestión del género, un conocido tra-


bajo ha intentado demostrar que la asociación género-sexo tiene influencia
incluso sobre nuestra forma de concebir las entidades no sexuadas, como
los objetos. En el estudio, hablantes de distintas lenguas debían indicar
atributos para una serie de objetos cuyos nombres diferían en el géne-
ro en las distintas lenguas (palabras como “sol”, “luna”, que manifiestan
diferente género gramatical en español y en alemán). Según el estudio,
los hablantes de alemán eligen para “puente”, femenino, atributos como
“elegante” o hermoso”, mientras que los hablantes de español prefieren
atributos como “fuerte” o “largo”, es decir que hacen asociaciones estereo-
típicamente femeninas o masculinas según su lengua (Boroditsky, Scmidt
y Phillips, “Sex, syntax and semantics”, en Language in mind: Advances in
the study of language and thought, Massachusetts: MIT Press, 2003). En
otro estudio, los hablantes debían poner en correspondencia imágenes de
objetos cuyos nombres tenían distintos géneros con voces humanas, que
podían ser femeninas o masculinas. Los autores encontraron una mayor
tendencia a identificar las versiones animadas de los objetos cuyos nombres
manifiestan género femenino con voces femeninas y a animar con voces
masculinas los que poseen nombres con género masculino. Otros estudios
no lograron reproducir los mismos efectos de manera sistemática (Sera et
al., “When language affects cognition and when it does not: An analysis of
grammatical gender and classification”, Journal of Experimental Psychology
General 131(3), 2002). Muchos de estos experimentos están poblados de
dificultades metodológicas, sesgos de concepción y falta de explicitación
de supuestos básicos; cada uno de ellos debería examinarse puntualmente,
pero, en conjunto, poseen un valor muy relativo y conclusiones discutibles.

La idea de que la lengua guía nuestro razonamiento en función de las dis-


tinciones que nos exige hacer y la noción de que influye directamente sobre
la manera en que interactuamos con la realidad no cuentan por ahora con
evidencia empírica incontestable. Al menos eso parecen indicar los estu-
dios que muestran que no hay correlación entre el grado de marcación de
género morfológico en la lengua y equidad de género en las sociedades.

Lenguaje y morfología

El lenguaje inclusivo aparece de la mano de una demanda de visibilización


de la situación de desigualdad estructural que viven las mujeres en la
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sociedad y de rechazo a la discriminación de ciertos grupos en relación


con el género. En este sentido, puede leerse como una estrategia de inter-
vención política, cuyo valor cabe evaluar mucho más por la potencia de sus
efectos sociales, que por el éxito o el fracaso de su incorporación sistemática
a la variedad lingüística en cuestión.

Por la misma razón, no parece que haya definiciones específicamente dis-


ciplinares demasiado relevantes para introducir a la discusión en esta ins-
tancia. Y, sobre todo, la trayectoria del fenómeno no es algo que pueda
predecirse o valorarse. Dicho esto, hay muchas dimensiones en las que
la lingüística tiene un campo fértil de investigación e incluso de interven-
ción. Desde el punto de vista descriptivo, no existe hasta el momento una
caracterización rigurosa del fenómeno gramatical, ni de la extensión de su
uso, en términos tanto sociolingüísticos como dialectológicos. Tocará a la
sociolingüística investigar, posiblemente a posteriori, la capacidad de los
grupos de traccionar el cambio lingüístico y de comprender en qué medida
las formas novedosas logran codificar significados sociales de acuerdo con
las necesidades de interacción de los grupos. Por otra parte, la capacidad
de imponer la implementación de políticas movilizadas desde el estado y
las instituciones normativas pertinentes depende de factores que no hacen,
evidentemente, al lenguaje per se. Pero si, como empieza a observarse, se
dan acciones sistemáticas de política lingüística institucionales, destinadas
a fijar norma y promover de manera consecuente la sanción de los usos no
normativos, la mirada disciplinar podría volverse primordial.

En relación con mi área de investigación específica, el panorama es igual-


mente poco transitado. En primer lugar, todavía hacen falta estudios empí-
ricos que muestren que los hablantes de nuestra variedad interpreten el
genérico como masculino. Hay, de hecho, indicios de lo contrario. Evidencia
de distintas fuentes experimentales, más bien, abona la hipótesis de que
la forma -o (y sus equivalentes) es una forma por defecto que no tiene
asociado un rasgo de género interpretable. Bajo esta óptica, la única repre-
sentación con contenido semántico asociado sería la del femenino. Existen
también algunos trabajos preliminares que indican que, en la comprensión
de oraciones, los hablantes (todavía) tienen más dificultades para compren-
der cuando se utilizan las distintas formas del inclusivo comparado con
las formas del genérico. Los estudios, aún muy preliminares, que indican
que las personas tienden a imaginar referentes que incluyen participantes
femeninos o grupos mixtos cuando se utiliza cualquiera de las formas del
inclusivo que cuando se utiliza el genérico en -o podrían interpretarse en
el mismo sentido: estas formas no son neutras, sino que tienen marcación
de género (+femenino o +no binario, quizás) por contraste con las del
genérico en -o, que no posee género semántico asociado.

Este dato en ningún caso pretende minimizar el hecho de que un conjunto


cada vez más importante de personas manifiesta la necesidad de hacer visi-
ble lo que históricamente viene siendo material y simbólicamente negado
u omitido y señala el uso del genérico como representativo de esa invisibi-
lización. Empíricamente, puede resultar interesante explorar las tensiones
expresivas, aquello que podemos querer decir y para lo cual no parecemos
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tener a mano una forma que resulte ahora eficiente, como los géneros no
binarios, y el modo en que los hablantes estarían dispuestos a sortear esas
limitaciones utilizando recursos propios de la variedad, adaptando formas
o creando soluciones nuevas. Un ejemplo: una mujer resulta el caso des-
tacable dentro de un conjunto que es mixto; el uso normativo del genérico
indicaría: “X, el mejor exponente del conjunto Y”. Todo parece indicar que
esa fórmula no funciona bien: “La estrella brasileña Marta Vieira da Silva,
se convirtió en la máxima goleadora en la historia de los Mundiales, ya
sean masculinos o femeninos. Además consiguió otra proeza inédita: nin-
gún hombre o mujer había anotado en cinco Mundiales distintos” (La voz,
18 de junio de 2019). La psicolingüística es buena para preguntarse, dada
una emisión, ¿qué entendemos?, ¿cómo llegamos a construir esa represen-
tación?, ¿qué análisis compiten en su construcción?, ¿cómo intervienen
nuestras expectativas (los procesos top-down) en ese cómputo? Quizá pueda
darnos algunas ideas sobre lo que está pasando en este momento con las
formas que nos resultan, de un modo u otro, incómodas.

Lenguaje y regulación lingüística

El uso de la lengua puede, desde luego, regularse. Existen muchos medios


para ello, la escuela por ejemplo. Ninguna institución reguladora, sin embar-
go, determina ni contiene por completo la acción de los múltiples factores
que intervienen en el uso efectivo de la lengua y su modificación en el curso
del tiempo. Tiendo a pensar que ningún experto en cambio lingüístico, un
asunto muy lejano a mi especialidad, hablaría en términos de riesgo. Incluso
en el caso de las llamadas lenguas minorizadas o amenazadas, suele pen-
sarse que la amenaza es sobre la comunidad y su cultura, mucho más que
sobre la lengua en sí. Con todo, las fuerzas homogeneizadoras parecen ser,
según quienes entienden del tema, más poderosas que las de diversificación
entre las variedades de nuestra lengua.
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Signo y Seña 38 (julio-diciembre, 2021): [27-31]

Graciana Vázquez Villanueva


Profesora Adjunta de Lingüística Interdisciplinaria y Sociología del Lenguaje. Investigadora
del Instituto de Lingüística (FFyL). Doctora en Letras y posdoctorado en Ciencias Sociales
y Humanidades (UBA).

Lenguaje y realidad

Estos interrogantes cuentan con variadas posiciones, a veces en contraste


absoluto, otras con algunos puntos de acuerdo. En cuanto al lenguaje inclu-
sivo, ya la elección del adjetivo, implica un determinado sentido. Dado que
inclusivo no es lo mismo que incluyente, igualitario o no sexista. Por esa
razón, escojo para mi propuesta el significado “no sexista” para relacionarlo
con los restantes ejes de la encuesta.

Antes de reflexionar sobre el lenguaje inclusivo pensamos en la llamada


“cuarta ola” del feminismo, iniciada a principios de los 90 y caracterizada
por un despertar, una toma de conciencia mayoritaria y una lucha global
contra la opresión de las mujeres (Guzmán y Bonan, “Feminismo y moder-
nidad”, Debate Feminista 35, 2007.). Consideramos que la realidad y el len-
guaje en uso se moldean mutuamente, independientemente de los estudios
que, en el caso del lenguaje inclusivo, se han realizado de manera tardía
con respecto a las movilizaciones feministas. Para comprender esta mode-
lización desde la sociología del lenguaje se tienen en cuenta los principales
rasgos sociopolíticos que investigaciones sobre la ideología de género han
relevado sobre este tema. En primer lugar, el feminismo actual, por tercera
vez en su historia, se ha convertido en un movimiento de masas. Antes lo
había sido con el sufragismo y más tarde, con el feminismo radical,1 pero
en este caso, presenta una novedad: el feminismo es global. No hay país
en el que no haya ‒de una manera u otra‒ feminismo desde Estambul a
Argentina, EEUU o Nueva Delhi.

Su segunda característica es la interseccionalidad que ha hecho efectiva su


movilización global. Siguiendo a Rosa Cobo, no habría sido posible trasladar
el mensaje y convencer si el feminismo no hubiese asumido la diversidad
de las mujeres y, al mismo tiempo, no hubiese vuelto a poner sus energías
en las políticas económicas, sociales, educativas de distribución. Es decir,
por un lado, el feminismo se ha “ensanchado” y se hizo global internamen-
te, para luego hacerse global externamente. Esto significa que “ya no hay
que elegir un bando”, entre el movimiento feminista y el antirracista, por

1 El feminismo radical o tercera ola es una corriente feminista que surge en Estados Unidos a finales de los
años 1960. Centrada fundamentalmente en el logro de la legislación igualitaria sostiene que la raíz de la des-
igualdad social en todas las sociedades ha sido el patriarcado, el sistema de opresión del varón sobre la mujer.
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ejemplo. La interseccionalidad ‒según Kira Cochrane‒ es el principio rector


de las feministas actuales y, además, ha traído un efecto no esperado: la
exigencia de autoevaluación de privilegios.2

Un tercer rasgo está definido por la tecnología. Internet permitió al femi-


nismo construir un movimiento on line fuerte y reactivo. Las redes sociales
provocan un nuevo tipo de acción, ejercida por multitudes anónimas orga-
nizadas de forma rápida y precisa, con objetivos claros y comunes, con una
estrategia que puede discutirse y planificarse. Las redes crean conexiones
virtuales permanentes que van concientizando a grupos cada vez más jóve-
nes y relacionados en todo el mundo. Grupos que nacen en el mundo virtual
y luego sienten la necesidad de organizarse en sus respectivos ámbitos,
acercándose al movimiento feminista organizado, o creando sus propios
grupos feministas ‒mujeres campesinas, universitarias, mineras‒. El cuarto
rasgo es que se ha consolidado la alianza con el ecologismo y, a su vez, el
desarrollo del ecofeminismo, por ejemplo “las mujeres del agua” en Perú.

La cuarta ola también es intergeneracional. No hay relevo generacional


porque nadie se ha ido. Se está produciendo un diálogo intergeneracional
en el que feministas de larga trayectoria trabajan junto a mujeres jóvenes
compartiendo liderazgos, propuestas y discursos. Esta novedad suma a
millones de mujeres jóvenes; algunas, incluso, organizadas desde la edu-
cación secundaria. Finalmente, este feminismo se caracteriza por estar
impugnando el modelo no solo en los regímenes autoritarios sino también
en democracias con déficit de legitimidad y enfoca fuertemente sus críticas
en el neoliberalismo.

Lenguaje y morfología

Solo el sintagma Guía de lenguaje inclusivo en español arroja en Google


2.890.000 resultados. Tras esto emerge lo “políticamente correcto”: manua-
les del “deber” decir no sexista. Frente a esto el interrogante sería ¿el
lenguaje es el que incluye? o ¿la sociedad es incluyente o discriminatoria?
En otra Guía, que pretende contribuir a la eliminación de estereotipos de
género en uno de los países con más desigualdad en América Latina, se
afirma:

El sexismo lingüístico es el uso discriminatorio del lenguaje en razón del sexo. Como afirma
la lingüista Eulalia Lledó, “el lenguaje no es sexista en sí mismo, sí lo es su utilización. Si se
utiliza correctamente también puede contribuir a la visibilización de la mujer” (Guía de len-
guaje inclusivo de género, Consejo Nacional de Cultura y Artes, Gobierno de Chile, 2016).

La defensa del lenguaje como “no sexista y “si su utilización” ubica ya una
construcción ideológica en obviedad. Sin embargo, ¿qué ocurre con ciertos
términos, por ejemplo gobernanta/gobernante? Femenino/masculino con
-e indudablemente marcan una diferencia de significado entre un oficio

2 En 1990 Judith Butler plantea que el género se construye socialmente en su libro El género en disputa. A
partir de allí sostiene la necesidad de repensar el sexo, el lenguaje, la identidad y el sujeto.
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con menor prestigio frente a otro que es el ejercicio de gobierno. Desde


lo morfológico lo inclusivo no tiene cabida. Allí es donde debemos pensar
no en lo morfológico binario, sino en el género no binario que tiene que
ver con los sujetos (o la construcción de subjetividades) que no se identi-
fican con lo femenino/masculino sino con su elección individual por deter-
minados géneros para sentir que afirman su identidad. En este sentido,
nociones como bigénero, trigénero, agénero, género fluido o tercer género,
nos reclaman salir de la morfología para comprender estos fenómenos
socioculturales donde el lenguaje tal vez llega a sus límites. Una prueba
son los trabajos de Tjasa Kancler, profesor de la Universidad de Barcelona
y activista transgénero que utiliza el español no inclusivo en sus trabajos
académicos. Lo mismo ocurre con el filósofo transgénero Paul Preciado en
sus últimos estudios sobre el COVID-19 (Paul Preciado, “Aprendiendo del
virus”, El País, 28 de marzo de 2020). En consecuencia encontramos que la
morfología o el uso del lenguaje inclusivo no pueden dar respuesta a esta
pluralidad de elecciones de identidad o a la escritura, académica o no, de
las problemáticas corpogenéricas o de salud. Sí, en cambio, constatamos
que, en el mundo de la hispanofonía, el lenguaje inclusivo ha servido como
un elemento más de mercado lingüístico. Para ello vale la pena detenerse en
Guías para el uso no sexista del lenguaje publicado on line por el Ministerio
de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad del Gobierno de España en 2015
([Link]
docs/Guiaslenguajenosexista_.pdf). Se enuncia en su introducción que es
una recopilación de documentos que “tratan de dar respuesta” a las nece-
sidades previstas en el “Plan para la igualdad entre mujeres y hombres”.
Universidades, ayuntamientos, diputaciones y Gobiernos Autónomos de
España brindaron su producción que presentamos en el siguiente cuadro.
Como dijimos antes, “guías del correcto decir” donde no sólo no se analizan
las cuestiones identitarias de género, sino que se privilegian los ámbitos
económicos, administrativos y los recursos web ubicando en una posición
subalterna a la educación, la salud, la ciencia.

Ámbitos Documentos
Academia 17
Administración 32
Comunicación y publicidad 18
Cultura y Deporte 9
Discapacidad 2
Educación 8
Empleo, empresa y relaciones laborales 13
Jurídico 2
Salud 5
Sensibilización general y recursos web 14
Sociedad Civil 5
Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente 4
129
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Lenguaje y regulación lingüística

Considero que antes de responder sobre “qué tanto nos pertenece la len-
gua”, prefiero expresarlo en términos de Foucault: “la temática del ser del
lenguaje” debe ser reemplazada por “la temática de lo que hacemos con
el lenguaje”. En la medida en que nos detenemos en este último aspecto,
empezamos a pensar en que las prácticas discursivas son formadoras
de la subjetividad. Principio sostenido por la cuarta ola del feminismo:
construcción de género, de identidades, de lenguaje. Desde esta perspec-
tiva, obviamente sí puede regularse el uso de la lengua, por corrección
o por diferencia, si consideramos los estudios de Bourdieu a Derrida. En
cuanto al lenguaje inclusivo, como antes mencionamos, la regulación es
bien explícita.

June Jordan, activista, poeta negra, cuyo lenguaje es el inglés negro, y


cuyo nombre se encuentra en el Muro Nacional del Honor LGBTQ afirmó
que las políticas de la identidad “pueden ser suficientes para empezar
algo, pero no son suficientes para conseguirlo”. Para Jordan, lo funda-
mental es lograr la equidad y la solidaridad. Ya que categorías como
mujer, negro, negra, indígena, lesbiana, gay, trans nos sirven solo para
la articulación política, no pueden ser fines en sí mismos, solo sirven
para enfrentar al enemigo y no para encontrarnos entre nosotros. Es
esta tensión permanente entre “lo profundamente personal y lo profun-
damente político”, lo que confiere justamente luminosidad a la lengua. El
lenguaje inclusivo se regula. Y si se regula es para evitar el ostracismo
de identidades.

En la Argentina, un ejemplo es la Guía para el uso del lenguaje inclusivo en


cuanto al género publicada en febrero de 2020 por la Dirección Ejecutiva del
Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (http://
[Link]/wp-content/uploads/2020/02/GUIA-LENGUAJE-INCLUSIVO.
pdf). En este documento se plantea entre sus prioridades la igualdad real
de género, el respeto a la identidad de género y a la orientación sexual, así
como también el enfoque de los derechos humanos en las políticas desti-
nadas tanto al personal que trabaja en el Instituto como a todas las perso-
nas afiliadas. Al leer el documento se observa claramente que el lenguaje
inclusivo no pone en riesgo el castellano, por más que en su introducción
se mencione que el purismo, aparentemente, ha desatado tensiones con
respecto al uso del lenguaje inclusivo.

Lo políticamente correcto establece “el uso generalizado”, al que se recha-


za, en oposición “al uso inclusivo o no sexista” y lo hace al tomar como
fundamento no al lenguaje sino a la situación comunicativa: “1. Evitar
expresiones discriminatorias; 2. Visibilizar el género cuando lo exija la
situación comunicativa; 3. No visibilizar el género cuando no lo exija la
situación comunicativa”. Ahora bien, si las violencias machistas permean la
realidad y se inscriben en el lenguaje, ¿qué ocurre con el esclavismo sexual
de niños y hombres? Solo con buscar “violación de hombres y niños” en
Google, muchas veces perpetrados por mujeres, no solo se ve el silencio
sino la emergencia de estereotipos como “los varones son fuertes”, “los
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varones siempre quieren sexo” como establece Sara Stemple (UCLA)3 en un


libro en coautoría, Sexual violence against men in global politics (London:
Routledge, 2018).

Concluimos con lo establecido por Florencia Graciani con respeto a que el


concepto de lenguaje no sexista toma como realidad el desarrollo natural
del lenguaje a través de la historia, de manera tal que cuando la historia
marca diversas tendencias el lenguaje tiende a una mayor inclusividad que
cuando estos cambios se generan en la sociedad. La lengua puede ser de
todas y de todos, no es un sistema rígido, cerrado a cualquier mutación,
sino al contrario, el cambio está previsto en las mismas estructuras. El
lenguaje es un sistema dinámico, un medio flexible en continua transfor-
mación, potencialmente abierto a escribir en él infinitos significados, y por
ellos, también la expresión de la experiencia humana femenina, o LGBTQ.
Estas palabras introducen uno de los libros más claros sobre este tema:
La educación lingüística; Trayectorias y mediaciones femeninas, de Luisa
Spencer, donde se muestra la importancia de entender que un lenguaje
debe ser inclusivo, incluyente, no sexista, adaptativo para sobrevivir, seguir
vigente y conformar una sociedad humana más igualitaria. Los soportes y
dispositivos ya lo hablan: series yankees, videojuegos, films, las institucio-
nes de Estado redactan guías.

3 Lara Stemple es la Decana Asistente de Estudios de Posgrado y Programas para Estudiantes Internacionales
en la Facultad de Derecho de la UCLA, donde supervisa el LL.M. de la facultad de derecho. (maestría) y SJD
(doctorado) programas de grado y dirige el Proyecto de Derecho de Salud y Derechos Humanos. Stemple
enseña y escribe en las áreas de derechos humanos, salud global, género, sexualidad y encarcelamiento.
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María Alejandra Vitale


Doctora en Lingüística (UBA). Posdoctorado en Estudios Lingüísticos (UFMG, Brasil).
Directora proyectos UBACyT. Investigadora del Instituto de Lingüística (FFyL-UBA). Área
de investigación: análisis del discurso político y de servicios de inteligencia.

Lenguaje y realidad

Adhiero a la posición de N. Fairclough respecto de que existe una relación


dialéctica entre lenguaje y realidad (social), la realidad (social) incide en
el lenguaje y viceversa, al modificarse una se modifica el otro y viceversa.
Desde mi punto de vista, esta posición supera el idealismo que subyace a
afirmar que el lenguaje crea la realidad (social).

Lenguaje y morfología

Considero que hablar de variante o de lenguaje inclusivo depende de una


posición glotopolítica, no creo que ningún lingüista asuma al usar el tér-
mino lenguaje inclusivo que se trata de todo un sistema lingüístico nuevo
o diferente. En relación con la -e, en una mesa redonda organizada por
ABRALIN y SAEL se refirieron justamente a una “morfología inclusiva”,
ligada al estilo, a la situación comunicativa. En este sentido, en relación
con la pregunta “El castellano puede desarrollar…”, podría afirmarse que
esa morfología nominal no binaria ya se desarrolló, pero el interrogante
sería si puede convertirse en estándar. Por mi parte, puedo pensar el tema
en términos glotopolíticos. Por eso considero que el castellano o español
(una u otra denominación no es inocente) puede desarrollar una morfología
nominal no binaria que se integre al estándar si las luchas simbólicas en
torno a una norma de género llegan a resquebrajar la norma hegemónica y
a sustituirla por otra. Se trataría de un proceso glotopolítico muy complejo
con muchos actores involucrados.

Lenguaje y regulación lingüística

Es un hecho que el uso de la lengua se regula, por ejemplo, mediante la


legislación lingüística. De modo que la respuesta es sí, se puede. Esto es
objeto de estudio de la Sociología del Lenguaje. Por mi parte estudié cómo
luego del golpe de Estado de 1943 el gobierno militar prohibió el uso del
lunfardo en la radio, eso también es regular el uso de la lengua, en este
caso mediante la censura.
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No considero que el inclusivo ponga en riesgo la inteligibilidad del castella-


no/español, entiendo que se trata de un argumento en contra del inclusivo
basado en representaciones sociolingüísticas e ideológicas subyacentes
que sería interesante rastrear.

La propia lengua, entendida como la manera de expresarnos tal como se


desprende de la pregunta nos pertenece en el sentido de que nos da per-
tenencia, nos da identidad, pienso que hay consenso en eso. En cuanto a
si es de nuestra propiedad, usamos la lengua y podemos expresar en ella
posiciones glotopolíticas, como hablar de “cartel” en vez de “flyer”, es
decir que se trata de un bien social sobre el que tenemos derechos. Pero
esos derechos están limitados por todas las convenciones y normas que nos
vemos obligados a respetar para poder tomar la palabra, seguir siendo parte
de nuestro grupo o aspirar a pertenecer a otro y lograr nuestros objetivos.
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Julia Zullo
Doctora en Letras (UBA). Profesora adjunta de Sociolingüística y Análisis de los Lenguajes
de los Medios. Directora del proyecto UBACyT sobre transformaciones en el discurso
político (Instituto de Lingüística).

Lenguaje y realidad

Uhh, las respuestas a estas preguntas dan para más de dos carillas, pero
voy a ser breve: desde la perspectiva que nosotrxs encaramos como equipo,
somos seguidorxs de Voloshinov, en el sentido de que un signo ‒cualquiera
que sea‒ es a la vez reflejo y refracción de su contexto específico. Esto
significa, volviendo a la pregunta, que en parte sí y en parte no: el uso del
lenguaje es constitutivo de la realidad hasta cierto punto. Hay un lugar en
donde la realidad excede al signo y viceversa, un lugar en donde el signo
excede a la realidad, la modifica, la redefine. En este diferencial está la
complejidad de la respuesta que además nos lleva a una cuestión semiótica
más profunda que tiene que ver con el problema del significado, el sentido
y la significación y pone en escena la posibilidad de ver el uso del lenguaje
como un espacio de ‒potencial‒ conflicto y de disputa por esos espacios
cuasisimbólicos.

En realidad, buena parte de los signos que usamos cotidianamente parecen


no tener (o mejor dicho, no exhibir) ese diferencial, y vamos todxs contentxs
por la vida pensando que las referencias son compartidas/lógicas/naturales.
En algún momento, no cualquier momento y acá está lo interesante del
debate, esa diferencia se hace manifiesta y muchxs hablantes reconocen
que “la lengua no alcanza” para reflejar lo que está pasando o, peor aún,
que la lengua “hace trampa”. Quizás esto es lo más interesante de lo que
está pasando actualmente en las discusiones sobre el “inclusivo”, sobre
todo en los debates en los que no solo participan lingüistas. Hay como una
especie de sorpresa en este descubrimiento que, en realidad, para muchxs
de nosotrxs es un fenómeno constitutivo del funcionamiento de las lenguas
en sociedad.

Respecto de la segunda parte de la pregunta, y siendo consistente con esa


posición teórica, pienso que es esta reflexión sobre la lengua la que podría
permitir un cambio social. Nunca es una relación directa. De hecho, el
Análisis Crítico del Discurso propone una dialéctica constante para explicar
el cambio social y el cambio discursivo, pero los trabajos empíricos actuales
que parten del análisis de textos nunca llegan a adoptar “el gran angular”
que permitiría ver el cambio social. Sí se han hecho estudios históricos
al respecto para demostrar esta dialéctica. Pero estamos hablando de un
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fenómeno muy reciente. Es preciso mucho tiempo para poder establecer si


hubo o no alguna transformación social. Además, como todo cambio social
está siempre sobredeterminado, se vuelve muy complicado ‒y bastante
absurdo‒ tratar de establecer una relación uno a uno entre uso del lenguaje
y sociedad, sin caer en debates estériles.

La otra cuestión interesante es preguntarnos hasta qué punto podemos


establecer límites claros entre el uso del lenguaje y la sociedad. Desde
los enfoques discursivos y lingüísticos (tanto franceses como ligados al
funcionalismo de Halliday) sostienen que no hay forma de imaginar una
formación social sin lenguaje, de la misma manera que no podemos imagi-
nar un lenguaje sin su puesta en práctica. De ahí que muchxs lingüistas y
analistas del discurso sostienen ‒y en esto coincido, más allá de la teoría
en la que se inscriben‒ que estudiar el uso del lenguaje nos permite no
solo explorar sus características, sus procesos de cambio (en suma, el
sistema en funcionamiento) sino también, nos brinda una vía de acceso
privilegiada al estudio de ese grupo, colectivo, sociedad que lo emplea. De
manera que, volviendo a esta cuestión del lenguaje inclusivo, no solo no
hay ni habrá una relación directa entre su utilización y las condiciones de
vida de la diversidad de géneros en nuestra sociedad, sino más bien nos
brinda la posibilidad, como estudiosos del lenguaje en uso, de estudiar las
tensiones sociales, la necesidad de visibilización, el proceso de cambio que
estamos viviendo como grupo humano. En este sentido, creo que hay que
ampliar la mirada de las tensiones concretas, cotidianas que el lenguaje
inclusivo suscita y empezar a ver estos usos como eventos comunicativos
en los cuales se está dando un cambio de roles, de tareas, de derechos y
responsabilidades que nos hablan de un proceso de cambio social mucho
más profundo, complejo y mucho más a largo plazo.

Lenguaje y morfología

Creo que sí. No me dedico a la gramática, pero considero que en el pro-


ceso de cambio lingüístico las lenguas han sufrido cambios estructurales
muy profundos a largo plazo. No sé si estaré viva para verlo, eso sí. Si
los sociolingüistas tienen razón ‒y parecen haberlo demostrado‒, una vez
estabilizadas las formas nuevas ‒no estamos ni siquiera en esta etapa‒, el
sistema completo debería acomodarse/ajustarse a este cambio.

Si la primera parte de la pregunta se refiere a una disyunción, pienso que


no. Lxs lingüistas sabemos que se trata de un fenómeno de variación mor-
fológica eso que lxs hablantes están denominando “lenguaje inclusivo”.
Por ahora, es solo morfológica. Veremos más adelante si el cambio, como
mencioné más arriba, llega a otros niveles del sistema.

Pienso que lo más interesante de este fenómeno de variación (por ahora


no me atrevería a llamarle cambio lingüístico) es que no es un fenómeno
típicamente sociolingüístico, en el sentido en que no se da la alternan-
cia de formas nuevas inconscientemente. Esta variación, por el contrario,
fue impulsada, visibilizada y puesta en circulación (y en tela de juicio por
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muchxs especialistas de las más diversas áreas y disciplinas) por un sector


ajeno a las instituciones de la lengua. Creo que eso es lo que más rechazo
genera tanto en los académicos como en otros sectores de la sociedad con
cierto “capital simbólico” ‒como diría Bourdieu‒ que ven la intromisión en
el uso de la lengua como una intrusión ilegítima: ¿quiénes son esxs para
venir a decirme cómo se dice…? Esto es lo que hace de todo este proceso
un fenómeno especialmente interesante y creo que único: una intervención
política (y no normativa) sobre el uso que no emana de autoridades políticas
de la lengua.

Lenguaje y regulación lingüística

Sí, la lengua materna nos pertenece totalmente si el pronombre “nos” es


realmente plural e inclusivo (y perdón por la homonimia). Gracias a que nos
apropiamos de ella colectivamente somos quien somos. Es nuestro carné de
identidad. También, por supuesto somos creativos desde el punto de vista
individual, claro está. Pero lo somos con limitaciones y esas limitaciones no
solo tienen que ver con los parámetros de nuestra gramática sino también
con las pautas de uso, de adecuación, de roles que nos brindan ciertos
márgenes de variación.

Sostengo el principio sociolingüístico de que la variación es la cuna del


cambio lingüístico, de modo que no me parece que esté en riesgo la inteli-
gibilidad del castellano. Solo ocurre que en esta oportunidad se está visibili-
zando un proceso de cambio que en otras oportunidades no vemos (y mucho
menos, polemizamos sobre él). En este sentido, creo que como lingüistas
somos privilegiadxs por ser parte (más activa o más reactivamente) de
este proceso. Tal vez solo se trate de un fenómeno profundo de variación
que ha puesto en evidencia otros fenómenos sociales que están mucho
más allá que el uso de cierta morfología. Tal vez, solo quede en las etapas
preliminares del cambio lingüístico porque la particularidad que tiene este
proceso ‒como dije más arriba‒ es que la variación nunca fue “desde abajo”
del nivel de la consciencia ‒como dice Labov‒, nunca se asoció a los usos
cultos y prestigiosos del español o al menos, se distanció tempranamente
de las instituciones que legitiman determinados usos.

Sin embargo, resulta interesante la tensión que se ha dado en tanto muchas


instituciones académicas y educativas en general van poco a poco incorpo-
rando algunas de las variantes que muestra este patrón de variación, como
posibles alternativas de expresión en todos sus géneros (orales y escritos).
Y es interesante porque lo hacen como “opción”, sin que la normativa pese
sobre las espaldas de los y las hablantes/escribientes.

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