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Santificación
La senda de la sexualidad santa
Miguel Ángel fue uno de los mejores artistas del alto renacimiento italiano. Son pocos los que han
logrado tener su versatilidad como escultor, pintor, arquitecto y poeta. Miguel Ángel nació en el
seno de una familia de la nobleza en rango menor, y debido a que las artes se consideraban como
algo indigno de su posición social, el padre de Miguel Ángel al principio trató de disuadir al joven
para que no siguiera ese camino. Sin embargo, este genio no se dio por vencido, y pronto se
convirtió en un artista muy distinguido, aun desde su juventud.
La madre de Miguel Ángel no tenía buena salud y murió cuando él tenía solo seis años de edad.
Cuando Miguel Ángel era bebé, la familia contrató a una nodriza para que lo cuidara. El esposo y el
padre de la nodriza eran albañiles, y las colinas al noreste de Florencia tenían muchas canteras. Ya
de adulto, Miguel Ángel bromeaba con sus amistades y les decía que toda su capacidad artística
provenía “del aire puro de Arezzo, y porque bebí la leche de mi nodriza con cinceles y martillos”. 1
Miguel Ángel se veía a sí mismo principalmente como escultor, y su obra más prominente es el
David. Antes de comenzar a trabajar con el cincel, se sabe que Miguel Ángel hacía un modelo de
cera de la estatua, a escala más pequeña. Luego sumergía el modelo en agua y lo sacaba
lentamente; el gran escultor estudiaba con todo cuidado, desde arriba, todo lo que veía que iba
surgiendo lentamente.2 Para el David, de más de cinco metros, Miguel Ángel probablemente se
imaginaba la forma completa dentro del inmenso bloque de mármol blanco, y luego simplemente
martillaba todo lo que no era su David.
El buen artista no sólo debe visualizar su objetivo final sino también debe comprender el proceso
para lograrlo. Los medios son tan importantes como el fin. Si no hay proceso, no hay producto. Si
los procedimientos de Miguel Ángel hubiesen sido incorrectos, no existiría su obra maestra.
Así también es en la vida cristiana. No debe sorprendernos que Dios en su Palabra nos haya
revelado lo que será nuestro estado final y el proceso para llegar ahí. Dios nos exhorta en el
Antiguo Testamento, y otra vez en el Nuevo: “Serán santos, porque yo soy santo” (Levítico 11:44-
45; 1 Pedro 1:16). La santidad es la meta, y la santificación es el proceso.
Desafortunadamente, muchos cristianos visualizan una meta incorrecta y un proceso defectuoso
para quienes tenemos atracciones por el mismo sexo. Ya hemos dicho en este libro que en cuanto
a la sexualidad, la meta de todos debe ser la sexualidad santa –castidad en soltería y fidelidad en
matrimonio.
Demasiadas personas (y durante demasiado tiempo) han hecho a un lado la meta de la sexualidad
santa, y la soltería ha recibido desaprobación en general. Los cristianos no casados son proyectos
que deben “arreglarse”, y por eso tratamos de “arreglarlos” con alguien. Observemos las
expresiones que usamos. Aunque hemos progresado un poco en el reconocimiento de que el
objetivo correcto es la sexualidad santa y no la heterosexualidad, muchos todavía mantienen
como su metodología principal el proceso erróneo de una terapia de “cambio de orientación
sexual”.
Muy seguido me preguntan: “¿Todavía sientes atracción por el mismo sexo?” A veces la gente lo
pregunta de otra forma: “¿Ya estás plenamente liberado?” Estas preguntas provienen de un deseo
sincero de entender mejor mi persona y mi viaje de fe y de seguimiento de Jesús cada día. Me
encanta ayudar a algún hermano o hermana a comprender mejor el tema de la sexualidad. Pero
detrás de esas preguntas hay un malentendido sobre el proceso de santificación para todos los
redimidos.
Después de la lista de vicios de 1 Corintios 6:9-10, que incluye la conducta homosexual, Pablo
afirma: “Y esto eran algunos de ustedes” (v. 11). Luego, en otra epístola, Pablo hace una distinción
muy aguda entre la realidad antes y después de la conversión: “las cosas viejas pasaron; he aquí
todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Pero si un cristiano –que ya es una nueva criatura—todavía es tentado con deseos por el mismo
sexo, ¿significa eso que no ha ocurrido una transformación verdadera, ni una sanidad real, ni una
liberación completa? ¿Acaso la conversión significa que la atracción por el mismo sexo debe ser
algo del pasado? O de manera más general, ¿acaso la meta cristiana aquí en la tierra es la
erradicación de toda tentación y toda prueba?
Voy a dar un ejemplo. Pepe era un borracho, pero por la gracia de Dios, ahora es cristiano y ha
dejado de beber. Sin embargo, aún después de varios años de estar sobrio, admite que todavía
siente ganas de tomar –pero no lo hace. ¿Pondremos en duda la transformación de Pepe? ¿Es que
acaso no ha sido sanado? ¿O requiere todavía más liberación? ¿Necesita que le exorcicen el
demonio del alcoholismo? ¡No!
De hecho, la manifestación de la gracia de Dios es más evidente en su vida, ¡porque se niega a
obedecer a la carne y obedece los mandatos de Cristo! Dios es glorificado cuando vivimos en
santidad, incluso en medio de las tentaciones.
En un capítulo anterior ya explicamos la realidad de la tentación, cómo las tentaciones no son en sí
pecado, pero ciertamente sí pueden conducir hacia el pecado. Entonces, ¿cómo es la vida
cotidiana y común de un cristiano que es tentado? Desde el momento de nuestra conversión hasta
que al fin entramos en la presencia del Señor, ¿cuál es el proceso de nuestra búsqueda de la
santidad?
Y en particular –debido a que el énfasis de este libro es la sexualidad santa-- ¿qué significa ser
santo para alguien como yo que puede experimentar atracción por el mismo sexo? Comencemos
explorando más la doctrina de la santificación para despejar ciertos mitos al respecto.
¿Qué es la santificación?
La santificación se fundamenta en el carácter esencial de Dios. El profeta Isaías, al comienzo de su
ministerio, recibió una visión en la que vio al Señor sentado en un trono, y los serafines
declaraban: ¡Santo, santo, santo es el SEÑOR de los Ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su
gloria! (Isaías 6:3, énfasis añadido). Esta triple repetición representa el superlativo más fuerte del
idioma hebreo.
En el Antiguo Testamento, la santidad se ponía en contraste con cosas que pertenecían al orden
común (Levítico 10:10). Ser santificado significaba ser apartado de lo ordinario para dedicarse al
servicio de Dios. Los objetos del templo se apartaban para el propósito específico establecido por
el Señor. El pueblo de Israel fue llamado para ser una nación santa, apartada del mundo (Éxodo
19:6; Levítico 20:26). Así mismo, en el Nuevo Testamento, los creyentes judíos y gentiles habían
sido apartados y elegidos como “nación santa” (1 Pedro 2:9).
El único Dios y Creador verdadero está muy alejado de todos los dioses falsos, y tampoco se
confunde con su creación. En el mundo del antiguo cercano oriente, el carácter de la divinidad
local determinaba el carácter de sus adoradores.3 Si los paganos practicaban relaciones sexuales
indiscriminadas y hasta sacrificaban a sus propios hijos, es porque reflejaban la inmoralidad de sus
dioses paganos, como Baal, Astarté y Moloc.
Sin embargo, el Señor nuestro Dios es justo y recto, no se deleita en la maldad y odia el mal (Salmo
11:7; 5:4; Zacarías 8:17). Por lo tanto, requiere de su pueblo que “sean santos, porque yo soy
santo” (Levítico 11:45; 1 Pedro 1:16). Y la santificación es la voluntad expresa de Dios para nuestra
vida (1 Tesalonicenses 4:3).
En el mundo antiguo era algo raro, único y verdaderamente extraño que hubiera una deidad
moralmente recta y con expectativas divinas para la ética de sus adoradores. En esto, el judaísmo
y el cristianismo están en un lugar aparte, lejos de todas las religiones antiguas. Como hijo de Dios,
diariamente soy llamado a reflejar la naturaleza santa del Dios que adoro.
Como cristianos, debemos buscar la rectitud y resistir contra el mal. Nadie pone esto en tela de
juicio. Pero el error más común es convertir el proceso de santificación en un simple cumplimiento
de reglas: hacer lo bueno, y no hacer lo malo. La madurez espiritual se ha convertido en la simple
búsqueda de virtud moral. Para quien experimenta atracción por el mismo sexo, ¿la santidad
sexual se logra por rigorosa fuerza de voluntad, autodisciplina, y modificación de la conducta?
Nuestra comprensión torcida de la santidad cristiana casi siempre se parece a una búsqueda de
justificación por obras, más que a algo que provenga de nuestro Dios trino. La santificación no se
logra por el mero esfuerzo humano porque sólo Dios puede santificar. Aunque debemos
esforzarnos por hacer lo bueno, ese esfuerzo no logra nada para conquistar y vencer a nuestra
naturaleza pecaminosa, que nos aleja de la rectitud. En vez de trabajar servilmente para lograr la
virtud moral, debemos apropiarnos de un concepto muy importante que el teólogo puritano John
Owen denomina: “santidad del evangelio”.4
La santidad del evangelio es la comprensión correcta de la santificación. El mejoramiento de uno
mismo, la voluntad fuerte y el trabajar con diligencia no pueden y no logran conducirnos a la
santificación. El proceso de ser hechos santos es una transformación radical e interna que fluye de
nuestra unión con Cristo. La santificación es un don de la gracia de Dios que debe permear a toda
la persona: a nuestros pensamientos, deseos y acciones. Esta es la santidad del evangelio.
Las tres personas de la Trinidad están involucradas en nuestra santificación, así como también en
nuestra justificación. El Señor Jesús ora al Padre: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad”
(Juan 17:17). Pablo le recuerda a los creyentes en Corinto: “pero ya han sido lavados, pero ya son
santificados, pero ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de
nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). El Padre, el Hijo, y el Espíritu se involucran en hacer santos a los
creyentes.5
La justificación y la santificación son dones de la gracia, distintos pero inseparables. El evangelio
canaliza la gracia de Dios para acreditarnos la justicia de Cristo (nuestra justificación) y para darnos
la capacidad del Espíritu para vivir rectamente (nuestra santificación). La justificación es el acto de
Dios por el cual los creyentes son declarados justos; la santificación es el acto de Dios por el cual
los creyentes están siendo hechos justos.
Desafortunadamente, a la santificación se le da menos prioridad y en ocasiones se la trata como
un aspecto del evangelio no esencial o incluso opcional; reservado sólo para los cristianos
maduros espiritualmente.6 Ese mal entendido ha producido que muchos se llamen a sí mismos
cristianos pero sin estar ni cerca siquiera del camino de la santificación. Creen que la fe en Cristo
de alguna manera es compatible con los deseos pecaminosos de la carne; por ejemplo, coquetean
y fantasean con pasiones románticas que no tienen un fin apropiado ni piadoso. La falta de
definición y compromiso no tiene lugar en la santificación.
Este engaño tan serio proviene de la incapacidad de ver la profundidad de nuestra depravación.
Como ya vimos en cuanto a la doctrina del pecado, la caída de Adán y Eva tiene un doble alcance:
(1) somos culpables y necesitamos el perdón, y (2) nuestra condición moral se ha contaminado y
corrompido.
Si le preguntamos al asistente promedio de nuestras iglesias sobre el tema de la salvación, la
respuesta principalmente se concentra en el perdón de nuestros pecados. Por medio de la fe, el
cristiano es perdonado, de hecho. Sin embargo, esto resuelve sólo la primera catástrofe de la
caída: nuestra culpa. Todavía queda la segunda: nuestra naturaleza pecadora. La santificación es la
provisión de Dios para rectificar nuestra naturaleza corrupta que procura el pecado y se deleita en
él.7
El proceso de santificación es algo esencial e imprescindible en la vida del individuo que ha sido
salvado por gracia gracias a la fe en Cristo. Nuestra justicia está atada a la justicia de Cristo, y es
por eso que a creyentes imperfectos se les puede denominar “santos” (Romanos 1:7; 2 Corintios
1:1). La muerte y resurrección de nuestro Salvador han perfeccionado para siempre a aquellos a
quienes vino a salvar. Podemos ser santos ante Dios, y nuestras acciones humanas no pueden
mejorar ni empeorar esta condición.
La santificación es la evidencia de una fe verdadera y produce tanto el arrepentimiento como
también la mortificación del pecado. Esto no significa que podemos experimentar el estado
perfecto de ausencia total de pecado o de tentaciones en nuestra vida diaria. Para entender mejor
la santificación, debemos reconocer que tiene tres aspectos a la luz de la gran historia de Dios:
posicional (pasada), progresiva (presente), y perfecta (futura). Hemos sido santificados; estamos
siendo santificados; y seremos santificados.
Santificación posicional
“Es en esa voluntad que somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre” (Hebreos 10:10). En el momento de la conversión, la santificación
posicional es un acto instantáneo de la gracia de Dios. Es definitivo y ocurre una vez y para
siempre porque Cristo es nuestra santificación y estamos unidos a él en su muerte y resurrección
(1 Corintios 1:30; Romanos 6:5).
La santificación posicional es un rompimiento real con el poder del pecado; estamos “muertos al
pecado” (Romanos 6:11). También significa una novedad real de vida; somos una nueva creación:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas
son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). La santidad se basa solamente en la perfección de Cristo; no
en la nuestra.
Santificación progresiva
“Porque con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).
La santificación también es progresiva porque en esta vida nadie está sin pecado (1 Juan 1:8). El
proceso diario de lucha y crecimiento es una obra de Dios en nosotros y a través de nosotros,
haciéndonos más y más como Cristo. La obra gradual del Espíritu Santo produce evidencias
tangibles de nuestra unión con Cristo en su muerte y resurrección.
La gracia de Dios capacita a quienes son salvos para que obedezcan este mandato: “Más bien,
vístanse del Señor Jesucristo y no hagan provisión para satisfacer los malos deseos de la carne”
(Romanos 13:14). Pablo también explica que la santificación es algo que todavía estamos
logrando: “Pero ahora, libres del pecado y hechos siervos de Dios, tienen como su recompensa la
santificación y, al fin, la vida eterna” (Romanos 6:22). La santificación a la luz de la unión con Cristo
significa que podemos vivir la vida de santidad porque con él ya hemos muerto y hemos
resucitado en santidad.8
Santificación perfecta
“Y el mismo Dios de paz los santifique por completo; que todo su ser —tanto espíritu, como alma y
cuerpo— sea guardado sin mancha en la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses
5:23). La santificación llegará a su cumplimiento total cuando estemos plenamente unidos con
Cristo en la consumación. En ese punto la santificación posicional se convertirá en algo
plenamente realizado.
Este aspecto futuro de la santificación se refiere al estado perfeccionado del creyente en la gloria.
Cuando Cristo retorne, todas las cosas serán hechas nuevas (Apocalipsis 21:5), y “seremos
semejantes a él porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Así pues, la santificación es
posicional, progresiva y perfecta.
Pablo explica que cuando nos volvemos al Señor, comienza el viaje de la santificación progresiva:
“Por tanto, todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor,
somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2
Corintios 3:18). Notemos que estamos siendo transformados “en la misma imagen”. Esa imagen es
Cristo Jesús, el Señor. Pablo nos dice en Colosenses 1:15 que el Hijo mismo “es la imagen del Dios
invisible; el primogénito de toda la creación”.
Miguel Ángel visualizó una imagen de su producto final y comprendió el proceso que tendría que
seguir para llegar ahí. De la misma manera, nuestro fin es Cristo Jesús, y el proceso es el don de la
santificación. Dios nos hace justos y nos moldea a la imagen de Cristo por nuestra unión con él. La
santificación no está enraizada en nuestros logros sino en la obra de Dios en Cristo por medio del
Espíritu.
Esta verdad, que el mismo Cristo Jesús es nuestra santificación, aclara algunos malos entendidos.
Ya hemos disipado el mito de que la tentación es incompatible con la santificación en la vida
cristiana. Si el Señor Jesús fue tentado, no debe sorprendernos que sus seguidores también sean
tentados.
Pongamos atención a estas palabras de advertencia del Señor Jesús: “Es imposible que no vengan
tropiezos” (Lucas 17:1). No es asunto de ver si acaso seremos tentados, sino de cuándo (1
Corintios 10:13). Por lo tanto no es de sorprenderse que un cristiano santificado pueda todavía
experimentar tentaciones del mismo sexo.
Por lo pronto, de esto estoy persuadido como verdad: he sido cambiado; soy una nueva criatura
en Cristo. Y ese cambio es vital y real. Tengo un corazón nuevo, y mi mente ha sido renovada.
Antes de mi conversión, era indiferente hacia Cristo, lo cual equivale a odiarlo. Ahora amo a Cristo,
quiero agradar al Padre, y deseo su santidad. Esto es cambio verdadero, incluso ante la realidad de
mi naturaleza pecadora y en medio de tentaciones permanentes.
Dios nos ha redimido, y nos ha transformado; y por eso, ahora tenemos lealtades nuevas. Estas
nuevas lealtades y prioridades se hacen más profundas y más fuertes al ir madurando en Cristo.
Ahora Cristo pelea nuestras batallas; incluso las batallas contra el pecado interior. Y como ya
hemos dicho antes, por nuestra unión con Cristo, podemos odiar nuestro pecado sin odiarnos a
nosotros mismos.
Dios ya me ha cambiado.