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Consecuencias del Pecado en la Biblia

Este documento explora las consecuencias del pecado original de Adán y Eva en el Jardín del Edén. Describe cómo su desobediencia introdujo el pecado, la muerte y la culpa en la humanidad, y cómo esto afecta a todos los seres humanos. También discute cómo esto solo puede ser redimido a través de la obra salvífica de Cristo.

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Consecuencias del Pecado en la Biblia

Este documento explora las consecuencias del pecado original de Adán y Eva en el Jardín del Edén. Describe cómo su desobediencia introdujo el pecado, la muerte y la culpa en la humanidad, y cómo esto afecta a todos los seres humanos. También discute cómo esto solo puede ser redimido a través de la obra salvífica de Cristo.

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4

La huella del pecado

Gravedad de la caída

La primera vez que leí la Biblia, estaba en el centro de detenciones de la ciudad de Atlanta como
preso en custodia federal. No había en mí una intención espiritual ni estaba buscando la vida
virtuosa al ponerme a leerla. Simplemente no tenía nada más que hacer. Y nunca me habría
imaginado hasta dónde realmente me iba a afectar ese libro.

Era el día antes de oír mi sentencia. Leí el salmo 51, y las palabras de arrepentimiento de David
eran mis palabras: “Ten piedad de mí, oh Dios… Contra ti, contra ti solo he pecado… He aquí, en
maldad he nacido” (vv. 1, 4-5). Leí esas palabras y me puse a llorar, pues me daba cuenta que
había quebrantado la ley de Dios y que me había rebelado contra mi Creador.

Tiempo después, leí Romanos 1. En la lista de pecados que escribió Pablo, lo que me impactó más
fuerte, por extraño que parezca, fue “desobedientes a sus padres” (v. 30). Las únicas personas que
realmente me amaban de manera incondicional eran mis padres, y yo había despreciado su amor
de una forma inimaginablemente dramática. Mi corazón se quebrantó sólo de pensar en lo
profundo de mi rebelión, en cómo los desobedecí de manera tan drástica, despiadada y egoísta.
Ciertamente yo era pecador.

Durante mis primeros dos meses de cárcel, leí sobre la maldad de mi corazón: “Porque desde
adentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, las inmoralidades sexuales, los
robos, los homicidios, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la sensualidad, la
envidia, la blasfemia, la insolencia y la insensatez” (Marcos 7:21-22).

Pero no era sólo un problema del corazón. Mi cabeza también estaba revuelta y en desorden. Yo
andaba en la vanidad de mi mentes y con el entendimiento entenebrecido (Efesios 4:17-18). Hasta
mis sentimientos y pensamientos, incluso aquellos que no habían sido elegidos por mí, estaban
distorsionados por el pecado. Dios estaba quitando las vendas de mis ojos para que pudiera ver
quién era yo en realidad —quién soy yo en realidad—un pecador. No eran buenas noticias.

Muchos años antes, en el campo de entrenamiento militar, los reclutas estudiábamos historia de
las batallas de Estados Unidos. Recuerdo la batalla de Iwo Jima. Fue una de las más feroces y
sangrientas de la Segunda Guerra Mundial, y se asignaron más de veinte medallas de honor a los
soldados. Muchas de ellas de manera póstuma. Una medalla de honor fue otorgada al soldado de
primera clase Jack Lucas, que cubrió, no una, sino dos granadas con su casco y su cuerpo, y
sobrevivió. Cuando le preguntaron por qué lo hizo, la respuesta de Jack fue simple: “Lo hice para
salvar a mis amigos”.

Exaltamos a quienes sacrifican su vida por sus amigos y por su país. Pero, ¿cuántos hombres en la
batalla de Iwo Jima cubrieron una granada para salvar la vida de sus enemigos? Ninguno. Sin
embargo, Dios murió por nosotros cuando todavía éramos sus enemigos (Romanos 5:6-10). Una
cosa es que un hombre bueno muera por algún amigo; pero es una historia totalmente diferente
que un hombre perfecto muera para que su enemigo pueda vivir.

Casi toda la gente que conozco recibe con entusiasmo el amor de Dios. Pero no podemos
comprender la profundidad de este amor sin entender primero nuestra propia pecaminosidad. Si
no tenemos conocimiento de nuestra depravación total, abaratamos el amor de Dios y escupimos
en su gracia.

Yo firmo mis correos electrónicos y cartas con la frase: “Sin merecer su gracia”. De ningún modo
quiero reducir el hecho de que la justicia de Cristo se me ha otorgado a mí por la fe y que ya soy
uno de los santificados (1 Corintios 1:2), tampoco estoy nulificando el hecho de que he sido creado
a imagen de Dios. Pero sin Dios, yo soy un pecador –así como tú, como todos nosotros. Mi firma
me recuerda que soy un pecador y que vivo sólo por la gracia de Dios –sola gratia.

Esto sí es una buena noticia.

De nuevo al principio

La doctrina del pecado es un precepto esencial del cristianismo, un aspecto integral de la gran
historia de Dios: creación, caída, redención y consumación. Toda la humanidad desciende de Adán
y Eva, que introdujeron el pecado al mundo. Como consecuencia, todos los humanos compartimos
la culpa del primer pecado de Adán, tenemos en nuestra condición la inclinación a pecar, y
necesitamos desesperadamente la salvación.

¿Por qué es tan importante esto? Porque descartar este punto equivale a rechazar la obra de
Cristo en la cruz. Como lo ha dicho el teólogo John Frame: “Si abandonamos la creencia cristiana
de nuestra caída en Adán, ¿con qué derecho mantenemos la doctrina de nuestra salvación en
Cristo?”1 Si Adán no pecó ni transmitió su naturaleza pecaminosa a la humanidad, entonces no hay
necesidad de salvación.

Para comprender mejor a la humanidad –y en particular, a la sexualidad humana—debemos volver


de nuevo al principio. Después que Dios creó a Adán y Eva, al principio, obedecieron
perfectamente a Dios. Thomas Boston, teólogo escocés del siglo dieciocho, identificó ese período
como el estado de inocencia.2

Ya conocemos la historia. En el Jardín del Edén, Dios les permitió comer del fruto de cualquier
árbol, pero también les dijo: “del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás” (Génesis
2:17). En Génesis 3, Adán y Eva desobedecieron a Dios y cayeron en pecado porque comieron el
fruto que Dios les había prohibido.

¿Acaso Dios les puso una trampa para que fallaran y los hizo pecar? ¡Por supuesto que no! La
Escritura nos dice que “Dios… no tienta a nadie” (Santiago 1:13). En realidad, Dios puso el árbol en
el jardín por su amor hacia Adán y Eva y por su propio bien. Era un recordatorio de que, aunque
habían sido puestos para gobernar y dominar a la creación, Dios seguía gobernándoles a ellos. El
árbol servía para que recordaran que ellos libremente podían elegir entre obediencia o
desobediencia.3

Después de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva se
escondieron con miedo y vergüenza. Hicieron el intento de pasarle la culpa a alguien más, lo cual
confirmó la pérdida de su inocencia. Su despliegue patético de egoísmo está en agudo contraste
con la actitud del segundo Adán, Cristo Jesús, que cargó nuestros pecados y hasta se hizo pecado
por nosotros (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24). Su muerte en la cruz, que nos trajo justificación, fue
la antítesis de la autojustificación de Adán en el jardín.

Pero, después de dejar en claro el pecado de Adán, ¿qué tiene que ver con nosotros hoy en día?
¿Cuáles son las consecuencias permanentes de la Caída de Génesis 3?

La caída

El pecado de Adán y Eva trajo varias consecuencias; la muerte es una de las más evidentes.
Cuando Dios les advirtió que no comieran del fruto de este árbol, añadió: “porque el día que
comas de él, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). En hebreo, esta sentencia es un
pronunciamiento enfático. Literalmente significa “muriendo, morirás”.4 Este decreto firme y
absoluto de Dios consistía en que la consecuencia de su desobediencia, sin duda, sería la muerte.

Esta muerte fue tanto física –“al polvo volverás” (3:19)—como también espiritual, por la
separación entre Dios y los seres humanos después de su expulsión del Edén (vv. 23-24). El castigo
de Dios también incluía la maldición de dolor, trastorno e incertidumbre (vv. 16-19): “con dolor” la
mujer daría a luz a sus hijos, y “con dolor” el hombre sacaría su sustento trabajando en la tierra
maldita.

Como incrustado en este juicio tan doloroso, Dios incorporó un resplandor de esperanza. En
Génesis 3:15, se otorga la promesa de que la “descendencia” de la mujer algún día pisaría la
cabeza de la serpiente. Esta descendencia es Cristo Jesús, victorioso sobre Satanás, el pecado y la
muerte. Este versillo es la primera profecía mesiánica del Antiguo Testamento y el primer anuncio
de las buenas nuevas del evangelio. Es el proto-evangelium.

La desobediencia de Adán y Eva ha tenido consecuencias profundas para toda la humanidad –


incluso para toda la creación. Pablo nos dice en Romanos que “la creación ha sido sujetada a la
vanidad” (8:20) y que “por la ofensa de uno reinó la muerte por aquel uno” (5:17). En 1 Corintios
15:22, Pablo declara: “En Adán todos mueren”.

La muerte fue el resultado de la Caída, y junto con la muerte otras consecuencias naturales. Por
ejemplo: cáncer, Alzheimer, diabetes, neumonía, y paros cardíacos. También son consecuencias de
la Caída los desórdenes físicos y mentales, los defectos y discapacidades –como la discapacidad
visual, auditiva y de aprendizaje, el síndrome de Down y el autismo –también son consecuencias
de la Caída. Otro ejemplo es la anomalía biológica conocida como intersexualidad o
hermafroditismo, donde los órganos sexuales de una persona no concuerdan con las definiciones
típicas del cuerpo masculino o femenino. Aunque todas estas condiciones naturales son
consecuencias de la Caída, desafortunadas y en ocasiones trágicas, no son pecado ni son
pecaminosas. La imagen de Dios sólo ha sido distorsionada, pero no se ha perdido.

Ciertamente esto no suena como buenas noticias –y todavía se pone peor. El pecado de Adán
también trajo la culpa. En el vocabulario moderno, la culpa es una experiencia subjetiva –el
sentimiento de haber hecho algo malo. Pero el concepto de culpa en el Nuevo Testamento tiene
muy poco que ver con las emociones. Es un concepto judicial que implica nuestro estado de haber
violado la ley y de ser merecedores de castigo.5
Por eso la doctrina ortodoxa del pecado es tan ofensiva para mucha gente. Es difícil aceptar que
una persona es culpable por algo que piensa que no ha hecho. Nos parece injusto que se nos pidan
cuentas por el pecado de Adán. Sin embargo, debemos admitir que lo que pensamos que es justo
tal vez no sea justo en verdad según los estándares perfectos de Dios.

Por eso debemos considerar al Señor Jesús para entender claramente el concepto bíblico de culpa.
De hecho, es imposible comprender la transmisión de la culpa de Adán sin entender la transmisión
de la justicia de Cristo. Las dos van de la mano. “Porque así como en Adán todos mueren”, nos dice
Pablo, “así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Por lo tanto, así como
Jesús es nuestro representante en la vida, Adán es nuestro representante en la muerte.

Pablo explica más este punto en Romanos 5:17-19. “Porque como por la desobediencia de un solo
hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno muchos
serán constituidos justos” (v. 19). Por el acto de desobediencia de Adán, todos somos pecadores; y
por el acto de obediencia de Cristo, podemos ser declarados justos.

Si no creemos que participamos de la culpa de Adán, no tenemos bases para creer que hemos sido
declarados justos en Cristo. La culpa de Adán que se nos atribuye, y la justicia de Cristo que se nos
atribuye. Es todo o nada. De hecho, ¡nuestra culpabilidad por el pecado de Adán no es más injusta
que nuestra justificación por la muerte de Cristo en la cruz!

Nuestra naturaleza contaminada

Otra consecuencia ética importante de la Caída tiene mucho que ver con nuestra comprensión de
la sexualidad humana. Pablo habla de cómo “ya hemos acusado tanto a judíos como a gentiles
diciendo que todos están bajo pecado” (Romanos 3:9). Toda persona lleva la naturaleza
pecaminosa, como David lo confiesa en el Salmo 51:5. Este resultado del pecado de Adán pasa
como herencia indiscriminadamente a toda persona, de modo que todos somos “por naturaleza …
hijos de ira, como los demás” (Efesios 2:3). Este concepto teológico es crucial y se identifica como
naturaleza pecaminosa.

Como la palabra trinidad, la frase naturaleza pecaminosa no aparece en la Biblia, pero ciertamente
el concepto sí. Muchos confunden este concepto con el pecado original de Adán y Eva en el jardín,
pero no es lo mismo. Más bien, estamos hablando del resultado de ese primer pecado, una
consecuencia con extensas implicaciones éticas.6 Desafortunadamente, todo ser humano nace con
esta condición pecaminosa.7 De alguna manera es el primero y más grande de todos los recursos
de igualdad que ha conocido la humanidad. Todos comenzamos con la misma naturaleza
pecaminosa.

Proviene del pecado “original”, porque su origen es desde el principio, y todos los pecados que
cometemos ahora –pensamientos sucios, deseos, palabras y acciones—se originan a partir de él.
Como dijo Agustín, el pecado original es tanto la hija como la madre del pecado.8 ¿Por qué
estamos ante una doctrina cristiana tan importante y esencial? Porque sólo cuando
comprendemos lo tremendamente abarcador del pecado original podemos plenamente
comprender la inmensidad de nuestra necesidad urgente de renacer, de ser rescatados, y
renovados en Cristo.
La naturaleza pecaminosa es el estado y condición pecaminosos en los cuales nace cada persona.
En otras palabras, tenemos una naturaleza contaminada. Si la culpa es un estatus legal de
culpabilidad, la naturaleza pecaminosa es una condición moral. Significa que nuestra naturaleza ha
sido corrompida por el pecado, y es una condición que sólo produce más pecado.

Esta corrupción lo inunda todo, y su impacto es sobre toda la raza humana. “No hay justo, ni aún
uno” (Romanos 3:10). Pero también afecta a toda la persona. En cada uno de nosotros, el pecado
afecta todas nuestras facultades: acciones, palabras, pensamientos y deseos –incluyendo nuestros
deseos sexuales.

Sin embargo, esto no significa que el pecado original sea una sustancia que tenemos dentro o un
aspecto particular de nuestra esencia.9 Más bien, es la contaminación y corrupción de toda
nuestra naturaleza y por tanto, es una distorsión de la imagen de Dios. El pecado ha cambiado
totalmente nuestra orientación, de la obediencia a la rebelión. El pecado original no es la esencia
de nuestra identidad; no es lo que somos, sino que es una contaminación que lo impregna todo en
nuestra identidad esencial. En otras palabras, no es quien somos, sino cómo somos.

Esto no significa que todos vamos a llegar a ser lo más malo que podamos, o que ya nada bueno
queda en nosotros. Dios nos ha dado a todos de su gracia común, tanto a creyentes como a no
creyentes. Hay gente no creyente que ciertamente es capaz de hacer cosas buenas, pero incluso
los actos más altruistas están manchados con egocentrismo. Todo lo humano ha quedado, de
alguna manera grande o pequeña, infectado por el pecado.

El pecado afecta nuestras acciones hasta el punto en que Pablo puede decir: “no hay quien haga lo
bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:12, citando Salmos 14:3). Nuestras palabras también
han quedado afectadas y dañadas, porque nuestra boca está “llena de maldiciones y amargura”
(Romanos 3:14; Salmos 10:7). Hasta nuestra razón y nuestros pensamientos están manchados,
porque todos tenemos “el entendimiento entenebrecido” (Efesios 4:18).

No es de sorprenderse que los deseos de nuestro corazón también estén corrompidos, porque
Jesús lo deja bien claro: “ Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los malos
pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios, los adulterios, las avaricias,
las maldades, el engaño, la sensualidad, la envidia, la blasfemia, la insolencia y la insensatez”
(Marcos 7:21-22).

Esta naturaleza penetrante del pecado ciertamente se observa en los no creyentes, pero ¿qué
decir de quienes han nacido de nuevo y ya no están sometidos al pecado? En Gálatas 5:16-17,
Pablo exhorta a los cristianos así: “Anden en el Espíritu, y así jamás satisfarán los malos deseos de
la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu lo que es contrario a la
carne. Ambos se oponen mutuamente para que no hagan lo que quisieran”. Esta lucha no es algo
extraño para la persona aun después de su conversión.

La carne es un concepto distintivo (aunque no exclusivo) del pensamiento paulino. Aunque


algunas traducciones dicen “naturaleza pecaminosa” en lugar de carne, no debemos confundirla
con identidad, con quiénes somos, sino que se refiere a nuestra condición humana caída.10 En
Gálatas 5, Pablo afirma que el Espíritu Santo mora en los creyentes pero que el presente mundo
malo todavía no ha pasado.
Por lo tanto, en tanto que estemos de este lado de la eternidad, los deseos de nuestra carne
estarán en guerra contra los deseos del Espíritu, y viceversa.11 La lucha del creyente, de resistencia
contra el pecado, es algo muy real porque el pecado nos acosa muy de cerca (Hebreos 12:1).

John Owen hablaba del pecado que mora en el interior, un “principio operativo efectivo” que nos
inclina continuamente hacia el mal incluso después de la conversión.12 Pablo le dice a los
creyentes: “si por el Espíritu hacen morir las prácticas de la carne, vivirán” (Romanos 8:13).
Nuestra responsabilidad constante es la mortificación del pecado, y siempre debemos estar en
actitud vigilante. Se dice que Owen afirmaba: “Estén constantemente matando al pecado, porque
si no, el pecado los estará matando a ustedes”.13

Ya observamos que en el jardín, la primera condición de Adán y Eva era la de ser capaces de no
pecar. Lo explicamos con las frases latinas de Agustín: Adán y Eva eran tanto “capaces de no
pecar” (posse non peccare) como también “capaces de pecar” (posse peccare).14 Pero desde la
Caída –por la contaminación total del pecado—el hombre y la mujer no regenerados son
“incapaces de no pecar” (non posse non peccare).

Pero un aspecto esencial de la gran historia de Dios es la redención, y como tal, los creyentes
nacidos de nuevo ahora son “capaces de no pecar” (posse non peccare). Desafortunadamente, el
pecado persiste incluso en el creyente, y no va a ser completamente erradicado hasta la
culminación de la historia de la redención, cuando los fieles de Dios alcancen la glorificación en el
último día de consumación, y sean perfectamente “incapaces de pecar” (non posse peccare).

Así como la imagen de Dios, la naturaleza pecaminosa es un concepto crucial para entender
correctamente al ser humano. Sin embargo, ¿cómo se relacionan específicamente estas dos
doctrinas con mi ser querido que es homosexual? ¿Cómo me ayudan estos paradigmas teológicos
a ministrar mejor a los cristianos que sienten atracción por el mismo sexo?

En el capítulo siguiente desarrollaré este argumento: sin el fundamento de una antropología


teológica correcta para entender la sexualidad humana, fácilmente podemos caer en distorsiones
sutiles pero inevitables de la verdad.

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