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Violencia y Educación para la Paz en Colombia

Este ensayo analiza la violencia en Colombia desde lo político y su impacto en la sociedad y la población campesina. También aborda el proceso de paz de finales del siglo XX y la importancia de promover una cultura de paz, especialmente en escenarios educativos.

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Violencia y Educación para la Paz en Colombia

Este ensayo analiza la violencia en Colombia desde lo político y su impacto en la sociedad y la población campesina. También aborda el proceso de paz de finales del siglo XX y la importancia de promover una cultura de paz, especialmente en escenarios educativos.

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Ensayo: La violencia multidimensional, acciones pedagógicas para la construcción de la cultura

de la paz

Estudiante

Paulo Emilio Ortega Landázuri.

Trabajo presentado al Docente

Carlos Lasso Urbano

Universidad de Nariño

Maestría en Pedagogía Social

San Juan de Pasto

2022
La violencia multidimensional, acciones pedagógicas para la construcción de la

cultura de la paz

Introducción

El presente ensayo tiene como propósito en primera medida realizar un rastreo histórico

del fenómeno de la violencia en Colombia, analizada esta desde lo político y el impacto y las

afectaciones en la sociedad Colombia y en especial en la población campesina en relación con la

tenencia y usufructo de la tierra. Esto permite determinar y cuestionar si los entes

gubernamentales y los actores armados han sumado los esfuerzos y la voluntad política para

ponerle fin a este flagelo. Por otra parte, se pretende realizar un reconocimiento al proceso de paz

vivido durante la última década del siglo XX, análisis que se realiza desde sus avances y

retrocesos y finalmente abordar la cultura de la paz, como practica humanizante enfocada en los

escenarios educativos.

Es necesario comprender la violencia como un fenómeno complejo, estructural y de larga

data, que se aborda desde la magnitud, incidencia y afectaciones que ha tenido en la sociedad

colombiana en diferentes regiones y latitudes del país. Es menester destacar que ella ha estado

latente en diferentes momentos históricos y que se ha mirado reflejado en las atrocidades que

tuvieron que vivir las comunidades indígenas y afrocolombianas en la colonia durante los siglos

XV al XIX. De igual manera, “el siglo XIX dejó 14 años de guerra independentista, 14 guerras

civiles locales y dos guerras internacionales con Ecuador.” (Cartagena, 2015, p. 65), producto de

la inestabilidad política del naciente estado colombiano y de los intereses de poder que han sido

el predominante en las esferas de los partidos políticos tradicionales y que para el siglo XX,

desde los movimientos sociales manifiestan su inconformismo y se organizan a fin de dar a

conocer las inequidades y desigualdades en las que está sumida la población en zonas urbanas y

rurales en su mayoría, producto de la distribución inequitativa de la tierra y de las nuevas formas


de violencia perpetuadas a finales de siglo XX y en pleno siglo XXI, producto del incremento del

narcotráfico y grupos insurgentes como narcoparamilitares, guerrillas, bandas criminales y

grupos residuales de la extinta FARC.

Conflictos por la tenencia y democratización de la tierra en Colombia.

“la vida es nuestra, también es nuestra la tierra…”1

Ana y Jaime

Bejarano (1983) identifica una ruptura en la organización económica y social durante el

siglo XVII, en el cual se va consolidando el proceso de expansión y consolidación de la hacienda,

lo cual implica una ruptura gradual de la mita agraria y la encomienda y la reducción de la mano

de obra indígena y dando paso a un campesinado pobre. (p. 254), teniendo en cuenta esta

situación, prácticamente las condiciones de vida de la población mestiza (campesina) no

cambiaron puesto que en su denominación se pasó del esclavismo indígena al peonaje, pero que

en si no tuvieron cambios sustanciales en las formas de vida, pues seguían subyugados al trabajo

servil en las haciendas.

De igual manera Bejarano (1983) en Hobsbawm y Rude, (1978) reconoce que para el

siglo XIX las condiciones de vida de la población campesina no cambiaron e inclusive se

presentan una forma de invisibilización,“…quiénes eran? Nadie, excepto ellos mismos y los

gobernantes de sus aldeas se preocupaban por saberlo" (p. 11), esta situación ha sido una

constante, lo cual no ha permitido generar una reforma estructural que permita mejorar su

situación económica y social. Lo vivido en el siglo XIX se suma a una debilitada economía que

dejo las diferentes guerras de independencia y sumado a lo vivido en la Guerra de los Mil Días y

la Gran Depresión vivido a comienzos del siglo XX.

1
Tomado de la canción Ricardo Semilla, que invita a reflexionar y asumir un compromiso como pedagogos sociales
de convertirnos en semillas de paz y esperanza
De manera paralela y en términos económicos la balanza tiende a desequilibrarse a favor

de los hacendados y latifundistas que se benefician de una economía de exportación, producto del

auge del café que se vive en el siglo XX. Esta situación permite el fortalecimiento del

movimiento campesino entre la década del 20 y el 30, los cuales surgen por el conflicto agrario y

quienes muestran un malestar profundo frente a la inequitativa distribución de la tierra y las

inocuas condiciones laborales y salariales, sumado a que no se ha pudo consolidar una reforma

agraria “que termina por ser inefectiva, tanto por problemas en sus diseños como por las fuertes

oposiciones” (Naranjo et al., 2021, p. 80) y que continúan aun latentes tal cual como lo que viene

sucediendo tras la implementación del Programa de Desarrollo Rural con Enfoque Territorial

(PDET).

Escenarios y tensiones políticas vivida durante el siglo XX y principios del XXI.

“¿El poder para qué?”

Dario Echandia

A mediados de siglo XX y tras la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, Darío Echandía, con

pensamiento crítico hizo esta pregunta: “¿El poder para qué?”, la cual se enmarca en una

desalentadora y devastadora realidad caciquil gamonal y terrateniente2 que atrapaba a Colombia

en medio del extremismo de la violencia, la desigualdad y el abuso de poder.

Durante los años 20 y 30 surge el movimiento obrero y que de acuerdo a Caballero (2018)

emerge tras el influjo de la Revolución rusa y “la de los que veían por fin materializado el ideal

de la igualdad social y de la justicia verdadera, encarnado en Lenin y sus bolcheviques”. En este

periodo podemos resaltar un hecho de violencia perpetuado por agentes del estado como la

2
En su obra Antonio Caballero (2020) identifica a los principales protagonistas a: “Gamonales de pueblo,
terratenientes, pequeños propietarios, mayordomos de haciendas de latifundistas ausentistas, peones jornaleros
reunidos en pandilla, comerciantes, transportadores. Y, cada vez más, la policía”
masacre de las bananeras vivida en Magdalena en 1928, durante el gobierno de Miguel Abadía

Méndez, acontecimiento que marca el fin de la hegemonía conservadora y le da paso al partido

liberal en las esferas del poder.

Por otra parte, la violencia bipartidista vivida durante (1946 – 1958) se origina a partir de

la aparición de “los partidos políticos tradicionales colombianos…, los cuales cuentan con casi

siglo y medio de historia. Su aparición formal se remonta a 1848 y 1849 respectivamente. Desde

entonces, y hasta mediados del siglo XX, las diferencias entre las dos colectividades se han

definido a través de las armas” (Vázquez Piñeros, 2007, p.309), periodo en el que se agudiza y

estalla la tensión política y sociales tras la muerte de Gaitán y que se mira reflejada en el

denominado Bogotazo, comprendido este como un estallido social, producto de una enfermedad

generada por las ambiciones de poder de la oligarquía colombiana.

“En Bogotá restablecieron el orden las tropas del ejército venidas de Boyacá, pero en

provincia los que fueron llamados “nueveabrileños” empezaron a levantar la autodefensa

liberal vaticinada por Gaitán: en los Santanderes, en los Llanos orientales, en

Cundinamarca y en el sur del Tolima, en las regiones cafeteras del Viejo caldas, en

Boyacá y Casanare, en el Meta. Exceptuada la costa atlántica y el despoblado Chocó, la

violencia liberal-conservadora, oficial y civil, empezó a extenderse por todo el territorio

del país.” (Caballero, 2018)

Estos hechos se convierten en un resultante de la tensión política bipartidista cuyo

resultante deja más de 43 mil víctimas y un éxodo masivo del campo a las ciudades, las cuales

empiezan a tomar un acelerado crecimiento demográfico. En este escenario tornan protagonismo

los “chulavitas “boyacenses y los “pájaros” en el Valle del Cauca y en el campo político un

escenario marcado por acusaciones de fraude y la persecución y muerte de dirigentes en las


plazas públicas, así como también la incidencia de la Iglesia quienes desde sus lecturas

dominicales y en los pulpitos acusan a los liberales de masones.

Este periodo tenso de violencia, se apacigua con la llegada del General Rojas Pinilla

(1953- 1957), denominado como el “segundo libertador” o “el salvador de la Republica” y quien

anunció en su proclama inaugural: “¡Paz, Justicia y Libertad! ¡No más sangre, no más

depredaciones en nombre de ningún partido!”. (Ibid., 2018), su periodo se caracteriza por la firma

del Decreto 1823 del 13 de junio de 1954, que “concedió una amnistía e indulto para todos los

delitos políticos cometidos antes del primero de enero de 1954” (Beltrán, 2019, p.25), proceso de

pacificación que genero un ambiente de sosiego y de tranquilidad, pero que sin embargo dejo

algunos focos de violencia como los vividos con la masacre estudiantil, que se origina con la

muerte del estudiante Uriel Gutiérrez. (Ibid., 2019, p. 29) Estos hechos permiten determinar el

carácter cíclico de la violencia reflejo de un inestable acuerdo de paz que se vivió durante el

gobierno de Juan Manuel Santos y que no se logró cristalizar de manera contundente, producto de

los intereses de poder de las elites tradicionales imperantes en Colombia y de la persecución de

las juventudes vividas durante el paro Nacional en el 2021, durante el mandato de Iván Duque.

La dictadura de Rojas Pinilla en su esencia es de carácter conservador y se evidencia con

la postura del Embajador ante Estados Unidos, Eduardo Zuleta Ángel, quien, en su reunión con el

encargado de Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos, muestra su postura anticomunista

y el cual demuestra su intención de mantener estrechas relaciones con este país. Finalmente, los

deseos de mantenerse en el poder se miran truncados ante la alianza generada entre libertadores y

conservadores, quienes miran en la una amenaza en su afán de llegar al poder.

Los años 80 y en medio del Frente Nacional, Molano (s.f.) identifica en Colombia un

ambiente alentador “se acababan las ideologías, caían los muros que separaban el mundo, y la

tierra prometida se abría de par en par. En Colombia, la academia y los altos funcionarios del
Estado decretaron que la reforma agraria había muerto” (p.1), pero surge un problema también de

gran agudeza para Colombia y es la aparición del narcotráfico y con ello los carteles y mafias que

miran en esta actividad un negocio lucrativo. Resaltar que el auge de la coca se empieza a

expandir en los años 70, pero que un primer momento es rechazada por parte de las guerrillas,

aunque luego pasa a ser apoyada, lo que hizo que surgieran los términos narcoguerrilleros o

narcocriminales.

Con la llegada de los años 90 y la nueva Constitución que es considerada la más larga del

mundo con 380 artículos y 60 disposiciones transitorias, la cual emerge del conceso de la

Constituyente del 91, dejando de lado los bandos políticos y pensada en una nación diversa. De

igual forma se da una apertura al neoliberalismo y los avances agigantados de la globalización, la

burocratización y el clientelismo del Estado, los elefantes blancos, los dineros del narcotráfico en

las campañas políticas y los diálogos de paz inconclusos caracterizados por el singular hecho de

la silla vacía. Finalmente, los inicios del siglo XXI se miran contrastados políticamente entre la

Seguridad Democrática de Álvaro Uribe y la negociación y los diálogos de paz con las FARC -

EP

La memoria histórica, la paz se construye desde adentro

“… ¿cuál ha sido mi pecado?, ¿cuál ha sido mi error?”

Testimonio de una mujer en la Costa Caribe3

Realizar una mirada al pasado y más cuando este se torna lúgubre y agobiante tiende a

mostrar un panorama desalentador y caótico, pues para los colombianos, las huellas de la guerra

han dejado unas marcas dolorosas e imborrables, que quizás muchos pretenden dejar atrás y en el

olvido esos momentos vividos en el marco de la ferocidad de la guerra. Pero se debe comprender

3
Testimonio tomado del Informe General Grupo de Memoria Histórica. (p.19)
que esas marcas cicatrizan si somos capaces de reconciliarnos con nosotros mismos y con

nuestros congéneres. De ahí que la memoria de la violencia se convierte en un ejercicio

retrospectivo y que nos devuelve al presente a fin de comprometernos con una paz duradera y

estable.

Vich y Zavala (2004) en Urbanczyk (2019) establecen que “la memoria, no debe asumirse

como un hecho culminado y estático. Se pretende comprender que el pasado no es algo anterior al

presente sino una dimensión interior de éste. No está atrás sino adentro”. De ahí que vislumbrar

la violencia implica un arduo trabajo colectivo de reconocimiento de la verdad desde las voces de

las personas que han tenido que vivenciar de manera directa o indirecta las manifestaciones de

una guerra cruel y sin sentido y que ha girado en espiral. Por lo tanto, la memoria histórica de la

violencia no debe ser asumida de manera fragmentada y aislada, por el contrario, debe

convertirse en un compromiso ético, reflexivo y consiente de las ciudadanías. Es clave dejar a un

lado el pensar que la violencia es para las víctimas, término que tiende a tornarse peyorativo y

excluyente y que por el contrario todos y todas debemos edificar los cimientos de una paz

duradera y estable desde las acciones de las colectividades.

La memoria histórica durante el proceso de paz desarrollado en la Habana ha permitido un

acercamiento a la verdad a fin de esclarecer y mitigar o generar justicia y alivio en un sin número

de familias que sufren producto de la angustia de saber que ha pasado con la vida de sus seres

queridos, los cuales se han mirado inmersos en alguna de las once modalidades de violencia de

acuerdo al informe general de la CNMH (p.42).

De ahí que la tarea de reconstrucción de la historia ha sido asumida por los diferentes

actores que han participado en el conflicto, los cuales desde un compromiso ético manifiestan que

ha sucedido con las vidas de miles de personas que se han visto permeados por la ola de violencia

en el país, en un proceso que se le podría denominar justicia social y que inclusive trasciende a
toda la sociedad colombiana pues de acuerdo “a la visión kantiana, el daño que se hace a una

víctima es un daño que se le inflige a toda la humanidad” (Ibid., p 14)

El camino esperanzador de la paz

Si bien, la paz es un principio y un hecho fundamental para los pueblos. En el camino de

la construcción de la paz, se ha encontrado con diversos obstáculos que como sociedad se debe

vencer a partir de la construcción de puentes de solidaridad, respeto, empatía y resilencia. El

camino de la paz está anclado en la lucha de la convivencia como principio y necesidad moral. El

propósito de paz debe estar libre de toda presunción política generada por las clases dominantes y

de todo proselitismo ideológico.

El conflicto armado colombiano ha transformado completamente las vida social, política y

económica de nuestro país. Esta guerra cruel, sangrienta y dolorosa, ha tocado la puerta en

muchos lugares del territorio nacional, a muchos hogares y personas. Muchas de las personas y

familias que han sufrido de manera directa y en carne propia los hechos violentos, nunca

cogieron un arma. Solo anhelaban la paz en sus territorios, la tranquilidad de sus comunidades.

La paz es principio de justicia social, equidad y compromiso colectivo. Los Derechos

Humanos tienen como principio a la paz. En un país tan diverso en riqueza naturales y social, la

paz ha de ser un compromiso por la justica ambiental y el respeto por la armonía de la tierra; con

la diversidad étnica y cultural; con la diversidad sexual y de género; la identidad religiosa y

política. La cultura de la paz justa debe partir de estos compromisos.

Las negociaciones en La Habana representan para Colombia la reconciliación y a pesar de

todas las adversidades y divisiones, este dialogo representó el sentir de millones de colombianas

y colombianos que quieren y anhelan la paz. La verdad, la justicia, la reparación, la no repetición,

el perdón, el reconocimiento, son tareas y serios compromisos que, como sociedad, debemos

asumir.
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