TEMA I: Robinson Crusoe de Daniel Defoe y el tratamiento del mundo material emprendido por sus
respectivos narradores y posible significado, considerando los órdenes utópicos y/o distópicos
visitados por Crusoe.
En el capítulo V, denominado “La isla de la Desesperación”, y luego del desafortunado naufragio sufrido
por Robinson Crusoe, el personaje comienza a acondicionar el lugar para su estadía, entiende, después de
un par de días, que difícilmente un hombre pueda acceder a la isla desde afuera, básicamente porque el
lugar en el que se encuentra es lejano y desconocido, por lo que las circunstancias contextuales lo obligan a
adaptarse. Para ello, recorre la isla, extrae elementos útiles de la nave en que naufragó y comienza a
construir y a plantar alimentos. Es decir, contrario a lo que uno podría imaginarse estando en un lugar
desconocido como aquel, solo, sin alimentos y con la constante duda de peligro, Crusoe sobrepasa aquello y
se adueña ingeniosamente del lugar:
Recorrí toda la isla y miré con cuidado cada mata de pasto (…) Finalmente recordé que
había sacudido en este sitio la bolsa de grano y dejé entonces de maravillarme. Cuidé
asiduamente mi pequeño sembrado, y al llegar la estación propicia, que fue a fines de junio,
volví a sembrar el grano con la esperanza de que, llegado el momento, tendría cantidad
suficiente para moler harina y amasar pan. Pero esto no ocurrió hasta el cuarto año, y cuando
pude disponer del cereal, lo hice con gran moderación” (37)
A partir de lo anterior, entendemos entonces que el personaje, lejos de morir o desesperarse
comienza un tratamiento del mundo particular, logrando para ello el control de la naturaleza, el tiempo y la
creación de resguardo. Es agradecido y justamente esa falta de desesperación lo llevan a entender que todo
podría haber sido peor, pues es arrojado a una isla cálida para que no tuviera urgente necesidad de ropa,
además las frutas y animales proporcionaron alimento por toda su estadía, brindándole además el lugar, las
herramientas necesarias para la recolección y construcción. Esto no solo proporciona un oficio (o diferentes
oficios), sino además el medio para comenzar una nueva vida (alejado de la inutilidad de su clase, en
comparación con la vida que llevó en ese momento) y una entretención, una ocupación que mantuvo su
cabeza en constante evasión de la locura. De este modo, por ejemplo, de una tragedia como un terremoto,
un tsunami y una larga y trágica tempestad, en donde todo lo que construyó quedó en el suelo, Crusoe fue
capaz de vislumbrar el mundo desde una vereda positiva y útil (porque en el fondo, solo y sin nadie que lo
pudiese ayudar, ¿obtenía algo dejando todo de lado?). Así, en el capítulo VI:
El terremoto, junto con la tempestad que lo siguió, además de temor me trajeron beneficios.
Días más tarde encontré en la playa restos de la playa en que había naufragado (…)
Asimismo, durante varios días aparecieron en la playa trozos de madera y diversos objetos
lanzados a tierras por las olas, de parte de los cuales me hice dueño, pensando, sin
equivocarme, que me serían de gran utilidad (41).
A partir de lo anterior y vislumbrando el contexto en el que se encuentra, Crusoe comienza a
cambiar sus prioridades, es decir, sale de su casa, en aventura, rumbo a lugares desconocidos con el único
afán de encontrar riquezas (oro, hacerse de dinero), sin embargo, su estadía en la isla y el aprendizaje
adquirido (entendiendo por aquel todo a lo que jamás hubiese podido acceder debido a su posición social
privilegiada) le demostraron que el dinero es “útil” solo cuando se vive en un sistema como en el que estaba
inserto al salir de su hogar. Considera entonces el dinero como un “material inútil”, pues en su mundo lo
útil es lo que entrega herramientas para construir y adquirir, por uno mismo, lo que se necesita. De este
modo, los intermediarios, entre los objetos y el personaje, desaparecen pues la situación lo obliga a aprender
por sí mismo. Por ello y ante la posibilidad de encontrar herramientas o un tesoro monetario su primera
opción es lo que le sirve para confeccionar su vida por él mismo: “Entre los cofres que desembarqué, había
uno que contenía cien mil doblones, y aunque la suma hacía de mí un hombre rico, debí sonreír ante mi
triste destino. De nada valía el dinero; en cambio me alegraban sobremanera las camisas, pañuelos y ollas
de cobre que conseguí” (71).
Todo lo anterior, nos sirve de ejemplo y vínculo con el segundo tema de esta primera respuesta, la
que tiene que ver con el concepto de “utopía”. La Real Academia de la Lengua Española, en su diccionario
enciclopédico, versión 2001 impresa, entiende por aquella: “isla imaginaria con un sistema político, social y
legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516”. Es decir, el concepto inmediatamente se liga con un
TEMA II: Las penas del joven Werther y la sintonía/la tensión entre sujeto y naturaleza como
ejemplar de la sensibilidad romántica y, en especial, del espíritu Sturm und Drang.
En la carta del 12 de diciembre, incorporada en la sección “Del editor al lector”, vislumbramos a un
Werther en un estado aún más emocional que en las primeras. Desbordado y consciente del desprecio que
siente por la vida y de la decisión que está a días de tomar, sus palabras están plagadas de violencia e ira,
sensaciones incontrolables que no es capaz de acallar, pues sus emociones sobrepasan cualquier nivel de
racionalidad. Esto evidencia un halago a la espontaneidad (característica típica del Romanticismo) y una
urgencia por el sentimiento puro, no contenido y sin filtros (emocionalidad espontánea comparable con
sentimientos del mismo valor): “No es el pesar; no es tampoco un deseo vehemente, sino una rabia sorda y
sin nombre que me desgarra el pecho, me hace un nudo en la garganta y me sofoca. Sufro, me gustaría
escapar de mí y paso las noches vagando por los parajes desiertos y sombríos en que abunda esta estación
enemiga” (79). A partir de esto y de esta sensación que no lo deja escuchar al mundo con claridad, Werther
busca espacios, camina buscando respuestas en un contexto que, como representación y extensión de lo que
él vive en su interior, proporcionan el escenario ideal y empático que necesita.
De este modo, en la descripción que el protagonista da de los lugares, nos encontramos con un
paraje que calza perfectamente con aquellas sensaciones incontrolables de violencia y sufrimiento: frío,
desborde de ríos y una luna que no se deja visualizar por su hermosura (como sí lo hizo mientras estuvo
acompañado de Carlota) sino por lo que refleja, por el paisaje que ilumina y presenta (violencia, dolor,
inundaciones, derrumbes):
Anoche salí. Sobrevino de repente el deshielo y supe que el río había salido de madre, que
todos los arroyos de Wahlheim corrían desbordados y que la inundación era completa en mi
valle (…) Desde la cima de una roca, con la claridad de la Luna, vi revolverse los torrentes
por los campos, por las praderas y entre los vallados, devorando y sumergiendo todo; vi
desvanecerse el valle; vi en su lugar un mar rugiente y espumoso, azotado por el soplo de los
huracanes. Después, profundas tinieblas; más tarde, la Luna, que aparecía de nuevo para
arrojar una siniestra claridad sobre aquel imponente cuadro. Las olas rodaban estrepitosas…
se estrellaban a mis pies con gran fuerza (79).
Así, nos enfrentamos a una naturaleza con un significado y valor fundamental para el entendimiento
de las vivencias interiores del protagonista, pues no está descrito ni se encuentra ahí únicamente como
adorno espacial, no tiene que ver con estética, sino más bien con la posibilidad de conocer al protagonista a
partir de la decodificación de elementos que se presentan como un reflejo, casi empático, de su estado
emocional. Sin embargo, este reflejo no solo lo vislumbramos negativamente (estado emocional negativo)
sino también positivamente. Podemos hacer una comparación de las primeras cartas de Werther, en donde
su estado anímico es contrario: alegre, optimista y caluroso (con, incluso, marcas textuales que impulsan
aquella sensación de calor y tranquilidad), contextualizados en un paisaje que refleja esas emociones. A
partir de esto, observamos entonces en la carta del 10 de mayo (del año anterior al suicidio):
Semejante a una de esas suaves mañanas de primavera que dilatan mi corazón, priva en mi
espíritu una gran serenidad. Estoy solo y gozo y me regocijo de vivir en estos sitios, creados
para almas como yo. Me siento tan feliz, amigo mío, estoy tan absorto en el sentimiento de
una plácida vida, que hasta mi talento resiente su efecto. Mi pincel y mi lápiz no podrían
trazar hoy la menor línea, dibujar el menor rasgo, y no obstante, jamás me he sentido tan
gran pintor como hoy. Cuando los vapores de mi querido valle suben hasta mí y me rodean,
y el sol en la cima lanza sus abrasadores rayos sobre las puntas del bosque oscuro e
impenetrable, y tan sólo algún dardo de fuego puede penetrar en el santuario, tendido cerca
de la cascada del arroyo, sobre el menudo y espeso césped, descubro otras mil hierbas
desconocidas (3).
De este modo, nos encontramos con marcas que dan cuenta de la sensación de calor y alegría, en un
paisaje paradisiaco, tranquilo y lleno de luz. Esto, y bajo estas características, posee vínculos inapelables
con el locus amoenus1, tópico literario que significa “lugar ameno” y que se utiliza para hacer referencia a
lugares idílicos (hermosos prados y sonidos naturales de ríos o pájaros); sin embargo, su opuesto y el que
caracteriza la carta del 12 de diciembre (que es finalmente la que hemos escogido para responder a este
segundo tema) es el locus terribilis2 que significa “lugar terrible” y que se utiliza para describir lugares que,
por su ambiente, son infernales, habitados por monstruos o subterráneos. Sin embargo, los “monstruos” en
Goethe, y en especial en Las penas del joven Werther, tienen que ver con elementos interiores, en este caso,
como ejemplo, el latente pensamiento de la muerte que se refleja tanto en la emocionalidad del protagonista
como en el paisaje desolador, oscuro y devastado. Además y como tercer tópico nos encontramos con uno
que atraviesa la novela en su totalidad y es el del “buen salvaje”. Este se manifiesta en la carta del 10 de
mayo en la alegría que siente el protagonista estando en el paisaje que se encuentra, indicando que para su
alma no existe un mejor lugar y que su cambio (de la ciudad a la naturaleza en soledad) es adecuado y
acorde con su emocionalidad creativa, soñadora y libre: “Semejante a una de esas suaves mañanas de
primavera que dilatan mi corazón, priva en mi espíritu una gran serenidad. Estoy solo y gozo y me regocijo
de vivir en estos sitios, creados para almas como yo” (3). Esto, porque la ciudad y sus características
corrompen al ser humano, limitándolo y condenándolo a una vida de opresión, racionalización de la
1
Definición parafraseada del Breve diccionario de términos literarios.
2
Ídem.
emocionalidad, cumplimiento y preocupaciones banales (dejando el interior y la emocionalidad en un
segundo plano).
A partir de lo anterior, entendemos entonces que las características entregadas con respecto a las dos
cartas analizadas podrían resultar un ejemplo del espíritu Sturm und Drang y de la sensibilidad romántica,
pues y como primer fenómeno, se nos muestra un mundo absolutamente opuesto a la racionalidad, en donde
el sentimiento y la emocionalidad priman por sobre todo (aun cuando esta sensación sea el motor de un
desprecio consciente a la vida). La racionalidad no existe (en el texto) básicamente porque impide la libre
creación (lo que se evidencia en el tiempo que Werther trabaja en la ciudad), la naturaleza y los parajes
verdes (o en tinieblas) se constituyen como centro y fuente de inspiración, como un lugar que impulsa
espontáneamente aquella libre creación y como un lugar, cuando es oscuro y tenebroso, que también puede
dañar y amenazar. A partir de esto, el mundo se visualiza a partir de mis propias experiencias particulares,
porque la naturaleza toma la forma de lo que el sujeto siente, así ella se aleja y genera tensión con respecto
a quien la observa, pues esta naturaleza continúa estando ahí, lo que cambia es el panorama subjetivo, el
modo que el sujeto adopta para acercarse a aquella. Así en la carta del 12 de diciembre, Werther recuerda
con amor los momentos en que descansó con Carlota bajo un sauce, sin embargo, el desborde del río
impidieron que él pudiera ver el mundo como primero, y en sintonía con otra emocionalidad, observó:
“¡Qué tristeza se apoderó de mí cuando mis ojos pasaron por el sitio donde había descansado con Carlota,
bajo un sauce, después de un largo paseo! También había llegado ahí la inundación y a duras penas pude
distinguir la copa del sauce” (79).
De este modo y a partir de lo mencionado, entendemos e interpretamos el acceso al texto literario a
partir de lo que Albert Béguin, filólogo y crítico literario suizo, indica en la “Introducción” a su obra El
alma romántica y el sueño. En él el autor señala, como punto de partida, que el pensamiento humano se
define en relación a los vínculos que se han establecido entre el sueño y la vigilia, por esto y como
aproximación es fundamental entender al romanticismo como un movimiento que posee fuentes de
conocimiento diverso, en donde “el acto poético, los estados de consciencia, de éxtasis natural o provocado,
y los singulares discursos dictados por el ser secreto se convertían en revelaciones sobre la realidad y en
fragmentos del único conocimiento auténtico” (14). Así, la racionalidad y las calculaciones matemáticas no
son el único acceso con el que el hombre cuenta para acceder al conocimiento del mundo, las intuiciones,
emociones y sensaciones son tanto o más útiles. De este modo y en función de aquello, Béguin realiza no
solo una introducción al universo romántico, sino una invitación a despojarnos de aquello que nos oprime y
condiciona, estudiando el mundo no desde una cronología y definición de conceptos sino desde nuestra
singular percepción subjetiva, accediendo al pasado a partir de lo que aquel nos evoca y de la nostalgia que
se vuelve concreta y visible. Por esto, para Béguin, si leemos a Goethe en su obra Las penas del joven
Werther, debemos convertirnos sentir como Werther:
(…) la obra de arte y de pensamiento interesa a esa parte más secreta de nosotros mismos en
que, desprendidos de nuestra individualidad aparente, pero vueltos hacia nuestra
personalidad real, sólo tenemos una preocupación, la de abrirnos a las advertencias y a los
signos y conocer por ellos el estupor que inspira la condición humana contemplada un
instante en toda su extrañeza, con sus riesgos, su angustia total, su belleza y sus falaces
límites (15).
Referencias bibliográficas
“Utopía”. Real Academia de la lengua Española.
Béguin, Albert. “Introducción”. En El Alma Romántica y el Sueño. Bogotá: Fondo de Cultura
Económica, 1994. Impreso
Defoe, Daniel. Robinson Crusoe. Santiago: Colección Papiro, 1974. Impreso.
Estébanez Calderón, Demetrio. Breve Diccionario de Términos Literarios. Madrid: Alianza
Editorial, 2000. Impreso.
Goethe, Johann Wolfgang. Las Penas del Joven Werther. Editorial Palabras, extraído el 1 mayo
del 2017. Web.