Poder de Policía y Servicio Público
Poder de Policía y Servicio Público
SERVICIO PUBLICO
Históricamente el Estado usó ciertos institutos clásicos de intervención calificados jurídicamente como poder de
policía, servicio público y fomento. En términos jurídicos dogmáticos el poder de policía es el poder de
ordenación y regulación estatal. Por su parte, el servicio público y el fomento constituyen actividades de
prestación del Estado; en el primer caso, se trata de servicios (el servicio eléctrico y el transporte, entre otros) y,
en el segundo, promoción de actividades de interés colectivo. básicamente el poder de policía es la potestad de
ordenación y regulación estatal; es decir, el poder estatal de limitar los derechos. el punto más controvertido es
quizás el equilibrio entre, por un lado, ese poder y, por el otro, el deber estatal de no interferir en el espacio
autónomo de las personas y respetar así sus derechos fundamentales. Sin embargo, es obvio que el Estado debe
intervenir mediante la regulación de los derechos con el propósito de satisfacer otros derechos y resolver así
los conflictos entre estos. Es decir, la intervención estatal restringe ciertos derechos y —a su vez— reconoce,
extiende, protege y garantiza otros; de modo que el poder estatal debe limitar unos y extender otros. Es decir,
aunque parezca paradójico, el único modo de garantizar derechos es recortando, a su vez, otros derechos. ¿Cómo
debe el Estado resolver estos conflictos? Este debe reconocer más autonomía a aquellos que tienen menos
derechos o cuyo goce sea más limitado (esto es, sujetos menos autónomos).
el Estado dicta reglas con el objeto de limitar y extender derechos. las prestaciones positivas se clasifican en
servicios y fomento. ¿En qué se diferencian estos conceptos? El servicio es un conjunto de actividades que el
Estado debe satisfacer, por sí o por terceros. Por su parte, el fomento es el conjunto de prestaciones estatales con el
objeto de promover o ayudar. el Estado no solo debe abstenerse, sino que, además, debe regular (poder de
policía) y realizar prestaciones (servicio público y fomento), de modo que cada persona pueda elegir y
materializar su propio plan de vida. en cualquier caso, el Estado ejerce su poder de ordenación y regulación con
el objeto de restringir derechos, pero debe también realizar básicamente prestaciones positivas con el propósito
de garantizarlos y expandirlos. En conclusión, ¿cómo es posible que el Estado garantice los derechos? En primer
lugar, no interviniendo irregularmente en el ejercicio del derecho de que se trate (abstenciones). En segundo
lugar, restringiendo el derecho en sí mismo y el derecho de los otros (regulaciones) y, en tercer y último lugar, por
medio de prestaciones positivas sobre el derecho (acciones). Trátese de derechos individuales, sociales o
colectivos.
¿Cuál es, el marco constitucional del poder de policía o regulación? Este concepto está apoyado básicamente en
los arts. 14, 19, 28 y 75 incs. 10, 12 y 13, CN. ¿Cuál es el contenido de estos preceptos? Por un lado, el
reconocimiento de ese poder (regulatorio), en tanto el Convencional dice que "todos los habitantes gozan de los
siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio" (art. 14 y otros). En igual sentido, las
cláusulas que autorizan al Estado a regular diversas materias (por ejemplo, el poder de "reglar el comercio con las
naciones extranjeras y de las provincias entre sí"), ya que este debe interpretarse como poder de regulación
estatal sobre los derechos. Por el otro, el respeto de los derechos, es decir, la prohibición de alterarlos (art. 28,
CN) y, además, la prohibición de regular las acciones privadas de las personas "que de ningún modo ofendan al
orden y a la moral pública" (art. 19, CN). En igual sentido, el art. 29 CN, establece que "el Congreso no puede
conceder al Ejecutivo nacional, ni las legislaturas provinciales a los gobernadores de provincia, facultades
extraordinarias, ni la suma del poder público, ni otorgarles sumisiones o supremacías por las que la vida, el honor
o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobiernos o persona alguna". Es claro que el Estado puede
regular, tal como surge de los textos normativos citados, y por tanto recortar los derechos. El debate debe
centrarse en el límite de ese poder. ¿Hasta dónde puede el Estado limitar los derechos? En ciertos casos, el
convencional definió el núcleo de los derechos y creemos que este concepto es relevante en términos jurídicos,
pues el Estado debe respetar ese círculo; es decir, no puede alterarlo.
Por ejemplo: 1) "Todos los habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la
idoneidad". 2) "La propiedad es inviolable y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella, sino en virtud de
sentencia fundada en ley. La expropiación por causa de utilidad pública debe ser calificada por ley y previamente
indemnizada". 3) "Ningún servicio personal es exigible, sino en virtud de ley o de sentencia fundada en ley".
Dejemos el poder de regulación del Estado y veamos qué dice el Convencional sobre los servicios estatales. Por
un lado, el art. 4º, CN, establece que el gobierno federal provee a los gastos de la Nación, entre otros fondos, con
las rentas del Correo. Por otro lado, el segundo párrafo del art. 42, CN, señala que el Estado debe contribuir en la
calidad y eficiencia de los servicios públicos y —en particular— el tercer párrafo de ese mismo precepto dice
que la legislación establecerá los marcos de regulación de los servicios públicos de competencia nacional. A su
vez, el art. 75, inc. 23, dispone que corresponde al Congreso legislar y promover medidas de acción positiva que
garanticen la igualdad real de oportunidades y de trato y el pleno goce y ejercicio de los derechos reconocidos
por la Constitución y por los tratados internacionales vigentes sobre derechos humanos. Por último, el art. 14 bis,
CN, establece que el Estado otorgará los beneficios de la seguridad social y el acceso a una vivienda digna, entre otros.
Finalmente, el fomento está fundado, por un lado, en el inc. 18 del art. 75, CN, que establece que el Poder Legislativo debe
proveer lo que fuere conducente a la prosperidad del país; la promoción de la industria; el establecimiento de nuevas
industrias; y la importación de capitales extranjeros; entre otros. En particular, el texto constitucional ordena que el Congreso
debe hacerlo por medio de: a) leyes protectoras de estos fines; b) concesiones temporarias de privilegios; y c) recompensas
de estímulo. A su vez, el inc. 19 del mismo artículo expresa que el Congreso debe "proveer lo conducente al desarrollo
humano, al progreso económico con justicia social, a la productividad de la economía nacional, a la generación de empleo".
Hablando del primer ítem, dijimos que el Estado debe satisfacer el interés colectivo. Tengamos presente
también que esos derechos no son simplemente los derechos clásicos de libertad y propiedad, sino también
derechos económicos, sociales, culturales y los llamados nuevos derechos. ¿Cómo es posible que el Estado
garantice estos derechos? ¿Cuáles son las herramientas que debe utilizar el Estado en ese sentido? el Estado
debe satisfacer derechos mediante prestaciones de alcance negativo y positivo. Sin embargo, hace falta un
eslabón más con el objeto de entrelazar este razonamiento. ¿Cuál es ese eslabón? Las técnicas e instrumentos
concretos de intervención estatal (entre ellos, el servicio público). Es decir, el servicio público debe garantizar los
derechos de los usuarios mediante prestaciones positivas en condiciones de igualdad, regularidad,
obligatoriedad y continuidad. A su vez, la responsabilidad del Estado por la falta de prestación o prestación
irregular del servicio es directa cuando este es prestado por el Estado, e indirecta cuando es llevado a cabo por
otros. En síntesis, EL SERVICIO ES PÚBLICO NO POR LA TITULARIDAD ESTATAL SINO PORQUE EL ESTADO ASUME
LA RESPONSABILIDAD DE SU PRESTACIÓN (POR SÍ O TERCEROS), CON EL FIN DE SATISFACER DERECHOS; Y, POR
ELLO, SE LE RECONOCE MAYOR PODER DE REGULACIÓN Y ORDENACIÓN.
Respecto de la prestación en condiciones de competitividad y, excepcionalmente, en situaciones de monopolio
u oligopolio, el Estado debe garantizar el servicio en cumplimiento del mandato constitucional y legislativo; pero
además debe hacerlo en términos de libertad y competitividad (marco de libre intercambio de los servicios).
el Estado regula cualquier actividad y no solo los servicios llamados públicos, pero el poder de regulación es
mayor en este escenario que en otros. ¿por qué? Creemos que el fundamento jurídico que permite construir
dogmáticamente el concepto del servicio público es el reconocimiento y goce cierto de derechos. En este
contexto, el Estado interviene e interviene más.
A su vez, cuando el servicio es prestado en situaciones excepcionales de monopolio u oligopolio, entonces, el
Estado debe remediar el contenido de los derechos alterados (en particular, el derecho de los usuarios) mediante
mayores regulaciones sobre los derechos y obligaciones del concesionario prestador. En este contexto, es obvio
que el Estado debe intervenir y suplir fuertemente estos déficits. Pero el Estado no solo debe regular
directamente el mercado y los derechos, sino que, muchas veces, y con el objeto de resguardar derechos, debe
participar en el mercado prestando servicios directamente.
Luego, en ciertos casos y según las circunstancias, el poder de regular junto con las prestaciones positivas exige,
además, el carácter exclusivo de estas (monopolios). El principio, es el libre intercambio de servicios, pero existen
excepciones (por ejemplo, el monopolio). en el supuesto de los monopolios, el Estado debe prohibirlos o, en su
caso, regularlos y controlarlos fuertemente.
En particular, en el marco del monopolio, el Estado está obligado a restringir mucho los derechos del
concesionario. Así, el Estado debe regular las obligaciones y el modo de prestación del servicio, y reservarse el
poder de revocación y rescate de este y la reversión de los bienes, de modo de garantizar así la prestación del
servicio y la recomposición de los derechos entre las partes (concesionarios y usuarios). En igual sentido, el Estado
puede y debe regular el marco de las tarifas y, particularmente, su valor.
Así, tratándose de monopolios, las prerrogativas del Estado en el marco de los servicios públicos nacen
expresamente de los derechos de los usuarios. Aquí, cobra especial relevancia el rescate del servicio y la reversión
de los bienes, pues el Estado solo puede garantizar los derechos y la prestación del servicio (responsabilidad del
propio Estado), si se le reconoce el poder de revocar y recobrar el servicio.
En el carácter retributivo del servicio, en razón de su contenido económico, el fundamento de ese postulado
(pago de un precio justo y razonable) es el contenido económico del derecho de los usuarios. El usuario del
servicio público debe, en principio, pagar el precio de este, salvo casos de excepción (tarifas sociales). De modo
que es posible decir, en este punto de nuestro análisis, que el servicio social satisface derechos fundamentales de
modo directo y debe ser, consecuentemente, gratuito; mientras que los servicios públicos reconocen derechos
instrumentales y su carácter es oneroso. De todos modos, cuando el servicio social es prestado por terceros, este
es oneroso y el Estado debe regular el precio — entre otros aspectos—.
de la obligatoriedad de las prestaciones, el servicio público es obligatorio porque solo así es posible garantizar
los derechos (en especial, los derechos de los usuarios). Este presupuesto tiene un nexo directo con el derecho
instrumental de acceso de los usuarios y, el de acceso en condiciones de continuidad e igualdad, sin
discriminaciones, y de modo razonable. Es decir, el servicio público debe prestarse obligatoriamente y en
condiciones de continuidad e igualdad. A su vez, los aspectos instrumentales en el desarrollo de este principio
son los siguientes: el precio de las tarifas debe estar regulado por el Estado y ser razonable. En particular, en el
caso de los monopolios, el Estado debe fijar las tarifas; y el plan de inversiones debe ser aprobado y supervisado
por el Estado. En síntesis, el servicio cumple con el estándar de obligatoriedad siempre que el prestador brinde
el servicio eficientemente y el usuario pueda acceder sin discriminaciones y mediante el pago de tarifas justas y
razonables.
Otro punto relevante es el reconocimiento del carácter público por parte del legislador. el servicio público no
nace de un criterio vago e impreciso, sino estrictamente de la ley. El alcance de los servicios como públicos
depende de las demandas sociales y las necesidades de seguridad y bienestar que la sociedad considere básicas
e irrenunciables en un tiempo dado. A su vez, el legislador es quien decide cuáles son públicos y cuáles no. el
servicio es público si el legislador dice que es así. ¿qué ocurre si el servicio reúne en términos normativos los
recaudos mencionados en los puntos anteriores, pero no es calificado por el legislador expresamente como
servicio público? ¿Cabe calificarlo igualmente como servicio público? Creemos que sí. Así, si el legislador describe
los elementos que mencionamos en los párrafos anteriores en el propio texto legal de modo expreso o
razonablemente implícito, el servicio es, según nuestro criterio, público.
En un principio, los servicios que comúnmente llamamos servicios públicos fueron prestados por empresas
privadas, en su mayoría de capitales extranjeros. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, durante el primer y
segundo gobierno del presidente J. PERÓN, el país inició un proceso de traspaso de las empresas del sector
privado prestatarias de servicios públicos al ámbito público y, consecuentemente, el Estado creó distintos marcos
jurídicos, tal es el caso de las empresas del Estado y las sociedades de economía mixta, regidas básicamente por el
derecho público. Así, el Estado creó históricamente, en el propio sector público, estructuras cuasi empresariales y
especializadas por sus funciones. Cierto es también que, luego, el Estado intentó desplazar al derecho público y
reemplazarlo por el derecho privado, pero casi sin éxito. Desde 1974 casi todas las empresas del Estado fueron
transformadas en sociedades del Estado.
Las privatizaciones: En el marco de la gestión del servicio público es posible dibujar a grandes trazos dos modelos.
Uno, es la prestación por el propio Estado, por sí solo o con los particulares (mixto), tal como analizamos en el
apartado anterior.
El otro, es la prestación por terceros. ¿quién puntualmente debe prestar el servicio? creemos que es el propio
Estado el que debe decir quiénes son los prestadores. ¿Por qué? Por los caracteres del servicio público y, con
mayor claridad, cuando el servicio es prestado en condiciones de monopolio. El Estado debe seleccionar al
prestador del servicio por medio de procesos participativos y transparentes que garanticen el derecho de los
potenciales prestadores y, en particular, el derecho de los usuarios.
En general, el instrumento mediante el cual el Estado ejerce ese poder es el contrato de concesión del servicio.
Durante el gobierno del presidente R. ALFONSÍN (1983-1989) se inició un proceso de privatizaciones fuertemente
rechazado por la oposición con representación en el Congreso. Posteriormente, el presidente C. MENEM impulsó
la aprobación de las leyes 23.696 y 23.697 (Reforma del Estado; Privatizaciones y Reforma Económica). Así, en
el transcurso de los años noventa, el Estado traspasó las empresas y sociedades del Estado desde el sector
público al sector privado por medio de un proceso de privatizaciones previsto fundamentalmente en la ley
23.696 (1989). Luego, la ley 24.629 dispuso el traspaso y privatización de los servicios llamados periféricos.
En síntesis, las leyes 23.696 (Reforma del Estado) y 23.697 (Emergencia Económica); el decreto 2284/1991 sobre
desregulación; y la ley 24.629 sobre privatización de los servicios públicos periféricos, constituyen el marco
normativo básico sobre la transformación del Estado que reemplazó al modelo del Estado intervencionista por
el Estado subsidiario y neoliberal.
Los casos más paradigmáticos de privatizaciones fueron los siguientes: Aerolíneas Argentinas; ferrocarriles;
peajes; y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). En igual sentido, cabe citar al Correo.
El proceso de reestatizaciones: A partir del año 2003 es posible advertir la decisión del Estado de reasumir
actividades y servicios. el Estado tomó directamente la gestión de ciertos servicios públicos (ya sea por
deficiencias del mercado o por incumplimiento de los concesionarios), a cuyo efecto creó órganos estatales o
sociedades específicas. Así, hizo uso de las figuras de las sociedades del Estado regidas por la ley 20.705 y sobre
todo del ropaje de las sociedades anónimas en los términos de la ley 19.550 (Ley General de Sociedades).
Cabe añadir que el Estado avanzó en este proceso por medio de la rescisión de los contratos de concesión o por
vías expropiatorias. Repasemos ciertos casos de estatización de los servicios públicos: Correo Oficial de la
República Argentina SA; Energía Argentina SA; ARSAT SA, Aguas y Saneamientos Argentinos SA; Aerolíneas
Argentinas SA, e YPF SA.
¿Quién debe otorgar las concesiones? Creemos que el Poder Legislativo es quien debe hacerlo, según el mandato
constitucional. En verdad, el legislador debe estatizar, privatizar, contratar y renegociar los contratos de los
servicios públicos. Sin embargo, el Congreso delegó esas potestades en el Poder Ejecutivo. A su vez, los marcos
reguladores reconocen en los entes ciertas facultades en este aspecto. Por caso: determinar las bases para
otorgar las licencias; intervenir en el proceso de elaboración de las bases y condiciones de selección; intervenir en
el proceso de adjudicación, modificación, renegociación, prórroga o rescisión de los contratos; y asesorar al Poder
Ejecutivo.
El procedimiento de selección del concesionario es la licitación pública y, a su vez, el contrato debe adjudicarse al
que haga el ofrecimiento más conveniente, teniendo en cuenta el precio, la calidad y las demás condiciones de la
oferta, así como la idoneidad del oferente. ¿Cuáles son las obligaciones y derechos básicos del concesionario? Por
un lado, el concesionario debe:
a) prestar el servicio de modo continuo y regular, garantizando el acceso general e igualitario a los usuarios;
b) ejecutar el contrato por sí; y
c) cumplir las prestaciones en todas las circunstancias, salvo caso fortuito o fuerza mayor —ambos de carácter
natural—, o actos o incumplimientos de autoridades públicas nacionales o de la contraparte pública, de tal
gravedad que tornen imposible la ejecución del acuerdo. Por otro lado, los derechos del concesionario son, entre
otros: a) obtener un beneficio económico razonable, sin perjuicio de que el riesgo empresario deba ser asumido
por él; y,
b) en ciertos casos, el derecho de recomponer y rescindir el contrato.
Todo esto es de los contratos adm.
¿Cuáles son los derechos y obligaciones básicas del concedente (Estado)? Entre los derechos cabe mencionar:
regular el servicio y modificar el contrato de conformidad con el marco normativo; aprobar las tarifas; controlar la
prestación del servicio por sí o por medio de los entes reguladores (en este contexto, el Estado puede aplicar
sanciones y, rescindir el contrato por incumplimientos del concesionario); revocar el contrato por razones de
oportunidad, mérito o conveniencia; y, finalmente, en caso de monopolio, rescatar anticipadamente el servicio y
revertir los bienes.
A su vez, el Estado está obligado a garantizar el precio y recomponerlo, según las modalidades y circunstancias. En
particular, en los términos del decreto 1023/2001, la autoridad administrativa puede, más allá de las facultades y
obligaciones establecidas en los reglamentos, pliegos y el propio contrato: interpretarlo; modificarlo o revocarlo
por razones de interés público; decretar su caducidad, rescisión o resolución, y determinar sus efectos; dirigir su
ejecución y controlar e inspeccionar su cumplimiento; imponer penalidades; ejecutar directamente el contrato,
cuando el contratante no cumpliese sus obligaciones en plazos razonables —pudiendo incluso disponer de los
bienes y medios del contratante incumplidor—; y, por último, prorrogar el plazo contractual.
El contrato puede ser modificado en el trámite de ejecución. Cabe recordar que, entre nosotros, la ley prohíbe
las actualizaciones de precios. Por último, la extinción tiene lugar por: vencimiento del plazo de concesión o
cumplimiento del objeto; revocación por razones de ilegitimidad del contrato, en cuyo caso el concesionario no
tiene derecho a ser reparado; revocación por razones de oportunidad; es decir, el Estado extingue el vínculo
anticipadamente y debe, por tanto, indemnizar al concesionario; rescisión, esto es, cuando el concesionario no
cumple con sus obligaciones; rescisión por incumplimiento del Estado de sus obligaciones contractuales; y,
finalmente, resolución del vínculo de común acuerdo entre las partes.
es necesario distinguir el nexo entre, por un lado, el concedente y el concesionario, y, por el otro, el
concesionario y los usuarios.
En particular, en el caso "Maruba" el tribunal sostuvo que "resulta ilegítima la pretensión de que un régimen
tarifario se mantenga inalterado a lo largo del tiempo si las circunstancias imponen su modificación, ya que ello
implicaría que la Administración renunciara ilegítimamente a su prerrogativa de control de la evolución de las
tarifas y, en su caso, de la necesidad de su modificación, y, por otra parte, afectaría el principio de igualdad en
la licitación, ya que los demás oferentes, al momento de presentarse en aquella, tuvieron en cuenta las pautas
de posible modificación tarifaria posterior, y sobre esas condiciones efectuaron sus propuestas" y que, en
especial, esos poderes estatales "no se ejercen en forma discrecional, sino sujetas a la demostración objetiva del
fundamento de las modificaciones que se efectúen". Es decir, según los jueces, el Estado puede modificar las
tarifas, sin perjuicio de que la tasa de retorno del empresario debe ser —en cualquier caso— razonable.
(no maruba) "en todo régimen de prestación de servicios públicos por medio de concesionarios, las tarifas son
fijadas, aprobadas o verificadas por el poder público conforme a lo que disponen la ley o el contrato, atribución
que tiene en mira consideraciones de interés público, tales como asegurar la prestación del servicio en
condiciones regulares y la protección del usuario". Aquí, los jueces reconocieron en términos claros y expresos
que el poder administrador ejerce la potestad de fijar las tarifas.
"el control de legalidad administrativa y el control de constitucionalidad que compete a los jueces en ejercicio de
su poder jurisdiccional, no los faculta para sustituir a la Administración en la determinación de las políticas o en la
apreciación de los criterios de oportunidad, y mucho menos ciertamente en la fijación o aprobación de las tarifas
por la prestación del servicio.
En otro caso: Es posible concluir que, según el criterio del tribunal, “el Poder Ejecutivo puede fijar y modificar el
cuadro de las tarifas (subas y bajas) y, a su vez, el Poder Judicial controlar su legitimidad”
hemos dicho que el usuario debe pagar el precio como contraprestación del servicio, pero ese valor debe ser
justo, razonable y accesible. La Corte se expidió recientemente sobre la intervención de los tres poderes estatales
respecto de la fijación de las tarifas de los servicios públicos y su carácter conforme los estándares
constitucionales.
En efecto, en el precedente "CEPIS" (2016) el tribunal señaló que "de este principio basal de la división de
poderes se desprende la diferenciación de las potestades propias de los tres departamentos de Estado en la
decisión de políticas públicas... entre lo que le incumbe al Congreso de la Nación, al Poder Ejecutivo Nacional y,
finalmente, lo que puede dirimir el Poder Judicial." Así, pues, puntualmente "le atañe al primero (Congreso) la
adopción de las pautas propias de la política tributaria federal; al segundo (Poder Ejecutivo), la implementación
de la política energética, que abarca la fijación de las tarifas del servicio público; y, a la rama judicial, el control
de la razonabilidad de tales decisiones y su conformidad con los derechos fundamentales". Y, en sentido
concordante, añadió que "desde antiguo esta Corte ha reconocido que la potestad tarifaria reside en el poder
administrador y que ella no se ve afectada por la concesión a particulares de un servicio público".
Es más, "la autoridad del Estado concedente no se detiene en el momento del otorgamiento de la concesión y,
por ello, resulta ilegítima la pretensión de que un régimen tarifario se mantenga inalterado". En particular,
respecto del rol del Poder Judicial, afirmó que "el ingente papel que en la interpretación y sistematización de las
normas infraconstitucionales incumbe a los jueces, no llega hasta la facultad de instituir la ley misma..., o de
suplir en la decisión e implementación de la política energética al Poder Ejecutivo Nacional, siendo entonces la
misión más delicada de la justicia la de saberse mantener dentro del ámbito de su jurisdicción".
Por tanto, "debe distinguirse entre el ejercicio del control jurisdiccional de la legalidad, razonabilidad y
proporcionalidad de las tarifas, y el ejercicio mismo de la potestad tarifaria, que no compete a los jueces, sino
al poder administrador, al que no cabe sustituir en la determinación de políticas o criterios de oportunidad o,
menos aún, en la fijación o aprobación de tarifas por la prestación del servicio".
Cuáles son —según el tribunal— las reglas que debe respetar el Poder Ejecutivo al fijar las tarifas. Ve "todo
reajuste tarifario, con más razón frente a un retraso como el que nos ocupa, debe incorporar como condición
de validez jurídica... el criterio de gradualidad, expresión concreta del principio de razonabilidad". En síntesis,
"el Estado debe velar por la continuidad, universalidad y accesibilidad de los servicios públicos, ponderando la
realidad económico-social concreta de los afectados por la decisión tarifaria con especial atención a los
sectores más vulnerables, y evitando, de esa forma, el perjuicio social provocado por la exclusión de numerosos
usuarios de dichos servicios esenciales como consecuencia de una tarifa que, por su elevada cuantía, pudiera
calificarse de confiscatoria".
Ahora bien, ¿cuál es el criterio para la fijación de las tarifas de los servicios públicos? Básicamente, existen dos
modos de regular y fijar las tarifas. en la práctica estos dos sistemas de regulación se presentan con variantes y
matices.
Por un lado, el sistema denominado tasa de retorno (rate of return o cost plus) que consiste en que el
Estado (es decir, el ente regulador) apruebe —cada cierto tiempo— tarifas que permitan cubrir todos
los costos que razonablemente tiene el concesionario (prestador), incluyendo la retribución por el
capital invertido. Este modelo tiene por objeto establecer un límite razonable sobre las ganancias. Así,
pues, estas se deben calcular multiplicando el capital invertido por el prestador por una tasa
preestablecida (llamada justamente tasa de retorno).
Sin embargo, el mayor obstáculo de este modelo en términos teóricos es cómo fijar el valor del capital
invertido y, asimismo, la tasa de retorno. A su vez, en tanto la utilidad se fija como un porcentaje máximo
del capital invertido, el sistema no incentiva la gestión eficiente del servicio e, incluso, el prestador puede
aumentar desmesuradamente la inversión en activos fijos, pues al incrementar la base sobre la cual se
aplica la tasa de retorno, acrecienta consecuentemente sus ganancias.
El otro sistema se denomina precio tope (price cap) y se originó en el Reino Unido justamente como
consecuencia de las críticas al sistema de la tasa de retorno, y es el que seguimos básicamente en nuestro
país. Este modelo se apoya en los incentivos (productividad), más que en los costos del servicio; y prevé
niveles máximos de precios fijos durante un período determinado que luego se incrementan, en razón de
la inflación, mediante un factor basado en el índice de precios minoristas.
Así, el prestatario no puede aumentar las tarifas por sobre el índice de actualización. Es decir, el valor
de las tarifas no puede —en ningún caso— exceder el valor máximo permitido, según los estándares
señalados.
¿Cómo es posible obtener, entonces, mayores ganancias? En principio, por medio de la disminución de
los costos del servicio. En otras palabras, si la empresa pretende ganar más, no puede aumentar las
tarifas, sino que debe disminuir sus costos. De todos modos, cuando se reajustan las tarifas esos
beneficios deben trasladarse a favor de los usuarios por medio del cálculo de las futuras tarifas (es decir,
el cuadro tarifario de los próximos cinco años). Cabe destacar que la ineficiencia del prestador disminuye
sus ganancias de modo que, a diferencia del sistema de la tasa de retorno, los costos de la sobreinversión
recaen sobre la empresa y no sobre el usuario. El interrogante obviamente, en el marco de este último
modelo, es si la disminución de los costos es necesariamente por mayor productividad o si, por el
contrario, es posible alcanzar menores costos con menos productividad e inversiones. Este es un claro
déficit de este sistema.
Por eso, en ciertos casos, además del factor de eficiencia ya mencionado debe incorporarse otro factor
que represente la inversión del prestador en el servicio. A su vez, otro aspecto deficitario es que la fijación
de las tarifas máximas —en razón de los factores de eficiencia en la prestación del servicio—, solo puede
hacerse cada cinco años y, en este contexto, las ventajas económicas son trasladadas a los usuarios, pero
solo tras haber transcurrido ese plazo (es decir, en el momento del cálculo del nuevo factor de eficiencia).
Ya definidos los sistemas sobre el cálculo de las tarifas del servicio, cabe preguntarse ¿quién debe fijarlas? En
principio, y según los marcos regulatorios, el ente es quien debe fijar las tarifas de acuerdo con el marco jurídico
vigente (es decir, de conformidad con las reglas que previó el legislador y el Ejecutivo). Sin embargo, a partir de
la emergencia del año 2002, el Poder Ejecutivo es el poder competente, despojándose a los entes de dicho
poder. ¿Puede el juez controlar la fijación de las tarifas de los servicios públicos? Creemos que sí, pues el acto de
aprobación de las tarifas es de contenido jurídico y, consecuentemente, debe sujetarse al ordenamiento jurídico
y ser controlado por el juez. Este no puede deferir ese control al ente de regulación del servicio. ¿Cuál es el límite
del control judicial? el juez debe controlar —en principio— sin límites y solo respetar el meollo de las decisiones
estatales discrecionales. Y, a su vez, el juez no es competente para fijar un nuevo cuadro tarifario.
Por último, cabe mencionar el concepto de las tarifas sociales. Hemos dicho que los servicios públicos son de
carácter oneroso porque satisfacen derechos instrumentales y, por eso, justamente los usuarios deben pagar un
precio. Sin embargo, este principio no es absoluto, sino que es necesario matizarlo con los derechos de los
usuarios actuales y potenciales, con el objeto de garantizar así el acceso igualitario en términos ciertos y reales.
En este sentido, los marcos regulatorios prevén que las tarifas deben ser justas y razonables. Pero, sin perjuicio
de ello, debemos incluir el concepto de las tarifas sociales. Estas están apoyadas en los derechos de los usuarios,
el acceso igualitario al servicio y el principio de solidaridad social.
(acá me confundí un poco).
En igual sentido, históricamente los operadores citaron como caso típico del interés simple, la conservación o
preservación del ambiente. Pero, ¿cuál es el sentido de rellenar conceptualmente estas ideas? Las personas solo
pueden acceder y ser parte en el proceso judicial y defender así sus intereses si son titulares de derechos
subjetivos.
Por su parte, en el marco del procedimiento administrativo solo pueden ser parte y defender sus intereses, las
personas titulares de derechos subjetivos o intereses legítimos. Es decir, aquí el camino de acceso es más amplio.
El cuadro, entonces, en el plano clásico es el siguiente: 1. el titular de derechos subjetivos puede recurrir en caso
de lesiones sobre estos, por vías administrativas y judiciales; 2. el titular de intereses legítimos solo puede recurrir
por vías administrativas; y, por último, 3. el titular de intereses simples no puede defender esos valores por vías
administrativas ni judiciales.
La Ley de Procedimiento Administrativo dispone que los actos de alcance general pueden ser cuestionados
judicialmente "cuando un interesado a quien el acto afecte o pueda afectar en forma cierta e inminente en sus
derechos subjetivos, haya formulado reclamo ante la autoridad que lo dictó y el resultado fuere adverso o se
diere alguno de los supuestos previstos en el art. 10". A su vez, la ley establece que el reclamo administrativo
previo debe versar sobre los mismos hechos y derechos que se invoquen en la eventual demanda judicial. Por
otro lado, y ya en el marco del procedimiento administrativo, el decreto reglamentario de la ley dice
expresamente que "los recursos administrativos podrán ser deducidos por quienes aleguen un derecho
subjetivo o un interés legítimo".
Sin embargo, las leyes más recientes aceptan un mayor grado de legitimación. Así, por ejemplo, la Ley de
Defensa del Usuario y del Consumidor (ley 24.240) reconoce legitimación procesal a: a) el consumidor o usuario;
b) las asociaciones de consumidores o usuarios; c) la autoridad de aplicación nacional o local; d) el Defensor del
Pueblo; y e) el Ministerio Público Fiscal. Otro texto normativo innovador es la Ley de creación del Defensor del
Pueblo de la Nación (ley 24.284, del año 1993) que reconoce legitimación al propio Defensor.
En este precedente del año 2009, la Corte modificó el criterio clásico y distinguió entre las siguientes categorías
en términos de legitimación y de conformidad con el nuevo texto constitucional (art. 43):
El derecho subjetivo, esto es, el interés del titular sobre bienes jurídicos individuales. en caso de
pluralidad de personas se trata simplemente de obligaciones individuales con pluralidad de sujetos. Es
decir, derechos divisibles, no homogéneos y, en su caso, con búsqueda de reparaciones de daños
esencialmente individuales —primer párrafo del art. 43, CN—;
El derecho de incidencia colectiva que tiene por objeto bienes colectivos. Aquí, el objeto es indivisible,
pertenece a todos y no admite exclusiones. Por un lado, existe pluralidad de sujetos y, por el otro,
bienes colectivos (ambiente). "Estos bienes no pertenecen a la esfera individual sino social y no son
divisibles en modo alguno". Además, "la pretensión debe ser focalizada en la incidencia colectiva del
derecho. Ello es así porque la lesión a este tipo de bienes puede tener una repercusión sobre el
patrimonio individual, como sucede en el caso del daño ambiental, pero esta última acción
corresponde a su titular y resulta concurrente con la primera... [así] cuando se ejercita en forma
individual una pretensión procesal para la prevención o reparación del perjuicio causado a un bien
colectivo, se obtiene una decisión cuyos efectos repercuten sobre el objeto de la causa petendi, pero
no hay beneficio directo para el individuo..." —segundo párrafo del art. 43, CN—; El tribunal concluyó
que "la tutela de los derechos de incidencia colectiva sobre bienes colectivos corresponde al Defensor
del Pueblo, a las asociaciones y a los afectados, y que ella debe ser diferenciada de la protección de los
bienes individuales, sean patrimoniales o no, para los cuales hay una esfera de disponibilidad en
cabeza del titular".
El derecho de INCIDENCIA COLECTIVA SOBRE INTERESES INDIVIDUALES HOMOGÉNEOS. "Tal sería el caso
de los derechos personales o patrimoniales derivados de afectaciones al ambiente y a la competencia,
de los derechos de los usuarios y consumidores como de los derechos de sujetos discriminados. En
estos casos no hay un bien colectivo, ya que se afectan derechos individuales enteramente divisibles.
Sin embargo, hay un hecho único o continuado, que provoca la lesión de todos ellos y por lo tanto es
identificable una causa fáctica homogénea". Así, "la demostración de los presupuestos de la pretensión
es común a todos esos intereses, excepto en lo que concierne al daño". En este caso, deben estar
presentes los siguientes presupuestos (esto es, en qué supuestos los derechos individuales se
transforman en derechos colectivos):
1. la existencia de un hecho único o complejo que causa una lesión a una pluralidad relevante de
derechos individuales;
2. la pretensión debe concentrarse en los efectos comunes, y no en lo que cada individuo puede
peticionar; y, además,
3. el interés individual no logra justificar, en el caso y por sí solo, el inicio de acciones judiciales, con
lo cual podría verse afectado el acceso a la justicia.
A ello, debe sumarse aquellos supuestos en los que cobran preeminencia otros aspectos referidos a
materias tales como el ambiente, el consumo o la salud o afectan a grupos que tradicionalmente han
sido postergados, o en su caso, débilmente protegidos. Es decir, también "procederá cuando, pese a
tratarse de derechos individuales, exista un fuerte interés estatal en su protección, sea por su
trascendencia social o en virtud de las particulares características de los sectores afectados".
Luego, concluyó que "la pretensión deducida por el abogado Ernesto Halabi puede ser calificada
como un supuesto de ejercicio de derechos de incidencia colectiva referentes a los intereses
individuales homogéneos". En efecto, "existe un hecho único —la normativa en cuestión— que
causa una lesión a una pluralidad relevante de derechos individuales. La pretensión está
concentrada en los efectos comunes para toda la clase de sujetos afectados, con lo que se cumple
el segundo requisito... [y] finalmente, hay una clara afectación del acceso a la justicia, porque no se
justifica que cada uno de los posibles afectados de la clase de sujetos involucrados promueva una
demanda".
A su vez, en relación con los efectos de las sentencias, la Corte dijo que "el verdadero sustento de la
proyección superadora de la regla inter partes, determinante de la admisibilidad de la legitimación
grupal, es inherente a la propia naturaleza de la acción colectiva en virtud de la trascendencia de
los derechos que por su intermedio se intentan proteger".
Los casos posteriores a "Halabi". El contorno y alcance del criterio de la Corte respecto de los afectados y las
asociaciones intermedias
El análisis de estos casos es sumamente relevante porque nos permite quizás dilucidar cómo debe interpretarse y
aplicarse la doctrina de la Corte ("Halabi"). Así, el caso "Halabi" y su doctrina (la Corte realiza un desarrollo
dogmático de la Teoría General de las situaciones jurídicas subjetivas) debe estudiarse no solo desde su texto
sino, además, de los precedentes posteriores del tribunal. (puse solo los casos que vimos).
Caso "CEPIS" (2016)
Hechos relevantes: La asociación actora inició una acción de amparo colectivo contra el Ministerio de Energía y
Minería de la Nación con "el objeto de que se garantizara el derecho constitucional a la participación de los
usuarios" y cautelarmente se suspendiese el nuevo cuadro tarifario. En este caso, la clase está conformada por
"todo aquel usuario del servicio de gas, quien no contó con la posibilidad de que sus intereses sean
representados con carácter previo al aumento tarifario". La Cámara Federal sostuvo que las resoluciones eran
nulas por no haberse cumplido con el trámite previo de las audiencias públicas.
Decisión judicial y fundamentos: La Corte convalidó parcialmente y argumentó en los siguientes términos. Por un
lado, el tribunal recordó que "las asociaciones de usuarios y consumidores se encuentran legitimadas para
iniciar acciones colectivas relativas a derechos de incidencia colectiva referentes a intereses individuales
homogéneos, incluso de naturaleza patrimonial, en la medida en que demuestren: la existencia de un hecho
único susceptible de ocasionar una lesión a una pluralidad de sujetos; que la pretensión esté concentrada en
los efectos comunes para toda la clase involucrada; y que de no reconocerse la legitimación procesal podría
comprometerse seriamente el acceso a la justicia".
Por el otro, las resoluciones del Ministerio de Energía y Minería constituyen un hecho único y, a su vez, la
pretensión está concentrada en los efectos comunes (la necesidad de audiencia pública); sin embargo, el recaudo
de estar comprometido el acceso a la justicia (tercer requisito de admisibilidad en el presente caso) "no se
encuentra cumplido respecto de todos los miembros del colectivo cuya representación se pretende asumir". Y
concluyó que, por tanto, el colectivo debe limitarse a los usuarios residenciales del servicio, pues solo en este
supuesto está comprometido el acceso a la justicia. En efecto, "respecto del resto de los usuarios (no
residenciales) no se ha demostrado, ni resulta de manera evidente de las constancias de autos, que el ejercicio
individual de la acción no aparezca plenamente posible en atención a la entidad de las cuestiones planteadas".
Finalmente, hizo lugar al amparo con este alcance, es decir la nulidad de las resoluciones por falta de audiencia
pública y solo respecto de los usuarios residenciales.
Caso "Abarca" (2016)
Hechos relevantes: En este caso, el Defensor del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, un grupo de diputados
de la provincia de Buenos Aires y un partido político iniciaron un proceso colectivo con el objeto de anular los
cuadros tarifarios del servicio de luz en dicha jurisdicción por no haberse realizado el trámite de audiencia
previa. La Cámara de Apelaciones suspendió por el término de tres meses las resoluciones cuestionadas.
Decisión judicial y fundamentos: En primer lugar, el tribunal examinó la legitimación del Defensor del Pueblo y
sostuvo que "el funcionario que se presenta en este proceso invocando la representación del Defensor del
Pueblo de la Provincia no se encuentra habilitado para poner en ejercicio las atribuciones que corresponden a
dicha Autoridad Provincial". A su vez, añadió que la Comisión Bicameral "estableció que la continuidad operativa
quedaría a cargo del secretario general. Este mandato, desde su significación semántica y teleológica, se limita a
los meros actos conservatorios".
En segundo lugar, respecto de la legitimación de los diputados, dijo que ya en el caso Thomas sostuvo que "no
confiere legitimación al señor Fontela su invocada representación del pueblo con base en la calidad de
diputado nacional... Esto es así, pues el ejercicio de la mencionada representación encuentra su quicio
constitucional en el ámbito del Poder Legislativo para cuya integración en una de sus cámaras fue electo y en el
terreno de las atribuciones dadas a ese poder y sus componentes por la Constitución Nacional y los
reglamentos del Congreso". Además, añadió que "no están mencionados en el art. 43 de la CN".
En tercer lugar, afirmó que "lo expuesto con relación a los legisladores provinciales es respuesta suficiente con
respecto a la inhabilidad del partido político interviniente en autos en cuanto pretende representar en la causa,
como asociación, a todos los usuarios de energía eléctrica de la Provincia de Buenos Aires."
En cuatro y último lugar, si bien el Club Social y Deportivo 12 de octubre acredita su calidad de usuario; sin
embargo, "no invoca la calidad de representante de todos los usuarios de la Provincia de Buenos Aires y, por
ende, no los puede representar".
La Corte también recordó que "la definición del colectivo es crítica para que los procesos colectivos puedan
cumplir adecuadamente su objetivo" y que, en particular, "la adecuada y detallada determinación del conjunto
de perjudicados por una conducta o acto permite delimitar los alcances subjetivos del proceso y de cosa
juzgada". Así, pues, "solo a partir de una certera delimitación del colectivo involucrado, el juez podrá evaluar,
por ejemplo, si la pretensión deducida se concentra en los efectos comunes que el hecho o acto dañoso
ocasiona o si el acceso a la justicia se encuentra comprometido de no admitirse la acción colectiva." Es más, "el
cumplimiento de todos estos recaudos debe extremarse cuando las decisiones colectivas pueden incidir —por
sus efectos expansivos— en la prestación de un servicio público. Ello es así, en tanto decisiones sectoriales en
materia tarifaria pueden afectar la igualdad en el tratamiento de los usuarios".
Asimismo, "decisiones de esta naturaleza pueden alterar el esquema contractual y regulatorio del servicio,
afectando el interés general comprometido en su prestación." En consecuencia, la Corte revocó el
pronunciamiento del tribunal de apelaciones.
El cuadro actual, tras la reforma constitucional de 1994, comprende entonces: a) el derecho subjetivo; b) el
interés legítimo; c) el derecho de incidencia colectiva; y, por último, d) el interés simple.
La intromisión de un nuevo concepto —los derechos colectivos—, exige no solo definirlo sino redefinir las otras
categorías con el propósito de dibujar un cuadro armónico e integrado sobre las situaciones jurídicas subjetivas.
Cabe señalar que el derecho colectivo, a diferencia de los derechos subjetivos (derechos individuales y sociales),
nos introduce en los procesos colectivos y que, más allá de los derechos colectivos típicos (ambiente y
consumidores), el derecho individual y social se constituye —en ciertos casos— como derecho colectivo. Por
último, veremos cuál es el vínculo entre el sujeto y el objeto.
EL ASPECTO OBJETIVO
En primer lugar, cabe preguntarse si el derecho de incidencia colectiva es aquel que recae sobre un bien
materialmente indivisible (objeto indivisible). Este es, el camino seguido por la Corte. Así, ciertos operadores
sostienen comúnmente que el derecho colectivo no puede recaer sobre un bien materialmente divisible, pues —
en tal caso— el interés de las personas es divisible y, consecuentemente, propio e individual.
Por el contrario, tratándose de intereses colectivos (de todos o de casi todos y sin escisiones), el interés de esas
pluralidades es siempre coincidente y necesariamente superpuesto. Así, el interés colectivo no puede
desgranarse entre múltiples intereses individuales y propios.
Otro criterio es que el derecho colectivo es aquel cuyo objeto puede ser divisible o indivisible, pero el interés de
los titulares sí es indivisible, y de ahí el carácter esencialmente colectivo; sin perjuicio de los intereses
individuales subyacentes. Entendemos que la Corte sigue también este criterio en el caso "Halabi".
En tercer lugar, es plausible decir que el derecho colectivo es un bien público relevante que consecuentemente
recae sobre varias personas. Por ello, en ciertas circunstancias, los derechos individuales y sociales son derechos
colectivos (la salud y la educación). Creemos que los derechos colectivos definidos por el propio Convencional,
tales como el ambiente, la competencia, los usuarios y los consumidores, siempre constituyen "un caso de
incidencia colectiva" que es claramente distinto del "caso judicial clásico". A su vez, los derechos colectivos
comprenden, desde el punto de vista material, cualquier interés —llámese individual o social— siempre que su
afectación plural resulte relevante, según los derechos comprometidos y las circunstancias del caso, desde el
punto de vista institucional, social o económico. Así, el objeto colectivo es, según nuestro criterio: a) cualquier
bien indivisible, cuya titularidad o interés no es propio y exclusivo, sino compartido por un sinnúmero de personas
de modo superpuesto (el derecho a un medio ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano), sin
perjuicio de los intereses individuales concurrentes; y b) los bienes divisibles cuya titularidad es propia,
individual o particular, pero susceptible de incidir en el terreno de los intereses colectivos o generales (derechos
de incidencia colectiva en general).
EL ASPECTO SUBJETIVO
Hemos dicho ya que el art. 43, CN, reconoce legitimación al afectado, a las asociaciones intermedias y al Defensor
del Pueblo. Por un lado, el concepto de afectado exige, según nuestro criterio, que el actor —titular de derechos
colectivos— sume su condición de titular de derechos subjetivos comprometidos en el caso bajo análisis. Es decir,
el pleito judicial planteado en términos de derechos colectivos debe ser rechazado si el actor solo es titular de
derechos subjetivos, y no acredita a su vez derechos colectivos; pero, también debe ser rechazado si el actor no
acredita —más allá de los derechos colectivos—, su carácter de titular de derechos subjetivos comprometidos
en el caso.
Por otro lado, las asociaciones intermedias deben necesariamente alegar y probar el vínculo entre el caso bajo
debate y los fines y objeto que persiguen, además del derecho colectivo lesionado.
Finalmente, el Defensor del Pueblo no debe alegar ni probar derecho subjetivo alguno, sino simplemente el
derecho colectivo de que se trate. A su vez, el Defensor puede intervenir, con carácter prescindente de que el
particular o las asociaciones hayan reclamado.
Es claro que antes de la reforma constitucional de 1994 los operadores jurídicos solo reconocieron capacidad
procesal a los titulares de derechos subjetivos, y siempre que estos acreditasen perjuicios diferenciados. Así,
cuando el titular de un derecho subjetivo sufre un perjuicio cierto (actual o futuro), diferenciado del resto, y
existe relación de causalidad —en términos directos e inmediatos— entre las conductas lesivas y el daño
ocurrido, entonces, el caso es justiciable (proceso judicial).
Por su lado, el convencional en el año 1994 amplió el marco de las aptitudes procesales de las personas con el
propósito de dar mayor acceso y protección judicial. El dato más relevante es la incorporación de los derechos
colectivos, cuyo titular es el afectado (el titular de derechos colectivos y subjetivos); las asociaciones intermedias;
y el Defensor del Pueblo. A su vez, el daño debe ser cierto —actual o futuro— y plural, pero diferenciado del
perjuicio de todos. Es decir, los términos o extremos del cuadro sobre el caso judicial colectivo y su constitución
deben ser más flexibles (interés y daño).