1.
El árbol de la plata
Pedro Urdemales le había patraqueado a un viajero unas dos onzas de oro, que cambió en
moneditas de a cuartillo. Más de mil le dieron, recién acuñadas, y tan limpiecitas que
brillaban como un sol. Con un clavito le abrió un portillito a cada una y pasándoles una
hebra de hilo, las fue colgando de las ramas de un árbol, como si fueran frutas del mismo
árbol. Los cuartillos relumbraban que daba gusto verlos.
Un caballero que venía por m camino que por ahí cerca pasaba, vio desde lejos una cosa
que brillaba, y metiéndole espuelas al caballo, se acercó a ver qué era. Se quedó con la boca
abierta mirando aquella maravilla, porque nunca había visto árboles que diesen plata.
Pedro Urdemales estaba sentado en el suelo, afirmado contra el árbol. El caballero le
preguntó:
— Dígame, compadre, ¿qué arbolito es éste?
— Este arbolito — le contestó Pedro — es el Árbol de la Plata.
— Amigo, véndame una patillita para plantarla; le daré cien pesos por ella.
— Mire, patroncito — le dijo Urdemales — ¿pa’ qué lo engaño? Las patillas de este árbol
no brotan.
— Véndame, entonces, el árbol entero; le daré hasta mil pesos por él.
— Pero, patrón, que ¿me ha visto las canillas? ¿Cómo se figura que por mil pesos le voy a
dar un árbol que en un año solo me produce mucho más que eso?
Entonces el caballero le dijo:
— Cinco mil pesos te daré por él.
— No, patroncito, ¿se imagina su mercé que por cinco mil pesos le voy a dar esta brevita?
Si me diera la tontera por venderla, no la dejaría en menos de diez mil pesos; sí, señor, en
diez mil pesos, ni un chico menos, y esto por ser a usté.
Dio el caballero los diez mil pesos y se fue muy contento con el arbolito. Pero en su casa
vino a conocer el engaño, y le dio tanta rabia que se le hacía chica la boca para echarle
maldiciones al pillo que lo había hecho leso.
Mientras tanto, Pedro Urdemales se había ido a remoler los diez mil pesos.
2. La piedra del fin del mundo
Divisó Pedro Urdemales a mi huaso que venía de a caballo y entonces se puso a sujetar una
piedra muy grande que había en la falda de un cerro. Cuando el huaso llegó, Pedro le dijo:
— Si esta piedra se me cae, el mundo se acaba; yo estoy muy cansado; ¿por qué no se pone
usted en mi lugar mientras voy a buscar gente que la sujete?"
El huaso accedió, se bajó del caballo y se colocó en el sitio en que estaba Pedro. Entonces
Pedro Urdemales se subió al caballo del huaso, y diciéndole que se aguantara un ratito, que
ligerito volvía con otros hombres, se mandó a cambiar y lo dejó esperando hasta el día de
hoy la vuelta de su caballo.
3. El cura coñete
Entró Pedro Urdemales a servir en casa de un cura muy cicatero, que siempre comía fuera
de la casa.
— La obligación es poca — le dijo el cura — tú me acompañarás a las casas a donde yo
vaya a comer y mientras como, me tienes la mula, y por cada plato que coma le haces un
nudo a la soga[8] con que la amarres, y cuando hayas hecho cinco nudos en la comida y
tres en la cena, me avisas, porque yo soy muy olvidadizo y no puedo comer más de cinco
platos en la comida, ni más de tres en la cena: el médico me ha ordenado que coma poco. Y
a todo esto, dime ¿cómo te llamas?
— Así, señor.
— Bueno, pues, Así, tendrás tres pesos mensuales, ya que tu trabajo va a ser casi ninguno.
¿Estás conforme?
— Como no, pues, señor; no me figuré que su mercé fuera tan generoso.
Pasaron algunos días viviendo de esta manera, hasta que Pedro Urdemales, que en todo este
tiempo se había estado haciendo el zorro rengo y el que comía poco, le dijo al cura:
— Mire, padre, ¿para qué se mortifica tanto, saliendo todos los días dos veces? Más es lo
que gasta en mantener su mula que lo que economiza. ¡Y lo poquito que se moja cuando
llueve! ¿Y cuando el sol pica? El día menos pensado le da una pulmonía o un chavalongo.
Ha de saber su mercé que yo soy muy buen cocinero, y si usté me da cuatro reales diarios,
yo le daré, más que comida, unos manjares que se va a chupar los dedos.
No le pareció mal si cura la propuesta y aceptó.
Pedro Urdemales tenía economizada una platita y de ella gastó el primer día, además de los
cuatro reales que le dio el cura, cinco pesos, así es que pudo servirle a su patrón una buena
cantidad de platos, remojados con muy buenos tragos de la mejor chicha de Quilicura.
El cura se imaginó que estaba en la gloria y no se cansaba de darle gracias a Dios por
haberle proporcionado tan buen sirviente, tan económico que ni buscado con un cabo de
vela. ¡Por cuatro reales darle tan bien de comer! No encontraría en todo el mundo otro
hombre como Así.
Una vez que concluyó de cenar, Pedro Urdemales dijo al cura:
— Padrecito, tengo ahí un doble de leche y un poquito de aguardiente de Aconcagua; si a su
paternidad le parece, le puedo arreglar un ponchecito para que se lo tome antes de acostarse
le pongo un pedacito de nuez moscada, otro de vainilla y unos clavitos de olor y queda de
rechupete ¿qué le parece, patrón?
— No me tientes, así, le contestó el cura; — me has dado mucho de comer y si echó al
cuerpo alguna otra cosa, reviento.
— Pero, padre — le dijo Urdemales — pruebe siquiera un traguito; el aguardiente es
correlativo y le va a hacer bien!
— Bueno, pues, Así; pero que sea un traguito bien corto.
Se fue Pedro para el interior y en un momento fabricó un ponche bien cabezón, pero le puso
tanta azúcar, que se encontraba suavecito. ¡Bueno, en el hombre diablo! Le llevó un medio
vasito al cura, que se quedó saboreándolo, y al fin dijo:
— No está malo,
Y Pedro Urdemales:
— Si su reverencia quiere, le traigo otro pochichicho, fíjese en que el aguardiente es
bajamuelles.
— Tráeme otro poquitito; me ha quedado gustando; se me está haciendo agua la boca.
Trajo Pedro Urdemales un potrillo que haría como un litro, más bien más que menos, y le
dijo al cura:
— Sírvase su paternidad lo que quiera, que lo que sobre me lo tomaré yo, si su mercé me da
permiso.
Esto que oye el cura, agarra el potrillo con las dos manos y se toma todo el ponche de un
solo trago. Al tirito se le cerraron los ojos y se quedó dormido como una piedra.
Pedro aguardó un rato, y en cuanto lo oyó roncar se fue cortito a la pieza en que el cura
tenía la plata, que era mucha, y se la robó toda; pero antes de irse le pintó la cara con hollín
y después se mandó a cambiar.
Al otro día despertó el cura con el sol bien alto, y principió a llamar: "Así, Así, Así; pero
nadie le contestaba.
Se levantó entonces medio atontado y con el cuerpo malazo a buscar a Así, y no
encontrándolo, se puso a registrar la casa. Cuando vio que su sirviente le había robado, casi
se cayó muerto y salió desesperado a la calle, preguntando a todo el mundo:
— ¿Me han visto a Así?
— No, señor,— le contestaban; porque era cierto que nunca lo habían visto así, todo
pintado de hollín, y creían que se había vuelto loco. Llegó a casa de unas confesadas que se
asustaron todas al verlo y le dijeron:
— ¿"Qué tiene, señor? trae la cara como diablo''— Le pasaron un espejo, y al verse todo
embadurnado, casi se murió de la rabia.
Pedro Urdemales desapareció para siempre, y el cura quedó castigado de su avaricia.
4. Las tres palas
Entró a servir Pedro Urdemales en casa de un caballero hacendado que tenía tres hijas muy
bonitas, que le llenaron el ojo.
Pedro se condujo muy bien y en poco tiempo se ganó la voluntad y la confianza de su
patrón, que nada hacía sin consultarlo con él.
Fueron un día a ver cómo iban los trabajos de un canal que se construía en la falda de un
Cerro y el mayordomo de la obra le dijo que el trabajo no avanzaba como debiera por falta
de palas.
Entonces el caballero mandó a Pedro que fuera a buscar tres palas que había en la bodega
de la casa, que se las pidiera a su hija mayor, que tenía las llaves.
Llegó Pedro Urdemales a la casa y encontró bordando a las tres niñas. — "Señoritas — les
dijo — el patrón está hecho el diablo con ustedes: no sé qué cuentos le han llevado y no
quiere hablar más con ustedes; me ha encargado que las lleve donde su abuelita".
Las niñas se pusieron a llorar y le dijeron a Urdemales
— Pero no será a las tres; alguna de nosotras se quedará con mi papá.
— No, señorita, las tres se han de ir; me lo dijo clarito el patrón. Preguntémoselo desde
aquí y verán.
Y Pedro gritó:
— ¿No son las tres, patrón, las que he de llevar?
Y el caballero que creía que le preguntaba por las palas, le gritó desde la loma:
— Sí, las tres, y lueguito con ellas.
— Ya ven, pues, señoritas; con que las tres a montar a caballo ligerito, y nos vamos por la
puerta de atrás antes que el patrón venga, que es capaz de matarnos a todos a balazos,
porque está muy enojado.
Y las tres niñas montaron más que ligero a caballo y se fueron con aquel pícaro.
¡Pobrecitas!
5. La huasquita de virtud
Estaba Pedro Urdemales asando un buen pedazo de lomo de buey en un altito que había
cerca de un camino y cuando ya estaba la carne bien asada divisó a un clérigo que venía de
a caballo, paso a paso, rezando en su librito. Pedro Urdemales pensó "Voy a hacer leso a
este cura, que tiene cara de cicatero"— y bajando inmediatamente al camino, amarró la
carne al tronco de un árbol, se sacó la correa con que se sujetaba los pantalones a la cintura
y comenzó a azotar la carne, diciendo a cada azote: ásate carnecita.
El cura detuvo el caballo y se puso a mirar lo que Pedro hacia; pero éste, aparentando que
no lo había visto seguía cascándole a la carne y diciendo: "Ásate, carnecita" — hasta que la
desató y se sentó a comerla.
El cura, admirado de lo que veía le dijo:
— Convídeme, amigo un pedacito.
— Con mucho gusto, señor — le contestó Pedro— y le pasó un pedazo.
La probó el cura y viendo que de verdad estaba bien asada y calentita, le preguntó:
— ¿Y cómo hace esto, mi amigo, sin tener fuego? porque el cura no veía ni rastros de leña
ni de carbón por ninguna parte.
— De una manera muy fácil, señor — le respondió Pedro; — no hay más que amarrar la
carne cruda a un palo o a un árbol, y pegándole con esta correíta de virtud, decirle a cada
chicotazo: "Ásate, carnecita"; y antes de los veinte huascazos la carne queda asada.
El cura se dijo — Si le compro la huasquita a este hombre, economizaré mucha plata,
porque no tendré que comprar ni carbón ni leña; Y hablando fuerte, le preguntó a
Urdemales.
— ¿Por qué no me vendís la huasquita? te daré veinte pesos por ella; ¿qué te parece?
— Me parece muy mal — le contestó Pedro — porque la huasquita no la doy por menos de
mil pesos.
— Hombre, está muy cara y nadie te dará tanta plata ¿querís cincuenta pesos?
— No, señor, es muy poco. — Serán cien pesos
— Que no, señor.
— Doscientos pesos, entonces.
— Contra ná’ me ofrece menos de los mil pesos, porque no se la doy.
— Vaya, pues, te daré trescientos pesos y ni un chico más.
Pedro vio que el cura no largaría ni medio Cristo fuera de los trescientos pesos, así es que le
dijo:
— Mire, su paternidad, por ser a usted se la daré en los trescientos pesos, pero con la
condición de que todos los Viernes diga una misa por el descanso de las benditas ánimas, de
que soy muy devoto.
— Bueno, pues, hombre; te daré los trescientos pesos y diré todos los Viernes la misa que
me pides.
El cura pasó la plata, recibió la correa, y apretó las espuelas al caballo temiendo que el
vendedor se arrepintiese; pero éste, apenas vio el dinero en sus manos, apretó a correr por el
bosque patitas pa’ que te quiero, y no salió de entre los árboles hasta bien entrada la noche.
En cuanto el cura llegó a su casa, quiso probar la virtud de la huasquita delante de toda su
gente, a la que contó la famosa compra que había hecho. Tomó un pedazo de carne, lo ató al
tronco de un árbol y comenzó a darle de huascazos con la correa de virtud, sin olvidarse de
decir a cada golpees "Ásate, carnecita", — hasta que contó los veinte huascazos de
ordenanza; pero lo único que consiguió fue que la carne con tanto golpe, se puso
piltrafienta y no quedó buena más que para dársela a los gatos.
No son para contadas las maldiciones que el cura le echó a Pedro Urdemales, el cual, muy
tranquilo, se remolió los trescientos pesos en una chingana que bahía por ahí cerca.
6. La ollita de virtud
Una vez que Pedro Urdemales estaba cerca de un camino haciendo su comida en una olla
que, calentada a un fuego vivo, hervía que era un primor, divisó que venía un caballero
montado en una mula, y entonces se le ocurrió jugarle una treta.
Saca prestamente la olla del fuego y la lleva a otro sitio distante, en medio del canino, y con
dos palitos se pone a tamborear sobre la cobertera, repitiendo al compás del tamboreo:
— Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora.
El caballero, sorprendido de una operación tan extraña, le preguntó qué hacía, y Pedro
Urdemales le contestó que estaba haciendo su comidita.
— ¿Y cómo la haces sin tener fuego? — interrogó el caballero y Pedro, levantando la tapa
de la olla, repuso:
— Ya ve su mercé cómo hierve la comidita. Para que hierva no hay más que tamborear en
la tapadera y decirle:
— Hierve, hierve, ollita hervidora que no es para mañana, sino para ahora.
El caballero, que era avaro, quiso comprarle la ollita que podía hacerle economizar tanto;
pero Pedro Urdemales se hizo mucho de rogar, hasta que le ofreció mil pesos por ella y
Pedro aceptó. El viejo, que creyó hacer un gran negocio, vio muy luego castigada su
avaricia, pues la ollita a pesar del tamboreo y del ensalmo, siguió como si tal cosa.
7. La flauta que resucitaba muertos
Pues— bien, este viejo avaro no perdonó a Pedro la jugada que le había hecho y en su
interior prometió vengarse; peso el desgraciado no sabía con quién se iba a meter.
Sucedió que un día que Pedro y uno de sus compañeros de correrías mataban un cordero,
divisaron que por el camino venía, muy lejos afín de la casa en que estaban, el referido
caballero, y como Pedro sabía que este señor era hombre vengativo pensó que seguramente
venía a castigarle: pero inmediatamente se le ocurrió jugarle una nueva treta. Dijo a su
camarada que se tendiera en la cama y se fingiera muerto y con la sangre del cordero le
untó la camisa y demás ropa, y guardando en las faltriqueras una flauta de caña que había
hecho en la mañana, esperó al caballero al lado del falso muerto, blandiendo el cuchillo
ensangrentado con que acababa de matar al cordero.
— ¿Qué has hecho, desgraciado? Has asesinado a ese pobre, y voy, al punto a denunciar a
la justicia el crimen que has cometido para que te dé el castigo que mereces. Y para si
pensaba: "así purgará su crimen y me vengaré de él".
Pero Pedro, soltando una carcajada, le contestó: ¿Que no sabe, señor, que yo no soy un
criminal? Lo que he hecho ha sido para probar esta flauta de virtud que hace poco me han
regalado, y la que, con sus sonidos, resucita a los muertos. Fíjese y verá cómo mi amigo, a
medida que la toque, poco a poco se levanta sano y salvo.
Y así fue, en efecto, porque, al poco rato de que Pedro se puso a hacer sonar la flauta, el
otro bellaco comenzó a mover primero una pierna, después la otra, en seguida un brazo,
más tarde el otro, la cabeza, el tronco, y por fin se levantó restregándose los ojos y
estirando los brazos, desperezándose, como quien despierta de un pesado sueño.
— ¿No ve, señor? ¿Qué le decía yo?
— Pedro, véndeme la flauta; te doy quinientos pesos por ella.
— Dos mil si quiere, y si no, no hay negocio.
— Conténtate con mil, y trato cerrado.
— Los dos mil he dicho, y si no, no.
— Saliste con la tuya, Pedro; toma los dos mil pesos y dame la flauta.
Se fue el caballero muy contento para su fundo, y al entrar a la casa le dijeron que la señora
estaba durmiendo la siesta.
— Mejor ocasión no se me presentará — dijo él, e invitando a la servidumbre para que lo
acompañara y presenciara el prodigio, entró de puntillas al dormitorio y sacando un afilado
puñal lo enterró en el pecho de su esposa.
Los criados se quedaron mudos de espanto; pero él, con la mayor tranquilidad, les dijo
sonriéndose:
— ¡No hay que asustarse, niños, si la cosa no es para tanto! Ya verán cómo la señora se
levanta en cuanto me oiga tocar esta flauta. Y se puso a tocarla; pero por más que le hizo
mil posturas, la señora siguió tan muerta como mi abuelo.
Pronto llegó la nueva a oídos de la justicia, y de nada le valieron al caballero las
explicaciones que dio, porque lo condenaron a muerte.
8. El huevo de yegua
Un gringo recién llegado a Valparaíso iba subiendo por el cerro de la Cordillera a tiempo
que bajaba Pedro Urdemales con un enorme zapallo en brazos.
El gringo detuvo a Urdemales y le dijo:
— ¿Qué cosa ser ésa, amiguito?
— Es un huevo de yegua, señor, — le contestó Urdemales.
— ¿Y cuánto valer?
— Dos pesos no más, señor.
— Y usté tomar estos dos pesos y darme a mí la hueva de yegua.
Y así se hizo.
Siguió subiendo el gringo, y por mal de sus pecados dio un tropezón que lo obligó a soltar
el zapallo, que se fue rodando cerro abajo. Se levantó el gringo y apurado siguió corriendo
tras el zapallo; pero éste, que iba ya muy lejos, se dio contra un árbol que se levantaba al
lado de una cueva, y del golpe se partió. Al ruido salió de la cueva una zorra toda asustada,
arrancando como un diablo. El gringo, que alcanzó a divisar que del lado del zapallo, que
había quedado abierto, salía un animalito, siguió corriendo de atrás y gritaba:
— ¡Atajen la potrilla, atajen la potrillita!
Creyó él que el animalito que huía era el potrillo que debía haber dentro del huevo de
yegua, el cual había salido vivo al romperse el huevo.
9. El sombrero de los tres cachitos
Pedro Urdemales se había hecho un sombrero con tres cachitos.
Una vez fue a pedir a una cocinería que le prepararan una buena comida para él y varios
amigos. Pagó anticipadamente y convino con el dueño del negocio en que cuando le
preguntara por el valor de la comida, le respondiera "tanto es, señor " y se retirara sin hacer
juicio de lo que él le contestara.
Llegó en la tarde Pedro Urdemales con sus amigos y comieron y bebieron hasta quedar
tiesos; y cuando llegó la hora de irse, llamó Pedro al dueño de la cocinería y le preguntó: —
Cuánto le debo, patrón, — y el cocinero le respondió:
— Veinte pesos, señor; — a lo cual Pedro Urdemales, dando vuelta su sombrero y
mostrándole uno de los cachitos, le dijo:
— Páselos por este cachito.
Entonces el cocinero dijo:
— Está bien, señor— hizo un saludo, y sin más se fue.
Al otro día temprano se dirigió a una tienda y compró toda clase de ropa blanca: camisas,
calzoncillos, pañuelos de narices y demás. Pagó la cuenta y le hizo al comerciante el mismo
encargo que al dueño de la cocinería.
Pedro Urdemales se hizo el encontradizo con sus amigos, anduvo paseando un rato con
ellos y después les dijo que lo acompañaran a comprar un poco de ropa blanca, que
necesitaba.
Fueron todos juntos y una vez que pidió lo que en la mañana había comprado y pagado y
que se lo envolvieron, preguntó cuánto debía:
— Treinta pesos, señor, le dijeron.
— Bueno pues, — contestó Pedro Urdemales dando vuelta su sombrero— páselos por este
cachito.
— Está bien, señor — dijo el tendero, hizo un saludo y se fue a atender a otro casero.
A todos los amigos de Urdemales les llamó la atención este modo tan singular de pagar
cuentas y le preguntaron que cómo era que con sólo dar vuelta el sombrero y decir "páselos
por este cachito" la cuenta quedaba pagada. Pedro les dijo que el sombrero era de virtud y
que se lo había traído de un país muy lejano un pariente suyo, que había muerto.
Uno de los amigos, que era rico, le propuso que se lo vendiera; pero él le contestó que era
muy caro y que no lo vendería por nada; pero tanto lo majadereó, que al fin se lo vendió por
todo el dinero que el amigo llevaba consigo.
Dueño del sombrero este amigo, creyó que iba a hacer lo mismo que Urdemales; pero le
salió la gata capada. Convidó a muchos conocidos a comer a un gran restaurante y
comieron y bebieron de lo mejor. Cuando le trajeron la cuenta, preguntó sin mirarla:
— ¿Cuánto es?
A lo que el mozo contestó:
— Trescientos pesos, señor.
Entonces dio vuelta su sombrero y señalando una de las puntas le dijo al mozo:
— Pásalos por este cachito.
— Le digo, señor, que son trescientos pesos — repuso
— Y yo te digo que los pases por este cachito.
— No se burle de mi, señor; tiene que darme los trescientos pesos, y en la de no, llamo a la
policía.
Y fue lo que sucedió, porque como le había dado a Pedro Urdemales todo lo que llevaba
consigo por el sombrero, no pudo pagar y tuvo que ir preso.
10. El burro que cagaba plata
Una vez se encontró Pedro Urdemales un burro, y montando en él se fue donde un
caballero muy rico y generoso que lo tomó a su servicio por un año, pagándole una moneda
de oro cada mes.
Pedro Urdemales y su burro lo pasaron muy bien durante ese tiempo y engordaron bastante.
Concluido el año, Pedro Urdemales, que no había necesitado gastar nada porque de todo se
le daba en abundancia, se encontró con que había economizado doce hermosas monedas de
oro, que cambió por muchas de plata, y no sabiendo dónde guardarlas, como lugar más
seguro se las encajó al burro debajo de la cola.
Iba pasando Pedro por frente de los jardines del Rey, cuando el Rey lo divisa y le dice:
— Muy bonito tu burro, Pedro, ¿quién te lo ha prestado?
— El burro es mío, Su Majestad, y mi bueno me ha costado; y no es nada lo bonito, como
otra gracia que tiene.
— ¿Y qué gracia es ésa?— preguntó el Rey.
— Va a verla Su Sacarrial Majestad, — le respondió Urdemales.
Y clavándole las espuelas al burro con toda su fuerza, del doler que le causara, le hizo
largar una ventosidad y con ella salieron unas cuantas monedas de plata de las que había
depositado en la parte consabida.
Pedro le dijo al Rey:
— Ya ve, pues, señor, la layita de burro que tengo, que no hay otro como él en todo el
mundo. El come su pastito como cualquiera otro, pero el pastito se le vuelve plata.
— Pedro, — le dijo el Rey, — véndeme tu burro.
— ¡Cómo, señor, le voy a vender un burro de esta laya! Fíjese Su Sacarrial Majestad que
cada vez que necesito plata, no tengo más que montarme en él y clavarle un poquito las
rodajas y al tirito me regala con varias monedas.
— Véndemelo, Pedro; te daré dos mil monedas de oro por él; es tu Rey quien te lo pide.
— Por ser mi Rey quien me lo pide se lo venderé, aunque no es negocio: dos mil monedas
de oro es poco para ser dadas por el Rey.
Le mandó dar el Rey a Pedro, dos mil quinientos ducados y el mejor caballo que se criaba
en sus potreros, y en cuanto no más se vio montado, las enveló ño Peiro que no dejó más
que la polvaera.
El Rey hizo que pusieran al burro en la mejor pesebrera y le dieran bastante pasto y del
mejor, y al día siguiente, antes de almorzar, convidó a la Reina, a los príncipes y a todos los
grandes de la Corte para que vieran la maravilla que había comprado.
Cuando ya estaban todos en los balcones, el Rey en persona montó en el burro y le clavó
las espuelas muy suavemente; el humo, nada. Le clavó las espuelas más fuertes y entonces
el burro plantó un corcovo, levantó la cola y entre ventosidades y otros excesos despidió
hasta unas veinte monedas de plata.
Todos se quedaron con la boca abierta, admirados de ver una cosa tan extraordinaria.
Algunas damas viejas dijeron que era señal de acabo de mundo.
Al día siguiente se hizo la misma experiencia, siempre con buen resultado, porque el burro
largó todas las monedas que le quedaban aún, sin dejar adentro una ni para remedio.
El Rey estaba tan contento que no le cabía un alfiler. El no sabía que la minita se había
broceado. Así es que cuando al otro día repitieron la operación, el burro lanzó de todo,
menos plata.
Era de ver la rabia del Rey y cómo ordenaba a sus generales que mandaran tropas en
persecución de Pedro, que lo había engañado. Las tropas salieron pero ya hacía tres días
que Pedro había hecho la venta y dos que habla salido de los estados del Rey.
¿Irían a pillar a esa fiebre?
11. El entierro
Pedro Urdemales había gastado toda su plata y buscó servicio.
Se fue a casa de un caballero que tenía una villa a alquilarse como mozo, y el caballero lo
tomó, pero con la condición de que no había de comer ni un grano de uva.
A Pedro Urdemales le gustaban las uvas como un diablo y comía toda la que podía; pero
cuando sentía deseos de obrar, para que no lo pillaran por los orujos, hacía su diligencia en
una gran tinaja que había enterrado y tenía escondida.
El caballero estaba muy contento de Urdemales, porque nunca había encontrado rastros de
orujos.
Cuando Pedro hubo llenado la tinaja, le echó tierra encima y más encima polvos de oro que
había comprado con la platita que había economizado en el servicio, y lo tapó bien tapado,
de modo que no se conociera. Entonces se presentó al caballero y le dijo que quería
retirarse del servicio; pero que como toda la familia se había portado tan bien con él, quería
avisarle que había encontrado un entierro y que le diría dónde estaba en cambio de un poco
de plata y un buen caballo. El caballero accedió: le entregó lo que le pedía y se trasladó con
él a ver el entierro.
Después de esto, Pedro montó en su caballo y se las echó; y el caballero y sus hijos
armados de sendas palas, se fueron a desenterrar el tesoro.
Cuando estuvieron allí, el caballero les dijo a sus hijos:
— La primera palada la saco yo y es para su madre[9].
Y así lo hizo; pero metió la pala con tanta fuerza para sacarla llena, y lo que constituía el
entierro estaba tan blandito, que se fue de punta con pala y todo, y con el golpe de la caída,
salió de adentro una cosa tan hedionda que a todos los embadurnó y casi los apestó; y si no
hubiera sido por librar al caballero de morir ahogado, los hijos habrían huido como
condenados.
Sacaron al caballero medio muerto de la tinaja y tuvieron que darle un baño completo con
mucha agua de colonia para quitarle el mal olor. Y como mientras sucedía esto habían
pasado muchas horas, pensó el caballero que era inútil perseguir a Pedro, que iba montado
en un muy buen caballo, y sin saber siquiera qué dirección había tomado.
12. Los chanchos empantanados[10]
Esta era una vieja que tenía un hijo muy diablo llamado Pedro Urdimale, que salió un día a
buscar trabajo donde un caballero que le dijo que tenía necesidad de un hombre que le
cuidara unos chanchos, y le encargó que no los pasara por un barrizal que había por ahí
cerca.
Pedro dijo que le pondría mucho cuidado y que no los pasaría por ahí.
Hacia como tres días que los cuidaba, y urdió echarlos allá para hacer negocio.
Pasó un caballero y le preguntó si acaso vendían chanchos.
Pedro dijo le que tenía orden de venderlos los que le comprasen con una condición, que le
dejasen las colas.
Se hizo el negocio y el caballero se llevó loe chanchos, sin cola, como Pedro le había dicho.
Entonces Pedro tomó las colas y las ensartó en el barro y después se fue donde el patrón,
fingiéndose el muy asustado, a decirle que los chanchos se le habían ido al barrial y no los
podía sacar. El caballero se fue con él a hacer que los sacara, y le decía por el camino, —
¡Tanto que te encargué que no los pasaras por aquí!
Llegaron al barrial y Pedro se hacía que tiraba con harta fuerza de las colas, y como salían
solas, decía:
— No ve, señor, los chanchos se han enterrado tanto en el barro que la cola se les corta de
tanto que las tiro.
Así fue tirando todas las colas hasta que no quedó ninguna.
Entonces el caballero le dijo que no lo tenía más a su servicio, le pagó los tres días que le
debía y lo echó.
Pedro Urdemales se fue muy contento con la platita que le dio su patrón y la que había
recibido del caballero que compró los chanchos, y decía:
— Ya voy saliendo bien; tan lesito que es esta maire! — Y siguió andando por un camino
en que se puso a hacer su necesidad.
13. La perdiz de oro
En esto estaba cuando vio venir a un caballero montado en muy buen caballo, y apenas
tuvo tiempo de levantarse, amarrarse los calzones y ponerle el sombrero encima a lo que
acababa de dejar en tierra. El caballero le preguntó:
— Pedro ¿qué estás haciendo ahí? — y Pedro le contestó:
— Estése calladito no más, señor: usted no sabe lo que estoy cuidando.
— ¿Y qué es lo que cuidas?— dijo el caballero.
— Es una perdicita de oro que vengo siguiendo desde puallá, muy lejos, y no tuve más
como pescarla que ponerle el sombrero encima, y no hallo cómo sacarla.
Entonces le dijo el caballero:
— Ven acá; dámela, hombre; pero yo tampoco tengo en qué ponerla. Hombre, anda mi casa
a buscar una jaula.
— ¿Y adónde es su casa patrón?— le preguntó Pedro.
— Anda camino derecho unas diez cuadras y después tuerces a la izquierda y la primera
casa que veas, esa es la mía: golpeas y pides la jaula.
— ¿Y cómo voy de a pie tan lejazo, pues patroncito? Me demoro mucho— le dijo entonces
Pedro.
— Vas en mi caballo, pues hombre.
— ¿Y cómo voy en cabeza y sin manta con ente este solazo que hace?— volvió a decir
Pedro.
— Ponte mi sombrero y mi manta — replicó el caballero, y se los pasó.
Salió entonces Pedro muy contento, yendo bien aperado y hasta con caballo y dejó al
caballero cuidando la perdiz y esperando le jaula.
Pasó un buen rato, y viendo el caballero que Pedro no volvía y que se hacía tarde, hizo
empeño en tomar la perdiz y puso mucha atención para que no se le escapara. Al fin levantó
una puntita del sombrero y metió la mano debajo con toda ligereza para coger la perdiz,
pero en lugar de tomarla se engrudó toda la mano con meca. Ya estaba un poco oscuro y no
vio lo que era y para asegurarse con qué se había untado la mano se la llevó a las narices.
De la rabia que le dio, hijito de mi alma, sacudió la mano con toda fuerza y se pegó tan
feroz golpe en una piedra, que, sin querer, del dolor, se llevó la mano a la boca y se chupó
los dedos.
Después el caballero se fue rabiando en contra de Pedro y Pedro por allá decía:
— ¡No me está yendo muy mal en las diabluras que voy haciendo!