Escribe tu novela: guía divertida
Escribe tu novela: guía divertida
Tal y como os prometimos hace unos días, este año vamos a iniciar una nueva propuesta en el blog,
consistente en construir una novela paso a paso, desde la idea hasta el borrador. ¿Os animáis a intentarlo?
La idea es que este tutorial vaya ayudando a los participantes a ir construyendo una novela paso a paso, pero,
eso sí, de una forma divertida. Queremos enfocar este reto como un juego, sin la presión habitual que
conlleva. No se trata tanto de escribir la novela del siglo como de explorar el proceso creativo y disfrutar de
él.
Pero antes de entrar en detalle, me gustaría recordaros que podréis seguir todas las entradas del tutorial en la
página que hemos habilitado para ello: Cómo escribir una novela paso a paso y de forma divertida.
¿Y cuál es la tarea para las próximas dos semanas? Bueno, quizá la más sencilla y, a la vez, complicada de
todas: encontrar la idea a desarrollar. Sé que para algunos esta fase puede resultar abrumadora. ¿Cómo elegir
una idea? ¿Cómo saber si esta es buena? ¿Y si no se me ocurre nada? Si tu cabeza ha empezado a lanzar
preguntas de este tipo, no te preocupes. ¡Que no cunda el pánico! Hay solución para todo.
Cualquier idea es buena. Sí, como lo leéis. No hay ideas malas a la hora de escribir una novela, sino
desarrollos malos. Así que no os agobiéis si se os ocurre una idea que parece estar trillada o es poco original.
Ya la trabajaremos para darle una voz propia. Lo importante ahora es que se trate de algo que os atrape, que
realmente os apetezca contar.
Como digo siempre, una novela es algo con lo que vamos a estar trabajando durante mucho tiempo. Más vale
que la idea nos enamore o tendremos ganas de dejarlo antes de llegar al final.
¿De dónde sacar la idea? Antes de nada, quisiera aclarar una cosa. La idea que os pido que busquéis en las
próximas dos semanas es una muy sencilla. No se trata de buscar la historia completa (eso ya lo iremos
construyendo más adelante), sino de encontrar esa semillita, esa pequeña chispa que encienda la llama más
adelante.
¿Y cómo lo haremos? Pues muy fácil. A través de un sencillo ejercicio de escritura en tres pasos que
trabajaremos como una tormenta de ideas, lo que significa anotar todas las ideas que se nos ocurran en un
papel, sin censuras, y luego elegir aquellas que más nos gusten. Recordad que para la creatividad no hay
normas. Como en cualquier proceso creativo, todas las opciones que se os ocurran durante la fase de creación
serán válidas.
La propuesta consiste en pensar en el tema sobre el que te gustaría escribir. No me refiero a encontrar la
historia en plan “Una niña que pierde a su familia a causa de la guerra”, sino algo más general, como “Las
consecuencias de la guerra”, “El miedo a la muerte” o “La búsqueda del poder”. Ve anotando en un papel
todos los temas que te llamen la atención. Puedes buscar sugerencias en la prensa, canciones, ilustraciones,
fotografías, otros libros… Trabaja esta lista hasta hacerte con una cantidad considerable de temas.
Si quieres, también puedes echarle un vistazo a esta lista de temas para historias que hemos preparado y elegir
aquellos que más te gusten. Una vez terminada tu propia lista, selecciona el tema que más te llame la
atención, el que sientes que te gustaría desarrollar en este momento y trabájalo.
Segundo paso: desarrollando el tema
Cuando hayas decidido qué tema quieres tratar, el siguiente paso consiste en crear una nueva lista (de unas
diez opciones, como mínimo) con posibles perspectivas para tratarlo. Me explico: si, por ejemplo, quisiese
tratar el tema del miedo a la muerte, en mi lista podría haber ideas como las siguientes:
“Un anciano se enfrenta a sus últimos días de vida”, “Una mujer joven con una enfermedad terminal” o “Un
hombre pierde a sus seres queridos”.
Pero también hay lugar para ideas más alocadas y originales, como “Un científico intenta descubrir si hay
vida después de la muerte” o “La muerte desde el punto de vista de un fantasma”. Se trata de dejarse llevar y
soltar pequeñas ideas que más adelante van a germinar en una novela completa.
Por supuesto, puede darse el caso de que algunos de los participantes ya tengan una idea en mente que les
gustaría desarrollar (o prefieren otra forma de buscar su idea). Si es así, adelante. Esta primera propuesta solo
es un ejercicio, algo que pretende servir de ayuda para no enfrentarse sin armas al folio en blanco.
De todas formas, una alternativa para estas dos semanas, si ya cuentas con una idea preparada pero no quieres
quedarte de brazos cruzados, es realizar igualmente el ejercicio propuesto, con el fin de conseguir otras ideas
para el futuro. Nunca está de más seguir aportando material al banco de ideas, ¿verdad?
Y esto es todo por ahora. Recordad que podéis dejar vuestras dudas y progresos como comentarios a esta
entrada. De esta forma, podremos avanzar todos juntos y apoyarnos en este viaje que estamos emprendiendo.
¡Ánimo a todos!
Ya estamos aquí con la segunda entrada de la serie Cómo escribir una novela paso a paso. ¿Preparados para el
siguiente paso? Espero que sí, porque hoy empieza lo divertido: comenzamos a cultivar la historia.
Pero antes de nada, recapitulemos: tanto si seguisteis los pasos de la tormenta de ideas, como si ya teníais una
idea pensada de antes, a estas alturas todos deberíais tener una noción general de lo que queréis escribir. El
siguiente paso, consiste en dar forma al concepto de la historia, la semilla de la que luego surgirá el resto.
Eso sí, un breve aviso a navegantes: en los siguientes párrafos voy a usar como ejemplo El viejo y el mar, de
Ernest Hemingway, e incluiré pequeños detalles de la trama que podrían fastidiaros el libro si no lo habéis
leído. De todas formas, creo que la gracia de la novela reside en cómo está contada y, aun conociendo estos
detalles, se puede disfrutar igual. En cualquier caso, si eres de los que no soportan los spoilers, mi
recomendación es que vayas corriendo a la librería o biblioteca más cercana, te hagas con un ejemplar y lo
leas cuanto antes. Es una novela muy cortita y merece la pena cada palabra. Además, es posible que vuelva a
usarla como ejemplo en futuras entradas, ya que es uno de mis libros favoritos.
¿Qué es el concepto?
El concepto, también llamado logline por los guionistas, es una sola frase (entre veinticinco y cuarenta y cinco
palabras, más o menos) donde se resume la historia que queremos contar. Esto, además de servirnos en el
futuro a la hora de vender la historia (a posibles lectores, editores y/o agentes), nos será muy útil como guía
para seguir avanzando en el desarrollo de la novela.
¿Qué te hace falta para escribir el concepto?
En principio solo necesitas tres cosas: el personaje principal, la meta u objetivo que este va a perseguir en la
historia y las fuerzas que se opondrán a que lo consiga (normalmente un personaje antagonista). También
podrás incluir la época y el lugar, pero estos datos son opcionales y dependen bastante de la clase de historia
que quieras contar. A continuación vamos a analizarlos punto por punto para ir viendo los pasos a seguir hasta
llegar a la frase final:
1. Crea listas. A no ser que tengas muy claro cada uno de los puntos del logline, mi consejo es que vayas
creando listas, como ya vimos en tormenta de ideas, con posibles personajes para protagonizar tu historia,
diferentes objetivos, antagonistas, así como lugares y épocas. Recuerda que esta etapa de la escritura es como
un juego y has de intentar divertirte. Déjate llevar, escribe todas las ideas que se te ocurran y quédate con
aquellas que más te gusten.
¡Ojo! La idea acertada no tiene por qué ser la más original o rocambolesca, sino aquella con la que tú te
sientas más a gusto, la que te apetezca escribir por encima de todo.
2. El personaje principal. No uses nombres propios. Ya habrá tiempo para eso. Ahora muéstralo (o
muéstralos si planeas escribir una novela con varios protagonistas) solamente con un sustantivo y una
característica que los definan de manera más sencilla y general. Por ejemplo, una niña despistada, un
bombero con miedo a las alturas, un científico excéntrico o tres adolescentes que se escapan de casa.
Lo ideal sería que esa característica que le añadamos al personaje fuera al mismo tiempo raíz del conflicto o,
lo que es lo mismo, algo que le dé chicha a la historia. Por ejemplo, en El viejo y el mar, de Hemingway, el
personaje principal es un anciano pescador que lleva ochenta y cuatro días sin conseguir pesca alguna. Como
veis, ya en esta breve descripción del protagonista se empieza a fraguar el siguiente punto.
3. El objetivo o meta. Esta parte de la frase que tienes que construir es clave para crear el conflicto de la
novela. Para que exista una historia, tenemos dos opciones: el personaje principal quiere o necesita algo, o el
personaje principal se ve obligado a algo.
Retomando en ejemplo de El viejo y el mar, el anciano pescador se ve obligado a salir solo en su barca y
consigue pescar un pez gigantesco. Su objetivo será volver con ese pez a casa.
4. Las fuerzas que se oponen. Por último, para que exista un conflicto y, en consecuencia, una historia digna
de ser contada, ha de existir una oposición, una fuerza cuyo objetivo choque directamente con el del
protagonista. Esta fuerza antagónica puede ser abstracta o un grupo indefinido (las fuerzas de la naturaleza,
una institución, el destino…), pero, en cualquier caso, mi recomendación es que intentes plasmarla a través de
un personaje concreto, aunque sea como representación de esa fuerza o grupo superior.
En El viejo y el mar, las fuerzas que se oponen al pescador son su propia vejez, el mar, las fuerzas de la
naturaleza, los tiburones… Pero el principal representante de todas ellas es el pez que quiere llevarse a casa,
ese pez gigantesco que se convierte a la vez en su salvación y su perdición.
5. La época y el lugar. Como comentaba antes, estos elementos son necesarios solo en algunas historias,
como por ejemplo una novela histórica, futurista o fantástica. En el caso de El viejo y el mar, la trama tiene
lugar en Cuba a mediados de los años cincuenta del siglo XX, pero podría ser en cualquier otra época y lugar,
y el concepto de la historia seguiría siendo el mismo.
6. La frase que define tu novela. Por último, cuando ya hayas elegido todos los elementos que conformarán
tu historia, escribe con ellos una frase que resuma la historia que quieres contar. Trabájala hasta que te suene
redonda, hasta que explique exactamente la novela que vas a escribir. Anótala en un lugar visible de tu mesa
de trabajo o en la primera página de tu cuaderno. Es posible que necesites volver a ella cuando pierdas el
rumbo más adelante.
A modo de ejemplo, para la novela de Hemingway, podríamos construir una frase como la que sigue: «Un
anciano pescador que lleva ochenta y cuatro días sin pescar nada, consigue atrapar al pez más grande que
jamás ha visto, pero está solo para llevarlo a casa y el pez no va a dejarse arrastrar fácilmente».
Y ya está. Esto es todo por el momento. No hace falta que pienses todavía en el final (o finales, de los que
hablaremos en futuros posts), ni los obstáculos que tendrá que superar el protagonista, ni las subtramas… Por
ahora, quiero que te centres en el conflicto y dentro de dos semanas volveremos con un nuevo post para seguir
desarrollando esa historia.
No olvidéis que podéis dejar vuestras dudas o contarnos vuestros progresos en los comentarios a esta entrada.
¡Feliz escritura!
¿Qué tal llevas el proceso de creación de la novela? ¿Te gustan las propuestas que hemos visto hasta ahora?
Espero que sí, porque este capítulo nos mete ya de lleno en la historia: vamos a comenzar a dar forma a los
dos personajes principales: el protagonista y el antagonista.
Toda historia, toda novela, guión, cuento, obra de teatro… tienen al menos una cosa en común: un personaje
protagonista. Después de todo ¿qué es una historia sino «algo» que le sucede a «alguien»? En los cuentos o
relatos cortos, ese «alguien» no es tan importante. No tenemos que desarrollarlo, ni necesita una evolución ni
un pasado. Muchas veces, ni siquiera necesitamos saber cómo es su carácter. En el cuento, el/la protagonista
nos representa a todos. Es un símbolo, una metáfora. Es el ser humano ante una circunstancia extraordinaria y
lo verdaderamente importante no es a quién, sino qué sucede.
La novela, en cambio, tiene otros mecanismos. En ella los personajes son el elemento principal. Nos importa
tanto el «qué ocurre» como el «a quién le ocurre» y, en muchos casos, el conflicto de la historia se esconde
dentro del propio protagonista. Su evolución, su aprendizaje, son lo que nos atrapa durante la lectura. Por eso,
cuando queremos crear una novela, tenemos que trabajar mucho los personajes principales, y eso es lo que
vamos a ver a continuación, como siempre, paso a paso y empezando por el protagonista.
Nota: si tu novela tiene más de un personaje protagonista, repite los pasos que te propongo con cada uno de
ellos.
Como ya iréis viendo, estos pasos que os propongo en los siguientes párrafos están tan relacionados entre sí
que a veces es difícil separarlos. En realidad son un todo que dan forma al personaje, así que lo mejor es
atacar los pasos en orden, reflexionando sobre ellos, buscando cómo podrían ayudarnos a construir una
historia mejor, pero sin tener miedo a volver atrás para añadir una nota o cambiar algún elemento anterior si
vemos que esto hace funcionar mejor el conjunto.
Paso 1. Identidad
Lo primero que tienes que preguntarte y que puede que ya sepas gracias a haber trabajado el storyline en los
pasos anteriores, es quién es el protagonista. ¿Qué es lo que define a este personaje? ¿Es un pescador anciano
con muy mala suerte? ¿Un científico loco? ¿Un bombero con miedo a las alturas?
Otro aspecto a reflexionar en este paso es la edad del personaje. Deberías conocerla de manera concreta —es
decir, el personaje tiene cuarenta y siete años, en lugar de decir que tiene cuarenta y pico—, aunque no vayas
a usar ese dato para la historia.
Si quieres, también puedes darle un nombre en esta fase del proyecto. No es obligatorio, pero te ayudará a que
el personaje cobre forma en tu cabeza. En ocasiones, ponerle nombre a algo o a alguien nos ayuda a
visualizarlo mejor.
También ha llegado la hora de definir la situación inicial del personaje antes de que comience la historia.
¿Cómo es su mundo, su día a día, su vida ordinaria? Por ejemplo, en la saga de La Guerra de las Galaxias,
Luke Skywalwer lleva una vida monótona y aburrida en la granja en la que vive con sus tíos, en un planeta
apartado.
Como ves, no se trata de explayarse, sino de aclarar un poco los aspectos clave de esa vida «ordinaria» antes
de que la historia se ponga en marcha.
Paso 3. Objetivo
Lo siguiente a definir es el objetivo que tu personaje tendrá en la trama. ¿Qué es lo que quiere, o lo que tiene
que conseguir? ¿Ha de hacerse con un documento importante para demostrar su inocencia? ¿Quiere
conquistar a la chica de sus sueños? ¿Se ve obligado a investigar un asesinato? ¿O necesita pescar algo de una
vez para no morir de inanición, como en El viejo y el mar?
A veces el objetivo es algo sutil, que no parece tan obvio como los ejemplos anteriores. Es el caso de la
novela Nada, de Carmen Laforet, cuyo objetivo es vivir en la gran ciudad y estudiar una carrera.
Paso 4. Motivación
Diferencio motivación de objetivo porque, en algunos casos, existe un matiz entre ambos conceptos que nos
ayuda a comprender mejor al personaje. En el caso de Nada que vimos en el párrafo anterior, no sería así —la
motivación y el objetivo de la protagonista son iguales—, pero en otras novelas son diferentes.
Por ejemplo, el hombre que se ve obligado a investigar un asesinato: su objetivo sería descubrir al asesino,
pero la motivación podría ser la venganza, o salvar su propio pellejo demostrando su inocencia.
Ya sabemos qué tiene que hacer el protagonista en la historia y por qué. Veamos ahora qué obstáculos se
encontrará por el camino. ¿Quién o qué va a intentar que no consiga su objetivo? Y, lo que es tanto o más
importante, ¿cómo lo hará?
Recuerda que, cuanto más duros sean los obstáculos a los que ha de enfrentarse, mayor será el conflicto de la
novela y, por lo tanto, el interés. Una historia en la que el protagonista no encuentra ninguna dificultad para
conseguir sus objetivos, nos resulta aburrida.
Paso 6. Adhesión
Otra cosa que es imprescindible revisar cuando creamos al personaje es su adhesión a la historia, los motivos
reales que tiene para continuar buscando o luchando por conseguir algo. Fíjate en que he marcado la palabra
continuar porque, aunque al comienzo de la novela estas motivaciones estén claras —el héroe está enamorado
se lanza a conquistar a la chica de sus sueños, por ejemplo—, a medida que aparezcan los obstáculos la tarea
se irá volviendo más difícil. El personaje necesita un motivo de peso para no abandonar. Esto es lo que se
conoce como la adhesión del protagonista a la historia.
Por poner un ejemplo algo extremo pero que creo explicará mejor a qué me refiero: si tenemos un hombre
cuyo objetivo es pescar el pez más grande del lago para ganar un concurso, pero cuando se lanza a por ello
descubre que una extraña criatura está atacando a los participantes. ¿Realmente le compensaría continuar y
jugarse la vida? ¿Solo por un premio? Sin embargo, si el hecho de ganar ese premio fuese de vida o muerte
para él, si necesitase el dinero para pagar una delicada operación a su hija enferma, sí se entendería que no
renunciase al objetivo.
Paso 7. Imperfecciones
Algo a lo que suelo aludir cuando hablo de la creación de personajes es a las imperfecciones, porque a ningún
lector, por norma general, le gustan los personajes perfectos. Lo que nos enamora de ellos son sus
imperfecciones, sus fallos, sus debilidades; y estos, además de hacer más «gustable» al personaje, también
consiguen que el conflicto sea más profundo.
Por eso recomiendo, siempre que sea posible, buscarle alguna debilidad al protagonista y, por supuesto, que
se trate de una debilidad importante para la historia, ya sea como factor determinante de la trama principal, ya
sea como parte de una trama secundaria.
Es el típico caso de las novelas de aventuras en las que el protagonista ha de enfrentarse a su mayor miedo
para vencer el objetivo final, al descubrir que la última prueba para encontrar el tesoro en el interior de la
pirámide consiste en atravesar un estrecho sendero que se abre paso en medio de un altísimo abismo. ¡Qué
mala pata! Justo cuando desde el comienzo de la historia habíamos visto que el pobre protagonista sufre de un
pánico atroz a las alturas porque de pequeño le ocurrió algo traumático relacionado con ellas. ¿Será capaz de
vencer su miedo, o se quedará atrapado en la pirámide para siempre?
Paso 8. Dilema
El dilema consiste en crear un nuevo conflicto, allende el que nos da la lucha objetivo-obstáculos, que atañe
directamente a la moral del personaje, a su sistema de valores. Imagina el caso del ejecutivo cuyo objetivo sea
triunfar en su carrera y su defecto un terrible miedo al compromiso que le hace vivir una vida frívola y
alocada. El dilema surge cuando descubre que se ha enamorado de su rival y ha de decidir si continuar con su
carrera hacia el éxito o renunciar a todo por amor.
Por supuesto, cuanto más profundo sea el dilema, cuanto más ataña a la escala de valores del personaje y,
¿por qué no?, del lector, más interesante resultará. Ten en cuenta que el dilema es un elemento narrativo que
ayuda a los escritores a reforzar el tema del que trata la novela.
Otro elemento relacionado con las imperfecciones del personaje, pero también con el dilema y con todos los
pasos que vimos anteriormente —ya te comenté que todos los pasos para la creación del personaje están
relacionados entre sí, alimentándose unos de otros—, es el arco de personaje o, dicho de otro modo, lo que
vendría siendo la evolución del personaje a lo largo de la trama. ¿Qué aprende? ¿Cómo cambia su carácter?
Si quieres más información sobre este paso, puedes leer la entrada qué es un arco dramático de personaje y
cómo se crea.
Ahora que ya tenemos claros los aspectos más importantes del personaje respecto a la historia que le va a
tocar vivir, vamos a volver la vista hacia atrás, hacia su pasado. Una biografía —puedes hacerla tan extensa
como quieras, aunque tampoco es necesario que entres en todos los detalles, basta con marcar los sucesos más
importantes— nos ayudará a comprender mejor cómo es el personaje y cómo reaccionará ante los obstáculos
y dilemas que le vayamos planteando.
Para terminar, una de las partes que más me gustan de la creación de personajes: el momento en el que
dejamos de imaginar cómo es para pasar a escucharlo en persona. Elige uno de los momentos de su biografía
—o varios, si quieres explorar más allá– y escríbelo en primera persona, como si fuese el personaje quien lo
relata. Hazlo sin pararte a pensar en la trama o en ningún tipo de estructura, sino dejándote llevar, metiéndote
en la piel del personaje e intentando sentir lo que él o ella sentiría.
Para el último paso doce del ejercicio de esta entrada ya podemos olvidarnos del protagonista. A estas alturas
estará creado y definido, y le toca la hora a su contrario: el antagonista.
Siempre que puedas —es decir, si el antagonista de tu novela está representado bajo la forma de un personaje
—, intenta seguir los once pasos anteriores para construirlo y conocerlo mejor.
Hasta aquí el ejercicio de esta entrega. Un poco más largo y complicado que los de las semanas anteriores,
pero es que ya estamos entrando de lleno en la historia. Os recomiendo trabajar bien a estos personajes
principales porque, teniendo claros los pasos que os propongo aquí, os resultará mucho más sencillo avanzar
en los que están por venir.
Tal y como prometimos, hoy traemos la cuarta entrada de la serie Cómo escribir una novela paso a paso, en la
que vamos a construir la primera sinopsis o resumen de la novela.
Este primer resumen no ha de ser extenso, apenas tres o cuatro párrafos de unas pocas líneas cada uno. ¡Ojo!
No todo lo que escribirás en esta sinopsis tiene por qué aparecer luego en la novela, pero es importante que lo
conozcas para poner en orden las ideas. ¿Y cómo hacer esta sinopsis? Muy fácil. Basta con que sigas, como
siempre, los pasos que te propongo en esta entrada:
Para comenzar, puedes presentar al protagonista en su vida ordinaria, antes de que comience la historia en sí.
No es necesario que te extiendas demasiado. Una o dos frases serán suficientes.
A modo de ejemplo, tomemos el clásico de Lewis Carrol, Alicia en el país de las maravillas, donde
tendríamos como situación inicial: Alicia es una niña soñadora y despistada que se encuentra estudiando con
su hermana a la orilla del río, pero no logra concentrarse, así que se queda dormida.
Paso 2 – El detonante
A continuación quiero que reflexiones en el acontecimiento que pondrá en marcha la historia. ¿Qué es lo que
hace cambiar la situación original del personaje? En ocasiones, es posible que tu novela comience aquí, o
incluso después de este acontencimiento —por ejemplo, si el detonante es la muerte de un familiar que hace
que el protagonista tenga que viajar al lugar donde pasó su infancia, la novela podría comenzar con la llegada
del protagonista a dicho lugar—, pero también es importante conocerlo y tener claro cómo y cuándo sucede.
En el ejemplo de Alicia, el detonante es un conejo parlanchín que la despierta al pasar corriendo junto a ella y
gritando: «¡Llego tarde! ¡Llego tarde!». Alicia, sorprendida, se lanza a perseguir al conejo y acaba cayendo
por un agujero en el suelo que la conduce a un extraño lugar.
Paso 3 – El objetivo
Este punto lo tendrás ya seguramente definido gracias al desarrollo de los personajes principales, pero no está
de más recuperarlo y reflexionar. Piensa en cómo reacciona el personaje ante el detonante y el nuevo objetivo
que se presenta ante él. ¿Se lanzará de lleno a la aventura? ¿Sentirá reticencias y preferirá continuar con su
vida? ¿Qué le lleva a avanzar en la historia? Piensa bien en este apartado porque aquí es donde se forja todo el
conflicto que luego tendrás que desarrollar.
Alicia, tras caerse por la madriguera del conejo, se da cuenta de que ha llegado a un país diferente —el País
de las Maravillas—, y su objetivo será buscar el camino de regreso, al mismo tiempo que intenta averiguar
qué es ese extraño lugar.
Paso 4 – El desarrollo
Una vez la situación inicial ha cambiado, se pone en marcha el conflicto y comienza el segundo acto de la
novela: el desarrollo, donde el protagonista se lanza en pos de su objetivo y comienzan los obstáculos. De
nuevo de forma breve, expón estos obstáculos y explica quién los creará.
Retomando el ejemplo de Alicia, mientras la niña intenta salir del País de las Maravillas, va encontrándose
todo tipo de extrañas y locas criaturas que, en lugar de ayudarla a encontrar el camino de regreso, la
confunden todavía más.
Paso 5 – El clímax
El punto álgido de la novela también debería aparecer en esta primera sinopsis. No te preocupes, puede que en
el futuro lo cambies si descubres algo que encaja mejor con la historia, pero conviene que comiences a pensar
en ello ya, para empezar a darle forma.
El clímax es el momento en el que el protagonista se enfrenta al mayor de todos los obstáculos, el que decide
de forma definitiva si consigue su objetivo o no. Como en el caso de Alicia, cuando la reina quiere condenarla
muerte.
Paso 6: El desenlace
Para terminar, piensa cómo quieres que termine tu novela. Para ello, recuerda el arco de personaje y su
evolución, tal y como vimos en la construcción del personaje protagonista. Esto te ayudará a decidir si quieres
un final positivo, negativo o neutro.
En el caso de Alicia, cuando la reina manda a los naipes lanzarse a por ella, la niña se despierta acompañada
de su hermana y descubrimos que todo había sido un sueño.
De todas formas, te recomiendo un pequeño truco: si no quieres que tu novela resulte previsible,
especialmente si estás escribiendo una historia de misterio o policíaca, puedes crear finales alternativos. En
lugar de pensar en un único final para la historia, planifica dos o tres finales distintos que te parezcan
verosímiles en igual medida, y tenlos todos presentes mientras escribes la novela. ¿Por qué hacer esto? Para
que la historia no resulte previsible y —¿por qué no?— para que tú también te sorprendas y no pierdas el
interés mientras escribes. Deja que sea la propia novela la que te vaya guiando hacia uno de estos finales
posibles y así mantendrás viva tu propia curiosidad y, por extensión, la del lector.
Hola a todos. Antes de nada, perdón por el retraso. Esta entrada estaba prevista para ayer lunes tres de abril,
pero me fue imposible publicarla hasta ahora.
En esta entrada vamos a analizar el siguiente paso para construir la novela que estás creando paso a paso: las
tramas, tanto la principal como las tramas secundarias o subtramas.
Según la Real Academia Española, en narrativa una trama es la ligazón entre las partes de un asunto u otra
cosa, y en especial el enredo de una obra dramática o novelesca. Es decir, el hilo que une todas las partes de tu
obra hasta convertirla en una narración. Es algo casi invisible, que se va creando poco a poco, a medida que
das forma a la historia a través de otros elementos.
Ahora bien, cuando hablamos de novela, yo prefiero la primera acepción que el diccionario de la R.A.E. nos
ofrece para la palabra “trama” al definirla como el conjunto de hilos que, cruzados y enlazados con los de la
urdimbre, forman una tela.
¿Por qué me gusta más esta acepción? Porque en una novela no solo hay una historia, sino que solemos
encontrarnos una historia principal y pequeñas historias que funcionan como satélites o ramificaciones de la
primera.
Ojo, ten en cuenta que en esta entrada estoy hablando de novelas. Si tu objetivo es escribir una novela corta,
no necesitas preocuparte por las tramas secundarias, ya que este tipo de obra suele centrarse en una única
trama. No hay tiempo ni sitio para más.
Ahora bien, si tu intención es escribir una novela más larga y compleja, sí que es importante que tengas en
cuenta las tramas secundarias. Te ayudarán a darle profundidad a la trama principal y a los personajes.
La trama principal
Antes de ver cómo se construyen estas tramas secundarias, empecemos por la trama principal. Puede que te
estés preguntando cómo se crea. Si es así, tengo buenas noticias para ti. A estas alturas, si has seguido los
pasos anteriores de esta serie de entradas, ya habrás construido una pequeña historia con un protagonista, una
situación inicial, un detonante, un conflicto, un desarrollo y uno o varios posibles desenlaces. Esta es tu trama
principal. Lo que ocurre en tu novela. ¡Ya la tienes! Ahora vamos a complicarla un poco, gracias a las
subtramas.
Las subtramas
Las subtramas o tramas secundarias son, como decía antes, ramificaciones de la trama principal, ya que su
peso en la historia es menor. Ocupan un segundo plano, pero, por lo general, siempre afectan a la trama
principal en mayor o menor medida.
¿Cuántas subtramas puede tener una novela? No hay un número mágico y, como siempre, depende de la
historia. Algunas veces nos encontraremos con una o dos, otras con muchas más. Es el escritor quien decide
lo que necesita su obra. Eso sí, ten cuidado y céntrate en que aporten algo a la historia. Si nos pasamos y
añadimos demasiadas subtramas, corremos el riesgo de distraer al lector o liarlo hasta conseguir que se aburra
y deje de leer. Las subtramas son como la sal, hay que usarla en su justa medida; si nos pasamos o nos
quedamos cortos, podemos arruinar el plato.
¿Todas las subtramas tienen la misma importancia? No, ni tampoco la misma duración. Habrá subtramas
que acompañen a la trama principal durante toda la narración —por ejemplo, en El último Catón, de Matilde
Asensi, la historia de amor que se va forjando entre la protagonista y otro personaje—, mientras otras duran
tan solo unas páginas.
Una subtrama de menor presencia en la historia podría ser la que aparece en Harry Potter y el prisionero de
Azkaban, de J.K.Rowling, cuando el personaje secundario de Hermione tiene problemas para asistir a todas
sus clases, ya que se ha apuntado a demasiadas y algunas se solapan en el horario, así que comienza a usar un
artilugio llamado giratiempos que le permite retroceder en el tiempo para así poder asistir a dos clases a la
vez. Esto, en principio, no tiene relación con la trama principal, pero al final de la novela el giratiempos será
clave para ayudar a Harry a resolver el problema.
¿Para qué sirven las subtramas? Por norma general, suelen tener al menos una —a veces pueden tener
varias a la vez— de las siguientes funciones:
1. Hacen avanzar la trama principal. Muchas veces las subtramas sirven para complicar más el conflicto
añadiendo puntos de giro, hacerlo avanzar o incluso como detonante que hará que la trama llegue a un
desenlace.
Por ejemplo, imaginemos una historia sobre la mafia en la que la trama principal versa sobre el intento de dos
clanes por alcanzar la paz después de años de enfrentamientos. Podríamos utilizar a dos personajes
secundarios —dos jóvenes, cada uno perteneciente a un clan distinto— que, por motivos ajenos a la historia
principal, se enzarzan en una pelea que acaba en la muerte de uno de ellos. Esto podría precipitar el fin de las
conversaciones y terminar con la paz esperada, provocando un desenlace un tanto amargo para los
protagonistas.
2. Dan profundidad al tema. Ya sea incidiendo en el tema que estás tratando en la historia, ya sea aportando
otros puntos de vista o temas relacionados con el principal, una subtrama nos ayuda a dar una visión más
profunda sobre lo que queremos contar.
Por ejemplo, si el tema a tratar en la novela fuera la superación del ser humano ante la adversidad, sería
interesante añadir un personaje secundario que reaccionase de forma opuesta, que se deja vencer, esta
subtrama nos serviría por una parte para incidir en el tema y, por otra, podríamos usarlo también como
empuje o impacto para que el protagonista termine de decidirse a reaccionar, al verse reflejado en algo en lo
que no desea convertirse.
3. Dan profundidad al personaje. Algunas subtramas nos ayudan a mostrar más aspectos del personaje, a
conocerlo mejor. El ejemplo del punto anterior serviría para este también, ya que no solo profundiza en el
tema, sino también en la psicología del personaje.
En este punto también podrían entrar los saltos al pasado, para contar algo que le sucedió al protagonista
tiempo atrás.
4. Arreglan agujeros en la trama principal. A veces tenemos una trama completa que no acaba de cerrar
porque algo no encaja, porque falla un elemento que la hace inverosímil. Esto puede pasar con frecuencia
cuando construimos la trama de una novela de detectives, donde la investigación y el crimen son tan
importantes. Una trama secundaria puede ayudarnos a terminar de cuadrarlo todo.
5. Relajan la tensión. Esto se emplea más en el cine o la televisión, pero las novelas también pueden hacer
uso de una trama secundaria para frenar un poco el ritmo de la historia cuando la tensión o el drama se dispara
mucho y necesitamos darle un respiro al lector.
En las series de televisión, por ejemplo, suele buscarse este efecto con una trama secundaria de tono más
cómico.
Ahora que ya hemos visto qué tipo de subtramas existen y cómo funcionan, es posible que se te hayan
ocurrido algunas para darle más chispa a tu trama principal. Si no es así, no te preocupes. Puedes sentarte más
adelante, con tu primera sinopsis delante, revisar las distintas subtramas que hay y hacer una lista de posibles
subtramas que podrían aportar algo a tu historia. Recuerda: sin juzgar lo que anotas en esa lista, déjate llevar y
luego filtra las ideas que te gusten más.
1. ¿Qué aportará a la historia esta subtrama? Si puedes, intenta que cubra más de uno de los puntos que
vimos anteriormente —los diferentes tipos de subtrama—. Esto la enriquecerá.
2. ¿Qué necesito para crear esta subtrama? Puede que en ocasiones te haga falta añadir algún personaje
secundario, un escenario, un elemento… o incluso cambiar algo de la trama principal para que esta nueva
subtrama encaje. Si crees que mejorará la historia, ¡adelante!
3. ¿Cuál es el desarrollo de esta subtrama? Aunque sean secundarias, las subtramas también tienen un
principio, un detonante, un conflicto, un desarrollo y un desenlace, al igual que la trama principal.
Recupera la entrada anterior, en la que hablamos sobre cómo escribir la primera sinopsis de la novela, y crea
una sinopsis para cada una de las subtramas que quieras añadir —pueden ser más breves que las de la trama
principal, por supuesto—. Define también en qué puntos la subtrama afectará de alguna forma a la trama
principal.
¡Hola a todos! Después de haber trabajado la sinopsis, las tramas y los personajes principales de la historia,
llega la hora de crear el resto de los personajes. ¿Estáis preparados?
Antes de entrar en materia, me gustaría aclarar que existen dos tipos de personajes menores: los secundarios y
los incidentales o episódicos.
Los personajes secundarios siguen siendo importantes para la historia, pero de una forma menor que los
protagonistas. Aunque participen en la trama y el conflicto, no llevan el peso y su arco de personaje —si lo
hubiera— es más estático que el de los personajes principales. Por norma general, los secundarios sirven para
hacer avanzar la historia, apoyando al protagonista o funcionando como obstáculos. También pueden ser
importantes para las subtramas.
Los personajes incidentales o episódicos son aquellos que aparecen esporádicamente, una o dos veces a lo
largo de la novela, casi de forma anecdótica, porque los necesitamos en ese instante para aportar algo. Esto no
significa que no sean importantes, pueden ser personajes clave para el desarrollo de la trama. Por ejemplo, un
hombre que se acerca a nuestro protagonista para entregarle una tarjeta de memoria con una información
importante que pondrá en marcha la historia. Es posible que ese hombre misterioso no vuelva a aparecer, pero
sin él, nada habría pasado.
Los personajes episódicos pueden tener también una función ambiental —la cajera del supermercado, el
revisor del metro…—, y servir como apoyo para explorar una emoción del protagonista o darle forma al
universo narrativo. En cualquier caso, como ya habrás visto, este tipo de personajes no necesitan desarrollo y,
más que personajes en sí, son herramientas, elementos narrativos en función de un conjunto mayor, que es la
propia historia.
Por eso no será necesario que inventes un pasado para los personajes episódicos ni crees para ellos un arco de
personaje —con su corta aparición, no les da tiempo a evolucionar—, pero sí hay otros puntos del desarrollo
de personajes menores que podrías trabajar. A continuación veremos cuáles, como siempre, paso a paso:
Resulta sencillo caer en los tópicos cuando creamos personajes menores, sobre todo si estos son episódicos.
Por ejemplo, si pienso en incluir a un cocinero en algún momento de mi libro, lo primero que se me ocurre es
un tipo gordinflón y simpático, pero ¿es esta la mejor opción para mi historia? ¿O podría encontrar otra, más
alejada del cliché, que le diese al conjunto de la novela una mayor profundidad?
Uno de mis personajes episódicos favoritos es el anciano que puede hablar con los gatos en Kafka en la orilla,
de Haruki Murakami, porque cuando lo leí me pareció rompedor, me descolocó todos los esquemas. No digo
que todos nuestros personajes tengan que ser tan originales y surrealistas como los de este escritor nipón —
está claro que Murakami tiene un estilo propio y ni debemos ni tenemos que escribir como él—, pero sí
podemos intentar darle una vuelta de tuerca a nuestra historia, plantearnos si podemos llegar un poco más allá
y salirnos un poco del molde.
Aquí se abren dos frentes distintos pero relacionados entre sí. Por un lado, hay que saber qué rol tiene el
personaje secundario o el episódico respecto a los personajes principales. Por ejemplo, el ayudante del
protagonista, el escudero —no literalmente, claro, sino de manera simbólica—, el confidente, el personaje
obstáculo o el de impacto son algunos de los roles más importantes para los personajes secundarios.
Por otro lado, también es importante saber qué función cumple el personaje dentro de la trama. ¿Participa en
alguna subtrama? ¿Buscamos que trabaje como personaje de contraste para resaltar una cualidad del
protagonista? ¿Queremos que ponga obstáculos a los personajes principales en su camino hacia la meta? ¿O
su función es solo la de ambientar la historia?
Sea cual sea la respuesta, conocer el papel exacto que el personaje cumple en tu historia te ayudará a darle
forma con mayor facilidad y, sobre todo, a decidir en qué momentos o escenas deberá aparecer.
Dales una personalidad propia
Esto solo es necesario desarrollarlo a fondo con los personajes secundarios —para los episódicos, como
comenté antes, bastan un par de pinceladas— y lo más probable es que la información que crees no llegue a
aparecer en tu novela. De hecho, mejor que no aparezca, porque en la mayor parte de los casos carece de
importancia para el conjunto de la historia.
Sin embargo, tener estos datos en tu cuaderno o en tu cabeza te ayudarán a que cada personaje, por breve que
sea su aparición en la novela, tenga una voz propia. Tu novela saldrá ganando.
¿Y qué pasos seguir para crear estas personalidades individuales? Como siempre, no hay una única respuesta.
Puedes seguir las pautas que mejor se adapten a tu forma de trabajar, pero a mí las que me funcionan son las
siguientes:
1. Pasado e historia personal: de nuevo intentando escapar del cliché, me gusta crear uno o dos párrafos —
la extensión varía según la importancia del personaje en la historia— con la trayectoria del personaje. Una
pequeña biografía a grandes rasgos.
2. Objetivo en la historia: esto es algo que aprendí de mis clases de teatro en la escuela porque el profesor
insistía mucho en ello, incluso cuando solo teníamos que interpretar a un personaje menor. Nos decía que le
diésemos una intención al personaje, un motivo para estar allí, un objetivo en la vida o, por lo menos, en la
historia. Así sabríamos cómo se comportaría en cada caso.
3. Evolución en la historia: otro aspecto solo necesario para los personajes secundarios que tienen un papel
relevante o que están vinculados a una trama, pero que le dará profundidad y fuerza a cualquier historia.
Vincúlalos a un escenario
Por último, me gustaría hablaros de un pequeño truco que no es obligatorio, pero al que puedes recurrir en
ocasiones y que funciona mejor cuanto menos importante es el personaje. El de unir un personaje secundario
o episódico a una localización concreta de la historia.
¿Con qué fin? Bueno, si tienes muchos personajes, la novela es muy larga o ese personaje sale poco, este
truco facilitará las cosas al lector a la hora de recordar de quién se trata. Como te comentaba, no es algo
obligatorio, pero ayuda. Así que antes de mover a un personaje de su escenario original, pregúntate si es
necesario. Si no lo es, ¿por qué hacerlo?
Llega un momento en la planificación de casi todas las novelas, incluso las más sencillas en apariencia, en
que el autor se da cuenta de que no puede continuar sin información adicional. Puede que haya una parte de la
historia que se sitúe en una época remota, que algún personaje sea un experto en física cuántica o que
una subtrama entera se desarrolle dentro de un circo. Lo que sea. El caso es que ha llegado el momento de
documentarse.
Una de las preguntas que me suelen hacer cuando hablamos de documentación es la de cuánto tiempo es
necesario dedicarle a esta etapa del proceso. Como siempre, no hay una única respuesta. Depende del autor,
de sus recursos y de las necesidades de la novela. Lo que sí es cierto es que deberías documentarte hasta que
te sientas capaz de hablar de ello en la obra sin dejar lagunas o cometer fallos que el lector pueda detectar.
Ahora la pregunta del millón: ¿cómo se documenta uno para una novela? Cada obra literaria es un mundo y
requerirá una documentación específica, así que no puedo decirte ve a tal biblioteca, léete este libro o llama a
este especialista. Es imposible saber de antemano qué información va a necesitar un escritor para su historia.
Pero sí puedo darte ciertas pautas que yo he seguido a la hora de documentarme y que espero te sirvan a ti
también:
Ya te habrás dado cuenta, si sigues este blog, de que me gustan las listas. Las considero un elemento
indispensable en este oficio, sobre todo a la hora de planificar. Por eso lo primero que hago siempre cuando
quiero comenzar un proceso de documentación es una serie de listas (una por cada tema que tenga que
investigar) con las siguientes preguntas:
Las respuestas a estas preguntas ya pueden darte alguna pista del tiempo que te llevará, además de obligarte a
reflexionar sobre posibles fuentes. Tal vez la última pregunta no consigas responderla completa al comienzo,
pero puedes volver a ella a medida que avances y descubras nuevas opciones.
¡Ojo! En esta fase, vigila bien los detalles. Si, por ejemplo, tu obra transcurrirá en una ciudad que no conoces,
pero que tiene mucho peso en la historia, necesitarás toda la información posible sobre ella. Desde cosas
importantes como el estilo y la calidad de vida, hasta aspectos más insignificantes en apariencia, como el
nivel de ruido y tráfico o la hora a la que anochece. Estos detalles no se notan cuando están bien
documentados y, por tanto, bien representados en la novela. Pero si no lo están y metes la pata, te aseguro que
más de un lector se dará cuenta.
2. Sitúate en el tema
Antes de hacer nada más, lo mejor es que realices una pequeña investigación que te dé un conocimiento
general sobre el tema. Sería de locos empezar la documentación con una entrevista si aún no lo manejas en
condiciones. Solo conseguirás perder el tiempo y quedar mal con la persona a la que entrevistes.
En este punto de la documentación, Google es tu mejor aliado. Unas cuantas búsquedas te abrirán la puerta a
posibles reportajes, artículos, películas, libros… Empieza por ahí.
Si hay demasiado material, herramientas como Pocket y Evernote pueden servirte para mantenerlo todo bajo
control. ¡Ah! Y no te olvides de un buen cuaderno de notas —ya sea físico o digital— para guardar los
aspectos más relevantes de la investigación —los que respondan de forma directa a lo que necesitas saber para
la historia—, así podrás volver a ellos rápidamente cuando comiences a escribir.
En caso de que la investigación requiera la consulta de bibliotecas o archivos, te recomiendo que le eches un
vistazo antes al libro Cómo se hace una tesis, de Umberto Eco. Aunque se centra en la escritura de tesis
universitarias, el trabajo de investigación puede ser similar, sobre todo en obras que requieran una
investigación histórica.
Esto vale para cualquier sitio del que saques información. Da igual si es un artículo en un periódico, en una
web, si es un libro, una película, o incluso una persona real con la que vas a hablar. Asegúrate de que la
información es fiable.
El caso más claro aquí es la Wikipedia. Todos la usamos con frecuencia y es una herramienta útil, pero solo si
la tomamos como un punto de partida. El funcionamiento de esta web hace que los artículos no siempre sean
correctos, así que mejor contrastarlo bien y revisar las fuentes que aparecen al final del artículo, para poder
asegurarnos de su fiabilidad.
Siempre que sea posible, deja tu mesa de trabajo y ve en persona a visitar ese museo donde tienen la máquina
de escribir que utilizará tu protagonista; o visita ese pueblo en el que el antagonista realizará su huida
triunfal…
Claro que se puede escribir sobre lugares en los que no se ha estado nunca, pero si puedes permitírtelo, esta
etapa de la documentación es la más emocionante y te ayudará a ambientar mejor tu obra.
De todas formas, si ves que te resulta imposible porque tu novela transcurre en Marte o porque no tienes
medios para viajar al Japón feudal, no te preocupes. Siempre te quedan los documentales, las películas, otras
obras de ficción —o de no ficción— que ocurran allí… Lo importante es que realices ese viaje, ya sea de
manera física o imaginaria a través de la investigación.
Si la documentación lo requiere, puedes necesitar contactar con algún experto o con una persona que conozca
el tema que estás investigando —por ejemplo, un testigo vivo de la Guerra Civil Española—. Como te
comentaba antes, hazlo siempre después de haber realizado una investigación concienzuda que te permita
hablar del tema con criterio. Aprovecharás mejor la entrevista y el tiempo; el tuyo y el del entrevistado.
Tampoco hay un manual que diga cómo contactar con las personas que necesitamos para documentarnos para
una novela. Las posibilidades son demasiado amplias y a veces te encontrarás en un callejón sin salida porque
un experto sea inaccesible o no le interese hablar contigo. Que esto no te desanime. Busca alternativas y
síguelo intentando. Aunque quizá deberías hacerlo siguiendo también una serie de normas o de puntos clave:
Amable y con la verdad por delante. No olvides que estás pidiendo ayuda a cambio de nada. Las otras
personas no están obligadas a hacerte ningún favor, así que acércate a ellas con respeto y amabilidad,
explicando desde un comienzo que estás escribiendo una novela y necesitas ayuda para la documentación. No
tengas miedo a preguntar, incluso aunque te parezca imposible de buenas a primeras. Te sorprenderá la
cantidad de gente dispuesta a echar una mano.
Prepara bien la entrevista. Cuando vayas a hablar con la persona en cuestión, ya sea en persona o por
teléfono —si es por correo electrónico será mucho más sencillo—, prepárate bien lo que necesitas
preguntarle. No vayas con las manos vacías ni improvises sobre la marcha. Un cuestionario con los asuntos
que te gustaría preguntarle puede ayudar.
Busca una conversación amena. Aunque lleves un cuestionario, no se trata de que le sueltes las preguntas
una tras otra como una ametralladora. Ten las preguntas a mano, por si necesitas recurrir a ellas y para
asegurarte de que no se te queda nada sin preguntar, pero mientras hables con la persona, céntrate en la
conversación. Escucha lo que te cuenta porque es posible que surjan nuevas preguntas a raíz de sus palabras.
Graba la conversación. Hazlo siempre que puedas porque te permitirá centrarte en conversar con la persona
en lugar de tener que tomar notas cada dos por tres. Ya revisarás luego la grabación para volver sobre los
puntos que quieras.
Creo que lo mejor en estos casos es usar una grabadora de audio, porque las cámaras de vídeo intimidan y
pueden provocar que el entrevistado se sienta incómodo. Por supuesto, recuerda pedirle permiso antes porque
puede haber personas que no quieran que las grabes bajo ningún concepto. En este caso la entrevista será un
poco más difícil y tendrás que tomar notas de vez en cuando para no olvidarte de los datos importantes.
Agradécele su ayuda. Ya lo dicen las abuelas: «Es de bien nacido ser agradecido», y no podemos olvidar que
cualquier persona que nos ayude con la documentación de una obra lo hace de forma altruista, como favor
personal. Qué menos que agradecérselo, ¿no?
Por supuesto, no te olvides de incluir un apartado al final de tu novela con los agradecimientos por la ayuda
prestada y, en caso de que se publique, hazle llegar un ejemplar.
Espero que estéis emocionados, porque estamos a punto de entrar en la recta final de la planificación de la
novela. ¡Pronto estaremos preparados para escribir el primer borrador! Pero antes tenemos que armar una
buena estructura, algo que veremos con más detalle en esta y en la siguiente entrada de esta serie sobre cómo
escribir una novela paso a paso.
Armar la estructura completa de una novela no es tarea sencilla. ¿Cuál es la mejor forma de contarla? ¿Qué
partes de la trama es mejor mostrar y cuáles conviene dejar fuera? Estas y muchas otras dudas pueden surgir
en el proceso. La sinopsis y todos los pasos que hemos trabajado anteriormente en el tutorial pueden ayudar,
pero en ocasiones no son suficientes. Por eso mi consejo es, antes de lanzarse a por la estructura, reflexionar
en una serie de puntos que suelen aparecer en casi todas las historias y que nos ayudarán a componer la forma
global de la nuestra.
Eso sí, tened en cuenta que son solo referencias. Puede que una historia no necesite todos los puntos que
veremos a continuación y/o los presente en un orden distinto. A veces incluso puede haber varios que se
fusionen en una única escena (esto es fantástico, conseguirás escenas más intensas). Pero ahora lo importante
es que seas consciente de que existen y que reflexiones para ver si encajan en tu historia y cómo.
Fíjate en cada uno de estos puntos y piensa cómo te gustaría mostrarlo en la novela, con qué escena crees que
quedaría mejor representado y si es necesario que aparezca o, por el contrario, deberías omitirlo. Así que
¡vamos allá! Es hora de analizar tu historia para dar con sus momentos clave:
Escena de apertura
Una parte fundamental de toda novela es su inicio. La escena con la que la historia arranca es lo primero que
se encuentra el lector (o el editor y el agente literario si estamos buscando a alguien que nos publique), así que
es importante hacerlo bien.
Dedica un tiempo a pensar cuál podría ser el momento correcto para comenzar la historia. Normalmente esta
escena resulta perfecta para introducir los problemas de fondo del protagonista o el tema de la historia, pero
también nos sirve para mostrar el detonante que pone en marcha la aventura.
Sea cual sea la respuesta, intenta que la escena de apertura tenga acción, movimiento, que se trate de una
escena dinámica que invite a continuar la lectura. Comenzar con lo que se conoce en el mundillo
como backstory (es decir, contando el pasado, vida y obra del protagonista) antes de saber nada de los
personajes principales, puede resultar tedioso para el lector.
Si quieres más información sobre este tema, puedes consultar el artículo sobre cómo escribir los primeros
párrafos de una novela.
También puede ayudarte echarle un vistazo a la teoría del cociente MIPA de Orson Scott Card; o, lo que es lo
mismo, cómo elegir cuándo empezar y terminar una historia.
Detonante
Si el detonante no aparece en la escena de apertura, no tardes mucho en introducirlo. Este elemento es el que
pone la historia en marcha, el que provoca que las circunstancias del protagonista y su universo cambien, así
que lo que sucede a partir de ahí resultará más interesante para el lector.
De nuevo piensa qué escena funcionaría bien para mostrarlo y cómo. Aunque ten en cuenta que esto también
es opcional. Hay novelas que comienzan después de que el detonante haya entrado en juego y luego nos
vamos enterando poco a poco de lo que ha pasado.
Como hemos comentado antes, el detonante cambia el universo del protagonista. Lo pone todo en marcha y
obliga al protagonista a perseguir un objetivo. Recuerda que este objetivo ya lo definimos cuando creamos al
personaje protagonista. Ahora es el momento de darle su propia escena para mostrarlo en el libro.
Reflexiona sobre tu propia historia y plantéate cómo deberías representar este punto, ese momento en el que
el personaje descubre la meta externa que ha de seguir. A veces puede saltar a ella inmediatamente, otras
puede negarse… De nuevo, como comentaba antes, este punto puede aparecer mezclado con otro en una
misma escena.
Reacciones
En estas últimas semanas has trabajado los personajes de la historia y sus objetivos. Sabes que el conflicto y
el detonante han creado una situación en la que el personaje principal ha de perseguir una meta y, con suerte,
le han provocado algún tipo de dilema. Por eso es importante también que pienses en las reacciones de los
personajes a cada situación de la historia.
Un detonante o un giro en la trama tendrán que provocar una respuesta en el comportamiento (o al menos en
el ánimo) del protagonista. Piensa qué haría en cada caso y si crees que eso generaría una escena
interesante/importante para incluir en la novela.
Al igual que no debes demorar demasiado el detonante de la historia, tampoco deberías tardar mucho en
introducir al antagonista. No se trata de que introduzcas al antagonista en la primera escena de la novela, pero
tampoco esperes a mitad del libro para hacerlo. Piensa que el enfrentamiento entre estas dos fuerzas es lo que
intensifica el conflicto, y sin conflicto no hay historia.
Obstáculos y dificultades
Lo que viene siendo el meollo de la novela, el desarrollo. Después de que haya estallado el detonante, el
personaje principal se ha puesto en marcha en busca de su meta, comienza la parte central de la obra. ¿Qué
obstáculos encontrará el protagonista en su camino? ¿Conseguirá vencerlos? Ten en cuenta que a veces es
importante que haya pequeños fracasos, aunque la novela luego termine bien. Todo desarrollo de una historia
y todo arco de personaje conllevan un aprendizaje, y no hay aprendizaje sin errores.
La dificultad en conseguir un objetivo hace mayor el conflicto y más interesante la historia, sobre todo cuando
el protagonista falla a causa de sus imperfecciones o problemas de fondo, esos que vimos cuando tratamos
el desarrollo de personajes. Piensa también cómo reaccionará el personaje ante esos obstáculos y ante sus
propios fallos. Puede que la respuesta te lleve a nuevas escenas para la historia.
Lo ideal en este punto es que crees una lista de pasos (acciones y reacciones) que crees que el protagonista
deberá dar para llegar desde el punto A (detonante y puesta en marcha de la historia) al punto B (el final). Si
te has apuntado el truquillo de jugar con varios finales alternativos del que hablamos durante la escritura de la
primera sinopsis, este es el momento de más trabajo, porque tendrás que intentar que todos sean posibles
mientras avanzas en la historia.
Una pequeña nota a modo de curiosidad: si quieres que el personaje realice varios intentos para conseguir
algo, fallando en las primeras ocasiones para luego triunfar, puede que te interese recurrir a la regla del tres.
Puntos de giro
Casi todas las novelas tienen puntos de giro. Algunas más, otras menos; algunos con mayor intensidad, otros
más sutiles, pero es habitual encontrarlas en cualquier género y en obras de cualquier época.
Los puntos de giro son esos momentos en los que la trama da un quiebro, en los que se descubre el cadáver
del que era el principal sospechoso del asesinato, o cuando la protagonista se entera de que el hombre del que
se ha enamorado tiene esposa y tres hijos. Ese tipo de cosas.
Lo bueno de los puntos de giro es que intensifican el conflicto y los dilemas del personaje al mismo tiempo
que hacen avanzar la trama. En la historia clásica en tres actos suele haber un punto de giro entre la
presentación y el desarrollo de la obra, y otro entre el desarrollo y el desenlace.
Hoy en día, sin embargo, se acepta que puede haber otros puntos de giro durante el desarrollo. Sin pasarse,
por supuesto. Tampoco es cuestión de estar mareando al lector con quiebros y más quiebros, pero un par de
puntos de giro colocados estratégicamente, en esos momentos en los que la acción comienza a decaer, pueden
ayudarte, tanto a mantener la intensidad, como a desarrollar la historia durante más páginas.
Clímax
Paso a paso, obstáculo a obstáculo, giro a giro, llega el momento álgido de toda historia, el momento de la
verdad, el clímax. El protagonista está a punto de conseguir su objetivo, pero todas las fuerzas del antagonista
están en contra. Parece que no lo va a conseguir. Está todo perdido… y entonces…
Final
Este punto ya lo habrás trabajado para crear la primera sinopsis de tu novela. Puede que incluso tengas más de
un final en mente y no sepas cuál es el bueno hasta que no termines el primer borrador. Ahora llega el
momento de pensar cómo quieres que aparezcan representados estos finales. ¿Qué escenas te ayudarían a
mostrarlos mejor? ¿En qué punto te parece que debería terminar tu historia?
Piensa que, según la progresión que quieras para tu arco de personaje, el final puede ser positivo (el personaje
evoluciona de una situación mala a una buena, tiene un final feliz), negativo (el personaje evoluciona hacia
una situación peor que la inicial y la historia tiene un final trágico) o neutro (el personaje permanece igual y
su situación no cambia aunque haya aprendido alguna cosa durante la historia).
También se pueden dar casos de finales ambiguos, como en la película Casablanca, en la que hay un arco con
final negativo (el protagonista pierde a la chica) con otro positivo (el protagonista se sacrifica y aprende una
lección que le lleva a mejorar a nivel psicológico).
Epílogo
Para terminar, plantéate si la novela necesita un epílogo para cerrar los cabos sueltos que hayan podido
quedar. En ocasiones no es necesario, pero a veces ayuda, le da un respiro al lector y le permite recrearse en
lo sucedido.
Eso sí, cuidado con alargar demasiado el epílogo o podemos provocar lo que se conoce como anticlímax. Es
decir, diluir tanto el efecto emotivo causado por el clímax en el lector, hasta el punto de llevarlo al hastío y
hacer que cierre el libro con un mal sabor de boca. A veces es mejor saber callar a tiempo.
Y hablando de callar a tiempo… hemos llegado al final del post. Espero que estos puntos os sirvan de ayuda
para seguir trabajando la novela y recordad que en la siguiente entrada ¡nos lanzaremos de lleno a por la
estructura!
Lo hemos conseguido. Después de semanas de arduo trabajo entramos por fin en la recta final. Dentro de nada
estaremos inmersos en el primer borrador de la novela y, si hemos hecho bien los deberes, esta debería ser
fluida y sin más sorpresas que las del propio placer de la escritura. Pero para que algo así sea posible, primero
tenemos que crear una estructura sólida.
Para crear la estructura de una novela hay que tener en cuenta dos aspectos de la misma: por un lado, tenemos
lo que podríamos llamar la estructura física de la novela, la forma en la que está dividida la obra —por
ejemplo, en capítulos o partes—. No profundizaré más en esto porque es algo que ya tratamos en el blog con
anterioridad, cuando vimos cómo dividir una novela en capítulos.
Por otro lado, nos encontramos con la estructura temática, —es decir, la organización del contenido de la
historia en escenas— que es la que trataremos en esta entrada.
En el capítulo anterior de la serie hablamos de los puntos clave de una novela con la idea de que pudieras
profundizar en tu propia historia y seleccionar qué partes querías mostrar al lector y qué partes preferías dejar
fuera.
Ahora llega el momento de dar un paso más y empezar a elegir todas los momentos de la historia que
formarán parte de la novela. O lo que es lo mismo, vas a decidir qué escenas serán las que escribirás cuando
comiences con el borrador.
Como siempre, no existe una única forma de llevar a cabo este proceso de la planificación, pero lo que yo
recomiendo siempre es afrontarlo de manera parecida a como se escribe una escaleta o un tratamiento de un
guion cinematográfico. La idea es que cada escena tenga, al menos, los siguientes elementos:
1. Título de la escena. Algo breve que puedas identificar de un vistazo para saber de qué escena se trata. Por
ejemplo: «El empresario acude a la cita con el chantajista».
2. Momento en el que ocurre la escena. Aquí la información dependerá de cómo sea tu novela y cuánto
tiempo transcurra en ella, pero para guiarte puedes incluir en una parte de la ficha el día y la hora exactos —si
los sabes—, o simplemente una nota que diga «Día 3, noche». Estos datos te ayudarán a crear la línea
temporal de la novela y a asegurarte de que cada escena esté en su sitio y, sobre todo, que un personaje no se
encuentre en dos lugares a la vez.
3. Descripción. Dos o tres líneas como máximo, algo muy escueto, que describan qué ocurre en esta escena.
Lo ideal aquí es que menciones el conflicto principal, el tema a tratar o la función que tiene dicha escena en la
historia. Por ejemplo: «Enfrentamiento del empresario con el chantajista. El empresario se da cuenta de que
no tiene escapatoria. Comienza a planear el asesinato».
Como ves, no hace falta que busques un estilo literario para crear la estructura. Es solo un documento técnico
que desecharás en cuanto escribas tu primer borrador.
Si quieres, también puedes añadir otros elementos, como distintos colores según la trama a la que pertenezca
la historia, los personajes que aparecen en ella, las localizaciones… Cualquier cosa que te ayude a
comprender lo que tienes que escribir cada día cuando empieces con el manuscrito.
Una forma práctica de organizar las información de la estructura es crear una ficha —con los elementos del
punto anterior— para cada una de esas escenas. Para ello puedes recurrir a las típicas tarjetas índice rayadas,
a post-its —tienen la ventaja de que puedes pegarlos en una pizarra o una pared y cambiarlos de orden
fácilmente— o a aplicaciones como Story Planner, que cuenta con su propia herramienta para elaborar una
estructura de este tipo y permite cambiar de orden las escenas según necesitemos.
Al final tendrás un montón de fichas o tarjetas con su título, su descripción y los datos adicionales que
necesite, y podrás moverlas a tu antojo si en algún momento te das cuenta de que hay partes de la historia que
necesitas atrasar o adelantar.
Una vez hayas decidido el método que vas a seguir para tu estructura, lo mejor es que retomes los puntos
clave que vimos en la entrada anterior y crea a partir de ellos las primeras fichas de escena y ordénalas en
orden cronológico —o en el orden que seguirán en la historia—. Así te servirán como espina dorsal para crear
el resto de la estructura.
Por ejemplo, tenemos la siguiente escena inicial o de apertura: «Título: El empresario en su vida ordinaria.
Descripción: el empresario acude al trabajo, lo vemos en su vida cotidiana, con su secretaria y sus
subalternos. Descubrimos que es un hombre mezquino y solitario».
A continuación, creamos la ficha para la escena que corresponde al detonante: «Título: El empresario recibe
carta de chantajista. Descripción: el empresario abre su correo y descubre una nota del chantajista. Alguien ha
descubierto su mayor secreto, todo su mundo se tambalea. Tiene miedo, pero reacciona con prepotencia».
Ahora, con estas dos fichas creadas, lo que queda es construir las escenas intermedias necesarias para llegar
de ese punto inicial —la escena de apertura del empresario en su vida ordinaria— hasta el detonante. Y lo
mismo para el resto de puntos clave de tu historia, hasta llegar al final o al epílogo, si lo hubiera.
¿Cómo elegir qué escenas incluyo en mi novela?
Esta es una cuestión importante que solemos hacernos antes de crear la estructura y la respuesta tiene su
complejidad. Para comenzar, te recomiendo que le eches un vistazo a las entradas del blog “Estructura tu
novela según la intensidad de las escenas” y «Cómo escribir escenas que enganchen a tus lectores».
Ambas analizan los distintos tipos de escena que existen según dos formas de clasificarlas, así como la forma
de organizarlas dentro de la estructura. Creo que estas dos entradas pueden darte alguna pista para comenzar.
Además, no te olvides de la máxima en la que se insiste siempre a la hora de escribir: muestra, no cuentes.
Es decir, siempre que puedas, elige las escenas en las que los personajes se encuentran en plena acción.
Si la novela trata sobre un empresario que es chantajeado por un oscuro secreto familiar, coloca al empresario
en escenas interesantes, enséñale a lector cómo se comporta a través de sus actos, haz que vaya a sitios, que
abra cajas, que rompa cosas. ¡Lo que sea! Pero procura siempre mostrar con imágenes a través de las palabras.
Eso es tan difícil de responder como lo sería decirte cuántas palabras ha de tener tu manuscrito. Cada historia
tiene su propio tiempo, su ritmo, su narración… Alguien puede escribir una obra muy extensa con muy pocas
escenas —si cada escena se alarga durante páginas y páginas por necesidades de la historia—, y otra persona
construir una novela corta con un gran número de escenas cortas y dinámicas.
Tú intenta que la estructura quede completa, que no haya huecos o vacíos por el medio y la historia avance de
forma natural escena a escena. Por supuesto, tampoco metas escenas de relleno solo por conseguir más
páginas después. Si te parece que al terminar la estructura la historia se queda corta, quizá sea hora de
plantearse si una subtrama tendría cabida.
Llega el momento para la prueba del algodón. Imagina que has creado tu estructura, tienes un montón de
fichas bien ordenadas y organizadas que dan paso unas a otras de forma orgánica y buscan un equilibrio en
cuanto a intensidad. Hasta aquí todo bien. Pero ¿seguro que están todas las que son y son todas las que están?
La mejor forma de saber si una escena hace falta o no en la novela es responder a tres preguntas bien
sencillas:
1. ¿Qué aporta a la historia? ¿Cuál es la finalidad de esta escena? ¿Qué sentido para la obra en conjunto?
Puede ser que la necesites para hacer avanzar un aspecto concreto de la trama o para mostrar la personalidad
del personaje. No importa, pero ha de servir para algo. Si está por estar, sin ninguna otra función aparente,
quizás deberías replanteártela.
2. ¿Qué me aporta a mí? Piensa en la escena en pleno desarrollo, con los personajes en marcha, la acción
sucede… ¿Qué sientes? ¿Te emociona? ¿Te divierte? ¿O, por el contrario, la encuentras un poco aburrida?
Una escena que no consiga removerte por dentro, tampoco se lo removerá a lector. Además, ten en cuenta que
vas a pasar semanas, puede que meses, escribiendo esta novela. En ocasiones se volverá una tarea tediosa y
resultará mucho más fácil si cada escena te aporta algo.
3. ¿Hay alguna manera de que esta escena sea aún mejor? Esta última pregunta has de hacértela, sobre
todo, si alguna de las dos anteriores se ha quedado un poco en el aire. Quizás la escena te emociona por algún
aspecto personal, pero te das cuenta de que, en realidad, no aporta nada a la historia. Piensa qué elementos o
acciones podrías añadir para darle cabida dentro de la trama. ¿Quién sabe? A lo mejor te encuentras sorpresas
inesperadas que te ayudan a mejorar la novela.
También puede darse el caso contrario. Que la escena sea necesaria y tenga que estar sí o sí —por ejemplo, el
momento en el que el personaje hace un descubrimiento que el lector ha de conocer—, pero no te diga nada.
Si te deja frío/a o te parece aburrida porque solo tiene ese elemento importante, significa que hay que
trabajarla un poco. Dale una vuelta, a ver si encuentras alguna forma de darle mayor profundidad o intenta
fusionarla con otra escena que sí te guste y en la que creas que tiene cabida.
Espero que estés contento/a, porque si has estado siguiendo los pasos del tutorial sobre cómo escribir una
novela que hemos publicado en el blog, ya estás preparado/a para escribir tu manuscrito. O casi. Tan solo
queda pulir unos últimos detalles.
¿Has pensado ya cuál será el punto de vista de tu historia? ¿Y el estilo y el tono que emplearás? ¿Sabes si la
contarás en pasado o en presente? Si lo tienes claro, genial. Olvídate de esta entrada y ponte a escribir esa
novela. Pero si todavía tienes dudas, quizá esta entrada te ayude a aclararlas.
El punto de vista
El punto de vista en una historia no es otra cosa que la perspectiva con la que se cuenta. Es decir, quién lo
cuenta y qué conocimientos tiene sobre los hechos y los personajes. Puede tratarse de un narrador
omnisciente, en primera persona, testigo, etc.
También se dan casos de novelas con distintos tipos de narrador. Por ejemplo, un narrador en primera persona
para las escenas del detective protagonista y en tercera persona omnisciente para el asesino; o un narrador
equisciente para el personaje principal que se mezcla con un género epistolar en otros capítulos, como sucede
en mi novela Niña de cristal.
Ante tantas posibilidades, ¿cuál elegir? Depende. Cada narrador tiene sus ventajas y desventajas. Puedes leer
más sobre los distintos tipos de narrador en el tutorial El narrador y el punto de vista. De todas formas, lo más
importante es que te sientas cómodo/a con el narrador que elijas. En este sentido, la razón tiene tanta
importancia como la intuición a la hora de elegir.
El tono y el estilo
Más íntima y personal todavía que la elección del punto de vista, lo es la elección del tono y el estilo del
texto. Cada escritor tiene su manera de escribir, y eso es bueno. Es lo que diferencia a un autor de otro.
Sin embargo, como no todos los libros son iguales ni tienen las mismas necesidades, siempre conviene hacer
una pequeña reflexión antes de ponernos a escribir, para decidir cuál es la solución correcta para la novela. No
se trata de perder nuestra propia voz, por supuesto, pero no es igual que la historia la cuente el narrador
omnisciente a que lo haga un personaje que sea, por ejemplo, un niño de siete años. Habrá diferencias en el
lenguaje empleado, así como en el tono y en el estilo. Tenlo en cuenta.
El tiempo verbal
El maldito y controvertido tiempo verbal. Por los correos que me enviáis sé que este asunto trae de cabeza a
más de uno, y es que no es fácil elegir el tiempo verbal a emplear en una historia, y mucho menos manejarlo
bien.
Lo habitual, lo más ortodoxo, es emplear el tiempo verbal en pasado. Pero puede haber novelas —o partes de
una novela– que requieran un tiempo en presente. Por ejemplo, una novela en la que los capítulos que suceden
en la actualidad están escritos en tiempo pasado, mientras que los que suceden en los primeros años del siglo
XX se cuentan en presente. Es una forma de acercar al lector la parte de la narración que le es más remota y
ajena.
En cuanto al manejo y coherencia de los tiempos verbales, os aconsejo leer el artículo de Diana P.
Morales ¿Escribir en pasado o en presente? Ventajas y desventajas de cada tiempo narrativo.
Prueba y error
Ahora que ya sabes las distintas opciones que tienes para elegir el narrador, el punto de vista y el estilo, mi
consejo es que elijas una escena o un momento de tu historia que consideres intenso y hagas la prueba de
escribirlo de distintas maneras. Prueba un par de narradores entre los que dudes, un estilo más directo y rápido
si ves que lo necesita, o uno más pausado y solemne… Trabaja ese fragmento —no tiene por qué ser muy
largo— hasta que encuentres una opción que te resulte acertada y, sobre todo, cómoda.
Investigación
Por último, un consejo que quizá no te sirva para esta novela si vas a empezar a escribirla ya, pero sí para las
próximas. Cuando leas a otros autores, sean del género que sean, fíjate en cómo narran su historia. ¿Qué
tiempos usan, qué estilo, qué ritmo, qué recursos? Cuando veas algo que te llame la atención, anótalo en tu
cuaderno o en la aplicación que uses para este fin.
En el futuro estos «recortes» pueden ayudarte a encontrar la solución para una de tus historias. No se trata de
que copies a otros autores, sino de que aprendas distintas técnicas y recursos literarios que luego, combinando
entre ellos o con tus propios recursos, construyan algo nuevo.
Se conoce como primer manuscrito o primer borrador a lo que será la primera versión de la novela, ya que
después de escribirla tocará dejarla reposar en un cajón para luego retomarla y empezar el trabajo más duro,
de chapa y pintura, que consiste en arreglar y pulir versión tras versión hasta que esté medianamente digna
para enseñársela a otros.
No existe una norma sobre cuántas versiones ha de tener una novela. Hay autores que en dos revisiones la
tienen listas y otros que tardan diez o quince hasta que deciden que ya está lista. De todas formas, ahora no te
preocupes por eso. Ya llegará el momento de revisar y corregir. Ahora toca disfrutar con la escritura, y para
ello, veamos una serie de consejos que pueden ayudarte.
Márcate objetivos
Escribir una novela conlleva un compromiso si de verdad quieres terminarla. No es como un relato, que en
unos días puede estar listo y revisado. Va a llevarte tiempo, puede que más del que pensabas en un comienzo.
Así que tendrás que organizar tu tiempo y tomártelo en serio.
Puedes ponerte una fecha límite para terminarla si quieres, aunque desde mi punto de vista esto a veces puede
resultar contraproducente —siempre surgen imprevistos y puede resultar frustrante ver que no se llega ni de
broma a la fecha prevista—. Creo que funciona mejor el marcarse objetivos a corto plazo como escribir mil
palabras al día o diez mil palabras a la semana.
Mi consejo es que definas una meta diario y otro semanal. Así, si algún día no puedes cumplir lo que te habías
propuesto, lo repartes entre el resto de los días de la semana y conseguirás igualmente el objetivo para la
semana.
Eso sí, sé realista a la hora de ponerte los objetivos. Ten en cuenta tus circunstancias, tu tiempo y tu velocidad
a la hora de escribir. Aunque sería lo ideal escribir el primer borrador de un tirón y en el mínimo tiempo
posible, no te marques como meta escribir la novela en cuatro semanas si tienes que trabajar, atender a tu
familia y continuar con tu vida social como siempre. Solo conseguirás frustrarte y eso es lo último que
queremos.
También puede resultarte útil averiguar cuál es tu mejor momento para escribir, con el fin de ser más
productivo/a en tus sesiones de escritura.
¿Vas a escribir la novela a mano, en el ordenador o en tu vieja máquina de escribir? Elegir el soporte
adecuado también te puede ahorrar tiempo a largo plazo. Si lo tuyo no es la mecanografía, lo mejor es que
tires de bolígrafo y papel y luego pases a limpio el manuscrito para revisarlo.
Si prefieres escribir directamente en un soporte informático, te aconsejo que busques un buen programa de
escritura, como Scrivener o Google Drive, ya que cuentan con un sistema de backups que permite volver a
una versión anterior después de realizar cambios. Así no perderás nada.
Elijas el programa que elijas, no te olvides de hacer copias de seguridad después de cada sesión, ya sea en la
nube, mandándote el manuscrito por correo o guardándolo en otro disco distinto al del ordenador. Lo peor que
te puede pasar es perder la información cuando llevas media novela escrita, ¡o entera!
La estructura que has creado de tu novela te servirá como hoja de ruta para no perderte en el largo proceso de
la escritura del borrador, pero esto no significa que no puedas salirte de la carretera de cuando en cuando.
Si en algún momento encuentras algo nuevo que crees que funciona, adelante. Atrévete a cambiarlo. Deja una
nota en ese punto para acordarte en las siguientes versiones de revisarlo y realizar las modificaciones
oportunas, y sigue escribiendo.
Muchas veces, mientras trabajamos en el primer borrador, nos sentimos tentados de volver a empezar para
pulir detalles, mejorar esto o aquello, cambiar detalles en una trama o un personaje… No lo hagas. El primer
borrador es mejor escribirlo de un tirón, sin detenerte ni volver atrás.
Ya habrá tiempo para corregir todo lo que quieras en la segunda versión. Ahora es el tiempo de escribir, a lo
bruto, desde las emociones y disfrutando del proceso.
Es importante que no esperes que tu primer borrador sea perfecto. Nunca lo es. Ni siquiera los de García
Márquez o Bioy Casares lo eran. Hace falta mucho trabajo de limpieza y pulido hasta conseguir algo decente.
Pero has de tener algo que pulir. Si te detienes cada dos por tres para revisar lo que llevas escrito, lo más
posible es que te quedes atrapado/a en un bucle sin fin y no consigas terminar la novela.
De nuevo, si ves algo que crees que puedes mejorar, deja una nota para tu yo futuro y sigue adelante.
Organiza cada sesión de escritura
La mejor forma de prevenir los bloqueos de la escritura y la tan temible procrastinación es planificar de
antemano cada sesión de escritura. Cuando termines el capítulo o las palabras que te hayas propuesto para ese
día, dedica un par de minutos a revisar lo que te tocará escribir en la siguiente sesión, para que tu inconsciente
comience a trabajar en ello y al día siguiente tengas más ganas de ponerte.
Quizás mientras caminas al trabajo se te ocurra un arranque genial para esa escena, o mientras te relajas en la
ducha acuda a tu cabeza un diálogo genial. Sobra decir que mientras dure el proceso de escritura del borrador
lleves siempre encima un cuaderno o un dispositivo en el que tomar notas.
También puedes seguir el truco de Hemingway, que consistía en terminar la sesión en mitad de una escena,
cuando todavía estás «en caliente», para que al día siguiente resulte más fácil arrancar.
Una planificación tan trabajada como la que hemos llevado a cabo en las últimas semanas te ayudará a
prevenir posibles bloqueos de la escritura. No te encontrarás perdido/a en mitad del manuscrito sin saber
cómo continuar tu historia. No descubrirás después de sesenta mil palabras escritas que la trama principal no
tiene sentido o que tu personaje protagonista está actuando sin motivaciones. Eso lo tenemos cubierto, pero a
pesar de todo, habrá momentos de bajón.
Lo primero que has de tener en cuenta es que se trata de un proceso normal. Es algo que le pasa a casi todos
los escritores y que algunos conocen como «el muro» —porque cuando llegas a él te sientes literalmente
como si chocases contra un gran muro de hormigón— y otros «el síndrome del impostor» por las típicas
frases que resuenan en tu cabeza: «¿A quién quiero engañar? No sirvo para escribir», «Este libro es una
basura, no le interesará a nadie», «¡Pero si yo no tengo nada que contar! ¿Por qué me empeño en perder el
tiempo de esta manera». ¿Te suenan?
Si todavía no has tenido la desgracia de caer en una de esas fases, no te preocupes, es posible que antes o
después te acabe por pasar. Nuestro cerebros son especialistas en ello. ¿Por qué? Porque escribir una novela
es un trabajo duro y largo. Requiere esfuerzo, y nuestros cerebros son unos vagos. Les gustan las cosas
fáciles, están programados para ahorrar energía y sobrevivir. Pero ya no vivimos en el Paleolítico, así que no
le hagas caso. La mayor virtud de un escritor no es el talento —de talento, aunque no lo creas, está lleno el
mundo—, sino la perseverancia —una virtud bastante más escasa—. Otra vez, sigue escribiendo con la ayuda
de tu planificación y no mires atrás.
Si a pesar de todo la fase del muro se te hace cuesta arriba, las dudas te atenazan y la inseguridad no te
permite continuar, no pasa nada. Tómate un respiro. Libérate de escribir la novela durante un par de días y
haz cosas distintas en el tiempo que ibas a dedicar a la escritura. Da largos paseos, sal a tomar algo, practica
deporte… Pero antes de cada una de estas cosas, echa un vistazo a la estructura y lee la ficha de la escena que
tendrías que estar escribiendo. Antes o después tu cerebro se desbloqueará, encontrará una forma interesante
de plantear esa escena y te entrarán de nuevo las ganas de escribir.
Esto no le pasa a todo el mundo, pero algunos escritores —entre los que me incluyo— tenemos el pequeño
inconveniente de que nos afectan las novelas que leemos de otros autores si nos encontramos en plena
escritura de un borrador. Esto quiere decir que si, por ejemplo, estoy leyendo una novela de Stephen King
mientras trabajo en la primera versión de mi manuscrito, puede que en algún momento sin darme cuenta me
ponga a intentar escribir como Stephen King.
Esto no es lo ideal, porque yo quiero escribir como Iria López, no como otra persona, así que mi truco para
esos momentos en los que trabajo más profundamente en una novela, lo que hago es leer solo obras de autores
cuyos estilos no me afectan —no sé por qué, pero a mí me ocurre que se me «pega» más el estilo de ciertos
escritores que de otros— o directamente limitar mis lecturas al ensayo.
Una duda que me habéis consultado bastante por correo y que nos suele preocupar mucho como escritores es
la de cómo dividir una novela. ¿Cuántos capítulos ha de tener? ¿Cuál debe ser la longitud de esos capítulos?
¿Debo dividirla también en partes? Son preguntas complejas, porque no hay una respuesta rotunda para ellas.
Lo primero que hay que tener claro es que NO existen reglas fijas a la hora de decidir cuántos capítulos tiene
una novela. Algunas cuentan con cientos de ellos mientras otras no tienen ninguno. Es una división más
artística y estructural que de contenido y dependerá de las elecciones del propio autor.
Ahora bien, como no existen normas para determinar cuántos capítulos ha de tener una novela, resulta
extremadamente difícil tomar esa decisión. Por eso quiero compartir con vosotros las siguientes reflexiones
que espero os ayuden la próxima vez que vayáis a organizar las divisiones de vuestras historias:
La separación de una novela en capítulos nos permite crear una estructura física, externa a la historia y más
definida de cara a los lectores. Cada cambio de capítulo o de parte, ofrece un respiro al que lee. Piensa en
cuántas veces, leyendo una novela, has pensado: «Termino este capítulo y paro». También es una buena
herramienta para jugar con el suspense y los giros de la trama, como veremos más adelante.
Lo que la historia necesite. Hay capítulos cortísimos de apenas unos párrafos y hay capítulos larguísimos que
se extienden durante páginas y páginas. Lo importante es diferenciar las unidades en las que se puede dividir
la novela:
Las escenas: una escena es una unidad dramática dentro de la trama. Es decir, cada parte de la trama que
tiene continuidad en sí misma, ya sea por contar con una única situación, un único escenario o unos
personajes determinados.
Los capítulos: son divisiones de la estructura que no afectan al contenido. A veces un capítulo puede
coincidir con una escena; otras veces, contiene muchas escenas e incluso puede partir escenas a la mitad.
Las partes: además de la división por capítulos, hay novelas que también dividen su estructura en varias
partes. Para ello tampoco hay una norma fija. Hay novelas con dos o tres partes, novelas con muchas partes y
novelas con ninguna. Como siempre, depende de la historia y cómo quieras estructurarla.
Otras divisiones: además de lo que he mencionado en los puntos anteriores, también se da el caso de novelas
en las que cada capítulo tiene distintas partes o fragmentos (separados por una línea en blanco, por ejemplo).
Este tipo de subdivisión resulta útil, sobre todo, cuando tenemos capítulos muy largos en los que cambiamos
de escena o de tema a tratar. Así, el lector sabe a simple vista que hay un salto en la trama.
¿Cuántos capítulos ha de tener una novela?
Tantos como quieras. Como decía antes, algunas novelas tienen cientos, otras ninguno. La decisión es
únicamente del autor y depende de las propias necesidades de la historia. El instinto de escritor será vuestra
mejor guía.
Pero, como esto no siempre es suficiente y a veces nos asaltan las dudas, a continuación comentaré las tres
claves a tener en cuenta a la hora de decidir dónde colocar cada capítulo de la novela:
1. Tensión y dudas: uno de los aspectos más importantes a la hora de decidir dónde empezar y terminar un
capítulo es la tensión narrativa. Un lugar estupendo para colocar un cambio de capítulo es aquel donde se
produce un giro narrativo o bien donde podemos colocar una pregunta en el aire esperando ser respondida,
para que el lector se quede enganchado a la trama.
¿Aceptará el soborno? ¿Dirá que sí? ¿Explotará la bomba? Todas esas preguntas al final de un capítulo
reciben el nombre de cliffhangers y pueden tratarse de preguntas sencillas o complejas. Lo fundamental es
que provoquen ganas de seguir leyendo.
Estas preguntas no tienen por qué estar escritas tal cual en la narración, sino que se las hace el lector según lo
que le hayamos contado. Por ejemplo, el detective protagonista que cree que su archienemigo está muerto,
recibe una misteriosa carta firmada por este. Ese instante, ese giro narrativo, es un momento perfecto para
cambiar de capítulo, mientras el lector aún se está preguntando: “Entonces… ¿está vivo el archienemigo?”.
2. Estructura: cuando escribes una novela, es útil tener un mapa previo del camino a seguir con las diferentes
partes de la historia, tal y como vimos cuando hablamos sobre las claves para mejorar el proceso de la
escritura.
Cuando crees los diferentes puntos de tu historia, también puedes analizar la estructura y calcular los sitios
donde habrá giros de la trama, donde el suspense se quedará en alto, etc. Estos lugares, como vimos en el
punto anterior, funcionan muy bien como cambios de capítulo.
3. Perspectiva de lector: si a pesar de los puntos anteriores tienes dudas, no te preocupes. No tienes que
decidir las divisiones de la novela al comienzo de la escritura. Siempre puedes olvidarte de ello y trabajar en
el primer borrador de tu historia centrándote en las escenas y los acontecimientos de la misma.
Luego, cuando revises el borrador un tiempo después (con la distancia que esto supone), ponte en el sitio del
lector y marca aquellos lugares que crees que funcionarán mejor como cambios de capítulo. El propio
manuscrito te irá pidiendo respiros.
Digo afortunadamente no solo por el ahorro que supone no tener que viajar en persona a Tokio o a Pekín para
escribir sobre ellas, sino porque hay lugares a los que, por mucho que queramos, no podríamos ir a
documentarnos, como la Luna o Marte, por ejemplo.
Por eso he pensado en escribir esta entrada con una serie de consejos sobre cómo documentarnos para escribir
sobre lugares en los que nunca hemos estado. A ver qué os parecen:
1. Punto de partida: datos generales
Una búsqueda general en Google podría servir, pero yo empezaría por la Wikipedia. Esta página nos ofrece
información valiosísima sobre demografía, distribución geográfica, clima, política, transporte, economía… Es
un estupendo punto de partida para ir tomando notas que luego buscaremos con más detalle en otras páginas a
través del buscador de Google.
En esta primera fase de búsqueda intenta no dejarte nada atrás. Todo es importante, desde la hora de salida y
puesta del sol hasta la gastronomía habitual de la zona. Hasta el detalle más tonto podría restarle verosimilitud
a la historia si te encuentras con un lector que conozca el lugar del que hablas.
Por ejemplo, hace tiempo leí una novela que tenía lugar en la ciudad de A Coruña a finales del mes de junio y,
en un determinado momento de la narración, se describía una fantástica puesta de sol que tenía lugar a las
nueve de la noche… Cualquier gallego sabe que eso es imposible, porque en esa época del año, en Galicia, el
sol se pone a las diez y pico.
2. Paseos virtuales
Una de las herramientas más alucinantes con las que contamos hoy en día para documentarnos sobre lugares
que nunca hemos visitado son Google Street View y Google Earth; o Google Sky si lo tuyo es una novela de
ciencia ficción con viajes por el espacio.
Gracias a estas herramientas podemos pasearnos por las calles de cualquier ciudad del mundo y, aunque
nunca será lo mismo que una visita en carne y hueso, nos permite hacernos una idea de cómo sería estar allí.
La única pega de esta parte de la documentación es que solamente es válida para historias que tengan lugar en
el presente. Si queremos escribir una novela histórica ambientada, por ejemplo, en la Girona del siglo XV, lo
tendremos más complicado. Por desgracia aún no han inventado el Google History View. Pero bueno, al
menos podremos darnos un garbeo por el casco antiguo de Girona e intentar hacernos una idea de cómo pudo
haber sido en otra época.
3. Documentales y películas
Para esto también tendremos que tirar de Google y buscar documentales y películas relacionadas con el lugar
sobre el que queremos escribir. Todo nos vale, desde un reportaje exhaustivo sobre la vida en ese lugar, hasta
una película que simplemente la tenga como escenario. El caso es empaparnos del lugar para que podamos
entenderlo en toda su esencia.
4. Libros
Al igual que en el punto anterior, aquí podemos recurrir tanto a la ficción como a la no ficción. Ensayos, guías
de viaje, novelas… Todo lo que verse sobre el lugar de estudio o bien ocurra allí, te ayudará a captar su
esencia.
Las guías de viaje clásicas son un buen punto de partida (como la Wikipedia a la hora de comenzar la
documentación), pero intenta buscar también libros que ofrezcan visiones distintas del lugar. Sin ir más
lejos, Lugares que no quiero compartir con nadie, de Elvira Lindo, nos aporta un punto de vista único sobre la
ciudad de Nueva York que no encontraremos en ninguna guía de viaje.
Si lo que buscas es información sobre un lugar histórico, las guías de viaje no te servirán, pero no desesperes
y sigue buscando. A lo mejor te sorprendes. Por ejemplo, para todo aquel que quiera escribir una historia
ambientada en el Imperio Romano, el libro Legionario, que pretende ser un manual para el soldado romano de
la época, le aportará más información que todos los artículos de historia que pueda encontrar en la red.