MAMIE SALOAM
y otros relatos
DJUNA BARNES
MAMIE SALOAM
y otros relatos
Traducción de Ce Santiago
La SU
Navaja
IZ
A
Primera edición: enero, 2020
Los relatos contenidos en este libro aparecieron en las revistas
All Story Cavalier Weekly, The Trend y New York Morning
Telegraph Sunday Magazine
© de la traducción: Ce Santiago, 2020
© de la presente edición: Editorial Humbert Humbert, S.L., 2020
Ilustración de cubierta: María Díaz Perera
Publicado por La Navaja Suiza Editores
Editorial Humbert Humbert, S.L.
Camino viejo del cura 144, 1.º B, 28055 – MADRID
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Impresión: Gráficas la Paz
Impreso en España – Printed in Spain
ISBN: 978-84-120089-4-4
Depósito legal: M-36941-2019
IBIC: FA
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ÍNDICE
La soledad elegida 9
MAMIE SALOAM
Y OTROS RELATOS
El terrible Pavo Real 23
El jefe de Babilonia 41
Los terroristas 59
Humo 77
Monsieur Ampee 95
Mamie Saloam 113
Billete premiado 177 125
La soledad elegida
El viaje de Djuna Barnes hacia la libertad, creativa y
personal, no tuvo su origen en Long Island, donde
vivía con su «familia», imposible de definir de ma-
nera tradicional aún hoy en día.
Su abuela paterna, Zadel Barnes, fue para ella una
influencia perturbadora e imprescindible al mismo
tiempo. En Nueva York, Djuna quiso reproducir de
algún modo el camino de Zadel, escritora, periodista
y defensora acérrima del sufragio femenino. Pero
realmente al llegar a la gran ciudad quiso liberarse
del peso de su educación y de la responsabilidad que
había asumido al convertirse en el único sustento
de su madre y hermanos, que habían abandonado la
casa familiar cuando Elizabeth hizo elegir a su ma-
rido entre su amante, con la que también convivía, y
sus otros hijos. Djuna encabezó el exilio forzoso de
9
parte de la familia Barnes y asumió el rol que hasta
entonces desempeñaba Zabel.
Djuna no sintió ni miedo ni deslumbramiento al
llegar a Nueva York. El recuerdo de su abuela y la
seguridad que esta le había trasladado desde que
era apenas una niña la acompañaban al franquear la
puerta de cada redacción periodística. «Sé dibujar y
escribir. Seríais unos idiotas si no me contratarais»,
aseguraba a quien estaba dispuesto a escuchar a esta
joven provinciana, que visitó por primera vez en 1913
las oficinas de The Brooklyn Daily Eagle.
Los artículos de Djuna redescubrieron a los neo-
yorquinos una ciudad cambiante que muchos con-
sideraban como el centro de todos los pecados en el
nuevo mundo. La publicación en 1914 de «El terrible
Pavo Real», primer relato de este libro, en All-Story
Cavalier Weekly supuso para ella el comienzo de su
carrera, la creación del mito de la misteriosa repor-
tera Djuna Barnes y su independencia, económica y
creativa, que tanto buscó a lo largo de su vida. En las
páginas de «El terrible Pavo Real» retrata de manera
10
mordaz el mundo del periodismo, en el que no era
más que una novata, pero también en este cuento,
como sería constante a lo largo de su obra, toma a
una mujer como protagonista, «una más grandio-
sa, más peligrosa que Cleopatra, treinta y nueve
veces más fascinante que el brillo del sol en una gold
eagle, y casi tan esquiva». Gracias a ella, al terrible
Pavo Real, podemos conocer a muchas de las artistas
de la escena neoyorquina. Algunas lograron vencer
al qué dirán y otras regresaron a la oscuridad de las
bambalinas.
Mamie Saloam, quien da nombre a este libro, bai-
larina que «procedía del estrato más bajo de los po-
bres, quienes se cubren los hombros con algodón y
los estómagos con guinga», es otro ejemplo de la
«nueva mujer», aquella que renuncia al amor y opta
por la disciplina, el arte y el sacrificio, aquella que
elige a Oscar Wilde sobre la sociedad biempensante.
La influencia de Wilde y de su «Salomé» es clara no
solo en relatos como «¿Qué ve, señora?», rebautiza-
do como «Mamie Saloam» en este volumen por su
11
involuntario parentesco con «Paprika Johnson», o
en «El jefe de Babilonia», sino en sus primeras obras
de teatro, un arte en el que Barnes también encon-
tró un refugio. Wilde y ella compartían el gusto por
las atmósferas decadentes y ambos fueron descritos
como testigos distantes de una sociedad inmovilista
a la que forzaban a colocarse frente a un incómodo
espejo.
Se asegura que Barnes desdeñaba estos primeros
cuentos al considerarlos obras menores por ser mu-
chas veces encargos de revistas y periódicos, pero su
lectura permite conocer la bohemia, el origen de su
escritura y entender la posición que decidió adoptar
a lo largo de su vida, huyendo de las luces de neón
y de las fiestas y salones literarios. Desde la sátira,
profundamente feminista, y una actitud un tanto
huraña, reescribió su realidad y no traicionó nunca
sus principios, a pesar de que no eran compartidos,
ni respetados, por muchos.
La Djuna Barnes que vivió casi cuarenta años
aislada en un apartamento de una habitación de
12
Greenwich Village es la misma que ideó estos rela-
tos, la misma que encontró en ese barrio las historias
que la inspiraban al inicio de su carrera literaria. Y
también es, por qué no, la niña de Long Island que
se convirtió contra su voluntad en cabeza de familia
cuando solo quería «matar al padre», en este caso, a
su abuela Zelda, y superarla en su camino hacia la
independencia.
Estos cuentos siguen, sin saberlo, el consejo que
años más tarde le dio James Joyce, quien conminó
a Djuna a no escribir nunca sobre lo insólito sino a
encontrar lo insólito en lo corriente, una posición
que contradijo en las décadas siguientes. Pero la base
de su obra es siempre la misma.
Es la futura voz de Djuna la que se esconde tras
una falsa ligereza. Las metáforas de estos relatos
cuestionaban la ética imperante, eran mucho más
que mero entretenimiento y proporcionaban una
guía para sobrevivir al mundo moderno. Una joven
sin apenas experiencia «reinventó» de algún modo
el género y cuestionó el periodismo de la época,
13
masculino y sensacionalista. Barnes también hace
emerger las luchas silenciosas que tenían lugar en la
isla de Manhattan, feministas, políticas y artísticas, y
habla de la perpetua soledad neoyorquina, como en
«Billete premiado 177». Los objetos en sus cuentos,
como en sus obras teatrales, también cobran vida.
Djuna Barnes renegaba erróneamente de la frivo-
lidad de sus primeros relatos, pero, gracias a ellos,
podemos conocer su delicadeza como «retratista» de
personajes sofisticados y de otros todavía apegados
de manera ancestral a la tierra. No solo presentó a
los lectores de los periódicos y revistas a, entre otros,
Alfred Stieglitz, quien transformó Nueva York por
primera vez en un escenario fotográfico, o a las ac-
trices Lilian Russell y Mimi Aguglia, sino que con-
virtió en celebridades a hombres corrientes.
En 1913 escribió para The Brooklyn Daily Eagle una
serie de artículos sobre nueve trabajadores a los que
denomina como «veteranos» por llevar más de cua-
renta años desempeñando sus respectivos oficios.
Un camarero, un conductor de tranvía o un cartero
14
son alguno de los protagonistas. Es entonces cuando
Barnes, como sucede en los cuentos de este libro,
se despoja del disfraz de periodista de «sociedad» y
deja ver su sintonía con estos seres olvidados, habla
de su desesperanza, de la falta de fe en un futuro
que, como siempre, tiranizará a muchos y en el que
reinarán solo unos pocos.
Djuna Barnes encontró en el periodismo el acce-
so al mundo de la cultura, como también hicieron
Truman Capote y la otra gran dama neoyorquina,
Dorothy Parker. El ingenio punzante, y muchas
veces hiriente, de Parker hizo de ella el principal
miembro de «la Mesa Redonda», integrada por ar-
tistas, críticos y periodistas que se reunían cada no-
che en el hotel Algonquin. Capote era el perfecto
anfitrión de la alta sociedad, de la que se burlaba,
pero, sobre todo, de la que quería formar parte.
A diferencia de ellos, desde que logró vivir de ma-
nera independiente gracias a sus artículos, la cons-
tante en la vida de Barnes fue la soledad elegida. El
Village, el territorio de la mayoría de estos relatos,
15
nunca la abandonaría. Durante un tiempo se mudó
al edificio que ocupaba el número 38 de la avenida
Greenwich, donde vivieron en diferentes épocas el
artista Marcel Duchamp, el crítico Edmund Wilson
–a quien rechazó por su admiración por la obra de
Edith Wharton–, la poeta Mina Loy, la escritora
Edna St. Vincent Millay o la autora de su retra-
to más conocido, Berenice Abbott. En esa enor-
me casa, que subalquilaba la editora Susan Light,
quien publicó dieciocho cuentos de Barnes en All-
Story Weekly entre 1914 y 1919, también encontraron
refugio los integrantes del Provincetown Players,
considerada la compañía más innovadora del teatro
estadounidense, que impulsó la carrera de drama-
turgos como Susan Glaspell y Eugene O´Neill, y
que también fue fundamental para Barnes. En sus
obras teatrales Djuna, como en sus relatos, creaba
la misma falsa distancia entre los espectadores y sus
protagonistas.
Barnes no se aisló de la sucesión de inquilinos y de
visitantes, pero ella nunca necesitó del grupo como
apoyo o desencadenante de su actividad creativa.
16
A diferencia de Virginia Woolf, nunca buscó un
Bloomsbury. Siempre fue un ser solitario, a pesar
de sus grandes pasiones. Tampoco suavizó, como
sí hacía Woolf, las tramas lésbicas, superando, en
opinión de muchos, a Henry Miller en su descrip-
ción de lo sexual al utilizar el lenguaje de manera
simbólica, desafiando al lector para que encontrara
los significados ocultos. Djuna era «la Barnes» («the
Barnes») pese y contra todos.
Greenwich y el periodismo fueron determinantes
para que se convirtiera en la autora que tanto anhe-
laba, la intelectual «exiliada» en París, «la escritora
desconocida más famosa del mundo». Djuna logró
deshacerse de la atmósfera del Nueva York de sus
inicios, algo de lo que parece no fue capaz Dorothy
Parker.
En este segundo volumen que recoge los cuentos de
juventud de Barnes queremos continuar el viaje ini-
ciado con Paprika Johnson y otros relatos. Todos ellos
dibujan un mapa hacia la madurez de la escritora.
No puede interpretarse «El bosque de la noche»
17
sin entender cómo desde un aparente costumbris-
mo se adentró en lo simbólico, tampoco se puede
explicar cómo, después de ser parte en París de la
generación perdida y vivir un exilio intelectual do-
rado, regresó al barrio de sus primeras debilidades
vitales y creativas. Fue destruyendo lo construido
a su paso para regresar al inicio. Vivir de nuevo
en el Village lejos de Joyce, de Hemingway, de su
gran amor, Thelma Wood, de su siempre fiel Peggy
Guggenheim y también de su propio personaje, de
Djuna Barnes.
Tras su regreso de Francia, ya no volvería a ser pro-
tagonista de nada, se convirtió en una mera testigo
de una vida que transcurría bajo su ventana. Desde
la penumbra observaba a sus vecinos, a los que tal
vez imaginaba como protagonistas de nuevas his-
torias, unas que decidió que nunca deberían ser es-
critas. Djuna sabía que su carta de amor y odio a
Nueva York, su despedida, era ya parte de la ciudad
desde hacía más de seis décadas.
18
Soledad
No busco otra soledad sino esta,
la del interior de mi pequeño cuarto.
Cuatro velas dispuestas para contemplar,
con anhelo en la mirada la inminente oscuridad.
Y esto, la chimenea amortajada
y el sobrio vacío a la vera del hogar;
y esto, el ensombrecido asombro
del retrato de un rostro en su marco.
Es esta mi perfecta soledad,
la del interior de mi morada victoriosa,
la meta de recuerdos persistentes
que caminan pegados a un camino por trazar.
Djuna Barnes (publicado en
All-Story Cavalier Weekly,
28 de noviembre de 1914)
19
MAMIE SALOAM
y otros relatos
El terrible Pavo Real
Fue en los meses de parón veraniego, cuando un
accidente de metro se avecina tanto como la fuga
de Thaw1, que un inusual artículo de prensa hizo su
aparición a la hora del café.
Nadie sabía al parecer de dónde había salido.
Trataba de una mujer, una más grandiosa, más pe-
ligrosa que Cleopatra, treinta y nueve veces más
fascinante que el brillo del sol en una gold eagle2, y
casi tan esquiva.
1
Juego de palabras intraducible. Barnes dice «a Thaw getaway»;
‘thaw’ es el periodo de deshielo primaveral, y el relato está ambientado
en los meses veraniegos en los que la actividad informativa se ralen-
tiza, pero es también el apellido de Harry Kendall Thaw (1871-1947),
multimillonario y asesino convicto cuyo juicio fue muy popular en
la época. Tras la condena se fugó a Canadá y fue extraditado en 1914.
2
Moneda de oro equivalente a diez dólares, que estuvo en cir-
culación hasta 1933. Existe también un juego de palabras con golden
eagle, el águila real.
23
Era un Pavo Real, decía el artículo, que no estaba
mal escrito: una sinuosa mujer de electrizantes ojos
verdes y pelo rojo, vestida de ceñida seda verdiazul,
muy observada en su lánguido transitar por las calles
de Brooklyn. Alguien… pero ¿quién?
El redactor jefe se rascó la cabeza y le encargó el
artículo a Karl.
–Averigua algo sobre ella –sugirió.
–Encasquétaselo mejor a algún novato –dijo
Karl–. Que le dé un enfoque nuevo. Hoy me tengo
que hacer cargo del caso Kinney. Qué tal Garvey.
–De acuerdo –dijo el redactor jefe, y cogió un
chicle nuevo.
Garvey quedó debidamente impresionado cuan-
do Karl viró hacia un costado de su escritorio y
plantó encima del artículo una pierna, pues Karl
era la Estrella.
Una persona bastante misteriosa en cierto modo,
este Karl. Su lugar de residencia era un secreto in-
violable. Se sabía que tenía dinero acumulado, pese
al hecho de ser reportero. Se sabía también que es-
taba casado.
24
Por otro lado, era un apagafuegos: un reportero de
primera. Si alguien creía que lo mejor era suicidarse
y dejar una notita malintencionada a una esposa que
desvariando se adentraba tres pasos en el baño y tres
en la cocina, hipando «Ay, Dios mío» a cada paso,
iba a parar a la máquina de escribir de Karl… y así
nacía una historia digna de primera plana.
–De modo que vas a buscarla –dijo Karl–. Es
condenadamente hermosa, tiene ojos de gata y el
pelo de Leslie Carter3, una Clitia cimbreña y carga-
da de bucles, provista de un cutis color del café con
leche que se ha dejado reposar toda la noche. Dicen
que atrapa más hombres en su pelo que cualquier
sirena viva o muerta.
–¿Tú la has visto? –exhaló Garvey, atónito.
Karl asintió brevemente.
–¿Por qué no la localizas tú, entonces?
–Hay dos cosas –dijo Karl con tono judicial– que
no se me dan bien. Una es la sustracción, y la otra, la
atracción. A por ello, hijo. El encargo es tuyo.
3
Popular actriz de cine y teatro (1862-1937); Caroline Lousie
Dudley era su verdadero nombre.
25
Se alejó con paso tranquilo, pero no tanto como
para no ver a Garvey henchirse visiblemente por el
cumplido implícito y acariciar su bella pajarita.
No obstante, a Garvey el encargo no le hacía gra-
cia del todo. Estaba Lilac Jane, ¿cierto? Tenía una
cita con ella esa misma noche, y Lilac Jane era su-
mamente deseable.
Él estaba en esa edad en que la devoción por una
mujer del género que flirtea con cualquier otro es
poco menos que traición.
Pero… ¡le habían asignado esta tarea por su fas-
cinación por las sirenas verdes cimbreñas! Garvey
se toqueteó de nuevo la corbata, y alegre sacó su
pañuelo con esencia de lavanda, igual que un mo-
naguillo balancea un incensario.
En la puerta se giró bajo la lámpara y se reman-
gó un puño, y sus compañeros de trabajo gruñeron.
Según su reloj de pulsera eran las siete.
Fuera se detuvo en la esquina cercana al asador.
Miró a un lado y a otro de la plomiza calle debido
a los apagados escaparates de sus floristerías y a las
casas de fachada gris, deseoso de que hubiese al-
guien con quien poder hablar sobre su sentimiento
26
de competencia en un mundo de hombres compe-
tentes.
La vista en el asfalto, perdida en fervientes sueños
sobre Lilac Jane, deambuló. El rugido del tráfico en
el puente no lo perturbó, ni los gritos de los barque-
ros en el atardecer en el muelle.
Entre las visiones rosáceas se cernió por fin algo
verde.
¡Zapatos! Zapatos pequeñitos, estilizados e inma-
culados; sobre un destello de finas medias verdes, en
unos tobillos aún más estilizados.
Se oyó el tintineo de una risa, y Garvey volvió
en sí, rojo y sudoroso, y al pasar el delgado cuer-
po vestido de verde alzó sus ojos hasta los ojos del
Pavo Real.
Era ella, sin lugar a dudas. Su pelo era de un rojo
terrible, incluso en la oscuridad, y resplandecía unos
veinte centímetros por encima de su frente, en el
recogido más alto que Garvey había visto jamás. El
brillo de la luna lo atravesaba como la mantequilla
una tela mosquitera.
Su cuello era largo y blanco, sus labios más rojos
que su pelo, y sus ojos verdes, con el ajustado vestido
27
de seda que al moverse ondeaba como aguas revuel-
tas sembradas de algas, completaban aquella osada
creación. Los poderes fácticos habían buscado el
efecto póster cuando hicieron al Pavo Real.
Era de una belleza inverosímil, y a ella Garvey le
resultó gracioso. Su risa plateada tintineó de nue-
vo cuando él la miró fijamente, el pulso a cien a la
sombra.
Trató de convencerse de que aquel efecto fisio-
lógico se debía a su instinto periodístico, pero es de
suponer que Lilac Jane habría formado su propia
opinión sobre el Pavo Real de haber estado presente.
–¿Y bien, jovencito? –exigió ella, sus asombrosos
ojos metidos en mortífera faena.
–Lo… Lo siento… No pretendía… –balbució
desvalido Garvey, aunque no intentó escapar.
–¿Me estabas echando un piropo mirándome de
ese modo? ¿Es lo que tratas de decirme?
Ella volvió a reír, se deslizó hasta él y lo cogió
del brazo.
–Me gustas, jovencito –dijo.
–Me llo-llamo Garvey, soy del… del Argus.
Eso la sobresaltó, y lo miró con aspereza.
28
–¡Un reportero!
Pero su risa tintineante resonó otra vez, y ambos
echaron a andar.
–Bueno, por qué no –dijo ella, jovial.
Luego, de forma totalmente inesperada.
–¿Bailas tango?
Él asintió enmudecido, batallando por encontrar-
se la lengua.
–¡Me encanta! –declaró el Pavo Real, e hizo a su
lado uno o dos pasos de baile–. ¿Quieres llevarme
a algún sitio donde podamos hacer un giro o dos?
Garvey tragó a duras penas y mencionó un afa-
mado local.
–¡Por favor! –exclamó la sirena de ojos verdes, y
volvió sus asombrados orbes hacia él–. ¡Yo no bebo!
Vayamos a un salón de té… al Poiret’s –lo pronunció
«Poyrett’s».
Garvey soportó así que lo llevaran al matadero,
y de camino ella charlaba con ligereza. Él sacó su
pañuelo y se enjugó suavemente las sienes.
–¡Santo cielo! –dijo ella, arrastrando cada sílaba–.
Hueles igual que una epidemia de mujeres desma-
yadas.
29
A Garvey aquello le dolió, pero muy dentro de
sí decidió de repente que, en un calmante varonil
aplicado en frío, aquel aroma estaba de más.
Entraron a un local vivamente iluminado en el
que había ya pocas chicas y menos hombres.
Buscaron mesa y ella pidió té y pasteles, y urgió
a su acompañante a que no se cortara. Garvey pidió
con obediencia y profusión.
Al poco, empezó la música, y él la llevó en vo-
landas hacia la pista y hasta aquel fascinante baile.
Sí, Garvey era muy buen bailarín. ¡Pero el Pavo
Real!
Era ligera y sinuosa como una voluta de neblina
verde, pero de sólido hueso y músculo en los brazos
de él.
Era la pura poesía del movimiento, el espíritu del
baile, la esencia de la gracia y la belleza.
Y cuando paró la música, Garvey podría haber
gritado de irritación, pese a estar sin aliento.
Pero el Pavo Real no estaba en absoluto afectada.
De hecho, no había dejado de hablar durante todo
el baile.
30