Oraciones
y
Mensajes
Del editor
La oración es uno de los más bellos actos del hombre para con Su
Creador. Es una adoración que engloba todas las actitudes del
espíritu humano en su aproximación a Dios.
El verdadero cristiano practica culto al Señor cuando confiesa,
alaba y clama en oración.
El Espíritu Santo es quien convence al hombre de pecado y de
juicio. Cuando alguien ora a Dios, es porque el Espíritu del Señor
ya lo tocó para este acto sublime.
Si conversamos, hablamos a los hombres; si oramos, hablamos
con Dios.
En toda la historia bíblica encontramos a personas orando,
hablando, suplicando, intercediendo ante su Creador. Jesucristo
también demostró eso, pues todo Su ministerio fue impregnado
de contactos, a través de la oración, con Dios-Padre.
En el Evangelio de Juan, capítulo 17, encontramos a Jesús orando
por Sus discípulos y por la Iglesia. Él nos dio el verdadero ejemplo
de una vida de oración.
En una ocasión, J. Haydn, un famoso compositor clásico,
conversaba con dos amigos sobre la tristeza y la depresión. Uno
de ellos argumentó: “Cuando siento desanimado y triste, tomo
vino y eso me reanima”. El otro respondió: “Recurro a la música;
la escucho cuando me siento deprimido y sin consuelo. La música
me restaura el ánimo”. Y Haydn concluyó el asunto: “Cuando
estoy muy triste y el desaliento se apodera de mi ser, yo oro. Me
retiro a un lugar solitario y paso algún tiempo más cerca de Dios;
esto me fortalece y me restituye la alegría y el placer de vivir y
trabajar”.
Sí, la oración es el único recurso apropiado para extraer de Dios la
solución para todos nuestros problemas.
El poder de la oración ha generado incontables soluciones y ha
frenado la furia del maligno, que lleva a billones de personas al
tormento eterno. Sin duda, la oración es la raíz, la fuente de
innumerables bendiciones.
Muchas veces, ante determinados problemas, nos olvidamos del
camino de la oración; aun así, jamás debemos olvidar las palabras
de Dios al rey Salomón.
mano:
“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual Mi Nombre es invocado,
y orasen, y buscasen Mi rostro, y se convirtieren de sus malos
caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus
pecados, y sanaré su tierra”.
2 Crónicas 7.14
La editora Gráfica Universal Ltda., acompañando el gran trabajo
realizado por la Iglesia Universal del Reino de Dios en el terreno
de la fe, publica esta antología que, con seguridad, será de gran
valor para aquellos que recurran a ella.
La obra está dividida en dos partes: oraciones y mensajes.
En la parte de las oraciones, encontramos los aportes del obispo
Macedo, identificadas por sus iniciales (O.M.), aparte de bellas
oraciones registradas en las Sagradas Escrituras. En la parte de
mensajes, también encontramos palabras de edificación
espiritual, de autores desconocidos (A.D.), que, por su belleza,
vienen permaneciendo vivos a través de los tiempos, siempre
bienvenidos para aquellos que viven en Cristo Jesús.
¡Sea esta obra una bendición para su vida!
Oraciones
A mi Padre
¡Oh Señor, mi Dios y mi Padre! Qué bueno es saber que no soy
huérfano y que te tengo a Ti como Padre. Mi vida estaba hecha
de gemidos y ayes, como una rama solitaria arrancada por el
viento.
Así me sentía, carente y abandonado. Pero el Señor me tomó y
me concedió la salvación. Convertiste mi lamento en alegría y mi
alma ahora canta con los pájaros. “Bendito sea el Señor, mi
Padre, porque oyó mis suplicas”, (Salmos 28:6)
Hizo callar mi grito de dolor e hizo que mi vida tuviera sabor. Por
eso yo Te amo mi Padre. Porque me diste a Jesús, el Salvador. Y
Jesús, al Espíritu Consolador…
Gracias, Señor
Gracias, Señor, por los brazos perfecto, cuando existen tantos
mutilados. Por mis ojos perfectos, cuando hay tantos sin luz. Por
mi voz que canta, cuando tantas enmudecen. Por mis manos que
trabajan, cuando tantas mendigan.
Es maravilloso, Señor, tener un hogar adonde regresar, cuando
hay tantos que no tienen adonde ir.
Sonreír, cuando hay tantos que lloran. Amar, cuando hay tantos
que odian. Soñar, cuando hay tantos que se revuelven en
pesadillas. Vivir, cuando hay tantos que mueren antes de nacer.
¡Sobre todo, tener poco para pedir, y mucho para agradecer!
Pedido de gracia
Oh amadísimo Jesús, concédeme que Vuestra gracia esté
conmigo todos los días, y que obre en mí hasta el fin de mi
existencia terrena.
Señor, dadme la gracia de desear siempre lo que Te fuere acepto
y agradable. Que Vuestra voluntad sea siempre la mía. Que tenga
contigo, mi Señor, el mismo querer y la misma voluntad.
Haced que yo muera para el mundo y que desee ser un auténtico
mensajero de Vuestro supremo amor.
Permitidme, mi Jesús, que descanse en Ti por encima de todos los
bienes deseables. Señor, sois la verdadera paz del corazón y
nuestro Único descanso: Fuera de Vuestra presencia, todo es
inquietud y desesperación. En esta paz verdadera, que es el Señor,
Sumo y Eterno Dios, quiero dormir y descansar. En el nombre de
Jesús.
Amén.
Suplica de un atribulado
(O.M.)
¡Oh Señor, mi Dios y mi Padre! En este momento de tristeza y
dolor, mi alma se aproxima a Ti.
Es verdad, Señor, que nada tengo de bueno ni loable para
presentarte. Cuando mis actos están a la luz de Tu presencia, me
avergüenzan. Busco ardientemente una buena obra que haya
practicado, para presentártela, pero la conciencia…
¡Ah! Mi conciencia deja mucho que desear.
Señor, inclina Tus oídos a mi clamor, ¡por la consideración de los
méritos de Tu amado Hijo Jesucristo! ¿Pueden, acaso, aquellos
que descienden a las sepulturas glorificarte? ¿Acaso en las
tinieblas se manifiestan Tus maravillas? Yo, Señor, aprovecho Tu
invitación que dice: “Invócame en el día de la angustia; te libraré,
y tú me honrarás “. (Salmos 50:15)
Y hago este pedido: ayúdame Señor, una vez más, pues mi alma
se encuentra perdida; extiende tu perdón hacia mí y líbrame de la
persecución implacable de mis enemigos, que son más fuertes
que yo.
Ah, Señor, cuando me levantes de esta tribulación terrible, ¡mi
corazón propone nada más que glorificarte para siempre! Desde
ya, Te agradezco por todo, anticipadamente, en el nombre del
Señor Jesucristo.
Amén
Padre, saca de mí el miedo
Padre Celestial, déjame abrigarme en Ti. Ayúdame a mirar hacia
arriba, hacia donde Tú estás. Saca de mí el miedo, las tribulaciones
que me envuelven. Llena de paz y amor mi vida. Señor, quédate a
mi lado para que, sin miedo, yo pueda enfrentar a los enemigos
de mi alma y a las fuerzas del mal. Quédate conmigo siempre,
pues Tu Palabra me conforta. Oh Espíritu Santo, que vives e
intercedes por mí; gracias Te doy, porque me vigilas, y conoces
bien mi vida.
Oh, Salvador vivo, me regocijo y te alabo, porque Tú me libraste
de la muerte espiritual y me concediste el derecho a la vida eterna.
Padre, perdóname por mi constante deseo de escoger mis
propios caminos en la vida, lo que llena ahora mí corazón de
temor, porque muchas veces actué sin aceptar que la verdad, la
alegría y la felicidad sólo vienen cuando buscamos primeramente
Tu Reino. Señor, saca de mí el miedo, en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración de un enfermo
(O.M.)
¡Oh Señor, Mi Dios y mi Padre! Por tus misericordias, que son
infinitas, en el nombre de Tu Hijo Jesucristo, vengo hasta Tu
presencia para exponer todas mis enfermedades.
Yo sé, Señor, y estoy seguro, que las dolencias y enfermedades
que asolan a la humanidad no provienen de Ti, pues mi mente no
puede concebir la idea de que de una fuente de donde fluye agua
dulce, pueda fluir agua amarga también.
Entonces, Dios y Padre mío, en este momento de dolor profundo,
cuando mi carne ya no tiene más placer de vivir, cuando mi lecho
ya hierve por causa de este cuerpo dolorido de día y noche,
cuando la medicina ya desechó mis chances, quiero ahora, oh mi
Dios, en el nombre del Señor Jesucristo, ¡que esta maldición de
enfermedad salga de mi cuerpo, que ella abandone mi ser
definitivamente! ¡En el nombre del Señor Jesucristo!
¡Ahora, Señor, yo Te agradezco, porque, aunque no vea ninguna
evidencia de mi cura, creo que ya estoy curado por Tu nombre,
por Tu Palabra y por Tu Espíritu! ¡Estoy absolutamente seguro de
que las sensaciones que tengo en este momento no pueden
ofuscar mi fe en Ti, en Tus Palabras, en Tu Espíritu, y en Tu nombre,
de que estoy completamente curado!
Amén.
Oración para reprender el mal
¡Oh, Grande, Invencible y poderoso Dios de los Ejércitos! En el
nombre del Señor Jesús, yo me levanto contra todo mal que me
cerca. Uso, oh Dios, el Nombre de los nombres, el nombre de Tu
amado Hijo, para reprender a todas las fuerzas extrañas y ocultas
que están intentando derrumbarme.
Y a través de mi fe en Aquel que es el mismo ayer, hoy y lo será
para siempre, el Señor Jesucristo, yo ya me considero liberado, a
partir de este momento en adelante, porque Tú Señor Jesús me
garantizas el milagro, pues dijiste que ¡Todo lo que pidiéramos en
Tu nombre, Tú atenderías! Por lo tanto, ¡Todo mal que me
perturba, salga! ¡Ahora mismo! ¡En el nombre de Jesús!
Gracias, Señor, pues ya puedo ver la luz; gracias, Señor, porque ya
puedo sonreír. ¡Oh! ¡Gracias al Señor Jesús! ¡Oh! ¡Gracias a Ti,
Señor, que inclinas Tus oídos para atender a un desmerecido!
Ahora, Señor, yo puedo afirmar que solo el Señor es Dios.
¡Tómame en este momento y haz de mí un vaso de bendiciones,
en el nombre del Señor Jesús!
Amén.
No recibí nada de lo que pedí…
Pedí al Señor Jesús ser fuerte, a fin de ejecutar proyectos
grandiosos, y Él me hizo débil, para conservarme humilde.
Pedí al Señor que me diera salud para realizar grandes
emprendimientos, y Él me permitió la enfermedad para
comprenderlo mejor.
Pedí al Señor riqueza para poseerlo todo, y Él me permitió ser
pobre, para no ser egoísta.
Pedí al Señor poder, para que los hombres necesitaran de mí, y Él
me dio humildad, para que de Él precisase.
Pedí al Señor todo para gozar la vida, y Él me dio la vida, para
gozar de todo.
Señor, no recibí nada de lo que pedí, pero me diste todo lo que
necesitaba, y, casi contra mi voluntad, las oraciones que no hice
fueron oídas. ¡Alabado seas, oh Dios mío! ¡Entre todos los
hombres nadie tiene más que yo!
(Oración de un atleta norteamericano que, a los 24 años, quedó paralítico y
encontró al Señor Jesús como Salvador).
Oración del vicioso
(O.M.)
¡Señor mi Dios y mi Padre! ¡Tú eres el mismo hoy y lo serás
siempre! Y esta es la razón por la que me presento delante de Ti
en este momento.
Mi vida ha sido esclavizada por el maldito vicio, que provoca la
destrucción de mi ser.
Hasta soy motivo de vergüenza para los que viven conmigo.
¿Cuántas veces intenté abandonar esa terrible plaga? ¿Cuántas
veces luché desesperadamente, pero todas mis luchas fueron en
vano, pues continúo siendo el mismo, y hasta peor, cada día que
pasa?
Pero ahora, ya no soporto más; tengo asco de mí mismo cuando
me veo al espejo. Siento que mis días están acortando, por eso
mismo, apelo a Tu misericordia y a Tu comprensión.
Retira de mies espíritu de obsesión, qué tanto controla mi
voluntad. Arranca esa fuerza maligna que me domina, porque
tengo certeza de que Tu poder es mayor que todos los poderes
de este mundo; que Tu espíritu es suficientemente capaz de
expulsar de mi cuerpo cualquier espíritu maligno.
Oh, mi Señor, en el nombre del Señor Jesucristo, has venido sobre
mí Tu gracia y devuélveme la alegría de vivir. En el nombre y por
amor del Señor Jesucristo.
Amén.
Oración de La mujer sabia
¡Señor! Dame Tu sabiduría, para que pueda edificar mi hogar.
Yo sé, Señor, que los días son de división en las familias. Y los hijos,
mientras son pequeños, pueden ser auxiliados, pero al crecer, es
muy difícil establecer una comunicación fluida, porque el mundo
los saca de nuestras manos y los martiriza.
¡Ah Señor! Tú que eres Padre, sabes lo mucho que necesitamos
saber. Cuántas veces, Señor, movidos por el arrepentimiento,
hacemos de nuestro lecho un verdadero mar de lágrimas, a causa
de una corrección agresiva que hicimos aquel día. Mi Dios, dirige
mis manos y no dejes de rumbar mi pequeño mundo.
Crea en mí un corazón comprensivo, para que Tu nombre no sea
manchado por mi causa. Ayúdame, Señor, ayúdame…
Oración de la madre afligida
(O.M.)
¡Señor, mi Dios y mi Padre! Sin merecerlo, derramo mis
lamentaciones delante de Ti.
Hago esto, porque sé que, a través de Tu amado Hijo Jesucristo,
Tú recibes y atiendes a todos los que Te invocan.
Mi Dios, Tú sabes lo que pasa en el corazón de esta madre afligida,
pues Tú entiendes los sentimientos de una madre. Ten en cuenta
que cuando Tu Hijo Jesús estuvo aquí, y sufrió en la propia carne,
en el alma y en el espíritu, viste también las lágrimas de aquella
que Lo engendró, que Lo amamantó y Lo acarició.
Cuando estaba siendo clavado en el pesado madero, aquellos
martillazos eran como puñaladas en su pecho consumido.
Colgado en la cruz, viste la esencia de la expresión del dolor de
una madre.
Y ahora, Señor, mientras hablo contigo, estoy segura de que me
comprendes. Mi hijo, que en medio de dolores di a luz, que en
medio de las humillaciones crié, por el que tanto luché, tanto sufrí
y tanto gemí, hoy me trae disgustos y me da las espaldas, porque
poco aprendió a través de mis luchas y lágrimas.
¡Ah, Padre mío! Estoy confundida y avergonzada. Te pido justicia,
seguramente él sufrirá…Mi voz está embargada por el dolor y ya
ni sé qué pedir.
Pero Tu Espíritu, qué explora corazones y examina nuestro
entendimiento, sabe lo que yo más necesito.
Socórreme, Señor, pues mi alma está cansada de decepciones y
males, y mi vida ya no tiene razón de ser. A pesar de todo, no
permitas que mi hijo pase por lo que su madre está pasando.
Guárdalo realmente como si fuera Tu en el nombre del Señor
Jesús.
Amén.
Al Señor Jesús
Encontré a Jesús, el Señor, y con mi vida Lo declaré mi Salvador.
Mi alma yacía perdida en la tempestad, sin esperanza. Entonces
invoqué al Señor y Él me trajo la bonanza.
¿Cuántas veces, en medio de la desesperación, sin saber cómo
orar, pronuncié Tu nombre repetidas veces, sin cesar, y me vi sano
y salvo?
Me acuerdo de estas cosas y dentro de mí se me derrama el alma,
al saber que el Señor Jesús siempre me salva.
¡Oh, Jesús, cómo Tu nombre ha librado mi vida! Yo quisiera
anunciarlo mientras viva…
Bien dijiste:
“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Lo
pondré en alto, por cuanto ha conocido a mi nombre. Me invocará
y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y lo
glorificaré: Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación.”
Salmo 91:14-16Por eso es que Te amo, Jesús, y Tu alabanza estará
para siempre en mis labios. Mi corazón celebrará con júbilo Tu
nombre de tal forma, que el mundo te reconocerá como Único
Señor y Salvador.
Primera oración de arrepentimiento
¡Oh Señor, mi Dios y mi Padre! Una más pido Tú perdón. Mi alma
está humillada de vergüenza.
Por causa de mi pecado, la conciencia me acusa de día y de noche,
no encuentro placer en nada más de esta vida. Mis transgresiones
han sido el pan de cada día.
No puedo culpar a nadie por esto; soy el único culpable, pues hice
lo que es malo ante Tus ojos y contra Ti pequé. Ya no soy digno
de ser considerado Tu hijo. Lávame de mi iniquidad
completamente, en la sangre de Tu Hijo Jesús, y restituye en mí
Tu Salvación. ¡Crea en mí, Oh Señor, mi Dios, un corazón puro, y
renueva dentro de mí un espíritu inquebrantable!
Permíteme permanecer en Tu presencia, pues de lo contrario no
soportaré más la vida. Tú dijiste: “Al que viene a mí, no le echo
fuera”, (Juan 6:37), y Tu Palabra no puede volver atrás.
Por lo tanto, acéptame de nuevo y lléname de tu Espíritu Santo. Y
mis labios manifestarán Tu alabanza para siempre. En el nombre
del Señor Jesucristo.
Amén.
Segunda oración de arrepentimiento
¡Señor, mi Dios y mi Padre! Compadécete de mí, oh Dios, según la
multitud de Tus misericordias. Borra todos mis pecados, los que
cometí consciente e inconscientemente.
Pasa por mi alma una esponja embebida en la sangre del Cordero.
Y permíteme nunca más acordarme que un día Te traicioné.
No dejes que el gallo cante en mi oído: traidor, traidor, traidor…
Estoy nadando en lágrimas. Tú conoces mi interior.
Mi corazón brota, al punto de casi tener que agarrarlo con las
manos.
¡Ah! Mi Dios, sálvame, Te pido, pues sabes que los que descienden
a las sepulturas no Te pueden exaltar, pero aquellos que de ella
salen…
Yo podría convivir con la enfermedad, con el desprecio, y hasta
con la muerte, pero jamás con la conciencia acusándome
permanentemente. ¡Esto es muy doloroso para mí, perdóname!
Perdóname, por el amor que Tú le tienes a Tu Hijo Jesús.
Perdóname. En el nombre del Señor Jesucristo.
Amén.
Oración franciscana
¡Señor, haz de mí un instrumento de Tu paz!
Que allí donde haya odio, lleve yo amor;
Donde haya ofensa, lleve yo perdón;
dónde haya discordia, lleve yo unión;
Donde haya dudas, lleve yo fe;
Donde haya errores, lleve yo verdad;
Donde haya desesperación, lleve yo esperanza;
Dónde haya tristeza, lleve yo alegría.
¡Dónde haya tinieblas, lleve yo luz!
¡Oh, Maestro!
Haz que yo busque más consolar que ser consulado.
Comprender más que ser comprendido.
Amar más que ser amado. Es dando que se recibe.
Y perdonando que se es perdonado.
Y es muriendo que se vive para la vida eterna.
Oración sabía
(O.M.)
¡Oh Señor, mi Dios y mi Padre! Concédeme esperanza para vencer
todas mis ilusiones.
Permíteme tener un corazón como los campos sembrados de
amor. De mi vida haz fluir vida, para auxiliar a Tu humanidad.
Señor, que Tus Palabras sean preferidas por mis labios, con el fin
de aumentar los días risueños de Tu pueblo y disminuir las noches
tristes.
Haz posible que mis enemigos se transformen en amigos, y no me
permitas ser cordero entre lobos, ni león preso en las cuerdas.
No permitas que mi corazón guarde rencor ni odio, pero si por
ventura ellos vinieren sobre mí; que antes de la puesta del sol,
salgan de mí.
Mi padre, dame buenos ojos, para que pueda ver solamente las
cualidades de las personas.
¡Ah, Señor! Vigila mi boca, para no dejar que mis palabras sean
feroces y así pueda glorificarte cada vez más.
Que la justicia sea mi vestimenta cotidiana, para que Te vean en
mí.
Amén.
Oración de agradecimiento
Yo te agradezco, Señor, porque fui salvo del pecado a través de la
cruz de Jesucristo.
Yo te agradezco, Padre Celestial, porque Tú eres mi Amigo que
me guías con amor, cuando deposito plena confianza en Ti.
Yo te agradezco, Dios mío, porque en las horas tristes de mi vida,
jamás dejaste caer algo sobre mí que yo no pudiese soportar sin
perder la fe en Ti.
Yo te agradezco, Señor, porque Tu Palabra aún es lámpara a mis
pies y luz para mis caminos; porque Tú eres el Poder que
transformó mi vida, poder que fue revelado en Tu Hijo Jesucristo,
porque en Él venciste la muerte, el pecado y la sepultura.
Te agradezco, Señor, por el aire que respiro y por la sonrisa de los
otros; por el colorido de todo lo que me inspira, cuando me dirijo
a Ti; por la importancia de pertenecer a Tu Iglesia; por la promesa
de siempre estar conmigo cuando yo Te busque; por las señales
de Tu presencia; por el privilegio de poder hablar Contigo y por
las pruebas que Tú aplicas a mi fe, que se fortalece siempre que
recurro a Ti.
Gracias, Señor, porque me amas. Gracias, porque Tú no cambias.
En el nombre del Señor Jesucristo.
Amén.
Oración por todos
¡Oh, mi Dios y mi Padre! En el nombre del Señor Jesucristo, entro
en Tu presencia.
Reconozco mis muchas flaquezas y debilidades, y reconozco
también que Tú eres mi única fortaleza. Porque en Ti reconozco
la esencia del poder, la gloria y la majestad.
Gracias te doy, porque me hiciste ver esto tempranamente en mi
vida, de tal forma que mis pocos sufrimientos fueron apenas
oportunidades para conocerte un poco mejor.
Ahora, Señor, aquí me atrevo a hablar Contigo en favor de
aquellos que están a mi alrededor llorando; unos por causa de
enfermedades crueles, y otros debido a las decepciones de falsos
amigos.
Están aquellos que lloran porque tienen hambre, y hay quien llora
por estar hastiado…
Ah, Señor, los gritos son de desesperación y tormento, hay
momentos en que pienso partir de aquí para no sufrir sus
desalientos. ¿De qué sirve, mi Padre, vivir así y hacer tan poco?
¿Hasta cuándo mis ojos han de ver caer mil a mi lado y diez mil a
mi derecha?
¡Dame las fuerzas de Sansón, el coraje de David y la sabiduría de
Salomón!
Dame el Espíritu de Moisés, de Elías, y del Señor Jesucristo, y mi
mano levantará a aquellos que caigan a mi lado. ¡Y usted, que
lee ahora mi oración, reciba el mismo Espíritu que me inspiró a
hacerla! ¡En el nombre del Señor Jesucristo!
Amén.
Oración pidiendo consuelo
Señor de los Cielos y de la Tierra, Creador del Universo, Dios
único y verdadero. Todo lo que puedo desear para mi consuelo,
no lo espero en esta vida, pero sí en Tu Reino eterno.
Aunque tuviera todos los consuelos del mundo y pudiera
usufructuar de todas sus delicias, cierto es, Señor, que no podrían
durar mucho tiempo. Por lo tanto, mi Dios, considero que no
podré encontrar consuelo y alegría verdadera si no es en Ti, que
consuelas a los pobres, a los débiles y proteges a los humildes.
Espero la divina promesa, porque sé que en el Cielo tendré todos
los bienes en abundancia, pues muchas veces los bienes
terrenales nos impiden recibir los bienes eternos.
Grandioso y eterno Señor de los cielos, aunque poseyera todos
los bienes creados, no podría ser feliz y estar contento, porque
solo un Dios que creó todas las cosas es pleno en
bienaventuranza y felicidad; no como entienden y alaban los
apegados al mundo, si no como las esperan los buenos siervos
del Señor Jesucristo.
Sé, mi Dios, que vano y breve es todo consuelo humano. Y el
dichoso el verdadero consuelo es lo que la Verdad hace percibir
en el fondo del corazón. Ayúdame, pues Señor Jesús, en todo
lugar y en todo tiempo.
No permitas, Señor, que me falte el consuelo y la alegría de Tu
amor y de Tu Espíritu Santo. Amén.
Oración de entrega total
¡Oh, Señor, mi Dios y mi Padre! Bendito es Tu nombre para
siempre. De eternidad en eternidad.
Tuyas, Señor, son la honra, la gloria, la majestad, la victoria y la
grandeza. ¿Qué dios hay en este mundo semejante a Ti? ¿Con
quién Te podemos comparar?
He aquí, que los dioses de este mundo tienen boca, pero no
hablan; tienen oídos, pero no oyen; tienen piernas, pero no se
mueven sin las piernas de los que los adoran…
Sin embargo, Señor Tu eres grande, Tú eres el Señor de los
Ejércitos, que vence todas las batallas, apenas con la Palabra de
Tu boca. Riquezas y honra provienen de Ti, Señor, pues ¡Todas las
cosas Te pertenecen!
Contigo está el engrandecer y el poder de dar fuerza a todo.
Ahora, pues, Oh Señor Jesucristo, gracias Te doy y alabo Tu
soberano nombre, porque ¿Quién soy yo para que en este
momento pueda ofrecerte mi vida? ¿Acaso tengo algún valor?
Mientras tanto, sé y estoy seguro de que mientras prefiera estas
simples palabras, Tu Espíritu me toma como incienso para Tu
gloria.
Acéptame, Señor, como uno más de Tus siervos inútiles, y haz de
mí un vaso que desborde Tu exaltación. Desde ahora y para
siempre. Amén.
Dios
(A.D)
¡Pasé tanto tiempo buscándote! No sabía dónde estabas; miraba
hacia el infinito, pero no Te veía. Y pensaba: ¿Será que Tú existes?
Disconforme, proseguí en la búsqueda.
Intentaba encontrarte en las religiones y en los templos; pero
tampoco estabas. Te busqué a través de sacerdotes y pastores,
pero tampoco Te encontré. Me sentí solo, vacío, desesperado, y
descreía. En la incredulidad Te ofendí, y en la ofensa tropecé, y en
el tropiezo caí, y en la caída me sentí débil.
Débil, busqué socorro; en el socorro encontré amigos, en los
amigos encontré cariño, en el cariño vi nacer el amor.
Con amor vi un mundo nuevo; y en el mundo nuevo decidí vivir.
Lo que recibí, decidí dar.
Dando lo mejor, recibí mucho más, y recibiendo, me sentí feliz, y
al ser feliz, encontré paz, y teniendo paz percibí que era adentro
mío que estabas Tú.
Y sin buscarte fue que Te encontré.
Oración de confianza
El señor es mi luz y mi salvación; ¿De quién tendré miedo?
El señor es la fortaleza de mi vida; ¿A quién, entonces, temeré?
Cuando los malignos vengan contra mí para destruirme, ellos
tropezarán y caerán. Porque el Señor está conmigo y no me
dejará.
Y aunque un gran ejército acampe contra mi vida, aun así mi
corazón no se atemorizará porque el Señor está conmigo y no me
dejará.
Y si se levanta guerra contra mí, continuaré confiado, porque el
Señor está conmigo y no me dejará.
¡Ah, qué bueno es saber que el Señor está conmigo y no me
dejará!
Si las tempestades resuelven abatirme con toda su furia, mi
corazón dirá: mayor es mi Señor, y porque Él está conmigo, no me
dejará.
Una cosa anhela mi alma de Dios, que Su mano me guíe siempre.
Para que todos sepan, a través de mí, ¡que el Señor está conmigo
y nunca me abandonará!
Primera oración pidiendo socorro divino
(O.M.)
¡Oh Señor, mi Dios y mi Padre! ¡Sálvame por amor a Tu nombre!
Pues mi vida está al borde de la muerte.
Soy como aquella hoja llevada por el viento que es martirizada
por el calor solar. Pisada por los brutos de este mundo, se partió
y se subdividió. Y golpeada nuevamente por el duro viento, se
desparramó en pedacitos. Así es mi vida, toda convulsionada, con
problemas por todos lados…
Sabes, Señor, cuando pienso que la muerte es un premio para mí,
alguien me hace recordar Tu nombre, y una esperanza comienza
a nacer. Extiende Señor, Tu mano y junta mis pedacitos.
Derramar sobre mí el rocío de Tu trono, crea vida nueva en mí e
injértame de nuevo en la Vid Verdadera. No tengo a nadie a quién
clamar.
Señor, si acaso me decepcionas, voy a desaparecer para siempre…
Dame, Señor
Dame coraje para despreciar el mal y hacer lo que es bueno.
Dame Tu bendición en mi trabajo diario, y el poder de vencer las
tristezas, el dolor, los fracasos, para vivir en el Espíritu de
Jesucristo, en cuyo nombre oro.
Dame Tu gracia, para que pueda encontrar en las Escrituras Tu
voluntad, confiando esperanzadamente en Tus promesas.
Dame la alegría y la bendición de la comunión contigo, para que
la luz divina pueda brillar sobre mi camino y guiarme en la
dirección que Tú deseas.
Dame la aspiración y la inspiración para seguir Tus pasos y un
corazón sano, libre de cualquier maldad, y fuerzas cuando el
cuerpo flaquee.
Dame ojos compasivos, para ver la necesidad ajena, y manos que
se extiendan en busca de auxilio; dame poder y fuerza para llevar
a mis seres queridos a conocer a Jesucristo como bendito
Salvador.
Dame, Señor, todo lo que proviene de Ti, para que pueda alejarme
del vicio, del pecado, de la enfermedad y de la iniquidad. En el
nombre de Jesucristo.
Amén.
¡Ayúdame, Señor!
¡Oh Señor de todas las cosas, ayúdame a crecer diariamente en el
conocimiento de Tu sabiduría y de las riquezas que están ocultas
a mi alrededor!
Ayúdame a buscar las cosas que producen la paz, para que sea
digno de ser llamado Tu Hijo.
Ayúdame a ver Tu bondad y Tu cuidado para conmigo en cada
actividad o circunstancia.
Ayúdame a amar mi trabajo y hacerlo para Tu honra y gloria.
Ayúdame, Señor, a probar la verdad de que soy realmente libre,
cuando me someto a Tu voluntad.
A dar testimonio de Ti a través de mi honestidad, de mi hablar y
de mi actuar; a vivir para Ti en amor y bondad para con mi
prójimo. A soportar La derrota o la prueba, y a usar el fuego de las
experiencias sufridas para moldear y templar mi fe en el poder
revelado en Cristo Jesús. A no permitir que ningún pecado,
tristeza o dolencia, roben mi alegría en Ti; a mostrar a los otros lo
maravilloso de ser cristiano cada día que pasa.
Ayúdame, Señor, a ser más que vencedor, en el nombre de Tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Oración del inicio de año
Eterno Dios, nuestro Padre, te damos gracias por todo lo que el
año pasado nos trajiste de misericordia y de verdad.
Perdona nuestros pecados y graba en nuestras mentes las
lecciones de fe que el tiempo nos ha enseñado.
Conforta a aquellos para los cuales el año que pasó fue de tristeza
y de separación, y da coraje a aquellos que fracasaron.
Que el amor reine nuestros corazones y la paz venga al mundo, a
través de Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Oración de Ezequías
“Oh Señor, Dios de Israel, que moras entre los querubines, solo
Tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; Tú hiciste el cielo y la
tierra. Inclina, oh Señor, Tu oído, y oye; abre, oh Señor, Tus ojos, y
mira; y oye las palabras de Senaquerib, que ha enviado a
blasfemar al Dios viviente.
Es verdad, oh Señor, que los reyes de Asiria han destruido las
naciones y sus tierras, y que echaron al fuego a sus dioses, por
cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres,
madera o piedra, y por eso los destruyeron.
Ahora, pues, oh Señor Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su
mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que solo Tú,
Señor, eres Dios.”
2 Reyes 19:15-19
Primera oración de Moisés por el pueblo
¡Oh Señor, ¿Por qué se encenderá Tu furor contra Tu pueblo, que
Tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano
fuerte?
¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal lo sacó,
para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la
tierra?
Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu
pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a
los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho:
Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo;
y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado,
y la tomarán por heredad para siempre.”
Éxodo 32:11-13
Segunda oración de Moisés por el pueblo
“Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has
declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te
he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis
ojos.
Ahora, pues, sí he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me
muestres ahora tu camino, para que te conozca, Y halle gracia en
tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo.”
Éxodo 33:12,13
Lamento de Moisés
“Y dijo Moisés al Señor: ¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿Y
por qué no he hallado gracia en tus ojos, qué has puesto la carga
de todo este pueblo sobre mí? ¿Concebí yo a todo este pueblo?
¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como
lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus
padres? ¿De dónde conseguir eso carne para dar a todo este
pueblo? Porque lloran a mí, diciendo: Danos carne que comamos.
No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado
en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des
muerte, sí he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal.”
Números 11:11-15
Salmo 23
“El Señor es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar.
Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me
guiará por sendas de Justicia por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal
alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me
infundirán aliento.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente
el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y
en la casa del Señor moraré por largos días.
La bendición sacerdotal de Moisés
“El Señor te bendiga, y te guarde; haga resplandecer su rostro
sobre ti, y tenga de ti misericordia; alce sobre ti su rostro, y ponga
en ti paz.”
Números 6:24-26
Padre Nuestro
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu
nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así
también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y
perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación,
más líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la
gloria, por todos los siglos.; Amén.”
Mateo 6:9-13
Súplica de un abatido
¡Oh Señor mi Dios y mi Padre! Sé que no hay nada en mí que
pueda merecer Tu atención.
Sé también que jamás atiendes a nadie por sus méritos, aunque
los tenga, es solamente por causa de la fe en Tu santo nombre,
Señor Jesús. Por eso me atrevo a invocarte.
Señor, estoy muy abatido, afligido y necesitado. Ya toqué todas
las puertas y mis pies torpes y vacilantes tienen llagas de tanto
caminar en búsqueda de un mano amiga.
Mis supuestos amigos me abandonaron. Me quedé solo. Mientras
mis brazos trabajaban no faltaba el pan, ni mis amigos. Las
tempestades me abatieron. Me quedé solo.
Ahora, en lo más profundo este pozo, cuando no hay nadie que
me oiga, Te invoco de todo corazón: ¡Ah! Padre mío, siempre supe
de Tu compasión y bondad. Pero solo aquí en este pozo profundo
es que me puedo dar cuenta cuán bueno eres.
Escucha, mi Dios y Señor, mi oración y atiende la voz de mi
necesidad. Lamento muchísimo que solo en el dolor venga a
entregarme a Ti. Perdóname.
Enséñame, Padre, Tus caminos y andaré en Tu voluntad. Dame Tu
mano, y Te honraré todos los días de mi vida.
Haz brillar Tu rostro sobre mí y yo haré brillar Tu luz en este
mundo. Levántame y haré levantar aquellos que están alrededor
mío.
Guíame, y guiaré a los desorientados de esta vida. Si tu Espíritu
viniere sobre mí, Entonces exhalaré Tu perfume a donde quiera
que vaya. Tan solo, Señor, vivifica a este miserable abatido. ¡En el
nombre del Señor Jesucristo!
Amén.
Segunda oración pidiendo socorro divino
(O.M.)
Amadísimo y eterno Dios. Vengo a Ti, en este momento, a suplicar
Tu perdón y a obtener Tu gracia, pues Tú conoces mi debilidad y
las necesidades que padezco.
Tú sabes, Señor, en cuántos males, vicios y problemas me
encuentro sumergido, y con qué frecuencia me veo en conflictos,
tentado, perturbado y manchado.
Señor Dios, vengo a Ti en busca de socorro, de consuelo y de
alivio. Clamo a Ti, porque eres Aquel que todo sabe y a quién le
es manifiesto todos los secretos de un ser. Tú eres, Señor, el único
que me puede socorrer y consolar. Tú sabes lo que más necesito
y lo pobre que soy en virtudes.
Señor, mi Dios, heme aquí, delante de Ti, con la esperanza de
alcanzar gracia y misericordia. Transfórmame y calienta mi
frialdad con el fuego de Tu divino amor, ilumina mi ceguera con
la luz de Tu presencia.
Cambia, Señor, en amargura los placeres terrenos, en pruebas de
paciencia todas las penas y contrariedades, pero alégrame
siempre en Tus caminos. Levanto mi corazón hacia Ti; no me dejes
andar sin destino, sin rumbo por la Tierra.
Que pueda encontrar en Ti, desde ahora y siempre, la dulzura y el
descanso, porque Tú eres mi comida y mi bebida; el amor y mi
alegría, mis delicias y todo mi bien.
Mi deseo, Señor, es que me envuelvas en Tu manto de justicia,
hasta transformarme por completo, para hacer solamente Tu
voluntad. No permitas que sea contado entre aquellos que están
distanciados de Ti, pero usa conmigo la misma misericordia que
tantas veces, admirablemente, has usado para con Tus santos.
Oh, Señor, que maravilloso es sentir Tu presencia, Tu gracia, Tu
Espíritu Santo. Purifícame, Señor, con Tu fuego abrasador; dame
Tu gran amor, Tu luz, Tu verdad. Alabado seas, Señor. En el
nombre de Jesús.
Amén.
Al Espíritu Santo
Cuando el Señor me presentó a su Hijo Jesús, quedé como quien
sueña, pues mis ojos vieron la Luz.
Cuando el señor Jesús Lo hizo venir sobre mí, mi voz se llenó de
risas y mi alma saltó así…
Ahora, que Lo tengo dentro de mí, ¿Qué más puedo desear? Pues
me diste el amor, me condujiste en amor y me haces amar…
Tesoro mayor no hay, ni en los cielos ni en la tierra, porque Tú eres
el gozo constante, aún en la guerra.
¡Ah! Espíritu Santo, ¿Cómo podré reconocer Tu fidelidad? Creo
que solamente mostrando al mundo Tu felicidad.
Cuando, en los momentos de aflicción y de profundo dolor, las
palabras no tienen sentido ni valor, es ahí que surge, el nombre
del Señor Jesucristo, el Consolador…
¡Oh, Señor! Enjuga las lágrimas y termina con el sufrimiento, pon
dentro de nuestro pecho un nuevo canto. ¡Tú eres el Espíritu
Santo, Tú eres mi amor!
Oh, Señor
Enséñame a ser agradecido por la vida, la salud y la felicidad. Dios,
nuestro Padre, Tú planeaste la vida para que se haga de muchas
formas, y todas tienen una finalidad. Entonces, Señor, ayúdame a
dosificar lo amargo con lo dulce; que mis sufrimientos me puedan
transformar en aquella persona que Tú desearías que sea.
Ayúdame a comprender el significado del amor cristiano.
Enséñame no solo a hablar del amor con los labios, sino también
a practicarlo en mi vida.
Perdóname, oh Cristo Salvador, si he despreciado a alguien por
quien Tú moriste, u ofendido a alguien por quien Tu Espíritu vive.
Dios Eterno y de amor, que pueda estar siempre consciente de Tu
reconfortante y siempre presente amor. Fortalece mi fe en Ti, a
través de todas las experiencias de la vida, este día y en todos los
días de mi vida.
Te agradezco, oh Padre Celestial, por Tu gran amor, que viene el
encuentro de mis mayores necesidades. Que ese amor
permanezca en mí y que yo haga Tu voluntad hacia mi prójimo.
Oh Dios, perdóname porque muchas veces permito que las
preocupaciones y placeres de la vida a mi alrededor obstruyan la
conciencia de Ti.
En este mundo, en el que tan fácilmente nos perdemos, dame
coraje para consagrarme cada día y hacer Tu voluntad en mi vida.
Dios, Padre mío, fuente de toda la felicidad, dame el gozo de Jesús
y la profunda dedicación a Tu Evangelio.
Lléname con Tu grandioso Espíritu, para que mi paz interior
pueda reflejarse, de modo que los otros vean Tu presencia en mí.
En el nombre de Jesús.
Amén.
Oración por los seres queridos
¡Oh Gran Dios, Señor de todos los Ejércitos! ¡Padre de amor,
esperanza e infinita bondad! En el nombre de Tu Hijo, Señor
Jesucristo, el Único Mediador, el único nombre por el que somos
salvos, sanados, liberados y transformados, Te pido en este
momento que las manifestaciones de los dones del Espíritu Santo
actúen en la vida de mis seres queridos.
Vengo ahora, oh Altísimo Dios, a Tu presencia, de acuerdo con
Tus promesas, en el nombre de Cristo, a reprender a Satanás, a
sus demonios y a todas las entidades malignas que han
provocado sufrimientos, enfermedades, perturbaciones; que han
causado males y flagelos a aquellos que amo.
Que las obras del mal, que les provocan enfermedades, vicios,
desempleo, separaciones, traiciones e infelicidad sean ahora
deshechas por el poder de Jesús.
Que los espíritus malignos sean desalojados, encadenados y
expulsados por Tu poder, y que no vuelvan nunca más a sus vidas,
mi retornen más a sus hogares y a sus familias.
¡Oh Señor de los Ejércitos! Extiende Tus bendiciones a los que
están enfermos de cuerpo y alma; desde lo alto de la cabeza hasta
la planta de los pies, que ellos sean totalmente curados por Tu
poder.
Oh Señor, yo oro por aquellos que sufren, por los endeudados,
enfermos, y alcanzados por divinidades del ocultismo. Que sobre
ellos recaiga Tu misericordia. En el nombre de Jesús de Nazaret,
para Tu gloria, Tu honra, y para Tu alabanza, en testimonio de que
Tu Hijo amado vive y reina.
¡Amén, Señor!
Oración de fe
Omnipotente y Eterno Dios, Creador de los Cielos y de la Tierra,
Padre de infinita bondad y de misericordia. Vengo a Ti, en este
instante, en calidad de hijo, para Tu pedir perdón y, al mismo
tiempo, suplicar que me concedas un mayor grado de fe, con el
fin de que pueda recibir Tus gracias maravillosas.
Oh Señor, Tu Palabra afirma que sin fe es imposible agradarte, ya
que ésta es el firme fundamento de aquello que no vemos, pero
esperamos.
Aun no viéndote con ojos físicos, puedo contemplarte con ojos
espirituales; pues es imposible negar Tu grandeza y Tu amor.
La naturaleza, el sol, el mar, las estrellas, los hombres, la vida, los
animales, los pájaros, el viento, todo eso, Señor, nos muestra Tu
existencia, Tu reino, Tu poder y Tu gloria.
Señor, al mirar para el cielo el salmista enseñó: “Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia las obras de
Sus manos.” (Salmos 19:1).
¿Cómo podría, Señor, negar Tu existencia, si en todo
dependemos de Ti?
Aun así, Te ruego que aumentes mi fe.
No permitas que la incredulidad, la duda y la desesperación me
envuelvan. Fortaléceme, pues, y lléname de la presencia de Tu
Espíritu Santo.
Padre Santo y Celestial, ¿Cuántas veces estuve distanciado de Ti,
de tu Hijo Jesucristo y de Tu Espíritu Santo, pero me salvaste?
Afírmame ahora, Señor, en Tu verdad, en Tu camino, pues quiero
ser un reflejo de Tu luz, de Tu palabra y de Tu gloria. Hazme un
instrumento de fe y de vida entre los vivientes, en el nombre
maravilloso de Jesucristo.
Amén.
Oración sacerdotal del Señor Jesús
“Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo:
Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también Tu
Hijo te glorifique a ti; cómo le has dado potestad sobre toda
carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.
Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único dios
verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado.
Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste
que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con
aquella gloria que tuve contigo antes de que el mundo fuese. He
manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste;
tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.
Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado,
proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y
ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti,
y han creído que tú me enviaste.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me
diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he
sido glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo; más estos
están en el mundo, y yo voy a ti.
Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para
que sean uno, así como nosotros.
Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu
nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se
perdió, sino el hijo de la perdición, para que la Escritura se
cumpliese. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que
tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra;
y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo.
No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos
en tu verdad; tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y
por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean
santificados en la verdad.
Más no ruego solamente por éstos, sino también por los que han
de creer en mí por la palabra de ellos, para qué todos sean uno;
como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno
en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.
La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así
como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean
perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has
amado.
Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo esté,
también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has
dado; porque me has amado desde antes de la fundación del
mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido,
y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer
tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me
has amado, esté en ellos, y yo en ellos.”
Juan 17
Oración por los pastores
Antes que todo, Señor, Te agradezco porque existen hombres
que aceptaron ser nuestros pastores y misioneros.
Si tal vez hubiesen preferido en la vida otros trabajos, ¿Qué sería
de nosotros? ¿Y si eso hubiera sucedido en todo el mundo? Por
eso, yo Te agradezco, Dios mío, porque les diste el coraje del
sacrificio.
Gracias a ellos, nosotros podemos ser alimentados con el Pan de
Vida; podemos construir hogares sólidos y conocer el más alto
sentido de la vida.
Gracias, Señor, por los defectos de nuestros pastores.
Los hombres perfectos soportan mal las debilidades de los otros;
los que están con salud desprecian la naturaleza débil. Tú, Señor,
lo viste más claro que nosotros.
Señor, Te ruego por el ministerio de nuestros pastores. Que ellos
tengan éxito, pero no se vanaglorien; y si sufrieren contrariedades
que no se desanimen. Tu señal característica no es el éxito ni el
fracaso, sino el amor…
Conserva, pues, a nuestros pastores en Tu amor.
Ellos deben ser excepcionales. Ellos tienen que ser maestros para
los niños, psicólogos consumados para la juventud, eminentes
hombres de sabiduría, experimentados en el consejo pastoral,
especialistas en cuestiones conyugales y familiares.
Ellos deben responder en la calle a todos los que los saludan, sin
distinción de personas; deben responder sonriendo, aunque su
corazón esté siendo sacudido por La tempestad y su cuerpo
molido de fatiga; deben mantener su naturalidad, sin olvidar
nunca que son embajadores del Rey de reyes. Deben ser fuertes,
sin prepotencia, y humildes, sin ser humillados; magnánimos,
pero no tontos; y sonreír cuando todos se alegran, aunque su
corazón esté llorando por aquella oveja perdida.
Deben ser oradores, cantantes, hasta tecladistas, y a veces,
electricistas, carpinteros, pintores, mecánicos, periodistas, y
cuántas cosas más.
Señor, haz con que juzguen a estos “especialistas universales”
con la indulgencia exigida por su arduo e inhumano programa de
trabajo, y que nosotros nos fijemos más en sus aciertos y menos
en sus eventuales errores.
Señor, que los otros tengan caridad para con nuestros pastores,
en pensamientos, y, sobre todo, en palabras.
Si algún pastor le gusta estar con los niños, que no concluyan que
él tiene un carácter infantil.
Si tiene una buena apariencia, Señor, que no piensen que no se
priva de nada; si está delgado y pálido, que no digan que anda
lleno de remordimiento. Concédeme la gracia, Señor, de
perdonar sus errores y actos de impaciencia.
Que los miembros de la Iglesia comprendan que ellos solo tienen
un pastor para amonestarlos en la vida, en tanto el pastor tiene a
sus miembros vigilándole los pasos.
Aún, Señor, que ellos tengan el consuelo de sentir que no están
rodeados de indiferencia e incomprensión.
Dame, al fin, la perseverancia en oración por los pastores. Sin
duda, será para mí la mejor gracia y el mayor beneficio para todos
los miembros y pastores.
En el nombre de Jesús.
Amén.
Mensajes
Las diez oraciones que Dios no responde
1) Cuando la oración peca por el egoísmo (Lucas 18:11)
2) Cuando oramos sin fe. (Hebreos 11:6)
3) Cuando se usa la oración en lugar de la acción. (Éxodo 14:15)
4) Cuando busca cambiar los propósitos de Dios.
(Deuteronomio 3:25-27)
5) Cuando hace a un lado la voluntad de Dios. (Lucas 22:42)
6) Cuando hay incredulidad. (Santiago 1:6,7)
7) Cuando busca evitar el castigo necesario. (2 Samuel 12:16-
18)
8) Cuando la oración no es sincera. (Mateo 6:5-7)
9) Cuando los motivos y los deseos son carnales. (Santiago
4:2,3)
10) Cuando se busca que vuelvan las oportunidades
perdidas. (Lucas 13:25-27)
¿Quién soy?
Yo te amo… te amo mucho.
Tú eres muy importante para Mí.
Tú corres, almuerzas, trabajas; pasas y no Me ves,
Tú gritas, cantas, paras, amas.
Tú sonríes, nunca Me encuentras.
Te entristeces, después te calmas y no Me agradeces.
Tú caminas, subes y bajas escaleras, pero no te preocupas por Mí.
Tú tienes de todo y no Me das nada. Tú desperdicias todo y no
Me das una palabra.
Tú sientes amor, sientes todo, menos Mi presencia.
Tú ves, tocas, sientes y tienes los sentidos perfectos, pero nunca
los usas para Mí.
Tú estudias y no Me entiendes; ganas y no Me ayudas; cantas y no
Me alegras.
Tú eres tan inteligente, pero no sabes nada de Mí.
Tú deploras el hecho de ser detestado por alguien, pero nunca
abriste tu boca para decirle a alguien que sabes que Yo lo amo.
Te quejas de los malos tratos, pero no valoras lo que Yo hago por
ti. Si estás triste, ni siquiera piensas en Mí, o si piensas, es para
echarme la culpa.
Tú no entiendes que sufro por ti. Si tú estás feliz, no lo compartes
conmigo.
Tú conoces tanta gente importante y no Me conoces… A Mí, que
te considero tan importante.
Tú haces todo lo que los demás quieren, pero no haces nada de
lo que con humildad te pido…
Si tú no ascendiste en la vida, descargas sobre Mí tu ignorancia
camuflada.
Pero si eres importante en la sociedad, piensa en los menos
favorecidos y ten en cuenta que Yo los amo así como a ti.
Tú no tienes tiempo para nada, mucho menos para pensar en Mí.
Tú haces tantos favores a tus amigos, pero no sacas una espina de
Mi cabeza.
Tú reclamas por nada, pero no sabes que Mi tristeza es solamente
por tu causa…
Tú entiendes todas las transacciones de este mundo, pero no
entiendes Mi pasaje por este mundo.
Bajas los ojos cuando un superior te grita, y no levantas esa misma
mirada cuando te hablo de amor.
Tú hablas mal de las personas, pero no sabes que Yo conozco
toda tu vida.
Enfrentas muchos obstáculos en la vida, eres fuerte, pero, aunque
no lo admitas, tienes miedo de Mí…
Tú defiendes a tu equipo, a tu actor preferido, pero en las
reuniones junto a tus amigos no me defiendes.
No sientes vergüenza de desnudarte ante otro, pero tienes
vergüenza de sacarte la máscara delante de Mí.
Tú corres con tu auto, pero no corres en dirección a Mis brazos.
A veces… ¿Ya lo notaste?
Hablas de lo que Yo hice, pero nunca me das oportunidad de
escuchar lo que tú haces.
Eres un cuerpo en el mundo y Yo, el mundo en tu cuerpo. ¿Quién
soy Yo?
Yo soy alguien que todos los días toca a tu puerta y te pregunta:
¿Hay un lugar para Mí en tu casa, en tu vida, en tu corazón?
Estoy presente en este papel que, por curiosidad comenzaste a
leer…
Yo soy Jesucristo: lo que quiero simplemente es que Me aceptes.
Después de todo, Yo deseo de todo corazón que tú, Mi hermano,
tengas paz en Mí.
Nunca más…
Nunca más diré “no puedo”, pues “Todo lo puedo en Cristo
que me fortalece”, (Filipenses 4:13).
Nunca más diré “no tengo”, pues “Mi Dios, suplirá todo lo que
os falta conforme a Sus riquezas en Gloria en Cristo Jesús”,
(Filipenses 4:19).
Nunca más diré que tengo miedo, “Porque no nos ha dado Dios
espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio
propio”, (2 Timoteo 1:7).
Nunca más diré que tengo dudas o falta de fe, porque “la
medida de fe que Dios repartió a cada uno”, (Romanos 12:3).
Nunca más diré que soy débil, porque “el Señor es la fortaleza
de mi vida”, (Salmos 27:1).
Y “el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”,
(Daniel 11:32).
Nunca más diré que Satanás tiene supremacía en mi vida,
“porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el
mundo”, (Juan 4:4).
Nunca más diré que estoy derrotado, porque Dios, “nos lleva
siempre en triunfo en Cristo Jesús”, (2 Corintios 2:14).
Nunca más diré que no tengo sabiduría, pues “Cristo Jesús, el
cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría”, (1 Corintios 1:30).
Nunca más diré que estoy enfermo, pues “por Sus llagas fuimos
nosotros curados”, (Isaías 53:5).
Y “Él mismo tomó nuestras enfermedades y llegó nuestras
dolencias”, (Mateo 8:17).
Nunca más que estoy preocupado y frustrado, pues estoy
“echando sobre Él toda (…) ansiedad, porque Él tiene cuidado de
vosotros”, (1 Pedro 5:7). ¡En Cristo soy libre de los males!
Nunca más diré estoy preso, pues, “dónde está el Espíritu del
Señor, allí hay libertad”, (2 Corintios 3:17). ¡Mi cuerpo es templo
del Espíritu Santo!
Nunca más diré que estoy condenado, pues “ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús”, (Romanos
8:1). Estoy en Cristo; por lo tanto, estoy libre de toda condenación.
Cuando
Cuando en las horas de íntimo disgusto, el desaliento te invada el
alma, y las lágrimas afloren a tus ojos, búscame: Yo soy Aquel que
sabe sofocar tu llanto y detener tus lágrimas.
Cuando te juzgues incomprendido por los que te rodean, y veas
que te rodea la indiferencia, acércate a Mí: ¡Yo soy la Luz, sobre
cuyos rayos se aclara La pureza de tus intenciones y la nobleza de
tus sentimientos!
Cuando el ánimo se extinga y te arrastre a las vicisitudes de la vida,
y estés a punto de desfallecer, llámame: ¡Yo soy la Fuerza capaz
de remover las piedras de tus caminos y sobreponerte a las
adversidades del mundo!”
Cuando las inclementes tempestades de la vida te azoten, y no
sepas dónde inclinar tu cabeza, corre junto a Mí: Yo soy el Refugio
en cuyo seno encontrarás guarida para tu cuerpo y tranquilidad
para tu espíritu.
Cuando te falte la calma, en los momentos de mayor aflicción, y
te consideres incapaz de conservar la serenidad de espíritu,
invócame: Yo soy la Paciencia que hace vencer las crisis más
dolorosas y triunfar en las situaciones más difíciles.
Cuando te debatas en los paroxismos del dolor, y tuvieras el alma
ulcerada por los cardos, grita por Mí: ¡Yo soy el Bálsamo que
cicatriza las llagas y disminuye los padecimientos!
Cuando el mundo te eluda con sus promesas falaces, y percibas
que nadie te inspira confianza, ven a Mí: ¡Yo soy la Sinceridad que
sabe corresponder la franqueza de tus actitudes y la excelsitud de
tus ideales!
Cuando la tristeza y la melancolía prueben tu corazón, y todo te
cause disgusto, llama por Mí: ¡Yo soy la Alegría que sopla un
aliento nuevo y te hace conocer los encantos de tu mundo
interior!
Cuando, uno a uno, maten tus ideales más bellos y te sientas en
el auge de la desesperación, pide por Mí: ¡Yo soy la Esperanza que
fortalece tu fe y aprecia tus sueños!
Cuando la impiedad te acuse y revele tus faltas, y experimentes
la dureza del corazón humano, búscame: ¡Yo soy el perdón que te
levanta el ánimo y promueve la rehabilitación de tu espíritu!
Cuando dudes de todo, hasta de tus propias convicciones, y el
escepticismo avasalle tu alma, recurre a Mí: ¡Yo soy la Creencia
que te inunda de luz y entendimiento, y te habilita para la
conquista de la felicidad!
Cuando ya no sientas la excelencia de un afecto tierno y sincero,
y te desengañes del sentimiento de tus semejantes, aproxímate a
Mí: ¡Yo soy la Renuncia que te enseña a olvidar la ingratitud de los
hombres y a olvidar la incomprensión del mundo!
Y cuando, al fin, quieras saber quién soy, pregunta al arroyo que
murmura, y el pájaro que canta; a la flor que se abre, y a la estrella
qué titila; al joven que espera y al anciano que recuerda. ¡Me llamo
AMOR, el Remedio para todos los males que atormentan el
espíritu!
¡YO SOY JESÚS!
Yo fui quien hizo eso
¿Estás en dificultades, los otros no te comprenden, no te
consideran y hasta te desprecian? ¡Yo soy quien hizo eso!
Yo, el Dios Supremo, gobierno todas las cosas, dispongo de las
circunstancias con sabiduría y bondad, divisando siempre el
desenlace feliz que los humanos no siempre alcanza.
Tú no te encuentras en los actuales aprietos por mera casualidad.
Todo lo previne y lo permití, porque todo lo dirijo para tu propio
bien.
¿No pediste que te hiciera cada día más humilde?
Yo te puse en la escuela donde se aprende y se ejecuta esa rara
virtud.
Las condiciones en que te encuentras, los compañeros que te
rodean, aunque no lo sepan, están desarrollando Mi plan,
cumpliendo Mi Voluntad con respecto a ti.
¿Enfrentas problemas económicos? ¿Tal vez aún no sepas
cuándo, ni cómo harás para cumplir con tus compromisos? ¡Yo
soy quien hizo eso!
Deseo que aprendas a depender de Mí, que descubras Mis
recursos inagotables y que descanses en Mis promesas.
¿Atraviesas un cuadro de tristeza y sufrimiento?
¡Yo fui quien hizo eso!
Considera que serás más útil y más inteligente y Me servirás en el
ministerio entre tus hermanos afligidos. Solamente aquellos que
aprendieron por la experiencia el lenguaje del sufrimiento,
podrán hablar el lenguaje del consuelo.
¿Algún amigo te engañó, desamparándote en la hora difícil?
¡Yo fui quien hizo eso!
Dejé que pruebes esa cruel decepción, para que descubras más
cerca de ti a otros amigos y, sobre ellos, el Amigo Verdadero:
Jesús.
Te dejé desamparado, aislado y solitario, con el fin de que
sintieras la bendición de Mi consuelo. Sí, Yo desee obtener tu
confianza plena, y he hecho de todo para que Me constituyas tu
mejor amigo.
¿Estás enojado, indignado, deprimido? ¿Alguien imprudente,
injusta o perversamente habló de ti? Deja todo a Mi cuidado, hijo.
Confíame sin recelo tu causa. Yo siempre juzgo con justicia. No
tardo ni fallo. Protejo a los débiles y tomo venganza de las
injusticias en el momento oportuno.
¿Fracasaron tus planes?
¡Yo fui quien hizo eso!
Hiciste los planes sin oírme y después viniste apenas a pedir Mi
bendición. Yo, sin embargo, tengo otros planes para tu vida;
planes sabios y mejores, y quiero que los aceptes.
¿Deseaste mucho hacer algún trabajo notable, para servirme y
ayudar a los hombres y en lugar de esto te encuentras en una
situación difícil, o tal vez preso en un lecho de debilidad y de
sufrimiento?
¡Yo fui quien hizo eso!
En los días de tu incesante actividad, procuré, pero no pude
atraer tu atención, ¡Deseaba enseñarte preciosas lecciones de Mi
“profunda sabiduría”! De los siervos más útiles que he tenido,
retiré a algunos de la vida activa, y ellos, en sosiego y secreto,
aprendieron ahora el difícil manejo del arma poderosa de la
oración.
Mal va el hombre que no se reviste con Mi poder para los
encuentros inevitables de la vida. Debes saber que las
contrariedades son instrucciones divinas para quien en ella
repara. El dolor se transforma cuando llegas a descubrir Mi
querer, Mi plan sabio, Mi mano en todo. Porque “no solo de pan
vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca del
Señor”, (Deuteronomio 8:3).
Hijo mío, ¡Yo fui quien hizo eso!
El mensaje del amor
No seamos obstinados como el malhechor blasfemo; no
esperemos los últimos momentos para buscar al Señor; Por qué
no sabemos cuánto viviremos, y porque el pecado actúa de tal
modo en la naturaleza espiritual del hombre, que endurece más y
más el alma.
“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de
salvación”, (2 Corintios 6:2).
Si tenemos pecado, cualquiera sea nuestra maldad, el tiempo que
hayamos andado lejos del Señor o el momento de nuestra vida,
busquemos al Señor, arrepentidos, y Él tendrá misericordia de
nosotros. No dudemos de Su amor, ni de Su perdón.
Y no olvidemos el mensaje de amor. No hay nada como el amor
para convertir al corazón. Lo que no pueden las normas morales,
los buenos consejos, los castigos y las leyes, lo puede el amor.
El Señor nos amó y por Su amor fuimos salvos. Amemos también
al mundo pecador y estemos también dispuestos, en muchos
sentidos, a dar nuestra vida en rescate por muchos (Mateo 20:28).
El amor
“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor,
vengo a hacer como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
Y si tuviere profecía, y entendiese todos los misterios y toda
ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los
montes, y no tengo amor, nada soy.
Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y
si entregaste mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de
nada me sirve.
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor
no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no
busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la
injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y
cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte
conocemos, y en parte profetizamos.
Más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se
acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como
niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que
era de niño.
Ahora vemos por espejo, oscuramente; más entonces veremos
cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré
cómo fui conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el
amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.”
(1 Corintios 13)
Acuérdate
Si estás triste porque perdiste tu amor, acuérdate de aquellos que
no tuvieron un amor para perder.
Si estás decepcionado por alguna cosa, acuérdate de aquel cuyo
nacimiento ya fue una decepción.
Si estás cansado de trabajar, acuérdate de aquel que está
angustiado porque perdió el empleo.
Si haces reclamos por una comida mal hecha, acuérdate de aquel
que muere hambriento sin un pedazo de pan.
Si un sueño tuyo se deshizo, acuérdate de aquel que vive una
constante pesadilla.
Si estás molesto, acuérdate de aquel que espera una sonrisa tuya.
Sí tuviste un amor para perder; un trabajo que te cansó; un sueño
deshecho; sentiste tristeza; o una mala comida que reclamar…
¡Acuérdate de agradecer a Dios! Porque existen muchos que
darían todo para estar en tu lugar.
La felicidad del hombre
Feliz es el hombre que tiene una mujer virtuosa; que sabes ser
madre, esposa y amante generosa.
El corazón de su esposo confía en su protección, porque en ella
no falta la sabiduría. Una mujer así ¿Quién y dónde se hallará?
De su boca no salen palabras cargadas de enojo, ni de su corazón
celos impropios; todas sus actitudes son modestas y siempre bien
vividas.
Una mujer así, ¿Quién y dónde se hallará?
Pero la indiscreta es como trompeta que se toca para ir al ataque;
y todo hombre que la tiene como mujer aliada pasa la vida en el
tumulto de la guerra perdida.
Una mujer así, ¿Quien desea encontrar?
El hombre que teme al Señor, del Señor una esposa encontrará.
¡Su lucha será con rigor, pero la felicidad jamás lo dejará!
Las huellas del Señor
Una noche tuve un sueño…
Soñé que estaba caminando en la playa con el Señor y, a través
del cielo, pasaban escenas de mi vida.
Para cada escena que pasaba, me di cuenta que se marcaban dos
pares de huellas en la arena; unas eran mías y las otras del Señor.
Cuando la última escena de mi vida pasó delante de nosotros,
miré hacia atrás las huellas en la arena, y noté que muchas veces,
en el camino de mi vida, sólo había un par de huellas.
Noté, también, que esto sucedía en los momentos más difíciles y
angustiantes de mi vida. De veras esto no me gustó, y le pregunté
al Señor:
Señor, Tú me dijiste que a partir del momento que tomara la
decisión de seguirte, andarías siempre conmigo, pero me di
cuenta que, durante las mayores tribulaciones de mi vida, había
en la arena solo un par de huellas. No entiendo por qué, en los
momentos en que yo más Te necesité, Tú me dejaste.
El Señor me respondió:
Hijo precioso, Yo te amo y jamás te dejaría en las horas de prueba
y sufrimiento. Cuando viste en la arena apenas un par de huellas,
fue porque exactamente allí, Yo te llevaba en mis brazos.
Un sueño
Soñé, cierta vez, que me encontraba en el Cielo, aunque no sabía
cuándo ni cómo había llegado allá. Estaba en el medio de una
gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones,
gentes y épocas.
Espantado, me dirigí al hombre que estaba más cerca de mí y le
pregunté:
- ¿Hermano, quién es usted?
- Estoy aquí hace muchos años - me respondió el hombre. Y
continuó:
- Yo viví en los días del apóstol Pablo; fui uno de los que
murieron en las persecuciones de Nerón. Me cubrieron de
alquitrán, fui atado a una estaca y quemado para iluminar
los jardines del emperador.
- ¡Qué cosa terrible! – exclamé.
- No -respondió el hombre -fue una bendición poder sufrir
algo por Jesucristo. Él murió en la cruz por mí y hoy gozo de
la gracia de estar aquí…
- ¿Y usted? - cuestioné esta vez a otro habitante de aquella
luminosa ciudad celestial, hecha de oro y portales de perlas.
- Estoy aquí hace apenas algunas centenas de años. Vengo de
una isla de los mares del sur. Un misionero fue hasta allá y
me habló de Jesús, y yo también aprendí a amarlo. Mis
coterráneos mataron al misionero, me dieron un golpe en la
cabeza, me cocinaron y me comieron.
- ¡Qué terrible! – lamenté.
- No -me respondió el hombre- En verdad también para mí
fue una bendición morir como cristiano. El misionero me
contó que Jesús había sido azotado y coronado de espinas
por mi causa.
- ¿Y usted hermano? -me preguntó- ¿Qué hizo por Jesús?
No pude decir nada. Durante toda mi vida, poco le di a Jesús, y
del Divino Maestro solo recibí bendiciones sin fin. Recordé mis
oraciones llenas de pedidos, que Jesús diariamente atendía.
Me acordé de que Él siempre fue mi Refugio y Fortaleza,
siempre presente en los momentos de tribulación; me vinieron
los recuerdos de La sonrisa de un ser querido que Jesús había
curado, y las bendiciones que yo había testimoniado en la
iglesia.
Recordé las enseñanzas de los pastores y los miles de
“motivos” que jamás me permitían adherir al pago del
diezmo para la Obra del Creador, y de las pequeñas ofrendas
que, avaramente, dejaba caer en la bolsa que prefería no ver, y
qué mal posibilitarían a un misionero predicar más allá de la
esquina.
En fin, me acordé de todo, de lo que recibí y de lo que no di.
Me sentí ingrato y descuidado.
Desperté. Y lloré…
No temas, hermano
Como los árboles, los cristianos son sacudidos, maltratados,
abatidos, pero, a ejemplo del Mártir del Calvario, nunca
vencidos.
Fuertes vientos tuercen y mutilan los árboles, así como
tempestuosas tristezas nos enferman y nos cambian la
voluntad de vivir.
Muchas veces, las hachas de la maldad humana nos hieren
hasta lo más profundo de nuestro ser, pero gracias a nuestras
raíces, continuamos de pie.
Cuántas veces, así como el apóstol Pablo, somos vistos “como
engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien
conocidos; como moribundos, más he aquí vivimos; cómo
castigados, mas no muertos; cómo entristecidos, mas siempre
gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no
teniendo nada, más poseyéndolo todo.” (2 Corintios 6:8-10)
Hermano, no temas, pues, las luchas y los fracasos; los
sinsabores o los aparentes desengaños; las enfermedades o
hasta el desprecio con que algunos nos miran. Acuérdate del
Calvario: cuanto más sufría el Señor de los Cielos y de la Tierra,
más Él amó, tuvo fe, confió y perdonó, al punto de que uno de
sus azotadores reconoció: “Verdaderamente este hombre era
Hijo de Dios.”, (Marcos 15:39).
Acuérdate de que el permanente amor de Cristo en nuestro
corazón es millones de veces más fuerte que el transitorio
afecto humano, y que, un día, por fuerza de la fe, las
enfermedades se van, y que la tribulación ha de ser pasajera
para el que cree en nuestro Señor Jesucristo.
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o
angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o
espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos
todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero.
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por
medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que
ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del
amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos 8:35-39
A todos, el Señor Jesús prometió estar siempre presente: “No
os dejaré huérfanos, estaré siempre con vosotros”, (Juan
14:18 y Mateo 28:20).
Seamos en Cristo, hermanos, fuertes como el cedro del Líbano
(Ezequiel 31:3-7) y aceptemos los golpes, así como el sándalo
que perfuma el hacha que lo hiere. Confiemos en Jesús, y que
todo lo demás Él hará. ¡La fe en Cristo es el arma que vence al
mundo!
Salmo 91
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del
Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío; mi
Dios, en quién confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste
destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás
seguro; escudo y adarga es su verdad.
No temerás el terror nocturno, mi saeta que vuele de día, ni
pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del
día destruye.
Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; más a ti no llegará.
Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los
impíos. Por qué has puesto al Señor, que es mi esperanza, al
Altísimo por tu habitación.
No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus
ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.
En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra.
Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al
dragón.
Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré
en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le
responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré.
Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación.”
Siete pasos para la salvación
Primero: Reconocimiento
“Por cuánto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de
Dios.” (Romanos 3:23)
“Dios, sé propicio a mí, pecador.” (Lucas 18:13)
Segundo: Arrepentimiento
“No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.”
(Lucas 13:3)
“Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros
pecados.” (Hechos 3:19)
Tercero: Confesión
“Si confesamos nuestros pecados, eres fiel y justo para
perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1
Juan 1:9)
“Si confesar es con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres
en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”
(Romanos 10:9)
Cuarto: Renuncia
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus
pensamientos, y vuélvase al Dios nuestro, el cuál será amplio
en perdonar.” (Isaías 55:7)
Quinto: Creencia
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su
Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se
pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16)
“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no
creyere, será condenado.” (Marcos 16:16)
Sexto: Recibimiento
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Más a todos los
que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Juan 1:11,12)
Séptimo: Firmeza
“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a
las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.”
(Hebreos 2:1)
En los pasos del Señor Jesús
Dios es Espíritu, pero, para salvarnos, tuvo que materializarse y
habitar entre nosotros. Después de ser consumada la obra de
redención, retornó a Su estado original: Espíritu. También el ser
humano, para relacionarse con Él, tiene que ser espíritu y estar en
Espíritu; por eso su necesidad de nacer del Espíritu Santo. Ese es
el ciclo de la relación entre el Creador y Su criatura. El primer Adán,
hecho del polvo de la tierra, dio origen a la naturaleza terrena en
la humanidad; el segundo Adán, Jesús, dio origen a la naturaleza
divina en aquellos que viven y creen en Él como único Señor y
Salvador.
Dios vive en un mundo espiritual y el ser humano, oriundo del
primer Adán, vive en un mundo material. Al nacer del Espíritu
Santo, el ser humano pasa a tener la naturaleza divina. Y
solamente con la naturaleza divina él puede tener comunión con
Dios. ¿Es posible vivir en la materia y al mismo tiempo ser espíritu?
Humanamente hablando es imposible, pero para Dios no. El
Señor Jesús enseña que todo lo que es nacido del Espíritu Santo
es espíritu. Esa es la condición sine que no en la relación entre la
criatura y el Creador.
Por esa razón el Señor Jesús dijo, imperativamente, a Nicodemo:
“No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de
nuevo”, (Juan 3:7), pues, a pesar de ser un religioso sincero, aun
así, él tenía que nacer del agua y del Espíritu para ver el Reino de
Dios y entrar en Él.
Ahora, podemos entender que cuando el Espíritu Santo dijo:
“Pues Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con
que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio
vida juntamente con Cristo. Juntamente con Él nos resucitó, y
asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo
Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes
riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo
Jesús.”
Efesios 2:4-7
Es impresionante la posición relevante en la que Dios nos coloca:
¡Sentados en los lugares celestiales a través del Señor Jesús!
Amigo lector, no sé cuál será su condición social; tal vez sea la más
miserable de las criaturas a los ojos de este mundo, sin embargo,
hay una certeza: si usted nació de nuevo, entonces, por la fe,
¡Usted está sentado en los lugares celestiales en Cristo Jesús! Es
decir, ¡Usted está sentado en un trono donde lo que determine,
sucederá! Porque usted tiene la autoridad del Hijo de Dios y está
sentado reinando junto a Él en los lugares celestiales.
Vea que el ciclo de vida del Señor Jesús en la Tierra es un modelo
seguido por Sus discípulos, desde Su nacimiento hasta Su
ascensión a los Cielos:
1. Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo; también somos
engendrados por el Espíritu.
2. Jesús fue bautizado en las aguas y en el Espíritu Santo;
también somos bautizados en las aguas y en el Espíritu
Santo.
3. Jesús fue conducido al desierto para ser probado; también
somos llevados a los desiertos de las pruebas.
4. Jesús fue calumniado, tentado injustamente, rechazado,
perseguido; también lo hemos sido.
5. Jesús fue sacrificado por una justa causa; también lo somos
cada día cuando renunciamos a nuestro ego.
6. Jesús fue resucitado por el Espíritu Santo: también lo somos
en espíritu, de acuerdo a Efesios 2:4-7.
7. Jesús subió a los Cielos y está sentado en el trono con el
Padre; lo mismo ya sucedió con nosotros por la fe. (Efesios
2:4-7).
El nacido de nuevo ya no vive pecando, pues en él está la divina
semilla, dijo el apóstol Juan (1 Juan 3:6). Él no está diciendo que
el nacido de nuevo no peca; pero, sí, que no vive más en el
pecado (1 Juan 1;9).
¡Dios lo bendiga abundantemente!
La conciencia
Cómo “lámpara del Señor es el espíritu del hombre”
(Proverbios 20:27), a través del cual Él escudriña lo más íntimo
del cuerpo, así también debe ser el papel de la conciencia
humana delante de Dios. Tal vez ella hasta sea el “chip” del
alma, donde se guardan informaciones del estado espiritual de
los seres humanos, con el fin de servir como testimonio en el
día del juicio final. Pues, tal como enseñan las Escrituras:
“Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también
perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley
serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos
ante Dios, si no los hacedores de la ley serán justificados.
Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por
naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son
ley para sí mismos, mostrando la obra de La ley escrita en sus
corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o
defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios
juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres.”
Romanos 2:12-16
En resumen, aquellos que no tuvieron la oportunidad de oír la
Palabra de Dios, serán juzgados de acuerdo a su propia
conciencia. Pero, a los convertidos, el Espíritu Santo dice:
“Milites por ella la buena milicia, manteniendo la fe y buena
conciencia. Por desecharla algunos naufragaron en cuanto a la
fe.” (1 Timoteo 1:18,19)
Con eso, vemos cuán importantes para la salvación eterna el
hecho de mantener una buena conciencia, ya que ella opera de
forma individual como termómetro de la espiritualidad
cristiana. Si el cristiano no se preocupa por su mala conciencia
y convive con ella, aun cumpliendo otras obligaciones
religiosas, aun así, es verdad que, tarde o temprano, él
naufragará en la fe y perderá la salvación, a ejemplo de
personas como Himeneo y Alejandro, ex compañeros del
apóstol Pablo (1 Timoteo 1:20).
De una forma un poco ruda, podemos comparar la conciencia
con el hígado. Cuando se ingiere algún alimento nocivo para el
cuerpo, inmediatamente, se siente malestar y dolor de cabeza.
Así es la conciencia humana: cuando se actúa de forma
contraria a los principios de la fe cristiana bíblica, ella
manifiesta enseguida una reacción. De la misma forma, así
como el dolor físico da señal de que algo está mal, así es la
conciencia humana. Podemos considerarla como defensora de
la fe que agrada a Dios. Al sentirse herida, actúa en el corazón,
golpeándolo como señal de reprobación. En el caso de que sus
señales de alerta sean ignoradas, la conciencia puede tornarse
insensible y cauterizada. En ese caso, es como si ella hubiese
pecado contra el Espíritu Santo.
La buena conciencia deja libre el camino para el ejercicio y las
conquistas de la fe. Es esa la razón principal por la cual no todos
los que creen en Dios son beneficiados como deberían. El
problema es la mala conciencia. Cuando ella acusa algo que
está mal, la duda inmediatamente entra en acción. Y es por ahí
que el diablo ha atacado a la iglesia del Señor Jesús, soplando
pensamientos acusadores, cobrando súper santidad, en fin,
intentando manchar la conciencia para impedir el ejercicio de
la fe viva. Pero si nuestra conciencia acusa algo malo, tenemos
la garantía divina de que, si confesamos nuestro pecado, Él es
fiel y justo para perdonar, y la sangre del Señor Jesús “limpiará
vuestras conciencias de obras muertas, para que sirváis al Dios
vivo” (Hebreos 9:14).
Por lo tanto, es imperiosa la necesidad de tener la conciencia
limpia. Eso es tan importante que el apóstol Pablo llega a
declarar que la gloria del cristiano es el testimonio de su
conciencia de vivir en el mundo con santidad y sinceridad de
Dios (2 Corintios 1:12).
Podemos ser excluidos del mundo, calumniados, perseguidos,
despreciados, no importa… Lo que importa realmente es tener
una conciencia pura delante de Dios, aun viviendo en un
mundo de constantes desafíos a la paz de nuestra conciencia.
En eso consiste nuestra gloria.
Dios los bendiga abundantemente.
El influenciado y el que influye
El nuevo nacimiento que el Espíritu Santo obra en la vida de
una persona no es apenas un cambio de comportamiento o de
actitud. El gran milagro se da justamente en la transformación
de su antigua naturaleza humana y carnal a una naturaleza
divina y espiritual. El cambio de carácter natural para el divino
sucede de hecho y de verdad. Cuando Felipe, por ejemplo, le
pidió al Señor Jesús que le mostrara al Padre, el Señor le
respondió: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no
me has conocido, Felipe? El que me ha visto a Mí ha visto al
Padre”, (Juan 14:9). Quiere decir: la imagen del Dios Padre era
expresada por el carácter del Dios Hijo. Así también sucede con
el nacido del agua y del Espíritu; él tiene el carácter divino en
sí. Así queda identificado el verdadero del falso hijo de Dios.
Una persona nacida del Espíritu Santo obligatoriamente tiene
una naturaleza divina, y, ¡Eso no se puede esconder! El mal
genio o el temperamento fuerte desaparece dando lugar al
carácter dócil del Espíritu. Esto no quiere decir que la persona
se transforma en un vegetal, incapaz de disgustarse o de
airarse. De ninguna manera, pues el propio Señor Jesús tenía la
naturaleza divina, y, aun así, se indignó al ver a los mercaderes
transformando el templo en un shopping. Ahora, si Dios se
airó, y no por eso deja de ser santo, ¡Tampoco los que tienen
Su naturaleza! Pero la ira del hijo de Dios es tan pasajera como
cualquier nube. Y no sucede lo mismo cuando no se tiene la
naturaleza divina, o cuando no se es hijo de Dios.
Los nacidos del agua pueden tener todo el conocimiento
bíblico, aun así, ellos no tienen la capacidad de controlar sus
impulsos humanos, porque su naturaleza es humana o carnal.
Creo que ésta es la mayor diferencia entre los nacidos del
Espíritu y los nacidos solo del agua. El hecho de que muchas
personas profesen la fe cristiana y aun así continúan
espiritualmente fracasadas, se debe básicamente a ese punto.
Ellas fueron convencidas en el intelecto, por la prédica
persuasiva del predicador, y no por la acción directa del
Espíritu de Dios en el corazón. Están convencidas del pecado,
pero no tienen fuerza para resistirlo. Ese tipo de cristiano es
llamado convencido. No sucede lo mismo con los nacidos del
Espíritu, que tienen en sí mismos el poder divino para resistir al
pecado.
Es como el cristiano influenciado y el cristiano que influye. El
influenciado, como es conocido por todos, tiene la
característica de atraer para así el sabor de aquello con lo que
se cocina. Es por ejemplo como alguna legumbre que si se
cocina con la carne, toma el sabor de la carne; si se cocina con
el pescado, absorbe el gusto del pescado; si se cocina con
cualquier otra legumbre, nadie la puede reconocer. Lo mismo
da con cualquier otra cosa porque él no tiene personalidad
propia. El cristiano-influenciado tiene la naturaleza corrupta
naturalmente.
Por otro lado, el cristiano-que influye es diferente. Es como esa
legumbre que deja su sabor a la comida que se cocina con ella.
Así es el cristiano nacido del Espíritu; jamás se deja absorber
por el sabor del mundo, sino que impone su propia “sal”,
“luz”, o, “sabor” amargo para el mundo. Por eso, el
Espíritu, usando a Juan, dice: “Porque todo lo que es nacido
de Dios vence al mundo”, (1 Juan 5:4).
El apóstol Pablo, exhortando a los cristianos que vivían en la
casa de César y enfrentaban grandes desafíos de promiscuidad
sexual y espiritual, dijo: “El pecado no se enseñoreará de
vosotros”, (Romanos 6:14). En otras palabras: ustedes están
sufriendo toda suerte de tentaciones pecaminosas, pero no se
preocupen porque ¡El espíritu del pecado no tiene más
dominio sobre ustedes! El espíritu del pecado posee dominio
sobre los nacidos de la carne, ¡Pero no sobre los nacidos del
Espíritu!
El Señor Jesús dijo: “Lo que nace de la carne, carne es; y lo
que nace del Espíritu, espíritu es.”, (Juan 3-6). En otras
palabras, los nacidos de la carne aún tienen la carne como base
de su vida espiritual. El espíritu del pecado siempre tiene el
control de la carne. Pero eso es imposible que suceda cuando
la persona es espíritu. Pues, ¿Cómo el espíritu del pecado
podrá dominar a quien tiene la naturaleza del Espíritu de Dios?
O ¿Cómo el espíritu del pecado podrá dominar a aquel que es
espíritu porque nació del Espíritu de Dios? Dios los bendiga
abundantemente.
“Toda oración y toda súplica que hiciere cualquier hombre, o
todo tu pueblo Israel, cuando cualquiera sintiera la plaga en
su corazón, y extendiere sus manos a esta casa, tú oirás en los
cielos, en el lugar de tu morada, y perdonarás, y actuarás, y
darás a cada uno conforme a sus caminos, cuyo corazón tú
conoces (porque solo tú conoces el corazón de todos los hijos
de los hombres); para que te teman todos los días que vivan
sobre la faz de la tierra que tú diste a nuestros padres.”
1 Reyes 8:38-40