Los prodigios de la Omnipotencia y milagros de la
gracia en la vida de la venerable sierva de Dios
Catarina de San Juan. Tomo III
Alonso Ramos (autor)
Gisela von Wobeser
(coordinación y estudio introductorio)
México
Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones Históricas
(Serie Documental 31)
Primera edición: 1689
Primera edición impresa: 2017
Primera edición electrónica en PDF: 2017
ISBN de PDF 978-607-02-9436-5 (obra completa)
ISBN de PDF 978-607-02-9439-6 (tomo III)
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Los prodigios de la Omnipotencia
y milagros de la gracia en la vida
de la venerable sierva de Dios
Catarina de San Juan. Tomo III
Alonso Ramos
Coordinación y estudio introductorio
Gisela von Wobeser
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
.11 REPOSITORIO
a
-
• UNAM
INSTITUCIONAL
HISTÓRICAS
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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Los prodigios de la Omnipotencia
y milagros de la gracia en la vida
de la venerable sierva de Dios
Catarina de San Juan
Tomo III
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INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS
Serie Documental / 31
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Alonso Ramos
Los prodigios de la Omnipotencia
y milagros de la gracia en la vida
de la venerable sierva de Dios
Catarina de San Juan
Tomo III
Gisela von Wobeser
coordinadora de la edición
y estudio introductorio
Universidad Nacional Autónoma de México
2017
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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Ramos, Alonso, autor
Los prodigios de la Omnipotencia y milagros de la gracia en la vida
de la venerable sierva de Dios Catarina de San Juan
/ Alonso Ramos; Gisela von Wobeser, coordinadora de la edición
y estudio introductorio
3 tomos.– (Serie Documental; 31)
ISBN 978-607-02-9436-5 (Obra completa)
ISBN 978-607-02-9439-6 (Tomo III)
1. Catarina de San Juan-aproximadamente 1614-1688.
I. Título. II. Serie
CT558.CE R34 2017
Esta obra se realizó con el apoyo de la Dirección General de Asuntos del Personal
Académico de la UNAM, a través de su Programa de Apoyo a Proyectos
de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT).
Primera edición: 1692
Primera edición, UNAM: 2017
DR © 2017. Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones Históricas
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Coyoacán, 04510. Ciudad de México
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ISBN 978-607-02-9436-5 (Obra completa)
ISBN 978-607-02-9439-6 (Tomo III)
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio
sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Impreso y hecho en México
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Coordinación de la edición
Gisela von Wobeser
Transcripciones
Carolina Aguilar García
Leopoldo Basurto Hernández
Javier Dávila
Gabriela Espinoza Vázquez
José Humberto Flores Bustamante
Elsa García Ávila
Claudio García Ehrenfeld
Berta Gilabert
Ligia Guerrero Jules
Mía Menéndez Motta
Jorge Luis Merlo Solorio
Wendy Morales Prado
Vera Moya Sordo
Brenda Tierrafría
Abraham Villavicencio García
Gisela von Wobeser
Notas
Berta Gilabert
Javier Dávila
Revisión de textos
Jorge Luis Merlo Solorio
Agradecemos al Centro de Estudios de Historia de México Carso
por habernos facilitado la obra original sobre la que se basa el pre-
sente estudio.
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Índice del tomo tercero
Tercera parte de los prodigios de la Omnipotencia y milagros de la
gracia en la vida de la venerable sierva de Dios Catarina de San Juan
[Escritos y documentos preliminares]
Dedicatoria al obispo Manuel Fernández de Santa Cruz y a la ciudad 17
de Puebla de los Ángeles, por Alonso Ramos
Parecer de Alonso de Quirós 22
Licencia del conde de Galve, virrey de Nueva España 23
Parecer de Joseph Vidal 23
Licencia de Francisco de Aguiar y Seijas, arzobispo de México 25
Licencia de Ambrosio Odón 25
Prólogo, por Alonso Ramos 27
Protesta del autor 28
LIBRO TERCERO
De sus virtudes teologales y de los efectos que se vieron en el universo,
sin excepción de los subterráneos senos, que engrandecen la perfec-
ción de esta prodigiosa alma y la acreditan de bienhechora común y
protectora especial de todo el orbe
Capítulo 1
De la grandeza de su fe y firmeza de su esperanza 35
1. Cómo la virtud de la fe fue el fundamento de toda la perfec- 35
ción que comunicó Dios a esta esclarecida virgen, n. 1
2. Cómo acompañaba la virtud de la fe con todas las demás vir- 39
tudes, n. 5
3. Cómo acreditó Dios en el mundo la grandeza de fe de la sierva 43
del Señor, por lo que estimó sus obras y oraciones, por el poder
que le dio para resistir a las potestades infernales y favorecer al
universo, n. 11
4. De la grandeza y firmeza de su esperanza, n. 16 48
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Capítulo 2
Del ardentísimo amor que tuvo a Dios y de algunos de sus maravillo- 52
sos efectos
1. De cuán poderoso se ostentaba el divino amor en esta escogi- 52
dísima alma, n. 19
2. De los excesos del divino amor que reverberaba y aun rebosaba 55
en su sierva, favorecida del humanado Verbo, n. 23
3. De varios favores y regalos con que el divino ser trino y uno 61
ostentó los excesos del mutuo amor con que estaba unido y estre-
chamente enlazado con esta escogidísima alma, n. 30
4. Prosigue la misma materia de las demostraciones de amor con 68
que las tres divinas personas se comunicaban a la sierva de Dios,
cercada de oscuridades y desamparos, n. 37
5. De otras demostraciones del divino amor y cuánto estorba el 74
amor de las creaturas al verdadero y perfecto amor de Dios, n. 43
Capítulo 3
De la grande caridad que ejercitó la sierva de Dios con todos los nece- 82
sitados del mundo y de algunos efectos de la pobreza evangélica que
profesó por todo el tiempo de su vida
1. De la especialísima caridad que tenía con los pobres, y de su 82
grande pobreza y cosas particulares que le sucedieron en esta ma-
teria, n. 51
2. De su grande caridad con los enfermos y cómo con enfermeda- 90
des propias curaba las ajenas, n. 58
3. Del celo que tuvo de las almas y lo que padeció por ellas, n. 62 94
4. De algunos efectos de su caridad y cómo Dios la hizo bienhe- 100
chora común del mundo y despensera de su preciosa sangre, n. 67
Capítulo 4
De varios efectos y celestiales beneficencias que experimentó el mundo; 106
y con especialidad los bienhechores de la sierva de Dios, por la eficacia
de sus oraciones y lo abrasado de su caridad
1. De muchas conversiones de pecadores que hizo Dios por los 106
ruegos y clamores de esta esclarecida virgen, n. 72
2. De algunos casos particulares que confirman las muchas almas 110
que convertía Dios por la intercesión y sumo padecer de su sierva,
n. 76
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3. Prosigue la misma materia, y de varios símbolos con que mos- 117
tró Dios lo mucho que debe el mundo a la ardiente caridad de su
sierva, n. 81
Capítulo 5
De varias visitas que hizo su espíritu a los subterráneos senos 124
1. De lo que vio espiritualmente en el terrible lugar del infierno, 124
destinado para las eternas penas de los condenados, n. 87
2. De una visión particular que tuvo la sierva del Señor de un her- 130
mano suyo que murió sin bautismo, n. 92
3. De la devoción que tuvo con las ánimas del purgatorio y de lo 139
que padecía por ellas con varias visiones de este terrible lugar, n. 100
4. Prosigue la misma materia, y de algunos casos particulares en 147
que se ejemplifica y confirma lo dicho en el parágrafo antecedente,
n. 107
LIBRO CUARTO
De su oración y contemplación; de algunas de sus visiones y profe-
cías, y de su muerte y entierro
Capítulo 1
De su oración y contemplación 155
1. Del modo de orar que comunicó Dios a su sierva, n. 112 155
2. De la perfecta contemplación y unión con Dios que se reconoció 160
en esta sierva de Dios, por los efectos que notaron y calificaron sus
confesores, con la debida y prudencial advertencia, n. 116
3. De varios efectos, al parecer encontrados, de su contemplación, 164
n. 119
4. De otros varios casos particulares en que se declara y confirma 168
la doctrina de los párrafos antecedentes, n. 123
Capítulo 2
De algunas de las muchas visiones que tuvo de la Compañía de 170
Jesús; de sus profecías, y con especialidad, las pertenecientes a su
dichosa muerte y solemnidad de su entierro
1. Varias visiones en general y en particular del gobierno de la 170
Compañía de Jesús, n. 125
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2. Visiones de algunos de los colegios de la Compañía y sus súb- 172
ditos, n. 127
3. De algunas de sus profecías acerca del tiempo de su dichosa 174
muerte y lugar de su sepulcro, n. 129
4. De otras visiones y profecías de su feliz muerte y de la gloria que 178
la esperaba en el cielo, n. 134
Capítulo 3
De su última enfermedad, muerte, entierro y honras que le hizo la 182
piedad cristiana
1. Informe de uno de los médicos que, con mucha caridad y más 182
frecuente y dilatada asistencia, visitó a la sierva de Dios, n. 139
2. De los principios, medios y fines de su última enfermedad y feliz 185
muerte, n. 147
3. De su entierro y cosas particulares que sucedieron en aquellos 189
días, n. 152
4. Prosigue la misma materia y otras cosas que sucedieron al tiem- 193
po de su entierro, funeral y honras, n. 157
5. Epitafios que sirvieron de adorno al túmulo, en el día de las 195
honras que le hicieron a la sierva de Dios, n. 160
6. Sermón pronunciado por Francisco de Aguilera con motivo de las 210
honras fúnebres de Catarina de San Juan, el 24 de enero de 1688,
n. 180
7. Dos testimonios jurídicos y comprobados de lo que sucedió el 248
día del entierro y el de las honras de la venerable madre Catarina
de San Juan, n. 252
8. Testamento hecho por Catarina de San Juan, vecina de la ciudad 252
de los Ángeles, y distribución de sus bienes, n. 255
Capítulo 4
De otras noticias particulares que acreditan las virtudes de la sier- 254
va de Dios Catarina de San Juan
1. De una salud repentina y prodigiosa que se atribuyó a la sierva 254
del Señor, en la ciudad de San Luis Potosí, n. 263
2. De varias noticias, dignas de todo crédito, que pueden conducir 256
al conocimiento de las virtudes de la sierva de Dios, Catarina de
San Juan, n. 266
3. Otras varias noticias que nos dejó escritas de su mano y pluma, 260
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acerca de la muerte y gloria de la venerable virgen, doña Juana de
Irazoqui, a quien piadosamente se puede dar crédito por sus heroi-
cas virtudes, que deseo y espero dar a la estampa, n. 273
4. De otras noticias espirituales que acreditan con probabilidad las 267
virtudes de la sierva de Dios Catarina de San Juan n. 284
5. De otras noticias que llegaron tarde a manos del último confe- 272
sor de esta sierva de Dios, n. 291
Índice de las cosas notables que se contienen en estos dos libros de la 279
tercera parte de esta historia
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Tercera parte de los prodigios
de la Omnipotencia y milagros
de la gracia en la vida de la
venerable sierva de Dios
Catarina de San Juan
[Escritos y documentos preliminares]
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Dedicatoria al obispo Manuel Fernández de Santa Cruz y a la
ciudad de Puebla de Los Ángeles
Muy ilustre señor: Me valgo, señor, de unas palabras de san Bernardo para
empezar esta carta, que son las mismas con que el santo empezó otra al
conde Teobaldo, movido quizá de los muchos beneficios que de su liberal
mano y ánimo generoso recibió; y así confieso me veo obligado [pues le es
tan debido a vuestra señoría] a dedicarle este tercer y último tomo, de la
vida, virtudes y muerte de la venerable sierva de Dios Catarina de san Juan,
cuando no es más que mostrarme agradecido a las grandes demostracio-
nes de estimación con que usted procedió en las exequias de la venerable
sierva de Dios. Cum multa mihi, vestrae erga me dignationis indicia prae-
beatis hoc me maxime, toto vobis affectu dilectionis adstringit1 [Apostilla:
San Bernardo, Epístolas, 39]. Y no se contenta el santo con haber recibido
tantos beneficios, como añade en otra epístola, sino que los primeros sean
estímulo para acrecentar otros mayores que espera recibir; que en ánimos
generosos y reales, un beneficio abre la puerta para conceder otros mayo-
res. Yo, de la misma suerte, aunque confieso de la noble piedad de vuestra
señoría por muy grandes los primeros, espero que en las informaciones (que
tengo esperanza) que se han de hacer de la vida y virtudes de esta sierva
de Dios, es donde ha de echar vuestra señoría todo el resto de su empeño
para solicitarlas. Praemisa itaque devotissimarum gratiarum actione, pro
experta benevolentia, iterum audeo petere, quod iterandis gratiis, secundo
me faciat debitorem2 [Apostilla: Epístolas 43]. También me confieso deudor
a vuestra señoría en esta obra pues fue el primero que con generosa liberali-
dad contribuyó para el gasto del primer tomo y pues éste ha dado para que
se pueda imprimir aun este tercero, es muy justo que como deuda debida se
le ofrezca a vuestra señoría juntamente con lo que, espero en Dios, ha de so-
brar de dineros, para que vuestra señoría con ellos sea deudor a la venerable
sierva de Dios para sus agencias, como yo lo soy siempre de vuestra señoría.
1 “El ofrecerme muchas pruebas de vuestra estima para conmigo, me liga a ustedes al máximo
con todo el afecto del amor.”
2 “Y así, previamente enviado el cumplimiento de los devotísimos favores ante la benevolencia
probada, de nuevo me atrevo a buscar ávidamente lo que, al renovar los favores, por segunda vez
me hace deudor.”
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Parece miraba también el santo esta circunstancia cuando dijo: Iam dudum
ad invicem tenemur alterutrum debitores3 [Apostilla: Epístolas 107].
No podía, señor, dedicarse el fin y corona de esta obra sino a la muy
ilustre e imperial ciudad de Puebla de los Ángeles; porque si el grande empe-
rador Carlos V (que Dios haya) la quiso ennoblecer con sus mismas armas,
añadiéndoles el plus ultra en las dos columnas y dos ángeles que las susten-
tan, desde que la sierva de Dios entró en esa ciudad tuvo a pares las armas:
las del emperador, que la ennoblecen, y las de Catarina, que la defienden.
Fue la venerable sierva de Dios las armas más eficaces de Puebla, pues tan-
tas veces la defendió de los enemigos, pero dejo estas armas, que ya de ellas
he hablado en varias partes de esta obra, por tratar sólo de las de la nobleza
de Puebla y de la conexión que con ellas tuvo la sierva de Dios.
Y empezando por la corona imperial con que se ciñen. Ya había vis-
to la venerable sierva de Dios Catarina de san Juan [como refiero en este
tomo] a la ciudad de los Ángeles en una visión que tuvo, adornada con una
hermosísima corona imperial, que bajaba del cielo y toda la rodeaba; y por
eso, sin duda, esta ciudad como madre que es de esta sierva de Dios, el día
de su fallecimiento la honró poniéndole otra corona imperial de flores en las
sienes. La corona que bajó del cielo la sierva de Dios con la eficacia de sus
oraciones, fue símbolo del convite eterno de la gloria, donde entraban y ha-
bían de coger asiento los moradores de aquella nobilísima ciudad, a quien
con razón podemos dar el nombre de madre de esta esclarecida virgen, pues
apenas conoció otra tierra o patria. La corona de flores que pusieron los
nobles ciudadanos a Catarina el día de su dichosa muerte, fue símbolo del
buen concepto que tenían nobles y plebeyos de las virtudes de la sierva de
Dios, y que se persuadían [prudencial y piadosamente hablando] de que
aquel día era el del triunfo y desposorio que iba esta alma justa a celebrar
al tálamo glorioso del divino esposo. Con este noble y piadoso afecto salie-
ron todos los vecinos de esa nobilísima y populosa ciudad, convidándose
los unos a los otros con voces tiernas y gozosos júbilos, a ver y asistir a las
honras y glorias de la sierva del Señor Catarina de san Juan. Parece que se
describió esta coronación con la semejanza de la otra, de que hizo mención
Salomón en sus Cánticos: Egredimini et videte, filiae Sion, Regem Salomo-
nem in diademate, quo co[ro]navit illum mater sua in die desponsationis
3 “Hace ya tiempo, mutuamente nos tenemos por deudores el uno o el otro.”
18 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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illius, et in die laetitiae cordis eius4 [Apostilla: Cantares 3]. El día de esta
magnífica pompa, en sentir de Ruperto, fue el de su nacimiento; porque el
día de la muerte de los justos se llama nacimiento, pues con ella comienzan
a gozar de la eterna bienaventuranza, que es la verdadera e inmortal vida
a que aspiramos y debemos aspirar todos los vivientes [Apostilla: Ruperto
apud Cornelio].
Esa corona que vino del cielo y coronó con esmaltes de purísimo oro
la ciudad de Puebla, fue efecto de las oraciones de nuestra Catarina y sim-
bolizó la extraordinaria congregación de lluvias celestiales en los particu-
lares y multiplicados auxilios de la divina gracia, que venían como llovidos
sobre la ilustrísima ciudad de los Ángeles; estas celestiales lluvias son los
justos, dicen a cada paso las escrituras sagradas. De Cristo dijo el real pro-
feta, que había de descender como lluvia: Descendet sicut pluvia in vel-
lus.5 [Apostilla: Salmos 71] Y esto mismo dijo Isaías: Rorate caeli desuper
et nubes pluant iustum.6[Apostilla: Isaías 45] Un justo en la tierra es una
pluvia que la fertiliza, fecunda y llena de almas puras y santas. Pondérese
ahora la muchedumbre de justos que se reconocen con visos de admiración
y espanto en aquella imperial e ilustrísima ciudad; toda ella parece que se
ha dedicado enteramente a obedecer a Dios en sus santos mandamientos y
divinos consejos. Apenas se hallará calle, ni aun familia, en que no se hallen
personas que no se empleen en ejercicios cristianos para conquistar el reino
de Dios, por el camino estrecho y espinoso que guía a la perfección. Apenas
se hallará lugar ni corte donde resplandezca más el culto de Dios en sus her-
mosos y magníficos templos; y esta católica devoción es la que hace más o
menos célebres las ciudades del cristianismo, porque como dijo Libio: Om-
nia prospere eveniunt colentibus Deum7 [Apostilla: Libio, 1, 5]. El divino
culto en una ciudad es el principio de todas las felicidades; y el descuido en
esto, el manantial de las miserias y desgracias. Y es lo mismo que dijo el Es-
píritu Santo: Scimus, quia diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum8
[Apostilla: Epístola a los romanos 8]. A los que sirven a Dios, les sirven y
4 “Salid a contemplar, hijas de Sión, a Salomón el rey, con la diadema con que le coronó su ma-
dre el día de sus bodas, el día del gozo de su corazón” (versículo 11).
5 “Caerá como la lluvia en el retoño” (versículo 6).
6 “Destilad, cielos, como rocío de lo alto, derramad, nubes, la justicia” (versículo 8). La tra-
ducción empleada es ambigua para el sentido que le impone el autor, pues traduce iustum como “la
victoria”.
7 “Todas las cosas se presentan bien a los que honran a Dios.”
8 “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (versículo 28).
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honran todas las cosas; porque todas les suceden bien, todas a porfía9
concurren a su asistencia y provecho, todas como abejas enjambradas acu-
den a sus prosperidades. Es tanto el gusto que tiene Dios con los que lo
aman, que no se contenta con que obren las cosas creadas en su provecho,
sino que compitiendo unas con otras, quiere que concurran, que se des-
velen, se desentrañen y se deshagan para enriquecerlo; porque todas las
creaturas obran y cooperan con el Creador para las felicidades de un justo.
Todas las cosas en que pone éste las manos las hace oficiales de sus prospe-
ridades y pregoneras de sus honras.
Por este motivo le viene bien a esta nobilísima ciudad la inscripción
del plus ultra que mandó poner el emperador Carlos V en las columnas de
sus armas, en contraposición del non plus ultra de Hércules. Pero le sobran
otros muchos que la hacen célebre, aun comparada con las opulentas y
hermosas ciudades del otro oriental mundo; pues nos enseña la experiencia
cuán fecunda es de hijos sabios y de ánimos generosos, que, para reducirlos
a número, faltara a la aritmética guarismo. ¡Oh, ínclita ciudad! En estas dos
columnas del valor y de la ciencia, confieso con veneración tu indefectible
firmeza y me confirman en este sentir los ángeles custodios que te defienden.
Y si alguno dijere que pudieras flaquear con el tiempo como flaquearon las
columnas del templo de Salomón y ciudad de Jerusalén, primera universi-
dad donde los maestros de la ley sagrada la enseñaban públicamente a los
que cursaban la escuela: Hoc templi pi[n]naculum erat Rabbi consistorium,
in quo sacra lex conferebatur?;10 [Apostilla: Josefo, Antigüedades judaicas]
responderé con las palabras que dijo Dios a Isaías, que compadecida la so-
berana clemencia de los llantos y clamores de su pueblo, trató de reedificar
la casa que había antes edificado su eterna sapiencia para adoctrinar a su
pueblo: Sapientia aedificavit sibi domum.11 [Apostilla: Proverbios 9] Y fue
la respuesta: Que vería el profeta con sus ojos, pasado tiempo, a Jerusalén
con más segura hermosura y más hermosa opulencia. Como si dijera: Verás
mi templo seguro de mudanzas y translaciones; porque yo empeñado en su
restauración con amarras y clavos le tengo de fijar, y ni un clavo consentiré
que se traslade a otra tierra: Oculi tui videbunt Hierusalem opulentam;
Tabernaculum, quod nequaquam transferri poterit, nec transferentur clavi
9 “A porfía”, de consuno, imitándose unas a otras.
10 “¿Este pináculo del templo era el consistorio de los rabinos, en donde se conversaba sobre
la ley sagrada?”
11 “La sabiduría edificó casa para sí” (versículo 1).
20 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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eius usque in sempiternum.12 [Apostilla: Isaías 33] Estos clavos, que habían
de servir de amarra firme a la casa de los sabios y ánimos valerosos, dice
Teodoreto, citado de León de Castro: “Que son los huesos de los justos
que estaban por Jerusalén esparcidos, desde que por decreto de Nabuco-
donosor la destruyó y arruinó la invasión tirana”. [Apostilla: Teodoreto,
ibidem] Pues si los huesos y reliquias de los justos prometió Dios colocarlos
por cimientos de su casa, y estos eran los clavos de fortaleza que fijarían
eterno aquel templo de la sabiduría, ¿por qué no discurriré yo que en la
ley de gracia, cuando los raudales de la misericordia infinita se derraman
con mayor abundancia, que esta nobilísima ciudad de sabios y corazones
magnánimos y generosos ha de permanecer estable y opulenta hasta el fin
del mundo? Pues aunque nos faltase la firmeza simbolizada en la corona
de oro con que coronó el emperador Carlos V las armas de esa ilustrísima
ciudad, y la que vio la sierva de Dios bajar del cielo para ornamento y de-
fensa de sus nobilísimos ciudadanos; y aunque flaqueasen las inscripciones
del non plus ultra de las columnas de Hércules y la del plus ultra que puso
entre las armas de la ciudad de Puebla el emperador Carlos V, afianzadas
en la fortaleza y manutención de dos ángeles, que la ilustran, conservan y
defienden; no puede faltar a mi entender su firmeza, en los cimientos de
tantos cuerpos y huesos que están multiplicados y derramados por los sun-
tuosos y hermosos templos que acreditan esa muy noble ciudad de grande,
por la devoción católica y el divino culto que resplandece en sus obras, y
con especialidad por la nobleza y liberalidad con que siempre ha honrado a
las personas que han muerto con opinión de santidad. Ya tengo expresados
los nombres de muchas almas justas en la historia y por eso no las repito; y
también porque a mi asunto basta el nombre de la sierva de Dios Catarina
de San Juan, a quien Dios con su poderosa mano, traspuso desde los más
remotos términos del Oriente, del gran Mogor o feliz Arabia, a la populosa
ciudad de los Ángeles, en el nuevo mundo del Poniente, para que fuese una
singular corona que la ilustre, una prodigiosa columna que la sustente, y un
nuevo ángel en carne que la defienda y haga estable, firme y opulenta hasta
el fin del mundo. Para este fin discurro yo con san Bernardo, llamó el solíci-
to y divino pastor a esta sierva de Dios y la trajo a esa muy noble y católica
ciudad, desarraigándola de las espesas y venenosas malezas del gentilismo:
12 “Tus ojos verán a Jerusalén, albergue fijo, tienda sin trashumancia, cuyas clavijas no serán
removidas nunca” (versículo 20).
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 21
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Quid ista non ab illo speret? Non nehaec est ovis errans, cuius cura etiam
supernorum curae gregum praelata est? Denique Pastor descendit ad istam
quaesivit diligenter inventam non reduxit, sed revexit.13 [Apostilla: Bernar-
do, ibidem] Esta, pues, oveja traída al aprisco de la Iglesia es el asunto de
esta historia, que corono con el nombre y patrocinio de vuestra señoría,
para que en el archivo noble de su piadoso pecho, consigan tan singulares
noticias el esplendor que merecen y que no se lo puede dar la cortedad de
mi ingenio, la tibieza de mi pluma y la tosquedad de mi estilo. México y 22
de septiembre de 1692.
Besa la mano de vuestra señoría, su afecto servidor y capellán
Alonso Ramos
Parecer de Alonso de Quirós
(Profeso de la Compañía de Jesús y confesor del excelentísimo señor conde
de Galve, virrey y capitán general de esta Nueva España)
Excelentísimo señor: Con particular gusto he obedecido el decreto de vues-
tra excelencia en que anticipándome el cumplimiento de mi deseo, por lo
mucho que hallé qué admirar y documentos en qué aprender en la primera
y segunda parte dadas a la estampa, se sirve mandarme vea la tercera parte
de Los prodigios de la Omnipotencia y milagros de la gracia, en la vida de
la venerable sierva de Dios Catarina de San Juan compuesta por el padre
Alonso Ramos de nuestra Compañía de Jesús, prepósito actual de la Casa
Profesa de esta ciudad. Y vista con la atención que se concilia su contenido,
hallo en ella tanta consonancia con las primeras y con tanta perfección fina-
lizada esta obra, que en su apoyo no sólo merece se reproduzcan los elogios,
con que (dignamente) tan doctas y místicas plumas las aplaudieron, sino
es que de esta redundan nuevos aplausos a las primeras. Nam bene coepit
opus —dijo Othón en sus emblemas— qui bene finit opus.14 Por lo cual, y
no reconocer cosa alguna que desdiga de la puridad de la fe ni opuesta a las
13 “¿Qué no esperará ésta de allá? ¿No es ésta la oveja errante, cuyo cuidado incluso es puesto
por delante de los cuidados de los rebaños supernos? En consecuencia, el Pastor descendió diligente-
mente a ésta [oveja] descubierta, no la retiró, sino la trajo consigo.”
14 “Porque bien comenzó la obra quien bien la terminó.”
22 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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buenas costumbres; antes bien aquella con maravillosos ejemplos apoyada
y éstas con tan singulares ejemplares persuadidas, juzgo puede vuestra ex-
celencia conceder la licencia que se pide para darse a la estampa y que goce
de la luz común material, por persuadirme la ha de comunicar de superior
esfera en lo espiritual. Este es mi sentir, salvo meliori,15 etcétera. En este
Colegio de San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús de México en 9
de septiembre de 1692.
Excelentísimo señor
Besa la mano de vuestra excelencia,
su muy reconocido y afecto capellán
Alonso de Quirós
Licencia del conde de Galve, virrey de Nueva España
El excelentísimo señor conde de Galve, virrey de esta Nueva España, conce-
dió su licencia para la impresión de este libro, vista la aprobación del padre
maestro Alonso de Quirós de la Compañía de Jesús, su confesor, por su
decreto de 10 de noviembre de 1692.
Parecer de Joseph Vidal
(Padre de la Compañía de Jesús, rector y maestro que fue de teología; pre-
fecto de las misiones y de la Congregación de Nuestra Señora de los Dolores
en nuestro Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de México)
Ilustrísimo señor: Por orden y comisión de vuestra señoría ilustrísima he
leído esta tercera parte de los Prodigios de la gracia en la vida de la ve-
nerable sierva de Dios Catarina de san Juan, que pretende sacar a luz el
padre Alonso Ramos de nuestra Compañía de Jesús, prepósito actual de
la Casa Profesa de México. Y habiendo ya visto y dado mi parecer para la
impresión antecedente de la segunda parte de esta historia, en que me dilaté
15 “Salvo mejor [opinión].”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 23
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ponderando las virtudes de esta escogidísima alma, omito los agradecimien-
tos debidos al autor por ser de casa. Ahora en esta última parte y fin de su
prodigiosa y gustosa obra que espera el mundo para leerla gozoso, no hallo
qué decir sino que este ramo es muy semejante a los otros dos primeros
tomos, como nacidos de un mismo árbol fertilísimo de frutos sazonados
y deleitosos, por las maravillas de la gracia que nos refiere y por los ejem-
plares de verdaderas virtudes que nos propone en el objeto y asunto de
su pluma, dilatándola por el mundo para que sea Dios glorificado en sus
creaturas y para que los piadosos y prudentes lectores por el medio de la
imitación crezcan en fervor y espíritu. Por esta razón no he tenido por li-
sonjas ni ponderaciones los elogios de los extraños con que aprueban y han
aprobado esta obra comparando a esta sierva de Dios y a su historiador al
otro árbol fertilísimo de buenos frutos, plantado, como dijo el profeta rey
[Apostilla: Salmos 1],16 a las corrientes de las aguas de la sabiduría: Aqua
sapientiae salutaris potavit eos Dominus;17 [Apostilla: Eclesiástico 16]18 ni
a los que le comparan con alguna semejanza, al árbol que vio el evangelista
san Juan en sus revelaciones misteriosas (cuyos frutos eran repetidos, hasta
sus hojas saludables) [Apostilla: Apocalipsis 22]. Yo venero gustoso estas
alabanzas y las aprecio como propias por la parte que me toca en los elo-
gios del autor y por el afecto que tuve a la venerable Catarina de San Juan,
a quien comuniqué y traté, reconociendo siempre en sus palabras y obras,
para mi confusión, extraordinaria virtud y santidad envuelta en una amable
sencillez e inocencia; y si el árbol bueno se conoce por sus frutos, no puedo
dejar de decir que esta prodigiosa vida tiene las propiedades del árbol de
ciencia, enriqueciéndonos del bien y del mal; del bien, porque se enseña y
persuade con muchos ejemplos y doctrinas; del mal, porque le disuade y co-
rrige. Por esto y porque no hallo en esta tercera parte disonancia a la verdad
cristiana ni doctrina que no sea muy conforme a lo que nos enseña la Iglesia
católica, juzgo que merece el autor la licencia que pide. Este es mi parecer
salvo etcétera. En este Colegio de san Pedro y san Pablo de México, en 7 de
septiembre de 1692.
Joseph Vidal
16 Versículo 3.
17 El texto bíblico está en tiempo futuro, pero aquí Joseph Vidal lo presenta en pasado: “Dios les
dio a beber la saludable agua de la sabiduría”.
18 La referencia correcta es a Eclesiástico 15, 3.
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Licencia de Francisco de Aguiar y Seijas, arzobispo de México
El ilustrísimo señor doctor don Francisco de Aguiar Seijas y Ulloa, arzobis-
po de México, del consejo de su majestad, concedió licencia para imprimir
este libro, habiendo visto la aprobación del padre Joseph Vidal, como cons-
ta por su decreto de 10 de noviembre de 1692.
Licencia de Ambrosio Odón
(Provincial de la Compañía de Jesús de la provincia de Nueva España)
Ambrosio Odón, provincial de la Compañía de Jesús en esta provincia de
la Nueva España. Por la facultad y potestad que para esto nos es concedi-
da por nuestro muy reverendo padre Tirso González, prepósito general de
nuestra Compañía de Jesús: por la presente damos facultad al padre Alonso
Ramos, profeso de nuestra Compañía y prepósito de nuestra Casa Profesa
de México, para poder imprimir la tercera parte de los Prodigios de la Om-
nipotencia y milagros de la gracia, en la vida de la venerable sierva de Dios
Catarina de san Juan, por haberlo examinado y aprobado personas doctas
de nuestra Compañía y no haber hallado en él cosa digna de censura. En
fe de lo cual damos ésta, firmada de nuestro nombre, sellada con el sello
de nuestra Compañía y refrendada de nuestro secretario. En la ciudad de
México a 20 de noviembre de 1692 años.
Ambrosio Odón
Por mandado del padre provincial
Martín Carlos de Ramales, secretario
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Prólogo
por Alonso Ramos
Al lector:
P ropongo a tus piadosos y nobles ojos (lector prudente), una eru-
dición que escribe Plutarco en el libro de sus apotegmas y es que
cuando iban los lacedemonios a la guerra, no adoraban al sol como los
franceses, ni sacrificaban a Júpiter como los romanos, sino a las Musas. Se
admira un discreto de que siendo tan contrarias las armas a las Musas, se
les hiciesen a éstas ofrendas. Preguntó a uno de los sabios de aquel tiempo
que por qué no se hacían aquellos holocaustos gentílicos a Marte, a Hércu-
les o a Belona, presidentes de las batallas. Le respondió Eudomidas: Ut re-
bus fortiter gestis continga[n]t honesta commemoratio;19 que se hacía para
que las Musas diesen lenguas que celebrasen lo que obraban sus manos. El
vencer enemigos, el destruir los campos contrarios y ponerlos en huida ate-
morizados es empresa que con armas, valor y buena suerte se acaba. Pero
que triunfen esas memorias del olvido, de la emulación y envidia, depende
del favor y patrocinio de las Musas o de las letras. De suerte que poniendo
en el peso de la dificultad, en una balanza las victorias y triunfos de los ejér-
citos más pertrechados y victoriosos y en la otra el daño que los envidiosos
hacen, reconocieron que pesaba más ésta. La verdadera victoria y el nervio
de su dificultad sólo lo ponían en que a pesar de envidiosos y maldicientes,
se hiciesen sus memorias eternas; porque el golpe de la espada con el escu-
do se repara, pero contra la lengua no hay escudo. La espada al presente
hiere y la lengua al presente y al ausente daña. La espada al que vive da
muerte, la lengua a vivos ni a muertos perdona. Y así, para atajar el mayor
daño, sacrificaban a las Musas sus proezas los antiguos. En aquella edad y
en todas juzgara yo más acertado para los que escriben, el sacrificio de las
Musas, que el de Marte, Hércules y Belona; pues poniendo en el anfiteatro
del mundo sus sudores y trabajos, sin haber quién vuelva por ellos, ni quién
los defienda ni quién satisfaga a los que quisieren ofenderlos, están puestos
por blanco del sabio y del mordaz ignorante. No tengo yo de qué quejarme
19 “Para que junto con las gestas alcancen honorable conmemoración.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 27
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en este punto, como lo he protestado en los prólogos de la primera y se-
gunda parte de esta historia, a donde remito al piadoso lector para que vea
con cuánta benevolencia hallaron en el mundo acogida mis escritos. Lo que
ahora me pertenece es dar razón de la dilación en sacar a luz esta tercera
parte. Y digo lo primero, que las muchas ocupaciones que se han ofrecido,
mancomunadas con repetidos achaques graves y notorios, han ocasionado
la detención de darse a la estampa esta obra. Lo segundo y la principal cau-
sa es el haber sido forzoso el interrumpirla con la impresión de la primera
y segunda parte de las Doctrinas20 del padre Juan Martínez de la Parra de
nuestra Compañía de Jesús. Y digo forzoso, porque merecen el nombre de
fuerza las insinuaciones e instancias de los príncipes y personas a quienes
juntamente respeto y debo respetar; y porque me obligó también el conoci-
miento de que serían en el mundo sus escritos de más gusto y utilidad. Este
ha sido mi fin, y si le he conseguido en las unas y otras impresiones, deseo se
dé la honra y gloria a aquel señor, de cuya mano todo el bien procede. Vale.
Protesta del autor
En obediencia del decreto de nuestro santísimo padre Urbano VIII, de feliz
recordación, expedido en la sagrada congregación de la universal Inquisi-
ción de la Iglesia, a 13 de marzo de 1675, declarado por su Santidad en 5 de
junio del año de 1631 y confirmado en 5 de julio de 1634, en que se prohíbe
dar culto de santidad a las personas no canonizadas: protesto que todas las
veces que en esta historia uso de las palabras “santa”, “bienaventurada”,
“venerable”, “esclarecida” o cualquiera otra que insinúe virtud relevante,
así de la persona que es asunto de esta obra como de cualquiera otra que
con esta ocasión nombro con éstos o semejantes epítetos, no es mi intento
caiga sobre la persona dándole el culto debido a los santos, que con defini-
ción de la santa Iglesia están en el cielo, sino sobre las costumbres y opinión.
Ídem protesto, que todas las cosas que refiero con nombre de “ilustracio-
nes”, “revelaciones”, “raptos”, “éxtasis”, “profecías”, “milagros” y otros
favores extraordinarios, no tienen más autoridad que la humana, fundada
20 El nombre completo es Luz de verdades católicas y explicación de la doctrina cristiana, que siguien-
do la costumbre de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús de México, todos los jueves del año ha explicado en
su Iglesia el P. Juan Martínez de la Parra, profeso de la misma Compañía. Se explica la premura por la ne-
cesidad de sacar a la calle esta doctrina tan seguida, de la que se hicieron numerosas ediciones hasta
bien entrado el siglo xviii. El padre Martínez (1655-1701) predicó en la Profesa todos los jueves de su
última década de vida, al parecer con mucho éxito.
28 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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en motivos humanos, expuestos a la falibilidad, reservando siempre la in-
falible decisión al oráculo del Espíritu Santo, el romano pontífice en su
canónica declaración, a quien me sujeto en todo como hijo obediente de la
santa Iglesia católica romana, nuestra madre.
Alonso Ramos
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 29
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Libro tercero
De sus virtudes teologales
y de los efectos que se vieron
en el universo, sin excepción
de los subterráneos senos,1
que engrandecen la perfección
de esta prodigiosa alma
y la acreditan de bienhechora
común y protectora especial
de todo el orbe
1 Cuando Ramos hace alusión a los “subterráneos senos”, se refiere al infierno y/o al purgato-
rio, según la creencia de encontrarse ambos espacios en lo profundo de la tierra; además de sugerir
su talante cavernoso.
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Capítulo 1
De la grandeza de su fe y firmeza de su esperanza
1. Cómo la virtud de la fe fue el fundamento de toda la perfección que co-
municó Dios a esta esclarecida virgen
[1] El primer paso que dio la sierva del Señor en el camino del espíritu y
la primera piedra que puso la suma sapiencia en el edificio de su ejemplar
cristiandad y en el cielo de la perfección de esta su querida y escogidísima
esposa, fue la preciosa virtud de su fe; a quien llama el apóstol, fundamen-
to y sujeto en que estriban las columnas de toda la espiritual fábrica del
cristianismo [Apostilla: Epístola a los hebreos 11]; así como la sustancia es
fundamento y apoyo de la variedad hermosa de los accidentes. Por eso dijo
san Juan en su Apocalipsis [Apostilla: Apocalipsis 21] que el primer fun-
damento de la ciudad de Dios era de jaspe, porque si bien se considera en
esta piedra preciosa depositó el autor de la naturaleza todos los colores de
las demás piedras, pues vemos que resplandece en lo blanco del diamante,
lo verde de la esmeralda, lo rojo del rubí, lo azul de la turquesa, lo morado
del ametisto;1 y finalmente, todas las demás piedras preciosas parece vacia-
ron allí todo lo rico y lustroso de sus colores y esta es sin duda la razón y
causa porque los autores proponen por el más propio símbolo de la fe al
jaspe: donde se halla virtualmente toda la belleza y preciosidad de las demás
virtudes. Pues así como es el primer fundamento de todas ellas, es también
el primer adorno del alma, sin el cual, como dice san Pablo: “Es imposible
agradar a Dios, ni dar paso en el camino de la perfección” [Apostilla: Epís-
tola a los hebreos, 11]; por estar depositadas en esta primera y fundamental
piedra las semillas de todas las otras virtudes. De aquí nace y tiene su prin-
cipio la esperanza; porque la fe que tenemos de las promesas y amenazas de
un dios justísimo y omnipotente, nos obliga a esperar el premio y a temer
el castigo. De aquí emana la caridad fervorosa, pues del creer que Dios es
infinitamente bueno procede el amarle sobre todas las cosas y el temor de
ofenderle y desagradarle en la más mínima.
[2] Comunicó Dios a Catarina esta virtud en los primeros años de
su infancia, sirviéndole de predicadores sus mismos padres, con aquella
1 Amatista.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 35
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imperfecta o parte de fe que tenían, cercados de las oscuras tinieblas, espe-
sas malezas y punzantes espinas del gentilismo, donde no llegaba la predi-
cación evangélica sino como entre dos luces y por vía de pasajeros de que
hice mención en los primeros capítulos de la historia, cuando referí: “Que
rendían vasallaje y adoración al verdadero dios de Abraham, que tenía ma-
dre en la tierra”.2 La cual noticia procuraron cuidadosos introducir en su
hija Mirra, para que fuese éste el primer adorno de su alma y el cimiento
de todas las demás perfecciones y prodigios con que el altísimo y verdadero
dios de Abraham quisiese enriquecer a esta su amada y escogida creatura, a
quien, aun antes de darle el ser, dispuso con su admirable e incomprensible
providencia fuese su expectación prodigiosa en el mundo, como lo fue la de
Moisés y la del gran Bautista. Por este mismo fin la inclinaron y exhortaron
a la devoción de la madre de la Omnipotencia, por cuya intercesión, como
por puerta franca de la divina misericordia, experimentaban inexplicables
beneficencias entre las nocturnas luces de la ignorancia. Con estas persua-
siones paternas, empezó a entrar la fe y rayar la verdadera luz del cristia-
nismo en los oídos de esta preciosa Mirra y alma con especialidad escogida
para los castos desposorios del celestial y soberano esposo, verificándose en
ella lo que dijo el apóstol: “Que el oído informado de la palabra de Dios
es la puerta o ventana por donde se introduce la luz verdadera y el infalible
conocimiento de la verdad” [Apostilla: Epístola a los romanos 10]. Se per-
ficionó3 esta noticia con las singulares y repetidas visitaciones de la empe-
ratriz de los cielos, cuando con el Niño Dios en los brazos, acompañada de
la gran matrona señora santa Ana, se comunicó con ella e infundió aquellas
amorosas y santas propensiones, aquellos vehementes impulsos y ardientes
deseos de dejar a sus propios y nobles padres, a su patria y las riquezas del
Oriente, por ser esclava de los esclavos de la más sagrada familia, a que se
ofrecía esta especiosa4 niña, solicitando con lágrimas y suspiros en aquella
infantil edad en que no suele rayar el uso de la razón (sino es por prodigio
o milagro) en las demás creaturas, como lo dejo insinuado en el capítulo
cuarto del primer libro.
[3] Pero en aquel tiempo podía decir esta oriental y deliciosa Mirra
lo que dijo la otra alma santa y escogida esposa, de quien habla Salomón
en sus cánticos, [Apostilla: Cantares 1] y es: “Que estaba negra como las
2 Cf. capítulo II, apartado 3, libro primero.
3 Modalidad antigua de la palabra “perfeccionar”.
4 Hermosa.
36 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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tiendas de Cedar, porque el sol de la idolatría le había tostado el rostro”;
o como trasladan los intérpretes: “Porque el sol de justicia Cristo no había
ahuyentado, ni apartado de su alma las oscuras sombras del gentilismo, con
la amable vista y resplandecientes luceros de sus divinos ojos” [Apostillas:
San Ambrosio, Sobre el Salmo 118. P. Cornelio, Acerca del Salmo 12]. Alu-
día la esposa de los Cantares al haberse descuidado de su viña por guardar
las ajenas, cuando olvidada de la adoración a su verdadero dios y señor,
rendía adoraciones a los otros falsos y mentidos dioses. Pero la esclarecida
virgen que es el sujeto y objeto de esta historia, ya instruida de sus padres,
rendía vasallaje al verdadero dios de Abraham y reverentes veneraciones
a su santísima madre, en cuyos brazos ilustrada y bañada de soberanas
luces del cielo daba multiplicadas veces adoración de divinidad humanada
al Niño Dios. Aludiría a aquel retirársele y escondérsele el divino y majes-
tuoso rostro, sin dejarse mirar de esta su escogida y preciosa Mirra, sino
es debajo de dosel y entre los velos de una esquivez y gravedad desdeñosa,
como lo referí en el poco antes citado capítulo, hablando de las virtudes
de su niñez. A la otra esposa santa respondió el divino amante, diciéndole:
“Que no se congojase, ni afligiese; porque para apartar de ella toda fealdad
y dejarla hermosa a sus soberanos ojos, le haría unos zarcillos de oro con
gusanillos de plata” [Apostilla: Cantares 1] (que es el adorno exterior y
más vistoso de los oídos). Y fue decirle que la adornaría con la virtud de la
fe por medio de la palabra de Dios, que en frase de la sagrada escritura se
llama plata acrisolada con fuego. Y el prometerle este adorno antes que los
demás fue significarnos que esta presea es la primera que se requiere en el
alma, para agradar al verdadero dios de Abraham. A nuestra Catarina res-
pondió el Señor sacándola con maravillosa providencia de entre gentiles y
conduciéndola por prodigiosos rodeos y peregrinos rumbos a tierra de cris-
tianos; donde instruida de varones apostólicos, ilustrada del Espíritu Santo,
asistida del Verbo encarnado y de su santísima madre, se halló adornada
y enriquecida perfectamente con la doctrina y fe de Cristo nuestro señor,
con quien quedó tan unida y enlazada en apretados lazos del divino amor,
que protestando antes morir cien millones de veces que perder su amistad y
romper la íntima unión y felices paces, se conservó hasta la muerte en estre-
cha e inseparable unión de fe y caridad con el divino esposo; a quien llama
el apóstol piedra [Apostilla: Epístola a los corintios 10], y es la primera y
fundamental de la católica Iglesia, de la cual no pudieron apartarla ni por
un instante de tiempo las furias infernales con todos sus poderíos violentos
y cavilosas astucias, ni el mundo traidor con toda su artificiosa malicia; ni
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 37
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la carne, sirena engañosa con sus paliados,5 rebeliones y contradicciones,
tanto más fuertes cuanto más cavilosas y disimuladas.
[4] Asómbrese aquí la antigua cristiandad y la religión católica se pas-
me atónita y suspensa, considerando a una creatura recientemente arran-
cada de la cambronera6 y espinosa maleza del gentilismo, abrazada tan
fuertemente con la piedra Cristo, que se vio despedazada innumerables ve-
ces antes que dejarse apartar del objeto o sujeto con quien estaba unida
en estrechos lazos de caridad, y del honesto y divino amor. Esta unión (se
me permita esta ampliación para confusión de la tibieza del cristianismo)
es la que pretendió explicar el Nacianceno7 con el símil de aquel otro ani-
malejo que se abraza tan estrechamente con las piedras y se une y enlaza
tan apretadamente con ellas, ayudado de la multitud de brazos que tiene,
que el que por fuerza quisiere romper la unión de los dos, o ha de arrancar
alguna parte de la piedra con el animalillo, o ha de dejar algo de él impreso
en la piedra. Así quedó unida Catarina con Dios por la gracia del bautis-
mo, pues no hubo poder en el mundo ni en el infierno para apartarla de
su querido y divino amante, como se ha dicho y consta de los dos libros
antecedentes y se comprobará en lo que resta de la historia. Pero note-
mos aquí con Pierio Valeriano [Apostilla: Pierio Valeriano, libro 27, capítulo
21], que esta misma sabandija, que es símbolo de unión fuerte y verdadera
entre Dios y el alma, es jeroglífico también de los malos cristianos, pues para
pintar los antiguos a un hombre que por una cosa pequeña y de poco valor
deja otra grande y de mucho precio que tenía con tenacidad asida, pintaban
un pulpo fuertemente arraigado e íntimamente cosido con una piedra tosca y
despreciable; y echando sobre él una gota de agua dulce, fijaban un letrero que
decía: División o desunión repentina; porque este animal, en sintiendo que lo
bañan con agua dulce, luego deja la primera piedra y sujeto con quien estaba
estrechamente unido. ¡Oh, cuántos cristianos viejos que se precian de estar
enlazados con apretados lazos de fe, amor y caridad con su redentor, al volver
de cabeza, por un descuido en la vista o por no sufrir un leve trabajo, por
interesar una vil conveniencia o por gozar un bien transitorio, dan con
todo al traste y se apartan de Cristo, pierden su amistad y el gozar de la
hermosura de aquel infinito y eterno bien! ¡Oh!, y quién pudiera poner
5 Ramos emplea “paliados” como sinónimo de “disimulos”.
6 Género de zarza que se suele plantar en los valladares de viñas y huertas para evitar el acceso
de intrusos.
7 San Gregorio Nacianceno.
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aquí con puntual individuación, las palabras con que la sierva de Dios se la-
mentaba y ponderaba la humana flaqueza en la católica cristiandad, cuan-
do hablando con Dios, que se le representaba herido y maltratado de sus
creaturas, le decía: “¿Es posible, Señor, que haya en el mundo quien ofenda
y ultraje tu majestuosa bondad, posponiendo tu amistad a unos caducos
deleites? ¿Puede haber miseria más digna de lamentarse? ¿Puede imaginarse
locura, ni desacato mayor? ¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que se ha-
cen!” ¡Oh, imitemos a nuestra Catarina, que pudo gloriarse con san Pablo
[Apostilla: Epístola a los romanos 8] de que ni la muerte ni la vida, ni la
tribulación, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la persecución,
ni las cosas presentes y futuras, le pudieron apartar de la caridad de Cristo,
a quien amaba con constancia de fe y firme esperanza!”
2. Cómo acompañaba la virtud de la fe con todas las demás virtudes
[5] No sólo ha de preceder la fe a las demás virtudes para que sean del agra-
do de Dios, sino que debe también acompañarlas para levantar el punto y
acrecentar en todas las buenas obras el merecimiento. Por eso la otra alma
santa hablando con el divino esposo, dijo: “Que era semejante a la cabra
montesa y al cervatillo encumbrado sobre los montes de Bethel” [Apostilla:
Cantares 2], que en sentir de Orígenes, fue decirnos: “Que aunque son ne-
cesarias dos cosas para conseguir la salvación; esto es, el conocimiento de
la fe y la perfección de las obras; es justo y necesario que el conocimiento
y consideración de la fe sea como paje de hacha, que acompañe y vaya por
delante en todas nuestras acciones”. [Apostilla: Orígenes, Expositiones in
Canticum, 2] Este misterio encierra el haber comparado la esposa al esposo
a la cabra montesa antes que al cervatillo; porque aunque este es animal
más perfecto y tiene perpetua guerra con los animales venenosos y aspira a
los lugares altos, que significan las obras perfectas con que hacemos guerra
a los vicios que emponzoñan el alma significada en los montes de la perfec-
ción, simbolizada en los montes de Bethel;8 pero la cabra es de agudísima
vista y cría en sus entrañas un humor admirable para quitar la ceguera de
los ajenos ojos, y por esta razón es símbolo de la fe, con la cual penetramos
hasta lo invisible y debemos procurar que el ejercicio de esta divina virtud
8 Ciudad que aparece muy a menudo en el Antiguo Testamento. Sede de un santuario en el que
juzgaba Samuel.
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preceda y acompañe todas nuestras obras, a ejemplo de esta sierva de Dios,
que apoyó y enseñó esta importante doctrina con sus ejemplares acciones.
Pongamos uno u otro ejemplo en esta materia, aunque repetida en la histo-
ria, muy necesaria.
[6] Entraba Catarina en los templos, como lo insinué en el libro prime-
ro, con una fe tan viva de que quería Dios le diesen los fieles la honra y glo-
ria debida en la iglesia a su infinita grandeza, que daban en rostro a la sierva
del Señor aun las comunes salutaciones que ha introducido la urbanidad y
cristiandad cortesana; siendo así, que aun en los reales palacios de los prín-
cipes de la tierra, se tiene por desatención el saludarse y hablar un amigo
con otro en presencia del monarca que preside; porque se mira como mate-
ria de menos respeto a la superior autoridad, que pide para sí la atención de
los que se ponen en su presencia. Pues qué mucho que se ofendiese la sierva
del Señor, celosa de la honra y gloria debida a la suprema majestad, de ver a
los católicos entrar y estar en la iglesia haciendo de ella lugar de recreación
con prolijos coloquios y largas pláticas, sin acordarse que dice Dios por su
profeta: “Que le den todos en el templo la honra y gloria debida” [Aposti-
lla: Salmos 28]; sin reparar que asisten allí los ángeles para escribir todo lo
que se parla, y que está presente el Señor, penetrando las intenciones y los
afectos más ocultos de los que entran en su casa e iglesia. Catarina entraba
en los templos con la consideración de lo que creemos y debemos creer que
era la luz de la fe, tan viva, que la tenía atónita y suspensa en las iglesias,
contemplando la omnipotente majestad y la suma grandeza de su dios pre-
sente. Y este era el modo con que la sierva de Dios acompañaba y llevaba
delante de todas sus obras esta divina virtud, a quien el apóstol atribuye
tantas prodigiosas hazañas, en la carta ya citada, que escribió a los hebreos
[Apostilla: Epístola a los hebreos, 11].
[7] No pretendo ni es mi intención reprender y mucho menos con-
denar, las debidas atenciones a la prudente y política urbanidad que no
se opone a la caridad y cortesana cristiandad; de que no se ofenden los
divinos ojos ni se da por agraviada la suprema y verdadera deidad, pues
se precia de tan urbana y cortés, que a todos sabe agasajar, a todos satis-
facer y con todos cumplir [Apostilla: Lucas 7]. Por eso el seráfico doctor,
ponderando con cuán alegre rostro y risueño semblante había admitido
el envite o convite de un Simón Leproso, le llamó cortesanísimo y urba-
nísimo señor [Apostilla: San Buenaventura, De vita Christi, capítulo 27,
tomo I, Opúsculos], y tanto, que convidado de él, no desdeñó su casa, ni
extrañó su mesa y mucho menos sus salutaciones y familiar conversación.
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Lo que quiero decir es, que en cuanto fuere posible y cuando la necesidad
no pidiere lo contrario, se ha de guardar silencio en el templo; porque así
lo manda, como ya dije, la majestad suprema, para que en él, como en
casa de oración, le rindan el culto y debidas adoraciones sus fieles. Y con
esta doctrina satisfago una queja o impertinente nota de algunas personas
que murmuraban y mordían a Catarina, porque en la iglesia se retiraba de
ellas por indevotas y si la buscaban por mantenedora de inútiles y largos
coloquios, no les respondía o no retornaba las respuestas tan cumplidas,
como las mujeres parleras e inadvertidas deseaban. Confúndanse éstas y
cúbranseles los rostros, no sólo del velo negro de sus mantos sino del en-
carnado de la vergüenza, a vista del reverente silencio de esta sierva de
Dios en la iglesia, pues era efecto de la luz de la fe con que acompañaba y
daba lustroso esplendor a todas sus obras.
[8] Un domingo de cuaresma en la tarde, poco antes de subir al púl-
pito el predicador, que era el padre Joseph de Porras de nuestra Compañía
de Jesús, prefecto de la muy noble, devota y esclarecida congregación que
está fundada en el colegio del Espíritu Santo de la ciudad de Puebla de
los Ángeles, debajo del patrocinio y advocación de santa María la Mayor,
que vulgarmente llamamos de la Anunciata y Nuestra Señora del Pópulo;
reparó Catarina que todo el grave y numeroso concurso que estaba en ex-
pectación del sermón, no asistía con aquella exterior reverencia que debía
tan cristiano teatro en tan sagrado y religioso templo; porque el deseo y
regocijo con que esperaban oír al predicador y la misma muchedumbre del
gentío, transformaban aquel devoto auditorio en un bullicioso concurso,
más propio de un coliseo profano que de la iglesia. Pidió en esta ocasión la
sierva de Dios al Señor, fervor de espíritu para su ministro y para el audi-
torio tanta abundancia de gracia, que todos cuantos asistían en el templo
saliesen movidos y contritos, de manera que ninguno se atreviese a ofender
más a su redentor. Le respondió Cristo: “Yo asistiré al predicador, que es
mi voz y mi vicario, para que siembre en los corazones de los presentes
las doctrinas de mis evangelios. Pero si no está la tierra dispuesta, ¿cómo
quieres, Catarina, que fructifique mi palabra?” Con estas voces se halló
elevada y suspensa, y como arrebatada del divino espíritu fue reconociendo
cuán distraído estaba todo el auditorio y cuán olvidado de Dios, de quien
sólo podía venir la ternura, la conversión y el provecho, que es la razón que
movió al Bautista para llamarse “voz que clamaba en el desierto” y no “voz
que convertía”; porque lo primero era lo que Dios le mandaba y lo demás
quedaba reservado a la Omnipotencia.
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[9] Reconoció también la sierva del Señor a un diablillo bullicioso, en
forma de un negrito feezuelo, que andaba entremetiéndose por el numeroso
concurso, provocando a todos a que profanasen el templo con palabras,
risas y liviandades de los ojos. A este tiempo se dejó ver el predicador evan-
gélico en el púlpito y con sólo su presencia se compusieron los oyentes,
poniendo todos en él la vista con edificativo silencio, atención y el respe-
to debido a quien predica la sagrada doctrina del evangelio. Y con sólo
esta reverente compostura del cristiano auditorio, advirtió Catarina que el
monstruoso diablillo se retiró al rincón de la capilla más cercana al púlpi-
to, donde se puso a oír el sermón con la mano en la mejilla, en quietud y
con aparente aunque forzada devoción. Le preguntó entonces la sierva de
Dios, tratándole de embustero, qué le había sucedido y qué hacía allí tan
pensativo e hipócritamente devoto. No le respondió el Demonio, porque ya
en otra ocasión había dado la respuesta, diciendo: “Que tenía licencia del
Altísimo para hacer y hablar en la iglesia todas aquellas indecencias que
ejecutasen en ella los cristianos. Y que cuando los fieles estaban con reve-
rente devoción en el templo, le obligaban a él y a todos los suyos a estar en
él como perros atados, sin permitirles ni aun el ladrar a vista de su creador
humanado y sacramentado”. Pondere el piadoso lector esta confesión del
infernal monstruo, y no deje la consideración que la presencia real de un
hombre que sube al púlpito a predicar la palabra de Dios y tiene sus veces
para evangelizar en su nombre al pueblo, es suficiente freno a componer y
poner en orden una muchedumbre de gente turbada, inquieta y bulliciosa;
siendo así verdad, que no experimentamos semejantes efectos en los fieles
que asisten en el templo donde preside sacramentado el supremo rey de la
gloria. Catarina asistía en las iglesias con tal conocimiento de fe, que la vi-
veza de esta soberana luz la tenía como absorta e inhabilitada para profa-
nar la casa de Dios con obras, palabras y pensamientos. Por eso no podía
mantener largos coloquios ni pláticas escusadas, que prohíbe el Señor en
sus templos y que no son argumento de grande fe, ni se compadecen con
mucha cristiandad.
[10] En todas las demás acciones se asomaba y resplandecía lo real-
zado y grande de esta divina virtud, con que enriquecía y gobernaba su
preciosa alma; como lo notará el piadoso lector por todo el discurso de la
historia, y reconocerá los maravillosos efectos de su soberana actividad, en
cuya meditación santa vivió y murió la sierva de Dios. Toda su vida, cami-
nó a los resplandores de esta preciosa virtud y soberana luz, considerando
todo lo que nos enseña. Y con esta consideración aprovechó mucho por las
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sendas de la perfección, porque siempre la tenía [como se dice] en la cabeza
y la obligaba a levantar el pensamiento a Cristo, y a ponderar los divinos
misterios que la movían y traían en un continuo ejercicio de alabanzas de
su creador y redentor. Con la memoria de esta divina luz, parecía Catarina
un trasunto del profeta Jeremías, desahogando el corazón con continuas
y copiosas lágrimas de devoción y contrición, considerando lo mucho que
deben las creaturas a su creador y lo mucho que le ofenden. Y finalmente,
por no dilatarme con la repetición de los casos de esta admirable vida,
en apoyo del modo y verdad con que esta esclarecida virgen acompañaba
y fortificaba todas las demás virtudes con la fundamental de la fe, hago
solamente remembranza de aquellos sus continuos temores, sustos y sobre-
saltos que le causaba la continua presencia del majestuoso y supremo juez,
agraviado y maltratado de los hijos de los hombres. Estos y otros mil efectos
de esta divina virtud, no experimentamos los tibios por tenerla ociosa; y por
esta misma razón no aprovechamos en el camino de la perfección, no damos
paso adelante en la escala y subida del cielo. Imitemos a Catarina, que vivía
y hacía todas sus obras a la luz de la fe, desmenuzando y trayendo en el pala-
dar del alma con la consideración y meditación esta divina virtud. Y por eso
sentía su actividad y experimentaba sus maravillosos efectos, verificándose
la semejanza que dice el evangelio tiene con el grano de la mostaza [Aposti-
lla: Mateo 13], en el cual si le dejamos entero, no podemos echar de ver su
virtud, ni actividad; pero si lo gustamos molido y deshecho, en un punto se
nos sube a la cabeza y luego nos saca las lágrimas a los ojos, y poco después
nos obliga a estornudar y estremecer todo el cuerpo.
3. Cómo acreditó Dios en el mundo la grandeza de fe de la sierva del Señor,
por lo que estimó sus obras y oraciones, por el poder que le dio para resistir
a las potestades infernales y favorecer al universo
[11] No resplandeció menos lo realzado de esta soberana virtud en nuestra
venerable Catarina por lo que Dios la estimó, por el poder que le dio contra
las puertas del infierno y en patrocinio del mundo. La favoreció el divino
poder aun antes de darle ser, escogiéndola para ejemplar prodigioso de vir-
tudes e instrumento de maravillas y prodigios. La sacó a la luz del mundo
con el esplendor de princesa, por sus nobles prendas y por hija de grandes
señores y poderosos potentados de la tierra, para abatirla y ponerla entre
los pequeñuelos del evangelio [Apostilla: Mateo 10], a quienes revela sus
arcanos y franquea sus ocultos secretos; porque son los que más le agradan
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y en quienes descansa depositado el tesoro del divino amor y de la suma
sapiencia, que se comunica a los fieles según el grado de fe con que viven,
aman y sirven al padre de las lumbres y fuente de toda verdadera luz. Pues
como dijo el apóstol, no halla Dios grado [Apostilla: Epístola a los hebreos,
11] donde no tiene grado la soberana luz de la fe, ni tiene Dios en nada lo
de que fe no tiene nada; y cuando vive esta divina virtud en el alma, vive
ésta. Como luces son sus ojos, en sentir de san Pablo, cuando dijo: “Que
eran los fieles luces en la mano y aprecio del Señor” [Apostilla: Epístola a
los efesios, 3]; y los que en la urna de la ignorancia de los sobrenaturales
misterios quedaron en tinieblas miserables y oscuras, por más partes que
tengan y ventajas. Mucho eran los filósofos antiguos en el teatro del univer-
so. Cielos eran de la tierra, mar de la sabiduría, ríos de la elocuencia; pero
como les faltó la luz, no hace Dios caudal de ellos, ni los precia ni los esti-
ma. Porque grandes filosofías sin el conocimiento divino, grandes estudios
sin la lumbre de la fe, poca importancia tienen; ni lucen ni parecen; en blan-
co les salió la buena suerte, para conseguir la eterna y verdadera felicidad.
Mas los que son luces en el Señor, los que sacó de la urna de la ignorancia
y les cupo la dichosa suerte de ser fieles, esos, aunque menores, vienen a ser
mayores; esos son los estimados, esos los preferidos, pues dejando Dios a
los grandes y aventajados de la tierra, a ellos comunica los resplandores de
su divina sapiencia; no con igualdad, sino a la medida de sus merecimientos
y conforme a la voluntad de la altísima providencia, que por su justísimo
beneplácito, sin negar el auxilio suficiente a nadie, levanta a unos y abate
a otros. Y entre todos los justos que están en la urna de la gracia, escoge a
los que quiere para las primeras dignidades de sus dos iglesias, triunfante
y militante, en que tienen la primacía los apóstoles, previniéndoles con sus
eficaces auxilios para que fuesen no sólo justos, sino de rara santidad y
perfección de vida extraordinaria. Por los favores, regalos del cielo y por lo
realzado de sus virtudes referidas en los dos primeros libros, juntas con las
que irán amontonadas en esta tercera parte, se debe medir la grandeza de la
divina fe con que vivía y se animaba esta escogidísima alma.
[12] Y si alguno menos piadoso de los lectores le parecieren muchos los
favores que mereció del cielo la sierva de Dios e increíbles los prodigios que
obró en ella y por ella el divino poder, haga remembranza de lo que dice el
evangelista san Mateo: “Que no hay cosa imposible al que cree” [Apostilla:
Mateo 17]; que es lo que dijo el ángel de Dios en la encarnación del Verbo:
“No hay cosa imposible para el Todopoderoso”. [Apostilla: Lucas 1] Esto
mismo debemos creer de la virtud de la fe, pues cuando llega a ser perfecta,
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todo lo puede, y lo imposible a las fuerzas humanas, para la fe es posible
y hacedero. ¿Qué cosa más imposible que con una palabra arrancar de la
tierra con todas sus raíces a un grande y envejecido árbol y trasplantarlo en
medio del mar? Pues eso hace y puede, dice el Señor por su evangelista san
Lucas: “Si tuvieses la fe como el grano de la mostaza y dijeres a un árbol
que se trasplante en el mar, os obedecerá, y si dijeses a un monte que mude
el puesto y se pase a otra parte, lo hará con presteza”. [Apostilla: Lucas
17] Y esto con sólo la virtud de la fe, como ésta sea semejante al grano de
la mostaza, no en su cantidad, que es pequeño, vil, despreciable y de poca
estima, ni sabe ni huele, ni parece nada; sino en su virtud, que es grande,
supuesto que en comenzándole a moler, toda la casa llena de olor y fragan-
cia, y tiene un gusto fogoso, vivo y eficaz y otras mil virtudes. Calificó Dios
muchas veces de grande la fe de Catarina (como se verá en el discurso de la
historia) y así no es mucho que toda su vida esté llena de prodigios, aunque
hiciese trastornar los montes, desencajar las piedras, mudar los peñascos y
arrancar las serranías, porque no hay cosa imposible al que perfectamente
cree. Hasta en el cielo se reconocieron estos poderíos de la fe, cuando el
grande caudillo del pueblo de Dios, Josué, con imperiosa voz hizo parar,
detener y estar fijos los dos planetas grandes, sol y luna, sin dar un paso
adelante [Apostilla: Josué 1]. Es grande su poder, grande su virtud, grande
su fortaleza; y este conocimiento, a quien no se acaban de rendir los sabios
y potestades del mundo, le comunicó y reveló Dios a su sierva. Por eso fue
instrumento de maravillas y milagros de la Omnipotencia.
[13] Mas prodigiosa la hizo la fe católica en el resistir a las potestades
infernales; supongo para que se haga concepto de la grandeza de la católi-
ca fe que infundió el Señor en nuestra Catarina, lo que es el Demonio y el
poderío del infierno. Dice el apóstol san Pedro que es el Demonio un león
rabioso y rugiente, que como hambriento, irritado y colérico, se muestra
impío, cruel, sin mansedumbre ni clemencia, y de tal magnanimidad y gran-
deza que entre todas las bestias fieras no haya alguna que le ponga miedo,
lo espante ni lo atemorice [Apostilla: Primera epístola de san Pedro 5]. Pues
a este león terrible, a quien ni asombran reyes ni sabios amedrentan, ni
poderosos espantan ni ejércitos ponen en huida, le resistía, confundía y
ahuyentaba la sierva de Dios armada del incontrastable escudo de la fe.
El mismo infernal averno lo confesaba obligado de la voluntad de Dios, a
quien no podían resistirse. Y omitiendo por ahora las ocasiones y casos en
que esta esclarecida virgen y mujer fuerte les oyó esta confesión pronun-
ciada con voces sensibles, entre blasfemias, maldiciones y otros diabólicos
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furores con que desahogaban sus envenenados pechos; pongo solamente
por ejemplar un caso que le sucedió y atestigua uno de sus confesores, que
hoy vive y cuya autoridad y verdad no permitiera saliese a la luz del mundo
si no hubiera sido así. Estaba éste batallando con una legión de demonios
que atormentaban y sofocaban a un alma obsesa, a quien tenía el exorcista
por virtuosa y justa. Y revestido de un santo enojo y católico celo contra
la obstinada pertinacia de los infernales monstruos, que como rabiosos pe-
rros, como hambrientos lobos, como furiosos leones, ensangrentaban las
crueles uñas de su enfurecido rencor en el cuerpo y alma de su ahijada,
les redarguyó, diciendo: “¡Ah, gente pertinaz, proterva y de empedernida
obstinación! ¿Cómo os resistís al poder de los eclesiásticos exorcismos?
¿Cómo os atrevéis a perseverar con tan contumaz tesón en porfiada guerra
con una creatura que está auxiliada de la gracia?” Pasaba la venerable Ca-
tarina al tiempo de esta batalla cerca de los combatientes y respondieron los
demonios llenos de furor y rabia: “Pelearemos contra esta alma, contra ti
y contra todas las creaturas hasta el fin del mundo, menos contra esa china
vieja, embustera. Maldita ella sea y la tierra de que fue formada”. Pondere
el piadoso lector esta confesión de los espíritus del averno tan malignos
como soberbios, de cuyo poder, como dice el santo rey David [Apostilla:
Salmos 103], puesto en el mar del mundo, se burla de sus olas y juega con
las aguas, y cuando están alteradas de suerte que amenazan las estrellas, son
para él juguetes: ¿Que éste ha de huir de una pobre mujer? ¿Y que ésta con
el escudo de la fe y fortaleza de la gracia lo resista, refrene y confunda? Está
contestada esta verdad en muchos de los capítulos de la segunda parte de
su vida y se comprobará con especialísimos casos que pondré en estos dos
últimos libros.
[14] Es la virtud de la fe piedra incontrastable, firme y entera contra
la cual no valen ni pueden los poderíos del tenebroso abismo, de que no se
puede dudar desde el tiempo en que dijo a san Pedro, cuando le confesó el
hijo del eterno padre: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi igle-
sia incontrastable a las puertas del infierno” [Apostilla: Mateo 16]. La cual
resistencia atribuyen muchos de los santos padres y sagrados intérpretes a
la confesión de la fe que hizo el apóstol y piedra fundamental de la iglesia,
contra cuya fortaleza y constancia no pueden las potestades del tenebroso
centro. De manera que no sólo a un demonio, ni a ciento ni a mil, sino a
cuantos por las puertas del infierno entraren, a todo aquel hormiguero de
demonios, a todo aquel escuadrón de diablos y a todas las legiones juntas,
hará volver atrás y poner en huida. Aunque todo lo que entró por las puertas
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del infierno salga y se ponga en campaña contra la virtud de la fe perfecta,
no será bastante a resistirla, y al fin llevarán las manos en la cabeza. Supues-
ta esta verdad cristiana, haga el piadoso lector remembranza y acuérdese
de los triunfos y victorias que por instantes conseguía esta valerosa virgen
contra los infernales monstruos en las batallas referidas ya en la primera y
segunda parte de la historia, cuando con un “¿Quién como Dios? Si Dios
conmigo, ¿quién contra mí ni contra todas sus creaturas?”, los ahuyentaba
como a mosquitos arrebatados de un remolino violento y los precipitaba a
su tenebroso centro, oprimidos del divino poder que animaba y fortalecía la
voz y la fe de esta sierva del Señor, para que fuese glorificado su santísimo
nombre y ensalzada su omnipotencia.
[15] Otros argumentos eficaces nos restan que referir en prueba de la
grandeza y fortaleza de la fe de nuestra venerable Catarina, que se leerán en
los libros siguientes, con especialidad al llegar a ponderar la elevación de
su espíritu, cuando arrebatado del poder de Dios como triunfador de todas
las bestias fieras y de todo aquel bárbaro y condenado imperio, hollaba las
puertas del infierno, abría y cerraba sus cerrojos, visitaba los calabozos
eternos, y entre aquellas palpables tinieblas divisaba a las furias infernales
y a todos los condenados sentados al remo9 que para siempre dura, entre
bravuras, rabias, blasfemias y desgarros; no sirviéndoles sus ansias y terri-
bles desesperaciones para embestirla, ni para hacer un solo araño en la fe de
esta sierva del Señor, ni en su valeroso espíritu, que armado con el escudo
de esta celestial virtud, los confundía y detenía encadenados y presos en las
cadenas de fuego para que fueron rematados desde su primera caída, en que
arrojados del cielo perdieron los bienaventurados alcázares de la gloria. Sea
Dios bendito y glorificado por el poder que comunica a los que perfecta-
mente creen, pues siendo el Demonio aquel de quien se dice en el libro del
santo Job: “Que no hay en la tierra poder que le iguale. Y que el llevarse de
un sorbo un río caudaloso y el cortar de un golpe todo el linaje humano y
procurar darle muerte, son todas armas de su trofeo”; [Apostilla: Job 41]
pero el batallar con nuestra esclarecida virgen, el presumir contrastar su fe,
no sólo [según parece por sus confesiones y testimonios] estaba fuera de sus
fuerzas, pero aun de su pensamiento. No llegaba a tanto su locura. Desespe-
rado andaba en el mundo, de manera que todo su poder y maña no llegaba
siquiera a presumir que podía prevalecer contra esta valerosa mujer, cuando
9 “Al remo”, es decir, sufriendo penas y castigos, como los condenados de las galeras.
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todo el mundo le parecía al infierno en su oposición una paja y un juguete.
La hermosura y fortaleza de la fe en todos los cristianos la explican los
doctores con la preciosidad del jaspe; pero la fe de la venerable Catarina se
había de simbolizar también en la otra resplandeciente piedra, asbesto,10 de
la cual dice san Isidoro: “Que una vez encendida conserva el fuego de suerte
que jamás se apaga, y que por eso habían puesto los antiguos por lámpara
una de estas piedras en el templo de Venus”. De esta calidad fue esta pie-
dra edificativa en la Iglesia de Dios, supuesto que desde que fue encendida
con el fuego del Espíritu Santo en las cristalinas aguas del bautismo, nunca
fueron sus resplandores apagados. Piedra fue tan fina y firme que pudo
gloriarse a imitación del apóstol: “Que con la grandeza de fe y firmeza de
su esperanza desafió a todo lo creado, sin haber perdido una victoria, ni un
solo triunfo”; pues no ofuscaron la belleza de su luz las ignorancias de la
tierra, las persecuciones del mundo, las baterías del infierno, ni los nublados
de la culpa.
4. De la grandeza y firmeza de su esperanza
[16] Hay virtudes que por interiores deben ponderarse para que se conoz-
can y deben autorizarse para que se crean. Por este motivo sacó el Señor a
pública plaza la grandeza de la fe y de la caridad de santa María Magdale-
na, cuando a vista de todos los convidados que la vieron llegar compungida
y llorosa, cual cierva herida de la saeta de la divina inspiración, a la fuente
de su remedio Cristo nuestro bien; ungir sus sagradas plantas con preciosos
ungüentos, enlazar y limpiar con sus cabellos los divinos pies que prendie-
ron tantas almas, regárselos con copiosas avenidas de amargo llanto; la
absolvió plenariamente, diciendo: “Absuelta vas a culpa y a pena. Las lágri-
mas de tu corazón han borrado la fealdad de tus pecados. Tu amor ha sido
grande, tu fe aborda con tu caridad. Bien puedes caminar en paz”.11 Estas
mismas dos virtudes alabó e hizo muchas veces notorias al mundo el Señor
en su querida Catarina cuando lloraba, gemía y suspiraba por la salvación
de las almas y bien de todo el universo, pero nunca advertí ni noté que hi-
ciese la divina majestad mención de la grandeza de su esperanza; así como
dejó también en silencio esta soberana virtud en ocasión que se mostró
10 En el original, aparece como “abestró”.
11 Cfr. Lucas 7, 36ss.
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predicador de la fe y amores de la Magdalena. Y la razón del uno y otro
silencio pudo ser la que dio el cardenal Cayetano, y es que omitió el Señor
el acreditar la esperanza de María Magdalena, porque esta preciosa virtud
se manifestaba y dejaba bastantemente entender de sus obras: “Viene la
Magdalena, señora tan noble y principal, de tan alta calidad, como cuantas
había en la ciudad, rompiendo con los inconvenientes de su pundonor, des-
compuesto el cabello, olvidado el adorno, despreciada la gravedad, hollada
la pompa del mundo. Sola por las públicas calles, la que por ellas antes de
todos había sido tan asistida y cortejada. No repara en el decir de las gen-
tes, en medio de tan esplendido convite: llora, suspira y gime, imprimiendo
sin cesar los hermosos labios en las plantas del Señor; y le sirve de lienzo
para limpiar los ungüentos que generosa derrama la desaliñada madeja de
sus dorados cabellos. Pues, ¿quién hace tanto? Quién arriesga tanto, claro
está que algo había de esperar. Y así dígase que la Magdalena tuvo fe y
caridad, y cállese la esperanza porque no hay para qué decir lo que se está
dicho y entendido; pues apenas se halla quien gaste sus obsequios, ni sude,
afane, pierda y arriesgue, si no es pretendiendo y esperando ganar y crecer”.
[Apostilla: Cayetano, Sobre Lucas 7] El hacer obsequios y sumisiones, tal
vez puede ser sin amor y sin fe, pues tal vez como acá decimos: “Besa un
hombre manos que quisiera ver cortadas”. Pero servir sin esperar es ma-
ravilla, que por maravilla se ve. Y así, para que quedase acreditada en el
mundo la esperanza de la Magdalena, no fueron necesarios otros elogios
que la narración de sus obsequios para con Cristo.
[17] Así podemos y debemos discurrir de la esperanza de nuestra ve-
nerable Catarina, supuesto que para que sea conocida por todo el orbe la
extraordinaria grandeza de su firmeza, basta la experimental ostentación
y publicación de sus obras. En ellas queda bastantemente acreditada esta
soberana virtud, porque el haber seguido a Cristo desnudo y despreciado
en tan dilatada vida, una hija de los príncipes de la tierra, no pudo tener
otro principio y fundamento que el de la esperanza de la eterna felicidad. El
haber sustentado y sufrido las multiplicadas batallas con que la combatió el
mundo, infierno y carne, clamando al cielo misericordia, argumento es de
que aspiraba y esperaba verse coronada entre los cortesanos celestes. Esta
esperanza era su vida, aliento y fortaleza. Aun entre las mundanas glorias
no sé qué vislumbres tuvieron de esta verdad los gentiles. Del emperador
Alejandro refieren muchos autores que cuando emprendió la conquista del
mundo, repartió toda su hacienda a los soldados. Y dando una heredad
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insigne a uno de sus capitanes, llamado Perdica,12 le reconvino éste, di-
ciendo: “Pues, Señor, ¿qué os ha de quedar a vos?” Y el gran Alejandro le
respondió: “Que le bastaba la esperanza”. A la cual respuesta añadió el fiel
capitán: “Esa sea común a mí y a mis compañeros, supuesto que llevados
de la esperanza y faltos de la posesión, con mayor brío y esfuerzo acome-
teremos las batallas y triunfaremos de las enemigas huestes hasta hacernos
señores del universo”. De esta manera vivió la sierva de Dios peleando
constante toda su vida hasta conquistar el cielo, dejando y despreciando
desde su niñez todas las cosas de la tierra, como impedimentos para la espi-
ritual milicia. Con la esperanza de la eterna felicidad, alentaba y esforzaba
su constante perseverancia para conseguir la corona de la celestial gloria;
porque como persona que no tenía cosa en la tierra, procuraba hacerse rica
en la bienaventuranza.
[18] Ni es contra la firmeza y perfección de esta soberana virtud aquel
continuo llanto (de que hice mención en el segundo libro) en que vivió en
este mundo la sierva de Dios, temerosa de ofender a su dios infinito y justa-
mente poderoso, y de condenarse por sus propias culpas; porque estos san-
tos temores fueron argumentos y real prueba de lo acertado y seguro de su
católica esperanza. Pues como nos enseñan los sumos pontífices y doctores
cristianos: “Los dos polos sobre que se funda la perfección católica y las co-
lumnas que sustentan la virtud firme y verdadera, son el temor y la esperan-
za. Con estos dos compañeros camina un alma animosa, segura, alentada y
defendida; porque en faltándole uno de estos dos cimientos y apoyos en que
estriba el próspero acierto de todas las acciones, o desmayara el espíritu des-
alentado o se perderá y morirá a manos de su misma confianza” [Apostilla:
Inocencio, 3, Sermón de adviento, 1, 3]. La venerable Catarina de San Juan
traía presente el reino de los cielos y la eterna felicidad en aquel perpetuo
descanso, y con esta consideración se conservaba y crecía la esperanza de
una indeficiente gloria. Pero juntamente vivía en una continua memoria de
la eterna pena que le podía caber por sus propias culpas, pues todo aquello
que es posible, se puede esperar y temer. Y por eso, aunque esperaba la sier-
va del Señor salvarse como algunos, recelaba el condenarse como muchos:
“Pues son pocos los que se salvan y muchos los que se condenan” [Apos-
tilla: Mateo 10]. Y con este pensamiento no se engreía presumida, como
se experimenta en algunos vanos y luciferinos espíritus, ni se desalentaba
12 Se refiere a Pérdicas, general de Alejandro Magno.
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cobarde, como otros pusilánimes y desesperados ánimos. Esta ejemplar es-
peranza es tan propia del cristianismo, que es documento no menos que del
apóstol de las gentes, cuando haciendo comparación de las cosas que viven
debajo de la jurisdicción de la vista y de las que se escapan de su dominio,
dice: “Que estas son indeficientes y eternas. Y que aquellas son perecederas,
caducas y momentáneas”; [Apostilla: Segunda epístola a los corintios 4] de
manera que para menospreciar lo caduco de este siglo y anhelar a lo per-
petuo de una bienaventurada patria, no nos propuso el premio de su reino
y eterno paraíso, sino las cosas eternas; porque estas no solamente son los
premios que Dios tiene consignados a los justos, sino también las penas y
castigos diputados13 para los pecadores. Y de lo uno y de lo otro hizo men-
ción san Pablo, pues así la gloria como la pena son eternas, para que cada
uno escoja lo que mejor le estuviere. Y que sabiendo el malo que hay pena
y castigo eterno, tema caer en manos de un juez infinitamente poderoso; y
sabiendo el justo, que hay descanso y gloria perpetua, se anime a trabajar y
caminar, volando aguijado con la espuela del premio que le aguarda y con
las alas del descanso que le espera. Advirtieron algunas personas en nues-
tra Catarina un llorar, un gemir y un suspirar casi continuo por una buena
muerte, por un rinconcillo glorioso en el cielo, el más retirado del trono de
la suprema majestad. Y notaban inadvertidas la poca fe y corta esperanza
de esta venerable mujer, juzgando temerarias predominaba en ella la pusi-
lanimidad y cobardía de un débil y femíneo sexo y corazón. Queden desde
hoy con el ejemplo de Catarina calificadas de ignorantes y demasiadamente
presumidas estas censuras. Y acuérdense del aviso que dio aquel esforzado
capitán y experimentado combatiente, en la corporal y espiritual milicia, el
santo rey David, cuando dijo: “Que los sucesos de la guerra son muy varios
y mudables”; [Apostilla: 2 Reyes 11] porque el que hoy se goza vencedor
y alboroza triunfante, otro día se ve abatido y llora postrado. En ninguna
otra materia es más necesaria esta doctrina que en la de estado del alma y
camino del espíritu, cuya subida es para cumbre tan alta, que sólo se puede
medir por las distancias que hay desde la tierra al cielo. Y así, para el acierto
y seguridad, es forzoso que los escalones de las virtudes donde estriban los
pies, sean muchos y que haya dos como barandas o arrimos para las manos
de los que suben y bajan. Y si estos dos lados y apoyos se forman de la es-
peranza de la gloria y del temor de perderla, subirá seguro el cristiano que
13 “Diputados”, es decir, “destinados”.
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aspira a la eterna felicidad; porque con este sazonado temperamento de lo
amargo del temer y de lo dulce de la esperanza llegará el católico caminante
a hollar la encumbrada parte que tocaba la escala de Jacob, por la cual su-
bían y bajaban los espíritus de las celestiales moradas. Por esta escala de la
perfección figurada y simbolizada en la del santo Jacob subió Catarina con
seguridad al eterno y deseado término de la bienaventuranza, dejándonos
esta cierta enseñanza: que para asegurar la estabilidad de la gracia en el ca-
mino del cielo son necesarias estas dos alas, que son el temor y la esperanza,
para que cuando la esperanza nos hiciese demasiadamente confiados, el
temor temple esa presunción desordenada.
Capítulo 2
Del ardentísimo amor que tuvo a Dios y de algunos de sus mara-
villosos efectos
1. De cuán poderoso se ostentaba el divino amor en esta escogidísima alma
[19] Con la frecuente comunicación que tenía Catarina con el Señor y con
la fuerte y estrecha unión de la grandeza de su fe y firmeza de su esperanza,
experimentaba la sierva de Dios tales y tantos maravillosos efectos de la
Omnipotencia enamorada de su constancia, que llegó el divino amor a ser
tan dueño de la voluntad de esta su creatura, que todo el poder del amor
propio se dio por vencido y se hizo tributario y pechero del amor del Todo-
poderoso. Éste bien conoció en sí esta creatura en el principio de sus peleas
y victorias, diciendo repetidas veces lo que decía la otra alma santa: “Toda
mi voluntad es del divino amor. Él es mi voluntad y en ella ha puesto su
bandera para espanto de sus enemigos” [Apostilla: Cantares 1]. Con este
presidio14 salía siempre vencedora de todos los combatientes que se opusie-
ron al apóstol san Pablo para apartarle de Cristo, asestando contra él todos
sus tiros: la tribulación, la angustia, la desnudez, el hambre, el peligro, la
persecución y la espada; el temor de la muerte y el amor de la vida; los prín-
cipes del infierno y los poderíos del mundo; lo encumbrado de la honra y lo
14 Socorro, amparo.
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profundo del desprecio; lo que insta de presente y lo que amenaza de futuro
[Apostilla: Epístola a los romanos 8]. Todo este ejército se dio por vencido
del amor de Dios que reinaba en su sierva, porque en hallándose fatigada
de los trabajos pasados, acosada de los males presentes y amenazada de los
futuros, conseguía de todos sus enemigos victoria, sólo con decir: “Más
padeció por mí el Señor; más debo padecer por mi amado. Hágase en mí
su santísima voluntad, que con su divino querer seré muro invencible y mis
pechos fortaleza incontrastable”. [Apostilla: Cantares 8]
[20] Este divino amor la obligaba a buscar la voluntad de su crea-
dor con las dos principales potencias del alma, entendimiento y voluntad;
porque el que ama está en el amado con todo su entender y querer; con el
entendimiento escudriñando lo más íntimo y oculto de la divina voluntad; y
con el amor abrazándose con todo lo que quiere el absoluto poder; porque
el amante no tiene otro querer que la voluntad de su amigo. Esta divina
voluntad era el primer moble15 que llevaba tras de sí todas las acciones del
cuerpo y los movimientos todos de su alma. Con el conocimiento de que era
la voluntad de Dios, se facilitaba en nuestra Catarina el ejercicio de todas
las virtudes y quedaba triunfante en todas las batallas que le presentaban
los enemigos del alma y cuerpo; y venía el cumplimiento de toda la ley
verdadera de Cristo, mostrando que amaba a su dios en la guarda de los
mandamientos y divinos consejos, que es lo que pide y manda el Señor a sus
fieles por pluma de su benjamín, el evangelista Juan [Apostilla: Juan 14].
[21] Creció tanto este amor en el corazón de nuestra Catarina, que
cada día se esmeraba en excesos y se aventajaba en finezas con su divino
amante. Este amor fue el que la desamoró de los bienes presentes, de ma-
nera que a los tres años de su edad, en que le previno el cielo con el uso de
la razón, la obligó, como dijimos en el principio de la historia, a rogar a la
gloriosa santa Ana que la admitiese por criada o por esclava de los esclavos
de su sagrada familia, sin reparar en desterrarse de su tierra, de su casa y
parientes, por seguir y acompañar a Jesús. Y después que Cristo la escogió
por amante suyo, le daba todos los días gracias por haberla sacado de su
patria y apartado de los cariños y reales regalos de sus nobles padres; que es
la fineza que notó san Jerónimo en el amor de Abraham cuando se desterró
de su patria por obedecer a su dios [Apostilla: Génesis 12]. Este amor la
desamoró de las riquezas y así escogió desde niña una profunda pobreza,
15 El primer móvil, el principio de todo.
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viviendo siempre a la providencia; como escribiremos, cuando se trate de
esta materia. Este amor la desamoró de sí misma, olvidándose de sí, sino es
para mortificarse y entregar su vida a rigorosos tormentos, por desempe-
ñarse en la forma que podía del retorno que debía a su dios, como consta de
los capítulos de su humildad, mortificación, paciencia y de toda la historia,
ejecutoriada con multiplicados casos y ejemplos que nos dejó en toda su
prodigiosa vida. Este amor la hizo desamorarse de su hermosura, que es
lo más que se puede decir de una mujer, trocándola por fealdades para que
todos la despreciasen y ella pudiese querer y buscar a su querido esposo.
[22] El primer ejercicio con que la subió el Señor a la cumbre de la
perfección del amor de Dios fue el hacer la voluntad de su amado: “Hágase
en mí tu voluntad, señor y redentor mío, como se hace en el cielo”. Era su
consuelo y remedio. Y con esta resignación mereció que le enseñase el di-
vino maestro que toda la suma de la perfección estaba en la obra y guarda
de aquellas palabras: “Amarás a tu dios de todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas; y a tu prójimo como a ti
mismo” [Apostilla: Marcos 12]. De aquí le nacía el alegrarse y ofrecerse
gustosa a pelear y batallar hasta rendir una y mil vidas por el amor de Dios
y del prójimo, ofreciendo siempre al divino poder las victorias, como a
fuente de todos los bienes. Este es uno de los principales asuntos de este li-
bro y una de las más importantes y provechosas materias que nos dejó para
la imitación nuestra Catarina, autorizada con amontonados y prodigiosos
ejemplos de un ardentísimo amor de Dios y abrasada caridad con todas las
creaturas. Se conservó y se aumentó este divino amor en la sierva del Señor
por todos los días de su larga vida, con el conocimiento que tuvo de lo que
Dios la amaba y por las veras con que procuró corresponder a las finezas
de la Omnipotencia enamorada de su escogidísima alma. Se le representó
Jesús entre otras muchas ocasiones, un jueves santo en la noche, el año de
mil seiscientos y ochenta y tres, en forma de un hermosísimo mancebo.
Y acariciándola amoroso el divino amante le preguntó repetidas veces si
lo amaba (así como lo hizo el Señor en otra ocasión con su vicario y ca-
beza de la Iglesia, el apóstol san Pedro). Respondió Catarina otras tantas
veces al divino maestro: “Yo no sé, Señor, si te amo. Pero tú que penetras
los secretos de mi corazón, sabrás muy bien la grandeza o cortedad de mi
amor”. [Apostilla: Juan 21] A esta respuesta de su creatura, correspondió
la eterna sabiduría trayéndole a la memoria innumerables finezas que había
experimentado de su soberana mano y otras muchas con que había ella co-
rrespondido. Y sólo con este infuso conocimiento, se halló anegada en un
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gustoso golfo de llamas y tormenta dichosa de incendios del divino amor;
porque solamente donde hay correspondencia, el amor crece y se conser-
va. No parece que iban lejos de esta verdad los antiguos cuando fingieron
que habiendo parido la diosa Venus a Cupido y reconociendo que el rapaz
no crecía, consultó a la diosa Temis sobre el medio que escogería para las
medras del niño, la cual respondió: “Que necesitaba de otro cupido que se
criase con él, y con esta diligencia vería lo que el chicuelo medraba”. Le na-
ció otro niño, a quien pusieron por nombre Anteros, y sólo con la presencia
y compañía de este su hermano, comenzó luego Cupido a cobrar alas y a
extender las plumas, conservándose floreciente y vigoroso. Con esta ficción
quisieron dar a entender los antiguos que para la conservación y aumento
del amor es necesaria y forzosa la correspondencia recíproca de los que se
aman. Por este medio aumentó Dios en su sierva los incendios de su divino
amor. Otros y otras quieren que arda en sus pechos el amor de Dios, sin que
les cueste, ni hacer de su parte, pretendiendo que venga todo de la mano de
su creador. Y por este camino viven descaminadas, pues no puede crecer ni
aun conservarse en sus almas el divino amor, pues es necesario que se man-
comunen y confederen las finezas del Creador y las correspondencias en la
cooperación de sus creaturas.
2. De los excesos del divino amor que reverberaba y aun rebosaba en su
sierva, favorecida del humanado Verbo
[23] Hablando san Gregorio Nacianceno de las cosas que el hombre ofrece a
Dios y de las que en retorno y como en recambio le vuelve, dice: “En la casa
de Dios, sí que se puede negociar. En ella puede un hombre lograr felicísimos
lances, pues dejando por su amor cosas de tan poca importancia, hollando
cosas tan vanas, viene a conseguir cosas tan altas y divinas”. [Apostilla:
San Gregorio Nacianceno, Epístolas, 21] ¡Oh, feliz negociación! ¿Que deje
el hombre estiércol y le den oro? ¿Que menosprecie tierra y en cambio le
vuelvan cielo? ¡Qué mayor dicha de negociar! ¡Qué mayor felicidad de con-
tratar! Parece que le falta a Dios la sabiduría y que como si no conociera la
calidad de lo que recibe y el precio de lo que da, le engaña el hombre. Para
prueba de esta verdad, basta el acordarnos de que el eterno Verbo descendió
de las altas y soberanas cumbres de la celestial corte de la infinita gloria al
humilde valle de tantas lágrimas, a tratar y contratar con sus creaturas, a
feriar y cambiar lo que tienen. Así se explicó el águila de los doctores, san
Agustín, diciendo: “Se hace el divino amante de las almas solícito negociante.
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Viene por lo que hay en la tierra y en trueque y cambio trae lo que hay en
el cielo: gloria, descanso, cumplidísima abundancia de todos los bienes; y
eterna falta de todos los males que hay en la tierra: azotes, bofetadas, afren-
tas, coronas de espinas, cruces, muertes, dolores, falta de todos los bienes y
sobra de todos los males”. [Apostilla: San Agustín, Fragmentos, 7, tomo 9]
Pues este grande mercader descendió del cielo a la tierra a dar por penas glo-
rias, por fatigas descansos, por lágrimas risas y por muerte vida. Y de quien
así cambia, qué diremos, supuesto que no le falta sabiduría y conocimiento,
sino que el amor es tan infinito, la caridad tan inmensa, que con ser (como
dice Daniel) el antiguo de los días, le hace hacer estos extremos y que parez-
ca menor de edad. Todo este preámbulo y noticia de los excesos del divino
amor con el hombre presupongo con atención, para que el piadoso lector no
tanto se admire cuanto se confirme, en que Dios es siempre el mismo y que
en todos los tiempos se ostenta admirable en sus siervos.
[24] Ya tengo insinuado lo mucho que padecía la sierva de Dios en las
ausencias de su divino amante; y que lo desabrido de esta pena y dolor, cau-
saba en su corazón varios y contrarios efectos que la obligaban a prorrumpir
en multiplicados suspiros y deseos de hallarle. Decía: “¿Dónde te perdí, bien
mío? ¿Dónde te hallaré, hermosa flor del campo? ¿Dónde te buscaré? ¿Dónde
estás? ¡Ay, mi Jesús! ¿Qué haré? ¡Ay de mí! ¿Qué será de mí?” Y entre estos
afectos tiernos, se desahogaba con lágrimas y suspiros, llorando y gimiendo
como triste tórtola ausente de su consorte, y balando como corderita perdi-
da de su pastor. Cuando el Señor se le dejaba ver, le decía amoroso: “¿Qué
tienes hija? ¿Qué te aflige? ¿Aquí no estoy contigo?” A las cuales palabras,
respondía la sierva de Dios: “¡Ah, Señor! ¡Que no estás conmigo o te me has
escondido! Y como eres todo mi bien, mi padre y redentor, en ausentándote
tú, todo me falta y se conjuran y mancomunan contra mí todas las penas.”
El Señor entre estas amarguras y congojosas ansias, solía convidarla con
sus honestos y divinos brazos, dándole el nombre de paloma y amada suya;
con las cuales palabras se llenaba de tanto amor, que vencidas las ordinarias
repugnancias de su verdadera humildad, se arrojaba como embriagada a los
brazos de su dios, diciendo gozosa: “¡Ya he hallado a mi divino amante! Lo
tengo asido. No le he de soltar por bienes algunos, aunque lluevan sobre mi
trabajos y tormentos, y pelee contra mí todo el infierno”. De estos generosos
afectos y excesos de amor, hizo el Señor muchas veces experiencia y real
prueba, procurando [a nuestro modo de entender] desasirse y apartarse de
su creatura; haciendo ya del vencido, ya del vencedor; dejándola en otra más
obscura noche y en lo más amargo y terrible de sus desamparos.
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[25] En otras ocasiones, arrebataba el poderoso y divino amor las po-
tencias superiores de su creatura y la llevaba a lo más ameno y florido de un
espiritual paraíso, donde con demostraciones de ocultarse entre las ramas, le
tiraba frutas y flores para que se entretuviese. Pero el alma, como verdadera
y fina amante de Dios, le amaba más que sus dones, y con las alas del amor
que su Majestad le había comunicado, iba en su seguimiento hasta darle al-
cance. Y en cogiéndole, volvía a blasonar:16 “Ya, Señor, te cogí. Ahora no te
tengo de dejar”. A que replicaba el divino amante, diciendo: “Que se quería
ir a pasear sobre las encrespadas ondas del mar”. Y ella respondía: “Pues
allá iré contigo, Señor. Y estando tú conmigo, no temo los riesgos de ese
borrascoso elemento”. Después la amenazaba con el purgatorio y el infierno
donde quería irse, y el alma encendida y abrasada en los incendios del divino
amor, decía: “Pues vamos juntos a registrar esos tenebrosos senos, que estan-
do yo en tu compañía, nada temo y nada puede empecerme”. Finalmente la
amenazaba, diciéndole: “Y si te aparto de mí y te dejo dentro de las voraces
llamas, ¿qué harás, creatura mía?” Y la sierva de Dios respondía constante
y valerosa: “¿Cómo, Señor, puede ser eso, si te tengo tan fuertemente asido?
No hay que tratar de ausentarte. No te he de soltar, ni me he de apartar de
ti un punto; porque tú eres la azucena entre espinas y la hermosura de los
valles. Tú eres mi rey, mi padre, mi redentor y mi único amado. Contigo
sólo estoy satisfecha y sin ti todo me falta”. Más fuertemente asido tenía
esta alma a su dios que Jacob al ángel; porque Jacob soltó de la prisión de
sus brazos al Señor representado en el ángel, luego que le echó la bendición.
Pero esta escogidísima creatura decía a su creador que no buscaba por fin
último la bendición, sino al mismo Señor; porque no luchaba tanto por sus
bienes, cuanto por el que es dueño y autor de todo lo que tiene ser. Lo tenía
tan fuertemente asido, que ni sus beneficios, ni la muerte ni el infierno, po-
dían apartarla. El bien inmenso de Dios entre los brazos honestos de esta su
creatura, la satisfacía y llenaba tanto, que ponía fin a sus ansias y en quietud
al amor con que le buscaba. Finalmente, Catarina andaba desvelada por no
apartarse de Jesús y Jesús andaba como desalado por conservar en estrecha
unión de amistad a su querida esposa, a quien agasajaba cariñoso y a quien
se acogía, como si su inocencia y virginal pureza recompensara las fatigas
que, a nuestro modo de entender, le causaban las ofensas de los hombres.
16 Presumir, ostentar como propio.
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[26] Estaba un día nuestra venerable Catarina hecha un mar amargo
de congojas, pareciéndole que vivía en este mundo descaminada, y fijando
los ojos de su ilustrada alma en un Cristo crucificado, le pareció que se le
mostraba con todo el sagrado pecho abierto, convidándola a que se guare-
ciese en aquel sagrario de su infinita misericordia. La sierva del Señor, con
el conocimiento de su indignidad, se acortaba y resistía; pero continuándo-
se por muchos días la soberana visión, le iba mostrando la suma sapiencia
dentro de su humanado, herido y divino pecho, tantos y ocultos misterios,
tantos y soberanos secretos; ya de los que padeció en lo interior y exterior
Jesús por su alma y por el mundo, ya de los sucesos futuros, con que casti-
gando a unos y avisando a otros, procuraba nuestro redentor la salvación
de sus creaturas redimidas con su preciosísima sangre. Y le preguntó el
confesor en una de estas ocasiones en que veía todo el mundo redimido
dentro del pecho y divino costado, cómo se hallaba en aquel sacrosanto
sagrario de su dios humanado. Y respondió: “Eso no puede explicarse;
porque no hay cama de flores olorosas tan deliciosa, ni hay comparación
en las fragancias terrenas, para explicar los gozos y consuelos que experi-
menta mi alma cuando se halla en este celestial retrete.17 Muchas veces me
veo obligada a pedir y clamar al Señor que suspenda el raudal copioso de
sus misericordias, porque se reconoce mi espíritu anegado en un océano de
júbilos y celestiales deleites, en que padece mi alma una terrible tormenta
desecha de glorias”. Este favor se alternaba con mutua correspondencia,
representándosele Jesús muchas veces dentro de su propio pecho. Y en
prueba de este beneficio, podíamos referir tantos regalos y soberanas mer-
cedes que solas ellas llenasen y compusiesen un libro. Pero no quiero omitir
la siguiente, que sucedió en los meses de octubre y noviembre de mil seis-
cientos y setenta y tres.
[27] Vio por dilatado tiempo dentro de su mismo pecho al Señor [re-
galo muchas veces repetido] tan alegre, como que se estaba regalando en
un suave y florido lecho, comunicándole tales consuelos y gozos, que no
pudiendo Catarina explicarlos ni aun sufrirlos, vivía todos aquellos días
desatinada y como anegada en un profundo mar de dulces aguas, y en un
cielo de glorias que por excesivas le parecían penas. Al fin de los dos meses
o cerca de ellos que estuvo en posesión de este singular favor, le sobrevino
un pensamiento de que otras creaturas que buscaban al Señor carecían de
17 Lugar pequeño y apartado, propio para retirarse.
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aquella espiritual y divina presencia por detenerse tanto tiempo la suprema
majestad en el honesto retrete de su pecho. Y tuvo tanta eficacia esta ima-
ginación en la grande candidez de su ánimo, que arrebatada de la caridad y
atropellando con su propia conveniencia, prorrumpía entre lágrimas y suspi-
ros tiernos en estas y semejantes voces: “Apártate, Señor, de mí. Desampara
mi corazón y vete a alumbrar el mundo y a encender en llamas de amor
todas las otras almas escogidas”. Se resistía la divina presencia a los ruegos
de su querida esposa, haciendo del que no había de hallar igual relicario
entre todas las creaturas del mundo. Pero instando la sierva de Dios con
gemidos de su corazón y ternuras de su alma, a toda la corte del empíreo
que viniesen por el supremo príncipe de su gloria; vio descender, entre otros
muchos cortesanos celestes, a dos alados y bienaventurados espíritus, que
hincándose de rodillas delante de esta esclarecida virgen con una toalla o
lienzo blanquísimo en las manos, le suspendieron los sentidos y potencias,
y en una misteriosa representación le abrieron el pecho y con profunda
humillación se pusieron a esperar quisiese su rey y creador salir de aquel
virgíneo y florido retrete. Pero aunque los ángeles le rogaban y su regalada
esposa le persuadía, el Niño Dios se detenía y aun se retiraba hacia lo más
profundo y secreto del corazón de su sierva, con ademanes y demostracio-
nes de sentimiento de apartarse del amoroso y caritativo pecho de Catarina,
de donde la favorecía con tantas gracias, que aun para fingidas parecieran
exorbitantes a los no experimentados en la escuela del divino amor. Una de
ellas fue el comunicarle por todo este tiempo tales llamas de amor y de en-
cendida caridad, que abrasado el pecho en ardores, pasaba el fuego la ropa
y le obligaba a andar desabrochada y a procurar la respiración con suspiros y
clamores al cielo, por no acabar hecha pavesa o ceniza en aquel gustoso golfo
de llamas y tormenta dichosa de incendios.
[28] Con la continuación o repetición de estos regalos y favores fue
creciendo el amor de estos dos honestos amantes, hasta llegar a causar (a
nuestro modo de entender) mutuos éxtasis en sus corazones, que manifes-
taron lo excesivo de la caridad de Cristo para con su sierva y lo fino del
amor de Catarina para con su dios. Porque cuando el amor es mucho, no
puede estar muy en sí el que ama; ni ha habido amor grande en el mundo
que no obligase al amante a salir de sí y hacer cosas que a la primera vista
no pareciesen incomposibles con la razón bien ordenada. Dijo el Sinaíta:
“Con exceso de amor salió de sí el divino verbo, haciéndose lo que no era,
sin dejar de ser lo que era cuando se vistió de carne, se hizo mortal; quiso
gustar del sueño de la muerte y tomar forma de siervo, ocultando su inmensa
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majestad”. Pues este mismo amor empeñó a Jesús y le obligó a salir tanto de
sí, que no parecía el que era en la comunicación y trato familiar que tenía
con esta su querida esposa, representándosele muchas veces con amorosas
dolencias de corazón, para significarle la grandeza de su amor y el generoso
pecho de las tiernas entrañas de un dios enamorado, que por el bien del
hombre, por sus acrecentamientos y mejoras, tomó forma de siervo, no
sólo en representación sino en la realidad se puso (como nos lo asegura san
Cirilo Alejandrino)18 [Apostilla: San Cirilo, Ap. deth in Cat Aurea] y expuso
a tantas penalidades, a tantos trabajos y desvelos, como fueron el que le pi-
sasen, amancillasen su soberano rostro, le escupiesen, abofeteasen y el que
le cosiesen contra un afrentoso palo. Por todo esto pasó el Señor por el bien
y utilidad de sus creaturas. Y para causar en ellas la piadosa remembranza
de su muerte y pasión, se suele mostrar a las almas en imágenes, formas y
figuras como pasible, aun cuando ya en su reino es incapaz de padecer.
[29] En prueba de esta verdad fue muy singular la visión que tuvo esta
esclarecida virgen en primeros del año de setenta y nueve. Vio a la santí-
sima humanidad de Cristo crucificado como engastada en la superficie de
su corazón, haciendo del que quería apartarse de esta su querida esposa y
del que no podía, por la resistencia de la virtud del corazón de su sierva,
que como piedra imán le detenía y atraía a sí, para que se penetrase y no se
apartarse ni dividiese de él. En esta misteriosa lucha, advirtió Catarina que
estaba el divino amante como agonizando, herido del suave arpón de su
creatura entre congojosas ansias de muerte, y que representándosele hom-
bre en el amor, manifestaba los afectos que causa la ausencia entre dos que
se quieren bien. Esto mismo notaron los sagrados intérpretes en el Señor
[Apostilla: Nicolás de Lira], cuando la noche de la cena conversando con
su querido rebaño, les dijo con denodado esfuerzo y alentado brío: “¡Ea,
discípulos míos! ¡Levantaos y vamos de aquí!” [Apostilla: Juan 14] Y en
acabando de pronunciar estas palabras, prosigue sentado con ellos el mis-
terioso y largo razonamiento que refiere san Juan, diciéndoles: “Yo soy la
verdadera vid y vosotros sois los sarmientos”. [Apostilla: Juan 15] Porque
así como la vid en apartando de ella los sarmientos, como en demostración
de su amarga tristeza, luego llora, en podándola, luego vierte lágrimas; así
también el Señor por una parte les decía: “Vamos de aquí”, y por otra parte
parece que se quedaba de asiento con ellos; porque no hay cosa que más se
18 Patriarca de Alejandría en el siglo v.
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sienta que el partirse y dividirse de los que mucho se aman y quieren. Estos
mismos efectos y encontrados afectos experimentaba en sí Catarina; porque
por una parte, impelida de su ardiente caridad, rogaba al Señor que se apar-
tase y fuese a alumbrar al mundo; y por otra parte, al tiempo de ausentarse,
luchaba con la divina majestad por detenerle y obligarle a que se volviera a
entrar dentro del corazón. Y para mostrar el humanado Verbo cuán grande
y poderoso era el amor de su querida esposa en esta espiritual batalla, le
dijo: “Déjame, Catarina, que me arrancas el corazón y el alma”. A las cua-
les palabras respondió la sierva de Dios llena y como embriagada del divino
amor: “No hay que tratar, Señor, de resistiros, que os habéis de volver a
penetrar con el corazón que creasteis para que os ame y sirva, sin apartar-
se en ningún tiempo de vos”. Hizo finalmente del vencido en esta ocasión
el divino y poderoso amante, y lograron las finezas de esta dichosa alma
una unión tan fuerte con su redentor, que comunicándosele los excesos del
amor divino, se vio obligada a pedir se templasen los ardores de sus llamas
y se mitigase lo fogoso de sus incendios, por no prorrumpir en palabras y
acciones que pareciesen locuras de amante o por no agonizar y morir en
medio de tanto fuego. Estas palabras, de que “le arrancaba el corazón”, se
las repitió muchas veces el divino esposo. Y en otras muchas más ocasiones
prorrumpió Catarina en semejantes voces, diciendo a su creador: “Modera,
Señor, tus favores, que me arrancas y despedazas el corazón”.
3. De varios favores y regalos con que el divino ser trino y uno ostentó los
excesos del mutuo amor con que estaba unido y estrechamente enlazado
con esta escogidísima alma
[30] De la amorosa y suave unión que dije en los capítulos pasados tenía
esta esclarecida virgen con Dios, resultaba una continua presencia con que
la regalaba su único amado y verdadero amante, que vive más donde ama
que donde anima. Y cuando el amante es Dios, se hace de varios modos
presente, como lo experimentaba esta su sierva y se puede colegir del dis-
curso de toda su vida, comunicándosele y uniéndose con su bendita alma
por modos tan singulares y desacostumbrados, que los particulares efectos
que sentía pudieran asegurarle que estaba llena y rodeaba del ser inmenso
de Dios. Porque en los ilustrados ojos del alma se le representaba clara-
mente que estaba dentro de un golfo de divinidad, donde dentro y fuera de
sí no hallaba más que Dios y más Dios. En otras ocasiones experimentaba
este divino ser con un modo tan particular, tan presente, que sin ver, oír,
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ni sentirle, estaba cierta de su divina presencia. De este modo de presencia
entendían los confesores a Catarina, cuando suponiendo repetidas veces
que estaba con el Señor, le preguntaban que dónde y cómo experimentaba
la asistencia de la suprema majestad. Respondía ella alegre y gozosa: “Pues,
¿aquí no está conmigo? ¿Qué fuera de mí si me faltara la divina presen-
cia?”. A estos modos de presencia le ayudaban mucho las visiones, en que
veía todo el mundo ocupado y lleno de la grandeza inmensa de Dios, como
la especial que referí en el número 199 del segundo libro de esta historia,
cuando vio el corazón de Dios inmenso que abrazaba y abrasaba a todo el
orbe creado y redimido con su preciosa sangre y caridad infinita.
[31] La presencia del divino Verbo humanado era tan frecuente y por
modo tan realzado; como lo demuestran las innumerables visiones que
tuvo de su divino amante, dejándosele ver ya en forma de mancebo galán,
honestamente enamorado de su alma y de las preciosas virtudes con que
la tenía su omnipotencia enriquecida, como a una de sus más queridas
esposas. Y esta presencia se reconocía en sus soberanos efectos, dándose
a conocer y aun a sentir en el regazo, entre los brazos, en el lecho, y a su
lado en las calles e iglesias, avivando estas divinas y especialísimas asis-
tencias con la suavidad de sus voces, de celestiales músicas y ungüentos
de sus soberanas fragancias. Esta verdad está autorizada ya en la historia
con amontonadas experiencias y se confirmará en los capítulos siguientes
con otros más singulares y admirables favores. A este género de presencia
podemos reducir las divinas asistencias en que se le mostraba Dios como
padre y maestro, como juez supremo, como lucero, como sol y como re-
dentor en los pasos de su sagrada pasión, o como triunfante en represen-
tación de los misterios gloriosos de su resurrección y ascensión. Semejante
y no menos repetida fue la visión y presencia con que le regalaba el Señor
vestido de rosas, flores y de piedras preciosas, mostrándosele con una pal-
ma, ramo o ramillete u otros jeroglíficos en la mano, que significaban los
triunfos y perfecciones de su amada y querida esposa. Y de estas presen-
cias parece que hablaba Catarina cuando decía que se le retiraba su divino
amante, suspendiendo las corrientes de sus consuelos y dando lugar a las
congojas y penas que la obligaban a gemir y suspirar por su consorte cual
tórtola solitaria.
[32] No era menos ordinario el modo de presencia con que la fa-
vorecía el divino esposo sacramentado, manifestándole la belleza de su
rostro frecuentemente, no sólo en la iglesia, donde los ojos del cuerpo
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miran los accidentes19 y el alma adora a Cristo encubierto, sino también en
las calles, en su casa y en el lecho; pues como tengo escrito, se le mostraba
el Señor muchas veces en los templos, en que era festejado y alabado de
sus creaturas, donde con la especial y soberana luz que tan liberalmen-
te le comunicaba, lo veía encubierto o al descubierto y sin el disfraz de
los accidentes. Con este modo de presencia consideraba y sentía a su dios
sacramentado dentro de sí misma, con quien se hallaba en aquella dul-
ce conversación que el espíritu del Señor quiere y acostumbra tener con
las almas sencillas e inocentes, que desnudándose de sí mismas se hallan
copiosamente llenas de la divinidad y se ven obligadas a prorrumpir en
actos de amor, gozo y confianza. Estos y otros maravillosos efectos ex-
perimentaba Catarina considerando y mirando la grandeza e inexplicable
hermosura que tenía dentro de su pecho, donde le adoraba y reverenciaba
humilde y rendida. Y con estos sentimientos crecía y se avivaba la fe de
esta esclarecida virgen, tanto, que le parecía no faltaba más que tocarle con
las manos, como solemos decir, cierta y asegurada de la presencia de su
divino amante. En estas espirituales y soberanas uniones de Cristo […],20
Catarina ponderaba y aseguraba se hallaba llagada y herida con flechas
de amor encendido, que causaba en su corazón y alma un tan rendido
como sabroso encogimiento; un dolor suave y gustoso, una pena alegre,
y tan delicado sentimiento que le parecía inexplicable su dulzura y vehe-
mencia. Y preguntada en estas ocasiones si prorrumpía su enamorada y
favorecida alma en algunos afectos, respondía lo que dicen los leídos y ex-
perimentados maestros de la Teología Mística, y es: “Que se desahogaba
entonces su espíritu con suspiros tiernos; requiebros amorosos; encendi-
dos afectos; júbilos celestiales; paz, gozo, unión, tranquilidad; y un modo
de amar al Altísimo, tan extraordinario a su espíritu, que ella no podía
decir”. Finalmente, en esta unión tan repetida y estrecha, se reconocía
esta dichosa alma herida y prisionera con lazos del divino amor que infla-
maba su voluntad, de suerte que amaba con lenguas de fuego vivo, lento
y sosegado a su creador y redentor, que le comunicaba ardientes rayos
de caridad fraterna, deseando el bien de los prójimos, rogando sin cesar
19 Los accidentes del sacramento eucarístico son la transformación de los elementos físicos del
pan y vino (en el cambio de “sustancia” o “especie”), al verdadero cuerpo y sangre de Cristo. Así
pues, lo referido por Ramos es que Catarina observaba la materialidad de la eucaristía pero, a su vez,
era consciente de la presencia real de “Cristo encubierto”, quien también se le manifestaba en otros
lugares fuera del templo.
20 El original tiene aquí una pequeña laguna.
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por los que estaban en pecado mortal, por la conversión de los gentiles, re-
ducción de los herejes, por el bien de los enemigos y ánimas del purgatorio.
[33] Entre los ardores de este amor, ya resplandeciente como una lla-
ma, ya encendido como una brasa, ya abrasado y fuerte como un ardiente
hierro se veía el espíritu de esta sierva de Dios, de donde se le comunicaban
no pocas veces a su virginal cuerpo, sintiéndolo dentro del pecho y aun en
lo exterior hacia la parte del corazón; con tanta intensión, que penetraba
el vestido y lo experimentaban eficaz aun las manos ajenas. No dudo que
muchas de las enfermedades que padeció fueron efecto de este encendido
amor que le inflamaba el corazón y la encendía en calentura. Si bien, lo
más ordinario era experimentar con este luciente y vivo fuego, arder en su
pecho una soberana luz que le alumbraba; un gusto y gozo tan delicado que
derretía el corazón en dulzuras tan extrañas a la naturaleza, que le parecía
no pudiera naturalmente sufrir el cuerpo tanta felicidad, a no mantenerla y
confortarla la Omnipotencia para que no desfalleciese. En otras ocasiones
duraban estos efectos del divino amor por mucho tiempo, y hervía tanto en
su pecho que, manifestándose algunas veces en ampollas que resultaban en el
cuerpo, la obligaban a andar desabrochada, por no caber bien tan grande
en el pequeño vaso de su corazón; siendo así, que el pecho de la sierva de
Dios era tan capaz como se lo declaró el Señor con la visión siguiente. En
víspera de la concepción de nuestra Señora, año de mil seiscientos y seten-
ta y nueve, acabando de comulgar, se retiró a ponderar y a contemplar la
grandeza de Dios en su pecho. Creciendo con esta consideración los fogosos
ardores del amor divino, comenzó a quejarse de la pequeñez de su corazón,
y recelosa de morir ahogada a la violencia de tanta dulzura y fruición, pi-
dió a la suprema majestad, como otro san Francisco Javier, que templase
los exorbitantes y excesivos incendios de amor. Le respondió el Niño Dios
manifestándosele dentro de su pecho inclinado hacia el lado del corazón,
donde estaba como acariciando a la sierva del Señor, representada en forma
de niña muy pequeña y muy agraciada, y anegada en un profundo mar de
gozos y júbilos celestiales. En esta plenitud de la felicidad que puede esta
vida desearse y poseerse, reparó Catarina que la grandeza y capacidad de
su pecho era espaciosísima. Y así, dijo a su querido y divino amante: “Si
es tan grande y capaz mi pecho, ¿cómo vivo tan ahogada con los mismos
regalos y favores que le ensanchan?” Y el Señor le respondió: “Tan grande
y tan capaz es tu pecho como se representa. Y así fue menester lo dispusiese
mi misericordiosa omnipotencia, porque pudiesen caber en él tantas y tan
singulares mercedes y beneficios. Y aun con todos esos ensanches no pudie-
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ras vivir, pues siendo mi amor inmenso e infinito, naturalmente te sofocara
y quitara la vida, a no confortarte mi absoluto poder”. Estos incendios del
divino amor parece que fueron, en sentir de algunos santos, los que causa-
ron la muerte de la santísima Virgen, sin que concurriese otra enfermedad
que amor y más amor.
[34] Otras veces este encendido amor se desahogaba en unos afectos
tan ardientes y luminosos, que aspirando a subir hasta el cielo pretendían
llevar consigo el alma con todos sus sentidos y potencias. Y reconociendo
impedimento en la unión que tiene el espíritu con el cuerpo, se convertían
en deseos de morir para ver a Dios cara a cara, sin sombras, sin velos y
nubes de semejanzas. Todo era suspirar por las celestiales moradas, con an-
sias de verse libre del cuerpo mortal y corruptible para volar a las cumbres
del empíreo y eterna gloria, como un pajarito ligero por sus plumas, que
asido y aprisionado de los pies, bate y juega las alas para volar, hasta que
reconociéndose preso y aprisionado, se rinde a los lazos que le aprisionan.
Así esta sierva de Dios con deseos y ansias de volar a la gloria, que era su
centro, repetía muchas veces: “Mi dios, ¿cuándo te veré? ¿Cuándo moriré?
¿Cuándo gozaré con claridad de tu divina presencia? No más tratar con tus
creaturas. Basta de destierros y peregrinaciones. ¿Quién sino tú me podrá
apartar de la pesadumbre de este mortal y pesado cuerpo?” Pondere el
piadoso lector cuán parecidos son estos actos y afectos del verdadero y fino
amor de Dios, al que se había apoderado del corazón del grande predicador
y apóstol san Pablo, cuando hablando por escrito con los romanos, refiere
de sí casi lo mismo. [Apostilla: Epístola a los romanos 7] Y que cause estos
efectos el divino amor en las personas donde hace asiento, lo experimentó
y confirmó el Nacianceno, diciendo: “Que desde luego que reconoció en
sí al divino amor. Le dio el título de un dulcísimo y sabrosísimo tirano;
porque de tal manera tiraniza los sentidos y potencias, que apenas deja
entender ni atender a otra cosa más que a buscar, ver y conversar con la
persona que bien se quiere”. [Apostilla: San Gregorio Nacianceno, Oratio
in Maximino] Esta misma verdad sin tormento confesarán los amantes
profanos (siendo así, que su amor por el objeto de que se pagan y que los
cautiva es limitado, terreno, más aparente y fantástico que verdadero) y
dirán que no hay cosa más dulce, paraíso más deleitoso, gloria más gusto-
sa, que hablar y ver la cosa que bien se quiere y ama. Pues qué mucho que
el amor de Dios, que es don suyo y que tiene por blanco un bien infinito,
arrastre y tiranice las potencias de un alma, de manera que no deje aten-
der, pensar, ni desear otra cosa que la presencia de su único amado. Con
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estas ansias y ardientes afectos de no apartarse de su verdadero y divino
amante, se halló un día en la triunfante Jerusalén con su dios, alabándo-
le, engrandeciéndole y pidiéndole remedio para todas las necesidades del
mundo y del purgatorio. Y en este soberano deliquio21 de amor se hallaba
su espíritu sin su amado, trasportadas las potencias de su alma ya en un
monte alegre y vistoso de copados árboles; ya en unos jardines bien pobla-
dos de rosas hermosas y varias flores; ya en unas montañas peladas, cuya
amenidad suplía la diversidad de riquísimas piedras preciosas, que hacían
amables y vistosas las serranías que se le proponían por objeto de su vista
y le causaban un extraordinario deleite, paz y gozo que experimentaban
los sentidos y potencias de su alma, por la suavidad, amenidad y fragancia
que despedían de sí y se comunicaban a la sierva de Dios.
[35] Todas estas transformaciones espirituales o imaginarias de flores,
rosas y riquezas, se le solían representar ya como en cuadros o tablas de
un bien cultivado jardín, ya divididas y amontonadas para caber en aquel
dilatado campo y delicioso país. Y para dar lugar a otras de las flores y
rosas que, o pasaban de camino junto a la sierva de Dios como si fueran
tropas de gente o ejércitos de vivientes racionales, o venían hacia ella como
ofreciéndosele y lisonjeándola con su hermosura y fragancia, dejándosele
ver en el regazo, en los hombros y como regalándose con su honesto rostro.
Otras se le representaban volando por el aposento; otras fijas y apiñadas
en macetas o ramilletes vistosos. Finalmente, estas mismas rosas, flores y
piedras preciosas le hacían compañía en todo tiempo y lugar, y con especia-
lidad en las horas de su recogimiento, con indecible gusto, consuelo y gozo
de su alma. Al preguntarle el confesor si estas flores y rosas eran parecidas
a las que vemos acá en la tierra, respondía: “No sé cómo son. Muchas tie-
nen alguna semejanza; otras no tienen comparación en las formas de flores
que experimentan y reconocen nuestros ojos. Su materia no es explicable,
porque no parece de cristal, ni de plata, ni de oro, ni hay en la tierra metal
ni color con qué compararla; como ni la fragancia y aromáticos olores que
despiden de sí y comunican a los sentidos del cuerpo y potencias del alma”.
Entre estas deliciosas y soberanas felicidades, decía Catarina: “Que con-
templaba la hermosura y grandeza de Dios absorta y extática, como dentro
de un ameno y florido huerto; porque se hallaba en él con la presencia de
su amado, que la asistía con tanta benignidad y tan singular belleza, que no
21 Éxtasis, arrobamiento.
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daba lugar a la atención para gozar de todas las otras soberanas delicias,
con que la convidaba la representación de este celestial paraíso, símbolo de
una eterna gloria”.
[36] Pero decía, que cuando se le ocultaba el Señor entre estas repre-
sentadas y apetecibles florestas, se le convertía toda la felicidad de su ama-
ble recreación en un campo sembrado de abrojos y espinas, recelando que
todas estas visiones eran medios más proporcionados para su perdición
que para su salvación; porque todo aquel accidental gozo se aguaba con el
tormento de una sed insaciable de Dios, a quien buscaba con ansias, a quien
llamaba con ternuras, a quien se quejaba con fatigas. Todo su amor gustoso
se le convertía en sustos y temores, su esperanza no hallaba donde estribar,
y su fe, tan oscura y confusa, que la atormentaba más que la alumbraba
para buscar a su divino amante; a quien si le hallaba alguna vez, recelaba se
le había de representar tan airado, majestuoso, terrible y formidable, que su
presencia la espantase y quitase la vida, con todas las esperanzas de gozarla.
De estas repetidas ausencias de su único amado le nacían aquellos ordina-
rios temores, frecuentes congojas y dudas de condenarse que admiraban
muchas veces a los confesores, sin atender a los desamparos y oscuridades
con que el Señor probaba las finezas de su enamorada y escogida esposa.
Y sin advertir quizás que con estas tan espesas como terribles tinieblas se
fortalecía y arraigaba su humildad, el conocimiento de su flaqueza y mi-
seria, de que se avergonzaba, confundía, y como cubierta de un tedioso
desmayo se abatía hasta el abismo de su nada y deseaba ser despreciada,
y que resplandeciese el atributo de la divina justicia, resignándose en la
voluntad y manos de su creador, para que la castigase en esta vida con
pobreza y desnudez de todo lo creado. Finalmente, con esta luz oscura de
la fe, crecían los deseos de verse con Dios en los soberanos alcázares de los
cielos, en aquella ciudad santa donde todo es perpetuo día; de donde están
desterradas las tinieblas; donde los muros defensivos son de incontrastable
diamante, fundidos todos de metal incorruptible en la turquesa del fiat22 de
la Omnipotencia. Con estos encendidos deseos de llegar a aquella eterna
vista de Dios en que consiste todo bien, clamaba desde lo más profundo
de sus desamparos a todas las tres divinas personas. Y estos continuos cla-
mores fueron causa u ocasión de que todo el inmenso ser trino y uno, la
favoreciese con singularísimos favores.
22 “Hágase”, la orden de la Creación.
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4. Prosigue la misma materia de las demostraciones de amor con que las
tres divinas personas se comunicaban a la sierva de Dios, cercada de oscu-
ridades y desamparos
[37] En esta vida como continua de una contemplación tan oscura como
realzada, por donde llevaba Dios a esta bendita alma (pensando ella que no
tenía ninguna), perseveraba constante en buscar a su dios con las alas de un
amor penoso, con las espuelas de un temor espantoso, con las sombras y
tinieblas de una confusión triste que la purificaba al paso que la consumía
o le despedazaba el corazón; donde el sentimiento espiritual era vehemente
e intolerable por la compañía de las temerosas quejas interiores, que las
más veces quedaban en el fondo más interior del alma, sin comunicarse al
cuerpo, y cuando se le comunicaba algo, quedaba todo descoyuntado con
intensísimos dolores y desfallecimientos, cuyo alivio no dependía tanto de
medicinas cuanto de consuelos y alientos comunicados del divino poder,
por sí o por medio de las palabras de sus ministros. En estas repetidas y
dilatadas tribulaciones volvía el divino amor a poner una y otra vez a su
amada creatura en el imaginario paraíso, que sirviéndole de espiritual re-
creación era un campo florido y un huerto de árboles fructíferos con que
se confortaban los sentidos del cuerpo y las potencias de su bendita alma.
En este remedo del terrenal paraíso, comenzó a ver tres hermosísimos niños
por el mes de junio de mil seiscientos y setenta y ocho, que en todo iguales
se transformaban a la vista de Catarina en varias formas. Y se vestían estos
tres personajes de tantos trajes, que parecía cada una de estas personas un
celestial Proteo,23 porque se dejaban ver en forma ya como de cuerpos hu-
manos con visos y resplandores de gloria; ya en representación de cuerpos
transparentes, formados de cristales purísimos; ya transformándose todos
en un solo resplandor tan luminoso que la cegaba o impedía la vista; ya en
forma de manojitos de ramas y flores, como quienes deseaban ver sin ser
vistos; ya armados de punta en blanco, asegurándole de una poderosa pro-
tección y omnipotente defensa; ya vestidos de telas riquísimas enriquecidas
de preciosa e inestimable pedrería. Todas estas formas y otras más solían
variarse entre los tres soberanos niños, dejándosele ver el uno en forma de
23 En la mitología griega, deidad primigenia que tenía el don de prever el futuro, pero para
no ser obligado a hacerlo, cambiaba constantemente de figura. Sólo le auguraba el porvenir al que
lograba atraparlo.
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un hacecito24 vistoso de flores o rosas, y los otros dos de cuerpos gloriosos
con los resplandores y esplendores de astros de primera magnitud o del
mismo sol. Estos tres divinos personajes se le representaban a la vista en
los tiempos de su recogimiento, y con especialidad cuando los crueles y casi
continuados martirios la derribaban en el lecho. Se le ponían delante de los
ojos o en ala a los pies de la cama, o alrededor o a la cabecera, agasajándola
y divirtiéndola con demostraciones de amor que templaban lo insufrible de
sus penas y dolores y llenaban su dichosa alma de paz, gozo y aliento para
otros mayores martirios.
[38] Pero la misma alma que sentía y experimentaba la grandeza de sus
bienhechores en lo extraordinario y soberano de sus efectos, no acababa
de conocer ni creer lo que veía y se le representaba; porque su humildad
le vendaba los ojos para no dar asenso a lo mismo que entendía. Recono-
ciéndola un día el confesor, con deseos de conocer y comprender lo que se
le simbolizaba en estos tres celestes aunque disfrazados personajes, le dijo:
“No te inquietes ni dejes llevar de esos curiosos pensamientos, que serán
ángeles u otros tres de los bienaventurados que ha determinado el Señor te
asistan para la perseverancia en el padecer, por ti y por el mundo”. A las
cuales palabras respondió la sierva de Dios: “No son ángeles ni santos, por-
que tienen un mismo ser, un mismo poder y una misma hermosura y gran-
deza”. Añadió el confesor: “Pues, ¿serán las tres divinas personas?” A que
respondió Catarina: “No me diga eso padre de mi alma. ¿Cómo puede ser
que una bestia, un gusanillo y la mayor pecadora del mundo gozase en esta
vida miserable de tan singular beneficio? ¿Quién soy yo? ¿Y quién es Dios?”
Le preguntó el confesor además si se parecían en los rostros, y respondió:
“Tan parecidos y semejantes son que, aunque se me representan con velos
y disfraces, entiendo que tienen un mismo semblante y una misma esencia.
Pero yo soy una bozal y una ignorante y no sé lo que me digo. Tú eres sabio
y ministro del Señor, y lo entenderás y explicarás”. Muy bien entendía el
confesor y se persuadía que era la santísima Trinidad la que asistía a la sier-
va de Dios Catarina de san Juan, y que aquel taparse el rostro era la cortina
y velo de la fe con que en esta vida se suele dejar ver el ser de Dios, trino en
personas y uno en esencia, a sus escogidos, para que tenga más lugar la fe y
el mérito; pero no se lo declaraba ni aseguraba, esperando a que el mismo
Señor se lo declarase, o a que ella entre las contradicciones propias de su
24 Manojito, ramito.
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verdadera humildad, diese el consentimiento a lo que veía y se le manifes-
taba con estos tres símbolos, que declaraban la inocencia de Catarina y el
mutuo amor con que estaban unidos el creador y su creatura.
[39] No se admire la piedad cristiana de tanta variedad de formas con
que se mostraba Dios a esta su sierva; porque como dijo el Crisólogo,25 ha-
blando del humanado Verbo: “Son tan ardientes los deseos y entrañables las
ansias del amoroso padre de nuestra salud, a tener gustosamente entreteni-
das las almas sus escogidas, que obligado de su infinito amor se transforma,
siendo uno mismo, en varias formas. Sin mudar de persona, se hace diversos
personajes para contemporizar con su gusto; pues por ti, ¡oh alma!, el Se-
ñor hace papel de rey; por ti representa el de sacerdote; por ti toma figura
de pastor; por ti se viste de cordero; y por ti se hace todo, el que lo fabricó
y creó todo. Y el que para sí es inmudable y tan firme, permanece en la
forma de su inmudable majestad, por ti se muestra y parece en tantas y
misteriosas formas”. [Apostilla: San Pedro Crisólogo, Sermones, 71]. Un
día que nuestra Catarina se mostró incrédula a todos estos favores con que
Dios le aseguraba de su amorosa asistencia, calificando su humildad de
sospechosas tantas y tales demostraciones del divino amor, vio que el uno
de los tres amorosos niños se convirtió o transformó en un ave blanquí-
sima y de tan grandes alas y bizarra plumería, que no hallaba en la tierra
ave con quien compararla, por lo excesivo de su grandeza y hermosura. Y
suspensa la sierva del Señor entre las admiraciones que le causaba objeto
tan raro como misterioso, sin saber quién le hablaba, oyó una voz que le
dijo: “Ése es el Espíritu Santo”. Y aunque en el tiempo de la visión no pudo
dudar de la verdad que le manifestaba la voz; pero pasada la luz se volvió
al conocimiento de su indignidad, y envuelta en las cenizas de su espíritu
verdaderamente humilde, se oscureció el entendimiento y memoria de lo
que había visto y oído. Y estando el día siguiente con intolerables dolores
su delicado y virginal cuerpo, y el alma llena de amarguras y confusiones, se
le volvió a poner delante de los ojos este singular objeto en la misma forma
desacostumbrada y nunca vista en el mundo, y le dijo: “¿No me conoces,
Catarina?” Y ella respondió: “No te conozco; porque esa forma en que te
manifiestas no es de paloma, ni de garza, ni de águila, ni he visto en la tie-
rra cosa que se te parezca”. Añadió el objeto de la visión: “Pues ahora me
conocerás por mi poder.” Y arrebatándola el divino amor con la velocidad
25 Pedro Crisólogo (m. 450), padre y doctor de la Iglesia.
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y fortaleza de sus alas, la llevó a un desierto y tierra incógnita que no co-
noció la sierva de Dios; pero reparó que era la tierra arenisca y blanca y
que a lo lejos se descubría una arboleda y deliciosa amenidad, habitada de
mucha gente, que deseó conocer y saber el nombre de aquel reino y tierra
nuevamente descubierta a sus ojos. Mas el ave o espíritu que la llevaba, res-
pondiendo a sus deseos, le dijo: “Deja eso y pídeme por los habitadores de
esta tierra, para que se dispongan a recibir mi gracia”. Advirtió Catarina,
que en este viaje iba también asistida de su ángel de guarda, de san José y
la santísima Virgen, así como acostumbraba experimentarlo en otros seme-
jantes caminos y vuelos.
[40] Otra noche, estando en su lecho crucificada con mil cuchillos de
dolor, se le dejaron ver a los dos lados de su cabecera los dos soberanos ni-
ños y en el techo la ya insinuada ave, con la plumería como de cristal fino
y transparente, y que abiertas las alas formaba un toldo, pabellón o vistoso
cielo, dándole conocimiento de que todas las tres divinas personas estaban
asistentes para confortarla, alentarla y defenderla. Y con este especial patro-
cinio pasó toda aquella terrible y oscura noche, experimentando su delicado
y mortificado cuerpo, las ansias y congojas de una espantosa muerte y los
rigores de un temporal infierno; y su dichosa alma ocupada toda en padecer
y desear más padecer por el mundo y su divino amante, conformándose con
la voluntad de Dios, de manera que las amargas penas se le convertían en
sabrosas dulzuras. Esta visión se le repitió en muchas continuadas noches,
por tiempo de dos meses, con tan constante regularidad que al irse acabando
la claridad del día y al irse introduciendo la oscuridad de la noche, se le iban
representando y manifestando los tres soberanos objetos en la misma forma,
con indicios y enseñanzas de que venía otra noche, símbolo de lo terrible y
áspero de su sumo padecer, así como el día es símbolo de lo próspero y suave
que en esta vida se goza. Y quizás por eso [en este sentido] están infamados
y malquistos los días en boca del Señor [Apostilla: Mateo 6] y pluma de san
Pablo, diciéndonos que hay en ellos grande malicia [Apostilla: Epístola a los
efesios, 5] y que son malos, fementidos26 y traidores; porque debiéndonos
en esta vida exhortar a la noche de la aspereza, de la estrechez y el padecer,
nos hablan sólo de lo próspero, nos persuaden a lo blando y nos tratan de
lo delicioso. En una ocasión llamó nuestro soberano redentor a san Pedro
“Satanás y Demonio” [Apostilla: Mateo 16]. Y si averiguamos la causa y la
26 Falsos o engañosos.
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ocasión, diremos con autoridad de Novarino,27 que porque oyendo decir a
su divino maestro que le convenía ir a Jerusalén y en aquella ingrata ciudad
padecer diversos linajes de afrentas y tormentos, pretendidos y solicitados
por los escribas, ancianos y príncipes de los sacerdotes; le comenzó a tirar
de la ropa o de la capa, diciéndole que por ningún caso le habían de acon-
tecer semejantes penas y baldones, como persuadiéndole a que no padeciese
e intentando impedirle la pasión y estorbarle la cruz; para enseñarnos con
esta acción e instruirnos con este ejemplo, que al que nos pretendiere apartar
de las sendas estrechas del padecer, al que nos procurare divertir del santo
camino de la cruz, a éste le hemos de arrojar de nosotros como si fuera un
demonio, un Satanás y un capital adversario.
[41] Nos asegura de buena y verdadera la dicha visión en Catarina,
el ver que el espíritu la alumbraba, la convidaba y prevenía para nuevos
cristianos combates, y mirar como a un demonio del infierno al que la so-
licitaba a los deliciosos y mundanos convites. Y esto prueba el renombre y
blasón que tantos tiempos antes tenía prevenido a su divino precursor el di-
vino reparador del orbe. Título de ángel le tenía preparado y dispuesto por
boca del profeta Malaquías, como por la suya misma lo pronunció el Señor
cuando predicó sus alabanzas, y dijo: “Que se le había de dar al Bautista
nombre de ángel al prevenir los caminos y sendas, para que el salvador del
mundo fuese en él recibido y agasajado”. [Apostillas: Mateo 11, Marcos
1, Lucas 7] Donde se ha de advertir que los sagrados cronistas dicen que
todas las prevenciones con que ilustró a los hombres el sagrado precursor,
se redujeron a clamar asperezas, exhortar a combates contra la carne y
persuadir a luchas contra sus antojos y apetitos; porque todo el Bautista
era una rígida aspereza en las austeridades y penitencias [Apostilla: Mateo
3], y por eso se condecora con el timbre de ángel. Ya hemos experimentado
almas que desean, buscan, y no tienen quietud y descanso hasta hallar un
confesor que las quiera llevar a la eterna gloria, por los caminos y sendas del
divertimiento y terrenas dulzuras; y leemos también a cada paso en los libros,
que ha habido directores y padres de espíritu que no han tenido por espíritu
de Satanás ni de un infernal demonio, el desear y procurar a sus penitentes
y espirituales hijas hibiernos28 serenos, días apacibles, que las convidan a las
engañosas delicias, caducos pasatiempos y fementidos deleites de esta frágil
27 Teólogo italiano admirado en la época, especialista en sagradas escrituras.
28 Inviernos.
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y perecedera vida, diciéndoles que vale más un solo acto de amor de Dios
que muchos años de penitencias, rigores y asperezas. Y a la verdad, si el acto
de amor de Dios no es bastardo; si es legítimo, eficaz y verdadero, él pondrá
al alma en ansiosos deseos de padecer, porque esto es lo que realza más los
quilates del amor de Dios; pues el más fino amante ha de desear padecer
por el amado no sólo con conformidad sino con gusto. Así lo confiesa de sí
el apóstol san Pablo hablando por escrito a los corintios, cuando les dijo:
“Me gloriaré yo gustoso en mis trabajos y enfermedades, para que habite
en mí la virtud de Cristo”. [Apostilla: Segunda epístola a los corintios 12] Y
la virtud del Señor fue no sólo padecer conforme con la voluntad del eterno
padre, sino alegre, risueño y gustoso, como lo notaron los sagrados expo-
sitores explicando las palabras del evangelista san Juan [Apostilla: Eutico,
Super Ioan, 19].
[42] Esta católica doctrina fue la que el Señor infundió en el corazón
de su sierva con la referida visión. Y ella la entendía y recibía tan gustosa
que se ofrecía a la divina majestad para sufrir y padecer todo lo que quisiese
disponer su divino poder, de manera que el Señor mostraba las finezas del
amor con que amaba a Catarina, representándosele propicio para su aliento
y defensa con todo su incomprensible ser trino y uno. Y la esclarecida vir-
gen manifestaba el ser verdadera amadora de su dios, rindiéndose no sólo a
lo más precioso y aquilatado del sufrir con conformidad y tolerancia, sino
también deseando y convidándose a los martirios que se le simbolizaban en
este repetido favor, como quien sabía por experiencia que los tormentos y
amargas penas padecidas por su único y divino amante eran para su alma
dulces y sabrosas. Así como la otra esposa de los Cantares, a quien llama
el divino esposo a nuevas penas y amarguras con el símbolo de huerto de-
leitoso; porque para ella lo mismo era llamarla para el jardín que para el
padecer; brindarle con penas era lo mismo que convidar a glorias; y sufrir
fatigas se equivocaba29 con lo mismo que recrearse en vergeles. [Apostilla:
Cantares 5] Pero estos júbilos y alborozos eran tan espirituales y divinos que
no los gustaba el afligido cuerpo, que se hallaba en una tan oscura como
continuada noche de inexplicables martirios, y por eso decía la sierva de
Dios a su confesor: “Yo no acabo de entender esta contrariedad de efectos
que experimento, que por una parte está esta miserable naturaleza en unas
ardientes y crueles parrillas de intolerables penas; por otra parte se halla mi
29 Se confundía.
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espíritu en esta misteriosa presencia, con un gusto y consuelo que no puedo
explicar; porque todas las especies naturales de las cosas sensibles no sirven
para manifestar lo que goza mi alma, sin que se comunique ni una sola gota
de consolación a mi cuerpo, ni un pequeño rayo de luz a sus sentidos. Pero
conozco y entiendo la unión estrecha que tienen mis potencias con estas tres
divinas personas, y que se me representan pequeños niños porque reconoz-
ca su soberano amor con que quieren engrandecerme; comunicándome el
uno, parte de su poder; y el otro, parte de su suma sapiencia; y el otro, parte
del inmenso amor con que se encienden y abrasan las creaturas todas en el
amor de su creador”. En otras ocasiones se le representaba la santísima Tri-
nidad en forma de globos de refulgente luz y otros jeroglíficos, que pondré
en el párrafo30 siguiente y en otros capítulos de la historia.
5. De otras demostraciones del divino amor y cuánto estorba el amor de las
creaturas al verdadero y perfecto amor de Dios
[43] Se hallaba la sierva de Dios en este misterioso y espiritual huerto, al-
fombrado de tantas plantas, árboles y flores que servían no sólo de disfra-
zarse los tres soberanos niños, sino también de un amable entretenimiento
de su alma y de un deleitoso recreo de sus espirituales ojos, vestida con una
saya morada bordada de oro y preciosa pedrería, cuya hermosura y riqueza
le causaba admiración, en que vivía suspensa y arrobada. Pero sobre todo le
arrebataban la atención los vistosos y lucidos disfraces con que las tres divi-
nas personas se le representaban y festejaban, con tan hermosa variedad de
trajes y cariñosas acciones, que aun en representación se hicieran increíbles
si no supiéramos y creyéramos que el eterno Verbo se humanó e hizo ver-
dadera y realmente hombre, por favorecer y redimir a los mismos hombres
que le ofendían y habían de ofenderle, exhortándonos con su ejemplo y por
la pluma de sus evangelistas, no sólo a tolerar y sufrir a los enemigos sino
también a que los amemos, para que les mostrásemos cariño, gusto y hala-
go. [Apostilla: Mateo 6] En estas soberanas y misteriosas transformaciones
de las tres divinas personas, se le representaba a Catarina ordinariamente
más cariñoso y como quien la asistía más de cerca el Verbo encarnado,
con visos y demostraciones de esposo y divino amante. Y en una ocasión
que se le dejó ver su majestad luminosa, con especial hermosura y luciente
30 Ramos designa como “párrafo”, a todos los apartados numerados en los que divide la obra.
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esplendor, prorrumpió la sierva de Dios en alabanzas de su extraordinaria
belleza. Y el Señor como confirmándole en lo que decía y pronunciaba, le
dijo: “Pues, ¿no te he dicho que soy la flor del campo?” Respondió Cata-
rina: “Sí, Señor. Pero hasta ahora no entendía yo esas palabras, ni alcan-
zaba la significación de ese jeroglífico”. A que añadió la suprema majestad
humanada: “¿Eso no entendías?” Y elevando a mayor profundidad su en-
tendimiento, le comunicó tales y tantas inteligencias, que llena de nuevas
admiraciones prosiguió elogiándole y engrandeciéndole con una soberana
elocuencia, apellidándole estrella entre las olorosas flores de la tierra y rosa
resplandeciente entre los astros más luminosos del cielo. Al mismo tiempo
que desahogaba su enamorado corazón con estas y semejantes tiernas voces
y debidas alabanzas a su dios; se le representaron como de competencia los
otros dos misteriosos y divinos niños con el mismo esplendor y hermosu-
ra, acercándosele y pidiéndole que los alabase y ensalzase con su suave y
amorosa voz. Y la sierva del Señor, reconociendo la igualdad de su sobera-
na belleza y no hallando palabras para una obediente correspondencia, les
dijo: “Yo, señores, soy una bozal que nada entiende, sabe, ni puede. Sólo
deseo amar y servir a mi creador, cuyo ser infinito sé y creo que es trino y
uno. Ése es el dios de mi corazón; ése es el dulce dueño y amoroso huésped
de mi alma, a quien busco y deseo por fe y no por visiones, ni fantásticas
representaciones. Y así, apartaos señores de mí, que soy una bestezuela y
pecadora, y no soy digna de visitas de tanto poder y grandeza”. Con esta
humildad provocaba al divino poder a que más la favoreciese, verificándose
por instantes que ensalza Dios a los humildes, así como abate y confunde
a los soberbios.
[44] Más frecuentes eran las visiones de la suprema majestad y de
toda su celestial corte, que tenía la sierva de Dios en forma de luces, como
lo tengo ya insinuado en la primera parte de esta historia. Y se comenza-
ron a multiplicar tan amontonadas como misteriosas, desde el año en que
se acabó de blanquear y dorar el hermoso y magnífico templo de nuestro
colegio del Espíritu Santo, porque desde entonces comenzó a ver en todas
las luces de los altares y lucidos tronos con que se celebran en aquella
iglesia las fiestas, unos rostros gloriosos como de serafines, formados al
parecer de la misma aunque realzada luz de las candelas, cuyos refulgentes
resplandores encubrían los cuerpos y hacían se confundiesen muchas veces
los unos con los otros. Otras veces los divisaba con distinción, y entre los
albores cristalinos de las luces muchas alas de los celestiales paraninfos,
y en sus cabezas preciosísimas diademas o coronas, y sobre cada una de
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las coronas una hermosísima cruz. Todas estas luces y rostros tenían otra
singular proporción, porque los de la ínfima grada eran más pequeños y
no tan luminosos como los que se dejaban ver en los superiores escalones,
e iban creciendo en su esplendor y hermosura a la medida y paso que se
acercaban a lo supremo del trono, de suerte que las luces más entroniza-
das eran de tanta magnitud y se manifestaban con tan lucientes resplan-
dores, que formaban una confusión de rayos de refulgente luz, como si
fuera despedida de muchos amontonados y luminosos soles. Y entre tanto
y desacostumbrado esplendor, distinguía los rostros gloriosos más resplan-
decientes y hermosos, y que le comunicaban inefables gozos, consuelos,
júbilos y alegrías. Pero con todo este glorioso espectáculo a la vista, no
acababa Catarina de persuadirse que eran ciudadanos celestes los que tan
liberalmente la favorecían; porque aunque los ojos veían un retrato de la
gloria y su dichosa alma se hallaba en posesión de una bienaventuranza,
cual se puede esperar y gozar en esta miserable vida, aún anhelaba a ver
más y gozar más descubriendo en aquel lucido objeto de bienaventurados
lustrosamente disfrazados y con debida proporción desiguales, la fuente
de aquella soberana luz y el manantial de todos los bienes juntos, a quien
deseaba y únicamente buscaba su enamorada alma. Parece que tenía cerra-
das todas las puertas de sus sentidos y potencias para no ver y gustar de
otra cosa, sino sólo de la presencia de su dios, repitiendo muchas veces las
palabras del santo rey David, como si hubiera leído sus salmos: “Yo, señor
y dios mío, ¿qué puedo buscar en el cielo y en la tierra, a quien vos no ex-
cedáis con infinita distancia?” [Apostilla: Salmos 72]
[45] Pondere aquí el piadoso lector, antes de pasar adelante con la le-
yenda de esta continuada y misteriosa visión, en la desigualdad con que se le
representaban los cortesanos del cielo a la sierva del Señor; pues los justos,
que son las piedras vivas que Dios escoge para el edificio eterno de la gloria
y se labran en esta vida con trabajos, penalidades y miserias; en la otra, cada
una se pone en su debido lugar y viste el lucimiento proporcionado a sus
merecimientos. Y por eso aquel divino reino permanece hermoso y durará
constante para siempre, a cuya imitación y semejanza deben componerse
las repúblicas y monarquías terrenas, donde si cada piedra no tiene su debi-
do lugar, si no ocupa el puesto que merece, no podrán durar ni permanecer
resplandecientes; pues vemos que en la perseverancia y eterna duración de
la monarquía celeste cada piedra está en su lugar, cada justo en la silla que
merece y cada bienaventurado en el asiento que le conviene. Esta doctrina
fue la que nos enseñó el divino maestro, cuando suplicó a su eterno padre
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que guardase y conservase a los suyos con estas palabras: “Estos hijuelos que
me habéis dado, con quienes yo me alegro y regocijo tanto, guardadlos en
virtud de vuestro soberano nombre, disponiendo que sean una cosa como
nosotros. Y de esa suerte perseverarán y permanecerán sin que nadie sea
poderoso a oscurecer sus mejoras y deslucir sus aumentos” [Apostilla: Juan
17]. Sobre las cuales palabras dice el cardenal Toledo: “En la santísima
Trinidad hay tan grande unidad como distinción; porque en este sacrosanto
e inefable misterio, la unidad de la esencia se compadece muy bien con la
distinción de las personas. Una cosa es el Padre, otra el Hijo, otra el Espí-
ritu Santo. El Padre no procede de ninguno; el Hijo procede del Padre; el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; de manera que no puede haber
mayor unidad ni mayor distinción. Y en esto quiere Cristo que se parezcan
a la santísima Trinidad las repúblicas católicas y que se vea en ellas unidad
de naturaleza y distinción de personas” [Apostilla: Toledo, Sobre Juan, ano-
tación 9]. Supuesto que mientras en las comunidades, reinos y monarquías,
con la unidad de las voluntades no hubiere distinción de personas, pasando
cada una por lo que es y ocupando el puesto que le es debido a su estado
y merecimientos, no podrán permanecer; porque cómo podrá durar y flo-
recer la república donde el discípulo se introduce a maestro, el súbdito a
superior, el religioso a soldado, el obispo a caballero, el pastor a consejero,
el esclavo a señor, y el hipócrita engañador a tirar gajes de santo verdadero.
Pase finalmente en el mundo cada uno por lo que es, acomódese al estado y
condición en que Dios le ha puesto y con eso podrá merecer y asegurar silla
y asiento en la eterna gloria.
[46] La insinuada visión se continuó por muchos días y aun por espa-
cio de algunos años, batallando continuamente el espíritu humilde de Ca-
tarina por apartarla de sí y su corazón encendido y abrasado en la hoguera
del divino amor, con las congojosas ansias de discernir en el majestuoso
trono que se le representaba el resplandeciente sol, de quien dimanaba
toda aquella excesiva luz e inundaciones de aquel glorioso esplendor, hasta
que desde principios del año de mil seiscientos y setenta y cinco comenzó
a ver y distinguir en el hueco de las coronas de los bienaventurados, otros
rostros más pequeños y con infinita distancia más hermosos y luminosos.
Y aunque éstos se le representaban ordinariamente en forma humana, se
transformaban a su vista algunas veces en corderitos, ya como muertos,
ya como dormidos, y ya como despiertos, alegres y cariñosos, agasaján-
dola, entreteniéndola y confortándola en las continuas y rigurosas fatigas,
dudas, temores y confusiones en que vivía su atribulado espíritu. En otras
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ocasiones advertía y miraba que estos misteriosos corderitos tenían las
facciones del rostro de su querido esposo y divino amante, y que tal vez se
reclinaban sobre uno de los brazos o manos que se le solían dejar ver entre
soberanos resplandores, tan torneadas y hermosas, que recibía singulares
consuelos con este amable y misterioso objeto. Pero no obstante todas es-
tas señas, les preguntaba que quiénes eran y qué le querían dar a entender
con tantas apiñadas luces. Y respondiéndole los cortesanos de la gloria:
“Que eran flores del cielo, y que Dios era el sol de quien participaban el
lustroso esplendor con que se le representaban”; Catarina con su profunda
humildad, desechaba todas estas voces e inteligencias, sepultándose en el
conocimiento de su nada, que explicaba con estas y semejantes palabras:
“¿De dónde a mí tanto bien? Esto no puede ser; supuesto que soy indigna,
soy un gusanillo y soy la peor del mundo. Fantasmas deben de ser los que
me deslumbran”. Con este su propio conocimiento, oscurecía la evidencia
y la luz con que el cielo la favorecía, y obligaba al príncipe de las celestiales
cumbres que franquease en repetidas visitas con más benignidad y amor
sus misericordias y divinos dones.
[47] El jueves santo de este mismo año, por la tarde, estando a los
pies del confesor la sierva de Dios en la iglesia, vio que de los dos lados
de la urna nacían dos caudalosos ríos de resplandores, que saliendo como
a borbollones formaban un mar de olas encrespadas de luz que bañaba e
inundaba todo el templo. En esta nueva visión que gozaba su dichosa alma,
reparó que los rostros de los serafines y bienaventurados estaban como
suspensos y que no la acariciaban y agasajaban como solían. Y causándole
novedad, les preguntó que por qué se mostraban tan silenciosos y severos,
y qué se le quería dar a entender en aquellas tan abundantes y luminosas
aguas. Le respondieron: “Que porque era día de silencio y de admiración
en el cielo. Y que en los dos ríos de resplandor que veía se le representaba al
infinito amor con que su creador y redentor, bañaba y fertilizaba la tierra de
los corazones de todas sus creaturas”. Y para que diese crédito a lo que los
cortesanos celestes le respondían, comenzó a ver que todas aquellas ondas
de la refulgente luz se encaminaban y se iban recogiendo en su corazón. Y
en breve tiempo sintió que encendieron en su pecho tales llamas de amor
y tantos júbilos y gozos, que no hallando capacidad bastante en el pecho,
comenzó a desahogarse con voces y suspiros, tan turbada y desatinada,
que a no tener a la mano al confesor que la reprimía con la obediencia y
la exhortaba con la voz pidiese al Señor templase el mar inmenso de sus
misericordias, hubiera publicado a gritos el beneficio común y el particular
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que ella experimentaba. Y no hay que admirarse que estos excesos del di-
vino amor rebosasen y pusiesen en peligro de reventar el virginal pecho de
la sierva del Señor, donde pretendían estancarse; porque la fuente de donde
manaban era un dios inmenso, que con infinito amor desea comunicarse a
las almas que de veras le buscan y aman con perfección. En el Génesis se
hace mención y se cuenta: “Que sólo una fuente salía de la tierra, y que era
tan abundante, que regaba y fertilizaba a todo el orbe”. [Apostilla: Génesis
1] Pues si una fuente limitada y terrena no podía estancarse y obligaban
sus inundaciones grandes de aguas a que se repartiesen y derramasen por
toda la redondez de la tierra, qué mucho que el mar inmenso de las divinas
gracias y misericordias rebalsado, como quien quería estar de asiento y con
grande plenitud en el corazón de la venerable Catarina, la obligase a salir
de sí y procurase dar corriente a las aguas que bañaban su corazón para
que se esparciesen y derramasen por todo el mundo. Espíritus hay tan co-
diciosos, ambiciosos y sedientos de vanagloria, que procuran retener en sí
todos los bienes de la tierra, todos los despachos de las monarquías, todos
los gobiernos del universo; pero su ceguedad los arroja a la pretensión de
un imposible. Buen dechado tenemos en Moisés, a quien hizo el creador
y supremo gobernador del mundo, dios de faraón; y para este ministerio
le dio luego el que es Dios por esencia a Aarón por compañero, porque se
entendiese lo poco que puede un hombre, aunque merezca el nombre de
dios por participación, como Moisés. Pues para despachar con sólo faraón
necesitó de otro hombre que le ayudase, pues ¿cómo podrá uno despachar
con millares de hombres, cuando un ministro de Dios para tratar con uno
necesitó de la ayuda de otro?
[48] El día de san Policarpo del dicho año de 1675, entre todas estas
misteriosas luces que la alumbraban, vio en el hueco arqueado de la pared del
altar mayor, en que se había de acomodar el sagrario del nuevo retablo que se
estaba acabando de perfeccionar, un corpulento y confuso bulto de amonto-
nados resplandores, que deslumbrando la vista, servía a la sierva de Dios de
velo o nube para no discernir más que una confusión de refulgentes rayos de
resplandor, tan desacostumbrado a los ojos de su alma y cuerpo, que algunas
veces le parecía un manantial de soberanas luces, muy superiores a las que
participamos de todos los astros del empíreo. Otras veces se le representaban
como minerales de transparentes cristales, revestidos de las luminosas luces
del más rubio planeta. Procuró Catarina huir y apartarse de esta tan her-
mosa como misteriosa visión; pero el objeto era tan poderosamente atrac-
tivo, que atropellando con su voluntad la arrebato los ojos del cuerpo y
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del alma, hasta que en una profunda suspensión o arrobamiento descubrió
una corona, que por su grandeza y por lo que se descollaba gloriosamente
encumbrada sobre las coronas de gloria de todos los bienaventurados, os-
tentaba la majestuosa asistencia del omnipotente, que es y se llama el “rey
de los reyes y señor de los señores” [Apostilla: Apocalipsis 9]. En medio de
la admiración que le causó la singularidad de la visión, preguntó cuya era
aquella insignia de tanto poder y majestad. Y la respuesta que le dieron fue
el irse aumentando las luces y resplandores que le manifestaron el divino
rostro del eterno padre y sobre su imperial corona un corderito o cara de
su querido esposo, que lo uno y lo otro se le representaba; y en proporcio-
nada altura vio juntamente una paloma más blanca que los albores de la
nieve, con pico y alas de un dorado y soberano esplendor. Y con esta vista
entendió ser la santísima Trinidad quien la asistía y tan frecuentemente la
favorecía, en compañía y presencia de los cortesanos del cielo. Y este cono-
cimiento la obligaba a prorrumpir por instantes en alabanzas del inmenso
ser trino y uno, por lo que se humanaba con una vil creatura. Los gozos,
los júbilos y los incendios de amor que recibía de estas prodigiosas visiones
y el provecho que sacaba su alma de esta familiar conversación con los ciu-
dadanos del empíreo, lo dejo a la consideración del lector, porque es muy
insuficiente mi pluma y elocuencia para explicarlo y ponderarlo.
[49] Por este tiempo se ausentó de la ciudad el confesor a quien comu-
nicaba sus secretos. Y volviendo después de tres años, le preguntó en qué
habían parado estas visiones de luces y estrellas. Y respondió: “Se queda-
ron así. Porque aunque andan a la vista todos aquellos gloriosos objetos,
reparo poco en ellos y no hago caso de sus visitas. Todo mi cuidado es
buscar y conservar por fe al Señor dentro de mi corazón y pecho, donde le
rindo adoraciones y le suplico que me oculte, de suerte que las creaturas no
me estimen ni conozcan, y que no permita se reparta mi amor, ni aun entre
los ángeles y santos del cielo. Y esto entiendo ser voluntad de la suprema
majestad; porque cuando rezo, clamo y pongo mi confianza en los bien-
aventurados, me dicen todas las tres que se me representan como divinas
personas, que ponga en ellas toda mi fe y confianza, y que sólo en ellas
deposite todo mi amor; porque todo lo demás es menos. ”Esta enseñanza
que nos dejó la sierva de Dios es digna de ponderaciones y de glosas; y con
estas daré fin a este capítulo. La doctrina es católica, calificada y recomen-
dada por el divino maestro, cuando por su evangelista san Lucas manda
Dios al hombre: [Apostilla: Lucas 18] “Que le ame con todo su corazón,
con toda su alma, con todas sus fuerzas y con toda su mente” [Apostilla:
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Mateo 6]. Porque querer repartir la voluntad y acudir con el amor a dos
partes, ya lo tiene calificado el Señor por imposible, y en esta materia es
muy delicado Dios y muy celoso; porque como quiere tanto, quiere vivir
muy a solas en el alma y sólo él ser dueño de ella. Pues el día que el hombre
quiera admitir en su corazón dos huéspedes tan encontrados, como son
Dios y el mundo, luego se despedirá Dios; porque el Señor no gusta de vivir
donde se aposenta el mundo.
[50] No condeno ni se puede condenar el amor a los santos del cielo
y a los justos de la tierra, así como ni a los padres de alma y cuerpo, pues
gusta Dios mucho de que los espíritus sean agradecidos y que se dé vene-
ración y reverencia a sus amigos, por cuya intercesión y a instancias de su
gracia y valimiento cada día recibimos copiosas mercedes y numerosos fa-
vores, con tal que este amor se ordene a la suprema majestad y se regule de
manera que le podamos calificar de que todo él está puesto en Dios y que es
por Dios y para Dios. Pero unos amores, que afectando seguridades de una
eterna gloria, se afianzan en el valimiento de los santos, cuando se recono-
cen en almas cuya vida toda es una continuada ofensa del Señor, más parece
que se deben reducir a presumida temeridad que a la escuela del verdadero
amor de Dios. Otros amores y terrenos amantes hay, que reconociendo y
creyendo que están depositados muchos favores del Altísimo en el retrete
de sus corazones, los manifiestan y publican no tanto entre los confesores,
que procuran humillarlos y desvanecer sus fantásticas aprehensiones e ima-
ginaciones, cuanto entre sus amigos y vecinos. Y si esto se ordenara a que
fuese Dios glorificado por sus misericordias infinitas, se compadeciera con
el verdadero amor de Dios; pero si en la publicación se buscase la alabanza
y estimación propia, debiéramos atribuirlo al poderoso reino del amor pro-
pio. Finalmente, Catarina, como verdadera y perfecta amadora de su crea-
dor, procuraba apartar todos sus amorosos afectos de las creaturas; porque
sabía por experiencia y por las enseñanzas del cielo, que no eran compati-
bles en su corazón dos amores, ni podía acudir a dos cosas tan encontradas,
como son el amor de Dios y el del mundo. No viene fuera de propósito, la
doctrina que dio el divino maestro a sus queridos apóstoles, cuando les dijo
por pluma del evangelista san Juan: “No bajará sobre vosotros el espíritu
consolador, si yo no me ausentare. Y así conviene que yo me ausente para
que recibáis sus dones y gracias”. [Apostilla: Juan 16] Sobre las cuales pa-
labras dice san Bernardo: “¿Quién oyendo esto, osado y temerario, querrá
gozar los consuelos del soberano espíritu, cuando tiene desordenadamente
puesto su amor en las cosas creadas?” Supuesto que el mismo Cristo dijo
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en inteligencia de este glorioso santo: “Parece, discípulos míos, que tenéis
puesto solamente el amor en mi santísima humanidad, y parece que tenéis en
ella ocupado el corazón todo. Y por eso, si yo no me apartare de vosotros,
no bajaría la gracia del espíritu mío”. Pues si la carne del eterno Verbo
parece que era de algún embarazo para recibir perfectamente la gracia del
Espíritu Santo, errará miserablemente el que pretendiere, entregado a las
comodidades de su gusto, gozar los divinos consuelos; porque no se puede
encuadernar esta dulzura con aquella ceniza, mezclar esta divina triaca con
aquella mortal ponzoña, y emparentar estos celestiales dones con aquellas
cosas terrenas; supuesto que no pueden caber en el alma estas dos cosas,
en el sentido que voy hablando: Dios y el mundo, la carne y el espíritu, la
tierra y el cielo.
Capítulo 3
De la grande caridad que ejercitó la sierva de Dios con todos los
necesitados del mundo y de algunos efectos de la pobreza evangé-
lica que profesó por todo el tiempo de su vida
1. De la especialísima caridad que tenía con los pobres, y de su grande po-
breza y cosas particulares que le sucedieron en esta materia
[51] En todas las virtudes resplandecía lo precioso de esta celestial virtud,
y era el esmalte de todas sus obras y el campo fértil de flores y rosas que
servían de jardín delicioso para la recreación de su divino esposo. De esta
virtud nacían todas las demás como arroyos de una gran fuente y como ra-
mas y frutos de un copado y fecundo árbol. Dejo la prueba de esta verdad al
discurso y leyenda de toda la historia, de la cual consta que con el uso de la
razón se encendió en esta prodigiosa niña tal amor de la perfección propia y
tal amor a Dios y a sus creaturas, que la hizo de un corazón valiente, de un
pecho alentado, de unos brazos de acero para imitar al Niño Dios, gigante
en las fuerzas y sin ejemplar en el amor, pues con su caridad cargó sólo y
sin compañía nuestras culpas y nos alivió del peso que nos tenía a todos
caídos y postrados en tierra, sin esperanzas de poder levantarnos. A esta
perfección de caridad le convidó Cristo muchas veces representándosele
herido, maltratado, crucificado y en todos los pasos de su sagrada pasión;
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en otras ocasiones en forma agigantada, o para significar las fuerzas que
comunicaba su inmenso poder a esta esclarecida virgen, o para manifestarle
que él solo había corrido la carrera de su cruz y pasión, como dijo el santo
rey David, [Apostilla: Salmos 18] y con su ejemplo alentarla a padecer más
por su amor y por las creaturas. Aun cuando estaba en las parrillas de sus
mayores tormentos, sin aliento y sin respiración para vivir, la confortaba y
comunicaba ansiosos deseos de hacer por los prójimos lo que Cristo hizo
por todos nosotros, pues siendo bienhechor común compró nuestra libertad
con la suya, se empeñó con pobreza y deshonra por enriquecernos, y gustó
de morir porque nosotros viviésemos. [Apostilla: A Tito 3]
[52] Esta virtud creció en Catarina desde su niñez hasta los últimos
años de su vida. Siempre vivió pobre y desnuda por vestir a los mendigos.
Fue verdaderamente imitadora de Jesús, que naciendo en un pesebre des-
nudo, amó siempre a los pobres, socorrió a los necesitados, defendió a las
viudas, amparó a las huérfanas, y consolando a todos mostró ser esta benig-
nidad propia del Salvador, a cuyo ejemplo la sierva de Dios nunca guardó ni
pudo guardar su abrasada caridad cosa alguna para el día siguiente. Cuanto
ganaba con sus manos y cuanto le querían dar por recompensa de sus tra-
bajos y los sudores de su rostro en el tiempo de su mocedad, lo empleaba
en los pobres; suficientes ejemplos dejamos ya escritos en prueba de esta
verdad y aún viven testigos de vista y experiencia que pueden certificar con
votos y juramentos otros muchos casos que confirman el piadoso oficio de
piedad, con que ejercitó Catarina la alteza de esta amable virtud. En el tiem-
po de su ancianidad, cuando sin fuerzas y sin ojos no podía adquirir otra
cosa que lo que Dios le enviaba, moviendo corazones de hombres para que
la socorriesen, todo lo que le daban sus bienhechores lo depositaba luego
en el tesoro de Jesucristo, repartiéndolo entre los pobres y mostrándose des-
pensera31 fiel de los bienes que Dios le enviaba, esperaba del cielo para sí lo
necesario. La probó el Señor muchas veces remitiéndole numerosos necesi-
tados cuando tenía ella mayor necesidad y Catarina correspondía constante
en su caridad quitándose el pan de la boca y la luz de los ojos, repartiendo
entre los pobres la comida, las candelas y los medios de que necesitaba para
su corto sustento. Y parece que se sustentaba y vivía con ver salir de su
pobre albergue, contentos y consolados a los mendigos que con frecuencia
la visitaban por este pequeño aunque necesario interés. Testigos son de esta
31 Que tiene el encargo de dispensar o repartir lo que se le encomendó.
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verdad todos sus confesores, que pueden deponer muchos como continua-
dos y ejemplares casos. Yo por ahora solamente expreso uno que pasó por
mis ojos y lo toqué, como dicen, con las manos. Vivía un eclesiástico con
tan extrema pobreza en la ciudad de Puebla de los Ángeles, que por su
desnudez no podía decir misa, ni aun salir de su casa, porque el vestido de
su cuerpo se componía más de piojos que de andrajos. Esta necesidad y el
hambre le obligó, no con poca vergüenza, a buscar modo para solicitar y
hallar quién socorriese su penuria. En esta tribulación oyó hablar mucho de
la caridad de esta sierva de Dios e impelido de su mendiguez u otro superior
impulso, acudió confiado con el seguro de su socorro a la casa y madre de
pobres. Lo recibió nuestra Catarina con la honesta y cariñosa suavidad que
acostumbraba a los demás necesitados. Le preguntó qué era los que quería
y qué era lo que buscaba. Le dijo: “Salí a buscar medio real para comprar
pan y no lo he hallado”. Añadió la sierva de Dios: “Pues vuélvase vuestra
merced, que ya lleva lo que ha menester”. Se despidió el humilde mendigo
confuso y pensativo, discurriendo sobre las palabras que le había dicho la
sierva del Señor. Y en llegando a su casa, entró contingentemente la mano
en la bolsa y se halló con cuatro reales, que era lo suficiente para comer bien
un pobre en la ciudad de Puebla. Con este prodigio creció la estimación de
Catarina en el aprecio del necesitado; y repitiendo las visitas, experimentó
y fue muchas veces testigo de vista de este piadoso ejercicio de caridad para
con todos los mendigos que se le entraban por la puerta a Catarina.
[53] Cuando tenía más de lo necesario, no esperaba a que la buscasen
los pobres en su casa; ella los buscaba. Porque al salir a la iglesia juntaba
todos sus haberes, los reales atados en un pañito humilde, y el chocolate y
dulces en otro más grande; y agenciando cuidadosa necesitados a quienes
repartirlo, volvía a su estrecha choza aun sin lo que había menester para el
sustento de aquel día, pero llena de un santa consolación de haber socorrido
en algo las necesidades ajenas, diciendo al Señor: “Tú me lo diste y yo te lo
volví en las manos de tus creaturas. Y así, a ti te toca el sustento y vestido de
esta bestezuela, como favoreces con misericordia y clemencia a las bestias
del campo”. Con esta pobreza evangélica, llena y rellena de fe y esperanza,
obligó a la divina providencia para que dispusiese que nunca pidiese limos-
na a los hombres y siempre la esperase de la mano de su dios; porque quiso
su divina majestad dejarnos en esta su sierva un argumento y real prueba
de cuánto mayor es su providencia con los hijos que con los brutos, cuando de
parte de los hijos corresponde una amorosa confianza. Le había mandado el
Señor que descuidase de su comida y alimentos, porque esos habían de co-
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rrer por su cuenta. Y así vivió como quien no tenía nada y lo poseía todo.
Con esta palabra reconvenía a la divina providencia cuando la aquejaba
alguna extrema necesidad, diciendo con voz tierna y confiada: “Señor, ¿tú
no me dijiste que te dejase a ti el cuidado de mi vestido y sustento? Pues,
¿cómo te detienes y tardas en socorrerme?” Con estas pocas palabras obli-
gaba a la Omnipotencia al necesario socorro, de suerte que parecía lo tenía
ya prevenido y que sólo esperaba oír la voz de su sierva para que entrasen
por la puerta las asistencias caritativas de sus bienhechores, en aquello
mismo de que necesitaba, así como previene con su altísima providencia
el sustento proporcionado al paladar de los pajarillos del aire y gusanos
de la tierra. En otras muchas ocasiones la socorría Dios y respondía a su
humilde voz, mandándole que se pusiese el manto y saliese a la calle, y a
pocos pasos se encontraba con quien, teniéndola por pobre, le ponía en la
mano más de lo que había menester para su corto alimento. Y agradecida
al Señor y a sus creaturas, se recogía a su rincón, pidiendo con especialidad
a la divina majestad por aquellos que habían sido instrumentos para la eje-
cución de estas divinas misericordias. Pudiera amontonar muchos testigos
que experimentaron esta verdad y entre ellos a sus mismos confesores; los
omito por ahora y sólo pongo este caso por prueba. El padre Domingo de
Urbina de nuestra Compañía, que hoy vive, estaba un día revistiéndose
para decir misa y se llegó a él un hombre afligido, que le dijo: “Hágame
vuestra reverencia caridad de decir esa misa por cierta necesidad y aquí
está la limosna”. Le respondió el padre que no decía misa por limosna y así
que buscase otro sacerdote que le diese el consuelo que deseaba. El afligido
instó con que no había otro y que la necesidad instaba. A estas instancias
correspondió el padre, diciéndole: “Que diría la misa y que la limosna se la
podía dar a un pobre”. Replicó el necesitado: “Que más consuelo tendría
si su paternidad diese al pobre la limosna”. Se compusieron finalmente los
dos y el padre cogió la limosna y se determinó desde luego dársela a nues-
tra Catarina. Y para ejecutarlo, cuando acabó de decir la misa, se asomó
a una de las puertas de la iglesia para que le llamasen a la sierva de Dios
que estaba ya en la misma puerta esperando la limosna. La recibió con
humildad y agradecimiento. Y después preguntó el confesor de Catarina al
padre Domingo de Urbina si le había dado algún socorro. Respondió que
sí. Y refiriendo lo que le había pasado, le dijo el confesor: “Estaba la pobre
necesitada y la Señora de la Congregación le mandó llegar a la puerta por
donde vuestra reverencia se asomó, diciéndole que hallaría allí el remedio
de la necesidad que la afligía”.
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[54] Con estas puntuales y liberalísimas asistencias del cielo, crecía y se
aumentaba en la sierva del Señor el afecto y deseo de desapropiarse y desnu-
darse de bienes terrenos, así como el caritativo celo de remediar las necesida-
des ajenas, a que correspondía nuestro creador con tan liberal y paternal pro-
videncia, que si un hombre de los poderosos del mundo diese las limosnas
que repartió el Señor por las manos de esta su sierva, se acreditara sin duda
de piadoso entre los más limosneros. No es ponderable lo que conseguía de la
Omnipotencia su caridad para vestir y dar de comer a los pobres, y algunos
juzgaron que Dios se lo multiplicaba para el consuelo de esta esclarecida
virgen y por lo que le agradaba el piadoso y caritativo afecto con que ella
repartía entre las creaturas necesitadas todo lo que ponía el Señor en sus
manos. Falta me hace la vida del licenciado don Joseph Bocanegra, para
que atestiguase en la historia lo que decía en vida y no puede negar después
de muerto, acerca de las innumerables misas que por su mano mandó decir
esta sierva de Dios por los vivos y por los difuntos, encargándole diese las
limosnas a sacerdotes pobres, porque se socorriese también la necesidad
que podían tener los ministros de su redentor. Pero aunque este testigo está
muerto, no pueden faltar entre los que viven muchos que confirman esta
verdad, así como las demás limosnas con que acudía a todos los demás
pobres mendigos y vergonzantes de la ciudad donde vivía, por sí, por mano
de sus confesores y de otras personas de su satisfacción, que ocultasen y no
publicasen su humilde y grande caridad. Con este santo afecto en su moce-
dad, a costa de las puntadas de su aguja, buscaba cantidades de dinero, y ya
juntas para el valor de un esclavo vendido o empeñado, solicitaba y conse-
guía su libertad, aplicándose con especial amor a los que vivían en obrajes,
arrastrado su natural compasivo de lo mucho que padecen en ellos los es-
clavos y las esclavas. Muchos se cuentan de los que consiguieron la libertad
a beneficio de esta esclarecida virgen; pero me consta de sólo cuatro por
haber permanecido muchos años entre los papeles de Catarina, cuatro cartas
de libertad por las cuales constaba ser ella la bienhechora y libertadora. En
los últimos años de su vida, le prohibieron o limitaron los confesores este
ejercicio de socorrer a otros porque la edad y los achaques pedían reservar-
se para sí lo necesario, pero como estaba tan habituada a dar y derramar los
bienes terrenos entre los pobres, era intolerable este mandato a la nobleza
de su espíritu, inclinado y ejercitado por toda su larga vida en hacer bien
y socorrer a los necesitados del mundo. Y así los mismos confesores que le
prohibieron este santo ejercicio, tomaron por prudentísimo consejo el rete-
ner en sí lo que podía hacer falta para la conservación de su preciosa vida
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y dejarla en la libertad de dar y disponer de todo lo que Dios le enviase. Y
con esta licencia vivió consolada hasta los últimos periodos de su admira-
ble vida, encargando y explicando su última voluntad de que se repartiesen
todas sus pobres alhajuelas entre los necesitados, porque la encomendasen
a Dios y le sirviesen de alivio sus oraciones en la tierra de la verdad, donde
sólo se aprecian los bienes eternos.
[55] El desprecio y poca estima que hizo esta esclarecida virgen de to-
dos los bienes de este mundo visible era copiosa materia para llenar muchos
capítulos, si se hubieran de tratar como debían las excelencias de esta celes-
tial virtud con los realces que resplandeció en esta sierva de Dios. Apunto
aquí como de paso solamente su pobreza evangélica, por la conexión que
tuvo con los esmeros de su caridad; que el desnudarse por vestir a otros
es fineza y efecto de un grande amor de Dios y del prójimo, y porque el
piadoso lector puede inferir y ponderar en el discurso de su vida lo encum-
brado de esta perfección, notando en todas sus acciones, palabras y pen-
samientos una admirable pobreza de su espíritu, que comenzó a señalarse
desde su niñez y edad tan temprana, que por desproporcionada al uso de la
razón, puede la prudencia humana prudencialmente discurrir que resplan-
deció esta apostólica virtud en nuestra Catarina más como infusa que como
adquirida; porque si consideramos y pesamos las aguas de la gracia que
fertilizaron el espíritu y delicioso paraíso del divino esposo en esta escogida
y dichosísima alma, hallaremos que en su tierna infancia, aun antes de po-
der tener en lo natural conocimiento del bien y del mal, ni discernir entre
lo temporal y lo eterno, se ofreció a la señora santa Ana por esclava de los
esclavos de la más sagrada familia, arrebatada (claro está) de soberanos im-
pulsos y ardientes deseos de dejar su patria, padres, hacienda, reales glorias
y plausibles felicidades humanas, con que la enriqueció la Omnipotencia al
darle su primer ser entre las mayores grandezas del mundo. Omito los otros
ejemplos que tengo ya insinuados en el número 75 del primer libro y en el
discurso de toda esta historia, que demuestran que la desnudez, despego y
aun el aborrecimiento a todas las riquezas terrenas, fue la principal escala
o cruz por donde voló al cielo, como piadosamente creemos, este elevado
espíritu. Verdaderamente desde sus pueriles años se reconoció en muchos
ejemplares casos, que eran para la sierva del Señor basura y estiércol todos
los bienes de la tierra; de que hacia glorioso alarde el apóstol cuando es-
cribió de sí para enseñanza de los filipenses. “Que menospreciaba y tenía
debajo de los pies y como estiércol todas las cosas del mundo, por ganar a
Cristo”. [Apostilla: Epístola a los filipenses 2] Así Catarina se mostró desde
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su infancia despreciadora de los bienes terrenos, ansiosa sólo de los eter-
nos; determinándose desde entonces a vivir sólo a la divina providencia, no
guardando ni previniendo cosa de un día para otro, como lo tengo ya insi-
nuado. Y nótese desde luego este apostólico propósito con admiración de su
inviolable cumplimiento, observándolo por todo el tiempo de su vida. Esta
virtud aun en un san Francisco y san Cayetano la ponderan grande, rara y
prodigiosa los historiadores. Pues, ¿cómo la llamaremos en una niña escla-
va? ¿Cómo la apellidaremos en una princesa del Oriente? Califiquemos por
ahora a Catarina con el nombre de reina celeste en el jardín hermoso de las
virtudes, pues despreciando lo temporal, anhelaba sólo los bienes eternos.
[56] No era esta esclarecida virgen pobre de espíritu por vivir precisa-
mente desnuda de toda afición a los bienes terrenos en que pone el mundo
la felicidad; sino porque, de hecho, los dejó y los estuvo apartando de sí
por todo el tiempo de su vida con los realces de su encendida caridad con
los pobres, y de su perfecto y desnudo amor para con Dios y sus creatu-
ras. Y aunque la desnudez de afecto a todas las cosas de este mundo es lo
sustancial y lo que principalmente se requiere para que el corazón humano
quede desembarazado y dispuesto a darse todo a su creador, como nos lo
enseña el angélico preceptor santo Tomás cuando escribió para nuestra
enseñanza: “Que el dejar con efecto las riquezas y honras del mundo era
medio más eficaz para conseguir fácilmente la afición a los bienes del cielo
y despreciar los de la tierra”; [Apostilla: Santo Tomás, 2, 2, q. 186, artícu-
lo 3] en que consiste la perfección de la pobreza de espíritu tan ensalzada
en los evangelios y tan fácilmente practicada de los apóstoles y de todos
aquellos que en esta miserable vida, quisieren apropiarse por verdaderos
pobres de espíritu el renombre de bienaventurados, con la esperanza de
ser ya suyo el reino de los cielos, como se lo prometió y aseguró el Señor
con el testimonio de su evangelista san Mateo. Pero es tan difícil alcanzar
la perfección de esta virtud entre las riquezas y pomposas vanidades del
mundo, que el mismo Cristo aun hablando de la salvación, dijo: “Era más
fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el
cielo”.32 Porque para lo primero basta la voluntad de Dios solamente; mas
para salvarse un poderoso, después de la voluntad de Dios es necesaria la
del rico y que haga éste sus diligencias, y son éstas en los poderosos tan
arduas, que dificultan la salvación.
32 Mateo 19, 16.
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Y mucho más el salvarse con perfección, pues para salvarse un rico sólo
se requiere el que use bien de sus riquezas y que guarde los mandamientos
de la ley de Dios; mas para ser perfecto es necesario que el corazón no
esté asido ni pegado a esos bienes terrenos. Y esto no es imposible, pues
lo vemos practicado de muchos santos del viejo y nuevo testamento, que
observaron lo que nos enseña David en sus salmos: “Si tuvieres riquezas,
mirad no se os pegue el corazón a ellas”. [Apostilla: Salmos 16] Pero se ve
esto tan raras veces en el mundo y se mira como cosa tan ardua y dificultosa,
que dice el doctor ángel santo Tomás: “Ser como el hallarse un hombre que
corte y despedace un pie o brazo de un cuerpo; porque esta acción duele
y se siente mucho”. Puede servir de prueba lo que le sucedió al otro man-
cebo del evangelio, que no contentándose con haber guardado desde niño
los mandamientos, deseo seguir el camino de la perfección; a quien dijo el
Señor: “Que si quería ser perfecto, vendiese todo lo que tenía y lo diese a
los pobres”. Y con esta respuesta, dice el evangelista: “Que se entristeció
y apartó del divino maestro. Y que el haberse ido triste y melancólico fue
porque tenía muchas posesiones y le llegaba al alma el dejarlas y repartirlas
entre los pobres, por seguir a Cristo”. [Apostilla: Mateo 19] De donde se
puede inferir que es más fácil y suave la observancia de la ley que dejar la
hacienda, supuesto que este mancebo, guardando todos los mandamientos,
no tuvo pecho ni valor para apartar de sí los bienes de la tierra, y le faltó
el caudal para edificar la torre de la perfección evangélica que ponderamos
y veneramos en Catarina, que se desnudaba todos los días por vestir y sus-
tentar a los pobres.
[57] Ya tengo escrito cómo en su persona profesó la venerable sierva
de Dios en extremo la pobreza; porque su vestido y calzado no había de
ser sino viejo, raído, y de lo más basto que en su traje podía ser, repartien-
do entre los necesitados todo lo nuevo y lustroso con que la socorrían sus
bienhechores. Su aposentillo era como el de la más pobre; aunque limpio y
aseado. No tuvo ni quiso tener silla alta, sino sólo dos pequeñas de madera
para su confesor y compañero. Los candeleros eran de barro; la cama una
tarima o tabla; las sábanas, que tenía para el tiempo de las enfermedades
y de que usaba también en el tiempo de su ancianidad por consejo de los
confesores, eran de manta basta de algodón, que son de las que se vale la
gente más humilde y desdichada. En tiempo de salud, los silicios le servían
de colchón, sábanas y camisa. Las imágenes con que adornaba su pobre
albergue para incentivo de su devoción fueron también de las ordinarias; y
tan antiguas, que conservó hasta su muerte las que trajo del Oriente. Todo
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olía a santidad, porque en todo resplandecía su grande pobreza; pues así
como los ricos anhelan a tener más, anhelaba la sierva del Señor a tener
menos y aun a no poseer cosa de este mundo, que como monstruo, se com-
pone de aquellas tres cabezas que dijo el apóstol san Juan: “Concupiscencia
de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”, [Apostilla:
Primera epístola de Juan 2] a que se reduce todo cuanto el hombre ama,
pues en la abundancia de deleites, riquezas y honras pone su felicidad y
califica el colmo de la dicha mundana cuando todas tres líneas de bienes se
juntan en un sujeto; y aun es tanto el aprecio que de ellos hacen las creatu-
ras, que con sólo que consigan una línea de estas tres, se tienen por felices
y no caben en sí mismas. Se buscan las riquezas con grande ansia como
medios para conseguir lo deleitable y honroso; por estos bienes se beben
los vientos, se trasiegan los mares, se atraviesan los reinos y provincias; se
minan los profundos de la tierra y se penetran los términos del mundo. Del
ansia de estos bienes se originan las guerras, las enemistades, las discordias
y las matanzas de los hombres. Estas tinieblas en que vivían los mortales,
manifestaba repetidas veces el Señor a su sierva, mostrándole con admira-
ble claridad y evidencia la poquedad y miseria de todos los bienes terrenos
y cuán dignos eran de desprecio y aborrecimiento. De desprecio por viles;
de aborrecimiento por dañosos. De estos conocimientos que le comunicaba
nuestro creador, ya envueltos en visiones admirables, ya con palabras de su
boca llenas de sabiduría eterna, y otras veces con símiles y comparaciones
ajustadas, se originaba en Catarina una admiración profundísima de ver
que hombres capaces de bienes eternos y divinos por cosas tan apocadas
perdiesen tesoros tan grandes. Y como tenía tan entrañado en su corazón
el amor de los prójimos, comprados con la sangre de su amado, avivaba el
clamor pidiendo luz para todos y medios para remedio de sus necesidades,
porque la necesidad y la codicia no fuesen la causa de su perdición.
2. De su grande caridad con los enfermos y cómo con enfermedades propias
curaba las ajenas
[58] La solicitud con que cuidaba Catarina remediar las enfermedades de
los prójimos, no es fácil hallar palabras para decirla ni comparaciones para
explicarla; porque su ardiente caridad la subió no solamente a la alteza de
aquel estado, en que decía el apóstol: “¿Qué hombre hay que adolezca, que
no enferme yo con él?”; [Apostilla: Segunda epístola a los corintios 11] sino
que ella enfermaba porque no hubiese enfermos en la ciudad, en el reino,
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ni en todo el mundo. De dos modos y por dos como caminos y medios
conseguía la sierva de Dios la sanidad de los enfermos: el primero era con
el ejemplo de san Pablo, penar y padecer espiritualmente por sentimiento
compasivo las enfermedades de todos; porque adolecía de enfermedades
ajenas de suerte, que sintiendo cada uno las suyas, ella padecía las de todos;
pues viviendo en todos por amor, adolecía en todos por sentimiento. Y este
dolor la obligaba a clamorear continuamente a la infinita misericordia por
el alivio, consuelo y salud de los hombres, y a asistirlos con regalos y la per-
sonal asistencia siempre cuando la obediencia se lo permitía. El otro modo
con que conseguía la salud de los enfermos era a la imitación de nuestro
redentor, de quien dice el profeta Isaías: “Que sus dolores y enfermedades
fueron nuestra medicina, nuestro remedio y salud”. [Apostilla: Isaías 53]
Con este ejemplo supo Catarina curar a los dolientes con enfermedades
propias, adoleciendo en el cuerpo por enfermedades verdaderas; porque su
caridad vivía tan ardiente en el alma, que no cabiendo en ella se dilataba y
comunicaba al cuerpo y la hacía enfermar, y aun parecía beneficencia del
cielo el que no la hiciese morir la dolencia de sus prójimos; supuesto que
era lo mismo curar enfermedades ajenas que padecerlas, o lo mismo era
padecerlas en sí que curarlas en los otros; y como éstas eran mortales, la
ponían a ella por instantes en punto y ansias de muerte. Ya están escritos en
la historia algunos casos ejemplares, como el que pusimos en el número 261
del segundo libro, que prueban los excesos de caridad en esta esclarecida
virgen para con los enfermos, y en este parágrafo amontonaremos otros.
[59] Era naturalmente compasiva y se extendía su caridad aun a los
animales, en tanto grado, que apenas podía ver y sufrir que los maltratasen.
Y por esto salía luego a defenderlos y aun a curarlos cuando los dejaban
heridos, con tal amor y compasión, que ya los de su casa, por no atormen-
tarla, se escondían de ella; y para castigar a los perros, los sacaban fuera de
la habitación de Catarina y desahogaban su furor y rabia en estos animales,
consolándose que por la distancia no podían ofender con sus aullidos las-
timeros los oídos de la sierva de Dios. Esta natural compasión parece que
acreditó el Señor con los prodigios. Trataron de matar los sirvientes de su
casa a un perrito que la guardaba, porque debía de ser molesto y ofensivo.
Y para conseguirlo, lo sacaron por engaño fuera de la ciudad, donde le des-
hicieron la cabeza a palos y pedradas hasta ver derramados por el suelo los
sesos, y ya sin ojos ni organización del cuerpo, lo arrojaron en un muladar,
como muerto. Lo echó de menos la sierva de Dios, y sospechando no sé por
qué motivo el suceso y desgracia del perrillo, se volvió compasiva al Señor
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y le dijo que cómo permitía la ruina de las creaturas que había creado para
el servicio y conveniencia del hombre. Y pidiendo e instando por espacio
de ocho días a la divina majestad, que si estaba herido y maltratado se lo
trajese para curarlo, al fin de ellos se le entró por las puertas el perrito vivo
y sano, aunque con las señales del destrozo cruel que se había hecho en su
cuerpo. Otro día vio en la calle a un perrito dividido el cuerpo a la violencia
de una rueda de carreta, que le dejó al parecer sólo la unión del pellejo. Se
compadeció e hizo que lo metiesen en casa, y fajándolo como si fuera crea-
tura racional, lo cargó y puso en un rincón de su aposentillo, suplicando a
su creador lo sanase para que sirviese a las creaturas racionales, que era el
fin para que le había dado ser. Con esta suplica vio Catarina, con admira-
ción y consuelo de su alma, que se levantó el perrillo bueno y sano. Crecía
en esta esclarecida virgen al ver y tocar con las manos estos prodigios, la fe
y confianza en Dios para pedirle y conseguir de su infinita clemencia otras
mayores maravillas en bien y provecho de los hombres, alabándole y glo-
rificándole por la común y puntual providencia con que cuidaba de todas
sus creaturas, sin negarse a la necesidad de los animales. Por este fin y con
este ejemplar de su creador, procuraba esta caritativa virgen hacer bien a
todos los demás brutos; sólo a los gatos y tigres tuvo cuando niña alguna
antipatía por ser, como ella decía, feroces y crueles. Y en una ocasión que
vio dos gatos asidos y rabiosamente enfurecidos despedazarse, le dijo a
Dios llevada de su natural compasivo: “¿Para qué y por qué, Señor, creaste
animales tan rabiosos?” Y su Majestad, con alguna seriedad, le respondió:
“Que para el servicio del hombre”. Y con esta respuesta quedó la sierva de
Dios por una parte avergonzada y arrepentida del desordenado, aunque
compasivo afecto, que la obligó a prorrumpir en la insinuada pregunta; y
por otra parte, enseñada y agradecida al especial amor con que mira el Se-
ñor por los hombres, pues habiéndoles creado para sí, creó todas las demás
cosas para el servicio del hombre, porque éste se emplease todo en servir y
amar al que le había creado.
[60] Quien era tan compasiva con los brutos, no podía dejar de ser
muy caritativa con los racionales. Servía a los enfermos con piedad de amo-
rosa madre y con la puntualidad de una buena esclava, que no se apartaba
de la cabecera del doliente ni fiaba de otro la aplicación de las medicinas.
De día y de noche la hallaban presente los quejidos y lamentaciones de los
enfermos y templaba sus dolencias con palabras y con remedios, aliviando
sus dolores y curando sus llagas. Advirtió un día que se quejaba mucho un
negrito, a quien asistía y cuidaba al tiempo de la curación de una mortal
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herida que le dieron en la cabeza, y lastimándose compadecida la sierva de
Dios de la congojosa aflicción de su enfermo, persuadida a que sus lamentos
eran ocasionados de lo pesado de sus manos y de la aspereza de los lienzos
con que limpiaba lo asqueroso de la llaga por donde se le descubrían los
sesos; se arrojó impelida de su caridad ardiente a limpiarle la podre con su
propia lengua. Esta acción causó en Catarina tal asco, que se vio en punto
de lanzar las entrañas. Y viéndola el Señor atribulada, le dijo: “¿De eso
tienes asco? Repite la acción, hija, porque me agrada mucho la valentía de
tu caridad”. Con sólo estas palabras repitió la sierva de Dios la acción, y
habiendo vencido las repugnancias que la acobardaban, consiguió la salud
del enfermo y mereció oír de la boca de su dios que por sólo aquella carita-
tiva obra le había de dar tanta gloria, cuanta mereciera el afligido doliente.
Sólo con llegarse a ella los enfermos cobraban la salud que les faltaba y a
Catarina se le pegaban sus males. Como se reconoció con alguna publici-
dad el año de 1678, en ocasión que llegando a comulgar, se encontró con
una mujer que padecía un temblor penoso en todo su cuerpo; a ésta cogió
del brazo para ayudarla a que se hincase en la reja de la comunión y luego
comenzó a sentir en sí la sierva de Dios el violento accidente de la enferma,
con tanta intención y dolores, que con mucha dificultad pudo recibir al
Señor, y encendiéndose luego en calentura, fue necesario llevarla en brazos
a su casa, donde estuvo padeciendo muchos días, en los cuales vivió muy
aliviada la afligida doliente. En otra ocasión siendo su casero el doctor Flo-
res, se halló éste con un grande, agudo y violento dolor de cabeza. Y por
el concepto que tenía de las virtudes de la sierva de Dios, la hizo llamar y
le rogó le apretase con sus manos la cabeza. Lo hizo Catarina rezando al
mismo tiempo un avemaría e instantáneamente cesó el dolor del afligido,
que atribuyó esta beneficencia a la virtud de esta esclarecida virgen y ella
solamente a la intercesión de la madre de Dios.
[61] Así como se pegaban los males ajenos a la caridad de esta sierva
del Señor con el contacto sólo de sus manos, se pasaban también a ella los
achaques de los enfermos con el contacto de sus vestidos. Lo oí ponderar a
algunos de sus confesores, que andaban dando sus silicios y mantos viejos
para curar a otros en los cuerpos y en las almas. Yo nunca lo experimenté,
porque nunca quise usar de semejantes medios. De lo que me valía para el
bien del mundo era de la eficacia de sus oraciones; con éstas tuve multipli-
cadas experiencias de los prodigios que obraba Dios por la intercesión de
su sierva, y puedo asegurar con estas mismas experiencias que dejaban las
enfermedades ajenas a las personas que las padecían y se pasaban al cuer-
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po de esta caritativa virgen; porque parece le había concedido Dios virtud
para curar mereciendo y sanar padeciendo. ¿Qué enfermedades, qué penas y
males se vieron en la ciudad de Puebla y en todo el mundo, de que no parti-
cipase nuestra Catarina? Por este fin la llevaba el Señor en espíritu por todo
el mundo y la hacía presente a las cabeceras de los enfermos, a las prisiones
de los encarcelados, al lugar del suplicio de los condenados a muerte, a las
aflicciones y sentimientos particulares que suelen ser más que los públicos;
y finalmente, era bienhechora común y el alivio y remedio de todas las
necesidades del universo. Del sufrimiento en sus enfermedades hacia mere-
cimiento para la salud ajena; ofrecía su delicado cuerpo a los dolores por-
que sanasen a los otros y su vida porque no muriesen. Adolecía finalmente
para que sanasen y padeció muchas veces los accidentes de muerte porque
viviesen, porque la paciencia en sus dolores era remedio y medicina de los
ajenos. Y así, lo mismo era querer curar que querer padecer; y lo mismo
era padecer en sí las enfermedades de las demás creaturas que curarlas en
ellas. Remito al piadoso lector a los parágrafos y capítulos siguientes, don-
de hallará mayores testimonios de la grandeza de caridad que comunicó el
Altísimo a esta creatura.
3. Del celo que tuvo de las almas y lo que padeció por ellas
[62] La caridad bien ordenada atiende con mayor solicitud y cuidado a la
salud de las almas que al bien de los cuerpos. Y en nuestra Catarina fue
crecidísimo el ardiente celo de la salvación del mundo, causado del intenso
amor que tenía a su dios, del conocimiento de la eternidad, de la gravedad
del pecado, de los males inexplicables que padecían los condenados en el
infierno, y del colmo de gloria que tenía el supremo juez prevenida para
sus escogidos por los merecimientos de su sagrada pasión y muerte. Con
estos motivos y otros que insinué en el capítulo 20 del segundo libro, y los
que con alguna especialidad y extensión se leerán en éste y en los siguientes
capítulos; se aumentó tanto el ardiente deseo de la salvación de los pró-
jimos, que la obligaba a andar continuamente suspirando y clamando al
cielo porque todos se salvasen y ninguno ofendiese a su creador y amado
redentor. Estas ansias de que se salvasen los hombres y este deseo de caridad
encendida era tan del agrado de Dios, que por instantes se veía arrebatado
su espíritu en las alas del divino amor y era llevado por todo el universo,
de manera que penetrando las casas, las ciudades y reinos, sin que se exi-
miesen de su registro las monarquías de los turcos y herejes, ni las incultas
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selvas que poblaba el gentilismo, reconocía la necesidad de las almas. Y
como si cada una de los otros vivientes fuese la suya, se la pedía al divino
poder, clamando e individuando los medios de que necesitaban todas las
creaturas, instando con preciosas lágrimas por contrición para los unos;
por conocimiento y luz para los otros; por el bautismo para los gentiles.
Conseguía las divinas misericordias poniendo los ojos no en otra cosa que
en el soberano rescate y en las sacratísimas llagas de su divino amante. En
estos merecimientos se sustentaba toda su confianza, y en cuanto le era
posible se ofrecía a la satisfacción, resignándose en la voluntad del Señor
para padecer y sufrir cuanto debieran sufrir y padecer todas las creaturas
del universo. Por estos tan intensos como fervorosos actos de caridad le
concedió la infinita misericordia la salvación de tantas, que dudo pueda leer
el piadoso lector sin admiración y asombroso, el número de los pobladores
de la celestial corte que debe el empíreo a la caridad e intercesión de esta
escogida y prodigiosa creatura. Con manifestarle Dios estas singulares y
multiplicadas beneficencias, se templaba la sed de la salvación de las almas
que abrasaba el corazón de Catarina y se refrigeraba la sed que manifestó
Jesús en el brocal del pozo de la Samaritana; y la de nuestra redención, que
significó al verse crucificado en un afrentoso madero por nuestro amor. Y
en esto mostró la sierva de Dios ser hija verdadera de Cristo y engendrada
entre sus inexplicables dolores, imitándole y siguiendo su doctrina y ejem-
plo con una caridad tan compasiva como paciente.
[63] Estas ansias de la salvación de las almas manifestó el Señor con
muchas y misteriosas visiones. Una de ellas fue la que tuvo Catarina un día
de cuarenta horas, en que se le representó su divino Adonis33 crucificado so-
bre una espaciosa fuente de sangre, rodeada y cercada de muchos celestiales
espíritus que con solicitud y vigilancia cuidaban no se derramase ni desper-
diciase una sola gota de aquel precioso licor. Y con esta visión se halló la
sierva de Dios tan abrasada en un ardiente celo del bien de las almas, que
sin poder reprimirse y como fuera de sí por el bochorno que le causaba el
incendio de amor y caridad que hervía en su pecho, comenzó a dar voces,
llena toda de esperanzas, como otro santo rey David, [Apostilla: Salmos
68] llamando y convocando a todos los hijos de Adán para que bebiesen
y se bañasen en aquella saludable y deliciosa fuente. Y reconociendo que
33 Personaje de la mitología griega, cuya belleza era tal, que la misma Afrodita se enamoró fre-
néticamente de él. En consecuencia, “adonis” se emplea como adjetivo para caracterizar a un hombre
de suma belleza.
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llegaban pocos a gozar de aquel soberano convite, pidió a su divino aman-
te le diese licencia para recoger mucha de aquella preciosa sangre e ir a
esparcirla y derramarla por el universo. El Señor le concedió la licencia,
diciéndole: “Ve, hija, a repartirla y derramarla por todo el mundo, que mi
santísima madre irá contigo y lograrán muchos la gracia que pierden los
de esta ciudad, donde por tus oraciones me muestro liberal y propicio”.
Al oír estas palabras, le pareció era arrebatado su espíritu, y que asistida
de la santísima Virgen, corría todo el mundo rociando y vivificando a to-
das las creaturas con la sangre de su querido esposo. En otra ocasión, que
arrebatada de su encendida caridad rogaba por el bien del mundo a nuestro
creador, se le volvió a representar otra fuente de leche que servía de peana a
Cristo crucificado. Y advirtió en medio de este soberano arrobamiento que
el mismo Señor llamaba y convidaba a todas sus creaturas para que llegasen
a bañarse y beber de aquel precioso y delicioso licor, a cuyo ejemplo esta
caritativa virgen, pareciéndole que eran muy pocos los que correspondían
agradecidos a la vocación de su redentor, empezó a gritar hasta enronque-
cerse y llamar a todos los vivientes para que no perdiesen la ocasión de
admitir y aumentar la gracia a que los convidaba su creador. Pero a unas y
otras veces dijo la sierva de Dios, que se resistían las creaturas, excusándose
unos y despreciándolas otros. Y que por esta razón le parecía se había lo-
grado este misterioso convite en el gentilismo; porque le había mostrado el
Señor muchos hombres y mujeres; todos, aunque blancos, muy feos, que no
llevaban otra cruz que las de sus espadas. Y preguntándoles de dónde eran
y adónde iban, le respondieron a lo primero nombrándole la tierra y reino
de donde salían; y aunque la sierva de Dios no se acordó del nombre para
decirle a su confesor, añadió que era la tierra y patria de uno de los profetas
que frecuentemente nombraban nuestros predicadores en los púlpitos. A lo
segundo, le respondieron iban llevados de la voluntad de Dios a buscar y
pedir el bautismo; y alegrándose la caritativa virgen con esta tan deseada
nueva, comenzó a ponderar cuán numeroso era el gentío y cuánto se había
aumentado en su corazón la gustosa sed de la salvación de las almas, aun-
que mezclada con las hieles y acíbares de que los cristianos se excusasen
de los abundantes convites de la divina gracia. Con semejantes visiones le
manifestó el Señor cuán pronto estaba su absoluto poder y su inmensa mise-
ricordia para fertilizar la iglesia militante por medio de los santos sacramen-
tos, si sus fieles se dispusiesen para recibirlos, ya con estanques de cristalinas
aguas, ya con pilas y pozos de leche y sangre que salían como de manantial
inagotable de sus sacratísimas llagas. Y entre todas las visiones sobresalió
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una que tuvo de Cristo crucificado sobre una fuente, pila o estanque, donde
se le representó con innumerables rayos de resplandeciente luz que salían
del divino cuerpo del Señor y herían los corazones de todos los hombres; de
los cuales, unos se rendían a la eficacia de las divinas inspiraciones, otros
se resistían a sus soberanos auxilios; en que parece se le manifestó cómo se
debe atribuir la predestinación a los tesoros de la gracia y la reprobación a
las culpas de los hijos de los hombres.
[64] Con estas visiones y favores del cielo crecían y se aumentaban
los deseos y ansias de la salvación del mundo en Catarina, de suerte que ya
como con un rápido movimiento y natural inclinación, apetecía y clamaba
por trabajos, penas y martirios para satisfacer a la divina justicia y favore-
cer a las creaturas, procurando imitar a su divino amante, a quien brindó el
eterno padre con cálices de amarguras. Y cuanto mayores eran las copas se
avivaba más la sed del Señor, que es lo que dijo el real profeta: “Mis enemi-
gos me llenaban las medidas, y cuanto eran éstas más desmedidas, ganaba
yo tierra en la sed y cada día las deseaba mayores; porque unos trabajos
eran empeños de otros”. [Apostilla: Salmos 61] Las copas con que le brindó
su eterno padre desde niño eran cálices de buen tamaño; pero respecto de
los que bebió siendo mayor, fueron los primeros pequeños. Entonces fueron
las copas mayores cuando fue mayor su desnudez, cuando las injurias más
desmedidas y cuando más mortales sus agonías. Así esta sierva del Señor,
metida en el incendio de su abrasada caridad, se encendía en una sed in-
saciable de mayores tormentos cuando se veía más ahogada entre ansias y
congojas de muerte. En los convites de la Antigüedad era estilo que el que
mejor había mantenido los desafíos del brindis fuese coronado su cáliz por
haber hecho en él la razón, en testimonio de que merecía ser coronado con
la corona de mantenedor, como lo notó Tertuliano. [Apostilla: Tertuliano,
De ressurrectione carnis, 16] Y esto mismo parece que quiso dar a entender
la divina y suprema majestad, representándosele muchas veces al oír misa,
el cáliz que levantaba el sacerdote para la debida adoración del pueblo, con
una cadenilla de oro en forma de corona que hermoseaba la parte superior
de la copa, con que la convidaba a su imitación para nuevas batallas y mar-
tirios. Con semejantes jeroglíficos le brindaba Dios su cáliz y ella le cogía
en las manos. Abría la boca de su resignada voluntad y se echaba a pechos
sin dejar una gota, diciendo con el profeta rey: “Si tú quieres, Señor, venga
ese saludable cáliz y otros muchos”; [Apostilla: Salmos 115] e invocando
el santo nombre de Jesús, se bebía un vaso de veneno, otro de agonías y
otro de tormentos, sin que dejase jamás de aceptar estos brindis o desafíos;
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porque aunque tal vez la naturaleza con cobardías mostraba su flaqueza,
prevalecía el conformarse con la voluntad de Dios y el bien y la salvación
del mundo.
[65] En otras ocasiones, manifestó el cielo a esta sierva de Dios sus
crecidas ansias de padecer por los hombres con el ejemplo de Cristo, porque
en el año de 1677, saliendo un día de su casa después de una gravísima en-
fermedad, entró en la iglesia, y al coger el agua bendita, acordándose de los
que estaban enterrados en aquel templo, ofreció al Señor su vida y el derra-
mar toda su sangre, con que se apagase el fuego abrasador del purgatorio
y se perdonasen los pecados de todas las creaturas del universo. A estos ca-
ritativos deseos respondió el supremo juez de vivos y muertos, disponiendo
que se le partiese en uno de los brazos la vena que llaman de todo el cuerpo.
Y con el sentimiento de la herida se volvió a su casa, donde registrando el
brazo las personas que la asistían, reconocieron con admiración la vena
dividida sin que saliese gota de sangre, en que prudencialmente se puede
discurrir quiso dar Dios a entender los ardientes deseos de la caridad de
su sierva y el que no tenía ya más sangre qué derramar por los hijos de los
hombres; porque la que quedaba era solamente la necesaria para la conserva-
ción de la vida de esta bienhechora común. En otra enfermedad la mandaron
sangrar los médicos, y habiendo herido el barbero la vena, no salió gota de
sangre. Y asustado con intención de herirla en el otro brazo, aplicó el cabe-
zal a la primera herida para asegurarla; pero con esta aplicación salió una
sola gota de sangre que se imprimió en forma de perfecta cruz en el pañito
que guardaron las mujeres asistentes por hazañeras34 o por parecerles cosa
misteriosa; y con sus alharacas creció en el barbero el susto y la admiración,
de manera que no se atrevió a partir la otra vena. Y el efecto mostró que no
era necesaria la sangría para conseguir la salud; lo demás que pudo haber
de misterio lo dejo a la consideración del piadoso lector, que puede piado-
samente carearlo con el caso antecedente.
[66] Estos mismos deseos de favorecer a todas las creaturas de su dios,
le significó y explicó su Majestad en la ocasión que, atribulada y apurada
con indecibles penas interiores y exteriores, clamó y pidió misericordia a la
inmensa clemencia de su redentor, diciéndole: “¿Cómo vivo, Señor, entre
tantos martirios, cuando otros con uno solo de estos males logran la dicha
de gozarte en tu celestial corte?” A las cuales voces de esta su querida esposa,
34 Exageración en la expresión de temor o sorpresa.
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respondió luego el divino amante, haciendo poner ante sus ojos dos bra-
ceros: uno con muy poca lumbre y que con una garúa35 o rocío pequeño
se apagó; otro con tan encendido y fuerte fuego, que se resistía a muchos
y recios aguaceros. Y en la confusión que le causó esta visión, oyó que le
decían (sin saber quién): “Cuando el amor de Dios y del prójimo es grande,
más se aviva que se apaga con las tribulaciones y tormentos. Tu alma se
simboliza en ese segundo brasero, que se enciende con las baterías de sus
contrarios, y tu vida corre por cuenta de mi omnipotencia, que quiere valer-
se de ella para el bien de sus creaturas”. Finalmente, al cielo debía nuestra
Catarina con especialidad el conocimiento de todas las verdades católicas e
inteligencias de los sagrados misterios de nuestra santa fe; al cielo debía la
luz con que caminaba entre abrojos y punzantes espinas de las oscuridades,
desamparos y amarguras que atormentaban y lastimaban sus potencias y
sentidos; al cielo debía el saber agradecer las celestes beneficencias y el su-
bir a la perfección por enseñanza del mismo Dios, con poca ayuda de los
hombres. Por este camino extraordinario subió el Señor a su sierva, porque
quiso hacerle esta gracia singular para recrearse en ella, guiándola en el
ejercicio de las virtudes hasta colocarla en una tan empinada cumbre de
perfección, que dejando muchas veces el Señor a su elección el padecer o el
gozar, ella escogió siempre el penar por el mundo y por el purgatorio, que es
una de las finezas del más abrasado amor dilatar la posesión de una eterna
gloria por padecer para que otros la gozasen. En otras ocasiones desechó
los regalos que le franqueaba liberal el cielo por perseverar en sus penas y
amarguras, retirándose de la presencia de Cristo glorioso por acompañarle
crucificado, y dilatando la corona por más servir y merecerla. Otras veces
que le confortó la infinita misericordia con dones y soberanas mercedes
para templar sus naturales y mortales desfallecimientos, le respondió como
fina amante de Dios y del bien del mundo: “Deja esos regalos, Señor, para
las almas escogidas que saben amarte y servirte, que yo soy una pecadora;
y para los pecadores se hicieron las penas, lágrimas y tormentos”. A estos
actos de caridad correspondía el cielo aumentando en Catarina los dones
de la gracia, inflamando con nuevos incendios su caridad y alargándole con
muchas fuerzas la vida, para que mereciese para sí y para otros muchas
coronas y resplandeciesen los realces de su encendido amor.
35 Llovizna.
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4. De algunos efectos de su caridad y cómo Dios la hizo bienhechora co-
mún del mundo y despensera de su preciosa sangre
[67] En los casos particulares que se leerán en toda la historia, se reconocen
los maravillosos efectos de la caridad que ardía y hervía en el corazón de
esta sierva de Dios, y lo significó y manifestó el Señor al mundo con varias
y multiplicadas visiones y jeroglíficos. Y por estos mismos motivos y en este
sentido, parece que le dio el Señor el honroso título y glorioso renombre de
despensera de su preciosa sangre y bienhechora común del universo; porque
al verla padecer y penar constante por el bien de las creaturas, le solía decir
muchas veces: “Pide y clama, Catarina. ¿Para qué tienes atadas las manos y
ociosas las llaves de mis tesoros? Saca sangre de mis llagas y espárcela por el
mundo, pues te he hecho despensera de mi sangre”. Consta de muchos ca-
sos de la historia que recogía espiritualmente la sierva de Dios abundancia
de la sangre de su divino esposo para bañarse con ella y para derramarla y
esparcirla por todo el mundo, porque se templasen los ardientes deseos en
que se abrasaba de que ninguno se condenase y todos se salvasen, buscasen
y amasen a su creador y redentor. Al cual afecto correspondía el mismo
Señor arrebatando su espíritu y llevándolo por todo el universo, con tal
viveza de una soberana representación y con tal eficacia de las oraciones de
su sierva y de la aplicación de los merecimientos e infinito valor de la sangre
de nuestro redentor, que corriendo o volando su alma sobre todas las cua-
tro partes del mundo, se le representaba que iba rociando con el precioso
licor de la redención a todos los vivientes, reconociendo su entendimiento
maravillosos efectos en todas las creaturas; porque al ver caer cada gota pe-
queña de la sangre de Cristo sobre un gentil, le oía luego pedir el bautismo;
si tocaba a un mal cristiano, veía que se arrepentía; y si a un justo, que de
bueno se mudaba en mejor. Hasta los campos se le representaban como que
se reían, que se alegraban las flores y que reverdecían las plantas con esta
preciosa garúa y rocío celestial y divino. Pero aunque la sangre del Señor
era el precio y el poder con que se obraban estos prodigios y maravillas que
se le manifestaban a la sierva de Dios para que se templase la crecida sed de
la salvación del mundo que la afligía; cooperaba también ella con sus obras,
clamando y padeciendo por los vivos y por los difuntos indecibles dolores,
ardores y congojosas ansias de muerte, hasta llegar a quejarse y lamentar-
se con su divino amante cuando le faltaban las fuerzas, la respiración y el
aliento. Y entonces solía responderle el Señor: “¿No pides, no ruegas, no
clamas, no te ofreces a padecer porque se salven los hombres? Pues sufre y
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revienta porque ellos no se condenen; que más padecí yo para redimirlos”.
A estas voces replicaba Catarina: “Tú, Señor, eres gigante en las fuerzas y el
poder; mas yo aunque quiero no puedo. Dame valor y fortaleza para imi-
tarte y verás cómo corro en pos de ti hasta la muerte”. Con estas valentías
del alma se mostraba Dios poderoso entre los desfallecimientos de la flaca
naturaleza, y le comunicaba con su divino querer tanto aliento, que volvía
a pedir penas y más penas porque no se condenasen las creaturas; y al paso
que eran sus peticiones repetidas y como continuas, lo eran también sus
congojas y tribulaciones. En estas católicas luchas se le representaba el re-
dentor del mundo muchas veces visible y se abrazaba y unía estrechamente
con su espíritu, llenándole de gozos y alegrías. Y de esta misteriosa unión
parece que resultaban los vuelos y los prodigios que reconocía obraba la
sangre del Señor en el mundo.
[68] En primeros del año de 1674, dijo a uno de sus confesores que ha-
bía corrido el mundo con repetidos vuelos de su espíritu en aquellos días y
noches. Y el confesor, por oír de su boca el modo y la inteligencia que tenía
la sierva de Dios de estas extraordinarias operaciones de su alma auxiliada
del divino poder (o por otro motivo), le dijo: “Eso de volar, Catarina, no es
cosa muy singular; porque, según dicen, también lo saben hacer las brujas”.
A las cuales palabras respondió Catarina: “Yo soy bestia e ignorante y nun-
ca he tratado con brujas. Tú eres docto y sabio y podrás calificar o censurar
sus acciones. Lo que te aseguro es que creo en Dios y todo lo que nos enseña
la santa Iglesia católica, así como me lo explican mis confesores, a quienes
procuro obedecer en todo y darles entera y perfecta cuenta de mi concien-
cia, para que me enseñen el verdadero camino de la ley de Cristo. Si ellos se
engañan o me engañan, darán cuenta al supremo juez de mis hierros, que a
mí me salvarán mi buena intención y el obedecerlos en lo que no conozco
ser culpa. Y para satisfacer a tu deseo, digo que no tengo otra inteligencia
de mis brujerías o vuelos que el parecerme cuando el cuerpo está impedi-
do, baldado y aun dormido, que el alma se vale de sus propias potencias,
memoria, entendimiento y voluntad para conseguir sus deseos; y se va por
tierras y mares registrando todo lo que hay y lo que sucede en el mundo. Y
en estas mis correrías, si no quieres que las llame vuelos, reconozco que voy
acompañada de mi ángel de la guarda; del glorioso arcángel san Miguel;
de mi madre y señora, la virgen María; y de mi amado Jesús; a quien veo
algunas veces a mi lado y otras sobre uno de mis hombros, con cuya sangre
me parece que voy rociando todas las tierras con una como garúa o copioso
rocío, suplicando juntamente al Señor caiga en buena tierra este precioso
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licor que recojo algunas veces de su sagrado costado; otras de una de sus
llagas; otras de la que se derramó en el huerto en casa de Pilatos, en la calle
de la amargura o al pie de la cruz. Y en algunas ocasiones, me la ha dejado
el Señor en mi regazo cuando se recuesta en él, herido y llagado, por el mal-
tratamiento que experimenta entre los hijos de los hombres. Y finalmente,
otras veces me manda desde las cruces en que le adoro crucificado por
nuestro amor, que abra una de las fuentes de la redención del mundo con
las llaves que me había fiado; y yo obediente a su voz, me acojo a una de
sus milagrosas imágenes y en ellas le pido me dé algunas gotas de su precio-
sísima sangre para esparcirla por todo el mundo. Y es tan liberal su infinita
misericordia, que se halla mi espíritu lleno y cargado de ella; y con la com-
pañía que tengo ya insinuada, vuelo por el mundo, rodeando y penetrando
todas sus tierras y mares. Y rociando con ella al universo, me parece que
voy fertilizando los campos, sanando a los enfermos, convirtiendo pecado-
res, reduciendo infieles y herejes, y sacando ánimas del purgatorio. En estos
caminos y correrías espirituales o imaginarias, suelo sentir la asistencia de
mis confesores. Y un día de estos me saliste tú al encuentro, y entrándote
de rondón36 por el camino en que yo iba gustosamente entretenida y acom-
pañada de mi madre y señora la virgen María, dijiste: ‘Acá estamos todos’;
y mirando con veneración a la Señora, le rendiste con agradecimiento las
debidas gracias por las mercedes que me hacía. Esto es lo que yo entiendo.
Examina tú con ciencia, experiencia y con hojear los libros, si estas son o no
son brujerías.” Ya tengo escrito en el número 227 del segundo libro cómo
se deben entender los vuelos, caminos y sendas ocultas de los espíritus, para
que los piadosos lectores no hierren en semejantes leyendas.
[69] En otra ocasión le entregó el Señor tres llaves, tan misteriosas,
que Catarina ni sus confesores se atrevieron a explicar con seguridad su
significación. Algunos discurrían que eran representación de los tres grados
o caminos por donde subió Dios a esta escogidísima alma a la alta cumbre
de la perfección, y son los que llaman los místicos: vía purgativa, ilumina-
tiva y unitiva. Y puede ser fuese esto así y que no hubiese otro misterio en
la significación de estas llaves; porque desde que llegó a unirse en estrechos
lazos de amor con su dios, se le desapareció una, conservando a su vista y
en su poder, todo el resto de su vida, las otras dos llaves o vías, iluminativa
36 Entrar de repente y con familiaridad, sin llamar a la puerta, dar aviso, tener licencia ni espe-
rar a ser llamado.
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y unitiva. Pero aun podemos discurrirlas como más misteriosas por el po-
der que comunicó la Omnipotencia a esta caritativa virgen para librar a
los hombres de sus culpas y abrirles las puertas del cielo (no hablo de la
potestad y jurisdicción que concedió Cristo sólo a san Pedro y sus legítimos
sucesores, para cuyo ejercicio no es ni puede ser apto instrumento y minis-
tro una mujer). [Apostilla: Mateo 16] Hablo del poder de su intercesión
para con Dios y de la eficacia de sus oraciones y merecimientos, enriqueci-
dos con la sangre del Señor aplicada con la encendida caridad y fervorosos
ruegos y clamores de esta su querida alma. Con estas llaves, el profeta Elías
en aquel calamitoso tiempo de la memorable sequedad que padeció la gente
de Samaria, detuvo las lluvias y rocíos del cielo; porque habiéndole dado
el Señor amplia comisión sobre las nubes, dijo hablando con el rey Acab:37
“Vive el Señor, en cuya presencia estoy, que no ha de llover en todos estos
años, si no es con permisión mía y cuando yo lo dijere” [Apostilla: 2 Reyes
17]. Y como lo dijo el profeta, se ejecutó y lo experimentó el mundo. Era
Elías más inclinado al rigor que a la blandura, no por celo de venganza sino
de justicia. Y como su oración era tan poderosa para con Dios, con esta
llave cerraba la puerta de la clemencia del cielo para que no lloviese. Con
esta misma llave abría Catarina las puertas de la divina misericordia para
la defensa del mundo y bien de las creaturas; de manera que, así como el
profeta tenía las llaves de los rigores para los castigos, tenía la sierva del
Señor las llaves de la piedad para las celestes misericordias. Muchos casos
van apuntados en la historia que prueban lo que voy diciendo; y podríamos
escribir otros más, mas por ahora no quiero omitir el siguiente.
[70] Por el mes de mayo de 1673, instada de algunos afectos suyos,
pidió agua al cielo para las sementeras que se iban perdiendo con una di-
latada y rigurosa sequedad; y la respuesta a su petición fue ver en el aire
una apariencia de amenazas, terrores y asombros. Se afligió Catarina con
esta visión, y condoliéndose de las creaturas en este peligro que les ame-
nazaba, instó y reforzó su oración con más fervoroso tesón, clamando al
cielo misericordia para el bien común y para el particular de cada uno de
los pecadores. A esta segunda voz de su querida esposa respondió Cristo,
representándosele azotado, herido y maltratado; y le dijo: “Pues, ¿no ves
cómo me tratan los hombres?” Fueron estas palabras cuchillo de dolor que
atravesó el corazón de la sierva de Dios. Pero como su espíritu era parecido
37 Séptimo rey de Israel, del siglo IX a.C.
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al espíritu del Señor, que por su infinita bondad se inclina más a la piedad
y clemencia que al rigor y castigo, prevaleció en ella el deseo de conseguir
piedades y misericordias. Y así volvió a pedirlas, repitiendo sus clamores
y ofreciendo por todos los pecadores que irritaban la divina justicia, sus
penitencias, dolores y la vida, las oraciones y merecimientos de los justos,
la intercesión de los santos, de la santísima Virgen y la sangre del mismo
Señor, en que tenía depositados los tesoros de toda su confianza. Con estos
clamores, mereció que se le volviese a representar su divino amante a su lado,
bañado en su preciosa sangre. Y juntamente, se repitió o renovó en el aire
la representación de espadas, lanzas y otros horrorosos instrumentos de los
desagravios de Dios. Y en la confusión que le causaron estas visiones, volvió
a oír la suave voz de su querido esposo, que le dijo: “¿Qué es lo que pides?
¿Qué es lo que esperas, cuando miras cómo me han puesto los hijos de los
hombres?” No obstantes todas esta representaciones con que el Señor justifi-
caba su recta justicia y excusaba su divina misericordia, continuó sus ruegos
llena de fe y confianza por muchos días y noches, batallando con los rigores
de la justicia de Dios, valiéndose de las lágrimas y razones para inclinar al
Todopoderoso a que usase de su inmensa clemencia con las creaturas que
había comprado y redimido con su sangre; pues no parecía conforme a razón
pagasen justos por pecadores y más cuando éstos no sabían lo que se hacían.
Con estos motivos repetía la invocación de los santos, nombrando con es-
pecialidad a la santísima Virgen y a los santos san José, san Joaquín y santa
Ana. En una de estas ocasiones que clamaba fervorosa con los incendios de
su caridad por los hijos de los hombres, vio bajar de las celestes alturas dos
cortesanos de la gloria, que entendió ser san José y san Joaquín, y que le ve-
nían a dar la deseada nueva de que ya había convenido Dios con sus ruegos
y concedido lo que le pedía. Y en testimonio de que no era ilusión, comenzó
luego a llover, con tanta abundancia y copiosas lluvias, que se inundaron las
calles y los campos, continuándose por muchos días las aguas porque la sier-
va de Dios no cesaba de pedir y clamar; a cuyos clamores y suspiros tiernos
respondió otro día la Omnipotencia, diciéndole: “Catarina, ¿no basta ya de
agua?” Y ella replicó: “No, Señor, no basta, que todo esto ha sido un rocío y
garúa. Vengan más aguaceros y copiosas lluvias con que crezcan las semen-
teras, se aumenten las semillas y llenen las trojes para el consuelo y alivio de
los pobres”. Como lo pidió la sierva de Dios se experimentó en un año muy
abundante, comprado con las lágrimas y dolores inexplicables que le envió
Dios todo el tiempo que duró esta lucha; de donde resultaron muchos bienes
temporales en el mundo y crecidos merecimientos en su bendita alma.
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[71] Con razón podemos hacer a nuestra Catarina portera de la pie-
dad y aplicarle las llaves de la clemencia, dejando la puerta del rigor para
Elías y otros espíritus que quieren convertir al mundo con amenazas, te-
rrores y asombros, que es lo común y más conforme a la inclinación de los
hombres. Y tal vez importa este rigor para convertir a un pecador, según
los tiempos, ocasiones, circunstancias y naturales con quienes se comunica
y trata. Como se vio en lo que obró el Señor cuando cogió en su mano el
azote para castigar y ahuyentar a los profanadores del templo; [Apostilla:
Mateo 21] y cuando se dio por desentendido a los clamores de las locas
doncellas que desprevenidas pretendían se les abriese la puerta del cielo,
a quienes respondió Cristo: “Que no las conocía, porque no aprobaba su
espíritu” [Apostilla: Mateo 25]; y que no las aprobaba, pues les cerraba la
puerta. Pero el más frecuente y ordinario estilo de Dios es inclinarse a las
blanduras, piedades y misericordias. Y aunque tal vez parece que detiene y
escatima las mercedes que se le piden, es porque desea verse blandamente
lisonjeado con la sabrosa importunidad de nuestros humildes ruegos; pues
al que persevera pulsando, al que porfiando clama instancias de los piado-
sos tesones, le concede cuanto le pide y ordinariamente aún más de lo que se
desea, como lo dice y canta la santa Iglesia católica en una de su oraciones.
[Apostilla: Ecclesia, sobre la misa del domingo después de Pentecostés, 11]
Por este motivo, parece que no había de poner Dios al hombre ni en la puer-
ta del rigor ni en la puerta de la piedad, y que debíamos pedir a su Majestad
que asistiese a estas dos puertas; porque el hombre en la puerta del rigor
castigara más de lo que debía, que es contra el estilo de Dios, pues siempre
castiga menos de lo que la culpa merece. En la puerta de la clemencia, el
hombre aun quitara de lo que Dios le mandara que diese. A Catarina sí se
le podían fiar ambas dos puertas y las llaves del rigor y piedad; porque para
las culpas pedía misericordias y para los merecimientos clamaba por supe-
rabundantes gracias, que es lo más conforme al espíritu de nuestro redentor.
Dijo Cristo a su amado y regalado benjamín: “Yo soy el señor absoluto, que
tengo las llaves de la muerte y del infierno”. [Apostilla: Apocalipsis 1] Con
las cuales palabras parece que dio a entender que estas llaves no las fiaba
de los hombres por la dureza y crueldad de sus corazones, que siempre se
inclinan al rigor y pocas veces se reconoce en ellos clemencia; porque como
notó san Justino: “Si en manos de las creaturas estuvieran las llaves de la
muerte y del infierno, ¡triste del mundo! ¡Qué poco que durara, qué presto
se agotara! Porque es el hombre tan inhumano y cruel que a la primera
que le hicieran, luego los arrojara al infierno y diera al traste con todo;
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pues el hombre siempre se inclina más al rigor que a la piedad” [Apostilla:
San Justino, Epístola a Zena]; cuando el rigor ha de ser a más no poder y
la misericordia hasta más no poder. Éste era el espíritu de Catarina y esto
mismo se representaba en las llaves que le entregaron para abrir las fuentes
del redentor, de que hace mención el profeta Isaías. Y con ellas, clamando,
mereciendo y padeciendo, daba vuelta a la llave; y recogía tantas aguas de
gracia, que no sólo eran bastantes para bañarse sino para lavar y purificar a
innumerables creaturas redimidas con la sangre de su divino esposo.
Capítulo 4
De varios efectos y celestiales beneficencias que experimentó el
mundo; y con especialidad los bienhechores de la sierva de Dios,
por la eficacia de sus oraciones y lo abrasado de su caridad
1. De muchas conversiones de pecadores que hizo Dios por los ruegos y
clamores de esta esclarecida virgen
[72] Era la sed de la salvación de las almas tan ardiente e insaciable en nuestra
Catarina, que no me parece exageración el compararla con la de los codi-
ciosos y avarientos del mundo, que tienen por su condición y natural afecto
el estar siempre con la boca abierta para beber y más beber, sin que se halle
modo para hartarles y satisfacerles, por más oro y más plata que beban;
porque el mismo conseguir y el mismo tener, el mismo atesorar y el mismo
beber, les excita y causa más ardiente y abrasada sed y deja más irritado el
apetito, en tal grado que, como notó con elegancia Claudiano,38 si todo
el Tajo39 y todas las aguas de todos los demás ríos se convirtiesen en oro
y plata y la bebiese un codicioso avariento, ardería con más abrasante sed
el fogoso infierno de su insaciable pasión. La llaga del amor a Dios y a
sus creaturas en que se abrasaba el corazón de esta esclarecida virgen se
ostentaba incurable; porque cuantas más y más almas Dios le daba para
apagar su sed o templar las ansias de la salvación del mundo, se encendía
38 Poeta romano del siglo IV.
39 Río mayor de la península ibérica.
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y crecía en el pecho de la sierva de Dios el cristiano apetito de que todos
se salvasen y ninguno se condenase. No se pueden individuar por innume-
rables, los casos particulares que pasaron, aun en el tiempo sólo de uno de
sus confesores, para apoyo de esta materia y verdad; porque como hemos
escrito, le manifestaba la Omnipotencia todo lo que sucedía en el universo
para que pidiese y padeciese por todas sus creaturas, y los confesores, con
la experiencia de la eficacia de sus oraciones, le encargaban las necesida-
des comunes. Y con especialidad, las almas que hallaban irreducibles por
todos los otros medios y caminos que les dictaba la humana prudencia
y lo ardiente de su fogoso celo; y los mismos pecadores que se hallaban
aprisionados con las cadenas de sus vicios, acudían a esta sierva de Dios
por sí o por terceras personas, como al último remedio de su mudanza de
vida, de que dependía la esperanza de su salvación. Y como se veían todos
remediados y con especialidad auxiliados de la gracia del Señor, comuni-
cándose entre sí los fieles, se les pegaba y extendía esta piadosa devoción
de recurrir a las oraciones de Catarina en todas sus tribulaciones. Y les
valía, porque desde la hora que comenzaba a pedir por los recomendados
y necesitados del mundo, se le hacían presentes espiritualmente de día y de
noche todas las almas por quienes clamaba, y con especialidad en las horas
de su recogimiento.
[73] Éstas se le representaban en varias y diversas formas o figuras,
más o menos horrorosas, según la gravedad de sus culpas, la fealdad de
sus vicios y la fuerza de la pasión que les tenía asidas y aprisionadas, como
consta de lo que dejamos escrito en la historia y se confirmará con otros
casos particulares en que le mostraba el Señor que todos estos símbolos
de pecadores se iban mudando en más o menos feos, según los efectos que
causaban en sus almas los auxilios de la gracia. Y cuando conservaban su
monstruosidad, entendía Catarina que perseveraban en sus vicios. Enton-
ces batallaba más fuertemente con Dios, obligando a su Majestad con sus
lágrimas y penitencias a darle una como satisfacción de no hacer lo que le
pedía, diciéndole: “Que sus creaturas no querían corresponder a las divinas
inspiraciones, que no cooperaban con su gracia, que no ponían los medios
necesarios para salir de sus culpas, y que estaban bien halladas en sus vicios
y enfermedades”. No obstantes todas estas razones, volvía a instar la sierva
de Dios, replicando a la inmensa clemencia de su redentor: “No hay que
tratar, Señor, de excusaros, que ellas se han de convertir. Más puede vuestra
omnipotencia que todas las rebeldías del universo; más vale vuestra pre-
ciosa sangre que el peso de los pecados de todo el mundo. Los hombres no
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saben lo que se hacen; y vuestra infinita sabiduría sabe muy bien lo que ha
de hacer para convertirlos”. De estas batallas y espirituales luchas nacía el
mostrarle los muchos que convertía su absoluto poder, algunas veces valién-
dose de los rigores y arrojando a los pecadores en las parrillas de una cama,
de donde purificados con el fuego activo o violento de la enfermedad se
levantaban arrepentidos y enmendados; en otras ocasiones sucedían a otros
fracasos prodigiosos, con que abrían los ojos del alma y se reducían a vivir
como cristianos ajustados y temerosos; en otros se notaron desgracias en
la pérdida de la hacienda y honra, que aunque parecían contingencias, sus
efectos en la mudanza de vida de los atribulados nos daban fundamentos
para discurrir eran todos medios que escogía la divina providencia para sal-
var las almas de los que se veían en el mundo caídos y humillados. Muchas
más eran las conversiones de pecadores que hizo Dios en el mundo usando
de medios de benignidad y clemencia su infinita misericordia, herida de las
voces y clamores de su sierva; y se las mostraba el Señor para gloria de su
omnipotencia y crédito de las virtudes de Catarina, con jeroglíficos y miste-
riosas visiones. Una de ellas fue la siguiente.
[74] En una ocasión se le representaron los vicios capitales, que en for-
mas de redes de varios colores y metales, andaban por el mundo en manos
de demonios y que con ellas prendían y aprisionaban muchas almas. Pidió
Catarina a Dios con ardiente y caritativo celo que no lograsen lance40 los
enemigos. Y le respondió el Señor: “Que para conseguir lo que deseaba era
buen medio y remedio el que corriese ella con sus redes por las calles de la
ciudad y por todas las tierras y aguas del universo mundo”. Y luego vio
que salían de su corazón muchos amontonados hilos de varios colores, de
que se iban formando diversidad de redes, unas que le parecían de plata,
otras de oro, otras de acero, otras de alambres y cordeles; y todas ellas tan
fuertes, que siguiendo con el veloz movimiento de su amor y caridad a las
que iban echando los demonios, al encontrarse las unas con las otras, se
rompían y desbarataban las de los vicios y se llenaban de peces o pecadores
las que echaba y llevaba la sierva de Dios. Estas redes eran símbolos de sus
virtudes, que son las redes más fuertes y provechosas. Con estas atrajo a sí
el redentor del mundo tantas almas, como ponderó el apóstol escribiendo a
los filipenses [Apostilla: Epístola a los filipenses 2.], donde dice que vino el
divino verbo a redimir a los hombres, no vestido de majestad y poder ni con
40 Oportunidad, ocasión de sacar algún provecho.
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representaciones de grandeza y autoridad, sino en humildad y obediencia,
y tan revestido del incendio de su infinita caridad, que le movió ésta a dar
la vida en un afrentoso madero, porque viviésemos eternamente los que
éramos dignos de una eterna muerte. Este oficio de convertir hombres y
ganar almas por medio del ejercicio de las virtudes pueden conseguirlo por
imitación todos los fieles, que es muy propio de los varones apostólicos y
fue una de las divisas y blasones de los apóstoles; como se vio en san Pablo,
a quien electo apóstol del Señor [Apostilla: Hechos 9] explica la causa el
sagrado texto: “Que fue una universal paciencia”. Y lo confirmó el mismo
grande predicador hablando con los de Corinto, donde haciendo reseña y
resumen de sus trabajos [Apostilla: Segunda a los corintios 11 y 12], nos
dejó escritos los motivos de sus gloriosos empleos. Estas redes eran las que
extendieron por la tierra y mar del mundo los demás apóstoles para pescar
hombres, juntando con su predicación la paciencia y el oloroso ejemplo de
sus admirables virtudes. Y a su imitación la sierva del Señor, omitiendo el
oficio de predicadora, que no es muy propio del femenino sexo, extendía
las redes de sus virtudes por toda la redondez de la tierra, y acompañadas
de su sumo padecer, lágrimas y gemidos, le manifestaba Dios lo que podían
sus ruegos en su venerable y sacrosanto acatamiento; porque con las redes
que se le representaban como alambres, mimbres o cordeles, le parecía que
cazaba aves que habían de subir o volar por el camino de la perfección, a
las cuales tenía el demonio enredadas e impedidas con tibiezas, escrúpulos,
temores y espantos; y a la eficacia de los ruegos de esta caritativa virgen, se
desenredaban de las prisiones que las detenían y no dejaban caminar por las
sendas de las virtudes que ansiosamente deseaban. En las que se represen-
taban de plata y oro veía que caían almas que se hacían del amor de Dios,
de su santo temor y de un intenso dolor de sus culpas. En las redes que se
formaban a su vista como de materia de hierro o bronce, que se pueden
comparar a las otras de que se hace mención en el Éxodo [Apostilla: Éxodo
27], advertía que se enjaulaban los que merecen el nombre de brutos y bes-
tias fieras entre los hombres, para que permaneciesen dentro del gremio de
la Iglesia católica, sujetos a su dios y a su santa ley.
[75] Por estos efectos y motivos pudiéramos dar a nuestra Catarina
el renombre y excelso timbre de pescadora de almas; no porque se le atri-
buyese el levantamiento a la mayor cumbre de las dignidades, que fue la
apostólica, porque ésta encierra en sí otras muchas prerrogativas y exce-
lencias; sino por las muchas almas que ganó para Dios con sus oraciones,
clamores y caridad paciente. Démosle el nombre de cazadora por los muchos
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hombres y pecadores que se salvaron en las redes de sus virtudes, pues que-
riendo Dios valerse de este instrumento, le manifestaba con luz superior y
ciencia del cielo no sólo las necesidades públicas, sino también las ocultas
de todo el mundo, para remediarlas por la intercesión de su sierva, que se
ofrecía por instantes a morir mil veces porque no se perdiese una sola alma;
se sacrificaba a todo género de martirios porque no padeciesen las demás
creaturas; se exponía a sustentar las batallas y pelear las guerras de todos
los vivientes con la gracia y auxilios del cielo, porque ellos viviesen y murie-
sen en verdadera paz y quietud de sus conciencias. Este oficio y ejercicio de
ayudar a los predicadores y varones apostólicos al aumento y perfección
de la cristiandad, es muy decente y propio de las vírgenes cuerdas y recogi-
das; opuestas en todo a las doncellas locas o necias. Expliquemos esto con
lo que aconteció a la virgen Ifigenia, cuando navegando los griegos a Troya,
se la ofrecieron a la diosa Diana; y habiendo rehusado la diosa el sacrificio,
le conmutó y se contentó con que se le ofreciese una cierva y que Ifigenia se
conservase en el templo con el oficio de cazadora suya. Andaba esta virgen
después a caza, no de fieras sino de hombres, que sacrificaba a su diosa. En
esta narración y leyenda exclama el Nacianceno: “¿Qué utilidad resultó
de esta subrogación y conmutación de una cierva por una virgen? ¿Qué
bien se siguió de librar a Ifigenia de la muerte, para que pasase a ser ruina
y matadora de hombres y que, por la humanidad y piedad que se usó con
ella, se amaestrase a ser inhumana e inclemente? No era esta virgen de las
que seguían al inocente cordero que murió para dar vidas”. [Apostilla: San
Gregorio Nacianceno, Elogios de Basilio] A cuya imitación Catarina pa-
decía porque no padeciese el mundo; deseaba morir porque viviésemos; se
sacrificaba por instantes a los martirios porque tuviésemos vida y consuelo.
Con menos palabras explicaba la sierva de Dios a sus confesores el estado
de su conciencia y la grandeza de su caridad, diciéndoles: “Me parece que
ando en el mundo como cierva sedienta de la salvación de las almas, herida
del arpón del divino amor”.
2. De algunos casos particulares que confirman las muchas almas que con-
vertía Dios por la intercesión y sumo padecer de su sierva
[76] De toda la historia se pueden entresacar multiplicados y raros casos
que prueban el asunto de todo este capítulo, y me ha parecido expresar en
este párrafo algunos. Le manifestó muchas veces el Señor algunos de sus
predicadores y varones apostólicos enfermos en el espíritu o en el cuerpo,
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con el símbolo de pájaros cantores, como de cenzontles, jilgueros o ruise-
ñores; conformándose la eterna sabiduría con los lustrosos talentos que les
había liberalmente concedido y aun significado las tierras y los sujetos de
quienes hablaba a su sierva con la diversidad de estas plausibles y estima-
das aves. Una de éstas, a quien conocía mucho Catarina y por quien había
padecido mucho por levantarla del basurero de sus enfermedades o de sus
defectos, se le representó en otra ciudad muy distante donde al presente vi-
vía como descaminada y apeligrada de despeñarse entre barrancas horribles
y espantosas, caminando siempre hacia el poniente, que en frase o inteligen-
cia de la sierva del Señor era lo mismo que verla entre riesgos y peligros de
precipitarse al infernal abismo. Un día que clamoreaba tierna y compasiva
a la divina misericordia por esta alma, se le volvió a representar el dicho
pájaro cantor, como que estaba con suave voz y eficaz energía deleitando
y entreteniendo desde una rama seca y sin fruto, a un numeroso concurso
que llenaba un capaz y hermoso templo. E individuando todas las circuns-
tancias de una solemne fiesta, puso al confesor que la oía en cuenta de
conciencia, en el conocimiento de la Iglesia y aun de quién era el predicador
simbolizado en la cantora ave; a la cual vio que por incauta o desvanecida
entre el común aplauso, se dejó caer en el suelo, como desmayada o muerta,
y que alborotándose con su repentina caída muchos de los que componían
el grave auditorio, acudieron asustados a socorrerla, y cogiéndola en sus
manos la pusieron sobre una mesa que estaba enfrente del púlpito, donde
no reconocían señales de vaguido ni desmayo, sino accidentes y circuns-
tancias de una fatal desgracia en una terrible muerte. Entre el asustado y
bullicioso gentío, se halló el espíritu de Catarina oyendo el sentir común de
que el pájaro cantor se había caído de repente muerto y que se dejaba ver
sobre una mesa como difunto. Preguntó al Señor la significación de esta
misteriosa visión. Y aunque entonces no le respondió la eterna sabiduría
otra cosa que el decirle: “Tu confesor lo entenderá”; pocos días después
le dio esta inteligencia: “Que en el ave cantora se simbolizaba el predi-
cador; por la caída, la enfermedad; por la muerte, su gravedad; y por el
alboroto del concurso, la publicidad del achaque”. Con esta inteligencia
se encendió más la ardiente llama de la caridad de esta esclarecida virgen
y continuó con más abrasado y porfiado tesón las oraciones por el sujeto
simbolizado en el pájaro cantor, hasta que movida la inmensa clemencia
de Dios de los ruegos y lágrimas de su querida esposa, la llevó en espíritu
al lugar donde había visto a su ahijado difunto, y le dijo o mandó que lo
levantase. Obedeció y se halló con la avecilla en sus manos viva, aunque
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como enfermiza y convaleciente, y la sierva de Dios le dio libertad y lo echó
a volar, diciéndole: “El Señor te tenga de su mano y dé perseverancia, que
sin ésta la salud y la vida no prometen ni pueden prometer seguridades en
la tierra donde vivimos, y donde nos enseña la fe que sólo el que perseverare
hasta el fin en las buenas obras llegará al puerto de la bienaventuranza, que
es el término dichoso a que debemos aspirar los mortales”.
[77] Andaba cierto personaje deseoso de encontrarse con una santa
Teresa en el mundo, por cuya intercesión le hiciese Dios justo y librase de
una habitual tibieza con que le parecía estaba aprisionada su alma. Y el
Señor respondiendo a su aflicción y cuidado, le trajo a un trato familiar; no
de una santa, que estos son ciudadanos de la gloria, sino de esta su sierva,
que le ayudó a subir a grande altura de perfección por un camino tan ás-
pero como meritorio. Con las noticias que le dieron de las virtudes de Ca-
tarina, procuró introducirse y rogarle que le encomendase a Dios porque
tenía mucha necesidad. Le respondió la sierva de Dios: “Que así lo haría,
aunque mala e indigna de ponerse en la divina presencia”. Y luego que
comenzó a pedir por el que se le había significado necesitado, se le dejó ver
el Señor con el semblante serio y justiciero, comunicándole juntamente un
conocimiento del riesgo o peligro que tenía su ahijado de apartarse de su
dios. Se afligió de sobremanera la caritativa virgen, y encontrándose con la
persona por quien rogaba, le dijo: “Señor, el supremo juez parece que está
más con semblante de justicia que de misericordia. Vuestra merced vea si le
tiene ofendido y procure desenojarlo”. Causaron turbación estas palabras
en el corazón del que deseaba mayor perfección, y asustado y temeroso
dijo a Catarina: “Yo al presente no tengo cosa que lastime con gravedad mi
conciencia, pero puede haber alguna oculta malicia que desazone e irrite
a la divina justicia. Pida a Dios, Catarina, que me dé conocimiento de mis
defectos, que no rehúso el confesarlos ni el arrepentirme de ellos”. Tem-
pló y aun sosegó la tribulación del afligido pretendiente de mayor perfec-
ción la sierva de Dios con pocas palabras, diciéndole: “No se aflija vuestra
merced, que si al presente no hay inquietud de conciencia, la habrá en el
tiempo de la tribulación y se verá en riesgos y peligros de ofender a nuestro
redentor”. Como lo dijo Catarina lo experimentó el que deseaba salvarse,
porque levantándose una borrascosa tormenta pertrechada con todos los
tres enemigos del alma en su corazón, se veía por instantes en peligro de
anegarse y sumergirse en el alterado mar de la tentación, que como hura-
cán deshecho combatía soberbia a esta tentada alma y la obligaba a recu-
rrir a Catarina, y decirle: “¿Qué haré para salvarme?” Y ella le respondía:
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“Batallar, hija, clamando al cielo misericordia, me decían a mí los confe-
sores cuando me veían en semejantes aprietos; porque con las batallas se
consiguen las victorias y se merecen las coronas. Vuestra merced busque
padre espiritual que le aliente y ayude en esas tribulaciones, que bien le ha
menester, y no me dé a mi noticia del interior de su conciencia pues sobre
ser mujer, soy ignorante y una bestezuela que nada entiende, vale, ni pue-
de.” Había mantenido muchas veces la sierva de Dios semejantes guerras,
y como experimentada, sabía muy bien el riesgo y la tribulación en que se
consideran las almas cuando se ven combatidas y en campaña con enemi-
gos tan fuertes como lo son el mundo, Demonio y carne. Y por este moti-
vo, cogió muy a pecho el ayudar a este personaje con oraciones y buenas
obras propias y ajenas, ofreciendo sus comuniones, penitencias y amargu-
ras por la perseverancia de su ahijado en la virtud; pedía oraciones a los
justos para cierta necesidad, obligaba a los santos con velas encendidas en
sus altares, y esforzaba con especialidad en esta ocasión sus clamores con
la invocación de la santísima Virgen y de su patrón y maestro san Ignacio,
que la consolaron y animaron en la siguiente visión.
[78] Se le representó la soberana reina de los ángeles en pie al lado de
su santísimo hijo y al otro lado nuestro padre san Ignacio, arrodillado y
con las manos puestas como quienes pedían fuese oída Catarina, que arro-
jada a los pies del Señor como otra Magdalena, imploraba el poder de la
gracia y los auxilios de la divina misericordia para la contrita y atribulada
alma. Perseveró a su vista esta visión por muchos días. Aun por las calles la
acompañaba y con tanta mayor viveza, cuanto en las ocasiones se enfurecía
la tribulación en el corazón del tentado. Dice el Espíritu Santo: “¿Qué sabe
quien no ha sido combatido de tribulaciones?” [Apostilla: Eclesiástico 34]
Como si nos dijera: no se ha de quejar un hombre por verse tentado, eso
no le ha de inquietar ni causar pena alguna. Lo que le había de ocasionar
disgusto era el verse vencido; porque la tentación solicita lauros al que no
se postra y rinde a sus tiranías. La sierva del Señor no rogaba que cesase la
tentación, sino que el mantenedor no cayese y fuese vencido. Y a estas sus
tiernas voces y caritativos ruegos, le respondió el supremo juez un día con
estas palabras: “Catarina, ¿no es razón que pague quien debe?” Como si
le dijera, en el entender de la sierva de Dios: “Quien ha vivido en tibieza,
¿no es razón que permita yo que caiga?”. Dijo con alentada voz y humilde
corazón la caritativa virgen: “No, Señor, cuando el deudor tiene abonado
fiador que satisface su deuda. En la preciosísima sangre de su redentor tiene
una superabundante satisfacción los defectos de esta creatura contrita y
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arrepentida. Y si gustas de otra humana cooperación, yo me ofrezco a to-
dos los martirios y tormentos de un temporal infierno; porque ni él ni yo te
disgustemos con la más mínima culpa.” Aprendió estas finezas de caridad
Catarina de la vida de su amado Jesús, que murió para satisfacer a la divina
justicia por los pecadores del mundo. Con esta caritativa oferta comenzó
a ver al Señor en la insinuada visión con rostro de amorosa benignidad
y clemencia. Y con la mudanza de este soberano objeto representado en
su entender, se halló tan cargada de cruces compuestas de dolores, congo-
jas y apreturas de corazón, que vivía y andaba entre las demás creaturas
como desatinada; pero su entendimiento tan ilustrado y tan inflamada su
voluntad, que al paso que la naturaleza se hallaba con lo sumo del padecer
turbada, se reconocía el alma libre y fervorosa para perseverar constante y
con varonil tesón en las peticiones y oraciones con que asistía y ayudaba
al que se había valido de su intercesión. Consiguió, según parece, prodi-
giosas misericordias en esta espiritual lucha de la benigna liberalidad del
Todopoderoso, que correspondía a las lágrimas y gemidos de su sierva con
manifestarle repetidas veces el buen ser de esta alma atribulada y cómo se
conservaba en su gracia, a pesar de los contratiempos violentos con que la
combatían los enemigos. En una ocasión y al tiempo de una batalla en que
se halló ya sin fuerzas este soldado de Jesucristo, para consuelo de Catarina,
oyó ésta la voz suave de la princesa de la gloria, que le dijo: “Yo lo defen-
deré con el poder de mi santísimo hijo”; y al mismo tiempo se le representó
el alma afligida, hincada de rodillas a los pies de la soberana señora, como
quien estaba debajo de su patrocinio. Otro día se le dejó ver el humanado
Verbo cerca del atribulado, como quien tenía su poderosa mano sobre la
cabeza del que vivía afligido. Y hablando con la sierva de Dios, dijo: “¿No
estás contenta, Catarina, cuando ves a tu ahijado debajo de mi protección?
Si está conmigo y yo con él, ¿quién contra él?”.
[79] Todas estas visiones y locuciones se le franquearon al perseguido y
tentado para más animarle; porque habiendo tomado el consejo de la sierva
de Dios, escogió por confesor al mismo que gobernaba entonces el espíritu de
Catarina, y con su licencia y mandato no se negó la esclarecida virgen a las
repetidas visitas que le hacía el atribulado, ni al darle las celestiales noticias
que le parecían convenientes, haciendo en la realidad oficio de maestra en
lo humano; porque si le reconocía tímido y desmayado, le animaba y daba
en rostro con su cobardía. Cuando lo consideraba victorioso, lo humillaba
trayéndole a la memoria la arriesgada inconstancia de nuestra flaca na-
turaleza; pues sólo Cristo en el campo de su inocencia y santidad pudo
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desafiar a todos los enemigos, que como envidiosos émulos, cavilosamente
censuraban su vida y maliciosamente fiscalizaban sus acciones. Le dio en
una ocasión un cilicio para que se lo pusiese. Lo recibió con agradecimien-
to pero no se lo puso, o por dejamiento o por olvido. Y volviendo a ver a
la sierva de Dios, le dijo ésta: “Señor mío, vuélvame el cilicio, pues no le
sirve”. Le prometió ponérselo y Catarina añadió: “No le tenga vuestra mer-
ced miedo; porque en esas batallas se vence a Dios rogando y con el mazo
dando”. Otro día recurrió a la sierva del Señor muy afligido, pareciéndole
que en estas sangrientas y repetidas lides y batallas había quedado grave-
mente herida su alma; y ella, aun antes de manifestársele el fundamento de
la aflicción, le dijo: “No haga caso vuestra merced de esas heridas, porque
como son mortales, es como no recibirlas; antes sí, ocasionan mayor gloria
por el humilde arrepentimiento y conocimiento de nuestra flaqueza.” Con
estas palabras de Catarina recibió grande consuelo y cobró nuevos alien-
tos; si bien, no por eso dejó de buscar la seguridad en el sacramento de la
penitencia. Atestiguaba finalmente esta alma atribulada que al tiempo de
las más furiosas batallas se le representaba la sierva de Dios y que le asistía
espiritualmente con consejos, avisos e inspiraciones, como si fuera ángel,
animándole para las peleas, confortándole en las luchas, exhortándole a la
constancia en la resistencia; y tal vez apartando con voz superior y de im-
perio a los demonios, que haciéndosele visibles para más atemorizarle, se le
representaban como quienes encendían y soplaban el fuego de la tentación.
Estas victorias dio el cielo a este personaje por las oraciones de Catarina,
que oyó en una y otra ocasión músicas celestiales con que las celebraban los
cortesanos del empíreo. He puesto este caso con alguna mayor extensión,
porque aún viven dos testigos: el confesor y el que se halló en campaña con
sus enemigos y experimentó el poderoso auxilio de las oraciones de esta
caritativa virgen, a quien estimó mucho en vida y hoy reconoce el bien que
le vino por sus ruegos y fervorosos clamores. Y no hay para qué admirarnos
de que pudiese tanto con Dios la oración de su sierva, porque nacía de una
abrasada caridad e iba acompañada de porfiada perseverancia.
[80] Vivía cierto religioso en otra ciudad distante trescientas leguas de
Puebla de los Ángeles donde asistía Catarina. Y llegando a él las noticias
de cuán favorecida de Dios era esta esclarecida virgen, procuró y consiguió
venirse a vivir donde estaba la sierva de Dios para tener ocasión de rogarle
le encomendase a Dios y le quitase o templase unos rabiosos escrúpulos o
temores de su salvación que le tenían en un continuado martirio de oscu-
ridad y desamparos. Pidió Catarina compadecida de esta aflicción muchas
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veces al Señor y a la santísima Virgen el consuelo de esta alma atribulada;
y muchas más le instaba ella, deseando, al parecer, que la sierva del Señor
le asegurase con alguna sobrenatural ilustración. Y lo experimentó, por-
que corrigiendo la ilustrada virgen su desordenado afecto e impertinente
curiosidad, le dijo: “Invoqué un día de estos a la princesa de los cielos, y le
rogué fuese medianera e intercesora con su santísimo hijo para el negocio
que me tiene encomendado. Y la respuesta parece que fue el representárse-
me vuestra reverencia delante de la soberana reina, arrodillado y puestas
las manos como quien le pedía luz para asegurarse en la turbación de sus
temores. Y reparé que la Señora no hizo ademán alguno, bueno ni malo,
como quien no respondía ni quería responder a lo que se le preguntaba. Yo
soy bestia, no entiendo nada. Consúltelo vuestra reverencia con su confe-
sor. Y lo que yo juzgo que le conviene es ser devoto de la santísima Virgen,
obrar bien y no querer saber otra cosa”. Lo cierto es lo que dice David
acerca de esta materia, y es: “Que Dios responde más presto a las obras,
que a las palabras solas”; [Apostilla: Salmos 120] porque si un hombre le
llama sólo con la lengua, no le responderá ni hará caso de sus palabras sin
obras; pero si yendo un hombre por el camino de la virtud, le llama con las
manos y le hace señas con las buenas obras, luego le responderá; porque
hace mucho caso de las obras y a ésas atiende y no a palabras solas. Leí a
este propósito una cosa curiosa, con que parece que se explica la visión de
la sierva del Señor. El Verbo eterno, que es el que pide la cuenta y el que
nos llama a juicio, [Apostilla: Sabiduría 1] le llama “espejo sin mancha e
imagen de la bondad del padre eterno”. Si nos llegáramos a él para que nos
representase la imaginación o imagen que deseamos, poco importara que
le hablásemos; que obrásemos sí, porque para con este soberano espejo
obras son amores que valen y pueden, y las palabras solas poco importan.
Así como cuando se acerca un hombre a un material y cristalino espejo;
si mueve las manos o el cuerpo, también las mueve y le mueve la imagen
que se representa en ese espejo; pero si no se mueve sino que solamente
habla, no habla ni corresponde con voces ni palabras la imagen que está
en el espejo. Y así, como para con Dios las obras son las que satisfacen en
su sacrosanto tribunal, mejor y más fácilmente responde a lo que se le
pide con las manos que sólo con la lengua. Este buen religioso pedía con
palabras y deseos curiosos e impertinentes, y por eso mereció que por boca
de Catarina le diese el cielo un desengaño. La sierva del Señor pedía con
palabras y obras; y así mereció que Dios le manifestase otras verdades que
no comunicó al atribulado, porque permaneciese y se asegurase en el santo
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temor de Dios; pero sí se las dijo al confesor, para que se las dijese como
noticias humanas fundadas en los principios de nuestra santa fe. Y una de
ellas fue el que le asegurasen: “Que tenía la paz que había dejado el Señor
a sus discípulos”. A esta alma vio muchas veces con resplandores de gracia
y de gloria antes y después de su muerte, que piadosamente podemos creer
serían señales de su predestinación.
3. Prosigue la misma materia, y de varios símbolos con que mostró Dios lo
mucho que debe el mundo a la ardiente caridad de su sierva
[81] Por instantes y multiplicados caminos quiso, según parece, manifestar
la Omnipotencia lo mucho que debían sus creaturas a la intercesión y en-
cendida caridad de esta alma escogida, a quien comunicó el don de clamo-
rear y padecer por los hijos de los hombres, sin otro interés y fin que el que
fuese Dios alabado y glorificado en los cielos y en la tierra, por su inmensa
bondad y misericordia infinita. Para certificarnos de esta verdad, discurro
yo con toda la probabilidad que cabe en el humano juicio, que la suma sa-
piencia del Altísimo dispuso se supiesen muchos de los maravillosos efectos
que obraba su divino poder en bien del universo por las oraciones de esta
su sierva, y que se publicasen tantos y tan varios y misteriosos símbolos y
jeroglíficos con que le hablaba y en que se significa y explica más de lo que
podían tocar nuestras manos y experimentar nuestros ojos. Entre otras mu-
chas figuras y formas que manifiestan esta verdad fue la de una corona de
refulgente y finísimo oro que se puso a la vista en la víspera del Corpus del
año de 1681, tan gruesa, que los brazos de dos ni de tres hombres pudieran
abarcarla; tan alta, que se le representaba como de una o dos varas; y su
circunferencia tan desmedida, que le pareció mayor que toda la ciudad de
Puebla de los Ángeles. A un lado de esta misteriosa corona vio a la sobera-
na princesa de los cielos, que presidía en una espléndida y suntuosa mesa,
asistida de innumerables ángeles y cortesanos de la gloria vestidos todos de
boda y fiesta. Y aunque se le representaban los unos y los otros con velos en
los rostros, el conjunto de la visión formaba un objeto tan soberanamente
hermoso que arrebató los sentidos y potencias de la ilustrada virgen, y la
conservó elevada y suspensa por el espacio de una hora a la vista de tan
singular y rara belleza. Y a este tiempo se acercó a ella la soberana reina de
los ángeles y como advirtiéndole que eran muy pocos los convidados para
tan ostentativo banquete, le dijo: “Convida, hija, convida”. Entendió la
sierva del Señor que este convite se había de gozar después de la muerte, y
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a la voz de la santísima Virgen comenzó a convidar para este místico ban-
quete a sus confesores y a todos sus bienhechores; a los pobres y a los ricos,
a los caminantes y navegantes, a los que estaban en pecado mortal y a las
benditas ánimas del purgatorio. Todo el resto de su vida gastó la sierva de
Dios en llamar con continuos clamores a las creaturas para que lograsen
estas espléndidas y regaladísimas bodas. Y al convidar, las veía cómo se
libraban los unos de los riesgos y peligros de la vida, otros del cautiverio de
sus culpas, y las benditas ánimas de las terribles penas de su temporal in-
fierno; acercándose todos estos necesitados y convidados a la deliciosa mesa
donde se servían abundantes y regalados platos de gusto, con los realces del
inefable esplendor de la gloria con que se sustentaban y vestían los lucidos
y nobles personajes que convidaba Catarina, con tal acierto y felicidad,
que se le representaban todos en el ostentativo convite con aquellos grados
de gloria que les esperaba al salir purificados de esta vida y al hallarse con
todos los requisitos necesarios para coger asiento en el eterno y delicioso
banquete. Por la mesa del convite entendió la sierva del Señor, el cielo; por
la corona, la gloria; y por el ser de oro, la firmeza e inmutabilidad de la
palabra de Dios.
[82] Sobre esta misma visión, un alma contemplativa del número de
los convidados por boca de Catarina, y que será de los que hallarán asiento
en el ya insinuado banquete si le coge la muerte con vestido de boda y no
con ropas asquerosas e indecentes, a vista de los demás lucientes y lucidos
convidados; que es lo que le sucedió a aquel desatento y mal mirado, de
quien refiere san Mateo que atrevido se entró con un vestido roto en la real
y majestuosa sala de otro espléndido convite, al cual dijo Cristo: “Amigo,
¿cómo te atreviste a entrar aquí no teniendo vestido de boda?” [Apostilla:
Mateo 22] No halló qué responder a esta pregunta. Y el rey, airado de
tanto desacato, mandó a los ministros de su justicia que lo arrojasen a las
tinieblas, donde eternamente pagase la pena de su atrevimiento. A la dicha
alma contemplativa y a mi entender virtuosa, se le representó el magnífico y
real convite para que convidaba Catarina; y al mismo tiempo le mostraron
muchos ángeles que estaban juntos y como separados en el cielo, que no
servían de nuncios ni mensajeros del Creador para con sus creaturas, sino
ocupados todos en el ministerio del convite de la sierva de Dios, encargándo-
se de todas aquellas personas que ella convidaba y llamaba a la dicha y feli-
cidad del festivo y abundante banquete. Y eran tantos los llamados y convi-
dados, que con ser tan numerosos los coros de los celestiales paraninfos que
se podían explicar por racimos y por millares de ángeles, aún le parecían
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pocos para la muchedumbre de almas a quienes iban señalando lugares y
asientos en el eterno e inefable convite de la gloria. No le parezca al piadoso
lector increíble esta visión por tanta multitud de los angélicos espíritus, que
supone determinados por la voluntad de Dios para llevar al cielo las crea-
turas por quienes pedía y padecía nuestra Catarina; pues nos consta que en
la muerte de aquel pobre mendigo Lázaro, que yacía a los umbrales de un
rico avariento, sucedió que al pasar de esta vida a la otra, le llevaron en sus
hombros muchos coros de ángeles que, ambiciosamente religiosos, bajaron
de las empíreas salas a llevar su alma, más brillante en los candores, que el
cuerpo ocasionaba ascos en las hediondeces al seno del piadoso padre, que
aun muerto era misericordioso albergue de los que la providencia divina
depositaba, hasta que con la llave de su cruz el soberano redentor abriese
las puertas del cielo, que hicieron nuestras culpas de bronce y diamantes;
sobre el cual hecho y en esta insinuada historia de Lázaro dice san Juan
Crisóstomo: “Que vinieron millares de ángeles, más o menos; porque no
era suficiente un ángel para llevar aquel rico tesoro a las moradas celestes”.
Palabras harto dificultosas para los teólogos y estudiantes en materia de
ángeles, que enseñan y saben que uno solo es no solamente poderoso para
llevar un pobre al seno de Abraham; pero que si Dios aflojara la rienda de
su permisión, dejándole libre el uso y ejercicio de su potencia, podría un
solo ángel trastornar todo este mundo entero. No obstante esta dificultad,
no podemos negar que envió Dios muchos celestiales espíritus por el alma
del pobre Lázaro. Y debemos interpretar y entender el sentir de san Crisós-
tomo que no hablaba de lo preciso; porque hablando de lo forzoso (si le
pudiera haber), medio ángel bastara para llevar al mendigo más laureado
y al pobre más opulento. Mas para satisfacer Dios a la gloria de su pecho y
mostrar cuán grande es en sus acciones lo excelso de su brazo y lo hidalgo
de su condición soberana, para ostentar y dar a entender al mundo el rico
tesoro de virtudes que tenía depositadas su omnipotencia en el alma del
mendigo Lázaro, no reparó en que se descolgasen de las eternas moradas
millares de ángeles, más o menos. Y si para llevar al cielo a un pobre justo
despachó la Omnipotencia muchos ángeles, creíble se hace señalase muchos
más para asegurar la salvación de las innumerables almas que convidaba
nuestra Catarina, entre las cuales había muchos pecadores y ricos, cuya en-
trada en el cielo es más difícil y ha menester mayores asistencias angélicas
que la salvación de los pobres.
[83] Esta misma alma de quien he hablado en el número antecedente
y para mí virtuosa, oyendo a uno de los confesores de la ilustrada virgen
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Catarina de San Juan ponderar su profunda humildad, en las palabras re-
petidas con que respondía a los que le rogaban pidiese a Dios por ellos:
“¡Pobre de mí! ¡Qué puedo hacer yo, ni qué han de valer mis oraciones! Un
ala de mosca, ¿qué puede tapar ni defender?”; dijo: “Yo me hallé un día en
representación (causada del buen o mal espíritu) con esa ejemplar mujer.
Me pareció que íbamos volando, no sé hacia dónde; pero sí advertí que las
alas con que ella volaba eran grandísimas y de bizarra plumería, y las mías
tan pequeñas que parecían alas de palomitos recién nacidos. Quizás quiso
dar a entender el Señor que al paso que se humillaba Catarina delante de
los hombres, la ensalzaba el divino poder con la representación de la gran-
deza de sus alas para la defensa del mundo, y para que se supiese lo mucho
que obraba su infinita misericordia en bien del universo a la sombra de los
méritos y virtudes de esta su sierva.” Otro día, continuando su narración
esta misma persona, dijo: “Que estando considerando y ponderando lo en-
cumbrado de la perfección en que estaría el alma de Catarina, oyó una voz,
que le dijo: sobre el monte Líbano”. Caréese esta voz y la antecedente visión
con las que tengo referidas en el número 339 del segundo libro, y se reco-
nocerá cuán uniforme es el buen espíritu en sus locuciones. Por el mes de
junio de 1679 se halló en espíritu o imaginaria representación la insinuada
alma en la falda de este mismo monte, en que se simboliza lo más empinado
de la perfección. Y advirtiendo que andaban varios espíritus ansiosamen-
te anhelando subir por distintas sendas a la cumbre; preguntó, no sé con
qué impulso, por nuestra Catarina. Y se repitió la primera voz, que como
respondiéndole, dijo: “Está en la cima del monte. Sube y la verás”. Y con
la fuerza de estas palabras fue arrebatado su espíritu o su fantástica imagi-
nación a la empinada altura, de donde descubrieron sus ojos a la sierva de
Dios entre nubes blancas y resplandecientes, tan apiñadas y amontonadas,
que formaban a la vista un golfo de amables resplandores en la cumbre de
otro más alto monte; no pelado y de ásperas serranías como el Líbano, sino
vestido de una alegre y deliciosa amenidad, y poblado de agigantadas y
frondosas arboledas que convidaban con su apetecible sombra a los morta-
les, para el descanso y alivio de los afanes y trabajos que estaban anexos a
la feliz subida de tan eminente altura. Bien podemos bautizar a este monte
por las señas con el nombre de Olimpo, pues así nos lo describen y pintan
los poetas. Y como dice Rabisio, es tan alto que traspasa las nubes y por
eso ni las lluvias, ni los vientos, ni otros semejantes contratiempos pueden
causar en él mudanza; [Apostilla: Lucano, libro 2; Virgilio, Geórgicas, I;
Tíbulo, libro 4] porque su encumbrada eminencia le exime de las inclemen-
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cias del cielo, de la sucesión de los tiempos, del soplo de los aires, del frío
de las nieves y de las humedades de las aguas. Y quizás fue este el motivo
y razón porque los antiguos llamaron al cielo Olimpo, considerando su
temperamento estable, fijo y permanente, en una amenidad resplandeciente
por la cercanía a los celestiales astros. En este paraje se le representó a la
persona de quien voy hablando la sierva del Señor. Y entendió que la tenía
Dios en tanta altura de perfección que estaba como a la puerta de la gloria,
representada en la hermosura del golfo de nubes blancas, donde no hacía
ya otra cosa que enviar almas al cielo y encaminarlas por las escalas de
sus virtudes y merecimientos de nuestro redentor. Con esta inteligencia se
alegró su espíritu, y cuando menos pensaba lo volvieron a poner (no sé si
los buenos ángeles) en la falda del monte Líbano en camino de barrancas,
interrumpido con socavones oscuros, lagunachos y salobres esteros, que era
la senda por donde se había de llegar al campo alegre de la perfección en
que había visto a la esclarecida virgen Catarina de San Juan.
[84] El día siguiente se le refrescó la memoria de la antecedente y
amena visión, y entre ardientes y fervorosos deseos de imitar a la sierva
de Dios, percibió otras muchas inteligencias que parecieron de Dios por ir
ordenadas a su propia humillación, a la honra y gloria del divino poder,
y al crédito de la virtud de esta creatura escogida y prodigiosa en su na-
cimiento, vida y muerte. Y una de ellas fue el entender las innumerables
almas que entraban en el cielo por la intercesión y caritativas oraciones
de Catarina, sublimada por la gracia y misericordia del Señor, en grado de
perfección tan eminente, que se hallaba sola de las creaturas y mucho más
sola para el Demonio, que no se atrevía ya a tentarla a lo descubierto, ni
a ponerse en su presencia, ni la dañaban sus traidoras y disimuladas su-
gestiones, por la santidad a que la había subido la Omnipotencia y por la
divina protección con que vivía auxiliada y defendida. Parece que se pudo
simbolizar esta prodigiosa mujer en la otra del Apocalipsis, que a pesar
de las asechanzas del dragón, parió un hijo varón o espíritu fuerte en las
almas particulares que ella engendró espiritualmente; y que fue levantada
al trono del Altísimo para quien y por quien las engendraba y creaba,
retirándose ella con las dos alas de águila que le pusieron y de que hemos
hecho mención en esta historia, a un lugar tan alto y misterioso que pudo
llamarse soledad y desierto, de donde aterraba con la virtud que había
depositado en ella el Todopoderoso a la infernal serpiente, y donde era
alimentada de la presencia del divino ser trino y uno, que se le comunica-
ba de varios modos.
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[85] Con estas dos alas de la divina protección subió Catarina, según
la referida visión e inteligencia, a una altura de perfección donde no lle-
gaban ni podían ofenderla peregrinas impresiones, por haberla puesto el
Señor con sus dones y gracias en un eminentísimo lugar, asegurada y con
valimiento para llevar al cielo innumerables almas que quitaba de las garras
y boca del dragón infernal. En estas dos alas se puede significar o simboli-
zar su caridad y profunda humildad, o la potestad y divina virtud con que
levantó el vuelo a la cumbre y altura de la contemplación, de donde des-
cendía a las necesidades del mundo para distribuir los tesoros de la gracia
entre los hombres, como despensera de los méritos de nuestro redentor. Y se
puede significar también la luz grande y sobrenatural ciencia que le dieron
de ocultos misterios y sacramentos, y de las maliciosas trazas y astucias de
los infernales monstruos. Con estas alas voló hasta unirse con el Altísimo,
lugar propio suyo; porque en él sólo vivía y entendía, desierta de todo lo
terreno e incontrastable por la divina protección a las batallas de todos sus
enemigos. Esto mismo parece que significaron otras visiones o sueños que
tuvo la persona de quien voy hablando, de las cuales omitiré muchas por ser
homogéneas y semejantes, y por no contener, a mi entender, doctrina espe-
cial perteneciente al contexto de mi historia. No deben causar admiración ni
ser despreciadas por ser tantas las ilustraciones que parecen del cielo en un
viviente racional, cuando la Omnipotencia para manifestar al mundo sus
divinas misericordias fue el escoger por instrumento a las estrellas insensi-
bles, a las aves, y aun a los animales más toscos; como se reconoce en el
sagrado texto, [Apostilla: Números 22 y 28] donde se refiere que un ángel
habló al profeta Balaam41 moviendo los órganos de la lengua del jumento
en que iba.
[86] En otra ocasión pidió uno de los confesores de Catarina a la ya
insinuada alma, encomendase a Dios cierta necesidad. Respondió que sí
haría, pero que se lo encomendasen también a esta esclarecida virgen, por
cuanto le había dado a entender el Señor que los negocios de importancia
se los encomendase a ella, a quien había dado palabra de no negarle cosa de
las que pidiese, por el desinterés propio y caridad con que clamaba por sus
creaturas. Este mismo sentimiento comunicó muchas veces el Altísimo a su
sierva, diciéndole: “Pide lo que quisieres, que empeñada está mi palabra a
41 Personaje bíblico, famoso porque al castigar injustamente a su mula, un ángel le habló por
boca del animal.
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concederlo todo.” Otro día se le representó una grande manada o numeroso
rebaño de ovejas muy blancas que iban por una senda angosta, alegres y
despacio, entretenidas con el verde y buen pasto que les franqueaba el abun-
dante y delicioso campo. Y al tiempo de esta amena visión o representación,
descubrió a un lado del camino o senda, como en un repecho, muchos lobos y
bestias fieras que le causaron temor y espanto. Y entre estos sustos y sobresal-
tos vio a Catarina, para la confortación y aliento de su pusilánime corazón,
encumbrada en unas altas serranías como pastora de las ovejas representadas
y padeciendo por ellas inexplicables tormentos, que significo en parte, dicien-
do: “Que la había visto con una cruz grande en el hombro, tan pesada, que al
parecer la rendía y agobiaba, y en la cabeza una corona de cambrones terrible
por la delicadeza y tupido de las espinas que causaban en la sierva de Dios
insufribles dolores y martirios.” Entendió por las ovejas, almas que subían
al cielo por el camino de la perfección; por las bestias fieras, a los demonios,
que no pudiendo encarnizarse en las almas que seguían al divino cordero
por la protección de la caritativa virgen, subían rabiosos a la cumbre de las
serranías y se vengaban desahogando su rabiosa furia, en la fiel y vigilante
pastora del rebaño redimido con la preciosísima sangre del buen pastor y
redentor del mundo. Experimentó esta persona la caridad de Catarina, con
tal exceso y milagrosas acciones, que le obligaban a llamarla y tenerla por su
maestra y amorosa madre. Y concurría Dios al aumento de este concepto por
horas y por instantes con visiones, revelaciones y locuciones, que significaban
aún más de lo que él entendía. En el día veinte y cuatro de junio de 1679, se
le representó dentro del divino pecho del Señor, una perla muy grande que
estaba como pendiente; y le dijo: “Ésta es Catarina y es la perla cornelina42 de
mi corazón”. Otra tiene, según se dice, nuestro rey y señor con este nombre,
única por su grandeza. En otra ocasión, le dijo: “Que era esta sierva de Dios
el botón del jazmín de su corazón”. Otro día rogando al Señor por uno de los
confesores de Catarina, se le representó una oliva bien copada y en el remate
un como pimpollo o cogollo43 hermosamente compuesto, en que estaba en-
gastada una grande y preciosa perla; y entendió que en el árbol se significaba
el confesor y en la perla esta esclarecida virgen. En otras muchas ocasiones
le dijeron Dios y sus ángeles: “Que Catarina era escudo, torre, muralla bien
fortificada y madre de la caridad, con que abrasaba a todo el universo”.
42 La perla cornelina o cornalina es de color rojo sangre.
43 Brote de árboles y plantas.
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Capítulo 5
De varias visitas que hizo su espíritu a los subterráneos senos
1. De lo que vio espiritualmente en el terrible lugar del infierno, destinado
para las eternas penas de los condenados
[87] Ya he insinuado en varias partes de esta historia que para animarla
a padecer más por los pecadores le mostró Dios muchas veces lo que se
padecía en el infierno. Y aunque en testimonio de esta verdad bastaran
las visiones referidas y los casos particulares contenidos en los libros ante-
cedentes, pondré en este número otras que manifiesten los conocimientos
que tuvo de aquel abismo de fuego, de aquellas tristes y horrorosas mora-
das de dragones, donde atemorizada entre las oscuras y palpables tinieblas,
discernía y alcanzaba a conocer su espiritual vista, solamente horrores y
asombros en la crueldad de los infernales espíritus y en la variedad de nun-
ca bastantemente ponderados ni aun imaginados tormentos que padecían
con rabiosa desesperación las almas justamente condenadas por sus culpas
a aquella eterna desdicha. Visitó y anduvo repetidas veces su espíritu por
aquellas terribles mazmorras y obrajes infernales, sola o acompañada de
ángeles y cortesanos celestes, encontrándose ya con callejones angostos lle-
nos de oscuridad y espantosos fantasmas; ya con lagos de frío, de fuego, de
hediondez y desesperación, donde padecían los condenados sin consuelo,
atormentados de innumerables demonios, que tomando formas horrorosas
como de sabandijas ponzoñosas, de sierpes venenosas, de etíopes agiganta-
dos, de leones, perros y toros, escorpiones, alacranes, cientopiés,44 lagartos,
y de otras fieras y monstruos, se encaraban con la esclarecida virgen, dando
muestras de su furor y de las ardientes ansias que tenían de picarla, mor-
derla y despedazarla. En otras ocasiones le mostraron los instrumentos de
atormentar que tenían prevenidos las potestades y príncipes del tenebroso
abismo. Y eran todos los que acá en el mundo pueden aplicarse para mar-
tirizar los cuerpos, y otros exquisitos que aún no ha inventado ni fabricado
la crueldad de los hombres, ni Catarina hallaba símiles con qué explicarlos;
pero sí entendía que servían o significaban la variedad y rigor de las penas
con que eran atormentados los pobladores del infernal y eterno cautiverio.
44 Ciempiés.
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Los unos de estos condenados se le representaban en ríos de un abrasador
fuego; otros en camas o parrillas de encendido hierro; otros en afanadores,
sartenes y calderas de plomo derretido o de azufre, alquitrán, pez o resina.
Algunos veía ceñidos de culebras o de otros monstruos o fieras que los
despedazaban, comían y roían las entrañas. Y finalmente, a otros reconocía
aprisionados y expuestos a los eternos azotes del rebenque45 y varas de hie-
rro; y si los desataban era para otro no menos cruel martirio, poniéndoles
sobre un yunque de bronce y majándoles con mazos de acero hasta hacerlos
polvo, y volviéndoles luego a su ser, les ponían de nuevo en estos u otros
semejantes martirios. En este terrible y espantoso lugar veía personas de to-
dos estados, y muchas veces entendía los vicios y culpas porque los condenó
la rectísima y divina justicia.
[88] Por el año de 1675, rogando a Dios por los difuntos, se halló el
espíritu de Catarina en la boca de una cueva o socavón horrible que se iba
extendiendo por un callejón oscuro y tenebroso, por donde venía hacia ella
un fantasma en forma de mujer como reventando por lanzar una espina o
veneno que le despedazaba las entrañas. Y lastimándose la sierva de Dios
de tan penoso tormento, pretendió poner en manos del alma afligida un
rosario con que se hallaba; pero el alma rabiosa y desesperada lo arrojó de
sí, como quien se abrasaba con sus cuentas. Se admiró Catarina, y condoli-
da del mal ajeno, volvió a instar a la divina misericordia con sus ruegos. Y
oyó una voz, que le dijo: “No te canses en pedir, que es mal sin remedio”.
Y juntamente le dieron a entender que aquella especial pena era castigo de
un pecado callado en la confesión, que no tenía cura en la otra vida. En la
muerte de un hombre rico se le representó el alma del difunto en forma de
un gusano muy grande, gordo y blanco, pero muerto, al cual iban arras-
trando con facilidad muchas hormigas pequeñas para arrojarle en un hor-
no encendido. Entendió por las hormigas los demonios y por el gusano al
dicho difunto, gordo en el caudal y en el cuerpo. Y con esta representación
se acordó Catarina había tenido otra semejante visión muchos años antes,
en la muerte de otro hombre poderoso. En otra ocasión fue arrebatado su
espíritu y se encontró entre obscuridades y asombros con un hombre tendi-
do, no sé si en parrillas ardientes o en otra cama de fuego, pero tan rodeado
y cercado de bultos en forma de gentes, que no pudo ver más que los pies
tostados, denegridos y feos. Y en la suspensión que le causó este horrible y
45 Látigo de cuero con que se disciplinaba a los galeotes.
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abominable objeto, oyó la relación que hacía uno de los circunstantes de la
vida del insinuado hombre al parecer difunto, tan desastrada y tan desalma-
da, que la sierva de Dios se puso en expectación de una terrible sentencia.
Entonces vio y oyó, que como si estuviera lleno y revestido de pólvora al
que consideraba castigado por la divina justicia, comenzó a despedir de sí
tanto fuego entre espantosos truenos, como si fuera un castillo de bombas
y cohetes o una muralla guarnecida de numerosa y gruesa artillería. Y al
mismo tiempo oyó una voz, que le dijo: “Este tormento padece este hombre
por la gravedad de sus delitos”. Quedó atónita y pasmada. Y apoderándo-
se ya el desfallecimiento de su corazón, se le apareció el Señor, diciéndole:
“¿Qué tienes? ¿No lo ves? ¿No adviertes cuán recta es mi justicia?” Dijo
Catarina: “Sí, Señor, pero me falta el aliento para verlo y oírlo. ¿Qué será
menester para padecerlo?” Con esta soberana vista recibió algún consuelo y
confortación su corazón compasivo; mas le duró por algún tiempo el espan-
to y temor que solía experimentar con semejantes visiones, recelando fuesen
efectos de la divina justicia y testimonios de su rigor. Acabada esta visión
se le representó otro personaje muy feo y abominable con resplandores de
oropel, que significaban su dignidad mundana. Conoció por su monstruosi-
dad el estado de su alma, y condoliéndose la caritativa virgen de su infelici-
dad, le preguntaron, sin saber quién, si lo conocía, y respondió ella que no.
Le dijeron: “Pues es fulano, persona de toda autoridad en la república”. No
dio crédito la sierva de Dios a esta voz, y así continuó pidiendo y clamando
por el insinuado personaje, ofreciendo por él sus oraciones y clamores. Y
en esta larga batalla reparó que de negro se había convertido y transforma-
do en un hombre de fuego encendido, como una lumbre; y aunque no le
explicaron más el misterio de esta representación y otros igualmente tristes,
siempre quedó temerosa de que fuese uno de los tizones encendidos con que
se ceba el fogón y quemadero del infierno.
[89] En otra ocasión, encomendando a Dios a cierto enfermo cuya sal-
vación le daba mucho cuidado por haber visto espiritualmente muy listos
en su recamara a los demonios, fue con licencia y orden de su confesor a
visitarle a tiempo que al entrar por la puerta, le dijeron los de la casa que
ya el enfermo estaba sin habla, batallando con las congojosas ansias de su
muerte. Con el susto de lo que oía y había visto, pretendió desalada entrar
en el cuarto donde yacía el moribundo. Y al llegar a la puerta, la medio
cegaron con un remolino de polvo, impidiéndole con violencia la entrada;
pero ella, arrastrada del impulso de su caridad, forcejeando y atropellando
con los invisibles y diabólicos impedimentos, entró y se acercó a la cama del
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enfermo, donde se halló tan cercada de espantosa oscuridad, que no pudo
explicar sino es comparándola con las palpables tinieblas de los calabozos
del infierno; si bien no descubrieron sus ojos más que sólo un diablo en for-
ma y figura de un rabioso perro, que la amenazaba con amagos de acometer-
la y despedazarla. En medio de esta turbación y tribulación expiró el doliente,
y entre los gemidos y llantos de los circunstantes, empezó la sierva del Señor
a pedir y rogar a la divina misericordia por el difunto. Y la respuesta, que le
daba o permitía el cielo, era experimentar en su alma mayores tinieblas y
más espesas sombras de oscuridad. Repitió muchas veces sus oraciones
y clamores por esta alma, y otras tantas veces le respondieron con símbo-
los de una fatal y eterna desgracia; como fue el ver luego que murió, que
se formó un entierro de clérigos con sobrepellices, que se le representaron
etíopes46 y sin coronas, los cuales iban cantando y diciendo (como haciendo
burla de la sierva de Dios): “Quería y pretendía la china embustera que
todos se salvasen y que no lográsemos lance alguno con todo nuestro poder
y astucias. Ahora conocerá nuestra potencia y su poco valimiento para con
el supremo juez”. A las cuales palabras, respondió Catarina: “Ya os entien-
do, embusteros y malditos del padre eterno. Apartaos de mi presencia, que
como a padres de la mentira, no os doy ni puedo dar crédito. Lo que creo
es que ni yo ni vosotros podemos nada; porque sólo Dios es el que todo lo
puede y de quien dimana todo poder y protestad. Y todos los poderíos que
os ha dado se reducen a comer y roer por toda la eternidad, como perros, a
todos los huesos podridos que os arroja su recta y santa justicia”. Otro día,
continuando esta espiritual lucha con gemidos tiernos y eficaces ruegos, se
le representó la dicha alma en forma de una culebra herida y quebrantada,
revolcándose sobre un montón de maíces, sin poder comer ni coger un solo
grano. El misterio de esta visión significó y explicó la sierva del Señor pre-
cisamente con esta pregunta que hizo a su confesor: “¿Por ventura puede
salvarse alguno de los que se han vestido y sustentado con lo ajeno, si no lo
ha restituido antes de su muerte?”. Le respondió el confesor: “Bien puede
salvarse alguno, con tal que confiese la culpa y no pueda satisfacer; porque
el propósito verdadero y el deseo eficaz de pagar lo que debe, se le admitirá
por suficiente cuenta en el tribunal de la divina justicia”. A esta respuesta,
añadió Catarina: “Pues este hombre fantasma que me amedrenta y asom-
bra con espantos, aunque no se confesó en la hora de su muerte, puede ser
46 Es decir, de piel negra.
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que se hubiese confesado antes; y puede ser, que con todos sus buenos
deseos, no pudiese restituir lo ajeno y que el Señor con su infinita miseri-
cordia le salvase. Roguemos a Dios por él y no escudriñemos sus incom-
prensibles juicios.”
[90] En otra ocasión se le representó este hombre con la misma forma
y rostro que tenía en esta vida (aunque denegrido y feo). Y advirtió la sierva
de Dios que estaba recostado sobre un cojín negro, viejo y maltratado; y al
pedir y clamar por él al Altísimo, le pareció que se había hundido y penetrá-
dose con la tierra, desapareciéndose como humo sin quedar rastro alguno
del espantoso y abominable fantasma. Finalmente, el justo juez de vivos y
muertos, respondiendo a las eficaces instancias de sus oraciones, se le dejó
ver también herido, llagado y maltratado. Y le dijo: “¿Pues no ves, Catari-
na, como me ha puesto esa creatura?” Con todas estas y otras semejantes
visiones quedó la caritativa virgen con esperanzas de la salvación de este
muerto; porque como ella decía, los demonios solían inventar y componer
estas sombras para desacreditar a los difuntos y engañar a los vivos. Para
prueba de este su sentimiento y probabilidad prudente de lo que decía,
añadió el caso siguiente: “Estando en la iglesia el día de la invención de la
Santa Cruz, rogando a Dios por los muertos y aplicándoles la preciosísima
sangre del Señor, fueron arrebatadas las potencias de mi alma a una casa
muy distante, y oí un gemido tan horroroso que me pareció bramido de
algún toro, león u otra fiera que salía de la boca de un enfermo, al tiempo
que se apartaba del cuerpo el alma. Me causó grande turbación, y cuando
se iba ésta templando, sentí que se iba acercando hacia la puerta del costado
del templo, donde yo estaba, el ruido. Y oí a la misma alma unos quejidos
tristes, como quien estaba ya rendida y cautiva de sus enemigos, que me
traspasaron el corazón, por haberme dado a entender se había perdido esta
creatura para siempre y que los demonios pasaban con ella cerca de mí para
más atormentarme, haciendo alarde y vana ostentación de su victoria. Yo
desprecié sus trazas y soberbias astucias, diciéndoles: ‘Andad de ahí, mal-
ditos del padre eterno, que no os creo, ni hay necesidad de que se me ma-
nifiesten a mí vuestros triunfos. El día del juicio se harán públicas vuestras
falsedades en el universal teatro de las creaturas y constará a todos lo que
es verdad y mentira’”. Bien puede ser que esta representación fuese de caso
verdadero y no fingido, y que lo permitiese el Señor para que su querida
esposa pidiese y trabajase más por librar a los vivos de las uñas y dientes del
dragón infernal; pero es digno de nota y ponderación, cuán grande y perfec-
ta era la caridad que resplandecía en esta esclarecida virgen, pues con tantas
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apariencias y señales no juzgaba ni condenaba a sus prójimos. Porque esta
celestial virtud no piensa mal de nadie; procura justificar todas las acciones
ajenas que ve; hace apologías en su favor y defensa; para ninguna falta deja
de hallar excusa que la justifique. Todo lo dora, como dijo el apóstol, y tie-
ne alas de oro con qué cubrir los descuidos, ignorancias y flaquezas de las
creaturas; porque sus ojos son tan sanos, que aunque lo que entra por ellos
sea malo, por ser bien visto recibe bondad, y cuando llega al juicio y le toma
el pulso, lo da y tiene por bueno.
[91] Aun a los vivos solía ver ya en el infierno con las especiales penas
que habían de tener o las que merecían conforme al estado presente de
sus culpas; porque como consta de muchos casos referidos en el discurso
de toda la historia, los veía ya asándose a fuego manso, ya atravesados en
asadores, ya friéndose en sartenes ardiendo, ya cociéndose en calderas hir-
viendo, ya abrasándose en horrorosos incendios, ya como gatos enfurecidos
sobre ascuas abrasadoras dando brincos y saltos, ya en parrillas y hornos
encendidos, ya en calabozos llenos de oscuridades y sombras espantosas.
¡Oh, qué de veces le mostró el Señor al caballero profano y loco y a la dama
más desvanecida47 en los mismos coches de su vanidad y soberbia, envesti-
dos y revestidos de un fuego infernal entre las humaredas espesas del espan-
toso abismo como tizones encendidos, colocados en lo profundo del eterno
y nunca bastantemente ponderado cautiverio!; entendiendo juntamente la
gravedad de sus delitos, que hacían abominables sus almas. Si bien notaba
y advertía la sierva de Dios al referir estas visiones los engaños del mundo;
porque a los que el vulgo insensato y los sabios desconfiados arrojaban con
temeridad al infierno en sus tan presumidos como errados juicios, los solía
ver Catarina en carrera de salvación y en el cielo; y al contrario, a algunos
de los que pasaron de esta vida canonizados de los carnales, se los mostraba
Dios condenados, despreciados y afrentados en el más tenebroso centro de
la tierra, como desesperados hipócritas. Ejemplifiquemos esta materia con
otro caso raro; no nos contentemos con los referidos. Deseaba mucho nues-
tra Catarina que mudase de vida cierta mujer casada, conocida de la sierva
de Dios y aun bienhechora suya, la cual, ofendiendo al Señor y a su marido,
gastaba y perdía el tiempo en bailes, juegos, galas, profanos entretenimien-
tos y todo lo demás que se sigue de este modo de vivir escandaloso entre
47 Soberbia, vanidosa, presumida.
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cristianos y aun entre herejes y políticos48 gentiles. Clamando al Señor por
esta alma, se le representó un día en lo más profundo del infernal abismo,
horrible a la vista y espantosa a la imaginación, convertida en una abrasadora
lumbre o hierro encendido, y que estaba como revolcándose sobre un cuero
de toro formado del fuego del mismo infierno. Con esta pena, le dijeron que
se castigaban con especialidad los pecados de los adúlteros, de quienes hacían
irrisión y afrentosa mofa los demonios y todo el numeroso concurso de los
pobladores del subterráneo y más ínfimo e infeliz cautiverio, preparado para
los rebeldes y obstinados espíritus y para todos los hombres que se alistaren
en sus banderas, sujetándose a su cruel y bárbaro dominio.
2. De una visión particular que tuvo la sierva del Señor de un hermano suyo
que murió sin bautismo
[92] Mostró Dios a Catarina a un hermano suyo, en otra ocasión que pedía
y rogaba por los difuntos, representándoselo feezuelo, asqueroso y triste. Y
entendió la sierva del Señor que se lo representaban así para que supiese que
había muerto sin bautismo, de donde infirió que estaba en el limbo. Y las-
timada de esta infinita pena se empezó a afligir, y en medio de este fraterno
desconsuelo, causado del natural sentimiento de su desgracia, se le apare-
ció Cristo y le dijo: “¿Por qué estás triste?”; y habiendo ella dado la causa
presente que la lastimaba, le replico el Señor: “¿Pues yo no soy poderoso
para llevarlo a mi reino?” (Nótese la expresión de omnipotente y potencia
absoluta sobre la ordinaria providencia que resuenan estas palabras, por lo
que diré adelante). Catarina encogida y aun asombrada con la mucha alma
que aprendió en las insinuadas voces, respondió: “Poderoso sois, Señor”.
Habló la sierva de Dios del poder absoluto y protestad de excelencia de que
le preguntaba Cristo. Y en la misma inteligencia, le volvió a decir el Señor:
“¿Pues por qué no me pides por él?” Respondió ella: “Porque he oído decir
a vuestros ministros que no se ha de rogar por los difuntos no bautizados,
pues no pueden salvarse sin algún bautismo, el cual es necesario para borrar
la culpa original, adquirir la gracia y entrar en vuestro reino”. Su Majestad
se sonrió y le dijo: “Pregúntale al padre si has de pedir por los niños que
mueren sin bautismo”. Hasta aquí el hecho y visión histórica, en la cual,
aunque extraordinaria, remirándola con la debida consideración, no hallo
48 Urbanos, educados.
130 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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cosa opuesta o dísona a la doctrina cristiana y católica teología del bautis-
mo; pero porque puede hacer alguna fuerza y ocasionar varios discursos
esta noticia, divulgada entre hombres doctos e indoctos, me ha parecido
conveniente explicarla, diciendo primero mi sentir y después lo que se pue-
de discurrir careando toda la visión y su significación con las luces de la
fe católica, con las sentencias de los santos y teólogos, que son intérpretes
de la ley de Cristo en su santa Iglesia, y con otros sucesos particulares que
andan a la mano en varias historias.
[93] Lo que nos dice y manda creer la santa Iglesia católica es que de
ley ordinaria, común y universal providencia, ninguno se puede salvar sin
bautismo. Y eso es lo que suena aquel bando de Cristo en el capítulo tercero
de san Juan: “Ninguno puede entrar en el reino de los cielos sin renacer pri-
mero del agua y Espíritu Santo en el bautismo” [Apostilla: Juan 3]. Y esta
verdad evangélica y doctrina cristiana fue la que respondió Catarina al Se-
ñor, cuando en la referida visión le dijo: “Que sus ministros le habían dicho
ser necesario el bautismo para borrar la culpa original, adquirir la gracia y
entrar en la celestial Jerusalén”. Y parece que la divina majestad confirmó
en esta ocasión la misma enseñanza con sonreírse al decir su sierva que pre-
guntase al padre si había de pedir por los niños que mueren sin bautismo.
Porque la risa en las sagradas letras tiene fuerza de negación. Lo mismo fue
reírse Dios por las palabras y sentencias de Salomón [Apostilla: Proverbios
I] en la muerte de los que no correspondieron a sus llamamientos, de los que
despreciaron sus consejos y no hicieron caso de sus amenazas, que cerrarles
la puerta del cielo; como a las doncellas necias, que sin prevención y méritos
pretendían aumentar el resplandeciente coro de las celestiales vírgenes. Lo
mismo fue reírse Sara al prometerle Dios por sí o por sus ángeles, fruto de
bendición en su envejecida esterilidad, que dudar y desconfiar de la angélica
o divina promesa en sentir de san Agustín. Y parece que se expresa o colige
de la reprehensión que le dio el ángel con las palabras del sagrado texto:
“Por ventura, ¿hay cosa dificultosa al divino poder?” [Apostilla: Génesis
18] De lo dicho consta que haberse reído el Señor de los pecadores obsti-
nados y rebeldes hasta la muerte, fue señal de haberles negado la entrada
en su triunfante y eterno reino; y el haberse reído Sara de las promesas de
Dios fue argumento de su incredulidad. Luego, el haberse sonreído nuestro
redentor en la insinuada pregunta, sería darnos a entender que el herma-
nillo de Catarina no había de entrar en el cielo; para refijarnos quizás en
el asenso católico de la ley ordinaria y común providencia de que ninguno
puede salvarse sin algún bautismo, y dejar cerrada la puerta absolutamente
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a cualquier otra vana esperanza, errados juicios y malas consecuencias que
pudieran fundarse en otro opuesto discurso, si propusiéramos con probabi-
lidad y certeza humana el contrario asenso en un caso, aunque tan extraor-
dinario, irregular y milagroso. El cual podía causar error, especialmente en
aquellas madres que por falta de madurez y asiento, se precian de saltado-
ras; o en la que por no deshonrarse soberbias, se arrojan temerarias y llenas
de impiedad a ser matricidas de sus hijos antes de bautizarlos, sin advertir
ignorantes ni reparar despechadas, que se precipitan al infernal abismo por
arrojar al limbo a las creaturas que engendraron, privándolas para siempre
jamás de la vista clara de Dios y eterna felicidad. Consideren éstas que les
ha de pedir el Señor estrecha cuenta. Y que sus mismos hijos en el día gran-
de de la universal residencia, donde parecerán llorando y de donde saldrán
afligidos; no vestidos de fuego pero sí de un eterno duelo por culpa de sus
padres, clamando contra ellos justicia, podrán justificar una justa y rigorosa
sentencia y una eterna maldición que les confunda en los infiernos. Éste es
mi sentir y parecer, subordinado a los que más saben y entienden. Paso a
lo que pueden apoyar los maestros y doctores en sus opinativas y falibles
consecuencias; y a lo que pueden ponderar los amplificantes oradores, que
con un “parece” suelen decir lo que no es y aun lo que no puede ser.
[94] A algunos de los más doctos de estos reinos y nuevo mundo (que
en mi aprecio no deben posponerse a los sabios de la Europa ni de la Gre-
cia) a quienes llegó la noticia de la dicha visión y narración histórica de
este extraordinario y raro caso, los vi inclinados y aun rendidos al asenso y
parecer contrario, persuadiéndose que prudencial y piadosamente se podía
discurrir que el hermanillo de Catarina se salvó y le llevó Cristo al cielo. Se
fundaban en que parece lo insinuó el Señor en aquella pregunta del núme-
ro antecedente: “¿Pues no soy poderoso para llevarle a mi reino?”; a que
aludió la sierva de Dios respondiéndole: “Poderoso sois, Señor”; las cuales
palabras no se deben ni pueden entender de ley ordinaria y según la común
providencia; porque en esta inteligencia ya había dicho Catarina, confor-
mándose con la doctrina cristiana, que era necesario para la salvación el
bautismo. Se han de entender, pues, en este singular caso de manera que, con
especiales motivos de ostentar su omnipotente bondad, por especial privi-
legio y usando Dios de su absoluto poder y potestad de excelencia, pudiese
salvar a este niño con bautismo o sin él; con bautismo, disponiendo con su
infinita sabiduría que fuese bautizado por persona humana, resucitándolo,
como ha resucitado y puede resucitar a otros muertos. Quién se atreverá
a negar al Señor esta potestad absoluta e independiente cuando él mismo,
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para asegurar al Bautista y sus discípulos de que era el verdadero mesías y
redentor esperado [Apostilla: Mateo 2], les propuso por argumento inde-
fectible de su divinidad el resucitar y poder dar vida a los muertos; como
consta del sagrado texto y lo confirmaremos adelante con varios ejemplos
que tenemos a la mano en los libros e historias de los santos. Supuesta esta
católica verdad, que cede en honra y gloria del divino poder, se inclinaban
los sabios ya insinuados a discurrir en apoyo de la salvación del hermanillo
de nuestra Catarina, que la pregunta que le hizo el Señor fue prueba de
querer llevarlo a su reino; confirmando este su piadoso sentir y parecer con
autoridad de san Ambrosio y otros santos padres y doctores, que exponien-
do e interpretando la sagrada historia de Abraham y Sara, dicen: “Que el
reírse ésta cuando les prometió Dios fruto de bendición, no fue argumento
de incredulidad, sino indicio del futuro misterio en el nacimiento de Isaac, a
quien le dieron por nombre sus padres risa y alegría”,49 [Apostilla: Génesis
18] para dar a entender que nacía para placer y regocijo del mundo. Y con
este sentir y discurso se prueba [Apostilla: Cornelio, El Pentateuco] que no
siempre en las sagradas letras es la risa argumento de incredulidad y des-
confianza, sino misteriosa admiración de un raro y extraordinario caso en
que resplandezca el poder absoluto de la Omnipotencia. La cual doctrina se
puede aplicar a la visión referida y afirmarse con piadosa probabilidad, que
el haberse sonreído Cristo cuando preguntó y dijo a Catarina: “¿No soy
poderoso para llevar a tu hermanillo a mi reino?”, no fue señal de que le ce-
rraba las puertas del cielo, sino de que se las quería franquear para una eter-
na felicidad y gloria. El mismo sentido dan los doctores a la otra semejante
pregunta que hizo el ángel a la anciana y risueña Sara: “Por ventura, ¿hay
cosa difícil para Dios omnipotente?”; y se confirmó con el hecho, dándole
el Señor un hijo de tanta alegría, que mostró ser dádiva de Dios; porque los
de Eva entran en el mundo llorando y probando con sus lágrimas que son
hechuras de la naturaleza. Y así como no podemos negar ser prodigio de la
Omnipotencia el que la vejez de Sara, a pesar de la esterilidad, engendrase;
tampoco debemos negar la posibilidad de que Dios resucitase y salvase por
medio del bautismo al hermanillo de Catarina. Digo posibilidad, porque
nunca el Señor le dijo con claridad y expresión que lo había salvado ni que
lo había de salvar; pues todo lo dicho en este número es meramente piadoso
discurso, y aunque muy probable, falible.
49 El nombre “Isaac” significa “aquel con el que Dios reirá”.
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[95] Más dificultad tiene la salvación de este niño por el medio y modo
que otros discurrían, inclinándose a que lo salvaría Dios sin bautismo, usan-
do de su omnipotente poder y potestad de excelencia; porque esta potestad
no se le puede negar a Cristo, como ni el que santificase al Bautista en el
vientre de su madre. Esta doctrina la califican de santa y católica los mu-
chos y gravísimos teólogos que la siguen y defienden, cuyos nombres omito
aquí por ser tantos, que para citarlos son estrecho blanco los márgenes de
este libro, remitiendo al piadoso lector a los padres Francisco Suárez [Apos-
tilla: Padre Suárez, tomo 3, tercera parte, capítulo 69, artículo 7, sección 3]
y Teófilo Raynaudo [Apostilla: Teófilo Raynaudo, tomo 15, sección 3, parte
1, a folio 431], ambos de nuestra Compañía de Jesús; donde se puede ver
que universalmente los doctores católicos [Apostilla: San Buenaventura, en
el 4, discurso 4, artículo 5, capítulo 1; Santo Tomás, 3ª. parte, capítulo 64,
artículo 3] suponen por cierto que puede Cristo como supremo legislador
extender, coartar y dispensar en sus leyes, y que puede usar de su indepen-
diente y absoluta potestad para comunicar gracias por su libre voluntad, y
para hacer ostentación de su omnipotencia por las deprecaciones de los jus-
tos, por honrar a sus fieles y por otros motivos incógnitos e incomprensibles
a nuestra corta capacidad. A todos estos católicos doctores capitanea san
Buenaventura y hace segura escolta el angélico preceptor,50 enseñándonos
que puede sin duda comunicar el Señor por sí, sin los sacramentos, los efec-
tos de los mismos sacramentos, por ser independiente su absoluto poder y
potestad de excelencia. Y este sentir tan apoyado en la santa Iglesia de los
santos doctores, juzgaron algunos le había insinuado Cristo en la pregunta
ya ponderada: “¿Pues yo no soy poderoso para llevarlo a mi reino?”; y lo
confirmó con su respuesta la sierva de Dios, respondiéndole en la misma
inteligencia de su omnipotencia y poder absoluto sobre la ordinaria provi-
dencia: “Poderoso sois, Señor”. De manera que todo el misterio del hecho,
dicho y objeto de la insinuada e histórica visión se reduce a que Cristo con
insinuaciones y Catarina con palabras, dieron bastantemente a entender:
“Que de ley ordinaria es necesario para la salvación el bautismo; y que
sólo por especial privilegio y usando Dios de su absoluto poder, salvaría
o podría haber salvado al hermanillo de Catarina”. Lo primero es de fe,
lo segundo anda por las cátedras y púlpitos y en los libros, apoyado de
tantos santos y gravísimos doctores católicos, que a mi corto juicio fuera
50 Se refiere a Tomás de Aquino.
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temeridad el negarlo. Pero todo esto prueba la posibilidad de la salvación
de este niño; no que de hecho y con efecto se salvase, pues no consta de la
referida visión que Cristo dijese con claridad y determinación que le había
salvado ni que quería salvarle; sino es en cuanto con preguntas misteriosas
hizo alarde y ostentación de lo que podía hacer su omnipotencia, cuyos
efectos no se pueden comprender en la tierra ni en el cielo por sus creaturas,
y mucho menos podrán éstas negar al divino poder todas las operaciones
que no envuelven contradicción; porque fuera negar el artículo de la fe en
que se nos manda creer y confesar: “Que es Dios omnipotente y todopode-
roso”. Por estas razones suponían algunos de los doctos la posibilidad de
la salvación del hermanillo de Catarina, y aun persistían en la humana y
probable creencia de que, de hecho, le llevaría Dios a su reino por los rue-
gos de su sierva, tomando por último y eficaz motivo lo que le dijo el Señor
en la ya insinuada visión: “Pregúntale al padre si me has de pedir por este
niño.” Se lo preguntó y le respondió el confesor que sí y aun la exhortó a
que clamase por su hermanillo difunto sin bautismo; porque consideradas
las circunstancias, juzgó que Catarina podía hacer esta petición y que él
debía aconsejarle y moverla a que pidiese con fe y confianza, como lo hizo
repetidas veces obedeciendo a Dios con el parecer y dictamen de su minis-
tro, rogando al Señor proveyese a su hermano del remedio necesario para
salvarse y el que fuese más conforme a su evangélica doctrina y fe católica;
pues con su infinita sabiduría y omnipotente bondad, sabía y podía hallar
medio católico que su absorta ignorancia no podía alcanzar.
[96] Los motivos que tuvo el confesor para aconsejar esta petición, en
materia regularmente hablando desesperada [en la cual no debiera hacerse
sin concurrencia de particular causa, razón o motivo], fueron muchos. El
primero, porque atendiendo al absoluto poder del Altísimo, no era la pe-
tición de cosa imposible, como consta de lo ya dicho; y porque como dice
el angélico preceptor: “Obra Dios regularmente conforme a las leyes de
la naturaleza; pero no tan aligado a ellas, que para la manifestación de su
poder independiente no reserve para sí ciertas obras en que no intervienen
las causas naturales. Y así, sin perjuicio de la providencia ordinaria con que
rige a la naturaleza, hace usando de su absoluto poder muchos extraordi-
narios y prodigiosos beneficios, etcétera”. [Apostilla: Santo Tomás, primera
parte, capítulo 105, artículo 6 al 13] De aquí emanaron todos los porten-
tos que obró Moisés en beneficio del pueblo de Dios, [Apostilla: Éxodo 12]
que le acreditaron a él y a su vara prodigiosos. A esta misma independiente
y absoluta potestad, debió el valeroso capitán Josué [Apostilla: Josué 10]
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que detuviese el sol sus acelerados pasos con que se precipitaba en el ocaso,
sirviendo con sus luces a la victoria. Esto que santo Tomás discurre de lo
natural a lo milagroso, corre ajustado en la sobrenatural y común provi-
dencia respecto de la singular y prodigiosa potestad de excelencia. Pues
¿por qué no podría la majestad de Cristo usar de su regalía y poder de
excelencia para hacer semejantes gracias, no obstante las leyes con que go-
bierna su Iglesia? A este inmenso y absoluto poder deben todos los que
han vuelto de la otra vida, resucitados por las lágrimas e intercesión de los
santos y otros varones ilustres, el haber gozado dos vidas y experimentado
dos muertes; no obstante, como dice el apóstol: [Apostilla: Epístola a los
hebreos, 2] “Que está decretado e intimado a todos los hombres, que una
sola vez han de morir”. Otro de los motivos que tuvo el confesor de Cata-
rina para inclinarla y moverla a que pidiese con fe y confianza la salvación
de su hermanillo muerto sin haber recibido el agua del santo bautismo, no
es poco eficaz. Y fue el ver que el mismo Cristo, según parece, quiso alentar
su esperanza y templar su desconsuelo, mostrándole el modo y medio de su
absoluta omnipotencia con que podía conseguir el consuelo e insinuándole
el camino de la oración y de los ruegos, con que de su parte podría mover la
voluntad del Todopoderoso a que quisiese usar en este singular caso de su
independiente poder, escogiendo uno de los medios que se nos ocultan en
su infinita e incomprensible sabiduría. O el medio del bautismo, resucitán-
dole y disponiendo fuese bautizado por persona humana, o bautizándolo
por sí mismo, que no sería la primera vez que descendió del cielo el Señor
para comunicar los efectos de este sacramento, si damos crédito a la graví-
sima autoridad de Jacobo de Vorágine, que en la leyenda de los santos, dice:
“Bajó Cristo nuestro señor del cielo y bautizó por sí mismo a santa Cristina,
diciendo: ‘Te bautizo en Dios, mi eterno padre, y en mí, Jesucristo, su hijo,
y en el Espíritu Santo’” [Apostilla: Jacobo de Vorágine, Leyenda 93]. Lo
cual, y lo que tenemos dicho en el número 57 de la primera parte, lo que
diremos adelante y mucho más que pudiéramos decir para apoyo del insi-
nuado discurso; no se ha de entender que lo obra el Señor conforme a la ley
y común providencia con que gobierna al mundo y a su santa Iglesia, sino
como supremo legislador y superior a toda ley y ordinaria providencia. En
esta inteligencia parece que pudo y debió el confesor de Catarina exhortarla
a pedir la salvación de su hermanillo difunto, correspondiendo a las insi-
nuaciones del Señor. No porque los autores de este discurso pretendiesen ni
pretendan por esto, calificarlas de verdaderas revelaciones o dar por bauti-
zado o salvado a este niño de quien vamos hablando, ni que se publiquen
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como hecho de verdad con efecto; porque esto todo pertenece al tribunal
supremo de la Iglesia, en cuya cabeza está el don de discernir espíritus sin
engaño y con acierto infalible; sino porque discurriendo con probabilidad
histórica y doctrinal en lo humano, parece que las insinuaciones de Cristo
en las preguntas y respuestas que dio a su sierva, comentadas en sano sen-
tido y registradas sus especiales circunstancias, se pueden mirar prudencial
y piadosamente como inspiraciones del Espíritu Santo, a las cuales se debe
corresponder principalmente en materia donde no se asoma inconveniente
ni se descubre alguna repugnancia.
[97] De todo esto, como tengo dicho, inferían los escolásticos discur-
sivos y amplificantes oradores con racional y probable discurso, que el her-
manito de la sierva de Dios difunto sin bautismo conseguiría la salvación
por intercesión de Catarina, usando la divina misericordia de uno de los
medios insinuados o de otro de los que tiene amontonados en la secretaría
de su omnipotencia. Porque esto parece que significan las preguntas enfáti-
cas y misteriosas de Cristo, en que se insinúa y da a entender, que se inclinó
el Señor a hacerle este singular favor si lo rogase, y la movió a pedirlo con el
parecer y dictamen del confesor; porque si no hubiera de concederlo, pa-
recieran a nuestros ojos y corta capacidad de alguna manera ilusorias las
preguntas de Cristo y el haberle remitido al confesor para que gobernase su
petición la obediencia. Más difícil parece que era el cumplimiento del ruego
y oración de Acaz,51 cuando le dijo Dios por su profeta: “Que pidiese por
señal un milagro, aunque fuera resucitar a uno de los muertos que estaban
en el infierno”. [Apostilla: Isaías 5; Abulense; Lira.] Y con todo esto, dice
el Abulense52 y Lira53 con otros muchos doctores, que si el rey Acaz hubiere
pedido que volviese a esta vida Caín, Saúl, Faraón u otro de los que consta
estar ya condenados en el infernal abismo por decreto absoluto del supremo
juez de vivos y muertos, se le hubiera concedido [si bien, el condenado se
quedara para siempre condenado, por ser invariables los decretos del Altí-
simo]; porque las palabras del profeta demostraban que Dios quería hacer
lo que Acaz pidiese, y si faltara esta divina voluntad fueran como ilusorias
las voces y persuasiones de su profeta, que no se puede creer ni decir. Pues si
al ruego de un mal rey, supuesta la promisión del Todopoderoso insinuada
51 En el Antiguo Testamento, un rey de Judea.
52 Es Alonso Fernández de Madrigal, muy prolífico autor del siglo xv y obispo de Ávila, de
donde le viene el sobrenombre.
53 Se refiere a Nicolás de Lira, teólogo y exégeta franciscano del siglo xiii.
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por su ministro, se habían de abrir los eternos cerrojos de las más profundas
cavernas y salir uno de los condenados por última y definitiva sentencia de
un juez inmutable, porque no faltasen, ¿cómo no podían faltar las promesas
de la suma e indefectible verdad? Porque no nos persuadiremos [decían y
discurrían los insinuados maestros y doctores] que el niño objeto de todo
este discurso sería trasplantado en la celestial Jerusalén por la intercesión y
ruegos de un alma tan favorecida de Dios, como se ve y puede piadosamen-
te con fe humana creer de su historia.
[98] Pudieran estos sabios facilitar esta creencia, con muchos y varios
ejemplos de personas que han salido del limbo y del infierno por intercesión
de los santos, de los cuales algunos con la nueva vida después de resucitados
dejaron en el mundo esperanzas de su salvación. Pero éstos se pueden ver
en el libro intitulado Espejo de ejemplos, donde se refieren muchos; en el
padre Francisco de Mendoza de la Compañía de Jesús, que en su Virida-
rio hace con razones y autoridades muy verosímiles semejantes prodigios;
y con mayor extensión y erudición en el padre Ángel Grave de la misma
Compañía, que apoya con otras varias historias, extenderse el patrocinio
de la santísima Virgen en muchas ocasiones milagroso, usando Dios de su
absoluto poder por la intercesión de su santísima madre, en el mundo, en el
purgatorio, limbo e infierno. Sirva aquí de ejemplar especial lo que escriben
muchos y graves autores en la vida de san Nicolás de Tolentino. Y es que
habiendo tenido noticia el santo de la muerte de un hermanito suyo antes de
ser bautizado, exclamó diciendo: “¡Oh, qué infeliz y desgraciado niño, pues
se ha condenado!” No obstante este conocimiento tan católico y conforme
con lo que nos enseña y manda creer la fe acerca de la ley ordinaria y común
providencia con que gobierna Dios su Iglesia, dicen los historiadores y es-
critores de la vida de san Nicolás, que el santo se halló movido a rogar y pe-
dir a la divina majestad la gloria para su hermanito. Y que pidiendo lo con-
siguió, consolándole el Señor con disponer que el mismo niño difunto se le
apareciese y certificase de su salvación, diciéndole: “Hermano mío, Nicolás,
verdad es que por tus oraciones libre de las penas me voy ya a la celestial
corte”. No propongo este caso con crédito de infalibilidad, pues no están
calificadas de verdaderas por la Iglesia santa todas las cosas que se escriben
en las vidas de los santos; sino con el testimonio de verdad que la fe humana
debe dar a sus historiadores, hombres de toda autoridad y estimación en
los reinos y monarquías del cristianismo. Y esta certidumbre nos basta para
engrandecer la misericordiosa omnipotencia del Altísimo, que para honra
y gloria de su absoluto poder y para crédito de sus santos y siervos, obra y
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ha obrado en el mundo cosas prodigiosas y milagrosas; aunque en pocos y
muy raros casos, que según la ley ordinaria y la común y universal provi-
dencia, los tenemos y creemos imposibles. El modo con que Dios usa de su
omnipotencia absoluta y potestad de excelencia dispensando, coartando y
no contraviniendo a sus leyes por ser superior a ellas, es más propio asunto
de la teología que de la historia. Y para que ésta sea maestra de los que la
leyeren en este punto, basta con tener una doctrina de fe católica. Y es, que
creemos que de ley ordinaria y según la común providencia: “Todos los
niños que mueren sin bautismo se van al limbo; así como todos los adultos
que mueren en pecado mortal se van al infierno”. Y supuesta esta verdad
católica, harto necio, loco o infiel fuera quien esperara y aspirara a salvarse
por el medio de una resurrección u otro de los milagros que se contienen en
el secreto e incompresible archivo del divino poder.
[99] Asómbrense aquí los mundanos políticos y los cortesanos del siglo
se pasmen atónitos, viendo aquel omnipotente rey de reyes y poderosísimo
señor de señores, tratar y conferir tan graves y tan profundas materias con
una pobrecita esclava tirada en un rincón bajo de la casa; y no sólo quererle
hacer, en sentir de muchos, un beneficio tan grande y favor tan exquisito,
sino convidarla y como rogarle con él. Verdaderamente conocemos, Señor,
que no sois aceptador de personas grandes a lo del mundo; antes parece que
afectáis la aceptación de personas humildes para honrarlas y favorecerlas
con más empeño. Como sobresalió en la primitiva Iglesia, a quien advierte
admirado el apóstol cuando dice: “Mirad, advertid y reverenciad a la pro-
videncia divina en la vocación a su Iglesia; a la cual no ha llamado muchos
sabios según la carne, ni muchos poderosos ni muchos nobles, sino que esco-
gió las cosas y personas despreciadas del mundo para confundir a sus sabios;
lo débil y lo flaco para derrocar lo robusto; las plebeyas para avergonzar a
las altas, nobles y eminentes del siglo; y últimamente, con la nada lo vence
todo”; y el motivo último y causa es: “Porque no se gloríe vanamente en su
presencia toda carne”. [Apostilla: Primera a los corintios 1] Bendita sea
su omnipotente benignidad y poderosa justicia, que hace gala de levantar
a los humildes y deshacer abatidos hasta su nada a los soberbios.
3. De la devoción que tuvo con las ánimas del purgatorio y de lo que pade-
cía por ellas con varias visiones de este terrible lugar
[100] Quien era naturalmente tan compasiva con los vivos, también lo
había de ser con los difuntos, cuyas ánimas impedidas y aprisionadas no
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podían ver a su divino esposo, que era todo el cuidado y ardiente deseo de
esta sierva de Dios. Abrasada de este celo, lastimada de lo que padecían las
benditas ánimas, empleaba todas sus fuerzas en sacarlas de aquella penosa
cárcel. Por esto ofrecía los méritos de los santos, las obras de los justos,
los sacrificios de los sacerdotes, la intercesión y merecimientos de la reina
de los ángeles y la preciosísima sangre del Señor. Por este fin ayunaba, se
disciplinaba, cargaba de silicios, oía y mandaba decir muchas misas, y hacia
todas las penitencias y obras de piedad que dejo insinuadas en la historia,
procurando y anhelando a satisfacer por todas sus deudas de los difuntos.
Y aunque sus mortificaciones eran muchas y extraordinarias, los dolores que
Dios le comunicaba por sí, por sus ángeles y por los demonios, instrumen-
tos de su divina justicia, eran inexplicables y unos continuados martirios;
porque como se ha dicho, el modo de sacar almas del purgatorio y hom-
bres del infeliz estado de sus culpas, era conmutándose lo que ellos debían
padecer y hacer para templar los rigores de Dios enojado, por lo que Cata-
rina padecía. Y como era innumerable el número de las almas que sacaba
del uno y otro cautiverio, así no hay guarismo para referir los martirios
que sufrió, ni lengua para ponderar la gravedad de sus penas, congojas y
ansias de muerte.
[101] Este afecto caritativo que tenía a las benditas ánimas del purga-
torio se lo aumentaba y pagaba el cielo, mostrándosele muchas veces las
almas por quien pedía, gloriosas al subir a las celestiales cumbres por su
intercesión y buenas obras; ya en representación de ejércitos numerosos y
triunfantes, vestidas las unas de resplandores, otras de luminosas riquísimas
telas y sedas, y todas con vestiduras de ángeles y bienaventurados con que
obscurecían la luz del mismo sol; ya en forma de muchos resplandecientes
y apiñados hilos, como pendientes del ropaje de la santísima Virgen, de su
rosario y escapularios; ya en forma de luces y de estrellas; ya de cuerpos hu-
manos, a quienes servían de carros triunfales las manos y brazos angélicos;
y ya como asidas de las manos de esta esclarecida virgen, símbolo de sus
santas obras, las veía subir y entrar gloriosas en la eterna y celestial corte.
En otras ocasiones de las muchas y repetidas que bajaba el espíritu de Ca-
tarina al purgatorio, se hallaba con la representación de la preciosa sangre
del Señor, de que tengo hecha mención en esta historia y que le mandaban
derramar y repartir como fiel despensera de Cristo entre las creaturas redi-
midas. Y con este soberano rocío, veía el consuelo y refrigerio que experi-
mentaban las benditas almas, clamando y diciéndole las unas: “¡Echa hija,
echa!”; otras: “¡A mí, a mí!”; otras: “¡Aquí, aquí!” Y condoliéndose ella
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de algunas en particular, porque se le mostraban más afligidas, se volvía al
divino esposo, que siempre la acompañaba en estos espirituales vuelos; y
le decía: “Mira, Señor, qué afligidas están éstas. ¿Cómo lo puede sufrir tu
amor y misericordia infinita?”. Y su Majestad le respondía muchas veces:
“Sácalas tú, amada y querida mía, pues te he dado poder para ello por los
merecimientos de mi pasión y sangre”. Con esta voz se hallaba impeli-
da, de manera que diciendo y haciendo, se arrojaba a los incendios y
tenebrosos calabozos donde penaban las almas y de donde las sacaba
valerosa y triunfante para que volasen al delicioso paraíso del eterno
descanso. Otras veces le daban a escoger determinado número entre la
muchedumbre de tantos nobles prisioneros y escogía las de sus confesores,
bienhechores y de todos los eclesiásticos que reconocía con la espiritual
y perspicaz vista que el Señor le comunicaba, para que pudiese divisar y
registrar todo lo que pasaba y se ejecutaba en las espantosas cavernas de
aquel triste seno y terrible lugar. Pero lo más ordinario y lo que más fre-
cuentemente le sucedía era el subir cargada de innumerables almas, amon-
tonadas sobre sus hombros o asidas de sus brazos, manos, rosario y escapu-
larios, comunicándole las unas y las otras sus penas. Y aunque ponderaba
la sierva de Dios lo intenso y riguroso de su padecer en estos descensos y
ascensos del purgatorio, ponderaba más y aun se admiraba su inocencia
con especialidad de tres cosas, que eran: “El no convertirse en pavesa en
medio de tantas abrasadoras llamas y encendidas brasas; el poco peso que
tenían las benditas almas ya purificadas; y el sacarlas por su mano, siendo
tan pecadora y habiendo oído decir que era este oficio propio de los angéli-
cos espíritus”. En el tiempo que andaba por aquellos tenebrosos callejones
y visitaba sus tristes moradas, le salían al encuentro sucesivamente multipli-
cadas tropas de almas prisioneras. Y poniéndosele delante de los ojos, le pe-
dían sus oraciones, puestas o enclavijadas las manos y en ellas sus rosarios y
escapularios, y de estos solía cogerlas y sacarlas de aquel mar borrascoso de
penas y martirios. Otras se asomaban por las puertas y troneras de los cala-
bozos y le encargaban que no se olvidase de las que quedaban. Finalmente,
reconocía su espíritu la variedad de tormentos e inexplicables martirios con
que se purificaban, entendiendo muchas veces las culpas porque penaban y
lo que les faltaba de purificación para entrar sin ruga y sin mancha alguna
en el eterno y abundante convite de la gloria; representándosele las unas
trigueñas, otras más blancas, otras vestidas de fuego, otras despedazadas;
asadas otras, fritas y quemadas. En otras ocasiones se le representaban la-
gos dilatados de metales hirviendo llenos de rostros y cabezas, conociendo a
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los afligidos, la tierra de donde eran y sus nombres, sin que se eximiese de
su registro los príncipes, reyes y pontífices. Se le representaban también la
variedad de crueles y exquisitos instrumentos de atormentar, en salones tan
espaciosos como lóbregos y tenebrosos. Y pareciéndole tal vez los mismos o
muy semejantes a los que había visto en el infierno, mereció su advertencia
que le dijesen: “En un infierno estás, Catarina. Temporal, pero no eterno”.
[102] Cuando no bajaba en espíritu la sierva de Dios al purgatorio,
se venía el purgatorio en visión a buscarla; porque en todas partes padecía
y clamaba por el alivio y libertad de las benditas almas y trataba y con-
versaba con ellas como con los vivos, preguntándoles sus nombres, sus
patrias y por qué penaban. Y ordinariamente satisfacían a sus preguntas,
comunicándole grande consuelo con asegurarle de que estaban en camino
de salvación y que tenían ya asegurada una gloria inefable y eterna, cuando
se les acabase el tiempo y las penas que les restaban por padecer. Con espe-
cialidad, se alegraba al reconocer entre estas nobles prisioneras, almas de
personas chinas, japonas, mogoras y de otras partes remotas, donde pre-
valecía la gentilidad e ignorancia, alabando y glorificando al Señor por ver
extendida su cristiandad y fe por todo el universo. En muchas ocasiones,
sin preguntarlo, conocía las tierras y naciones de donde eran, por los trajes
y diversidad de vestidos con que se le mostraban y los oficios y dignidades
que habían tenido en el siglo, por las insignias y divisas con que se le deja-
ban ver; a los santos pontífices por sus tiaras; a los señores obispos por sus
mitras; a los reyes por sus coronas; a los religiosos por sus hábitos; a los
soldados por sus armas; y así a las personas de los demás estados y condi-
ciones. Y venían a su presencia tan apiñadas, que parecía se estorbaban e
impedían las unas a las otras. Les preguntó una vez que por qué venían tan
juntas y amontonadas. Le respondieron: “Que para que las viese”; pues el
verlas era quedar obligada su encendida caridad a rogar y clamorear por
ellas. Andaba tan rodeada de almas en este mundo y tan cargada de sus
penas, que en no pocas ocasiones se veía apurada y les decía con amorosa
ternura: “Apartaos de mí almas benditas y queridas del Señor. Dejadme
descansar un poco o dejadme rezar y pedir a Dios misericordia para mí,
pues estáis ciertas de vuestra eterna felicidad y yo no sé la suerte que me ha
de caber. Cosa dura es que padezca yo tanto por lo que no he comido, ni
bebido”. Pero los difuntos le respondían: “Ruega, hermana, clama y pade-
ce por nosotros, que esa piedad caritativa nos sirve de mucho alivio y a ti
de grande mérito; porque después de la muerte no hay lugar de merecer, no
hay mérito, no hay trabajar con esperanza de mayor premio. Por más que
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padezcamos, por más paciencia y conformidad que tengamos con la volun-
tad de Dios (como verdaderamente la tenemos), por más que conozcamos
su inmensa bondad y le amemos como le amamos, no merecemos nada en
ello; porque ya no estamos en estado de merecer sino de padecer por las
faltas que hicimos en vida. Y así, logra el tiempo, Catarina, procurando
con todas tus fuerzas hacernos el bien que pudieres para que sean mayores
tus merecimientos; fuera de que con fineza te lo agradeceremos cuando nos
veamos en el sacrosanto acatamiento de la divina majestad que padeció
por todos siendo la misma inocencia”.
[103] Notemos aquí y ponderemos los que vivimos esta doctrina que
nos dieron los muertos, tan repetida en las sagradas letras [Apostilla: Ecle-
siastés 9] y apoyada de los santos padres. [Apostilla: Eclesiástico 14] Dice
san Basilio, hablando con los vivos que dejan las obras de piedad y mise-
ricordia para después de sus días [Apostilla: San Basilio, Discurso sobre la
muerte, 24]: “¡Ay, dolor! ¡Oh, qué lástima! ¡Oh, qué dislate! Para cuando
seréis muertos y no viviréis ya entre los hombres, ¿aguardáis a ser libera-
les, benignos y misericordiosos? Cuando os veáis difuntos y puestos debajo
de la tierra, ¿pretendéis que os tengan por piadosos y amadores de vues-
tros hermanos? ¿Quién queréis que os agradezca esa vuestra liberalidad?
Estando en la sepultura deshechos y convertidos en polvo, ¿queréis estar
haciendo grandezas? ¿Por cuáles obras esperáis de Dios el galardón? ¿Por
las que hicisteis en vida o por las que se harán después de vuestra muerte?”
Prosigue el santo: “Si por éstas sabed que no son las obras que hacen los
herederos y albaceas, por más pías y santas que sean, meritorias de la co-
mida, pasto, refección y premio de la vida eterna para el difunto, aunque
las hagan en su nombre. Porque, así como ninguno negocia concluida ya la
feria, ni es coronado el soldado que llega después de acabada la guerra y no
se halló en la batalla; así, ni más ni menos, no merece el nombre y la corona
de piadoso y misericordioso el que aguarda a ejercitar la piedad y miseri-
cordia con sus prójimos después de los días de su vida.” No quiso decir san
Basilio que las obras pías que se dejan ordenadas en los testamentos de los
que mueren sean de ningún provecho; porque los que no han querido ser
generosos, nobles y liberales con los necesitados en la vida, bien es que lo
sean algún tanto en la muerte, pues aunque no muestran en ello que aman
mucho a Cristo, todavía es algún amor; pero mayor muestra hubiera sido
y mayor fuera el merecimiento, si cuando vivían sanos y buenos hubieran
dado de comer a Cristo. Mas ya que en la vida no tuvieron ánimo para ejer-
citar obras de piedad con los pobres; hágalos siquiera la necesidad liberales
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con los necesitados, que es dejar al Señor heredero con los hijos o con los
extraños a quienes se deja la herencia. Asistió nuestra Catarina en espíritu a
cierto religioso que era actual provincial de su provincia y que vivía en otra
ciudad bien distante, en la última enfermedad que le causó la muerte y lo
llevó al otro mundo. En estas espirituales y repetidas asistencias, reconoció
la gravedad del achaque y los términos en que se veía más apretado y ape-
ligrado el enfermo. Y en uno de estos vuelos advirtió y vio que el doliente
comenzó a repartir entre sus hijos los vestuarios de que estaba bien aforra-
do, las alhajas, preseas y conveniencias de que estaba con abundancia pre-
venido y proveído para muy larga vida. Y al tiempo de esta visión, absorta
y elevada, exclamó la sierva de Dios, diciendo: “Dios te favorezca y mire
con ojos de piedad. ¡Oh, cuánto mejor te estuviera y cuánta mayor con-
fianza hubiera causado y puesto en tu corazón, si mientras vivías hubieras
socorrido la necesidad de tus pobres súbditos! Por lo menos no se pudiera
decir que eres partido con ellos a no poder más, porque no te puedes llevar
al otro mundo lo que, quieras o no quieras, has de dejar cuando mueras”.
Pues si causaba temor y susto en el corazón de nuestra Catarina el haber
dilatado este enfermo el desnudarse de sus conveniencias hasta la hora de
su muerte; qué pena sentiría si le mostrase Dios la miseria y desventura
de tantos, tan locos, tan desatinados, tan olvidados del Señor, tan enemi-
gos de sí mismos, que no habiéndose jamás en vida acordado de Cristo ni
tenido ánimo para dar un real a un pobre; ni aun en la muerte se acuerdan
de él, ni consideran que van a comparecer en su tribunal y darle cuenta de
su vida y de su hacienda. Volvamos a proseguir nuestro asunto del número
de las almas que salieron del purgatorio por la intercesión y paciencia de la
sierva de Dios.
[104] Con estas doctrinas y conocimientos más infusos que adquiridos,
se ardía, quemaba y abrasaba en deseos de libertar más y más ánimas de la
cárcel del purgatorio la sierva del Señor. De manera que preguntándole su
divino amante, el día quince de septiembre de 1680, si quería que la llevase
al eterno descanso de su reino, le respondió: “No, Señor. No deseo tanto
eso como el padecer más para que salgan y se libren de tantas y tan rigoro-
sas penas tus escogidas esposas”. Le replicaron los ángeles, como ansiosos
de llevarla a la celestial Jerusalén, con estas palabras: “Pues, ¿qué número de
almas quieres sacar del purgatorio?” Les dijo ella que millones. Volvieron a
instarla, diciendo: “¿Pues ya no has libertado muchos millones de almas?”
Respondió la sierva de Dios: “Yo no sé eso, el Señor lo sabe. Y si eso es
así, quiero libertar otros millones con los méritos de la preciosa sangre y
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sagrada pasión de nuestro redentor”. A los fines del mes de diciembre de
1680, se halló abrasada en un ardiente deseo de aliviar y sacar ánimas del
purgatorio. Y respondiendo el cielo a sus congojosas ansias, oyó una voz
que le dijo: “Catarina, ¿cuántas almas quieres que salgan?” Y valiéndose
ella de la ocasión del tiempo dijo, como hablando y respondiendo a su dios
humanado: “Todas Señor. Porque cuando un rey de la tierra sale a gozar de
la luz de este mundo, acostumbra dar libertad a los presos de sus cárceles.
Y siendo tú rey de todos los reyes y señor de los señores, recién nacido en el
mundo no te has de mostrar menos liberal y poderoso que tus creaturas. Y
así, Señor, todas las almas han de salir de su cautiverio; ninguna ha de que-
dar en el purgatorio. Yo pagaré lo que ellas deben, pues con los realces de
tu gracia puedo merecer y padecer lo que pidiere tu misericordiosa y recta
justicia.” Con esta como continuada petición, prosiguió los días de la Pas-
cua, feliz para las benditas almas, clamando y padeciendo por todas ellas
en común; y en particular por las que estaban en lo más profundo de aquel
terrible y espantoso seno, y por las de los navegantes, vaqueros54 y natu-
rales de la tierra. A esta petición fervorosa y perseverante, correspondió la
liberalidad de nuestro dios infinito en su poder y misericordia, con muchas
y misteriosas visiones de almas que salían del purgatorio para consuelo de
su sierva y para el del mundo, que puede y debe reconocer la inmensa
bondad de su creador y el grande valimiento que tenían las oraciones y
peticiones de nuestra Catarina en su tribunal clementísimo.
[105] En una ocasión, por haber pasado dos o tres días en que no
había visto subir almas a la celestial Jerusalén, dijo al Señor, como quien
le preguntaba: “Por ventura, ¿se ha despoblado el purgatorio? Pues no veo
salir de él las benditas ánimas.” Y la respuesta fue ver luego una procesión
de personajes con hábitos de la tercera orden y otra muchedumbre de al-
mas, que llegaron a agradecerle el beneficio de su libertad y subida al eterno
descanso de la gloria. El día de san Lorenzo de este mismo año, dijo a su
divino amante: “¿Cómo es esto, Señor, que haya yo pasado dos días en un
sumo e intolerable padecer y que las almas perseveren en las terribles penas
de su cautiverio? No es esto, Señor, lo concertado; porque mis martirios has
dicho los ordenas para que descansen ellas.” Le respondió su amante y di-
vino esposo: “Pues míralas”. Y comenzó a ver una muchedumbre que como
54 En el original se consigna la palabra “baqueros”. Desconocemos si se trate de una palabra
en desuso que tenga mayor concordancia con las personas enlistadas por Ramos, o la alusión a los
“vaqueros”, pastores de ganado bovino, sea la adecuada.
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en ejércitos y enjambres, fueron saliendo por espacio de siete horas del
purgatorio, viniendo todas a reconocer y dar las gracias a la sierva de Dios
como a su insigne bienhechora. Con esta tan amena como gustosa repre-
sentación quedó gustosísima y gozosa la sierva del Señor, pareciéndole que
después de tanto número de almas que habían conseguido la libertad, pocas
o ninguna quedarían en el purgatorio por quienes padecer y pedir. A este
pensamiento le respondió el cielo, manifestándole otra multitud no menos
numerosa, que iba entrando a purificarse en aquel terrible y ya insinuado
seno, dándole a entender que no podían faltar almas en el purgatorio por
quienes se debía clamar y padecer. En otra ocasión que se halló muy acosada
con las aflicciones y plegarias de las benditas almas, levantó los ojos de su
espíritu a Dios y le dijo: “Señor, en grandes prisiones está mi corazón y te-
rribles son los dolores que atormentan mi cuerpo, y no veo que suban almas
amontonadas y apiñadas al cielo. Reciba yo para mi aliento, el consuelo de
ver que suban muchas a alabarte y glorificarte en tu reino”. Y luego vio salir
de unas como barrancas y profundidades un sinnúmero de ellas; las unas
vestidas de blanco, otras de colorado, otras de blanco y colorado, y otras
de sayal. Y llegando todo este lucido ejército cerca de la sierva del Señor, le
rindieron las gracias y dieron el agradecimiento de su dichosa suerte; y vo-
laron a su vista a poblar los tronos de la celestial y eterna corte del empíreo,
dejándola gozosísima y con más ardientes deseos de ayudar y padecer más
por las que quedaban en el purgatorio. Finalmente, todos los pobladores
de esta penosa cárcel reconocían el poder y valimiento55 que tenía Catarina
con Dios y por eso acudían a ella como a su bienhechora y libertadora; en
tan crecido número, que parecía tenía ella privilegio de tener parte en la re-
dención de todas las penas y cautiverio de aquel terrible y espantoso lugar;
y quizás por eso andaba rodeada de tantas, que se le representaban los cam-
pos, las calles, las iglesias y casas donde vivía llenas de las benditas almas.
Y muchas veces en varias formas, con que parece significaban los defectos
y culpas porque padecían; porque se le dejaban ver en manadas de puercos,
que serían los lascivos; en forma de mulas sedientas, que a vista del agua
no podían beberla, símbolo acomodado para los avarientos; otras se le apa-
recían con frenos en las bocas, que serían los blasfemos; otras en forma de
culebras dentro de cuevas, y puede ser se representasen en esta visión a los
55 Privanza o aceptación particular que alguien tiene con otra persona, especialmente si es
príncipe o superior.
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salteadores; otras se le ponían a la vista en forma de aves, ánsares, tórtolas
y palomas, aprisionadas con cadenas o enjauladas. Todas estas visiones
eran como cotidianas; pero en número más crecido se le aparecían en los
días festivos de los santos, sus devotos y patrones. Y con especialidad, en
las fiestas de nuestro Señor y de su santísima madre.
[106] Le decían ordinariamente la gravedad de sus penas y el tiempo
que les restaba de padecer, para moverla más a compasión y encender su
caridad siempre ardiente y abrasada en el amor de Dios y del prójimo. Al-
mas hubo de las que se le aparecían, que le aseguraron pasaba de diez años
el tiempo de su cautiverio y purificación; otras de veinte, otras de setenta,
de ciento otras y aun de trescientos. Algunas le dijeron estaban condenadas
a penar en aquellos horrorosos calabozos hasta el día del universal juicio;
otras, que se estaban purificando en aquel abrasador fuego desde el año en
que crucificaron los judíos y fariseos al redentor del mundo. Otras estaban
pocos años en el purgatorio, y le parecía que con lo intenso y acerbo del
padecer, se recompensaba la extensión y duración del tiempo de penar, que
se les abreviaba por la bondad del Señor, por sus justos e incomprensibles
juicios, y por las oraciones y padecer de su sierva. Y este beneficio de ayudar
y sacar a éstas, decía Catarina le costaba más que el sacar millones de otras.
Solían ser estas almas de sus bienhechores y confesores, por quienes pedía
con especialidad y por quienes se ofrecía repetidas veces a ser fiadora y pa-
gar todo lo que ellas debiesen pagar a la divina justicia. Pondré en el párrafo
siguiente algunos de los casos particulares que confirmen lo que dejo escrito
en éste, y de donde se pueda colegir y entender lo mucho que padecía la
sierva de Dios por las benditas ánimas, y lo mucho que les valía su devoción
y caridad compasiva.
4. Prosigue la misma materia, y de algunos casos particulares en que se
ejemplifica y confirma lo dicho en el parágrafo antecedente
[107] Fue muy singular favor del cielo el que experimentó esta sierva de
Dios, consiguiendo de la inmensa bondad y clemencia infinita, extraordi-
narias misericordias y singulares beneficencias para sus confesores y bien-
hechores. Se los mostraba el Señor a todos los que morían; no en estos
reinos y provincias solamente, sino en las otras monarquías distantes y más
remotas cuando enfermaban de muerte, al arrancarse las almas de los cuer-
pos, al comparecer en el tribunal de la divina justicia, al entrar y salir del
purgatorio. Y a algunas almas, aunque muy pocas, de las cuales dejo hecha
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mención en la historia, vio subir al cielo sin pasar por el purgatorio. Y en
este número se pueden añadir dos honestas doncellas, por su singular pu-
reza; y una casada, por limosnera y muy piadosa con los necesitados. Al
comparecer en el tribunal del supremo y rectísimo juez de vivos y muertos,
algunas de las almas de sus bienhechores y confesores, se halló presente
en espíritu e intercediendo por su buen despacho. Oyó en varias ocasiones
la voz del Señor, que les dijo, hablando con ellas: “Hicisteis bien a Cata-
rina. Pues dadme las manos, que así favorezco yo a sus bienhechores”. Y
alargando su Majestad el brazo, dio muestras de que las colocaba por su
divino y propio poder entre los coros y jerarquías de los cortesanos celestes.
De una de estas almas, por haber sido pobre en esta vida, dudó el confe-
sor en qué y cuándo podía haber sido bienhechora de la sierva de Dios. Y
preguntándoselo a Catarina, le respondió: “¿Pues no se acuerda vuestra
reverencia, que me llevó a mi casa un día un peso y unos zapatos?” Dichosa
limosna, que tuvo por recompensa el librarse de las penas del purgatorio y
una apresurada entrada y posesión de la inefable y eterna felicidad. Poco
más cuantiosa limosna recibió el padre Andrés Cobián, provincial actual
de esta nuestra provincia, pocos meses antes de su feliz muerte, cuya alma
luego que se apartó del cuerpo, se le representó a Catarina cerca del cielo
como en un golfo de nubes que dejaban descubierto sólo el rostro, para que
la sierva de Dios tuviese el consuelo de verle y conocerle. Y entendió que en
la altura en que se lo mostraban, se significaban la superioridad y dignidad
que tenía en este mundo el difunto; y por la hermosura del rostro, sin señal
y muestra de alguna alegría, que padecía sólo la pena de daño, por el mucho
deseo que tuvo de que se le alargase esta mortal y miserable vida. Pasados
dos o tres días, le preguntó el confesor por el objeto de esta visión, y le res-
pondió: “Ya, ya está en posesión de su eterno descanso. Luego le abrieron
la puerta, porque era muy querido del Señor y de su santísima madre”. Con
esta representación entendió el confesor de Catarina otras de sus visiones,
en que se le aparecían algunas de las benditas almas de todos estados, muy
blancas y hermosas; pero cerrados los ojos, como quienes estaban privadas
por entonces de la visión clara de Dios, por el poco deseo que tuvieron de
verle y gozarle en su reino, donde se comunican y franquean con liberalidad
a sus escogidos, los inefables tesoros de sus bienes.
[108] A otras almas reconoció en el purgatorio, que por cosas y de-
fectos muy leves padecían mucho, y que se le aparecían con los mismos
instrumentos y ocasiones de sus culpas. Una se le representó atravesada con
un asador que había hurtado en vida; otra partida la cabeza con un azadón;
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otra con una petaca de plata que había robado y que le oprimía, abrumaba
y tenía en terribles ansias y congojas. A otras muchas almas vio, cuyas cru-
ces y penalidades se significaban en los cueros de pulque con que andaban
cargadas y afligidas en el otro mundo. Con otra alma de un aguador, se en-
contró que penaba en una ardiente e insaciable sed, por no haber dado llena
la vasija y medida del agua que le pagaban. Otro espíritu de un religioso,
le aseguró había mucho tiempo que penaba en aquella terrible cárcel, por
la costumbre que tenía en vida de farfullar56 y comerse parte de una de las
antífonas del oficio divino. A otra reconoció, que en forma de un costal de
polvo o ceniza ardiente, la traían arrastrando por los callejones y calabozos
del purgatorio; porque se alababa mucho en vida y se complacía mucho
más en todas sus obras, con tal sinceridad, que los vivos lo atribuían a una
ingenuidad y bondad natural en que les parecía que habría poca o ninguna
culpa. Se encontró con un rey y reina de este mundo, que llevaban setenta
años de purgatorio; y con otro monarca, que le dijo había trescientos años
que estaba en aquella penosa y terrible cárcel, y que aún le restaba mucho
tiempo de padecer por sus defectos. Finalmente, acabo con decir lo que
decía la sierva de Dios en los tiempos en que se hallaba asistida y engolfada
en las luces e ilustraciones del cielo. Y era, asegurar a sus confesores que
no le preguntarían cosa de las que había dentro de aquel lugar de que no
pudiese dar razón, así de sus pobladores como de su situación, variedad de
calabozos y muchedumbre de instrumentos de atormentar. Y de este cono-
cimiento nacía el pedir incesantemente al Señor que la castigara a ella acá y
no allá, donde aprensan, asan, tuestan y despedazan. Y así, la que entraba
en visión tantas veces bienhechora y libertadora, temía y temblaba de entrar
como rea; y procuraba con todas sus fuerzas que no entrasen o que saliesen
con brevedad de aquellas tristes moradas, las de sus hermanos y prójimos a
costa de sus lágrimas y dolores.
[109] Pedía con incesante tesón por un alma de cierto personaje, que
entendió estar condenada a purgatorio de gravísimas penas por espacio de
setenta años; pero al paso que ella clamaba con perseverancia y varonil
constancia, le respondía el Señor enviándole intolerables dolores e inexpli-
cables tormentos. En esta ocasión, parece que batallaban en el campo de la
paciencia de nuestra Catarina, los rigores del justo y supremo juez con los
poderíos y valentía de la divina gracia; porque algunas veces se hallaba tan
56 Hablar muy deprisa y atropelladamente.
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fortificada la sierva de Dios, que suplicaba su alma, abrasada en un incendio
de caridad, a la inmensa bondad de la misericordiosa omnipotencia, que le
enviase más y más qué padecer por el difunto. Y en otras ocasiones, como
rendido su delicado cuerpo a tanto padecer, se hallaba sin fuerzas y con un
insuperable horror al pedir por esta alma necesitada. Y entre estos desfa-
llecimientos, se volvió tierna y dolorosa al Todopoderoso y le dijo: “¿Qué
es esto, Señor? ¿Tienes una mano para afligir y atormentar, y escondes la
otra que te sirve para fortalecer? Retíralas ambas a dos o resplandezca el
poder de su misericordia, en competencia con el poder riguroso de tu recta
justicia”. A estas voces le respondió la eterna sabiduría, diciendo: “Pues,
¿cómo ha de salir esta alma con brevedad de su cautiverio, si no se satisface
primero a mi divina justicia?” Y la sierva de Dios, oyendo las divinas voces,
le dijo: “No rehúso, Señor, el penar y satisfacer la deuda del difunto. Lo que
pido es que muestres tu inmenso poder en fortificar la débil y flaca naturale-
za para padecer más, y que hagas alarde de tu infinita misericordia en quitar
o templar este miedo y horror insuperable, que he cobrado al sufrir y me
impide el pedir y clamar por esa alma afligida.” Por ella padeció Catarina
excesivos dolores y martirios muchos días continuados, que explicaba en
parte la sierva del Señor, diciendo: “No sé cómo vivo. Me hallo llena y re-
llena de un fuego abrasador, revestido de humaredas tan espesas que se me
representan semejantes a las palpables tinieblas del infernal abismo. Atra-
vesada ando con dos lanzas de dolor, cruzadas desde los hombros hasta los
muslos, que me despedazan las entrañas y causan intolerables dolores en las
coyunturas y todo lo interior de mi cuerpo. A ratos siento que me desuellan
como con almohazas de hierro, tan ásperas y crueles, que parece se han
fabricado en las herrerías del infierno”. En esta tribulación tan penosa, se
le volvió a aparecer el Verbo humanado y le dijo: “¿Quieres que me siente
sobre uno de tus hombros?” Y Catarina le respondió: “No, Señor, porque si
vienes de amor se convertirán en gozos mis penas, y si vienes crucificado no
podré sufrirte; porque si me faltan fuerzas para llevar tu cruz, ¿cómo podré
cargarte a ti con ella?”.
[110] Compadecido y lastimado el confesor de lo que veía padecer a
su penitente Catarina, y ponderando sus graves y últimos desfallecimientos
y que las facciones de su rostro eran más de muerta que de viva; no tenía
corazón ni aliento para exhortarla a que clamase y pidiese por el difunto, y
así se valió de otra persona contemplativa para que le encomendase a Dios.
Y habiéndose puesto ésta en presencia del Señor y rogando por el alma que
se le había encomendado, le respondió el cielo: “Di al padre que si insta
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Catarina, se le abreviaran a ese difunto mucho las penas y el tiempo de su
purgatorio; porque quiere la inmensa bondad del Señor que tenga parte
su sierva en todas las obras maravillosas de su infinita misericordia”. Con
esta noticia comunicada al confesor, volvió éste a encargar a Catarina el
alivio y libertad de la bendita alma. Y ella le dijo: “¡Oh, padre de mi alma,
si conociera la cruz que me ha echado al hombro con ese mandato! Pero
yo obedeceré a Dios en la voz de su ministro y vicario.” Con esta obedien-
cia creció tanto el padecer de esta caritativa virgen, que andaba entre los
hombres como atontada y desatinada, sin poder decir ni explicar lo intenso
de sus dolores y las congojosas ansias que resultaban en su alma, por va-
rios caminos herida y crucificada. Pero esto que Catarina no podía decir
ni el confesor de su boca entender, lo manifestó Dios al mundo por la ya
insinuada persona contemplativa y a mi juicio virtuosa, cuya relación es la
siguiente: “Me hallé —dijo—, en ocasión que pedía por el recomendado di-
funto, en unos subterráneos callejones obscuros, lóbregos y horrorosos, que
divididos en varias sendas servían de tránsito para entrar en diversos senos
y calabozos terribles y espantosos por su espesa oscuridad y tristes llamas,
donde penaban sin consuelo innumerables almas. Y después de mucho an-
dar y mucho ver, llegué a un socavón donde penaba la dicha alma, aunque
no me la mostraron, porque me dijo una voz que no estaba para ser vista;
pero me enseñaron una caldera de asquerosa bascosidad hirviendo, dentro
de la cual se estaba purificando. Y entendí que distaba aquel lugar sólo una
cuadra de la boca del infernal abismo, a donde no llegué; si bien, alcance a
oír unos truenos o chasquidos como de chirrión de cochero, que me herían
y traspasaban el corazón. Y mirando hacia donde sentí el ruido, descubrí
a lo lejos un agigantado personaje en traje de turco y en el semblante ho-
rrible, que me pareció ser guarda de la puerta del infierno. Estando en este
paraje, asombrada y como espantada mi alma, reconocí en un grande salón
a Catarina, vestida con una túnica morada y cargando una cruz muy gruesa
y tan larga, que tendría a mi vista como doce varas de largo. Me admiré al
verla cargar tan pesado madero, y mucho más de ver la apresurada diligencia
con que caminaba y de la extraordinaria grandeza y robustez del hombro en
que la cargaba. Noté también que, aunque el salón era muy largo, faltaba
poco para que Catarina llegase a su fin. Y me dieron a entender que era
significación de que faltaba poco tiempo para que el alma afligida saliese de
las terribles penas del purgatorio, cuya cruz se había echado al hombro la
sierva del Señor.”
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[111] Todo esto parece que se verificó, porque pocos días después
de esta visión, se apareció a Catarina el recomendado difunto entre otras
muchas benditas almas, muy blanco y hermoso y con apariencias de buen
ser. Y le agradeció lo que había padecido por él, prometiéndole sus conti-
nuas peticiones y ruegos en la presencia y vista clara de nuestro creador y
redentor. En el tiempo de esta batalla y espiritual lucha, en que reconocía el
confesor a esta esclarecida virgen desfallecida muchas veces y como arras-
trada por la tierra, rendida la humana y débil naturaleza a la violencia de
los dolores y tormentos; dijo y preguntó en una ocasión al sujeto y persona
que tuvo la insinuada representación, si se atrevería a poner su hombro
debajo de la pesada cruz para ayudar a la sierva del Señor y servirle de cire-
neo. Respondió: “Que pronta estaba, si fuese la voluntad de Dios, a cargar
parte del peso del pesado madero que agobiaba y rendía el delicado cuerpo
de Catarina”. Y pidiéndoselo después a la divina majestad en virtud de la
pregunta que le había hecho el confesor, oyó una voz que le dijo: “Tú y Ca-
tarina habéis de ser como dos oficiales de platería: uno que hace y forma el
vaso de oro o plata y le perfecciona con el fuego y el martillo; y el otro que
sólo le bruñe y emblanquece. Y éste serás tú; porque es para mucho más mi
querida Catarina”. Otra alma espiritual y de muchas imaginarias visiones
(aunque no sé si con el suficiente fundamento de virtudes que se requiere
para la seguridad en estos extraordinarios y peligrosos caminos de nuestros
espíritus), vio un día de estos a la sierva de Dios cercada de muchos y apiña-
dos demonios que la sofocaban, herían y maltrataban, procurando impedir-
le el clamar y pedir por los pobladores del purgatorio. Y estando mirando
esta violenta y enfurecida opresión diabólica, oyó la voz de Catarina que
imploraba el auxilio de las benditas ánimas. Y vio luego que salían como
enjambres y ejércitos de espíritus de aquel terrible y espantoso seno, los
cuales batallando con todo el infierno que combatía a la sierva del Señor, la
defendían de las infernales huestes, apartándolas y confundiéndolas con
la licencia y poder que la divina majestad les comunicaba, obligada de los
ruegos y clamores de su sierva.
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Libro cuarto
De su oración y contemplación;
de algunas de sus visiones
y profecías, y de su muerte
y entierro
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Capítulo 1
De su oración y contemplación
1. Del modo de orar que comunicó Dios a su sierva
[112] El padre Miguel Godínez de la Compañía de Jesús, de quien tengo
hecha mención en esta historia y que fue uno de los primeros confesores de
nuestra Catarina, con aquel don de claridad y soberana luz con que escribió
su Teología Mística y las reglas de que usaba para discernir y conocer los
buenos y malos espíritus, y para conducir a los que corrían por su cuenta al
más alto vuelo de la perfección; reconoció en la sierva de Dios muchas se-
ñales naturales y sobrenaturales de que era vaso escogido del Altísimo para
depósito de los prodigios de la Omnipotencia y maravillas de la divina gra-
cia. Y porque hubiese cooperación de parte de la creatura, le dio un librito
de meditaciones para que aprendiese y conociese las verdades católicas que
podían servir de materia a la meditación, y de luz para entender y practicar
el modo de la interior y exterior reverencia con que debía ponerse en la
presencia de Dios y hablar y tratar familiarmente con su divina majestad.
Este es el sabio consejo y la primera regla que se debe dar a los principiantes
y aprovechados en el camino del cielo; porque como notan y afirman los
maestros de espíritu, la lección de los libros sagrados y devotos es el primer
escalón de la vida contemplativa, pues con su leyenda se esclarecen nuestros
entendimientos por medio de las divinas palabras que leemos en ellos, y se
provee a la meditación de materia copiosa, fija y devota para que no sea
estéril o corta por falta de cosas en qué piense, ni errada por falta de luz y
verdad en lo que discurre; ni sea vaga, salpicando de una materia en otra
sin provecho, por no tener cosa determinada en qué se cebe; ni sea seca y
sin jugo por no tener materia a propósito que la enternezca. Finalmente,
en los libros devotos se nos provee de remedios contra los vicios, de armas
contra las tentaciones, de consejo en las dudas, de consuelo en las tristezas,
de aliento en los trabajos y de medios para alcanzar la perfección de todas
las virtudes, que debe ser el fruto y fin de leer los libros sagrados y devotos;
así como el de la buena oración y meditación, donde se discurre, considera
y pondera lo que se ha leído despacio y con provecho. Este medio tan
santo y provechoso de poco o nada le sirvió a nuestra Catarina, porque
como no sabía leer, era bozal y muy cerrada cuando niña, con dificultad
hallaba quién le leyese ni diese a entender la significación de las voces,
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ni el concepto ultimado y perfecto de las verdades e instrucciones que se
contenían en el dicho y recomendado libro. Pero en medio de esta humana
imposibilidad, persistía con constancia importuna en buscar quién se lo
leyese y explicase lo en él contenido. Y cuando no hallaba quién le ayudase
entre las creaturas, se acogía al Creador en el silencio de la noche, como lo
dijimos en la primera parte de esta historia, y le decía: “Señor y dios mío:
tu ministro me manda tener oración y meditación. Yo no sé lo que es lo uno
ni lo otro; pero tú que penetras lo más escondido de los corazones, sabes
que deseo amarte y no ofenderte. Todo lo demás que me dicen tus ministros
y tus cristianos no lo percibo ni lo entiendo, porque soy una bozal y una
bestezuela sin memoria y sin entendimiento. Háblame, Señor, en mi lengua,
para que yo conozca tu voluntad. Suene tu suave voz en mis oídos, que
presta estoy para oírte y obedecerte”.
[113] Con estos sentimientos humildes, hijos del conocimiento que te-
nía de sí misma, se ponía postrada en la presencia de Dios la esclarecida
virgen, como lo hacía el santo rey David, [Apostilla: Salmos 72] cuando
delante del Señor se comparaba y tenía por un inútil jumentillo; y como
Abraham, cuando dijo: “Hablaré con mi Dios, aunque sea polvo y ceniza”
[Apostillas: Génesis 18; Números 17]. Y con estos afectos suplía Catarina
la disposición que juzgaba faltarle para la oración y meditación que le man-
daba su confesor tuviese; y con ellos obligaba al Señor que le comunicase
con mayor liberalidad sus divinos dones, uniéndose cada día más y más
estrechamente con esta alma escogida para su ameno huerto y delicioso
paraíso; pero sin que ella lo entendiese, porque se conservase en el cono-
cimiento de su indignidad y creciesen los deseos y ansias de conseguir de
su infinita bondad y misericordia este precioso don que le había encargado
su confesor, y que Dios quería concederle en muy alto grado y con grande
abundancia de ilustraciones e inspiraciones celestiales, como se ha dicho y
se leerá en lo que falta de la historia. Porque generalmente hablando, es ley
ordinaria de nuestro creador, y quiere su Majestad que cooperen todas las
creaturas de su parte con la divina gracia y se dispongan para recibirla. Y
no hay mayor señal de que el Señor se inclina a hacernos esta merced, que
darnos eficaces impulsos y ansias de pretenderla y aparejarnos para recibir-
la. Y a esto parece que mira aquel célebre consejo del Eclesiástico: “Que el
ir a la oración sin disposición y preparación, es tentar a Dios” [Apostilla:
Eclesiástico 18]. Y consiguientemente no alcanzará el don ni el fruto de la
meditación, porque él se tiene merecido el desamparo del Espíritu Santo,
de quien procede esta gracia y de quien depende toda buena oración, pues
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sin su ayuda no podemos decir Jesús, que es el nombre en cuya virtud ora-
mos. Y finalmente, para apoyo de esta doctrina, viene a propósito el dicho
de san Bernardo: “Que como nos aparejáremos para tratar con Dios, tal
se mostrará Dios con nosotros” [Apostilla: San Bernardo, Sermón sobre
los Cantares, 69]. Todos los días y todos los instantes del tiempo de su
vida, con cuidadosa solicitud, procuró nuestra Catarina disponerse y estar
aparejada para hablar con Dios, así como para alcanzar una buena muer-
te. Y por esta continuada preparación y solícita diligencia, le comunicó el
Señor el don que llamamos trato familiar con Dios; el cual no es orar una
vez u otra, sino hablar a Dios con mucha frecuencia, con grande amistad
y confianza, como habla un amigo con otro muy íntimo, o un hijo con su
padre y el esposo con su querida esposa. Y quizás por esta razón, definió
san Bernardo la perfecta oración, diciendo: “Que es un afecto del hombre
unido con Dios, una plática familiar con él y una asistencia del espíritu
ilustrado para gozar de su dulce compañía, mientras le fuere concedido”.
[Apostilla: San Bernardo, Ad frates de monte Dei post. med.] Para esta
tan soberana, extraordinaria y dulce conversación en esta miserable vida,
ya se deja entender cuán necesario es que en esta alma escogida hubiese la
omnipotencia y liberalidad del divino amor derramando los raudales de sus
misericordias, fecundando con avenidas de sobrenaturales noticias su me-
moria, ilustrando su entendimiento con luces y conocimientos de verdades
católicas, e inflamando su voluntad para la conservación de los encendidos
afectos y amorosos coloquios con que se entretenía gustosa con su creador
y redentor. Todo esto se demuestra en parte en el discurso de la vida de la
sierva de Dios y en lo que dejamos escrito en la historia, donde las palabras
que decía a su divino amante son argumento de los secretos que le descu-
bría la eterna sabiduría, y de los gozos, fuerzas y riquezas espirituales que
resultaban en su dichosa alma; tales, que la misma que los experimentaba
y sentía no podía explicarlos. Si bien, nos decía: “Que en estas celestiales
visitas, le comunicaba en un instante el Señor más noticias que le pudieran
enseñar en muchos años los hombres”.
[114] Con este especial magisterio del cielo y asistencia del Espíritu
Santo, se hallaba Catarina en un como continuado ejercicio de perfecta ora-
ción y contemplación, sin hacer reflexión ni acordarse de las reglas y pocos
documentos que percibía y entendía de los libros y padres de su espíritu.
Le sucedía lo que a los diestros músicos, que procurando saber y practicar
los preceptos de su arte, vienen con el ejercicio a cantar y tañer con perfec-
ción, sin acordarse de las reglas que aprendieron ni atender al modo como
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menean los dedos. Así lo experimentaba la sierva de Dios, porque el mismo
espíritu divino la ponía y traía en su presencia, levantaba y enderezaba su
intención, concertaba sus meditaciones, ilustraba su entendimiento, encen-
día sus afectos, ordenaba sus peticiones y coloquios. Y obraba tan maravi-
llosos los efectos, que ella gozándolos, no podía declararlos, ni los confe-
sores sin admiraciones ponderar los soberanos conocimientos y afectos que
advertían en la sierva del Señor cuando les daba cuenta de su conciencia.
Ni el más leído, ni el más letrado, ni el más elocuente pudiera mejor que
Catarina prorrumpir en más verdades católicas, ni ostentar su grande sa-
piencia en los conocimientos pertenecientes a las perfecciones y excelencias
del divino ser trino y uno, y de la santísima humanidad de Cristo nuestro
señor, que era el principio y fin de todas sus oraciones; porque en su nombre
las comenzaba y con el mismo las concluía esta sierva de Dios, negociando
con el eterno padre por medio del Verbo encarnado, lo que el humanado
Verbo quería que negociase con su padre. No pide esta verdad otra prueba
que la reflexión y remembranza de todo lo dicho en el discurso de toda
la historia; así como ni para entenderse la profundidad del conocimiento
propio en que vivía esta esclarecida virgen, en este mundo ciego y olvidado
de todo lo que importa para la eterna y verdadera felicidad. Y este conoci-
miento de sí misma le importaba mucho para andar en un cotidiano ejerci-
cio de oración y trato familiar con Dios, confesando en la divina presencia
sus ignorancias y miserias, y haciendo de ellas títulos para que el Espíritu
Santo hiciese interiormente oficio de sabio y divino maestro, enseñándole
con impulsos e inspiraciones a orar y clamar al Creador, por sí y por todas
las demás creaturas. En una ocasión, uno de sus confesores que hoy vive,
asombrado de las soberanas noticias y profundos conocimientos de que re-
conocía estar lleno el espíritu de su penitenta, sin reflexión ni atención a lo
que hablaba, le dijo: “Catarina, ni yo tengo qué enseñarte, ni sé qué pedir
para ti al Señor”. Y como si le hubiera dicho: “Todo lo que yo sé y alcanzo,
lo miro impreso y como infundido con mayor claridad y perfección en tu
alma. Y todo lo hermoso de las virtudes que yo pudiera desearte, lo veo con
expresión y superiores realces en tus obras, palabras y pensamientos”. Se
dio por entendida. Y respondiéndole a su pensamiento y concepto, le dijo:
“Advierta vuestra merced que aunque en mi entender se experimentan es-
tas verdades y sus noticias con mayor perfección y claridad cuando me las
comunican e infunden interiormente, que cuando las oigo de boca de mis
confesores; pero no queda tan asegurada el alma, que no vive ni quiere vivir,
si no es en fe y por el camino de la fe. Y así, enséñeme a obedecer a Dios por
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la boca y lengua de sus ministros; y pida a la divina majestad, que si estoy
en su gracia, me conserve en el bien obrar hasta el fin, para que yo asegure
una buena muerte”.
[115] Bien se acreditaban de celestes y propias del buen espíritu estas
visitaciones con que la favorecía el cielo, por los efectos que resultaban en
su alma; porque los favores extraordinarios de Dios suelen traer consigo
una grande luz que imprime un profundo conocimiento de nuestra nada, in-
dignidad y miseria, con gran confusión por nuestras culpas, la cual destierra
toda vanagloria, complacencia y vana confianza, y engendra y conserva una
humildad verdadera y muy profunda en lo íntimo del corazón; la cual sólo
experimentada y bien conocida es bastante señal del buen espíritu, así como
la soberbia y vanagloria es indicio cierto del espíritu malo. De aquí nacía el
que los confesores de Catarina tuviesen y calificasen de bueno su espíritu,
en quien dejaban los favores del cielo todos los efectos de una santa humil-
dad, pues no los atribuía a su industria sino a la misericordiosa liberalidad
del dador, confesándose siempre indigna y admirándose de que la majestad
de Dios hiciese caso de las más vil de las creaturas y quisiese comunicarse
a tan asqueroso gusanillo. De este conocimiento le nacía aquel continuado
temor de condenarse, de que hice mención ya en el segundo libro, parecién-
dole que por su flaqueza y maldad, no correspondía ni podía corresponder
como debiera, a las obligaciones en que la ponían los extraordinarios y re-
petidos beneficios del cielo, y que como a ingrata merecía le quitasen lo que
de gracia le habían dado o lo que por indigna no había conseguido. Y este
sentimiento era el que ordinariamente advertían y ponderaban en la sierva
de Dios sus confesores, cuando en sus palabras la veían pospuesta a todos
los pecadores y aun a los mismos infernales espíritus, como lo dijimos en
el capítulo de su grande y verdadera humildad. Y todo esto era efecto de
aquella soberana luz con que se le representaba la poquedad de su ser y la
grandeza de los defectos y ofensas contra un dios inmenso, en su bondad y
amorosa misericordia para con los hombres, que la confundía y humillaba
hasta el abismo. Estos conocimientos desean los maestros de espíritu en los
letrados y sabios que se dan a este ejercicio, para que lleguen a tener una
perfecta y provechosa oración; porque las demás consideraciones y medi-
taciones sutiles y delicadas, suelen impedir más que aprovechar a los que
oran, que dejándose llevar de demasiadas especulaciones y curiosidades, re-
cogen en los discursos sus entendimientos muchas verdades, pero no tanto
de virtudes y santos afectos de la voluntad, que es la que hace santas a las
almas y las une íntimamente con su creador y redentor, empleándose todas
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en el amor y gozo del sumo bien, sin acordarse de otra cosa que de su dios,
con quien tratan; ni atender más que a conocer su santísima voluntad para
ejecutarla. A esta altura de perfección y de oración subió el Señor a nuestra
Catarina por la humildad con que se ponía en su presencia, y porque des-
confiando de su industria y capacidad, ponía su confianza en la enseñanza y
discreción de los confesores que la gobernaban en nombre del Espíritu San-
to quien, regularmente hablando, no inspira cosas extraordinarias al que
no está bien fundado en profunda humildad, ni al inclinado y tentado de
vanagloria, porque no le sea ocasión de caída. Y con esta razón y doctrina,
se pueden desengañar los que gastando el tiempo de su recogimiento sólo en
discursos muy curiosos, olvidados de mover su voluntad a los encendidos
afectos y deseos en que consiste el fruto y mayor provecho de la oración,
más que en especulaciones y discursivas meditaciones. Y pueden también
consolarse los que se quejan de que no saben o no pueden discurrir en su
recogimiento, por falta de consideraciones y ponderaciones con qué dilatar
y extender los puntos y materias sobre que quieren meditar; porque si aten-
demos a la doctrina de las sagradas letras: “Dios se comunica con mayor
frecuencia y liberalidad a los humildes y sencillos de corazón”. [Apostilla:
Proverbios 3] Y en esto muestra el Señor ser el principal maestro y ayuda-
dor para obra tan gloriosa, como se verificó en esta virgen escogida y en lo
natural ignorante, a quien con unas consideraciones llanas y sencillas, como
son el que Dios se hizo hombre, que nació en un pesebre y que se puso en
una cruz por sus creaturas; se encendía en amor del Señor y en deseos de
humillarse y mortificarse por su amor y por el amor del prójimo, y gastó
toda la vida en la práctica y ejercicios de estos fervorosos afectos, por la
asistencia del divino espíritu, que le guiaba y dirigía.
2. De la perfecta contemplación y unión con Dios que se reconoció en esta
sierva de Dios, por los efectos que notaron y calificaron sus confesores, con
la debida y prudencial advertencia
[116] Admirable es la providencia del Altísimo en guiar almas al cielo y cor-
tísima es la prudencia humana para disponerlas y encaminarlas. Dios, por
la naturaleza que nos dio a imagen y semejanza suya, con título de poder ser
hijos suyos por gracia, nos ofrece el don de la oración y contemplación, así
como todos los demás dones de su santo espíritu, sin excluir a ninguno que
quisiere y se dispusiere bien para recibirlos, a la manera que a ninguno ex-
cluye ni niega el espíritu de su gracia; porque como nos lo tiene prometido
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por su profeta, concederá a todos los vivientes, si por ellos no queda, espíri-
tu con que le sean agradables y acierten a pedirle lo que nos conviene; pues
como sol soberano de justicia, desea comunicarse y derramar sobre ellos
con abundancia, los dones y gracias de su inmensa bondad e infinita mise-
ricordia. Es verdad, y como tal nos la enseñan los maestros de vida mística,
que hay un espíritu de oración especialísima y tan alta, que pocos de los
cristianos la alcanzan; porque no cae debajo del magisterio humano y ser
su enseñanza, sobre todo, arte, y exceder a todas las humanas industrias y
sus inteligencias, supuesto que los mismos padres de espíritu confiesan que
no pueden enseñarla ni declarar lo que es, ni de la manera que se comunica
e infunde en las almas, ni declarar lo que es ni de la manera que es, y que
no está en manos de los hombres el adquirirla, por ser gracia muy graciosa
que hace Dios a quien quiere y cuando quiere, y por medios y modos tan
extraordinarios y tan superiores a todos los entendimientos creados, que los
mismos que reciben singularísimo don de contemplación no saben ni pue-
den explicar el favor, ni el modo con que le experimentan en lo interior de
sus corazones y en el fondo de sus regaladas almas. Este don explicaba Ca-
tarina, diciendo siempre, que como bestia, que era incapaz, no acertaba ni
podía explicarlo; si bien, añadía muchas veces palabras con que suelen los
doctores experimentados insinuar sus más profundas inteligencias. Decía y
respondía a sus confesores: “Yo no sé lo que me sucede. Pero advierto que
de aquella presencia continua del Señor, que ya tengo explicada en otras
ocasiones, me viene una soberana luz que se apodera de mí, de suerte que
bañada y penetrada mi alma de este extraordinario don, ve o se le represen-
ta sin forma, imagen, ni figura, el divino ser con sus atributos, perfecciones,
misterios y verdades de nuestra santa fe y otras cosas divinas reveladas al
alma, con un modo tan realzado y extraordinario, que conturba a toda la
naturaleza e inmuta con suavidad y gozo a todas las superiores potencias
del espíritu. Porque ella manifiesta al entendimiento lo que no pudiera por
sí alcanzar ni entender, e inflama a la voluntad con especialidad y exceso de
gozo tales, que no duda reconocerse regalada y favorecida de su creador y
amado redentor, que comunica a estas almas con particularidad escogidas
para sí, una bienaventuranza en esta vida muy parecida a la eterna, por lo
que de ella participa.”
[117] Parece que alumbraba a esta sierva de Dios el espíritu que ilustró
a san Agustín, [Apostilla: Ex. D. Th. 1, 2 casi al 5, art. 3] en cuyo sentir, así
como la eterna y muy cumplida posesión de la gloria inenarrable consiste en
la contemplación o vista clara de la divinidad, con el amor encendidísimo
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de su infinita bondad y con el gozo y posesión de sus inestimables riquezas;
con las mismas esperanzas infalibles, promete y comunica a algunas almas
de sus creaturas en esta vida, algo de los inefables bienes que tiene el archi-
vo de su omnipotencia escondidos el Altísimo para la eterna felicidad de
sus bienaventurados, por medio de una contemplación gozosa del mismo
Dios, fundada en una fe oscura pero muy cierta, y en la posesión del sumo
bien en que están todos los bienes juntos, poseído no al descubierto, con la
clara vista del inmenso ser, como en el cielo, sino con la luz de la contempla-
ción tan encendida y luminosa que llena y rellena a los contemplativos de
un inexplicable gozo y hartura, a que aspiraba el santo rey David, cuando
dijo hablando con Dios: “Yo me presentaré delante de ti y me pondré en tu
presencia con justicia y santidad, para quedar harto cuando se me descu-
briere tu hermosura y gloria” [Apostilla: Salmos 16]. Como si dijera: “¡Oh,
hermosura inmensa que desean mirar los ángeles! Pues aunque siempre te
ven con claridad, no se cansan de verte ni sienten fastidio en amarte. Yo
también con ansias deseo verte con la contemplación, y con tal fervor de
espíritu, que no me canse de buscarte para verte, ni de verte para amarte”.
A esta alteza de contemplación califican los místicos de bienaventuranza en
la tierra, por lo que tiene de participación y semejanza con la eterna, que
como tengo insinuado consiste en la vista clara y contemplación del divino
e infinito ser; y es propia de los bienaventurados espíritus que habitan en la
celestial Jerusalén, donde absortos y embebecidos viendo y amando a Dios
para siempre jamás, con una simple y clara vista de la suprema majestad
y gozando de su presencia y de su gloria, con una como nueva admiración
amorosa, gozosa y tan permanente, que no puede acabarse ni interrumpirse
la posesión de aquella inefable y eterna felicidad. A este modo pues (ha-
blando con la debida proporción), subía Dios muchas veces a la sierva de
Dios en esta vida, a una tan alta contemplación, que ordinariamente tenía
en su entendimiento presente al Señor con una simple vista que le causaba
un copioso y abundante gozo, que rebosando y no hallando capacidad en
el estrecho vaso de su corazón, se hallaba embriagada del divino amor por
cuya beneficencia experimentaba innumerables y admirables efectos; por
los cuales podemos conocer la grandeza de este gracioso don de la contem-
plación y calificar a esta alma de contemplativa por la gracia de Dios, que
con su soberana sapiencia le da a quien quiere y como quiere; pues no se
puede enseñar, aprender, adquirir, ni poner en arte. Pero la prueba de esta
verdad depende de la leyenda de toda la vida de esta sierva de Dios, donde
hallarán los experimentados contemplativos los grados de perfección que
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se pueden hallar escritos. Este don sobrenatural, con especialidad conce-
dido a esta alma y otras, es al modo de gracia gratis data,1 y le concede la
Omnipotencia a quien quiere y cuando quiere, para descubrir en parte a los
vivientes los tesoros de su inestimable caridad, amor y bondad, y asomos
de los soberanos regalos que tiene guardados para sus predestinados y es-
cogidos; mostrándose con ellos en la tierra mientras viven esta mortal vida,
afable, benigno y poderoso. Porque como amante del mundo muestra en
todo tiempo tener sus regocijos y delicias en estar y conversar con los hijos
de los hombres. Y mucho más después que se humanó e hizo uno de ellos,
derramando con abundancia el espíritu de su gracia sobre sus predestina-
dos, para hacerlos muy amigos suyos y tratar con ellos con una familiaridad
y benignidad prodigiosa, de que se admiran los ángeles de su gloria.
[118] Este don suele el Señor concederlo en correspondencia de servi-
cios que le hacen sus creaturas, procurando reconocerle con fe, por su dios
y señor, en todas sus obras. Como lo vemos en el espejo de la experiencia de
personas muy ejercitadas y afligidas con varios y extraordinarios géneros
de trabajos y tribulaciones, cuyo grande sufrimiento, para alentar su pa-
ciencia, ha premiado el Altísimo en esta vida con avenidas repetidas de sus
soberanas luces y misericordias. Está apoyada esta verdad en las sagradas
letras del nuevo y viejo testamento y en las historias y vidas de los santos,
con muchos y amontonados casos, que por comunes y obvios omito; así
como los especiales favores y altísimos grados del espíritu de oración que
ha comunicado el Señor a los religiosos y personas, que totalmente y de co-
razón han dejado cuanto tenían y podían tener en el mundo, por dedicarse al
trato familiar e interior con su creador. Pues como dice Casiano [Apostilla:
Casiano]: “La divina contemplación y oración quieta que nos une con Dios,
es el fin de los ejercicios religiosos”. Y cuando no experimentamos este don
y celestial beneficio, debemos creer que nuestros defectos y descuidos son
ordinariamente la causa; porque el Señor no es escaso en dar sus dones ni
niega a cada uno la gracia de su vocación, para que pueda conseguir y llegar
al fin de ella, que es la familiar y regalada comunicación con los que llamó
para el estado y modo de vida en que se dedican sus creaturas, con buenos
y santos deseos y con cristianas y fervorosas disposiciones a procurarlo.
Pero con especialidad nos consta, que ha comunicado Dios este don de
1 “Gracia libremente dada.” La gracia es un don otorgado por Dios, permanente o temporal,
que se concede a un alma para beneficio de los demás. Por ejemplo, el don de curar o el de obrar mi-
lagros. No depende de la estatura moral ni del calibre religioso de la persona.
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contemplación excesivo y sobre todas las humanas fuerzas y merecimientos,
a tres suertes de personas. A los que escogió en su eternidad para grandes
de primera clase en su reino y, consiguientemente, para muy altos grados de
perfección y santidad en el mundo, o para ser guías y maestros de otros en
la militante Iglesia. Así vemos que en la ley antigua se lo comunicó a Moi-
sés, David y a otros insignes profetas; y en la ley de gracia, a los apóstoles
y fundadores de las religiones y a otros grandes santos a quienes ha hecho
de su imperiosa y real cámara, dándoles la llave maestra del más superior
espíritu de oración, para entrar con frecuencia a tratar con la inmensa ma-
jestad de misterios muy secretos e importantes que no se manifiestan sino
a los muy amigos y a los que llamamos de la llave dorada;2 los cuales, aun
en el gobierno humano y político bien ordenado, suelen ser muy pocos y
muy selectos. Y que de estos en el consistorio divino haya sido esta sierva de
Dios, no lo dudo ni lo dudará el que habiendo leído y ponderado el discurso
de su vida, penetrare sus entradas, medios y salidas. Pero no obstante esta
seguridad que me prometen los escritos antecedentes, quiero añadir algo
más que pueda servir de remembranza de las virtudes, prodigios y extraor-
dinarios favores que recibió la sierva de Dios; los cuales, se deben atribuir
todos al Señor y a su bondad y misericordia infinita, para bien del universo,
con la cooperación de una de sus creaturas escogidas.
3. De varios efectos, al parecer encontrados, de su contemplación
[119] Era su oración y contemplación tan continua que, como tengo dicho y
probado, no la interrumpía el sueño, porque en él pensaba, amaba y se unía
altísimamente con Dios. Y siendo así que la naturaleza estaba impedida con
el sueño, su dichosa alma se reconocía regalada con la divina presencia y
con los suaves manjares, flores olorosas y deleitosas, músicas celestes que le
daba con liberalidad el soberano esposo, su único amado. En estos sueños
recibía noticias de arcanos misterios, de cosas futuras y presentes que suce-
dían en estos reinos y en lugares y ciudades muy distantes, pertenecientes a
nuestra monarquía y a otras opuestas a nuestra santa fe, que sucedían según
la observación puntual de sus confesores, que reconociendo en sus sueños
y abstracciones mucho de extraordinario, que podía servir para dirección a
la prudencia humana y no poco para rastrear los incomprensibles misterios
2 La llave dorada simboliza el acceso a conocimientos superiores, vedados al hombre común.
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de la divina providencia. Esta admirable conversación entre Dios y esta
alma sencilla e inocente, se admiraba en sus sueños. Y mucho más cuando
despierta, porque la parte superior del alma subía muchas veces a tal alte-
za de contemplación, que ardía y se abrasaba en el amor de Dios, a quien
gozaba y alababa sin que la inquietasen ni pudiesen inquietar por entonces,
distracciones, tentaciones, imaginaciones, ni aun las ocupaciones de los sen-
tidos interiores y exteriores; porque en este paso se hallaban las potencias
superiores del alma en tan alta cumbre, que no podían llegar allá las tem-
pestades y torbellinos del viento de las pasiones y malas inclinaciones de la
naturaleza. Y así solía decir esta sierva del Señor: “Aunque veo, oigo, ha-
blo, duermo y padece el cuerpo, me hallo unida con un sumo bien, que me
regala, favorece y comunica sus más ocultos secretos, que yo no puedo ex-
plicar. Y por esto me sirven de pena y martirio estos mis embobamientos”.
Estos llamamos y son éxtasis y arrobamientos prodigiosos en que se une y
abraza el alma con Dios; tan estrechamente, que ya no quiere ni siente sino
lo que su Majestad gusta y quiere. Experimentaba en sí esta escogida alma,
por participación, las perfecciones del ser divino que la poseía y santificaba,
de manera que no deseaba ni pensaba otra cosa que el ejecutar la voluntad de
Dios. Y para esto se hallaba con fuerzas y experimentaba magnanimidad y
el don de fortaleza, sin que la retardasen dificultades y contradicciones; sin
que la atemorizasen trabajos ni la distrajesen conveniencias, por estar satis-
fecha con la posesión del mismo Dios. De aquí le nacía el despreciar todos
los bienes de la tierra y aun olvidarse de los otros dones del Altísimo, por
gozar del que con eminencia los contiene todos. Aseguraba esta esclarecida
virgen que cuando llegó a esta unión [que ella llamaba embobamiento de
sus sentidos], no advertía ni reparaba, ni aun en los ángeles y santos que la
asistían visibles; porque toda el alma se embebía en el sumo bien, que desea-
ba más y más cuanto con mayor liberalidad se le comunicaba.
[120] En otras ocasiones de una unión penosa y terrible, que tengo
ya explicada con las palabras de la sierva de Dios, pasaba su dichosa alma
a otra más dulce, hallándose en los brazos de su querido y divino esposo;
donde sentía y reconocía que la mano izquierda del Señor le servía a su
cabeza de acerico. Y percibiendo las regaladas voces de su amado con que
le regalaba amoroso, como a la otra esposa santa, tratándola de amada,
querida y paloma sin hiel ni mancha alguna; veía que con la mano dere-
cha la abrazaba, confortaba y defendía, ocupando el Señor sus dos brazos
en favorecerla; porque con la mano izquierda sustentaba la cabeza de su
querida virgen y con la derecha la ceñía y abrazaba, experimentando a un
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mismo tiempo los dos brazos del divino poder en su utilidad y provecho.
Con su mano izquierda la beneficiaba comunicándole paz, descanso y con-
suelo; la diestra se ocupaba en fortalecerla para nuevas batallas y premiar-
la con bienes eternos. El brazo derecho del Altísimo era el que daba a toda
el alma el lleno, que es la plenitud de los días y la eternidad de la gloria; y
por eso, en estas ansias y congojas, la abrazaba, ceñía, alentaba y disponía
para buscar y merecer mayores bienes o mayor posesión del bien que ya
poseía y gozaba.
[121] En esta variedad de uniones o grados de esta misma unión, solía
manifestarse ésta más o menos fuerte, según el calor y eficacia del fuego que
le comunicaba el divino amor, que explicaré con algunos casos particulares,
en parte homogéneos a los ya escritos en su vida. En los últimos días del
mes de febrero de mil setecientos y ochenta años, pidiendo y clamando por
tres ánimas que se le aparecieron afligidas en terribles penas, reconoció que
se le resistía el Señor; pero juntamente le fue comunicando tales excesos
de amor y caridad, que la obligaron a empeñarse tanto en pedir y clamar,
que con los crecimientos de su fe, aumentos de su esperanza y excesos de
su caridad ardiente, mereció que el divino y humanado Verbo se le hiciese
visible, en forma y figura de su admirable resurrección. Y unido estrecha y
fuertemente con el alma de su querida esposa, le decía cariñoso y sin mues-
tras de enojo y rigor, sino como quien estaba aprisionado de las oraciones
y merecimientos de su amada, que lo dejase. A que respondía la esclarecida
virgen y enamorada perfectamente de Dios: “No te he de dejar ni te has de
apartar de mis brazos, hasta que me concedas todo lo que te he pedido y
me eches tu bendición, para mí y para todas tus creaturas, porque se logren
todas las beneficencias de tu redención”. En estas instancias del amor y ca-
ridad de su escogida y amada creatura, probaba el Señor su espíritu, hacien-
do del que no. Y ella, enamorada y abrasada en el incendio de caridad que
hervía en su pecho, replicaba e instaba pidiendo para sí las penas de todo
el mundo que merecían los pecados del universo, y que hasta conseguir este
beneficio no le había de dejar ni permitir se apartarse de sus brazos. En
esta espiritual batalla, para mayor confirmación del excesivo amor de su
querida esposa, le decía el Señor, como quien la amenazaba: “Pues si no me
dejas, me iré a las borrascas del mar, me iré al purgatorio, me iré y pondré
entre las penas del infierno”. Respondía Catarina: “Allá, entre estos horro-
res, iré yo contigo, Señor, muy contenta; porque no me ha de apartar de ti
el mar alterado, ni la muerte ni el infierno”. Entre estos fervorosos afectos
se le desapareció el divino esposo. Y quedando en su fuerza la unión, se
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halló rodeada y llena de tormentos, penas y agonías de muerte. Y después
de mucho padecer, le sobrevino el hallarse regalada con las fragancias y aro-
mas del Oriente, como que la convidaban a ir a gozarlas. A que respondió,
dándose por entendida la sierva de Dios: “Si está allá mi único amado, allá
iré. Pero si no le he de hallar, no quiero flores, aromas, ni fragancias”. Entre
estos afectos que le comunicaba el divino amor, oyó y percibió su feliz alma
unos suavísimos clarines que la deleitaron y causaron excesivos gozos. Y se
le dejó ver el Señor como de lejos en el Oriente, teniendo asido el corazón
de Catarina como con un cordel, con que le llamaba y tiraba hacia sí; pero
con tal dulzura y gozo, que decía ella: “No pudiera sufrirlo la naturaleza, a
no ser ayudada con especialidad de la gracia y divino poder”. Esta unión se
fue continuando por algunos días, andando la sierva de Dios como absorta
y extática, y con sentimiento ansioso de ir algún día al Oriente en vida o en
muerte, donde la llamaba y tiraba como arrastrada su divino esposo.
[122] De esta unión tan estrecha con el Señor, resultaba otra con que
se unía el alma de esta esclarecida virgen con las creaturas, de donde le
nacía aquella sed insaciable de que todas se salvasen y ninguna se conde-
nase. Estos fervores y ardientes deseos la obligaban a andar toda su vida
pidiendo y clamando por la salvación del mundo. Y gustaba Dios tanto de
estos sus encendidos clamores, que para empeñarla más solía hacer del que
no quería, diciéndole: “¿Qué es lo que pides? ¿Qué es lo que quieres? ¿No
ves, Catarina, cómo me tratan los hijos de los hombres? ¿No te he dado
muestras de cuánto me ofenden?” A todas estas voces respondía la sierva
de Dios: “Ya, Señor, reconozco que estás justamente enojado, pues nues-
tras culpas te tienen gravemente ofendido. Pero acordaos, Señor, que nos
hicisteis de barro. Somos quebradizos y frágiles como el vidrio; somos mi-
serables y por esos pecamos. Caemos, porque somos flacos. Os ofendemos,
porque somos frágiles. Y no obstante este conocimiento, reconocemos que
sois benigno y misericordioso; que por las creaturas derramasteis vuestra
sangre. Ésta no se ha de perder. Se ha de lograr y ella nos ha de favorecer y
salvar”. Replicaba el Señor que quién había de pagar y satisfacer a su divina
justicia. Y respondía Catarina: “Ya, Señor, pagasteis por todos; buen fiador
tenemos en vuestras llagas, pasión y muerte. Y si pide vuestra recta justicia
cooperación de las creaturas, yo me ofrezco a pagar por todas, como vues-
tro divino poder me dé fuerzas y gracia para sufrir y padecer, para que no
padezca el mundo en esta vida ni en la otra. Y así, redentor mío, no hay
que ponerme argumentos a que yo, bozal, no puedo responder. No hay que
tratar de satisfacciones, cuando tú solo humanado te puedes satisfacer. Tú
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experimentaste los rigores de la justicia del eterno padre; nosotros pedimos
misericordia por el infinito valor de tu preciosa sangre”. En otras ocasio-
nes, le redargüía como quejosa con razones, diciendo a su divino amante
que para qué le había mostrado las necesidades el mundo; que para qué le
enviaba tanto qué padecer; que para qué le mandaba que pidiese por sus
creaturas, si no las había de favorecer, si no las había de perdonar y salvar.
Otras veces, se valía de la intercesión de los santos, de los merecimientos de
los justos, y siempre invocaba a la santísima Virgen, por cuyo respeto con-
seguía todo cuanto pedía, y crecía en ella la devoción, confianza y cariño a
esta soberana reina.
4. De otros varios casos particulares en que se declara y confirma la doctri-
na de los párrafos antecedentes
[123] Ya tengo dicho y aun repetido que en muchas ocasiones le represen-
taba el Señor el estado del mundo en común, y en particular los pecados de
algunos. Y solían ser estos los pecadores públicos y notorios, para que pi-
diese y padeciese por ellos y se templase con sus lágrimas y ruegos la divina
justicia, provocada e irritada con las ofensas que experimentaba Dios en los
hijos de los hombres. Y para consolarla y animarla a más padecer y clamar,
le manifestaba también los efectos de sus clamores; ya con símbolos, ya con
claras y misteriosas visiones de los pecadores en común y en particular. En
común, como la que tuvo el año de mil seiscientos setenta y cuatro, un día
de cuaresma, en los colegios de la Compañía de Jesús, en cuyas iglesias asis-
tía la sierva de Dios, de unos montones de basura asquerosa tan grandes,
que sobrepujando a las paredes, se iba entrando aun por los aposentos de
los padres. Admirándose Catarina de ver tanta inmundicia junta, preguntó
la significación a su divino esposo. Y le respondió que era símbolo de los
muchos pecadores que juntaban con sus sermones los predicadores, para
echarla después fuera de la ciudad. No obstante esta respuesta, volvió a
repetir la misma pregunta Catarina. Y entendió que en la basura se signifi-
caban los pecados del mundo, que en dicha cuaresma se habían de perdonar
y desterrar de los corazones de los hombres por medio del sacramento de
la penitencia. Pongamos aquí otra visión de un sujeto en particular. Vio la
sierva de Dios a un personaje dentro del costado de Cristo, a manera de un
monstruo que mudaba varias formas horrorosas. La que más horrorizaba
a la sierva de Dios era la de una víbora irritada y venenosa; porque como
decía Catarina, era de aquella especie de serpientes que había en el Mogor,
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que comunican su mortal veneno traspasando de parte a parte como saeta
los cuerpos humanos. Reconociendo el Señor a su sierva con horror y re-
pugnancia, le convidó por tres veces que la comiese y le manifestó que era
símbolo de un personaje por quien ella pedía en aquellos días para que se le
alargase la vida. Pero la caritativa virgen no se halló con fuerzas para comer
tan asqueroso manjar; porque el mismo Señor que la convidaba, parece que
le aumentaba las repugnancias y aminoraba lo auxilios de su gracia para las
fuerzas. Y así murió cuando menos se esperaba el ya insinuado personaje.
Con la noticia de esta muerte se volvió a poner Catarina en la presencia de
Dios como quejosa, y le dijo: “¿Cómo, Señor, no me concediste lo que tanto
te he pedido y por lo que tanto he padecido?” Y le respondió: “Porque tú
no quisiste comer la víbora que abrigaba yo en mi costado. Si tú la hubieras
comido, hubiera ella tenido otra muerte”. En otra ocasión, añadió la sierva
de Dios a su confesor: “Que en este género de batalla espiritual se le había
dado a entender que la dicha persona por quien rogaba, no había hecho en
toda su vida obra perfectamente buena en los ojos de Dios, y que juzgaba
no había querido el Señor darle más larga vida por sus altos y secretos jui-
cios; pues cuando quería conceder con sus ruegos, no sólo le daba fuerzas,
sino que la obligaba a comer semejantes ascos, por más asquerosos que fue-
sen. Pero que tenía mucha confianza en la misericordia del Altísimo, de que
se salvaría este personaje por habérsele representado dentro del costado de
Cristo, por haberle dicho el Señor que pidiese por él y convidándola a que
comiese su símbolo o figura”. Y aunque no pudo tragarla ni aun gastarla,
tampoco sabemos que comiese el apóstol San Pedro las sabandijas asquero-
sas que se le representaron en el lienzo de que se hace mención en los hechos
apostólicos [Apostilla: Hechos 10]. No obstante esto, fue esta visión una
representación de la salvación y futuras conversiones de los fieles.
[124] También se le representaban en varios símbolos y formas los jus-
tos vivos y muertos; porque todas aquellas personas que se le recomendaban
en sus oraciones, por sí o por medio de sus confesores, se le ponían delante
de los ojos al rogar por todos los necesitados del mundo, apiñados y como
atropellándose por acercarse cada uno a la sierva de Dios, con especialidad
en las horas de su oración retirada y en el tiempo de la letanía que rezaba
cada día en su pobre albergue delante de las imágenes de su devoción. Algu-
nas de estas almas que deseaban servir a Dios de veras y caminar por el ca-
mino de la perfección, se le solían representar en forma de varias aves, para
significar que aún estaban sujetas a las potestades aéreas, y las ocupaciones
o ejercicios con que habían subido o habían de subir a la mayor o menor
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altura de la perfección. Los predicadores se le dejaban ver en forma de varios
pájaros cantores, como de gorriones, jilgueros, cenzontles, etcétera; según
y conforme a los talentos, eficacia y dulzura en su predicación. Los padres y
maestros de espíritu y misioneros apostólicos, ordinariamente se le repre-
sentaban en forma de gallinas de Castilla o de la tierra, con muchos o pocos
polluelos que criaban a costa de su sudor y trabajo, que reconocía Catarina
en la flaqueza y en lo desplumado con que se le representaban sus amorosas
madres. Otras almas venían a su vista en forma de patos o ánsares de color
blanco o negro, en que se significaba la necesidad de sus espíritus y lo poco
o mucho que se levantaban o habían de levantar de la tierra; quiero decir,
los pocos pasos que habían dado en la perfección. Y éstos solían crecer en
la blancura y en lo corpulento hasta parecer garzas que se remontaban,
pasando de negros o cenicientos a blancos. Y esta misma blancura se iba
poco a poco realzando con el matiz de otros vivos y hermosos colores, en
que parece se significaba la variedad de virtudes que se iban plantando y
arraigando sobre la pureza del alma. Otras aves de éstas se transformaban
en palomas o águilas, en que se significaban los vuelos con que se remon-
taban en el camino de la perfección. A todas estas almas ayudaba la sierva
de Dios con sus oraciones, mortificaciones y penitencias. Pudiera apoyar
esta verdad con muchos casos particulares y raros; los omito por parecerme
suficientes los ya escritos en la historia y por estar bastantemente apoyado
este mi sentir, en la carta proemial de la segunda parte y en la autoridad de
los demás confesores que tuvo.
Capítulo 2
De algunas de las muchas visiones que tuvo de la Compañía de
Jesús; de sus profecías, y con especialidad, las pertenecientes a su
dichosa muerte y solemnidad de su entierro
1. Varias visiones en general y en particular del gobierno de la Compañía
de Jesús
[125] Como hija espiritual, desde el tiempo de su bautismo de esta sagra-
da religión, eran los de la Compañía uno de los más frecuentes objetos de
sus oraciones; y la eterna sabiduría, correspondiendo al agradecimiento y
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caridad ardiente de su sierva, le daba con especial liberalidad luces repeti-
das para ver y saber los sucesos presentes y futuros que pertenecían a esta
religión y sus religiosos. Para su consuelo, la gloria que tenía prevenida en
el cielo a los de su Compañía y los trabajos y merecimientos con que habían
de alcanzar la eterna corona. Los difuntos la venían a visitar, tratándola
unos de “hija” y otros de “hermana”, pidiéndole los encomendase a Dios y
que les ayudase con sus continuos clamores. Eran tan frecuentes y numero-
sas estas visitas, que algunos de los confesores de Catarina se persuadieron
a que todos los que morían en las cuatro partes del universo, venían a reco-
nocer el poder que tenía para con Dios esta su sierva. Le mostraba el Señor
todas las desgracias futuras, para impedirlas o templarlas por los ruegos de
esta su querida esposa. Pocos fueron los buenos sucesos que ella no dijese
antes y diese gracias al Altísimo por ellos, como interesada en las felicidades
de esta sagrada religión. Como repetía muchas veces Catarina: “A quien
debía la crianza y sustento de cuerpo y alma, desde que recibió el agua del
santo bautismo hasta que llegó la hora de su dichosa muerte.”
[126] Se hallaba ordinariamente a las consultas que se hacían, en or-
den a informar a Roma para los gobiernos y rectorados. Y en las mis-
mas juntas romanas solía hallarse su alado espíritu, oyendo y entendiendo
cuanto en ellas se hablaba, aunque fuese en la lengua latina, para ella muy
extraña. En una ocasión dijo a su confesor: “He estado todos estos días en
las juntas que hacéis para el acierto de vuestros gobiernos. Y aunque esto
me ha acontecido muchas veces, ahora veo una particularidad, porque miro
a los padres fulano y fulano”. Y habiendo nombrado a todos los consul-
tores, añadió: “Estos padres hablan bien; pero los que suben y bajan a la
junta para ser propuestos, veo que salen muy enlodados. Yo no lo entiendo,
quizás lo entenderá vuesté”. Casi siempre veía que asistía el Señor a estas
juntas y consultas, acompañado de ángeles que servían los platos a los que
se sentaban en la mesa del conclave. Y entre estos espíritus celestes, le pa-
recía a Catarina que andaba ella sirviendo y poniendo en la mesa algunos
de los platos. Con este símbolo de platos de varios manjares, se le solían
significar y dar a entender los gobiernos y rectorados, y los rectores y pro-
vinciales. Se le representaban unos entre resplandores; otros sobre montes;
otros en forma de árboles grandes o pequeños, según la grandeza o corte-
dad del oficio; sino es que lo queramos aplicar a la mayor o menor altura de
méritos y perfección de los sujetos propuestos y promovidos, suponiendo,
como se debe suponer, por lo que se ve y experimenta, que en la Compañía,
teniendo el nombre de mínima, no hay oficios que merezcan el nombre de
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montes ni de árboles, sino de matorrales espinosos. En otras ocasiones, no
se le representaban en particular los gobiernos sino todos juntos. Y fue o
parece singular la visión que tuvo el año de 1674, en la ciudad de Puebla, el
mismo día que se había de abrir en México el pliego de gobierno. Vio mu-
chos padres alrededor de una gran fuente o caldera de arroz y le preguntó
uno de los que asistían que cómo se había de comer aquel sabroso manjar.
Respondió Catarina que con unas rebanadas de pan. Y sucedió así, porque
como duran poco las cucharas de pan y se suceden unas a otras, de la mis-
ma manera se sucedieron unos a otros los gobernadores; pues por muerte
de los que tuvieron patentes de Roma, les sucedieron otros rectores, casi en
todos los colegios; y aun en el provincialato se sucedieron tres provinciales
en aquel trienio.
2. Visiones de algunos de los colegios de la Compañía y sus súbditos
[127] Encomendando a Dios muchas veces el colegio del Espíritu Santo de
la Compañía de Jesús en Puebla de los Ángeles, le aseguró el Señor otras
tantas veces su felicidad y estabilidad futura hasta el fin del mundo, si se
continuasen los ministerios de la Iglesia y las limosnas de las porterías. En
el colegio seminario de colegiales de San Jerónimo, que está a cargo de la
Compañía de Jesús, fueron rectores muchos de sus confesores, y por esta
dependencia tuvo la sierva de Dios algunas visiones, profetizando las en-
fermedades, salidas y entradas de los colegiales, reconociendo y tocando
con las manos [como dicen] la eficacia de las oraciones a intercesión de
Catarina. Omito muchas porque aún viven algunos que pueden certificar-
las para honra y gloria de Dios en esta su sierva. Anduvo por espacio de
algunos días en este colegio y seminario, un fantasma nocturno y ruidoso
que espantaba y asombraba a los colegiales y aun al mismo rector, quien se
inclinaba a que sería alguna de las ánimas del purgatorio. Con esta apre-
hensión acudió a Catarina. Y refiriéndole los estruendos ruidosos que había
en su colegio, le respondió: “No, no es anima; cosa mala es. Conjúrense y
bendíganse las salas donde anda el maldito y cesará el ruido”. Se hizo así
lo que dijo la sierva de Dios y con el efecto se confirmó su verdad. En este
mismo colegio estaban tres o aun cuatro colegiales que lo eran de mucho
útil al padre rector, que reconociendo su conveniencia, temió el perderla,
por haber enfermado de muerte el alguacil mayor de aquella ciudad, que
les sustentaba. Estando, pues, éste desahuciado y sin esperanzas de vida, se
fue el padre rector a Catarina y encargándole con toda eficacia la salud del
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enfermo, le respondió la sierva de Dios: “Disponga vuestra reverencia que se
le den al enfermo unos baños de agua tibia y vivirá algunos años, en que hará
muchas obras del servicio de Dios”. Agenció el padre rector interesado, se
le aplicase el remedio que le dijo Catarina al enfermo, y con él sanó y vivió
el tiempo que había dicho Catarina, en el cual techó la iglesia de San Se-
bastián, fabricó y dotó el magnífico monumento en el templo del glorioso
patriarca santo Domingo e hizo otras obras insignes, propias de su grande
piedad y liberal magnificencia. Sólo para el dicho padre rector no fue en lo
temporal provechosa esta salud, porque lo mismo fue sanar que sacar del
colegio todos los cuatros colegiales.
[128] El padre Antonio de Langarica de la Compañía de Jesús, tenía un
mozo que le asistía con amor y cuidado en la sacristía. Éste cayó gravemen-
te enfermo con accidentes de un mortal tabardillo. Acudió el dicho padre al
remedio eficaz de las oraciones de la sierva de Dios y ella le respondió: “No
se aflija vuestra reverencia, porque mañana se declarará la enfermedad,
asomándose en lo exterior las viruelas, de que sanará y le servirá muchos
años en la sacristía”. Sucedió todo como Catarina lo dijo. El padre, pues
vive, podrá confirmarlo. A este mismo padre le dijo en una ocasión: “Mire
vuestra reverencia que el maldito anda envenenado y rabioso por haberse
fundado la congregación de pardos y negros en una de las capillas de la
iglesia. Y ha sentido tanto esta buena obra, que anda el infernal espíritu
incitando y provocando a ciertos ladrones, para que, quemando la puerta
del costado, roben las alhajas y preseas del templo. Y así, que anduviese con
cuidado y que no tuviese pena.” Pasaron meses y aun años, y sucedió que
una noche los ladrones horadaron la dicha puerta con el instrumento del
fuego. Y avisando un perrillo con sus ladridos a los sacristanes, se apagó el
fuego e impidió el robo. A este padre le dijo muchas veces las enfermedades
futuras y cómo había de sanar de ellas. Otro padre predicador se halló en
la entrada de la cuaresma con tales y tantos achaques, que le pareció impo-
sible satisfacer a su oficio y obligación. Se recomendó en las oraciones de
la sierva de Dios y esta esclarecida virgen le aseguró: “Que tendría salud y
que predicaría sus sermones, sin embarazo de los achaques que le afligían”;
como lo experimentó el enfermo con agradecimiento y reconocimiento de
este singular beneficio del cielo.
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3. De algunas de sus profecías acerca del tiempo de su dichosa muerte y
lugar de su sepulcro
[129] Con los temores que vivía (y de que tengo hecha mención en varias
partes de esta historia), andaba continuamente pidiendo a Dios una buena
hora en qué salvarse la sierva de Dios. Y el Señor consolaba repetidas veces
a su querida esposa con palabras y muy amenas visiones que templaban
los sustos y apreturas de su corazón, y que a nosotros nos pueden servir
de enseñanza para alentar nuestra fe, esperanza y caridad. Le traían a la
memoria todos los beneficios que había recibido desde que nació y salió a
la luz del mundo, por sí o por medio de su santísima madre, de sus santos y
celestes espíritus. Pero en pasando esta soberana luz, se volvía la sierva del
Señor a hallar en la obscura profundidad del conocimiento propio, donde
se renovaban las heridas penetrantes de sus temores, que la lastimaban y
obligaban a clamar al cielo misericordia. Y en esta sucesión de turbaciones
y tribulaciones, mereció y consiguió con sus clamores las singulares noticias
que le franqueó la Omnipotencia acerca de su muerte, de su entierro, de
su sepulcro, y de la gloria que le tenía guardada en su eterno e indeficiente
reino. Ya tengo apuntadas en la dedicatoria de la primera parte de esta his-
toria algunas tan ciertas como misteriosas; y en el sermón que se predicó
en sus honras andan ilustradas otras no menos prodigiosas. Las unas y las
otras podré omitir en estos capítulos, poniendo parte del sermón fúnebre y
panegírico en este libro, contentándome con insinuar muchas de estas luces
por modo de apuntamientos, para que los glosen los sabios y devotos de
esta sierva de Dios.
[130] A principios del año de 1678, dijo al confesor (a quien repetidas
veces había asegurado que era el que Dios tenía determinado la asistiese en
la hora de su muerte) que diez años le quedaban de vida. Y fue esta noticia
explicación y confirmación de lo que dice mi provincial actual, el padre
Ambrosio Odón, en la carta proemial que está al principio de la segunda
parte de esta historia, que con el símbolo de diez hojas en blanco explicó la
sierva del Señor en visión profética estos diez años de vida que le faltaban.
En otras ocasiones refirió esta misma profecía, diciendo: “Que se la daba la
santísima Virgen en su imagen de la Soledad, que está en una de las capillas
de la catedral con veneración de milagrosa”. El día o noche de la Visitación,
año de 1679, se halló en espíritu como en una sala o aposento adornado de
muchas ramas, flores y rosas, símbolo de su pobre albergue que ya en algu-
nas partes de esta historia he explicado. Vio también que unos personajes,
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que no conoció, tenían en sus manos a una hermosísima niña y que se la
entregaban festivos y alegres al último y profetizado confesor de Catarina;
el cual, recibiéndola en sus brazos envuelta en una punta o extremidad de
su vestidura, se la ofreció a la santísima Virgen, que la recibió con agrado
en sus purísimas y soberanas manos. En esta ocasión le dieron a la sierva del
Señor conocimiento de que ella era la bellísima creatura que se le represen-
taba, y arrebatada de esta luz, prorrumpió hablando con la reina y empe-
ratriz de los cielos en estas palabras: “Señora, no te manches. Mira que no
soy digna de estar a tus plantas y mucho menos en tus soberanas manos”.
Entonces la santísima Virgen, que se le representó en forma de la imagen de
santa María la Mayor, que vulgarmente llaman del Pópulo3 y es la patrona
de la muy ilustre y devota congregación que está fundada en nuestro colegio
del Espíritu Santo de la noble e imperial ciudad de Puebla de los Ángeles;
entonces digo, esta princesa del empíreo puso entre los brazos de su único
y amado hijo a esta dichosísima creatura. Y su Majestad, obligado de los
ruegos de su santísima madre, empezó a agasajar y acariciar a Catarina; si
bien ésta, llena y ahogada del respeto y debida veneración a su divino espo-
so, no se atrevía a corresponder a tan excesivos favores. Después de esto,
dijo: “Advertí que mi último confesor me daba y vestía una túnica que me
había de servir de mortaja”.
[131] Toda esta visión la entendió el confesor por una representación
de lo que había de suceder en la muerte de su penitenta; pareciéndole que
en los personajes que se la entregaban, se significaban los ángeles que la
asistían en vida y que no le podían faltar en su dichosa y feliz muerte, para
que en el modo humano y católico pasase de esta vida a la eternidad por
medio o asistencia de un determinado ministro y vicario de Cristo, como lo
es cualquiera de los demás sacerdotes. En el coger a esta felicísima creatura
en su vestidura, le pareció se significaba la recomendación de esta alma por
mano e intercesión de la madre de Dios, que fue en toda la dilatada vida de
esta escogida hija la maestra, guía, patrona y madre. El gozar de los dulces
y honestos abrazos del Señor parece significación de la unión externa con
que había de unirse con Dios en el cielo. En esta ocasión, añadió a su con-
fesor: “Que asistiría con él otro sacerdote llamado Joseph”. Y se verificó
esto también en la muerte de la sierva de Dios, porque el bachiller Joseph
3 Virgen con niño muy venerada en el siglo xvii y extraviada un siglo después. La basílica de
Santa María del Popolo se encuentra en Roma.
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del Castillo Graxeda, de quien se valían ordinariamente los confesores
para que no le faltase a Catarina el alivio en lo temporal y espiritual ne-
cesario en sus gravísimas tribulaciones y enfermedades, se apareció en el
aposentillo de la sierva del Señor pocas horas antes de morir por tener pre-
venido el dicho bachiller a una de las muchachas que servían a la enferma,
para que le avisase cuando reconociese en los accidentes se acercaba ya la
hora de la muerte de Catarina. Y con esta diligencia se verificó la previsión
de esta esclarecida virgen y el bachiller Castillo ejercitó su caridad con ella
hasta el último trance de la vida; y a la verdad se lo debía, por los bienes
temporales y espirituales que recibió del cielo por mano e intercesión de
nuestra Catarina.
[132] En otras ocasiones, que arrastrada de los afectos de su humil-
dad verdadera se quejó al Señor, diciéndole: “Que en su muerte no habría
quién se acordase de ella”; la consoló la eterna sabiduría con otras muchas
regaladas visiones y noticias que acreditan el don de profecía en su sierva.
Varias veces le dijeron voces del cielo: “Que su sepulcro había de estar en
el colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús, al lado derecho del
altar mayor, detrás del de las reliquias, donde está fundada la noble con-
gregación de la ciudad de Puebla de los Ángeles”; con las cuales palabras
recibía especialísimo consuelo por el afecto que tenía a la dicha milagrosa
imagen y por considerarse muerta donde había perseverado en vida debajo
del patrocinio de esta soberana princesa. En el año de 1673 le mostraron
una casa o capilla nueva y no acabada, y le dijeron los cortesanos del cielo:
“Que en aquel lugar se había de depositar su cuerpo muerto, porque era
el lugar de su entierro señalado del Creador”. Tuvo Catarina por sueño la
significación de estas palabras; pero no obstante esta aprehensión, preguntó
a su confesor: “Que si había alguna capilla en el presbiterio al lado derecho
del altar mayor”. Le respondió: “Que había allí un aposentillo de bóveda,
que desde que se fabricó la iglesia se estaba sin adorno, sin suelo y sin luz,
y que era un hoyo lleno de polvo donde se enterraban los niños inocentes
que solían aparecerse sobre las bancas y altares de la iglesia, ocultándose
los que los traían y dejaban en la dicha iglesia”. Entonces le dijo Catarina a
su confesor: “No haga caso de mis sueños vuestra reverencia. Pero yo estoy
viendo en ese lóbrego aposentillo mi sepulcro y me dicen no sé quiénes, que
es el lugar de mi entierro”. El confesor hizo poco caso de lo que le refería
la sierva del Señor como sueño y fanática visión, pero cuando se verificó
después de varias y muchas contradicciones que se depositase su virginal
cuerpo difunto, como por contingencia, en el sepulcro de los ángeles y niños
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inocentes, hizo misterio y aprecio del dicho de su penitenta. Y mucho más,
cuando al tiempo de enterrarla, se reconoció que en la ya insinuada capilla
se hallase un sepulcro en forma de pesebre a las espaldas del altar de la Con-
gregación, sin memoria de quién ni para quién se había dispuesto al tiempo
de la fábrica del templo, que tenía de subsistencia cuando murió la sierva de
Dios como noventa o cien años en sus principios, donde no se había ente-
rrado otro cuerpo. Por el nuevo descubrimiento de este anticuado sepulcro
y por la compañía de los niños inocentes, se miraron estas circunstancias
como misteriosas y se notaron con toda la advertencia debida y humana
prudencia. Y no hay que admirar se apunten estas que pudieron ser contin-
gencias, cuando san Jerónimo notó y observó que Josué había sido enterrado
en un sepulcro nuevo de tierra virgen, donde no había sido enterrado otro
cuerpo, y que esto se entendió ser premio de su pureza. Pues esto mismo se
le representó a la sierva de Dios, que respondía el Señor a su afligido corazón
con mostrarle un sepulcro adornado y lleno de flores y rosas de Castilla, que
se le estaba prevenido para honra y gloria de su cuerpo difunto.
[133] En otra ocasión se vio ella en la dicha capilla o entierro con otros
dos o tres sepulcros a su lado, y con inteligencia de que el uno era para sí.
No le dieron conocimiento de los otros cuerpos que habían de acompañar
el suyo. Pero ya está a su lado el de la prudente virgen doña Juana de Ira-
zoqui, y espero se verificará en el todo esta visión profética de lo futuro,
como ya se ha verificado en parte esta profecía; y otra, que fue el habérsele
hecho presente en espíritu otra mujer de buen rostro, y como llevándola a
la dicha capilla, le enseñó dos sepulcros y le dijo. “Éste es para ti, Catarina,
y para mí el otro. Aquí descansarán los huesos de nuestros cuerpos, que
ahora viven tan trabajados”. No dudo fue esta visita espiritual de la dicha
doña Juana, a quien en vida llamaba la sierva de Dios “su ángel”, diciéndo-
le siempre que la encontraba: “Ángel mío, encomiéndame a Dios, que soy
muy mala y que como pobre y despreciada china, no habrá quién se acuerde
de mí”. A esto mismo parece que aluden todas las visiones y revelaciones
que están puestas en la dedicatoria de la primera parte y libro de esta prodi-
giosa vida, dirigida al ilustrísimo pastor, en cuyo tiempo entendió y predijo
había ella de morir. Y por este respecto y otros, le comunicó el cielo muy
especiales noticias de sus elecciones; de sus superiores virtudes; de su venida
a las Indias; del recibimiento amoroso que le habían de hacer sus rendidas
ovejas; y de las benignas, copiosas y abundantes beneficencias que habían
de experimentar por los canales de cuatro torrentes caudalosos de su santo
celo, sapiencia provechosa, gobierno católico y beneficencia sin término.
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En el tiempo, pues, de estas proféticas noticias, se halló un día la sierva de
Dios a los pies de su querido pastor, humilde y resignada a su obediencia,
como en forma de un árbol enlodado por el tronco, cuyas ramas y hojas se
le representaban todas clavellinas, rosas, jazmines, y otras varias flores que
iban cortando algunos personajes que asistían a esta visión, poniendo en su
lugar otras mejores y más preciosas, como que las injerían4 en el insinuado
tronco y sus ramas. En esta ocasión, entendió Catarina que se simbolizaba
ella misma en el árbol y que había de morir en el tiempo de este su querido
y muy amado pastor. No explicó ni dijo la significación de la hermosa va-
riedad de flores, que dependían de las ramas del árbol. Algunos lo aplicarán
a nuevos o prodigiosos milagros; otros, a sus virtudes admirables que se ha-
bían de publicar, como se publicaron en su feliz muerte; y otros finalmente,
a las muchas hijas espirituales que habían de resplandecer en el mundo con
los realces de las virtudes que les alcanzó de Dios la sierva del Señor por su
intercesión y la eficacia de su ejemplar vida; que es lo que sintió y significó
el autor de la carta proemial que está al principio de la segunda parte de
esta historia, cuando dijo: “A mi juicio, las personas que en esta ciudad de
Puebla tratan de perfección y amar de veras a Dios, deben mirar a nuestra
Catarina como a madre y maestra”. Pero volviendo a las circunstancias de
su sepulcro, digo, que vio otro día que de las flores y ramas que se cortaban
del ya insinuado árbol, se estaban formando y llenando dos o tres macetas
para trasplantar en ellas las ramas de rosas y jazmines, como frutas y frutos
que se cogían para que sirviesen de adorno y compañía al fructífero y flori-
do tronco que les había dado el ser y espiritual hermosura. No necesita esta
visión de más explicación que la remembranza de lo ya dicho.
4. De otras visiones y profecías de su feliz muerte y de la gloria que la es-
peraba en el cielo
[134] Los extraordinarios temores con que Dios la humillaba y juntamente
purificaba, obligaban a Catarina a tenerse por indigna de que en su muerte
hubiera en la tierra ni en el cielo quién la asistiese en la última hora de su vida.
Y este pensamiento, hijo de la oscuridad y continuos desamparos con que
el Señor le labró una imperial y eterna corona, fue ocasión y causa para
que la misericordiosa Omnipotencia correspondiese a las quejas de esta su
4 Injertaban.
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querida y escogida creatura. En una de las ocasiones que la despedazaba
este santo temor, la consoló y animó el cielo con esta visión. Vio a su cabe-
cera un personaje que, ostentando valentía, se le representó con un bastón
en la mano y un hermoso plumero en la cabeza. Vio como en el aire, sobre
su pobre lecho donde entonces penaba, un ave muy blanca con plumas de
luz más resplandecientes que el sol que nos alumbra. La forma de esta ave
era como de garza o imperial águila, pues con el uno y otro nombre se ex-
plicaba la sierva de Dios. Vio finalmente en esta abstracción de sentidos y
prodigioso arrobamiento, otra ave semejante a la primera que estaba como
en el suelo hacia los pies de su pobre lecho; y sobre éste una colcha de felpa
muy rica con su franjón de oro en el medio. Reparó que había otros per-
sonajes de respeto en la sala donde se hallaba, pero los tres insinuados le
arrebataron la atención y conocimiento, de manera que no pudo dar razón
de ellos. Y si no la hubiera deslumbrado el conocimiento humilde de su in-
dignidad, pudiera sacar por consecuencia que en la hora de su muerte había
de tener con especialidad la asistencia de la santísima Trinidad, ostentando
su inmenso poder, amor y fraterna sabiduría en favorecer a su querida es-
posa y escogidísima creatura.
[135] Entre otras muchas ocasiones que atribulada se acogió al patro-
cinio de la santísima Virgen, fue una en principios de febrero de 1675, cuan-
do hablando con esta poderosa reina, le dijo: “Señora, cuando yo me muera
no habrá quién se duela de mí, ni quién me diga una misa” Y creciendo la
turbación excesiva que suelen causar los desamparos del cielo, le parecía
se le acababa ya la vida por los desfallecimientos que sentían su cuerpo y
alma. En esta terrible tribulación se le apareció la emperatriz de los cielos
con el numeroso y florido ejército del virgíneo y celestial coro. Y cogiendo a
Catarina en sus brazos, la confortó y dio a entender: “La asistiría en aquella
hora con el amor de madre de pecadores y con el poder de señora y reina de
todas las creaturas redimidas con la sangre de su santísimo hijo”. La sierva
del Señor, confusa y avergonzada de tanto favor, se hundió en el polvo de
su nada. Y procurando asirse de las extremidades del ropaje de la Señora,
exclamó diciendo: “No, Señora, no soy digna de tus brazos. Como un hilito
despreciable me iré pendiente de tu vestido al cielo”. Este mismo año, en
otra semejante tribulación, la socorrió el Señor con otra regaladísima visión.
Y fue el ver bajar de las celestiales alturas a Jesús y María, que traían en me-
dio, como asida de sus soberanas manos, a una hermosísima niña vestida de
resplandores más refulgentes que los del sol que nos alumbra. Y entendiendo
Catarina que era ella misma la que había de lograr esta especialísima gracia,
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se llenó de confusión y vergüenza su rostro. Y abatiéndose hasta el profun-
do de su nada, prorrumpió en estas palabras: “No, señores, no soy digna de
subir al cielo con esta honra. Yo, yo me iré solita, si me dan licencia y abren
la puerta, y me meteré debajo del asiento o tarima del mayor pecador que
mereció el cielo; que como yo vea al Señor, por más arrinconada que esté,
tendré todo el consuelo que deseo”. Con estas palabras parece significó Ca-
tarina que Jesús y María se le ofrecían a llevarla a su eterno reino cuando
muriese, y que ella, aprisionada de su profunda humildad, quería y espera-
ba la eterna felicidad sin confianza propia, sino por la bondad liberalísima
del Altísimo que le franqueaba los alcázares del empíreo, ofreciéndole su
poderosa mano y la de su santísima madre.
[136] En los últimos días o meses del año de 1674, oyó decir que esta-
ba canonizada una niña de cinco años; y no fue voz increíble, pues venera-
mos canonizados a tantos niños inocentes, cuya fiesta celebra y venera toda
la Iglesia católica. Pero Catarina olvidada de eso, se admiró y dijo: “¿Es
posible que en tan breve tiempo mereciese una creatura la gloria de santa
en este mundo, y que yo en tantos años no haya acertado a servir al Señor
como debo?” En esta apretada congoja se le dejó ver el redentor del mundo,
su único amado, y le dijo, como quien le preguntaba: “Pues tú, Catarina,
¿qué has hecho para que yo te dé otra semejante honra en la tierra?” A esto,
respondió la sierva de Dios: “Yo, Señor, no he hecho cosa buena; digna soy
de mil infiernos por mis obras. Sólo de limosna te pido un rinconcito en
tu reino, para que pueda por una eternidad alabarte con todos tus escogi-
dos”. No pasó adelante este coloquio de Cristo con su creatura, porque se
desapareció el Señor y la dejó confusa y atribulada. Pero el confesor, con
este singular favor que experimentó su penitenta, se acordó que estándose
lastimando la sierva de Dios en otra ocasión de cuán pobrecito y desnudo
estaba el altar que tenía en su pobre albergue, le habían dado a entender:
“Que vendría tiempo en que hubiese tapetes y alfombras donde no veía más
que lozas duras, frías y húmedas”.
[137] En 20 de febrero de 1680 se halló Catarina muy afligida y su
confesor con alguna inquietud por ver se iban publicando algunas cosas
particulares de la sierva de Dios (que con dificultad se conservan en secreto,
cuando los padres espirituales no pudiendo asistir de día y de noche a sus
penitentes, se ven obligados a valerse de otros instrumentos que les sirvan
de enfermeras y enfermeros), y con este cuidado le vino al confesor pensa-
miento de que quizá querría Dios honrar a esta su creatura con la publici-
dad de su virtudes. Estando pues, el padre espiritual de esta alma batallando
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y discurriendo sobre esta materia, le sosegó Catarina diciéndole: “Deja a
Dios lo que es de Dios. A ti te pertenece el mandar, a mí el obedecer y a los
dos el despreciar el qué dirán las creaturas. Pero advierte que me han dicho
te comunique esta visión: Se me representó un hoyo en forma de sepulcro,
todo él cubierto y adornado de rosas y otras flores. Yo no entendí lo que
significaba este objeto, pero advertí que la tierra venía como andando con
especial reconocimiento hacia el dicho sepulcro”. El confesor discurrió que
le respondía Dios a su duda y pensamiento, manifestando las muchas gentes
que habían de venir a honrar su cuerpo y sepulcro. Ya lo vimos en su muerte
verificado; y esto nos da esperanzas y prendas de que crecerá la veneración
en la autoridad apostólica, a quien pertenece esta materia; porque los escri-
tores sólo pueden decir lo que vieron, oyeron, leyeron y entendieron, y no
hablan ni pretenden la calificación que no les toca.
[138] Entre estos temores que tengo dicho la afligían y atribulaban,
recibió Catarina tantos favores del cielo, que fuera intentar como un impo-
sible el querer referirlos. En una ocasión, oyó una voz del cielo que le dijo:
“¿Qué temes, creatura? Mira cómo ha de subir tu espíritu a las celestiales
cumbres”. Y luego vio que unos personajes celestes cogían a su alma y la
llevaban al cielo en forma de una como saeta de luces y resplandores que
alumbraba a todo el universo. Otro día le pareció que la subían en forma
de una resplandeciente varilla que volaba de la tierra al cielo, con un modo
tan singular, que dijo Catarina no podía explicarse con semejanzas terrenas.
En otra ocasión entendió su dichosa alma que le hablaban los celestiales
espíritus y le decían que en su muerte y subida al cielo, había de enviar Dios
una luz y una voz que la diese a conocer por todo el mundo. Y parece que
se verificó esta verdad en el sermón que se predicó en sus honras, pues por
la voz que clamaba se entiende y define el predicador que alumbra y enseña.
No sé si fue apoyo de su santidad, conocida y publicada en su muerte, una
visión que tuvo por los años de 74 o 75. Y fue verse a sí misma en forma
de una columna o pirámide de cristal con varias labores o molduras de oro,
tan gruesa por abajo, que no la pudieran abarcar cuatro hombres, y tan
alta, que le parecía penetraba con una punta como de espada los cielos.
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Capítulo 3
De su última enfermedad, muerte, entierro y honras que le hizo
la piedad cristiana
1. Informe de uno de los médicos que, con mucha caridad y más frecuente
y dilatada asistencia, visitó a la sierva de Dios
[139] Muy reverendo padre maestro Alonso Ramos: Me manda vuestra re-
verencia le dé parecer acerca de los achaques que padecía la venerable ma-
dre Catarina de San Juan. Y obedeciendo rendidamente el mandato, digo,
que en tiempo de catorce años, poco más o menos que asistí a la venerable
Catarina de San Juan, fueron muchas las ocasiones en que de diversos acha-
ques la vi padecer; y en particular diré algunos, por ser continuos y parecer-
me ser ultra naturam.5 Era, pues, uno de los achaques que continuamente
padecía, una refrigeración intensísima de la cintura abajo que le impedía
de tal manera los movimientos, que no podía moverse. Le ocasionaba una
retracción de nervios con vehementísimos dolores y congojas. Se acompa-
ñaba esta destemplanza con otra destemplanza calientísima de la cintura
arriba, que en muchas ocasiones le vi fuera de sí, y en mucho rato no podía
informar ni articular voces del mucho ardor y calor que le abrasaba del
medio cuerpo arriba. Y cuando empezaba a manifestar su dolencia, parece
que quería Dios que se fuese remitiendo uno y otro accidente de frío y calor.
Y me dijo varias veces, que aquel achaque de enfriarse el medio cuerpo y
calentarse la otra parte había muchos años que lo padecía. Le tomaba el
pulso después de haber recibido el informe y lo hallaba en su estado natural
con suma celeridad. Ésta es una de las enfermedades que continuamente
padecía. Y acompañado una noche del licenciado Joseph del Castillo, que
cuidadoso y afligido me llevó a visitarla pareciéndole se moría, la visité. Y
en su presencia, le dije que en muchas y diversas ocasiones le había visto
yo en aquellas mismas aflicciones y congojas, y muchas veces casi muerta, y
que en empezando a manifestar sus dolores al médico se iba aliviando y res-
tituyendo, de modo que no parecía de un instante a otro sino restauración
milagrosa. Y le di a tomar el pulso al dicho licenciado Joseph del Castillo y
que reconociese en el sujeto si era el que poco antes le había puesto en tanto
5 Sobrenaturales.
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cuidado. Con mucha admiración quedó satisfecho de mi verdad, lo cual
podrá testificar el susodicho.
[140] En otra ocasión la visité a las siete de la mañana y la hallé su-
mamente afligida y con tanta debilidad, que me pareció sin duda se moría
y muy aprisa. Pasé a la iglesia en busca del padre Ambrosio Odón, que
entonces la confesaba, y no hallándole consulté al padre Antonio de Langa-
rica qué se podía hacer en un peligro tan grande, que me pareció no tenía
instante seguro. Le rogué pasase a confesarla y que diese orden para que se
sacramentase cuanto antes. Me dijo el dicho padre volviese a verla y que le
preguntase si quería recibir el santísimo sacramento, y que si respondiera
que sí, que se la enviara a la iglesia, aunque fuera cargada, y que la comul-
garía, que con eso mejoraría. Volví a ver a la venerable madre, aunque con
alguna tibieza, a ejecutar el mandato de dicho padre Antonio de Langarica,
porque juzgué no ser posible tener efecto. No obstante, atropellando mis
pensamientos, obedecí el mandato y le pregunté si quería recibir la majestad
de Dios. Respondió: “Si usted manda, sí”. Y con harto temor, temiendo
se muriese al moverla, mandé la llevasen cargada al comulgatorio. Y así
que entró en la iglesia, se fortaleció de tal manera que no fueron menester
fuerzas ajenas. Comulgó y a la tarde fui a ver en qué estado se hallaba y la
hallé enteramente sana, lo cual podrá verificar el padre Antonio Langarica.
[141] Otra enfermedad padecía continuamente que era una comezón
en todo el cuerpo, y decía le ardía y dolía muchísimo, como si la hicieran
pedazos con almohazas. Le registré los brazos y las espaldas en diversas
ocasiones, por reconocer si acaso era alguna sarna o algún herpes y nunca
vi demostración ninguna de que fuese humor salado el que podía ocasionar
tan horrible comezón. Me dijo varias veces que había muchos años que la
padecía, y que aunque le habían hecho muchas curas y dado baños en tina,
que nunca se le quitaba. Yo apliqué varios y diversos medicamentos a fin de
amortiguar la comezón y siempre se me quejaba de ella.
[142] De accidentes de golpes y caídas fueron muchas las veces que
la curé. Pero en particular diré de una noche que me llamaron a las siete
de la noche, poco más o menos. Y habiéndola visto sumamente fatigada y
casi moribunda, pregunté qué había sucedido. Los asistentes de la casa me
informaron que habían oído un golpe tan grande, que a todos les había
causado horror y espanto, y que saliendo a buscar qué era, hallaron a la
venerable Catarina en el patio, caída sin sentido, y que parecía había caído
de muy alto, según había sido el ruido que había ocasionado el golpe, y que
juzgaron haber sido el golpe de cosa que se hubiera quebrado y como si
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fuera una calabaza echada de muy alto sobre unas lozas de cantería de que
esta enlosado el patio. La registré con todo cuidado. Y viéndola sin pulsos y
del golpe tan sumamente fatigada y dolorida que me pareció sin duda moría
aquella noche, envié a llamar al padre Ambrosio Odón para que dispusiese
los santos sacramentos. Vino su reverencia y estuvimos más de una hora
dudando lo que habíamos de determinar; por último, el padre después de
haber conversado con la enferma, se resolvió a que lo dejásemos para otro
día. El día siguiente fui muy de mañana a visitarla y le hallé restituida a su
estado natural, yo no sé cómo.
[143] Otros achaques padecía también muy frecuentes; cuales eran pu-
jos de orina con vehemente ardor y dolor, relajación del intestino recto y
otros achaques de calenturas, que en muchas ocasiones le curé.
[144] En una ocasión padeció unos pujos de flema con vehementísimo
dolor en las tripas, de que ya se iba haciendo una disentería a no socorrerla
con medicinas eficaces. Duró, pues, este achaque veinte días, poco más o
menos. Y en todo este tiempo tuve particular cuidado en reconocer los ex-
crementos que naturalmente habían de suponerla, según los alimentos que
comía para su sustento. Y en dicho tiempo, tasadamente reconocí en dos
ocasiones la cantidad de un cacao, de donde se infiere que el ayuno que te-
nía era muy grande y que no podía sustentarse el cuerpo con lo que comía,
sino que Dios la conservaba con su poder.
[145] La última enfermedad, de que murió, tengo noticia que su prin-
cipio fue una caída que dio de la cama al suelo, que ocasionó un dolor
vehemente en el costado y una dislocación o elaxación6 en un brazo, para
cuya curación uno de los asistentes a la venerable madre, llamó cirujano y
a otro médico, no sé si con consentimiento de la enferma o mortificada su
voluntad. La curaron el tiempo que les pareció y por último me llamaron,
veinte días, poco más o menos, antes de su fallecimiento. Y lo que entonces
reconocí fue una debilidad en el calor natural que manifestaba lo natural
con que se moría, respecto de su mucha edad y de una vida tan trabajosa,
pues algunos meses antes de su muerte se alimentaba sólo con vino. Y me
parece conveniente no dejar de informar a vuestra reverencia de una cosa
particular que noté en muchas ocasiones visitando a la venerable madre.
Y era, que exhalaba un olor de su cuerpo a creatura de pecho, a que yo
aplicaba el olfato; porque recibía notable consuelo mi alma y mi cuerpo de
6 Aflojamiento, pérdida de vigor.
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olerla. A esto se llega los buenos consejos que me daba, esforzándome siem-
pre a que tuviese caridad con los pobres; corrigiéndome muchas veces mis
malos pensamientos, pues en muchas ocasiones me habló tan al alma, que sin
duda creo me conocía lo que había en mi pensamiento. Esto es lo que experi-
menté por mi dicha con la venerable Catarina de San Juan. Y lo que a vuestra
reverencia pido es que le pida me alcance de Dios nuestro señor disponga mis
pensamientos, obras y palabras, según su santa bondad, que la mía está pron-
ta a servir a vuestra reverencia y obedecerle en cuanto me mandare, etcétera.
Casa y noviembre 8 de 1688 años.
Mi señor y muy reverendo padre maestro Alonso Ramos
Besa la mano de vuestra reverencia
Bachiller Juan de Torres Guevara
2. De los principios, medios y fines de su última enfermedad y feliz muerte
[147] Una vida tan prodigiosa y milagrosa en sus principios, parece que
nos prometía esperanzas de que fuese también maravillosa en sus términos
y fines. Salió a la luz del mundo entre las grandezas y riquezas del Oriente
como princesa. Nació para las verdaderas felicidades de la ley de gracia por
el medio de una extraordinaria humillación, compuesta de muchos y graví-
simos infortunios, como fueron el verse robada, perseguida y prisionera, sin
esperanzas de volver a su patria ni el poder gozar de la humana prosperidad
que experimentó en su nacimiento y crianza entre los mayores príncipes y
señores de la tierra. Correspondió a esta mundana desgracia la mejora de
los trabajos continuados por el largo tiempo de su vida, padecidos por Dios
y por el bien del mundo, que la estimó en vida y la honró en su muerte más
de lo que yo puedo explicar; si bien, los prodigios y maravillas que se vieron
significan las beneficencias y liberalísimas asistencias del cielo, que siempre
se derraman más abundantes en los fines que en los principios del ser de las
creaturas. Víspera o día de santa María Magdalena, a quien tenía especial
devoción y afecto nuestra Catarina, como a las ocho de la noche año de […],7
se vio en toda la ciudad de Puebla de los Ángeles una tan extraordinaria
7 El año es ilegible en el original. Si Catarina murió en enero de 1688 y el meteoro se habría
visto antes del deceso, puede proponerse como fecha probable 21 o 22 de julio (día de santa María
Magdalena) de 1687.
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luz, que corriendo de poniente a oriente, feneciendo en la ciudad de los
Ángeles y en las tierras y montes que la rodean. Esta tan extraordinaria
y nueva luz causó tanta admiración y espanto por lo repentino y singular
nunca visto, que a unos les pareció un nuevo sol nocturno, a otros el cuerpo
de la luna llena, que bajándose y acercándose a lo sublunar, corría la tierra
para fecundarla y esclarecerla. Vieron todos esta prodigiosa luz, unos en sus
casas, otros en las calles, otros por los campos. Y a cada uno le parecía que
había caído donde él estaba; y esto acreditó su grandeza como de sol, luna
y estrellas, pues estos celestiales astros parece por su magnitud que están en
todas partes, de manera que cada uno de los cuerpos sublunares juzga que
lo alumbran a él, como si no alumbraran a los otros; porque franquean y
comunican su luz a cada una de las creaturas, de tal suerte que en todas se
dejan ver sol, luna y estrellas. Por falta de esta propiedad, dicen comúnmen-
te los expositores que la estrella de los Magos no era estrella fija en el cielo,
[Apostilla: Mateo 2] sino errante y aparente; pues si fuera de las fijas, por
su altura y su grandeza, no pudiera manifestar la casa donde estaba el Niño
Dios, porque manifestara las casas y de todas se viera. La luz de que voy
hablando fue símbolo luminoso de nuestra Catarina, y como la sierva del
Señor era bienhechora común, quizás por eso dispuso Dios que este globo
de luz se pareciera a los astros celestes y se viese en todas las casas y calles, y
que a todas alumbrase y comunicase su lucido esplendor, como si estuviera
en todas y en cada una de ellas.
[148] A la misma hora que se vio y cayó esta luz en la tierra, cayó
la sierva del Señor enferma con accidentes de muerte, y desde luego nos
pusimos en conocimiento de que la novedad de este refulgente globo era
prenuncio de que llegaba el tiempo en que faltando esta preciosa vida al
mundo, había de ser colocada en el empíreo para resplandecer en aquella
eterna patria con los resplandores de luna o estrella; para alumbrar y comu-
nicar al universo benignas y celestiales influencias, con aquella abundancia
que piadosamente esperamos que participará del sol de justicia Cristo y del
mar inmenso de misericordias de un dios infinito, cuyos tesoros no pueden
agotarse por más que se repartan entre todas las creaturas. La misma inte-
ligencia de la cercanía de esta muerte tuvo Catarina, pues siendo así que a
la dicha hora estaba encerrada en su tan pobre como lóbrego albergue, de
donde no pudo alcanzar su natural vista al reconocimiento de esta soberana
o prodigiosa luz, ni ésta hallar ventana, que no había, ni aun resquicio en la
puerta por dónde dejarse ver de la sierva de Dios. Con todo eso, dijo Cata-
rina el día siguiente al confesor: “La luz que se vio anoche en la ciudad, se
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estrelló y feneció en este mi aposentillo. Yo no sé cómo ni por dónde entró
o se penetró su resplandor, que causó sustos en el corazón y llenó mi alma
de alegría”. Poco después, dijo delante de algunas personas que asistían:
“A uno me he de llevar por delante”. Con la experiencia que tenían todos
los que la asistían de la verificación de sus palabras, en cada uno de los pre-
sentes halló entrada y lugar el temor de que: “¡Si seré yo el que ha de morir
antes que Catarina!”
[149] En medio de estas aprehensiones medrosas, vino la especie con-
solatoria de que dentro de la casa y en otro aposento inmediato al de la
sierva de Dios, estaba un enfermo atabardillado,8 ya desamparado de los
médicos por desahuciado y sin esperanzas de los humanos remedios. Se
apoderó de los corazones asistentes la consolación, persuadiéndose que el
moribundo casero sería el sujeto en quien se verificaría la sentencia y profe-
cía de nuestra Catarina. Pero muy poco duró esta gustosa esperanza de los
que la oyeron, porque sanando de un día para otro el enfermo desahucia-
do, se aumentaron los temores en los sanos que asistieron y oyeron la voz
de la sierva de Dios, en el principio de esta su grave y última enfermedad.
Y se acrecentó el miedo, pues visitándola en este tiempo el eclesiástico y
bachiller Joseph del Castillo, le dijo su bienhechora Catarina: “Padre Cas-
tillo, ¿quiere ir conmigo? Vamos, si quiere”. Respondió que no, porque al
juicio de Dios podía ir consolada Catarina, pero no otro de los justos, sin
temor y temblor. A la sierva de Dios, por sus virtudes, le aseguraba el juicio
humano buen despacho en el tribunal de la divina justicia. Mas al bachi-
ller Joseph del Castillo lo retardaba el dar el sí, su humildad y su propio
conocimiento. Se sosegó su temerosa tribulación con haber visto y tocado
con sus manos [como dicen] lo que sucedió. Y fue así: “Que al marido de
una de las sirvientes y asistentes a la sierva de Dios Catarina de San Juan,
llamado Roque, le acometió un insulto de venenoso humor que le privó de
los sentidos exteriores, y al parecer también de los interiores y potencias del
alma, pues no podía moverse, hablar, ni pedir confesión”. Su mujer en este
aprieto pidió confesor, y mientras venía, buscó reliquias de santos con qué
favorecer a su consorte. No halló otro remedio su piadosa caridad que el
darle a beber un poco de agua espolvoreada con tierra de san Pablo. Aca-
bándola de beber el enfermo, llegó el confesor llamado y éste lo halló en sus
sentidos. Lo absolvió, recomendando su alma, y con esta católica diligencia
8 Enfermo del tabardillo, enfermedad infecciosa.
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expiró y se salvó el difunto, como podemos con piedad cristiana esperar.
Con este suceso se sosegó el bachiller Castillo, persuadido que ya se había
verificado el dicho profético de nuestra Catarina. Si bien, en todo el tiempo
que sobrevivió a este caso la sierva de Dios, con prenuncios de su cercana
muerte y subida al eterno descanso, que como piadosamente esperamos
goza y gozará por una eternidad; no le faltaron sustos y temores al dicho
bachiller Castillo de acompañar a la enferma que lo convidaba con la vida
eterna cuando estuviese dispuesto para tan dilatada jornada. Contradijo
y se excusó de este terrible trance y el Señor, que es dueño de la vida y de
la muerte, lo conserva en medio de muchos y gravísimos achaques en este
mundo para los fines que no podemos alcanzar ni entender, pero el uno de
ellos no puede dejar de ser el que se disponga y esté prevenido para una
buena muerte, cuando venga el justo juez a pedirle cuenta y residenciar los
pasos y acciones de su vida.
[150] Llegó finalmente el tiempo que tenía Dios determinado para lle-
varse a su gloria a esta escogida alma, y aumentándose los achaques unos
sobre otros desde el día y año ya mencionados, por las violencias de los de-
monios de que resultó esta última enfermedad, así como las otras de que he
hecho memoria en toda la historia; se originaron de estas batallas y luchas
con el infierno rabioso, que continuamente procuró consumirla y cortar el
hilo de esta preciosa vida con golpes y con caídas, estrellándola contra las
paredes, jugando con su cuerpo como pelota, y causando en él con estos y
semejantes martirios, inexplicables dolores interiores y exteriores, y con su
inocente alma, temores, turbaciones y espantos, sin dejarla venir a la iglesia
en todo el tiempo de esta enfermedad, sino una u otra vez que vino más en
brazos ajenos que por su pie. En toda esta enfermedad llamó varias veces a
su propio confesor y le fue informando de todo lo que padecía y de cómo se
iba acercando la hora, en que le rogaba no le desamparase, pues para aquel
trance eran los amigos verdaderos; que la encomendase a Dios y que no
deseaba otra cosa que una buena muerte. Y la consiguió, en una admirable
paz, por medio de una sangrienta guerra continua por todo el tiempo de su
larga vida.
[151] Pocos días antes de su felicísimo tránsito, oyó la sierva de Dios
una voz suave, que hablando con ella, dijo: “¡Ea, Catarina, basta ya de do-
lores! Hartos has padecido y con ellos te has dispuesto para los descansos
eternos”. Desde este día cesaron los tormentos, o por lo menos lo violento
y continuación de sus martirios; y el alma se puso en una serenidad tan
envidiable y prorrumpía en tales afectos y palabras, que echábamos de ver
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estaba totalmente unida y resignada en la voluntad de Dios, de suerte que ni
el purgatorio ni el infierno la atemorizaban. Con esta quietud vivió algunos
días. Y el confesor, que estaba a la mira, pareciéndole por los accidentes
mortales que se iba concluyendo, ya acercando el día o noche de la muerte
de Catarina; le dijo la sierva del Señor: “No se apure vuestra reverencia, que
a las doce le llamarán para que me asista”. Se verificó con tanta individua-
lidad que, estando el reloj en las doce de la noche, tocaron la campanilla
de la portería los que fueron a llamar al confesor de la sierva de Dios. Con
esta noticia procuró ocultar y disimular la gravedad de la enfermedad, des-
lumbrando aun a los médicos, con decir que iba pasando la enferma con
sus achaques y que con ellos podía durar muchos días. Y todo esto lo hacía
recelándose que la piedad del pueblo se desordenase y ocasionase alguna
inquietud en la casa al tiempo de la muerte de nuestra Catarina. Y si bien
se consiguió con esta diligencia el que solamente la asistiesen el confesor, el
bachiller Joseph del Castillo y sus caseros en la última hora de su vida en
que dio su purísima alma al Señor, año de 1688 y cinco de enero, víspera
de los santos Reyes Magos, como a las cuatro de la mañana, a los 82 u 83
años de su edad, según el cómputo que se ha hecho, referido en la historia;
pero no se pudo conseguir ni evitar el ruidoso alboroto que se siguió el día
siguiente, en la ciudad, con la noticia de su muerte.
3. De su entierro y cosas particulares que sucedieron en aquellos días
[152] Luego que expiró la sierva de Dios (sin que hubiese llanto ni lágrimas
en todos los que la asistimos, porque todos la consideramos con prendas de
bienaventurada por su santa vida y felicísima muerte), se trató de amorta-
jarla, y se discurrió sobre la forma de mortaja con que se le había de enterrar
y poner en el ataúd. El capitán Hipólito del Castillo y Altra se inclinaba a
que se enterrase con hábito de san Francisco, por haber traído toda su vida
encubierto el escapulario de la tercera orden. Su esposa pretendió, llevada
de su generosidad y desordenada devoción a la sierva del Señor, ponerle una
mortaja negra de seda. Otros procuraron introducir sus particulares afec-
tos a los hábitos de su afecto, y todos hallaban apoyo y fundamento en la
multitud de escapularios interiores que cargó esta devota mujer por todo el
tiempo de su vida. Yo, como último confesor y con más especiales noticias,
me estaba interiormente riendo de los juicios de los hombres. Y reconocien-
do, por el favor que me hacían, se esperaba mi resolución, determiné (hu-
yendo de gobernarme de las previas noticias, espirituales, falibles, con que
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me hallaba) que pues en vida no había tenido esta escogidísima alma del
Señor hábito exterior particular, que en su muerte no se lo pusiésemos, sino
que se enterrase con el hábito y vestido común de viuda en que había vivi-
do. Para este fin se le entregó al sastre el género suficiente para esta mortaja
tan controvertida. Y él, o por huir el trabajo o por otra luz superior que lo
cegó para atropellar con lo que se le había mandado, formó de la estameña9
o anascote10 que se le había entregado una túnica o saco, de manera que
al ponérsela ceñida al cuerpo difunto, parecía mortaja de los hermanos de
la Compañía de Jesús; menos el cuello, que suplía un ribete formado del
mismo género. Y con esta determinación del sastre, se verificaron repetidas
visiones y luces que había tenido la sierva de Dios acerca de su mortaja,
asegurándole muchas veces el cielo que la habían de amortajar y enterrar
con una túnica negra, como a hermana de la Compañía.
[153] Amortajado el virginal cuerpo de Catarina, se dispuso que se su-
biese a una de las salas de la casa y que se cerrase su aposento, cuya puerta
salía al patio y muy cerca de la de la calle. Se determinó también que no
se dejase ver el cuerpo difunto y que se procurase impedir el que corriese
la voz de su muerte hasta que la hubiésemos enterrado, huyendo con nues-
tros humanos discursos el popular alboroto e inquietud común que suele
reconocerse en las muertes de personas virtuosas. Todos estos juicios de los
hombres faltaron como falibles y las determinaciones de Dios, como infa-
libles, prevalecieron y subsistieron; porque aun estando en estas nuestras
atenciones, sin saber por dónde ni cómo, pasó la voz de esta feliz muerte a
los conventos de religiosas, que enviaron a ofrecer a los nobles caseros de
la sierva de Dios, palmas y coronas para el entierro de la difunta. Consul-
taron éstos con el confesor de Catarina y el bachiller Castillo si admitirían
este devoto ofrecimiento. Les respondieron que de ninguna manera se ad-
mitiese, por la confusión que pudiera causar en la ciudad palma y corona,
en un cuerpo muerto de persona que había sido casada tantos años dentro
de la misma ciudad. Con esta respuesta y resolución, nos pareció se había
cerrado la puerta a los discursos y admiraciones del mundo. Y juntamente
advertimos se habían verificado algunas otras visiones y revelaciones de la
misma sierva del Señor y de otras personas espirituales, que dijeron: “Ha-
bían de concurrir multiplicadas palmas y coronas para honrar el cuerpo de
9 Tela ordinaria de estambre.
10 Tela delgada de lana. Con esa tela se hacían hábitos de diversas órdenes.
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Catarina, en su felicísimo tránsito a la eternidad”. Pero, no obstante este
suceso, recelaba el confesor hubiese nuevas instancias y empeños para que
se verificase otra visión que había tenido en vida la difunta, y fue: “El verse
en unas ricas andas o ataúd, con palma y corona de vistosas y preciosas
flores”; cuya verificación manifestó el suceso público y notorio, como cons-
tará de lo que referiré en éste y en los capítulos siguientes.
[154] Aún no había bien amanecido cuando se halló derramada y es-
parcida la noticia de la muerte de nuestra Catarina. Y a la fama de su
santidad concurrió un innumerable gentío, no sólo popular, sino de las per-
sonas de mayor lustre y autoridad en aquella nobilísima república; todos
ansiosos de ver el cuerpo difunto y conseguir, por los merecimientos de su
preciosa alma, remedio para sus necesidades corporales y espirituales. De-
bió la sierva de Dios en aquella imperial ciudad de Puebla de los Ángeles,
la asistencia de todos los superiores que la gobernaban; porque allí se veían
como revueltos los capitulares del venerable cabildo eclesiástico, que la ilus-
tra; del secular, que la ennoblece; de los ciudadanos, que la componen; de
los nobles y caballeros, que la engrandecen; de los vecinos, que la habitan; y
de los religiosos de todas órdenes que, como si fuera hija de cada una de las
religiones, fueron a visitar el cuerpo difunto con más que paternales afectos
y maternales cariños. Se procuró atajar la desordenada frecuencia de tanto
concurso, cerrando y atrancando las puertas de la casa donde vivía; pero el
tumultuoso, aunque devoto gentío, quebrantó los cerrojos y desquició las
puertas por dos o tres veces que se intentó este medio, como único para
reprimir al pueblo e impedir la inquietud que causaba en una casa parti-
cular, la concurrencia de una tan grande y populosa ciudad. Habiéndose
frustrado este consejo y determinación, para evitar mayores inconvenientes,
se franquearon todas las puertas, y teniendo dos la casa, se entraba por la
principal y se salía también por la de la tienda; con tal frecuencia, que des-
de las cinco de la mañana del día de su muerte hasta el día siguiente de los
santos Reyes en la tarde, que se hizo el entierro, se vio la casa donde estaba
su cuerpo como una iglesia en jueves santo, donde entra y sale el concurso
de toda una ciudad que anda las estaciones que se acostumbran en aquella
sagrada noche. Y aun esta circunstancia había previsto y predicho la sierva
de Dios, informando a su confesor: “Que se había visto a sí misma difunta
con palma y corona, en una casa donde por dos puertas entraban y salían
muchas gentes que la visitaban y honraban”. Y aunque Catarina lo refirió
por sueño, el confesor con el hecho se persuadió había sido previsión cierta
de lo que sucedió en su dichosa muerte.
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[155] Quedó su rostro con una compostura admirable, no achinado ni
pálido, sino blanco y con las facciones que pudieran quedar en la muerte de
su color nativo, antes que Dios le mudase el rostro. Quedó todo su cuerpo
tan tratable, que las señoras principales de la ciudad se regalaban con sus
manos, que no estaban ya encogidas ni gafas;11 como las tenía en vida por
la violencia de los dolores y martirios que padecía la sierva de Dios. Quedó
su martirizado cuerpo tan ligero, que una de las señoras que concurrieron
a amortajarle, le subió en sus brazos a lo alto de la casa sin experimentar
más peso que el de una mortaja o pluma. Puesto sobre un bufete,12 le fueron
las señoras principales adornando con flores, rosas y labores de oro y plata.
Y una de las más ilustres, como arrebatada de superior impulso, cogió una
palma y corona que tenía prevenida para la imagen del glorioso arcángel
san Miguel del Milagro, y sin más consulta que la de su noble y devota reso-
lución, se las puso al cuerpo de la bendita virgen. Y con estas circunstancias
la vimos como ella se había visto años antes, amortajada y dispuesta para el
sepulcro y solemne entierro que le tenía Dios prevenido, por medio de sus
creaturas y moviendo sus corazones.
[156] Pocas horas después de estar vestido y compuesto el virginal
cuerpo, se convidó el venerable señor deán13 y cabildo de la santa iglesia
para autorizar y honrar el venerable cuerpo de cabildo, como lo ejercitó con
la gravedad y lucimiento con que hace todas las funciones que recoge a su
cargo; asistiendo todos de sobrepelliz y con luces en las manos en su entie-
rro y previniendo un túmulo grave y lucido de cirios y hachas, que costeó el
señor y venerable deán, acompañado del señor prebendado14 don Cristóbal
del Castillo, benemérito de la sierva del Señor, por lo que gastó en el funeral
y en las enfermedades de Catarina con la grandeza de su corazón y liberal
magnificencia de su piedad, dando el lleno que se podía desear en esta graví-
sima función y asistida de personas tan ilustres por su nobleza y por su sabi-
duría, y tan venerables por su autoridad y debido respeto. Convidaron estos
señores a todas las religiones sagradas, que acudieron todas con su santo
celo y piedad para dar mayor lucimiento y lustre al entierro; con las demás
cabezas de aquella nobilísima ciudad y caballeros que, sin convite, se halla-
ron todos a honrar su sepultura, remudándose todos entrando y saliendo
11 Tiesas y encorvadas.
12 Mesa para escribir.
13 El canónigo director del cabildo catedralicio.
14 El racionero de la catedral.
192 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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en la casa donde estaba el cuerpo difunto. No es explicable el numeroso
gentío que concurrió y asistió al entierro, siendo de calidad que hasta por
las azoteas, balcones y ventanas de las casas que corresponden a las puertas
del templo de nuestro colegio del Espíritu Santo, se asomaban una multitud
de hombres y mujeres, arrastrados todos de los ardientes deseos y ansias de
ver el entierro y el venerable cuerpo de la sierva de Dios; porque en las calles
y plazuela de nuestra iglesia, donde se había de hacer, impedía la vista y la
asistencia de los que se encaramaban en las alturas y tejados, otra mayor
muchedumbre de gente apiñada y apretada. No era menor de gente el con-
curso que se había prevenido a llenar y coger asiento en la iglesia.
4. Prosigue la misma materia y otras cosas que sucedieron al tiempo de su
entierro, funeral y honras
[157] En los dos días que estuvo el cuerpo en la casa de su morada, se dispuso
un ataúd rico en forma de caja, que descubierto pudiese servir de féretro al
cuerpo difunto y cerrado dentro del sepulcro le sirviese de caja de depósito.
Éste sirvió en esta ocasión, desechando otro más pobre y humilde que se le
había prevenido. Con todas las dichas disposiciones, se formó el entierro en
que presidía el venerable señor deán, con la solemnidad que se deja a la con-
sideración del piadoso lector y a las relaciones particulares de muchos de
los que lo vieron y asistieron en él, y a lo que dijo el predicador en presencia
de todo un mundo, poniendo por testigos a todos los nobles y plebeyos de
aquella tan ilustre como populosa ciudad. Unos, que podían y debían con-
firmar las virtudes que experimentaron en la sierva de Dios; otros, las pro-
digiosas circunstancias con que se iba verificando lo que había previsto y
predicho muchos años antes; otros, las especiales beneficencias del cielo que
habían gozado por la intercesión y eficacia de las oraciones de esta admira-
ble creatura; y, finalmente, todos atribuyeron a moción especial del Espíritu
Santo aquel numeroso e inexplicable concurso de gentío que concurrió al
entierro del venerable cuerpo, que en hombros de los capitulares de aquella
nobilísima ciudad, alternándose con los superiores de las religiones y otras
personas graves del ilustre clero, entró en el templo con mucha dificultad y
combatido de avenidas encontradas de gente, así como el que navega entre
olas encrespadas de un alterado mar. Luego que le pusieron en el túmulo
prevenido y bien adornado de hachas, cirios y otras luces, creció el devoto
tumulto y se avivaron las fervorosas ansias de adquirir cada uno de los pre-
sentes algún fragmentillo de la mortaja o alguna flor de las que matizaban
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el féretro y cuerpo de la sierva de Dios; que habiendo comenzado una u otra
persona de autoridad, con piadoso respeto, a coger una u otra florecita,
se experimentó tal desorden en el popular y numeroso concurso que fue
necesaria toda la humana solicitud y resistencia para que la devoción de los
que asistían a honrar el cuerpo difunto no le despedazasen; ni dio lugar a que
se empezase el oficio de difuntos hasta que se ocultó el cuerpo con la tapa
de la caja que le servía de féretro. Cerrada ésta con sus llaves, se aquietó la
multitud alborotada y se pudo proseguir el entierro.
[158] Todo el tiempo que estuvo amortajada nuestra Catarina había
durado esta violencia y el cuidado y desvelo de los que velaban el venerable
cuerpo para defenderlo; si bien, nunca pudieron impedir las demostraciones
de piedad en la muchedumbre de los que entraban y salían en arrojarse a
besar la túnica, sus pies y manos, tocar sus cruces y rosarios en aquel her-
moso cadáver y precioso tesoro de un alma que, piadosamente, juzgaban
estaría ya gozando de Dios; prorrumpiendo todos en admiraciones con una
prudente consideración de ver aquel prodigio por tantos años oculto en
el mundo, y de experimentar que después de una edad tan prolija como
trabajada hubiese quedado su cuerpo tan tratable, las coyunturas flexibles,
como de un niño tierno, haciendo, según lo ya dicho, las señoras más de-
licadas experiencia de esta verdad, regalándose con las manos y rostro de
esta privilegiada virgen; y que se puede atribuir a la honra que quiso Dios
darle en su muerte, por la gran pureza que había tenido en vida. El segundo
asalto que hizo la violenta y desordenada devoción del pueblo para despo-
jar al bendito cuerpo de sus adornos fue al entrarlo en la capilla, donde la
providencia divina le había señalado sepultura (según parece de lo ya dicho)
para que reposase entre los inocentes y fuese el sepulcro de la inocencia, de
donde resucitase como fénix a eternizar, gloriosa, sus días en el empíreo,
como piadosamente lo esperamos. En este lugar, pues, con ocasión de ser la
puerta más angosta que la caja que servía al venerable cuerpo de féretro, fue
necesario el abrirla. Y luego que la vio abierta la inconsiderada multitud, se
abalanzó a robarle los pocos adornos que le habían quedado a la difunta,
haciendo presa también de los jirones y parte de la mortaja, sin dejarle ni
aun los zapatos. En esta batalla de tan pertinaces como necios combatien-
tes, se entró como se pudo el cuerpo en la bóveda; y entregando la una de
las dos llaves de la caja ya cerrada y llena de cal al alcalde mayor, como
cabeza de aquella nobilísima ciudad, se le entregó también la otra al padre
rector del colegio del Espíritu Santo.
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[159] Los días siguientes al del entierro de la sierva de Dios, se convidó
el venerable cabildo eclesiástico a venir a la iglesia de nuestro colegio del
Espíritu Santo a cantar un novenario de misas para mayor honra y crédito
de la esclarecida virgen; como se hizo, dando principio el señor deán con la
misa de cuerpo presente y reservando la del día de sus honras para el muy
reverendo padre presentado15 fray Juan Gorospe, rector y regente primario
que fue del Real Colegio de San Luis, prior y provincial actual de la pro-
vincia de los Santos Ángeles de la ciudad de Puebla. Fue el concurso de este
día excesivo, acudiendo desde las cuatro de la mañana la piedad y el fervor
de toda la ciudad y de los pueblos y haciendas circunvecinas, para poder
asegurar lugar en que pudiesen, nobles y plebeyos, oír las virtudes de Ca-
tarina. No es explicable la celebridad de este día por el número sinnúmero
de las personas de autoridad que concurrieron en el templo, por la religiosa
gravedad con que la sagrada religión de predicadores hizo esta función, que
de alguna manera cedía en honra y crédito de la Compañía de Jesús, a quien
siempre han mirado como a hija y discípula para honrarla y favorecerla con
su primaria sapiencia y nobilísimos respetos. Mientras se hizo hora de la
misa y sermón, tuvo el grave y lucidísimo túmulo, para adorno, varios epi-
tafios con qué divertirse el auditorio. Y por aludir todos a la manifestación
del concepto común que se tenía de lo realzado de las virtudes que se tenía
en la vida de la sierva de Dios, pondré aquí algunos de los que se recogieron
y enviaron personas afectas a esta esclarecida virgen.
5. Epitafios que sirvieron de adorno al túmulo, en el día de las honras que
le hicieron a la sierva de Dios
1) Del padre Antonio Plancarte de la Compañía de Jesús
[160] Se pintó una nao desembarcando los navegantes en el puerto de Aca-
pulco y la venerable Catarina en un pequeño barco. En el árbol mayor,16
nuestro padre san Ignacio, con el estandarte en la mano y en las banderas
una paloma blanca; y en una banderola este mote: Salva facta est.17
15 Que terminó ya sus cursos de teología y únicamente espera el grado de maestro.
16 Palo mayor.
17 “Fue hecha salva.”
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Soy una nao de China
que una china desembarcó,
Acapulco es poco barco
para abarcar esta china.
Es mi nombre Catarina,
mi rumbo sin barlovento:18
Espíritu Santo el viento,
san Ignacio el capitán;
sus pilotos me pondrán
en tierra de salvamento.
2) Del padre Antonio Plancarte de la Compañía de Jesús
[161] Se pintó una rosa china muy hermosa, entre otras flores. Al pie de la
rosa una muerte y este mote: Omnia sub rosa.19
¿Quién, decid, es esta rosa?
Esta rosa no es peruana,20
ni es Viterbo21 flor temprana,
que es en florecer morosa.
No es la Sena,22 aunque olorosa;
no es flor esta alejandrina.23
No es rosa jericuntina,24
quien muerta refloreció.
¡Decid! O lo diré yo:
esta rosa es de la China.
18 Parte de donde viene el viento, con respecto a un punto o lugar determinado.
19 Todo bajo la rosa. La expresión “bajo la rosa” quiere decir secreto. La rosa es emblema de
Harpócrates, el dios que se lleva un dedo a los labios para sellarlos.
20 Alusión a santa Rosa de Lima.
21 Alusión a santa Rosa de Viterbo.
22 Alusión a santa Catalina de Siena (o Sena).
23 Alusión a santa Catalina de Alejandría.
24 La rosa de Jericó (Anastatica hierochuntica), también llamada planta de la resurrección por
su capacidad para volver a echar raíces apenas tocar agua, después de la floración y a pesar de ser
arrastrada por el viento del desierto.
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3) Del padre Antonio Plancarte de la Compañía de Jesús
[162] Se pintó un baulillo de China, pardisco, achinado, cerrado; y este
mote: Thesaurus absconditus.25
Aquí de china, me veis
el color; por dentro el oro
guardo del mejor tesoro,
que escondido aquí hallaréis.
Aunque más vueltas le deis
a la llave, no abrirá,
ninguno la entenderá;
que la cifra sólo Dios
la sabe, mas para vos
a su tiempo lo dirá.
4) Del padre Antonio Plancarte de la Compañía de Jesús
[163] Se pintó un candado de China, de bronce, con su varejón y ruedeci-
llas, y en algunas de ellas estas letras: E. D. U. S. N. I. E. M.; y este mote:
Non, nisi cuncta, valent.26
Esta es la llave de china:
pocas letras, mucho Dios.
Mirad si la entendéis vos,
que habréis hallado una mina.
Ni el confesor adivina
lo que ella dice, hasta que
letra por letra se ve
que, juntando la dicción,
deletreando la lección,
dice en cifra: Deus in me.27
25 “Tesoro escondido.”
26 “No valen, sino todas juntas.”
27 “Dios en mí.”
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5) De una devota mujer
[164] Se pintó la venerable Catarina de San Juan en cátedra, con ademán
de enseñar o disputar. Al lado derecho alto, el amor, y al lado izquierdo, el
temor de Dios. Sobre ella, un Jesús. Su mote: Sapientia.28 El del temor: Ini-
tium.29 El del amor: Consummatio.30 En la cátedra: Revelasti ea parvulis.31
DÉCIMAS
Catarina, ¿qué sería
que siendo bozal cerrada,
con lengua tan agraciada
hablabas en teología?
¿De quién la sabiduría
aprendiste? Que de dos,
amor y temor de Dios,
me responderás: que fueron
los maestros que instruyeron
tu alma, tu lengua y tu voz.
Humilde, te apellidabas
bestia bruta [siendo así,
que del saber nació en ti
la eminencia con que hablabas]
Amante en Dios te mirabas
muy pequeña y Dios se veía
muy grande en ti. Pues sería
[como dijo] querer darte,
de sí misma, tanta parte
la eterna sabiduría.
28 “Sabiduría.”
29 “Principio.”
30 “Consumación, cumplimiento.”
31 “La revelaste a los párvulos.”
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Jeroglíficos
6) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[165] Se pintó en lo bajo de una tarja,32 un águila que volaba para lo alto,
adonde se pintó un sol que daba en su vista; con este mote: Aquila directo
volatu in sublime fertur.33 Eliano, libro 14, § 10, verso 27. Y esta copla:
Recto he seguido el camino,
y con mi vista amorosa,
atentamente examino
sin divertirme a otra cosa,
los rayos del Sol divino.34
7) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[166] Se pintó un diamante y, al pie de él, un buril quebrado y una mano
con otro buril que afectaba grabar en el diamante; y este mote: Et cor suum
posuerunt, ut adamantem, ne audirent legem,35 Zacarías 7, 12. Y al otro
lado, una mujer rociando de su boca, con sangre, a muchos corazones que
se pintaron con estos motes: Pulli eius consperguntur in sanguine,36 Job 39,
30. Y el otro: In sanguine Agni,37 Apocalipsis 7, 14. Y esta copla:
No pudo hacer el acero
en el diamante impresiones.
Mas yo, en ablandar me esmero
los más duros corazones,
con la sangre del Cordero.
32 Adorno plano y oblongo que se figura sobrepuesto a un miembro arquitectónico y que lleva
por lo común inscripciones, empresas o emblemas.
33 “El águila es llevada a lo alto en vuelo directo.”
34 Alusión a Cristo, “Sol de justicia”.
35 “Y pusieron su corazón como diamante para no oír la ley.”
36 “Sus crías son rociadas con sangre.”
37 “Con la sangre del Cordero.”
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8) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[167] Se pintó una vid frondosa, que desde el suelo llegaba con sus extre-
midades al cielo y en ellas muchos pámpanos; con este mote: Flores mei
fructus honoris et honestatis,38 Eclesiástico 24, 23.39 Y al pie, esta copla:
La vid de virtud conmuto
en dulce del cielo honor;
pues brote en la tierra flor
para dar al cielo el fruto.
9) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[168] Se pintó una mujer elevada para el cielo con un candado en la boca;
y este mote: Conversatio nostra in caelis est,40 Pablo a los filipenses 3, 20.
Y esta copla:
En el silencio ha hallado
conversación mi desvelo:
que en la tierra (por el cielo)
eché en la boca un candado.
10) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[169] Se pintó una mujer en lo bajo de una tarja, con un ramillete de flores en
la mano, y otra mano en lo alto que salía del cielo a cogérselo; con este mote:
Iam hiems transit, imber abiit et recessit,41 Cantares 2, 11. Y esta copla:
Pasó la rígida estancia
del hibierno y el verano,
cogió el cielo por su mano
mi hermosura y mi fragancia.
38 “Mis flores son frutos de honor y de virtud.”
39 En realidad, es el v. 17.
40 “Nuestra conversación está en los cielos.”
41 “Ya pasa el invierno, la lluvia se va y se retira.”
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11) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza
[170] Se pintó en lo alto de una tarja un cielo estrellado, de donde salían
rayos de luz que llegaban a herir a una mujer que se pintó en lo bajo con
dos alas abiertas; y en el medio este mote: Datae sunt mulieri alae duae ut
volaret,42 Apocalipsis 12. Con esta copla:
Tu luz no será extinguida
con dos alas, pues de un vuelo
la fuiste a encender al cielo,
para volar más crecida.
12) Del padre Juan Carrillo de la Compañía de Jesús
[171] Se pintó una redoma,43 y enfrente una cabeza con este mote que le
salía de la boca: Curremos in odorem unguentorum tuorum,44 Cantares, 1,
que explicó la siguiente octava:
Del Arabia feliz aromas dejas,
por seguir de tu esposo los ungüentos.
Laméntase el Oriente en tiernas quejas
cuando al ocaso miran tus intentos.
Pero, muerta, respondes que te alejas,
mejorando feliz tus pensamientos:
que si viviste siempre a Dios unida,
quieres también con él morir ungida.
42 “Se le dieron a la mujer dos alas para volar.”
43 Vasija de vidrio ancha en su fondo que va estrechándose hacia la boca.
44 “Correremos en pos del olor de tus ungüentos”. Es una paráfrasis de los versículos 3 y 4 de
Cantares 1.
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13) Dos sonetos del padre Joseph de Tapia, de la Compañía de Jesús.
[172] 1. A la venerable madre Catarina de San Juan que como águila se
remontaba en caza de almas.
Ésta que ves, del viento gallardía,
del pájaro de Jove45 remontada,
émula bella, compitió azorada
a prender Ganimedes, ave o pía.
Ave fue real que, donde nace el día,
cuna le dio el sol; y transportada
adonde muere el sol, fue sepultada
con presa mucha de almas, que prendía.
Mas, si es de Arabia esta ave peregrina,
aunque de Juan, que es águila, repite
los vuelos que le presta o le destina.
La eternidad a que voló compite:
que en la pira que yace Catarina,
águila viva, fénix resucite.
[173] 2. A su muerte y entierro en Puebla de los Ángeles.
Rizando pluma de esplendor brillante,
celeste sumas al sagrado, Sina;46
por sellar a la rosa alejandrina,
urna erigen pirámide flamante.
45 El águila con que Júpiter raptó a Ganimedes, del que se había enamorado.
46 La palabra “Sina”, “Cina”, o en plural “Sinas”, es el vocablo en latín para designar la palabra
castellana “China”. Para este caso, no se hace referencia a la nación o región geográfica de “la China”,
sino a la adjetivación de Catarina como proveniente de esas tierras. Cotéjese esta aseveración páginas
adelante, con la traducción de las octavas en lengua latina del padre Antonio Plancarte.
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Del arábigo país, otra fragante
cándida flor y virgen peregrina,
sino purpúrea; pero, Catarina,
culto angélico sella gratamente.
Si se despuebla de ángeles el cielo,
de Catarina en la festiva muerte,
por erigir a su sepulcro velo;
hoy, sobre Catarina, flores vierte,
y en monte Sinaí su florido suelo,
la Puebla de los Ángeles convierte.
14) Una persona afecta, deseando celebrar las honras funerales de la vene-
rable Catarina de San Juan, vio en espíritu o en sueño los símbolos y motes
siguientes; y al glorioso doctor máximo de la Iglesia, san Jerónimo, que
consolándola le dio los versos de la quintilla, al parecer misteriosa, para su
desempeño. Y todo se copió como se sigue:
[174] Se pintó en un lienzo o tarja un tronco hecho pedazos, y sobre él una
palma y un laurel en ramo enlazados; en el lado alto, una mano con este
mote: Manus Domini tetigit me,47 Job 19. En el correspondiente, un ángel
con una crismera48 en la mano izquierda y su puntero49 en la diestra; con
este mote: Divina unctio Dei.50 Al lado, bajo un mundo algo inclinado:
QUINTILLA MISTERIOSA
Una palma y un laurel
sobre un tronco hecho pedazos,
de un soberano cristel51
unido en divinos lazos,
nunca el tiempo supo de él.
47 “Me hirió la mano del Señor.”
48 Recipiente de metal noble en que se deposita el crisma, que es la mezcla de aceite y bálsamo
para ungir.
49 Vástago unido por dentro a la tapa de la crisma con el que se hacen las unciones.
50 “Divina unción de Dios.”
51 Medicina, en particular de hierbas.
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15) Del capitán don Cristóbal Guerrero Pedraza que, habiendo visto el jero-
glífico y copla que se le mostró a una sierva de Dios estando en oración, dijo
su sentir del misterio y glosó los versos de la quintilla en estas cinco décimas:
QUINTILLA
Una palma y un laurel
sobre un tronco hecho pedazos,
de un soberano cristel
unido en divinos lazos,
nunca el tiempo supo de él.
DÉCIMA I
Tronco seco al mundo fuisteis,
dando al cielo su vapor,
Catarina, y el primor
de su influjo conseguisteis.
Que si al cielo le ofrecisteis
humedad de tronco fiel,
mejor que en tierno plantel
gracia en retorno le llueve,
para que en él se renueve
una palma y un laurel.
DÉCIMA II
Aunque tronco dividido
en pedazos, se elevó
a la eminencia y llegó
su extremo a ser más florido;
que en tanto grado subido
le dieron, sin embarazos,
fuerzas los divinos brazos,
que el laurel y palma abona
para alcanzar la corona
sobre un tronco hecho pedazos.
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DÉCIMA III
Bien un ángel significa,
con el cristel y el puntero,
ser de gracia el tronco austero;
y Dios se la multiplica,
pues su mano se la aplica.
Brote a envidias del clavel,
crezca emporio del vergel,
la palma y laurel flamante;
pues logran riego abundante
del soberano cristel.
DÉCIMA IV
Opuesta prerrogativa
observó el tronco, encubierta:
para el mundo, libre y muerta;
para el cielo, presa y viva.
Descuelle, pues, y reciba
en celestiales regazos,
los aprestados abrazos
que circundan su verdor,
viendo el fruto de su flor
unido en divinos lazos.
DÉCIMA V
Al fin del mundo ignorado
fue aqueste tronco frondoso;
pero su orgullo engañoso
se muestra a su pie postrado.
Sus distritos no ha pisado,
huyó su fausto52 cruel,
que oponiéndole un cancel
de virtud se lo escondió,
y como nunca le vio,
nunca el tiempo supo de él.
52 Exceso de adorno y lujo.
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[175] 16) El bachiller Joseph de Bocanegra, presbítero aficionado a la sier-
va de Dios, tomando asunto del sobredicho, pintó una palma, su tronco
árido y despedazado, que llevaba muchas palmas y laureles lozanos; que
abarcaba un brazo, de cuya mano se derramaban resplandores al tronco.
Mote: Vnica multiplices retulit sic saucia fructus.53
LETRA
En la vida peregrina
toda batallas crueles
de sola esta Catarina,
llevó la virtud divina
muchas palmas y laureles.
17) Del padre Eugenio López de la Compañía de Jesús
Se pintó un corazón sellado con siete sellos y enfrente otro corazón sellado
con un Jesús. Motes: Signatum sigillis septem.54 Pone me ut signaculum
iuxta cor.55
[176] EPIGRAMMA
Corde Deus, Catharina, tuo signacula septem
donorum fixit; sic sua dona tegis.
Tu pariter ponis divino pectore signum;
munera corde Dei sic tua clausa latent.
Ergo facta latent? Sed notum iam omnibus unum
Hocest; digna fuit pectoris ista Dei.56
53 “Así, una sola herida restituyó numerosos frutos.”
54 “Sellado con siete sellos.”
55 “Ponme como un sello junto al corazón.”
56 Epigrama.
“Dios con su corazón elaboró siete sellos de sus regalos, Catarina.
Así cubres lo suyo con regalos.
Tú igualmente encierras lo divino. Un signo en el corazón.
Así tus regalos se esconden en el corazón de Dios.
Por consiguiente, ¿se esconden tus acciones? Pero esto es lo único
por saber a todos: ella fue merecedora del pecho de Dios.”
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[177] PONE ME UT SIGNACULUM SUPER COR TUUM57
Excelsas oriens cunas tibi virgo ministrat,
occiduo que iaces ipsa sepulta solo.
Cur licet inquiro, totam per currere terram?
Nam me, nec cunctus mundus uterque capit.
Sit tibi parva domus grandis cum machina mundi:
quis capiet? dicas. Quis nisi corda Dei?58
A tu grandeza es estrecho
el uno y el otro polo;
porque tu grandeza sólo
cabe, de Dios, en el pecho.
18) Del padre Eugenio López de la Compañía de Jesús
[178] Se pintó un árbol destilando mirra, con este mote: Myrrha electa.59
Quae iacet orbe dedit suavem virtutis odorem,
et cui cognomen patria vita dedit.
Vixit, sed fallor; semper percussa labor
Vita haud illa fuit; sed fuit ipse labor.
Myrrhae nomen habet, myrrhae cognomine vivat:
est si myrrha labor; nam labor illa fuit.60
57 “Ponme como un sello sobre tu corazón.”
58 “Al alzarse la virgen te otorga cunas nobles
y ella yace sepulta cuando el sol se pone.
Me pregunto cómo es capaz de recorrer toda la tierra,
pues a mí, ninguno de los dos mundos me cautiva.
Aunque el invento párvulo del mundo sea para ti casa grande,
dirás: ¿Quién me cautivará? ¿Quién sino el corazón de Dios?”
59 “Mirra escogida.”
60 “La que aquí yace dejó un dulce olor de virtud en el orbe
y por quien, a causa de su vida, su patria recibió un nombre.
Venció, ¿o me equivoco?, siempre herida por el trabajo,
ella no tuvo vida, sino que fue sólo trabajo.
Que tenga el nombre de Mirra, que viva con el apodo de Mirra.
Si la mirra es trabajo, entonces ella fue trabajo.”
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[179] 19) Del padre Antonio Plancarte de la compañía de Jesús
Octavas sepulcrales a la venerable Catarina de San Juan, natural del gran
Mogor o de la Arabia, y conocida comúnmente por china difunta en la
ciudad de los Ángeles.
Cum pyrae conniventibus intendo
oculorum aspectibus nitores,
et quam gloria donata sis, expendo:
tu Sina evincis radios et fulgores:
et quantum instar aquilae contendo,
tantum perstringunt aciem tui splendores:
quia Solaris ad instar pyrae obtutum
obtundunt, et eloquium reddunt mutum.
Humi iacens es lumen in supernum
si iacens humi lumen suppresisti,
ut in te Sina lumen sit aeternum,
quo vivis moriens, Sinis illuxisti.
Atrum, o Sina, superans avernum
quod humilis in terris, hic iacuisti:
et tua, quod virtus lumen tumulauit,
hic splendens Iesus lumen illustrauit.
Parentent alii Caesares romanos,
Iulios, Augustos, Numas, Scipiones.
Alii parentent Hectores troyanos,
exaltent Caios, Graccos, et Catones:
Iberos alii exaltent, et Britannos,
et ad gloriam, quae plures sunt nationes:
unum pro cunctis, Sinam hic, et gratius
in tumulo parentat sibi Ignatius.
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Triplicatam Alcides ferat laurum,
erigens in columnis monimentum;
post uictoriam Taianus spernat aurum.
Et sternat suum argento pavimentum,
ditet spoliatis hostibus thesaurum;
suum que Roma iactet incrementum:
cunctas dabit has opes, quippe sola
Memphis haec Sina domi de Loyola. 61
61 “Cuando en las misas de la pira
viro mis pupilas a las miradas de los ojos
y considero la manera en que se te otorga gloria,
tú, china, reemplazas rayos y brillos.
Y mido qué tan lejos alcanza el águila,
entre más tus esplendores rozan la cima;
más, por ello, molestan al enterrado los rayos solares
de la pira y le devuelven la voz al mudo.
Al yacer en la tierra eres luz que va a al cielo.
Si yaciendo contuviste la luz en la tierra,
entonces en ti, china, se encuentra la luz de los eternos,
pues vives mientras mueres. A las chinas despertaste.
China, que te encuentras por encima del negro averno,
puesto que fuiste humilde en la tierra, aquí yaces.
Y las cosas por las que tu virtud enterró su luz,
aquí brillando Jesús reveló tu luz.
Aunque unos celebran a los césares romanos,
Julios, Augustos, Numas, Escipiones;
otros celebran a los Héctores troyanos;
exaltan a Cayos, Gracos y Catones;
otros a los iberos exalten y britanos,
y a la gloria que tienen muchas naciones.
Uno solo, en pro de todos, a esta china,
gratamente celebra en el catafalco para sí, Ignacio.
Alcides tres veces sostiene el laurel,
erigiendo un monumento en las columnas;
tras la victoria Trajano desprecia el oro
y viste su piso con plata;
enriquece su tesoro con enemigos despojados
y Roma presume su niño adoptado.
¿Quién dará todas estas obras juntas?
Naturalmente, una sola china del señor
de Loyola, dará estas a Menfis.”
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6. Sermón pronunciado por Francisco de Aguilera con motivo de las honras
fúnebres de Catarina de San Juan, el 24 de enero de 1688
[180] Sermón en que se da noticia de la vida admirable, virtudes heroicas y
preciosa muerte de la venerable señora Catarina de San Juan, que floreció
en perfección de vida y murió con aclamación de santidad en la ciudad de
Puebla de los Ángeles, a 5 de enero del año de 1688. Y en sus funerales exe-
quias, que se celebraron con solemne pompa a 24 del mismo mes y año en el
colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús, adonde descansa, predi-
có el padre Francisco de Aguilera, religioso profeso de la misma Compañía.
Salió a luz a expensas de los muy piadosos vecinos de Puebla de los Ángeles
y a diligencias del bachiller Nicolás Álvarez, clérigo presbítero, maestro de
ceremonias y capellán de coro de la santa iglesia catedral de este obispado.
A cuyo ilustrísimo señor deán y cabildo lo dedicó y consagró.
Se imprimió, entonces, año de 1688, en la ciudad de los Ángeles, en la
imprenta de Diego Fernández de León, con aprobaciones del señor doctor
don Joseph de Francia Vaca, canónigo lectoral de sagrada escritura, cate-
drático de prima de teología, regente de los estudios de los reales colegios
y examinador sinodal del obispado de Puebla de los Ángeles. Con aproba-
ción del muy reverendo padre presentado, fray Diego de Gorospe Yrala,
calificador del Santo Oficio, prior del convento de San Pablo de Puebla,
definidor y procurador general de la provincia de San Miguel y Santos Án-
geles, orden de predicadores, en Nueva España. Con aprobación del muy
reverendo padre presentado, fray Nicolás de Consuegra, del real y militar
orden de Nuestra Señora de la Merced, redención de cautivos, definidor y
secretario de provincia, comendador que ha sido del convento de Belén de
la ciudad de México y actual del convento de Nuestra Señora de la Merced
de la ciudad de los Ángeles. Con licencia de los superiores.
1) Dedicatoria
A los muy ilustres deán y cabildo de la santa iglesia catedral de Puebla de
los Ángeles
Ilustrísimo señor:
[181] Por verse mejoradas vuelven las honras a quien las hizo, cuando se
pone este sermón de las honras de la venerable señora Catarina de San Juan,
desde las manos de su autor por las mías a los pies de vuestra señoría, a
cuya lucidísima sombra debieron su primera luz y empezaron desde enton-
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ces a ser con mayor título honras de vuestra señoría, las que consagró vues-
tra señoría a la devota memoria de esta sierva de Dios en sus funerales exe-
quias. Que a este viso contemplaba mi cortedad aquél misterioso concurso
que se vio en el Apocalipsis, [Apostilla: Apocalipsis 5], idea del que vieron
nuestros ojos en esta imperial ciudad a las honras de esta mujer incompa-
rable. Porque si aquel trono de siete antorchas guarnecido era empresa de
un majestuoso túmulo de funéreas luces autorizado, como dice el Fuldense:
[Apostilla: a. El Fuldense, In Psalterium, 18: funeria luce septem lampades
ardebat quasi ad funus Agni occisi.62] si el estar sobre ese trono un corde-
ro como muerto era estar colocada sobre el túmulo una imagen de Cristo
crucificado, según quiere san Bernardo; [Apostilla b. D. Bernardo, Sermón
2, In natali Domini: aperi tu Librum Agni Dei, expone iudaeo fodiendas
manus tuas et pedes tuos.63] si el libro cerrado con siete sellos significaba a
un alma, depósito riquísimo de revelaciones, como de un Apocalipsis, tanto
más admirables cuanto más arcanas, selladas con el recato de un alma que
se pudo llamar, con razón, la escondida, como lo entiende el docto padre
Ribera; [Apostilla: c. Padre Ribera, hic.] si este libro en lo de afuera dene-
grido y como con una máscara desfigurado, pero en lo de adentro tan puro
como el candor angélico, tan hermoso como la beldad de un espíritu, según
explica el sapientísimo Alcázar [Apostilla: d. Padre Alcázar, hic: interior
pagina quae candidior est, vero quae minus candida in pelle externa, facies,
ut quae non ita est asservata, solet esse non nihil sordida.64], podía servir
para un gallardo jeroglífico de esta esposa del Cordero que, como sabemos,
con la máscara de un rostro oscurecido, aseguró la hermosura de un inte-
rior muy perfecto; si el senado gravísimo de los veinticuatro señores que la
asistían era ajustado símbolo de un muy ilustre deán y cabildo eclesiástico,
ya porque el honroso título de señores se debe a los que, sobre los méritos
personales, encumbra la dignidad a ser por excelencia los señores de la Igle-
sia, como aplica el sabio Alcázar: nomen seniorum a seniore derivatum ea
ratione appellari a nobis,65 los señores de la Iglesia canónigos y dignidades
[Apostilla: e. Padre Alcázar, ibidem. Apocalipsis 4, 4.]; ya porque los tronos
augustos que ocupaban miran como de asiento a las sillas que autorizan en
62 “Con funérea luz ardían siete antorchas como pompa fúnebre del Cordero inmolado.”
63 “Abre tú el libro del Cordero de Dios, muestra al judío tus manos traspasadas y tus pies.”
64 “La página interior que es más cándida, en verdad lo es menos en el exterior, de la misma
manera que el aspecto que no se conserva suele ser un poco sórdido.”
65 “El nombre de señores, derivado de Señor, y por esta razón se nos llama así.”
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su gravísimo coro los señores capitulares: sellas augustas (prosigue el autor
citado) habuisse quem ad modum in ecclesiis cathedralibus hodie habent
canonici et dignitates;66 ya porque las blancas estolas que vestían eran insig-
nia de las sobrepellices que usan en su capítulo los mismos señores, como
concluye su aplicación el docto padre: circum amicti, vestimentis albis, ut
canonici in suo concessu sive capitulo super pelliceis induti esse solent.67
Si toda esta misteriosa visión era profecía literal del sacrificio santo de la
misa en el concurso de la más autorizada frecuencia, haec adoratio Agni
referenda est ad missae sacrificium;68 [Apostilla: f. Alcázar, 106.5.] si todo
esto es una puntual idea de lo que vimos en las honras solemnísimas de la
venerable madre Catarina de San Juan; hallo que al predicar el ¿Quién es
ésta?, el que en aquellas honras del cielo hizo oficio de predicador, con la
aclamación que vimos, con la nunca vista conmoción que hasta hoy ex-
perimentamos: vidi angelum mortem voce magna praedicantem: Quis est
dignus aperire librum et solvere signacula eius?69 Al abrir, digo, en este tan
aplaudido sermón, el libro de la vida de esta prodigiosa mujer hasta enton-
ces desconocida, como libro hasta aquellos días cerrado, los señores capitu-
lares se arrodillan delante de Dios y del Cordero, y consagran con repetidos
elogios al trono sagrado, las coronas que autorizan sus sienes en aplausos
del libro y del Cordero: mittebant coronas suas ante thronum.70
Que es todo lo que han hecho vuestras señorías con un mismo sobera-
no impulso que movió los generosos corazones de tan ilustre deán y cabildo
a demostraciones de inestimable fineza; que, sin rozarse en vulgaridades
plebeyas, dieron estimación a la virtud, peso a la piedad, honra singularí-
sima a nuestra ciudad angélica y, con especial prerrogativa, a la Compañía
de Jesús, que con razón se ufana de haber entrado a la parte en las que hizo
vuestra señoría a esta hija de su espíritu y gloria inmortal del nuevo y an-
tiguo mundo. Y aquí veo lo que decía al principio, que las coronas que se
abatieron a los obsequios del libro y del Cordero, aunque tan nacidas para
cabezas tan beneméritas, no se dice que son suyas cuando autorizan sus
66 “Tuviese sillas augustas, como hoy, en las iglesias catedrales, tienen los canónigos y las dig-
nidades.”
67 “En torno a los vestidos, con vestiduras blancas, como los canónigos, en su concilio o capítu-
lo, las suelen vestir encima de las prendas de piel.”
68 “Esta adoración es para referirse al sacrificio de la misa.”
69 “Vi a un ángel de gran voz en la muerte predicada: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar
sus sellos?”
70 “Arrojaban sus coronas delante del trono.”
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augustas sienes: in capitibus coronae aureae,71 sino cuando las ponen a los
pies del trono: mittentes coronas suas,72 entonces suyas, suas. Y pienso qué
sería; porque en esas coronas consagradas a los obsequios del libro se ofre-
cían las honras del muy ilustre deán y cabildo, al alma santa que en él se
representaba: mittebant coronas suas ante thronum dicentes: dignus es ac-
cipere gloriam et honorem.73 Y si la honra es de quien la da, suyas hicieron
los señores las honras cuando las consagraron al trono. Y suyas han hecho
vuestras señorías estas honras con haberlas dado en obsequios tan dignos
de su grandeza: coronas suas. Y harto me alegro que haya intérprete que
diga que estas coronas hacen alusión a la mitra del sumo sacerdote Aarón,
[Apostilla: Padre Alcázar, 4.4: Forte hic sit allusio ad auream illam summi
sacerdotis laminam, quam olim gerebat a capite, corona aurea super mis-
ram eius,74 Eclesiástico 45, 1475.] porque me da lugar a mí y al autor de esta
obra para esperar, sobre los relevantes méritos que acumula el esplendor de
la sangre, la integridad de la vida, el caudal de letras y el colmo de prendas
singulares para cada uno de vuestras señorías, de la gratitud de la sierva
de Dios que hará suyas las mitras para retornar en mitras lo que recibió en
honras. Esto deseo con la última felicidad de la gloria a vuestras señorías,
como el más obligado. Esto pido como el más rendido capellán y criado de
vuestras señorías.
Bachiller Nicolás Álvarez
2) Protesta del autor
[183] Obedeciendo al breve apostólico de nuestro santísimo padre, el señor
papa Urbano VIII, de feliz recordación, y demás decretos de la santa Iglesia,
nuestra madre, en que se prescribe la forma de referir las vidas y hechos de
personas que han vivido y muerto con opinión de santidad y aún no están
canonizadas; protesto que en lo referido y en el modo de referir la vida que
elogio en este sermón, deseo hablar en el sentido que mandan los dichos
decretos apostólicos de la santa Iglesia, a cuya corrección me sujeto.
71 “Coronas áureas en las cabezas.”
72 “Arrojando sus coronas.”
73 “Arrojaban sus coronas delante del trono, diciendo: digno eres de recibir la gloria y la honra.”
74 “Acaso ésta sea una alusión a aquella placa del sumo sacerdote que, en otro tiempo, llevaba
a la cabeza. Una corona áurea por encima de su tiara.”
75 En realidad, es el versículo 12.
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Francisco de Aguilera
3) Salutación
[184] Prorrumpa ya tu voz, elocuencia muda, retórico silencio. Explica
tu concepto, suspensión entendida, energía profunda, si esta grave, lucida
tumba, sirve de funesto mausoleo al llanto o de inmortal pirámide a la
aclamación. Si esas doctas, agudas letras, son endechas tristes o victoriales
himnos. Si hemos de mirarte, lúgubre cenotafio76 a las exequias o augusto
trono a la coronación. Hablen las lenguas de tu llama, desahóguese el silen-
cio de tu grave ceño.
[185] Y si aún muda callas, si aún no te explicas circunspecta, diré yo
que esas tus luces son festivas luminarias al regocijo; esas negras bayetas
son modesto traje de un religioso encomio; ese grave túmulo de honras es
nupcial tálamo de palmas y laureles. Pues se consagra su pompa toda, ¿a
quién? (¡Oh, Dios admirable en tus santos! ¡Oh, santa providencia investi-
gable en tus consejos!). A aquel ejemplar vivo de virtudes heroicas, a aquel
abismo de ilustraciones divinas, a aquel depósito del Espíritu Santo; a aque-
lla virgen, esposa, viuda, siempre inviolable en su virginal pureza, que hizo
célebre el nombre del Señor desde donde nace el sol hasta donde se pone;
a la devota venerable madre Catarina de san Juan a quien mereció viva y a
quien nunca llorará muerta, en esta imperial ciudad, todo este nuevo mun-
do. Cuya santidad prodigiosa, bien asegurada con el tenor de como ochenta
y dos años de vida inculpable, con las experiencias prudentes de prelados
celosos, de varones sabios, con los testimonios de sucesos prodigiosos de
personas ilustradas de Dios; deseo presentaros hoy (protestando antes que
no es mi intento adelantarme un punto en el crédito de fe, que pretendo en
los elogios de santidad que le doy, a los santísimos decretos de nuestra ma-
dre la santa Iglesia y, especialmente, al último de nuestro beatísimo padre
Urbano VIII) en la fiel historial narración de su vida, según las noticias que
me pudo asegurar su último confesor, que por el espacio de quince años,
examinó con todo empeño.
[186] Para que sepa desde hoy el mundo algo de lo que tenía en aquella
pobrecita esclava, en aquella encogida virgen que se andaba escondiendo
por los rincones de esta iglesia; porque ese es el estilo de Dios, pues a la
76 Monumento funerario en el cual no está el cadáver del personaje a quien se dedica.
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virgen de las vírgenes ecce virgo77 [Apostillas: Isaías 7 e ibidem Cornelio]; a
la escondida, a la recatada: ecce abscondita;78 como leen otros, a la esclava
del Señor, como dijo ella misma: ecce ancilla Domini;79 [Apostilla: Lucas 1]
envió Dios un ángel para que supiera todo el mundo que la esclava era de
la sangre real de David; la escondida de todos era bendita entre todas las
mujeres; la llena de humildad, toda llena de gracia. Ave Maria.80
4) QUAE ES ISTA, QUAE ASCENDIT de deserto deliciis affluens?,81 Can-
tares 8, 5.
[187] Suspensa en este día esta imperial corte de los cielos; atónita con la
novedad del suceso esta cesárea, amplísima ciudad de los Ángeles; me pre-
guntan ya una, ya otra, ¿quién es esta alma santa? ¿Quién es esta dichosísi-
ma esposa que sube del mundo al cielo? De mundo ad coelum,82 [Apostilla:
Honorio, ibidem] como glosa Honorio, engolfada en delicias, rebosando
suavidades, por lo que vimos al morir entre los regocijos de una alegrísima
pascua entre las demostraciones piadosas de una devoción restada, por lo
que entendemos de su vida, entre virtudes heroicas, entre seráficas ilus-
traciones, entre delicias del paraíso: deliciis affluens.83 Pues acabemos ya.
¿Quién es esta?, quae est ista?, que a esto sólo venimos, ni yo vengo a otra
cosa. Pues sólo a esta pregunta me mandan que responda, y sin empeñar-
me en prolijos discursos, en conceptos sutiles, que me fuera más fácil que
reducir a este sermón una vida cuanto más ejemplar tanto más dilatada; os
respondo desde luego, por llevar algún hilo que me sirva de reclamo en la
narración, con la misma pregunta que hicieron los ángeles de esa misma
alma santa al nacer: quae est ista quae progreditur, quasi aurora consur-
gens, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata?84
[Apostilla: Ambrosio, Sobre Lucas, lib. 2.] Pues ésta explica aquella, según
dice con otros nuestro Cornelio [Apostilla: Cornelio, ibidem.], y por una y
otra se significan los progresos con que de virtud en virtud, de prodigio en
77 “He aquí a la Virgen.”
78 “He aquí a la escondida.”
79 “He aquí la esclava del Señor.”
80 “Salve, María.”
81 “¿Quién es ésta que sube del desierto, rebosante de delicias?”
82 “Del mundo al cielo.”
83 “Rebosante de delicias.”
84 “¿Quién es ésta que avanza, cual aurora se levanta, hermosa como la luna, escogida como el
sol, terrible, ordenada como de los campamentos la línea de batalla?”
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prodigio, va subiendo el alma santa de la tierra al cielo, desde que nace has-
ta que muere. Y por eso digo que la esposa del Cordero, que poco ha subió
desde esta ciudad al cielo, de virtud en virtud, de prodigio en prodigio; la
misma que vino del otro a este mundo como aurora del Oriente, que rayó
en nuestro hemisferio como luna hermosa, como sol escogida, como escua-
drón bien ordenado.
PRIMERA PARTE
[188] Nació, como en su propio lugar, en el Oriente esta aurora; y aunque
hay duda si fue puntualmente en Arabia la feliz o en la India oriental, lo
más probable es que nació en las tierras sujetas al gran Mogor. Porque si
es dulce el amor de la patria, era suavísima para esta virgen la memoria del
Mogor, como de patria suya. A la ciudad de su nacimiento vio ya arruinada
del turco en uno de los vuelos de su espíritu. Fue nieta de un emperador del
Oriente, con quien estuvo casada su abuela, de cuyos nombres nunca quiso
acordarse, por haber muerto en su idolatría (condición de la aurora, que
no puede ver las sombras aunque tenga de ellas su origen). Bien que alguna
vez, obligada de la obediencia, dijo que su abuelo se llamó Maximino. Y
según parece, fue descendiente en el imperio como en la impiedad, del otro
Maximino que, entre otras ilustres palmas, dio a la Iglesia a la ínclita virgen
santa Catalina mártir.
[189] Tuvieron éstos una hija que se llamó Borta, que en lengua del
Arabia quiere decir “fruta olorosa”. Y bien lo dio a entender el olor sua-
vísimo que difundió en el fruto de su vientre hasta estos últimos términos
del mundo. Casó ésta con un príncipe, dueño absoluto de algunas tierras del
Mogor, a quien, como decía su hija, conocían todos por el nombre de señor;
añadiendo que era de casa más augusta y noble que la de su madre y abuela,
con haber sido la una hija y la otra mujer de un emperador (según parece),
para que vean qué tal sería la calidad de aquella esclava, desconocida a
nuestros ojos.
[190] Sus padres fueron gentiles, pero moralmente virtuosos, adora-
ban al verdadero dios de Abraham y confesaban tener madre en la tierra. Y
como no quería Dios que hubiese cosa vulgar en esta sierva suya, empezó
a ser milagroso en ella desde sus padres, tomando por instrumento al suyo
para dar salud a enfermos, lanzar demonios de los cuerpos, serenar tem-
pestades. Y para estos milagrosos o prodigiosos efectos se valía del agua
de una fuente, a la que, según se discurría, comunicó Dios por medio de
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uno de los apóstoles que llegó a aquellas partes;85 soberana eficacia para
semejantes prodigios que con ella obraba el padre entre los otros gentiles.
Porque quería Dios hacer paso por los milagros en el padre, para sacar de
él una hija toda milagro, como de los padres del Bautista dijo el grande san
Ambrosio. [Apostilla: Cantares 6, 9] Perseguía a los ídolos y supersticio-
nes del paganismo; pero entre ellos, como gentil ignorante de la verdad,
perseguía también a Jesucristo, de quien debía tener alguna noticia, según
discurría su hija. Hasta que un día, visitando las tierras de su señorío, se le
hizo encontradizo un gallardo mancebo con el mismo traje e insignias que
pintan las imágenes de Cristo resucitado. Le llevó los ojos al gentil, lo hizo
llamar, y mandando retirar la gente que le acompañaba, se quedó a hablar
a solas con el mancebo. Después de algún rato de una suavísima conferen-
cia, se despidió el mancebo, poniéndole las manos en la cabeza al gentil y
dejándole con ardientes deseos de la verdad, con amor al nombre cristiano
y con grande horror al paganismo.
[191] A este paso competían en la gran madre del dios de Abraham, las
finezas que hacía a Borta, apareciéndosele tan frecuente, tan hermosa, tan
afable, que aficionando a su marido con participarle sus prendas, solían de-
cir los dos que en bajando otra vez del cielo, se habían de abrazar con ella y
no la habían de soltar, aunque quisiera, hasta que, asidos a su ropaje, se los
llevara de una vez a su reino. Y aunque no lo consiguieron, según deseaban
por entonces, les dio Dios tal hija, que por sus merecimientos consiguieron
después las aguas del bautismo; y por el bautismo y buenas obras, subieron
al reino celestial, como piadosamente podemos esperar.
[192] Pero, entretanto, iba Dios de esta suerte retirando poco a poco las
sombras del Oriente para darle cuna a su aurora; pero tan poco a poco que
se pasaron primero veinte años de una larguísima noche en una esterilidad
afrentosa, para hacerse la mañana más estimada con los deseos. Clama-
ban sus padres a la gran madre del dios de Abraham, como allá en Isaías:
Custos, quid de nocte? Custos, quid de nocte?86 [Apostilla: Isaías 12,87 11]
¿Hasta cuándo ha de durar esta prolija noche, esta esterilidad infecunda? Y
apareciéndosele a Borta, según la invocaba, como guarda de una candidísi-
ma grey, como pastora rodeada de hermosísimos niños y niñas; le respondió
85 Según tradiciones que no pertenecen al corpus oficial de la Iglesia, Bernabé y, sobre todo,
Tomás llegaron al Lejano Oriente.
86 “Centinela, ¿qué hay de la noche?, centinela, ¿qué hay de la noche?”
87 En realidad, es el capítulo 21.
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lo que se sigue en el profeta: Venit mane88 [Apostilla: verso 12]. No te des-
consueles que ya amanece, ya asoma la aurora por el Oriente; porque pres-
to concebirás y parirás a una niña que sea como éstos que aquí ves.
[193] Y así fue, porque dentro de breve tiempo concibió y parió a esta
esclarecida virgen, compendio de la hermosura de aquellos hijos de María,
cuya primera cuna que la recibió al nacer, fueron los mismos brazos virgi-
nales en que descansó el Verbo eterno al salir al mundo en carne humana.
¡Oh, pasmo! ¡Oh, asombro! Nació con esta alba la risa al mundo, la alegría
al Oriente, el regocijo a sus padres; sólo para ella nació la mortificación. Y
las manos de la Señora destilaron mirra, de que había de hacer el esposo
un acerico para que esta alma santa lo trajera en sus pechos desde el nacer
hasta el morir, pues el nombre que le pusieron luego que salió de las manos
de María fue el de Mirra; pero para endulzarla89 bajó del cielo, pocos días
después, la gran Señora a visitar a Borta. Y haciéndosele visible, le dio el
pláceme de su alumbramiento y le mandó que la siguiese a un jardín vecino
del palacio. Dificultosa obediencia en tan reciente parto, que exponía a que
se aguara el regocijo con algún azaroso accidente; pero, sin poderse negar al
impulso, siguió a la soberana guía hasta llegar al jardín, a donde le mandó
la Señora que cavase la tierra con un alfanje que llevaba por báculo. Y a
poca diligencia se encontró (¡qué ventura!) con un rico tesoro de joyas ines-
timables. Y ayudándole la Señora a llevarlas hasta su recámara, dejándolas
en ella, le dijo: “Toma estas joyas y críame con mucho cuidado a esta niña”.
[194] Pues, qué se admiran ahora de que la hija del faraón cohechara
a su misma madre, sin saber que lo era, para que le criara con diligencia a
su adoptado: Accipe puerum istum et nutri mihi, ego dabo tibi mercedem
tuam.90 [Apostilla: Éxodo 2, 9.] De esto se han de asombrar y sacar de aquí
cuánto valdría esta niña, pues le costaba al cielo un tesoro. ¿Qué sería en
su edad más adulta, la que en su infancia era el desvelo de los cuidados
del cielo? Quid puella ista erit?91 Esto deseaban saber sus padres. Y para
responderles a propósito, deparó Dios tres peregrinos, como tres ángeles,
que venían con fama de astrólogos o adivinos; y valiéndose el padre de la
ocasión, les mandó que hicieran el horóscopo de su hija. Levantaron figura,
hicieron sus conjeturas y hallaron todos de común acuerdo que la niña sería
88 “La mañana viene.”
89 En sentido figurado, pues la mirra es amarga al gusto.
90 “Toma este niño y críamelo, que luego yo te pagaré.”
91 “¿Qué niña será ésta?”
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un prodigio en la tierra, pero que no la gozarían sus padres, porque su bue-
na fortuna la echaría al cabo del mundo.
[194]92Y aunque tuvieron por embeleco el pronóstico, por lo menos
la desgracia ya se las arrebataba de los ojos con bien trágicos sucesos, pues
una vez deslizándose de la cuna sin ser vista, se fue poco a poco, como di-
cen, gateando, por jugar con las aguas de un río cercano a su palacio, don-
de, entretenida con los cristales, desvanecida con las corrientes movedizas,
robada del envidioso elemento, se fue corriendo entre sus brazos río abajo.
La echaron de menos sus padres. ¡Ay, cielos! ¡Cómo crecieron las aguas con
sus lágrimas! ¡Cómo se levantaron las olas con el viento de sus suspiros!
La buscaron por cinco días y al fin de ellos (¡qué milagro!) la hallaron viva,
teniéndose contra la corriente impetuosa de una débil vara, de un junco
leve. Más capaz era el bajel del pequeño Moisés y zozobraba peligrado en
el Nilo [Apostilla: Éxodo 2].
[195] Pero si por la vara se entienden, en las sagradas letras, Jesús y
María; yo no me admirara que entonces fueran el báculo y la vara que la
consolaban, manteniéndola segura en el mayor peligro de la vida. Si ambu-
lavero in medio umbrae mortis, non timebo mala, quoniam tu mecum es.
Virga tua et baculus tuus, ipsa me consolata sunt.93 [Apostilla: Salmos 22].
Pues ya en los crepúsculos de esta edad, se le aparecían estas dos primeras
majestades del cielo con los señores san Joaquín y santa Ana, provocándole
los deseos de recibir el bautismo. Y para abrirle camino para recibirlo en
tierra de cristianos y verificarse el anuncio de los adivinos, permitió Dios
que sus padres, huyendo de las hostilidades que padecían del turco en sus
tierras, se entraran más adentro a una ciudad marítima de su dominio don-
de aportaban, para comerciar, las naves portuguesas.
[196] Algunas de éstas corrían la costa con piratas de haciendas y per-
sonas. Y ven aquí que en una de estas correrías se encontraron con Mirra y
otro hermano suyo, que estaban jugando en la playa con otros de su edad.
Y dando sobre todos ellos los piratas, los juntaron con los demás prisio-
neros y dieron la vuelta hacia sus tierras. Ponderen allá si sería sensible a
un corazón noble, en quien estaba tan fresca la sangre de los monarcas del
Oriente, pasar en un punto de señora a esclava, viéndose desnudar de sus ri-
cos vestidos y preciosas joyas por el andrajo y corto abrigo de una frazadilla
92 Por error tipográfico, se repite el número del párrafo anterior.
93 “Aunque ande por sombra de muerte no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu
vara y tu cayado, ellos me sosiegan.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 219
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corta y raída; tratada como prisionera entre la chusma del navío, debajo de
cubierta, una princesa, niña tierna como de diez años de edad, sin esperan-
zas de volver jamás a ver a su patria y padres. Por sólo esto, llegó a decir
san Agustín que salió Abraham de sus tierras acompañado de la crueldad:
Crudelitate socia94 [Apostillas: Génesis 22; sermón 68].
[197] Fue tal el sentimiento, que para mitigarlo hubo de bajar del cielo
el mismo Jesucristo, dejándose ver con el mismo rostro de su padre (que, se-
gún ella decía, era muy parecido al facies Christi95 o imagen de la Verónica
que está en este altar de nuestro padre san Ignacio); y el modo de consolarla
fue decirle que él sería su padre en adelante y todo su alivio. Y bien fue
menester para lo mucho que le hizo padecer desde este tiempo su esclavitud
forzosa, su rara hermosura, su virginidad constante. Llegaron los piratas a
Cochin y después de haber gastado algún tiempo en catequizarla los padres
de la Compañía de aquellas partes, le administró las aguas del bautismo un
cura clérigo, párroco de una de las iglesias de la dicha ciudad, llamándole
Catarina de San Juan. Que entonces es aurora el alma santa, dice Aponio,
cuando amanece a la gracia en el Oriente del bautismo. Aurora consurgens
ad sacrum baptismum.96 [Apostilla: Aponio, hic.]
[198] Aquí se le abrieron los cielos como al Señor en el Jordán, y se le
hicieron presentes las soberanas majestades, Jesús, María, Joaquín y Ana;
mirándola con ternura, acariciándola con cariño. Y valiéndose de la oca-
sión, suplicó a la gran matrona santa Ana fuese su madrina para que su hija
y nuestra reina la recibiese por esclava. Y admitiendo el oficio, la señora
santa Ana tomó a la niña en sus brazos, presentándosela a su hija, no por
esclava sino por hija querida. Y en señal de que la recibía por tal, le dio la
mano la Señora, la recogió en su regazo. Y Catarina entonces, atónita con
tal dignación, daba voces: “No Señora, no soy digna de ser hija. Esclava, es-
clava vuestra, para barrer con mi boca vuestra casa, para serviros entre los
criados de vuestra familia. Si queréis santificar vuestros brazos, ahí tenéis
los ángeles, que yo soy polvo y ceniza”. Pero Dios, que ensalza el polvo, se
pasó de los brazos de su madre a los de esta su hija, sacándola fuera de sí
con el exceso de favor tan extremado.
[199] ¡Ay, mi Dios! ¡Y cuáles estarían los ángeles! Cómo repetirían
asombrados su pregunta: ¿Quién es ésta?, Quae est ista?, al verla subir del
94 “Con la crueldad por compañera.”
95 “Rostro de Cristo.”
96 “Aurora que se levanta al sagrado bautismo.”
220 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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polvo de la tierra a la alteza de tan eminente privanza: Aurora consurgens.97
Si no es que lo decían por sus viajes: quae progreditur,98 pues habiendo deja-
do en Cochin a su pequeño hermano, no hacía otra cosa en este tiempo que
navegar con sus amos de puerto en puerto, que costear de isla en isla, hasta
llegar a las Filipinas. Y apenas llegó a Manila cuando acá, en esta ciudad
de los Ángeles, Dios, que mueve las voluntades humanas para que le sirvan
en los consejos de su providencia; dio deseo al capitán Miguel de Sosa de
tener una chinita modesta y agraciada, que le sirviera de consuelo a él y a
su esposa, doña Margarita de Chaves, en falta de sucesión que lloraban. Y
como Dios andaba en todo esto, hizo que a esta sazón se le entrase por las
puertas un portugués mercader, compadre suyo, que iba a despedirse para
Manila, y logrando tan buena ocasión, le encargó Sosa la diligencia. Él pro-
metió hacerla con cuidado.
[200] Y supo hacerla con tal esmero, que apenas llegó a Manila cuan-
do se fue a ver las piezas de esclavos que se vendían. Le robó los ojos, entre
todos, esta niña. Preguntó el precio, pero el dueño respondió que, fuera de
aquella, pusiera los ojos en los demás, porque sólo esa no se vendía, por
ser la joya de su mayor aprecio. Le dio noticia de sus raras prendas, de su
calidad, de su virtud, de su modestia, le exageró su hermosura y habilidades
singulares; y como todo esto era lo que buscaba el marchante, no hacía más
que picarle el gusto, que encenderle el deseo. Instaba una y otra vez. Repite
una y otra visita. Prométele el comprarle diez pares de esclavos, sólo porque
le venda esta niña. Y, fuese por las instancias, fuese por el interés, él la ven-
dió por lo que quiso y ella fue la mujer fuerte que trajo: Procul et ab ultimi
finibus pretium eius. Id est, ab ultimis terrae finibus quo libet oblato pretio,
coemenda,99 [Apostillas: Proverbios 31; Salazar, verso 2, ibidem] como ex-
plica Salazar. Pero como valía más, costó más. Y el Demonio, que ya temía
la guerra que le había de dar en estas partes, se valió de cuantas dificultades
pudo para impedirle el paso; porque he aquí que, al mismo tiempo, llega
carta del virrey de México al gobernador de Manila para que le envíe una
esclavita de las calidades de Catarina; y como no era fácil hallarlas en otra,
hizo cuantas diligencias le dictó el deseo de dar gusto a tal príncipe, para
sacarla de donde la tenía escondida el mercader. Pero nunca pudo, porque
97 “Aurora que se levanta.”
98 “Que avanza.”
99 “De lejos y desde los confines últimos su precio. Esto es, desde los últimos confines de la
tierra, lugar que gusta para comprarla por el precio ofrecido.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 221
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éste y Dios, que así lo quería, la supo ocultar con tal arte que llegó hasta
vestirla de hombre, para que ni al tiempo de embarcarse la pudieran cono-
cer en el registro. No hizo otra cosa la sabiduría del Verbo para hacer su
viaje al mundo, sin que lo conociera aun el mismo Demonio, sino vestirse
de hombre con el vestido que le dio la aurora: Ab aurora tibi ros,100 [Aposti-
lla: Salmo 109, de la raíz hebrea] o como dice nuestro Bellarmino: Amictus
adolescentiae tuae.101
[201] Con éste llegó la nuestra desde Filipinas hasta el puerto de Aca-
pulco, adonde salió a recibirla en persona el capitán Miguel de Sosa, enten-
diendo el tesoro que le traían y el peligro de perderlo si lo trajera en público
por el camino. Recibió a esta niña como a un ángel, la asistió en el camino
como a hija propia hasta ponerla en esta ciudad de los Ángeles, para gran
felicidad nuestra, a quince de enero del año de diecinueve o veinte de este
siglo de seiscientos, teniendo de edad de once a doce años. Todavía niña,
todavía luz; que ni bien era de día, ni bien era de noche. Porque si vemos
al tiempo su gentilidad, no era toda de día, pues aún tenía sombras del pa-
ganismo; ni era toda de noche, pues era tan ilustrada con las luces del
cielo. Si la vemos al tiempo de su cristianismo, apenas acababa de salir de
su Oriente, pues no habían pasado dos años cabales de su bautismo. Era un
crepúsculo de la mañana, era una luz media entre el día y la noche: Aurora
consurgens.
SEGUNDA PARTE
[202] Ahora sí que es luz perfecta, porque es como la luna, sicut luna per-
fecta102 [Apostilla: Salmos 38, 38]. No sólo por el sacramento de la con-
firmación, que recibió luego que llegó a estas partes, sino también por la
oración y trato familiar con Dios, a que se dio desde luego, pasándosele
las noches de claro en claro; unas veces luchando con el sueño; otras, rega-
lada con visitas soberanas; hasta que a la mañana, para no ser sentida, la
pasaban los ángeles por sus manos del oratorio a su mismo cuarto y cama.
No sólo por la rígida penitencia a que se daba con tanto tesón, que llegó a
debilitarle, sino por el voto de perpetua virginidad con que consagró a Dios
su extremada belleza, siempre triunfante en los mayores peligros; porque
100 “Para ti el rocío de la aurora.”
101 “El manto de tu juventud.”
102 “Perfecta como la luna.”
222 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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una hermosura tan singular como la de la luna, pulchra ut luna,103 una cas-
tidad tan extremada que fue aplaudida de los mismos gentiles como la de
ese astro, casta Lucina fave104 [Apostilla: Virg. In. Pol.]; y eso a pesar del
poder de las tinieblas, y eso superior a la noche y sus peligros, ut praesset
nocti,105 [Apostilla: Génesis 1, 1] ¿cómo no había de salir perfecta? Sicut
luna perfecta.106 Ahora lo verán.
[203] Fue una de las más agraciadas y perfectas hermosuras que co-
noció su edad. Su color más blanco que trigueño, el cabello rubio, la frente
espaciosa, los ojos vivos, la nariz bien nivelada, todas las demás facciones
del rostro a la medida de un airoso garbo de todo el cuerpo; pero como
todo esto se juntaba con un eficaz deseo de conservar incontaminada su pu-
reza, es indecible lo que le hizo padecer en su vida. De tres años era cuando,
horrorizada de las caricias que le hacía un nobilísimo mogol prendado de
su gracia y hermosura, pretendiente desde entonces de su tálamo para su
tiempo, se halló huyendo de su casa. Se entró en un tupidísimo bosque, y
después de muy buscada, la hallaron en una cueva rodeada de viboreznos
que acababa de parir una víbora, jugando sin peligro y aun a gusto con las
culebras, sólo porque no jugaran con ella los hombres con mayor peligro
de su pureza, privilegiándola el cielo con el triunfo que consagró antes a las
infancias de un dios en la pureza del evangelio: Delectabitur infans ab ubere
super foramine aspidis et in caverna reguli, qui ablactatus fuerit manum
suam mittet. Non nocebunt, neque occident.107 [Apostilla: Isaías 11, 8]
[204] Después que la robaron los piratas, componiéndose presto en
Cochin sobre el repartimiento de la demás hacienda, ¡qué pleitos! ¡Qué
pendencias no trabaron por llevarse cada uno aquella prenda!; hasta que se
redujeron a jugarla, como en el Calvario la túnica inconsútil del Salvador,
para que se la llevara consigo el ganancioso. La ganó uno, y envidiosos los
otros de la ganancia, se la metieron a pleito. Jugaron las lanzas, esgrimieron
las espadas, hasta que, por acabar con todo, le arrojó un soldado un chu-
zo108 con intento de matarla; pero alcanzándola sólo en un brazo, fue éste
arco de paz que clausuló la contienda, pues así que vieron correr la sangre
103 “Bella como la luna.”
104 “Sé favorable, casta Lucina.”
105 “Como si presidiese la noche.”
106 “Cual perfecta luna.”
107 “El niño de pecho jugará sobre el agujero del áspid y el que haya sido destetado meterá su
mano en la caverna del basilisco. No harán mal ni dañarán.”
108 Palo que lleva un clavo de hierro. Es arma defensiva y ofensiva.
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y las lágrimas, se acabó con lástima la pendencia y dejaron que se la llevara
su dueño. Pero después, ¡qué censuras no se fulminaron porque la descu-
briera el que la llevó! ¡Qué rescate no prometía su padre! Y a todo esto, el
poseedor bien hallado con su tesoro, lo escondía debajo de siete estados,109
sin dejarle ver sol ni sombra, siendo la cárcel el premio de su castidad y her-
mosura; como de José dijo san Ambrosio: Supplicium carceris, praemium
castitatis.110 [Apostilla: Libro de José]
[205] Hasta que de aquí la sacó de rastro un mercader del Mogor, y
valiéndose de la justicia, hizo que la pusieran en depósito en casa de una
noble mujer, que fue una Magera infernal de esta inocente. Pues ésta le es-
trechó la cárcel y apretó los tormentos, porque viendo que la hermosura del
depósito era ocasión de las frecuentes visitas del mercader, picada con los
celos y rabiosa con la envidia, la consumía a maldiciones, la maltrataba a
golpes, la desgreñaba a repelones, la entecaba111 a ayunos. Hasta que, para
concluir con todo, le sugirió el Demonio este detestable consejo: “Sácala a
la playa, ponle una piedra al cuello y arrójala con temeridad a las aguas”.
Pero, ¡oh, prodigio del cielo!, ¡oh, poder de la hermosa luna en el cristalino
elemento! Aquí le deparó Dios el ancla de un navío, de cuyo cabo se detuvo
largo tiempo, hasta que un portugués compasivo que acertó a llegar, la sacó
del naufragio.
[206] Después, en la navegación de Cochin a Manila, ¡qué golpes, qué
palos, qué azotes, qué persecuciones no padeció! En Manila, ¡cuántas veces
estuvo en peligro su vida por resistirse a un gran príncipe que la pretendía
para esposa! En el resto de esta edad, ¡cuántas veces la acometió el Demo-
nio!; ya por sí mismo en figuras tanto más peligrosas cuanto más halagüe-
ñas, ya con sugestiones torpísimas, ya valiéndose de hombres desalmados
con temeridades inauditas. ¡Caso raro! Pasaba una vez sola de una oficina a
otra dentro de su casa, en ocasión que la esperaba en el zaguán un mozuelo
perdido por su hermosura. Y viéndola sola y sin amparo, se le fue a los bra-
zos, pero ella, con el ahogo, con el aprieto, y más con la valentía de su casto
espíritu, le arrojó de sí; con tal ímpetu, que faltó poco para estrellarlo con-
tra la pared. Se levantó el mozuelo fuera de sí con el golpe y se fue jurándole
que a su pesar había de ejecutar su mal deseo. Invocó al Demonio para el
efecto. Se le apareció éste, y dejándolo en su casa, en su mismo traje y figura
109 “Bajo siete estados (de tierra).” Refrán antiguo para referirse a lo que está muy oculto.
110 “El suplicio de la cárcel es el premio de la castidad.”
111 La debilitaba y la hacía enflaquecer.
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para que no lo echaran de menos, se fue a buscar una hechicera para que
le facilitara la empresa. Singular castigo: después de dos días desapareció el
demonio sustituto; y el lascivo, hasta hoy, ni vivo ni muerto ha aparecido.
[207] Fatalidad tan sensible para esta alma pura; como si su belleza
hubiera tenido la culpa de la perdición de este miserable, que para aliviarle
la pena, le envió Dios de sus celestiales alcázares a la esclarecida virgen y
mártir santa Catalina que, apareciéndosele muy cariñosa, le dijo: “Catari-
na, desde hoy somos hermanas las dos en la pureza y en el martirio, pues
ambas lo padecemos por guardar sin mancilla nuestra virginidad”. Dijo y la
dejó confortada para el mayor de los martirios que le faltaba por padecer a
su pureza, tanto más sensible cuanto más armado de la espada del espíritu
y que le pudo hacer levantar el grito con el santo Job: quare persequimini
sicut, Deus?,112 [Apostilla: Job, 31] cuando los hombres con celo santo la
obligaron (siendo virgen por voto) a tomar esposo en la tierra. Y fue así:
[208] Poco después que llegó a esta ciudad, se llevó Dios a su padrino,
Miguel de Sosa, y de ahí a algún tiempo a su consorte, doña Margarita de
Chaves, ya monja profesa de las descalzas de la santa virgen y madre Teresa
de Jesús, quedando Catarina como huérfana de padre y madre, a cargo de
don Pedro Suárez, sacerdote ejemplar que por aquel tiempo había pasado
de Filipinas a este reino. Y haciendo dictamen que sería gloria de Dios el que
Catarina tomara el estado del santo matrimonio, trató de casarla con un
esclavo suyo de conocida virtud que se llamaba Domingo, con el intento de
que éste fuera como el procurador y Catarina como la ama de un colegio
de niñas que se trataba de fundar en esta ciudad. Y habiendo recabado el
consentimiento de Domingo para este fin, se fue a pedir el suyo a Catarina.
Lo oyó y quedó asombrada, sin poder responder en mucho rato, hasta que
volviendo en sí, le dijo que no se tratara del punto, porque ella ni quería
ni podía querer otro esposo que Jesucristo. Instó el sacerdote sin saber la
causa de la resistencia (ni Dios permitió que la supiera, por dar en qué me-
recer a esta alma pura y dejar en ella ejemplo a los tres estados de vírgenes,
casadas y viudas). Se valió de sus padres espirituales para que la obligaran
a obedecer, como lo hicieron. ¡Qué campo de batalla fue entonces su cora-
zón, combatido de poder a poder, del cuerpo y del espíritu!, de su cuerpo
virginal, de su espíritu prontísimo. Peleaba la virginidad por su parte; recla-
maba la obediencia por la suya. “¿Pues qué haré, Dios mío?”, se volvía a
112 “¿Por qué han de perseguirme así, Dios?”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 225
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su esposo su atribulado espíritu: Quo modo fiet istud, quoniam virum non
cognosco?113 [Apostilla: Lucas 1] Le respondió el Señor: “Obedecer, que la
obediencia sabrá unir la pureza virginal con el matrimonio”.
[209] Dijo Catarina: “Pues con esta condición me convengo”. Y ha-
blando con Domingo, le dijo: “Como tú me perdones el lecho, yo seré tu
esposa”. Aceptó desde luego la condición y con ella se efectuó el casamien-
to, aunque el marido no entendió el sentido de la condición; pues Catarina
le reconvino siempre con la palabra dada. La decisión del punto se remitió
a hombres doctos. Y entretanto padeció Catarina de su marido lo que los
mártires de los tiranos; pues, a no haberla defendido el brazo poderoso,
hubiera padecido mil muertes después de desprecios innumerables y malos
tratamientos inhumanos y sin ponderación. Pero jamás permitió Dios que
cayera de su felicísimo estado, valiéndose para ello de medios maravillosos,
dignos de su omnipotencia; los cuales, por bien averiguados, dieron funda-
mento para que la enterrasen, como visteis, con palma y corona, insignias
de virgen incontaminada. Pero no por eso dejó de mirar a su marido, en
muchos años que vivió con él, como a superior y cabeza, sirviéndole como
esclava, vendiendo sus joyas para comprarle la libertad, dándole salud mi-
lagrosa en un mortal achaque en que ya agonizaba, hasta llevarlo al fin de
su vida al cielo con sus lágrimas y penitencias.
[210]114 Todos estos apretados lances le hacían prorrumpir en lágrimas
y llenar el cielo de suspiros, clamando muchas veces de lo íntimo de su cora-
zón: “¿Cómo es esto, esposo y señor mío? Vos solo me sacasteis por vuestra
misericordia de la superstición del gentilismo; vos me disteis victoria de mis
enemigos por mar y tierra; vos me habéis hecho los favores que sabéis vos
sólo. Pues, ¿cómo dejas en contingencia mi pureza, en peligro la fidelidad
que os debo? Si mi hermosura es la causa, ¿para qué es hermosura? Postra-
da en vuestra presencia, puestas las rodillas en tierra, cosido con el suelo
mi rostro; os pido me la quitéis y mil hermosuras que tuviera, y me hagáis
fea y despreciable a los ojos humanos, para que sea bien vista sólo a los
vuestros”. ¿Quién ha oído tal petición en el mundo, en una mujer hermosa
y en la flor de su edad, celebrada y pretendida de todos por su gran belleza?
Vengan aquí cuantos pierden a Dios por no perder una hermosura caduca.
Oigan este ejemplo y córranse avergonzados hasta los abismos.
113 “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”
114 Por error tipográfico, el número consignado en el original es 110.
226 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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[211] Oyó su esposo la petición y, siendo niña y muy bella, se le fue
desde entonces amortiguando el color, enturbiándose el cabello, secándose-
le las carnes y mudándosele todas las facciones del rostro, quedando éste,
aunque venerable, desde aquel día desapacible a la vista. Pero entonces co-
menzó a ser más suya la hermosura, ¡pues cuando la luna pierda la luz que
la hermosea, entonces será suya, no habiéndolo sido hasta entonces! Luna
non dabit lumen suum;115 [Apostilla: Mateo 24, 29] al fin del mundo será
suya lumen suum, sólo porque la pierde non dabit.
Aun no lo digo por eso, sino por este caso que le sucedió en esta oca-
sión. La visitó su esposo Cristo, acompañado de tres vírgenes, las dos muy
blancas y la otra algo trigueña, pero todas como tres bellísimas gracias o
tres divinas beldades, que al parecer competían sobre el primado de la her-
mosura. Y conviniéndose todas en que Cristo, mejor Paris, fuese el árbitro
en la competencia, pronunció el Señor que la trigueña era más hermosa que
las dos. Y preguntándole Catarina quiénes eran las dos blancas y quién era
la trigueña, le respondió el Señor: “Mira, esta blanca y hermosa es santa
Inés; esta otra hermosa y blanca es santa Catalina mártir; esta trigueña eres
tú. Tú eres la más hermosa”. Sería porque no se oye que estas dos purísimas
vírgenes pidiesen perder la hermosura corporal, como lo pidió la trigueña
para asegurar la pureza, y en esta prerrogativa estaría la preferencia de la
hermosura. O fue para significar, con algún símil, que cuanto se había atra-
sado en la hermosura del cuerpo, había crecido en la del espíritu, cuanto ex-
cede un alma pura a un cuerpo muy hermoso; y que no por morena dejaba
de ser agraciada entre las que más, como si dijera: “Tú puedes decir: ‘Yo soy
morena, pero hermosa como los tabernáculos de Cedar; como las tiendas
de Salomón, [Apostilla: Cantares 1, 5] que sólo conoce su hermosura quien
penetra en su interior’”. Vean ahora si fue suya la hermosura cuando la
perdió: luna non dabit lumen suum.116
[212] Y si no lo han visto bien, mírenlo mejor en este espejo. Le dio
un día deseo de verse el rostro y, manifestándoselo a su esposo, le dijo:
“Pues mírate en mí”. Miró al Señor y vio en su pecho una niña hermosísi-
ma, tanto que, saliendo de sí, le dijo al Señor: “Pues si yo soy esa niña tan
linda, ¿cómo parezco a los humanos ojos fea, china y vieja?” Y quitándole
el Señor una como máscara que tenía sobre el rostro, se vio en sí misma tan
115 “La luna no dará su resplandor.”
116 “La luna no dará su resplandor.”
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hermosa y agraciada como se había visto en el espejo. Y olvidada de lo que
le había pedido, le replicó: “¿Pues por qué me has puesto de esta manera?”
Y el Señor le dijo: “Para que ninguno ponga los ojos en ti; porque de mí
sólo seas bien vista y muy querida”. Y bien así que en la luna todos pueden
poner los ojos, en el sol ninguno sin cegarse. Porque la luna se precia más
de hermosa que de escogida: pulchra ut luna;117 pero el sol, de tan escogido
para trono de sólo Dios, como es escogida el alma santa para tálamo del
celestial esposo: Veni, electa mea. Ponam in te thronum meum, quia concu-
pivit rex speciem tuam. Electa ut sol.118
TERCERA PARTE
[213] El modo de escogerla fue entrársele en su pecho, al lado del corazón,
ardiendo en él como un fuego vivo por tres días continuos, consumiéndole
todo apetito de sensualidad y dejándolo, como ella decía, todo bañado de
luces, cercado de resplandores como un sol. Y estando así, tan lucido, tan
al gusto de Dios, era de asombro a las inteligencias del cielo ver al mismo
Dios jugar y entretenerse con él. Y viéndolo Catarina, le decía: “Señor
mío, pues te regalas con mi corazón, dame el tuyo para que yo también
me regale con él”. Dilectus meus mihi et ego illi119[Apostilla: Cantares 2,
16] Y al punto se hallaba con el corazón de Cristo en sus manos o en su
pecho, se entretenía con él en amorosos y tiernos coloquios. Otras veces
veía el corazón de Cristo en forma de un bellísimo niño y el suyo como
una niña muy agraciada; y que los dos, como dos criaturas, se ponían a
jugar y a divertir con un entretenimiento inexplicable. Con esto ella se
derretía hasta desfallecer en los amores de su esposo; sin pensar de día ni
soñar de noche sino las perfecciones de su querido. Éste hacía con ella las
mismas finezas y demostraciones. Le daba músicas, hacía del embozado
ocultándose entre hermosas fajas de nubes, la aficionaba con celestiales
ternuras, diciéndole: “Niña de mis ojos, esposa de mi corazón”. Y como
si le pidiera celos cuando se encomendaba a los santos, le decía: “Bueno es
eso, Catarina. Y yo, ¿dónde estoy?” Se venía muchas veces a sus brazos,
sacándola de sí con arrobos extáticos. Y se hallaba con coronas de flores
117 “Hermosa como la luna.”
118 “Ven, escogida mía. Pondré mi trono sobre ti, porque el rey deseó ardientemente tu vista.
Escogida como el sol.”
119 “Mi amado es para mí y yo para él.”
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de singular hermosura, con anillos de piedras muy preciosas, con joyas de
margaritas120 inestimables.
[214] Y de esta comunicación tan del cielo, sacaba una respuesta a
las admiraciones de su confesor, que sólo podía darla quien hablaba en su
corazón. El caso era que se pasmaba su confesor consigo mismo de oírle
revelaciones tan frecuentes y tan maravillosas que, si no excedían, iguala-
ban las de la venerable doña Marina de Escobar,121 gastándose los días, los
meses y aun los años en oírselas. Y esto con una circunstancia notable, que
siendo en la conversación ordinaria bozal y muy cerrada, que apenas decía
un periodo bien seguido, en llegando a estos puntos se explicaba con tanta
elocuencia, con tal energía, con expresiva tan puntual, que parece o que sa-
lían de madre de los cuatro ríos del paraíso122 o que hablaba el coro de los
querubines. Y penetrando entonces el ánimo del confesor con aquel don de
hablar al interior de cada uno (en que fue admirable), le decía: “Pues mira
lo que te he dicho respecto de lo que dejo y no hay tiempo para explicar.
Es como si de infinitos montes fuera quitando a cada uno una sola piedrita
y dejara todo lo demás. ¿Cuánto me dejaría? Porque quiero que sepas que
no hay lugar en el cielo, ni en la tierra, ni en el mismo infierno, no se hace
cosa en el universo todo de que yo no te pudiera dar alguna razón [aquí la
respuesta], porque ese es el amor. Y como dos amigos de corazón no pue-
den tener una cosa secreta que no se la revele al otro, así Dios, habiéndome
dado el corazón, no me reserva cosa que no me manifieste. Y a nuestro
modo de entender, no se puede contener sin participarme cuanto pasa en el
universo”. Raro y singularísimo testimonio, adonde ni llega la ponderación
ni halla voces la oratoria.
[215] Ponderaba el padre espiritual qué tal estaría, según esto, el co-
razón de aquella alma, pues así se medía con el divino. Y respondiéndole
inmediatamente al pensamiento, le decía: “Está como corazón que corre
por cuenta y manos de mi Señora, porque yo se lo doy para que me lo lave
y purifique. Y así, purificado y limpio, se lo dé a comer a mi querido, que le
saben muy bien las azucenas. Y yo veo que lo lava, que lo limpia y se lo da.
[Apostilla: Cantares 2, 16] En una de estas ocasiones vi que, sin dárselo yo,
me lo sacó del pecho, y al presentárselo oí al padre eterno que, extendiendo
120 Es decir, perlas.
121 Venerable y mística española del siglo xvi.
122 En el Génesis, cuatro ríos místicos que manan en el Jardín del Edén, junto al Árbol de
la Vida.
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el brazo con la majestad de dios y con el cariño de padre, decía: ‘Venga ese
corazón para mí, que yo también lo quiero’”. ¡Oh, gran Dios! Adoro vues-
tra bondad y confieso que aquí se va a pique el entendimiento humano en
el piélago insondable de tanta dignación.
[216] No en balde se llama el sol, en buenas letras, corazón del cielo,
cor coeli [Apostilla: Coello Rhod, libro 24, capítulo 12], porque viene a ser
como su centro. Y el corazón de esta alma, como sol bañado de los rayos
de la divinidad, era el atractivo de cuanto bueno hay en el empíreo. ¡Qué
finezas las de la beatísima trinidad! ¡Qué ternuras las de un dios hombre!
¡Y qué favores los de una madre virgen! Aun antes de nacer ya la había es-
cogido para suya María, la Señora. En naciendo la recibió en sus brazos; su
crianza le costó un tesoro. En el bautismo la adoptó por hija; y para que lo
fuera a sus pechos, una vez en esa iglesia de santa Catalina, se los franqueó
con cariñosa liberalidad, convidándole con su purísima leche. Pero Catari-
na hundida en su nada, como solía, le daba voces: “¿Cómo, Señora, cómo
puede ser esto? ¿No os acordáis que me comprasteis con vuestras joyas
desde que nací? ¿Pues cómo hija? Esclava, esclava vuestra. Y aun de eso no
soy digna”. Y la respuesta era convocar a los celestiales espíritus para que
la festejaran como a hija muy regalada.
[217] ¡Ah! Y si los vierais en aquella romería que hizo de esta ciudad al
santuario de Cosamaloapan: ¡Cómo vierais que se renovaban en su camino
los prodigios de la salida de los hijos de Israel de Egipto! [Apostilla: Éxodo
13, 3; Salmos 113123] Iba por ese camino esta esposa del Altísimo y vierais a
los árboles, unas veces, que se inclinaban hasta el suelo en profundísima re-
verencia; otras que, alternándose con los montes, la entretenían con festivas
danzas. Las nubes mojando a otros caminantes con recios aguaceros, a ella
le hacían como un toldo de cristal para que no le tocara ni una gota. Los
ángeles, como rayos arqueros de este sol, unos iban por delante descom-
brándole de piedras el camino, otros secándole los ríos, otros igualándole
las quebradas, éstos llevándole del freno la cabalgadura en que iba, aque-
llos poniéndole en guarnición para que no la ofendieran los ladrones. Pues,
¿quién dirá las visitas del cielo, los éxtasis, los arrobos que tuvo, el largo
tiempo que estuvo en aquella santa casa?
[218] Sólo estas dos señoras, de la Congregación y de Loreto, pudie-
ron competir en las finezas. Luego que llegó a esta ciudad, se asentó en la
123 Corresponde al 114.
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congregación de la santísima Virgen y en la esclavitud de los cinco seño-
res.124 Y correspondía a esta fidelidad la Señora con darle muchas veces
aquel Niño para su consuelo, con decirle que para los demás congregantes
eran las migajas, pero para ella los platos más regalados de la mesa. Veía
subir desde aquellas sacratísimas manos al cielo sus oraciones en forma
de hilos de oro purísimo, de vapores de aromas muy deliciosos. Y a ese
paso se esmeraba en favorecerla la señora de Loreto, dejando tal vez aquel
trono por bajar a conversar con ella, con la familiaridad que una amiga
trata con otra. Extremándose tanto una y otra en estas asistencias, que le
llegó en una ocasión como a pedir celos la Señora de la Congregación de
la imagen de Loreto.
[219] Veían esto los soberanos espíritus. Y qué había de hacer su prín-
cipe y señor nuestro, san Miguel, sino asistirla como el más fiel vasallo de la
gran reina; ya acompañándola en las correrías que hacía en espíritu por este
mundo y ya llevándola al purgatorio para que sacara por su mano las almas
de sus devotos, presentando sus peticiones en el trono de la santísima Trini-
dad. Veían también estos favores los demás santos y se empeñaban todos en
favorecerla con tanta continuación, con extremos de amor tan singulares,
que sólo en decir sus nombres, en apuntar sus visitas, se nos iría el sermón
en una letanía muy larga. Pues al modo que, siendo innumerables los santos
y uno solamente el sol, todos quieren parecerse al sol, Iusti fulgebunt sicut
sol.125 [Apostilla: Mateo 13, 43] Así, siendo una sola esta alma y los santos
sinnúmero, todos la amaban como a semejante, la querían por escogida
como el sol: electa ut sol.
[220] Pero entre todos, según ella decía: “Los que más me favorecen
son los cinco señores y los santos de la Compañía”. ¡Oh! Y qué campo tan
inmenso se descubría aquí, o a la gratitud o a los obsequios de mi religión,
con esta alma santa que tanto le debió. Mi gran padre san Ignacio la tomó
por hija desde que recibió las aguas del bautismo, naciendo a la gracia en
los brazos de sus hijos. La acariciaba como padre, le enseñaba como maes-
tro, la reducía a su casa como pastor. En una ocasión lo vio en la iglesia
catedral hincado de rodillas, puestas las manos delante de una imagen de
la santísima Virgen, pidiéndole con instancia que no dejara salir de su casa
a Catarina, ni desamparara a sus hijos. Le acompañaba en estas agencias
124 Jesús, María, José, Ana y Joaquín.
125 Los justos resplandecerán como el sol.
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el grande apóstol de las Indias san Francisco Xavier, asistiéndole ordina-
riamente al lado. Y para sacarla a medida de su corazón, le infundió en el
suyo, un día de su fiesta en esta iglesia, aquel fuego con que se abrasaba
el apóstol en celo de las almas. Y ardió con tanta actividad que le hizo
clamar: “Satis, Domine, satis. ¡Basta, Señor, basta, que no puedo más, que
reviento!” Al entrar en esta ciudad, la recibió por hija de su espíritu el doc-
tísimo ilustrado varón, el padre Miguel Godínez, a quien se siguieron casi
sin interrupción los confesores que tuvo hasta morir, sin que se viera en esta
Sulamita otra cosa sino los coros que hacen compañía en el alma santa:
[Apostilla: Cantares 6, 12] Quid videbis in sulamite nisi choros castrorum?,
nisi societatem ad pugnam paratorum?,126 como trasladó Arias Montano.127
[Apostilla: Arias Montano, ibidem] Ni ella parece que veía otra cosa sino
los trabajos de la Compañía para llorarlos, los buenos sucesos para aplau-
dirlos, las almas de los suyos que salían de esta vida, o para acompañarlas
al cielo o para suavizarles las penas. Y al fin murió y descansa, para singular
ornamento de la Compañía, en manos de sus hijos; tanto que pudieron pre-
guntar los ángeles: “¿Quién es ésta que sube en compañía de su esposo, que
es Jesús? Quae es ista quae ascendit de deserto associata dilecto?128 [Apos-
tilla: Apud Cornelio, hic.] —como lee el hebreo—. ¿Quién es ésta que sube
de virtud en virtud, rodeada de un orden que es la compañía del Dios de los
ejércitos?: Quae es ista quae progreditur ut castrorum acies ordinata?”129
CUARTA PARTE
[221] Sino sea que lo digan por el escuadrón bien ordenado de sus virtudes.
Porque si éste se compone de estrellas, como juzga nuestro Alcázar [Aposti-
lla: P. Alcázar, Sobre Apocalipsis 12], las estrellas se llaman virtudes del cie-
lo en el evangelio, virtutes coelorum commovebuntur.130 [Apostilla: Mateo
24, 29] Y la primera que se descubre a la vista es la que está más cercana al
polvo. ¿Quién diría que un espíritu tan elevado había de ser tan profundo,
que unas ilustraciones tan claras se habían de fundar en una humildad tan
abatida? ¿Quién supiera que se hermanan bien las estrellas más brillantes
126 “¿Quién verá en la Sulamita sino los coros de los campamentos alistados?, ¿sino la compa-
ñía para el combate?”
127 Benito Arias Montano, escritor políglota español del siglo XVI.
128 “¿Quién es ésta que sube del desierto apoyada en su amado?”
129 “¿Quién es ésta que surge imponente como batallones?”
130 “Las virtudes de los cielos serán conmovidas.”
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con el polvo más abatido?, sicut stellas coeli, sicut pulverem terrae.131
[Apostilla: Génesis 26, 4] Se llamaba gusanillo vil, indigno aun de arras-
trarse por la tierra; bestia indómita que había menester tres confesores, uno
que la enfrenara, otro que la enjalmara132 y otro que la picara. Vivió algún
tiempo, recién venida a esta ciudad, en un aposentillo desacomodado, ve-
cino a una caballeriza; con tanto gusto suyo que, intentando mejorarla de
habitación, se resistió cuanto pudo, diciendo que una bestia estaba en su
lugar junto a otras bestias. Lo mismo diría la estrella más hermosa que se
vio en el mundo: Ilustrior caeteris, pulchrior quae syacribus,133 [Apostilla:
San León, Sermón I, De Epiphania]; que dijo san León que al estar junto a
una caballeriza, al ponerla junto a las bestias de un establo, ubi erat puer,134
causaba singular alegría e igual admiración a cuantos la miraban gavisi
sunt,135 etcétera. [Apostilla, Mart., versos 9 y 10] A este modo y con esta
alegría, por llevar la suya adelante esta sierva de Dios, el modo de proponer
lo que Dios le daba a sentir era éste: “Esto vi, esto entendí. Ahí te lo dejo,
que yo soy una bestia que no sé nada”. Hasta los últimos días de su vida
conservó en su corazón un temor grande de su eterna condenación y de
aquí procedía el sentimiento excesivo de que la tuvieran por virtuosa y que
se encomendaran en sus oraciones. Y para evitar este concepto, pidió a
sus padres espirituales que no le permitieran comulgar a menudo. De aquí
aquel resistirse, como nuestro padre san Pedro, a los favores del cielo; di-
ciendo muchas veces al Señor: “Exi a me, Domine, quia peccator suum”,136
[Apostilla: Lucas 5, 8] hasta llegar a quejársele Cristo de su esquivez. De
aquí el andarse escondiendo, sin atreverse a parecer entre gentes en su casa,
retirada en el rincón de un aposentillo o en la cocina entre las criadas de
servicio; en la iglesia, ya la vimos por los rincones, por entre las bancas.
De aquí el decirle muchas veces al Demonio que ella era peor que todo el
infierno junto, pues habiendo recibido más, era más ingrata. De aquí aquel
respeto profundísimo a los sacerdotes, obligándolos a que le dieran la mano
para besársela, besando muchas veces con grande devoción la tierra donde
habían puesto sus plantas.
131 “Como las estrellas del cielo, como el polvo de la tierra.”
132 Que la aparejara, como a una bestia de carga.
133 “Más brillante que las otras, más hermosa que el aire.”
134 “Adonde estaba el niño.”
135 “Se regocijaron.”
136 “Aléjate de mí, Señor, pues soy un pecador.”
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[222] Y, por decirlo todo, de aquí aquella obediencia puntal a sus con-
fesores; que de ella pudieran aprender puntualidades los mismos astros, que
se precian de tan obedientes que apenas oyen la voz de Dios que los llama,
cuando al punto responden con una puntualidad de los cielos y no pare-
ce que viven sino de obedecer: Stellae vocate sunt et dixerunt: adsumus.137
[Apostilla: Baruc 3, 38138] No hacía acción, no admitía pensamiento que no
fuese regulado por la obediencia. Si había de salir de casa, si visitar alguna
iglesia, si rezar en este o en aquel altar, si emprender alguna acción, aunque
fuera de muy poca importancia, lo había de saber todo y gobernar su con-
fesor; y con su orden no había materia ardua a su gran deseo de obedecer.
Estaría muriéndose sin poder pasar una sola gota de agua y le dirían que era
gusto de Dios y orden de su confesor, verían cómo se le abrían las ganas para
cuanto le pusieran delante; y a la contra, entendiera ella que no era conforme
a la orden de su padre de espíritu y verían cómo, aunque se viniera todo el
cielo abajo, aunque se empeñaran las virtudes angélicas, no la harían dar un
paso adelante. Una vez, comulgando en este altar otras personas, la exhor-
taron los ángeles a que llegase también a recibir la sagrada comunión. Y ella
respondió: “Que sí hiciera, pero que no tenía licencia de su confesor”.
[223] Otra vez, oyendo misa en el altar de la Congregación, le decían
que pusiera sus oraciones en manos de los santos que están en él, para que
las presentaran a Dios por no sé qué necesidad. Y respondió la sierva del
Señor: “Que le parecía muy bien, pero que se lo diría a su padre espiritual
y haría lo que le mandara”. En señal de que era agradable a los celestiales
espíritus esta resignación, oyó que le daban una música suavísima por entre
aquellos lienzos. Y por dejar otros casos de esta materia, baste para pon-
derar su obediencia el que le sucedió con un confesor interino. Le mandó
éste que no rezara, por la grande debilidad que padecía de cabeza. Y tomó
la orden tan a la letra, tan a ciegas, que apareciéndosele afligidísimas, como
solían, las ánimas del purgatorio, pidiéndole de rodillas, enclavijadas las
manos, con grandes ternuras y lástimas, que pidiese por ellas al Señor, no le
pudieron sacar un solo avemaría. Y eso aunque se hicieran pedazos las cam-
panas al tiempo de tocar las avemarías a sus horas, hasta que tuvo permiso
para rezar. Quien conoció su corazón ternísimo, aun con los brutos, tendrá
ésta no sólo por obediencia ciega sino por mortificación excesiva.
137 “Las estrellas fueron llamadas y dijeron: aquí estamos.”
138 Corresponde al 35.
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[224] Pues en esta virtud, ¡ay, Dios de mi vida! ¡Qué tal fue! Si la hu-
biera visto san Juan, en cierto modo diría que antes del juicio universal ya
estaba el sol cargado de cilicios, la luna toda ensangrentada, las estrellas
arrojadas por el duro suelo. Sol factus est níger, tanquam saccus cilicinus,
et luna facta est tota sicut sanguinis, et stellae ceciderunt super terram.139
[Apostilla: Apocalipsis 6, 12] Desde su niñez hasta su ancianidad no se le
cayeron del cuerpo tres cilicios bien ásperos. Y como si esto fuera poco, se
valía de agujas, de alfileres, de rosetas con puntas de hierro que se atrave-
saba por todo el cuerpo, de cordeles de cáñamo nudosos, de cadenillas de
hierro, desiguales y agudas, con que se apretaba los brazos, los muslos y
la cintura. Sus disciplinas de cada día no las contaba por golpes de uno en
uno, sino de treinta y tres en treinta y tres. Treinta y tres por los años que
vivió su esposo en el mundo. Otros tantos por los agonizantes, otros treinta
y tres por los pecadores. Y así los iba repitiendo hasta que caía desmayada y
sin sentido sobre una grande balsa de su propia sangre que hacía a sus pies,
si antes los ángeles (como sucedió muchas veces) no le quitaban la discipli-
na de las manos.
[225] A alguno le parecería que era aliviarle las penas este interpo-
nerse los ángeles para irle a la mano en su penitencia sangrienta. Y no
verá, dice san Clemente Alejandrino, que aquél ponerse de por medio un
ángel en el sacrificio de Abraham, deteniéndole el brazo para que no se
ensangrentara en la víctima: Non extendas manum tuam super puerum,140
[Apostilla: Génesis 22] no era excusar del todo el martirio sino acrecen-
tar el tormento; porque, de no ser muerto Isaac, había de morir Cristo, y
el impedir aquel sacrificio era por dar lugar a más acerba pasión: Solum
modo Isaac non passus est, qui primas passionis partes Verbo cesserit.141
[Apostilla: Libro I, Prae. Cap. 5] Así pues, se veía Catarina impedida de
los ángeles a proseguir su penitencia. Y teniendo por castigo del cielo el
estorbarle la ocasión de mortificarse, decía a su confesor: “No sé qué es
esto. Mano invisible es la que suspende el azote. Castigo debe ser de mis
pecados, que impide mi penitencia”.
139 “El sol se puso negro como tela de cilicio y la luna toda como sangre y las estrellas cayeron
sobre la tierra.”
140 “No extiendas tu mano contra el niño.”
141 “Isaac no padeció, a condición de que haya cedido el lugar a las primeras porciones de la
pasión al Verbo.”
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[228]142 Y bien así, porque verse sin penitencia era la pena mayor
que se podía dar a un alma que vivía de martirizarse, que sólo le sabía
lo que sabía a mortificación. Tal vez se le antojó comer una fruta muy
deliciosa de la tierra y al instante se halló con dos de ellas en las manos;
y cuando más le picaba el gusto y le lisonjeaba el apetito, le dijo a María:
“Señora, ¿pues esta bestia había de comer cosa tan buena? Eso no”. Y
como otro David: Libavit eam Domino,143 prosiguió: “Tómala tú, Señora,
y preséntasela a tu hijo”. Y la madre las tomó en sus manos y las ofreció
a su hijo. Aceptándolas el Señor, hizo del que quería partirlas y, como si
quisiera comerlas, mostró saborearse con el regalo, más suave entonces
con el sainete de la mortificación que traía. Pues, ¿cómo no había de gus-
tar de lo que era padecer, si así brindaba al gusto de su esposo con lo que
se mortificaba el suyo? Así lisonjeaba al oído con negarse a las músicas
suaves, dándole en rostro, si no eran las sagradas en que sólo se divertía su
espíritu. Así entretenía la vista, apartándola de cuanto la podía entretener
con recreo. Así suavizaba el olfato con privarlo de los aromas y olorosos
perfumes que podían recrearlo.
[229] Los días que el mundo anda más divertido en sus locos entreteni-
mientos, ella se encerraba en un oratorio a llorar las ofensas que causaba a
su esposo la diversión del tiempo. Y agradándose el Señor de su retiro, ba-
jaba muchas veces con sus ángeles a darle celestiales músicas y desquitarse
con ella de los agravios que le ocasionaba el mundo. Su vestido era tan mo-
desto como humilde, cortado al talle de su mortificado espíritu. El más po-
bre, más grosero, sólo para resguardo de la decencia, nunca para reparo de
la salud; siendo necesario que sus padres de espíritu anduvieran sobre aviso
para que el deseo de mortificarse en el vestido no le fuera de grave perjuicio
a su complexión delicada. Su regalo jamás pasó de unas yerbas mal cocidas,
aun fuera de la cuaresma; siendo su comida un perpetuo y rigidísimo ayuno
todo el año, sin probar carne si no era cuando le apretaban las enfermeda-
des. Aunque su vida ordinaria era una enfermedad continua, complicada
de penosísimos achaques, con agudísimos dolores que causaban pasmo a
los mismos médicos que la curaban. Su cama era el duro suelo o una tabla
desigual, disimulada entre día con un trasportincillo144 que apartaba a la
142 A partir de este momento, en el original, hay problemas con la numeración de las entradas
de los parágrafos. Para evitar confusiones, se decidió dar continuidad secuencial a la numeración.
143 “La ofreció al Señor.”
144 Colchón pequeño que reforzaba por debajo el colchón de la cama.
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noche para dormir muy poco tiempo, a raíz de su aspereza. Finalmente, era
tal su penitencia, era tan ingeniosa en buscar modos de martirizarse, que su
confesor, movido de compasión, le solía decir: “¿Qué te ha hecho ese pobre
cuerpo para que lo trates tan mal? Déjalo descansar un poco, siquiera para
que tengas cuerpo qué maltratar en lo que te falta de vida”.
[230] Pero, sobre todo, eran aquellas sequedades de espíritu que solía
padecer y aquellos retiros de Dios, que le arrancaban el alma, aquellas no-
ches funestísimas que le ponían el corazón como entre dos peñas. Y siempre
con una conformidad angélica, sin oírsele entre tantas angustias más que
este desahogo para templar su tormento: “¡Ay, Dios de mi vida! ¡Ay, bien
de mi corazón! Ahora no te veo, pero yo me acuerdo que te vi”. Y el Señor,
como de muy lejos, como asomado allá por entre canceles, le preguntaba:
“¿Y cómo me viste, Catarina?” Y ella entonces, enfervorizada como un se-
rafín, con una elocuencia del cielo, iba diciendo los capítulos enteros de los
Cantares de Salomón, llenos de ternísimos afectos de divina caridad.
[231] Ni podía ser menos, porque el escuadrón de las estrellas, virtudes
del cielo, iba bien ordenado: Acies ordinata; y ordinata es pasiva de ordina-
vit; pues, ¿de quién piensan que fue ordenado, ordinata, sino de quien or-
denó en ella la caridad? Ordinavit in me charitatem,145 [Apostilla: Cantares
2, 4.] vínculo y corona de las virtudes. La que tuvo con Dios ya la vimos.
La del prójimo llegó a aquel extremo adonde llegó el ardor de san Pablo,
deseando estar sin Dios porque lo gozasen sus hermanos. [Apostilla: Epís-
tola a los romanos 9, 3] Se venía el Señor a su corazón y se estaba en él por
meses enteros. Y pareciéndole a aquella su gran candidez de ánimo que por
estarse con ella haría falta a otras almas, lo echaba de sí y le decía: “Que se
fuera a consolar a las otras pobres, que no había de ser todo para ella”. Por
sus ruegos, cuando salía el Señor sacramentado a visitar algún enfermo, iba
echando bendiciones a las calles, a las puertas y personas que encontraba.
Y si alguna vez se había pasado el Señor sin haberlo ella visto, salía aprisa a
la puerta y le daba voces: “Señor, Señor, ¿cómo os vais sin bendecirnos?” Y
veía que el Señor volvía desde las manos del sacerdote y la bendecía a ella y
a los presentes. Y si echaba de ver (como sucedía algunas veces) que el Señor
torcía el rostro a alguna persona o no quería mirar a alguna casa, se deshacía
en lágrimas, hasta que conseguía la enmienda de aquellas personas y que el
Señor las mirara con buenos ojos y no las privara de su bendición celestial.
145 “Me dispuso para la caridad.”
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[232] Ardía como un fuego por la salvación de sus prójimos, y se ati-
zaba este fuego con ver a los pecadores, según el estado que entonces te-
nían sus almas, en desgracia de Dios por la calidad de sus culpas. A unos
veía como animales inmundos revolcándose en el cieno asqueroso; a otros,
rodeados de pies a cabeza de víboras venenosas; a otros, abrazados de los
demonios; a otros, ardiendo en llamas vivas del infierno. Se le mostraba el
Señor unas veces azotado, otras escupido, otras arrastrado, otras coronado
de espinas. Y saltándosele las lágrimas de los ojos, prorrumpiendo en suspi-
ros del corazón y en ternuras de su alma, le decía: “¿Qué es esto, amado y
querido mío, escogido entre millares? ¿Quién os ha puesto así?” Y el Señor
le respondía: “¿Pues no ves a fulano, a éste y aquel, cuál me ponen?” Y lue-
go se le representaban unos que lo molían a coces, otros que lo desgreñaban
a repelones,146 otros que lo azotaban sin piedad, otros que lo coronaban de
espinas (¡Ay, fieles de mi vida! No os parezca sólo visión imaginaria de un
alma arrobada, que san Pablo os dice [Apostilla: Epístola a los hebreos 6, 6]
que es una verdad católica el que vuestras culpas hacen con el hijo de Dios
impasible lo que hicieron los judíos en su humanidad pacientísima). Se le
mostraba la llaga del costado manando pestilentes gusanos. Y convidándo-
la el Señor con este plato, como a nuestro padre san Pedro con el otro vaso,
venciendo la repugnancia se abalanzaba a él con tal ímpetu, se lo comía con
tantas ganas, que solía preguntar después a su confesor si podría comulgar
por haberse desayunado con este almuerzo tan sustancial.
[233] Todo esto le movía a pedirle al Señor trabajos por los pecados
ajenos. Y los padecía tales, con tanta intención, con tan vivo sentimiento,
que la obligaban a quejarse con frecuencia a su esposo, diciéndole: “¿Qué
he hecho yo para padecer tanto?”. Y el Señor le respondía: “Pues, hija,
¿para qué pides por tantos?”. Y para animarla a proseguir en la empresa,
unas veces le daba la mano, otras se la ponía por acerico debajo de la ca-
beza para que se recostara en ella. Cobrando aliento con esto, volvía una y
otra vez a pedir dolores y los padecía hasta hacerle sudar sangre. Y viéndola
el Señor en esta agonía, la confortaba con decirle: “¡Ea, Catarina! Pide más.
Saca más sangre de mis venas, pues te he hecho despensera de mi sangre”. Y
aprovechándose de la liberalidad de su amado, entraba las manos en el cos-
tado de Cristo. Y sacándolas llenas de sangre, se llenaba con ella la boca y
se bañaba todo el cuerpo. Y sacando de nuevo más sangre, se iba en espíritu
146 Tirones de pelo.
238 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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por ese mundo, unas veces acompañada de la santísima Virgen, otras del
príncipe de la milicia celestial, san Miguel, otras del esclarecido patriarca
santo Domingo, y otras muchas más de mi gran padre san Ignacio. Y así
iba rociando con aquel licor divino a los gentiles, a los herejes, a los malos
cristianos y a cuantos encontraba. Y veía que con cada gota de éstas que
caía, si tocaba algún gentil, luego pedía el bautismo; si algún hereje, luego
se reducía; si algún mal cristiano, al punto se enmendaba. Y por este medio
hizo maravillosas conversiones, sin número ni ponderación, en esas misio-
nes y en todo ese mundo; pues hasta los montes, hasta las piedras y todos
los insensibles daban muestras de alegrarse con este rocío celestial.
[234] Y como las estrellas brillan más en las noches más oscuras, era
más ardiente su caridad en la noche triste del purgatorio. Pues al bajar a
ese lugar era para enternecer; como así que la sentían aquellos dichosísi-
mos prisioneros, le gritaban con gemidos y sollozos nacidos de su congoja:
“¡Echa, hija, echa más! ¡Aquí, Catarina, aquí! ¡A mí, por amor de Dios!” Y
ella, compadecida y lastimada, se volvía a su esposo y le decía: “Mira estas
pobres, Señor”. Y el Señor le respondía: “Pues saca las que quisieres”. Y al
punto, rociándolas con la sangre de nuestra redención, salían como enjam-
bres tupidísimos por esos aires, a poblar las sillas de los ángeles apóstatas.
Y esto era sin las innumerables almas que le venían acá a pedir socorro, cer-
cándola por todas partes como ejércitos, poniéndosele de rodillas delante,
sin dejarla dar paso hasta que les recababa absolución de sus penas. Y lo
cierto es, que parece que no la tenía Dios para otra cosa en el mundo sino
para enviar almas al cielo y sacar almas de pecado.
[235] Del purgatorio bajaba al infierno a visitar con gran pena de su
espíritu a aquellas infernales mazmorras, viendo con asombro suyo los
exquisitísimos tormentos que dispone la divina justicia para castigo de las
culpas. Y aunque no podía aplicar la misericordia a las caídas, usaba de in-
tercesión para las que iban a caer. Una vez vio que se iban precipitando tres
almas y, asustada y compadecida, se volvió a su querido y le dijo: “¿Cómo
es esto, Señor? Que yo tenga en mis manos la sangre de vuestras venas y
se hayan de perder estas miserables”. Y con el beneplácito de su esposo se
fue en espíritu desalada por la una; la sacó del peligro a salvamento. Volvió
por la otra y la puso en seguro. Iba por la otra y, por haberla perdido de
vista, receló (¡oh, dolor!) se la hubiese tragado el abismo. ¡Cuál quedaría
su afligido corazón, deseoso de que ninguno se condenara, y que se enter-
necía aun de ver maltratar a los brutos, pues hasta a éstos se extendió su
grande caridad!
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 239
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[236] Sobrada prueba de esto es lo que le sucedió, entre otras, en una
ocasión. Era forzoso matar un perrillo de casa por algún perjuicio que
daba. Y sabiendo cuánto sentía la sierva de Dios que hicieran mal, aun a
los animales, lo sacaron al campo y allí, a palos y a pedradas, le quebra-
ron la cabeza hasta que se le saltaron los ojos y sembraron los sesos por
el suelo, arrojando a un muladar lo que quedaba. Echó menos al perrillo
esta alma santa, y sospechando lo que podía ser, le pidió a su esposo que se
lo trajera como quiera que estuviera, que ella lo curaría. Perseveró en esta
petición ocho días y al fin de ellos (¡caso raro!) entró el perrillo bueno y
sano, haciéndole mil fiestas como en agradecimiento del beneficio. Otra vez
encontró en esa calle un perro muerto, dividida la cabeza del cuerpo por
haberle pasado una carreta por encima. Y movida a compasión hizo que se
lo llevaran a su casa, y puesta en oración por la vida del perro, se levantó
éste, con asombro de todos, vivo y sin señal de su tragedia pasada.
[237] Esto he dicho para que después no os haga fuerza si os contaren
la salud milagrosa que ha dado y va dando a muchos enfermos, de que pue-
den ser testigos muchos de los presentes. Lo mucho que le debe la cristian-
dad, especialmente en las victorias que ha tenido del turco en estos años,
donde se ha hallado animando con interiores y eficaces socorros al ejército
católico, y al mismo tiempo describiendo acá el estado de la batalla y los
progresos de sus victorias. Lo que ha favorecido a la monarquía de España
y a este reino, especialmente en conducirle las flotas a quienes ha asistido en
espíritu hasta esta última. Y de aquí sacarán cuánto deben esta ciudad, sus
dignísimos prelados, sus bienhechores y las personas de su devoción.
[238] A la caridad se reduce la limosna y en ésta se señaló tanto, que
baste con decir que siendo una pobre que vivía de la limosna que le daban,
sin pedir jamás para sí cosa alguna, dejándose a la mano de Dios, como
las siete estrellas del Apocalipsis, habebat in dextera sua stellas septem;147
[Apostilla: Apocalipsis 1, 16] con sólo las limosnas que ella dio en su vida se
podía acreditar de gran limosnero el hombre más acaudalado; pues faltán-
dole muchas veces para sí, jamás le faltó en su arca o en su bolsa, con sin-
gular milagro de la providencia, dinero qué dar de limosna. Y para darla no
esperaba que los pobres vinieran a pedirla sino que ella salía a buscarlos, y
se las daba con tanta alegría, que parece que éstos le hacían la limosna a ella
con recibirla; al modo que la mujer fuerte, cuando abre la mano para dar la
147 “Tenía en su diestra siete estrellas.”
240 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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limosna al pobre, manum suam aperuit inopi,148 [Apostilla: Proverbios 31,
20] extiende sus dos palmas, como para recibir la limosna, sólo con que le
acepte la suya el pobre: Et palmas suas extendit ad pauperem.149
QUINTA PARTE
[239] Pues todo este ejército bien guarnecido de estrellas, bien ordenado de
virtudes, tan humilde, tan obediente, tan mortificado, tan caritativo, ¿quie-
ren ver cuán terrible era, cuán poderoso al infierno?; como glosa Ruperto:
Daemonibus terribilis, ut castrorum acies ordinata?150 [Apostilla: Ruperto,
ibidem] Pues escúchenme un poco. De catorce años empezó la guerra con el
príncipe de las tinieblas y éste a ponerle en armas las legiones del infierno,
en figuras visibles de ejércitos armados, de enjambres de áspides venenosas,
de manadas de bestias fieras. Y la acometían con tal ímpetu, con tanta vio-
lencia, que agotaban en ella los tormentos de los mártires y cuantas penas
caben en el infierno, fuera de la eternidad. Y el modo de vencerlos, unas
veces era sufrir sin hablar una sola palabra, con una tolerancia indecible.
Otras veces, luego que los veía venir, les decía: “¡Ea, venid, bestias fieras, si
traéis licencia de vuestro creador y mi redentor! Aquí estoy a vuestros pies,
aquí tenéis mi cabeza y todo mi cuerpo para que lo castiguéis como merecen
mis grandes culpas. Pero, si os falta la licencia, ¿quién como Dios? ¡En su
nombre idos todos al infierno!” Y al punto, atropellándose, caían de golpe
unos sobre otros en sus infernales mazmorras.
[240] En esta alma creció tanto este poder contra los demonios que ya
en los últimos tercios de su vida, estaban tan tímidos estos espíritus que
unas veces le pedían treguas, aunque nunca se las concedía. Otras, estaban
tan corridos que no se atrevían a acometerle cara a cara, sino por artes
invisibles y ocultas invasiones; pero el Señor, para confundirlos, les hacía
que se le hicieran presentes en formas perceptibles. Entonces ellos llegaban
temblando, cabizbajos, avergonzados, confusos, sin atreverse a levantar los
ojos, sin osar mirarle a la cara; y más cuando oían la reprensión en que
los trataba de embusteros, cobardes, flacos, torpísimos. Y con el trueno de
esta voz bajaban como unos rayos, viéndolos ella misma, desde la superficie
hasta el mismo centro de la tierra.
148 “Abrió su mano al pobre.”
149 “Y extiende sus palmas al menesteroso.”
150 “Terrible a los demonios, como ejércitos en formación.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 241
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[241] Y esto no sólo era allá en su aposentillo, sino cuando salía en
cuerpo o en espíritu por las casas y calles de la ciudad, por las provincias,
por los reinos y por los rincones de todo el mundo, viendo con grande lás-
tima suya las trazas, los enredos, las tentaciones con que derriban a los mí-
seros mortales. Y apenas la divisaban cuando, corridos y confusos, se hun-
dían en sus profundas hogueras; y si alguno más obstinado se le encaraba y
resistía (como sucedió con un demonio que, puesto en el árbol mayor de un
navío, concitaba una brava tempestad a una flota al entrar en la Veracruz),
ella, con valor de una potestad angélica, le embestía para pelear cuerpo a
cuerpo, diciendo: “Si Dios conmigo, ¿quién contra mí?”. Y lo estrujaba en-
tre sus brazos, lo molía entre sus manos y después, a puntillazos y a golpes,
lo arrojaba hasta los mismos infiernos.
[242] ¡Quién tal dijera! ¡Quién tal pensara! Que una viejecita enferma,
débil, hecha un esqueleto, había de ser un ejército tan formidable: Terribilis
ut castrorum acies ordinata? Lo diría quien era como ella, porque el día se
entiende muy bien con el día; así como la noche da a conocer la noche. Dice
David: Dies diei eructat verbum, et nox nocti indicat scientiam.151 [Aposti-
lla: Salmos 18, 2152] Nos lo dijera hoy si viviera, aquel oráculo de santidad
en nuestros tiempos, singular blasón de esta nobilísima ciudad de los Án-
geles, su patria, la venerable madre María de Jesús, hermana melliza en el
espíritu de Catarina (¡ojalá y lo fuera en la beatificación!). De catorce años
era esta sierva de Dios cuando empezó a luchar con los demonios, según
dijimos, y a ese mismo tiempo empezó la comunicación con la venerable
madre María de Jesús; y estando esta religiosa virgen allá en su celda, veía
a Catarina pelear acá con valentía con los espíritus infernales. Otras veces
la veía hincada de rodillas en aquel altar de la Congregación y oía a aquella
gran señora que le decía a su niño: “Hijo, mira por Catarina, que es mi hija
querida”. Y el soberano niño inclinaba la cabeza en señal de que concedía
la petición. Otra vez la vio que, pidiendo licencia al Niño Dios para irla a
visitar, bajó el niño de los brazos de su madre a los de Catarina, y dándole
un estrecho abrazo, le dijo: “Anda y dale este abrazo en mi nombre”. Y
eran tan frecuentes estas visitas, tan del agrado de las dos, que sólo para
ver a Catarina despacio, tenía reja sin escucha153 la venerable madre todas
las veces que quería. Y estando a solas las dos, se le pasaban a la esposa de
151 “Un día emite la palabra a otro día y una noche a otra noche declara la sabiduría.”
152 Corresponde al capítulo 19.
153 Es decir, acceso libre y sin vigilantes.
242 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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Cristo las mañanas y las tardes enteras sin quitar los ojos de su querida
Catarina, viendo en ella un no sé qué que la tenía embebecida, arrobada,
suspensa, sin acertar a hablar palabra. Después que volvía en sí, le decía:
“¡Ay, niña! ¡Si supieras lo que has de padecer por Dios y por el mundo!”
[243] Y qué bien se lo pagaba Catarina. Pues, fuera de otras finezas
de verdadera amistad, en una ocasión que se vio desahuciada la esclarecida
virgen María de Jesús de una enfermedad gravísima, le pidió Catarina a su
esposo que le diera salud a su querida. Diciéndole el Señor: “¿Pues no ves
que ya no puede vivir naturalmente?” Ella instó: “Pues sea sobrenatural-
mente, que para ti lo mismo se es lo uno que lo otro”. Respondió el Señor:
“Pues sea enhorabuena. Porque tú me lo pides, yo le añado cinco años
más”. Y se puso a escribir, como quien añadía cinco años más en el libro de
la vida a la que se le contaba la vida por instantes.
[244] Y de aquí era aquel altísimo concepto que tenía esta ilustrada
virgen del espíritu de Catarina, aquellas ponderaciones, aquellos encare-
cimientos con que hablaba de su santidad. Y si aún después de exagera-
ciones no acababa de decir quién era Catarina, si aún después de haber
dicho con admiración los ángeles que era como la aurora, como la luna
hermosa, como el sol escogida, como escuadrón bien ordenado; aún pre-
guntan en su muerte, asombrados de su santidad prodigiosa: “¿Quién
es esta que sube del desierto al empíreo? Quae est ista quae ascendit de
deserto?” ¡Qué me afano yo! ¡Qué os canso a vosotros en querer deciros
quién es esta! Quae est ista?
SEXTA PARTE
[245] Dígalo Dios, que lo sabe. Lo dirá algún día (como lo espero) el orácu-
lo de la Iglesia, que no será la primera profecía suya que se cumpla después
de su muerte. Pues, por dejar otras maravillas de su vida, sólo os digo que
todo cuanto ha pasado en su muerte y entierro, lo tenía visto con luz del
cielo mucho tiempo antes, al modo que el sol conoce su ocaso aun antes
que se llegue, sol cognovit occasum suum,154 [Apostilla: Salmos 103, 19155]
y el modo es ver cuanto pasa en su funeral. Pues el ver a la luna y a las es-
trellas es hacerlas lucir, y hacerlas lucir, dice san Zenón Veronense, en ver
154 “El sol conoció su ocaso.”
155 Corresponde al 104.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 243
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encendidas las luces de su túmulo y celebradas con pompa sus funerales
exequias: Stellae praecipites labuntur e coelo, et a tergo longo flammarum
albescentium tractu funereae facis solemnitate, quasi quibusdam deducun-
tur exequiis: sol eadem die, qua nascitur moritur.156 [Apostilla: Sermón de
Resurrección] Pues así esta alma, como el sol escogida, vio muchos años
antes cuanto ha pasado en sus honrosas exequias, con otras maravillas que
iremos viendo en adelante.
[246] ¡Oh! Y si yo pudiera hacer que todo este gravísimo y numerosí-
simo concurso, que todo el mundo universo viera y leyera lo que yo he vis-
to y leído por estos ojos, en una relación seguida por el orden de los años,
de los meses, de los días y aun de las horas, según Dios le iba revelando las
cosas venideras y ella refiriendo a su confesor; donde, llegando al año de
setenta y ocho, se lee este renglón: “A principios de este año de setenta y
ocho, dijo el Señor que de allí a diez años había de morir”. Háganme ahora
la cuenta, ¿cuántos años van de principios de setenta y ocho a principios
de ochenta y ocho? Vean si se cumplió la profecía a la madrugada del día
cinco de enero de este año de ochenta y ocho, víspera de la adoración de
los reyes del Oriente, sus progenitores; en que puso como el fénix de la
Arabia, ave del sol, el sepulcro lucido de su ocaso, donde tuvo la real cuna
de su Oriente. Con esta noticia de su muerte empezaron con vehemencia a
conturbarle los temores de su condenación. Y para asegurarla el Señor, le
prometió su asistencia, la de su madre santísima y la de los cortesanos del
cielo; y le mostró un ataúd ricamente aderezado (que sería como aquel con
que la enterramos), y alzando un precioso telliz157 que lo cubría, se vio en él
difunta. Pero, no distinguiendo la mortaja, preguntó cuál había de ser ésta
y le respondieron que sería una túnica de Jesús, aunque algunos lo repug-
narían (vayan oyendo los que se hallaron presentes, que yo no hago más
que ir contando lo que leí). Luego vio como un aposento sembrado de flo-
res y rosas hermosísimas, y en él, el lugar de un sepulcro que le dijeron era
para su cuerpo. Si los niños no son flores, sino son rosas los inocentes que
la acompañan en aquella bóveda, borren los testimonios de las escrituras
sagradas, enmienden las inteligencias de los padres o desmientan a nuestros
mismos ojos, que ven con frecuencia esparcir flores en aquel aposento al
156 “Las estrellas que se deslizan precipite desde el cielo y por detrás de la larga extensión de
blancas llamas, de la solemnidad de las antorchas fúnebres, por así decirlo, son conducidas con tales
exequias: el sol muere en el mismo día que nace.”
157 Capa grande.
244 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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enterrar los niños. Varias veces le dijeron que la habían de enterrar en el
colegio del Espíritu Santo, al lado derecho del altar mayor y a las espaldas
del altar de la Congregación. Y bien saben muchos de los que me oyen cuán
lejos estuvimos de eso, qué empeños hubo por otros sepulcros y cómo, sin
sentir, se allanaron las dificultades en contra. Cómo siendo ésta la sepul-
tura más olvidada y que a ninguno se le había ofrecido, se dispuso no sé
cómo que se enterrara en ella; y es que contra Deum non est consilium.158
[247] Y piensan que aquellos concursos atropados, despoblándose has-
ta los contornos de la ciudad y toda la comarca; que aquellas espesas olas
de gente que iban y venían por dos días continuos, que entraban y salían sin
cesar, de día y de noche en su casa, rompiendo las chapas, quebrando los
cerrojos, derribando las puertas por poder besarle las manos y los pies, por
tocarle los rosarios, hasta desnudarla dos veces de su mortaja para llevar
sus pedazos, reliquias de su virtud; intentando muchas veces, con piadosa
temeridad, cortarle los dedos y las carnes de su cuerpo, sin que la autoridad
de los prelados, con sus mandatos y presencia, sin que la violencia de la jus-
ticia con sus ministros, con sus soldados y con sus armas, pudieran detener
los excesos de vuestra devoción; que aquel copiosísimo y nunca visto gentío
de dentro y fuera de la ciudad, que vimos apretar el aire por esas cuatro
calles, por esos balcones y azoteas, por toda esa plazuela, por todo este ca-
pacísimo templo, sin dejar paso al lucidísimo entierro, gastando muy largo
espacio de la tarde en sólo llegar desde esa esquina a esta capilla mayor.
Que aquella oculta superior moción con que los dos ilustrísimos cabildos,
eclesiástico y secular, se dignaron con sagrada competencia honrar, no sólo
con su gravísima asistencia, sino con aquellos hombros en que descansa el
peso de ambas repúblicas, aquel santo cuerpo; entonces mejor cielo de más
valientes atlantes. Que aquella emulación santa de los venerables prelados
de las religiones sagradas, de los caballeros más nobles, por tener alguna
parte en sustentar aquel cuerpo que fue depósito de Dios vivo.
[248] Que aquel abalanzarse, no el vulgo, que estaba lejos, sino lo más
granado de uno y otro estado, como águilas generosas, al poner el cuerpo
en esa capilla mayor, siendo necesario, para que no lo hicieran menuzos,
cerrarle la caja con llaves, ponerle guardas, usar de violencias, mientras se
hacía el funeral oficio. Que aquel último asalto que dieron sobre aquel ca-
dáver (que en su grave hermosura, según visteis, copiaba ya los reflejos de
158 “Contra Dios no hay designios.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 245
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su inmortalidad dichosa), al sacarlo de la caja para entrarlo en la sepultura,
por arrancarle a pedazos la mortaja, los cabellos y aun las carnes, sin bas-
tar el ponerse de por medio los sacerdotes y religiosos para impedirlo. Que
aquella contingencia del cielo, que valiéndose de los santísimos decretos de
la santa Iglesia, que no permite en esta octava de Reyes misa de réquiem,
dispusiera que su misa de cuerpo presente, sin poder ser otra, fuera una misa
con gloria y credo, aleluyas, con repique de campanas y toda la solemnidad
de la pascua.
[249] Que esta honra, nunca bastantemente estimable, de oficiarle a
porfía las misas cantadas de este novenario, en este templo, los gravísimos
señores capitulares, siendo el alma y principio de tan gloriosa empresa su
muy ilustre y venerable cabeza, como lo ha sido en honrar con esmero a
esta sierva de Dios en muerte y socorrerla en vida. Que toda la pompa de
este día, autorizada en el oficio sepulcral de la esclarecida familia de los
muy reverendos padres predicadores, siendo su mayor luminar en la honra
el que en el puesto, en la doctrina, en la integridad, en los méritos. Asis-
tida de lo más ilustre del estado eclesiástico, de lo más granado del secular,
de lo más numeroso del pueblo. Aplaudida, a todo resto de conceptos, de
lo más agudo del ingenio en esas letras que darán vuelo a la fama con el
remonte de sus plumas. ¿Piensan, digo, que todo esto no lo vio mucho
antes? Pues todo esto le quiso decir el cielo cuando, acordándose de su
muerte, humillándose como solía, le dijo enternecida a María santísima:
“¡Ah, Señora! Cuando yo me muera no habrá quien se acuerde de mí, ni
quien me diga una misa. Porque yo soy una pobre, un gusanillo vil, una
creatura despreciable”. Y la Señora, consolándola como madre, le dijo:
“¿Cómo es eso, hija? Míralo”. Y allí se vio difunta a sí misma y que toda
la tierra con sus habitadores se levantaba sensiblemente; y conmovida de
su santidad, arrastrada de un superior impulso, se venía hacia donde ella
estaba. Y después, poniéndole delante la misma Señora un grande [y] her-
moso globo rodeado por todas partes de banderillas de plata, le hizo que
lo fuera volteando a toda prisa con su propia mano. Y habiéndolo hecho,
le dijo: “Pues mira: así ha de volar tu fama por todo mundo, así te han de
honrar después de muerta”.
[250] Y es que sabía muy bien María, la Señora, prevenía muy de
antemano el cielo vuestra piedad, vuestro celo, vuestra devoción, vuestro
grande amor a Dios y a sus amigos, comprobado con las experiencias y
ahora anticipado en las profecías, en cuyo nombre os doy desde este púlpi-
to las gracias que os está dando desde aquel sepulcro esta alma santa, en la
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viva prenda que os deja en su difunto cuerpo. Pero con ellas, que saquéis de
aquí, por desquite de nuestra gratitud, este aliento: que no hay más que servir
a Dios muy de veras, que declararse por el bando de la virtud, que anhelar
con empeño la santidad; pues lo que no pudiera recabar la autoridad, el
poder, las riquezas, la estimación y cuanto adora el mundo por más precio-
so, lo consigue por santa, sin pretenderlo ni buscarlo, una china pobrecita,
esclava, extranjera, que nos hace llenar las lenguas de sus elogios, los cora-
zones de júbilos y aun los ojos de lágrimas. Y a mí, que os diga con san Je-
rónimo, en medio de sus exequias: Non maeremus quod talem amissimus,
sed gratias agimus quod habimus, imo habemus; Deo enim vivunt omnia,
et quidquid revertitur ad Dominum in familiae numero computatur.159 De
pasadizo le sirvió el sepulcro para el tálamo. Pues, ¿por qué había yo de
lamentar su muerte, como si el descanso fuera pérdida?, sino rendirle a
Dios mil gracias porque nos la concedió viva y aun nos la mantiene para
el patrocinio presente. Y en lugar de los pésames por su muerte, dar los
plácemes por su dicha inmortal, como lo hago, al Oriente, que se ilustró
con esta aurora más que con todas las luces del firmamento. A este nuevo
mundo, que la mereció en las perfecciones cabales de una luna llena. Y a ti,
con especial título, dichosísima ciudad de los Ángeles, que fuiste el centro
de sus luces, siendo el testigo de sus ejemplos y ahora la envidia de las na-
ciones en ser depósito de sus cenizas. ¡Qué gloria tuya será que, en el gran
día de la renovación de los siglos, entre tantas águilas que volarán de tus
nidos, veas renacer a este fénix de tu mismo seno, todavía fragante en la
gloriosa resurrección de los justos! Mucho te ha honrado Dios con haberte
hecho depósito de tantas personas en santidad insignes, como has gozado
hasta hoy; pero toda esa honra es crecido empeño a la imitación, pues te
ha hecho con los ejemplares, tan factible la virtud.
[251] A ti también, religiosísimo colegio, se te deben los parabienes,
pues te privilegió la providencia con hacerte erario de este riquísimo tesoro,
como te hizo antes teatro de tu bien lograda enseñanza en el ejercicio de las
virtudes heroicas que he insinuado. A todo este gravísimo concurso, a sus
piadosos bienhechores, que todos fueron la esfera donde rayó vivo este sol y
el ocaso donde descansa su fatiga, para ser con los rayos de su protección el
escuadrón de estrellas que lo asegure en la tranquilidad que ella goza, según
159 “No nos acongojamos de que tal perdimos, mas gracias damos de que le tuvimos, más bien,
le tenemos; pues todas las cosas por Dios viven y todo lo que regresa al Señor es contado en el número
de sus siervos.”
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 247
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espero de la divina bondad remuneradora de merecimientos tan relevantes,
en la eterna quietud de los santos.
REQUIESCAT IN PACE. AMEN.160
O.S.C.S., M.E.C.A.R.161
7. Dos testimonios jurídicos y comprobados de lo que sucedió el día del
entierro y el de las honras de la venerable madre Catarina de San Juan
1) Testimonio de Miguel Zerón Zapata
[252] Yo, Miguel Zerón y Zapata, escribano del rey, nuestro señor, y mayor
del cabildo y diputación de esta muy noble y muy leal ciudad de Puebla
de los Ángeles, de la Nueva España, certifico y doy testimonio de verdad
cómo hoy, día de la data, serán las cuatro de la tarde, poco más, estando en
las casas del capitán don Hipólito del Castillo de Altra, familiar del Santo
Oficio de la Inquisición, vecino de esta ciudad, y en la sala principal de
dicha casa, vi el cadáver de Catarina de San Juan a quien conocí en vida,
amortajada con una túnica de sarga negra, con su palma y corona de flores
de mano y una cruz en las manos, puesta en un ataúd o caja, aforrado en
género de seda morado, guarnecido de galón de oro, en una cama con sus
colgaduras (uso en los entierros de personas nobles). Y sin haber habido la
circunstancia del convite que se acostumbra en los demás entierros, así por
escrito como de palabra, fue tan excesivo el concurso de gente de todos es-
tados y calidades, que con gravísima dificultad pude conseguir la entrada en
dicha casa, desde la puerta hasta dicha sala. Donde, habiendo concurrido
los señores del ilustre venerable deán y cabildo de la santa iglesia catedral,
con mucho número de lustroso clero y el cabildo secular, con el general don
Gabriel del Castillo, su alcalde mayor y teniente de capitán general, y los
capitanes don Juan de Cervantes Casaus y don Juan de las Peñas Montalvo,
alcaldes ordinarios en ella por su majestad, y otras muchas personas de ca-
lidad y nobleza notoria y caballeros de los hábitos de la órdenes militares; el
dicho venerable deán y cabildo, en igual forma y con la misma solemnidad
con que celebra los demás entierros y con la música y capilla de su iglesia,
entonó el responso y demás oraciones de difunto; que habiéndolas acabado,
160 “Descanse en paz. Amén.”
161 Omnia sub correctione Sanctae Catholicae Romanae Ecclesiae / “Todo bajo la corrección de la
Santa Iglesia Católica y Romana”.
248 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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el dicho general y alcalde mayor con dichos alcaldes ordinarios y regidores,
interpoladamente cargaron sobre sus hombros el referido cadáver hasta la
calle donde se entregó a otros capitulares y caballeros, hasta la plazuela del
colegio del Espíritu Santo, que acudieron a cargarle los prelados de las re-
ligiones; que con ellas en copioso número, singular y admirable conmoción
de todo el pueblo, asistieron dejando sólo una pequeña crujía para pasaje,
hasta ponerle en el túmulo o féretro que estaba prevenido en la iglesia de di-
cho colegio del Espíritu Santo, en el medio de la capilla mayor, con bastante
adorno de luces. Y acudió tanta gente de todos estados a tocar rosarios a su
cuerpo y quitar las flores con que iba adornado, que fue necesario ponerle
la tapa a dicho ataúd y cerrarle con las llaves. Y habiendo cantado con mu-
cha pompa y solemnidad la capilla162 de dicha santa iglesia, con asistencia
de dichos dos cabildos, la vigilia y oficio de difuntos, que es costumbre; y
acabándose dicha función, volvieron a cargar dicho cadáver dichos regido-
res hasta una bóveda que está en la esquina del colateral mayor de dicha
iglesia, al lado del Evangelio. Donde a su entrada fue tanto el concurso de
gente, así eclesiásticos como seculares, que llegaba a quitar las flores con
que iba adornado y a tocar rosarios, con repugnancia de algunos religiosos
de dicha Compañía de Jesús, que con grande dificultad lo metieron en di-
cha bóveda. Y ya puesto en ella dicho cadáver, se cerró la caja en que iba
puesto con dos llaves, que la una quedó en poder del padre Alonso Ramos,
de dicha sagrada religión de la Compañía de Jesús, y otra en poder de mí, el
escribano, para ponerla en el arca de tres llaves de dicha ciudad. Y para que
conste, de pedimento del capitán y regidor don Nicolás Victoria Salazar,
procurador mayor, di el presente en la ciudad de los Ángeles de la Nueva
España, a seis días del mes de enero de mil seiscientos ochenta y ocho años;
siendo testigos los capitanes y regidores, don Alonso Díaz de Herrera, don
Juan Bautista de Zalaizes y don Antonio Ignacio de Aguayo, vecinos de ella.
Hago mi signo en testimonio de verdad
Miguel Zerón Zapata, escribano mayor de cabildo
Sin derechos. Doy fe
[253] Comprobación. Certificamos y damos fe que Miguel Zerón Zapata,
de quien parece que el testimonio de suso va signado y firmado, es escribano
162 Es decir, el grupo de músicos y cantantes adscritos a una iglesia.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 249
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de su majestad y mayor del cabildo y diputación de esta ciudad, fiel, legal
y de toda confianza. Y como a tal, a los testimonios, autos y demás dili-
gencias judiciales y extrajudiciales que ante él han pasado y pasan, se les
ha dado y da entera fe y crédito en juicio y fuera de él. Y para que conste
damos la presente en la ciudad de los Ángeles de la Nueva España, a veinte
y ocho días del mes de enero de mil seiscientos ochenta y ocho años.
Francisco Solano, escribano real y público
Joseph de Meneses, escribano de su majestad
Antonio de Torres Sarmiento, escribano de su majestad
2) Testimonio de Francisco Solano
[254] Yo, Francisco Solano, escribano de su majestad y público de esta muy
noble y leal ciudad de los Ángeles, teniente del alférez Antonio Gómez de
Escobar, que lo es del número de ella, certifico y doy testimonio de verdad,
tanto cuanto puedo y ha lugar en derecho, cómo hoy, día de la data, estan-
do en la iglesia del colegio del Espíritu Santo de la sagrada religión de la
Compañía de Jesús de esta ciudad, donde está destinado para celebrar las
honras funerales de Catarina de San Juan, que fue sepultada en dicha iglesia
el día seis del corriente; donde para dicha celebración concurrieron el muy
ilustre y venerable deán y cabildo de la santa iglesia catedral de esta ciudad,
y cabildo secular con sus jueces y cabeza, las venerables religiones y prela-
dos de ellas, y caballeros republicanos, con tan copioso concurso de gente
de todos estados y calidades de ambos sexos, que por ser tan abundante,
por tres puertas principales que tiene dicha iglesia, se quedaron muchos
fuera de ella y otros se volvieron por no haber capacidad ni lugar para su
asistencia; además de las muchas personas que había en el coro y diferentes
tribunas que hay en dicha iglesia, que estaban llenas de copioso número de
gente. Y esto fue no habiendo precedido convite por ninguna persona, por
escrito ni de palabra, mas que la voz popular. Y estando en dicha iglesia, en
medio de la capilla mayor de ella, una tumba o féretro cubierto de bayeta
negra y encima una imagen de Cristo señor nuestro, crucificado, con algu-
nas tarjas y versos latinos y castellanos con luces encendidas, y los altares
vestidos de frontales negros en la forma y manera que se acostumbra hacer
en las honras funerales de los demás difuntos, sin que hubiese cosa notable
de más. Y como a hora de las nueve y media de la mañana, poco más o
menos, habiéndose cantado vigilia a dos coros por la música y capilla de
la santa iglesia catedral, se comenzó la misa solemne de difuntos que cantó
250 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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el muy reverendo padre presentado fray Juan de Gorospe, prior actual del
convento de nuestro padre santo Domingo de esta ciudad y vicario general
de la provincia del arcángel San Miguel y Santos Ángeles de esta ciudad.
Y, acabada la misa, se predicó sermón por el padre Francisco de Aguilera,
ministro de dicho colegio. Donde, habiendo hecho protesta en conformidad
de los decretos de la santa iglesia catedral de Roma y último de nuestro
santísimo padre Urbano octavo, de feliz memoria, hizo mención de algunas
virtudes y favores con que honró nuestro Señor a dicha Catarina de San
Juan. Y, habiendo dado fin al sermón, se cantó el responso y oraciones que
se acostumbran, con lo cual se acabaron dichas honras funerales. Y para
que conste, de pedimento del capitán don Nicolás de Victoria Salazar, regi-
dor perpetuo de esta dicha ciudad y su procurador mayor, di el presente en
ella a veinticuatro días del mes de enero de mil seiscientos ochenta y ocho
años; siendo testigos los licenciados, don Bernabé de la Torre Trasierra y
Santibáñez, abogado de los reales consejos y Real Audiencia de esta Nueva
España; don Felipe de Misieses Villavicencio, abogado de dicha Real Au-
diencia y don Miguel Zerón Zapata, escribano mayor del cabildo de esta
ciudad, vecinos de ella.
Hago mi signo en testimonio de verdad
Francisco Solano, escribano real y público
Gratis
[254]163 Comprobación. Certificamos y damos fe que Francisco Solano, de
quien va signado y firmado el testimonio de suso, es escribano de su majes-
tad, público de esta ciudad, teniente del alférez Antonio Gómez de Escobar,
que lo es del número de ella, fiel, legal y de toda confianza. Y como a tal, a
los testimonios, autos y demás diligencias judiciales y extrajudiciales, se les
ha dado y da entera fe y crédito en juicio y fuera de él. Y para que conste
dimos la presente en la ciudad de los Ángeles de la Nueva España, a veintio-
cho días del mes de enero de mil seiscientos ochenta y ocho años.
Miguel Zerón Zapata, escribano mayor de cabildo
Joseph de Meneses, escribano de su majestad
Antonio de Torres, escribano de su majestad
163 Por error tipográfico, la numeración del parágrafo se repite.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 251
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8. Testamento hecho por Catarina de San Juan, vecina de la ciudad de los
Ángeles, y distribución de sus bienes
[255] En el nombre de Dios todopoderoso. Amén. Sepan cuantos esta carta
vieren, cómo yo, Catarina de San Juan, natural del reino del Mogor, en las
islas Filipinas, y vecina de esta ciudad de los Ángeles, estando enferma y en
cama, y en mi libre juicio y entendimiento natural; creyendo, como firme y
verdaderamente creo, en el misterio de la santísima Trinidad, Padre, Hijo
y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero; y en todo
lo demás que tiene, cree y confiesa nuestra santa madre Iglesia católica de
Roma, debajo de cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir; eli-
giendo, como elijo, por mi abogada intercesora a la serenísima reina de los
ángeles, la virgen santa María, madre de Dios y señora nuestra, concebida
en gracia y gloria desde el primer instante de su ser, para que interceda por
mí con su precioso hijo en el tribunal divino y me alcance perdón de mis pe-
cados; otorgo, hago y ordeno mi testamento, última y postrimera voluntad,
en la manera siguiente.
[256] Lo primero, encomiendo mi alma a Dios nuestro señor, que la
creó y redimió su precioso hijo con su sangre, pasión y muerte; y el cuerpo
a la tierra de que fue formado. Y falleciendo, ordeno sea sepultado en la
iglesia del colegio del Espíritu Santo, de la religión sagrada de la Compañía
de Jesús de esta ciudad, con el acompañamiento, forma y disposición que
pareciere a mis albaceas.
[257] Mando se den mis bienes, dos tomines a las mandas forzosas y
acostumbradas; con que las desisto y aparto del derecho que a ellos tienen.
[258] Declaro por mis bienes los siguientes: un niño Jesús pequeñito de
talla; seis cuadritos ordinarios, colgados de las paredes de mi cuarto; una ca-
juela; dos o tres libritos de devoción; la ropa de mi uso. Y ruego al padre Alon-
so Ramos, mi confesor, de la religión sagrada de la Compañía de Jesús y con-
ventual de dicho colegio, los distribuya y convierta en limosnas entre pobres.
[259] Y para cumplir y ejecutar este mi testamento, sus mandas y lega-
dos, dejo y nombro por mis albaceas testamentarios al dicho padre Alonso
Ramos y al bachiller Joseph del Castillo Grajeda, presbítero, y al capitán
don Hipólito del Castillo y Altra, vecinos de esta ciudad. Y les doy poder
y a cada uno in solidum164 y con general administración, para que después
164 Entero, a cada uno por completo.
252 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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de mis días entren en mis bienes, se apoderen de ellos y procedan a su re-
caudación y cobranza. Y los que llevo declarados, por no tener otros y ser
sumamente pobre, se vendan y rematen en almoneda o fuera de ella, como
les pareciere. Cumplan y ejecuten este testamento, aunque sea pasado el
término de la ley; porque el que más fuere necesario, ése les prorrogo sin
limitación alguna. Y pido, por amor de Dios, al reverendo padre rector de
dicho colegio, se sirva de hacerme caridad y limosna de que mi cuerpo sea
sepultado en dicha iglesia, en atención a no tener ni dejar bienes con qué cos-
tear mi entierro y en recompensa del particular amor y voluntad que siempre
he tenido a dicha sagrada religión, y particulares beneficios que de sus reli-
giosos he recibido desde que vine de dicho reino a este de Nueva España; y
en especial y particular, la dirección que siempre han tenido en guiarme al
culto divino y enseñanza para el bien de mi alma.
[260] Y en el remanente que quedare de todos mis bienes, deudas,
derechos y acciones que me tocan y pertenecen, instituyo y nombro por mi
heredera universal a mi alma; para que lo que importare se convierta en
misas y sufragios por ella.
[261] Y revoco y anulo y doy por ningunos y de ningún valor ni efec-
to, cualesquier testamentos, codicilios,165 poderes para testar y otras dis-
posiciones que antes de ésta se hayan hecho y otorgado, por escrito o de
palabra, para que no valgan ni hagan fe en juicio ni fuera de él; salvo éste
que ahora otorgo, que quiero se guarde y cumpla por mi última voluntad,
en aquella vía y forma que mejor haya lugar en derecho. Que es fecho en
la ciudad de los Ángeles, a dos días del mes de agosto de mil seiscientos y
ochenta y seis años. Y la otorgante, que yo el escribano doy fe conozco, no
firmó porque dijo no saber. Firmó un testigo a su ruego. Testigos: Matías
de Arrieta, Francisco Gutiérrez y Juan Gómez Guerrero, vecinos de esta
ciudad. Por testigo: Mateo de Arrieta. Ante mí, Antonio Gómez de Escobar,
escribano real y público.
Hago mi signo en testimonio de verdad
Antonio Gómez de Escobar, escribano real y público.
Sin derechos
165 Disposición de última voluntad que no contiene la institución del heredero y que puede
otorgarse en ausencia de testamento o como complemento de él.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 253
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[262] En la ciudad de los Ángeles, a veinte días del mes de enero de mil seis-
cientos y ochenta y ocho años, ante mí, el escribano, y testigos; el reverendo
padre Alonso Ramos de la religión sagrada de la Compañía de Jesús, a
quien doy fe que conozco, y como albacea testamentario de Catarina de San
Juan difunta, instituido y nombrado por tal por el testamento que otorgó
y debajo de cuya disposición falleció; su fecha, en esta ciudad, a dos días
del mes de agosto de mil seiscientos y ochenta y seis, ante Antonio Gómez
de Escobar, escribano real y público. Y en virtud de la facultad que se le
concedió por una de las cláusulas de dicho testamento, que es el anteceden-
te, para que los bienes que en ella declara los convierta en limosnas entre
pobres; en mi presencia y de dichos testigos, dicho reverendo padre repartió
los bienes contenidos y expresados en dicha cláusula entre diferentes perso-
nas, así hombres como mujeres pobres, sin que quedase cosa alguna de las
referidas. Y porque conste estar cumplida, por parte de dicho padre, en el
todo dicha cláusula de su pedimento, así lo certifico y firmo; siendo testigos
Juan de Chaves y Francisco Bazán, vecinos de esta ciudad.
Hago mi signo en testimonio de verdad
Francisco Solano, escribano real y público
Sin derechos
Capítulo 4
De otras noticias particulares que acreditan las virtudes de la
sierva de Dios Catarina de San Juan
1. De una salud repentina y prodigiosa que se atribuyó a la sierva del Señor,
en la ciudad de San Luis Potosí
[263] Omito con reflexión y particular advertencia todas las maravillas y
prodigios que se dice haber obrado Dios por la intercesión de su sierva, en
la ciudad de Puebla de los Ángeles, donde falleció con opinión de santa y
fue honrada en la dicha muy noble e imperial ciudad, universalmente de
nobles y plebeyos; porque juzgo conveniente dar tiempo a que se temple el
ardor de la devoción que se encendió con la publicación y celebridad plau-
sible de sus virtudes. No sé cómo ni por qué se calientan y desordenan con
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tanta facilidad los humanos afectos, cuando nos consta por experiencia que
ni los enemigos ni los muy amigos son buenos para testigos de la verdad.
La una y la otra pasión ciegan el entendimiento y parece que arrebatan la
voluntad, de manera que, pasando el calor de la devoción, si no se desdicen
los juicios humanos, se arrepienten escrupulosos y temerosos de haber pa-
sado los límites de la razón y de la justicia. Paso por este motivo, a dar otras
noticias de lugares y ciudades distintos. Y sea la primera con el traslado de
una carta que recibí de San Luis Potosí, su fecha en 29 de abril de 1690
años. Y es como sigue:
[264] “Mi padre prepósito Alonso Ramos, etc. En mi casa ha sucedido
un prodigio público y notorio en toda la ciudad; y porque cede en honra y
gloria de Dios y de su santísima madre la conservación de su memoria, que
puede olvidarse con el tiempo, me han aconsejado participe a vuestra pater-
nidad la noticia del suceso, como lo hago, con la confirmación de autoridad
en el sentir de algunas personas graves que tuvieron y tocaron (como se
dice) con las manos el prodigio, testificado con sus cartas y firmas, mientras
hay juez competente delante de quien se pueda y deba hacer información ju-
rídica y suficiente. Suponiendo desde luego que mi fin e intención no es otra
que el mostrarme agradecido al patrocinio de la madre de Dios, que se ha
experimentado en mi casa y familia por la intercesión (según como lo juzgo
con piedad y verdad) de la sierva de Dios Catarina de San Juan, hija espiri-
tual de vuestra paternidad, cuya vida y alivio en sus achaques deseo y pido
a nuestro Señor en mis pobres oraciones, etc. Francisco de Pastrana, etc.”
[265] “Francisco de Pastrana, vecino de esta ciudad de San Luis Potosí
y escribano público de ella, aseguro a vuestra paternidad y digo que teniendo
en mi casa una niña como de once años, le sobrevino por el año pasado de
1687 una gravísima enfermedad que, según decían los médicos y cirujanos
que la curaban, era más que perlesía;166 de que se hallaba sumamente impe-
dida sin ser dueña de sus acciones, pues no podía andar, comer ni vestir sino
por mano ajena, padeciendo hasta en el habla y pronunciación, tanto que
no se podía entender ni percibir lo que decía. Y habiendo padecido dicha en-
fermedad más de diez meses, sin que tuviesen efecto muchos y diversos me-
dicamentos que se le hicieron para su curación. Y mirándose ya ésta como
imposible en lo humano por ir cada día en aumento el achaque, llevaron a
mi casa un día a leer el sermón que se predicó en las honras de la venerable
166 Privación o disminución del movimiento de partes del cuerpo.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 255
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Catarina de San Juan; y habiéndolo leído doña Antonia de Pastrana y
Valdés, mi mujer, se enterneció con la leyenda y ponderación y pidió a la
venerable señora Catarina de San Juan, a quien piadosamente consideraba
en el cielo, intercediese y pidiese a la santísima virgen María, madre de Dios,
alcanzase de su santísimo hijo salud para la enferma, o que se la llevase a la
gloria por no verla padecer tanto como padecía. En esta ocasión entró en
dicha mi casa el padre Bernardo Rolandegui, rector actual del colegio de la
Compañía de Jesús, el cual conoció y comunicó a la dicha venerable señora
Catarina de San Juan, y con su parecer nos determinamos a mandar decir
una misa a la madre de Dios, para que mediante la intercesión de esta sierva
del Señor experimentase mi casa este consuelo con la salud de la enferma.
Y para este efecto se llevó dicha niña al convento de Nuestra Señora de la
Merced y se rogó al reverendo padre predicador fray Baltasar del Castillo,
religioso del dicho convento, dijese la misa, según y como se había prome-
tido. Y acabando de decirse se reconoció tan grande y repentina mejoría en
la enferma, que pudo venir y vino por su pie desde la dicha iglesia hasta la
casa de mi morada, que era entonces en la casa pública de esta ciudad. Con-
tinuándose en los días siguientes tanto la mejoría que dentro de muy pocos
se halló totalmente sana y buena y libre de todos los accidentes que padecía,
como actualmente lo está; y con tan diferentes colores y carnes que parece
no haber padecido tal enfermedad, causando admiración a las personas que
la han visto y la vieron cuando estaba enferma. Y porque tenga más lugar
mi crédito y verdad con que hablo a vuestra paternidad, le remito los pare-
ceres y cartas inclusas que confirman lo que llevo dicho. Y son la del padre
Bernardo Rolandegui, rector del colegio de la Compañía de Jesús de esta
ciudad de San Luis Potosí; la del padre Juan de Contreras, religioso de la
dicha sagrada religión; del licenciado don Francisco Guerrero, abogado de
la Real Audiencia; de Andrés Ibáñez de Villanueva, maestro de cirugía; del
contador de la Real Caja, Juan Domingo de Sequeira.”
Y todos estos personajes confirman lo que me escribió el secretario
Francisco de Pastrana, vecino de la ciudad de San Luis Potosí, en 29 abril
de 1690 años.
2. De varias noticias, dignas de todo crédito, que pueden conducir al cono-
cimiento de las virtudes de la sierva de Dios Catarina de San Juan
[266] En veintiuno de agosto de mil seiscientos ochenta y ocho, recibí una
carta del padre rector, que entonces era de uno de nuestros colegios, distan-
256 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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te más de trescientas leguas de esta ciudad de México, en que dice así: “Una
persona espiritual de mi satisfacción que, por ausencias, enfermedades y
otros accidentes de su confesor, me ha visto y comunicado lo interior de su
conciencia a veinte de julio, día más o menos, de este presente año de mil
seiscientos ochenta y ocho; respondiéndome a no sé qué le decía, y nom-
brándole a la sierva de Dios Catarina de San Juan, me dijo: ‘Señor, ¿pues
ya no es difunta esa señora? Luego que murió (y me parece que fue por la
pascua de Navidad o de los santos Reyes), se me apareció muy gloriosa,
tratándome de su hermana, y me dijo que se llamaba Catarina de San Juan,
que acababa de morir en la ciudad de Puebla de los Ángeles.’ Yo le respon-
dí: ‘Cierto es que en esa ciudad hay una persona de ese nombre, con fama
de muy virtuosa; pero que no tenía noticia de su muerte’. A que añadió: ‘Sí,
sí. Muerta es y venía, según me acuerdo, vestida de una sotana negra, como
hermana de la Compañía de Jesús; y a su lado derecho traía a nuestro padre
san Ignacio. Y no sólo esta vez la he visto, sino que aun viviendo me visitó
en espíritu muchas veces y yo me hallaba con ella en visita como corporal,
alentándonos la una a la otra a servir a la divina majestad; pero como hace
tanto tiempo que pasó, no me acuerdo ahora de lo que pasó en esas visi-
taciones y coloquios’. Le dije entonces lo encomendara a Dios y le pidiera
que le trajera a memoria lo que le ha pasado con su sierva de Dios. Esto
fue en el miércoles veintisiete de agosto, día en que su ordinario confesor
había salido a misiones por estas provincias tan dilatadas como destituidas
de doctrina católica”.
[267] “Volvió esta alma a mis pies otro día y me dijo: ‘Pensando en lo
que vuestra reverencia me encargó, estando en mi recogimiento, se me dejó
ver la señora Catarina de San Juan en gran gloria. El traje que traía era de
una sotana o túnica de la Compañía de Jesús, con un esplendor y resplan-
dor notable, bordada de Jesuses y Marías de oro (así adornaron y vistieron
la túnica las devotas señoras que asistieron a lucir la mortaja). Y sobre esos
adornos reparé que traía un como sobrepelliz de raso blanquísimo y en el
pecho un Jesús de oro grande’”.
[268] “Describió su estatura y rostro de manera que, como yo la había
conocido y tratado familiarmente, no pude dudar había tenido visión clara
de la sierva de Dios, que se le representó muy hermosa, con una riquísima
corona en la cabeza y sobre la corona se levantaba un globo muy grande,
de una luz tan amorosa como apacible. Por la corona entendí sus soberanos
pensamientos e ilustraciones que había recibido del cielo; y en el globo de
luz, lo mucho que había procurado el bien de las almas y la luz que había
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 257
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de dar a todo el mundo con los resplandores de sus virtudes. Y le dio un
recado para mí y que me dijese cómo había muerto el día o víspera de los tres
santos Reyes, que la asistieron en su muerte con especialidad, por el singular
cuidado que había puesto en el ejercicio de las tres virtudes significadas en
los tres dones que ofrecieron al Niño Dios; y sobre todos, por el de la caridad
tan grande con que deseó el bien de todas las almas y que todas amasen a
Dios de todo su corazón. Y añadió esta alma que había hecho especial me-
moria Catarina del cuidado que había puesto en la mortificación y que con
especialísimo premio se le había pagado en el cielo”.
[269] “Me dijo también que el Señor y su santísima madre, con otros
muchos santos y bienaventurados que por su intercesión gozaban de Dios,
a quienes venían como capitaneando nuestro padre san Ignacio y san Fran-
cisco Xavier y el beato Estanislao Kotska, la habían asistido en la hora de
su muerte. Y, finalmente, añadió (omitiendo otras cosas de menos impor-
tancia) que al apartarse el alma de su cuerpo había pasado por el purgatorio
y llevado consigo al cielo como cuarenta almas. Nuestro Señor me guarde
a vuestra reverencia y le dé fuerzas para concluir lo que tiene entre manos.
Y no puedo dejar de dar mi queja, pues en tanto tiempo no me ha avisado
vuestra reverencia de la muerte de nuestra Catarina, constándole el afecto
que yo le tenía en Dios”. Todo esto, como en lo que toca a las circunstancias
de la muerte de la sierva de Dios y todo lo demás que pertenece a la asisten-
cia del cielo en su fallecimiento, se hace muy creíble a la prudencia humana,
supuestas las virtudes que dejo escritas en la vida de esta esclarecida virgen.
Y se confirma su verificación con la siguiente noticia espiritual.
[271] Estaba cierta alma en su recogimiento, acabando de comulgar,
la mañana que murió la venerable Catarina de San Juan. Y hallándose en
presencia del Señor, le preguntó: “Si estaba ya Catarina en el cielo”. Le res-
pondió: “Aún no está”. Dio noticia de esta voz o inteligencia a su confesor
y éste le dijo: “Encomiéndala a Dios, pero no creas cosa contra el prójimo”.
Con esta respuesta se fue la dicha alma con Cristo y le representó el dicho de
su padre espiritual, temerosa de haber errado en creer. Y su Majestad le res-
pondió: “Dile al padre que hay defectos que ni mis santos ni los confesores
los alcanzan. Que Catarina no tiene ni tendrá pena alguna; pero que entró en
el purgatorio”. Y prosiguiendo el Señor como maestro que enseñaba, aña-
dió: “Mis juicios son incomprensibles. ¡Hoy cuántos santos están haciendo
milagros en sus cuerpos con el poder de mi gracia, estando aun sus almas en
el purgatorio! Éste no es lugar de réprobos. Catarina en mi gracia perseveró
hasta el fin, porque estuvo de su parte mi poder”. Otro día, hallándose la
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insinuada alma con el Señor, le dijo: “Todos los sufragios que se han hecho
por Catarina, al entrar en la bóveda los apliqué por el sacerdote y las otras
almas que sabe su confesor”. Tenía por devoción esta misma persona dar
toda la satisfacción de sus buenas obras a las ánimas del purgatorio, sin re-
servar para sí ni un avemaría. Y después de un día de desamparos y terribles
penas, se puso a leer la vida de Catarina de San Juan. Y admirándose, según
el conocimiento que le daba Dios de las virtudes prodigiosas de la sierva del
Señor, empezó a humillarse afligida y confusa. Y Dios, que ama a los cora-
zones contritos y atribulados, se le dejó ver y la consoló, ponderándole sus
virtudes en contraposición de las de Catarina; preguntándole: “Dime, ¿cuál
es más? ¿Quedarse sin comer por darlo todo a los pobres, como lo hacía mi
sierva, o el desnudarse de todas las buenas obras por socorrer a las almas,
mis escogidas, para que me vean, gocen y alaben por una eternidad en el cie-
lo?”. Y después de otras muchas preguntas misteriosas, concluyó el Señor:
“Persevera constante como mi sierva y persuádete que ni treinta Catarinas
han de igualarte. Ni en lo presente ni en lo venidero se ha de ver otro mayor
prodigio si perseveras en el camino en que te he puesto”.
[272] En otra ocasión, estando esta persona espiritual leyendo la vida
de Catarina y advirtiendo que el autor ponía en duda la edad que tendría la
sierva de Dios cuando llegó a esta ciudad de Puebla, se suspendió un poco y
vio junto a sí a Catarina. Y valiéndose de la ocasión, le preguntó y dijo: “Si
todo lo sabías, ¿cómo no dijiste a tu confesor los años que tenías cuando
viniste a esta tierra?”. Le respondió la sierva del Señor: “Tenía trece años
y las batallas que vencí fueron triunfos de la Omnipotencia, que me dio
para batallar las fuerzas de un Sansón”. Le preguntó también el día en que
había nacido. Le respondió: “Que en la víspera de la circuncisión, del año
cinco de este siglo”. Continuándose la visita, preguntó también esta alma a
Catarina si le duraba todavía la aspereza y mala condición. Le respondió:
“Igual tú eres la mal acondicionada, pues llegando yo un día a la reja de la
comunión, temiendo caerme, me quise tener de ti y tú dijiste: ‘¿Qué vieja
es ésta? Téngase en sí misma o ande con muletas’”. “Es verdad, Catarina,
sucedió eso; pero si yo te conociera no lo hubiera dicho”. Se sonrió la sierva
de Dios y el alma también, diciendo: “¿Serás de aquí adelante mi amiga?
Que santa Catalina mártir lo es”. Se desapareció Catarina, diciendo: “Sí, lo
eres”. Se repitió esta visita otro día. Dijo esta alma a Catarina: “¿Por qué
se hizo pública tu santidad cuando vivías?”. Le respondió: “Porque quiso
Dios, para mi mayor martirio; pues yo harto me encerraba y escondía, y
por esto parecía al mundo más santa”. Añadió el alma, favorecida con
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esta visitación: “Por no parecerlo yo, no me encierro. Y si el Señor quisiere
condonarme virtudes, ha de mostrar su fineza como un coral que cuanto
más golpeado con los golpes de las aguas, más fino se aprecia”. Añadió Ca-
tarina: “Bien habrás menester la valentía esforzada de una singular gracia
para ese camino nuevo; que aunque, mirando al poder de Dios es muy fácil,
mirando a la flaqueza humana es difícil y peligroso.” Con estas palabras se
acabó la visita y se desapareció la visión. Y esta alma preguntona hizo otra
pregunta a Cristo, diciéndole: “Si doña Juana de Irazoqui era tan virtuosa,
¿cómo no se publicó su santidad mientras vivió?”. El Señor le respondió:
“Porque era muy prudente y recogida”.
3. Otras varias noticias que nos dejó escritas de su mano y pluma, acerca de
la muerte y gloria de la venerable virgen, doña Juana de Irazoqui, a quien
piadosamente se puede dar crédito por sus heroicas virtudes, que deseo y
espero dar a la estampa
[273] Pocos días antes de la muerte de la sierva de Dios, se le representó a
doña Juana, como moribunda. Dice esta prudente virgen: “Y en este tran-
ce, sentí en mí unos grandes deseos de hallarme a su cabecera, como me
hallé (según entiendo) en espíritu; y la vi con un santo Cristo en la mano
y en agonías tan sosegadas, que me causaba un género de envidia su suave
muerte. No me acuerdo en lo que paró esta visión, porque ha muchos meses
que murió la sierva de Dios cuando escribo esto; pero se me ha venido a la
memoria otro sueño acerca de esta santa mujer, y como todas mis visiones
las miro y estimo como sueños, quiero poner éste también aquí. Y es que se
me representó una madrugada como muerta esta buena señora; y que yo,
con esta noticia, salía de mi casa con presteza por verla. Y con este impulso o
movimiento me hallé en la iglesia donde de ordinario asistía Catarina, y que
me entré en una capilla o bóveda donde vi una niña pequeñita muy blanca
y muy hermosa, envuelta como en mantillas preciosas y fajaditos los brazos,
y no muerta sino viva, con un rostro muy risueño. En esta ocasión entraron
mis hermanas y yo me fui saliendo y diciendo entre mí: ‘Por más que deseaba
ver a esta santa mujer, no pude verla’. Aquí desperté con grande quietud. Y
mirando a la divina majestad, parece que me dijo: ‘Hija, aquella niña que te
mostré era el alma de mi sierva’”. Todo este sueño se verificó en la muerte
de Catarina, porque al publicarse la noticia con el doble de las campanas de
nuestra iglesia, salió de su casa doña Juana con ansias de ver a la difunta.
Y aunque sus hermanas se entraron en la casa donde estaba amortajado el
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cuerpo, ella se fue a la iglesia, y pidiendo licencia al confesor para entrar
en casa ajena para cosa tan piadosa, se la negó, diciéndole: “No te revuelvas
con los populares concursos. Considera lo que es un cuerpo muerto y la fa-
cilidad de un alma justa. Encomiéndala a Dios y procura imitar sus virtudes
que, si son como las predica el mundo, tendrás en esa sierva del Señor mucho
qué imitar, qué ponderar y admirar”. Con esta respuesta se privó de ver el
cuerpo muerto y le sirvió de consuelo la visión que había tenido de la bendita
alma de su hermana y querida Catarina de San Juan, de quien tuvo otras vi-
siones y asistencias, tan continuas que no le faltó su presencia hasta el último
trance de su vida; en que asistida y acogida en los brazos de la sierva de Dios
Catarina de San Juan, dio la dicha doña Juana el espíritu al Señor.
[274] “En ese mismo día, que fue víspera de los santos Reyes, poco an-
tes de amanecer, después de una batalla continua por toda la noche de pensa-
mientos buenos y malos, porque eran muchos contra nuestra santa fe, oí con
claridad estas palabras: ‘Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo y en Dios Es-
píritu Santo’. Y al mismo tiempo sentí tres golpes en las espaldas, como que
me rempujaban para que despertase. Desperté con grande paz. Y volviendo
el rostro al lado de donde me pareció había venido la voz, me pareció que se
retiraba la buena mujer Catarina de San Juan, que aquella misma mañana,
víspera de los Reyes, había muerto. Y con su ausencia cesó la tentación que
me afligía. Luego que me levanté y fue hora, pasé de mi casa a la iglesia para
hacer mi obligación; como lo ejecuté, con grande admiración del cuerpo, que
estaba desflaquecido y sin fuerzas para moverse, aunque mi alma se hallaba
fervorosa, si bien con la inquietud que se le comunicaba del contento y la
alegría común de la muerte de la sierva de Dios, Catarina de San Juan”.
[275] “Poco después que me aparté de los pies de mi confesor, me hallé
en quietud, y me pareció que miraba con los ojos del alma a esta caritativa
mujer y que me decía, con mucho amor y eficacia: ‘Hermana, quiébrale la
cabeza al enemigo, aquí y aquí’, señalándome como con la mano el confe-
sionario y la mesa donde escribo, obligada de la obediencia, que eran los
dos puestos donde siempre me combate el infierno furioso, porque deje
a mi buen maestro y porque no le obedezca en el escribir. Esta espiritual
asistencia de Catarina fue continua, porque desde que murió no me deja de
enseñar y dar fuerzas para estas dos acciones de mi obligación, poniéndo-
me como por su mano y poder a los pies del confesor y en la mesa de mis
escritos, a pesar de las repugnancias que me ponían y de las violencias con
que me impedían los enemigos la ejecución de mi voluntad, sujeta al Señor
y al vicario que me había dado por director.”
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[276] “Otro día de éstos, al tiempo de mi recogimiento, se me vino
con especial claridad a la vista la venerable Catarina, con apacibilidad y
hermosura celestial, vestida como de un raso blanquísimo y resplandecien-
te. Traía, según vi y entendí, una palma vistosa en la mano y en la cabeza
una corona hermosísima y riquísima de oro. Venía acompañada de otra
venerabilísima señora, vestida como las religiosas de santa Teresa. Y que
en medio de las dos vírgenes, ostentaba la madre de Dios su grandeza y so-
berana hermosura, vestida de un resplandor tan claro y superior a todo lo
que yo puedo ponderar, que me pareció iluminaba y participaba parte de su
glorioso esplendor a las dos señoras que traía a su lado y en su compañía.
En esta visión estaba mi alma como embobada y admirada de la belleza de
tan hermosos objetos; deseaba conocer la señora que se representaba ves-
tida con el hábito de las religiosas de santa Teresa, a quien yo no conocía
ni había visto otra vez. Estando con este deseo, se llegó a mí nuestro padre
san Ignacio, mi querido y continuo maestro y poderoso patrón, y me dijo:
‘Hija, esa persona a quien no conoces es santa Teresa, que por haber esti-
mado tanto sus hijas en esta vida a Catarina, quiere Dios que su madre la
acompañe para enseñarte y visitarte a ti’. Las tres señoras no me dijeron
nada, sino que haciéndome una como indicación con las cabezas, se fueron
subiendo a las alturas celestes con grandes músicas angélicas, dejándome a
mí como embelesada, pero alegre y con deseos de que fuese Dios alabado y
engrandecido en los cielos y en la tierra”.
[277] “El día que se comenzaron las misas del funeral de la sierva del
Señor Catarina de San Juan, me acuerdo que hice diligencia por comulgar
antes que se empezase la misa cantada, para retirarme a mi rincón y huir del
ruidoso bullicio del pueblo, como me lo había mandado mi confesor con el
motivo de mis achaques y otros que yo no alcanzo ni quise saber. Pero quiso
o permitió Dios que el padre que dijo la misa segunda no diese la comunión;
y así me vi obligada a apartarme del comulgatorio algo afligida, por la gran-
de flaqueza y desfallecimiento que padecía mi miserable naturaleza. Y en me-
dio de esta congoja, vi como de repente con los ojos del alma a la venerable
Catarina, como quien me daba la mano y aun ponía también sobre el hom-
bro, diciéndome: ‘Fía en el poder de Dios, que te confortará para que oigas
la misa cantada y todas las demás del novenario. Y ponlas todas en manos
de la santísima Virgen para que, como señora sabia, las aplique a las ánimas
y personas más necesitadas’. Con estas palabras y visitación celestial (a mi
entender), me hallé confortada para poder, después de haber comulgado,
esperar y oír la primera misa cantada que cantó el venerable y señor deán.”
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[278] “Y en su principio, vi que la divina majestad comunicó a mi
alma una noticia superior y conocimiento, tan cierto para mí como ex-
traordinario, de que la sierva de Dios Catarina de San Juan con grande
hermosura y como de edad de 33 años, bajaba de las celestiales alturas
acompañando a la santísima Virgen, con mi padre y maestro san Ignacio y
otra muchedumbre de ángeles y bienaventurados; y que acercándose a mí,
me decía: ‘¡Ea, ángel mío! Con la gracia del Señor haz cuanto pudieres por
las ánimas y por lo pecadores. Y a este fin, reza todos estos días una corona
a la santísima Virgen’. Yo con estas voces me sentí con una grande fe, tal
que me pareció dádiva especial de Dios nuestro señor, y con ella oí la misa
con toda la devoción que pude y recé la corona que me había mandado.
Y en este tiempo me asistió la buena mujer Catarina de San Juan, rodeada
de muchas ánimas del purgatorio. Y veía yo con mucha claridad que iba
como cogiendo de mi pobre mano las avemarías que rezaba y las llevaba a
la imagen de Nuestra Señora de Loreto (a quien ofrezco yo todo mi pade-
cer), y volvía con ellas en sus manos en forma de unas piedras riquísimas,
de gran valor y vistosa hermosura. Y al llegar cerca de mí, me decía: ‘Ves
aquí tus pobres oraciones encomendadas a la madre de Dios, cuán pre-
ciosas y enriquecidas se muestran para el provecho de los necesitados’. Y
luego iba a mi vista repartiendo con grande alegría, las piedras entre las
almas que la cercaban. Yo, con esta visión, me alegré mucho; aunque por
otra parte, me atribulé por haber entendido lo que me ha de costar la de-
voción con la santísima Virgen, como con efecto lo voy experimentando.
Porque son tan terribles las angustias y amarguras con que el Demonio me
aflige cuando imploro el favor de la soberana Señora, que tiembla como
azogada167 toda mi pobre naturaleza y se halla mi alma en unas tinieblas
tan espesas y penosas, llenas de tristezas y melancolías, que me derriban y
dan conmigo en el suelo. Si bien, no me falta el aliento para procurar per-
severar hasta rendir la vida en estas interiores batallas; si el poder de Dios
no es conmigo, perdida voy en estas continuas tribulaciones, porque me
parece que el Demonio me va quitando o minorando poco a poco la viveza
y la fe y la firmeza de la esperanza. Pero, si Dios conmigo, ¿quién contra
mí? En esta visión me pareció que estaba la sierva de Dios vestida de una
tela riquísima de azul y oro, su cuerpo de buena disposición y su rostro
muy blanco y con notable resplandor”.
167 La intoxicación por azogue produce un notable temblor en quien la sufre.
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[279] “El segundo día de las misas me fui a la iglesia con deseo de
hacer lo que esta sierva de Dios me había encomendado. Y luego que entré
en el templo, reconocí con la vista interior la presencia de la venerable Ca-
tarina, vestida de una gala amarilla, muy preciosa y tan vistosa, que yo me
quedé como suspensa en un deseo ansioso de saber qué significaría el color
amarillo de su vestidura. Y en esta suspensión o embobamiento de mi alma,
me pareció que me decía el Señor con grande amor: ‘Hija mía, el color del
vestido de mi querida Catarina significa el grande cautiverio que sufrió por
mi amor en esta vida’. Con estas palabras (a mi parecer) de Dios, recibí no-
tables alientos y deseos de padecer lo mismo que había padecido su sierva.
Y en esta ocasión y tiempo vi que Catarina repetía la acción de presentar a
la milagrosa imagen de Loreto mis avemarías y que volvía con ellas adon-
de yo estaba, repartiéndolas entre los necesitados en mi presencia. Con el
consuelo y alegría que mostraba la buena mujer y querida mía en la distri-
bución de esta espiritual limosna, me consolaba y comunicaba aliento para
proseguir los demás días en estos ejercicios y santas devociones. Pero le dije
en una ocasión, hallándome apurada con lo que me costaba esta obediencia
(que obediencia era el ejecutar lo que mi buen maestro y confesor confirma-
ba y me mandaba hacer), digo que dije un día de éstos a la sierva de Dios:
‘Madre y hermana mía, Catarina: los días que se siguen no he de rezar tu
corona, porque tengo yo muchas devociones y ejercicios que hacer por las
almas y personas necesitadas de mi obligación, y no es razón pierdan éstas
el provecho de mis pobres oraciones por la conveniencia de los necesitados
de tu afecto’. La buena mujer y humildísima sierva del Señor respondió, a
mi entender, sonriéndose: ‘Sea así como tú lo deseas, que yo pediré y clama-
ré a nuestro redentor por las personas que tú pidieres’. Con estas palabras
me hallé llena de consolación espiritual. Y perseverando, con la gracia del
Señor, los demás días de las misas del funeral en la iglesia, pidiendo y cla-
mando por las almas y personas de mi obligación y por las que pedía y a
quienes favorecía Catarina, advertí que nunca me faltaba la asistencia de
la sierva de Dios, acompañada de muchos ángeles e innumerables almas y
personas necesitadas, a quienes repartía como fiel despensera, por modo de
limosna, mis pobres oraciones, enriquecidas con la intercesión de la san-
tísima Virgen y la sangre preciosa de nuestro redentor. Con estas visiones
crecía en mi corazón tanto el fervor y deseos de servir y amar a Dios, que
apenas me podía valer; porque el mismo amor encendido con excesos, me
violentaba a prorrumpir en voces de mi humillación y de alabanzas de las
misericordias de Dios, por las misericordias que indigna experimentaba”.
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[280] “Todos estos días del funeral, me asistía Catarina de San Juan
con diferentes vestiduras de galas celestiales, como lo significaban los colores
de las telas extraordinarias y de los adornos y preseas que las enriquecían.
Y aun su Majestad me declaró lo que significaba la variedad de colores y
preciosos adornos de los vestidos con que se me representaba la sierva de
Dios. Por el desfallecimiento de mi flaca naturaleza, no puedo ahora expli-
carme; y me queda el consuelo de que nuestro Señor dará luz a mi confesor
y maestro para entender la significación de la riqueza y variedad de estas
preciosas vestiduras. El día último del novenario, de las misas y del sermón
de sus virtudes en la celebración de sus honras (día, a mi parecer, deseado de
toda la ciudad y de sus contornos), me hallé antes de amanecer como ham-
brienta y sedienta de oír las maravillas y prodigios que el Señor había obrado
con el instrumento de esta buena y venerable mujer. Y de estas ansias como
arrastrada, salí de mi casa antes de la hora acostumbrada para coger asiento
en el templo de la Compañía de Jesús, dónde poder oír al predicador. Pero
cuando yo juzgué ser de las primeras personas que entrase en la iglesia, me
pareció ser la última, porque me encontré con el concurso tan noble y tan
tupido, que parecía era ya la hora del sermón e imposible el que yo pudiese
hallar lugar de dónde oír al predicador. Con este susto me fui entrando sin
saber lo que hacía, hasta que me hallé junto al comulgatorio, contentísima
y muy agradecida a nuestro Señor. En este lugar cumplí la obediencia de
recibir a la divina majestad sacramentada y me estuve hasta que se acabó el
sermón y la misa; y no me hartaba de dar gracias a Dios por las fuerzas que
experimenté, pareciéndome como milagrosas, pues, como sabe mi confesor,
mi cuerpo más está para el lecho que para otra cosa de esta vida. Pero en fin
(como se suele decir), nunca mucho costó poco, y aunque me estuve toda la
mañana martirizada con los aprietos del numeroso concurso y con la tur-
bamulta168 de mis achaques, lo di todo por bien empleado, porque gusté del
sermón cuanto no puedo explicar. Y reconocí en mí, por la bondad de Dios,
muy extraordinarios deseos de cumplir con mis obligaciones y de imitar a la
sierva de Dios en las virtudes que se predicaron en el sermón de sus honras”.
[281] “Una noche de éstas, estando rezando el rosario de nuestra Se-
ñora con mi madre y toda la gente de casa, como acostumbramos; se puso
delante de los ojos de mi alma, como de repente, una nube muy especiosa169
168 Multitud confusa y desordenada.
169 Hermosa.
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y muy apacible. No sé cómo explicar su color agradable, porque me pareció
de un azul celeste, revestido de tanta claridad, que se me representaba como
la misma blancura. Su vista me causó quietud y notable consuelo. Y en ella
vi una hilera de varones gravísimos y sobremanera esclarecidos, y entre
ellos a la venerable Catarina de San Juan. Sintió mi pobrecita alma con esta
visión tanto gozo y se encendió en mi corazón tal llama de fuego que, sin
estar en mi mano, iba a prorrumpir en estas voces: ‘¡Miren los apóstoles y a
Catarina, cuán gloriosos vienen a visitarme!’. Pero el Señor, con su poder y
sabiduría, me dio prudencia para reprimir este violento impulso, a quien yo
no di crédito; ni tampoco me hablaron palabra alguna los ilustres varones
que se me pusieron a la vista, ni me dejaron otra señal ni muestra de que era
cosa buena que el haberlos visto en un clarísimo cielo y el incendio de amor
de que llenaron mi pecho”.
[282] “Finalmente, padre y maestro mío, acabo este papel, que es el
peor de todos y el que más me ha costado, por hallarme turbada, desfla-
quecida y desmemoriada, con traer a vuestra reverencia a la memoria la
sangrienta y continua lucha en orden a defender mis manos del contacto
de manos ajenas, aunque sean de mis hermanas y madre. En estos días, con
especialidad, me ha combatido el infierno, por sí y por medio de las crea-
turas; pues todas, cuando me saludan, me piden la mano, así como lo usan
todas las mujeres al encontrarse unas con otras, amigas y conocidas. En
estas concurrencias me he hallado por este tiempo tan atribulada y con tal
turbación de los sentidos y potencias, que no tengo razones ni juicio para
defenderme. Y como ciega y confusa, prorrumpí en mi interior, sin estar en
mi mano otra cosa, un día de éstos: ‘¡Este embuste de mi flaca naturaleza!
¡He de dar la mano a quien se ofreciere! Porque yo no he de ser singular ni
excusarme de lo que usan las demás mujeres, pues soy peor que todas ellas’.
En esta batalla quedé rendida y como adormecida. Y juntamente sentí que
me cogían las manos y que me ponían unos como guantes y fundas de oro
muy suave, aquilatado y resplandeciente; y que juntamente, con repetidas
voces, me decían: ‘Guarda las manos, guarda las manos’. Y con este sen-
timiento e inteligencia miré, con los ojos del alma, hacia el lado de donde
venían las voces y vi a mi querido patrón, maestro y padre san Ignacio y a
la sierva de Dios Catarina de San Juan, como que se apartaban de mí y me
dejaban enseñada y encargada la guarda de las manos”.
[283] “En esta visión y representación, estuvo mi alma llena de fe y
confianza de que el cielo era quien le hablaba; pero, pasado el rapto y con
él la viveza de la especie que se arrebataba la inteligencia y el crédito, volví
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a las batallas de mis dudas y confusiones, persuadiéndome a que todas estas
representaciones eran fantásticas imaginaciones de mi flaca cabeza. Y para
más afianzarme, acudí al consejo de mi confesor, que es toda mi seguridad
y consuelo en las tribulaciones que por instantes experimento. Le supliqué
(antes de manifestarle esto que me había sucedido) me diese licencia para
dar la mano a quien, saludándome, me la pidiese. A esta mi propuesta y
pedida licencia me respondió el ministro de Dios con alguna aspereza, sin
faltar a la caridad con que me dirige y gobierna: ‘Atiende, hija, atiende a
mis voces. Guarda esas manos, niégalas a todas las creaturas, porque están
dedicadas al divino esposo. Sólo a Dios se las has de dar en la otra vida,
que en esta te las puede pedir Lucifer transformado en ángel de luz’. Con
esta voz del confesor, se aseguró y enteró mi alma en esta verdad y conocí
que la voz del confesor era la misma que la de Dios. Pero hallándome en
mi rincón, sin estar en mi mano, volvió a enfurecerse la guerra y lucha
sangrienta. Y yo turbada, decía entre mí, hablando y contradiciendo a mi
espíritu con copiosas lágrimas: ‘¿Qué escándalo tan terrible es este? No
tiene remedio. Yo he de dar la mano a chinas y negras y a cuantas personas
se me ofrecieren. Sólo Catarina anduvo con estas delicadezas en esta vida;
que unos las tendrían por chiqueos y otros por embustes y fingimientos’. En
estas terribles congojas y turbaciones de las potencias y sentidos de mi alma
y cuerpo, anegada toda en tristes y melancólicas lágrimas, me pareció oía la
misma reprensión que mi confesor me había dado. Y causándome nueva y
extraordinaria confusión, me hallé como en una profunda suspensión. Y en
ella vi a la venerable sierva de Dios Catarina de San Juan, que con amor y
cariño caritativo volvió a ponerme los guantes o fundas de oro, ciñéndolos
y amarrándolos a las muñecas de mis dos manos, como asegurándome que
con la gracia de Dios podría perseverar en el recato que debe tener una vir-
gen y esposa dedicada a los castos amores del divino esposo.”
4. De otras noticias espirituales que acreditan con probabilidad las virtudes
de la sierva de Dios Catarina de San Juan
[284] Aún viviendo la sierva de Dios, hecho un retrato de dolores y enfer-
medades su delicado cuerpo, a imitación del santo Job, empezó por los años
de 1685 a aparecerse y visitar a una persona espiritual de mi satisfacción,
al tiempo de sus ejercicios y acciones virtuosas, y con especialidad en las
horas de su oración retirada. Con las frecuentes y repetidas visitas, se fue
comunicando el espíritu de Catarina a la dicha persona espiritual, que ésta
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no acertaba ni podía explicar este especialísimo género de unión. Pero de-
cía al confesor: “Padre, yo no sé qué ni cómo es esto. Lo que experimento
es que, en estas apariciones y visitas, se miran nuestros dos cuerpos y que
los espíritus se unen tan estrechamente, que no puedo explicarlo si no es
diciendo que sucede, a mi entender, a la manera que dos licores se mezclan
en un vaso; dos arroyuelos que se encuentran, de los cuales se forma y hace
un río”. Los efectos de esta unión, decía esta persona espiritual, eran expe-
rimentar en sí grande amor de Dios y extraordinario fervor y aliento en las
tribulaciones que, ordinaria y sangrientamente, la combatían. Comenzó el
espíritu de Catarina a hablar a la dicha persona. Después de muchos días
de estas repetidas visitas espirituales, en ocasión que se les puso a la vista
un monstruo o demonio en forma espantosa, y asustándose esta alma espi-
ritual con tan terrible objeto, le dijo Catarina: “No te asustes, que yo echaré
de aquí este maldito espantajo. Prosigue en tu contemplación y déjame a
mí el batallar con esta infernal fiera”. Y peleó tan varonilmente que luego
se desapareció el demonio, y el alma asustada y atribulada se fortaleció y
cobró grande confianza en las fuerzas de la divina gracia que asistieron a
la sierva de Dios Catarina de San Juan contra los espantos y poderíos del
infernal abismo.
[285] Preguntó el confesor a esta persona espiritual, si Catarina le ha-
bía hablado en estas visitas espirituales otra cosa. Y respondió: “Me ha
dicho que me ha de acompañar hasta que yo me crucifique en toda desnu-
dez, como ella vive crucificada. Y lo voy experimentando, pero con tales
desfallecimientos de mi flaca naturaleza, que lo miro como imposible. Dios
es todopoderoso y este infinito poder fortalece mi confianza y fortifica mis
esperanzas, de manera que no dudo puedan verificarse las palabras de la
sierva de Dios”. Se continuó esta asistencia espiritual hasta la pascua de
Espíritu Santo, en que le pareció a esta alma contemplativa y se le repre-
sentó Catarina muy enferma, como se verificó, porque le sobrevino a la
sierva de Dios una enfermedad muy penosa y peligrosa. Y desanimándose
y afligiéndose la dicha persona espiritual, juzgando le había de faltar el
presidio170 y fortaleza de Catarina, revivió su aliento, como dicen, con ver y
experimentar que las asistencias del espíritu de la enferma no se interrum-
pían ni se enflaquecían, sino que le venían más fuertes y continuas, co-
municándole nuevos y especiales alientos para continuar sus horas de
170 Auxilio, ayuda, socorro, amparo.
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oración y los demás ejercicios que disponen y se requieren en una perfecta
contemplación. En uno de estos días de turbación de esta alma contempla-
tiva, estando acompañada de Catarina o de su espíritu, vio que venía hacia
las dos una sombra enferma, de bulto y persona humana. Y asustándose,
le dijo nuestra venerable Catarina: “No te asustes, que esta es una de las
benditas ánimas, y ofreciendo por ella nuestras pobres oraciones y corto
padecer, se irá a descansar”. Como parece que sucedió, pues ofreciendo
la dicha alma su padecer por el alma aparecida, se desapareció ésta, de-
jándola en paz y quietud para continuar en su oración y contemplación.
[286] En otra ocasión, estando unidos estos dos espíritus, vio la ya
insinuada persona espiritual que visitaba Cristo nuestro señor a Catarina y
le daba una porcelana de buen tamaño, llena de sangre; y que cogiéndola
la sierva de Dios, dijo, hablando con la dicha alma: “Entre las dos hemos
de beber hasta las heces171”. Y con estas palabras de Catarina, la bebieron
entre ambas a dos sin dejar gota en la vasija. El día de san Bartolomé dijo
esta misma persona a su confesor: “Estando en oración vi venir en espíritu
a Catarina como una saeta o paloma de resplandor, con notable velocidad,
y que se unía con mi alma tan fuertemente que me pareció se hacían los
dos espíritus una cosa misma”. Y que como ya en este tiempo conversaban
y se hablaban mucho las dos almas, recibía de estas uniones y en ellas,
singulares noticias; pero con un modo tan espiritual y tan escondido a los
sentidos materiales interiores y exteriores del cuerpo que, cuando volvía en
sí, no se acordaba sino de una u otra cosa de todo lo que había comunicado
y hablado con Catarina. Algunas de las que se acordó y refirió fueron que
se halló como arrebatada del espíritu de la sierva de Dios de la otra parte
del mar por este tiempo, entre escuadrones de enemigos, y que veía hacían
mucho daño en el reino o provincia donde se hallaban los dos espíritus. En
esta ocasión entraron varios piratas en Campeche y arruinaron el puerto y
lugares o pueblos circunvecinos. Otro día de estos se le puso delante este
espíritu de Catarina a la dicha alma, como retirado y apartado, estando en
su oración y recogimiento, combatida de una sangrienta guerra y cruel ba-
talla contra la pureza. Y entre las congojas y temores de perderse, clamó a
la sierva de Dios, diciéndole: “Catarina, ¿cómo me dejas sola en el riesgo?”.
Y le respondió, sonriéndose: “Porque ya es tiempo de que te vayas haciendo
171 En las preparaciones líquidas, parte de desperdicio que se deposita en el fondo de las cubas
o vasijas.
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a pelear cuerpo a cuerpo con tus enemigos, sin otra ayuda que el auxilio
de la divina gracia, que no niega Dios a sus creaturas y suele ser tanto más
eficaz cuanto ellas más se ayudan y hacen de su parte”.
[287] El día 24 de octubre de este mismo año, estando el alma de la
dicha persona espiritual unida con el espíritu que la asistía, se halló muy
afligida por los muchos dolores y penas que experimentaba como efectos
de esta tan fuerte como penosa unión. Y en el rigor de tantas penas, vio
salir un alma como de un globo de oscuridad que, tomando un nuevo ves-
tido de resplandores, voló con notable velocidad al cielo. Quedó suspensa,
sin entender lo que se le significaba en esta visión. Y le respondió el Señor
o su ángel de la guarda: “Tú no entiendes lo que viste. Pero sabe que fue
efecto de ese espíritu humano que te asiste, que con sus oraciones y excesos
de padecer sacó del mundo dos almas bien apeligradas y arriesgadas de
perderse; la una de ellas voló al cielo, la otra quedó en el purgatorio hasta
su tiempo”. Otro día de estos, vio y se le representó a la ya insinuada per-
sona espiritual, el espíritu de Catarina vestido de resplandores y rayos de
luz, que salían o reverberaban en muchas y finas piedras preciosas que se
descubrían con hermosura y proporción entre los mismos resplandores. Y
no penetrando el misterio el alma contemplativa, le dijo el ángel del Señor:
“Tú no entiendes. Y así, atiéndeme, porque en todo ese objeto se simbo-
lizan las virtudes de Catarina”. En esta ocasión dijo la sierva de Dios a la
persona que asistía: “Tú quedarás en mi lugar y me heredarás los empleos
para que Dios me creó y me conserva en el mundo”. Las cuales palabras
entendió la dicha alma de una herencia trabajosa y colmada de penas, en-
fermedades y tribulaciones.
[288] Por los años de 1686 y 1687 se continuó esta frecuente como
misteriosa asistencia espiritual, cuyos efectos pedían, para su plena rela-
ción, libros de mayor volumen. Y omitiéndolos por ahora, sólo digo que
siendo así que casi en el tiempo de los dichos años estuvo enferma y en
cama la sierva de Dios, nunca le faltó a esta persona espiritual la asistencia
del espíritu de Catarina, con la misma unión y fortaleza que la experimen-
taba cuando la sierva del Señor estaba fuerte y robusta. En esta frecuente
comunicación espiritual, entendió el alma favorecida y acompañada de
Catarina varias cosas dignas de toda ponderación. Pondré aquí algunas
de las que pueden conducir a la mayor honra y gloria de Dios y crédito de
su sierva. Dijo un día el Señor a la ya insinuada persona, que el agonizar
de Catarina había de ser a la manera de las agonías de un niño o niña pe-
queña e inocente. Y sucedió así, porque en la última enfermedad, después
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que recibió los santos sacramentos, quedó la sierva de Dios como una cria-
turita sin malicia, sin refleja, sin escrúpulos, sin saber quejarse; pero según
el exterior, que se reconocía, padeciendo y obrando su espíritu como en el
tiempo de sus mayores batallas. Y en esta disposición salió de esta vida,
apartándose el alma del cuerpo sin las ansias, congojas y los otros extremos
que suelen notarse y verse en los otros moribundos.
[289] En la continua asistencia y comunicación espiritual, por este
tiempo se continuaron las batallas con los enemigos combatientes a la una
y otra alma, y también los raptos y vuelos de los dos espíritus por el mundo.
Y mostrándose el de nuestra Catarina como maestro, confortando, diri-
giendo e ilustrando al de su hermana espiritual y compañera; hasta que el
día 4 [de enero] de mil seiscientos ochenta y ocho, se despidió Catarina de
su ahijada con un estrechísimo abrazo y le dijo: “Ya llega el tiempo de mi
descanso. Trabaja y pelea, que no te he de dejar hasta que, después de cru-
cificada, nos veamos unidas en perfecta caridad con Dios en el cielo, donde
no hay ni llegan los vientos y huracanes que destemplan los corazones hu-
manos acá en la tierra, con la pobreza, con la aflicción y con la persecución
de los tres enemigos: mundo, Demonio y carne”. Al despedirse la sierva de
Dios, dejó a su ahijada un dolor agudo y muy intenso en los brazos y espal-
das. Y luego se le mostró a esta alma contemplativa la santísima Virgen en
un campo raso con una cruz muy pesada. Y poniéndosela sobre el hombro,
la pasaron a otro llano dilatado que le parecía y explicó con el nombre de
mar de sangre, en que luchaban unas olas con otras y venían alteradas hacia
ella para ahogarla. Éstas y otras semejantes visiones las entendía el alma de
los trabajos que había de padecer si quería imitar a Catarina, la cual se le
representó en este mismo día en forma de un árbol de grandes ramas pero
con pocas hojas, como que se iba secando; si bien, advirtió que en el tron-
co, hasta comenzar a nacer y extenderse las ramas, que tendría de longitud
como cuatro o seis varas, se descubrían siete blancos o claraboyas de cristal
por donde salían otras tantas refulgentes luces que esclarecían la sala donde
se hallaba la dicha alma en compañía del misterioso árbol, que le pareció
estaba asistido y cercado de un gran número de bienaventurados con ade-
manes de quienes le guardaban y asistían vigilantes. Esta visión permaneció
hasta la hora en que la sierva de Dios Catarina de San Juan dio su espíritu
al Señor, que fue como a las cuatro de las mañana y día 5 de enero de 1688.
[290] Desde este día se le comenzó a aparecer a la dicha alma contem-
plativa, no ya como creatura humana sino como espíritu angélico y algunas
veces con alas misteriosas, exhortándola y aun impeliéndola a la ejecución
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 271
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de todas las cosas de su obligación y devoción, diciéndole: “¡Ea, vamos a
cumplir la obediencia debida a Dios y a sus ministros!” Y con estas solas
palabras y particular asistencia, le arrebataba y facilitaba el principio y fin
de todos los ejercicios de virtud. Por todos los días de este mes de enero se
le dejó ver Catarina a esta alma con variedad de muy vistosos y riquísimos
vestidos. Pero el día del entierro de la sierva de Dios, sintió esta persona
espiritual un olor suavísimo que, saliendo como del altar de Nuestra Señora
del Pópulo y patrona de la muy ilustre congregación, corría y se iba comu-
nicando y extendiendo por todos los demás altares del magnífico templo
donde está depositado el cuerpo de la sierva del Señor. Y era tan intensa
esta fragancia que, por su eficacia y por temor de ser engañada, se retiró la
dicha alma contemplativa a lo último de la iglesia, donde percibía y sen-
tía el mismo suave y extraordinario tormento. Menos ocupaciones, menos
achaques eran necesarios en el autor de esta historia para poder dilatarse en
todo lo que deseaba decir, para mayor honra y gloria de Dios y provecho de
las almas, en los prodigios de la Omnipotencia y maravillas de la gracia que
se reconocieron en la vida de la venerable y escogidísima alma de esta sierva
de Dios, Catarina de San Juan. Pero pues Dios ha dispuesto que, entre tan-
tos ahogos, se den a la estampa estas tres partes de su vida. Espero que, con
el tiempo, hemos de ver obras de otros sobresalientes historiadores que,
por vía de compendios o con el motivo de sacar a luz lo que yo he omitido,
nos pongan a la vista otras leyendas de este mismo asunto, más dilatadas,
gustosas y provechosas. Y yo concluyo esta historia con añadir uno u otro
apuntamiento, en este último parágrafo, que llegaron a mis manos a tiempo
que no pude ponerlos en sus propios lugares.
5. De otras noticias que llegaron tarde a manos del último confesor de esta
sierva de Dios
[291] El padre Juan Fernández Cabero de la Compañía de Jesús, rector
actual del colegio de San Pedro y San Pablo de la ciudad de México, me es-
cribió la carta siguiente: “Mi padre Alonso Ramos, pax Christi &.172 Desde
el día que supe la santa ocupación de vuestra reverencia en sacar a luz la
vida de la venerable Catarina de San Juan, he sentido en mi interior notable
propensión de noticiar a vuestra reverencia el suceso siguiente, que lo oí
172 “Paz en Cristo, etcétera.”
272 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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de boca de una persona de toda autoridad, que era actual confesor de la
sierva de Dios en esta ciudad de Puebla de los Ángeles; a quien refirió un
día de festividad, al tiempo de la primera misa, que había visto a un mozo
que asistía a uno de los padres predicadores de nuestro colegio del Espíritu
Santo, bañado en sangre y con algunas heridas. El dicho confesor, con la
experiencia que tenía de cuán verdad eran las revelaciones y previsiones de
su penitenta Catarina, se fue, llevado de la curiosidad, al aposento del padre
predicador, donde halló bueno y sano al sirviente nombrado por la sierva de
Dios. Suspendió por entonces su juicio, aguardando el fin de la revelación.
Se hizo hora de la misa cantada y, al tiempo que se cantaba el Ite missa
est,173 se alborotaron los que estaban hacia la puerta de la iglesia, pidiendo
confesión para el mozo dicho, a quien traían cosido a puñaladas. También
me dijo este confesor de la venerable Catarina que, habiendo compuesto él
mismo un papel satírico, más por diversión que por otro motivo, al verse
después con la sierva de Dios, le dijo ésta las siguientes: ‘Te vi escribiendo.
Y me dijo el Señor estas palabras que yo no entiendo. Tú las entenderás,
pues eres sabio: Diliges proximum tuum sicut te ipsum’; que en nuestro len-
guaje quieren decir: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Otros muchos
sucesos me refirió el ya insinuado confesor, pero estos dos son los que más
presentes tengo y he tenido siempre en mi memoria, etc. Nuestro Señor me
guarde a vuestra reverencia, etc., de Tepotzotlán y enero 21 de 1689 años.”
[292] El padre Joseph de Capetillo de la Compañía de Jesús, me dio
por escrito varios apuntamientos que le sucedieron y oyó a la sierva de Dios
en muchas ocasiones, que es forzoso omitir muchos por estar ya escritos e
insinuados en la historia; concluiré con apuntar los que faltan de escribir.
Dice el padre nombrado: “Asistía yo a una persona en ocasión de gravísima
enfermedad, y me rogó pidiese a la venerable Catarina fuese medianera con
sus ruegos, para que nuestro Señor le diera algunos años más de vida para
disponerse para una buena muerte y para componer algunas dependencias
concernientes a las conveniencias de sus hijos y demás personas de su fa-
milia. Salí de la casa del enfermo y al entrar a ver a la sierva de Dios, me
previno ella con estas palabras: ‘Padre Capetillo, diga (con esta llaneza y
sencillez solía hablarme) a esa persona que Dios le concede diez años más
de vida para el ajuste de sus dependencias; pero con condición que gaste ese
tiempo en gracia y servicio de la divina majestad’. La oí con admiración,
173 “Pueden irse, terminó la misa.”
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viendo que me prevenía con la respuesta; y mucho más me admiré cuando
volví a dar esta noticia a la persona enferma y la hallé con conocida mejo-
ría, que se fue continuando por los tres o cuatro días siguientes. Y por este
motivo dilató el confesarse para tiempo más oportuno, que le parecía ser
el de la entera y perfecta salud. Pero dentro de pocos días me llamó la sierva
de Dios y me dijo: ‘Los juicios de Dios son muy diferentes que los juicios de
los hombres. Ve, padre, luego, que importa, a confesar a esa dicha perso-
na, porque se muere sin remedio; y el que se salve su alma depende de que
vayas a toda prisa y le obligues a que confiese tal culpa grave que acaba de
cometer y tiene vergüenza de confesarla. El Señor, en castigo de su pecado,
le ha negado los diez años de vida que le había prometido, si los emplease
en amarle y servirle, como debía, a ley de buen cristiano’. Con esta noticia
fui, con toda diligencia, a visitar a la ya insinuada persona enferma y, decla-
rándole el conocimiento con que me hallaba de su pecado, le reduje a que se
confesase, como lo hizo; y acabada la confesión y conseguida la absolución,
expiró en gracia de Dios, según parece. Pues hablando el día siguiente con
la sierva de Dios, me agradeció mi diligencia y me dijo que estaba en carre-
ra de salvación el alma de la persona difunta, si no es que fuese engaño e
ilusión del maldito lo que se le había dado a entender.
[293] “Otras cosas y casos semejantes me participó la venerable Cata-
rina de San Juan (dice el padre Joseph de Capetillo y que cuando fuere con-
veniente los testificará con juramento), dándome noticia de algunas culpas
que tenían solapadas y escondidas en sus corazones los fieles, sin ánimo de
confesarlas. Y que estos avisos me los daba la sierva de Dios con palabras
que yo, dicho padre, entendía solamente y no Catarina; pues, al parecer,
mostraba no saber lo que se decía. Pero avisando yo a las personas que
ella me nombraba, tocaba con las manos de la experiencia la verdad en sus
culpas y el remedio en la infinita misericordia de Dios, movida de la interce-
sión y eficaces oraciones de Catarina. Pero la sierva del Señor me decía que
ni por ella ni por mí obraba Dios estas maravillas de la gracia y prodigios
de su omnipotencia, sino por su inmensa bondad y misericordia infinita. Y
siendo así verdad que yo no fui nunca su director y maestro, experimentaba
estas singulares noticias, ¿qué no experimentarían y tocarían con las manos
sus ordinarios y propios confesores? Me persuado a que es mucho más lo
que omiten que lo que escriben.”
[294] Predicando yo, día de la asunción de nuestra Señora, en nuestro
colegio del Espíritu Santo en la ciudad de Puebla, me sucedió que a la mitad
del sermón se me fueron totalmente las especies y memoria de lo que lle-
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vaba prevenido, sin ocurrirme una sola palabra que condujese al asunto y
discurso que había empezado y propuesto. Levanté el corazón a Dios como
miserable y procuré entretener y divertir al auditorio con una moralidad
que me ocurrió; y acabada ésta, por modo de doctrina, me ocurrieron las
especies todas de mi sermón. El día siguiente, acabando de decir misa, salí a
la iglesia llamado de Catarina, y me dijo: “No te apartes del confesionario,
que ésta juzgo ser la voluntad de Dios. Mira que importa”. Así lo hice y a
poco rato se llegó a mis pies un hombre de mala vida, que había callado
por muchos años sus culpas en las confesiones, con ánimo de confesarse
enteramente, aunque sin la disposición necesaria por falta de examen. Le
oí sus pecados callados y los demás de que pudo acordarse y le dilaté la ab-
solución hasta que se examinase despacio; y le rogué volviese a confesarse
generalmente de toda su vida. Entonces volvió Catarina a hablarme al con-
fesionario y me dijo: “Él vendrá. Y por esta confesión quizá querrá el Señor
que se salve. Esto fue lo que pedí a Dios ayer al tiempo que predicabas. Y
vi que una paloma te tapó con sus alas la boca para que no dijeses lo que
traías prevenido, y te hería el corazón con el pico para que hablases lo
que dijiste. Vete a desayunar ahora pues, según entiendo, se ha logrado tu
trabajo y mortificación”.
[295] Concluyo con un caso que me sucedió con la sierva de Dios el
año de 1684 y 20 del mes de julio. Día en que, llegándose a mis pies para
reconciliarse, me dijo: “Encomienda a Dios, en la misa, a tu madre. Y cuan-
do se dé en la portería la comida a los pobres, como lo acostumbra esta
santa comunidad, asiste a este acto de edificación. Y al fin y último plato
que se acabe de servir y comer, ponte de rodillas y di un padrenuestro y un
avemaría y, puesto en pie, un responso por el alma de tu madre, sin que se
entienda y conozca la persona por quien se dice. Y por todos estos actos
de devoción e intercesión de los pobres y religiosos que les sirven, se irá
tu madre al eterno descanso”. Hice con devoción todos estos ejercicios. Y,
admirado de que tuviese noticia de la muerte de mi madre en lo natural, me
consolé con la especie y juicio prudencial de que Dios se lo hubiese reve-
lado. Y mucho más cuando vi que, en acabando de servir a los pobres, me
llamó a la portería y me dijo, nombrando a mi madre por su nombre: “Da
gracias a Dios, pues ya está en el cielo”.
[296] Todo lo que se ha escrito en esta historia lo experimenté y lo
toqué (como dicen) con las manos, o lo oí a la sierva de Dios; y lo que me
dijeron otros de sus confesores y personas que asistieron a la sierva de Dios
en lo temporal y espiritual. Y porque se dé el crédito que se debe a lo que me
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han dicho y yo no he visto, pongo, universalmente hablando, los nombres
de los que me informaron para mayor crédito y autoridad. Pues, siendo
personas religiosas y del ilustre clero o almas tenidas de todos por siervas
y temerosas de Dios, entre quienes no prevalece ni debe presumirse preva-
lezca la mentira, ni otro efecto que el de la mayor gloria de Dios y honra
de sus santos, se habrán conformado con el fin de mis deseos en el trabajo de
esta historia; que es el que, el atribuyendo los yerros a la cortedad de mis
talentos y a la tibieza de mi pluma, lo bueno que se conociere se atribuya
solamente a Dios, de quien todo perfecto don desciende y se deriva.
SOLI DEO HONOR ET GLORIA174
174 “A sólo Dios sea la gloria y el honor.”
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ÍNDICE DE LAS COSAS NOTABLES QUE SE CONTIENEN EN ESTOS DOS LIBROS DE LA
TERCERA PARTE DE ESTA HISTORIA1
A
Asbesto: Piedra preciosa y símbolo de la virtud de la fe, fol. 8, n. 15.
Abrazos del divino esposo con el alma justa, fol. 73, n. 120. Véase Amor, contemplación y
unión.
Aceptación: Las personas más humildes privan con Cristo, fol. 59, n. 99.
Acaz, rey: Recibió de Dios una merced en ofrecerle que pidiese un milagro, aunque fuese
sacar del infierno a un condenado, fol. 58, n. 96.
Adúlteros: Penas que tiene Dios prevenidas para ellos en el infierno, fol. 54, n. 91.
Agonías: Las de Catarina en su muerte. Véase Caridad y amor al prójimo.
Amor de Dios: Cuán poderoso se ostentaba el divino amor en esta su escogidísima alma, fol.
10, n. 19. Excesos de este divino amor en el corazón de su sierva, fol. 11, n. 21 y fol.
13, n. 27. Efectos que causaban en Catarina las ausencias de su amado y divino aman-
te, fol. 12, n. 24. Véase Ausencia, presencia y contemplación. Cuán estrecha y fuerte
era la unión amorosa entre Dios y su sierva, fol. 13, n. 25. Cómo desde su bautizo
estuvo hasta la muerte unida Catarina con Cristo por fe y caridad, fol. 2, n. 4. Véase
Fe y unión. Se explica la fortaleza de esta unión con la que tiene el pulpo con la piedra
a que se une, fol. 3, n. 4. Véase Favores del cielo, caridad y contemplación. Efectos
que causa el amor de Dios, al parecer, encontrados, fol. 13, n. 27. Véase Presencia y
contemplación. Lo que estorba el amor de las creaturas para lo excesivo y fino del amor
de Dios, fol. 22, n. 43. Cómo significó y manifestó Dios al mundo el amor que tenía a
su sierva, fol. 50, n. 86.
Amor del prójimo: Cuando no es en Dios, de Dios y para Dios, no puede ser perfecto, fol. 22,
n. 43; fol. 25, n. 50. Lo que padeció y deseó padecer por el mundo. Véase Caridad,
paciencia y pecadores.
Andrés: Al padre Andrés Cobián vio Catarina cuando murió, y su detención para entrar en el
cielo y por qué, fol. 64, n. 107.
Ángeles. Véase Bienaventurados. Cómo en sus tribulaciones, hacía oficio de ángel con las al-
mas contemplativas. Véase, Asistencias, vuelos y revelaciones. Los muchos ángeles que
la ayudaban para convertir y salvar a los pecadores, fol. 47, n. 82. Véase Conversiones.
Apariciones: Las que tuvo la sierva de Dios de los bienaventurados, de las benditas ánimas del
purgatorio, de las del infierno, limbo y pecadores. Véase en sus letras y en la palabra
Profecías, visiones y favores.
Árbol: Símbolo de las virtudes y santidad de la sierva de Dios, fol. 80, n. 133. Árbol deshojado
con el corazón de luz, símbolo de Catarina moribunda o difunta, fol. 125, n. 289.
1 Este índice fue elaborado por el propio Alonso Ramos. Los folios corresponden a las páginas
del original y los números a los parágrafos en que está dividida la obra. Al parecer, el índice quedó
inconcluso, ya que sólo llega hasta la letra “M” y únicamente tiene una referencia correspondiente a
la letra “V”.
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Asistencias: Cómo la asistía el cielo. Véase Favores, bienaventurados y santísima Trinidad.
Cómo asistía en vida y en muerte a las almas espirituales. Véase Contemplación, ora-
ción, revelaciones y apariciones, fol. 124, n. 284 ss. Asistieron a la muerte de la sierva
de Dios, María santísima con sus ángeles, vírgenes, santos de la Compañía, santos
Reyes y otros santos, fol. 118, n. 269.
Ausencias de Dios y sus efectos. Véase Amor, favores y contemplación, fol. 18, n. 36.
Aves: Son símbolos de predicadores, fol. 76, n. 124.
B
Bautismo: Bajó Cristo a bautizar a santa Cristina, fol. 58, n. 96. Puede Cristo comunicar los
efectos de los sacramentos sin los sacramentos, fol. 57, n. 95. Éstas y otras materias
arduas confería Cristo con su sierva, fol. 59, n. 99.
Bienaventurados: Las frecuentes asistencias y favores que recibía de ellos. Véase Amor de
Dios, presencia y santísima Trinidad.
Bienhechora: Hizo Dios a Catarina bienhechora común. Véase Caridad y fol. 36, n. 67. Véase
Llaves, sangre, y oración y fol. 45, n. 81. Véase Mundo, eficacia, oración y paciencia.
Bienhechores: Los beneficios que alcanzaba del cielo para ellos, fol. 39, n. 72. Se los mostraba
Dios en sus enfermedades, en sus muertes y en el purgatorio, para que le pidiese por
ellos, fol. 64, n. 107. Véase Purgatorio.
C
Caridad: Cómo deseaba privarse de la presencia del Señor porque la gozasen las demás crea-
turas, fol. 13, n. 27. Varios y raros casos en que se manifiesta el desnudarse y negarse
Catarina al sustento necesario por vestir y sustentar a los pobres, fol. 26, n. 51. Caridad
especial que tenía con los enfermos, deseando y padeciendo en sí las enfermedades
ajenas por el alivio y consuelo de sus prójimos, fol. 31, n. 58. Se extendía su caridad
compasiva aun con los brutos, a quienes curaba y daba salud prodigiosa, fol. 31, n. 59.
Cómo con el contacto de sus manos y vestidos daba salud a los enfermos, pegándose
a ella los achaques ajenos, fol. 32, n. 60. Deseos de su caridad ardiente de la salvación
de las almas, fol. 33, n. 62. Se ofrecía con frecuencia a padecer por todos los peca-
dores, fol. 74, n. 123. Por este fin representaba el Señor a Catarina muchos grandes
pecadores, para que pidiese por ellos, fol. 75, n. 122. Véase Pecadores, caridad con los
difuntos. Véase Purgatorio y fol. 52, n. 88. Véase Tormentos.
Casos raros: Salud, al parecer milagrosa, que gozó una niña por la intercesión de Catarina,
después de su feliz muerte, fol. 117, n. 265. Véase Conversiones, pecadores, oración
y caridad.
Cielo: Su gobierno y descripción. Véase Santísima Trinidad, visiones y fol. 22, n. 43 y fol. 45,
n. 81. Véase Bienaventurados.
Compañía de Jesús: Véase Profecías, purgatorio y gobierno, fol. 76, n. 125 hasta fol. 78, n.
128.
Confesión: Pena de un condenado por callar pecados en la confesión. Véase Infierno.
Confesor: Véase Obediencia. Gusta el Señor que los penitentes se gobiernen por sus confe-
sores, fol. 58, n. 96.
Confianza en Dios. Véase Caridad y esperanza.
280 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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Conocimiento propio: Es fundamento de la verdadera humildad, fol. 70, n. 115.
Consuelos de Dios. Véase Trabajos y favores.
Contemplación: Véase Amor, presencia y unión. Es una bienaventuranza terrena, fol. 71, n.
116. Cuán alto grado de oración le concedió el Señor, fol. 70, n. 115. A qué personas
suele Dios comunicar el don especial de contemplación, fol. 72, n. 118. Tiene por fun-
damento y fruto a la humildad, fol. 70, n. 115. Véase Oración.
Conversiones: Véase Caridad, fuente y eficacia de sus oraciones, celo y fol. 39, n. 72. Dos
conversiones particulares que hizo Dios por las oraciones de su sierva, fol. 42, n. 76.
Redujo a muchos a buena vida con sus mortificaciones y penitencias. Véase Mundo y
fol. 60, n. 100 y fol. 127, n. 302.
Convite: Para el cielo, que puso Dios en la elección de Catarina, fol. 47, n. 82.
Coral: Es símbolo de almas atribuladas, porque cuanto más golpeado parece, sale más fino,
fol. 119, n. 272.
Corazón: Cómo el corazón de Catarina era como el retrete o relicario donde se acogía el
divino Verbo humanado, huyendo de los pecados del mundo, fol. 13, n. 27. Que el
corazón de la sierva de Dios era piedra imán que atraía y detenía a Cristo enamorado,
fol. 14, n. 28. Tiraba y atraía a sí el corazón de Catarina como con un cordel delicado,
fol. 74, n. 121.
Cortesía. Véase Igualdad.
Cruz: Cuando es grande, necesita de cirineo, fol. 66, n. 111. Véase María santísima, codicia
del mundo, ricos y fol. 39, n. 72.
D
Deseos de padecer. Véase Amor, padecer y fol. 20, n. 40. Deseos de la salvación de todo el
mundo. Véase Caridad, conversiones, celo de las almas, fol. 33, n. 62 y fol. 39. Más
quería padecer que gozar, fol. 35, n. 66.
Desgracias: Las que prevenía la sierva de Dios, fol. 126, n. 301. Véase Pecadores, mundo y
visiones.
Diablos: Los que tienen oficio de perturbar los auditorios porque se falte a la veneración
debida en los templos, fol. 4, n. 9. Cómo les concede Dios hacer las indecencias que
ven hacer a los cristianos. Ibidem. Golpes y martirios que le hacían los demonios. Véase
Enfermedades y fol. 86, n. 150. Procuraban con todas sus fuerzas impedir a Catarina el
que pidiese por los pecadores y por las benditas almas, fol. 67, n. 111. Véase Pecadores
y caridad.
E
Edad de Catarina. Véase Muerte y fol. 119, n. 272.
Eficacia de su intercesión. Véase Oración, llaves, caridad y fol. 37, n. 69; fol. 42, n. 76; fol.
45, n. 81. Salud especial que consiguió para un enfermo, fol. 77, n. 127; fol. 50, n. 86.
Enfermedades: Extraordinarias que padeció y cómo sanaba milagrosamente de ellas, fol. 83,
n. 139. De su última enfermedad, fol. 84, n. 147.
Engaño: Trazas engañosas del Demonio, fol. 53, n. 89. Véase Infierno.
Entierro: De su entierro y cosas particulares que sucedieron, fol. 87, n. 152. Véase Honras,
mortaja, muerte y testimonios. De la solemnidad con que la enterró el señor deán y
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 281
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venerable cabildo, en ausencia de su ilustrísima, fol. 88, n. 156. Honró Dios a su sierva
en el tiempo de su muerte y entierro con notables circunstancias, fol. 89, n. 115. Véase
Mortaja, muerte y testimonios.
Epitafios: Los que se pusieron en el túmulo de sus honras, fol. 90, n. 160.
Erratas: fol. 68, n. 113. Dice “suplica”, léase “suplía Catarina”. Fol. 117, n. 265. “No sé qué
le decía”; Lee: “a no sé qué le decía”.
Esperanza: Que no es contra la virtud de la esperanza, el temor santo de perder la gloria por
nuestras culpas, fol. 9, n. 18. De la grandeza y firmeza de la esperanza de la sierva de
Dios, fol. 8, n. 16. Se prueba esta grandeza con las obras de Catarina y se compara en
esta parte con santa María Magdalena. Ibidem.
F
Favores del cielo: Varios favores que recibió la sierva de Dios como efectos del manantial del
divino amor, fol. 13, n. 26. Favores que recibió de la santísima Trinidad, fol. 15, n. 30 y
fol. 18, n. 38 hasta fol. 26, n. 50.
Fe: Esta preciosa virtud es y fue en la sierva de Dios el fundamento de la perfección cristiana,
fol. 1, n. 1. Se compara la de Catarina a la piedra preciosa asbesto, fol. 8, n. 15. Se
compara a la piedra jaspe y por qué, fol. 1, n. 1. Se compara al grano de la mostaza,
fol. 5, n. 10. Se pondera la grandeza de esta virtud en Catarina, fol. 1, n. 2 y fol. 5, n.
11. Cómo fue Dios, con especial providencia, introduciendo esta virtud en su creatura
escogida, comenzando por la predicación de sus padres gentiles, fol. 1, n. 2. Crece el
concepto de la grandeza de esta virtud en Catarina, comparándose con la que recono-
cemos en los cristianos viejos, fol. 2, n. 3. Cómo acompañaba la sierva de Dios la virtud
de la fe con todas las demás virtudes, fol. 3, n. 5. Véase Templo.
Fragancia: La que se sintió en la muerte de la sierva de Dios o en su entierro, fol. 126, n. 300.
Véase Vestidos.
Fuente de sangre: En que vio a Cristo crucificado, para el bien del mundo, fol. 33, n. 63.
G
Gallinas: Símbolo de los padres de espíritu y misioneros.
Globo: De luz, que se vio en Puebla como prenuncio de la muerte de Catarina, fol. 85, n. 147.
Gloria: La que tenía Dios prevenida y predicha para su sierva, fol. 76, n. 125. Véase Perfección,
revelaciones, profecías, testimonios de su santidad y fol. 118, n. 268. Las muchas almas
que lleva Dios a su gloria por la intercesión de la sierva de Dios, fol. 42, n. 76. Símbolo
de la gloria, fol. 47, n. 82.
Gobiernos: La asistencia de Catarina a los de la Compañía de Jesús y de todo el mundo, fol.
77, n. 126 ss.
H
Hermosura: La de su cuerpo, después de su dichosa muerte, fol. 88, n. 155.
Hijos: Los de Eva nacen llorando y por qué, fol. 56, n. 94.
Hipócritas: Pena que les corresponde en los infiernos, fol. 54, n. 91.
Honras: Que se hicieron a la venerable sierva de Dios, fol. 89, n. 158. Sermón que se predicó
en ellas, fol. 94, n. 180.
282 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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Humildad: Es el primer fundamento y señal de buen espíritu, fol. 70, n. 115. Véase Obedien-
cia. Subió Dios a Catarina a un muy alto de contemplación por la humildad con que
se ponía en la presencia de Dios, fol. 70, n. 115. Véase Contemplación. El verdadera-
mente humilde, por mucho que haga, le parece poco; halla en sí siempre defectos qué
enmendar y, en los otros, virtudes qué imitar y admirar en los prójimos. Ibidem. Era tan
humilde Catarina que se persuadía no habría quién la asistiese en su muerte, no sólo
en la tierra sino tampoco en el cielo, fol. 81, n. 134 y fol. 48, n. 83.
I
Igualdad. Para que la total igualdad de los vivientes no sea injusta, deben imitar, en propor-
ción debida, el gobierno de la monarquía celeste, fol. 22, n. 43.
Infierno: El poder que le concedió Dios contra estos infernales monstruos y el horrible temor
que le tenían, fol. 6, n. 13. Visitas que hizo al infierno y variedad de penas en que veía a
los condenados, fol. 51, n. 87. Penas en que vio a los adúlteros. Véase Adúlteros. Pena
especial que aflige a un condenado por callar pecados en la confesión, fol. 52, n. 88.
Salían representándosele los vivos en el infierno con aquellas penas que desesperaban
en la eternidad o las que al presente merecían por sus culpas, fol. 54, n. 91.
Inspiraciones: Se debe corresponder a las del Espíritu Santo, fol. 58, n. 96.
J
Jaspe: Símbolo de la fe y por qué. Véase Fe.
Josué: Se da razón de por qué detuvo con su oración al sol, para que alumbrase hasta conse-
guir la victoria, fol. 57, n. 96.
Juana: Varias apariciones que tuvo doña Juana de Irazoqui de la sierva de Dios, manifestán-
dole ésta la gloria que tenía en el cielo, en premio de sus virtudes y trabajos de esta
miserable vida, fol. 120, n. 273 hasta fol. 124, n. 284.
L
Líbano: Monte en que se simboliza la perfección de Catarina, fol. 48, n. 83.
Libros: Su leyenda es gran remedio contra los vicios, fol. 68, n. 112.
Limbo: De una visión particular que tuvo un hermanillo suyo, que murió sin bautismo, fol. 54,
n. 92. Algunos niños del limbo clamarán contra sus padres el día del juicio, fol. 52, n.
93. Por medio de las oraciones y merecimientos de san Nicolás, llevó Dios al cielo a un
niño que había muerto sin bautismo, fol. 59, n. 96.
Limosnas: Que hacía. Véase Caridad y pobreza. La limosna alivia mucho a las ánimas del pur-
gatorio, fol. 64, n. 107. Véase Obras.
Llaves misteriosas: Que le entregó el Señor y su significación, fol. 37, n. 69. Véase Oración y
caridad. Llaves de la muerte y del infierno, no las fía Dios a las creaturas y por qué, fol.
39, n. 71. Véase Bienhechora.
Luz: Globo de luz, anuncio de su muerte, fol. 85, n. 147.
2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas 283
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M
Maestros: Cómo hacía Catarina oficio de maestra de espíritu para guiar a las personas tentadas y
atribuladas, fol. 42, n. 77 y fol. 126, n. 289. El espíritu era su principal maestro, fol. 69, n. 114
y fol. 124, n. 285.
Maravillas: Véase Prodigios.
María santísima: Era esta señora la mano por donde conseguía Catarina todo lo que pedía, fol. 75, n.
123. Especial favor que le ofreció y concedió la reina de los cielos, fol. 81, n. 135. Véase Favores,
conversiones, eficacia y oración.
Meditaciones: Las sutiles y delicadas más impiden que aprovechan a la contemplación, fol. 70, n. 115.
Con ellas consiguió Catarina la subiese Dios a muy alto grado de perfección, fol. 67, n. 112.
Merecimientos: Sólo es tiempo de merecer el de esta vida, fol. 61, n. 103.
Miguel: El padre Miguel Godínez calificó el espíritu de Catarina, fol. 67, n. 112.
Moisés: Los prodigios que obró, fol. 57, n. 96.
Monarquías: Las del mundo deben ajustarse al gobierno de la celestial, fol. 22, n. 43.
Montes: El Líbano y Olivete, símbolos de la perfección de Catarina. Véase en sus letras.
Mortaja: De la especial providencia con que dispuso la divina providencia se verificasen las noticias de
la mortaja con que se había de enterrar a la sierva de Dios, fol. 87, n. 152. Cómo amortajaron
su virginal cuerpo las señoras más principales de la ciudad. Ibidem, n. 255. De la desordenada
piedad del pueblo, aunque devota, con que procuró despojar al venerable cuerpo de su mortaja.
Véase Entierro, honras y muerte.
Mortificación: Lo que aprovechaban sus mortificaciones y penitencias al mundo. Véase Mundo, pade-
cer y caridad.
Muerte de la sierva de Dios: Cómo le previno la reina de los ángeles que la había de asistir en ella, fol.
81, n. 135. Le mostraron cómo había de subir al cielo su alma cuando se partiese del cuerpo, fol.
82, n. 138. Varios prodigios en su muerte, entierro y después de muerta. Véase en sus propias
letras y fol. 85, n. 147. Muerte dichosa de Catarina, fol. 87, n. 151. Se ocasionó la muerte de
los martirios de los demonios. Véase Enfermedades y diablos. Véase fol. 86, n. 150 y fol. 81, n.
135. Véase Asistencias.
Mundo y sus bienes: Cuán despreciados de la sierva de Dios. Véase Caridad y pobreza de espíritu. Lo
que debió a las oraciones de la sierva de Dios. Véase Bienhechora y eficacia de su oración. Le
revelaba Dios todas las desgracias futuras que amenazaban al mundo, para que pidiese por las
creaturas, fol. 76, n. 125. Véase Bienhechora común. Las muchas almas que convertía Dios por
lo que Catarina padecía. Véase Conversiones, caridad, padecer, purgatorio y fol. 125, n. 187.
V
Vuelos: A tierras incógnitas del gentilismo, fol. 20, n. 39. Por el mundo todo para reconocer y remediar
todas las necesidades, fol. 33, n. 62. Vuelos con la sangre de Cristo, fol. 36 y 67. Véase Gobier-
nos, contemplación y bienhechora.
284 2019. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
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se terminó de imprimir en la
Ciudad de México en julio 10 de 2017,
con un tiraje de 500 ejemplares en los talleres de
Estampa Artes Gráficas, Privada de Doctor Márquez 53, Col. Doctores
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